diff options
| author | nfenwick <nfenwick@pglaf.org> | 2025-01-22 06:47:24 -0800 |
|---|---|---|
| committer | nfenwick <nfenwick@pglaf.org> | 2025-01-22 06:47:24 -0800 |
| commit | 40240cbc71762350a6755989010e4d78008bd62e (patch) | |
| tree | 73f4a3b745c458e1c28f34a0e6d0c22226218b5d | |
| parent | ff03d05daed13622003328bebfe0c1c3283362a4 (diff) | |
| -rw-r--r-- | .gitattributes | 4 | ||||
| -rw-r--r-- | LICENSE.txt | 11 | ||||
| -rw-r--r-- | README.md | 2 | ||||
| -rw-r--r-- | old/67231-0.txt | 13137 | ||||
| -rw-r--r-- | old/67231-0.zip | bin | 293499 -> 0 bytes | |||
| -rw-r--r-- | old/67231-h.zip | bin | 577785 -> 0 bytes | |||
| -rw-r--r-- | old/67231-h/67231-h.htm | 18314 | ||||
| -rw-r--r-- | old/67231-h/images/cover.jpg | bin | 253142 -> 0 bytes | |||
| -rw-r--r-- | old/67231-h/images/title_page-ilo.jpg | bin | 14963 -> 0 bytes |
9 files changed, 17 insertions, 31451 deletions
diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize +this eBook outside of the United States should confirm copyright +status under the laws that apply to them. diff --git a/README.md b/README.md new file mode 100644 index 0000000..e0735e8 --- /dev/null +++ b/README.md @@ -0,0 +1,2 @@ +Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for +eBook #67231 (https://www.gutenberg.org/ebooks/67231) diff --git a/old/67231-0.txt b/old/67231-0.txt deleted file mode 100644 index 06e3c04..0000000 --- a/old/67231-0.txt +++ /dev/null @@ -1,13137 +0,0 @@ -The Project Gutenberg eBook of Los desposados - Tomo 2, by Alessandro -Manzoni - -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Los desposados - Tomo 2 - Historia milanesa del siglo XVII - -Author: Alessandro Manzoni - -Release Date: January 23, 2022 [eBook #67231] - -Language: Spanish - -Produced by: Andrés V. Galia, Sanly Bowitts and the Online Distributed - Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was - produced from images generously made available by The - Internet Archive) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 2 *** - - - - NOTAS DEL TRANSCRIPTOR - -"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de -Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el -título de "I promessi sposi". - -En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los -novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el -título original y el tenor de la obra. - -En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con -_guiones bajos_. - -El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el -de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando -la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado -puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia -Española. - -En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar -que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban -acento ortográfico. Eso ha sido respetado. - -En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las -mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen -que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal -acentuada está en mayúsculas. - -La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha -agregado al dominio público. - -Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos. - -El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor. - - - * * * * * - - LOS DESPOSADOS - TOMO SEGUNDO - - - - - LOS - DESPOSADOS - - HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII - - POR ALEJANDRO MANZONI - - TRADUCIDA DEL ITALIANO - - [Ilustración] - - - MÉXICO - IMP. DE. ANDRADE Y ESCALANTE - Calle de Cadena número 13 - - 1858 - - - - - ÍNDICE - - Pág. - - CAPÍTULO PRIMERO 5 - - CAPÍTULO SEGUNDO 30 - - CAPÍTULO TERCERO 55 - - CAPÍTULO CUARTO 81 - - CAPÍTULO QUINTO 102 - - CAPÍTULO SEXTO 134 - - CAPÍTULO SÉPTIMO 178 - - CAPÍTULO OCTAVO 202 - - CAPÍTULO NOVENO 238 - - CAPÍTULO DÉCIMO 255 - - CAPÍTULO DECIMOPRIMERO 292 - - CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO 318 - - CAPÍTULO DECIMOTERCERO 339 - - CAPÍTULO DECIMOCUARTO 359 - - CAPÍTULO DECIMOQUINTO 386 - - CAPÍTULO DECIMOSEXTO 422 - - CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO 458 - - CAPÍTULO DECIMOCTAVO 481 - - CAPÍTULO DECIMONOVENO 514 - - CAPÍTULO VIGÉSIMO 537 - - - - - CAPÍTULO PRIMERO - -El que viendo en un campo mal cultivado una yerba silvestre, por -ejemplo, una bella planta de paciencia, quisiera saber con certeza si -ésta se encontraba en aquel sitio por medio de una semilla germinada -en el mismo campo, ó llevada por el viento, ó dejada caer por algún -pájaro; por más que pensase, no llegaría jamás á sacar nada en -conclusión: del mismo modo no sabremos decir si salió naturalmente -del caletre del conde la resolución de servirse del padre provincial -para cortar aquel nudo gordiano, ó si le fué sugerida por Attilio. -Ciertamente que éste no había soltado aquellas palabras al acaso: y -aunque debiera esperarse que á una insinuación tan directa, el amor -propio del conde se sublevara, quiso, sin embargo, á toda costa, -presentarle la idea de aquel expediente, y meterle en el camino por -donde era preciso que andara. Además, dicho expediente era tan adaptado -al genio del viejo conde, de tal modo indicado por las circunstancias, -que se hubiera podido apostar que lo habría imaginado por sí solo sin -necesitar sugestiones de nadie. Se trataba que en una guerra, sin -embargo, demasiado abierta, uno que llevaba su nombre, un sobrino -suyo, no quedase debajo; punto esencialísimo á la reputación del poder -que tanto llenaba su corazón. La satisfacción que el sobrino podía -tomar por sí solo, hubiera sido un remedio peor que la enfermedad, un -manantial de disgustos, siendo preciso impedirla de cualquier modo que -fuese, y sin pérdida de tiempo. Ordenarle que partiera en el mismo -instante de su palacio, ya no sería obedecido; y aunque lo fuese, era -ceder el campo, una retirada de la casa ante un convento. Órdenes, -fuerza legal, y todos los espantajos de este género, no valían contra -un adversario de aquella condición. El clero regular y secular se había -hecho enteramente inmune de toda jurisdicción legal, extendiéndose -dicha inmunidad no sólo á sus personas, sino también á los lugares que -habitaban, según deben saber aun los que no hayan leído más historia -que la nuestra, pues de lo contrario estaríamos frescos. Todo lo que -podía hacerse contra tal adversario, era buscar el medio de alejarlo, -lo cual sólo podía lograrse por el padre provincial. - -Ahora bien: entre el conde y dicho padre provincial mediaba un -conocimiento muy antiguo: se veían de tarde en tarde, pero siempre con -grandes demostraciones de amistad, y con reiteradas ofertas de servirse -mutuamente. Á veces es mejor tratar con uno que tenga muchos individuos -á sus órdenes, que no con uno solo de éstos, el cual no ve más que -su negocio, no siente más que su pasión, ni se cuida más que de su -pundonor, mientras que el otro descubre en un momento cien relaciones, -cien consecuencias, cien intereses, cien cosas que evitar, otras ciento -que salvar; y así se le puede coger por cien partes. - -Todo bien pesado, el conde invitó cierto día á comer al padre -provincial, y le hizo encontrarse en medio de una tanda de convidados, -elegidos con el tacto más exquisito. Veíanse allí algunos parientes de -la más encopetada grandeza, cuyo solo nombre era un gran título; y que -por su ademán, por cierta resolución, por cierto desdén caballeresco, -al hablar de grandes cosas con términos familiares, lograban, aunque -sin querer, imprimir y recordar á cada momento, la idea de la -superioridad y del poder. Hallábanse también allí algunos clientes -adheridos á la casa por una dependencia hereditaria, y al personaje -por una servidumbre de toda la vida; los cuales, empezando desde la -menestra á decir sí con la boca, con los ojos, con los oídos, con toda -la cabeza, con todo el cuerpo, y con toda el alma, á los postres os -habían puesto á un hombre en estado de no acordarse cómo se hacía para -decir _no_. - -En la mesa, el conde hizo recaer bien pronto la conversación sobre su -tema favorito; esto es, el hablar de Madrid. Á Roma se va por muchos -caminos; él iba por todos á Madrid. Habló de la corte, del conde-duque, -de los ministros, de la familia del gobernador, de las corridas de -toros que él podía describir perfectamente, porque había tenido el -gusto de presenciarlas desde un sitio distinguido; del Escorial, del -que podía dar cuenta muy exacta, porque un criado del conde-duque le -había conducido por todos los rincones. Por espacio de algún tiempo, -toda la reunión estuvo como un auditorio, atenta á él solo; después se -dividió en coloquios particulares, y él entonces prosiguió refiriendo -otras muchas cosas curiosas, como en confianza, al padre provincial -que estaba á su lado, y que le dejó decir, decir, y más decir. Pero -de pronto, dió otro giro á la conversación, la separó de Madrid; y de -corte en corte, de dignidad en dignidad, la hizo caer sobre el cardenal -Barberini, que era capuchino y hermano del papa que ocupaba entonces la -silla apostólica, Urbano VIII nada menos. El conde se vió precisado á -dejar hablar un poco á los demás, á ponerse á escuchar, y recordar por -último, que en este mundo no era el solo personaje que lo hacía. Poco -después de levantados de la mesa, rogó al padre provincial que pasase -con él á otra estancia. - -Dos potestades, dos ancianidades, dos experiencias consumadas, se -hallaban frente á frente. El magnífico señor hizo sentar al muy -reverendo padre, después de lo cual tomó él también asiento, y empezó -á hablar en estos términos: “Convencido de la amistad que existe -entre nosotros, he creído poder hablar á vuestra paternidad acerca -de un negocio de interés común, y que debe concluirse aquí para -entre nosotros, sin ir por otros caminos que podían... Y por tanto, -buenamente, con el corazón en la mano, os diré de lo que se trata; y en -dos palabras, estoy cierto, que nos pondremos de acuerdo. Decidme, ¿en -vuestro convento de Pescarenico hay un tal padre Cristóbal de ***?”. - -El provincial hizo un signo afirmativo. - ---Suplico á vuestra paternidad me diga francamente, en buena amistad... -ese sujeto... ese padre... yo no lo conozco personalmente; siendo así, -que de padres capuchinos conozco muchos, celosos, prudentes, humildes, -varones, en fin, que valen más oro de lo que pesan: he sido amigo -de la orden desde mi infancia... pero en todas las familias un poco -numerosas... hay siempre algún individuo, alguna cabeza... Y sé por -ciertas noticias, que ese padre Cristóbal es un hombre... afecto á -las querellas... que no tiene toda aquella prudencia, todos aquellos -miramientos... Apostaría á que ha debido más de una vez dar qué pensar -á vuestra paternidad. - ---Entiendo; es un empeño, pensaba entretanto el provincial; yo tengo la -culpa: bien sabía yo que á ese buen padre Cristóbal era preciso hacerle -correr de púlpito en púlpito, y no dejarle descansar seis meses en un -mismo lugar, especialmente en los conventos de la campiña. - ---¡Oh!, dijo luego; siento de veras que vuestra magnificencia tenga en -mal concepto al padre Cristóbal; siendo así que es un religioso que -observa una conducta ejemplar en el convento, y al mismo tiempo tenido -en mucha estima fuera de él. - ---Entiendo perfectamente; vuestra paternidad debe... pero, sin embargo, -yo quiero, como amigo sincero, advertiros de una cosa que conviene -que sepáis; y si una vez informado de ella, puedo, sin faltar á mis -deberes, haceros ver ciertos resultados... posibles; no digo más. -Sabemos que dicho padre Cristóbal había tomado bajo su protección á un -hombre de aquel pueblo, á un hombre... vuestra paternidad debe haber -oído hablar de él; es el que se escapó con tanto escándalo de las -manos de la justicia, después de haber hecho en el terrible día de S. -Martín, las cosas... las cosas... En fin, llámase Lorenzo Tramaglino. - -“¡Ah, ya!”, pensó el provincial, y dijo: “Esta particularidad es nueva -para mí; pero vuestra magnificencia sabe bien, que una parte de nuestro -ministerio es justamente ir en busca de escarriados para reducirlos...”. - ---Muy bien; ¡pero proteger á los escarriados de cierta especie!... -son cosas espinosas, negocios demasiado delicados... Y aquí, en lugar -de inflar los carrillos y soplar, apretó los dientes y aspiró tanto -aire, cuanto tenía costumbre de arrojar soplando; después de lo cual -continuó: “He creído necesario daros este aviso, porque si alguna vez -su excelencia... Podría haberse escrito algo á Roma... no sé nada... y -de Roma venirle...”. - ---Agradezco muchísimo dicho aviso á vuestra magnificencia; pero estoy -cierto que si se tomaran informes sobre este asunto, resultara que -el padre Cristóbal no habrá tenido relaciones con el hombre de que -se trata, más que con el objeto de hacerle entrar en razón: conozco -demasiado al padre Cristóbal. - ---Vuestra paternidad sabe mejor que yo lo que él ha sido en el siglo, -las travesuras que ha hecho en su juventud... - ---Tal es la gloria de nuestro hábito, señor conde, que un hombre que -en el siglo ha hecho que hablen mucho de él, con este traje llega á -transformarse enteramente; y desde que el padre Cristóbal lleva este -hábito... - ---Quisiera creerlo: lo digo de todo corazón, mas á veces como dice el -proverbio... el hábito no hace al monje. - -El refrán no venía aquí á propósito; pero el conde lo había sustituido -apresuradamente á otro que tenía en la punta de lengua: el lobo cambia -el pelo, pero no sus malas mañas. - ---Tengo indicios, proseguía, averiguaciones... - ---Si vuestra magnificencia sabe positivamente que el expresado -religioso ha cometido alguna falta (todos estamos sujetos á errar), -me dispensaréis un verdadero favor, informándome de ello. Soy un -superior, indigno sin duda; pero lo soy precisamente para corregir, -para remediar... - ---Os diré: junto con esta circunstancia enojosa de la protección -abierta del padre para con el consabido, hay otra cosa muy -desagradable, y que podría... Pero, entre nosotros, lo arreglaremos -todo de una vez. El caso es, como iba diciendo, que el mismo padre -Cristóbal se ha puesto á luchar con mi sobrino D. Rodrigo. - ---¡Oh!, esto me desagrada, me desagrada; me desagrada formalmente. - ---Mi sobrino es joven, vivo, recuerda lo que es, y se resiente; además, -como no tiene costumbre de verse provocado... - ---Será un deber mío el tomar buenos informes acerca de semejante hecho. -Según he dicho ya á vuestra magnificencia, y hablo con un señor que es -tan justo como experimentado en las cosas del mundo, todos somos de -carne, sujetos á errar... tanto de un lado como de otro; y si el padre -Cristóbal ha faltado... - ---Pero, es preciso que vuestra paternidad advierta, que éstas son -cosas, que deben terminarse entre nosotros, sepultarse aquí; cosas que -mientras más se remueven... es peor. Vuestra paternidad sabe muy bien -lo que sucede: estos piques, estas querellas empiezan con frecuencia -por una bagatela y avanzan, avanzan... Si se quiere encontrar el fondo, -no llega á conseguirse, ó bien nacen otros cien mil obstáculos. Apagar, -cortar el negocio, reverendo padre; apagarlo, cortarlo; he aquí lo que -es preciso. Mi sobrino es joven; el religioso, por lo que he podido -comprender, tiene todavía todo el espíritu é inclinaciones de un joven -también; y á nosotros toca, que tenemos ya nuestros años... acaso -demasiados; ¿no es cierto, reverendísimo padre? - -El que hubiese estado contemplando aquella escena, habría podido -compararla á lo que sucede en medio de una ópera seria, cuando se -levanta, por equivocación, un telón antes de tiempo, y se ve un -cantante que no pensando en aquel momento que exista público en el -mundo, conversa mano á mano con un compañero suyo. El semblante, el -ademán, la voz del conde, al decir las palabras _acaso demasiados_, -todo fué natural; allí no había política; era indudablemente cierto que -le causaba fastidio el tener tantos años. No lamentaba los pasatiempos, -y bríos, la gentileza de la juventud: ¡frivolidades, tonterías, -miserias! El motivo de su disgusto era grave é importante; era que -esperaba cierto puesto muy elevado, cuando estuviera vacante, y temía -no llegar á tiempo. Luego de haberlo obtenido, se podía estar cierto de -que no le hubieran dado mucho cuidado los años; no habría deseado otra -cosa, muriendo contento, como aquellos que, ansiando mucho una cosa, -aseguran querer hacer algo, cuando la han obtenido. - -Mas dejemos hablar al conde,--Á nosotros toca, continuó, el tener -juicio por los jóvenes, y reparar sus calaveradas. Por fortuna, aún -estamos á tiempo; ello no ha metido mucho ruido, y todavía nos hallamos -en el caso de un _principiis obsta_. Conviene alejar el fuego de la -paja. Á veces una persona que en un paraje se conduce mal, ó que -pudo ser causa de algún desorden, se porta en otro maravillosamente. -Vuestra paternidad sabrá hallar muy bien el nicho conveniente para ese -religioso. Además, puede militar otra circunstancia; esto es, quizá -se haya hecho sospechoso á alguno del cual él desee alejarse: por lo -tanto, colocándolo en un paraje un poco apartado, no hace más que un -viaje, y prestamos dos servicios; todo se arregla por sí mismo, ó por -mejor decir, no hay ningún compromiso. - -El padre provincial aguardaba esta conclusión desde el principio del -discurso del conde. - -“¡Ah, ya!”, pensaba interiormente, veo adónde quiere ir á parar; -siempre sucede lo mismo: cuando un pobre fraile se disgusta con -vosotros, ó con uno de los vuestros, ú os causa la más pequeña sombra, -el superior debe hacerle tomar prontamente las de Villadiego, sin -tratar de inquirir si hay ó no razón para ello. - -Cuando el conde hubo concluido, exhaló un suspiro, lo cual equivalía -á una firme resolución: “Comprendo perfectamente, contestó el padre -provincial, lo que el señor conde quiere decir; mas antes de dar un -paso...”. - ---Es un paso y no lo es, reverendísimo padre; es una cosa natural, -ordinaria; que si no se pone un pronto y eficaz remedio, preveo una -multitud de desórdenes, una ilíada de desgracias. Un disparate... no -creeré que mi sobrino... yo estoy aquí para impedirlo... Mas al punto á -que ha llegado el negocio, si entre ambos no le damos un corte bueno, -sin pérdida de tiempo, no es posible detenerle, que permanezca en -secreto... y entonces no será tan solo mi sobrino... Nosotros seremos -los que irritemos el avispero, muy reverendo padre. Vos mismo lo veis; -pertenecemos á una gran casa, estamos enlazados con familias... - ---Ilustres. - ---Ya me entendéis: toda gente que tiene sangre en las venas, y que -en este mundo... valen alguna cosa. Se resiente el pundonor, llega á -hacerse un asunto común; y entonces... aun el que es amigo de la paz... -¡Sería un verdadero quebranto para mí, de tener... de encontrarme... -yo que siempre he profesado una tan grande inclinación á los padres -capuchinos! Vuestros padres para hacer bien, como lo hacen con tanta -edificación de las gentes, necesitan tranquilidad, no tener contiendas, -estar en buena armonía con los que... y además, tienen parientes en -el siglo... y estos asuntillos de pundonor, por poco que duren, se -extienden, se ramifican, y hacen entrar á... medio mundo. Yo tengo -este dichoso cargo, que me obliga á sostener un cierto decoro... su -excelencia... mis señores colegas... todo viene á hacerse como asunto -de corporación... sobre todo con aquella otra circunstancia... Vos ya -sabéis cómo van esta especie de cosas. - ---Es cierto, dijo el provincial, que el padre Cristóbal es predicador, -y tenía ya algún pensamiento... Justamente se me ha pedido... Pero en -este momento, en tales circunstancias, podría parecer un castigo; y un -castigo antes de haber puesto bien en claro... - ---No, castigo no; una precaución prudente, un remedio de conveniencia -común, para impedir las desgracias que podrían... Vamos, me he -explicado lo bastante. - ---Entre el señor conde y yo, la cosa no pasa de ahí; lo comprendo: pero -siendo el hecho del modo que se ha referido á vuestra magnificencia, -es imposible, á mi parecer, que no se haya traslucido algo en el país. -Por todas partes existen gentes que atizan las discordias, que incitan -al mal, ó á lo menos malignos ociosos que tienen un exquisito gusto -en ver á los señores y á los religiosos en las prisiones; y olfatean, -interpretan á su gusto, charlan... Cada uno tiene que conservar su -decoro; y además yo, como superior (indigno sin duda), tengo un deber -expreso... El honor del hábito... no es cosa mía... es un depósito del -cual... Puesto que vuestro señor sobrino está tan alterado, como dice -vuestra magnificencia, podría tomar la cosa como una satisfacción que -se le da y... no digo vanagloriarse, triunfar, sino... - ---¿Os chanceáis, reverendo padre? Mi sobrino es un caballero que está -considerado en el mundo... según su rango, y como es debido; pero -comparado conmigo es un niño, que no hará más ni menos de lo que yo le -prescriba. Os diré más; mi sobrino nada sabrá. ¿Qué necesidad tenemos -de darle cuentas? Éstas son cosas que hacemos aquí para entre nos, -como buenos amigos, y que de nosotros no han de pasar. Esto no os debe -causar inquietud alguna. Ya comprenderéis que debo estar acostumbrado -á callar. Después de pronunciadas las anteriores palabras, dió su -acostumbrado soplo y continuó: “Tocante á los charlatanes, ¿qué queréis -que digan? ¡Un religioso que va á predicar á otro país, es una cosa muy -natural! Y después, nosotros que vemos... que tenemos previsión... que -nos corresponde... no debemos hacer caso de semejantes habladurías”. - ---Sin embargo, con el objeto de prevenirlas, sería bueno que en esta -ocasión, su señor sobrino hiciese una manifestación, diese alguna señal -visible de amistad, de deferencia, no por nosotros, sino por el hábito. - ---Seguramente, seguramente; es muy justo... pero no hay necesidad: -sé que los capuchinos son siempre acogidos por mi sobrino como deben -serlo: lo hace por inclinación; es un instinto de familia; y después -sabe que así me complace. Por lo demás, en este caso... alguna cosa de -extraordinario... es muy justo. Dejadme hacer, reverendísimo padre, -mandaré á mi sobrino... es decir, será preciso insinuárselo con -prudencia, á fin de que no trasluzca nada de lo que ha pasado entre -nosotros, pues no quisiera que pusiéramos emplasto donde no hay herida. -Con respecto á lo que hemos convenido, cuanto más pronto se haga, será -mejor; y si se encontrase un nicho un poco lejos... para quitar toda -ocasión... - ---Precisamente me piden un predicador para Rímini, y quizás aun, sin -otro motivo, hubiera dispuesto... - ---Muy á propósito. ¿Y cuándo?... - ---Ya que la cosa debe hacerse, se hará pronto. - ---En seguida, en seguida, reverendísimo padre, mejor hoy que mañana. Y -levantándose prosiguió: Si algo puedo hacer, tanto yo como mi familia, -en favor de nuestros padres capuchinos... - ---Sabemos por experiencia la bondad de la casa, dijo el padre -provincial, levantándose también y encaminándose hacia la puerta detrás -de su vencedor. - ---Hemos apagado una chispa, dijo éste andando lentamente; una chispa, -muy reverendo padre, que podía haber producido un grande incendio. -Entre buenos amigos, en dos palabras se arreglan grandes cosas. - -Habiendo llegado á la puerta, la abrió y quiso de todos modos que el -padre provincial pasase el primero; luego entraron en la otra estancia, -en donde se reunieron con los demás. - -Aquel señor ponía un grande estadio, un gran arte y grandes palabras -en manejar un negocio; mas después obtenía también los efectos -correspondientes. Vamos al hecho: con la conversación que hemos -referido, logró hacer ir á Fr. Cristóbal á pie desde Pescarenico á -Rímini, que es una bella caminata. - -Una tarde, un capuchino de Milán, llega á Pescarenico con un pliego -para el padre guardián. Dicho pliego contiene la orden para que -Fr. Cristóbal se trasladase á Rímini, con el objeto de predicar la -Cuaresma. La carta dirigida al guardián trae las instrucciones para -insinuar al consabido fraile que deponga toda idea de negocios que -pueda tener entablados en el país del cual debe partir, y que no -mantenga correspondencia de ninguna clase; el portador de la expresada -carta debe ser su compañero de viaje. El guardián nada dice aquella -tarde; pero á la mañana siguiente manda llamar á Fr. Cristóbal, le -enseña la orden, le dice que vaya á buscar las alforjas, el bastón, el -sudario y el cíngulo, y con aquel padre compañero que le presenta se -ponga inmediatamente en camino. - -Dejo á la penetración de mis lectores pensar el terrible golpe que -sería éste para nuestro buen fraile. Renzo, Lucía, Inés, se presentaron -súbitamente á su memoria, y exclamó, por decirlo así, en su interior: -“¡Qué será de esos desventurados, no estando yo aquí, Dios mío!” Mas -después alzó los ojos al cielo, se acusó de que le hubiese faltado la -confianza y de haberse creído necesario para algo. Puso las manos en -cruz sobre el pecho, en señal de obediencia; inclinó su cabeza ante -el padre guardián, el cual lo llamó aparte y le dió aquel otro aviso -como con palabras de consejo y como con significación de precepto. Fr. -Cristóbal se encaminó á su celda, cogió la alforja, colocó en ella su -breviario, su colección de sermones de cuaresma y el pan del perdón; -apretó el cordón á su cintura, se despidió de todos sus hermanos; fué -por último á recibir la bendición del guardián, y tomó en seguida, con -su compañero, el camino que le había sido prescrito. - -Hemos dicho que D. Rodrigo, obstinado más que nunca en llevar á cabo -su infame empresa, había resuelto buscar la asistencia de un hombre -terrible. De éste no podemos decir ni el nombre, ni el apellido, ni -un título, y ni siquiera una conjetura sobre nada de todo esto, cosa -tanto más extraña, cuanto que de dicho personaje encontramos memoria -en más de un libro (de libros impresos digo) de aquella época. La -identidad de los hechos no permite dudar que el personaje en cuestión, -no sea el mismo; pero vese por todas partes un gran cuidado en evitar -el trazar el nombre, como si éste hubiese de abrasar la pluma y la -mano del escritor. Francisco Rivola, en la vida del cardenal Federico -Borromeo, al hablar del expresado individuo, dice que es “un señor -tan poderoso por sus riquezas, como noble por su nacimiento”, sin -más. José Ripamonti, que en el libro 5.º, década 5.ª, de su _Storia -Patria_, hace de él más larga mención, lo nombra uno, éste, aquél, -este hombre, aquel personaje. Referiré, dice en su elegante latín, del -cual traducimos este fragmento del mejor modo posible, la aventura -de un hombre que, ocupando el primer lugar entre los grandes de la -ciudad, había establecido su morada en un despoblado, situado en los -confines del territorio; y en dicho paraje, asegurándose la impunidad -á fuerza de crímenes, nada le importaban las sentencias, los jueces, -la magistratura entera, ni la soberanía. Llevaba una vida en todo y -por todo independiente; daba asilo á los frígidos, habiéndolo él sido -también, después absuelto de la sentencia que había pesado sobre él, -como si nada hubiese... Tomaremos de este escritor algún otro pasaje -que venga á propósito para confirmar y esclarecer la relación del autor -de nuestro anónimo, con el cual seguimos adelante. - -Hacer lo que estaba prohibido por las leyes, ó impedido por una -fuerza cualquiera; ser el árbitro, el único dueño en los negocios de -los demás, sin otro interés más que el gusto de mandar; ser temido -de todos, aun de los que se hacían temer de otros; tales habían -sido en todo tiempo las pasiones del expresado individuo. Desde su -adolescencia, al espectáculo y al rumor de tan poderosas hazañas, -de tantas exacciones, á la vista de tantos tiranos, experimentaba -un sentimiento mezclado de cólera y de envidia impaciente. Joven, -y viviendo en la ciudad, no desperdiciaba ocasión alguna; así, iba -en busca de armar contiendas con los más famosos espadachines de -profesión, se les atravesaba en su camino, les hacía reconocer su -superioridad por medio de pruebas convincentes, ó les obligaba á -que buscasen su amistad. Superior á la mayor parte en riquezas y en -servidores adictos, y quizá á todos en nacimiento y en audacia, redujo -á muchos á renunciar á toda rivalidad, escarmentó á otros, y se captó -la amistad de los restantes; pero no la amistad que existe entre -personas iguales en categoría, sino una amistad como á él le agradaba; -es decir, amigos subordinados que se reconociesen sus inferiores, y -que le diesen siempre la preferencia. Sin embargo, en el hecho, era -con frecuencia el paladín, el instrumento de todos ellos, los cuales -no dejaban nunca de reclamar en sus apuros el socorro de tan poderoso -auxiliar: para él, retroceder un momento, hubiera sido decaer de su -reputación, faltar á su deber. De manera, que por cuenta suya y por -la de otros, hizo tantas, que ni su nombre, ni sus parientes, ni sus -amigos, ni su audacia, pudieron sostenerle contra los bandos públicos -y contra tantas animosidades poderosas, viéndose obligado á salir del -territorio. Creo que se refiere á esta circunstancia un hecho notable -relatado por Ripamonti: “Una vez que éste tuvo que abandonar el país, -el secreto, la timidez, el respeto que usó fueron los siguientes: -atravesó la ciudad á caballo, con una numerosa jauría; á son de -trompetas, y pasando por delante del palacio de la corte, dejó á la -guardia una embajada de insultos para el gobernador”. - -Durante su ausencia, no renunció á sus manejos, ni interrumpió las -relaciones con sus amigos, que permanecieron unidos con él, para -traducir literalmente á Ripamonti, en una liga oculta de consejos -terribles y de cosas funestas. Parece también que entonces contrajo con -personas muy elevadas, ciertas nuevas y terribles relaciones, de las -cuales el historiador mencionado habla con una brevedad misteriosa. -Príncipes extranjeros, dice, se valieron más de una vez de él para -algunos crímenes importantes, y al mismo tiempo le hubieron de enviar -desde muy lejos refuerzos de gentes que sirviesen bajo sus órdenes. - -Finalmente (no se sabe después de cuánto tiempo), ora que se hubiese -anulado el citado bando por alguna poderosa intercesión, ora que la -audacia de aquel hombre le sirviese como de inmunidad, lo cierto es -que resolvió volverse á su país, y en efecto volvió; no sin embargo á -Milán, sino á un castillo confinando con el territorio de Bérgamo, que -entonces pertenecía á los estados venecianos. Aquella casa, dice aún -Ripamonti, era una especie de oficina de mandatos sanguinarios: veíanse -servidores cuyas cabezas estaban puestas á precio, que tenían el oficio -de cortar también cabezas; ni el cocinero, ni aun el mismo marmitón, -estaban dispensados del asesinato; hasta las manos de los niños se -veían ensangrentadas. Además de esta bella familia doméstica, había, -según afirma el mismo historiador, otra de individuos de igual calaña, -dispersos y apostados en varios lugares de los dos estados, en cuyos -confines vivía aquél, dispuestos siempre á sus órdenes. - -Todos los tiranos, en un vasto radio, habían sido obligados, quienes en -una ocasión, quienes en otra, á elegir entre la amistad y la enemistad -de aquel tirano extraordinario. Pero á los primeros que habían querido -tratar de resistirle les fué tan mal, que nadie más desde entonces -quiso hacer semejante prueba. No obstante de permanecer uno agazapado -en su concha, como suele decirse, sin meterse con él, no podía -conservar su independencia: le enviaba un mensajero con la orden de que -abandonase tal empresa; que se abstuviese de molestar á tal deudor, -ú otras cosas semejantes: se necesitaba responder sí ó no. Cuando -una parte, rindiéndole vasallaje, había ido á poner bajo su decisión -un negocio cualquiera, la otra se hallaba en la dura alternativa -de conformarse con su sentencia, ó declararse su enemigo; lo cual -equivalía á ser, como se decía en otro tiempo, tísico en tercer grado. -Muchos, teniendo culpa, acudían á él para tener razón; otros muchos, -teniendo razón, recurrían también para ganarse así su alto patrocinio -y cerrar las avenidas á sus adversarios: los unos y los otros venían á -ser más especialmente sus dependientes. Sucedió alguna vez que un débil -oprimido, vejado por un poderoso, se dirigió á él; y éste, tomando el -partido del débil, forzó á dicho poderoso á cesar en sus vejaciones, á -reparar el daño causado, á pedir perdón: si éste se mantenía firme, se -encarnizaba tanto con él, que le obligaba á alejarse de los lugares que -había tiranizado, ó le hacía pagar una más pronta y más terrible pena. -En estos casos, aquel nombre tan temido y odiado, era bendecido por un -momento; porque en aquellos desgraciados tiempos no se hubiera podido -esperar de ninguna otra fuerza pública ni privada, no diré semejante -justicia, sino ningún remedio, la más pequeña compensación. Él había -sido, y era casi siempre, el ministro, el instrumento de voluntades -inicuas, de venganzas atroces, de infames caprichos; pero los diversos -usos que hacía de su fuerza producían siempre el mismo efecto, esto -es, imprimir en los ánimos una grande idea de todo lo que podía querer -y ejecutar en desprecio de lo justo é injusto, dos cosas que acarrean -tantos obstáculos á la voluntad de los hombres y los hacen con -frecuencia retroceder. - -La fama de los tiranos comunes permanecía encerrada en aquel pequeño -espacio de país, en donde eran los más ricos y los más fuertes. -Cada distrito tenía los suyos; y se asemejaban tanto, que no había -razón para que la gente se ocupara de aquéllos, cuya tiranía no -experimentaba. Pero el renombre del personaje de que estamos hablando -se había esparcido hacía ya mucho tiempo por el milanesado entero: -por todas partes, su vida era el objeto de narraciones populares, y -su nombre significaba algo de irresistible, de extraño, de fabuloso. -La sospecha que todos tenían de sus colegas y sicarios, contribuía, -igualmente, á mantener siempre viva su memoria. Esto no eran más que -sospechas; porque, ¿quién hubiera confesado abiertamente semejante -dependencia? Pero cada tirano podía ser su aliado, cada tunante uno de -los suyos, y la incertidumbre misma hacía más vasta la opinión y más -profundo el terror de la cosa. Cada vez que en alguna parte se veían -aparecer figuras de bravos desconocidas y más malas que de costumbre; -á cada hecho enorme del cual no se supiese desde un principio indicar -ó adivinar el autor, se profería, se murmuraba el nombre de aquel que -nosotros, gracias á la bendita (por no decir otra cosa) circunspección -de nuestros escritores, nos veremos precisados á llamarle el -_incógnito_. - -Del castillo de éste al de D. Rodrigo, no había más que siete millas; -y este último, apenas llegado á ser tirano y dueño, había debido ver -que á tan poca distancia de semejante personaje no era posible ejercer -aquel oficio sin venir á las manos, ó vivir en buena armonía con él. -Éste era el motivo por el cual se le había ofrecido, llegando á ser su -amigo, como todos los demás, se entiende; le había prestado más de un -servicio (el manuscrito no dice otra cosa), habiéndole correspondido -con promesas de auxilio y reciprocidad en cualquiera ocasión. Ponía, -sin embargo, mucho cuidado, en ocultar semejante amistad, ó á lo menos -no dejar traslucir los grados de que constaba, y de qué naturaleza -era. D. Rodrigo quería, sí, hacerse el tirano, mas no el tirano -desenfrenado: la profesión era para él un medio, no un fin; quería -permanecer libremente en la ciudad, gozar de las ventajas, de los -placeres, de los honores de la vida civil; y para esto tenía que usar -ciertos miramientos, guardar atenciones á los parientes, cultivar la -amistad de personas de categoría, tener una mano sobre la balanza de -la justicia, para en caso necesario hacerla inclinar hacia su lado, -ó detenerla, ú obligarla á caer en ciertas ocasiones sobre la cabeza -de alguno, por cuyo medio podía alcanzarlo con más facilidad que con -las armas de la violencia privada. En las circunstancias presentes, -la intimidad, ó mejor diremos, una liga con un hombre de aquella -especie, con un enemigo declarado de la fuerza pública, seguramente -no le hubiera servido de nada, principalmente cerca del conde su tío. -Pero aquel poco de amistad que no era posible ocultar, podía pasar por -un deber indispensable hacia un hombre cuya enemistad era demasiado -peligrosa, y de este modo se escudaba en la necesidad; porque el que -tiene que proveer á la seguridad general, y carece de voluntad, ó no -encuentra el medio, acaba por consentir que los demás atiendan por sí, -hasta cierto punto, á sus negocios; y si expresamente no consiente, -cierra á lo menos los ojos. - -Una mañana D. Rodrigo salió á caballo, en traje de caza, con una -pequeña escolta de bravos á pie; el _Griso_ iba al estribo, y otros -cuatro detrás; aquél tomó la dirección del castillo del _Incógnito_. - - - - - CAPÍTULO SEGUNDO - - -El castillo del _Incógnito_ estaba situado en la parte más elevada -de un valle angosto y sombrío, sobre la cima de un pico que nace -de una áspera cordillera de montes, no pudiendo al primer golpe de -vista afirmarse con seguridad si estaba unido ó separado á ella por -la inmensa mole de rocas, cavernas y precipicios que lo circuyen por -todos lados. El que mira al valle, es el sólo practicable; forma una -pendiente bastante rápida, pero igual y continua; vénse en la cumbre -varios prados; en la falda campos cultivados, sembrados en algunos -parajes de habitaciones. En el fondo aparece un lecho de guijarros, -por donde se desliza, según la estación, un cristalino arroyuelo, ó se -precipita un anchuroso torrente que entonces servía de límite á ambos -territorios. Las cordilleras opuestas, que forman, por decirlo así, la -otra muralla del valle, tienen también su pequeña falda cultivada; el -resto no se compone más que de peñascos, rápidas pendientes desliadas -de toda vegetación, excepto algunas zarzas que crecen por entre las -grietas. - -De lo alto de dicho castillo, como el águila desde su ensangrentado -nido, el selvático señor dominaba en torno de sí todo el espacio en -donde un pie mortal pudiera posarse, y no percibía el más leve ruido -humano por encima de su cabeza. Echando una ojeada alrededor, abrazaba -todo aquel recinto, á saber: las pendientes, las cimas y los caminos -practicados en medio de éstas. Á los ojos del que lo contemplaba desde -lo alto, el sendero tortuoso que iba á dar acceso á tan terrible -mansión, se desplegaba á manera de una serpenteante cinta; desde las -ventanas y almenas el señor podía contar con la mayor comodidad los -pasos del que llegaba, y descargar cien veces las armas contra él. Con -aquella guarnición de bravos que tenía en el castillo hubiera podido -desafiar á todo un ejército, dejándolo tendido sobre el sendero mismo, -ó haciendo rodar á muchos hasta el fondo del valle, sin que ni uno solo -siquiera pudiese llegar á la cumbre. Por lo demás, nadie que no fuera -mirado con buenos ojos por el dueño del castillo, se atrevía á poner el -pie, no digo arriba, sino ni aun en el mismo valle, ni tan siquiera de -paso. El esbirro, pues, que hubiera tenido la desgracia de dejarse ver, -habría sido tratado como un espía que es cogido en un campamento. Se -referían trágicas historias de los últimos que habían querido intentar -semejante empresa, pero eran ya historias antiguas; y ninguno de los -jóvenes vasallos se acordaba de haber visto en el valle un hombre de -aquella especie, ni vivo, ni muerto. - -Tal es la descripción que el anónimo hace del paraje; del nombre, -nada; al contrario, por no ponerse en el compromiso de descubrirlo, no -dice nada del viaje de D. Rodrigo, y lo coloca de repente en medio del -valle, al pie del pico, á la entrada del escarpado y tortuoso sendero. -En este sitio existía una taberna, que se hubiera podido llamar también -cuerpo de guardia. Una vieja muestra, en la cual estaba pintado por -ambos lados un sol radiante, veíase suspendida sobre la puerta; pero -la voz pública que repite algunas veces los nombres que le enseñan, -después de lo cual los rehace á su modo, no designaba la expresada -taberna más que con el nombre de _Malanotte_[1]. - -Al ruido de una cabalgata que se aproximaba, apareció en el umbral un -muchacho armado hasta los dientes. Después de haber echado una rápida -mirada, entró á dar el aviso á tres bandidos que estaban jugando con -unas cartas asquerosas y dobladas en forma de tejas. El que parecía ser -el jefe se levantó, se plantó en el umbral, y habiendo reconocido á -un amigo de su amo, lo saludó respetuosamente. D. Rodrigo le devolvió -el saludo con mucho garbo, y le preguntó si el señor se hallaba en el -castillo: habiéndole contestado aquél que así lo creía, D. Rodrigo se -apeó y arrojó la brida á Tiradritto, uno de los bravos de su comitiva. -Se quitó la escopeta que llevaba á la espalda, y se la entregó á -Montanarolo, como para desembarazarse de un peso inútil y subir más -ligero; mas en realidad, porque sabía muy bien que en aquellos sitios -no era permitido andar con ella. En seguida sacó de su bolsillo algunas -monedas, y se las dió á Tanabuso, diciéndole: “Vosotros, quedaos aquí -esperándome; entretanto, podréis entreteneros con estas buenas gentes”. -Sacó, por último, algunos escudos de oro, y los puso en la mano del -jefe, asignando la mitad para éste y la otra para sus compañeros. -Finalmente, acompañado del _Griso_ que había dejado también su arcabuz, -empezó á subir el sendero. En el ínterin, los tres mencionados bravos -y Sguinternotto, que era el cuarto (¡vaya unos nombres bonitos para -conservarlos con tanto cuidado!), se reunieron á los tres del Incógnito -y á aquel muchacho educado para la horca, poniéndose á jugar, á beber, -y contarse mutuamente sus proezas. - -Otro guapetón de los del Incógnito, que subía, se unió poco después á -D. Rodrigo; lo miró, lo reconoció, y siguió andando en su compañía, -evitándole así el fastidio de decir su nombre y de dar cuenta de su -persona á todos los que hubiera encontrado que no le conociesen. Cuando -hubo llegado y fué introducido en el castillo (dejando, sin embargo, al -_Griso_ en la puerta), se le hizo atravesar una larga crujía de oscuros -corredores, y una infinidad de salas tapizadas de mosquetes, sables -y partesanas; en cada una de dichas estancias se veía un bravo que -estaba de centinela: después de haber aguardado un poco de tiempo, fué -introducido á la en que se hallaba el Incógnito. - -Éste le salió al encuentro, devolviéndole el saludo y mirándole al -mismo tiempo al semblante y á las manos, según tenía de costumbre, y -casi siempre involuntariamente, á cualquiera que iba á verle, aunque -fuera uno de sus más antiguos y experimentados amigos. Era de elevada -estatura, morena tez, y calvo: á primera vista los escasos cabellos -blancos que le quedaban y las arrugas de su rostro, habrían hecho creer -que contaba más edad que la que en realidad tenía, pues acababa de -cumplir sesenta años; mas su continente y movimientos, la pronunciada -dureza de sus facciones, y el resplandor siniestro que brillaba en -sus ojos, indicaban una fortaleza de cuerpo y alma que hubiera sido -extraordinaria en un joven. - -D. Rodrigo dijo que venía á pedirle consejos y ayuda; que hallándose -metido en una empresa difícil, de la cual su honor no le permitía -retirarse, se había acordado de las promesas de aquel que nunca las -hacía de más, ni en vano, y le expuso su abominable intriga. El -Incógnito que tenía ya, aunque confusamente, algunas noticias, estuvo -escuchando atentamente y con la mayor curiosidad, aquella narración, -principalmente porque iba mezclado un nombre que le era muy conocido -y sumamente odioso, el del padre Cristóbal, enemigo declarado de -los tiranos, y que les hacía la guerra siempre que podía, tanto con -palabras, como con acciones. D. Rodrigo, conociendo con quién hablaba, -se puso en seguida á exagerar las dificultades de dicha empresa, -la distancia del lugar, un monasterio, la _señora_... Á esto, el -Incógnito, como si hubiese sido inspirado por un espíritu maligno, -oculto en su interior, le interrumpió de súbito, diciendo que tomaba el -negocio á su cargo. Apuntó el nombre de nuestra pobre Lucía, y despidió -á D. Rodrigo dirigiéndole las siguientes palabras: “Dentro de poco -recibiréis un aviso mío tocante á lo que tendréis que hacer”. - -Si el lector se acuerda de aquel malvado llamado Egidio, que habitaba -junto al monasterio en donde la desventurada Lucía se había refugiado, -sepa ahora que éste era uno de los más íntimos compañeros de maldades -que tuvo el Incógnito, siendo la causa por la cual este último había -empeñado su palabra con tanta prontitud y resolución; mas apenas quedó -solo, se encontró, no diré arrepentido, sino despechado de haberla -dado. Hacía ya algún tiempo que comenzaba á experimentar, cuando no -remordimientos, á lo menos cierta vaga inquietud, con respecto á sus -maldades. - -Cada vez que cometía una nueva, el recuerdo de las que se amontonaban -á su memoria, si no en su conciencia, se volvía á despertar, y se las -presentaba con más negros colores y en mayor número: se asemejaba á -una carga ya incómoda de suyo, y cuyo peso crece á cada instante. -Una cierta repugnancia experimentada al cometer sus primeros -crímenes, repugnancia vencida después y que se había desvanecido casi -enteramente, tornaba entonces á hacerse sentir. Pero en aquellos -primeros tiempos, la imagen de un porvenir vasto, indeterminado, el -sentimiento íntimo de una poderosa y larga vitalidad, llenaban su -corazón de una confianza irreflexiva; ahora, por el contrario, los -pensamientos del citado porvenir le hacían el pasado más doloroso. -¡Envejecer!, ¡morir!, ¿y después? ¡Cosa admirable! la imagen de la -muerte, que en un peligro cercano, al frente de un enemigo, solía -redoblar el ardor de ese hombre, é inspirarle una furiosa cólera; -dicha imagen, repito, apareciéndosele en medio del silencio de la -noche, dentro del castillo, asilo seguro é impenetrable, lo sumía en -una repentina consternación. Esta muerte no era aquella con la que le -hubiera amenazado un implacable adversario, mortal lo mismo que él; no -se la podía rechazar con armas mejores, con brazo más pronto; venía -sola, nacía de él; quizá estaba lejos todavía, pero á cada momento -daba un paso más, y mientras que su espíritu luchaba dolorosamente -para alejarla del pensamiento, cada vez se acercaba también más. Al -principio, los ejemplos tan frecuentes, el espectáculo, por decirlo -así, perpetuo de la violencia, de la venganza, del asesinato, -inspirándole una emulación feroz, le habían servido también como una -especie de autoridad contra su conciencia: al presente renacía á cada -instante, en su espíritu, la idea confusa, pero terrible, de un juicio -personal, de una razón independiente del ejemplo; la idea de haber -salido de la turba vulgar de los malvados, el haberlos igualmente -dejado á todos muy atrás: esta idea que tanto le lisonjeaba en otro -tiempo, le causaba ahora el sentimiento de una soledad tremenda. -Ese Dios del cual había oído hablar, pero que mucho tiempo hacía no -trataba de negar ni reconocer, ocupado solamente en vivir como si -no existiera, al presente, en ciertos momentos de abatimiento sin -motivo, de terror sin peligro, le parecía oir una voz en su interior -que decía: “¡Sin embargo, yo existo!”. En la primera efervescencia de -sus pasiones, la ley que había oído proclamar en nombre de aquel Dios, -no le parecía más que una cosa odiosa; ora, cuando venía á asaltar su -mente de improviso, ésta, á su pesar, la concebía como una cosa que -tiene su cumplimiento. Pero en lugar de franquearse con alguno sobre -esta su nueva inquietud, la ocultaba profundamente, y la disfrazaba -bajo la apariencia de la más intensa ferocidad, buscando por este medio -el encubrírsela á sí mismo ó sofocarla. Envidiando (ya que no podía -aniquilarlos ni olvidarlos) aquellos tiempos en que solía cometer -maldades sin ninguna especie de remordimientos, sin más solicitud que -la de su buen éxito, se esforzaba todo lo posible para hacerlos volver -ó para retener y recobrar aquella antigua voluntad, pronta, soberbia, -imperturbable, con el objeto de convencerse que aún era el mismo hombre -de otras veces. - -Ésta fué la causa de haber tan pronto empeñado su palabra á D. Rodrigo, -para cerrar la entrada á toda perplejidad. Mas apenas éste hubo -partido, cuando sintió de nuevo que se debilitaba la resolución que -había formado y el compromiso que él mismo había creado, percibiendo al -mismo tiempo presentarse poco á poco á su imaginación los pensamientos -que le inducían á faltar á su palabra, y que le habían expuesto casi -á flaquear en presencia de un amigo, de un cómplice subalterno: para -cortar de un golpe tan penoso contraste, llamó á Nibbio, uno de los -más diestros y atrevidos ejecutores de sus crímenes, y del cual tenía -costumbre de servirse para la correspondencia con Egidio. Habiéndosele -aquél presentado, el Incógnito, con ademán resuelto, le ordenó que -montara en seguida á caballo, que se encaminase directamente á Monza, é -informase á Egidio del compromiso contraído, requiriendo su ayuda para -cumplirlo. - -El digno mensajero volvió más pronto de lo que su amo esperaba, con -la siguiente respuesta de Egidio: que la empresa era fácil y segura; -que le mandase en seguida un carruaje con dos ó tres bravos, bien -disfrazados, encargándose él de todo lo demás. Á este aviso, el -Incógnito ordenó inmediatamente al mismo Nibbio que lo dispusiera todo -según había dicho Egidio, y que partiese con otros dos que designó á -dicha expedición. - -Si para dar cumplimiento al horrible servicio que se le había pedido, -hubiese tenido Egidio que contar con sus solos medios ordinarios, -ciertamente no hubiera dado una contestación tan decisiva. Pero en -aquel mismo asilo en donde parecía que todo debían ser obstáculos, -el malvado tenía un medio conocido de él tan solo, sirviéndole de -instrumento lo que para otros hubiera sido una dificultad. Ya hemos -referido que la desventurada _señora_ prestó una vez oídos á sus -palabras; y el lector puede haber comprendido que no sería la última, -y sí sólo el primer paso hacia el camino de abominación y de sangre. -Aquella misma voz que había adquirido fuerza, y casi podría decirse -autoridad por el crimen, le impuso al presente el sacrificio de la -inocente que estaba bajo su amparo. - -La proposición fué espantosa para Gertrudis. Perder á Lucía por -un accidente imprevisto, sin culpa, le parecía una desgracia, un -castigo amargo; habiéndosele ordenado que se deshiciese de ella por -medio de una criminal perfidia, cambiando de este modo en un nuevo -remordimiento, un motivo de expiación. La desgraciada probó todos los -medios para eximirse de tan horrible orden; todos, repito, á excepción -del único que hubiera sido infalible, y que sin embargo, estaba al -alcance de su poder. El crimen es un dueño severo é inflexible, contra -el cual no llega uno á ser fuerte si no se subleva enteramente. -Gertrudis no pudo resolverse á esto último, y obedeció. - -El día prefijado había llegado; acercábase la hora convenida: -Gertrudis, retirada con Lucía en su locutorio particular, la colmaba -de caricias más que de ordinario, y ésta las recibía y devolvía con -creciente ternura; como la oveja estremeciéndose sin temor bajo la mano -del pastor que la palpa y la arrastra suavemente, se vuelve á lamer su -mano; y no sabe que el carnicero á quien el pastor acaba de venderla, -está aguardando que salga del redil para sacrificarla. - -Necesito un gran servicio, y vos sola podéis prestármelo. Poseo mucha -gente que me obedezca, pero nadie de quien fiarme. Para un negocio de -la más alta importancia, que os referiré en seguida, necesito hablar al -momento, con el padre guardián de capuchinos que os ha conducido aquí, -mi pobre y querida Lucía; mas con todo, es preciso que nadie sepa que -yo lo he mandado llamar. No tengo á otra persona más que vos sola para -verificar con el más escrupuloso secreto este mensaje. - -Lucía se quedó aterrada al escuchar semejante petición; y con su -ordinaria timidez, pero no sin manifestar una grande admiración, alegó -de pronto, con el objeto de excusarse, las razones que la señora debía -comprender, que hubiera debido prever: sin su madre, sin nadie, en un -camino solitario, en medio de un país desconocido... Pero Gertrudis, -educada en una escuela infernal, manifestó á su vez también tanta -admiración, y tanto disgusto de experimentar tal negativa de una -persona con la cual creía poder contar, que fingió hallar muy frívolas -semejantes excusas: “¡Á la mitad del día, cuatro pasos, un camino que -Lucía había andado pocos días antes, y que aun cuando no lo hubiese -visto jamás, con una pequeña indicación era imposible equivocarse!”... -Tanto dijo, que la pobrecita, conmovida á la vez de reconocimiento y -vergüenza, dejó escapar de su boca: “¡Y bien!, ¿qué debo hacer?”. - ---Id al convento de capuchinos; y al decir esto, le hizo de nuevo -la descripción del camino: Haced llamar al padre guardián; decidle, -á solas por supuesto, que venga aquí al instante; pero que no diga -absolutamente á nadie que soy yo la que lo manda llamar. - ---Mas, ¿qué diré á la portera, que nunca me ha visto salir y que me -preguntará adónde voy? - ---Procurad pasar sin ser vista; y si no podéis conseguirlo, decid que -vais á la iglesia tal, donde habéis prometido ir á rezar. - -Nueva dificultad para la infeliz joven; ¡mentir! Pero la _señora_ se -manifestó de nuevo tan afligida de la repulsa, hizo ver á Lucía que -era una cosa tan fea el anteponer un vano escrúpulo al reconocimiento, -que esta desgraciada, aturdida más bien que convencida, y sobre todo, -conmovida más que nunca, respondió: “Bien, iré: ¡Dios me ampare!”. -Dicho lo cual, se puso en marcha. - -Cuando Gertrudis, que desde la reja del locutorio la seguía con los -ojos fijos y turbados, la vió poner el pie en el umbral de la puerta, -como dominada por un sentimiento irresistible, abrió la boca y dijo: -“¡Escuchad, Lucía!”. - -Ésta se volvió, y se dirigió de nuevo á la reja. Mas ya otro -pensamiento, un pensamiento habituado á predominar, había prevalecido -en el ánimo de la desventurada Gertrudis. Fingiendo no estar satisfecha -de las instrucciones que le había dado, explicó por segunda vez á Lucía -el camino que debía tomar, y la despidió diciendo: “Hacedlo todo del -modo que os he dicho, y volved pronto”. Lucía partió. - -Pasó sin ser observada la puerta del claustro, emprendió el camino, con -los ojos bajos, muy inmediata á la tapia; encontró con las indicaciones -que la _señora_ le había hecho y con sus propios recuerdos, la puerta -de la villa; salió, se encaminó toda sobrecogida y temblorosa por el -camino real; llegó en pocos momentos á la entrada del que conducía al -convento, y lo reconoció. Este camino formaba, y forma ahora todavía, -una especie de hondonada, semejante al cauce de un río, entre dos -elevadas márgenes orladas de arbustos, constituyendo también en su -parte superior una estrecha vereda. Lucía entró en el expresado camino, -y viéndolo enteramente desierto, sintió aumentarse el miedo, y apresuró -el paso; mas poco después se tranquilizó algún tanto al ver un coche -de camino que estaba parado, y cerca de él, enfrente de la portezuela -abierta, dos viajeros que miraban á todas partes, como dudosos del -camino. Siguió andando, y oyó que uno de aquellos dos individuos decía: -“He aquí á propósito una buena joven que nos indicará el camino”. -Efectivamente, cuando hubo llegado delante del carruaje, aquel mismo -hombre, con palabras más corteses que no denotaban su aspecto, se -volvió á ella y le dijo: “Excelente joven, ¿podríais enseñarnos el -camino de Monza?”. - ---El que seguís es enteramente opuesto, respondió la infeliz; Monza cae -hacia aquel lado... Al volverse para señalárselo con la mano, el otro -compañero (que era Nibbio, á quien ya conocemos), la cogió de improviso -por la mitad del cuerpo, y la levantó haciéndole perder la tierra. -Lucía aterrada vuelve la cabeza y lanza un grito; el malvado la mete á -la fuerza en el carruaje: un tercero que estaba sentado en el fondo, -la sujeta y la obliga, aunque la infeliz hace desesperados é inútiles -esfuerzos á sentarse delante de él; otro le tapa la boca con su pañuelo -y ahoga sus gritos. Entonces Nibbio entra también precipitadamente en -el carruaje; ciérrase la portezuela, y parte al escape. El que había -hecho la pérfida pregunta, permaneció parado en medio del camino -real, lanzó una ojeada á todos lados, para ver si por acaso había -acudido alguno á los gritos de Lucía: nadie, sin embargo, se presentó; -saltó á una de las márgenes asiéndose á las ramas de un arbusto, y -desapareció. Era éste un servidor de Egidio; se había colocado cerca de -la puerta del monasterio, haciéndose el tonto, con el objeto de espiar -la salida de Lucía: después de haberla visto salir, la había observado -bien, para poderla reconocer, y se había dirigido apresuradamente por -un camino más corto á esperarla en el sitio convenido. - -¡Quién es capaz de describir el terror, las angustias de la infortunada -Lucía, de expresar lo que pasaba en su interior! En su cruel ansiedad, -quería conocer su horrible situación; abría sus ojos despavoridos, -y los cerraba de repente, á causa del miedo que le infundían -aquellos espantosos semblantes; forcejeaba para desasirse, mas -estaba enteramente sujeta: reunía todas sus fuerzas, y daba inútiles -sacudidas, para arrojarse hacia la portezuela; pero dos nervudos -brazos la tenían como clavada en el fondo del carruaje: además de -esto, cuatro enormes manazas parecían encadenarla. Cada vez que abría -la boca para lanzar un grito, el pañuelo estaba pronto á ahogarlo en -su garganta. Mientras tanto, tres infernales bocas, con la voz más -humana que les había sido posible tomar, le decían: “Quedo, quedo; -no tengáis miedo, no queremos haceros mal alguno”. Después de breves -momentos de una lucha tan angustiosa, pareció calmarse; dejó caer los -brazos y la cabeza hacia atrás, sus párpados apenas se abrían, y sus -pupilas veíanse inmóviles: aquellas horribles caras que tenía delante -parecieron confundirse y agitarse en una monstruosa miscelánea; el -color huyó de sus mejillas, cubriéronse de un sudor frío, cayendo -desvanecida y sin sentido. - ---Vamos, ánimo, decía Nibbio; ánimo, repetían los otros dos malvados; -pero el desvanecimiento de todos los sentidos preservaba en aquel -momento á Lucía de oir las exhortaciones de aquellas horribles voces. - ---¡Diantre, parece muerta!, dijo uno de ellos; ¿si estará muerta de -veras? - ---¡Bah!, replicó otro; esto es uno de los desmayos que suelen dar á las -mujeres. Yo sé por experiencia que cuando he querido mandar á alguno al -otro mundo, fuese hombre ó mujer, ha sido preciso hacer otra cosa. - ---Vamos, dijo Nibbio, atended á vuestro deber, y no traigáis á colación -cosas pasadas. Sacad las armas de debajo del asiento, y tenedlas -dispuestas; porque en el bosque donde ahora entramos, se guarecen -siempre muchos bandidos: ¡no así, en la mano, diablo!, colocáoslas -detrás, ocultadlas: ¿no veis que ésta es una marica que se desmaya -por nada? Si ve armas es capaz de morirse de veras. Cuando recobre el -sentido, procurad no asustarla; no la toquéis mientras yo no os lo -avise; para sujetarla basto yo, y chitón; dejadme hablar. - -En el ínterin el carruaje, continuando siempre al escape, había entrado -en el bosque. - -Poco tiempo después, la infeliz Lucía empezó á volver en sí como de un -sueño penoso y profundo, y abrió los ojos. En un principio le costó -mucho trabajo poder distinguir los espantosos objetos que la rodeaban y -reunir sus ideas; mas al fin comprendió de nuevo su terrible situación. -El primer uso que hizo de las pocas fuerzas que había recobrado, fué -el de arrojarse otra vez hacia la portezuela, para precipitarse fuera -del carruaje; pero se la sujetó, y no pudo entrever más que por un -momento, la salvaje soledad del sitio por donde pasaban. Lanzó de -nuevo un grito; mas Nibbio, levantando su enorme mano, juntamente con -el pañuelo, “vamos”, le dijo, dando á su voz la entonación más dulce -que le fué posible; “estaos quieta, y será mucho mejor para vos; no -queremos causaros daño alguno; pero si no queréis callar, nos veremos -precisados á usar de la fuerza para conseguirlo”. - ---¡Dejadme ir!, ¿quién sois?, ¿adónde me conducís?, ¿por qué me -detenéis? ¡Dejadme marchar, dejadme ir! - ---Os repito que no tengáis miedo: no sois una niña, y por consiguiente, -debéis comprender que no queremos haceros mal alguno. ¿No veis -que habríamos podido mataros cien veces si hubiésemos tenido malas -intenciones? Por lo tanto, tranquilizaos. - ---No, no; dejadme ir por mi camino: yo no os conozco. - ---Os conocemos nosotros. - ---¡Oh, Virgen santísima! ¿Cómo me conocéis?, ¿quiénes sois?, ¿por qué -me habéis cogido? - ---Porque así se nos ha mandado. - ---¿Quién, quién? ¿Quién puede haberlo mandado? - ---¡Silencio!, replicó Nibbio con ademán severo; á nosotros no se nos -hacen preguntas. - -Lucía intentó de nuevo el lanzarse de improviso á la portezuela; -mas viendo que era inútil acudió otra vez á las súplicas; y con la -cabeza baja, los ojos bañados de lágrimas, la voz entrecortada por los -sollozos, y las manos unidas junto á sus labios: “¡Oh!” decía, “¡por -el amor de Dios y de la Virgen santísima, dejadme ir! ¿Qué es lo que -os he hecho? Soy una infeliz criatura que ningún mal os ha causado: -el que vosotros me habéis hecho, os lo perdono de corazón, y rogaré á -Dios por vosotros. Si tenéis una hija, una esposa, una madre, pensad -lo que padecerían si se hallasen en esta situación. Acordaos que todos -hemos de morir, y que un día desearéis que Dios use con vosotros de -misericordia. Soltadme, dejadme aquí: el Señor hará que encuentre mi -camino”. - ---No podemos. - ---¿No podéis? ¡Oh, Señor! ¿Por qué no podéis?, ¿dónde queréis -conducirme?, ¿por qué?... - ---No podemos; no os canséis en vano: no tengáis miedo, pues no queremos -causaros daño alguno; estaos quieta y nadie os tocará. - -Lucía, cada vez más temblorosa, alarmada y aterrada de ver que sus -palabras no producían efecto alguno, se volvió al que tiene en sus -potentes manos el corazón de los hombres, y puede, cuando quiere, -ablandar á los más duros. Se estrechó todo lo posible en el rincón -del carruaje, cruzó los brazos sobre el pecho, y oró algún tiempo -mentalmente; después sacó su rosario, y empezó á rezar con más fe y -fervor que nunca. De cuando en cuando, esperando haber alcanzado la -gracia que imploraba, volvía á suplicar de nuevo á aquellos hombres; -mas siempre inútilmente. Luego recaía en su abatimiento, y se rehacía -para sufrir nuevas angustias; pero el corazón se resiste á describirlas -por más tiempo: una piedad sumamente dolorosa nos hace apresurar el -término de aquel viaje, que duró más de cuatro horas, y después del -cual tendremos otras penosas que pasar. Trasladémonos al castillo donde -la infeliz era esperada. - -El Incógnito la aguardaba con una inquietud y con una agitación de -ánimo extraordinarias. ¡Cosa extraña! Aquel hombre que había dispuesto -á sangre fría de tantas vidas, que en medio de tantos crímenes -cometidos, no había tenido en cuenta los tormentos que había hecho -sufrir, á no ser para saborear algunas veces una salvaje voluptuosidad -de venganza; al presente, al tiranizar á una humilde aldeana, sentía -como cierta impresión de pena, podría decirse, casi de terror. Desde -una elevada ventana del castillo, miraba hacía algún tiempo á una -de las entradas del valle: ve aparecer de pronto el carruaje que se -adelanta lentamente, porque la precipitación de la primera carrera -había apagado la fogosidad y domado las fuerzas de los caballos; y -aunque en el sitio desde el cual estaba observando, el convoy no -pareciese más que uno de esos cochecitos que sirven de juguete á los -niños, sin embargo, al instante lo reconoció y sintió latir de nuevo su -corazón con más fuerza. - -“¿Sí será?”, pensó súbitamente, “¡qué incomodidad me causa esa joven!”, -proseguía en su interior. “Es indispensable librarme de ella”. - -Y quería llamar á uno de sus sicarios y enviarlo en seguida al -encuentro del carruaje para que diese la orden á Nibbio de volverse, -y conducir á Lucía al palacio de D. Rodrigo. Mas un no imperioso que -resonó en su mente hizo desvanecer semejante designio. Atormentado, -sin embargo, por la necesidad de mandar algo, siéndole intolerable -el permanecer esperando ociosamente aquel carruaje que tan despacio -avanzaba, á manera de traición ó de castigo, ¡qué sé yo! hizo llamar á -una anciana que estaba á su servicio. - -Ésta había nacido en el mismo castillo, era hija de un antiguo -servidor, y había pasado allí toda su vida. Lo que había visto y oído -desde su nacimiento, había impreso en su imaginación una opinión -terrible del poder de sus dueños, y la principal máxima que había -retenido de las instrucciones y de los ejemplos, consistía en que era -preciso obedecerlos en todo y por todo, porque podían hacer mucho mal. -La idea del deber, depositada como un germen en el corazón de todos los -hombres, desenvolviéndose en el suyo, juntamente con los sentimientos -de respeto, de temor y de servil codicia, la había asociado y adherido -á ellos. Cuando el Incógnito, llegado á ser dueño, empezó á hacer aquel -uso espantoso de su fuerza, ella experimentó al principio cierta pena -y á la vez un sentimiento más profundo de sumisión. Con el tiempo se -había acostumbrado á lo que veía y oía todos los días: la voluntad -poderosa y sin freno de tan gran señor, era para ella como una especie -de justicia fatal. Ya mujer formada, se había casado con un criado de -la casa, el cual habiendo ido poco después á una peligrosa expedición, -había dejado el pellejo en el camino y á la viuda en el castillo. La -venganza que tomó su señor al momento de dicha muerte, la consoló -en extremo. Desde entonces no puso los pies fuera del castillo sino -muy raras veces; y poco á poco no le quedó de la vida humana ninguna -otra idea, á excepción de las que recibía en aquel lugar. No estaba -adherida á servicio alguno especial; pero en medio de aquella cuadrilla -de bandidos, ya el uno, ya el otro, le daban á cada instante algo que -hacer, lo cual constituía su tormento. Tan pronto tenía que repasar la -ropa y preparar la comida á los que volvían de una expedición, como -cuidar á los heridos. Tanto las órdenes y los reproches de éstos, como -las gracias que le daban, estaban llenas de mofa y de improperios: -no la llamaban más que la _vieja_, y los requiebros que unían á este -nombre, variaban según las circunstancias y el humor del que hablaba. -Ella, turbada en su pereza, y provocada en su amor propio, que eran -dos de sus predominantes pasiones, cambiaba algunas veces aquellos -cumplimientos con palabras, en las cuales Satanás hubiera conocido -mejor su espíritu que en las de los provocadores. - ---¿Ves allá abajo aquel carruaje? le dijo el señor. - ---Lo veo, respondió la vieja, adelantando su afilada barba y abriendo -sus hundidos ojos, como si tratase de lanzarlos fuera de sus órbitas. - ---Manda preparar al punto una litera, entra en ella, y hazte llevar á -la _Malanotte_. Pronto, pronto; que llegues antes que el carruaje, que -se va acercando con el paso de la muerte. En dicho carruaje está... -debe estar... una joven... Si en efecto está, di á Nibbio, de orden -mía, que la meta en la litera, y que él se venga al momento... Tú -entrarás en la litera con esa... joven; y cuando lleguéis aquí, la -conducirás á tu cuarto. Si te pregunta adónde la llevas, y de quién es -el castillo... guárdate bien de decir... - ---¡Oh!, replicó la vieja. - ---Pero, continuó el Incógnito, anímala. - ---¿Qué he de decirle? - ---¿Qué has de decirle?, anímala, te repito. ¿Has llegado por ventura -á tu edad sin saber cómo se inspira el ánimo á una criatura cuando -es preciso? ¿Tu corazón no ha sido lacerado por ninguna clase de -aflicciones? ¿Has tenido miedo alguna vez? ¿Ignoras las palabras que -agradan en semejantes momentos? Dile de estas palabras; búscalas en el -recuerdo de tus desgracias: anda. - -Luego que la vieja hubo partido, el Incógnito permaneció algún tiempo -en la ventana, con los ojos fijos sobre el carruaje, que ya aparecía -mucho mayor; en seguida los levantó al sol, que en aquel instante se -ocultaba detrás de la montaña; luego miró las nubes esparcidas por la -atmósfera, cuyo color oscuro se cambió de repente en color de fuego. -Retiróse de la ventana, la cerró y se puso á pasear de arriba abajo por -la estancia, con el paso de un caminante que lleva prisa. - - - NOTAS: - -[1] Mala noche. - - - - - CAPÍTULO TERCERO - - -La vieja se había apresurado á obedecer y á mandar con la autoridad de -un nombre que por cualquiera que fuese pronunciado en aquel paraje, -hacía brincar á todos, porque á nadie le pasaba por la imaginación que -hubiese una sola persona que se sirviese de él falsamente. En efecto, -se halló en la _Malanotte_ un poco antes de llegar el carruaje; al -verlo venir, salió de la litera é hizo una señal al cochero para que -parase; se acercó á la portezuela, y refirió en voz baja á Nibbio, que -había sacado la cabeza fuera, las órdenes del amo. - -Lucía, al detenerse el carruaje, se estremeció y salió de la especie de -letargo en que estaba sumida. Sintió que se le agolpaba toda la sangre -en la cabeza, abrió la boca y los ojos, y miró á todas partes. Nibbio -se había hecho un poco atrás, y la vieja, con la puntiaguda barba -sostenida en la portezuela, mirando á Lucía, decía: “Venid, niña mía: -venid, pobrecita; venid conmigo; pues tengo orden de trataros bien y de -tranquilizaros”. - -Al sonido de una voz de mujer, la desventurada experimentó cierto -consuelo y valor momentáneo; pero en seguida volvió á caer en un más -profundo terror. “¿Quién sois?”, dijo con voz trémula, fijando sus -miradas atónitas en el semblante de la vieja. - ---Venid, venid, pobrecita, seguía ésta repitiendo. - -Nibbio y sus dos compañeros, adivinando por las palabras y por la -voz tan extraordinariamente sosegada de la vieja cuáles fuesen las -intenciones de su señor, trataban por medios suaves de persuadir á la -infortunada á que se manifestase obediente; mas ella continuaba mirando -á su alrededor; y aunque el lugar solitario y desconocido, y el aire de -seguridad de sus guardianes no le dejaban concebir esperanza alguna de -socorro, sin embargo, abrió la boca para gritar; pero viendo á Nibbio -que le enseñaba el pañuelo, se detuvo, y se puso á temblar; después -de lo cual la cogieron y la metieron en la litera, entrando la vieja -en pos de aquélla. Nibbio ordenó á los otros dos bribones que fuesen -escoltándola, acudiendo él al llamamiento de su señor. - ---¿Quién sois?, preguntaba Lucía con ansiedad á la vista de aquel -semblante desconocido y deforme: ¿por qué me encuentro en vuestra -compañía?, ¿en dónde estoy?, ¿adónde me conducís? - ---¡Á la morada del que quiere haceros bien, respondió la vieja! -¡Dichosos aquellos á los que él quiere hacer bien! ¡Para vos es una -felicidad, una verdadera felicidad. No tengáis miedo; alegraos, pues me -ha mandado que os tranquilice. ¿Se lo diréis, eh?, ¿le diréis que os he -tranquilizado? - ---¿Quién es?, ¿qué quiere de mí? Yo no le pertenezco. Decidme en dónde -estoy, dejadme marchar; decid á esos hombres que me dejen ir, que me -lleven á alguna iglesia. ¡Oh, vos que sois una mujer!, ¡en nombre de la -Virgen María!... - -Este santo y dulce nombre, repetido con veneración en los primeros -años, y luego nunca más invocado en muchísimo tiempo, ni acaso oído -proferir, causaba en la mente de la desventurada que lo escuchaba en -aquel momento una impresión confusa, extraña, lenta, como el recuerdo -de la luz en un anciano, ciego desde niño. - -Mientras tanto el Incógnito, de pie en la puerta del castillo, miraba -al camino; veía venir la litera muy despacio, como antes el carruaje, -y á Nibbio subir precipitadamente, adelantándose á la litera, cuya -distancia se aumentaba más á cada paso que ésta daba. Cuando llegó -arriba, el señor le hizo seña de que le siguiese, dirigiéndose con él á -una de las habitaciones del castillo. - ---¿Y bien?, dijo parándose. - ---Todo ha salido á pedir de boca, respondió Nibbio, inclinándose -respetuosamente: el aviso á tiempo, la mujer también, el paraje -solitario, un solo grito, ningún aparecido, el cochero pronto, ágiles -los caballos, ningún encuentro: mas... - ---¿Mas qué? - ---Mas... digo la verdad; hubiera querido mejor que la orden hubiese -sido la de descargarle un arcabuzazo en las espaldas, sin oirla hablar, -sin verle el rostro. - ---¡Hola, hola! ¿Qué es lo que quieres decir? - ---Quiero decir, que todo aquel tiempo... me ha causado mucha compasión. - ---¡Compasión! ¿Qué entiendes tú de compasión?, ¿sabes acaso lo que es? - ---Jamás la he comprendido como ahora: la compasión es una cosa parecida -al miedo; si uno se deja apoderar de ella, es hombre perdido. - ---Oigamos cómo se ha compuesto para moverte á compasión. - ---¡Oh, ilustrísimo señor!, ¡tanto tiempo!... Orar, suplicar de cierto -modo, y volverse pálida, pálida como la muerte; y después sollozar y -rezar de nuevo, y ciertas palabras... - -“No quiero á esa mujer en mi castillo”, decía para sí entretanto el -Incógnito; “he sido un bruto en empeñarme en semejante cosa; mas lo -he prometido... en fin, lo he prometido... Cuando estará lejos..”. Y -levantando la cabeza, en actitud de mando, hacia Nibbio: “ahora deja la -compasión á un lado”, dijo; “monta á caballo, toma un compañero, dos si -quieres, y vuela al palacio del consabido D. Rodrigo. Dile que mande... -pero que sea pronto, pronto; porque de otro modo...” - -Mas otro _no_ interior más imperioso que el primero, le impidió el -concluir la frase. “No”, dijo con voz resuelta, como para manifestarse -á sí mismo el mandato de aquella voz secreta: “no, vete á descansar, y -mañana por la mañana... harás lo que te diga”. - -“Es preciso que esa muchacha tenga algún demonio que la proteja”, pensó -en seguida. Habiendo quedado solo, de pie con los brazos cruzados sobre -el pecho, y la mirada inmóvil sobre cierta parte del pavimento, en -donde los rayos de la luna, entrando por una elevada ventana, dejaban -ver un cuadrado de pálida luz, cortado á trechos por la sombra de los -barrotes de hierro, y atravesado en divisiones de los vidrios; “algún -demonio ó... ángel que la defienda... ¡Causar compasión á Nibbio!... -Mañana, mañana muy temprano, es indispensable que esa mujer esté fuera -del castillo; que vaya á su destino, y que no se hable más de esto; y -después proseguía, con ese ademán con el cual se intima una orden á un -niño indócil: ¡jum!, ¡que no se hable más de esto! Que ese animal de -D. Rodrigo no me venga á romper la cabeza con sus gracias; porque... no -quiero oir hablar más de semejante cosa. Lo he servido, porque... se lo -prometí; y se lo prometí... porque... era mi destino. Mas yo haré que -me pague este servicio con usura. Vamos á ver...”. - -Y él trataba de imaginar una empresa difícil que encargarle en -compensación y como en represalias; pero vinieron á atravesársele -de nuevo en la mente estas palabras: “¡Causar compasión á Nibbio! -¿Cómo ella puede haberlo conseguido?, se decía arrastrado por aquel -pensamiento. Quiero verla... ¡oh!, no... Sí, quiero verla”. - -Y de una en otra estancia, llegó á una escalerilla; subióla á tientas, -se encaminó á la habitación de la vieja, y llamó á la puerta por medio -de un puntapié. - ---¿Quién es? - ---Abre. - -Á aquella voz, la vieja dió un salto: en el mismo instante se oyó -descorrer el cerrojo, y la puerta se abrió de par en par. El Incógnito, -desde el umbral, lanzó una ojeada al interior, y á la luz de una -lámpara que ardía encima de la mesa, vió á Lucía echada en el suelo, en -el rincón más lejano de la puerta. - ---¿Quién te ha mandado que la arrojases ahí como un lío de trapos -viejos, desgraciada?, dijo á la vieja con ademán iracundo. - ---Se ha puesto donde ha querido, contestó ésta humildemente; he hecho -todo lo posible para tranquilizarla; ella misma os lo podrá decir; pero -no he sido escuchada. - ---Levantaos, dijo á Lucía, aproximándose á ella; mas ésta, á quien el -modo de llamar, el abrir, la aparición de aquel hombre, sus palabras, -habían infundido un nuevo espanto en su espíritu alarmado, se acurrucó -más y más en el rincón, con el rostro oculto entre sus dos manos, -inmóvil, silenciosa y sobrecogida de un temblor general. - ---Levantaos, que no quiero causaros ningún mal... y puedo dispensaros -mucho bien, repitió el señor. ¡Levantaos!, gritó en seguida con voz de -trueno, irritado de haber mandado dos veces una misma cosa inútilmente. - -Como si el espanto la hubiese reanimado, la infortunada se arrodilló -de súbito, y con las manos juntas, en ademán de súplica, como hubiera -hecho delante de una imagen, alzó los ojos hacia el Incógnito, y -bajándolos al momento exclamó: “Aquí me tenéis, matadme”. - ---Os he dicho que no quiero haceros mal alguno, respondió el Incógnito -con acento más dulce, mirando fijamente aquel semblante alterado por la -aflicción y el terror. - ---Ánimo, ánimo, decía la vieja; si él mismo dice que no quiere causaros -mal alguno... - ---¿Y por qué?, replicó Lucía, con una voz en la cual, á pesar de -la turbación y espanto se traslucía cierta seguridad de indignación -desesperada, ¿por qué me hace padecer las penas del infierno?, ¿qué es -lo que yo le he hecho? - ---¿Os han maltratado quizás?, hablad. - ---¡Oh, maltratado! ¡Se han apoderado de mí, á traición, por fuerza! -¿Por qué, por qué he sido robada?, ¿por qué me encuentro en este -sitio?, ¿en dónde estoy? Soy una infeliz muchacha: ¿qué he hecho yo? En -el nombre de Dios... - ---¡Dios, Dios!, interrumpió el Incógnito; ¡siempre Dios! Los que no -pueden defenderse á sí mismos, los que carecen de fuerza, continuamente -ponen á Dios por delante, como si le hubiesen hablado. ¿Pretendéis con -semejante palabra hacerme... y dejó la oración sin concluir. - ---¡Oh, señor!, ¡pretender!... ¿Qué puedo yo pretender, estando cautiva, -sino que uséis conmigo de misericordia? ¡Dios perdona tantas cosas por -una sola obra de misericordia! ¡Dejadme ir; por caridad, dejadme ir! -Ninguna cuenta tiene al que en su día ha de morir, el hacer padecer -tanto á una pobre criatura. ¡Oh, vos que podéis mandar, decid que me -dejen ir! Me han traído aquí á la fuerza. Enviadme con esta mujer á -*** en donde mi madre se halla. ¡Oh, Virgen santísima! ¡Madre mía, -mi querida, mi idolatrada madre!, ¡quizá no esté lejos de aquí!... -¡He divisado mis montañas! ¿Por qué me hacéis padecer? Disponed que -me conduzcan á una iglesia: rogaré por vos toda mi vida. ¿Qué os -cuesta decir una palabra?, ¡he aquí que os enternecéis!, ¡decid una -sola palabra, decidla! ¡Dios perdona tantas culpas por una obra de -misericordia! - -“¡Oh, por qué no será hija de uno de esos perros que me han -desterrado!, pensaba el Incógnito; ¡de uno de esos miserables que me -quisieran ver muerto!, cómo gozaría ahora con sus sufrimientos! y en -vez de...”. - ---¡No desechéis una tan buena inspiración!, continuaba fervorosamente -Lucía, reanimada al ver un cierto aire de duda en el rostro y en el -ademán de su tirano. Si vos no me concedéis esta gracia, el Señor me -la concederá: me hará morir y todo se habrá concluido para mí; pero -vos... acaso un día, también... pero no, no; yo siempre rogaré al Señor -que os preserve de todo mal. ¿Qué os cuesta decir una palabra? Si vos -llegaseis alguna vez á sufrir estos tormentos... - ---Vamos, ánimo, interrumpió el Incógnito, con una dulzura que admiró á -la vieja. ¿Os he causado yo por ventura algún mal? ¿Os he hecho algunas -amenazas? - ---¡Oh!, no; veo que tenéis buen corazón, que os compadecéis de una -infeliz criatura. Si vos quisierais, podríais infundirme doble miedo -que todos los demás, podríais hacerme morir; y por el contrario, me -habéis... consolado un poco. Dios os lo premiará. Acabad la obra de -misericordia; salvadme, salvadme. - ---Mañana por la mañana. - ---¡Oh!, salvadme ahora, en seguida... - ---Os repito que mañana por la mañana nos volveremos á ver. En el -ínterin, tranquilizaos, descansad; debéis tener necesidad de tomar -algún alimento; ahora os lo traerán. - ---No, no, yo me muero si alguno entra aquí; yo me muero. Conducidme á -una iglesia cualquiera... lo cual Dios os lo pagará. - ---Vendrá una mujer para traeros la comida, dijo el Incógnito; y -dicho esto, se quedó estupefacto al ver que le hubiese venido á la -imaginación semejante salida, y que hubiera pensado en la necesidad de -buscarlo para tranquilizar á una mujer. - ---Y tú, replicó en seguida, volviéndose á la vieja, anímala á que coma, -y haz que descanse en este lecho; si quiere que te acuestes con ella, -bien; si no, puedes dormir en el suelo por esta noche. Repito que -la animes, que la alegres; y, sobre todo, guárdate que no tenga que -quejarse de ti. - -Pronunciadas las anteriores palabras, se dirigió hacia la puerta. Lucía -se levantó y corrió con el objeto de detenerle y renovar sus súplicas; -pero ya había desaparecido. - ---¡Oh, infeliz de mí! Cerrad, cerrad pronto. Y cuando hubo oído cerrar -la puerta y echar el cerrojo, volvió á acurrucarse en su rincón. ¡Oh, -pobre de mí!, exclamó sollozando de nuevo. Y ahora ¿á quién suplicaré?, -¿en dónde estoy? Decidme, decidme por piedad, ¿quién es ese señor... -ése que me ha hablado? - ---¿Quién es, eh?, ¿quién es? ¡Queréis que os lo diga! Ya podéis -esperarlo: os habéis puesto orgullosa porque os protege: con tal de que -estéis satisfecha, nada os importa que yo sea la víctima; preguntádselo -á él. Si yo os complaciera en esto, no recibiría palabras tan dulces -como las que habéis oído. Yo soy vieja, soy vieja, continuó murmurando -entre dientes. ¡Malditas sean las jóvenes, que así poseen la gracia -de llorar como de reir y siempre tienen razón! Mas oyendo sollozar -á Lucía se acordó de las órdenes amenazadoras del amo; se inclinó -hacia la infortunada que permanecía acurrucada en su rincón, y con la -voz más dulce que le fué posible, repuso: “Vamos, en todo esto no os -he dicho nada de mal, alegraos. No me preguntéis cosas que no puedo -deciros; por lo demás, tranquilizaos. ¡Oh, si supierais cuánta gente se -hubiera alegrado de oirle hablar como lo ha hecho con vos! Regocijaos, -que ahora traerán de comer; y yo que comprendo... según el modo con -que os ha hablado, que va á venir algo bueno. Y luego os acostaréis -y... espero que dejaréis un ladito para mí”, añadió con un acento de -despecho, un tanto comprimido á su pesar. - ---No quiero comer, no quiero dormir. Dejadme, no os acerquéis; no os -mováis de aquí. - ---No, no, vamos; dijo la vieja retirándose y yéndose á sentar en un -ancho y carcomido sitial, desde donde lanzaba á la infeliz ciertas -miradas de terror y de cólera á la vez; después de lo cual contemplaba -su lecho, enfurecida al pensar que acaso estaría privada de él toda la -noche y tiritando de frío; mas por otro lado se alegraba con la idea de -la cena, con la esperanza que también participaría de ella. Lucía no -sentía frío, ni tenía hambre, y como aturdida no experimentaba de sus -mismos dolores más que un sentimiento confuso y vago, parecido á esas -imágenes vanas que se presentan en el delirio de la fiebre. - -Al oir tocar á la puerta de la estancia, se estremeció; y alzando su -aterrado semblante, gritó: “¿Quién es, quién es? ¡que nadie entre!”. - ---No es nada, nada; una buena noticia; es Marta que nos trae algo que -comer. - ---Cerrad, cerrad, exclamaba Lucía. - ---¡Oh, ciertamente!, en seguida, en seguida, replicó la vieja; y -tomando una cesta de las manos de la expresada Marta, á la cual -despidió apresuradamente, cerró la puerta, y fué á colocar dicha cesta -sobre una mesa que había en medio de la habitación. Después invitó -repetidas veces á Lucía para que se aproximase á gozar de aquellos -deliciosos manjares. Empleaba las palabras más eficaces, á su parecer, -con el objeto de infundir apetito á la desgraciada, y prorrumpía en -exclamaciones de júbilo, hablando de la excelencia de la comida. -“Cuando la gente como nosotras puede llegar á disfrutar de semejantes -manjares, se acuerdan toda la vida. Este vino es del que el amo bebe en -compañía de sus amigos... cuando le vienen á visitar... y quieren estar -alegres... ¡Hem!”. Mas viendo que todas sus tentativas eran inútiles: -“¡Sois vos la que no queréis!, dijo; es preciso no olvidar el decirle -mañana que yo os he animado. Mientras tanto, yo comeré dejándoos lo -suficiente para cuando entréis en razón y queráis obedecer”. Dicho -esto, se puso á comer ávidamente. Saciada que estuvo, se encaminó -al rincón, y bajándose hacia Lucía, la invitó de nuevo á comer y á -acostarse. - ---No, no quiero nada, respondió ésta, con voz débil y como soñolienta; -en seguida dijo con más resolución: “¿Está la puerta cerrada, bien -cerrada?” Y después de haber echado una ojeada por toda la estancia, -se levantó, y con las manos puestas adelante, con paso sospechoso, se -dirigió hacia aquel lado. - -La vieja llegó corriendo antes que ella, cogió el cerrojo, lo corrió, y -dijo: “¿Lo veis?, ¿está bien cerrado? ¿estáis ahora satisfecha?”. - ---¡Oh, contenta! ¡Yo contenta aquí! replicó Lucía, volviéndose de nuevo -á su rincón; pero Dios sabe dónde estoy. - ---Venid á acostaros; ¿qué queréis hacer ahí echada como un perro? ¿Se -han visto rehusar jamás los comodidades, cuando se pueden tener? - ---No, no; dejadme. - ---Vos sois la que lo queréis. Vamos, he aquí un buen sitio; me pongo -en la orilla; estaré incómoda por vos. Si queréis venir á la cama, ya -sabéis que lo podéis hacer. Acordaos que os lo he rogado muchas veces. -Así diciendo, se metió vestida como estaba debajo del cobertor, y todo -quedó en el más profundo silencio. - -Lucía permanecía inmóvil, en su rincón, con las rodillas pegadas al -pecho, las manos colocadas sobre ellas, y el rostro oculto entre -dichas manos. El estado de abatimiento en que se hallaba, no era sueño -ni desvelo, sino una sucesión rápida, dolorosa y vaga, de terribles -pensamientos, de ideas penosas, de latidos de corazón. Ora más -segura de su razón, y recordando mejor todos los horrores que había -presenciado y sufrido aquel día, recordaba dolorosamente hasta las -más pequeñas circunstancias de la oscura y formidable realidad en la -cual se veía envuelta; ora su mente transportada á una región aún más -tenebrosa, luchaba contra los fantasmas nacidos de la incertidumbre -y del terror. Largo tiempo permaneció siendo presa de semejantes -angustias; pero al fin, abatida, fatigada, sintiendo aflojar sus -atormentados miembros, se acostó, ó más bien, se dejó caer sobre el -pavimento, y permaneció algún tiempo en un estado muy parecido al -sueño. Mas de repente se despertó, como al ruido de una voz exterior -que la estuviese llamando, y experimentó el deseo de despertar -enteramente, de dar toda la extensión posible á su pensamiento, de -saber en dónde estaba, cómo y por qué. Prestó atento oído al ruido que -se percibía, el cual no era otra cosa más que la respiración lenta y -embarazosa de la vieja. Abrió sus espantados ojos, y distinguió una -opaca claridad, que por intervalos aparecía y desaparecía: era la -torcida de la lámpara que, estando muy cerca de apagarse, despedía una -luz trémula, y en seguida se retiraba, por decirlo así, como la ola que -va y viene sobre la playa. Aquella luz que huía antes que los objetos -hubiesen recibido de ella un reflejo y color distinto, no ofrecía á -la vista más que una sucesión de cosas flotantes é indecisas. Pero -bien pronto las recientes impresiones, reapareciendo en su mente, la -ayudaron á distinguir lo que se presentaba á su vista de una manera tan -confusa. La desventurada, despierta ya del todo, reconoció su prisión; -todos los recuerdos del horrible día transcurrido, todos los terrores -del porvenir la asaltaron á la vez: aquella nueva calma, después de -tantas agitaciones, aquella especie de reposo, aquel abandono en que -había estado sumida, le producían un nuevo terror, y se apoderó de -ella tal ansiedad que deseó morir. Pero en semejante momento se acordó -que podía á lo menos dirigir sus súplicas al cielo, y juntamente con -dicho pensamiento apareció en su corazón como una repentina esperanza -de felicidad. Tomó de nuevo su rosario, y empezó á rezar. Á medida que -las oraciones se desprendían de sus trémulos labios, su corazón se -entreabría á una confianza indeterminada. Mas de pronto se le presentó -otra idea á la imaginación, esto es, que sus oraciones serían mejor -acogidas y escuchadas, si en medio de su desolación hiciese alguna -promesa. Trajo á la memoria lo que más amaba, lo que más había amado; -y aun cuando su espíritu no podía sentir otra afección que el espanto, -ni concebir otro deseo que el de la libertad, se acordó, sin embargo, -y resolvió súbitamente, hacer un sacrificio. Se incorporó, colocando -sus manos unidas junto al pecho, de las cuales pendía el rosario, -elevó los ojos al cielo, y dijo: “¡Oh, Virgen Santísima! ¡Vos, á quien -me he acogido tantas veces, y que tantas me habéis consolado! ¡Vos, -que habéis padecido tantos dolores, y sois ahora tan gloriosa, y -habéis obrado tantos milagros en favor de los infelices atribulados, -socorredme, sacadme de este peligro; haced que vuelva sana y salva al -lado de mi madre, Madre del Señor! y hago voto de permanecer virgen; -renuncio para siempre á mi desventurado prometido, para no ser jamás de -nadie, más que vuestra”. - -Dichas las anteriores palabras, bajó la cabeza y se puso el rosario -alrededor del cuello, casi como en señal de consagración, y á la vez -de resguardo como una armadura de la nueva milicia, á la cual se había -inscrito. Habiéndose vuelto á sentar en el suelo, sintió renacer en -su alma una cierta tranquilidad, una más larga confianza. Le vino á -la imaginación aquel _mañana por la mañana_ repetido por el poderoso -desconocido, y le pareció entrever en aquella palabra una promesa de -salvación. Los sentidos, fatigados por tantas luchas, se adormecieron -poco á poco en aquella tranquilidad de pensamientos, y por último, ya -cercano el día, con el sagrado nombre de su protectora en los labios, -se durmió gozando de un sueño perfecto y continuado. - -Mas había otra persona en aquel mismo castillo, que hubiera querido -hacer otro tanto, y no le fué posible. Habiéndose separado, ó más -bien, huido de Lucía, después de haber dado las órdenes convenientes -para la cena de ésta, y visitado, según costumbre, ciertos puestos del -castillo, siempre preocupado con la imagen de Lucía, y con aquellas -palabras que resonaban sin cesar en sus oídos, el señor se había -retirado á su estancia. - -Se había encerrado precipitadamente, como si hubiera tenido que -atrincherarse contra un ejército de enemigos; y desnudándose sumamente -agitado, se acostó. Pero aquella imagen cada vez más presente en su -mente, pareció que en aquel momento le decía: tú no dormirás. “¡Qué -loca curiosidad he tenido de ver á esa muchacha! se decía. Tiene razón -ese imbécil de Nibbio; ¡uno no es ya hombre, es hombre perdido! ¡Yo!... -¿no soy yo hombre por ventura? ¿Qué ha pasado, pues? ¿Qué me ha pasado? -¿Qué diablos tengo? ¿Qué hay de nuevo? ¿No sabía antes de verla que las -mujeres siempre chillan? ¡Lloran aun los hombres algunas veces, cuando -no son bastante fuertes para defenderse! ¡Qué diablo!, ¿esto consiste -en que yo no he oído lloriquear jamás mujeres?” - -Y aquí, sin que tuviese necesidad de fatigar su memoria, ésta le -presentó más de un caso, en que las súplicas ni lamentos habían podido -quebrantar la resolución de llevar á cabo sus empresas. Mas lejos -de darle el valor que le faltaba para cumplir ésta, como esperaba -y deseaba, todos sus recuerdos no hicieron más que añadir á su -irresolución una especie de consternación y de terror. De modo, que el -volver á la primera imagen de Lucía, contra la cual había tratado de -afirmar todo su valor, pareció que le aliviaba. “Ella vive, pensaba: -se halla en el castillo; aún es tiempo; le puedo decir: partid, -regocijaos; puedo ver cambiar aquel semblante; además le puedo decir: -perdonadme... ¡Perdonadme! ¡Yo pedir perdón!, ¡y á una mujer!, ¡yo!... -Y sin embargo, ¡si una palabra, si una palabra tal me pudiese hacer -bien!, si me ayudase á sacudir por un momento el demonio que se ha -apoderado de mí, la pronunciaría. ¡Á qué estado me veo reducido! ¡Ya no -soy hombre, no soy hombre!... ¡Vamos!, dijo en seguida, revolviéndose -furiosamente sobre su lecho, que le parecía tan duro como una piedra, -y debajo de sus cobertores que le pesaban horriblemente: vamos, -éstas son simplezas que me han pasado por la cabeza otras veces; -ésta pasará también”. Y para hacerla pasar trató de buscar con el -pensamiento algún proyecto, alguno de aquellos que solían ocuparle -fuertemente, y no le dejaban un instante siquiera para reflexionar; -mas no encontró ninguno. Todo se le presentaba cambiado: lo que otras -veces estimulaba con más fuerza sus deseos, ahora no tenía para él -ningún atractivo. La pasión rehusaba avanzar, del mismo modo que cuando -un caballo se asusta de repente de una sombra cualquiera. Pensando -en las empresas comenzadas y no acabadas, en vez de animarse á dar -cima á ellas, en lugar de irritarse con los obstáculos (en semejante -momento, la cólera misma le hubiera parecido dulce), experimentaba una -sombría tristeza, se espantaba casi de los pasos ya dados. El tiempo -se presentaba á su imaginación desnudo de todo interés, de todo -querer, de toda acción, lleno únicamente de recuerdos intolerables: -todas las horas que iban á sucederse se le representaban semejantes -á la que corría tan lentamente, y que tanto pesaba sobre su cabeza. -Repasaba en su imaginación á todos sus secuaces, y no encontraba nada -importante que mandar á ninguno de éstos: la idea misma de volverlos -á ver, de hallarse en medio de ellos, era un nuevo peso, un motivo de -disgusto y embarazo. Cuando quería encontrar una ocupación para el día -siguiente, una cosa que fuese factible, no se detenía más que en un -solo pensamiento; éste era, que á la mañana siguiente podía dejar en -libertad á aquella infortunada. - -“La libertaré, sí; apenas empiece á apuntar el día, volaré á su lado, -y le diré: partid, partid. La haré acompañar... ¿Y mi promesa? ¿y el -compromiso que tengo? ¿y D. Rodrigo?... ¿Quién es D. Rodrigo?” - -Como un hombre á quien su superior dirige de improviso una pregunta -embarazosa, el Incógnito pensó de pronto responder á la que él mismo -se había hecho, ó mejor diremos, aquel nuevo _él_ que en un momento -había tomado tan colosales y terribles dimensiones, y se levantaba -como para juzgar al antiguo. Iba, pues, buscando las razones por las -cuales, antes casi de ser rogado, se había podido resolver á tomar el -empeño de hacer sufrir tanto, sin ningún motivo de aborrecimiento -ni de temor, á una infeliz desconocida, únicamente para servir á D. -Rodrigo; pero lejos de conseguir hallar en aquel momento ninguna razón -que le pareciese propia para excusar semejante acción, no sabía casi -explicarse á sí mismo cómo había sido inducido á ello. Aquel rasgo, -más bien que una deliberación, había sido un movimiento instantáneo -de un espíritu obediente á sentimientos antiguos y habituales, la -consecuencia de mil hechos anteriores; y en medio del doloroso examen, -al cual se entregaba para darse cuenta de un solo hecho, se encontró -engolfado en repasar toda su vida. - -Remontándose á tiempos muy lejanos, de año en año, de empresa en -empresa, de crimen en crimen, de asesinato en asesinato, cada una -de sus acciones se presentaba á su nuevo espíritu separada por -sentimientos que le habían determinado y hecho cometer, apareciendo -bajo un aspecto monstruoso, que estos mismos sentimientos no le habían -dejado hasta entonces comprender. Todos le pertenecían, eran suyos: el -horror de este pensamiento, que nacía á cada una de estas imágenes, y -que estaba adherido á todas ellas, creció hasta la desesperación. Se -levantó furioso, llevó con rabia las manos hacia la pared cercana á su -lecho, agarró una pistola, apretóla convulsivamente, la montó, y... -en el instante de ir á terminar una vida que le era insoportable, -su pensamiento, sorprendido por un terror, por una inquietud, por -decirlo así, supersticiosa, se lanzó al tiempo que seguiría después -de su muerte. Figurábase con estampa su cadáver desfigurado, inmóvil, -en poder de los hombres más viles; la sorpresa, la confusión que -reinarían al día siguiente en el castillo; él mismo, sin fuerza, sin -voz, arrojado quién sabe dónde. Se figuraba oir las conversaciones que -tendrían lugar con motivo de semejante catástrofe, y que no dejarían -de correr en todos los alrededores, y la alegría de sus enemigos. Las -tinieblas mismas, el silencio de la noche, le hacían ver en la muerte -cierta cosa de más triste, de más espantosa. Le parecía que no habría -vacilado si hubiese sido de día, fuera de su casa y en presencia -de alguno. Además, ¿qué tenía de particular echarse en el río y -desaparecer? Absorto en estas desgarradoras contemplaciones, montaba y -desmontaba con fuerza convulsiva el gatillo de la pistola, cuando le -vino á la imaginación otra idea: si esa otra vida de la cual me han -hablado siendo muchacho, de la cual se me habla siempre como si fuese -una cosa segura; si esa vida consiste únicamente en no ser; si es una -invención de los sacerdotes, ¿qué hago entonces? ¿qué importa todo lo -que yo he hecho? ¿no dejará de ser una locura mía?... ¿Y si hay en -efecto otra vida?... - -Á semejante duda, á tal riesgo, se vió sobrecogido por una -desesperación aun más sombría, más grave, y contra la cual ni aun podía -hallar un refugio en la muerte. Dejó caer el arma fatal, llevó las -manos á sus cabellos, sus dientes rechinaban, un temblor convulsivo se -había apoderado de todos sus miembros. De repente, las palabras que -había oído pocas horas antes, volvieron á resonar en su memoria: “¡Dios -perdona tantas cosas por una obra de misericordia!” No volvían á su -espíritu del mismo modo que habían sido pronunciadas, con un acento de -humilde súplica, sino con un tono de autoridad, que dejaba entrever -al mismo tiempo una lejana esperanza. Esto fué para él un momento de -consuelo: dejó caer las manos, y en una actitud más tranquila, fijó -mentalmente sus miradas, como si la hubiera tenido delante, en aquella -que las había proferido; y la veía, no como su prisionera, ni como -una persona que suplica, sino con el ademán del que dispensa gracias -y consuelos. Esperaba con ansiedad que viniera el día para correr -á devolverle la libertad, para escuchar de su boca otras palabras -de alivio y de vida, imaginándose conducirla él mismo al lado de su -madre. “¿Y luego, yo, qué haré mañana, el resto del día? ¿Qué haré -el día que sigue después de mañana? ¿y al otro? ¿y á la noche? ¡la -noche que volverá con sus doce horas! ¡Oh, la noche, la noche; no, no -pensemos en la noche!”. Y volviendo á caer en el vacío espantoso del -porvenir, trataba en vano de buscar un modo de emplear el tiempo, una -manera de pasar los días y las noches. Tan pronto se proponía abandonar -el castillo y huir á países remotos, en donde jamás se hubiese oído -hablar de él, en que no se le conociera, ni aun siquiera de nombre; -como le renacía una confusa esperanza de recobrar el antiguo ánimo, -los antiguos gustos, no considerando la situación del momento más que -como un delirio pasajero; tan pronto, por último, temía la luz del -día que debía mostrarle á los suyos tan miserablemente cambiado; y -finalmente, suspiraba por esta misma luz que también debía iluminar -sus pensamientos. Mas he aquí que de pronto, al rayar el alba, pocos -momentos después que Lucía se había quedado dormida, mientras que él -estaba sentado é inmóvil sobre su lecho, un sonido vago y confuso, -pero que sin embargo tenía un cierto no sé qué de alegre, vino á herir -sus oídos. Prestó atención, y percibió un campaneo como si tocasen á -fiesta; después de algunos instantes, distinguió también que el eco de -la montaña repetía lánguidamente la lejana armonía, y se confundía con -ella. De allí á poco siente que el ruido se aproxima, es una campana -que está más cerca del castillo; después otra que le responde, y en -seguida todavía otra. “¿Qué alegría es ésta? ¿Por qué este ruido de -fiesta? ¿De qué se regocijan estas gentes?”. Salta de aquel lecho de -espinas; medio se viste apresuradamente, vuela á la ventana, la abre, -y mira por todas partes. Los montes estaban todavía medio velados por -la niebla; el cielo parecía cubierto por una oscura y vasta nube; pero -á la claridad del día que á cada instante iba creciendo, se divisaba -allá á lo lejos, en el camino que atravesaba el fondo del valle, gentes -que caminaban muy aprisa, otras que salían de sus casas y se ponían en -camino, y se dirigían todas hacia el mismo lado, á la entrada de dicho -valle, á la derecha del castillo, con los trajes domingueros, y una -alegría extraordinaria. - -“¿Qué diablos tienen esas gentes? ¿qué hay de alegre en este maldito -país? ¿dónde va toda esa canalla?” Y habiendo llamado á un bravo de -confianza que dormía en una próxima habitación, le preguntó la causa -de todo aquel movimiento. Éste, que estaba tan enterado como su amo, -le contestó que iría al momento á informarse. El señor permaneció -apoyado en la ventana, sumamente atento al movible espectáculo. Veíanse -hombres, mujeres, niños, en grupos, solos, uno alcanzando al que iba -delante se unía á él; otro al salir de su casa se acompañaba con el -primero que encontraba, y caminaban juntos como amigos á hacer un -viaje convenido de antemano. Distinguíase en todos sus movimientos -una celeridad y alegría común; las campanas más ó menos próximas, más -ó menos distintas que resonaban á lo lejos, algunas veces sin estar -acordes, pero siempre concertadas, se asemejaban en cierto modo á la -voz de todo aquel pueblo y á la expresión de las palabras que no podían -llegar al castillo. El Incógnito miraba, miraba sin cesar, y sentía -nacer en su alma una ávida curiosidad de saber lo que podía comunicar -un transporte igual á tan diversas gentes. - - - - - CAPÍTULO CUARTO - - -Pocos momentos después, el bravo volvió y contó á su señor, que el -cardenal Federico Borromeo, arzobispo de Milán, había llegado la -víspera á *** en donde permanecería todo el día siguiente (que era -el en que estábamos). El ruido de la llegada se había esparcido la -misma tarde á lo lejos y por todas las cercanías, lo cual había hecho -que el pueblo tuviese deseos de ir á ver á aquel personaje, y tocaban -las campanas en señal de regocijo, y para avisar al mismo tiempo á -la gente. El Incógnito volvió á quedar solo, y continuó mirando en -dirección al valle, cada vez más pensativo. “¡Por un hombre!, ¡todos -presurosos, todos alegres, para ver á un hombre! ¡Y sin embargo, cada -uno de éstos tendrá su demonio que le atormente! ¡Pero nadie, nadie -deberá tener uno como el mío; nadie habrá pasado una noche como la -mía! ¿Qué tiene, pues, ese hombre para excitar la alegría de todo un -pueblo? Algún dinero que distribuirá así á la aventura... ¡Mas toda esa -gente no va á recibir una limosna! ¡Y bien: algunas cruces en el aire, -algunas palabras!... ¡Oh, si tuviese para mí palabras que pudieran -consolarme!, ¡sí!... ¿Por qué no había yo de ir también?, ¿por qué -no?... Iré, iré y le hablaré: le hablaré cara á cara. ¿Qué es lo que le -diré? ¡Y bien!, aquello que, que... veré lo que él sabe”. - -Tomada esta vaga determinación, concluyó de vestirse precipitadamente, -poniéndose una especie de traje, cuyo corte tenía algo de militar; -cogió la pistola que había dejado encima de la cama, se la colocó en un -lado de su cinto, y en el otro una segunda que descolgó de la pared, -así como también su puñal; y habiendo alcanzado una carabina tan famosa -casi como él, se la puso á guisa de bandolera; tomó su sombrero, salió -de la estancia, y antes de partir se encaminó á la en que había dejado -á Lucía. Dejó su carabina en un rincón junto á la puerta, y llamó -haciendo al mismo tiempo oir su voz. La vieja se precipitó del lecho de -un salto, y corrió á abrir. El señor entró, y echando una ojeada por la -estancia, vió á Lucía acurrucada en su rincón y muy quieta. - ---¿Duerme?, preguntó en voz baja á la vieja. ¡Duerme en semejante -sitio! ¿Eran éstas mis órdenes?, ¡desventurada! - ---He hecho todo lo que he podido, respondió ésta; pero no ha querido -absolutamente comer ni tampoco venir... - ---Déjala dormir en paz; guárdate de turbar su sueño; y cuando se -despierte... Marta vendrá aquí, á la habitación próxima, y la mandarás -á buscar lo que la joven pida. Cuando despierte... dile que yo... que -el señor ha salido por poco tiempo, que volverá, y que... hará todo lo -que ella quiera. - -La vieja se quedó toda estupefacta, pensando entre sí: ¿será acaso -alguna princesa? - -El castellano salió, tomó su carabina, mandó á Marta que permaneciese -en la antecámara; dió orden al primer bravo que encontró que se pusiera -de centinela para que ninguna otra persona más que ésta entrara en la -habitación, y después salió del castillo y bajó la pendiente con la -mayor agilidad y precipitación. - -El manuscrito no dice la distancia que había desde el castillo al -pueblo en donde se hallaba el cardenal; pero por los hechos que vamos -á referir, resulta que no debía haber más que un largo paseo. Por -el solo acudir de los lugareños á dicho pueblo, no se podrían sacar -consecuencias, pues que en las memorias de aquel tiempo encontramos -que, de veinte millas y más, corría la gente en tropel para ver al -cardenal Federico. - -Los bravos que acertaban á pasar mientras el Incógnito bajaba, se -paraban respetuosamente, esperando si tenía órdenes que darles, ó si -quería que le siguiesen á alguna expedición, no sabiendo qué pensar de -aquel aire y aquellas miradas con que contestaba á sus saludos. - -Cuando estuvo ya en el camino real, lo que admiraba á los pasajeros era -el verlo sin acompañamiento. Por lo demás, todos le hacían lugar y se -desviaban, dejándole sitio suficiente, no sólo para él, sino también -para su séquito si lo hubiese llevado, y se quitaban respetuosamente -los sombreros. Habiendo llegado al pueblo, lo halló enteramente -cuajado de una inmensa muchedumbre de gentes; pero aun á pesar de esta -circunstancia, su nombre, pasando de repente de boca en boca, bastaba -para que la multitud le abriera paso. Se acercó á uno y le preguntó -en dónde estaba el cardenal. En la casa del cura, le contestó aquél -saludándole, y le indicó cuál era. El señor se dirigió á ella: entró -en un patiecillo, en donde había muchos sacerdotes, los cuales le -miraron con ademán atónito y de desconfianza. Divisó al frente una -puerta abierta que daba entrada á una salita, en donde se hallaban -reunidos otros muchos sacerdotes. Se desembarazó de la carabina y la -dejó en un rincón del patio; después entró en la mencionada salita, -y allí fué también acogido con miradas furtivas, murmullos, su nombre -repetido de boca en boca, concluyendo por guardar un profundo silencio. -Dirigiéndose el Incógnito á uno de ellos, le preguntó dónde se hallaba -el cardenal, porque quería hablarle. - -“Yo soy forastero”, contestó el interrogado; y después de haber echado -una mirada en derredor, llamó á un capellán, familiar del cardenal, el -cual desde un rincón de la sala, estaba justamente diciendo, en voz -baja, á un compañero suyo: “¿Es ése el famoso?... ¿Á qué vendrá aquí? -¡Aparta!” No obstante, al llamamiento que resonó en medio del silencio -general, se vió precisado á acudir. Saludó al Incógnito, escuchó su -pregunta, y levantando la vista con una curiosidad inquieta sobre aquel -rostro, y bajándola en seguida, permaneció allí un poco como aturdido, -y después dijo, ó más bien balbuceó: “No sé si monseñor ilustrísimo... -en este instante se encuentra... éste... pueda... Bien: voy á ver”. Y -se dirigió de muy mala gana á la vecina estancia, en la cual se hallaba -el cardenal. - -Llegados á este pasaje de nuestra historia, no podemos menos de -detenernos un poco, como el caminante fatigado y triste, á causa de -un largo viaje por un terreno árido y escabroso, se recrea y pierde -un poco de tiempo á la sombra de un frondoso árbol, sobre la yerba, ó -al lado de una cristalina fuente de agua viva. Nos hemos encontrado -con un personaje, cuyo nombre y recuerdo, presentándose á la mente en -cualquier tiempo que sea, le causan una emoción tranquila de respeto -y un agradable sentimiento de simpatía. Pero ¿cuánto más dulce es -dicho sentimiento, después de tantas imágenes dolorosas, después de la -contemplación de tanta perversidad? Es absolutamente indispensable que -nosotros digamos cuatro palabras tocante al expresado personaje; los -que no deseen oirlas y quieran sin embargo saber la continuación de la -historia, que salten en derechura al capítulo siguiente. - -Federico Borromeo, nacido en el año de 1564, fué uno de esos hombres -raros en todo tiempo, que han empleado un esclarecido talento, todos -los recursos de una opulenta fortuna, todas las ventajas de una -condición privilegiada, una aplicación continua en buscar y practicar -el bien. Su vida es como un arroyuelo que, naciendo límpido de la -roca, sin estancarse ni enturbiarse jamás en un largo curso por -diversos terrenos, va á echarse límpido al caudaloso río. En medio -de los placeres y la magnificencia, se dedicó desde su más tierna -infancia á esas palabras de abnegación y de humildad, á esas máximas -sobre la vanidad de los goces, sobre la injusticia del orgullo, sobre -la verdadera dignidad y verdaderos bienes que, comprendidos ó no por -los corazones, son trasmitidos de generación en generación, siendo -la doctrina fundamental de la religión. Se aplicó, repito, á esas -palabras, á esas máximas; las adoptó formalmente, las gustó, las halló -verdaderas, reconoció que no podía haber verdad en las palabras y -máximas opuestas que se trasmiten también de una en otra generación con -la misma perseverancia, y tal vez por los mismos labios, y se propuso -tomar por norma de sus acciones y de sus pensamientos las que eran -realmente verdaderas. Persuadido que la vida no es para el mayor número -más que una pesada carga, y un placer para algunos pocos, pero de cuya -inversión es indispensable dar cuenta, empezó á pensar desde niño cómo -podría hacer la suya útil y santa. - -En el año 1580 manifestó la resolución de consagrarse al ministerio -eclesiástico, y recibió el hábito de manos de su primo Carlos[2], á -quien la fama ya universalmente y desde largo tiempo proclamaba santo. -Poco después entró en el colegio fundado por éste en Pavía, y que -lleva todavía el nombre de la familia; y aplicándose con asiduidad á -las ocupaciones que estaban prescritas, se impuso además otras dos -voluntariamente, siendo la una el enseñar la doctrina cristiana á los -más pobres é ignorantes, y la otra el visitar, servir, consolar y -socorrer á los enfermos. - -Se valió de la autoridad que tenía en aquel paraje para atraer á sus -compañeros á secundarle en dichas buenas obras; ejerció en todo lo que -era honesto y provechoso como una primacía de ejemplo, una primacía -que hubiera obtenido sólo por sus dotes personales, aunque hubiese -pertenecido á la más ínfima clase. Las ventajas de otro género que su -cuna le hubiera podido procurar, lejos de buscarlas, hizo un estudio -particular en esquivarlas. Quiso que su mesa fuera más mezquina que -frugal, sus vestidos más bien pobres que sencillos, y conforme á -esto todo lo demás, al tenor de su persona ó modo de vivir. No se -creyó jamás precisado á mudarlos, aun cuando algunos de sus parientes -ponían el clamor en el cielo, y se quejaban de que de semejante modo -deshonraba la dignidad de la casa. Tuvo también que sostener una -guerra con sus maestros, los cuales furtivamente, y como por sorpresa, -procuraban ponerle delante, detrás, á los lados, objetos más ricos, -ciertas cosas que lo distinguiesen de los demás, y le hiciesen parecer -como el príncipe del lugar donde se hallaba. Esto lo hacían tal vez -porque creerían que andando el tiempo podrían sacar algún partido -granjeándose su voluntad, ó acaso también movidos por esa bajeza servil -que se envanece y se recrea en el esplendor de otros, ó bien porque -fuesen de esos hombres prudentes que se asombraban tanto de la virtud -como del vicio, y proclaman siempre que la perfección conste en un -buen medio, y este medio lo fijan justamente en el punto donde ellos se -encuentran á su comodidad. Federico, en vez de dejarse vencer por tales -tentativas, reprendía á los que las hacían, y esto en una edad tierna, -á saber, entre la pubertad y la juventud. - -Que viviendo el cardenal Carlos, que le llevaba veintiséis años, -en presencia de una persona tan imponente, y por decirlo así, tan -solemne, rodeado de homenajes y respeto, realzado por un tan gran -renombre, marcado al propio tiempo con señales de santidad, Federico, -niño todavía, procurase conformarse á las maneras y modo de pensar -de tal superior, no es ciertamente una cosa que admire; pero lo que -sorprende más es que después de la muerte de tan santo varón, nadie -pudo apercibirse de que Federico, el cual contaba apenas veinte años, -estuviese privado de un guía y un censor. El ruido siempre creciente -de sus talentos, de su instrucción y piedad, el parentesco y los -influjos de más de un poderoso cardenal, el crédito de su familia, -su mismo nombre, al cual el cardenal Carlos había adherido en los -ánimos una idea de santidad y de preeminencia, todo lo que debe y -puede conducir los hombres á las dignidades eclesiásticas, concurría -á pronosticárselas. Pero él, persuadido en el fondo de su corazón, -y un buen cristiano no lo puede negar, persuadido de que un hombre -no debe tener una justa superioridad sobre los demás, si no están á -su servicio, temía las dignidades y trataba de eludirlas; no porque -huyese de servir á los otros, pues pocas existencias se ocuparon en -esto tanto como la suya, sino porque no se consideraba bastante digno -ni con suficiente capacidad para tan importante y peligroso servicio. -Por esto, siendo en el año 1595 propuesto por Clemente VIII para el -arzobispado de Milán, se le vió sumamente agitado y rehusó sin titubear -este cargo; mas luego cedió á causa de una orden expresa y terminante -del Papa. - -Semejantes demostraciones no son difíciles ni raras. ¿Quién no sabe -esto? La hipocresía no tiene necesidad de grandes esfuerzos de ingenio -para hacerlas, y la bufonería para burlarse de ellas á buena cuenta y á -cada paso. Mas, ¿dejan por ventura por esto de ser la expresión natural -de un sentimiento virtuoso y sabio? La vida es la piedra de toque de -las palabras; y las palabras que expresan dicho sentimiento, aunque -pasen por los labios de todos los impostores y bufones del mundo, -serán siempre bellas cuando vayan precedidas y seguidas de una vida de -desinterés y de sacrificio. - -Federico, una vez fué arzobispo, hizo un estudio particular y continuo -de no tomar para sí más riquezas, más tiempo, más cuidados, ni nada -más en fin, que lo estrictamente necesario. Decía, como todos -dicen, que las rentas eclesiásticas son el patrimonio de los pobres; -ahora vamos á ver cómo ponía en práctica semejante máxima. Quiso -que se apreciase á cuánto podía ascender su manutención y la de su -servidumbre; y habiéndosele dicho que unos seiscientos escudos (escudo -se llamaba entonces á la moneda de oro que, quedando siempre con el -mismo peso y nombre, fué después llamada zequí), dió orden para que -todos los años se sacasen otros tantos de su caja particular, para la -de la mensa, no creyendo que á él, siendo tan rico, le fuera lícito -vivir con aquel patrimonio. Era tan escaso y minuciosamente económico -para sí mismo, que procuraba no quitarse un vestido hasta que estuviese -muy usado, uniendo, sin embargo, según fué notado por los escritores -contemporáneos, á la costumbre de una extremada sencillez, la de una -limpieza esmerada, dos circunstancias remarcables en aquel tiempo de -desaseo y despilfarro. Hizo más: á fin de que no se desperdiciase nada, -dispuso que las sobras de su frugal mesa se dieran á un hospicio, y -uno de los pobres del expresado establecimiento entraba todos los días -por orden suya al comedor á recoger todo lo que había quedado. Estos -pequeños cuidados acaso podrían inducir á formar el concepto de una -virtud avara y miserable, de un espíritu entregado á minuciosidades -é incapaz de elevados designios, si no atestiguase lo contrario esa -biblioteca ambrosiana que aún existe en el día, la cual proyectó -con tan animosa magnificencia y erigió con tantos dispendios. Para -proveerla de libros y manuscritos, además del regalo que hizo de los -que él mismo había compilado con grande estudio y enormes gastos, envió -ocho individuos, los más hábiles é instruidos que pudo hallar, con el -objeto de hacer compras por Italia, Francia, España, Alemania, Flandes, -Grecia y al monte Líbano, en Jerusalén. De este modo logró reunir cerca -de treinta mil volúmenes impresos y catorce mil manuscritos. Añadió á -la biblioteca un colegio de doctores (fueron nueve, pensionados por -Federico mientras vivió; después, no siendo suficientes las entradas -ordinarias para semejante gasto, quedaron reducidos á dos), y su oficio -era cultivar varios ramos de conocimientos humanos, como la teología, -la historia, las bellas letras, las antigüedades eclesiásticas y las -lenguas orientales, con la obligación cada uno de ellos de publicar -algún trabajo sobre la materia que les estaba señalada; añadió, -igualmente, un colegio llamado por él _Trilingüe_, para el estudio de -las lenguas griega, latina é italiana; un colegio de alumnos, á quienes -se instruía en las mencionadas facultades y lenguas para que ellos -llegasen también á enseñarlas algún día; estableció allí mismo una -imprenta para las lenguas orientales, esto es, para el hebreo, caldeo, -árabe, persa y armenio; una galería de pinturas, otra de escultura, y -una escuela de las tres principales artes del dibujo. - -Para esto encontró fácilmente profesores ya formados; para lo demás, -sabemos qué de trabajos le habían costado el hallar los libros y -manuscritos. Pero los caracteres de las mencionadas lenguas, mucho -menos cultivadas en Europa que lo están en el día, eran ciertamente -muy difíciles de hallar; y mucho más todavía que los caracteres, los -profesores. Bastará decir, que de nueve doctores sacó ocho de entre -los jóvenes alumnos del seminario, juicio enteramente conforme al -que parece haber traído la posteridad, que ha condenado á unos y á -otros al olvido. En las reglas que planteó para el uso y gobierno de -la biblioteca, se trasluce una intención perpetua de utilidad, no -solamente bella en sí misma, sino sabia y bien entendida; y en muchas -partes, sobrepujando á las ideas y costumbres ordinarias de aquel -tiempo. Prescribió al bibliotecario que mantuviese correspondencia con -los hombres más doctos de Europa, para que le pusieran al corriente -del estado de las ciencias, y le diesen aviso de los mejores libros -extranjeros de todo género que salieran á luz, y que tratara de -adquirirlos: encargóle también, que indicase á los que quisieran -estudiar, las obras que podrían serles útiles, y ordenó que ya fuesen -nacionales, ya extranjeros, se les diese todo el tiempo y comodidad -posibles para servirse de ellas según la necesidad. Tal intención debe -parecer al presente muy natural, y aun inherente á la fundación de -una biblioteca; mas sin embargo, en aquella época no era así. En una -historia de la biblioteca Ambrosiana, escrita con la mira de utilidad y -con la elegancia propia del siglo, por un tal Pierpaolo Bosca, que fué -bibliotecario después de la muerte de Federico, se nota expresamente -como cosa muy singular, que en dicha biblioteca, fundada por un -particular y casi toda á sus expensas, los libros estaban expuestos á -la vista del público, eran llevados por cualquiera que los pedía, dando -también á todo el mundo sillas para sentarse, papel, plumas y tinta -para tomar apuntaciones, mientras que en todas las grandes bibliotecas -de Italia, no sólo no estaban visibles los libros, sino que también -estaban cuidadosamente cerrados en los armarios: jamás salían de ellos, -á no ser que los bibliotecarios se dignasen, por condescendencia, á -manifestarlos por un instante: respecto á facilitar á los concurrentes -las comodidades indispensables para estudiar, no se tenía una idea -siquiera. De modo que enriquecer semejantes bibliotecas, era sustraer -los libros al uso común; esto era un modo de cultivar que había -entonces, y hay todavía, que vuelve estériles los campos. - -No vayáis ahora á preguntar cuáles han sido los efectos de la fundación -de Borromeo sobre la instrucción pública: sería fácil demostrarlo en -dos palabras, del mismo modo que se demuestra que fueron prodigiosos -ó que fueron nulos. Buscar y explicar hasta cierto punto cuáles -hayan sido verdaderamente, sería cosa muy pesada, de poca utilidad -y extemporánea. Pero imaginaos qué generoso, qué ilustrado, qué -benévolo, qué amigo tan perseverante de las mejoras humanas debió -haber sido el que pudo querer semejante cosa, que la quiso así, que la -puso en ejecución en medio de aquella inercia, de aquella antipatía -general para toda aplicación estudiosa, y por consecuencia en medio -de los ¿qué importa?... ¡otras cosas hay en qué pensar!... ¡Oh, bella -invención!... ¡No faltaba más que ésta!... y otras mil cosas por el -estilo. Seguramente, los propósitos debieron ser más números aún que -los escudos que gastó en la empresa, y eso que no bajaron de quinientos -mil. - -Para dar á un hombre semejante el título de benéfico y liberal en el -más alto grado, puede parecer que no sea preciso saber si gastó mucho -dinero en socorrer inmediatamente á los necesitados: hay mucha gente -que opina, que los gastos de este género (iba á decir todos los gastos) -constituyen la mejor y más útil limosna. Mas en la opinión de Federico, -la limosna, propiamente dicha, era un deber esencial; y en esto, -como en lo demás, sus acciones estuvieron de acuerdo con su opinión. -Su vida fué una larga y perpetua limosna; y á propósito de aquella -misma carestía, de la cual nuestra historia ha hablado ya, tendremos -dentro de poco ocasión de referir algunos rasgos que harán ver cuánta -sabiduría y generosidad supo prestar aun á sus liberalidades. De -los muchos ejemplos singulares que de una tal virtud han descrito -sus biógrafos, no citaremos más que uno solo. Habiendo cierto día -llegado á su conocimiento que un noble usaba de mil artificios y malos -tratamientos para obligar á una de sus hijas á ser religiosa, que -deseaba más bien casarse, hizo llamar al padre; y habiéndole arrancado -que el verdadero motivo de semejante tiranía era el no tener cuatro mil -escudos, cuya cantidad, á su parecer, hubiera sido necesaria para casar -á su hija convenientemente, Federico la dotó con cuatro mil escudos. -Esto acaso parecerá á alguno una largueza excesiva, mal entendida, -demasiado condescendiente con los tontos caprichos de un orgulloso, y -que cuatro mil escudos podían ser mejor empleados de otras mil maneras; -á la cual nada tenemos que responder, sino que sería de desear que -se viesen con frecuencia tales excesos de una virtud tan libre de -opiniones dominantes (cada época tiene las suyas), tan independientes -de la tendencia general, como lo fué en este caso la que movió á un -individuo á dar cuatro mil escudos para que una joven no se viese -forzada á ser religiosa. - -La caridad inagotable de aquel hombre resplandecía no menos en su -continente que en sus larguezas. De fácil acceso para todo el mundo, -creía deber manifestar un semblante jovial, una cortesía afectuosa á -aquellos á quienes llaman de baja condición, tanto más, cuanto que -éstos encuentran pocos en el mundo. Y en este punto tuvo que combatir -con los caballeros del _ne quid nimis_[3]. Un día que en una de sus -visitas á un país montañoso y salvaje, Federico instruía á unos pobres -niños, y en un momento de descanso los acariciaba amistosamente con -la mano, uno de esos nobles de que acabo de hablar, le advirtió que -usara más miramiento en hacer caricias á aquellos muchachos, porque -estaban demasiado sucios y asquerosos, como si hubiera supuesto el buen -hombre que Federico no poseía bastante sentido común para conocerlo, -ó la suficiente penetración para adivinar lo que se ocultaba bajo -semejante consejo. Tal es la desgracia de los hombres constituidos en -dignidad, que mientras que las gentes que les adviertan de sus faltas -son muy raras, se encuentran multitud de personas atrevidas que les -reprenden el bien que hacen. Pero el buen obispo respondió, no sin -algún resentimiento: Son almas encomendadas á mi custodia; acaso no me -volverán á ver nunca más; ¡y no queréis que los abrace! - - -Sin embargo, el resentimiento era bien raro en él, estimado como era -por su tranquilidad de espíritu, por la dulzura de su genio, que se -hubiera atribuido á una felicidad extraordinaria de temperamento, y -sólo era, sin embargo, el efecto de una lucha constante contra una -índole pronta y viva. Si alguna vez se mostró severo y brusco, fué con -sus subordinados, culpables de avaricia y negligencia, ú otros vicios -diametralmente opuestos al espíritu de su noble y santo ministerio. -Por todo lo que podía tener alguna relación con sus intereses, ó á su -gloria temporal, no daba jamás señales de alegría, pesar, ardor ni -agitación: admirable en efecto si estos movimientos no se presentaban -á su espíritu, más prodigioso todavía si se presentaban. No sólo en un -gran número de cónclaves, á los cuales asistió, se atrajo el concepto -de no haber aspirado jamás al puesto que ocupaba, tan envidiado por -la ambición y tan terrible para la verdadera piedad, sino que una vez -uno de sus colegas más eminentes fué á ofrecerle su voto y el de su -facción (palabra muy fea, pero era la que usaban): Federico rehusó esta -proposición tan resueltamente, que aquél renunció á su idea, y volvió -sus miras á otra parte. Esta misma modestia, esta aversión á dominar, -aparecía igualmente en todas las ocasiones más ordinarias de su vida. -Atento é infatigable á disponer, á gobernar lo que él juzgaba que era -un deber suyo el hacerlo, huyó siempre de entrometerse en los negocios -de otros; aun cuando se reclamase su intervención, se defendía con todo -su poder; discreción y comedimiento poco comunes en los hombres tan -celosos del bien, como lo era Federico. - -Si quisiéramos abandonarnos al placer de recoger los rasgos notables -de su carácter, resultaría seguramente una mezcla singular de méritos -opuesta en apariencia, y que á la verdad es difícil encontrar -reunidos; sin embargo, no omitiremos el señalar una particularidad de -aquella hermosa existencia: llena como fué de actividad, de cuidados -importantes, de funciones, de enseñanza, de audiencias, de visitas -diocesanas, de viajes, de controversias, no sólo el estudio tuvo su -parte, sino que tuvo tanta, que hubiera bastado á un literato de -profesión. Efectivamente, además de muchos títulos dignos de alabanza, -Federico obtuvo también, entre sus contemporáneos, el de hombre docto. - -No debemos, con todo, disimular que adoptó con una firme persuasión y -que sostuvo con una larga constancia ciertas opiniones, que hoy día -parecerían á todos más bien extrañas que mal fundadas aun á los mismos -que tuviesen deseos de hallarlas justas. Si se le quisiera defender -acerca de dicho punto, se tendría esta excusa tan corriente y recibida, -que eran errores de aquella época más bien que suyos; excusa que cuando -resulta del examen particular de los hechos, puede tener algún valor y -significar alguna cosa; pero cuando se aplica en general y enteramente -á ciegas, nada vale absolutamente. Sin embargo, como no queremos -resolver por medio de simples fórmulas cuestiones complicadas, ni -alargar demasiado un episodio, nos abstendremos también de exponerlos. -Bástanos haber indicado de paso, que estamos lejos de pretender, que -en un hombre tan admirable en conjunto, lo fuese igualmente en todo, -porque tenemos miedo que se nos diga hemos querido escribir una oración -fúnebre. - -No es ciertamente hacer una injuria á nuestros lectores, el suponer -que alguno de ellos pregunte, si un hombre tan sabio y tan estudioso -no ha dejado por ventura algún monumento. ¡Sí lo ha dejado! Las obras -que han quedado de Federico, grandes y pequeñas, latinas é italianas, -impresas y manuscritas, llegan á más de ciento, las cuales se conservan -en la biblioteca fundada por él: tratados de moral, de oraciones, -disertaciones sobre la historia, antigüedades sagradas y profanas, -literatura, bellas artes y otras muchas. - -¿Y cómo, pues, dirá el lector, tanta diversidad de obras están -condenadas al olvido, ó á lo menos son tan poco conocidas, tan poco -buscadas? ¿Cómo, pues, con tanto ingenio, con tanto estudio, con tanta -experiencia de los hombres y de las cosas, con tanto meditar, con una -tan viva pasión por lo bueno, con un alma tan candorosa, con todas -estas cualidades que forman al grande escritor, ese hombre en cien -obras no ha dejado tan siquiera una sola de las que son reputadas -insignes por los mismos que no las aprueban del todo, y conocidas por -el título aun de aquellos que no las leen? ¿Cómo, pues, todas juntas -no son suficientes, á lo menos por su número, para dar á su nombre una -fama literaria que llegue hasta nosotros, que para él constituimos la -posteridad? - -La demanda es razonable, sin duda, y el debate muy interesante. Las -causas de este fenómeno no se encuentran; sería preciso hallarlas en -una multitud de hechos generales. Encontrados que fueran, conducirían -á la explicación de muchos otros fenómenos semejantes, pero serían -numerosos y prolijos; ¿y después si os agradasen?, ¿si os hiciesen -arrugar el entrecejo? Vamos; lo mejor será que volvamos á tomar el -hilo de nuestra historia, en vez de parlotear más tiempo acerca del -mencionado personaje; y vamos á verle obrar, guiados por nuestro autor. - - - NOTAS: - -[2] S. Carlos Borromeo. - -[3] Nada de más. - - - - - CAPÍTULO QUINTO - - -Mientras que el cardenal Federico esperaba la hora de ir á la iglesia á -celebrar los divinos oficios, y se entretenía en estudiar, como tenía -de costumbre en sus ratos de ocio, entró el familiar con aire inquieto -y turbado. - ---Una extraña visita; extraña en verdad, monseñor ilustrísimo. - ---¿Quién es?, preguntó el Cardenal. - ---Nada menos que el señor ***, replicó el capellán, y apoyándose en cada -sílaba con ademán significativo, pronunció aquel nombre que nosotros -no podemos decir á nuestros lectores. Luego añadió: Está ahí fuera en -persona, y no pide más que ser introducido á la presencia de vuestra -señoría. - ---¡Él!, dijo el cardenal con semblante animado, cerrando el libro y -levantándose del sitial; ¡que venga, que venga pronto! - ---Pero... replicó el capellán sin moverse; vuestra señoría ilustrísima -debe saber quién es este individuo: aquel desterrado, aquel famoso... - ---Y no es una fortuna para un obispo el que haya nacido en un hombre -semejante la voluntad de venir á encontrar... - ---Pero... insistió el capellán: nosotros no podemos hablar de ciertas -cosas, porque monseñor dice que son charlatanerías; mas cuando llega -el caso, me parece que es un deber... El celo le hace á uno cobrar -enemigos, monseñor; y sabemos positivamente que más de un malvado ha -osado vanagloriarse que un día ú otro... - ---¿Y qué han hecho?, interrumpió el cardenal. - ---Digo que ese hombre es un encubridor de delitos, un calavera, que -tiene correspondencia con los calaveras mayores, y que acaso puede ser -enviado... - ---¡Oh!, ¿qué disciplina es ésta?, interrumpió el cardenal con una -sonrisa. ¡Qué! ¿Los soldados exhortan al general á tener miedo? Luego -con aire grave y pensativo replicó: San Carlos no hubiera deliberado un -momento si debía recibir á semejante hombre; hubiera ido á buscarlo en -seguida. Hacedlo entrar al instante: demasiado ha esperado ya. - -El capellán salió, diciendo entre sí: No hay remedio; todos estos -santos son obstinados. - -Abrió la puerta, y habiéndose presentado en la estancia donde se -encontraba el señor y la gente reunida, vió á ésta retirada á un -lado, ocupada en cuchichear y mirar de reojo á aquél, abandonado y -enteramente solo en otro extremo. Se encaminó hacia él, y mientras lo -miraba según podía con el rabo del ojo, estaba pensando qué diablo de -armas podía llevar ocultas bajo aquel traje. Verdaderamente, antes de -introducirlo hubiera debido, á lo menos, proponerle... mas no pudo -resolverse á ello... Se le acercó, y dijo: “Monseñor aguarda á vuestra -señoría: hacedme el obsequio de venir conmigo”. Y precediéndolo en -medio de aquella pequeña multitud que de súbito se abrió dejando paso, -echaba á derecha é izquierda ciertas miradas, las cuales significaban: -¿Qué queréis?, ¿no sabéis vosotros tan bien como yo que ese buen señor -hace siempre lo que se le antoja? - -Apenas el Incógnito fué introducido, cuando Federico le salió al -encuentro, con semblante alegre y sereno, con los brazos abiertos, -como á una persona que esperaba con ansia, y en seguida hizo seña al -capellán que saliese: éste obedeció. - -Los dos permanecieron por espacio de algún tiempo sin hablar, y -diversamente indecisos. El Incógnito, que había sido llevado allí -como á la fuerza, por un delirio inexplicable, más bien que conducido -por un determinado designio, estaba como violentado, desgarrado por -dos pasiones opuestas: experimentaba á la vez el deseo, la esperanza -confusa de encontrar un alivio en sus tormentos interiores, y por -otra parte una cólera, una vergüenza de llegar á aquel sitio como -vencido por el arrepentimiento, como un súbdito, como un miserable -para confesarse culpable, para implorar á un hombre; él no encontraba -palabras, ni tampoco casi las buscaba. Sin embargo, alzando los ojos -hacia el rostro de aquel hombre, se sentía cada vez más sobrecogido -por un sentimiento de respeto suave, irresistible, que aumentando la -confianza, mitigaba el despecho, y sin hacer frente al orgullo, lo -hacía alejarse y le imponía silencio. - -La presencia de Federico era en efecto de aquellas que anuncian -cierta superioridad. Su porte era naturalmente modesto y casi -involuntariamente majestuoso, no encorvado ni destruido por los años; -su mirada era grave y viva, la frente serena y pensativa; en la -blancura de sus cabellos, en la palidez de su semblante, al través de -las huellas de la abstinencia, de la meditación, de la fatiga brillaba -un cierto no sé qué de virginal: todos los rasgos de su semblante -indicaban que en otro tiempo había sido dotado de lo que con más -propiedad llamamos belleza; el hábito de los pensamientos solemnes y -benévolos, la paz interna de una larga vida, el amor hacia los hombres, -la alegría continua de una esperanza inefable, habían sustituido una, -si así podemos decirlo, hermosura de anciano, que sobresalía todavía -más en medio de la magnífica sencillez de la púrpura cardenalicia. - -El cardenal tuvo un momento fija sobre el Incógnito su mirada -penetrante y ejercitada en leer los pensamientos de los hombres en -su semblante, y bajo aquel aire sombrío y turbado, creyó descubrir -alguna cosa que estaba conforme con la esperanza que había concebido al -primer anuncio de semejante visita. ¡Oh!, exclamó con voz animada; ¡qué -preciosa visita es ésta para mí! ¡Cuán agradecido debo estaros por tan -buena resolución, aunque para mí tenga cierto aire de reproche! - ---¡Reproche!, exclamó el señor atónito, pero tranquilo por aquellas -palabras y suaves maneras, como también satisfecho de que el cardenal -hubiese roto la valla y entablado la conversación. - ---Ciertamente es para mí un reproche, replicó éste, el haber dejado -prevenirme por vos. ¡Cuántas veces y cuánto tiempo hace, que hubiera -podido, que yo hubiera debido ir á buscaros! - ---¡Á mí, vos!, ¿sabéis quién soy yo?, ¿os han dicho verdaderamente mi -nombre? - ---¡Ah!, este consuelo que yo experimento y que á la verdad se -manifiesta en mi semblante, ¿os parece que yo lo hubiera sentido al -anuncio, á la vista de un desconocido? Vos sois el que me lo habéis -hecho experimentar; vos, repito, á quien debería haber ido á buscar; -vos, á quien tanto he amado y compadecido, y por el cual tanto he -rogado; vos, aquel de mis hijos, que sin embargo los amo á todos de -corazón, aquel de mis hijos á quien más hubiera deseado acoger y -abrazar si yo lo hubiese creído posible. Pero Dios solo sabe obrar -milagros, y suple á la debilidad, á la lentitud de sus miserables -servidores. - -El Incógnito permanecía admirado á aquella acogida tan ardiente, á -aquellas palabras que respondían tan resueltamente á lo que él no había -dicho todavía, ni estaba determinado á decir. Conmovido y bastante -turbado, guardaba el más profundo silencio. - ---¡Pues cómo!, replicó aún más afectuosamente Federico: ¿tenéis una -buena noticia que darme, y me la hacéis esperar tanto? - ---¡Una buena noticia, yo! Tengo el infierno en el corazón ¡y vendría á -daros una buena noticia! Decidme vos si lo sabéis, ¿cuál es esta buena -noticia que esperáis de un hombre como yo? - ---Que Dios ha tocado vuestro corazón y quiere haceros suyo, respondió -el cardenal con la mayor calma. - ---¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡Si yo lo viese! ¡si yo lo sintiese! ¿en dónde -está ese Dios? - ---¡Vos me lo preguntáis, vos! ¿y quién más que vos lo tiene tan cerca? -¿No lo sentís en vuestro corazón, que os oprime, que os agita, que no -os deja un momento de reposo, y que al mismo tiempo os atrae, os hace -presentir una esperanza de tranquilidad, de consuelo, de un consuelo -que está lleno, inmenso, tan pronto como vos lo reconozcáis, lo -confeséis y lo imploréis? - ---¡Oh! sí, sí; yo tengo aquí alguna cosa que me oprime, que me devora. -Pero, ¡Dios!... si es ese Dios, ése que decís, ¿qué queréis que haga de -mí? - -Estas palabras fueron pronunciadas con acento de desesperación: mas -Federico, con tono solemne y como de plácida inspiración, respondió: -“¿Qué cosa puede hacer Dios de vos? ¿qué es lo que quiere hacer? una -señal de su poder y de su bondad: quiere recabar de vos una gloria -que ningún otro pudiera darle. Vos, contra quien el mundo grita hace -tanto tiempo; vos, contra quien mil y mil voces se levantan y cuyos -hechos detestan... (El Incógnito se estremeció y permaneció un momento -estupefacto al oir aquel lenguaje tan insólito, más estupefacto -todavía de no experimentar ni un átomo de cólera, y de encontrar al -mismo tiempo casi una especie de consuelo). ¡Cuánta gloria, prosiguió -Federico, no reportará á Dios! Ésos son gritos de terror, son gritos de -interés; quizá también gritos de justicia, pero ¡de una justicia tan -fácil, tan natural! Entre los que os acusan, los hay á quienes anima la -envidia de ese desgraciado poder que habéis ejercido, de esa deplorable -seguridad de ánimo que habéis conservado hasta hoy. Pero cuando vos -mismo os levantaréis para condenar vuestra vida y para acusaros, -entonces, ¡oh, entonces Dios será glorificado! ¿Y preguntáis lo que -Dios puede hacer de vos? ¿Quién soy yo, criatura indigna, para deciros -qué provecho puede sacar Dios en adelante de vos, el que puede hacer de -esta voluntad impetuosa, de esta imperturbable constancia, cuando la -haya animado, enardecido con su amor, de esperanza y arrepentimiento? -¿Quién sois vos, pobre mortal, que habéis pensado ejecutar cosas más -grandes por medio del mal, que Dios no puede hacer que hagáis y deis -cumplimiento por medio del bien? ¿Lo que Dios puede hacer de vos? ¿Y -perdonaros, salvaros? ¿Y consumar en vos la obra de la redención? ¿No -son acaso cosas magníficas y dignas de él? ¡Oh, mirad si yo, humilde -pecador; si yo tan miserable, y sin embargo tan lleno de mí mismo; si -yo, tal cual soy, me regocijo de vuestra salvación, que para asegurarla -daría con alegría (el Señor me es testigo) estos pocos días que me -restan de vida! ¡Oh, juzgad cuánta debe ser la caridad de ese Dios -que me infunde una tan viva, aunque tan imperfecta; y cuánto os ama, -cuánto os quiere, él que me ordena y me inspira hacia vos un amor que -me abrasa!” - -Á medida que estas palabras salían de sus labios, su semblante, sus -miradas, cada uno de sus movimientos expresaba lo que sentía. La cara -de su oyente, hasta entonces consternada, convulsa, primeramente -comenzó á aparecer admirada y atenta, luego dejó traslucir una emoción -más profunda y menos angustiada: sus ojos, que desde la infancia no -conocían las lágrimas, se hincharon; cuando Federico dejó de hablar, -aquél ocultó el rostro entre sus manos, y dió rienda suelta al llanto, -que fué como su última y más clara respuesta. - ---¡Dios grande y bueno!, exclamó el cardenal, alzando los ojos y las -manos al cielo: ¡qué he podido yo hacer jamás, servidor inútil, pastor -negligente, para que vos me hayáis llamado á este convite de gracia, -para que me hayáis considerado digno de asistir á un tan agradable -prodigio! Así diciendo, extendió la mano para coger la del Incógnito. - ---¡No!, gritó éste: ¡no, apartaos, apartaos de mí! No manchéis esta -mano inocente y benéfica. No sabéis todo lo que ha hecho esta mano que -queréis estrechar. - ---Dejad, dijo Federico, cogiéndola con dulce violencia; dejad que -estreche esta mano que reparará tantos males, que derramará tantos -beneficios, que aliviará á tantos afligidos, que se extenderá -desarmada, pacífica, humilde á tantos enemigos. - ---¡Esto es demasiado!, dijo sollozando el Incógnito: ¡dejadme, -monseñor!, ¡buen Federico, dejadme! Una multitud de gente reunida os -aguarda con ansia; hay tantas almas puras, tantos inocentes que han -venido desde muy lejos para veros una sola vez, para oiros; y vos os -entretenéis... ¡con quién! - ---Dejemos las noventa ovejas, respondió el cardenal, ellas están -seguras en el monte; al presente quiero permanecer con la que estaba -descarriada. Esas almas están ahora, quizá, más contentas que si viesen -á este pobre obispo. Acaso Dios, que ha obrado en vos un prodigio -de misericordia, infunde á aquéllas alegría, cuya causa no penetran -todavía. Esa multitud está quizá unida á nosotros sin saberlo; acaso -el Espíritu Santo introduce en sus corazones un ferviente ardor de -caridad, les inspira una súplica, que exhala por vos acciones de -gracias, de las cuales sois el objeto aún ignorado. Al decir esto, echó -los brazos al cuello del Incógnito; el cual, después de haber intentado -sustraerse, y resistido un momento, cedió como vencido por aquel ímpetu -de caridad, abrazó á su vez al cardenal, y dejó caer sobre su hombro -su trémulo y demudado semblante. Sus ardientes lágrimas se deslizaban -sobre la púrpura sin mancha de Federico, y las manos puras del obispo -estrechaban afectuosamente aquellos miembros, oprimían aquel traje -habituado á llevar las armas de la violencia y de la traición. - -El Incógnito, desasiéndose de los brazos del cardenal, se cubrió de -nuevo los ojos con las manos, y alzando al mismo tiempo la cabeza, -exclamó: “¡Dios verdaderamente grande! ¡Dios verdaderamente bueno, -ahora me reconozco, comprendo quién soy!, ¡tengo á la vista mis -iniquidades; me horrorizo de mí mismo; y sin embargo... sin embargo, -experimento un consuelo, una alegría, sí, una alegría tal como nunca la -he sentido en todo el trascurso de mi horrible vida!”