diff options
Diffstat (limited to 'old/65880-0.txt')
| -rw-r--r-- | old/65880-0.txt | 12484 |
1 files changed, 0 insertions, 12484 deletions
diff --git a/old/65880-0.txt b/old/65880-0.txt deleted file mode 100644 index e950f62..0000000 --- a/old/65880-0.txt +++ /dev/null @@ -1,12484 +0,0 @@ -The Project Gutenberg eBook of Las cien mejores poesías (líricas) de la -lengua castellana, by Marcelino Menéndez y Pelayo - -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua castellana - -Compiler: Marcelino Menéndez y Pelayo - -Release Date: July 20, 2021 [eBook #65880] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from - images generously made available by The Internet - Archive/Canadian Libraries) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS CIEN MEJORES POESÍAS -(LÍRICAS) DE LA LENGUA CASTELLANA *** - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se - han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. Para su mejor - detección, se ha comparado el texto con el de otras ediciones. - - * La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo - con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española, - salvo en los casos en los queda afectada la métrica del verso o - se haya querido preservar el vocabulario arcaico castellano, como - en los poemas iniciales. - - * Las escasas notas a pie de página han sido renumeradas y ubicadas al - final del libro. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - - - - LAS CIEN MEJORES POESÍAS - (LÍRICAS) - DE LA LENGUA CASTELLANA - - - - -_Primera Edición, Agosto 1908. Segunda Edición, Diciembre, 1908. -Tercera Edición, Febrero 1910._ - - - - - LAS - CIEN MEJORES POESÍAS - (LÍRICAS) - DE LA LENGUA CASTELLANA - - - Escogidas por - DON M. MENÉNDEZ Y PELAYO - - - MADRID: VICTORIANO SUÁREZ, 48 PRECIADOS - LISBOA: FERREIRA LIMITADA, 132 RUA AUREA - PARIS: A. PERCHE, 45 RUE JACOB - LAUSANNE: EDWIN FRANKFURTER, 12 GRAND-CHÊNE - BERLIN: WILHELM WEICHER, HABERLANDSTR. 4 - LONDON & GLASGOW: GOWANS & GRAY, LTD. - 1910 - - - - -ADVERTENCIA PRELIMINAR - - -Comprende este tomo cien poesías líricas escogidas entre lo mejor de la -literatura española antigua y moderna, excluyendo los autores vivos. No -se nos oculta la dificultad de esta selección, en que tanta parte puede -tener el gusto individual, ni presumimos tanto del nuestro que estemos -seguros de haber logrado constantemente el acierto. Hemos procurado, -sin embargo, no omitir ninguna de las poesías ya consagradas por la -universal admiración, ni dar entrada a ninguna que no tenga a nuestros -ojos mérito positivo, aunque no siempre llegue a la absoluta perfección -formal. Hay en algunas de estas composiciones rasgos de mal gusto -propios de una época o escuela determinada, pero hubiera sido temeridad -borrarlos, porque la integridad de los textos es la primera obligación -que la crítica impone al colector de toda antología por diminuta y -popular que sea. - -Hemos prescindido de las poesías anteriores al siglo XV porque -exigirían comentario filológico, inoportuno en la ocasión presente. Las -pocas que insertamos del siglo XV son de belleza indudable y de fácil -lectura para todo el mundo. El mayor espacio de nuestra colección va -dedicado naturalmente a la edad de oro de nuestra lírica (siglo XVI -y principios del XVII). Se notarán en ella omisiones que nos duelen -mucho, pero que eran inevitables dentro de los estrechos límites -impuestos a nuestro plan: _spatiis exclusas iniquis_. Nada hemos puesto -de Castillejo, de Acuña, de Valbuena, de Jáuregui, y otros preclaros -ingenios, y hemos tenido que reducir a muy pocas muestras el tesoro -poético de Góngora, de Lope de Vega y de Quevedo. - -Nuestra tarea era relativamente fácil tratándose del siglo XVIII, -el mas prosaico de nuestra historia literaria, pero se tornaba -dificilísima respecto de la opulenta producción poética del siglo XIX, -que sin ser superior a la antigua como lo ha sido en Francia y en otras -partes, ha continuado con nuevo espíritu la tradición de las formas -líricas, las ha remozado a veces merced al impulso genial de los poetas -y al contacto con extrañas literaturas, y ofrece buen numero de obras -ya sancionadas por el común aplauso. En esta parte más que en ninguna -solicitamos y esperamos indulgencia. - -Aunque se titulan _líricos_ los poemas de esta colección, no ha de -entenderse esta palabra en sentido tan riguroso que excluya algunas -narraciones poéticas breves en que se entremezcla lo épico con lo -lírico. Esta salvedad, que a todas las literaturas alcanza, tiene más -propio lugar en la castellana, que siempre ha conservado rastros de -su origen épico. Por eso incluimos algunos romances antiguos, de los -de tono más lírico, y un par de leyendas de los dos grandes poetas -románticos Zorrilla y el Duque de Rivas. - -El orden en que van colocadas las poesías no siempre es estrictamente -cronológico, porque se ha atendido a la sucesión de escuelas y formas -artísticas. - - M. MENÉNDEZ Y PELAYO - - - - -ÍNDICE - - - PÁGINAS - - _Romances Viejos_ - 3. _Romance de Abenámar_ 18 - 4. _Romance del rey moro que perdió Alhama_ 20 - 5. _Romance de Rosa fresca_ 22 - 6. _Romance de Fontefrida_ 23 - 7. _Romance de Blanca-niña_ 23 - 8. _Romance del conde Arnaldos_ 25 - 9. _Romance de la hija del rey de Francia_ 26 - 10. _Romance de doña Alda_ 27 - - Alcázar (Baltasar del) (1530-1606) - 32. _Una cena_ 87 - - Anónimo - 23. «_No me mueve, mi Dios, para quererte_» 67 - - Argensola (Bartolomé Leonardo de) (1562-1631) - 39. «_Dime, Padre común, pues eres justo_» 104 - - Argensola (Lupercio Leonardo de) (1559-1613) - 36. _A la Esperanza_ 101 - 37. «_Imagen espantosa de la muerte_» 103 - 38. «_Llevó tras sí los pámpanos octubre_» 104 - - Arguijo (Don Juan de) (1567-1623) - 28. _Al Guadalquivir, en una avenida_ 85 - 29. _La tempestad y la calma_ 86 - 30. _La avaricia_ 86 - 31. «_En segura pobreza vive Eumelo_» 87 - - Arjona (Don Manuel María de) (1771-1820) - 66. _La diosa del bosque_ 174 - - Arolas (Padre Juan) (1805-1849) - 83. _Sé más feliz que yo_ 276 - - Avellaneda (Doña Gertrudis Gómez de) (1816-1873) - 86. _Amor y orgullo_ 283 - - Balart (Don Federico) (1831-1905) - 99. _Restitución_ 343 - - Bécquer (Don Gustavo A.) (1836-1870) - 95. _Rimas._ «_Del salón en el ángulo oscuro_» 327 - 96. «_Cerraron sus ojos_» 328 - - Bello (Don Andrés) (1781-1865) - 72. _La agricultura de la zona tórrida_ 199 - - Calderón de la Barca (Don Pedro) (1600-1681) - 60. «_Estas que fueron pompa y alegría_» 146 - - Campoamor (Don Ramón de) (1817-1901) - 89. _¡Quién supiera escribir!_ 296 - 90. _Lo que hace el tiempo_ 299 - - Caro (Rodrigo) (1573-1647) - 34. _A las ruinas de Itálica_ 92 - - Cetina (Gutierre de) (1520-1560?) - 13. _Madrigal_ 46 - - Cruz (San Juan de la) (1542-1591) - 22. _Cántico espiritual..._ 60 - - Espronceda (Don José de) (1808-1842) - 76. _Himno de la Inmortalidad_ 226 - 77. _Canción del Pirata_ 228 - 78. _Canto a Teresa_ 232 - - Fernández de Andrada (? - ?) - 35. _Epístola moral_ 95 - - Gallego (Don Juan Nicasio) (1777-1853) - 69. _Elegía a la muerte de la Duquesa de Frías_ 184 - - Gil (Don Enrique) (1815-1846) - 82. _La violeta_ 273 - - Góngora (Don Luis de) (1561-1627) - 48. _Angélica y Medoro_ 118 - 49. «_Servía en Orán al rey_» 123 - 50. «_Entre los sueltos caballos_» 124 - 51. «_Ande yo caliente_» 128 - 52. «_La más bella niña_» 129 - - Heredia (Don José María) (1803-1839) - 73. _Niágara_ 210 - - Herrera (Fernando de) (1534-1597) - 26. _Por la vitoria de Lepanto_ 75 - 27. _Por la pérdida del rey don Sebastián_ 82 - - Jovellanos (Don Gaspar M. de) (1744-1811) - 63. _Epístola de Fabio a Anfriso_ 162 - - León (Fray Luis de) (1529-1591) - 14. _Vida retirada_ 46 - 15. _A Francisco Salinas_ 49 - 16. _A Felipe Ruiz_ 51 - 17. _Noche serena_ 53 - 18. _Morada del Cielo_ 56 - 19. _En la Ascensión_ 57 - 20. _Imitación de diversos_ 58 - 21. _Soneto_ 60 - - Lista (Don Alberto) (1775-1848) - 67. _Al Sueño_ 176 - - López de Ayala (Don Adelardo) (1828-1879) - 88. _Epístola a Emilio Arrieta_ 292 - - Manrique, Jorge (1440-1478) - 2. _A la muerte del maestre de Santiago..._ 2 - - Maury (Don Juan María) (1772-1845) - 70. _La timidez_ 193 - - Meléndez Valdés (Don Juan) (1754-1817) - 64. _Rosana en los fuegos_ 168 - - Mira de Mescua (Don Antonio) (1578?-1644) - 61. _Canción_ 146 - - Mora (Don José Joaquín de) (1783-1864) - 71. _El Estío_ 198 - - Moratín (Don Nicolás F. de) (1737-1780) - 62. _Fiesta de toros en Madrid_ 151 - - Moratín (Don Leandro F. de) (1760-1828) - 65. _Elegía a las Musas_ 172 - - Núñez de Arce (Don Gaspar) (1834-1903) - 93. _Estrofas_ 315 - 94. _Tristezas_ 322 - - Palacio (Don Manuel del) (1832-1906) - 100. _Amor oculto_ 347 - - Pastor Díaz (Don Nicomedes) (1811-1862) - 81. _A la luna_ 269 - - Piferrer (Don Pablo) (1817-1848) - 84. _Canción de la Primavera_ 277 - - Polo (Gil) (c. 1535-1591) - 25. _Canción_ 70 - - Querol (Don Vicente W.) (1836-1889) - 97. _Carta al Sr. D. Pedro A. de Alarcón..._ 331 - 98. _En Noche-Buena..._ 338 - - Quevedo (Don Francisco de) (1580-1645) - 53. _El Sueño_ 131 - 54. _Epístola satírica y censoria..._ 134 - 55. _Memoria inmortal de don Pedro Girón..._ 141 - 56. «_Ya formidable y espantoso suena_» 141 - 57. «_Miré los muros de la patria mía_» 142 - 58. _Letrilla satírica_ 142 - - Quintana (Don Manuel José) (1772-1857) - 68. _A España, después de la revolución de Marzo_ 179 - - Rioja (Francisco de) (1583-1659) - 33. _A la rosa_ 91 - - Rivas (Duque de) (1791-1865) - 74. _El Faro de Malta_ 215 - 75. _Un castellano leal_ 217 - - Ruiz Aguilera (Don Ventura) (1820-1881) - 92. _Epístola_ 310 - - Santillana (Marqués de) (1398-1458) - 1. _Serranilla_ 1 - - Sanz (Don Eulogio Florentino) (1825-1881) - 87. _Epístola a Pedro_ 286 - - Selgas (Don José) (1824-1882) - 91. _El Estío_ 305 - - Tassara (Don Gabriel García) (1817-1875) - 85. _Himno al Mesías_ 279 - - Torre (Francisco de la)[1] - 24. _La cierva_ 68 - - Vega (Garcilaso de la) (1503-1536) - 11. _Égloga primera_ 29 - 12. _A la flor de Gnido_ 42 - - Vega (Lope de) (1562-1635) - 40. _Canción_ 105 - 41. «_A mis soledades voy_» 109 - 42. «_Pobre barquilla mía_» 112 - 43. _Judit_ 116 - 44. «_Suelta mi manso, mayoral extraño_» 116 - 45. «_¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?_» 117 - 46. «_Pastor, que con tus silbos amorosos_» 117 - 47. _Temores en el favor_ 118 - - Villegas (Don Esteban Manuel de) (1596-1669) - 59. _Oda sáfica_ 145 - - Zorrilla (Don José) (1817-1893) - 79. _Introducción a los «Cantos del Trovador»_ 244 - 80. _A buen juez, mejor testigo_ 247 - - - - -MARQUÉS DE SANTILLANA - - -_1. Serranilla_ - - Moça tan fermosa - Non vi en la frontera, - Como una vaquera - _De la Finojosa_. - Façiendo la vía - Del Calatraveño - A Sancta María, - Vençido del sueño - Por tierra fragosa - Perdí la carrera, - Do vi la vaquera - _De la Finojosa_. - En un verde prado - De rosas e flores, - Guardando ganado - Con otros pastores, - La vi tan graçiosa - Que apenas creyera - Que fuesse vaquera - _De la Finojosa_. - Non creo las rosas - De la primavera - Sean tan fermosas - Nin de tal manera, - Fablando sin glosa, - Si antes sopiera - D’aquella vaquera - _De la Finojosa_. - Non tanto mirara - Su mucha beldat, - Porque me dexara - En mi libertat. - Mas dixe: «Donosa - (Por saber quién era), - ¿Dónde es la vaquera - _De la Finojosa_?...» - Bien como riendo, - Dixo: «Bien vengades; - Que ya bien entiendo - Lo que demandades: - Non es desseosa - De amar, nin lo espera, - Aquessa vaquera - _De la Finojosa_.» - - - - -JORGE MANRIQUE - - -_2. A la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique, su padre_ - - Recuerde el alma dormida, - Avive el seso y despierte - Contemplando - Cómo se pasa la vida, - Cómo se viene la muerte - Tan callando: - Cuán presto se va el placer, - Cómo después de acordado - Da dolor, - Cómo a nuestro parescer - Cualquiera tiempo pasado - Fue mejor. - - Y pues vemos lo presente - Cómo en un punto es ido - Y acabado, - Si juzgamos sabiamente, - Daremos lo no venido - Por pasado. - No se engañe nadie, no, - Pensando que ha de durar - Lo que espera - Más que duró lo que vio, - Porque todo ha de pasar - Por tal manera. - - Nuestras vidas son los ríos - Que van a dar en la mar, - Que es el morir; - Allí van los señoríos - Derechos a se acabar - Y consumir; - Allí los ríos caudales, - Allí los otros medianos - Y más chicos; - Allegados, son iguales - Los que viven por sus manos - Y los ricos. - -INVOCACIÓN - - Dexo las invocaciones - De los famosos poetas - Y oradores; - No curo de sus ficciones, - Que traen yerbas secretas - Sus sabores. - A aquél solo me encomiendo, - Aquél solo invoco yo - De verdad, - Que en este mundo viviendo, - El mundo no conoció - Su deidad. - - Este mundo es el camino - Para el otro, qu’es morada - Sin pesar; - Mas cumple tener buen tino - Para andar esta jornada - Sin errar. - Partimos cuando nacemos, - Andamos mientras vivimos, - Y llegamos - Al tiempo que fenecemos; - Así que cuando morimos - Descansamos. - - Este mundo bueno fue - Si bien usásemos d’él - Como debemos, - Porque, según nuestra fe, - Es para ganar aquel - Que atendemos. - Y aún el Hijo de Dios, - Para subirnos al cielo, - Descendió - A nacer acá entre nos, - Y vivir en este suelo - Do murió. - - Ved de cuán poco valor - Son las cosas tras que andamos - Y corremos; - Que en este mundo traidor - Aun primero que muramos - Las perdemos. - D’ellas deshace la edad, - D’ellas casos desastrados - Que acaescen, - D’ellas, por su calidad, - En los más altos estados - Desfallescen. - - Decidme: la hermosura, - La gentil frescura y tez - De la cara, - La color y la blancura, - Cuando viene la vejez - ¿Cuál se para? - Las mañas y ligereza - Y la fuerça corporal - De juventud, - Todo se torna graveza - Cuando llega al arrabal - De senectud. - - Pues la sangre de los godos, - El linaje y la nobleza - Tan crecida, - ¡Por cuántas vías e modos - Se pierde su gran alteza - En esta vida! - ¡Unos por poco valer, - Por cuán bajos y abatidos - Que los tienen! - Otros que por no tener, - Con oficios no debidos - Se mantienen. - - Los estados y riqueza - Que nos dexan a deshora - ¿Quién lo duda? - No les pidamos firmeza, - Pues que son de una señora - Que se muda. - Que bienes son de fortuna - Que revuelve con su rueda - Presurosa, - La cual no puede ser una, - Ni ser estable ni queda - En una cosa. - - Pero digo que acompañen - Y lleguen hasta la huesa - Con su dueño; - Por eso no nos engañen, - Pues se va la vida apriesa - Como sueño: - Y los deleites de acá - Son en que nos deleitamos - Temporales, - Y los tormentos de allá - Que por ellos esperamos, - Eternales. - - Los placeres y dulçores - D’esta vida trabajada - Que tenemos, - ¿Qué son sino corredores, - Y la muerte es la celada - En que caemos? - No mirando a nuestro daño - Corremos a rienda suelta - Sin parar; - Des que vemos el engaño - Y queremos dar la vuelta - No hay lugar. - - Si fuese en nuestro poder - Tornar la cara fermosa - Corporal, - Como podemos hacer - El alma tan gloriosa - Angelical, - ¡Qué diligencia tan viva - Tuviéramos cada hora, - Y tan presta, - En componer la cativa, - Dexándonos la señora - Descompuesta! - - Estos reyes poderosos - Que vemos por escripturas - Ya pasadas, - Con casos tristes, llorosos, - Fueron sus buenas venturas - Trastornadas; - Así que no hay cosa fuerte; - Que a Papas y Emperadores - Y Perlados - Así los trata la muerte - Como a los pobres pastores - De ganados. - - Dexemos a los Troyanos, - Que sus males no los vimos, - Ni sus glorias; - Dexemos a los Romanos, - Aunque oímos y leímos - Sus historias. - No curemos de saber - Lo de aquel siglo pasado - Qué fue d’ello; - Vengamos a lo de ayer, - Que también es olvidado - Como aquello. - - ¿Qué se hizo el Rey Don Juan? - Los Infantes de Aragón - ¿Qué se hicieron? - ¿Qué fue de tanto galán, - Qué fue de tanta invención - Como truxeron? - Las justas e los torneos, - Paramentos, bordaduras - E cimeras, - ¿Fueron sino devaneos? - ¿Qué fueron sino verduras - De las eras? - - ¿Qué se hicieron las damas, - Sus tocados, sus vestidos, - Sus olores? - ¿Qué se hicieron las llamas - De los fuegos encendidos - De amadores? - ¿Qué se hizo aquel trovar, - Las músicas acordadas - Que tañían? - ¿Qué se hizo aquel dançar - Y aquellas ropas chapadas - Que traían? - - Pues el otro su heredero, - Don Enrique ¡qué poderes - Alcançava! - ¡Cuán blando, cuán alagüero - El mundo con sus placeres - Se le daba! - Mas verás cuán enemigo, - Cuán contrario, cuán cruel - Se le mostró, - Habiéndole sido amigo, - ¡Cuán poco duró con él - Lo que le dio! - - Las dádivas desmedidas, - Los edificios reales - Llenos de oro, - Las vajillas tan fabridas, - Los enriques y reales - Del tesoro; - Los jaeces y cavallos - De su gente y atavíos - Tan sobrados, - ¿Dónde iremos a buscallos? - ¿Qué fueron sino rocíos - De los prados? - - Pues su hermano el innocente, - Que en su vida sucesor - Se llamó, - ¡Qué corte tan excelente - Tuvo y cuánto gran señor - Que le siguió! - Mas como fuese mortal, - Metiolo la muerte luego - En su fragua. - ¡Oh juïcio divinal! - Cuando más ardía el fuego - Echaste agua. - - Pues aquel gran Condestable - Maestre que conocimos - Tan privado, - No cumple que d’él se hable, - Sino solo que le vimos - Degollado. - Sus infinitos tesoros, - Sus villas y sus lugares, - Su mandar, - ¿Qué le fueron sino lloros? - ¿Qué fueron sino pesares - Al dexar? - - Pues los otros dos hermanos, - Maestres tan prosperados - Como reyes, - C’a los grandes y medianos - Traxeron tan sojuzgados - A sus leyes; - Aquella prosperidad - Que tan alta fue subida - Y ensalçada, - ¿Qué fue sino claridad - Que cuando más encendida - Fue amatada? - - Tantos Duques excelentes, - Tantos Marqueses y Condes - Y Barones - Como vimos tan potentes, - Di, muerte, ¿dó los escondes - Y los pones? - Y sus muy claras hazañas - Que hicieron en las guerras - Y en las paces, - Cuando tú, cruel, te ensañas, - Con tu fuerça los atierras - Y deshaces. - - Las huestes innumerables, - Los pendones y estandartes - Y banderas, - Los castillos impunables, - Los muros e baluartes - Y barreras, - La cava honda chapada, - O cualquier otro reparo - ¿Qué aprovecha? - Cuando tú vienes airada - Todo lo pasas de claro - Con tu flecha. - - Aquel de buenos abrigo, - Amado por virtuoso - De la gente, - El Maestre Don Rodrigo - Manrique, tan famoso - Y tan valiente, - Sus grandes hechos y claros - No cumple que los alabe, - Pues los vieron, - Ni los quiero hacer caros, - Pues el mundo todo sabe - Cuáles fueron. - - ¡Qué amigo de sus amigos! - ¡Qué señor para criados - Y parientes! - ¡Qué enemigo de enemigos! - ¡Qué Maestre de esforçados - Y valientes! - ¡Qué seso para discretos! - ¡Qué gracia para donosos! - ¡Qué razón! - ¡Cuán benigno a los subjectos, - Y a los bravos y dañosos - Un león! - - En ventura Octaviano; - Julio César en vencer - Y batallar; - En la virtud, Africano; - Aníbal en el saber - Y trabajar: - En la bondad un Trajano; - Tito en liberalidad - Con alegría; - En su braço, un Archidano; - Marco Tulio en la verdad - Que prometía. - - Antonio Pío en clemencia; - Marco Aurelio en igualdad - Del semblante: - Adriano en elocuencia; - Teodosio en humanidad - Y buen talante. - Aurelio Alexandre fue - En disciplina y rigor - De la guerra; - Un Constantino en la fe; - Gamelio en el gran amor - De su tierra. - - No dejó grandes tesoros, - Ni alcançó muchas riquezas - Ni vajillas, - Mas hizo guerra a los moros, - Ganando sus fortalezas - Y sus villas; - Y en las lides que venció - Caballeros y caballos - Se prendieron, - Y en este oficio ganó - Las rentas e los vasallos - Que le dieron. - - Pues por su honra y estado - En otros tiempos pasados - ¿Cómo se hubo? - Quedando desamparado, - Con hermanos y criados - Se sostuvo. - Después que hechos famosos - Hizo en esta dicha guerra - Que hacía, - Hizo tratos tan honrosos, - Que le dieron muy más tierra - Que tenía. - - Estas sus viejas historias - Que con su braço pintó - En la juventud, - Con otras nuevas victorias - Agora las renovó - En la senectud. - Por su gran habilidad, - Por méritos y ancianía - Bien gastada - Alcançó la dignidad - De la gran caballería - Del Espada. - - E sus villas e sus tierras - Ocupadas de tiranos - Las halló, - Mas por cercos e por guerras - Y por fuerças de sus manos - Las cobró. - Pues nuestro Rey natural, - Si de las obras que obró - Fue servido, - Dígalo el de Portugal, - Y en Castilla quien siguió - Su partido. - - Después de puesta la vida - Tantas veces por su ley - Al tablero; - Después de tan bien servida - La corona de su Rey - Verdadero; - Después de tanta hazaña - A que no puede bastar - Cuenta cierta, - En la su villa de Ocaña - Vino la muerte a llamar - A su puerta. - -(HABLA LA MUERTE) - - Diciendo: «Buen caballero, - Dejad el mundo engañoso - Y su halago; - Muestre su esfuerço famoso - Vuestro coraçón de acero - En este trago; - Y pues de vida y salud - Hiciste tan poca cuenta - Por la fama, - Esfuércese la virtud - Para sufrir esta afrenta - Que os llama. - - »No se os haga tan amarga - La batalla temerosa - Que esperáis, - Pues otra vida más larga - De fama tan gloriosa - Acá dexáis: - Aunque esta vida de honor - Tampoco no es eternal - Ni verdadera, - Mas con todo es muy mejor - Que la otra temporal - Perecedera. - - »El vivir que es perdurable - No se gana con estados - Mundanales, - Ni con vida deleitable - En que moran los pecados - Infernales; - Mas los buenos religiosos - Gánanlo con oraciones - Y con lloros; - Los caballeros famosos - Con trabajos y aflicciones - Contra moros. - - »Y pues vos, claro varón, - Tanta sangre derramastes - De paganos, - Esperad el galardón - Que en este mundo ganastes - Por las manos; - Y con esta confianza - Y con la fe tan entera - Que tenéis, - Partid con buena esperança - Que esta otra vida tercera - Ganaréis.» - -(RESPONDE EL MAESTRE) - - «No gastemos tiempo ya - En esta vida mezquina - Por tal modo, - Que mi voluntad está - Conforme con la divina - Para todo; - Y consiento en mi morir - Con voluntad placentera, - Clara, pura, - Que querer hombre vivir - Cuando Dios quiere que muera - Es locura.» - -ORACIÓN - - Tú que por nuestra maldad - Tomaste forma civil - Y bajo nombre; - Tú que en tu divinidad - Juntaste cosa tan vil - Como el hombre; - Tú que tan grandes tormentos - Sufriste sin resistencia - En tu persona, - No por mis merecimientos, - Mas por tu sola clemencia - Me perdona. - -CABO - - Así con tal entender - Todos sentidos humanos - Conservados, - Cercado de su mujer, - De hijos y de hermanos - Y criados, - Dio el alma a quien se la dio, - (El cual la ponga en el cielo - Y en su gloria), - Y aunque la vida murió, - Nos dexó harto consuelo - Su memoria. - - - - -ROMANCES VIEJOS - - -_3. Romance de Abenámar_ - - --¡Abenámar, Abenámar, - moro de la morería, - el día que tú naciste - grandes señales había! - Estaba la mar en calma, - la luna estaba crecida: - moro que en tal signo nace, - no debe decir mentira.-- - Allí respondiera el moro, - bien oiréis lo que decía: - --Yo te la diré, señor, - aunque me cueste la vida, - porque soy hijo de un moro - y una cristiana cautiva; - siendo yo niño y muchacho - mi madre me lo decía: - que mentira no dijese, - que era grande villanía: - por tanto pregunta, rey, - que la verdad te diría. - --Yo te agradezco, Abenámar - aquesa tu cortesía. - ¿Qué castillos son aquellos? - ¡Altos son y relucían! - --El Alhambra era, señor, - y la otra la mezquita; - los otros los Alixares, - labrados a maravilla. - El moro que los labraba - cien doblas ganaba al día, - y el día que no los labra - otras tantas se perdía. - El otro es Generalife, - huerta que par no tenía; - el otro Torres Bermejas, - castillo de gran valía.-- - Allí habló el rey don Juan, - bien oiréis lo que decía: - --Si tú quisieses, Granada, - contigo me casaría; - darete en arras y dote - a Córdoba y a Sevilla. - --Casada soy, rey don Juan, - casada soy, que no viuda; - el moro que a mí me tiene - muy grande bien me quería. - - -_4. Romance del rey moro que perdió Alhama_ - - Paseábase el rey moro - por la ciudad de Granada, - desde la puerta de Elvira - hasta la de Vivarrambla. - «¡Ay de mi Alhama!» - Cartas le fueron venidas - que Alhama era ganada: - las cartas echó en el fuego, - y al mensajero matara. - «¡Ay de mi Alhama!» - Descabalga de una mula, - y en un caballo cabalga; - por el Zacatín arriba - subido se había al Alhambra. - «¡Ay de mi Alhama!» - Como en el Alhambra estuvo, - al mismo punto mandaba - que se toquen sus trompetas, - sus añafiles de plata. - «¡Ay de mi Alhama!» - Y que las cajas de guerra - apriesa toquen al arma, - porque lo oigan sus moros, - los de la Vega y Granada. - «¡Ay de mi Alhama!» - Los moros que el son oyeron - que al sangriento Marte llama, - uno a uno y dos a dos - juntado se ha gran batalla. - «¡Ay de mi Alhama!» - Allí habló un moro viejo, - de esta manera hablara: - --¿Para qué nos llamas, rey, - para qué es esta llamada?-- - «¡Ay de mi Alhama!» - --Habéis de saber, amigos, - una nueva desdichada: - que cristianos de braveza - ya nos han ganado Alhama.-- - «¡Ay de mi Alhama!» - Allí habló un alfaquí - de barba crecida y cana: - --¡Bien se te emplea, buen rey, - buen rey, bien se te empleara! - «¡Ay de mi Alhama!» - Mataste los Bencerrajes, - que eran la flor de Granada; - cogiste los tornadizos - de Córdoba la nombrada. - «¡Ay de mi Alhama!» - Por eso mereces, rey, - una pena muy doblada: - que te pierdas tú y el reino, - y aquí se pierda Granada.-- - «¡Ay de mi Alhama!» - - -_5. Romance de Rosa fresca_ - - --Rosa fresca, rosa fresca, - tan garrida y con amor, - cuando vos tuve en mis brazos, - no vos supe servir, no; - y agora que os serviría - no vos puedo haber, no. - --Vuestra fue la culpa, amigo, - vuestra fue, que mía no; - enviástesme una carta - con un vuestro servidor, - y en lugar de recaudar - él dijera otra razón: - que érades casado, amigo, - allá en tierras de León; - que tenéis mujer hermosa - y hijos como una flor. - --Quien os lo dijo, señora, - no vos dijo verdad, no; - que yo nunca entré en Castilla - ni allá en tierras de León, - sino cuando era pequeño, - que no sabía de amor. - - -_6. Romance de Fontefrida_ - - Fonte-frida, fonte-frida, - fonte-frida y con amor, - do todas las avecicas - van tomar consolación, - si no es la tortolica - que está viuda y con dolor. - Por allí fuera a pasar - el traidor del ruiseñor: - las palabras que le dice - llenas son de traïción: - --Si tú quisieses, señora, - yo sería tu servidor. - --Vete de ahí, enemigo, - malo, falso, engañador, - que ni poso en ramo verde, - ni en prado que tenga flor; - que si el agua hallo clara, - turbia la bebía yo; - que no quiero haber marido, - porque hijos no haya, no: - no quiero placer con ellos, - ni menos consolación. - ¡Déjame, triste enemigo, - malo, falso, mal traidor, - que no quiero ser tu amiga, - ni casar contigo, no! - - -_7. Romance de Blanca-niña_ - - Blanca sois, señora mía, - más que no el rayo del sol: - ¿si la dormiré esta noche - desarmado y sin pavor? - que siete años había, siete, - que no me desarmo, no. - Más negras tengo mis carnes - que un tiznado carbón. - --Dormilda, señor, dormilda, - desarmado sin temor, - que el conde es ido a la caza - a los montes de León. - --Rabia le mate los perros, - y águilas el su halcón, - y del monte hasta casa - a él arrastre el morón.-- - Ellos en aquesto estando - su marido que llegó: - --¿Qué hacéis, la Blanca-niña, - hija de padre traidor? - --Señor, peino mis cabellos, - péinolos con gran dolor, - que me dejéis a mi sola - y a los montes os vais vos. - --Esa palabra, la niña, - no era sino traición: - ¿cúyo es aquel caballo - que allá bajo relinchó? - --Señor, era de mi padre, - y envióoslo para vos. - --¿Cúyas son aquellas armas - que están en el corredor? - --Señor, eran de mi hermano, - y hoy os las envió. - --¿Cúya es aquella lanza, - desde aquí la veo yo? - --Tomalda, conde, tomalda, - matadme con ella vos, - que aquesta muerte, buen conde - bien os la merezco yo. - - -_8. Romance del conde Arnaldos_ - - ¡Quién hubiese tal ventura - sobre las aguas del mar, - como hubo el conde Arnaldos - la mañana de San Juan! - Con un falcón en la mano - la caza iba a cazar, - vio venir una galera - que a tierra quiere llegar. - Las velas traía de seda, - la jarcia de un cendal, - marinero que la manda - diciendo viene un cantar - que la mar facía en calma, - los vientos hace amainar, - los peces que andan nel hondo - arriba los hace andar, - las aves que andan volando - nel mástel las faz posar. - Allí fabló el conde Arnaldos, - bien oiréis lo que dirá: - --Por Dios te ruego, marinero, - dígasme ora ese cantar.-- - Respondiole el marinero, - tal respuesta le fue a dar: - --Yo no digo esta canción - sino a quien conmigo va. - - -_9. Romance de la hija del rey de Francia_ - - De Francia partió la niña, - de Francia la bien guarnida: - íbase para París, - do padre y madre tenía. - Errado lleva el camino, - errado lleva la guía: - arrimárase a un roble - por esperar compañía. - Vio venir un caballero - que a París lleva la guía. - La niña desque lo vido - de esta suerte le decía: - --Si te place, caballero, - llévesme en tu compañía. - --Pláceme, dijo, señora, - pláceme, dijo, mi vida.-- - Apeose del caballo - por hacelle cortesía; - puso la niña en las ancas - y él subiérase en la silla. - En el medio del camino - de amores la requería. - La niña desque lo oyera - díjole con osadía: - --Tate, tate, caballero, - no hagáis tal villanía: - hija soy de un malato - y de una malatía; - el hombre que a mí llegase - malato se tornaría.-- - El caballero con temor - palabra no respondía. - A la entrada de París - la niña se sonreía. - --¿De qué vos reís, señora? - ¿de qué vos reís, mi vida? - --Ríome del caballero, - y de su gran cobardía, - ¡tener la niña en el campo - y catarle cortesía!-- - Caballero con vergüenza - estas palabras decía: - --Vuelta, vuelta, mi señora, - que una cosa se me olvida.-- - La niña como discreta - dijo: --Yo no volvería, - ni persona, aunque volviese, - en mi cuerpo tocaría: - hija soy del rey de Francia - y de la reina Constantina, - el hombre que a mí llegase, - muy caro le costaría. - - -_10. Romance de doña Alda_ - - En París está doña Alda - la esposa de don Roldán, - trescientas damas con ella - para la acompañar: - todas visten un vestido, - todas calzan un calzar, - todas comen a una mesa, - todas comían de un pan, - sino era doña Alda, - que era la mayoral. - Las ciento hilaban oro, - las ciento tejen cendal, - las ciento tañen instrumentos - para doña Alda holgar. - Al son de los instrumentos - doña Alda adormido se ha: - ensoñado había un sueño, - un sueño de gran pesar. - Recordó despavorida - y con un pavor muy grand, - los gritos daba tan grandes - que se oían en la ciudad. - Allí hablaron sus doncellas, - bien oiréis lo que dirán: - --¿Qué es aquesto, mi señora? - ¿quién es el que os hizo mal? - --Un sueño soñé, doncellas, - que me ha dado gran pesar; - que me veía en un monte - en un desierto lugar: - de so los montes muy altos - un azor vide volar, - tras dél viene una aguililla - que lo ahinca muy mal. - El azor con grande cuita - metiose so mi brial; - el aguililla con grande ira - de allí lo iba a sacar; - con las uñas lo despluma, - con el pico lo deshaz.-- - Allí habló su camarera, - bien oiréis lo que dirá: - --Aquese sueño, señora, - bien os lo entiendo soltar; - el azor es vuestro esposo, - que viene de allén la mar; - el águila sedes vos, - con la cual ha de casar, - y aquel monte es la iglesia - donde os han de velar. - --Si así es, mi camarera, - bien te lo entiendo pagar.-- - Otro día de mañana - cartas de fuera le traen; - tintas venían de dentro, - de fuera escritas con sangre, - que su Roldán era muerto - en la caza de Roncesvalles. - - - - -GARCILASO DE LA VEGA - - -_11. Égloga primera_ - -_A Don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, virrey de Nápoles_ - -SALICIO, NEMOROSO - - El dulce lamentar de dos pastores, - Salicio juntamente y Nemoroso, - He de cantar, sus quejas imitando; - Cuyas ovejas al cantar sabroso - Estaban muy atentas, los amores, - De pacer olvidadas, escuchando. - Tú, que ganaste obrando - Un nombre en todo el mundo, - Y un grado sin segundo, - Agora estés atento, solo y dado - Al ínclito gobierno del estado - Albano; agora vuelto a la otra parte, - Resplandeciente, armado, - Representando en tierra el fiero Marte; - Agora de cuidados enojosos - Y de negocios libre, por ventura - Andes a caza, el monte fatigando - En ardiente jinete, que apresura - El curso tras los ciervos temerosos, - Que en vano su morir van dilatando; - Espera, que en tornando - A ser restituido - Al ocio ya perdido, - Luego verás ejercitar mi pluma - Por la infinita innumerable suma - De tus virtudes y famosas obras; - Antes que me consuma, - Faltando a ti, que a todo el mundo sobras. - En tanto que este tiempo que adivino - Viene a sacarme de la deuda un día, - Que se debe a tu fama y a tu gloria; - Que es deuda general, no solo mía, - Mas de cualquier ingenio peregrino - Que celebra lo digno de memoria; - El árbol de vitoria - Que ciñe estrechamente - Tu gloriosa frente - Dé lugar a la hiedra que se planta - Debajo de tu sombra, y se levanta - Poco a poco, arrimada a tus loores; - Y en cuanto esto se canta, - Escucha tú el cantar de mis pastores. - Saliendo de las ondas encendido, - Rayaba de los montes el altura - El sol, cuando Salicio, recostado - Al pie de una alta haya, en la verdura, - Por donde una agua clara con sonido - Atravesaba el fresco y verde prado; - Él, con canto acordado - Al rumor que sonaba - Del agua que pasaba, - Se quejaba tan dulce y blandamente - Como si no estuviera de allí ausente - La que de su dolor culpa tenía; - Y así, como presente, - Razonando con ella, le decía. - -SALICIO - - --¡Oh más dura que mármol a mis quejas, - Y al encendido fuego en que me quemo - Más helada que nieve, Galatea! - Estoy muriendo, y aun la vida temo; - Témola con razón, pues tú me dejas; - Que no hay, sin ti, el vivir para qué sea. - Vergüenza he que me vea - Ninguno en tal estado, - De ti desamparado, - Y de mí mismo yo me corro agora. - ¿De un alma te desdeñas ser señora, - Donde siempre moraste, no pudiendo - Della salir un hora? - Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. - El sol tiende los rayos de su lumbre - Por montes y por valles, despertando - Las aves y animales y la gente; - Cuál por el aire claro va volando, - Cuál por el verde valle o alta cumbre - Paciendo va segura y libremente, - Cuál con el sol presente - Va de nuevo al oficio, - Y al usado ejercicio - Do su natura o menester le inclina. - Siempre está en llanto esta ánima mezquina - Cuando la sombra el mundo va cubriendo - O la luz se avecina. - Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. - ¿Y tú, desta mi vida ya olvidada, - Sin mostrar un pequeño sentimiento - De que por ti Salicio triste muera, - Dejas llevar, desconocida, al viento - El amor y la fe que ser guardada - Eternamente solo a mí debiera? - ¡Oh Dios! ¿Por qué siquiera, - Pues ves desde tu altura - Esta falsa perjura - Causar la muerte de un estrecho amigo, - No recibe del cielo algún castigo? - Si en pago del amor yo estoy muriendo, - ¿Qué hará el enemigo? - Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. - Por ti el silencio de la selva umbrosa, - Por ti la esquividad y apartamiento - Del solitario monte me agradaba; - Por ti la verde yerba, el fresco viento, - El blanco lirio y colorada rosa - Y dulce primavera deseaba. - ¡Ay, cuánto me engañaba! - ¡Ay, cuán diferente era - Y cuán de otra manera - Lo que en tu falso pecho se escondía! - Bien claro con su voz me lo decía - La siniestra corneja, repitiendo - La desventura mía. - Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. - ¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta, - Reputándolo yo por desvarío, - Vi mi mal entre sueños, desdichado! - Soñaba que en el tiempo del estío - Llevaba, por pasar allí la siesta, - A beber en el Tajo mi ganado; - Y después de llegado, - Sin saber de cuál arte, - Por desusada parte - Y por nuevo camino el agua se iba; - Ardiendo yo con la calor estiva, - El curso enajenado iba siguiendo - Del agua fugitiva. - Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. - Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena? - Tus claros ojos ¿a quién los volviste? - ¿Por quién tan sin respeto me trocaste? - Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste? - ¿Cuál es el cuello que como en cadena - De tus hermosos brazos anudaste? - No hay corazón que baste, - Aunque fuese de piedra, - Viendo mi amada hiedra, - De mí arrancada, en otro muro asida, - Y mi parra en otro olmo entretejida, - Que no se esté con llanto deshaciendo - Hasta acabar la vida. - Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. - ¿Qué no se esperará de aquí adelante, - Por difícil que sea y por incierto? - O ¿qué discordia no será juntada? - Y juntamente ¿qué tendrá por cierto, - O qué de hoy más no temerá el amante, - Siendo a todo materia por ti dada? - Cuando tú enajenada - De mí, cuitado, fuiste, - Notable causa diste - Y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo, - Que el más seguro tema con recelo - Perder lo que estuviere poseyendo. - Salid fuera sin duelo, - Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. - Materia diste al mundo de esperanza - De alcanzar lo imposible y no pensado, - Y de hacer juntar lo diferente, - Dando a quien diste el corazón malvado, - Quitándolo de mí con tal mudanza - Que siempre sonará de gente en gente. - La cordera paciente - Con el lobo hambriento - Hará su ayuntamiento, - Y con las simples aves sin ruido - Harán las bravas sierpes ya su nido; - Que mayor diferencia comprehendo - De ti al que has escogido. - Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. - Siempre de nueva leche en el verano - Y en el invierno abundo; en mi majada - La manteca y el queso está sobrado; - De mi cantar pues yo te vi agradada, - Tanto, que no pudiera el mantuano - Títiro ser de ti más alabado, - No soy pues, bien mirado, - Tan disforme ni feo; - Que aun agora me veo - En esta agua que corre clara y pura, - Y cierto no trocara mi figura - Con ese que de mí se está riendo; - Trocara mi ventura. - Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. - ¿Cómo te vine en tanto menosprecio? - ¿Cómo te fui tan presto aborrecible? - ¿Cómo te faltó en mí el conocimiento? - Si no tuvieras condición terrible, - Siempre fuera tenido de ti en precio, - Y no viera de ti este apartamiento. - ¿No sabes que sin cuento - Buscan en el estío - Mis ovejas el frío - De la sierra de Cuenca, y el gobierno - Del abrigado Extremo en el invierno? - Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo - Me estoy en llanto eterno! - Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. - Con mi llorar las piedras enternecen - Su natural dureza y la quebrantan, - Los árboles parece que se inclinan, - Las aves que me escuchan, cuando cantan, - Con diferente voz se condolecen, - Y mi morir cantando me adivinan. - Las fieras que reclinan - Su cuerpo fatigado, - Dejan el sosegado - Sueño por escuchar mi llanto triste. - Tú sola contra mí te endureciste, - Los ojos aun siquiera no volviendo - A lo que tú hiciste. - Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. - Mas ya que a socorrerme aquí no vienes, - No dejes el lugar que tanto amaste; - Que bien podrás venir de mí segura; - Y dejaré el lugar do me dejaste; - Ven, si por solo esto te detienes. - Ves aquí un prado lleno de verdura, - Ves aquí una espesura, - Ves aquí una agua clara, - En otro tiempo cara, - A quien de ti con lágrimas me quejo. - Quizá aquí hallarás, pues yo me alejo, - Al que todo mi bien quitarme puede; - Que pues el bien le dejo, - No es mucho que lugar también le quede.-- - Aquí dio fin a su cantar Salicio, - Y suspirando en el postrero acento, - Soltó de llanto una profunda vena. - Queriendo el monte al grave sentimiento - De aquel dolor en algo ser propicio, - Con la pasada voz retumba y suena. - La blanda Filomena, - Casi como dolida - Y a compasión movida, - Dulcemente responde al son lloroso. - Lo que cantó tras esto Nemoroso - Decidlo vos, Pïérides; que tanto - No puedo yo ni oso, - Que siento enflaquecer mi débil canto. - -NEMOROSO - - --Corrientes aguas, puras, cristalinas; - Árboles que os estáis mirando en ellas, - Verde prado de fresca sombra lleno, - Aves que aquí sembráis vuestras querellas, - Hiedra que por los árboles caminas, - Torciendo el paso por su verde seno; - Yo me vi tan ajeno - Del grave mal que siento, - Que de puro contento - Con vuestra soledad me recreaba, - Donde con dulce sueño reposaba, - O con el pensamiento discurría - Por donde no hallaba - Sino memorias llenas de alegría; - Y en este mismo valle, donde agora - Me entristezco y me canso, en el reposo - Estuve ya contento y descansado. - ¡Oh bien caduco, vano y presuroso! - Acuérdome durmiendo aquí algún hora, - Que despertando, a Elisa vi a mi lado. - ¡Oh miserable hado! - ¡Oh tela delicada - Antes de tiempo dada - A los agudos filos de la muerte! - Más convenible fuera aquesta suerte - A los cansados años de mi vida, - Que es más que el hierro fuerte, - Pues no la ha quebrantado tu partida. - ¿Dó están agora aquellos claros ojos - Que llevaban tras sí como colgada - Mi ánima do quier que se volvían? - ¿Dó está la blanca mano delicada, - Llena de vencimientos y despojos - Que de mí mis sentidos le ofrecían? - Los cabellos que vían - Con gran desprecio al oro, - Como a menor tesoro - ¿Adónde están? ¿Adónde el blanco pecho? - ¿Dó la columna que el dorado techo - Con presunción graciosa sostenía? - Aquesto todo agora ya se encierra, - Por desventura mía, - En la fría, desierta y dura tierra. - ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía, - Cuando en aqueste valle al fresco viento - Andábamos cogiendo tiernas flores, - Que había de ver con largo apartamiento - Venir el triste y solitario día - Que diese amargo fin a mis amores? - El cielo en mis dolores - Cargó la mano tanto, - Que a sempiterno llanto - Y a triste soledad me ha condenado; - Y lo que siento más es verme atado - A la pesada vida y enojosa, - Solo, desamparado, - Ciego sin lumbre en cárcel tenebrosa. - Después que nos dejaste, nunca pace - En hartura el ganado ya, ni acude - El campo al labrador con mano llena. - No hay bien que en mal no se convierta y mude: - La mala yerba al trigo ahoga, y nace - En lugar suyo la infelice avena; - La tierra, que de buena - Gana nos producía - Flores con que solía - Quitar en solo vellas mil enojos, - Produce agora en cambio estos abrojos, - Ya de rigor de espinas intratable; - Y yo hago con mis ojos - Crecer, llorando, el fruto miserable. - Como al partir del sol la sombra crece, - Y en cayendo su rayo se levanta - La negra escuridad que el mundo cubre, - De do viene el temor que nos espanta, - Y la medrosa forma en que se ofrece - Aquello que la noche nos encubre, - Hasta que el sol descubre - Su luz pura y hermosa; - Tal es la tenebrosa - Noche de tu partir, en que he quedado - De sombra y de temor atormentado, - Hasta que muerte el tiempo determine - Que a ver el deseado - Sol de tu clara vista me encamine. - Cual suele el ruiseñor con triste canto - Quejarse, entre las hojas escondido, - Del duro labrador, que cautamente - Le despojó su caro y dulce nido - De los tiernos hijuelos entre tanto - Que del amado ramo estaba ausente, - Y aquel dolor que siente - Con diferencia tanta - Por la dulce garganta - Despide, y a su canto el aire suena, - Y la callada noche no refrena - Su lamentable oficio y sus querellas, - Trayendo de su pena - Al cielo por testigo y las estrellas; - Desta manera suelto yo la rienda - A mi dolor, y así me quejo en vano - De la dureza de la muerte airada. - Ella en mi corazón metió la mano, - Y de allí me llevó mi dulce prenda; - Que aquel era su nido y su morada. - ¡Ay muerte arrebatada! - Por ti me estoy quejando - Al cielo y enojando - Con importuno llanto al mundo todo: - Tan desigual dolor no sufre modo. - No me podrán quitar el dolorido - Sentir, si ya del todo - Primero no me quitan el sentido. - Una parte guardé de tus cabellos, - Elisa, envueltos en un blanco paño, - Que nunca de mi seno se me apartan; - Descójolos, y de un dolor tamaño - Enternecerme siento, que sobre ellos - Nunca mis ojos de llorar se hartan. - Sin que de allí se partan, - Con suspiros calientes, - Más que la llama ardientes, - Los enjugo del llanto, y de consuno - Casi los paso y cuento uno a uno; - Juntándolos, con un cordón los ato. - Tras esto el importuno - Dolor me deja descansar un rato. - Mas luego a la memoria se me ofrece - Aquella noche tenebrosa, escura, - Que siempre aflige esta ánima mezquina - Con la memoria de mi desventura. - Verte presente agora me parece - En aquel duro trance de Lucina, - Y aquella voz divina, - Con cuyo son y acentos - A los airados vientos - Pudieras amansar, que agora es muda, - Me parece que oigo que a la cruda, - Inexorable diosa demandabas - En aquel paso ayuda; - Y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas? - ¿Íbate tanto en perseguir las fieras? - ¿Íbate tanto en un pastor dormido? - ¿Cosa pudo bastar a tal crüeza, - Que, conmovida a compasión, oído - A los votos y lágrimas no dieras - Por no ver hecha tierra tal belleza, - O no ver la tristeza - En que tu Nemoroso - Queda, que su reposo - Era seguir tu oficio, persiguiendo - Las fieras por los montes, y ofreciendo - A tus sagradas aras los despojos? - ¿Y tú, ingrata, riendo - Dejas morir mi bien ante mis ojos? - Divina Elisa, pues agora el cielo - Con inmortales pies pisas y mides, - Y su mudanza ves, estando queda, - ¿Por qué de mí te olvidas, y no pides - Que se apresure el tiempo en que este velo - Rompa del cuerpo, y verme libre pueda, - Y en la tercera rueda - Contigo mano a mano - Busquemos otro llano, - Busquemos otros montes y otros ríos, - Otros valles floridos y sombríos, - Donde descanse y siempre pueda verte - Ante los ojos míos, - Sin miedo y sobresalto de perderte?