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-The Project Gutenberg eBook of Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la
-lengua castellana, by Marcelino Menéndez y Pelayo
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana
-
-Compiler: Marcelino Menéndez y Pelayo
-
-Release Date: July 20, 2021 [eBook #65880]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from
- images generously made available by The Internet
- Archive/Canadian Libraries)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS CIEN MEJORES POESÍAS
-(LÍ­RICAS) DE LA LENGUA CASTELLANA ***
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se
- han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos. Para su mejor
- detección, se ha comparado el texto con el de otras ediciones.
-
- * La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo
- con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española,
- salvo en los casos en los queda afectada la métrica del verso o
- se haya querido preservar el vocabulario arcaico castellano, como
- en los poemas iniciales.
-
- * Las escasas notas a pie de página han sido renumeradas y ubicadas al
- final del libro.
-
- * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
-
-
-
-
- LAS CIEN MEJORES POESÍAS
- (LÍRICAS)
- DE LA LENGUA CASTELLANA
-
-
-
-
-_Primera Edición, Agosto 1908. Segunda Edición, Diciembre, 1908.
-Tercera Edición, Febrero 1910._
-
-
-
-
- LAS
- CIEN MEJORES POESÍAS
- (LÍRICAS)
- DE LA LENGUA CASTELLANA
-
-
- Escogidas por
- DON M. MENÉNDEZ Y PELAYO
-
-
- MADRID: VICTORIANO SUÁREZ, 48 PRECIADOS
- LISBOA: FERREIRA LIMITADA, 132 RUA AUREA
- PARIS: A. PERCHE, 45 RUE JACOB
- LAUSANNE: EDWIN FRANKFURTER, 12 GRAND-CHÊNE
- BERLIN: WILHELM WEICHER, HABERLANDSTR. 4
- LONDON & GLASGOW: GOWANS & GRAY, LTD.
- 1910
-
-
-
-
-ADVERTENCIA PRELIMINAR
-
-
-Comprende este tomo cien poesías líricas escogidas entre lo mejor de la
-literatura española antigua y moderna, excluyendo los autores vivos. No
-se nos oculta la dificultad de esta selección, en que tanta parte puede
-tener el gusto individual, ni presumimos tanto del nuestro que estemos
-seguros de haber logrado constantemente el acierto. Hemos procurado,
-sin embargo, no omitir ninguna de las poesías ya consagradas por la
-universal admiración, ni dar entrada a ninguna que no tenga a nuestros
-ojos mérito positivo, aunque no siempre llegue a la absoluta perfección
-formal. Hay en algunas de estas composiciones rasgos de mal gusto
-propios de una época o escuela determinada, pero hubiera sido temeridad
-borrarlos, porque la integridad de los textos es la primera obligación
-que la crítica impone al colector de toda antología por diminuta y
-popular que sea.
-
-Hemos prescindido de las poesías anteriores al siglo XV porque
-exigirían comentario filológico, inoportuno en la ocasión presente. Las
-pocas que insertamos del siglo XV son de belleza indudable y de fácil
-lectura para todo el mundo. El mayor espacio de nuestra colección va
-dedicado naturalmente a la edad de oro de nuestra lírica (siglo XVI
-y principios del XVII). Se notarán en ella omisiones que nos duelen
-mucho, pero que eran inevitables dentro de los estrechos límites
-impuestos a nuestro plan: _spatiis exclusas iniquis_. Nada hemos puesto
-de Castillejo, de Acuña, de Valbuena, de Jáuregui, y otros preclaros
-ingenios, y hemos tenido que reducir a muy pocas muestras el tesoro
-poético de Góngora, de Lope de Vega y de Quevedo.
-
-Nuestra tarea era relativamente fácil tratándose del siglo XVIII,
-el mas prosaico de nuestra historia literaria, pero se tornaba
-dificilísima respecto de la opulenta producción poética del siglo XIX,
-que sin ser superior a la antigua como lo ha sido en Francia y en otras
-partes, ha continuado con nuevo espíritu la tradición de las formas
-líricas, las ha remozado a veces merced al impulso genial de los poetas
-y al contacto con extrañas literaturas, y ofrece buen numero de obras
-ya sancionadas por el común aplauso. En esta parte más que en ninguna
-solicitamos y esperamos indulgencia.
-
-Aunque se titulan _líricos_ los poemas de esta colección, no ha de
-entenderse esta palabra en sentido tan riguroso que excluya algunas
-narraciones poéticas breves en que se entremezcla lo épico con lo
-lírico. Esta salvedad, que a todas las literaturas alcanza, tiene más
-propio lugar en la castellana, que siempre ha conservado rastros de
-su origen épico. Por eso incluimos algunos romances antiguos, de los
-de tono más lírico, y un par de leyendas de los dos grandes poetas
-románticos Zorrilla y el Duque de Rivas.
-
-El orden en que van colocadas las poesías no siempre es estrictamente
-cronológico, porque se ha atendido a la sucesión de escuelas y formas
-artísticas.
-
- M. MENÉNDEZ Y PELAYO
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- PÁGINAS
-
- _Romances Viejos_
- 3. _Romance de Abenámar_ 18
- 4. _Romance del rey moro que perdió Alhama_ 20
- 5. _Romance de Rosa fresca_ 22
- 6. _Romance de Fontefrida_ 23
- 7. _Romance de Blanca-niña_ 23
- 8. _Romance del conde Arnaldos_ 25
- 9. _Romance de la hija del rey de Francia_ 26
- 10. _Romance de doña Alda_ 27
-
- Alcázar (Baltasar del) (1530-1606)
- 32. _Una cena_ 87
-
- Anónimo
- 23. «_No me mueve, mi Dios, para quererte_» 67
-
- Argensola (Bartolomé Leonardo de) (1562-1631)
- 39. «_Dime, Padre común, pues eres justo_» 104
-
- Argensola (Lupercio Leonardo de) (1559-1613)
- 36. _A la Esperanza_ 101
- 37. «_Imagen espantosa de la muerte_» 103
- 38. «_Llevó tras sí los pámpanos octubre_» 104
-
- Arguijo (Don Juan de) (1567-1623)
- 28. _Al Guadalquivir, en una avenida_ 85
- 29. _La tempestad y la calma_ 86
- 30. _La avaricia_ 86
- 31. «_En segura pobreza vive Eumelo_» 87
-
- Arjona (Don Manuel María de) (1771-1820)
- 66. _La diosa del bosque_ 174
-
- Arolas (Padre Juan) (1805-1849)
- 83. _Sé más feliz que yo_ 276
-
- Avellaneda (Doña Gertrudis Gómez de) (1816-1873)
- 86. _Amor y orgullo_ 283
-
- Balart (Don Federico) (1831-1905)
- 99. _Restitución_ 343
-
- Bécquer (Don Gustavo A.) (1836-1870)
- 95. _Rimas._ «_Del salón en el ángulo oscuro_» 327
- 96. «_Cerraron sus ojos_» 328
-
- Bello (Don Andrés) (1781-1865)
- 72. _La agricultura de la zona tórrida_ 199
-
- Calderón de la Barca (Don Pedro) (1600-1681)
- 60. «_Estas que fueron pompa y alegría_» 146
-
- Campoamor (Don Ramón de) (1817-1901)
- 89. _¡Quién supiera escribir!_ 296
- 90. _Lo que hace el tiempo_ 299
-
- Caro (Rodrigo) (1573-1647)
- 34. _A las ruinas de Itálica_ 92
-
- Cetina (Gutierre de) (1520-1560?)
- 13. _Madrigal_ 46
-
- Cruz (San Juan de la) (1542-1591)
- 22. _Cántico espiritual..._ 60
-
- Espronceda (Don José de) (1808-1842)
- 76. _Himno de la Inmortalidad_ 226
- 77. _Canción del Pirata_ 228
- 78. _Canto a Teresa_ 232
-
- Fernández de Andrada (? - ?)
- 35. _Epístola moral_ 95
-
- Gallego (Don Juan Nicasio) (1777-1853)
- 69. _Elegía a la muerte de la Duquesa de Frías_ 184
-
- Gil (Don Enrique) (1815-1846)
- 82. _La violeta_ 273
-
- Góngora (Don Luis de) (1561-1627)
- 48. _Angélica y Medoro_ 118
- 49. «_Servía en Orán al rey_» 123
- 50. «_Entre los sueltos caballos_» 124
- 51. «_Ande yo caliente_» 128
- 52. «_La más bella niña_» 129
-
- Heredia (Don José María) (1803-1839)
- 73. _Niágara_ 210
-
- Herrera (Fernando de) (1534-1597)
- 26. _Por la vitoria de Lepanto_ 75
- 27. _Por la pérdida del rey don Sebastián_ 82
-
- Jovellanos (Don Gaspar M. de) (1744-1811)
- 63. _Epístola de Fabio a Anfriso_ 162
-
- León (Fray Luis de) (1529-1591)
- 14. _Vida retirada_ 46
- 15. _A Francisco Salinas_ 49
- 16. _A Felipe Ruiz_ 51
- 17. _Noche serena_ 53
- 18. _Morada del Cielo_ 56
- 19. _En la Ascensión_ 57
- 20. _Imitación de diversos_ 58
- 21. _Soneto_ 60
-
- Lista (Don Alberto) (1775-1848)
- 67. _Al Sueño_ 176
-
- López de Ayala (Don Adelardo) (1828-1879)
- 88. _Epístola a Emilio Arrieta_ 292
-
- Manrique, Jorge (1440-1478)
- 2. _A la muerte del maestre de Santiago..._ 2
-
- Maury (Don Juan María) (1772-1845)
- 70. _La timidez_ 193
-
- Meléndez Valdés (Don Juan) (1754-1817)
- 64. _Rosana en los fuegos_ 168
-
- Mira de Mescua (Don Antonio) (1578?-1644)
- 61. _Canción_ 146
-
- Mora (Don José Joaquín de) (1783-1864)
- 71. _El Estío_ 198
-
- Moratín (Don Nicolás F. de) (1737-1780)
- 62. _Fiesta de toros en Madrid_ 151
-
- Moratín (Don Leandro F. de) (1760-1828)
- 65. _Elegía a las Musas_ 172
-
- Núñez de Arce (Don Gaspar) (1834-1903)
- 93. _Estrofas_ 315
- 94. _Tristezas_ 322
-
- Palacio (Don Manuel del) (1832-1906)
- 100. _Amor oculto_ 347
-
- Pastor Díaz (Don Nicomedes) (1811-1862)
- 81. _A la luna_ 269
-
- Piferrer (Don Pablo) (1817-1848)
- 84. _Canción de la Primavera_ 277
-
- Polo (Gil) (c. 1535-1591)
- 25. _Canción_ 70
-
- Querol (Don Vicente W.) (1836-1889)
- 97. _Carta al Sr. D. Pedro A. de Alarcón..._ 331
- 98. _En Noche-Buena..._ 338
-
- Quevedo (Don Francisco de) (1580-1645)
- 53. _El Sueño_ 131
- 54. _Epístola satírica y censoria..._ 134
- 55. _Memoria inmortal de don Pedro Girón..._ 141
- 56. «_Ya formidable y espantoso suena_» 141
- 57. «_Miré los muros de la patria mía_» 142
- 58. _Letrilla satírica_ 142
-
- Quintana (Don Manuel José) (1772-1857)
- 68. _A España, después de la revolución de Marzo_ 179
-
- Rioja (Francisco de) (1583-1659)
- 33. _A la rosa_ 91
-
- Rivas (Duque de) (1791-1865)
- 74. _El Faro de Malta_ 215
- 75. _Un castellano leal_ 217
-
- Ruiz Aguilera (Don Ventura) (1820-1881)
- 92. _Epístola_ 310
-
- Santillana (Marqués de) (1398-1458)
- 1. _Serranilla_ 1
-
- Sanz (Don Eulogio Florentino) (1825-1881)
- 87. _Epístola a Pedro_ 286
-
- Selgas (Don José) (1824-1882)
- 91. _El Estío_ 305
-
- Tassara (Don Gabriel García) (1817-1875)
- 85. _Himno al Mesías_ 279
-
- Torre (Francisco de la)[1]
- 24. _La cierva_ 68
-
- Vega (Garcilaso de la) (1503-1536)
- 11. _Égloga primera_ 29
- 12. _A la flor de Gnido_ 42
-
- Vega (Lope de) (1562-1635)
- 40. _Canción_ 105
- 41. «_A mis soledades voy_» 109
- 42. «_Pobre barquilla mía_» 112
- 43. _Judit_ 116
- 44. «_Suelta mi manso, mayoral extraño_» 116
- 45. «_¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?_» 117
- 46. «_Pastor, que con tus silbos amorosos_» 117
- 47. _Temores en el favor_ 118
-
- Villegas (Don Esteban Manuel de) (1596-1669)
- 59. _Oda sáfica_ 145
-
- Zorrilla (Don José) (1817-1893)
- 79. _Introducción a los «Cantos del Trovador»_ 244
- 80. _A buen juez, mejor testigo_ 247
-
-
-
-
-MARQUÉS DE SANTILLANA
-
-
-_1. Serranilla_
-
- Moça tan fermosa
- Non vi en la frontera,
- Como una vaquera
- _De la Finojosa_.
- Façiendo la vía
- Del Calatraveño
- A Sancta María,
- Vençido del sueño
- Por tierra fragosa
- Perdí la carrera,
- Do vi la vaquera
- _De la Finojosa_.
- En un verde prado
- De rosas e flores,
- Guardando ganado
- Con otros pastores,
- La vi tan graçiosa
- Que apenas creyera
- Que fuesse vaquera
- _De la Finojosa_.
- Non creo las rosas
- De la primavera
- Sean tan fermosas
- Nin de tal manera,
- Fablando sin glosa,
- Si antes sopiera
- D’aquella vaquera
- _De la Finojosa_.
- Non tanto mirara
- Su mucha beldat,
- Porque me dexara
- En mi libertat.
- Mas dixe: «Donosa
- (Por saber quién era),
- ¿Dónde es la vaquera
- _De la Finojosa_?...»
- Bien como riendo,
- Dixo: «Bien vengades;
- Que ya bien entiendo
- Lo que demandades:
- Non es desseosa
- De amar, nin lo espera,
- Aquessa vaquera
- _De la Finojosa_.»
-
-
-
-
-JORGE MANRIQUE
-
-
-_2. A la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique, su padre_
-
- Recuerde el alma dormida,
- Avive el seso y despierte
- Contemplando
- Cómo se pasa la vida,
- Cómo se viene la muerte
- Tan callando:
- Cuán presto se va el placer,
- Cómo después de acordado
- Da dolor,
- Cómo a nuestro parescer
- Cualquiera tiempo pasado
- Fue mejor.
-
- Y pues vemos lo presente
- Cómo en un punto es ido
- Y acabado,
- Si juzgamos sabiamente,
- Daremos lo no venido
- Por pasado.
- No se engañe nadie, no,
- Pensando que ha de durar
- Lo que espera
- Más que duró lo que vio,
- Porque todo ha de pasar
- Por tal manera.
-
- Nuestras vidas son los ríos
- Que van a dar en la mar,
- Que es el morir;
- Allí van los señoríos
- Derechos a se acabar
- Y consumir;
- Allí los ríos caudales,
- Allí los otros medianos
- Y más chicos;
- Allegados, son iguales
- Los que viven por sus manos
- Y los ricos.
-
-INVOCACIÓN
-
- Dexo las invocaciones
- De los famosos poetas
- Y oradores;
- No curo de sus ficciones,
- Que traen yerbas secretas
- Sus sabores.
- A aquél solo me encomiendo,
- Aquél solo invoco yo
- De verdad,
- Que en este mundo viviendo,
- El mundo no conoció
- Su deidad.
-
- Este mundo es el camino
- Para el otro, qu’es morada
- Sin pesar;
- Mas cumple tener buen tino
- Para andar esta jornada
- Sin errar.
- Partimos cuando nacemos,
- Andamos mientras vivimos,
- Y llegamos
- Al tiempo que fenecemos;
- Así que cuando morimos
- Descansamos.
-
- Este mundo bueno fue
- Si bien usásemos d’él
- Como debemos,
- Porque, según nuestra fe,
- Es para ganar aquel
- Que atendemos.
- Y aún el Hijo de Dios,
- Para subirnos al cielo,
- Descendió
- A nacer acá entre nos,
- Y vivir en este suelo
- Do murió.
-
- Ved de cuán poco valor
- Son las cosas tras que andamos
- Y corremos;
- Que en este mundo traidor
- Aun primero que muramos
- Las perdemos.
- D’ellas deshace la edad,
- D’ellas casos desastrados
- Que acaescen,
- D’ellas, por su calidad,
- En los más altos estados
- Desfallescen.
-
- Decidme: la hermosura,
- La gentil frescura y tez
- De la cara,
- La color y la blancura,
- Cuando viene la vejez
- ¿Cuál se para?
- Las mañas y ligereza
- Y la fuerça corporal
- De juventud,
- Todo se torna graveza
- Cuando llega al arrabal
- De senectud.
-
- Pues la sangre de los godos,
- El linaje y la nobleza
- Tan crecida,
- ¡Por cuántas vías e modos
- Se pierde su gran alteza
- En esta vida!
- ¡Unos por poco valer,
- Por cuán bajos y abatidos
- Que los tienen!
- Otros que por no tener,
- Con oficios no debidos
- Se mantienen.
-
- Los estados y riqueza
- Que nos dexan a deshora
- ¿Quién lo duda?
- No les pidamos firmeza,
- Pues que son de una señora
- Que se muda.
- Que bienes son de fortuna
- Que revuelve con su rueda
- Presurosa,
- La cual no puede ser una,
- Ni ser estable ni queda
- En una cosa.
-
- Pero digo que acompañen
- Y lleguen hasta la huesa
- Con su dueño;
- Por eso no nos engañen,
- Pues se va la vida apriesa
- Como sueño:
- Y los deleites de acá
- Son en que nos deleitamos
- Temporales,
- Y los tormentos de allá
- Que por ellos esperamos,
- Eternales.
-
- Los placeres y dulçores
- D’esta vida trabajada
- Que tenemos,
- ¿Qué son sino corredores,
- Y la muerte es la celada
- En que caemos?
- No mirando a nuestro daño
- Corremos a rienda suelta
- Sin parar;
- Des que vemos el engaño
- Y queremos dar la vuelta
- No hay lugar.
-
- Si fuese en nuestro poder
- Tornar la cara fermosa
- Corporal,
- Como podemos hacer
- El alma tan gloriosa
- Angelical,
- ¡Qué diligencia tan viva
- Tuviéramos cada hora,
- Y tan presta,
- En componer la cativa,
- Dexándonos la señora
- Descompuesta!
-
- Estos reyes poderosos
- Que vemos por escripturas
- Ya pasadas,
- Con casos tristes, llorosos,
- Fueron sus buenas venturas
- Trastornadas;
- Así que no hay cosa fuerte;
- Que a Papas y Emperadores
- Y Perlados
- Así los trata la muerte
- Como a los pobres pastores
- De ganados.
-
- Dexemos a los Troyanos,
- Que sus males no los vimos,
- Ni sus glorias;
- Dexemos a los Romanos,
- Aunque oímos y leímos
- Sus historias.
- No curemos de saber
- Lo de aquel siglo pasado
- Qué fue d’ello;
- Vengamos a lo de ayer,
- Que también es olvidado
- Como aquello.
-
- ¿Qué se hizo el Rey Don Juan?
- Los Infantes de Aragón
- ¿Qué se hicieron?
- ¿Qué fue de tanto galán,
- Qué fue de tanta invención
- Como truxeron?
- Las justas e los torneos,
- Paramentos, bordaduras
- E cimeras,
- ¿Fueron sino devaneos?
- ¿Qué fueron sino verduras
- De las eras?
-
- ¿Qué se hicieron las damas,
- Sus tocados, sus vestidos,
- Sus olores?
- ¿Qué se hicieron las llamas
- De los fuegos encendidos
- De amadores?
- ¿Qué se hizo aquel trovar,
- Las músicas acordadas
- Que tañían?
- ¿Qué se hizo aquel dançar
- Y aquellas ropas chapadas
- Que traían?
-
- Pues el otro su heredero,
- Don Enrique ¡qué poderes
- Alcançava!
- ¡Cuán blando, cuán alagüero
- El mundo con sus placeres
- Se le daba!
- Mas verás cuán enemigo,
- Cuán contrario, cuán cruel
- Se le mostró,
- Habiéndole sido amigo,
- ¡Cuán poco duró con él
- Lo que le dio!
-
- Las dádivas desmedidas,
- Los edificios reales
- Llenos de oro,
- Las vajillas tan fabridas,
- Los enriques y reales
- Del tesoro;
- Los jaeces y cavallos
- De su gente y atavíos
- Tan sobrados,
- ¿Dónde iremos a buscallos?
- ¿Qué fueron sino rocíos
- De los prados?
-
- Pues su hermano el innocente,
- Que en su vida sucesor
- Se llamó,
- ¡Qué corte tan excelente
- Tuvo y cuánto gran señor
- Que le siguió!
- Mas como fuese mortal,
- Metiolo la muerte luego
- En su fragua.
- ¡Oh juïcio divinal!
- Cuando más ardía el fuego
- Echaste agua.
-
- Pues aquel gran Condestable
- Maestre que conocimos
- Tan privado,
- No cumple que d’él se hable,
- Sino solo que le vimos
- Degollado.
- Sus infinitos tesoros,
- Sus villas y sus lugares,
- Su mandar,
- ¿Qué le fueron sino lloros?
- ¿Qué fueron sino pesares
- Al dexar?
-
- Pues los otros dos hermanos,
- Maestres tan prosperados
- Como reyes,
- C’a los grandes y medianos
- Traxeron tan sojuzgados
- A sus leyes;
- Aquella prosperidad
- Que tan alta fue subida
- Y ensalçada,
- ¿Qué fue sino claridad
- Que cuando más encendida
- Fue amatada?
-
- Tantos Duques excelentes,
- Tantos Marqueses y Condes
- Y Barones
- Como vimos tan potentes,
- Di, muerte, ¿dó los escondes
- Y los pones?
- Y sus muy claras hazañas
- Que hicieron en las guerras
- Y en las paces,
- Cuando tú, cruel, te ensañas,
- Con tu fuerça los atierras
- Y deshaces.
-
- Las huestes innumerables,
- Los pendones y estandartes
- Y banderas,
- Los castillos impunables,
- Los muros e baluartes
- Y barreras,
- La cava honda chapada,
- O cualquier otro reparo
- ¿Qué aprovecha?
- Cuando tú vienes airada
- Todo lo pasas de claro
- Con tu flecha.
-
- Aquel de buenos abrigo,
- Amado por virtuoso
- De la gente,
- El Maestre Don Rodrigo
- Manrique, tan famoso
- Y tan valiente,
- Sus grandes hechos y claros
- No cumple que los alabe,
- Pues los vieron,
- Ni los quiero hacer caros,
- Pues el mundo todo sabe
- Cuáles fueron.
-
- ¡Qué amigo de sus amigos!
- ¡Qué señor para criados
- Y parientes!
- ¡Qué enemigo de enemigos!
- ¡Qué Maestre de esforçados
- Y valientes!
- ¡Qué seso para discretos!
- ¡Qué gracia para donosos!
- ¡Qué razón!
- ¡Cuán benigno a los subjectos,
- Y a los bravos y dañosos
- Un león!
-
- En ventura Octaviano;
- Julio César en vencer
- Y batallar;
- En la virtud, Africano;
- Aníbal en el saber
- Y trabajar:
- En la bondad un Trajano;
- Tito en liberalidad
- Con alegría;
- En su braço, un Archidano;
- Marco Tulio en la verdad
- Que prometía.
-
- Antonio Pío en clemencia;
- Marco Aurelio en igualdad
- Del semblante:
- Adriano en elocuencia;
- Teodosio en humanidad
- Y buen talante.
- Aurelio Alexandre fue
- En disciplina y rigor
- De la guerra;
- Un Constantino en la fe;
- Gamelio en el gran amor
- De su tierra.
-
- No dejó grandes tesoros,
- Ni alcançó muchas riquezas
- Ni vajillas,
- Mas hizo guerra a los moros,
- Ganando sus fortalezas
- Y sus villas;
- Y en las lides que venció
- Caballeros y caballos
- Se prendieron,
- Y en este oficio ganó
- Las rentas e los vasallos
- Que le dieron.
-
- Pues por su honra y estado
- En otros tiempos pasados
- ¿Cómo se hubo?
- Quedando desamparado,
- Con hermanos y criados
- Se sostuvo.
- Después que hechos famosos
- Hizo en esta dicha guerra
- Que hacía,
- Hizo tratos tan honrosos,
- Que le dieron muy más tierra
- Que tenía.
-
- Estas sus viejas historias
- Que con su braço pintó
- En la juventud,
- Con otras nuevas victorias
- Agora las renovó
- En la senectud.
- Por su gran habilidad,
- Por méritos y ancianía
- Bien gastada
- Alcançó la dignidad
- De la gran caballería
- Del Espada.
-
- E sus villas e sus tierras
- Ocupadas de tiranos
- Las halló,
- Mas por cercos e por guerras
- Y por fuerças de sus manos
- Las cobró.
- Pues nuestro Rey natural,
- Si de las obras que obró
- Fue servido,
- Dígalo el de Portugal,
- Y en Castilla quien siguió
- Su partido.
-
- Después de puesta la vida
- Tantas veces por su ley
- Al tablero;
- Después de tan bien servida
- La corona de su Rey
- Verdadero;
- Después de tanta hazaña
- A que no puede bastar
- Cuenta cierta,
- En la su villa de Ocaña
- Vino la muerte a llamar
- A su puerta.
-
-(HABLA LA MUERTE)
-
- Diciendo: «Buen caballero,
- Dejad el mundo engañoso
- Y su halago;
- Muestre su esfuerço famoso
- Vuestro coraçón de acero
- En este trago;
- Y pues de vida y salud
- Hiciste tan poca cuenta
- Por la fama,
- Esfuércese la virtud
- Para sufrir esta afrenta
- Que os llama.
-
- »No se os haga tan amarga
- La batalla temerosa
- Que esperáis,
- Pues otra vida más larga
- De fama tan gloriosa
- Acá dexáis:
- Aunque esta vida de honor
- Tampoco no es eternal
- Ni verdadera,
- Mas con todo es muy mejor
- Que la otra temporal
- Perecedera.
-
- »El vivir que es perdurable
- No se gana con estados
- Mundanales,
- Ni con vida deleitable
- En que moran los pecados
- Infernales;
- Mas los buenos religiosos
- Gánanlo con oraciones
- Y con lloros;
- Los caballeros famosos
- Con trabajos y aflicciones
- Contra moros.
-
- »Y pues vos, claro varón,
- Tanta sangre derramastes
- De paganos,
- Esperad el galardón
- Que en este mundo ganastes
- Por las manos;
- Y con esta confianza
- Y con la fe tan entera
- Que tenéis,
- Partid con buena esperança
- Que esta otra vida tercera
- Ganaréis.»
-
-(RESPONDE EL MAESTRE)
-
- «No gastemos tiempo ya
- En esta vida mezquina
- Por tal modo,
- Que mi voluntad está
- Conforme con la divina
- Para todo;
- Y consiento en mi morir
- Con voluntad placentera,
- Clara, pura,
- Que querer hombre vivir
- Cuando Dios quiere que muera
- Es locura.»
-
-ORACIÓN
-
- Tú que por nuestra maldad
- Tomaste forma civil
- Y bajo nombre;
- Tú que en tu divinidad
- Juntaste cosa tan vil
- Como el hombre;
- Tú que tan grandes tormentos
- Sufriste sin resistencia
- En tu persona,
- No por mis merecimientos,
- Mas por tu sola clemencia
- Me perdona.
-
-CABO
-
- Así con tal entender
- Todos sentidos humanos
- Conservados,
- Cercado de su mujer,
- De hijos y de hermanos
- Y criados,
- Dio el alma a quien se la dio,
- (El cual la ponga en el cielo
- Y en su gloria),
- Y aunque la vida murió,
- Nos dexó harto consuelo
- Su memoria.
-
-
-
-
-ROMANCES VIEJOS
-
-
-_3. Romance de Abenámar_
-
- --¡Abenámar, Abenámar,
- moro de la morería,
- el día que tú naciste
- grandes señales había!
- Estaba la mar en calma,
- la luna estaba crecida:
- moro que en tal signo nace,
- no debe decir mentira.--
- Allí respondiera el moro,
- bien oiréis lo que decía:
- --Yo te la diré, señor,
- aunque me cueste la vida,
- porque soy hijo de un moro
- y una cristiana cautiva;
- siendo yo niño y muchacho
- mi madre me lo decía:
- que mentira no dijese,
- que era grande villanía:
- por tanto pregunta, rey,
- que la verdad te diría.
- --Yo te agradezco, Abenámar
- aquesa tu cortesía.
- ¿Qué castillos son aquellos?
- ¡Altos son y relucían!
- --El Alhambra era, señor,
- y la otra la mezquita;
- los otros los Alixares,
- labrados a maravilla.
- El moro que los labraba
- cien doblas ganaba al día,
- y el día que no los labra
- otras tantas se perdía.
- El otro es Generalife,
- huerta que par no tenía;
- el otro Torres Bermejas,
- castillo de gran valía.--
- Allí habló el rey don Juan,
- bien oiréis lo que decía:
- --Si tú quisieses, Granada,
- contigo me casaría;
- darete en arras y dote
- a Córdoba y a Sevilla.
- --Casada soy, rey don Juan,
- casada soy, que no viuda;
- el moro que a mí me tiene
- muy grande bien me quería.
-
-
-_4. Romance del rey moro que perdió Alhama_
-
- Paseábase el rey moro
- por la ciudad de Granada,
- desde la puerta de Elvira
- hasta la de Vivarrambla.
- «¡Ay de mi Alhama!»
- Cartas le fueron venidas
- que Alhama era ganada:
- las cartas echó en el fuego,
- y al mensajero matara.
- «¡Ay de mi Alhama!»
- Descabalga de una mula,
- y en un caballo cabalga;
- por el Zacatín arriba
- subido se había al Alhambra.
- «¡Ay de mi Alhama!»
- Como en el Alhambra estuvo,
- al mismo punto mandaba
- que se toquen sus trompetas,
- sus añafiles de plata.
- «¡Ay de mi Alhama!»
- Y que las cajas de guerra
- apriesa toquen al arma,
- porque lo oigan sus moros,
- los de la Vega y Granada.
- «¡Ay de mi Alhama!»
- Los moros que el son oyeron
- que al sangriento Marte llama,
- uno a uno y dos a dos
- juntado se ha gran batalla.
- «¡Ay de mi Alhama!»
- Allí habló un moro viejo,
- de esta manera hablara:
- --¿Para qué nos llamas, rey,
- para qué es esta llamada?--
- «¡Ay de mi Alhama!»
- --Habéis de saber, amigos,
- una nueva desdichada:
- que cristianos de braveza
- ya nos han ganado Alhama.--
- «¡Ay de mi Alhama!»
- Allí habló un alfaquí
- de barba crecida y cana:
- --¡Bien se te emplea, buen rey,
- buen rey, bien se te empleara!
- «¡Ay de mi Alhama!»
- Mataste los Bencerrajes,
- que eran la flor de Granada;
- cogiste los tornadizos
- de Córdoba la nombrada.
- «¡Ay de mi Alhama!»
- Por eso mereces, rey,
- una pena muy doblada:
- que te pierdas tú y el reino,
- y aquí se pierda Granada.--
- «¡Ay de mi Alhama!»
-
-
-_5. Romance de Rosa fresca_
-
- --Rosa fresca, rosa fresca,
- tan garrida y con amor,
- cuando vos tuve en mis brazos,
- no vos supe servir, no;
- y agora que os serviría
- no vos puedo haber, no.
- --Vuestra fue la culpa, amigo,
- vuestra fue, que mía no;
- enviástesme una carta
- con un vuestro servidor,
- y en lugar de recaudar
- él dijera otra razón:
- que érades casado, amigo,
- allá en tierras de León;
- que tenéis mujer hermosa
- y hijos como una flor.
- --Quien os lo dijo, señora,
- no vos dijo verdad, no;
- que yo nunca entré en Castilla
- ni allá en tierras de León,
- sino cuando era pequeño,
- que no sabía de amor.
-
-
-_6. Romance de Fontefrida_
-
- Fonte-frida, fonte-frida,
- fonte-frida y con amor,
- do todas las avecicas
- van tomar consolación,
- si no es la tortolica
- que está viuda y con dolor.
- Por allí fuera a pasar
- el traidor del ruiseñor:
- las palabras que le dice
- llenas son de traïción:
- --Si tú quisieses, señora,
- yo sería tu servidor.
- --Vete de ahí, enemigo,
- malo, falso, engañador,
- que ni poso en ramo verde,
- ni en prado que tenga flor;
- que si el agua hallo clara,
- turbia la bebía yo;
- que no quiero haber marido,
- porque hijos no haya, no:
- no quiero placer con ellos,
- ni menos consolación.
- ¡Déjame, triste enemigo,
- malo, falso, mal traidor,
- que no quiero ser tu amiga,
- ni casar contigo, no!
-
-
-_7. Romance de Blanca-niña_
-
- Blanca sois, señora mía,
- más que no el rayo del sol:
- ¿si la dormiré esta noche
- desarmado y sin pavor?
- que siete años había, siete,
- que no me desarmo, no.
- Más negras tengo mis carnes
- que un tiznado carbón.
- --Dormilda, señor, dormilda,
- desarmado sin temor,
- que el conde es ido a la caza
- a los montes de León.
- --Rabia le mate los perros,
- y águilas el su halcón,
- y del monte hasta casa
- a él arrastre el morón.--
- Ellos en aquesto estando
- su marido que llegó:
- --¿Qué hacéis, la Blanca-niña,
- hija de padre traidor?
- --Señor, peino mis cabellos,
- péinolos con gran dolor,
- que me dejéis a mi sola
- y a los montes os vais vos.
- --Esa palabra, la niña,
- no era sino traición:
- ¿cúyo es aquel caballo
- que allá bajo relinchó?
- --Señor, era de mi padre,
- y envióoslo para vos.
- --¿Cúyas son aquellas armas
- que están en el corredor?
- --Señor, eran de mi hermano,
- y hoy os las envió.
- --¿Cúya es aquella lanza,
- desde aquí la veo yo?
- --Tomalda, conde, tomalda,
- matadme con ella vos,
- que aquesta muerte, buen conde
- bien os la merezco yo.
-
-
-_8. Romance del conde Arnaldos_
-
- ¡Quién hubiese tal ventura
- sobre las aguas del mar,
- como hubo el conde Arnaldos
- la mañana de San Juan!
- Con un falcón en la mano
- la caza iba a cazar,
- vio venir una galera
- que a tierra quiere llegar.
- Las velas traía de seda,
- la jarcia de un cendal,
- marinero que la manda
- diciendo viene un cantar
- que la mar facía en calma,
- los vientos hace amainar,
- los peces que andan nel hondo
- arriba los hace andar,
- las aves que andan volando
- nel mástel las faz posar.
- Allí fabló el conde Arnaldos,
- bien oiréis lo que dirá:
- --Por Dios te ruego, marinero,
- dígasme ora ese cantar.--
- Respondiole el marinero,
- tal respuesta le fue a dar:
- --Yo no digo esta canción
- sino a quien conmigo va.
-
-
-_9. Romance de la hija del rey de Francia_
-
- De Francia partió la niña,
- de Francia la bien guarnida:
- íbase para París,
- do padre y madre tenía.
- Errado lleva el camino,
- errado lleva la guía:
- arrimárase a un roble
- por esperar compañía.
- Vio venir un caballero
- que a París lleva la guía.
- La niña desque lo vido
- de esta suerte le decía:
- --Si te place, caballero,
- llévesme en tu compañía.
- --Pláceme, dijo, señora,
- pláceme, dijo, mi vida.--
- Apeose del caballo
- por hacelle cortesía;
- puso la niña en las ancas
- y él subiérase en la silla.
- En el medio del camino
- de amores la requería.
- La niña desque lo oyera
- díjole con osadía:
- --Tate, tate, caballero,
- no hagáis tal villanía:
- hija soy de un malato
- y de una malatía;
- el hombre que a mí llegase
- malato se tornaría.--
- El caballero con temor
- palabra no respondía.
- A la entrada de París
- la niña se sonreía.
- --¿De qué vos reís, señora?
- ¿de qué vos reís, mi vida?
- --Ríome del caballero,
- y de su gran cobardía,
- ¡tener la niña en el campo
- y catarle cortesía!--
- Caballero con vergüenza
- estas palabras decía:
- --Vuelta, vuelta, mi señora,
- que una cosa se me olvida.--
- La niña como discreta
- dijo: --Yo no volvería,
- ni persona, aunque volviese,
- en mi cuerpo tocaría:
- hija soy del rey de Francia
- y de la reina Constantina,
- el hombre que a mí llegase,
- muy caro le costaría.
-
-
-_10. Romance de doña Alda_
-
- En París está doña Alda
- la esposa de don Roldán,
- trescientas damas con ella
- para la acompañar:
- todas visten un vestido,
- todas calzan un calzar,
- todas comen a una mesa,
- todas comían de un pan,
- sino era doña Alda,
- que era la mayoral.
- Las ciento hilaban oro,
- las ciento tejen cendal,
- las ciento tañen instrumentos
- para doña Alda holgar.
- Al son de los instrumentos
- doña Alda adormido se ha:
- ensoñado había un sueño,
- un sueño de gran pesar.
- Recordó despavorida
- y con un pavor muy grand,
- los gritos daba tan grandes
- que se oían en la ciudad.
- Allí hablaron sus doncellas,
- bien oiréis lo que dirán:
- --¿Qué es aquesto, mi señora?
- ¿quién es el que os hizo mal?
- --Un sueño soñé, doncellas,
- que me ha dado gran pesar;
- que me veía en un monte
- en un desierto lugar:
- de so los montes muy altos
- un azor vide volar,
- tras dél viene una aguililla
- que lo ahinca muy mal.
- El azor con grande cuita
- metiose so mi brial;
- el aguililla con grande ira
- de allí lo iba a sacar;
- con las uñas lo despluma,
- con el pico lo deshaz.--
- Allí habló su camarera,
- bien oiréis lo que dirá:
- --Aquese sueño, señora,
- bien os lo entiendo soltar;
- el azor es vuestro esposo,
- que viene de allén la mar;
- el águila sedes vos,
- con la cual ha de casar,
- y aquel monte es la iglesia
- donde os han de velar.
- --Si así es, mi camarera,
- bien te lo entiendo pagar.--
- Otro día de mañana
- cartas de fuera le traen;
- tintas venían de dentro,
- de fuera escritas con sangre,
- que su Roldán era muerto
- en la caza de Roncesvalles.
-
-
-
-
-GARCILASO DE LA VEGA
-
-
-_11. Égloga primera_
-
-_A Don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, virrey de Nápoles_
-
-SALICIO, NEMOROSO
-
- El dulce lamentar de dos pastores,
- Salicio juntamente y Nemoroso,
- He de cantar, sus quejas imitando;
- Cuyas ovejas al cantar sabroso
- Estaban muy atentas, los amores,
- De pacer olvidadas, escuchando.
- Tú, que ganaste obrando
- Un nombre en todo el mundo,
- Y un grado sin segundo,
- Agora estés atento, solo y dado
- Al ínclito gobierno del estado
- Albano; agora vuelto a la otra parte,
- Resplandeciente, armado,
- Representando en tierra el fiero Marte;
- Agora de cuidados enojosos
- Y de negocios libre, por ventura
- Andes a caza, el monte fatigando
- En ardiente jinete, que apresura
- El curso tras los ciervos temerosos,
- Que en vano su morir van dilatando;
- Espera, que en tornando
- A ser restituido
- Al ocio ya perdido,
- Luego verás ejercitar mi pluma
- Por la infinita innumerable suma
- De tus virtudes y famosas obras;
- Antes que me consuma,
- Faltando a ti, que a todo el mundo sobras.
- En tanto que este tiempo que adivino
- Viene a sacarme de la deuda un día,
- Que se debe a tu fama y a tu gloria;
- Que es deuda general, no solo mía,
- Mas de cualquier ingenio peregrino
- Que celebra lo digno de memoria;
- El árbol de vitoria
- Que ciñe estrechamente
- Tu gloriosa frente
- Dé lugar a la hiedra que se planta
- Debajo de tu sombra, y se levanta
- Poco a poco, arrimada a tus loores;
- Y en cuanto esto se canta,
- Escucha tú el cantar de mis pastores.
- Saliendo de las ondas encendido,
- Rayaba de los montes el altura
- El sol, cuando Salicio, recostado
- Al pie de una alta haya, en la verdura,
- Por donde una agua clara con sonido
- Atravesaba el fresco y verde prado;
- Él, con canto acordado
- Al rumor que sonaba
- Del agua que pasaba,
- Se quejaba tan dulce y blandamente
- Como si no estuviera de allí ausente
- La que de su dolor culpa tenía;
- Y así, como presente,
- Razonando con ella, le decía.
-
-SALICIO
-
- --¡Oh más dura que mármol a mis quejas,
- Y al encendido fuego en que me quemo
- Más helada que nieve, Galatea!
- Estoy muriendo, y aun la vida temo;
- Témola con razón, pues tú me dejas;
- Que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.
- Vergüenza he que me vea
- Ninguno en tal estado,
- De ti desamparado,
- Y de mí mismo yo me corro agora.
- ¿De un alma te desdeñas ser señora,
- Donde siempre moraste, no pudiendo
- Della salir un hora?
- Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
- El sol tiende los rayos de su lumbre
- Por montes y por valles, despertando
- Las aves y animales y la gente;
- Cuál por el aire claro va volando,
- Cuál por el verde valle o alta cumbre
- Paciendo va segura y libremente,
- Cuál con el sol presente
- Va de nuevo al oficio,
- Y al usado ejercicio
- Do su natura o menester le inclina.
- Siempre está en llanto esta ánima mezquina
- Cuando la sombra el mundo va cubriendo
- O la luz se avecina.
- Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
- ¿Y tú, desta mi vida ya olvidada,
- Sin mostrar un pequeño sentimiento
- De que por ti Salicio triste muera,
- Dejas llevar, desconocida, al viento
- El amor y la fe que ser guardada
- Eternamente solo a mí debiera?
- ¡Oh Dios! ¿Por qué siquiera,
- Pues ves desde tu altura
- Esta falsa perjura
- Causar la muerte de un estrecho amigo,
- No recibe del cielo algún castigo?
- Si en pago del amor yo estoy muriendo,
- ¿Qué hará el enemigo?
- Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
- Por ti el silencio de la selva umbrosa,
- Por ti la esquividad y apartamiento
- Del solitario monte me agradaba;
- Por ti la verde yerba, el fresco viento,
- El blanco lirio y colorada rosa
- Y dulce primavera deseaba.
- ¡Ay, cuánto me engañaba!
- ¡Ay, cuán diferente era
- Y cuán de otra manera
- Lo que en tu falso pecho se escondía!
- Bien claro con su voz me lo decía
- La siniestra corneja, repitiendo
- La desventura mía.
- Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
- ¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,
- Reputándolo yo por desvarío,
- Vi mi mal entre sueños, desdichado!
- Soñaba que en el tiempo del estío
- Llevaba, por pasar allí la siesta,
- A beber en el Tajo mi ganado;
- Y después de llegado,
- Sin saber de cuál arte,
- Por desusada parte
- Y por nuevo camino el agua se iba;
- Ardiendo yo con la calor estiva,
- El curso enajenado iba siguiendo
- Del agua fugitiva.
- Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
- Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?
- Tus claros ojos ¿a quién los volviste?
- ¿Por quién tan sin respeto me trocaste?
- Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?
- ¿Cuál es el cuello que como en cadena
- De tus hermosos brazos anudaste?
- No hay corazón que baste,
- Aunque fuese de piedra,
- Viendo mi amada hiedra,
- De mí arrancada, en otro muro asida,
- Y mi parra en otro olmo entretejida,
- Que no se esté con llanto deshaciendo
- Hasta acabar la vida.
- Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
- ¿Qué no se esperará de aquí adelante,
- Por difícil que sea y por incierto?
- O ¿qué discordia no será juntada?
- Y juntamente ¿qué tendrá por cierto,
- O qué de hoy más no temerá el amante,
- Siendo a todo materia por ti dada?
- Cuando tú enajenada
- De mí, cuitado, fuiste,
- Notable causa diste
- Y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo,
- Que el más seguro tema con recelo
- Perder lo que estuviere poseyendo.
- Salid fuera sin duelo,
- Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
- Materia diste al mundo de esperanza
- De alcanzar lo imposible y no pensado,
- Y de hacer juntar lo diferente,
- Dando a quien diste el corazón malvado,
- Quitándolo de mí con tal mudanza
- Que siempre sonará de gente en gente.
- La cordera paciente
- Con el lobo hambriento
- Hará su ayuntamiento,
- Y con las simples aves sin ruido
- Harán las bravas sierpes ya su nido;
- Que mayor diferencia comprehendo
- De ti al que has escogido.
- Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
- Siempre de nueva leche en el verano
- Y en el invierno abundo; en mi majada
- La manteca y el queso está sobrado;
- De mi cantar pues yo te vi agradada,
- Tanto, que no pudiera el mantuano
- Títiro ser de ti más alabado,
- No soy pues, bien mirado,
- Tan disforme ni feo;
- Que aun agora me veo
- En esta agua que corre clara y pura,
- Y cierto no trocara mi figura
- Con ese que de mí se está riendo;
- Trocara mi ventura.
- Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
- ¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
- ¿Cómo te fui tan presto aborrecible?
- ¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?
- Si no tuvieras condición terrible,
- Siempre fuera tenido de ti en precio,
- Y no viera de ti este apartamiento.
- ¿No sabes que sin cuento
- Buscan en el estío
- Mis ovejas el frío
- De la sierra de Cuenca, y el gobierno
- Del abrigado Extremo en el invierno?
- Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo
- Me estoy en llanto eterno!
- Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
- Con mi llorar las piedras enternecen
- Su natural dureza y la quebrantan,
- Los árboles parece que se inclinan,
- Las aves que me escuchan, cuando cantan,
- Con diferente voz se condolecen,
- Y mi morir cantando me adivinan.
- Las fieras que reclinan
- Su cuerpo fatigado,
- Dejan el sosegado
- Sueño por escuchar mi llanto triste.
- Tú sola contra mí te endureciste,
- Los ojos aun siquiera no volviendo
- A lo que tú hiciste.
- Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
- Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,
- No dejes el lugar que tanto amaste;
- Que bien podrás venir de mí segura;
- Y dejaré el lugar do me dejaste;
- Ven, si por solo esto te detienes.
- Ves aquí un prado lleno de verdura,
- Ves aquí una espesura,
- Ves aquí una agua clara,
- En otro tiempo cara,
- A quien de ti con lágrimas me quejo.
- Quizá aquí hallarás, pues yo me alejo,
- Al que todo mi bien quitarme puede;
- Que pues el bien le dejo,
- No es mucho que lugar también le quede.--
- Aquí dio fin a su cantar Salicio,
- Y suspirando en el postrero acento,
- Soltó de llanto una profunda vena.
- Queriendo el monte al grave sentimiento
- De aquel dolor en algo ser propicio,
- Con la pasada voz retumba y suena.
- La blanda Filomena,
- Casi como dolida
- Y a compasión movida,
- Dulcemente responde al son lloroso.
- Lo que cantó tras esto Nemoroso
- Decidlo vos, Pïérides; que tanto
- No puedo yo ni oso,
- Que siento enflaquecer mi débil canto.
-
-NEMOROSO
-
- --Corrientes aguas, puras, cristalinas;
- Árboles que os estáis mirando en ellas,
- Verde prado de fresca sombra lleno,
- Aves que aquí sembráis vuestras querellas,
- Hiedra que por los árboles caminas,
- Torciendo el paso por su verde seno;
- Yo me vi tan ajeno
- Del grave mal que siento,
- Que de puro contento
- Con vuestra soledad me recreaba,
- Donde con dulce sueño reposaba,
- O con el pensamiento discurría
- Por donde no hallaba
- Sino memorias llenas de alegría;
- Y en este mismo valle, donde agora
- Me entristezco y me canso, en el reposo
- Estuve ya contento y descansado.
- ¡Oh bien caduco, vano y presuroso!
- Acuérdome durmiendo aquí algún hora,
- Que despertando, a Elisa vi a mi lado.
- ¡Oh miserable hado!
- ¡Oh tela delicada
- Antes de tiempo dada
- A los agudos filos de la muerte!
- Más convenible fuera aquesta suerte
- A los cansados años de mi vida,
- Que es más que el hierro fuerte,
- Pues no la ha quebrantado tu partida.
- ¿Dó están agora aquellos claros ojos
- Que llevaban tras sí como colgada
- Mi ánima do quier que se volvían?
- ¿Dó está la blanca mano delicada,
- Llena de vencimientos y despojos
- Que de mí mis sentidos le ofrecían?
- Los cabellos que vían
- Con gran desprecio al oro,
- Como a menor tesoro
- ¿Adónde están? ¿Adónde el blanco pecho?
- ¿Dó la columna que el dorado techo
- Con presunción graciosa sostenía?
- Aquesto todo agora ya se encierra,
- Por desventura mía,
- En la fría, desierta y dura tierra.
- ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
- Cuando en aqueste valle al fresco viento
- Andábamos cogiendo tiernas flores,
- Que había de ver con largo apartamiento
- Venir el triste y solitario día
- Que diese amargo fin a mis amores?
- El cielo en mis dolores
- Cargó la mano tanto,
- Que a sempiterno llanto
- Y a triste soledad me ha condenado;
- Y lo que siento más es verme atado
- A la pesada vida y enojosa,
- Solo, desamparado,
- Ciego sin lumbre en cárcel tenebrosa.
- Después que nos dejaste, nunca pace
- En hartura el ganado ya, ni acude
- El campo al labrador con mano llena.
- No hay bien que en mal no se convierta y mude:
- La mala yerba al trigo ahoga, y nace
- En lugar suyo la infelice avena;
- La tierra, que de buena
- Gana nos producía
- Flores con que solía
- Quitar en solo vellas mil enojos,
- Produce agora en cambio estos abrojos,
- Ya de rigor de espinas intratable;
- Y yo hago con mis ojos
- Crecer, llorando, el fruto miserable.
- Como al partir del sol la sombra crece,
- Y en cayendo su rayo se levanta
- La negra escuridad que el mundo cubre,
- De do viene el temor que nos espanta,
- Y la medrosa forma en que se ofrece
- Aquello que la noche nos encubre,
- Hasta que el sol descubre
- Su luz pura y hermosa;
- Tal es la tenebrosa
- Noche de tu partir, en que he quedado
- De sombra y de temor atormentado,
- Hasta que muerte el tiempo determine
- Que a ver el deseado
- Sol de tu clara vista me encamine.
- Cual suele el ruiseñor con triste canto
- Quejarse, entre las hojas escondido,
- Del duro labrador, que cautamente
- Le despojó su caro y dulce nido
- De los tiernos hijuelos entre tanto
- Que del amado ramo estaba ausente,
- Y aquel dolor que siente
- Con diferencia tanta
- Por la dulce garganta
- Despide, y a su canto el aire suena,
- Y la callada noche no refrena
- Su lamentable oficio y sus querellas,
- Trayendo de su pena
- Al cielo por testigo y las estrellas;
- Desta manera suelto yo la rienda
- A mi dolor, y así me quejo en vano
- De la dureza de la muerte airada.