. - ---Es una gracia, dijo Federico, que Dios os concede para atraeros á su -servicio, para animaros á entrar resueltamente en la nueva vida, en la -cual tanto tendréis que deshacer, tanto que reparar, tanto que lamentar. - ---¡Yo, desventurado!, exclamó el señor: ¡cuántas... cuántas cosas hay, -las cuales no podré hacer más que lamentar! Pero á lo menos hay algunas -que apenas están empezadas, y que yo podré deshacer, y tengo una, -principalmente, que puedo deshacer en seguida, romper, reparar. - -Federico prestó la mayor atención, y el Incógnito refirió sucintamente, -pero con palabras más execrables, más enérgicas, quizá, que nosotros -lo hubiéramos hecho, la violencia cometida con Lucía, los terrores y -padecimientos de la infortunada, el modo con que le había implorado, y -la especie de frenesí que las súplicas de dicha joven había hecho nacer -en su alma, y cómo ella seguía aún en el castillo. - ---¡Ah, no perdamos tiempo!, exclamó Federico, palpitante de piedad y de -solicitud. ¡Bienaventurado vos! Ésta es una prenda del perdón de Dios: -él hace de vos un instrumento de salvación para aquella de quien vos -queríais ser un instrumento de ruina. ¡Dios os ha bendecido!... ¿Sabéis -de dónde es nuestra pobre desgraciada? - -El señor nombró el pueblo de Lucía. - ---No está lejos de aquí, dijo el cardenal: ¡Dios sea loado! y -probablemente... Al hablar así, corrió á una pequeña mesa y tocó una -campanilla. El capellán entró al momento con aire inquieto, y la -primera cosa que hizo fué mirar al Incógnito. Al ver aquella figura tan -descompuesta, aquellos ojos preñados de lágrimas, miró al cardenal, y -al través de aquella modestia, aquella calma inalterable, descubrió -en su semblante como una especie de gran contento, de extraordinaria -solicitud. Hubiera permanecido extasiado y con la boca abierta, si el -cardenal no le hubiese sacado repentinamente de aquella contemplación, -preguntándole, si entre los párrocos reunidos en la otra estancia se -encontraba el de ***. - ---Está efectivamente, monseñor ilustrísimo, respondió el capellán. - ---Hacedlo entrar en seguida, dijo Federico, y con él al párroco de esta -iglesia. - -El capellán salió y se dirigió á la sala en donde los sacerdotes -estaban reunidos. Todas las miradas se fijaron en él, el cual con la -boca siempre abierta, la admiración pintada sobre su rostro, dijo -levantando las manos y agitándolas en el aire: “¡Señor, Señor! _hic -mutatio dexteræ excelsi_”; y permaneció un momento sin añadir nada -más. Después, tomando el tono y la voz correspondientes al encargo que -llevaba, añadió: “Su señoría ilustrísima y reverendísima pregunta por -el señor cura de la parroquia y el señor cura de ***”. - -El primer llamado apareció en seguida, y al mismo tiempo salió, de -entre la multitud, un “¿yo?” tardío y pronunciado con acento de -sorpresa. - ---¿No sois por ventura el señor cura de ***? prosiguió el capellán. - ---Justamente; mas... - ---Su señoría ilustrísima y reverendísima os llama. - ---¿Á mí?, dijo todavía aquella voz, significando claramente en aquel -monosílabo: “¿Qué tengo que hacer allá dentro?”. Pero esta vez el -hombre salió de la multitud juntamente con la voz, no siendo otro que -D. Abundio en persona. Se adelantó con forzado paso y con semblante -entre atónito y disgustado. El capellán le hizo una seña con la mano, -que quería decir: “Vamos, vamos; ¿cuesta esto tanto?”. Y precediendo á -los dos curas, se encaminó hacia la puerta, la abrió y los introdujo. - -El cardenal abandonó la mano del Incógnito, con el cual entretanto -había concertado lo que debían hacer. Se separó un poco de él y llamó -por medio de una seña al cura de la parroquia. Contóle en pocas -palabras el asunto del cual se trataba, y le preguntó si podría -encontrar en seguida una buena señora que quisiese ir en una litera al -castillo para traer á Lucía. Era preciso que fuese una mujer decidida, -caritativa, que supiese gobernarse bien en una expedición tan nueva, y -usar las maneras más convenientes, encontrar las palabras más adaptadas -para reanimar y tranquilizar á aquella infeliz, á quien después de -tantas angustias é inquietudes la idea de su libertad podía causar una -nueva turbación en su alma. - -Después de haber reflexionado un momento, el cura dijo que tenía una -persona á propósito, y dicho esto salió. El cardenal llamó con otra -seña al capellán, á quien ordenó que hiciese preparar una litera y -ensillar un par de mulas. Luego que hubo partido el capellán, se volvió -hacia D. Abundio. - -Éste, que se había ya colocado cerca del cardenal por estar lejos de -aquel otro señor, y que miraba de reojo, tan pronto al uno como al -otro, perdiéndose en conjeturas acerca de lo que podía significar todo -aquello, se adelantó un poco más, hizo una profunda reverencia, y dijo: -“Se me ha significado que vuestra señoría ilustrísima me llamaba; mas -creo que debe haber sido una equivocación”. - ---No es equivocación, respondió Federico; tengo que daros una noticia á -la vez agradable y consoladora, y un encargo dulcísimo. Una de vuestras -feligresas, que habéis llorado como perdida, Lucía Mondella, ha sido -hallada; está aquí cerca, en la casa de este mi estimado amigo que -tenéis presente. Iréis con él y con una señora que el cura de esta -población ha ido á buscar: iréis, repito, al sitio en que se encuentra, -y la acompañaréis aquí. - -D. Abundio hizo todo lo posible para disimular el disgusto, ¡qué -digo!, el tormento, el martirio que le causaba semejante proposición, -semejante mandato. Demasiado adelantado para contener un gesto -desagradable formado ya sobre su rostro, trató de ocultarlo, -inclinándose profundamente en señal de obediencia; y no se levantó -más que para hacer otro pequeño saludo al Incógnito, dirigiéndole -una mirada piadosa que equivalía á decir: “Estoy en vuestras manos, -compadeceos de mí: _parcere subjectis_”. - -El cardenal le preguntó en seguida qué parientes tenía Lucía. - ---No tiene pariente más próximo que su madre, con la cual vivía, -respondió D. Abundio. - ---¿Y ésta se halla en su casa? - ---Sí, monseñor. - ---Ya que, replicó Federico, esa pobre niña no puede por el pronto ir -á su morada, le servirá de un gran consuelo el ver á su madre cuanto -antes: si el señor cura párroco de esta población no llega antes de que -yo vaya á la iglesia, os ruego tengáis á bien decirle que busque un -carruaje ó una cabalgadura, y envíe un hombre de juicio para buscar á -la madre y conducirla aquí. - ---¿Y si fuese yo mismo?, dijo D. Abundio. - ---No, vos no; ya os he suplicado otra cosa, contestó el cardenal. - ---Lo decía, replicó D. Abundio, para disponer á aquella pobre madre: -es una persona muy sensible, y se requiere uno que la conozca, y sepa -comprender su genio, con el objeto de no causarle más mal que bien... - ---Por esto es por lo que os he suplicado que advirtieseis al señor -párroco que escoja una persona á propósito: vos seréis mucho más -necesario en otra parte, respondió el cardenal. Él hubiera querido -decir: “Esa pobre niña tiene necesidad de ver prontamente una figura -conocida, una persona segura en ese castillo, después de tantas horas -de espanto, y en una tan terrible oscuridad acerca del porvenir”. Pero -esto era cosa que no podía decirse claramente delante de aquel tercer -personaje. El cardenal encontró, sin embargo, extraño, que D. Abundio -no lo hubiese entendido con el aire que lo decía, y también que no lo -hubiese pensado por sí propio. La oferta y la persistencia con la cual -se oponía, le parecieron fuera de lugar, lo cual le hizo juzgar que -allí se encerraba algún misterio. Miróle al semblante, y descubrió sin -trabajo el miedo que el pobre cura experimentaba de tener que viajar -con aquel hombre temible, como igualmente el de ser su huésped aunque -fuese por pocos momentos. Quiso disipar enteramente sus temores; y como -no juzgó conveniente llamarlo aparte y hablarle en secreto en presencia -de su nuevo amigo, pensó que el mejor medio era hacer lo que hubiera -hecho sin este motivo; es decir, hablar al Incógnito mismo. Así, D. -Abundio vería por sus respuestas que ya no era un hombre del cual se -pudiese tener miedo. Se aproximó, pues, al señor, y con ese aire de -confianza espontánea que se encuentra en una nueva y fuerte afección, -del mismo modo que en una antigua antipatía, “No creáis, le dijo, que -yo me contente con la visita de hoy: ¿vos volveréis, no es cierto, en -compañía de este digno eclesiástico?” - ---¡Sí volveré! contestó el Incógnito, aun cuando vos lo rehusarais, me -quedaría obstinadamente á vuestra puerta como un mendigo; ¡yo tengo -necesidad de hablaros, de oiros, de veros! En una palabra, ¡tengo -necesidad de vos! - -Federico le tomó la mano, se la apretó, y le dijo: “Favorecednos, pues, -quedándoos á comer con nosotros; así lo espero. Entretanto, voy á rogar -y á dar gracias en compañía del pueblo, y vos id á recoger los primeros -frutos de la misericordia”. - -D. Abundio, á semejantes demostraciones, se parecía á un niño miedoso -que ve acariciar sin temor á un gran perro de presa, con el pelo -erizado, con los ojos sangrientos, famoso por sus mordeduras y por los -terrores que ha causado. El niño ha oído perfectamente decir al dueño -que su perro es un buen animal, dulce, tranquilo, y mientras está -oyendo dichas alabanzas, mira al expresado dueño, y no le contradice -ni aprueba; mira también al perro, y no se atreve á acercarse á él por -miedo de que el buen animal no le enseñe los dientes, aun cuando no -sea más que por vía de juego, ni tampoco osa alejarse por no parecer -cobarde, y dice interiormente: ¡oh, si me encontrase en mi casa! - -El cardenal, que se disponía á salir, teniendo siempre de la mano -y llevando consigo al Incógnito, dió de nuevo una ojeada al pobre -cura, que se quedaba atrás, triste, mortificado, descontento, dejando -entrever, á su pesar, el disgusto que sentía. Juzgando que semejante -desagrado pudiese provenir de que pareciese que era olvidado ó como -abandonado en un rincón, tanto más poniéndole en parangón con un -facineroso tan bien acogido y tan acariciado, volviéndose hacia él se -paró un momento, y con una amable sonrisa le dijo: “Señor cura, vos -habéis permanecido siempre conmigo en la casa de nuestro buen padre; -pero éste... este _perierat, et inventus est_...”. - ---¡Oh, cuánto me alegro! dijo D. Abundio, haciendo al mismo tiempo á -ambos una gran reverencia. - -El arzobispo pasó el primero, empujó la puerta, que fué súbitamente -abierta de par en par por la parte exterior, por dos criados que -estaban colocados uno á un lado y otro á otro, y el admirable cuadro -de aquellos tres personajes tan distintos entre sí, apareció á las -ávidas miradas del clero reunido en aquel paraje. Viéronse aquellos dos -rostros, en los cuales estaba retratada una emoción muy diversa, pero -igualmente profunda: en el aspecto venerable de Federico, la ternura de -reconocimiento, la humilde alegría; en el del Incógnito, una confusión -templada por el contento, un pudor nuevo, una compunción en la cual, -sin embargo, se traslucía todavía el vigor de aquella naturaleza áspera -y salvaje. Y luego se supo, que á más de uno de los espectadores le -había venido á la imaginación este pasaje de Isaías: El lobo y el -cordero irán á pacer juntos á una misma pradera; el león y el buey -comerán en un mismo establo. Detrás de ellos venía D. Abundio, de -quien nadie hizo caso. - -Cuando estuvieron en medio de la estancia, entró por el ángulo opuesto -el ayuda de cámara del cardenal, el cual se acercó para decirle que -había ejecutado las órdenes comunicadas por el capellán; que la litera -y las mulas estaban preparadas, y que únicamente se esperaba á la -señora que el párroco debía conducir. El cardenal le previno que apenas -llegara aquél se viese al momento con D. Abundio, y que en seguida se -pusiese todo á las órdenes de éste y del Incógnito, al cual apretó de -nuevo la mano en ademán de despedida, diciendo: “Os aguardo”. Se volvió -á saludar á D. Abundio, y se dirigió hacia el lado que conducía á la -iglesia. El clero le siguió en buen orden; los dos compañeros de viaje -se quedaron solos en la estancia. - -El Incógnito permanecía recogido en su interior, meditabundo, y al -propio tiempo impaciente por que llegase el momento de ir á aliviar á -su Lucía de sus penas y sacarla de su encierro; porque ella es ahora su -Lucía, pero en muy diverso sentido que lo era la víspera. Su semblante -expresaba una agitación concentrada, que á la espantadiza vista de D. -Abundio, podía parecer fácilmente otra cosa peor. De cuando en cuando -miraba al Incógnito á hurtadillas; bien hubiera querido entablar con -él una conversación amistosa; “pero, ¿qué es lo que debo decirle?, -pensaba entre sí; ¿le diré de nuevo que me alegro? ¡Me alegro! ¿De -qué? ¿De que habiendo sido hasta ahora un demonio, haya tomado la -resolución de llegar á ser un hombre honrado como los demás? ¡Hermoso -cumplido! ¡Bah, bah, bah!, de cualquier modo, por más vueltas que le -dé, las congratulaciones no significarían más que lo dicho. Y después, -¿será cierto que se haya vuelto hombre de bien, así, tan de pronto? ¡Se -hacen tantas demostraciones en este mundo, y por tantas cosas! ¿Qué sé -yo?, algunas veces... ¡Y entretanto es preciso que vaya con él á ese -castillo!... ¡Oh, qué historia, qué historia! ¡Quién me lo había de -haber dicho esta mañana! ¡Ah!, si llego á salir con bien, la señora -Perpetua tendrá que oírme, por haberme impelido aquí á la fuerza, sin -necesidad, fuera de mi curato. ¡Todos los párrocos de las cercanías -acuden, y no es cosa de quedarse atrás, y esto, y meterme en un negocio -de semejante especie! ¡Oh, infeliz de mí! Sin embargo, es preciso decir -algo á este hombre”. Se puso á pensar; y por último, encontró lo que -tenía que decirle. “Jamás hubiera esperado tener la dicha de hallarme -con tan respetable compañía”, é iba abrir la boca, cuando el ayuda de -cámara entró acompañado del cura del pueblo, el cual anunció que la -dama estaba pronta en la litera; y luego se volvió á D. Abundio para -recibir de él la otra comisión del cardenal. D. Abundio desempañó como -pudo su encargo en medio de aquel desorden de ideas, y acercándose -enseguida al ayuda de cámara, le dijo: “Dadme al menos un animal -pacífico; porque, á la verdad, soy muy mal jinete”. - ---Podéis estar tranquilo, respondió el ayuda de cámara con tono de -zumba; es la mula del secretario, que es un literato. - ---Bien..., replicó D. Abundio, y continuó diciendo entre sí: “¡El cielo -me la depare buena!”. - -El señor se había apresurado á ponerse en marcha al primer aviso. -Llegado al umbral, se apercibió de que D. Abundio se había quedado -atrás. Se detuvo para esperarle, y cuando éste llegó precipitadamente -con ademán de pedirle perdón, le saludó y le hizo pasar adelante con -aire cortés y humilde, cosa que tranquilizó algún tanto el espíritu -del pobre atribulado. Mas apenas puso el pie en el patiecillo, vió -otra novedad que le disminuyó un poco aquel pequeño consuelo: divisó -al Incógnito dirigirse hacia un rincón, tomar con una mano su carabina -por la culata, después cogerla con la otra por la correa, y con un -movimiento rápido, como si hiciese el ejercicio, colocarla sobre sus -espaldas. - ---¡Ay, ay, ay!, dijo D. Abundio: ¿qué es lo que querrá hacer con -semejante herramienta? ¡Buen cilicio, bella disciplina de convertido! -¡Y si le viene á la imaginación alguna brutalidad! ¡Oh, qué expedición, -qué expedición! - -Si el señor hubiese podido sospechar apenas qué especie de ideas -pasaban por la mente de su compañero, no se puede decir qué es lo que -hubiera hecho para tranquilizarlo; mas estaba muy lejano de semejante -sospecha; y D. Abundio procuraba no hacer ningún ademán que significase -claramente: “no me fío de vuestra señoría”. - -Llegados á la puerta de la calle, encontraron las dos cabalgaduras -dispuestas: el Incógnito saltó sobre la que le fué presentada por un -palafrenero. - ---¿No tiene ningún vicio?, preguntó al ayuda de cámara D. Abundio, con -un pie puesto en el estribo y el otro apoyado todavía en tierra. - ---Montad y tranquilizaos, porque es un cordero, respondió aquél. D. -Abundio, agarrándose á la silla sostenido por el ayuda de cámara, hace -esfuerzos y más esfuerzos para montar, y por fin lo consigue. - -La litera, que permanecía á algunos pasos delante, arrastrada también -por dos mulas, se puso en movimiento á la voz del conductor, y la -comitiva partió. - -Era preciso pasar por delante de la iglesia, toda llena de gente, -por una plazuela henchida también de gentes del país y forasteros -que no habían podido entrar en aquélla. La gran noticia se había -difundido ya por todas partes, y al aparecer la litera, al divisar -aquel hombre, objeto pocas horas antes de terror y de execración, -y ahora de admirable pasmo, se alzó al través de la multitud un -confuso murmullo como de aplausos; y abriendo paso se apresuraban -todos con la mayor ansiedad á salirle al encuentro para verlo de -cerca. La litera pasó: el Incógnito también; y delante de la puerta -abierta de la iglesia, se quitó el sombrero, é inclinó aquella -frente tan temible hasta las mismas crines de la mula, en medio del -susurro de cien voces que decían: “¡Dios os bendiga!”. D. Abundio -se quitó igualmente su sombrero, se inclinó, y se encomendó á Dios; -mas percibiendo el concierto solemne de sus colegas que cantaban sin -interrupción, experimentó una envidia, una especie de triste ternura, -una desanimación tan grande, la cual no le dejó contener las lágrimas. - -Mas cuando hubieron salido de la población, cuando se hallaron á campo -raso, en medio de las revueltas con frecuencia totalmente solitarias -del camino, un velo aún más oscuro se extendió sobre sus pensamientos. -No tenía otro objeto en el cual posar de una manera segura sus miradas -más que sobre el conductor, el que estando al servicio del cardenal -debía ser verdaderamente un hombre de bien, siendo así que no tenía -facha de bribón. De vez en cuando aparecían viajeros que acudían á ver -al cardenal; su vista era un bálsamo para D. Abundio, pero pasajero; -pues recordaba que se dirigía hacia aquel terrible valle en donde -no se encontraban más que súbditos del amigo: ¡y qué súbditos! Él -hubiera deseado al presente más que nunca entablar conversación con el -Incógnito, tanto para tantearle todavía, como para tenerle propicio; -mas viéndolo tan preocupado y meditabundo, se le pasaban los deseos. -Vióse, pues, obligado á hablar consigo mismo; y he aquí una parte de lo -que el infeliz se dijo en aquella travesía. - -“¿No es una cosa admirable que tanto los santos como los bribones -tengan siempre azogue en las venas; que no se contentan en revolverse, -con apesadumbrarse ellos mismos, sino que quieren meter en danza, si -pueden, á todo el género humano? ¿No es una fatalidad que los más -revoltosos me vengan siempre á encontrar, yo que no busco á nadie, á -cogerme casi por los cabellos para meterme en sus negocios, yo que no -pido otra cosa sino que me dejen vivir tranquilo? ¡Ese malvado, ese -loco de atar de D. Rodrigo! ¿Qué es lo que podría faltarle para ser el -hombre más feliz de este mundo, si él tuviese únicamente un poco de -juicio? Él es rico, joven, respetado, cortejado; su dicha le pesa y es -preciso que vaya á caza de cuidados para sí y para los demás. Podía -poseer el arte de _Michelaccio_: ¡no, Dios mío!, quiere tener el oficio -de molestar á las mujeres, el más loco, el más necio, el más rabioso -oficio de este mundo: podría ir al paraíso en carroza, y quiere ir -á la mansión del diablo á pie cojo. ¡Y éste!... Y diciendo esto lo -miraba, como si hubiese sospechado que él entendiese sus pensamientos. -Éste, después de haber revuelto por sus maldades el mundo de arriba -abajo, al presente lo revuelve con su conversión... ¡Dios quiera que -sea verdadera! Pero mientras, á mí me toca hacer la experiencia... Hay -gente que cuando nace con esta manía, siempre están poseídos del afán -de hacer ruido. ¿Se quiere que uno sea hombre de bien toda su vida, -como yo lo he sido? No señor: se debe descuartizar, asesinar, hacer -mil diabluras... ¡Oh, cuán desgraciado soy!... ¿Y luego, meter tanto -ruido aun para hacer penitencia? Cuando se tienen buenos deseos de -hacerla, se puede practicar en casa tranquilamente sin tanto aparato, -sin incomodar tanto al prójimo... ¡Y su señoría ilustrísima! Salirle -al encuentro con los brazos abiertos, diciéndole, amigo querido, amigo -mío; escuchar sus menores palabras como si le hubiese visto hacer -milagros, tomar de repente una resolución, aprobarlo todo, aplaudir -todo lo que aquél propone; pronto por aquí, pronto por allá. Esto se -llama, según mi pobre entender, una precipitación. ¡Y sin tener ninguna -prenda, sin la menor seguridad poner en sus manos á un pobre párroco! -Esto se llama jugar á un hombre á pares ó nones. Un santo obispo como -él lo es, debe estar tan celoso de sus párrocos, como de las niñas de -sus ojos. Un poco de cachaza, un poco de prudencia, un poco de caridad, -son cosas que pueden, á mi entender, conciliarse con la santidad... ¡Y -si todo esto no fuesen más que apariencias! ¿Quién es capaz de conocer -los designios de los hombres? ¡Y digo, de los hombres como éste! -¡Solamente el pensar que tengo que ir con él á su casa, me horrorizo! -¿Quién sabe las diabluras que puede tener proyectadas allá arriba? -¡Desventurado de mí! Es mejor no pensar en esto. ¿Qué embrollo es -éste de Lucía? Se diría que era una inteligencia con D. Rodrigo: ¡qué -gente ésta! Dios permita todavía que la cosa sea así: pero ¿cómo ha -caído en las garras de ese hombre? ¿quién lo sabe? Éste es un secreto -entre él y monseñor; y no se dignan decirme una palabra siquiera á mí, -que me hacen trotar de semejante modo. Yo no me cuido de saber los -negocios de otro; pero cuando á uno le va el pellejo, tiene derecho de -no ignorar las cosas. Si fuese en efecto para ir á buscar á aquella -pobre criatura, ¡vaya, paciencia! Á pesar de que podía conducirla muy -bien consigo en derechura. Y luego, si en efecto está arrepentido, si -se ha convertido en un santo hombre, ¿qué necesidad tenía de mí? ¡Oh, -qué confusión!... Basta. ¡Plegue al cielo que así sea! Habrá sido una -penosa comisión; pero ¡paciencia! me alegraré por la pobre Lucía; la -infeliz habrá escapado de una buena. ¡Dios sabe lo que ha sufrido! La -compadezco; pero ella ha nacido para causar mi ruina... Á lo menos, si -pudiese leer en el corazón de este hombre y saber lo que piensa! ¿Quién -podrá vanagloriarse de conocerlo? Helo aquí; tan pronto se parece á -S. Antonio en el desierto, tan pronto á Holofernes en persona. ¡Oh -infeliz de mí, cuán desgraciado soy! Vamos; el cielo está obligado á -protegerme, pues yo no me he mezclado en nada por mi capricho”. - -Efectivamente, sobre el semblante del Incógnito veíanse pasar, por -decirlo así, los pensamientos que le agitaban, como se ve en un día -de tempestad á las nubes correr delante del sol, ora dejando escapar -sus deslumbradores rayos, ora oscureciendo el espacio. El ánimo, -aún embriagado por las suaves palabras de Federico, y como rehecho -y rejuvenecido por una nueva vida, se elevaba hacia las ideas de -misericordia, de perdón y de amor; volviendo á caer de nuevo bajo el -peso de aquel terrible pasado, inquieto, agitado, turbulento, buscaba -en su memoria cuáles eran las iniquidades que podía esperar, cuáles -las que podía detener que no estuviesen aún ejecutadas del todo; qué -remedios serían más expeditos y seguros; el modo de cortar tantos -nudos; qué hacer de tantos cómplices: era una verdadera confusión y -aturdimiento esa expedición á la cual corre, esa expedición tan fácil, -que toca ya á su fin, y á la que no va más que con un deseo mezclado -de angustias, atormentado como está por el pensamiento de que aquella -infortunada criatura sufre, ¡ah, Dios sabe cuánto! Ansía que llegue el -momento de libertarla; y entretanto, ¡él es el que la hace padecer! -Cada vez que se presentaban dos caminos, el conductor de la litera -se volvía hacia el Incógnito para saber cuál debía tomar, y éste se -lo indicaba con la mano, haciéndole al propio tiempo señas de que -apresurase el paso. - -Por último, entraron en el valle. ¡En qué estado se hallaba entonces el -pobre D. Abundio! ¡Encontrarse en aquel famoso valle, acerca del cual -había oído referir tan espantosas, tan horribles historias! ¡Aquellos -hombres célebres, la flor de los bravos de Italia; aquellos hombres sin -miedo y sin misericordia, verlos en carne y hueso; tropezar con uno, -dos ó tres á cada revuelta que hacía el camino! Ellos se inclinaban, es -verdad, con respeto ante su señor; pero aquellos rostros bronceados, -aquellos erizados bigotes, aquellos enormes ojazos, que al sentir de -D. Abundio parecían decir: “¿Es necesario ajustar la cuenta á este -sacerdote?...”. El desgraciado estaba turbado hasta tal extremo, que en -un momento de consternación llegó á decirse interiormente: Aun cuando -los hubiera casado, no podía sucederme otra cosa peor. - -Entretanto, avanzaban por un sendero arenoso á lo largo del -torrente. Al frente las miradas no se detenían más que sobre aquellos -terribles, profundos y desiertos precipicios, detrás de los cuales -se hallaba aquella espantosa población, á cuyo lado la más horrible -soledad hubiera sido preferible. Dante no estaba mejor en medio del -_Malebolge_[4]. - -Pasan por delante de la _Malanotte_: los bravos que están á la puerta -saludan respetuosamente al señor, y echan miradas furtivas á su -compañero y á la litera. Ellos no sabían qué pensar: ya la partida del -Incógnito solo al amanecer tenía algo de extraordinario; la vuelta -no lo era menos. ¿Era acaso una presa que conducía? ¿y cómo la había -hecho por sí solo? ¿y de quién podía ser aquella librea? Miraban, -miraban, pero nadie se movía, porque ésta era la orden que el amo les -significaba con su aire y sus miradas. - -Emprenden la subida; llegan por fin á lo alto. Los bravos que se -hallaban en la explanada, y en la puerta, se retiran á un lado y á -otro con el objeto de dejar el paso libre: el Incógnito les manifiesta, -por medio de una seña, que no se muevan; espolea á su cabalgadura, y -pasa delante de la litera; indica al conductor y á D. Abundio que le -sigan; entra primeramente en un patio, luego en otro; se dirige á una -pequeña puerta; detiene por medio de un gesto á un bravo que acudía -á tenerle el estribo, y le dice: “Quédate aquí y no dejes pasar á -nadie”. Se apea, ata con precipitación la mula á una reja, se dirige á -la litera, se acerca á la dama que había descorrido las cortinillas, -y le dice en voz baja: “Consoladla pronto; hacedle comprender que -está libre, en poder de amigos; Dios os lo pagará”. Después, manda al -conductor que abra; luego se aproxima á D. Abundio, y con un semblante -tan sereno como éste no le había visto todavía, ni creía que pudiese -tenerlo nunca, en el cual se pintaba la alegría que experimentaba, de -ver tocar á su fin la buena obra que iba á consumar, le dice también -en voz baja: “Señor cura, no pido que perdonéis la incomodidad que se -os ha causado por mi causa; vos lo hacéis por aquel que recompensa -largamente, y por esa desgraciada”. Esto dicho, cogió con una mano el -morro de la cabalgadura de D. Abundio, y con la otra el estribo, y lo -ayudó para que se apease. - -Aquel rostro, aquellas palabras y aquel ademán, le habían dado la -vida. Lanzó un suspiro que una hora hacía giraba dentro de su pecho -sin poder hallar salida; se inclinó ante el Incógnito, y le contestó -en voz muy baja: “¿Vuestra señoría se burla? ¡Pero, pero, pero!...”, -y aceptando la mano que se le ofrecía de una manera tan cortés, se -deslizó como pudo de su mula. El Incógnito la ató también, y habiendo -dicho al conductor que se quedase allí esperando, sacó una llave del -bolsillo, abrió la puerta, hizo entrar al cura y á la dama, en seguida -entró él, pasó delante, se encaminó hacia una escalerilla, y la subió -en silencio, seguido de sus compañeros. - - - NOTAS: - -[4] Así llama el Dante á su octavo círculo del infierno, en donde este -inmortal poeta coloca á los fraudulentos. Aquellos de nuestros lectores -á quienes sea familiar la lengua italiana, y hayan leído las célebres -obras del sublime autor de la _Divina Comedia_, recordarán estos -magníficos versos, con los cuales empieza el canto XVIII. - - Luogo è in inferno detto Malebolge - Tutto di pietra e di color ferrigno - Come la cerchia che d’intorno il volge &c. - - _N. del T._ - - - - - CAPÍTULO SEXTO - - -Lucía se había levantado apenas, empleando poco tiempo en despertarse -de hecho, separando las confusas visiones de sus sueños, de los -recuerdos é imágenes de aquella realidad tan semejante al funesto -delirio de un enfermo. La vieja se le acercó al instante, y con aquella -voz forzadamente humilde, le dijo: “¡Ah!, ¿habéis dormido? Hubierais -podido dormir en el lecho; bastantes veces os lo dije ayer noche”. Y no -recibiendo contestación, continuó siempre de una manera forzada: “Tomad -un bocado; tened juicio. ¡Uf! ¡Os vais á poner fea! Tenéis necesidad de -comer. Y después, cuando vuelva, la va á tomar conmigo”. - ---No, no; quiero marchar, quiero ir adonde está mi madre. El amo me lo -ha prometido; ha dicho: mañana por la mañana. ¿En dónde está el amo? - ---Ha salido; pero me ha dicho que volverá pronto y que hará todo lo que -vos queráis. - ---¿Ha dicho esto?, ¿lo ha dicho? ¡Bien! Quiero ir adonde está mi madre; -en seguida, en seguida. - -De repente se oye un ruido de pisadas en la vecina estancia, y después -llamar á la puerta. La vieja corre á ella y pregunta: “¿Quién es?”. - ---Abre, le responde dulcemente una voz bien conocida. - -La vieja descorre el cerrojo, el Incógnito empuja suavemente la puerta, -la entreabre, manda á la vieja que salga, introduce en el mismo -instante á D. Abundio y á la buena dama, cierra de nuevo la puerta, -permanece detrás de ella por la parte de afuera, y manda á la vieja á -un extremo lejano del castillo, según había ya enviado también á la -mujer que se hallaba fuera de guardia. Al primer punto de vista, todo -este movimiento y la aparición de personas nuevas, causaron á Lucía -mucho sobresalto y agitación; porque si su situación presente le era -insoportable, todo cambio, sin embargo, era un motivo de sospecha y de -nuevo espanto. Mira; ve á un sacerdote, á una dama; se tranquiliza un -poco, y mira con más atención: ¿es ó no es él? Reconoce á D. Abundio y -permanece con los ojos fijos como vencida por un encanto. La buena dama -se acerca á ella, la saluda, la mira con ademán enternecido, coge sus -dos manos, como para acariciarla y levantarla al mismo tiempo, y luego -le dice: “¡Oh, pobrecita!, venid, venid con nosotros!”. - ---¿Quién sois, pregunta Lucía?, mas sin aguardar respuesta se vuelve -hacia D. Abundio, el cual permanecía de pie, con aire compungido, á dos -pasos de distancia; lo mira fijamente de nuevo, y exclama: ¡Vos!, ¿sois -vos, señor cura? ¿En dónde estamos? ¡Oh, cuán desgraciada soy, estoy -fuera de mí! - ---No, no, repuso D. Abundio: soy yo en efecto; tened ánimo. Mirad; -estamos aquí para llevaros: soy vuestro propio cura, habiendo venido -aquí expresamente, á caballo... - -Lucía, como si hubiese recobrado en un instante todas sus fuerzas, se -enderezó precipitadamente, después fijó aún su mirada sobre aquellos -dos rostros, y dijo: “¿Es, pues, la Madonna la que os ha enviado?”. - ---Creo que sí, dijo la buena dama. - ---Mas, ¿podemos marchar, podemos marchar ya de veras?, replicó Lucía -bajando la voz y con aire tímido é indeciso. ¿Y toda esa gente?... -prosiguió, con los labios contraídos y trémulos de espanto y horror: ¿y -ese señor... ese hombre?... Él me lo había prometido. - ---Aquí está también, el cual ha venido á propósito con nosotros, dijo -D. Abundio, y espera fuera. Marchemos pronto; no hagamos esperar á -semejante sujeto. - -Entonces, aquel de quien se hablaba, empujó la puerta y se dejó ver. -Lucía, que poco antes lo deseaba, no teniendo otra esperanza en el -mundo; ahora, después de haber visto y oído aquellas voces amigas no -pudo reprimir un súbito terror; se estremeció, contuvo su respiración, -se arrimó á la buena dama, y ocultó su semblante en el seno de ésta. Al -aspecto de aquella joven inocente, sobre la cual ya la noche precedente -no había podido fijar su vista, al aspecto de aquella desgraciada que -una larga abstinencia y prolongados sufrimientos habían vuelto pálida, -abatida, inconsolable, se detuvo. Al ver luego aquel movimiento de -terror, bajó los ojos, permaneció todavía un momento inmóvil y mudo; -después, respondiendo á lo que la pobre niña no había dicho: “Es -verdad, exclamó, ¡perdonadme!”. - ---Viene á libertaros, ya no es el mismo hombre; se ha hecho bueno. ¿Ois -cómo os pide perdón?, decía la buena dama al oído de Lucía. - ---¿Se puede decir más? ¡Vamos!, levantad la cabeza, no seáis niña; que -podamos partir al instante, le decía D. Abundio. - -Lucía levantó la cabeza, miró al Incógnito, y al ver aquella frente -baja, aquella mirada confusa y aterrada, presa de un sentimiento -mezclado de esperanza, de reconocimiento y de piedad, dijo: “¡Oh, -monseñor, que Dios os recompense vuestra misericordia!”. - ---Y á vos, cien veces, el bien que me hacéis con estas palabras. - -Diciendo esto, dió una media vuelta, se encaminó hacia la puerta, y -salió el primero. Lucía, enteramente reanimada, con la dama que le -daba el brazo, le siguieron: D. Abundio cerraba la marcha. Bajaron la -escalera y llegaron á la pequeña puerta que daba al patio. El Incógnito -la abrió de par en par, se dirigió á la litera, abrió la portezuela, y -con una especie de cortesía llena de timidez (dos cosas nuevas en él) -sosteniendo del brazo á Lucía, la ayudó á entrar, y después también -á la que debía acompañarla. Enseguida tomó la mula de D. Abundio, é -igualmente le ayudó á montar. - ---¡Oh, qué complacencia!, dijo éste: y montó mucho más ligero que lo -había hecho la primera vez. La comitiva se puso en camino, después -que el Incógnito hubo también montado á caballo. Su cabeza estaba -levantada; su mirada había vuelto á tomar la ordinaria expresión -de mando. Los bravos que encontraba descubrían perfectamente en su -rostro las señales de un vigoroso pensamiento, de una preocupación -extraordinaria; mas no comprendían, no podían ir más allá. En el -castillo nada sabían aún del gran cambio que se había verificado en el -corazón de aquel hombre, y ciertamente ninguno de ellos hubiera podido -llegar á conseguirlo sólo por conjeturas. - -La buena dama se había apresurado á correr las cortinillas de la -litera: en seguida cogió afectuosamente las manos de Lucía, y se -puso á reanimarla por medio de palabras de piedad, de felicitación y -de ternura. Viendo luego cómo, además de la fatiga de tantas penas -sufridas, la confusión y la oscuridad de los sucesos, impedían á la -pobrecita el que experimentara plenamente el contento de su libertad, -le dijo todo lo que pudo hallar de más apto para distraerla, y para -aclarar sus pensamientos le nombró el pueblo adonde iban. - ---¡Sí!, dijo Lucía, la cual sabía que dicho pueblo estaba á poca -distancia del suyo. ¡Ah, Madonna Santísima, os doy mil y mil gracias! -¡Madre mía, madre mía! - ---Nosotros la enviaremos en seguida á buscar, dijo la buena dama, la -cual no sabía que la cosa estaba ya hecha. - ---Sí, sí, Dios os lo recompensará... ¿Y vos quién sois?, ¿cómo habéis -venido?... - ---Nuestro cura me ha enviado, dijo la dama; porque este señor, á -quien Dios ha tocado el corazón (bendito sea él), ha venido á nuestra -población con el objeto de hablar al señor cardenal arzobispo, que ha -ido á visitarnos. Se ha arrepentido de sus horribles pecados, y quiere -mudar de vida; habiendo dicho al cardenal que él había hecho robar á -una pobre inocente, que sois vos, en connivencia con otro, que tampoco -teme á Dios, y del cual el cura no me ha podido decir el nombre. - -Lucía alzó los ojos al cielo. - ---Vos lo sabréis quizá, continuó la dama, bien. Ahora, pues, el señor -cardenal ha pensado que tratándose de una joven, se requería una -persona del mismo sexo para acompañarla, y ha dicho al párroco que la -buscase: éste tan bondadoso ha venido á mí... - ---¡Oh, el Señor recompense vuestra caridad! - ---Figuraos, hija mía, que el señor cura me ha dicho que procurase -tranquilizaros, que tratara de sacaros pronto de la inquietud en que -estabais, y que os hiciese comprender cómo el Señor os ha salvado -milagrosamente... - ---¡Oh, sí!, bien milagrosamente; por intercesión de la Madonna. - ---Me ha dicho igualmente que os animara y aconsejara á perdonar al que -os ha causado el daño; á que estéis contenta por la misericordia que -Dios ha usado con él, y al propio tiempo que roguéis por él mismo, -porque además de que recibiréis vuestro merecido, sentiréis todavía más -alivio en vuestro corazón. - -Lucía respondió por medio de una mirada que expresaba su asentimiento -tan claramente como la hubieran podido hacer las palabras, y con una -dulzura que éstas mismas no hubieran podido significar. - ---¡Excelente joven!, exclamó la dama, y prosiguió: hallándose también -vuestro cura párroco en nuestro pueblo (pues que han acudido tantos -de todas las cercanías, que se podrían celebrar á un tiempo cuatro -misas mayores), el señor cardenal ha juzgado conveniente el que nos -acompañara, á pesar que de bien poco nos ha servido. Ya había yo -oído decir que era un pobre hombre; mas en esta ocasión, he podido -claramente ver que él estaba tan embarazado como un pollo en medio de -la estopa. - ---¿Y este?... preguntó Lucía; este hombre que se ha vuelto bueno... -¿quién es? - ---¡Cómo!, ¿no lo sabéis?, dijo la buena dama; y lo nombró. - ---¡Oh, misericordia divina!, exclamó Lucía. ¡Cuántas veces había oído -repetir aquel nombre, en más de una historia que, como en las de otro -género, aparecía siempre el del _Ogro_[5]! Á la idea de haber estado -en su terrible poder, y permanecer al presente bajo su custodia, -al considerar un tan gran peligro, y una tan imprevista redención, -contemplando quién era aquel hombre que había conocido tan feroz, -y ahora tan conmovido y humilde, permanecía como estática, diciendo -únicamente de vez en cuando: “¡Oh, misericordia!”. - ---¡Es ciertamente una gran misericordia!, repetía la dama, es una -dicha para medio mundo. ¡Al pensar cuánta gente tenía alarmada!, y al -presente, según me ha dicho nuestro párroco... Y luego no hay más que -mirarle la cara; ¡se ha vuelto enteramente un santo! Por otra parte, no -hay más que ver su nuevo modo de portarse. - -El decir que esta buena dama no experimentaba mucha curiosidad de -conocer un poco más distintamente la grande aventura en que ella -representaba también su papel, sería faltar á la verdad. Pero es -preciso decir en honor suyo, que sobrecogida de una piedad respetuosa -hacia Lucía, calculando en cierto modo la gravedad y dignidad del -encargo que se le había confiado, no pensó, sin embargo, en hacer -ninguna pregunta indiscreta y ociosa; todas sus palabras, durante aquel -corto viaje, fueron para dar valor á la pobre joven, manifestándole al -propio tiempo el más vivo interés. - ---¡Dios sabe desde cuándo no habréis tomado alimento! - ---No recuerdo..., pero hace ya algún tiempo. - ---¡Pobrecita! ¿Tendréis necesidad de restaurar vuestras fuerzas? - ---Sí, respondió Lucía con voz apagada. - ---En mi casa, á Dios gracias, encontraremos en seguida alguna cosa. -Tened ánimo, que ya no estamos lejos. - -Después de esto, Lucía se dejó caer lánguidamente en el fondo de la -litera, como adormecida, y entonces su compañera la dejó reposar. - -Con respecto á D. Abundio, la vuelta no le causaba tanto espanto como -la ida pocas horas antes; pero con todo, no fué tampoco para él un -viaje agradable. Desde que dejó de tener miedo, se sintió enteramente -aliviado de un gran peso; mas bien pronto empezaron á nacer en su -interior cien otros disgustos, lo mismo que cuando ha sido arrancado un -corpulento árbol y el terreno queda por algún tiempo vacío y desnudo, -pero luego se cubre de altas yerbas. Había llegado á hacerse más -impresionable que antes; y tanto en el presente como en las ideas del -porvenir, hallaba materia para atormentarse. Ahora sentía mucho más -que á la ida la incomodidad de viajar de aquel modo, al cual no estaba -acostumbrado; y sobre todo, esto le acontecía al principio, desde -la bajada del castillo al fondo del valle. El conductor, estimulado -por las señas del Incógnito, hacía ir á las mulas á buen paso; ambas -cabalgaduras iban una detrás de otra con la mayor uniformidad; y de -esto resultaba, que en ciertos parajes en que la pendiente era más -rápida, el pobre D. Abundio, como si estuviese colocado sobre un -resorte, se tambaleaba, se caía hacia delante, y para sostenerse se -veía obligado á agarrarse al arzón de la silla, y no se atrevía, sin -embargo, á pedir que fuesen más despacio, pues por otro lado hubiera -querido salir de aquel territorio lo más pronto posible. Además de -esto, en donde el camino colocado sobre una eminencia formaba un -arrecife, la mula, según la costumbre de los animales de su raza, -parecía que hacía propósito de salirse siempre de dicho arrecife, -y de andar por la misma orilla. D. Abundio veía bajo de sí, casi -perpendicularmente, un gran salto, ó como él pensaba, un precipicio. -“¡También tú, decía interiormente al animal, tienes el maldito gusto -de ir buscando los peligros, siendo el camino tan ancho!” Y tiraba -la brida hacia el otro lado, pero inútilmente. De suerte que, como -de ordinario, turbado por la cólera y el miedo, se dejaba conducir á -la voluntad de otro. Los bravos no le causaban ya tanto terror, al -presente que él sabía más claramente del modo que pensaba su amo. “Pero -sin embargo, se decía, si la noticia de esta gran conversión se esparce -por aquí, mientras nosotros permanecemos todavía, ¿quién sabe cómo lo -tomarán esas gentes? ¿Quién es capaz de saber lo que podrá resultar? -¿Y si llegasen á imaginar que yo he venido á hacer el misionero? -¡Pobre de mí, me martirizarían!” El aire feroz del Incógnito no le -inspiraba inquietud alguna. “Para tener á raya á aquellas fachas, -decía, no hay necesidad de otra cosa más que el continente de éste, -bien lo comprendo; ¿pero por qué es preciso que yo me encuentre siempre -mezclado entre toda esta clase de gente?”. - -Mas basta ya de hablar acerca del miedo de D. Abundio. Llegaron al -término de la pendiente, y finalmente salieron también del valle. -La frente del Incógnito se fué serenando. D. Abundio mismo tomó un -aire más natural; sacó la cabeza de entre sus hombros, en donde -hasta entonces la había tenido como aprisionada; alargó los brazos -y las piernas; se colocó mejor sobre la silla, lo cual le daba otro -continente; respiró más á su placer y, con el ánimo más reposado, se -puso á considerar otros peligros lejanos. “¿Qué dirá ese imbécil de D. -Rodrigo? ¡Quedar de este modo con un palmo de narices, con la pérdida -de sus esperanzas, y hecho el escarnio de todos! ¡Considerad si la -píldora le parecerá amarga! Ahora es cuando se dará de veras al diablo. -Lo único que al presente falta es que venga á emprenderla conmigo, -sólo por haberme hallado metido en este desagradable asunto. Si él ha -tenido antes de ahora valor de enviarme dos demonios con el objeto de -amenazarme en medio de mi camino, ¿qué hará en la actualidad? Con su -señoría ilustrísima no la podrá armar, porque es un pedazo mucho mayor -que él, y se verá precisado á tascar el freno. Entretanto tendrá el -veneno en el cuerpo, y querrá descargarlo sobre alguno. ¿Sabéis cómo se -concluyen estos negocios? Los golpes siempre se dirigen bajos, y los -andrajos al aire. Su señoría ilustrísima se ocupará, como es justo, de -poner á Lucía en un lugar seguro; ese otro pobre diablo, mala cabeza, -está fuera de tiro, y ha pasado ya la suya; de modo que el andrajo he -llegado á ser yo. Después de tantas incomodidades, después de tantas -agitaciones, ¿no sería una cosa bien cruel el que sin comerlo ni -beberlo debiese pagar la pena? ¿Qué hará ahora su señoría ilustrísima -para defenderme, después de haberme metido en danza? ¿Podrá impedir -acaso el que ese hombre malvado no me juegue una tostada peor que -la primera? ¡Y después tiene tantas cosas en su cabeza! ¡Está tan -abrumado de negocios! ¿Cómo podrá atenderme? Éste es el motivo por el -cual algunas veces las cosas quedan más embrolladas que antes. Los -que hacen el bien lo hacen en todo: cuando han experimentado esta -satisfacción, tienen bastante, y no quieren incomodarse á esperar todas -sus consecuencias; pero los que tienen el gusto de hacer el mal ponen -en ello más diligencia, lo siguen hasta el fin; no descansan un momento -porque ellos tienen un cáncer que los devora. ¿Iré yo á decir que he -venido por orden expresa de su señoría ilustrísima y no por mi propia -voluntad? Parecería que quisiera formar partido con la maldad. ¡Oh, -Dios mío! ¡Yo formar partido con la maldad; por las distracciones que -me proporciona! ¡Vamos! Lo mejor será referir á Perpetua la cosa como -es en sí, y dejársela publicar á su gusto. Con tal que á monseñor no le -vengan deseos de hacer alguna cosa que llame la atención, alguna escena -inútil y meterme también en ella. Á buena cuenta, apenas lleguemos, -si ha salido de la iglesia iré á presentarle corriendo mis respetos, -y si no dejo mis excusas, y me dirijo pian pianito á mi casa. Lucía -está bien protegida; ninguna necesidad tiene de mí; y después de tantas -incomodidades, bien puedo yo también pretender el ir á descansar. Y -luego... ¡si monseñor tiene la curiosidad de saber toda la historia, y -me es preciso darle cuenta del negocio del casamiento! ¡Es lo único que -faltaba! ¡Y si va igualmente á visitar mi parroquia!... ¡Oh!, suceda -lo que Dios quiera: no quiero confundirme antes de tiempo; bastantes -cuidados pesan sobre mí. Por el momento voy á encerrarme en mi casa. -Hasta que monseñor salga de este territorio, D. Rodrigo no tendrá -deseos de hacer locuras, y después... ¿y después? ¡Ah!, ¡demasiado veo -que pasaré mal mis últimos años!” - -La comitiva llegó antes de concluirse los divinos oficios: atravesó por -entre aquella inmensa muchedumbre, no menos conmovida que la primera -vez, y luego se dividió. Los dos jinetes dieron la vuelta hacia una -plazoleta, en cuyo fondo se encontraba la casa del párroco; la litera -siguió adelante con dirección á la de la dama. - -D. Abundio hizo lo que había pensado: apenas se hubo desmontado, -cumplimentó del modo más expansivo al Incógnito, y le suplicó que le -hiciese el obsequio de excusarle con el cardenal, pues debía volverse -á su parroquia en derechura para atender á negocios urgentes. Fué á -buscar lo que él llamaba su caballo, y que no era otra cosa más que -el bastón que había dejado en un rincón de la estancia, después de lo -cual se puso en camino. El Incógnito estuvo aguardando que el cardenal -volviese de la iglesia. - -La buena dama, habiendo hecho sentar á Lucía en el mejor sitio de su -cocina, se apresuró á disponer algo que comer para reparar sus débiles -fuerzas. Ella rechazaba con cierta amable aspereza las gracias y -reiteradas excusas que la joven no cesaba de prodigarla. - -Con la mayor prontitud colocó algunas ramas secas bajo una pequeña -marmita que había puesto en el hogar, en donde nadaba un buen capón. -Dejó hervir por espacio de algún tiempo todo lo que aquélla contenía, y -llenando luego una gran taza, dentro de la cual había cortado algunas -rebanadas de pan, por último se la presentó á Lucía. Al ver á la -pobre niña que reparaba sus fuerzas á cada cucharada, se felicitaba -en voz alta á sí misma de que la cosa hubiese sucedido en un día, en -el cual según su expresión, el gato no estaba en el hogar. “Éste es -un día de fiesta para todo el mundo”, añadió la dama, “excepto para -los desgraciados que tienen la aflicción de comer pan de algarroba y -_polenta_ de maíz. Sin embargo, ellos esperan hoy recibir alguna cosa -de un señor caritativo: en cuanto á nosotras, á Dios gracias, no nos -hallamos en este caso: entre el oficio de mi marido, y alguna cosilla -que tenemos al sol, vamos pasando. Comed, pues, con apetito, y en el -entretanto esperaremos á que el capón se cueza, y así podréis recobrar -un poco mejor vuestras fuerzas”. Así diciendo, volvió á cuidar de la -comida y á preparar la mesa. - -Lucía, después de haberse restaurado un poco, y sintiendo volver la -tranquilidad á su alma, trató de reparar el desorden de su vestido, -por una costumbre, por un instinto de curiosidad y de pudor. Trenzaba -y arreglaba sus largos cabellos en desorden; ajustaba su pañuelo -sobre el seno y alrededor de su cuello. Al hacer esta operación, sus -dedos se enredaron en el rosario que llevaba suspendido, y que tanto -le había servido la noche antes: fijó en él sus miradas, y se turbó -instantáneamente. El recuerdo del voto que había hecho, ese recuerdo -hasta entonces olvidado por tantas sensaciones dolorosas, se presentó -de improviso clara y distintamente á su imaginación. En este momento, -todas las potencias de su ánimo, apenas despiertas, fueron vencidas -de nuevo en un solo instante; y si su alma no hubiese estado tan -preparada por una vida llena enteramente de inocencia, de resignación -y de confianza, la consternación que experimentó en aquel momento la -habría llevado hasta la desesperación. Después del primer tumulto de -aquellos pensamientos, demasiado confusos para venir á la imaginación -con palabras, las primeras que se formaron fueron éstas: “¡Oh, infeliz -de mí, qué es lo que he hecho!” Pero apenas las hubo concebido, cuando -se sintió sobrecogida de cierta especie de terror. Agrupáronse en su -mente todas las circunstancias del voto; sus mortales angustias, el -estar sin esperanza alguna de socorro humano, el fervor de su súplica, -la plenitud de sentimiento con la cual su promesa había sido hecha: el -arrepentirse de ésta, después de haber obtenido la gracia que había -implorado, le pareció una ingratitud sacrílega, una perfidia hacia Dios -y á la santa Virgen: juzgó que semejante infidelidad le atraería nuevas -y más terribles desventuras, en las cuales nada podía esperar, ni aun -podría tener el auxilio de la súplica: y por lo tanto se apresuró á -echarse en cara aquel arrepentimiento voluntario. Se quitó devotamente -el rosario del cuello, y sosteniéndolo con mano trémula, confirmó, -renovó su voto, pidiendo al mismo tiempo con súplica ferviente que -el cielo le concediese la fuerza necesaria para cumplirlo; que éste -arrojase lejos de ella los pensamientos y las ocasiones, las cuales -hubieran podido, si no variar su ánimo, agitarlo á lo menos demasiado. - -El alejamiento en que estaba Renzo, sin ninguna probabilidad de que -volviera; este alejamiento que hasta entonces le había parecido tan -amargo, al presente se le figuraba que era una disposición de la -divina Providencia, que había hecho coincidir dos sucesos para llegar -á un solo fin, esforzándose la desventurada en encontrar en el uno -una razón para consolarse del otro. Detrás de este pensamiento, se le -figuraba igualmente que la misma Providencia, para consumar la obra, -sabría hallar el modo de hacer que Renzo también se resignase, que no -pensara más... Pero apenas semejante idea se le hubo presentado á su -imaginación, cuando se levantó en ella una gran confusión. Sintiendo -que su corazón la llevaba involuntariamente á arrepentirse de lo que -había hecho, volvió de nuevo á recurrir á la súplica, al combate, -saliendo como un vencedor (si me es permitido hacer esta comparación); -como un vencedor, repito, herido y abrumado de fatiga que se levanta de -encima de su enemigo. - -De repente se oye á lo lejos un ruido de pisadas y de gritos de -alegría: era la familia de la dama que volvía de la iglesia. Dos -pequeñas niñas y un niño, entraron gritando: se pararon un momento -para echar una curiosa mirada sobre Lucía, y después corrieron -presurosos hacia la mamá, agrupándose á su alrededor. Uno le pregunta -el nombre de aquella huéspeda desconocida, y el por qué se hallaba -allí: otro quiere contarle las maravillas que había visto: la buena -dama respondió á unos y á otros con un: “Vamos, quietos, silencio”. El -amo de la casa entró en seguida con paso más sosegado, pero pintado en -su semblante una expansiva alegría. Éste era, si no lo hemos dicho ya -antes, el sastre de la población y de todas las cercanías, hombre que -sabía leer, que había leído efectivamente más de una vez la _Leyenda de -los Santos_ y los _Reales de Francia_, y pasaba en el territorio por un -hombre de talento y de ciencia, alabanzas todas que rechazaba con mucha -modestia, diciendo únicamente que había equivocado su vocación, y que -si hubiese estudiado en lugar de tantos otros... Aparte de esto, era -un hombre de la mejor pasta del mundo. Se hallaba presente cuando el -párroco había suplicado á su mujer el emprender aquel viaje caritativo; -y no sólo lo había aprobado, sino que también hubiera añadido sus -persuasiones, si hubiera sido necesario. Al presente, que la función, -el aparato, el concurso, y sobre todo el sermón del cardenal habían, -como se dice vulgarmente, exaltado todos sus buenos sentimientos, -volvía á su casa con la expectativa, con el deseo ansioso de saber qué -es lo que había pasado, y de ver si se había salvado la pobre inocente. - ---Miradla, le dijo, al entrar, la buena dama, señalando á Lucía. Ésta -se levantó ruborizándose, y empezó á balbucear algunas excusas; pero -él se aproximó á la joven, no sin grandes demostraciones de alegría, y -exclamó: “¡Bien venida, bien venida! Vos sois la bendición del cielo en -esta casa. ¡Cuán contento estoy de veros aquí! Bien seguro estaba yo -que llegaríais á buen puerto, porque jamás he visto que el Señor haya -empezado un milagro sin concluirlo perfectamente; pero ¡cuán contento, -repito, estoy de veros aquí! ¡Pobre niña! ¡Mas sin embargo, es una cosa -grande el haber sido objeto de un milagro!”. - -No se crea que él solo calificase de milagro aquel acontecimiento, -porque hayamos dicho que había leído la _Leyenda_; por todo el pueblo y -por todos los alrededores no se habló en otros términos mientras duró -su memoria. Y á decir verdad, con las añadiduras que le pusieron, no le -podía convenir otro nombre. - -Se acercó en seguida poco á poco á su mujer, que desataba la marmita -de la cadena, que la tenía suspendida sobre el fuego, y le dijo en voz -baja: - ---¿Ha ido todo bien? - ---Perfectamente, ya te lo contaré más tarde. - ---Sí, sí, con comodidad. - -Cuando estuvo puesta la mesa, la dueña fué á buscar á Lucía, y la -acompañó hasta su asiento; cortó una ala del capón, y se la sirvió; -sentáronse también los dos esposos, y ambos exhortaron á su huéspeda, -abatida y vergonzosa, á que tuviese valor y comiese. El sastre empezó, -á los primeros bocados, á discurrir con gran énfasis, en medio de -las interrupciones de los niños, que comían alrededor de la mesa, -y que habían visto cosas demasiado extraordinarias, para limitarse -largo tiempo al solo papel de oyentes. Aquél describía las solemnes -ceremonias, luego saltaba á hablar de la conversión milagrosa. Pero lo -que le había hecho más impresión, y lo que repetía más, era el sermón -del cardenal. - ---Al ver ante el altar, decía, un señor de aquella especie, lo mismo -que un simple párroco... - ---¿Y aquella cosa de oro que llevaba en la cabeza?... decía una de las -niñas. - ---Cállate; al pensar, repito, que un señor de esa especie, una persona -tan sabia, que según dicen ha leído todos los libros del mundo, -circunstancia que no se ha visto en ningún otro hombre, ni aun en -el mismo Milán; al pensar que ha sabido adaptarse á decir aquellas -hermosas cosas, de manera que todos las hayan comprendido... - ---Yo también las he comprendido, dijo la otra niña. - ---Cállate; ¿qué es lo que has de haber tú comprendido? - ---He comprendido que explicaba el Evangelio en lugar del señor cura. - ---¡Silencio! No digo que se haya hecho comprender solamente de aquellos -que saben algo, porque en este caso están obligados á comprenderle, -sino también de los que tienen la cabeza más dura, los más ignorantes, -seguían el hilo de su discurso. ¡Id ahora á preguntarles si sabrían -repetir las palabras que decía! ¡Oh! sí; no las podrán expresar, pero -el sentido de ellas, lo tienen aquí; y se golpeaba la frente con la -palma de la mano. ¡Y cómo se comprendía que hablaba del consabido señor -sin tener necesidad de pronunciar su nombre! Y además, para estar -uno al cabo del asunto, hubiera bastado el ver las lágrimas que se -desprendían de sus ojos; y entonces toda la gente se ponía también á -llorar... - ---Justamente es la verdad, exclamó el niño, interrumpiendo al orador; -¿mas por qué lloraban todos como si fuesen criaturas? - ---¿Quieres callar? Y no se diga, sin embargo, que en el pueblo no hay -corazones bien duros. Como iba diciendo, monseñor nos ha hecho ver -claramente, que aunque hay carestía, es preciso dar gracias á Dios, y -estar contentos; hacer lo que se pueda, ingeniarse, ayudarse, y después -alegrarse; porque la desgracia no consiste en padecer y ser pobres; -está también en obrar mal. Y esto no son palabras vanas; pues, no se -ignora que él vive también como un pobre, que se quita el pan de la -boca para dárselo á los desgraciados, cuando podría darse una vida -mejor de la que tiene. ¡Oh, qué placer experimenta uno al oirlo hablar! -No es como tantos otros que dicen: haced lo que os digo y no lo que yo -hago; y luego, nos ha manifestado con la mayor precisión, que aun los -que no son señores, y que no obstante tienen más de lo necesario, están -obligados á hacer partícipes á los que padecen. - -En esto interrumpió de improviso su discurso, como atormentado por una -idea. Se detuvo un momento; en seguida llenó un plato de los manjares -que había sobre la mesa, añadió un pan, colocó dicho plato dentro de -una servilleta, y habiéndola tomado por las cuatro puntas, dijo á la -mayor de sus niñas: “cógela así”. Le puso en la otra mano una botella -de vino, y prosiguió: “Ve á casa de María la viuda; déjale esto, y -dile que es para que se regale un poco con sus niños. Pero mira; ten -cuidado cómo lo haces, no vayas á dárselo como si fuera á hacérsele una -limosna: que no se te escape una sola palabra si encuentras á alguien; -y, por último, ten cuidado de que nada se rompa”. - -Lucía se conmovió hasta el punto de derramar lágrimas, y sintió en su -alma un enternecimiento que la distrajo de su dolor. Ya el discurso -anterior de aquel hombre honrado le había causado un alivio, que las -palabras de consuelo, más dulces, más directas, no le hubieran podido -procurar. Su espíritu, cediendo al atractivo de aquellas descripciones -de pompas augustas, de aquellas emociones de piedad y admiración, -sobrecogido por el mismo entusiasmo del narrador, alejaba de sí sus -dolorosos pensamientos, y cuando volvían, se encontraba más fuerte -contra ellos. La idea misma de su sacrificio, sin haber perdido su -amargura, experimentaba una cierta alegría austera y solemne. - -Poco después entró el cura del pueblo, y dijo que el cardenal le -enviaba á informarse de Lucía, y para advertirla que monseñor quería -verla aquel mismo día; en seguida dió las gracias en su nombre al -sastre y á su mujer. Éstos y aquélla, conmovidos y turbados, no -hallaban palabras para contestar á las demostraciones de semejante -personaje. “¿Y vuestra madre no ha llegado todavía?”, preguntó el cura -á Lucía. - ---¡Mi madre!, exclamó ésta. Diciéndole luego el cura cómo había sido -mandada á buscar por orden del arzobispo, se puso el delantal en -los ojos, y prorrumpió en un copioso llanto, que duró mucho tiempo -después de haberse marchado el eclesiástico. Cuando los sentimientos -tumultuosos que se habían suscitado en su alma, á aquel anuncio, -empezaron á dar lugar á ideas más tranquilas, la infeliz joven se -acordó que la alegría entonces tan próxima de volver á ver á su madre, -contento tan inesperado pocas horas antes, lo había también implorado -expresamente en aquellas horas terribles, y lo había puesto casi como -una condición á su voto. _Hacedme volver sana y salva al lado de mi -madre_, había dicho; y estas palabras aparecieron distintamente á su -memoria. Se confirmó más que nunca en el propósito de mantener su -promesa, y se reprochó de nuevo y muy amargamente aquel _¡infeliz de -mí!_ que se había escapado de su interior en los primeros momentos. - -Efectivamente, cuando hablaron de Inés, ésta se encontraba ya muy -cerca. Es fácil imaginar cómo se quedaría la pobre mujer á una -invitación tan poco esperada, y á la noticia necesariamente truncada -y confusa de un peligro, se podía decir, que ya había cesado, pero de -un peligro espantoso, de una terrible aventura, que el mensajero no -sabía referir ni explicar, y de la cual ella no tenía á qué agarrarse -para explicársela por sí misma. Después de haber llevado las manos -á su cabeza, después de haber exclamado muchas veces: “¡Ah, Señor, -ah, Madonna!” después de haber hecho varias preguntas al mensajero, -á las cuales éste no sabía qué responder, se lanzó furiosa y con -precipitación en el carruaje, continuando, durante todo el camino, -deshaciéndose en exclamaciones y preguntas inútiles. Mas al llegar á -cierto paraje, se encontró de manos á boca con D. Abundio, que se -adelantaba poco á poco, apoyado en su bastón. Después de un “¡oh!” -proferido por ambas partes, D. Abundio se detuvo; Inés hizo parar el -carruaje, y se bajó; luego, los dos se dirigieron hacia un castañar que -se hallaba al lado del camino. D. Abundio le había participado todo -lo que había podido saber y debido ver. La cosa no estaba tan clara -todavía; pero á lo menos Inés se cercioró de que Lucía permanecía en -seguridad, y respiró. - -En seguida, D. Abundio quiso entablar otra clase de conversación é -instruirla largamente sobre la manera de gobernarse con el arzobispo, -si éste, como era probable, deseaba hablar con ella y con su hija, -diciéndole, principalmente, que no convenía hacerle mención del -casamiento. Pero conociendo Inés que el buen hombre no iba más que á -su propio interés, lo dejó plantado, sin prometerle nada, sin resolver -nada tampoco, contestando solamente que tenía otras cosas en que -pensar; después de lo cual se volvió á poner en camino. - -Finalmente, el carruaje llegó á su destino, y paró á la puerta de la -casa del sastre. Lucía se levanta precipitadamente; Inés se apea; -se precipita dentro de la expresada casa, y he aquí que se abrazan -estrechamente una á otra. La mujer del sastre, que era la única que -se hallaba presente, les dió ánimo, las tranquilizó, se regocijó con -ellas; y después, siempre discreta, las dejó solas, diciendo que iba á -disponer una cama; que podía hacerlo, sin incomodarse; pero que en todo -caso, tanto su marido como ella, más bien hubieran querido dormir en -el suelo, que permitir que fuesen á otra parte á buscar un asilo para -aquella noche. - -Pasado el primer ímpetu de abrazos y sollozos, Inés quiso saber las -aventuras de Lucía, y ésta se puso á contárselas con la mayor ansiedad; -mas como el lector sabe, era una historia que nadie la conocía -toda; y para la misma Lucía había partes sumamente oscuras, hechos -inexplicables, y principalmente aquella fatal coincidencia de haberse -encontrado con el terrible carruaje en medio de su camino, justamente -cuando ella pasaba por una casualidad extraordinaria; sobre esto -último, la madre y la hija hacían mil conjeturas, sin acertar nunca con -la verdadera causa, ni siquiera aproximarse á ella. - -Con respecto al autor de la trama, ninguna de las dos podía dudar que -no fuese D. Rodrigo. - ---¡Ah, espíritu malo!, ¡tizón del infierno!, exclamaba Inés; pero ya -le llegará su hora: el Señor se lo recompensará según sus méritos, y -entonces él experimentará también... - ---¡No, no, madre mía! la interrumpió Lucía; no deseéis ningún mal -á él ni á nadie tampoco. ¡Si sabéis lo que es sufrir; si lo habéis -experimentado! ¡No, no!, roguemos más bien por él á Dios y á la -Madonna; que el Señor le toque el corazón como lo ha hecho con ese otro -infeliz, que era mucho peor y ahora es un santo. - -El terror que causaba á Lucía el recordar aquellos hechos tan recientes -y crueles, le hizo más de una vez titubear; más de una vez dijo que -no tenía bastante valor para continuar, y después de muchas lágrimas -y suspiros, volvió á tomar el uso de la palabra con el mayor pesar; -pero un sentimiento contrario la hizo vacilar al llegar á cierto punto -de su narración: cuando se trató del voto. El temor de que su madre -la acusara de imprudente y precipitada, y que como había hecho en el -asunto del casamiento, no le pusiera por delante aquella su tan larga -regla de conciencia, y la quisiese hacer prevalecer, ó que la buena -mujer le dijese en confianza á alguno, no por otra cosa más sino -para que la iluminara y aconsejara, y llegase de este modo á hacerse -público; al pensar esto solo Lucía percibía que sus mejillas se cubrían -de un vivo carmín; añádase también cierta vergüenza que le causaba su -misma madre, y una inexplicable repugnancia de hablar sobre la materia, -fueron motivos todos que le hicieron ocultar aquella circunstancia -importante, proponiéndose confiársela primeramente al padre Cristóbal. -¡Mas cómo se quedó, cuando preguntando por él, supo que no estaba ya -en Pescarenico; que había sido enviado á un pueblo muy lejano, á un -pueblo que tenía cierto nombre!... - ---¿Y Renzo?, dijo Inés. - ---Está en salvo, ¿no es cierto?, replicó ávidamente Lucía. - ---Sí, porque todos lo dicen; se asegura que se ha refugiado en el -territorio de Bérgamo; pero el paraje verdadero nadie puede decirlo: -hasta ahora no ha dado noticias de su persona; es indispensable que no -haya hallado el medio de hacerlo. - ---¡Ah, si está en salvo, gracias sean dadas al Señor!, dijo Lucía; y -procuraba mudar de conversación, cuando ésta fué interrumpida por un -suceso inesperado; tal fué la aparición del cardenal arzobispo. - -Éste, vuelto de la iglesia, donde lo habíamos dejado, habiendo -sabido por el Incógnito la llegada de Lucía, fué á sentarse á la -mesa, haciendo colocar á su derecha al señor, en medio de un círculo -de sacerdotes que no podían saciarse de lanzar ojeadas sobre aquel -semblante tan dulcificado sin debilidad, tan humillado sin bajeza, y de -compararle con la idea que desde largo tiempo tenían de dicho personaje. - -Concluido el desayuno, el Incógnito y el cardenal se retiraron de nuevo -juntamente. Después de un coloquio que duró más que el primero, el -señor partió para su castillo, montado en la misma mula de la mañana. -El cardenal hizo llamar al párroco, y le manifestó que deseaba ser -conducido á la casa en donde Lucía se había refugiado. - ---¡Oh, monseñor!, respondió éste, no os molestéis: haré avisar al -momento á la joven para que venga, como también la madre, si es que ha -llegado, y también los dueños de la casa si quiere monseñor; todos los -que vuestra señoría ilustrísima guste. - ---Deseo yo mismo ir á verlos, replicó Federico. - ---Vuestra señoría ilustrísima no debe molestarse: enviaré á llamarlos -en seguida; es cosa de un momento, insistió el párroco asaz oficioso é -impertinente (por lo demás excelente sujeto); mas no comprendía que el -cardenal quería con semejante visita rendir homenaje á la desgracia, -á la inocencia, á la hospitalidad y á su propio ministerio á un mismo -tiempo. Pero habiendo el superior expresado de nuevo sus deseos, el -inferior se inclinó y se puso en marcha. - -Apenas los dos personajes pusieron el pie en la calle, cuando toda la -gente se encaminó hacia ellos, acudiendo de todas partes, y rodeándoles -de manera que llegaban á impedirles el paso. El párroco se esforzaba en -decir: “vamos, atrás, retiraos; ¡más, más!”. Y Federico le replicaba: -“dejadlos, dejadlos”, é iba avanzando, tan pronto alzando la mano para -bendecir al pueblo, tan pronto bajándola para acariciar á los niños -que embarazaban su marcha. De este modo llegaron á la casa, en la -cual entraron: la multitud permaneció agrupada en la calle. El sastre -se hallaba también entre la gente que había seguido al cardenal, el -cual con los ojos fijos en éste y la boca abierta, iba mirándole sin -saber adónde se dirigía. Al ver que el arzobispo entraba en su casa, se -abrió paso, dejando á la consideración de los lectores el estrépito que -movería, gritando sin cesar: “dejad pasar á quien debe”; y entró. - -Inés y Lucía oyeron en la calle un ruido que á cada paso se aumentaba: -mientras pensaban lo que podría ser, vieron abrirse la puerta y -aparecer el cardenal en compañía del párroco. - ---¿Es aquélla?, preguntó el primero al segundo; y á una señal -afirmativa se dirigió hacia Lucía, que estaba allí con la madre, ambas -inmóviles y mudas de vergüenza y sorpresa. Pero el tono de aquella -voz, el aspecto, el continente, y sobre todo las palabras de Federico, -las tranquilizaron prontamente. “¡Pobre joven, dijo, Dios ha querido -someteros á una gran prueba; mas os ha hecho ver que siempre tenía su -vista fija sobre vos, y que no habíais sido olvidada! Él os ha puesto -en salvo, y se ha servido de vos para consumar una grande obra, para -manifestar su misericordia á un hombre, y para aliviar al propio tiempo -á otros muchos”. - -En esto apareció en la estancia el ama de la casa, la cual, al ruido, -se había asomado á la ventana, y habiendo visto quién entraba, bajó -precipitadamente la escalera, después de haberse arreglado lo mejor -que pudo. El sastre entró casi al mismo tiempo por otra puerta. -Al ver trabada la conversación, fueron á reunirse á un rincón, en -donde permanecieron con aire respetuoso. El cardenal, saludándolos -cortésmente, continuó su plática con las mujeres, mezclando á sus -consuelos algunas preguntas, para ver si en las respuestas podía hallar -alguna coyuntura de hacer bien á quien tanto había padecido. - ---Convendría que todos los sacerdotes fuesen como vuestra señoría, -que tomasen algunas veces el partido de los pobres, y no les ayudasen -á meterlos en medio de las mayores dificultades para ellos huir -el cuerpo, dijo Inés, animada por el aire familiar y afectuoso de -Federico, y encolerizada al pensar que el Sr. D. Abundio, después de -sacrificar siempre á los demás, pretendiese también impedir una pequeña -expansión de espíritu, la menor queja á los que eran superiores á él, -cuando por una rara casualidad se presentaba una ocasión. - ---Decid todo lo que pensáis, dijo el cardenal, hablad con libertad. - ---Quiero decir, que si nuestro señor cura hubiese cumplido con su -deber, las cosas no hubieran llegado á tal extremo. - -Mas haciéndole el cardenal nuevas instancias para que se explicara con -mayor claridad, ella empezó á hallarse embarazada con tener que referir -una historia en la que la misma tenía una parte que procuraba ocultar, -especialmente á semejante personaje. Sin embargo, encontró el medio de -arreglarla, con una pequeña variación: contó el concertado casamiento, -la denegación de D. Abundio; no pasando en silencio el pretexto de -los _superiores_ que él había puesto por delante (¡ah, Inés!) y pasó -al atentado de D. Rodrigo, y cómo habiendo sido avisadas habían -podido escapar. “Pero sí, añadió en conclusión, escapar para caer en -otros lazos. Si en aquella ocasión, el señor cura hubiese hablado con -sinceridad, y casado en seguida á mis pobres jóvenes, nos hubiéramos -ido todos juntos secretamente, muy lejos, á un paraje que ni siquiera -el aire lo hubiera sabido. Así es como se ha perdido el tiempo y ha -sucedido lo que ha sucedido”. - ---El señor cura me dará cuenta de este hecho, dijo el cardenal. - ---No señor, no, replicó Inés prontamente: no lo he dicho por esto; no -le reprendáis, porque ya lo que está hecho, hecho se queda; y además, -que de nada sirve: es un hombre de este carácter; si el caso se -presentase de nuevo, obraría del mismo modo. - -Pero Lucía, no satisfecha de aquel modo de referir la historia, -añadió: “Nosotras también, nosotras también hemos obrado mal: se ha -visto que la voluntad del Señor era que la cosa no tuviese buen éxito”. - ---¿Qué mal habéis podido hacer, desgraciada joven? - -Lucía, á pesar de las señas que la madre le hacía á hurtadillas con los -ojos, contó la aventura de la tentativa hecha en casa de D. Abundio, y -concluyó diciendo: “Hemos obrado mal y Dios nos ha castigado”. - ---Aceptad de su mano los padecimientos que habéis sufrido, y tened -valor, dijo Federico; porque ¿quién tendrá razón de alegrarse y de -esperar sino el que ha padecido y piensa en acusarse á sí mismo? - -Entonces preguntó en dónde se hallaba el prometido, y sabiendo por Inés -(Lucía permanecía silenciosa, con la cabeza baja) que había huido del -país, experimentó y manifestó admiración y desagrado, queriendo saber -la causa que lo había motivado. - -Inés refirió lo mejor que le fué posible lo poco que sabía de las -aventuras de Renzo. - ---He oído hablar de ese joven, dijo el cardenal; ¿pero cómo permitís -que un hombre que se halla comprometido en negocios de semejante -especie trate de casarse con esta joven? - ---Era un joven muy honrado, dijo Lucía ruborizándose, pero con voz -segura. - ---Era un muchacho pacífico hasta dejarlo de sobra, añadió Inés; y -vuestra señoría puede preguntarlo á quien quiera, aunque sea al mismo -señor cura. ¿Quién es capaz de saber las intrigas y enredos que le -habrán armado por allá? Muy poca cosa se necesita para hacer pasar á -los pobres por bribones. - ---Es demasiado cierto, dijo el cardenal; yo me informaré: y habiéndose -hecho decir el nombre y apellido del joven, lo apuntó en un librito -de memorias. En seguida añadió que contaba marcharse á su país dentro -de algunos días; que entonces Lucía podría ir allá sin temor, y que -entretanto él se ocuparía de proporcionarle un asilo en donde pudiese -estar con seguridad, hasta que todo se arreglase. - -Después se volvió á los dueños de la casa, que se adelantaron con -prontitud; renovó las gracias que les había dirigido por medio del -párroco, y les preguntó si querían conservar por pocos días á los -huéspedes que Dios les había enviado. - ---¡Oh!, sí señor, contestó el ama con un tono de voz y un aire que -expresaban mucho más que aquella corta respuesta, medio ahogada por -la timidez. Pero el marido, animado por la presencia de semejante -personaje que se dignaba interrogarles, como igualmente del deseo de -lucirse en una ocasión tan importante, estudiaba ansiosamente una -bella contestación. Arrugó la frente, puso los ojos bizcos, apretó -los labios, tendió con todas sus fuerzas el arco de la inteligencia, -barrenó y sintió dentro de sí un choque de ideas, á las cuales faltaba -algo, y de palabras truncadas; mas el tiempo apremiaba, y el cardenal -demostraba ya haber interpretado su silencio. Entonces el buen hombre -abrió la boca y dijo: “Figuraos...”. Nada más pudo venirle por el -pronto. No sólo quedó avergonzado allí aquel día, sino que su recuerdo -importuno agrió siempre el placer del grande honor que había recibido. -¡Cuántas veces pensando en esta circunstancia, como para contrariarle, -le vinieron á la imaginación una multitud de palabras, que todas -hubieran valido más que su insulso “_¡figuraos!_”. Pero como dice un -antiguo proverbio: á burro muerto, &c. - -El cardenal partió diciendo: “que la bendición del Señor sea sobre esta -casa”. - -Por la tarde preguntó al cura cómo podría recompensarse de un modo -conveniente á aquel hombre, que no debía ser rico, de una hospitalidad -costosa, especialmente en aquellos tiempos. El párroco respondió que -á la verdad, ni las ganancias de su profesión, ni la renta de algunos -pequeños campos que el buen sastre poseía, hubieran sido suficientes -aquel año para ponerlo en posición de ser liberal para con los demás; -pero que habiendo economizado en los años anteriores, se encontraba -al presente ser uno de los más acomodados del pueblo; que podía hacer -algunos gastos sin que le causaran ninguna extorsión, y que ciertamente -los haría con gusto, y que por otra parte tomaría como una ofensa el -que se le hiciese aceptar recompensa alguna. - ---Probablemente tendrá, dijo el cardenal, créditos contra gente que no -pueda pagar. - ---Ya puede figurárselo vuestra señoría ilustrísima: esas pobres gentes -pagan con el sobrante de la recolección; en un año escaso nada sobra; -al contrario, falta todavía lo necesario. - ---Bueno; yo tomo á mi cargo todas esas deudas y vos os serviréis -recoger de ellos la nota de las partidas, y las saldaréis. - ---Compondrá una gran suma. - ---Tanto mejor; y tendréis otros ranchos bastante necesitados, que no -tendrán deudas, porque no habrá quién les preste. - ---¡Oh, sí; hay muchos! Y sin embargo, se hace lo que se puede; pero, -¿cómo atender á todos en unos tiempos tan calamitosos? - ---Disponed que se les vista á mis expensas, y pagadlo bien. -Verdaderamente este año, todo el dinero que se gaste en pan me parece -robado; pero éste es un caso excepcional. - -No queremos, con todo, concluir la historia de aquel día, sin referir -sucintamente cómo terminó la del Incógnito. - -Esta vez el ruido de su conversión le había precedido en el valle: -se había esparcido prontamente, y había excitado una sorpresa, una -ansiedad y una irritación difíciles de pintar. Á los primeros bravos -ó servidores (que era igual) que encontraba, les hacía seña que le -siguiesen: éstos caminaban detrás de él siendo presa de una nueva -inquietud y con su acostumbrada obediencia; su séquito se aumentaba -á cada instante. Llega por fin al castillo: indica á los que se -encuentran á sus puertas que le sigan también; entran en el primer -patio, se coloca en medio de él, y allí, afirmándose en sus estribos, -lanza un grito atronador, siendo ésta la señal que usaba para que todos -aquellos de los suyos, á quienes llegara dicho grito, se presentasen -al instante. En seguida todos los que se hallaban esparcidos por el -castillo se apresuraron á acudir á aquella voz terrible, y se reunieron -al resto de la numerosa cuadrilla, fijando todas sus miradas sobre su -señor. - ---Id á esperarme al gran salón, dijo, y desde lo alto de su cabalgadura -estaba viéndolos partir. En seguida se apeó, condujo por sí mismo la -mula á la cuadra, y se encaminó hacia donde era esperado. El sordo -murmullo que reinaba en el salón cesó á su aspecto; retiráronse todos á -un ángulo, dejando un gran espacio vacío á su alrededor. Ellos serían -unos treinta. - -El Incógnito levantó la mano como para mantener el silencio que su -sola presencia había hecho nacer; alzó su cabeza, que sobresalía á -todas las demás, y dijo: “Escuchadme todos, y nadie hable sin ser -preguntado. ¡Hijos míos!, el camino por el cual hemos andado hasta -hoy conduce al fondo del infierno. Esto no es un reproche que yo -quiera haceros, yo que he sido el primero que he ido delante y os he -sobrepujado en esta abominable carrera, yo el más culpable de todos; -mas atended á lo que voy á deciros. - -“Dios en su misericordia me ha llamado á cambiar de vida; cambiaré, he -cambiado ya: ¡plegue á este mismo Dios que haga otro tanto con todos -vosotros! Sabed, pues, y tened por cierto, que estoy resuelto á morir -antes que hacer nada más contra sus santas leyes. Retiro á cada uno -de vosotros las órdenes criminales que tenéis de mí; ya me entendéis: -así, os mando que nada hagáis de lo que yo os había prescrito; tened -igualmente por cierto, que nadie podrá en adelante cometer ninguna -maldad bajo mi protección ni á mi servicio. Los que quieran permanecer -conmigo con estas condiciones, los consideraré como hijos míos; me -contemplaré dichoso: en tiempo de hambre y de miseria compartiré el -último pan que quede en mi casa con el último de vosotros. El que no -quiera, se le dará el salario que se le debe, y además un regalo; -éste podrá ir adonde desee; pero le advierto que no ponga los pies -aquí, á no ser para mudar de vida, pues con este motivo será recibido -con los brazos abiertos. Reflexionad esta noche sobre lo que os he -dicho; mañana por la mañana os llamaré uno á uno, para que me deis la -contestación, y entonces os daré nuevas órdenes. Por ahora, retiraos -cada uno á vuestro puesto; y Dios, que ha usado conmigo de tanta -misericordia, os inspire un buen pensamiento”. - -Cesó de hablar y todos guardaron el más profundo silencio: aunque -fermentaron en sus cerebros ardientes una multitud de extrañas y -tumultuosas ideas, ninguna, sin embargo, dejaron traslucir. Estaban -habituados á escuchar la voz de su señor como la manifestación de una -voluntad absoluta á la cual era preciso obedecer sin replicar; aquella -voz anunciando que la voluntad se había cambiado, no daba indicio -alguno de que estuviese aniquilada. Á ninguno de ellos le pasó, sin -embargo, por la imaginación, que por haberse convertido, se pudiese -atrever á replicarle, como á otro hombre cualquiera. Veían en él á -un santo, pero uno de esos santos á los cuales pintan con la cabeza -alta y la espada en la mano. Además del temor que inspiraba, tenían -hacia él (sobre todo aquellos que habían nacido bajo su dominación, -y que eran la mayor parte) una afección como de hombres ligados á su -señor feudal. Su admiración tenía algo de cariño; y experimentaba á su -vista ese respeto que los más rebeldes y petulantes tienen ante una -superioridad que ya han reconocido. Las cosas, pues que habían oído -pronunciar por aquella boca eran seguramente odiosas á sus oídos, pero -no falsas ni enteramente extrañas á sus inteligencias. Si habían hecho -mil veces burla, no era porque no tuvieran fe, sino para prevenir con -la misma burla el miedo que les hubiera venido pensándolo seriamente. -Al presente, al ver el efecto de este miedo en un valor tan indomable -como el de su amo, no hubo ninguno que no lo experimentase, á lo menos -por algún tiempo. Añádase á todo esto, aquellos que hallándose por -la mañana fuera del valle, habían sido los primeros sabedores de la -gran nueva y habían visto igualmente y también referido la alegría -de toda la población, el amor y la veneración hacia el Incógnito que -había sucedido de repente al antiguo odio y terror; de manera, que -en el hombre que habían siempre mirado, por decirlo así, como un -ser todopoderoso, aun cuando ellos mismos formaban en gran parte su -fuerza, veían ahora que era la maravilla, el ídolo de la multitud; lo -contemplaban que sobresalía á los otros de un modo muy diverso antes, -pero no menos; siempre fuera de la esfera común, siempre á la cabeza. - -Estaban pues, todos aturdidos, inciertos unos de otros, y también de -sí mismos. El uno buscaba en su imaginación en dónde podría encontrar -un asilo y ocupación; el otro se preguntaba si podría doblegarse á -aquel nuevo género de vida; éste, conmovido por aquellas palabras, -experimentaba hacia el señor cierta inclinación; aquél, sin resolver -nada, se proponía prometerlo todo á buena cuenta, tratando mientras de -comer aquel pan ofrecido de tan buena gana y entonces tan escaso, é ir -ganando tiempo. Ninguno resolló; y cuando el Incógnito al fin de su -discurso alzó de nuevo aquella mano imperiosa para indicarles que se -marcharan, dóciles como un rebaño de ovejas, tomaron todos el camino de -la puerta. Él salió también detrás de ellos, y parándose en medio del -patio, miró á la débil luz del crepúsculo cómo se separaban y cada uno -se encaminaba á su puesto. Luego entró á coger su linterna, recorrió de -nuevo los patios, los corredores, las salas, visitó todas las avenidas, -y cuando vió que todo estaba tranquilo, se fué por último á dormir. Sí, -á dormir, porque tenía sueño. - -Jamás, aun cuando siempre había ido en busca de negocios intrincados é -intrigas, jamás, repito, se había visto tan abrumado como al presente; -con todo, tenía sueño. Los remordimientos que le tuvieron desvelado -la noche anterior, en vez de haberse calmado levantaban el grito más -soberbios, más severos, más absolutos; y sin embargo, tenía sueño. El -orden, la especie de gobierno establecido allí dentro por él tantos -años hacía, á fuerza de tantos cuidados, con tan extraordinario -acopio de audacia y perseverancia, ahora él mismo lo había puesto en -todo su vigor con pocas palabras; la dependencia ilimitada de los -suyos que estaban dispuestos á todo con la fidelidad de esclavos, con -la cual estaba acostumbrado desde largo tiempo á descansar, ahora la -había puesto á prueba; los medios de que se había valido, crearon una -multitud de obstáculos: la confusión é incertidumbre estaba apoderada -del castillo; no obstante, tenía sueño. - -Se encaminó, pues, á su cámara, entró en ella, se acercó á aquel lecho, -el cual la noche antes había hallado tan espinoso, y se arrodilló cerca -de él, con la intención de rezar. Encontró, en efecto, en un apartado -y profundo rincón de su mente las oraciones que estaba acostumbrado -á rezar cuando era niño; comenzó á recitarlas, y aquellas palabras -detenidas allí tanto tiempo y juntamente revueltas, venían unas después -de otras como si se deshiciesen. Experimentaba en esto una mezcla -de sentimientos indefinibles, una cierta dulzura en aquella vuelta -material á los hábitos de la inocencia, una sensación de dolor al -pensar el grande abismo que mediaba entre aquel tiempo y el actual, un -ardor de llegar por medio de obras expiatorias á adquirir una nueva -conciencia, un estado más próximo á la virtud, á la cual no podía -volver, un agradecimiento, una confianza en aquella misericordia que -lo podía conducir á dicho estado, y que le había dado ya señales tan -marcadas de quererlo. Después de haber rezado, se acostó, y quedóse -dormido inmediatamente. - -Así terminó aquel día tan célebre aún cuando escribía nuestro anónimo; -y que ahora, á no haber sido él, nada de particular se sabría, y á -lo cual Ripamonti y Rivola, citados antes, no dicen más, que aquel -tan célebre tirano, después de una entrevista con Federico, mudó -maravillosamente de vida para siempre. ¿Y cuántos son los que han leído -las obras de los dos expresados autores? Menos aún que los que leerán -nuestro libro. ¿Y quién sabe, si en ese mismo valle, el que tenga -deseos de buscarlo y la habilidad de encontrarlo, habrá quedado alguna -débil y confusa tradición del hecho? ¡Han nacido tantas cosas desde -aquel tiempo al presente! - - - NOTAS: - -[5] Ogro: monstruo fabuloso que decían se comía las criaturas. - - - - - CAPÍTULO SÉPTIMO - - -El día siguiente en el pueblo de Lucía y en todo el territorio de -Lecco, no se hablaba más que de ella, del Incógnito, del arzobispo y -de otro sujeto, que aunque le gustase mucho que hablasen de él, en -aquellas circunstancias lo hubiera perdonado de buena gana; queremos -decir que éste era el Sr. D. Rodrigo. - -No se vaya á creer que antes de dicho día no se hubiese hablado de sus -hechos; pero eran conversaciones truncadas y secretos; era preciso -que los interlocutores se conociesen muy bien entre sí para entablar -polémica sobre tal objeto, aún estaban lejos de hablar con el calor -de que hubieran sido capaces; porque cuando los hombres no pueden, -sin correr un gran peligro, abandonarse á su indignación, no sólo se -manifiestan mucho menos, sino que también reprimen la que experimentan -en su interior; pero sin embargo, no por esto dejan de sentir. ¿Quién -podría hoy contenerse?, ¿quién dejaría de hablar sobre un suceso que -había hecho tanto ruido, en el cual se veía claramente la mano de la -Providencia, y en donde representaban un gran papel dos personajes -semejantes? El uno, en el que el amor por la justicia tan valeroso se -veía unido á tanta autoridad; el otro, al cual parecía que el poder -en persona estaba humillado, que la bravería, por decirlo así, había -venido á deponer las armas y á pedir la paz. Á tales comparaciones, -el Sr. D. Rodrigo considerábase como un pigmeo. Entonces todo el -mundo comprendía lo que había ideado para atormentar la inocencia, -para deshonrarla, para perseguirla con una violencia tan atroz y con -asechanzas tan abominables. Pasábase en aquella ocasión una revista á -todas las demás proezas de dicho señor, y sobre todo las decían del -mismo modo que las sentían, animados y encantados como estaban de -hallarse todos de acuerdo; era un murmullo, un grito unánime, á lo -lejos, sin embargo, porque si no había bravos, había esbirros. - -Una buena porción de esta pública animadversión tocaba también á sus -colegas y amigos. No se perdonaba al señor podestá, siempre sordo, -ciego, mudo, con respecto á las violencias de aquel tirano; pero -no se hablaba de esto más que en voz baja, porque el podestá tenía -igualmente sus esbirros. No usaban tantos miramientos tocante al doctor -Azzecca-Garbugli, que no poseía más que mucha charlatanería y astucia, -ni para con los demás pequeños colegas iguales suyos, á los cuales se -les señalaba tanto con el dedo y se les miraba con tanta prevención, -que juzgaron prudente el no dejarse ver en la calle por espacio de -algún tiempo. - -D. Rodrigo, herido como de un rayo por aquella noticia imprevista, tan -distante del aviso que esperaba de día en día y de momento en momento, -se mantuvo encerrado en su palacio solo con sus bravos, devorando -su rabia por espacio de dos largos días; mas al tercero partió para -Milán. Si aquello no hubiese sido más que un sordo murmullo del -pueblo, quizá, aunque la cosa hubiese pasado más adelante, se hubiera -quedado expresamente para desafiarla, para buscar la ocasión de dar -sobre alguno de los más ardientes una lección que sirviese para todos; -pero lo que le obligó á marchar, fué el haber sabido de positivo -que el cardenal iba hacia aquel lado. El conde su tío, el cual nada -sabía de toda aquella historia sino lo que le había dicho Attilio, -hubiera ciertamente exigido que en semejante circunstancia D. Rodrigo -hiciera la primera visita al cardenal, y que obtuviese en público la -acogida más distinguida: véase, pues, cómo aquél había dispuesto otra -cosa. El conde lo hubiera pretendido y se habría hecho dar cuenta -minuciosamente, porque ésta era una ocasión importante de hacer ver en -qué estimación era tenida la familia por una autoridad tan eminente. -Para escapar de un embarazo tan enojoso, D. Rodrigo, habiéndose -levantado una mañana antes de salir el sol, se metió en un carruaje, -acompañado del _Griso_ y algunos otros bravos que iban escoltándole; y -dejando la orden de que el resto de la servidumbre siguiese después, -partió como un fugitivo (permítasenos elevar á nuestros personajes por -medio de alguna ilustre comparación), como Catalina de Roma, echando -espumarajos de rabia y jurando volver bien pronto, de otro modo, para -consumar su venganza. - -Entretanto el cardenal se adelantaba, visitando todos los días una de -las parroquias situadas en el territorio de Lecco. El día que debía -llegar á la de Lucía, una gran parte de los habitantes habían salido -de sus casas para salirle al encuentro. Á la entrada de la población, -precisamente al lado mismo de la casita de nuestras dos mujeres, -había un arco triunfal construido de madera, cubierto de paja y de -musgo, adornado de verdes ramos de boj y de acebo. La fachada de la -iglesia estaba cubierta de tapices; de cada ventana pendían colchas -y sábanas extendidas, fajas de niños colocadas á guisa de banderas; -todo aquello, por último, que podía parecer necesario, bien ó mal, -ó superfluo. Por la tarde, que era la hora en la cual se esperaba al -cardenal, los que habían permanecido en las casas, los ancianos, las -mujeres y los niños más pequeños, se pusieron también en marcha para ir -á su encuentro, parte formados en fila, y parte en pelotón, precedidos -por D. Abundio. El pobre cura estaba triste en medio de tanta alegría; -el estrépito le aturdía; el movimiento de tanta gente discurriendo por -todas partes le volvía loco, como él decía; y estaba atormentado por el -temor secreto de que las mujeres lo hubieran charlado todo, por lo cual -tuviese que rendir cuenta de su conducta en el negocio del casamiento. - -Finalmente, vese aparecer al cardenal, ó por mejor decir la turba -en medio de la cual se encontraba en su litera, y el séquito que -lo rodeaba. Apenas se le podía distinguir en medio de toda aquella -cohorte, y únicamente se divisaba por sobresalir de todas las cabezas, -un extremo de la cruz llevada por un capellán que cabalgaba en una -mula. El pueblo que iba con D. Abundio, se apresuró á reunirse al -grueso de la multitud; y éste, después de haber dicho tres ó cuatro -veces: “Despacio, en fila, ¿qué hacéis?”, atravesó la calle sumamente -incomodado y murmurando siempre: “Esto es una Babilonia, es una -Babilonia”, entró en la iglesia que estaba desocupada, y se quedó allí -aguardando. - -El cardenal avanzaba, dando bendiciones con la mano, y recibiéndolas -de la boca del pueblo, que la gente de su séquito podía apenas -contener, á pesar de todos sus esfuerzos. Como compatriotas de Lucía, -los habitantes hubieran querido hacer al arzobispo las demostraciones -más extraordinarias; pero la cosa no era fácil, porque había la -costumbre de que á todas partes adonde llegaba hacían todo lo más -que podían. Ya al principio de su pontificado, á su primera entrada -solemne en la catedral, el numeroso concurso, la impetuosidad del -pueblo que se agrupó á su alrededor había sido tal, que se temió por -su vida, y algunos caballeros que se hallaban junto á él tuvieron que -tirar de las espadas para amedrentar y apartar á la multitud. Había -en las costumbres de aquel tiempo un cierto no sé qué de violento y -desordenado, que aun para hacer demostraciones benévolas á un obispo -en la iglesia, era preciso derramar sangre para contenerlas. Dicho -antemural no habría sido suficiente, si dos sacerdotes dotados de gran -vigor y de mucha presencia de ánimo, no le hubiesen levantado en brazos -y llevado de este modo desde la puerta de la iglesia hasta el altar -mayor. Desde aquel día, en todas las visitas episcopales que hizo, no -puede menos de causar escándalo el referir su primera entrada en las -iglesias en medio de sus trabajos pastorales y peligros que corrió más -de una vez. - -Entró, pues, en ésta como pudo; se encaminó al altar, y desde allí, -después de haber orado un momento, según su costumbre, dirigió un -pequeño discurso á los asistentes, sobre su amor hacia ellos, respecto -al deseo de su salvación, y el modo de prepararse para la ceremonia del -día siguiente. Habiéndose retirado en seguida á casa del cura, entre -otra multitud de cosas que habló con éste, tomó informes acerca de la -conducta y cualidades de Renzo. D. Abundio dijo que era un joven un -poco vivo de genio, testarudo y colérico. Pero tocante á las preguntas -más precisas y especiales del cardenal, se vió obligado á decir que -era un buen muchacho, y que no podía comprender cómo en Milán hubiese -podido cometer todas aquellas locuras que habían dicho. - ---En cuanto á la joven, repuso el cardenal, ¿os parece que pueda venir -ya ahora con seguridad á habitar su casa? - ---Por ahora, respondió D. Abundio, puede venir y permanecer como -quiera; digo por ahora, pero... añadió en seguida, lanzando un suspiro: -sería preciso que vuestra señoría ilustrísima estuviese siempre aquí ó -á lo menos cerca. - ---El Señor está siempre cerca, dijo el cardenal; además, yo procuraré -ponerla en lugar seguro. Y dió orden inmediatamente que al día -siguiente, muy temprano, fuese la litera con una escolta á buscar á las -dos mujeres. - -D. Abundio salió sumamente contento de que el cardenal le hubiera -hablado de los dos jóvenes, sin haberle pedido cuenta de su negativa -en casarlos. “¿Conque él no sabe nada?, decía entre sí: ¿Inés se ha -callado?, ¡qué milagro! Sin embargo, se volverán á ver; pero le daremos -otras instrucciones; sí, se las daremos”. No sabía el pobre hombre que -Federico no había querido entablar aquella conversación, justamente -porque quería hablar más largamente y con más comodidad; y antes de -darle lo que era debido quería oir también sus razones. - -Mas los cuidados del buen prelado para la seguridad de Lucía habían -llegado á ser inútiles. Después que él la había dejado, sobrevinieron -cosas que es indispensable referir. - -Las dos mujeres, en aquellos pocos días que tuvieron que pasar bajo -el techo hospitalario del sastre, volvieron á tomar cuanto les fué -posible su antiguo y habitual modo de vivir. Lucía había pedido en -seguida alguna labor, y como hacía en el monasterio, pasaba todo el día -cosiendo, retirada en una pequeña estancia, apartada de las miradas de -los curiosos. Inés salía algunas veces, y trabajaba también un poco -en compañía de su hija. Sus conversaciones eran tanto más tristes -cuanto más afectuosas: ambas estaban dispuestas á separarse, ya que la -oveja no podía volver á pacer junto á la guarida del lobo: ¿y cuándo, -cuál sería el término de esta separación? El porvenir era oscuro, -inexplicable para una de ellas principalmente. Inés, sin embargo de -esto, no dejaba de entregarse interiormente á alegres conjeturas. “Al -cabo y al fin”, decía, “si no ha sucedido nada de malo á Renzo, bien -pronto nos dará noticias suyas; si ha encontrado que trabajar y el modo -de establecerse; si ¿y cómo dudarlo? tiene su fe jurada á Lucía y sigue -firme en su promesa, ¿por qué no se podría ir hacia donde él está?” -Ella iba entreteniendo á su hija con tales esperanzas, y yo no podría -decir si ésta experimentaba más pena escuchándolas que respondiendo á -ellas. Había tenido siempre encerrado su gran secreto en su interior, -y aunque la atormentase el disgusto de ocultar una cosa á tan buena -madre, estaba, sin embargo, contenida como á su pesar, por la vergüenza -y por mil diversos temores, según ya hemos dicho anteriormente, dejando -pasar los días sin decir nada absolutamente. Sus proyectos eran bien -diferentes de los de su madre, ó mejor diremos, no tenía ninguno; -estaba enteramente abandonada á la Providencia. Trataba, pues, de hacer -decaer ó desviar aquella conversación; decía en términos generales -que ella no esperaba ni deseaba nada en el mundo; que no aspiraba más -que el reunirse prontamente con su madre; más de una vez, el llanto -ahogando su voz, venía oportunamente á cortarle la palabra. - ---¿Sabes por qué esto te parece así?, decía Inés: porque tú has sufrido -mucho, y te figuras que no es posible que pueda volver el bien. Pero -deja hacer al Señor; y si... deja que se vea una vislumbre apenas de -esperanza, y entonces me sabrás decir si no piensas ya en nada. Lucía -abrazaba á su madre y lloraba. - -Además, entre ellas y sus patrones había nacido súbitamente una grande -amistad; y efectivamente, ¿de dónde podía nacer ésta sino entre el -bienhechor y los beneficiados, cuando los unos y los otros son personas -de buenos sentimientos? Inés especialmente tenía con el ama de la casa -bastante tela cortada para hablar. Luego el sastre las entretenía un -poco con sus historias y sus discursos morales: á la comida, sobre -todo, tenía siempre algo que contar acerca de la espada de Rolando ó de -los Eremitas del desierto. - -Á algunas millas del pueblo habitaban dos personajes importantes, á -saber: D. Ferrante y D.ª Prajedes. El apellido, según costumbre, yace -bajo la pluma de nuestro anónimo. D.ª Prajedes era una dama de calidad, -avanzada en años y muy inclinada á hacer bien; éste es seguramente -el oficio más digno que el hombre puede ejercer en el mundo; pero -el exceso puede ser también perjudicial, como sucede en todas las -cosas. Para hacer el bien es preciso conocerlo, y al igual de todo lo -demás, nosotros no podemos conocerlo más que al través de nuestras -pasiones, por medio de nuestra razón, de nuestras ideas. D.ª Prajedes -se gobernaba con sus ideas, según decía, como debe hacerse con los -amigos; tenía muy pocas, pero estaba muy adherida á ellas. Entre esas -pocas ideas se encontraban por desgracia muchas defectuosas y no eran -las que menos quería. Sucedía de ahí, ó el proponerse por bien, lo cual -efectivamente no lo era, ó tomar por medios, cosas que hacían más bien -inclinarse al lado opuesto, ó el creer permitidas ciertas otras que -no lo eran del todo, por una cierta suposición en confuso, que el que -hace más de lo que debe puede dirigir según le plazca. Algunas veces -concluía por no ver en un hecho lo que tenía de real ó lo que no había, -y muchas otras cosas semejantes que pueden suceder y suceden á todo el -mundo, sin exceptuar á los mejores; pero esto acontecía con frecuencia -á D.ª Prajedes, y casi siempre á la vez. - -Al oir el gran suceso de Lucía y todo lo que en aquella ocasión se -decía de la joven, le vino la curiosidad de verlas, enviando un -carruaje con un viejo escudero para que le llevaran la madre y la hija. -Ésta se encogía de hombros y rogaba al sastre que se había encargado -del mensaje, que buscase el medio de excusarlas. Tantas veces como -le habían pedido cierta clase de gentes que les proporcionase el -trabar conocimiento con la joven del milagro, el sastre les había -rendido voluntariamente semejante servicio; pero en esta ocasión la -negativa le parecía una especie de rebelión. Hizo tantos gestos, tantas -exclamaciones, dijo tantas cosas, y que no se acostumbraba así, y que -era una gran casa, y que á los señores no se les dice que no, y que -esto podía ser su suerte, y que la Sra. D.ª Prajedes, además de todo, -era también una santa; tantas cosas en suma, que Lucía se vió obligada -á ceder, tanto más cuanto que Inés confirmaba todas aquellas razones -por otros tantos “seguramente, seguramente”. - -Llegadas á la presencia de la noble dama, ésta les hizo una magnífica -acogida y las llenó de felicitaciones; interrogó, aconsejó, todo con -cierta superioridad casi innata, pero corregida por tantas expresiones -dulces y modestas, templada por tanto afecto, cubierta de tanta -devoción, que Inés, casi en seguida, y Lucía pocos instantes después, -empezaron á sentirse aliviadas del respeto tiránico que en un principio -había impreso en ellas aquella activa presencia, encontrando luego -cierto atractivo. Para resumir: D.ª Prajedes, oyendo que el cardenal -se había encargado de buscar un asilo para Lucía, lanzada por el deseo -de secundar y prevenir al mismo tiempo tan buena intención, ofreció -el tener á la joven en su casa, en la cual, sin estar adicta á ningún -servicio particular, podría, cuando gustase, ayudar á las demás -mujeres en sus labores, añadiendo que avisaría y daría parte de ello á -monseñor. - -Además del bien ordinario é inmediato que había en hacer semejante -obra, D.ª Prajedes veía y se proponía otra, acaso mucho más -considerable, según su parecer: ésta era curar un cerebro enfermo -y guiar por una buena senda á una joven que tenía gran necesidad. -Desde que había oído por la primera vez hablar de Lucía, se había de -repente persuadido que una joven que había podido prometerse á un -malvado, á un criminal, á uno que había escapado de la horca, tal -como Renzo, debía estar un poco corrompida y ocultar algún vicio. -_Dime con quién andas, y te diré quién eres._ La visita de Lucía la -había confirmado en aquella persuasión. No era que en el fondo no le -pareciese una buena joven, como se suele decir, pero había mucho que -hablar. Aquella cabecita baja, aquella manía de no responder nunca ó de -hacerlo con sumo trabajo y como por fuerza, podían indicar vergüenza, -pero descubrían á golpe de vista mucha tenacidad. No se necesitaba un -gran esfuerzo para augurar que aquella pequeña cabeza tenía sus ideas: -y aquel ruborizarse á cada momento, aquellos largos suspiros... en -seguida dos grandes ojos que no agradaban del todo á D.ª Prajedes. -Tenía por cierto, como si lo hubiese sabido por buena parte, que todas -las desgracias de Lucía eran un castigo del cielo por su amistad con -aquel bribón, y un aviso de lo alto para que se separase enteramente. -Esto supuesto, ella se proponía cooperar á un tan buen fin, porque -así como decía á los demás y á sí misma, ¿todo su estudio no era acaso -secundar la voluntad del cielo? Pero caía con frecuencia en el terrible -error de tomar por el cielo los desvaríos de su cerebro. Sin embargo, -ella se guardó bien de dar el más pequeño indicio de la segunda -intención que hemos dicho. Una de sus principales máximas se reducía -á que para conducir á su término un buen designio, lo primero era no -darlo á conocer. - -La madre y la hija se miraron. Una vez admitida la necesidad de -separarse, la oferta pareció á ambas aceptable, si no por otra cosa, -á lo menos por estar aquella quinta muy próxima á su pueblo natal. -Habiendo leído cada una en su rostro su mutuo asentimiento, se -volvieron á D.ª Prajedes y aceptaron la proposición, manifestándole su -agradecimiento. Ésta renovó los cumplidos y promesas, y dijo que al -momento escribiría una carta á monseñor. - -Después de haber partido las dos mujeres, hizo extender la citada -carta por D. Ferrante, del cual por ser literato, según haremos -especial mención, se servía como de un secretario en las ocasiones -de importancia. Como se trataba de un negocio de aquella especie, -D. Ferrante hizo los mayores esfuerzos de ingenio, y al entregar la -minuta á su esposa para que la copiase, le recomendó ardientemente -la ortografía, que era una de las muchas cosas que había estudiado, y -de las pocas sobre las cuales tenía mando en la casa. D.ª Prajedes se -apresuró á copiar la carta y enviarla al sastre. Esto pasó dos ó tres -días antes que el cardenal mandase la litera para conducir á nuestras -mujeres á su pueblo. - -Luego que hubieron llegado, se apearon en la casa parroquial, en -donde se hallaba el cardenal. Se había dado orden para introducirlas -inmediatamente. El capellán, que fué el primero que las vió, se -apresuró á obedecer, deteniéndolas únicamente sólo lo necesario para -darles apresuradamente una pequeña lección tocante al ceremonial que -era preciso usar con monseñor, y sobre los títulos que debían darle, -cosa que tenía costumbre de hacer, siempre que podía, ocultándose del -cardenal. Era para el pobre hombre un tormento continuo el ver el poco -orden que reinaba en torno del cardenal sobre dicho particular: todo -esto sucede, decía á los demás de la familia, por la demasiada bondad -de ese hombre bienaventurado, por su gran familiaridad. Y refería -haber escuchado, con sus propios oídos, que contestaban muchas veces á -monseñor: sí, señor, y no, señor. - -En aquel momento el cardenal estaba conversando con D. Abundio sobre -los asuntos de la parroquia, de modo que éste no tuvo ocasión de dar -á su vez, según hubiera deseado, sus instrucciones á las dos mujeres: -solamente al pasar junto á éstas, y mientras que él salía y ellas -entraban, les pudo echar una ojeada, para darles á entender que estaba -muy satisfecho de su comportamiento, y que continuasen como honradas y -dignas mujeres guardando silencio. - -Después de la primera acogida por una parte, y los saludos por otra, -Inés sacó de su seno la carta, la presentó al cardenal diciendo: es de -la Sra. D.ª Prajedes, la cual dice que conoce mucho á vuestra señoría -ilustrísima, monseñor, como naturalmente, entre los grandes señores, -se deben conocer unos á otros. Cuando vuestra señoría la habrá leído, -quedará enterado. - ---¡Bien!, dijo Federico después de haberla leído y descubierto su -sentido bajo el fárrago de flores de retórica de D. Ferrante. Conocía -bastante aquella familia para estar seguro que Lucía había sido -invitada con buena intención, y que con ella estaría al abrigo de las -asechanzas y violencias de su perseguidor. Con respecto á la opinión -que podía tener acerca de D.