-- - Nunca pusieran fin al triste lloro - Los pastores, ni fueran acabadas - Las canciones que solo el monte oía, - Si mirando las nubes coloradas, - Al trasmontar del sol bordadas de oro, - No vieran que era ya pasado el día. - La sombra se veía - Venir corriendo apriesa - Ya por la falda espesa - Del altísimo monte, y recordando - Ambos como de sueño, y acabando - El fugitivo sol, de luz escaso, - Su ganado llevando, - Se fueron recogiendo paso a paso. - - -_12. A la flor de Gnido_ - - Si de mi baja lira - Tanto pudiese el son, que en un momento - Aplacase la ira - Del animoso viento, - Y la furia del mar y el movimiento; - Y en ásperas montañas - Con el suave canto enterneciese - Las fieras alimañas, - Los árboles moviese, - Y al son confusamente los trajese; - No pienses que cantado - Sería de mí, hermosa flor de Gnido, - El fiero Marte airado, - A muerte convertido, - De polvo y sangre y de sudor teñido; - Ni aquellos capitanes - En las sublimes ruedas colocados, - Por quien los alemanes - El fiero cuello atados, - Y los franceses van domesticados. - Mas solamente aquella - Fuerza de tu beldad sería cantada, - Y alguna vez con ella - También sería notada - El aspereza de que estás armada; - Y cómo por ti sola, - Y por tu gran valor y hermosura, - Convertido en viola, - Llora su desventura - El miserable amante en tu figura. - Hablo de aquel cativo, - De quien tener se debe más cuidado, - Que está muriendo vivo, - Al remo condenado, - En la concha de Venus amarrado. - Por ti, como solía, - Del áspero caballo no corrige - La furia y gallardía, - Ni con freno le rige, - Ni con vivas espuelas ya le aflige. - Por ti, con diestra mano - No revuelve la espada presurosa, - Y en el dudoso llano - Huye la polvorosa - Palestra como sierpe ponzoñosa. - Por ti, su blanda musa, - En lugar de la cítara sonante, - Tristes querellas usa, - Que con llanto abundante - Hacen bañar el rostro del amante. - Por ti, el mayor amigo - Le es importuno, grave y enojoso; - Yo puedo ser testigo - Que ya del peligroso - Naufragio fui su puerto y su reposo. - Y agora en tal manera - Vence el dolor a la razón perdida, - Que ponzoñosa fiera - Nunca fue aborrecida - Tanto como yo dél, ni tan temida. - No fuiste tú engendrada - Ni producida de la dura tierra; - No debe ser notada - Que ingratamente yerra - Quien todo el otro error de sí destierra. - Hágate temerosa - El caso de Anaxárete, y cobarde, - Que de ser desdeñosa - Se arrepintió muy tarde; - Y así, su alma con su mármol arde. - Estábase alegrando - Del mal ajeno el pecho empedernido, - Cuando abajo mirando - El cuerpo muerto vido - Del miserable amante, allí tendido. - Y al cuello el lazo atado, - Con que desenlazó de la cadena - El corazón cuitado, - Que con su breve pena - Compró la eterna punición ajena. - Sintió allí convertirse - En piedad amorosa el aspereza. - ¡Oh tarde arrepentirse! - ¡Oh última terneza! - ¿Cómo te sucedió mayor dureza? - Los ojos se enclavaron - En el tendido cuerpo que allí vieron, - Los huesos se tornaron - Más duros y crecieron, - Y en sí toda la carne convirtieron; - Las entrañas heladas - Tornaron poco a poco en piedra dura; - Por las venas cuitadas - La sangre su figura - Iba desconociendo y su natura; - Hasta que finalmente - En duro mármol vuelta y trasformada, - Hizo de sí la gente - No tan maravillada - Cuanto de aquella ingratitud vengada. - No quieras tú, señora, - De Némesis airada las saetas - Probar, por Dios, agora; - Baste que tus perfetas - Obras y hermosura a los poetas - Den inmortal materia, - Sin que también en verso lamentable - Celebren la miseria - De algún caso notable - Que por ti pase triste y miserable. - - - - -GUTIERRE DE CETINA - - -_13. Madrigal_ - - Ojos claros, serenos, - Si de un dulce mirar sois alabados, - ¿Por qué, si me miráis, miráis airados? - Si cuando más piadosos, - Más bellos parecéis a aquel que os mira, - No me miréis con ira, - Porque no parezcáis menos hermosos. - ¡Ay tormentos rabiosos! - Ojos claros, serenos, - Ya que así me miráis, miradme al menos. - - - - -FRAY LUIS DE LEÓN - - -_14. Vida retirada_ - - ¡Qué descansada vida - la del que huye el mundanal ruïdo, - y sigue la escondida - senda por donde han ido - los pocos sabios que en el mundo han sido! - Que no le enturbia el pecho - de los soberbios grandes el estado, - ni del dorado techo - se admira, fabricado - del sabio moro, en jaspes sustentado. - No cura si la fama - canta con voz su nombre pregonera, - ni cura si encarama - la lengua lisonjera - lo que condena la verdad sincera. - ¿Qué presta a mi contento - si soy del vano dedo señalado, - si en busca de este viento - ando desalentado - con ansias vivas, y mortal cuidado? - ¡Oh campo, oh monte, oh río! - ¡oh secreto seguro deleitoso! - roto casi el navío, - a vuestro almo reposo - huyo de aqueste mar tempestuoso. - Un no rompido sueño, - un día puro, alegre, libre quiero; - no quiero ver el ceño - vanamente severo - de quien la sangre ensalza o el dinero. - Despiértenme las aves - con su cantar süave no aprendido, - no los cuidados graves - de que es siempre seguido - quien al ajeno arbitrio está atenido. - Vivir quiero conmigo, - gozar quiero del bien que debo al cielo, - a solas sin testigo - libre de amor, de celo, - de odio, de esperanzas, de recelo. - Del monte en la ladera - por mi mano plantado tengo un huerto - que con la primavera - de bella flor cubierto - ya muestra en esperanza el fruto cierto. - Y como codiciosa - de ver y acrecentar su hermosura, - desde la cumbre airosa - una fontana pura - hasta llegar corriendo se apresura. - Y luego sosegada - el paso entre los árboles torciendo, - el suelo de pasada - de verdura vistiendo, - y con diversas flores va esparciendo. - El aire el huerto orea, - y ofrece mil olores al sentido, - los árboles menea - con un manso ruido - que del oro y del cetro pone olvido. - Ténganse su tesoro - los que de un flaco leño se confían: - no es mío ver el lloro - de los que desconfían - cuando el cierzo y el ábrego porfían. - La combatida antena - cruje, y en ciega noche el claro día - se torna, al cielo suena - confusa vocería, - y la mar enriquecen a porfía. - A mí una pobrecilla - mesa de amable paz bien abastada - me baste, y la vajilla - de fino oro labrada - sea de quien la mar no teme airada. - Y mientras miserable- - mente se están los otros abrasando - en sed insaciable - del no durable mando, - tendido yo a la sombra esté cantando. - A la sombra tendido - de yedra y lauro eterno coronado, - puesto el atento oído - al son dulce acordado - del plectro sabiamente meneado. - - -_15. A Francisco Salinas_ - - El aire se serena - y viste de hermosura y luz no usada, - Salinas, cuando suena - la música extremada - por vuestra sabia mano gobernada. - A cuyo son divino - mi alma que en olvido está sumida, - torna a cobrar el tino, - y memoria perdida - de su origen primera esclarecida. - Y como se conoce, - en suerte y pensamientos se mejora; - el oro desconoce - que el vulgo ciego adora, - la belleza caduca engañadora. - Traspasa el aire todo - hasta llegar a la más alta esfera, - y oye allí otro modo - de no perecedera - música, que es de todas la primera. - Ve cómo el gran maestro - a aquesta inmensa cítara aplicado, - con movimiento diestro - produce el son sagrado - con que este eterno templo es sustentado. - Y como está compuesta - de números concordes, luego envía - consonante respuesta, - y entrambas a porfía - mezclan una dulcísima armonía. - Aquí la alma navega - por un mar de dulzura, y finalmente - en él así se anega, - que ningún accidente - extraño o peregrino oye o siente. - ¡Oh desmayo dichoso! - ¡oh muerte que das vida! ¡oh dulce olvido! - ¡durase en tu reposo - sin ser restituido - jamás a aqueste bajo y vil sentido! - A este bien os llamo, - gloria del Apolíneo sacro coro, - amigos, a quien amo - sobre todo tesoro; - que todo lo demás es triste lloro. - ¡Oh! suene de contino, - Salinas, vuestro son en mis oídos, - por quien al bien divino - despiertan los sentidos, - quedando a lo demás amortecidos. - - -_16. A Felipe Ruiz_ - - ¿Cuándo será que pueda - libre de esta prisión volar al cielo, - Felipe, y en la rueda - que huye más del suelo, - contemplar la verdad pura sin velo? - Allí a mi vida junto - en luz resplandeciente convertido, - veré distinto y junto - lo que es y lo que ha sido, - y su principio propio y escondido. - Entonces veré cómo - el divino poder echó el cimiento - tan a nivel y plomo, - do estable eterno asiento - posee el pesadísimo elemento. - Veré las inmortales - columnas do la tierra está fundada, - las lindes y señales - con que a la mar airada - la Providencia tiene aprisionada. - Por qué tiembla la tierra, - por qué las hondas mares se embravecen, - dó sale a mover guerra - el cierzo, y por qué crecen - las aguas del Océano y descrecen. - De dó manan las fuentes; - quién ceba, y quién bastece de los ríos - las perpetuas corrientes; - de los helados fríos - veré las causas, y de los estíos. - Las soberanas aguas - del aire en la región quién las sostiene; - de los rayos las fraguas; - dó los tesoros tiene - de nieve Dios, y el trueno dónde viene. - ¿No ves cuando acontece - turbarse el aire todo en el verano? - el día se ennegrece, - sopla el gallego insano, - y sube hasta el cielo el polvo vano; - Y entre las nubes mueve - su carro Dios ligero y reluciente, - horrible son conmueve, - relumbra fuego ardiente, - treme la tierra, humíllase la gente. - La lluvia baña el techo, - envían largos ríos los collados; - su trabajo deshecho, - los campos anegados - miran los labradores espantados. - Y de allí levantado - veré los movimientos celestiales, - así el arrebatado - como los naturales, - las causas de los hados, las señales. - Quién rige las estrellas - veré, y quién las enciende con hermosas - y eficaces centellas; - por qué están las dos osas, - de bañarse en el mar siempre medrosas. - Veré este fuego eterno - fuente de vida y luz dó se mantiene; - y por qué en el invierno - tan presuroso viene, - por qué en las noches largas se detiene. - Veré sin movimiento - en la más alta esfera las moradas - del gozo y del contento, - de oro y luz labradas, - de espíritus dichosos habitadas. - - -_17. Noche serena_ - - Cuando contemplo el cielo - de innumerables luces adornado, - y miro hacia el suelo - de noche rodeado, - en sueño y en olvido sepultado: - El amor y la pena - despiertan en mi pecho una ansia ardiente; - despiden larga vena - los ojos hechos fuente; - la lengua dice al fin con voz doliente: - Morada de grandeza, - templo de claridad y hermosura, - mi alma que a tu alteza - nació, ¿qué desventura - la tiene en esta cárcel baja, oscura? - ¿Qué mortal desatino - de la verdad aleja así el sentido, - que de tu bien divino - olvidado, perdido - sigue la vana sombra, el bien fingido? - El hombre está entregado - al sueño, de su suerte no cuidando, - y con paso callado - el cielo vueltas dando - las horas del vivir le va hurtando. - ¡Ay! despertad, mortales; - mirad con atención en vuestro daño; - ¿las almas inmortales - hechas a bien tamaño - podrán vivir de sombra y solo engaño? - ¡Ay! levantad los ojos - a aquesta celestial eterna esfera, - burlaréis los antojos - de aquesa lisonjera - vida, con cuanto teme y cuanto espera. - ¿Es más que un breve punto - el bajo y torpe suelo, comparado - a aqueste gran trasunto, - do vive mejorado - lo que es, lo que será, lo que ha pasado? - Quien mira el gran concierto - de aquestos resplandores eternales, - su movimiento cierto, - sus pasos desiguales, - y en proporción concorde tan iguales: - La luna cómo mueve - la plateada rueda, y va en pos de ella - la luz do el saber llueve, - y la graciosa estrella - de amor le sigue reluciente y bella: - Y cómo otro camino - prosigue el sanguinoso Marte airado, - y el Júpiter benino - de bienes mil cercado - serena el cielo con su rayo amado: - Rodéase en la cumbre - Saturno, padre de los siglos de oro, - tras él la muchedumbre - del reluciente coro - su luz va repartiendo y su tesoro: - ¿Quién es el que esto mira, - y precia la bajeza de la tierra, - y no gime y suspira - por romper lo que encierra - el alma, y de estos bienes la destierra? - Aquí vive el contento, - aquí reina la paz: aquí asentado - en rico y alto asiento - está al amor sagrado - de honra y de deleites rodeado. - Inmensa hermosura - aquí se muestra toda; y resplandece - clarísima luz pura, - que jamás anochece; - eterna primavera aquí florece. - ¡Oh campos verdaderos! - ¡oh prados con verdad frescos y amenos! - ¡riquísimos mineros! - ¡Oh deleitosos senos! - ¡repuestos valles de mil bienes llenos! - - -_18. Morada del cielo_ - - Alma región luciente, - prado de bienandanza, que ni al hielo - ni con el rayo ardiente - falleces, fértil suelo - producidor eterno de consuelo: - De púrpura y de nieve - florida la cabeza coronado, - a dulces pastos mueve - sin honda ni cayado, - el buen Pastor en ti su hato amado. - Él va, y en pos dichosas - le siguen sus ovejas, do las pace - con inmortales rosas, - con flor que siempre nace, - y cuanto más se goza más renace. - Ya dentro a la montaña - del alto bien las guía; ya en la vena - del gozo fiel las baña, - y les da mesa llena, - pastor y pasto él solo, y suerte buena. - Y de su esfera cuando - la cumbre toca altísimo subido - el sol, él sesteando - de su hato ceñido - con dulce son deleita el santo oído. - Toca el rabel sonoro, - y el inmortal dulzor al alma pasa, - con que envilece el oro, - y ardiendo se traspasa - y lanza en aquel bien libre de tasa. - ¡Oh son, oh voz, siquiera - pequeña parte alguna descendiese - en mi sentido, y fuera - de sí el alma pusiese - y toda en ti, oh amor, la convirtiese! - Conocería dónde - sesteas, dulce Esposo, y desatada - de esta prisión a donde - padece, a tu manada - junta, no ya andará perdida, errada. - - -_19. En la Ascensión_ - - ¡Y dejas, Pastor santo, - tu grey en este valle hondo, escuro, - con soledad y llanto, - y tú rompiendo el puro - aire, te vas al inmortal seguro! - ¿Los antes bienhadados, - y los agora tristes y afligidos, - a tus pechos criados, - de Ti desposeídos, - a dó convertirán ya sus sentidos? - ¿Qué mirarán los ojos - que vieron de tu rostro la hermosura, - que no les sea enojos? - quien oyó tu dulzura, - ¿qué no tendrá por sordo y desventura? - Aqueste mar turbado - ¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto - al viento fiero airado? - estando tú encubierto - ¿qué norte guiará la nave al puerto? - ¡Ay! nube envidïosa - aun de este breve gozo ¿qué te aquejas? - ¿dó vuelas presurosa? - ¡cuán rica tú te alejas! - ¡cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas! - - -_20. Imitación de diversos_ - - Vuestra tirana exención - y ese vuestro cuello erguido - estoy cierto que Cupido - pondrá en dura sujeción. - Vivid esquiva y exenta; - que a mi cuenta - vos serviréis al amor - cuando de vuestro dolor - ninguno quiera hacer cuenta. - Cuando la dorada cumbre - fuere de nieve esparcida, - y las dos luces de vida - recogieren ya su lumbre: - cuando la ruga enojosa - en la hermosa - frente y cara se mostrare, - y el tiempo que vuela helare - esa fresca y linda rosa: - Cuando os viéredes perdida, - os perderéis por querer, - sentiréis que es padecer - querer y no ser querida. - Diréis con dolor, Señora, - cada hora: - ¡quién tuviera, ay sin ventura, - o agora aquella hermosura - o antes el amor de agora! - A mil gentes que agraviadas - tenéis con vuestra porfía, - dejaréis en aquel día - alegres y bien vengadas. - Y por mil partes volando - publicando - el amor irá este cuento, - para aviso y escarmiento - de quien huye de su bando. - ¡Ay! por Dios, Señora bella, - mirad por vos, mientras dura - esa flor graciosa y pura, - que el no gozalla es perdella, - y pues no menos discreta - y perfeta - sois que bella y desdeñosa, - mirad que ninguna cosa - hay que a amor no esté sujeta. - El amor gobierna el cielo - con ley dulce eternamente, - ¿y pensáis vos ser valiente - contra él acá en el suelo? - Da movimiento y viveza - a belleza - el amor, y es dulce vida; - y la suerte más valida - sin él es triste pobreza. - ¿Qué vale el beber en oro, - el vestir seda y brocado, - el techo rico labrado, - los montones de tesoro? - ¿Y qué vale si a derecho - os da pecho - el mundo todo y adora, - si a la fin dormís, Señora, - en el solo y frío lecho? - - -_21. Soneto_ - - Agora con la aurora se levanta - mi luz, agora coge en rico ñudo - el hermoso cabello, agora el crudo - pecho ciñe con oro, y la garganta. - Agora vuelta al cielo pura y santa - las manos y ojos bellos alza, y pudo - dolerse agora de mi mal agudo; - agora incomparable tañe y canta. - Ansí digo, y del dulce error llevado, - presente ante mis ojos la imagino, - y lleno de humildad y amor la adoro. - Mas luego vuelve en sí el engañado - ánimo, y conociendo el desatino, - la rienda suelta largamente al lloro. - - - - -SAN JUAN DE LA CRUZ - - -_22. Cántico espiritual entre el alma y Cristo su Esposo_ - -ESPOSA - - ¿Adónde te escondiste, - Amado, y me dejaste con gemido? - Como el ciervo huiste, - Habiéndome herido; - Salí tras ti clamando, y ya eras ido. - Pastores, los que fuerdes - Allá por las majadas al otero, - Si por ventura vierdes - Aquel que yo más quiero - Decidle que adolezco, peno y muero. - Buscando mis amores, - Iré por esos montes y riberas, - Ni cogeré las flores, - Ni temeré las fieras, - Y pasaré los fuertes y fronteras. - ¡Oh bosques y espesuras, - Plantadas por la mano del Amado, - Oh prado de verduras, - De flores esmaltado, - Decid si por vosotros ha pasado! - -RESPUESTA DE LAS CRIATURAS - - Mil gracias derramando - Pasó por estos sotos con presura, - Y, yéndolos mirando, - Con sola su figura - Vestidos los dejó de su hermosura. - -ESPOSA - - ¡Ay, quién podrá sanarme! - Acaba de entregarte ya de vero, - No quieras enviarme - De hoy ya más mensajero, - Que no saben decirme lo que quiero. - Y todos cuantos vagan, - De ti me van mil gracias refiriendo, - Y todos más me llagan, - Y déjame muriendo - Un no sé qué que quedan balbuciendo. - Mas ¿cómo perseveras, - Oh vida, no viviendo donde vives, - Y haciendo porque mueras - Las flechas que recibes, - De lo que del Amado en ti concibes? - ¿Por qué, pues has llagado - A aqueste corazón, no le sanaste? - Y pues me le has robado, - ¿Por qué así lo dejaste, - Y no tomas el robo que robaste? - Apaga mis enojos, - Pues que ninguno basta a deshacellos, - Y véante mis ojos, - Pues eres lumbre de ellos - Y solo para ti quiero tenellos. - Descubre tu presencia, - Y máteme tu vista y hermosura: - Mira que la dolencia - De amor, que no se cura - Sino con la presencia y la figura. - ¡Oh cristalina fuente, - Si en esos tus semblantes plateados - Formases de repente - Los ojos deseados - Que tengo en mis entrañas dibujados! - Apártalos, Amado, - Que voy de vuelo. - -ESPOSO - - Vuélvete, paloma, - Que el ciervo vulnerado - Por el otero asoma, - Al aire de tu vuelo, y fresco toma. - -ESPOSA - - Mi amado, las montañas, - Los valles solitarios nemorosos, - Las ínsulas extrañas, - Los ríos sonorosos, - El silbo de los aires amorosos. - La noche sosegada, - En par de los levantes de la aurora, - La música callada, - La soledad sonora, - La cena, que recrea y enamora. - Cazadnos las raposas, - Que está ya florecida nuestra viña, - En tanto que de rosas - Hacemos una piña, - Y no parezca nadie en la montiña. - Detente, Cierzo muerto: - Ven, Austro, que recuerdas los amores, - Aspira por mi huerto, - Y corran tus olores, - Y pacerá el Amado entre las flores. - Oh ninfas de Judea, - En tanto que en las flores y rosales - El ámbar perfumea, - Morá en los arrabales, - Y no queráis tocar nuestros umbrales. - Escóndete, Carillo, - Y mira con tu haz a las montañas, - Y no quieras decillo; - Mas mira las compañas - De la que va por ínsulas extrañas. - -ESPOSO - - A las aves ligeras, - Leones, ciervos, gamos saltadores, - Montes, valles, riberas, - Aguas, aires, ardores, - Y miedos de las noches veladores, - Por las amenas liras - Y cantos de sirenas os conjuro - Que cesen vuestras iras, - Y no toquéis al muro, - Porque la Esposa duerma más seguro. - Entrádose ha la Esposa - En el ameno huerto deseado, - Y a su sabor reposa, - El cuello reclinado - Sobre los dulces brazos del Amado. - Debajo del manzano - Allí conmigo fuiste desposada, - Allí te di la mano, - Y fuiste reparada - Donde tu madre fuera violada. - -ESPOSA - - Nuestro lecho florido, - De cuevas de leones enlazado, - En púrpura teñido, - De paz edificado, - De mil escudos de oro coronado. - A zaga de tu huella - Los jóvenes discurren el camino, - Al toque de centella, - Al adobado vino, - Emisiones de bálsamo divino. - En la interior bodega - De mi amado bebí, y cuando salía - Por toda aquesta vega, - Ya cosa no sabía - Y el ganado perdí que antes seguía. - Allí me dio su pecho, - Allí me enseñó ciencia muy sabrosa, - Y yo le di de hecho - A mí, sin dejar cosa, - Allí le prometí de ser su esposa. - Mi alma se ha empleado - Y todo mi caudal en su servicio. - Ya no guardo ganado, - Ni ya tengo otro oficio: - Que ya solo en amar es mi ejercicio. - Pues ya si en el ejido - De hoy más no fuere vista ni hallada, - Diréis que me he perdido, - Que andando enamorada - Me hice perdidiza, y fui ganada. - De flores y esmeraldas - En las frescas mañanas escogidas, - Haremos las guirnaldas, - En tu amor florecidas, - Y en un cabello mío entretejidas. - En solo aquel cabello - Que en mi cuello volar consideraste, - Mirástele en mi cuello, - Y en él preso quedaste, - Y en uno de mis ojos te llagaste. - Cuando tú me mirabas, - Su gracia en mí tus ojos imprimían; - Por eso me adamabas, - Y en eso merecían - Los míos adorar lo que en ti vían. - No quieras despreciarme, - Que si color moreno en mí hallaste - Ya bien puedes mirarme, - Después que me miraste, - Que gracia y hermosura en mí dejaste. - -ESPOSO - - La blanca palomica - Al arca con el ramo se ha tornado, - Y ya la tortolica - Al socio deseado - En las riberas verdes ha hallado. - En soledad vivía, - Y en soledad ha puesto ya su nido, - Y en soledad la guía - A solas su querido, - También en soledad de amor herido. - -ESPOSA - - Gocémonos, Amado, - Y vámonos a ver en tu hermosura - Al monte y al collado, - Do mana el agua pura; - Entremos más adentro en la espesura. - Y luego a las subidas - Cavernas de las piedras nos iremos, - Que están bien escondidas, - Y allí nos entraremos, - Y el mosto de granadas gustaremos. - Allí me mostrarías - Aquello que mi alma pretendía, - Y luego me darías - Allí tú, vida mía, - Aquello que me diste el otro día. - El aspirar del aire, - El canto de la dulce Filomena, - El soto y su donaire, - En la noche serena - Con llama que consume y no da pena. - Que nadie lo miraba, - Aminadab tampoco parecía, - Y el cerco sosegaba, - Y la caballería - A vista de las aguas descendía. - - - - -ANÓNIMO - - -_23._ - - No me mueve, mi Dios, para quererte - El cielo que me tienes prometido, - Ni me mueve el infierno tan temido - Para dejar por eso de ofenderte. - Tú me mueves, Señor; muéveme el verte - Clavado en una cruz y escarnecido; - Muéveme ver tu cuerpo tan herido; - Muévenme tus afrentas y tu muerte. - Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera, - Que aunque no hubiera cielo, yo te amara. - Y aunque no hubiera infierno, te temiera. - No me tienes que dar porque te quiera; - Pues aunque lo que espero no esperara, - Lo mismo que te quiero te quisiera. - - - - -FRANCISCO DE LA TORRE - - -_24. La cierva_ - - Doliente cierva, que el herido lado - De ponzoñosa y cruda yerba lleno, - Buscas el agua de la fuente pura, - Con el cansado aliento y con el seno - Bello de la corriente sangre hinchado, - Débil y decaída tu hermosura: - ¡Ay! que la mano dura - Que tu nevado pecho - Ha puesto en tal estrecho, - Gozosa va con tu desdicha, cuando - Cierva mortal, viviendo, estás penando - Tu desangrado y dulce compañero, - El regalado y blando - Pecho pasado del veloz montero: - Vuelve cuitada, vuelve al valle, donde - Queda muerto tu amor, en vano dando - Términos desdichados a tu suerte. - Morirás en su seno, reclinando - La beldad, que la cruda mano esconde - Delante de la nube de la muerte. - Que el paso duro y fuerte, - Ya forzoso y terrible, - No puede ser posible - Que le escusen los cielos, permitiendo - Crudos astros que muera padeciendo - Las asechanzas de un montero crudo, - Que te vino siguiendo - Por los desiertos de este campo mudo. - Mas ¡ay! que no dilatas la inclemente - Muerte, que en tu sangriento pecho llevas, - Del crudo amor vencido y maltratado: - Tú con el fatigado aliento pruebas - A rendir el espíritu doliente - En la corriente de este valle amado. - Que el ciervo desangrado, - Que contigo la vida - Tuvo por bien perdida, - No fue tan poco de tu amor querido, - Que habiendo tan cruelmente padecido, - Quieras vivir sin él, cuando pudieras - Librar el pecho herido - De crudas llagas y memorias fieras. - Cuando por la espesura deste prado - Como tórtolas solas y queridas, - Solos y acompañados anduvistes: - Cuando de verde mirto y de floridas - Violetas, tierno acanto y lauro amado, - Vuestras frentes bellísimas ceñistes: - Cuando las horas tristes, - Ausentes y queridos, - Con mil mustios bramidos - Ensordecistes la ribera umbrosa - Del claro Tajo, rica y venturosa - Con vuestro bien, con vuestro mal sentida; - Cuya muerte penosa - No deja rastro de contenta vida. - Agora el uno, cuerpo muerto lleno - De desdén y de espanto, quien solía - Ser ornamento de la selva umbrosa: - Tú, quebrantada y mustia, al agonía - De la muerte rendida, el bello seno - Agonizando, el alma congojosa: - Cuya muerte gloriosa, - En los ojos de aquellos - Cuyos despojos bellos - Son victorias del crudo amor furioso, - Martirio fue de amor, triunfo glorioso - Con que corona y premia dos amantes - Que del siempre rabioso - Trance mortal salieron muy triunfantes. - Canción, fábula un tiempo, y caso agora - De una cierva doliente, que la dura - Flecha del cazador dejó sin vida, - Errad por la espesura - Del monte, que de gloria tan perdida - No hay sino lamentar su desventura. - - - - -GIL POLO - - -_25. Canción_ - - En el campo venturoso, - Donde con clara corriente - Guadalaviar hermoso - Dejando el suelo abundoso - Da tributo al mar potente; - Galatea, desdeñosa - Del dolor que a Licio daña, - Iba alegre y bulliciosa - Por la ribera arenosa - Que el mar con sus ondas baña, - Entre la arena cogiendo - Conchas y piedras pintadas, - Muchos cantares diciendo - Con el son del ronco estruendo - De las ondas alteradas: - Junto el agua se ponía, - Y las ondas aguardaba, - Y en verlas llegar huía; - Pero a veces no podía - Y el blanco pie se mojaba. - Licio, al cual en sufrimiento - Amador ninguno iguala, - Suspendió allí su tormento - Mientras miraba el contento - De su pulida zagala. - Mas cotejando su mal - Con el gozo que ella había - El fatigado zagal - Con voz amarga y mortal - De esta manera decía: - Ninfa hermosa, no te vea - Jugar con el mar horrendo; - Y aunque más placer te sea, - Huye del mar, Galatea, - Como estás de Licio huyendo. - Deja ahora de jugar, - Que me es dolor importuno: - No me hagas más penar, - Que en verte cerca del mar - Tengo celos de Neptuno. - Causa mi triste cuidado - Que a mi pensamiento crea: - Porque ya está averiguado - Que si no es tu enamorado - Lo será cuando te vea. - Y está cierto, porque amor - Sabe desde que me hirió, - Que para pena mayor - Me falta un competidor - Más poderoso que yo. - Deja la seca ribera, - Do está el alga infructuosa: - Guarda que no salga afuera - Alguna marina fiera - Enroscada y escamosa. - Huye ya, y mira que siento - Por ti dolores sobrados; - Porque con doble tormento - Celos me da tu contento - Y tu peligro cuidados. - En verte regocijada - Celos me hacen acordar - De Europa, ninfa preciada, - Del toro blanco engañada - En la ribera del mar. - Y el ordinario cuidado - Hace que piense contino - De aquel desdeñoso alnado, - Orilla el mar arrastrado, - Visto aquel monstruo marino. - Mas no veo en ti temor - De congoja y pena tanta; - Que bien sé por mi dolor - Que a quien no teme al amor - Ningún peligro le espanta. - Guarte pues de un gran cuidado: - Que el vengativo Cupido - Viéndose menospreciado, - Lo que no hace de grado, - Suele hacerlo de ofendido. - Ven conmigo al bosque ameno, - Y al apacible sombrío - De olorosas flores lleno, - Do en el día más sereno - No es enojoso el Estío. - Si el agua te es placentera, - Hay allí fuente tan bella, - Que para ser la primera - Entre todas, solo espera - Que tú te laves en ella. - En aqueste raso suelo - A guardar tu hermosa cara - No basta sombrero o velo; - Que estando al abierto cielo - El sol morena te para. - No escuchas dulces concentos, - Sino el espantoso estruendo - Con que los bravosos vientos - Con soberbios movimientos - Van las aguas revolviendo. - Y tras la fortuna fiera - Son las vistas más suaves - Ver llegar a la ribera - La destrozada madera - De las anegadas naves. - Ven a la dulce floresta, - Do natura no fue escasa: - Donde haciendo alegre fiesta - La más calorosa siesta - Con más deleite se pasa. - Huye los soberbios mares; - Ven, verás cómo cantamos - Tan deleitosos cantares - Que los más duros pesares - Suspendemos y engañamos; - Y aunque quien pasa dolores, - Amor le fuerza a cantarlos, - Yo haré que los pastores - No digan cantos de amores, - Porque huelgues de escucharlos. - Allí, por bosques y prados, - Podrás leer todas horas, - En mil robles señalados - Los nombres más celebrados - De las ninfas y pastoras. - Mas serate cosa triste - Ver tu nombre allí pintado, - En saber que escrita fuiste - Por el que siempre tuviste - De tu memoria borrado. - Y aunque mucho estés airada, - No creo yo que te asombre - Tanto el verte allí pintada, - Como el ver que eres amada - Del que allí escribió tu nombre. - No ser querida y amar - Fuera triste desplacer; - Mas ¿qué tormento o pesar - Te puede, Ninfa, causar - Ser querida y no querer? - Mas desprecia cuanto quieras - A tu pastor, Galatea; - Solo que en estas riberas - Cerca de las ondas fieras - Con mis ojos no te vea. - ¿Qué pasatiempo mejor - Orilla el mar puede hallarse - Que escuchar el ruiseñor, - Coger la olorosa flor - Y en clara fuente lavarse? - Pluguiera a Dios que gozaras - De nuestro campo y ribera, - Y porque más lo preciaras, - Ojalá tú lo probaras, - Antes que yo lo dijera. - Porque cuanto alabo aquí - De su crédito lo quito; - Pues el contentarme a mí - Bastará para que a ti - No te venga en apetito. - Licio mucho más le hablara, - Y tenía más que hablalle, - Si ella no se lo estorbara, - Que con desdeñosa cara - Al triste dice que calle. - Volvió a sus juegos la fiera - Y a sus llantos el pastor, - Y de la misma manera - Ella queda en la ribera, - Y él en su mismo dolor. - - - - -FERNANDO DE HERRERA - - -_26. Por la victoria de Lepanto_ - - Cantemos al Señor, que en la llanura - Venció del ancho mar al Trace fiero; - Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra, - Salud y gloria nuestra. - Tú rompiste las fuerzas y la dura - Frente de Faraón, feroz guerrero; - Sus escogidos príncipes cubrieron - Los abismos del mar, y descendieron, - Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego - Los tragó, como arista seca el fuego. - El soberbio tirano, confiado - En el grande aparato de sus naves, - Que de los nuestros la cerviz cautiva - Y las manos aviva - Al ministerio injusto de su estado, - Derribó con los brazos suyos graves - Los cedros más excelsos de la cima - Y el árbol que más yerto se sublima, - Bebiendo ajenas aguas y atrevido - Pisando el bando nuestro y defendido. - Temblaron los pequeños, confundidos - Del impío furor suyo; alzó la frente - Contra ti, Señor Dios, y con semblante - Y con pecho arrogante, - Y los armados brazos extendidos, - Movió el airado cuello aquel potente; - Cercó su corazón de ardiente saña - Contra las dos Hesperias, que el mar baña, - Porque en ti confiadas le resisten - Y de armas de tu fe y amor se visten. - Dijo aquel insolente y desdeñoso: - «¿No conocen mis iras estas tierras, - Y de mis padres los ilustres hechos, - O valieron sus pechos - Contra ellos con el húngaro medroso, - Y de Dalmacia y Rodas en las guerras? - ¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos - Pudo salvar los de Austria y los germanos? - ¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora - Guardallos de mi diestra vencedora? - »Su Roma, temerosa y humillada, - Los cánticos en lágrimas convierte; - Ella y sus hijos tristes mi ira esperan - Cuando vencidos mueran; - Francia está con discordia quebrantada, - Y en España amenaza horrible muerte - Quien honra de la luna las banderas; - Y aquellas en la guerra gentes fieras - Ocupadas están en su defensa, - Y aunque no, ¿quién hacerme puede ofensa? - »Los poderosos pueblos me obedecen, - Y el cuello con su daño al yugo inclinan, - Y me dan por salvarse ya la mano. - Y su valor es vano; - Que sus luces cayendo se oscurecen, - Sus fuertes a la muerte ya caminan, - Sus vírgenes están en cautiverio, - Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio. - Del Nilo a Éufrates fértil e Istro frío, - Cuanto el sol alto mira todo es mío.» - Tú, Señor, que no sufres que tu gloria - Usurpe quien su fuerza osado estima, - Prevaleciendo en vanidad y en ira, - Este soberbio mira, - Que tus aras afea en su vitoria. - No dejes que los tuyos así oprima, - Y en su cuerpo, cruel, las fieras cebe, - Y en su esparcida sangre el odio pruebe; - Que hecho ya su oprobio, dice: «¿Dónde - El Dios de estos está? ¿De quién se asconde?» - Por la debida gloria de tu nombre, - Por la justa venganza de tu gente, - Por aquel de los míseros gemido, - Vuelve el brazo tendido - Contra este, que aborrece ya ser hombre; - Y las honras que celas tú consiente; - Y tres y cuatro veces el castigo - Esfuerza con rigor a tu enemigo, - Y la injuria a tu nombre cometida - Sea el hierro contrario de su vida. - Levantó la cabeza el poderoso - Que tanto odio te tiene; en nuestro estrago - Juntó el consejo, y contra nos pensaron - Los que en él se hallaron. - «Venid, dijeron, y en el mar ondoso - Hagamos de su sangre un grande lago; - Deshagamos a estos de la gente, - Y el nombre de su Cristo juntamente, - Y dividiendo de ellos los despojos, - Hártense en muerte suya nuestros ojos.» - Vinieron de Asia y portentoso Egito - Los árabes y leves africanos, - Y los que Grecia junta mal con ellos, - Con los erguidos cuellos, - Con gran poder y número infinito; - Y prometer osaron con sus manos - Encender nuestros fines y dar muerte - A nuestra juventud con hierro fuerte, - Nuestros niños prender y las doncellas, - Y la gloria manchar y la luz dellas. - Ocuparon del piélago los senos, - Puesta en silencio y en temor la tierra, - Y cesaron los nuestros valerosos, - Y callaron dudosos, - Hasta que al fiero ardor de sarracenos - El Señor eligiendo nueva guerra, - Se opuso el joven de Austria generoso - Con el claro español y belicoso; - Que Dios no sufre ya en Babel cautiva - Que su Sion querida siempre viva. - Cual león a la presa apercibido, - Sin recelo los impíos esperaban - A los que tú, Señor, eras escudo; - Que el corazón desnudo - De pavor, y de amor y fe vestido, - Con celestial aliento confiaban. - Sus manos a la guerra compusiste, - Y sus brazos fortísimos pusiste - Como el arco acerado, y con la espada - Vibraste en su favor la diestra armada. - Turbáronse los grandes, los robustos - Rindiéronse temblando y desmayaron; - Y tú entregaste, Dios, como la rueda, - Como la arista queda - Al ímpetu del viento, a estos injustos, - Que mil huyendo de uno se pasmaron. - Cual fuego abrasa selvas, cuya llama - En las espesas cumbres se derrama, - Tal en tu ira y tempestad seguiste - Y su faz de ignominia convertiste. - Quebrantaste al cruel dragón, cortando - Las alas de su cuerpo temerosas - Y sus brazos terribles no vencidos; - Que con hondos gemidos - Se retira a su cueva, do silbando - Tiembla con sus culebras venenosas, - Lleno de miedo torpe sus entrañas, - De tu león temiendo las hazañas; - Que, saliendo de España, dio un rugido - Que lo dejó asombrado y aturdido. - Hoy se vieron los ojos humillados - Del sublime varón y su grandeza, - Y tú solo, Señor, fuiste exaltado; - Que tu día es llegado, - Señor de los ejércitos armados, - Sobre la alta cerviz y su dureza, - Sobre derechos cedros y extendidos, - Sobre empinados montes y crecidos, - Sobre torres y muros, y las naves - De Tiro, que a los tuyos fueron graves. - Babilonia y Egito amedrentada - Temerá el fuego y la asta violenta, - Y el humo subirá a la luz del cielo, - Y faltos de consuelo, - Con rostro oscuro y soledad turbada - Tus enemigos llorarán su afrenta. - Mas tú, Grecia, concorde a la esperanza - Egicia y gloria de su confianza, - Triste que a ella pareces, no temiendo - A Dios y a tu remedio no atendiendo, - ¿Por qué, ingrata, tus hijas adornaste - En adulterio infame a una impía gente, - Que deseaba profanar tus frutos, - Y con ojos enjutos - Sus odiosos pasos imitaste, - Su aborrecida vida y mal presente? - Dios vengará sus iras en tu muerte; - Que llega a tu cerviz con diestra fuerte - La aguda espada suya; ¿quién, cuitada, - Reprimirá su mano desatada? - Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro, - Que en tus naves estabas gloriosa, - Y el término espantabas de la tierra, - Y si hacías guerra, - De temor la cubrías con suspiro - ¿Cómo acabaste, fiera y orgullosa? - ¿Quién pensó a tu cabeza daño tanto? - Dios, para convertir tu gloria en llanto - Y derribar tus ínclitos y fuertes - Te hizo perecer con tantas muertes. - Llorad, naves del mar; que es destruïda - Vuestra vana soberbia y pensamiento. - ¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna, - Tú, que sigues la luna, - Asia adúltera, en vicios sumergida? - ¿Quien mostrará un liviano sentimiento? - ¿Quién rogará por ti? Que a Dios enciende - Tu ira y la arrogancia que te ofende, - Y tus viejos delitos y mudanza - Han vuelto contra ti a pedir venganza. - Los que vieron tus brazos quebrantados - Y de tus pinos ir el mar desnudo, - Que sus ondas turbaron y llanura, - Viendo tu muerte oscura, - Dirán, de tus estragos espantados: - ¿Quién contra la espantosa tanto pudo? - El Señor, que mostró su fuerte mano - Por la fe de su príncipe cristiano - Y por el nombre santo de su gloria, - A su España concede esta vitoria. - Bendita, Señor, sea tu grandeza; - Que después de los daños padecidos, - Después de nuestras culpas y castigo, - Rompiste al enemigo - De la antigua soberbia la dureza. - Adórente, Señor, tus escogidos, - Confiese cuanto cerca el ancho cielo - Tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo! - Y la cerviz rebelde, condenada, - Perezca en bravas llamas abrasada. - - -_27. Por la pérdida del rey don Sebastián_ - - Voz de dolor y canto de gemido - Y espíritu de miedo, envuelto en ira, - Hagan principio acerbo a la memoria - De aquel día fatal, aborrecido, - Que Lusitania mísera suspira, - Desnuda de valor, falta de gloria; - Y la llorosa historia - Asombre con horror funesto y triste - Desde el áfrico Atlante y seno ardiente - Hasta do el mar de otro color se viste, - Y do el límite rojo de oriente - Y todas sus vencidas gentes fieras - Ven tremolar de Cristo las banderas. - ¡Ay de los que pasaron, confiados - En sus caballos y en la muchedumbre - De sus carros, en ti, Libia desierta, - Y en su vigor y fuerzas engañados, - No alzaron su esperanza a aquella cumbre - De eterna luz, mas con soberbia cierta - Se ofrecieron la incierta - Vitoria, y sin volver a Dios sus ojos, - Con yerto cuello y corazón ufano - Solo atendieron siempre a los despojos! - Y el Santo de Israel abrió su mano, - Y los dejó, y cayó en despeñadero - El carro, y el caballo y caballero. - Vino el día crüel, el día lleno - De indignación, de ira y furor, que puso - En soledad y en un profundo llanto, - De gente y de placer el reino ajeno. - El cielo no alumbró, quedó confuso - El nuevo sol, presagio de mal tanto, - Y con terrible espanto - El Señor visitó sobre sus males, - Para humillar los fuertes arrogantes, - Y levantó los bárbaros no iguales, - Que con osados pechos y constantes - No busquen oro, mas con hierro airado - La ofensa venguen y el error culpado. - Los impíos y robustos, indinados, - Las ardientes espadas desnudaron - Sobre la claridad y hermosura - De tu gloria y valor, y no cansados - En tu muerte, tu honor todo afearon, - Mezquina Lusitania sin ventura; - Y con frente segura - Rompieron sin temor con fiero estrago - Tus armadas escuadras y braveza. - La arena se tornó sangriento lago, - La llanura con muertos aspereza; - Cayó en unos vigor, cayó denuedo; - Mas en otros desmayo y torpe miedo. - ¿Son estos por ventura los famosos, - Los fuertes, los belígeros varones - Que conturbaron con furor la tierra, - Que sacudieron reinos poderosos, - Que domaron las hórridas naciones, - Que pusieron desierto en cruda guerra - Cuanto el mar Indo encierra, - Y soberbias ciudades destruyeron? - ¿Dó el corazón seguro y la osadía? - ¿Cómo así se acabaron, y perdieron - Tanto heroico valor en solo un día; - Y lejos de su patria derribados, - No fueron justamente sepultados? - Tales ya fueron estos, cual hermoso - Cedro del alto Líbano, vestido - De ramos, hojas, con excelsa alteza; - Las aguas lo criaron poderoso - Sobre empinados árboles crecido, - Y se multiplicaron en grandeza - Sus ramos con belleza; - Y extendiendo su sombra, se anidaron - Las aves que sustenta el grande cielo, - Y en sus hojas las fieras engendraron, - Y hizo a mucha gente umbroso velo; - No igualó en celsitud y en hermosura - Jamás árbol alguno a su figura. - Pero elevose con su verde cima, - Y sublimó la presunción su pecho, - Desvanecido todo y confiado, - Haciendo de su alteza solo estima. - Por eso Dios lo derribó deshecho, - A los impíos y ajenos entregado, - Por la raíz cortado; - Que opreso de los montes arrojados, - Sin ramos y sin hojas y desnudo, - Huyeron dél los hombres, espantados, - Que su sombra tuvieron por escudo; - En su ruina y ramos cuantas fueron - Las aves y las fieras se pusieron. - Tú, infanda Libia, en cuya seca arena - Murió el vencido reino lusitano, - Y se acabó su generosa gloria, - No estés alegre y de ufanía llena; - Porque tu temerosa y flaca mano - Hubo sin esperanza tal vitoria, - Indina de memoria; - Que si el justo dolor mueve a venganza - Alguna vez el español coraje, - Despedazada con aguda lanza, - Compensarás muriendo el hecho ultraje; - Y Luco amedrentado, al mar inmenso - Pagará de africana sangre el censo. - - - - -DON JUAN DE ARGUIJO - - -_28. Al Guadalquivir, en una avenida_ - - Tú, a quien ofrece el apartado polo, - Hasta donde tu nombre se dilata, - Preciosos dones de luciente plata, - Que envidia el rico Tajo y el Pactolo; - Para cuya corona, como a solo - Rey de los ríos, entreteje y ata - Palas su oliva con la rama ingrata - Que contempla en tus márgenes Apolo; - Claro Guadalquivir, si impetuoso - Con crespas ondas y mayor corriente - Cubrieres nuestros campos mal seguros, - De la mejor ciudad, por quien famoso - Alzas igual al mar la altiva frente, - Respeta humilde los antiguos muros. - - -_29. La tempestad y la calma_ - - Yo vi del rojo sol la luz serena - Turbarse, y que en un punto desparece - Su alegre faz, y en torno se oscurece - El cielo con tiniebla de horror llena. - El austro proceloso airado suena, - Crece su furia, y la tormenta crece, - Y en los hombros de Atlante se estremece - El alto olimpo y con espanto truena; - Mas luego vi romperse el negro velo - Deshecho en agua, y a su luz primera - Restituirse alegre el claro día, - Y de nuevo esplendor ornado el cielo - Miré, y dije: ¿Quién sabe si le espera - Igual mudanza a la fortuna mía? - - -_30. La avaricia_ - - Castiga el cielo a Tántalo inhumano, - Que en impía mesa su rigor provoca, - Medir queriendo en competencia loca - Saber divino con engaño humano. - Agua en las aguas busca, y con la mano - El árbol fugitivo casi toca; - Huye el copioso Erídano a su boca, - Y en vez de fruta toca el aire vano. - Tú, que espantado de su pena, admiras - Que el cercano manjar en largo ayuno - Al gusto falte y a la vida sobre, - ¿Cómo de muchos Tántalos no miras - Ejemplo igual? Y si codicias uno, - Mira el avaro, en sus riquezas pobre. - - -_31._ - - En segura pobreza vive Eumelo - Con dulce libertad, y le mantienen - Las simples aves, que engañadas vienen - A los lazos y liga sin recelo. - Por mejor suerte no importuna al cielo, - Ni se muestra envidioso a la que tienen - Los que con ansia de subir sostienen - En flacas alas el incierto vuelo. - Muerte tras luengos años no le espanta, - Ni la recibe con indigna queja, - Mas con sosiego grato y faz amiga. - Al fin, muriendo con pobreza tanta, - Ricos juzga sus hijos, pues les deja - La libertad, las aves y la liga. - - - - -BALTASAR DEL ALCÁZAR - - -_32. Una cena_ - - En Jaén, donde