- Ella en mi corazón metió la mano,
- Y de allí me llevó mi dulce prenda;
- Que aquel era su nido y su morada.
- ¡Ay muerte arrebatada!
- Por ti me estoy quejando
- Al cielo y enojando
- Con importuno llanto al mundo todo:
- Tan desigual dolor no sufre modo.
- No me podrán quitar el dolorido
- Sentir, si ya del todo
- Primero no me quitan el sentido.
- Una parte guardé de tus cabellos,
- Elisa, envueltos en un blanco paño,
- Que nunca de mi seno se me apartan;
- Descójolos, y de un dolor tamaño
- Enternecerme siento, que sobre ellos
- Nunca mis ojos de llorar se hartan.
- Sin que de allí se partan,
- Con suspiros calientes,
- Más que la llama ardientes,
- Los enjugo del llanto, y de consuno
- Casi los paso y cuento uno a uno;
- Juntándolos, con un cordón los ato.
- Tras esto el importuno
- Dolor me deja descansar un rato.
- Mas luego a la memoria se me ofrece
- Aquella noche tenebrosa, escura,
- Que siempre aflige esta ánima mezquina
- Con la memoria de mi desventura.
- Verte presente agora me parece
- En aquel duro trance de Lucina,
- Y aquella voz divina,
- Con cuyo son y acentos
- A los airados vientos
- Pudieras amansar, que agora es muda,
- Me parece que oigo que a la cruda,
- Inexorable diosa demandabas
- En aquel paso ayuda;
- Y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?
- ¿Íbate tanto en perseguir las fieras?
- ¿Íbate tanto en un pastor dormido?
- ¿Cosa pudo bastar a tal crüeza,
- Que, conmovida a compasión, oído
- A los votos y lágrimas no dieras
- Por no ver hecha tierra tal belleza,
- O no ver la tristeza
- En que tu Nemoroso
- Queda, que su reposo
- Era seguir tu oficio, persiguiendo
- Las fieras por los montes, y ofreciendo
- A tus sagradas aras los despojos?
- ¿Y tú, ingrata, riendo
- Dejas morir mi bien ante mis ojos?
- Divina Elisa, pues agora el cielo
- Con inmortales pies pisas y mides,
- Y su mudanza ves, estando queda,
- ¿Por qué de mí te olvidas, y no pides
- Que se apresure el tiempo en que este velo
- Rompa del cuerpo, y verme libre pueda,
- Y en la tercera rueda
- Contigo mano a mano
- Busquemos otro llano,
- Busquemos otros montes y otros ríos,
- Otros valles floridos y sombríos,
- Donde descanse y siempre pueda verte
- Ante los ojos míos,
- Sin miedo y sobresalto de perderte?--
- Nunca pusieran fin al triste lloro
- Los pastores, ni fueran acabadas
- Las canciones que solo el monte oía,
- Si mirando las nubes coloradas,
- Al trasmontar del sol bordadas de oro,
- No vieran que era ya pasado el día.
- La sombra se veía
- Venir corriendo apriesa
- Ya por la falda espesa
- Del altísimo monte, y recordando
- Ambos como de sueño, y acabando
- El fugitivo sol, de luz escaso,
- Su ganado llevando,
- Se fueron recogiendo paso a paso.
-
-
-_12. A la flor de Gnido_
-
- Si de mi baja lira
- Tanto pudiese el son, que en un momento
- Aplacase la ira
- Del animoso viento,
- Y la furia del mar y el movimiento;
- Y en ásperas montañas
- Con el suave canto enterneciese
- Las fieras alimañas,
- Los árboles moviese,
- Y al son confusamente los trajese;
- No pienses que cantado
- Sería de mí, hermosa flor de Gnido,
- El fiero Marte airado,
- A muerte convertido,
- De polvo y sangre y de sudor teñido;
- Ni aquellos capitanes
- En las sublimes ruedas colocados,
- Por quien los alemanes
- El fiero cuello atados,
- Y los franceses van domesticados.
- Mas solamente aquella
- Fuerza de tu beldad sería cantada,
- Y alguna vez con ella
- También sería notada
- El aspereza de que estás armada;
- Y cómo por ti sola,
- Y por tu gran valor y hermosura,
- Convertido en viola,
- Llora su desventura
- El miserable amante en tu figura.
- Hablo de aquel cativo,
- De quien tener se debe más cuidado,
- Que está muriendo vivo,
- Al remo condenado,
- En la concha de Venus amarrado.
- Por ti, como solía,
- Del áspero caballo no corrige
- La furia y gallardía,
- Ni con freno le rige,
- Ni con vivas espuelas ya le aflige.
- Por ti, con diestra mano
- No revuelve la espada presurosa,
- Y en el dudoso llano
- Huye la polvorosa
- Palestra como sierpe ponzoñosa.
- Por ti, su blanda musa,
- En lugar de la cítara sonante,
- Tristes querellas usa,
- Que con llanto abundante
- Hacen bañar el rostro del amante.
- Por ti, el mayor amigo
- Le es importuno, grave y enojoso;
- Yo puedo ser testigo
- Que ya del peligroso
- Naufragio fui su puerto y su reposo.
- Y agora en tal manera
- Vence el dolor a la razón perdida,
- Que ponzoñosa fiera
- Nunca fue aborrecida
- Tanto como yo dél, ni tan temida.
- No fuiste tú engendrada
- Ni producida de la dura tierra;
- No debe ser notada
- Que ingratamente yerra
- Quien todo el otro error de sí destierra.
- Hágate temerosa
- El caso de Anaxárete, y cobarde,
- Que de ser desdeñosa
- Se arrepintió muy tarde;
- Y así, su alma con su mármol arde.
- Estábase alegrando
- Del mal ajeno el pecho empedernido,
- Cuando abajo mirando
- El cuerpo muerto vido
- Del miserable amante, allí tendido.
- Y al cuello el lazo atado,
- Con que desenlazó de la cadena
- El corazón cuitado,
- Que con su breve pena
- Compró la eterna punición ajena.
- Sintió allí convertirse
- En piedad amorosa el aspereza.
- ¡Oh tarde arrepentirse!
- ¡Oh última terneza!
- ¿Cómo te sucedió mayor dureza?
- Los ojos se enclavaron
- En el tendido cuerpo que allí vieron,
- Los huesos se tornaron
- Más duros y crecieron,
- Y en sí toda la carne convirtieron;
- Las entrañas heladas
- Tornaron poco a poco en piedra dura;
- Por las venas cuitadas
- La sangre su figura
- Iba desconociendo y su natura;
- Hasta que finalmente
- En duro mármol vuelta y trasformada,
- Hizo de sí la gente
- No tan maravillada
- Cuanto de aquella ingratitud vengada.
- No quieras tú, señora,
- De Némesis airada las saetas
- Probar, por Dios, agora;
- Baste que tus perfetas
- Obras y hermosura a los poetas
- Den inmortal materia,
- Sin que también en verso lamentable
- Celebren la miseria
- De algún caso notable
- Que por ti pase triste y miserable.
-
-
-
-
-GUTIERRE DE CETINA
-
-
-_13. Madrigal_
-
- Ojos claros, serenos,
- Si de un dulce mirar sois alabados,
- ¿Por qué, si me miráis, miráis airados?
- Si cuando más piadosos,
- Más bellos parecéis a aquel que os mira,
- No me miréis con ira,
- Porque no parezcáis menos hermosos.
- ¡Ay tormentos rabiosos!
- Ojos claros, serenos,
- Ya que así me miráis, miradme al menos.
-
-
-
-
-FRAY LUIS DE LEÓN
-
-
-_14. Vida retirada_
-
- ¡Qué descansada vida
- la del que huye el mundanal ruïdo,
- y sigue la escondida
- senda por donde han ido
- los pocos sabios que en el mundo han sido!
- Que no le enturbia el pecho
- de los soberbios grandes el estado,
- ni del dorado techo
- se admira, fabricado
- del sabio moro, en jaspes sustentado.
- No cura si la fama
- canta con voz su nombre pregonera,
- ni cura si encarama
- la lengua lisonjera
- lo que condena la verdad sincera.
- ¿Qué presta a mi contento
- si soy del vano dedo señalado,
- si en busca de este viento
- ando desalentado
- con ansias vivas, y mortal cuidado?
- ¡Oh campo, oh monte, oh río!
- ¡oh secreto seguro deleitoso!
- roto casi el navío,
- a vuestro almo reposo
- huyo de aqueste mar tempestuoso.
- Un no rompido sueño,
- un día puro, alegre, libre quiero;
- no quiero ver el ceño
- vanamente severo
- de quien la sangre ensalza o el dinero.
- Despiértenme las aves
- con su cantar süave no aprendido,
- no los cuidados graves
- de que es siempre seguido
- quien al ajeno arbitrio está atenido.
- Vivir quiero conmigo,
- gozar quiero del bien que debo al cielo,
- a solas sin testigo
- libre de amor, de celo,
- de odio, de esperanzas, de recelo.
- Del monte en la ladera
- por mi mano plantado tengo un huerto
- que con la primavera
- de bella flor cubierto
- ya muestra en esperanza el fruto cierto.
- Y como codiciosa
- de ver y acrecentar su hermosura,
- desde la cumbre airosa
- una fontana pura
- hasta llegar corriendo se apresura.
- Y luego sosegada
- el paso entre los árboles torciendo,
- el suelo de pasada
- de verdura vistiendo,
- y con diversas flores va esparciendo.
- El aire el huerto orea,
- y ofrece mil olores al sentido,
- los árboles menea
- con un manso ruido
- que del oro y del cetro pone olvido.
- Ténganse su tesoro
- los que de un flaco leño se confían:
- no es mío ver el lloro
- de los que desconfían
- cuando el cierzo y el ábrego porfían.
- La combatida antena
- cruje, y en ciega noche el claro día
- se torna, al cielo suena
- confusa vocería,
- y la mar enriquecen a porfía.
- A mí una pobrecilla
- mesa de amable paz bien abastada
- me baste, y la vajilla
- de fino oro labrada
- sea de quien la mar no teme airada.
- Y mientras miserable-
- mente se están los otros abrasando
- en sed insaciable
- del no durable mando,
- tendido yo a la sombra esté cantando.
- A la sombra tendido
- de yedra y lauro eterno coronado,
- puesto el atento oído
- al son dulce acordado
- del plectro sabiamente meneado.
-
-
-_15. A Francisco Salinas_
-
- El aire se serena
- y viste de hermosura y luz no usada,
- Salinas, cuando suena
- la música extremada
- por vuestra sabia mano gobernada.
- A cuyo son divino
- mi alma que en olvido está sumida,
- torna a cobrar el tino,
- y memoria perdida
- de su origen primera esclarecida.
- Y como se conoce,
- en suerte y pensamientos se mejora;
- el oro desconoce
- que el vulgo ciego adora,
- la belleza caduca engañadora.
- Traspasa el aire todo
- hasta llegar a la más alta esfera,
- y oye allí otro modo
- de no perecedera
- música, que es de todas la primera.
- Ve cómo el gran maestro
- a aquesta inmensa cítara aplicado,
- con movimiento diestro
- produce el son sagrado
- con que este eterno templo es sustentado.
- Y como está compuesta
- de números concordes, luego envía
- consonante respuesta,
- y entrambas a porfía
- mezclan una dulcísima armonía.
- Aquí la alma navega
- por un mar de dulzura, y finalmente
- en él así se anega,
- que ningún accidente
- extraño o peregrino oye o siente.
- ¡Oh desmayo dichoso!
- ¡oh muerte que das vida! ¡oh dulce olvido!
- ¡durase en tu reposo
- sin ser restituido
- jamás a aqueste bajo y vil sentido!
- A este bien os llamo,
- gloria del Apolíneo sacro coro,
- amigos, a quien amo
- sobre todo tesoro;
- que todo lo demás es triste lloro.
- ¡Oh! suene de contino,
- Salinas, vuestro son en mis oídos,
- por quien al bien divino
- despiertan los sentidos,
- quedando a lo demás amortecidos.
-
-
-_16. A Felipe Ruiz_
-
- ¿Cuándo será que pueda
- libre de esta prisión volar al cielo,
- Felipe, y en la rueda
- que huye más del suelo,
- contemplar la verdad pura sin velo?
- Allí a mi vida junto
- en luz resplandeciente convertido,
- veré distinto y junto
- lo que es y lo que ha sido,
- y su principio propio y escondido.
- Entonces veré cómo
- el divino poder echó el cimiento
- tan a nivel y plomo,
- do estable eterno asiento
- posee el pesadísimo elemento.
- Veré las inmortales
- columnas do la tierra está fundada,
- las lindes y señales
- con que a la mar airada
- la Providencia tiene aprisionada.
- Por qué tiembla la tierra,
- por qué las hondas mares se embravecen,
- dó sale a mover guerra
- el cierzo, y por qué crecen
- las aguas del Océano y descrecen.
- De dó manan las fuentes;
- quién ceba, y quién bastece de los ríos
- las perpetuas corrientes;
- de los helados fríos
- veré las causas, y de los estíos.
- Las soberanas aguas
- del aire en la región quién las sostiene;
- de los rayos las fraguas;
- dó los tesoros tiene
- de nieve Dios, y el trueno dónde viene.
- ¿No ves cuando acontece
- turbarse el aire todo en el verano?
- el día se ennegrece,
- sopla el gallego insano,
- y sube hasta el cielo el polvo vano;
- Y entre las nubes mueve
- su carro Dios ligero y reluciente,
- horrible son conmueve,
- relumbra fuego ardiente,
- treme la tierra, humíllase la gente.
- La lluvia baña el techo,
- envían largos ríos los collados;
- su trabajo deshecho,
- los campos anegados
- miran los labradores espantados.
- Y de allí levantado
- veré los movimientos celestiales,
- así el arrebatado
- como los naturales,
- las causas de los hados, las señales.
- Quién rige las estrellas
- veré, y quién las enciende con hermosas
- y eficaces centellas;
- por qué están las dos osas,
- de bañarse en el mar siempre medrosas.
- Veré este fuego eterno
- fuente de vida y luz dó se mantiene;
- y por qué en el invierno
- tan presuroso viene,
- por qué en las noches largas se detiene.
- Veré sin movimiento
- en la más alta esfera las moradas
- del gozo y del contento,
- de oro y luz labradas,
- de espíritus dichosos habitadas.
-
-
-_17. Noche serena_
-
- Cuando contemplo el cielo
- de innumerables luces adornado,
- y miro hacia el suelo
- de noche rodeado,
- en sueño y en olvido sepultado:
- El amor y la pena
- despiertan en mi pecho una ansia ardiente;
- despiden larga vena
- los ojos hechos fuente;
- la lengua dice al fin con voz doliente:
- Morada de grandeza,
- templo de claridad y hermosura,
- mi alma que a tu alteza
- nació, ¿qué desventura
- la tiene en esta cárcel baja, oscura?
- ¿Qué mortal desatino
- de la verdad aleja así el sentido,
- que de tu bien divino
- olvidado, perdido
- sigue la vana sombra, el bien fingido?
- El hombre está entregado
- al sueño, de su suerte no cuidando,
- y con paso callado
- el cielo vueltas dando
- las horas del vivir le va hurtando.
- ¡Ay! despertad, mortales;
- mirad con atención en vuestro daño;
- ¿las almas inmortales
- hechas a bien tamaño
- podrán vivir de sombra y solo engaño?
- ¡Ay! levantad los ojos
- a aquesta celestial eterna esfera,
- burlaréis los antojos
- de aquesa lisonjera
- vida, con cuanto teme y cuanto espera.
- ¿Es más que un breve punto
- el bajo y torpe suelo, comparado
- a aqueste gran trasunto,
- do vive mejorado
- lo que es, lo que será, lo que ha pasado?
- Quien mira el gran concierto
- de aquestos resplandores eternales,
- su movimiento cierto,
- sus pasos desiguales,
- y en proporción concorde tan iguales:
- La luna cómo mueve
- la plateada rueda, y va en pos de ella
- la luz do el saber llueve,
- y la graciosa estrella
- de amor le sigue reluciente y bella:
- Y cómo otro camino
- prosigue el sanguinoso Marte airado,
- y el Júpiter benino
- de bienes mil cercado
- serena el cielo con su rayo amado:
- Rodéase en la cumbre
- Saturno, padre de los siglos de oro,
- tras él la muchedumbre
- del reluciente coro
- su luz va repartiendo y su tesoro:
- ¿Quién es el que esto mira,
- y precia la bajeza de la tierra,
- y no gime y suspira
- por romper lo que encierra
- el alma, y de estos bienes la destierra?
- Aquí vive el contento,
- aquí reina la paz: aquí asentado
- en rico y alto asiento
- está al amor sagrado
- de honra y de deleites rodeado.
- Inmensa hermosura
- aquí se muestra toda; y resplandece
- clarísima luz pura,
- que jamás anochece;
- eterna primavera aquí florece.
- ¡Oh campos verdaderos!
- ¡oh prados con verdad frescos y amenos!
- ¡riquísimos mineros!
- ¡Oh deleitosos senos!
- ¡repuestos valles de mil bienes llenos!
-
-
-_18. Morada del cielo_
-
- Alma región luciente,
- prado de bienandanza, que ni al hielo
- ni con el rayo ardiente
- falleces, fértil suelo
- producidor eterno de consuelo:
- De púrpura y de nieve
- florida la cabeza coronado,
- a dulces pastos mueve
- sin honda ni cayado,
- el buen Pastor en ti su hato amado.
- Él va, y en pos dichosas
- le siguen sus ovejas, do las pace
- con inmortales rosas,
- con flor que siempre nace,
- y cuanto más se goza más renace.
- Ya dentro a la montaña
- del alto bien las guía; ya en la vena
- del gozo fiel las baña,
- y les da mesa llena,
- pastor y pasto él solo, y suerte buena.
- Y de su esfera cuando
- la cumbre toca altísimo subido
- el sol, él sesteando
- de su hato ceñido
- con dulce son deleita el santo oído.
- Toca el rabel sonoro,
- y el inmortal dulzor al alma pasa,
- con que envilece el oro,
- y ardiendo se traspasa
- y lanza en aquel bien libre de tasa.
- ¡Oh son, oh voz, siquiera
- pequeña parte alguna descendiese
- en mi sentido, y fuera
- de sí el alma pusiese
- y toda en ti, oh amor, la convirtiese!
- Conocería dónde
- sesteas, dulce Esposo, y desatada
- de esta prisión a donde
- padece, a tu manada
- junta, no ya andará perdida, errada.
-
-
-_19. En la Ascensión_
-
- ¡Y dejas, Pastor santo,
- tu grey en este valle hondo, escuro,
- con soledad y llanto,
- y tú rompiendo el puro
- aire, te vas al inmortal seguro!
- ¿Los antes bienhadados,
- y los agora tristes y afligidos,
- a tus pechos criados,
- de Ti desposeídos,
- a dó convertirán ya sus sentidos?
- ¿Qué mirarán los ojos
- que vieron de tu rostro la hermosura,
- que no les sea enojos?
- quien oyó tu dulzura,
- ¿qué no tendrá por sordo y desventura?
- Aqueste mar turbado
- ¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto
- al viento fiero airado?
- estando tú encubierto
- ¿qué norte guiará la nave al puerto?
- ¡Ay! nube envidïosa
- aun de este breve gozo ¿qué te aquejas?
- ¿dó vuelas presurosa?
- ¡cuán rica tú te alejas!
- ¡cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!
-
-
-_20. Imitación de diversos_
-
- Vuestra tirana exención
- y ese vuestro cuello erguido
- estoy cierto que Cupido
- pondrá en dura sujeción.
- Vivid esquiva y exenta;
- que a mi cuenta
- vos serviréis al amor
- cuando de vuestro dolor
- ninguno quiera hacer cuenta.
- Cuando la dorada cumbre
- fuere de nieve esparcida,
- y las dos luces de vida
- recogieren ya su lumbre:
- cuando la ruga enojosa
- en la hermosa
- frente y cara se mostrare,
- y el tiempo que vuela helare
- esa fresca y linda rosa:
- Cuando os viéredes perdida,
- os perderéis por querer,
- sentiréis que es padecer
- querer y no ser querida.
- Diréis con dolor, Señora,
- cada hora:
- ¡quién tuviera, ay sin ventura,
- o agora aquella hermosura
- o antes el amor de agora!
- A mil gentes que agraviadas
- tenéis con vuestra porfía,
- dejaréis en aquel día
- alegres y bien vengadas.
- Y por mil partes volando
- publicando
- el amor irá este cuento,
- para aviso y escarmiento
- de quien huye de su bando.
- ¡Ay! por Dios, Señora bella,
- mirad por vos, mientras dura
- esa flor graciosa y pura,
- que el no gozalla es perdella,
- y pues no menos discreta
- y perfeta
- sois que bella y desdeñosa,
- mirad que ninguna cosa
- hay que a amor no esté sujeta.
- El amor gobierna el cielo
- con ley dulce eternamente,
- ¿y pensáis vos ser valiente
- contra él acá en el suelo?
- Da movimiento y viveza
- a belleza
- el amor, y es dulce vida;
- y la suerte más valida
- sin él es triste pobreza.
- ¿Qué vale el beber en oro,
- el vestir seda y brocado,
- el techo rico labrado,
- los montones de tesoro?
- ¿Y qué vale si a derecho
- os da pecho
- el mundo todo y adora,
- si a la fin dormís, Señora,
- en el solo y frío lecho?
-
-
-_21. Soneto_
-
- Agora con la aurora se levanta
- mi luz, agora coge en rico ñudo
- el hermoso cabello, agora el crudo
- pecho ciñe con oro, y la garganta.
- Agora vuelta al cielo pura y santa
- las manos y ojos bellos alza, y pudo
- dolerse agora de mi mal agudo;
- agora incomparable tañe y canta.
- Ansí digo, y del dulce error llevado,
- presente ante mis ojos la imagino,
- y lleno de humildad y amor la adoro.
- Mas luego vuelve en sí el engañado
- ánimo, y conociendo el desatino,
- la rienda suelta largamente al lloro.
-
-
-
-
-SAN JUAN DE LA CRUZ
-
-
-_22. Cántico espiritual entre el alma y Cristo su Esposo_
-
-ESPOSA
-
- ¿Adónde te escondiste,
- Amado, y me dejaste con gemido?
- Como el ciervo huiste,
- Habiéndome herido;
- Salí tras ti clamando, y ya eras ido.
- Pastores, los que fuerdes
- Allá por las majadas al otero,
- Si por ventura vierdes
- Aquel que yo más quiero
- Decidle que adolezco, peno y muero.
- Buscando mis amores,
- Iré por esos montes y riberas,
- Ni cogeré las flores,
- Ni temeré las fieras,
- Y pasaré los fuertes y fronteras.
- ¡Oh bosques y espesuras,
- Plantadas por la mano del Amado,
- Oh prado de verduras,
- De flores esmaltado,
- Decid si por vosotros ha pasado!
-
-RESPUESTA DE LAS CRIATURAS
-
- Mil gracias derramando
- Pasó por estos sotos con presura,
- Y, yéndolos mirando,
- Con sola su figura
- Vestidos los dejó de su hermosura.
-
-ESPOSA
-
- ¡Ay, quién podrá sanarme!
- Acaba de entregarte ya de vero,
- No quieras enviarme
- De hoy ya más mensajero,
- Que no saben decirme lo que quiero.
- Y todos cuantos vagan,
- De ti me van mil gracias refiriendo,
- Y todos más me llagan,
- Y déjame muriendo
- Un no sé qué que quedan balbuciendo.
- Mas ¿cómo perseveras,
- Oh vida, no viviendo donde vives,
- Y haciendo porque mueras
- Las flechas que recibes,
- De lo que del Amado en ti concibes?
- ¿Por qué, pues has llagado
- A aqueste corazón, no le sanaste?
- Y pues me le has robado,
- ¿Por qué así lo dejaste,
- Y no tomas el robo que robaste?
- Apaga mis enojos,
- Pues que ninguno basta a deshacellos,
- Y véante mis ojos,
- Pues eres lumbre de ellos
- Y solo para ti quiero tenellos.
- Descubre tu presencia,
- Y máteme tu vista y hermosura:
- Mira que la dolencia
- De amor, que no se cura
- Sino con la presencia y la figura.
- ¡Oh cristalina fuente,
- Si en esos tus semblantes plateados
- Formases de repente
- Los ojos deseados
- Que tengo en mis entrañas dibujados!
- Apártalos, Amado,
- Que voy de vuelo.
-
-ESPOSO
-
- Vuélvete, paloma,
- Que el ciervo vulnerado
- Por el otero asoma,
- Al aire de tu vuelo, y fresco toma.
-
-ESPOSA
-
- Mi amado, las montañas,
- Los valles solitarios nemorosos,
- Las ínsulas extrañas,
- Los ríos sonorosos,
- El silbo de los aires amorosos.
- La noche sosegada,
- En par de los levantes de la aurora,
- La música callada,
- La soledad sonora,
- La cena, que recrea y enamora.
- Cazadnos las raposas,
- Que está ya florecida nuestra viña,
- En tanto que de rosas
- Hacemos una piña,
- Y no parezca nadie en la montiña.
- Detente, Cierzo muerto:
- Ven, Austro, que recuerdas los amores,
- Aspira por mi huerto,
- Y corran tus olores,
- Y pacerá el Amado entre las flores.
- Oh ninfas de Judea,
- En tanto que en las flores y rosales
- El ámbar perfumea,
- Morá en los arrabales,
- Y no queráis tocar nuestros umbrales.
- Escóndete, Carillo,
- Y mira con tu haz a las montañas,
- Y no quieras decillo;
- Mas mira las compañas
- De la que va por ínsulas extrañas.
-
-ESPOSO
-
- A las aves ligeras,
- Leones, ciervos, gamos saltadores,
- Montes, valles, riberas,
- Aguas, aires, ardores,
- Y miedos de las noches veladores,
- Por las amenas liras
- Y cantos de sirenas os conjuro
- Que cesen vuestras iras,
- Y no toquéis al muro,
- Porque la Esposa duerma más seguro.
- Entrádose ha la Esposa
- En el ameno huerto deseado,
- Y a su sabor reposa,
- El cuello reclinado
- Sobre los dulces brazos del Amado.
- Debajo del manzano
- Allí conmigo fuiste desposada,
- Allí te di la mano,
- Y fuiste reparada
- Donde tu madre fuera violada.
-
-ESPOSA
-
- Nuestro lecho florido,
- De cuevas de leones enlazado,
- En púrpura teñido,
- De paz edificado,
- De mil escudos de oro coronado.
- A zaga de tu huella
- Los jóvenes discurren el camino,
- Al toque de centella,
- Al adobado vino,
- Emisiones de bálsamo divino.
- En la interior bodega
- De mi amado bebí, y cuando salía
- Por toda aquesta vega,
- Ya cosa no sabía
- Y el ganado perdí que antes seguía.
- Allí me dio su pecho,
- Allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
- Y yo le di de hecho
- A mí, sin dejar cosa,
- Allí le prometí de ser su esposa.
- Mi alma se ha empleado
- Y todo mi caudal en su servicio.
- Ya no guardo ganado,
- Ni ya tengo otro oficio:
- Que ya solo en amar es mi ejercicio.
- Pues ya si en el ejido
- De hoy más no fuere vista ni hallada,
- Diréis que me he perdido,
- Que andando enamorada
- Me hice perdidiza, y fui ganada.
- De flores y esmeraldas
- En las frescas mañanas escogidas,
- Haremos las guirnaldas,
- En tu amor florecidas,
- Y en un cabello mío entretejidas.
- En solo aquel cabello
- Que en mi cuello volar consideraste,
- Mirástele en mi cuello,
- Y en él preso quedaste,
- Y en uno de mis ojos te llagaste.
- Cuando tú me mirabas,
- Su gracia en mí tus ojos imprimían;
- Por eso me adamabas,
- Y en eso merecían
- Los míos adorar lo que en ti vían.
- No quieras despreciarme,
- Que si color moreno en mí hallaste
- Ya bien puedes mirarme,
- Después que me miraste,
- Que gracia y hermosura en mí dejaste.
-
-ESPOSO
-
- La blanca palomica
- Al arca con el ramo se ha tornado,
- Y ya la tortolica
- Al socio deseado
- En las riberas verdes ha hallado.
- En soledad vivía,
- Y en soledad ha puesto ya su nido,
- Y en soledad la guía
- A solas su querido,
- También en soledad de amor herido.
-
-ESPOSA
-
- Gocémonos, Amado,
- Y vámonos a ver en tu hermosura
- Al monte y al collado,
- Do mana el agua pura;
- Entremos más adentro en la espesura.
- Y luego a las subidas
- Cavernas de las piedras nos iremos,
- Que están bien escondidas,
- Y allí nos entraremos,
- Y el mosto de granadas gustaremos.
- Allí me mostrarías
- Aquello que mi alma pretendía,
- Y luego me darías
- Allí tú, vida mía,
- Aquello que me diste el otro día.
- El aspirar del aire,
- El canto de la dulce Filomena,
- El soto y su donaire,
- En la noche serena
- Con llama que consume y no da pena.
- Que nadie lo miraba,
- Aminadab tampoco parecía,
- Y el cerco sosegaba,
- Y la caballería
- A vista de las aguas descendía.
-
-
-
-
-ANÓNIMO
-
-
-_23._
-
- No me mueve, mi Dios, para quererte
- El cielo que me tienes prometido,
- Ni me mueve el infierno tan temido
- Para dejar por eso de ofenderte.
- Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
- Clavado en una cruz y escarnecido;
- Muéveme ver tu cuerpo tan herido;
- Muévenme tus afrentas y tu muerte.
- Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
- Que aunque no hubiera cielo, yo te amara.
- Y aunque no hubiera infierno, te temiera.
- No me tienes que dar porque te quiera;
- Pues aunque lo que espero no esperara,
- Lo mismo que te quiero te quisiera.
-
-
-
-
-FRANCISCO DE LA TORRE
-
-
-_24. La cierva_
-
- Doliente cierva, que el herido lado
- De ponzoñosa y cruda yerba lleno,
- Buscas el agua de la fuente pura,
- Con el cansado aliento y con el seno
- Bello de la corriente sangre hinchado,
- Débil y decaída tu hermosura:
- ¡Ay! que la mano dura
- Que tu nevado pecho
- Ha puesto en tal estrecho,
- Gozosa va con tu desdicha, cuando
- Cierva mortal, viviendo, estás penando
- Tu desangrado y dulce compañero,
- El regalado y blando
- Pecho pasado del veloz montero:
- Vuelve cuitada, vuelve al valle, donde
- Queda muerto tu amor, en vano dando
- Términos desdichados a tu suerte.
- Morirás en su seno, reclinando
- La beldad, que la cruda mano esconde
- Delante de la nube de la muerte.
- Que el paso duro y fuerte,
- Ya forzoso y terrible,
- No puede ser posible
- Que le escusen los cielos, permitiendo
- Crudos astros que muera padeciendo
- Las asechanzas de un montero crudo,
- Que te vino siguiendo
- Por los desiertos de este campo mudo.
- Mas ¡ay! que no dilatas la inclemente
- Muerte, que en tu sangriento pecho llevas,
- Del crudo amor vencido y maltratado:
- Tú con el fatigado aliento pruebas
- A rendir el espíritu doliente
- En la corriente de este valle amado.
- Que el ciervo desangrado,
- Que contigo la vida
- Tuvo por bien perdida,
- No fue tan poco de tu amor querido,
- Que habiendo tan cruelmente padecido,
- Quieras vivir sin él, cuando pudieras
- Librar el pecho herido
- De crudas llagas y memorias fieras.
- Cuando por la espesura deste prado
- Como tórtolas solas y queridas,
- Solos y acompañados anduvistes:
- Cuando de verde mirto y de floridas
- Violetas, tierno acanto y lauro amado,
- Vuestras frentes bellísimas ceñistes:
- Cuando las horas tristes,
- Ausentes y queridos,
- Con mil mustios bramidos
- Ensordecistes la ribera umbrosa
- Del claro Tajo, rica y venturosa
- Con vuestro bien, con vuestro mal sentida;
- Cuya muerte penosa
- No deja rastro de contenta vida.
- Agora el uno, cuerpo muerto lleno
- De desdén y de espanto, quien solía
- Ser ornamento de la selva umbrosa:
- Tú, quebrantada y mustia, al agonía
- De la muerte rendida, el bello seno
- Agonizando, el alma congojosa:
- Cuya muerte gloriosa,
- En los ojos de aquellos
- Cuyos despojos bellos
- Son victorias del crudo amor furioso,
- Martirio fue de amor, triunfo glorioso
- Con que corona y premia dos amantes
- Que del siempre rabioso
- Trance mortal salieron muy triunfantes.
- Canción, fábula un tiempo, y caso agora
- De una cierva doliente, que la dura
- Flecha del cazador dejó sin vida,
- Errad por la espesura
- Del monte, que de gloria tan perdida
- No hay sino lamentar su desventura.
-
-
-
-
-GIL POLO
-
-
-_25. Canción_
-
- En el campo venturoso,
- Donde con clara corriente
- Guadalaviar hermoso
- Dejando el suelo abundoso
- Da tributo al mar potente;
- Galatea, desdeñosa
- Del dolor que a Licio daña,
- Iba alegre y bulliciosa
- Por la ribera arenosa
- Que el mar con sus ondas baña,
- Entre la arena cogiendo
- Conchas y piedras pintadas,
- Muchos cantares diciendo
- Con el son del ronco estruendo
- De las ondas alteradas:
- Junto el agua se ponía,
- Y las ondas aguardaba,
- Y en verlas llegar huía;
- Pero a veces no podía
- Y el blanco pie se mojaba.
- Licio, al cual en sufrimiento
- Amador ninguno iguala,
- Suspendió allí su tormento
- Mientras miraba el contento
- De su pulida zagala.
- Mas cotejando su mal
- Con el gozo que ella había
- El fatigado zagal
- Con voz amarga y mortal
- De esta manera decía:
- Ninfa hermosa, no te vea
- Jugar con el mar horrendo;
- Y aunque más placer te sea,
- Huye del mar, Galatea,
- Como estás de Licio huyendo.
- Deja ahora de jugar,
- Que me es dolor importuno:
- No me hagas más penar,
- Que en verte cerca del mar
- Tengo celos de Neptuno.
- Causa mi triste cuidado
- Que a mi pensamiento crea:
- Porque ya está averiguado
- Que si no es tu enamorado
- Lo será cuando te vea.
- Y está cierto, porque amor
- Sabe desde que me hirió,
- Que para pena mayor
- Me falta un competidor
- Más poderoso que yo.
- Deja la seca ribera,
- Do está el alga infructuosa:
- Guarda que no salga afuera
- Alguna marina fiera
- Enroscada y escamosa.
- Huye ya, y mira que siento
- Por ti dolores sobrados;
- Porque con doble tormento
- Celos me da tu contento
- Y tu peligro cuidados.
- En verte regocijada
- Celos me hacen acordar
- De Europa, ninfa preciada,
- Del toro blanco engañada
- En la ribera del mar.
- Y el ordinario cuidado
- Hace que piense contino
- De aquel desdeñoso alnado,
- Orilla el mar arrastrado,
- Visto aquel monstruo marino.
- Mas no veo en ti temor
- De congoja y pena tanta;
- Que bien sé por mi dolor
- Que a quien no teme al amor
- Ningún peligro le espanta.
- Guarte pues de un gran cuidado:
- Que el vengativo Cupido
- Viéndose menospreciado,
- Lo que no hace de grado,
- Suele hacerlo de ofendido.
- Ven conmigo al bosque ameno,
- Y al apacible sombrío
- De olorosas flores lleno,
- Do en el día más sereno
- No es enojoso el Estío.
- Si el agua te es placentera,
- Hay allí fuente tan bella,
- Que para ser la primera
- Entre todas, solo espera
- Que tú te laves en ella.
- En aqueste raso suelo
- A guardar tu hermosa cara
- No basta sombrero o velo;
- Que estando al abierto cielo
- El sol morena te para.
- No escuchas dulces concentos,
- Sino el espantoso estruendo
- Con que los bravosos vientos
- Con soberbios movimientos
- Van las aguas revolviendo.
- Y tras la fortuna fiera
- Son las vistas más suaves
- Ver llegar a la ribera
- La destrozada madera
- De las anegadas naves.
- Ven a la dulce floresta,
- Do natura no fue escasa:
- Donde haciendo alegre fiesta
- La más calorosa siesta
- Con más deleite se pasa.
- Huye los soberbios mares;
- Ven, verás cómo cantamos
- Tan deleitosos cantares
- Que los más duros pesares
- Suspendemos y engañamos;
- Y aunque quien pasa dolores,
- Amor le fuerza a cantarlos,
- Yo haré que los pastores
- No digan cantos de amores,
- Porque huelgues de escucharlos.
- Allí, por bosques y prados,
- Podrás leer todas horas,
- En mil robles señalados
- Los nombres más celebrados
- De las ninfas y pastoras.
- Mas serate cosa triste
- Ver tu nombre allí pintado,
- En saber que escrita fuiste
- Por el que siempre tuviste
- De tu memoria borrado.
- Y aunque mucho estés airada,
- No creo yo que te asombre
- Tanto el verte allí pintada,
- Como el ver que eres amada
- Del que allí escribió tu nombre.
- No ser querida y amar
- Fuera triste desplacer;
- Mas ¿qué tormento o pesar
- Te puede, Ninfa, causar
- Ser querida y no querer?
- Mas desprecia cuanto quieras
- A tu pastor, Galatea;
- Solo que en estas riberas
- Cerca de las ondas fieras
- Con mis ojos no te vea.
- ¿Qué pasatiempo mejor
- Orilla el mar puede hallarse
- Que escuchar el ruiseñor,
- Coger la olorosa flor
- Y en clara fuente lavarse?
- Pluguiera a Dios que gozaras
- De nuestro campo y ribera,
- Y porque más lo preciaras,
- Ojalá tú lo probaras,
- Antes que yo lo dijera.
- Porque cuanto alabo aquí
- De su crédito lo quito;
- Pues el contentarme a mí
- Bastará para que a ti
- No te venga en apetito.
- Licio mucho más le hablara,
- Y tenía más que hablalle,
- Si ella no se lo estorbara,
- Que con desdeñosa cara
- Al triste dice que calle.
- Volvió a sus juegos la fiera
- Y a sus llantos el pastor,
- Y de la misma manera
- Ella queda en la ribera,
- Y él en su mismo dolor.
-
-
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-FERNANDO DE HERRERA
-
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-_26. Por la victoria de Lepanto_
-
- Cantemos al Señor, que en la llanura
- Venció del ancho mar al Trace fiero;
- Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,
- Salud y gloria nuestra.
- Tú rompiste las fuerzas y la dura
- Frente de Faraón, feroz guerrero;
- Sus escogidos príncipes cubrieron
- Los abismos del mar, y descendieron,
- Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego
- Los tragó, como arista seca el fuego.
- El soberbio tirano, confiado
- En el grande aparato de sus naves,
- Que de los nuestros la cerviz cautiva
- Y las manos aviva
- Al ministerio injusto de su estado,
- Derribó con los brazos suyos graves
- Los cedros más excelsos de la cima
- Y el árbol que más yerto se sublima,
- Bebiendo ajenas aguas y atrevido
- Pisando el bando nuestro y defendido.
- Temblaron los pequeños, confundidos
- Del impío furor suyo; alzó la frente
- Contra ti, Señor Dios, y con semblante
- Y con pecho arrogante,
- Y los armados brazos extendidos,
- Movió el airado cuello aquel potente;
- Cercó su corazón de ardiente saña
- Contra las dos Hesperias, que el mar baña,
- Porque en ti confiadas le resisten
- Y de armas de tu fe y amor se visten.
- Dijo aquel insolente y desdeñoso:
- «¿No conocen mis iras estas tierras,
- Y de mis padres los ilustres hechos,
- O valieron sus pechos
- Contra ellos con el húngaro medroso,
- Y de Dalmacia y Rodas en las guerras?
- ¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos
- Pudo salvar los de Austria y los germanos?
- ¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora
- Guardallos de mi diestra vencedora?
- »Su Roma, temerosa y humillada,
- Los cánticos en lágrimas convierte;
- Ella y sus hijos tristes mi ira esperan
- Cuando vencidos mueran;
- Francia está con discordia quebrantada,
- Y en España amenaza horrible muerte
- Quien honra de la luna las banderas;
- Y aquellas en la guerra gentes fieras
- Ocupadas están en su defensa,
- Y aunque no, ¿quién hacerme puede ofensa?
- »Los poderosos pueblos me obedecen,
- Y el cuello con su daño al yugo inclinan,
- Y me dan por salvarse ya la mano.
- Y su valor es vano;
- Que sus luces cayendo se oscurecen,
- Sus fuertes a la muerte ya caminan,
- Sus vírgenes están en cautiverio,
- Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio.
- Del Nilo a Éufrates fértil e Istro frío,
- Cuanto el sol alto mira todo es mío.»
- Tú, Señor, que no sufres que tu gloria
- Usurpe quien su fuerza osado estima,
- Prevaleciendo en vanidad y en ira,
- Este soberbio mira,
- Que tus aras afea en su vitoria.
- No dejes que los tuyos así oprima,
- Y en su cuerpo, cruel, las fieras cebe,
- Y en su esparcida sangre el odio pruebe;
- Que hecho ya su oprobio, dice: «¿Dónde
- El Dios de estos está? ¿De quién se asconde?»
- Por la debida gloria de tu nombre,
- Por la justa venganza de tu gente,
- Por aquel de los míseros gemido,
- Vuelve el brazo tendido
- Contra este, que aborrece ya ser hombre;
- Y las honras que celas tú consiente;
- Y tres y cuatro veces el castigo
- Esfuerza con rigor a tu enemigo,
- Y la injuria a tu nombre cometida
- Sea el hierro contrario de su vida.
- Levantó la cabeza el poderoso
- Que tanto odio te tiene; en nuestro estrago
- Juntó el consejo, y contra nos pensaron
- Los que en él se hallaron.
- «Venid, dijeron, y en el mar ondoso
- Hagamos de su sangre un grande lago;
- Deshagamos a estos de la gente,
- Y el nombre de su Cristo juntamente,
- Y dividiendo de ellos los despojos,
- Hártense en muerte suya nuestros ojos.»
- Vinieron de Asia y portentoso Egito
- Los árabes y leves africanos,
- Y los que Grecia junta mal con ellos,
- Con los erguidos cuellos,
- Con gran poder y número infinito;
- Y prometer osaron con sus manos
- Encender nuestros fines y dar muerte
- A nuestra juventud con hierro fuerte,
- Nuestros niños prender y las doncellas,
- Y la gloria manchar y la luz dellas.
- Ocuparon del piélago los senos,
- Puesta en silencio y en temor la tierra,
- Y cesaron los nuestros valerosos,
- Y callaron dudosos,
- Hasta que al fiero ardor de sarracenos
- El Señor eligiendo nueva guerra,
- Se opuso el joven de Austria generoso
- Con el claro español y belicoso;
- Que Dios no sufre ya en Babel cautiva
- Que su Sion querida siempre viva.
- Cual león a la presa apercibido,
- Sin recelo los impíos esperaban
- A los que tú, Señor, eras escudo;
- Que el corazón desnudo
- De pavor, y de amor y fe vestido,
- Con celestial aliento confiaban.
- Sus manos a la guerra compusiste,
- Y sus brazos fortísimos pusiste
- Como el arco acerado, y con la espada
- Vibraste en su favor la diestra armada.
- Turbáronse los grandes, los robustos
- Rindiéronse temblando y desmayaron;
- Y tú entregaste, Dios, como la rueda,
- Como la arista queda
- Al ímpetu del viento, a estos injustos,
- Que mil huyendo de uno se pasmaron.
- Cual fuego abrasa selvas, cuya llama
- En las espesas cumbres se derrama,
- Tal en tu ira y tempestad seguiste
- Y su faz de ignominia convertiste.
- Quebrantaste al cruel dragón, cortando
- Las alas de su cuerpo temerosas
- Y sus brazos terribles no vencidos;
- Que con hondos gemidos
- Se retira a su cueva, do silbando
- Tiembla con sus culebras venenosas,
- Lleno de miedo torpe sus entrañas,
- De tu león temiendo las hazañas;
- Que, saliendo de España, dio un rugido
- Que lo dejó asombrado y aturdido.
- Hoy se vieron los ojos humillados
- Del sublime varón y su grandeza,
- Y tú solo, Señor, fuiste exaltado;
- Que tu día es llegado,
- Señor de los ejércitos armados,
- Sobre la alta cerviz y su dureza,
- Sobre derechos cedros y extendidos,
- Sobre empinados montes y crecidos,
- Sobre torres y muros, y las naves
- De Tiro, que a los tuyos fueron graves.
- Babilonia y Egito amedrentada
- Temerá el fuego y la asta violenta,
- Y el humo subirá a la luz del cielo,
- Y faltos de consuelo,
- Con rostro oscuro y soledad turbada
- Tus enemigos llorarán su afrenta.
- Mas tú, Grecia, concorde a la esperanza
- Egicia y gloria de su confianza,
- Triste que a ella pareces, no temiendo
- A Dios y a tu remedio no atendiendo,
- ¿Por qué, ingrata, tus hijas adornaste
- En adulterio infame a una impía gente,
- Que deseaba profanar tus frutos,
- Y con ojos enjutos
- Sus odiosos pasos imitaste,
- Su aborrecida vida y mal presente?
- Dios vengará sus iras en tu muerte;
- Que llega a tu cerviz con diestra fuerte
- La aguda espada suya; ¿quién, cuitada,
- Reprimirá su mano desatada?
- Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro,
- Que en tus naves estabas gloriosa,
- Y el término espantabas de la tierra,
- Y si hacías guerra,
- De temor la cubrías con suspiro
- ¿Cómo acabaste, fiera y orgullosa?
- ¿Quién pensó a tu cabeza daño tanto?
- Dios, para convertir tu gloria en llanto
- Y derribar tus ínclitos y fuertes
- Te hizo perecer con tantas muertes.
- Llorad, naves del mar; que es destruïda
- Vuestra vana soberbia y pensamiento.
- ¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna,
- Tú, que sigues la luna,
- Asia adúltera, en vicios sumergida?
- ¿Quien mostrará un liviano sentimiento?
- ¿Quién rogará por ti? Que a Dios enciende
- Tu ira y la arrogancia que te ofende,
- Y tus viejos delitos y mudanza
- Han vuelto contra ti a pedir venganza.
- Los que vieron tus brazos quebrantados
- Y de tus pinos ir el mar desnudo,
- Que sus ondas turbaron y llanura,
- Viendo tu muerte oscura,
- Dirán, de tus estragos espantados:
- ¿Quién contra la espantosa tanto pudo?
- El Señor, que mostró su fuerte mano
- Por la fe de su príncipe cristiano
- Y por el nombre santo de su gloria,
- A su España concede esta vitoria.
- Bendita, Señor, sea tu grandeza;
- Que después de los daños padecidos,
- Después de nuestras culpas y castigo,
- Rompiste al enemigo
- De la antigua soberbia la dureza.
- Adórente, Señor, tus escogidos,
- Confiese cuanto cerca el ancho cielo
- Tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo!
- Y la cerviz rebelde, condenada,
- Perezca en bravas llamas abrasada.
-
-
-_27. Por la pérdida del rey don Sebastián_
-
- Voz de dolor y canto de gemido
- Y espíritu de miedo, envuelto en ira,
- Hagan principio acerbo a la memoria
- De aquel día fatal, aborrecido,
- Que Lusitania mísera suspira,
- Desnuda de valor, falta de gloria;
- Y la llorosa historia
- Asombre con horror funesto y triste
- Desde el áfrico Atlante y seno ardiente
- Hasta do el mar de otro color se viste,
- Y do el límite rojo de oriente
- Y todas sus vencidas gentes fieras
- Ven tremolar de Cristo las banderas.
- ¡Ay de los que pasaron, confiados
- En sus caballos y en la muchedumbre
- De sus carros, en ti, Libia desierta,
- Y en su vigor y fuerzas engañados,
- No alzaron su esperanza a aquella cumbre
- De eterna luz, mas con soberbia cierta
- Se ofrecieron la incierta
- Vitoria, y sin volver a Dios sus ojos,
- Con yerto cuello y corazón ufano
- Solo atendieron siempre a los despojos!
- Y el Santo de Israel abrió su mano,
- Y los dejó, y cayó en despeñadero
- El carro, y el caballo y caballero.
- Vino el día crüel, el día lleno
- De indignación, de ira y furor, que puso
- En soledad y en un profundo llanto,
- De gente y de placer el reino ajeno.
- El cielo no alumbró, quedó confuso
- El nuevo sol, presagio de mal tanto,
- Y con terrible espanto
- El Señor visitó sobre sus males,
- Para humillar los fuertes arrogantes,
- Y levantó los bárbaros no iguales,
- Que con osados pechos y constantes
- No busquen oro, mas con hierro airado
- La ofensa venguen y el error culpado.
- Los impíos y robustos, indinados,
- Las ardientes espadas desnudaron
- Sobre la claridad y hermosura
- De tu gloria y valor, y no cansados
- En tu muerte, tu honor todo afearon,
- Mezquina Lusitania sin ventura;
- Y con frente segura
- Rompieron sin temor con fiero estrago
- Tus armadas escuadras y braveza.
- La arena se tornó sangriento lago,
- La llanura con muertos aspereza;
- Cayó en unos vigor, cayó denuedo;
- Mas en otros desmayo y torpe miedo.
- ¿Son estos por ventura los famosos,
- Los fuertes, los belígeros varones
- Que conturbaron con furor la tierra,
- Que sacudieron reinos poderosos,
- Que domaron las hórridas naciones,
- Que pusieron desierto en cruda guerra
- Cuanto el mar Indo encierra,
- Y soberbias ciudades destruyeron?
- ¿Dó el corazón seguro y la osadía?
- ¿Cómo así se acabaron, y perdieron
- Tanto heroico valor en solo un día;
- Y lejos de su patria derribados,
- No fueron justamente sepultados?
- Tales ya fueron estos, cual hermoso
- Cedro del alto Líbano, vestido
- De ramos, hojas, con excelsa alteza;
- Las aguas lo criaron poderoso
- Sobre empinados árboles crecido,
- Y se multiplicaron en grandeza
- Sus ramos con belleza;
- Y extendiendo su sombra, se anidaron
- Las aves que sustenta el grande cielo,
- Y en sus hojas las fieras engendraron,
- Y hizo a mucha gente umbroso velo;
- No igualó en celsitud y en hermosura
- Jamás árbol alguno a su figura.
- Pero elevose con su verde cima,
- Y sublimó la presunción su pecho,
- Desvanecido todo y confiado,
- Haciendo de su alteza solo estima.
- Por eso Dios lo derribó deshecho,
- A los impíos y ajenos entregado,
- Por la raíz cortado;
- Que opreso de los montes arrojados,
- Sin ramos y sin hojas y desnudo,
- Huyeron dél los hombres, espantados,
- Que su sombra tuvieron por escudo;
- En su ruina y ramos cuantas fueron
- Las aves y las fieras se pusieron.