ª Prajedes, no sabemos nada de positivo. -Probablemente no era la persona que hubiera elegido para semejante -obra; pero así como hemos dicho, ó hemos dado á conocer en otro lugar, -no tenía costumbre de deshacer las cosas que no le pertenecían, para -procurar volver á hacerlas mejor. - ---Aceptad aun sin pena esta separación, y la incertidumbre en que -os encontráis, añadió en seguida: tened la esperanza que esto debe -concluirse pronto y que el Señor quiere conducir las cosas al término -que se ha propuesto; pero tened por cierto que todo lo que él quiera -enviaros será para vuestro mayor bien. Dió después á Lucía, en -particular, algún otro consuelo amistoso, como igualmente nuevos ánimos -á ambas, les echó su bendición, y las dejó partir. - -Apenas hubieron puesto el pie en la calle, cuando se vieron rodeadas -de un enjambre de amigos y amigas, todo el pueblo, en fin, que las -aguardaba con impaciencia, y que las condujo como en triunfo hasta su -casita. Todas las mujeres las felicitaban, se apiadaban de su suerte, -las abrumaban con preguntas, y todas experimentaban el mayor desagrado -al saber que Lucía marchaba al día siguiente. Los hombres se disputaban -á porfía el ofrecerles sus servicios; cada uno quería permanecer -aquella noche haciendo la guardia á la casita. Sobre este hecho, -nuestro anónimo juzga conveniente poner aquí un pequeño proverbio: -“Queréis tener muchos que os ayuden, procurad no tener necesidad de -ellos”. - -Esta brillante acogida que confundía y turbaba á Lucía, no dejó -interiormente de causarle algún bien, pues la vino á distraer un poco -de las ideas y recuerdos que se ofrecían á su imaginación, en medio -del tumulto mismo, en aquel umbral, en aquellas habitaciones tan -conocidas, á la vista de cada objeto. - -Al sonido de la campana, que anunciaba la proximidad de la augusta -ceremonia, todos se encaminaron á la iglesia, siendo esto para las -recién venidas otro paseo triunfal. - -Concluida la función, D. Abundio, que había corrido á ver si Perpetua -había preparado todas las cosas para el desayuno, fué llamado por el -cardenal. Se dirigió sin pérdida de momento á la estancia de su ilustre -huésped, el cual, habiéndolo dejado acercar, “señor cura”, dijo. Estas -palabras fueron pronunciadas de un modo que debían hacerle comprender -que era la introducción de una larga y seria conversación. - ---Señor cura, ¿por qué no habéis casado á esa pobre Lucía con su -prometido? - -“Ellas han vaciado el saco esta mañana”, pensó D. Abundio, y respondió -balbuceando: “Vuestra señoría ilustrísima habrá sin duda oído hablar de -todos los obstáculos que han surgido de este asunto: hay una confusión -tal, que no se puede, ni aun hoy día, ver nada claro: monseñor -ilustrísimo sabe bien que la joven no se halla aquí, después de tantos -accidentes, más que de milagro; y que con respecto al mancebo, se -ignora absolutamente su paradero”. - ---Pregunto, replicó el cardenal, si es verdad que antes de todos estos -sucesos habíais rehusado celebrar el matrimonio, cuando vos mismo -señalasteis el día convenido. - ---Ciertamente... si vuestra señoría ilustrísima supiese... qué -intimaciones... qué órdenes tan terribles he recibido para que no -hablase... Y se paró sin concluir nada, con un ademán que daba -respetuosamente á entender, que sería una indiscreción el querer saber -más. - ---¡Más!, dijo el cardenal con acento y continente mucho más severos que -de costumbre: es vuestro obispo el que por deber y por vuestra propia -justificación quiere saber de vos los motivos por los cuales no habéis -ejecutado lo que en los sucesos ordinarios de la vida estabais obligado -rigurosamente á hacer. - ---Monseñor, dijo D. Abundio humillándose hasta el extremo; yo no quería -decir del todo... pero me ha parecido que como esto se reducía á un -negocio muy embrollado, á cosas ya pasadas, y hoy día sin remedio, era -inútil el removerlas... sin embargo, digo... sé que vuestra señoría -ilustrísima no puede estar en todo: y yo permanezco aquí, expuesto... -no obstante, ya que monseñor lo manda, lo diré todo. - ---Decid: no deseo más que el hallaros exento de culpa. - -D. Abundio se puso entonces á referir su dolorosa historia; mas -suprimió el nombre del principal personaje y lo sustituyó con la -palabra un _gran señor_, dando de este modo á la prudencia lo que podía -dársele en semejante apuro. - ---¿Y no habéis tenido otro motivo? preguntó el cardenal, cuando D. -Abundio hubo concluido. - ---Acaso no me haya explicado bastante, respondió éste; bajo pena de la -vida, me han intimado el no celebrar el matrimonio. - ---¿Y es ésta una razón bastante para dejar de cumplir un deber preciso? - ---Siempre he tratado de llenar mi deber aun á riesgo de grandes -incomodidades; pero cuando se trata de la vida... - ---¿Y cuando fuisteis presentado en la Iglesia, replicó Federico con -acento aún más severo, para ser admitido al sagrado ministerio que -habéis ejercido, la Iglesia os ha exceptuado el exponer la vida? -¿Os ha dicho que los deberes impuestos por este santo ministerio -estuviesen libres de todo obstáculo, exentos de todo peligro? ¿Os ha -manifestado que en donde empezaría el riesgo, cesaría el deber? ¿No -os ha demostrado expresamente lo contrario? ¿No os ha advertido que -os enviaba como un cordero en medio de los lobos? ¿No sabíais, pues, -que había hombres violentos á quienes desagradaría lo que os fuese -ordenado? Aquel de quien nosotros tenemos la doctrina y el ejemplo, á -cuya imitación nos dejamos llamar y nos decimos pastores, viniendo á la -tierra para llenar el peligroso cargo, ¿ha puesto acaso por condición -que la vida estaría segura? ¿Y para salvarla, para conservarla algunos -días más sobre la tierra, olvidando la caridad y el deber, era preciso, -pues, que recibieseis la santa unción y la gracia del sacerdocio? El -mundo basta para dar esta virtud, para enseñar esta doctrina. ¿Qué -digo?, ¡oh, vergüenza! el mundo mismo la combate. El mundo hace también -sus leyes que prescriben el bien y rechazan el mal; tiene igualmente -su evangelio, un evangelio de orgullo y de odio; y no quiere que se -diga que el amor á la vida sea una razón para traspasar sus órdenes. Lo -quiere y es obedecido; ¡y nosotros, nosotros, hijos y mensajeros de la -palabra de Dios!, ¿qué sería de la Iglesia, si vuestro lenguaje fuese -el de todos vuestros colegas? ¿En dónde estaríais hoy si se hubiese -anunciado al mundo con semejantes doctrinas? - -D. Abundio permanecía con la cabeza baja; su corazón se hallaba bajo el -peso de aquellos terribles argumentos, del mismo modo que un polluelo -bajo las garras del halcón, que lo tiene suspendido en una región -desconocida, en medio de una atmósfera que jamás ha respirado. Viendo -enseguida que era absolutamente preciso contestar algo, dijo con -forzada sumisión: “Monseñor ilustrísimo, he faltado; y ya que no se -debe procurar por la vida, nada más tengo que decir; pero cuando uno -tiene que habérselas con ciertas gentes que tienen, la fuerza en la -mano y que no quieren escuchar razones, no veo qué es lo que se puede -ganar con hacer el valiente; y con un señor como aquél, contra el cual -no se puede vencer ni desquitar”. - ---¿Ignoráis por ventura que el sufrir por la justicia es el modo que -nosotros tenemos de vencer? Si no lo sabéis, ¿qué predicáis, pues? ¿Qué -enseñáis? ¿Cuál es el Evangelio que anunciáis á los pobres? ¿Quién -exige de vos que doméis la fuerza con la fuerza? Ciertamente no os -será demandado en el día del juicio si habéis sabido reprimir á los -poderosos, porque no se os ha dado ni la misión ni los medios, pero -se os exigirá cuenta del modo que habéis ejecutado lo que os estaba -prescrito, aun cuando se hubiera tenido la temeridad de prohibíroslo. - -“Á la verdad que estos santos son bien extraños, pensaba entretanto -D. Abundio: exprimid todo el jugo de sus discursos, y sacaréis en -sustancia, que prefieren más el amor de dos jóvenes, que la vida -de un pobre sacerdote”. Tocante á él, se hubiera contentado que la -conversación acabase allí; pero veía al cardenal que á cada pausa -permanecía con el ademán de uno que aguarda una contestación, una -confesión ó una apología. - ---Repito, monseñor, respondió enseguida, que he faltado: el valor no se -puede inspirar al que no lo tiene. - ---¿Y por qué, pues, podría deciros, os habéis encargado de un -ministerio que os impone la tarea de estar siempre en guerra abierta -con las pasiones del siglo? ¿Mas cómo, os diré más bien, cómo no -pensáis que si en este ministerio, de cualquier modo que hayáis -entrado, os es indispensable el valor para llenar nuestros deberes, el -Todopoderoso os lo concederá infaliblemente cuando se lo pidiereis? -¿Creéis que tantos millares de mártires como ha habido, naturalmente -tuviesen valor, que no hiciesen ningún caso de la vida, tantos jóvenes -que empezaban á gozar de sus encantos, tantos ancianos que veían á cada -instante que se les iba á escapar, tantas vírgenes, tantas esposas -y tantas madres? Todos han tenido valor porque éste era necesario, -y además, tenían confianza en Dios. Conociendo vuestra debilidad y -vuestros deberes, ¿habéis procurado, por ventura, prepararos para -las situaciones difíciles en que podíais encontraros y en las que os -habéis hallado en efecto? ¡Ah!, si durante tantos años de ejercicio -pastoral habéis amado vuestra grey (como no lo dudo), si habéis hecho -descansar en ella vuestras afecciones, vuestros cuidados, vuestras -más caras delicias, el valor no debía faltaros en caso de necesidad; -el amor es intrépido. Si vos apreciáis á los que están confiados á -vuestra custodia espiritual, á aquellos que llamáis vuestros hijos; á -la verdad, si los amáis, cuando habéis visto á dos de estos amenazados -al mismo tiempo que vos, ¡ah!, ciertamente, la caridad ha debido -haceros temblar por ellos, como la debilidad de la carne os ha hecho -temblar por vos mismo. Vos habréis sido humillado con este primer -temor, porque era un efecto de vuestra miseria; habréis implorado la -fuerza para vencerle, para arrojarle de vos, porque era una tentación; -pero el temor santo y noble para el prójimo, para vuestros hijos, lo -habréis atendido; él no os habrá sin duda dejado un momento de tregua -ni reposo; os habrá excitado, arrastrado á pensar todo lo posible para -separar de ellos el peligro que les amenazaba... ¿Qué es lo que os ha -inspirado, pues, este temor, este amor?, ¿qué habéis hecho por ellos?, -¿qué habéis pensado hacer? - -Y calló en ademán de quien aguarda una respuesta. - - - - - CAPÍTULO OCTAVO - - -Á una tal demanda, D. Abundio, á quien había costado mucho trabajo -contestar á las preguntas muy poco precisas, se quedó sin articular -una palabra. Y para decir la verdad, aun nosotros, con este manuscrito -delante, con la pluma en la mano, no teniendo que disputar más que con -las frases, ni otra cosa que temer que la crítica de nuestros lectores, -también nosotros, repito, experimentamos una cierta repugnancia en -proseguir: encontramos un cierto no sé qué de extraño en este deseo -de presentar tan fácilmente tantos bellos preceptos de fortaleza y -de caridad, de infatigable solicitud para los demás, de ilimitado -sacrificio de sí mismo. Mas pensando en seguida que dichas cosas eran -proferidas por un hombre que las ponía en ejecución, avancemos con -valor. - ---¿No respondéis?, replicó el cardenal. ¡Ah!, si hubieseis hecho lo que -la caridad, lo que el deber reclamaba, de cualquier modo que las cosas -hubieran ido, no os faltaría ahora una contestación. Vos mismo veis lo -que habéis hecho: obedecisteis á la iniquidad sin cuidaros de lo que os -prescribía el deber. Habéis seguido puntualmente sus órdenes; ella se -ha manifestado á vos únicamente para significaros su deseo, pero quería -permanecer oculta al que hubiera podido defenderse y ponerse en guardia -contra ella; no quería despertar sospechas, sí únicamente el secreto, -para madurar con comodidad sus proyectos de asechanzas ó de violencia; -os ordenó infringir vuestros deberes y que callaseis; así lo habéis -hecho. Os pregunto al presente si no habéis hecho más; decidme si es -verdad que disteis falsas excusas para no revelar el motivo de vuestra -negativa... Pronunciadas estas palabras, guardó silencio, esperando una -contestación. - -“¡También han referido esto las charlatanas!”, pensaba D. Abundio, pero -no daba señales de tener nada que decir. - ---¿Es verdad, prosiguió el cardenal, es verdad que habéis dicho á esas -pobres criaturas lo que no había, para tenerlas en la ignorancia, en -la oscuridad, en la que las quería la iniquidad?... Me veo obligado -á creerlo; únicamente me resta el ruborizarme con vos, y esperar que -lloraréis conmigo. ¡Ved adónde os ha conducido! (¡Dios clemente, sin -embargo lo presentáis como una justificación!) ¡Ved, repito, adónde -os ha conducido esa solicitud por una vida que debe concluirse! Ella -os ha conducido... rebatid libremente estas palabras si os parecen -injustas; tomadlas como una humillación saludable si no lo son... os ha -conducido, vuelvo á decir, á engañar á los débiles, á mentir á vuestros -hijos. - -“He aquí cómo van las cosas”, decía aún D. Abundio entre sí, “á ese -demonio encarnado (y pensaba en el Incógnito), los brazos al cuello; -y á mí, por una nada, por una media mentira dicha con el solo fin de -salvar el pellejo, tanto ruido; pero son superiores, y siempre tienen -razón; ésta es mi estrella: todos tienen que pagarla conmigo, sin -exceptuar ni aun los santos”. Después dijo en alta voz: - ---He faltado, conozco que he faltado; pero ¿qué debía hacer en unas -circunstancias tan críticas? - ---¡Y todavía lo preguntáis! ¿No os lo he dicho ya?, ¿y debíais -decírmelo? Amar, hijo mío, amar y rogar. Entonces habríais visto que -la iniquidad puede amenazar, dar golpes, pero no órdenes; hubierais -unido, según la ley de Dios, lo que el hombre quería separar, hubierais -prestado á esos desgraciados inocentes el ministerio que tenían el -derecho de pediros; Dios hubiera respondido de las consecuencias, -porque se habían seguido sus mandatos; hoy que habéis ejecutado otros, -sobre vos sólo recae la responsabilidad. ¡Y qué consecuencias, justo -cielo! ¿Y qué haríais si todos los medios humanos os faltasen, si no -hubiese ninguna senda abierta para salvaros, cuando apenas habéis -mirado á vuestro alrededor, cuando ni aun habéis reflexionado ni -tampoco dignado buscarlos un solo instante? Sabed, pues, que esos -infortunados habían pensado en su fuga después de haber celebrado -su casamiento; estaban dispuestos á huir lejos de la presencia del -poderoso, y habían ya elegido el lugar donde refugiarse. Y aun sin -esto, ¿no os ha venido á la memoria que al fin y al cabo teníais un -superior?, ¿cómo se atrevería éste á revestirse de la autoridad para -reprenderos el haber faltado á vuestros deberes, si no se creyese -obligado á ayudaros á cumplirlos?, ¿por qué no habéis tratado de -informar á vuestro obispo de los obstáculos que una infame violencia -ponía al ejercicio de vuestro ministerio? - -“Éste era el parecer de Perpetua”, pensaba dolorosamente D. Abundio, á -quien en medio de todos estos discursos lo que tenía presente con más -claridad, era la imagen de aquellos bravos, y la idea que D. Rodrigo -estaba vivo y sano, y que un día ú otro volvería glorioso y triunfante -y enardecido de rabia. Aunque aquella dignidad presente, aquel aspecto -y lenguaje le hiciesen estar confuso y le imprimiesen cierto temor, -era, no obstante, un temor que no le subyugaba y que no impedía el que -su pensamiento se rebelase, porque calculaba que al fin de la cuenta, -el cardenal no empleaba arcabuces, espadas ni bravos. - ---¿Cómo no habéis reflexionado, proseguía Federico, que si aquellas -inocentes víctimas no hubiesen tenido abierto ningún otro asilo, yo -podía acogerles, ponerles en un lugar seguro en el momento que vos me -los enviaseis, como si estuvieran adheridos á un obispo, como una cosa -que le pertenecía, como la parte más preciosa, no digo de su cargo, -sino de sus riquezas? Por lo que toca á vos, yo hubiera permanecido -inquieto; me habría sido imposible descansar un momento hasta que os -hubiese puesto en seguridad, procurando que no se os tocase ni siquiera -uno solo de vuestros cabellos. ¿Imagináis que no hubiera sabido cómo -asegurar vuestra vida? ¿Creéis que ese hombre, por atrevido que sea, -no hubiera perdido su audacia, cuando hubiese llegado á su noticia -que sus tramas eran conocidas fuera de aquí, conocidas de mí que -velaba, que estaba decidido á emplear para vuestra defensa todos los -medios que estuviesen en mi mano? ¿Ignoráis que si el hombre promete -con frecuencia mucho más de lo que puede sostener, amenaza también -algunas veces más de lo que no se atreve á ejecutar? ¿No sabéis que la -iniquidad no solamente se funda en sus propias fuerzas, sino también en -la credulidad y en el espanto de los otros? - -“Justamente, la razón es de Perpetua”, pensó todavía D. Abundio, sin -reflexionar que el hallarse de acuerdo su criada y Federico Borromeo -sobre lo que se hubiera podido y debido hacer, era un fuerte argumento -contra él. - ---Pero vos, prosiguió el cardenal, no habéis visto, no habéis querido -ver más que vuestro peligro temporal. ¿Cómo os ha podido parecer tan -grande para sacrificar á él todo lo demás? - ---Es porque yo vi aquellas caras feroces, se le escapó decir á -D. Abundio; yo mismo oí sus terribles palabras. Vuestra señoría -ilustrísima dice muy bien; pero sería preciso estar en el interior de -un pobre sacerdote y haber presenciado aquella escena. - -Apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando se mordió la lengua. -Conoció que se había dejado vencer demasiado por el despecho, y dijo -entre sí: “Ahora va á descargar la nube”; pero levantando tímidamente -la vista, se quedó sumamente admirado al ver al cardenal, al cual no -le era dado jamás el adivinar ni comprender, ó más bien diré, pasar de -aquella gravedad de mando y reprensión, á una compungida y pensativa. - ---Es demasiado cierto, dijo Federico. ¡Tal es nuestra terrible y mísera -condición: nosotros queremos exigir rigurosamente de los demás lo -que Dios solo sabe si nosotros estaríamos dispuestos á dar: queremos -juzgar, corregir, reprender, y Dios sabe lo que nosotros haríamos -en el mismo caso, lo que hemos hecho en ocasiones semejantes! ¡Pero -desgraciado de mí si quisiese tomar mi debilidad por medida del deber -de los otros, por norma de mi instrucción! Sin embargo, es cierto -que juntamente con las doctrinas, debo dar el ejemplo á mi prójimo, -no para parecerme al fariseo que impuso á los demás enormes cargas, -las cuales después no quiso él ni aun tocar con el dedo. Escuchadme -pues, hijo mío, querido hermano: los errores de los que mandan son -frecuentemente más conocidos de los demás que de ellos mismos; si -vos sabéis que yo haya descuidado por desidia, por respetos humanos, -alguno de mis deberes, decídmelo francamente, hacédmelo observar, á fin -de que allí, donde ha faltado el ejemplo, sobrevenga á lo menos una -humilde confesión. Mostradme libremente mis debilidades, y entonces las -palabras adquirirán más valor en mi boca, porque experimentaréis más -vivamente que no son mías, sino de aquel que puede darnos á ambos la -fuerza necesaria para hacer lo que ellas prescriben. - -“¡Oh, qué hombre tan santo, pero cuánto me atormenta!” decía -interiormente D. Abundio: “Siempre está sobre sí; quiere que yo -examine, remueva, critique, averigüe lo que encuentre malo en su -conducta”; en seguida dijo en alta voz: - ---¡Oh, monseñor se burla de mí! ¿Quién no conoce el corazón fuerte, -el celo infatigable de vuestra señoría ilustrísima? Y añadió en su -interior, “Más que infatigable”. - ---Yo no os pediría alabanzas que me hacen temblar, porque Dios conoce -mis faltas, y también yo me conozco bastante para confundirme; pero -hubiera querido, querría que nos confundiéramos juntos ante él, para -confiar igualmente ambos: desearía por amor á vos que comprendieseis -cuán opuesta ha sido vuestra conducta y vuestro lenguaje á las leyes, -que sin embargo, predicáis, y según las cuales seréis juzgado. - -“Todo se vuelve contra mí”, pensó D. Abundio. - ---Pero estas personas que han venido á referíroslo todo, no os han -dicho que ellas se han introducido en mi casa á traición, para -sorprenderme y hacerme celebrar un matrimonio contra las reglas. - ---Me lo han dicho, hijo mío; pero lo que me aflige, lo que me aterra, -es el ver que aún tratáis de excusaros, procurando acusar á vuestro -prójimo acerca de lo que debería formar parte de vuestra confesión. -¿Quién ha puesto á esos infortunados, no digo en la necesidad, sino -en la tentación de hacer lo que han hecho? ¿Hubieran buscado esta vía -irregular, si la legítima no se les hubiese cerrado? ¿Habrían pensado -en tender lazos á su pastor si ellos hubiesen sido recibidos en sus -brazos, auxiliados y aconsejados por él?, ¿á sorprenderle, si no se -hubiera escondido? ¡Y queréis ahora hacerles soportar el peso!, ¡y os -indignáis porque después de tantas desventuras, ¿qué digo?, en medio -de la misma desgracia, hayan dejado escapar una palabra de consuelo -delante de su pastor y del vuestro! Que las reclamaciones del oprimido, -que las quejas del afligido sean odiosas al mundo, lo comprendo; ¡pero -á nosotros! ¿Y qué ventaja os hubiera producido su silencio? Hubierais -ganado en esto que su causa fuese enteramente al juicio de Dios. -¿No es para vos una nueva razón (teniendo ya tantas) de amar á esas -personas que os han procurado la ocasión de escuchar la voz sincera de -vuestro obispo, que os han dado un medio más conveniente para conocer -y descontar en parte la gran deuda que tenéis con ellos? ¡Ah!, si os -hubiesen provocado, ofendido, atormentado, os diría (¡y tendría acaso -necesidad de decíroslo!) que los amarais justamente por lo mismo. -Queredlos porque ellos han padecido, porque todavía padecen, porque -forman parte de vuestro rebaño, porque son débiles, porque tenéis -necesidad de perdón, y para obtenerlo, juzgad cuánto pueden valer sus -súplicas. - -D. Abundio guardaba silencio, pero no con ese silencio forzado é -impaciente; callaba, como aquel que tiene más que pensar que no decir. -Las palabras que oía eran consecuencias inesperadas, aplicaciones -nuevas de una doctrina, no obstante antigua en su mente y no -contrastada. El mal de su prójimo, de cuya consideración le había -distraido el miedo propio, le hacía al presente una nueva impresión. Si -no sentía todos los remordimientos que la amonestación quería producir, -á causa de aquel maldito miedo que estaba siempre allí para el papel -de defensor oficioso, experimentaba á lo menos un cierto desagrado de -sí mismo, cierta compasión hacia los demás, cierta mezcla, en fin, de -ternura y vergüenza. Se asemejaba, si me es permitida la comparación, á -la húmeda y retorcida mecha de una vela, que aproximada á la llama de -una antorcha empieza á humear, luego chisporrotea, parece que rehúsa -encenderse, mas por último lo verifica y luce bien ó mal. D. Abundio se -hubiera acusado abiertamente, se habría lamentado de su conducta, si -no hubiese tenido la idea fija en D. Rodrigo; sin embargo, se mostró -bastante conmovido para que el cardenal dejase de conocer que sus -palabras habían servido de algo. - ---Ahora, prosiguió el cardenal, el uno está fugitivo fuera de su casa, -la otra muy próxima á abandonarla; no tienen ambos más que motivos -poderosos para permanecer alejados, sin ninguna probabilidad de verse -jamás reunidos, y únicamente satisfechos, esperando que Dios los junte -en la otra vida; ahora, ¡ay!, ellos no tienen necesidad de vos; al -presente no tenéis motivo alguno de favorecerlos, y nuestra corta -previsión no alcanza á descubrir lo que podrá suceder. ¿Pero quién sabe -si Dios en su misericordia no os prepara la ocasión? ¡Ah, no la dejéis -escapar!, ¡buscadla, estad al acecho, rogad que se presente! - ---No dejaré de hacerlo, monseñor; no dejaré de hacerlo; yo os lo -aseguro, respondió D. Abundio, con un acento que en aquel instante -salía del corazón. - ---¡Ah, sí, hijo mío, sí!, exclamó Federico, y con afectuosa dignidad -continuó: ¡El cielo sabe que hubiera deseado tener con vos otra especie -de conversación! ¡Los dos hemos vivido ya mucho en este mundo! ¡Dios -sabe cuán penoso me ha sido el afligir vuestra ancianidad, teniendo -que usar de las reprensiones!, ¡cuánta mayor satisfacción hubiera sido -para mí el haber podido consolarnos mutuamente de nuestros cuidados -comunes y de nuestras penas, hablando de la bienaventurada esperanza, -de la cual estamos ya tan próximos!, ¡Dios quiera que las palabras que -me he visto obligado á deciros, sirvan para ambos! No hagáis que él me -tenga que pedir cuenta, en aquel día terrible, de haberos conservado -en un sagrado ministerio, al cual tan desgraciadamente habéis faltado. -Recobremos el tiempo perdido; la hora se acerca; el esposo no puede -tardar; tengamos encendidas nuestras lámparas. Ofrezcamos á Dios -nuestros miserables y vacíos corazones, para que se digne llenarlos -de esa caridad que repara el pasado, que asegura el porvenir, que teme -y espera, llora y se regocija con sabiduría; que nos conceda en todas -ocasiones la virtud que tanta falta nos hace. - -Dicho esto se levantó, y D. Abundio siguió sus pasos. - -Aquí nuestro anónimo nos advierte que la anterior entrevista no fué -la única que tuvieron los dos personajes, ni tampoco Lucía el solo -objeto de sus conversaciones; pero que se ha limitado á esto, por no -separarse demasiado del principal objeto de su narración; y que por -el mismo motivo no hará mención de otras cosas notables dichas por -Federico en todo el curso de la visita, ni de sus liberalidades, ni de -las discordias apaciguadas, ni de los odios antiguos entre personas, -familias y tierras enteras apagados (sucediendo por desgracia con -demasiada frecuencia que solamente se adormecen), ni de algunos -guapetones ó tiranuelos calmados por algún tiempo ó para siempre; todas -cosas que no dejaban de suceder siempre más ó menos, en cada uno de los -lugares de la diócesis en que aquel excelente personaje se detenía. - -Después dice, que á la mañana siguiente fué D.ª Prajedes, según estaba -convenido, á buscar á Lucía y á cumplimentar al cardenal, el cual -colmó de alabanzas á la joven y se la recomendó eficazmente. Ya podrá -figurarse el lector cuántas lágrimas costaría á Lucía el separarse -de su madre; salió de la casita y dió el segundo adiós á su pueblo -natal, con ese sentimiento de excesiva amargura que se experimenta al -abandonar un paraje que fué el solo amado, y que ya no puede serlo más. -Pero con respecto á su madre, no fué ésta su última despedida; porque -D.ª Prajedes había anunciado que permanecería aún algunos días en su -quinta, la cual no estaba lejos del pueblo; prometiendo Inés ir á ver á -su hija, para dar y recibir un más doloroso adiós. - -El cardenal se disponía también á marchar para continuar su visita, -cuando llegó el cura de la parroquia en donde estaba situado el -castillo del Incógnito, pidiendo tener una entrevista con él. Después -de haber sido introducido, le presentó un paquete y una carta, en la -cual rogaba á Federico que hiciese aceptar á la madre de Lucía cien -escudos de oro que iban contenidos en dicho paquete, para que sirvieran -de dote á la joven, ó para el uso que ambas juzgasen conveniente: al -mismo tiempo le suplicaba se dignara decirles, que si alguna vez, en -cualquier tiempo, necesitaban de sus servicios, la infeliz doncella no -ignoraba por desgracia su morada; y que el prestarles su ayuda, sería -para él uno de los sucesos más felices y deseados de su vida. - -El cardenal mandó llamar á Inés al momento, y le participó la misión -que acababa de recibir, la cual fué escuchada con tanta sorpresa como -alegría; y puso en sus manos el paquete, que ella se apresuró á tomar -sin hacer muchos cumplimientos. Que Dios recompense á ese señor, dijo, -y ruego á vuestra señoría ilustrísima que le dé nuestras más sinceras -gracias; pero que esto no lo sepa nadie, porque vivimos en un pueblo, -que... Perdonadme; ya lo veis; sé demasiado que un señor como vos no va -ahora á hablar de semejantes cosas; pero... su señoría ya me entiende. - -En seguida se volvió á casa apresuradamente, encerróse en su -habitación, y abrió el paquete. Aunque preparada, vació con admiración -en un pañuelo todo aquel montón de zequíes que tan pocas veces había -visto, y aun esto, solamente uno á uno: los contó, costóle gran trabajo -el reunirlos y colocarlos unos sobre otros, porque á cada instante se -escapaban de sus inexpertos dedos, y cayendo sobre la pila que tenía -hecha, tenía que volver á empezar su trabajo: habiendo logrado por -último hacer un cartucho lo mejor que le fué posible, lo envolvió en -un trapo, atándolo cuidadosamente con un bramante y fué á esconderlo -en uno de los rincones de su jergón. El resto del día no hizo más que -desvariar, formar proyectos para lo sucesivo, y suspirar el día de -mañana. Se acostó y permaneció algún tiempo despierta, atormentada por -la idea del oro que tenía debajo; y dormida lo veía igualmente. Se -levantó al rayar el alba, y se puso en camino para la quinta en la -cual se hallaba Lucía. - -La repugnancia que ésta experimentaba en hablar del voto que había -hecho, no se disminuía; sin embargo, estaba resuelta á violentarse, -confiándose á su madre en la siguiente entrevista, que por algún tiempo -á lo menos debía llamarse la última. - -Apenas pudieron estar solas, cuando Inés, con el semblante animado, y -al mismo tiempo en voz baja como si temiera que alguno la oyese, empezó -á hablar de este modo: “Tengo que darte una gran noticia”; y se puso á -referir su inesperada fortuna. - ---Dios bendiga á ese señor, dijo Lucía: así tendréis con que vivir -felizmente, y podréis también hacer bien á alguno. - ---¡Cómo!, respondió Inés; ¿no ves cuántas cosas podemos hacer con -tanto dinero? Escucha: yo no tengo más hija que tú; más que los dos, -puedo decir; porque á Renzo, desde que empezó á obsequiarte, lo he -mirado siempre como un hijo mío. Todo está en que no le haya sucedido -alguna desgracia al ver que no nos ha dado ninguna noticia de su -persona. Pero, ¡vaya!, ¡acaso ha de ir todo mal! Confiemos en que no, -y esperemos. En cuanto á mí, hubiera querido dejar los huesos en mi -país; mas al presente, que tú no puedes permanecer en él, por culpa de -ese bribón, y solamente al pensar que lo tendría cerca, he cogido odio -al pueblo que me ha visto nacer. Hasta aquí, estaba resuelta á ir con -vosotros, aunque hubiese sido hasta el fin del mundo; pero, sin dinero, -¿cómo hacerlo? ¿Comprendes ahora? Los pocos cuartos que el pobre Renzo -había recogido con tantos afanes y á costa de una estricta economía, he -aquí que ha ido la justicia con sus manos lavadas, y ha arramblado con -todo; mas el Señor en recompensa nos ha enviado la fortuna. Así, pues, -luego que haya encontrado el medio de que sepamos si existe ó no, en -dónde está, y cuáles son sus intenciones, voy á buscarte á Milán, no -lo dudes; en otro tiempo me hubiera parecido una gran cosa; pero las -desgracias le hacen á uno abrir los ojos, y le prestan atrevimiento -para todo: he ido hasta Monza, y por consiguiente, sé lo que es -viajar. Escojo un hombre decidido, un pariente, como por ejemplo, -Alejo de Magganiaco, que según todos dicen es hombre de resolución; -¿no es cierto?, voy á Milán en su compañía, hacemos los gastos y... ¿me -comprendes? - -Pero viendo que en vez de animarse, apenas podía Lucía ocultar -su turbación, no manifestando más que una ternura sin consuelo, -interrumpió su discurso, y dijo: “¿Qué tienes? ¿no eres de mi parecer?”. - ---¡Madre mía!, ¡infeliz madre mía!, exclamó Lucía, echándole uno de sus -brazos al cuello y ocultando su rostro bañado de lágrimas en el seno -de aquélla. - ---¿Qué te pasa?, preguntó de nuevo la madre con la mayor inquietud. - ---Hubiera debido decíroslo antes, respondió Lucía levantando el rostro, -y enjugándose las lágrimas, mas me ha faltado el valor; compadecedme. - ---Pero, di; habla pues. - ---¡No puedo ser mujer de ese desgraciado joven! - ---¿Cómo?, ¿cómo? - -Lucía, con la cabeza baja, respirando apenas, sofocada por las -lágrimas que derramaba sin exhalar un solo gemido, como el que cuenta -una cosa que no tiene remedio, reveló el voto que había hecho; y al -mismo tiempo, juntando las manos, pidió de nuevo perdón á su madre de -haberle tenido hasta entonces oculto aquel misterio. Suplicóle también, -encarecidamente, que no lo dijese á alma viviente, y que la ayudase á -cumplir lo que había prometido. - -Inés se quedó estupefacta y consternada: quería mostrarse indignada á -causa del silencio que su hija había guardado con ella; mas los graves -pensamientos nacidos de esta circunstancia, ahogaron su resentimiento. -Primeramente, trató de vituperar su resolución; pero después le pareció -que era querer habérselas con el cielo; tanto más, cuanto que Lucía -le pintaba con tan vivos colores aquella espantosa noche, su fatal -desconsuelo y su imprevista salvación, en medio de todo lo cual, había -formulado su promesa tan expresa y solemne. Inés escuchaba entretanto -con la mayor atención, y cien ejemplos que había oído referir muchas -veces, y que ella misma había contado á su hija, tocante á castigos -extraños y terribles, ocasionados por la violación de algún voto, se -le presentaban tumultuosamente en su imaginación. Después de haber -permanecido un poco como suspensa, dijo: “¿Y ahora qué harás?”. - ---Ahora, respondió Lucía, al Señor toca cuidar de ello; al Señor y á la -Madonna: me he puesto en sus manos; hasta aquí no me han abandonado; -tampoco me abandonarán ahora que... La gracia que pido al Señor, la -sola gracia, después de la salvación de mi alma, es que me haga volver -pronto á vuestro lado; él me la concederá; sí, confío en que me la -concederá. Aquel día terrible... en aquel fatal carruaje... ¡Ah, Virgen -Santísima!... entre aquellos hombres... ¡quién me había de haber dicho -al verme conducida por ellos, que debía encontrarme con vos al día -siguiente! - ---¡Mas no decírselo pronto á tu madre!, continuó Inés con cierto enfado -templado por el cariño y compasión. - ---Tened lástima de mí; no tenía el valor suficiente... ¿y de qué -hubiera servido el afligiros con anticipación? - ---¿Y Renzo?, dijo Inés, meneando la cabeza. - ---¡Ah!, exclamó Lucía estremeciéndose; yo no debo pensar ya más en ese -infortunado. Se conoce que no estaba destinado... Ved cómo parece que -el Señor nos había querido separar. ¿Y quién sabe?... Pero no, no; él -lo habrá preservado del peligro, y quizá hará que sea más afortunado -apartándole de mí. - ---Pero entretanto, replicó la madre, si tú no estuvieses ligada para -siempre, y con tal que no hubiese sucedido á Renzo desgracia alguna, -con el dinero se hubiera remediado todo. - ---Pero este dinero, replicó Lucía, ¿estaría en vuestro poder si yo no -hubiese pasado aquella noche? Ya que Dios ha querido que todo vaya así, -hágase su divina voluntad. Y la voz de Lucía se extinguió ahogada por -las lágrimas. - -Á tan inesperado argumento, Inés se quedó pensativa. Después de algunos -momentos de silencio, Lucía conteniendo sus sollozos, repuso: - ---Al presente, que la cosa está ya hecha, es preciso someterse -voluntariamente; y vos, mi pobre madre, vos que me podéis ayudar, -primeramente rogando al Señor por vuestra desdichada hija, y luego... -conviene que el infeliz Renzo lo sepa. Meditadlo, hacedme todavía este -favor; porque vos, podéis pensar en ello. Cuando sepáis dónde está, -hacedle escribir, buscad un sujeto... justamente vuestro primo Alejo, -que es un hombre prudente y caritativo, que nos ha querido siempre -bien, y que no hablará de más: valeos de él para escribirle del modo -que ha pasado todo, en dónde me he encontrado, lo que he padecido, y -además decidle que Dios lo ha querido así, que se tranquilice, que yo -no puedo jamás pertenecer á ningún hombre. Hacédselo comprender bien, -explicadle lo que yo he prometido, que he hecho voto... Cuando sepa que -he prometido á la Virgen... Él ha sido siempre muy temeroso de Dios... -y vos, desde el momento en que sepáis noticias suyas, escribidme, -hacedme saber que está sano y salvo; y después... no me hagáis saber -nada más. - -Inés, sumamente enternecida, aseguró á su hija que todo se haría como -deseaba. - ---Quisiera deciros otra cosa, replicó ésta: lo que ha sucedido al -infortunado Renzo no hubiera tenido lugar, si no hubiera tenido la -desgracia de pensar en mí: está al presente errante, fugitivo; se le -han hecho perder todos sus ahorros; se le ha arrebatado todo lo que -poseía; todas las economías que el infeliz había hecho, bien sabéis -por qué... ¡y nosotras, que tenemos tanto dinero! ¡Oh, madre mía! ¡Ya -que el Señor os ha enviado tantas riquezas y que al infeliz lo miráis -como hijo vuestro!... ¡Oh, partidlas con él que seguramente Dios os -lo premiará; buscad una ocasión á propósito, y enviadle la mitad: ¡el -cielo sabe cuánta necesidad tendrá de ello! - ---¡Y bien!, ¿qué crees tú?, respondió Inés; sí, seguramente que se lo -mandaré. ¡Pobre joven! ¿Por qué piensas que yo estaba contenta con ese -dinero? Pero... ¡yo que había venido aquí tan alegre! Vaya; dejemos -esto: yo se lo enviaré; ¡desdichado Renzo! Mas él también... yo me -entiendo. Ciertamente el dinero agrada al que lo necesita; pero á él, -de seguro no lo hará engordar. - -Lucía dió gracias á su madre por aquella pronta y liberal -condescendencia, con una gratitud, con un afecto, capaz de hacer -comprender á quien la hubiese escuchado, que su corazón pertenecía aún -todo entero á Renzo; quizá más de lo que ella misma creía. - ---¿Y sin ti, qué haré yo, infeliz mujer?, dijo Inés llorando á su vez. - ---¿Y yo sin vos, pobre madre mía, y en una casa extraña? ¡Allá tan -lejos, en aquel Milán!... Mas el Señor será con nosotras dos, y nos -reunirá. Dentro de ocho ó nueve meses nos volveremos á ver; y de aquí -á entonces, y aun antes, espero que él habrá arreglado las cosas para -consolarnos. Dejémoslo á su divina voluntad; siempre, siempre pediré á -la Madonna esta gracia. Si tuviese alguna otra cosa que ofrecerle, lo -haría; pero es tan misericordiosa, que á pesar de todo me lo otorgará. - -Con éstas y otras semejantes palabras, repetidas muchas veces, -acompasadas de lamentos y de consuelos, de aflicción y de resignación, -con multitud de recomendaciones y promesas de no decir nada á nadie, -con una infinidad de lágrimas, después de prolongados y nuevos abrazos, -las mujeres se separaron, prometiéndose recíprocamente volverse á ver -para el próximo otoño, á más tardar; como si esto dependiese de ellas, -y según se hace siempre en semejantes casos. - -Sin embargo, pasóse largo espacio de tiempo sin que Inés pudiese saber -nada absolutamente con respecto á la suerte de Renzo; no recibía -cartas ni mensajes de ninguna especie; las gentes del pueblo ó de las -cercanías, á quien podía preguntar, no sabían más que ella. - -No era Inés la única que hiciese inútilmente tales pesquisas: el -cardenal Federico, que no había dicho por mera fórmula á nuestras dos -pobres mujeres que quería tomar informes acerca del infeliz joven, -escribió efectivamente con la mayor prontitud para tenerlos. Cuando fué -á Milán, de vuelta de su visita diocesana, recibió una respuesta, en la -cual le decían no haberse podido encontrar huella alguna del indicado -sujeto, que verdaderamente permaneció algún tiempo en casa de un -pariente suyo, en tal país, en el cual nada había dado que decir; pero -que una mañana muy temprano desapareció de súbito, y que ni aun su -mismo pariente nada sabía de él, no pudiendo más que repetir ciertas -voces sin fundamento y contradictorias que corrían, de haber el joven -sentado plaza para Levante, habiendo pasado á Alemania, en donde había -perecido al vadear un río: luego se añadía que estarían sobre aviso, si -alguna vez sabían algo de positivo, con el objeto de dar prontamente -parte á su señoría ilustrísima y reverendísima. - -Más tarde, éstas y otras voces semejantes se esparcieron hasta el -territorio de Lecco, y llegaron por consiguiente á los oídos de Inés. -La pobre mujer hacía todo lo posible para sacar en claro la verdad, -para llegar á la fuente de donde provenía; pero no conseguía nunca -encontrar nada más que aquel _se dice_, que á pesar de todo, aun hoy en -día es suficiente para atestiguar tantas cosas. Algunas veces, apenas -le referían alguna noticia, llegaba uno y le decía que no era cierta; -pero esto era para darle en cambio otra igualmente extraña ó siniestra. -Todo charlatanería: he aquí el hecho. - -El gobernador de Milán, y capitán general de Italia, D. Gonzalo -Fernández de Córdoba, se había quejado amargamente al señor presidente -de Venecia en Milán, porque un bribón, un ladrón público, un promovedor -de motines y asesinatos, el famoso Lorenzo Tramaglino, el cual, -estando en poder de la justicia misma, había excitado una rebelión -para procurarse la libertad, hubiese sido acogido y recibido en el -territorio de Bérgamo. El presidente había contestado, que nada sabía -acerca de semejante asunto, y que escribiría á Venecia para poder dar á -su excelencia alguna explicación del caso. - -En Venecia había por máxima el secundar y cultivar la inclinación -que tenían los operarios de seda milaneses á establecerse en el -territorio de Bérgamo; de hacer que ellos encontrasen en dicho país -muchas ventajas, y sobre todo que estuviesen seguros y al abrigo de -toda clase de persecución, sin lo cual no hay ningún bien en este -mundo. Pues así como entre dos fuertes litigantes, cualquier cosa, por -pequeña que sea, hay necesidad siempre de que tome parte un tercero; -del mismo modo Bartolo fué avisado confidencialmente no se sabe por -quién, que Renzo no estaba seguro en el pueblo, y que sería mejor que -entrase en alguna otra fábrica, mudando al propio tiempo de nombre; -Bartolo comprendió el caso, y no se entretuvo en hacer objeciones, -sino que corrió precipitadamente al encuentro de su primo, y contóle -sucintamente la ocurrencia, lo metió consigo en un calesín, lo acompañó -á otra fábrica distante de la suya cerca de quince millas, y lo -presentó bajo el nombre de Antonio Rivolta, al dueño, que era también -del estado de Milán, y antiguo conocido suyo. Éste, aunque los tiempos -fuesen calamitosos, no se hizo de rogar para recibir un operario -que se le recomendaba como hábil y honrado, por un hombre de bien é -inteligente. Luego que lo experimentó, no hizo más que regocijarse -de tal adquisición; únicamente que al principio, el joven le había -parecido que debía ser un poco sordo, á causa de que cuando se le -llamaba Antonio, las más veces no contestaba. - -Poco tiempo después, llegó de Venecia una orden redactada en estilo -bastante dulce, al capitán de Bérgamo, para que se informase y -diese aviso si en su jurisdicción, y especialmente en tal pueblo, -se encontraba el sujeto consabido. El capitán, habiendo hecho sus -diligencias de la manera que había comprendido que se deseaban, dió una -respuesta negativa, la cual fué trasmitida al presidente en Milán, para -que éste la trasmitiese á su vez á D. Gonzalo Fernández de Córdoba. - -Y no faltaban curiosos que quisiesen saber por Bartolo por qué el -susodicho joven no estaba ya allí, y dónde había ido. Á la primera -pregunta éste respondió: “Ha desaparecido”. Para desembarazarse de los -más obstinados, sin darles que sospechar de lo que había de cierto, -juzgó á propósito regalarles, ya á unos, ya á otros, las noticias -referidas anteriormente; pero todo esto, como cosas inciertas que -también él había oído decir, sin asegurar que fuesen positivas. - -Mas cuando la pregunta fué hecha por orden del cardenal, sin -nombrarlo, y con cierto aparato de importancia y de misterio, dejando -comprender que era en nombre de un gran personaje, Bartolo se puso más -sobre sí, y creyó necesario responder según costumbre; de modo que -tratándose de una persona ilustre, dió de una vez todas las noticias -que había ideado una á una en aquellas diversas ocurrencias. - -No se crea, sin embargo, que D. Gonzalo, siendo un señor de aquella -especie, quisiese habérselas personalmente con un infeliz aldeano -hilador de seda; que no se crea tampoco que informado quizá del poco -respeto usado, y de las malas palabras dichas por él á su rey moro -encadenado por la garganta, tratase de vengarse; ó que lo juzgase un -sujeto bastante peligroso para perseguirle aun en su fuga y no dejarle -vivir por muy lejos que estuviese, del mismo modo que hizo el senado -romano con Aníbal. D. Gonzalo tenía demasiadas cosas en que pensar -para tomarse cuidado por las acciones de Renzo; y si pareció que se lo -tomó, provino de un concurso singular de circunstancias por las cuales -el infeliz, sin comerlo ni beberlo, se encontró con un sutilísimo é -invisible hilo atado á aquellos grandes é importantes negocios. - - - - - CAPÍTULO NOVENO - - -Ya más de una vez se ha ocurrido el hacer mención de la guerra que -entonces fermentaba, con motivo de la sucesión á los estados del duque -Vicente Gonzaga, segundo de este nombre; pero siempre ha acontecido en -momentos de apuro, de modo que no hemos podido decir más que algunas -palabras al vuelo. Sin embargo, al presente es indispensable para la -inteligencia de nuestra narración, que entremos en algunos detalles -particulares. Éstas son cosas que el que conoce la historia debe -saberlas; mas como por una especie de justo sentimiento de uno mismo, -debemos suponer que esta obra no podrá ser leída sino por personas que -la ignoren, no será malo que digamos lo preciso para dar una ligera -tintura á los que tengan necesidad de ello. - -Llevamos dicho, que á la muerte de aquel duque, el primero llamado -por línea recta á sucederle, fué su más próximo heredero Carlos -Gonzaga, jefe de una segunda rama trasplantada en Francia, en donde -poseía los ducados de Nevers y de Rhetel, habiendo entrado igualmente -en posesión de Mantua, y nosotros añadimos ahora del Monferrato, -cuya circunstancia, á causa de la precipitación, habíamos olvidado -en el tintero. La corte de Madrid, que quería á todo evento (esto -también lo hemos dicho) excluir de los dos últimos feudos al nuevo -príncipe, y para conseguirlo necesitaba un motivo (pues que la guerra -promovida sin razón, hubiera sido una cosa demasiado injusta), se -había declarado sostenedora de los que pretendían tener en Mantua otro -Gonzaga Ferrante, príncipe de Guastalla; y en el Monferrato á Carlos -Emanuel I, duque de Saboya, y á Margarita Gonzaga, duquesa viuda de -Lorena. D. Gonzalo, que pertenecía á la familia del gran capitán, de -la cual llevaba el nombre, y que había hecho ya la guerra en Flandes, -deseoso, además, de excitar otra en Italia, era acaso el que más -atizaba el fuego para encenderla; y en el ínterin, interpretando las -intenciones y extralimitándose de las órdenes de la susodicha corte, -había concluido con el duque de Saboya un tratado de invasión y de -división del Monferrato, habiendo obtenido fácilmente la ratificación -del conde-duque, persuadiéndole que la adquisición de Casal, punto más -defendido de la parte que le tocaba al rey de España, era en extremo -asequible. Sin embargo, protestaba en su nombre no querer ocupar el -país más que á título de depósito, hasta la decisión del emperador; -el cual, en parte por seguir á otros, en parte por motivos peculiares -suyos, había negado la investidura al nuevo duque, intimándole que le -dejase como en secuestro los estados que motivaban la controversia; -prometiendo, después de haber oído á las partes, entregárselos al que -tuviese verdadero derecho á ellos, condiciones á las cuales no había -querido someterse el duque de Nevers. - -Éste tenía, sin embargo, altos y poderosos aliados: el cardenal de -Richelieu, el senado de Venecia y el papa, que era, según hemos -dicho, Urbano VIII. Pero el primero, empeñado entonces en el sitio de -la Rochela, en guerra también con la Inglaterra, contrariado por el -partido de la reina madre María de Médicis, enemiga por ciertas razones -particulares de la casa de Nevers, no podía dar más que esperanzas. -Los venecianos no querían moverse ni menos declararse, á no ser que -un ejército francés se introdujese en Italia, y ayudando al duque -bajo mano, según podían, estaban á la mira de la corte de Madrid y -del gobernador de Milán, en vista de sus proposiciones, protestas, -exhortaciones pacíficas ó amenazadoras, según las circunstancias. El -papa recomendaba á sus amigos al duque de Nevers, intercedía en su -favor para con los adversarios, hacía proposiciones de paz; mas al -tratar de poner gentes en campaña, nada quería saber. - -Los dos aliados pudieron, pues, empezar con seguridad la concertada -empresa. El duque de Saboya había entrado por su parte en el -Monferrato, D. Gonzalo había puesto con alegría sitio á Casal; mas -no encontraba toda la satisfacción que se había prometido en dicho -punto, pues veía que en la guerra no todo son rosas. La corte no le -ayudaba según sus deseos, porque lo dejaba desprovisto de los medios -más necesarios; su aliado no le servía demasiado; es decir, que después -de haberse apoderado de su porción, andaba pellizcando la señalada -al rey de España. D. Gonzalo se enfurecía mucho más de lo que puede -expresarse, pero temía si daba á entender algo, que aquel Carlos -Emanuel, tan activo en las intrigas como voluble en los tratados -y valiente con las armas en la mano, se hiciese del partido de la -Francia; por lo cual se vió obligado á cerrar los ojos, á tascar el -freno, y estarse quieto. El sitio, pues, iba mal, se alargaba, y con -frecuencia tomaba un giro poco agradable, ya por el continente firme, -hábil, vigilante y resuelto de los sitiados, ya por tener poca gente, -y al decir de algún historiador, á causa de los muchos disparates -que hacía. Sobre esto, nosotros dejaremos la verdad en su lugar, -dispuestos, aun cuando la cosa fuese realmente así, á encontrarla -muy buena, si fué causa de que en aquella empresa quedara muerto, -aniquilado, estropeado algún hombre á lo menos, _et ceteris paribus_, -no habiendo, sin embargo, causado tanto daño á los edificios de Casal. -En medio de estas circunstancias, recibió la noticia de la sedición de -Milán, lo cual le obligó á acudir en persona. - -En la relación que se le hizo, no dejaron de mencionar la fuga de -Renzo, fuga rebelde que había metido tanto ruido, como igualmente -los hechos verdaderos y supuestos que habían motivado su arresto; -participándole también que dicho individuo se había refugiado en el -territorio de Bérgamo. Esta circunstancia llamó la atención de D. -Gonzalo. De todas partes le informaban que Venecia había alzado el -grito y alegrádose de la sublevación de Milán; y al principio se -creía que se vería obligado á levantar el sitio de Casal, y pensaban -siempre que él estaba abatido y con gran cuidado, tanto más cuanto que -inmediatamente después de este suceso había llegado la noticia tan -deseada para el senado y tan temida de D. Gonzalo, de la rendición de -la Rochela. Picado en lo más vivo, ya como hombre, ya como político, -que el senado hubiese formado tal opinión de él, espiaba la menor -ocasión para persuadirles, por vía de inducción, que no había perdido -nada de su antigua osadía; porque decir en términos expresos: “no -tengo miedo”, equivalía á no decir nada. Éste era un buen medio para -hacerse el disgustado, para quejarse, para reclamar; de cuyas resultas, -habiendo llegado el presidente de Venecia á presentarle sus respetos, y -para explorar al mismo tiempo en sus ademanes y expresión lo que pasaba -en su alma (nótese bien esto, pues tal era la política de aquella -fina y astuta diplomacia), D. Gonzalo, después de haber hablado del -motín ligeramente y como hombre que ya lo ha reparado todo, movió el -estrépito que ya sabemos tocante á Renzo, como también no ignoramos lo -que sucedió después. En seguida ya no se ocupó más de un negocio tan -mezquino, y tocante á él, enteramente terminado; y luego cuando pasaba -algún tiempo le llegó la respuesta en el campamento mismo, frente de -Casal, adonde había vuelto y estaba revolviendo tantas ideas en su -imaginación, levantó y meneó la cabeza, á semejanza de un gusano de -seda que busca la hoja del moral. Reflexionó un instante, para recordar -mejor el hecho del cual no le quedaba más que una idea confusa; lo -trajo á la memoria, presentósele una sombra vaga y fugitiva del -individuo, pasó á otra cosa y no pensó más en ello. - -Pero Renzo, que estaba lejos de sospechar esto, no debió suponer un -tan benigno descuido, por lo cual no tuvo en mucho tiempo, ó por decir -mejor, otro estudio, que el de vivir oculto. Es fácil suponer si -ansiaría enviar noticias suyas á las mujeres y tenerlas de ellas: pero -había dos grandes dificultades; la una era que tenía que confiarse á -un secretario, porque el infeliz no sabía ni escribir, ni aun leer, en -el riguroso sentido de la palabra; y si habiendo sido preguntado, como -recordarán los lectores, por el Dr. Azzecca-Garbugli, había contestado -que sí, no fué para lisonjearse, por orgullo, sino que lo cierto era -que sabía leer lo impreso tomándose algún tiempo; pero lo manuscrito, -era negocio enteramente distinto. Érale, pues, preciso valerse de -un tercero para confiarle sus asuntos y un secreto tan peligroso. -En aquella época no se encontraba fácilmente un hombre que supiese -escribir, y al mismo tiempo que fuese de fiar, mucho más en un país en -donde no tenía ninguna especie de relaciones. La otra dificultad era -el encontrar igualmente un mensajero, un hombre que fuese precisamente -hacia aquel lado, que quisiera encargarse de la carta y tomarse el -trabajo de entregarla; cosas todas muy difíciles que pudiesen reunirse -en un solo hombre. - -Finalmente, á fuerza de buscar y más buscar, halló quien le escribiese; -pero no sabiendo si las mujeres se encontraban aún en Monza, ó en -dónde, juzgó conveniente incluir la carta para Inés en otra dirigida -al padre Cristóbal. El amanuense se encargó también de encaminar el -pliego, entregándolo á uno que debía pasar muy cerca de Pescarenico; -éste lo dejó, recomendándolo mucho, en un mesón que se hallaba en el -camino mismo y muy cerca del paraje. Como el pliego iba dirigido á un -convento, llegó á él en efecto; mas no se ha sabido lo que sucedió -después. No viendo Renzo aparecer contestación alguna, hizo escribir -otra carta con poca diferencia igual á la primera, y la metió en una -segunda dirigida á un amigo ó pariente suyo de Lecco. Buscóse otro -portador, el cual se encontró: esta vez la carta llegó á quien iba -dirigida. Inés se encaminó apresuradamente á Maggianico, se la hizo -leer y explicar por Alejo su primo, del cual ya se tiene noticia: -concertó con él una contestación, que puso por escrito, y se logró el -medio de hacerla llegar á manos de Antonio Rivolta, en el lugar de su -domicilio. Todo esto, sin embargo, no se hizo tan pronto como nosotros -lo referimos. Renzo recibió dicha contestación, y mandó otra. En una -palabra, se estableció por ambas partes una correspondencia poco -rápida, poco regular, pero sin embargo, sostenida. - -Mas para tener una idea de dicha correspondencia, es necesario saber -cómo se hacía entonces esta especie de cosas; pues bien, se hacía del -mismo modo que ahora; porque creo que sobre este particular poco ó nada -habrá variado. - -El aldeano que no sabe escribir, y que, sin embargo, se ve en la -necesidad de hacerlo, se dirige á cualquiera que conozca dicho arte, -escogiéndolo, cuanto le es posible, entre las gentes de su clase, -porque tiene poca confianza en la de las demás. Él lo informa con más -ó menos orden y claridad acerca de los antecedentes, y le expone de la -misma manera lo que se ha de escribir. El amanuense, ya comprendiendo, -ya adivinando, da algún consejo, propone alguna variación, y dice: -“Dejadme hacer”; toma la pluma, pone como puede en forma de carta las -ideas del otro, las corrige, las mejora, carga la mano, corta algunas -veces, llega hasta omitir, según le parece que haciéndolo dará un giro -mejor al negocio; porque no hay remedio, todo hombre que sabe más que -los otros, no quiere ser un instrumento material de estos últimos; y -cuando entra en las negociaciones de otro, quiere también hacerlo que -vaya á su modo. Á pesar de todo esto, el que escribe no logra siempre -decir todo lo que quisiera; le sucede algunas veces expresar todo lo -contrario; no es extraño nos pase también lo mismo á nosotros los que -escribimos para la imprenta. Cuando la carta así dispuesta llega á -manos del corresponsal, y que no está más acostumbrado á la escritura, -la lleva á otro sabio de igual calibre, el cual se la lee y se la -explica. De esto nacen mil cuestiones sobre su verdadera inteligencia; -porque el interesado, fundándose en el conocimiento que posee de hechos -anteriores, pretende que ciertas palabras quieren decir una cosa; el -lector, con la práctica que tiene de la composición, se empeña que -aquéllas quieren significar otra. Finalmente, es preciso que el que -no sabe se ponga en manos del que sabe y le encargue la contestación. -Ésta, hecha del mismo modo que la primera carta, se encamina á su -destino, y se sujeta á una interpretación semejante. Si por casualidad -el objeto de la correspondencia es un poco escabroso; si se trata de -negocios secretos que no se quiera dar á conocer á un tercero por temor -de que la carta caiga en malas manos; si á causa de esto no se pone -cuidado de decir con bastante claridad las cosas; entonces, por poco -que dure la correspondencia, las partes acaban por entenderse entre sí -como dos estudiantes que cuestionan por espacio de cuatro horas sobre -la ética: hacemos esta comparación, para no tomarla de las cosas del -día, porque quizá tendríamos que arrepentirnos. - -Al presente, pues, el caso de nuestros dos corresponsales era -precisamente el que hemos puesto por ejemplo. La primera carta, escrita -en nombre de Renzo, contenía muchos detalles. Primeramente, además de -una relación de su fuga, mucho más concisa sin duda, pero también más -desordenada que la que nosotros hemos hecho, formaba igualmente parte -de su situación actual. Inés y su intérprete estuvieron bien lejos de -poder sacar algo completo y claro: hablaba de un aviso secreto, de -un cambio de nombre, de estar en seguridad y de tener que permanecer -oculto; cosas todas muy poco familiares á sus inteligencias, mayormente -siendo dichas en la carta un tanto enigmáticamente. En seguida, iban -preguntas apremiantes, apasionadas, sobre las aventuras de Lucía, -con palabras oscuras y tristes, con respecto á las voces que habían -llegado hasta Renzo. Había, por último, esperanzas inciertas y lejanas, -proyectos lanzados para lo sucesivo mezclando promesas y súplicas de -mantener la fe dada, de no perder la paciencia ni el valor, de aguardar -mejores tiempos. - -Poco después, Inés encontró un medio seguro de hacer llegar en manos de -Renzo una contestación acompañando los cincuenta escudos que le habían -sido señalados por Lucía. Al ver Renzo tanto oro, no sabía qué pensar, -y con el ánimo agitado por una admiración é inquietud que estaban lejos -de dejarle satisfecho, corrió apresuradamente á buscar el amanuense -para hacerse interpretar la carta, y poseer la llave de un tan extraño -misterio. - -En dicha carta, el escribiente de Inés, después de algunas quejas -sobre la poca claridad de la primera, pasaba á describir de una manera -por lo menos tan lamentable, la terrible historia de aquella persona -(así decía); luego daba cuenta de los cincuenta escudos; después -hablaba del voto, pero por vía de perífrasis; añadiendo con palabras -más directas y claras el consejo de que se tranquilizara y no pensase -más en ella. - -Poco faltó que Renzo no la emprendiese con el lector intérprete; -temblaba, se horrorizaba, se enfurecía por lo que había comprendido y -por lo que no había podido entender. Se hizo leer por tres ó cuatro -veces el terrible escrito, unas veces comprendiéndolo mejor á su -parecer, otras encontrando oscuro é inexplicable lo que en un principio -le había parecido claro; y, en aquella fiebre de pasiones, quiso que -el amanuense tomase precipitadamente la pluma y contestase. “Después -de las expresiones más fuertes que puedan imaginarse de piedad y de -terror por las aventuras de Lucía escribid”, continuaba dictando, “que -no quiero tranquilizarme, ni me tranquilizaré jamás; que éstos no son -consejos para dar á un hombre como yo, y que al dinero no tocaré; que -lo guardo en depósito para que sirva de dote á la joven; que ésta debe -pertenecerme, y que yo no tengo nada que ver con esa promesa; que -siempre he oído decir que la Madonna se mezcla en nuestros negocios -para ayudar á los afligidos y para obtener gracias, pero nunca para -causar daño y para hacer faltar á la palabra; que esto no puede quedar -así; que con el dinero nos basta para establecernos en este país; -y que, por último, si nuestros negocios al presente están un poco -embrollados, es una borrasca que pasará pronto”. Á esto añadió otras -cosas poco más ó menos por el mismo estilo, las cuales omitimos para no -cansar á los lectores. - -Luego que Inés recibió dicha carta, hizo escribir otra, y la -correspondencia continuó del modo que hemos visto. - -Cuando Inés llegó á conseguir, ignoramos por qué medio, el hacer -saber á Lucía que Renzo estaba sano, salvo y en lugar seguro, esta -última experimentó un gran consuelo; pues no deseaba más que una -cosa, á saber: que él la olvidase, ó para decirlo con más propiedad, -que pensara en olvidarla. Por su parte, formaba cien veces al día -una resolución semejante, y hacía todos los esfuerzos posibles para -llevarla á cabo. Dedicábase asiduamente al trabajo; trataba de ocuparse -toda entera á él. Cuando la imagen de Renzo se le presentaba á la -imaginación, esforzábase en desterrarla por medio de la oración; mas -como si dicha imagen hubiese tenido malicia, jamás llegaba sola y de -improviso; al contrario, se introducía furtivamente á favor de otras -imágenes, de manera que la mente no se apercibía de ella hasta algún -tiempo después que se había presentado. Lucía comenzaba pensando en su -madre; ¿cómo no había de pensar?, y el Renzo ideal venía poco á poco -á colocarse en medio, como lo había hecho tantas veces el verdadero -Renzo. Si la infeliz se ponía algunas veces á meditar sobre su -porvenir, él aparecía también como diciendo: “allí estaré igualmente”. -Sin embargo, si el no pensar en él era empresa desesperada, Lucía llegó -hasta cierto punto á pensar menos y con menos fuerza de lo que hubiera -querido; lo habría logrado mejor si hubiese sido sola en quererlo; -mas estaba de por medio D.ª Prajedes, la cual, ocupada enteramente en -arrancar al joven del corazón, no había encontrado mejor expediente que -el hablar de él sin cesar. “Y bien, le decía, no pensemos más en ello”. - ---Yo no pienso en nadie, respondía Lucía. - -D.ª Prajedes no era mujer que se pagase de semejante respuesta; -replicaba que se necesitaban hechos y no palabras; discutía largamente -sobre las costumbres de las jóvenes, las cuales, decía, cuando -han entregado su corazón á un libertino (á los que siempre tienen -inclinación), no quieren desprenderse jamás de él. Si un buen partido, -razonable, un sujeto excelente, un hombre honrado les falta por algún -accidente, en seguida se consuelan; pero cuando se enamoran de un -calavera, el mal es incurable. Y entonces empezaba el panegírico del -pobre ausente, del bribón llegado á Milán para llevarlo todo á sangre -y fuego, queriendo también que Lucía confesase que en su pueblo había -cometido una infinidad de maldades. - -Lucía, con la voz trémula de vergüenza, de dolor y de esa indignación -que podía ser permitida á su alma dulce y humilde fortuna, juraba y -perjuraba que en su pueblo aquel pobre desgraciado no había dado nunca -nada malo que decir; hubiera querido, proseguía, que hubiese estado -presente alguno del mismo paraje para que diese testimonio de lo que -decía. Acerca de los sucesos de Milán, de los cuales no podía conocer -los detalles, lo defendía igualmente por el conocimiento que tenía de -él y de su modo de portarse desde la infancia; ella lo defendía ó se -proponía defenderlo, por puro deber de caridad, por amor á la verdad, y -para servirnos de la palabra con la cual se explicaba su sentimiento, -como á su prójimo. Pero de esta apología D.ª Prajedes sacaba nuevos -argumentos para convencer á Lucía de que en su corazón Renzo ocupaba -un lugar del cual era absolutamente indigno. Á la verdad, en aquellos -momentos no se hubiera podido expresar lo que le sucedía. Al infame -retrato que la vieja dama hacía del infeliz, el sentimiento que una -larga costumbre había hecho nacer en el espíritu de la joven, se -despertaba en contraposición más vivo y más distinto que nunca; sus -recuerdos, que tantos trabajos le costaba vencer, venían en tropel -á agruparse en su mente; la aversión y el desprecio que manifestaban -contra el joven, reclamaban otros tantos motivos de aprecio y simpatía; -aquel odio ciego y violento excitaba en su corazón una piedad más -intensa. ¡Qué imprudencia!, ¿á qué hacer vibrar semejante cuerda? ¿Á -qué tratar de renovar la pasión que la infortunada trataba de arrancar -de su corazón? Sea como quiera, la conversación por parte de Lucía no -duraba mucho tiempo, pues las palabras se convertían bien pronto en -lágrimas. - -Si D.ª Prajedes hubiese sido llevada á tratarla así por un odio -inveterado contra ella, quizá las lágrimas la hubieran conmovido -y hecho callar; mas como hablaba con buen fin, seguía adelante, -sin ninguna especie de sentimiento; pues los gemidos, los gritos -suplicantes, pueden detener muy bien el arma de un enemigo, pero no el -bisturí del cirujano. Después de haber cumplido con su deber, según -ella decía, luego de haberle dirigido multitud de reproches pasaba -á las exhortaciones, á los consejos, mezclados también de algunas -alabanzas, para templar de este modo lo agrio con lo dulce y obtener -con más seguridad lo que deseaba, obrando sobre el ánimo en todos -sentidos. Verdaderamente Lucía no conservaba de todas estas querellas -(que siempre tenían poco más ó menos el mismo principio, medio y fin), -ningún rencor contra su acerba predicadora, que la trataba por otra -parte en todo lo demás con la mayor dulzura, y que aun en esto mismo se -traslucía su buena intención. Sin embargo, quedábale, á pesar de todo, -una agitación tal, una revolución tan inquieta de pensamientos y de -amor, que necesitaba mucho tiempo y trabajo para volver á disfrutar de -aquella especie de calma que experimentaba anteriormente. - -Era una dicha para Lucía que no fuese la única á quien D.ª Prajedes -tuviese que hacer bien, pues así las querellas no podían ser tan -frecuentes. Además, el resto de su servidumbre veíase toda llena, según -decía, de cerebros que tenían necesidad más ó menos de ser dirigidos -y ordenados; á mayor abundamiento todas las demás ocasiones que se -ofrecían de prestar los mismos oficios, por caridad á muchas gentes -con las cuales no estaba obligada á nada, tenía fuera de esto cinco -hijas. Ninguna de ellas estaba en la casa, pero le daban más en qué -pensar que si efectivamente hubiesen vivido todas juntas. Tres eran -religiosas, y las otras dos estaban casadas: D.ª Prajedes se encontraba -naturalmente á causa de semejante circunstancia con el cargo de tener -que regentar tres monasterios y dos casas: empresa vasta y complicada, -y tanto más ardua, cuanto que dos maridos, protegidos de padres, -madres y hermanos; tres abadesas, escoltadas por otras dignidades y -multitud de religiosas, no querían aceptar su superintendencia. Era una -guerra continua, ó por mejor decir, cinco guerras sordas, encubiertas, -políticas, finas hasta cierto punto, pero vivas y sin treguas. Había -en cada uno de aquellos sitios una atención perpetua en escapar de -su solicitud, en cerrar la entrada á sus opiniones, en eludir sus -pesquisas, en procurar que ignorase lo más que fuese posible todos sus -negocios. No quiero hablar de las oposiciones, de las dificultades que -encontraban el manejo de otros asuntos aun más extraños: se sabe que es -necesario por lo común dispensar el bien algunas veces á los hombres -por fuerza. En donde su celo podía ejercitarse libremente era en su -misma casa; todos sin distinción de clases estaban sometidos en todo -y por todo á su autoridad, excepto D. Ferrante, con el cual las cosas -iban de un modo enteramente particular. - -Hombre de estudio, no le gustaba ni mandar, ni obedecer. En buen -hora que en todas las cosas de la casa su señora esposa fuese la -dueña; pero él esclavo, eso no; y si cuando era rogado le prestaba en -circunstancias dadas el servicio de su pluma, era porque se adaptaba á -su genio y tenía un placer en ello; por lo demás, también sabía decir -que no cuando estaba persuadido de que lo que quería hacerle escribir -no era posible: “Ingeniaos, le decía entonces; hacedlo vos misma, ya -que el asunto os parece tan claro”. D.ª Prajedes, después de haber -intentado en vano por espacio de algún tiempo el atraerle para que -ejecutase lo que deseaba, se veía obligada á regañar con él llamándole -un _esquiva-fatigas_, testarudo, en fin, un literato, título que á -pesar de su despecho, no se le daba sin alguna complacencia. - -D. Ferrante pasaba largos ratos en su gabinete de estudio, en donde -tenía una colección considerable de libros, que constaba á lo menos -de trescientos volúmenes, de lo más selecto; obras todas de las más -reputadas sobre diversas materias, en cada una de las cuales estaba -más ó menos versado. En astrología era tenido, y con razón, por más -que un aficionado; porque no solamente poseía las nociones generales -y el vocabulario común de influencias, de aspectos y conjunciones, -sino que también hablaba científicamente de las doce moradas del -cielo, de los grandes círculos, de los grados brillantes y tenebrosos, -de exaltaciones, tránsitos y revoluciones; en una palabra, de los -principios más ciertos y recónditos de la ciencia. Hacía quizá veinte -años, que en largas y frecuentes disputas sostenía la preeminencia de -Cardano sobre otro sabio apegado ferozmente á la de Alcabizio, por mera -obstinación, decía D. Ferrante; el cual reconociendo voluntariamente -la superioridad de los antiguos, no podía, sin embargo, sufrir que no -se quisiera dar la razón á los modernos, principalmente en aquellas -cosas que estaban á la vista de todo el mundo. Conocía también más que -medianamente la historia de la ciencia; sabía en caso necesario citar -las más célebres predicciones verificadas, y razonar con la mayor -sutileza y erudición sobre los demás que habían fallado, para demostrar -que la culpa no era de la ciencia, sino de los que no habían sabido -aplicarla bien. - -De la filosofía antigua había aprendido igualmente lo suficiente, -y sin cesar iba empapándose más y más en la lectura de Diógenes -Laercio. Sin embargo, como no se pueden poseer todos los sistemas, -por hermosos que ellos sean, y para ser filósofo es preciso escoger -un autor, D. Ferrante había elegido á Aristóteles, el cual, según -acostumbraba á decir, no era antiguo ni moderno, sino el _non plus -ultra_ de los filósofos. Tenía también diversas obras de los más sabios -y útiles secuaces de la escuela aristotélica entre los modernos; con -respecto á las de los adversarios, jamás había querido leerlas para -no desperdiciar el tiempo, según decía, ni comprarlas porque tampoco -quería tirar el dinero. Únicamente y por vía de excepción daba lugar en -su biblioteca á los veintidós libros de _Subtilitate_ y á algunas obras -antiperipatéticas de Cardano, á causa de su mérito en la astrología, -diciendo que el que había podido escribir el tratado de _Restitutione -temporum et motuum cœlestium_ y el libro _Duodecim geniturarum_, -merecía ser escuchado aunque se equivocase; que el mayor defecto de -aquel hombre célebre había sido el tener demasiada sutileza, y que -nadie hubiera sido capaz de calcular hasta dónde habría llegado también -en la filosofía, si siempre hubiese seguido el camino recto. Por lo -demás, aunque á juicio de los hombres doctos D. Ferrante pasase por -un peripatético consumado, con todo, á sus propios ojos no le parecía -saber todavía lo suficiente, y más de una vez se le oyó decir con una -modestia edificante, que la esencia, los universales, el alma del mundo -y de la naturaleza de las cosas no eran materias tan claras cuanto se -pudiesen creer. - -Tocante á filosofía natural, se había formado más bien un pasatiempo -que un estudio: las obras mismas de Aristóteles sobre esta materia las -había más bien leído que estudiado. No obstante, con esta lectura, con -las noticias recogidas incidentalmente en los tratados de filosofía -general, con algunas ojeadas echadas sobre la _Magia naturale Lapidum_, -de Porta, las tres historias _Lapidum_, _Animalium_, _Plantarum_ de -Cardano, el tratado de las yerbas, plantas y animales del grande -Alberto, y algunas otras obras de menos importancia, sabía en caso -necesario entretener una reunión de personas instruidas, razonando -acerca de las virtudes más admirables y de las curiosidades más -singulares de muchos simples. Describía exactamente las formas y los -hábitos de las sirenas y del ave Fénix, único en su especie; explicaba -del modo con que la Salamandra permanecía en medio del fuego sin -quemarse, cómo la Rémora, siendo un pescado tan pequeño, tiene la -fuerza y la habilidad de detener en un instante en alta mar á cualquier -buque de gran porte; cómo las gotas del rocío se vuelven perlas en el -seno de las conchas; cómo el Camaleón se alimenta del aire; cómo del -hielo endurecido lentamente con el trascurso del tiempo se forma el -cristal; y por último, otra serie de secretos de la naturaleza, los más -prodigiosos. - -Él se había dedicado mucho más á los de la magia y del sortilegio, -porque dice nuestro anónimo se trataba de una ciencia mucho más en boga -y más necesaria, de la cual los hechos son de mucha mayor importancia -y más fácil de poderlos verificar. No hay necesidad de decir que en -semejante estudio no había tenido jamás otra mira que la de instruirse -y conocer á fondo las malas artes de los hechiceros, para poderse -guardar y defenderse. Guiado, sobre todo, por el gran Martín del -Río (el hombre de ciencia), estaba en disposición de discurrir _ex -professo_ sobre el maleficio del amor, sobre el soporífero, sobre el -hostil, y otras infinitas especies que por desgracia, dice también -el anónimo, se ven en práctica diariamente, de estos tres géneros -capitales de maleficios de efectos tan dolorosos. Los conocimientos -de D. Ferrante en la historia, especialmente universal, eran vastos -y profundos, sobre cuyas materias sus autores favoritos eran el -Tarcagnota, el Dolce, el Bugatti, el Campana, el Guazzo; finalmente, -los más célebres. - -Pero, decía con frecuencia D. Ferrante, ¿qué es la historia sin la -política? Un guía que marcha siempre sin cesar, desprovisto de persona -que le enseñe el camino, y que por consiguiente pierde todo lo que -anda; del mismo modo, la política sin la historia es un hombre que -camina sin guía. Tenía, pues, en sus estantes designado un pequeño -lugar á los publicistas: allí, entre otros muchos de segundo orden, -campeaban Bodin, Cavalcanti, Sansovino, Paruta y Boccalini: dos libros, -sin embargo, había que D. Ferrante prefería á todos; dos obras que -llamó, durante mucho tiempo, las primeras, sin poder jamás resolver -á cuál de las dos convenía únicamente dar la primacía: la una era -el _Príncipe_ y los _Discursos_ del célebre secretario florentino; -“malvado, sí, decía D. Ferrante, pero profundo:” la otra, la _Ragion di -Stato_, del no menos célebre Juan Botero, “hombre de bien ciertamente, -decía también, mas astuto”. Pero poco tiempo antes de formular nuestra -historia, salió á luz una obra que terminó la cuestión de primacía, -sobrepujando también á las obras de aquellos dos _matones_, decía -D. Ferrante; un libro en la cual se hallaban comprendidas y como -destiladas todas las maldades para poderlas conocer, y todas las -virtudes para poderlas practicar; un libro poco voluminoso, pero -todo de oro; en una palabra, el _Statista Regnante_, de D. Valeriano -Castiglione, de ese hombre célebre, del cual se puede decir que los más -grandes literatos le ensalzaban á porfía, y se lo disputaban los más -célebres personajes; de ese hombre que el papa Urbano VIII honró, según -es público y notorio, colmándole de magníficos elogios, que el cardenal -Borghese y el virrey de Nápoles, D. Pedro de Toledo, le pidieron que -escribiese, el primero la vida del papa Paulo V, el otro las guerras -del rey católico en Italia; ambos lo solicitaron en vano, de ese hombre -que Luis XIII, rey de Francia, aconsejado por el cardenal Richelieu, -nombró su cronista; á quien el duque Carlos Emanuel de Saboya confirió -el mismo cargo, en elogio del cual, para callar otros gloriosos -testimonios, la duquesa Cristina, hija del cristianísimo rey Enrique -IV, pudo en un diploma, con muchos otros títulos, añadir: “la certeza -de la fama que él obtiene en Italia de primer escritor de nuestra -época”. - -Pero si D. Ferrante podía decirse instruido en todas las ciencias -expresadas anteriormente, había una en la cual merecía y gozaba el -título de profesor: ésta era la ciencia caballeresca; no sólo razonaba -acerca de ella como maestro, sino que también rogado frecuentemente -para que interviniese en asuntos de honor, daba siempre alguna -decisión. Poseía en su biblioteca, y se puede añadir en su cabeza, -las obras de los escritores más célebres en dicha materia: Parido del -Pozzo, Fausto de Longiano, Urrea, Muzio, Romey, Albergato, y Torcuato -Tasso, del cual tenía siempre dispuestos y en caso de necesidad sabía -citar de memoria todos los pasajes de la _Jerusalén libertada_, como -también de la _conquistada_, que podían servir de ejemplo en materias -de caballería. Á pesar de todo, el autor de los autores, según su -opinión, era el célebre Francisco Birago, con el cual se encontró más -de una vez para sentenciar en los asuntos de honor, y que por su parte -hablaba de D. Ferrante en términos de singular aprecio; y aun antes que -los _Discursos caballerescos_ de dicho insigne escritor hubiesen visto -la luz pública, D. Ferrante pronosticó, sin vacilar, que esta obra -destruiría la autoridad de Olevano, y quedaría con sus otras nobles -hermanas, como el código de una autoridad sin rival á los ojos de la -posteridad; profecía, dice nuestro anónimo, que se ha verificado según -todos pueden ver. - -El expresado autor pasa en seguida á hablar de los conocimientos que -poseía D. Ferrante con respecto á la amena literatura; pero nosotros -empezamos á dudar si el lector tendrá grandes deseos de seguir -adelante con aquél en esta reseña, y por lo tanto, temiendo molestarle -demasiado, volveremos á tomar el interrumpido hilo de nuestra historia, -para detenernos en ella más pausadamente. Además, tenemos aún un largo -camino que recorrer antes de encontrar á los personajes por los cuales -el citado lector se interesa más, si hay sin embargo alguna cosa en -todo esto que ciertamente le interese. - -Hasta el otoño de 1629 permanecieron todos, quienes voluntariamente, -quienes por fuerza, en el mismo estado en que los hemos dejado, sin -que sucediese á ninguno de ellos la menor cosa digna de ser referida. -Vino por fin el deseado otoño en que Inés y Lucía habían proyectado -reunirse; pero un gran acontecimiento público echó por tierra semejante -cálculo, siendo esto á la verdad el más pequeño de sus efectos. -Vinieron en seguida otros sucesos, que sin embargo, no trajeron ningún -cambio notable en la suerte de nuestros personajes. Finalmente, nuevas -desgracias, más generales, más terribles y formidables, llegaron -hasta ellos como un impetuoso y devastador huracán que arranca los -árboles, echa abajo las casas, abate la cúspide de las más elevadas -torres, cuyas ruinas siembra por doquier; se lleva también las flores -escondidas entre la yerba, arrebata las hojas ligeras y ya secas que -una débil brisa había arrojado en un rincón, y las arrastra en su -inmenso torbellino. - -Ahora, para que los hechos particulares que nos restan por referir -aparezcan claros, debemos absolutamente, y es indispensable que -volvamos á tomar la narración de los hechos generales desde un poco más -atrás. - - - - - CAPÍTULO DÉCIMO - - -Después de la famosa asonada del día de S. Martín y del siguiente, -pareció que la abundancia hubiese vuelto á Milán como por milagro. -Las panaderías se veían llenas de pan; el precio de éste era como -en los años más fértiles; las harinas estaban en proporción. Los -que en aquellos dos días habían gritado por las calles ó hecho algo -más, tenían al presente (exceptuando el pequeño número que habían -sido presos) motivos de congratularse, y no se crea por esto que -permaneciesen tranquilos después de pasado el primer susto de las -prisiones: en las plazas, en las esquinas, dentro de las tabernas, -bailaban, se felicitaban, y aun se jactaban entre dientes de haber -encontrado el medio de hacer bajar el precio del pan; mas sin embargo, -en medio de las fiestas y regocijos reinaba una vaga inquietud, un -presentimiento confuso de que semejante dicha no sería de muy larga -duración, agrupábanse en torno de las panaderías y de los almacenes -de harina, según había sucedido cuando aquella abundancia ficticia -y pasajera producida por la primera tarifa de Antonio Ferrer, todos -gastaban con profusión, el que tenía algún dinero lo invertía en harina -y pan, les servían de almacenes los cofres, los más pequeños toneles, y -hasta las ollas. Apresurándose de este modo á gozar de las ventajas del -momento, hacían, no digamos imposible su larga duración, porque por sí -misma ya lo era, sino que á cada instante se volvía más y más difícil -su continuación. - -El 15 de noviembre, Antonio Ferrer, _de orden de su excelencia_, -publicó un bando, por el cual se prohibía á cualquiera que tuviese en -su casa grano ó harina, el comprar pan, poco ni mucho, y á los demás -únicamente el que necesitasen para dos días, _bajo penas pecuniarias y -corporales al arbitrio de su excelencia_. Dicho bando intimaba á los -encargados de su cumplimiento y á cualesquiera persona, el denunciar á -los contraventores, ordenando á los jueces el hacer pesquisas en las -casas que les fuesen designadas, dando al propio tiempo á los panaderos -una nueva orden terminante y expresa de tener las tiendas bien -provistas de pan, _so pena, en caso de contravención, de cinco años de -galeras y de mayor pena_, al arbitrio de su excelencia. Es preciso un -grande esfuerzo de imaginación para creer que semejante bando pudiese -ponerse en ejecución. Á la verdad, si todos los que se publicaban -entonces hubiesen podido tener entero y cumplido efecto, el ducado de -Milán hubiera tenido en el mar más gente que hoy día la Gran Bretaña. - -Pero mandando á los panaderos hacer una tan gran cantidad de pan, era -indispensable igualmente dar alguna orden para que no faltasen las -primeras materias. En las épocas de carestía se hace siempre un estudio -especial en reducir á pan los productos ó alimentos que acostumbran á -consumirse bajo otra forma. Se había, pues, calculado el hacer entrar -el arroz en la composición del pan llamado de _mistura_[6]. El 23 de -noviembre salió una nueva orden secuestrando á las órdenes del vicario -y de los doce miembros de la provisión la mitad del arroz (que entonces -se le daba el nombre de _risono_[7], y aún hoy día se llama del mismo -modo), que cada uno tuviese, bajo pena, á cualquiera que dispusiera de -él sin permiso de los expresados señores, á la pérdida del género y á -una multa de tres escudos por _moggio_[8]. Esto, según se ve, era muy -justo. - - -Mas para comprar dicho arroz era preciso pagarlo á un precio muy -desproporcionado al que tenía el pan; por lo tanto se impuso á la -ciudad la carga de suplir esta enorme diferencia; mas el consejo de -los decuriones deliberó el mismo día 23 de noviembre el representar -al gobernador la imposibilidad de sostener por mucho tiempo semejante -carga, y el gobernador por medio de un bando, fecha 7 de diciembre, -fijó el precio del mencionado arroz á doce libras el _moggio_. Tanto al -que pidiese un precio más subido como al que rehusase venderlo, se le -intimó la pena de la pérdida del género y una multa del mismo valor, -_y mucha y más grande pena pecuniaria y también corporal, hasta la de -galeras, al arbitrio de su excelencia, según la cualidad de los casos y -las personas_. - -El precio del arroz mondado había sido ya fijado antes de la primera -conmoción: la tarifa, ó para servirnos de una denominación más célebre -en los anales modernos, el _máximum_ del grano y de los demás cereales -comunes se había fijado en otros bandos que no hemos podido encontrar. - -Mantenido de este modo á un precio módico en Milán el trigo y la -harina, sucedió que una multitud de gentes del campo acudieron á -proveerse á la ciudad. D. Gonzalo, para remediar dicho inconveniente, -según él lo llamaba, prohibió por otra ordenanza de 15 de diciembre -el sacar fuera de Milán pan por más del valor de veinte sueldos, bajo -pena de la pérdida del pan mismo y veinticinco escudos, _y en caso de -insolvencia, de dos carreras de azotes en público, y mayor castigo -aún_, como de costumbre, al arbitrio de su excelencia. El 22 del mismo -mes se publicó una orden igual para las harinas y granos. - -El populacho había querido procurarse la abundancia por medio del -pillaje y del incendio: el gobierno quería mantenerla con las galeras y -azotes. Dichos medios eran bastante adecuados; mas juzgue el lector si -podían lograr el fin que se proponían: en un momento vamos á ver cómo -lo consiguieron. Por otra parte, no es inútil que observemos que estos -extraños medios entre sí tienen una conexión íntima y necesaria; cada -uno era la consecuencia inevitable del precedente, y todos dimanaban -del primero, que fijaba al pan un precio tan desproporcionado al que -debía resultar del estado real de las cosas. Semejante expediente -ha parecido, y ha debido parecer siempre á la multitud, no sólo -conforme á la equidad, sino también muy sencillo y muy fácil de poner -en ejecución: es, pues, sumamente natural que en las angustias -y padecimientos que trae en pos de sí la carestía, la expresada -multitud lo desea, lo pide, y si puede lo impone. Pero á medida que se -experimentan las consecuencias, es necesario que á aquellos á quienes -toca esta incumbencia, se dediquen á repararlas todas por medio de -una ley que prohíba hacer lo que designaban las leyes anteriores. -Permítasenos observar aquí, como de paso, una singular combinación. -En un país y en época no muy lejana, en la época más famosa y notable -de la historia moderna, se recurrió en circunstancias semejantes á -iguales expedientes (casi podríamos decir los mismos en la sustancia), -con la sola diferencia que eran en mayor proporción, y poco más ó -menos en el mismo orden. Tomáronse, pues, estas medidas en menosprecio -de la razón de los tiempos tan cambiados y de los conocimientos -crecientes en Europa, y en dicho país quizá más que en otro alguno, -siendo principalmente la causa de esto, que la gran masa del pueblo, -hasta la cual no habían llegado todavía los mencionados conocimientos, -pudiese hacer prevalecer su juicio, é hiciese igualmente la ley, según -vulgarmente se dice á los legisladores. - -Mas volviendo á proseguir nuestra interrumpida narración, diremos que -al fin y al cabo los dos principales frutos de la sublevación habían -sido dos: el desperdicio y pérdida efectiva de víveres, durante la -conmoción misma, consumiendo mientras rigió la tarifa, sin cuidado -y sin medida el poco grano que debía bastar para ir tirando hasta la -nueva recolección. Á estos efectos generales es preciso añadir el -suplicio de cuatro desventurados designados como jefes del motín, los -cuales fueron ahorcados, dos enfrente del horno de las _Muletas_, y los -dos restantes al extremo de la calle, en donde se hallaba la casa del -vicario de la provisión. - -Además, las relaciones históricas de aquella época, están escritas -tan sin orden, que no se ha podido encontrar cómo y cuándo cesó la -expresada tarifa tan arbitraria. Si á falta de pruebas positivas nos -es lícito aventurar algunas conjeturas, estamos decididos á creer que -fué suprimida un poco antes ó después del 24 de diciembre, día de la -consabida ejecución. Por lo que respecta á las ordenanzas, después -de la del día 22 del mismo mes, que hemos citado, no encontramos -otra en materia de subsistencias, ya sea que las que se hubiesen -publicado fracasaran, ya que hayan escapado á nuestras pesquisas, -ya, por último, que la autoridad desanimada, si no convencida de la -ineficacia de sus remedios y arrastrada por la fuerza misma de los -sucesos, los haya abandonado á su propio curso. Pero nosotros hallamos -en las relaciones de más de un historiador (inclinados como estaban -todos á describir los grandes acontecimientos, más bien que á observar -las causas y progresos) el cuadro del país, y principalmente el de -la ciudad, á la conclusión del invierno y en la primavera. En esta -época, la desproporción de los víveres y las necesidades que no habían -podido hacer cesar ni los remedios que aumentándola, habían suspendido -temporalmente los efectos, ni una introducción suficiente de cereales -extranjeros, á la cual se oponían la escasez de medios públicos y -privados, la penuria de los países circunvecinos, la languidez y la -paralización del comercio, las leyes mismas que tendían á establecer la -baratura á favor de medidas violentas; todas estas circunstancias, que -eran la verdadera causa de la carestía, ó por mejor decir, esta misma -obraba sin obstáculo de ninguna especie y con toda su fuerza. He aquí -la copia de aquel doloroso cuadro. - -Todas las tiendas estaban cerradas; las fábricas en gran parte -desiertas; las calles ofrecían un espectáculo terrible, un incesante -curso de miserias y una morada perpetua de sufrimientos. Los mendigos -de profesión, habiendo quedado circunscritos á un número muy escaso, -confundidos y perdidos en una nueva multitud, se veían reducidos á -disputar la limosna con aquellos de los cuales en otro tiempo la habían -recibido. Los oficiales y aprendices despedidos por los comerciantes -y fabricantes, privados de su salario y jornal, vivían penosamente -de sus economías y ahorros: los jornaleros, errando de puerta en -puerta, de calle en calle, apoyados en las esquinas, tumbados en -las aceras, arrimados á las casas y á las iglesias, pedían limosna -con voz lastimera ó vacilaban entre la necesidad y la vergüenza que -aún no habían podido dominar; descarnados, débiles, apenas tenían -la suficiente fuerza para sostenerse, abatidos como estaban por una -larga vigilia y por los rigores del frío, que penetraba por entre sus -andrajosos vestidos, en los cuales se distinguían aún las señales de su -antiguo bienestar. Veíanse mezclados á esta deplorable turba, y no en -muy pequeño número, servidores despedidos por sus amos, caídos entonces -desde la medianía á la estrechez, ó que á pesar de tener facultades, -se encontraban inhábiles en tiempos tan calamitosos, de sostener tan -grande y numerosa servidumbre. Á todos estos indigentes se agregaba -otro número infinito, acostumbrados en parte á vivir de las sobras -de aquéllos; divisábanse por todas partes niños, mujeres, ancianos, -agrupados en torno de los que habían sido hasta el presente su sostén, -vagando dispersos tendiendo la mano. - -Tropezábase también y se les distinguía por sus _ciuffo_ ó poblados -mechones, por los restos de sus magníficos vestidos, por un cierto -no sé qué en el porte y gesto, por esas huellas que los hábitos -imprimen sobre el rostro; encontrábanse, repito, muchos individuos -pertenecientes á la mala ralea de los bravos, los cuales, habiendo -perdido por una suerte común su pan criminal, lo andaban buscando -por misericordia. Domados por el hambre, no disputaban con los -demás, valiéndose únicamente de las súplicas; se arrastraban por la -ciudad, ellos que tantas veces la habían recorrido con la cabeza -alta, con ademán altanero y feroz, cubiertos de ricos y caprichosos -vestidos, cargados de magníficas armas, adornados de elegantes plumas, -perfectamente peinados y perfumados: veíase al presente, á estos -hombres, alargar humildemente aquella mano que tantas veces se había -levantado para amenazar con insolencia ó para herir á traición. - -Pero el espectáculo más horrible y más digno de compasión á la vez, -era la innumerable multitud de aldeanos: veíanse reunidos por familias -enteras; maridos, mujeres, niños, ancianos. Algunos cuyas casas habían -sido invadidas y despojadas por la soldadesca alojada ó que iba de -paso, habían huido desesperados; otros para mover más á compasión y -para hacer distinguir su miseria entre tantas, mostraban las heridas y -cicatrices de los golpes que habían recibido al defender sus escasas y -últimas provisiones, ó al escapar de aquel desenfreno ciego y brutal. -Otros, finalmente, no habiéndoles alcanzado todavía semejante azote, -pero arrojados por otros dos, de los cuales ningún rincón había quedado -exento, á saber: la esterilidad y las cargas más exorbitantes que -jamás habían sido exigidas para satisfacer lo que entonces llamaban -necesidades de la guerra, llegaban á la ciudad como á la morada, como -al último asilo de la abundancia y de una piadosa munificencia. Se -podían conocer fácilmente los recién llegados por su aire incierto -y de estupidez, y poco después por el despecho que manifestaban á -la vista de tal desorden, de una tan grande rivalidad de miseria, -allí donde habían esperado ser objeto singular de compasión y atraer -sobre sí las miradas y los socorros. En las facciones de los que por -más ó menos tiempo recorrían y habitaban las calles de la ciudad, -prolongando su desgraciada existencia por los escasos socorros que -obtenían por largos intervalos, veíase pintada una consternación más -negra y más profunda. Vestidos de diferentes maneras, los que todavía -podían llamarse vestidos, y distintos también en su aspecto: semblantes -descoloridos de la tierra baja, bronceados del llano, del Mediodía y -de las colinas, sanguíneos de los montañeses; mas sin embargo, todos -afilados y descompuestos, todos con los ojos hundidos, miradas fijas -participando de la fiereza é insensatez; los cabellos desordenados, -las barbas largas y descuidadas; cuerpos nutridos y endurecidos por -las fatigas, veíanse ahora aniquilados por el hambre. Y para completar -cuadro tan desolador, la naturaleza misma aparecía como vencida por -cierta especie de languidez y consunción. - -Divisábase por doquier en las calles, pegados á las paredes de las -casas, montones de paja y bálago, mezclados de asquerosa inmundicia; -esto, sin embargo, era para aquellos infortunados un don y una prueba -de la caridad; éstos eran los lechos donde reposaban sus cabezas -durante la noche. De cuando en cuando se veía, aun en medio del día, -echarse en ellos á alguno á quien la debilidad había quitado las -fuerzas y paralizado las piernas: muchas veces aquel triste lecho -acogía un cadáver: muchas veces se veía caer á un desgraciado de -improviso en la calle, y quedar en el mismo sitio sin movimiento y sin -vida. - -De vez en cuando, al lado de alguno de esos infelices se veía á un -pasajero ó vecino atraído por una súbita compasión. En algunos puntos -llegaban socorros ordenados con más larga previsión, dirigidos por una -mano rica en medios, y acostumbrada á prestar grandes beneficios: ésta -era la mano del virtuoso Federico. Había escogido seis sacerdotes, los -cuales á una caridad viva y perseverante, uniesen una constitución -fuerte y robusta; los había dividido en tres parejas, designando á -cada una el que recorriese la tercera parte de la ciudad, seguidos por -mozos cargados de alimentos, refrigerios y ropas. Todas las mañanas, -aquellos dignos sacerdotes recorrían las calles en diversos sentidos: -aproximábanse á los que veían echados en el suelo, prestando á cada uno -los socorros necesarios; al que estaba agonizando y no podía recibir -ya los alimentos, le administraban los auxilios y consuelos de la -religión; á los hambrientos les daban sopas, huevos, pan y vino, á -los extenuados por una larga vigilia los confortaban antes por medio -de espíritus, con el objeto de que se pusiesen en estado de resistir -el alimento; igualmente distribuían vestidos á los que se hallaban en -la más espantosa desnudez. No se limitaba á esto solo su asistencia: -el buen pastor había querido á lo menos procurar un alivio eficaz y -duradero hasta donde llegasen sus alcances. Los infelices á quienes -este primer socorro volvía las fuerzas para poder andar y manejarse -por sí solos, recibían también algún dinero, á fin de que la necesidad -renaciente y la falta de otros recursos no les lanzase por segunda -vez en su primitivo estado; á otros les buscaban un asilo y abrigo en -alguna casa de las más próximas. En la morada de estos bienhechores -eran casi siempre acogidos por caridad, y como recomendados por el -cardenal; en otras, donde á pesar de la buena voluntad faltaban medios, -los buenos sacerdotes pedían únicamente que el desgraciado fuese -recibido pagando una pensión, convenían en el precio, y entregaban -cierta cantidad por vía de adelanto. En seguida daban la lista de los -desgraciados á los curas de la parroquia para que los visitasen, y -volvían los mismos sacerdotes á verlos. - -No es necesario decir que Federico hubiese aguardado que el mal -llegara á su colmo para ser movido y dedicar todos sus cuidados. Su -ardiente caridad debía hacerse sentir en todas partes, acumularse, -acudir adonde no había podido todavía tomar, por decirlo así, tantas -formas cuantas exigía la necesidad. Reuniendo todo aquello de que podía -disponer, guardando la más estricta economía, invirtiendo todos los -ahorros destinados á otras obras de beneficencia que entonces se habían -vuelto de una importancia secundaria, había buscado todos los medios -posibles para recoger dinero, empleándolo exclusivamente en aliviar á -los infelices que morían de hambre. Hizo grandes compras de granos, y -había enviado una buena parte á los lugares más escasos de su diócesis. -Como el socorro estaba lejos de igualar á la necesidad, mandó también -una gran cantidad de sal, con la cual, según dice Ripamonti, la yerba -de los prados y la corteza de los árboles se convertía en alimento[9]. -Había distribuido granos y dinero á los párrocos de la ciudad; él -mismo en persona recorría todos los barrios, repartiendo limosnas y -socorriendo además, secretamente, á muchas familias indigentes. En -el palacio episcopal se hacía cocer diariamente una gran cantidad de -arroz, y al decir de un escritor contemporáneo (el médico Alejandro -Tadino, en una de sus obras[10], que con frecuencia tendremos ocasión -de citar más adelante), se repartían todas las mañanas dos mil -escudillas. - - -Pero estos efectos de la caridad, que podemos llamar grandiosos al -considerar que venían de un solo hombre y de sus solos medios (ya que -Federico rehusaba por sistema el ser el dispensador de la liberalidad -de otros); estos efectos, repito, unidos á los dones de otras manos -privadas, si no tan fecundas, á lo menos numerosas, juntamente con -los socorros que el consejo de los decuriones había decretado, dando -al tribunal de la provisión la incumbencia de distribuirlos, no eran -suficientes aún en comparación de las necesidades que había. Mientras -que algunos aldeanos próximos á morir de hambre, lograban por la -caridad del cardenal prolongar su existencia, otros llegaban á aquel -extremo; los primeros, concluido un tan moderado socorro, volvían á -recaer; por otro lado, había gentes no olvidadas sino pospuestas, -como que padecían menos, por una caridad precisada á escoger; por -consiguiente, los sufrimientos venían á ser mortales; por doquier -aparecía la muerte, de todas partes acudían á la ciudad. Por un lado, -veíanse millares de hambrientos más robustos y diestros para sobrepujar -la concurrencia y hacerse sitio, los cuales habían conquistado una -escudilla de sopa suficiente para no morirse en aquel día; pero otros -muchos se quedaban atrás envidiando á aquellos, nosotros diremos, más -afortunados, siendo así que entre los rezagados había al mismo tiempo -padres, mujeres é hijos de los primeros. Y mientras en ciertas partes -de la ciudad algunos de los más menesterosos y reducidos al último -extremo se levantaban del suelo reanimados, recobrados y alimentados -por algún tiempo, en cien distintos lados, otros caían desfallecidos y -aun expiraban sin ayuda, sin auxilio alguno. - - -Durante el día, oíase por las calles un ruido confuso de voces -suplicantes; por la noche un susurro de gemidos, suspendido de cuando -en cuando por grandes lamentos lanzados de improviso, por gritos, por -acentos profundos de invocación, que terminaban en sofocados sollozos. - -Lo más notable y digno de consideración era, que en medio de tan -grande exceso de sufrimientos, con tanta variedad de disputas, no se -viese jamás una tentativa, no se escapase un solo grito sedicioso. Sin -embargo, de todos aquellos que vivían y morían de semejante modo, -había un buen número de hombres habituados á todo, menos á tolerar, -siendo éstos al contrario los centinelas de los mismos que el día de S. -Martín se habían hecho oir tanto. No es posible imaginar que el ejemplo -de los cuatro desgraciados que habían pagado la pena por todos, fuese -lo que ahora los refrenase: ¿qué fuerza podía tener, no la presencia, -sino la memoria de las ejecuciones sobre los ánimos de una multitud -vagabunda y reunida, que se veía como condenada á un lento suplicio, y -que en efecto ya lo padecía? Pero los hombres en general, todos somos -así, nos rebelamos indignados y furiosos contra los males pequeños, y -nos encorvamos silenciosamente bajo el peso de los grandes; soportamos, -no resignados sino con la mayor estupidez, el colmo de lo que en un -principio habíamos llamado insoportable. - -El vacío que la mortandad hacía diariamente en aquella deplorable -multitud, se llenaba de nuevo á cada momento: era un concurso continuo, -primeramente de los pueblos circunvecinos, después de toda la campiña, -luego de las ciudades del milanesado; y por último, también de otros -pueblos. Entretanto, los antiguos habitantes de la ciudad salían de -ella todos los días á bandadas, unos para sustraerse á la vista de -tantas calamidades; otros, viéndose, por decirlo así, arrebatados de -sus posiciones por nuevos concurrentes en mendicidad, partían con la -última esperanza de buscar socorros en otras partes, fuese donde fuese, -en donde la multitud apareciera menos menesterosa, ó la emulación de -pedir se viese que no era tanta. Las dos cuadrillas de peregrinos se -encontraban en su opuesto viaje: ¡espectáculo doloroso!, ¡siniestro -presagio del término al cual unos y otros iban encaminados!, mas ellos -seguían su camino, si no con la esperanza de mudar de suerte, á lo -menos para no volver á cobijarse bajo un cielo que les había llegado -á ser odioso, para no ver jamás los lugares en donde habían sido -entregados á la desesperación. Á veces un desgraciado, cuya necesidad -había agotado las últimas fuerzas vitales, caía desplomado en el camino -y exhalaba allí su postrer suspiro, siendo un espectáculo funesto, un -objeto de horror para sus mismos compañeros de miseria, y acaso de -reproche para los demás viajeros. “Yo presencié, escribe Ripamonti, -en la calle que se dirige á la muralla, el cadáver de una mujer... Le -salía de la boca yerba medio mascada, y los labios presentaban aún -el ademán de un esfuerzo rabioso... Llevaba un pequeño fardo en la -espalda, y apretaba convulsivamente la cara de un tierno niño contra su -pecho, el cual, llorando amargamente, pedía de mamar... Aparecieron en -aquel sitio algunas personas compasivas, las cuales, habiendo recogido -del suelo á la desgraciada criatura, se la llevaron, tratando de -cumplir en seguida el primer deber materno”. - -Aquel contraste de vestidos magníficos y de harapos, de lujo y de -miseria, espectáculo muy común en tiempos normales, había entonces -cesado enteramente. La pobreza y los andrajos lo habían casi invadido -todo, y el que más se distinguía era apenas bajo una apariencia de -humilde medianía. Veíase á los nobles caminar con traje sencillo y -modesto, y casi casi puede decirse ordinario; los unos porque la -miseria general había cambiado hasta ese punto su fortuna, los otros -por temor de provocar con el lujo la pública desesperación, ó por pudor -y para no insultar la desgracia bajo la cual gemía el pueblo entero. -Aquellos poderosos, odiados y temidos, que solían andar dando vueltas -por la ciudad con un numeroso séquito de bravos, iban al presente -casi solos, con la cabeza baja, y en sus ademanes parecía que pedían -y ofrecían la paz. Los que aun en el apogeo de la fortuna habían, sin -embargo, tenido ideas más humanitarias y mostrádose más modestos, -aparecían también confusos, consternados y como oprimidos á la vista -continua de una miseria que sobrepujaba, no sólo la posibilidad de los -socorros, sino que también podríamos decir las fuerzas de la compasión. -El que podía dispensar alguna limosna, tenía no obstante que hacer una -triste elección entre hambre y hambre, entre urgencia y urgencia. -Apenas se veía una piadosa mano que se aproximaba á un infeliz, -cuando aparecía á su alrededor, como por encanto, una innumerable -turba de menesterosos, de los cuales el que conservaba más vigor se -hacía lugar y se adelantaba á todos para pedir con más instancia; los -extenuados, los ancianos y los niños alzaban las descarnadas manos; -las madres levantaban y mostraban de lejos á sus pequeños hijos que -lloraban sin consuelo, mal envueltos en andrajosos pañales, y á quienes -volvían á bajar estrechándolos contra su pecho, por carecer de fuerzas -suficientes, á causa de su extremada debilidad para sostenerlos en -aquella posición. - -De este modo se pasó el invierno y la primavera. Hacía ya algún tiempo -que la junta de sanidad había representado al tribunal de la Provisión -el peligro á que tanta miseria exponía á la ciudad; y para prevenir -el contagio proponía encerrar á los mendigos vagabundos en diversos -hospicios. Mientras que se discute este proyecto, se aprueba, se piensa -en los medios, modos y lugares para llevarlo á efecto, los cadáveres -cubren las calles á cada día que transcurría y en número creciente, -aumentándose á proporción de esto todo el restante cúmulo de miserias. -El tribunal de la provisión propone entonces un partido más fácil y -expedito, cual es el reunir en un solo lugar, en el lazareto, á todos -los mendigos sanos y enfermos, debiendo ser mantenidos y curados á -expensas de la ciudad. Esto fué resuelto contra el parecer de la junta -de sanidad, la cual se oponía, y con razón, objetando que en una tan -gran reunión de gentes, el peligro al cual se quería poner remedio no -haría más que aumentarse. - -Es casi indispensable que hagamos aquí una ligera descripción del -lazareto de Milán, para aquellos de nuestros lectores que no tengan -de él ninguna idea. Es, pues, un edificio que forma un cuadrilátero, -y está situado fuera de la ciudad, distando de las murallas sólo el -espacio del foso, de un camino de circunvalación, y de un acueducto que -rodea el recinto mismo. Las dos alas mayores tienen de longitud unos -quinientos pasos; las otras dos, unos cuatrocientos ochenta y cinco; -todos por la parte exterior están divididos en pequeñas habitaciones -de un solo piso; en el interior se ve un gran claustro cuyos pórticos -están sostenidos por pequeñas y delgadas columnas. - -Las celdas eran doscientas ochenta y ocho en aquel entonces; en -nuestros días hay muchas más, habiéndose hecho en el centro una gran -entrada y otra pequeña en un extremo de la fachada que da al camino -real. En el tiempo á que nos referimos no había más que dos entradas; -la una en el centro del ala que mira á las murallas de la ciudad, y -la otra de frente en el opuesto. En el centro del espacio interior -existía, y aún existe todavía, una pequeña iglesia de forma octógona. - -El primer destino de todo el edificio, comenzado en el año de 1489, -con el dinero de un legado particular, continuado después por algunos -otros públicos de varios testadores y donantes; el primer destino del -edificio, repito, fué, como lo da á conocer el mismo nombre, el de -acoger cuando ocurriese, á los atacados de la peste; la cual ya mucho -antes de dicha época solía aparecer dos, cuatro, seis y ocho veces cada -siglo, ya en uno, ya en otro país de Europa, invadiendo una gran parte -de ésta y también recorriéndola enteramente en todas direcciones: en el -momento de que hablamos, el lazareto no servía más que para depósito de -las mercancías sujetas á la cuarentena. - -Para desocuparlo y dejarlo expedito, no miraron el rigor de las leyes -sanitarias, y habiendo hecho precipitadamente la limpieza y los -experimentos prescritos, despacharon todos los géneros á un tiempo, -echaron paja en todas las celdas, se hicieron provisiones de víveres -hasta donde fué posible, y se invitó por medio de edictos públicos á -todos los menesterosos que quisieran refugiarse allí. - -Muchos concurrieron voluntariamente: todos los que yacían enfermos por -las calles y plazas, fueron trasladados; en pocos días, entre unos y -otros, ascendieron á más de tres mil. Sin embargo, muchos más fueron -los que quedaron sin asilo; ya fuese que éstos esperasen ver que los -demás se iban y que ellos quedarían en número muy escaso para gozar de -las limosnas de la ciudad, ya esa natural repugnancia á la clausura, -ya esa desconfianza de los pobres por todo lo que se les propone por -parte de los que poseen la riqueza y el poder (desconfianza siempre -proporcionada á la ignorancia común de quien la siente y de quien la -inspira, al número de los pobres y al poco criterio de las leyes), ó -el saber efectivamente cuál era en realidad el beneficio ofrecido; ya -fuese todo esto junto, ú otra cosa, el hecho es que la mayor parte, -no haciendo caso de la invitación, continuaba arrastrándose por las -calles y sufriendo las más grandes privaciones. Al ver esto se juzgó -conveniente pasar de la invitación á la fuerza. Se nombraron rondas -de alguaciles, para que condujesen á los mendigos al lazareto y que -llevasen atados á los que se resistieran; por cada uno de los cuales -les fué señalado una recompensa de diez sueldos: ¡he aquí cómo el -dinero del pueblo se encuentra siempre para malgastarlo, aun en tiempos -de la mayor penuria y escasez! Y aunque según se había calculado, y la -misma junta de la Provisión lo había hecho á propio intento, de que -cierto número de menesterosos huyese de la ciudad, para ir á vivir ó -morir en otra parte, disfrutando á lo menos de libertad; sin embargo, -la caza fué tal, que en poco tiempo el número de refugiados, entre -voluntarios y prisioneros, se aproximó á diez mil. - -Debemos suponer que las mujeres y los niños estarían colocados en -distintas habitaciones, á pesar de que la historia de aquel tiempo -no rece nada de esto. Además, creemos que no faltarían reglas y -precauciones para el buen orden; pero imagínese cualquiera qué orden -podía establecerse y mantenerse, especialmente en aquellos tiempos y -circunstancias, en una tan vasta y varia reunión, en donde, con los -voluntarios, se hallaban mezclados los forzados; con aquellos para los -cuales la mendicidad era una necesidad, un dolor, una vergüenza; con -aquellos que la tenían por oficio; con muchos criados en la honesta -actividad de los campos y de las oficinas, revueltos con otros educados -en las plazas, en las tabernas, en los palacios de los poderosos, -acostumbrados al ocio, á la holgazanería, á las maldades y á la -violencia. - -Del modo que estarían tanta diversidad de clases viviendo y comiendo -juntos, se podría tristemente conjeturar, aunque no tuviésemos ningunas -noticias positivas, pero por fortuna las tenemos. De veinte á treinta -dormían hacinados en cada una de aquellas celdas, ó tumbados bajo los -pórticos, sobre un poco de paja podrida é infecta, ó sobre la desnuda -tierra; porque si bien se había mandado que la paja fuese fresca y -abundante, cambiándola á menudo, sin embargo, lo positivo era el ser -mala, escasa, y el no remudarse nunca. Igualmente se había ordenado, -que el pan fuese de buena calidad; mas, ¿qué administrador ha dicho -jamás que se hacen y gastan malos artículos? Pero esto que no se -hubiera obtenido en circunstancias ordinarias, ni aun para el servicio -más estrecho, ¿cómo lograrlo en aquella ocasión y en medio de toda -aquella barahúnda? Entonces se dijo, según encontramos en las memorias -de aquella época, que el pan del lazareto había sido alterado con -sustancias pesadas y no nutritivas; y sin embargo, es demasiado creíble -que esto no eran vanas quejas. Por último, había una gran escasez de -agua, es decir, de agua viva y saludable; el pozo común debía ser el -acueducto que lame las murallas del recinto, cuyas aguas escasas, -estancadas y también cenagosas, habían llegado á ponerse peor, á causa -del uso continuo y la proximidad de tanta gente. - -Á todas estas causas de mortandad, tanto más activas, cuanto que ellas -obraban sobre cuerpos ya enfermos ó extenuados, se unía la malignidad -de la estación: lluvias obstinadas seguidas de una sequedad más -obstinada todavía, y después de esto un calor anticipado y violento. La -desgracia común fué aumentada por la inquietud y por la desesperación, -por el deseo de los antiguos hábitos, por el recuerdo de los seres -queridos que los infortunados habían perdido, por la memoria inquieta -y dolorosa de aquéllos de quienes habían sido separados, por mil otras -pasiones de abatimiento y de rabia que habían traído y también nacido -allí dentro; la aprehensión y el espectáculo continuo de la muerte -había llegado á ser para ellos mismos un nuevo y poderoso motivo de -temores y de alarmas; no debe, pues, causar admiración que la mortandad -se aumentara y reinara en aquel recinto hasta el punto de tomar el -aspecto y nombre de peste, según la opinión de muchas gentes. Ya sea -que la reunión y aumento de todas estas causas hiciesen multiplicar la -actividad de una influencia puramente epidémica; ya sea (según parece -que acontece en las carestías de menos gravedad y duración que de la -que nos ocupamos) que motivase un cierto contagio, el cual en los -cuerpos dispuestos y preparados por la misma miseria y mala calidad -de los alimentos, por la intemperie, desaseo y abyección, hallase los -temperamentos, por decirlo así, en su verdadera sazón, en fin, las -condiciones indispensables para nacer, nutrirse y acrecentarse, si es -lícito á un ignorante el hablar así, escudado á favor de la hipótesis -propuesta por algunos facultativos, y apoyada vigorosamente, por -último, con poderosas razones y mucha reserva por uno tan solícito como -de grande ingenio[11]; ya sea que el contagio naciese primeramente -como por una oscura é inexacta relación, juzgaron los médicos de -la junta de sanidad, ya que existiera y hubiera ido minando con -anterioridad (lo que acaso parece más verosímil, calculando que el -hambre era ya antigua y general, y la mortandad muy frecuente); y que, -en fin, llevado hacia aquella multitud permanente, se propagase con -nueva y terrible rapidez. Dejando aparte cuál de todas estas conjeturas -fuese la verdadera, lo cierto es que el número de muertos en el -lazareto ascendió bien pronto á más de un centenar por día. - -Mientras que en dicho lugar reinaban los padecimientos, las más -horribles angustias, el espanto y un general estremecimiento, el -tribunal de la Provisión aparecía cubierto de vergüenza, aturdimiento é -incertidumbre. Se consultó, se oyó el parecer de la junta de sanidad, -y no se encontró otra cosa mejor que deshacer lo que se había hecho -con tanto aparato, á costa de gastos tan exorbitantes y de tantas -vejaciones. Se abrió, pues, el lazareto, y despidieron á todos los -infelices que aún no estaban atacados del contagio, los cuales salieron -con frenética alegría. - - -La ciudad volvió á resonar con los antiguos lamentos, pero más débiles -é interrumpidos; apareció de nuevo aquella turba de mendigos, más rara -y más miserable, dice Ripamonti, pensando cómo había sido tan diezmada. -Los enfermos fueron trasladados á Santa María della Stella, entonces -hospital de pobres, en donde perecieron la mayor parte. - -Mientras tanto los campos bienaventurados empezaban á dorarse. Los -mendigos llegados á la ciudad de todos los alrededores fueron cada uno -por su lado á tomar parte en aquella tan deseada siega. La caridad -inagotable ó ingeniosa del buen Federico se dió también á conocer: á -cada aldeano que se presentó en el arzobispado, le hizo dar un bieldo, -y una hoz para segar. - -Con la cosecha cesó por fin la carestía; la mortandad epidémica ó -contagiosa, disminuyéndose de día en día, se prolongó no obstante hasta -el otoño. Estando ya á punto de concluirse, he aquí que sobrevino un -nuevo azote. - -Muchas cosas importantes, de ésas á las cuales especialmente se da el -título de históricas, habían sucedido durante todo este intervalo. El -cardenal Richelieu, después de haberse apoderado de la Rochela, según -ya se ha dicho, y hecho un tratado de paz con la Inglaterra, había -propuesto y obtenido por medio de su poderosa palabra, en el consejo -del rey de Francia, que se socorriese eficazmente al duque de Nevers, -habiendo igualmente determinado al rey mismo que mandase en persona la -expedición. Mientras se hacían los preparativos, el conde de Nassau, -comisario imperial, intimaba en Mantua al nuevo duque que entregase -sus estados en manos de Fernando, pues en caso de no verificarlo, éste -mandaría un ejército para ocuparlos. El duque, que en circunstancias -más desesperadas había rehusado aceptar una condición tan dura y -sospechosa, reanimado entonces por los socorros próximos de la Francia, -lo rehusaba con más motivo, pero en términos ambiguos y con protestas -de sumisión, aunque aparente, no menos envueltas. El comisario había -partido protestando que la fuerza lo decidiría. En el mes de marzo el -cardenal Richelieu había en efecto desembarcado con el rey á la cabeza -de un ejército, habiendo pedido el paso al duque de Saboya, lo cual -tratándolo nada se había conseguido. Después de un encuentro en que los -franceses obtuvieron las mayores ventajas, se había tratado de nuevo -y concluido un acuerdo, en el cual el duque, entre otras cosas, había -estipulado que D. Gonzalo de Córdoba levantaría el sitio de Casal, -obligándose, si éste se negase á ello, á unirse con los franceses -para invadir el ducado de Milán. D. Gonzalo, que deseaba salir bien -librado, levantó el campo que tenía al frente de Casal, en cuyo punto -entró apresuradamente un cuerpo de tropas francesas para reforzar la -guarnición. - -En esta ocasión fué cuando Achillini dirigió al rey Luis aquel famoso -soneto: - - Sudate, o fochi, a preparar metalli[12]. - -y otro además, en el cual le exhortaba que se encaminase prontamente -á libertar la Tierra santa. Pero es destino que los consejos de los -poetas no sean jamás escuchados; y si en la historia encontráis algunos -hechos conformes á lo que ellos han aconsejado, podéis decir sin rebozo -alguno que ya eran cosas resueltas anteriormente. El cardenal Richelieu -había al contrario decidido el volver á Francia para despachar los -negocios que le parecían más urgentes. Girolamo Soranzo, enviado de -Venecia, trató de aducir las más poderosas razones para combatir esta -resolución, pero el rey y el cardenal no hicieron más caso de su prosa -que de los versos de Achillini, y se volvieron con el grueso del -ejército, dejando únicamente seis mil hombres en Susa para ocupar el -paso y mantener el tratado. - -Mientras que este ejército se alejaba por una parte, el de Fernando se -acercaba por otra, invadiendo el país de los Grisones y la Valtellina, -disponiéndose á penetrar en el milanesado. Además de todos los daños -que podían temerse de semejante paso de tropas, tenía avisos exactos -la junta de sanidad, la cual sabía que dicho ejército traía la peste; -pues siempre en aquel entonces había algunos gérmenes en las tropas -alemanas, según dice Varchi, hablando de la que un siglo antes habían -éstos llevado á Florencia. Alejandro Tadino, uno de los vocales de la -junta de sanidad, (componíase de seis, además del presidente, cuatro -magistrados y dos médicos), fué encargado por el tribunal, como refiere -él mismo, para hacer presente al gobernador el peligro espantoso que -amenazaba al país, si aquella gente pasaba por allí para ir al sitio de -Mantua, según las voces que corrían. Por todos los actos de D. Gonzalo -se traslucía el deseo que tenía de ocupar un lugar en la historia, la -cual efectivamente no pudo pasarlo en silencio; pero (como sucede con -frecuencia) no conoció ó no se cuidó de registrar uno de sus actos -más dignos de memoria, cual fué la contestación que dió á Tadino en -aquella ocasión. Respondió que no sabía qué hacerse; que las razones -de intereses y de honor, por las cuales dicho ejército se había puesto -en movimiento, eran de mayor peso que el peligro que se le oponía; que -trataría sin embargo, de arreglarlo como se pudiera, y que se debía -confiar en la Providencia. - -Para disponerlo, pues, todo del mejor modo que fuese posible, los dos -médicos de la junta de sanidad (el citado Tadino y el senador Settala, -hijo del célebre Ludovico), propusieron que se prohibiese, bajo las más -severas penas, el que persona alguna comprase efectos de los soldados -que debían pasar; pero fué cosa imposible el hacer comprender la -necesidad de semejante orden al presidente, hombre, dice el Dr. Tadino, -sumamente bondadoso, el cual no creía que del comercio con las tropas, -y á causa de la venta de sus efectos, pudiese resultar la muerte de -tantos millares de personas. - -Por lo que hace á D. Gonzalo, poco después de su célebre respuesta -salió de Milán, y la partida fué tan triste para él como lo eran los -motivos. Acababa de ser removido de su destino por efecto de los malos -sucesos de la guerra de la cual había sido el principal motor y jefe, -y el pueblo le echaba la culpa del hambre sufrida bajo su gobierno. -(Lo que había hecho por la peste se ignoraba, ó por lo menos nadie -se cuidaba de ello, según más adelante veremos, exceptuando la junta -de sanidad, y especialmente los dos médicos.) Al salir, pues, en su -carroza de viaje del palacio, en medio de una escolta de alabarderos, -marchando delante á caballo dos trompetas, y acompañado de otras -carrozas de nobles que formaban su séquito, fué saludado con una -estrepitosa salva de silbidos por los muchachos reunidos en la plaza de -la catedral, y que siguieron en tropel detrás del carruaje. Habiendo -entrado la comitiva en la calle que se dirigía á la puerta de salida, -se encontró en medio de una multitud de gente, que parte de ella estaba -ya esperándole, y parte acudía á dicho sitio; tanto más, cuanto que los -trompeteros, hombres de juicio, no cesaron de tocar desde el palacio -hasta la puerta. Y en el proceso que se formó sobre aquel motín, -haciendo cargos á uno de éstos, que con su incesante tocar había sido -causa de que se aumentase, contestó: “Respetable señor, ésta es nuestra -profesión; y si su excelencia no hubiese tenido gusto que tocáramos, -hubiera mandado que callásemos”. Pero D. Gonzalo, ó por repugnancia -de manifestar temor, ó por miedo de hacer con ello más atrevida á la -muchedumbre, ó porque estuviese efectivamente un poco aturdido, lo -cierto era que no daba ninguna orden. La multitud que los guardias -habían intentado en vano rechazar, precedía, rodeaba y seguía la -carroza gritando: “Ahí va la carestía; ahí va la sangre de los pobres”, -y muchas otras cosas peores aún. Cuando llegaron junto á la puerta, -empezaron á arrojar piedras, ladrillos, terrones y tronchos de berza, -proyectiles ordinarios en semejantes casos: una gran parte corrió á las -murallas, y desde allí hicieron una última descarga sobre las carrozas -que salían, después de lo cual se desbandaron precipitadamente. - -En lugar de D. Gonzalo, fué enviado el marqués Ambrosio Spínola, -cuyo nombre había ya conquistado en las guerras de Flandes aquella -celebridad militar de que aún goza en el día. - -Entretanto el ejército alemán, bajo el mando supremo del conde Rambaldo -di Collato, también jefe italiano, de menor fama, pero igualmente -célebre, había recibido la orden definitiva de ir á caer sobre Mantua, -entrando por lo tanto en el ducado de Milán en el mes de setiembre. - -En aquella época, la milicia se componía todavía en gran parte de -soldados aventureros; reclutados por capitanes aventureros también, -á los cuales en Italia se les daba el nombre de _condottieri_, y que -no tenían otra profesión que ponerse al frente de una partida de -gente alistada bajo sus órdenes, algunas veces por comisión de tal ó -cual príncipe, otras por su propia cuenta, y para venderse después en -compañía de sus afiliados. Los hombres se adherían á dicha profesión, -menos por el sueldo que les estaba asignado que por la esperanza del -pillaje y demás atractivos de la licencia. En el ejército no había -disciplina alguna estable y general; ésta no hubiera podido avenirse -tan fácilmente con la autoridad en parte independiente de tanta -variedad de jefes. Por otra parte, éstos no eran muy escrupulosos con -respecto á la disciplina, y aun cuando lo hubiesen sido, se puede -juzgar que no hubieran podido establecerla ni mantenerla; pues soldados -de semejante especie, ó se sublevarían contra su jefe innovador, al -cual se le metiese en la cabeza el abolir el pillaje, ó cuando menos -el dejarlo contemplando sus banderas. Además, como los príncipes para -tomar, según se dice, dichas partidas á sueldo cuidaban más de tener -mucha gente para asegurar sus empresas, que en proporcionar el número -á los medios que poseían para pagarles, medios ordinariamente muy -escasos, así los sueldos jamás los percibían exactamente. Los despojos -de los países en los cuales habían guerreado ó recorrido, llegaban á -ser como un suplemento tácitamente convenido. La siguiente sentencia -de Wallenstein no es menos célebre que su nombre: “Es más fácil -mantener un ejército de cien mil hombres que uno de doce mil”. El de -que nosotros hablamos estaba en parte compuesto de gente que bajo su -mando había desolado la Alemania en aquella guerra célebre entre todas -las guerras, por lo cual por sí misma y por sus efectos tomó en seguida -el nombre de los treinta años de su duración. Su propio regimiento era -conducido por uno de sus lugartenientes, la mayor parte de los demás -jefes habían mandado bajo sus órdenes, y se encontraban algunos de -ellos, los cuales cuatro años después debían ayudarle á tener el fin -desgraciado que todos saben. - -Eran veinte y ocho mil infantes y siete mil caballos. Al bajar de la -Valtellina para caer sobre Mantua, debían costear el Adda hasta el -sitio en que se lanza en el Po; entre todo, tenían que hacer ocho -jornadas de marcha por el ducado de Milán. - -Una gran parte de los habitantes se refugiaban á los montes llevándose -sus objetos más preciosos, y echando adelante los animales; otros -permanecían en sus casas para cuidar algún enfermo, preservarla del -incendio, ó para velar sobre las ricas alhajas escondidas y enterradas; -otros, porque nada tenían que perder, y que al contrario hacían cuenta -de ganar, tampoco se movían. Cuando la primera división llegaba al -sitio en que debía detenerse, se esparcía en seguida por el pueblo y -sus cercanías, y luego se entregaba al saqueo: lo que podía ser comido -ó llevado, desaparecía; lo restante, lo destruían y arruinaban; los -muebles se veían convertidos en leña, las casas en establos. Todos -los escondrijos, todas las astucias para salvar las riquezas, eran -casi siempre inútiles, y algunas veces atraían mayores males. Los -soldados, gente muy práctica en las estratagemas de semejante modo de -guerrear, registraban hasta los más pequeños rincones de las casas, -agujereaban las paredes y las echaban abajo: descubrían con la mayor -facilidad en los jardines la tierra removida de nuevo; se dirigían -á los montes á robar los ganados, penetraban en las cuevas guiados -por algunos bribones del país, según llevamos dicho, en busca de los -ricos habitantes refugiados en dichos sitios; los despojaban, los -arrastraban á sus casas, y á fuerza de golpes y amenazas les obligaban -á indicar el lugar en donde tenían escondidos sus tesoros. - -Por último, emprenden la marcha: ya han partido; se oye morir á lo -lejos el sonido de las cajas y cornetas; sucédense algunas horas -de un espanto más tranquilo; mas he aquí que un nuevo redoble de -tambores, otro maldito toque de cornetas, anuncia la llegada de una -nueva división. Los que la componían, furiosos por no encontrar ya -presa alguna, destruían todo lo que quedaba; quemaban los muebles, las -puertas, las vigas, y también las casas enteras; trataban del modo más -bárbaro y cruel á los habitantes, yendo así de peor en peor por espacio -de veinte días, con motivo de estar el ejército compuesto del mismo -número de divisiones. - -Colico fué el primer pueblo del ducado que invadieron aquellos malos -espíritus: lanzáronse en seguida sobre Bellano; desde dicho punto -entraron y se esparcieron por la Valtellina, de donde desembocaron en -el territorio de Lecco. - - - NOTAS: - -[6] Pan hecho de varias especies de granos. - -[7] Llámase así el arroz sin mondar. - - _Notas del traductor español._ - - -[8] Medida que equivale á nuestra fanega, aunque es un poco -menor.