resido, - Vive don Lope de Sosa, - Y direte, Inés, la cosa - Más brava de él que has oído. - Tenía este caballero - Un criado portugués... - Pero cenemos, Inés, - Si te parece, primero. - La mesa tenemos puesta, - Lo que se ha de cenar junto, - Las tazas del vino a punto, - Falta comenzar la fiesta. - Comience el vinillo nuevo, - Y échole la bendición; - Yo tengo por devoción - De santiguar lo que bebo. - Franco fue, Inés, este toque; - Pero arrójame la bota: - Vale un florín cada gota - De aqueste vinillo aloque. - ¿De qué taberna se trajo? - Mas ya... de la del Castillo; - Diez y seis vale el cuartillo, - No tiene vino más bajo. - Por nuestro Señor, que es mina - La taberna de Alcocer; - Grande consuelo es tener - La taberna por vecina. - Si es o no invención moderna, - Vive Dios que no lo sé, - Pero delicada fue - La invención de la taberna. - Porque allí llego sediento, - Pido vino de lo nuevo, - Mídenlo, dánmelo, bebo, - Págolo y voyme contento. - Esto, Inés, ello se alaba, - No es menester alaballo; - Solo una falta le hallo, - Que con la priesa se acaba. - La ensalada y salpicón - Hizo fin: ¿qué viene ahora? - La morcilla, ¡oh gran señora, - Digna de veneración! - ¡Qué oronda viene y qué bella! - ¡Qué través y enjundia tiene! - Paréceme, Inés, que viene - Para que demos en ella. - Pues sus, encójase y entre, - Que es algo estrecho el camino. - No eches agua, Inés, al vino; - No se escandalice el vientre. - Echa de lo tras añejo, - Porque con más gusto comas; - Dios te guarde, que así tomas, - Como sabia, mi consejo. - Mas di, ¿no adoras y precias - La morcilla ilustre y rica? - ¡Cómo la traidora pica! - Tal debe tener especias. - ¡Qué llena está de piñones! - Morcilla de cortesanos, - Y asada por esas manos, - Hechas a cebar lechones. - El corazón me revienta - De placer; no sé de ti. - ¿Cómo te va? Yo por mí - Sospecho que estás contenta. - Alegre estoy, vive Dios; - Mas oye un punto sutil: - ¿No pusiste allí un candil? - ¿Cómo me parecen dos? - Pero son preguntas viles; - Ya sé lo que puede ser: - Con este negro beber - Se acrecientan los candiles. - Probemos lo del pichel, - Alto licor celestial; - No es el aloquillo tal, - Ni tiene que ver con él. - ¡Qué suavidad! ¡qué clareza! - ¡Qué rancio gusto y olor! - ¡Qué paladar! ¡qué color! - ¡Todo con tanta fineza! - Mas el queso sale a plaza, - La moradilla va entrando, - Y ambos vienen preguntando - Por el pichel y la taza. - Prueba el queso, que es extremo, - El de Pinto no le iguala; - Pues la aceituna no es mala, - Bien puede bogar su remo. - Haz pues, Inés, lo que sueles, - Daca de la bota llena - Seis tragos; hecha es la cena, - Levántense los manteles. - Ya que, Inés, hemos cenado - Tan bien y con tanto gusto, - Parece que será justo - Volver al cuento pasado. - Pues sabrás, Inés hermana, - Que el portugués cayó enfermo... - Las once dan, yo me duermo; - Quédese para mañana. - - - - -FRANCISCO DE RIOJA - - -_33. A la rosa_ - - Pura, encendida rosa, - Émula de la llama - Que sale con el día, - ¿Cómo naces tan llena de alegría - Si sabes que la edad que te da el cielo - Es apenas un breve y veloz vuelo? - Y no valdrán las puntas de tu rama - Ni tu púrpura hermosa - A detener un punto - La ejecución del hado presurosa. - El mismo cerco alado, - Que estoy viendo riente, - Ya temo amortiguado, - Presto despojo de la llama ardiente. - Para las hojas de tu crespo seno - Te dio Amor de sus alas blandas plumas, - Y oro de su cabello dio a tu frente. - ¡Oh fiel imagen suya peregrina! - Bañote en su color sangre divina - De la deidad que dieron las espumas; - Y esto, purpúrea flor, y esto ¿no pudo - Hacer menos violento el rayo agudo? - Róbate en una hora, - Róbate licencioso su ardimiento - El color y el aliento; - Tiendes aun no las alas abrasadas, - Y ya vuelan al suelo desmayadas. - Tan cerca, tan unida - Está al morir tu vida, - Que dudo si en sus lágrimas la aurora - Mustia tu nacimiento o muerte llora. - - - - -RODRIGO CARO - - -_34. A las ruinas de Itálica_ - - Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora - Campos de soledad, mustio collado, - Fueron un tiempo Itálica famosa; - Aquí de Cipión la vencedora - Colonia fue; por tierra derribado - Yace el temido honor de la espantosa - Muralla, y lastimosa - Reliquia es solamente - De su invencible gente. - Solo quedan memorias funerales - Donde erraron ya sombras de alto ejemplo; - Este llano fue plaza, allí fue templo; - De todo apenas quedan las señales. - Del gimnasio y las termas regaladas - Leves vuelan cenizas desdichadas; - Las torres que desprecio al aire fueron - A su gran pesadumbre se rindieron. - Este despedazado anfiteatro, - Impío honor de los dioses, cuya afrenta - Publica el amarillo jaramago, - Ya reducido a trágico teatro, - ¡Oh fábula del tiempo! representa - Cuánta fue su grandeza y es su estrago. - ¿Cómo en el cerco vago - De su desierta arena - El gran pueblo no suena? - ¿Dónde, pues fieras hay, está el desnudo - Luchador? ¿Dónde está el atleta fuerte? - Todo despareció, cambió la suerte - Voces alegres en silencio mudo; - Mas aun el tiempo da en estos despojos - Espectáculos fieros a los ojos, - Y miran tan confuso lo presente - Que voces de dolor el alma siente. - Aquí nació aquel rayo de la guerra, - Gran padre de la patria, honor de España, - Pío, felice, triunfador Trajano, - Ante quien muda se postró la tierra - Que ve del sol la cuna y la que baña - El mar, también vencido, gaditano. - Aquí de Elio Adriano, - De Teodosio divino, - De Silio peregrino - Rodaron de marfil y oro las cunas. - Aquí ya de laurel, ya de jazmines - Coronados los vieron los jardines, - Que ahora son zarzales y lagunas. - La casa para el César fabricada - ¡Ay! yace de lagartos vil morada; - Casas, jardines, césares murieron, - Y aun las piedras que de ellos se escribieron. - Fabio, si tú no lloras, pon atenta - La vista en luengas calles destruïdas; - Mira mármoles y arcos destrozados, - Mira estatuas soberbias que violenta - Némesis derribó, yacer tendidas, - Y ya en alto silencio sepultados - Sus dueños celebrados. - Así a Troya figuro, - Así a su antiguo muro, - Y a ti, Roma, a quien queda el nombre apenas, - ¡Oh patria de los dioses y los reyes! - Y a ti, a quien no valieron justas leyes, - Fábrica de Minerva, sabia Atenas, - Emulación ayer de las edades, - Hoy cenizas, hoy vastas soledades, - Que no os respetó el hado, no la muerte, - ¡Ay! ni por sabia a ti, ni a ti por fuerte. - Mas ¿para qué la mente se derrama - En buscar al dolor nuevo argumento? - Basta ejemplo menor, basta el presente, - Que aun se ve el humo aquí, se ve la llama, - Aun se oyen llantos hoy, hoy ronco acento; - Tal genio o religión fuerza la mente - De la vecina gente, - Que refiere admirada - Que en la noche callada - Una voz triste se oye, que, llorando - _Cayó Itálica_ dice, y lastimosa, - Eco reclama _Itálica_ en la hojosa - Selva que se le opone, resonando - _Itálica_, y el claro nombre oído - De _Itálica_, renuevan el gemido - Mil sombras nobles de su gran ruina; - ¡Tanto aun la plebe a sentimiento inclina! - Esta corta piedad que, agradecido - Huésped, a tus sagrados manes debo, - Les do y consagro, _Itálica_ famosa. - Tú, si lloroso don han admitido - Las ingratas cenizas, de que llevo - Dulce noticia asaz, si lastimosa, - Permíteme, piadosa - Usura a tierno llanto, - Que vea el cuerpo santo - De Geroncio, tu mártir y prelado. - Muestra de su sepulcro algunas señas, - Y cavaré con lágrimas las peñas - Que ocultan su sarcófago sagrado; - Pero mal pido el único consuelo - De todo el bien que airado quitó el cielo. - Goza en las tuyas sus reliquias bellas - Para envidia del mundo y sus estrellas. - - - - -ANÓNIMO SEVILLANO - -(Probablemente Fernández de Andrada) - - -_35. Epístola moral_ - - Fabio, las esperanzas cortesanas - Prisiones son do el ambicioso muere - Y donde al más astuto nacen canas. - El que no las limare o las rompiere, - Ni el nombre de varón ha merecido, - Ni subir al honor que pretendiere. - El ánimo plebeyo y abatido - Elija, en sus intentos temeroso, - Primero estar suspenso que caído; - Que el corazón entero y generoso - Al caso adverso inclinará la frente - Antes que la rodilla al poderoso. - Más triunfos, más coronas dio al prudente - Que supo retirarse, la fortuna, - Que al que esperó obstinada y locamente. - Esta invasión terrible e importuna - De contrarios sucesos nos espera - Desde el primer sollozo de la cuna. - Dejémosla pasar como a la fiera - Corriente del gran Betis, cuando airado - Dilata hasta los montes su ribera. - Aquel entre los héroes es contado - Que el premio mereció, no quien le alcanza - Por vanas consecuencias del estado. - Peculio propio es ya de la privanza - Cuanto de Astrea fue, cuanto regía - Con su temida espada y su balanza. - El oro, la maldad, la tiranía - Del inicuo procede y pasa al bueno. - ¿Qué espera la virtud o qué confía? - Ven y reposa en el materno seno - De la antigua Romúlea, cuyo clima - Te será más humano y más sereno. - Adonde por lo menos, cuando oprima - Nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno; - «Blanda le sea», al derramarla encima; - Donde no dejarás la mesa ayuno - Cuando te falte en ella el pece raro - O cuando su pavón nos niegue Juno. - Busca pues el sosiego dulce y caro, - Como en la obscura noche del Egeo - Busca el piloto el eminente faro; - Que si acortas y ciñes tu deseo - Dirás: «Lo que desprecio he conseguido; - Que la opinión vulgar es devaneo.» - Más precia el ruiseñor su pobre nido - De pluma y leves pajas, más sus quejas - En el bosque repuesto y escondido, - Que halagar lisonjero las orejas - De algún príncipe insigne; aprisionado - En el metal de las doradas rejas. - Triste de aquel que vive destinado - A esa antigua colonia de los vicios, - Augur de los semblantes del privado. - Cese el ansia y la sed de los oficios; - Que acepta el don y burla del intento - El ídolo a quien haces sacrificios. - Iguala con la vida el pensamiento, - Y no le pasarás de hoy a mañana, - Ni quizá de un momento a otro momento. - Casi no tienes ni una sombra vana - De nuestra antigua Itálica, y ¿esperas? - ¡Oh error perpetuo de la suerte humana! - Las enseñas grecianas, las banderas - Del senado y romana monarquía - Murieron, y pasaron sus carreras. - ¿Qué es nuestra vida más que un breve día - Do apena sale el sol cuando se pierde - En las tinieblas de la noche fría? - ¿Qué más que el heno, a la mañana verde, - Seco a la tarde? ¡Oh ciego desvarío! - ¿Será que de este sueño me recuerde? - ¿Será que pueda ver que me desvío - De la vida viviendo, y que está unida - La cauta muerte al simple vivir mío? - Como los ríos, que en veloz corrida - Se llevan a la mar, tal soy llevado - Al último suspiro de mi vida. - De la pasada edad ¿qué me ha quedado? - O ¿qué tengo yo, a dicha, en la que espero, - Sin ninguna noticia de mi hado? - ¡Oh, si acabase, viendo cómo muero, - De aprender a morir antes que llegue - Aquel forzoso término postrero; - Antes que aquesta mies inútil siegue - De la severa muerte dura mano, - Y a la común materia se la entregue! - Pasáronse las flores del verano, - El otoño pasó con sus racimos, - Pasó el invierno con sus nieves cano; - Las hojas que en las altas selvas vimos - Cayeron, ¡y nosotros a porfía - En nuestro engaño inmóviles vivimos! - Temamos al Señor que nos envía - Las espigas del año y la hartura, - Y la temprana pluvia y la tardía. - No imitemos la tierra siempre dura - A las aguas del cielo y al arado, - Ni la vid cuyo fruto no madura. - ¿Piensas acaso tú que fue criado - El varón para rayo de la guerra, - Para surcar el piélago salado, - Para medir el orbe de la tierra - Y el cerco donde el sol siempre camina? - ¡Oh, quien así lo entiende, cuánto yerra! - Esta nuestra porción, alta y divina, - A mayores acciones es llamada - Y en más nobles objetos se termina. - Así aquella que al hombre solo es dada, - Sacra razón y pura, me despierta, - De esplendor y de rayos coronada; - Y en la fría región dura y desierta - De aqueste pecho enciende nueva llama, - Y la luz vuelve a arder que estaba muerta. - Quiero, Fabio, seguir a quien me llama, - Y callado pasar entre la gente, - Que no afecto los nombres ni la fama. - El soberbio tirano del Oriente - Que maciza las torres de cien codos - Del cándido metal puro y luciente - Apenas puede ya comprar los modos - Del pecar; la virtud es más barata, - Ella consigo mesma ruega a todos. - ¡Pobre de aquel que corre y se dilata - Por cuantos son los climas y los mares, - Perseguidor del oro y de la plata! - Un ángulo me basta entre mis lares, - Un libro y un amigo, un sueño breve, - Que no perturben deudas ni pesares. - Esto tan solamente es cuanto debe - Naturaleza al simple y al discreto, - Y algún manjar común, honesto y leve. - No, porque así te escribo, hagas conceto - Que pongo la virtud en ejercicio: - Que aun esto fue difícil a Epiteto. - Basta al que empieza aborrecer el vicio, - Y el ánimo enseñar a ser modesto; - Después le será el cielo más propicio. - Despreciar el deleite no es supuesto - De sólida virtud; que aun el vicioso - En sí propio le nota de molesto. - Mas no podrás negarme cuán forzoso - Este camino sea al alto asiento, - Morada de la paz y del reposo. - No sazona la fruta en un momento - Aquella inteligencia que mensura - La duración de todo a su talento. - Flor la vimos primero hermosa y pura, - Luego materia acerba y desabrida, - Y perfecta después, dulce y madura; - Tal la humana prudencia es bien que mida - Y dispense y comparta las acciones - Que han de ser compañeras de la vida. - No quiera Dios que imite estos varones - Que moran nuestras plazas macilentos, - De la virtud infames histriones; - Esos inmundos trágicos, atentos - Al aplauso común, cuyas entrañas - Son infaustos y oscuros monumentos. - ¡Cuán callada que pasa las montañas - El aura, respirando mansamente! - ¡Qué gárrula y sonante por las cañas! - ¡Qué muda la virtud por el prudente! - ¡Qué redundante y llena de ruïdo - Por el vano, ambicioso y aparente! - Quiero imitar al pueblo en el vestido, - En las costumbres solo a los mejores, - Sin presumir de roto y mal ceñido. - No resplandezca el oro y los colores - En nuestro traje, ni tampoco sea - Igual al de los dóricos cantores. - Una mediana vida yo posea, - Un estilo común y moderado, - Que no lo note nadie que lo vea. - En el plebeyo barro mal tostado - Hubo ya quien bebió tan ambicioso - Como en el vaso Múrino preciado; - Y alguno tan ilustre y generoso - Que usó, como si fuera plata neta, - Del cristal transparente y luminoso. - Sin la templanza ¿viste tú perfeta - Alguna cosa? ¡Oh muerte! ven callada, - Como sueles venir en la saeta, - No en la tonante máquina preñada - De fuego y de rumor; que no es mi puerta - De doblados metales fabricada. - Así, Fabio, me muestra descubierta - Su esencia la verdad, y mi albedrío - Con ella se compone y se concierta. - No te burles de ver cuánto confío, - Ni al arte de decir, vana y pomposa, - El ardor atribuyas de este brío. - ¿Es por ventura menos poderosa - Que el vicio la virtud? ¿Es menos fuerte? - No la arguyas de flaca y temerosa. - La codicia en las manos de la suerte - Se arroja al mar, la ira a las espadas, - Y la ambición se ríe de la muerte. - Y ¿no serán siquiera tan osadas - Las opuestas acciones, si las miro - De más ilustres genios ayudadas? - Ya, dulce amigo, huyo y me retiro - De cuanto simple amé; rompí los lazos. - Ven y verás al alto fin que aspiro, - Antes que el tiempo muera en nuestros brazos. - - - - -LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA - - -_36. A la esperanza_ - - Alivia sus fatigas - El labrador cansado - Cuando su yerta barba escarcha cubre, - Pensando en las espigas - Del agosto abrasado - Y en los lagares ricos del octubre; - La hoz se le descubre - Cuando el arado apaña, - Y con dulces memorias le acompaña. - Carga de hierro duro - Sus miembros, y se obliga - El joven al trabajo de la guerra. - Huye el ocio seguro, - Trueca por la enemiga - Su dulce, natural y amiga tierra; - Mas cuando se destierra - O al asalto acomete, - Mil triunfos y mil glorias se promete. - La vida al mar confía, - Y a dos tablas delgadas, - El otro, que del oro está sediento. - Escóndesele el día, - Y las olas hinchadas - Suben a combatir el firmamento; - Él quita el pensamiento - De la muerte vecina, - Y en el oro le pone y en la mina. - Deja el lecho caliente - Con la esposa dormida - El cazador solícito y robusto. - Sufre el cierzo inclemente, - La nieve endurecida, - Y tiene de su afán por premio justo - Interrumpir el gusto - Y la paz de las fieras - En vano cautas, fuertes y ligeras. - Premio y cierto fin tiene - Cualquier trabajo humano, - Y el uno llama al otro sin mudanza; - El invierno entretiene - La opinión del verano, - Y un tiempo sirve al otro de templanza. - El bien de la esperanza - Solo quedó en el suelo, - Cuando todos huyeron para el cielo. - Si la esperanza quitas, - ¿Qué le dejas al mundo? - Su máquina disuelves y destruyes; - Todo lo precipitas - En olvido profundo, - Y ¿del fin natural, Flérida, huyes? - Si la cerviz rehuyes - De los brazos amados, - ¿Qué premio piensas dar a los cuidados? - Amor, en diferentes - Géneros dividido, - Él publica su fin, y quien le admite. - Todos los accidentes - De un amante atrevido - (Niéguelo o disimúlelo) permite. - Limite pues, limite - La vana resistencia; - Que, dada la ocasión, todo es licencia. - - -_37._ - - Imagen espantosa de la muerte, - Sueño cruel, no turbes más mi pecho, - Mostrándome cortado el nudo estrecho, - Consuelo solo de mi adversa suerte. - Busca de algún tirano el muro fuerte, - De jaspe las paredes, de oro el techo, - O el rico avaro en el angosto lecho - Haz que temblando con sudor despierte. - El uno vea el popular tumulto - Romper con furia las herradas puertas, - O al sobornado siervo el hierro oculto. - El otro sus riquezas, descubiertas - Con llave falsa o con violento insulto, - Y déjale al amor sus glorias ciertas. - - -_38._ - - Llevó tras sí los pámpanos octubre, - Y con las grandes lluvias insolente, - No sufre Ibero márgenes ni puente, - Mas antes los vecinos campos cubre. - Moncayo, como suele, ya descubre - Coronada de nieve la alta frente; - Y el sol apenas vemos en oriente, - Cuando la opaca tierra nos lo encubre. - Sienten el mar y selvas ya la saña - Del Aquilón, y encierra su bramido - Gente en el puerto y gente en la cabaña. - Y Fabio, en el umbral de Tais tendido - Con vergonzosas lágrimas lo baña, - Debiéndolas al tiempo que ha perdido. - - - - -BARTOLOMÉ LEONARDO DE ARGENSOLA - - -_39._ - - «Dime, Padre común, pues eres justo, - ¿Por qué ha de permitir tu providencia - Que, arrastrando prisiones la inocencia, - Suba la fraude a tribunal augusto? - »¿Quién da fuerzas al brazo que robusto - Hace a tus leyes firme resistencia, - Y que el celo, que más la reverencia, - Gima a los pies del vencedor injusto? - »Vemos que vibran victoriosas palmas - Manos inicuas, la virtud gimiendo - Del triunfo en el injusto regocijo.» - Esto decía yo, cuando riendo - Celestial ninfa apareció, y me dijo: - «¡Ciego! ¿es la tierra el centro de las almas?» - - - - -LOPE DE VEGA - - -_40. Canción_ - - ¡Oh libertad preciosa, - No comparada al oro, - Ni al bien mayor de la espaciosa tierra! - Más rica y más gozosa - Que el precioso tesoro - Que el mar del sur entre su nácar cierra; - Con armas, sangre y guerra, - Con las vidas y famas, - Conquistado en el mundo; - Paz dulce, amor profundo, - Que el mal apartas y a tu bien nos llamas: - En ti sola se anida - Oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida. - Cuando de las humanas - Tinieblas vi del cielo - La luz, principio de mis dulces días, - Aquellas tres hermanas - Que nuestro humano velo - Tejiendo, llevan por inciertas vías, - Las duras penas mías - Trocaron en la gloria - Que en libertad poseo, - Con siempre igual deseo, - Donde verá por mi dichosa historia, - Quien más leyere en ella, - Que es dulce libertad lo menos della. - Yo pues, señor exento - Desta montaña y prado, - Gozo la gloria y libertad que tengo. - Soberbio pensamiento - Jamás ha derribado - La vida humilde y pobre que sostengo. - Cuando a las manos vengo - Con el muchacho ciego, - Haciendo rostro embisto, - Venzo, triunfo y resisto - La flecha, el arco, la ponzoña, el fuego, - Y con libre albedrío - Lloro el ajeno mal y canto el mío. - Cuando el aurora baña - Con helado rocío - De aljófar celestial el monte y prado, - Salgo de mi cabaña, - Riberas deste río, - A dar el nuevo pasto a mi ganado, - Y cuando el sol dorado - Muestra sus fuerzas graves, - Al sueño el pecho inclino - Debajo un sauce o pino, - Oyendo el son de las parleras aves, - O ya gozando el aura, - Donde el perdido aliento se restaura. - Cuando la noche oscura - Con su estrellado manto - El claro día en su tiniebla encierra, - Y suena en la espesura - El tenebroso canto - De los nocturnos hijos de la tierra, - Al pie de aquesta sierra - Con rústicas palabras - Mi ganadillo cuento - Y el corazón contento - Del gobierno de ovejas y de cabras, - La temerosa cuenta - Del cuidadoso rey me representa. - Aquí la verde pera - Con la manzana hermosa, - De gualda y roja sangre matizada, - Y de color de rosa - La cermeña olorosa - Tengo, y la endrina de color morada; - Aquí de la enramada - Parra que al olmo enlaza, - Melosas uvas cojo; - Y en cantidad recojo, - Al tiempo que las ramas desenlaza - El caluroso estío, - Membrillos que coronan este río. - No me da descontento - El hábito costoso - Que de lascivo el pecho noble infama; - Es mi dulce sustento - Del campo generoso - Estas silvestres frutas que derrama; - Mi regalada cama - De blandas pieles y hojas, - Que algún rey la envidiara, - Y de ti, fuente clara, - Que bullendo, el arena y agua arrojas, - Estos cristales puros, - Sustentos pobres, pero bien seguros. - Estese el cortesano - Procurando a su gusto - La blanda cama y el mejor sustento; - Bese la ingrata mano - Del poderoso injusto, - Formando torres de esperanza al viento; - Viva y muera sediento - Por el honroso oficio, - Y goce yo del suelo, - Al aire, al sol y al hielo, - Ocupado en mi rústico ejercicio; - Que más vale pobreza - En paz, que en guerra mísera riqueza. - Ni temo al poderoso - Ni al rico lisonjeo, - Ni soy camaleón del que gobierna, - Ni me tiene envidioso - La ambición y deseo - De ajena gloria ni de fama eterna; - Carne sabrosa y tierna, - Vino aromatizado, - Pan blanco de aquel día, - En prado, en fuente fría, - Halla un pastor con hambre fatigado; - Que el grande y el pequeño - Somos iguales lo que dura el sueño. - - -_41._ - - A mis soledades voy, - De mis soledades vengo, - Porque para andar conmigo - Me bastan mis pensamientos. - ¡No sé qué tiene la aldea - Donde vivo y donde muero, - Que con venir de mí mismo - No puedo venir más lejos! - Ni estoy bien ni mal conmigo; - Mas dice mi entendimiento - Que un hombre que todo es alma - Está cautivo en su cuerpo. - Entiendo lo que me basta, - Y solamente no entiendo - Cómo se sufre a sí mismo - Un ignorante soberbio. - De cuantas cosas me cansan, - Fácilmente me defiendo; - Pero no puedo guardarme - De los peligros de un necio. - Él dirá que yo lo soy, - Pero con falso argumento; - Que humildad y necedad - No caben en un sujeto. - La diferencia conozco, - Porque en él y en mí contemplo, - Su locura en su arrogancia, - Mi humildad en su desprecio. - O sabe naturaleza - Más que supo en otro tiempo, - O tantos que nacen sabios - Es porque lo dicen ellos. - Solo sé que no sé nada, - Dijo un filósofo, haciendo - La cuenta con su humildad, - Adonde lo más es menos. - No me precio de entendido, - De desdichado me precio; - Que los que no son dichosos, - ¿Cómo pueden ser discretos? - No puede durar el mundo, - Porque dicen, y lo creo, - Que suena a vidrio quebrado - Y que ha de romperse presto. - Señales son del juïcio - Ver que todos le perdemos, - Unos por carta de más, - Otros por carta de menos. - Dijeron que antiguamente - Se fue la verdad al cielo: - Tal la pusieron los hombres - Que desde entonces no ha vuelto. - En dos edades vivimos - Los propios y los ajenos, - La de plata los extraños, - Y la de cobre los nuestros. - ¿A quién no dará cuidado, - Si es español verdadero, - Ver los hombres a lo antiguo - Y el valor a lo moderno? - Dijo Dios que comería - Su pan el hombre primero - Con el sudor de su cara, - Por quebrar su mandamiento; - Y algunos inobedientes - A la vergüenza y al miedo, - Con las prendas de su honor - Han trocado los efectos. - Virtud y filosofía - Peregrinan como ciegos: - El uno se lleva al otro, - Llorando van y pidiendo. - Dos polos tiene la tierra, - Universal movimiento, - La mejor vida el favor, - La mejor sangre el dinero. - Oigo tañer las campanas, - Y no me espanto, aunque puedo, - Que en lugar de tantas cruces - Haya tantos hombres muertos. - Mirando estoy los sepulcros - Cuyos mármoles eternos - Están diciendo sin lengua - Que no lo fueron sus dueños. - ¡Oh, bien haya quien los hizo, - Porque solamente en ellos - De los poderosos grandes - Se vengaron los pequeños! - Fea pintan a la envidia: - Yo confieso que la tengo - De unos hombres que no saben - Quien vive pared en medio. - Sin libros y sin papeles, - Sin tratos, cuentas ni cuentos, - Cuando quieren escribir - Piden prestado el tintero. - Sin ser pobres ni ser ricos, - Tienen chimenea y huerto; - No los despiertan cuidados, - Ni pretensiones, ni pleitos. - Ni murmuraron del grande, - Ni ofendieron al pequeño; - Nunca, como yo, firmaron - Parabién, ni pascua dieron. - Con esta envidia que digo, - Y lo que paso en silencio, - A mis soledades voy, - De mis soledades vengo. - - -_42._ - - ¡Pobre barquilla mía, - Entre peñascos rota, - Sin velas desvelada, - Y entre las olas sola! - ¿Adónde vas perdida? - ¿Adónde, di, te engolfas? - Que no hay deseos cuerdos - Con esperanzas locas. - Como las altas naves, - Te apartas animosa - De la vecina tierra, - Y al fiero mar te arrojas. - Igual en las fortunas, - Mayor en las congojas, - Pequeña en las defensas, - Incitas a las ondas. - Advierte que te llevan - A dar entre las rocas - De la soberbia envidia, - Naufragio de las honras. - Cuando por las riberas - Andabas costa a costa, - Nunca del mar temiste - Las iras procelosas. - Segura navegabas; - Que por la tierra propia - Nunca el peligro es mucho - Adonde el agua es poca. - Verdad es que en la patria - No es la virtud dichosa, - Ni se estima la perla - Hasta dejar la concha. - Dirás que muchas barcas - Con el favor en popa, - Saliendo desdichadas, - Volvieron venturosas. - No mires los ejemplos - De las que van y tornan, - Que a muchas ha perdido - La dicha de las otras. - Para los altos mares - No llevas cautelosa, - Ni velas de mentiras, - Ni remos de lisonjas. - ¿Quién te engañó, barquilla? - Vuelve, vuelve la proa; - Que presumir de nave - Fortunas ocasiona. - ¿Qué jarcias te entretejen? - ¿Qué ricas banderolas - Azote son del viento - Y de las aguas sombra? - ¿En qué gavia descubres - Del árbol alta copa, - La tierra en perspectiva, - Del mar incultas orlas? - ¿En qué celajes fundas - Que es bien echar la sonda, - Cuando, perdido el rumbo, - Erraste la derrota? - Si te sepulta arena, - ¿Qué sirve fama heroica? - Que nunca desdichados - Sus pensamientos logran. - ¿Qué importa que te ciñan - Ramas verdes o rojas, - Que en selvas de corales - Salado césped brota? - Laureles de la orilla - Solamente coronan - Navíos de alto bordo - Que jarcias de oro adornan. - No quieras que yo sea, - Por tu soberbia pompa, - Faetonte de barqueros - Que los laureles lloran. - Pasaron ya los tiempos - Cuando lamiendo rosas - El céfiro bullía - Y suspiraba aromas. - Ya fieros huracanes - Tan arrogantes soplan - Que, salpicando estrellas, - Del sol la frente mojan; - Ya los valientes rayos - De la vulcana forja, - En vez de torres altas, - Abrasan pobres chozas. - Contenta con tus redes, - A la playa arenosa - Mojado me sacabas; - Pero vivo, ¿qué importa? - Cuando de rojo nácar - Se afeitaba la aurora, - Más peces te llenaban - Que ella lloraba aljófar. - Al bello sol que adoro, - Enjuta ya la ropa, - Nos daba una cabaña - La cama de sus hojas. - Esposa me llamaba, - Yo la llamaba esposa, - Parándose de envidia - La celestial antorcha. - Sin pleito, sin disgusto, - La muerte nos divorcia: - ¡Ay de la pobre barca - Que en lágrimas se ahoga! - Quedad sobre la arena, - Inútiles escotas; - Que no ha menester velas - Quien a su bien no torna. - Si con eternas plantas - Las fijas luces doras, - ¡Oh dueño de mi barca! - Y en dulce paz reposas, - Merezca que le pidas - Al bien que eterno gozas, - Que adonde estás, me lleve, - Más pura y más hermosa. - Mi honesto amor te obligue; - Que no es digna victoria - Para quejas humanas - Ser las deidades sordas. - Mas ¡ay que no me escuchas! - Pero la vida es corta: - Viviendo, todo falta; - Muriendo, todo sobra. - - -_43. Judit_ - - Cuelga sangriento de la cama al suelo - El hombro diestro del feroz tirano, - Que opuesto al muro de Betulia en vano, - Despidió contra sí rayos al cielo. - Revuelto con el ansia el rojo velo - Del pabellón a la siniestra mano, - Descubre el espectáculo inhumano - Del tronco horrible, convertido en hielo. - Vertido Baco, el fuerte arnés afea - Los vasos y la mesa derribada, - Duermen los guardas, que tan mal emplea; - Y sobre la muralla, coronada - Del pueblo de Israel, la casta hebrea - Con la cabeza resplandece armada. - - -_44._ - - Suelta mi manso, mayoral extraño, - Pues otro tienes tú de igual decoro: - Suelta la prenda que en el alma adoro, - Perdida por tu bien y por mi daño. - Ponle su esquila de labrado estaño, - Y no le engañen tus collares de oro: - Toma en albricias este blanco toro - Que a las primeras yerbas cumple un año. - Si pides señas, tiene el vellocino - Pardo, encrespado, y los ojuelos tiene - Como durmiendo en regalado sueño. - Si piensas que no soy su dueño, Alcino, - Suelta, y verasle si a mi choza viene; - Que aun tienen sal las manos de su dueño. - - -_45._ - - ¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? - ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, - Que a mi puerta, cubierto de rocío, - Pasas las noches del invierno escuras? - ¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras, - Pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío - Si de mi ingratitud el hielo frío - Secó las llagas de tus plantas puras! - ¡Cuántas veces el ángel me decía: - «Alma, asómate agora a la ventana; - Verás con cuánto amor llamar porfía!» - Y ¡cuántas, hermosura soberana, - «Mañana le abriremos,» respondía, - Para lo mismo responder mañana! - - -_46._ - - Pastor, que con tus silbos amorosos - Me despertaste del profundo sueño; - Tú, que hiciste cayado dese leño - En que tiendes los brazos poderosos; - Vuelve los ojos a mi fe piadosos, - Pues te confieso por mi amor y dueño, - Y la palabra de seguirte empeño - Tus dulces silbos y tus pies hermosos. - Oye, Pastor que por amores mueres, - No te espante el rigor de mis pecados, - Pues tan amigo de rendidos eres; - Espera pues, y escucha mis cuidados; - Pero ¿cómo te digo que me esperes, - Si estás para esperar los pies clavados? - - -_47. Temores en el favor_ - - Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro, - Y la cándida víctima levanto, - De mi atrevida indignidad me espanto, - Y la piedad de vuestro pecho admiro. - Tal vez el alma con temor retiro, - Tal vez la doy al amoroso llanto; - Que, arrepentido de ofenderos tanto, - Con ansias temo y con dolor suspiro. - Volved los ojos a mirarme humanos; - Que por las sendas de mi error siniestras - Me despeñaron pensamientos vanos. - No sean tantas las miserias nuestras - Que a quien os tuvo en sus indignas manos - Vos le dejéis de las divinas vuestras. - - - - -DON LUIS DE GÓNGORA - - -_48. Angélica y Medoro_ - - En un pastoral albergue - Que la guerra entre unos robles - Lo dejó por escondido - O lo perdonó por pobre, - Do la paz viste pellico - Y conduce entre pastores - Ovejas del monte al llano - Y cabras del llano al monte, - Mal herido y bien curado, - Se alberga un dichoso joven, - Que sin clavarle Amor flecha - Le coronó de favores. - Las venas con poca sangre, - Los ojos con mucha noche, - Lo halló en el campo aquella - Vida y muerte de los hombres. - Del palafrén se derriba, - No porque al moro conoce, - Sino por ver que la yerba - Tanta sangre paga en flores. - Límpiale el rostro, y la mano - Siente al Amor que se esconde - Tras las rosas, que la muerte - Va violando sus colores. - Escondiose tras las rosas, - Porque labren sus arpones - El diamante del Catay - Con aquella sangre noble. - Ya le regala los ojos, - Ya le entra, sin ver por dónde, - Una piedad mal nacida - Entre dulces escorpiones. - Ya es herido el pedernal, - Ya despide el primer golpe - Centellas de agua, ¡oh piedad, - Hija de padres traidores! - Yerbas le aplica a sus llagas, - Que si no sanan entonces, - En virtud de tales manos - Lisonjean los dolores. - Amor le ofrece su venda, - Mas ella sus velos rompe - Para ligar sus heridas; - Los rayos del sol perdonen. - Los últimos nudos daba - Cuando el cielo la socorre - De un villano en una yegua - Que iba penetrando el bosque. - Enfrénanle de la bella - Las tristes piadosas voces, - Que los firmes troncos mueven - Y las sordas piedras oyen; - Y la que mejor se halla - En las selvas que en la corte, - Simple bondad, al pío ruego - Cortésmente corresponde. - Humilde se apea el villano, - Y sobre la yegua pone - Un cuerpo con poca sangre, - Pero con dos corazones. - A su cabaña los guía; - Que el sol deja su horizonte - Y el humo de su cabaña - Le va sirviendo de norte. - Llegaron temprano a ella, - Do una labradora acoge - Un mal vivo con dos almas, - Una ciega con dos soles. - Blando heno en vez de pluma - Para lecho les compone, - Que será tálamo luego - Do el garzón sus dichas logre. - Las manos, pues, cuyos dedos - Desta vida fueron dioses, - Restituyen a Medoro - Salud nueva, fuerzas dobles, - Y le entregan, cuando menos, - Su beldad y un reino en dote, - Segunda envidia de Marte, - Primera dicha de Adonis. - Corona un lascivo enjambre - De cupidillos menores - La choza, bien como abejas - Hueco tronco de alcornoque. - ¡Qué de nudos le está dando - A un áspid la envidia torpe, - Contando de las palomas - Los arrullos gemidores! - ¡Qué bien la destierra Amor, - Haciendo la cuerda azote, - Porque el caso no se infame - Y el lugar no se inficione! - Todo es gala el africano, - Su vestido espira olores, - El lunado arco suspende - Y el corvo alfanje depone. - Tórtolas enamoradas - Son sus roncos atambores, - Y los volantes de Venus - Sus bien seguidos pendones. - Desnuda el pecho anda ella, - Vuela el cabello sin orden; - Si lo abrocha, es con claveles, - Con jazmines si lo coge. - El pie calza en lazos de oro, - Porque la nieve se goce, - Y no se vaya por pies - La hermosura del orbe. - Todo sirve a los amantes, - Plumas les baten veloces, - Airecillos lisonjeros, - Si no son murmuradores. - Los campos les dan alfombras, - Los árboles pabellones, - La apacible fuente sueño, - Música los ruiseñores. - Los troncos les dan cortezas, - En que se guarden sus nombres - Mejor que en tablas de mármol - O que en láminas de bronce. - No hay verde fresno sin letra, - Ni blanco chopo sin mote; - Si un valle _Angélica_ suena, - Otro _Angélica_ responde. - Cuevas do el silencio apenas - Deja que sombras las moren, - Profanan con sus abrazos - A pesar de sus horrores. - Choza pues, tálamo y lecho, - Contestes destos amores, - El cielo os guarde, si puede, - De las locuras del Conde. - - -_49._ - - Servía en Orán al Rey - Un español con dos lanzas, - Y con el alma y la vida - A una gallarda africana, - Tan noble como hermosa, - Tan amante como amada, - Con quien estaba una noche - Cuando tocaron al arma. - Trescientos Zenetes eran - Deste rebato la causa; - Que los rayos de la luna - Descubrieron las adargas; - Las adargas avisaron - A las mudas atalayas, - Las atalayas los fuegos, - Los fuegos a las campanas; - Y ellas al enamorado, - Que en los brazos de su dama - Oyó el militar estruendo - De las trompas y las cajas. - Espuelas de honor le pican - Y freno de amor le para; - No salir es cobardía, - Ingratitud es dejalla. - Del cuello pendiente ella, - Viéndole tomar la espada, - Con lágrimas y suspiros - Le dice aquestas palabras: - «Salid al campo, Señor, - Bañen mis ojos la cama; - Que ella me será también, - Sin vos, campo de batalla. - »Vestíos y salid apriesa, - Que el general os aguarda; - Yo os hago a vos mucha sobra - Y vos a él mucha falta. - »Bien podéis salir desnudo - Pues mi llanto no os ablanda; - Que tenéis de acero el pecho - Y no habéis menester armas.» - Viendo el español brioso - Cuánto le detiene y habla, - Le dice así: «Mi señora, - Tan dulce como enojada, - »Porque con honra y amor - Yo me quede, cumpla y vaya, - Vaya a los moros el cuerpo, - Y quede con vos el alma. - »Concededme, dueño mío, - Licencia para que salga - Al rebato en vuestro nombre, - Y en vuestro nombre combata.» - - -_50._ - - Entre los sueltos caballos - De los vencidos Zenetes, - Que por el campo buscaban - Entre lo rojo lo verde, - Aquel español de Orán - Un suelto caballo prende, - Por sus relinchos lozano - Y por sus cernejas fuerte, - Para que lo lleve a él, - Y a un moro cautivo lleve, - Que es uno que ha cautivado, - Capitán de cien Zenetes. - En el ligero caballo - Suben ambos, y él parece, - De cuatro espuelas herido, - Que cuatro vientos lo mueven. - Triste camina el alarbe, - Y lo más bajo que puede - Ardientes suspiros lanza - Y amargas lágrimas vierte. - Admirado el español - De ver cada vez que vuelve - Que tan tiernamente llore - Quien tan duramente hiere, - Con razones le pregunta - Comedidas y corteses - De sus suspiros la causa, - Si la causa lo consiente. - El cautivo, como tal, - Sin excusarlo, obedece, - Y a su piadosa demanda - Satisface desta suerte: - «Valiente eres, capitán, - Y cortés como valiente; - Por tu espada y por tu trato - Me has cautivado dos veces. - »Preguntado me has la causa - De mis suspiros ardientes, - Y débote la respuesta - Por quien soy y por quien eres. - »Yo nací en Gelves el año - Que os perdísteis en los Gelves, - De una berberisca noble - Y de un turco mata-siete. - »En Tremecén me crié - Con mi madre y mis parientes - Después que murió mi padre, - Corsario de tres bajeles. - »Junto a mi casa vivía, - Porque más cerca muriese, - Una dama del linaje - De los nobles Melioneses: - »Extremo de las hermosas, - Cuando no de las crueles, - Hija al fin destas arenas - Engendradoras de sierpes. - »Era tal su hermosura, - Que se hallaran claveles - Más ciertos en sus dos labios - Que en los dos floridos meses. - »Cada vez que la miraba - Salía el sol por su frente, - De tantos rayos vestido - Cuantos cabellos contiene. - »Juntos así nos criamos, - Y Amor en nuestras niñeces - Hirió nuestros corazones - Con arpones diferentes. - »Labró el oro en mis entrañas - Dulces lazos, tiernas redes, - Mientras el plomo en las suyas - Libertades y desdenes. - »Mas, ya la razón sujeta, - Con palabras me requiere - Que su crueldad le perdone - Y de su beldad me acuerde; - »Y apenas vide trocada - La dureza desta sierpe, - Cuando tú me cautivaste; - Mira si es bien que lamente. - »Esta, español, es la causa - Que a llanto pudo moverme; - Mira si es razón que llore - Tantos males juntamente.» - Conmovido el capitán - De las lágrimas que vierte, - Parando el veloz caballo, - Que paren sus males quiere. - «Gallardo moro, le dice, - Si adoras como refieres, - Y si como dices amas, - Dichosamente padeces - »¿Quién pudiera imaginar, - Viendo tus golpes crueles, - Que cupiera alma tan tierna - En pecho tan duro y fuerte? - »Si eres del Amor cautivo, - Desde aquí puedes volverte; - Que me pedirán por robo - Lo que entendí que era suerte. - »Y no quiero por rescate - Que tu dama me presente - Ni las alfombras más finas - Ni las granas más alegres. - »Anda con Dios, sufre y ama, - Y vivirás si lo hicieres, - Con tal que cuando la veas - Pido que de mí te acuerdes.» - Apeose del caballo, - Y el moro tras él desciende, - Y por el suelo postrado, - La boca a sus pies ofrece. - «Vivas mil años, le dice, - Noble capitán valiente, - Que ganas más con librarme - Que ganaste con prenderme. - »Alá se quede contigo - Y te dé vitoria siempre - Para que extiendas tu fama - Con hechos tan excelentes.» - - -_51._ - - _Ande yo caliente,_ - _Y ríase la gente._ - - Traten otros del gobierno - Del mundo y sus monarquías, - Mientras gobiernan mis días - Mantequillas y pan tierno, - Y las mañanas de invierno - Naranjada y aguardiente, - _Y ríase la gente_. - - Coma en dorada vajilla - El príncipe mil cuidados - Como píldoras dorados; - Que yo en mi pobre mesilla - Quiero más una morcilla - Que en el asador reviente, - _Y ríase la gente_. - - Cuando cubra las montañas - De plata y nieve el enero - Tenga yo lleno el brasero - De bellotas y castañas, - Y quien las dulces patrañas - Del rey que rabió me cuente, - _Y ríase la gente_. - - Busque muy en hora buena - El mercader nuevos soles; - Yo conchas y caracoles - Entre la menuda arena, - Escuchando a Filomena - Sobre el chopo de la fuente, - _Y ríase la gente_. - - Pase a media noche el mar, - Y arda en amorosa llama - Leandro por ver su dama; - Que yo más quiero pasar - De Yepes a Madrigar - La regalada corriente, - _Y ríase la gente_. - - Pues Amor es tan cruel - Que de Píramo y su amada - Hace tálamo una espada, - Do se junten ella y él, - Sea mi Tisbe un pastel, - Y la espada sea mi diente, - _Y ríase la gente_. - - - _52._ - - La más bella niña - De nuestro lugar, - Hoy viuda y sola - Y ayer por casar, - Viendo que sus ojos - A la guerra van, - A su madre dice - Que escucha su mal: - _Dejadme llorar_ - _Orillas del mar._ - Pues me disteis, madre, - En tan tierna edad - Tan corto el placer, - Tan largo el penar, - Y me cautivasteis - De quien hoy se va - Y lleva las llaves - De mi libertad, - _Dejadme llorar_ - _Orillas del mar._ - En llorar conviertan - Mis ojos de hoy más - El sabroso oficio - Del dulce mirar, - Pues que no se pueden - Mejor ocupar - Yéndose a la guerra - Quien era mi paz. - _Dejadme llorar_ - _Orillas del mar._ - No me pongáis freno - Ni queráis culpar; - Que lo uno es justo, - Lo otro por demás. - Si me queréis bien - No me hagáis mal; - Harto peor fue - Morir y callar. - _Dejadme llorar_ - _Orillas del mar._ - Dulce madre mía, - ¿Quién no llorará, - Aunque tenga el pecho - Como un pedernal, - Y no dará voces - Viendo marchitar - Los más verdes años - De mi mocedad? - _Dejadme llorar_ - _Orillas del mar._ - Váyanse las noches, - Pues ido se han - Los ojos que hacían - Los míos velar; - Váyanse, y no vean - Tanta soledad - Después que en mi lecho - Sobra la mitad. - _Dejadme llorar_ - _Orillas del mar._ - - - - -DON FRANCISCO DE QUEVEDO - - -_53. El Sueño_ - - ¿Con qué culpa tan grave, - Sueño blando y suave, - Pude en largo destierro merecerte - Que se aparte de mí tu olvido manso? - Pues no te busco yo por ser descanso, - Sino por muda imagen de la muerte. - Cuidados veladores - Hacen inobedientes mis dos ojos - A la ley de las horas: - No han podido vencer a mis dolores - Las noches, ni dar paz a mis enojos. - Madrugan más en mí que en las auroras - Lágrimas a este llano; - Que amanece a mi mal siempre temprano; - Y tanto, que persuade la tristeza - A mis dos ojos, que nacieron antes - Para llorar que para ver. Tú, sueño, - De sosiego los tienes ignorantes, - De tal manera, que al morir el día - Con luz enferma vi que permitía - El sol que le mirasen en Poniente. - Con pies torpes al punto, ciega y fría, - Cayó de las estrellas blandamente - La noche, tras las pardas sombras mudas, - Que el sueño persuadieron a la gente. - Escondieron las galas a los prados - Y quedaron desnudas - Estas laderas y sus peñas solas: - Duermen ya entre sus montes recostados - Los mares y las olas. - Si con algún acento - Ofenden las orejas, - Es que entre sueños dan al cielo quejas - Del yerto lecho y duro acogimiento, - Que blandos hallan en los cerros duros. - Los arroyuelos puros - Se adormecen al son del llanto mío, - Y a su modo también se duerme el río. - Con sosiego agradable - Se dejan poseer de ti las flores; - Mudos están los males, - No hay cuidado que hable, - Faltan lenguas y voz a los dolores, - Y en todos los mortales - Yace la vida envuelta en alto olvido. - Tan solo mi gemido - Pierde el respeto a tu silencio santo: - Yo tu quietud molesto con mi llanto, - Y te desacredito - El nombre de callado, con mi grito. - Dame, cortés mancebo, algún reposo: - No seas digno del nombre de avariento - En el más desdichado y firme amante - Que lo merece ser por dueño hermoso. - Débate alguna pausa mi tormento. - Gózante en las cabañas - Y debajo del cielo - Los ásperos villanos; - Hállate en el rigor de los pantanos - Y encuéntrate en las nieves y en el hielo - El soldado valiente, - Y yo no puedo hallarte, aunque lo intente, - Entre mi pensamiento y mi deseo. - Ya, pues, con dolor creo - Que eres más riguroso que la tierra, - Más duro que la roca, - Pues te alcanza el soldado envuelto en guerra, - Y en ella mi alma por jamás te toca. - Mira que es gran rigor: dame siquiera - Lo que de ti desprecia tanto avaro, - Por el oro en que alegre considera, - Hasta que da la vuelta el tiempo claro; - Lo que había de dormir en blando lecho - Y da el enamorado a su señora, - Y a ti se te debía de derecho. - Dame lo que desprecia de ti agora - Por robar el ladrón; lo que desecha - El que invidiosos celos