- Tú, infanda Libia, en cuya seca arena
- Murió el vencido reino lusitano,
- Y se acabó su generosa gloria,
- No estés alegre y de ufanía llena;
- Porque tu temerosa y flaca mano
- Hubo sin esperanza tal vitoria,
- Indina de memoria;
- Que si el justo dolor mueve a venganza
- Alguna vez el español coraje,
- Despedazada con aguda lanza,
- Compensarás muriendo el hecho ultraje;
- Y Luco amedrentado, al mar inmenso
- Pagará de africana sangre el censo.
-
-
-
-
-DON JUAN DE ARGUIJO
-
-
-_28. Al Guadalquivir, en una avenida_
-
- Tú, a quien ofrece el apartado polo,
- Hasta donde tu nombre se dilata,
- Preciosos dones de luciente plata,
- Que envidia el rico Tajo y el Pactolo;
- Para cuya corona, como a solo
- Rey de los ríos, entreteje y ata
- Palas su oliva con la rama ingrata
- Que contempla en tus márgenes Apolo;
- Claro Guadalquivir, si impetuoso
- Con crespas ondas y mayor corriente
- Cubrieres nuestros campos mal seguros,
- De la mejor ciudad, por quien famoso
- Alzas igual al mar la altiva frente,
- Respeta humilde los antiguos muros.
-
-
-_29. La tempestad y la calma_
-
- Yo vi del rojo sol la luz serena
- Turbarse, y que en un punto desparece
- Su alegre faz, y en torno se oscurece
- El cielo con tiniebla de horror llena.
- El austro proceloso airado suena,
- Crece su furia, y la tormenta crece,
- Y en los hombros de Atlante se estremece
- El alto olimpo y con espanto truena;
- Mas luego vi romperse el negro velo
- Deshecho en agua, y a su luz primera
- Restituirse alegre el claro día,
- Y de nuevo esplendor ornado el cielo
- Miré, y dije: ¿Quién sabe si le espera
- Igual mudanza a la fortuna mía?
-
-
-_30. La avaricia_
-
- Castiga el cielo a Tántalo inhumano,
- Que en impía mesa su rigor provoca,
- Medir queriendo en competencia loca
- Saber divino con engaño humano.
- Agua en las aguas busca, y con la mano
- El árbol fugitivo casi toca;
- Huye el copioso Erídano a su boca,
- Y en vez de fruta toca el aire vano.
- Tú, que espantado de su pena, admiras
- Que el cercano manjar en largo ayuno
- Al gusto falte y a la vida sobre,
- ¿Cómo de muchos Tántalos no miras
- Ejemplo igual? Y si codicias uno,
- Mira el avaro, en sus riquezas pobre.
-
-
-_31._
-
- En segura pobreza vive Eumelo
- Con dulce libertad, y le mantienen
- Las simples aves, que engañadas vienen
- A los lazos y liga sin recelo.
- Por mejor suerte no importuna al cielo,
- Ni se muestra envidioso a la que tienen
- Los que con ansia de subir sostienen
- En flacas alas el incierto vuelo.
- Muerte tras luengos años no le espanta,
- Ni la recibe con indigna queja,
- Mas con sosiego grato y faz amiga.
- Al fin, muriendo con pobreza tanta,
- Ricos juzga sus hijos, pues les deja
- La libertad, las aves y la liga.
-
-
-
-
-BALTASAR DEL ALCÁZAR
-
-
-_32. Una cena_
-
- En Jaén, donde resido,
- Vive don Lope de Sosa,
- Y direte, Inés, la cosa
- Más brava de él que has oído.
- Tenía este caballero
- Un criado portugués...
- Pero cenemos, Inés,
- Si te parece, primero.
- La mesa tenemos puesta,
- Lo que se ha de cenar junto,
- Las tazas del vino a punto,
- Falta comenzar la fiesta.
- Comience el vinillo nuevo,
- Y échole la bendición;
- Yo tengo por devoción
- De santiguar lo que bebo.
- Franco fue, Inés, este toque;
- Pero arrójame la bota:
- Vale un florín cada gota
- De aqueste vinillo aloque.
- ¿De qué taberna se trajo?
- Mas ya... de la del Castillo;
- Diez y seis vale el cuartillo,
- No tiene vino más bajo.
- Por nuestro Señor, que es mina
- La taberna de Alcocer;
- Grande consuelo es tener
- La taberna por vecina.
- Si es o no invención moderna,
- Vive Dios que no lo sé,
- Pero delicada fue
- La invención de la taberna.
- Porque allí llego sediento,
- Pido vino de lo nuevo,
- Mídenlo, dánmelo, bebo,
- Págolo y voyme contento.
- Esto, Inés, ello se alaba,
- No es menester alaballo;
- Solo una falta le hallo,
- Que con la priesa se acaba.
- La ensalada y salpicón
- Hizo fin: ¿qué viene ahora?
- La morcilla, ¡oh gran señora,
- Digna de veneración!
- ¡Qué oronda viene y qué bella!
- ¡Qué través y enjundia tiene!
- Paréceme, Inés, que viene
- Para que demos en ella.
- Pues sus, encójase y entre,
- Que es algo estrecho el camino.
- No eches agua, Inés, al vino;
- No se escandalice el vientre.
- Echa de lo tras añejo,
- Porque con más gusto comas;
- Dios te guarde, que así tomas,
- Como sabia, mi consejo.
- Mas di, ¿no adoras y precias
- La morcilla ilustre y rica?
- ¡Cómo la traidora pica!
- Tal debe tener especias.
- ¡Qué llena está de piñones!
- Morcilla de cortesanos,
- Y asada por esas manos,
- Hechas a cebar lechones.
- El corazón me revienta
- De placer; no sé de ti.
- ¿Cómo te va? Yo por mí
- Sospecho que estás contenta.
- Alegre estoy, vive Dios;
- Mas oye un punto sutil:
- ¿No pusiste allí un candil?
- ¿Cómo me parecen dos?
- Pero son preguntas viles;
- Ya sé lo que puede ser:
- Con este negro beber
- Se acrecientan los candiles.
- Probemos lo del pichel,
- Alto licor celestial;
- No es el aloquillo tal,
- Ni tiene que ver con él.
- ¡Qué suavidad! ¡qué clareza!
- ¡Qué rancio gusto y olor!
- ¡Qué paladar! ¡qué color!
- ¡Todo con tanta fineza!
- Mas el queso sale a plaza,
- La moradilla va entrando,
- Y ambos vienen preguntando
- Por el pichel y la taza.
- Prueba el queso, que es extremo,
- El de Pinto no le iguala;
- Pues la aceituna no es mala,
- Bien puede bogar su remo.
- Haz pues, Inés, lo que sueles,
- Daca de la bota llena
- Seis tragos; hecha es la cena,
- Levántense los manteles.
- Ya que, Inés, hemos cenado
- Tan bien y con tanto gusto,
- Parece que será justo
- Volver al cuento pasado.
- Pues sabrás, Inés hermana,
- Que el portugués cayó enfermo...
- Las once dan, yo me duermo;
- Quédese para mañana.
-
-
-
-
-FRANCISCO DE RIOJA
-
-
-_33. A la rosa_
-
- Pura, encendida rosa,
- Émula de la llama
- Que sale con el día,
- ¿Cómo naces tan llena de alegría
- Si sabes que la edad que te da el cielo
- Es apenas un breve y veloz vuelo?
- Y no valdrán las puntas de tu rama
- Ni tu púrpura hermosa
- A detener un punto
- La ejecución del hado presurosa.
- El mismo cerco alado,
- Que estoy viendo riente,
- Ya temo amortiguado,
- Presto despojo de la llama ardiente.
- Para las hojas de tu crespo seno
- Te dio Amor de sus alas blandas plumas,
- Y oro de su cabello dio a tu frente.
- ¡Oh fiel imagen suya peregrina!
- Bañote en su color sangre divina
- De la deidad que dieron las espumas;
- Y esto, purpúrea flor, y esto ¿no pudo
- Hacer menos violento el rayo agudo?
- Róbate en una hora,
- Róbate licencioso su ardimiento
- El color y el aliento;
- Tiendes aun no las alas abrasadas,
- Y ya vuelan al suelo desmayadas.
- Tan cerca, tan unida
- Está al morir tu vida,
- Que dudo si en sus lágrimas la aurora
- Mustia tu nacimiento o muerte llora.
-
-
-
-
-RODRIGO CARO
-
-
-_34. A las ruinas de Itálica_
-
- Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora
- Campos de soledad, mustio collado,
- Fueron un tiempo Itálica famosa;
- Aquí de Cipión la vencedora
- Colonia fue; por tierra derribado
- Yace el temido honor de la espantosa
- Muralla, y lastimosa
- Reliquia es solamente
- De su invencible gente.
- Solo quedan memorias funerales
- Donde erraron ya sombras de alto ejemplo;
- Este llano fue plaza, allí fue templo;
- De todo apenas quedan las señales.
- Del gimnasio y las termas regaladas
- Leves vuelan cenizas desdichadas;
- Las torres que desprecio al aire fueron
- A su gran pesadumbre se rindieron.
- Este despedazado anfiteatro,
- Impío honor de los dioses, cuya afrenta
- Publica el amarillo jaramago,
- Ya reducido a trágico teatro,
- ¡Oh fábula del tiempo! representa
- Cuánta fue su grandeza y es su estrago.
- ¿Cómo en el cerco vago
- De su desierta arena
- El gran pueblo no suena?
- ¿Dónde, pues fieras hay, está el desnudo
- Luchador? ¿Dónde está el atleta fuerte?
- Todo despareció, cambió la suerte
- Voces alegres en silencio mudo;
- Mas aun el tiempo da en estos despojos
- Espectáculos fieros a los ojos,
- Y miran tan confuso lo presente
- Que voces de dolor el alma siente.
- Aquí nació aquel rayo de la guerra,
- Gran padre de la patria, honor de España,
- Pío, felice, triunfador Trajano,
- Ante quien muda se postró la tierra
- Que ve del sol la cuna y la que baña
- El mar, también vencido, gaditano.
- Aquí de Elio Adriano,
- De Teodosio divino,
- De Silio peregrino
- Rodaron de marfil y oro las cunas.
- Aquí ya de laurel, ya de jazmines
- Coronados los vieron los jardines,
- Que ahora son zarzales y lagunas.
- La casa para el César fabricada
- ¡Ay! yace de lagartos vil morada;
- Casas, jardines, césares murieron,
- Y aun las piedras que de ellos se escribieron.
- Fabio, si tú no lloras, pon atenta
- La vista en luengas calles destruïdas;
- Mira mármoles y arcos destrozados,
- Mira estatuas soberbias que violenta
- Némesis derribó, yacer tendidas,
- Y ya en alto silencio sepultados
- Sus dueños celebrados.
- Así a Troya figuro,
- Así a su antiguo muro,
- Y a ti, Roma, a quien queda el nombre apenas,
- ¡Oh patria de los dioses y los reyes!
- Y a ti, a quien no valieron justas leyes,
- Fábrica de Minerva, sabia Atenas,
- Emulación ayer de las edades,
- Hoy cenizas, hoy vastas soledades,
- Que no os respetó el hado, no la muerte,
- ¡Ay! ni por sabia a ti, ni a ti por fuerte.
- Mas ¿para qué la mente se derrama
- En buscar al dolor nuevo argumento?
- Basta ejemplo menor, basta el presente,
- Que aun se ve el humo aquí, se ve la llama,
- Aun se oyen llantos hoy, hoy ronco acento;
- Tal genio o religión fuerza la mente
- De la vecina gente,
- Que refiere admirada
- Que en la noche callada
- Una voz triste se oye, que, llorando
- _Cayó Itálica_ dice, y lastimosa,
- Eco reclama _Itálica_ en la hojosa
- Selva que se le opone, resonando
- _Itálica_, y el claro nombre oído
- De _Itálica_, renuevan el gemido
- Mil sombras nobles de su gran ruina;
- ¡Tanto aun la plebe a sentimiento inclina!
- Esta corta piedad que, agradecido
- Huésped, a tus sagrados manes debo,
- Les do y consagro, _Itálica_ famosa.
- Tú, si lloroso don han admitido
- Las ingratas cenizas, de que llevo
- Dulce noticia asaz, si lastimosa,
- Permíteme, piadosa
- Usura a tierno llanto,
- Que vea el cuerpo santo
- De Geroncio, tu mártir y prelado.
- Muestra de su sepulcro algunas señas,
- Y cavaré con lágrimas las peñas
- Que ocultan su sarcófago sagrado;
- Pero mal pido el único consuelo
- De todo el bien que airado quitó el cielo.
- Goza en las tuyas sus reliquias bellas
- Para envidia del mundo y sus estrellas.
-
-
-
-
-ANÓNIMO SEVILLANO
-
-(Probablemente Fernández de Andrada)
-
-
-_35. Epístola moral_
-
- Fabio, las esperanzas cortesanas
- Prisiones son do el ambicioso muere
- Y donde al más astuto nacen canas.
- El que no las limare o las rompiere,
- Ni el nombre de varón ha merecido,
- Ni subir al honor que pretendiere.
- El ánimo plebeyo y abatido
- Elija, en sus intentos temeroso,
- Primero estar suspenso que caído;
- Que el corazón entero y generoso
- Al caso adverso inclinará la frente
- Antes que la rodilla al poderoso.
- Más triunfos, más coronas dio al prudente
- Que supo retirarse, la fortuna,
- Que al que esperó obstinada y locamente.
- Esta invasión terrible e importuna
- De contrarios sucesos nos espera
- Desde el primer sollozo de la cuna.
- Dejémosla pasar como a la fiera
- Corriente del gran Betis, cuando airado
- Dilata hasta los montes su ribera.
- Aquel entre los héroes es contado
- Que el premio mereció, no quien le alcanza
- Por vanas consecuencias del estado.
- Peculio propio es ya de la privanza
- Cuanto de Astrea fue, cuanto regía
- Con su temida espada y su balanza.
- El oro, la maldad, la tiranía
- Del inicuo procede y pasa al bueno.
- ¿Qué espera la virtud o qué confía?
- Ven y reposa en el materno seno
- De la antigua Romúlea, cuyo clima
- Te será más humano y más sereno.
- Adonde por lo menos, cuando oprima
- Nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno;
- «Blanda le sea», al derramarla encima;
- Donde no dejarás la mesa ayuno
- Cuando te falte en ella el pece raro
- O cuando su pavón nos niegue Juno.
- Busca pues el sosiego dulce y caro,
- Como en la obscura noche del Egeo
- Busca el piloto el eminente faro;
- Que si acortas y ciñes tu deseo
- Dirás: «Lo que desprecio he conseguido;
- Que la opinión vulgar es devaneo.»
- Más precia el ruiseñor su pobre nido
- De pluma y leves pajas, más sus quejas
- En el bosque repuesto y escondido,
- Que halagar lisonjero las orejas
- De algún príncipe insigne; aprisionado
- En el metal de las doradas rejas.
- Triste de aquel que vive destinado
- A esa antigua colonia de los vicios,
- Augur de los semblantes del privado.
- Cese el ansia y la sed de los oficios;
- Que acepta el don y burla del intento
- El ídolo a quien haces sacrificios.
- Iguala con la vida el pensamiento,
- Y no le pasarás de hoy a mañana,
- Ni quizá de un momento a otro momento.
- Casi no tienes ni una sombra vana
- De nuestra antigua Itálica, y ¿esperas?
- ¡Oh error perpetuo de la suerte humana!
- Las enseñas grecianas, las banderas
- Del senado y romana monarquía
- Murieron, y pasaron sus carreras.
- ¿Qué es nuestra vida más que un breve día
- Do apena sale el sol cuando se pierde
- En las tinieblas de la noche fría?
- ¿Qué más que el heno, a la mañana verde,
- Seco a la tarde? ¡Oh ciego desvarío!
- ¿Será que de este sueño me recuerde?
- ¿Será que pueda ver que me desvío
- De la vida viviendo, y que está unida
- La cauta muerte al simple vivir mío?
- Como los ríos, que en veloz corrida
- Se llevan a la mar, tal soy llevado
- Al último suspiro de mi vida.
- De la pasada edad ¿qué me ha quedado?
- O ¿qué tengo yo, a dicha, en la que espero,
- Sin ninguna noticia de mi hado?
- ¡Oh, si acabase, viendo cómo muero,
- De aprender a morir antes que llegue
- Aquel forzoso término postrero;
- Antes que aquesta mies inútil siegue
- De la severa muerte dura mano,
- Y a la común materia se la entregue!
- Pasáronse las flores del verano,
- El otoño pasó con sus racimos,
- Pasó el invierno con sus nieves cano;
- Las hojas que en las altas selvas vimos
- Cayeron, ¡y nosotros a porfía
- En nuestro engaño inmóviles vivimos!
- Temamos al Señor que nos envía
- Las espigas del año y la hartura,
- Y la temprana pluvia y la tardía.
- No imitemos la tierra siempre dura
- A las aguas del cielo y al arado,
- Ni la vid cuyo fruto no madura.
- ¿Piensas acaso tú que fue criado
- El varón para rayo de la guerra,
- Para surcar el piélago salado,
- Para medir el orbe de la tierra
- Y el cerco donde el sol siempre camina?
- ¡Oh, quien así lo entiende, cuánto yerra!
- Esta nuestra porción, alta y divina,
- A mayores acciones es llamada
- Y en más nobles objetos se termina.
- Así aquella que al hombre solo es dada,
- Sacra razón y pura, me despierta,
- De esplendor y de rayos coronada;
- Y en la fría región dura y desierta
- De aqueste pecho enciende nueva llama,
- Y la luz vuelve a arder que estaba muerta.
- Quiero, Fabio, seguir a quien me llama,
- Y callado pasar entre la gente,
- Que no afecto los nombres ni la fama.
- El soberbio tirano del Oriente
- Que maciza las torres de cien codos
- Del cándido metal puro y luciente
- Apenas puede ya comprar los modos
- Del pecar; la virtud es más barata,
- Ella consigo mesma ruega a todos.
- ¡Pobre de aquel que corre y se dilata
- Por cuantos son los climas y los mares,
- Perseguidor del oro y de la plata!
- Un ángulo me basta entre mis lares,
- Un libro y un amigo, un sueño breve,
- Que no perturben deudas ni pesares.
- Esto tan solamente es cuanto debe
- Naturaleza al simple y al discreto,
- Y algún manjar común, honesto y leve.
- No, porque así te escribo, hagas conceto
- Que pongo la virtud en ejercicio:
- Que aun esto fue difícil a Epiteto.
- Basta al que empieza aborrecer el vicio,
- Y el ánimo enseñar a ser modesto;
- Después le será el cielo más propicio.
- Despreciar el deleite no es supuesto
- De sólida virtud; que aun el vicioso
- En sí propio le nota de molesto.
- Mas no podrás negarme cuán forzoso
- Este camino sea al alto asiento,
- Morada de la paz y del reposo.
- No sazona la fruta en un momento
- Aquella inteligencia que mensura
- La duración de todo a su talento.
- Flor la vimos primero hermosa y pura,
- Luego materia acerba y desabrida,
- Y perfecta después, dulce y madura;
- Tal la humana prudencia es bien que mida
- Y dispense y comparta las acciones
- Que han de ser compañeras de la vida.
- No quiera Dios que imite estos varones
- Que moran nuestras plazas macilentos,
- De la virtud infames histriones;
- Esos inmundos trágicos, atentos
- Al aplauso común, cuyas entrañas
- Son infaustos y oscuros monumentos.
- ¡Cuán callada que pasa las montañas
- El aura, respirando mansamente!
- ¡Qué gárrula y sonante por las cañas!
- ¡Qué muda la virtud por el prudente!
- ¡Qué redundante y llena de ruïdo
- Por el vano, ambicioso y aparente!
- Quiero imitar al pueblo en el vestido,
- En las costumbres solo a los mejores,
- Sin presumir de roto y mal ceñido.
- No resplandezca el oro y los colores
- En nuestro traje, ni tampoco sea
- Igual al de los dóricos cantores.
- Una mediana vida yo posea,
- Un estilo común y moderado,
- Que no lo note nadie que lo vea.
- En el plebeyo barro mal tostado
- Hubo ya quien bebió tan ambicioso
- Como en el vaso Múrino preciado;
- Y alguno tan ilustre y generoso
- Que usó, como si fuera plata neta,
- Del cristal transparente y luminoso.
- Sin la templanza ¿viste tú perfeta
- Alguna cosa? ¡Oh muerte! ven callada,
- Como sueles venir en la saeta,
- No en la tonante máquina preñada
- De fuego y de rumor; que no es mi puerta
- De doblados metales fabricada.
- Así, Fabio, me muestra descubierta
- Su esencia la verdad, y mi albedrío
- Con ella se compone y se concierta.
- No te burles de ver cuánto confío,
- Ni al arte de decir, vana y pomposa,
- El ardor atribuyas de este brío.
- ¿Es por ventura menos poderosa
- Que el vicio la virtud? ¿Es menos fuerte?
- No la arguyas de flaca y temerosa.
- La codicia en las manos de la suerte
- Se arroja al mar, la ira a las espadas,
- Y la ambición se ríe de la muerte.
- Y ¿no serán siquiera tan osadas
- Las opuestas acciones, si las miro
- De más ilustres genios ayudadas?
- Ya, dulce amigo, huyo y me retiro
- De cuanto simple amé; rompí los lazos.
- Ven y verás al alto fin que aspiro,
- Antes que el tiempo muera en nuestros brazos.
-
-
-
-
-LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA
-
-
-_36. A la esperanza_
-
- Alivia sus fatigas
- El labrador cansado
- Cuando su yerta barba escarcha cubre,
- Pensando en las espigas
- Del agosto abrasado
- Y en los lagares ricos del octubre;
- La hoz se le descubre
- Cuando el arado apaña,
- Y con dulces memorias le acompaña.
- Carga de hierro duro
- Sus miembros, y se obliga
- El joven al trabajo de la guerra.
- Huye el ocio seguro,
- Trueca por la enemiga
- Su dulce, natural y amiga tierra;
- Mas cuando se destierra
- O al asalto acomete,
- Mil triunfos y mil glorias se promete.
- La vida al mar confía,
- Y a dos tablas delgadas,
- El otro, que del oro está sediento.
- Escóndesele el día,
- Y las olas hinchadas
- Suben a combatir el firmamento;
- Él quita el pensamiento
- De la muerte vecina,
- Y en el oro le pone y en la mina.
- Deja el lecho caliente
- Con la esposa dormida
- El cazador solícito y robusto.
- Sufre el cierzo inclemente,
- La nieve endurecida,
- Y tiene de su afán por premio justo
- Interrumpir el gusto
- Y la paz de las fieras
- En vano cautas, fuertes y ligeras.
- Premio y cierto fin tiene
- Cualquier trabajo humano,
- Y el uno llama al otro sin mudanza;
- El invierno entretiene
- La opinión del verano,
- Y un tiempo sirve al otro de templanza.
- El bien de la esperanza
- Solo quedó en el suelo,
- Cuando todos huyeron para el cielo.
- Si la esperanza quitas,
- ¿Qué le dejas al mundo?
- Su máquina disuelves y destruyes;
- Todo lo precipitas
- En olvido profundo,
- Y ¿del fin natural, Flérida, huyes?
- Si la cerviz rehuyes
- De los brazos amados,
- ¿Qué premio piensas dar a los cuidados?
- Amor, en diferentes
- Géneros dividido,
- Él publica su fin, y quien le admite.
- Todos los accidentes
- De un amante atrevido
- (Niéguelo o disimúlelo) permite.
- Limite pues, limite
- La vana resistencia;
- Que, dada la ocasión, todo es licencia.
-
-
-_37._
-
- Imagen espantosa de la muerte,
- Sueño cruel, no turbes más mi pecho,
- Mostrándome cortado el nudo estrecho,
- Consuelo solo de mi adversa suerte.
- Busca de algún tirano el muro fuerte,
- De jaspe las paredes, de oro el techo,
- O el rico avaro en el angosto lecho
- Haz que temblando con sudor despierte.
- El uno vea el popular tumulto
- Romper con furia las herradas puertas,
- O al sobornado siervo el hierro oculto.
- El otro sus riquezas, descubiertas
- Con llave falsa o con violento insulto,
- Y déjale al amor sus glorias ciertas.
-
-
-_38._
-
- Llevó tras sí los pámpanos octubre,
- Y con las grandes lluvias insolente,
- No sufre Ibero márgenes ni puente,
- Mas antes los vecinos campos cubre.
- Moncayo, como suele, ya descubre
- Coronada de nieve la alta frente;
- Y el sol apenas vemos en oriente,
- Cuando la opaca tierra nos lo encubre.
- Sienten el mar y selvas ya la saña
- Del Aquilón, y encierra su bramido
- Gente en el puerto y gente en la cabaña.
- Y Fabio, en el umbral de Tais tendido
- Con vergonzosas lágrimas lo baña,
- Debiéndolas al tiempo que ha perdido.
-
-
-
-
-BARTOLOMÉ LEONARDO DE ARGENSOLA
-
-
-_39._
-
- «Dime, Padre común, pues eres justo,
- ¿Por qué ha de permitir tu providencia
- Que, arrastrando prisiones la inocencia,
- Suba la fraude a tribunal augusto?
- »¿Quién da fuerzas al brazo que robusto
- Hace a tus leyes firme resistencia,
- Y que el celo, que más la reverencia,
- Gima a los pies del vencedor injusto?
- »Vemos que vibran victoriosas palmas
- Manos inicuas, la virtud gimiendo
- Del triunfo en el injusto regocijo.»
- Esto decía yo, cuando riendo
- Celestial ninfa apareció, y me dijo:
- «¡Ciego! ¿es la tierra el centro de las almas?»
-
-
-
-
-LOPE DE VEGA
-
-
-_40. Canción_
-
- ¡Oh libertad preciosa,
- No comparada al oro,
- Ni al bien mayor de la espaciosa tierra!
- Más rica y más gozosa
- Que el precioso tesoro
- Que el mar del sur entre su nácar cierra;
- Con armas, sangre y guerra,
- Con las vidas y famas,
- Conquistado en el mundo;
- Paz dulce, amor profundo,
- Que el mal apartas y a tu bien nos llamas:
- En ti sola se anida
- Oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida.
- Cuando de las humanas
- Tinieblas vi del cielo
- La luz, principio de mis dulces días,
- Aquellas tres hermanas
- Que nuestro humano velo
- Tejiendo, llevan por inciertas vías,
- Las duras penas mías
- Trocaron en la gloria
- Que en libertad poseo,
- Con siempre igual deseo,
- Donde verá por mi dichosa historia,
- Quien más leyere en ella,
- Que es dulce libertad lo menos della.
- Yo pues, señor exento
- Desta montaña y prado,
- Gozo la gloria y libertad que tengo.
- Soberbio pensamiento
- Jamás ha derribado
- La vida humilde y pobre que sostengo.
- Cuando a las manos vengo
- Con el muchacho ciego,
- Haciendo rostro embisto,
- Venzo, triunfo y resisto
- La flecha, el arco, la ponzoña, el fuego,
- Y con libre albedrío
- Lloro el ajeno mal y canto el mío.
- Cuando el aurora baña
- Con helado rocío
- De aljófar celestial el monte y prado,
- Salgo de mi cabaña,
- Riberas deste río,
- A dar el nuevo pasto a mi ganado,
- Y cuando el sol dorado
- Muestra sus fuerzas graves,
- Al sueño el pecho inclino
- Debajo un sauce o pino,
- Oyendo el son de las parleras aves,
- O ya gozando el aura,
- Donde el perdido aliento se restaura.
- Cuando la noche oscura
- Con su estrellado manto
- El claro día en su tiniebla encierra,
- Y suena en la espesura
- El tenebroso canto
- De los nocturnos hijos de la tierra,
- Al pie de aquesta sierra
- Con rústicas palabras
- Mi ganadillo cuento
- Y el corazón contento
- Del gobierno de ovejas y de cabras,
- La temerosa cuenta
- Del cuidadoso rey me representa.
- Aquí la verde pera
- Con la manzana hermosa,
- De gualda y roja sangre matizada,
- Y de color de rosa
- La cermeña olorosa
- Tengo, y la endrina de color morada;
- Aquí de la enramada
- Parra que al olmo enlaza,
- Melosas uvas cojo;
- Y en cantidad recojo,
- Al tiempo que las ramas desenlaza
- El caluroso estío,
- Membrillos que coronan este río.
- No me da descontento
- El hábito costoso
- Que de lascivo el pecho noble infama;
- Es mi dulce sustento
- Del campo generoso
- Estas silvestres frutas que derrama;
- Mi regalada cama
- De blandas pieles y hojas,
- Que algún rey la envidiara,
- Y de ti, fuente clara,
- Que bullendo, el arena y agua arrojas,
- Estos cristales puros,
- Sustentos pobres, pero bien seguros.
- Estese el cortesano
- Procurando a su gusto
- La blanda cama y el mejor sustento;
- Bese la ingrata mano
- Del poderoso injusto,
- Formando torres de esperanza al viento;
- Viva y muera sediento
- Por el honroso oficio,
- Y goce yo del suelo,
- Al aire, al sol y al hielo,
- Ocupado en mi rústico ejercicio;
- Que más vale pobreza
- En paz, que en guerra mísera riqueza.
- Ni temo al poderoso
- Ni al rico lisonjeo,
- Ni soy camaleón del que gobierna,
- Ni me tiene envidioso
- La ambición y deseo
- De ajena gloria ni de fama eterna;
- Carne sabrosa y tierna,
- Vino aromatizado,
- Pan blanco de aquel día,
- En prado, en fuente fría,
- Halla un pastor con hambre fatigado;
- Que el grande y el pequeño
- Somos iguales lo que dura el sueño.
-
-
-_41._
-
- A mis soledades voy,
- De mis soledades vengo,
- Porque para andar conmigo
- Me bastan mis pensamientos.
- ¡No sé qué tiene la aldea
- Donde vivo y donde muero,
- Que con venir de mí mismo
- No puedo venir más lejos!
- Ni estoy bien ni mal conmigo;
- Mas dice mi entendimiento
- Que un hombre que todo es alma
- Está cautivo en su cuerpo.
- Entiendo lo que me basta,
- Y solamente no entiendo
- Cómo se sufre a sí mismo
- Un ignorante soberbio.
- De cuantas cosas me cansan,
- Fácilmente me defiendo;
- Pero no puedo guardarme
- De los peligros de un necio.
- Él dirá que yo lo soy,
- Pero con falso argumento;
- Que humildad y necedad
- No caben en un sujeto.
- La diferencia conozco,
- Porque en él y en mí contemplo,
- Su locura en su arrogancia,
- Mi humildad en su desprecio.
- O sabe naturaleza
- Más que supo en otro tiempo,
- O tantos que nacen sabios
- Es porque lo dicen ellos.
- Solo sé que no sé nada,
- Dijo un filósofo, haciendo
- La cuenta con su humildad,
- Adonde lo más es menos.
- No me precio de entendido,
- De desdichado me precio;
- Que los que no son dichosos,
- ¿Cómo pueden ser discretos?
- No puede durar el mundo,
- Porque dicen, y lo creo,
- Que suena a vidrio quebrado
- Y que ha de romperse presto.
- Señales son del juïcio
- Ver que todos le perdemos,
- Unos por carta de más,
- Otros por carta de menos.
- Dijeron que antiguamente
- Se fue la verdad al cielo:
- Tal la pusieron los hombres
- Que desde entonces no ha vuelto.
- En dos edades vivimos
- Los propios y los ajenos,
- La de plata los extraños,
- Y la de cobre los nuestros.
- ¿A quién no dará cuidado,
- Si es español verdadero,
- Ver los hombres a lo antiguo
- Y el valor a lo moderno?
- Dijo Dios que comería
- Su pan el hombre primero
- Con el sudor de su cara,
- Por quebrar su mandamiento;
- Y algunos inobedientes
- A la vergüenza y al miedo,
- Con las prendas de su honor
- Han trocado los efectos.
- Virtud y filosofía
- Peregrinan como ciegos:
- El uno se lleva al otro,
- Llorando van y pidiendo.
- Dos polos tiene la tierra,
- Universal movimiento,
- La mejor vida el favor,
- La mejor sangre el dinero.
- Oigo tañer las campanas,
- Y no me espanto, aunque puedo,
- Que en lugar de tantas cruces
- Haya tantos hombres muertos.
- Mirando estoy los sepulcros
- Cuyos mármoles eternos
- Están diciendo sin lengua
- Que no lo fueron sus dueños.
- ¡Oh, bien haya quien los hizo,
- Porque solamente en ellos
- De los poderosos grandes
- Se vengaron los pequeños!
- Fea pintan a la envidia:
- Yo confieso que la tengo
- De unos hombres que no saben
- Quien vive pared en medio.
- Sin libros y sin papeles,
- Sin tratos, cuentas ni cuentos,
- Cuando quieren escribir
- Piden prestado el tintero.
- Sin ser pobres ni ser ricos,
- Tienen chimenea y huerto;
- No los despiertan cuidados,
- Ni pretensiones, ni pleitos.
- Ni murmuraron del grande,
- Ni ofendieron al pequeño;
- Nunca, como yo, firmaron
- Parabién, ni pascua dieron.
- Con esta envidia que digo,
- Y lo que paso en silencio,
- A mis soledades voy,
- De mis soledades vengo.
-
-
-_42._
-
- ¡Pobre barquilla mía,
- Entre peñascos rota,
- Sin velas desvelada,
- Y entre las olas sola!
- ¿Adónde vas perdida?
- ¿Adónde, di, te engolfas?
- Que no hay deseos cuerdos
- Con esperanzas locas.
- Como las altas naves,
- Te apartas animosa
- De la vecina tierra,
- Y al fiero mar te arrojas.
- Igual en las fortunas,
- Mayor en las congojas,
- Pequeña en las defensas,
- Incitas a las ondas.
- Advierte que te llevan
- A dar entre las rocas
- De la soberbia envidia,
- Naufragio de las honras.
- Cuando por las riberas
- Andabas costa a costa,
- Nunca del mar temiste
- Las iras procelosas.
- Segura navegabas;
- Que por la tierra propia
- Nunca el peligro es mucho
- Adonde el agua es poca.
- Verdad es que en la patria
- No es la virtud dichosa,
- Ni se estima la perla
- Hasta dejar la concha.
- Dirás que muchas barcas
- Con el favor en popa,
- Saliendo desdichadas,
- Volvieron venturosas.
- No mires los ejemplos
- De las que van y tornan,
- Que a muchas ha perdido
- La dicha de las otras.
- Para los altos mares
- No llevas cautelosa,
- Ni velas de mentiras,
- Ni remos de lisonjas.
- ¿Quién te engañó, barquilla?
- Vuelve, vuelve la proa;
- Que presumir de nave
- Fortunas ocasiona.
- ¿Qué jarcias te entretejen?
- ¿Qué ricas banderolas
- Azote son del viento
- Y de las aguas sombra?
- ¿En qué gavia descubres
- Del árbol alta copa,
- La tierra en perspectiva,
- Del mar incultas orlas?
- ¿En qué celajes fundas
- Que es bien echar la sonda,
- Cuando, perdido el rumbo,
- Erraste la derrota?
- Si te sepulta arena,
- ¿Qué sirve fama heroica?
- Que nunca desdichados
- Sus pensamientos logran.
- ¿Qué importa que te ciñan
- Ramas verdes o rojas,
- Que en selvas de corales
- Salado césped brota?
- Laureles de la orilla
- Solamente coronan
- Navíos de alto bordo
- Que jarcias de oro adornan.
- No quieras que yo sea,
- Por tu soberbia pompa,
- Faetonte de barqueros
- Que los laureles lloran.
- Pasaron ya los tiempos
- Cuando lamiendo rosas
- El céfiro bullía
- Y suspiraba aromas.
- Ya fieros huracanes
- Tan arrogantes soplan
- Que, salpicando estrellas,
- Del sol la frente mojan;
- Ya los valientes rayos
- De la vulcana forja,
- En vez de torres altas,
- Abrasan pobres chozas.
- Contenta con tus redes,
- A la playa arenosa
- Mojado me sacabas;
- Pero vivo, ¿qué importa?
- Cuando de rojo nácar
- Se afeitaba la aurora,
- Más peces te llenaban
- Que ella lloraba aljófar.
- Al bello sol que adoro,
- Enjuta ya la ropa,
- Nos daba una cabaña
- La cama de sus hojas.
- Esposa me llamaba,
- Yo la llamaba esposa,
- Parándose de envidia
- La celestial antorcha.
- Sin pleito, sin disgusto,
- La muerte nos divorcia:
- ¡Ay de la pobre barca
- Que en lágrimas se ahoga!
- Quedad sobre la arena,
- Inútiles escotas;
- Que no ha menester velas
- Quien a su bien no torna.
- Si con eternas plantas
- Las fijas luces doras,
- ¡Oh dueño de mi barca!
- Y en dulce paz reposas,
- Merezca que le pidas
- Al bien que eterno gozas,
- Que adonde estás, me lleve,
- Más pura y más hermosa.
- Mi honesto amor te obligue;
- Que no es digna victoria
- Para quejas humanas
- Ser las deidades sordas.
- Mas ¡ay que no me escuchas!
- Pero la vida es corta:
- Viviendo, todo falta;
- Muriendo, todo sobra.
-
-
-_43. Judit_
-
- Cuelga sangriento de la cama al suelo
- El hombro diestro del feroz tirano,
- Que opuesto al muro de Betulia en vano,
- Despidió contra sí rayos al cielo.
- Revuelto con el ansia el rojo velo
- Del pabellón a la siniestra mano,
- Descubre el espectáculo inhumano
- Del tronco horrible, convertido en hielo.
- Vertido Baco, el fuerte arnés afea
- Los vasos y la mesa derribada,
- Duermen los guardas, que tan mal emplea;
- Y sobre la muralla, coronada
- Del pueblo de Israel, la casta hebrea
- Con la cabeza resplandece armada.
-
-
-_44._
-
- Suelta mi manso, mayoral extraño,
- Pues otro tienes tú de igual decoro:
- Suelta la prenda que en el alma adoro,
- Perdida por tu bien y por mi daño.
- Ponle su esquila de labrado estaño,
- Y no le engañen tus collares de oro:
- Toma en albricias este blanco toro
- Que a las primeras yerbas cumple un año.
- Si pides señas, tiene el vellocino
- Pardo, encrespado, y los ojuelos tiene
- Como durmiendo en regalado sueño.
- Si piensas que no soy su dueño, Alcino,
- Suelta, y verasle si a mi choza viene;
- Que aun tienen sal las manos de su dueño.
-
-
-_45._
-
- ¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
- ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
- Que a mi puerta, cubierto de rocío,
- Pasas las noches del invierno escuras?
- ¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
- Pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
- Si de mi ingratitud el hielo frío
- Secó las llagas de tus plantas puras!
- ¡Cuántas veces el ángel me decía:
- «Alma, asómate agora a la ventana;
- Verás con cuánto amor llamar porfía!»
- Y ¡cuántas, hermosura soberana,
- «Mañana le abriremos,» respondía,
- Para lo mismo responder mañana!
-
-
-_46._
-
- Pastor, que con tus silbos amorosos
- Me despertaste del profundo sueño;
- Tú, que hiciste cayado dese leño
- En que tiendes los brazos poderosos;
- Vuelve los ojos a mi fe piadosos,
- Pues te confieso por mi amor y dueño,
- Y la palabra de seguirte empeño
- Tus dulces silbos y tus pies hermosos.
- Oye, Pastor que por amores mueres,
- No te espante el rigor de mis pecados,
- Pues tan amigo de rendidos eres;
- Espera pues, y escucha mis cuidados;
- Pero ¿cómo te digo que me esperes,
- Si estás para esperar los pies clavados?
-
-
-_47. Temores en el favor_
-
- Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,
- Y la cándida víctima levanto,
- De mi atrevida indignidad me espanto,
- Y la piedad de vuestro pecho admiro.
- Tal vez el alma con temor retiro,
- Tal vez la doy al amoroso llanto;
- Que, arrepentido de ofenderos tanto,
- Con ansias temo y con dolor suspiro.
- Volved los ojos a mirarme humanos;
- Que por las sendas de mi error siniestras
- Me despeñaron pensamientos vanos.
- No sean tantas las miserias nuestras
- Que a quien os tuvo en sus indignas manos
- Vos le dejéis de las divinas vuestras.
-
-
-
-
-DON LUIS DE GÓNGORA
-
-
-_48. Angélica y Medoro_
-
- En un pastoral albergue
- Que la guerra entre unos robles
- Lo dejó por escondido
- O lo perdonó por pobre,
- Do la paz viste pellico
- Y conduce entre pastores
- Ovejas del monte al llano
- Y cabras del llano al monte,
- Mal herido y bien curado,
- Se alberga un dichoso joven,
- Que sin clavarle Amor flecha
- Le coronó de favores.
- Las venas con poca sangre,
- Los ojos con mucha noche,
- Lo halló en el campo aquella
- Vida y muerte de los hombres.
- Del palafrén se derriba,
- No porque al moro conoce,
- Sino por ver que la yerba
- Tanta sangre paga en flores.
- Límpiale el rostro, y la mano
- Siente al Amor que se esconde
- Tras las rosas, que la muerte
- Va violando sus colores.
- Escondiose tras las rosas,
- Porque labren sus arpones
- El diamante del Catay
- Con aquella sangre noble.
- Ya le regala los ojos,
- Ya le entra, sin ver por dónde,
- Una piedad mal nacida
- Entre dulces escorpiones.
- Ya es herido el pedernal,
- Ya despide el primer golpe
- Centellas de agua, ¡oh piedad,
- Hija de padres traidores!
- Yerbas le aplica a sus llagas,
- Que si no sanan entonces,
- En virtud de tales manos
- Lisonjean los dolores.
- Amor le ofrece su venda,
- Mas ella sus velos rompe
- Para ligar sus heridas;
- Los rayos del sol perdonen.
- Los últimos nudos daba
- Cuando el cielo la socorre
- De un villano en una yegua
- Que iba penetrando el bosque.
- Enfrénanle de la bella
- Las tristes piadosas voces,
- Que los firmes troncos mueven
- Y las sordas piedras oyen;
- Y la que mejor se halla
- En las selvas que en la corte,
- Simple bondad, al pío ruego
- Cortésmente corresponde.
- Humilde se apea el villano,
- Y sobre la yegua pone
- Un cuerpo con poca sangre,
- Pero con dos corazones.
- A su cabaña los guía;
- Que el sol deja su horizonte
- Y el humo de su cabaña
- Le va sirviendo de norte.
- Llegaron temprano a ella,
- Do una labradora acoge
- Un mal vivo con dos almas,
- Una ciega con dos soles.
- Blando heno en vez de pluma
- Para lecho les compone,
- Que será tálamo luego
- Do el garzón sus dichas logre.
- Las manos, pues, cuyos dedos
- Desta vida fueron dioses,
- Restituyen a Medoro
- Salud nueva, fuerzas dobles,
- Y le entregan, cuando menos,
- Su beldad y un reino en dote,
- Segunda envidia de Marte,
- Primera dicha de Adonis.
- Corona un lascivo enjambre
- De cupidillos menores
- La choza, bien como abejas
- Hueco tronco de alcornoque.
- ¡Qué de nudos le está dando
- A un áspid la envidia torpe,
- Contando de las palomas
- Los arrullos gemidores!
- ¡Qué bien la destierra Amor,
- Haciendo la cuerda azote,
- Porque el caso no se infame
- Y el lugar no se inficione!
- Todo es gala el africano,
- Su vestido espira olores,
- El lunado arco suspende
- Y el corvo alfanje depone.
- Tórtolas enamoradas
- Son sus roncos atambores,
- Y los volantes de Venus
- Sus bien seguidos pendones.
- Desnuda el pecho anda ella,
- Vuela el cabello sin orden;
- Si lo abrocha, es con claveles,
- Con jazmines si lo coge.
- El pie calza en lazos de oro,
- Porque la nieve se goce,
- Y no se vaya por pies
- La hermosura del orbe.
- Todo sirve a los amantes,
- Plumas les baten veloces,
- Airecillos lisonjeros,
- Si no son murmuradores.
- Los campos les dan alfombras,
- Los árboles pabellones,
- La apacible fuente sueño,
- Música los ruiseñores.
- Los troncos les dan cortezas,
- En que se guarden sus nombres
- Mejor que en tablas de mármol
- O que en láminas de bronce.
- No hay verde fresno sin letra,
- Ni blanco chopo sin mote;
- Si un valle _Angélica_ suena,
- Otro _Angélica_ responde.
- Cuevas do el silencio apenas
- Deja que sombras las moren,
- Profanan con sus abrazos
- A pesar de sus horrores.
- Choza pues, tálamo y lecho,
- Contestes destos amores,
- El cielo os guarde, si puede,
- De las locuras del Conde.
-
-
-_49._
-
- Servía en Orán al Rey
- Un español con dos lanzas,
- Y con el alma y la vida
- A una gallarda africana,
- Tan noble como hermosa,
- Tan amante como amada,
- Con quien estaba una noche
- Cuando tocaron al arma.
- Trescientos Zenetes eran
- Deste rebato la causa;
- Que los rayos de la luna
- Descubrieron las adargas;
- Las adargas avisaron
- A las mudas atalayas,
- Las atalayas los fuegos,
- Los fuegos a las campanas;
- Y ellas al enamorado,
- Que en los brazos de su dama
- Oyó el militar estruendo
- De las trompas y las cajas.
- Espuelas de honor le pican
- Y freno de amor le para;
- No salir es cobardía,
- Ingratitud es dejalla.
- Del cuello pendiente ella,
- Viéndole tomar la espada,
- Con lágrimas y suspiros
- Le dice aquestas palabras:
- «Salid al campo, Señor,
- Bañen mis ojos la cama;
- Que ella me será también,
- Sin vos, campo de batalla.
- »Vestíos y salid apriesa,
- Que el general os aguarda;
- Yo os hago a vos mucha sobra
- Y vos a él mucha falta.
- »Bien podéis salir desnudo
- Pues mi llanto no os ablanda;
- Que tenéis de acero el pecho
- Y no habéis menester armas.»
- Viendo el español brioso
- Cuánto le detiene y habla,
- Le dice así: «Mi señora,
- Tan dulce como enojada,
- »Porque con honra y amor
- Yo me quede, cumpla y vaya,
- Vaya a los moros el cuerpo,
- Y quede con vos el alma.
- »Concededme, dueño mío,
- Licencia para que salga
- Al rebato en vuestro nombre,
- Y en vuestro nombre combata.»
-
-
-_50._
-
- Entre los sueltos caballos
- De los vencidos Zenetes,
- Que por el campo buscaban
- Entre lo rojo lo verde,
- Aquel español de Orán
- Un suelto caballo prende,
- Por sus relinchos lozano
- Y por sus cernejas fuerte,
- Para que lo lleve a él,
- Y a un moro cautivo lleve,
- Que es uno que ha cautivado,
- Capitán de cien Zenetes.
- En el ligero caballo
- Suben ambos, y él parece,
- De cuatro espuelas herido,
- Que cuatro vientos lo mueven.
- Triste camina el alarbe,
- Y lo más bajo que puede
- Ardientes suspiros lanza
- Y amargas lágrimas vierte.
- Admirado el español
- De ver cada vez que vuelve
- Que tan tiernamente llore
- Quien tan duramente hiere,
- Con razones le pregunta
- Comedidas y corteses
- De sus suspiros la causa,
- Si la causa lo consiente.
- El cautivo, como tal,
- Sin excusarlo, obedece,
- Y a su piadosa demanda
- Satisface desta suerte:
- «Valiente eres, capitán,
- Y cortés como valiente;
- Por tu espada y por tu trato
- Me has cautivado dos veces.
- »Preguntado me has la causa
- De mis suspiros ardientes,
- Y débote la respuesta
- Por quien soy y por quien eres.
- »Yo nací en Gelves el año
- Que os perdísteis en los Gelves,
- De una berberisca noble
- Y de un turco mata-siete.
- »En Tremecén me crié
- Con mi madre y mis parientes
- Después que murió mi padre,
- Corsario de tres bajeles.
- »Junto a mi casa vivía,
- Porque más cerca muriese,
- Una dama del linaje
- De los nobles Melioneses:
- »Extremo de las hermosas,
- Cuando no de las crueles,
- Hija al fin destas arenas
- Engendradoras de sierpes.
- »Era tal su hermosura,
- Que se hallaran claveles
- Más ciertos en sus dos labios
- Que en los dos floridos meses.
- »Cada vez que la miraba
- Salía el sol por su frente,
- De tantos rayos vestido
- Cuantos cabellos contiene.
- »Juntos así nos criamos,
- Y Amor en nuestras niñeces
- Hirió nuestros corazones
- Con arpones diferentes.
- »Labró el oro en mis entrañas
- Dulces lazos, tiernas redes,
- Mientras el plomo en las suyas
- Libertades y desdenes.
- »Mas, ya la razón sujeta,
- Con palabras me requiere
- Que su crueldad le perdone
- Y de su beldad me acuerde;
- »Y apenas vide trocada
- La dureza desta sierpe,
- Cuando tú me cautivaste;
- Mira si es bien que lamente.
- »Esta, español, es la causa
- Que a llanto pudo moverme;
- Mira si es razón que llore
- Tantos males juntamente.»
- Conmovido el capitán
- De las lágrimas que vierte,
- Parando el veloz caballo,
- Que paren sus males quiere.
- «Gallardo moro, le dice,
- Si adoras como refieres,
- Y si como dices amas,
- Dichosamente padeces
- »¿Quién pudiera imaginar,
- Viendo tus golpes crueles,
- Que cupiera alma tan tierna
- En pecho tan duro y fuerte?
- »Si eres del Amor cautivo,
- Desde aquí puedes volverte;
- Que me pedirán por robo
- Lo que entendí que era suerte.
- »Y no quiero por rescate
- Que tu dama me presente
- Ni las alfombras más finas
- Ni las granas más alegres.
- »Anda con Dios, sufre y ama,
- Y vivirás si lo hicieres,
- Con tal que cuando la veas
- Pido que de mí te acuerdes.»
- Apeose del caballo,
- Y el moro tras él desciende,
- Y por el suelo postrado,
- La boca a sus pies ofrece.
- «Vivas mil años, le dice,
- Noble capitán valiente,
- Que ganas más con librarme
- Que ganaste con prenderme.
- »Alá se quede contigo
- Y te dé vitoria siempre
- Para que extiendas tu fama
- Con hechos tan excelentes.»
-
-
-_51._
-
- _Ande yo caliente,_
- _Y ríase la gente._
-
- Traten otros del gobierno
- Del mundo y sus monarquías,
- Mientras gobiernan mis días
- Mantequillas y pan tierno,
- Y las mañanas de invierno
- Naranjada y aguardiente,
- _Y ríase la gente_.
-
- Coma en dorada vajilla
- El príncipe mil cuidados
- Como píldoras dorados;
- Que yo en mi pobre mesilla
- Quiero más una morcilla
- Que en el asador reviente,
- _Y ríase la gente_.
-
- Cuando cubra las montañas
- De plata y nieve el enero
- Tenga yo lleno el brasero
- De bellotas y castañas,
- Y quien las dulces patrañas
- Del rey que rabió me cuente,
- _Y ríase la gente_.
-
- Busque muy en hora buena
- El mercader nuevos soles;
- Yo conchas y caracoles
- Entre la menuda arena,
- Escuchando a Filomena
- Sobre el chopo de la fuente,
- _Y ríase la gente_.
-
- Pase a media noche el mar,
- Y arda en amorosa llama
- Leandro por ver su dama;
- Que yo más quiero pasar
- De Yepes a Madrigar
- La regalada corriente,
- _Y ríase la gente_.