--_Nota del traductor español._ - -[9] Historia patriæ, decadis V, lib. 6, pág. 386.--_Nota del autor._ - -[10] Noticia del origen y diarios sucesos de la gran peste contagiosa, -benéfica y maléfica, habida en la ciudad de Milán, &c. Milán 1648, pág. -20. - -[11] El célebre Dr. F. Enrico Acerbi. - -[12] Traducido literalmente: Sudad, oh fuegos, para preparar -metales.--_Nota del traductor español._ - - - - - CAPÍTULO DECIMOPRIMERO - - -Aquí, entre los infelices amedrentados, encontramos personas muy -conocidas nuestras. - -Quien no ha visto á D. Abundio el día que se esparció de repente la -noticia de la bajada del ejército, de su aproximación y de sus excesos, -no puede saber de ningún modo lo que es espanto. Ya vienen, son -treinta, cuarenta, cincuenta mil; son diablos, arrianos, antecristos; -han saqueado á Cortenuova; han pegado fuego á Primaluna; han destruido -á Introbbio, Parsturo, Barsio; han llegado á Balabbio; mañana estarán -aquí; tales eran las voces que corrían de boca en boca. Por doquier se -veía correr, pararse á su vez, consultarse tumultuosamente, titubear -entre el emprender la fuga ó quedarse; las mujeres se agrupaban -lanzando desesperados gritos y mesándose los cabellos. - -D. Abundio, habiendo resuelto huir á todo evento, pues era el primero -que había tratado de ello, veía, sin embargo, en cada camino que iba á -tomar, en cada sitio en que pensaba refugiarse, obstáculos insuperables -y peligros espantosos. ¿Qué hacer?, exclamaba: ¿adónde ir? Los montes, -dejando aparte la dificultad del camino, no ofrecían seguridad; era -sabido que los lasquenetes[13] trepaban por ellos como gatos, con solo -que tuviesen algún indicio ó esperanza de poder hacer la menor presa. -El lago tenía muy hinchadas las narices; soplaba un viento sumamente -fuerte; además de esto, la mayor parte de los barqueros, temiendo -ser forzados á tener que pasar los soldados ó bagajes, se habían -refugiado con sus bateles á la orilla opuesta del Adda; las pocas que -aún quedaban se hallaban cargadísimas de gente, con cuyo enorme peso -y el temporal que reinaba, se temía que zozobrasen á cada paso. Para -alejarse y salir de la ruta que el ejército tenía que recorrer, no era -posible encontrar ni un carruaje, ni un caballo, ni algún otro modo -cualquiera. Yendo D. Abundio á pie no hubiera podido adelantar mucho -camino, y temía ser alcanzado. Los confines del territorio de Bérgamo -no se hallaban tan lejos que sus piernas no le pudiesen llevar de un -tirón; pero ya se había esparcido la noticia de haber salido de Bérgamo -á toda prisa un escuadrón de dragones para guardar la frontera y tener -á raya á los lasquenetes; aquéllos eran diablos en carne y hueso lo -mismo que éstos, y por su parte hacían todo el mal que les era posible. -El pobre hombre corría por la casa como un insensato y enteramente -fuera de sí; iba detrás de Perpetua para concertar con ella lo que -debía hacerse; pero ésta, ocupada del todo en reunir los objetos más -preciosos y en esconderlos debajo del pavimento ó en los más pequeños -agujeros, andaba apresuradamente, afanada, preocupada, con las manos -llenas, y respondía: “en concluyendo de poner todo esto en seguridad, -haremos en seguida lo que hacen los demás”. D. Abundio quería conversar -con ella y discutir acerca del partido que debían tomar; mas Perpetua, -entre los quehaceres y la prisa, y el miedo que tenía metido en el -cuerpo y la cólera que le causaba el de su amo, estaba en semejante -momento menos tratable que nunca. “¿No se ingenian los demás?, pues -nosotros también nos ingeniaremos. Permitidme que os diga que no -servís más que para estorbar. ¿Creéis que los otros no tengan también -su pellejo que salvar?, ¿juzgáis que los soldados vienen á haceros -á vos solo la guerra? Mejor sería que en lugar de venir delante y -detrás lloriqueándome y quemándome la sangre, me ayudarais á fin de -despachar más pronto”. Con éstas y otras contestaciones semejantes -se desembarazaba de él, habiendo ya decidido que luego que hubiese -concluido del mejor modo posible aquella precipitada operación, le -cogería de la mano como se hace con un niño, y lo arrastraría consigo -á los montes. Abandonado de este modo, se situaba en la ventana, -miraba por todas partes, aguzaba los oídos, y al ver pasar á la gente, -exclamaba con acento de queja y de reproche á la vez: “Haced la caridad -á vuestro infeliz cura de buscarle algún caballo, un mulo, un asno -cualquiera. ¿Es posible que nadie quiera socorrerme? ¡Oh, qué gente, -Dios mío! Á lo menos esperadme, para que pueda ir en vuestra compañía; -esperad á que seáis quince ó veinte para que yo marche con vosotros y -que no me vea abandonado. ¿Queréis dejarme en poder de esos perros?, -¿ignoráis por ventura que la mayor parte son luteranos, y que tienen -por una obra meritoria el asesinar á un sacerdote católico, apostólico, -romano?, ¿queréis dejarme aquí para que reciba el martirio? ¡Oh, qué -gente, qué gente!”. - - -Pero, ¿á quién dirigía estas palabras? Á hombres que pasaban encorvados -bajo el peso de su pobre ajuar, pensando en lo que dejaban en casa, -echando sus vacas por delante, siguiéndoles los hijos cargados con -cuanto podían, y sus mujeres llevando en hombros á los pequeñuelos que -no podían andar. Algunos pasaban de largo sin responder ni tan siquiera -mirar; otros le decían: “¡Eh! señor, componeos como mejor podáis; -dichoso vos que no tenéis que pensar en la familia; ayudaos, ingeniaos”. - -“¡Oh, infeliz de mí! exclamaba D. Abundio. ¡Qué gente, qué corazones! -no hay caridad; cada uno sólo piensa en sí mismo, y de mí nadie se -acuerda”. Y después de esto se dirigía de nuevo en busca de Perpetua. - ---¡Oh, casualmente, le dijo ésta, venís á propósito; ¿y el dinero? - ---¿Cómo lo haremos? - ---Dádmelo; iré á enterrarlo en el jardín juntamente con la plata. - ---Pero... - ---Pero, pero... dádmelo; guardad algunos sueldos para lo que pueda -ofrecerse, y después dejad lo demás á mi cuidado. - -D. Abundio obedeció; se dirigió hacia su arca, sacó su pequeño tesoro, -y lo entregó á Perpetua, la cual dijo: “Voy á enterrarlo en el jardín, -al pie mismo de la higuera”; dicho lo cual salió. - -Poco después volvió á aparecer con una banasta llena de comestibles y -un canastillo vacío, en el cual se puso á colocar apresuradamente un -poco de ropa blanca para ella y para su amo. - -Hecho esto, dijo Perpetua: “Á lo menos llevaréis el breviario”. - ---Pero, ¿adónde vamos? - ---¿Adónde van todos los demás? Primeramente nos dirigiremos al camino, -y una vez allí, oiremos y veremos lo que mejor nos convenga hacer. - -En el mismo momento entró Inés con una pequeña cesta en las espaldas, y -como en ademán del que viene á hacer una proposición importante. - -Inés, decidida á no aguardar tampoco los tan peligrosos huéspedes, -viéndose en su casa enteramente sola, y además todavía con algún oro -del Incógnito, había estado largo tiempo dudando acerca del paraje -donde podría refugiarse. El resto de aquellos escudos, los cuales, -durante la época del hambre, le habían hecho tan al caso, era la -principal causa de sus alarmas y de su irresolución; pues había oído -decir que en los países ya invadidos, los que tenían dinero estaban -en una situación más terrible que los demás, viéndose expuestos á un -mismo tiempo á la violencia de los extranjeros y á las asechanzas de -sus compatriotas. Es verdad que no había confiado á nadie el secreto -del bien que le había llovido del cielo, según vulgarmente se dice, á -no ser á D. Abundio, á cuya casa iba de cuando en cuando á cambiar -los escudos, dejando siempre alguna cosa para que la diese á los que -fuesen más pobres que ella. Pero el dinero oculto, especialmente para -los que no están acostumbrados á manejarlo con frecuencia, tienen al -poseedor en una continua zozobra, con respecto á los demás. En la -ocasión presente, mientras que Inés iba escondiendo, ya por un lado, ya -por otro, las cosas mejores que no podía llevar consigo, y pensaba en -los escudos que llevaba cosidos en su vestido, recordó que juntamente -con ellos le había hecho el Incógnito las más cumplidas ofertas de -servirla en todo y por todo; acordóse también, de lo que había oído -contar tocante á su castillo situado en un lugar tan seguro, con el -cual nadie, á excepción de los pájaros, podía llegar contra la voluntad -de su dueño, por cuyo motivo resolvió ir á buscar un asilo. Calculó -cómo podría hacerse reconocer de aquel señor, y en seguida pensó en -D. Abundio, el cual, después de la conversación que había tenido con -el arzobispo, le había manifestado las muestras más particulares de -aprecio, con una efusión tanto mayor, cuanto que lo podía hacer sin -comprometerse, y que permaneciendo los dos jóvenes muy lejos, estaba -muy distante el caso de que se le pudiese hacer una petición, la cual -hubiera puesto su benevolencia á una muy dura prueba. Inés supuso, -pues, que en aquella barahúnda el pobre hombre debía hallarse más -embarazado y aturdido que ella, y que el partido que iba á proponerle -le parecería bueno. Habiéndolo encontrado en compañía de Perpetua, -expuso á ambos el motivo de su visita. - ---¿Qué decís á esto, Perpetua? - ---Digo que es una inspiración del cielo; que es preciso no perder -tiempo, y que nos pongamos al momento en camino. - ---Y después... - ---Después, después, cuando ya estemos allá, nos encontraremos muy -satisfechos. Al presente sabemos que ese señor no trata más que de -favorecer al prójimo, y tendrá un verdadero placer en proporcionarnos -un asilo. En aquel paraje, en la frontera misma, y casi perdidos en -los aires, no hay cuidado que vayan los soldados. Y luego, tampoco nos -faltará que comer; pues de lo contrario, allá en lo más elevado de -las montañas, cuando se nos hubiese concluido esta pequeña gracia que -Dios nos ha enviado, (y así diciendo, colocaba los víveres en la cesta -encima de la ropa blanca,) nos veríamos muy apurados. - ---Conque ¿se ha convertido, convertido de veras, eh? - ---¿Quién lo duda, después de todo lo que se sabe, después de lo que vos -mismo habéis presenciado? - ---¿Y si fuésemos á meternos en la jaula? - ---¿Qué jaula? Perdonad que os diga que con todas las cosas tan -insustanciales que se os ocurren, nunca se llegaría á resolver nada. -Excelente Inés, habéis tenido una bella idea; y al concluir estas -palabras, puso la banasta sobre una mesita, y, habiendo pasado los -brazos por las correas, se la cargó á las espaldas. - ---¿No se podría, dijo D. Abundio, encontrar á algún hombre que viniese -con nosotros para escoltar á su cura? Si topásemos con algún bribón, -que en semejantes ocasiones se ven con frecuencia, ¿de qué ayuda -podríais servirme vosotras? - ---¡Otra exigencia todavía!, ¡y siempre para perder tiempo! ¡Ir ahora -á buscar á ese hombre, cuando cada uno no piensa más que en sus -quehaceres! Acabemos de una vez: buscad vuestro sombrero y breviario, y -andando. - -D. Abundio salió, y volvió al cabo de pocos instantes con el breviario -bajo del brazo, el sombrero puesto y bastón en mano, después de lo -cual salieron los tres por una puertecilla que daba á la plaza de la -iglesia. Perpetua la cerró, más bien para no omitir una formalidad, que -por la fe que ella tuviese en la cerradura y en las hojas de la puerta, -guardándose en seguida la llave en la faltriquera. D. Abundio, al pasar -por delante de la iglesia, le echó una ojeada, y dijo entre dientes: -“Al pueblo corresponde guardarla, pues que á él es para quien sirve. Si -tienen un poco de amor á su iglesia, tratarán de conservarla; si no lo -tienen, así sufran lo que ella”. - -Dirigiéronse á través de los campos guardando el más profundo silencio, -pensando cada uno en sus propios negocios, y mirando en torno de -sí, principalmente D. Abundio, por si acaso divisaba alguna figura -sospechosa; ó algo de extraordinario. No encontraban á nadie: la gente -toda estaba metida en sus casas, con objeto de guardarlas, recogiendo -sus efectos, ó escondiéndolos, ó por los caminos que conducían -directamente á los montes. - -Después de haber suspirado innumerables veces y dejado escapar alguna -interjección, D. Abundio empezó á murmurar ya, más continuadamente. -La tomaba con el duque de Nevers, que hubiera podido permanecer muy -bien en Francia gozando en hacer el príncipe, y que quería ser duque -de Mantua á despecho de todo el mundo. Luego la emprendía con el -emperador, que hubiera debido tener más juicio que los demás, dejando -seguir al agua su curso, no siendo tan quisquilloso; pues al fin y al -cabo, ¿por ventura no sería siempre el emperador, bien fuese duque de -Mantua, Ticio ó Sempronio? Pero con quien principalmente la pegaba era -con el gobernador, pues á éste correspondía haber alejado los azotes -del país, habiendo sido al contrario, el que los había atraído por su -afición á la guerra. Convendría que esos señores estuvieran aquí para -que viesen y probasen lo que es bueno. ¡Gran cuenta tienen que rendir! -Pero entretanto lo pagamos los que ninguna culpa tenemos. - ---Dejad un poco tranquilas á esas gentes, pues ya no vendrán á -ayudarnos, decía Perpetua. Ya volvéis, perdonadme; ya volvéis á -vuestras tonterías, que á nada conducen. Lo que más bien me causa más -inquietud es... - ---¿El qué? - -Perpetua, que en el pedazo de camino andado había ido pensando con -todo sosiego en lo que había escondido tan precipitadamente, empezó á -lamentarse de haber olvidado tal cosa, ocultado mal tal otra, de haber -dejado en cierto paraje una señal que podía guiar á los ladrones, en -otro sitio... - ---¡Muy bien!, dijo D. Abundio, tranquilizado ya por su vida lo -suficiente para afligirse por sus intereses. ¡Buena cosa habéis hecho -por vida mía! ¿En dónde teníais la cabeza? - ---¡Cómo!, exclamó Perpetua, plantándosele delante y puesta en jarras, -según se lo permitía la banasta, con la cual iba cargada: ¡cómo!, -¡venís ahora con tales reproches, cuando vos érais el que me daba tanta -prisa, y me devanabais los sesos en vez de ayudarme y animarme! Antes -bien he pensado en las cosas de la casa que en las mías propias; nadie -ha habido que me diese una mano; todo ha tenido que pasar por mí; si -algo sale mal, ninguna culpa tengo; he hecho más de lo que debía. - -Inés interrumpía estas disputas hablando de sus pesadumbres; no -lamentándose tanto de los males é incomodidades que sufría, cuanto de -ver desvanecerse la esperanza de abrazar pronto á su amada Lucía, que -según recordarán los lectores, justamente había llegado el otoño, en -el cual madre é hija habían proyectado volverse á ver; porque no era -de suponer que D.ª Prajedes quisiese ir hacia aquel lado en semejantes -circunstancias, habiendo, al contrario, salido de él, si por casualidad -se hubiese encontrado, como hacía todo el mundo. - -La vista de los lugares hacía más vivos aún los pensamientos de Inés -y más punzante su disgusto. Habiendo salido de los senderos que -atravesaban los campos, entraron en el mismo camino real por el cual -la pobre mujer había ido acompañando por tan poco tiempo á la hija á -su casita, después de haber permanecido con ella en casa del sastre. Á -todo esto se divisaba ya la población. - ---¿Iremos á saludar á esas buenas gentes? dijo Inés. - ---Y también á descansar un poquito; pues, esta banasta empieza ya á -fastidiarme, y luego tenemos que comer un bocado, contestó Perpetua. - ---Con la condición de no perder tiempo, pues no viajamos por diversión, -dijo D. Abundio. - -Fueron recibidos con la mayor satisfacción y con los brazos abiertos: -es de advertir que traían á la memoria una buena acción. Haced bien -á todos cuantos podáis, dice en esta ocasión nuestro autor, y con -frecuencia encontraréis caras risueñas. - -Al abrazar Inés á la buena señora, prorrumpió en un copioso llanto, -el cual le sirvió de un gran alivio, contestando con sollozos á las -preguntas que ella y su marido le hacían con respecto á Lucía. - ---Está mejor que nosotros, dijo D. Abundio: se halla en Milán al abrigo -de todo peligro, y lejos de estas diabólicas escenas. - ---¿Por ventura el señor cura y la compañía, van de huida? dijo el -sastre. - ---Justamente, contestaron á un tiempo el amo y la criada. - ---Lo siento mucho. - ---Nos dirigimos, repuso D. Abundio, al castillo de ***. - ---Muy bien pensado; estaréis tan seguros como en el cielo. - ---¿Y aquí no tenéis miedo? - ---Os diré, señor cura; juiciosamente pensando, según todas las -probabilidades, no deberían venir á alojarse aquí, á causa de estar -esto fuera de camino para esas gentes: cuando más podrán hacer alguna -escapatoria (lo que Dios no quiera), pero en todo caso siempre hay -tiempo: antes hemos de oir hablar de las infelices poblaciones por -donde irán pasando. - -Los viajeros habían resuelto descansar algunos momentos, y como era -justamente la hora de comer, “Señores, dijo el sastre, os ruego que -honréis mi pobre mesa; francamente, consistirá en un solo plato que -tiene muy buena traza”. - -Perpetua dijo que llevaba consigo algo con que romper el ayuno. Después -de algunos cumplidos por una y otra parte, acordaron juntar las -provisiones y comer en compañía. - -Los niños se habían colocado con grande algazara alrededor de Inés, -su antigua amiga. El sastre ordenó prontamente á una de sus hijas (la -que había enviado con aquel plato de comida á la viuda María, según -recordarán los lectores), que fuese á asar unas castañas, que eran de -las primeras que se habían cogido. - ---Y tú, dijo á un muchacho, marcha corriendo al huerto, y sacude bien -el albérchigo, recoge los que caigan, y tráelos; que vengan todos, -¿oyes? Y tú, dijo á otro, encarámate á la higuera y coge los higos que -estén más maduros. Éste es un oficio que conocéis demasiado. - -Por lo que á él hace, fué á destapar un tonelito de vino, y su mujer -á traer ropa de mesa. Perpetua sacó sus provisiones, púsose la mesa, -se colocó en la cabecera una servilleta y un plato de loza para -D. Abundio, añadiendo Perpetua un cubierto que traía en la cesta. -Sentáronse á la mesa y comieron si no con grande alegría, á lo menos -con mucha más de la que ninguno de los comensales hubiera esperado -disfrutar aquel día. - ---¿Qué decís vos, señor cura, de esa barahúnda de cosas? dijo el -sastre; me parece que estoy leyendo la historia de los sarracenos en -Francia. - ---¡Qué queréis que diga! ¡Era preciso que me alcanzase esta nueva -desgracia! - ---Pero habéis escogido un excelente refugio, replicó aquél, ¿quién -se atrevería á subir allí á la fuerza? Encontraréis una numerosa -concurrencia, porque he oído decir que se ha refugiado mucha gente, y -que continuamente va llegando más. - ---Me atrevo á esperar que seremos bien recibidos. Conozco á ese buen -señor; y cuando una vez tuve que apersonarme con él, se portó muy bien -conmigo. - ---Y conmigo también, interrumpió Inés; me mandó á decir, por conducto -de monseñor ilustrísimo, que cuando necesitase algo acudiese á él. - ---Sublime y hermosa conversión repuso D. Abundio; persevera en ella, -¿no es cierto?, ¿persevera? - -El sastre se puso entonces á hablar largamente acerca de la santa vida -que hacía el Incógnito, y cómo después de haber sido el cruel azote de -todas las cercanías, había llegado á ser el ejemplo y el bienhechor. - ---¿Y la gente que tenía consigo... toda aquella servidumbre?... -replicó D. Abundio, el cual había oído decir algo, pero que no estaba -enteramente seguro. - ---La mayor parte se han marchado, respondió el sastre; y los que -han quedado, han variado de vida, de tal modo... En una palabra, el -castillo se ha convertido en una nueva Tebaida: vos debéis saber todo -esto. - -Luego se puso á platicar con Inés sobre la visita del cardenal. -“¡Grande hombre!, decía; ¡grande hombre!, ¡lástima que pasara por -aquí con tanta precipitación, pues ni aun pude honrarle como merecía. -¡Oh, cuán satisfecho estaría si pudiese hablarle otra vez, así, más -despacio!”. - -Después que se levantaron de la mesa, les enseñó una estampa que -representaba al cardenal. La tenía pegada á una de las hojas de la -puerta, como en señal de veneración al personaje, y también para poder -decir á todo el mundo que el retrato no era parecido, porque él había -podido examinar de cerca, y con mucha calma, al cardenal en persona, en -aquella misma habitación. - -Lo han querido hacer con esta cosa aquí... dijo Inés: el vestido le -parece; pero... - ---¿No es verdad que no tiene parecido?, repuso el sastre: yo siempre -lo digo; no nos engañamos, ¿eh? Mas en su defecto está su nombre -debajo; al fin es un recuerdo. - -D. Abundio daba prisa y estaba impaciente por llegar; el sastre se -empeñó en ir á buscar un carro que los condujese hasta el pie de la -subida; corrió, pues, con la mayor solicitud á su encuentro, y pocos -momentos después volvió diciendo que ya venía. Luego se dirigió á D. -Abundio, y le dijo: “Señor cura, si deseáis llevaros allá arriba -algún libro para pasar el tiempo, yo podré serviros, pues, aunque soy -un infeliz, me divierto también en leer un poco. Ello no serán libros -como los vuestros, por estar escritos en lenguaje vulgar, pero no -obstante...”. - ---Gracias, gracias, respondió D. Abundio: las circunstancias son tales, -que apenas tiene uno cabeza para ocuparse de lo que es de obligación. - -Mientras se dan y vuelven las gracias, se cambian los saludos y buenos -presagios, invitaciones y promesas de otra visita á la vuelta, el carro -ha llegado delante de la puerta de la calle. Colocan en él las cestas, -montan y emprenden con un poco más de calma y tranquilidad de espíritu -la segunda mitad del viaje. - -El sastre había dicho la verdad á D. Abundio, con respecto á la nueva -vida del Incógnito. Desde el día en que lo dejamos, había continuado -haciendo lo que se propuso; á saber: reparar los males causados, -reconciliarse con sus enemigos, socorrer á los desgraciados, hacer, en -suma, todo el bien que pudiese. Aquel valor que en otro tiempo había -manifestado en ofender y defenderse, ahora lo mostraba en no hacer una -cosa ni otra. Iba siempre solo y sin armas, dispuesto á sufrir las -consecuencias posibles de tantas violencias como había cometido, y -persuadido que sería usar de una nueva si se valía de la fuerza para -defender su persona, que era deudora de tantas y tantas; convencido, -igualmente, de que todo el daño que se le hiciese sería una injuria -hacia Dios, pero con respecto á él una justa retribución, y que él -tenía menos derecho que cualquiera otra persona para castigar al que le -injuriase. Á pesar de todo esto, permanecía tan inviolable como cuando -tenía armados para su seguridad tanta multitud de brazos en unión con -el suyo. El recuerdo de su antigua ferocidad, y la vista de su actual -mansedumbre, la una que debía haber dejado naturalmente tantos deseos -de venganza, y la otra, que la hacía tan fácil, conspiraban, sin -embargo, á la vez, á vencer los odios, y á conquistarle una admiración -que le servía principalmente de salvaguardia. Éste era el hombre que -nadie había podido humillar, y que se había humillado á sí mismo. Los -rencores irritados otras veces por su desprecio y por el miedo que le -tenían, veíanse, al presente, embotarse ante aquella nueva humildad: -los ofendidos habían obtenido, contra toda esperanza y sin ninguna -especie de riesgo, una satisfacción que no hubieran podido prometerse -de la mejor venganza; esto es, el placer de ver á un hombre semejante -arrepentido de sus crímenes, y siendo partícipe, por decirlo así, de -su indignación. Existían muchos cuyo rencor se había hecho más amargo -y profundo á causa del infinito número de años que lo abrigaban, sin -haber podido encontrar durante tan largo trascurso de tiempo una -ocasión en que pudiesen ser más fuertes que aquel hombre para tomar la -revancha de los daños que les había causado; mas al verlo luego solo, -desarmado y en la actitud de un hombre que no opondría resistencia, -no sentían otro impulso hacia él más que una intensa veneración y -profundísimo respeto. En aquella voluntaria humillación, su presencia -y continente habían adquirido, sin que él lo supiese, un cierto no -sé qué de más noble y elevado, pues se traslucía en toda su persona, -todavía mejor que antes, la ausencia de todo temor. Los odios, aun -los más tenaces é inveterados, se sentían como ligados y contenidos -respetuosamente por la veneración general de la cual era objeto aquel -hombre arrepentido y tan benéfico. Dicha veneración era tal, que él -mismo se veía embarazado para sustraerse á las demostraciones que se le -hacían, teniendo que poner todo su cuidado en no dejar transparentar -en su semblante y ademanes, el sentimiento interior de compunción y -no humillarse mucho para no ser demasiado ensalzado. En la iglesia -eligió el sitio más inferior, y no había peligro que nadie lo ocupase; -hubiera sido lo mismo que usurpar un puesto de honor. Ofender pues á -semejante individuo ó tratarle con poco miramiento, podía parecer no -solamente una insolencia y villanía, sino también un sacrilegio; y los -mismos á quienes este sentimiento general podía servir de comedimiento, -participaban igualmente más ó menos. - -Éstas y otras muchas causas alejaban también de él la venganza de la -fuerza pública, y le procuraban además por este lado una seguridad, -por la cual ningún cuidado pasaba. El rango y elevado nacimiento, que -en todo tiempo le habían servido de escudo, militaban aún más en su -favor, después que á aquel nombre ya famoso se unían las alabanzas -de una conducta sumamente ejemplar y la gloria de su conversión. Los -magistrados y los grandes se habían alegrado de ésta públicamente como -el pueblo, habiendo parecido extraño el enconarse contra el que era -objeto de tantas congratulaciones. Además de esto, un poder ocupado en -una guerra perpetua y siempre desgraciada contra rebeliones vivas y -renacientes, podía estar bastante satisfecho con haber librado de la -más indomable y molesta, para no ir á buscar otra; tanto más, cuanto -que dicha conversión producía reparaciones que el expresado poder no -estaba acostumbrado á obtener, ni tampoco á pedir. Martirizar á un -santo no parecía un buen medio para librarse de la vergüenza de no -haber sabido tener á raya á un facineroso, y el efecto que se hubiera -conseguido castigándole no habría sido otro que hacer volver á sus -semejantes á su antigua y criminal vida. Probablemente también la parte -que el cardenal Federico había tenido en la conversión, y su nombre -asociado al del convertido, servían á éste como de un impenetrable y -sagrado escudo. Y en ese estado de cosas é ideas, en esas singulares -relaciones de la autoridad espiritual y del poder civil, que tan á -porfía debatían entre sí sin pensar jamás en destruirse, mezclando -continuamente á las hostilidades, actos de reconocimiento y protestas -de deferencia, y que no obstante iban siempre de conserva á un fin -común, sin hacer nunca las paces, pudo parecer en cierto modo que -la reconciliación de la primera llevase consigo el olvido, si no la -absolución del segundo, cuando aquélla se había acumulado solamente -para producir un efecto querido de ambas. - -Así, aquel hombre, sobre el cual, si hubiese caído, habrían corrido á -porfía grandes y pequeños á pisotearle, derribándose voluntariamente, -conseguía ser perdonado por todos, y venerado por muchos. - -Es cierto que también había algunos á quienes aquel estrepitoso cambio -debía dejar muy disgustados; tales eran los ejecutores pagados para -cometer crímenes, los compañeros de delitos, que perdían una tan gran -fuerza, con la cual estaban habituados á crearse una renta, y que acaso -en el momento que esperaban la noticia de la ejecución, encontraban -á un mismo tiempo rotos los hilos de las tramas urdidas á fuerza de -tanto tiempo y trabajo. Pero ya hemos visto los diversos sentimientos -que la tal conversión hizo nacer en los corazones de los secuaces que -se encontraban entonces con él, y la cual oyeron anunciar por la misma -boca de su jefe: estupor, aflicción, abatimiento, cólera; un poco de -todo, menos desprecio ni odio. Lo propio sucedió á los demás que tenía -apostados en diferentes sitios, cuando llegaron á informarse de tan -terrible nueva; lo mismo á los cómplices de más alta importancia, y á -todos por las mismas causas. El odio principal, según dice Ripamonti, -recayó más bien sobre el cardenal Federico. Miraban á éste como el que -se había mezclado en sus negocios para destruirlos: el Incógnito había -querido salvar su alma; nadie tenía razón de quejarse. - -Poco á poco la mayor parte de los antiguos sicarios del Incógnito, -no pudiendo acostumbrarse á su nueva disciplina, y no viendo tampoco -ninguna probabilidad de cambio, se fueron marchando. El uno había ido -á buscar un nuevo amo, acaso entre los amigos del que acababa de dejar; -el otro fué á alistarse en alguno de los tercios, como entonces se -llamaban, de España ó de Mantua, ó de cualquier otra parte beligerante; -éste se lanzó á los caminos reales, á fin de hacer la guerra por su -cuenta; y aquél, por último, se había contentado con ir tuneando á -sus anchas. Los que se hallaban á sus órdenes en diversos pueblos, se -vieron obligados á hacer poco más ó menos lo mismo. El pequeño número -de los que habían podido habituarse á aquel nuevo género de vida, y -que la abrazaron voluntariamente, naturales los más del valle, habían -vuelto á los campos ó á ejercer los oficios aprendidos en sus primeros -años, y abandonados después: los forasteros se quedaron en el castillo -en clase de criados; unos y otros, como convertidos al mismo tiempo que -su amo, pasaban del modo que éste su vida, sin hacer ni recibir daños, -inermes y respetados. - -Mas cuando á la llegada de las tropas alemanas algunos fugitivos de las -poblaciones invadidas ó amenazadas se dirigían al castillo para pedir -un asilo, el Incógnito, sumamente satisfecho de que sus muros fuesen un -lugar de refugio para los débiles, así como en otro tiempo lo habían -sido de execración y espanto, acogía á esos desgraciados más bien con -expresiones de agradecimiento que de cortesía. Hizo publicar que su -casa estaría abierta á todo el que quisiera refugiarse, y se ocupó -en seguida de poner, no solamente el castillo, sino también el valle, -en estado de defensa, por si los lasquenetes ó dragones quisiesen ir -allí á hacer de las suyas. Reunió los servidores que le habían quedado, -que eran pocos, pero valientes, como los versos de Torti; hízoles -una arenga sobre la dichosa ocasión que Dios les ofrecía, así como -igualmente á él, de emplearse una vez en ayuda de su prójimo, al cual -tantas habían oprimido y asustado; y con aquel antiguo tono natural de -mando, que expresaba la certidumbre de ser obedecido, les anunció en -términos generales lo que él deseaba que hiciesen, y les prescribió -sobre todo cómo debían conducirse, á fin de que la gente que llegara -á refugiarse al castillo no viese en ellos todos más que amigos y -defensores. Mandó sacar de un desván en donde estaban hacinadas una -multitud de armas blancas y de fuego, las cuales distribuyó; hizo -decir á sus aldeanos y arrendadores del valle, que si querían ir -voluntariamente al castillo con armas, serían bien recibidos, y que el -que no las tuviese se le darían; nombró oficiales, señaló los puestos -á la entrada y en diversos parajes del valle, en la subida, á las -puertas del castillo; fijó las horas y el modo de relevarse, como en un -campamento, ó según se había verificado en dicho castillo mismo en los -tiempos de su vida criminal. - -En un rincón del susodicho desván, se hallaban separadas del montón -las armas que él solo había usado: veíase allí su famosa carabina, sus -mosquetes, espadas, dagas, espadones, pistolas, cuchillos, puñales, -tirados por el suelo ó arrimados á la pared. Ninguno de los servidores -tocó á dichas armas; pero trataron de preguntar al señor las que -deseaba que le fuesen llevadas: ninguna, respondió; y ya fuese esto -voto, ya resolución, permaneció siempre desarmado á la cabeza de -aquella especie de guarnición. - -Al mismo tiempo había puesto en movimiento á otros hombres y mujeres -de su casa y dependencias, para preparar en el castillo alojamiento -al mayor número de personas que fuese posible, haciendo disponer -camas, colocar jergones y colchones en las salas, las cuales estaban -transformadas en dormitorios. Había dado orden para que trajeran -provisiones en abundancia, con el objeto de subvenir á las necesidades -de los huéspedes que Dios le enviase, y cuyo número iba aumentándose de -día en día. En el ínterin él no permanecía ocioso; veíasele tan pronto -dentro como fuera del castillo, ya arriba, ya abajo de la colina; era -digno de contemplar con qué solicitud recorría el valle, estableciendo, -reforzando y visitando los puestos, examinándolo todo, dejándose ver, -poniendo y conservando el orden por medio de sus palabras, de sus -miradas, y de su presencia. En su castillo, por los caminos, acogía á -todos los fugitivos que encontraba; y todos, ya fuese que lo hubiesen -visto, ó lo viesen por la primera vez, lo miraban estáticos, olvidando -un momento los pesares y temores que los habían lanzado á aquellos -sitios, y se volvían aún á mirarlo, cuando apartándose de ellos -continuaba su camino. - - - NOTAS: - -[13] Nombre que se daba antiguamente á los soldados alemanes, ya -fuesen de á pie ó de á caballo.--_Nota del traductor español._ - - - - - CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO - - -Aunque el mayor concurso no se hallase por el lado que nuestros tres -fugitivos se aproximaban al valle, sino más bien en la parte opuesta, -no obstante, empezaron á encontrar compañeros de viaje y de infortunio, -que llegaban por caminos de travesía y pequeños senderos al camino -real. En semejantes ocasiones todos los que se encuentran se tratan -como antiguos conocimientos. Cada vez que el carro alcanzaba algún -caminante, se cambiaban de un lado y de otro una multitud de preguntas -y respuestas. Éste se había escapado del mismo modo que nuestros -personajes, sin esperar la llegada de los soldados; aquél había oído -los tambores y las cornetas; otro por último los había visto, y los -pintaba con el prisma que el espanto acostumbra dar á todas las cosas. - ---Á Dios gracias, nosotros somos aún bastante afortunados. Por allá se -han quedado nuestros intereses, pero al menos estamos en salvo. - -Mas D. Abundio no encontraba motivos de alegrarse tanto. Aquella -gran concurrencia de gente, y más todavía la que temía hallar en el -castillo, empezaba á entristecerle. “¡Oh, qué historia!” decía en voz -baja á las mujeres en un momento en el cual no había nadie alrededor. -“¡Oh, qué historia! ¿No comprendéis que reunirse tanta gente en un -sitio solamente, es lo mismo que el querer atraer por fuerza á los -soldados? Todo el mundo se esconde, todos huyen; en las casas no queda -nadie; en su consecuencia los soldados creerán que allá arriba están -los tesoros, y de seguro subirán. ¡Oh, infeliz de mí, en buena me he -metido!” - ---¡Oh, no tendrán nada más que hacer que subir al castillo! decía -Perpetua; ellos también deben ir por su camino. Además, siempre he oído -decir que en los peligros es mejor el encontrarse muchos reunidos. - ---¡Muchos, muchos! replicaba D. Abundio; ¡pobre mujer! ¿No sabéis que -cada lasquenete se comería cien de éstos? Y después, “¡si quisiesen -hacer locuras, sería una bonita cosa! ¿no es cierto que sería hermoso -el hallarse en medio de una batalla? ¡Oh, pobre de mí! Mejor hubiera -sido ir á refugiarse en los montes. ¡Que todos hayan de querer -ocultarse en un mismo sitio! ¡Maldita gente!”. En seguida refunfuñaba: -“Todos aquí; andad, andad pues; uno detrás de otro del mismo modo que -las ovejas”. - ---Según esta cuenta, dijo Inés, ellos podrían decir otro tanto de -nosotros. - ---Callaos, callaos, dijo D. Abundio; las habladurías no sirven de nada. -Lo hecho, hecho se queda; ya nos hallamos aquí, y por lo tanto, es -preciso que permanezcamos. Sucederá lo que Dios quiera: el cielo nos la -depare buena. - -Mas lo peor fué cuando, á la entrada del valle, vió un numeroso puesto -de gentes armadas; los unos en la puerta de una casa, y los otros -en el piso bajo: mirólos de reojo; aquellos rostros no eran los que -había visto en su primero y doloroso viaje, ó si encontraba algunos -estaban muy cambiados; pero á pesar de todo esto, no puede expresarse -la aflicción que le causó semejante vista. “¡Oh, pobre de mí! se decía -interiormente: ¡He aquí si hacen locuras! No podía ser de otro modo: -yo debía esperarlo de un hombre como ése. Pero, ¿qué querrá hacer? ¿La -guerra acaso? ¿Querrá, por ventura, desempeñar el papel de rey? ¡Oh, -infeliz de mí! En las actuales circunstancias, en que sería preciso -esconderse bajo siete estados de tierra, él busca, al contrario, todos -los medios de hacerse ver, de darse á conocer á ellos, ó mejor diré, -quiere provocarlos”. - ---Mirad, mirad pues, señor, le dijo Perpetua, si hay aquí gente -valiente que sabrá defendernos: que vengan ahora los soldados; aquí no -son como nuestros miedosos lugareños, que no tienen más que piernas -para correr. - ---¡Silencio! respondió en voz baja D. Abundio, pero con iracundo -acento: “¡Silencio! pues no sabéis lo que os decís. Rogad al cielo que -los soldados tengan prisa para proseguir su camino, que no lleguen -á saber lo que aquí se hace, y que este lugar se dispone como un -fuerte. ¿Ignoráis, por ventura, que el oficio de los soldados es tomar -fortalezas? No buscan otra cosa; para ellos el dar un asalto es como ir -á unas bodas, porque todo lo que encuentran lo hacen suyo, y pasan á -todo el mundo á cuchillo. ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Vaya; yo veré si hay -algún medio de ponerse en salvo sobre cualquiera de esos precipicios. -¡Oh, en una batalla, no me cogerán! ¡oh, de seguro! no me cogerán”. - ---Si tenéis también miedo de ser defendido y auxiliado... volvía á -empezar Perpetua; mas D. Abundio la interrumpió ásperamente, pero -siempre en voz baja: “¡Silencio! procurad no traer á colación estas -cosas; recordad que aquí es preciso mostrar siempre la cara risueña y -aprobar todo lo que se ve”. - -En la Malanotte encontraron otro puesto de gente armada, á los cuales -D. Abundio hizo un profundo saludo, diciendo entretanto para sí: “¡Ay -de mí, precisamente he venido á un campamento!” En esto se paró el -carro; D. Abundio se apresuró á pagar al conductor y lo despidió, -encaminándose con sus compañeras hacia la subida, sin proferir una -sola palabra. La vista de aquellos lugares le hacía aglomerar á la -imaginación, á la vez que las angustias presentes, el recuerdo de -las que había sufrido anteriormente: é Inés, que jamás había visto -aquellos sitios, y que se formaba en su mente un cuadro ideal cada vez -que pensaba en el espantoso viaje de Lucía, al verlos ahora según eran -verdaderamente, experimentaba como un nuevo y más vivo sentimiento -por aquellos crueles recuerdos. “¡Oh, señor cura! exclamó: ¡al pensar -solamente que mi pobre Lucía ha pasado por este camino!...”. - ---¡Queréis callar, mujer sin juicio!, le dijo al oído D. Abundio; ¿son -palabras éstas para pronunciarlas aquí? ¿No sabéis que estamos en su -casa? La fortuna que ahora nadie os oye; pero si habláis de este modo... - ---¡Oh!, dijo Inés, al presente, que es un santo... - ---¡Silencio!, replicó D. Abundio; ¿creéis que á los santos se les puede -decir, así sin más ni más, lo que á uno se le antoje? Tratad más bien -de darle gracias por los bienes que os ha dispensado. - ---¡Oh!, lo que es en esto ya había yo pensado; ¿creéis que no sepa -también yo algo de buena crianza? - ---La buena crianza consiste en decir cosas que no puedan desagradar, -especialmente al que no está acostumbrado á oirlas; y tened ambas -entendido, que éste no es sitio de decir necedades ni habladurías. Ésta -es la casa de un gran señor, ya lo sabéis; ved cuánta gente le rodea; -las hay de todas clases; conque así tened juicio, si podéis; pesad las -palabras, y sobre todo hablad poco y sólo cuando sea necesario, que por -callar nada se pierde. - ---Vos sí que todo echáis á perder con vuestras... volvía á decir -Perpetua. “¡Silencio!”, repitió en voz baja D. Abundio, y al momento -se quitó el sombrero precipitadamente é hizo un profundo saludo. Había -divisado al Incógnito que se dirigía á su encuentro: éste había visto -y reconocido á D. Abundio, y por lo tanto se encaminaba hacia él -apresuradamente. - ---Señor cura, dijo cuando estuvo cerca; hubiera querido ofreceros mi -casa en mejor ocasión; pero de todos modos, experimento un gran placer -en poderos ser útil en algo. - ---Confiado en la gran bondad de vuestra señoría ilustrísima, contestó -D. Abundio, me he atrevido á venir á molestaros en esta circunstancia; -y según ve vuestra señoría, me he tomado además la libertad de traer -compañía. Ésta mi ama... - ---Bien venida, dijo el Incógnito. - ---Y ésta, continuó D. Abundio, es una buena mujer á la cual vuestra -señoría ha dispensado mucho bien. Es la madre de aquella... de -aquella... - ---De Lucía, dijo Inés. - ---¡De Lucía!, exclamó el Incógnito, volviendo su inclinada frente hacia -Inés. ¡Mucho bien yo, justo Dios! Vos sois la que me colmáis de bienes -con vuestra venida... á esta casa. Bien llegada seáis, pues que traéis -la bendición del cielo. - ---¡Oh, muy al contrario! Yo vengo más bien á importunaros. En seguida -ella añadió acercándose á su oído: “Vengo también á daros las gracias”. - -El Incógnito se apresuró á interrumpirla, preguntándole con mucho -interés por Lucía. Luego que Inés le satisfizo, dió la vuelta para -acompañar al castillo á los nuevos huéspedes, como lo verificó á pesar -de la respetuosa resistencia de éstos. Inés echó al cura una mirada que -quería decir: “Ved si hay necesidad que os interpongáis entre nosotros -dos para darnos consejos”. - ---¿Han llegado acaso los enemigos á vuestra parroquia?, preguntó el -Incógnito. - ---No, señor: no he querido esperar á esos demonios. Sólo Dios sabe si -habría salido vivo de entre sus manos, y venido ahora á molestar á -vuestra señoría ilustrísima. - ---Vamos, tranquilizaos, replicó el Incógnito: al presente estáis en -seguridad. Aquí no vendrán; y si quisiesen probarlo, estamos dispuestos -á recibirlos. - ---Roguemos que no vengan, dijo D. Abundio; además, por aquel lado, -añadió señalando con el dedo las montañas opuestas que servían de -límites al valle; por aquel lado anda también otra cuadrilla de gente; -pero... - ---Es verdad, respondió el Incógnito; mas no dudéis que también estamos -preparados contra ellos. - -“¡Entre dos fuegos!, decía entre sí D. Abundio; ¡justamente entre dos -fuegos!, ¡adónde me he dejado arrastrar!, ¡y por dos charlatanas!, -¡cualquiera diría que este hombre se complace en meterse en medio de -todo! ¡Oh, qué gentes hay en el mundo!” - -Habiendo entrado en el castillo, el señor hizo conducir á Inés y á -Perpetua á una estancia del lado señalado para las mujeres, el cual -ocupaba las tres alas del segundo patio, en la parte posterior del -edificio, situada sobre un peñasco solitario y de difícil acceso, que -dominaba á un precipicio. Los hombres habitaban las alas del otro -patio, á derecha é izquierda, y también la que daba sobre la explanada. -El cuerpo del medio, que separaba los dos patios, y se pasaba del -uno al otro por una vasta galería que iba á corresponder á la puerta -principal, estaba ocupado en parte por las provisiones, y servía -en parte de lugar de depósito para los efectos que los refugiados -deseaban poner en salvo. En el sitio destinado á los hombres, había -una pequeña estancia para los eclesiásticos que pudiesen llegar. El -Incógnito acompañó personalmente á D. Abundio á la referida estancia, -siendo el primero que tomó posesión de ella. - -Nuestros fugitivos permanecieron veintitrés ó veinticuatro días en el -castillo, en medio de un movimiento continuo y numerosa compañía, la -cual al principio iba siempre en aumento, pero sin que aconteciese nada -que sea digno de contarse. No se pasaba día sin que dejase de haber -alarma: los lasquenetes vienen por este lado; se han visto dragones -por el otro. Á cada aviso, el Incógnito mandaba exploradores; si era -preciso, tomaba consigo gente que tenía siempre dispuesta para un -caso, y salía del valle por el lado en que se le había indicado el -peligro. Era cosa digna de admiración el ver una partida de hombres -determinados, armados hasta los dientes, y alineados como soldados, -conducidos por otro hombre desarmado. Las más veces, los que causaban -semejantes alarmas, no eran más que foragidos y ladrones desbandados -que emprendían la fuga antes de ser alcanzados... Mas un día, -persiguiendo á algunos de éstos, para enseñarles que no debían atenerse -á merodear por aquel lado, el Incógnito fué avisado de que un pueblo -vecino había sido invadido y saqueado. Eran lasquenetes de varios -cuerpos que habiéndose quedado rezagados con el objeto de entregarse -al pillaje, se habían reunido é iban á lanzarse de improviso sobre las -tierras cercanas á aquellas donde el ejército hacía alto, mientras -tanto ellos despojaban á los habitantes y les sacaban gruesas sumas de -dinero. El Incógnito arengó brevemente á los suyos, y los condujo hacia -el citado pueblo. - -Llegaron sin ser esperados. Los salteadores que creían marchar -directamente á la presa, viendo que iba sobre ellos gente armada -y disciplinada, dispuesta á combatir, abandonaron el saqueo y -emprendieron precipitadamente la fuga por el mismo camino por donde -habían venido, sin esperarse tan siquiera los unos á los otros. El -Incógnito los persiguió por algún tiempo; mas luego, habiendo mandado -hacer alto, estuvo esperando un rato por si veía algo de nuevo, y por -último volvió con su gente á desandar lo andado. Al pasar por el pueblo -que había salvado, es imposible describir los aplausos y bendiciones -con las cuales fué recibida la partida libertadora como igualmente su -jefe. - -Ninguna clase de desorden hubo nunca en el castillo, á pesar de una -tan innumerable reunión de gentes de todas clases, costumbres, edades -y sexos. El Incógnito había colocado centinelas en distintos puntos, -los cuales vigilaban atentamente para prevenir todas las dificultades, -con aquel ardor que cada uno ponía en las cosas de las cuales debía dar -cuenta. - -Después, había suplicado á los eclesiásticos y á las personas más -respetables que estaban refugiadas allí, que se tomasen también la -molestia de rondar y vigilar. Cuando podía, él mismo se mostraba -en todas partes; y aunque se hallase ausente, la memoria del dueño -contenía todo lo que hubiera podido suceder. Además, la reunión se -componía en su mayor parte de fugitivos, gente inclinada en general, á -la paz y tranquilidad; el pensamiento de sus cosas é intereses, unido -al peligro en el cual habían dejado á algunos parientes ó amigos, -contribuían á mantener y aumentar cada vez más la citada disposición. - -Encontrábanse también, allí, hombres de un temple más fuerte y de -corazón animoso, los cuales trataban de pasar alegremente aquella época -tan desgraciada. Habían abandonado sus casas por no tener bastante -fuerza para defenderlas, pero no eran de opinión de lamentarse y -llorar por cosas irremediables, no queriendo representarse en su -imaginación el estrago que más tarde verían á la fuerza con sus propios -ojos. Una porción de familias amigas habían ido juntas al castillo, ó -encontrándose allí, habían formado nuevas amistades, y la multitud se -hallaba dividida en distintas reuniones, según las costumbres y genios. -Los que tenían dinero y discreción bajaban á comer al valle, donde en -aquellas circunstancias se habían abierto á toda prisa las posadas; -algunos alternaban los bocados con suspiros, y no se les oía hablar -más que de desgracias; otros no pensaban en éstas más que para decir -que no era necesario acordarse de ellas. En el castillo se distribuía -pan, sopa y vino á los que no podían ó no querían gastar; además había -algunas mesas, las cuales eran servidas todos los días para los que -el señor convidaba expresamente; de este número eran nuestros tres -personajes. - -Inés y Perpetua, por no comer el pan á expensas de nadie, habían -querido ser empleadas en los servicios que requería una tan gran -reunión de gentes hospedadas; en esto pasaban una gran parte del día, -y el resto lo invertían en charlar con algunas nuevas amigas, que se -habían adquirido allí, ó con el pobre D. Abundio. Éste no tenía nada -que hacer; mas sin embargo, no se fastidiaba, pues el miedo le hacía -compañía. Con respecto al temor de un asalto, creemos que se le había -disipado, ó si le quedaba aún, le causaba muy poca inquietud, porque -cada vez que reflexionaba un poco, debía comprender cuán infundado -era. Pero la imagen del país circunvecino inundado por todas partes de -espantosos soldados; las armas y las gentes con ellas que tenía siempre -á la vista; un castillo en el cual estaba metido; el reflexionar todo -lo que podía surgir á cada instante en tales circunstancias, contribuía -á inspirarle un espanto confuso, vasto, continuo, dejando aparte la -aflicción que le causaba el pensar en su pobre casa. En todo el tiempo -que permaneció en el castillo, no se separó jamás de él á la distancia -de un tiro de bala, ni puso nunca el pie en la bajada; su único paseo -era la explanada y recorrer, ya una parte, ya otra del castillo, -mirando las cimas y precipicios para estudiar si habría un paso un -poco practicable, algún pequeño sendero por donde buscar un escondrijo -en un caso de apuro. Hacía grandes reverencias y saludos á todos sus -compañeros de asilo, pero hablaba con muy pocos: sus conversaciones -más frecuentes eran con las dos mujeres según hemos dicho: con ellas -desfogaba sus pesadumbres, á riesgo algunas veces de verse interrumpir -por Perpetua, y que además Inés lo avergonzase. En la mesa, donde -permanecía poquísimo y hablaba menos, oía las noticias de la terrible -invasión que llegaban diariamente, ó de pueblo en pueblo, ó de boca en -boca, ó traídas por alguno que en un principio había querido quedarse -en casa, y por último huía sin haber podido salvar nada, y á veces, -para colmo de infortunios, sumamente maltratados. Todos los días se -referían y llegaban noticias de haber sucedido nuevas desgracias. -Algunos noticieros de oficio recogían diligentemente todas las voces -que corrían, exprimían el jugo de todas las narraciones, y luego lo -pasaban á sus vecinos. Disputaban acerca de los regimientos que eran -más endiablados, si era peor la infantería ó la caballería, repetían -del mejor modo posible los nombres de ciertos jefes ó condottieri; -se referían las antiguas hazañas de algunos; se especificaban las -paradas y las marchas: tal día el regimiento A llegaría al pueblo -B; al día siguiente iría á caer sobre la villa C, en donde tal otro -cometía mil tropelías. Procuraban tomar informes y tener cuidado con -los regimientos que pasaban el puente de Lecco, porque éstos podían -considerarse ya como realmente fuera del país. Pasa la caballería de -Wallenstein, la infantería de Merode, los caballos de Anhalt y los -infantes de Brandeburgo; luego la caballería de Montecuccoli y la gente -de á pie de Ferrari; pasa Altringer, Furstenberg, Colloredo; pasan los -Croatas, Torcuato Conti y otros muchos; cuando el cielo quiso, pasó -también Galasso, el cual fué el último. El escuadrón volante de los -venecianos concluyó igualmente por alejarse, y todo el país á derecha -é izquierda quedó enteramente libre. Ya los habitantes de las primeras -tierras invadidas y saqueadas habían empezado á abandonar el castillo: -todos los días iba marchando gente á la manera que después de una -tempestad de otoño se ven salir de las frondosas ramas de un corpulento -árbol una multitud de pájaros que se habían refugiado en ellas. Yo -creo que nuestros tres personajes fueron los últimos en irse, y esto -por causa de D. Abundio, el cual temía, si volvía tan pronto á casa, -el encontrar aún algunos lasquenetes rezagados. Perpetua no dejó de -decirle una y mil veces que cuanto más se tardase en dar la vuelta, -tanta mayor proporción tendrían los rateros del país de entrar en la -casa y apoderarse de todo lo que los otros hubiesen dejado; cuando se -trataba de salvar la piel, D. Abundio era el primero en vencer todas -las dificultades, á menos que la inminencia del peligro no le hiciese -perder efectivamente la cabeza. - -Fijado el día de la partida, el Incógnito mandó tener dispuesto en la -Malanotte un carruaje, en el cual había hecho meter un gran número de -piezas de lienzo destinadas á Inés. Llamóla aparte, y también le hizo -aceptar un cartucho de escudos para reparar la pérdida sufrida en su -casita, á pesar de que Inés, con la mano puesta sobre el corazón, le -repetía sin cesar que aún conservaba algunos de los primeros. - ---Cuando veáis á vuestra excelente y pobre Lucía, le dijo, por último -(estoy segurísimo que ruega por mí, pues la he causado mucho daño), -decidle que le doy mil y mil gracias, y confío en Dios que sus súplicas -atraerán sobre ella las bendiciones del cielo. - -Después de esto quiso acompañar á sus tres huéspedes hasta donde -esperaba el carruaje. Dejamos al arbitrio del lector que imagine las -demostraciones de agradecimiento y humildes cumplimientos de D. Abundio -y Perpetua. - -Finalmente, emprendieron la marcha, y se detuvieron, según habían -convenido, pero sin llegar á sentarse, en casa del sastre, donde -oyeron contar muchas cosas sobre la invasión; esto es, la acostumbrada -relación de robos, heridas, insultos y violencias; mas allí por fortuna -no habían visto los lasquenetes. - ---¡Ah, señor cura! dijo el sastre dándole el brazo para ayudarle á -subir al carruaje;--se pueden imprimir muchos libros acerca de ese tan -grande estrago. - -Después de haber hecho un poco de camino, nuestros viajeros empezaron -á ver con sus propios ojos algunas de las cosas que habían oído -referir. Viñas despojadas, no por las manos del vendimiador, sino por -el granizo y el huracán que hubiesen caído juntamente sobre ellas; -las cepas destrozadas y pisoteadas; los rodrigones[14] arrancados; la -tierra cubierta de pámpanos y tiernos retoños; los árboles golpeados y -talados; los cercados abiertos por mil partes. En las poblaciones, las -puertas echadas abajo, las ropas y demás efectos tirados y esparcidos -por las calles; de las casas salía una atmósfera pesada y vapores -mefíticos; los habitantes veíanse ocupados en arrojar la inmundicia -los unos, y en reparar las puertas del mejor modo posible los otros; -algunos, en fin, con los brazos cruzados sobre el pecho, lanzaban -lastimeros gemidos. Al pasar el carruaje, multitud de manos se dirigían -por ambos lados de las portezuelas implorando una limosna. - - -Con semejantes imágenes, tan pronto delante de sus ojos como presentes -á su imaginación, y con la triste expectativa de encontrar otro tanto -en sus casas, llegaron y vieron en efecto lo que esperaban. - -Inés hizo colocar los pequeños fardos en un rincón del patio, el cual -era el sitio que había quedado más aseado de toda la casa; en seguida -se puso á limpiar, recoger y arreglar los pocos efectos que le habían -dejado, y mandó llamar un carpintero y un cerrajero para componer las -puertas; y desliando pieza por pieza el lienzo que el Incógnito le -había regalado, contando después sus nuevos escudos, exclamó para sí: -“He caído de pie; gracias sean dadas á Dios, á la Madonna, y á ese buen -_señor_; propiamente puedo decir que he caído de pie”. - -D. Abundio y Perpetua entran en su casa sin auxilio de llaves; á -cada paso que dan hacia el interior, sienten aumentarse un tufo, un -veneno y cierta peste que les hace retroceder; con una mano puesta -en las narices se dirigen á la puerta de la cocina; entran en ella -de puntillas, teniendo cuidado en donde ponen los pies á causa de la -inmundicia que cubre el suelo, y empiezan á mirar por todas partes. -Nada hay entero; pero al mismo tiempo divisan á su alrededor los -fragmentos y restos de lo que había sido: las plumas de las gallinas -de Perpetua, pedazos de lienzo, hojas de los almanaques de D. Abundio, -menudos trozos de cazuelas y platos, todo desparramado y confundido. -Solamente en el hogar se podían reconocer todas las señales de un vasto -saqueo, fragmentos de tizones apagados que demostraban haber sido un -brazo de una silla, un pie de una mesa, una puerta de un armario, el -tablado de una cama, una duela del pequeño tonel en donde estaba el -vino que confortaba el estómago de D. Abundio. Lo restante no eran más -que cenizas y carbones, con los cuales los invasores habían embadurnado -las paredes de figuras grotescas, poniéndoles ciertos bonetes, coronas -y alzacuellos, con el objeto de representar sacerdotes, cuidando -particularmente de que apareciesen horribles y ridículos, intención que -seguramente no podía menos de esperarse de semejantes artistas. - ---¡Ah, descreídos! exclamó Perpetua. - ---¡Ah, bribones! gritó D. Abundio; y como si fuesen perseguidos, -salieron por otra puerta que daba al huerto. Respiraron: encamináronse -directamente á la higuera; mas antes de llegar vieron la tierra -removida, y ambos á la vez lanzaron un grito. Finalmente, se acercaron, -y encontraron efectivamente en lugar del muerto, la huesa abierta. Aquí -te quiero ver, escopeta: D. Abundio empezó á habérselas con Perpetua -diciendo que no lo había escondido bien: ¡juzgue el lector si ésta -se daría por vencida! Después de haber gritado mucho, ambos con el -índice extendido hacia el agujero, se volvieron juntos refunfuñando, -y téngase por cierto, que todo lo encontraron en el mismo estado de -desorden. Costóles gran trabajo el hacer limpiar y purificar la casa, -tanto más cuanto que en aquellos días era difícil encontrar ayuda; y se -ignora cuánto tiempo se vieron obligados á permanecer como acampados, -acomodándose del mejor modo posible, y componiendo las puertas, muebles -y utensilios con dinero prestado por Inés. - -Dicho desastre fué por espacio de algún tiempo un inagotable manantial -de fastidiosas disputas, porque Perpetua á fuerza de inquirir y -preguntar, de husmear y buscar, llegó á saber que algunos de los -efectos que creían haber sido presa de los soldados, estaban al -contrario en poder de ciertas gentes del pueblo; por lo cual ella -apremiaba á su amo para que se dejase ver, y reclamase lo que era suyo. -No se podía tocar para D. Abundio una cuerda más odiosa; en atención -á que sus efectos estaban en poder de bribones; es decir, de aquella -especie de gentes con las cuales le convenía vivir en paz. - ---Pero si no quiero saber nada de estas cosas, decía. ¿Cuántas veces -debo repetiros, que lo hecho, hecho se queda? ¿Tengo que hacerme poner -en cruz, porque mi casa ha sido saqueada? - ---¡Si lo tengo dicho, decía Perpetua, que os dejaréis sacar los ojos! -Robar á los otros es pecado; mas á vos, no. - ---¿Queréis callaros? ¿Viene ahora al caso el disparatar de este modo?, -replicaba D. Abundio. - -Perpetua se callaba, pero era por poco tiempo; la más leve cosa le -servía de pretexto para volver á empezar de nuevo; tanto, que el pobre -hombre estaba reducido á no dejar escapar la menor queja sobre tal ó -cual cosa que le faltaba, so pena de oir decir; id á buscarla á casa de -Fulano que la tiene, y que no la hubiera tenido hasta estos momentos si -no hubiese dado con un buen hombre como vos. - -Experimentaba una más viva inquietud al saber que diariamente -continuaban pasando soldados rezagados, según él había conjeturado -demasiado bien. Siempre temía ver llegar á alguno, ó una compañía -entera á su puerta, la cual había hecho componer apresuradamente antes -que todo lo demás, y que tenía cerrada con gran cuidado; mas á Dios -gracias nada sucedió. Sin embargo, aún no habían cesado estos terrores, -cuando sobrevino uno nuevo. - -Mas dejando aquí á nuestro pobre hombre, vamos á tratar de otras cosas -más interesantes que de sus particulares aprehensiones: de la desgracia -de algunos países, ó de un desastre pasajero. - - - NOTAS: - -[14] Así llaman á las estacas que ponen para sostener las -vides.--_Nota del T. E._ - - - - - CAPÍTULO DECIMOTERCERO - - -La peste que la junta de sanidad había temido ver penetrar en el -milanesado, juntamente con las tropas alemanas, había entrado en -efecto, según todos saben, siendo también conocido que no sólo se -limitó á desolar dicho país, sino que también invadió y diezmó una -buena parte de Italia. El hilo de nuestra historia nos conduce al -presente, á referir las principales circunstancias de la expresada -calamidad, pero sólo en el milanesado, y casi exclusivamente en la -ciudad de Milán; porque las memorias de aquel tiempo no se ocupan -más que de esta última. Ya sea razón, ya capricho, los historiadores -siempre hacen lo mismo. - -En toda la línea de territorio recorrida por el ejército invasor, -habíanse encontrado algunos cadáveres en las casas y en los caminos. -Poco después, ya en éste, ya en aquel pueblo, familias enteras fueron -acometidas de enfermedades violentas, extrañas, acompañadas de síntomas -generalmente desconocidos, á los cuales sucumbían. Solamente algunas -personas ancianas, recordaban haberlas visto otra vez; éstas eran -las que habían sido testigos de la peste que cincuenta y tres años -antes había desolado á la mayor parte de Italia, y principalmente -al milanesado, en donde tomó el nombre que lleva aún, de peste de -S. Carlos. ¡Tan fuerte es el poder de la caridad!: ella puede hacer -sobresalir la memoria de un hombre sobre la de un vasto y solemne -infortunio de todo un pueblo, porque dicha caridad ha inspirado á este -hombre los sentimientos y las acciones más memorables aun que los -males; ella puede grabar sus nombres en todos los corazones, y traer -á la memoria el recuerdo de aquellos desgraciados sucesos, pues la -introduce y presenta como un guía, un socorro, un ejemplo, una víctima -voluntaria. - -El protomédico Ludovico Settala, que no sólo había visto aquella -peste, sino que también había sido uno de los profesores más activos -é intrépidos, á pesar de ser en aquel entonces muy joven, teniendo -al presente grandes sospechas acerca del contagio, estaba sobre -aviso y procuraba tomar todos los informes posibles, en vista de lo -cual participó el 20 de octubre á la junta de sanidad, que en la -jurisdicción de Chiuso (la última del territorio de Lecco y confinante -con el de Bérgamo) se había presentado indudablemente la enfermedad -epidémica. Las mismas noticias se recibieron de Lecco y de Bellano. -Entonces la junta dispuso y expidió un comisionado que tomando un -médico en Como, se encaminase con él á visitar los lugares indicados. -Ambos, dice Tadino, ó por incapacidad, ó por otra causa cualquiera, se -dejaron persuadir por un viejo é ignorante barbero de Bellano, de que -aquella especie de enfermedad no era una epidemia, sino causada por las -emanaciones del agua estancada en algunas partes, y en otras efectos -de las incomodidades y malos tratamientos sufridos por el paso de los -alemanes. Este informe fué enviado á la junta de sanidad, la cual -parece que quedó tranquila. - -Mas llegando sin cesar de todas partes muchas y multiplicadas noticias -acerca de extraños fallecimientos, se expidieron dos delegados con el -objeto de que tomasen informes y providenciaran lo conveniente; éstos -fueron el mencionado Tadino y otro miembro de la junta. Cuando se -instalaron en dichos puntos, el azote se había propagado de tal modo, -que las pruebas se ofrecían á su vista sin necesidad de ir á buscarlas. -Recorrieron el territorio de Lecco, la Valsassina, las márgenes del -lago de Como; los distritos denominados el Monte de Brianza y la Gera -del Adda. Por todas partes encontraron poblaciones cerradas por medio -de barreras; otras casi desiertas y abandonadas por sus habitantes -fugitivos y errantes por los campos, parecidos, dice Tadino, á otras -tantas criaturas salvajes, llevando en la mano algunos un puñado de -yerbabuena, otros ruda, quien romero, quien por último una botella -de vinagre. Habiéndose informado del número de fallecidos, vieron -efectivamente que era espantoso. Visitaron los enfermos, reconocieron -los cadáveres, y en todos encontraron las señales manifiestas y -terribles de la peste. Participaron por escrito tan siniestras nuevas á -la junta de sanidad, la cual al recibirlas, que fué el 30 de octubre, -resolvió dar la orden, según el Dr. Tadino, para no dejar entrar en -la ciudad á las personas procedentes de los pueblos en donde se había -declarado el contagio; y mientras se redactaba el bando, diéronse con -anticipación algunas órdenes á los que guardaban las puertas. - -Entretanto los comisionados, apresuradamente y con ahínco tomaron las -medidas que les parecieron más útiles, y dieron la vuelta á Milán, con -la triste persuasión de que no serían suficientes á remediar un mal ya -tan avanzado y extendido. - -Llegados á la ciudad el día 14 de noviembre, dieron cuenta de su -comisión de viva voz, y nuevamente por escrito á la expresada junta, -la cual dispuso que se presentasen al gobernador y le expusiesen -claramente el verdadero estado de las cosas. Éste les contestó, que -le causaban un gran disgusto, mostrando mucho sentimiento; pero que -los cuidados de la guerra eran más apremiantes: _sed belli graviores -esse curas_. Ésta era la segunda vez, si el lector recuerda, que daba -semejante respuesta con dicho motivo y con igual éxito. Dos ó tres -días después, el 18 de noviembre, hizo pregonar un bando, en el cual -ordenaba que se celebrasen regocijos públicos por el nacimiento del -príncipe Carlos, primogénito del rey Felipe IV, sin calcular ó sin -cuidarse del peligro que podría sobrevenir con motivo de una tan gran -reunión de gente en tales circunstancias; del mismo modo que si hubiera -sido en tiempos normales y nada ocurriese de particular. - -Era este personaje, según hemos dicho anteriormente, el célebre -Ambrosio Spínola, enviado para dirigir mejor aquella guerra, reparar -las faltas cometidas por D. Gonzalo, y como por incidencia para -gobernar. Nosotros podemos también incidentalmente recordar que murió -pocos meses después en medio de lo más fuerte de aquella guerra que -tomó tan á pecho; y murió, repetimos, no de heridas recibidas en el -campo de batalla, sino en su lecho, abrumado de pesadumbres y enojos, -por los reproches, injusticias y disgustos de todo género, causados por -aquel á quien servía. La historia ha deplorado amargamente su suerte, -y vituperado la ingratitud de que fué víctima: ella ha descrito con -la mayor solicitud sus hazañas militares y políticas; ha ensalzado su -previsión, actividad y heroica constancia: al propio tiempo hubiera -debido averiguar en qué había empleado tan altas cualidades, cuando la -peste amenazaba, invadía á todo un pueblo entregado á su cuidado, ó por -mejor decir, á merced suya. - -Pero lo que, dejando á un lado lo vituperable, disminuye la admiración -que su indiferencia podría causar; lo que maravilla más que todo, -es la conducta de la población misma, esto es, de aquella parte á -la cual aún no había alcanzado el contagio, pero que tantos motivos -tenía para temerlo. Á las fatales noticias que llegaban de los pueblos -nuevamente infestados, de los pueblos que forman alrededor de la ciudad -casi un semicírculo, á la distancia algunos de ellos de diez y ocho á -veinte millas á lo más, ¿quién no había de creer que se suscitara un -movimiento general, un deseo de precauciones bien ó mal entendidas, -ó á lo menos una estéril inquietud? Y sin embargo, si en alguna cosa -están de acuerdo las memorias de aquel tiempo, es en afirmar que no -hubo nada de lo dicho. La escasez del año anterior, las exacciones de -la soldadesca y las pasiones de ánimo, parecieron más que suficientes -para explicar semejante mortandad. En las calles, en las tiendas y aun -en las casas, acogían con risas incrédulas, y con un profundo desprecio -mezclado de cólera, á los que aventuraban alguna palabra acerca del -peligro de la peste. La misma incredulidad, ó mejor diremos, la misma -ceguedad y obstinación prevalecía en el senado, en el consejo de los -decuriones, y en el ánimo de todos los magistrados. - -Únicamente el cardenal Federico, apenas tuvo aviso de los primeros -casos de la enfermedad contagiosa, cuando reunió por medio de una -pastoral á todos los párrocos, previniéndoles que amonestasen una y mil -veces, á los pueblos de sus respectivas diócesis, con respecto á la -importancia y obligación en que estaban de revelar cualquier accidente -parecido, y consignar los efectos infestados ó sospechosos[15]; éste es -uno de los hechos que pueden ser colocados entre los más laudables de -la vida del cardenal. - -La junta de sanidad pedía é imploraba alguna cooperación, pero poco ó -nada conseguía; y la prisa que se daba dicha junta misma, estaba bien -lejos de igualar á la urgencia que había. Según afirma Tadino, y como -aparece todavía mejor, por todo el contexto de su relación, solamente -los dos médicos, persuadidos de la gravedad é inminencia del peligro, -estimulaban á aquel cuerpo, el cual tenía que estimular después á todos -los demás. - -Ya hemos visto el modo que tuvieron de obrar y tomar informes al primer -anuncio de la peste; ahora presentaremos otro hecho de lentitud no -menos admirable, cuanto que no era forzada, por dificultades opuestas -por magistrados superiores. El bando para impedir á los forasteros la -entrada á la ciudad, fué resuelto el 30 de octubre, no siendo extendido -hasta el día 23 del mes siguiente, y publicado el 29. La peste se había -introducido ya en Milán. - -El primero que la llevó, según refieren Tadino y Ripamonti, fué un -soldado italiano al servicio de España. Este desventurado portador -de tantos males, entró en la ciudad cargado con un fardo de vestidos -comprados ó robados á los soldados alemanes. Fué á alojarse en casa de -sus parientes, en el barrio de la Puerta Oriental, cerca del convento -de capuchinos. Apenas hubo llegado, cayó enfermo y fué conducido al -hospital, en donde, á causa de un bubón que le descubrieron debajo del -brazo, hizo sospechar al que lo curaba lo que era en realidad: á los -cuatro días de su estancia en dicho hospital, murió. - -La junta de sanidad hizo tapiar la casa que él había habitado, y separó -á la familia del roce de los demás: sus ropas y la cama que había -ocupado en el hospital, fué todo arrojado al fuego: dos enfermeros que -le habían cuidado, y un pobre fraile que le había asistido, cayeron -enfermos pocos días después, y los tres de la peste. Las sospechas que -se tuvieron desde un principio tocante á la naturaleza del mal, y las -precauciones que se tomaron, impidieron que el contagio se propagase -más. - -Pero el soldado había dejado fuera semillas que no tardaron en -germinar. El amo de la casa en la cual se había alojado fué el primer -atacado. Éste se llamaba Carlos Colonna, tocador de laúd. Entonces -todos los moradores de dicha casa fueron conducidos al lazareto por -disposición de la junta de sanidad, en donde la mayor parte enfermaron: -algunos murieron poco tiempo después, declarados públicamente apestados. - -Entretanto el contagio minaba sordamente la ciudad: pocos fueron los -progresos que hizo en lo restante del año, y en los primeros meses del -siguiente de 1630. De cuando en cuando, tan pronto en éste, tan pronto -en aquel barrio, se sentían atacadas algunas personas, otras sucumbían; -la rareza misma de los casos alejaba las sospechas, y confirmaba más y -más á la multitud en la estúpida y homicida confianza de que no existía -tal peste, ni tan siquiera había existido un instante. Además de esto, -muchos médicos, sirviendo como de eco á la voz del pueblo (¿en esta -circunstancia era también la voz de Dios?), se mofaban de los presagios -siniestros, de las advertencias amenazadoras de unos pocos colegas -suyos: aquéllos tenían sin cesar en los labios los nombres de las -enfermedades ordinarias, para calificar todos los casos de peste que -eran llamados á curar, con cualquier síntoma y señal que apareciesen. - -La noticia de estos accidentes, aun cuando llegaban á la junta de -sanidad, eran por lo regular tarde y de una manera incierta. El temor -de la _contumacia_[16] y del lazareto, aguzaba todos los ingenios; -no se daba parte de los que caían enfermos, se corrompía á los -sepultureros y ministros de justicia, y obtenían á fuerza de dinero -certificaciones falsas de algunos agentes subalternos de la junta de -sanidad, comisionados por ésta para reconocer los cadáveres. - -Los médicos que, convencidos de la realidad del contagio proponían -precauciones y trataban de hacer participar á sus demás colegas su -dolorosa certeza, eran objeto de la pública animadversión. Los más -moderados los acusaban de ignorancia y obstinación; á los ojos de la -mayor parte, eran unos impostores declarados, los cuales habían urdido -semejante intriga para explotar en favor suyo el espanto público. -Ludovico Settala, en dicha época anciano casi octogenario, hombre -célebre por su saber y por su gran reputación de probidad, estuvo -expuesto á ser víctima inocente de lo que acabamos de referir. Un día -que iba en su litera á visitar á los enfermos, el pueblo empezó á -arremolinarse en torno suyo, gritando que él era el jefe principal de -los que querían que la peste estuviese en Milán, y que alarmaba á la -ciudad para dar ocupación á los médicos. Viendo los conductores que -la multitud iba creciendo, y los gritos é imprecaciones aumentándose -á cada instante, consiguieron después de mucho trabajo y esfuerzos -llevarle á una casa de unos amigos del doctor, que por fortuna se -encontraba próxima á aquel paraje. - -Pero á fines del mes de marzo, primeramente en el barrio de la Puerta -Oriental, y en seguida en toda la ciudad, las enfermedades, las muertes -acompañadas de extraños espasmos, palpitaciones, letargos, delirio, y -de manchas lívidas y bubones, empezaron á ser más frecuentes. En el -lazareto reinaba la mayor confusión, en donde la población diariamente -diezmada iba siempre en aumento. La serenidad de los magistrados, -hasta entonces tan tranquila, empezó á turbarse. El consejo de los -decuriones, no sabiendo á quién volverse, acudió á los capuchinos. -Suplicaron al padre comisario de la provincia, que desempeñaba las -funciones de provincial, el que había muerto pocos días antes, que les -suministrase una persona capaz de dirigir aquel paraje entregado á la -desolación. El comisario les propuso en calidad de principal al padre -Félix Casati, hombre de edad madura que gozaba de gran reputación de -ser persona muy caritativa, activa, humilde, y al propio tiempo de gran -fortaleza de ánimo, reputación bien merecida así que se dió á conocer. -Se le nombró, como en calidad de compañero y ayudante á un tal padre -Miguel Pozzobonelli, joven aún, mas tan grave y severo en ideas como de -aspecto. Fueron aceptados sus servicios con mucha alegría, y el 30 de -marzo entraron en el lazareto. El presidente de la junta de sanidad, -en persona, los acompañó á tomar posesión. Convocó á los sirvientes y -empleados de todas clases, y declaró á su presencia presidente de aquel -lugar al padre Félix, con plena y absoluta autoridad. Á medida que el -espantoso tropel de los apestados iba creciendo en el lazareto, acudían -más padres capuchinos, y éstos, no sólo llenaron bien y cumplidamente -sus deberes de religiosos, sino que también desempeñaron los oficios -más humildes y desagradables, pues hacían cuando era necesario de -confesores, administradores, enfermeros, guardarropas, cocineros, -lavanderos y demás que se ofrecía. El padre Félix, siempre apresurado y -solícito, visitaba de día y noche los pórticos, las salas, los vastos -corredores, algunas veces con una alabarda en la mano, otras armado con -sólo su cilicio. Animaba y regulaba todos los servicios, apaciguaba -los desórdenes, solventaba las disputas, amenazaba, castigaba, -reprendía, consolaba, enjugaba y esparcía lágrimas. Á los pocos días -de haber entrado en el lazareto, fué atacado de la peste; mas habiendo -sanado, volvió á desempeñar sus buenos y piadosos oficios con más ardor -y placer que antes. La mayor parte de sus compañeros sucumbieron, pero -sin experimentar el más leve disgusto ni exhalar queja alguna. - -La obstinación de los incrédulos, en negar que la peste existía, -fué cediendo poco á poco y perdiéndose, á medida que la enfermedad -se extendía; mucho más, que habiendo permanecido hasta entonces -concentrada solamente en la clase pobre, empezó á herir á los -personajes más conocidos. Entre éstos debemos hacer particular mención -del protomédico Settala. Sufrieron el contagio él, su esposa, dos -hijos y siete personas de su servidumbre. ¿Confesarían entonces que el -infeliz anciano tenía razón? ¡Quién sabe! El doctor y uno de los hijos -se restablecieron; y el resto de la familia pereció. Estos casos, dice -Tadino, ocurridos en la ciudad y en casa de los nobles, hizo abrir -los ojos á éstos y á todos los demás, y los médicos incrédulos, y la -plebe ignorante y temeraria, empezó á apretar los labios, rechinar los -dientes, y á fruncir las cejas. - -No pudiendo, pues, negar los efectos del mal, y no queriendo reconocer -la causa, porque esto hubiera sido confesar al propio tiempo un grande -error y una terrible falta, los incrédulos inventaron otra cosa que -estaba conforme con las preocupaciones de aquel tiempo. Existía en -aquella época en toda Europa la creencia de sortilegios, de operaciones -diabólicas, de que había gentes conjuradas para esparcir la peste -por medio de venenos contagiosos y maleficios. Ya éstas ó semejantes -cosas habían sido supuestas y creídas en muchas otras epidemias, y -principalmente en la que hubo en Milán el siglo anterior. Añádase á -esto que á fines del año precedente había llegado un despacho firmado -por el mismo rey Felipe IV, dirigido al gobernador, en el cual aquél -le avisaba, que cuatro franceses sospechosos de esparcir sustancias -venenosas y pestilentes, se habían escapado de Madrid, y que por lo -tanto, que estuviese alerta y sobre aviso por si acaso trataban de -penetrar en Milán. El gobernador había comunicado el citado despacho -al senado y á la junta de sanidad. Semejante circunstancia no llamó -absolutamente la atención; pero cuando la peste hubo estallado y fué -reconocida por todos, entonces se trajo á la memoria el mencionado -aviso, y pudo servir para confirmar y dar motivo á la vaga sospecha de -un fraude criminal. - -Mas dos incidentes, producidos el uno por un miedo ciego y desordenado, -y el otro no sabemos por qué maldad, convirtieron la vaga sospecha de -un crimen posible en verdadera sospecha, y para muchos en la certeza -de un atentado positivo y de un complot real. Algunas personas que -habían creído ver en la tarde del 17 de mayo á ciertos individuos en -la catedral frotar una barandilla que servía para separar el sitio -designado á ambos sexos, hicieron trasladar durante la noche dicha -barandilla y una gran cantidad de bancos. El presidente de la junta -de sanidad, acompañado de cuatro miembros más, se encaminó á visitar -la barandilla, los bancos, y las pilas de agua bendita, en donde nada -encontró que pudiese confirmar la ridícula sospecha de maleficio -alguno. Sin embargo, para complacer á las imaginaciones meticulosas, _y -más bien por un exceso de precaución que por necesidad_, decidieron que -sería suficiente lavar la barandilla. Esta enorme porción de efectos -hacinados produjo una grande impresión de espanto sobre la multitud, -para la cual el menor objeto sirve de fundamento para hacer un tropel -de conjeturas. Se dijo y se tuvo por cierto, que los envenenadores -habían frotado todos los bancos, las paredes de la catedral y hasta las -cuerdas de las campanas. - -Á la mañana siguiente, un nuevo espectáculo más extraño y más -significativo sobrecogió el ánimo y la vista de los habitantes. Por -toda la ciudad se vieron las puertas de las casas y las paredes -embadurnadas con cierta inmundicia de un blanco amarillento que parecía -haber sido dado con esponjas. Ya sea que esto fuese una estudiada -maldad para excitar un espanto más general y terrible, ya el designio -más culpable todavía de aumentar el desorden público, ó cualquiera otra -cosa, lo cierto es que ello está de tal modo demostrado, que parecería -menos razonable atribuirlo á un sueño de muchos, que á un hecho -verdadero de algunos; hecho que por lo demás no hubiera sido el primero -ni el último de tal género. - -La ciudad, ya alarmada, se puso más y más; los dueños de las casas -purificaban con humo de paja los sitios infestados; los que pasaban -se detenían, miraban y se estremecían de horror. Los forasteros, -sospechosos por este solo motivo, y fáciles de ser conocidos por -su traje, se veían detenidos en las calles por el pueblo, y eran -conducidos á presencia de la autoridad. Hicieron interrogatorios, -examinaron á los arrestados, á los que los habían detenido y á los -testigos presenciales de dichas capturas; mas no resultó reo alguno: -los cerebros se hallaban incapaces de reflexionar, de inquirir y -comprender. La junta de sanidad dió un bando, en el cual prometía una -recompensa y la impunidad á los que declarasen el autor ó autores de -semejante atentado. _De todos modos no pareciéndonos conveniente_, -dicen aquellos señores en su carta dirigida al gobernador, cuya fecha -es del 21 de mayo, pero que fué evidentemente escrita el 19, día puesto -en el bando impreso, _que este delito quede impune, máxime en tiempos -tan peligrosos y agitados, para consuelo y tranquilidad del pueblo, y -para sacar algún indicio del hecho, hemos publicado hoy un bando, &c._ -Sin embargo, en el citado bando no aparecía prueba alguna de aquella -razonable y tranquilizadora conjetura que participaban al gobernador; -silencio que demuestra á un tiempo una preocupación furiosa en el -pueblo y en los miembros de la junta, una condescendencia tanto más -vituperable cuanto más perniciosa podía ser. - -Mientras que la junta de sanidad buscaba ó fingía buscar, muchas -gentes, como acontece siempre, ya habían encontrado. Los que creían que -aquello era una sustancia venenosa, decían ser una venganza que había -tomado D. Gonzalo Fernández de Córdoba por los insultos recibidos á su -partida; quien pretendía que era una invención del cardenal Richelieu -para despoblar á Milán y apoderarse sin trabajo de la ciudad; otros, -por último, y no puede hallarse la razón de esto, designaban como -autor al conde de Collalto, de Vallenstein, á éste ó á aquel noble -milanés. No faltaban también, según llevamos dicho, algunos que no -veían en aquel hecho más que una refinada maldad, atribuyéndolo á los -estudiantes, á los señores, á los oficiales, que se fastidiaban en el -sitio de Casal. El ver, pues, como habían temido, que no seguían -directamente el contagio y una mortandad universal, fué por lo regular -la causa de que el primer espanto se calmase por entonces, y que la -cosa fuese ó pareciese quedar puesta en el olvido. - -Aún existía un gran número de personas persuadidas de que aquello -no era peste, y á causa de que tanto en el lazareto, como en la -ciudad, sanaban algunos, se decía (los últimos argumentos de una -opinión destruida por la evidencia, son siempre dignos de notarse), -se decía por la plebe, y también por muchos médicos parciales, que á -ser verdadera epidemia, todos los atacados habrían muerto[17]. Para -disipar todas las dudas, la junta de sanidad halló un expediente -proporcionado á la necesidad, un modo de hablar á los ojos tal como -las circunstancias podían reclamarlo ó sugerirlo. En uno de los días -festivos de la pascua de Pentecostés, los habitantes de la ciudad -tenían la costumbre de concurrir al cementerio de S. Gregorio, situado -en las afueras de la Puerta Oriental, con el objeto de rogar por los -difuntos de la epidemia anterior que se hallaban enterrados en dicho -paraje; y haciendo de la devoción un motivo de diversión y espectáculo, -cada uno se adornaba del mejor modo posible. Aquel mismo día había -fallecido de la epidemia una familia entera. En la hora de mayor -concurrencia, en medio de las carrozas, de la gente de á caballo y de á -pie, los cadáveres de la mencionada familia fueron conducidos de orden -de la junta de sanidad en un carro, desnudos, hacia dicho cementerio, -á fin de que la multitud pudiese ver en ellos las señales manifiestas -y horrorosas del mal. Un grito de horror y de espanto se elevaba por -doquier pasaba el carro, un prolongado murmullo reinaba todavía después -de su paso, y finalmente otro murmullo le precedía. La peste ya fué -más creída, pero además, ella misma trabajaba diariamente en probar -su existencia, y aquella misma reunión debió contribuir no poco á -propagarla. - -Así, pues, en un principio nada de peste, absolutamente nada; estaba -prohibido el pronunciar tan solo su nombre; luego eran fiebres -pestilenciales; después, peste no, es decir, sí, pero se debía entender -de cierto modo; no verdadera peste, sino una cosa á la cual no se le -podía encontrar otro nombre. Por último, ya lo era indudablemente y -sin réplica, pero iba adherida otra idea, la de los envenenamientos -y maleficios, la cual alteraba y desnaturalizaba la triste é -incontestable realidad. - -Creemos que no es necesario estar muy versados en la historia de las -ideas y de las palabras, para ver que siempre han llevado el mismo -camino. Por fortuna, de esta especie é importancia no hay muchas que -adquieran su evidencia á semejante precio, y á los males se pueden unir -también terribles accesorios. Se podría, sin embargo, tanto en las -cosas pequeñas como en las grandes, evitar en gran parte este curso -largo y tortuoso, adoptando el método propuesto hace ya algún tiempo de -observar, escuchar, comparar y reflexionar, antes de hablar. - -Pero el hablar es una cosa mucho más fácil ella sola que todas las -demás juntas; y nosotros mismos, quiero decir, nosotros, los hombres en -general, tenemos precisión de ser un poco indulgentes sobre ese punto. - - - NOTAS: - -[15] (Vida de Federico Borromeo, escrita por Francisco Rivola. Milán, -1666, pág. 582).--_Nota del autor._ - -[16] Dan este nombre á las casas y efectos de los apestados. Hay -ciertos géneros, que aun en tiempos normales, están sujetos á una -cuarentena muy rígida; la lana es una de las mercaderías á las cuales -llaman contumaces.--_Nota del traductor español._ - -[17] Tadino, pág. 93. - - - - - CAPÍTULO DECIMOCUARTO - - -Entretanto, cada día se hacía más difícil hacer frente á las -exigencias dolorosas de las circunstancias. El consejo de los -decuriones resolvió en 4 de mayo recurrir al gobernador. El día 22 -fueron enviados al campo dos miembros de dicho consejo, los cuales le -representaron el estado de miseria y escasez de la ciudad, la enormidad -de los gastos, el tesoro exhausto y lleno de deudas, las rentas de los -años venideros empeñadas, las contribuciones corrientes no pagadas, á -causa de la miseria general producida por tantos motivos, y sobre todo -por el consumo excesivo que hacían las tropas. También le hicieron -presente que por una multitud de leyes y costumbres no interrumpidas, -y, por un decreto especial de Carlos V, los gastos ocasionados por -la epidemia debían ser á cargo del fisco; que, en la del año 1576 -había el gobernador, marqués de Ayamonte, no sólo suspendido todos los -impuestos, sino que también había dado á la ciudad cuarenta mil escudos -para subvenir á las necesidades. Por último, los diputados pidieron -cuatro cosas, á saber: que fuesen suspendidos los impuestos como -antiguamente; que la cámara diese dinero; que el gobernador informase -al rey acerca de la pobreza de la ciudad y de la provincia, y que -dispensase de la carga de nuevos alojamientos militares al país, ya -arruinado con los pasados. - -El gobernador les dió por respuesta pésames y nuevas exhortaciones, -sintiendo mucho el no poder encontrarse en la ciudad para emplear -todos sus cuidados en procurar su alivio, pero esperando al mismo -tiempo que el celo de los magistrados supliría esta falta; que -las circunstancias exigían gastar sin economía, y que era preciso -ingeniarse de cualquier modo que fuese. En cuanto á las peticiones -expresadas, _proveeré en el mejor modo que el tiempo y necesidades -presentes permitieren_; concluyendo la carta con un garrapato que -quería decir, Ambrosio Spínola, tan claro como sus promesas. El gran -canciller Ferrer le escribió que su contestación había sido leída -por los decuriones _con gran desconsuelo_; finalmente, á todas las -preguntas contestó con respuestas evasivas; los demás mensajes que le -enviaron tuvieron los mismos resultados. Algún tiempo después, cuando -la epidemia se hallaba en su mayor fuerza, el gobernador confirió su -autoridad al citado Ferrer, teniendo él, según decía, que dedicarse -exclusivamente á los cuidados de la guerra, la cual, sea dicho aquí de -paso, después de haberse llevado ya, por la parte más corta, un millón -de personas, sin contar los soldados, por medio del contagio, entre -la Lombardía, el territorio veneciano, el Piamonte, la Toscana y la -Romanía; después de haber desolado, como hemos visto más arriba, los -lugares por donde pasó; después de la toma y atroz saqueo de Mantua, -finalizó reconociendo todos al nuevo duque, por cuya exclusión se había -emprendido la expresada guerra. Sin embargo, es preciso decir que se -vió obligado á ceder al duque de Saboya una parte del Monferrato, cuyas -rentas ascendían á quince mil escudos, y otras tierras á Ferrante, -duque de Guastalla, que redituaban seis mil: que fué hecho otro tratado -aparte, y con el mayor secreto, en el cual el mencionado duque de -Saboya cedió Piñerol á la Francia: tratado llevado á ejecución poco -tiempo después bajo otros pretextos y á fuerza de picardías. - -Juntamente con aquella resolución, los decuriones habían tomado otra, -á saber, la de pedir al cardenal arzobispo que se hiciese una solemne -procesión, llevando por la ciudad el cuerpo de S. Carlos. El buen -prelado rehusó por muchas razones. La confianza en un medio dudoso le -desagradaba, y temía que si el efecto no correspondía, según pensaba, -aquélla no se convirtiese en escándalo. Temía además que si había -envenenadores, la expresada procesión serviría de ocasión favorable -para cometer el crimen; si no los había, recelaba que una tan gran -reunión de gente no podía hacer más que propagar el contagio, peligro -mucho más real y verdadero. La sospecha acerca de los envenenadores, -adormecida hasta entonces, se despertó más general y furiosamente que -antes. - -Se había visto de nuevo, ó se había creído ver al presente, untadas las -paredes, las puertas de los edificios públicos, las de las casas y las -aldabas con sustancias venenosas. La noticia de tales descubrimientos -volaba de boca en boca, y como sucede siempre cuando los ánimos están -preocupados, el oir referir la cosa producía el mismo efecto que si se -viese. Los espíritus agriados cada vez más, y sobremanera irritados -por la inminencia del peligro, abrazaban voluntariamente aquella -creencia; pues la cólera aspira á castigar; y como observó sabiamente, -á propósito de esto, un hombre célebre[18], gusta más atribuir los -males á una perversidad humana, contra la cual se puede ejercer la -venganza, que no á otra causa, á la que es indispensable resignarse. -La idea de un veneno sutil, instantáneo, y en sumo grado penetrante, -era motivo más que suficiente para explicar la violencia, todos los -accidentes más incomprensibles y desordenados de la enfermedad. Decíase -que en la composición de dicho veneno, entraban sapos, culebras, y -pus y baba de los apestados; en fin, todo lo que las imaginaciones -feroces y perversas podían encontrar de más irritante. Añadíanse á esto -los maleficios, por cuyo medio todo efecto lograba ser posible, toda -objeción venía á quedar sin fuerza, toda dificultad se resolvía. Si -los efectos no habían seguido inmediatamente á la primera tentativa, -fácilmente se adivinaba la causa; consistía en que los envenenadores -eran todavía novicios, mientras que al presente el arte se había -perfeccionado, y las voluntades estaban mejor afirmadas en su infernal -resolución. Si alguno se hubiera atrevido á sostener que aquello era -una burla, si hubiese negado la existencia de una negra trama, habría -pasado por ciego, por un obstinado, si no se le sospechaba interesado -en distraer de la verdad la atención pública, ó de ser cómplice ó -envenenador[19], este vocablo se hizo rápidamente común, solemne, -terrible. Era tal el convencimiento de que existían envenenadores, que -se debían descubrir casi infaliblemente; todos los ojos estaban alerta; -la acción más indiferente podía excitar sospechas, cambiándose éstas -muy pronto en certidumbre, y la certidumbre en furor. - -En confirmación de lo dicho, Ripamonti cita dos hechos, siendo de -advertir el haberlos escogido, no como los más atroces de los que -tenían lugar diariamente, sino porque desgraciadamente los había -presenciado ambos. - -En la iglesia de S. Antonio, cierto día de no sé qué solemnidad, un -anciano más que octogenario, después de haber orado un rato puesto -de rodillas, quiso sentarse, y antes de verificarlo sacudió el polvo -con su capa. “¡Aquel viejo unta los bancos!”. gritaron á un tiempo -algunas mujeres que vieron aquella acción. La gente que se hallaba -en la iglesia (¡en la iglesia!) se arroja inmediatamente sobre el -anciano, ásenle de sus blancos cabellos, le dan de puñadas y puntapiés, -lo lanzan, lo empujan hacia fuera; si no acabaron con él, fué para -arrastrarlo medio muerto á la cárcel, ante el juez, al tormento. Yo -mismo en persona vi en tan deplorable situación, á aquel desgraciado, -dice Ripamonti, é ignoro el fin de su dolorosa aventura; pero estoy -segurísimo que sobreviviría muy pocos instantes á tan bárbaros y -crueles tratamientos. - -El otro caso tuvo lugar al siguiente día; fué igualmente extraño, pero -no de funestas consecuencias. Tres jóvenes amigos franceses, el uno -literato, el otro pintor y el tercero mecánico, recién llegados con el -objeto de visitar la Italia toda, estudiar las antigüedades y hacer -algún dinero, se acercaron á cierta parte exterior de la catedral -y se pusieron á contemplarla con la mayor atención. Uno que pasaba -los vió y se paró; hizo señas á un segundo, éste á un tercero, y así -sucesivamente, hasta formar un círculo á su alrededor; no se les perdió -de vista un solo momento, porque su traje, su peinado, su equipaje, -en fin, los acusaba de extranjeros, y lo que era peor entonces, de -franceses. Para cerciorarse de que la pared era de mármol, alargaron -la mano para tocarla: esto fué lo suficiente. En un momento fueron -envueltos, atados, abrumados de golpes y arrastrados á la cárcel. Por -fortuna el palacio de justicia está cerca de la catedral, y también -felizmente para ellos, los hallaron inocentes y los soltaron. - -Todo esto no sucedía solamente en la ciudad: el frenesí se había -propagado del mismo modo que el contagio. El viajero encontrado por -los aldeanos fuera del camino real, ó que en este mismo se parase con -el objeto de mirar cualquiera cosa por insignificante que fuese, ó se -echase para descansar un poco; el desconocido que en su aspecto ó en -su traje les pareciese tener algo de extraño ó sospechoso, al instante -eran calificados de envenenadores. Al solo aviso del primero que los -veía, al grito de un niño, se tocaba á rebato, y todo el mundo acudía; -los desventurados se veían asediados por una granizada de piedras, ó -cogidos y conducidos á la cárcel con la mayor violencia por un pueblo -furioso. Acerca de esto dice el citado Ripamonti que en aquellas -circunstancias la cárcel era un lugar de seguridad. - -Entretanto los decuriones á quienes la denegación del sabio prelado -no había desanimado, redoblaban las instancias que el voto público -secundaba por medio de sus clamores. Federico se resistió aún algún -tiempo, trató de convencerlos en todo lo que puede la razón de un -hombre contra la fuerza de los tiempos y la insistencia de muchos. Por -último, después de haber sido instado con exceso, cedió: no diremos que -fuese ó no causa de una voluntad un poco débil, hizo más que consentir -en que se verificase la procesión: permitió que la urna que encerraba -las reliquias de S. Carlos permaneciese expuesta por espacio de ocho -días á la pública veneración sobre el altar mayor de la catedral. - -La junta de sanidad y las autoridades no se opusieron ni hicieron -demostración de ninguna especie en contra de semejante disposición. -Únicamente la expresada junta ordenó algunas precauciones, que sin -reparar el peligro, indicaban el temor. Dió las más severas órdenes con -el objeto de impedir la entrada en la ciudad á las gentes de afuera; y -á fin de asegurar mejor la ejecución, hizo cerrar las puertas. Quiso -también alejar todo lo posible de la concurrencia á los infestados y -sospechosos, y mandó clavar las puertas de las casas secuestradas, -las cuales, según dice un escritor contemporáneo, ascendían casi á -quinientas. - -Se gastaron tres días en los preparativos. Al rayar la aurora del día -11 de junio, que era el señalado, salió la procesión de la catedral. -Veíase en primer lugar una larga fila de pueblo, compuesta la mayor -parte de mujeres con el rostro cubierto de grandes máscaras de seda, -muchas con los pies descalzos y revestidas de cilicios. Seguían luego -los gremios, precedidos por sus estandartes, las cofradías con trajes -de varias formas y colores; después el clero regular y secular, cada -uno con las insignias de su dignidad, y llevando en la mano un cirio -encendido. En medio de dicha procesión, entre el brillante resplandor -de un sinnúmero de hachas, de la melodiosa armonía de los cánticos, -y debajo de un rico palio, avanzaba la urna, llevada en andas por -cuatro canónigos vestidos con largos y rozagantes trajes de seda, cuyos -individuos se relevaban de cuando en cuando. Al través de los cristales -de la citada urna se divisaban los mortales despojos del santo, -revestido de magníficos hábitos pontificales, y cubierta la cabeza -con la mitra. En sus facciones descompuestas y mutiladas se podían -distinguir aún algunos vestigios de su antiguo semblante, según nos -le representan las imágenes, tal como algunos se acordaban de haberlo -visto y honrado en vida. Detrás de los despojos del santo prelado -(dice Ripamonti, del cual principalmente tomamos esta descripción), y -próximo á él, tanto por sus méritos, linaje y dignidad, como por su -persona, venía el arzobispo Federico. Seguía luego el resto del clero; -después los magistrados en traje de ceremonia, tras éstos los nobles; -unos ricamente vestidos, como en solemne demostración del culto; otros -en señal de penitencia enlutados, descalzos y cubiertos de cilicios, -oculto el semblante bajo oscuras capuchas; todos con hachas encendidas. -Por último, una inmensa muchedumbre de pueblo terminaba el suntuoso -cortejo. - -Toda la carrera por donde había de pasar la procesión estaba adornada -como en los más solemnes días de fiesta. Los ricos habían sacado sus -adornos más preciosos; las fachadas de las casas pobres habían sido -decoradas por los vecinos pudientes, ó á expensas del público. Aquí -en lugar de colgaduras, y allá sobre las colgaduras mismas se veían -pendientes formando graciosos festones, ondulantes guirnaldas de verdes -hojas; por todas partes se veían cuadros, inscripciones y emblemas; -osténtanse en los balcones ricos jarrones, raras antigüedades, muebles -preciosos, luces por doquier. Divisábanse en muchos de aquellos -balcones á los enfermos separados de comunicarse con los demás que -miraban la procesión, y la acompañaban con sus preces. Las calles -restantes estaban mudas y desiertas; solamente algunas personas desde -lo alto de las ventanas prestaban oído á aquel vago rumor; otras, y -entre éstas se veían hasta religiosas, que se habían subido á las -azoteas para ver si desde dicho sitio podían distinguir, aunque fuese -de lejos, aquella urna, aquel acompañamiento, por último, una tan -suntuosa procesión. - -Ésta pasó por todos los barrios de la ciudad. En cada una de las -encrucijadas ó plazoletas que se encuentran á los extremos de las -calles principales que van á desembocar á los arrabales se hacía una -parada: colocábase la urna junto á las cruces erigidas por S. Carlos en -la anterior epidemia, de las cuales permanecen en pie algunas hoy día; -de modo que la procesión dió la vuelta á la catedral poco después del -mediodía. - -Mas al día siguiente, mientras que reinaba en los ánimos una -presuntuosa confianza, y en muchos la certeza fanática que la citada -procesión debía haber puesto fin á la peste, he aquí que el número -de muertos aumentó en todas las clases y en toda la ciudad, con tal -exceso, y de un modo tan repentino, que no hubo nadie que no viese -la causa ó la ocasión en la procesión misma. Mas ¡oh poder admirable -y doloroso de una preocupación general! el mayor número no atribuyó -este efecto á hallarse reunidas tantas personas, ni á la infinita -multiplicación de contactos fortuitos, sino á la facilidad que habían -tenido los envenenadores para ejecutar en grande sus infernales -designios. Se dijo que mezclados entre la multitud habían infestado -con sus untos á toda la gente que les fué posible. Pero como esta -idea no podía ser suficiente para explicar una mortandad tan vasta -y tan esparcida en toda clase de personas, como según todas las -apariencias, al ojo más atento, que la sospecha hacía más perspicaz, -no había sido posible hallar unturas ni manchas de ninguna especie, -ni en las paredes, ni en otra parte alguna, se recurrió para la -explicación del hecho á otro expediente ya antiguo y muy admitido por -la opinión general en Europa, á saber: la existencia de polvos mágicos -y emponzoñados. Se aseguró que dichos polvos sembrados con profusión -por la carrera, y principalmente en los parajes en donde la procesión -hacía alto, se habían pegado á las colas de los vestidos, y todavía más -en los pies de los muchos que habían ido aquel día descalzos. Vióse -por tanto, dice un célebre escritor contemporáneo[20], el mismo día -de la procesión, mezclada la piedad con la impiedad, la perfidia con -la sinceridad, y la pérdida con la adquisición. ¡De tal modo el pobre -entendimiento humano se complace en debatir con los fantasmas creados -por él mismo! - -Desde entonces la furia del contagio fué siempre en aumento; al poco -tiempo no quedó casa que estuviese libre de él. El número de los -enfermos dentro del lazareto ascendió desde dos mil hasta doce mil; y -más tarde, según el decir de todos, llegó hasta diez y seis mil. El 4 -de julio, según se encuentra en una carta dirigida por los miembros -de la junta de sanidad al gobernador, la mortandad diaria pasaba -de quinientas víctimas; más adelante, cuando la enfermedad llegó á -su colmo, según el cálculo más común, morían mil doscientos, mil -trescientos; y si hemos de dar crédito al doctor Tadino, hubo días en -que llegaron á más de tres mil quinientos. Él mismo afirma, que por -las pesquisas hechas después de la peste se vió la población de Milán -reducida á poco más de sesenta y cuatro mil almas, siendo así que antes -pasaban de doscientas cincuenta mil. Según Ripamonti, sólo constaba el -pueblo de Milán de doscientas mil: al hablar del número de muertos, -dice que por los registros de la ciudad resultan ciento cuarenta mil, -además de los que no pudieron entrar en cuenta. Los demás escritores de -aquella época dicen poco más ó menos lo mismo. - -¡Júzguese cuáles serían las angustias de los decuriones, á quienes -había quedado la pesada carga de proveer á las necesidades públicas, -y reparar lo que era reparable en un desastre semejante! Veíanse -precisados á sustituir y aumentar diariamente á los individuos -encargados de prestar al público servicios de toda especie. Se dividían -en tres clases: la una era de los _monatti_; esta denominación era -ya muy antigua y de dudoso origen, designando con ella á los hombres -dedicados á los trabajos más terribles y peligrosos durante la -epidemia, pues quitaban los cadáveres de las casas, de las calles, -los conducían en carros hasta el sitio en donde los enterraban, -verificándolo ellos mismos; llevaban los atacados al lazareto, los -cuidaban; en fin, quemaban y purificaban los objetos infestados -y sospechosos. La segunda clase era conocida bajo el nombre de -_apparitori_; sus funciones especiales eran ir delante de los carros -mortuorios, avisando por medio del sonido de una campanilla á los -transeúntes que se apartasen, y finalmente, la tercera clase, á los que -daban el nombre de _comisarios_, que presidían á unos y á otros, bajo -las inmediatas órdenes de la junta de sanidad. Era indispensable que el -lazareto estuviese provisto de médicos, cirujanos, drogas, alimentos, -de todo el ajuar en fin necesario á un hospital; siendo preciso también -hallar y disponer otros sitios para acoger á los enfermos que todos -los días iban en aumento. Con este objeto se mandaron construir á -toda prisa chozas de madera y paja en todo el circuito del lazareto, -planteóse otro nuevo, formado de cabañas, y rodeado de un cercado de -tablas, capaz de contener en su interior cuatro mil personas; y no -bastando esto, ordenaron hacer otros dos; pusieron manos á la obra, -pero faltando medios, quedaron sin concluir. Los recursos, los brazos y -el valor iban disminuyendo á medida que se acrecentaban las necesidades. - -No sólo la ejecución quedaba siempre detrás de los proyectos y de las -órdenes, no sólo se proveía con mucho trabajo y únicamente con palabras -á un gran número de necesidades perentorias, sino que se llegó á un -grado tal de impotencia y desesperación, que al fin y al cabo aun este -último recurso faltó del todo. Cada día por ejemplo morían abandonados -una gran multitud de niños, cuyas madres habían muerto de la peste. -La junta de sanidad propuso fundar una casa de asilo para esas -inocentes criaturas, como igualmente para las mujeres más indigentes -que estuviesen de parto, ó á lo menos que se hiciese algo en favor de -ellas; mas nada pudo alcanzar. Todos los socorros eran exclusivamente -para la soldadesca, porque el gobernador decía que se estaba en tiempo -de guerra, y era necesario tratar bien á los soldados. - -Entre tanto, hallándose colmado de cadáveres un ancho y profundo foso -que se había hecho junto al lazareto, y quedando no sólo en él sino -en todas partes de la ciudad insepultos los nuevos cadáveres, que -aumentaban á cada instante; los magistrados, después de haber buscado -en vano brazos para desempeñar tan tristes faenas, se veían reducidos -á decir que no sabían ya qué partido tomar. Ignoramos de qué modo se -hubiera concluido semejante calamidad, á no haber venido un socorro -extraordinario. El presidente de la junta de sanidad acudió lleno de -desesperación y con los ojos anegados en lágrimas á aquellos dos buenos -é intrépidos frailes que gobernaban el lazareto. El padre Miguel se -empeñó en desembarazar á la ciudad de los cadáveres que la obstruían, -en el término de cuatro días, y en cavar, en una semana, dos fosos -que bastasen no sólo á las necesidades del momento, sino también á -lo que pudiese sobrevenir en lo sucesivo. Seguido de un compañero -también religioso, y de algunas personas de la sanidad nombradas por -el presidente, se dirigió al campo en busca de aldeanos; y en parte -por la autoridad de la expresada junta, en parte por la de su hábito -y palabras, reunió cerca de doscientos; á los cuales mandó hacer tres -grandes fosos; envió en seguida del lazareto á los _monatti_ para -que recogiesen los muertos; verificándose de tal manera, que el día -prefijado su promesa quedó cumplida. - -Una vez el lazareto se quedó sin médicos; á fuerza de trabajo, de -mucho tiempo, y de grandes ofertas de dinero y honores, se pudieron -encontrar algunos, pero no los necesarios. Con frecuencia faltaban -víveres hasta el punto de hacer temer que el hambre contribuiría á -acrecentar el número de muertos; y más de una vez, mientras que se -ponían en práctica todos los medios posibles para buscar dinero ó -provisiones, con la esperanza no solamente de no hallarlo á tiempo, -sino ni aun de hallarlo nunca, llegaban de pronto abundantes socorros, -don inesperado de la caridad de particulares. En medio del aturdimiento -general, de la indiferencia que se experimentaba por las desgracias de -los demás, indiferencia que hacía nacer el temor que tenía cada uno -de por sí, se encontraron sin embargo almas piadosas que estuvieron -siempre dispuestas á dispensar beneficios, y otras personas además á -quienes la caridad nació con motivo de la pérdida de todas las alegrías -terrestres; así como en medio de la destrucción y terrible estrago que -reinaban se vieron hombres que emprendieron la fuga, siendo así que -eran los que debían velar y proveer á la seguridad pública, aparecieron -al propio tiempo otros que, siempre sanos de cuerpo y de un valor á -toda prueba, permanecieron fieles en su puesto: hubo también otros que, -por una admirable adhesión de piedad, tomaron sobre sí y llenaron con -una constancia heroica las funciones á las cuales no les llamaban sus -deberes. - -Pero sobre todo, en lo que fué más digno de notarse la constancia más -firme y espontánea con respecto á desempeñar la penosa obligación que -les era impuesta, fué, repito, en los sacerdotes. En los lazaretos, en -la ciudad, su asistencia jamás faltó; por doquier había sufrimientos, -allí se les encontraba, siempre mezclados y confundidos entre los -enfermos y moribundos, estando ellos mismos con frecuencia moribundos -y expirando. Junto con los auxilios espirituales, prodigaban en cuanto -les era posible los temporales, prestando todos los servicios que -requerían las circunstancias. Más de sesenta párrocos de la ciudad -solamente murieron del contagio, cerca la novena parte de ellos. - -Federico, como no podía menos de esperarse, inspiraba valor á todos, -y era el primero en dar ejemplo. Después de haber visto perecer en su -mismo palacio á casi todas las personas que le rodeaban, siendo rogado -por su familia, por las principales autoridades y príncipes vecinos -para que huyese del peligro yendo á vivir á una quinta aislada, rechazó -sus consejos é instancias con el mismo valor con que escribía á los -curas de su diócesis: “Estad dispuestos á abandonar esta vida mortal, -más bien que á esos desgraciados que son nuestros hijos y nuestra -familia; andad con amor al encuentro de la peste, como si fueseis á -buscar la otra vida, á adquirir un premio, pues que de este modo -podréis conquistar almas para Jesucristo”. No descuidó ninguna de las -precauciones compatibles con sus deberes; dió también instrucciones y -reglas al clero, no importándosele nada absolutamente, ni pareciendo -ver el peligro, por el cual tenía que pasar, al tratar de hacer bien. -Sin hablar de los eclesiásticos, con los cuales estaba siempre, con -el objeto de alabar y dirigir su celo, de excitar á los tibios y -remisos, enviándolos á los parajes en donde otros habían perecido, -quiso que tuviese libre acceso cualquiera que tuviese necesidad de él. -Visitaba los lazaretos para consolar á los enfermos y animar á los -que los servían; recorría la ciudad llevando auxilios á los infelices -incomunicados en sus casas, deteniéndose á sus puertas debajo de sus -ventanas para escuchar sus lamentos, dándoles en cambio palabras de -consuelo é inspirándoles valor. Se lanzó, por último, y vivió en medio -del contagio, admirándose él mismo, así que hubo cesado, de haber -salido ileso. - -Así como en las calamidades públicas, y cuando el orden regular se -ve invertido y perturbado por espacio de largo tiempo, se encuentra -siempre un aumento, una sublimidad de virtud; así también igualmente -aparece un acrecentamiento por lo ordinario mucho más general de -perversidad. Los malvados que la epidemia perdonaba y no aterraba -encontraron en la confusión común, en la tibieza de la fuerza pública, -una nueva ocasión de actividad, y al propio tiempo un nuevo y seguro -medio de impunidad, mayormente cuando el uso de la fuerza pública -misma fué á parar en gran parte á manos de los más osados de entre -ellos. Para desempeñar los oficios de _monatti_ y _apparitori_ no -se hallaban más que hombres en quienes el atractivo de la rapiña -y licencia tenía más poder que miedo al contagio y la repugnancia -natural. Se les habían prescrito estrechísimas reglas, intimado las -más severas penas, señalándoles sus puestos, sometiéndoles al mando -de comisarios, según ya hemos dicho, estando unos y otros sujetos -á la autoridad de los magistrados y nobles, con la facultad de -proveer sumariamente á todas las medidas de orden y buen gobierno -que reclamasen las circunstancias. Semejantes disposiciones tuvieron -efecto hasta cierto tiempo; pero creciendo todos los días el número -de muertos, la desolación, el espanto y el aislamiento, se vieron -libres de toda autoridad, faltando quien los tuviese á raya, haciéndose -principalmente los _monatti_ dueños y árbitros de todo. Entraban en -las casas como amos ó como enemigos, y sin hablar del pillaje y de -los malos tratamientos que hacían experimentar á los infelices que la -epidemia condenaba á caer bajo su férula, los malvados ponían sus manos -infestadas y criminales sobre las personas sanas, sobre los hijos, -padres y esposos, amenazándoles con llevarles al lazareto si no se -rescataban ó eran rescatados á fuerza de dinero. Otras veces ponían á -precio sus servicios, rehusando el llevarse los cadáveres en estado ya -de putrefacción si no se les daba tal ó cual suma. Dícese también, y -aun el mismo Dr. Tadino lo afirma, que dejaban caer á propósito de sus -carros los efectos infestados, con el objeto de propagar el contagio, -pues que para ellos era un manantial de riquezas y de regocijo. -Otros bribones, fingiéndose _monatti_, y atándose una campanilla á -los pies, según estaba prescrito como distintivo, y para advertir su -aproximación, se introducían en las casas y robaban á mansalva: en -algunas abiertas sin inquilinos, ó habitadas solamente por algunos -desdichados moribundos, los ladrones las saqueaban á discreción y sin -ninguna especie de temor; otras eran ocupadas é invadidas por esbirros, -los cuales hacían lo mismo, si no peor. - -Á la vez que la perversidad, creció la demencia; todos los errores, -ya más, ya menos dominantes, tomaron á causa del aturdimiento y de -la agitación de los ánimos una fuerza extraordinaria, produciendo -efectos más rápidos y más vastos; todo lo cual sirvió para dar fuerza -y engrandecer el miedo de las unturas consabidas, que según hemos -visto era otra maldad. La imagen de este supuesto peligro asediaba y -atormentaba los espíritus, mucho más que el peligro presente y real. -Además de los montones de cadáveres hacinados siempre á nuestra vista, -dice Ripamonti, los cuales obstruían el paso de los transeúntes, -convirtiendo á la ciudad entera en un vasto cementerio, había otra cosa -más funesta y horrorosa aún; ésta era la desconfianza recíproca, la -monstruosidad de las sospechas... No sólo huía uno de su vecino, de su -amigo y de su huésped, sino que los dulces nombres, los tiernos lazos -de esposo, padre, hijo, hermano, eran objeto de terror; ¡y cosa indigna -y horrible de expresarse!, la misma mesa de la familia, el lecho -nupcial, eran mirados como lazo ó como sitios destinados á ocultar la -ponzoña. - -Después de la ambición y concupiscencia, que fueron los primeros -motivos atribuidos á los envenenadores, llegó á creerse que éstos -encontraban en su modo de obrar cierta voluptuosidad diabólica, cierto -atractivo más poderoso que su voluntad. El delirio de los enfermos, -que se acusaban á sí mismos de lo que habían temido de parte de los -demás, se asemejaban á otras tantas revelaciones voluntarias; lo cual -contribuía para dar crédito á todo aquello. Y más que las palabras eran -las demostraciones las que debían conmover los ánimos, si acontecía -que los enfermos en su delirio hacían lo que en su imaginación se -figuraban que ejecutaban los envenenadores; circunstancia, por otra -parte, muy probable y propia para explicar la persuasión general y el -testimonio de muchos escritores. Así es que durante el largo tiempo -y triste periodo de las pesquisas judiciales tocante á la magia, las -confesiones algunas veces voluntarias de los acusados sirvieron no -poco para esparcir y mantener la opinión que reinaba con respecto á -los sortilegios; pues cuando una opinión obtiene un vasto y prolongado -imperio, se expresa de todos modos, prueba todas las salidas, recorre -todos los grados de la persuasión, y es difícil que todos ó una gran -parte crean por mucho tiempo que se haga una cosa extraña sin que venga -alguno el cual se imagine hacerla. - -Entre las anécdotas, á las cuales dió lugar ese delirio de los -envenenamientos, hay una que merece ser referida por el crédito que -adquirió y por el giro que tomó. Contábase, no por todos del mismo modo -(que sería un privilegio demasiado especial de la fábula), sino casi -unánimemente, que una persona, en tal día, había visto llegar á la -plaza de la catedral un carruaje tirado por seis caballos, y dentro de -él, entre otros que le acompañaban, se hallaba un gran personaje, cuyo -rostro aparecía sombrío y bronceado, sus ojos inflamados, erizados los -cabellos, y en sus labios dibujaba una expresión amenazadora. Mientras -que el espectador permanecía embobado mirando el expresado carruaje, -éste se había parado, y el cochero le invitó á subir, á lo cual no -supo negarse. Después de diversos rodeos, el carruaje se volvió á parar -á la puerta de cierto palacio, en el cual entraron todos, y el curioso -juntamente con ellos, viendo en su interior escenas deliciosas y al -propio tiempo de horror, espantosos desiertos y risueños jardines, -sombrías cavernas y magníficos salones: en uno de éstos, los hombres -fantasmas tomaron asiento y se pusieron á deliberar. Finalmente, le -habían enseñado grandes cajas llenas de dinero, diciéndole que tomase -cuanto quisiera, con tal que aceptase un frasquito del consabido unto, -y fuese á esparcirlo por la ciudad. Mas no habiendo querido consentir, -se había encontrado en un decir Jesús en el mismo sitio en donde había -subido al carruaje. Esta relación, generalmente creída por el pueblo, -y de la cual, según dice Ripamonti, muchos hombres de juicio no se -burlaron lo bastante, se extendió por toda Italia y también fuera de -ella. En Alemania se vieron láminas que representaban dicha paparrucha. -El arzobispo elector de Maguncia, escribió al cardenal Federico, -preguntándole qué había de cierto acerca de los hechos maravillosos que -se decía pasaban en Milán, á lo cual Federico contestó que no eran otra -cosa, que sueños de imaginaciones exaltadas. - -De igual valor, si no en un todo igual naturaleza, eran los sueños -de los hombres instruidos, si bien que sus efectos no eran menos -desastrosos. La mayor parte de ellos veían el anuncio y la causa -de aquellas calamidades en un cometa aparecido en 1628, y en una -conjunción de Saturno con Júpiter. Los mismos médicos que, como Tadino -y Settala habían desde un principio anunciado la peste, viéndola -introducirse por doquier, siguiendo su pista, y observando todos sus -progresos, concluyeron por ceder al torrente de la opinión general, -atribuyendo á envenenamientos, á conjuros diabólicos y á otras mil -patrañas, los accidentes ordinarios de la enfermedad. Entre las muchas -anécdotas que circulaban de boca en boca, se contaba como verídica -la siguiente: Diz que cierto día se introdujeron en la habitación -de un enfermo unas cuantas personas desconocidas, las cuales le -ofrecieron curarle y darle una gran remuneración si untaba las casas -circunvecinas; mas como aquél rehusase, dichas personas habían -desaparecido, quedando en su lugar un lobo debajo de la cama, y encima -tres gatos. - -Los magistrados, diezmados todos los días, aterrorizados y confusos, -empleaban la poca resolución que les quedaba en buscar los -envenenadores. Entre los escritos de aquella época que se conservan -en el archivo general de Milán, se encuentra una carta (sin ningún -documento que se refiera á ella), en la cual el gran canciller Antonio -Ferrer, informa seriamente, y con la mayor urgencia al gobernador, -de haber recibido un aviso, en que se le decía que en una casa de -campo, propia de los hermanos Gerónimo y julio Monti, nobles milaneses, -se componía veneno en tanta cantidad, que cuarenta hombres estaban -ocupados _en este ejercicio_[21], con la ayuda de cuatro caballos -de Brescia, los cuales hacían venir los materiales de Venecia _para -la fábrica de veneno_. Añade que él había tomado con sigilo las -disposiciones necesarias para mandar á la citada quinta al podestá -de Milán y al auditor de la junta de sanidad con treinta soldados de -caballería; que por desgracia uno de los hermanos había sido advertido -á tiempo para hacer desaparecer el cuerpo del delito, y probablemente -por medio del mismo auditor amigo suyo, y que éste buscaba excusas para -dar tiempo y no partir; pero que no obstante, el podestá, acompañado -de fuerza armada, había _ido á reconocer la casa para ver si hallaba -algunos vestigios_, como igualmente para tomar informes y prender á -todos aquellos que fuesen culpables. - -Los procesos á que dieron margen semejantes imposturas, no eran -ciertamente los primeros de este género, y no se pueden, con todo, -considerar como una rareza en la historia de la jurisprudencia. La -descripción que podríamos hacer de dicho proceso, sería larga y -dolorosa; mas éste no es lugar á propósito para tratar de ella con la -atención que merece, pues sería preciso escribir una historia aparte. -Por lo tanto, dejando á otros escritores el cuidado de hacerlo más -circunstanciadamente, volveremos, por último, á buscar á nuestros -personajes, para no abandonarlos ya más hasta el fin. - - - NOTAS: - -[18] P. Verri, en sus observaciones sobre la tortura. - -[19] En aquella época los llamaban en Milán _untori_, que literalmente -traducido, equivale á untadores, dándoles este nombre, porque según -decían, lo untaban todo con sustancias venenosas.--_Nota del T. E._ - -[20] Agustín Lampugnano. - -[21] Todas las palabras en itálicas en el original están en español, -pues ya sabemos que Antonio Ferrer lo era.--_Nota del T. E._ - - - - - CAPÍTULO DECIMOQUINTO - - -Una noche, á fines del mes de agosto, justamente cuando la peste se -hallaba en su mayor incremento en Milán, se dirigía D. Rodrigo á su -casa, acompañado de su fiel _Griso_, uno de los tres ó cuatro que -habían quedado vivos de toda su servidumbre. Volvía de una reunión de -amigos acostumbrados á juntarse para tratar de distraer por medio de -francachelas y comilonas la melancolía inherente á los calamitosos -tiempos que corrían; á cada día que trascorra, se les unían otros -nuevos, al paso que iban faltando de antiguos. Aquel día D. Rodrigo -estuvo sumamente alegre y festivo, y entre otras cosas había hecho reir -mucho á la sociedad con una especie de elogio fúnebre á la memoria del -conde Attilio, arrebatado por la peste dos días antes. - -Sin embargo, á medida que iba andando, sentía un malestar, un -abatimiento, una flojedad en las piernas, una dificultad en respirar, -un ardor interior, que hubiera querido atribuir únicamente al vino, -al continuo trasnochar, á la influencia de la estación. Durante todo -el camino no abrió la boca siquiera; y llegados á casa, la primera -palabra fué ordenar al _Griso_ que le alumbrase hasta su cámara. Cuando -estuvieron en ella, el _Griso_ observó que el semblante de su dueño -estaba desencajado, encendido, los ojos centelleantes y casi fuera -de sus órbitas. Conservábase á una distancia respetuosa, porque en -aquellas peligrosas circunstancias todo bribón se había visto obligado -á adquirir, según vulgarmente se dice, ojo médico. - ---¿Ves? estoy bueno, dijo D. Rodrigo, que leyó en el rostro del -_Griso_ el pensamiento que pasaba por su mente.--Me siento bien; pero -he bebido mucho, acaso demasiado. Ya se ve; la _vernaccia_[22] era -tan excelente... Mas durmiendo bien, todo desaparecerá. El sueño me -abruma... Quita esa luz que me ofusca la vista... ¡me incomoda tanto!... - ---Esto son los humos de la _vernaccia_, dijo el _Griso_, permaneciendo -siempre á cierta distancia. - -Conviene que su señoría se acueste pronto, pues el dormir le vendrá -perfectamente. - ---Tienes razón; si es que puedo dormir... Por lo demás, me siento -bien. Ponme aquí cerca esa campanilla, por si acaso esta noche -necesitase algo; y ten cuidado si la oyes sonar; ¿entiendes? Mas no -tendré necesidad de nada... Llévate pronto esa maldita luz, siguió -diciendo, mientras que el _Griso_ obedecía, acercándosele lo menos -posible.