tuvo y llora. - Quede en parte mi queja satisfecha, - Tócame con el cuento de tu vara: - Oirán siquiera el ruido de tus plumas - Mis desventuras sumas; - Que yo no quiero verte cara a cara, - Ni que hagas más caso - De mí, que hasta pasar por mí de paso; - O que a tu sombra negra por lo menos, - Si fueres a otra parte peregrino, - Se le haga camino - Por estos ojos de sosiego ajenos. - Quítame, blando sueño, este desvelo, - O de él alguna parte, - Y te prometo, mientras viere el cielo, - De desvelarme solo en celebrarte. - - -_54. Epístola satírica y censoria_ - -_contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita al -Conde-Duque de Olivares._ - - No he de callar, por más que con el dedo, - Ya tocando la boca, o ya la frente, - Silencio avises o amenaces miedo. - ¿No ha de haber un espíritu valiente? - ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? - ¿Nunca se ha de decir lo que se siente? - Hoy sin miedo que libre escandalice - Puede hablar el ingenio, asegurado - De que mayor poder le atemorice. - En otros siglos pudo ser pecado - Severo estudio y la verdad desnuda, - Y romper el silencio el bien hablado. - Pues sepa quien lo niega y quien lo duda - Que es lengua la verdad de Dios severo - Y la lengua de Dios nunca fue muda. - Son la verdad y Dios, Dios verdadero: - Ni eternidad divina los separa, - Ni de los dos alguno fue primero. - Si Dios a la verdad se adelantara, - Siendo verdad, implicación hubiera - En ser y en que verdad de ser dejara. - La justicia de Dios es verdadera, - Y la misericordia, y todo cuanto - Es Dios todo ha de ser verdad entera. - Señor Excelentísimo, mi llanto - Ya no consiente márgenes ni orillas: - Inundación será la de mi canto. - Ya sumergirse miro mis mejillas, - La vista por dos urnas derramada - Sobre las aras de las dos Castillas. - Yace aquella virtud desaliñada - Que fue, si rica menos, más temida, - En vanidad y en sueño sepultada. - Y aquella libertad esclarecida - Que en donde supo hallar honrada muerte - Nunca quiso tener más larga vida. - Y pródiga del alma, nación fuerte - Contaba por afrentas de los años - Envejecer en brazos de la suerte. - Del tiempo el ocio torpe, y los engaños - Del paso de las horas y del día - Reputaban los nuestros por extraños. - Nadie contaba cuánta edad vivía, - Sino de qué manera: ni aun un hora - Lograba sin afán su valentía. - La robusta virtud era señora, - Y sola dominaba al pueblo rudo; - Edad, si mal hablada, vencedora. - El temor de la mano daba escudo - Al corazón, que, en ella confiado, - Todas las armas despreció desnudo. - Multiplicó en escuadras un soldado - Su honor precioso, su ánimo valiente, - De sola honesta obligación armado. - Y debajo del cielo aquella gente, - Si no a más descansado, a más honroso - Sueño entregó los ojos, no la mente. - Hilaba la mujer para su esposo - La mortaja primero que el vestido; - Menos le vio galán que peligroso. - Acompañaba el lado del marido - Más veces en la hueste que en la cama; - Sano le aventuró, vengole herido. - Todas matronas y ninguna dama, - Que nombres del halago cortesano - No admitió lo severo de su fama. - Derramado y sonoro el Oceáno - Era divorcio de las rubias minas - Que usurparon la paz del pecho humano. - Ni los trujo costumbres peregrinas - El áspero dinero, ni el Oriente - Compró la honestidad con piedras finas. - Joya fue la virtud pura y ardiente; - Gala el merecimiento y alabanza; - Solo se codiciaba lo decente. - No de la pluma dependió la lanza, - Ni el cántabro con cajas y tinteros - Hizo el campo heredad, sino matanza. - Y España con legítimos dineros, - No mendigando el crédito a Liguria, - Más quiso los turbantes que los ceros. - Menos fuera la pérdida y la injuria - Si se volvieran Muzas los asientos, - Que esta usura es peor que aquella furia. - Caducaban las aves en los vientos, - Y espiraba decrépito el venado: - Grande vejez duró en los elementos. - Que el vientre entonces, bien disciplinado, - Buscó satisfacción y no hartura, - Y estaba la garganta sin pecado. - Del mayor infanzón de aquella pura - República de grandes hombres, era - Una vaca sustento y armadura. - No había venido al gusto lisonjera - La pimienta arrugada, ni del clavo - La adulación fragante forastera. - Carnero y vaca fue principio y cabo, - Y con rojos pimientos y ajos duros - Tan bien como el señor comió el esclavo. - Bebió la sed los arroyuelos puros: - Después mostraron del carquesio a Baco - El camino los brindis mal seguros. - El rostro macilento, el cuerpo flaco, - Eran recuerdo del trabajo honroso, - Y honra y provecho andaban en un saco. - Pudo sin miedo un español velloso - Llamar a los tudescos bacanales, - Y al holandés hereje y alevoso. - Pudo acusar los celos desiguales - A la Italia; pero hoy de muchos modos - Somos copias, si son originales. - Las descendencias gastan muchos godos, - Todos blasonan, nadie los imita, - Y no son sucesores, sino apodos. - Vino el betún precioso que vomita - La ballena o la espuma de las olas, - Que el vicio, no el olor, nos acredita. - Y quedaron las huestes españolas - Bien perfumadas, pero mal regidas, - Y alhajas las que fueron pieles solas. - Estaban las hazañas mal vestidas, - Y aún no se hartaba de buriel y lana - La vanidad de hembras presumidas. - A la seda pomposa siciliana, - Que manchó ardiente múrice, el romano - Y el oro hicieron áspera y tirana. - Nunca al duro español supo el gusano - Persuadir que vistiese su mortaja, - Intercediendo el Can por el verano. - Hoy desprecia el honor al que trabaja, - Y entonces fue el trabajo ejecutoria, - Y el vicio gradüó la gente baja. - Pretende el alentado joven gloria - Por dejar la vacada sin marido, - Y de Ceres ofende la memoria. - Un animal a la labor nacido - Y símbolo celoso a los mortales, - Que a Jove fue disfraz y fue vestido; - Que un tiempo endureció manos reales, - Y detrás de él los cónsules gimieron, - Y rumia luz en campos celestiales, - ¿Por cuál enemistad se persuadieron - A que su apocamiento fuese hazaña, - Y a las mieses tan grande ofensa hicieron? - ¡Qué cosa es ver un infanzón de España - Abreviado en la silla a la jineta, - Y gastar un caballo en una caña! - Que la niñez al gallo le acometa - Con semejante munición apruebo; - Mas no la edad madura y la perfeta. - Ejercite sus fuerzas el mancebo - En frentes de escuadrones, no en la frente - Del útil bruto la asta del acebo. - El trompeta le llame diligente, - Dando fuerza de ley el viento vano, - Y al son esté el ejército obediente. - ¡Con cuánta majestad llena la mano - La pica, y el mosquete carga el hombro, - Del que se atreve a ser buen castellano! - Con asco entre las otras gentes nombro - Al que de su persona, sin decoro, - Más quiere nota dar que dar asombro. - Gineta y cañas son contagio moro; - Restitúyanse justas y torneos, - Y hagan paces las capas con el toro. - Pasadnos vos de juegos a trofeos; - Que solo grande rey y buen privado - Pueden ejecutar estos deseos. - Vos, que hacéis repetir siglo pasado - Con desembarazarnos las personas - Y sacar a los miembros de cuidado, - Vos distes libertad con las valonas, - Para que sean corteses las cabezas, - Desnudando el enfado a las coronas; - Y, pues vos enmendastes las cortezas, - Dad a la mejor parte medicina: - Vuélvanse los tablados fortalezas. - Que la cortés estrella que os inclina - A privar sin intento y sin venganza, - Milagro que a la envidia desatina, - Tiene por sola bienaventuranza - El reconocimiento temeroso, - No presumida y ciega confianza. - Y si os dio el ascendiente generoso - Escudos, de armas y blasones llenos, - Y por timbre el martirio glorioso, - Mejores sean por vos los que eran buenos - Guzmanes, y la cumbre desdeñosa - Os muestre a su pesar campos serenos. - Lograd, señor, edad tan venturosa; - Y cuando nuestras fuerzas examina - Persecución unida y belicosa, - La militar valiente disciplina - Tenga más platicantes que la plaza: - Descansen tela falsa y tela fina. - Suceda a la marlota la coraza, - Y si el Corpus con danzas no los pide, - Velillos y oropel no hagan baza. - El que en treinta lacayos los divide, - Hace suerte en el toro y con un dedo - La hace en él la vara que los mide. - Mandadlo así, que aseguraros puedo - Que habéis de restaurar más que Pelayo, - Pues valdrá por ejércitos el miedo - Y os verá el cielo administrar su rayo. - - -_55. Memoria inmortal_ - -_de don Pedro Girón, Duque de Osuna, muerto en la prisión_ - - Faltar pudo su patria al grande Osuna, - Pero no a su defensa sus hazañas; - Diéronle muerte y cárcel las Españas, - De quien él hizo esclava la fortuna. - Lloraron sus envidias una a una - Con las propias naciones las extrañas; - Su tumba son de Flandes las campañas, - Y su epitafio la sangrienta luna. - En sus exequias encendió al Vesubio - Parténope, y Trinacria el Mongibelo; - El llanto militar creció en diluvio. - Diole el mejor lugar Marte en su cielo; - La Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio - Murmuran con dolor su desconsuelo. - - -_56._ - - Ya formidable y espantoso suena - Dentro del corazón el postrer día, - Y la última hora, negra y fría, - Se acerca, de temor y sombras llena. - Si agradable descanso, paz serena, - La muerte en traje de dolor envía, - Señas da su desdén de cortesía: - Más tiene de caricia que de pena. - ¿Qué pretende el temor desacordado - De la que a rescatar piadosa viene - Espíritu en miserias añudado? - Llegue rogada, pues mi bien previene; - Hálleme agradecido, no asustado; - Mi vida acabe y mi vivir ordene. - - -_57._ - - Miré los muros de la patria mía, - Si un tiempo fuertes, ya desmoronados, - De la carrera de la edad cansados, - Por quien caduca ya su valentía. - Salime al campo, vi que el sol bebía - Los arroyos del hielo desatados, - Y del monte quejosos los ganados, - Que con sombras hurtó su luz al día. - Entré en mi casa; vi que amancillada - De anciana habitación era despojos; - Mi báculo más corvo y menos fuerte. - Vencida de la edad sentí mi espada, - Y no hallé cosa en que poner los ojos - Que no fuese recuerdo de la muerte. - - -_58. Letrilla satírica_ - - Poderoso caballero - Es don Dinero. - Madre, yo al oro me humillo: - Él es mi amante y mi amado, - Pues de puro enamorado, - De contino anda amarillo; - Que pues, doblón o sencillo, - Hace todo cuanto quiero, - Poderoso caballero - Es don Dinero. - Nace en las Indias honrado, - Donde el mundo le acompaña; - Viene a morir en España - Y es en Génova enterrado. - Y pues quien le trae al lado - Es hermoso, aunque sea fiero, - Poderoso caballero - Es don Dinero. - Es galán y es como un oro, - Tiene quebrado el color, - Persona de gran valor, - Tan cristiano como moro; - Pues que da y quita el decoro - Y quebranta cualquier fuero, - Poderoso caballero - Es don Dinero. - Son sus padres principales - Y es de nobles descendiente, - Porque en las venas de Oriente - Todas las sangres son reales: - Y pues es quien hace iguales - Al duque y al ganadero, - Poderoso caballero - Es don Dinero. - Mas ¿a quién no maravilla - Ver en su gloria sin tasa - Que es lo menos de su casa - Doña Blanca de Castilla? - Pero pues da al bajo silla - Y al cobarde hace guerrero, - Poderoso caballero - Es don Dinero. - Sus escudos de armas nobles - Son siempre tan principales, - Que sin sus escudos reales - No hay escudos de armas dobles; - Y pues a los mismos robles - Da codicia su minero, - Poderoso caballero - Es don Dinero. - Por importar en los tratos - Y dar tan buenos consejos, - En las casas de los viejos - Gatos le guardan de gatos. - Y pues él rompe recatos - Y ablanda al juez más severo, - Poderoso caballero - Es don Dinero. - Y es tanta su majestad - (Aunque son sus duelos hartos) - Que con haberle hecho cuartos - No pierde su autoridad; - Pero pues da calidad - Al noble y al pordiosero, - Poderoso caballero - Es don Dinero. - Nunca vi damas ingratas - A su gusto y afición, - Que a las caras de un doblón - Hacen sus caras baratas. - Y pues las hace bravatas - Desde una bolsa de cuero, - Poderoso caballero - Es don Dinero. - Más valen en cualquier tierra, - Mirad si es harto sagaz, - Sus escudos en la paz - Que rodelas en la guerra. - Y pues al pobre le entierra - Y hace propio al forastero, - Poderoso caballero - Es don Dinero. - - - - -DON ESTEBAN MANUEL DE VILLEGAS - - -_59. Oda sáfica_ - - Dulce vecino de la verde selva, - Huésped eterno del abril florido, - Vital aliento de la madre Venus, - Céfiro blando; - Si de mis ansias el amor supiste, - Tú, que las quejas de mi voz llevaste, - Oye, no temas, y a mi ninfa dile, - Dile que muero. - Filis un tiempo mi dolor sabía; - Filis un tiempo mi dolor lloraba; - Quísome un tiempo, mas agora temo, - Temo sus iras. - Así los dioses con amor paterno, - Así los cielos con amor benigno, - Nieguen al tiempo que feliz volares - Nieve a la tierra. - Jamás el peso de la nube parda - Cuando amanece en la elevada cumbre, - Toque tus hombros ni su mal granizo - Hiera tus alas. - - - - -DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA - - -_60._ - - Estas que fueron pompa y alegría - Despertando al albor de la mañana, - A la tarde serán lástima vana - Durmiendo en brazos de la noche fría. - Este matiz que al cielo desafía, - Iris listado de oro, nieve y grana, - Será escarmiento de la vida humana: - ¡Tanto se emprende en término de un día! - A florecer las rosas madrugaron, - Y para envejecerse florecieron: - Cuna y sepulcro en un botón hallaron. - Tales los hombres sus fortunas vieron: - En un día nacieron y expiraron; - Que pasados los siglos, horas fueron. - - - - -DON ANTONIO MIRA DE MESCUA - - -_61. Canción_ - - Ufano, alegre, altivo, enamorado, - Rompiendo el aire el pardo jilguerillo, - Se sentó en los pimpollos de una haya, - Y con su pico de marfil nevado - De su pechuelo blanco y amarillo - La pluma concertó pajiza y baya; - Y celoso se ensaya - A discantar en alto contrapunto - Sus celos y amor junto, - Y al ramillo, y al prado y a las flores - Libre y ufano cuenta sus amores. - Mas ¡ay! que en este estado - El cazador cruel, de astucia armado, - Escondido le acecha, - Y al tierno corazón aguda flecha - Tira con mano esquiva - Y envuelto en sangre en tierra lo derriba. - ¡Ay, vida mal lograda, - Retrato de mi suerte desdichada! - De la custodia del amor materno - El corderillo juguetón se aleja, - Enamorado de la yerba y flores, - Y por la libertad del pasto tierno - El cándido licor olvida y deja - Por quien hizo a su madre mil amores: - Sin conocer temores, - De la florida primavera bella - El vario manto huella - Con retozos y brincos licenciosos, - Y pace tallos tiernos y sabrosos. - Mas ¡ay! que en un otero - Dio en la boca de un lobo carnicero, - Que en partes diferentes - Lo dividió con sus voraces dientes, - Y a convertirse vino - En purpúreo el dorado vellocino. - ¡Oh inocencia ofendida, - Breve bien, caro pasto, corta vida! - Rica con sus penachos y copetes, - Ufana y loca, con ligero vuelo - Se remonta la garza a las estrellas, - Y, puliendo sus negros martinetes, - Procura ser allá cerca del cielo - La reina sola de las aves bellas: - Y por ser ella de ellas - La que más altanera se remonta, - Ya se encubre y trasmonta - A los ojos del lince más atentos - Y se contempla reina de los vientos. - Mas ¡ay! que en la alta nube - El águila la vio y al cielo sube, - Donde con pico y garra - El pecho candidísimo desgarra - Del bello airón que quiso - Volar tan alto con tan corto aviso. - ¡Ay, pájaro altanero, - Retrato de mi suerte verdadero! - Al son de las belísonas trompetas - Y al retumbar del sonoroso parche, - Formó escuadrón el capitán gallardo; - Con relinchos, bufidos y corvetas - Pidió el caballo que la gente marche - Trocando en paso presuroso el tardo: - Sonó el clarín bastardo - La esperada señal de arremetida, - Y en batalla rompida, - Teniendo cierta de vencer la gloria, - Oyó a su gente que cantó victoria. - Mas ¡ay! que el desconcierto - Del capitán bisoño y poco experto, - Por no observar el orden - Causó en su gente general desorden, - Y, la ocasión perdida, - El vencedor perdió victoria y vida. - ¡Ay, fortuna voltaria, - En mis prósperos fines siempre varia! - Al cristalino y mudo lisonjero - La bella dama en su beldad se goza, - Contemplándose Venus en la tierra, - Y al más rebelde corazón de acero - Con su vista enternece y alboroza, - Y es de las libertades dulce guerra: - El desamor destierra - De donde pone sus divinos ojos, - Y de ellos son despojos - Los purísimos castos de Diana, - Y en su belleza se contempla ufana. - Mas ¡ay! que un accidente, - Apenas puso el pulso intercadente, - Cuando cubrió de manchas, - Cárdenas ronchas y viruelas anchas - El bello rostro hermoso - Y lo trocó en horrible y asqueroso. - ¡Ay, beldad malograda, - Muerta luz, turbio sol y flor pisada! - Sobre frágiles leños, que con alas - De lienzo débil de la mar son carros, - El mercader surcó sus claras olas: - Llegó a la India, y, rico de bengalas, - Perlas, aromas, nácares bizarros, - Volvió a ver las riberas españolas. - Tremoló banderolas, - Flámulas, estandartes, gallardetes: - Dio premio a los grumetes - Por haber descubierto - De la querida patria el dulce puerto. - Mas ¡ay! que estaba ignoto - A la experiencia y ciencia del piloto - En la barra un peñasco, - Donde, tocando de la nave el casco, - Dio a fondo, hechos mil piezas, - Mercader, esperanzas y riquezas. - ¡Pobre bajel, figura - Del que anegó mi próspera ventura! - Mi pensamiento con ligero vuelo - Ufano, alegre, altivo, enamorado, - Sin conocer temores la memoria, - Se remontó, señora, hasta tu cielo, - Y contrastando tu desdén airado, - Triunfó mi amor, captó mi fe victoria; - Y en la sublime gloria - De esa beldad se contempló mi alma, - Y el mar de amor sin calma - Mi navecilla con su viento en popa - Llevaba navegando a toda ropa. - Mas ¡ay! que mi contento - Fue el pajarillo y corderillo exento, - Fue la garza altanera, - Fue el capitán que la victoria espera, - Fue la Venus del mundo, - Fue la nave del piélago profundo; - Pues por diversos modos - Todos los males padecí de todos. - Canción, ve a la coluna - Que sustentó mi próspera fortuna, - Y verás que si entonces - Te pareció de mármoles y bronces, - Hoy es mujer; y en suma - Breve bien, fácil viento, leve espuma. - - - - -DON NICOLÁS F. DE MORATÍN - - -_62. Fiesta de toros en Madrid_ - - Madrid, castillo famoso - Que al rey moro alivia el miedo, - Arde en fiestas en su coso - Por ser el natal dichoso - De Alimenón de Toledo. - Su bravo alcaide Aliatar, - De la hermosa Zaida amante, - Las ordena celebrar - Por si la puede ablandar - El corazón de diamante. - Pasó, vencida a sus ruegos, - Desde Aravaca a Madrid; - Hubo pandorgas y fuegos, - Con otros nocturnos juegos - Que dispuso el adalid. - Y en adargas y colores, - En las cifras y libreas, - Mostraron los amadores, - Y en pendones y preseas, - La dicha de sus amores. - Vinieron las moras bellas - De toda la cercanía, - Y de lejos muchas de ellas: - Las más apuestas doncellas - Que España entonces tenía. - Aja de Getafe vino, - Y Zahara la de Alcorcón, - En cuyo obsequio muy fino - Corrió de un vuelo el camino - El moraicel de Alcabón. - Jarifa de Almonacid, - Que de la Alcarria en que habita - Llevó a asombrar a Madrid - Su amante Audalla, adalid - Del castillo de Zorita. - De Adamud y la famosa - Meco llegaron allí - Dos, cada cual más hermosa, - Y Fátima la preciosa, - Hija de Alí el alcadí. - El ancho circo se llena - De multitud clamorosa, - Que atiende a ver en la arena - La sangrienta lid dudosa, - Y todo en torno resuena. - La bella Zaida ocupó - Sus dorados miradores - Que el arte afiligranó, - Y con espejos y flores - Y damascos adornó. - Añafiles y atabales, - Con militar armonía, - Hicieron salva, y señales - De mostrar su valentía - Los moros más principales. - No en las vegas de Jarama - Pacieron la verde grama - Nunca animales tan fieros, - Junto al puente que se llama, - Por sus peces, de Viveros, - Como los que el vulgo vio - Ser lidiados aquel día; - Y en la fiesta que gozó, - La popular alegría - Muchas heridas costó. - Salió un toro del toril - Y a Tarfe tiró por tierra, - Y luego a Benalguacil; - Después con Hamete cierra - El temerón de Conil. - Traía un ancho listón - Con uno y otro matiz - Hecho un lazo por airón, - Sobre la inhiesta cerviz - Clavado con un arpón. - Todo galán pretendía - Ofrecerle vencedor - A la dama que servía: - Por eso perdió Almanzor - El potro que más quería. - El alcaide muy zambrero - De Guadalajara, huyó - Mal herido al golpe fiero, - Y desde un caballo overo - El moro de Horche cayó. - Todos miran a Aliatar, - Que, aunque tres toros ha muerto, - No se quiere aventurar, - Porque en lance tan incierto - El caudillo no ha de entrar. - Mas viendo se culparía, - Va a ponérsele delante: - La fiera le acometía, - Y sin que el rejón la plante - Le mató una yegua pía. - Otra monta acelerado: - Le embiste el toro de un vuelo - Cogiéndole entablerado; - Rodó el bonete encarnado - Con las plumas por el suelo. - Dio vuelta hiriendo y matando - A los de a pie que encontrara, - El circo desocupando, - Y emplazándose, se para, - Con la vista amenazando. - Nadie se atreve a salir: - La plebe grita indignada, - Las damas se quieren ir, - Porque la fiesta empezada - No puede ya proseguir. - Ninguno al riesgo se entrega - Y está en medio el toro fijo, - Cuando un portero que llega - De la puerta de la Vega, - Hincó la rodilla, y dijo: - Sobre un caballo alazano, - Cubierto de galas y oro, - Demanda licencia urbano - Para alancear a un toro - Un caballero cristiano. - Mucho le pesa a Aliatar; - Pero Zaida dio respuesta - Diciendo que puede entrar, - Porque en tan solemne fiesta - Nada se debe negar. - Suspenso el concurso entero - Entre dudas se embaraza, - Cuando en un potro ligero - Vieron entrar en la plaza - Un bizarro caballero. - Sonrosado, albo color, - Belfo labio, juveniles - Alientos, inquieto ardor, - En el florido verdor - De sus lozanos abriles. - Cuelga la rubia guedeja - Por donde el almete sube, - Cual mirarse tal vez deja - Del sol la ardiente madeja - Entre cenicienta nube. - Gorguera de anchos follajes, - De una cristiana primores; - En el yelmo los plumajes - Por los visos y celajes - Vergel de diversas flores. - En la cuja gruesa lanza, - Con recamado pendón, - Y una cifra a ver se alcanza, - Que es de desesperación, - O a lo menos de venganza. - En el arzón de la silla - Ancho escudo reverbera - Con blasones de Castilla, - Y el mote dice a la orilla: - _Nunca mi espada venciera_. - Era el caballo galán, - El bruto más generoso, - De más gallardo ademán: - Cabos negros, y brioso, - Muy tostado, y alazán. - Larga cola recogida - En las piernas descarnadas, - Cabeza pequeña, erguida, - Las narices dilatadas, - Vista feroz y encendida. - Nunca en el ancho rodeo - Que da Betis con tal fruto - Pudo fingir el deseo - Más bella estampa de bruto, - Ni más hermoso paseo. - Dio la vuelta al rededor; - Los ojos que le veían - Lleva prendados de amor: - ¡Alah te salve! decían, - ¡Dete el Profeta favor! - Causaba lástima y grima - Su tierna edad floreciente: - Todos quieren que se exima - Del riesgo, y él solamente - Ni recela ni se estima. - Las doncellas, al pasar, - Hacen de ámbar y alcanfor - Pebeteros exhalar, - Vertiendo pomos de olor, - De jazmines y azahar. - Mas cuando en medio se para, - Y de más cerca le mira - La cristiana esclava Aldara, - Con su señora se encara, - Y así la dice, y suspira: - Señora, sueños no son; - Así los cielos, vencidos - De mi ruego y aflicción, - Acerquen a mis oídos - Las campanas de León, - Como ese doncel, que ufano - Tanto asombro viene a dar - A todo el pueblo africano, - Es Rodrigo de Vivar, - El soberbio castellano. - Sin descubrirle quién es, - La Zaida desde una almena - Le habló una noche cortés, - Por donde se abrió después - El cubo de la Almudena. - Y supo que, fugitivo - De la corte de Fernando, - El cristiano, apenas vivo, - Está a Jimena adorando - Y en su memoria cautivo. - Tal vez a Madrid se acerca - Con frecuentes correrías - Y todo en torno la cerca; - Observa sus saetías, - Arroyadas y ancha alberca. - Por eso le ha conocido: - Que en medio de aclamaciones, - El caballo ha detenido - Delante de sus balcones, - Y la saluda rendido. - La mora se puso en pie - Y sus doncellas detrás: - El alcaide que lo ve, - Enfurecido además, - Muestra cuán celoso esté. - Suena un rumor placentero - Entre el vulgo de Madrid: - No habrá mejor caballero, - Dicen, en el mundo entero, - Y algunos le llaman Cid. - Crece la algazara, y él, - Torciendo las riendas de oro, - Marcha al combate crüel: - Alza el galope, y al toro - Busca en sonoro tropel. - El bruto se le ha encarado - Desde que le vio llegar, - De tanta gala asombrado, - Y al rededor le ha observado - Sin moverse de un lugar. - Cual flecha se disparó - Despedida de la cuerda, - De tal suerte le embistió; - Detrás de la oreja izquierda - La aguda lanza le hirió. - Brama la fiera burlada; - Segunda vez acomete, - De espuma y sudor bañada, - Y segunda vez la mete - Sutil la punta acerada. - Pero ya Rodrigo espera - Con heroico atrevimiento, - El pueblo mudo y atento: - Se engalla el toro y altera, - Y finge acometimiento. - La arena escarba ofendido, - Sobre la espalda la arroja - Con el hueso retorcido; - El suelo huele y le moja - En ardiente resoplido. - La cola inquieto menea, - La diestra oreja mosquea, - Vase retirando atrás, - Para que la fuerza sea - Mayor, y el ímpetu más. - El que en esta ocasión viera - De Zaida el rostro alterado, - Claramente conociera - Cuanto le cuesta cuidado - El que tanto riesgo espera. - Mas ¡ay, que le embiste horrendo - El animal espantoso! - Jamás peñasco tremendo - Del Cáucaso cavernoso - Se desgaja estrago haciendo, - Ni llama así fulminante - Cruza en negra oscuridad - Con relámpagos delante, - Al estrépito tronante - De sonora tempestad, - Como el bruto se abalanza - Con terrible ligereza; - Mas rota con gran pujanza - La alta nuca, la fiereza - Y el último aliento lanza. - La confusa vocería - Que en tal instante se oyó - Fue tanta, que parecía - Que honda mina reventó, - O el monte y valle se hundía. - A caballo como estaba - Rodrigo, el lazo alcanzó - Con que el toro se adornaba: - En su lanza le clavó - Y a los balcones llegaba. - Y alzándose en los estribos, - Le alarga a Zaida, diciendo: - Sultana, aunque bien entiendo - Ser favores excesivos, - Mi corto don admitiendo; - Si no os dignáredes ser - Con él benigna, advertid - Que a mí me basta saber - Que no le debo ofrecer - A otra persona en Madrid. - Ella, el rostro placentero, - Dijo, y turbada: señor, - Yo le admito y le venero, - Por conservar el favor - De tan gentil caballero. - Y besando el rico don, - Para agradar al doncel, - Le prende con afición - Al lado del corazón - Por brinquiño y por joyel. - Pero Aliatar el caudillo - De envidia ardiendo se ve, - Y, trémulo y amarillo, - Sobre un tremecén rosillo - Lozaneándose fue. - Y en ronca voz: Castellano, - Le dice: con más decoros - Suelo yo dar de mi mano, - Si no penachos de toros, - Las cabezas del cristiano. - Y si vinieras de guerra - Cual vienes de fiesta y gala, - Vieras que en toda la tierra, - Al valor que dentro encierra - Madrid, ninguno se iguala. - Así, dijo el de Vivar, - Respondo; y la lanza al ristre - Pone, y espera a Aliatar; - Mas sin que nadie administre - Orden, tocaron a armar. - Ya fiero bando con gritos - Su muerte o prisión pedía, - Cuando se oyó en los distritos - Del monte de Leganitos - Del Cid la trompetería. - Entre la Monclova y Soto - Tercio escogido emboscó, - Que, viendo como tardó, - Se acerca, oyó el alboroto, - Y al muro se abalanzó. - Y si no vieran salir - Por la puerta a su señor, - Y Zaida a le despedir, - Iban la fuerza a embestir: - Tal era ya su furor. - El alcaide, recelando - Que en Madrid tenga partido, - Se templó disimulando, - Y por el parque florido - Salió con él razonando. - Y es fama que, a la bajada, - Juró por la cruz el Cid - De su vencedora espada - De no quitar la celada - Hasta que gane a Madrid. - - - - -DON GASPAR M. DE JOVELLANOS - - -_63. Epístola de Fabio a Anfriso_ - -_Descripción del Paular_ - - _Credibile est illi numen inesse loco_ - OVIDIUS - - Desde el oculto y venerable asilo - Do la virtud austera y penitente - Vive ignorada y, del liviano mundo - Huida, en santa soledad se esconde, - El triste Fabio al venturoso Anfriso - Salud en versos flébiles envía. - Salud le envía a Anfriso, al que inspirado - De las mantuanas musas, tal vez suele - Al grave son de su celeste canto - Precipitar del viejo Manzanares - El curso perezoso: tal süave - Suele ablandar con amorosa lira - La altiva condición de sus zagalas. - ¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado - A quien no dio la suerte tal ventura - Pudiese huir del mundo y sus peligros! - ¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla - Logró arribar a puerto tan seguro, - Que esconderla supiera en este abrigo, - A tanta luz y ejemplos enseñado! - Huyera así la furia tempestuosa - De los contrarios vientos, los escollos, - Y las fieras borrascas tantas veces - Entre sustos y lágrimas corridas. - Así también del mundanal tumulto - Lejos, y en estos montes guarecido, - Alguna vez gozara del reposo, - Que hoy desterrado de su pecho vive. - Mas ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo - De la virtud arrastra la cadena, - La pesada cadena con que el mundo - Oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste - En cuyo oído suena con espanto, - Por esta oculta soledad rompiendo, - De su señor el imperioso grito! - Busco en estas moradas silenciosas - El reposo y la paz que aquí se esconden, - Y solo encuentro la inquietud funesta - Que mis sentidos y razón conturba. - Busco paz y reposo, pero en vano - Los busco ¡oh caro Anfriso! que estos dones, - Herencia santa que al partir del mundo - Dejó Bruno en sus hijos vinculada, - Nunca en profano corazón entraron - Ni a los parciales del placer se dieron. - Conozco bien que, fuera de este asilo, - Solo me guarda el mundo sinrazones, - Vanos deseos, duros desengaños, - Susto y dolor; empero todavía - A entrar en él no puedo resolverme. - No puedo resolverme, y despechado - Sigo el impulso del fatal destino - Que a muy más dura esclavitud me guía. - Sigo su fiero impulso, y llevo siempre - Por todas partes los pesados grillos - Que de la ansiada libertad me privan. - De afán y angustia el pecho traspasado, - Pido a la muda soledad consuelo - Y con dolientes quejas la importuno. - Salgo al ameno valle, subo al monte, - Sigo del claro río las corrientes, - Busco la fresca y deleitosa sombra, - Corro por todas partes, y no encuentro - En parte alguna la quietud perdida. - ¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos, - Cansados de llorar, presenta el cielo! - Rodeado de frondosos y altos montes - Se extiende un valle, que de mil delicias - Con sabia mano ornó naturaleza. - Pártele en dos mitades, despeñado - De las vecinas rocas, el Lozoya, - Por su pesca famoso y dulces aguas. - Del claro río sobre el verde margen - Crecen frondosos álamos, que al cielo - Ya erguidos alzan las plateadas copas, - O ya, sobre las aguas encorvados, - En mil figuras miran con asombro - Su forma en los cristales retratada. - De la siniestra orilla un bosque umbrío - Hasta la falda del vecino monte - Se extiende: tan ameno y delicioso - Que le hubiera juzgado el gentilismo - Morada de algún dios, o a los misterios - De las silvanas Dríadas guardado. - Aquí encamino mis inciertos pasos, - Y en su recinto umbrío y silencioso, - Mansión la más conforme para un triste, - Entro a pensar en mi cruel destino. - La grata soledad, la dulce sombra, - El aire blando y el silencio mudo, - Mi desventura y mi dolor adulan. - No alcanza aquí del padre de las luces - El rayo acechador, ni su reflejo - Viene a cubrir de confusión el rostro - De un infeliz en su dolor sumido. - El canto de las aves no interrumpe - Aquí tampoco la quietud de un triste, - Pues solo de la viuda tortolilla - Se oye tal vez el lastimero arrullo, - Tal vez el melancólico trinado - De la angustiada y dulce Filomena. - Con blando impulso el céfiro süave, - Las copas de los árboles moviendo, - Recrea el alma con el manso ruido, - Mientras al dulce soplo desprendidas - Las agostadas hojas, revolando, - Bajan en lentos círculos al suelo, - Cúbrenle en torno, y la frondosa pompa - Que al árbol adornara en primavera, - Yace marchita y muestra los rigores - Del abrasado estío y seco otoño. - ¡Así también de juventud lozana - Pasan, oh Anfriso, las livianas dichas! - Un soplo de inconstancia, de fastidio, - O de capricho femenil las tala - Y lleva por el aire, cual las hojas - De los frondosos árboles caídas. - Ciegos empero, y tras su vana sombra - De contino exhalados, en pos de ellas - Corremos hasta hallar el precipicio - Do nuestro error y su ilusión nos guían. - Volamos en pos de ellas como suele - Volar a la dulzura del reclamo - Incauto el pajarillo: entre las hojas - El preparado visco le detiene: - Lucha cautivo por huir, y en vano, - Porque un traidor, que en asechanza atisba, - Con mano infiel la libertad le roba - Y a muerte le condena o cárcel dura. - ¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos - Un pronto desengaño corrió el velo - De la ciega ilusión! ¡Una y mil veces - Dichoso el solitario penitente - Que, triunfando del mundo y de sí mismo, - Vive en la soledad libre y contento! - Unido a Dios por medio de la santa - Contemplación, le goza ya en la tierra, - Y retirado en su tranquilo albergue - Observa reflexivo los milagros - De la naturaleza, sin que nunca - Turben el susto ni el dolor su pecho. - Regálanle las aves con su canto, - Mientras la aurora sale refulgente - A cubrir de alegría y luz el mundo. - Nácele siempre el sol claro y brillante, - Y nunca a él levanta conturbados - Sus ojos, ora en el oriente raye, - Ora, del cielo a la mitad subiendo, - En pompa guíe el reluciente carro; - Ora con tibia luz, más perezoso, - Su faz esconda en los vecinos montes. - Cuando en las claras noches cuidadoso - Vuelve desde los santos ejercicios, - La plateada luna en lo más alto - Del cielo mueve la luciente rueda - Con augusto silencio, y recreando - Con blando resplandor su humilde vista, - Eleva su razón, y la dispone - A contemplar la alteza y la inefable - Gloria del Padre y Criador del mundo. - Libre de los cuidados enojosos - Que en los palacios y dorados techos - Nos turban de contino, y entregado - A la inefable y justa Providencia, - Si al breve sueño alguna pausa pide - De sus santas tareas, obediente - Viene a cerrar sus párpados el sueño - Con mano amiga, y de su lado ahuyenta - El susto y las fantasmas de la noche. - ¡Oh suerte venturosa, a los amigos - De la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca - De los tristes mundanos conocida! - ¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque umbrío! - ¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria, - Taciturna mansión! ¡Oh, quién, del alto - Y proceloso mar del mundo huyendo - A vuestra santa calma, aquí seguro - Vivir pudiera siempre, y escondido! - Tales cosas revuelvo en mi memoria - En esta triste soledad sumido. - Llega en tanto la noche, y con su manto - Cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces - A los medrosos claustros. De una escasa - Luz el distante y pálido reflejo - Guía por ellos mis inciertos pasos; - Y en medio del horror y del silencio, - ¡Oh fuerza del ejemplo portentosa! - Mi corazón palpita, en mi cabeza - Se erizan los cabellos, se estremecen - Mis carnes, y discurre por mis nervios - Un súbito rigor que los embarga. - Parece que oigo que del centro oscuro - Sale una voz tremenda que, rompiendo - El eterno silencio, así me dice: - «Huye de aquí, profano; tú, que llevas - »De ideas mundanales lleno el pecho, - »Huye de esta morada, do se albergan - »Con la virtud humilde y silenciosa - »Sus escogidos: huye, y no profanes - »Con tu planta sacrílega este asilo.» - De aviso tal al golpe confundido, - Con paso vacilante voy cruzando - Los pavorosos tránsitos, y llego - Por fin a mi morada, donde ni hallo - El ansiado reposo, ni recobran - La suspirada calma mis sentidos. - Lleno de congojosos pensamientos - Paso la triste y perezosa noche - En molesta vigilia, sin que llegue - A mis ojos el sueño, ni interrumpan - Sus regalados bálsamos mi pena. - Vuelve por fin con la rosada aurora - La luz aborrecida, y en pos de ella - El claro día a publicar mi llanto - Y dar nueva materia al dolor mío. - - - - -DON JUAN MELÉNDEZ VALDÉS - - -_64. Rosana en los fuegos_ - - Del sol llevaba la lumbre, - Y la alegría del alba, - En sus celestiales ojos - La hermosísima Rosana, - Una noche que a los fuegos - Salió la fiesta de Pascua - Para abrasar todo el valle - En mil amorosas ansias. - Por do quiera que camina - Lleva tras sí la mañana, - Y donde se vuelve rinde - La libertad de mil almas. - El céfiro la acaricia - Y mansamente la halaga, - Los Amores la rodean - Y las Gracias la acompañan. - Y ella, así como en el valle - Descuella la altiva palma - Cuando sus verdes pimpollos - Hasta las nubes levanta; - O cual vid de fruto llena - Que con el olmo se abraza, - Y sus vástagos extiende - Al arbitrio de las ramas; - Así entre sus compañeras - El nevado cuello alza, - Sobresaliendo entre todas - Cual fresca rosa entre zarzas. - Todos los ojos se lleva - Tras sí, todo lo avasalla; - De amor mata a los pastores - Y de envidia a las zagalas. - Ni las músicas se atienden, - Ni se gozan las lumbradas; - Que todos corren por verla - Y al verla todos se abrasan. - ¡Qué de suspiros se escuchan! - ¡Qué de vivas y de salvas! - No hay zagal que no la admire - Y no se esmere en loarla. - Cuál absorto la contempla - Y a la aurora la compara - Cuando más alegre sale - Y el cielo de su albor baña; - Cuál al fresco y verde aliso - Que crece al margen del agua, - Cuando más pomposo en hojas - En su cristal se retrata; - Cuál a la luna, si muestra - Llena su esfera de plata, - Y asoma por los collados - De luceros coronada. - Otros pasmados la miran - Y mudamente la alaban, - Y cuanto más la contemplan - Muy más hermosa la hallan. - Que es como el cielo su rostro - Cuando en la noche callada - Brilla con todas sus luces - Y los ojos embaraza. - ¡Ay, qué de envidias se encienden! - ¡Ay, qué de celos que causa - En las serranas del Tormes - Su perfección sobrehumana! - Las más hermosas la temen, - Mas sin osar murmurarla; - Que como el oro más puro - No sufre una leve mancha. - Bien haya tu gentileza, - Una y mil veces bien haya, - Y abrase la envidia al pueblo, - Hermosísima aldeana. - Toda, toda eres perfecta, - Toda eres donaire y gracia, - El amor vive en tus ojos - Y la gloria está en tu cara. - La libertad me has robado, - Yo la doy por bien robada, - Mas recibe el don benigna - Que mi humildad te consagra. - Esto un zagal la decía - Con razones mal formadas, - Que salió libre a los fuegos - Y volvió cautivo a casa. - Y desde entonces perdido - El día a sus puertas le halla; - Ayer le cantó esta letra - Echándole la alborada: - Linda zagaleja - De cuerpo gentil, - _Muérome de amores_ - _Desde que te vi._ - Tu talle, tu aseo, - Tu gala y donaire, - No tienen, serrana, - Igual en el valle. - Del cielo son ellos - Y tú un serafín: - _Muérome de amores_ - _Desde que te vi._ - De amores me muero, - Sin que nada baste - A darme la vida - Que allá te llevaste, - Si ya no te dueles - Benigna de mí; - _Que muero de amores_ - _Desde que te vi_. - - - - -DON LEANDRO F. DE MORATÍN - - -_65. Elegía a las Musas_ - - Esta corona, adorno de mi frente, - Esta sonante lira y flautas de oro - Y máscaras alegres, que algún día - Me disteis, sacras Musas, de mis manos - Trémulas recibid, y el canto acabe, - Que fuera osado intento repetirle. - He visto ya cómo la edad ligera, - Apresurando a no volver las horas, - Robó con ellas su vigor al numen. - Sé que negáis vuestro favor divino - A la cansada senectud, y en vano - Fuera implorarle; pero en tanto, bellas - Ninfas, del verde Pindo habitadoras, - No me neguéis que os agradezca humilde - Los bienes que os debí. Si pude un día, - No indigno sucesor de nombre ilustre, - Dilatarle famoso, a vos fue dado - Llevar al fin mi atrevimiento. Solo - Pudo bastar vuestro amoroso anhelo - A prestarme constancia en los afanes - Que turbaron mi paz, cuando insolente - Vano saber, enconos y venganzas, - Codicia y ambición, la patria mía - Abandonaron a civil discordia. - Yo vi del polvo levantarse audaces, - A dominar y perecer, tiranos: - Atropellarse efímeras las leyes, - Y llamarse virtudes los delitos. - Vi las fraternas armas nuestros muros - Bañar en sangre nuestra, combatirse, - Vencido y vencedor hijos de España, - Y el trono desplomándose al vendido - Ímpetu popular. De las arenas - Que el mar sacude en la fenicia Gades, - A las que el Tajo lusitano envuelve - En oro y conchas, uno y otro imperio, - Iras, desorden esparciendo y luto, - Comunicarse el funeral estrago. - Así cuando en Sicilia el Etna ronco - Revienta incendios, su bifronte cima - Cubre el Vesubio en humo denso y llamas, - Turba el Averno sus calladas ondas; - Y allá del Tibre en la ribera etrusca - Se estremece la cúpula soberbia - Que al Vicario de Cristo da sepulcro. - ¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro? - ¿Quién dar al verso acordes armonías, - Oyendo resonar grito de muerte? - Tronó la tempestad: bramó iracundo - El huracán, y arrebató a los campos - Sus frutos, su matiz: la rica pompa - Destrozó de los árboles sombríos: - Todas huyeron tímidas las aves - Del blando nido, en el espanto mudas; - No más trinos de amor. Así agitaron - Los tardos años mi existencia, y pudo - Solo en región extraña el oprimido - Ánimo hallar dulce descanso y vida. - Breve será; que ya la tumba aguarda - Y sus mármoles abre a recibirme; - Ya los voy a ocupar... Si no es eterno - El rigor de los hados, y reservan - A mi patria infeliz mayor ventura, - Dénsela presto, y mi postrer suspiro - Será por ella... Prevenid en tanto - Flébiles tonos, enlazad coronas - De ciprés funeral, Musas celestes; - Y donde a las del mar sus aguas mezcla - El Garona opulento, en silencioso - Bosque de lauros y menudos mirtos, - Ocultad entre flores mis cenizas. - - - - -DON MANUEL MARÍA DE ARJONA - - -_66. La diosa del bosque_ - - ¡Oh, si bajo estos árboles frondosos - Se mostrase la célica hermosura - Que vi algún día en inmortal dulzura - Este bosque bañar! - Del cielo tu benéfico descenso - Sin duda ha sido, lúcida belleza: - Deja, pues, diosa, que mi grato incienso - Arda sobre tu altar. - Que no es amor mi tímido alborozo, - Y me acobarda el rígido escarmiento, - Que ¡oh Piritöo! condenó tu intento - Y tu intento, Ixïón. - Lejos de mí sacrílega osadía: - Bástame que con plácido semblante - Aceptes, diosa, a mis anhelos pía, - Mi ardiente adoración. - Mi adoración y el cántico de gloria - Que de mí el Pindo atónito ya espera: - Baja tú a oírme de la sacra esfera - ¡Oh radiante deidad! - Y tu mirar más nítido y süave, - He de cantar, que fúlgido lucero; - Y el limpio encanto que infundirnos sabe - Tu dulce majestad. - De pureza jactándose natura, - Te ha formado del cándido rocío - Que sobre el nardo al apuntar de estío - La aurora derramó; - Y excelsamente lánguida retrata - El rosicler pacífico de Mayo - Tu alma: Favonio su frescura grata - A tu hablar trasladó. - ¡Oh imagen perfectísima del orden - Que liga en lazos fáciles el mundo, - Solo en los brazos de la paz fecundo, - Solo amable en la paz! - En vano con espléndido aparato - Finge el arte solícito grandezas: - Natura vence con sencillo ornato - Tan altivo disfraz. - Monarcas, que los pérsicos tesoros - Ostentáis con magnífica porfía, - Copiad el brillo de un sereno día - Sobre el azul del mar: - O copie estudio de émula hermosura - De mi deidad el mágico descuido; - Antes veremos la estrellada altura - Los hombres escalar. - Tú, mi verso, en magnánimo ardimiento - Ya las alas del céfiro recibe, - Y al pecho ilustre en que tu numen vive - Vuela, vuela veloz; - Y en los erguidos álamos ufana - Penda siempre esta cítara, aunque nueva; - Que ya a sus ecos hermosura humana - No ha de ensalzar mi voz. - - - - -DON ALBERTO LISTA - - -_67. Al Sueño_ - -_El himno del desgraciado_ - - «_El grande y el pequeño_ - _Iguales son lo que les dura el sueño._» - - Desciende a mí, consolador Morfeo, - Único dios que imploro, - Antes que muera el esplendor febeo - Sobre las playas del adusto moro. - Y en tu regazo el importuno día - Me encuentre aletargado, - Cuando triunfante de la niebla umbría - Asciende al trono del cenit dorado. - Pierda en la noche y pierda en la mañana - Tu calma silenciosa - Aquel feliz que en lecho de oro y grana - Estrecha al seno la adorada esposa. - Y el que halagado con los dulces dones - De Pluto y de Citeres, - Las que a la tarde fueron ilusiones, - A la aurora verá ciertos placeres. - No halle jamás la matutina estrella - En tus brazos rendido - Al que bebió en los labios de su bella - El suspiro de amor correspondido. - ¡Ah! déjalos que gocen. Tu presencia - No turbe su contento; - Que es perpetua delicia su existencia - Y un siglo de placer cada momento. - Para ellos nace, el orbe colorando, - La sonrosada aurora, - Y el ave sus amores va cantando, - Y la copia de Abril derrama Flora. - Para ellos tiende su brillante velo - La noche sosegada, - Y de trémula luz esmalta el cielo, - Y da al amor la sombra deseada. - Si el tiempo del placer para el dichoso - Huye