-
- Pues Amor es tan cruel
- Que de Píramo y su amada
- Hace tálamo una espada,
- Do se junten ella y él,
- Sea mi Tisbe un pastel,
- Y la espada sea mi diente,
- _Y ríase la gente_.
-
-
- _52._
-
- La más bella niña
- De nuestro lugar,
- Hoy viuda y sola
- Y ayer por casar,
- Viendo que sus ojos
- A la guerra van,
- A su madre dice
- Que escucha su mal:
- _Dejadme llorar_
- _Orillas del mar._
- Pues me disteis, madre,
- En tan tierna edad
- Tan corto el placer,
- Tan largo el penar,
- Y me cautivasteis
- De quien hoy se va
- Y lleva las llaves
- De mi libertad,
- _Dejadme llorar_
- _Orillas del mar._
- En llorar conviertan
- Mis ojos de hoy más
- El sabroso oficio
- Del dulce mirar,
- Pues que no se pueden
- Mejor ocupar
- Yéndose a la guerra
- Quien era mi paz.
- _Dejadme llorar_
- _Orillas del mar._
- No me pongáis freno
- Ni queráis culpar;
- Que lo uno es justo,
- Lo otro por demás.
- Si me queréis bien
- No me hagáis mal;
- Harto peor fue
- Morir y callar.
- _Dejadme llorar_
- _Orillas del mar._
- Dulce madre mía,
- ¿Quién no llorará,
- Aunque tenga el pecho
- Como un pedernal,
- Y no dará voces
- Viendo marchitar
- Los más verdes años
- De mi mocedad?
- _Dejadme llorar_
- _Orillas del mar._
- Váyanse las noches,
- Pues ido se han
- Los ojos que hacían
- Los míos velar;
- Váyanse, y no vean
- Tanta soledad
- Después que en mi lecho
- Sobra la mitad.
- _Dejadme llorar_
- _Orillas del mar._
-
-
-
-
-DON FRANCISCO DE QUEVEDO
-
-
-_53. El Sueño_
-
- ¿Con qué culpa tan grave,
- Sueño blando y suave,
- Pude en largo destierro merecerte
- Que se aparte de mí tu olvido manso?
- Pues no te busco yo por ser descanso,
- Sino por muda imagen de la muerte.
- Cuidados veladores
- Hacen inobedientes mis dos ojos
- A la ley de las horas:
- No han podido vencer a mis dolores
- Las noches, ni dar paz a mis enojos.
- Madrugan más en mí que en las auroras
- Lágrimas a este llano;
- Que amanece a mi mal siempre temprano;
- Y tanto, que persuade la tristeza
- A mis dos ojos, que nacieron antes
- Para llorar que para ver. Tú, sueño,
- De sosiego los tienes ignorantes,
- De tal manera, que al morir el día
- Con luz enferma vi que permitía
- El sol que le mirasen en Poniente.
- Con pies torpes al punto, ciega y fría,
- Cayó de las estrellas blandamente
- La noche, tras las pardas sombras mudas,
- Que el sueño persuadieron a la gente.
- Escondieron las galas a los prados
- Y quedaron desnudas
- Estas laderas y sus peñas solas:
- Duermen ya entre sus montes recostados
- Los mares y las olas.
- Si con algún acento
- Ofenden las orejas,
- Es que entre sueños dan al cielo quejas
- Del yerto lecho y duro acogimiento,
- Que blandos hallan en los cerros duros.
- Los arroyuelos puros
- Se adormecen al son del llanto mío,
- Y a su modo también se duerme el río.
- Con sosiego agradable
- Se dejan poseer de ti las flores;
- Mudos están los males,
- No hay cuidado que hable,
- Faltan lenguas y voz a los dolores,
- Y en todos los mortales
- Yace la vida envuelta en alto olvido.
- Tan solo mi gemido
- Pierde el respeto a tu silencio santo:
- Yo tu quietud molesto con mi llanto,
- Y te desacredito
- El nombre de callado, con mi grito.
- Dame, cortés mancebo, algún reposo:
- No seas digno del nombre de avariento
- En el más desdichado y firme amante
- Que lo merece ser por dueño hermoso.
- Débate alguna pausa mi tormento.
- Gózante en las cabañas
- Y debajo del cielo
- Los ásperos villanos;
- Hállate en el rigor de los pantanos
- Y encuéntrate en las nieves y en el hielo
- El soldado valiente,
- Y yo no puedo hallarte, aunque lo intente,
- Entre mi pensamiento y mi deseo.
- Ya, pues, con dolor creo
- Que eres más riguroso que la tierra,
- Más duro que la roca,
- Pues te alcanza el soldado envuelto en guerra,
- Y en ella mi alma por jamás te toca.
- Mira que es gran rigor: dame siquiera
- Lo que de ti desprecia tanto avaro,
- Por el oro en que alegre considera,
- Hasta que da la vuelta el tiempo claro;
- Lo que había de dormir en blando lecho
- Y da el enamorado a su señora,
- Y a ti se te debía de derecho.
- Dame lo que desprecia de ti agora
- Por robar el ladrón; lo que desecha
- El que invidiosos celos tuvo y llora.
- Quede en parte mi queja satisfecha,
- Tócame con el cuento de tu vara:
- Oirán siquiera el ruido de tus plumas
- Mis desventuras sumas;
- Que yo no quiero verte cara a cara,
- Ni que hagas más caso
- De mí, que hasta pasar por mí de paso;
- O que a tu sombra negra por lo menos,
- Si fueres a otra parte peregrino,
- Se le haga camino
- Por estos ojos de sosiego ajenos.
- Quítame, blando sueño, este desvelo,
- O de él alguna parte,
- Y te prometo, mientras viere el cielo,
- De desvelarme solo en celebrarte.
-
-
-_54. Epístola satírica y censoria_
-
-_contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita al
-Conde-Duque de Olivares._
-
- No he de callar, por más que con el dedo,
- Ya tocando la boca, o ya la frente,
- Silencio avises o amenaces miedo.
- ¿No ha de haber un espíritu valiente?
- ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
- ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
- Hoy sin miedo que libre escandalice
- Puede hablar el ingenio, asegurado
- De que mayor poder le atemorice.
- En otros siglos pudo ser pecado
- Severo estudio y la verdad desnuda,
- Y romper el silencio el bien hablado.
- Pues sepa quien lo niega y quien lo duda
- Que es lengua la verdad de Dios severo
- Y la lengua de Dios nunca fue muda.
- Son la verdad y Dios, Dios verdadero:
- Ni eternidad divina los separa,
- Ni de los dos alguno fue primero.
- Si Dios a la verdad se adelantara,
- Siendo verdad, implicación hubiera
- En ser y en que verdad de ser dejara.
- La justicia de Dios es verdadera,
- Y la misericordia, y todo cuanto
- Es Dios todo ha de ser verdad entera.
- Señor Excelentísimo, mi llanto
- Ya no consiente márgenes ni orillas:
- Inundación será la de mi canto.
- Ya sumergirse miro mis mejillas,
- La vista por dos urnas derramada
- Sobre las aras de las dos Castillas.
- Yace aquella virtud desaliñada
- Que fue, si rica menos, más temida,
- En vanidad y en sueño sepultada.
- Y aquella libertad esclarecida
- Que en donde supo hallar honrada muerte
- Nunca quiso tener más larga vida.
- Y pródiga del alma, nación fuerte
- Contaba por afrentas de los años
- Envejecer en brazos de la suerte.
- Del tiempo el ocio torpe, y los engaños
- Del paso de las horas y del día
- Reputaban los nuestros por extraños.
- Nadie contaba cuánta edad vivía,
- Sino de qué manera: ni aun un hora
- Lograba sin afán su valentía.
- La robusta virtud era señora,
- Y sola dominaba al pueblo rudo;
- Edad, si mal hablada, vencedora.
- El temor de la mano daba escudo
- Al corazón, que, en ella confiado,
- Todas las armas despreció desnudo.
- Multiplicó en escuadras un soldado
- Su honor precioso, su ánimo valiente,
- De sola honesta obligación armado.
- Y debajo del cielo aquella gente,
- Si no a más descansado, a más honroso
- Sueño entregó los ojos, no la mente.
- Hilaba la mujer para su esposo
- La mortaja primero que el vestido;
- Menos le vio galán que peligroso.
- Acompañaba el lado del marido
- Más veces en la hueste que en la cama;
- Sano le aventuró, vengole herido.
- Todas matronas y ninguna dama,
- Que nombres del halago cortesano
- No admitió lo severo de su fama.
- Derramado y sonoro el Oceáno
- Era divorcio de las rubias minas
- Que usurparon la paz del pecho humano.
- Ni los trujo costumbres peregrinas
- El áspero dinero, ni el Oriente
- Compró la honestidad con piedras finas.
- Joya fue la virtud pura y ardiente;
- Gala el merecimiento y alabanza;
- Solo se codiciaba lo decente.
- No de la pluma dependió la lanza,
- Ni el cántabro con cajas y tinteros
- Hizo el campo heredad, sino matanza.
- Y España con legítimos dineros,
- No mendigando el crédito a Liguria,
- Más quiso los turbantes que los ceros.
- Menos fuera la pérdida y la injuria
- Si se volvieran Muzas los asientos,
- Que esta usura es peor que aquella furia.
- Caducaban las aves en los vientos,
- Y espiraba decrépito el venado:
- Grande vejez duró en los elementos.
- Que el vientre entonces, bien disciplinado,
- Buscó satisfacción y no hartura,
- Y estaba la garganta sin pecado.
- Del mayor infanzón de aquella pura
- República de grandes hombres, era
- Una vaca sustento y armadura.
- No había venido al gusto lisonjera
- La pimienta arrugada, ni del clavo
- La adulación fragante forastera.
- Carnero y vaca fue principio y cabo,
- Y con rojos pimientos y ajos duros
- Tan bien como el señor comió el esclavo.
- Bebió la sed los arroyuelos puros:
- Después mostraron del carquesio a Baco
- El camino los brindis mal seguros.
- El rostro macilento, el cuerpo flaco,
- Eran recuerdo del trabajo honroso,
- Y honra y provecho andaban en un saco.
- Pudo sin miedo un español velloso
- Llamar a los tudescos bacanales,
- Y al holandés hereje y alevoso.
- Pudo acusar los celos desiguales
- A la Italia; pero hoy de muchos modos
- Somos copias, si son originales.
- Las descendencias gastan muchos godos,
- Todos blasonan, nadie los imita,
- Y no son sucesores, sino apodos.
- Vino el betún precioso que vomita
- La ballena o la espuma de las olas,
- Que el vicio, no el olor, nos acredita.
- Y quedaron las huestes españolas
- Bien perfumadas, pero mal regidas,
- Y alhajas las que fueron pieles solas.
- Estaban las hazañas mal vestidas,
- Y aún no se hartaba de buriel y lana
- La vanidad de hembras presumidas.
- A la seda pomposa siciliana,
- Que manchó ardiente múrice, el romano
- Y el oro hicieron áspera y tirana.
- Nunca al duro español supo el gusano
- Persuadir que vistiese su mortaja,
- Intercediendo el Can por el verano.
- Hoy desprecia el honor al que trabaja,
- Y entonces fue el trabajo ejecutoria,
- Y el vicio gradüó la gente baja.
- Pretende el alentado joven gloria
- Por dejar la vacada sin marido,
- Y de Ceres ofende la memoria.
- Un animal a la labor nacido
- Y símbolo celoso a los mortales,
- Que a Jove fue disfraz y fue vestido;
- Que un tiempo endureció manos reales,
- Y detrás de él los cónsules gimieron,
- Y rumia luz en campos celestiales,
- ¿Por cuál enemistad se persuadieron
- A que su apocamiento fuese hazaña,
- Y a las mieses tan grande ofensa hicieron?
- ¡Qué cosa es ver un infanzón de España
- Abreviado en la silla a la jineta,
- Y gastar un caballo en una caña!
- Que la niñez al gallo le acometa
- Con semejante munición apruebo;
- Mas no la edad madura y la perfeta.
- Ejercite sus fuerzas el mancebo
- En frentes de escuadrones, no en la frente
- Del útil bruto la asta del acebo.
- El trompeta le llame diligente,
- Dando fuerza de ley el viento vano,
- Y al son esté el ejército obediente.
- ¡Con cuánta majestad llena la mano
- La pica, y el mosquete carga el hombro,
- Del que se atreve a ser buen castellano!
- Con asco entre las otras gentes nombro
- Al que de su persona, sin decoro,
- Más quiere nota dar que dar asombro.
- Gineta y cañas son contagio moro;
- Restitúyanse justas y torneos,
- Y hagan paces las capas con el toro.
- Pasadnos vos de juegos a trofeos;
- Que solo grande rey y buen privado
- Pueden ejecutar estos deseos.
- Vos, que hacéis repetir siglo pasado
- Con desembarazarnos las personas
- Y sacar a los miembros de cuidado,
- Vos distes libertad con las valonas,
- Para que sean corteses las cabezas,
- Desnudando el enfado a las coronas;
- Y, pues vos enmendastes las cortezas,
- Dad a la mejor parte medicina:
- Vuélvanse los tablados fortalezas.
- Que la cortés estrella que os inclina
- A privar sin intento y sin venganza,
- Milagro que a la envidia desatina,
- Tiene por sola bienaventuranza
- El reconocimiento temeroso,
- No presumida y ciega confianza.
- Y si os dio el ascendiente generoso
- Escudos, de armas y blasones llenos,
- Y por timbre el martirio glorioso,
- Mejores sean por vos los que eran buenos
- Guzmanes, y la cumbre desdeñosa
- Os muestre a su pesar campos serenos.
- Lograd, señor, edad tan venturosa;
- Y cuando nuestras fuerzas examina
- Persecución unida y belicosa,
- La militar valiente disciplina
- Tenga más platicantes que la plaza:
- Descansen tela falsa y tela fina.
- Suceda a la marlota la coraza,
- Y si el Corpus con danzas no los pide,
- Velillos y oropel no hagan baza.
- El que en treinta lacayos los divide,
- Hace suerte en el toro y con un dedo
- La hace en él la vara que los mide.
- Mandadlo así, que aseguraros puedo
- Que habéis de restaurar más que Pelayo,
- Pues valdrá por ejércitos el miedo
- Y os verá el cielo administrar su rayo.
-
-
-_55. Memoria inmortal_
-
-_de don Pedro Girón, Duque de Osuna, muerto en la prisión_
-
- Faltar pudo su patria al grande Osuna,
- Pero no a su defensa sus hazañas;
- Diéronle muerte y cárcel las Españas,
- De quien él hizo esclava la fortuna.
- Lloraron sus envidias una a una
- Con las propias naciones las extrañas;
- Su tumba son de Flandes las campañas,
- Y su epitafio la sangrienta luna.
- En sus exequias encendió al Vesubio
- Parténope, y Trinacria el Mongibelo;
- El llanto militar creció en diluvio.
- Diole el mejor lugar Marte en su cielo;
- La Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
- Murmuran con dolor su desconsuelo.
-
-
-_56._
-
- Ya formidable y espantoso suena
- Dentro del corazón el postrer día,
- Y la última hora, negra y fría,
- Se acerca, de temor y sombras llena.
- Si agradable descanso, paz serena,
- La muerte en traje de dolor envía,
- Señas da su desdén de cortesía:
- Más tiene de caricia que de pena.
- ¿Qué pretende el temor desacordado
- De la que a rescatar piadosa viene
- Espíritu en miserias añudado?
- Llegue rogada, pues mi bien previene;
- Hálleme agradecido, no asustado;
- Mi vida acabe y mi vivir ordene.
-
-
-_57._
-
- Miré los muros de la patria mía,
- Si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
- De la carrera de la edad cansados,
- Por quien caduca ya su valentía.
- Salime al campo, vi que el sol bebía
- Los arroyos del hielo desatados,
- Y del monte quejosos los ganados,
- Que con sombras hurtó su luz al día.
- Entré en mi casa; vi que amancillada
- De anciana habitación era despojos;
- Mi báculo más corvo y menos fuerte.
- Vencida de la edad sentí mi espada,
- Y no hallé cosa en que poner los ojos
- Que no fuese recuerdo de la muerte.
-
-
-_58. Letrilla satírica_
-
- Poderoso caballero
- Es don Dinero.
- Madre, yo al oro me humillo:
- Él es mi amante y mi amado,
- Pues de puro enamorado,
- De contino anda amarillo;
- Que pues, doblón o sencillo,
- Hace todo cuanto quiero,
- Poderoso caballero
- Es don Dinero.
- Nace en las Indias honrado,
- Donde el mundo le acompaña;
- Viene a morir en España
- Y es en Génova enterrado.
- Y pues quien le trae al lado
- Es hermoso, aunque sea fiero,
- Poderoso caballero
- Es don Dinero.
- Es galán y es como un oro,
- Tiene quebrado el color,
- Persona de gran valor,
- Tan cristiano como moro;
- Pues que da y quita el decoro
- Y quebranta cualquier fuero,
- Poderoso caballero
- Es don Dinero.
- Son sus padres principales
- Y es de nobles descendiente,
- Porque en las venas de Oriente
- Todas las sangres son reales:
- Y pues es quien hace iguales
- Al duque y al ganadero,
- Poderoso caballero
- Es don Dinero.
- Mas ¿a quién no maravilla
- Ver en su gloria sin tasa
- Que es lo menos de su casa
- Doña Blanca de Castilla?
- Pero pues da al bajo silla
- Y al cobarde hace guerrero,
- Poderoso caballero
- Es don Dinero.
- Sus escudos de armas nobles
- Son siempre tan principales,
- Que sin sus escudos reales
- No hay escudos de armas dobles;
- Y pues a los mismos robles
- Da codicia su minero,
- Poderoso caballero
- Es don Dinero.
- Por importar en los tratos
- Y dar tan buenos consejos,
- En las casas de los viejos
- Gatos le guardan de gatos.
- Y pues él rompe recatos
- Y ablanda al juez más severo,
- Poderoso caballero
- Es don Dinero.
- Y es tanta su majestad
- (Aunque son sus duelos hartos)
- Que con haberle hecho cuartos
- No pierde su autoridad;
- Pero pues da calidad
- Al noble y al pordiosero,
- Poderoso caballero
- Es don Dinero.
- Nunca vi damas ingratas
- A su gusto y afición,
- Que a las caras de un doblón
- Hacen sus caras baratas.
- Y pues las hace bravatas
- Desde una bolsa de cuero,
- Poderoso caballero
- Es don Dinero.
- Más valen en cualquier tierra,
- Mirad si es harto sagaz,
- Sus escudos en la paz
- Que rodelas en la guerra.
- Y pues al pobre le entierra
- Y hace propio al forastero,
- Poderoso caballero
- Es don Dinero.
-
-
-
-
-DON ESTEBAN MANUEL DE VILLEGAS
-
-
-_59. Oda sáfica_
-
- Dulce vecino de la verde selva,
- Huésped eterno del abril florido,
- Vital aliento de la madre Venus,
- Céfiro blando;
- Si de mis ansias el amor supiste,
- Tú, que las quejas de mi voz llevaste,
- Oye, no temas, y a mi ninfa dile,
- Dile que muero.
- Filis un tiempo mi dolor sabía;
- Filis un tiempo mi dolor lloraba;
- Quísome un tiempo, mas agora temo,
- Temo sus iras.
- Así los dioses con amor paterno,
- Así los cielos con amor benigno,
- Nieguen al tiempo que feliz volares
- Nieve a la tierra.
- Jamás el peso de la nube parda
- Cuando amanece en la elevada cumbre,
- Toque tus hombros ni su mal granizo
- Hiera tus alas.
-
-
-
-
-DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA
-
-
-_60._
-
- Estas que fueron pompa y alegría
- Despertando al albor de la mañana,
- A la tarde serán lástima vana
- Durmiendo en brazos de la noche fría.
- Este matiz que al cielo desafía,
- Iris listado de oro, nieve y grana,
- Será escarmiento de la vida humana:
- ¡Tanto se emprende en término de un día!
- A florecer las rosas madrugaron,
- Y para envejecerse florecieron:
- Cuna y sepulcro en un botón hallaron.
- Tales los hombres sus fortunas vieron:
- En un día nacieron y expiraron;
- Que pasados los siglos, horas fueron.
-
-
-
-
-DON ANTONIO MIRA DE MESCUA
-
-
-_61. Canción_
-
- Ufano, alegre, altivo, enamorado,
- Rompiendo el aire el pardo jilguerillo,
- Se sentó en los pimpollos de una haya,
- Y con su pico de marfil nevado
- De su pechuelo blanco y amarillo
- La pluma concertó pajiza y baya;
- Y celoso se ensaya
- A discantar en alto contrapunto
- Sus celos y amor junto,
- Y al ramillo, y al prado y a las flores
- Libre y ufano cuenta sus amores.
- Mas ¡ay! que en este estado
- El cazador cruel, de astucia armado,
- Escondido le acecha,
- Y al tierno corazón aguda flecha
- Tira con mano esquiva
- Y envuelto en sangre en tierra lo derriba.
- ¡Ay, vida mal lograda,
- Retrato de mi suerte desdichada!
- De la custodia del amor materno
- El corderillo juguetón se aleja,
- Enamorado de la yerba y flores,
- Y por la libertad del pasto tierno
- El cándido licor olvida y deja
- Por quien hizo a su madre mil amores:
- Sin conocer temores,
- De la florida primavera bella
- El vario manto huella
- Con retozos y brincos licenciosos,
- Y pace tallos tiernos y sabrosos.
- Mas ¡ay! que en un otero
- Dio en la boca de un lobo carnicero,
- Que en partes diferentes
- Lo dividió con sus voraces dientes,
- Y a convertirse vino
- En purpúreo el dorado vellocino.
- ¡Oh inocencia ofendida,
- Breve bien, caro pasto, corta vida!
- Rica con sus penachos y copetes,
- Ufana y loca, con ligero vuelo
- Se remonta la garza a las estrellas,
- Y, puliendo sus negros martinetes,
- Procura ser allá cerca del cielo
- La reina sola de las aves bellas:
- Y por ser ella de ellas
- La que más altanera se remonta,
- Ya se encubre y trasmonta
- A los ojos del lince más atentos
- Y se contempla reina de los vientos.
- Mas ¡ay! que en la alta nube
- El águila la vio y al cielo sube,
- Donde con pico y garra
- El pecho candidísimo desgarra
- Del bello airón que quiso
- Volar tan alto con tan corto aviso.
- ¡Ay, pájaro altanero,
- Retrato de mi suerte verdadero!
- Al son de las belísonas trompetas
- Y al retumbar del sonoroso parche,
- Formó escuadrón el capitán gallardo;
- Con relinchos, bufidos y corvetas
- Pidió el caballo que la gente marche
- Trocando en paso presuroso el tardo:
- Sonó el clarín bastardo
- La esperada señal de arremetida,
- Y en batalla rompida,
- Teniendo cierta de vencer la gloria,
- Oyó a su gente que cantó victoria.
- Mas ¡ay! que el desconcierto
- Del capitán bisoño y poco experto,
- Por no observar el orden
- Causó en su gente general desorden,
- Y, la ocasión perdida,
- El vencedor perdió victoria y vida.
- ¡Ay, fortuna voltaria,
- En mis prósperos fines siempre varia!
- Al cristalino y mudo lisonjero
- La bella dama en su beldad se goza,
- Contemplándose Venus en la tierra,
- Y al más rebelde corazón de acero
- Con su vista enternece y alboroza,
- Y es de las libertades dulce guerra:
- El desamor destierra
- De donde pone sus divinos ojos,
- Y de ellos son despojos
- Los purísimos castos de Diana,
- Y en su belleza se contempla ufana.
- Mas ¡ay! que un accidente,
- Apenas puso el pulso intercadente,
- Cuando cubrió de manchas,
- Cárdenas ronchas y viruelas anchas
- El bello rostro hermoso
- Y lo trocó en horrible y asqueroso.
- ¡Ay, beldad malograda,
- Muerta luz, turbio sol y flor pisada!
- Sobre frágiles leños, que con alas
- De lienzo débil de la mar son carros,
- El mercader surcó sus claras olas:
- Llegó a la India, y, rico de bengalas,
- Perlas, aromas, nácares bizarros,
- Volvió a ver las riberas españolas.
- Tremoló banderolas,
- Flámulas, estandartes, gallardetes:
- Dio premio a los grumetes
- Por haber descubierto
- De la querida patria el dulce puerto.
- Mas ¡ay! que estaba ignoto
- A la experiencia y ciencia del piloto
- En la barra un peñasco,
- Donde, tocando de la nave el casco,
- Dio a fondo, hechos mil piezas,
- Mercader, esperanzas y riquezas.
- ¡Pobre bajel, figura
- Del que anegó mi próspera ventura!
- Mi pensamiento con ligero vuelo
- Ufano, alegre, altivo, enamorado,
- Sin conocer temores la memoria,
- Se remontó, señora, hasta tu cielo,
- Y contrastando tu desdén airado,
- Triunfó mi amor, captó mi fe victoria;
- Y en la sublime gloria
- De esa beldad se contempló mi alma,
- Y el mar de amor sin calma
- Mi navecilla con su viento en popa
- Llevaba navegando a toda ropa.
- Mas ¡ay! que mi contento
- Fue el pajarillo y corderillo exento,
- Fue la garza altanera,
- Fue el capitán que la victoria espera,
- Fue la Venus del mundo,
- Fue la nave del piélago profundo;
- Pues por diversos modos
- Todos los males padecí de todos.
- Canción, ve a la coluna
- Que sustentó mi próspera fortuna,
- Y verás que si entonces
- Te pareció de mármoles y bronces,
- Hoy es mujer; y en suma
- Breve bien, fácil viento, leve espuma.
-
-
-
-
-DON NICOLÁS F. DE MORATÍN
-
-
-_62. Fiesta de toros en Madrid_
-
- Madrid, castillo famoso
- Que al rey moro alivia el miedo,
- Arde en fiestas en su coso
- Por ser el natal dichoso
- De Alimenón de Toledo.
- Su bravo alcaide Aliatar,
- De la hermosa Zaida amante,
- Las ordena celebrar
- Por si la puede ablandar
- El corazón de diamante.
- Pasó, vencida a sus ruegos,
- Desde Aravaca a Madrid;
- Hubo pandorgas y fuegos,
- Con otros nocturnos juegos
- Que dispuso el adalid.
- Y en adargas y colores,
- En las cifras y libreas,
- Mostraron los amadores,
- Y en pendones y preseas,
- La dicha de sus amores.
- Vinieron las moras bellas
- De toda la cercanía,
- Y de lejos muchas de ellas:
- Las más apuestas doncellas
- Que España entonces tenía.
- Aja de Getafe vino,
- Y Zahara la de Alcorcón,
- En cuyo obsequio muy fino
- Corrió de un vuelo el camino
- El moraicel de Alcabón.
- Jarifa de Almonacid,
- Que de la Alcarria en que habita
- Llevó a asombrar a Madrid
- Su amante Audalla, adalid
- Del castillo de Zorita.
- De Adamud y la famosa
- Meco llegaron allí
- Dos, cada cual más hermosa,
- Y Fátima la preciosa,
- Hija de Alí el alcadí.
- El ancho circo se llena
- De multitud clamorosa,
- Que atiende a ver en la arena
- La sangrienta lid dudosa,
- Y todo en torno resuena.
- La bella Zaida ocupó
- Sus dorados miradores
- Que el arte afiligranó,
- Y con espejos y flores
- Y damascos adornó.
- Añafiles y atabales,
- Con militar armonía,
- Hicieron salva, y señales
- De mostrar su valentía
- Los moros más principales.
- No en las vegas de Jarama
- Pacieron la verde grama
- Nunca animales tan fieros,
- Junto al puente que se llama,
- Por sus peces, de Viveros,
- Como los que el vulgo vio
- Ser lidiados aquel día;
- Y en la fiesta que gozó,
- La popular alegría
- Muchas heridas costó.
- Salió un toro del toril
- Y a Tarfe tiró por tierra,
- Y luego a Benalguacil;
- Después con Hamete cierra
- El temerón de Conil.
- Traía un ancho listón
- Con uno y otro matiz
- Hecho un lazo por airón,
- Sobre la inhiesta cerviz
- Clavado con un arpón.
- Todo galán pretendía
- Ofrecerle vencedor
- A la dama que servía:
- Por eso perdió Almanzor
- El potro que más quería.
- El alcaide muy zambrero
- De Guadalajara, huyó
- Mal herido al golpe fiero,
- Y desde un caballo overo
- El moro de Horche cayó.
- Todos miran a Aliatar,
- Que, aunque tres toros ha muerto,
- No se quiere aventurar,
- Porque en lance tan incierto
- El caudillo no ha de entrar.
- Mas viendo se culparía,
- Va a ponérsele delante:
- La fiera le acometía,
- Y sin que el rejón la plante
- Le mató una yegua pía.
- Otra monta acelerado:
- Le embiste el toro de un vuelo
- Cogiéndole entablerado;
- Rodó el bonete encarnado
- Con las plumas por el suelo.
- Dio vuelta hiriendo y matando
- A los de a pie que encontrara,
- El circo desocupando,
- Y emplazándose, se para,
- Con la vista amenazando.
- Nadie se atreve a salir:
- La plebe grita indignada,
- Las damas se quieren ir,
- Porque la fiesta empezada
- No puede ya proseguir.
- Ninguno al riesgo se entrega
- Y está en medio el toro fijo,
- Cuando un portero que llega
- De la puerta de la Vega,
- Hincó la rodilla, y dijo:
- Sobre un caballo alazano,
- Cubierto de galas y oro,
- Demanda licencia urbano
- Para alancear a un toro
- Un caballero cristiano.
- Mucho le pesa a Aliatar;
- Pero Zaida dio respuesta
- Diciendo que puede entrar,
- Porque en tan solemne fiesta
- Nada se debe negar.
- Suspenso el concurso entero
- Entre dudas se embaraza,
- Cuando en un potro ligero
- Vieron entrar en la plaza
- Un bizarro caballero.
- Sonrosado, albo color,
- Belfo labio, juveniles
- Alientos, inquieto ardor,
- En el florido verdor
- De sus lozanos abriles.
- Cuelga la rubia guedeja
- Por donde el almete sube,
- Cual mirarse tal vez deja
- Del sol la ardiente madeja
- Entre cenicienta nube.
- Gorguera de anchos follajes,
- De una cristiana primores;
- En el yelmo los plumajes
- Por los visos y celajes
- Vergel de diversas flores.
- En la cuja gruesa lanza,
- Con recamado pendón,
- Y una cifra a ver se alcanza,
- Que es de desesperación,
- O a lo menos de venganza.
- En el arzón de la silla
- Ancho escudo reverbera
- Con blasones de Castilla,
- Y el mote dice a la orilla:
- _Nunca mi espada venciera_.
- Era el caballo galán,
- El bruto más generoso,
- De más gallardo ademán:
- Cabos negros, y brioso,
- Muy tostado, y alazán.
- Larga cola recogida
- En las piernas descarnadas,
- Cabeza pequeña, erguida,
- Las narices dilatadas,
- Vista feroz y encendida.
- Nunca en el ancho rodeo
- Que da Betis con tal fruto
- Pudo fingir el deseo
- Más bella estampa de bruto,
- Ni más hermoso paseo.
- Dio la vuelta al rededor;
- Los ojos que le veían
- Lleva prendados de amor:
- ¡Alah te salve! decían,
- ¡Dete el Profeta favor!
- Causaba lástima y grima
- Su tierna edad floreciente:
- Todos quieren que se exima
- Del riesgo, y él solamente
- Ni recela ni se estima.
- Las doncellas, al pasar,
- Hacen de ámbar y alcanfor
- Pebeteros exhalar,
- Vertiendo pomos de olor,
- De jazmines y azahar.
- Mas cuando en medio se para,
- Y de más cerca le mira
- La cristiana esclava Aldara,
- Con su señora se encara,
- Y así la dice, y suspira:
- Señora, sueños no son;
- Así los cielos, vencidos
- De mi ruego y aflicción,
- Acerquen a mis oídos
- Las campanas de León,
- Como ese doncel, que ufano
- Tanto asombro viene a dar
- A todo el pueblo africano,
- Es Rodrigo de Vivar,
- El soberbio castellano.
- Sin descubrirle quién es,
- La Zaida desde una almena
- Le habló una noche cortés,
- Por donde se abrió después
- El cubo de la Almudena.
- Y supo que, fugitivo
- De la corte de Fernando,
- El cristiano, apenas vivo,
- Está a Jimena adorando
- Y en su memoria cautivo.
- Tal vez a Madrid se acerca
- Con frecuentes correrías
- Y todo en torno la cerca;
- Observa sus saetías,
- Arroyadas y ancha alberca.
- Por eso le ha conocido:
- Que en medio de aclamaciones,
- El caballo ha detenido
- Delante de sus balcones,
- Y la saluda rendido.
- La mora se puso en pie
- Y sus doncellas detrás:
- El alcaide que lo ve,
- Enfurecido además,
- Muestra cuán celoso esté.
- Suena un rumor placentero
- Entre el vulgo de Madrid:
- No habrá mejor caballero,
- Dicen, en el mundo entero,
- Y algunos le llaman Cid.
- Crece la algazara, y él,
- Torciendo las riendas de oro,
- Marcha al combate crüel:
- Alza el galope, y al toro
- Busca en sonoro tropel.
- El bruto se le ha encarado
- Desde que le vio llegar,
- De tanta gala asombrado,
- Y al rededor le ha observado
- Sin moverse de un lugar.
- Cual flecha se disparó
- Despedida de la cuerda,
- De tal suerte le embistió;
- Detrás de la oreja izquierda
- La aguda lanza le hirió.
- Brama la fiera burlada;
- Segunda vez acomete,
- De espuma y sudor bañada,
- Y segunda vez la mete
- Sutil la punta acerada.
- Pero ya Rodrigo espera
- Con heroico atrevimiento,
- El pueblo mudo y atento:
- Se engalla el toro y altera,
- Y finge acometimiento.
- La arena escarba ofendido,
- Sobre la espalda la arroja
- Con el hueso retorcido;
- El suelo huele y le moja
- En ardiente resoplido.
- La cola inquieto menea,
- La diestra oreja mosquea,
- Vase retirando atrás,
- Para que la fuerza sea
- Mayor, y el ímpetu más.
- El que en esta ocasión viera
- De Zaida el rostro alterado,
- Claramente conociera
- Cuanto le cuesta cuidado
- El que tanto riesgo espera.
- Mas ¡ay, que le embiste horrendo
- El animal espantoso!
- Jamás peñasco tremendo
- Del Cáucaso cavernoso
- Se desgaja estrago haciendo,
- Ni llama así fulminante
- Cruza en negra oscuridad
- Con relámpagos delante,
- Al estrépito tronante
- De sonora tempestad,
- Como el bruto se abalanza
- Con terrible ligereza;
- Mas rota con gran pujanza
- La alta nuca, la fiereza
- Y el último aliento lanza.
- La confusa vocería
- Que en tal instante se oyó
- Fue tanta, que parecía
- Que honda mina reventó,
- O el monte y valle se hundía.
- A caballo como estaba
- Rodrigo, el lazo alcanzó
- Con que el toro se adornaba:
- En su lanza le clavó
- Y a los balcones llegaba.
- Y alzándose en los estribos,
- Le alarga a Zaida, diciendo:
- Sultana, aunque bien entiendo
- Ser favores excesivos,
- Mi corto don admitiendo;
- Si no os dignáredes ser
- Con él benigna, advertid
- Que a mí me basta saber
- Que no le debo ofrecer
- A otra persona en Madrid.
- Ella, el rostro placentero,
- Dijo, y turbada: señor,
- Yo le admito y le venero,
- Por conservar el favor
- De tan gentil caballero.
- Y besando el rico don,
- Para agradar al doncel,
- Le prende con afición
- Al lado del corazón
- Por brinquiño y por joyel.
- Pero Aliatar el caudillo
- De envidia ardiendo se ve,
- Y, trémulo y amarillo,
- Sobre un tremecén rosillo
- Lozaneándose fue.
- Y en ronca voz: Castellano,
- Le dice: con más decoros
- Suelo yo dar de mi mano,
- Si no penachos de toros,
- Las cabezas del cristiano.
- Y si vinieras de guerra
- Cual vienes de fiesta y gala,
- Vieras que en toda la tierra,
- Al valor que dentro encierra
- Madrid, ninguno se iguala.
- Así, dijo el de Vivar,
- Respondo; y la lanza al ristre
- Pone, y espera a Aliatar;
- Mas sin que nadie administre
- Orden, tocaron a armar.
- Ya fiero bando con gritos
- Su muerte o prisión pedía,
- Cuando se oyó en los distritos
- Del monte de Leganitos
- Del Cid la trompetería.
- Entre la Monclova y Soto
- Tercio escogido emboscó,
- Que, viendo como tardó,
- Se acerca, oyó el alboroto,
- Y al muro se abalanzó.
- Y si no vieran salir
- Por la puerta a su señor,
- Y Zaida a le despedir,
- Iban la fuerza a embestir:
- Tal era ya su furor.
- El alcaide, recelando
- Que en Madrid tenga partido,
- Se templó disimulando,
- Y por el parque florido
- Salió con él razonando.
- Y es fama que, a la bajada,
- Juró por la cruz el Cid
- De su vencedora espada
- De no quitar la celada
- Hasta que gane a Madrid.
-
-
-
-
-DON GASPAR M. DE JOVELLANOS
-
-
-_63. Epístola de Fabio a Anfriso_
-
-_Descripción del Paular_
-
- _Credibile est illi numen inesse loco_
- OVIDIUS
-
- Desde el oculto y venerable asilo
- Do la virtud austera y penitente
- Vive ignorada y, del liviano mundo
- Huida, en santa soledad se esconde,
- El triste Fabio al venturoso Anfriso
- Salud en versos flébiles envía.
- Salud le envía a Anfriso, al que inspirado
- De las mantuanas musas, tal vez suele
- Al grave son de su celeste canto
- Precipitar del viejo Manzanares
- El curso perezoso: tal süave
- Suele ablandar con amorosa lira
- La altiva condición de sus zagalas.
- ¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado
- A quien no dio la suerte tal ventura
- Pudiese huir del mundo y sus peligros!
- ¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla
- Logró arribar a puerto tan seguro,
- Que esconderla supiera en este abrigo,
- A tanta luz y ejemplos enseñado!
- Huyera así la furia tempestuosa
- De los contrarios vientos, los escollos,
- Y las fieras borrascas tantas veces
- Entre sustos y lágrimas corridas.
- Así también del mundanal tumulto
- Lejos, y en estos montes guarecido,
- Alguna vez gozara del reposo,
- Que hoy desterrado de su pecho vive.
- Mas ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo
- De la virtud arrastra la cadena,
- La pesada cadena con que el mundo
- Oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste
- En cuyo oído suena con espanto,
- Por esta oculta soledad rompiendo,
- De su señor el imperioso grito!
- Busco en estas moradas silenciosas
- El reposo y la paz que aquí se esconden,
- Y solo encuentro la inquietud funesta
- Que mis sentidos y razón conturba.
- Busco paz y reposo, pero en vano
- Los busco ¡oh caro Anfriso! que estos dones,
- Herencia santa que al partir del mundo
- Dejó Bruno en sus hijos vinculada,
- Nunca en profano corazón entraron
- Ni a los parciales del placer se dieron.
- Conozco bien que, fuera de este asilo,
- Solo me guarda el mundo sinrazones,
- Vanos deseos, duros desengaños,
- Susto y dolor; empero todavía
- A entrar en él no puedo resolverme.
- No puedo resolverme, y despechado
- Sigo el impulso del fatal destino
- Que a muy más dura esclavitud me guía.
- Sigo su fiero impulso, y llevo siempre
- Por todas partes los pesados grillos
- Que de la ansiada libertad me privan.
- De afán y angustia el pecho traspasado,
- Pido a la muda soledad consuelo
- Y con dolientes quejas la importuno.
- Salgo al ameno valle, subo al monte,
- Sigo del claro río las corrientes,
- Busco la fresca y deleitosa sombra,
- Corro por todas partes, y no encuentro
- En parte alguna la quietud perdida.
- ¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,
- Cansados de llorar, presenta el cielo!
- Rodeado de frondosos y altos montes
- Se extiende un valle, que de mil delicias
- Con sabia mano ornó naturaleza.
- Pártele en dos mitades, despeñado
- De las vecinas rocas, el Lozoya,
- Por su pesca famoso y dulces aguas.
- Del claro río sobre el verde margen
- Crecen frondosos álamos, que al cielo
- Ya erguidos alzan las plateadas copas,
- O ya, sobre las aguas encorvados,
- En mil figuras miran con asombro
- Su forma en los cristales retratada.
- De la siniestra orilla un bosque umbrío
- Hasta la falda del vecino monte
- Se extiende: tan ameno y delicioso
- Que le hubiera juzgado el gentilismo
- Morada de algún dios, o a los misterios
- De las silvanas Dríadas guardado.
- Aquí encamino mis inciertos pasos,
- Y en su recinto umbrío y silencioso,
- Mansión la más conforme para un triste,
- Entro a pensar en mi cruel destino.
- La grata soledad, la dulce sombra,
- El aire blando y el silencio mudo,
- Mi desventura y mi dolor adulan.
- No alcanza aquí del padre de las luces
- El rayo acechador, ni su reflejo
- Viene a cubrir de confusión el rostro
- De un infeliz en su dolor sumido.
- El canto de las aves no interrumpe
- Aquí tampoco la quietud de un triste,
- Pues solo de la viuda tortolilla
- Se oye tal vez el lastimero arrullo,
- Tal vez el melancólico trinado
- De la angustiada y dulce Filomena.
- Con blando impulso el céfiro süave,
- Las copas de los árboles moviendo,
- Recrea el alma con el manso ruido,
- Mientras al dulce soplo desprendidas
- Las agostadas hojas, revolando,
- Bajan en lentos círculos al suelo,
- Cúbrenle en torno, y la frondosa pompa
- Que al árbol adornara en primavera,
- Yace marchita y muestra los rigores
- Del abrasado estío y seco otoño.
- ¡Así también de juventud lozana
- Pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!
- Un soplo de inconstancia, de fastidio,
- O de capricho femenil las tala
- Y lleva por el aire, cual las hojas
- De los frondosos árboles caídas.
- Ciegos empero, y tras su vana sombra
- De contino exhalados, en pos de ellas
- Corremos hasta hallar el precipicio
- Do nuestro error y su ilusión nos guían.
- Volamos en pos de ellas como suele
- Volar a la dulzura del reclamo
- Incauto el pajarillo: entre las hojas
- El preparado visco le detiene:
- Lucha cautivo por huir, y en vano,
- Porque un traidor, que en asechanza atisba,
- Con mano infiel la libertad le roba
- Y a muerte le condena o cárcel dura.
- ¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos
- Un pronto desengaño corrió el velo
- De la ciega ilusión! ¡Una y mil veces
- Dichoso el solitario penitente
- Que, triunfando del mundo y de sí mismo,
- Vive en la soledad libre y contento!
- Unido a Dios por medio de la santa
- Contemplación, le goza ya en la tierra,
- Y retirado en su tranquilo albergue
- Observa reflexivo los milagros
- De la naturaleza, sin que nunca
- Turben el susto ni el dolor su pecho.
- Regálanle las aves con su canto,
- Mientras la aurora sale refulgente
- A cubrir de alegría y luz el mundo.
- Nácele siempre el sol claro y brillante,
- Y nunca a él levanta conturbados
- Sus ojos, ora en el oriente raye,
- Ora, del cielo a la mitad subiendo,
- En pompa guíe el reluciente carro;
- Ora con tibia luz, más perezoso,
- Su faz esconda en los vecinos montes.
- Cuando en las claras noches cuidadoso
- Vuelve desde los santos ejercicios,
- La plateada luna en lo más alto
- Del cielo mueve la luciente rueda
- Con augusto silencio, y recreando
- Con blando resplandor su humilde vista,
- Eleva su razón, y la dispone
- A contemplar la alteza y la inefable
- Gloria del Padre y Criador del mundo.
- Libre de los cuidados enojosos
- Que en los palacios y dorados techos
- Nos turban de contino, y entregado
- A la inefable y justa Providencia,
- Si al breve sueño alguna pausa pide
- De sus santas tareas, obediente
- Viene a cerrar sus párpados el sueño
- Con mano amiga, y de su lado ahuyenta
- El susto y las fantasmas de la noche.
- ¡Oh suerte venturosa, a los amigos
- De la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca
- De los tristes mundanos conocida!
- ¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque umbrío!
- ¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria,
- Taciturna mansión! ¡Oh, quién, del alto
- Y proceloso mar del mundo huyendo
- A vuestra santa calma, aquí seguro
- Vivir pudiera siempre, y escondido!
- Tales cosas revuelvo en mi memoria
- En esta triste soledad sumido.
- Llega en tanto la noche, y con su manto
- Cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces
- A los medrosos claustros. De una escasa
- Luz el distante y pálido reflejo
- Guía por ellos mis inciertos pasos;
- Y en medio del horror y del silencio,
- ¡Oh fuerza del ejemplo portentosa!
- Mi corazón palpita, en mi cabeza
- Se erizan los cabellos, se estremecen
- Mis carnes, y discurre por mis nervios
- Un súbito rigor que los embarga.
- Parece que oigo que del centro oscuro
- Sale una voz tremenda que, rompiendo
- El eterno silencio, así me dice:
- «Huye de aquí, profano; tú, que llevas
- »De ideas mundanales lleno el pecho,
- »Huye de esta morada, do se albergan
- »Con la virtud humilde y silenciosa
- »Sus escogidos: huye, y no profanes
- »Con tu planta sacrílega este asilo.»
- De aviso tal al golpe confundido,
- Con paso vacilante voy cruzando
- Los pavorosos tránsitos, y llego
- Por fin a mi morada, donde ni hallo
- El ansiado reposo, ni recobran
- La suspirada calma mis sentidos.
- Lleno de congojosos pensamientos
- Paso la triste y perezosa noche
- En molesta vigilia, sin que llegue
- A mis ojos el sueño, ni interrumpan
- Sus regalados bálsamos mi pena.
- Vuelve por fin con la rosada aurora
- La luz aborrecida, y en pos de ella
- El claro día a publicar mi llanto
- Y dar nueva materia al dolor mío.
-
-
-
-
-DON JUAN MELÉNDEZ VALDÉS
-
-
-_64. Rosana en los fuegos_
-
- Del sol llevaba la lumbre,
- Y la alegría del alba,
- En sus celestiales ojos
- La hermosísima Rosana,
- Una noche que a los fuegos
- Salió la fiesta de Pascua
- Para abrasar todo el valle
- En mil amorosas ansias.
- Por do quiera que camina
- Lleva tras sí la mañana,
- Y donde se vuelve rinde
- La libertad de mil almas.
- El céfiro la acaricia
- Y mansamente la halaga,
- Los Amores la rodean
- Y las Gracias la acompañan.
- Y ella, así como en el valle
- Descuella la altiva palma
- Cuando sus verdes pimpollos
- Hasta las nubes levanta;
- O cual vid de fruto llena
- Que con el olmo se abraza,
- Y sus vástagos extiende
- Al arbitrio de las ramas;
- Así entre sus compañeras
- El nevado cuello alza,
- Sobresaliendo entre todas
- Cual fresca rosa entre zarzas.
- Todos los ojos se lleva
- Tras sí, todo lo avasalla;
- De amor mata a los pastores
- Y de envidia a las zagalas.
- Ni las músicas se atienden,
- Ni se gozan las lumbradas;
- Que todos corren por verla
- Y al verla todos se abrasan.
- ¡Qué de suspiros se escuchan!
- ¡Qué de vivas y de salvas!
- No hay zagal que no la admire
- Y no se esmere en loarla.
- Cuál absorto la contempla
- Y a la aurora la compara
- Cuando más alegre sale
- Y el cielo de su albor baña;
- Cuál al fresco y verde aliso
- Que crece al margen del agua,
- Cuando más pomposo en hojas
- En su cristal se retrata;
- Cuál a la luna, si muestra
- Llena su esfera de plata,
- Y asoma por los collados
- De luceros coronada.
- Otros pasmados la miran
- Y mudamente la alaban,
- Y cuanto más la contemplan
- Muy más hermosa la hallan.
- Que es como el cielo su rostro
- Cuando en la noche callada
- Brilla con todas sus luces
- Y los ojos embaraza.
- ¡Ay, qué de envidias se encienden!
- ¡Ay, qué de celos que causa
- En las serranas del Tormes
- Su perfección sobrehumana!
- Las más hermosas la temen,
- Mas sin osar murmurarla;
- Que como el oro más puro
- No sufre una leve mancha.
- Bien haya tu gentileza,
- Una y mil veces bien haya,
- Y abrase la envidia al pueblo,
- Hermosísima aldeana.
- Toda, toda eres perfecta,
- Toda eres donaire y gracia,
- El amor vive en tus ojos
- Y la gloria está en tu cara.
- La libertad me has robado,
- Yo la doy por bien robada,
- Mas recibe el don benigna
- Que mi humildad te consagra.
- Esto un zagal la decía
- Con razones mal formadas,
- Que salió libre a los fuegos
- Y volvió cautivo a casa.
- Y desde entonces perdido
- El día a sus puertas le halla;
- Ayer le cantó esta letra
- Echándole la alborada:
- Linda zagaleja
- De cuerpo gentil,
- _Muérome de amores_
- _Desde que te vi._
- Tu talle, tu aseo,
- Tu gala y donaire,
- No tienen, serrana,
- Igual en el valle.
- Del cielo son ellos
- Y tú un serafín:
- _Muérome de amores_
- _Desde que te vi._
- De amores me muero,
- Sin que nada baste
- A darme la vida
- Que allá te llevaste,
- Si ya no te dueles
- Benigna de mí;
- _Que muero de amores_
- _Desde que te vi_.
-
-
-
-
-DON LEANDRO F. DE MORATÍN
-
-
-_65. Elegía a las Musas_
-
- Esta corona, adorno de mi frente,
- Esta sonante lira y flautas de oro
- Y máscaras alegres, que algún día
- Me disteis, sacras Musas, de mis manos
- Trémulas recibid, y el canto acabe,
- Que fuera osado intento repetirle.
- He visto ya cómo la edad ligera,
- Apresurando a no volver las horas,
- Robó con ellas su vigor al numen.
- Sé que negáis vuestro favor divino
- A la cansada senectud, y en vano
- Fuera implorarle; pero en tanto, bellas
- Ninfas, del verde Pindo habitadoras,
- No me neguéis que os agradezca humilde
- Los bienes que os debí. Si pude un día,
- No indigno sucesor de nombre ilustre,
- Dilatarle famoso, a vos fue dado
- Llevar al fin mi atrevimiento. Solo
- Pudo bastar vuestro amoroso anhelo
- A prestarme constancia en los afanes
- Que turbaron mi paz, cuando insolente
- Vano saber, enconos y venganzas,
- Codicia y ambición, la patria mía
- Abandonaron a civil discordia.
- Yo vi del polvo levantarse audaces,
- A dominar y perecer, tiranos:
- Atropellarse efímeras las leyes,
- Y llamarse virtudes los delitos.