--¡Diablo! ¡que tenga que incomodarme tanto!... - -El _Griso_ cogió la bujía, y deseando á su señor una buena noche, salió -precipitadamente de la estancia, mientras que D. Rodrigo se ocultaba -bajo el cobertor de su lecho. - -Mas el citado cobertor pesaba sobre él como si fuese un monte. Lo -arrojó lejos de sí, y se acurrucó con el objeto de poder dormir, -porque efectivamente se moría de sueño. Apenas sus ojos se cerraban, -despertábase en extremo sobresaltado, como si alguno le hubiese dado -un fuerte golpe, sintiendo que se aumentaba su malestar y crecía su -insufrible ardor. Pensaba en el sofocante calor del estío, en la -_vernaccia_, en los excesos que cometía, habiendo querido encontrar en -todo esto, la causa de sus sufrimientos. Mas una idea venía á mezclarse -siempre involuntariamente á dichos pensamientos; una idea que se -introducía, por decirlo así, en todos los cerebros, que formaba parte -de todas las conversaciones y discursos que se tenían en aquellas -orgías, porque era más fácil hacer escarnio de ella que pasarla en -silencio; á saber, la peste. - -Después de haber luchado terriblemente consigo mismo por espacio de -largo tiempo, acabó por dormirse, y tuvo los sueños más confusos y -desordenados del mundo. Le pareció que se hallaba en medio de una -vasta iglesia, al frente de una inmensa muchedumbre. Ignoraba cómo se -encontraba en aquel paraje y cómo le había venido á la imaginación -semejante pensamiento, especialmente en aquellas circunstancias; -lo cual le enfurecía sobremanera. Paseaba sus miradas sobre los -circunstantes, no viendo más que semblantes descarnados, lívidos, -con ojos apagados ó extraviados, y los labios colgando. Los vestidos -de estas asquerosas criaturas se caían á pedazos, y al través de los -agujeros se divisaban horrorosos bubones y manchas sanguinolentas. -Figurábase que gritaba “Apartaos, canalla”; y dirigiendo su vista -hacia la puerta, que estaba sumamente lejos, y dando un grito con -aire amenazador, pero sin moverse, pegó todo lo posible sus brazos -al cuerpo para no rozar con nadie, aunque le tocaban ya bastante por -todas partes. Pero ninguno de aquellos insensatos daba señales de -moverse, ni de oirle; por el contrario, le tenían fuertemente oprimido, -pareciéndole además que alguno de ellos con el codo le apretaba en el -costado izquierdo junto al corazón y debajo del brazo, en cuyo sitio -experimentaba agudas y dolorosas punzadas. Movíase violentamente, hacía -inútiles esfuerzos para salir de tan penosa situación; mas de repente -parecíale que se sentía picado de nuevo en el mismo paraje. Furioso -quiere llevar la mano á la espada, y ve que se ha deslizado á lo largo -de su cuerpo, siendo el pomo lo que le oprime en aquel sitio, en el -cual va á buscar su espada que no encuentra, sintiendo en su lugar un -dolor todavía más agudo. Agitado y sin aliento quiere esforzarse á -gritar, cuando ve que todas aquellas figuras se precipitaban hacia un -solo lado. Lanza en la misma dirección su extraviada vista; descubre un -púlpito, apareciendo en él confusamente un objeto vago y movible; luego -ve elevarse una cabeza rapada, después dos ojos, una cara, una larga -y blanca barba, un fraile de pie con la mitad del cuerpo fuera del -púlpito; en una palabra, Fr. Cristóbal. Le parece á D. Rodrigo que el -capuchino, después de haber recorrido con la vista á todo el auditorio, -la fija sobre él, levantando al mismo tiempo la mano, juntamente -en la misma actitud que había tomado en una de las salas de su -palacio. Entonces él también alza la suya con furia, hace un esfuerzo -desesperado como para lanzarse á detener aquel brazo suspendido sobre -su cabeza: un gruñido sordo detenido en su garganta sale de repente -convertido en un alarido terrible, de cuyas resultas despierta. Deja -caer su brazo, que en efecto había levantado, tardando un buen rato en -recobrarse y abrir bien los ojos, porque la luz del día, ya bastante -avanzado, no le molestaba menos que la de la bujía de antes. Por último -reconoce su lecho, su cámara; comprende que todo aquello no había -sido más que un sueño; la iglesia, el pueblo, el fraile, todo había -desaparecido, á excepción del dolor en el costado izquierdo. Al propio -tiempo sentía en el corazón una palpitación violenta y agitada, un gran -zumbido en los oídos, un fuego interior que le consumía, y una pesadez -en todos los miembros mucho peor aún que cuando se había ido á acostar. -Vaciló un instante antes de mirar la parte donde tenía el dolor; -finalmente, la descubre, le arroja una pavorosa mirada, y distingue un -espantoso tumor de un lívido purpúreo. - -D. Rodrigo se vió perdido: el temor á la muerte se apoderó de él, -experimentándolo acaso mucho más al imaginar que podría llegar á -ser presa de los _monatti_, siendo llevado y lanzado al lazareto. -Buscando el modo de evitar esta horrible suerte, sentía que sus ideas -se oscurecían y turbaban, viendo aproximarse el momento en que no le -quedaría más recurso que entregarse á la desesperación. Luego cogió con -mano convulsa la campanilla, y la agitó violentamente. El _Griso_, que -estaba alerta, se presentó en seguida. Detúvose á cierta distancia del -lecho, miró atentamente á su señor, y se cercioró de lo mismo que la -noche antes no había pasado de una conjetura. - ---_¡Griso!_, dijo D. Rodrigo, sentándose en el lecho con mucho trabajo: -tú has sido siempre mi favorito. - ---Sí, señor. - ---Te he tratado bien siempre. - ---Ciertamente; por un efecto de vuestra gran bondad. - ---¡Me puedo, pues, fiar de ti!... - ---¡Diablo! - ---_Griso_, me siento malo. - ---Ya lo había conocido. - ---Si me pongo bueno, te trataré todavía mejor de lo que lo he hecho -hasta aquí. - -Nada contestó el _Griso_, y estuvo esperando adónde iría á parar con -tales preámbulos. - ---De nadie quiero fiarme más que de ti, continuó diciendo D. Rodrigo; -_Griso_, hazme un favor. - ---Mande su señoría. - ---¿Sabes dónde vive el cirujano Chiodo? - ---Perfectamente. - ---Es un excelente sujeto, que cuando se le paga bien oculta á los -atacados de la peste. Anda á buscarlo: dile que le daré cuatro, seis -escudos por visita, más, si quiere más; pero que venga pronto; y haz -la cosa de modo que nadie se aperciba de ello. - ---Muy bien pensado, dijo el _Griso_; voy y vuelvo al momento. - ---Oye, _Griso_, dame primero un poco de agua. Siento un ardor que no -puedo resistir más. - ---No señor: nada sin aviso del médico. Son enfermedades sumamente -prontas; por consiguiente, no hay tiempo que perder: tranquilícese su -señoría; en un decir Jesús estaré aquí con el Sr. Chiodo. - -Al concluir de pronunciar las anteriores palabras, salió cerrando la -puerta. - -D. Rodrigo, habiendo vuelto á acurrucarse en su lecho, lo seguía con -la imaginación á la casa de Chiodo; contaba los pasos, y calculaba -el tiempo. De vez en cuando miraba su tumor del costado izquierdo; -mas volvía en seguida la vista hacia otro lado con el mayor -estremecimiento. Al cabo de poco rato empezó á prestar atención, con -el objeto de ver si oía llegar al cirujano; y semejante esfuerzo de -atención suspendía el sentimiento del mal, y le dejaba libre el uso -de sus pensamientos. De repente oye un ruido lejano de campanillas, -que le parece más bien que viene del interior de su casa que no de la -calle. Escucha atentamente, y á cada instante lo percibe más fuerte, -más repetido, acompañado al mismo tiempo de un rumor de pisadas, con -cuyo motivo una horrible sospecha se le presenta de súbito á la -imaginación. Consigue incorporarse, y se sienta: se pone á escuchar -aún con más atención, y distingue claramente un ruido sordo en la -vecina estancia, como de una cosa pesada que depositan en el suelo con -precaución. Saca las piernas fuera del lecho en ademán de levantarse, -clava la vista en la puerta, la ve abrirse y aparecer por ella dos -viejos y sucios vestidos rojos, dos criaturas malditas; en una palabra, -dos _monatti_. Finalmente, divisa á medias la figura del _Griso_, el -cual permanece espiando, oculto detrás de una de las hojas de la puerta -que ha quedado entreabierta. - ---¡Ah, traidor infame!... ¡Fuera de aquí, vil canalla! ¡Blondino, -Carlotto!, ¡socorro, que me asesinan!, grita desaforadamente D. -Rodrigo: mete una mano debajo de la almohada para buscar una pistola, -la coge, trata de amartillarla, mas ya es tarde, porque á su primer -grito, los citados _monatti_ se habían precipitado hacia su lecho. El -más ágil se le echa encima antes de que pueda hacer ningún movimiento; -le arranca la pistola de la mano, arrójala lejos de sí, le fuerza á -volverse á acostar, y lo sujeta fuertemente exclamando con un acento -de rabia y de mofa á la vez: “¡Ah, bribón! ¡hacer armas contra los -_monatti_!, ¡contra los ministros de la junta de sanidad!, ¡contra los -que hacen tantas obras de misericordia!”. - ---Sujétalo bien, hasta que lo saquemos de aquí, dijo el compañero, -encaminándose hacia una grande arca que se hallaba en la misma -habitación. Después de esto entró el _Griso_ y le ayudó á forzar la -cerradura. - ---¡Malvados!, gritó D. Rodrigo con acento de desesperación, mirando -al _Griso_ por debajo del que le sujetaba, y forcejeando entre sus -nervudos brazos.--Dejadme matar á ese infame, decía en seguida á los -_monatti_, y después haced de mí lo que queráis. Luego volvía á llamar -con toda la fuerza de sus pulmones á los demás criados; mas era en -vano, porque el abominable _Griso_ los había alejado, con supuestas -órdenes del mismo amo, antes de ir á proponer á los expresados -_monatti_ dicha expedición, y dividir con ellos los despojos. - ---Tranquilizaos, tranquilizaos, decía al desventurado Rodrigo el bribón -que lo tenía tendido sobre el lecho; y volviéndole después hacia los -que saqueaban, les gritaba: haced las cosas como hombres de honor. - ---¡Tú, tú!, exclamaba con rabia D. Rodrigo, dirigiéndose al _Griso_, al -cual veía ocupado en destrozarlo todo, en sacar el dinero, los efectos -y hacer las particiones. ¡Tú!, ¡después!... ¡Ah, demonio infernal! -¡Todavía puedo curar!, sí; ¡puedo aún ponerme bueno! El _Griso_ no -resollaba siquiera, y con todo trataba de evitar todo lo posible -el dirigir la vista hacia el lado de donde partían las anteriores -palabras. - ---Tenlo firme, decía el otro _monatto_, porque está frenético. - -Efectivamente era así. Después de exhalar un gran grito, después de -hacer un último y más violento esfuerzo con el fin de recobrar su -libertad, cayó de repente fatigado é insensible; sin embargo, todavía -lanzaba miradas estúpidas, y de vez en cuando daba fuertes sacudidas ó -arrojaba débiles quejidos. - -Los _monatti_ le cogieron el uno por los pies y el otro por debajo de -los brazos, y fueron á colocarlo en una camilla que habían dejado en -la habitación inmediata; en seguida uno de ellos volvió para tomar el -botín, después de lo cual, cargando con la miserable carga, se alejaron. - -El _Griso_ se quedó con el objeto de escoger lo que le pudiese ser de -más utilidad; hizo un fardo de todo ello y tomó la puerta. Á pesar -de haber tenido mucho cuidado de no tocar á los _monatti_, ni de ser -tocado por ellos, con todo, en medio del frenesí por robar que se había -apoderado de él, cogió del lado del lecho los vestidos de su amo, y los -sacudió sin reflexionar nada, con el ansia de ver si tenían dinero. -Esto tuvo no obstante el día siguiente sus consecuencias. En efecto, -mientras estaba divirtiéndose en una taberna, se sintió sobrecogido de -terribles calofríos, sus ojos se oscurecieron, le faltaron las fuerzas -y cayó desplomado. Abandonado por sus compañeros, fué á parar en manos -de los _monatti_ los cuales, habiéndole despojado de todo lo bueno que -llevaba, le echaron sobre un carro, en el cual expiró, antes de llegar -al lazareto donde había sido conducido su amo. - -Dejando ahora á este desgraciado en aquella mansión de dolores, iremos -en busca de otro, cuya historia nada hubiera tenido de común con la -suya, si él á la fuerza no lo hubiese querido; pudiéndose también -asegurar, que á no ser así, nada tendríamos al presente que decir ni -del uno ni del otro. Queremos hablar de Renzo, de este joven á quien -dejamos en una nueva fábrica bajo el nombre de Antonio Rivolta. - -Permaneció en dicha fábrica por espacio de cinco ó seis meses, pasados -los cuales, habiéndose enemistado la república y el rey de España, -y cesando, por consiguiente, todo temor para él, Bartolo se había -apresurado á ir á buscarle para tenerle consigo, ya por el cariño que -le profesaba, ya porque Renzo, naturalmente despejado y muy hábil en el -oficio, era en una fábrica un poderoso auxiliar para el _fac totum_, -sin poder jamás aspirar á serlo él mismo, á causa de la desgracia de -no saber manejar la pluma. Así como esta razón se había tenido en -cuenta, nosotros hemos creído deber indicarla también. Acaso querríais -un Bartolo más ideal; no puedo decir más que una cosa: fabricadlo; el -nuestro era ni más ni menos, según os lo he presentado. - -Después de lo que va referido, Renzo había continuado trabajando al -lado de su primo. Con frecuencia, y especialmente luego de haber -recibido algunas de las consabidas cartas de Inés, le pasó por la -imaginación el hacerse soldado y concluir de una vez: ocasiones no -faltaban, pues justamente en aquella época la república tenía necesidad -de gente. La tentación fué para Renzo tanto más fuerte, cuanto que se -hablaba de invadir el milanesado, y naturalmente le parecía magnífico -el volver á su casa con ínfulas de vencedor, ver á Lucía y tener con -ella una explicación. Pero Bartolo, con buenas razones, había sabido -apartarlo siempre de semejante resolución. - ---Si ellos han de ir, del mismo modo irán sin ti, y después tú podrás -encaminarte allá á tu gusto; si vuelven con la cabeza rota, ¿no habrá -sido mejor el que te hayas quedado en casa? No faltarán desesperados -que quieran ir á tal expedición, y antes que puedan poner los pies... -Por lo que á mí hace, soy muy incrédulo: aquí se vocifera mucho; mas -ya, ya, el milanesado no es un bocado tan fácil de tragar. Se trata de -la España, hijo mío: ¿sabes lo que es la España? S. Marcos es fuerte -dentro de su territorio, pero esto no basta. Ten paciencia: ¿por -ventura no estás bien aquí?... Comprendo lo que me quieres decir; pero -si está escrito arriba que suceda, puedes estar seguro que sin hacer -locuras, saldrá mejor: algún santo te ayudará. Así, pues, créeme, -éste no es tu oficio. ¿Te parece que convenga dejar de -encanillar seda para ir á matar? ¿Qué quieres tú hacer entre gente de -semejante ralea? Para esto se necesitan hombres á propósito. - -Otras veces Renzo quería ir de oculto, disfrazado, y con nombre -supuesto; pero Bartolo supo también disuadirle por medio de razones -fáciles de adivinar. - -Esparcida después la peste en el milanesado, y llegando hasta las -fronteras del territorio de Bérgamo, no tardó mucho en invadirlo, -y... no os alarméis, lectores míos; no creáis que vaya á haceros otra -descripción del contagio que sufrió este último país; nada de eso; el -que quiera informarse podrá leer la obra escrita por un cierto Lorenzo -Chirardelli, y en ella hallará todas cuantas noticias desee; yo sólo -diré que Renzo fué también acometido de la epidemia; que se curó él -mismo; ó mejor dicho, nada hizo para ello; estuvo á las puertas del -sepulcro; pero gracias á su fuerte constitución, venció al mal, y al -cabo de pocos días se halló fuera de peligro. Al recobrar la salud, los -cuidados, los deseos, las esperanzas, los recuerdos y los proyectos de -su vida, resucitaron con más fuerza y vigor que nunca; ó lo que es lo -mismo, todos sus pensamientos se concentraron en Lucía. ¿Qué habría -sido de ella en aquellos calamitosos tiempos, en que el vivir era una -excepción? ¡Hallarse tan próximo y no poder tener noticias suyas! -¡Permanecer, Dios sabe cuánto, en tal incertidumbre! ¡Y aun después de -disipada ésta, cuando hubiese cesado todo peligro, sabiendo que Lucía -había sobrevivido, ¡cómo descifrar aquel otro enigma, aquel misterio -impenetrable del consabido voto! ‟Yo mismo iré á enterarme de todo á la -vez, se decía interiormente antes de encontrarse en estado de poder -gobernarse por sí mismo. ¡Con tal que todavía viva! Por lo que hace á -encontrarla, yo lo conseguiré; oiré cómo me explica ella misma á lo -que se reduce la tal promesa; le haré comprender que es un absurdo; un -imposible, y me la traeré aquí, juntamente con la pobre Inés, si es -que aún vive; ¡Inés, la cual tanto me ha querido siempre, y que estoy -muy seguro me quiere todavía!... ¿Y la orden de prisión? ¡Bah!, en -otras cosas tienen que pensar los que han quedado con vida; aun aquí -veo pasearse con la mayor tranquilidad á algunos que... ¿Por ventura -serán sólo los bribones los que tengan salvoconducto? ¡Y en Milán, en -donde todo el mundo dice que no hay más que confusión y desorden! ¡Si -dejo escapar una ocasión tan hermosa! ¡La peste! ¡Mirad cómo algunas -veces nos hace emplear las palabras ese feliz instinto de referirlo y -subordinarlo todo á nosotros mismos! ¡Ciertamente, no encontraré mejor -coyuntura! Es necesario esperar, mi querido Renzo”. - -Cuando apenas pudo manejarse por sí solo, fué en busca de Bartolo, el -cual hasta entonces había podido librarse del contagio, y permanecía -encerrado en su casa. Renzo no entró en ella, sino que llamando á su -primo desde la calle, hizo que se asomara á la ventana. - ---¡Ah! ¡ah! exclamó Bartolo; ¿te has librado? ¡Cuán feliz eres! - ---Tengo todavía un poco de debilidad en las piernas, según ves; mas en -cuanto al peligro, ya estoy fuera de él. - ---¡Oh! ¡yo quisiera hallarme como tú! En otro tiempo, el pronunciar -estas palabras, estoy bueno, parecía abarcarlo todo; pero ahora de -nada sirve. Cuando se puede llegar á decir: estoy mejor; ¡he aquí á la -verdad una bella palabra! - -Habiendo Renzo felicitado á su primo por haber escapado hasta allí -de la peste, y haciendo de esto buenos pronósticos, le comunicó la -resolución que había tomado. - ---Lo que es ahora, ve; que el cielo te bendiga, respondió Bartolo; -procura esquivar la justicia del mismo modo que yo trataré de esquivar -el contagio; y si Dios quiere que á los dos nos vaya bien, pronto -volveremos á vernos. - ---¡Oh! seguramente volveré; ¡y si pudiese no dar la vuelta solo! Basta, -así lo espero. - ---Vuelve pues acompañado, que si Dios quiere, aquí habrá trabajo -para todos, y viviremos juntos en buena paz y armonía. Permita el -cielo que me encuentres vivo y sano, y que haya cesado ese diablo de -influencia[23]. - ---Volveremos á vernos, sí, estoy seguro de ello. - ---Repito de nuevo, ¡que Dios lo quiera! - -Durante algunos días Renzo se ocupó en hacer ejercicio, tanto para -probar sus fuerzas, cuanto para aumentarlas, y apenas le pareció que -se hallaba en estado de soportar las fatigas del viaje, se dispuso -á emprender el camino. Ciñóse bajo de sus vestidos un cinto, dentro -del cual puso los consabidos cincuenta escudos, á los que nunca había -tocado ni hecho conversación con nadie, ni aun con su primo Bartolo; -en seguida tomó algún dinerillo suelto que había ido ahorrando día par -día, viviendo con la más estricta economía; colocó debajo del brazo un -pequeño lío de ropa; metió en su cartera un certificado bajo el nombre -de Antonio Rivolta que por precaución se había hecho dar por su segundo -amo; puso en una de las faltriqueras de sus calzones un cuchillo, que -era lo menos que un hombre honrado podía llevar en aquellos tiempos, y -emprendió el viaje á últimos del mes de agosto, tres días después que -D. Rodrigo había sido conducido al lazareto. Se encaminó hacia Lecco, -porque quería antes de aventurarse á entrar en Milán, pasar por su -pueblo, en el cual esperaba hallar á Inés viva, y empezar á saber de -ella algo de lo que tanto deseaba. - - -El pequeño número de los que habían curado de la peste era -verdaderamente una clase privilegiada en medio del resto de la -población. Una gran parte de esta última estaba enferma ó expiraba, y -los que hasta entonces habían sido respetados por el contagio, vivían -en un continuo sobresalto. Andaban con precaución, con aire inquieto, -con precipitación y perplejidad á la vez, porque todo podía volverse -contra ellos, armas cuyas heridas fuesen mortales. Otros al contrario, -seguros ya por haber pasado la enfermedad (pues el tener dos veces la -peste era un caso más bien prodigioso que raro) discurrían impávidos -por medio del contagio general con la mayor osadía y resolución, á la -manera de los paladines de la edad media, cubiertos de hierro de pies á -cabeza, y montados en fogosos corceles defendidos del mismo modo que -sus dueños, daban vueltas por el mundo llevando una vida aventurera -(de donde provino su gloriosa denominación de caballeros andantes) -entre una infeliz multitud pedestre de aldeanos y gente pobre, los -cuales para rechazar los golpes no tenían más defensa que sus vestidos. -¡Magnífica, sabia y útil profesión! ¡Profesión digna de figurar en -primera línea en un tratado de economía política! - -Con una tal seguridad, templada sin embargo por las inquietudes que -el lector no ignora, como igualmente por el espectáculo frecuente y -la idea incesante de la calamidad de todo un pueblo, Renzo se dirigía -hacia su casita, en medio de un hermoso día y al través de un hermoso -país; mas no encontraba después de haber andado largo trecho en medio -de una inmensa y triste soledad, sino alguna que otra cosa errante, más -bien que seres vivientes ó cadáveres conducidos á su última morada, -sin los honores de las exequias, sin cantos fúnebres, sin el menor -acompañamiento. - -Al llegar el sol á la mitad de su carrera, el joven se detuvo en -un bosquecillo con el objeto de comer un poco de pan y alguna otra -friolera que traía consigo. Si quería fruta, tenía á su disposición -toda cuanta quería, pues el país que atravesaba producía en abundancia -higos, albérchigos, ciruelas y manzanas á montones; bastaba que entrase -en los campos y alargase la mano para alcanzarla, ó que la recogiera -debajo de los mismos árboles, en donde estaba amontonada; porque el año -era extraordinariamente abundante de fruta con especialidad, y no había -nadie que se tomase el cuidado de guardarla. Los grandes racimos de -uvas escondían, por decirlo así, los pámpanos, y quedaban á merced de -los viajeros. - -Por último, al anochecer descubrió su pueblo. Á su vista, con todo de -estar preparado, sintió latir su corazón; se vió asaltado en un momento -por un tropel de penosos recuerdos y de presentimientos dolorosos; -parecíale tener aún, en los oídos, aquellos siniestros tañidos de -la campana que tocaba á rebato, que le habían, como si dijéramos -acompañado, perseguido en su fuga fuera de su pueblo; y percibía, -permítasenos la expresión, el prolongado silencio de la muerte que -moraba en tan tristes lugares. Al desembocar en la plazuela de la -iglesia, experimentó una turbación mucho mayor, esperando que sería -peor al llegar al término de su viaje, porque había formado el proyecto -de detenerse en aquella casita que tantas veces en otro tiempo solía -llamar la casa de Lucía. Al presente, no podía ser más que de Inés, y -la única gracia que imploraba al cielo, era encontrarla viva y sana. En -dicha casa se proponía pedir un asilo, conjeturando perfectamente que -la suya sólo serviría de madriguera á los ratones y comadrejas. - -No queriendo que le viesen, se dirigió por un estrecho sendero que se -hallaba en las afueras del pueblo, el mismo por el cual había entrado -tan bien acompañado en aquella fatal noche de su fuga y sorpresa del -cura. Á la mitad poco más ó menos del expresado sendero, se encontraba -por un lado la viña y por el otro la casita de Renzo; por lo cual, al -pasar, podía penetrar en ambas un momento, con el fin de ver en qué -estado se hallaban sus negocios. - -Mientras proseguía su marcha, miraba delante de sí, deseando y temiendo -al propio tiempo el ver á alguno. En efecto, á los pocos pasos que hubo -dado, divisó á un hombre en camisa, sentado en el suelo y apoyadas -las espaldas contra un seto formado de jazmines, con el aire de un -insensato: en esto, y además en la fisonomía, creyó reconocer á -Gervasio, el pobre tonto que había ido como de segundo testigo á su -malograda expedición; pero en seguida, acercándose más, vió que era -aquel Tonio tan vivo que le había acompañado. La peste, arrebatándole -el vigor del cuerpo á la vez que el del entendimiento, lo había -desfigurado completamente, y dádole en todas sus facciones y ademanes -una pequeña y oculta semejanza con su imbécil hermano. - ---¡Oh, Tonio!, exclamó Renzo parándose delante de él; ¿eres tú? - -Tonio alzó los ojos, sin hacer el más leve movimiento de cabeza. - ---¡Tonio!, ¿no me conoces? - ---Á quién le toca, á quién le toca, respondió Tonio, quedándose con la -boca abierta. - ---¿Ya la tienes encima, eh?, ¡pobre Tonio!; ¿pero no me conoces? - ---Á quién le toca, á quién le toca, volvió á repetir éste, -prorrumpiendo en una estúpida carcajada. - -Viendo Renzo que nada podía sacar en limpio, continuó su camino mucho -más contristado. Mas he aquí que de repente divisó por una de las -revueltas del sendero que se iba acercando cierta cosa negra, en la -cual reconoció en seguida á D. Abundio. Éste caminaba á pasos lentos, -apoyándose sobre un bastón, como aquel á quien cuesta gran trabajo -andar: á medida que se iba aproximando, se podía fácilmente conocer -por su rostro pálido y demacrado, como también en todo su aspecto, que -debía haber pasado igualmente la borrasca. D. Abundio miraba con la -mayor atención; le parecía y no le parecía Renzo; veía algo de extraño -en su vestido, pues era justamente el de los habitantes de Bérgamo. - -“¡No hay duda; es él!”, dijo para sí; y alzó las manos al cielo con un -movimiento de admiración descontenta, quedando suspendido en el aire el -bastón que empuñaba su diestra, viéndose bailar dentro de las mangas -sus pobres brazos, que en otro tiempo estaban tan oprimidos. Renzo, -acelerando el paso, le fué al encuentro y le saludó cortésmente; pues -aunque entrambos había mediado lo que ya sabemos, era siempre, con -todo, su párroco. - ---¡Vos aquí!, exclamó D. Abundio. - ---Ciertamente, ya lo veis. ¿Se sabe algo de Lucía? - ---¿Qué queréis que se sepa? Nada absolutamente. Si vive, debe hallarse -en Milán; pero vos... - ---¿E Inés, ha sobrevivido? - ---Puede ser; mas, ¿quién queréis que lo sepa? Aquí no está; pero vos... - ---¿Pues en dónde se halla? - ---Se ha retirado á la Valsassina, al lado de sus parientes, los cuales -dicen que la peste no hace tantos estragos como aquí; ¿comprendéis? -Pero vos, vuelvo á repetir... - ---Esto me contraría mucho. ¿Y el padre Cristóbal?... - ---Hace ya algún tiempo que marchó. Mas... - ---Lo sé; me lo han escrito; sólo preguntaba si por casualidad había -vuelto por aquí. - ---¡Ah!, nada de eso; no se ha oído hablar más de él; pero... - ---Esto también me disgusta. - ---Pero vos, repito, ¿qué venís á hacer aquí? ¡Por el amor del cielo! -¿Ignoráis, por ventura, la orden de prisión?... - ---¿Qué me importa? Ahora tienen otras cosas en qué pensar. He querido -venir á ver por mí mismo mis negocios; y no se sabe justamente... - ---¿Qué queréis ver? Al presente no hay aquí nadie, ni nada; y como -iba diciendo, con la consabida orden de prisión, venir al pueblo, -justamente á ponerse dentro de la boca del lobo; ¿es esto tener juicio? -Atended á las reflexiones de un anciano que posee más experiencia que -vos, y que os habla por el afecto que os profesa: abandonad el campo, -y antes de que nadie os vea volved adonde estabais; y si por desgracia -os han visto, marchad cuanto antes con mucho más motivo. ¿Os parece que -pueden conveniros los aires que aquí se respiran? ¿No sabéis que han -venido á buscaros, que lo han revuelto todo de arriba abajo por dar con -vos?... - ---¡Bribones!, ¡demasiado lo sé! - ---Pues entonces... - ---Os digo que no se piensa en semejante cosa. ¿Y él, vive todavía?, -¿permanece aquí? - ---Repito que no hay nadie; repito que no penséis en las cosas de aquí; -repito que... - ---Lo que pregunto es si él está aquí. - ---¡Oh, Dios mío! Hablad de otra cosa: es posible que estéis todavía tan -fogoso, después de tantas aventuras! - ---¿Se halla aquí ó no? - ---No, vamos. Pero, ¡la peste, hijo mío, la peste! ¿Quién es el que se -atreve á andar en estos tiempos? - ---Si no hubiese más que la peste en el mundo... lo digo por mí; la he -tenido, y ya nada temo. - ---¡Pues entonces!, ¿acaso no es esto un aviso del cielo? Cuando uno ha -escapado de un peligro de semejante especie, me parece que deberían -tributarse gracias á Dios, y... - ---Yo le doy gracias con todo mi corazón. - ---Pues creedme, no vayáis á buscarla otra vez; escuchad mis consejos... - ---Señor cura, si no me engaño, vos también la habéis tenido. - ---¡Sí, la he tenido!, terrible, espantosa; vivo de milagro; basta decir -que me ha dejado de la manera que veis. Al presente necesito un poco -de tranquilidad para reponerme; empezaba á sentirme ya mejor... ¡En -nombre!... ¿qué venís á hacer aquí? Volveos. - ---Siempre con lo mismo: volverme; para esto hubiera valido más no -haberme movido de donde estaba. Decís: ¿á qué habéis venido?, ¿á qué -habéis venido?, y yo os respondo: vengo á mi casa. - ---¡Á vuestra casa!... - ---Decidme: ¿ha habido muchos muertos aquí? - ---¡Ah, ah!, exclamó D. Abundio; y empezando por Perpetua, hizo una -larga enumeración de personas y familias enteras. Renzo esperaba ya -una cosa parecida; pero al oir tantos nombres de personas conocidas, -de amigos, de parientes, se hallaba sobrecogido del más intenso dolor, -y con la cabeza baja exclamaba de cuando en cuando: “¡Pobrecito! -¡pobrecita! ¡pobrecitos!” - ---Ya lo veis, prosiguió D. Abundio; y todavía no se ha concluido. Si -los que quedan no tienen un poco de juicio, y no calman la exaltación -de sus cerebros, esto va á ser el fin del mundo. - ---En efecto, yo no pienso en detenerme aquí un momento más. - ---¡Ah! ¡Dios sea loado! ¡por fin habéis entrado ya en razón! ¡Supongo -pues que volveréis al territorio de Bérgamo! - ---Esto poco os importa. - ---¡Cómo! ¿querríais acaso hacerme una jugarreta peor que la pasada? - ---Repito que poco os importa lo que pienso hacer; esto me pertenece -exclusivamente: ya no soy un niño; por consiguiente, tengo suficiente -juicio para obrar según me convenga. Espero además que no diréis á -nadie que me habéis visto. Sois sacerdote; yo uno de vuestras ovejas; -por lo tanto confío en que no me querréis hacer traición. - ---Comprendo, dijo D. Abundio suspirando con ademán -colérico,--comprendo: queréis perderos y perderme; ¿no os basta lo -que habéis sufrido, y yo también? ¡Comprendo, comprendo! Dichas las -anteriores palabras, D. Abundio siguió refunfuñando entre dientes y -continuó su camino. - -Renzo permaneció triste y descontento, pensando en dónde podría -encontrar un asilo; en aquella fatal enumeración de muertes que le -había hecho D. Abundio, se hallaba una familia arrebatada por la -epidemia, á excepción de un joven, poco más ó menos de la edad de -Renzo, y compañero suyo desde la infancia. La casa en donde habitaba -estaba situada á poca distancia del pueblo, por lo cual pensó -encaminarse á ella con el fin de pedir hospitalidad. - -Habiéndose puesto en marcha, llegó cerca de su viña, y antes de entrar -pudo juzgar acerca de su deplorable estado. Los árboles, el verdor -que había dejado, no sobresalían de la cerca; si algo se veía eran -cosas poco gratas, sobrevenidas durante su ausencia. Se presentó á la -abertura de la expresada cerca (pues de puerta ni aun señales había), -y lanzó una ojeada á todo alrededor. ¡Pobre viña! Por espacio de dos -inviernos consecutivos, las gentes del pueblo habían ido á cortar leña, -á la propiedad del infeliz muchacho, como ellos decían. Las cepas, -las moreras, los árboles frutales de todas clases, veíanse arrancados -ó pisoteados. Distinguíanse también algunos vestigios del antiguo -cultivo: tiernas ramas, jóvenes retoños de higueras, albérchigos y -ciruelos, se veían esparcidos por todas partes, y mezclados al través -de una espesa y nueva verdura que no debía su nacimiento á la mano -del hombre; la ortiga, el helecho, la cizaña, la grama, la bellesca, -el amaranto, la achicoria y acederas crecían entre otra innumerable -porción de plantas semejantes, á las cuales la gente del campo de cada -país forma una clase á su modo, y les da la nominación de malas yerbas. -Troncos de diversas magnitudes se empujaban y trataban de adelantarse -unos á otros, apretándose en la tierra, y disputándose por último un -sitio por doquier. Aquello era una vasta y confusa mezcla de hojas, de -flores, de frutos de mil colores, de mil formas y tamaños; racimos de -uvas, mazorcas de maíz, espiguillas y florecitas blancas, encarnadas, -amarillas y azules. Algunas plantas más vistosas, más aparentes, pero -que no valían mucho más, se destacaban del fondo de todas aquellas -vulgares; en primer lugar, distinguíase la zarzamora con sus largas -ramas de color rojo, con sus pomposas hojas de un verde oscuro, algunas -de ellas matizadas en sus extremidades de un color de púrpura, con sus -pequeños racimos sumamente agrupados, sostenidos por el pie con una -especie de ramitas violadas, luego verdes, y en la punta guarnecidas -de flores blanquizcas; en segundo lugar, el tejo tan común, con sus -grandes hojas lanudas y colgantes, dirigida su cima al cielo, y -sus largas espigas esparcidas y formando estrellas de flores de un -amarillo brillante; multitud de cardos con sus erizadas púas, hojas, -cálices de donde salían mazorcas de blancas y purpúreas flores, las -cuales se deshacían azotadas por la suave brisa que se las llevaba á -manera de plateadas y ligeras plumas. Aquí una prolongada guirnalda -de alboholes, entrelazada á los nuevos retoños de un moral, los había -con sus ondulantes hojas, meciéndose en graciosos festones sobre su -copa, y ostentando sus blancas y sedosas campanillas: allá un cítiso -con sus encarnadas bayas se había unido á las nuevas cepas de una viña, -la cual después de haber buscado inútilmente un apoyo más sólido, -había enlazado á su vez sus vides á aquél, y mezclando sus débiles -extremidades se arrastraban uno en pos de otro, á semejanza de los que -se sienten sin fuerzas y se apoyan mutuamente. Todo se veía cubierto -de hiedra, la cual discurría de una planta á otra, trepaba, volvía -á deshacer lo andado, replegaba sus ramas ó las extendía, según los -obstáculos ó apoyos que encontraba, y habiendo atravesado el mismo -dintel de la puerta, parecía que se había colocado en dicho sitio para -disputar la entrada aun al propio dueño. - -Mas éste ni siquiera pensó entrar en semejante viña, y acaso no estuvo -tanto tiempo mirándola, como nosotros hemos tardado en describirla. -Separó su vista de tan doloroso espectáculo: su casa, estaba á muy -poca distancia; atravesó el huerto, hundiéndose hasta la rodilla en -la yerba, de la cual se veía cubierto del mismo modo que la viña. Puso -el pie en el pavimento de una de las habitaciones que eran bajas: al -ruido de sus pisadas, á su sola aproximación, multitud de enormes -ratas espantadas huyeron en desorden y corrieron á esconderse en un -inmenso montón de inmundicias que cubría todo el suelo: aquello era -todavía el lecho de los lasquenetes. Echó una ojeada á las paredes; -viólas descascaradas, sucias, ahumadas: alzó los ojos al techo: largas -tramas de telarañas colgaban por todas partes. Esto era lo único que -allí había. Separóse también de aquel lugar de desolación, con las -manos puestas en la cabeza; volvió atrás repasando el sendero que él -mismo había hecho momentos antes; á pocos pasos tomó un pequeño camino -hacia la izquierda, que se dirigía al campo; y sin ver ni oir á alma -viviente, llegó cerca de la casita, en donde había resuelto pedir un -asilo. La noche comenzaba á cubrir la tierra con su lúgubre y negro -manto. El amigo de que ya hemos hablado, estaba sentado en el umbral -de la puerta, en un banco de madera con los brazos cruzados sobre el -pecho, los ojos fijos y levantados al cielo, como un hombre abrumado -por las desgracias é irritado por la soledad. Al oir ruido de pasos, -vuelve la cabeza, con el fin de ver quién se acercaba; y como la -oscuridad y el follaje no le permitían distinguir bien los objetos, -exclamó en alta voz, poniéndose en pie y alzando ambas manos: “¿No se -encuentra, por ventura, otro más á propósito que yo? ¿Acaso no he hecho -ayer bastante? Dejadme descansar un poco; esto será también una obra de -misericordia”. - -Renzo, ignorando lo que dichas palabras querían significar, le -respondió llamándole por su nombre. - ---¡Renzo!... dijo aquél prorrumpiendo en una exclamación y preguntando -á la vez. - ---El mismo, contestó Renzo; y corrieron el uno al encuentro del otro. - ---¿Conque eres tú?, dijo el amigo cuando estuvieron cerca: ¡Oh, qué -placer experimento al verte! ¡Quién se lo había de imaginar! Al -principio te había tomado por Paulin el sepulturero, que viene siempre -á atormentarme para que vaya á ayudarle á enterrar. ¿Sabes que he -quedado solo? ¡Solo, solo como un ermitaño! - ---Demasiado lo sé, dijo Renzo; y estrechamente abrazados, cambiando -y mezclando sin orden ni concierto preguntas y respuestas, entraron -juntos en la casita. Una vez dentro, sin interrumpir su conversación, -el amigo trató de hacer los honores á Renzo, según lo permitían las -circunstancias y la perentoriedad del tiempo. Puso agua á calentar, -y empezó á hacer la _polenta_; mas en seguida pasó á manos de Renzo -la caldereta para que meneara su contenido, y se fué diciendo: “¡He -quedado solo, absolutamente solo!”. - -Al breve rato volvió con una pequeña vasija llena de leche, un poco de -carne salada y algunas frutas secas. Habiéndolo colocado todo en la -mesa, como igualmente habiendo vaciado la _polenta_ en una especie de -cazuela, se sentaron, dándose gracias mutuamente, el uno por la visita, -y el otro por una acogida tan benévola y amistosa; y después de una -ausencia de cerca de dos años, se encontraban de repente más amigos de -lo que jamás habían sido cuando se veían casi todos los días. - -Ciertamente, nadie podía ocupar en el corazón de Renzo el lugar de -Inés ni consolarlo de aquella ausencia, no sólo á causa del antiguo -y particular afecto que ella le tenía, sino porque también entre -las cosas que ansiaba descifrar, había una de la cual únicamente la -misma Inés tenía la clave. Permaneció un momento indeciso pensando si -continuaría su viaje ó se dirigiría en busca de Inés, ya que se hallaba -cerca; pero considerando que ésta nada sabría tocante á la salud de -Lucía, adoptó su primera idea de ir directamente á salir de dudas, oir -el fallo de su misma boca, y en seguida llevar las noticias adquiridas -á la madre. Sin embargo, por su amigo supo muchas cosas que ignoraba; -aclaró otras de las que estaba poco enterado, como por ejemplo, sobre -las aventuras de Lucía, persecuciones que había sufrido, y cómo D. -Rodrigo se había marchado, como suele decirse, con el rabo entre -piernas, no habiendo vuelto á aparecer más. Supo también (y esto no -era cosa de poca importancia para Renzo) pronunciar perfectamente el -nombre de D. Ferrante: es verdad que Inés se lo había participado por -medio de su secretario; pero sólo el cielo sabe cómo se lo escribió; -y el intérprete de Bérgamo, al leer la carta le había dado un sentido -tal, que si hubiera ido con semejante explicación á Milán en busca -de la casa, probablemente no habría encontrado á nadie que pudiese -adivinar lo que quería decir; y con todo, éste era el único hilo que -poseía, y que le pudiese guiar para ir al encuentro de Lucía. Tocante -á la justicia, pudo confirmarse más y más en la idea de que el peligro -estaba muy lejano, para que le inspirase cuidado alguno: el señor -podestá había muerto de la peste; ¡quién sabe cuándo lo reemplazarían! -Los esbirros se habían marchado casi todos, y los que quedaban tenían -otras cosas en que pensar que en asuntos antiguos. - -Él contó á su vez sus aventuras, oyendo en cambio de boca de su amigo -cien anécdotas acerca del paso del ejército invasor, de la peste, de -los envenenadores y de los demás prodigios. “Son cosas espantosas”, -dijo el amigo á Renzo, acompañándole á una pequeña estancia que la -epidemia había dejado desocupada; “cosas que jamás hubiera creído ver, -capaces de quitarle á uno la alegría para siempre; mas sin embargo, -esto de encontrarse con amigos, y poder tener con ellos un rato de -conversación, es un gran consuelo”. - -Al amanecer estaban ya ambos levantados: Renzo dispuesto á ponerse en -marcha, con su cinto oculto debajo de la ropilla, y el cuchillo en la -faltriquera de los calzones, para andar más desembarazado, dejó en -depósito á su amigo el pequeño fardo que traía. “Si me va bien, le -dijo, si la encuentro viva, si... vamos, yo volveré; correré á Pasturo -á participar tan feliz noticia á la pobre Inés, y luego, y luego... -Pero si por desgracia, si por una fatalidad que Dios no permita... -entonces, no sé lo que haré, ni adónde iré; lo que puedo decir es, -que por este lado no me veréis nunca más”. Y así hablando de pie en -el umbral de la puerta, con la cabeza levantada, contemplaba con una -mezcla de ternura y pesadumbre la primera luz del día que alumbraba -el lugar de su nacimiento, que tanto tiempo hacía que no había visto. -Su amigo le animó, diciéndole, según se acostumbra, que todo saldría -á medida de su deseo; quiso que llevase algunas provisiones para el -camino, acompañándole largo trecho y deseándole un feliz viaje. - -Renzo continuó su marcha con tranquilidad y sin acelerarse, porque le -bastaba llegar aquel día cerca de Milán, para entrar al siguiente muy -temprano y empezar al instante sus pesquisas. Ningún accidente ocurrió -en su viaje, nada aconteció que distrajera á Renzo de sus pensamientos, -á no ser las miserias y aflicciones acostumbradas en aquellas penosas -circunstancias. Según había hecho el día anterior, se detuvo á su -tiempo en un bosquecillo, con el objeto de tomar un bocado y descansar -un poco. Al pasar por Monza, delante de una tienda abierta en donde -había panes de muestra, pidió dos para no quedar desprovisto por lo que -pudiese ocurrir. El tendero le previno que no entrase, y le alargó en -una pequeña pala una cazuelita llena de agua y vinagre, diciéndole que -arrojase en ella el dinero; verificado esto, hizo pasar á sus manos, -por medio de una especie de tenazas, los dos panes, que Renzo metió uno -en cada faltriquera. - -Á la caída de la tarde llegó á Greco, ignorando, sin embargo, el -nombre; pero con el pequeño recuerdo que conservaba de los lugares por -donde había pasado anteriormente, y calculando el camino hecho después -por Monza, sacó en consecuencia que debía estar cerca de la ciudad. -Abandonó el camino real, dirigiéndose á través de los campos en busca -de alguna choza en donde pasar la noche, pues no quería meterse en -ninguna posada. Encontró más de lo que buscaba; divisó una abertura -en medio de una cerca que rodeaba el corral de una lechería, por la -cual se introdujo atrevidamente. No había nadie: vió en un lado un -gran vestíbulo ó soportal con el suelo cubierto enteramente de heno, -y apoyada en el expresado soportal una escalera de mano. Dió una -ojeada á todo alrededor, y en seguida subió á la aventura; acomodóse -allí, con el fin de pasar la noche, y se durmió al instante para no -despertar hasta el amanecer. Cuando se levantó, se arrastró á tientas -hacia la extremidad de aquel gran lecho, sacó afuera la cabeza; y no -viendo tampoco á nadie, bajó por donde había subido, salió por donde -había entrado, y encaminándose por los senderos, tomó el edificio de -la catedral por su estrella polar. Después de una corta travesía, vino -á desembocar bajo las murallas de Milán, entre la puerta Oriental y la -puerta Nueva, encontrándose muy cerca de esta última. - - - NOTAS: - -[22] Especie de vino blanco, que es exquisito, y al cual dan en Italia -este nombre.--_Nota del T. E._ - -[23] Habiendo llegado en la época de que hace referencia el autor, á -ser la astrología una ciencia en la cual se creía hasta el extremo de -rayar en fanatismo, atribuyendo todos los sucesos que tenían lugar, -por insignificantes que fuesen, á la influencia de los astros, la -generalidad achacaba la peste que asoló en aquel tiempo á la mayor -parte de Europa, á la citada causa.--_Nota del T. E._ - - - - - CAPÍTULO DECIMOSEXTO - - -Tocante al modo de penetrar en la ciudad, Renzo había oído decir, -así de una manera vaga, que existían órdenes muy severas para no -dejar entrar á nadie sin boleta de sanidad; pero que sin embargo, -cualquiera que tuviese un poco de destreza y supiese aprovechar los -momentos favorables, le era fácil introducirse. En efecto, nada era -más cierto: dejando á un lado las causas generales por las cuales en -aquella época se cumplían muy mal las órdenes, dejando también aparte -las particulares que hacían tan difícil su rigurosa ejecución, Milán -se encontraba en aquel entonces en el estado de no ver cómo y por qué -sería útil el guardarla: por el contrario, cualquiera que tratase de -penetrar, podía parecer más bien que miraba con indiferencia su propia -vida, que peligroso á sus habitantes. - -Con semejantes noticias, el designio de Renzo era el intentar -introducirse por la primera puerta que se le presentase; si había algún -entorpecimiento, dar por la parte exterior la vuelta á las murallas, -hasta que encontrase una de más fácil acceso. ¡Dios sabe cuántas -puertas creía que debía tener Milán! - -Habiendo llegado, pues, delante de las murallas, se paró un rato á -mirar en torno de sí, como hace el que, no sabiendo qué determinación -tomar que sea más conveniente, parece aguardar que sobrevenga algún -indicio ó algún suceso que le saque del atolladero. Pero él no -descubría á derecha é izquierda más que dos pedazos de una calle -tortuosa; al frente las citadas murallas, por lado alguno la más leve -señal de seres vivientes, exceptuándose cierto punto del terraplén, -en el cual se elevaba una espesa columna de humo oscuro y denso, -que remontándose se ensanchaba y extendía en vastos torbellinos, -desvaneciéndose luego en el espacio, inmóvil y negruzco. Eran las -ropas, las camas y demás muebles infestados que se entregaban á las -llamas, no apareciendo las señales de tan tristes hogueras en un solo -punto, sino en varios. - -El tiempo estaba encapotado, el aire pesado, el cielo velado por todas -partes de una vasta neblina igual, inerte, que parecía rehusar el sol, -sin prometer la lluvia; la campiña de los alrededores, parte inculta -y enteramente árida, toda ella despojada de verdor, y ni siquiera se -veía una sola gota de rocío sobre las hojas secas y marchitas. Aquella -soledad, aquel fúnebre silencio, tan próximo á una gran ciudad, añadían -una nueva consternación á la inquietud de Renzo, contribuyendo á hacer -más tétricos todos sus pensamientos. - -Permaneció parado por espacio de un buen rato, luego se encaminó á la -derecha, á la casualidad, andando sin saberlo hacia la puerta Nueva, -la cual no había podido divisar, aunque estaba muy cerca á causa -de un baluarte que la ocultaba en aquel momento. Á los pocos pasos -empezó á oir un campaneo, que cesaba y volvía á comenzar de nuevo por -intervalos, y después muchas voces humanas. Sigue adelante, da la -vuelta al ángulo del baluarte, y lo primero que descubre al frente -de la puerta es una garita de madera, y delante de ella un centinela -apoyado en su mosquete, con aire aburrido é indolente. Detrás había -una estacada, y en el fondo se hallaba situada la puerta, es decir, -dos lienzos de muralla con una techumbre encima, para afianzar las -hojas que estaban abiertas, así como la puerta de la estacada. Mas -justamente delante de la misma abertura había un triste obstáculo, á -saber: unas angarillas colocadas en el suelo, sobre las cuales dos -_monatti_ tendían á un desgraciado para llevárselo; era el jefe de -los carabineros que acababa de ser atacado de la peste. Renzo se paró -aguardando el fin. Habiendo marchado el convoy, y no viniendo nadie á -cerrar el portillo, le pareció la ocasión oportuna, y se encaminó á él -apresuradamente, mas el centinela le gritó bruscamente: “¡Hola!” Renzo -se detuvo de nuevo repentinamente, le hizo una señal de inteligencia, -sacó un medio ducado y se lo mostró. El centinela, ya sea que hubiese -tenido la peste, ya que la temiese menos de lo que amaba los medios -ducados, indicó á Renzo que se lo echase; y habiéndolo visto volar en -seguida á sus pies, le dijo en voz baja: “Entra pronto”. Renzo no dejó -que se lo repitiera, pasó la estacada, la puerta, siguió adelante sin -que nadie reparase en él, ni le detuviese; únicamente, cuando hubo -andado cerca de unos cuarenta pasos oyó otro “¡Hola!” que un guarda -ó carabinero le dirigía por la espalda. Esta vez hizo como que no lo -oía, y en vez de volverse, dobló el paso. “¡Hola!” gritó de nuevo el -carabinero con una voz que indicaba más bien impaciencia que resolución -de hacerse obedecer; no siéndolo, se encogió de hombros, y volvió á -su casilla, como una persona á quien importaba más el no acercarse -demasiado á los pasajeros, que de informarse de sus acciones. - -La calle que Renzo había tomado conducía entonces, lo mismo que ahora, -directamente hasta el canal llamado el _Naviglio_: en los costados -había cercas ó tapias de jardines, iglesias, conventos y pocas casas. -En lo alto de dicha calle, y en medio de la que costea el canal, -había una columna, con una cruz, llamada la cruz de S. Eusebio. Por -más que Renzo miraba hacia adelante, no veía otra cosa que la dichosa -cruz. Habiendo llegado á la encrucijada que divide la calle cerca -de la mitad, miró por ambos lados, y vió en el callejón llamado de -santa Teresa á un hombre que se dirigía justamente hacia él. “¡Por -fin, he aquí un cristiano!” se dijo, y se encaminó prontamente en -aquella dirección, pensando hacerse enseñar el camino por él. Éste, -sin embargo, había visto al forastero que se acercaba, y lo miraba -fijamente de lejos, tanto más alarmado cuanto que observó que en vez -de ir á sus negocios le salía al encuentro. Cuando Renzo estuvo á poca -distancia, se quitó el sombrero con la mayor cortesía, y pasándoselo -á la mano izquierda, llevó la derecha al pelo como para arreglarlo, y -se fué directamente hacia el desconocido, pero éste con los ojos fuera -de sus órbitas dió un paso atrás, alzó un nudoso bastón armado de una -punta de hierro, y dirigiéndolo contra Renzo, gritó: “¡Atrás, atrás, -paso!” - ---¡Oh, oh! exclamó á su vez nuestro joven; luego se puso el sombrero, -y no deseando, según después refería esta aventura, meterse en aquel -instante en cuestiones, volvió la espalda al extravagante, y continuó -su camino, ó por mejor decir, siguió adelante por la calle en que se -encontraba. - -El otro individuo se lanzó con precipitación por aquella en la cual se -hallaba sumamente aterrorizado, y volviendo hacia atrás á cada instante -la cabeza. Cuando llegó á su casa, contó que un envenenador se le había -aproximado con maneras humildes y corteses, pero con un aire de infame -impostor, llevando dentro de su sombrero la redomita del unto ó la caja -de los polvos (no pudiendo decir con certeza cuál de las dos cosas -era), con el fin de contagiarlo, si no hubiese tenido carácter para -saberlo tener á una distancia respetuosa. “Si hubiese dado un paso más, -añadió, le habría ensartado, antes de que el malvado hubiera tenido -tiempo de intentar nada. La desgracia era que nos hallábamos en un -paraje muy solitario, pues si hubiese sido en el centro de la ciudad, -habría llamado gente para que me ayudasen á cogerlo. Seguramente se -le hubiera encontrado aquella maldita droga en el sombrero. Pero allí -solos los dos, he debido contentarme con meterle miedo, sin aventurarme -á buscar una desgracia, porque un poco de polvo pronto está echado, -ellos tienen una destreza particular, y además el diablo les ayuda. Al -presente dará vueltas por Milán: ¡quién sabe los daños que causará!” -Tanto tiempo como vivió, que fueron muchos años, cada vez que se -hablaba de envenenadores, repetía su aventura, y añadía: “Los que -todavía sostienen que esto no ha sido cierto, que no me lo vengan á -decir, porque para hablar de ciertas cosas es preciso haberlas visto”. - -Renzo, lejos de sospechar el peligro del cual había escapado, y agitado -más bien por la cólera que por el miedo, pensaba mientras seguía -andando en aquella acogida, adivinando perfectamente la opinión que el -desconocido había formado de él; pero la cosa le pareció tan fuera de -sentido común, que sacó por último en consecuencia que aquel hombre -debía de estar medio loco. “Esto empieza mal, pensaba entre sí. Parece -que en esta ciudad me persigue una mala estrella. Para entrar todo va -bien; y después cuando estoy dentro, los disgustos me abruman. Vamos... -con el auxilio de Dios... si encuentro... si consigo encontrar... ¡Bah! -todo ello no habrá sido nada”. - -Al llegar al puente, volvió sin vacilar á la izquierda, hacia la calle -de S. Marcos, pareciéndole según su cálculo que debía conducirle al -interior de la ciudad. Y avanzando siempre, miraba á todas partes para -ver si podía descubrir algún ser viviente; mas no vió otra cosa que un -cadáver espantoso y desfigurado arrojado en una zanja que existe entre -algunas pocas casas (que en aquel tiempo eran todavía menos). Habiendo -pasado aquel trecho de calle, oyó exclamar: “¡Oh buen joven!” y mirando -hacia el lado de donde venía la voz, vió á cierta distancia en un -balcón de una casita aislada á una infeliz mujer rodeada de una caterva -de criaturas, la cual continuaba llamándole, y le hacía señas con la -mano de que se acercase. Renzo corrió hacia la citada casa, y cuando -estuvo próximo “¡oh, buen joven!” repitió la mujer, “por las almas de -los vuestros que hayan muerto, hacedme la caridad de ir á avisar al -comisario, que estamos aquí olvidados; nos han encerrado en casa como -sospechosos, porque mi pobre marido ha muerto; también han clavado -la puerta, según podéis ver, y desde ayer mañana nadie ha venido á -traernos de comer. Después de tantas horas como hemos pasado en esta -situación, no ha habido una buena alma que nos haga esta caridad, y -estas inocentes criaturas se mueren de hambre”. - ---¡De hambre! exclamó Renzo; y metiendo las manos en las faltriqueras, -“he aquí, he aquí, dijo, sacando los dos panes: bajad alguna cosa para -meterlos dentro”. - ---¡Dios os lo pague! Aguardad un momento, respondió la mujer; y en -seguida fué á buscar una cestita y una cuerda para atarla. - -Mientras tanto Renzo se acordó de aquellos panes que había encontrado -cerca de la cruz en su anterior entrada en Milán. “Vamos, esto es -una restitución, pensaba, y acaso todavía mejor que si se los hubiese -restituido á su propio dueño; porque verdaderamente, es una obra de -misericordia”. - ---Por lo que hace al comisario que decís, mi buena señora, prosiguió, -poniendo los panes en la cesta, yo no puedo serviros, porque á decir -verdad, soy forastero, y no tengo ninguna especie de conocimientos en -esta ciudad; sin embargo, si encuentro alguna persona un poco tratable -y humana á quien se lo pueda decir, lo haré. - -La mujer le suplicó que así lo hiciera, diciéndole el nombre de la -calle, para que de este modo supiese dar las señas de la casa. - ---Creo que vos podríais dispensarme también un favor, una verdadera -caridad, sin que os costase ningún trabajo, repuso Renzo. ¿Os sería -posible indicarme en dónde se halla el palacio de unos grandes señores, -de aquí, de Milán, el palacio de ***? - ---Sé que hay en la ciudad una casa de este nombre, mas en dónde se -halla situada fijamente, lo ignoro. Siguiendo por esta calle adelante, -encontraréis alguno que os lo enseñe. Sobre todo, acordaos de hablarle -de nosotros. - ---No lo dudéis, replicó Renzo; después de lo cual prosiguió su camino. - -Á cada paso sentía crecer y aproximarse un rumor que ya había empezado -á oir mientras estaba entretenido hablando; un ruido de ruedas y de -caballos, acompañado del dilín dilín de campanillas, y de vez en -cuando, chasquidos de látigo y prolongados gritos. Todo se le volvía -mirar; pero nada veía. Habiendo llegado al extremo de la tortuosa calle -que seguía, y desembocando en la plaza de S. Marcos, el primer objeto -que hirió su vista fueron dos maderos rectos, clavados en el suelo -con una cuerda y sus correspondientes poleas. No tardó en reconocer -(era cosa muy familiar en aquella época) el horrible instrumento del -suplicio. Veíase levantado en aquel lugar, y no sólo en él, sino en -todas las plazas y calles más espaciosas, á fin de que los diputados de -cada barrio revestidos de las facultades más omnímodas y arbitrarias, -pudiesen hacer aplicar inmediatamente la pena á cualquiera que les -pareciese merecerla; ó á los relegados en sus casas que salieran -de ellas, ó á los empleados subalternos que no cumpliesen con su -deber, y por último fuese quien fuese. Era uno de aquellos remedios -extremos é ineficaces, los cuales se prodigaban en aquellos tiempos y -circunstancias con tanto exceso. - -Mientras que Renzo contemplaba la fatal máquina, tratando de adivinar -la causa por qué se había levantado en aquel paraje, sintió que se -aproximaba más y más el rumor, y vió aparecer por la esquina de una -iglesia, á un hombre que agitaba una campanilla: era un _apparitori_, -y detrás de él dos caballos que alargando el cuello, y tropezando á -cada paso, avanzaban trabajosamente arrastrando un carro atestado de -muertos, después del cual seguía otro y otros, como igualmente los -_monatti_, al lado de dichos caballos, acosándolos á latigazos, golpes -y juramentos. La mayor parte de los cadáveres iban desnudos, otros -mal envueltos en lienzos hechos jirones por todas partes, reunidos y -hacinados unos sobre otros, del mismo modo que un montón de culebras -que se desplegan lentamente á los primeros calores de la primavera. Á -cada vaivén, á cada choque, veíanse aquellas funestas masas temblar y -crujir horriblemente, colgar cabezas, ondular cabelleras femeniles, -desprenderse brazos y dar contra las ruedas, mostrando á la vista ya -horrorizada, cómo un espectáculo semejante podía llegar á ser más -terrible y espantoso todavía. - -El joven se había parado en una esquina de la plaza cerca de la barrera -del canal, y entretanto rogaba por aquellos muertos, á quienes no había -conocido en vida. De repente una lúgubre y atroz idea vino á helarle de -espanto: “¡Acaso allí mezclada con aquellos cadáveres, arrojada debajo -de ellos!... ¡Dios mío! ¡permitid que esto no suceda! ¡Haced que ni aun -yo tenga tales pensamientos!”. - -Habiendo pasado el fúnebre convoy, Renzo volvió á ponerse en marcha, -siguiendo la orilla izquierda del canal, sin otro motivo para tomar la -expresada dirección, más que el haber visto que la comitiva se había -ido por otro lado. Después de haber andado unos cuantos pasos entre -la iglesia y el canal, divisó á la derecha el puente _Marcelino_, -y dirigiéndose á dicho punto, llegó por último al _Borgo-Nuovo_. -Mirando siempre á todas partes, con el objeto de hallar alguno á quien -preguntar, distinguió á un sacerdote apoyado en un bastón, parado junto -á una puerta entreabierta, con la cabeza inclinada y el oído puesto -en la abertura; viendo poco después que alzaba la mano y echaba la -bendición, pensó, con razón, que acababa de confesar á alguno, y dijo -para sí: “Éste es el hombre que me conviene. Si un sacerdote, en sus -funciones de tal, no tiene un poco de caridad, de amor y benevolencia, -es preciso creer que en el mundo no hay nada de esto”. - -Entretanto el eclesiástico, después de haber abandonado la puerta, -se dirigía hacia el lado por donde iba Renzo y andaba con la mayor -precaución por el medio de la calle. Cuando Renzo estuvo cerca de -él, se quitó el sombrero, haciéndole señas de que deseaba hablarle, -parándose al mismo tiempo, procurando darle á entender que no quería -arrimársele indiscretamente. Aquél se detuvo en ademán de escucharle, -pero colocando, sin embargo, en el suelo, delante de sí, el bastón, -como para que le sirviese de antemural en caso necesario. Renzo hizo -su pregunta, á la cual el sacerdote no sólo satisfizo cumplidamente -diciéndole el nombre de la calle donde estaba situada la casa, sino -también trazándole su itinerario, porque vió que el pobre joven tenía -necesidad de él; indicándole á fuerza de repetirle muchas veces la -palabra de: “Tomad á la derecha, luego á la izquierda, seguid tales -encrucijadas é iglesias”, las seis ú ocho calles que tenía que recorrer -para llegar al término de su viaje. - ---Dios os dé salud en estos tiempos y siempre, dijo Renzo; y mientras -el eclesiástico se disponía á partir, añadió: “Tengo que pediros otro -favor”, y en seguida le habló de aquella infeliz mujer olvidada. El -digno sacerdote le dió las gracias por haberle dado ocasión de hacer -una obra meritoria tan urgente, y continuó su camino diciendo que iba -á avisarlo á quien correspondía. Renzo, después de haberle saludado -respetuosamente, se puso también en marcha: en el ínterin que iba -andando, trataba de hacerse una repetición del itinerario, para no -tener necesidad de preguntar á cada paso. Mas no puede imaginarse cuán -penosa le fué dicha operación, no tanto por la dificultad de lo que la -cosa era en sí, sino por una nueva turbación que había nacido en su -espíritu. El nombre de la calle, la misma indicación del camino, habían -redoblado sus alarmas. Él había deseado saberlo, lo había preguntado; -sin esto nada podía hacer; al propio tiempo no averiguó cosa alguna que -pudiese hacerle presagiar ninguna desgracia: ¡pero qué!, la idea más -distinta de una solución próxima en que iba á salir de una gran duda, -en que podría oir decir: “Ella vive todavía”, ó al contrario: “Ella -ha muerto”; esta idea se presentó á su espíritu tan clara y terrible, -que en aquel momento hubiera querido mejor encontrarse en su primitiva -oscuridad y estar al principio del viaje, á cuyo término tocaba ya. Sin -embargo, reunió todo su valor y se dijo: “¡Vamos, si ahora empiezo á -hacerme el niño, cómo he de salir bien!”. De este modo, reanimado todo -lo posible, continuó su camino internándose en la ciudad. ¡Qué ciudad! -¡Cómo era posible reconocerla, comparándola del modo que estaba el año -anterior con motivo del hambre! - -Renzo se encontraba justamente en uno de los sitios más asolados, en -la encrucijada de calles que llamaban el _Carrobio di Porta Nuova_. -(En aquel tiempo había una cruz en el centro, y frente á la misma, -en donde está situado ahora S. Francisco de Paula, se hallaba una -antigua iglesia llamada santa Anastasia.) Tantos estragos había causado -el contagio en aquellos alrededores, y tan grande era el hedor que -despedían los cadáveres allí abandonados, que las pocas personas -que habían quedado vivas se vieron obligadas á huir: así que, á -la tristura que infundía al que pasaba aquel aspecto de soledad y -abandono, añadíase el horror y el disgusto de las señales y restos de -lugares habitados recientemente. Renzo apresuró el paso, reanimándose -con la idea de que el término de su viaje no debía estar tan próximo, -y esperando que antes de llegar encontraría cambiada la escena, á lo -menos en parte, y en efecto, no lejos de allí, desembocó en un paraje -que con todo podía llamarse ciudad de vivientes; ¡pero qué ciudad -también!, ¡qué vivientes! Todas las puertas estaban cerradas con motivo -de la desconfianza ó del terror, á excepción de las que habían sido -abiertas, ó por la fuga de sus habitantes ó por la invasión; otras -veíanse clavadas y tapiadas por haber en ellas muertos ó apestados; -otras también señaladas con cruces hechas con carbón, para advertir á -los _monatti_ que había cadáveres que recoger. Andrajos por doquier, -vendas ensangrentadas, camas infestadas, ropas, sábanas arrojadas por -las ventanas; algunos cuerpos, ó de personas muertas de repente en -la calle y dejados allí hasta que pasara un carro para llevárselos, -ó caídos de los carros mismos, ó echados por los balcones. ¡De tal -modo había embrutecido los ánimos y despojado de todo sentimiento de -piedad y humana consideración la larga duración y la furia de tantos -estragos! Había dejado de oirse el ruido de los obreros, el estrépito -de los carruajes, los gritos de los vendedores, el rumor de las -conversaciones de los que discurrían por las calles; era sumamente raro -que este silencio de muerte fuese interrumpido por otra cosa más que -por el pavoroso rumor de los carros fúnebres, por los lamentos de los -infelices mendigos, por los ayes de los enfermos, por los aullidos de -los frenéticos, y por los gritos de los _monatti_. - -Al amanecer, al medio día, á la tarde, una campana de la catedral daba -la señal de recitar ciertas preces asignadas por el arzobispo, á cuyo -toque respondían las campanas de las demás iglesias; y entonces se -hubiera visto asomarse la gente á las ventanas y rezar como en familia; -habríase oído un confuso murmullo de voces y sollozos que inspiraban -una tristeza, mezclada, sin embargo, de alguna esperanza. - -Á aquellas horas habían muerto ya los dos tercios de los habitantes: -la mayor parte de los que quedaron habían huido ó estaban enfermos; -la concurrencia de los forasteros veíase reducida á la más mínima -expresión; entre el escaso número de los que andaban por las calles, -no se habría encontrado por casualidad, en un largo circuito, uno solo -que, en su aspecto, no apareciese algo de extraño, y que indicase un -funesto cambio de cosas. Se veían los más distinguidos personajes -sin capa ni manto, parte entonces esencialísima del traje civil; los -sacerdotes sin sotana; los frailes sin hábitos; en fin, se habían -abandonado todos los vestidos que por ser largos y flotantes pudiesen -rozar en algo, ó proporcionar á los envenenadores (lo que entonces se -temía más) una bella ocasión para ejercer sus maldades. Además del -cuidado de ir vestidos lo más ligeramente posible, y ajustarse mucho, -notábase el mayor descuido y negligencia en las personas. Los que -acostumbraban á llevar barba la tenían de una desmesurada longitud; -los demás se la dejaban crecer: los cabellos enmarañados y largos, -no sólo á causa de la incuria que nace de un prolongado abatimiento, -sino porque los barberos habían llegado también á ser sospechosos -después que uno de ellos, llamado Giangiocomo Mora, había sido preso y -condenado como envenenador famoso, el cual conservó por largo tiempo -una celebridad de infamia, siendo por el contrario digno de compasión. -La mayor parte llevaban en la mano un nudoso y fuerte bastón, y algunos -además una pistola, en señal de aviso y amenaza al que quisiese -acercarse demasiado; otros, pastillas de olor, bolas huecas de metal -ó de madera, llenas de esponjas mojadas en vinagres medicinales; y -al paso que iban andando las aplicaban á las narices, y las llevaban -de continuo adheridas á ellas. Algunos tenían colgadas en el cuello -redomitas con un poco de azogue, persuadidos que dicho mineral absorbía -todas las emanaciones pestilenciales, procurando renovarlas todos -los días. Los nobles no sólo recorrían las calles sin su acostumbrado -acompañamiento, sino que también se les veía con una cesta al brazo, -yendo á buscar las cosas necesarias para su sustento. Cuando por -casualidad se encontraban en la calle dos amigos, se saludaban de lejos -silenciosamente con aire triste y agitado. Cada uno, particularmente al -andar, tenía mucho quehacer tratando de evitar los objetos mortíferos -é inmundos, de los cuales el suelo estaba sembrado y algunas veces -enteramente embarazado. Todos procuraban ir por el medio de la calle -por miedo de ser alcanzados por lo que pudiese caer de las ventanas, -ó para evitar los polvos venenosos que se decía habían sido arrojados -con frecuencia sobre los que pasaban, ó para huir de todo contacto de -las paredes, que podían estar untadas con sustancias también venenosas. -De este modo la ignorancia, prudente fuera de tiempo, añadía al -presente las angustias á las angustias, y promovía falsos terrores en -compensación de los temores justos y saludables que en un principio -había impedido. - -En medio de semejante desolación, Renzo había andado ya una gran parte -de su camino, cuando á algunos pasos de distancia, por una calle -hacia donde debía dar la vuelta, oyó aproximarse un confuso ruido, en -el que se distinguía aquel horrible y tan frecuente retintín de las -campanillas. - -Habiendo llegado á la esquina de la calle, que era una de las más -espaciosas, divisó en medio de ella cuatro carros parados. Así como en -un mercado de granos se ve á las gentes ir y venir, cargar y descargar -sacos, del mismo modo era el movimiento que se notaba en aquel paraje. -No se veían más que _monatti_ que entraban en las casas; _monatti_ que -salían con grandes bultos, los cuales arrojaban en los carros; unos con -sus trajes rojos, otros sin dicho distintivo; muchos con uno todavía -más odioso, el plumaje y capas de varios colores, que los miserables -ostentaban con aire de triunfo en medio del luto universal. Ya de ésta, -ya de la otra ventana salía una lúgubre voz que murmuraba: “_Monatti_, -aquí”; y de entre aquel triste murmullo dejábase oir de tiempo en -tiempo un sonido más siniestro aún, cual era el de otra voz bronca -que respondía: “Ahora, ahora”. Percibíanse también las quejas de los -vecinos que les gritaban que despachasen pronto, á lo que los _monatti_ -contestaban blasfemando. - -Al entrar Renzo en la expresada calle aceleró el paso, procurando no -ver aquel horroroso espectáculo ó á lo menos evitándolo cuanto le -fuese posible, cuando he aquí que su mirada errante tropezó en un -objeto de compasión singular, de una compasión que forzaba el ánimo á -contemplarlo; de modo que se paró casi involuntariamente. - -Una dama, cuyo aspecto anunciaba una juventud gastada, mas no del todo -extinguida, salía de una de aquellas casas y se encaminaba hacia el -convoy. En sus facciones se traslucía una belleza velada y ofuscada, -pero no enteramente perdida, á causa de una grande aflicción y de una -mortal languidez; esa belleza dulce y á la vez majestuosa que brilla -en la sangre lombarda. Su andar era penoso, mas no vacilante; de sus -ojos no se desprendían lágrimas, pero se conocía que habían derramado -muchas; veíase en su dolor un no sé qué de tranquilo y profundo que -anunciaba un alma toda ocupada en sentirlo. Pero no era su solo aspecto -lo que en medio de tantas miserias la hacía un objeto particular -de conmiseración y reanimaba hacia ella aquel sentimiento siempre -encerrado y amortiguado en el corazón; llevaba en brazos á una niña -que contaría apenas nueve años, muerta, pero perfectamente compuesta, -con los cabellos divididos sobre la frente, vestida de blanco, como si -sus manos la hubiesen adornado para una fiesta prometida desde largo -tiempo y acordada en recompensa. No la llevaba echada, sino incorporada -y sentada sobre el brazo; el pecho apoyado contra su pecho: se hubiera -dicho que respiraba, si una manecita como la cera no colgara con una -gravedad inanimada, y si su cabeza no hubiese descansado sobre el -hombro de su madre con un abandono más fuerte que el sueño: ¡de su -madre! Pues aun cuando la semejanza de aquellos dos rostros no lo -hubiera atestiguado, se habría leído sobre aquél, en el que se pintaba -todavía un sentimiento de vida. - -Repentinamente un asqueroso _monatto_ se acercó á ella para arrancarle -la hija de los brazos, procurando hacerlo, sin embargo, con una especie -de respeto no acostumbrado y una perplejidad involuntaria. Pero la -dama, dando un paso hacia atrás con aire que no demostraba desprecio -ni indignación: “No, dijo; no la toquéis aún; yo soy la que debo -depositarla sobre el carro”. Después, abriendo la mano: “Tomad”, volvió -á decir; y dejó caer una bolsa en las del _monatto_. “Prometedme, -continuó, que no le quitaréis nada de lo que lleva puesto, y que no -dejaréis que otros se atrevan á verificarlo, enterrándola del mismo -modo que está”. - -El _monatto_ llevó una mano á su pecho; luego conmovido y casi -obsequioso, menos aún por aquella inesperada recompensa que por el -sentimiento, del cual se sentía subyugado, se apresuró á hacer en el -carro un poco de sitio para la pequeña difunta. La madre, después de -haberle dado un beso en la frente, la colocó como en un lecho, la -compuso, extendió sobre ella un blanquísimo lienzo, y le dijo estas -últimas palabras: “¡Adiós, Cecilia: descansa en paz! Esta tarde nos -volveremos á ver para no separarnos jamás. Entretanto, ruega por -nosotros, que yo lo haré por ti y por los demás”. Después, dirigiéndose -de nuevo al _monatto_, “al pasar esta tarde por aquí, le dijo, subid á -buscarme; no seré yo sola”. - -Dicho esto, volvió á entrar en la casa, y un momento después se asomó -á la ventana, llevando en brazos otra niña más pequeña viva aún, -pero con las señales de la muerte retratadas en su semblante. Estuvo -contemplando las indignas exequias de Cecilia hasta que el carro se -puso en marcha, siguiéndole con la vista mientras pudo divisarlo, -después de lo cual desapareció. ¿Y qué otra cosa pudo hacer más que -depositar sobre el lecho á la única hija que le quedaba, y colocarse -á su lado para morir juntas, del mismo modo que la flor que eleva -su cabeza orgullosa y cae en seguida juntamente con el botón oculto -todavía dentro de su cáliz, bajo la hoz que iguala todas los yerbas de -la pradera? - ---¡Oh, Señor! exclamó Renzo, ¡atended á sus ruegos; protegedla y -también á su inocente hija; bastante han padecido las infelices; sí, -bastante han padecido! - -Recobrado de aquella extraordinaria conmoción, y mientras trata de -recordar el itinerario con el objeto de si debía dar la vuelta á la -primera calle, ó dirigirse á derecha ó izquierda, oye que se acercaba -por aquella un nuevo y diverso estrépito, un sonido confuso de gritos -imperiosos, de ahogados sollozos, un continuo llorar de mujeres y un -gran vocerío de niños. - -Siguió adelante, llevando en su corazón la triste y oscura esperanza de -costumbre. Llegado á la encrucijada, vió avanzar por un lado un confuso -tropel de gentes, parándose para dejarlo pasar. Eran los enfermos que -conducían al lazareto: los unos, á quienes llevaban á la fuerza, se -resistían inútilmente, gritaban en vano que querían morir en su lecho, -y respondían con impotentes imprecaciones á los juramentos y á las -órdenes de los _monatti_ que los conducían: los otros caminaban en -silencio como insensatos, sin mostrar dolor ni ningún otro sentimiento: -mujeres con niños en brazos; muchachos asustados por aquellos gritos, -por aquellas órdenes, por aquel acompañamiento, más que por la idea -confusa de la muerte, los cuales llorando amargamente, pedían á sus -madres sus fieles brazos y sus propias casas. ¡Ah! y acaso su madre, -que ellos creían haber dejado dormida sobre su lecho, había sido -arrojada allí, repentinamente sorprendida por la peste, privada de -conocimiento, para ser llevada en el carro al lazareto ó á la fosa, por -poco que dicho carro tardase en llegar. ¡Quizás!, ¡oh, desgracia digna -de lágrimas aún más amargas! quizás la madre enteramente ocupada de -sus padecimientos, lo había olvidado todo, hasta sus propios hijos, no -teniendo más que una sola idea, la de morir en paz. Sin embargo, en -medio de tanta confusión, se veían todavía algunos ejemplos de firmeza -y piedad: padres, hermanos, hijos, esposos, que sostenían á los seres -á quienes amaban, y los acompañaban con palabras de consuelo; y no -sólo eran los adultos, sino también los niños y niñas, que conducían á -sus hermanos menores con el juicio y la compasión de la edad madura, -recomendándoles la obediencia, y asegurándoles que iban á un paraje en -donde otros cuidarían de ellos y los curarían. - -En medio de la tristeza y la lástima que inspiraba semejante -espectáculo, una cosa tocaba más de cerca, y tenía sumamente agitado -á nuestro viajero. La casa consabida debía estar muy próxima, y quién -sabe si entre aquella gente... Pero habiendo pasado toda la comitiva, -y cesando la duda, se dirigió á un _monatto_ que iba detrás, y le -preguntó por la calle y por la casa de D. Ferrante. “Vete enhoramala, -imbécil”; tal fué la contestación que recibió. No trató de responderle -como merecía, sino que divisando á dos pasos de distancia á un -comisario que cerraba la marcha del convoy, y que tenía el aspecto un -poco más humano, le hizo la misma pregunta. Éste, señalando con el -bastón el lado de donde venía, dijo: “La primera calle á la derecha; la -última casa grande á la izquierda”. - -El joven se encaminó hacia aquel sitio, lleno su corazón de una nueva -y mayor ansiedad. Una vez en la calle, distinguió de pronto la -casa entre las otras más bajas, y de mezquina apariencia. Se acerca -al portón que está cerrado, lleva la mano á la aldaba, y la tiene -suspendida como en una urna antes de sacar la cédula, de la cual -dependiese su vida ó su muerte. Finalmente, levanta la expresada aldaba -y da un golpe con la mayor resolución. - -Un instante después se entreabre una ventana; asoma por ella con -precaución una cabeza de mujer, la cual mira quién llama, con ademán -sombrío, que parece decir: “_¿Monatti?_, ¿vagabundos?, ¿comisarios?, -¿envenenadores?, ¿diablos?”. - ---Buena señora, dijo Renzo alzando la cabeza, pero con voz poco segura: -¿se halla sirviendo en esta casa una joven aldeana que se llama Lucía? - ---No está aquí; andad con Dios, respondió la mujer, haciendo ademán de -cerrar la ventana. - ---¡Un momento, por piedad! ¿Está aquí ó no? ¿En dónde se encuentra? - ---En el lazareto; é iba á cerrar de nuevo. - ---¡Por Dios!, un instante más. ¿Se halla atacada de la peste? - ---Sí. Es cosa nueva, ¿no es cierto? Id pues. - ---¡Oh, infeliz de mí! Esperad. ¿Estaba muy mala? ¿Hace mucho tiempo -que?... Pero esta vez la ventana se cerró de veras. - ---¡Eh!, señora; buena señora, por caridad; una palabra tan solo, por el -alma de vuestros pobres difuntos! Nada os pido que sea vuestro: ¡eh! -Mas nada; del mismo modo que si hubiese hablado á la pared. - -Afligido de tan triste noticia, y encolerizado de la brusca retirada -de aquella mujer, Renzo asió de nuevo la aldaba, y casi pegado á la -puerta, apretaba aquella con fuerza, la levantaba para llamar por -segunda vez, y la tenía suspendida. En tal agitación se volvió con -el objeto de ver si por casualidad divisaba algún vecino, del cual -pudiese informarse más extensamente, y sacar algún indicio, alguna -luz. Pero la primera, la única persona que descubrió fué otra mujer -á la distancia de unos veinte pasos; la cual, con un semblante que -expresaba el terror, el odio, la impaciencia, y la malicia, con unos -ojos que querían á la vez observar y mirar desde lejos, abría la boca -como para gritar con todas sus fuerzas; mas reteniendo todavía la -respiración, alzando los descarnados brazos, extendiendo y retirando -dos manos crispadas y encogidas á manera de garras, como si tratase de -coger alguna cosa, parecía querer llamar gente, de modo que nadie se -apercibiese de ello. Cuando la mirada de Renzo se encontró con la suya, -apareció más horrible todavía, y se estremeció de la misma manera que -una persona á quien se sorprende. - ---¡Qué demonio!... empezaba á decir Renzo, levantando también sus dos -manos hacia donde se hallaba la mujer; pero ésta, habiendo perdido -la esperanza de hacerle coger de improviso, dejó escapar el grito que -hasta entonces había comprimido: “¡Al envenenador!, ¡aquí!, ¡aquí! -¡Prended al envenenador!”. - ---¿Quién?, ¡yo!, ¡ah, infame bruja! ¡Silencio!, exclamó Renzo, y -corrió hacia ella para amedrentarla y hacerla callar. Pero en seguida -conoció que debía pensar más bien en sus negocios. Al chillar de la -vieja acudió gente de todas partes; no el tropel que en semejante -caso habría acudido tres meses antes, pero la suficiente para poder -hacer de un solo hombre lo que quisiesen. Al propio tiempo se abrió -de nuevo aquella ventana que ya sabemos, y se asomó la misma mujer -que tan descortés había sido, la cual ahora gritaba desaforadamente: -“Prendedle, prendedle, pues debe ser uno de esos bribones que andan por -la ciudad untando las puertas de las casas de las gentes de bien”. - -Renzo no creyó oportuno el detenerse á reflexionar; le pareció mucho -mejor partido abandonar precipitadamente aquel lugar que permanecer en -él para sincerarse: lanzó una mirada á su alrededor para ver hacia qué -lado había menos gente, y por éste se deslizó. Rechazó de una puñada -á uno que le cerraba el camino, pegó en el pecho á otro que le salía -al encuentro, al cual hizo retroceder ocho ó diez pasos; y echó á -correr en seguida con los puños levantados y cerrados convulsivamente, -dispuesto á castigar á cualquiera que se le pusiese por delante. La -calle veíase desembarazada y libre delante de él; mas á sus espaldas -oíase aumentar y crecer á cada instante el ruido y las terribles -voces de “¡á él, á él!, ¡al envenenador!”. Ignoraba el número de sus -perseguidores, y no sabía cómo podría salvarse. Su cólera se convirtió -en rabia, las angustias en desesperación; un espeso velo cubrió sus -ojos, echó mano á su cuchillo, lo abrió, se paró resueltamente, luego -dirigió su mirada torva y amenazadora hacia los que le perseguían, -y con el brazo extendido, blandiendo en el aire la reluciente hoja, -gritó: “¡Canalla infame!, ¡si hay alguno entre todos vosotros que sea -hombre, que avance!, yo le daré con éste una buena untura”. - -Mas vió con admiración y con un sentimiento confuso de placer que sus -perseguidores se habían detenido á cierta distancia como vacilantes. -Sin embargo, continuaban gritando, y al parecer hacían demostraciones -como si estuviesen poseídos de los malos espíritus á gentes que se -hallaban detrás de Renzo, pero bastante lejos todavía. Éste se volvió -de nuevo y divisó (su gran turbación no le había permitido verlo antes) -un carro que avanzaba, y detrás de éste una larga hilera de ellos con -su acostumbrado acompañamiento. Por otro lado, y á alguna distancia se -hallaba otra porción de gentes que de todas veras hubieran deseado -caer sobre el envenenador; mas estaban contenidas por el mismo -impedimento. Viéndose así entre dos fuegos, calculó que lo que para -éstas era un objeto de terror, podía serlo para él de salvación; por -lo tanto pensó que no era tiempo de hacerse el delicado: cerró su -cuchillo, echó á correr hacia los carros, pasó el primero, y observó -en el segundo que había un buen espacio desocupado; en su consecuencia -toma sus medidas, da un salto, y helo allí plantado sobre el pie -derecho, el izquierdo en el aire, y levantados ambos brazos. - ---¡Bravo, bravo! gritaron á una los _monatti_, algunos de los cuales -seguían el convoy á pie, otros subidos en los carros; y en fin, los -más, para referir exactamente lo horrible de semejante espectáculo, -iban sentados sobre los cadáveres y bebiendo de un gran jarro, el -que dando vueltas sin cesar pasaba de mano en mano.--¡Bravo, bravo, -magnífico golpe! - ---¿Has venido á ponerte bajo la protección de los _monatti_?, pues haz -cuenta que estás tan seguro como en una iglesia, le dijo uno de los que -se hallaban en el carro adonde se había subido. - -Los enemigos, al acercarse al tren, la mayor parte habían vuelto -las espaldas y se apartaban gritando siempre “¡á él, á él!, ¡al -envenenador!”. Algunos se retiraban con más lentitud, parándose de -cuando en cuando, rechinando los dientes y amenazando á Renzo, el cual -desde el carro les contestaba enseñándoles los puños. - ---Dejadme hacer, le dijo un _monatto_; y arrancando de uno de los -cadáveres un asqueroso harapo, lo anuda precipitadamente, lo coge -por uno de los extremos, lo levanta á manera de honda sobre aquellos -obstinados, y hace ademán de arrojárselo, gritando: “¡Aguardad, -canalla!”. Al observar esto, todos sin excepción emprendieron la fuga -horrorizados, y Renzo no vió más que las espaldas y las piernas de sus -enemigos, que se movían con la misma celeridad que las aspas de un -molino de viento. - -Entre los _monatti_ se elevó un grito unánime de triunfo, una larga -y estrepitosa carcajada de risa, un prolongado ¡juy! como para -acompañarles en su fuga. - ---¡Ja, ja! ¿Ves como sabemos proteger á la gente honrada? dijo aquel -mismo _monatto_ á Renzo. Más vale uno solo de nosotros que todos esos -maricas. - ---Seguramente, respondió Renzo, y bien puedo decir que os debo la vida, -por lo cual os doy las gracias de todo corazón. - ---¿De qué? contestó el _monatto_; tú te lo mereces, se conoce que eres -un valiente muchacho. Haces bien en untar á esa canalla; úntalos, -extirpa á esos miserables que nada valen hasta que mueren, que en -recompensa de la vida que llevamos nos maldicen y van vociferando que -así que concluya la peste quieren hacernos ahorcar á todos. Es preciso -que ellos mueran antes de que cese la epidemia; es indispensable que -los _monatti_ queden solos cantando victoria y regocijándose en Milán. - ---¡Viva la peste y muera la canalla! gritó otro; y después de -semejante brindis se acercó el jarro á los labios, y sosteniéndole con -ambas manos en medio de los vaivenes del carro, echó un buen trago, -ofreciéndole en seguida á Renzo, al cual dijo: “Bebe á nuestra salud”. - ---Os la deseo con todas las veras de mi alma, contestó Renzo, pero no -tengo sed, ni tampoco ganas de beber en este momento. - ---Á mi parecer has pasado un gran susto, dijo el _monatto_; tienes -facha de ser un pobre hombre; tu traza no es de envenenador. - ---Cada uno se ingenia como puede, dijo el otro. - ---Alargadme el jarro, dijo uno de los que caminaban al lado del carro, -quiero echar otro trago á la salud del amo del vino, que se encuentra -en nuestra buena compañía... me parece que está allí; sí, justamente, -dentro de aquel hermoso carruaje. - -Y con una risa siniestra y cruel señalaba el carro, delante del cual se -hallaba el pobre Renzo. Luego tomando su semblante un aire de seriedad -aún más infame y burlesco, hizo un gran saludo en aquella dirección, -y continuó diciendo: “Permitid, mi querido amo, que un pobre diablo -de _monatto_ paladee el vino de vuestra bodega. Consideradlo bien, -llevamos una vida... somos los que os hemos colocado en el carruaje -para conduciros á la campiña. Además, el vino, por poco que beban sus -señorías, no les sienta nunca bien; los pobres _monatti_, al contrario, -siempre tienen buen estómago”. - -Sus compañeros dieron grandes risotadas, en medio de las cuales cogió -el jarro y lo levantó; mas antes de beber se volvió á Renzo, le miró -fijamente, y con cierto aire de insultante compasión, le dijo: “Es -preciso que el diablo con quien has hecho pacto, sea bien joven; pues -si nosotros no te hubiésemos salvado, te daba un triste socorro”; y -entre un nuevo y general estrépito de ruidosas carcajadas, se aplicó el -jarro á la boca. - ---¿Y nosotros? ¡eh!, ¿y nosotros?, gritaron muchas voces desde el carro -que iba delante. El bribón, después de haber bebido hasta saciarse, -entregó con ambas manos el gran jarro á sus compañeros, los cuales se -lo pasaron de uno á otro, hasta que llegando al último de ellos, que -lo desocupó enteramente, lo cogió por el cuello, y dándole vueltas á -guisa de molinete, lo arrojó haciéndole mil pedazos contra el suelo -y gritando: “¡Viva la peste!” Después de estas palabras, se puso á -entonar una inmunda copla, siendo su voz acompasada por todas las demás -que componían aquel horrible coro. La infernal canción mezclada al -retintín de las campanillas, al rechinar de los carros, al ruido de -las pisadas de los caballos, resonaba en el silencioso espacio de las -calles, y retumbando en las casas comprimía dolorosamente el corazón de -los pocos que todavía las habitaban. - -¿Pero qué cosa no puede venir á veces á propósito? ¿qué es lo que no -puede parecernos bien en ciertos casos? El peligro de un momento antes -había hecho más que tolerable á Renzo la compañía de aquellos muertos y -de aquellos vivos; y al presente, semejante música se puede decir que -era grata á sus oídos, pues lo sacaba del embarazo de una conversación -poco satisfactoria. Medio trastornado todavía, daba gracias á la -Providencia desde lo íntimo de su corazón, de haber escapado de -tan inminente riesgo, sin recibir daño alguno ni tampoco hacerlo; -suplicando al mismo tiempo que le librase de sus mismos libertadores; -y además, por su parte estaba alerta, observaba á los _monatti_, -examinaba la calle para pillar la ocasión favorable de bajar despacio -del carro sin ser sentido, y evitar cualquier escándalo que hiciese -poner sobre sí á los que pasaban. - -De repente, al revolver una esquina, le pareció reconocer el sitio; -miró con más atención, y efectivamente se aseguró de ello. ¿Quieren -saber los lectores en dónde se encontraba nuestro héroe?, pues -bien, se hallaba en la calle que va á parar á la Puerta Oriental, -en aquella misma por la cual unos veinte meses antes había entrado -con tanta lentitud, y tuvo que volver á pasar al poco tiempo tan -precipitadamente. Recordó de pronto que desde allí se iba directamente -al lazareto, y el hallarse en dicha calle sin calcular ni preguntar, lo -tuvo por un especial favor de la Providencia, y por un feliz agüero de -todo lo demás. En el mismo instante salió al encuentro de los carros un -comisario gritando á los _monatti_ que parasen: en efecto, el convoy -se detuvo y la música se convirtió en un ruido diferente. Uno de los -_monatti_ que se hallaba en el carro de Renzo saltó á tierra: el joven -se dirigió al otro que quedaba y le dijo: “Os doy gracias por vuestra -caridad; que Dios os lo pague; y dicho esto saltó también por el otro -lado”. - ---Anda, anda, pobrecillo envenenador, respondióle aquél, no serás tú el -que destruya á Milán. - -Por fortuna no se encontraba por allí nadie que pudiese oirlo. El -convoy se había parado en el lado izquierdo; Renzo se encaminó -apresuradamente hacia el opuesto, y pegado á la pared de las casas, -siguió adelante con dirección al puente; pasó éste, continuó su marcha -por el arrabal, reconoció el convento de capuchinos, y próximo ya á la -puerta divisó un ángulo del lazareto, atravesó la verja, presentándose -á su vista la escena exterior de aquel fatal recinto: era un leve -indicio de lo que contenía en su interior; mas con todo, era un -espectáculo vasto, diverso é imposible de describir. - -Una inmensa muchedumbre se precipitaba en las avenidas; eran los -enfermos que iban en cuadrillas al lazareto; algunos se sentaban ó -caían á las orillas de los dos fosos que costean el camino, ya fuese -que sus fuerzas no hubiesen sido suficientes para conducirles á su -asilo, ya que habiendo salido de allí desesperados, les hubiesen -también faltado dichas fuerzas para ir más lejos. Otros, sumamente -enfermos, erraban desbandados como estúpidos, y no pocos privados -de razón; uno estaba sobremanera animado contando sus delirios á un -desgraciado que yacía abrumado por el mal, otro estaba furioso; por -último, aparecía otro que miraba á todas partes con aire risueño, como -si asistiese á un espectáculo muy divertido. En medio de tan triste -alegría, oíase una voz que cantaba hasta perder el aliento; el ruido -no parecía salir de aquella miserable reunión, y sin embargo dominaba -á todas las demás; era una canción de amor alegre y picaresca, á las -cuales los milaneses dan el nombre de _Villanelle_. Dejándose guiar por -el sonido para descubrir quién podía estar tan contento en aquellas -circunstancias y en semejante lugar, veíase á un desgraciado que -sentado tranquilamente en el foso que circuye las tapias del lazareto -cantaba á grito pelado. - -Apenas Renzo hubo dado algunos pasos dando la vuelta al costado -meridional del edificio, cuando se elevó al través de la multitud un -rumor extraordinario y un ruido de voces lejanas que gritaban: “¡Á -un lado!, ¡detente!”. Renzo se alzó de puntillas, y vió un caballo -corriendo á todo escape, espoleado por un extraño jinete: era un -frenético, que habiendo visto á dicho animal suelto, sin nadie que -le guardase junto á un carro, había saltado encima prontamente, y -pegándole en el cuello con el puño, haciendo servir de espuelas á sus -talones, lo aguijoneaba con furia. Los _monatti_ le seguían gritando, -un instante después no se divisaba más que una espesa nube de polvo en -lontananza. - -Así, aturdido y fatigado ya de ver miserias, el joven llegó á la puerta -de aquel lugar, en el cual acaso había más amontonadas que no había -visto en todo el espacio que había tenido que recorrer. Finalmente, -pasó el umbral, y permaneció un momento inmóvil debajo del pórtico. - - - - - CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO - - -Figúrese el lector el recinto del lazareto poblado de diez y seis mil -atacados de la peste; aquel vasto espacio enteramente cubierto por un -lado de cabañas y de tiendas, por otro de carros, más allá de hombres, -aquellas dos prolongadas hileras de pórticos á derecha é izquierda -llenas de moribundos ó de cadáveres tendidos en jergones ó encima de -mugrientas y desnudas pajas, percibiéndose y sobresaliendo al través -de aquella inmensa morada de dolores un ruido sordo, parecido al -lejano murmullo de las olas agitadas por la tempestad. Veíanse por -doquier convalecientes, frenéticos, enfermeros, un ir y venir, pararse, -correr, inclinarse y levantarse. Tal fué el espectáculo que se ofreció -á un mismo tiempo á la vista de Renzo, teniéndole clavado allí por -un momento, estupefacto y afligido. No nos proponemos ciertamente el -describir con minuciosidad dicho espectáculo, ni tampoco creemos que -el lector lo desee, y sí tan solo acompañaremos á nuestro joven en -su penosa marcha: nos detendremos en los parajes que él se detenga, -diremos todo cuanto sea preciso de lo que vió, refiriendo lo que hizo y -lo que después le aconteció. - -Desde la puerta en donde se había parado hasta la capilla, que estaba -situada en el centro, y desde ésta á la otra puerta de enfrente, -formaba una especie de calle cubierta de cabañas y de toda clase de -obstáculos fijos. Á la segunda ojeada divisó Renzo en la expresada -calle ó prolongado pasadizo una multitud de carretones que conducían de -una parte á otra las cosas necesarias á los moradores que encerraba tan -fatal recinto; vió también capuchinos y seglares que dirigían aquellas -operaciones, los cuales hacían salir de allí á los que nada hacían. -Temiendo nuestro héroe el ser echado del mismo modo, se escondió al -instante entre las cabañas que se hallaban á su derecha, casualmente -hacia el lado en que él se encontraba. - -Continuaba avanzando, á medida que iba descubriendo sitio para poner -el pie, de cabaña en cabaña, asomándose en todas, observando las camas -que se hallaban al descubierto, examinando los rostros abatidos por -los padecimientos, contraídos por el espasmo ó por la inmovilidad de -la muerte, por si acaso daba con aquel que, sin embargo, tanto temía -encontrar allí. Había andado ya mucho y repetido varias veces aquel -doloroso examen sin ver á mujer alguna, en vista de lo cual calculó -que debían estar en lugar separado. Efectivamente, lo adivinaba; mas -en dónde pudiera ser, ni tenía el más pequeño indicio, ni de dónde -sacarlo. Encontraba á su paso muchos individuos destinados en el -establecimiento, tan diferentes en aspecto, maneras y trajes, cuan -diverso y opuesto era el principio que les daba á todos una fuerza -igual de vivir prestando tales servicios, viéndose en los unos una -total extinción de piedad, y en los otros una compasión sobrehumana. -Pero ni á unos ni á otros se atrevía á preguntar, para no tropezar -con alguna dificultad; y concluyó por andar, andar hasta llegar á -encontrar á las mujeres. Al propio tiempo que así lo hacía, no dejaba, -sin embargo, de mirar á todas partes; mas de cuando en cuando se veía -obligado á retirar contristado su mirada, desvanecido á la presencia de -tantas desgracias. ¿Pero adónde debía volver la vista, adónde detenerla -más que sobre otras y otras desgracias? - -La atmósfera misma y el cielo aumentaban el horror de aquella escena, -si es que pudiese haber algo que lo aumentase. La espesa niebla se -había ido aclarando poco á poco, dividiéndose en mil nubecillas -flotantes, que condensándose cada vez más, parecían anunciar una -tempestad. En medio de aquel cielo encapotado y sombrío, se presentaba -como cubierto de un espeso velo el disco del sol, pálido, sin rayos, -arrojando una claridad triste y dudosa, y esparciendo un calor pesado -y sofocante. En medio de aquel vasto rumor, oíase elevarse por -intervalos, sordos é interrumpidos gemidos, no pudiéndose decir de -dónde salían, aun escuchando con la mayor atención; únicamente, se -hubiera creído oir un ruido lejano de carros que se paraban de repente. -No se veía en la campiña de los alrededores, ni agitarse siquiera -una sola hoja en los árboles, ni tampoco posarse ningún pájaro en -ellos: únicamente la golondrina, apareciendo de súbito en el techo del -recinto, dirigía su vuelo hacia abajo, con las alas extendidas como -si fuese á rozar la tierra; mas asustada de aquel bullicio, volvía -á emprender su vuelo y huía. Asemejábase todo aquello á una de esas -épocas en que entre una reunión de viajeros no hay uno que rompa el -silencio; en que el cazador camina pensativo con la vista fija en la -tierra; en que el labrador, trabajando en su campo, deja de cantar sin -advertirlo; asemejábase, repito, á uno de esos momentos precursores del -huracán, en los cuales la naturaleza, como inmóvil en el exterior y -agitada por un trabajo interior, parece oprimir á todo ser viviente, y -añade cierta pena molesta á toda ocupación, al ocio y á la existencia -misma. Pero en aquel lugar, destinado á los padecimientos y á la -muerte, se veía al hombre hecho presa ya del mal, ceder á la nueva -opresión, como también sucumbir los enfermos á centenares, siendo la -agonía postrera la más cruel, y en este colmo de dolores los quejidos -más sofocados, el último estertor más penoso. Quizás en aquella mansión -de miserias no había tenido lugar todavía una hora tan terrible como la -que describimos. - -Nuestro joven había dado ya una gran vuelta sin fruto por entre -la inmensa multitud de cabañas, cuando en medio de la confusión y -diversidad de lamentos comenzó á distinguir una mezcla singular de -lloros de niños y de balidos, hasta que llegó á una especie de tapia -ó tabique medio hendido y estropeado, detrás del cual salía aquel -extraordinario ruido. Miró por una ancha abertura que había entre -dos vigas, y vió un recinto en el que se hallaban varias cabañas -esparcidas, y tanto en ellas como en el pequeño campo no divisó la -acostumbrada reunión de enfermos, sino una infinidad de pequeñas -criaturas echadas sobre colchoncitos, almohadas y sábanas extendidas, -teniendo á su alrededor nodrizas y otras mujeres para cuidarlas; pero -lo que más que todo llamaba la atención y atraía las miradas de Renzo, -era el ver mezcladas en medio de dichas mujeres á varias cabras, -convertidas en auxiliares de aquéllas: en una palabra, era una especie -de inclusa, según lo permitían el lugar y las circunstancias. Era, -repito, una cosa singular el contemplar á algunos de los expresados -animales parados y quietos sobre éste ó aquel niño, dándoles de mamar; -otros acudir prontamente á los lloros del mismo modo que podría hacerlo -una madre; pararse junto al tierno infante, procurando colocarse encima -con sumo cuidado, dando balidos y bullendo sin cesar como llamando que -fuese alguien en su auxilio. - -Veíanse sentadas en varias partes nodrizas con niños colgados al pecho; -algunas de ellas manifestando tales muestras de cariño, que hacían -dudar al que miraba si habían sido atraídas á aquel paraje por el ansia -de la remuneración ó por esa caridad espontánea que va en busca de los -necesitados y de los que padecen. Una de dichas nodrizas, en extremo -afligida, desprendía de su pecho á una criatura que lloraba con fuerza, -é iba tristemente buscando el animal que hiciera sus veces. Otra -contemplaba satisfecha al que se le había quedado dormido con el pecho -en la boca, y besándole dulcemente, se dirigía á una cabaña con el fin -de colocarlo sobre un colchoncito. Mas una tercera, abandonando su -pecho á una criatura extraña con cierto aire, no de negligencia, pero -sí de preocupación, miraba fijamente al cielo: ¿qué pensaba en aquel -instante, en aquella actitud, con aquellas miradas, sino en el hijo -nacido de sus entrañas, que quizá poco antes había chupado aquel pecho, -y que también acaso exhalara sobre él su último suspiro? Otras mujeres -de más avanzada edad, estaban ocupadas en desempeñar otras faenas. -Una acudía á los gritos de un niño hambriento; lo tomaba en brazos, -y lo llevaba cerca de una cabra que pacía en medio de un montón de -fresca yerba, aproximándolo á la teta, llamando al inexperto animal y -acariciándole á la vez hasta que prestaba dulcemente su servicio. Ésta -corría afanosa á coger á un pobrecito á quien pisaba una cabra, del -todo atenta en dar de mamar á otro; aquélla llevaba el suyo de un lado -á otro, meciéndolo, procurando bien dormirlo por medio del canto, bien -acallándolo con cariñosas palabras, y dándole un nombre que ella misma -le había puesto. En esto se presentó un capuchino de blanquísima barba, -llevando dos tiernos niños que lloraban amargamente, los cuales acababa -de sacar de entre los brazos de las madres expirantes. Una mujer acudió -presurosamente á recibirlos, después de lo cual anduvo mirando entre -las nodrizas y las cabras, con el objeto de encontrar de pronto quien -ocupase el lugar de madre. - -Más de una vez, Renzo, impulsado por el primero y el más fuerte de -sus pensamientos, se había separado de la abertura para proseguir su -marcha; mas en seguida volvía á fijar la vista para mirar todavía otro -poco. - -Finalmente, apartándose de allí, fué dando la vuelta al tabique, hasta -que una porción de cabañas apoyadas en él lo forzaron á volverse. -Entonces continuó su camino arrimado á dichas cabañas, con la mira -de acercarse otra vez al mencionado tabique, siguiendo hasta su -conclusión, y con esto descubrir nuevo terreno. Mientras miraba hacia -adelante para examinar el camino, una aparición repentina, pasajera, -instantánea, hiere su vista y turba su espíritu. Ve á unos cien -pasos de distancia pasar y perderse de pronto entre las barracas un -capuchino, que aun de lejos y en medio de aquella precipitación, -tenía el mismo modo de andar, todas las maneras, y por último las -formas todas del padre Cristóbal. Imagínese el lector el ansia con que -correría hacia el paraje por donde el fraile había desaparecido: busca -de aquí, busca de allí, delante, detrás, dentro y fuera de aquellos -lugares; en fin, le vuelve á ver á bastante distancia que se alejaba de -una gran marmita, encaminándose con una cazuela en la mano hacia cierta -cabaña; luego observa que se sienta en el umbral, que hace la señal -de la cruz sobre la citada cazuela que tiene delante; y mirando á su -alrededor, como un hombre que siempre está alerta, se pone á comer. Era -justamente el mismo padre Cristóbal. - -Referiremos en dos palabras la historia del buen fraile desde el -momento en que lo perdimos de vista, hasta su actual encuentro. No -se había movido nunca de Rímini, ni había pensado siquiera en ello, -á no ser por la peste que estalló en Milán, la cual le ofreció la -ocasión de hacer lo que siempre había deseado tanto: esto es, dar la -vida por su prójimo. Suplicó con grandes instancias el ser llamado -para servir y asistir á los apestados. Aquel conde, miembro del -consejo secreto, pariente del conde Attilio, había muerto, y por otro -lado, en los tiempos que corrían se necesitaban más bien enfermeros -que diplomáticos, por lo cual accedieron sin dificultad alguna á sus -ruegos. En seguida se dirigió á Milán, y entró en el lazareto, haciendo -cerca de tres meses que se hallaba en él. - -Mas el consuelo que experimentó Renzo al encontrar á su buen fraile, -no fué completo ni tan siquiera un solo momento. ¡Era él! Pero, ¡cuán -cambiado estaba! Veíasele sumamente encorvado, abatido y como triste; -el rostro pálido y demacrado; observábase en todo él una naturaleza -exhausta, una vida apagada y expirante, sostenida por los esfuerzos de -su grande alma. - -Tenía también la mirada fija sobre el joven que se dirigía hacia él, y -que no atreviéndose á darse á conocer por medio de la voz trataba de -hacerlo con el gesto. “¡Oh, padre Cristóbal!”, dijo luego que estuvo -bastante cerca para ser oído sin gritar. - ---¡Tú aquí! respondió el fraile, dejando la cazuela en el suelo y -levantándose. - ---¿Cómo estáis, padre? ¿cómo estáis? - ---Mejor que todos esos infelices que ves aquí, repuso el fraile; y su -voz era débil, extinguida y mudada como todo lo demás. Sus ojos se -conservaban en su primitivo estado, notándose en ellos un cierto no sé -qué de más vivo y espléndido; como si la caridad elevada por el peligro -de la obra, y exaltada por sentirse próxima á su principio, le hubiese -restituido un fuego más ardiente y puro que el que la enfermedad iba -extinguiendo poco á poco. - ---Pero tú, proseguía, ¿cómo es que te hallas aquí? ¿por qué vienes de -este modo á desafiar la peste? - ---Gracias á Dios, la he pasado. Ahora vengo... en busca de... Lucía. - ---¡Lucía! ¿está aquí Lucía? - ---Seguramente; á lo menos confío en Dios en que aún estará aquí. - ---¿Es tu esposa? - ---¡Oh, mi querido padre! no, no es mi esposa. ¿Ignoráis todo lo que ha -sucedido? - ---En efecto, hijo mío; desde que Dios me alejó de vosotros, nada más he -sabido; pero ahora que él te envía, digo francamente que deseo tener -noticias de todo. Pero... ¿y el destierro? - ---¿Sabéis, pues, las cosas que me han pasado? - ---¿Pero tú, qué has hecho? - ---Escuchad; si quisiese decir que aquel día en Milán tuve juicio, -mentiría; mas tampoco he cometido ninguna mala acción. - ---Lo creo, y también lo creía antes. - ---Ahora, pues, lo podré decir todo. - ---Espera, dijo el fraile; y dando algunos pasos fuera de la cabaña, -llamó: “¡Padre Víctor!”. Un momento después se presentó un joven -capuchino, al cual dijo: “Padre Víctor, dispensadme la caridad de velar -por mí á esos infelices, mientras me separo cortos instantes; y sin -embargo, si alguno me busca, llamadme en seguida. ¡Aquel individuo -sobre todo! si diese la más leve señal de volver en sí, avisadme por -favor prontamente”. - ---Descuidad; así lo haré, respondió el joven. Entonces el anciano -dirigiéndose á Renzo le dijo: “Entremos aquí. Pero... añadió -súbitamente, me parece que estás muy extenuado, y por lo tanto debes -tener necesidad de comer”. - ---Es cierto, replicó Renzo; ahora que me hacéis pensar en ello, -recuerdo que todavía estoy en ayunas. - ---Espera, dijo el fraile, y fué á llenar otra cazuela adonde se hallaba -la marmita, dándosela á Renzo juntamente con una cuchara. Después lo -hizo sentar sobre un mal jergón que le servía de lecho; luego puso un -vaso de vino en una mesita junto á su convidado, volvió á tomar en -seguida su cazuela, y se sentó al lado de Renzo. - ---¡Oh, padre Cristóbal! ¡vos solo érais el que podía hacer esto! -¡Siempre el mismo! Os doy las gracias de todo corazón. - ---No es á mí á quien debéis darlas; esto pertenece á los pobres; mas -en la actualidad tú lo eres también. Ahora dime lo que ignoro; háblame -de nuestra pobre niña, y trata de hacerlo en pocas palabras, porque -el tiempo es precioso, y tengo mucho que hacer, según tú mismo estás -viendo. - -Renzo comenzó entre una y otra cucharada la historia de Lucía: contó -que se había refugiado en el convento de Monza; del modo que había -sido robada... Á la imagen de tantos sufrimientos y peligros, á la -idea de que él había encaminado á dicho paraje á la pobre inocente, -el buen fraile se quedó sin aliento; mas se repuso en seguida al oir -de la manera milagrosa que había sido librada, devuelta á su madre, y -confiada por esta misma á D.ª Prajedes. - ---Ahora voy á hablar de mí, prosiguió Renzo, y refirió sucintamente -la jornada de Milán, su fuga y cómo en todo el tiempo que siguió -había permanecido lejos de su casa, habiéndose arriesgado á ir en la -actualidad, á causa de estar todo tan revuelto; que no había podido -encontrar á Inés; y, por último, que en Milán había sabido que Lucía -estaba en el lazareto. Y aquí estoy, concluyó diciendo, aquí estoy con -el objeto de buscarla, para saber si vive, y si... me quiere todavía... -porque... á veces... - ---Pero, replicó el fraile, ¿hay algún indicio del lugar en que ha sido -colocada, al ser conducida aquí? - ---Ninguno, mi querido padre, ninguno más sino que ella está aquí, si es -que así sea; que Dios lo quiera. - ---¡Oh, desgraciado joven! ¿Mas qué pesquisas has hecho hasta ahora? - ---He dado vueltas y más vueltas; pero en medio de tanta confusión no he -visto casi más que hombres. He calculado que las mujeres deben estar -en un lugar aparte; mas no he podido encontrarlo: si es así, ahora me -haréis la caridad de enseñármelo. - ---¿Ignoras, hijo mío, que está prohibido el que los hombres entren en -él, no siendo destinados á prestar sus servicios? - ---¡Y bien! ¿Qué me puede suceder? - ---La ley es justa y santa, mi querido amigo; y si la multitud y -gravedad de los males no permite que se pueda hacer observar con -todo rigor, ¿es ésta una razón para que un joven honrado se atreva á -infringirla? - ---Pero, ¡padre Cristóbal! dijo Renzo; Lucía debía ser mi esposa; vos -mismo sabéis cómo hemos sido separados; hace veinte meses que sufro, y -tengo paciencia; he venido aquí á riesgo de una infinidad de cosas, que -si malas son unas, mucho peores son las otras, y ahora... - ---No sé qué decirte, replicó el fraile, respondiendo más bien á sus -pensamientos que á las palabras del joven: tú vas con buena intención; -¡pluguiera á Dios que todos los que tienen libre acceso en estos -lugares, se portasen como yo estoy seguro que tú lo harás! Dios, que -ciertamente bendice ésta tu perseverancia en amar, ésta tu felicidad en -querer y buscar á la que él te había dado; Dios, que es más riguroso -que los hombres, pero también más indulgente, no querrá consentir nada -que no sea regular en este tu modo de buscarla. Recuerda tan solo -que de tu conducta en este sitio ambos tendremos que dar cuenta, no -regularmente á los hombres, pero sí á Dios. Sígueme. - -Al decir estas palabras se levantó, y Renzo hizo lo mismo. Éste -permanecía con la mayor atención, habiendo decidido en su interior, -según se había propuesto antes, el no hablarle de la consabida promesa -de Lucía. “Si lo llega á saber, pensó entre sí, de seguro me pondrá -otras dificultades. Ó la encuentro, y tendremos siempre tiempo de -reflexionar, ó... y entonces, ¿de qué puede servirme?” - -Después de haberlo conducido á la entrada de la cabaña, el fraile -prosiguió diciendo: “Escucha; nuestro padre Félix, que es el presidente -del lazareto, lleva hoy á unos cuantos convalecientes que se hallan -aquí, para que hagan cuarentena. ¿Ves esa iglesia que hay en el -centro?...”, y levantando su mano trémula y descarnada, señalaba á la -izquierda, en el sombrío espacio, la cúpula de la capilla que dominaba -las miserables cabañas. “Ellos van á reunirse allí para salir en -procesión por la puerta por la cual tú debes haber entrado”. - ---¿Has oído ya algún toque de campana? - ---En efecto, he oído uno. - ---Era el segundo; al tercero estarán todos reunidos; el padre Félix -pronunciará un pequeño discurso, y en seguida emprenderá la marcha con -ellos. Tú, á esta señal, trasládate allí; procura colocarte detrás de -la procesión, á una orilla del camino, desde donde, sin estorbar á -nadie ni hacerte notar, puedes verla pasar; y después ves... ves si -ella va. Si Dios no ha querido que la pobrecita se encuentre allí, en -ese lado; y diciendo esto, levantó de nuevo la mano, señalando la parte -del edificio que tenían delante de sí;--ese lado de la fábrica y una -porción de terreno que hay enfrente, está asignado á las mujeres. Verás -una empalizada que divide aquel cuartel de éste, mas interrumpida, -abierta en algunos parajes, de modo que podrás entrar sin dificultad -alguna. Cuando estés ya dentro, trata de no hacer nada que pueda dar -lugar á sospechas; y así será probable que nadie se meta contigo. Con -todo, si te ponen algún obstáculo, di que el padre Cristóbal de *** -te conoce y responde de ti. Búscala, búscala con confianza, y... con -resignación; pues ten presente que lo que has venido á pedir aquí es -una cosa muy grande, cual es una persona viva en el lazareto. ¿Sabes -cuántas veces he visto renovarse en estos lugares á mi pobre pueblo? -¿Cuántas me lo he visto arrebatar? ¿Cuán poco lo he visto salir? Ve -pues dispuesto á llenar ese penoso sacrificio... - ---¡Ya!... ¡sí; comprendo! le interrumpió Renzo con extraviados ojos y -demudado semblante.--¡Comprendo! Voy; miraré, buscaré por todas partes; -recorreré todo el lazareto... ¡Y si no la encuentro!... - ---¡Si no la encuentras! dijo el fraile con grave y atento ademán y con -escrutadora mirada. - -Pero Renzo, á quien la cólera, largo tiempo amontonada en su corazón, -turbaba la vista y quitaba todo respeto, prosiguió: “Si no la -encuentro, procuraré encontrar á otro, ó en Milán, ó en su abominable -palacio, ó en el cabo del mundo, ó en el mismo infierno, encontraré á -ese malvado que nos ha separado, al infame que ha tenido la culpa de -que Lucía no me permanezca veinte meses hace; y si hubiésemos estado -destinados á morir, á lo menos hubiéramos muerto juntos. En fin, si aún -existe, yo daré con él...”. - ---¡Renzo! replicó el fraile, cogiéndole por un brazo y mirándole -todavía con más severidad. - ---Y si lo encuentro, prosiguió Renzo, ciego enteramente de cólera,--si -es que la peste no me ha hecho ya justicia... Ya se acabó el tiempo -en que un cobarde rodeado de sus bravos podía reducir á las gentes á -la desesperación y burlarse de ellas. Ha llegado ya el día en que los -hombres se encuentran cara á cara: ¡yo me haré justicia! sí, ¡yo mismo -me la haré! - ---¡Desgraciado! exclamó el padre Cristóbal, con voz sonora y reforzada -de repente. “¡Desgraciado!” Y su cabeza inclinada se levantó, sus -mejillas recobraron la antigua vida, y el fuego que despedían sus -ojos tenía un no sé qué de terrible. “¡Mira, desgraciado!” Y mientras -oprimía y sacudía fuertemente con una mano el brazo de Renzo, paseaba -la otra delante de él, obligándole á contemplar la dolorosa escena -que tenía á la vista. “¡Mira quién es el que castiga; quién el que -juzga, y no es juzgado; quién el que impone penas, y perdona! ¡Pero -tú, miserable gusano, tú, quieres hacerte justicia! ¿Sabes acaso lo -que es justicia? ¡Vete, infeliz, vete! Yo esperaba... sí; he tenido la -esperanza de que antes de morir Dios me concedería el consuelo de saber -que mi pobre Lucía vivía todavía, de verla quizás, de oirla hacerme la -promesa de que me enviaría una súplica á la huesa en donde descansen -mis restos mortales. Anda; tú has arrebatado mi esperanza: Dios no la -ha dejado sobre la tierra para ti; y no tendrás ciertamente la audacia -de creerte digno de que Dios piense siquiera en consolarte; habrá -pensado en ella, porque es de las almas á las cuales están reservados -los goces eternos. ¡Anda! no tengo tiempo de escucharte ya más”. - -Al decir estas palabras, rechazó el brazo de Renzo, y se dirigió hacia -una cabaña de apestados. - ---¡Ah, padre mío! dijo Renzo, siguiéndole con ademán suplicante, -¿queréis que me vuelva de este modo? - ---¡Cómo! repuso el capuchino con no menos severo acento, “¿tendrás la -osadía de pretender que yo robe el tiempo á esos pobres afligidos, los -cuales están aguardando que les hable del perdón de Dios, por escuchar -tus palabras iracundas y tus proposiciones de venganza? Te he prestado -atención cuando me pedías consuelos y consejos; he quitado el tiempo -debido á la caridad; mas ahora que se ha apoderado la venganza de tu -corazón, ¿qué pretendes de mí? Parte. He visto morir á los ofendidos -perdonando, á los agresores lamentándose de no poder humillarse ante el -agraviado; he llorado con los unos y con los otros; pero contigo, ¿qué -he de hacer?” - ---¡Ah, yo le perdono! ¡Yo le perdono: sí; le perdono para siempre! -exclamó el joven. - ---Renzo, dijo el fraile con una severidad más tranquila: piénsalo bien, -y dime cuántas veces lo has perdonado. - -Y habiendo permanecido algunos instantes sin recibir respuesta, inclinó -de repente la cabeza, y con voz más baja y lenta continuó: “¿Sabes tú -por qué llevo este hábito?”. - -Renzo titubeaba. - ---¿Lo sabes? repuso el anciano. - ---Lo sé. - ---Yo también he odiado; yo, que te he reprendido por un pensamiento, -por una palabra. Al hombre que aborrecía, que aborrecí largo tiempo, le -di muerte. - ---Sí, pero era un poderoso, uno de los... - ---¡Silencio! gritó el fraile. ¿Crees tú que si hubiese habido alguna -buena razón para disculpar semejante atentado, no la habría encontrado -en el espacio de treinta años? ¡Ah, si pudiera ahora introducir en tu -corazón el sentimiento que después he tenido siempre y que aún ahora -tengo hacia el hombre que tanto aborrecí! ¡Si yo pudiera!... pero Dios -lo puede todo: ¡que él lo haga!... Escucha, Renzo; el Señor te quiere -más de lo que tú te quieres á ti mismo: tú has podido pensar en la -venganza; pero él tiene bastante fuerza y suficiente misericordia para -alejarte de ella; te concede una gracia, de la cual algunos no serían -dignos. No ignoras, y tú mismo lo has dicho repetidas veces, que él -puede detener la mano de un poderoso; mas es preciso que sepas también -que puede parar la de un vengativo. Y porque eres pobre, porque te -han ofendido, ¿crees que no puede defenderte de un hombre que ha -criado á su semejanza? ¿Juzgas acaso que te dejará hacer todo lo que -quieras? ¡No! ¿Pero sabes lo que él puede hacer? Puede aborrecerte y -perderte; puede por ese mal pensamiento que te anima, alejar de ti toda -bendición; porque de cualquier modo que vayan las cosas, sea cual fuere -tu suerte, ten por seguro que todo será castigo, hasta que tú hayas -perdonado de manera que no puedas volver á decir jamás: yo le perdono. - ---Sí, sí, dijo Renzo, enteramente conmovido y confuso: comprendo que -jamás lo había perdonado de veras; comprendo que he hablado como una -bestia, y no como un cristiano; y ahora con el favor especial del -Señor, sí; lo perdono de todo corazón. - ---¿Y si le vieses? - ---Rogaría á Dios que me diese paciencia y que tocase su corazón. - ---Acuérdate que el Señor no nos ha dicho que perdonemos á nuestros -enemigos, sino que los amemos. Recuerda que él los amó hasta morir por -ellos. - ---Es muy cierto. - ---Pues bien, sígueme. Has dicho: lo encontraré; sí, lo encontrarás. Ven -y verás contra quién podías conservar tu odio, á quién podías desear -mal, á quién hacerlo, y contra qué vida querías atentar. - -Después de esto cogió la mano de Renzo, y apretándola del mismo modo -que hubiera podido hacerlo un joven lleno de fuerza y robustez, echó á -andar. Éste, sin atreverse á preguntar ni pedir más, le siguió. - -Á los pocos pasos, el fraile se paró á la entrada de una cabaña, miró -fijamente á Renzo con cierto aire de gravedad y ternura, y lo introdujo -dentro. - -La primera cosa que se veía al entrar, era un enfermo sentado sobre la -paja, en el fondo; un enfermo que no estaba, sin embargo, de peligro, y -que aún parecía próximo á la convalecencia, el cual, al ver al padre, -sacudió la cabeza como en señal de negativa: el fraile también inclinó -la suya, con ademán de tristeza y resignación. Entretanto Renzo, -dirigiendo con inquieta curiosidad la vista á los demás objetos, vió -á tres ó cuatro enfermos, divisando además uno en un rincón que yacía -tendido sobre un colchón de pluma, envuelto en una sábana y abrigado -con una capa de caballero á guisa de cobertor. Miróle fijamente, y -reconociendo á D. Rodrigo, hizo ademán de retroceder; mas el fraile, -haciéndole sentir de nuevo con fuerza la presión de la mano con la -cual lo tenía cogido, le mostraba con la otra al individuo que estaba -allí acostado. El infeliz permanecía inmóvil; sus ojos, espantosamente -abiertos, nada veían; su rostro, pálido y cubierto de manchas lívidas; -sus labios, negros é hinchados; en una palabra, hubiérase dicho que -era el semblante de un cadáver, si una contracción violenta no hubiese -revelado una vida tenaz. Veíase por intervalos levantársele el pecho -con penosa respiración; su mano derecha, fuera de la capa, apretaba -convulsivamente el corazón con sus dedos lívidos y negros en sus -extremidades. - ---¡Ya lo ves!, dijo el fraile en voz baja y solemne. Esto puede ser -un castigo, acaso un acto de misericordia. La misma compasión que -experimentes al presente por este hombre que te ha ofendido, Dios -á quien también has colmado de ofensas, la tendrá de ti en su día. -Bendícele, y sé bendecido. Cuatro días hace que está como le ves, sin -dar ninguna señal de vida. ¡Quizás el Señor esté dispuesto á concederle -una hora de arrepentimiento, pero él desearía que tú se la pidieses; -acaso quiere también que se lo ruegues juntamente con nuestra pobre -Lucía; puede ser que reserve dicha gracia á tu sola súplica, á los -ruegos de un corazón afligido y resignado, quizás la salvación de este -hombre y la tuya dependan ahora de ti, de un sentimiento de perdón por -tu parte, de compasión... de amor! - -Calló, y juntando las manos, inclinó la cabeza como en ademán de rezar, -y Renzo hizo lo mismo. - -Después de algunos instantes de permanecer en semejante actitud, se -dejó oir el tercer toque de la campana. Levantáronse ambos á un mismo -tiempo, y salieron. No hubo de una ni otra parte preguntas ni protestas -de ningún género; sus semblantes eran los que hablaban. - ---Ahora ve, repuso el fraile; ve preparado á hacer un sacrificio, como -también á alabar á Dios, cualquiera que sea el éxito de tus pesquisas; -después de lo cual ven á darme cuenta del resultado, los dos á una lo -alabaremos. - -Al acabar de decir esto, sin añadir una palabra más, se separaron; el -uno se volvió por donde había venido, el otro se encaminó hacia la -capilla que se hallaba situada á unos cien pasos de distancia de aquel -paraje. - - - - - CAPÍTULO DECIMOCTAVO - - -¡Quién había de haber dicho á Renzo algunas horas antes que en medio de -sus indagaciones, al empezar los momentos más dudosos y decisivos, su -corazón se hallaría dividido entre Lucía y D. Rodrigo! Y sin embargo, -así era: la figura de este último venía á mezclarse á todas las -imágenes queridas y terribles que en tan fatal travesía la esperanza -y el temor hacían nacer sucesivamente en su espíritu: las palabras -que había oído junto á aquel lecho de dolores, se colocaban entre las -crueles incertidumbres de que su alma se veía combatida, y no podía -terminar una súplica por el feliz éxito de su empresa sin volver á -reanudar la que había comenzado, cuando el sonido de la campana lo -interrumpió. - -La capilla de forma octógona que se ostenta, elevada sobre una pequeña -escalinata en el centro del lazareto, era en su primitiva construcción -abierta por todos lados sin otro sostén que un montón de pilastras -ó columnas; en cada fachada un arco entre dos intercolumnios; por -la parte interior daba vueltas un pórtico alrededor de la capilla, -compuesta de ocho arcos correspondientes al número de sus fachadas, -con su cúpula encima; de modo que el altar erigido en el centro podía -ser visto desde las ventanas de todos los departamentos del recinto y -también casi de todas partes del campo. Al presente, convertido dicho -edificio para otros muy diferentes usos, han sido tapiados los vacíos -de los arcos; pero habiendo quedado intacto el antiguo osario, indica -claramente su anterior estado y su destino primitivo. - -Apenas Renzo se había encaminado al sitio que acabamos de describir, -cuando vió aparecer en el pórtico de la mencionada capilla al padre -Félix, el cual se paró debajo del arco que mira á la ciudad, á cuyo -frente se hallaba reunida la comitiva. Por el continente y ademanes -que presentaba el santo varón á la distancia en que estaba Renzo, -comprendió que había empezado á predicar. - -Dió vueltas y más vueltas con el fin de llegar y colocarse detrás de -todo el auditorio según se le había prevenido. Por último habiéndolo -conseguido, lo recorrió todo con la vista y no distinguió más que una -multitud, ó mejor diremos un enlosado de cabezas. En el centro había -cierto número cubiertas con pañuelos ó velos; hacia dicho lado fué -donde fijó con más atención sus miradas; pero no llegando á descubrir -nada de particular, las dirigió también hacia donde todos las tenían -fijas. Sintióse sobrecogido de emoción y respeto á la vista del -venerable aspecto del sagrado orador, y con toda la atención que podía -quedarle en su actual situación y en aquel momento de incertidumbre -terrible, oyó la siguiente parte del solemne sermón: - -“Concedamos un recuerdo, á lo menos á tantos millares de seres que han -entrado allí”; y con el dedo levantado señalaba la puerta que conducía -al cementerio llamado de _S. Gregorio_, que entonces no era más que -una sola y vasta fosa: “Echemos una ojeada en torno de los muchos que -aquí quedan, demasiado inciertos del sitio donde irán á parar; lancemos -una mirada sobre nosotros mismos, reducidos á un número tan escaso. -¡Bendito sea el Señor! ¡bendito sea en su justicia, bendito en su -misericordia, en la muerte, en la vida! ¡Bendito sea por la elección -que ha querido hacer de nosotros! ¡Oh! ¿Por qué lo ha querido, hijos -míos, sino para reservarse un pequeño pueblo corregido por la aflicción -y fortalecido por el reconocimiento; sino porque reflexionando al -presente más vivamente que la vida es un don suyo, prestemos la -estimación que merece una cosa dada por él, empleándola en acciones -ú obras que sean dignas de ofrecérsele; sino á fin de que la memoria -de nuestros padecimientos nos vuelvan compasivos y nos inspiren deseos -de socorrer á nuestro prójimo? Entretanto, esos en cuya compañía -hemos sufrido, esperado y temido; entre los cuales dejamos amigos y -parientes, y que últimamente todos son hermanos nuestros; esos, repito, -al veros pasar por medio de ellos, mientras que recibirán quizás algún -alivio pensando que otros salen de aquí con vida, ven al propio tiempo -la edificación de nuestro continente. No permita Dios que puedan -descubrir en nosotros una alegría estrepitosa, una alegría mundana por -haber escapado de la muerte, con la cual ellos luchan, todavía. Que -vean que partimos dando gracias al cielo por nosotros, y rogando por -ellos, y que puedan decir: ¡Aun fuera de este lugar, ellos se acordarán -de nosotros, y continuarán rogando por los desgraciados! Empecemos -desde este viaje, desde estos primeros pasos que vamos á dar, una vida -enteramente llena de caridad. Que los que hayan recobrado su antiguo -vigor, presten un brazo fraternal á los débiles: ¡jóvenes, sostened á -los ancianos! ¡Vosotros los que habéis quedado sin hijos, ved á vuestro -alrededor cuántos hijos han quedado sin padres! ¡Sedlo para ellos! Y -esta caridad, redimiendo vuestros pecados, endulzará también vuestros -dolores”. - -En esto, un sordo murmullo de gemidos y sollozos que iba cada vez más -en aumento entre el auditorio, fué suspendido de repente viendo al -predicador ponerse una cuerda al cuello y caer de rodillas. Se aguardó -con el mayor silencio lo que iba á decir. - ---Por mí, dijo, y por todos mis compañeros, que desprovistos de todo -mérito hemos tenido el privilegio de ser escogidos para servir á Cristo -en vuestras personas, os pido humildemente perdón si no hemos llenado -dignamente un tan grande ministerio. Si la pereza, si la indocilidad -de la carne nos ha vuelto menos atentos á vuestras necesidades, menos -prontos á vuestros llamamientos; si una injusta impaciencia, si un -culpable tedio nos ha hecho que os mostremos un semblante enojado y -severo; si alguna vez el miserable pensamiento de que vosotros nos -necesitabais, nos ha llevado á no trataros con toda aquella humanidad -que se requería; si nuestra fragilidad nos ha hecho cometer alguna -acción que os haya escandalizado, perdonadnos. Así Dios perdone -vuestras ofensas y os bendiga. Y habiendo hecho sobre el auditorio la -señal de la cruz, se levantó. - -Hemos podido referir, si no las precisas palabras, á lo menos el -sentido, el tema de las que profirió exactamente; pero el acento -con que fueron dichas, no es posible describirlo. Era el acento de -un hombre que llamaba privilegio el de servir á los atacados de la -peste, porque por tal lo tenía; que confesaba que sentía no haberlo -ejercido dignamente; que pedía perdón porque estaba persuadido que -tenía necesidad de él. Pero la multitud, que había visto á su alrededor -aquellos capuchinos sólo ocupados en servirla; que habían presenciado -la muerte de tan gran número, y éste que hablaba en nombre de todos, -siempre el primero tanto en la fatiga como en la autoridad, á no ser -cuando había estado á punto de morir, ¡calcúlese con qué sollozos, con -qué lágrimas contestarían á semejantes palabras! El admirable fraile -tomó en seguida una cruz que estaba apoyada á una pilastra; la levantó -colocándosela delante de sí; dejó las sandalias junto al pórtico -exterior, bajó la escalinata; y hendiendo la multitud, que se apartó -respetuosamente para dejarle libre el paso, fué á ponerse á la cabeza. - -Renzo, todo lloroso, ni más ni menos que si hubiera sido uno de -aquellos á quienes habían pedido tan singular perdón, se separó un poco -más, yendo á colocarse al lado de una cabaña. Allí estuvo esperando, -medio oculto, con el cuerpo hacia atrás, la cabeza para adelante, los -ojos muy abiertos, con una gran palpitación de corazón; pero al mismo -tiempo con una nueva y particular confianza, nacida, á mi parecer, del -enternecimiento que le había inspirado el sermón y el espectáculo de la -emoción general. - -Y ve ahí llegar el padre Félix, descalzo, con la cuerda al cuello, -llevando aquella pesada cruz; su rostro pálido y descarnado respiraba -á la vez compunción y valor; avanzaba á pasos lentos, pero resueltos -como el que quiere economizar la debilidad de los demás, y en todo como -un hombre á quien dichas fatigas y trabajos exorbitantes prestaban -fuerzas para sostener las faenas tan numerosas de su cargo. Seguían -inmediatamente los niños más crecidos, descalzos la mayor parte, muy -pocos del todo vestidos, y algunos hasta en camisa. Venían en seguida -las mujeres, llevando casi todas una niña de la mano, y cantando -alternativamente el _Miserere_: el sonido apagado de sus voces, la -palidez y el aire lánguido de sus rostros habrían llenado de compasión -á cualquiera que se hubiese encontrado allí como simple espectador. -Pero Renzo miraba, examinaba de fila en fila, de semblante en -semblante; sin dejar escapar uno tan solo, pues la marcha lenta de la -procesión se lo permitía fácilmente. Pasa y repasa, mira y remira, pero -siempre inútilmente. Lanza una última mirada hacia la muchedumbre que -quedaba todavía atrás, y que iba disminuyendo sin cesar; ya no restan -más que algunas filas; he aquí la postrera; todas han pasado: no ha -visto más que caras desconocidas. Con los brazos colgando y la cabeza -inclinada sobre un hombro, acompañó con la vista aquella comitiva, -mientras pasa la de los hombres. Una nueva atención, una nueva -esperanza nace en su alma viendo aparecer después de éstos, algunos -carros que conducían á los convalecientes que aún no se hallaban en -estado de poder andar. Allí las mujeres venían las últimas; y el tren -iba tan despacio, que Renzo pudo igualmente examinarlas á todas sin -que se le escapase ninguna. ¡Pero qué!, examina el primer carro, el -segundo, el tercero, y siempre con el mismo éxito, hasta llegar al -último, detrás del cual marchaba un capuchino de severo aspecto y con -un bastón en la mano, como regulador de la comitiva. Era aquel padre -Miguel que hemos dicho haber sido dado al padre Félix por coadjutor. - -Por lo tanto, Renzo debía renunciar á aquella última esperanza que, -desvaneciéndose, no sólo le había arrebatado el valor que ella misma le -inspiró, sino también, como de ordinario suele acontecer, le dejó en un -estado peor que antes. Al presente, lo mejor que le podía suceder, era -encontrar á Lucía atacada de la peste. Sin embargo, uniendo al ardor -de una esperanza presente algo del temor creciente, el infeliz se asió -con todas las fuerzas de su alma á este triste y débil hilo. Dirigióse, -pues, hacia el paraje por donde la procesión había venido. Cuando -estuvo al pie de la capilla, fué á ponerse de rodillas sobre el último -escalón, y elevó á Dios una plegaria, ó por mejor decir, una mezcla -de palabras sin ilación, de frases entrecortadas, de exclamaciones, -instancias, lamentos, promesas; uno de esos discursos que no se dirigen -á los hombres, porque no tienen bastante penetración para entenderlos, -ni paciencia para escucharlos; porque carecen de la grandeza necesaria -para experimentar compasión y desprecio. - -Se levantó un poco más reanimado; dió vuelta á la capilla; se encontró -en el otro lado del edificio que aún no había recorrido, y que salía -á otra puerta, viendo á los pocos pasos la empalizada de la cual el -padre Cristóbal le había hablado, pero cortada por varias partes, como -éste verdaderamente le dijo; entró pues por una de dichas aberturas, -y se halló dentro del sitio destinado á las mujeres. Á poco de haber -andado, vió en el suelo una de aquellas campanillas que los _monatti_ -llevaban en los pies, la cual estaba intacta, no faltándole tampoco -sus correspondientes correas. Le vino á la imaginación que dicho -objeto podía servirle como de pasaporte; lo recogió, miró si alguien -le observaba, y se lo ató según lo hacían los expresados _monatti_. -En seguida empezó sus pesquisas, que por la sola multiplicidad de los -objetos habrían de ser más penosas, aun cuando éstas hubieran sido muy -diferentes de lo que eran. Comenzó á recorrer con la vista y contemplar -á la vez nuevas escenas de dolor, parecidas algunas á las que ya había -presenciado, y otras sumamente diversas. Bajo el peso de la misma -calamidad, se veía aquí otro modo de padecer, ó mejor diremos, otro -modo de languidecer, de quejarse, de soportar el dolor, de compadecerse -y ayudarse mutuamente; era para el espectador otra piedad y otro horror. - -Había andado ya largo trecho sin fruto y sin ningún accidente -particular, cuando he aquí que oye detrás de sí un “¡eh!” que parecía -serle dirigido. Se vuelve, y ve á cierta distancia á un comisario que -levantaba las manos señalándole y gritando: “Dirigíos allí, á las -habitaciones, pues hay necesidad de ayuda; aquí se ha concluido ahora -de limpiar”. - -Renzo comprendió al instante por quién se le había tomado, y que -la campanilla era la causa de la equivocación. Llamóse imbécil por -haber pensado únicamente en los obstáculos que dicha insignia podía -evitarle, y no en los que sería posible que le suscitase; pero al mismo -tiempo trató de salir de semejante apuro. Se apresuró de contestar al -mencionado comisario, haciéndole con la cabeza una señal afirmativa, -como para darle á entender que lo había comprendido y que obedecía; -después de lo cual se ocultó de su vista con la mayor prontitud, -metiéndose entre las cabañas. - -Cuando creyó estar bastante lejos, reflexionó en librarse también -de lo que había motivado el pasado escándalo; y para ejecutar dicha -operación sin ser observado, se introdujo en un pequeño espacio que -había entre dos cabañas, á las cuales se podía dar la vuelta alrededor. -Se inclinó para quitarse la campanilla, y estando en esta postura, con -la cabeza apoyada contra la pared de paja de una de las cabañas, llega -á sus oídos una voz... ¡Oh, Dios mío! ¿es posible? Presta atención, y -toda su alma pende en este momento de su oído; él respira apenas... -¡Sí, sí, ésta es la voz y!... “¡Miedo!, ¿de qué?, decía con dulzura la -misma voz; lo que hemos pasado no ha sido más que una tempestad; el que -ha mirado por nosotros hasta aquí, lo hará también en adelante”. - -Renzo no arrojó siquiera un solo grito, no por temor de que le -descubrieran, sino porque le faltó el aliento. Sus rodillas se -doblaron, su vista se turbó; pero esto no fué más que en el primer -momento; al segundo estaba ya en pie más ágil, más vigoroso que antes. -En tres saltos dió vuelta á la cabaña, se presentó á la puerta, vió á -la que había hablado, la divisó de pie inclinada sobre un miserable -lecho. Ella se vuelve al ruido: mira; cree engañarse, delirar, soñar; -mira con más atención, y exclama: “¡Oh; Señor, bendito seáis!”