en veloz carrera, - Une con breve y plácido reposo - Las dichas que ha gozado a las que espera. - Mas ¡ay! a un alma del dolor guarida - Desciende ya propicio; - Cuanto me quites de la odiosa vida, - Me quitarás de mi inmortal suplicio. - ¿De qué me sirve el súbito alborozo - Que a la aurora resuena, - Si al despertar el mundo para el gozo, - Solo despierto yo para la pena? - ¿De qué el ave canora, o la verdura - Del prado que florece, - Si mis ojos no miran su hermosura, - Y el universo para mí enmudece? - El ámbar de la vega, el blando ruido, - Con que el raudal se lanza, - ¿Qué son ¡ay! para el triste que ha perdido, - Último bien del hombre, la esperanza? - Girará en vano, cuando el sol se ausente, - La esfera luminosa; - En vano, de almas tiernas confidente, - Los campos bañará la luna hermosa. - Esa blanda tristeza que derrama - A un pecho enamorado, - Si su tranquila amortiguada llama - Resbala por las faldas del collado, - No es para un corazón de quien ha huido - La ilusión lisonjera, - Cuando pidió, del desengaño herido, - Su triste antorcha a la razón severa. - Corta el hilo a mi acerba desventura, - Oh tú, sueño piadoso; - Que aquellas horas que tu imperio dura - Se iguala el infeliz con el dichoso. - Ignorada de sí yazca mi mente, - Y muerto mi sentido; - Empapa el ramo, para herir mi frente, - En las tranquilas aguas del olvido. - De la tumba me iguale tu beleño - A la ceniza yerta, - Solo ¡ay de mí! que del eterno sueño, - Mas felice que yo, nunca despierta. - Ni aviven mi existencia interrumpida - Fantasmas voladores, - Ni los sucesos de mi amarga vida - Con tus pinceles lánguidos colores. - No me acuerdes crüel de mi tormento - La triste imagen fiera; - Bástale su malicia al pensamiento, - Sin darle tú el puñal para que hiera. - Ni me halagues con pérfidos placeres, - Que volarán contigo; - Y el dolor de perderlos cuando huyeres - De atreverme a gozar será el castigo. - Deslízate callado, y encadena - Mi ardiente fantasía; - Que asaz libre será para la pena - Cuando me entregues a la luz del día. - Ven, termina la mísera querella - De un pecho acongojado. - ¡Imagen de la muerte! después de ella - Eres el bien mayor del desgraciado. - - - - -DON MANUEL JOSÉ QUINTANA - - -_68. A España, después de la revolución de Marzo_ - - ¿Qué era, decidme, la nación que un día - Reina del mundo proclamó el destino, - La que a todas las zonas extendía - Su cetro de oro y su blasón divino? - Volábase a occidente, - Y el vasto mar Atlántico sembrado - Se hallaba de su gloria y su fortuna. - Do quiera España: en el preciado seno - De América, en el Asia, en los confines - Del África, allí España. El soberano - Vuelo de la atrevida fantasía - Para abarcarla se cansaba en vano; - La tierra sus mineros le rendía, - Sus perlas y coral el Oceáno. - Y donde quier que revolver sus olas - Él intentase, a quebrantar su furia - Siempre encontraba costas españolas. - Ora en el cieno del oprobio hundida, - Abandonada a la insolencia ajena, - Como esclava en mercado, ya aguardaba - La ruda argolla y la servil cadena. - ¡Qué de plagas, oh Dios! Su aliento impuro - La pestilente fiebre respirando, - Infestó el aire, emponzoñó la vida; - La hambre enflaquecida - Tendió sus brazos lívidos, ahogando - Cuanto el contagio perdonó; tres veces - De Jano el templo abrimos, - Y a la trompa de Marte aliento dimos; - Tres veces ¡ay! Los dioses tutelares - Su escudo nos negaron, y nos vimos - Rotos en tierra y rotos en los mares. - ¿Qué en tanto tiempo viste - Por tus inmensos términos, oh Iberia? - ¿Qué viste ya sino funesto luto, - Honda tristeza, sin igual miseria, - De tu vil servidumbre acerbo fruto? - Así, rota la vela, abierto el lado, - Pobre bajel a naufragar camina, - De tormenta en tormenta despeñado, - Por los yermos del mar; ya ni en su popa - Las guirnaldas se ven que antes le ornaban, - Ni en señal de esperanza y de contento - La flámula riendo al aire ondea. - Cesó en su dulce canto el pasajero, - Ahogó su vocerío - El ronco marinero, - Terror de muerte en torno le rodea, - Terror de muerte silencioso y frío; - Y él va a estrellarse al áspero bajío. - Llega el momento, en fin; tiende su mano - El tirano del mundo al occidente, - Y fiero exclama: «El occidente es mío.» - Bárbaro gozo en su ceñuda frente - Resplandeció, como en el seno oscuro - De nube tormentosa en el estío - Relámpago fugaz brilla un momento - Que añade horror con su fulgor sombrío. - Sus guerreros feroces - Con gritos de soberbia el viento llenan; - Gimen los yunques, los martillos suenan, - Arden las forjas. ¡Oh vergüenza! ¿Acaso - Pensáis que espadas son para el combate - Las que mueven sus manos codiciosas? - No en tanto os estiméis: grillos, esposas, - Cadenas son que en vergonzosos lazos - Por siempre amarren tan inertes brazos. - Estremeciose España - Del indigno rumor que cerca oía, - Y al grande impulso de su justa saña - Rompió el volcán que en su interior hervía. - Sus déspotas antiguos - Consternados y pálidos se esconden; - Resuena el eco de venganza en torno, - Y del Tajo las márgenes responden: - «¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río, - Los colosos de oprobio y de vergüenza - Que nuestro bien en su insolencia ahogaban? - Su gloria fue, nuestro esplendor comienza; - Y tú, orgulloso y fiero, - Viendo que aun hay Castilla y castellanos, - Precipitas al mar tus rubias ondas, - Diciendo: «Ya acabaron los tiranos.» - ¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento! - ¿Con que puede ya dar el labio mío - El nombre augusto de la patria al viento? - Yo le daré; mas no en el arpa de oro - Que mi cantar sonoro - Acompañó hasta aquí; no aprisionado - En estrecho recinto, en que se apoca - El numen en el pecho - Y el aliento fatídico en la boca. - Desenterrad la lira de Tirteo, - Y al aire abierto, a la radiante lumbre - Del sol, en la alta cumbre - Del riscoso y pinífero Fuenfría, - Allí volaré yo, y allí cantando - Con voz que atruene en derredor la sierra, - Lanzaré por los campos castellanos - Los ecos de la gloria y de la guerra. - ¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime, - Único asilo y sacrosanto escudo - Al ímpetu sañudo - Del fiero Atila que a occidente oprime! - ¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis - Ved del Tercer Fernando alzarse airada - La augusta sombra; su divina frente - Mostrar Gonzalo en la imperial Granada; - Blandir el Cid su centellante espada, - Y allá sobre los altos Pirineos, - Del hijo de Jimena - Animarse los miembros giganteos. - En torvo ceño y desdeñosa pena - Ved cómo cruzan por los aires vanos; - Y el valor exhalando que se encierra - Dentro del hueco de sus tumbas frías, - En fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra! - ¡Pues qué! ¿Con faz serena - Vierais los campos devastar opimos, - Eterno objeto de ambición ajena, - Herencia inmensa que afanando os dimos? - Despertad, raza de héroes: el momento - Llegó ya de arrojarse a la victoria; - Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre, - Que vuestra gloria humille nuestra gloria. - No ha sido en el gran día - El altar de la patria alzado en vano - Por vuestra mano fuerte. - Juradlo, ella os lo manda: _¡Antes la muerte_ - _Que consentir jamás ningún tirano!_» - Sí, yo lo juro, venerables sombras; - Yo lo juro también, y en este instante - Ya me siento mayor. Dadme una lanza, - Ceñidme el casco fiero y refulgente; - Volemos al combate, a la venganza; - Y el que niegue su pecho a la esperanza, - Hunda en el polvo la cobarde frente. - Tal vez el gran torrente - De la devastación en su carrera - Me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura - No se muere una vez? ¿No iré, expirando, - A encontrar nuestros ínclitos mayores? - «¡Salud, oh padres de la patria mía, - Yo les diré, salud! La heroica España - De entre el estrago universal y horrores - Levanta la cabeza ensangrentada, - Y vencedora de su mal destino, - Vuelve a dar a la tierra amedrentada - Su cetro de oro y su blasón divino.» - - - - -DON JUAN NICASIO GALLEGO - - -_69. Elegía a la muerte -de la Duquesa de Frías_ - - Al sonante bramido - Del piélago feroz que el viento ensaña - Lanzando atrás del Turia la corriente; - En medio al denegrido - Cerco de nubes que de Sirio empaña - Cual velo funeral la roja frente; - Cuando el cárabo oscuro - Ayes despide entre la breña inculta, - Y a tardo paso soñoliento Arturo - En el mar de occidente se sepulta; - A los mustios reflejos - Con que en las ondas alteradas tiembla - De moribunda luna el rayo frío, - Daré del mundo y de los hombres lejos - Libre rienda al dolor del pecho mío. - Sí, que al mortal a quien del hado el ceño - A infortunios sin término condena, - Sobre su cuello mísero cargando - De uno en otro eslabón larga cadena, - No en jardín halagüeño, - Ni al puro ambiente de apacible aurora - Soltar conviene el lastimero canto - Con que al cielo importuna. - Solitario arenal, sangrienta luna - Y embravecidas olas acompañen - Sus lamentos fatídicos ¡Oh lira - Que escenas solo de aflicción recuerdas; - Lira que ven mis ojos con espanto - Y a recorrer tus cuerdas - Mi ya trémula mano se resiste! - Ven, lira del dolor. ¡Piedad no existe! - ¡No existe, y vivo yo! ¡No existe aquella - Gentil, discreta, incomparable amiga, - Cuya presencia sola - El tropel de mis penas disipaba! - ¿Cuándo en tal hermosura alma tan bella - De la corte española - Más digno fue y espléndido ornamento? - ¡Y aquel mágico acento - Enmudeció por siempre, que llenaba - De inefable dulzura el alma mía! - Y ¡qué! fortuna impía, - ¿Ni su postrer adiós oír me dejas? - ¿Ni de su esposo amado - Templar el llanto y las amargas quejas? - ¿Ni el estéril consuelo - De acompañar hasta el sepulcro helado - Sus pálidos despojos? - ¡Ay! Derramen sin duelo - Sangre mi corazón, llanto mis ojos. - ¿Por qué, por qué a la tumba, - Insaciable de víctimas, tu amigo - Antes que tú no descendió, Señora? - ¿Por qué al menos contigo - La memoria fatal no te llevaste - Que es un tormento irresistible ahora? - ¿Qué mármol hay que pueda - En tan acerba angustia los aciagos - Recuerdos resistir del bien perdido? - Aún resuena en mi oído - El espantoso obús lanzando estragos, - Cuando mis ojos ávidos te vieron - Por la primera vez. Cien bombas fueron - A tu arribo marcial salva triunfante. - Con inmóvil semblante - Escucho amedrentado el son horrendo - De los globos mortíferos, en torno - Del leño frágil a tus pies cayendo, - Y el agua que a su empuje se encumbraba - Y hasta las altas grímpolas saltaba. - El dulce soplo de Favonio en tanto - Las velas hinche del bajel ligero, - Sin que salude con festivo canto - La suspirada costa el marinero. - Ardiendo de la patria en fuego santo, - Insensible al horror del bronce fiero, - Fijar te miro impávida y serena - La planta breve en la menuda arena. - ¡Salve, oh Deidad! --del gaditano muro - Grita la muchedumbre alborozada; - ¡Salve, oh Deidad! --de gozo enajenada - La ruidosa marina - Que a ti se agolpa y el batel rodea; - Y al cielo sube el aclamar sonoro - Como al aplauso del celeste coro - Salió del mar la hermosa Citerea. - Absortas contemplaron - El fuego de tus ojos - Las bellas ninfas de la bella Gades; - Absortas te envidiaron - El pie donoso y la mejilla pura, - El vivo esmalte de tus labios rojos, - El albo seno y la gentil cintura. - Yo te miraba atónito: no empero - Sentí en el alma el pasador agudo - De bastarda pasión; que a dicha pudo - Del honor y el deber la ley severa - Ser a mi pecho impenetrable escudo. - Mas ¿quién el homenaje - De afecto noble, de amistad sincera - Cual yo te tributó, cuando el tesoro - De tu divino ingenio descubría, - Que en cuerpo tan gallardo relucía - Como rico brillante en joya de oro? - ¡Cuántas, ay, qué apacibles - Horas en dulces pláticas pasadas - Betis me viera de tu voz pendiente! - ¡Cuántas en las calladas - Florestas de Aranjuez el eco blando - Detuvo el paso a la tranquila fuente! - Ya el primor ensalzando - Que al fragante clavel las hojas riza - Y la ancha cola del pavón matiza; - Ya la varia fortuna - Del cetro godo y del laurel romano; - O el poder sobrehumano - Que de un soplo derroca - Del alto solio al triunfador de Jena - Y con duras amarras le encadena, - Como al antiguo Encélado, a una roca. - Pero otro don magnífico, sublime, - Más alto que el ingenio y la hermosura, - Debiste al Criador, vivaz destello - De su lumbre inmortal, alma ternura. - ¿Cuándo, cuándo al gemido - Negó del infeliz oro tu mano, - Ayes tu corazón? El escondido - Volcán que decoroso - Tu noble aspecto revelaba apenas, - Un infortunio, un rasgo generoso, - Un sacrificio heroico hervir hacía. - Entonces agitado - Tu rostro angelical resplandecía - De más purpúreo rosicler cubierto: - Del seno relevado - La extraña conmoción, el entreabierto - Labio, las refulgentes - Ráfagas de tus ojos - Que entre los anchos párpados brillaban, - Las lágrimas ardientes - Que a tus negras pestañas asomaban, - El gesto, el ademán, los mal seguros - Acentos, la expresión... ¡Ah! Nunca, nunca - Tan insigne modelo - De estro feliz, de inspiración divina - Mostró Casandra en los dardanios muros - Ni en las lides olímpicas Corina. - Y solo al santo fuego - De un pecho tan magnánimo pudiera - Deber tu amigo el aire que respira. - Solo a tu blando ruego - La Amistad se vistiera - Máscara y formas del Amor su hermano. - ¿Quién sino tú, señora, - Dejando inquieta la mullida pluma - Antes que el frío tálamo la Aurora, - Entrar osara en la mansión del crimen? - ¿Quién sino tú del duro carcelero, - Menos al son del oro empedernido - Que al eco de los míseros que gimen, - Quisiera el ceño soportar? Perdona, - Cara Piedad, que mi indiscreta musa - Publique al mundo tan heroico ejemplo, - Y que mi gratitud cuelgue en el templo - De la santa Amistad digna corona. - En el mezquino lecho - De cárcel solitaria - Fiebre lenta y voraz me consumía, - Cuando sordo a mis quejas - Rayaba apenas en las altas rejas - El perezoso albor del nuevo día. - De planta cautelosa - Insólito rumor hiere mi oído; - Los vacilantes ojos - Clavo en la ruda puerta estremecido - Del súbito crujir de sus cerrojos, - Y el repugnante gesto - Del fiero alcaide mi atención excita, - Que hacia mí sin cesar su mano agita - Con labio mudo y sonreír funesto. - Salto del lecho, y sígole azorado, - Cruzando los revueltos corredores - De aquella triste y lóbrega caverna - Hasta un breve recinto iluminado - De moribunda y fúnebre linterna. - Y a par que por oculto - Tránsito desparece - Como visión fantástica el cerbero, - De nuevo extraño bulto, - Sombra confusa, que se acerca y crece, - La angustia dobla de mi horror primero. - Mas ¡cuál mi asombro fue cuando improvisa - A la pálida luz mi vista errante - Los bellos rasgos de Piedad divisa - Entre los pliegues del cendal flotante! - «¿Por qué, por qué benigna,» - Clamé bañado en llanto de alborozo, - «Osas pisar, Señora, - »Esta morada indigna - »Que tu respeto y tu virtud desdora? - »¡Ah! si a la fuerza del inmenso gozo, - »Del placer celestial que el alma oprime, - »Hoy a tus plantas expirar consigo, - »Mi fiebre, mi prisión, mi fin bendigo. - »A este oscuro aposento - »No a que de pena o de placer expires - »La voz de la amistad mis pasos guía, - »Sino a esforzar tu desmayado aliento - »Contra los golpes de la suerte impía. - »Su cuello al susto y la congoja doble - »El que del crimen en su pecho sienta - »El punzante aguijón; que al alma noble - »Do la inocencia plácida se anida, - »Ni el peso de los grillos la atormenta, - »Ni el son de los cerrojos la intimida. - »Recobra, amigo caro, - »La esperanza marchita - »Y el digno esfuerzo del varón constante. - »Pronto será que el astro rutilante, - »Que jamás estas bóvedas visita, - »De la calumnia vil triunfar te vea: - »Mi fausto anuncio tu consuelo sea. - »Seralo, sí; lo juro; - »Y aunque ese llanto que tu rostro inunda - »Vaticinio tan próspero desmiente, - »No me hará de fortuna el torvo ceño - »Fruncir las cejas ni arrugar la frente; - »Que el dichoso mortal a quien risueño - »Mira el destino...» ¡No acabé! A deshora - La aciaga voz del carcelero escucho, - Diciendo: «es tarde; baste ya, Señora.» - «¡Adiós! ¡adiós! Del vulgo malicioso - »Que al despuntar del sol sacude el sueño - »Temo el labio mordaz. ¡Adiós te queda!» - «Aguarda»... «¡Adiós!»... Y en soledad sumido - Oigo ¡ay de mí! del caracol torcido - Barrer las gradas la crujiente seda. - ¡Oh digno, oh generoso - Dechado de amistad! ¡Oh alegre día! - ¿Y en dónde estás, en dónde, - Ángel consolador, Duquesa amada, - Que no te mueve ya la angustia mía? - ¡Gran Dios, y ni responde - De su esposo infeliz al caro acento, - Aunque en la tumba helada - Lágrimas de dolor vierte a raudales! - ¡Ni de su triste huérfana el lamento, - Con ambos brazos al sepulcro asida, - Ablanda sus entrañas maternales! - ¡Oh dulces prendas de su amor! Al mármol - En vano importunáis. Hará el rocío - Del venidero Abril que al campo vuelva - La verde pompa que abrasó el estío; - Mas no esperéis que el túmulo sombrío - La devorada víctima devuelva, - Ni a sus profundos huecos - Otra respuesta oír que sordos ecos. - En él de bronce y oro, - Ínclito vate[2], entallarán cinceles - Vuestro heroico blasón, entretejiendo - Con sus antiguas palmas tus laureles... - ¡Inútil afanar! La sien ceñida - De adelfa y mirto, pulsará tu mano - La dolorosa cítara, moviendo - El orbe todo a compasión... ¡En vano! - Resonarán con ellas - Mis gemidos simpáticos, y el coro - De cuantos cisnes tu infortunio inspira - Alzar podrá a su gloria - Noble trofeo en canto peregrino. - Mas ¡ay! ¿podrá su lira - Forzar las puertas del Edén divino - Y el diente ensangrentado - Del áspid arrancar en ti clavado? - A más alto poder, mísero amigo, - Los ojos torna y el clamor dirige - Que entre sollozos lúgubres exhalas. - Al Ser inmenso que los orbes rige, - En las rápidas alas - De ferviente oración remonta el vuelo. - Yo elevaré contigo - Mis tiernos votos, y al gemir de aquella, - Que en mis brazos creció, cándida niña, - Trasunto vivo de tu esposa bella, - Dará benigno el cielo - Paz a su madre, a tu aflicción consuelo. - Sí; que hasta el solio del Eterno llega - El ardiente suspiro - De quien con puro corazón le ruega, - Como en su templo santo el humo sube - Del balsámico incienso en vaga nube. - - - - -DON JUAN MARÍA MAURY - - -_70. La timidez_ - - A las márgenes alegres - Que el Guadalquivir fecunda, - Y adonde ostenta pomposo - El orgullo de su cuna, - Vino Rosalba, sirena - De los mares que tributan - A España, entre perlas y oro, - Peregrinas hermosuras. - Más festiva que las auras, - Más ligera que la espuma, - Hermosa como los cielos, - Gallarda como ninguna, - Con el hechicero adorno - De tantas bellezas juntas, - No hay corazón que no robe, - Ni quietud que no destruya. - Así Rosalba se goza, - Mas la que tanto procura - Avasallar libertades, - Al cabo empeña la suya. - Lisardo, joven amable, - Sobresale entre la turba - De esclavos que por Rosalba - Sufren de amor la coyunda. - Tal vez sus floridos años - No bien de la edad adulta - Acaban de ver cumplida - La primavera segunda. - Aventajado en ingenio, - Rico en bienes de fortuna, - Dichoso, en fin, si supiera - Que audacias amor indulta, - Idólatra más que amante, - Con adoración profunda, - A Rosalba reverencia, - Y deidad se la figura. - Un día alcanza otro día - Sin que su amor le descubra; - El respeto le encadena - Y ella su respeto culpa. - Bien a Lisardo sus ojos - Dijeran que más presuma; - Pero él, comedido amante, - O los huye o no los busca. - Perdido y desconsolado, - Una noche en que natura - A meditación convida - Con su pompa taciturna, - Mientras el disco mudable, - En que ceñirse acostumbra, - Entre celajes de nácar - Esconde tímida luna; - Al margen del sacro río - La inocente suerte acusa, - Y así fatiga los aires - Con endechas importunas: - «Baja tu vuelo - Amor altivo, - Mira que al cielo - Osado va; - Buscas en vano - Correspondencia; - Amor insano, - Déjame ya. - »Déjame el alma - Que otra vez libre - Plácida calma - Vuelva a tener: - ¡Qué digo, necio! - El cielo sabe - Si más aprecio - Mi padecer. - »Gima y padezca. - Una esperanza - Sin que merezca - A mi deidad; - Sin que le pida - Jamás el premio - De mi perdida - Felicidad. - »Tímida boca, - Nunca le digas - La pasión loca - Del corazón, - Adonde oculto - Está su templo, - Y ofrenda y culto - Lágrimas son.» - Más dijera, pero el llanto, - En que sus ojos abundan, - Le interrumpe, y las palabras - En la garganta se anudan. - Cuando junto a la ribera, - En un valle donde muchas - Del árbol grato a Minerva - Opimas ramas se cruzan, - Süave cuanto sonora, - Lisardo otra voz escucha, - Que, enamorando los ecos - Tales acentos modula: - «Prepara el ensayo - De más atractivos - La rosa en los vivos - Albores de Mayo: - »Si al férvido rayo - Su cáliz expone, - Que el sol la corone - En premio ha logrado, - Y es reina del prado - Y amor de Dïone. - »¡Oh fuente! En eterno - Olvido quedaras - Si no te lanzaras - Del seno materno; - »Tal vez el invierno - Tu curso demora, - Mas tú, vencedora, - Burlando las nieves, - A tu ímpetu debes - Los besos de Flora. - »Y tú, que en dolores - Consumes los años, - Autor de tus daños - Por vanos temores, - »En pago de amores - No temas enojos, - Enjuga los ojos; - Que el dios que te hiere - Más culto no quiere - Que audacias y arrojos.» - Rayo son estas palabras - Que al ciego joven alumbran, - Quien su engaño reconoce - Y la voz que las pronuncia. - Y al valle se arroja, adonde - Testigos de su ventura - Fueron las amigas sombras - De la noche y selva muda; - Mas muda la selva en vano - Y en vano la sombra oscura; - No sufre orgullosa Venus - Que sus victorias se encubran. - Lo que celaron los ramos - Las cortezas lo divulgan, - Que en ellas dulces memorias - Con emblemas perpetúan. - Las Náyades en los troncos - La fe y amor que se juran - Leyeron, y ruborosas - Se volvieron a sus urnas. - - - - -DON JOSÉ JOAQUÍN DE MORA - - -_71. El Estío_ - - Hermosa fuente que al vecino río - Sonora envías tu cristal undoso, - Y tú, blanda cual sueño venturoso, - Yerba empapada en matinal rocío: - Augusta soledad del bosque umbrío - Que da y protege el álamo frondoso, - Amparad de verano riguroso - Al inocente y fiel rebaño mío. - Que ya el suelo feraz de la campiña - Selló Julio con planta abrasadora - Y su verdura a marchitar empieza; - Y alegre ve la pampanosa viña - En sus yemas la savia bienhechora - Nuncio feliz de la otoñal riqueza. - - - - -DON ANDRÉS BELLO - - -_72. La agricultura de la zona tórrida_ - - ¡Salve, fecunda zona, - Que al sol enamorado circunscribes - El vago curso, y cuanto ser se anima - En cada vario clima, - Acariciada de su luz, concibes! - Tú tejes al verano su guirnalda - De granadas espigas; tú la uva - Das a la hirviente cuba: - No de purpúrea flor, o roja, o gualda - A tus florestas bellas - Falta matiz alguno; y bebe en ellas - Aromas mil el viento; - Y greyes van sin cuento - Paciendo tu verdura, desde el llano - Que tiene por lindero el horizonte, - Hasta el erguido monte, - De inaccesible nieve siempre cano. - Tú das la caña hermosa, - De do la miel se acendra, - Por quien desdeña el mundo los panales: - Tú en urnas de coral cuajas la almendra - Que en la espumante jícara rebosa: - Bulle carmín viviente en tus nopales, - Que afrenta fuera al múrice de Tiro; - Y de tu añil la tinta generosa - Émula es de la lumbre del zafiro; - El vino es tuyo, que la herida agave - Para los hijos vierte - Del Anáhuac feliz; y la hoja es tuya - Que cuando de süave - Humo en espiras vagorosas huya, - Solazará el fastidio al ocio inerte. - Tú vistes de jazmines - El arbusto sabeo, - Y el perfume le das que en los festines - La fiebre insana templará a Lieo. - Para tus hijos la procera palma - Su vario feudo cría, - Y el ananás sazona su ambrosía: - Su blanco pan la yuca, - Sus rubias pomas la patata educa, - Y el algodón despliega al aura leve - Las rosas de oro y el vellón de nieve. - Tendida para ti la fresca parcha - En enramadas de verdor lozano, - Cuelga de sus sarmientos trepadores - Nectáreos globos y franjadas flores; - Y para ti el maíz, jefe altanero - De la espigada tribu, hinche su grano; - Y para ti el banano - Desmaya al peso de su dulce carga; - El banano, primero - De cuantos concedió bellos presentes - Providencia a las gentes - Del Ecuador feliz con mano larga. - No ya de humanas artes obligado - El premio rinde opimo: - No es a la podadera, no al arado - Deudor de su racimo; - Escasa industria bástale, cual puede - Hurtar a sus fatigas mano esclava: - Crece veloz, y cuando exhausto acaba, - Adulta prole en torno le sucede. - - Mas ¡oh! si cual no cede - El tuyo, fértil zona, a suelo alguno, - Y como de natura esmero ha sido, - De tu indolente habitador lo fuera. - ¡Oh! Si al falaz ruïdo - La dicha al fin supiese verdadera - Anteponer, que del umbral le llama - Del labrador sencillo, - Lejos del necio y vano - Fausto, el mentido brillo, - El ocio pestilente ciudadano. - ¿Por qué ilusión funesta - Aquellos que fortuna hizo señores - De tan dichosa tierra y pingüe y varia, - Al cuidado abandonan - Y a la fe mercenaria - Las patrias heredades, - Y en el ciego tumulto se aprisionan - De míseras ciudades, - Do la ambición proterva - Sopla la llama de civiles bandos, - O al patriotismo la desidia enerva; - Do el lujo las costumbres atosiga, - Y combaten los vicios - La incauta edad en poderosa liga? - No allí con varoniles ejercicios - Se endurece el mancebo a la fatiga; - Mas la salud estraga en el abrazo - De pérfida hermosura, - Que pone en almoneda los favores; - Mas pasatiempo estima - Prender aleve en casto seno el fuego - De ilícitos amores; - O embebecido le hallará la aurora - En mesa infame de ruinoso juego. - En tanto a la lisonja seductora - Del asiduo amador fácil oído - Da la consorte: crece - En la materna escuela - De la disipación y el galanteo - La tierna virgen, y al delito espuela - Es antes el ejemplo que el deseo. - ¿Y será que se formen de este modo - Los ánimos heroicos denodados - Que fundan y sustentan los Estados? - ¿De la algazara del festín beodo, - O de los coros de liviana danza, - La dura juventud saldrá, modesta, - Orgullo de la patria y esperanza? - ¿Sabrá con firme pulso - De la severa ley regir el freno, - Brillar en torno aceros homicidas - En la dudosa lid verá sereno, - O animoso hará frente al genio altivo - Del engreído mando en la tribuna, - Aquel que ya en la cuna - Durmió al arrullo del cantar lascivo, - Que riza el pelo, y se unge y se atavía - Con femenil esmero, - Y en indolente ociosidad el día, - O en criminal lujuria pasa entero? - No así trató la triunfadora Roma - Las artes de la paz y de la guerra; - Antes fio las riendas del Estado - A la mano robusta - Que tostó el sol y encalleció el arado: - Y bajo el techo humoso campesino - Los hijos educó, que el conjurado - Mundo allanaron al valor latino. - - ¡Oh! ¡Los que afortunados poseedores - Habéis nacido de la tierra hermosa - En que reseña hacer de sus favores, - Como para ganaros y atraeros, - Quiso naturaleza bondadosa, - Romped el duro encanto - Que os tiene entre murallas prisioneros! - El vulgo de las artes laborioso, - El mercader que, necesario al lujo, - Al lujo necesita, - Los que anhelando van tras el señuelo - Del alto cargo y del honor ruidoso, - La grey de aduladores parasita, - Gustosos pueblen ese infecto caos; - El campo es vuestra herencia: en él gozaos. - ¿Amáis la libertad? El campo habita: - No allá donde el magnate - Entre armados satélites se mueve, - Y de la moda, universal señora, - Va la razón al triunfal carro atada, - Y a la fortuna la insensata plebe, - Y el noble al aura popular adora. - ¿O la virtud amáis? ¡Ah! ¡Que el retiro, - La solitaria calma - En que, juez de sí misma, pasa el alma - A las acciones muestra, - Es de la vida la mejor maestra! - ¿Buscáis durables goces, - Felicidad, cuanta es al hombre dada - Y a su terreno asiento, en que vecina - Está la risa al llanto, y siempre ¡ah! siempre, - Donde halaga la flor, punza la espina? - Id a gozar la suerte campesina; - La regalada paz, que ni rencores, - Al labrador, ni envidias acibaran; - La cama que mullida le preparan - El contento, el trabajo, el aire puro; - Y el sabor de los fáciles manjares, - Que dispendiosa gula no le aceda; - Y el asilo seguro - De sus patrios hogares - Que a la salud y al regocijo hospeda. - El aura respirad de la montaña, - Que vuelve al cuerpo laso - El perdido vigor, que a la enojosa - Vejez retarda el paso, - Y el rostro a la beldad tiñe de rosa. - ¿Es allí menos blanda por ventura - De amor la llama, que templó el recato? - ¿O menos aficiona la hermosura - Que de extranjero ornato - Y afeites impostores no se cura? - ¿O el corazón escucha indiferente - El lenguaje inocente - Que los afectos sin disfraz expresa - Y a la intención ajusta la promesa? - No del espejo al importuno ensayo - La risa se compone, el paso, el gesto; - No falta allí carmín al rostro honesto - Que la modestia y la salud colora, - Ni la mirada que lanzó al soslayo - Tímido amor, la senda al alma ignora. - ¿Esperaréis que forme - Más venturosos lazos himeneo, - Do el interés barata, - Tirano del deseo, - Ajena mano y fe por nombre o plata, - Que do conforme gusto, edad conforme, - Y elección libre, y mutuo ardor los ata? - - Allí también deberes - Hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas - Heridas de la guerra: el fértil suelo, - Áspero ahora y bravo, - Al desacostumbrado yugo torne - Del arte humana y le tribute esclavo. - Del obstruido estanque y del molino - Recuerden ya las aguas el camino: - El intrincado bosque el hacha rompa, - Consuma el fuego: abrid en luengas calles - La obscuridad de su infructuosa pompa. - Abrigo den los valles - A la sedienta caña; - La manzana y la pera - En la fresca montaña - El cielo olviden de su madre España; - Adorne la ladera - El cafetal; ampare - A la tierna teobroma en la ribera - La sombra maternal de su bucare: - Aquí el vergel, allá la huerta ría... - ¿Es ciego error de ilusa fantasía? - Ya dócil a tu voz, agricultura, - Nodriza de las gentes, la caterva - Servil armada va de corvas hoces; - Mírola ya que invade la espesura - De la floresta opaca; oigo las voces; - Siento el rumor confuso, el hierro suena; - Los golpes el lejano - Eco redobla; gime el ceibo anciano, - Que a numerosa tropa - Largo tiempo fatiga: - Batido de cien hachas se estremece, - Estalla al fin, y rinde el ancha copa. - Huyó la fiera; deja el caro nido, - Deja la prole implume - El ave, y otro bosque no sabido - De los humanos, va a buscar doliente... - ¿Qué miro? Alto torrente - De sonorosa llama - Corre, y sobre las áridas ruinas - De la postrada selva se derrama. - El raudo incendio a gran distancia brama, - Y el humo en negro remolino sube, - Aglomerando nube sobre nube. - Ya de lo que antes era - Verdor hermoso y fresca lozanía, - Solo difuntos troncos, - Solo cenizas quedan, monumento - De la dicha mortal, burla del viento. - Mas al vulgo bravío - De las tupidas plantas montaraces - Sucede ya el fructífero plantío - En muestra ufana de ordenados haces. - Ya ramo a ramo alcanza - Y a los rollizos tallos hurta el día: - Ya la primera flor desvuelve el seno, - Bello a la vista, alegre a la esperanza: - A la esperanza, que riendo enjuga - Del fatigado agricultor la frente, - Y allá a lo lejos el opimo fruto - Y la cosecha apañadora pinta, - Que lleva de los campos el tributo, - Colmado el cesto, y con la falda en cinta: - Y bajo el peso de los largos bienes - Con que al colono acude, - Hace crujir los vastos almacenes. - - ¡Buen Dios! no en vano sude, - Mas a merced y compasión te mueva - La gente agricultora - Del Ecuador, que del desmayo triste - Con renovado aliento vuelve ahora, - Y tras tanta zozobra, ansia, tumulto, - Tantos años de fiera - Devastación y militar insulto, - Aun más que tu clemencia antigua implora. - Su rústica piedad, pero sincera, - Halle a tus ojos gracia: no el risueño - Porvenir que las penas le aligera, - Cual de dorado sueño - Visión falaz, desvanecido llore: - Intempestiva lluvia no maltrate - El delicado embrión: el diente impío - Del insecto roedor no lo devore: - Sañudo vendaval no lo arrebate, - Ni agote al árbol el materno jugo - La calorosa sed de largo estío. - Y pues al fin te plugo, - Árbitro de la suerte soberano, - Que suelto el cuello de extranjero yugo - Erguiese al cielo el hombre americano, - Bendecida de ti se arraigue y medre - Su libertad; en el más hondo encierra - De los abismos la malvada guerra, - Y el miedo de la espada asoladora - Al suspicaz cultivador no arredre - Del arte bienhechora, - Que las familias nutre y los Estados: - La azorada inquietud deje las almas, - Deje la triste herrumbre los arados. - Asaz de nuestros padres malhadados - Expiamos la bárbara conquista. - ¿Cuántas doquier la vista - No asombran erizadas soledades, - Do cultos campos fueron, do ciudades? - De muertes, proscripciones, - Suplicios, orfandades, - ¿Quién contará la pavorosa suma? - Saciadas duermen ya de sangre ibera - Las sombras de Atahualpa y Moctezuma. - ¡Ah! Desde el alto asiento - En que escabel te son alados coros - Que velan en pasmado acatamiento - La faz ante la lumbre de tu frente - (Si merece por dicha una mirada - Tuya la sin ventura humana gente), - El ángel nos envía, - El ángel de la paz, que al crudo ibero - Haga olvidar la antigua tiranía, - Y acatar reverente el que a los hombres - Sagrado diste, imprescriptible fuero; - Que alargar le haga al injuriado hermano - (¡Ensangrentola asaz!) la diestra inerme; - Y si la innata mansedumbre duerme, - La despierte en el pecho americano. - El corazón lozano - Que una feliz obscuridad desdeña, - Que en el azar sangriento del combate - Alborozado late, - Y codicioso de poder o fama, - Nobles peligros ama; - Baldón estime solo y vituperio - El prez que de la patria no reciba, - La libertad más dulce que el imperio, - Y más hermosa que el laurel la oliva. - Ciudadano el soldado, - Deponga de la guerra la librea: - El ramo de victoria - Colgado al ara de la patria sea, - Y sola adorne al mérito la gloria. - De su trïunfo entonces patria mía, - Verá la paz el suspirado día; - La paz, a cuya vista el mundo llena - Alma, serenidad y regocijo, - Vuelve alentado el hombre a la faena, - Alza el ancla la nave, a las amigas - Auras encomendándose animosa, - Enjámbrase el taller, hierve el cortijo, - Y no basta la hoz a las espigas. - - ¡Oh jóvenes naciones, que ceñida - Alzáis sobre el atónito Occidente - De tempranos laureles la cabeza! - Honrad al campo, honrad la simple vida - Del labrador y su frugal llaneza. - Así tendrán en vos perpetuamente - La libertad morada, - Y freno la ambición, y la ley templo. - Las gentes a la senda - De la inmortalidad, ardua y fragosa, - Se animarán, citando vuestro ejemplo. - Lo emulará celosa - Vuestra posteridad, y nuevos nombres - Añadiendo la fama - A los que ahora aclama, - «Hijos son estos, hijos - (Pregonará a los hombres) - De los que vencedores superaron - De los Andes la cima: - De los que en Boyacá, los que en la arena - De Maipo y en Junín, y en la campaña - Gloriosa de Apurima, - Postrar supieron al león de España.» - - - - -DON JOSÉ MARÍA HEREDIA - - -_73. Niágara_ - - Dadme mi lira, dádmela: que siento - En mi alma estremecida y agitada - Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo - En tinieblas pasó, sin que mi frente - Brillase con su luz!... Niágara undoso, - Sola tu faz sublime ya podría - Tornarme el don divino, que ensañada - Me robó del dolor la mano impía. - Torrente prodigioso, calma, acalla - Tu trueno aterrador: disipa un tanto - Las tinieblas que en torno te circundan, - Y déjame mirar tu faz serena, - Y de entusiasmo ardiente mi alma llena. - Yo digno soy de contemplarte: siempre, - Lo común y mezquino desdeñando, - Ansié por lo terrífico y sublime. - Al despeñarse el huracán furioso, - Al retumbar sobre mi frente el rayo, - Palpitando gocé: vi al Océano - Azotado del austro proceloso - Combatir mi bajel, y ante mis plantas - Sus abismos abrir, y amé el peligro, - Y sus iras amé: mas su fiereza - En mi alma no dejara - La profunda impresión que tu grandeza. - Corres sereno y majestuoso, y luego - En ásperos peñascos quebrantado, - Te abalanzas violento, arrebatado, - Como el destino irresistible y ciego. - ¿Qué voz humana describir podría - De la sirte rugiente - La aterradora faz? El alma mía - En vagos pensamientos se confunde, - Al contemplar la férvida corriente, - Que en vano quiere la turbada vista - En su vuelo seguir al borde oscuro - Del precipicio altísimo: mil olas, - Cual pensamiento rápidas pasando, - Chocan y se enfurecen, - Y otras mil y otras mil ya las alcanzan, - Y entre espuma y fragor desaparecen. - Mas llegan... saltan... el abismo horrendo - Devora los torrentes despeñados; - Crúzanse en él mil iris, y asordados - Vuelven los bosques el fragor tremendo. - Al golpe violentísimo en las peñas - Rómpese el agua, y salta, y una nube - De revueltos vapores - Cubre el abismo en remolinos, sube, - Gira en torno, y al cielo - Cual pirámide inmensa se levanta, - Y por sobre los bosques que le cercan - Al solitario cazador espanta. - Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista - Con inquieto afanar? ¿Por qué no miro - Alrededor de tu caverna inmensa - Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas, - Que en las llanuras de mi ardiente patria - Nacen del sol a la sonrisa, y crecen, - Y al soplo de la brisa del Océano - Bajo un cielo purísimo se mecen? - Este recuerdo a mi pesar me viene... - Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino, - Ni otra corona que el agreste pino - A tu terrible majestad conviene. - La palma y mirto, y delicada rosa, - Muelle placer inspiren y ocio blando - En frívolo jardín: a ti la suerte - Guarda más digno objeto y más sublime. - El alma libre, generosa y fuerte, - Viene, te ve, se asombra, - Menosprecia los frívolos deleites - Y aun se siente elevar cuando te nombra. - ¡Dios, Dios de la verdad! en otros climas - Vi monstruos execrables - Blasfemando tu nombre sacrosanto, - Sembrar error y fanatismo impío, - Los campos inundar con sangre y llanto, - De hermanos atizar la infanda guerra - Y desolar frenéticos la tierra. - Vilos, y el pecho se inflamó a su vista - En grave indignación. Por otra parte - Vi mentidos filósofos que osaban - Escrutar tus misterios, ultrajarte, - Y de impiedad al lamentable abismo - A los míseros hombres arrastraban: - Por eso siempre te buscó mi mente - En la sublime soledad: ahora - Entera se abre a ti; tu mano siente - En esta inmensidad que me circunda, - Y tu profunda voz baja a mi seno - De este raudal en el eterno trueno. - ¡Asombroso torrente! - ¡Cómo tu vista mi ánimo enajena - Y de terror y admiración me llena! - ¿Do tu origen está? ¿Quién fertiliza - Por tantos siglos tu inexhausta fuente? - ¿Qué poderosa mano - Hace que al recibirte - No rebose en la tierra el Oceáno? - Abrió el Señor su mano omnipotente, - Cubrió tu faz de nubes agitadas, - Dio su voz a tus aguas despeñadas - Y ornó con su arco tu terrible frente. - Miro tus aguas que incansables corren, - Como el largo torrente de los siglos - Rueda en la eternidad: así del hombre - Pasan volando los floridos días - Y despierta el dolor... ¡Ay! ya agotada - Siento mi juventud, mi faz marchita, - Y la profunda pena que me agita - Ruga mi frente de dolor nublada. - Nunca tanto sentí como este día - Mi mísero aislamiento, mi abandono, - Mi lamentable desamor... ¿Podría - Una alma apasionada y borrascosa - Sin amor ser feliz?... ¡Oh! ¡Si una hermosa - Digna de mí me amase - Y de este abismo al borde turbulento - Mi vago pensamiento - Y mi andar solitario acompañase! - ¡Cual gozara al mirar su faz cubrirse - De leve palidez, y ser más bella - En su dulce terror, y sonreírse - Al sostenerla en mis amantes brazos!... - ¡Delirios de virtud!... ¡Ay! desterrado, - Sin patria, sin amores, - Solo miro ante mí llanto y dolores. - ¡Niágara poderoso! - Oye mi última voz: en pocos años - Ya devorado habrá la tumba fría - A tu débil cantor. ¡Duren mis versos - Cual tu gloria inmortal! Pueda piadoso, - Al contemplar tu faz algún viajero, - Dar un suspiro a la memoria mía. - Y yo al hundirse el sol en Occidente, - Vuele gozoso do el Criador me llama, - Y al escuchar los ecos de mi fama - Alce en las nubes la radiosa frente. - - - - -DUQUE DE RIVAS - - -_74. El faro de Malta_ - - Envuelve al mundo extenso triste noche, - Ronco huracán y borrascosas nubes - Confunden y tinieblas impalpables - El cielo, el mar, la tierra: - Y tú invisible te alzas, en tu frente - Ostentando de fuego una corona, - Cual rey del caos, que refleja y arde - Con luz de paz y vida. - En vano ronco el mar alza sus montes - Y revienta a tus pies, do rebramante - Creciendo en blanca espuma, esconde y borra - El abrigo del puerto: - Tú, con lengua de fuego, aquí está dices, - Sin voz hablando al tímido piloto, - Que como a numen bienhechor te adora, - Y en ti los ojos clava. - Tiende apacible noche el manto rico, - Que céfiro amoroso desenrolla, - Recamado de estrellas y luceros, - Por él rueda la luna; - Y entonces tú, de niebla vaporosa - Vestido, dejas ver en formas vagas - Tu cuerpo colosal, y tu diadema - Arde al par de los astros. - Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde - Rocas aleves, áridos escollos; - Falso señuelo son, lejanas cumbres - Engañan a las naves. - Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca, - Tú, cuya inmoble posición indica - El trono de un monarca, eres su norte, - Les adviertes su engaño. - Así de la razón arde la antorcha, - En medio del furor de las pasiones - O de aleves halagos de fortuna, - A los ojos del alma. - Desque refugio de la airada suerte - En esta escasa tierra que presides, - Y grato albergue el cielo bondadoso - Me concedió propicio; - Ni una vez solo a mis pesares busco - Dulce olvido del sueño entre los brazos - Sin saludarte, y sin tornar los ojos - A tu espléndida frente. - ¡Cuántos, ay, desde el seno de los mares - Al par los tornarán!... tras larga ausencia - Unos, que vuelven a su patria amada, - A sus hijos y esposa. - Otros prófugos, pobres, perseguidos, - Que asilo buscan, cual busqué, lejano, - Y a quienes que lo hallaron tu luz dice, - Hospitalaria estrella. - Arde, y sirve de norte a los bajeles, - Que de mi patria, aunque de tarde en tarde, - Me traen nuevas amargas, y renglones - Con lágrimas escritos. - Cuando la vez primera deslumbraste - Mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho, - Destrozado y hundido en amargura - Palpitó venturoso! - Del Lacio moribundo las riberas - Huyendo inhospitables, contrastado - Del viento y mar entre ásperos bajíos - Vi tu lumbre divina: - Viéronla como yo los marineros, - Y, olvidando los votos y plegarias - Que en las sordas tinieblas se perdían, - ¡¡Malta!! ¡¡Malta!!, gritaron; - Y fuiste a nuestros ojos la aureola - Que orna la frente de la santa imagen - En quien busca afanoso peregrino - La salud y el consuelo. - Jamás te olvidaré, jamás... Tan solo - Trocara tu esplendor, sin olvidarlo, - Rey de la noche, y de tu excelsa cumbre - La benéfica llama, - Por la llama y los fúlgidos destellos - Que lanza, reflejando al sol naciente, - El arcángel dorado que corona - De Córdoba la torre. - - -_75. Un castellano leal_ - -ROMANCE PRIMERO - - «Hola, hidalgos y escuderos - De mi alcurnia y mi blasón, - Mirad como bien nacidos - De mi sangre y casa en pro. - »Esas puertas se defiendan; - Que no ha de entrar, vive Dios, - Por ellas, quien no estuviere - Más limpio que lo está el sol. - »No profane mi palacio - Un fementido traidor - Que contra su Rey combate - Y que a su patria vendió. - »Pues si él es de Reyes primo, - Primo de Reyes soy yo; - Y conde de Benavente - Si él es duque de Borbón. - »Llevándole de ventaja - Que nunca jamás manchó - La traición mi noble sangre, - Y haber nacido español.» - - Así atronaba la calle - Una ya cascada voz, - Que de un palacio salía - Cuya puerta se cerró; - Y a la que estaba a caballo - Sobre un negro pisador, - Siendo en su escudo las lises - Más bien que timbre baldón, - Y de pajes y escuderos - Llevando un tropel en pos - Cubiertos de ricas galas, - El gran duque de Borbón: - El que lidiando en Pavía, - Más que valiente, feroz, - Gozose en ver prisionero - A su natural señor; - Y que a Toledo ha venido, - Ufano de su traición, - Para recibir mercedes - Y ver al Emperador. - -ROMANCE SEGUNDO - - En una anchurosa cuadra - Del alcázar de Toledo, - Cuyas paredes adornan - Ricos tapices flamencos, - Al lado de una gran mesa, - Que cubre de terciopelo - Napolitano tapete - Con borlones de oro y flecos; - Ante un sillón de respaldo - Que entre bordado arabesco - Los timbres de España ostentan - Y el águila del imperio, - De pie estaba Carlos Quinto, - Que en España era primero, - Con gallardo y noble talle, - Con noble y tranquilo aspecto. - - De brocado de oro y blanco - Viste tabardo tudesco, - De rubias martas orlado, - Y desabrochado y suelto, - Dejando ver un justillo - De raso jalde, cubierto - Con primorosos bordados - Y costosos sobrepuestos, - Y la excelsa y noble insignia - Del Toisón de oro, pendiendo - De una preciosa cadena - En la mitad de su pecho. - Un birrete de velludo - Con un blanco airón, sujeto - Por un joyel de diamantes - Y un antiguo camafeo, - Descubre por ambos lados, - Tanta majestad cubriendo, - Rubio, cual barba y bigote, - Bien atusado el cabello. - Apoyada