- Vi las fraternas armas nuestros muros
- Bañar en sangre nuestra, combatirse,
- Vencido y vencedor hijos de España,
- Y el trono desplomándose al vendido
- Ímpetu popular. De las arenas
- Que el mar sacude en la fenicia Gades,
- A las que el Tajo lusitano envuelve
- En oro y conchas, uno y otro imperio,
- Iras, desorden esparciendo y luto,
- Comunicarse el funeral estrago.
- Así cuando en Sicilia el Etna ronco
- Revienta incendios, su bifronte cima
- Cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
- Turba el Averno sus calladas ondas;
- Y allá del Tibre en la ribera etrusca
- Se estremece la cúpula soberbia
- Que al Vicario de Cristo da sepulcro.
- ¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
- ¿Quién dar al verso acordes armonías,
- Oyendo resonar grito de muerte?
- Tronó la tempestad: bramó iracundo
- El huracán, y arrebató a los campos
- Sus frutos, su matiz: la rica pompa
- Destrozó de los árboles sombríos:
- Todas huyeron tímidas las aves
- Del blando nido, en el espanto mudas;
- No más trinos de amor. Así agitaron
- Los tardos años mi existencia, y pudo
- Solo en región extraña el oprimido
- Ánimo hallar dulce descanso y vida.
- Breve será; que ya la tumba aguarda
- Y sus mármoles abre a recibirme;
- Ya los voy a ocupar... Si no es eterno
- El rigor de los hados, y reservan
- A mi patria infeliz mayor ventura,
- Dénsela presto, y mi postrer suspiro
- Será por ella... Prevenid en tanto
- Flébiles tonos, enlazad coronas
- De ciprés funeral, Musas celestes;
- Y donde a las del mar sus aguas mezcla
- El Garona opulento, en silencioso
- Bosque de lauros y menudos mirtos,
- Ocultad entre flores mis cenizas.
-
-
-
-
-DON MANUEL MARÍA DE ARJONA
-
-
-_66. La diosa del bosque_
-
- ¡Oh, si bajo estos árboles frondosos
- Se mostrase la célica hermosura
- Que vi algún día en inmortal dulzura
- Este bosque bañar!
- Del cielo tu benéfico descenso
- Sin duda ha sido, lúcida belleza:
- Deja, pues, diosa, que mi grato incienso
- Arda sobre tu altar.
- Que no es amor mi tímido alborozo,
- Y me acobarda el rígido escarmiento,
- Que ¡oh Piritöo! condenó tu intento
- Y tu intento, Ixïón.
- Lejos de mí sacrílega osadía:
- Bástame que con plácido semblante
- Aceptes, diosa, a mis anhelos pía,
- Mi ardiente adoración.
- Mi adoración y el cántico de gloria
- Que de mí el Pindo atónito ya espera:
- Baja tú a oírme de la sacra esfera
- ¡Oh radiante deidad!
- Y tu mirar más nítido y süave,
- He de cantar, que fúlgido lucero;
- Y el limpio encanto que infundirnos sabe
- Tu dulce majestad.
- De pureza jactándose natura,
- Te ha formado del cándido rocío
- Que sobre el nardo al apuntar de estío
- La aurora derramó;
- Y excelsamente lánguida retrata
- El rosicler pacífico de Mayo
- Tu alma: Favonio su frescura grata
- A tu hablar trasladó.
- ¡Oh imagen perfectísima del orden
- Que liga en lazos fáciles el mundo,
- Solo en los brazos de la paz fecundo,
- Solo amable en la paz!
- En vano con espléndido aparato
- Finge el arte solícito grandezas:
- Natura vence con sencillo ornato
- Tan altivo disfraz.
- Monarcas, que los pérsicos tesoros
- Ostentáis con magnífica porfía,
- Copiad el brillo de un sereno día
- Sobre el azul del mar:
- O copie estudio de émula hermosura
- De mi deidad el mágico descuido;
- Antes veremos la estrellada altura
- Los hombres escalar.
- Tú, mi verso, en magnánimo ardimiento
- Ya las alas del céfiro recibe,
- Y al pecho ilustre en que tu numen vive
- Vuela, vuela veloz;
- Y en los erguidos álamos ufana
- Penda siempre esta cítara, aunque nueva;
- Que ya a sus ecos hermosura humana
- No ha de ensalzar mi voz.
-
-
-
-
-DON ALBERTO LISTA
-
-
-_67. Al Sueño_
-
-_El himno del desgraciado_
-
- «_El grande y el pequeño_
- _Iguales son lo que les dura el sueño._»
-
- Desciende a mí, consolador Morfeo,
- Único dios que imploro,
- Antes que muera el esplendor febeo
- Sobre las playas del adusto moro.
- Y en tu regazo el importuno día
- Me encuentre aletargado,
- Cuando triunfante de la niebla umbría
- Asciende al trono del cenit dorado.
- Pierda en la noche y pierda en la mañana
- Tu calma silenciosa
- Aquel feliz que en lecho de oro y grana
- Estrecha al seno la adorada esposa.
- Y el que halagado con los dulces dones
- De Pluto y de Citeres,
- Las que a la tarde fueron ilusiones,
- A la aurora verá ciertos placeres.
- No halle jamás la matutina estrella
- En tus brazos rendido
- Al que bebió en los labios de su bella
- El suspiro de amor correspondido.
- ¡Ah! déjalos que gocen. Tu presencia
- No turbe su contento;
- Que es perpetua delicia su existencia
- Y un siglo de placer cada momento.
- Para ellos nace, el orbe colorando,
- La sonrosada aurora,
- Y el ave sus amores va cantando,
- Y la copia de Abril derrama Flora.
- Para ellos tiende su brillante velo
- La noche sosegada,
- Y de trémula luz esmalta el cielo,
- Y da al amor la sombra deseada.
- Si el tiempo del placer para el dichoso
- Huye en veloz carrera,
- Une con breve y plácido reposo
- Las dichas que ha gozado a las que espera.
- Mas ¡ay! a un alma del dolor guarida
- Desciende ya propicio;
- Cuanto me quites de la odiosa vida,
- Me quitarás de mi inmortal suplicio.
- ¿De qué me sirve el súbito alborozo
- Que a la aurora resuena,
- Si al despertar el mundo para el gozo,
- Solo despierto yo para la pena?
- ¿De qué el ave canora, o la verdura
- Del prado que florece,
- Si mis ojos no miran su hermosura,
- Y el universo para mí enmudece?
- El ámbar de la vega, el blando ruido,
- Con que el raudal se lanza,
- ¿Qué son ¡ay! para el triste que ha perdido,
- Último bien del hombre, la esperanza?
- Girará en vano, cuando el sol se ausente,
- La esfera luminosa;
- En vano, de almas tiernas confidente,
- Los campos bañará la luna hermosa.
- Esa blanda tristeza que derrama
- A un pecho enamorado,
- Si su tranquila amortiguada llama
- Resbala por las faldas del collado,
- No es para un corazón de quien ha huido
- La ilusión lisonjera,
- Cuando pidió, del desengaño herido,
- Su triste antorcha a la razón severa.
- Corta el hilo a mi acerba desventura,
- Oh tú, sueño piadoso;
- Que aquellas horas que tu imperio dura
- Se iguala el infeliz con el dichoso.
- Ignorada de sí yazca mi mente,
- Y muerto mi sentido;
- Empapa el ramo, para herir mi frente,
- En las tranquilas aguas del olvido.
- De la tumba me iguale tu beleño
- A la ceniza yerta,
- Solo ¡ay de mí! que del eterno sueño,
- Mas felice que yo, nunca despierta.
- Ni aviven mi existencia interrumpida
- Fantasmas voladores,
- Ni los sucesos de mi amarga vida
- Con tus pinceles lánguidos colores.
- No me acuerdes crüel de mi tormento
- La triste imagen fiera;
- Bástale su malicia al pensamiento,
- Sin darle tú el puñal para que hiera.
- Ni me halagues con pérfidos placeres,
- Que volarán contigo;
- Y el dolor de perderlos cuando huyeres
- De atreverme a gozar será el castigo.
- Deslízate callado, y encadena
- Mi ardiente fantasía;
- Que asaz libre será para la pena
- Cuando me entregues a la luz del día.
- Ven, termina la mísera querella
- De un pecho acongojado.
- ¡Imagen de la muerte! después de ella
- Eres el bien mayor del desgraciado.
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-DON MANUEL JOSÉ QUINTANA
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-_68. A España, después de la revolución de Marzo_
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- ¿Qué era, decidme, la nación que un día
- Reina del mundo proclamó el destino,
- La que a todas las zonas extendía
- Su cetro de oro y su blasón divino?
- Volábase a occidente,
- Y el vasto mar Atlántico sembrado
- Se hallaba de su gloria y su fortuna.
- Do quiera España: en el preciado seno
- De América, en el Asia, en los confines
- Del África, allí España. El soberano
- Vuelo de la atrevida fantasía
- Para abarcarla se cansaba en vano;
- La tierra sus mineros le rendía,
- Sus perlas y coral el Oceáno.
- Y donde quier que revolver sus olas
- Él intentase, a quebrantar su furia
- Siempre encontraba costas españolas.
- Ora en el cieno del oprobio hundida,
- Abandonada a la insolencia ajena,
- Como esclava en mercado, ya aguardaba
- La ruda argolla y la servil cadena.
- ¡Qué de plagas, oh Dios! Su aliento impuro
- La pestilente fiebre respirando,
- Infestó el aire, emponzoñó la vida;
- La hambre enflaquecida
- Tendió sus brazos lívidos, ahogando
- Cuanto el contagio perdonó; tres veces
- De Jano el templo abrimos,
- Y a la trompa de Marte aliento dimos;
- Tres veces ¡ay! Los dioses tutelares
- Su escudo nos negaron, y nos vimos
- Rotos en tierra y rotos en los mares.
- ¿Qué en tanto tiempo viste
- Por tus inmensos términos, oh Iberia?
- ¿Qué viste ya sino funesto luto,
- Honda tristeza, sin igual miseria,
- De tu vil servidumbre acerbo fruto?
- Así, rota la vela, abierto el lado,
- Pobre bajel a naufragar camina,
- De tormenta en tormenta despeñado,
- Por los yermos del mar; ya ni en su popa
- Las guirnaldas se ven que antes le ornaban,
- Ni en señal de esperanza y de contento
- La flámula riendo al aire ondea.
- Cesó en su dulce canto el pasajero,
- Ahogó su vocerío
- El ronco marinero,
- Terror de muerte en torno le rodea,
- Terror de muerte silencioso y frío;
- Y él va a estrellarse al áspero bajío.
- Llega el momento, en fin; tiende su mano
- El tirano del mundo al occidente,
- Y fiero exclama: «El occidente es mío.»
- Bárbaro gozo en su ceñuda frente
- Resplandeció, como en el seno oscuro
- De nube tormentosa en el estío
- Relámpago fugaz brilla un momento
- Que añade horror con su fulgor sombrío.
- Sus guerreros feroces
- Con gritos de soberbia el viento llenan;
- Gimen los yunques, los martillos suenan,
- Arden las forjas. ¡Oh vergüenza! ¿Acaso
- Pensáis que espadas son para el combate
- Las que mueven sus manos codiciosas?
- No en tanto os estiméis: grillos, esposas,
- Cadenas son que en vergonzosos lazos
- Por siempre amarren tan inertes brazos.
- Estremeciose España
- Del indigno rumor que cerca oía,
- Y al grande impulso de su justa saña
- Rompió el volcán que en su interior hervía.
- Sus déspotas antiguos
- Consternados y pálidos se esconden;
- Resuena el eco de venganza en torno,
- Y del Tajo las márgenes responden:
- «¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río,
- Los colosos de oprobio y de vergüenza
- Que nuestro bien en su insolencia ahogaban?
- Su gloria fue, nuestro esplendor comienza;
- Y tú, orgulloso y fiero,
- Viendo que aun hay Castilla y castellanos,
- Precipitas al mar tus rubias ondas,
- Diciendo: «Ya acabaron los tiranos.»
- ¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento!
- ¿Con que puede ya dar el labio mío
- El nombre augusto de la patria al viento?
- Yo le daré; mas no en el arpa de oro
- Que mi cantar sonoro
- Acompañó hasta aquí; no aprisionado
- En estrecho recinto, en que se apoca
- El numen en el pecho
- Y el aliento fatídico en la boca.
- Desenterrad la lira de Tirteo,
- Y al aire abierto, a la radiante lumbre
- Del sol, en la alta cumbre
- Del riscoso y pinífero Fuenfría,
- Allí volaré yo, y allí cantando
- Con voz que atruene en derredor la sierra,
- Lanzaré por los campos castellanos
- Los ecos de la gloria y de la guerra.
- ¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,
- Único asilo y sacrosanto escudo
- Al ímpetu sañudo
- Del fiero Atila que a occidente oprime!
- ¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis
- Ved del Tercer Fernando alzarse airada
- La augusta sombra; su divina frente
- Mostrar Gonzalo en la imperial Granada;
- Blandir el Cid su centellante espada,
- Y allá sobre los altos Pirineos,
- Del hijo de Jimena
- Animarse los miembros giganteos.
- En torvo ceño y desdeñosa pena
- Ved cómo cruzan por los aires vanos;
- Y el valor exhalando que se encierra
- Dentro del hueco de sus tumbas frías,
- En fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra!
- ¡Pues qué! ¿Con faz serena
- Vierais los campos devastar opimos,
- Eterno objeto de ambición ajena,
- Herencia inmensa que afanando os dimos?
- Despertad, raza de héroes: el momento
- Llegó ya de arrojarse a la victoria;
- Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,
- Que vuestra gloria humille nuestra gloria.
- No ha sido en el gran día
- El altar de la patria alzado en vano
- Por vuestra mano fuerte.
- Juradlo, ella os lo manda: _¡Antes la muerte_
- _Que consentir jamás ningún tirano!_»
- Sí, yo lo juro, venerables sombras;
- Yo lo juro también, y en este instante
- Ya me siento mayor. Dadme una lanza,
- Ceñidme el casco fiero y refulgente;
- Volemos al combate, a la venganza;
- Y el que niegue su pecho a la esperanza,
- Hunda en el polvo la cobarde frente.
- Tal vez el gran torrente
- De la devastación en su carrera
- Me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura
- No se muere una vez? ¿No iré, expirando,
- A encontrar nuestros ínclitos mayores?
- «¡Salud, oh padres de la patria mía,
- Yo les diré, salud! La heroica España
- De entre el estrago universal y horrores
- Levanta la cabeza ensangrentada,
- Y vencedora de su mal destino,
- Vuelve a dar a la tierra amedrentada
- Su cetro de oro y su blasón divino.»
-
-
-
-
-DON JUAN NICASIO GALLEGO
-
-
-_69. Elegía a la muerte
-de la Duquesa de Frías_
-
- Al sonante bramido
- Del piélago feroz que el viento ensaña
- Lanzando atrás del Turia la corriente;
- En medio al denegrido
- Cerco de nubes que de Sirio empaña
- Cual velo funeral la roja frente;
- Cuando el cárabo oscuro
- Ayes despide entre la breña inculta,
- Y a tardo paso soñoliento Arturo
- En el mar de occidente se sepulta;
- A los mustios reflejos
- Con que en las ondas alteradas tiembla
- De moribunda luna el rayo frío,
- Daré del mundo y de los hombres lejos
- Libre rienda al dolor del pecho mío.
- Sí, que al mortal a quien del hado el ceño
- A infortunios sin término condena,
- Sobre su cuello mísero cargando
- De uno en otro eslabón larga cadena,
- No en jardín halagüeño,
- Ni al puro ambiente de apacible aurora
- Soltar conviene el lastimero canto
- Con que al cielo importuna.
- Solitario arenal, sangrienta luna
- Y embravecidas olas acompañen
- Sus lamentos fatídicos ¡Oh lira
- Que escenas solo de aflicción recuerdas;
- Lira que ven mis ojos con espanto
- Y a recorrer tus cuerdas
- Mi ya trémula mano se resiste!
- Ven, lira del dolor. ¡Piedad no existe!
- ¡No existe, y vivo yo! ¡No existe aquella
- Gentil, discreta, incomparable amiga,
- Cuya presencia sola
- El tropel de mis penas disipaba!
- ¿Cuándo en tal hermosura alma tan bella
- De la corte española
- Más digno fue y espléndido ornamento?
- ¡Y aquel mágico acento
- Enmudeció por siempre, que llenaba
- De inefable dulzura el alma mía!
- Y ¡qué! fortuna impía,
- ¿Ni su postrer adiós oír me dejas?
- ¿Ni de su esposo amado
- Templar el llanto y las amargas quejas?
- ¿Ni el estéril consuelo
- De acompañar hasta el sepulcro helado
- Sus pálidos despojos?
- ¡Ay! Derramen sin duelo
- Sangre mi corazón, llanto mis ojos.
- ¿Por qué, por qué a la tumba,
- Insaciable de víctimas, tu amigo
- Antes que tú no descendió, Señora?
- ¿Por qué al menos contigo
- La memoria fatal no te llevaste
- Que es un tormento irresistible ahora?
- ¿Qué mármol hay que pueda
- En tan acerba angustia los aciagos
- Recuerdos resistir del bien perdido?
- Aún resuena en mi oído
- El espantoso obús lanzando estragos,
- Cuando mis ojos ávidos te vieron
- Por la primera vez. Cien bombas fueron
- A tu arribo marcial salva triunfante.
- Con inmóvil semblante
- Escucho amedrentado el son horrendo
- De los globos mortíferos, en torno
- Del leño frágil a tus pies cayendo,
- Y el agua que a su empuje se encumbraba
- Y hasta las altas grímpolas saltaba.
- El dulce soplo de Favonio en tanto
- Las velas hinche del bajel ligero,
- Sin que salude con festivo canto
- La suspirada costa el marinero.
- Ardiendo de la patria en fuego santo,
- Insensible al horror del bronce fiero,
- Fijar te miro impávida y serena
- La planta breve en la menuda arena.
- ¡Salve, oh Deidad! --del gaditano muro
- Grita la muchedumbre alborozada;
- ¡Salve, oh Deidad! --de gozo enajenada
- La ruidosa marina
- Que a ti se agolpa y el batel rodea;
- Y al cielo sube el aclamar sonoro
- Como al aplauso del celeste coro
- Salió del mar la hermosa Citerea.
- Absortas contemplaron
- El fuego de tus ojos
- Las bellas ninfas de la bella Gades;
- Absortas te envidiaron
- El pie donoso y la mejilla pura,
- El vivo esmalte de tus labios rojos,
- El albo seno y la gentil cintura.
- Yo te miraba atónito: no empero
- Sentí en el alma el pasador agudo
- De bastarda pasión; que a dicha pudo
- Del honor y el deber la ley severa
- Ser a mi pecho impenetrable escudo.
- Mas ¿quién el homenaje
- De afecto noble, de amistad sincera
- Cual yo te tributó, cuando el tesoro
- De tu divino ingenio descubría,
- Que en cuerpo tan gallardo relucía
- Como rico brillante en joya de oro?
- ¡Cuántas, ay, qué apacibles
- Horas en dulces pláticas pasadas
- Betis me viera de tu voz pendiente!
- ¡Cuántas en las calladas
- Florestas de Aranjuez el eco blando
- Detuvo el paso a la tranquila fuente!
- Ya el primor ensalzando
- Que al fragante clavel las hojas riza
- Y la ancha cola del pavón matiza;
- Ya la varia fortuna
- Del cetro godo y del laurel romano;
- O el poder sobrehumano
- Que de un soplo derroca
- Del alto solio al triunfador de Jena
- Y con duras amarras le encadena,
- Como al antiguo Encélado, a una roca.
- Pero otro don magnífico, sublime,
- Más alto que el ingenio y la hermosura,
- Debiste al Criador, vivaz destello
- De su lumbre inmortal, alma ternura.
- ¿Cuándo, cuándo al gemido
- Negó del infeliz oro tu mano,
- Ayes tu corazón? El escondido
- Volcán que decoroso
- Tu noble aspecto revelaba apenas,
- Un infortunio, un rasgo generoso,
- Un sacrificio heroico hervir hacía.
- Entonces agitado
- Tu rostro angelical resplandecía
- De más purpúreo rosicler cubierto:
- Del seno relevado
- La extraña conmoción, el entreabierto
- Labio, las refulgentes
- Ráfagas de tus ojos
- Que entre los anchos párpados brillaban,
- Las lágrimas ardientes
- Que a tus negras pestañas asomaban,
- El gesto, el ademán, los mal seguros
- Acentos, la expresión... ¡Ah! Nunca, nunca
- Tan insigne modelo
- De estro feliz, de inspiración divina
- Mostró Casandra en los dardanios muros
- Ni en las lides olímpicas Corina.
- Y solo al santo fuego
- De un pecho tan magnánimo pudiera
- Deber tu amigo el aire que respira.
- Solo a tu blando ruego
- La Amistad se vistiera
- Máscara y formas del Amor su hermano.
- ¿Quién sino tú, señora,
- Dejando inquieta la mullida pluma
- Antes que el frío tálamo la Aurora,
- Entrar osara en la mansión del crimen?
- ¿Quién sino tú del duro carcelero,
- Menos al son del oro empedernido
- Que al eco de los míseros que gimen,
- Quisiera el ceño soportar? Perdona,
- Cara Piedad, que mi indiscreta musa
- Publique al mundo tan heroico ejemplo,
- Y que mi gratitud cuelgue en el templo
- De la santa Amistad digna corona.
- En el mezquino lecho
- De cárcel solitaria
- Fiebre lenta y voraz me consumía,
- Cuando sordo a mis quejas
- Rayaba apenas en las altas rejas
- El perezoso albor del nuevo día.
- De planta cautelosa
- Insólito rumor hiere mi oído;
- Los vacilantes ojos
- Clavo en la ruda puerta estremecido
- Del súbito crujir de sus cerrojos,
- Y el repugnante gesto
- Del fiero alcaide mi atención excita,
- Que hacia mí sin cesar su mano agita
- Con labio mudo y sonreír funesto.
- Salto del lecho, y sígole azorado,
- Cruzando los revueltos corredores
- De aquella triste y lóbrega caverna
- Hasta un breve recinto iluminado
- De moribunda y fúnebre linterna.
- Y a par que por oculto
- Tránsito desparece
- Como visión fantástica el cerbero,
- De nuevo extraño bulto,
- Sombra confusa, que se acerca y crece,
- La angustia dobla de mi horror primero.
- Mas ¡cuál mi asombro fue cuando improvisa
- A la pálida luz mi vista errante
- Los bellos rasgos de Piedad divisa
- Entre los pliegues del cendal flotante!
- «¿Por qué, por qué benigna,»
- Clamé bañado en llanto de alborozo,
- «Osas pisar, Señora,
- »Esta morada indigna
- »Que tu respeto y tu virtud desdora?
- »¡Ah! si a la fuerza del inmenso gozo,
- »Del placer celestial que el alma oprime,
- »Hoy a tus plantas expirar consigo,
- »Mi fiebre, mi prisión, mi fin bendigo.
- »A este oscuro aposento
- »No a que de pena o de placer expires
- »La voz de la amistad mis pasos guía,
- »Sino a esforzar tu desmayado aliento
- »Contra los golpes de la suerte impía.
- »Su cuello al susto y la congoja doble
- »El que del crimen en su pecho sienta
- »El punzante aguijón; que al alma noble
- »Do la inocencia plácida se anida,
- »Ni el peso de los grillos la atormenta,
- »Ni el son de los cerrojos la intimida.
- »Recobra, amigo caro,
- »La esperanza marchita
- »Y el digno esfuerzo del varón constante.
- »Pronto será que el astro rutilante,
- »Que jamás estas bóvedas visita,
- »De la calumnia vil triunfar te vea:
- »Mi fausto anuncio tu consuelo sea.
- »Seralo, sí; lo juro;
- »Y aunque ese llanto que tu rostro inunda
- »Vaticinio tan próspero desmiente,
- »No me hará de fortuna el torvo ceño
- »Fruncir las cejas ni arrugar la frente;
- »Que el dichoso mortal a quien risueño
- »Mira el destino...» ¡No acabé! A deshora
- La aciaga voz del carcelero escucho,
- Diciendo: «es tarde; baste ya, Señora.»
- «¡Adiós! ¡adiós! Del vulgo malicioso
- »Que al despuntar del sol sacude el sueño
- »Temo el labio mordaz. ¡Adiós te queda!»
- «Aguarda»... «¡Adiós!»... Y en soledad sumido
- Oigo ¡ay de mí! del caracol torcido
- Barrer las gradas la crujiente seda.
- ¡Oh digno, oh generoso
- Dechado de amistad! ¡Oh alegre día!
- ¿Y en dónde estás, en dónde,
- Ángel consolador, Duquesa amada,
- Que no te mueve ya la angustia mía?
- ¡Gran Dios, y ni responde
- De su esposo infeliz al caro acento,
- Aunque en la tumba helada
- Lágrimas de dolor vierte a raudales!
- ¡Ni de su triste huérfana el lamento,
- Con ambos brazos al sepulcro asida,
- Ablanda sus entrañas maternales!
- ¡Oh dulces prendas de su amor! Al mármol
- En vano importunáis. Hará el rocío
- Del venidero Abril que al campo vuelva
- La verde pompa que abrasó el estío;
- Mas no esperéis que el túmulo sombrío
- La devorada víctima devuelva,
- Ni a sus profundos huecos
- Otra respuesta oír que sordos ecos.
- En él de bronce y oro,
- Ínclito vate[2], entallarán cinceles
- Vuestro heroico blasón, entretejiendo
- Con sus antiguas palmas tus laureles...
- ¡Inútil afanar! La sien ceñida
- De adelfa y mirto, pulsará tu mano
- La dolorosa cítara, moviendo
- El orbe todo a compasión... ¡En vano!
- Resonarán con ellas
- Mis gemidos simpáticos, y el coro
- De cuantos cisnes tu infortunio inspira
- Alzar podrá a su gloria
- Noble trofeo en canto peregrino.
- Mas ¡ay! ¿podrá su lira
- Forzar las puertas del Edén divino
- Y el diente ensangrentado
- Del áspid arrancar en ti clavado?
- A más alto poder, mísero amigo,
- Los ojos torna y el clamor dirige
- Que entre sollozos lúgubres exhalas.
- Al Ser inmenso que los orbes rige,
- En las rápidas alas
- De ferviente oración remonta el vuelo.
- Yo elevaré contigo
- Mis tiernos votos, y al gemir de aquella,
- Que en mis brazos creció, cándida niña,
- Trasunto vivo de tu esposa bella,
- Dará benigno el cielo
- Paz a su madre, a tu aflicción consuelo.
- Sí; que hasta el solio del Eterno llega
- El ardiente suspiro
- De quien con puro corazón le ruega,
- Como en su templo santo el humo sube
- Del balsámico incienso en vaga nube.
-
-
-
-
-DON JUAN MARÍA MAURY
-
-
-_70. La timidez_
-
- A las márgenes alegres
- Que el Guadalquivir fecunda,
- Y adonde ostenta pomposo
- El orgullo de su cuna,
- Vino Rosalba, sirena
- De los mares que tributan
- A España, entre perlas y oro,
- Peregrinas hermosuras.
- Más festiva que las auras,
- Más ligera que la espuma,
- Hermosa como los cielos,
- Gallarda como ninguna,
- Con el hechicero adorno
- De tantas bellezas juntas,
- No hay corazón que no robe,
- Ni quietud que no destruya.
- Así Rosalba se goza,
- Mas la que tanto procura
- Avasallar libertades,
- Al cabo empeña la suya.
- Lisardo, joven amable,
- Sobresale entre la turba
- De esclavos que por Rosalba
- Sufren de amor la coyunda.
- Tal vez sus floridos años
- No bien de la edad adulta
- Acaban de ver cumplida
- La primavera segunda.
- Aventajado en ingenio,
- Rico en bienes de fortuna,
- Dichoso, en fin, si supiera
- Que audacias amor indulta,
- Idólatra más que amante,
- Con adoración profunda,
- A Rosalba reverencia,
- Y deidad se la figura.
- Un día alcanza otro día
- Sin que su amor le descubra;
- El respeto le encadena
- Y ella su respeto culpa.
- Bien a Lisardo sus ojos
- Dijeran que más presuma;
- Pero él, comedido amante,
- O los huye o no los busca.
- Perdido y desconsolado,
- Una noche en que natura
- A meditación convida
- Con su pompa taciturna,
- Mientras el disco mudable,
- En que ceñirse acostumbra,
- Entre celajes de nácar
- Esconde tímida luna;
- Al margen del sacro río
- La inocente suerte acusa,
- Y así fatiga los aires
- Con endechas importunas:
- «Baja tu vuelo
- Amor altivo,
- Mira que al cielo
- Osado va;
- Buscas en vano
- Correspondencia;
- Amor insano,
- Déjame ya.
- »Déjame el alma
- Que otra vez libre
- Plácida calma
- Vuelva a tener:
- ¡Qué digo, necio!
- El cielo sabe
- Si más aprecio
- Mi padecer.
- »Gima y padezca.
- Una esperanza
- Sin que merezca
- A mi deidad;
- Sin que le pida
- Jamás el premio
- De mi perdida
- Felicidad.
- »Tímida boca,
- Nunca le digas
- La pasión loca
- Del corazón,
- Adonde oculto
- Está su templo,
- Y ofrenda y culto
- Lágrimas son.»
- Más dijera, pero el llanto,
- En que sus ojos abundan,
- Le interrumpe, y las palabras
- En la garganta se anudan.
- Cuando junto a la ribera,
- En un valle donde muchas
- Del árbol grato a Minerva
- Opimas ramas se cruzan,
- Süave cuanto sonora,
- Lisardo otra voz escucha,
- Que, enamorando los ecos
- Tales acentos modula:
- «Prepara el ensayo
- De más atractivos
- La rosa en los vivos
- Albores de Mayo:
- »Si al férvido rayo
- Su cáliz expone,
- Que el sol la corone
- En premio ha logrado,
- Y es reina del prado
- Y amor de Dïone.
- »¡Oh fuente! En eterno
- Olvido quedaras
- Si no te lanzaras
- Del seno materno;
- »Tal vez el invierno
- Tu curso demora,
- Mas tú, vencedora,
- Burlando las nieves,
- A tu ímpetu debes
- Los besos de Flora.
- »Y tú, que en dolores
- Consumes los años,
- Autor de tus daños
- Por vanos temores,
- »En pago de amores
- No temas enojos,
- Enjuga los ojos;
- Que el dios que te hiere
- Más culto no quiere
- Que audacias y arrojos.»
- Rayo son estas palabras
- Que al ciego joven alumbran,
- Quien su engaño reconoce
- Y la voz que las pronuncia.
- Y al valle se arroja, adonde
- Testigos de su ventura
- Fueron las amigas sombras
- De la noche y selva muda;
- Mas muda la selva en vano
- Y en vano la sombra oscura;
- No sufre orgullosa Venus
- Que sus victorias se encubran.
- Lo que celaron los ramos
- Las cortezas lo divulgan,
- Que en ellas dulces memorias
- Con emblemas perpetúan.
- Las Náyades en los troncos
- La fe y amor que se juran
- Leyeron, y ruborosas
- Se volvieron a sus urnas.
-
-
-
-
-DON JOSÉ JOAQUÍN DE MORA
-
-
-_71. El Estío_
-
- Hermosa fuente que al vecino río
- Sonora envías tu cristal undoso,
- Y tú, blanda cual sueño venturoso,
- Yerba empapada en matinal rocío:
- Augusta soledad del bosque umbrío
- Que da y protege el álamo frondoso,
- Amparad de verano riguroso
- Al inocente y fiel rebaño mío.
- Que ya el suelo feraz de la campiña
- Selló Julio con planta abrasadora
- Y su verdura a marchitar empieza;
- Y alegre ve la pampanosa viña
- En sus yemas la savia bienhechora
- Nuncio feliz de la otoñal riqueza.
-
-
-
-
-DON ANDRÉS BELLO
-
-
-_72. La agricultura de la zona tórrida_
-
- ¡Salve, fecunda zona,
- Que al sol enamorado circunscribes
- El vago curso, y cuanto ser se anima
- En cada vario clima,
- Acariciada de su luz, concibes!
- Tú tejes al verano su guirnalda
- De granadas espigas; tú la uva
- Das a la hirviente cuba:
- No de purpúrea flor, o roja, o gualda
- A tus florestas bellas
- Falta matiz alguno; y bebe en ellas
- Aromas mil el viento;
- Y greyes van sin cuento
- Paciendo tu verdura, desde el llano
- Que tiene por lindero el horizonte,
- Hasta el erguido monte,
- De inaccesible nieve siempre cano.
- Tú das la caña hermosa,
- De do la miel se acendra,
- Por quien desdeña el mundo los panales:
- Tú en urnas de coral cuajas la almendra
- Que en la espumante jícara rebosa:
- Bulle carmín viviente en tus nopales,
- Que afrenta fuera al múrice de Tiro;
- Y de tu añil la tinta generosa
- Émula es de la lumbre del zafiro;
- El vino es tuyo, que la herida agave
- Para los hijos vierte
- Del Anáhuac feliz; y la hoja es tuya
- Que cuando de süave
- Humo en espiras vagorosas huya,
- Solazará el fastidio al ocio inerte.
- Tú vistes de jazmines
- El arbusto sabeo,
- Y el perfume le das que en los festines
- La fiebre insana templará a Lieo.
- Para tus hijos la procera palma
- Su vario feudo cría,
- Y el ananás sazona su ambrosía:
- Su blanco pan la yuca,
- Sus rubias pomas la patata educa,
- Y el algodón despliega al aura leve
- Las rosas de oro y el vellón de nieve.
- Tendida para ti la fresca parcha
- En enramadas de verdor lozano,
- Cuelga de sus sarmientos trepadores
- Nectáreos globos y franjadas flores;
- Y para ti el maíz, jefe altanero
- De la espigada tribu, hinche su grano;
- Y para ti el banano
- Desmaya al peso de su dulce carga;
- El banano, primero
- De cuantos concedió bellos presentes
- Providencia a las gentes
- Del Ecuador feliz con mano larga.
- No ya de humanas artes obligado
- El premio rinde opimo:
- No es a la podadera, no al arado
- Deudor de su racimo;
- Escasa industria bástale, cual puede
- Hurtar a sus fatigas mano esclava:
- Crece veloz, y cuando exhausto acaba,
- Adulta prole en torno le sucede.
-
- Mas ¡oh! si cual no cede
- El tuyo, fértil zona, a suelo alguno,
- Y como de natura esmero ha sido,
- De tu indolente habitador lo fuera.
- ¡Oh! Si al falaz ruïdo
- La dicha al fin supiese verdadera
- Anteponer, que del umbral le llama
- Del labrador sencillo,
- Lejos del necio y vano
- Fausto, el mentido brillo,
- El ocio pestilente ciudadano.
- ¿Por qué ilusión funesta
- Aquellos que fortuna hizo señores
- De tan dichosa tierra y pingüe y varia,
- Al cuidado abandonan
- Y a la fe mercenaria
- Las patrias heredades,
- Y en el ciego tumulto se aprisionan
- De míseras ciudades,
- Do la ambición proterva
- Sopla la llama de civiles bandos,
- O al patriotismo la desidia enerva;
- Do el lujo las costumbres atosiga,
- Y combaten los vicios
- La incauta edad en poderosa liga?
- No allí con varoniles ejercicios
- Se endurece el mancebo a la fatiga;
- Mas la salud estraga en el abrazo
- De pérfida hermosura,
- Que pone en almoneda los favores;
- Mas pasatiempo estima
- Prender aleve en casto seno el fuego
- De ilícitos amores;
- O embebecido le hallará la aurora
- En mesa infame de ruinoso juego.
- En tanto a la lisonja seductora
- Del asiduo amador fácil oído
- Da la consorte: crece
- En la materna escuela
- De la disipación y el galanteo
- La tierna virgen, y al delito espuela
- Es antes el ejemplo que el deseo.
- ¿Y será que se formen de este modo
- Los ánimos heroicos denodados
- Que fundan y sustentan los Estados?
- ¿De la algazara del festín beodo,
- O de los coros de liviana danza,
- La dura juventud saldrá, modesta,
- Orgullo de la patria y esperanza?
- ¿Sabrá con firme pulso
- De la severa ley regir el freno,
- Brillar en torno aceros homicidas
- En la dudosa lid verá sereno,
- O animoso hará frente al genio altivo
- Del engreído mando en la tribuna,
- Aquel que ya en la cuna
- Durmió al arrullo del cantar lascivo,
- Que riza el pelo, y se unge y se atavía
- Con femenil esmero,
- Y en indolente ociosidad el día,
- O en criminal lujuria pasa entero?
- No así trató la triunfadora Roma
- Las artes de la paz y de la guerra;
- Antes fio las riendas del Estado
- A la mano robusta
- Que tostó el sol y encalleció el arado:
- Y bajo el techo humoso campesino
- Los hijos educó, que el conjurado
- Mundo allanaron al valor latino.
-
- ¡Oh! ¡Los que afortunados poseedores
- Habéis nacido de la tierra hermosa
- En que reseña hacer de sus favores,
- Como para ganaros y atraeros,
- Quiso naturaleza bondadosa,
- Romped el duro encanto
- Que os tiene entre murallas prisioneros!
- El vulgo de las artes laborioso,
- El mercader que, necesario al lujo,
- Al lujo necesita,
- Los que anhelando van tras el señuelo
- Del alto cargo y del honor ruidoso,
- La grey de aduladores parasita,
- Gustosos pueblen ese infecto caos;
- El campo es vuestra herencia: en él gozaos.
- ¿Amáis la libertad? El campo habita:
- No allá donde el magnate
- Entre armados satélites se mueve,
- Y de la moda, universal señora,
- Va la razón al triunfal carro atada,
- Y a la fortuna la insensata plebe,
- Y el noble al aura popular adora.
- ¿O la virtud amáis? ¡Ah! ¡Que el retiro,
- La solitaria calma
- En que, juez de sí misma, pasa el alma
- A las acciones muestra,
- Es de la vida la mejor maestra!
- ¿Buscáis durables goces,
- Felicidad, cuanta es al hombre dada
- Y a su terreno asiento, en que vecina
- Está la risa al llanto, y siempre ¡ah! siempre,
- Donde halaga la flor, punza la espina?
- Id a gozar la suerte campesina;
- La regalada paz, que ni rencores,
- Al labrador, ni envidias acibaran;
- La cama que mullida le preparan
- El contento, el trabajo, el aire puro;
- Y el sabor de los fáciles manjares,
- Que dispendiosa gula no le aceda;
- Y el asilo seguro
- De sus patrios hogares
- Que a la salud y al regocijo hospeda.
- El aura respirad de la montaña,
- Que vuelve al cuerpo laso
- El perdido vigor, que a la enojosa
- Vejez retarda el paso,
- Y el rostro a la beldad tiñe de rosa.
- ¿Es allí menos blanda por ventura
- De amor la llama, que templó el recato?
- ¿O menos aficiona la hermosura
- Que de extranjero ornato
- Y afeites impostores no se cura?
- ¿O el corazón escucha indiferente
- El lenguaje inocente
- Que los afectos sin disfraz expresa
- Y a la intención ajusta la promesa?
- No del espejo al importuno ensayo
- La risa se compone, el paso, el gesto;
- No falta allí carmín al rostro honesto
- Que la modestia y la salud colora,
- Ni la mirada que lanzó al soslayo
- Tímido amor, la senda al alma ignora.
- ¿Esperaréis que forme
- Más venturosos lazos himeneo,
- Do el interés barata,
- Tirano del deseo,
- Ajena mano y fe por nombre o plata,
- Que do conforme gusto, edad conforme,
- Y elección libre, y mutuo ardor los ata?
-
- Allí también deberes
- Hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas
- Heridas de la guerra: el fértil suelo,
- Áspero ahora y bravo,
- Al desacostumbrado yugo torne
- Del arte humana y le tribute esclavo.
- Del obstruido estanque y del molino
- Recuerden ya las aguas el camino:
- El intrincado bosque el hacha rompa,
- Consuma el fuego: abrid en luengas calles
- La obscuridad de su infructuosa pompa.
- Abrigo den los valles
- A la sedienta caña;
- La manzana y la pera
- En la fresca montaña
- El cielo olviden de su madre España;
- Adorne la ladera
- El cafetal; ampare
- A la tierna teobroma en la ribera
- La sombra maternal de su bucare:
- Aquí el vergel, allá la huerta ría...
- ¿Es ciego error de ilusa fantasía?
- Ya dócil a tu voz, agricultura,
- Nodriza de las gentes, la caterva
- Servil armada va de corvas hoces;
- Mírola ya que invade la espesura
- De la floresta opaca; oigo las voces;
- Siento el rumor confuso, el hierro suena;
- Los golpes el lejano
- Eco redobla; gime el ceibo anciano,
- Que a numerosa tropa
- Largo tiempo fatiga:
- Batido de cien hachas se estremece,
- Estalla al fin, y rinde el ancha copa.
- Huyó la fiera; deja el caro nido,
- Deja la prole implume
- El ave, y otro bosque no sabido
- De los humanos, va a buscar doliente...
- ¿Qué miro? Alto torrente
- De sonorosa llama
- Corre, y sobre las áridas ruinas
- De la postrada selva se derrama.
- El raudo incendio a gran distancia brama,
- Y el humo en negro remolino sube,
- Aglomerando nube sobre nube.
- Ya de lo que antes era
- Verdor hermoso y fresca lozanía,
- Solo difuntos troncos,
- Solo cenizas quedan, monumento
- De la dicha mortal, burla del viento.
- Mas al vulgo bravío
- De las tupidas plantas montaraces
- Sucede ya el fructífero plantío
- En muestra ufana de ordenados haces.
- Ya ramo a ramo alcanza
- Y a los rollizos tallos hurta el día:
- Ya la primera flor desvuelve el seno,
- Bello a la vista, alegre a la esperanza:
- A la esperanza, que riendo enjuga
- Del fatigado agricultor la frente,
- Y allá a lo lejos el opimo fruto
- Y la cosecha apañadora pinta,
- Que lleva de los campos el tributo,
- Colmado el cesto, y con la falda en cinta:
- Y bajo el peso de los largos bienes
- Con que al colono acude,
- Hace crujir los vastos almacenes.
-
- ¡Buen Dios! no en vano sude,
- Mas a merced y compasión te mueva
- La gente agricultora
- Del Ecuador, que del desmayo triste
- Con renovado aliento vuelve ahora,
- Y tras tanta zozobra, ansia, tumulto,
- Tantos años de fiera
- Devastación y militar insulto,
- Aun más que tu clemencia antigua implora.
- Su rústica piedad, pero sincera,
- Halle a tus ojos gracia: no el risueño
- Porvenir que las penas le aligera,
- Cual de dorado sueño
- Visión falaz, desvanecido llore:
- Intempestiva lluvia no maltrate
- El delicado embrión: el diente impío
- Del insecto roedor no lo devore:
- Sañudo vendaval no lo arrebate,
- Ni agote al árbol el materno jugo
- La calorosa sed de largo estío.
- Y pues al fin te plugo,
- Árbitro de la suerte soberano,
- Que suelto el cuello de extranjero yugo
- Erguiese al cielo el hombre americano,
- Bendecida de ti se arraigue y medre
- Su libertad; en el más hondo encierra
- De los abismos la malvada guerra,
- Y el miedo de la espada asoladora
- Al suspicaz cultivador no arredre
- Del arte bienhechora,
- Que las familias nutre y los Estados:
- La azorada inquietud deje las almas,
- Deje la triste herrumbre los arados.
- Asaz de nuestros padres malhadados
- Expiamos la bárbara conquista.
- ¿Cuántas doquier la vista
- No asombran erizadas soledades,
- Do cultos campos fueron, do ciudades?
- De muertes, proscripciones,
- Suplicios, orfandades,
- ¿Quién contará la pavorosa suma?
- Saciadas duermen ya de sangre ibera
- Las sombras de Atahualpa y Moctezuma.
- ¡Ah! Desde el alto asiento
- En que escabel te son alados coros
- Que velan en pasmado acatamiento
- La faz ante la lumbre de tu frente
- (Si merece por dicha una mirada
- Tuya la sin ventura humana gente),
- El ángel nos envía,
- El ángel de la paz, que al crudo ibero
- Haga olvidar la antigua tiranía,
- Y acatar reverente el que a los hombres
- Sagrado diste, imprescriptible fuero;
- Que alargar le haga al injuriado hermano
- (¡Ensangrentola asaz!) la diestra inerme;
- Y si la innata mansedumbre duerme,
- La despierte en el pecho americano.
- El corazón lozano
- Que una feliz obscuridad desdeña,
- Que en el azar sangriento del combate
- Alborozado late,
- Y codicioso de poder o fama,
- Nobles peligros ama;
- Baldón estime solo y vituperio
- El prez que de la patria no reciba,
- La libertad más dulce que el imperio,
- Y más hermosa que el laurel la oliva.
- Ciudadano el soldado,
- Deponga de la guerra la librea:
- El ramo de victoria
- Colgado al ara de la patria sea,
- Y sola adorne al mérito la gloria.
- De su trïunfo entonces patria mía,
- Verá la paz el suspirado día;
- La paz, a cuya vista el mundo llena
- Alma, serenidad y regocijo,
- Vuelve alentado el hombre a la faena,
- Alza el ancla la nave, a las amigas
- Auras encomendándose animosa,
- Enjámbrase el taller, hierve el cortijo,
- Y no basta la hoz a las espigas.
-
- ¡Oh jóvenes naciones, que ceñida
- Alzáis sobre el atónito Occidente
- De tempranos laureles la cabeza!
- Honrad al campo, honrad la simple vida
- Del labrador y su frugal llaneza.
- Así tendrán en vos perpetuamente
- La libertad morada,
- Y freno la ambición, y la ley templo.
- Las gentes a la senda
- De la inmortalidad, ardua y fragosa,
- Se animarán, citando vuestro ejemplo.
- Lo emulará celosa
- Vuestra posteridad, y nuevos nombres
- Añadiendo la fama
- A los que ahora aclama,
- «Hijos son estos, hijos
- (Pregonará a los hombres)
- De los que vencedores superaron
- De los Andes la cima:
- De los que en Boyacá, los que en la arena
- De Maipo y en Junín, y en la campaña
- Gloriosa de Apurima,
- Postrar supieron al león de España.»
-
-
-
-
-DON JOSÉ MARÍA HEREDIA
-
-
-_73. Niágara_
-
- Dadme mi lira, dádmela: que siento
- En mi alma estremecida y agitada
- Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo
- En tinieblas pasó, sin que mi frente
- Brillase con su luz!... Niágara undoso,
- Sola tu faz sublime ya podría
- Tornarme el don divino, que ensañada
- Me robó del dolor la mano impía.
- Torrente prodigioso, calma, acalla
- Tu trueno aterrador: disipa un tanto
- Las tinieblas que en torno te circundan,
- Y déjame mirar tu faz serena,
- Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
- Yo digno soy de contemplarte: siempre,
- Lo común y mezquino desdeñando,
- Ansié por lo terrífico y sublime.
- Al despeñarse el huracán furioso,
- Al retumbar sobre mi frente el rayo,
- Palpitando gocé: vi al Océano
- Azotado del austro proceloso
- Combatir mi bajel, y ante mis plantas
- Sus abismos abrir, y amé el peligro,
- Y sus iras amé: mas su fiereza
- En mi alma no dejara
- La profunda impresión que tu grandeza.
- Corres sereno y majestuoso, y luego
- En ásperos peñascos quebrantado,
- Te abalanzas violento, arrebatado,
- Como el destino irresistible y ciego.
- ¿Qué voz humana describir podría
- De la sirte rugiente
- La aterradora faz? El alma mía
- En vagos pensamientos se confunde,
- Al contemplar la férvida corriente,
- Que en vano quiere la turbada vista
- En su vuelo seguir al borde oscuro
- Del precipicio altísimo: mil olas,
- Cual pensamiento rápidas pasando,
- Chocan y se enfurecen,
- Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
- Y entre espuma y fragor desaparecen.
- Mas llegan... saltan... el abismo horrendo
- Devora los torrentes despeñados;
- Crúzanse en él mil iris, y asordados
- Vuelven los bosques el fragor tremendo.
- Al golpe violentísimo en las peñas
- Rómpese el agua, y salta, y una nube
- De revueltos vapores
- Cubre el abismo en remolinos, sube,
- Gira en torno, y al cielo
- Cual pirámide inmensa se levanta,
- Y por sobre los bosques que le cercan
- Al solitario cazador espanta.
- Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
- Con inquieto afanar? ¿Por qué no miro
- Alrededor de tu caverna inmensa
- Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
- Que en las llanuras de mi ardiente patria
- Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
- Y al soplo de la brisa del Océano
- Bajo un cielo purísimo se mecen?
- Este recuerdo a mi pesar me viene...
- Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
- Ni otra corona que el agreste pino
- A tu terrible majestad conviene.
- La palma y mirto, y delicada rosa,
- Muelle placer inspiren y ocio blando
- En frívolo jardín: a ti la suerte
- Guarda más digno objeto y más sublime.
- El alma libre, generosa y fuerte,
- Viene, te ve, se asombra,
- Menosprecia los frívolos deleites
- Y aun se siente elevar cuando te nombra.
- ¡Dios, Dios de la verdad! en otros climas
- Vi monstruos execrables
- Blasfemando tu nombre sacrosanto,
- Sembrar error y fanatismo impío,
- Los campos inundar con sangre y llanto,
- De hermanos atizar la infanda guerra
- Y desolar frenéticos la tierra.
- Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
- En grave indignación. Por otra parte
- Vi mentidos filósofos que osaban
- Escrutar tus misterios, ultrajarte,
- Y de impiedad al lamentable abismo
- A los míseros hombres arrastraban:
- Por eso siempre te buscó mi mente
- En la sublime soledad: ahora
- Entera se abre a ti; tu mano siente
- En esta inmensidad que me circunda,
- Y tu profunda voz baja a mi seno
- De este raudal en el eterno trueno.
- ¡Asombroso torrente!
- ¡Cómo tu vista mi ánimo enajena
- Y de terror y admiración me llena!
- ¿Do tu origen está? ¿Quién fertiliza
- Por tantos siglos tu inexhausta fuente?
- ¿Qué poderosa mano
- Hace que al recibirte
- No rebose en la tierra el Oceáno?
- Abrió el Señor su mano omnipotente,
- Cubrió tu faz de nubes agitadas,
- Dio su voz a tus aguas despeñadas
- Y ornó con su arco tu terrible frente.
- Miro tus aguas que incansables corren,
- Como el largo torrente de los siglos
- Rueda en la eternidad: así del hombre
- Pasan volando los floridos días
- Y despierta el dolor... ¡Ay! ya agotada
- Siento mi juventud, mi faz marchita,
- Y la profunda pena que me agita
- Ruga mi frente de dolor nublada.
- Nunca tanto sentí como este día
- Mi mísero aislamiento, mi abandono,
- Mi lamentable desamor... ¿Podría
- Una alma apasionada y borrascosa
- Sin amor ser feliz?... ¡Oh! ¡Si una hermosa
- Digna de mí me amase
- Y de este abismo al borde turbulento
- Mi vago pensamiento
- Y mi andar solitario acompañase!
- ¡Cual gozara al mirar su faz cubrirse
- De leve palidez, y ser más bella
- En su dulce terror, y sonreírse
- Al sostenerla en mis amantes brazos!...
- ¡Delirios de virtud!... ¡Ay! desterrado,
- Sin patria, sin amores,
- Solo miro ante mí llanto y dolores.