. - ---¡Lucía! ¡Ya os he encontrado!, ¡os encuentro!, ¡sois vos misma!, -¡vivís!, gritó Renzo avanzando todo trémulo. - ---¡Oh, Señor!, replicó Lucía, mucho más trémula. ¡Vos aquí! ¿Como?, -¿por qué?... ¡La peste!... - ---La he tenido: ¿y vos? - ---¡Ah!, yo también; ¿y mi madre? - ---Aún no la he visto, porque está en Pasturo; sin embargo, creo que -sigue bien. ¡Pero vos!... ¡todavía estáis padeciendo! ¡Parece que -seguís débil! Con todo, estáis curada; lo estáis; ¿no es cierto?... - ---El Señor ha dispuesto dejarme en el mundo. ¡Ah, Renzo!, ¿por qué -habéis venido? - ---¿Por qué?, repuso Renzo, acercándose más á ella: ¡me preguntáis por -qué he venido! ¿Es necesario que yo os lo diga? ¿Por ventura no me -llamo ya Renzo? ¿No sois vos Lucía? - ---¡Ah! ¡Qué decís, qué decís! ¿No os ha escrito mi madre?... - ---Sí; demasiado me ha escrito; ¡bonitas cosas en efecto ha escrito á un -infeliz afligido y fugitivo, á un joven que jamás os había hecho daño -alguno! - ---¡Pero Renzo, Renzo! Pues que sabéis... ¿por qué venir, por qué? - ---¡Por qué venir, Lucía; por qué venir!, decís. ¡Después de tantas -promesas! ¿Es que nosotros no somos ya los mismos?, ¿ellas no os -recuerdan nada? ¿Qué faltaba, pues? - ---¡Oh, Señor!, exclamó dolorosamente Lucía, juntando las manos y -elevando los ojos al cielo: ¡por qué no me habéis dispensado la gracia -de llevarme con vos!... ¡Oh, Renzo!, ¿qué habéis hecho? ¡Ay de mí! -Ahora que empezaba á tener la esperanza... de que con el tiempo... -hubiera echado de mi memoria... - ---¡Magnífica esperanza!, ¡hermosas cosas para decirme cara á cara! - ---¡Ah! ¿Qué habéis hecho?, ¡y en este lugar!, ¡en medio de estas -escenas, de tantas miserias! Aquí en donde no se hace más que morir, -habéis podido... - ---Es preciso rogar á Dios por los que mueren y confiar que irán á un -buen lugar; pero no es justo, por lo mismo, que los que viven lo hagan -desesperadamente... - ---Pero, ¡Renzo, Renzo!, no reflexionáis lo que decís: ¡una promesa á la -Madonna!... ¡un voto! - ---Y yo os digo que tales promesas nada valen. - ---¡Oh, Dios mío! ¿Qué estáis diciendo?, ¿dónde os habéis metido todo -este tiempo?, ¿con quién os habéis acompañado?, ¿qué modo de hablar es -éste? - ---Hablo como buen cristiano: hago más favor á la Madonna que vos, -porque creo que ella no quiere que se le hagan promesas en perjuicio -del prójimo. ¡Si la Madonna lo hubiese dispuesto! ¡Oh!, entonces... -Pero esto no ha sido más que una idea vuestra. ¿Sabéis lo que es -necesario prometer á la Madonna? Prometed que daremos el nombre de -María á la primera hija que tengamos: yo me hallo aquí para prometerlo -también: éstas son cosas que honran mucho más á la Madonna; éstas -son las devociones que tienen mucho más sentido común, y no son en -perjuicio de tercero. - ---No, no; no penséis de este modo: no sabéis lo que os decís; ignoráis -lo que es hacer un voto; no estáis en este caso; no lo habéis -experimentado. ¡Marchaos, marchaos, por amor de Dios! - -Y se apartó impetuosamente de él, dirigiéndose hacia el lecho. - ---¡Lucía, dijo Renzo sin moverse; decidme á lo menos, decidme, ¿si no -fuese por esa causa... seriáis la misma para mí? - ---¡Hombre sin corazón!, respondió Lucía, conteniendo apenas sus -lágrimas; ¡cuando me habréis hecho decir palabras inútiles, palabras -que me harán daño, palabras que acaso serán pecados, estaréis contento! -¡Partid! ¡oh, partid!, ¡olvidadme!, ¡se conoce que no estábamos -destinados el uno para el otro! Arriba nos volveremos á ver: poco me -resta que estar en este mundo. Partid; procurad hacer saber á mi madre -que estoy curada, que también aquí Dios me ha asistido siempre, que he -encontrado una buena alma, esta digna señora que me sirve de madre; -decidle que confío que ella habrá sido preservada del contagio, y que -nos veremos, cuando y como Dios quiera. ¡Marchad por el amor del -cielo! y no penséis en mí... sino cuando rogareis al Señor. - -Y como quien no tiene otra cosa que decir ni quiere oir nada más, como -el que desea sustraerse á un peligro, se aproximó todavía más al lecho -en donde yacía la mujer de quien había hablado. - ---¡Escuchad, Lucía, escuchad!, dijo Renzo, no acercándose, sin embargo, -más. - ---No, no; ¡idos, por caridad! - ---Escuchad: el padre Cristóbal... - ---¿Cómo? - ---Está aquí. - ---¡Aquí!, ¿dónde?, ¿cómo lo sabéis? - ---Le he hablado pocos momentos hace; he permanecido en su compañía -largo rato; y un religioso tal como él me parece... - ---¡Está aquí!, seguramente para asistir á los enfermos; mas decidme: -¿ha tenido la peste? - ---¡Ah, Lucía! Temo, temo demasiado que... Y mientras que Renzo vacilaba -en pronunciar una palabra tan dolorosa para él, y que debía también -serlo tanto para Lucía, ésta se había separado de nuevo del lecho, y se -aproximaba á Renzo.--¡Temo que la tenga ya encima! - ---¡Oh, infeliz y santo hombre! ¿Pero qué digo? ¡Pobre hombre! -¡Desgraciados de nosotros! ¿Y cómo está?, ¿guarda cama?, ¿está bien -asistido? - ---Está levantado, anda, asiste á los demás; pero, ¡si lo vierais, qué -color, con qué dificultad se sostiene! He visto tantos y tantos, que -desgraciadamente... no se puede uno engañar. - ---¡Oh, pobres de nosotros! ¿Y se halla precisamente aquí? - ---Sí, y muy cerca: poco más que de mi casa á la vuestra... si os -acordáis. - ---¡Oh, Virgen Santísima! - ---Bien; poco más. Ya podréis juzgar si habremos hablado de vos. ¡Me ha -dicho tantas cosas!... ¡Y si supieseis lo que me ha hecho ver! Ya lo -sabréis; mas ahora quiero empezar por repetiros lo que él mismo con su -propia boca me ha dicho. En primer lugar ha sido de su aprobación el -que venga á buscaros, diciéndome que el Señor quiere que un joven obre -de este modo; y que él me ayudaría á encontraros, como así ha sido. En -fin, es un santo. Por lo tanto, ya lo veis. - ---Pero si él ha dicho esto, es porque no sabe... - ---¿Y cómo queréis que sepa las cosas que habéis hecho por vuestro -antojo, sin juicio y sin el parecer de nadie? Un hombre excelente, una -persona de sentido como él, no va á pensar semejantes cosas. Pero lo -que él me ha hecho ver... Y le refirió su visita á la cabaña. Aunque -los sentidos y el espíritu de Lucía estuviesen familiarizados en -aquella mansión con las más fuertes impresiones, estaba, sin embargo, -sobrecogida de horror y de compasión. - ---Y en dicha cabaña, prosiguió Renzo, habló también como un oráculo. -Ha dicho que el Señor ha resuelto quizás perdonar á ese infortunado... -(al presente no puede darle otro nombre)... que él espera cogerle en un -momento favorable; pero quiere al mismo tiempo que nosotros dos juntos -roguemos por él... ¡Juntos!, ¿habéis comprendido? - ---Sí, sí, rogaremos cada uno donde el Señor disponga que nos hallemos; -él sabe unir las oraciones. - ---Pero ¡si os digo sus palabras!... - ---Mas, Renzo, él no sabe... - ---¿Pero no comprendéis que es un santo cuando habla, y que el Señor -es también el que le hace hablar?, y que no lo hubiera verificado si -esto no debiese ser justamente así... ¿Y el alma de ese desgraciado? -Yo he rogado ya y rogaré por él; lo he hecho de todo corazón, lo mismo -que si hubiese sido hermano mío. Mas ¿cómo queréis que esté en el otro -mundo el infeliz, si en éste no se arregla alguna cosa, y no se reparan -en cierto modo los males que él ha causado? Si vos os dais á razón, -entonces todo será como antes: lo que ha sucedido no tiene remedio: él -lo ha pagado aquí. - ---No, Renzo, no: el Señor no quiere que obremos mal con el fin de -excitar su misericordia. Dejad ese infeliz á su cuidado: por lo que -á nosotros hace, nuestro deber es rogar por él. Si hubiese muerto en -aquella fatal noche, entonces Dios no hubiera podido perdonarte; ¿y si -aún existo, si he sido salvada?... - ---Y vuestra madre, esa pobre Inés, que tanto me ha querido siempre, -que tan ansiosa estaba de vernos casados, ¿no os ha dicho también que -vuestra promesa era muy insensata; ella, que os ha hecho entender -la razón en otras ocasiones, porque en ciertas cosas piensa más -juiciosamente que vos?... - ---¡Mi madre!, ¡queréis que mi madre me haya aconsejado el faltar á mi -voto! ¡Renzo!, ¿estáis en vuestro juicio? - ---¡Oh!, ¿queréis que os lo diga? Vosotras las mujeres no podéis saber -estas cosas. El padre Cristóbal me ha dicho que vuelva á verle, con el -fin de participarle si os he encontrado ó no. Voy allá; veremos, pues, -lo que él dice. - ---Sí, sí; id á encontrar á ese santo hombre; decidle que ruego por él, -y que lo haga á su vez por mí; ¡pues tengo tanta necesidad de ello! -Pero por el amor de Dios, por la salvación de vuestra alma y de la mía, -no vengáis más aquí á causarme daño, á... tentarme. El padre Cristóbal -os lo sabrá explicar todo, y haceros volver en vos, restituyendo la paz -en vuestro corazón. - ---¡La paz en mi corazón! ¡Oh, quitaos esto de la cabeza! Esta -palabrota ya me la habéis hecho escribir una vez; sé lo que me ha hecho -también padecer; y al presente tenéis todavía valor de decírmela. -Pues bien, yo os declaro lisa y llanamente que jamás tendré paz en mi -corazón. Queréis olvidaros de mí, y yo no de vos; y os aseguro que -si me hacéis perder la razón, no volveré á recobrarla ya nunca más. -Mandaré al diablo el oficio y la buena conducta; ya que tenéis gusto -en que viva rabiando toda mi vida, será como deseáis... ¡Y aquel -desgraciado! Dios sabe si lo he perdonado de corazón; pero vos... -¿queréis hacerme pensar por ventura que él no era el que?... ¡Lucía, me -habéis dicho que os olvide! ¡Olvidaros yo! ¿Y cómo hacerlo?, ¿en quién -creéis que yo haya pensado en todo este tiempo? ¡Y después de tantas -cosas, después de tantas promesas! ¿Pero qué os he hecho yo desde que -nos separamos? ¿Me tratáis así porque he padecido, porque he tenido una -multitud de desgracias, porque todo el mundo me ha perseguido, porque -he pasado tanto tiempo fuera de mi casa, triste y lejos de vos, porque -desde el momento en que me ha sido posible he venido á buscaros? - -Cuando el llanto permitió hablar á Lucía, exclamó juntando de nuevo -las manos, y elevando al cielo sus ojos preñados de lágrimas: “¡Virgen -Santísima, favorecedme! Vos sabéis que después de aquella terrible -noche, no he pasado un momento más cruel que éste. ¡Vos que me -socorristeis entonces, prestadme también ahora vuestra ayuda!”. - ---Sí, Lucía, hacéis bien en invocar á la Madonna; mas, ¿por qué queréis -creer que ella tan buena, siendo como es, madre de misericordia, -pueda complacerse en hacernos sufrir... á mí á lo menos... por una -palabra que se os ha escapado en un momento en que no sabíais lo que -os decíais? ¿Podéis imaginar que os socorriera entonces para dejaros -después metida en un berenjenal?... Si por el contrario, todo esto -no es más que una excusa, si es que he llegado á seros odioso... -decídmelo... hablad francamente. - ---Por piedad, Renzo, por piedad; acabad, acabad; no me hagáis morir: -éste no sería el momento más á propósito. Id á ver al padre Cristóbal; -recomendadme á él: no volváis más, no volváis más aquí. - ---Voy; ¡pero creéis que yo no vuelva! Pues volveré aun cuando fuese al -fin del mundo; sí, volveré. Y dicho esto desapareció. - -Lucía fué á sentarse, ó más bien se dejó caer en el suelo junto al -lecho, y descansando sobre él su cabeza, continuó llorando amargamente. -La mujer que hasta entonces había permanecido con los ojos abiertos y -el oído atento, sin respirar, preguntó qué aparición, qué debates, qué -llantos eran aquéllos. Pero el lector quizás pregunte también por su -parte, quién era dicha mujer; mas para satisfacerle, vamos á decírselo -en pocas palabras. - -Era una rica mercadera que contaría apenas unos treinta años. En el -espacio de algunos días había visto morir en su casa al marido y á -todos los hijos; de allí á poco, atacada también ella de la peste, -había sido conducida al lazareto y colocada en aquella miserable -cabaña, al tiempo que Lucía, después de haber superado sin apercibirse -la furia del mal, y mudado igualmente sin notarlo varias veces de -compañía, empezaba á mejorar y recobrar el conocimiento que había casi -perdido desde el primer acceso de la enfermedad en la misma casa de D. -Ferrante. La humilde cabaña no podía contener más que dos personas; -y entre estas dos mujeres afligidas, abandonadas, solas en medio de -tan inmensa multitud, había nacido á un mismo tiempo una intimidad, -una afección, que apenas hubiera podido tener lugar habiendo vivido -juntas largo tiempo. Bien pronto Lucía se vió en estado de cuidar á su -compañera, que estuvo á las puertas de la muerte. Al presente, que se -hallaba ya fuera de peligro, se hacían compañía, se velaban y animaban -recíprocamente, habiéndose prometido una á otra que no saldrían más que -juntas del lazareto, como también habían tomado varias medidas para no -separarse después de su salida. La mercadera, que había dejado bajo la -custodia de un hermano, comisario de sanidad, su casa, almacén y caja, -todo ello muy bien provisto, iba á encontrarse sola y triste dueña de -mucho más de lo que necesitaba para vivir cómodamente: por lo tanto, -quería llevarse consigo á Lucía, y mirarla como á una hija ó hermana. -Ésta se había adherido á dicho pensamiento; ¡imagínese con qué gratitud -hacia su amiga y para con la Providencia!, pero únicamente hasta -tanto que tuviese noticias de su madre, y saber, como lo esperaba, -su voluntad. Por lo demás, como era tan reservada, no había dicho -una palabra de su promesa de casamiento, ni de sus extraordinarias -aventuras. Pero en la actualidad, en medio de su grande agitación, -tenía á lo menos tanta necesidad de aliviarse de su terrible peso, -como la otra deseos de enterarse; por lo cual, estrechando entre sus -dos manos la derecha de su amiga, se puso en seguida á satisfacer á su -demanda, sin otra detención más que los sollozos, que por intervalos -interrumpían el uso de su palabra. - -Entretanto Renzo se dirigía apresuradamente al encuentro del buen -fraile. Con un poco de atención, y no sin algunos pasos perdidos, -consiguió llegar al fin. Encontró la cabaña; pero no al digno fraile -en ella: mas buscando y dando vueltas á los alrededores, lo divisó en -una barraca, que inclinado hasta el suelo y casi de bruces, estaba -administrando sus deberes á un moribundo. Renzo se detuvo y esperó -silenciosamente. Poco después vió que cerraba los ojos á aquel infeliz, -arrodillarse en seguida y orar un momento, y luego levantarse. Entonces -Renzo echó á andar y le salió al encuentro. - ---¡Oh!, dijo el fraile al verle: ¿qué hay? - ---Existe; la he hallado. - ---¿En qué estado? - ---Curada, ó á lo menos levantada. - ---¡El Señor sea loado! - ---Pero..., dijo Renzo cuando estuvo cerca del capuchino, para poderle -hablar en voz baja. Hay otra dificultad. - ---¿Cómo? - ---Quiero decir que... Ya sabéis cuán buena es la pobre joven; mas -algunas veces es un poco testaruda. Después de tantas promesas, después -de lo que ignoráis, sale ahora con que no quiere casarse conmigo, -porque dice... qué sé yo... que en aquella noche que tuvo tanto miedo -perdió la cabeza, y se... como si dijéramos, se prometió á la Madonna. -Éstas son cosas que nada significan, ¿no es verdad? Cosas buenas para -quien sabe y tiene medio de hacerlas; pero, ¡para nosotros, gente -ordinaria, que no sabemos cómo deben hacerse!... ¿es cierto que no -valen? - ---Dime, ¿está muy lejos de aquí? - ---¡Oh!, no: á pocos pasos de la iglesia. - ---Espérame aquí un momento, dijo el fraile, y después nos iremos juntos. - ---Queréis decir que le haréis comprender... - ---No lo sé, hijo mío; es preciso que oiga lo que me diga. - ---Comprendo, contestó Renzo, y permaneció con la vista fija en el -suelo, y los brazos cruzados sobre el pecho, tascando con impaciencia -su incertidumbre, que había quedado en pie. El fraile fué de nuevo en -busca del padre Víctor, rogó que le supliera de nuevo un poco más, -entró en su cabaña, salió con una espuerta debajo del brazo, volvió por -Renzo, y le dijo: “Vamos”, y marchó delante de él, encaminándose á la -cabaña, donde poco antes habían entrado juntos. Esta vez entró solo, y -después de un momento apareció diciendo: “¡Nada!, roguemos, roguemos -por él”. Luego repuso: “Ahora guíame”. - -Y sin añadir una sola palabra más, se pusieron en camino. - -El tiempo se había ido oscureciendo cada vez más, y anunciaba una -próxima é inminente tempestad. Rápidos relámpagos, hendiendo la -oscuridad siempre creciente, alumbraban con un fulgor instantáneo los -prolongados techos y las arcadas de los pórticos, la cúpula de la -capilla y los humildes remates de las cabañas; por último, el repetido -estruendo del trueno recorría, formando con su resplandor espantosas -culebrillas, de una región del cielo á otra. El joven marchaba el -primero, atento al camino, con una grande impaciencia por llegar, -pudiendo apenas aflojar el paso para medirlo á las fuerzas del que le -seguía, el cual medio muerto de fatiga, abrumado por el mal, oprimido -por el desfallecimiento, andaba penosamente, elevando, de vez en -cuando, al cielo su marchito semblante, como para poder respirar con -más libertad. - -Cuando Renzo hubo llegado delante de la cabaña se detuvo, volvió atrás -su vista, y con trémulo acento dijo: “Aquí es”. - -Entran; y... “Míralos”, exclama la mujer que yacía en el lecho. Lucía -se vuelve, se levanta con precipitación, y corre al encuentro del -anciano gritando: “¡Oh, qué veo, padre Cristóbal!”. - ---¡Y bien, Lucía!, ¡de cuántas angustias os ha librado el Señor! -¡Debéis ser bien dichosa de haber confiado siempre en él! - ---¡Oh!, sí; pero, ¿y vos, padre mío? ¡Pobre sacerdote! ¡Cuán cambiado -estáis!, ¿cómo os sentís?, decidme, ¿cómo os sentís de salud? - ---Como Dios quiere, y como por su gracia también quiero yo, respondió -el fraile con sereno rostro. Dichas las anteriores palabras, la llamó -aparte, y añadió: “Escuchad, yo no puedo permanecer aquí más que breves -instantes: ¿estáis dispuesta á confiaros á mí como en otro tiempo?”. - ---¡Oh!, ¿no sois siempre mi padre? - ---Pues bien, hija mía, decidme: ¿qué voto es ése del cual me ha hablado -Renzo? - ---Es una promesa que he hecho á la Madonna de no casarme jamás. - ---Mas, ¿no reflexionasteis que ibais á ligaros por medio de un -juramento? - ---Como se trataba del Señor y de la Madonna... no he reflexionado. - ---El Señor, hija mía, agradece los sacrificios y ofrecimientos cuando -los hacemos por nuestro propio bien: lo que él quiere es el corazón, la -voluntad; pero vos no podíais ofrecer la voluntad de otro hacia quien -estabais obligada. - ---¿He obrado mal, por ventura? - ---No, pobre niña, no. Creo además que la Santa Virgen habrá agradecido -la intención de vuestra alma afligida, ofreciéndola á Dios en lugar -vuestro. Mas decidme, ¿no habéis pedido parecer á nadie? - ---No pensé que obraba mal para confesarme de ello; y lo poco bien que -uno pueda obrar, es sabido que no es conveniente vociferarlo. - ---¿No tenéis ningún otro motivo que os impida cumplir la promesa hecha -á Renzo? - ---En cuanto á esto... por lo que á mí toca... ¿qué motivo?... Yo no -podré decir... nada más, respondió Lucía, con cierta vacilación, que -anunciaba sólo una incertidumbre en su pensamiento; y su rostro, -descolorido aún por la enfermedad, se cubrió de repente del más vivo -sonrosado. - ---¿Creéis, replicó el anciano con los ojos bajos, que Dios ha concedido -á su Iglesia la autoridad de redimir y condenar, según que pueda -resultar de ello un bien mucho mayor, las deudas y obligaciones que los -hombres puedan haber contraído con él? - ---Sí, lo creo. - ---Tened, pues, entendido, que encargados de las almas en este lugar, -estamos revestidos de los más amplios poderes para los que recurran á -nosotros; y en su consecuencia puedo, si lo pedís, relevaros de todas -las obligaciones que hayáis contraído por medio del voto hecho. - ---¿Pero no es cometer un pecado el desdecirse y arrepentirse de una -promesa hecha á la Virgen? Yo la he hecho de todo corazón... dijo Lucía -violentamente agitada y asaltada de una (bueno será que lo digamos) -de una esperanza impensada, redoblando la oposición de un error -fortalecido por todos los pensamientos que constituían hacía ya mucho -tiempo la principal ocupación de su espíritu. - ---¡Pecado, hija mía!, dijo el fraile: ¡pecado el recurrir á la Iglesia -y pedir á su ministro que haga uso de la autoridad con que le ha -facultado, y que ella ha recibido de Dios! He visto que habéis sido -hechos para estar reunidos; y á la verdad, si alguna vez ha podido -parecerme que dos almas hubiesen podido ser unidas por Dios, éstas son -las vuestras. En la actualidad, no veo por qué Dios querría separaros; -y yo le bendigo, aunque indigno, por haberme concedido el poder de -hablar en su nombre y de devolveros vuestra palabra. Si me pedís que os -declare relevada de vuestro voto, no vacilaré en hacerlo, y aun deseo -que me lo pidáis. - ---Entonces... si es así... os lo suplico, dijo Lucía con un semblante -que no aparecía turbado más que por el pudor. - -El fraile llamó por medio de una seña al joven, que permanecía retirado -á bastante distancia en un extremo mirando fijamente, ya que no podía -oir la conversación que tanto le interesaba. Cuando se hubo acercado, -el buen fraile dijo en voz alta á Lucía: “Con la autoridad que tengo de -la Iglesia os declaro relevada del voto de virginidad, anulando lo que -puede tener de inconsiderado, y librándoos de todas las obligaciones -que podéis haber contraído”. - -Figúrese el lector de qué modo semejantes palabras resonarían en los -oídos de Renzo. Dió gracias vivamente con los ojos al que las había -proferido; y en seguida buscó, pero en vano, los de Lucía. - ---Volved con tranquilidad y confianza á vuestras ideas primitivas, -continuó diciendo el capuchino: impetrad nuevamente del Señor las -gracias que le pedíais para ser una santa esposa; y confiad que os las -concederá con más abundancia después de tantas desgracias. Y tú, dijo -dirigiéndose á Renzo, acuérdate, hijo mío, que si la Iglesia te da esta -compañera, no lo hace para procurarte un goce temporal y mundano, el -cual aunque fuese absoluto y sin mezcla de ningún disgusto, tendría -siempre que concluir en una grande aflicción al tiempo de separaros; -su objeto, pues, se cifra sólo en dirigiros á ambos por el camino de -los goces que no tendrán fin. Amaos como compañeros de viaje, con el -pensamiento de tener que abandonaros uno á otro, y con la esperanza -de volveros á reunir para siempre. Dad gracias al cielo, que os ha -colocado en esta situación, no por medio de goces turbulentos y -pasajeros, sino al través de trabajos y desgracias, para disponeros el -que disfrutéis de una alegría completa y tranquila. Si Dios os concede -hijos, cuidad de educarlos para él; imbuidles el que le amen, como -también el que profesen estimación á los demás hombres, pues de este -modo los podréis guiar bien en todo y por todo. ¡Lucía! ¿os ha dicho, y -á esto señalaba á Renzo, á quién ha visto? - ---¡Oh, padre mío! Sí, me lo ha dicho. - ---Vosotros rogaréis por él, no dejéis de hacerlo, y también por mí... -¡Hijos míos! quiero que tengáis un recuerdo del pobre fraile (y al -decir esto sacó de su espuerta una especie de caja de madera ordinaria, -pero labrada y muy bien pulimentada, conociéndose en su minucioso -trabajo la paciencia de un capuchino). Aquí dentro está el resto de -aquel pan, el primero que pedí por caridad, y del que tanto habéis -oído hablar; yo os lo dejo en memoria; enseñádselo á vuestros hijos: -ellos vendrán á un mundo bien triste, á un siglo doloroso, en medio -de orgullosos y provocadores. Decidles que perdonen siempre, y todo; -hacedles que rueguen por el pobre fraile. - -Dicho esto presentó la caja á Lucía, que la tomó con el mayor respeto, -como si hubiese sido una reliquia; luego con voz conmovida prosiguió: -“Ahora decidme: ¿con qué apoyo contáis aquí en Milán? ¿en dónde pensáis -poder colocaros al salir de aquí? ¿y quién os conducirá hacia el paraje -en que se halla vuestra madre, que Dios quiera haber conservado?”. - ---Esta buena señora me sirve de madre; nosotras saldremos juntas de -aquí, y después ella pensará en lo que deba hacerse. - ---¡Que Dios la bendiga! dijo el fraile, aproximándose al lecho. - ---Yo también os doy las gracias, dijo la viuda, por la alegría que -habéis causado á estos pobres jóvenes, aunque yo esperaba conservar -en mi compañía siempre á esta mi querida Lucía. Pero yo velaré sobre -ella; la acompañaré á su pueblo, la pondré en manos de su madre, y en -seguida, añadió en voz baja, quiero regalarle el ajuar. Poseo muchos -intereses, y no tengo ya á nadie de los que debían disfrutarlos conmigo. - ---Así, repuso el fraile, podéis hacer un gran sacrificio al Señor, y -mucho bien al prójimo. No os recomiendo esta joven, porque veo que le -profesáis gran cariño. Es preciso alabar á Dios, que sabe mostrarse -padre aun en medio de los castigos, y permitiendo que os encontraseis, -os ha dado una prueba evidentísima de amor á una y á otra. Al presente, -dijo volviéndose á Renzo y cogiéndole por la mano: “Los dos nada -tenemos ya que hacer aquí, y hemos permanecido demasiado tiempo. Vamos”. - ---¡Oh, padre! dijo Lucía, ¿os volveré á ver todavía? ¡Yo estoy curada, -yo que ningún bien hago en este mundo; y vos!... - ---Hace ya mucho tiempo, respondió el anciano con tono serio y dulce á -la vez, que pido al Señor un favor muy grande, cual es el de acabar mis -días sirviendo al prójimo. Si en estas circunstancias me lo quisiera -conceder, necesito que todos los que tengan caridad de mí me ayuden á -darle gracias. Vamos, dad á Renzo los encargos para vuestra madre. - ---Contadle lo que habéis visto, dijo Lucía á su prometido; le decís que -he hallado aquí una segunda madre, que me trasladaré á su lado tan -pronto como me sea posible, y que espero encontrarla sana y salva. - ---Si necesitáis dinero, repuso Renzo, traigo aquí todo el que -mandasteis, y... - ---No, no, dijo la viuda; yo lo tengo de sobra. - ---Vamos, replicó el fraile. - ---¡Lucía!, hasta la vista... lo mismo digo, mi buena señora, dijo -Renzo, no encontrando palabras que pudiesen significar lo que -experimentaba en semejantes momentos. - ---¡Quién sabe si el Señor nos dispensará la gracia de que aún nos -volvamos á ver todos!, exclamó Lucía. - ---Que él sea siempre con vosotras y os bendiga, dijo Fr. Cristóbal á -las dos amigas; después de lo cual salió con Renzo de la cabaña. - -Entretanto la noche se iba acercando, y el tiempo parecía cada vez más -próximo á revolverse. El capuchino ofreció de nuevo al joven un asilo -durante la expresada noche en su barraca. “No te podré hacer compañía, -añadió; pero tendrás á lo menos donde estar á cubierto”. - -Renzo experimentaba, sin embargo, grandes deseos de marcharse, tratando -de no permanecer por más tiempo en semejante lugar, pues que no le -sería permitido volver á ver á Lucía, y ni aun siquiera disfrutar de la -compañía del buen fraile. Con respecto á la hora y al tiempo, ó mejor -dicho, noche ó día, sol ó lluvia, calor ó frío, era todo igual para él -en aquel momento. Dió pues las gracias á fray Cristóbal, diciéndole que -deseaba ir lo más pronto que fuese posible en busca de Inés. - -Cuando llegaron al camino del centro, el fraile le apretó la mano -diciendo: “Si Dios quiere que encuentres á la buena Inés, salúdala en -mi nombre; dile, así como también á todos aquellos que se acuerdan de -fray Cristóbal, que rueguen por él. Ahora, que Dios te acompañe y te -bendiga para siempre”. - ---¡Oh, querido padre!... ¿nos volveremos á ver, no es cierto? - ---Confío que será en el cielo. Y dicho esto se separó de Renzo, el cual -habiendo permanecido en el mismo sitio hasta que le perdió de vista, -tomó en seguida la puerta, echando á derecha é izquierda las últimas -miradas de compasión á aquella morada de dolores. Observábase por -doquier un extraordinario movimiento; un continuo correr de _monatti_ -de un lado á otro, trasladar efectos, componer los techos de las -barracas, y convalecientes que se arrastraban hacia éstas y debajo de -los pórticos para ponerse al abrigo de la tempestad, que amenazaba -estallar por momentos. - - - - - CAPÍTULO DECIMONOVENO - - -En efecto, apenas Renzo hubo pasado el umbral del lazareto y tomado á -la derecha, con el fin de volver á encontrar la senda situada debajo -de las murallas por la cual había desembocado en aquella misma mañana, -cuando comenzaron á caer gruesas gotas, saltando sobre el blanco y -árido camino, y levantando al propio tiempo un polvillo finísimo. La -lluvia cayó bien pronto á torrentes. Renzo, en vez de inquietarse, se -regocijaba interiormente; se deleitaba con aquel aire tan fresco, con -aquella agitación, con aquel susurro de plantas y de hojas que parecían -recobrar una nueva vida; por último, respiraba con más libertad; y en -este cambio de la naturaleza, sentía vivamente el que se había obrado -en su destino. - -¡Pero cuánto más vivo y completo habría sido este sentimiento si Renzo -hubiese podido adivinar lo que vió pocos días después! Aquella agua se -llevaba, ó mejor diremos, lavaba el contagio. Si el lazareto no pudo -restituir á los vivientes todos los que aún encerraba en su seno, á lo -menos desde este día no recibió ya más en sus vastas cavidades. Al cabo -de una semana viéronse abrir las puertas y las tiendas, no hablándose -casi ya más de cuarentena, y no quedando de la peste más que algunos -restos esparcidos aquí y allí: rastro que semejante azote acostumbra -siempre dejar detrás de sí por espacio de algún tiempo. - -Caminaba, pues, nuestro viajero alegremente, sin haber proyectado -dónde, cómo, ni cuándo, ni aun si debía detenerse en aquella noche, -deseoso sólo de adelantar camino, de llegar pronto á su pueblo natal, -de encontrar en éste con quien hablar y á quien referir su felicidad, y -sobre todo el poderse poner en seguida en camino para Pasturo, con el -objeto de buscar á Inés. Seguía andando con la imaginación sumamente -agitada, á causa de todo lo que había presenciado aquel día; pero -al través de tantas miserias, horrores y peligros, venía siempre un -pensamiento: “¡La he hallado!, ¡está curada!, ¡es mía!”. Y entonces -daba un brinco de alegría, salpicándose de barro y haciéndolo saltar -á gran distancia, á la manera de un perro de aguas cuando está bien -mojado; otras veces se contentaba con un restregoncito de manos, y -luego avanzaba con más ardor que antes. - -Contemplando el camino, juntaba, por decirlo así, los pensamientos -que había dejado allí por la mañana y el día anterior al ir á Milán; -recogiendo precisamente con más placer todavía el que entonces -había tratado de alejar de sí, á saber: la duda, la dificultad de -encontrarla, y aun así, que estuviera viva en medio de tantos muertos -y moribundos. “¡Y la he hallado viva!”, concluía diciendo. Traía á la -memoria todos los sucesos é incidentes más terribles de aquel día, y -se figuraba tener aún cogida aquella consabida aldaba: ¿si estará?, -¿si no estará? y luego recibir una respuesta tan poco favorable; no -teniendo casi tiempo de comentarla, porque aquellos frenéticos y -bribones le perseguían furiosamente: y después ¡el lazareto, aquel -vasto mar, el miedo de encontrarla allí!, ¡y haberla justamente -encontrado! En seguida venía á parar al acto mismo en que la procesión -de los convalecientes acababa de pasar; ¡qué momento aquel, qué -angustias al no encontrarla! Y al presente no le importaba ya nada. -¡Y aquel departamento de mujeres!, ¡y allí detrás de aquella cabaña -oir, cuando no se lo esperaba, aquella voz, aquella voz justamente! ¡Y -verla levantada! Pero, ¡ah!, surgía todavía entonces aquel desgraciado -obstáculo del voto, más embrollado y fuerte que nunca. ¡Dicho obstáculo -ya no existe! Y aquella rabia contra D. Rodrigo, aquel odio maldito -que exacerbaba todos los dolores y emponzoñaba todas las esperanzas, -también desaparecieron. Así que, apenas habría podido gozar una dicha -mayor si no hubiese sido por la incertidumbre en que se hallaba con -respecto á Inés, sin el triste presentimiento que tenía tocante al -padre Cristóbal, y la aflicción de encontrarse aún en medio de una -epidemia. - -Al anochecer llegó á Sesto, sin que la lluvia presentase ninguna señal -de cesar. Pero sintiéndose más ágil que nunca, y encontrando grandes -dificultades para alojarse, aunque enteramente empapado en agua, no -le pasó siquiera por la imaginación el entrar en una posada. La sola -necesidad que experimentaba y que le incomodaba algún tanto era un gran -apetito; pues la alegría que tenía le había hecho digerir la escasa -gazofia del capuchino. En su consecuencia, miró si encontraba alguna -panadería: viéndola en efecto, pidió dos panes que le fueron entregados -por medio de las tenazas y demás ceremonias que ya sabemos se usaban -entonces. Colocó uno de dichos panes en la faltriquera, empezando á -tirar grandes bocados al otro, y de este modo continuó su viaje. - -Cuando pasó por Monza, era ya completamente de noche: no obstante -esto, consiguió encontrar la puerta que conducía al verdadero camino. -Mas nadie puede imaginarse en qué estado se hallaba dicho camino, y -cómo se iba volviendo de un momento á otro. Sepultado (del mismo modo -que lo estaban todos, como ya lo hemos dicho en otra parte) entre dos -márgenes á semejanza de un álveo, se le hubiera podido dar el nombre si -no de río, á lo menos de acueducto, encontrándose en una innumerable -porción de sitios cenagosos, zanjas de las que podía retirar apenas -sus zapatos, y repetidas veces sus pies. Mas iba saliendo sin -impacientarse, sin jurar, sin arrepentirse. Reflexionaba que cada paso -le acercaba al término de su viaje, y que el agua cesaría cuando Dios -quisiera, que el día vendría á su tiempo, y que el camino hecho, hecho -quedaba. - -Renzo no calculaba que entonces no podía hacer otra cosa. Esto mismo -era efecto de su distracción, porque el gran trabajo de su imaginación -era recordar la historia de aquellos tristes años pasados; ¡tantos -obstáculos, tantas adversidades, tantos momentos en que él había estado -á punto de renunciar también á la esperanza y de creerlo todo perdido! -oponía á esto, las revelaciones de un porvenir tan distinto, la llegada -de Lucía, las bodas, el arreglo de la casa, y el placer de referir sus -pasados infortunios, y toda su vida. - -¿Cómo había de componerse para seguir adelante hallándose en un paraje -en que los caminos se cruzaban en todas direcciones? Nosotros no -podremos verdaderamente asegurar, si el poco conocimiento que tenía -de dichos caminos, ó si el opaco brillo de las estrellas le hicieron -encontrar siempre su precisa ruta, ó si la tomó á la ventura; pues él -mismo, que tenía costumbre de contar detalladamente su historia con -más amplitud que nosotros (y todo hace creer que nuestro anónimo se lo -había oído referir varias veces), él mismo, al llegar á este punto, -decía que no se acordaba de la expresada noche más que como un ensueño. -Lo cierto es que al amanecer se encontró junto al Adda. - -No había cesado de llover aún; pero el agua que caía á torrentes, -veíase convertida en una lluvia fina, igual, penetrante; las nubes -elevadas y caprichosas formaban un velo continuo, mas ligero y diáfano; -y la luz del crepúsculo hizo descubrir á Renzo el paisaje de los -alrededores. Era su pueblo, y á su vista sería difícil expresar lo que -sintió. Únicamente diremos que aquellos montes, el vecino _Resegon_, y -el territorio de Leceo le parecía que habían llegado á ser propiedad -suya. Se miró á sí mismo, y á la verdad se vió tan mal pergeñado y tan -raramente vestido de lo que jamás hubiera podido figurarse: su traje -todo chorreando y pegado al cuerpo; su sombrero se había puesto muy -blando, perdido la forma y enteramente calado; lleno de lodo hasta -la cintura, y su desgreñado cabello caía sobre su cara á manera de -madejas. Con respecto al cansancio, debía tenerlo, mas no lo advertía; -pues el frío de la madrugada junto con el de la noche, y aquel pequeño -baño, no le inspiraban otro deseo que el de caminar más apresuradamente. - -Está ya en Pescate; costea aquel último trozo del Adda, arrojando, sin -embargo, una melancólica mirada sobre Pescarenico; pasa el puente, y -llega bien pronto atravesando campos y sendas á la morada de su amigo. -Éste, que acababa de levantarse, estaba en el umbral de su puerta -observando el tiempo; mas he aquí, que de repente mira hacia el lado -por donde venía Renzo, quedándose estupefacto al ver aquella figura tan -estrambótica, tan cubierta de barro, pero al propio tiempo tan viva y -decidida: desde que existía no había visto un hombre peor arreglado, y -á la vez más alegre. - ---¡Hola!, dijo, ¡de vuelta ya, y con este tiempo! Vamos, ¿cómo ha ido? - ---Está allí, está allí. - ---¿Sana? - ---Curada, que es todavía mejor. Debo dar gracias al Señor y á la -Madonna mientras viva. Pero, ¡hay cosas grandes, cosas admirables! -Luego te lo contaré todo. - ---Mas, ¿cómo vienes tan estropeado? - ---¿Estoy bonito, eh? - ---Si te he de decir la verdad, no hay por donde cogerte. Pero, espera, -espera que encienda una buena lumbre. - ---Lo acepto de buena gana. ¿Sabes dónde me ha pillado la lluvia?: -justamente en la misma puerta del lazareto. Pero, ¡esto no vale nada! -El tiempo hace su oficio, y yo el mío. - -El amigo se fué y apareció de nuevo en seguida con dos haces de maleza -y algunos troncos de arbustos que colocó en el hogar. Renzo entretanto -se había quitado el sombrero, y después de haberlo sacudido dos ó tres -veces lo había arrojado al suelo; mas el jubón no se lo sacó con tanta -facilidad. En seguida cogió su cuchillo, cuya hoja estaba toda mojada -y tomada, lo dejó sobre una pequeña mesa, y dijo: “¡Esta hoja también -se ha puesto buena! Pero, ¡es agua, es agua! ¡Loado sea el Señor!... -Por poco no hago allí una... Después te lo contaré; y al decir esto, se -restregaba las manos. Ahora hazme un favor: tráeme aquel lío de ropa -que dejé arriba, porque antes que ésta se seque...”. - -Al volver su amigo con dicho lío, le dijo: “Calculo que debes tener -apetito, pues comprendo que en el camino habrás podido beber, pero -comer...”. - ---Compré dos panes, que fué lo que pude encontrar ayer á la caída de la -tarde; mas á la verdad, desde que emprendí mi marcha, es lo único que -ha entrado en mi estómago. - ---Déjame hacer, dijo el amigo, después de lo cual echó agua en una -pequeña caldera, que colgó de una cadena, y añadió: voy á ordeñar la -vaca; cuando vuelva con la leche, el agua estará á punto, y haremos una -buena _polenta_. Tú, entretanto, haz lo que mejor te parezca. - -Habiendo Renzo quedado solo, se quitó, no sin costarle algún trabajo, -el resto de sus vestidos, los cuales tenía pegados al cuerpo; se enjugó -bien, y se vistió de nuevo de pies á cabeza. El amigo dió la vuelta al -cabo de pocos instantes, y continuó haciendo su _polenta_, mientras que -Renzo esperaba sentado. - ---Ahora me voy sintiendo cansado, dijo: Hay una tirada muy buena. Pero -esto no vale nada. Tengo tanto que contar, que hay para ocupar todo el -día. ¡Cuán revuelto está Milán! ¡Es preciso verlo y tocarlo! ¡Es cosa -de hacerle erizar á uno el pelo! ¡Y lo que han querido hacer conmigo -los señores de allí! Ya lo oirás. ¡Mas si vieses el lazareto! se vuelve -uno loco al aspecto de tantas desgracias. ¡Vamos! Ya te lo referiré -todo... Ella está allí; tú la verás aquí; será mi mujer, y tú debes -hacer de testigo, y aunque haya peste ó no, quiero que estemos alegres, -á lo menos por algunas horas. - -Por lo demás, cumplió lo que había prometido á su amigo, tocante á -ocupar todo el día contándole lo que le había sucedido; tanto más, -cuanto que no habiendo cesado de llover, pasó el día refugiado en la -casa, ora sentado al lado de su amigo, ora ocupado en preparar tinas, -cubas y demás utensilios para la vendimia, en lo cual Renzo no dejó -de darle una buena mano; porque según solía decir, era de los que se -cansan más sin hacer nada, que trabajando. Sin embargo, no pudo menos -de dar una escapadita á la casa de Inés, con el objeto de ver de nuevo -cierta ventana, y para ir á darse un restregoncito de manos. En efecto, -lo verificó, volviendo en seguida sin ser visto de nadie, y se acostó. -Levantóse antes de amanecer, y viendo que había cesado la lluvia, -aunque el tiempo no estaba sentado del todo, se puso en camino para -Pasturo. - -Cuando llegó era todavía muy temprano, pero él tenía tantos deseos de -lograr su intento, como el lector de que se acabe la presente historia. -Se informó acerca de Inés, y supo que no tenía novedad, habiéndosele -indicado la casa en que vivía. Dirigióse á ella; llamó desde la calle -á Inés; al sonido de su voz, ésta se asomó presurosa á la ventana, -y mientras permanecía con la boca abierta para pronunciar algunas -palabras, ó acaso para exhalar un grito, Renzo se le anticipó diciendo: -“Lucía está buena, la vi antes de ayer; me encarga que os salude, y que -os diga que pronto va á venir. Y después, ¡tengo tantas y tales cosas -que deciros!”. - -Entre la sorpresa de semejante aparición, el contento que le había -causado la noticia y el ansia de saber más, Inés prorrumpía tan pronto -en una exclamación, tan pronto empezaba á hacer una pregunta, pero -siempre sin concluir lo que iba á decir: en seguida, olvidando las -precauciones que tenía costumbre de tomar hacía ya algún tiempo, dijo: -“Voy á abriros”. - ---Aguardad; ¿y la peste? Según creo, no la habéis tenido. - ---Yo no; ¿y vos? - ---Yo sí, pero vos debéis tener prudencia. Vengo de Milán, y durante -dos días he estado metido hasta el cuello en medio del contagio. Es -verdad que me he mudado de pies á cabeza, pero hay tal inmundicia, que -se pega á veces á la carne como un maleficio; y ya que el Señor os ha -preservado hasta ahora, quiero que os guardéis hasta que haya cesado -la epidemia, porque sois nuestra madre, y deseo que vivamos juntos -alegremente largos años, en compensación de lo mucho que hemos sufrido, -á lo menos yo. - ---Pero... - ---¡Bah!, no hay _pero_ que valga, replicó Renzo. Sé lo que queréis -decir; con todo, ya veréis que el _pero_ está de más. Vámonos á algún -paraje que estemos al aire libre, que podamos hablar con comodidad y -sin peligro, y veréis. - -Inés le indicó un jardín que se hallaba situado detrás de la casa, y -añadió: “Entrad en él y veréis dos bancos, uno enfrente de otro, que -parecen colocados á propósito; yo voy en seguida”. - -Renzo fué á sentarse en el uno; pocos instantes después, Inés se -hallaba en el otro. Estoy seguro que si el lector, informado como está -de todos los antecedentes, hubiese podido encontrarse allí como un -tercero, ver con sus propios ojos aquella conversación tan animada, y -escuchar con sus oídos aquellas narraciones, preguntas y explicaciones, -aquel exclamar, condolerse y alegrarse, y D. Rodrigo, y el padre -Cristóbal, y todo lo demás, y las descripciones del porvenir, claras -y positivas, como las del pasado; estoy seguro, repito, que hubiera -encontrado muchos encantos, y que habría sido el último en retirarse. -Pero al ver dicha conversación sobre el papel, muda, sin colorido y -sin ningún hecho ó suceso nuevo, soy de parecer que le es del todo -indiferente, juzgando al propio tiempo que prefiere adivinarla por sí -mismo. La conclusión fué que iría á establecerse cerca de Bérgamo, en -el mismo paraje en que Renzo había empezado ya á hacer negocio; con -respecto á la época, nada se podía decidir aún, porque dependía de la -peste y de otras circunstancias. Quedaron pues en que tan pronto como -cesara el peligro, Inés volvería á su casa para esperar á Lucía, ó que -ésta, por el contrario, la aguardaría en ella: en el ínterin, Renzo -haría algún viaje á Pasturo para ver á su madre y para informarse de -lo que pudiera acontecer. - -Antes de marchar le ofreció también dinero, diciendo: “Mirad, están -todavía intactos: por mi parte he hecho voto de no tocarlos hasta -que la cosa estuviese puesta en claro. Ahora, si los necesitáis, -traedme una cazuela de agua y vinagre, y echaré en ella los consabidos -cincuenta escudos relucientes y hermosos”. - ---No, no, dijo Inés, ninguna necesidad tengo por ahora de ellos; -conservadlos, pues servirán para poner la casa. - -Renzo partió con el nuevo consuelo de haber encontrado sana y salva á -una persona que le era tan querida. Permaneció el resto del día y de -la noche en casa del amigo, y al día siguiente se puso en camino con -dirección á su pueblo adoptivo. - -Encontró á Bartolo en un estado de salud perfecta y con menos -miedo todavía de perderla; pues en aquellos pocos días que habían -transcurrido, los cosas tomaron felizmente un rápido y distinto giro. -Muy pocos eran los que caían enfermos: el mal no era ya el mismo: no se -veían aquellos rostros lívidos y moribundos, ni aquellos síntomas tan -violentos, pero sí algunas calenturillas, la mayor parte intermitentes, -con alguno que otro bubón muy bajo ya de color, que se curaban con la -misma facilidad que un divieso ó grano cualquiera. El país aparecía ya -bajo otro aspecto muy diferente: los que habían sobrevivido empezaban -á salir, á reunirse, y á darse recíprocamente pésames y enhorabuenas. -Hablábase ya de volver á trabajar; los maestros trataban de buscar y -juntar operarios, principalmente para aquellos artefactos, cuyo número -aun antes de la epidemia escaseaba tanto, como era el de la seda. -Renzo, sin hacerse el desdeñoso, prometía (salva sin embargo la debida -aprobación) á su primo dedicarse al trabajo, cuando volviera acompañado -á establecerse en el país. Entretanto se ocupó de los preparativos más -necesarios; alquiló una casa bastante capaz, cosa que había llegado á -ser muy fácil y poco costosa; la amuebló echando ya entonces mano á su -tesoro, pero sin hacer en él una gran brecha, habiendo más gente que -vendiese y que no comprase. - -Después de algunos días volvió á su pueblo natal, el cual encontró -notablemente mejorado. Corrió á Pasturo, halló á Inés totalmente -tranquila y dispuesta á volver á su casa, de modo que él mismo la -acompañó en seguida á ella. Pasaremos en silencio los sentimientos que -experimentaron, las conversaciones que tuvieron al verse juntos en -aquellos sitios. - -Inés lo encontró todo según lo había dejado; así que no pudo menos -de decir que esta vez, tratándose de una pobre viuda y una infeliz -doncella, los ángeles lo habían custodiado. “Y la otra vez, añadió, se -hubiera podido creer que el Señor nos había abandonado, pues permitía -que se nos llevaran nuestro pobre ajuar, y he aquí que ahora nos -demuestra justamente lo contrario, pues por otro lado nos ha enviado -muy buen dinero, con el cual he podido reemplazarlo todo. Digo todo, y -no digo bien, porque el equipaje de Lucía que fué robado por aquella -chusma, siendo todo él flamante y completo, faltaba aún; y ve aquí que -nos llega por otro lado. El que me hubiese dicho, cuando yo me afanaba -en arreglar otro: '¿tú crees trabajar para Lucía, no es verdad?, ¡pobre -mujer!, pues trabajas para quien no sabes’. Sólo el cielo no ignora á -qué clase de criaturas cubrirán estas telas y vestidos; por lo que hace -á Lucía, el equipaje que verdaderamente deba servirle, una buena alma -cuidará de ello, la cual tú ignoras que esté siquiera en este mundo”. - -El primer pensamiento de Inés fué el de preparar en su modesto albergue -el alojamiento más decente posible para aquella buena alma: en seguida -buscó seda para devanar, y trabajando engañaba el tiempo. - -Por su parte, Renzo no pasó en la ociosidad aquellos días para él -tan largos: felizmente sabía dos oficios, y entonces adoptó el de -labrador. Tan pronto ayudaba á su huésped, para el cual era una gran -fortuna el poseer en semejantes circunstancias un operario de tanta -habilidad, como cultivaba y arreglaba el huertecillo de Inés, que se -había destruido enteramente durante su ausencia. Con respecto á su -heredad, ni pensaba tan siquiera en ella, diciendo que era una madeja -muy enredada, la cual necesitaba más de dos brazos para dejarla en -buen estado. Nunca ponía en ella los pies, como tampoco entraba en su -casita, porque habría padecido mucho al ver tanta desolación; habiendo -tomado el partido de deshacerse de todo, á cualquier precio que fuese, -empleando en su nueva patria todo lo que buenamente pudiese sacar. - -Si los que habían sobrevivido á la peste eran para los demás como -muertos resucitados, Renzo parecía serlo dos veces á los ojos de sus -compatriotas: todos le festejaban y felicitaban; todos querían saber -por su propia boca sus aventuras. Acaso, se preguntará: ¿y en qué quedó -la orden de destierro? Responderemos, que estaba en muy buen estado; -Renzo no hacía ningún caso de ella, pues suponía que los que debían -ponerla en ejecución no se acordaban ya, y esto no nacía sólo de la -peste que había echado en el olvido tantas cosas, sino que consistía en -una cosa muy común, en aquella época, lo cual hemos visto en más de un -pasaje de la presente historia, y era que las órdenes, tanto generales -como especiales contra las personas, quedaban las más veces sin efecto, -si no lo tenía en los primeros momentos, á no ser que hubiera alguna -animosidad particular y poderosa, que hiciera olvidarlas y hacerlas -valer. En esto sucedía como con las balas de fusil, las cuales cuando -no alcanzan á nadie, se quedan en el suelo sin que den el más leve -cuidado, consecuencia indispensable de la gran facilidad con que se -sembraban á manos llenas dichas órdenes. La actividad del hombre es -limitada; por lo tanto, todo lo que se manda de más, se debe ejecutar -de menos: lo que va en mangas no puede ir en faldones. - -El que desee saber qué posición ocupaban Renzo y D. Abundio, el -uno respecto del otro, diremos que permanecían á cierta respetuosa -distancia; éste por temor de oir decir algo de matrimonio, y que sólo -al pensarlo se le presentaba D. Rodrigo por una parte acompañado de -sus bravos, por otra el cardenal con sus argumentos, y Renzo por -haber resuelto no hablar más que en el instante mismo de ir á ponerlo -en ejecución, no queriendo correr el riesgo de incomodarse antes de -tiempo, de ver surgir algún nuevo obstáculo y enredar el negocio con -inútiles habladurías. De este asunto únicamente hablaba con Inés. -“¿Creéis que Lucía venga pronto?”, decía éste. “Espero que sí”, -contestaba la otra; y con frecuencia la que había dado la respuesta, -hacía poco después la misma pregunta. Así trataban de pasar el tiempo -que les parecía tanto más largo, á medida que iba corriendo. - -Nosotros haremos pasar también al lector en un instante todo aquel -periodo de tiempo, diciendo en pocas palabras, que algunos días después -de la visita de Renzo al lazareto, Lucía salió de él en compañía de la -buena viuda; que habiéndose mandado una cuarentena general, la hicieron -juntas encerradas en casa de ésta; que emplearon una parte del tiempo -en disponer el equipaje de Lucía, el cual, después de haberlo rehusado -modestamente, ella misma empezó á trabajar en él; y por último, que -terminada la cuarentena, la viuda confió su tienda y su casa á su -hermano el comisario, é hicieron los preparativos del viaje. Todavía -podríamos añadir que partieron, llegaron, y lo que se siguió luego; mas -á pesar del deseo que tenemos de ceder á la impaciencia del lector, hay -tres circunstancias en dicho intervalo de tiempo, que no querríamos -pasar en silencio; ó por lo menos dos, creeríamos que el lector mismo -lo tomaría á mal si no lo verificásemos. - -He aquí la primera. Cuando Lucía volvió á hablar á la viuda de sus -aventuras, más circunstanciadamente y con más orden que no lo había -podido hacer en medio de la agitación de su primera confidencia, é -hizo mención más expresa de la señora que le había dado asilo en el -monasterio de Monza, comprendió cosas que, dándole la llave de muchos -misterios, llenaron su alma de admiración, dolor y espanto. Supo por -la viuda, que la desventurada, sospechándosela autora y cómplice de -atroces y horribles crímenes, había sido trasladada por orden del -cardenal á un convento de Milán; que allí, después de haberse entregado -por algún tiempo á la rabia y á la desesperación, había concluido por -enmendarse y acusarse á sí misma, y que su vida actual era un suplicio -voluntario, tal cual nadie podría calcular más severo. El que desee -conocer más detalladamente esta triste historia, podrá verla en el -libro y lugar que ya hemos citado en otra parte, á propósito de la -misma persona[24]. - -La segunda circunstancia es, que preguntando Lucía á todos los -capuchinos que se hallaban en el lazareto por el padre Cristóbal, supo -con más dolor que sorpresa, que había muerto de la peste. - -Finalmente, antes de partir había también deseado saber algo de sus -antiguos señores y cumplir con un deber suyo, según decía, si por -fortuna existían. La viuda la acompañó á la casa, donde les dijeron -que ambos habían fallecido. Tocante á D.ª Prajedes, diciendo que había -muerto, está todo dicho; pero por lo que hace á D. Ferrante, como se -trataba de un sabio, nuestro anónimo ha creído debía extenderse un poco -más; y nosotros á nuestra cuenta y riesgo, trascribiremos según nos sea -posible lo que dejó escrito. - -Dice, pues, que desde que se empezó á hablar de la peste, D. Ferrante -fué uno de los más decididos y constantes en negarla, y que sostuvo -tenazmente hasta el fin dicha opinión, no con exclamaciones y gritos -de rabia como el pueblo, sino con razones, á las cuales nadie podrá -encontrar, á lo menos, falta de encadenamiento. - -_In rerum natura_, decía, no hay más que dos géneros de cosas, á saber: -sustancias y accidentes; y si yo pruebo que el contagio no puede ser -ni lo uno ni lo otro, habré probado que no existe, que es una quimera. -Las sustancias son materiales ó espirituales: que el contagio sea una -sustancia espiritual, es un absurdo que nadie querrá sostener; así pues -inútilmente hablaríamos de ello. Las sustancias materiales son simples -ó compuestas: ahora bien, el contagio no es una sustancia simple; y si -no, lo voy á demostrar en cuatro palabras. No es una sustancia aérea, -porque si lo fuese, en vez de pasar de un cuerpo á otro, volaría con -más prontitud á su esfera. No es acuosa, porque mojaría, y el viento -la secaría. No es ígnea, porque quemaría. No es terrosa, porque sería -visible. Tampoco es sustancia compuesta, porque entonces á cada momento -debería ser sensible á la vista y al tacto; y dicho contagio, ¿quién -lo ha visto? ¿quién lo ha tocado? Ahora nos queda que ver si es un -accidente. Peor que peor. Esos señores doctores dicen que se comunica -de un cuerpo á otro; éste es un asidero, éste el pretexto para dar -tantas órdenes sin utilidad. Supongamos ahora que es un accidente: de -todos modos sería un accidente transportado; y esto son dos palabras -que luchan entre sí. En toda la filosofía no hay una cosa más clara -que ésta, á saber; que un accidente no puede pasar de un objeto á -otro; que si para evitar semejante Scilla, se reducen á decir que es -un accidente producido, tropiezan en Caribdis; porque si es producido, -no se comunica ni se propaga como van vociferando. Sentados estos -principios, ¿de qué sirve que vengan á hablarnos de bubones, de granos, -de carbunclos?... - ---Todo es pura charlatanería, exclamó una vez, uno de los que le -escuchaban. - ---No, no, replicó D. Ferrante; yo no digo esto. La ciencia es siempre -ciencia; únicamente que es preciso saberla emplear. Los bubones -violáceos, parótidas, carbunclos negros, son todas palabras respetables -que tienen su significación buena y bella, pero repito que nada tienen -que ver con la cuestión. ¿Quién niega que pueda haber estas cosas, y -también que las haya? Mas lo principal está en ver de dónde provienen. - -Aquí empezaban las pesadumbres para D. Ferrante. Mientras que no hacía -más que declamar contra la opinión de los que decían que era epidemia, -por todas partes encontraba oídos benévolos, atentos y respetuosos; -porque no hay necesidad de manifestar cuán grande es la autoridad de -un sabio de profesión, cuando quiere demostrar á los demás cosas de que -ya están convencidos. Pero cuando venía á distinguir y á querer probar -que el error de los médicos no consistía en afirmar que existía una -enfermedad terrible y general, sino en asignar la causa y los modos; -entonces (hablo del principio, en que no se quería oir hablar de la -peste), entonces, repito, en vez de oídos hallaba lenguas rebeldes é -intratables; entonces no había otro medio que predicar, y no podía -exponer su doctrina más que á trozos. - ---He aquí verdaderamente la razón, decía, y están obligados á -reconocerla, aunque ellos sostengan después otras cosas sin -fundamento... Que nieguen, si pueden, esa fatal conjunción de Saturno -con Júpiter. ¿Y cuándo se ha oído decir que las influencias se -propagan?... ¿Y esos señores me querrán negar las influencias? ¿Me -negarán que la tienen los astros?, ¿ó me querrán decir que se sostienen -allá arriba, sin servir ni hacer nada, como una porción de cabezas -de alfiler metidas en una pelota?... Pero lo que no me puede entrar -de esos señores médicos es que ellos confiesan que nos hallamos bajo -una conjunción sumamente maligna, y luego nos vienen diciendo, con la -cara torcida: “¡No toquéis á esto, no toquéis á aquello, y estaréis -seguros!”. ¡Como si el esquivar el contacto material de los cuerpos -terrestres, pudiese impedir el efecto producido por la virtud de los -cuerpos celestes! ¡Y tanto afanarse para quemar andrajos! ¡Pobre gente! -¿Quemaréis á Júpiter?, ¿quemaréis á Saturno?... - -_His fretus_; que equivale á decir: con estos bellos principios no tomó -ninguna precaución contra la peste; en su consecuencia fué atacado, -se encaminó al lecho, se acostó, y murió como un héroe de Metastasio, -emprendiéndola con las estrellas. - -¿Y aquella su famosa librería? Acaso anda dispersa todavía por algunas -partes. - - - NOTAS: - -[24] Ripamonti. His. Pat., Dec. V., lib. VI., cap. III. - - - - - CAPÍTULO VIGÉSIMO - - -Cierta tarde, Inés oyó parar un carruaje á la puerta. “¡Es ella, no -me cabe duda!” En efecto, era Lucía acompañada de la buena viuda. El -lector podrá imaginar la acogida que recíprocamente se harían las tres -mujeres. - -Á la mañana siguiente muy temprano llegó Renzo, ignorante de lo que -pasaba, y únicamente con el deseo de tranquilizar un poco su espíritu -con Inés sobre la gran tardanza de Lucía. Los gestos que hizo y las -cosas que dijo, lo dejamos á la penetración de los que lean este libro. -Las demostraciones de Lucía fueron tales, que se necesita muy poco -para describirlas. “¿Cómo estáis?”, dijo con los ojos bajos, pero sin -inmutarse. No se crea que Renzo encontrase este recibimiento frío, ni -tampoco que se alarmara; antes al contrario, lo tradujo á su favor; y -como entre gentes bien educadas se debe ser avaro de cumplimientos, -comprendió perfectamente el sentido oculto de aquellas palabras. Por lo -demás, era fácil conocer que tenía dos modos de pronunciarlas, el uno -para Renzo, y el otro para todo el mundo que pudiese conocerla. - ---Yo estoy bueno cuando os veo, repuso el joven. - ---¡Pobre padre Cristóbal!, dijo Lucía, rogad por su alma; á pesar de -que casi estoy segura que en este momento él ruega en el cielo por -nosotros. - ---Demasiado me lo esperaba que sucedería esto, replicó Renzo. Y no fué -ésta la sola cuerda triste que se tocó en aquella conversación. Pero -¡qué!, de cualquiera cosa que se hablase, el coloquio concluía por ser -alegre y delicioso. Como aquellos caballos fogosos que se encabritan -y levantan una mano, y después otra, volviéndolas á colocar en el -mismo sitio, haciendo mil movimientos antes de dar un paso, y luego de -repente emprenden su carrera como si fuesen llevados por el viento; -del mismo modo había cambiado el tiempo para Renzo; un poco antes los -minutos le parecían horas; después por el contrario, éstas le parecían -minutos. - -La viuda, no sólo no empeoraba la sociedad, sino que antes bien -contribuía á mejorarla; y ciertamente, Renzo, cuando la vió la vez -primera acostada en aquel miserable lecho, estaba muy lejos de imaginar -que pudiese tener un genio tan sociable y divertido. Mas el lazareto y -el campo, la muerte y las bodas, son cosas sumamente distintas. Ella se -había ligado ya con Inés con la mayor intimidad; con Lucía era un gusto -el verla tan alegre y cariñosa, dándole bromas con dulzura y gracia, -sin ser pesada, hasta tanto que la obligaba á demostrar toda la alegría -que rebosaba en su corazón. - -Renzo dijo por último que iba á ver á D. Abundio á fin de ponerse de -acuerdo con él para los desposorios. Fué en efecto; y con cierto aire -burlón y respetuoso á la vez, le dijo: “Señor cura, ¿os ha pasado ya -aquel dolor de cabeza que os impedía el casarnos? Ahora es tiempo; la -novia se halla aquí, y yo también estoy á vuestra disposición para -que me indiquéis la hora que os venga bien, rogándoos que esta vez lo -dispongáis con la prontitud que os sea posible”. - -D. Abundio no se atrevió á decir que no quería; mas empezó á balbucear, -presentando algunas escusas, y haciendo ciertas observaciones. - ---Comprendo, dijo Renzo; os queda todavía un poco de aquel dolor de -cabeza; pero escuchad, escuchad. Y se puso á describir el estado en que -había visto al infortunado D. Rodrigo, el cual seguramente á aquellas -horas ya no existía. “Esperemos, añadió, que el Señor habrá usado con -él de misericordia”. - ---Ello no se ha de verificar aquí, repuso D. Abundio. ¿Por ventura, os -he dicho que no? Yo no digo que no; hablo... hablo para daros algunas -justas razones... Por lo demás, mirad; mientras que el hombre tiene -un soplo de vida... Contempladme: yo soy un mueble cascado; he estado -también más cerca de la muerte que él, heme aquí sin embargo; y... si -no vuelven á caer sobre mí nuevas pesadumbres... ya, ya... espero aún -vivir un poquito más. Figuraos luego ciertos temperamentos... pero como -digo, esto no hace al caso. - -Después de algunas preguntas y respuestas, ni más ni menos -concluyentes, Renzo le hizo un profundo saludo, volvió á su morada, -refirió la conversación que había tenido, y acabó diciendo: “Me -he venido en seguida porque ya estaba hasta aquí; y al pronunciar -estas palabras colocaba su dedo índice sobre la frente, y no quise -arriesgarme á perder la paciencia, y también el respeto. En ciertos -momentos era exactamente el D. Abundio de antes; me quería entretener -aún con su acostumbrada palabrería; y estoy seguro de que si me hubiese -detenido un poco más, habría sacado á plaza algún latinajo. Estoy -viendo que quiere dar de nuevo largas al asunto, y por consiguiente -que valdrá más, como él dice, que vayamos á casarnos donde vamos á -vivir”. - ---¿Sabéis lo que haremos?, dijo la viuda; iremos nosotros á probar -fortuna, á ver si conseguimos algo más; así como así tengo grandes -deseos de conocer á ese hombre, principalmente siendo como vos decís. -Nos dirigiremos allá después de comer, para no volver á atacarlo tan -pronto. Ahora, señor esposo, acompañadnos á dar un paseo, mientras que -Inés despacha sus haciendas, que yo serviré de mamá á Lucía; pues tengo -grandes deseos de ver un poco más de cerca estas montañas, y este lago, -del cual tanto tengo oído hablar, porque lo que he visto me ha parecido -sumamente hermoso. - -Renzo las condujo antes de todo á casa de su huésped, donde éste los -obsequió; haciéndole prometer que no sólo aquel día, sino todos, si -podía, iría á comer con ellos. - -Después de haber paseado y comido, Renzo partió precipitadamente, sin -decir adónde iba. Las mujeres permanecieron un buen rato discurriendo -y concertando los medios de comprometer á D. Abundio; y por último se -encaminaron á dar el asalto. - -“Aquí están ellas”, dijo éste entre sí; pero las recibió con muy buen -semblante, haciendo grandes demostraciones de alegría á Lucía, con mil -enhorabuenas á Inés, y muchos cumplidos á la forastera. En seguida -las hizo sentar, y al momento entró á hablar de la peste. Deseó oir -de la boca de Lucía del modo que había pasado aquellos aflictivos -días. El lazareto proporcionó también que hablara la que había sido -su compañera; luego D. Abundio, como era muy justo, habló igualmente -de su borrasca; y se regocijaba, á más no poder, de que Inés hubiese -tenido la dicha de escapar. La conversación, sin embargo, se arrastraba -lánguidamente; desde las primeras palabras, las dos mujeres estaban -espiando la ocasión oportuna para hablar del motivo esencial de su -visita. En fin, no se sabe á punto fijo cuál de las dos rompió la -valla. Pero, ¿qué medio? D. Abundio estaba enteramente sordo, cuando se -tocaba el consabido asunto. Con todo, nunca decía que no; pero siempre -volvía á sus tergiversaciones y á sus dudas; como el pájaro que salta -de rama en rama... “Sería indispensable, decía, hacer levantar la orden -de prisión. Vos, señora, que sois de Milán, conoceréis poco más ó menos -el curso que llevan estas cosas; tendréis algún buen influjo, algún -caballero poderoso; pues ya sabéis que con estos medios se cicatrizan -todas las llagas. Si después se quería ir por el camino más corto, -sin meterse en honduras, ya que los jóvenes y la buena Inés quieren -expatriarse (y aquí no puedo menos de decir que la verdadera patria -es aquella en donde á uno le va bien), soy de parecer que podría -verificarse todo, en donde no hay orden de prisión, ni obstáculo alguno -que se oponga. No veo la hora de ver terminada esta alianza; pero -quisiera que se concluyese tranquilamente. Digo la verdad: aquí con -esa malaventurada orden en pie, ir á vociferar el nombre de Lorenzo -Tramaglino, no las tendría todas conmigo; lo aprecio demasiado, temería -prestarle un flaco servicio. Vos misma lo podéis conocer”. - -En esto, tan pronto Inés, como la viuda le rebatían los anteriores -razonamientos; mas D. Abundio los reproducía bajo otra forma. Nada se -adelantaba, pues siempre volvían al principio; cuando he aquí que entró -de pronto Renzo con andar resuelto y el aire de traer alguna importante -noticia: en efecto, en el instante mismo, dijo: “Ha llegado el señor -marqués de ***”. - ---¿Qué significa esto?, ¡llegado!, ¿adónde?, preguntó D. Abundio -levantándose. - ---Ha llegado á su palacio, que era el de D. Rodrigo; porque dicho señor -marqués es el heredero fidei-comisario, según dicen; por lo tanto, no -hay lugar á duda. Por lo que á mí hace, tendría una gran alegría si -supiera que ese infeliz ha muerto cristianamente. Á buena cuenta, hasta -ahora había rezado por él algunos padrenuestros, y ahora le cantaré -el _De profundis_. Por lo demás, me han dicho que el expresado señor -marqués es un excelente caballero. - ---Seguramente, dijo D. Abundio, he oído hablar de él muchas veces á un -buen señor de esos chapados á la antigua. Pero, ¿es cierto que?... - ---¿Creéis al sacristán? - ---¿Por qué? - ---Porque él lo ha visto con sus propios ojos. Yo he estado solamente -en los alrededores, y á decir verdad, he ido á propósito, porque he -pensado que allí debería saberse algo; y más de una persona me ha dicho -lo mismo. Luego he encontrado á Ambrosio que venía de allá, y que lo ha -visto, según he dicho, hacer de amo. ¿Queréis oirlo de la misma boca de -Ambrosio? Precisamente he dispuesto que esperase ahí fuera. - ---Oigámosle, dijo D. Abundio. Renzo fué á llamar al sacristán. Éste -confirmó la noticia punto por punto: añadió á ella algunos detalles; -disipó todas las dudas, y después partió. - ---¡Ah, conque ha muerto!, ¡ha dejado verdaderamente de existir!, -exclamó D. Abundio. ¡Mirad, hijos míos, cómo al fin la Providencia -llega también al fin para cierta clase de gente! ¡Sabéis que es una -cosa grande, una felicidad suprema para este pobre país!, porque con -semejante hombre no se podía vivir. Esta epidemia ha sido un gran -azote; mas al propio tiempo también una buena escoba, porque ha barrido -ciertos sujetos, de los cuales, hijos míos, jamás hubiéramos podido -librarnos. ¡Quién había de haber dicho que el que estaba destinado -á hacerle las exequias se hallaba aún en el seminario estudiando el -_musa musæ_! En un abrir y cerrar de ojos han desaparecido á cientos. -Ya no los veremos dar vueltas con su séquito de tunantes, con aquella -arrogancia y orgullosos ademanes, lanzando sus insultantes miradas á -todos, como si los demás estuvieran en el mundo por un favor especial -que ellos se dignaban hacerles. Entretanto, ya no existen, y nosotros -sí. Ya no mandarán más mensajes á la gente de bien. Nos han causado -grandes molestias; pero mirad, también ahora las podemos contar. - ---Yo lo he perdonado de todo corazón, dijo Renzo. - ---Y cumples con tu deber, replicó D. Abundio; pero al mismo tiempo -debemos dar gracias al cielo por habernos librado de él. Mas al -presente; volviendo á vosotros, os repito como siempre que hagáis -lo que mejor os parezca. Si queréis que os case, aquí me tenéis; si -os parece cómodo de otro modo, hacedlo. Con respecto á la orden de -prisión, veo también que como no hay nadie que os observe ni que -quiera haceros daño, no es cosa que os pueda dar mucho cuidado, tanto -más, cuanto que se ha dado un indulto con motivo del nacimiento del -serenísimo infante. Y después, ¡la peste! ha sepultado muchas y grandes -cosas. Por lo tanto, si queréis... hoy es jueves... el domingo os -amonestaré; porque aun cuando ya se ha hecho una vez, no sirve de nada -por haber transcurrido mucho tiempo, y luego tendré el gusto de casaros. - ---Vos sabéis muy bien que justamente hemos venido para esto, dijo Renzo. - ---Ciertamente, y os serviré; y quiero dar aviso de ello á su eminencia. - ---¿Quién es su eminencia?, preguntó Inés. - ---Su eminencia, contestó D. Abundio, es nuestro cardenal arzobispo, á -quien Dios conserve. - ---¡Oh!, en cuanto á eso, perdonadme, replicó Inés; pues á pesar que -no soy más que una pobre ignorante, puedo asegurar que no se le llama -así, porque cuando fuimos por segunda vez á hablarle, como yo os hablo -ahora, uno de aquellos señores sacerdotes me llamó aparte y me enseñó -cómo se debía tratar al expresado señor, siendo necesario decirle su -señoría ilustrísima y monseñor. - ---Y al presente, si debiese enseñaros de nuevo, os diría que le -llamaseis eminencia; ¿habéis entendido? Porque el papa, á quien Dios -también conserve, ha prescrito desde el mes de junio que se dé este -título á los cardenales. ¿Y sabéis por qué ha resuelto esto? Porque -el tratamiento de ilustrísima que estaba reservado á ellos y á los -príncipes, estáis viendo ahora mismo con cuánta prodigalidad se da y -cuántos lo toman voluntariamente. Á semejante escándalo, ¿qué había de -hacer el papa?, ¿quitárselo á todos? Esto hubiera hecho nacer quejas, -reclamaciones, desgracias y disgustos, y al fin y al cabo habría -quedado lo mismo que antes. El papa ha ideado, pues, un excelente -medio. Poco á poco se empezará á dar eminencia á los obispos; los -abades la querrán también; luego los deanes; porque los hombres son -así, siempre quieren subir y subir; después los canónigos... - ---¿Y los curas?, interrumpió la viuda. - ---No, no, replicó D. Abundio; los curas para tirar de una carreta; -no tengáis miedo que les hagan tomar malos hábitos; los curas serán -reverendos hasta el fin del mundo. Más bien, no me sorprendería nada -absolutamente que los caballeros que están acostumbrados á oirse llamar -ilustrísima y á ser tratados como cardenales, quisieran un día que -se les diese el tratamiento de eminencia; y si lo desean llegarán á -conseguirlo. ¿Y entonces el papa que hará?, ¿hallará otra cosa para los -cardenales? Pero volvamos á nuestro asunto: el domingo os publicaré en -la iglesia, y entretanto, ¿sabéis lo que he pensado para servir mejor? -Mientras, pediremos la dispensa para las otras dos amonestaciones. En -la curia deben tener mucho que hacer para ocuparse en dar dispensas, si -las cosas están tan revueltas como aquí. Para el domingo tengo ya... -una... dos... tres, sin contar con vosotros; y puede que todavía haya -alguna otra. El fuego ha prendido; parece que de aquí en adelante nadie -quiere vivir solo. ¡Qué mal ha hecho Perpetua en morirse ahora! pues al -presente ella habría encontrado también esposo. ¿Y en Milán, señora, me -figuro que será lo mismo? - ---Exactamente. Sabed, pues, que sólo en mi parroquia, el domingo -pasado, se han celebrado cincuenta matrimonios. - ---¡Cuando yo lo digo!, el mundo no quiere acabarse... ¿Y á vos, señora, -no han empezado á revolotear en torno algunos moscones? - ---No, no; ni pienso en ello, ni quiero. - ---¡Vamos, que sí!... ¿querríais acaso estar sola? Mirad, Inés también... - ---Vaya, vaya; ¿tenéis ganas de bromear?, dijo ésta. - ---Seguramente; y me parece que ya era hora. ¡Cuán rudos golpes hemos -sufrido!, ¿no es verdad, amigos míos? Los hemos sufrido, repito, muy -grandes. Por lo tanto, creo que debemos tener la esperanza de que esos -cuatro días que nos restan, serán un poco mejores. Pero, ¡dichosos -vosotros si no os suceden más desgracias, que todavía podréis hablar de -ellas por espacio de muchos años! Mas yo, pobre viejo... Los bribones -pueden morir; la peste se puede curar; pero para los años no hay -remedio; y como dicen los sabios _Senectus ipsa est morbus_[25]. - ---¡Oh!, ahora, dijo Renzo, hablad en latín tanto como queráis, pues -nada me importa. - ---¿Tú aborreces el latín, eh?, pues bien, yo te arreglaré: cuando -te presentes á mí en compañía de esta joven, para oiros pronunciar -justamente ciertas palabras en latín, te diré: “Ya que no quieres -latín, anda con Dios; ¿te gustará eso?”. - ---¡Ah!, yo bien sé lo que me digo, replicó Renzo: no es éste el latín -que me da miedo: éste es un latín franco, sagrado, como el de la -misa; mas actualmente hablo de ese latín engañador, que cae sobre uno -á traición, en medio de un discurso. Por ejemplo, ahora que estamos -aquí, que todo se ha concluido, hacedme el favor de traducirme el que -sacabais á colación, precisamente en ese rincón de la estancia, cuando -queríais darme á entender que no podíais casarme, que se necesitaban -otros requisitos, y qué se yo qué más. - ---Silencio, burlón, silencio; no saques á relucir semejantes cosas; -pues si fuéramos á ajustar cuentas, no sé quién de los dos saldría -perdiendo. En fin, todo está perdonado; no hablemos más de ello; con -todo, vosotros me jugasteis una mala partida: en ti no me sorprende, -porque eres un bribonzuelo; pero en esta agua mansa, en esta santita, -habría creído cometer un pecado desconfiando de ella. Mas yo bien -sé quién le había dado instrucciones; sí, bien lo sé. Y diciendo -esto, dirigía hacia Inés el dedo que antes había tenido, señalando á -Lucía. Es imposible expresar con qué bondad, con qué aire tan amable -y cariñoso hacía estos reproches. Aquella noticia le había inspirado -una desenvoltura, un deseo de hablar, del cual hacía mucho tiempo que -había perdido la costumbre; y nosotros nos apartaríamos del fin que nos -hemos propuesto, si refiriésemos el resto de la expresada conversación -que D. Abundio prolongó, deteniendo á la reunión más de una vez antes -de partir, y haciéndola parar en el mismo umbral de la puerta, para -platicar sobre el mismo tema. - -El día siguiente recibió una visita tan agradable como inesperada: tal -fué la del señor marqués del cual se había hablado. Era un hombre ya de -edad madura, cuyo aspecto confirmaba todo lo que la fama decía de él: -franco, cortés, apacible, humilde, lleno de dignidad, y un no sé qué, -que indicaba una tristeza resignada. - ---Vengo, le dijo, á saludaros de parte del cardenal arzobispo. - ---¡Oh!, ¡qué amabilísima bondad la de los dos! - ---Cuando fuí á despedirme de ese hombre incomparable, que me honra -con su amistad, me habló de dos jóvenes prometidos que existen en esta -parroquia, los cuales han sufrido muchas desgracias, por causa del -infortunado D. Rodrigo. Monseñor desea tener noticias de ellos. ¿No han -muerto, es verdad? ¿Están ya arreglados todos sus negocios? - ---Ciertamente, todo está ya arreglado; y también habían pensado -escribírselo á su eminencia; mas ahora que tengo el honor... - ---¿Se hallan aquí? - ---Sí, señor; y serán marido y mujer lo más pronto que sea posible. - ---Está bien; pero al presente os ruego tengáis la bondad de decirme, -qué bien puede dispensárseles, é indicar la manera más conveniente -de hacerlo. Durante este tiempo tan calamitoso, he perdido á mis -dos hijos, y á su madre, habiendo recaído en mí tres herencias -considerables. Antes de suceder esto, tenía todavía de sobra; así, -pues, ya veis que el proporcionarme una ocasión para emplear bien mis -riquezas, es á la verdad prestarme un gran servicio, que os agradeceré -infinito. - ---¡Que el cielo bendiga á vuestra señoría!, pues, no todos los... no -debo decirlo... son como vos. Yo también doy gracias á vuestra señoría -ilustrísima por esos pobres hijos míos; y ya que me dais tanto ánimo, -diré que me ha venido á la imaginación un expediente que acaso será de -vuestro agrado. Sabed, pues, que esas buenas gentes han resuelto irse -á establecer á otra parte, y vender lo poco que aquí poseen; lo cual -consiste en una pequeña viña perteneciente al joven, pero abandonada -y enteramente erial: es preciso contar sólo con el terreno, y además -dos casuchas, la una propia del joven, y la otra de la doncella; las -que propiamente hablando, no son más que dos ratoneras. Una persona -como vuestra señoría no puede saber lo que acontece á los pobres cuando -quieren deshacerse de lo que les pertenece. Concluyen siempre topando -con algún tunante, que desde largo tiempo ha echado el ojo sobre dichos -bienes, y cuando sabe que tienen necesidad de venderlos, se retira y -hace el desdeñoso; en vista de lo cual, es preciso correr tras él, y -dárselo por un pedazo de pan, especialmente en circunstancias como las -presentes. El señor marqués comprende ya dónde va á parar mi discurso. -La mejor caridad que les puede hacer vuestra señoría ilustrísima -es sacarlos de ese tropiezo, comprándoles lo poco que poseen aquí. -Verdaderamente, yo doy un consejo interesado porque vendría á adquirir -en mi parroquia un feligrés como el señor marqués; pero vuestra señoría -decidirá según mejor le plazca: yo sólo he hablado por obedecerle. - -El marqués alabó mucho la idea, dió las gracias á D. Abundio, y -le suplicó que fuese el árbitro del precio, fijándolo bien alto; -colmándole en seguida de admiración, con la proposición que le hizo -de dirigirse en su compañía á la casa de la joven prometida, en donde -probablemente debía hallarse también el novio. - -Por el camino, D. Abundio, transportado de gozo, se decidió además á -hablarle del siguiente modo: “Ya que vuestra señoría ilustrísima se -muestra tan inclinado á favorecer á esas pobres gentes, ahora recuerdo -que podría prestarles otro servicio. Pesa sobre el joven una orden -de prisión, por una pequeña calaverada que hizo en Milán ahora hace -dos años, el día del grande alboroto en el cual se vió metido sin -querer por ignorancia, como un ratón en la trampa. Por supuesto que -no es cosa grave; niñadas, locuras, pues es incapaz de cometer el más -leve daño, yo puedo asegurarlo, porque lo he bautizado, y lo he visto -crecer y hacerse hombre: y luego, si vuestra señoría quiere, por vía de -pasatiempo, oir razonar á esos pobres sobre semejante materia, podrá -hacerse contar la historia por el mismo joven y verá. Actualmente, -tratándose de cosas antiguas, no hay nadie que lo moleste, y como ya -he dicho, piensa salir de este territorio; pero con el tiempo, ¿quién -sabe si tendrá que volver aquí, ó adónde? Lo mejor y más seguro, es -que se encuentre enteramente libre. El señor marqués pasa en Milán, -como es muy justo, por un gran caballero, por un poderoso sujeto que... -No, no, dejadme decir, que la verdad ha de estar en su lugar. Una -recomendación, una palabrita de una persona como vuestra señoría, es lo -suficiente para obtener una completa absolución”. - ---¿Existen acaso graves cargos contra ese joven? - ---¡Oh!, no lo creo. Ha hecho mucho ruido en los primeros momentos, pero -ahora me imagino que no es más que una simple formalidad. - ---Siendo así, la cosa será fácil, y la tomo con gusto á mi cargo. - ---¡Y después no querrá vuestra señoría que se diga que es una persona -poderosa! Lo digo, y quiero decirlo, por más que se ofenda; repito que -quiero decirlo. Y aun cuando yo me callase, de nada serviría, porque -todo el mundo habla de lo mismo, y _Vox populi... vox Dei_. - -Encontraron justamente á las tres mujeres y á Renzo. Dejo á la -consideración de los lectores el calcular cómo se quedarían aquellas -pobres gentes: yo creo que hasta las desnudas y ahumadas paredes, -las ventanas, banquetas, y todo su modesto ajuar, se maravillaron -de recibir una tan extraordinaria visita. Él animó la conversación -hablando del cardenal y de otras cosas con franca cordialidad, y -al propio tiempo con la mayor delicadeza. Luego pasó á hacer la -proposición que había sido el objeto de su ida. D. Abundio, rogado por -el marqués para que fijara el precio, después de haberlo rehusado por -algún tiempo, y dado algunas excusas, diciendo que no lo entendía, -que no podría menos de vacilar, que hablaba sólo por obedecer, y -que indicaba, por conformarse á su deseo, un precio muy subido. El -comprador dijo, que por su parte estaba contentísimo, y como si hubiese -entendido mal, repitió el doble, no quiso escuchar rectificaciones, y -cortó de repente aquella conversación, invitando á la pequeña reunión á -ir á comer á su palacio el día después de las bodas, en donde se haría -el negocio en regla. - -“¡Ah!, decía luego entre sí D. Abundio, á medida que volvía á su -morada, si la peste hiciese siempre en todo y por todo las cosas de -este modo, sería verdaderamente una picardía el hablar mal de ella: -casi, casi, se podría desear que hubiese una en cada siglo, y pactar el -tenerla, con tal de curar, se entiende”. - -Por último llegó la dispensa y también la absolución, llegando -igualmente el tan deseado día. Los desposados se encaminaron con -seguridad triunfante á aquella misma iglesia, en la cual fueron unidos -por el propio D. Abundio. Otro y mucho más singular triunfo fué al día -siguiente su viaje al palacio. ¡Imagínese el lector lo que debería -pasar por su mente al emprender la subida, al entrar por la puerta, y -qué reflexiones harían cada uno según su carácter! Únicamente indicaré -que en medio de la alegría, el uno y el otro se dijeron que para -completar la fiesta faltaba sólo el malogrado padre Cristóbal. “Mas sin -embargo”, decían, “él está seguramente mejor que nosotros”. - -El marqués les hizo la más fina acogida, los condujo á un hermoso -saloncito, y colocó en la mesa á los dos esposos, junto con Inés y su -amiga. Antes de retirarse para ir á comer en compañía de D. Abundio á -otra habitación, quiso permanecer un rato con sus convidados, ayudando -en persona á los criados á servirles. Supongo que á nadie se le pasará -por la imaginación el que hubiera sido más sencillo el poner buenamente -una sola mesa. Hemos presentado al citado señor como un excelente -sujeto, pero no como un hombre de un tipo original, según ahora -diríamos; hemos manifestado que era humilde, no que fuese un portento -de humildad. Tenía la suficiente para ponerse debajo de aquellos -infelices, pero no para colocarse á su nivel. - -Finalizadas ambas comidas, el contrato fué extendido por manos de -un doctor, que no era Azzecca-Garbugli; el cual, quiero decir, -sus mortales despojos estaban y todavía están en Cantarelli. Es -indispensable que hagamos una breve y sucinta explicación del citado -pueblo, para los que no tengan de él idea alguna. - -Cerca de media milla más allá de Lecco, y casi á un lado de la otra -población llamada Castello, existe un lugar al cual dan el nombre de -Cantarelli, en donde se cruzan dos caminos; muy próximo al punto en que -éstos se unen, se divisa una eminencia, á modo de una pequeña colina -artificial, coronada de una cruz; lo cual no es otra cosa más que una -gran porción de muertos de la terrible epidemia que hemos descrito, -colocados en aquel sitio. La tradición dice simplemente “los muertos -del contagio”, sin manifestar precisamente cuál era, debiendo ser el -que ya conocemos, porque fué el último y más cruel de que hay memoria; -y es demasiado sabido que si á las tradiciones no se las ayuda un poco, -no dicen nunca por sí mismas lo bastante. - -Á la vuelta de los esposos á casa, no surgió otro inconveniente más -sino que Renzo iba un tanto incomodado con el peso del dinero que -llevaba encima. Mas el hombre, según sabemos, había tenido otros -disgustos. No queremos hablar del trabajo de su mente, que no era sin -embargo pequeño, pensando en la manera de hacer producir más dicho -dinero. Al ver los proyectos, reflexiones é incertidumbres de su -imaginación; al oir el pro y el contra con respecto á la agricultura -y á la industria, era como si se hubiesen encontrado frente á frente -dos academias del siglo pasado. El embarazo para él era más que real, -porque siendo un hombre solo, no se le podía decir: “¿qué necesidad -había de elegir?”. Lo mejor que podía hacer era emprender con ambas, -porque los medios en sustancia son los mismos, y al mismo tiempo dos -cosas que se parecen á las piernas, esto es, que las dos andan mejor -que una sola. - -Trataron pues de arreglar el equipaje, y ponerse en camino, la familia -Tramaglina para su nueva patria, y la viuda para Milán. Se derramaron -muchas lágrimas, se dieron mutuamente un millón de gracias, y se -hicieron mil y mil promesas de irse á ver unos á otros á menudo. -La separación de Renzo y de la familia del amigo que le había dado -hospitalidad no fué menos tierna, si se exceptúa que no hubo lágrimas; -y no se crea que la despedida con D. Abundio fuese fría; nada de -esto. Aquellas excelentes criaturas habían conservado siempre cierta -respetuosa adhesión para con su cura, y éste, en el fondo también los -había apreciado; sino que ya se ve, ¡hay negocios tan malditos que -llegan á turbar hasta las afecciones! - -Nada obligaba á Renzo á salir de su pueblo natal; pues D. Rodrigo -no existía, y la orden de prisión había sido anulada. Mas hacía ya -algún tiempo que los tres estaban acostumbrados á mirar como suyo el -país adonde se dirigían. Renzo había logrado que cayera en gracia á -las mujeres, haciéndoles ver las ventajas que encontraban en él los -operarios y otras mil cosas de la buena vida que se pasaba. Además, en -aquel del cual se apartaban, habían tenido momentos bien amargos; y los -recuerdos tristes que con frecuencia se presentan á nuestra imaginación -de los lugares en que hemos sufrido, nos hacen alejar de ellos. - -¡Quién había de figurarse que al llegar á la nueva patria, en -donde Renzo creía hallar la dicha, no encontró más que disgustos! -Indudablemente no era nada; pero sin embargo, lo bastante para turbar -su felicidad. He aquí, en pocas palabras, lo que sucedió. - -Las conversaciones que en el citado pueblo había habido respecto de -Lucía, mucho tiempo antes que ésta fuese á él; el saber que Renzo había -padecido tanto por ella, permaneciendo siempre firme y constante; acaso -alguna palabrilla de algún amigo parcial para con él y para con todo lo -que le concernía, habían hecho nacer una cierta curiosidad de ver á la -joven, concibiendo una idea extraordinaria de su belleza. Otros decían: -“¿Queréis saber cómo es la que esperáis con tanta ansia? Es holgazana, -crédula, desdeñosa; no encuentra jamás lo que busca, porque nunca sabe -lo que quiere; y por último, hace pagar muy caros los dulces momentos -que había concedido sin razón”. Cuando Lucía se presentó, muchos de los -que creían que tenía una cabellera de oro, las mejillas exactamente de -rosa, los ojos más hermosos que lo uno y lo otro, y qué sé yo qué más, -empezaron á encogerse de hombros, á arrugar las narices, y á decir: -“¡Bah!, ¡es ésta la mujer tan ponderada! ¡Después de tanto tiempo y de -tanto hablar, era de esperar otra cosa! ¡Y qué es después de todo! Una -aldeana como tantas otras. Mujeres como ella y mejor se encuentran por -todas partes”. Viniendo en seguida á examinarla en particular, éste -notaba un defecto, aquél otro, y algunos la llegaron á encontrar fea. - -Mas sin embargo, como todo esto nadie iba á decirlo á la cara de -Renzo, hasta aquí no era un gran mal. Pero por desgracia al cabo de -algún tiempo no faltó quien fuera á contarle dichas habladurías, lo -cual le afligió mucho. Principió á meditar sobre ello, siendo objeto -de varias disputas con los que le hablaban de tal asunto, y también -de amargas quejas consigo mismo. “¿Y qué os importa?, ¿quién os ha -dicho que esperaseis esto ni aquello? ¿He ido por ventura á hablaros -nunca de semejante cosa?, ¿á deciros que era hermosa? Y cuando me lo -preguntabais, ¿os di quizás otra contestación, sino que era una buena -muchacha? ¡Es una aldeana! ¿Me habéis oído decir jamás que os traería -una princesa? ¿Os desagrada?; no la miréis. Ya que vosotros tenéis -mujeres hermosas, extasiaos en ellas, contempladlas cuanto queráis”. - -Es preciso observar, que una bagatela cualquiera basta á veces para -decidir la dicha de un hombre para toda su vida. Si Renzo hubiese -querido pasar la suya en dicho pueblo, según su primer designio, -hubiera obrado muy mal. Á fuerza de tantas incomodidades, había llegado -á estar siempre disgustado; era grosero y brusco con todos, porque -calculaba que cada uno en particular podía criticar á Lucía. En todas -sus palabras se traslucía siempre un no sé qué de punzante y satírico; -en todo encontraba también motivos de crítica; hasta el punto de que si -hacía mal tiempo dos días seguidos, al momento exclamaba: “¡Oh, vaya un -país hermoso!” Finalmente, se hizo insoportable hasta con las personas -que le habían apreciado; y con el tiempo, de una cosa á otra, se -hubiera encontrado por decirlo así, en guerra abierta con casi toda la -población, sin poder quizá ni aun él mismo conocer la causa primitiva -de un mal tan grande. - -Mas se habría dicho que la peste se había empeñado en reparar todas -sus tonterías. El dueño de una fábrica de hilados situada cerca de las -puertas de Bérgamo había muerto; y el heredero, joven libertino, que -en todo aquel edificio no encontraba nada que le divirtiera, resolvió -venderlo por la mitad del precio; mas quería que fuese inmediatamente -y á dinero contante, para poderlo emplear en seguida en gastos -improductivos. - -Habiendo llegado la noticia á oídos de Bartolo, acudió á verle y trató -con él. No podía hallarse una ganga mayor, pero la condición de pagar -al contado, en metálico, lo echaba todo á perder; porque su escaso -peculio, reunido lentamente á fuerza de muchas economías, estaba -aún lejos de alcanzar á la suma señalada. Entretuvo al vendedor con -palabras ambiguas, se volvió apresuradamente, comunicó el negocio á su -primo, y le propuso hacerlo á medias. Un partido tan excelente puso -fin á las dudas económicas del joven, el cual se decidió de pronto por -la industria, y contestó afirmativamente. Ambos se dirigieron allá en -seguida, y quedó consumado el contrato. - -Luego que los nuevos dueños se posesionaron de su establecimiento, -Lucía, que no era de ninguna manera esperada allí, no sólo no fué -objeto de crítica, sino que aun podemos añadir que no dejó de agradar; -tanto, que Renzo llegó á saber que algunos habían dicho: “¿Habéis visto -la bella palurda que nos ha venido?”. El epíteto hacía llevadero el -sustantivo. - -Además, los disgustos que Renzo había experimentado en el otro pueblo, -le sirvieron de muy útil lección. Hasta entonces había sido un poco -ligero en decir lo que sentía, teniendo un placer en criticar á la -mujer del vecino y demás; pero luego comprendió que las palabras hacen -un efecto en la boca y otra en los oídos, por lo cual contrajo el -hábito de pesar más las suyas antes de proferirlas. - -Los negocios iban viento en popa: al principio se presentaron algunas -dificultades con motivo de la escasez de operarios y de las altas -pretensiones de los pocos que habían quedado. Publicáronse edictos que -limitaban los salarios; y á despecho de algunos, con tales medidas, las -cosas volvieron á su verdadero camino; porque al fin y al cabo debían -arreglarse. Al cabo de poco tiempo, llegó de Venecia otro edicto más -razonable, á saber: extinción, por diez años, de toda carga real y -personal á los forasteros que fuesen á establecerse en el territorio. -Para nuestros amigos, esto fué una nueva cucaña. - -Antes de que concluyese el primer año de casados, Lucía dió á luz una -hermosa criatura; y como si se hubiese hecho á propósito para dar -ocasión á Renzo de cumplir su magnánima promesa, fué una niña, á la -cual se la bautizó con el nombre de María. En el trascurso del tiempo -tuvieron no sé cuántos más, de uno y otro sexo; é Inés, ocupada en -llevarlos aquí y allá, les llamaba picarillos y les cubría de besos, -los cuales quedaban impresos por largo rato en sus rosadas mejillas. -Todos fueron inclinados al bien, queriendo Renzo que aprendiesen á -leer y escribir, al cual se le oía decir, que ya que existía semejante -picardía, era preciso que se aprovechasen de ella. - -Era sumamente curioso el oirle contar sus aventuras, las que finalizaba -siempre diciendo las grandes cosas que había aprendido para gobernarse -mejor en lo sucesivo. “Me he aleccionado”, decía, “en no meterme en -jaranas, en no predicar en las plazas, en no levantar el codo más de lo -necesario, en no tener en la mano las aldabas de las puertas cuando hay -alrededor gentes, cuya cabeza no está buena enteramente, en no atarme -una campanilla al pie antes de haber pensado lo que podía suceder, y -otras mil cosas por el estilo”. - -Sin embargo, Lucía, sin encontrar la doctrina falsa en sí, no quedaba -satisfecha; le parecía así de un modo vago, como si faltara algo. Á -fuerza de oir repetir siempre el mismo estribillo, y meditar cada vez -más sobre él; “y yo”, dijo un día á su moralista, “¿qué debo haber -aprendido? Bien sabes que no he ido á buscar las desgracias, sino que -ellas vinieron: á menos que no quieras decir, añadió, sonriéndose -afectuosamente, que todo mi mal provino de quererte y haberte dado -palabra de casamiento”. - -Al principio Renzo no supo qué contestar. Después de haber discutido -ambos por largo tiempo, sacaron en consecuencia que las desgracias las -más veces provienen de causas motivadas por otros, que la conducta más -cauta é inocente no podría evitar; y que cuando nacen por culpa ó sin -culpa nuestra, la confianza en Dios las templa y las utiliza para -la otra vida. Esta solución, aunque haya sido hallada por gentes sin -instrucción de ninguna especie, nos ha parecido tan justa, que hemos -pensado consignarla aquí como el pensamiento de toda la historia. - -Últimamente, si la presente obra no os ha disgustado, agradecédselo al -anónimo, y también un poquito á su comentador; mas si por el contrario, -hemos tenido la desgracia de desagradaros, podéis estar seguros que no -ha sido éste nuestro designio. - - - * * * * * - - - NOTAS: - -[25] La vejez es por sí misma una enfermedad. - - - FIN DE “LOS PROMETIDOS ESPOSOS”. - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 2 *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for an eBook, except by following -the terms of the trademark license, including paying royalties for use -of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for -copies of this eBook, complying with the trademark license is very -easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation -of derivative works, reports, performances and research. Project -Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away--you may -do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected -by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the -person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph -1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this -agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm -electronic works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the -Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection -of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual -works in the collection are in the public domain in the United -States. If an individual work is unprotected by copyright law in the -United States and you are located in the United States, we do not -claim a right to prevent you from copying, distributing, performing, -displaying or creating derivative works based on the work as long as -all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope -that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting -free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm -works in compliance with the terms of this agreement for keeping the -Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily -comply with the terms of this agreement by keeping this work in the -same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when -you share it without charge with others. - -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are -in a constant state of change. If you are outside the United States, -check the laws of your country in addition to the terms of this -agreement before downloading, copying, displaying, performing, -distributing or creating derivative works based on this work or any -other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no -representations concerning the copyright status of any work in any -country other than the United States. - -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: - -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other -immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear -prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work -on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the -phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, -performed, viewed, copied or distributed: - - This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and - most other parts of the world at no cost and with almost no - restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it - under the terms of the Project Gutenberg License included with this - eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the - United States, you will have to check the laws of the country where - you are located before using this eBook. - -1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is -derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not -contain a notice indicating that it is posted with permission of the -copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in -the United States without paying any fees or charges. If you are -redistributing or providing access to a work with the phrase "Project -Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply -either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or -obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm -trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any -additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms -will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works -posted with the permission of the copyright holder found at the -beginning of this work. - -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm. - -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License. - -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including -any word processing or hypertext form. However, if you provide access -to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format -other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official -version posted on the official Project Gutenberg-tm website -(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense -to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means -of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain -Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the -full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1. - -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works -provided that: - -* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed - to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has - agreed to donate royalties under this paragraph to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid - within 60 days following each date on which you prepare (or are - legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty - payments should be clearly marked as such and sent to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in - Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg - Literary Archive Foundation." - -* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies - you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he - does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm - License. You must require such a user to return or destroy all - copies of the works possessed in a physical medium and discontinue - all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm - works. - -* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of - any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the - electronic work is discovered and reported to you within 90 days of - receipt of the work. - -* You comply with all other terms of this agreement for free - distribution of Project Gutenberg-tm works. - -1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project -Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than -are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing -from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of -the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the Foundation as set -forth in Section 3 below. - -1.F. - -1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -works not protected by U.S. copyright law in creating the Project -Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm -electronic works, and the medium on which they may be stored, may -contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate -or corrupt data, transcription errors, a copyright or other -intellectual property infringement, a defective or damaged disk or -other medium, a computer virus, or computer codes that damage or -cannot be read by your equipment. - -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right -of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT -LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE -PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE -TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE -LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR -INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH -DAMAGE. - -1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a -defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can -receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a -written explanation to the person you received the work from. If you -received the work on a physical medium, you must return the medium -with your written explanation. The person or entity that provided you -with the defective work may elect to provide a replacement copy in -lieu of a refund. If you received the work electronically, the person -or entity providing it to you may choose to give you a second -opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If -the second copy is also defective, you may demand a refund in writing -without further opportunities to fix the problem. - -1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO -OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT -LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. - -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of -damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement -violates the law of the state applicable to this agreement, the -agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or -limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or -unenforceability of any provision of this agreement shall not void the -remaining provisions. - -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation's website -and official page at www.gutenberg.org/contact - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without -widespread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit www.gutenberg.org/donate - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works - -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our website which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This website includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/67231-0.zip b/old/67231-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index c9ad56b..0000000 --- a/old/67231-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/67231-h.zip b/old/67231-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 5cc67b7..0000000 --- a/old/67231-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/67231-h/67231-h.htm b/old/67231-h/67231-h.htm deleted file mode 100644 index bac29af..0000000 --- a/old/67231-h/67231-h.htm +++ /dev/null @@ -1,18314 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=utf-8" /> - <meta http-equiv="Content-Style-Type" content="text/css" /> - <title> - Los Desposados - Tomo II, by Alejandro Manzoni—A Project Gutenberg eBook - </title> - <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> - <style type="text/css"> - -body { - margin-left: 10%; - margin-right: 10%; -} - -h1, h2 { - text-align: center; - /* all headings centered */ - clear: both - } -h1, h2 { - font-weight: normal; - margin-top: 4em - } -p { - margin-top: 0.51em; - text-align: justify; - margin-bottom: 0.49em - } - -.p1 { - margin-top: 1em - } - -.p2 { - margin-top: 2em - } - -.p4 { - margin-top: 4em - } - -.p6b { - margin-bottom: 6em - } - - - -.half-title -{ - margin-top: 6em; - text-align: center; -} - -hr.tb { - width: 45%; - margin-left: 27.5%; - margin-right: 27.5%; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; - } - - -.big1 { - font-size: 110% - } - -.big2 { - font-size: 130% - } - -.big3 { - font-size: 140% - } - - - -@media print { hr.chap {display: none; visibility: hidden;} } - - -div.chapter {page-break-before: always;} -h2.nobreak {page-break-before: avoid;} - - -table.autotable { - margin-left: 25%; - margin-right: 25%; - width: 50%; -} -table.autotable { border-collapse: collapse; } -table.autotable td, -table.autotable th { padding: 4px; } - -.tdl {text-align: left;} -.tdr {text-align: right;} -.tdc {text-align: center;} - -.pagenum { /* uncomment the next line for invisible page numbers */ - visibility: hidden; - position: absolute; - left: 92%; - font-size: smaller; - text-align: right; - font-style: normal; - font-weight: normal; - font-variant: normal; -} /* page numbers */ - - - - - -.center {text-align: center;} - -.right {text-align: right;} - - -/* Images */ - -img { - max-width: 100%; - height: auto; -} -img.w100 {width: 100%;} - - -.figcenter { - margin: auto; - text-align: center; - page-break-inside: avoid; - max-width: 100%; -} - - -/* Footnotes */ -.footnotes {border: 1px dashed; margin-top: 2em;} - -.footnote {margin-left: 10%; margin-right: 10%; font-size: 0.9em;} - -.footnote .label {position: absolute; right: 84%; text-align: right;} - -.fnanchor { - vertical-align: super; - font-size: .8em; - text-decoration: - none; -} - -/* Poetry */ -.poetry-container {text-align: center;} -.poetry {text-align: left; margin-left: 5%; margin-right: 5%;} -/* uncomment the next line for centered poetry in browsers */ -.poetry {display: inline-block;} - - - -.x-ebookmaker .poetry {display: block;} - -.x-ebookmaker - -.poetry-container { - text-align: center; - margin-left: auto; - margin-right: auto; - } - - -.x-ebookmaker .pw25 {width: 25em;} -.x-ebookmaker .pw20 {width: 20em;} - - - - -/* Transcriber's notes */ - .tnote {border: dashed 1px; margin-left: 10%; - margin-right: 10%;padding-bottom: 1em; padding-top: 1em; - padding-left: 1em; padding-right: 1em; margin-top: 2em; margin-bottom: 4em; } - -/* Illustration classes */ -.illowp100 {width: 100%;} -.illowp51 {width: 51%;} -.x-ebookmaker .illowp51 {width: 100%;} - - </style> - </head> -<body> -<div lang='en' xml:lang='en'> -<p style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>Los desposados - Tomo 2</span>, by Alessandro Manzoni</p> -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you -are not located in the United States, you will have to check the laws of the -country where you are located before using this eBook. -</div> -</div> - -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>Los desposados - Tomo 2</span></p> -<p style='display:block; margin-left:2em; text-indent:0; margin-top:0; margin-bottom:1em;'><span lang='es' xml:lang='es'>Historia milanesa del siglo XVII</span></p> -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Alessandro Manzoni</p> -<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: January 23, 2022 [eBook #67231]</p> -<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p> - <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Andrés V. Galia, Sanly Bowitts and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive)</p> -<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>LOS DESPOSADOS - TOMO 2</span> ***</div> - -<div class="figcenter illowp51" id="cover" style="max-width: 64.3125em;"> - <img class="w100" src="images/cover.jpg" alt="cover" /> -</div> - -<div class="chapter"> -<div class="tnote"> - <p class="p2 center big1"> NOTAS DEL TRANSCRIPTOR</p> - -<p>"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de -Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el -título de "I promessi sposi".</p> - -<p>En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los -novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el -título original y el tenor de la obra.</p> - -<p>En la versión de texto las palabras en <em>itálicas</em> están indicadas con -_guiones bajos_.</p> - -<p>El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el -de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando -la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado -puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia -Española.</p> - -<p>En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar -que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban -acento ortográfico. Eso ha sido respetado.</p> - -<p>En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las -mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen -que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal -acentuada está en mayúsculas.</p> - -<p>La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha -agregado al dominio público.</p> - -<p>Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.</p> - -<p>El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor.</p> -</div> -</div> - -<hr class="tb x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"><p class="half-title big3">LOS DESPOSADOS</p> -<p class="center p6b">TOMO SEGUNDO</p> -</div> - - -<div class="chapter"> -<h1> LOS DESPOSADOS</h1> -</div> - -<p class="center p1">HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII</p> - -<p class="center p1 big3">POR ALEJANDRO MANZONI</p> - -<p class="center p1">TRADUCIDA DEL ITALIANO</p> - -<div class="figcenter illowp100" id="title_page-ilo" style="max-width: 11.125em;"> - <img class="w100" src="images/title_page-ilo.jpg" alt="titlep-ilo" /> -</div> - -<p class="center p1">MÉXICO<br /> -IMP. DE. ANDRADE Y ESCALANTE<br /> -Calle de Cadena número 13<br /> -1858</p> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_4">[Pg 4]</span></p> -</div> - -<p class="center p4 big2">ÍNDICE</p> - -<table class="autotable" summary=""> -<tr> -<td class="tdl"></td> -<td class="tdr">Pág.</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO PRIMERO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_5">5</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO SEGUNDO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_30">30</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO TERCERO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_55">55</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO CUARTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_81">81</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO QUINTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_102">102</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO SEXTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_134">134</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO SÉPTIMO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_178">178</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO OCTAVO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_202">202</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO NOVENO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_238">238</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DÉCIMO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_255">255</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOPRIMERO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_292">292</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_318">318</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOTERCERO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_339">339</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOCUARTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_359">359</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOQUINTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_386">386</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOSEXTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_422">422</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_458">458</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOCTAVO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_481">481</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMONOVENO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_514">514</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO VIGÉSIMO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 0.7em;"><a href="#Page_537">537</a> </td> -</tr> - - -</table> - - - -<hr class="tb x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_5">[Pg 5]</span></p> -</div> - -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO PRIMERO</h2> - - - -<p class="p2">El que viendo en un campo mal cultivado una -yerba silvestre, por ejemplo, una bella planta de -paciencia, quisiera saber con certeza si ésta se encontraba -en aquel sitio por medio de una semilla -germinada en el mismo campo, ó llevada por el -viento, ó dejada caer por algún pájaro; por más -que pensase, no llegaría jamás á sacar nada en -conclusión: del mismo modo no sabremos decir si -salió naturalmente del caletre del conde la resolución -de servirse del padre provincial para cortar -aquel nudo gordiano, ó si le fué sugerida por -Attilio. Ciertamente que éste no había soltado -aquellas palabras al acaso: y aunque debiera esperarse -que á una insinuación tan directa, el amor -propio del conde se sublevara, quiso, sin embargo,<span class="pagenum" id="Page_6">[Pg 6]</span> -á toda costa, presentarle la idea de aquel expediente, -y meterle en el camino por donde era -preciso que andara. Además, dicho expediente -era tan adaptado al genio del viejo conde, de tal -modo indicado por las circunstancias, que se hubiera -podido apostar que lo habría imaginado por -sí solo sin necesitar sugestiones de nadie. Se trataba -que en una guerra, sin embargo, demasiado -abierta, uno que llevaba su nombre, un sobrino -suyo, no quedase debajo; punto esencialísimo á la -reputación del poder que tanto llenaba su corazón. -La satisfacción que el sobrino podía tomar -por sí solo, hubiera sido un remedio peor que la -enfermedad, un manantial de disgustos, siendo -preciso impedirla de cualquier modo que fuese, y -sin pérdida de tiempo. Ordenarle que partiera en -el mismo instante de su palacio, ya no sería obedecido; -y aunque lo fuese, era ceder el campo, -una retirada de la casa ante un convento. Órdenes, -fuerza legal, y todos los espantajos de este -género, no valían contra un adversario de aquella -condición. El clero regular y secular se había -hecho enteramente inmune de toda jurisdicción -legal, extendiéndose dicha inmunidad no sólo á -sus personas, sino también á los lugares que habitaban, -según deben saber aun los que no hayan -leído más historia que la nuestra, pues de lo contrario -estaríamos frescos. Todo lo que podía hacerse -contra tal adversario, era buscar el medio<span class="pagenum" id="Page_7">[Pg 7]</span> -de alejarlo, lo cual sólo podía lograrse por el padre -provincial.</p> - -<p>Ahora bien: entre el conde y dicho padre provincial -mediaba un conocimiento muy antiguo: se -veían de tarde en tarde, pero siempre con grandes -demostraciones de amistad, y con reiteradas -ofertas de servirse mutuamente. Á veces es mejor -tratar con uno que tenga muchos individuos á -sus órdenes, que no con uno solo de éstos, el cual -no ve más que su negocio, no siente más que su -pasión, ni se cuida más que de su pundonor, -mientras que el otro descubre en un momento cien -relaciones, cien consecuencias, cien intereses, cien -cosas que evitar, otras ciento que salvar; y así se -le puede coger por cien partes.</p> - -<p>Todo bien pesado, el conde invitó cierto día á -comer al padre provincial, y le hizo encontrarse -en medio de una tanda de convidados, elegidos -con el tacto más exquisito. Veíanse allí algunos -parientes de la más encopetada grandeza, cuyo -solo nombre era un gran título; y que por su ademán, -por cierta resolución, por cierto desdén caballeresco, -al hablar de grandes cosas con términos -familiares, lograban, aunque sin querer, imprimir -y recordar á cada momento, la idea de la -superioridad y del poder. Hallábanse también allí -algunos clientes adheridos á la casa por una dependencia -hereditaria, y al personaje por una servidumbre -de toda la vida; los cuales, empezando<span class="pagenum" id="Page_8">[Pg 8]</span> -desde la menestra á decir sí con la boca, con los -ojos, con los oídos, con toda la cabeza, con todo -el cuerpo, y con toda el alma, á los postres os habían -puesto á un hombre en estado de no acordarse -cómo se hacía para decir <em>no</em>.</p> - -<p>En la mesa, el conde hizo recaer bien pronto la -conversación sobre su tema favorito; esto es, el -hablar de Madrid. Á Roma se va por muchos caminos; -él iba por todos á Madrid. Habló de la -corte, del conde-duque, de los ministros, de la familia -del gobernador, de las corridas de toros que -él podía describir perfectamente, porque había tenido -el gusto de presenciarlas desde un sitio distinguido; -del Escorial, del que podía dar cuenta -muy exacta, porque un criado del conde-duque -le había conducido por todos los rincones. Por -espacio de algún tiempo, toda la reunión estuvo -como un auditorio, atenta á él solo; después se -dividió en coloquios particulares, y él entonces -prosiguió refiriendo otras muchas cosas curiosas, -como en confianza, al padre provincial que estaba -á su lado, y que le dejó decir, decir, y más decir. -Pero de pronto, dió otro giro á la conversación, -la separó de Madrid; y de corte en corte, de -dignidad en dignidad, la hizo caer sobre el cardenal -Barberini, que era capuchino y hermano del -papa que ocupaba entonces la silla apostólica, -Urbano VIII nada menos. El conde se vió precisado -á dejar hablar un poco á los demás, á ponerse<span class="pagenum" id="Page_9">[Pg 9]</span> -á escuchar, y recordar por último, que en este -mundo no era el solo personaje que lo hacía. Poco -después de levantados de la mesa, rogó al -padre provincial que pasase con él á otra estancia.