en la cadera - La potente diestra ha puesto, - Que aprieta dos guantes de ámbar - Y un primoroso mosquero, - Y con la siniestra halaga - De un mastín muy corpulento, - Blanco y las orejas rubias, - El ancho y carnoso cuello. - - Con el Condestable insigne, - Apaciguador del reino, - De los pasados disturbios - Acaso está discurriendo; - O del trato que dispone - Con el Rey de Francia preso, - O de asuntos de Alemania - Agitada por Lutero; - Cuando un tropel de caballos - Oye venir a lo lejos - Y ante el alcázar pararse, - Quedando todo en silencio. - En la antecámara suena - Rumor impensado luego, - Ábrese al fin la mampara - Y entra el de Borbón soberbio, - Con el semblante de azufre - Y con los ojos de fuego, - Bramando de ira y de rabia - Que enfrena mal el respeto; - Y con balbuciente lengua, - Y con mal borrado ceño, - Acusa al de Benavente, - Un desagravio pidiendo. - - Del español Condestable - Latió con orgullo el pecho, - Ufano de la entereza - De su esclarecido deudo. - Y aunque advertido procura - Disimular cual discreto, - A su noble rostro asoman - La aprobación y el contento. - El Emperador un punto - Quedó indeciso y suspenso, - Sin saber qué responderle - Al francés, de enojo ciego. - Y aunque en su interior se goza - Con el proceder violento - Del conde de Benavente, - De altas esperanzas lleno - Por tener tales vasallos, - De noble lealtad modelos, - Y con los que el ancho mundo - Será a sus glorias estrecho. - Mucho al de Borbón le debe - Y es fuerza satisfacerlo: - Le ofrece para calmarlo - Un desagravio completo. - Y, llamando a un gentil-hombre, - Con el semblante severo - Manda que el de Benavente - Venga a su presencia presto. - -ROMANCE TERCERO - - Sostenido por sus pajes - Desciende de su litera - El conde de Benavente - Del alcázar a la puerta. - Era un viejo respetable, - Cuerpo enjuto, cara seca, - Con dos ojos como chispas, - Cargados de largas cejas, - Y con semblante muy noble, - Mas de gravedad tan seria - Que veneración de lejos - Y miedo causa de cerca. - Eran su traje unas calzas - De púrpura de Valencia, - Y de recamado ante - Un coleto a la leonesa: - De fino lienzo gallego - Los puños y la gorguera, - Unos y otra guarnecidos - Con randas barcelonesas: - Un birretón de velludo - Con su cintillo de perlas, - Y el gabán de paño verde - Con alamares de seda. - Tan solo de Calatrava - La insignia española lleva; - Que el Toisón ha despreciado - Por ser orden extranjera. - - Con paso tardo, aunque firme, - Sube por las escaleras, - Y al verle, las alabardas - Un golpe dan en la tierra. - Golpe de honor, y de aviso - De que en el alcázar entra - Un Grande, a quien se le debe - Todo honor y reverencia. - Al llegar a la antesala, - Los pajes que están en ella - Con respeto le saludan - Abriendo las anchas puertas. - Con grave paso entra el conde - Sin que otro aviso preceda, - Salones atravesando - Hasta la cámara regia. - - Pensativo está el Monarca, - Discurriendo como pueda - Componer aquel disturbio - Sin hacer a nadie ofensa. - Mucho al de Borbón le debe, - Aun mucho más de él espera, - Y al de Benavente mucho - Considerar le interesa. - Dilación no admite el caso, - No hay quien dar consejo pueda - Y Villalar y Pavía - A un tiempo se le recuerdan. - En el sillón asentado - Y el codo sobre la mesa, - Al personaje recibe, - Que comedido se acerca. - Grave el conde le saluda - Con una rodilla en tierra, - Mas como Grande del reino - Sin descubrir la cabeza. - El Emperador benigno - Que alce del suelo le ordena, - Y la plática difícil - Con sagacidad empieza. - Y entre severo y afable - Al cabo le manifiesta - Que es el que a Borbón aloje - Voluntad suya resuelta. - Con respeto muy profundo, - Pero con la voz entera, - Respóndele Benavente, - Destocando la cabeza: - «Soy, señor, vuestro vasallo, - Vos sois mi rey en la tierra, - A vos ordenar os cumple - De mi vida y de mi hacienda. - »Vuestro soy, vuestra mi casa, - De mí disponed y de ella, - Pero no toquéis mi honra - Y respetad mi conciencia. - »Mi casa Borbón ocupe - Puesto que es voluntad vuestra, - Contamine sus paredes, - Sus blasones envilezca; - »Que a mí me sobra en Toledo - Donde vivir, sin que tenga - Que rozarme con traidores, - Cuyo solo aliento infesta. - »Y en cuanto él deje mi casa, - Antes de tornar yo a ella, - Purificaré con fuego - Sus paredes y sus puertas.» - Dijo el conde, la real mano - Besó, cubrió su cabeza, - Y retirose bajando - A do estaba su litera. - Y a casa de un su pariente - Mandó que le condujeran, - Abandonando la suya - Con cuanto dentro se encierra. - Quedó absorto Carlos Quinto - De ver tan noble firmeza, - Estimando la de España - Más que la imperial diadema. - -ROMANCE CUARTO - - Muy pocos días el duque - Hizo mansión en Toledo, - Del noble conde ocupando - Los honrados aposentos. - Y la noche en que el palacio - Dejó vacío, partiendo, - Con su séquito y sus pajes, - Orgulloso y satisfecho, - Turbó la apacible luna - Un vapor blanco y espeso - Que de las altas techumbres - Se iba elevando y creciendo: - A poco rato tornose - En humo confuso y denso - Que en nubarrones oscuros - Ofuscaba el claro cielo; - Después en ardientes chispas, - Y en un resplandor horrendo - Que iluminaba los valles - Dando en el Tajo reflejos, - Y al fin su furor mostrando - En embravecido incendio - Que devoraba altas torres - Y derrumbaba altos techos. - Resonaron las campanas, - Conmoviose todo el pueblo, - De Benavente el palacio - Presa de las llamas viendo. - El Emperador confuso - Corre a procurar remedio, - En atajar tanto daño - Mostrando tenaz empeño. - En vano todo: tragose - Tantas riquezas el fuego, - A la lealtad castellana - Levantando un monumento. - Aun hoy unos viejos muros - Del humo y las llamas negros - Recuerdan acción tan grande - En la famosa Toledo. - - - - -DON JOSÉ DE ESPRONCEDA - - -_76. Himno de la Inmortalidad_ - - ¡Salve, llama creadora del mundo, - Lengua ardiente de eterno saber, - Puro germen, principio fecundo - Que encadenas la muerte a tus pies! - Tú la inerte materia espoleas, - Tú la ordenas juntarse y vivir, - Tú su lodo modelas, y creas - Miles seres de formas sin fin. - Desbarata tus obras en vano - Vencedora la muerte tal vez; - De sus restos levanta tu mano - Nuevas obras triunfante otra vez. - Tú la hoguera del sol alimentas, - Tú revistes los cielos de azul, - Tú la luna en las sombras argentas, - Tú coronas la aurora de luz. - Gratos ecos al bosque sombrío, - Verde pompa a los árboles das, - Melancólica música al río, - Ronco grito a las olas del mar. - Tú el aroma en las flores exhalas, - En los valles suspiras de amor, - Tú murmuras del aura en las alas, - En el Bóreas retumba tu voz. - Tú derramas el oro en la tierra - En arroyos de hirviente metal; - Tú abrillantas la perla que encierra - En su abismo profundo la mar. - Tú las cárdenas nubes extiendes, - Negro manto que agita Aquilón; - Con tu aliento los aires enciendes, - Tus rugidos infunden pavor. - Tú eres pura simiente de vida, - Manantial sempiterno del bien; - Luz del mismo Hacedor desprendida, - Juventud y hermosura es tu ser. - Tú eres fuerza secreta que el mundo - En sus ejes impulsa a rodar, - Sentimiento armonioso y profundo - De los orbes que anima tu faz. - De tus obras los siglos que vuelan - Incansables artífices son, - Del espíritu ardiente cincelan - Y embellecen la estrecha prisión. - Tú en violento, veloz torbellino - Los empujas enérgica, y van; - Y adelante en tu raudo camino - A otros siglos ordenas llegar. - Y otros siglos ansiosos se lanzan, - Desparecen y llegan sin fin, - Y en su eterno trabajo se alcanzan, - Y se arrancan sin tregua el buril. - Y afanosos sus fuerzas emplean - En tu inmenso taller sin cesar, - Y en la tosca materia golpean, - Y redobla el trabajo su afán. - De la vida en el hondo Oceáno - Flota el hombre en perpetuo vaivén, - Y derrama abundante tu mano - La creadora semilla en su ser. - Hombre débil, levanta la frente, - Pon tu labio en su eterno raudal; - Tú serás como el sol en Oriente, - Tú serás como el mundo, inmortal. - - -_77. Canción del Pirata_ - - Con diez cañones por banda, - Viento en popa a toda vela, - No corta el mar, sino vuela - Un velero bergantín: - Bajel pirata que llaman, - Por su bravura, el _Temido_, - En todo mar conocido - Del uno al otro confín. - La luna en el mar riela, - En la lona gime el viento, - Y alza en blando movimiento - Olas de plata y azul; - Y ve el capitán pirata, - Cantando alegre en la popa, - Asia a un lado, al otro Europa, - Y allá a su frente Estambul, - «Navega, velero mío, - Sin temor; - Que ni enemigo navío, - Ni tormenta, ni bonanza - Tu rumbo a torcer alcanza, - Ni a sujetar tu valor. - »Veinte presas - Hemos hecho - A despecho - Del inglés, - Y han rendido - Sus pendones - Cien naciones - A mis pies.» - _Que es mi barco mi tesoro,_ - _Que es mi Dios la libertad,_ - _Mi ley la fuerza y el viento,_ - _Mi única patria la mar._ - - «Allá muevan feroz guerra - Ciegos reyes - Por un palmo más de tierra: - Que yo tengo aquí por mío - Cuanto abarca el mar bravío, - A quien nadie impuso leyes. - »Y no hay playa, - Sea cualquiera, - Ni bandera - De esplendor, - Que no sienta - Mi derecho, - Y dé pecho - A mi valor.» - _Que es mi barco mi tesoro..._ - - «A la voz de “¡barco viene!” - Es de ver - Cómo vira y se previene - A todo trapo escapar; - Que yo soy el rey del mar, - Y mi furia es de temer. - »En las presas - Yo divido - Lo cogido - Por igual: - Solo quiero - Por riqueza - La belleza - Sin rival.» - _Que es mi barco mi tesoro..._ - - «¡Sentenciado estoy a muerte! - Yo me río: - No me abandone la suerte - Y al mismo que me condena, - Colgaré de alguna entena, - Quizá en su propio navío. - »Y si caigo, - ¿Qué es la vida? - Por perdida - Ya la di, - Cuando el yugo - Del esclavo, - Como un bravo, - Sacudí.» - _Que es mi barco mi tesoro..._ - - «Son mi música mejor - Aquilones: - El estrépito y temblor - De los cables sacudidos, - Del negro mar los bramidos - Y el rugir de mis cañones - »Y del trueno - Al son violento - Y del viento - Al rebramar, - Yo me duermo - Sosegado, - Arrullado - Por el mar.» - _Que es mi barco mi tesoro,_ - _Que es mi Dios la libertad,_ - _Mi ley la fuerza y el viento,_ - _Mi única patria, la mar._ - - -_78. Canto a Teresa_ - -_Descansa en paz_ - - Bueno es el mundo, ¡bueno! ¡bueno! ¡bueno! - Como de Dios al fin obra maestra, - Por todas partes de delicias lleno, - De que Dios ama al hombre hermosa muestra. - Salga la voz alegre de mi seno - A celebrar esta vivienda nuestra; - ¡Paz a los hombres! ¡gloria en las alturas! - ¡Cantad en vuestra jaula, criaturas! - - _María_, por D. Miguel de los Santos Álvarez. - - ¿Por qué volvéis a la memoria mía, - Tristes recuerdos del placer perdido, - A aumentar la ansiedad y la agonía - De este desierto corazón herido? - ¡Ay! que de aquellas horas de alegría - Le quedó al corazón solo un gemido, - Y el llanto que al dolor los ojos niegan - Lágrimas son de hiel que el alma anegan. - - ¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas - De juventud, de amor y de ventura, - Regaladas de músicas sonoras, - Adornadas de luz y de hermosura? - Imágenes de oro bullidoras. - Sus alas de carmín y nieve pura, - Al sol de mi esperanza desplegando, - Pasaban ¡ay! a mi alredor cantando. - - Gorjeaban los dulces ruiseñores, - El sol iluminaba mi alegría, - El aura susurraba entre las flores, - El bosque mansamente respondía, - Las fuentes murmuraban sus amores... - ¡Ilusiones que llora el alma mía! - ¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído - El bullicio del mundo y su ruïdo! - - Mi vida entonces, cual guerrera nave - Que el puerto deja por la vez primera, - Y al soplo de los céfiros suave - Orgullosa desplega su bandera, - Y al mar dejando que a sus pies alabe - Su triunfo en roncos cantos, va velera, - Una ola tras otra bramadora - Hollando y dividiendo vencedora. - - ¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente - De amor volaba; el sol de la mañana - Llevaba yo sobre mi tersa frente, - Y el alma pura de su dicha ufana: - Dentro de ella el amor, cual rica fuente - Que entre frescuras y arboledas mana, - Brotaba entonces abundante río - De ilusiones y dulce desvarío. - - Yo amaba todo: un noble sentimiento - Exaltaba mi ánimo, y sentía - En mi pecho un secreto movimiento, - De grandes hechos generoso guía: - La libertad con su inmortal aliento, - Santa diosa, mi espíritu encendía, - Contino imaginando en mi fe pura - Sueños de gloria al mundo y de ventura. - - El puñal de Catón, la adusta frente - Del noble Bruto, la constancia fiera - Y el arrojo de Scévola valiente, - La doctrina de Sócrates severa, - La voz atronadora y elocuente - Del orador de Atenas, la bandera - Contra el tirano Macedonio alzando, - Y al espantado pueblo arrebatando: - - El valor y la fe del caballero, - Del trovador el arpa y los cantares, - Del gótico castillo el altanero - Antiguo torreón, do sus pesares - Cantó tal vez con eco lastimero, - ¡Ay! arrancada de sus patrios lares, - Joven cautiva, al rayo de la luna, - Lamentando su ausencia y su fortuna: - - El dulce anhelo del amor que aguarda, - Tal vez inquieto y con mortal recelo; - La forma bella que cruzó gallarda, - Allá en la noche, entre medroso velo; - La ansiada cita que en llegar se tarda - Al impaciente y amoroso anhelo, - La mujer y la voz de su dulzura, - Que inspira al alma celestial ternura: - - A un tiempo mismo en rápida tormenta - Mi alma alborotaban de contino, - Cual las olas que azota con violenta - Cólera impetuoso torbellino: - Soñaba al héroe ya, la plebe atenta - En mi voz escuchaba su destino; - Ya al caballero, al trovador soñaba, - Y de gloria y de amores suspiraba. - - Hay una voz secreta, un dulce canto, - Que el alma solo recogida entiende, - Un sentimiento misterioso y santo, - Que del barro al espíritu desprende; - Agreste, vago y solitario encanto - Que en inefable amor el alma enciende, - Volando tras la imagen peregrina - El corazón de su ilusión divina. - - Yo, desterrado en extranjera playa, - Con los ojos estático seguía - La nave audaz que en argentada raya - Volaba al puerto de la patria mía: - Yo, cuando en Occidente el sol desmaya, - Solo y perdido en la arboleda umbría, - Oír pensaba el armonioso acento - De una mujer, al suspirar del viento. - - ¡Una mujer! En el templado rayo - De la mágica luna se colora, - Del sol poniente al lánguido desmayo - Lejos entre las nubes se evapora; - Sobre las cumbres que florece Mayo - Brilla fugaz al despuntar la aurora, - Cruza tal vez por entre el bosque umbrío, - Juega en las aguas del sereno río. - - ¡Una mujer! Deslízase en el cielo - Allá en la noche desprendida estrella. - Si aroma el aire recogió en el suelo, - Es el aroma que le presta ella. - Blanca es la nube que en callado vuelo - Cruza la esfera, y que su planta huella. - Y en la tarde la mar olas le ofrece - De plata y de zafir, donde se mece. - - Mujer que amor en su ilusión figura, - Mujer que nada dice a los sentidos, - Ensueño de suavísima ternura, - Eco que regaló nuestros oídos; - De amor la llama generosa y pura, - Los goces dulces del amor cumplidos, - Que engalana la rica fantasía, - Goces que avaro el corazón ansía: - - ¡Ay! aquella mujer, tan solo aquella, - Tanto delirio a realizar alcanza, - Y esa mujer tan cándida y tan bella - Es mentida ilusión de la esperanza: - Es el alma que vívida destella - Su luz al mundo cuando en él se lanza, - Y el mundo con su magia y galanura - Es espejo no más de su hermosura: - - Es el amor que al mismo amor adora, - El que creó las Sílfides y Ondinas, - La sacra ninfa que bordando mora - Debajo de las aguas cristalinas: - Es el amor que recordando llora - Las arboledas del Edén divinas: - Amor de allí arrancado, allí nacido, - Que busca en vano aquí su bien perdido. - - ¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo! - ¡Sentimiento purísimo! ¡memoria - Acaso triste de un perdido cielo, - Quizá esperanza de futura gloria! - ¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo! - ¡Oh qué mujer, qué imagen ilusoria - Tan pura, tan feliz, tan placentera, - Brindó el amor a mi ilusión primera!... - - ¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías, - ¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares? - ¿Por qué, por qué como en mejores días, - No consoláis vosotras mis pesares? - ¡Oh! los que no sabéis las agonías - De un corazón que penas a millares - ¡Ay! desgarraron y que ya no llora, - ¡Piedad tened de mi tormento ahora! - - ¡Oh dichosos mil veces, sí, dichosos - Los que podéis llorar! y ¡ay! sin ventura - De mí, que entre suspiros angustiosos - Ahogar me siento en infernal tortura. - ¡Retuércese entre nudos dolorosos - Mi corazón, gimiendo de amargura! - También tu corazón, hecho pavesa, - ¡Ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa! - - ¿Quién pensara jamás, Teresa mía, - Que fuera eterno manantial de llanto, - Tanto inocente amor, tanta alegría, - Tantas delicias y delirio tanto? - ¿Quién pensara jamás llegase un día - En que perdido el celestial encanto - Y caída la venda de los ojos, - Cuanto diera placer causara enojos? - - Aun parece, Teresa, que te veo - Aérea como dorada mariposa, - Ensueño delicioso del deseo, - Sobre tallo gentil temprana rosa, - Del amor venturoso devaneo, - Angélica, purísima y dichosa, - Y oigo tu voz dulcísima, y respiro - Tu aliento perfumado en tu suspiro. - - Y aun miro aquellos ojos que robaron - A los cielos su azul, y las rosadas - Tintas sobre la nieve, que envidiaron - Las de Mayo serenas alboradas: - Y aquellas horas dulces que pasaron - Tan breves, ¡ay! como después lloradas, - Horas de confianza y de delicias, - De abandono y de amor y de caricias. - - Que así las horas rápidas pasaban, - Y pasaba a la par nuestra ventura; - Y nunca nuestras ansias las contaban, - Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura. - Las horas ¡ay! huyendo nos miraban, - Llanto tal vez vertiendo de ternura; - Que nuestro amor y juventud veían, - Y temblaban las horas que vendrían. - - Y llegaron en fin: ¡oh! ¿quién impío - ¡Ay! agostó la flor de tu pureza? - Tú fuiste un tiempo cristalino río, - Manantial de purísima limpieza; - Después torrente de color sombrío, - Rompiendo entre peñascos y maleza, - Y estanque, en fin, de aguas corrompidas, - Entre fétido fango detenidas. - - ¿Cómo caíste despeñado al suelo, - Astro de la mañana luminoso? - Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo - A este valle de lágrimas odioso? - Aun cercaba tu frente el blanco velo - Del serafín, y en ondas fulguroso - Rayos al mundo tu esplendor vertía, - Y otro cielo el amor te prometía. - - Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído, - O mujer nada más y lodo inmundo, - Hermoso ser para llorar nacido, - O vivir como autómata en el mundo. - Sí, que el demonio en el Edén perdido, - Abrasara con fuego del profundo - La primera mujer, y ¡ay! aquel fuego - La herencia ha sido de sus hijos luego. - - Brota en el cielo del amor la fuente, - Que a fecundar el universo mana, - Y en la tierra su límpida corriente - Sus márgenes con flores engalana; - Mas, ¡ay! huid: el corazón ardiente - Que el agua clara por beber se afana, - Lágrimas verterá de duelo eterno, - Que su raudal lo envenenó el infierno. - - Huid, si no queréis que llegue un día - En que enredado en retorcidos lazos - El corazón, con bárbara porfía - Luchéis por arrancároslo a pedazos: - En que al cielo en histérica agonía - Frenéticos alcéis entrambos brazos, - Para en vuestra impotencia maldecirle, - Y escupiros, tal vez, al escupirle. - - Los años ¡ay! de la ilusión pasaron, - Las dulces esperanzas que trajeron - Con sus blancos ensueños se llevaron, - Y el porvenir de oscuridad vistieron: - Las rosas del amor se marchitaron, - Las flores en abrojos convirtieron, - Y de afán tanto y tan soñada gloria - Solo quedó una tumba, una memoria. - - ¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento - Un pesar tan intenso! Embarga impío - Mi quebrantada voz mi sentimiento, - Y suspira tu nombre el labio mío: - Para allí su carrera el pensamiento, - Hiela mi corazón punzante frío, - Ante mis ojos la funesta losa, - Donde vil polvo tu beldad reposa. - - Y tú feliz, que hallastes en la muerte - Sombra a que descansar en tu camino, - Cuando llegabas, mísera, a perderte - Y era llorar tu único destino: - Cuando en tu frente la implacable suerte - Grababa de los réprobos el sino. - Feliz, la muerte te arrancó del suelo, - Y otra vez ángel, te volviste al cielo. - - Roída de recuerdos de amargura, - Árido el corazón, sin ilusiones, - La delicada flor de tu hermosura - Ajaron del dolor los aquilones: - Sola, y envilecida, y sin ventura, - Tu corazón secaron las pasiones: - Tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran, - Y hasta el nombre de madre te negaran. - - Los ojos escaldados de tu llanto, - Tu rostro cadavérico y hundido; - Único desahogo en tu quebranto, - El histérico ¡ay! de tu gemido: - ¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto - Envolver tu desdicha en el olvido, - Disipar tu dolor y recogerte - En su seno de paz? ¡Solo la muerte! - - ¡Y tan joven, y ya tan desgraciada! - Espíritu indomable, alma violenta, - En ti, mezquina sociedad, lanzada - A romper tus barreras turbulenta. - Nave contra las rocas quebrantada, - Allá vaga, a merced de la tormenta, - En las olas tal vez náufraga tabla, - Que solo ya de sus grandezas habla. - - Un recuerdo de amor que nunca muere - Y está en mi corazón; un lastimero - Tierno quejido que en el alma hiere, - Eco suave de su amor primero: - ¡Ay! de tu luz, en tanto yo viviere, - Quedará un rayo en mí, blanco lucero, - Que iluminaste con tu luz querida - La dorada mañana de mi vida. - - Que yo, como una flor que en la mañana - Abre su cáliz al naciente día, - ¡Ay! al amor abrí tu alma temprana, - Y exalté tu inocente fantasía, - Yo inocente también ¡oh! cuán ufana - Al porvenir mi mente sonreía, - Y en alas de mi amor, ¡con cuánto anhelo - Pensé contigo remontarme al cielo! - - Y alegre, audaz, ansioso, enamorado, - En tus brazos en lánguido abandono, - De glorias y deleites rodeado - Levantar para ti soñé yo un trono: - Y allí, tú venturosa y yo a tu lado, - Vencer del mundo el implacable encono, - Y en un tiempo, sin horas ni medida, - Ver como un sueño resbalar la vida. - - ¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos - Áridos ni una lágrima brotaban; - Cuando ya su color tus labios rojos - En cárdenos matices se cambiaban; - Cuando de tu dolor tristes despojos - La vida y su ilusión te abandonaban, - Y consumía lenta calentura - Tu corazón al par de tu amargura; - - Si en tu penosa y última agonía - Volviste a lo pasado el pensamiento; - Si comparaste a tu existencia un día - Tu triste soledad y tu aislamiento; - Si arrojó a tu dolor tu fantasía - Tus hijos ¡ay! en tu postrer momento - A otra mujer tal vez acariciando, - Madre tal vez a otra mujer llamando; - - Si el cuadro de tus breves glorias viste - Pasar como fantástica quimera, - Y si la voz de tu conciencia oíste - Dentro de ti gritándote severa; - Sí, en fin, entonces tú llorar quisiste - Y no brotó una lágrima siquiera - Tu seco corazón, y a Dios llamaste, - Y no te escuchó Dios, y blasfemaste. - - ¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! ¡martirio horrendo! - ¡Espantosa expiación de tu pecado! - Sobre un lecho de espinas, maldiciendo, - Morir, ¡el corazón desesperado! - Tus mismas manos de dolor mordiendo, - Presente a tu conciencia lo pasado, - Buscando en vano, con los ojos fijos, - Y extendiendo tus brazos a tus hijos. - - ¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel!... ¡Ay! yo entre tanto - Dentro del pecho mi dolor oculto, - Enjugo de mis párpados el llanto - Y doy al mundo el exigido culto: - Yo escondo con vergüenza mi quebranto, - Mi propia pena con mi risa insulto, - Y me divierto en arrancar del pecho - Mi mismo corazón pedazos hecho. - - Gocemos, sí; la cristalina esfera - Gira bañada en luz: ¡bella es la vida! - ¿Quién a parar alcanza la carrera - Del mundo hermoso que al placer convida? - Brilla radiante el sol, la primavera - Los campos pinta en la estación florida: - Truéquese en risa mi dolor profundo... - Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo? - - - - -DON JOSÉ ZORRILLA - - -_79. Introducción a los «Cantos del Trovador»_ - - ¿Qué se hicieron las auras deliciosas - Que henchidas de perfume se perdían - Entre los lirios y las frescas rosas - Que el huerto ameno en derredor ceñían? - Las brisas del otoño revoltosas - En rápido tropel las impelían, - Y ahogaron la estación de los amores - Entre las hojas de sus yertas flores. - Hoy al fuego de un tronco nos sentamos - En torno de la antigua chimenea, - Y acaso la ancha sombra recordamos - De aquel tizón que a nuestros pies humea. - Y hora tras hora tristes esperamos - Que pase la estación adusta y fea, - En pereza febril adormecidos - Y en las propias memorias embebidos. - En vano a los placeres avarientos - Nos lanzamos do quier, y orgías sonoras - Estremecen los ricos aposentos - Y fantásticas danzas tentadoras; - Porque antes y después caminan lentos - Los turbios días y las lentas horas, - Sin que alguna ilusión de breve instante - Del alma el sueño fugitiva encante. - Pero yo, que he pasado entre ilusiones, - Sueños de oro y de luz, mi dulce vida, - No os dejaré dormir en los salones - Donde al placer la soledad convida; - Ni esperar, revolviendo los tizones, - Al yerto amigo o la falaz querida, - Sin que más esperanza os alimente - Que ir contando las horas tristemente. - Los que vivís de alcázares señores, - Venid, yo halagaré vuestra pereza; - Niñas hermosas que morís de amores, - Venid, yo encantaré vuestra belleza; - Viejos que idolatráis vuestros mayores, - Venid, yo os contaré vuestra grandeza; - Venid a oír en dulces armonías - Las sabrosas historias de otros días. - Yo soy el Trovador que vaga errante: - Si son de vuestro parque estos linderos, - No me dejéis pasar, mandad que cante; - Que yo sé de los bravos caballeros - La dama ingrata y la cautiva amante, - La cita oculta y los combates fieros - Con que a cabo llevaron sus empresas - Por hermosas esclavas y princesas. - Venid a mí, yo canto los amores; - Yo soy el trovador de los festines; - Yo ciño el arpa con vistosas flores, - Guirnalda que recojo en mil jardines; - Yo tengo el tulipán de cien colores - Que adoran de Estambul en los confines, - Y el lirio azul incógnito y campestre - Que nace y muere en el peñón silvestre. - ¡Ven a mis manos, ven, arpa sonora! - ¡Baja a mi mente, inspiración cristiana, - Y enciende en mí la llama creadora - Que del aliento del Querub emana! - ¡Lejos de mí la historia tentadora - De ajena tierra y religión profana! - Mi voz, mi corazón, mi fantasía - La gloria cantan de la patria mía. - Venid, yo no hollaré con mis cantares - Del pueblo en que he nacido la creencia, - Respetaré su ley y sus altares; - En su desgracia a par que en su opulencia - Celebraré su fuerza o sus azares, - Y, fiel ministro de la gaya ciencia, - Levantaré mi voz consoladora - Sobre las ruinas en que España llora. - ¡Tierra de amor! ¡tesoro de memorias, - Grande, opulenta y vencedora un día, - Sembrada de recuerdos y de historias, - Y hollada asaz por la fortuna impía! - Yo cantaré tus olvidadas glorias; - Que en alas de la ardiente poesía - No aspiro a más laurel ni a más hazaña - Que a una sonrisa de mi dulce España. - - -_80. A buen juez mejor testigo_ - -_Tradición de Toledo_ - -I - - Entre pardos nubarrones - Pasando la blanca luna, - Con resplandor fugitivo, - La baja tierra no alumbra. - La brisa con frescas alas - Juguetona no murmura, - Y las veletas no giran - Entre la cruz y la cúpula. - Tal vez un pálido rayo - La opaca atmósfera cruza, - Y unas en otras las sombras - Confundidas se dibujan. - Las almenas de las torres - Un momento se columbran, - Como lanzas de soldados - Apostados en la altura. - Reverberan los cristales - La trémula llama turbia, - Y un instante entre las rocas - Riela la fuente oculta. - Los álamos de la vega - Parecen en la espesura - De fantasmas apiñados - Medrosa y gigante turba; - Y alguna vez desprendida - Gotea pesada lluvia, - Que no despierta a quien duerme, - Ni a quien medita importuna. - Yace Toledo en el sueño - Entre las sombras confusa, - Y el Tajo a sus pies pasando - Con pardas ondas lo arrulla. - El monótono murmullo - Sonar perdido se escucha, - Cual si por las hondas calles - Hirviera del mar la espuma. - ¡Qué dulce es dormir en calma - Cuando a lo lejos susurran - Los álamos que se mecen, - Las aguas que se derrumban! - Se sueñan bellos fantasmas - Que el sueño del triste endulzan, - Y en tanto que sueña el triste, - No le aqueja su amargura. - Tan en calma y tan sombría - Como la noche que enluta - La esquina en que desemboca - Una callejuela oculta, - Se ve de un hombre que aguarda - La vigilante figura, - Y tan a la sombra vela - Que entre las sombras se ofusca. - Frente por frente a sus ojos - Un balcón a poca altura - Deja escapar por los vidrios - La luz que dentro le alumbra; - Mas ni en el claro aposento, - Ni en la callejuela oscura - El silencio de la noche - Rumor sospechoso turba. - Pasó así tan largo tiempo, - Que pudiera haberse duda - De si es hombre, o solamente - Mentida ilusión nocturna; - Pero es hombre, y bien se ve, - Porque con planta segura - Ganando el centro a la calle - Resuelto y audaz pregunta: - --¿Quién va? --y a corta distancia - El igual compás se escucha - De un caballo que sacude - Las sonoras herraduras. - ¿Quién va? repite, y cercana - Otra voz menos robusta - Responde: --Un hidalgo ¡calle!-- - Y el paso el bulto apresura. - --Téngase el hidalgo --el hombre - Replica, y la espada empuña. - --Ved más bien si me haréis calle - (Repitieron con mesura) - Que hasta hoy a nadie se tuvo - Iván de Vargas y Acuña. - --Pase el Acuña y perdone-- - Dijo el mozo en faz de fuga, - Pues teniéndose el embozo - Sopla un silbato, y se oculta. - Paró el jinete a una puerta, - Y con precaución difusa - Salió una niña al balcón - Que llama interior alumbra. - --¡Mi padre! --clamó en voz baja - Y el viejo en la cerradura - Metió la llave pidiendo - A sus gentes que le acudan. - Un negro por ambas bridas - Tomó la cabalgadura, - Cerrose detrás la puerta - Y quedó la calle muda. - En esto desde el balcón, - Como quien tal acostumbra, - Un mancebo por las rejas - De la calle se asegura. - Asió el brazo al que apostado - Hizo cara a Iván de Acuña, - Y huyeron, en el embozo - Velando la catadura. - -II - - Clara, apacible y serena - Pasa la siguiente tarde, - Y el sol tocando su ocaso - Apaga su luz gigante: - Se ve la imperial Toledo - Dorada por los remates, - Como una ciudad de grana - Coronada de cristales. - El Tajo por entre rocas - Sus anchos cimientos lame, - Dibujando en las arenas - Las ondas con que las bate. - Y la ciudad se retrata - En las ondas desiguales, - Como en prendas de que el río - Tan afanoso la bañe. - A lo lejos en la vega - Tiende galán por sus márgenes, - De sus álamos y huertos - El pintoresco ropaje, - Y porque su altiva gala - Más a los ojos halague, - La salpica con escombros - De castillos y de alcázares. - Un recuerdo es cada piedra - Que toda una historia vale, - Cada colina un secreto - De príncipes o galanes. - Aquí se bañó la hermosa - Por quien dejó un rey culpable - Amor, fama, reino y vida - En manos de musulmanes. - Allí recibió Galiana - A su receloso amante - En esa cuesta que entonces - Era un plantel de azahares. - Allá por aquella torre, - Que hicieron puerta los árabes, - Subió el Cid sobre Babieca - Con su gente y su estandarte. - Más lejos se ve el castillo - De San Servando, o Cervantes, - Donde nada se hizo nunca - Y nada al presente se hace. - A este lado está la almena - Por do sacó vigilante - El conde Don Peranzules - Al rey, que supo una tarde - Fingir tan tenaz modorra, - Que, político y constante, - Tuvo siempre el brazo quedo - Las palmas al horadarle. - Allí está el circo romano, - Gran cifra de un pueblo grande, - Y aquí la antigua Basílica - De bizantinos pilares, - Que oyó en el primer concilio - Las palabras de los Padres - Que velaron por la Iglesia - Perseguida o vacilante. - La sombra en este momento - Tiende sus turbios cendales - Por todas esas memorias - De las pasadas edades, - Y del Cambrón y Visagra - Los caminos desiguales, - Camino a los toledanos - Hacia las murallas abren. - Los labradores se acercan - Al fuego de sus hogares, - Cargados con sus aperos, - Cansados de sus afanes. - Los ricos y sedentarios - Se tornan con paso grave, - Calado el ancho sombrero, - Abrochados los gabanes; - Y los clérigos y monjes - Y los prelados y abades - Sacudiendo el leve polvo - De capelos y sayales. - Quédase solo un mancebo - De impetuosos ademanes, - Que se pasea ocultando - Entre la capa el semblante. - Los que pasan le contemplan - Con decisión de evitarle, - Y él contempla a los que pasan - Como si a alguien aguardase. - Los tímidos aceleran - Los pasos al divisarle, - Cual temiendo de seguro - Que les proponga un combate; - Y los valientes le miran - Cual si sintieran dejarle - Sin que libres sus estoques - En riña sonora dancen. - Una mujer también sola - Se viene el llano adelante, - La luz del rostro escondida - En tocas y tafetanes. - Mas en lo leve del paso, - Y en lo flexible del talle, - Puede a través de los velos - Una hermosa adivinarse. - Vase derecha al que aguarda, - Y él al encuentro la sale - Diciendo... cuanto se dicen - En las citas los amantes. - Mas ella, galanterías - Dejando severa aparte, - Así al mancebo interrumpe - En voz decisiva y grave: - - --Abreviemos de razones, - Diego Martínez; mi padre, - Que un hombre ha entrado en su ausencia - Dentro mi aposento sabe: - Y así quien mancha mi honra - Con la suya me la lave; - O dadme mano de esposo, - O libre de vos dejadme.-- - Mirola Diego Martínez - Atentamente un instante, - Y echando a un lado el embozo, - Repuso palabras tales: - --Dentro de un mes, Inés mía, - Parto a la guerra de Flandes; - Al año estaré de vuelta - Y contigo en los altares. - Honra que yo te desluzca, - Con honra mía se lave; - Que por honra vuelven honra - Hidalgos que en honra nacen. - --Júralo --exclamó la niña. - --Más que mi palabra vale - No te valdrá un juramento. - --Diego, la palabra es aire. - --¡Vive Dios que estás tenaz! - Dalo por jurado y baste. - --No me basta; que olvidar - Puedes la palabra en Flandes. - --¡Voto a Dios! ¿qué más pretendes? - --Que a los pies de aquella imagen - Lo jures como cristiano - Del santo Cristo delante.-- - Vaciló un punto Martínez, - Mas porfiando que jurase, - Llevole Inés hacia el templo - Que en medio la vega yace. - Enclavado en un madero, - En duro y postrero trance, - Ceñida la sien de espinas, - Descolorido el semblante, - Víase allí un crucifijo - Teñido de negra sangre, - A quien Toledo devota - Acude hoy en sus azares. - Ante sus plantas divinas - Llegaron ambos amantes, - Y haciendo Inés que Martínez - Los sagrados pies tocase, - Preguntole: - --Diego, ¿juras - A tu vuelta desposarme? - Contestó al mozo: - --¡Sí juro! - Y ambos del templo se salen. - -III - - Pasó un día y otro día, - Un mes y otro mes pasó, - Y un año pasado había, - Mas de Flandes no volvía - Diego, que a Flandes partió. - Lloraba la bella Inés - Su vuelta aguardando en vano, - Oraba un mes y otro mes - Del crucifijo a los pies - Do puso el galán su mano. - Todas las tardes venía - Después de traspuesto el sol, - Y a Dios llorando pedía - La vuelta del español, - Y el español no volvía. - Y siempre al anochecer, - Sin dueña y sin escudero, - En un manto una mujer - El campo salía a ver - Al alto del _Miradero_. - ¡Ay del triste que consume - Su existencia en esperar! - ¡Ay del triste que presume - Que el duelo con que él se abrume - Al ausente ha de pesar! - La esperanza es de los cielos - Precioso y funesto don, - Pues los amantes desvelos - Cambian la esperanza en celos, - Que abrasan el corazón. - Si es cierto lo que se espera, - Es un consuelo en verdad; - Pero siendo una quimera, - En tan frágil realidad - Quien espera desespera. - Así Inés desesperaba - Sin acabar de esperar, - Y su tez se marchitaba, - Y su llanto se secaba - Para volver a brotar. - En vano a su confesor - Pidió remedio o consejo - Para aliviar su dolor; - Que mal se cura el amor - Con las palabras de un viejo. - En vano a Iván acudía, - Llorosa y desconsolada; - El padre no respondía; - Que la lengua le tenía - Su propia deshonra atada. - Y ambos maldicen su estrella, - Callando el padre severo - Y suspirando la bella, - Porque nació mujer ella, - Y el viejo nació altanero. - Dos años al fin pasaron - En esperar y gemir, - Y las guerras acabaron, - Y los de Flandes tornaron - A sus tierras a vivir. - Pasó un día y otro día, - Un mes y otro mes pasó, - Y el tercer año corría; - Diego a Flandes se partió, - Mas de Flandes no volvía. - Era una tarde serena, - Doraba el sol de occidente - Del Tajo la vega amena, - Y apoyada en una almena - Miraba Inés la corriente. - Iban las tranquilas olas - Las riberas azotando - Bajo las murallas solas, - Musgo, espigas y amapolas - Ligeramente doblando. - Algún olmo que escondido - Creció entre la yerba blanda, - Sobre las aguas tendido - Se reflejaba perdido - En su cristalina banda. - Y algún ruiseñor colgado - Entre su fresca espesura - Daba al aire embalsamado - Su cántico regalado - Desde la enramada oscura. - Y algún pez con cien colores, - Tornasolada la escama, - Saltaba a besar las flores, - Que exhalan gratos olores - A las puntas de una rama. - Y allá en el trémulo fondo - El torreón se dibuja - Como el contorno redondo - Del hueco sombrío y hondo - Que habita nocturna bruja. - Así la niña lloraba - El rigor de su fortuna, - Y así la tarde pasaba - Y al horizonte trepaba - La consoladora luna. - A lo lejos por el llano - En confuso remolino - Vio de hombres tropel lejano - Que en pardo polvo liviano - Dejan envuelto el camino. - Bajó Inés del torreón, - Y llegando recelosa - A las puertas del Cambrón, - Sintió latir zozobrosa - Más inquieto el corazón. - Tan galán como altanero - Dejó ver la escasa luz - Por bajo el arco primero - Un hidalgo caballero - En un caballo andaluz. - Jubón negro acuchillado, - Banda azul, lazo en la hombrera, - Y sin pluma al diestro lado - El sombrero derribado - Tocando con la gorguera. - Bombacho gris guarnecido, - Bota de ante, espuela de oro, - Hierro al cinto suspendido, - Y a una cadena prendido - Agudo cuchillo moro. - Vienen tras este jinete - Sobre potros jerezanos - De lanceros hasta siete, - Y en adarga y coselete - Diez peones castellanos. - Asiose a su estribo Inés - Gritando: --¡Diego, eres tú!-- - Y él viéndola de través - Dijo: --¡Voto a Belcebú, - Que no me acuerdo quién es!-- - Dio la triste un alarido - Tal respuesta al escuchar, - Y a poco perdió el sentido, - Sin que más voz ni gemido - Volviera en tierra a exhalar. - Frunciendo ambas a dos cejas - Encomendola a su gente, - Diciendo: --¡Malditas viejas - Que a las mozas malamente - Enloquecen con consejas!-- - Y aplicando el capitán - A su potro las espuelas - El rostro a Toledo dan, - Y a trote cruzando van - Las oscuras callejuelas. - -IV - - Así por sus altos fines - Dispone y permite el cielo - Que puedan mudar al hombre - Fortuna, poder y tiempo. - A Flandes partió Martínez - De soldado aventurero, - Y por su suerte y hazañas - Allí capitán le hicieron. - Según alzaba en honores - Alzábase en pensamientos, - Y tanto ayudó en la guerra - Con su valor y altos hechos, - Que el mismo rey a su vuelta - Le armó en Madrid caballero, - Tomándole a su servicio - Por capitán de Lanceros. - Y otro no fue que Martínez - Quien ha poco entró en Toledo, - Tan orgulloso y ufano - Cual salió humilde y pequeño. - Ni es otro a quien se dirige, - Cobrado el conocimiento, - La amorosa Inés de Vargas, - Que vive por él muriendo. - Mas él, que olvidando todo - Olvidó su nombre mesmo, - Puesto que Diego Martínez - Es el capitán Don Diego, - Ni se ablanda a sus caricias, - Ni cura de sus lamentos; - Diciendo que son locuras - De gentes de poco seso; - Que ni él prometió casarse - Ni pensó jamás en ello. - ¡Tanto mudan a los hombres - Fortuna, poder y tiempo! - En vano porfiaba Inés - Con amenazas y ruegos; - Cuanto más ella importuna - Está Martínez severo. - Abrazada a sus rodillas - Enmarañado el cabello, - La hermosa niña lloraba - Prosternada por el suelo. - Mas todo empeño es inútil, - Porque el capitán Don Diego - No ha de ser Diego Martínez - Como lo era en otro tiempo. - Y así llamando a su gente, - De amor y piedad ajeno, - Mandoles que a Inés llevaran - De grado o de valimiento. - Mas ella antes que la asieran, - Cesando un punto en su duelo, - Así habló, el rostro lloroso - Hacia Martínez volviendo: - --Contigo se fue mi honra, - Conmigo tu juramento; - Pues buenas prendas son ambas, - En buen fiel las pesaremos.-- - Y la faz descolorida - En la mantilla envolviendo - A pasos desatentados - Saliose del aposento. - -V - - Era entonces de Toledo - Por el rey gobernador - El justiciero y valiente - Don Pedro Ruiz de Alarcón. - Muchos años por su patria - El buen viejo peleó; - Cercenado tiene un brazo, - Mas entero el corazón. - La mesa tiene delante, - Los jueces en derredor, - Los corchetes a la puerta - Y en la derecha el bastón. - Está, como presidente - Del tribunal superior, - Entre un dosel y una alfombra - Reclinado en un sillón - Escuchando con paciencia - La casi asmática voz - Con que un tétrico escribano - Solfea una apelación. - Los asistentes bostezan - Al murmullo arrullador, - Los jueces medio dormidos - Hacen pliegues al ropón, - Los escribanos repasan - Sus pergaminos al sol, - Los corchetes a una moza - Guiñan en un corredor, - Y abajo en Zocodover - Gritan en discorde son - Los que en el mercado venden - Lo vendido y el valor. - Una mujer en tal punto, - En faz de grande aflicción, - Rojos de llorar los ojos, - Ronca de gemir la voz, - Suelto el cabello y el manto, - Tomó plaza en el salón - Diciendo a gritos: --¡Justicia, - Jueces, justicia, señor!-- - Y a los pies se arroja humilde - De Don Pedro de Alarcón, - En tanto que los curiosos - Se agitan al rededor. - Alzola cortés Don Pedro - Calmando la confusión - Y el tumultuoso murmullo - Que esta escena ocasionó, - Diciendo: - --Mujer, ¿qué quieres? - --Quiero justicia, señor. - --¿De qué? - --De una prenda hurtada. - --¿Qué prenda? - --Mi corazón. - --¿Tú le diste? - --Le presté. - --¿Y no te le han vuelto? - --No. - --¿Tienes testigos? - --Ninguno. - --¿Y promesa? - --¡Sí, por Dios! - Que al partirse de Toledo - Un juramento empeñó. - --¿Quién es él? - --Diego Martínez. - --¿Noble? - --Y capitán, señor. - --Presentadme al capitán, - Que cumplirá si juró.-- - Quedó en silencio la sala, - Y a poco en el corredor - Se oyó de botas y espuelas - El acompasado son. - Un portero, levantando - El tapiz, en alta voz - Dijo: --El capitán Don Diego.-- - Y entró luego en el salón - Diego Martínez, los ojos - Llenos de orgullo y furor. - --¿Sois el capitán Don Diego, - Díjole Don Pedro, vos?-- - Contestó altivo y sereno - Diego Martínez: - --Yo soy. - --¿Conocéis a esta muchacha? - --Ha tres años, salvo error. - --¿Hicísteisla juramento - De ser su marido? - --No. - --¿Juráis no haberlo jurado? - --Sí juro. - --Pues id con Dios. - --¡Miente! --clamó Inés llorando - De despecho y de rubor. - --Mujer, ¡piensa lo que dices!... - --Digo que miente, juró. - --¿Tienes testigos? - --Ninguno. - --Capitán, idos con Dios, - Y dispensad que acusado - Dudara de vuestro honor.-- - Tornó Martínez la espalda - Con brusca satisfacción, - E Inés, que le vio partirse, - Resuelta y firme gritó: - --Llamadle, tengo un testigo. - Llamadle otra vez, señor.-- - Volvió el capitán Don Diego, - Sentose Ruiz de Alarcón, - La multitud aquietose - Y la de Vargas siguió: - --Tengo un testigo a quien nunca - Faltó verdad ni razón. - --¿Quién? - --Un hombre que de lejos - Nuestras palabras oyó, - Mirándonos desde arriba. - --¿Estaba en algún balcón? - --No, que estaba en un suplicio - Donde ha tiempo que expiró. - --¿Luego es muerto? - --No, que vive. - --Estáis loca, ¡vive Dios! - ¿Quién fue? - --El CRISTO de la Vega, - A cuya faz perjuró.-- - Pusiéronse en pie los jueces - Al nombre del Redentor, - Escuchando con asombro - Tan excelsa apelación. - Reinó un profundo silencio - De sorpresa y de pavor, - Y Diego bajó los ojos - De vergüenza y confusión. - Un instante con los jueces - Don Pedro en secreto habló, - Y levantose diciendo - Con respetuosa voz: - --La ley es ley para todos, - Tu testigo es el mejor, - Mas para tales testigos - No hay más tribunal que Dios. - Haremos... lo que sepamos; - Escribano, al caer el sol - Al CRISTO que está en la Vega - Tomaréis declaración.