- ¡Niágara poderoso!
- Oye mi última voz: en pocos años
- Ya devorado habrá la tumba fría
- A tu débil cantor. ¡Duren mis versos
- Cual tu gloria inmortal! Pueda piadoso,
- Al contemplar tu faz algún viajero,
- Dar un suspiro a la memoria mía.
- Y yo al hundirse el sol en Occidente,
- Vuele gozoso do el Criador me llama,
- Y al escuchar los ecos de mi fama
- Alce en las nubes la radiosa frente.
-
-
-
-
-DUQUE DE RIVAS
-
-
-_74. El faro de Malta_
-
- Envuelve al mundo extenso triste noche,
- Ronco huracán y borrascosas nubes
- Confunden y tinieblas impalpables
- El cielo, el mar, la tierra:
- Y tú invisible te alzas, en tu frente
- Ostentando de fuego una corona,
- Cual rey del caos, que refleja y arde
- Con luz de paz y vida.
- En vano ronco el mar alza sus montes
- Y revienta a tus pies, do rebramante
- Creciendo en blanca espuma, esconde y borra
- El abrigo del puerto:
- Tú, con lengua de fuego, aquí está dices,
- Sin voz hablando al tímido piloto,
- Que como a numen bienhechor te adora,
- Y en ti los ojos clava.
- Tiende apacible noche el manto rico,
- Que céfiro amoroso desenrolla,
- Recamado de estrellas y luceros,
- Por él rueda la luna;
- Y entonces tú, de niebla vaporosa
- Vestido, dejas ver en formas vagas
- Tu cuerpo colosal, y tu diadema
- Arde al par de los astros.
- Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde
- Rocas aleves, áridos escollos;
- Falso señuelo son, lejanas cumbres
- Engañan a las naves.
- Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca,
- Tú, cuya inmoble posición indica
- El trono de un monarca, eres su norte,
- Les adviertes su engaño.
- Así de la razón arde la antorcha,
- En medio del furor de las pasiones
- O de aleves halagos de fortuna,
- A los ojos del alma.
- Desque refugio de la airada suerte
- En esta escasa tierra que presides,
- Y grato albergue el cielo bondadoso
- Me concedió propicio;
- Ni una vez solo a mis pesares busco
- Dulce olvido del sueño entre los brazos
- Sin saludarte, y sin tornar los ojos
- A tu espléndida frente.
- ¡Cuántos, ay, desde el seno de los mares
- Al par los tornarán!... tras larga ausencia
- Unos, que vuelven a su patria amada,
- A sus hijos y esposa.
- Otros prófugos, pobres, perseguidos,
- Que asilo buscan, cual busqué, lejano,
- Y a quienes que lo hallaron tu luz dice,
- Hospitalaria estrella.
- Arde, y sirve de norte a los bajeles,
- Que de mi patria, aunque de tarde en tarde,
- Me traen nuevas amargas, y renglones
- Con lágrimas escritos.
- Cuando la vez primera deslumbraste
- Mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho,
- Destrozado y hundido en amargura
- Palpitó venturoso!
- Del Lacio moribundo las riberas
- Huyendo inhospitables, contrastado
- Del viento y mar entre ásperos bajíos
- Vi tu lumbre divina:
- Viéronla como yo los marineros,
- Y, olvidando los votos y plegarias
- Que en las sordas tinieblas se perdían,
- ¡¡Malta!! ¡¡Malta!!, gritaron;
- Y fuiste a nuestros ojos la aureola
- Que orna la frente de la santa imagen
- En quien busca afanoso peregrino
- La salud y el consuelo.
- Jamás te olvidaré, jamás... Tan solo
- Trocara tu esplendor, sin olvidarlo,
- Rey de la noche, y de tu excelsa cumbre
- La benéfica llama,
- Por la llama y los fúlgidos destellos
- Que lanza, reflejando al sol naciente,
- El arcángel dorado que corona
- De Córdoba la torre.
-
-
-_75. Un castellano leal_
-
-ROMANCE PRIMERO
-
- «Hola, hidalgos y escuderos
- De mi alcurnia y mi blasón,
- Mirad como bien nacidos
- De mi sangre y casa en pro.
- »Esas puertas se defiendan;
- Que no ha de entrar, vive Dios,
- Por ellas, quien no estuviere
- Más limpio que lo está el sol.
- »No profane mi palacio
- Un fementido traidor
- Que contra su Rey combate
- Y que a su patria vendió.
- »Pues si él es de Reyes primo,
- Primo de Reyes soy yo;
- Y conde de Benavente
- Si él es duque de Borbón.
- »Llevándole de ventaja
- Que nunca jamás manchó
- La traición mi noble sangre,
- Y haber nacido español.»
-
- Así atronaba la calle
- Una ya cascada voz,
- Que de un palacio salía
- Cuya puerta se cerró;
- Y a la que estaba a caballo
- Sobre un negro pisador,
- Siendo en su escudo las lises
- Más bien que timbre baldón,
- Y de pajes y escuderos
- Llevando un tropel en pos
- Cubiertos de ricas galas,
- El gran duque de Borbón:
- El que lidiando en Pavía,
- Más que valiente, feroz,
- Gozose en ver prisionero
- A su natural señor;
- Y que a Toledo ha venido,
- Ufano de su traición,
- Para recibir mercedes
- Y ver al Emperador.
-
-ROMANCE SEGUNDO
-
- En una anchurosa cuadra
- Del alcázar de Toledo,
- Cuyas paredes adornan
- Ricos tapices flamencos,
- Al lado de una gran mesa,
- Que cubre de terciopelo
- Napolitano tapete
- Con borlones de oro y flecos;
- Ante un sillón de respaldo
- Que entre bordado arabesco
- Los timbres de España ostentan
- Y el águila del imperio,
- De pie estaba Carlos Quinto,
- Que en España era primero,
- Con gallardo y noble talle,
- Con noble y tranquilo aspecto.
-
- De brocado de oro y blanco
- Viste tabardo tudesco,
- De rubias martas orlado,
- Y desabrochado y suelto,
- Dejando ver un justillo
- De raso jalde, cubierto
- Con primorosos bordados
- Y costosos sobrepuestos,
- Y la excelsa y noble insignia
- Del Toisón de oro, pendiendo
- De una preciosa cadena
- En la mitad de su pecho.
- Un birrete de velludo
- Con un blanco airón, sujeto
- Por un joyel de diamantes
- Y un antiguo camafeo,
- Descubre por ambos lados,
- Tanta majestad cubriendo,
- Rubio, cual barba y bigote,
- Bien atusado el cabello.
- Apoyada en la cadera
- La potente diestra ha puesto,
- Que aprieta dos guantes de ámbar
- Y un primoroso mosquero,
- Y con la siniestra halaga
- De un mastín muy corpulento,
- Blanco y las orejas rubias,
- El ancho y carnoso cuello.
-
- Con el Condestable insigne,
- Apaciguador del reino,
- De los pasados disturbios
- Acaso está discurriendo;
- O del trato que dispone
- Con el Rey de Francia preso,
- O de asuntos de Alemania
- Agitada por Lutero;
- Cuando un tropel de caballos
- Oye venir a lo lejos
- Y ante el alcázar pararse,
- Quedando todo en silencio.
- En la antecámara suena
- Rumor impensado luego,
- Ábrese al fin la mampara
- Y entra el de Borbón soberbio,
- Con el semblante de azufre
- Y con los ojos de fuego,
- Bramando de ira y de rabia
- Que enfrena mal el respeto;
- Y con balbuciente lengua,
- Y con mal borrado ceño,
- Acusa al de Benavente,
- Un desagravio pidiendo.
-
- Del español Condestable
- Latió con orgullo el pecho,
- Ufano de la entereza
- De su esclarecido deudo.
- Y aunque advertido procura
- Disimular cual discreto,
- A su noble rostro asoman
- La aprobación y el contento.
- El Emperador un punto
- Quedó indeciso y suspenso,
- Sin saber qué responderle
- Al francés, de enojo ciego.
- Y aunque en su interior se goza
- Con el proceder violento
- Del conde de Benavente,
- De altas esperanzas lleno
- Por tener tales vasallos,
- De noble lealtad modelos,
- Y con los que el ancho mundo
- Será a sus glorias estrecho.
- Mucho al de Borbón le debe
- Y es fuerza satisfacerlo:
- Le ofrece para calmarlo
- Un desagravio completo.
- Y, llamando a un gentil-hombre,
- Con el semblante severo
- Manda que el de Benavente
- Venga a su presencia presto.
-
-ROMANCE TERCERO
-
- Sostenido por sus pajes
- Desciende de su litera
- El conde de Benavente
- Del alcázar a la puerta.
- Era un viejo respetable,
- Cuerpo enjuto, cara seca,
- Con dos ojos como chispas,
- Cargados de largas cejas,
- Y con semblante muy noble,
- Mas de gravedad tan seria
- Que veneración de lejos
- Y miedo causa de cerca.
- Eran su traje unas calzas
- De púrpura de Valencia,
- Y de recamado ante
- Un coleto a la leonesa:
- De fino lienzo gallego
- Los puños y la gorguera,
- Unos y otra guarnecidos
- Con randas barcelonesas:
- Un birretón de velludo
- Con su cintillo de perlas,
- Y el gabán de paño verde
- Con alamares de seda.
- Tan solo de Calatrava
- La insignia española lleva;
- Que el Toisón ha despreciado
- Por ser orden extranjera.
-
- Con paso tardo, aunque firme,
- Sube por las escaleras,
- Y al verle, las alabardas
- Un golpe dan en la tierra.
- Golpe de honor, y de aviso
- De que en el alcázar entra
- Un Grande, a quien se le debe
- Todo honor y reverencia.
- Al llegar a la antesala,
- Los pajes que están en ella
- Con respeto le saludan
- Abriendo las anchas puertas.
- Con grave paso entra el conde
- Sin que otro aviso preceda,
- Salones atravesando
- Hasta la cámara regia.
-
- Pensativo está el Monarca,
- Discurriendo como pueda
- Componer aquel disturbio
- Sin hacer a nadie ofensa.
- Mucho al de Borbón le debe,
- Aun mucho más de él espera,
- Y al de Benavente mucho
- Considerar le interesa.
- Dilación no admite el caso,
- No hay quien dar consejo pueda
- Y Villalar y Pavía
- A un tiempo se le recuerdan.
- En el sillón asentado
- Y el codo sobre la mesa,
- Al personaje recibe,
- Que comedido se acerca.
- Grave el conde le saluda
- Con una rodilla en tierra,
- Mas como Grande del reino
- Sin descubrir la cabeza.
- El Emperador benigno
- Que alce del suelo le ordena,
- Y la plática difícil
- Con sagacidad empieza.
- Y entre severo y afable
- Al cabo le manifiesta
- Que es el que a Borbón aloje
- Voluntad suya resuelta.
- Con respeto muy profundo,
- Pero con la voz entera,
- Respóndele Benavente,
- Destocando la cabeza:
- «Soy, señor, vuestro vasallo,
- Vos sois mi rey en la tierra,
- A vos ordenar os cumple
- De mi vida y de mi hacienda.
- »Vuestro soy, vuestra mi casa,
- De mí disponed y de ella,
- Pero no toquéis mi honra
- Y respetad mi conciencia.
- »Mi casa Borbón ocupe
- Puesto que es voluntad vuestra,
- Contamine sus paredes,
- Sus blasones envilezca;
- »Que a mí me sobra en Toledo
- Donde vivir, sin que tenga
- Que rozarme con traidores,
- Cuyo solo aliento infesta.
- »Y en cuanto él deje mi casa,
- Antes de tornar yo a ella,
- Purificaré con fuego
- Sus paredes y sus puertas.»
- Dijo el conde, la real mano
- Besó, cubrió su cabeza,
- Y retirose bajando
- A do estaba su litera.
- Y a casa de un su pariente
- Mandó que le condujeran,
- Abandonando la suya
- Con cuanto dentro se encierra.
- Quedó absorto Carlos Quinto
- De ver tan noble firmeza,
- Estimando la de España
- Más que la imperial diadema.
-
-ROMANCE CUARTO
-
- Muy pocos días el duque
- Hizo mansión en Toledo,
- Del noble conde ocupando
- Los honrados aposentos.
- Y la noche en que el palacio
- Dejó vacío, partiendo,
- Con su séquito y sus pajes,
- Orgulloso y satisfecho,
- Turbó la apacible luna
- Un vapor blanco y espeso
- Que de las altas techumbres
- Se iba elevando y creciendo:
- A poco rato tornose
- En humo confuso y denso
- Que en nubarrones oscuros
- Ofuscaba el claro cielo;
- Después en ardientes chispas,
- Y en un resplandor horrendo
- Que iluminaba los valles
- Dando en el Tajo reflejos,
- Y al fin su furor mostrando
- En embravecido incendio
- Que devoraba altas torres
- Y derrumbaba altos techos.
- Resonaron las campanas,
- Conmoviose todo el pueblo,
- De Benavente el palacio
- Presa de las llamas viendo.
- El Emperador confuso
- Corre a procurar remedio,
- En atajar tanto daño
- Mostrando tenaz empeño.
- En vano todo: tragose
- Tantas riquezas el fuego,
- A la lealtad castellana
- Levantando un monumento.
- Aun hoy unos viejos muros
- Del humo y las llamas negros
- Recuerdan acción tan grande
- En la famosa Toledo.
-
-
-
-
-DON JOSÉ DE ESPRONCEDA
-
-
-_76. Himno de la Inmortalidad_
-
- ¡Salve, llama creadora del mundo,
- Lengua ardiente de eterno saber,
- Puro germen, principio fecundo
- Que encadenas la muerte a tus pies!
- Tú la inerte materia espoleas,
- Tú la ordenas juntarse y vivir,
- Tú su lodo modelas, y creas
- Miles seres de formas sin fin.
- Desbarata tus obras en vano
- Vencedora la muerte tal vez;
- De sus restos levanta tu mano
- Nuevas obras triunfante otra vez.
- Tú la hoguera del sol alimentas,
- Tú revistes los cielos de azul,
- Tú la luna en las sombras argentas,
- Tú coronas la aurora de luz.
- Gratos ecos al bosque sombrío,
- Verde pompa a los árboles das,
- Melancólica música al río,
- Ronco grito a las olas del mar.
- Tú el aroma en las flores exhalas,
- En los valles suspiras de amor,
- Tú murmuras del aura en las alas,
- En el Bóreas retumba tu voz.
- Tú derramas el oro en la tierra
- En arroyos de hirviente metal;
- Tú abrillantas la perla que encierra
- En su abismo profundo la mar.
- Tú las cárdenas nubes extiendes,
- Negro manto que agita Aquilón;
- Con tu aliento los aires enciendes,
- Tus rugidos infunden pavor.
- Tú eres pura simiente de vida,
- Manantial sempiterno del bien;
- Luz del mismo Hacedor desprendida,
- Juventud y hermosura es tu ser.
- Tú eres fuerza secreta que el mundo
- En sus ejes impulsa a rodar,
- Sentimiento armonioso y profundo
- De los orbes que anima tu faz.
- De tus obras los siglos que vuelan
- Incansables artífices son,
- Del espíritu ardiente cincelan
- Y embellecen la estrecha prisión.
- Tú en violento, veloz torbellino
- Los empujas enérgica, y van;
- Y adelante en tu raudo camino
- A otros siglos ordenas llegar.
- Y otros siglos ansiosos se lanzan,
- Desparecen y llegan sin fin,
- Y en su eterno trabajo se alcanzan,
- Y se arrancan sin tregua el buril.
- Y afanosos sus fuerzas emplean
- En tu inmenso taller sin cesar,
- Y en la tosca materia golpean,
- Y redobla el trabajo su afán.
- De la vida en el hondo Oceáno
- Flota el hombre en perpetuo vaivén,
- Y derrama abundante tu mano
- La creadora semilla en su ser.
- Hombre débil, levanta la frente,
- Pon tu labio en su eterno raudal;
- Tú serás como el sol en Oriente,
- Tú serás como el mundo, inmortal.
-
-
-_77. Canción del Pirata_
-
- Con diez cañones por banda,
- Viento en popa a toda vela,
- No corta el mar, sino vuela
- Un velero bergantín:
- Bajel pirata que llaman,
- Por su bravura, el _Temido_,
- En todo mar conocido
- Del uno al otro confín.
- La luna en el mar riela,
- En la lona gime el viento,
- Y alza en blando movimiento
- Olas de plata y azul;
- Y ve el capitán pirata,
- Cantando alegre en la popa,
- Asia a un lado, al otro Europa,
- Y allá a su frente Estambul,
- «Navega, velero mío,
- Sin temor;
- Que ni enemigo navío,
- Ni tormenta, ni bonanza
- Tu rumbo a torcer alcanza,
- Ni a sujetar tu valor.
- »Veinte presas
- Hemos hecho
- A despecho
- Del inglés,
- Y han rendido
- Sus pendones
- Cien naciones
- A mis pies.»
- _Que es mi barco mi tesoro,_
- _Que es mi Dios la libertad,_
- _Mi ley la fuerza y el viento,_
- _Mi única patria la mar._
-
- «Allá muevan feroz guerra
- Ciegos reyes
- Por un palmo más de tierra:
- Que yo tengo aquí por mío
- Cuanto abarca el mar bravío,
- A quien nadie impuso leyes.
- »Y no hay playa,
- Sea cualquiera,
- Ni bandera
- De esplendor,
- Que no sienta
- Mi derecho,
- Y dé pecho
- A mi valor.»
- _Que es mi barco mi tesoro..._
-
- «A la voz de “¡barco viene!”
- Es de ver
- Cómo vira y se previene
- A todo trapo escapar;
- Que yo soy el rey del mar,
- Y mi furia es de temer.
- »En las presas
- Yo divido
- Lo cogido
- Por igual:
- Solo quiero
- Por riqueza
- La belleza
- Sin rival.»
- _Que es mi barco mi tesoro..._
-
- «¡Sentenciado estoy a muerte!
- Yo me río:
- No me abandone la suerte
- Y al mismo que me condena,
- Colgaré de alguna entena,
- Quizá en su propio navío.
- »Y si caigo,
- ¿Qué es la vida?
- Por perdida
- Ya la di,
- Cuando el yugo
- Del esclavo,
- Como un bravo,
- Sacudí.»
- _Que es mi barco mi tesoro..._
-
- «Son mi música mejor
- Aquilones:
- El estrépito y temblor
- De los cables sacudidos,
- Del negro mar los bramidos
- Y el rugir de mis cañones
- »Y del trueno
- Al son violento
- Y del viento
- Al rebramar,
- Yo me duermo
- Sosegado,
- Arrullado
- Por el mar.»
- _Que es mi barco mi tesoro,_
- _Que es mi Dios la libertad,_
- _Mi ley la fuerza y el viento,_
- _Mi única patria, la mar._
-
-
-_78. Canto a Teresa_
-
-_Descansa en paz_
-
- Bueno es el mundo, ¡bueno! ¡bueno! ¡bueno!
- Como de Dios al fin obra maestra,
- Por todas partes de delicias lleno,
- De que Dios ama al hombre hermosa muestra.
- Salga la voz alegre de mi seno
- A celebrar esta vivienda nuestra;
- ¡Paz a los hombres! ¡gloria en las alturas!
- ¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!
-
- _María_, por D. Miguel de los Santos Álvarez.
-
- ¿Por qué volvéis a la memoria mía,
- Tristes recuerdos del placer perdido,
- A aumentar la ansiedad y la agonía
- De este desierto corazón herido?
- ¡Ay! que de aquellas horas de alegría
- Le quedó al corazón solo un gemido,
- Y el llanto que al dolor los ojos niegan
- Lágrimas son de hiel que el alma anegan.
-
- ¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas
- De juventud, de amor y de ventura,
- Regaladas de músicas sonoras,
- Adornadas de luz y de hermosura?
- Imágenes de oro bullidoras.
- Sus alas de carmín y nieve pura,
- Al sol de mi esperanza desplegando,
- Pasaban ¡ay! a mi alredor cantando.
-
- Gorjeaban los dulces ruiseñores,
- El sol iluminaba mi alegría,
- El aura susurraba entre las flores,
- El bosque mansamente respondía,
- Las fuentes murmuraban sus amores...
- ¡Ilusiones que llora el alma mía!
- ¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído
- El bullicio del mundo y su ruïdo!
-
- Mi vida entonces, cual guerrera nave
- Que el puerto deja por la vez primera,
- Y al soplo de los céfiros suave
- Orgullosa desplega su bandera,
- Y al mar dejando que a sus pies alabe
- Su triunfo en roncos cantos, va velera,
- Una ola tras otra bramadora
- Hollando y dividiendo vencedora.
-
- ¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente
- De amor volaba; el sol de la mañana
- Llevaba yo sobre mi tersa frente,
- Y el alma pura de su dicha ufana:
- Dentro de ella el amor, cual rica fuente
- Que entre frescuras y arboledas mana,
- Brotaba entonces abundante río
- De ilusiones y dulce desvarío.
-
- Yo amaba todo: un noble sentimiento
- Exaltaba mi ánimo, y sentía
- En mi pecho un secreto movimiento,
- De grandes hechos generoso guía:
- La libertad con su inmortal aliento,
- Santa diosa, mi espíritu encendía,
- Contino imaginando en mi fe pura
- Sueños de gloria al mundo y de ventura.
-
- El puñal de Catón, la adusta frente
- Del noble Bruto, la constancia fiera
- Y el arrojo de Scévola valiente,
- La doctrina de Sócrates severa,
- La voz atronadora y elocuente
- Del orador de Atenas, la bandera
- Contra el tirano Macedonio alzando,
- Y al espantado pueblo arrebatando:
-
- El valor y la fe del caballero,
- Del trovador el arpa y los cantares,
- Del gótico castillo el altanero
- Antiguo torreón, do sus pesares
- Cantó tal vez con eco lastimero,
- ¡Ay! arrancada de sus patrios lares,
- Joven cautiva, al rayo de la luna,
- Lamentando su ausencia y su fortuna:
-
- El dulce anhelo del amor que aguarda,
- Tal vez inquieto y con mortal recelo;
- La forma bella que cruzó gallarda,
- Allá en la noche, entre medroso velo;
- La ansiada cita que en llegar se tarda
- Al impaciente y amoroso anhelo,
- La mujer y la voz de su dulzura,
- Que inspira al alma celestial ternura:
-
- A un tiempo mismo en rápida tormenta
- Mi alma alborotaban de contino,
- Cual las olas que azota con violenta
- Cólera impetuoso torbellino:
- Soñaba al héroe ya, la plebe atenta
- En mi voz escuchaba su destino;
- Ya al caballero, al trovador soñaba,
- Y de gloria y de amores suspiraba.
-
- Hay una voz secreta, un dulce canto,
- Que el alma solo recogida entiende,
- Un sentimiento misterioso y santo,
- Que del barro al espíritu desprende;
- Agreste, vago y solitario encanto
- Que en inefable amor el alma enciende,
- Volando tras la imagen peregrina
- El corazón de su ilusión divina.
-
- Yo, desterrado en extranjera playa,
- Con los ojos estático seguía
- La nave audaz que en argentada raya
- Volaba al puerto de la patria mía:
- Yo, cuando en Occidente el sol desmaya,
- Solo y perdido en la arboleda umbría,
- Oír pensaba el armonioso acento
- De una mujer, al suspirar del viento.
-
- ¡Una mujer! En el templado rayo
- De la mágica luna se colora,
- Del sol poniente al lánguido desmayo
- Lejos entre las nubes se evapora;
- Sobre las cumbres que florece Mayo
- Brilla fugaz al despuntar la aurora,
- Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,
- Juega en las aguas del sereno río.
-
- ¡Una mujer! Deslízase en el cielo
- Allá en la noche desprendida estrella.
- Si aroma el aire recogió en el suelo,
- Es el aroma que le presta ella.
- Blanca es la nube que en callado vuelo
- Cruza la esfera, y que su planta huella.
- Y en la tarde la mar olas le ofrece
- De plata y de zafir, donde se mece.
-
- Mujer que amor en su ilusión figura,
- Mujer que nada dice a los sentidos,
- Ensueño de suavísima ternura,
- Eco que regaló nuestros oídos;
- De amor la llama generosa y pura,
- Los goces dulces del amor cumplidos,
- Que engalana la rica fantasía,
- Goces que avaro el corazón ansía:
-
- ¡Ay! aquella mujer, tan solo aquella,
- Tanto delirio a realizar alcanza,
- Y esa mujer tan cándida y tan bella
- Es mentida ilusión de la esperanza:
- Es el alma que vívida destella
- Su luz al mundo cuando en él se lanza,
- Y el mundo con su magia y galanura
- Es espejo no más de su hermosura:
-
- Es el amor que al mismo amor adora,
- El que creó las Sílfides y Ondinas,
- La sacra ninfa que bordando mora
- Debajo de las aguas cristalinas:
- Es el amor que recordando llora
- Las arboledas del Edén divinas:
- Amor de allí arrancado, allí nacido,
- Que busca en vano aquí su bien perdido.
-
- ¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo!
- ¡Sentimiento purísimo! ¡memoria
- Acaso triste de un perdido cielo,
- Quizá esperanza de futura gloria!
- ¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!
- ¡Oh qué mujer, qué imagen ilusoria
- Tan pura, tan feliz, tan placentera,
- Brindó el amor a mi ilusión primera!...
-
- ¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías,
- ¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares?
- ¿Por qué, por qué como en mejores días,
- No consoláis vosotras mis pesares?
- ¡Oh! los que no sabéis las agonías
- De un corazón que penas a millares
- ¡Ay! desgarraron y que ya no llora,
- ¡Piedad tened de mi tormento ahora!
-
- ¡Oh dichosos mil veces, sí, dichosos
- Los que podéis llorar! y ¡ay! sin ventura
- De mí, que entre suspiros angustiosos
- Ahogar me siento en infernal tortura.
- ¡Retuércese entre nudos dolorosos
- Mi corazón, gimiendo de amargura!
- También tu corazón, hecho pavesa,
- ¡Ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!
-
- ¿Quién pensara jamás, Teresa mía,
- Que fuera eterno manantial de llanto,
- Tanto inocente amor, tanta alegría,
- Tantas delicias y delirio tanto?
- ¿Quién pensara jamás llegase un día
- En que perdido el celestial encanto
- Y caída la venda de los ojos,
- Cuanto diera placer causara enojos?
-
- Aun parece, Teresa, que te veo
- Aérea como dorada mariposa,
- Ensueño delicioso del deseo,
- Sobre tallo gentil temprana rosa,
- Del amor venturoso devaneo,
- Angélica, purísima y dichosa,
- Y oigo tu voz dulcísima, y respiro
- Tu aliento perfumado en tu suspiro.
-
- Y aun miro aquellos ojos que robaron
- A los cielos su azul, y las rosadas
- Tintas sobre la nieve, que envidiaron
- Las de Mayo serenas alboradas:
- Y aquellas horas dulces que pasaron
- Tan breves, ¡ay! como después lloradas,
- Horas de confianza y de delicias,
- De abandono y de amor y de caricias.
-
- Que así las horas rápidas pasaban,
- Y pasaba a la par nuestra ventura;
- Y nunca nuestras ansias las contaban,
- Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura.
- Las horas ¡ay! huyendo nos miraban,
- Llanto tal vez vertiendo de ternura;
- Que nuestro amor y juventud veían,
- Y temblaban las horas que vendrían.
-
- Y llegaron en fin: ¡oh! ¿quién impío
- ¡Ay! agostó la flor de tu pureza?
- Tú fuiste un tiempo cristalino río,
- Manantial de purísima limpieza;
- Después torrente de color sombrío,
- Rompiendo entre peñascos y maleza,
- Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,
- Entre fétido fango detenidas.
-
- ¿Cómo caíste despeñado al suelo,
- Astro de la mañana luminoso?
- Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo
- A este valle de lágrimas odioso?
- Aun cercaba tu frente el blanco velo
- Del serafín, y en ondas fulguroso
- Rayos al mundo tu esplendor vertía,
- Y otro cielo el amor te prometía.
-
- Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído,
- O mujer nada más y lodo inmundo,
- Hermoso ser para llorar nacido,
- O vivir como autómata en el mundo.
- Sí, que el demonio en el Edén perdido,
- Abrasara con fuego del profundo
- La primera mujer, y ¡ay! aquel fuego
- La herencia ha sido de sus hijos luego.
-
- Brota en el cielo del amor la fuente,
- Que a fecundar el universo mana,
- Y en la tierra su límpida corriente
- Sus márgenes con flores engalana;
- Mas, ¡ay! huid: el corazón ardiente
- Que el agua clara por beber se afana,
- Lágrimas verterá de duelo eterno,
- Que su raudal lo envenenó el infierno.
-
- Huid, si no queréis que llegue un día
- En que enredado en retorcidos lazos
- El corazón, con bárbara porfía
- Luchéis por arrancároslo a pedazos:
- En que al cielo en histérica agonía
- Frenéticos alcéis entrambos brazos,
- Para en vuestra impotencia maldecirle,
- Y escupiros, tal vez, al escupirle.
-
- Los años ¡ay! de la ilusión pasaron,
- Las dulces esperanzas que trajeron
- Con sus blancos ensueños se llevaron,
- Y el porvenir de oscuridad vistieron:
- Las rosas del amor se marchitaron,
- Las flores en abrojos convirtieron,
- Y de afán tanto y tan soñada gloria
- Solo quedó una tumba, una memoria.
-
- ¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento
- Un pesar tan intenso! Embarga impío
- Mi quebrantada voz mi sentimiento,
- Y suspira tu nombre el labio mío:
- Para allí su carrera el pensamiento,
- Hiela mi corazón punzante frío,
- Ante mis ojos la funesta losa,
- Donde vil polvo tu beldad reposa.
-
- Y tú feliz, que hallastes en la muerte
- Sombra a que descansar en tu camino,
- Cuando llegabas, mísera, a perderte
- Y era llorar tu único destino:
- Cuando en tu frente la implacable suerte
- Grababa de los réprobos el sino.
- Feliz, la muerte te arrancó del suelo,
- Y otra vez ángel, te volviste al cielo.
-
- Roída de recuerdos de amargura,
- Árido el corazón, sin ilusiones,
- La delicada flor de tu hermosura
- Ajaron del dolor los aquilones:
- Sola, y envilecida, y sin ventura,
- Tu corazón secaron las pasiones:
- Tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran,
- Y hasta el nombre de madre te negaran.
-
- Los ojos escaldados de tu llanto,
- Tu rostro cadavérico y hundido;
- Único desahogo en tu quebranto,
- El histérico ¡ay! de tu gemido:
- ¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto
- Envolver tu desdicha en el olvido,
- Disipar tu dolor y recogerte
- En su seno de paz? ¡Solo la muerte!
-
- ¡Y tan joven, y ya tan desgraciada!
- Espíritu indomable, alma violenta,
- En ti, mezquina sociedad, lanzada
- A romper tus barreras turbulenta.
- Nave contra las rocas quebrantada,
- Allá vaga, a merced de la tormenta,
- En las olas tal vez náufraga tabla,
- Que solo ya de sus grandezas habla.
-
- Un recuerdo de amor que nunca muere
- Y está en mi corazón; un lastimero
- Tierno quejido que en el alma hiere,
- Eco suave de su amor primero:
- ¡Ay! de tu luz, en tanto yo viviere,
- Quedará un rayo en mí, blanco lucero,
- Que iluminaste con tu luz querida
- La dorada mañana de mi vida.
-
- Que yo, como una flor que en la mañana
- Abre su cáliz al naciente día,
- ¡Ay! al amor abrí tu alma temprana,
- Y exalté tu inocente fantasía,
- Yo inocente también ¡oh! cuán ufana
- Al porvenir mi mente sonreía,
- Y en alas de mi amor, ¡con cuánto anhelo
- Pensé contigo remontarme al cielo!
-
- Y alegre, audaz, ansioso, enamorado,
- En tus brazos en lánguido abandono,
- De glorias y deleites rodeado
- Levantar para ti soñé yo un trono:
- Y allí, tú venturosa y yo a tu lado,
- Vencer del mundo el implacable encono,
- Y en un tiempo, sin horas ni medida,
- Ver como un sueño resbalar la vida.
-
- ¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos
- Áridos ni una lágrima brotaban;
- Cuando ya su color tus labios rojos
- En cárdenos matices se cambiaban;
- Cuando de tu dolor tristes despojos
- La vida y su ilusión te abandonaban,
- Y consumía lenta calentura
- Tu corazón al par de tu amargura;
-
- Si en tu penosa y última agonía
- Volviste a lo pasado el pensamiento;
- Si comparaste a tu existencia un día
- Tu triste soledad y tu aislamiento;
- Si arrojó a tu dolor tu fantasía
- Tus hijos ¡ay! en tu postrer momento
- A otra mujer tal vez acariciando,
- Madre tal vez a otra mujer llamando;
-
- Si el cuadro de tus breves glorias viste
- Pasar como fantástica quimera,
- Y si la voz de tu conciencia oíste
- Dentro de ti gritándote severa;
- Sí, en fin, entonces tú llorar quisiste
- Y no brotó una lágrima siquiera
- Tu seco corazón, y a Dios llamaste,
- Y no te escuchó Dios, y blasfemaste.
-
- ¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! ¡martirio horrendo!
- ¡Espantosa expiación de tu pecado!
- Sobre un lecho de espinas, maldiciendo,
- Morir, ¡el corazón desesperado!
- Tus mismas manos de dolor mordiendo,
- Presente a tu conciencia lo pasado,
- Buscando en vano, con los ojos fijos,
- Y extendiendo tus brazos a tus hijos.
-
- ¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel!... ¡Ay! yo entre tanto
- Dentro del pecho mi dolor oculto,
- Enjugo de mis párpados el llanto
- Y doy al mundo el exigido culto:
- Yo escondo con vergüenza mi quebranto,
- Mi propia pena con mi risa insulto,
- Y me divierto en arrancar del pecho
- Mi mismo corazón pedazos hecho.
-
- Gocemos, sí; la cristalina esfera
- Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!
- ¿Quién a parar alcanza la carrera
- Del mundo hermoso que al placer convida?
- Brilla radiante el sol, la primavera
- Los campos pinta en la estación florida:
- Truéquese en risa mi dolor profundo...
- Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?
-
-
-
-
-DON JOSÉ ZORRILLA
-
-
-_79. Introducción a los «Cantos del Trovador»_
-
- ¿Qué se hicieron las auras deliciosas
- Que henchidas de perfume se perdían
- Entre los lirios y las frescas rosas
- Que el huerto ameno en derredor ceñían?
- Las brisas del otoño revoltosas
- En rápido tropel las impelían,
- Y ahogaron la estación de los amores
- Entre las hojas de sus yertas flores.
- Hoy al fuego de un tronco nos sentamos
- En torno de la antigua chimenea,
- Y acaso la ancha sombra recordamos
- De aquel tizón que a nuestros pies humea.
- Y hora tras hora tristes esperamos
- Que pase la estación adusta y fea,
- En pereza febril adormecidos
- Y en las propias memorias embebidos.
- En vano a los placeres avarientos
- Nos lanzamos do quier, y orgías sonoras
- Estremecen los ricos aposentos
- Y fantásticas danzas tentadoras;
- Porque antes y después caminan lentos
- Los turbios días y las lentas horas,
- Sin que alguna ilusión de breve instante
- Del alma el sueño fugitiva encante.
- Pero yo, que he pasado entre ilusiones,
- Sueños de oro y de luz, mi dulce vida,
- No os dejaré dormir en los salones
- Donde al placer la soledad convida;
- Ni esperar, revolviendo los tizones,
- Al yerto amigo o la falaz querida,
- Sin que más esperanza os alimente
- Que ir contando las horas tristemente.
- Los que vivís de alcázares señores,
- Venid, yo halagaré vuestra pereza;
- Niñas hermosas que morís de amores,
- Venid, yo encantaré vuestra belleza;
- Viejos que idolatráis vuestros mayores,
- Venid, yo os contaré vuestra grandeza;
- Venid a oír en dulces armonías
- Las sabrosas historias de otros días.
- Yo soy el Trovador que vaga errante:
- Si son de vuestro parque estos linderos,
- No me dejéis pasar, mandad que cante;
- Que yo sé de los bravos caballeros
- La dama ingrata y la cautiva amante,
- La cita oculta y los combates fieros
- Con que a cabo llevaron sus empresas
- Por hermosas esclavas y princesas.
- Venid a mí, yo canto los amores;
- Yo soy el trovador de los festines;
- Yo ciño el arpa con vistosas flores,
- Guirnalda que recojo en mil jardines;
- Yo tengo el tulipán de cien colores
- Que adoran de Estambul en los confines,
- Y el lirio azul incógnito y campestre
- Que nace y muere en el peñón silvestre.
- ¡Ven a mis manos, ven, arpa sonora!
- ¡Baja a mi mente, inspiración cristiana,
- Y enciende en mí la llama creadora
- Que del aliento del Querub emana!
- ¡Lejos de mí la historia tentadora
- De ajena tierra y religión profana!
- Mi voz, mi corazón, mi fantasía
- La gloria cantan de la patria mía.
- Venid, yo no hollaré con mis cantares
- Del pueblo en que he nacido la creencia,
- Respetaré su ley y sus altares;
- En su desgracia a par que en su opulencia
- Celebraré su fuerza o sus azares,
- Y, fiel ministro de la gaya ciencia,
- Levantaré mi voz consoladora
- Sobre las ruinas en que España llora.
- ¡Tierra de amor! ¡tesoro de memorias,
- Grande, opulenta y vencedora un día,
- Sembrada de recuerdos y de historias,
- Y hollada asaz por la fortuna impía!
- Yo cantaré tus olvidadas glorias;
- Que en alas de la ardiente poesía
- No aspiro a más laurel ni a más hazaña
- Que a una sonrisa de mi dulce España.
-
-
-_80. A buen juez mejor testigo_
-
-_Tradición de Toledo_
-
-I
-
- Entre pardos nubarrones
- Pasando la blanca luna,
- Con resplandor fugitivo,
- La baja tierra no alumbra.
- La brisa con frescas alas
- Juguetona no murmura,
- Y las veletas no giran
- Entre la cruz y la cúpula.
- Tal vez un pálido rayo
- La opaca atmósfera cruza,
- Y unas en otras las sombras
- Confundidas se dibujan.
- Las almenas de las torres
- Un momento se columbran,
- Como lanzas de soldados
- Apostados en la altura.
- Reverberan los cristales
- La trémula llama turbia,
- Y un instante entre las rocas
- Riela la fuente oculta.
- Los álamos de la vega
- Parecen en la espesura
- De fantasmas apiñados
- Medrosa y gigante turba;
- Y alguna vez desprendida
- Gotea pesada lluvia,
- Que no despierta a quien duerme,
- Ni a quien medita importuna.
- Yace Toledo en el sueño
- Entre las sombras confusa,
- Y el Tajo a sus pies pasando
- Con pardas ondas lo arrulla.
- El monótono murmullo
- Sonar perdido se escucha,
- Cual si por las hondas calles
- Hirviera del mar la espuma.
- ¡Qué dulce es dormir en calma
- Cuando a lo lejos susurran
- Los álamos que se mecen,
- Las aguas que se derrumban!
- Se sueñan bellos fantasmas
- Que el sueño del triste endulzan,
- Y en tanto que sueña el triste,
- No le aqueja su amargura.
- Tan en calma y tan sombría
- Como la noche que enluta
- La esquina en que desemboca
- Una callejuela oculta,
- Se ve de un hombre que aguarda
- La vigilante figura,
- Y tan a la sombra vela
- Que entre las sombras se ofusca.
- Frente por frente a sus ojos
- Un balcón a poca altura
- Deja escapar por los vidrios
- La luz que dentro le alumbra;
- Mas ni en el claro aposento,
- Ni en la callejuela oscura
- El silencio de la noche
- Rumor sospechoso turba.
- Pasó así tan largo tiempo,
- Que pudiera haberse duda
- De si es hombre, o solamente
- Mentida ilusión nocturna;
- Pero es hombre, y bien se ve,
- Porque con planta segura
- Ganando el centro a la calle
- Resuelto y audaz pregunta:
- --¿Quién va? --y a corta distancia
- El igual compás se escucha
- De un caballo que sacude
- Las sonoras herraduras.
- ¿Quién va? repite, y cercana
- Otra voz menos robusta
- Responde: --Un hidalgo ¡calle!--
- Y el paso el bulto apresura.
- --Téngase el hidalgo --el hombre
- Replica, y la espada empuña.
- --Ved más bien si me haréis calle
- (Repitieron con mesura)
- Que hasta hoy a nadie se tuvo
- Iván de Vargas y Acuña.
- --Pase el Acuña y perdone--
- Dijo el mozo en faz de fuga,
- Pues teniéndose el embozo
- Sopla un silbato, y se oculta.
- Paró el jinete a una puerta,
- Y con precaución difusa
- Salió una niña al balcón
- Que llama interior alumbra.
- --¡Mi padre! --clamó en voz baja
- Y el viejo en la cerradura
- Metió la llave pidiendo
- A sus gentes que le acudan.
- Un negro por ambas bridas
- Tomó la cabalgadura,
- Cerrose detrás la puerta
- Y quedó la calle muda.
- En esto desde el balcón,
- Como quien tal acostumbra,
- Un mancebo por las rejas
- De la calle se asegura.
- Asió el brazo al que apostado
- Hizo cara a Iván de Acuña,
- Y huyeron, en el embozo
- Velando la catadura.
-
-II
-
- Clara, apacible y serena
- Pasa la siguiente tarde,
- Y el sol tocando su ocaso
- Apaga su luz gigante:
- Se ve la imperial Toledo
- Dorada por los remates,
- Como una ciudad de grana
- Coronada de cristales.
- El Tajo por entre rocas
- Sus anchos cimientos lame,
- Dibujando en las arenas
- Las ondas con que las bate.
- Y la ciudad se retrata
- En las ondas desiguales,
- Como en prendas de que el río
- Tan afanoso la bañe.
- A lo lejos en la vega
- Tiende galán por sus márgenes,
- De sus álamos y huertos
- El pintoresco ropaje,
- Y porque su altiva gala
- Más a los ojos halague,
- La salpica con escombros
- De castillos y de alcázares.
- Un recuerdo es cada piedra
- Que toda una historia vale,
- Cada colina un secreto
- De príncipes o galanes.
- Aquí se bañó la hermosa
- Por quien dejó un rey culpable
- Amor, fama, reino y vida
- En manos de musulmanes.
- Allí recibió Galiana
- A su receloso amante
- En esa cuesta que entonces
- Era un plantel de azahares.
- Allá por aquella torre,
- Que hicieron puerta los árabes,
- Subió el Cid sobre Babieca
- Con su gente y su estandarte.
- Más lejos se ve el castillo
- De San Servando, o Cervantes,
- Donde nada se hizo nunca
- Y nada al presente se hace.
- A este lado está la almena
- Por do sacó vigilante
- El conde Don Peranzules
- Al rey, que supo una tarde
- Fingir tan tenaz modorra,
- Que, político y constante,
- Tuvo siempre el brazo quedo
- Las palmas al horadarle.
- Allí está el circo romano,
- Gran cifra de un pueblo grande,
- Y aquí la antigua Basílica
- De bizantinos pilares,
- Que oyó en el primer concilio
- Las palabras de los Padres
- Que velaron por la Iglesia
- Perseguida o vacilante.
- La sombra en este momento
- Tiende sus turbios cendales
- Por todas esas memorias
- De las pasadas edades,
- Y del Cambrón y Visagra
- Los caminos desiguales,
- Camino a los toledanos
- Hacia las murallas abren.
- Los labradores se acercan
- Al fuego de sus hogares,
- Cargados con sus aperos,
- Cansados de sus afanes.
- Los ricos y sedentarios
- Se tornan con paso grave,
- Calado el ancho sombrero,
- Abrochados los gabanes;
- Y los clérigos y monjes
- Y los prelados y abades
- Sacudiendo el leve polvo
- De capelos y sayales.
- Quédase solo un mancebo
- De impetuosos ademanes,
- Que se pasea ocultando
- Entre la capa el semblante.
- Los que pasan le contemplan
- Con decisión de evitarle,
- Y él contempla a los que pasan
- Como si a alguien aguardase.
- Los tímidos aceleran
- Los pasos al divisarle,
- Cual temiendo de seguro
- Que les proponga un combate;
- Y los valientes le miran
- Cual si sintieran dejarle
- Sin que libres sus estoques
- En riña sonora dancen.
- Una mujer también sola
- Se viene el llano adelante,
- La luz del rostro escondida
- En tocas y tafetanes.
- Mas en lo leve del paso,
- Y en lo flexible del talle,
- Puede a través de los velos
- Una hermosa adivinarse.
- Vase derecha al que aguarda,
- Y él al encuentro la sale
- Diciendo... cuanto se dicen
- En las citas los amantes.
- Mas ella, galanterías
- Dejando severa aparte,
- Así al mancebo interrumpe
- En voz decisiva y grave:
-
- --Abreviemos de razones,
- Diego Martínez; mi padre,
- Que un hombre ha entrado en su ausencia
- Dentro mi aposento sabe:
- Y así quien mancha mi honra
- Con la suya me la lave;
- O dadme mano de esposo,
- O libre de vos dejadme.--
- Mirola Diego Martínez
- Atentamente un instante,
- Y echando a un lado el embozo,
- Repuso palabras tales:
- --Dentro de un mes, Inés mía,
- Parto a la guerra de Flandes;
- Al año estaré de vuelta
- Y contigo en los altares.
- Honra que yo te desluzca,
- Con honra mía se lave;
- Que por honra vuelven honra
- Hidalgos que en honra nacen.
- --Júralo --exclamó la niña.
- --Más que mi palabra vale
- No te valdrá un juramento.
- --Diego, la palabra es aire.
- --¡Vive Dios que estás tenaz!
- Dalo por jurado y baste.
- --No me basta; que olvidar
- Puedes la palabra en Flandes.
- --¡Voto a Dios! ¿qué más pretendes?
- --Que a los pies de aquella imagen
- Lo jures como cristiano
- Del santo Cristo delante.--
- Vaciló un punto Martínez,
- Mas porfiando que jurase,
- Llevole Inés hacia el templo
- Que en medio la vega yace.
- Enclavado en un madero,
- En duro y postrero trance,
- Ceñida la sien de espinas,
- Descolorido el semblante,
- Víase allí un crucifijo
- Teñido de negra sangre,
- A quien Toledo devota
- Acude hoy en sus azares.
- Ante sus plantas divinas
- Llegaron ambos amantes,
- Y haciendo Inés que Martínez
- Los sagrados pies tocase,
- Preguntole:
- --Diego, ¿juras
- A tu vuelta desposarme?
- Contestó al mozo:
- --¡Sí juro!
- Y ambos del templo se salen.
-
-III
-
- Pasó un día y otro día,
- Un mes y otro mes pasó,
- Y un año pasado había,
- Mas de Flandes no volvía
- Diego, que a Flandes partió.
- Lloraba la bella Inés
- Su vuelta aguardando en vano,
- Oraba un mes y otro mes
- Del crucifijo a los pies
- Do puso el galán su mano.
- Todas las tardes venía
- Después de traspuesto el sol,
- Y a Dios llorando pedía
- La vuelta del español,
- Y el español no volvía.
- Y siempre al anochecer,
- Sin dueña y sin escudero,
- En un manto una mujer
- El campo salía a ver
- Al alto del _Miradero_.
- ¡Ay del triste que consume
- Su existencia en esperar!
- ¡Ay del triste que presume
- Que el duelo con que él se abrume
- Al ausente ha de pesar!
- La esperanza es de los cielos
- Precioso y funesto don,
- Pues los amantes desvelos
- Cambian la esperanza en celos,
- Que abrasan el corazón.
- Si es cierto lo que se espera,
- Es un consuelo en verdad;
- Pero siendo una quimera,
- En tan frágil realidad
- Quien espera desespera.
- Así Inés desesperaba
- Sin acabar de esperar,
- Y su tez se marchitaba,
- Y su llanto se secaba
- Para volver a brotar.
- En vano a su confesor
- Pidió remedio o consejo
- Para aliviar su dolor;
- Que mal se cura el amor
- Con las palabras de un viejo.
- En vano a Iván acudía,
- Llorosa y desconsolada;
- El padre no respondía;
- Que la lengua le tenía
- Su propia deshonra atada.
- Y ambos maldicen su estrella,
- Callando el padre severo
- Y suspirando la bella,
- Porque nació mujer ella,
- Y el viejo nació altanero.
- Dos años al fin pasaron
- En esperar y gemir,
- Y las guerras acabaron,
- Y los de Flandes tornaron
- A sus tierras a vivir.
- Pasó un día y otro día,
- Un mes y otro mes pasó,
- Y el tercer año corría;
- Diego a Flandes se partió,
- Mas de Flandes no volvía.
- Era una tarde serena,
- Doraba el sol de occidente
- Del Tajo la vega amena,
- Y apoyada en una almena
- Miraba Inés la corriente.
- Iban las tranquilas olas
- Las riberas azotando
- Bajo las murallas solas,
- Musgo, espigas y amapolas
- Ligeramente doblando.
- Algún olmo que escondido
- Creció entre la yerba blanda,
- Sobre las aguas tendido
- Se reflejaba perdido
- En su cristalina banda.
- Y algún ruiseñor colgado
- Entre su fresca espesura
- Daba al aire embalsamado
- Su cántico regalado
- Desde la enramada oscura.
- Y algún pez con cien colores,
- Tornasolada la escama,
- Saltaba a besar las flores,
- Que exhalan gratos olores
- A las puntas de una rama.
- Y allá en el trémulo fondo
- El torreón se dibuja
- Como el contorno redondo
- Del hueco sombrío y hondo
- Que habita nocturna bruja.
- Así la niña lloraba
- El rigor de su fortuna,
- Y así la tarde pasaba
- Y al horizonte trepaba
- La consoladora luna.
- A lo lejos por el llano
- En confuso remolino
- Vio de hombres tropel lejano
- Que en pardo polvo liviano
- Dejan envuelto el camino.
- Bajó Inés del torreón,
- Y llegando recelosa
- A las puertas del Cambrón,
- Sintió latir zozobrosa
- Más inquieto el corazón.
- Tan galán como altanero
- Dejó ver la escasa luz
- Por bajo el arco primero
- Un hidalgo caballero
- En un caballo andaluz.
- Jubón negro acuchillado,
- Banda azul, lazo en la hombrera,
- Y sin pluma al diestro lado
- El sombrero derribado
- Tocando con la gorguera.
- Bombacho gris guarnecido,
- Bota de ante, espuela de oro,
- Hierro al cinto suspendido,
- Y a una cadena prendido
- Agudo cuchillo moro.
- Vienen tras este jinete
- Sobre potros jerezanos
- De lanceros hasta siete,
- Y en adarga y coselete
- Diez peones castellanos.
- Asiose a su estribo Inés
- Gritando: --¡Diego, eres tú!--
- Y él viéndola de través
- Dijo: --¡Voto a Belcebú,
- Que no me acuerdo quién es!--
- Dio la triste un alarido
- Tal respuesta al escuchar,
- Y a poco perdió el sentido,
- Sin que más voz ni gemido
- Volviera en tierra a exhalar.
- Frunciendo ambas a dos cejas
- Encomendola a su gente,
- Diciendo: --¡Malditas viejas
- Que a las mozas malamente
- Enloquecen con consejas!--
- Y aplicando el capitán
- A su potro las espuelas
- El rostro a Toledo dan,
- Y a trote cruzando van
- Las oscuras callejuelas.