</p> - -<p>Dos potestades, dos ancianidades, dos experiencias -consumadas, se hallaban frente á frente. El -magnífico señor hizo sentar al muy reverendo padre, -después de lo cual tomó él también asiento, -y empezó á hablar en estos términos: “Convencido -de la amistad que existe entre nosotros, he creído -poder hablar á vuestra paternidad acerca de -un negocio de interés común, y que debe concluirse -aquí para entre nosotros, sin ir por otros -caminos que podían... Y por tanto, buenamente, -con el corazón en la mano, os diré de lo que -se trata; y en dos palabras, estoy cierto, que nos -pondremos de acuerdo. Decidme, ¿en vuestro -convento de Pescarenico hay un tal padre Cristóbal -de ***?”.</p> - -<p>El provincial hizo un signo afirmativo.</p> - -<p>—Suplico á vuestra paternidad me diga francamente, -en buena amistad... ese sujeto... ese -padre... yo no lo conozco personalmente; siendo -así, que de padres capuchinos conozco muchos, -celosos, prudentes, humildes, varones, en fin, que -valen más oro de lo que pesan: he sido amigo -de la orden desde mi infancia... pero en todas -las familias un poco numerosas... hay siempre<span class="pagenum" id="Page_10">[Pg 10]</span> -algún individuo, alguna cabeza... Y sé por -ciertas noticias, que ese padre Cristóbal es un -hombre... afecto á las querellas... que no -tiene toda aquella prudencia, todos aquellos miramientos... -Apostaría á que ha debido más de -una vez dar qué pensar á vuestra paternidad.</p> - -<p>—Entiendo; es un empeño, pensaba entretanto -el provincial; yo tengo la culpa: bien sabía yo que -á ese buen padre Cristóbal era preciso hacerle -correr de púlpito en púlpito, y no dejarle descansar -seis meses en un mismo lugar, especialmente -en los conventos de la campiña.</p> - -<p>—¡Oh!, dijo luego; siento de veras que vuestra -magnificencia tenga en mal concepto al padre -Cristóbal; siendo así que es un religioso que observa -una conducta ejemplar en el convento, y -al mismo tiempo tenido en mucha estima fuera -de él.</p> - -<p>—Entiendo perfectamente; vuestra paternidad -debe... pero, sin embargo, yo quiero, como -amigo sincero, advertiros de una cosa que conviene -que sepáis; y si una vez informado de ella, -puedo, sin faltar á mis deberes, haceros ver ciertos -resultados... posibles; no digo más. Sabemos -que dicho padre Cristóbal había tomado bajo -su protección á un hombre de aquel pueblo, á -un hombre... vuestra paternidad debe haber -oído hablar de él; es el que se escapó con tanto -escándalo de las manos de la justicia, después de<span class="pagenum" id="Page_11">[Pg 11]</span> -haber hecho en el terrible día de S. Martín, las -cosas... las cosas... En fin, llámase Lorenzo -Tramaglino.</p> - -<p>“¡Ah, ya!”, pensó el provincial, y dijo: “Esta particularidad -es nueva para mí; pero vuestra magnificencia -sabe bien, que una parte de nuestro ministerio -es justamente ir en busca de escarriados -para reducirlos...”.</p> - -<p>—Muy bien; ¡pero proteger á los escarriados de -cierta especie!... son cosas espinosas, negocios -demasiado delicados... Y aquí, en lugar de inflar -los carrillos y soplar, apretó los dientes y aspiró -tanto aire, cuanto tenía costumbre de arrojar -soplando; después de lo cual continuó: “He -creído necesario daros este aviso, porque si alguna -vez su excelencia... Podría haberse escrito -algo á Roma... no sé nada... y de Roma venirle...”.</p> - -<p>—Agradezco muchísimo dicho aviso á vuestra -magnificencia; pero estoy cierto que si se tomaran -informes sobre este asunto, resultara que el -padre Cristóbal no habrá tenido relaciones con el -hombre de que se trata, más que con el objeto -de hacerle entrar en razón: conozco demasiado al -padre Cristóbal.</p> - -<p>—Vuestra paternidad sabe mejor que yo lo que -él ha sido en el siglo, las travesuras que ha hecho -en su juventud...</p> - -<p>—Tal es la gloria de nuestro hábito, señor conde,<span class="pagenum" id="Page_12">[Pg 12]</span> -que un hombre que en el siglo ha hecho que -hablen mucho de él, con este traje llega á transformarse -enteramente; y desde que el padre Cristóbal -lleva este hábito...</p> - -<p>—Quisiera creerlo: lo digo de todo corazón, mas -á veces como dice el proverbio... el hábito no -hace al monje.</p> - -<p>El refrán no venía aquí á propósito; pero el -conde lo había sustituido apresuradamente á otro -que tenía en la punta de lengua: el lobo cambia -el pelo, pero no sus malas mañas.</p> - -<p>—Tengo indicios, proseguía, averiguaciones...</p> - -<p>—Si vuestra magnificencia sabe positivamente -que el expresado religioso ha cometido alguna falta -(todos estamos sujetos á errar), me dispensaréis -un verdadero favor, informándome de ello. -Soy un superior, indigno sin duda; pero lo soy -precisamente para corregir, para remediar...</p> - -<p>—Os diré: junto con esta circunstancia enojosa -de la protección abierta del padre para con el consabido, -hay otra cosa muy desagradable, y que -podría... Pero, entre nosotros, lo arreglaremos -todo de una vez. El caso es, como iba diciendo, -que el mismo padre Cristóbal se ha puesto á luchar -con mi sobrino D. Rodrigo.</p> - -<p>—¡Oh!, esto me desagrada, me desagrada; me -desagrada formalmente.</p> - -<p>—Mi sobrino es joven, vivo, recuerda lo que -es, y se resiente; además, como no tiene costumbre -de verse provocado...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_13">[Pg 13]</span></p> - -<p>—Será un deber mío el tomar buenos informes -acerca de semejante hecho. Según he dicho ya á -vuestra magnificencia, y hablo con un señor que -es tan justo como experimentado en las cosas del -mundo, todos somos de carne, sujetos á errar... -tanto de un lado como de otro; y si el padre Cristóbal -ha faltado...</p> - -<p>—Pero, es preciso que vuestra paternidad advierta, -que éstas son cosas, que deben terminarse -entre nosotros, sepultarse aquí; cosas que mientras -más se remueven... es peor. Vuestra paternidad -sabe muy bien lo que sucede: estos piques, -estas querellas empiezan con frecuencia por -una bagatela y avanzan, avanzan... Si se quiere -encontrar el fondo, no llega á conseguirse, ó -bien nacen otros cien mil obstáculos. Apagar, cortar -el negocio, reverendo padre; apagarlo, cortarlo; -he aquí lo que es preciso. Mi sobrino es joven; -el religioso, por lo que he podido comprender, tiene -todavía todo el espíritu é inclinaciones de un -joven también; y á nosotros toca, que tenemos ya -nuestros años... acaso demasiados; ¿no es cierto, -reverendísimo padre?</p> - -<p>El que hubiese estado contemplando aquella escena, -habría podido compararla á lo que sucede -en medio de una ópera seria, cuando se levanta, -por equivocación, un telón antes de tiempo, y se -ve un cantante que no pensando en aquel momento -que exista público en el mundo, conversa mano<span class="pagenum" id="Page_14">[Pg 14]</span> -á mano con un compañero suyo. El semblante, -el ademán, la voz del conde, al decir las palabras -<em>acaso demasiados</em>, todo fué natural; allí no -había política; era indudablemente cierto que le -causaba fastidio el tener tantos años. No lamentaba -los pasatiempos, y bríos, la gentileza de la -juventud: ¡frivolidades, tonterías, miserias! El motivo -de su disgusto era grave é importante; era -que esperaba cierto puesto muy elevado, cuando -estuviera vacante, y temía no llegar á tiempo. -Luego de haberlo obtenido, se podía estar cierto -de que no le hubieran dado mucho cuidado los -años; no habría deseado otra cosa, muriendo contento, -como aquellos que, ansiando mucho una -cosa, aseguran querer hacer algo, cuando la han -obtenido.</p> - -<p>Mas dejemos hablar al conde,—Á nosotros toca, -continuó, el tener juicio por los jóvenes, y reparar -sus calaveradas. Por fortuna, aún estamos á -tiempo; ello no ha metido mucho ruido, y todavía -nos hallamos en el caso de un <em>principiis obsta</em>. -Conviene alejar el fuego de la paja. Á veces una -persona que en un paraje se conduce mal, ó que -pudo ser causa de algún desorden, se porta en -otro maravillosamente. Vuestra paternidad sabrá -hallar muy bien el nicho conveniente para ese religioso. -Además, puede militar otra circunstancia; -esto es, quizá se haya hecho sospechoso á alguno -del cual él desee alejarse: por lo tanto, colocándolo<span class="pagenum" id="Page_15">[Pg 15]</span> -en un paraje un poco apartado, no hace -más que un viaje, y prestamos dos servicios; todo -se arregla por sí mismo, ó por mejor decir, no -hay ningún compromiso.</p> - -<p>El padre provincial aguardaba esta conclusión -desde el principio del discurso del conde.</p> - -<p>“¡Ah, ya!”, pensaba interiormente, veo adónde -quiere ir á parar; siempre sucede lo mismo: cuando -un pobre fraile se disgusta con vosotros, ó con -uno de los vuestros, ú os causa la más pequeña -sombra, el superior debe hacerle tomar prontamente -las de Villadiego, sin tratar de inquirir si -hay ó no razón para ello.</p> - -<p>Cuando el conde hubo concluido, exhaló un -suspiro, lo cual equivalía á una firme resolución: “Comprendo -perfectamente, contestó el padre provincial, -lo que el señor conde quiere decir; mas -antes de dar un paso...”.</p> - -<p>—Es un paso y no lo es, reverendísimo padre; -es una cosa natural, ordinaria; que si no se pone -un pronto y eficaz remedio, preveo una multitud -de desórdenes, una ilíada de desgracias. Un disparate... -no creeré que mi sobrino... yo estoy -aquí para impedirlo... Mas al punto á que -ha llegado el negocio, si entre ambos no le damos -un corte bueno, sin pérdida de tiempo, no es posible -detenerle, que permanezca en secreto... -y entonces no será tan solo mi sobrino... Nosotros -seremos los que irritemos el avispero, muy<span class="pagenum" id="Page_16">[Pg 16]</span> -reverendo padre. Vos mismo lo veis; pertenecemos -á una gran casa, estamos enlazados con familias...</p> - -<p>—Ilustres.</p> - -<p>—Ya me entendéis: toda gente que tiene sangre -en las venas, y que en este mundo... valen -alguna cosa. Se resiente el pundonor, llega á hacerse -un asunto común; y entonces... aun el -que es amigo de la paz... ¡Sería un verdadero -quebranto para mí, de tener... de encontrarme... -yo que siempre he profesado una tan -grande inclinación á los padres capuchinos! Vuestros -padres para hacer bien, como lo hacen con -tanta edificación de las gentes, necesitan tranquilidad, -no tener contiendas, estar en buena armonía -con los que... y además, tienen parientes -en el siglo... y estos asuntillos de pundonor, -por poco que duren, se extienden, se ramifican, -y hacen entrar á... medio mundo. Yo tengo este -dichoso cargo, que me obliga á sostener un cierto -decoro... su excelencia... mis señores colegas... -todo viene á hacerse como asunto de -corporación... sobre todo con aquella otra circunstancia... -Vos ya sabéis cómo van esta especie -de cosas.</p> - -<p>—Es cierto, dijo el provincial, que el padre -Cristóbal es predicador, y tenía ya algún pensamiento... -Justamente se me ha pedido... Pero -en este momento, en tales circunstancias, podría<span class="pagenum" id="Page_17">[Pg 17]</span> -parecer un castigo; y un castigo antes de haber -puesto bien en claro...</p> - -<p>—No, castigo no; una precaución prudente, un -remedio de conveniencia común, para impedir las -desgracias que podrían... Vamos, me he explicado -lo bastante.</p> - -<p>—Entre el señor conde y yo, la cosa no pasa -de ahí; lo comprendo: pero siendo el hecho del -modo que se ha referido á vuestra magnificencia, -es imposible, á mi parecer, que no se haya traslucido -algo en el país. Por todas partes existen -gentes que atizan las discordias, que incitan al -mal, ó á lo menos malignos ociosos que tienen un -exquisito gusto en ver á los señores y á los religiosos -en las prisiones; y olfatean, interpretan á -su gusto, charlan... Cada uno tiene que conservar -su decoro; y además yo, como superior -(indigno sin duda), tengo un deber expreso... -El honor del hábito... no es cosa mía... es un -depósito del cual... Puesto que vuestro señor -sobrino está tan alterado, como dice vuestra magnificencia, -podría tomar la cosa como una satisfacción -que se le da y... no digo vanagloriarse, -triunfar, sino...</p> - -<p>—¿Os chanceáis, reverendo padre? Mi sobrino -es un caballero que está considerado en el mundo... -según su rango, y como es debido; pero -comparado conmigo es un niño, que no hará más -ni menos de lo que yo le prescriba. Os diré más;<span class="pagenum" id="Page_18">[Pg 18]</span> -mi sobrino nada sabrá. ¿Qué necesidad tenemos -de darle cuentas? Éstas son cosas que hacemos -aquí para entre nos, como buenos amigos, y que -de nosotros no han de pasar. Esto no os debe -causar inquietud alguna. Ya comprenderéis que -debo estar acostumbrado á callar. Después de -pronunciadas las anteriores palabras, dió su acostumbrado -soplo y continuó: “Tocante á los charlatanes, -¿qué queréis que digan? ¡Un religioso que -va á predicar á otro país, es una cosa muy natural! -Y después, nosotros que vemos... que tenemos -previsión... que nos corresponde... -no debemos hacer caso de semejantes habladurías”.</p> - -<p>—Sin embargo, con el objeto de prevenirlas, -sería bueno que en esta ocasión, su señor sobrino -hiciese una manifestación, diese alguna señal visible -de amistad, de deferencia, no por nosotros, -sino por el hábito.</p> - -<p>—Seguramente, seguramente; es muy justo... -pero no hay necesidad: sé que los capuchinos son -siempre acogidos por mi sobrino como deben serlo: -lo hace por inclinación; es un instinto de familia; -y después sabe que así me complace. Por -lo demás, en este caso... alguna cosa de extraordinario... -es muy justo. Dejadme hacer, -reverendísimo padre, mandaré á mi sobrino... -es decir, será preciso insinuárselo con prudencia, -á fin de que no trasluzca nada de lo que ha pasado<span class="pagenum" id="Page_19">[Pg 19]</span> -entre nosotros, pues no quisiera que pusiéramos -emplasto donde no hay herida. Con respecto -á lo que hemos convenido, cuanto más pronto se -haga, será mejor; y si se encontrase un nicho un -poco lejos... para quitar toda ocasión...</p> - -<p>—Precisamente me piden un predicador para -Rímini, y quizás aun, sin otro motivo, hubiera -dispuesto...</p> - -<p>—Muy á propósito. ¿Y cuándo?...</p> - -<p>—Ya que la cosa debe hacerse, se hará pronto.</p> - -<p>—En seguida, en seguida, reverendísimo padre, -mejor hoy que mañana. Y levantándose prosiguió: -Si algo puedo hacer, tanto yo como mi familia, -en favor de nuestros padres capuchinos...</p> - -<p>—Sabemos por experiencia la bondad de la casa, -dijo el padre provincial, levantándose también -y encaminándose hacia la puerta detrás de su vencedor.</p> - -<p>—Hemos apagado una chispa, dijo éste andando -lentamente; una chispa, muy reverendo padre, -que podía haber producido un grande incendio. -Entre buenos amigos, en dos palabras se arreglan -grandes cosas.</p> - -<p>Habiendo llegado á la puerta, la abrió y quiso -de todos modos que el padre provincial pasase el -primero; luego entraron en la otra estancia, en -donde se reunieron con los demás.</p> - -<p>Aquel señor ponía un grande estadio, un gran -arte y grandes palabras en manejar un negocio;<span class="pagenum" id="Page_20">[Pg 20]</span> -mas después obtenía también los efectos correspondientes. -Vamos al hecho: con la conversación -que hemos referido, logró hacer ir á Fr. Cristóbal -á pie desde Pescarenico á Rímini, que es una bella -caminata.</p> - -<p>Una tarde, un capuchino de Milán, llega á Pescarenico -con un pliego para el padre guardián. -Dicho pliego contiene la orden para que Fr. Cristóbal -se trasladase á Rímini, con el objeto de predicar -la Cuaresma. La carta dirigida al guardián -trae las instrucciones para insinuar al consabido -fraile que deponga toda idea de negocios que pueda -tener entablados en el país del cual debe partir, -y que no mantenga correspondencia de ninguna -clase; el portador de la expresada carta debe -ser su compañero de viaje. El guardián nada dice -aquella tarde; pero á la mañana siguiente manda -llamar á Fr. Cristóbal, le enseña la orden, le dice -que vaya á buscar las alforjas, el bastón, el sudario -y el cíngulo, y con aquel padre compañero -que le presenta se ponga inmediatamente en camino.</p> - -<p>Dejo á la penetración de mis lectores pensar el -terrible golpe que sería éste para nuestro buen -fraile. Renzo, Lucía, Inés, se presentaron súbitamente -á su memoria, y exclamó, por decirlo así, -en su interior: “¡Qué será de esos desventurados, -no estando yo aquí, Dios mío!” Mas después alzó -los ojos al cielo, se acusó de que le hubiese faltado<span class="pagenum" id="Page_21">[Pg 21]</span> -la confianza y de haberse creído necesario para -algo. Puso las manos en cruz sobre el pecho, -en señal de obediencia; inclinó su cabeza ante el -padre guardián, el cual lo llamó aparte y le dió -aquel otro aviso como con palabras de consejo y -como con significación de precepto. Fr. Cristóbal -se encaminó á su celda, cogió la alforja, colocó -en ella su breviario, su colección de sermones de -cuaresma y el pan del perdón; apretó el cordón á -su cintura, se despidió de todos sus hermanos; fué -por último á recibir la bendición del guardián, y -tomó en seguida, con su compañero, el camino que -le había sido prescrito.</p> - -<p>Hemos dicho que D. Rodrigo, obstinado más -que nunca en llevar á cabo su infame empresa, -había resuelto buscar la asistencia de un hombre -terrible. De éste no podemos decir ni el nombre, -ni el apellido, ni un título, y ni siquiera una conjetura -sobre nada de todo esto, cosa tanto más extraña, -cuanto que de dicho personaje encontramos -memoria en más de un libro (de libros impresos -digo) de aquella época. La identidad de -los hechos no permite dudar que el personaje en -cuestión, no sea el mismo; pero vese por todas -partes un gran cuidado en evitar el trazar el nombre, -como si éste hubiese de abrasar la pluma y -la mano del escritor. Francisco Rivola, en la vida -del cardenal Federico Borromeo, al hablar del -expresado individuo, dice que es “un señor tan<span class="pagenum" id="Page_22">[Pg 22]</span> -poderoso por sus riquezas, como noble por su nacimiento”, -sin más. José Ripamonti, que en el libro -5.º, década 5.ª, de su <em>Storia Patria</em>, hace de él -más larga mención, lo nombra uno, éste, aquél, -este hombre, aquel personaje. Referiré, dice en -su elegante latín, del cual traducimos este fragmento -del mejor modo posible, la aventura de un -hombre que, ocupando el primer lugar entre los -grandes de la ciudad, había establecido su morada -en un despoblado, situado en los confines del -territorio; y en dicho paraje, asegurándose la impunidad -á fuerza de crímenes, nada le importaban -las sentencias, los jueces, la magistratura entera, -ni la soberanía. Llevaba una vida en todo y -por todo independiente; daba asilo á los frígidos, -habiéndolo él sido también, después absuelto -de la sentencia que había pesado sobre él, -como si nada hubiese... Tomaremos de este -escritor algún otro pasaje que venga á propósito -para confirmar y esclarecer la relación del autor -de nuestro anónimo, con el cual seguimos -adelante.</p> - -<p>Hacer lo que estaba prohibido por las leyes, ó -impedido por una fuerza cualquiera; ser el árbitro, -el único dueño en los negocios de los demás, sin -otro interés más que el gusto de mandar; ser temido -de todos, aun de los que se hacían temer de -otros; tales habían sido en todo tiempo las pasiones -del expresado individuo. Desde su adolescencia,<span class="pagenum" id="Page_23">[Pg 23]</span> -al espectáculo y al rumor de tan poderosas -hazañas, de tantas exacciones, á la vista de tantos -tiranos, experimentaba un sentimiento mezclado -de cólera y de envidia impaciente. Joven, -y viviendo en la ciudad, no desperdiciaba ocasión -alguna; así, iba en busca de armar contiendas con -los más famosos espadachines de profesión, se les -atravesaba en su camino, les hacía reconocer su -superioridad por medio de pruebas convincentes, -ó les obligaba á que buscasen su amistad. Superior -á la mayor parte en riquezas y en servidores adictos, -y quizá á todos en nacimiento y en audacia, -redujo á muchos á renunciar á toda rivalidad, escarmentó -á otros, y se captó la amistad de los restantes; -pero no la amistad que existe entre personas -iguales en categoría, sino una amistad como á él -le agradaba; es decir, amigos subordinados que se -reconociesen sus inferiores, y que le diesen siempre -la preferencia. Sin embargo, en el hecho, era -con frecuencia el paladín, el instrumento de todos -ellos, los cuales no dejaban nunca de reclamar -en sus apuros el socorro de tan poderoso -auxiliar: para él, retroceder un momento, hubiera -sido decaer de su reputación, faltar á su deber. -De manera, que por cuenta suya y por la de -otros, hizo tantas, que ni su nombre, ni sus parientes, -ni sus amigos, ni su audacia, pudieron -sostenerle contra los bandos públicos y contra -tantas animosidades poderosas, viéndose obligado<span class="pagenum" id="Page_24">[Pg 24]</span> -á salir del territorio. Creo que se refiere á esta -circunstancia un hecho notable relatado por Ripamonti: -“Una vez que éste tuvo que abandonar -el país, el secreto, la timidez, el respeto que usó -fueron los siguientes: atravesó la ciudad á caballo, -con una numerosa jauría; á son de trompetas, -y pasando por delante del palacio de la corte, dejó -á la guardia una embajada de insultos para el -gobernador”.</p> - -<p>Durante su ausencia, no renunció á sus manejos, -ni interrumpió las relaciones con sus amigos, -que permanecieron unidos con él, para traducir -literalmente á Ripamonti, en una liga oculta de -consejos terribles y de cosas funestas. Parece también -que entonces contrajo con personas muy elevadas, -ciertas nuevas y terribles relaciones, de las -cuales el historiador mencionado habla con una -brevedad misteriosa. Príncipes extranjeros, dice, -se valieron más de una vez de él para algunos crímenes -importantes, y al mismo tiempo le hubieron -de enviar desde muy lejos refuerzos de gentes -que sirviesen bajo sus órdenes.</p> - -<p>Finalmente (no se sabe después de cuánto tiempo), -ora que se hubiese anulado el citado bando -por alguna poderosa intercesión, ora que la audacia -de aquel hombre le sirviese como de inmunidad, -lo cierto es que resolvió volverse á su país, -y en efecto volvió; no sin embargo á Milán, sino -á un castillo confinando con el territorio de Bérgamo,<span class="pagenum" id="Page_25">[Pg 25]</span> -que entonces pertenecía á los estados venecianos. -Aquella casa, dice aún Ripamonti, era -una especie de oficina de mandatos sanguinarios: -veíanse servidores cuyas cabezas estaban puestas -á precio, que tenían el oficio de cortar también -cabezas; ni el cocinero, ni aun el mismo marmitón, -estaban dispensados del asesinato; hasta las -manos de los niños se veían ensangrentadas. Además -de esta bella familia doméstica, había, según -afirma el mismo historiador, otra de individuos de -igual calaña, dispersos y apostados en varios lugares -de los dos estados, en cuyos confines vivía -aquél, dispuestos siempre á sus órdenes.</p> - -<p>Todos los tiranos, en un vasto radio, habían sido -obligados, quienes en una ocasión, quienes en -otra, á elegir entre la amistad y la enemistad de -aquel tirano extraordinario. Pero á los primeros -que habían querido tratar de resistirle les fué tan -mal, que nadie más desde entonces quiso hacer -semejante prueba. No obstante de permanecer -uno agazapado en su concha, como suele decirse, -sin meterse con él, no podía conservar su independencia: -le enviaba un mensajero con la orden -de que abandonase tal empresa; que se abstuviese -de molestar á tal deudor, ú otras cosas semejantes: -se necesitaba responder sí ó no. Cuando -una parte, rindiéndole vasallaje, había ido á poner -bajo su decisión un negocio cualquiera, la -otra se hallaba en la dura alternativa de conformarse<span class="pagenum" id="Page_26">[Pg 26]</span> -con su sentencia, ó declararse su enemigo; -lo cual equivalía á ser, como se decía en otro tiempo, -tísico en tercer grado. Muchos, teniendo culpa, -acudían á él para tener razón; otros muchos, -teniendo razón, recurrían también para ganarse -así su alto patrocinio y cerrar las avenidas á sus -adversarios: los unos y los otros venían á ser más -especialmente sus dependientes. Sucedió alguna -vez que un débil oprimido, vejado por un poderoso, -se dirigió á él; y éste, tomando el partido -del débil, forzó á dicho poderoso á cesar en sus -vejaciones, á reparar el daño causado, á pedir -perdón: si éste se mantenía firme, se encarnizaba -tanto con él, que le obligaba á alejarse de los lugares -que había tiranizado, ó le hacía pagar una -más pronta y más terrible pena. En estos casos, -aquel nombre tan temido y odiado, era bendecido -por un momento; porque en aquellos desgraciados -tiempos no se hubiera podido esperar de -ninguna otra fuerza pública ni privada, no diré -semejante justicia, sino ningún remedio, la más -pequeña compensación. Él había sido, y era casi -siempre, el ministro, el instrumento de voluntades -inicuas, de venganzas atroces, de infames caprichos; -pero los diversos usos que hacía de su -fuerza producían siempre el mismo efecto, esto es, -imprimir en los ánimos una grande idea de todo -lo que podía querer y ejecutar en desprecio de lo -justo é injusto, dos cosas que acarrean tantos obstáculos<span class="pagenum" id="Page_27">[Pg 27]</span> -á la voluntad de los hombres y los hacen -con frecuencia retroceder.</p> - -<p>La fama de los tiranos comunes permanecía encerrada -en aquel pequeño espacio de país, en donde -eran los más ricos y los más fuertes. Cada distrito -tenía los suyos; y se asemejaban tanto, que -no había razón para que la gente se ocupara de -aquéllos, cuya tiranía no experimentaba. Pero el -renombre del personaje de que estamos hablando -se había esparcido hacía ya mucho tiempo por el -milanesado entero: por todas partes, su vida era -el objeto de narraciones populares, y su nombre -significaba algo de irresistible, de extraño, de fabuloso. -La sospecha que todos tenían de sus colegas -y sicarios, contribuía, igualmente, á mantener -siempre viva su memoria. Esto no eran más -que sospechas; porque, ¿quién hubiera confesado -abiertamente semejante dependencia? Pero cada -tirano podía ser su aliado, cada tunante uno de -los suyos, y la incertidumbre misma hacía más -vasta la opinión y más profundo el terror de la -cosa. Cada vez que en alguna parte se veían aparecer -figuras de bravos desconocidas y más malas -que de costumbre; á cada hecho enorme del cual -no se supiese desde un principio indicar ó adivinar -el autor, se profería, se murmuraba el nombre -de aquel que nosotros, gracias á la bendita -(por no decir otra cosa) circunspección de nuestros -escritores, nos veremos precisados á llamarle -el <em>incógnito</em>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_28">[Pg 28]</span></p> - -<p>Del castillo de éste al de D. Rodrigo, no había -más que siete millas; y este último, apenas llegado -á ser tirano y dueño, había debido ver que á -tan poca distancia de semejante personaje no era -posible ejercer aquel oficio sin venir á las manos, -ó vivir en buena armonía con él. Éste era el motivo -por el cual se le había ofrecido, llegando á ser -su amigo, como todos los demás, se entiende; le -había prestado más de un servicio (el manuscrito -no dice otra cosa), habiéndole correspondido con -promesas de auxilio y reciprocidad en cualquiera -ocasión. Ponía, sin embargo, mucho cuidado, en -ocultar semejante amistad, ó á lo menos no dejar -traslucir los grados de que constaba, y de qué naturaleza -era. D. Rodrigo quería, sí, hacerse el tirano, -mas no el tirano desenfrenado: la profesión -era para él un medio, no un fin; quería permanecer -libremente en la ciudad, gozar de las ventajas, -de los placeres, de los honores de la vida civil; -y para esto tenía que usar ciertos miramientos, -guardar atenciones á los parientes, cultivar -la amistad de personas de categoría, tener una -mano sobre la balanza de la justicia, para en caso -necesario hacerla inclinar hacia su lado, ó detenerla, -ú obligarla á caer en ciertas ocasiones sobre -la cabeza de alguno, por cuyo medio podía -alcanzarlo con más facilidad que con las armas de -la violencia privada. En las circunstancias presentes, -la intimidad, ó mejor diremos, una liga con<span class="pagenum" id="Page_29">[Pg 29]</span> -un hombre de aquella especie, con un enemigo -declarado de la fuerza pública, seguramente no le -hubiera servido de nada, principalmente cerca del -conde su tío. Pero aquel poco de amistad que no -era posible ocultar, podía pasar por un deber indispensable -hacia un hombre cuya enemistad era -demasiado peligrosa, y de este modo se escudaba -en la necesidad; porque el que tiene que proveer -á la seguridad general, y carece de voluntad, ó no -encuentra el medio, acaba por consentir que los -demás atiendan por sí, hasta cierto punto, á sus -negocios; y si expresamente no consiente, cierra á -lo menos los ojos.</p> - -<p>Una mañana D. Rodrigo salió á caballo, en traje -de caza, con una pequeña escolta de bravos á -pie; el <em>Griso</em> iba al estribo, y otros cuatro detrás; -aquél tomó la dirección del castillo del <em>Incógnito</em>.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_30">[Pg 30]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO SEGUNDO</h2> -</div> - - -<p class="p2">El castillo del <em>Incógnito</em> estaba situado en la -parte más elevada de un valle angosto y sombrío, -sobre la cima de un pico que nace de una áspera -cordillera de montes, no pudiendo al primer golpe -de vista afirmarse con seguridad si estaba unido -ó separado á ella por la inmensa mole de rocas, -cavernas y precipicios que lo circuyen por -todos lados. El que mira al valle, es el sólo practicable; -forma una pendiente bastante rápida, pero -igual y continua; vénse en la cumbre varios -prados; en la falda campos cultivados, sembrados -en algunos parajes de habitaciones. En el fondo -aparece un lecho de guijarros, por donde se desliza, -según la estación, un cristalino arroyuelo, ó -se precipita un anchuroso torrente que entonces<span class="pagenum" id="Page_31">[Pg 31]</span> -servía de límite á ambos territorios. Las cordilleras -opuestas, que forman, por decirlo así, la otra -muralla del valle, tienen también su pequeña falda -cultivada; el resto no se compone más que de -peñascos, rápidas pendientes desliadas de toda vegetación, -excepto algunas zarzas que crecen por -entre las grietas.</p> - -<p>De lo alto de dicho castillo, como el águila desde -su ensangrentado nido, el selvático señor dominaba -en torno de sí todo el espacio en donde -un pie mortal pudiera posarse, y no percibía el -más leve ruido humano por encima de su cabeza. -Echando una ojeada alrededor, abrazaba todo -aquel recinto, á saber: las pendientes, las cimas -y los caminos practicados en medio de éstas. Á -los ojos del que lo contemplaba desde lo alto, el -sendero tortuoso que iba á dar acceso á tan terrible -mansión, se desplegaba á manera de una -serpenteante cinta; desde las ventanas y almenas -el señor podía contar con la mayor comodidad los -pasos del que llegaba, y descargar cien veces las -armas contra él. Con aquella guarnición de bravos -que tenía en el castillo hubiera podido desafiar -á todo un ejército, dejándolo tendido sobre -el sendero mismo, ó haciendo rodar á muchos hasta -el fondo del valle, sin que ni uno solo siquiera -pudiese llegar á la cumbre. Por lo demás, nadie -que no fuera mirado con buenos ojos por el dueño -del castillo, se atrevía á poner el pie, no digo<span class="pagenum" id="Page_32">[Pg 32]</span> -arriba, sino ni aun en el mismo valle, ni tan siquiera -de paso. El esbirro, pues, que hubiera tenido -la desgracia de dejarse ver, habría sido tratado -como un espía que es cogido en un campamento. -Se referían trágicas historias de los últimos que -habían querido intentar semejante empresa, pero -eran ya historias antiguas; y ninguno de los -jóvenes vasallos se acordaba de haber visto en el -valle un hombre de aquella especie, ni vivo, ni -muerto.</p> - -<p>Tal es la descripción que el anónimo hace del -paraje; del nombre, nada; al contrario, por no ponerse -en el compromiso de descubrirlo, no dice -nada del viaje de D. Rodrigo, y lo coloca de repente -en medio del valle, al pie del pico, á la entrada -del escarpado y tortuoso sendero. En este -sitio existía una taberna, que se hubiera podido -llamar también cuerpo de guardia. Una vieja -muestra, en la cual estaba pintado por ambos lados -un sol radiante, veíase suspendida sobre la -puerta; pero la voz pública que repite algunas -veces los nombres que le enseñan, después de lo -cual los rehace á su modo, no designaba la expresada -taberna más que con el nombre de <em>Malanotte</em><a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>.</p> - -<p>Al ruido de una cabalgata que se aproximaba, -apareció en el umbral un muchacho armado hasta<span class="pagenum" id="Page_33">[Pg 33]</span> -los dientes. Después de haber echado una rápida -mirada, entró á dar el aviso á tres bandidos -que estaban jugando con unas cartas asquerosas -y dobladas en forma de tejas. El que parecía ser -el jefe se levantó, se plantó en el umbral, y habiendo -reconocido á un amigo de su amo, lo saludó -respetuosamente. D. Rodrigo le devolvió el -saludo con mucho garbo, y le preguntó si el señor -se hallaba en el castillo: habiéndole contestado -aquél que así lo creía, D. Rodrigo se apeó y -arrojó la brida á Tiradritto, uno de los bravos de -su comitiva. Se quitó la escopeta que llevaba á -la espalda, y se la entregó á Montanarolo, como -para desembarazarse de un peso inútil y subir -más ligero; mas en realidad, porque sabía muy -bien que en aquellos sitios no era permitido andar -con ella. En seguida sacó de su bolsillo algunas -monedas, y se las dió á Tanabuso, diciéndole: -“Vosotros, quedaos aquí esperándome; entretanto, -podréis entreteneros con estas buenas gentes”. Sacó, -por último, algunos escudos de oro, y los puso -en la mano del jefe, asignando la mitad para -éste y la otra para sus compañeros. Finalmente, -acompañado del <em>Griso</em> que había dejado también -su arcabuz, empezó á subir el sendero. En el ínterin, -los tres mencionados bravos y Sguinternotto, -que era el cuarto (¡vaya unos nombres bonitos -para conservarlos con tanto cuidado!), se reunieron -á los tres del Incógnito y á aquel muchacho<span class="pagenum" id="Page_34">[Pg 34]</span> -educado para la horca, poniéndose á jugar, á beber, -y contarse mutuamente sus proezas.</p> - -<p>Otro guapetón de los del Incógnito, que subía, -se unió poco después á D. Rodrigo; lo miró, lo -reconoció, y siguió andando en su compañía, evitándole -así el fastidio de decir su nombre y de -dar cuenta de su persona á todos los que hubiera -encontrado que no le conociesen. Cuando hubo -llegado y fué introducido en el castillo (dejando, -sin embargo, al <em>Griso</em> en la puerta), se le hizo -atravesar una larga crujía de oscuros corredores, -y una infinidad de salas tapizadas de mosquetes, -sables y partesanas; en cada una de dichas estancias -se veía un bravo que estaba de centinela: -después de haber aguardado un poco de tiempo, -fué introducido á la en que se hallaba el Incógnito.</p> - -<p>Éste le salió al encuentro, devolviéndole el saludo -y mirándole al mismo tiempo al semblante y -á las manos, según tenía de costumbre, y casi -siempre involuntariamente, á cualquiera que iba -á verle, aunque fuera uno de sus más antiguos y -experimentados amigos. Era de elevada estatura, -morena tez, y calvo: á primera vista los escasos -cabellos blancos que le quedaban y las arrugas de -su rostro, habrían hecho creer que contaba más -edad que la que en realidad tenía, pues acababa -de cumplir sesenta años; mas su continente y movimientos, -la pronunciada dureza de sus facciones,<span class="pagenum" id="Page_35">[Pg 35]</span> -y el resplandor siniestro que brillaba en sus ojos, -indicaban una fortaleza de cuerpo y alma que hubiera -sido extraordinaria en un joven.</p> - -<p>D. Rodrigo dijo que venía á pedirle consejos -y ayuda; que hallándose metido en una empresa -difícil, de la cual su honor no le permitía retirarse, -se había acordado de las promesas de aquel -que nunca las hacía de más, ni en vano, y le expuso -su abominable intriga. El Incógnito que tenía -ya, aunque confusamente, algunas noticias, -estuvo escuchando atentamente y con la mayor -curiosidad, aquella narración, principalmente porque -iba mezclado un nombre que le era muy conocido -y sumamente odioso, el del padre Cristóbal, -enemigo declarado de los tiranos, y que les -hacía la guerra siempre que podía, tanto con palabras, -como con acciones. D. Rodrigo, conociendo -con quién hablaba, se puso en seguida á exagerar -las dificultades de dicha empresa, la distancia -del lugar, un monasterio, la <em>señora</em>... Á -esto, el Incógnito, como si hubiese sido inspirado -por un espíritu maligno, oculto en su interior, -le interrumpió de súbito, diciendo que tomaba -el negocio á su cargo. Apuntó el nombre -de nuestra pobre Lucía, y despidió á D. Rodrigo -dirigiéndole las siguientes palabras: “Dentro de poco -recibiréis un aviso mío tocante á lo que tendréis -que hacer”.</p> - -<p>Si el lector se acuerda de aquel malvado llamado<span class="pagenum" id="Page_36">[Pg 36]</span> -Egidio, que habitaba junto al monasterio en -donde la desventurada Lucía se había refugiado, -sepa ahora que éste era uno de los más íntimos -compañeros de maldades que tuvo el Incógnito, -siendo la causa por la cual este último había empeñado -su palabra con tanta prontitud y resolución; -mas apenas quedó solo, se encontró, no diré -arrepentido, sino despechado de haberla dado. -Hacía ya algún tiempo que comenzaba á experimentar, -cuando no remordimientos, á lo menos -cierta vaga inquietud, con respecto á sus maldades.</p> - -<p>Cada vez que cometía una nueva, el recuerdo -de las que se amontonaban á su memoria, si no -en su conciencia, se volvía á despertar, y se las -presentaba con más negros colores y en mayor número: -se asemejaba á una carga ya incómoda de -suyo, y cuyo peso crece á cada instante. Una cierta -repugnancia experimentada al cometer sus primeros -crímenes, repugnancia vencida después y -que se había desvanecido casi enteramente, tornaba -entonces á hacerse sentir. Pero en aquellos -primeros tiempos, la imagen de un porvenir vasto, -indeterminado, el sentimiento íntimo de una -poderosa y larga vitalidad, llenaban su corazón -de una confianza irreflexiva; ahora, por el contrario, -los pensamientos del citado porvenir le hacían -el pasado más doloroso. ¡Envejecer!, ¡morir!, ¿y -después? ¡Cosa admirable! la imagen de la muerte,<span class="pagenum" id="Page_37">[Pg 37]</span> -que en un peligro cercano, al frente de un enemigo, -solía redoblar el ardor de ese hombre, é inspirarle -una furiosa cólera; dicha imagen, repito, -apareciéndosele en medio del silencio de la noche, -dentro del castillo, asilo seguro é impenetrable, lo -sumía en una repentina consternación. Esta muerte -no era aquella con la que le hubiera amenazado -un implacable adversario, mortal lo mismo que -él; no se la podía rechazar con armas mejores, con -brazo más pronto; venía sola, nacía de él; quizá -estaba lejos todavía, pero á cada momento daba -un paso más, y mientras que su espíritu luchaba -dolorosamente para alejarla del pensamiento, cada -vez se acercaba también más. Al principio, los -ejemplos tan frecuentes, el espectáculo, por decirlo -así, perpetuo de la violencia, de la venganza, -del asesinato, inspirándole una emulación feroz, -le habían servido también como una especie -de autoridad contra su conciencia: al presente renacía -á cada instante, en su espíritu, la idea confusa, -pero terrible, de un juicio personal, de una -razón independiente del ejemplo; la idea de haber -salido de la turba vulgar de los malvados, el -haberlos igualmente dejado á todos muy atrás: -esta idea que tanto le lisonjeaba en otro tiempo, -le causaba ahora el sentimiento de una soledad -tremenda. Ese Dios del cual había oído hablar, -pero que mucho tiempo hacía no trataba de negar -ni reconocer, ocupado solamente en vivir como<span class="pagenum" id="Page_38">[Pg 38]</span> -si no existiera, al presente, en ciertos momentos -de abatimiento sin motivo, de terror sin peligro, -le parecía oir una voz en su interior que -decía: “¡Sin embargo, yo existo!”. En la primera -efervescencia de sus pasiones, la ley que había oído -proclamar en nombre de aquel Dios, no le parecía -más que una cosa odiosa; ora, cuando venía -á asaltar su mente de improviso, ésta, á su pesar, -la concebía como una cosa que tiene su cumplimiento. -Pero en lugar de franquearse con alguno -sobre esta su nueva inquietud, la ocultaba profundamente, -y la disfrazaba bajo la apariencia de la -más intensa ferocidad, buscando por este medio -el encubrírsela á sí mismo ó sofocarla. Envidiando -(ya que no podía aniquilarlos ni olvidarlos) -aquellos tiempos en que solía cometer maldades -sin ninguna especie de remordimientos, sin más -solicitud que la de su buen éxito, se esforzaba todo -lo posible para hacerlos volver ó para retener -y recobrar aquella antigua voluntad, pronta, soberbia, -imperturbable, con el objeto de convencerse -que aún era el mismo hombre de otras -veces.</p> - -<p>Ésta fué la causa de haber tan pronto empeñado -su palabra á D. Rodrigo, para cerrar la entrada -á toda perplejidad. Mas apenas éste hubo partido, -cuando sintió de nuevo que se debilitaba la -resolución que había formado y el compromiso -que él mismo había creado, percibiendo al mismo<span class="pagenum" id="Page_39">[Pg 39]</span> -tiempo presentarse poco á poco á su imaginación -los pensamientos que le inducían á faltar á su palabra, -y que le habían expuesto casi á flaquear en -presencia de un amigo, de un cómplice subalterno: -para cortar de un golpe tan penoso contraste, -llamó á Nibbio, uno de los más diestros y atrevidos -ejecutores de sus crímenes, y del cual tenía -costumbre de servirse para la correspondencia con -Egidio. Habiéndosele aquél presentado, el Incógnito, -con ademán resuelto, le ordenó que montara -en seguida á caballo, que se encaminase directamente -á Monza, é informase á Egidio del compromiso -contraído, requiriendo su ayuda para -cumplirlo.</p> - -<p>El digno mensajero volvió más pronto de lo que -su amo esperaba, con la siguiente respuesta de -Egidio: que la empresa era fácil y segura; que le -mandase en seguida un carruaje con dos ó tres -bravos, bien disfrazados, encargándose él de todo -lo demás. Á este aviso, el Incógnito ordenó inmediatamente -al mismo Nibbio que lo dispusiera -todo según había dicho Egidio, y que partiese con -otros dos que designó á dicha expedición.</p> - -<p>Si para dar cumplimiento al horrible servicio -que se le había pedido, hubiese tenido Egidio que -contar con sus solos medios ordinarios, ciertamente -no hubiera dado una contestación tan decisiva. -Pero en aquel mismo asilo en donde parecía que -todo debían ser obstáculos, el malvado tenía un<span class="pagenum" id="Page_40">[Pg 40]</span> -medio conocido de él tan solo, sirviéndole de instrumento -lo que para otros hubiera sido una dificultad. -Ya hemos referido que la desventurada -<em>señora</em> prestó una vez oídos á sus palabras; y el -lector puede haber comprendido que no sería la -última, y sí sólo el primer paso hacia el camino -de abominación y de sangre. Aquella misma voz -que había adquirido fuerza, y casi podría decirse -autoridad por el crimen, le impuso al presente el -sacrificio de la inocente que estaba bajo su amparo.</p> - -<p>La proposición fué espantosa para Gertrudis. -Perder á Lucía por un accidente imprevisto, sin -culpa, le parecía una desgracia, un castigo amargo; -habiéndosele ordenado que se deshiciese de -ella por medio de una criminal perfidia, cambiando -de este modo en un nuevo remordimiento, un -motivo de expiación. La desgraciada probó todos -los medios para eximirse de tan horrible orden; -todos, repito, á excepción del único que hubiera -sido infalible, y que sin embargo, estaba al alcance -de su poder. El crimen es un dueño severo é -inflexible, contra el cual no llega uno á ser fuerte -si no se subleva enteramente. Gertrudis no pudo -resolverse á esto último, y obedeció.</p> - -<p>El día prefijado había llegado; acercábase la hora -convenida: Gertrudis, retirada con Lucía en su -locutorio particular, la colmaba de caricias más -que de ordinario, y ésta las recibía y devolvía con<span class="pagenum" id="Page_41">[Pg 41]</span> -creciente ternura; como la oveja estremeciéndose -sin temor bajo la mano del pastor que la palpa y -la arrastra suavemente, se vuelve á lamer su mano; -y no sabe que el carnicero á quien el pastor -acaba de venderla, está aguardando que salga del -redil para sacrificarla.</p> - -<p>Necesito un gran servicio, y vos sola podéis -prestármelo. Poseo mucha gente que me obedezca, -pero nadie de quien fiarme. Para un negocio -de la más alta importancia, que os referiré en seguida, -necesito hablar al momento, con el padre -guardián de capuchinos que os ha conducido aquí, -mi pobre y querida Lucía; mas con todo, es preciso -que nadie sepa que yo lo he mandado llamar. -No tengo á otra persona más que vos sola para -verificar con el más escrupuloso secreto este mensaje.</p> - -<p>Lucía se quedó aterrada al escuchar semejante -petición; y con su ordinaria timidez, pero no sin -manifestar una grande admiración, alegó de pronto, -con el objeto de excusarse, las razones que la -señora debía comprender, que hubiera debido prever: -sin su madre, sin nadie, en un camino solitario, -en medio de un país desconocido... Pero -Gertrudis, educada en una escuela infernal, manifestó -á su vez también tanta admiración, y tanto -disgusto de experimentar tal negativa de una -persona con la cual creía poder contar, que fingió -hallar muy frívolas semejantes excusas: “¡Á la<span class="pagenum" id="Page_42">[Pg 42]</span> -mitad del día, cuatro pasos, un camino que Lucía -había andado pocos días antes, y que aun cuando -no lo hubiese visto jamás, con una pequeña indicación -era imposible equivocarse!”... Tanto dijo, -que la pobrecita, conmovida á la vez de reconocimiento -y vergüenza, dejó escapar de su boca: -“¡Y bien!, ¿qué debo hacer?”.</p> - -<p>—Id al convento de capuchinos; y al decir esto, -le hizo de nuevo la descripción del camino: -Haced llamar al padre guardián; decidle, á solas -por supuesto, que venga aquí al instante; pero -que no diga absolutamente á nadie que soy yo la -que lo manda llamar.</p> - -<p>—Mas, ¿qué diré á la portera, que nunca me -ha visto salir y que me preguntará adónde voy?</p> - -<p>—Procurad pasar sin ser vista; y si no podéis -conseguirlo, decid que vais á la iglesia tal, donde -habéis prometido ir á rezar.</p> - -<p>Nueva dificultad para la infeliz joven; ¡mentir! -Pero la <em>señora</em> se manifestó de nuevo tan afligida -de la repulsa, hizo ver á Lucía que era una cosa -tan fea el anteponer un vano escrúpulo al reconocimiento, -que esta desgraciada, aturdida más -bien que convencida, y sobre todo, conmovida -más que nunca, respondió: “Bien, iré: ¡Dios me ampare!”. -Dicho lo cual, se puso en marcha.</p> - -<p>Cuando Gertrudis, que desde la reja del locutorio -la seguía con los ojos fijos y turbados, la vió<span class="pagenum" id="Page_43">[Pg 43]</span> -poner el pie en el umbral de la puerta, como dominada -por un sentimiento irresistible, abrió la -boca y dijo: “¡Escuchad, Lucía!”.</p> - -<p>Ésta se volvió, y se dirigió de nuevo á la reja. -Mas ya otro pensamiento, un pensamiento habituado -á predominar, había prevalecido en el ánimo -de la desventurada Gertrudis. Fingiendo no -estar satisfecha de las instrucciones que le había -dado, explicó por segunda vez á Lucía el camino -que debía tomar, y la despidió diciendo: “Hacedlo -todo del modo que os he dicho, y volved pronto”. -Lucía partió.</p> - -<p>Pasó sin ser observada la puerta del claustro, -emprendió el camino, con los ojos bajos, muy inmediata -á la tapia; encontró con las indicaciones -que la <em>señora</em> le había hecho y con sus propios recuerdos, -la puerta de la villa; salió, se encaminó -toda sobrecogida y temblorosa por el camino real; -llegó en pocos momentos á la entrada del que -conducía al convento, y lo reconoció. Este camino -formaba, y forma ahora todavía, una especie de -hondonada, semejante al cauce de un río, entre -dos elevadas márgenes orladas de arbustos, constituyendo -también en su parte superior una estrecha -vereda. Lucía entró en el expresado camino, -y viéndolo enteramente desierto, sintió aumentarse -el miedo, y apresuró el paso; mas poco -después se tranquilizó algún tanto al ver un coche -de camino que estaba parado, y cerca de él,<span class="pagenum" id="Page_44">[Pg 44]</span> -enfrente de la portezuela abierta, dos viajeros -que miraban á todas partes, como dudosos del camino. -Siguió andando, y oyó que uno de aquellos -dos individuos decía: “He aquí á propósito una -buena joven que nos indicará el camino”. Efectivamente, -cuando hubo llegado delante del carruaje, -aquel mismo hombre, con palabras más -corteses que no denotaban su aspecto, se volvió á -ella y le dijo: “Excelente joven, ¿podríais enseñarnos -el camino de Monza?”.</p> - -<p>—El que seguís es enteramente opuesto, respondió -la infeliz; Monza cae hacia aquel lado... -Al volverse para señalárselo con la mano, el otro -compañero (que era Nibbio, á quien ya conocemos), -la cogió de improviso por la mitad del cuerpo, -y la levantó haciéndole perder la tierra. Lucía -aterrada vuelve la cabeza y lanza un grito; el -malvado la mete á la fuerza en el carruaje: un -tercero que estaba sentado en el fondo, la sujeta -y la obliga, aunque la infeliz hace desesperados é -inútiles esfuerzos á sentarse delante de él; otro le -tapa la boca con su pañuelo y ahoga sus gritos. -Entonces Nibbio entra también precipitadamente -en el carruaje; ciérrase la portezuela, y parte al -escape. El que había hecho la pérfida pregunta, -permaneció parado en medio del camino real, -lanzó una ojeada á todos lados, para ver si por -acaso había acudido alguno á los gritos de Lucía: -nadie, sin embargo, se presentó; saltó á una de<span class="pagenum" id="Page_45">[Pg 45]</span> -las márgenes asiéndose á las ramas de un arbusto, -y desapareció. Era éste un servidor de Egidio; -se había colocado cerca de la puerta del monasterio, -haciéndose el tonto, con el objeto de espiar -la salida de Lucía: después de haberla visto -salir, la había observado bien, para poderla reconocer, -y se había dirigido apresuradamente por -un camino más corto á esperarla en el sitio convenido.</p> - -<p>¡Quién es capaz de describir el terror, las angustias -de la infortunada Lucía, de expresar lo -que pasaba en su interior! En su cruel ansiedad, -quería conocer su horrible situación; abría sus -ojos despavoridos, y los cerraba de repente, á causa -del miedo que le infundían aquellos espantosos -semblantes; forcejeaba para desasirse, mas estaba -enteramente sujeta: reunía todas sus fuerzas, -y daba inútiles sacudidas, para arrojarse hacia la -portezuela; pero dos nervudos brazos la tenían -como clavada en el fondo del carruaje: además de -esto, cuatro enormes manazas parecían encadenarla. -Cada vez que abría la boca para lanzar un -grito, el pañuelo estaba pronto á ahogarlo en su -garganta. Mientras tanto, tres infernales bocas, -con la voz más humana que les había sido posible -tomar, le decían: “Quedo, quedo; no tengáis -miedo, no queremos haceros mal alguno”. Después -de breves momentos de una lucha tan angustiosa, -pareció calmarse; dejó caer los brazos y la cabeza<span class="pagenum" id="Page_46">[Pg 46]</span> -hacia atrás, sus párpados apenas se abrían, y -sus pupilas veíanse inmóviles: aquellas horribles -caras que tenía delante parecieron confundirse y -agitarse en una monstruosa miscelánea; el color -huyó de sus mejillas, cubriéronse de un sudor -frío, cayendo desvanecida y sin sentido.</p> - -<p>—Vamos, ánimo, decía Nibbio; ánimo, repetían -los otros dos malvados; pero el desvanecimiento -de todos los sentidos preservaba en aquel momento -á Lucía de oir las exhortaciones de aquellas -horribles voces.</p> - -<p>—¡Diantre, parece muerta!, dijo uno de ellos; ¿si -estará muerta de veras?</p> - -<p>—¡Bah!, replicó otro; esto es uno de los desmayos -que suelen dar á las mujeres. Yo sé por experiencia -que cuando he querido mandar á alguno -al otro mundo, fuese hombre ó mujer, ha sido -preciso hacer otra cosa.</p> - -<p>—Vamos, dijo Nibbio, atended á vuestro deber, -y no traigáis á colación cosas pasadas. Sacad -las armas de debajo del asiento, y tenedlas dispuestas; -porque en el bosque donde ahora entramos, -se guarecen siempre muchos bandidos: ¡no -así, en la mano, diablo!, colocáoslas detrás, ocultadlas: -¿no veis que ésta es una marica que se desmaya -por nada? Si ve armas es capaz de morirse -de veras. Cuando recobre el sentido, procurad no -asustarla; no la toquéis mientras yo no os lo avise;<span class="pagenum" id="Page_47">[Pg 47]</span> -para sujetarla basto yo, y chitón; dejadme hablar.</p> - -<p>En el ínterin el carruaje, continuando siempre -al escape, había entrado en el bosque.</p> - -<p>Poco tiempo después, la infeliz Lucía empezó á -volver en sí como de un sueño penoso y profundo, -y abrió los ojos. En un principio le costó mucho -trabajo poder distinguir los espantosos objetos -que la rodeaban y reunir sus ideas; mas al fin -comprendió de nuevo su terrible situación. El -primer uso que hizo de las pocas fuerzas que había -recobrado, fué el de arrojarse otra vez hacia -la portezuela, para precipitarse fuera del carruaje; -pero se la sujetó, y no pudo entrever más que -por un momento, la salvaje soledad del sitio por -donde pasaban. Lanzó de nuevo un grito; mas -Nibbio, levantando su enorme mano, juntamente -con el pañuelo, “vamos”, le dijo, dando á su voz la -entonación más dulce que le fué posible; “estaos -quieta, y será mucho mejor para vos; no queremos -causaros daño alguno; pero si no queréis callar, -nos veremos precisados á usar de la fuerza -para conseguirlo”.</p> - -<p>—¡Dejadme ir!, ¿quién sois?, ¿adónde me conducís?, -¿por qué me detenéis? ¡Dejadme marchar, dejadme -ir!</p> - -<p>—Os repito que no tengáis miedo: no sois una -niña, y por consiguiente, debéis comprender que<span class="pagenum" id="Page_48">[Pg 48]</span> -no queremos haceros mal alguno. ¿No veis que -habríamos podido mataros cien veces si hubiésemos -tenido malas intenciones? Por lo tanto, tranquilizaos.</p> - -<p>—No, no; dejadme ir por mi camino: yo no os -conozco.</p> - -<p>—Os conocemos nosotros.</p> - -<p>—¡Oh, Virgen santísima! ¿Cómo me conocéis?, -¿quiénes sois?, ¿por qué me habéis cogido?</p> - -<p>—Porque así se nos ha mandado.</p> - -<p>—¿Quién, quién? ¿Quién puede haberlo mandado?</p> - -<p>—¡Silencio!, replicó Nibbio con ademán severo; -á nosotros no se nos hacen preguntas.</p> - -<p>Lucía intentó de nuevo el lanzarse de improviso -á la portezuela; mas viendo que era inútil acudió -otra vez á las súplicas; y con la cabeza baja, -los ojos bañados de lágrimas, la voz entrecortada -por los sollozos, y las manos unidas junto á sus -labios: “¡Oh!” decía, “¡por el amor de Dios y de la -Virgen santísima, dejadme ir! ¿Qué es lo que os -he hecho? Soy una infeliz criatura que ningún -mal os ha causado: el que vosotros me habéis hecho, -os lo perdono de corazón, y rogaré á Dios -por vosotros. Si tenéis una hija, una esposa, una -madre, pensad lo que padecerían si se hallasen en -esta situación. Acordaos que todos hemos de morir, -y que un día desearéis que Dios use con vosotros<span class="pagenum" id="Page_49">[Pg 49]</span> -de misericordia. Soltadme, dejadme aquí: -el Señor hará que encuentre mi camino”.</p> - -<p>—No podemos.</p> - -<p>—¿No podéis? ¡Oh, Señor! ¿Por qué no podéis?, -¿dónde queréis conducirme?, ¿por qué?...</p> - -<p>—No podemos; no os canséis en vano: no tengáis -miedo, pues no queremos causaros daño alguno; -estaos quieta y nadie os tocará.</p> - -<p>Lucía, cada vez más temblorosa, alarmada y -aterrada de ver que sus palabras no producían -efecto alguno, se volvió al que tiene en sus potentes -manos el corazón de los hombres, y puede, -cuando quiere, ablandar á los más duros. Se estrechó -todo lo posible en el rincón del carruaje, -cruzó los brazos sobre el pecho, y oró algún tiempo -mentalmente; después sacó su rosario, y empezó -á rezar con más fe y fervor que nunca. De -cuando en cuando, esperando haber alcanzado la -gracia que imploraba, volvía á suplicar de nuevo -á aquellos hombres; mas siempre inútilmente. -Luego recaía en su abatimiento, y se rehacía para -sufrir nuevas angustias; pero el corazón se resiste -á describirlas por más tiempo: una piedad -sumamente dolorosa nos hace apresurar el término -de aquel viaje, que duró más de cuatro horas, -y después del cual tendremos otras penosas -que pasar. Trasladémonos al castillo donde la infeliz -era esperada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_50">[Pg 50]</span></p> - -<p>El Incógnito la aguardaba con una inquietud y -con una agitación de ánimo extraordinarias. ¡Cosa -extraña! Aquel hombre que había dispuesto á -sangre fría de tantas vidas, que en medio de tantos -crímenes cometidos, no había tenido en cuenta -los tormentos que había hecho sufrir, á no ser -para saborear algunas veces una salvaje voluptuosidad -de venganza; al presente, al tiranizar á -una humilde aldeana, sentía como cierta impresión -de pena, podría decirse, casi de terror. Desde -una elevada ventana del castillo, miraba hacía -algún tiempo á una de las entradas del valle: ve -aparecer de pronto el carruaje que se adelanta -lentamente, porque la precipitación de la primera -carrera había apagado la fogosidad y domado -las fuerzas de los caballos; y aunque en el sitio -desde el cual estaba observando, el convoy no pareciese -más que uno de esos cochecitos que sirven -de juguete á los niños, sin embargo, al instante lo -reconoció y sintió latir de nuevo su corazón con -más fuerza.</p> - -<p>“¿Sí será?”, pensó súbitamente, “¡qué incomodidad -me causa esa joven!”, proseguía en su interior. -“Es indispensable librarme de ella”.</p> - -<p>Y quería llamar á uno de sus sicarios y enviarlo -en seguida al encuentro del carruaje para que -diese la orden á Nibbio de volverse, y conducir á -Lucía al palacio de D. Rodrigo. Mas un no imperioso -que resonó en su mente hizo desvanecer semejante<span class="pagenum" id="Page_51">[Pg 51]</span> -designio. Atormentado, sin embargo, por -la necesidad de mandar algo, siéndole intolerable -el permanecer esperando ociosamente aquel carruaje -que tan despacio avanzaba, á manera de -traición ó de castigo, ¡qué sé yo! hizo llamar á una -anciana que estaba á su servicio.</p> - -<p>Ésta había nacido en el mismo castillo, era hija -de un antiguo servidor, y había pasado allí toda -su vida. Lo que había visto y oído desde su -nacimiento, había impreso en su imaginación una -opinión terrible del poder de sus dueños, y la -principal máxima que había retenido de las instrucciones -y de los ejemplos, consistía en que era -preciso obedecerlos en todo y por todo, porque -podían hacer mucho mal. La idea del deber, depositada -como un germen en el corazón de todos -los hombres, desenvolviéndose en el suyo, juntamente -con los sentimientos de respeto, de temor -y de servil codicia, la había asociado y adherido -á ellos. Cuando el Incógnito, llegado á ser dueño, -empezó á hacer aquel uso espantoso de su fuerza, -ella experimentó al principio cierta pena y á la -vez un sentimiento más profundo de sumisión. -Con el tiempo se había acostumbrado á lo que -veía y oía todos los días: la voluntad poderosa y -sin freno de tan gran señor, era para ella como -una especie de justicia fatal. Ya mujer formada, -se había casado con un criado de la casa, el cual -habiendo ido poco después á una peligrosa expedición,<span class="pagenum" id="Page_52">[Pg 52]</span> -había dejado el pellejo en el camino y á -la viuda en el castillo. La venganza que tomó su -señor al momento de dicha muerte, la consoló en -extremo. Desde entonces no puso los pies fuera -del castillo sino muy raras veces; y poco á poco -no le quedó de la vida humana ninguna otra idea, -á excepción de las que recibía en aquel lugar. No -estaba adherida á servicio alguno especial; pero -en medio de aquella cuadrilla de bandidos, ya el -uno, ya el otro, le daban á cada instante algo que -hacer, lo cual constituía su tormento. Tan pronto -tenía que repasar la ropa y preparar la comida á -los que volvían de una expedición, como cuidar á -los heridos. Tanto las órdenes y los reproches de -éstos, como las gracias que le daban, estaban llenas -de mofa y de improperios: no la llamaban más -que la <em>vieja</em>, y los requiebros que unían á este -nombre, variaban según las circunstancias y el -humor del que hablaba. Ella, turbada en su pereza, -y provocada en su amor propio, que eran -dos de sus predominantes pasiones, cambiaba algunas -veces aquellos cumplimientos con palabras, -en las cuales Satanás hubiera conocido mejor su -espíritu que en las de los provocadores.</p> - -<p>—¿Ves allá abajo aquel carruaje? le dijo el -señor.</p> - -<p>—Lo veo, respondió la vieja, adelantando su -afilada barba y abriendo sus hundidos ojos, como -si tratase de lanzarlos fuera de sus órbitas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_53">[Pg 53]</span></p> - -<p>—Manda preparar al punto una litera, entra -en ella, y hazte llevar á la <em>Malanotte</em>. Pronto, -pronto; que llegues antes que el carruaje, que se -va acercando con el paso de la muerte. En dicho -carruaje está... debe estar... una joven... -Si en efecto está, di á Nibbio, de orden mía, que -la meta en la litera, y que él se venga al momento... -Tú entrarás en la litera con esa... joven; -y cuando lleguéis aquí, la conducirás á tu -cuarto. Si te pregunta adónde la llevas, y de -quién es el castillo... guárdate bien de decir...</p> - -<p>—¡Oh!, replicó la vieja.</p> - -<p>—Pero, continuó el Incógnito, anímala.</p> - -<p>—¿Qué he de decirle?</p> - -<p>—¿Qué has de decirle?, anímala, te repito. -¿Has llegado por ventura á tu edad sin saber cómo -se inspira el ánimo á una criatura cuando es -preciso? ¿Tu corazón no ha sido lacerado por -ninguna clase de aflicciones? ¿Has tenido miedo -alguna vez? ¿Ignoras las palabras que agradan -en semejantes momentos? Dile de estas palabras; -búscalas en el recuerdo de tus desgracias: -anda.</p> - -<p>Luego que la vieja hubo partido, el Incógnito -permaneció algún tiempo en la ventana, con los -ojos fijos sobre el carruaje, que ya aparecía mucho -mayor; en seguida los levantó al sol, que en<span class="pagenum" id="Page_54">[Pg 54]</span> -aquel instante se ocultaba detrás de la montaña; -luego miró las nubes esparcidas por la atmósfera, -cuyo color oscuro se cambió de repente en color -de fuego. Retiróse de la ventana, la cerró y -se puso á pasear de arriba abajo por la estancia, con -el paso de un caminante que lleva prisa.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Mala noche.</p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_55">[Pg 55]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO TERCERO</h2> -</div> - - -<p class="p2">La vieja se había apresurado á obedecer y á -mandar con la autoridad de un nombre que por -cualquiera que fuese pronunciado en aquel paraje, -hacía brincar á todos, porque á nadie le pasaba -por la imaginación que hubiese una sola persona -que se sirviese de él falsamente. En efecto, -se halló en la <em>Malanotte</em> un poco antes de llegar -el carruaje; al verlo venir, salió de la litera é hizo -una señal al cochero para que parase; se acercó -á la portezuela, y refirió en voz baja á Nibbio, -que había sacado la cabeza fuera, las órdenes del -amo.</p> - -<p>Lucía, al detenerse el carruaje, se estremeció y -salió de la especie de letargo en que estaba sumida. -Sintió que se le agolpaba toda la sangre en la -cabeza, abrió la boca y los ojos, y miró á todas<span class="pagenum" id="Page_56">[Pg 56]</span> -partes. Nibbio se había hecho un poco atrás, y la -vieja, con la puntiaguda barba sostenida en la -portezuela, mirando á Lucía, decía: “Venid, niña -mía: venid, pobrecita; venid conmigo; pues tengo -orden de trataros bien y de tranquilizaros”.</p> - -<p>Al sonido de una voz de mujer, la desventurada -experimentó cierto consuelo y valor momentáneo; -pero en seguida volvió á caer en un más -profundo terror. “¿Quién sois?”, dijo con voz trémula, -fijando sus miradas atónitas en el semblante -de la vieja.</p> - -<p>—Venid, venid, pobrecita, seguía ésta repitiendo.</p> - -<p>Nibbio y sus dos compañeros, adivinando por -las palabras y por la voz tan extraordinariamente -sosegada de la vieja cuáles fuesen las intenciones -de su señor, trataban por medios suaves de persuadir -á la infortunada á que se manifestase obediente; -mas ella continuaba mirando á su alrededor; -y aunque el lugar solitario y desconocido, y -el aire de seguridad de sus guardianes no le dejaban -concebir esperanza alguna de socorro, sin -embargo, abrió la boca para gritar; pero viendo -á Nibbio que le enseñaba el pañuelo, se detuvo, -y se puso á temblar; después de lo cual la cogieron -y la metieron en la litera, entrando la vieja -en pos de aquélla. Nibbio ordenó á los otros dos -bribones que fuesen escoltándola, acudiendo él al -llamamiento de su señor.</p> - -<p>—¿Quién sois?, preguntaba Lucía con ansiedad á<span class="pagenum" id="Page_57">[Pg 57]</span> -la vista de aquel semblante desconocido y deforme: -¿por qué me encuentro en vuestra compañía?, -¿en dónde estoy?, ¿adónde me conducís?</p> - -<p>—¡Á la morada del que quiere haceros bien, -respondió la vieja! ¡Dichosos aquellos á los que él -quiere hacer bien! ¡Para vos es una felicidad, una -verdadera felicidad. No tengáis miedo; alegraos, -pues me ha mandado que os tranquilice. ¿Se lo -diréis, eh?, ¿le diréis que os he tranquilizado?</p> - -<p>—¿Quién es?, ¿qué quiere de mí? Yo no le pertenezco. -Decidme en dónde estoy, dejadme marchar; -decid á esos hombres que me dejen ir, que -me lleven á alguna iglesia. ¡Oh, vos que sois una -mujer!, ¡en nombre de la Virgen María!...</p> - -<p>Este santo y dulce nombre, repetido con veneración -en los primeros años, y luego nunca más invocado en -muchísimo tiempo, ni acaso oído proferir, causaba -en la mente de la desventurada que lo escuchaba -en aquel momento una impresión confusa, -extraña, lenta, como el recuerdo de la luz en un -anciano, ciego desde niño.</p> - -<p>Mientras tanto el Incógnito, de pie en la puerta -del castillo, miraba al camino; veía venir la litera -muy despacio, como antes el carruaje, y á Nibbio -subir precipitadamente, adelantándose á la -litera, cuya distancia se aumentaba más á cada -paso que ésta daba. Cuando llegó arriba, el señor -le hizo seña de que le siguiese, dirigiéndose -con él á una de las habitaciones del castillo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_58">[Pg 58]</span></p> - -<p>—¿Y bien?, dijo parándose.</p> - -<p>—Todo ha salido á pedir de boca, respondió -Nibbio, inclinándose respetuosamente: el aviso á -tiempo, la mujer también, el paraje solitario, un -solo grito, ningún aparecido, el cochero pronto, -ágiles los caballos, ningún encuentro: mas...</p> - -<p>—¿Mas qué?</p> - -<p>—Mas... digo la verdad; hubiera querido -mejor que la orden hubiese sido la de descargarle -un arcabuzazo en las espaldas, sin oirla hablar, -sin verle el rostro.</p> - -<p>—¡Hola, hola! ¿Qué es lo que quieres decir?</p> - -<p>—Quiero decir, que todo aquel tiempo... me -ha causado mucha compasión.</p> - -<p>—¡Compasión! ¿Qué entiendes tú de compasión?, -¿sabes acaso lo que es?</p> - -<p>—Jamás la he comprendido como ahora: la -compasión es una cosa parecida al miedo; si uno -se deja apoderar de ella, es hombre perdido.</p> - -<p>—Oigamos cómo se ha compuesto para moverte -á compasión.</p> - -<p>—¡Oh, ilustrísimo señor!, ¡tanto tiempo!... -Orar, suplicar de cierto modo, y volverse pálida, -pálida como la muerte; y después sollozar y rezar -de nuevo, y ciertas palabras...</p> - -<p>“No quiero á esa mujer en mi castillo”, decía para -sí entretanto el Incógnito; “he sido un bruto en -empeñarme en semejante cosa; mas lo he prometido... -en fin, lo he prometido... Cuando estará<span class="pagenum" id="Page_59">[Pg 59]</span> -lejos..”. Y levantando la cabeza, en actitud -de mando, hacia Nibbio: “ahora deja la compasión -á un lado”, dijo; “monta á caballo, toma un compañero, -dos si quieres, y vuela al palacio del consabido -D. Rodrigo. Dile que mande... pero -que sea pronto, pronto; porque de otro modo...”</p> - -<p>Mas otro <em>no</em> interior más imperioso que el primero, -le impidió el concluir la frase. “No”, dijo con -voz resuelta, como para manifestarse á sí mismo -el mandato de aquella voz secreta: “no, vete á descansar, -y mañana por la mañana... harás lo -que te diga”.</p> - -<p>“Es preciso que esa muchacha tenga algún demonio -que la proteja”, pensó en seguida. Habiendo -quedado solo, de pie con los brazos cruzados -sobre el pecho, y la mirada inmóvil sobre cierta -parte del pavimento, en donde los rayos de la luna, -entrando por una elevada ventana, dejaban -ver un cuadrado de pálida luz, cortado á trechos -por la sombra de los barrotes de hierro, y atravesado -en divisiones de los vidrios; “algún demonio -ó... ángel que la defienda... ¡Causar compasión -á Nibbio!... Mañana, mañana muy temprano, -es indispensable que esa mujer esté fuera -del castillo; que vaya á su destino, y que no se -hable más de esto; y después proseguía, con ese -ademán con el cual se intima una orden á un niño -indócil: ¡jum!, ¡que no se hable más de esto!<span class="pagenum" id="Page_60">[Pg 60]</span> -Que ese animal de D. Rodrigo no me venga á -romper la cabeza con sus gracias; porque... no -quiero oir hablar más de semejante cosa. Lo he -servido, porque... se lo prometí; y se lo prometí... -porque... era mi destino. Mas yo haré -que me pague este servicio con usura. Vamos -á ver...”.</p> - -<p>Y él trataba de imaginar una empresa difícil -que encargarle en compensación y como en represalias; -pero vinieron á atravesársele de nuevo -en la mente estas palabras: “¡Causar compasión á -Nibbio! ¿Cómo ella puede haberlo conseguido?, se -decía arrastrado por aquel pensamiento. Quiero -verla... ¡oh!, no... Sí, quiero verla”.</p> - -<p>Y de una en otra estancia, llegó á una escalerilla; -subióla á tientas, se encaminó á la habitación -de la vieja, y llamó á la puerta por medio -de un puntapié.</p> - -<p>—¿Quién es?</p> - -<p>—Abre.</p> - -<p>Á aquella voz, la vieja dió un salto: en el mismo -instante se oyó descorrer el cerrojo, y la puerta -se abrió de par en par. El Incógnito, desde el -umbral, lanzó una ojeada al interior, y á la luz de -una lámpara que ardía encima de la mesa, vió á -Lucía echada en el suelo, en el rincón más lejano -de la puerta.</p> - -<p>—¿Quién te ha mandado que la arrojases ahí -como un lío de trapos viejos, desgraciada?, dijo á -la vieja con ademán iracundo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_61">[Pg 61]</span></p> - -<p>—Se ha puesto donde ha querido, contestó ésta -humildemente; he hecho todo lo posible para -tranquilizarla; ella misma os lo podrá decir; pero -no he sido escuchada.</p> - -<p>—Levantaos, dijo á Lucía, aproximándose á -ella; mas ésta, á quien el modo de llamar, el abrir, -la aparición de aquel hombre, sus palabras, habían -infundido un nuevo espanto en su espíritu -alarmado, se acurrucó más y más en el rincón, -con el rostro oculto entre sus dos manos, inmóvil, -silenciosa y sobrecogida de un temblor general.</p> - -<p>—Levantaos, que no quiero causaros ningún -mal... y puedo dispensaros mucho bien, repitió -el señor. ¡Levantaos!, gritó en seguida con voz -de trueno, irritado de haber mandado dos veces -una misma cosa inútilmente.</p> - -<p>Como si el espanto la hubiese reanimado, la infortunada -se arrodilló de súbito, y con las manos -juntas, en ademán de súplica, como hubiera hecho -delante de una imagen, alzó los ojos hacia el -Incógnito, y bajándolos al momento exclamó: “Aquí -me tenéis, matadme”.</p> - -<p>—Os he dicho que no quiero haceros mal alguno, -respondió el Incógnito con acento más dulce, -mirando fijamente aquel semblante alterado por -la aflicción y el terror.</p> - -<p>—Ánimo, ánimo, decía la vieja; si él mismo dice -que no quiere causaros mal alguno...</p> - -<p>—¿Y por qué?, replicó Lucía, con una voz en la<span class="pagenum" id="Page_62">[Pg 62]</span> -cual, á pesar de la turbación y espanto se traslucía -cierta seguridad de indignación desesperada, -¿por qué me hace padecer las penas del infierno?, -¿qué es lo que yo le he hecho?</p> - -<p>—¿Os han maltratado quizás?, hablad.</p> - -<p>—¡Oh, maltratado! ¡Se han apoderado de mí, á -traición, por fuerza! ¿Por qué, por qué he sido -robada?, ¿por qué me encuentro en este sitio?, ¿en -dónde estoy? Soy una infeliz muchacha: ¿qué he -hecho yo? En el nombre de Dios...</p> - -<p>—¡Dios, Dios!, interrumpió el Incógnito; ¡siempre -Dios! Los que no pueden defenderse á sí mismos, -los que carecen de fuerza, continuamente -ponen á Dios por delante, como si le hubiesen hablado. -¿Pretendéis con semejante palabra hacerme... -y dejó la oración sin concluir.</p> - -<p>—¡Oh, señor!, ¡pretender!... ¿Qué puedo yo -pretender, estando cautiva, sino que uséis conmigo -de misericordia? ¡Dios perdona tantas cosas por -una sola obra de misericordia! ¡Dejadme ir; por -caridad, dejadme ir! Ninguna cuenta tiene al que -en su día ha de morir, el hacer padecer tanto á -una pobre criatura. ¡Oh, vos que podéis mandar, -decid que me dejen ir! Me han traído aquí á la -fuerza. Enviadme con esta mujer á *** en donde -mi madre se halla. ¡Oh, Virgen santísima! ¡Madre -mía, mi querida, mi idolatrada madre!, ¡quizá no -esté lejos de aquí!... ¡He divisado mis montañas! -¿Por qué me hacéis padecer? Disponed que<span class="pagenum" id="Page_63">[Pg 63]</span> -me conduzcan á una iglesia: rogaré por vos toda -mi vida. ¿Qué os cuesta decir una palabra?, ¡he -aquí que os enternecéis!, ¡decid una sola palabra, -decidla! ¡Dios perdona tantas culpas por una obra -de misericordia!</p> - -<p>“¡Oh, por qué no será hija de uno de esos perros -que me han desterrado!, pensaba el Incógnito; -¡de uno de esos miserables que me quisieran ver -muerto!, cómo gozaría ahora con sus sufrimientos! -y en vez de...”.</p> - -<p>—¡No desechéis una tan buena inspiración!, continuaba -fervorosamente Lucía, reanimada al ver -un cierto aire de duda en el rostro y en el ademán -de su tirano. Si vos no me concedéis esta -gracia, el Señor me la concederá: me hará morir -y todo se habrá concluido para mí; pero vos... -acaso un día, también... pero no, no; yo siempre -rogaré al Señor que os preserve de todo mal. -¿Qué os cuesta decir una palabra? Si vos llegaseis -alguna vez á sufrir estos tormentos...</p> - -<p>—Vamos, ánimo, interrumpió el Incógnito, con -una dulzura que admiró á la vieja. ¿Os he causado -yo por ventura algún mal? ¿Os he hecho algunas -amenazas?</p> - -<p>—¡Oh!, no; veo que tenéis buen corazón, que os -compadecéis de una infeliz criatura. Si vos quisierais, -podríais infundirme doble miedo que todos -los demás, podríais hacerme morir; y por el -contrario, me habéis... consolado un poco. Dios<span class="pagenum" id="Page_64">[Pg 64]</span> -os lo premiará. Acabad la obra de misericordia; -salvadme, salvadme.</p> - -<p>—Mañana por la mañana.</p> - -<p>—¡Oh!, salvadme ahora, en seguida...</p> - -<p>—Os repito que mañana por la mañana nos volveremos -á ver. En el ínterin, tranquilizaos, descansad; -debéis tener necesidad de tomar algún -alimento; ahora os lo traerán.</p> - -<p>—No, no, yo me muero si alguno entra aquí; yo me -muero. Conducidme á una iglesia cualquiera... -lo cual Dios os lo pagará.</p> - -<p>—Vendrá una mujer para traeros la comida, -dijo el Incógnito; y dicho esto, se quedó estupefacto -al ver que le hubiese venido á la imaginación -semejante salida, y que hubiera pensado en -la necesidad de buscarlo para tranquilizar á una -mujer.</p> - -<p>—Y tú, replicó en seguida, volviéndose á la -vieja, anímala á que coma, y haz que descanse -en este lecho; si quiere que te acuestes con ella, -bien; si no, puedes dormir en el suelo por esta -noche. Repito que la animes, que la alegres; y, -sobre todo, guárdate que no tenga que quejarse -de ti.</p> - -<p>Pronunciadas las anteriores palabras, se dirigió -hacia la puerta. Lucía se levantó y corrió con el -objeto de detenerle y renovar sus súplicas; pero -ya había desaparecido.</p> - -<p>—¡Oh, infeliz de mí! Cerrad, cerrad pronto. Y<span class="pagenum" id="Page_65">[Pg 65]</span> -cuando hubo oído cerrar la puerta y echar el cerrojo, -volvió á acurrucarse en su rincón. ¡Oh, pobre -de mí!, exclamó sollozando de nuevo. Y ahora -¿á quién suplicaré?, ¿en dónde estoy? Decidme, -decidme por piedad, ¿quién es ese señor... ése -que me ha hablado?</p> - -<p>—¿Quién es, eh?, ¿quién es? ¡Queréis que os lo -diga! Ya podéis esperarlo: os habéis puesto orgullosa -porque os protege: con tal de que estéis satisfecha, -nada os importa que yo sea la víctima; -preguntádselo á él. Si yo os complaciera en esto, -no recibiría palabras tan dulces como las que habéis -oído. Yo soy vieja, soy vieja, continuó murmurando -entre dientes. ¡Malditas sean las jóvenes, -que así poseen la gracia de llorar como de -reir y siempre tienen razón! Mas oyendo sollozar -á Lucía se acordó de las órdenes amenazadoras -del amo; se inclinó hacia la infortunada que permanecía -acurrucada en su rincón, y con la voz -más dulce que le fué posible, repuso: “Vamos, en -todo esto no os he dicho nada de mal, alegraos. -No me preguntéis cosas que no puedo deciros; -por lo demás, tranquilizaos. ¡Oh, si supierais cuánta -gente se hubiera alegrado de oirle hablar como -lo ha hecho con vos! Regocijaos, que ahora -traerán de comer; y yo que comprendo... según -el modo con que os ha hablado, que va á venir -algo bueno. Y luego os acostaréis y... espero -que dejaréis un ladito para mí”, añadió<span class="pagenum" id="Page_66">[Pg 66]</span> -con un acento de despecho, un tanto comprimido -á su pesar.</p> - -<p>—No quiero comer, no quiero dormir. Dejadme, -no os acerquéis; no os mováis de aquí.</p> - -<p>—No, no, vamos; dijo la vieja retirándose y -yéndose á sentar en un ancho y carcomido sitial, -desde donde lanzaba á la infeliz ciertas miradas -de terror y de cólera á la vez; después de lo cual -contemplaba su lecho, enfurecida al pensar que -acaso estaría privada de él toda la noche y tiritando -de frío; mas por otro lado se alegraba con -la idea de la cena, con la esperanza que también -participaría de ella. Lucía no sentía frío, ni tenía -hambre, y como aturdida no experimentaba de -sus mismos dolores más que un sentimiento confuso -y vago, parecido á esas imágenes vanas que -se presentan en el delirio de la fiebre.</p> - -<p>Al oir tocar á la puerta de la estancia, se estremeció; -y alzando su aterrado semblante, gritó: -“¿Quién es, quién es? ¡que nadie entre!”.</p> - -<p>—No es nada, nada; una buena noticia; es Marta -que nos trae algo que comer.</p> - -<p>—Cerrad, cerrad, exclamaba Lucía.</p> - -<p>—¡Oh, ciertamente!, en seguida, en seguida, replicó -la vieja; y tomando una cesta de las manos -de la expresada Marta, á la cual despidió apresuradamente, -cerró la puerta, y fué á colocar dicha -cesta sobre una mesa que había en medio de la -habitación. Después invitó repetidas veces á Lucía<span class="pagenum" id="Page_67">[Pg 67]</span> -para que se aproximase á gozar de aquellos -deliciosos manjares. Empleaba las palabras más -eficaces, á su parecer, con el objeto de infundir -apetito á la desgraciada, y prorrumpía en exclamaciones -de júbilo, hablando de la excelencia de -la comida. “Cuando la gente como nosotras puede -llegar á disfrutar de semejantes manjares, se -acuerdan toda la vida. Este vino es del que el -amo bebe en compañía de sus amigos... cuando -le vienen á visitar... y quieren estar alegres... -¡Hem!”. Mas viendo que todas sus tentativas -eran inútiles: “¡Sois vos la que no queréis!, dijo; -es preciso no olvidar el decirle mañana que -yo os he animado. Mientras tanto, yo comeré dejándoos -lo suficiente para cuando entréis en razón -y queráis obedecer”. Dicho esto, se puso á comer -ávidamente. Saciada que estuvo, se encaminó al -rincón, y bajándose hacia Lucía, la invitó de nuevo -á comer y á acostarse.</p> - -<p>—No, no quiero nada, respondió ésta, con voz -débil y como soñolienta; en seguida dijo con más -resolución: “¿Está la puerta cerrada, bien cerrada?” -Y después de haber echado una ojeada por toda -la estancia, se levantó, y con las manos puestas -adelante, con paso sospechoso, se dirigió hacia -aquel lado.</p> - -<p>La vieja llegó corriendo antes que ella, cogió el -cerrojo, lo corrió, y dijo: “¿Lo veis?, ¿está -bien cerrado? ¿estáis ahora satisfecha?”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_68">[Pg 68]</span></p> - -<p>—¡Oh, contenta! ¡Yo contenta aquí! replicó Lucía, -volviéndose de nuevo á su rincón; pero Dios -sabe dónde estoy.</p> - -<p>—Venid á acostaros; ¿qué queréis hacer ahí -echada como un perro? ¿Se han visto rehusar jamás -los comodidades, cuando se pueden tener?</p> - -<p>—No, no; dejadme.</p> - -<p>—Vos sois la que lo queréis. Vamos, he aquí -un buen sitio; me pongo en la orilla; estaré incómoda -por vos. Si queréis venir á la cama, ya sabéis -que lo podéis hacer. Acordaos que os lo he -rogado muchas veces. Así diciendo, se metió vestida -como estaba debajo del cobertor, y todo quedó -en el más profundo silencio.</p> - -<p>Lucía permanecía inmóvil, en su rincón, con -las rodillas pegadas al pecho, las manos colocadas -sobre ellas, y el rostro oculto entre dichas manos. -El estado de abatimiento en que se hallaba, no -era sueño ni desvelo, sino una sucesión rápida, -dolorosa y vaga, de terribles pensamientos, de -ideas penosas, de latidos de corazón. Ora más segura -de su razón, y recordando mejor todos los -horrores que había presenciado y sufrido aquel -día, recordaba dolorosamente hasta las más pequeñas -circunstancias de la oscura y formidable -realidad en la cual se veía envuelta; ora su mente -transportada á una región aún más tenebrosa, -luchaba contra los fantasmas nacidos de la incertidumbre -y del terror. Largo tiempo permaneció<span class="pagenum" id="Page_69">[Pg 69]</span> -siendo presa de semejantes angustias; pero al fin, -abatida, fatigada, sintiendo aflojar sus atormentados -miembros, se acostó, ó más bien, se dejó caer -sobre el pavimento, y permaneció algún tiempo -en un estado muy parecido al sueño. Mas de repente -se despertó, como al ruido de una voz exterior -que la estuviese llamando, y experimentó -el deseo de despertar enteramente, de dar toda la -extensión posible á su pensamiento, de saber en -dónde estaba, cómo y por qué. Prestó atento oído -al ruido que se percibía, el cual no era otra -cosa más que la respiración lenta y embarazosa -de la vieja. Abrió sus espantados ojos, y distinguió -una opaca claridad, que por intervalos aparecía -y desaparecía: era la torcida de la lámpara -que, estando muy cerca de apagarse, despedía una -luz trémula, y en seguida se retiraba, por decirlo -así, como la ola que va y viene sobre la playa. -Aquella luz que huía antes que los objetos hubiesen -recibido de ella un reflejo y color distinto, no -ofrecía á la vista más que una sucesión de cosas -flotantes é indecisas. Pero bien pronto las recientes -impresiones, reapareciendo en su mente, la -ayudaron á distinguir lo que se presentaba á su -vista de una manera tan confusa. La desventurada, -despierta ya del todo, reconoció su prisión; -todos los recuerdos del horrible día transcurrido, -todos los terrores del porvenir la asaltaron á la -vez: aquella nueva calma, después de tantas agitaciones,<span class="pagenum" id="Page_70">[Pg 70]</span> -aquella especie de reposo, aquel abandono -en que había estado sumida, le producían -un nuevo terror, y se apoderó de ella tal ansiedad -que deseó morir. Pero en semejante momento -se acordó que podía á lo menos dirigir sus súplicas -al cielo, y juntamente con dicho pensamiento -apareció en su corazón como una repentina esperanza -de felicidad. Tomó de nuevo su rosario, -y empezó á rezar. Á medida que las oraciones se -desprendían de sus trémulos labios, su corazón se -entreabría á una confianza indeterminada. Mas de -pronto se le presentó otra idea á la imaginación, -esto es, que sus oraciones serían mejor acogidas -y escuchadas, si en medio de su desolación hiciese -alguna promesa. Trajo á la memoria lo que -más amaba, lo que más había amado; y aun cuando -su espíritu no podía sentir otra afección que el -espanto, ni concebir otro deseo que el de la libertad, -se acordó, sin embargo, y resolvió súbitamente, -hacer un sacrificio. Se incorporó, colocando -sus manos unidas junto al pecho, de las cuales -pendía el rosario, elevó los ojos al cielo, y dijo: -“¡Oh, Virgen Santísima! ¡Vos, á quien me he acogido -tantas veces, y que tantas me habéis consolado! -¡Vos, que habéis padecido tantos dolores, -y sois ahora tan gloriosa, y habéis obrado tantos -milagros en favor de los infelices atribulados, socorredme, -sacadme de este peligro; haced que -vuelva sana y salva al lado de mi madre, Madre<span class="pagenum" id="Page_71">[Pg 71]</span> -del Señor! y hago voto de permanecer virgen; -renuncio para siempre á mi desventurado prometido, -para no ser jamás de nadie, más que -vuestra”.</p> - -<p>Dichas las anteriores palabras, bajó la cabeza -y se puso el rosario alrededor del cuello, casi como -en señal de consagración, y á la vez de resguardo -como una armadura de la nueva milicia, -á la cual se había inscrito. Habiéndose vuelto á -sentar en el suelo, sintió renacer en su alma una -cierta tranquilidad, una más larga confianza. Le -vino á la imaginación aquel <em>mañana por la mañana</em> -repetido por el poderoso desconocido, y le pareció -entrever en aquella palabra una promesa -de salvación. Los sentidos, fatigados por tantas -luchas, se adormecieron poco á poco en aquella -tranquilidad de pensamientos, y por último, ya -cercano el día, con el sagrado nombre de su protectora -en los labios, se durmió gozando de un -sueño perfecto y continuado.</p> - -<p>Mas había otra persona en aquel mismo castillo, -que hubiera querido hacer otro tanto, y no le -fué posible. Habiéndose separado, ó más bien, -huido de Lucía, después de haber dado las órdenes -convenientes para la cena de ésta, y visitado, -según costumbre, ciertos puestos del castillo, -siempre preocupado con la imagen de Lucía, y -con aquellas palabras que resonaban sin cesar en -sus oídos, el señor se había retirado á su estancia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_72">[Pg 72]</span></p> - -<p>Se había encerrado precipitadamente, como si -hubiera tenido que atrincherarse contra un ejército -de enemigos; y desnudándose sumamente agitado, -se acostó. Pero aquella imagen cada vez -más presente en su mente, pareció que en aquel -momento le decía: tú no dormirás. “¡Qué loca curiosidad -he tenido de ver á esa muchacha! se decía. -Tiene razón ese imbécil de Nibbio; ¡uno no -es ya hombre, es hombre perdido! ¡Yo!... ¿no -soy yo hombre por ventura? ¿Qué ha pasado, -pues? ¿Qué me ha pasado? ¿Qué diablos tengo? -¿Qué hay de nuevo? ¿No sabía antes de verla que -las mujeres siempre chillan? ¡Lloran aun los hombres -algunas veces, cuando no son bastante fuertes -para defenderse! ¡Qué diablo!, ¿esto consiste en -que yo no he oído lloriquear jamás mujeres?”</p> - -<p>Y aquí, sin que tuviese necesidad de fatigar su -memoria, ésta le presentó más de un caso, en que -las súplicas ni lamentos habían podido quebrantar -la resolución de llevar á cabo sus empresas. -Mas lejos de darle el valor que le faltaba para -cumplir ésta, como esperaba y deseaba, todos sus -recuerdos no hicieron más que añadir á su irresolución -una especie de consternación y de terror. -De modo, que el volver á la primera imagen -de Lucía, contra la cual había tratado de afirmar -todo su valor, pareció que le aliviaba. “Ella vive, -pensaba: se halla en el castillo; aún es tiempo; le -puedo decir: partid, regocijaos; puedo ver cambiar<span class="pagenum" id="Page_73">[Pg 73]</span> -aquel semblante; además le puedo decir: perdonadme... -¡Perdonadme! ¡Yo pedir perdón!, ¡y -á una mujer!, ¡yo!... Y sin embargo, ¡si una palabra, -si una palabra tal me pudiese hacer bien!, -si me ayudase á sacudir por un momento el demonio -que se ha apoderado de mí, la pronunciaría. -¡Á qué estado me veo reducido! ¡Ya no soy -hombre, no soy hombre!... ¡Vamos!, dijo en seguida, -revolviéndose furiosamente sobre su lecho, -que le parecía tan duro como una piedra, y debajo -de sus cobertores que le pesaban horriblemente: -vamos, éstas son simplezas que me han pasado -por la cabeza otras veces; ésta pasará también”. -Y para hacerla pasar trató de buscar con el pensamiento -algún proyecto, alguno de aquellos que -solían ocuparle fuertemente, y no le dejaban un -instante siquiera para reflexionar; mas no encontró -ninguno. Todo se le presentaba cambiado: lo -que otras veces estimulaba con más fuerza sus -deseos, ahora no tenía para él ningún atractivo. -La pasión rehusaba avanzar, del mismo modo que -cuando un caballo se asusta de repente de una -sombra cualquiera. Pensando en las empresas comenzadas -y no acabadas, en vez de animarse á -dar cima á ellas, en lugar de irritarse con los obstáculos -(en semejante momento, la cólera misma -le hubiera parecido dulce), experimentaba una -sombría tristeza, se espantaba casi de los pasos ya -dados. El tiempo se presentaba á su imaginación<span class="pagenum" id="Page_74">[Pg 74]</span> -desnudo de todo interés, de todo querer, de toda -acción, lleno únicamente de recuerdos intolerables: -todas las horas que iban á sucederse se le -representaban semejantes á la que corría tan lentamente, -y que tanto pesaba sobre su cabeza. Repasaba -en su imaginación á todos sus secuaces, y -no encontraba nada importante que mandar á -ninguno de éstos: la idea misma de volverlos á ver, -de hallarse en medio de ellos, era un nuevo peso, -un motivo de disgusto y embarazo. Cuando quería -encontrar una ocupación para el día siguiente, -una cosa que fuese factible, no se detenía más -que en un solo pensamiento; éste era, que á la -mañana siguiente podía dejar en libertad á aquella -infortunada.</p> - -<p>“La libertaré, sí; apenas empiece á apuntar el -día, volaré á su lado, y le diré: partid, partid. La -haré acompañar... ¿Y mi promesa? ¿y el compromiso -que tengo? ¿y D. Rodrigo?... ¿Quién es -D. Rodrigo?”</p> - -<p>Como un hombre á quien su superior dirige de -improviso una pregunta embarazosa, el Incógnito -pensó de pronto responder á la que él mismo -se había hecho, ó mejor diremos, aquel nuevo <em>él</em> -que en un momento había tomado tan colosales -y terribles dimensiones, y se levantaba como para -juzgar al antiguo. Iba, pues, buscando las razones -por las cuales, antes casi de ser rogado, se -había podido resolver á tomar el empeño de hacer<span class="pagenum" id="Page_75">[Pg 75]</span> -sufrir tanto, sin ningún motivo de aborrecimiento -ni de temor, á una infeliz desconocida, -únicamente para servir á D. Rodrigo; pero lejos -de conseguir hallar en aquel momento ninguna -razón que le pareciese propia para excusar semejante -acción, no sabía casi explicarse á sí mismo -cómo había sido inducido á ello. Aquel rasgo, -más bien que una deliberación, había sido un movimiento -instantáneo de un espíritu obediente á -sentimientos antiguos y habituales, la consecuencia -de mil hechos anteriores; y en medio del doloroso -examen, al cual se entregaba para darse -cuenta de un solo hecho, se encontró engolfado -en repasar toda su vida.</p> - -<p>Remontándose á tiempos muy lejanos, de año -en año, de empresa en empresa, de crimen en -crimen, de asesinato en asesinato, cada una de sus -acciones se presentaba á su nuevo espíritu separada -por sentimientos que le habían determinado -y hecho cometer, apareciendo bajo un aspecto -monstruoso, que estos mismos sentimientos no le -habían dejado hasta entonces comprender. Todos -le pertenecían, eran suyos: el horror de este pensamiento, -que nacía á cada una de estas imágenes, -y que estaba adherido á todas ellas, creció -hasta la desesperación. Se levantó furioso, llevó -con rabia las manos hacia la pared cercana á su -lecho, agarró una pistola, apretóla convulsivamente, -la montó, y... en el instante de ir á terminar<span class="pagenum" id="Page_76">[Pg 76]</span> -una vida que le era insoportable, su pensamiento, -sorprendido por un terror, por una inquietud, -por decirlo así, supersticiosa, se lanzó al -tiempo que seguiría después de su muerte. Figurábase -con estampa su cadáver desfigurado, inmóvil, -en poder de los hombres más viles; la sorpresa, -la confusión que reinarían al día siguiente en -el castillo; él mismo, sin fuerza, sin voz, arrojado -quién sabe dónde. Se figuraba oir las conversaciones -que tendrían lugar con motivo de semejante -catástrofe, y que no dejarían de correr en todos -los alrededores, y la alegría de sus enemigos. -Las tinieblas mismas, el silencio de la noche, le -hacían ver en la muerte cierta cosa de más triste, -de más espantosa. Le parecía que no habría vacilado -si hubiese sido de día, fuera de su casa -y en presencia de alguno. Además, ¿qué tenía -de particular echarse en el río y desaparecer? -Absorto en estas desgarradoras contemplaciones, -montaba y desmontaba con fuerza convulsiva el -gatillo de la pistola, cuando le vino á la imaginación -otra idea: si esa otra vida de la cual me han -hablado siendo muchacho, de la cual se me habla -siempre como si fuese una cosa segura; si esa vida -consiste únicamente en no ser; si es una invención -de los sacerdotes, ¿qué hago entonces? -¿qué importa todo lo que yo he hecho? ¿no dejará -de ser una locura mía?... ¿Y si hay en efecto -otra vida?...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_77">[Pg 77]</span></p> - -<p>Á semejante duda, á tal riesgo, se vió sobrecogido -por una desesperación aun más sombría, más -grave, y contra la cual ni aun podía hallar un refugio -en la muerte. Dejó caer el arma fatal, llevó -las manos á sus cabellos, sus dientes rechinaban, -un temblor convulsivo se había apoderado -de todos sus miembros. De repente, las palabras -que había oído pocas horas antes, volvieron á resonar -en su memoria: “¡Dios perdona tantas cosas -por una obra de misericordia!” No volvían á su -espíritu del mismo modo que habían sido pronunciadas, -con un acento de humilde súplica, sino con -un tono de autoridad, que dejaba entrever al mismo -tiempo una lejana esperanza. Esto fué para -él un momento de consuelo: dejó caer las manos, -y en una actitud más tranquila, fijó mentalmente -sus miradas, como si la hubiera tenido delante, -en aquella que las había proferido; y la veía, no -como su prisionera, ni como una persona que suplica, -sino con el ademán del que dispensa gracias -y consuelos. Esperaba con ansiedad que viniera -el día para correr á devolverle la libertad, -para escuchar de su boca otras palabras de alivio -y de vida, imaginándose conducirla él mismo al -lado de su madre. “¿Y luego, yo, qué haré mañana, -el resto del día? ¿Qué haré el día que sigue -después de mañana? ¿y al otro? ¿y á la noche? ¡la -noche que volverá con sus doce horas! ¡Oh, la noche, -la noche; no, no pensemos en la noche!”. Y<span class="pagenum" id="Page_78">[Pg 78]</span> -volviendo á caer en el vacío espantoso del porvenir, -trataba en vano de buscar un modo de emplear -el tiempo, una manera de pasar los días y -las noches. Tan pronto se proponía abandonar el -castillo y huir á países remotos, en donde jamás -se hubiese oído hablar de él, en que no se le conociera, -ni aun siquiera de nombre; como le renacía -una confusa esperanza de recobrar el antiguo -ánimo, los antiguos gustos, no considerando -la situación del momento más que como un delirio -pasajero; tan pronto, por último, temía la luz -del día que debía mostrarle á los suyos tan miserablemente -cambiado; y finalmente, suspiraba por -esta misma luz que también debía iluminar sus -pensamientos. Mas he aquí que de pronto, al rayar -el alba, pocos momentos después que Lucía -se había quedado dormida, mientras que él estaba -sentado é inmóvil sobre su lecho, un sonido -vago y confuso, pero que sin embargo tenía un -cierto no sé qué de alegre, vino á herir sus oídos. -Prestó atención, y percibió un campaneo como si -tocasen á fiesta; después de algunos instantes, distinguió -también que el eco de la montaña repetía -lánguidamente la lejana armonía, y se confundía -con ella. De allí á poco siente que el ruido se -aproxima, es una campana que está más cerca del -castillo; después otra que le responde, y en seguida -todavía otra. “¿Qué alegría es ésta? ¿Por qué -este ruido de fiesta? ¿De qué se regocijan estas<span class="pagenum" id="Page_79">[Pg 79]</span> -gentes?”. Salta de aquel lecho de espinas; medio -se viste apresuradamente, vuela á la ventana, la -abre, y mira por todas partes. Los montes estaban -todavía medio velados por la niebla; el cielo -parecía cubierto por una oscura y vasta nube; pero -á la claridad del día que á cada instante iba -creciendo, se divisaba allá á lo lejos, en el camino -que atravesaba el fondo del valle, gentes que -caminaban muy aprisa, otras que salían de sus -casas y se ponían en camino, y se dirigían todas -hacia el mismo lado, á la entrada de dicho valle, -á la derecha del castillo, con los trajes domingueros, -y una alegría extraordinaria.</p> - -<p>“¿Qué diablos tienen esas gentes? ¿qué hay de -alegre en este maldito país? ¿dónde va toda esa -canalla?” Y habiendo llamado á un bravo de confianza -que dormía en una próxima habitación, le -preguntó la causa de todo aquel movimiento. Éste, -que estaba tan enterado como su amo, le contestó -que iría al momento á informarse. El señor -permaneció apoyado en la ventana, sumamente -atento al movible espectáculo. Veíanse hombres, -mujeres, niños, en grupos, solos, uno alcanzando -al que iba delante se unía á él; otro al salir de su -casa se acompañaba con el primero que encontraba, -y caminaban juntos como amigos á hacer un -viaje convenido de antemano. Distinguíase en todos -sus movimientos una celeridad y alegría común; -las campanas más ó menos próximas, más ó<span class="pagenum" id="Page_80">[Pg 80]</span> -menos distintas que resonaban á lo lejos, algunas -veces sin estar acordes, pero siempre concertadas, -se asemejaban en cierto modo á la voz de todo -aquel pueblo y á la expresión de las palabras que -no podían llegar al castillo. El Incógnito miraba, -miraba sin cesar, y sentía nacer en su alma una -ávida curiosidad de saber lo que podía comunicar -un transporte igual á tan diversas gentes.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_81">[Pg 81]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO CUARTO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Pocos momentos después, el bravo volvió y contó -á su señor, que el cardenal Federico Borromeo, -arzobispo de Milán, había llegado la víspera á *** -en donde permanecería todo el día siguiente (que -era el en que estábamos). El ruido de la llegada -se había esparcido la misma tarde á lo lejos y por -todas las cercanías, lo cual había hecho que el -pueblo tuviese deseos de ir á ver á aquel personaje, -y tocaban las campanas en señal de regocijo, -y para avisar al mismo tiempo á la gente. El -Incógnito volvió á quedar solo, y continuó mirando -en dirección al valle, cada vez más pensativo. -“¡Por un hombre!, ¡todos presurosos, todos alegres, -para ver á un hombre! ¡Y sin embargo, cada uno -de éstos tendrá su demonio que le atormente! ¡Pero<span class="pagenum" id="Page_82">[Pg 82]</span> -nadie, nadie deberá tener uno como el mío; -nadie habrá pasado una noche como la mía! ¿Qué -tiene, pues, ese hombre para excitar la alegría de -todo un pueblo? Algún dinero que distribuirá así -á la aventura... ¡Mas toda esa gente no va á -recibir una limosna! ¡Y bien: algunas cruces en el -aire, algunas palabras!... ¡Oh, si tuviese para -mí palabras que pudieran consolarme!, ¡sí!... -¿Por qué no había yo de ir también?, ¿por qué no?... -Iré, iré y le hablaré: le hablaré cara á cara. ¿Qué -es lo que le diré? ¡Y bien!, aquello que, que... -veré lo que él sabe”.</p> - -<p>Tomada esta vaga determinación, concluyó de -vestirse precipitadamente, poniéndose una especie -de traje, cuyo corte tenía algo de militar; cogió -la pistola que había dejado encima de la cama, -se la colocó en un lado de su cinto, y en el -otro una segunda que descolgó de la pared, así -como también su puñal; y habiendo alcanzado -una carabina tan famosa casi como él, se la puso -á guisa de bandolera; tomó su sombrero, salió de -la estancia, y antes de partir se encaminó á la en -que había dejado á Lucía. Dejó su carabina en -un rincón junto á la puerta, y llamó haciendo al -mismo tiempo oir su voz. La vieja se precipitó -del lecho de un salto, y corrió á abrir. El señor -entró, y echando una ojeada por la estancia, vió -á Lucía acurrucada en su rincón y muy quieta.</p> - -<p>—¿Duerme?, preguntó en voz baja á la vieja.<span class="pagenum" id="Page_83">[Pg 83]</span> -¡Duerme en semejante sitio! ¿Eran éstas mis órdenes?, -¡desventurada!</p> - -<p>—He hecho todo lo que he podido, respondió -ésta; pero no ha querido absolutamente comer ni -tampoco venir...</p> - -<p>—Déjala dormir en paz; guárdate de turbar su -sueño; y cuando se despierte... Marta vendrá -aquí, á la habitación próxima, y la mandarás á -buscar lo que la joven pida. Cuando despierte... -dile que yo... que el señor ha salido por poco -tiempo, que volverá, y que... hará todo lo que -ella quiera.</p> - -<p>La vieja se quedó toda estupefacta, pensando -entre sí: ¿será acaso alguna princesa?</p> - -<p>El castellano salió, tomó su carabina, mandó á -Marta que permaneciese en la antecámara; dió -orden al primer bravo que encontró que se pusiera -de centinela para que ninguna otra persona -más que ésta entrara en la habitación, y después -salió del castillo y bajó la pendiente con la mayor -agilidad y precipitación.</p> - -<p>El manuscrito no dice la distancia que había -desde el castillo al pueblo en donde se hallaba el -cardenal; pero por los hechos que vamos á referir, -resulta que no debía haber más que un largo -paseo. Por el solo acudir de los lugareños á dicho -pueblo, no se podrían sacar consecuencias, -pues que en las memorias de aquel tiempo encontramos<span class="pagenum" id="Page_84">[Pg 84]</span> -que, de veinte millas y más, corría la -gente en tropel para ver al cardenal Federico.</p> - -<p>Los bravos que acertaban á pasar mientras el -Incógnito bajaba, se paraban respetuosamente, -esperando si tenía órdenes que darles, ó si quería -que le siguiesen á alguna expedición, no sabiendo -qué pensar de aquel aire y aquellas miradas -con que contestaba á sus saludos.</p> - -<p>Cuando estuvo ya en el camino real, lo que admiraba -á los pasajeros era el verlo sin acompañamiento. -Por lo demás, todos le hacían lugar y se -desviaban, dejándole sitio suficiente, no sólo para -él, sino también para su séquito si lo hubiese llevado, -y se quitaban respetuosamente los sombreros. -Habiendo llegado al pueblo, lo halló enteramente -cuajado de una inmensa muchedumbre de -gentes; pero aun á pesar de esta circunstancia, su -nombre, pasando de repente de boca en boca, -bastaba para que la multitud le abriera paso. Se -acercó á uno y le preguntó en dónde estaba el -cardenal. En la casa del cura, le contestó aquél -saludándole, y le indicó cuál era. El señor se dirigió -á ella: entró en un patiecillo, en donde había -muchos sacerdotes, los cuales le miraron con -ademán atónito y de desconfianza. Divisó al frente -una puerta abierta que daba entrada á una salita, -en donde se hallaban reunidos otros muchos -sacerdotes. Se desembarazó de la carabina y la -dejó en un rincón del patio; después entró en la<span class="pagenum" id="Page_85">[Pg 85]</span> -mencionada salita, y allí fué también acogido con -miradas furtivas, murmullos, su nombre repetido -de boca en boca, concluyendo por guardar un profundo -silencio. Dirigiéndose el Incógnito á uno de -ellos, le preguntó dónde se hallaba el cardenal, -porque quería hablarle.</p> - -<p>“Yo soy forastero”, contestó el interrogado; y -después de haber echado una mirada en derredor, -llamó á un capellán, familiar del cardenal, el cual -desde un rincón de la sala, estaba justamente diciendo, -en voz baja, á un compañero suyo: “¿Es ése -el famoso?... ¿Á qué vendrá aquí? ¡Aparta!” No -obstante, al llamamiento que resonó en medio del -silencio general, se vió precisado á acudir. Saludó -al Incógnito, escuchó su pregunta, y levantando -la vista con una curiosidad inquieta sobre -aquel rostro, y bajándola en seguida, permaneció -allí un poco como aturdido, y después dijo, ó más -bien balbuceó: “No sé si monseñor ilustrísimo... -en este instante se encuentra... éste... pueda... -Bien: voy á ver”. Y se dirigió de muy -mala gana á la vecina estancia, en la cual se hallaba -el cardenal.</p> - -<p>Llegados á este pasaje de nuestra historia, no -podemos menos de detenernos un poco, como el -caminante fatigado y triste, á causa de un largo -viaje por un terreno árido y escabroso, se recrea -y pierde un poco de tiempo á la sombra de un -frondoso árbol, sobre la yerba, ó al lado de una<span class="pagenum" id="Page_86">[Pg 86]</span> -cristalina fuente de agua viva. Nos hemos encontrado -con un personaje, cuyo nombre y recuerdo, -presentándose á la mente en cualquier tiempo -que sea, le causan una emoción tranquila de respeto -y un agradable sentimiento de simpatía. Pero -¿cuánto más dulce es dicho sentimiento, después -de tantas imágenes dolorosas, después de la -contemplación de tanta perversidad? Es absolutamente -indispensable que nosotros digamos cuatro -palabras tocante al expresado personaje; los -que no deseen oirlas y quieran sin embargo saber -la continuación de la historia, que salten en derechura -al capítulo siguiente.</p> - -<p>Federico Borromeo, nacido en el año de 1564, -fué uno de esos hombres raros en todo tiempo, -que han empleado un esclarecido talento, todos -los recursos de una opulenta fortuna, todas las -ventajas de una condición privilegiada, una aplicación -continua en buscar y practicar el bien. Su -vida es como un arroyuelo que, naciendo límpido -de la roca, sin estancarse ni enturbiarse jamás en -un largo curso por diversos terrenos, va á echarse -límpido al caudaloso río. En medio de los placeres -y la magnificencia, se dedicó desde su más -tierna infancia á esas palabras de abnegación y de -humildad, á esas máximas sobre la vanidad de los -goces, sobre la injusticia del orgullo, sobre la verdadera -dignidad y verdaderos bienes que, comprendidos -ó no por los corazones, son trasmitidos<span class="pagenum" id="Page_87">[Pg 87]</span> -de generación en generación, siendo la doctrina -fundamental de la religión. Se aplicó, repito, á -esas palabras, á esas máximas; las adoptó formalmente, -las gustó, las halló verdaderas, reconoció -que no podía haber verdad en las palabras y -máximas opuestas que se trasmiten también de -una en otra generación con la misma perseverancia, -y tal vez por los mismos labios, y se propuso -tomar por norma de sus acciones y de sus pensamientos -las que eran realmente verdaderas. -Persuadido que la vida no es para el mayor número -más que una pesada carga, y un placer para -algunos pocos, pero de cuya inversión es indispensable -dar cuenta, empezó á pensar desde -niño cómo podría hacer la suya útil y santa.</p> - -<p>En el año 1580 manifestó la resolución de consagrarse -al ministerio eclesiástico, y recibió el hábito -de manos de su primo Carlos<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" class="fnanchor">[2]</a>, á quien la -fama ya universalmente y desde largo tiempo proclamaba -santo. Poco después entró en el colegio -fundado por éste en Pavía, y que lleva todavía -el nombre de la familia; y aplicándose con asiduidad -á las ocupaciones que estaban prescritas, se -impuso además otras dos voluntariamente, siendo -la una el enseñar la doctrina cristiana á los más -pobres é ignorantes, y la otra el visitar, servir, -consolar y socorrer á los enfermos.</p> -<p><span class="pagenum" id="Page_88">[Pg 88]</span></p> -<p>Se valió de la autoridad que tenía en aquel paraje -para atraer á sus compañeros á secundarle -en dichas buenas obras; ejerció en todo lo que era -honesto y provechoso como una primacía de ejemplo, -una primacía que hubiera obtenido sólo por -sus dotes personales, aunque hubiese pertenecido -á la más ínfima clase. Las ventajas de otro género -que su cuna le hubiera podido procurar, lejos -de buscarlas, hizo un estudio particular en esquivarlas. -Quiso que su mesa fuera más mezquina -que frugal, sus vestidos más bien pobres que sencillos, -y conforme á esto todo lo demás, al tenor -de su persona ó modo de vivir. No se creyó jamás -precisado á mudarlos, aun cuando algunos -de sus parientes ponían el clamor en el cielo, y -se quejaban de que de semejante modo deshonraba -la dignidad de la casa. Tuvo también que -sostener una guerra con sus maestros, los cuales -furtivamente, y como por sorpresa, procuraban -ponerle delante, detrás, á los lados, objetos más -ricos, ciertas cosas que lo distinguiesen de los demás, -y le hiciesen parecer como el príncipe del -lugar donde se hallaba. Esto lo hacían tal vez -porque creerían que andando el tiempo podrían -sacar algún partido granjeándose su voluntad, ó -acaso también movidos por esa bajeza servil que -se envanece y se recrea en el esplendor de otros, -ó bien porque fuesen de esos hombres prudentes -que se asombraban tanto de la virtud como del<span class="pagenum" id="Page_89">[Pg 89]</span> -vicio, y proclaman siempre que la perfección conste -en un buen medio, y este medio lo fijan justamente -en el punto donde ellos se encuentran á su -comodidad. Federico, en vez de dejarse vencer -por tales tentativas, reprendía á los que las hacían, -y esto en una edad tierna, á saber, entre la -pubertad y la juventud.</p> - -<p>Que viviendo el cardenal Carlos, que le llevaba -veintiséis años, en presencia de una persona tan -imponente, y por decirlo así, tan solemne, rodeado -de homenajes y respeto, realzado por un tan -gran renombre, marcado al propio tiempo con señales -de santidad, Federico, niño todavía, procurase -conformarse á las maneras y modo de pensar -de tal superior, no es ciertamente una cosa que -admire; pero lo que sorprende más es que después -de la muerte de tan santo varón, nadie pudo -apercibirse de que Federico, el cual contaba -apenas veinte años, estuviese privado de un guía -y un censor. El ruido siempre creciente de sus -talentos, de su instrucción y piedad, el parentesco -y los influjos de más de un poderoso cardenal, -el crédito de su familia, su mismo nombre, al cual -el cardenal Carlos había adherido en los ánimos -una idea de santidad y de preeminencia, todo lo -que debe y puede conducir los hombres á las dignidades -eclesiásticas, concurría á pronosticárselas. -Pero él, persuadido en el fondo de su corazón, y -un buen cristiano no lo puede negar, persuadido<span class="pagenum" id="Page_90">[Pg 90]</span> -de que un hombre no debe tener una justa superioridad -sobre los demás, si no están á su servicio, -temía las dignidades y trataba de eludirlas; -no porque huyese de servir á los otros, pues pocas -existencias se ocuparon en esto tanto como la -suya, sino porque no se consideraba bastante digno -ni con suficiente capacidad para tan importante -y peligroso servicio. Por esto, siendo en el año -1595 propuesto por Clemente VIII para el arzobispado -de Milán, se le vió sumamente agitado y -rehusó sin titubear este cargo; mas luego cedió á -causa de una orden expresa y terminante del -Papa.</p> - -<p>Semejantes demostraciones no son difíciles ni -raras. ¿Quién no sabe esto? La hipocresía no tiene -necesidad de grandes esfuerzos de ingenio para -hacerlas, y la bufonería para burlarse de ellas -á buena cuenta y á cada paso. Mas, ¿dejan por -ventura por esto de ser la expresión natural de -un sentimiento virtuoso y sabio? La vida es la -piedra de toque de las palabras; y las palabras -que expresan dicho sentimiento, aunque pasen por -los labios de todos los impostores y bufones del -mundo, serán siempre bellas cuando vayan precedidas -y seguidas de una vida de desinterés y de -sacrificio.</p> - -<p>Federico, una vez fué arzobispo, hizo un estudio -particular y continuo de no tomar para sí más -riquezas, más tiempo, más cuidados, ni nada más<span class="pagenum" id="Page_91">[Pg 91]</span> -en fin, que lo estrictamente necesario. Decía, como -todos dicen, que las rentas eclesiásticas son el -patrimonio de los pobres; ahora vamos á ver cómo -ponía en práctica semejante máxima. Quiso -que se apreciase á cuánto podía ascender su manutención -y la de su servidumbre; y habiéndosele -dicho que unos seiscientos escudos (escudo se llamaba -entonces á la moneda de oro que, quedando -siempre con el mismo peso y nombre, fué después -llamada zequí), dió orden para que todos los -años se sacasen otros tantos de su caja particular, -para la de la mensa, no creyendo que á él, siendo -tan rico, le fuera lícito vivir con aquel patrimonio. -Era tan escaso y minuciosamente económico -para sí mismo, que procuraba no quitarse -un vestido hasta que estuviese muy usado, uniendo, -sin embargo, según fué notado por los escritores -contemporáneos, á la costumbre de una extremada -sencillez, la de una limpieza esmerada, -dos circunstancias remarcables en aquel tiempo -de desaseo y despilfarro. Hizo más: á fin de que -no se desperdiciase nada, dispuso que las sobras -de su frugal mesa se dieran á un hospicio, y uno -de los pobres del expresado establecimiento entraba -todos los días por orden suya al comedor á recoger -todo lo que había quedado. Estos pequeños -cuidados acaso podrían inducir á formar el -concepto de una virtud avara y miserable, de un -espíritu entregado á minuciosidades é incapaz de<span class="pagenum" id="Page_92">[Pg 92]</span> -elevados designios, si no atestiguase lo contrario -esa biblioteca ambrosiana que aún existe en el -día, la cual proyectó con tan animosa magnificencia -y erigió con tantos dispendios. Para proveerla -de libros y manuscritos, además del regalo que -hizo de los que él mismo había compilado con -grande estudio y enormes gastos, envió ocho individuos, -los más hábiles é instruidos que pudo -hallar, con el objeto de hacer compras por Italia, -Francia, España, Alemania, Flandes, Grecia y al -monte Líbano, en Jerusalén. De este modo logró -reunir cerca de treinta mil volúmenes impresos y -catorce mil manuscritos. Añadió á la biblioteca -un colegio de doctores (fueron nueve, pensionados -por Federico mientras vivió; después, no siendo -suficientes las entradas ordinarias para semejante -gasto, quedaron reducidos á dos), y su oficio -era cultivar varios ramos de conocimientos -humanos, como la teología, la historia, las bellas -letras, las antigüedades eclesiásticas y las lenguas -orientales, con la obligación cada uno de ellos de -publicar algún trabajo sobre la materia que les -estaba señalada; añadió, igualmente, un colegio -llamado por él <em>Trilingüe</em>, para el estudio de las -lenguas griega, latina é italiana; un colegio de -alumnos, á quienes se instruía en las mencionadas -facultades y lenguas para que ellos llegasen -también á enseñarlas algún día; estableció allí -mismo una imprenta para las lenguas orientales,<span class="pagenum" id="Page_93">[Pg 93]</span> -esto es, para el hebreo, caldeo, árabe, persa y armenio; -una galería de pinturas, otra de escultura, -y una escuela de las tres principales artes del -dibujo.</p> - -<p>Para esto encontró fácilmente profesores ya -formados; para lo demás, sabemos qué de trabajos -le habían costado el hallar los libros y manuscritos. -Pero los caracteres de las mencionadas -lenguas, mucho menos cultivadas en Europa que -lo están en el día, eran ciertamente muy difíciles -de hallar; y mucho más todavía que los caracteres, -los profesores. Bastará decir, que de nueve -doctores sacó ocho de entre los jóvenes alumnos -del seminario, juicio enteramente conforme al que -parece haber traído la posteridad, que ha condenado -á unos y á otros al olvido. En las reglas que -planteó para el uso y gobierno de la biblioteca, -se trasluce una intención perpetua de utilidad, no -solamente bella en sí misma, sino sabia y bien entendida; -y en muchas partes, sobrepujando á las -ideas y costumbres ordinarias de aquel tiempo. -Prescribió al bibliotecario que mantuviese correspondencia -con los hombres más doctos de Europa, -para que le pusieran al corriente del estado -de las ciencias, y le diesen aviso de los mejores -libros extranjeros de todo género que salieran á -luz, y que tratara de adquirirlos: encargóle también, -que indicase á los que quisieran estudiar, las -obras que podrían serles útiles, y ordenó que ya<span class="pagenum" id="Page_94">[Pg 94]</span> -fuesen nacionales, ya extranjeros, se les diese todo -el tiempo y comodidad posibles para servirse -de ellas según la necesidad. Tal intención debe -parecer al presente muy natural, y aun inherente -á la fundación de una biblioteca; mas sin embargo, -en aquella época no era así. En una historia -de la biblioteca Ambrosiana, escrita con la -mira de utilidad y con la elegancia propia del siglo, -por un tal Pierpaolo Bosca, que fué bibliotecario -después de la muerte de Federico, se nota -expresamente como cosa muy singular, que en dicha -biblioteca, fundada por un particular y casi -toda á sus expensas, los libros estaban expuestos -á la vista del público, eran llevados por cualquiera -que los pedía, dando también á todo el mundo -sillas para sentarse, papel, plumas y tinta para -tomar apuntaciones, mientras que en todas las -grandes bibliotecas de Italia, no sólo no estaban -visibles los libros, sino que también estaban cuidadosamente -cerrados en los armarios: jamás salían -de ellos, á no ser que los bibliotecarios se -dignasen, por condescendencia, á manifestarlos -por un instante: respecto á facilitar á los concurrentes -las comodidades indispensables para estudiar, -no se tenía una idea siquiera. De modo que -enriquecer semejantes bibliotecas, era sustraer -los libros al uso común; esto era un modo de cultivar -que había entonces, y hay todavía, que vuelve -estériles los campos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_95">[Pg 95]</span></p> - -<p>No vayáis ahora á preguntar cuáles han sido los -efectos de la fundación de Borromeo sobre la instrucción -pública: sería fácil demostrarlo en dos -palabras, del mismo modo que se demuestra que -fueron prodigiosos ó que fueron nulos. Buscar y -explicar hasta cierto punto cuáles hayan sido verdaderamente, -sería cosa muy pesada, de poca utilidad -y extemporánea. Pero imaginaos qué generoso, -qué ilustrado, qué benévolo, qué amigo tan -perseverante de las mejoras humanas debió haber -sido el que pudo querer semejante cosa, que la -quiso así, que la puso en ejecución en medio de -aquella inercia, de aquella antipatía general para -toda aplicación estudiosa, y por consecuencia en -medio de los ¿qué importa?... ¡otras cosas hay -en qué pensar!... ¡Oh, bella invención!... ¡No -faltaba más que ésta!... y otras mil cosas por -el estilo. Seguramente, los propósitos debieron -ser más números aún que los escudos que gastó -en la empresa, y eso que no bajaron de quinientos -mil.</p> - -<p>Para dar á un hombre semejante el título de -benéfico y liberal en el más alto grado, puede parecer -que no sea preciso saber si gastó mucho dinero -en socorrer inmediatamente á los necesitados: -hay mucha gente que opina, que los gastos -de este género (iba á decir todos los gastos) constituyen -la mejor y más útil limosna. Mas en la -opinión de Federico, la limosna, propiamente dicha,<span class="pagenum" id="Page_96">[Pg 96]</span> -era un deber esencial; y en esto, como en lo -demás, sus acciones estuvieron de acuerdo con su -opinión. Su vida fué una larga y perpetua limosna; -y á propósito de aquella misma carestía, de -la cual nuestra historia ha hablado ya, tendremos -dentro de poco ocasión de referir algunos rasgos -que harán ver cuánta sabiduría y generosidad supo -prestar aun á sus liberalidades. De los muchos -ejemplos singulares que de una tal virtud han -descrito sus biógrafos, no citaremos más que uno -solo. Habiendo cierto día llegado á su conocimiento -que un noble usaba de mil artificios y malos -tratamientos para obligar á una de sus hijas -á ser religiosa, que deseaba más bien casarse, hizo -llamar al padre; y habiéndole arrancado que -el verdadero motivo de semejante tiranía era el -no tener cuatro mil escudos, cuya cantidad, á su -parecer, hubiera sido necesaria para casar á su -hija convenientemente, Federico la dotó con cuatro -mil escudos. Esto acaso parecerá á alguno una -largueza excesiva, mal entendida, demasiado condescendiente -con los tontos caprichos de un orgulloso, -y que cuatro mil escudos podían ser mejor -empleados de otras mil maneras; á la cual nada -tenemos que responder, sino que sería de desear -que se viesen con frecuencia tales excesos de una -virtud tan libre de opiniones dominantes (cada -época tiene las suyas), tan independientes de la -tendencia general, como lo fué en este caso la que<span class="pagenum" id="Page_97">[Pg 97]</span> -movió á un individuo á dar cuatro mil escudos -para que una joven no se viese forzada á ser religiosa.</p> - -<p>La caridad inagotable de aquel hombre resplandecía -no menos en su continente que en sus larguezas. -De fácil acceso para todo el mundo, creía -deber manifestar un semblante jovial, una cortesía -afectuosa á aquellos á quienes llaman de baja -condición, tanto más, cuanto que éstos encuentran -pocos en el mundo. Y en este punto tuvo -que combatir con los caballeros del <em>ne quid nimis</em><a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>. -Un día que en una de sus visitas á un país montañoso -y salvaje, Federico instruía á unos pobres -niños, y en un momento de descanso los acariciaba -amistosamente con la mano, uno de esos nobles -de que acabo de hablar, le advirtió que usara -más miramiento en hacer caricias á aquellos -muchachos, porque estaban demasiado sucios y -asquerosos, como si hubiera supuesto el buen -hombre que Federico no poseía bastante sentido -común para conocerlo, ó la suficiente penetración -para adivinar lo que se ocultaba bajo semejante -consejo. Tal es la desgracia de los hombres constituidos -en dignidad, que mientras que las gentes -que les adviertan de sus faltas son muy raras, se -encuentran multitud de personas atrevidas que -les reprenden el bien que hacen. Pero el buen -<span class="pagenum" id="Page_98">[Pg 98]</span>obispo respondió, no sin algún resentimiento: Son -almas encomendadas á mi custodia; acaso no me -volverán á ver nunca más; ¡y no queréis que los -abrace!</p> - - -<p>Sin embargo, el resentimiento era bien raro en -él, estimado como era por su tranquilidad de espíritu, -por la dulzura de su genio, que se hubiera -atribuido á una felicidad extraordinaria de temperamento, -y sólo era, sin embargo, el efecto de -una lucha constante contra una índole pronta y -viva. Si alguna vez se mostró severo y brusco, -fué con sus subordinados, culpables de avaricia y -negligencia, ú otros vicios diametralmente opuestos -al espíritu de su noble y santo ministerio. Por -todo lo que podía tener alguna relación con sus -intereses, ó á su gloria temporal, no daba jamás -señales de alegría, pesar, ardor ni agitación: admirable -en efecto si estos movimientos no se presentaban -á su espíritu, más prodigioso todavía si -se presentaban. No sólo en un gran número de -cónclaves, á los cuales asistió, se atrajo el concepto -de no haber aspirado jamás al puesto que ocupaba, -tan envidiado por la ambición y tan terrible -para la verdadera piedad, sino que una vez -uno de sus colegas más eminentes fué á ofrecerle -su voto y el de su facción (palabra muy fea, pero -era la que usaban): Federico rehusó esta proposición -tan resueltamente, que aquél renunció á su -idea, y volvió sus miras á otra parte. Esta misma<span class="pagenum" id="Page_99">[Pg 99]</span> -modestia, esta aversión á dominar, aparecía igualmente -en todas las ocasiones más ordinarias de -su vida. Atento é infatigable á disponer, á gobernar -lo que él juzgaba que era un deber suyo el -hacerlo, huyó siempre de entrometerse en los negocios -de otros; aun cuando se reclamase su intervención, -se defendía con todo su poder; discreción -y comedimiento poco comunes en los hombres -tan celosos del bien, como lo era Federico.</p> - -<p>Si quisiéramos abandonarnos al placer de recoger -los rasgos notables de su carácter, resultaría -seguramente una mezcla singular de méritos -opuesta en apariencia, y que á la verdad es difícil -encontrar reunidos; sin embargo, no omitiremos -el señalar una particularidad de aquella hermosa -existencia: llena como fué de actividad, de -cuidados importantes, de funciones, de enseñanza, -de audiencias, de visitas diocesanas, de viajes, -de controversias, no sólo el estudio tuvo su parte, -sino que tuvo tanta, que hubiera bastado á un literato -de profesión. Efectivamente, además de -muchos títulos dignos de alabanza, Federico obtuvo -también, entre sus contemporáneos, el de -hombre docto.</p> - -<p>No debemos, con todo, disimular que adoptó -con una firme persuasión y que sostuvo con una -larga constancia ciertas opiniones, que hoy día -parecerían á todos más bien extrañas que mal fundadas<span class="pagenum" id="Page_100">[Pg 100]</span> -aun á los mismos que tuviesen deseos de -hallarlas justas. Si se le quisiera defender acerca -de dicho punto, se tendría esta excusa tan corriente -y recibida, que eran errores de aquella época -más bien que suyos; excusa que cuando resulta -del examen particular de los hechos, puede tener -algún valor y significar alguna cosa; pero -cuando se aplica en general y enteramente á ciegas, -nada vale absolutamente. Sin embargo, como -no queremos resolver por medio de simples fórmulas -cuestiones complicadas, ni alargar demasiado -un episodio, nos abstendremos también de -exponerlos. Bástanos haber indicado de paso, -que estamos lejos de pretender, que en un hombre -tan admirable en conjunto, lo fuese igualmente -en todo, porque tenemos miedo que se -nos diga hemos querido escribir una oración fúnebre.