-- - -VI - - Es una tarde serena, - Cuya luz tornasolada - Del purpurino horizonte - Blandamente se derrama. - Plácido aroma las flores - Sus hojas plegando exhalan, - Y el céfiro entre perfumes - Mece las trémulas alas. - Brillan abajo en el valle - Con suave rumor las aguas, - Y las aves en la orilla - Despidiendo al día cantan. - Allá por el _Miradero_ - Por el Cambrón y Visagra - Confuso tropel de gente - Del Tajo a la vega baja. - Vienen delante Don Pedro - De Alarcón, Iván de Vargas, - Su hija Inés, los escribanos, - Los corchetes y los guardias; - Y detrás monjes, hidalgos, - Mozas, chicos y canalla. - Otra turba de curiosos - En la vega les aguarda, - Cada cual comentariando - El caso según le cuadra. - Entre ellos está Martínez - En apostura bizarra, - Calzadas espuelas de oro, - Valona de encaje blanca, - Bigote a la borgoñesa, - Melena desmelenada, - El sombrero guarnecido - Con cuatro lazos de plata, - Un pie delante del otro, - Y el puño en el de la espada. - Los plebeyos de reojo - Le miran de entre las capas, - Los chicos al uniforme - Y las mozas a la cara. - Llegado el gobernador - Y gente que le acompaña, - Entraron todos al claustro - Que iglesia y patio separa. - Encendieron ante el CRISTO - Cuatro cirios y una lámpara, - Y de hinojos un momento - Le rezaron en voz baja. - Está el CRISTO de la Vega - La cruz en tierra posada, - Los pies alzados del suelo - Poco menos de una vara; - Hacia la severa imagen - Un notario se adelanta, - De modo que con el rostro - Al pecho santo llegaba. - A un lado tiene a Martínez, - A otro lado a Inés de Vargas, - Detrás al gobernador - Con sus jueces y sus guardias. - Después de leer dos veces - La acusación entablada, - El notario a Jesucristo - Así demandó en voz alta: - _--Jesús, Hijo de María,_ - _Ante nos esta mañana_ - _Citado como testigo_ - _Por boca de Inés de Vargas,_ - _¿Juráis ser cierto que un día_ - _A vuestras divinas plantas_ - _Juró a Inés Diego Martínez_ - _Por su mujer desposarla?--_ - Asida a un _brazo_ desnudo - Una _mano_ atarazada - Vino a posar en los autos - La seca y hendida palma, - Y allá en los aires «¡Sí, JURO!» - Clamó una voz más que humana. - Alzó la turba medrosa - La vista a la imagen santa... - Los labios tenía abiertos, - Y una mano desclavada. - -CONCLUSIÓN - - Las vanidades del mundo - Renunció allí mismo Inés, - Y espantado de sí propio - Diego Martínez también. - Los escribanos temblando - Dieron de esta escena fe, - Firmando como testigos - Cuantos hubieron poder. - Fundose un aniversario - Y una capilla con él, - Y Don Pedro de Alarcón - El altar ordenó hacer, - Donde hasta el tiempo que corre, - Y en cada año una vez, - Con la mano desclavada - El crucifijo se ve. - - - - -DON NICOMEDES PASTOR DÍAZ - - -_81. A la luna_ - - Desde el primer latido de mi pecho, - Condenado al amor y a la tristeza, - Ni un eco a mi gemir, ni a la belleza - Un suspiro alcancé: - Halló por fin mi fúnebre despecho - Inmenso objeto a mi ilusión amante; - Y de la luna el célico semblante, - Y el triste mar amé. - - El mar quedose allá por su ribera; - Sus olas no treparon las montañas; - Nunca llega a estas márgenes extrañas - Su solemne mugir. - Tú empero que mi amor sigues do quiera, - Cándida luna, en tu amoroso vuelo, - Tú eres la misma que miré en el cielo - De mi patria lucir. - - Tú sola mi beldad, sola mi amante, - Única antorcha que mis pasos guía, - Tú sola enciendes en el alma fría - Una sombra de amor. - Solo el blando lucir de tu semblante - Mis ya cansados párpados resisten; - Solo tus formas inconstantes visten - Bello, grato color. - - Ora cubra cargada, rubicunda - Nube de fuego tu ardorosa frente; - Ora cándida, pura, refulgente, - Deslumbre tu mirar. - Ora sumida en soledad profunda - Te mire el cielo desmayada y yerta, - Como el semblante de una virgen muerta - ¡Ah!... que yo vi expirar. - - La he visto ¡ay, Dios!... Al sueño en que reposa - Yo le cerré los anublados ojos; - Yo tendí sus angélicos despojos - Sobre el negro ataúd. - Yo solo oré sobre la yerta losa - Donde no corre ya lágrima alguna... - ¡Báñala al menos tú, pálida luna... - Báñala con tu luz! - - Tú lo harás... que a los tristes acompañas, - Y al pensador y al infeliz visitas; - Con la inocencia o con la muerte habitas: - El mundo huye de ti. - Antorcha de alegría en las cabañas, - Lámpara solitaria en las ruïnas, - El salón del magnate no iluminas, - Pero su tumba... sí. - - Cargado a veces de aplomadas nubes - Amaga el cielo con tormenta oscura; - Mas ríe al horizonte tu hermosura, - Y huyó la tempestad. - Y allá del trono do esplendente subes - Riges el curso al férvido Oceáno, - Cual pecho amante, que al mirar lejano - Hierve, de su beldad. - - Mas ¡ay! que en vano en tu esplendor encantas: - Ese hechizo falaz no es de alegría; - Y huyen tu luz y triste compañía - Los astros con temor. - Sola por el vacío te adelantas, - Y en vano en derredor tus rayos tiendes; - Que solo al mundo en tu dolor desciendes, - Cual sube a ti mi amor. - - Y en esta tierra, de aflicción guarida, - ¿Quién goza en tu fulgor blandos placeres? - Del nocturno reposo de los seres - No turbas la quietud. - No cantarán las aves tu venida; - Ni abren su cáliz las dormidas flores: - ¡Solo un ser... de desvelos y dolores, - Ama tu yerta luz!... - - ¡Sí, tú mi amor, mi admiración, mi encanto! - La noche anhelo por vivir contigo, - Y hacia el ocaso lentamente sigo - Tu curso al fin veloz. - Páraste a veces a escuchar mi llanto, - Y desciende en tus rayos amoroso - Un espíritu vago, misterioso, - Que responde a mi voz... - - ¡Ay! calló ya... Mi celestial querida - Sufrió también mi inexorable suerte... - Era un sueño de amor... Desvanecerte - Pudo una realidad. - Es cieno ya la esqueletada vida; - No hay ilusión, ni encantos, ni hermosura; - La muerte reina ya sobre natura, - Y la llaman... ¡VERDAD! - - ¡Qué feliz, qué encantado, si ignorante, - El hombre de otros tiempos viviría, - Cuando en el mundo, de los dioses vía - Do quiera la mansión! - Cada eco fuera un suspirar amante, - Una inmortal belleza cada fuente; - Cada pastor ¡oh luna! en sueño ardiente - Ser pudo un Endimión. - - Ora trocada en un planeta oscuro, - Girando en los abismos del vacío, - Do fuerza oculta y ciega, en su extravío, - Cual piedra te arrojó, - Es luz de ajena luz tu brillo puro; - Es ilusión tu mágica influencia, - Y mi celeste amor... ciega demencia, - ¡Ay!... que se disipó. - - Astro de paz, belleza de consuelo, - Antorcha celestial de los amores, - Lámpara sepulcral de los dolores, - Tierna y casta deidad, - ¿Qué eres, de hoy más, sobre ese helado cielo? - Un peñasco que rueda en el olvido, - O el cadáver de un sol que, endurecido, - ¡Yace en la eternidad! - - - - -DON ENRIQUE GIL - - -_82. La violeta_ - - Flor deliciosa en la memoria mía, - Ven mi triste laúd a coronar, - Y volverán las trovas de alegría - En sus ecos tal vez a resonar. - Mezcla tu aroma a sus cansadas cuerdas; - Yo sobre ti no inclinaré mi sien, - De miedo, pura flor, que entonces pierdas - Tu tesoro de olores y tu bien. - Yo, sin embargo, coroné mi frente - Con tu gala en las tardes del Abril, - Yo te buscaba orillas de la fuente, - Yo te adoraba tímida y gentil. - Porque eras melancólica y perdida, - Y era perdido y lúgubre mi amor, - Y en ti miré el emblema de mi vida - Y mi destino, solitaria flor. - Tú allí crecías olorosa y pura - Con tus moradas hojas de pesar; - Pasaba entre la yerba tu frescura - De la fuente al confuso murmurar. - Y pasaba mi amor desconocido, - De un arpa oscura al apagado son, - Con frívolos cantares confundido - El himno de mi amante corazón. - Yo busqué la hermandad de la desdicha - En tu cáliz de aroma y soledad, - Y a tu ventura asemejé mi dicha, - Y a tu prisión mi antigua libertad. - ¡Cuántas meditaciones han pasado - Por mi frente mirando tu arrebol! - ¡Cuántas veces mis ojos te han dejado - Para volverse al moribundo sol! - ¡Qué de consuelos a mi pena diste - Con tu calma y tu dulce lobreguez, - Cuando la mente imaginaba triste - El negro porvenir de la vejez! - Yo me decía: «Buscaré en las flores - Seres que escuchen mi infeliz cantar, - Que mitiguen con bálsamo de olores - Las ocultas heridas del pesar.» - Y me apartaba, al alumbrar la luna, - De ti, bañada en moribunda luz, - Adormecida en tu vistosa cuna, - Velada en tu aromático capuz. - Y una esperanza el corazón llevaba - Pensando en tu sereno amanecer, - Y otra vez en tu cáliz divisaba - Perdidas ilusiones de placer. - - Heme hoy aquí: ¡cuán otros mis cantares! - ¡Cuán otro mi pensar, mi porvenir! - Ya no hay flores que escuchen mis pesares, - Ni soledad donde poder gemir. - Lo secó todo el soplo de mi aliento, - Y naufragué con mi doliente amor: - Lejos ya de la paz y del contento, - Mírame aquí en el valle del dolor. - Era dulce mi pena y mi tristeza; - Tal vez moraba una ilusión detrás: - Mas la ilusión voló con su pureza, - Mis ojos ¡ay! no la verán jamás. - Hoy vuelvo a ti, cual pobre viajero - Vuelve al hogar que niño le acogió; - Pero mis glorias recobrar no espero, - Solo a buscar la huesa vengo yo. - Vengo a buscar mi huesa solitaria - Para dormir tranquilo junto a ti, - Ya que escuchaste un día mi plegaria, - Y un ser humano en tu corola vi. - Ven mi tumba a adornar, triste viola, - Y embalsama mi oscura soledad; - Sé de su pobre césped la aureola - Con tu vaga y poética beldad. - Quizá al pasar la virgen de los valles, - Enamorada y rica en juventud, - Por las umbrosas y desiertas calles - Do yacerá escondido mi ataúd, - Irá a cortar la humilde vïoleta - Y la pondrá en su seno con dolor, - Y llorando dirá: «¡Pobre poeta! - ¡Ya está callada el arpa del amor!» - - - - -PADRE JUAN AROLAS - - -_83. Sé más feliz que yo_ - - Sobre pupila azul, con sueño leve, - Tu párpado cayendo amortecido, - Se parece a la pura y blanca nieve - Que sobre las violetas reposó: - Yo el sueño del placer nunca he dormido: - Sé más feliz que yo. - Se asemeja tu voz en la plegaria - Al canto del zorzal de indiano suelo - Que sobre la pagoda solitaria - Los himnos de la tarde suspiró: - Yo solo esta oración dirijo al cielo: - Sé más feliz que yo. - Es tu aliento la esencia más fragante - De los lirios del Arno caudaloso - Que brotan sobre un junco vacilante - Cuando el céfiro blando los meció: - Yo no gozo su aroma delicioso: - Sé más feliz que yo. - El amor, que es espíritu de fuego, - Que de callada noche se aconseja - Y se nutre con lágrimas y ruego, - En tus purpúreos labios se escondió: - Él te guarde el placer y a mí la queja: - Sé más feliz que yo. - Bella es tu juventud en sus albores - Como un campo de rosas del Oriente; - Al ángel del recuerdo pedí flores - Para adornar tu sien, y me las dio; - Yo decía al ponerlas en tu frente: - Sé más feliz que yo. - Tu mirada vivaz es de paloma; - Como la adormidera del desierto - Causas dulce embriaguez, hurí de aroma - Que el cielo de topacio abandonó: - Mi suerte es dura, mi destino incierto: - Sé más feliz que yo. - - - - -DON PABLO PIFERRER - - -_84. Canción de la Primavera_ - - Ya vuelve la primavera: - Suene la gaita,--ruede la danza: - Tiende sobre la pradera - El verde manto--de la esperanza. - - Sopla caliente la brisa: - Suene la gaita,--ruede la danza: - Las nubes pasan aprisa, - Y el azur muestran--de la esperanza. - - La flor ríe en su capullo: - Suene la gaita,--ruede la danza: - Canta el agua en su murmullo - El poder santo--de la esperanza. - - ¿La oís que en los aires trina? - Suene la gaita,--ruede la danza: - --«Abrid a la golondrina, - Que vuelve en alas--de la esperanza.»-- - - Niña, la niña modesta: - Suene la gaita,--ruede la danza: - El Mayo trae tu fiesta - Que el logro trae--de tu esperanza. - - Cubre la tierra el amor: - Suene la gaita,--ruede la danza: - El perfume engendrador - Al seno sube--de la esperanza. - - Todo zumba y reverdece: - Suene la gaita,--ruede la danza: - Cuanto el son y el verdor crece, - Tanto más crece--toda esperanza. - - Sonido, aroma y color - (Suene la gaita,--ruede la danza) - Únense en himnos de amor, - Que engendra el himno--de la esperanza. - - Morirá la primavera: - Suene la gaita,--ruede la danza: - Mas cada año en la pradera - Tornará el manto--de la esperanza. - - La inocencia de la vida - (Calle la gaita,--pare la danza) - No torna una vez perdida: - ¡Perdí la mía!--¡ay mi esperanza! - - - - -DON GABRIEL GARCÍA TASSARA - - -_85. Himno al Mesías_ - - Baja otra vez al mundo, - ¡Baja otra vez, Mesías! - De nuevo son los días - De tu alta vocación; - Y en su dolor profundo - La humanidad entera - El nuevo oriente espera - De un sol de redención. - Corrieron veinte edades - Desde el supremo día - Que en esa cruz te vía - Morir Jerusalén; - Y nuevas tempestades - Surgieron y bramaron, - De aquellas que asolaron - El primitivo Edén. - De aquellas que le ocultan - Al hombre su camino - Con ciego torbellino - De culpa y expiación; - De aquellas que sepultan - En hondos cautiverios - Cadáveres de imperios - Que fueron y no son. - Sereno está en la esfera - El sol del firmamento: - La tierra en su cimiento - Inconmovible está: - La blanca primavera - Con su gentil abrazo - Fecunda el gran regazo - Que flor y fruto da. - Mas ¡ay! que de las almas - El sol yace eclipsado: - Mas ¡ay! que ha vacilado - El polo de la fe; - Mas ¡ay! que ya tus palmas - Se vuelven al desierto: - No crecen, no, en el huerto - Del que tu pueblo fue. - Tiniebla es ya la Europa: - Ella agotó la ciencia, - Maldijo su creencia, - Se apacentó con hiel; - Y rota ya la copa - En que su fe bebía, - Se alzaba y te decía: - ¡Señor! yo soy Luzbel. - Mas ¡ay! que contra el cielo - No tiene el hombre rayo, - Y en súbito desmayo - Cayó de ayer a hoy; - Y en son de desconsuelo, - en llanto de impotencia, - Hoy clama en tu presencia: - Señor, tu pueblo soy. - No es, no, la Roma atea - Que entre aras derrocadas - Despide a carcajadas - Los dioses que se van: - Es la que, humilde rea, - Baja a las catacumbas, - Y palpa entre las tumbas - Los tiempos que vendrán. - Todo, Señor, diciendo - Está los grandes días - De luto y agonías, - De muerte y orfandad; - Que, del pecado horrendo - Envuelta en el sudario, - Pasa por un Calvario - La ciega humanidad. - Baja ¡oh Señor! no en vano - Siglos y siglos vuelan; - Los siglos nos revelan - Con misteriosa luz - El infinito arcano - Y la virtud que encierra, - Trono de cielo y tierra - Tu sacrosanta cruz. - Toda la historia humana - ¡Señor! está en tu nombre; - Tú fuiste Dios del hombre, - Dios de la humanidad. - Tu sangre soberana - Es su Calvario eterno: - Tu triunfo del infierno - Es su inmortalidad. - ¿Quién dijo, Dios clemente, - Que tú no volverías, - Y a horribles gemonías, - Y a eterna perdición, - Condena a esta doliente - Raza del ser humano - Que espera de tu mano - Su nueva salvación? - Sí, tú vendrás. Vencidos - Serán con nuevo ejemplo - Los que del santo templo - Apartan a tu grey. - Vendrás y confundidos - Caerán con los ateos - Los nuevos fariseos - De la caduca ley. - ¿Quién sabe si ahora mismo - Entre alaridos tantos - De tus profetas santos - La voz no suena ya? - Ven, saca del abismo - A un pueblo moribundo; - Luzbel ha vuelto al mundo - Y Dios ¿no volverá? - ¡Señor! En tus juicios - La comprensión se abisma; - Mas es siempre la misma - Del Gólgota la voz. - Fatídicos auspicios - Resonarán en vano; - No es el destino humano - La humanidad sin Dios. - Ya pasarán los siglos - De la tremenda prueba; - ¡Ya nacerás, luz nueva - De la futura edad! - Ya huiréis ¡negros vestiglos - De los antiguos días! - Ya volverás ¡Mesías! - En gloria y majestad. - - - - -DOÑA GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA - - -_86. Amor y orgullo_ - - Un tiempo hollaba por alfombra rosas; - Y nobles vates, de mentidas diosas - Prodigábanme nombres; - Mas yo, altanera, con orgullo vano, - Cual águila real al vil gusano - Contemplaba a los hombres. - Mi pensamiento --en temerario vuelo-- - Ardiente osaba demandar al cielo - Objeto a mis amores: - Y si a la tierra con desdén volvía - Triste mirada, mi soberbia impía - Marchitaba sus flores. - Tal vez por un momento caprichosa - Entre ellas revolé, cual mariposa, - Sin fijarme en ninguna; - Pues de místico bien siempre anhelante, - Clamaba en vano, como tierno infante - Quiere abrazar la luna. - Hoy, despeñada de la excelsa cumbre, - Do osé mirar del sol la ardiente lumbre - Que fascinó mis ojos, - Cual hoja seca al raudo torbellino, - Cedo al poder del áspero destino... - ¡Me entrego a sus antojos! - Cobarde corazón, que el nudo estrecho - Gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho - Tu presunción altiva? - ¿Qué mágico poder, en tal bajeza - Trocando ya tu indómita fiereza, - De libertad te priva? - ¡Mísero esclavo de tirano dueño; - Tu gloria fue cual mentiroso sueño, - Que con las sombras huye! - Di ¿qué se hicieron ilusiones tantas - De necia vanidad, débiles plantas - Que el aquilón destruye? - En hora infausta a mi feliz reposo, - ¿No dijiste, soberbio y orgulloso: - --Quién domará mi brío? - ¡Con mi solo poder haré, si quiero, - Mudar de rumbo al céfiro ligero - Y arder al mármol frío!-- - ¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano! - Te gritó la razón... Mas ¡cuán en vano - Te advirtió tu locura! - Tú misma te forjaste la cadena, - Que a servidumbre eterna te condena, - Y a duelo y amargura. - Los lazos caprichosos que otros días - --Por pasatiempo-- a tu placer tejías, - Fueron de seda y oro: - Los que hora rinden tu valor primero - Son eslabones de pesado acero, - Templados con tu lloro. - ¿Qué esperaste ¡ay de ti! de un pecho helado, - De inmenso orgullo y presunción hinchado, - De víboras nutrido? - Tú --que anhelabas tan sublime objeto-- - ¿Cómo al capricho de un mortal sujeto - Te arrastras abatido? - ¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos, - Que por flores tomé duros abrojos - Y por oro la arcilla?... - ¡Del torpe engaño mis rivales ríen, - Y mis amantes ¡ay! tal vez se engríen - Del yugo que me humilla! - ¿Y tú lo sufres, corazón cobarde? - ¿Y de tu servidumbre haciendo alarde, - Quieres ver en mi frente - El sello del amor que te devora?... - ¡Ah! velo, pues, y búrlese en buen hora - De mi baldón la gente. - ¡Salga del pecho --requemando el labio-- - El caro nombre, de mi orgullo agravio, - De mi dolor sustento! - ¿Escrito no le ves en las estrellas - Y en la luna apacible, que con ellas - Alumbra el firmamento? - ¿No le oyes, de las auras al murmullo? - ¿No le pronuncia --en gemidor arrullo-- - La tórtola amorosa? - ¿No resuena en los árboles, que el viento - Halaga con pausado movimiento - En esa selva hojosa? - De aquella fuente entre las claras linfas, - ¿No le articulan invisibles ninfas - Con eco lisonjero?... - ¿Por qué callar el nombre que te inflama, - Si aun el silencio tiene voz, que aclama - Ese nombre que quiero? - Nombre que un alma lleva por despojo; - Nombre que excita con placer enojo, - Y con ira ternura; - Nombre más dulce que el primer cariño - De joven madre al inocente niño, - Copia de su hermosura: - Y más amargo que el adiós postrero - Que al suelo damos, donde el sol primero - Alumbró nuestra vida. - Nombre que halaga y halagando mata; - Nombre que hiere --como sierpe ingrata-- - Al pecho que le anida. - ¡No, no lo envíes, corazón, al labio!... - ¡Guarda tu mengua con silencio sabio! - ¡Guarda, guarda tu mengua! - ¡Callad también vosotras, auras, fuente, - Trémulas hojas, tórtola doliente, - Como calla mi lengua! - - - - -DON EULOGIO FLORENTINO SANZ - - -_87. Epístola a Pedro_ - - Quiero que sepas, aunque bien lo sabes, - Que a orillas del Spree (ya que del río - Se hace mención en circunstancias graves) - Mora un semi-alemán, muy señor mío, - Que entre los rudos témpanos del Norte - Recuerda la amistad y olvida el frío. - Lejos de mi Madrid, la villa y corte, - Ni de ella falto yo porque esté lejos, - Ni hay una piedra allí que no me importe; - Pues sueña con la patria, a los reflejos - De su distante sol, el desterrado, - Como con su niñez sueñan los viejos. - Ver quisiera un momento, y a tu lado, - Cuál por ese aire azul nuestra Cibeles - En carroza triunfal rompe hacia el Prado... - ¿Ríes?... Juzga el volar cuando no vueles... - ¡Átomo harás del mundo que poseas - Y mundo harás del átomo que anheles! - Al sentir _coram vulgo_ no te creas... - Al pensar _coram vulgo_, no te olvides - De compulsar a solas tus ideas. - Como dejes la España en que resides, - Donde quiera que estés, ya echarás menos - Esa patria de Dolfos y de Cides; - Que obeliscos y pórticos ajenos - Nunca valdrán los patrios palomares - Con las memorias de la infancia llenos. - Por eso, aunque dan son a mis cantares - Elba, Danubio y Rin, yo los olvido - Recordando a mi pobre Manzanares. - ¡Allí mi juventud!... ¡ay! ¿quién no ha oído - Desde cualquier región, ecos de aquella - Donde niñez y juventud han sido? - Hoy mi vida de ayer, pálida o bella, - Múltiple se repite en mis memorias, - Como en lágrimas mil única estrella... - Que quedan en el alma las historias - De dolor o placer, y allí se hacinan, - Del fundido metal muertas escorias. - Y, aunque ya no calientan ni iluminan, - Si al soplo de un suspiro se estremecen, - ¡Aún consuelan el alma!... ¡o la asesinan! - _Cuando al partir del sol las sombras crecen_, - Y, entre sombras y sol, tibios instantes - En torno del horario se adormecen; - El dolor y el placer, férvidos antes, - Se pierden ya en el alma indefinidos, - A la luz y a la sombra semejantes. - Y en esta languidez de los sentidos, - Crepúsculo moral en que indolente - Se arrulla el corazón con sus latidos, - Pláceme contemplar indiferente - Cuál del dormido Spree sobre la espalda - Y en lúbrico chapín sesga la gente. - O recordar el toldo de esmeralda - Que antes bordó el Abril en donde ahora - Nieve septentrional tiende su falda: - Mientras la luz del Héspero incolora - Baña el campo sin fin, que el Norte rudo - Salpicó de brillantes a la aurora. - - . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - - ¡Hijo de otra región, trémulo y mudo - Con la mirada que por ti paseo, - Nieve septentrional, yo te saludo! - Una tarde de Mayo (casi creo - Que salta a mi memoria su hermosura - De este cuadro invernal, como un deseo), - Una tarde de flores y verdura, - Rica de cielo azul, sin un celaje, - Y empapada en aromas y frescura; - En que, al son de las auras, el ramaje - Trémulo de los tilos repetía - De otros lejanos bosques el mensaje; - Yo, con mi propio afán por compañía, - Del recinto salí que nombró el mundo - Corte del rey filósofo algún día. - A su verdor del Norte sin segundo, - De un frondoso jardín los laberintos - Atrajeron mi paso vagabundo... - En armoniosa confusión distintos, - Cándidos nardos y claveles rojos, - Tulipanes, violas y jacintos, - De admirar el vergel diéronme antojos; - Y perdime en sus vueltas, rebuscando, - Ya que no al corazón, pasto a los ojos. - Y una viola, que al favonio blando - Columpiaba su tímida corola, - Quise arrancar... Mas súbito, clavando - Mis ojos en el césped, donde sola - Daba al favonio sus esencias puras, - Respeté por el césped la viola... - ¡Guirnalda funeral, de desventuras - Y lágrimas nacida, eran las flores - De aquel vasto jardín de sepulturas! - Pero jardín. Allí, cuando los llores, - Aún te hablarán la amante o el amigo - Con aromas y jugos y colores... - ¡Y de tu santo afán mudo testigo, - Algo en aquellas flores sepulcrales, - Algo del muerto bien será contigo! - Dentro de nuestros muros funerales - Jamás brota una flor... Mal brotaría - De ese alcázar de cal y mechinales, - Índice de la nada en simetría, - Que a la madre común roba los muertos - Para henchir su profana estantería; - ¡Ruin estación de huéspedes inciertos - Que ofreciera a los vivos su morada - Por alquilar los túmulos abiertos! - De tierra sobre tierra fabricadas, - Más solemnes quizá, por más sencillas, - Las del santo jardín tumbas aisladas, - Con su césped de flores amarillas - Se elevan... no muy altas... a la altura - Del que llore, al besarlas, de rodillas. - ¡Mas sola allí, sin flores, sin verdura, - Bajo su cruz de hierro se levanta - De un hispano cantor la sepultura!...[3] - Delante de su cruz tuve mi planta... - Y soñé que en su rótulo leía: - «¡Nunca duerme entre flores quien las canta!» - ¡Pobre césped marchito! ¡Quién diría - Que el cantor de las flores en tu seno - Durmiera tan sin flores algún día! - Mas ¡ay del ruiseñor que, en aire ajeno, - Por atmósfera extraña sofocado, - Sobre extraña región cayó en el cieno! - ¡Ay del vate infeliz que, amortajado - Con su negro ropón de peregrino, - Yace en su propia tumba desterrado! - Yo, al encontrar su cruz en mi camino, - Como engendra el dolor supersticiones, - Llamé tres veces al cantor divino. - Y de su lira desperté los sones, - Y turbé los sepulcros murmurando - La más triste canción de sus canciones... - Y a la viola, que al favonio blando - Columpiaba allí cerca su corola, - Volví turbios los ojos... Y clavando - La rodilla en el césped (donde sola - Era airón sepulcral de una doncella) - Desprendí de su césped la viola. - Y al lado del cantor volví con ella; - Y así lloré, sobre su cruz mi mano, - La del pobre cantor mísera estrella: - --Bien te dice mi voz que soy tu hermano; - ¿Quién saludara tus despojos fríos - Sin el ¡ay! de mi acento castellano? - Diéronte ajena tumba hados impíos... - ¡Si ojos extraños la contemplan secos, - Hoy la riegan de lágrimas los míos! - Solo suena mi voz entre sus huecos, - Para que en ella, si la escuchas, halles - Los de tu propria voz póstumos ecos... - _¡Por las desiertas y sombrías calles_ - _Donde duerme tu féretro escondido,_ - _No pasa_, no, la virgen de los valles! - Una vez que ha pasado no ha venido... - Trajéronla con rosas... A tu lado - La virgen, desde entonces, ha dormido... - Si su pálida sombra, al compasado - Son de la media noche, inoportuna, - Flores entre tu césped ha buscado, - Bien habrá visto a la menguante luna - Que en el santo jardín, rico de flores, - Solo yace tu césped sin ninguna. - ¡No tienes una flor!... Ni ¿a qué dolores - Una flor de tu césped respondiera - Con aromas y jugos y colores? - Solo al riego de lágrimas naciera, - Y de tu fosa en el terrón ajeno - ¿Quién derrama una lágrima siquiera? - ¡Ay, sí, del ruiseñor, de vida lleno, - Que, en atmósfera extraña sofocado, - Sobre extraña región cayó en el cieno! - Cantor en el sepulcro desterrado, - Descansa en paz. ¡Adiós!... Y si a deshora - Un viajero del Sur pasa a tu lado, - Si al contemplar tu cruz, como yo ahora, - Con su idioma español el vïajero - Te llama aquí tres veces y aquí llora, - Dígale el son del aura lastimero - Cuál en los brazos de tu cruz escueta - Peregrino del Sur lloré primero... - ¡Recibe con mi adiós _tu vïoleta_! - La tumba de la virgen te la envía...-- - - . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - - ¡Y al unirse la flor con su poeta, - Ya en el ocaso agonizaba el día! - - - - -DON ADELARDO LÓPEZ DE AYALA - - -_88. Epístola a Emilio Arrieta_ - - De nuestra gran virtud y fortaleza - Al mundo hacemos con placer testigo: - Las ruindades del alma y su flaqueza - Solo se cuentan al secreto amigo. - De mi ardiente ansiedad y mi tristeza - A solas quiero razonar contigo: - Rasgue a su alma sin pudor el velo - Quien busque admiración y no consuelo. - No quiera Dios que en rimas insolentes - De mi pesar al mundo le dé indicios, - Imitando a esos genios impudentes - Que alzan la voz para cantar sus vicios. - Yo busco, retirado de las gentes, - De la amistad los dulces beneficios: - No hay causa ni razón que me convenza - De que es genio la falta de vergüenza. - En esta humilde y escondida estancia, - Donde aún resuenan con medroso acento - Los primeros sollozos de mi infancia - Y de mi padre el postrimer lamento: - Esclarecido el mundo a la distancia - A que de aquí le mira el pensamiento, - Se eleva la verdad que amaba tanto; - Y, antes que afecto, me produce espanto. - Aquí, aumentando mi congoja fiera, - Mi edad pasada y la presente miro. - La limpia voz de mi virtud entera, - Hoy convertida en áspero suspiro, - Y el noble aliento de mi edad primera - Trocado en la ansiedad con que respiro, - Claro publican dentro de mi pecho - Lo que hizo Dios y lo que el mundo ha hecho. - Me dotaron los cielos de profundo - Amor al bien y de valor bastante - Para exponer al embriagado mundo - Del vicio vil el sórdido semblante; - Y al ver que imbécil en el cieno hundo - De mi existencia la misión brillante, - Me parece que el hombre en voz confusa - Me pide el robo y de ladrón me acusa. - Y estos salvajes montes corpulentos, - Fieles amigos de la infancia mía, - Que con la voz de los airados vientos - Me hablaban de virtud y de energía, - Hoy con duros semblantes macilentos - Contemplan mi abandono y cobardía, - Y gimen de dolor, y cuando braman, - Ingrato y débil y traidor me llaman. - Tal vez a la batalla me apercibo; - Dudo de mi constancia y de esta duda - Toma ocasión el vicio ejecutivo - Para moverme guerra más sañuda; - Y, cuando débil el combate esquivo, - «Mañana, digo, llegará en mi ayuda;» - ¡Y _mañana_ es la muerte, y mi ansia vana - Deja mi redención para mañana! - Perdido tengo el crédito conmigo, - Y avanza cual gangrena el desaliento: - Conozco y aborrezco a mi enemigo, - Y en sus brazos me arrojo soñoliento. - La conciencia el deleite que consigo - Perturba siempre: sofocar su acento - Quiere el placer, y, lleno de impaciencia, - Ni gozo el mal ni aplaco la conciencia. - Inquieto, vacilante, confundido - Con la múltiple forma del deseo, - Impávido una vez, otra corrido - Del vergonzoso estado en que me veo, - Al mismo Dios contemplo arrepentido - De darme un alma que tan mal empleo: - La hacienda que he perdido no era mía, - Y el deshonor los tuétanos me enfría. - Aquí, revuelto en la fatal madeja - Del torpe amor, disipador cansado - Del tiempo, que al pasar solo me deja - El disgusto de haberlo malgastado; - Si el hondo afán con que de mí se queja - Todo mi ser, me tiene desvelado, - ¿Por qué no es antes noble impedimento - Lo que es después atroz remordimiento? - ¡Valor! y que resulte de mi daño - Fecundo el bien: que de la edad perdida - Brote la clara luz del desengaño - Iluminando mi razón dormida: - Para vivir me basta con un año, - Que envejecer no es alargar la vida: - ¡Joven murió tal vez que eterno ha sido, - Y viejos mueren sin haber vivido! - Que tu voz, queridísimo Emiliano, - Me mantenga seguro en mi porfía; - Y así el Creador, que con tan larga mano - Te regaló fecunda fantasía, - Te enriquezca, mostrándote el arcano - De su eterna y espléndida armonía; - Tanto, que el hombre, en su placer o duelo - Tu canto elija para hablar al cielo. - Los ecos de la cándida alborada, - Que al mundo anima en blando movimiento, - Te demuestren del alma enamorada - El dulce anhelo y el primer acento; - El rumor de la noche sosegada, - La noble gravedad del pensamiento; - Y las quejas del ábrego sombrío - La ronca voz del corazón impío. - Y el gran torrente que, con pena tanta, - Por las quiebras del hondo precipicio, - Rugiendo de amargura, se quebranta, - Deje en tu alma verdadero indicio - De la virtud, que gime y se abrillanta - En las quiebras del rudo sacrificio, - Y en tu canto resuenen juntamente - El bien futuro y el dolor presente. - Y en las férvidas olas impelidas - Del huracán, que asalta las estrellas, - Y rebraman, mostrando embravecidas - Que el aliento de Dios se encierra en ellas, - Aprendas las canciones dirigidas - Al que para en su curso las centellas, - Y resuene tu voz de polo a polo, - De su grandeza intérprete tú solo. - - - - -DON RAMÓN DE CAMPOAMOR - - -_89. ¡Quién supiera escribir!_ - -I - - --Escribidme una carta, señor Cura. - --Ya sé para quién es. - --¿Sabéis quién es, porque una noche oscura - Nos visteis juntos? --Pues. - - --Perdonad; mas... --No extraño ese tropiezo. - La noche... la ocasión... - Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo: - _Mi querido Ramón_: - - --¿Querido?... Pero, en fin, ya lo habéis puesto... - --Si no queréis... --¡Sí, sí! - --_¡Qué triste estoy!_ ¿No es eso? --Por supuesto. - --_¡Qué triste estoy sin ti!_ - - _Una congoja, al empezar, me viene..._ - --¿Cómo sabéis mi mal? - --Para un viejo, una niña siempre tiene - El pecho de cristal. - - _¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura._ - _¿Y contigo? Un edén._ - --Haced la letra clara, señor Cura; - Que lo entienda eso bien. - - --_El beso aquel que de marchar a punto_ - _Te di..._ --¿Cómo sabéis?... - --Cuando se va y se viene y se está junto - Siempre... no os afrentéis. - - _Y si volver tu afecto no procura,_ - _Tanto me harás sufrir..._ - --¿Sufrir y nada más? No, señor Cura, - ¡Que me voy a morir! - - --¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo?... - --Pues, sí, señor, ¡morir! - --Yo no pongo _morir_. --¡Qué hombre de hielo! - ¡Quién supiera escribir! - -II - - ¡Señor Rector, señor Rector! en vano - Me queréis complacer, - Si no encarnan los signos de la mano - Todo el ser de mi ser. - - Escribidle, por Dios, que el alma mía - Ya en mí no quiere estar; - Que la pena no me ahoga cada día... - Porque puedo llorar. - - Que mis labios, las rosas de su aliento, - No se saben abrir; - Que olvidan de la risa el movimiento - A fuerza de sentir. - - Que mis ojos, que él tiene por tan bellos, - Cargados con mi afán, - Como no tienen quien se mire en ellos, - Cerrados siempre están. - - Que es, de cuantos tormentos he sufrido, - La ausencia el más atroz; - Que es un perpetuo sueño de mi oído - El eco de su voz... - - Que siendo por su causa, el alma mía - ¡Goza tanto en sufrir!.. - Dios mío ¡cuántas cosas le diría - Si supiera escribir!... - -III - -EPÍLOGO - - --Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo: - _A don Ramón_... En fin, - Que es inútil saber para esto arguyo - Ni el griego ni el latín. - - -_90. Lo que hace el tiempo_ - -_A Blanca Rosa de Osma_ - - Con mis coplas, Blanca Rosa, - Tal vez te cause cuidados - Por cantar - Con la voz ya temblorosa, - Y los ojos ya cansados - De llorar. - - Hoy para ti solo hay glorias, - Y danzas y flores bellas; - Mas después, - Se alzarán tristes memorias, - Hasta de las mismas huellas - De tus pies. - - En tus fiestas seductoras - ¿No oyes del alma en lo interno - Un rumor, - Que lúgubre a todas horas, - Nos dice que no es eterno - Nuestro amor? - - ¡Cuánto a creer se resiste - Una verdad tan odiosa - Tu bondad! - ¡Y esto fuera menos triste - Si no fuera, Blanca Rosa, - Tan verdad! - - Te aseguro, como amigo, - Que es muy raro, y no te extrañe, - Amar bien. - Siento decir lo que digo; - Pero ¿quieres que te engañe - Yo también? - - Pasa un viento arrebatado, - Viene amor, y a dos en uno - Funde Dios; - Sopla el desamor helado, - Y vuelve a hacer, importuno, - De uno, dos. - - Que amor, de egoísmo lleno, - A su gusto se acomoda - Bien y mal; - En él hasta herir es bueno, - Se ama o no ama, aquí está toda - Su moral. - - ¡Oh! ¡qué bien cumple el amante, - Cuando aún tiene la inocencia, - Su deber! - Y ¡cómo, más adelante, - Aviene con su conciencia - Su placer! - - ¿Y es culpable el que, sediento, - Buscando va en nuevos lazos - Otro amor? - ¡Sí! culpable como el viento - Que, al pasar, hace pedazos - Una flor. - - ¿Verdad que es abominable - Que el corazón vagabundo - Mude así, - Sin ser por ello culpable, - Porque esto pasa en el mundo - Porque sí? - - Se ama una vez sin medida, - Y aun se vuelve a amar sin tino - Más de dos. - ¡Cuán versátil es la vida! - ¡Cuán vano es nuestro destino, - Santo Dios! - - Él lleve tu labio ayuno - A algún manantial querido - De placer, - Donde dichosa, ninguno - Te enseñe nunca el olvido - Del deber. - - Siempre el destino inconstante - Nos da cual vil usurero - Su favor: - Da amor primero y no amante; - Después mucho amante, pero - Poco amor. - - Tranquila a veces reposa, - Y otras se marcha volando - Nuestra fe. - Y esto pasa, Blanca Rosa, - Sin saber cómo, ni cuándo, - Ni por qué. - - Nunca es estable el deseo, - Ni he visto jamás terneza - Siempre igual. - Y ¿a qué negarlo? No creo - Ni del bien en la fijeza, - Ni del mal. - - Este ir y venir sin tasa, - Y este moverse impaciente, - Pasa así, - Porque así ha pasado y pasa, - Porque sí, y ¡ay! solamente - Porque sí. - - ¡Cuán inútil es que huyamos - De los fáciles amores - Con horror, - Si cuanto más las pisamos, - Más nos embriagan las flores - Con su olor! - - El cielo sin duda envía - La lucha a la tormentosa - Juventud; - Pues ¿qué mérito tendría - Sin esfuerzos, Blanca Rosa, - La virtud? - - ¡Ay! un alma inteligente, - Siempre en nuestra alma divisa - Una flor, - Que se abre infaliblemente - Al soplo de alguna brisa - De otro amor. - - Mas dirás: --¿Y en qué consiste - Que todo a mudar convida?-- - ¡Ay de mí! - En que la vida es muy triste... - Pero aunque triste, la vida - Es así. - - Y si no es amor el vaso - Donde el sobrante se vierte - Del dolor, - Pregunto yo: --¿Es digno acaso - De ocuparnos vida y muerte - Tal amor?-- - - Nunca sepas, Blanca Rosa, - Que es la dicha una locura; - Cual yo sé; - Si quieres ser venturosa, - Ten mucha fe en la ventura, - Mucha fe. - - Si eres feliz algún día, - ¡Guay, que el recuerdo tirano - De otro amor - No se filtre en tu alegría, - Cual se desliza un gusano - Roedor! - - Tú eres de las almas buenas, - Cuyos honrados amores - Siempre son - Los que bendicen sus penas, - Penas que se abren en flores - De pasión. - - Con tus visiones hermosas, - Nunca de tu alma el abismo - Llenarás, - Pues la fuerza de las cosas - Puede más que Hércules mismo, - ¡Mucho más!... - - Si huye una vez la ventura, - Nadie después ve las flores - Renacer - Que cubren la sepultura - De los recuerdos traidores - Del ayer. - - ¿Y quién es el responsable - De hacer tragar sin medida - Tanta hiel? - ¡La vida! ¡esa es la culpable! - La vida, solo es la vida - Nuestra infiel. - - La vida, que desalada, - De un vértigo del infierno - Corre en pos: - Ella corre hacia la nada; - ¿Quieres ir hacia lo eterno? - Ve hacia Dios. - - ¡Sí! corre hacia Dios, y Él haga - Que tengas siempre una vieja - Juventud. - La tumba todo lo traga; - Solo de tragarse deja - La virtud. - - - - -DON JOSÉ SELGAS - - -_91. El Estío_ - - Mayo recoge el virginal tesoro; - Desciñe Flora su gentil guirnalda; - La sombra busca el manantial sonoro - Del alto monte en la risueña falda; - Campos son ya de púrpura y de oro - Los que fueron de rosa y esmeralda; - Y apenas riza su corriente el río - A los primeros soplos del Estío. - El soto ameno y la enramada umbrosa, - El valle alegre y la feraz ribera, - Con voz desalentada y cariñosa - Despiden a la dulce Primavera; - Muere en su tallo la inocente rosa; - Desfallece la altiva enredadera; - Y en desigual y tenue movimiento - Gime en el bosque fatigado el viento. - Por la alta cumbre del collado asoma - La blanca aurora su rosada frente, - Reparte perlas y recoge aroma; - Se abre la flor que su mirada siente; - Repite sus arrullos la paloma - Bajo las ramas del laurel naciente; - Y allá por los tendidos olivares - Se escuchan melancólicos cantares. - Del aura dócil al impulso blando - La rubia mies en la llanura ondea; - Del dulce nido alrededor volando - La alondra gira y de placer gorjea; - Las ondas de la fuente suspirando - Quiebran el rayo de la luz febea, - Y en delicados mágicos colores - El fruto asoma al expirar las flores. - Sobre los montes que cercando toca - La niebla tiende su bordado encaje; - Desde el peñón de la desierta roca - Lánzase audaz el águila salvaje; - El seco vientecillo que sofoca - Cubre de polvo el pálido follaje; - Y por el monte y por la vega umbría - Crece el calor y se derrama el día. - Y en el árido ambiente se dilata - La esencia de la flor de los tomillos, - Y lento el río su raudal desata - Entre mimbres y juncos amarillos; - Y si al cubrir sus círculos de plata - Con sus plumeros blandos y sencillos - La caña dócil la corriente roza, - Trémula el agua de placer solloza. - Del valle en tanto en la pendiente orilla - Manso cordero del calor sosiega; - Se oyen los cantos de la alegre trilla; - Suenan los ecos de la tarda siega; - Ardiente el sol en el espacio brilla; - El cielo azul su majestad despliega, - Y duermen a la sombra los pastores, - Y se abrasan de sed los segadores. - Presta sombra a la rústica majada - La noble encina que a la edad resiste; - En su copa de fruto coronada - La vid de verde majestad se viste; - A su pie la doncella enamorada - Canta de amor, pero su canto es triste, - Que, en el profundo afán que la devora, - Amores canta porque celos llora. - Y el eco de su voz, dulce al oído - Más que el tierno arrullar de la paloma, - Por el monte y el valle repetido, - Tristes, confusas vibraciones toma; - Y en las ondas del aire suspendido - Se escapa al fin por la quebrada loma, - Y sin que el aura devolverlo pueda - Todo en reposo y en silencio queda. - Mudas están las fuentes y las aves; - No circula ni un átomo de viento; - Cortadas por el sol lentas y graves - Caen las hojas del árbol macilento; - Tenue vapor en ráfagas suaves - Se levanta con fácil movimiento, - Y mezclando en la luz su sombra extraña, - Va formando la nube en la montaña. - Hinchada, al fin, soberbia, se desprende - Del horizonte azul la nube densa, - Y el fuego del relámpago la enciende, - Y gira por la atmósfera suspensa. - Y ya sus flancos inflamados tiende, - Ya el vapor de su seno se condensa, - Y soltando el granizo en lluvia escasa - La rompe el trueno, y se divide y pasa. - Y el sol que se reclina en Occidente - De su encendido manto se despoja, - Y en los blancos celajes del Oriente - Se pierde el rayo de su lumbre roja. - Brilla la gota de agua trasparente - Detenida en el polvo de la hoja, - Y tendiendo el crepúsculo su planta - Del fondo de los valles se levanta. - Como el ensueño dulce y regalado - Que en la fiebre de amor templa el desvelo, - Vertiendo en nuestro espíritu agitado - La misteriosa esencia del consuelo; - Así por el ambiente reposado - De estrellas y vapor bordando el cielo, - Breves y llenas de feraz rocío - Cruzan las noches del ardiente Estío. - Y en tristes ecos el silencio crece, - Y en tibio resplandor la sombra vaga; - La luz de las estrellas se estremece - Y en el limpio raudal brilla y se apaga; - Naturaleza entera se adormece - En el hondo placer que la embriaga, - Y lleva al aura en vacilantes giros - Besos, sombras, perfumes y suspiros. - Más puro que la tímida esperanza - Que sueña el alma en el amor primero, - Su rayo débil desde Oriente lanza, - Sol de la noche, virginal lucero; - Triste y sereno por el cielo avanza - De la cándida luna mensajero, - Por ella viene, y suspirando ella, - Síguele en pos enamorada y bella. - Cuantos guardáis la tímida inocencia - Que a la esperanza y al amor convida; - Los que en el alma la impalpable esencia - De su primer amor lloráis perdida; - Cuantos con dolorosa indiferencia - Vais apurando el cáliz de la vida; - Todos llegad, y bajo el bosque umbrío - Sentid las noches del ardiente Estío. - Las del tirano amor, desengañadas, - Pálidas y dulcísimas doncellas, - Vosotras que lloráis desconsoladas - Solo el delito de nacer tan bellas; - Mirad entre las nubes sosegadas - Cómo cruzan el cielo las estrellas; - Que no hay duda, ni afán, ni desconsuelo - Que no se calme contemplando el cielo. - Y tú, tierna a mi voz, blanca hermosura, - Fuente de virginal melancolía, - Más hermosa a mis ojos y más pura - Que el rayo azul con que despunta el día; - Corazón abrasado de ternura, - Espíritu de amor y de armonía, - Ven y derrama en el tranquilo viento - El ámbar delicado de tu aliento. - La dulce vaguedad que me enajena - Aumenta la inquietud de mi deseo; - Tu voz perdida en el ambiente suena; - Donde mis ojos van tu sombra veo; - De amor y afán mi corazón se llena, - Porque en tu amor y en mi esperanza creo; - Y así suspende el sentimiento mío - La tibia noche del ardiente Estío. - Noche serena y misteriosa, en donde - Dormido vaga el pensamiento humano, - Todo a los ecos de tu voz responde, - La mar, el monte, la espesura, el llano; - Acaso Dios entre tu sombra esconde - La impenetrable luz de algún arcano; - Tal vez cubierta de tu inmenso velo - Se confunde la tierra con el cielo. - - - - -DON VENTURA RUIZ AGUILERA - - -_92. Epístola_ - -(_A Don Damián Menéndez Rayón y Don Francisco Giner de los Ríos_) - - No arrojará cobarde el limpio acero - mientras oiga el clarín de la pelea, - soldado que su honor conserve entero; - ni del piloto el ánimo flaquea - porque rayos alumbren su camino - y el golfo inmenso alborotarse vea. - ¡Siempre luchar!... del hombre es el destino; - y al que impávido lucha, con fe ardiente, - le da la gloria su laurel divino. - Por sosiego suspira eternamente; - pero ¿dónde se oculta, dónde mana - de esta sed inmortal la ansiada fuente?... - En el profundo valle, que se afana - cuando del año la estación florida - lo viste de verdura y luz temprana; - en las cumbres salvajes, donde anida - el águila que pone junto al cielo - su mansión de huracanes combatida, - el límite no encuentra de su anhelo; - ni porque esclava suya haga la suerte, - tras íntima inquietud y estéril duelo. - Aquel solo el varón dichoso y fuerte - será, que viva en paz con su conciencia - hasta el sueño apacible de la muerte. - ¿Qué sirve el esplendor, qué la opulencia, - la oscuridad, ni holgada medianía, - si a sufrir el delito nos sentencia? - Choza del campesino, humilde y fría, - alcázar de los reyes, corpulento, - cuya altitud al monte desafía, - bien sé yo que, invisible como el viento, - huésped que el alma hiela, se ha sentado - de vuestro hogar al pie el remordimiento. - ¿Qué fue del corso altivo, no domado - hasta asomar de España en las fronteras - cual cometa del cielo desgajado? - El poder que le dieron sus banderas - con asombro y terror de las naciones - ¿colmó sus esperanzas lisonjeras?... - Cayó; y entre los bárbaros peñones - de su destierro, en las nocturnas horas - le acosaron fatídicas visiones; - y diéronle tristeza las auroras, - y en el manso murmullo de la brisa - voces oyó gemir acusadoras. - Más conforme recibe y más sumisa - la voluntad de Dios, el alma bella - que abrojos siempre lacerada pisa. - Francisco, así pasar vimos aquella - que