-
-IV
-
- Así por sus altos fines
- Dispone y permite el cielo
- Que puedan mudar al hombre
- Fortuna, poder y tiempo.
- A Flandes partió Martínez
- De soldado aventurero,
- Y por su suerte y hazañas
- Allí capitán le hicieron.
- Según alzaba en honores
- Alzábase en pensamientos,
- Y tanto ayudó en la guerra
- Con su valor y altos hechos,
- Que el mismo rey a su vuelta
- Le armó en Madrid caballero,
- Tomándole a su servicio
- Por capitán de Lanceros.
- Y otro no fue que Martínez
- Quien ha poco entró en Toledo,
- Tan orgulloso y ufano
- Cual salió humilde y pequeño.
- Ni es otro a quien se dirige,
- Cobrado el conocimiento,
- La amorosa Inés de Vargas,
- Que vive por él muriendo.
- Mas él, que olvidando todo
- Olvidó su nombre mesmo,
- Puesto que Diego Martínez
- Es el capitán Don Diego,
- Ni se ablanda a sus caricias,
- Ni cura de sus lamentos;
- Diciendo que son locuras
- De gentes de poco seso;
- Que ni él prometió casarse
- Ni pensó jamás en ello.
- ¡Tanto mudan a los hombres
- Fortuna, poder y tiempo!
- En vano porfiaba Inés
- Con amenazas y ruegos;
- Cuanto más ella importuna
- Está Martínez severo.
- Abrazada a sus rodillas
- Enmarañado el cabello,
- La hermosa niña lloraba
- Prosternada por el suelo.
- Mas todo empeño es inútil,
- Porque el capitán Don Diego
- No ha de ser Diego Martínez
- Como lo era en otro tiempo.
- Y así llamando a su gente,
- De amor y piedad ajeno,
- Mandoles que a Inés llevaran
- De grado o de valimiento.
- Mas ella antes que la asieran,
- Cesando un punto en su duelo,
- Así habló, el rostro lloroso
- Hacia Martínez volviendo:
- --Contigo se fue mi honra,
- Conmigo tu juramento;
- Pues buenas prendas son ambas,
- En buen fiel las pesaremos.--
- Y la faz descolorida
- En la mantilla envolviendo
- A pasos desatentados
- Saliose del aposento.
-
-V
-
- Era entonces de Toledo
- Por el rey gobernador
- El justiciero y valiente
- Don Pedro Ruiz de Alarcón.
- Muchos años por su patria
- El buen viejo peleó;
- Cercenado tiene un brazo,
- Mas entero el corazón.
- La mesa tiene delante,
- Los jueces en derredor,
- Los corchetes a la puerta
- Y en la derecha el bastón.
- Está, como presidente
- Del tribunal superior,
- Entre un dosel y una alfombra
- Reclinado en un sillón
- Escuchando con paciencia
- La casi asmática voz
- Con que un tétrico escribano
- Solfea una apelación.
- Los asistentes bostezan
- Al murmullo arrullador,
- Los jueces medio dormidos
- Hacen pliegues al ropón,
- Los escribanos repasan
- Sus pergaminos al sol,
- Los corchetes a una moza
- Guiñan en un corredor,
- Y abajo en Zocodover
- Gritan en discorde son
- Los que en el mercado venden
- Lo vendido y el valor.
- Una mujer en tal punto,
- En faz de grande aflicción,
- Rojos de llorar los ojos,
- Ronca de gemir la voz,
- Suelto el cabello y el manto,
- Tomó plaza en el salón
- Diciendo a gritos: --¡Justicia,
- Jueces, justicia, señor!--
- Y a los pies se arroja humilde
- De Don Pedro de Alarcón,
- En tanto que los curiosos
- Se agitan al rededor.
- Alzola cortés Don Pedro
- Calmando la confusión
- Y el tumultuoso murmullo
- Que esta escena ocasionó,
- Diciendo:
- --Mujer, ¿qué quieres?
- --Quiero justicia, señor.
- --¿De qué?
- --De una prenda hurtada.
- --¿Qué prenda?
- --Mi corazón.
- --¿Tú le diste?
- --Le presté.
- --¿Y no te le han vuelto?
- --No.
- --¿Tienes testigos?
- --Ninguno.
- --¿Y promesa?
- --¡Sí, por Dios!
- Que al partirse de Toledo
- Un juramento empeñó.
- --¿Quién es él?
- --Diego Martínez.
- --¿Noble?
- --Y capitán, señor.
- --Presentadme al capitán,
- Que cumplirá si juró.--
- Quedó en silencio la sala,
- Y a poco en el corredor
- Se oyó de botas y espuelas
- El acompasado son.
- Un portero, levantando
- El tapiz, en alta voz
- Dijo: --El capitán Don Diego.--
- Y entró luego en el salón
- Diego Martínez, los ojos
- Llenos de orgullo y furor.
- --¿Sois el capitán Don Diego,
- Díjole Don Pedro, vos?--
- Contestó altivo y sereno
- Diego Martínez:
- --Yo soy.
- --¿Conocéis a esta muchacha?
- --Ha tres años, salvo error.
- --¿Hicísteisla juramento
- De ser su marido?
- --No.
- --¿Juráis no haberlo jurado?
- --Sí juro.
- --Pues id con Dios.
- --¡Miente! --clamó Inés llorando
- De despecho y de rubor.
- --Mujer, ¡piensa lo que dices!...
- --Digo que miente, juró.
- --¿Tienes testigos?
- --Ninguno.
- --Capitán, idos con Dios,
- Y dispensad que acusado
- Dudara de vuestro honor.--
- Tornó Martínez la espalda
- Con brusca satisfacción,
- E Inés, que le vio partirse,
- Resuelta y firme gritó:
- --Llamadle, tengo un testigo.
- Llamadle otra vez, señor.--
- Volvió el capitán Don Diego,
- Sentose Ruiz de Alarcón,
- La multitud aquietose
- Y la de Vargas siguió:
- --Tengo un testigo a quien nunca
- Faltó verdad ni razón.
- --¿Quién?
- --Un hombre que de lejos
- Nuestras palabras oyó,
- Mirándonos desde arriba.
- --¿Estaba en algún balcón?
- --No, que estaba en un suplicio
- Donde ha tiempo que expiró.
- --¿Luego es muerto?
- --No, que vive.
- --Estáis loca, ¡vive Dios!
- ¿Quién fue?
- --El CRISTO de la Vega,
- A cuya faz perjuró.--
- Pusiéronse en pie los jueces
- Al nombre del Redentor,
- Escuchando con asombro
- Tan excelsa apelación.
- Reinó un profundo silencio
- De sorpresa y de pavor,
- Y Diego bajó los ojos
- De vergüenza y confusión.
- Un instante con los jueces
- Don Pedro en secreto habló,
- Y levantose diciendo
- Con respetuosa voz:
- --La ley es ley para todos,
- Tu testigo es el mejor,
- Mas para tales testigos
- No hay más tribunal que Dios.
- Haremos... lo que sepamos;
- Escribano, al caer el sol
- Al CRISTO que está en la Vega
- Tomaréis declaración.--
-
-VI
-
- Es una tarde serena,
- Cuya luz tornasolada
- Del purpurino horizonte
- Blandamente se derrama.
- Plácido aroma las flores
- Sus hojas plegando exhalan,
- Y el céfiro entre perfumes
- Mece las trémulas alas.
- Brillan abajo en el valle
- Con suave rumor las aguas,
- Y las aves en la orilla
- Despidiendo al día cantan.
- Allá por el _Miradero_
- Por el Cambrón y Visagra
- Confuso tropel de gente
- Del Tajo a la vega baja.
- Vienen delante Don Pedro
- De Alarcón, Iván de Vargas,
- Su hija Inés, los escribanos,
- Los corchetes y los guardias;
- Y detrás monjes, hidalgos,
- Mozas, chicos y canalla.
- Otra turba de curiosos
- En la vega les aguarda,
- Cada cual comentariando
- El caso según le cuadra.
- Entre ellos está Martínez
- En apostura bizarra,
- Calzadas espuelas de oro,
- Valona de encaje blanca,
- Bigote a la borgoñesa,
- Melena desmelenada,
- El sombrero guarnecido
- Con cuatro lazos de plata,
- Un pie delante del otro,
- Y el puño en el de la espada.
- Los plebeyos de reojo
- Le miran de entre las capas,
- Los chicos al uniforme
- Y las mozas a la cara.
- Llegado el gobernador
- Y gente que le acompaña,
- Entraron todos al claustro
- Que iglesia y patio separa.
- Encendieron ante el CRISTO
- Cuatro cirios y una lámpara,
- Y de hinojos un momento
- Le rezaron en voz baja.
- Está el CRISTO de la Vega
- La cruz en tierra posada,
- Los pies alzados del suelo
- Poco menos de una vara;
- Hacia la severa imagen
- Un notario se adelanta,
- De modo que con el rostro
- Al pecho santo llegaba.
- A un lado tiene a Martínez,
- A otro lado a Inés de Vargas,
- Detrás al gobernador
- Con sus jueces y sus guardias.
- Después de leer dos veces
- La acusación entablada,
- El notario a Jesucristo
- Así demandó en voz alta:
- _--Jesús, Hijo de María,_
- _Ante nos esta mañana_
- _Citado como testigo_
- _Por boca de Inés de Vargas,_
- _¿Juráis ser cierto que un día_
- _A vuestras divinas plantas_
- _Juró a Inés Diego Martínez_
- _Por su mujer desposarla?--_
- Asida a un _brazo_ desnudo
- Una _mano_ atarazada
- Vino a posar en los autos
- La seca y hendida palma,
- Y allá en los aires «¡Sí, JURO!»
- Clamó una voz más que humana.
- Alzó la turba medrosa
- La vista a la imagen santa...
- Los labios tenía abiertos,
- Y una mano desclavada.
-
-CONCLUSIÓN
-
- Las vanidades del mundo
- Renunció allí mismo Inés,
- Y espantado de sí propio
- Diego Martínez también.
- Los escribanos temblando
- Dieron de esta escena fe,
- Firmando como testigos
- Cuantos hubieron poder.
- Fundose un aniversario
- Y una capilla con él,
- Y Don Pedro de Alarcón
- El altar ordenó hacer,
- Donde hasta el tiempo que corre,
- Y en cada año una vez,
- Con la mano desclavada
- El crucifijo se ve.
-
-
-
-
-DON NICOMEDES PASTOR DÍAZ
-
-
-_81. A la luna_
-
- Desde el primer latido de mi pecho,
- Condenado al amor y a la tristeza,
- Ni un eco a mi gemir, ni a la belleza
- Un suspiro alcancé:
- Halló por fin mi fúnebre despecho
- Inmenso objeto a mi ilusión amante;
- Y de la luna el célico semblante,
- Y el triste mar amé.
-
- El mar quedose allá por su ribera;
- Sus olas no treparon las montañas;
- Nunca llega a estas márgenes extrañas
- Su solemne mugir.
- Tú empero que mi amor sigues do quiera,
- Cándida luna, en tu amoroso vuelo,
- Tú eres la misma que miré en el cielo
- De mi patria lucir.
-
- Tú sola mi beldad, sola mi amante,
- Única antorcha que mis pasos guía,
- Tú sola enciendes en el alma fría
- Una sombra de amor.
- Solo el blando lucir de tu semblante
- Mis ya cansados párpados resisten;
- Solo tus formas inconstantes visten
- Bello, grato color.
-
- Ora cubra cargada, rubicunda
- Nube de fuego tu ardorosa frente;
- Ora cándida, pura, refulgente,
- Deslumbre tu mirar.
- Ora sumida en soledad profunda
- Te mire el cielo desmayada y yerta,
- Como el semblante de una virgen muerta
- ¡Ah!... que yo vi expirar.
-
- La he visto ¡ay, Dios!... Al sueño en que reposa
- Yo le cerré los anublados ojos;
- Yo tendí sus angélicos despojos
- Sobre el negro ataúd.
- Yo solo oré sobre la yerta losa
- Donde no corre ya lágrima alguna...
- ¡Báñala al menos tú, pálida luna...
- Báñala con tu luz!
-
- Tú lo harás... que a los tristes acompañas,
- Y al pensador y al infeliz visitas;
- Con la inocencia o con la muerte habitas:
- El mundo huye de ti.
- Antorcha de alegría en las cabañas,
- Lámpara solitaria en las ruïnas,
- El salón del magnate no iluminas,
- Pero su tumba... sí.
-
- Cargado a veces de aplomadas nubes
- Amaga el cielo con tormenta oscura;
- Mas ríe al horizonte tu hermosura,
- Y huyó la tempestad.
- Y allá del trono do esplendente subes
- Riges el curso al férvido Oceáno,
- Cual pecho amante, que al mirar lejano
- Hierve, de su beldad.
-
- Mas ¡ay! que en vano en tu esplendor encantas:
- Ese hechizo falaz no es de alegría;
- Y huyen tu luz y triste compañía
- Los astros con temor.
- Sola por el vacío te adelantas,
- Y en vano en derredor tus rayos tiendes;
- Que solo al mundo en tu dolor desciendes,
- Cual sube a ti mi amor.
-
- Y en esta tierra, de aflicción guarida,
- ¿Quién goza en tu fulgor blandos placeres?
- Del nocturno reposo de los seres
- No turbas la quietud.
- No cantarán las aves tu venida;
- Ni abren su cáliz las dormidas flores:
- ¡Solo un ser... de desvelos y dolores,
- Ama tu yerta luz!...
-
- ¡Sí, tú mi amor, mi admiración, mi encanto!
- La noche anhelo por vivir contigo,
- Y hacia el ocaso lentamente sigo
- Tu curso al fin veloz.
- Páraste a veces a escuchar mi llanto,
- Y desciende en tus rayos amoroso
- Un espíritu vago, misterioso,
- Que responde a mi voz...
-
- ¡Ay! calló ya... Mi celestial querida
- Sufrió también mi inexorable suerte...
- Era un sueño de amor... Desvanecerte
- Pudo una realidad.
- Es cieno ya la esqueletada vida;
- No hay ilusión, ni encantos, ni hermosura;
- La muerte reina ya sobre natura,
- Y la llaman... ¡VERDAD!
-
- ¡Qué feliz, qué encantado, si ignorante,
- El hombre de otros tiempos viviría,
- Cuando en el mundo, de los dioses vía
- Do quiera la mansión!
- Cada eco fuera un suspirar amante,
- Una inmortal belleza cada fuente;
- Cada pastor ¡oh luna! en sueño ardiente
- Ser pudo un Endimión.
-
- Ora trocada en un planeta oscuro,
- Girando en los abismos del vacío,
- Do fuerza oculta y ciega, en su extravío,
- Cual piedra te arrojó,
- Es luz de ajena luz tu brillo puro;
- Es ilusión tu mágica influencia,
- Y mi celeste amor... ciega demencia,
- ¡Ay!... que se disipó.
-
- Astro de paz, belleza de consuelo,
- Antorcha celestial de los amores,
- Lámpara sepulcral de los dolores,
- Tierna y casta deidad,
- ¿Qué eres, de hoy más, sobre ese helado cielo?
- Un peñasco que rueda en el olvido,
- O el cadáver de un sol que, endurecido,
- ¡Yace en la eternidad!
-
-
-
-
-DON ENRIQUE GIL
-
-
-_82. La violeta_
-
- Flor deliciosa en la memoria mía,
- Ven mi triste laúd a coronar,
- Y volverán las trovas de alegría
- En sus ecos tal vez a resonar.
- Mezcla tu aroma a sus cansadas cuerdas;
- Yo sobre ti no inclinaré mi sien,
- De miedo, pura flor, que entonces pierdas
- Tu tesoro de olores y tu bien.
- Yo, sin embargo, coroné mi frente
- Con tu gala en las tardes del Abril,
- Yo te buscaba orillas de la fuente,
- Yo te adoraba tímida y gentil.
- Porque eras melancólica y perdida,
- Y era perdido y lúgubre mi amor,
- Y en ti miré el emblema de mi vida
- Y mi destino, solitaria flor.
- Tú allí crecías olorosa y pura
- Con tus moradas hojas de pesar;
- Pasaba entre la yerba tu frescura
- De la fuente al confuso murmurar.
- Y pasaba mi amor desconocido,
- De un arpa oscura al apagado son,
- Con frívolos cantares confundido
- El himno de mi amante corazón.
- Yo busqué la hermandad de la desdicha
- En tu cáliz de aroma y soledad,
- Y a tu ventura asemejé mi dicha,
- Y a tu prisión mi antigua libertad.
- ¡Cuántas meditaciones han pasado
- Por mi frente mirando tu arrebol!
- ¡Cuántas veces mis ojos te han dejado
- Para volverse al moribundo sol!
- ¡Qué de consuelos a mi pena diste
- Con tu calma y tu dulce lobreguez,
- Cuando la mente imaginaba triste
- El negro porvenir de la vejez!
- Yo me decía: «Buscaré en las flores
- Seres que escuchen mi infeliz cantar,
- Que mitiguen con bálsamo de olores
- Las ocultas heridas del pesar.»
- Y me apartaba, al alumbrar la luna,
- De ti, bañada en moribunda luz,
- Adormecida en tu vistosa cuna,
- Velada en tu aromático capuz.
- Y una esperanza el corazón llevaba
- Pensando en tu sereno amanecer,
- Y otra vez en tu cáliz divisaba
- Perdidas ilusiones de placer.
-
- Heme hoy aquí: ¡cuán otros mis cantares!
- ¡Cuán otro mi pensar, mi porvenir!
- Ya no hay flores que escuchen mis pesares,
- Ni soledad donde poder gemir.
- Lo secó todo el soplo de mi aliento,
- Y naufragué con mi doliente amor:
- Lejos ya de la paz y del contento,
- Mírame aquí en el valle del dolor.
- Era dulce mi pena y mi tristeza;
- Tal vez moraba una ilusión detrás:
- Mas la ilusión voló con su pureza,
- Mis ojos ¡ay! no la verán jamás.
- Hoy vuelvo a ti, cual pobre viajero
- Vuelve al hogar que niño le acogió;
- Pero mis glorias recobrar no espero,
- Solo a buscar la huesa vengo yo.
- Vengo a buscar mi huesa solitaria
- Para dormir tranquilo junto a ti,
- Ya que escuchaste un día mi plegaria,
- Y un ser humano en tu corola vi.
- Ven mi tumba a adornar, triste viola,
- Y embalsama mi oscura soledad;
- Sé de su pobre césped la aureola
- Con tu vaga y poética beldad.
- Quizá al pasar la virgen de los valles,
- Enamorada y rica en juventud,
- Por las umbrosas y desiertas calles
- Do yacerá escondido mi ataúd,
- Irá a cortar la humilde vïoleta
- Y la pondrá en su seno con dolor,
- Y llorando dirá: «¡Pobre poeta!
- ¡Ya está callada el arpa del amor!»
-
-
-
-
-PADRE JUAN AROLAS
-
-
-_83. Sé más feliz que yo_
-
- Sobre pupila azul, con sueño leve,
- Tu párpado cayendo amortecido,
- Se parece a la pura y blanca nieve
- Que sobre las violetas reposó:
- Yo el sueño del placer nunca he dormido:
- Sé más feliz que yo.
- Se asemeja tu voz en la plegaria
- Al canto del zorzal de indiano suelo
- Que sobre la pagoda solitaria
- Los himnos de la tarde suspiró:
- Yo solo esta oración dirijo al cielo:
- Sé más feliz que yo.
- Es tu aliento la esencia más fragante
- De los lirios del Arno caudaloso
- Que brotan sobre un junco vacilante
- Cuando el céfiro blando los meció:
- Yo no gozo su aroma delicioso:
- Sé más feliz que yo.
- El amor, que es espíritu de fuego,
- Que de callada noche se aconseja
- Y se nutre con lágrimas y ruego,
- En tus purpúreos labios se escondió:
- Él te guarde el placer y a mí la queja:
- Sé más feliz que yo.
- Bella es tu juventud en sus albores
- Como un campo de rosas del Oriente;
- Al ángel del recuerdo pedí flores
- Para adornar tu sien, y me las dio;
- Yo decía al ponerlas en tu frente:
- Sé más feliz que yo.
- Tu mirada vivaz es de paloma;
- Como la adormidera del desierto
- Causas dulce embriaguez, hurí de aroma
- Que el cielo de topacio abandonó:
- Mi suerte es dura, mi destino incierto:
- Sé más feliz que yo.
-
-
-
-
-DON PABLO PIFERRER
-
-
-_84. Canción de la Primavera_
-
- Ya vuelve la primavera:
- Suene la gaita,--ruede la danza:
- Tiende sobre la pradera
- El verde manto--de la esperanza.
-
- Sopla caliente la brisa:
- Suene la gaita,--ruede la danza:
- Las nubes pasan aprisa,
- Y el azur muestran--de la esperanza.
-
- La flor ríe en su capullo:
- Suene la gaita,--ruede la danza:
- Canta el agua en su murmullo
- El poder santo--de la esperanza.
-
- ¿La oís que en los aires trina?
- Suene la gaita,--ruede la danza:
- --«Abrid a la golondrina,
- Que vuelve en alas--de la esperanza.»--
-
- Niña, la niña modesta:
- Suene la gaita,--ruede la danza:
- El Mayo trae tu fiesta
- Que el logro trae--de tu esperanza.
-
- Cubre la tierra el amor:
- Suene la gaita,--ruede la danza:
- El perfume engendrador
- Al seno sube--de la esperanza.
-
- Todo zumba y reverdece:
- Suene la gaita,--ruede la danza:
- Cuanto el son y el verdor crece,
- Tanto más crece--toda esperanza.
-
- Sonido, aroma y color
- (Suene la gaita,--ruede la danza)
- Únense en himnos de amor,
- Que engendra el himno--de la esperanza.
-
- Morirá la primavera:
- Suene la gaita,--ruede la danza:
- Mas cada año en la pradera
- Tornará el manto--de la esperanza.
-
- La inocencia de la vida
- (Calle la gaita,--pare la danza)
- No torna una vez perdida:
- ¡Perdí la mía!--¡ay mi esperanza!
-
-
-
-
-DON GABRIEL GARCÍA TASSARA
-
-
-_85. Himno al Mesías_
-
- Baja otra vez al mundo,
- ¡Baja otra vez, Mesías!
- De nuevo son los días
- De tu alta vocación;
- Y en su dolor profundo
- La humanidad entera
- El nuevo oriente espera
- De un sol de redención.
- Corrieron veinte edades
- Desde el supremo día
- Que en esa cruz te vía
- Morir Jerusalén;
- Y nuevas tempestades
- Surgieron y bramaron,
- De aquellas que asolaron
- El primitivo Edén.
- De aquellas que le ocultan
- Al hombre su camino
- Con ciego torbellino
- De culpa y expiación;
- De aquellas que sepultan
- En hondos cautiverios
- Cadáveres de imperios
- Que fueron y no son.
- Sereno está en la esfera
- El sol del firmamento:
- La tierra en su cimiento
- Inconmovible está:
- La blanca primavera
- Con su gentil abrazo
- Fecunda el gran regazo
- Que flor y fruto da.
- Mas ¡ay! que de las almas
- El sol yace eclipsado:
- Mas ¡ay! que ha vacilado
- El polo de la fe;
- Mas ¡ay! que ya tus palmas
- Se vuelven al desierto:
- No crecen, no, en el huerto
- Del que tu pueblo fue.
- Tiniebla es ya la Europa:
- Ella agotó la ciencia,
- Maldijo su creencia,
- Se apacentó con hiel;
- Y rota ya la copa
- En que su fe bebía,
- Se alzaba y te decía:
- ¡Señor! yo soy Luzbel.
- Mas ¡ay! que contra el cielo
- No tiene el hombre rayo,
- Y en súbito desmayo
- Cayó de ayer a hoy;
- Y en son de desconsuelo,
- en llanto de impotencia,
- Hoy clama en tu presencia:
- Señor, tu pueblo soy.
- No es, no, la Roma atea
- Que entre aras derrocadas
- Despide a carcajadas
- Los dioses que se van:
- Es la que, humilde rea,
- Baja a las catacumbas,
- Y palpa entre las tumbas
- Los tiempos que vendrán.
- Todo, Señor, diciendo
- Está los grandes días
- De luto y agonías,
- De muerte y orfandad;
- Que, del pecado horrendo
- Envuelta en el sudario,
- Pasa por un Calvario
- La ciega humanidad.
- Baja ¡oh Señor! no en vano
- Siglos y siglos vuelan;
- Los siglos nos revelan
- Con misteriosa luz
- El infinito arcano
- Y la virtud que encierra,
- Trono de cielo y tierra
- Tu sacrosanta cruz.
- Toda la historia humana
- ¡Señor! está en tu nombre;
- Tú fuiste Dios del hombre,
- Dios de la humanidad.
- Tu sangre soberana
- Es su Calvario eterno:
- Tu triunfo del infierno
- Es su inmortalidad.
- ¿Quién dijo, Dios clemente,
- Que tú no volverías,
- Y a horribles gemonías,
- Y a eterna perdición,
- Condena a esta doliente
- Raza del ser humano
- Que espera de tu mano
- Su nueva salvación?
- Sí, tú vendrás. Vencidos
- Serán con nuevo ejemplo
- Los que del santo templo
- Apartan a tu grey.
- Vendrás y confundidos
- Caerán con los ateos
- Los nuevos fariseos
- De la caduca ley.
- ¿Quién sabe si ahora mismo
- Entre alaridos tantos
- De tus profetas santos
- La voz no suena ya?
- Ven, saca del abismo
- A un pueblo moribundo;
- Luzbel ha vuelto al mundo
- Y Dios ¿no volverá?
- ¡Señor! En tus juicios
- La comprensión se abisma;
- Mas es siempre la misma
- Del Gólgota la voz.
- Fatídicos auspicios
- Resonarán en vano;
- No es el destino humano
- La humanidad sin Dios.
- Ya pasarán los siglos
- De la tremenda prueba;
- ¡Ya nacerás, luz nueva
- De la futura edad!
- Ya huiréis ¡negros vestiglos
- De los antiguos días!
- Ya volverás ¡Mesías!
- En gloria y majestad.
-
-
-
-
-DOÑA GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA
-
-
-_86. Amor y orgullo_
-
- Un tiempo hollaba por alfombra rosas;
- Y nobles vates, de mentidas diosas
- Prodigábanme nombres;
- Mas yo, altanera, con orgullo vano,
- Cual águila real al vil gusano
- Contemplaba a los hombres.
- Mi pensamiento --en temerario vuelo--
- Ardiente osaba demandar al cielo
- Objeto a mis amores:
- Y si a la tierra con desdén volvía
- Triste mirada, mi soberbia impía
- Marchitaba sus flores.
- Tal vez por un momento caprichosa
- Entre ellas revolé, cual mariposa,
- Sin fijarme en ninguna;
- Pues de místico bien siempre anhelante,
- Clamaba en vano, como tierno infante
- Quiere abrazar la luna.
- Hoy, despeñada de la excelsa cumbre,
- Do osé mirar del sol la ardiente lumbre
- Que fascinó mis ojos,
- Cual hoja seca al raudo torbellino,
- Cedo al poder del áspero destino...
- ¡Me entrego a sus antojos!
- Cobarde corazón, que el nudo estrecho
- Gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho
- Tu presunción altiva?
- ¿Qué mágico poder, en tal bajeza
- Trocando ya tu indómita fiereza,
- De libertad te priva?
- ¡Mísero esclavo de tirano dueño;
- Tu gloria fue cual mentiroso sueño,
- Que con las sombras huye!
- Di ¿qué se hicieron ilusiones tantas
- De necia vanidad, débiles plantas
- Que el aquilón destruye?
- En hora infausta a mi feliz reposo,
- ¿No dijiste, soberbio y orgulloso:
- --Quién domará mi brío?
- ¡Con mi solo poder haré, si quiero,
- Mudar de rumbo al céfiro ligero
- Y arder al mármol frío!--
- ¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!
- Te gritó la razón... Mas ¡cuán en vano
- Te advirtió tu locura!
- Tú misma te forjaste la cadena,
- Que a servidumbre eterna te condena,
- Y a duelo y amargura.
- Los lazos caprichosos que otros días
- --Por pasatiempo-- a tu placer tejías,
- Fueron de seda y oro:
- Los que hora rinden tu valor primero
- Son eslabones de pesado acero,
- Templados con tu lloro.
- ¿Qué esperaste ¡ay de ti! de un pecho helado,
- De inmenso orgullo y presunción hinchado,
- De víboras nutrido?
- Tú --que anhelabas tan sublime objeto--
- ¿Cómo al capricho de un mortal sujeto
- Te arrastras abatido?
- ¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,
- Que por flores tomé duros abrojos
- Y por oro la arcilla?...
- ¡Del torpe engaño mis rivales ríen,
- Y mis amantes ¡ay! tal vez se engríen
- Del yugo que me humilla!
- ¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?
- ¿Y de tu servidumbre haciendo alarde,
- Quieres ver en mi frente
- El sello del amor que te devora?...
- ¡Ah! velo, pues, y búrlese en buen hora
- De mi baldón la gente.
- ¡Salga del pecho --requemando el labio--
- El caro nombre, de mi orgullo agravio,
- De mi dolor sustento!
- ¿Escrito no le ves en las estrellas
- Y en la luna apacible, que con ellas
- Alumbra el firmamento?
- ¿No le oyes, de las auras al murmullo?
- ¿No le pronuncia --en gemidor arrullo--
- La tórtola amorosa?
- ¿No resuena en los árboles, que el viento
- Halaga con pausado movimiento
- En esa selva hojosa?
- De aquella fuente entre las claras linfas,
- ¿No le articulan invisibles ninfas
- Con eco lisonjero?...
- ¿Por qué callar el nombre que te inflama,
- Si aun el silencio tiene voz, que aclama
- Ese nombre que quiero?
- Nombre que un alma lleva por despojo;
- Nombre que excita con placer enojo,
- Y con ira ternura;
- Nombre más dulce que el primer cariño
- De joven madre al inocente niño,
- Copia de su hermosura:
- Y más amargo que el adiós postrero
- Que al suelo damos, donde el sol primero
- Alumbró nuestra vida.
- Nombre que halaga y halagando mata;
- Nombre que hiere --como sierpe ingrata--
- Al pecho que le anida.
- ¡No, no lo envíes, corazón, al labio!...
- ¡Guarda tu mengua con silencio sabio!
- ¡Guarda, guarda tu mengua!
- ¡Callad también vosotras, auras, fuente,
- Trémulas hojas, tórtola doliente,
- Como calla mi lengua!
-
-
-
-
-DON EULOGIO FLORENTINO SANZ
-
-
-_87. Epístola a Pedro_
-
- Quiero que sepas, aunque bien lo sabes,
- Que a orillas del Spree (ya que del río
- Se hace mención en circunstancias graves)
- Mora un semi-alemán, muy señor mío,
- Que entre los rudos témpanos del Norte
- Recuerda la amistad y olvida el frío.
- Lejos de mi Madrid, la villa y corte,
- Ni de ella falto yo porque esté lejos,
- Ni hay una piedra allí que no me importe;
- Pues sueña con la patria, a los reflejos
- De su distante sol, el desterrado,
- Como con su niñez sueñan los viejos.
- Ver quisiera un momento, y a tu lado,
- Cuál por ese aire azul nuestra Cibeles
- En carroza triunfal rompe hacia el Prado...
- ¿Ríes?... Juzga el volar cuando no vueles...
- ¡Átomo harás del mundo que poseas
- Y mundo harás del átomo que anheles!
- Al sentir _coram vulgo_ no te creas...
- Al pensar _coram vulgo_, no te olvides
- De compulsar a solas tus ideas.
- Como dejes la España en que resides,
- Donde quiera que estés, ya echarás menos
- Esa patria de Dolfos y de Cides;
- Que obeliscos y pórticos ajenos
- Nunca valdrán los patrios palomares
- Con las memorias de la infancia llenos.
- Por eso, aunque dan son a mis cantares
- Elba, Danubio y Rin, yo los olvido
- Recordando a mi pobre Manzanares.
- ¡Allí mi juventud!... ¡ay! ¿quién no ha oído
- Desde cualquier región, ecos de aquella
- Donde niñez y juventud han sido?
- Hoy mi vida de ayer, pálida o bella,
- Múltiple se repite en mis memorias,
- Como en lágrimas mil única estrella...
- Que quedan en el alma las historias
- De dolor o placer, y allí se hacinan,
- Del fundido metal muertas escorias.
- Y, aunque ya no calientan ni iluminan,
- Si al soplo de un suspiro se estremecen,
- ¡Aún consuelan el alma!... ¡o la asesinan!
- _Cuando al partir del sol las sombras crecen_,
- Y, entre sombras y sol, tibios instantes
- En torno del horario se adormecen;
- El dolor y el placer, férvidos antes,
- Se pierden ya en el alma indefinidos,
- A la luz y a la sombra semejantes.
- Y en esta languidez de los sentidos,
- Crepúsculo moral en que indolente
- Se arrulla el corazón con sus latidos,
- Pláceme contemplar indiferente
- Cuál del dormido Spree sobre la espalda
- Y en lúbrico chapín sesga la gente.
- O recordar el toldo de esmeralda
- Que antes bordó el Abril en donde ahora
- Nieve septentrional tiende su falda:
- Mientras la luz del Héspero incolora
- Baña el campo sin fin, que el Norte rudo
- Salpicó de brillantes a la aurora.
-
- . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
-
- ¡Hijo de otra región, trémulo y mudo
- Con la mirada que por ti paseo,
- Nieve septentrional, yo te saludo!
- Una tarde de Mayo (casi creo
- Que salta a mi memoria su hermosura
- De este cuadro invernal, como un deseo),
- Una tarde de flores y verdura,
- Rica de cielo azul, sin un celaje,
- Y empapada en aromas y frescura;
- En que, al son de las auras, el ramaje
- Trémulo de los tilos repetía
- De otros lejanos bosques el mensaje;
- Yo, con mi propio afán por compañía,
- Del recinto salí que nombró el mundo
- Corte del rey filósofo algún día.
- A su verdor del Norte sin segundo,
- De un frondoso jardín los laberintos
- Atrajeron mi paso vagabundo...
- En armoniosa confusión distintos,
- Cándidos nardos y claveles rojos,
- Tulipanes, violas y jacintos,
- De admirar el vergel diéronme antojos;
- Y perdime en sus vueltas, rebuscando,
- Ya que no al corazón, pasto a los ojos.
- Y una viola, que al favonio blando
- Columpiaba su tímida corola,
- Quise arrancar... Mas súbito, clavando
- Mis ojos en el césped, donde sola
- Daba al favonio sus esencias puras,
- Respeté por el césped la viola...
- ¡Guirnalda funeral, de desventuras
- Y lágrimas nacida, eran las flores
- De aquel vasto jardín de sepulturas!
- Pero jardín. Allí, cuando los llores,
- Aún te hablarán la amante o el amigo
- Con aromas y jugos y colores...
- ¡Y de tu santo afán mudo testigo,
- Algo en aquellas flores sepulcrales,
- Algo del muerto bien será contigo!
- Dentro de nuestros muros funerales
- Jamás brota una flor... Mal brotaría
- De ese alcázar de cal y mechinales,
- Índice de la nada en simetría,
- Que a la madre común roba los muertos
- Para henchir su profana estantería;
- ¡Ruin estación de huéspedes inciertos
- Que ofreciera a los vivos su morada
- Por alquilar los túmulos abiertos!
- De tierra sobre tierra fabricadas,
- Más solemnes quizá, por más sencillas,
- Las del santo jardín tumbas aisladas,
- Con su césped de flores amarillas
- Se elevan... no muy altas... a la altura
- Del que llore, al besarlas, de rodillas.
- ¡Mas sola allí, sin flores, sin verdura,
- Bajo su cruz de hierro se levanta
- De un hispano cantor la sepultura!...[3]
- Delante de su cruz tuve mi planta...
- Y soñé que en su rótulo leía:
- «¡Nunca duerme entre flores quien las canta!»
- ¡Pobre césped marchito! ¡Quién diría
- Que el cantor de las flores en tu seno
- Durmiera tan sin flores algún día!
- Mas ¡ay del ruiseñor que, en aire ajeno,
- Por atmósfera extraña sofocado,
- Sobre extraña región cayó en el cieno!
- ¡Ay del vate infeliz que, amortajado
- Con su negro ropón de peregrino,
- Yace en su propia tumba desterrado!
- Yo, al encontrar su cruz en mi camino,
- Como engendra el dolor supersticiones,
- Llamé tres veces al cantor divino.
- Y de su lira desperté los sones,
- Y turbé los sepulcros murmurando
- La más triste canción de sus canciones...
- Y a la viola, que al favonio blando
- Columpiaba allí cerca su corola,
- Volví turbios los ojos... Y clavando
- La rodilla en el césped (donde sola
- Era airón sepulcral de una doncella)
- Desprendí de su césped la viola.
- Y al lado del cantor volví con ella;
- Y así lloré, sobre su cruz mi mano,
- La del pobre cantor mísera estrella:
- --Bien te dice mi voz que soy tu hermano;
- ¿Quién saludara tus despojos fríos
- Sin el ¡ay! de mi acento castellano?
- Diéronte ajena tumba hados impíos...
- ¡Si ojos extraños la contemplan secos,
- Hoy la riegan de lágrimas los míos!
- Solo suena mi voz entre sus huecos,
- Para que en ella, si la escuchas, halles
- Los de tu propria voz póstumos ecos...
- _¡Por las desiertas y sombrías calles_
- _Donde duerme tu féretro escondido,_
- _No pasa_, no, la virgen de los valles!
- Una vez que ha pasado no ha venido...
- Trajéronla con rosas... A tu lado
- La virgen, desde entonces, ha dormido...
- Si su pálida sombra, al compasado
- Son de la media noche, inoportuna,
- Flores entre tu césped ha buscado,
- Bien habrá visto a la menguante luna
- Que en el santo jardín, rico de flores,
- Solo yace tu césped sin ninguna.
- ¡No tienes una flor!... Ni ¿a qué dolores
- Una flor de tu césped respondiera
- Con aromas y jugos y colores?
- Solo al riego de lágrimas naciera,
- Y de tu fosa en el terrón ajeno
- ¿Quién derrama una lágrima siquiera?
- ¡Ay, sí, del ruiseñor, de vida lleno,
- Que, en atmósfera extraña sofocado,
- Sobre extraña región cayó en el cieno!
- Cantor en el sepulcro desterrado,
- Descansa en paz. ¡Adiós!... Y si a deshora
- Un viajero del Sur pasa a tu lado,
- Si al contemplar tu cruz, como yo ahora,
- Con su idioma español el vïajero
- Te llama aquí tres veces y aquí llora,
- Dígale el son del aura lastimero
- Cuál en los brazos de tu cruz escueta
- Peregrino del Sur lloré primero...
- ¡Recibe con mi adiós _tu vïoleta_!
- La tumba de la virgen te la envía...--
-
- . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
-
- ¡Y al unirse la flor con su poeta,
- Ya en el ocaso agonizaba el día!
-
-
-
-
-DON ADELARDO LÓPEZ DE AYALA
-
-
-_88. Epístola a Emilio Arrieta_
-
- De nuestra gran virtud y fortaleza
- Al mundo hacemos con placer testigo:
- Las ruindades del alma y su flaqueza
- Solo se cuentan al secreto amigo.
- De mi ardiente ansiedad y mi tristeza
- A solas quiero razonar contigo:
- Rasgue a su alma sin pudor el velo
- Quien busque admiración y no consuelo.
- No quiera Dios que en rimas insolentes
- De mi pesar al mundo le dé indicios,
- Imitando a esos genios impudentes
- Que alzan la voz para cantar sus vicios.
- Yo busco, retirado de las gentes,
- De la amistad los dulces beneficios:
- No hay causa ni razón que me convenza
- De que es genio la falta de vergüenza.
- En esta humilde y escondida estancia,
- Donde aún resuenan con medroso acento
- Los primeros sollozos de mi infancia
- Y de mi padre el postrimer lamento:
- Esclarecido el mundo a la distancia
- A que de aquí le mira el pensamiento,
- Se eleva la verdad que amaba tanto;
- Y, antes que afecto, me produce espanto.
- Aquí, aumentando mi congoja fiera,
- Mi edad pasada y la presente miro.
- La limpia voz de mi virtud entera,
- Hoy convertida en áspero suspiro,
- Y el noble aliento de mi edad primera
- Trocado en la ansiedad con que respiro,
- Claro publican dentro de mi pecho
- Lo que hizo Dios y lo que el mundo ha hecho.
- Me dotaron los cielos de profundo
- Amor al bien y de valor bastante
- Para exponer al embriagado mundo
- Del vicio vil el sórdido semblante;
- Y al ver que imbécil en el cieno hundo
- De mi existencia la misión brillante,
- Me parece que el hombre en voz confusa
- Me pide el robo y de ladrón me acusa.
- Y estos salvajes montes corpulentos,
- Fieles amigos de la infancia mía,
- Que con la voz de los airados vientos
- Me hablaban de virtud y de energía,
- Hoy con duros semblantes macilentos
- Contemplan mi abandono y cobardía,
- Y gimen de dolor, y cuando braman,
- Ingrato y débil y traidor me llaman.
- Tal vez a la batalla me apercibo;
- Dudo de mi constancia y de esta duda
- Toma ocasión el vicio ejecutivo
- Para moverme guerra más sañuda;
- Y, cuando débil el combate esquivo,
- «Mañana, digo, llegará en mi ayuda;»
- ¡Y _mañana_ es la muerte, y mi ansia vana
- Deja mi redención para mañana!
- Perdido tengo el crédito conmigo,
- Y avanza cual gangrena el desaliento:
- Conozco y aborrezco a mi enemigo,
- Y en sus brazos me arrojo soñoliento.
- La conciencia el deleite que consigo
- Perturba siempre: sofocar su acento
- Quiere el placer, y, lleno de impaciencia,
- Ni gozo el mal ni aplaco la conciencia.
- Inquieto, vacilante, confundido
- Con la múltiple forma del deseo,
- Impávido una vez, otra corrido
- Del vergonzoso estado en que me veo,
- Al mismo Dios contemplo arrepentido
- De darme un alma que tan mal empleo:
- La hacienda que he perdido no era mía,
- Y el deshonor los tuétanos me enfría.
- Aquí, revuelto en la fatal madeja
- Del torpe amor, disipador cansado
- Del tiempo, que al pasar solo me deja
- El disgusto de haberlo malgastado;
- Si el hondo afán con que de mí se queja
- Todo mi ser, me tiene desvelado,
- ¿Por qué no es antes noble impedimento
- Lo que es después atroz remordimiento?
- ¡Valor! y que resulte de mi daño
- Fecundo el bien: que de la edad perdida
- Brote la clara luz del desengaño
- Iluminando mi razón dormida:
- Para vivir me basta con un año,
- Que envejecer no es alargar la vida:
- ¡Joven murió tal vez que eterno ha sido,
- Y viejos mueren sin haber vivido!
- Que tu voz, queridísimo Emiliano,
- Me mantenga seguro en mi porfía;
- Y así el Creador, que con tan larga mano
- Te regaló fecunda fantasía,
- Te enriquezca, mostrándote el arcano
- De su eterna y espléndida armonía;
- Tanto, que el hombre, en su placer o duelo
- Tu canto elija para hablar al cielo.
- Los ecos de la cándida alborada,
- Que al mundo anima en blando movimiento,
- Te demuestren del alma enamorada
- El dulce anhelo y el primer acento;
- El rumor de la noche sosegada,
- La noble gravedad del pensamiento;
- Y las quejas del ábrego sombrío
- La ronca voz del corazón impío.
- Y el gran torrente que, con pena tanta,
- Por las quiebras del hondo precipicio,
- Rugiendo de amargura, se quebranta,
- Deje en tu alma verdadero indicio
- De la virtud, que gime y se abrillanta
- En las quiebras del rudo sacrificio,
- Y en tu canto resuenen juntamente
- El bien futuro y el dolor presente.
- Y en las férvidas olas impelidas
- Del huracán, que asalta las estrellas,
- Y rebraman, mostrando embravecidas
- Que el aliento de Dios se encierra en ellas,
- Aprendas las canciones dirigidas
- Al que para en su curso las centellas,
- Y resuene tu voz de polo a polo,
- De su grandeza intérprete tú solo.
-
-
-
-
-DON RAMÓN DE CAMPOAMOR
-
-
-_89. ¡Quién supiera escribir!_
-
-I
-
- --Escribidme una carta, señor Cura.
- --Ya sé para quién es.
- --¿Sabéis quién es, porque una noche oscura
- Nos visteis juntos? --Pues.
-
- --Perdonad; mas... --No extraño ese tropiezo.
- La noche... la ocasión...
- Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo:
- _Mi querido Ramón_:
-
- --¿Querido?... Pero, en fin, ya lo habéis puesto...
- --Si no queréis... --¡Sí, sí!
- --_¡Qué triste estoy!_ ¿No es eso? --Por supuesto.
- --_¡Qué triste estoy sin ti!_
-
- _Una congoja, al empezar, me viene..._
- --¿Cómo sabéis mi mal?
- --Para un viejo, una niña siempre tiene
- El pecho de cristal.
-
- _¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura._
- _¿Y contigo? Un edén._
- --Haced la letra clara, señor Cura;
- Que lo entienda eso bien.
-
- --_El beso aquel que de marchar a punto_
- _Te di..._ --¿Cómo sabéis?...
- --Cuando se va y se viene y se está junto
- Siempre... no os afrentéis.
-
- _Y si volver tu afecto no procura,_
- _Tanto me harás sufrir..._
- --¿Sufrir y nada más? No, señor Cura,
- ¡Que me voy a morir!
-
- --¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo?...
- --Pues, sí, señor, ¡morir!
- --Yo no pongo _morir_. --¡Qué hombre de hielo!
- ¡Quién supiera escribir!
-
-II
-
- ¡Señor Rector, señor Rector! en vano
- Me queréis complacer,
- Si no encarnan los signos de la mano
- Todo el ser de mi ser.
-
- Escribidle, por Dios, que el alma mía
- Ya en mí no quiere estar;
- Que la pena no me ahoga cada día...
- Porque puedo llorar.
-
- Que mis labios, las rosas de su aliento,
- No se saben abrir;
- Que olvidan de la risa el movimiento
- A fuerza de sentir.
-
- Que mis ojos, que él tiene por tan bellos,
- Cargados con mi afán,
- Como no tienen quien se mire en ellos,
- Cerrados siempre están.
-
- Que es, de cuantos tormentos he sufrido,
- La ausencia el más atroz;
- Que es un perpetuo sueño de mi oído
- El eco de su voz...
-
- Que siendo por su causa, el alma mía
- ¡Goza tanto en sufrir!..
- Dios mío ¡cuántas cosas le diría
- Si supiera escribir!...
-
-III
-
-EPÍLOGO
-
- --Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo:
- _A don Ramón_... En fin,
- Que es inútil saber para esto arguyo
- Ni el griego ni el latín.
-
-
-_90. Lo que hace el tiempo_
-
-_A Blanca Rosa de Osma_
-
- Con mis coplas, Blanca Rosa,
- Tal vez te cause cuidados
- Por cantar
- Con la voz ya temblorosa,
- Y los ojos ya cansados
- De llorar.
-
- Hoy para ti solo hay glorias,
- Y danzas y flores bellas;
- Mas después,
- Se alzarán tristes memorias,
- Hasta de las mismas huellas
- De tus pies.
-
- En tus fiestas seductoras
- ¿No oyes del alma en lo interno
- Un rumor,
- Que lúgubre a todas horas,
- Nos dice que no es eterno
- Nuestro amor?
-
- ¡Cuánto a creer se resiste
- Una verdad tan odiosa
- Tu bondad!
- ¡Y esto fuera menos triste
- Si no fuera, Blanca Rosa,
- Tan verdad!
-
- Te aseguro, como amigo,
- Que es muy raro, y no te extrañe,
- Amar bien.
- Siento decir lo que digo;
- Pero ¿quieres que te engañe
- Yo también?
-
- Pasa un viento arrebatado,
- Viene amor, y a dos en uno
- Funde Dios;
- Sopla el desamor helado,
- Y vuelve a hacer, importuno,
- De uno, dos.
-
- Que amor, de egoísmo lleno,
- A su gusto se acomoda
- Bien y mal;
- En él hasta herir es bueno,
- Se ama o no ama, aquí está toda
- Su moral.
-
- ¡Oh! ¡qué bien cumple el amante,
- Cuando aún tiene la inocencia,
- Su deber!
- Y ¡cómo, más adelante,
- Aviene con su conciencia
- Su placer!
-
- ¿Y es culpable el que, sediento,
- Buscando va en nuevos lazos
- Otro amor?
- ¡Sí! culpable como el viento
- Que, al pasar, hace pedazos
- Una flor.
-
- ¿Verdad que es abominable
- Que el corazón vagabundo
- Mude así,
- Sin ser por ello culpable,
- Porque esto pasa en el mundo
- Porque sí?
-
- Se ama una vez sin medida,
- Y aun se vuelve a amar sin tino
- Más de dos.
- ¡Cuán versátil es la vida!
- ¡Cuán vano es nuestro destino,
- Santo Dios!
-
- Él lleve tu labio ayuno
- A algún manantial querido
- De placer,
- Donde dichosa, ninguno
- Te enseñe nunca el olvido
- Del deber.
-
- Siempre el destino inconstante
- Nos da cual vil usurero
- Su favor:
- Da amor primero y no amante;
- Después mucho amante, pero
- Poco amor.
-
- Tranquila a veces reposa,
- Y otras se marcha volando
- Nuestra fe.
- Y esto pasa, Blanca Rosa,
- Sin saber cómo, ni cuándo,
- Ni por qué.
-
- Nunca es estable el deseo,
- Ni he visto jamás terneza
- Siempre igual.
- Y ¿a qué negarlo? No creo
- Ni del bien en la fijeza,
- Ni del mal.
-
- Este ir y venir sin tasa,
- Y este moverse impaciente,
- Pasa así,
- Porque así ha pasado y pasa,
- Porque sí, y ¡ay! solamente
- Porque sí.
-
- ¡Cuán inútil es que huyamos
- De los fáciles amores
- Con horror,
- Si cuanto más las pisamos,
- Más nos embriagan las flores
- Con su olor!
-
- El cielo sin duda envía
- La lucha a la tormentosa
- Juventud;
- Pues ¿qué mérito tendría
- Sin esfuerzos, Blanca Rosa,
- La virtud?
-
- ¡Ay! un alma inteligente,
- Siempre en nuestra alma divisa
- Una flor,
- Que se abre infaliblemente
- Al soplo de alguna brisa
- De otro amor.
-
- Mas dirás: --¿Y en qué consiste
- Que todo a mudar convida?--
- ¡Ay de mí!
- En que la vida es muy triste...
- Pero aunque triste, la vida
- Es así.
-
- Y si no es amor el vaso
- Donde el sobrante se vierte
- Del dolor,
- Pregunto yo: --¿Es digno acaso
- De ocuparnos vida y muerte
- Tal amor?--
-
- Nunca sepas, Blanca Rosa,
- Que es la dicha una locura;
- Cual yo sé;
- Si quieres ser venturosa,
- Ten mucha fe en la ventura,
- Mucha fe.