te arrulló en sus brazos maternales, - y hoy, vestida de luz, los astros huella: - que al tocar del sepulcro los umbrales, - bañó su dulce faz con dulce rayo - la alborada de goces inmortales. - Y así, Damián, en el risueño mayo - de una vida sin mancha, como arbusto - que el aquilón derriba en el Moncayo, - pasó también tu hermano, y la del justo - severa majestad brilló en su frente, - de un alma religiosa templo augusto. - Huya de las ciudades el que intente - esquivar la batalla de la vida - y en el ocio perderla muellemente: - que a la virtud el riesgo no intimida; - cuando náufragos hay, los ojos cierra - y se lanza a la mar embravecida. - Avaro miserable es el que encierra - la fecunda semilla en el granero, - cuando larga escasez llora la tierra. - Compadecer la desventura quiero - del que, por no mirar la abierta llaga, - de su limosna priva al pordiosero. - Ebrio, y alegre, y victorioso vaga - el vicio por el mundo cortesano: - su canto de sirena ¿a quién no embriaga? - Los que dones reciben de su mano - himnos alzan de júbilo, y de flores - rinden tributo en el altar profano. - En tanto, de la fiesta a los rumores, - criaturas sin fin, herido el seno, - responden con el ¡ay! de sus dolores. - Mas el hombre de espíritu sereno - y de conciencia inquebrantable (roca - donde se estrella, sin mancharla, el cieno) - la horrible sien del ídolo destoca, - y con acento de anatema inflama - tal vez en noble ardor la turba loca. - Jinete de experiencia y limpia fama, - armado va de freno y dura espuela - donde una voz en abandono clama; - de heroica pasión en alas vuela, - y en ella clava el acicate agudo - por acudir al mal que le desvela. - Si un instante el error cegarle pudo, - los engañosos ímpetus reprime, - y es su propia razón freno y escudo. - Sin tregua combatir por el que gime; - defender la justicia y verdad santa, - llena la mente de ideal sublime; - caminar hacia el bien con firme planta, - a la edad consolando que agoniza, - apóstol de otra edad que se adelanta, - es empresa que al vulgo escandaliza; - por loco siempre o necio fue tenido - quien lanzas en su pro rompe en la liza. - Si a tierna compasión alguien movido - vio al generoso hidalgo de Cervantes, - ¡cuántos, con risa, viéronle caído! - Acomete a quiméricos gigantes, - de sus delirios prodigiosa hechura, - y es de niños escarnio y de ignorantes. - Mas él, dándoles cuerpo, se figura - limpiar de monstruos la afligida tierra, - y llanto arranca al bueno su locura. - Así debe sufrir, en cruda guerra, - (sin vergonzoso pacto ni sosiego) - contra el mal, que a los débiles aterra, - el que abrasado en el celeste fuego - de inagotable caridad, no atiende - solo de su interés el torpe ruego. - Árbol de seco erial, las ramas tiende - al que rendido llega de fatiga, - y del sol, cariñoso, le defiende. - Él sabe que sus frutos no prodiga - heredad que se deja sin cultivo; - sabe que del sudor brota la espiga, - como de agua sonoro raudal vivo, - si del trabajo el útil instrumento - hiende la roca en que durmió cautivo. - ¡Oh del bosque anhelado apartamiento, - cuyos olmos son arpas melodiosas - cuando sacude su follaje el viento! - ¡Oh fresco valle, donde crecen rosas - de perfumado cáliz, y azucenas, - que liban las abejas codiciosas! - ¡Oh soledades de armonías llenas! - en vano me brindáis ocio y amores, - mientras haya un esclavo entre cadenas. - Que aún pide con sacrílegos rumores - ver libre a Barrabás la muchedumbre - y alzados en la Cruz los redentores. - Que del sombrío Gólgota en la cumbre, - regada con la sangre del Cordero - sublime en humildad y mansedumbre, - mártires ¡ay! aún suben al madero - que ha de ser, convertido en árbol santo, - patria y hogar del universo entero. - Padecer es vivir; riego es el llanto - a quien la flor del alma, con su esencia - debe perpetuo y virginal encanto. - Amigos, bendecid la Providencia - si mandare a la vuestra ese rocío, - y nieguen los malvados su clemencia. - ¡Qué alegre y qué gentil llega el navío - al puerto salvador, cuando aún le azota - con fiera saña el huracán bravío! - Así el justo halla al fin de su derrota - por el mar de la vida proceloso, - del claro cielo en la extensión remota - puerto seguro y eternal reposo. - - - - -DON GASPAR NÚÑEZ DE ARCE - -_93. Estrofas_ - -I - - La generosa musa de Quevedo - desbordose una vez como un torrente - y exclamó llena de viril denuedo: - «No he de callar, por más que con el dedo, - ya tocando los labios, ya la frente, - silencio avises o amenaces miedo.» - -II - - Y al estampar sobre la herida abierta - el hierro de su cólera encendido, - tembló la concusión que siempre alerta, - incansable y voraz, labra su nido, - como gusano ruin en carne muerta, - en todo Estado exánime y podrido. - -III - - Arranque de dolor, de ese profundo - dolor que se concentra en el misterio - y huye amargado del rumor del mundo, - fue su sangrienta sátira, cauterio - que aplicó sollozando al patrio imperio, - mísero, gangrenado y moribundo. - -IV - - ¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira - que con Quevedo descendió a la tumba, - en medio de esta universal mentira, - de este viento de escándalo que zumba, - de este fétido hedor que se respira, - de esta España moral que se derrumba; - -V - - De la viva y creciente incertidumbre - que en lucha estéril nuestra fuerza agota; - del huracán de sangre que alborota - el mar de la revuelta muchedumbre; - de la insaciable y honda podredumbre - que el rostro y la conciencia nos azota; - -VI - - De este horror, de este ciego desvarío - que cubre nuestras almas con un velo, - como el sepulcro, impenetrable y frío; - de este insensato pensamiento impío - que destituye a Dios, despuebla el cielo - y precipita el mundo en el vacío; - -VII - - Si en medio de esta borrascosa orgía - que infunde repugnancia al par que aterra, - esa lira estallara ¿qué sería? - Grito de indignación, canto de guerra, - que en las entrañas mismas de la tierra - la muerta humanidad conmovería. - -VIII - - Mas ¿porque el gran satírico no aliente - ha de haber quien contemple y autorice - tanta degradación, indiferente? - «¿No ha de haber un espíritu valiente? - ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? - ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?» - -IX - - ¡Cuántos sueños de gloria evaporados - como las leves gotas de rocío - que apenas mojan los sedientos prados! - ¡Cuánta ilusión perdida en el vacío, - y cuántos corazones anegados - en la amarga corriente del hastío! - -X - - No es la revolución raudal de plata - que fertiliza la extendida vega: - es sorda inundación que se desata. - No es viva luz que se difunde grata, - sino confuso resplandor que ciega - y tormentoso vértigo que mata. - -XI - - Al menos en el siglo desdichado - que aquel ilustre y vigoroso vate - con el rayo marcó de su censura, - podía el corazón atribulado - salir ileso del mortal combate - en alas de la fe radiante y pura. - -XII - - Y apartando la vista de aquel cieno - social, de aquellos fétidos despojos, - de aquel lúbrico y torpe desenfreno, - fijar llorando los ardientes ojos - en ese cielo azul, limpio y sereno, - de santa paz y de esperanza lleno. - -XIII - - Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo - hiere al César y a Dios. Sorda carcoma - prepara el misterioso cataclismo, - y como en tiempo de la antigua Roma, - todo cruje, vacila y se desploma - en el cielo, en la tierra, en el abismo. - -XIV - - Perdida en tanta soledad la calma, - de noche eterna el corazón cubierto, - la gloria muda, desolada el alma, - en este pavoroso desconcierto - se eleva la Razón, como la palma - que crece triste y sola en el desierto. - -XV - - ¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria - mayor? ¿Dónde más rudo desconsuelo? - ¿De qué la sirve desgarrar el velo - que envuelve y cubre la vivaz materia, - y con profundo, inextinguible anhelo - sondar la tierra, escudriñar el cielo; - -XVI - - Entregarse a merced del torbellino - y en la duda incesante que la aqueja - el secreto inquirir de su destino, - si a cada paso que adelanta deja - su fe inmortal, como el vellón la oveja, - enredada en las zarzas del camino? - -XVII - - ¿Si a su culpada humillación se adhiere - con la constancia infame del beodo, - que goza en su abyección, y en ella muere? - ¿Si ciega, y torpe, y degradada en todo, - desconoce su origen, y prefiere - a descender de Dios, surgir del lodo? - -XVIII - - ¡Libertad, libertad! No eres aquella - virgen, de blanca túnica ceñida, - que vi en mis sueños pudibunda y bella. - No eres, no, la deidad esclarecida - que alumbra con su luz, como una estrella, - los oscuros abismos de la vida. - -XIX - - No eres la fuente de perenne gloria - que dignifica el corazón humano - y engrandece esta vida transitoria. - No el ángel vengador que con su mano - imprime en las espaldas del tirano - el hierro enrojecido de la historia. - -XX - - No eres la vaga aparición que sigo - con hondo afán desde mi edad primera, - sin alcanzarla nunca... Mas ¿qué digo? - No eres la libertad, disfraces fuera, - ¡licencia desgreñada, vil ramera - del motín, te conozco y te maldigo! - -XXI - - ¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía, - los humanos instintos se desborden - con el rugido del volcán que estalla, - y en medio del tumulto y la anarquía, - como corcel indómito el desorden - no respete ni látigo ni valla. - -XXII - - ¿Quién podrá detenerle en su carrera? - ¿Quién templar los impulsos de la fiera - y loca multitud enardecida, - que principia a dudar y ya no espera - hallar en otra luminosa esfera, - bálsamo a los dolores de esta vida? - -XXIII - - Como Cristo en la cúspide del monte, - rotas ya sus mortales ligaduras, - mira doquier con ojos espantados, - por toda la extensión del horizonte - dilatarse a sus pies vastas llanuras, - ricas ciudades, fértiles collados. - -XXIV - - Y excitando su afán calenturiento - tanta grandeza y tanto poderío, - de la codicia el persuasivo acento - grítale audaz: --¡El cielo está vacío! - ¿A quién temer?-- Y ronca y sin aliento - la muchedumbre grita: --¡Todo es mío!-- - -XXV - - Y en el tumulto su puñal afila, - y la enconada cólera que encierra - enturbia y enardece su pupila, - y ensordeciendo el aire en son de guerra - hace temblar bajo sus pies la tierra, - como las hordas bárbaras de Atila. - -XXVI - - No esperéis que esa turba alborotada - infunda nueva sangre generosa - en las venas de Europa desmayada; - ni que termine su fatal jornada, - sobre el ara desierta y polvorosa - otro Dios levantando con su espada. - -XXVII - - No esperéis, no, que la confusa plebe, - como santo depósito en su pecho - nobles instintos y virtudes lleve. - Hallará el mundo a su codicia estrecho, - que es la fuerza, es el número, es el hecho - brutal ¡es la materia que se mueve! - -XXVIII - - Y buscará la libertad en vano; - que no arraiga en los crímenes la idea, - ni entre las olas fructifica el grano. - Su castigo en sus iras centellea - pronto a estallar; que el rayo y el tirano - hermanos son. ¡La tempestad los crea! - - -_94. Tristezas_ - - Cuando recuerdo la piedad sincera - con que en mi edad primera - entraba en nuestras viejas catedrales, - donde postrado ante la cruz de hinojos - alzaba a Dios mis ojos, - soñando en las venturas celestiales; - - Hoy que mi frente atónito golpeo, - y con febril deseo - busco los restos de mi fe perdida, - por hallarla otra vez, radiante y bella - como en la edad aquella, - ¡desgraciado de mí! diera la vida. - - ¡Con qué profundo amor, niño inocente, - prosternaba mi frente - en las losas del templo sacrosanto! - Llenábase mi joven fantasía - de luz, de poesía, - de mudo asombro, de terrible espanto. - - Aquellas altas bóvedas que al cielo - levantaban mi anhelo; - aquella majestad solemne y grave; - aquel pausado canto, parecido - a un doliente gemido, - que retumbaba en la espaciosa nave; - - Las marmóreas y austeras esculturas - de antiguas sepulturas, - aspiración del arte a lo infinito; - la luz que por los vidrios de colores - sus tibios resplandores - quebraba en los pilares de granito; - - Haces de donde en curva fugitiva, - para formar la ojiva, - cada ramal subiendo se separa, - cual del rumor de multitud que ruega, - cuando a los cielos llega, - surge cada oración distinta y clara; - - En el gótico altar inmoble y fijo - el santo crucifijo, - que extiende sin vigor sus brazos yertos, - siempre en la sorda lucha de la vida, - tan áspera y reñida, - para el dolor y la humildad abiertos; - - El místico clamor de la campana - que sobre el alma humana - de las caladas torres se despeña, - y anuncia y lleva en sus aladas notas - mil promesas ignotas - al triste corazón que sufre o sueña; - - Todo elevaba mi ánimo intranquilo - a más sereno asilo: - religión, arte, soledad, misterio... - todo en el templo secular hacía - vibrar el alma mía, - como vibran las cuerdas de un salterio. - - Y a esta voz interior que solo entiende - quien crédulo se enciende - en fervoroso y celestial cariño, - envuelta en sus flotantes vestiduras - volaba a las alturas, - virgen sin mancha, mi oración de niño. - - Su rauda, viva y luminosa huella - como fugaz centella - traspasaba el espacio, y ante el puro - resplandor de sus alas de querube, - rasgábase la nube - que me ocultaba el inmortal seguro. - - ¡Oh anhelo de esta vida transitoria! - ¡Oh perdurable gloria! - ¡Oh sed inextinguible del deseo! - ¡Oh cielo, que antes para mí tenías - fulgores y armonías, - y hoy tan oscuro y desolado veo! - - Ya no templas mis íntimos pesares, - ya al pie de tus altares - como en mis años de candor no acudo. - Para llegar a ti perdí el camino, - y errante peregrino - entre tinieblas desespero y dudo. - - Voy espantado sin saber por dónde; - grito, y nadie responde - a mi angustiada voz; alzo los ojos - y a penetrar la lobreguez no alcanzo; - medrosamente avanzo, - y me hieren el alma los abrojos. - - Hijo del siglo, en vano me resisto - a su impiedad, ¡oh Cristo! - Su grandeza satánica me oprime. - Siglo de maravillas y de asombros, - levanta sobre escombros - un Dios sin esperanza, un Dios que gime. - - ¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena - faz, de consuelos llena, - alumbra y guía nuestro incierto paso. - Es otro Dios incógnito y sombrío: - su cielo es el vacío, - Sacerdote el error, ley el Acaso. - - ¡Ay! No recuerda el ánimo suspenso - un siglo más inmenso, - más rebelde a tu voz, más atrevido; - entre nubes de fuego alza su frente, - como Luzbel, potente; - pero también, como Luzbel, caído. - - A medida que marcha y que investiga - es mayor su fatiga, - es su noche más honda y más oscura, - y pasma, al ver lo que padece y sabe, - cómo en su seno cabe - tanta grandeza y tanta desventura. - - Como la nave sin timón y rota - que el ronco mar azota, - incendia el rayo y la borrasca mece - en piélago ignorado y proceloso, - nuestro siglo --coloso-- - con la luz que le abrasa, resplandece. - - ¡Y está la playa mística tan lejos!... - a los tristes reflejos - del sol poniente se colora y brilla. - El huracán arrecia, el bajel arde, - y es tarde, es ¡ay! muy tarde - para alcanzar la sosegada orilla. - - ¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno, - a todo yugo ajeno, - que al impulso del vértigo se entrega, - y a través de intrincadas espesuras, - desbocado y a oscuras - avanza sin cesar y nunca llega. - - ¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano - en vano lucha, en vano - su ley oculta y misteriosa infringe. - En la lumbre del sol sus alas quema, - y no aclara el problema, - ni penetra el enigma de la Esfinge. - - ¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto - que tu poder no ha muerto! - Salva a esta sociedad desventurada, - que bajo el peso de su orgullo mismo - rueda al profundo abismo - acaso más enferma que culpada. - - La ciencia audaz, cuando de ti se aleja, - en nuestras almas deja - el germen de recónditos dolores, - como al tender el vuelo hacia la altura, - deja su larva impura - el insecto en el cáliz de las flores. - - Si en esta confusión honda y sombría - es, Señor, todavía - raudal de vida tu palabra santa, - di a nuestra fe desalentada y yerta: - --¡Anímate y despierta! - Como dijiste a Lázaro: --¡Levanta! - - - - -DON GUSTAVO A. BÉCQUER - - -_95. Rimas_ - - Del salón en el ángulo oscuro, - De su dueño tal vez olvidada, - Silenciosa y cubierta de polvo - Veíase el arpa. - - ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, - Como el pájaro duerme en las ramas, - Esperando la mano de nieve - Que sabe arrancarla! - - ¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio - Así duerme en el fondo del alma, - Y una voz, como Lázaro, espera - Que le diga: «¡Levántate y anda!» - - -_96._ - - Cerraron sus ojos - Que aún tenía abiertos; - Taparon su cara - Con un blanco lienzo; - Y unos sollozando, - Otros en silencio, - De la triste alcoba - Todos se salieron. - - La luz, que en un vaso - Ardía en el suelo, - Al muro arrojaba - La sombra del lecho; - Y entre aquella sombra - Veíase a intérvalos - Dibujarse rígida - La forma del cuerpo. - - Despertaba el día - Y a su albor primero - Con sus mil ruïdos - Despertaba el pueblo. - Ante aquel contraste - De vida y misterios, - De luz y tinieblas, - Medité un momento: - «_¡Dios mío, qué solos_ - _Se quedan los muertos!_» - - De la casa en hombros - Lleváronla al templo - Y en una capilla - Dejaron el féretro. - Allí rodearon - Sus pálidos restos - De amarillas velas - Y de paños negros. - - Al dar de las ánimas - El toque postrero, - Acabó una vieja - Sus últimos rezos; - Cruzó la ancha nave, - Las puertas gimieron, - Y el santo recinto - Quedose desierto. - - De un reloj se oía - Compasado el péndulo, - Y de algunos cirios - El chisporroteo. - Tan medroso y triste, - Tan oscuro y yerto - Todo se encontraba... - Que pensé un momento: - «_¡Dios mío, qué solos - _Se quedan los muertos!_» - - De la alta campana - La lengua de hierro, - Le dio, volteando, - Su adiós lastimero. - El luto en las ropas, - Amigos y deudos - Cruzaron en fila, - Formando el cortejo. - - Del último asilo, - Oscuro y estrecho, - Abrió la piqueta - El nicho a un extremo. - Allí la acostaron, - Tapiáronle luego, - Y con un saludo - Despidiose el duelo. - - La piqueta al hombro, - El sepulturero - Cantando entre dientes - Se perdió a lo lejos. - La noche se entraba, - Reinaba el silencio; - Perdido en las sombras, - Medité un momento: - «_¡Dios mío, qué solos_ - _Se quedan los muertos!_» - - En las largas noches - Del helado invierno, - Cuando las maderas - Crujir hace el viento - Y azota los vidrios - El fuerte aguacero, - De la pobre niña - A solas me acuerdo. - - Allí cae la lluvia - Con un son eterno; - Allí la combate - El soplo del cierzo. - Del húmedo muro - Tendida en el hueco, - ¡Acaso de frío - Se hielan sus huesos!... - - . . . . . . . . . . . . . . . - - ¿Vuelve el polvo al polvo? - ¿Vuela el alma al cielo? - ¿Todo es vil materia, - Podredumbre y cieno? - ¡No sé; pero hay algo - Que explicar no puedo, - Que al par nos infunde - Repugnancia y miedo, - Al dejar tan tristes, - Tan solos los muertos! - - - - -DON VICENTE W. QUEROL - - -_97. Carta_ _al Sr. D. Pedro A. de Alarcón, acerca de la Poesía_ - - Amigo, cedo al fin. Los que dispersos - Entregué al aire vano - En mi edad juvenil fútiles versos, - Hoy con piadosa mano - Recojo y cierro en el modesto libro, - Que al triste olvido de la edad entrego, - O al duro fallo de los tiempos libro. - Lo engendré en la nocturna - Fiebre de mis pasiones primerizas, - Y hoy guardo en él, como en sagrada urna, - Del corazón las cálidas cenizas. - En él están mis infantiles sueños, - El laurel disputado en arduas lizas, - De la osada ambición locos empeños, - La fe jurada, la esperanza muerta, - La aspiración incierta, - Los horizontes del amor risueños: - Cuanto amé y esperé. Huecas y frías - En el oído extraño, - Ajeno a mi placer, sordo a mi daño, - Sonarán siempre las canciones mías; - Pero, al volver sus páginas, yo encuentro - Mi gozo entre ellas o mi antigua angustia, - Cual suele hallarse dentro - De un olvidado libro una flor mustia. - - * * * * * - - Yo cobarde no oculto - Mi fe en ti, desdeñada Poesía, - Ni el ciego amor y el fervoroso culto - Con que en tus aras me postré algún día: - No reniego de ti cuando la mofa, - Cuando el villano insulto - Responden solo a tu vibrante estrofa: - No aparto de mi labio - De tu cáliz de hiel las negras heces, - Ni te abandono al miserable agravio, - O a las burlas soeces - Del vulgo, indigno de tu noble estro; - Y cuando ante el siniestro - Tribunal vas de tus inicuos jueces, - Yo, discípulo tuyo, por tres veces - No negaré al Maestro. - - * * * * * - - ¡Santa palabra de Jehová! - --Con ella - Moisés cantó el enojo - Con que borró de Faraón la huella - En sus líquidos antros el Mar-Rojo: - Con ella sobre Nínive, sujeta - Al yugo del pecado, y sobre Tiro, - Y en la ancha plaza de Sidón inquieta, - Quejumbroso suspiro - O eterna maldición lanzó el Profeta: - Con ella junto al cauce - Del extranjero río, su salterio - Colgando al tronco del umbroso sauce, - Lloró Judá su amargo cautiverio: - Con ella dijo su doliente cuita - Job a la inmunda fiera del desierto; - Y con ella la hermosa Sulamita - Cantó al amor en su cercado huerto. - - * * * * * - - ¡Numen severo de la historia! - --¡Vive - Todo lo que el poeta - Con sabio ritmo sonoroso escribe; - Muere lo que desdeña!-- Allá, en la vaga - Muda extensión del páramo infinito, - La soberbia pirámide naufraga: - La esfinge de granito - Se hunde en la arena movediza: el verde - Musgo los templos de Ática sepulta: - La corva reja del arado muerde - Las feraces colinas - Donde su oprobio Babilonia oculta: - El rebaño del árabe se pierde - Entre las vastas ruinas - Que cubren tus llanuras, oh Cartago; - Mientras que en las vecinas - Costas de Italia, con el propio estrago, - Tu egregia vencedora, - La Reina de las águilas latinas, - Sola, entre tumbas profanadas llora. - - * * * * * - - Envuelta en el sudario - De un vergonzoso olvido, - Fuera la Tierra el miserable osario - De las humanas razas, si el gemido - O el cántico de gloria - De los antiguos vates, - Eco veraz de la solemne historia, - No nos trajera en clamoroso ruido - Sus fragorosas ruinas y combates, - Ayes de muerte y gritos de victoria. - De un siglo al otro siglo el viento lleva - En las vibrantes cuerdas de la lira, - La predicción de la esperanza nueva - O el triste llanto de la edad que expira, - Y como en la callada - Soledad de las noches de astro en astro - Vuela el pálido rastro - De la luz increada, - Así el vate, en la oscura - Noche del tiempo que el pasado esconde, - Habla a los bardos de la edad futura, - Y Osián los cantos de Ilión murmura - Y Dante al salmo de David responde. - - * * * * * - - ¡Hija de la Belleza! - --A la alborada - De blanca luz ceñida, - A la aurora de púrpura bañada, - Y en la tarde apagada - De húmeda niebla y de vapor vestida. - Son sus joyas las perlas del rocío, - Las flores son sus galas, - Su claro espejo el trasparente río, - Los céfiros sus alas. - Las rojas nubes sus movibles tiendas, - Su blanda cuna las inciertas olas, - Y el ancho espacio las etéreas sendas - Por donde marcha a solas. - Gime en la selva que estremece el viento, - Triste en la fuente solitaria llora, - Canta del ave en el alegre acento, - Ríe en la luz de la naciente aurora; - Y cuando cruza con callado vuelo - La tierra, el mar o el cielo, - Todo en ritmo sonoro - Vibra al compás del cadencioso metro, - Y en luminoso coro - Van las estrellas de oro - Rodando en torno a su extendido cetro. - - * * * * * - - ¡Hija del sentimiento! - --En la indecisa - Vaguedad del espíritu: en la calma - De la conciencia justa: - Del débil niño en la infantil sonrisa; - En los deliquios lánguidos del alma; - Del corazón en la soberbia augusta: - En la ira noble, en el amor materno, - En la ansia no cumplida, - En los hastíos de la humana vida - Y en el místico amor de un bien eterno: - En el lóbrego abismo, - Cárcel que la pasión fiera quebranta, - En el grito febril del heroísmo, - Y en la oculta virtud, callada y santa, - Como en el crimen mismo, - Ella, la Poesía, - Surge y cruza sombría, - Y el puñal blande o la oración murmura: - Ciñe a la virgen los nupciales velos: - Solloza en la olvidada sepultura, - Y, en los humanos duelos, - Con la tendida diestra - A toda angustia inconsolable muestra - La eterna luz de los abiertos cielos. - - * * * * * - - Tal, en la edad confusa - En que a la vida el corazón despierta, - Yo, la soñada Musa - Vi en el dintel de la cerrada puerta, - Que mi ambición ilusa - Juzgó a la gloria y la esperanza abierta. - No entré... pero en mi oído - Sonó el grande ruïdo - De los santos acordes celestiales; - Y aun hoy, en este olvido - Y en esta amiga sombra, - Donde es la paz un díctamo a mis males, - Entre el silencio escucho, y aun me asombra, - El rumor de los himnos inmortales. - - * * * * * - - Tú, que has unido a ellos, - Oh dulce amigo, tu canción sonora, - Y alumbraste con vívidos destellos - Esta noche del alma abrumadora: - Brioso corazón que en las bastardas - Horas sin fe que nos legó el destino, - Inmaculado aun guardas - De una alta estirpe el resplandor divino, - Abre el libro y no temas, - Al revolver las hojas - De mis pobres poemas, - Que ose en ellos cantar glorias supremas - Ni supremas congojas. - El débil numen que mi verso inspira - Nunca osó ambicionar más noble palma - Que traducir fielmente con la lira - La efusión de mi alma. - - -_98. En Noche-Buena_ - - _A mis ancianos padres_ - -I - - Un año más en el hogar paterno - Celebramos la fiesta del Dios-niño, - Símbolo augusto del amor eterno, - Cuando cubre los montes el invierno - Con su manto de armiño. - -II - - Como en el día de la fausta boda - O en el que el santo de los padres llega, - La turba alegre de los niños juega, - Y en la ancha sala la familia toda - De noche se congrega. - -III - - La roja lumbre de los troncos brilla - Del pequeño dormido en la mejilla, - Que con tímido afán su madre besa; - Y se refleja alegre en la vajilla - De la dispuesta mesa. - -IV - - A su sobrino, que lo escucha atento, - Mi hermana dice el pavoroso cuento, - Y mi otra hermana la canción modula - Que, o bien surge vibrante, o bien ondula - Prolongada en el viento. - -V - - Mi madre tiende las rugosas manos - Al nieto que huye por la blanda alfombra; - Hablan de pie mi padre y mis hermanos, - Mientras yo, recatándome en la sombra, - Pienso en hondos arcanos. - -VI - - Pienso que de los días de ventura - Las horas van apresurando el paso, - Y que empaña el oriente niebla oscura, - Cuando aun el rayo trémulo fulgura - Último del ocaso. - -VII - - ¡Padres míos, mi amor! ¡Cómo envenena - Las breves dichas el temor del daño! - Hoy presidís nuestra modesta cena, - Pero en el porvenir... yo sé que un año - Vendrá sin Noche-Buena. - -VIII - - Vendrá, y las que hoy son risas y alborozo - Serán muda aflicción y hondo sollozo. - No cantará mi hermana, y mi sobrina - No escuchará la historia peregrina - Que le da miedo y gozo. - -IX - - No dará nuestro hogar rojos destellos - Sobre el limpio cristal de la vajilla, - Y, si alguien osa hablar, será de aquellos - Que hoy honran nuestra fiesta tan sencilla - Con sus blancos cabellos. - -X - - Blancos cabellos cuya amada hebra - Es cual corona de laurel de plata, - Mejor que esas coronas que celebra - La vil lisonja, la ignorancia acata, - Y el infortunio quiebra. - -XI - - ¡Padres míos, mi amor! Cuando contemplo - La sublime bondad de vuestro rostro, - Mi alma a los trances de la vida templo, - Y ante esa imagen para orar me postro, - Cual me postro en el templo. - -XII - - Cada arruga que surca ese semblante - Es del trabajo la profunda huella, - O fue un dolor de vuestro pecho amante. - La historia fiel de una época distante - Puedo leer yo en ella. - -XIII - - La historia de los tiempos sin ventura - En que luchasteis con la adversa suerte, - Y en que, tras negras horas de amargura, - Mi madre se sintió más noble y pura - Y mi padre más fuerte. - -XIV - - Cuando la noche toda en la cansada - Labor tuvísteis vuestros ojos fijos, - Y, al venceros el sueño a la alborada, - Fuerzas os dio posar vuestra mirada - En los dormidos hijos. - -XV - - Las lágrimas correr una tras una - Con noble orgullo por mi faz yo siento, - Pensando que hayan sido por fortuna, - Esas honradas manos mi sustento - Y esos brazos mi cuna. - -XVI - - ¡Padres míos, mi amor! Mi alma quisiera - Pagaros hoy la que en mi edad primera - Sufristeis sin gemir, lenta agonía, - Y que cada dolor de entonces fuera - Germen de una alegría. - -XVII - - Entonces vuestro mal curaba el gozo - De ver al hijo convertirse en mozo, - Mientras que al verme yo en vuestra presencia - Siento mi dicha ahogada en el sollozo - De una temida ausencia. - -XVIII - - Si el vigor juvenil volver de nuevo - Pudiese a vuestra edad, ¿por qué estas penas? - Yo os daría mi sangre de mancebo, - Tornando así con ella a vuestras venas - Esta vida que os debo. - -XIX - - Que de tal modo la aflicción me embarga - Pensando en la posible despedida, - Que imagino ha de ser tarea amarga - Llevar la vida, como inútil carga, - Después de vuestra vida. - -XX - - Ese plazo fatal, sordo, inflexible, - Miro acercarse con profundo espanto, - Y en dudas grita el corazón sensible: - «Si aplacar al destino es imposible, - ¿Para qué amarnos tanto?» - -XXI - - Para estar juntos en la vida eterna - Cuando acabe esta vida transitoria: - Si Dios, que el curso universal gobierna, - Nos devuelve en el cielo esta unión tierna, - Yo no aspiro a más gloria. - -XXII - - Pero en tanto, buen Dios, mi mejor palma - Será que prolonguéis la dulce calma - Que hoy nuestro hogar en su recinto encierra: - Para marchar yo solo por la tierra - No hay fuerzas en mi alma. - - - - -DON FEDERICO BALART - - -_99. Restitución_ - - Estas pobres canciones que te consagro, - En mi mente han nacido por un milagro. - Desnudas de las galas que presta el arte, - Mi voluntad en ellas no tiene parte: - Yo no sé resistirlas ni suscitarlas; - Yo ni aun sé comprenderlas al formularlas; - Y es en mí su lamento, sentido y grave, - Natural como el trino que lanza el ave. - Santas inspiraciones que tú me envías, - Puedo decir, esposa, que no son mías: - Pensamiento y palabra de ti recibo: - Tú en silencio las dictas; yo las escribo. - - * * * * * - - Desde que abandonaste nuestra morada, - De la mortal escoria purificada, - Transformado está el fondo del alma mía, - Y voces oigo en ella que antes no oía. - Todo cuanto, en la tierra y el mar y el viento, - Tiene matiz, aroma, forma o acento, - De mi ánimo abatido turba la calma - Y en canción se convierte dentro del alma. - Y es que, en estas tinieblas donde me pierdo, - Todo está confundido con tu recuerdo: - ¡Sin él, todo es silencio, sombra y vacío - En la tierra y el viento y el mar bravío! - - * * * * * - - Revueltos peñascales, áspera breña - Donde salta el torrente de peña en peña; - Corrientes bullidoras del claro río; - Religiosos murmullos del bosque umbrío; - Tórtola que en sus frondas unes tus quejas - Al calmante zumbido de las abejas; - Águila que levantas el corvo vuelo - Por el azul espacio que cubre el cielo; - Golondrina que emigras cuando el Octubre, - Con sus pálidas hojas el suelo cubre, - Y al amor de tu nido tornas ligera - Cuando esparce sus flores la primavera; - Aura mansa que llevas, en vuelo tardo, - Efluvios de azucena, jazmín y nardo; - Brisas que en el desierto sois mensajeras - De los tiernos amores de las palmeras - (¡De las pobres palmeras que, separadas, - Se miran silenciosas y enamoradas!); - Pardas nieblas del valle, nieves del monte, - Cambiantes y vislumbres del horizonte; - Tempestad que bramando con ronco acento - Tus cabellos de lluvia tiendes al viento; - Solitaria ensenada, restinga ignota - Donde oculta su nido la gavïota; - Olas embravecidas que pone a raya - Con sus rubias arenas la corva playa; - Grutas donde repiten con sordo acento - Sus querellas y halagos la mar y el viento; - Velas desconocidas que en lontananza - Pasáis como los sueños de la esperanza; - Nebuloso horizonte, tras cuyo velo - Sus límites confunden la mar y el cielo; - Rayo de sol poniente que te abres paso - Por los rotos celajes del triste ocaso; - Melancólico rayo de blanca luna - Reflejado en la cresta de escueta duna; - Negra noche que dejas de monte a monte - Granizado de estrellas el horizonte; - Lamento misterioso de la campana - Que en la nocturna sombra suena lejana, - Pidiendo por ciudades y por desiertos - La oración de los vivos para los muertos; - Plegaria que te elevas entre la nube - Del incienso que en ondas al cielo sube - Cuando al Señor dirigen himnos fervientes - Santos anacoretas y penitentes: - Catedrales ruinosas, mudas y muertas, - Cuyas góticas naves hallo desiertas, - Cuyas leves agujas, al cielo alzadas, - Parecen oraciones petrificadas; - Torres donde, por cima de la veleta - Que a merced de los vientos se agita inquieta, - Señalando regiones que nadie ha visto - Tiende inmóvil sus brazos la fe de Cristo: - Luces, sombras, murmullos, flores, espumas, - Transparentes neblinas, espesas brumas, - Valles, montes, abismos, tormentas, mares, - Auras, brisas, aromas, nidos y altares, - Vosotras en el fondo del alma mía - Despertáis siempre un eco de poesía: - Y es que siempre a vosotros encuentro unido - El recuerdo doliente del bien perdido. - Sin él, ¿qué es la grandeza, qué es el tesoro - De la tierra y el viento y el mar sonoro? - - * * * * * - - Ya lo ves: las canciones que te consagro, - En mi mente han nacido por un milagro. - Nada en ellas es mío, todo es don tuyo: - Por eso a ti, de hinojos, las restituyo. - ¡Pobres hojas caídas de la arboleda, - Sin su verdor el alma desnuda queda! - - Pero no, que aún te deben mis desventuras - Otras más delicadas, otras más puras: - Canciones que, por miedo de profanarlas, - En el alma conservo sin pronunciarlas; - Recuerdos de las horas que, embelesado, - En nuestro pobre albergue pasé a tu lado, - Cuando al alma y al cuerpo daban pujanza - Juventud y cariño, fe y esperanza; - Cuando, lejos del mundo parlero y vano, - Íbamos por la vida mano con mano; - Cuando, húmedos los ojos, juntas las palmas, - En una se fundían nuestras dos almas: - Canciones silenciosas que el alma hieren; - Canciones que en mí nacen y que en mí mueren; - ¡Hechizadas canciones, con cuyo encanto - A mis áridos ojos se agolpa el llanto! - - Y aun a veces aplacan mis amarguras - Otras más misteriosas, otras más puras: - Canciones sin palabra, sin pensamiento, - Vagas emanaciones del sentimiento; - Silencioso gemido de amor y pena - Que, en el fondo del pecho, callado suena; - Aspiración confusa que, en vivo anhelo, - Ya es canción, ya plegaria que sube al cielo; - Inquietudes del alma, de amor herida; - Vagos presentimientos de la otra vida; - Éxtasis de la mente que a Dios se lanza; - Luminosos destellos de la esperanza; - Voces que me aseguran que podré verte - Cuando al mundo mis ojos cierre la muerte: - ¡Canciones que, por santas, no tienen nombres - En la lengua grosera que hablan los hombres! - Esas son las que endulzan mi amargo duelo; - Esas son las que el alma llaman al cielo; - Esas de mi esperanza fijan el polo, - ¡Y esas son las que guardo para mí solo! - - - - -DON MANUEL DEL PALACIO - - -_100. Amor oculto_ - - Ya de mi amor la confesión sincera - Oyeron tus calladas celosías, - Y fue testigo de las ansias mías - La luna, de los tristes compañera. - Tu nombre dice el ave placentera - A quien visito yo todos los días, - Y alegran mis soñadas alegrías - El valle, el monte, la comarca entera. - Solo tú mi secreto no conoces, - Por más que el alma con latido ardiente, - Sin yo quererlo, te lo diga a voces; - Y acaso has de ignorarlo eternamente, - Como las ondas de la mar veloces - La ofrenda ignoran que les da la fuente. - - -FIN - - - - -NOTAS - - -[1] Poeta del Siglo XVI. No constan las fechas de su nacimiento ni de -su muerte. - -[2] El Duque de Frías. - -[3] Enrique Gil. - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS CIEN MEJORES POESÍAS (LÍRICAS) -DE LA LENGUA CASTELLANA *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for an eBook, except by following -the terms of the trademark license, including paying royalties for use -of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for -copies of this eBook, complying with the trademark license is very -easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation -of derivative works, reports, performances and research. Project -Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away--you may -do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected -by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the -person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph -1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this -agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm -electronic works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the -Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection -of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual -works in the collection are in the public domain in the United -States. If an individual work is unprotected by copyright law in the -United States and you are located in the United States, we do not -claim a right to prevent you from copying, distributing, performing, -displaying or creating derivative works based on the work as long as -all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope -that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting -free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm -works in compliance with the terms of this agreement for keeping the -Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily -comply with the terms of this agreement by keeping this work in the -same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when -you share it without charge with others. - -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are -in a constant state of change. If you are outside the United States, -check the laws of your country in addition to the terms of this -agreement before downloading, copying, displaying, performing, -distributing or creating derivative works based on this work or any -other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no -representations concerning the copyright status of any work in any -country other than the United States. - -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: - -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other -immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear -prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work -on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the -phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, -performed, viewed, copied or distributed: - - This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and - most other parts of the world at no cost and with almost no - restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it - under the terms of the Project Gutenberg License included with this - eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the - United States, you will have to check the laws of the country where - you are located before using this eBook. - -1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is -derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not -contain a notice indicating that it is posted with permission of the -copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in -the United States without paying any fees or charges. If you are -redistributing or providing access to a work with the phrase "Project -Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply -either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or -obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm -trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any -additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms -will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works -posted with the permission of the copyright holder found at the -beginning of this work. - -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm. - -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License. - -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including -any word processing or hypertext form. However, if you provide access -to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format -other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official -version posted on the official Project Gutenberg-tm website -(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense -to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means -of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain -Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the -full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1. - -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works -provided that: - -* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed - to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has - agreed to donate royalties under this paragraph to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid - within 60 days following each date on which you prepare (or are - legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty - payments should be clearly marked as such and sent to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in - Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg - Literary Archive Foundation." - -* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies - you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he - does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm - License. You must require such a user to return or destroy all - copies of the works possessed in a physical medium and discontinue - all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm - works. - -* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of - any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the - electronic work is discovered and reported to you within 90 days of - receipt of the work. - -* You comply with all other terms of this agreement for free - distribution of Project Gutenberg-tm works. - -1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project -Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than -are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing -from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of -the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the Foundation as set -forth in Section 3 below. - -1.F. - -1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -works not protected by U.S. copyright law in creating the Project -Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm -electronic works, and the medium on which they may be stored, may -contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate -or corrupt data, transcription errors, a copyright or other -intellectual property infringement, a defective or damaged disk or -other medium, a computer virus, or computer codes that damage or -cannot be read by your equipment. - -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right -of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT -LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE -PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE -TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE -LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR -INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH -DAMAGE. - -1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a -defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can -receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a -written explanation to the person you received the work from. If you -received the work on a physical medium, you must return the medium -with your written explanation. The person or entity that provided you -with the defective work may elect to provide a replacement copy in -lieu of a refund. If you received the work electronically, the person -or entity providing it to you may choose to give you a second -opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If -the second copy is also defective, you may demand a refund in writing -without further opportunities to fix the problem. - -1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO -OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT -LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. - -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of -damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement -violates the law of the state applicable to this agreement, the -agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or -limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or -unenforceability of any provision of this agreement shall not void the -remaining provisions. - -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation's website -and official page at www.gutenberg.org/contact - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without -widespread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit www.gutenberg.org/donate - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works - -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our website which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This website includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. |