-
- Si eres feliz algún día,
- ¡Guay, que el recuerdo tirano
- De otro amor
- No se filtre en tu alegría,
- Cual se desliza un gusano
- Roedor!
-
- Tú eres de las almas buenas,
- Cuyos honrados amores
- Siempre son
- Los que bendicen sus penas,
- Penas que se abren en flores
- De pasión.
-
- Con tus visiones hermosas,
- Nunca de tu alma el abismo
- Llenarás,
- Pues la fuerza de las cosas
- Puede más que Hércules mismo,
- ¡Mucho más!...
-
- Si huye una vez la ventura,
- Nadie después ve las flores
- Renacer
- Que cubren la sepultura
- De los recuerdos traidores
- Del ayer.
-
- ¿Y quién es el responsable
- De hacer tragar sin medida
- Tanta hiel?
- ¡La vida! ¡esa es la culpable!
- La vida, solo es la vida
- Nuestra infiel.
-
- La vida, que desalada,
- De un vértigo del infierno
- Corre en pos:
- Ella corre hacia la nada;
- ¿Quieres ir hacia lo eterno?
- Ve hacia Dios.
-
- ¡Sí! corre hacia Dios, y Él haga
- Que tengas siempre una vieja
- Juventud.
- La tumba todo lo traga;
- Solo de tragarse deja
- La virtud.
-
-
-
-
-DON JOSÉ SELGAS
-
-
-_91. El Estío_
-
- Mayo recoge el virginal tesoro;
- Desciñe Flora su gentil guirnalda;
- La sombra busca el manantial sonoro
- Del alto monte en la risueña falda;
- Campos son ya de púrpura y de oro
- Los que fueron de rosa y esmeralda;
- Y apenas riza su corriente el río
- A los primeros soplos del Estío.
- El soto ameno y la enramada umbrosa,
- El valle alegre y la feraz ribera,
- Con voz desalentada y cariñosa
- Despiden a la dulce Primavera;
- Muere en su tallo la inocente rosa;
- Desfallece la altiva enredadera;
- Y en desigual y tenue movimiento
- Gime en el bosque fatigado el viento.
- Por la alta cumbre del collado asoma
- La blanca aurora su rosada frente,
- Reparte perlas y recoge aroma;
- Se abre la flor que su mirada siente;
- Repite sus arrullos la paloma
- Bajo las ramas del laurel naciente;
- Y allá por los tendidos olivares
- Se escuchan melancólicos cantares.
- Del aura dócil al impulso blando
- La rubia mies en la llanura ondea;
- Del dulce nido alrededor volando
- La alondra gira y de placer gorjea;
- Las ondas de la fuente suspirando
- Quiebran el rayo de la luz febea,
- Y en delicados mágicos colores
- El fruto asoma al expirar las flores.
- Sobre los montes que cercando toca
- La niebla tiende su bordado encaje;
- Desde el peñón de la desierta roca
- Lánzase audaz el águila salvaje;
- El seco vientecillo que sofoca
- Cubre de polvo el pálido follaje;
- Y por el monte y por la vega umbría
- Crece el calor y se derrama el día.
- Y en el árido ambiente se dilata
- La esencia de la flor de los tomillos,
- Y lento el río su raudal desata
- Entre mimbres y juncos amarillos;
- Y si al cubrir sus círculos de plata
- Con sus plumeros blandos y sencillos
- La caña dócil la corriente roza,
- Trémula el agua de placer solloza.
- Del valle en tanto en la pendiente orilla
- Manso cordero del calor sosiega;
- Se oyen los cantos de la alegre trilla;
- Suenan los ecos de la tarda siega;
- Ardiente el sol en el espacio brilla;
- El cielo azul su majestad despliega,
- Y duermen a la sombra los pastores,
- Y se abrasan de sed los segadores.
- Presta sombra a la rústica majada
- La noble encina que a la edad resiste;
- En su copa de fruto coronada
- La vid de verde majestad se viste;
- A su pie la doncella enamorada
- Canta de amor, pero su canto es triste,
- Que, en el profundo afán que la devora,
- Amores canta porque celos llora.
- Y el eco de su voz, dulce al oído
- Más que el tierno arrullar de la paloma,
- Por el monte y el valle repetido,
- Tristes, confusas vibraciones toma;
- Y en las ondas del aire suspendido
- Se escapa al fin por la quebrada loma,
- Y sin que el aura devolverlo pueda
- Todo en reposo y en silencio queda.
- Mudas están las fuentes y las aves;
- No circula ni un átomo de viento;
- Cortadas por el sol lentas y graves
- Caen las hojas del árbol macilento;
- Tenue vapor en ráfagas suaves
- Se levanta con fácil movimiento,
- Y mezclando en la luz su sombra extraña,
- Va formando la nube en la montaña.
- Hinchada, al fin, soberbia, se desprende
- Del horizonte azul la nube densa,
- Y el fuego del relámpago la enciende,
- Y gira por la atmósfera suspensa.
- Y ya sus flancos inflamados tiende,
- Ya el vapor de su seno se condensa,
- Y soltando el granizo en lluvia escasa
- La rompe el trueno, y se divide y pasa.
- Y el sol que se reclina en Occidente
- De su encendido manto se despoja,
- Y en los blancos celajes del Oriente
- Se pierde el rayo de su lumbre roja.
- Brilla la gota de agua trasparente
- Detenida en el polvo de la hoja,
- Y tendiendo el crepúsculo su planta
- Del fondo de los valles se levanta.
- Como el ensueño dulce y regalado
- Que en la fiebre de amor templa el desvelo,
- Vertiendo en nuestro espíritu agitado
- La misteriosa esencia del consuelo;
- Así por el ambiente reposado
- De estrellas y vapor bordando el cielo,
- Breves y llenas de feraz rocío
- Cruzan las noches del ardiente Estío.
- Y en tristes ecos el silencio crece,
- Y en tibio resplandor la sombra vaga;
- La luz de las estrellas se estremece
- Y en el limpio raudal brilla y se apaga;
- Naturaleza entera se adormece
- En el hondo placer que la embriaga,
- Y lleva al aura en vacilantes giros
- Besos, sombras, perfumes y suspiros.
- Más puro que la tímida esperanza
- Que sueña el alma en el amor primero,
- Su rayo débil desde Oriente lanza,
- Sol de la noche, virginal lucero;
- Triste y sereno por el cielo avanza
- De la cándida luna mensajero,
- Por ella viene, y suspirando ella,
- Síguele en pos enamorada y bella.
- Cuantos guardáis la tímida inocencia
- Que a la esperanza y al amor convida;
- Los que en el alma la impalpable esencia
- De su primer amor lloráis perdida;
- Cuantos con dolorosa indiferencia
- Vais apurando el cáliz de la vida;
- Todos llegad, y bajo el bosque umbrío
- Sentid las noches del ardiente Estío.
- Las del tirano amor, desengañadas,
- Pálidas y dulcísimas doncellas,
- Vosotras que lloráis desconsoladas
- Solo el delito de nacer tan bellas;
- Mirad entre las nubes sosegadas
- Cómo cruzan el cielo las estrellas;
- Que no hay duda, ni afán, ni desconsuelo
- Que no se calme contemplando el cielo.
- Y tú, tierna a mi voz, blanca hermosura,
- Fuente de virginal melancolía,
- Más hermosa a mis ojos y más pura
- Que el rayo azul con que despunta el día;
- Corazón abrasado de ternura,
- Espíritu de amor y de armonía,
- Ven y derrama en el tranquilo viento
- El ámbar delicado de tu aliento.
- La dulce vaguedad que me enajena
- Aumenta la inquietud de mi deseo;
- Tu voz perdida en el ambiente suena;
- Donde mis ojos van tu sombra veo;
- De amor y afán mi corazón se llena,
- Porque en tu amor y en mi esperanza creo;
- Y así suspende el sentimiento mío
- La tibia noche del ardiente Estío.
- Noche serena y misteriosa, en donde
- Dormido vaga el pensamiento humano,
- Todo a los ecos de tu voz responde,
- La mar, el monte, la espesura, el llano;
- Acaso Dios entre tu sombra esconde
- La impenetrable luz de algún arcano;
- Tal vez cubierta de tu inmenso velo
- Se confunde la tierra con el cielo.
-
-
-
-
-DON VENTURA RUIZ AGUILERA
-
-
-_92. Epístola_
-
-(_A Don Damián Menéndez Rayón y Don Francisco Giner de los Ríos_)
-
- No arrojará cobarde el limpio acero
- mientras oiga el clarín de la pelea,
- soldado que su honor conserve entero;
- ni del piloto el ánimo flaquea
- porque rayos alumbren su camino
- y el golfo inmenso alborotarse vea.
- ¡Siempre luchar!... del hombre es el destino;
- y al que impávido lucha, con fe ardiente,
- le da la gloria su laurel divino.
- Por sosiego suspira eternamente;
- pero ¿dónde se oculta, dónde mana
- de esta sed inmortal la ansiada fuente?...
- En el profundo valle, que se afana
- cuando del año la estación florida
- lo viste de verdura y luz temprana;
- en las cumbres salvajes, donde anida
- el águila que pone junto al cielo
- su mansión de huracanes combatida,
- el límite no encuentra de su anhelo;
- ni porque esclava suya haga la suerte,
- tras íntima inquietud y estéril duelo.
- Aquel solo el varón dichoso y fuerte
- será, que viva en paz con su conciencia
- hasta el sueño apacible de la muerte.
- ¿Qué sirve el esplendor, qué la opulencia,
- la oscuridad, ni holgada medianía,
- si a sufrir el delito nos sentencia?
- Choza del campesino, humilde y fría,
- alcázar de los reyes, corpulento,
- cuya altitud al monte desafía,
- bien sé yo que, invisible como el viento,
- huésped que el alma hiela, se ha sentado
- de vuestro hogar al pie el remordimiento.
- ¿Qué fue del corso altivo, no domado
- hasta asomar de España en las fronteras
- cual cometa del cielo desgajado?
- El poder que le dieron sus banderas
- con asombro y terror de las naciones
- ¿colmó sus esperanzas lisonjeras?...
- Cayó; y entre los bárbaros peñones
- de su destierro, en las nocturnas horas
- le acosaron fatídicas visiones;
- y diéronle tristeza las auroras,
- y en el manso murmullo de la brisa
- voces oyó gemir acusadoras.
- Más conforme recibe y más sumisa
- la voluntad de Dios, el alma bella
- que abrojos siempre lacerada pisa.
- Francisco, así pasar vimos aquella
- que te arrulló en sus brazos maternales,
- y hoy, vestida de luz, los astros huella:
- que al tocar del sepulcro los umbrales,
- bañó su dulce faz con dulce rayo
- la alborada de goces inmortales.
- Y así, Damián, en el risueño mayo
- de una vida sin mancha, como arbusto
- que el aquilón derriba en el Moncayo,
- pasó también tu hermano, y la del justo
- severa majestad brilló en su frente,
- de un alma religiosa templo augusto.
- Huya de las ciudades el que intente
- esquivar la batalla de la vida
- y en el ocio perderla muellemente:
- que a la virtud el riesgo no intimida;
- cuando náufragos hay, los ojos cierra
- y se lanza a la mar embravecida.
- Avaro miserable es el que encierra
- la fecunda semilla en el granero,
- cuando larga escasez llora la tierra.
- Compadecer la desventura quiero
- del que, por no mirar la abierta llaga,
- de su limosna priva al pordiosero.
- Ebrio, y alegre, y victorioso vaga
- el vicio por el mundo cortesano:
- su canto de sirena ¿a quién no embriaga?
- Los que dones reciben de su mano
- himnos alzan de júbilo, y de flores
- rinden tributo en el altar profano.
- En tanto, de la fiesta a los rumores,
- criaturas sin fin, herido el seno,
- responden con el ¡ay! de sus dolores.
- Mas el hombre de espíritu sereno
- y de conciencia inquebrantable (roca
- donde se estrella, sin mancharla, el cieno)
- la horrible sien del ídolo destoca,
- y con acento de anatema inflama
- tal vez en noble ardor la turba loca.
- Jinete de experiencia y limpia fama,
- armado va de freno y dura espuela
- donde una voz en abandono clama;
- de heroica pasión en alas vuela,
- y en ella clava el acicate agudo
- por acudir al mal que le desvela.
- Si un instante el error cegarle pudo,
- los engañosos ímpetus reprime,
- y es su propia razón freno y escudo.
- Sin tregua combatir por el que gime;
- defender la justicia y verdad santa,
- llena la mente de ideal sublime;
- caminar hacia el bien con firme planta,
- a la edad consolando que agoniza,
- apóstol de otra edad que se adelanta,
- es empresa que al vulgo escandaliza;
- por loco siempre o necio fue tenido
- quien lanzas en su pro rompe en la liza.
- Si a tierna compasión alguien movido
- vio al generoso hidalgo de Cervantes,
- ¡cuántos, con risa, viéronle caído!
- Acomete a quiméricos gigantes,
- de sus delirios prodigiosa hechura,
- y es de niños escarnio y de ignorantes.
- Mas él, dándoles cuerpo, se figura
- limpiar de monstruos la afligida tierra,
- y llanto arranca al bueno su locura.
- Así debe sufrir, en cruda guerra,
- (sin vergonzoso pacto ni sosiego)
- contra el mal, que a los débiles aterra,
- el que abrasado en el celeste fuego
- de inagotable caridad, no atiende
- solo de su interés el torpe ruego.
- Árbol de seco erial, las ramas tiende
- al que rendido llega de fatiga,
- y del sol, cariñoso, le defiende.
- Él sabe que sus frutos no prodiga
- heredad que se deja sin cultivo;
- sabe que del sudor brota la espiga,
- como de agua sonoro raudal vivo,
- si del trabajo el útil instrumento
- hiende la roca en que durmió cautivo.
- ¡Oh del bosque anhelado apartamiento,
- cuyos olmos son arpas melodiosas
- cuando sacude su follaje el viento!
- ¡Oh fresco valle, donde crecen rosas
- de perfumado cáliz, y azucenas,
- que liban las abejas codiciosas!
- ¡Oh soledades de armonías llenas!
- en vano me brindáis ocio y amores,
- mientras haya un esclavo entre cadenas.
- Que aún pide con sacrílegos rumores
- ver libre a Barrabás la muchedumbre
- y alzados en la Cruz los redentores.
- Que del sombrío Gólgota en la cumbre,
- regada con la sangre del Cordero
- sublime en humildad y mansedumbre,
- mártires ¡ay! aún suben al madero
- que ha de ser, convertido en árbol santo,
- patria y hogar del universo entero.
- Padecer es vivir; riego es el llanto
- a quien la flor del alma, con su esencia
- debe perpetuo y virginal encanto.
- Amigos, bendecid la Providencia
- si mandare a la vuestra ese rocío,
- y nieguen los malvados su clemencia.
- ¡Qué alegre y qué gentil llega el navío
- al puerto salvador, cuando aún le azota
- con fiera saña el huracán bravío!
- Así el justo halla al fin de su derrota
- por el mar de la vida proceloso,
- del claro cielo en la extensión remota
- puerto seguro y eternal reposo.
-
-
-
-
-DON GASPAR NÚÑEZ DE ARCE
-
-_93. Estrofas_
-
-I
-
- La generosa musa de Quevedo
- desbordose una vez como un torrente
- y exclamó llena de viril denuedo:
- «No he de callar, por más que con el dedo,
- ya tocando los labios, ya la frente,
- silencio avises o amenaces miedo.»
-
-II
-
- Y al estampar sobre la herida abierta
- el hierro de su cólera encendido,
- tembló la concusión que siempre alerta,
- incansable y voraz, labra su nido,
- como gusano ruin en carne muerta,
- en todo Estado exánime y podrido.
-
-III
-
- Arranque de dolor, de ese profundo
- dolor que se concentra en el misterio
- y huye amargado del rumor del mundo,
- fue su sangrienta sátira, cauterio
- que aplicó sollozando al patrio imperio,
- mísero, gangrenado y moribundo.
-
-IV
-
- ¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira
- que con Quevedo descendió a la tumba,
- en medio de esta universal mentira,
- de este viento de escándalo que zumba,
- de este fétido hedor que se respira,
- de esta España moral que se derrumba;
-
-V
-
- De la viva y creciente incertidumbre
- que en lucha estéril nuestra fuerza agota;
- del huracán de sangre que alborota
- el mar de la revuelta muchedumbre;
- de la insaciable y honda podredumbre
- que el rostro y la conciencia nos azota;
-
-VI
-
- De este horror, de este ciego desvarío
- que cubre nuestras almas con un velo,
- como el sepulcro, impenetrable y frío;
- de este insensato pensamiento impío
- que destituye a Dios, despuebla el cielo
- y precipita el mundo en el vacío;
-
-VII
-
- Si en medio de esta borrascosa orgía
- que infunde repugnancia al par que aterra,
- esa lira estallara ¿qué sería?
- Grito de indignación, canto de guerra,
- que en las entrañas mismas de la tierra
- la muerta humanidad conmovería.
-
-VIII
-
- Mas ¿porque el gran satírico no aliente
- ha de haber quien contemple y autorice
- tanta degradación, indiferente?
- «¿No ha de haber un espíritu valiente?
- ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
- ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»
-
-IX
-
- ¡Cuántos sueños de gloria evaporados
- como las leves gotas de rocío
- que apenas mojan los sedientos prados!
- ¡Cuánta ilusión perdida en el vacío,
- y cuántos corazones anegados
- en la amarga corriente del hastío!
-
-X
-
- No es la revolución raudal de plata
- que fertiliza la extendida vega:
- es sorda inundación que se desata.
- No es viva luz que se difunde grata,
- sino confuso resplandor que ciega
- y tormentoso vértigo que mata.
-
-XI
-
- Al menos en el siglo desdichado
- que aquel ilustre y vigoroso vate
- con el rayo marcó de su censura,
- podía el corazón atribulado
- salir ileso del mortal combate
- en alas de la fe radiante y pura.
-
-XII
-
- Y apartando la vista de aquel cieno
- social, de aquellos fétidos despojos,
- de aquel lúbrico y torpe desenfreno,
- fijar llorando los ardientes ojos
- en ese cielo azul, limpio y sereno,
- de santa paz y de esperanza lleno.
-
-XIII
-
- Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo
- hiere al César y a Dios. Sorda carcoma
- prepara el misterioso cataclismo,
- y como en tiempo de la antigua Roma,
- todo cruje, vacila y se desploma
- en el cielo, en la tierra, en el abismo.
-
-XIV
-
- Perdida en tanta soledad la calma,
- de noche eterna el corazón cubierto,
- la gloria muda, desolada el alma,
- en este pavoroso desconcierto
- se eleva la Razón, como la palma
- que crece triste y sola en el desierto.
-
-XV
-
- ¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria
- mayor? ¿Dónde más rudo desconsuelo?
- ¿De qué la sirve desgarrar el velo
- que envuelve y cubre la vivaz materia,
- y con profundo, inextinguible anhelo
- sondar la tierra, escudriñar el cielo;
-
-XVI
-
- Entregarse a merced del torbellino
- y en la duda incesante que la aqueja
- el secreto inquirir de su destino,
- si a cada paso que adelanta deja
- su fe inmortal, como el vellón la oveja,
- enredada en las zarzas del camino?
-
-XVII
-
- ¿Si a su culpada humillación se adhiere
- con la constancia infame del beodo,
- que goza en su abyección, y en ella muere?
- ¿Si ciega, y torpe, y degradada en todo,
- desconoce su origen, y prefiere
- a descender de Dios, surgir del lodo?
-
-XVIII
-
- ¡Libertad, libertad! No eres aquella
- virgen, de blanca túnica ceñida,
- que vi en mis sueños pudibunda y bella.
- No eres, no, la deidad esclarecida
- que alumbra con su luz, como una estrella,
- los oscuros abismos de la vida.
-
-XIX
-
- No eres la fuente de perenne gloria
- que dignifica el corazón humano
- y engrandece esta vida transitoria.
- No el ángel vengador que con su mano
- imprime en las espaldas del tirano
- el hierro enrojecido de la historia.
-
-XX
-
- No eres la vaga aparición que sigo
- con hondo afán desde mi edad primera,
- sin alcanzarla nunca... Mas ¿qué digo?
- No eres la libertad, disfraces fuera,
- ¡licencia desgreñada, vil ramera
- del motín, te conozco y te maldigo!
-
-XXI
-
- ¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía,
- los humanos instintos se desborden
- con el rugido del volcán que estalla,
- y en medio del tumulto y la anarquía,
- como corcel indómito el desorden
- no respete ni látigo ni valla.
-
-XXII
-
- ¿Quién podrá detenerle en su carrera?
- ¿Quién templar los impulsos de la fiera
- y loca multitud enardecida,
- que principia a dudar y ya no espera
- hallar en otra luminosa esfera,
- bálsamo a los dolores de esta vida?
-
-XXIII
-
- Como Cristo en la cúspide del monte,
- rotas ya sus mortales ligaduras,
- mira doquier con ojos espantados,
- por toda la extensión del horizonte
- dilatarse a sus pies vastas llanuras,
- ricas ciudades, fértiles collados.
-
-XXIV
-
- Y excitando su afán calenturiento
- tanta grandeza y tanto poderío,
- de la codicia el persuasivo acento
- grítale audaz: --¡El cielo está vacío!
- ¿A quién temer?-- Y ronca y sin aliento
- la muchedumbre grita: --¡Todo es mío!--
-
-XXV
-
- Y en el tumulto su puñal afila,
- y la enconada cólera que encierra
- enturbia y enardece su pupila,
- y ensordeciendo el aire en son de guerra
- hace temblar bajo sus pies la tierra,
- como las hordas bárbaras de Atila.
-
-XXVI
-
- No esperéis que esa turba alborotada
- infunda nueva sangre generosa
- en las venas de Europa desmayada;
- ni que termine su fatal jornada,
- sobre el ara desierta y polvorosa
- otro Dios levantando con su espada.
-
-XXVII
-
- No esperéis, no, que la confusa plebe,
- como santo depósito en su pecho
- nobles instintos y virtudes lleve.
- Hallará el mundo a su codicia estrecho,
- que es la fuerza, es el número, es el hecho
- brutal ¡es la materia que se mueve!
-
-XXVIII
-
- Y buscará la libertad en vano;
- que no arraiga en los crímenes la idea,
- ni entre las olas fructifica el grano.
- Su castigo en sus iras centellea
- pronto a estallar; que el rayo y el tirano
- hermanos son. ¡La tempestad los crea!
-
-
-_94. Tristezas_
-
- Cuando recuerdo la piedad sincera
- con que en mi edad primera
- entraba en nuestras viejas catedrales,
- donde postrado ante la cruz de hinojos
- alzaba a Dios mis ojos,
- soñando en las venturas celestiales;
-
- Hoy que mi frente atónito golpeo,
- y con febril deseo
- busco los restos de mi fe perdida,
- por hallarla otra vez, radiante y bella
- como en la edad aquella,
- ¡desgraciado de mí! diera la vida.
-
- ¡Con qué profundo amor, niño inocente,
- prosternaba mi frente
- en las losas del templo sacrosanto!
- Llenábase mi joven fantasía
- de luz, de poesía,
- de mudo asombro, de terrible espanto.
-
- Aquellas altas bóvedas que al cielo
- levantaban mi anhelo;
- aquella majestad solemne y grave;
- aquel pausado canto, parecido
- a un doliente gemido,
- que retumbaba en la espaciosa nave;
-
- Las marmóreas y austeras esculturas
- de antiguas sepulturas,
- aspiración del arte a lo infinito;
- la luz que por los vidrios de colores
- sus tibios resplandores
- quebraba en los pilares de granito;
-
- Haces de donde en curva fugitiva,
- para formar la ojiva,
- cada ramal subiendo se separa,
- cual del rumor de multitud que ruega,
- cuando a los cielos llega,
- surge cada oración distinta y clara;
-
- En el gótico altar inmoble y fijo
- el santo crucifijo,
- que extiende sin vigor sus brazos yertos,
- siempre en la sorda lucha de la vida,
- tan áspera y reñida,
- para el dolor y la humildad abiertos;
-
- El místico clamor de la campana
- que sobre el alma humana
- de las caladas torres se despeña,
- y anuncia y lleva en sus aladas notas
- mil promesas ignotas
- al triste corazón que sufre o sueña;
-
- Todo elevaba mi ánimo intranquilo
- a más sereno asilo:
- religión, arte, soledad, misterio...
- todo en el templo secular hacía
- vibrar el alma mía,
- como vibran las cuerdas de un salterio.
-
- Y a esta voz interior que solo entiende
- quien crédulo se enciende
- en fervoroso y celestial cariño,
- envuelta en sus flotantes vestiduras
- volaba a las alturas,
- virgen sin mancha, mi oración de niño.
-
- Su rauda, viva y luminosa huella
- como fugaz centella
- traspasaba el espacio, y ante el puro
- resplandor de sus alas de querube,
- rasgábase la nube
- que me ocultaba el inmortal seguro.
-
- ¡Oh anhelo de esta vida transitoria!
- ¡Oh perdurable gloria!
- ¡Oh sed inextinguible del deseo!
- ¡Oh cielo, que antes para mí tenías
- fulgores y armonías,
- y hoy tan oscuro y desolado veo!
-
- Ya no templas mis íntimos pesares,
- ya al pie de tus altares
- como en mis años de candor no acudo.
- Para llegar a ti perdí el camino,
- y errante peregrino
- entre tinieblas desespero y dudo.
-
- Voy espantado sin saber por dónde;
- grito, y nadie responde
- a mi angustiada voz; alzo los ojos
- y a penetrar la lobreguez no alcanzo;
- medrosamente avanzo,
- y me hieren el alma los abrojos.
-
- Hijo del siglo, en vano me resisto
- a su impiedad, ¡oh Cristo!
- Su grandeza satánica me oprime.
- Siglo de maravillas y de asombros,
- levanta sobre escombros
- un Dios sin esperanza, un Dios que gime.
-
- ¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena
- faz, de consuelos llena,
- alumbra y guía nuestro incierto paso.
- Es otro Dios incógnito y sombrío:
- su cielo es el vacío,
- Sacerdote el error, ley el Acaso.
-
- ¡Ay! No recuerda el ánimo suspenso
- un siglo más inmenso,
- más rebelde a tu voz, más atrevido;
- entre nubes de fuego alza su frente,
- como Luzbel, potente;
- pero también, como Luzbel, caído.
-
- A medida que marcha y que investiga
- es mayor su fatiga,
- es su noche más honda y más oscura,
- y pasma, al ver lo que padece y sabe,
- cómo en su seno cabe
- tanta grandeza y tanta desventura.
-
- Como la nave sin timón y rota
- que el ronco mar azota,
- incendia el rayo y la borrasca mece
- en piélago ignorado y proceloso,
- nuestro siglo --coloso--
- con la luz que le abrasa, resplandece.
-
- ¡Y está la playa mística tan lejos!...
- a los tristes reflejos
- del sol poniente se colora y brilla.
- El huracán arrecia, el bajel arde,
- y es tarde, es ¡ay! muy tarde
- para alcanzar la sosegada orilla.
-
- ¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,
- a todo yugo ajeno,
- que al impulso del vértigo se entrega,
- y a través de intrincadas espesuras,
- desbocado y a oscuras
- avanza sin cesar y nunca llega.
-
- ¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano
- en vano lucha, en vano
- su ley oculta y misteriosa infringe.
- En la lumbre del sol sus alas quema,
- y no aclara el problema,
- ni penetra el enigma de la Esfinge.
-
- ¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto
- que tu poder no ha muerto!
- Salva a esta sociedad desventurada,
- que bajo el peso de su orgullo mismo
- rueda al profundo abismo
- acaso más enferma que culpada.
-
- La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,
- en nuestras almas deja
- el germen de recónditos dolores,
- como al tender el vuelo hacia la altura,
- deja su larva impura
- el insecto en el cáliz de las flores.
-
- Si en esta confusión honda y sombría
- es, Señor, todavía
- raudal de vida tu palabra santa,
- di a nuestra fe desalentada y yerta:
- --¡Anímate y despierta!
- Como dijiste a Lázaro: --¡Levanta!
-
-
-
-
-DON GUSTAVO A. BÉCQUER
-
-
-_95. Rimas_
-
- Del salón en el ángulo oscuro,
- De su dueño tal vez olvidada,
- Silenciosa y cubierta de polvo
- Veíase el arpa.
-
- ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
- Como el pájaro duerme en las ramas,
- Esperando la mano de nieve
- Que sabe arrancarla!
-
- ¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio
- Así duerme en el fondo del alma,
- Y una voz, como Lázaro, espera
- Que le diga: «¡Levántate y anda!»
-
-
-_96._
-
- Cerraron sus ojos
- Que aún tenía abiertos;
- Taparon su cara
- Con un blanco lienzo;
- Y unos sollozando,
- Otros en silencio,
- De la triste alcoba
- Todos se salieron.
-
- La luz, que en un vaso
- Ardía en el suelo,
- Al muro arrojaba
- La sombra del lecho;
- Y entre aquella sombra
- Veíase a intérvalos
- Dibujarse rígida
- La forma del cuerpo.
-
- Despertaba el día
- Y a su albor primero
- Con sus mil ruïdos
- Despertaba el pueblo.
- Ante aquel contraste
- De vida y misterios,
- De luz y tinieblas,
- Medité un momento:
- «_¡Dios mío, qué solos_
- _Se quedan los muertos!_»
-
- De la casa en hombros
- Lleváronla al templo
- Y en una capilla
- Dejaron el féretro.
- Allí rodearon
- Sus pálidos restos
- De amarillas velas
- Y de paños negros.
-
- Al dar de las ánimas
- El toque postrero,
- Acabó una vieja
- Sus últimos rezos;
- Cruzó la ancha nave,
- Las puertas gimieron,
- Y el santo recinto
- Quedose desierto.
-
- De un reloj se oía
- Compasado el péndulo,
- Y de algunos cirios
- El chisporroteo.
- Tan medroso y triste,
- Tan oscuro y yerto
- Todo se encontraba...
- Que pensé un momento:
- «_¡Dios mío, qué solos
- _Se quedan los muertos!_»
-
- De la alta campana
- La lengua de hierro,
- Le dio, volteando,
- Su adiós lastimero.
- El luto en las ropas,
- Amigos y deudos
- Cruzaron en fila,
- Formando el cortejo.
-
- Del último asilo,
- Oscuro y estrecho,
- Abrió la piqueta
- El nicho a un extremo.
- Allí la acostaron,
- Tapiáronle luego,
- Y con un saludo
- Despidiose el duelo.
-
- La piqueta al hombro,
- El sepulturero
- Cantando entre dientes
- Se perdió a lo lejos.
- La noche se entraba,
- Reinaba el silencio;
- Perdido en las sombras,
- Medité un momento:
- «_¡Dios mío, qué solos_
- _Se quedan los muertos!_»
-
- En las largas noches
- Del helado invierno,
- Cuando las maderas
- Crujir hace el viento
- Y azota los vidrios
- El fuerte aguacero,
- De la pobre niña
- A solas me acuerdo.
-
- Allí cae la lluvia
- Con un son eterno;
- Allí la combate
- El soplo del cierzo.
- Del húmedo muro
- Tendida en el hueco,
- ¡Acaso de frío
- Se hielan sus huesos!...
-
- . . . . . . . . . . . . . . .
-
- ¿Vuelve el polvo al polvo?
- ¿Vuela el alma al cielo?
- ¿Todo es vil materia,
- Podredumbre y cieno?
- ¡No sé; pero hay algo
- Que explicar no puedo,
- Que al par nos infunde
- Repugnancia y miedo,
- Al dejar tan tristes,
- Tan solos los muertos!
-
-
-
-
-DON VICENTE W. QUEROL
-
-
-_97. Carta_ _al Sr. D. Pedro A. de Alarcón, acerca de la Poesía_
-
- Amigo, cedo al fin. Los que dispersos
- Entregué al aire vano
- En mi edad juvenil fútiles versos,
- Hoy con piadosa mano
- Recojo y cierro en el modesto libro,
- Que al triste olvido de la edad entrego,
- O al duro fallo de los tiempos libro.
- Lo engendré en la nocturna
- Fiebre de mis pasiones primerizas,
- Y hoy guardo en él, como en sagrada urna,
- Del corazón las cálidas cenizas.
- En él están mis infantiles sueños,
- El laurel disputado en arduas lizas,
- De la osada ambición locos empeños,
- La fe jurada, la esperanza muerta,
- La aspiración incierta,
- Los horizontes del amor risueños:
- Cuanto amé y esperé. Huecas y frías
- En el oído extraño,
- Ajeno a mi placer, sordo a mi daño,
- Sonarán siempre las canciones mías;
- Pero, al volver sus páginas, yo encuentro
- Mi gozo entre ellas o mi antigua angustia,
- Cual suele hallarse dentro
- De un olvidado libro una flor mustia.
-
- * * * * *
-
- Yo cobarde no oculto
- Mi fe en ti, desdeñada Poesía,
- Ni el ciego amor y el fervoroso culto
- Con que en tus aras me postré algún día:
- No reniego de ti cuando la mofa,
- Cuando el villano insulto
- Responden solo a tu vibrante estrofa:
- No aparto de mi labio
- De tu cáliz de hiel las negras heces,
- Ni te abandono al miserable agravio,
- O a las burlas soeces
- Del vulgo, indigno de tu noble estro;
- Y cuando ante el siniestro
- Tribunal vas de tus inicuos jueces,
- Yo, discípulo tuyo, por tres veces
- No negaré al Maestro.
-
- * * * * *
-
- ¡Santa palabra de Jehová!
- --Con ella
- Moisés cantó el enojo
- Con que borró de Faraón la huella
- En sus líquidos antros el Mar-Rojo:
- Con ella sobre Nínive, sujeta
- Al yugo del pecado, y sobre Tiro,
- Y en la ancha plaza de Sidón inquieta,
- Quejumbroso suspiro
- O eterna maldición lanzó el Profeta:
- Con ella junto al cauce
- Del extranjero río, su salterio
- Colgando al tronco del umbroso sauce,
- Lloró Judá su amargo cautiverio:
- Con ella dijo su doliente cuita
- Job a la inmunda fiera del desierto;
- Y con ella la hermosa Sulamita
- Cantó al amor en su cercado huerto.
-
- * * * * *
-
- ¡Numen severo de la historia!
- --¡Vive
- Todo lo que el poeta
- Con sabio ritmo sonoroso escribe;
- Muere lo que desdeña!-- Allá, en la vaga
- Muda extensión del páramo infinito,
- La soberbia pirámide naufraga:
- La esfinge de granito
- Se hunde en la arena movediza: el verde
- Musgo los templos de Ática sepulta:
- La corva reja del arado muerde
- Las feraces colinas
- Donde su oprobio Babilonia oculta:
- El rebaño del árabe se pierde
- Entre las vastas ruinas
- Que cubren tus llanuras, oh Cartago;
- Mientras que en las vecinas
- Costas de Italia, con el propio estrago,
- Tu egregia vencedora,
- La Reina de las águilas latinas,
- Sola, entre tumbas profanadas llora.
-
- * * * * *
-
- Envuelta en el sudario
- De un vergonzoso olvido,
- Fuera la Tierra el miserable osario
- De las humanas razas, si el gemido
- O el cántico de gloria
- De los antiguos vates,
- Eco veraz de la solemne historia,
- No nos trajera en clamoroso ruido
- Sus fragorosas ruinas y combates,
- Ayes de muerte y gritos de victoria.
- De un siglo al otro siglo el viento lleva
- En las vibrantes cuerdas de la lira,
- La predicción de la esperanza nueva
- O el triste llanto de la edad que expira,
- Y como en la callada
- Soledad de las noches de astro en astro
- Vuela el pálido rastro
- De la luz increada,
- Así el vate, en la oscura
- Noche del tiempo que el pasado esconde,
- Habla a los bardos de la edad futura,
- Y Osián los cantos de Ilión murmura
- Y Dante al salmo de David responde.
-
- * * * * *
-
- ¡Hija de la Belleza!
- --A la alborada
- De blanca luz ceñida,
- A la aurora de púrpura bañada,
- Y en la tarde apagada
- De húmeda niebla y de vapor vestida.
- Son sus joyas las perlas del rocío,
- Las flores son sus galas,
- Su claro espejo el trasparente río,
- Los céfiros sus alas.
- Las rojas nubes sus movibles tiendas,
- Su blanda cuna las inciertas olas,
- Y el ancho espacio las etéreas sendas
- Por donde marcha a solas.
- Gime en la selva que estremece el viento,
- Triste en la fuente solitaria llora,
- Canta del ave en el alegre acento,
- Ríe en la luz de la naciente aurora;
- Y cuando cruza con callado vuelo
- La tierra, el mar o el cielo,
- Todo en ritmo sonoro
- Vibra al compás del cadencioso metro,
- Y en luminoso coro
- Van las estrellas de oro
- Rodando en torno a su extendido cetro.
-
- * * * * *
-
- ¡Hija del sentimiento!
- --En la indecisa
- Vaguedad del espíritu: en la calma
- De la conciencia justa:
- Del débil niño en la infantil sonrisa;
- En los deliquios lánguidos del alma;
- Del corazón en la soberbia augusta:
- En la ira noble, en el amor materno,
- En la ansia no cumplida,
- En los hastíos de la humana vida
- Y en el místico amor de un bien eterno:
- En el lóbrego abismo,
- Cárcel que la pasión fiera quebranta,
- En el grito febril del heroísmo,
- Y en la oculta virtud, callada y santa,
- Como en el crimen mismo,
- Ella, la Poesía,
- Surge y cruza sombría,
- Y el puñal blande o la oración murmura:
- Ciñe a la virgen los nupciales velos:
- Solloza en la olvidada sepultura,
- Y, en los humanos duelos,
- Con la tendida diestra
- A toda angustia inconsolable muestra
- La eterna luz de los abiertos cielos.
-
- * * * * *
-
- Tal, en la edad confusa
- En que a la vida el corazón despierta,
- Yo, la soñada Musa
- Vi en el dintel de la cerrada puerta,
- Que mi ambición ilusa
- Juzgó a la gloria y la esperanza abierta.
- No entré... pero en mi oído
- Sonó el grande ruïdo
- De los santos acordes celestiales;
- Y aun hoy, en este olvido
- Y en esta amiga sombra,
- Donde es la paz un díctamo a mis males,
- Entre el silencio escucho, y aun me asombra,
- El rumor de los himnos inmortales.
-
- * * * * *
-
- Tú, que has unido a ellos,
- Oh dulce amigo, tu canción sonora,
- Y alumbraste con vívidos destellos
- Esta noche del alma abrumadora:
- Brioso corazón que en las bastardas
- Horas sin fe que nos legó el destino,
- Inmaculado aun guardas
- De una alta estirpe el resplandor divino,
- Abre el libro y no temas,
- Al revolver las hojas
- De mis pobres poemas,
- Que ose en ellos cantar glorias supremas
- Ni supremas congojas.
- El débil numen que mi verso inspira
- Nunca osó ambicionar más noble palma
- Que traducir fielmente con la lira
- La efusión de mi alma.
-
-
-_98. En Noche-Buena_
-
- _A mis ancianos padres_
-
-I
-
- Un año más en el hogar paterno
- Celebramos la fiesta del Dios-niño,
- Símbolo augusto del amor eterno,
- Cuando cubre los montes el invierno
- Con su manto de armiño.
-
-II
-
- Como en el día de la fausta boda
- O en el que el santo de los padres llega,
- La turba alegre de los niños juega,
- Y en la ancha sala la familia toda
- De noche se congrega.
-
-III
-
- La roja lumbre de los troncos brilla
- Del pequeño dormido en la mejilla,
- Que con tímido afán su madre besa;
- Y se refleja alegre en la vajilla
- De la dispuesta mesa.
-
-IV
-
- A su sobrino, que lo escucha atento,
- Mi hermana dice el pavoroso cuento,
- Y mi otra hermana la canción modula
- Que, o bien surge vibrante, o bien ondula
- Prolongada en el viento.
-
-V
-
- Mi madre tiende las rugosas manos
- Al nieto que huye por la blanda alfombra;
- Hablan de pie mi padre y mis hermanos,
- Mientras yo, recatándome en la sombra,
- Pienso en hondos arcanos.
-
-VI
-
- Pienso que de los días de ventura
- Las horas van apresurando el paso,
- Y que empaña el oriente niebla oscura,
- Cuando aun el rayo trémulo fulgura
- Último del ocaso.
-
-VII
-
- ¡Padres míos, mi amor! ¡Cómo envenena
- Las breves dichas el temor del daño!
- Hoy presidís nuestra modesta cena,
- Pero en el porvenir... yo sé que un año
- Vendrá sin Noche-Buena.
-
-VIII
-
- Vendrá, y las que hoy son risas y alborozo
- Serán muda aflicción y hondo sollozo.
- No cantará mi hermana, y mi sobrina
- No escuchará la historia peregrina
- Que le da miedo y gozo.
-
-IX
-
- No dará nuestro hogar rojos destellos
- Sobre el limpio cristal de la vajilla,
- Y, si alguien osa hablar, será de aquellos
- Que hoy honran nuestra fiesta tan sencilla
- Con sus blancos cabellos.
-
-X
-
- Blancos cabellos cuya amada hebra
- Es cual corona de laurel de plata,
- Mejor que esas coronas que celebra
- La vil lisonja, la ignorancia acata,
- Y el infortunio quiebra.
-
-XI
-
- ¡Padres míos, mi amor! Cuando contemplo
- La sublime bondad de vuestro rostro,
- Mi alma a los trances de la vida templo,
- Y ante esa imagen para orar me postro,
- Cual me postro en el templo.
-
-XII
-
- Cada arruga que surca ese semblante
- Es del trabajo la profunda huella,
- O fue un dolor de vuestro pecho amante.
- La historia fiel de una época distante
- Puedo leer yo en ella.
-
-XIII
-
- La historia de los tiempos sin ventura
- En que luchasteis con la adversa suerte,
- Y en que, tras negras horas de amargura,
- Mi madre se sintió más noble y pura
- Y mi padre más fuerte.
-
-XIV
-
- Cuando la noche toda en la cansada
- Labor tuvísteis vuestros ojos fijos,
- Y, al venceros el sueño a la alborada,
- Fuerzas os dio posar vuestra mirada
- En los dormidos hijos.
-
-XV
-
- Las lágrimas correr una tras una
- Con noble orgullo por mi faz yo siento,
- Pensando que hayan sido por fortuna,
- Esas honradas manos mi sustento
- Y esos brazos mi cuna.
-
-XVI
-
- ¡Padres míos, mi amor! Mi alma quisiera
- Pagaros hoy la que en mi edad primera
- Sufristeis sin gemir, lenta agonía,
- Y que cada dolor de entonces fuera
- Germen de una alegría.
-
-XVII
-
- Entonces vuestro mal curaba el gozo
- De ver al hijo convertirse en mozo,
- Mientras que al verme yo en vuestra presencia
- Siento mi dicha ahogada en el sollozo
- De una temida ausencia.
-
-XVIII
-
- Si el vigor juvenil volver de nuevo
- Pudiese a vuestra edad, ¿por qué estas penas?
- Yo os daría mi sangre de mancebo,
- Tornando así con ella a vuestras venas
- Esta vida que os debo.
-
-XIX
-
- Que de tal modo la aflicción me embarga
- Pensando en la posible despedida,
- Que imagino ha de ser tarea amarga
- Llevar la vida, como inútil carga,
- Después de vuestra vida.
-
-XX
-
- Ese plazo fatal, sordo, inflexible,
- Miro acercarse con profundo espanto,
- Y en dudas grita el corazón sensible:
- «Si aplacar al destino es imposible,
- ¿Para qué amarnos tanto?»
-
-XXI
-
- Para estar juntos en la vida eterna
- Cuando acabe esta vida transitoria:
- Si Dios, que el curso universal gobierna,
- Nos devuelve en el cielo esta unión tierna,
- Yo no aspiro a más gloria.
-
-XXII
-
- Pero en tanto, buen Dios, mi mejor palma
- Será que prolonguéis la dulce calma
- Que hoy nuestro hogar en su recinto encierra:
- Para marchar yo solo por la tierra
- No hay fuerzas en mi alma.
-
-
-
-
-DON FEDERICO BALART
-
-
-_99. Restitución_
-
- Estas pobres canciones que te consagro,
- En mi mente han nacido por un milagro.
- Desnudas de las galas que presta el arte,
- Mi voluntad en ellas no tiene parte:
- Yo no sé resistirlas ni suscitarlas;
- Yo ni aun sé comprenderlas al formularlas;
- Y es en mí su lamento, sentido y grave,
- Natural como el trino que lanza el ave.
- Santas inspiraciones que tú me envías,
- Puedo decir, esposa, que no son mías:
- Pensamiento y palabra de ti recibo:
- Tú en silencio las dictas; yo las escribo.
-
- * * * * *
-
- Desde que abandonaste nuestra morada,
- De la mortal escoria purificada,
- Transformado está el fondo del alma mía,
- Y voces oigo en ella que antes no oía.
- Todo cuanto, en la tierra y el mar y el viento,
- Tiene matiz, aroma, forma o acento,
- De mi ánimo abatido turba la calma
- Y en canción se convierte dentro del alma.
- Y es que, en estas tinieblas donde me pierdo,
- Todo está confundido con tu recuerdo:
- ¡Sin él, todo es silencio, sombra y vacío
- En la tierra y el viento y el mar bravío!
-
- * * * * *
-
- Revueltos peñascales, áspera breña
- Donde salta el torrente de peña en peña;
- Corrientes bullidoras del claro río;
- Religiosos murmullos del bosque umbrío;
- Tórtola que en sus frondas unes tus quejas
- Al calmante zumbido de las abejas;
- Águila que levantas el corvo vuelo
- Por el azul espacio que cubre el cielo;
- Golondrina que emigras cuando el Octubre,
- Con sus pálidas hojas el suelo cubre,
- Y al amor de tu nido tornas ligera
- Cuando esparce sus flores la primavera;
- Aura mansa que llevas, en vuelo tardo,
- Efluvios de azucena, jazmín y nardo;
- Brisas que en el desierto sois mensajeras
- De los tiernos amores de las palmeras
- (¡De las pobres palmeras que, separadas,
- Se miran silenciosas y enamoradas!);
- Pardas nieblas del valle, nieves del monte,
- Cambiantes y vislumbres del horizonte;
- Tempestad que bramando con ronco acento
- Tus cabellos de lluvia tiendes al viento;
- Solitaria ensenada, restinga ignota
- Donde oculta su nido la gavïota;
- Olas embravecidas que pone a raya
- Con sus rubias arenas la corva playa;
- Grutas donde repiten con sordo acento
- Sus querellas y halagos la mar y el viento;
- Velas desconocidas que en lontananza
- Pasáis como los sueños de la esperanza;
- Nebuloso horizonte, tras cuyo velo
- Sus límites confunden la mar y el cielo;
- Rayo de sol poniente que te abres paso
- Por los rotos celajes del triste ocaso;
- Melancólico rayo de blanca luna
- Reflejado en la cresta de escueta duna;
- Negra noche que dejas de monte a monte
- Granizado de estrellas el horizonte;
- Lamento misterioso de la campana
- Que en la nocturna sombra suena lejana,
- Pidiendo por ciudades y por desiertos
- La oración de los vivos para los muertos;
- Plegaria que te elevas entre la nube
- Del incienso que en ondas al cielo sube
- Cuando al Señor dirigen himnos fervientes
- Santos anacoretas y penitentes:
- Catedrales ruinosas, mudas y muertas,
- Cuyas góticas naves hallo desiertas,
- Cuyas leves agujas, al cielo alzadas,
- Parecen oraciones petrificadas;
- Torres donde, por cima de la veleta
- Que a merced de los vientos se agita inquieta,
- Señalando regiones que nadie ha visto
- Tiende inmóvil sus brazos la fe de Cristo:
- Luces, sombras, murmullos, flores, espumas,
- Transparentes neblinas, espesas brumas,
- Valles, montes, abismos, tormentas, mares,
- Auras, brisas, aromas, nidos y altares,
- Vosotras en el fondo del alma mía
- Despertáis siempre un eco de poesía:
- Y es que siempre a vosotros encuentro unido
- El recuerdo doliente del bien perdido.
- Sin él, ¿qué es la grandeza, qué es el tesoro
- De la tierra y el viento y el mar sonoro?
-
- * * * * *
-
- Ya lo ves: las canciones que te consagro,
- En mi mente han nacido por un milagro.
- Nada en ellas es mío, todo es don tuyo:
- Por eso a ti, de hinojos, las restituyo.
- ¡Pobres hojas caídas de la arboleda,
- Sin su verdor el alma desnuda queda!
-
- Pero no, que aún te deben mis desventuras
- Otras más delicadas, otras más puras:
- Canciones que, por miedo de profanarlas,
- En el alma conservo sin pronunciarlas;
- Recuerdos de las horas que, embelesado,
- En nuestro pobre albergue pasé a tu lado,
- Cuando al alma y al cuerpo daban pujanza
- Juventud y cariño, fe y esperanza;
- Cuando, lejos del mundo parlero y vano,
- Íbamos por la vida mano con mano;
- Cuando, húmedos los ojos, juntas las palmas,
- En una se fundían nuestras dos almas:
- Canciones silenciosas que el alma hieren;
- Canciones que en mí nacen y que en mí mueren;
- ¡Hechizadas canciones, con cuyo encanto
- A mis áridos ojos se agolpa el llanto!
-
- Y aun a veces aplacan mis amarguras
- Otras más misteriosas, otras más puras:
- Canciones sin palabra, sin pensamiento,
- Vagas emanaciones del sentimiento;
- Silencioso gemido de amor y pena
- Que, en el fondo del pecho, callado suena;
- Aspiración confusa que, en vivo anhelo,
- Ya es canción, ya plegaria que sube al cielo;
- Inquietudes del alma, de amor herida;
- Vagos presentimientos de la otra vida;
- Éxtasis de la mente que a Dios se lanza;
- Luminosos destellos de la esperanza;
- Voces que me aseguran que podré verte
- Cuando al mundo mis ojos cierre la muerte:
- ¡Canciones que, por santas, no tienen nombres
- En la lengua grosera que hablan los hombres!
- Esas son las que endulzan mi amargo duelo;
- Esas son las que el alma llaman al cielo;
- Esas de mi esperanza fijan el polo,
- ¡Y esas son las que guardo para mí solo!
-
-
-
-
-DON MANUEL DEL PALACIO
-
-
-_100. Amor oculto_
-
- Ya de mi amor la confesión sincera
- Oyeron tus calladas celosías,
- Y fue testigo de las ansias mías
- La luna, de los tristes compañera.
- Tu nombre dice el ave placentera
- A quien visito yo todos los días,
- Y alegran mis soñadas alegrías
- El valle, el monte, la comarca entera.
- Solo tú mi secreto no conoces,
- Por más que el alma con latido ardiente,
- Sin yo quererlo, te lo diga a voces;
- Y acaso has de ignorarlo eternamente,
- Como las ondas de la mar veloces
- La ofrenda ignoran que les da la fuente.
-
-
-FIN
-
-
-
-
-NOTAS
-
-
-[1] Poeta del Siglo XVI. No constan las fechas de su nacimiento ni de
-su muerte.
-
-[2] El Duque de Frías.
-
-[3] Enrique Gil.
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS CIEN MEJORES POESÍAS (LÍ­RICAS)
-DE LA LENGUA CASTELLANA ***
-
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