</p> - -<p>No es ciertamente hacer una injuria á nuestros -lectores, el suponer que alguno de ellos pregunte, -si un hombre tan sabio y tan estudioso no ha -dejado por ventura algún monumento. ¡Sí lo ha -dejado! Las obras que han quedado de Federico, -grandes y pequeñas, latinas é italianas, impresas -y manuscritas, llegan á más de ciento, las cuales -se conservan en la biblioteca fundada por él: tratados -de moral, de oraciones, disertaciones sobre -la historia, antigüedades sagradas y profanas, literatura, -bellas artes y otras muchas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_101">[Pg 101]</span></p> - -<p>¿Y cómo, pues, dirá el lector, tanta diversidad -de obras están condenadas al olvido, ó á lo menos -son tan poco conocidas, tan poco buscadas? ¿Cómo, -pues, con tanto ingenio, con tanto estudio, con -tanta experiencia de los hombres y de las cosas, -con tanto meditar, con una tan viva pasión por lo -bueno, con un alma tan candorosa, con todas estas -cualidades que forman al grande escritor, ese -hombre en cien obras no ha dejado tan siquiera -una sola de las que son reputadas insignes por los -mismos que no las aprueban del todo, y conocidas -por el título aun de aquellos que no las leen? -¿Cómo, pues, todas juntas no son suficientes, á lo -menos por su número, para dar á su nombre una -fama literaria que llegue hasta nosotros, que para -él constituimos la posteridad?</p> - -<p>La demanda es razonable, sin duda, y el debate -muy interesante. Las causas de este fenómeno -no se encuentran; sería preciso hallarlas en una -multitud de hechos generales. Encontrados que -fueran, conducirían á la explicación de muchos -otros fenómenos semejantes, pero serían numerosos -y prolijos; ¿y después si os agradasen?,¿si os -hiciesen arrugar el entrecejo? Vamos; lo mejor -será que volvamos á tomar el hilo de nuestra historia, -en vez de parlotear más tiempo acerca del -mencionado personaje; y vamos á verle obrar, -guiados por nuestro autor.</p> - - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> S. Carlos Borromeo.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Nada de más.</p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_102">[Pg 102]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO QUINTO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Mientras que el cardenal Federico esperaba la -hora de ir á la iglesia á celebrar los divinos oficios, -y se entretenía en estudiar, como tenía de -costumbre en sus ratos de ocio, entró el familiar -con aire inquieto y turbado.</p> - -<p>—Una extraña visita; extraña en verdad, monseñor -ilustrísimo.</p> - -<p>—¿Quién es?, preguntó el Cardenal.</p> - -<p>—Nada menos que el señor ***, replicó el capellán, -y apoyándose en cada sílaba con ademán -significativo, pronunció aquel nombre que nosotros -no podemos decir á nuestros lectores. Luego -añadió: Está ahí fuera en persona, y no pide más -que ser introducido á la presencia de vuestra señoría.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_103">[Pg 103]</span></p> - -<p>—¡Él!, dijo el cardenal con semblante animado, -cerrando el libro y levantándose del sitial; ¡que -venga, que venga pronto!</p> - -<p>—Pero... replicó el capellán sin moverse; -vuestra señoría ilustrísima debe saber quién es -este individuo: aquel desterrado, aquel famoso...</p> - -<p>—Y no es una fortuna para un obispo el que -haya nacido en un hombre semejante la voluntad -de venir á encontrar...</p> - -<p>—Pero... insistió el capellán: nosotros no -podemos hablar de ciertas cosas, porque monseñor -dice que son charlatanerías; mas cuando llega -el caso, me parece que es un deber... El celo -le hace á uno cobrar enemigos, monseñor; y -sabemos positivamente que más de un malvado -ha osado vanagloriarse que un día ú otro...</p> - -<p>—¿Y qué han hecho?, interrumpió el cardenal.</p> - -<p>—Digo que ese hombre es un encubridor de -delitos, un calavera, que tiene correspondencia -con los calaveras mayores, y que acaso puede ser -enviado...</p> - -<p>—¡Oh!, ¿qué disciplina es ésta?, interrumpió el -cardenal con una sonrisa. ¡Qué! ¿Los soldados -exhortan al general á tener miedo? Luego con aire -grave y pensativo replicó: San Carlos no hubiera -deliberado un momento si debía recibir á semejante -hombre; hubiera ido á buscarlo en seguida.<span class="pagenum" id="Page_104">[Pg 104]</span> -Hacedlo entrar al instante: demasiado ha -esperado ya.</p> - -<p>El capellán salió, diciendo entre sí: No hay remedio; -todos estos santos son obstinados.</p> - -<p>Abrió la puerta, y habiéndose presentado en la -estancia donde se encontraba el señor y la gente -reunida, vió á ésta retirada á un lado, ocupada en -cuchichear y mirar de reojo á aquél, abandonado -y enteramente solo en otro extremo. Se encaminó -hacia él, y mientras lo miraba según podía con -el rabo del ojo, estaba pensando qué diablo de -armas podía llevar ocultas bajo aquel traje. Verdaderamente, -antes de introducirlo hubiera debido, -á lo menos, proponerle... mas no pudo resolverse -á ello... Se le acercó, y dijo: “Monseñor -aguarda á vuestra señoría: hacedme el -obsequio de venir conmigo”. Y precediéndolo en -medio de aquella pequeña multitud que de súbito -se abrió dejando paso, echaba á derecha é izquierda -ciertas miradas, las cuales significaban: -¿Qué queréis?, ¿no sabéis vosotros tan bien como -yo que ese buen señor hace siempre lo que se le -antoja?</p> - -<p>Apenas el Incógnito fué introducido, cuando -Federico le salió al encuentro, con semblante alegre -y sereno, con los brazos abiertos, como á una -persona que esperaba con ansia, y en seguida hizo -seña al capellán que saliese: éste obedeció.</p> - -<p>Los dos permanecieron por espacio de algún<span class="pagenum" id="Page_105">[Pg 105]</span> -tiempo sin hablar, y diversamente indecisos. El -Incógnito, que había sido llevado allí como á la -fuerza, por un delirio inexplicable, más bien que -conducido por un determinado designio, estaba -como violentado, desgarrado por dos pasiones -opuestas: experimentaba á la vez el deseo, la esperanza -confusa de encontrar un alivio en sus tormentos -interiores, y por otra parte una cólera, -una vergüenza de llegar á aquel sitio como vencido -por el arrepentimiento, como un súbdito, como -un miserable para confesarse culpable, para -implorar á un hombre; él no encontraba palabras, -ni tampoco casi las buscaba. Sin embargo, alzando -los ojos hacia el rostro de aquel hombre, se -sentía cada vez más sobrecogido por un sentimiento -de respeto suave, irresistible, que aumentando -la confianza, mitigaba el despecho, y sin -hacer frente al orgullo, lo hacía alejarse y le imponía -silencio.</p> - -<p>La presencia de Federico era en efecto de aquellas -que anuncian cierta superioridad. Su porte -era naturalmente modesto y casi involuntariamente -majestuoso, no encorvado ni destruido por los -años; su mirada era grave y viva, la frente serena -y pensativa; en la blancura de sus cabellos, en -la palidez de su semblante, al través de las huellas -de la abstinencia, de la meditación, de la fatiga -brillaba un cierto no sé qué de virginal: todos -los rasgos de su semblante indicaban que en<span class="pagenum" id="Page_106">[Pg 106]</span> -otro tiempo había sido dotado de lo que con más -propiedad llamamos belleza; el hábito de los pensamientos -solemnes y benévolos, la paz interna de -una larga vida, el amor hacia los hombres, la alegría -continua de una esperanza inefable, habían -sustituido una, si así podemos decirlo, hermosura -de anciano, que sobresalía todavía más en medio -de la magnífica sencillez de la púrpura cardenalicia.</p> - -<p>El cardenal tuvo un momento fija sobre el Incógnito -su mirada penetrante y ejercitada en leer -los pensamientos de los hombres en su semblante, -y bajo aquel aire sombrío y turbado, creyó -descubrir alguna cosa que estaba conforme con la -esperanza que había concebido al primer anuncio -de semejante visita. ¡Oh!, exclamó con voz animada; -¡qué preciosa visita es ésta para mí! ¡Cuán -agradecido debo estaros por tan buena resolución, -aunque para mí tenga cierto aire de reproche!</p> - -<p>—¡Reproche!, exclamó el señor atónito, pero -tranquilo por aquellas palabras y suaves maneras, -como también satisfecho de que el cardenal hubiese -roto la valla y entablado la conversación.</p> - -<p>—Ciertamente es para mí un reproche, replicó -éste, el haber dejado prevenirme por vos. ¡Cuántas -veces y cuánto tiempo hace, que hubiera podido, -que yo hubiera debido ir á buscaros!</p> - -<p>—¡Á mí, vos!, ¿sabéis quién soy yo?, ¿os han dicho -verdaderamente mi nombre?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_107">[Pg 107]</span></p> - -<p>—¡Ah!, este consuelo que yo experimento y que -á la verdad se manifiesta en mi semblante, ¿os -parece que yo lo hubiera sentido al anuncio, á la -vista de un desconocido? Vos sois el que me lo -habéis hecho experimentar; vos, repito, á quien -debería haber ido á buscar; vos, á quien tanto he -amado y compadecido, y por el cual tanto he rogado; -vos, aquel de mis hijos, que sin embargo -los amo á todos de corazón, aquel de mis hijos á -quien más hubiera deseado acoger y abrazar si yo -lo hubiese creído posible. Pero Dios solo sabe -obrar milagros, y suple á la debilidad, á la lentitud -de sus miserables servidores.</p> - -<p>El Incógnito permanecía admirado á aquella -acogida tan ardiente, á aquellas palabras que respondían -tan resueltamente á lo que él no había -dicho todavía, ni estaba determinado á decir. Conmovido -y bastante turbado, guardaba el más profundo -silencio.</p> - -<p>—¡Pues cómo!, replicó aún más afectuosamente -Federico: ¿tenéis una buena noticia que darme, y -me la hacéis esperar tanto?</p> - -<p>—¡Una buena noticia, yo! Tengo el infierno en -el corazón ¡y vendría á daros una buena noticia! -Decidme vos si lo sabéis, ¿cuál es esta buena noticia -que esperáis de un hombre como yo?</p> - -<p>—Que Dios ha tocado vuestro corazón y quiere -haceros suyo, respondió el cardenal con la mayor -calma.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_108">[Pg 108]</span></p> - -<p>—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡Si yo lo viese! ¡si yo lo -sintiese! ¿en dónde está ese Dios?</p> - -<p>—¡Vos me lo preguntáis, vos! ¿y quién más que -vos lo tiene tan cerca? ¿No lo sentís en vuestro -corazón, que os oprime, que os agita, que no os -deja un momento de reposo, y que al mismo tiempo -os atrae, os hace presentir una esperanza de -tranquilidad, de consuelo, de un consuelo que está -lleno, inmenso, tan pronto como vos lo reconozcáis, -lo confeséis y lo imploréis?</p> - -<p>—¡Oh! sí, sí; yo tengo aquí alguna cosa que me -oprime, que me devora. Pero, ¡Dios!... si es ese -Dios, ése que decís, ¿qué queréis que haga de mí?</p> - -<p>Estas palabras fueron pronunciadas con acento -de desesperación: mas Federico, con tono solemne -y como de plácida inspiración, respondió: “¿Qué -cosa puede hacer Dios de vos? ¿qué es lo que quiere -hacer? una señal de su poder y de su bondad: -quiere recabar de vos una gloria que ningún otro -pudiera darle. Vos, contra quien el mundo grita -hace tanto tiempo; vos, contra quien mil y mil -voces se levantan y cuyos hechos detestan... (El -Incógnito se estremeció y permaneció un momento -estupefacto al oir aquel lenguaje tan insólito, -más estupefacto todavía de no experimentar -ni un átomo de cólera, y de encontrar al mismo -tiempo casi una especie de consuelo). ¡Cuánta gloria, -prosiguió Federico, no reportará á Dios! Ésos -son gritos de terror, son gritos de interés; quizá<span class="pagenum" id="Page_109">[Pg 109]</span> -también gritos de justicia, pero ¡de una justicia -tan fácil, tan natural! Entre los que os acusan, -los hay á quienes anima la envidia de ese desgraciado -poder que habéis ejercido, de esa deplorable -seguridad de ánimo que habéis conservado -hasta hoy. Pero cuando vos mismo os levantaréis -para condenar vuestra vida y para acusaros, entonces, -¡oh, entonces Dios será glorificado! ¿Y preguntáis -lo que Dios puede hacer de vos? ¿Quién -soy yo, criatura indigna, para deciros qué provecho -puede sacar Dios en adelante de vos, el que -puede hacer de esta voluntad impetuosa, de esta -imperturbable constancia, cuando la haya animado, -enardecido con su amor, de esperanza y arrepentimiento? -¿Quién sois vos, pobre mortal, que -habéis pensado ejecutar cosas más grandes por -medio del mal, que Dios no puede hacer que hagáis -y deis cumplimiento por medio del bien? ¿Lo -que Dios puede hacer de vos? ¿Y perdonaros, salvaros? -¿Y consumar en vos la obra de la redención? -¿No son acaso cosas magníficas y dignas de -él? ¡Oh, mirad si yo, humilde pecador; si yo tan -miserable, y sin embargo tan lleno de mí mismo; -si yo, tal cual soy, me regocijo de vuestra salvación, -que para asegurarla daría con alegría (el -Señor me es testigo) estos pocos días que me restan -de vida! ¡Oh, juzgad cuánta debe ser la caridad -de ese Dios que me infunde una tan viva, -aunque tan imperfecta; y cuánto os ama, cuánto<span class="pagenum" id="Page_110">[Pg 110]</span> -os quiere, él que me ordena y me inspira hacia -vos un amor que me abrasa!”</p> - -<p>Á medida que estas palabras salían de sus labios, -su semblante, sus miradas, cada uno de sus -movimientos expresaba lo que sentía. La cara de -su oyente, hasta entonces consternada, convulsa, -primeramente comenzó á aparecer admirada y -atenta, luego dejó traslucir una emoción más profunda -y menos angustiada: sus ojos, que desde la -infancia no conocían las lágrimas, se hincharon; -cuando Federico dejó de hablar, aquél ocultó el -rostro entre sus manos, y dió rienda suelta al llanto, -que fué como su última y más clara respuesta.</p> - -<p>—¡Dios grande y bueno!, exclamó el cardenal, alzando -los ojos y las manos al cielo: ¡qué he podido -yo hacer jamás, servidor inútil, pastor negligente, -para que vos me hayáis llamado á este -convite de gracia, para que me hayáis considerado -digno de asistir á un tan agradable prodigio! -Así diciendo, extendió la mano para coger la del -Incógnito.</p> - -<p>—¡No!, gritó éste: ¡no, apartaos, apartaos de mí! -No manchéis esta mano inocente y benéfica. No -sabéis todo lo que ha hecho esta mano que queréis -estrechar.</p> - -<p>—Dejad, dijo Federico, cogiéndola con dulce -violencia; dejad que estreche esta mano que reparará -tantos males, que derramará tantos beneficios,<span class="pagenum" id="Page_111">[Pg 111]</span> -que aliviará á tantos afligidos, que se extenderá -desarmada, pacífica, humilde á tantos enemigos.</p> - -<p>—¡Esto es demasiado!, dijo sollozando el Incógnito: -¡dejadme, monseñor!, ¡buen Federico, dejadme! -Una multitud de gente reunida os aguarda -con ansia; hay tantas almas puras, tantos inocentes -que han venido desde muy lejos para veros -una sola vez, para oiros; y vos os entretenéis... -¡con quién!</p> - -<p>—Dejemos las noventa ovejas, respondió el cardenal, -ellas están seguras en el monte; al presente -quiero permanecer con la que estaba descarriada. -Esas almas están ahora, quizá, más contentas -que si viesen á este pobre obispo. Acaso Dios, -que ha obrado en vos un prodigio de misericordia, -infunde á aquéllas alegría, cuya causa no penetran -todavía. Esa multitud está quizá unida á -nosotros sin saberlo; acaso el Espíritu Santo introduce -en sus corazones un ferviente ardor de -caridad, les inspira una súplica, que exhala por -vos acciones de gracias, de las cuales sois el objeto -aún ignorado. Al decir esto, echó los brazos al -cuello del Incógnito; el cual, después de haber intentado -sustraerse, y resistido un momento, cedió -como vencido por aquel ímpetu de caridad, abrazó -á su vez al cardenal, y dejó caer sobre su hombro -su trémulo y demudado semblante. Sus ardientes -lágrimas se deslizaban sobre la púrpura<span class="pagenum" id="Page_112">[Pg 112]</span> -sin mancha de Federico, y las manos puras del -obispo estrechaban afectuosamente aquellos miembros, -oprimían aquel traje habituado á llevar las -armas de la violencia y de la traición.</p> - -<p>El Incógnito, desasiéndose de los brazos del cardenal, -se cubrió de nuevo los ojos con las manos, -y alzando al mismo tiempo la cabeza, exclamó: -“¡Dios verdaderamente grande! ¡Dios verdaderamente -bueno, ahora me reconozco, comprendo -quién soy!, ¡tengo á la vista mis iniquidades; me -horrorizo de mí mismo; y sin embargo... sin -embargo, experimento un consuelo, una alegría, -sí, una alegría tal como nunca la he sentido en todo -el trascurso de mi horrible vida!”.</p> - -<p>—Es una gracia, dijo Federico, que Dios os -concede para atraeros á su servicio, para animaros -á entrar resueltamente en la nueva vida, en la -cual tanto tendréis que deshacer, tanto que reparar, -tanto que lamentar.</p> - -<p>—¡Yo, desventurado!, exclamó el señor: ¡cuántas... -cuántas cosas hay, las cuales no podré -hacer más que lamentar! Pero á lo menos hay -algunas que apenas están empezadas, y que yo -podré deshacer, y tengo una, principalmente, -que puedo deshacer en seguida, romper, reparar.</p> - -<p>Federico prestó la mayor atención, y el Incógnito -refirió sucintamente, pero con palabras más -execrables, más enérgicas, quizá, que nosotros lo<span class="pagenum" id="Page_113">[Pg 113]</span> -hubiéramos hecho, la violencia cometida con Lucía, -los terrores y padecimientos de la infortunada, -el modo con que le había implorado, y la especie -de frenesí que las súplicas de dicha joven -había hecho nacer en su alma, y cómo ella seguía -aún en el castillo.</p> - -<p>—¡Ah, no perdamos tiempo!, exclamó Federico, -palpitante de piedad y de solicitud. ¡Bienaventurado -vos! Ésta es una prenda del perdón de Dios: -él hace de vos un instrumento de salvación para -aquella de quien vos queríais ser un instrumento -de ruina. ¡Dios os ha bendecido!... ¿Sabéis de -dónde es nuestra pobre desgraciada?</p> - -<p>El señor nombró el pueblo de Lucía.</p> - -<p>—No está lejos de aquí, dijo el cardenal: ¡Dios -sea loado! y probablemente... Al hablar así, -corrió á una pequeña mesa y tocó una campanilla. -El capellán entró al momento con aire inquieto, -y la primera cosa que hizo fué mirar al Incógnito. -Al ver aquella figura tan descompuesta, -aquellos ojos preñados de lágrimas, miró al cardenal, -y al través de aquella modestia, aquella -calma inalterable, descubrió en su semblante como -una especie de gran contento, de extraordinaria -solicitud. Hubiera permanecido extasiado y -con la boca abierta, si el cardenal no le hubiese -sacado repentinamente de aquella contemplación, -preguntándole, si entre los párrocos reunidos en la -otra estancia se encontraba el de ***.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_114">[Pg 114]</span></p> - -<p>—Está efectivamente, monseñor ilustrísimo, -respondió el capellán.</p> - -<p>—Hacedlo entrar en seguida, dijo Federico, y -con él al párroco de esta iglesia.</p> - -<p>El capellán salió y se dirigió á la sala en donde -los sacerdotes estaban reunidos. Todas las miradas -se fijaron en él, el cual con la boca siempre -abierta, la admiración pintada sobre su rostro, dijo -levantando las manos y agitándolas en el aire: -“¡Señor, Señor! <em>hic mutatio dexteræ excelsi</em>”; y permaneció -un momento sin añadir nada más. Después, -tomando el tono y la voz correspondientes -al encargo que llevaba, añadió: “Su señoría ilustrísima -y reverendísima pregunta por el señor -cura de la parroquia y el señor cura de ***”.</p> - -<p>El primer llamado apareció en seguida, y al -mismo tiempo salió, de entre la multitud, un -“¿yo?” tardío y pronunciado con acento de sorpresa.</p> - -<p>—¿No sois por ventura el señor cura de ***? -prosiguió el capellán.</p> - -<p>—Justamente; mas...</p> - -<p>—Su señoría ilustrísima y reverendísima os -llama.</p> - -<p>—¿Á mí?, dijo todavía aquella voz, significando -claramente en aquel monosílabo: “¿Qué tengo que -hacer allá dentro?”. Pero esta vez el hombre salió -de la multitud juntamente con la voz, no siendo -otro que D. Abundio en persona. Se adelantó con<span class="pagenum" id="Page_115">[Pg 115]</span> -forzado paso y con semblante entre atónito y disgustado. -El capellán le hizo una seña con la mano, -que quería decir: “Vamos, vamos; ¿cuesta esto -tanto?”. Y precediendo á los dos curas, se encaminó -hacia la puerta, la abrió y los introdujo.</p> - -<p>El cardenal abandonó la mano del Incógnito, -con el cual entretanto había concertado lo que debían -hacer. Se separó un poco de él y llamó por -medio de una seña al cura de la parroquia. Contóle -en pocas palabras el asunto del cual se trataba, -y le preguntó si podría encontrar en seguida -una buena señora que quisiese ir en una litera al -castillo para traer á Lucía. Era preciso que fuese -una mujer decidida, caritativa, que supiese gobernarse -bien en una expedición tan nueva, y usar -las maneras más convenientes, encontrar las palabras -más adaptadas para reanimar y tranquilizar -á aquella infeliz, á quien después de tantas -angustias é inquietudes la idea de su libertad podía -causar una nueva turbación en su alma.</p> - -<p>Después de haber reflexionado un momento, el -cura dijo que tenía una persona á propósito, y dicho -esto salió. El cardenal llamó con otra seña al -capellán, á quien ordenó que hiciese preparar una -litera y ensillar un par de mulas. Luego que hubo -partido el capellán, se volvió hacia D. Abundio.</p> - -<p>Éste, que se había ya colocado cerca del cardenal -por estar lejos de aquel otro señor, y que -miraba de reojo, tan pronto al uno como al otro,<span class="pagenum" id="Page_116">[Pg 116]</span> -perdiéndose en conjeturas acerca de lo que podía -significar todo aquello, se adelantó un poco más, -hizo una profunda reverencia, y dijo: “Se me ha -significado que vuestra señoría ilustrísima me llamaba; -mas creo que debe haber sido una equivocación”.</p> - -<p>—No es equivocación, respondió Federico; tengo -que daros una noticia á la vez agradable y -consoladora, y un encargo dulcísimo. Una de vuestras -feligresas, que habéis llorado como perdida, -Lucía Mondella, ha sido hallada; está aquí cerca, -en la casa de este mi estimado amigo que tenéis -presente. Iréis con él y con una señora que el -cura de esta población ha ido á buscar: iréis, repito, -al sitio en que se encuentra, y la acompañaréis -aquí.</p> - -<p>D. Abundio hizo todo lo posible para disimular -el disgusto, ¡qué digo!, el tormento, el martirio -que le causaba semejante proposición, semejante -mandato. Demasiado adelantado para contener -un gesto desagradable formado ya sobre su rostro, -trató de ocultarlo, inclinándose profundamente -en señal de obediencia; y no se levantó más -que para hacer otro pequeño saludo al Incógnito, -dirigiéndole una mirada piadosa que equivalía -á decir: “Estoy en vuestras manos, compadeceos -de mí: <em>parcere subjectis</em>”.</p> - -<p>El cardenal le preguntó en seguida qué parientes -tenía Lucía.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_117">[Pg 117]</span></p> - -<p>—No tiene pariente más próximo que su madre, -con la cual vivía, respondió D. Abundio.</p> - -<p>—¿Y ésta se halla en su casa?</p> - -<p>—Sí, monseñor.</p> - -<p>—Ya que, replicó Federico, esa pobre niña no -puede por el pronto ir á su morada, le servirá de -un gran consuelo el ver á su madre cuanto antes: -si el señor cura párroco de esta población no llega -antes de que yo vaya á la iglesia, os ruego tengáis -á bien decirle que busque un carruaje ó una -cabalgadura, y envíe un hombre de juicio para -buscar á la madre y conducirla aquí.</p> - -<p>—¿Y si fuese yo mismo?, dijo D. Abundio.</p> - -<p>—No, vos no; ya os he suplicado otra cosa, contestó -el cardenal.</p> - -<p>—Lo decía, replicó D. Abundio, para disponer -á aquella pobre madre: es una persona muy sensible, -y se requiere uno que la conozca, y sepa -comprender su genio, con el objeto de no causarle -más mal que bien...</p> - -<p>—Por esto es por lo que os he suplicado que -advirtieseis al señor párroco que escoja una persona -á propósito: vos seréis mucho más necesario -en otra parte, respondió el cardenal. Él hubiera -querido decir: “Esa pobre niña tiene necesidad de -ver prontamente una figura conocida, una persona -segura en ese castillo, después de tantas horas -de espanto, y en una tan terrible oscuridad acerca -del porvenir”. Pero esto era cosa que no podía<span class="pagenum" id="Page_118">[Pg 118]</span> -decirse claramente delante de aquel tercer personaje. -El cardenal encontró, sin embargo, extraño, -que D. Abundio no lo hubiese entendido con el -aire que lo decía, y también que no lo hubiese -pensado por sí propio. La oferta y la persistencia -con la cual se oponía, le parecieron fuera de -lugar, lo cual le hizo juzgar que allí se encerraba -algún misterio. Miróle al semblante, y descubrió -sin trabajo el miedo que el pobre cura experimentaba -de tener que viajar con aquel hombre temible, -como igualmente el de ser su huésped aunque -fuese por pocos momentos. Quiso disipar enteramente -sus temores; y como no juzgó conveniente -llamarlo aparte y hablarle en secreto en -presencia de su nuevo amigo, pensó que el mejor -medio era hacer lo que hubiera hecho sin este -motivo; es decir, hablar al Incógnito mismo. Así, -D. Abundio vería por sus respuestas que ya no -era un hombre del cual se pudiese tener miedo. -Se aproximó, pues, al señor, y con ese aire de -confianza espontánea que se encuentra en una -nueva y fuerte afección, del mismo modo que en -una antigua antipatía, “No creáis, le dijo, que yo -me contente con la visita de hoy: ¿vos volveréis, -no es cierto, en compañía de este digno eclesiástico?”</p> - -<p>—¡Sí volveré! contestó el Incógnito, aun cuando -vos lo rehusarais, me quedaría obstinadamente -á vuestra puerta como un mendigo; ¡yo tengo<span class="pagenum" id="Page_119">[Pg 119]</span> -necesidad de hablaros, de oiros, de veros! En una -palabra, ¡tengo necesidad de vos!</p> - -<p>Federico le tomó la mano, se la apretó, y le dijo: -“Favorecednos, pues, quedándoos á comer con -nosotros; así lo espero. Entretanto, voy á rogar y -á dar gracias en compañía del pueblo, y vos id á -recoger los primeros frutos de la misericordia”.</p> - -<p>D. Abundio, á semejantes demostraciones, se -parecía á un niño miedoso que ve acariciar sin -temor á un gran perro de presa, con el pelo erizado, -con los ojos sangrientos, famoso por sus -mordeduras y por los terrores que ha causado. -El niño ha oído perfectamente decir al dueño que -su perro es un buen animal, dulce, tranquilo, y -mientras está oyendo dichas alabanzas, mira al -expresado dueño, y no le contradice ni aprueba; -mira también al perro, y no se atreve á acercarse -á él por miedo de que el buen animal no le enseñe -los dientes, aun cuando no sea más que por -vía de juego, ni tampoco osa alejarse por no parecer -cobarde, y dice interiormente: ¡oh, si me encontrase -en mi casa!</p> - -<p>El cardenal, que se disponía á salir, teniendo -siempre de la mano y llevando consigo al Incógnito, -dió de nuevo una ojeada al pobre cura, que -se quedaba atrás, triste, mortificado, descontento, -dejando entrever, á su pesar, el disgusto que sentía. -Juzgando que semejante desagrado pudiese -provenir de que pareciese que era olvidado ó como<span class="pagenum" id="Page_120">[Pg 120]</span> -abandonado en un rincón, tanto más poniéndole -en parangón con un facineroso tan bien acogido -y tan acariciado, volviéndose hacia él se paró -un momento, y con una amable sonrisa le dijo: -“Señor cura, vos habéis permanecido siempre conmigo -en la casa de nuestro buen padre; pero éste... -este <i lang="la" xml:lang="la">perierat, et inventus est</i>...”.</p> - -<p>—¡Oh, cuánto me alegro! dijo D. Abundio, haciendo -al mismo tiempo á ambos una gran reverencia.</p> - -<p>El arzobispo pasó el primero, empujó la puerta, -que fué súbitamente abierta de par en par por -la parte exterior, por dos criados que estaban colocados -uno á un lado y otro á otro, y el admirable -cuadro de aquellos tres personajes tan distintos -entre sí, apareció á las ávidas miradas del -clero reunido en aquel paraje. Viéronse aquellos -dos rostros, en los cuales estaba retratada una -emoción muy diversa, pero igualmente profunda: -en el aspecto venerable de Federico, la ternura -de reconocimiento, la humilde alegría; en el del -Incógnito, una confusión templada por el contento, -un pudor nuevo, una compunción en la cual, -sin embargo, se traslucía todavía el vigor de aquella -naturaleza áspera y salvaje. Y luego se supo, -que á más de uno de los espectadores le había venido -á la imaginación este pasaje de Isaías: El lobo -y el cordero irán á pacer juntos á una misma -pradera; el león y el buey comerán en un mismo<span class="pagenum" id="Page_121">[Pg 121]</span> -establo. Detrás de ellos venía D. Abundio, de -quien nadie hizo caso.</p> - -<p>Cuando estuvieron en medio de la estancia, entró -por el ángulo opuesto el ayuda de cámara del -cardenal, el cual se acercó para decirle que había -ejecutado las órdenes comunicadas por el capellán; -que la litera y las mulas estaban preparadas, -y que únicamente se esperaba á la señora que el -párroco debía conducir. El cardenal le previno -que apenas llegara aquél se viese al momento -con D. Abundio, y que en seguida se pusiese -todo á las órdenes de éste y del Incógnito, al cual -apretó de nuevo la mano en ademán de despedida, -diciendo: “Os aguardo”. Se volvió á saludar á -D. Abundio, y se dirigió hacia el lado que conducía -á la iglesia. El clero le siguió en buen orden; -los dos compañeros de viaje se quedaron solos en -la estancia.</p> - -<p>El Incógnito permanecía recogido en su interior, -meditabundo, y al propio tiempo impaciente -por que llegase el momento de ir á aliviar á su -Lucía de sus penas y sacarla de su encierro; porque -ella es ahora su Lucía, pero en muy diverso -sentido que lo era la víspera. Su semblante expresaba -una agitación concentrada, que á la espantadiza -vista de D. Abundio, podía parecer fácilmente -otra cosa peor. De cuando en cuando miraba -al Incógnito á hurtadillas; bien hubiera querido -entablar con él una conversación amistosa;<span class="pagenum" id="Page_122">[Pg 122]</span> -“pero, ¿qué es lo que debo decirle?, pensaba entre -sí; ¿le diré de nuevo que me alegro? ¡Me alegro! -¿De qué? ¿De que habiendo sido hasta ahora un -demonio, haya tomado la resolución de llegar á -ser un hombre honrado como los demás? ¡Hermoso -cumplido! ¡Bah, bah, bah!, de cualquier modo, -por más vueltas que le dé, las congratulaciones -no significarían más que lo dicho. Y después, ¿será -cierto que se haya vuelto hombre de bien, así, -tan de pronto? ¡Se hacen tantas demostraciones -en este mundo, y por tantas cosas! ¿Qué sé yo?, -algunas veces... ¡Y entretanto es preciso que -vaya con él á ese castillo!... ¡Oh, qué historia, -qué historia! ¡Quién me lo había de haber dicho -esta mañana! ¡Ah!, si llego á salir con bien, la señora -Perpetua tendrá que oírme, por haberme -impelido aquí á la fuerza, sin necesidad, fuera de -mi curato. ¡Todos los párrocos de las cercanías -acuden, y no es cosa de quedarse atrás, y esto, y -meterme en un negocio de semejante especie! ¡Oh, -infeliz de mí! Sin embargo, es preciso decir algo -á este hombre”. Se puso á pensar; y por último, -encontró lo que tenía que decirle. “Jamás hubiera -esperado tener la dicha de hallarme con tan respetable -compañía”, é iba abrir la boca, cuando el -ayuda de cámara entró acompañado del cura del -pueblo, el cual anunció que la dama estaba pronta -en la litera; y luego se volvió á D. Abundio -para recibir de él la otra comisión del cardenal.<span class="pagenum" id="Page_123">[Pg 123]</span> -D. Abundio desempañó como pudo su encargo en -medio de aquel desorden de ideas, y acercándose -enseguida al ayuda de cámara, le dijo: “Dadme al -menos un animal pacífico; porque, á la verdad, -soy muy mal jinete”.</p> - -<p>—Podéis estar tranquilo, respondió el ayuda -de cámara con tono de zumba; es la mula del secretario, -que es un literato.</p> - -<p>—Bien..., replicó D. Abundio, y continuó diciendo -entre sí: “¡El cielo me la depare buena!”.</p> - -<p>El señor se había apresurado á ponerse en marcha -al primer aviso. Llegado al umbral, se apercibió -de que D. Abundio se había quedado atrás. -Se detuvo para esperarle, y cuando éste llegó -precipitadamente con ademán de pedirle perdón, -le saludó y le hizo pasar adelante con aire cortés -y humilde, cosa que tranquilizó algún tanto el -espíritu del pobre atribulado. Mas apenas puso -el pie en el patiecillo, vió otra novedad que le -disminuyó un poco aquel pequeño consuelo: divisó -al Incógnito dirigirse hacia un rincón, tomar -con una mano su carabina por la culata, después -cogerla con la otra por la correa, y con un movimiento -rápido, como si hiciese el ejercicio, colocarla -sobre sus espaldas.</p> - -<p>—¡Ay, ay, ay!, dijo D. Abundio: ¿qué es lo que -querrá hacer con semejante herramienta? ¡Buen -cilicio, bella disciplina de convertido! ¡Y si le viene -á la imaginación alguna brutalidad! ¡Oh, qué -expedición, qué expedición!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_124">[Pg 124]</span></p> - -<p>Si el señor hubiese podido sospechar apenas -qué especie de ideas pasaban por la mente de su -compañero, no se puede decir qué es lo que hubiera -hecho para tranquilizarlo; mas estaba muy -lejano de semejante sospecha; y D. Abundio procuraba -no hacer ningún ademán que significase -claramente: “no me fío de vuestra señoría”.</p> - -<p>Llegados á la puerta de la calle, encontraron -las dos cabalgaduras dispuestas: el Incógnito saltó -sobre la que le fué presentada por un palafrenero.</p> - -<p>—¿No tiene ningún vicio?, preguntó al ayuda de cámara -D. Abundio, con un pie puesto en el estribo -y el otro apoyado todavía en tierra.</p> - -<p>—Montad y tranquilizaos, porque es un cordero, -respondió aquél. D. Abundio, agarrándose á -la silla sostenido por el ayuda de cámara, hace -esfuerzos y más esfuerzos para montar, y por fin -lo consigue.</p> - -<p>La litera, que permanecía á algunos pasos delante, -arrastrada también por dos mulas, se puso -en movimiento á la voz del conductor, y la comitiva -partió.</p> - -<p>Era preciso pasar por delante de la iglesia, toda -llena de gente, por una plazuela henchida -también de gentes del país y forasteros que no -habían podido entrar en aquélla. La gran noticia -se había difundido ya por todas partes, y al aparecer -la litera, al divisar aquel hombre, objeto<span class="pagenum" id="Page_125">[Pg 125]</span> -pocas horas antes de terror y de execración, y -ahora de admirable pasmo, se alzó al través de la -multitud un confuso murmullo como de aplausos; -y abriendo paso se apresuraban todos con la mayor -ansiedad á salirle al encuentro para verlo de -cerca. La litera pasó: el Incógnito también; y delante -de la puerta abierta de la iglesia, se quitó -el sombrero, é inclinó aquella frente tan temible -hasta las mismas crines de la mula, en medio del -susurro de cien voces que decían: “¡Dios os bendiga!”. -D. Abundio se quitó igualmente su sombrero, -se inclinó, y se encomendó á Dios; mas percibiendo -el concierto solemne de sus colegas que cantaban -sin interrupción, experimentó una envidia, -una especie de triste ternura, una desanimación -tan grande, la cual no le dejó contener las lágrimas.</p> - -<p>Mas cuando hubieron salido de la población, -cuando se hallaron á campo raso, en medio de las -revueltas con frecuencia totalmente solitarias del -camino, un velo aún más oscuro se extendió sobre -sus pensamientos. No tenía otro objeto en el -cual posar de una manera segura sus miradas más -que sobre el conductor, el que estando al servicio -del cardenal debía ser verdaderamente un -hombre de bien, siendo así que no tenía facha de -bribón. De vez en cuando aparecían viajeros que -acudían á ver al cardenal; su vista era un bálsamo -para D. Abundio, pero pasajero; pues recordaba<span class="pagenum" id="Page_126">[Pg 126]</span> -que se dirigía hacia aquel terrible valle en -donde no se encontraban más que súbditos del -amigo: ¡y qué súbditos! Él hubiera deseado al presente -más que nunca entablar conversación con -el Incógnito, tanto para tantearle todavía, como -para tenerle propicio; mas viéndolo tan preocupado -y meditabundo, se le pasaban los deseos. -Vióse, pues, obligado á hablar consigo mismo; y -he aquí una parte de lo que el infeliz se dijo en -aquella travesía.</p> - -<p>“¿No es una cosa admirable que tanto los santos -como los bribones tengan siempre azogue en las -venas; que no se contentan en revolverse, con -apesadumbrarse ellos mismos, sino que quieren -meter en danza, si pueden, á todo el género humano? -¿No es una fatalidad que los más revoltosos -me vengan siempre á encontrar, yo que no -busco á nadie, á cogerme casi por los cabellos para -meterme en sus negocios, yo que no pido otra -cosa sino que me dejen vivir tranquilo? ¡Ese malvado, -ese loco de atar de D. Rodrigo! ¿Qué es lo -que podría faltarle para ser el hombre más feliz -de este mundo, si él tuviese únicamente un poco -de juicio? Él es rico, joven, respetado, cortejado; -su dicha le pesa y es preciso que vaya á caza de -cuidados para sí y para los demás. Podía poseer -el arte de <em>Michelaccio</em>: ¡no, Dios mío!, quiere tener -el oficio de molestar á las mujeres, el más loco, el -más necio, el más rabioso oficio de este mundo:<span class="pagenum" id="Page_127">[Pg 127]</span> -podría ir al paraíso en carroza, y quiere ir á la -mansión del diablo á pie cojo. ¡Y éste!... Y diciendo -esto lo miraba, como si hubiese sospechado -que él entendiese sus pensamientos. Éste, después -de haber revuelto por sus maldades el mundo -de arriba abajo, al presente lo revuelve con -su conversión... ¡Dios quiera que sea verdadera! -Pero mientras, á mí me toca hacer la experiencia... -Hay gente que cuando nace con esta -manía, siempre están poseídos del afán de hacer -ruido. ¿Se quiere que uno sea hombre de bien -toda su vida, como yo lo he sido? No señor: se -debe descuartizar, asesinar, hacer mil diabluras... -¡Oh, cuán desgraciado soy!... ¿Y luego, meter -tanto ruido aun para hacer penitencia? Cuando se -tienen buenos deseos de hacerla, se puede practicar -en casa tranquilamente sin tanto aparato, -sin incomodar tanto al prójimo... ¡Y su señoría -ilustrísima! Salirle al encuentro con los brazos -abiertos, diciéndole, amigo querido, amigo mío; -escuchar sus menores palabras como si le hubiese -visto hacer milagros, tomar de repente una resolución, -aprobarlo todo, aplaudir todo lo que -aquél propone; pronto por aquí, pronto por allá. -Esto se llama, según mi pobre entender, una precipitación. -¡Y sin tener ninguna prenda, sin la -menor seguridad poner en sus manos á un pobre -párroco! Esto se llama jugar á un hombre á pares -ó nones. Un santo obispo como él lo es, debe<span class="pagenum" id="Page_128">[Pg 128]</span> -estar tan celoso de sus párrocos, como de las niñas -de sus ojos. Un poco de cachaza, un poco de -prudencia, un poco de caridad, son cosas que pueden, -á mi entender, conciliarse con la santidad... -¡Y si todo esto no fuesen más que apariencias! -¿Quién es capaz de conocer los designios de los -hombres? ¡Y digo, de los hombres como éste! ¡Solamente -el pensar que tengo que ir con él á su -casa, me horrorizo! ¿Quién sabe las diabluras que -puede tener proyectadas allá arriba? ¡Desventurado -de mí! Es mejor no pensar en esto. ¿Qué embrollo -es éste de Lucía? Se diría que era una inteligencia -con D. Rodrigo: ¡qué gente ésta! Dios -permita todavía que la cosa sea así: pero ¿cómo -ha caído en las garras de ese hombre? ¿quién lo -sabe? Éste es un secreto entre él y monseñor; y -no se dignan decirme una palabra siquiera á mí, -que me hacen trotar de semejante modo. Yo no -me cuido de saber los negocios de otro; pero cuando -á uno le va el pellejo, tiene derecho de no ignorar -las cosas. Si fuese en efecto para ir á buscar -á aquella pobre criatura, ¡vaya, paciencia! Á -pesar de que podía conducirla muy bien consigo -en derechura. Y luego, si en efecto está arrepentido, -si se ha convertido en un santo hombre, ¿qué -necesidad tenía de mí? ¡Oh, qué confusión!... -Basta. ¡Plegue al cielo que así sea! Habrá sido -una penosa comisión; pero ¡paciencia! me alegraré -por la pobre Lucía; la infeliz habrá escapado<span class="pagenum" id="Page_129">[Pg 129]</span> -de una buena. ¡Dios sabe lo que ha sufrido! -La compadezco; pero ella ha nacido para causar -mi ruina... Á lo menos, si pudiese leer en el -corazón de este hombre y saber lo que piensa! -¿Quién podrá vanagloriarse de conocerlo? Helo -aquí; tan pronto se parece á S. Antonio en el desierto, -tan pronto á Holofernes en persona. ¡Oh -infeliz de mí, cuán desgraciado soy! Vamos; el -cielo está obligado á protegerme, pues yo no me -he mezclado en nada por mi capricho”.</p> - -<p>Efectivamente, sobre el semblante del Incógnito -veíanse pasar, por decirlo así, los pensamientos -que le agitaban, como se ve en un día de tempestad -á las nubes correr delante del sol, ora dejando -escapar sus deslumbradores rayos, ora -oscureciendo el espacio. El ánimo, aún embriagado -por las suaves palabras de Federico, y como -rehecho y rejuvenecido por una nueva vida, se -elevaba hacia las ideas de misericordia, de perdón -y de amor; volviendo á caer de nuevo bajo el peso -de aquel terrible pasado, inquieto, agitado, -turbulento, buscaba en su memoria cuáles eran -las iniquidades que podía esperar, cuáles las que -podía detener que no estuviesen aún ejecutadas -del todo; qué remedios serían más expeditos y seguros; -el modo de cortar tantos nudos; qué hacer -de tantos cómplices: era una verdadera confusión -y aturdimiento esa expedición á la cual corre, esa -expedición tan fácil, que toca ya á su fin, y á la<span class="pagenum" id="Page_130">[Pg 130]</span> -que no va más que con un deseo mezclado de angustias, -atormentado como está por el pensamiento -de que aquella infortunada criatura sufre, ¡ah, -Dios sabe cuánto! Ansía que llegue el momento -de libertarla; y entretanto, ¡él es el que la hace -padecer! Cada vez que se presentaban dos caminos, -el conductor de la litera se volvía hacia el -Incógnito para saber cuál debía tomar, y éste se -lo indicaba con la mano, haciéndole al propio -tiempo señas de que apresurase el paso.</p> - -<p>Por último, entraron en el valle. ¡En qué estado -se hallaba entonces el pobre D. Abundio! ¡Encontrarse -en aquel famoso valle, acerca del cual -había oído referir tan espantosas, tan horribles -historias! ¡Aquellos hombres célebres, la flor de -los bravos de Italia; aquellos hombres sin miedo -y sin misericordia, verlos en carne y hueso; tropezar -con uno, dos ó tres á cada revuelta que hacía -el camino! Ellos se inclinaban, es verdad, con -respeto ante su señor; pero aquellos rostros bronceados, -aquellos erizados bigotes, aquellos enormes -ojazos, que al sentir de D. Abundio parecían -decir: “¿Es necesario ajustar la cuenta á este sacerdote?...”. -El desgraciado estaba turbado hasta tal -extremo, que en un momento de consternación -llegó á decirse interiormente: Aun cuando los -hubiera casado, no podía sucederme otra cosa -peor.</p> - -<p>Entretanto, avanzaban por un sendero arenoso<span class="pagenum" id="Page_131">[Pg 131]</span> -á lo largo del torrente. Al frente las miradas no -se detenían más que sobre aquellos terribles, profundos -y desiertos precipicios, detrás de los cuales -se hallaba aquella espantosa población, á cuyo -lado la más horrible soledad hubiera sido preferible. -Dante no estaba mejor en medio del <em>Malebolge</em><a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a>.</p> - -<p>Pasan por delante de la <em>Malanotte</em>: los bravos -que están á la puerta saludan respetuosamente al -señor, y echan miradas furtivas á su compañero -y á la litera. Ellos no sabían qué pensar: ya la -partida del Incógnito solo al amanecer tenía algo -de extraordinario; la vuelta no lo era menos. ¿Era -acaso una presa que conducía? ¿y cómo la había -hecho por sí solo? ¿y de quién podía ser aquella -librea? Miraban, miraban, pero nadie se movía, -porque ésta era la orden que el amo les significaba -con su aire y sus miradas.</p> - -<p>Emprenden la subida; llegan por fin á lo alto. -Los bravos que se hallaban en la explanada, y en -<span class="pagenum" id="Page_132">[Pg 132]</span>la puerta, se retiran á un lado y á otro con el objeto -de dejar el paso libre: el Incógnito les manifiesta, -por medio de una seña, que no se muevan; -espolea á su cabalgadura, y pasa delante de la litera; -indica al conductor y á D. Abundio que le -sigan; entra primeramente en un patio, luego en -otro; se dirige á una pequeña puerta; detiene por -medio de un gesto á un bravo que acudía á tenerle -el estribo, y le dice: “Quédate aquí y no dejes -pasar á nadie”. Se apea, ata con precipitación la -mula á una reja, se dirige á la litera, se acerca á -la dama que había descorrido las cortinillas, y le -dice en voz baja: “Consoladla pronto; hacedle comprender -que está libre, en poder de amigos; Dios -os lo pagará”. Después, manda al conductor que -abra; luego se aproxima á D. Abundio, y con un -semblante tan sereno como éste no le había visto -todavía, ni creía que pudiese tenerlo nunca, en el -cual se pintaba la alegría que experimentaba, de -ver tocar á su fin la buena obra que iba á consumar, -le dice también en voz baja: “Señor cura, no -pido que perdonéis la incomodidad que se os ha -causado por mi causa; vos lo hacéis por aquel que -recompensa largamente, y por esa desgraciada”. -Esto dicho, cogió con una mano el morro de la -cabalgadura de D. Abundio, y con la otra el estribo, -y lo ayudó para que se apease.</p> - -<p>Aquel rostro, aquellas palabras y aquel ademán, -le habían dado la vida. Lanzó un suspiro<span class="pagenum" id="Page_133">[Pg 133]</span> -que una hora hacía giraba dentro de su pecho sin -poder hallar salida; se inclinó ante el Incógnito, -y le contestó en voz muy baja: “¿Vuestra señoría -se burla? ¡Pero, pero, pero!...”, y aceptando la -mano que se le ofrecía de una manera tan cortés, -se deslizó como pudo de su mula. El Incógnito la -ató también, y habiendo dicho al conductor que -se quedase allí esperando, sacó una llave del bolsillo, -abrió la puerta, hizo entrar al cura y á la -dama, en seguida entró él, pasó delante, se encaminó -hacia una escalerilla, y la subió en silencio, -seguido de sus compañeros.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> Así llama el Dante á su octavo círculo del infierno, en -donde este inmortal poeta coloca á los fraudulentos. Aquellos -de nuestros lectores á quienes sea familiar la lengua italiana, -y hayan leído las célebres obras del sublime autor de la <em>Divina -Comedia</em>, recordarán estos magníficos versos, con los cuales -empieza el canto XVIII.</p> - -<div class="poetry-container pw25"> -<div class="poetry"> -<p class="p1"> -Luogo è in inferno detto Malebolge<br /> -Tutto di pietra e di color ferrigno<br /> -Come la cerchia che d’intorno il volge &c.</p> -</div> -</div> -</div> - -<p class="right" style="padding-right: 2em;" ><em>N. del T.</em></p> - - -</div> -</div> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_134">[Pg 134]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO SEXTO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Lucía se había levantado apenas, empleando -poco tiempo en despertarse de hecho, separando -las confusas visiones de sus sueños, de los recuerdos -é imágenes de aquella realidad tan semejante -al funesto delirio de un enfermo. La vieja se le -acercó al instante, y con aquella voz forzadamente -humilde, le dijo: “¡Ah!, ¿habéis dormido? Hubierais -podido dormir en el lecho; bastantes veces os -lo dije ayer noche”. Y no recibiendo contestación, -continuó siempre de una manera forzada: “Tomad -un bocado; tened juicio. ¡Uf! ¡Os vais á poner fea! -Tenéis necesidad de comer. Y después, cuando -vuelva, la va á tomar conmigo”.</p> - -<p>—No, no; quiero marchar, quiero ir adonde está -mi madre. El amo me lo ha prometido; ha dicho:<span class="pagenum" id="Page_135">[Pg 135]</span> -mañana por la mañana. ¿En dónde está el -amo?</p> - -<p>—Ha salido; pero me ha dicho que volverá -pronto y que hará todo lo que vos queráis.</p> - -<p>—¿Ha dicho esto?, ¿lo ha dicho? ¡Bien! Quiero -ir adonde está mi madre; en seguida, en seguida.</p> - -<p>De repente se oye un ruido de pisadas en la vecina -estancia, y después llamar á la puerta. La -vieja corre á ella y pregunta: “¿Quién es?”.</p> - -<p>—Abre, le responde dulcemente una voz bien -conocida.</p> - -<p>La vieja descorre el cerrojo, el Incógnito empuja -suavemente la puerta, la entreabre, manda á la -vieja que salga, introduce en el mismo instante -á D. Abundio y á la buena dama, cierra de nuevo -la puerta, permanece detrás de ella por la parte -de afuera, y manda á la vieja á un extremo lejano -del castillo, según había ya enviado también á la -mujer que se hallaba fuera de guardia. Al primer -punto de vista, todo este movimiento y la aparición -de personas nuevas, causaron á Lucía mucho -sobresalto y agitación; porque si su situación presente -le era insoportable, todo cambio, sin embargo, -era un motivo de sospecha y de nuevo espanto. -Mira; ve á un sacerdote, á una dama; se -tranquiliza un poco, y mira con más atención: ¿es -ó no es él? Reconoce á D. Abundio y permanece -con los ojos fijos como vencida por un encanto. -La buena dama se acerca á ella, la saluda, la mira<span class="pagenum" id="Page_136">[Pg 136]</span> -con ademán enternecido, coge sus dos manos, -como para acariciarla y levantarla al mismo tiempo, -y luego le dice: “¡Oh, pobrecita!, venid, venid -con nosotros!”.</p> - -<p>—¿Quién sois, pregunta Lucía?, mas sin aguardar -respuesta se vuelve hacia D. Abundio, el cual -permanecía de pie, con aire compungido, á dos -pasos de distancia; lo mira fijamente de nuevo, y -exclama: ¡Vos!, ¿sois vos, señor cura? ¿En dónde -estamos? ¡Oh, cuán desgraciada soy, estoy fuera -de mí!</p> - -<p>—No, no, repuso D. Abundio: soy yo en efecto; -tened ánimo. Mirad; estamos aquí para llevaros: -soy vuestro propio cura, habiendo venido -aquí expresamente, á caballo...</p> - -<p>Lucía, como si hubiese recobrado en un instante -todas sus fuerzas, se enderezó precipitadamente, -después fijó aún su mirada sobre aquellos dos -rostros, y dijo: “¿Es, pues, la Madonna la que os ha -enviado?”.</p> - -<p>—Creo que sí, dijo la buena dama.</p> - -<p>—Mas, ¿podemos marchar, podemos marchar -ya de veras?, replicó Lucía bajando la voz y con -aire tímido é indeciso. ¿Y toda esa gente?... -prosiguió, con los labios contraídos y trémulos -de espanto y horror: ¿y ese señor... ese hombre?... -Él me lo había prometido.</p> - -<p>—Aquí está también, el cual ha venido á propósito -con nosotros, dijo D. Abundio, y espera fuera.<span class="pagenum" id="Page_137">[Pg 137]</span> -Marchemos pronto; no hagamos esperar á semejante -sujeto.</p> - -<p>Entonces, aquel de quien se hablaba, empujó -la puerta y se dejó ver. Lucía, que poco antes lo -deseaba, no teniendo otra esperanza en el mundo; -ahora, después de haber visto y oído aquellas -voces amigas no pudo reprimir un súbito terror; -se estremeció, contuvo su respiración, se arrimó -á la buena dama, y ocultó su semblante en el seno -de ésta. Al aspecto de aquella joven inocente, -sobre la cual ya la noche precedente no había podido -fijar su vista, al aspecto de aquella desgraciada -que una larga abstinencia y prolongados sufrimientos -habían vuelto pálida, abatida, inconsolable, -se detuvo. Al ver luego aquel movimiento -de terror, bajó los ojos, permaneció todavía un -momento inmóvil y mudo; después, respondiendo -á lo que la pobre niña no había dicho: “Es verdad, -exclamó, ¡perdonadme!”.</p> - -<p>—Viene á libertaros, ya no es el mismo hombre; -se ha hecho bueno. ¿Ois cómo os pide perdón?, -decía la buena dama al oído de Lucía.</p> - -<p>—¿Se puede decir más? ¡Vamos!, levantad la cabeza, -no seáis niña; que podamos partir al instante, -le decía D. Abundio.</p> - -<p>Lucía levantó la cabeza, miró al Incógnito, y -al ver aquella frente baja, aquella mirada confusa -y aterrada, presa de un sentimiento mezclado -de esperanza, de reconocimiento y de piedad, dijo:<span class="pagenum" id="Page_138">[Pg 138]</span> -“¡Oh, monseñor, que Dios os recompense vuestra -misericordia!”.</p> - -<p>—Y á vos, cien veces, el bien que me hacéis -con estas palabras.</p> - -<p>Diciendo esto, dió una media vuelta, se encaminó -hacia la puerta, y salió el primero. Lucía, -enteramente reanimada, con la dama que le daba -el brazo, le siguieron: D. Abundio cerraba la marcha. -Bajaron la escalera y llegaron á la pequeña -puerta que daba al patio. El Incógnito la abrió -de par en par, se dirigió á la litera, abrió la portezuela, -y con una especie de cortesía llena de timidez -(dos cosas nuevas en él) sosteniendo del -brazo á Lucía, la ayudó á entrar, y después también -á la que debía acompañarla. Enseguida tomó -la mula de D. Abundio, é igualmente le ayudó -á montar.</p> - -<p>—¡Oh, qué complacencia!, dijo éste: y montó mucho -más ligero que lo había hecho la primera vez. -La comitiva se puso en camino, después que el -Incógnito hubo también montado á caballo. Su -cabeza estaba levantada; su mirada había vuelto -á tomar la ordinaria expresión de mando. Los -bravos que encontraba descubrían perfectamente -en su rostro las señales de un vigoroso pensamiento, -de una preocupación extraordinaria; mas no -comprendían, no podían ir más allá. En el castillo -nada sabían aún del gran cambio que se había -verificado en el corazón de aquel hombre, y<span class="pagenum" id="Page_139">[Pg 139]</span> -ciertamente ninguno de ellos hubiera podido llegar -á conseguirlo sólo por conjeturas.</p> - -<p>La buena dama se había apresurado á correr -las cortinillas de la litera: en seguida cogió afectuosamente -las manos de Lucía, y se puso á reanimarla -por medio de palabras de piedad, de felicitación -y de ternura. Viendo luego cómo, además -de la fatiga de tantas penas sufridas, la confusión -y la oscuridad de los sucesos, impedían á -la pobrecita el que experimentara plenamente el -contento de su libertad, le dijo todo lo que pudo -hallar de más apto para distraerla, y para aclarar -sus pensamientos le nombró el pueblo adonde -iban.</p> - -<p>—¡Sí!, dijo Lucía, la cual sabía que dicho pueblo -estaba á poca distancia del suyo. ¡Ah, Madonna -Santísima, os doy mil y mil gracias! ¡Madre mía, -madre mía!</p> - -<p>—Nosotros la enviaremos en seguida á buscar, -dijo la buena dama, la cual no sabía que la cosa -estaba ya hecha.</p> - -<p>—Sí, sí, Dios os lo recompensará... ¿Y vos -quién sois?, ¿cómo habéis venido?...</p> - -<p>—Nuestro cura me ha enviado, dijo la dama; -porque este señor, á quien Dios ha tocado el corazón -(bendito sea él), ha venido á nuestra población -con el objeto de hablar al señor cardenal -arzobispo, que ha ido á visitarnos. Se ha arrepentido -de sus horribles pecados, y quiere mudar de<span class="pagenum" id="Page_140">[Pg 140]</span> -vida; habiendo dicho al cardenal que él había hecho -robar á una pobre inocente, que sois vos, en -connivencia con otro, que tampoco teme á Dios, -y del cual el cura no me ha podido decir el -nombre.</p> - -<p>Lucía alzó los ojos al cielo.</p> - -<p>—Vos lo sabréis quizá, continuó la dama, bien. -Ahora, pues, el señor cardenal ha pensado que -tratándose de una joven, se requería una persona -del mismo sexo para acompañarla, y ha dicho al -párroco que la buscase: éste tan bondadoso ha venido -á mí...</p> - -<p>—¡Oh, el Señor recompense vuestra caridad!</p> - -<p>—Figuraos, hija mía, que el señor cura me ha -dicho que procurase tranquilizaros, que tratara -de sacaros pronto de la inquietud en que estabais, -y que os hiciese comprender cómo el Señor os ha -salvado milagrosamente...</p> - -<p>—¡Oh, sí!, bien milagrosamente; por intercesión -de la Madonna.</p> - -<p>—Me ha dicho igualmente que os animara y -aconsejara á perdonar al que os ha causado el daño; -á que estéis contenta por la misericordia que -Dios ha usado con él, y al propio tiempo que roguéis -por él mismo, porque además de que recibiréis -vuestro merecido, sentiréis todavía más alivio -en vuestro corazón.</p> - -<p>Lucía respondió por medio de una mirada que -expresaba su asentimiento tan claramente como la<span class="pagenum" id="Page_141">[Pg 141]</span> -hubieran podido hacer las palabras, y con una -dulzura que éstas mismas no hubieran podido significar.</p> - -<p>—¡Excelente joven!, exclamó la dama, y prosiguió: -hallándose también vuestro cura párroco en nuestro -pueblo (pues que han acudido tantos de todas -las cercanías, que se podrían celebrar á un tiempo -cuatro misas mayores), el señor cardenal ha -juzgado conveniente el que nos acompañara, á pesar -que de bien poco nos ha servido. Ya había yo -oído decir que era un pobre hombre; mas en esta -ocasión, he podido claramente ver que él estaba -tan embarazado como un pollo en medio de la -estopa.</p> - -<p>—¿Y este?... preguntó Lucía; este hombre -que se ha vuelto bueno... ¿quién es?</p> - -<p>—¡Cómo!, ¿no lo sabéis?, dijo la buena dama; y -lo nombró.</p> - -<p>—¡Oh, misericordia divina!, exclamó Lucía. -¡Cuántas veces había oído repetir aquel nombre, -en más de una historia que, como en las de otro -género, aparecía siempre el del <em>Ogro</em><a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>! Á la idea -de haber estado en su terrible poder, y permanecer -al presente bajo su custodia, al considerar un -tan gran peligro, y una tan imprevista redención, -contemplando quién era aquel hombre que había<span class="pagenum" id="Page_142">[Pg 142]</span> -conocido tan feroz, y ahora tan conmovido y -humilde, permanecía como estática, diciendo únicamente -de vez en cuando: “¡Oh, misericordia!”.</p> - -<p>—¡Es ciertamente una gran misericordia!, repetía -la dama, es una dicha para medio mundo. ¡Al -pensar cuánta gente tenía alarmada!, y al presente, -según me ha dicho nuestro párroco... Y -luego no hay más que mirarle la cara; ¡se ha vuelto -enteramente un santo! Por otra parte, no hay -más que ver su nuevo modo de portarse.</p> - -<p>El decir que esta buena dama no experimentaba -mucha curiosidad de conocer un poco más distintamente -la grande aventura en que ella representaba -también su papel, sería faltar á la verdad. -Pero es preciso decir en honor suyo, que sobrecogida -de una piedad respetuosa hacia Lucía, calculando -en cierto modo la gravedad y dignidad -del encargo que se le había confiado, no pensó, -sin embargo, en hacer ninguna pregunta indiscreta -y ociosa; todas sus palabras, durante aquel corto -viaje, fueron para dar valor á la pobre joven, -manifestándole al propio tiempo el más vivo -interés.</p> - -<p>—¡Dios sabe desde cuándo no habréis tomado alimento!</p> - -<p>—No recuerdo..., pero hace ya algún tiempo.</p> - -<p>—¡Pobrecita! ¿Tendréis necesidad de restaurar -vuestras fuerzas?</p> - -<p>—Sí, respondió Lucía con voz apagada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_143">[Pg 143]</span></p> - -<p>—En mi casa, á Dios gracias, encontraremos -en seguida alguna cosa. Tened ánimo, que ya no -estamos lejos.</p> - -<p>Después de esto, Lucía se dejó caer lánguidamente -en el fondo de la litera, como adormecida, -y entonces su compañera la dejó reposar.</p> - -<p>Con respecto á D. Abundio, la vuelta no le causaba -tanto espanto como la ida pocas horas antes; -pero con todo, no fué tampoco para él un viaje -agradable. Desde que dejó de tener miedo, se -sintió enteramente aliviado de un gran peso; mas -bien pronto empezaron á nacer en su interior cien -otros disgustos, lo mismo que cuando ha sido arrancado -un corpulento árbol y el terreno queda -por algún tiempo vacío y desnudo, pero luego se -cubre de altas yerbas. Había llegado á hacerse -más impresionable que antes; y tanto en el presente -como en las ideas del porvenir, hallaba materia -para atormentarse. Ahora sentía mucho más -que á la ida la incomodidad de viajar de aquel -modo, al cual no estaba acostumbrado; y sobre -todo, esto le acontecía al principio, desde la bajada -del castillo al fondo del valle. El conductor, -estimulado por las señas del Incógnito, hacía ir á -las mulas á buen paso; ambas cabalgaduras iban -una detrás de otra con la mayor uniformidad; y -de esto resultaba, que en ciertos parajes en que -la pendiente era más rápida, el pobre D. Abundio, -como si estuviese colocado sobre un resorte,<span class="pagenum" id="Page_144">[Pg 144]</span> -se tambaleaba, se caía hacia delante, y para sostenerse -se veía obligado á agarrarse al arzón de -la silla, y no se atrevía, sin embargo, á pedir que -fuesen más despacio, pues por otro lado hubiera -querido salir de aquel territorio lo más pronto -posible. Además de esto, en donde el camino colocado -sobre una eminencia formaba un arrecife, -la mula, según la costumbre de los animales de -su raza, parecía que hacía propósito de salirse -siempre de dicho arrecife, y de andar por la misma -orilla. D. Abundio veía bajo de sí, casi perpendicularmente, -un gran salto, ó como él pensaba, -un precipicio. “¡También tú, decía interiormente -al animal, tienes el maldito gusto de ir buscando -los peligros, siendo el camino tan ancho!” Y tiraba -la brida hacia el otro lado, pero inútilmente. De -suerte que, como de ordinario, turbado por la cólera -y el miedo, se dejaba conducir á la voluntad -de otro. Los bravos no le causaban ya tanto terror, -al presente que él sabía más claramente del -modo que pensaba su amo. “Pero sin embargo, se -decía, si la noticia de esta gran conversión se esparce -por aquí, mientras nosotros permanecemos -todavía, ¿quién sabe cómo lo tomarán esas gentes? -¿Quién es capaz de saber lo que podrá resultar? -¿Y si llegasen á imaginar que yo he venido -á hacer el misionero? ¡Pobre de mí, me martirizarían!” -El aire feroz del Incógnito no le inspiraba -inquietud alguna. “Para tener á raya á aquellas<span class="pagenum" id="Page_145">[Pg 145]</span> fachas, -decía, no hay necesidad de otra cosa -más que el continente de éste, bien lo comprendo; -¿pero por qué es preciso que yo me encuentre -siempre mezclado entre toda esta clase de -gente?”.</p> - -<p>Mas basta ya de hablar acerca del miedo de D. -Abundio. Llegaron al término de la pendiente, y -finalmente salieron también del valle. La frente -del Incógnito se fué serenando. D. Abundio mismo -tomó un aire más natural; sacó la cabeza de -entre sus hombros, en donde hasta entonces la -había tenido como aprisionada; alargó los brazos -y las piernas; se colocó mejor sobre la silla, lo -cual le daba otro continente; respiró más á su placer -y, con el ánimo más reposado, se puso á considerar -otros peligros lejanos. “¿Qué dirá ese imbécil -de D. Rodrigo? ¡Quedar de este modo con -un palmo de narices, con la pérdida de sus esperanzas, -y hecho el escarnio de todos! ¡Considerad -si la píldora le parecerá amarga! Ahora es cuando -se dará de veras al diablo. Lo único que al -presente falta es que venga á emprenderla conmigo, -sólo por haberme hallado metido en este -desagradable asunto. Si él ha tenido antes de -ahora valor de enviarme dos demonios con el objeto -de amenazarme en medio de mi camino, ¿qué -hará en la actualidad? Con su señoría ilustrísima -no la podrá armar, porque es un pedazo mucho -mayor que él, y se verá precisado á tascar el freno.<span class="pagenum" id="Page_146">[Pg 146]</span> -Entretanto tendrá el veneno en el cuerpo, y -querrá descargarlo sobre alguno. ¿Sabéis cómo se -concluyen estos negocios? Los golpes siempre se -dirigen bajos, y los andrajos al aire. Su señoría -ilustrísima se ocupará, como es justo, de poner á -Lucía en un lugar seguro; ese otro pobre diablo, -mala cabeza, está fuera de tiro, y ha pasado ya la -suya; de modo que el andrajo he llegado á ser yo. -Después de tantas incomodidades, después de tantas -agitaciones, ¿no sería una cosa bien cruel el -que sin comerlo ni beberlo debiese pagar la pena? -¿Qué hará ahora su señoría ilustrísima para defenderme, -después de haberme metido en danza? -¿Podrá impedir acaso el que ese hombre malvado -no me juegue una tostada peor que la primera? -¡Y después tiene tantas cosas en su cabeza! ¡Está -tan abrumado de negocios! ¿Cómo podrá atenderme? -Éste es el motivo por el cual algunas veces -las cosas quedan más embrolladas que antes. Los -que hacen el bien lo hacen en todo: cuando han -experimentado esta satisfacción, tienen bastante, -y no quieren incomodarse á esperar todas sus -consecuencias; pero los que tienen el gusto de hacer -el mal ponen en ello más diligencia, lo siguen -hasta el fin; no descansan un momento porque -ellos tienen un cáncer que los devora. ¿Iré yo á -decir que he venido por orden expresa de su señoría -ilustrísima y no por mi propia voluntad? Parecería -que quisiera formar partido con la maldad.<span class="pagenum" id="Page_147">[Pg 147]</span> -¡Oh, Dios mío! ¡Yo formar partido con la maldad; -por las distracciones que me proporciona! ¡Vamos! -Lo mejor será referir á Perpetua la cosa como -es en sí, y dejársela publicar á su gusto. Con tal -que á monseñor no le vengan deseos de hacer alguna -cosa que llame la atención, alguna escena -inútil y meterme también en ella. Á buena cuenta, -apenas lleguemos, si ha salido de la iglesia iré -á presentarle corriendo mis respetos, y si no dejo -mis excusas, y me dirijo pian pianito á mi casa. -Lucía está bien protegida; ninguna necesidad tiene -de mí; y después de tantas incomodidades, -bien puedo yo también pretender el ir á descansar. -Y luego... ¡si monseñor tiene la curiosidad -de saber toda la historia, y me es preciso darle -cuenta del negocio del casamiento! ¡Es lo único -que faltaba! ¡Y si va igualmente á visitar mi parroquia!... -¡Oh!, suceda lo que Dios quiera: no -quiero confundirme antes de tiempo; bastantes -cuidados pesan sobre mí. Por el momento voy á -encerrarme en mi casa. Hasta que monseñor salga -de este territorio, D. Rodrigo no tendrá deseos -de hacer locuras, y después... ¿y después? ¡Ah!, -¡demasiado veo que pasaré mal mis últimos años!”</p> - -<p>La comitiva llegó antes de concluirse los divinos -oficios: atravesó por entre aquella inmensa -muchedumbre, no menos conmovida que la primera -vez, y luego se dividió. Los dos jinetes -dieron la vuelta hacia una plazoleta, en cuyo<span class="pagenum" id="Page_148">[Pg 148]</span> -fondo se encontraba la casa del párroco; la litera -siguió adelante con dirección á la de la dama.</p> - -<p>D. Abundio hizo lo que había pensado: apenas -se hubo desmontado, cumplimentó del modo más -expansivo al Incógnito, y le suplicó que le hiciese -el obsequio de excusarle con el cardenal, pues -debía volverse á su parroquia en derechura para -atender á negocios urgentes. Fué á buscar lo -que él llamaba su caballo, y que no era otra cosa -más que el bastón que había dejado en un rincón -de la estancia, después de lo cual se puso en camino. -El Incógnito estuvo aguardando que el cardenal -volviese de la iglesia.</p> - -<p>La buena dama, habiendo hecho sentar á Lucía -en el mejor sitio de su cocina, se apresuró á -disponer algo que comer para reparar sus débiles -fuerzas. Ella rechazaba con cierta amable aspereza -las gracias y reiteradas excusas que la joven -no cesaba de prodigarla.</p> - -<p>Con la mayor prontitud colocó algunas ramas -secas bajo una pequeña marmita que había puesto -en el hogar, en donde nadaba un buen capón. Dejó -hervir por espacio de algún tiempo todo lo que -aquélla contenía, y llenando luego una gran taza, -dentro de la cual había cortado algunas rebanadas -de pan, por último se la presentó á Lucía. Al -ver á la pobre niña que reparaba sus fuerzas á -cada cucharada, se felicitaba en voz alta á sí misma -de que la cosa hubiese sucedido en un día, en<span class="pagenum" id="Page_149">[Pg 149]</span> -el cual según su expresión, el gato no estaba en -el hogar. “Éste es un día de fiesta para todo el -mundo”, añadió la dama, “excepto para los desgraciados -que tienen la aflicción de comer pan de algarroba -y <em>polenta</em> de maíz. Sin embargo, ellos esperan -hoy recibir alguna cosa de un señor caritativo: -en cuanto á nosotras, á Dios gracias, no nos -hallamos en este caso: entre el oficio de mi marido, -y alguna cosilla que tenemos al sol, vamos -pasando. Comed, pues, con apetito, y en el entretanto -esperaremos á que el capón se cueza, y -así podréis recobrar un poco mejor vuestras fuerzas”. -Así diciendo, volvió á cuidar de la comida y -á preparar la mesa.</p> - -<p>Lucía, después de haberse restaurado un poco, -y sintiendo volver la tranquilidad á su alma, trató -de reparar el desorden de su vestido, por una -costumbre, por un instinto de curiosidad y de pudor. -Trenzaba y arreglaba sus largos cabellos en -desorden; ajustaba su pañuelo sobre el seno y alrededor -de su cuello. Al hacer esta operación, -sus dedos se enredaron en el rosario que llevaba -suspendido, y que tanto le había servido la noche -antes: fijó en él sus miradas, y se turbó instantáneamente. -El recuerdo del voto que había hecho, -ese recuerdo hasta entonces olvidado por tantas -sensaciones dolorosas, se presentó de improviso -clara y distintamente á su imaginación. En este -momento, todas las potencias de su ánimo, apenas<span class="pagenum" id="Page_150">[Pg 150]</span> -despiertas, fueron vencidas de nuevo en un -solo instante; y si su alma no hubiese estado tan -preparada por una vida llena enteramente de inocencia, -de resignación y de confianza, la consternación -que experimentó en aquel momento la habría -llevado hasta la desesperación. Después del -primer tumulto de aquellos pensamientos, demasiado -confusos para venir á la imaginación con -palabras, las primeras que se formaron fueron éstas: -“¡Oh, infeliz de mí, qué es lo que he hecho!” -Pero apenas las hubo concebido, cuando se sintió -sobrecogida de cierta especie de terror. Agrupáronse -en su mente todas las circunstancias del voto; -sus mortales angustias, el estar sin esperanza -alguna de socorro humano, el fervor de su súplica, -la plenitud de sentimiento con la cual su promesa -había sido hecha: el arrepentirse de ésta, -después de haber obtenido la gracia que había -implorado, le pareció una ingratitud sacrílega, -una perfidia hacia Dios y á la santa Virgen: juzgó -que semejante infidelidad le atraería nuevas y -más terribles desventuras, en las cuales nada podía -esperar, ni aun podría tener el auxilio de la -súplica: y por lo tanto se apresuró á echarse en -cara aquel arrepentimiento voluntario. Se quitó -devotamente el rosario del cuello, y sosteniéndolo -con mano trémula, confirmó, renovó su voto, -pidiendo al mismo tiempo con súplica ferviente -que el cielo le concediese la fuerza necesaria para<span class="pagenum" id="Page_151">[Pg 151]</span> -cumplirlo; que éste arrojase lejos de ella los pensamientos -y las ocasiones, las cuales hubieran podido, -si no variar su ánimo, agitarlo á lo menos -demasiado.</p> - -<p>El alejamiento en que estaba Renzo, sin ninguna -probabilidad de que volviera; este alejamiento -que hasta entonces le había parecido tan amargo, -al presente se le figuraba que era una disposición -de la divina Providencia, que había hecho -coincidir dos sucesos para llegar á un solo fin, esforzándose -la desventurada en encontrar en el uno -una razón para consolarse del otro. Detrás de este -pensamiento, se le figuraba igualmente que la -misma Providencia, para consumar la obra, sabría -hallar el modo de hacer que Renzo también se resignase, -que no pensara más... Pero apenas -semejante idea se le hubo presentado á su imaginación, -cuando se levantó en ella una gran confusión. -Sintiendo que su corazón la llevaba involuntariamente -á arrepentirse de lo que había hecho, -volvió de nuevo á recurrir á la súplica, al -combate, saliendo como un vencedor (si me es -permitido hacer esta comparación); como un vencedor, -repito, herido y abrumado de fatiga que se -levanta de encima de su enemigo.</p> - -<p>De repente se oye á lo lejos un ruido de pisadas -y de gritos de alegría: era la familia de la dama -que volvía de la iglesia. Dos pequeñas niñas -y un niño, entraron gritando: se pararon un momento<span class="pagenum" id="Page_152">[Pg 152]</span> -para echar una curiosa mirada sobre Lucía, -y después corrieron presurosos hacia la mamá, -agrupándose á su alrededor. Uno le pregunta -el nombre de aquella huéspeda desconocida, -y el por qué se hallaba allí: otro quiere contarle -las maravillas que había visto: la buena dama respondió -á unos y á otros con un: “Vamos, quietos, -silencio”. El amo de la casa entró en seguida con -paso más sosegado, pero pintado en su semblante -una expansiva alegría. Éste era, si no lo hemos -dicho ya antes, el sastre de la población y de todas -las cercanías, hombre que sabía leer, que había -leído efectivamente más de una vez la <em>Leyenda -de los Santos</em> y los <em>Reales de Francia</em>, y pasaba -en el territorio por un hombre de talento y de -ciencia, alabanzas todas que rechazaba con mucha -modestia, diciendo únicamente que había -equivocado su vocación, y que si hubiese estudiado -en lugar de tantos otros... Aparte de esto, -era un hombre de la mejor pasta del mundo. Se -hallaba presente cuando el párroco había suplicado -á su mujer el emprender aquel viaje caritativo; -y no sólo lo había aprobado, sino que también -hubiera añadido sus persuasiones, si hubiera -sido necesario. Al presente, que la función, el -aparato, el concurso, y sobre todo el sermón del -cardenal habían, como se dice vulgarmente, exaltado -todos sus buenos sentimientos, volvía á su -casa con la expectativa, con el deseo ansioso de<span class="pagenum" id="Page_153">[Pg 153]</span> -saber qué es lo que había pasado, y de ver si se -había salvado la pobre inocente.</p> - -<p>—Miradla, le dijo, al entrar, la buena dama, señalando -á Lucía. Ésta se levantó ruborizándose, -y empezó á balbucear algunas excusas; pero él se -aproximó á la joven, no sin grandes demostraciones -de alegría, y exclamó: “¡Bien venida, bien venida! -Vos sois la bendición del cielo en esta casa. -¡Cuán contento estoy de veros aquí! Bien seguro -estaba yo que llegaríais á buen puerto, porque -jamás he visto que el Señor haya empezado un -milagro sin concluirlo perfectamente; pero ¡cuán -contento, repito, estoy de veros aquí! ¡Pobre niña! -¡Mas sin embargo, es una cosa grande el haber -sido objeto de un milagro!”.</p> - -<p>No se crea que él solo calificase de milagro -aquel acontecimiento, porque hayamos dicho que -había leído la <em>Leyenda</em>; por todo el pueblo y por -todos los alrededores no se habló en otros términos -mientras duró su memoria. Y á decir verdad, -con las añadiduras que le pusieron, no le podía -convenir otro nombre.</p> - -<p>Se acercó en seguida poco á poco á su mujer, -que desataba la marmita de la cadena, que la tenía -suspendida sobre el fuego, y le dijo en voz -baja:</p> - -<p>—¿Ha ido todo bien?</p> - -<p>—Perfectamente, ya te lo contaré más tarde.</p> - -<p>—Sí, sí, con comodidad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_154">[Pg 154]</span></p> - -<p>Cuando estuvo puesta la mesa, la dueña fué á -buscar á Lucía, y la acompañó hasta su asiento; -cortó una ala del capón, y se la sirvió; sentáronse -también los dos esposos, y ambos exhortaron á su -huéspeda, abatida y vergonzosa, á que tuviese -valor y comiese. El sastre empezó, á los primeros -bocados, á discurrir con gran énfasis, en medio -de las interrupciones de los niños, que comían -alrededor de la mesa, y que habían visto cosas -demasiado extraordinarias, para limitarse largo -tiempo al solo papel de oyentes. Aquél describía -las solemnes ceremonias, luego saltaba á hablar -de la conversión milagrosa. Pero lo que le había -hecho más impresión, y lo que repetía más, era -el sermón del cardenal.</p> - -<p>—Al ver ante el altar, decía, un señor de aquella -especie, lo mismo que un simple párroco...</p> - -<p>—¿Y aquella cosa de oro que llevaba en la cabeza?... -decía una de las niñas.</p> - -<p>—Cállate; al pensar, repito, que un señor de -esa especie, una persona tan sabia, que según dicen -ha leído todos los libros del mundo, circunstancia -que no se ha visto en ningún otro hombre, -ni aun en el mismo Milán; al pensar que ha sabido -adaptarse á decir aquellas hermosas cosas, -de manera que todos las hayan comprendido...</p> - -<p>—Yo también las he comprendido, dijo la otra -niña.</p> - -<p>—Cállate; ¿qué es lo que has de haber tú comprendido?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_155">[Pg 155]</span></p> - -<p>—He comprendido que explicaba el Evangelio -en lugar del señor cura.</p> - -<p>—¡Silencio! No digo que se haya hecho comprender -solamente de aquellos que saben algo, -porque en este caso están obligados á comprenderle, -sino también de los que tienen la cabeza -más dura, los más ignorantes, seguían el hilo de -su discurso. ¡Id ahora á preguntarles si sabrían -repetir las palabras que decía! ¡Oh! sí; no las podrán -expresar, pero el sentido de ellas, lo tienen -aquí; y se golpeaba la frente con la palma de la -mano. ¡Y cómo se comprendía que hablaba del -consabido señor sin tener necesidad de pronunciar -su nombre! Y además, para estar uno al cabo -del asunto, hubiera bastado el ver las lágrimas -que se desprendían de sus ojos; y entonces toda -la gente se ponía también á llorar...</p> - -<p>—Justamente es la verdad, exclamó el niño, -interrumpiendo al orador; ¿mas por qué lloraban -todos como si fuesen criaturas?</p> - -<p>—¿Quieres callar? Y no se diga, sin embargo, -que en el pueblo no hay corazones bien duros. -Como iba diciendo, monseñor nos ha hecho ver -claramente, que aunque hay carestía, es preciso -dar gracias á Dios, y estar contentos; hacer lo que -se pueda, ingeniarse, ayudarse, y después alegrarse; -porque la desgracia no consiste en padecer -y ser pobres; está también en obrar mal. Y -esto no son palabras vanas; pues, no se ignora<span class="pagenum" id="Page_156">[Pg 156]</span> -que él vive también como un pobre, que se quita -el pan de la boca para dárselo á los desgraciados, -cuando podría darse una vida mejor de la -que tiene. ¡Oh, qué placer experimenta uno al -oirlo hablar! No es como tantos otros que dicen: -haced lo que os digo y no lo que yo hago; y luego, -nos ha manifestado con la mayor precisión, -que aun los que no son señores, y que no obstante -tienen más de lo necesario, están obligados á -hacer partícipes á los que padecen.</p> - -<p>En esto interrumpió de improviso su discurso, -como atormentado por una idea. Se detuvo un -momento; en seguida llenó un plato de los manjares -que había sobre la mesa, añadió un pan, colocó -dicho plato dentro de una servilleta, y habiéndola -tomado por las cuatro puntas, dijo á la -mayor de sus niñas: “cógela así”. Le puso en la -otra mano una botella de vino, y prosiguió: “Ve á -casa de María la viuda; déjale esto, y dile que es -para que se regale un poco con sus niños. Pero -mira; ten cuidado cómo lo haces, no vayas á dárselo -como si fuera á hacérsele una limosna: que -no se te escape una sola palabra si encuentras á -alguien; y, por último, ten cuidado de que nada -se rompa”.</p> - -<p>Lucía se conmovió hasta el punto de derramar -lágrimas, y sintió en su alma un enternecimiento -que la distrajo de su dolor. Ya el discurso anterior -de aquel hombre honrado le había causado<span class="pagenum" id="Page_157">[Pg 157]</span> -un alivio, que las palabras de consuelo, más dulces, -más directas, no le hubieran podido procurar. -Su espíritu, cediendo al atractivo de aquellas descripciones -de pompas augustas, de aquellas emociones -de piedad y admiración, sobrecogido por el -mismo entusiasmo del narrador, alejaba de sí sus -dolorosos pensamientos, y cuando volvían, se encontraba -más fuerte contra ellos. La idea misma -de su sacrificio, sin haber perdido su amargura, -experimentaba una cierta alegría austera y solemne.</p> - -<p>Poco después entró el cura del pueblo, y dijo -que el cardenal le enviaba á informarse de Lucía, -y para advertirla que monseñor quería verla aquel -mismo día; en seguida dió las gracias en su nombre -al sastre y á su mujer. Éstos y aquélla, conmovidos -y turbados, no hallaban palabras para -contestar á las demostraciones de semejante personaje. -“¿Y vuestra madre no ha llegado todavía?”, -preguntó el cura á Lucía.</p> - -<p>—¡Mi madre!, exclamó ésta. Diciéndole luego el -cura cómo había sido mandada á buscar por orden -del arzobispo, se puso el delantal en los ojos, -y prorrumpió en un copioso llanto, que duró mucho -tiempo después de haberse marchado el eclesiástico. -Cuando los sentimientos tumultuosos que -se habían suscitado en su alma, á aquel anuncio, -empezaron á dar lugar á ideas más tranquilas, la -infeliz joven se acordó que la alegría entonces tan<span class="pagenum" id="Page_158">[Pg 158]</span> -próxima de volver á ver á su madre, contento tan -inesperado pocas horas antes, lo había también -implorado expresamente en aquellas horas terribles, -y lo había puesto casi como una condición á -su voto. <em>Hacedme volver sana y salva al lado de mi -madre</em>, había dicho; y estas palabras aparecieron -distintamente á su memoria. Se confirmó más que -nunca en el propósito de mantener su promesa, y -se reprochó de nuevo y muy amargamente aquel -<em>¡infeliz de mí!</em> que se había escapado de su interior -en los primeros momentos.</p> - -<p>Efectivamente, cuando hablaron de Inés, ésta -se encontraba ya muy cerca. Es fácil imaginar cómo -se quedaría la pobre mujer á una invitación -tan poco esperada, y á la noticia necesariamente -truncada y confusa de un peligro, se podía decir, -que ya había cesado, pero de un peligro espantoso, -de una terrible aventura, que el mensajero no -sabía referir ni explicar, y de la cual ella no tenía -á qué agarrarse para explicársela por sí misma. -Después de haber llevado las manos á su cabeza, -después de haber exclamado muchas veces: “¡Ah, -Señor, ah, Madonna!” después de haber hecho varias -preguntas al mensajero, á las cuales éste no -sabía qué responder, se lanzó furiosa y con precipitación -en el carruaje, continuando, durante todo -el camino, deshaciéndose en exclamaciones y -preguntas inútiles. Mas al llegar á cierto paraje, -se encontró de manos á boca con D. Abundio,<span class="pagenum" id="Page_159">[Pg 159]</span> -que se adelantaba poco á poco, apoyado en su bastón. -Después de un “¡oh!” proferido por ambas partes, -D. Abundio se detuvo; Inés hizo parar el carruaje, -y se bajó; luego, los dos se dirigieron hacia un -castañar que se hallaba al lado del camino. D. -Abundio le había participado todo lo que había -podido saber y debido ver. La cosa no estaba -tan clara todavía; pero á lo menos Inés se cercioró -de que Lucía permanecía en seguridad, y -respiró.</p> - -<p>En seguida, D. Abundio quiso entablar otra -clase de conversación é instruirla largamente sobre -la manera de gobernarse con el arzobispo, si -éste, como era probable, deseaba hablar con ella -y con su hija, diciéndole, principalmente, que no -convenía hacerle mención del casamiento. Pero -conociendo Inés que el buen hombre no iba más -que á su propio interés, lo dejó plantado, sin -prometerle nada, sin resolver nada tampoco, contestando -solamente que tenía otras cosas en que -pensar; después de lo cual se volvió á poner en -camino.</p> - -<p>Finalmente, el carruaje llegó á su destino, y -paró á la puerta de la casa del sastre. Lucía se levanta -precipitadamente; Inés se apea; se precipita -dentro de la expresada casa, y he aquí que se -abrazan estrechamente una á otra. La mujer del -sastre, que era la única que se hallaba presente, -les dió ánimo, las tranquilizó, se regocijó con ellas;<span class="pagenum" id="Page_160">[Pg 160]</span> -y después, siempre discreta, las dejó solas, diciendo -que iba á disponer una cama; que podía hacerlo, -sin incomodarse; pero que en todo caso, -tanto su marido como ella, más bien hubieran -querido dormir en el suelo, que permitir que fuesen -á otra parte á buscar un asilo para aquella -noche.</p> - -<p>Pasado el primer ímpetu de abrazos y sollozos, -Inés quiso saber las aventuras de Lucía, y ésta se -puso á contárselas con la mayor ansiedad; mas -como el lector sabe, era una historia que nadie la -conocía toda; y para la misma Lucía había partes -sumamente oscuras, hechos inexplicables, y principalmente -aquella fatal coincidencia de haberse -encontrado con el terrible carruaje en medio de -su camino, justamente cuando ella pasaba por una -casualidad extraordinaria; sobre esto último, la -madre y la hija hacían mil conjeturas, sin acertar -nunca con la verdadera causa, ni siquiera aproximarse -á ella.</p> - -<p>Con respecto al autor de la trama, ninguna de -las dos podía dudar que no fuese D. Rodrigo.</p> - -<p>—¡Ah, espíritu malo!, ¡tizón del infierno!, exclamaba -Inés; pero ya le llegará su hora: el Señor se lo -recompensará según sus méritos, y entonces él -experimentará también...</p> - -<p>—¡No, no, madre mía! la interrumpió Lucía; -no deseéis ningún mal á él ni á nadie tampoco. -¡Si sabéis lo que es sufrir; si lo habéis experimentado!<span class="pagenum" id="Page_161">[Pg 161]</span> -¡No, no!, roguemos más bien por él á Dios y -á la Madonna; que el Señor le toque el corazón -como lo ha hecho con ese otro infeliz, que era mucho -peor y ahora es un santo.</p> - -<p>El terror que causaba á Lucía el recordar aquellos -hechos tan recientes y crueles, le hizo más de -una vez titubear; más de una vez dijo que no tenía -bastante valor para continuar, y después de -muchas lágrimas y suspiros, volvió á tomar el uso -de la palabra con el mayor pesar; pero un sentimiento -contrario la hizo vacilar al llegar á cierto -punto de su narración: cuando se trató del voto. -El temor de que su madre la acusara de imprudente -y precipitada, y que como había hecho en -el asunto del casamiento, no le pusiera por delante -aquella su tan larga regla de conciencia, y -la quisiese hacer prevalecer, ó que la buena mujer -le dijese en confianza á alguno, no por otra -cosa más sino para que la iluminara y aconsejara, -y llegase de este modo á hacerse público; al pensar -esto solo Lucía percibía que sus mejillas se -cubrían de un vivo carmín; añádase también cierta -vergüenza que le causaba su misma madre, y -una inexplicable repugnancia de hablar sobre la -materia, fueron motivos todos que le hicieron -ocultar aquella circunstancia importante, proponiéndose -confiársela primeramente al padre Cristóbal. -¡Mas cómo se quedó, cuando preguntando -por él, supo que no estaba ya en Pescarenico;<span class="pagenum" id="Page_162">[Pg 162]</span> -que había sido enviado á un pueblo muy lejano, -á un pueblo que tenía cierto nombre!...</p> - -<p>—¿Y Renzo?, dijo Inés.</p> - -<p>—Está en salvo, ¿no es cierto?, replicó ávidamente -Lucía.</p> - -<p>—Sí, porque todos lo dicen; se asegura que se -ha refugiado en el territorio de Bérgamo; pero el -paraje verdadero nadie puede decirlo: hasta ahora -no ha dado noticias de su persona; es indispensable -que no haya hallado el medio de hacerlo.</p> - -<p>—¡Ah, si está en salvo, gracias sean dadas al -Señor!, dijo Lucía; y procuraba mudar de conversación, -cuando ésta fué interrumpida por un suceso -inesperado; tal fué la aparición del cardenal -arzobispo.</p> - -<p>Éste, vuelto de la iglesia, donde lo habíamos -dejado, habiendo sabido por el Incógnito la llegada -de Lucía, fué á sentarse á la mesa, haciendo -colocar á su derecha al señor, en medio de un -círculo de sacerdotes que no podían saciarse de -lanzar ojeadas sobre aquel semblante tan dulcificado -sin debilidad, tan humillado sin bajeza, y de -compararle con la idea que desde largo tiempo -tenían de dicho personaje.</p> - -<p>Concluido el desayuno, el Incógnito y el cardenal -se retiraron de nuevo juntamente. Después de -un coloquio que duró más que el primero, el señor -partió para su castillo, montado en la misma -mula de la mañana. El cardenal hizo llamar al<span class="pagenum" id="Page_163">[Pg 163]</span> -párroco, y le manifestó que deseaba ser conducido -á la casa en donde Lucía se había refugiado.</p> - -<p>—¡Oh, monseñor!, respondió éste, no os molestéis: -haré avisar al momento á la joven para que -venga, como también la madre, si es que ha llegado, -y también los dueños de la casa si quiere -monseñor; todos los que vuestra señoría ilustrísima -guste.</p> - -<p>—Deseo yo mismo ir á verlos, replicó Federico.</p> - -<p>—Vuestra señoría ilustrísima no debe molestarse: -enviaré á llamarlos en seguida; es cosa de -un momento, insistió el párroco asaz oficioso é -impertinente (por lo demás excelente sujeto); mas -no comprendía que el cardenal quería con semejante -visita rendir homenaje á la desgracia, á la -inocencia, á la hospitalidad y á su propio ministerio -á un mismo tiempo. Pero habiendo el superior -expresado de nuevo sus deseos, el inferior se -inclinó y se puso en marcha.</p> - -<p>Apenas los dos personajes pusieron el pie en la -calle, cuando toda la gente se encaminó hacia -ellos, acudiendo de todas partes, y rodeándoles de -manera que llegaban á impedirles el paso. El párroco -se esforzaba en decir: “vamos, atrás, retiraos; -¡más, más!”. Y Federico le replicaba: “dejadlos, dejadlos”, -é iba avanzando, tan pronto alzando la mano -para bendecir al pueblo, tan pronto bajándola -para acariciar á los niños que embarazaban su<span class="pagenum" id="Page_164">[Pg 164]</span> -marcha. De este modo llegaron á la casa, en la -cual entraron: la multitud permaneció agrupada -en la calle. El sastre se hallaba también entre la -gente que había seguido al cardenal, el cual con -los ojos fijos en éste y la boca abierta, iba mirándole -sin saber adónde se dirigía. Al ver que el arzobispo -entraba en su casa, se abrió paso, dejando -á la consideración de los lectores el estrépito -que movería, gritando sin cesar: “dejad pasar á -quien debe”; y entró.</p> - -<p>Inés y Lucía oyeron en la calle un ruido que á -cada paso se aumentaba: mientras pensaban lo -que podría ser, vieron abrirse la puerta y aparecer -el cardenal en compañía del párroco.</p> - -<p>—¿Es aquélla?, preguntó el primero al segundo; -y á una señal afirmativa se dirigió hacia Lucía, -que estaba allí con la madre, ambas inmóviles y -mudas de vergüenza y sorpresa. Pero el tono de -aquella voz, el aspecto, el continente, y sobre todo -las palabras de Federico, las tranquilizaron -prontamente. “¡Pobre joven, dijo, Dios ha querido -someteros á una gran prueba; mas os ha hecho -ver que siempre tenía su vista fija sobre vos, y -que no habíais sido olvidada! Él os ha puesto en -salvo, y se ha servido de vos para consumar una -grande obra, para manifestar su misericordia á un -hombre, y para aliviar al propio tiempo á otros -muchos”.</p> - -<p>En esto apareció en la estancia el ama de la casa,<span class="pagenum" id="Page_165">[Pg 165]</span> -la cual, al ruido, se había asomado á la ventana, -y habiendo visto quién entraba, bajó precipitadamente -la escalera, después de haberse arreglado -lo mejor que pudo. El sastre entró casi -al mismo tiempo por otra puerta. Al ver trabada -la conversación, fueron á reunirse á un rincón, en -donde permanecieron con aire respetuoso. El cardenal, -saludándolos cortésmente, continuó su plática -con las mujeres, mezclando á sus consuelos -algunas preguntas, para ver si en las respuestas -podía hallar alguna coyuntura de hacer bien á -quien tanto había padecido.</p> - -<p>—Convendría que todos los sacerdotes fuesen -como vuestra señoría, que tomasen algunas veces -el partido de los pobres, y no les ayudasen á meterlos -en medio de las mayores dificultades para -ellos huir el cuerpo, dijo Inés, animada por el aire -familiar y afectuoso de Federico, y encolerizada -al pensar que el Sr. D. Abundio, después de -sacrificar siempre á los demás, pretendiese también -impedir una pequeña expansión de espíritu, -la menor queja á los que eran superiores á él, -cuando por una rara casualidad se presentaba una -ocasión.</p> - -<p>—Decid todo lo que pensáis, dijo el cardenal, hablad -con libertad.</p> - -<p>—Quiero decir, que si nuestro señor cura hubiese -cumplido con su deber, las cosas no hubieran -llegado á tal extremo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_166">[Pg 166]</span></p> - -<p>Mas haciéndole el cardenal nuevas instancias -para que se explicara con mayor claridad, ella empezó -á hallarse embarazada con tener que referir -una historia en la que la misma tenía una parte -que procuraba ocultar, especialmente á semejante -personaje. Sin embargo, encontró el medio de -arreglarla, con una pequeña variación: contó el -concertado casamiento, la denegación de D. Abundio; -no pasando en silencio el pretexto de los <em>superiores</em> -que él había puesto por delante (¡ah, -Inés!) y pasó al atentado de D. Rodrigo, y cómo -habiendo sido avisadas habían podido escapar. “Pero -sí, añadió en conclusión, escapar para caer en -otros lazos. Si en aquella ocasión, el señor cura -hubiese hablado con sinceridad, y casado en seguida -á mis pobres jóvenes, nos hubiéramos ido -todos juntos secretamente, muy lejos, á un paraje -que ni siquiera el aire lo hubiera sabido. Así -es como se ha perdido el tiempo y ha sucedido lo -que ha sucedido”.</p> - -<p>—El señor cura me dará cuenta de este hecho, -dijo el cardenal.</p> - -<p>—No señor, no, replicó Inés prontamente: no -lo he dicho por esto; no le reprendáis, porque ya -lo que está hecho, hecho se queda; y además, que -de nada sirve: es un hombre de este carácter; si -el caso se presentase de nuevo, obraría del mismo -modo.</p> - -<p>Pero Lucía, no satisfecha de aquel modo de referir<span class="pagenum" id="Page_167">[Pg 167]</span> -la historia, añadió: “Nosotras también, nosotras -también hemos obrado mal: se ha visto que -la voluntad del Señor era que la cosa no tuviese -buen éxito”.</p> - -<p>—¿Qué mal habéis podido hacer, desgraciada -joven?</p> - -<p>Lucía, á pesar de las señas que la madre le hacía -á hurtadillas con los ojos, contó la aventura -de la tentativa hecha en casa de D. Abundio, y -concluyó diciendo: “Hemos obrado mal y Dios nos -ha castigado”.</p> - -<p>—Aceptad de su mano los padecimientos que -habéis sufrido, y tened valor, dijo Federico; porque -¿quién tendrá razón de alegrarse y de esperar -sino el que ha padecido y piensa en acusarse -á sí mismo?</p> - -<p>Entonces preguntó en dónde se hallaba el prometido, -y sabiendo por Inés (Lucía permanecía -silenciosa, con la cabeza baja) que había huido -del país, experimentó y manifestó admiración y -desagrado, queriendo saber la causa que lo había -motivado.</p> - -<p>Inés refirió lo mejor que le fué posible lo poco -que sabía de las aventuras de Renzo.</p> - -<p>—He oído hablar de ese joven, dijo el cardenal; -¿pero cómo permitís que un hombre que se -halla comprometido en negocios de semejante especie -trate de casarse con esta joven?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_168">[Pg 168]</span></p> - -<p>—Era un joven muy honrado, dijo Lucía ruborizándose, -pero con voz segura.</p> - -<p>—Era un muchacho pacífico hasta dejarlo de -sobra, añadió Inés; y vuestra señoría puede preguntarlo -á quien quiera, aunque sea al mismo señor -cura. ¿Quién es capaz de saber las intrigas y -enredos que le habrán armado por allá? Muy poca -cosa se necesita para hacer pasar á los pobres -por bribones.</p> - -<p>—Es demasiado cierto, dijo el cardenal; yo me -informaré: y habiéndose hecho decir el nombre y -apellido del joven, lo apuntó en un librito de memorias. -En seguida añadió que contaba marcharse -á su país dentro de algunos días; que entonces -Lucía podría ir allá sin temor, y que entretanto -él se ocuparía de proporcionarle un asilo en donde -pudiese estar con seguridad, hasta que todo se -arreglase.</p> - -<p>Después se volvió á los dueños de la casa, que -se adelantaron con prontitud; renovó las gracias -que les había dirigido por medio del párroco, y -les preguntó si querían conservar por pocos días -á los huéspedes que Dios les había enviado.</p> - -<p>—¡Oh!, sí señor, contestó el ama con un tono de -voz y un aire que expresaban mucho más que -aquella corta respuesta, medio ahogada por la timidez. -Pero el marido, animado por la presencia -de semejante personaje que se dignaba interrogarles, -como igualmente del deseo de lucirse en<span class="pagenum" id="Page_169">[Pg 169]</span> -una ocasión tan importante, estudiaba ansiosamente -una bella contestación. Arrugó la frente, -puso los ojos bizcos, apretó los labios, tendió con -todas sus fuerzas el arco de la inteligencia, barrenó -y sintió dentro de sí un choque de ideas, á las -cuales faltaba algo, y de palabras truncadas; mas -el tiempo apremiaba, y el cardenal demostraba -ya haber interpretado su silencio. Entonces el -buen hombre abrió la boca y dijo: “Figuraos...”. -Nada más pudo venirle por el pronto. No sólo -quedó avergonzado allí aquel día, sino que su recuerdo -importuno agrió siempre el placer del -grande honor que había recibido. ¡Cuántas veces -pensando en esta circunstancia, como para contrariarle, -le vinieron á la imaginación una multitud -de palabras, que todas hubieran valido más -que su insulso “<em>¡figuraos!</em>”. Pero como dice un antiguo -proverbio: á burro muerto, &c.</p> - -<p>El cardenal partió diciendo: “que la bendición -del Señor sea sobre esta casa”.</p> - -<p>Por la tarde preguntó al cura cómo podría recompensarse -de un modo conveniente á aquel -hombre, que no debía ser rico, de una hospitalidad -costosa, especialmente en aquellos tiempos. -El párroco respondió que á la verdad, ni las ganancias -de su profesión, ni la renta de algunos -pequeños campos que el buen sastre poseía, hubieran -sido suficientes aquel año para ponerlo en -posición de ser liberal para con los demás; pero<span class="pagenum" id="Page_170">[Pg 170]</span> -que habiendo economizado en los años anteriores, -se encontraba al presente ser uno de los más acomodados -del pueblo; que podía hacer algunos gastos -sin que le causaran ninguna extorsión, y que -ciertamente los haría con gusto, y que por otra -parte tomaría como una ofensa el que se le hiciese -aceptar recompensa alguna.</p> - -<p>—Probablemente tendrá, dijo el cardenal, créditos -contra gente que no pueda pagar.</p> - -<p>—Ya puede figurárselo vuestra señoría ilustrísima: -esas pobres gentes pagan con el sobrante de -la recolección; en un año escaso nada sobra; al -contrario, falta todavía lo necesario.</p> - -<p>—Bueno; yo tomo á mi cargo todas esas deudas -y vos os serviréis recoger de ellos la nota de -las partidas, y las saldaréis.</p> - -<p>—Compondrá una gran suma.</p> - -<p>—Tanto mejor; y tendréis otros ranchos bastante -necesitados, que no tendrán deudas, porque no -habrá quién les preste.</p> - -<p>—¡Oh, sí; hay muchos! Y sin embargo, se hace -lo que se puede; pero, ¿cómo atender á todos -en unos tiempos tan calamitosos?</p> - -<p>—Disponed que se les vista á mis expensas, y -pagadlo bien. Verdaderamente este año, todo el -dinero que se gaste en pan me parece robado; pero -éste es un caso excepcional.</p> - -<p>No queremos, con todo, concluir la historia de -aquel día, sin referir sucintamente cómo terminó -la del Incógnito.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_171">[Pg 171]</span></p> - -<p>Esta vez el ruido de su conversión le había precedido -en el valle: se había esparcido prontamente, -y había excitado una sorpresa, una ansiedad y -una irritación difíciles de pintar. Á los primeros -bravos ó servidores (que era igual) que encontraba, -les hacía seña que le siguiesen: éstos caminaban -detrás de él siendo presa de una nueva inquietud -y con su acostumbrada obediencia; su séquito -se aumentaba á cada instante. Llega por -fin al castillo: indica á los que se encuentran á sus -puertas que le sigan también; entran en el primer -patio, se coloca en medio de él, y allí, afirmándose -en sus estribos, lanza un grito atronador, -siendo ésta la señal que usaba para que todos -aquellos de los suyos, á quienes llegara dicho grito, -se presentasen al instante. En seguida todos -los que se hallaban esparcidos por el castillo se -apresuraron á acudir á aquella voz terrible, y se -reunieron al resto de la numerosa cuadrilla, fijando -todas sus miradas sobre su señor.</p> - -<p>—Id á esperarme al gran salón, dijo, y desde lo -alto de su cabalgadura estaba viéndolos partir. En -seguida se apeó, condujo por sí mismo la mula á -la cuadra, y se encaminó hacia donde era esperado. -El sordo murmullo que reinaba en el salón cesó -á su aspecto; retiráronse todos á un ángulo, dejando -un gran espacio vacío á su alrededor. Ellos -serían unos treinta.</p> - -<p>El Incógnito levantó la mano como para mantener<span class="pagenum" id="Page_172">[Pg 172]</span> -el silencio que su sola presencia había hecho -nacer; alzó su cabeza, que sobresalía á todas -las demás, y dijo: “Escuchadme todos, y nadie -hable sin ser preguntado. ¡Hijos míos!, el camino -por el cual hemos andado hasta hoy conduce al -fondo del infierno. Esto no es un reproche que yo -quiera haceros, yo que he sido el primero que he -ido delante y os he sobrepujado en esta abominable -carrera, yo el más culpable de todos; mas -atended á lo que voy á deciros.</p> - -<p>“Dios en su misericordia me ha llamado á cambiar -de vida; cambiaré, he cambiado ya: ¡plegue -á este mismo Dios que haga otro tanto con todos -vosotros! Sabed, pues, y tened por cierto, que estoy -resuelto á morir antes que hacer nada más -contra sus santas leyes. Retiro á cada uno de vosotros -las órdenes criminales que tenéis de mí; ya -me entendéis: así, os mando que nada hagáis de -lo que yo os había prescrito; tened igualmente por -cierto, que nadie podrá en adelante cometer ninguna -maldad bajo mi protección ni á mi servicio. -Los que quieran permanecer conmigo con estas -condiciones, los consideraré como hijos míos; me -contemplaré dichoso: en tiempo de hambre y de -miseria compartiré el último pan que quede en -mi casa con el último de vosotros. El que no -quiera, se le dará el salario que se le debe, y además -un regalo; éste podrá ir adonde desee; pero -le advierto que no ponga los pies aquí, á no ser<span class="pagenum" id="Page_173">[Pg 173]</span> -para mudar de vida, pues con este motivo será -recibido con los brazos abiertos. Reflexionad esta -noche sobre lo que os he dicho; mañana por la -mañana os llamaré uno á uno, para que me deis -la contestación, y entonces os daré nuevas órdenes. -Por ahora, retiraos cada uno á vuestro puesto; -y Dios, que ha usado conmigo de tanta misericordia, -os inspire un buen pensamiento”.</p> - -<p>Cesó de hablar y todos guardaron el más profundo -silencio: aunque fermentaron en sus cerebros -ardientes una multitud de extrañas y tumultuosas -ideas, ninguna, sin embargo, dejaron traslucir. -Estaban habituados á escuchar la voz de su -señor como la manifestación de una voluntad absoluta -á la cual era preciso obedecer sin replicar; -aquella voz anunciando que la voluntad se había -cambiado, no daba indicio alguno de que estuviese -aniquilada. Á ninguno de ellos le pasó, sin -embargo, por la imaginación, que por haberse -convertido, se pudiese atrever á replicarle, como -á otro hombre cualquiera. Veían en él á un santo, -pero uno de esos santos á los cuales pintan -con la cabeza alta y la espada en la mano. Además -del temor que inspiraba, tenían hacia él (sobre -todo aquellos que habían nacido bajo su dominación, -y que eran la mayor parte) una afección -como de hombres ligados á su señor feudal. -Su admiración tenía algo de cariño; y experimentaba -á su vista ese respeto que los más rebeldes<span class="pagenum" id="Page_174">[Pg 174]</span> -y petulantes tienen ante una superioridad que ya -han reconocido. Las cosas, pues que habían oído -pronunciar por aquella boca eran seguramente -odiosas á sus oídos, pero no falsas ni enteramente -extrañas á sus inteligencias. Si habían hecho -mil veces burla, no era porque no tuvieran fe, sino -para prevenir con la misma burla el miedo que -les hubiera venido pensándolo seriamente. Al presente, -al ver el efecto de este miedo en un valor -tan indomable como el de su amo, no hubo ninguno -que no lo experimentase, á lo menos por algún -tiempo. Añádase á todo esto, aquellos que -hallándose por la mañana fuera del valle, habían -sido los primeros sabedores de la gran nueva y -habían visto igualmente y también referido la alegría -de toda la población, el amor y la veneración -hacia el Incógnito que había sucedido de repente -al antiguo odio y terror; de manera, que en el -hombre que habían siempre mirado, por decirlo -así, como un ser todopoderoso, aun cuando ellos -mismos formaban en gran parte su fuerza, veían -ahora que era la maravilla, el ídolo de la multitud; -lo contemplaban que sobresalía á los otros -de un modo muy diverso antes, pero no menos; -siempre fuera de la esfera común, siempre á la -cabeza.</p> - -<p>Estaban pues, todos aturdidos, inciertos unos -de otros, y también de sí mismos. El uno buscaba -en su imaginación en dónde podría encontrar<span class="pagenum" id="Page_175">[Pg 175]</span> -un asilo y ocupación; el otro se preguntaba si podría -doblegarse á aquel nuevo género de vida; éste, -conmovido por aquellas palabras, experimentaba -hacia el señor cierta inclinación; aquél, sin -resolver nada, se proponía prometerlo todo á buena -cuenta, tratando mientras de comer aquel pan -ofrecido de tan buena gana y entonces tan escaso, -é ir ganando tiempo. Ninguno resolló; y cuando -el Incógnito al fin de su discurso alzó de nuevo -aquella mano imperiosa para indicarles que se -marcharan, dóciles como un rebaño de ovejas, tomaron -todos el camino de la puerta. Él salió también -detrás de ellos, y parándose en medio del patio, -miró á la débil luz del crepúsculo cómo se separaban -y cada uno se encaminaba á su puesto. -Luego entró á coger su linterna, recorrió de nuevo -los patios, los corredores, las salas, visitó todas -las avenidas, y cuando vió que todo estaba tranquilo, -se fué por último á dormir. Sí, á dormir, -porque tenía sueño.</p> - -<p>Jamás, aun cuando siempre había ido en busca -de negocios intrincados é intrigas, jamás, repito, -se había visto tan abrumado como al presente; -con todo, tenía sueño. Los remordimientos que le -tuvieron desvelado la noche anterior, en vez de -haberse calmado levantaban el grito más soberbios, -más severos, más absolutos; y sin embargo, -tenía sueño. El orden, la especie de gobierno establecido -allí dentro por él tantos años hacía, á<span class="pagenum" id="Page_176">[Pg 176]</span> -fuerza de tantos cuidados, con tan extraordinario -acopio de audacia y perseverancia, ahora él mismo -lo había puesto en todo su vigor con pocas palabras; -la dependencia ilimitada de los suyos que -estaban dispuestos á todo con la fidelidad de esclavos, -con la cual estaba acostumbrado desde largo -tiempo á descansar, ahora la había puesto á -prueba; los medios de que se había valido, crearon -una multitud de obstáculos: la confusión é incertidumbre -estaba apoderada del castillo; no obstante, -tenía sueño.</p> - -<p>Se encaminó, pues, á su cámara, entró en ella, -se acercó á aquel lecho, el cual la noche antes -había hallado tan espinoso, y se arrodilló cerca de -él, con la intención de rezar. Encontró, en efecto, -en un apartado y profundo rincón de su mente -las oraciones que estaba acostumbrado á rezar -cuando era niño; comenzó á recitarlas, y aquellas -palabras detenidas allí tanto tiempo y juntamente -revueltas, venían unas después de otras como -si se deshiciesen. Experimentaba en esto una mezcla -de sentimientos indefinibles, una cierta dulzura -en aquella vuelta material á los hábitos de la -inocencia, una sensación de dolor al pensar el -grande abismo que mediaba entre aquel tiempo y -el actual, un ardor de llegar por medio de obras -expiatorias á adquirir una nueva conciencia, un -estado más próximo á la virtud, á la cual no podía -volver, un agradecimiento, una confianza en<span class="pagenum" id="Page_177">[Pg 177]</span> -aquella misericordia que lo podía conducir á dicho -estado, y que le había dado ya señales tan -marcadas de quererlo. Después de haber rezado, -se acostó, y quedóse dormido inmediatamente.</p> - -<p>Así terminó aquel día tan célebre aún cuando -escribía nuestro anónimo; y que ahora, á no haber -sido él, nada de particular se sabría, y á lo -cual Ripamonti y Rivola, citados antes, no dicen -más, que aquel tan célebre tirano, después de una -entrevista con Federico, mudó maravillosamente -de vida para siempre. ¿Y cuántos son los que han -leído las obras de los dos expresados autores? Menos -aún que los que leerán nuestro libro. ¿Y quién -sabe, si en ese mismo valle, el que tenga deseos -de buscarlo y la habilidad de encontrarlo, habrá -quedado alguna débil y confusa tradición del hecho? -¡Han nacido tantas cosas desde aquel tiempo -al presente!</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a> Ogro: monstruo fabuloso que decían se comía las criaturas.</p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_178">[Pg 178]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO SÉPTIMO</h2> -</div> - - -<p class="p2">El día siguiente en el pueblo de Lucía y en todo -el territorio de Lecco, no se hablaba más que -de ella, del Incógnito, del arzobispo y de otro sujeto, -que aunque le gustase mucho que hablasen -de él, en aquellas circunstancias lo hubiera perdonado -de buena gana; queremos decir que éste -era el Sr. D. Rodrigo.</p> - -<p>No se vaya á creer que antes de dicho día no se -hubiese hablado de sus hechos; pero eran conversaciones -truncadas y secretos; era preciso que los -interlocutores se conociesen muy bien entre sí para -entablar polémica sobre tal objeto, aún estaban -lejos de hablar con el calor de que hubieran -sido capaces; porque cuando los hombres no pueden, -sin correr un gran peligro, abandonarse á su<span class="pagenum" id="Page_179">[Pg 179]</span> -indignación, no sólo se manifiestan mucho menos, -sino que también reprimen la que experimentan -en su interior; pero sin embargo, no por esto dejan -de sentir. ¿Quién podría hoy contenerse?, ¿quién -dejaría de hablar sobre un suceso que había hecho -tanto ruido, en el cual se veía claramente la -mano de la Providencia, y en donde representaban -un gran papel dos personajes semejantes? El -uno, en el que el amor por la justicia tan valeroso -se veía unido á tanta autoridad; el otro, al cual -parecía que el poder en persona estaba humillado, -que la bravería, por decirlo así, había venido -á deponer las armas y á pedir la paz. Á tales -comparaciones, el Sr. D. Rodrigo considerábase -como un pigmeo. Entonces todo el mundo comprendía -lo que había ideado para atormentar la -inocencia, para deshonrarla, para perseguirla con -una violencia tan atroz y con asechanzas tan abominables. -Pasábase en aquella ocasión una revista -á todas las demás proezas de dicho señor, y sobre -todo las decían del mismo modo que las sentían, -animados y encantados como estaban de hallarse -todos de acuerdo; era un murmullo, un grito -unánime, á lo lejos, sin embargo, porque si no -había bravos, había esbirros.</p> - -<p>Una buena porción de esta pública animadversión -tocaba también á sus colegas y amigos. No -se perdonaba al señor podestá, siempre sordo, -ciego, mudo, con respecto á las violencias de aquel<span class="pagenum" id="Page_180">[Pg 180]</span> -tirano; pero no se hablaba de esto más que en -voz baja, porque el podestá tenía igualmente sus -esbirros. No usaban tantos miramientos tocante -al doctor Azzecca-Garbugli, que no poseía más que -mucha charlatanería y astucia, ni para con los demás -pequeños colegas iguales suyos, á los cuales -se les señalaba tanto con el dedo y se les miraba -con tanta prevención, que juzgaron prudente el -no dejarse ver en la calle por espacio de algún -tiempo.</p> - -<p>D. Rodrigo, herido como de un rayo por aquella -noticia imprevista, tan distante del aviso que -esperaba de día en día y de momento en momento, -se mantuvo encerrado en su palacio solo con -sus bravos, devorando su rabia por espacio de dos -largos días; mas al tercero partió para Milán. Si -aquello no hubiese sido más que un sordo murmullo -del pueblo, quizá, aunque la cosa hubiese -pasado más adelante, se hubiera quedado expresamente -para desafiarla, para buscar la ocasión de -dar sobre alguno de los más ardientes una lección -que sirviese para todos; pero lo que le obligó á -marchar, fué el haber sabido de positivo que el -cardenal iba hacia aquel lado. El conde su tío, el -cual nada sabía de toda aquella historia sino lo -que le había dicho Attilio, hubiera ciertamente -exigido que en semejante circunstancia D. Rodrigo -hiciera la primera visita al cardenal, y que obtuviese -en público la acogida más distinguida: véase,<span class="pagenum" id="Page_181">[Pg 181]</span> -pues, cómo aquél había dispuesto otra cosa. -El conde lo hubiera pretendido y se habría hecho -dar cuenta minuciosamente, porque ésta era una -ocasión importante de hacer ver en qué estimación -era tenida la familia por una autoridad tan -eminente. Para escapar de un embarazo tan enojoso, -D. Rodrigo, habiéndose levantado una mañana -antes de salir el sol, se metió en un carruaje, -acompañado del <em>Griso</em> y algunos otros bravos -que iban escoltándole; y dejando la orden de que -el resto de la servidumbre siguiese después, partió -como un fugitivo (permítasenos elevar á nuestros -personajes por medio de alguna ilustre comparación), -como Catalina de Roma, echando espumarajos -de rabia y jurando volver bien pronto, -de otro modo, para consumar su venganza.</p> - -<p>Entretanto el cardenal se adelantaba, visitando -todos los días una de las parroquias situadas en -el territorio de Lecco. El día que debía llegar á -la de Lucía, una gran parte de los habitantes habían -salido de sus casas para salirle al encuentro. -Á la entrada de la población, precisamente al lado -mismo de la casita de nuestras dos mujeres, -había un arco triunfal construido de madera, cubierto -de paja y de musgo, adornado de verdes -ramos de boj y de acebo. La fachada de la iglesia -estaba cubierta de tapices; de cada ventana -pendían colchas y sábanas extendidas, fajas de niños -colocadas á guisa de banderas; todo aquello,<span class="pagenum" id="Page_182">[Pg 182]</span> -por último, que podía parecer necesario, bien ó -mal, ó superfluo. Por la tarde, que era la hora -en la cual se esperaba al cardenal, los que habían -permanecido en las casas, los ancianos, las mujeres -y los niños más pequeños, se pusieron también -en marcha para ir á su encuentro, parte formados -en fila, y parte en pelotón, precedidos por -D. Abundio. El pobre cura estaba triste en medio -de tanta alegría; el estrépito le aturdía; el -movimiento de tanta gente discurriendo por todas -partes le volvía loco, como él decía; y estaba -atormentado por el temor secreto de que las mujeres -lo hubieran charlado todo, por lo cual tuviese -que rendir cuenta de su conducta en el negocio -del casamiento.</p> - -<p>Finalmente, vese aparecer al cardenal, ó por -mejor decir la turba en medio de la cual se encontraba -en su litera, y el séquito que lo rodeaba. -Apenas se le podía distinguir en medio de toda -aquella cohorte, y únicamente se divisaba por -sobresalir de todas las cabezas, un extremo de la -cruz llevada por un capellán que cabalgaba en -una mula. El pueblo que iba con D. Abundio, se -apresuró á reunirse al grueso de la multitud; y -éste, después de haber dicho tres ó cuatro veces: -“Despacio, en fila, ¿qué hacéis?”, atravesó la calle sumamente -incomodado y murmurando siempre: -“Esto es una Babilonia, es una Babilonia”, entró en -la iglesia que estaba desocupada, y se quedó allí -aguardando.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_183">[Pg 183]</span></p> - -<p>El cardenal avanzaba, dando bendiciones con -la mano, y recibiéndolas de la boca del pueblo, -que la gente de su séquito podía apenas contener, -á pesar de todos sus esfuerzos. Como compatriotas -de Lucía, los habitantes hubieran querido hacer -al arzobispo las demostraciones más extraordinarias; -pero la cosa no era fácil, porque había -la costumbre de que á todas partes adonde llegaba -hacían todo lo más que podían. Ya al principio -de su pontificado, á su primera entrada solemne -en la catedral, el numeroso concurso, la impetuosidad -del pueblo que se agrupó á su alrededor -había sido tal, que se temió por su vida, y algunos -caballeros que se hallaban junto á él tuvieron -que tirar de las espadas para amedrentar y apartar -á la multitud. Había en las costumbres de -aquel tiempo un cierto no sé qué de violento y -desordenado, que aun para hacer demostraciones -benévolas á un obispo en la iglesia, era preciso -derramar sangre para contenerlas. Dicho antemural -no habría sido suficiente, si dos sacerdotes dotados -de gran vigor y de mucha presencia de ánimo, -no le hubiesen levantado en brazos y llevado -de este modo desde la puerta de la iglesia hasta -el altar mayor. Desde aquel día, en todas las visitas -episcopales que hizo, no puede menos de causar -escándalo el referir su primera entrada en las -iglesias en medio de sus trabajos pastorales y peligros -que corrió más de una vez.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_184">[Pg 184]</span></p> - -<p>Entró, pues, en ésta como pudo; se encaminó -al altar, y desde allí, después de haber orado un -momento, según su costumbre, dirigió un pequeño -discurso á los asistentes, sobre su amor hacia ellos, -respecto al deseo de su salvación, y el modo de -prepararse para la ceremonia del día siguiente. -Habiéndose retirado en seguida á casa del cura, -entre otra multitud de cosas que habló con éste, -tomó informes acerca de la conducta y cualidades -de Renzo. D. Abundio dijo que era un joven un -poco vivo de genio, testarudo y colérico. Pero tocante -á las preguntas más precisas y especiales del -cardenal, se vió obligado á decir que era un buen -muchacho, y que no podía comprender cómo en -Milán hubiese podido cometer todas aquellas locuras -que habían dicho.</p> - -<p>—En cuanto á la joven, repuso el cardenal, ¿os -parece que pueda venir ya ahora con seguridad á -habitar su casa?</p> - -<p>—Por ahora, respondió D. Abundio, puede venir -y permanecer como quiera; digo por ahora, -pero... añadió en seguida, lanzando un suspiro: -sería preciso que vuestra señoría ilustrísima estuviese -siempre aquí ó á lo menos cerca.</p> - -<p>—El Señor está siempre cerca, dijo el cardenal; -además, yo procuraré ponerla en lugar seguro. Y -dió orden inmediatamente que al día siguiente, -muy temprano, fuese la litera con una escolta á -buscar á las dos mujeres.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_185">[Pg 185]</span></p> - -<p>D. Abundio salió sumamente contento de que -el cardenal le hubiera hablado de los dos jóvenes, -sin haberle pedido cuenta de su negativa en casarlos. -“¿Conque él no sabe nada?, decía entre sí: -¿Inés se ha callado?, ¡qué milagro! Sin embargo, -se volverán á ver; pero le daremos otras instrucciones; -sí, se las daremos”. No sabía el pobre hombre -que Federico no había querido entablar aquella -conversación, justamente porque quería hablar -más largamente y con más comodidad; y antes de -darle lo que era debido quería oir también sus -razones.</p> - -<p>Mas los cuidados del buen prelado para la seguridad -de Lucía habían llegado á ser inútiles. -Después que él la había dejado, sobrevinieron cosas -que es indispensable referir.</p> - -<p>Las dos mujeres, en aquellos pocos días que -tuvieron que pasar bajo el techo hospitalario del -sastre, volvieron á tomar cuanto les fué posible su -antiguo y habitual modo de vivir. Lucía había pedido -en seguida alguna labor, y como hacía en el -monasterio, pasaba todo el día cosiendo, retirada -en una pequeña estancia, apartada de las miradas -de los curiosos. Inés salía algunas veces, y trabajaba -también un poco en compañía de su hija. -Sus conversaciones eran tanto más tristes cuanto -más afectuosas: ambas estaban dispuestas á separarse, -ya que la oveja no podía volver á pacer -junto á la guarida del lobo: ¿y cuándo, cuál sería<span class="pagenum" id="Page_186">[Pg 186]</span> -el término de esta separación? El porvenir era oscuro, -inexplicable para una de ellas principalmente. -Inés, sin embargo de esto, no dejaba de entregarse -interiormente á alegres conjeturas. “Al -cabo y al fin”, decía, “si no ha sucedido nada de -malo á Renzo, bien pronto nos dará noticias suyas; -si ha encontrado que trabajar y el modo de -establecerse; si ¿y cómo dudarlo? tiene su fe jurada -á Lucía y sigue firme en su promesa, ¿por qué -no se podría ir hacia donde él está?” Ella iba entreteniendo -á su hija con tales esperanzas, y yo -no podría decir si ésta experimentaba más pena -escuchándolas que respondiendo á ellas. Había -tenido siempre encerrado su gran secreto en su -interior, y aunque la atormentase el disgusto de -ocultar una cosa á tan buena madre, estaba, sin -embargo, contenida como á su pesar, por la vergüenza -y por mil diversos temores, según ya hemos -dicho anteriormente, dejando pasar los días -sin decir nada absolutamente. Sus proyectos eran -bien diferentes de los de su madre, ó mejor diremos, -no tenía ninguno; estaba enteramente abandonada -á la Providencia. Trataba, pues, de hacer -decaer ó desviar aquella conversación; decía en -términos generales que ella no esperaba ni deseaba -nada en el mundo; que no aspiraba más que -el reunirse prontamente con su madre; más de -una vez, el llanto ahogando su voz, venía oportunamente -á cortarle la palabra.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_187">[Pg 187]</span></p> - -<p>—¿Sabes por qué esto te parece así?, decía Inés: -porque tú has sufrido mucho, y te figuras que no -es posible que pueda volver el bien. Pero deja -hacer al Señor; y si... deja que se vea una vislumbre -apenas de esperanza, y entonces me sabrás -decir si no piensas ya en nada. Lucía abrazaba -á su madre y lloraba.</p> - -<p>Además, entre ellas y sus patrones había nacido -súbitamente una grande amistad; y efectivamente, -¿de dónde podía nacer ésta sino entre el -bienhechor y los beneficiados, cuando los unos y -los otros son personas de buenos sentimientos? -Inés especialmente tenía con el ama de la casa -bastante tela cortada para hablar. Luego el sastre -las entretenía un poco con sus historias y sus -discursos morales: á la comida, sobre todo, tenía -siempre algo que contar acerca de la espada de -Rolando ó de los Eremitas del desierto.</p> - -<p>Á algunas millas del pueblo habitaban dos personajes -importantes, á saber: D. Ferrante y D.ª -Prajedes. El apellido, según costumbre, yace bajo -la pluma de nuestro anónimo. D.ª Prajedes era -una dama de calidad, avanzada en años y muy -inclinada á hacer bien; éste es seguramente el oficio -más digno que el hombre puede ejercer en el -mundo; pero el exceso puede ser también perjudicial, -como sucede en todas las cosas. Para hacer -el bien es preciso conocerlo, y al igual de todo -lo demás, nosotros no podemos conocerlo más<span class="pagenum" id="Page_188">[Pg 188]</span> -que al través de nuestras pasiones, por medio de -nuestra razón, de nuestras ideas. D.ª Prajedes se -gobernaba con sus ideas, según decía, como debe -hacerse con los amigos; tenía muy pocas, pero estaba -muy adherida á ellas. Entre esas pocas ideas -se encontraban por desgracia muchas defectuosas -y no eran las que menos quería. Sucedía de ahí, -ó el proponerse por bien, lo cual efectivamente -no lo era, ó tomar por medios, cosas que hacían -más bien inclinarse al lado opuesto, ó el creer permitidas -ciertas otras que no lo eran del todo, por -una cierta suposición en confuso, que el que hace -más de lo que debe puede dirigir según le plazca. -Algunas veces concluía por no ver en un hecho -lo que tenía de real ó lo que no había, y muchas -otras cosas semejantes que pueden suceder -y suceden á todo el mundo, sin exceptuar á los -mejores; pero esto acontecía con frecuencia á D.ª -Prajedes, y casi siempre á la vez.</p> - -<p>Al oir el gran suceso de Lucía y todo lo que en -aquella ocasión se decía de la joven, le vino la curiosidad -de verlas, enviando un carruaje con un -viejo escudero para que le llevaran la madre y la -hija. Ésta se encogía de hombros y rogaba al sastre -que se había encargado del mensaje, que buscase -el medio de excusarlas. Tantas veces como le -habían pedido cierta clase de gentes que les proporcionase -el trabar conocimiento con la joven del -milagro, el sastre les había rendido voluntariamente<span class="pagenum" id="Page_189">[Pg 189]</span> -semejante servicio; pero en esta ocasión la -negativa le parecía una especie de rebelión. Hizo -tantos gestos, tantas exclamaciones, dijo tantas cosas, -y que no se acostumbraba así, y que era una -gran casa, y que á los señores no se les dice que -no, y que esto podía ser su suerte, y que la Sra. D.ª -Prajedes, además de todo, era también una santa; -tantas cosas en suma, que Lucía se vió obligada á -ceder, tanto más cuanto que Inés confirmaba todas -aquellas razones por otros tantos “seguramente, -seguramente”.</p> - -<p>Llegadas á la presencia de la noble dama, ésta -les hizo una magnífica acogida y las llenó de felicitaciones; -interrogó, aconsejó, todo con cierta superioridad -casi innata, pero corregida por tantas -expresiones dulces y modestas, templada por tanto -afecto, cubierta de tanta devoción, que Inés, -casi en seguida, y Lucía pocos instantes después, -empezaron á sentirse aliviadas del respeto tiránico -que en un principio había impreso en ellas -aquella activa presencia, encontrando luego cierto -atractivo. Para resumir: D.ª Prajedes, oyendo -que el cardenal se había encargado de buscar -un asilo para Lucía, lanzada por el deseo de secundar -y prevenir al mismo tiempo tan buena intención, -ofreció el tener á la joven en su casa, en -la cual, sin estar adicta á ningún servicio particular, -podría, cuando gustase, ayudar á las demás -mujeres en sus labores, añadiendo que avisaría y -daría parte de ello á monseñor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_190">[Pg 190]</span></p> - -<p>Además del bien ordinario é inmediato que había -en hacer semejante obra, D.ª Prajedes veía y -se proponía otra, acaso mucho más considerable, -según su parecer: ésta era curar un cerebro enfermo -y guiar por una buena senda á una joven -que tenía gran necesidad. Desde que había oído -por la primera vez hablar de Lucía, se había de -repente persuadido que una joven que había podido -prometerse á un malvado, á un criminal, á -uno que había escapado de la horca, tal como -Renzo, debía estar un poco corrompida y ocultar -algún vicio. <em>Dime con quién andas, y te diré quién -eres.</em> La visita de Lucía la había confirmado en -aquella persuasión. No era que en el fondo no le -pareciese una buena joven, como se suele decir, -pero había mucho que hablar. Aquella cabecita -baja, aquella manía de no responder nunca ó de -hacerlo con sumo trabajo y como por fuerza, podían -indicar vergüenza, pero descubrían á golpe -de vista mucha tenacidad. No se necesitaba -un gran esfuerzo para augurar que aquella pequeña -cabeza tenía sus ideas: y aquel ruborizarse -á cada momento, aquellos largos suspiros... -en seguida dos grandes ojos que no agradaban del -todo á D.ª Prajedes. Tenía por cierto, como si lo -hubiese sabido por buena parte, que todas las desgracias -de Lucía eran un castigo del cielo por su -amistad con aquel bribón, y un aviso de lo alto -para que se separase enteramente. Esto supuesto,<span class="pagenum" id="Page_191">[Pg 191]</span> -ella se proponía cooperar á un tan buen fin, porque -así como decía á los demás y á sí misma, ¿todo -su estudio no era acaso secundar la voluntad -del cielo? Pero caía con frecuencia en el terrible -error de tomar por el cielo los desvaríos de su cerebro. -Sin embargo, ella se guardó bien de dar el -más pequeño indicio de la segunda intención que -hemos dicho. Una de sus principales máximas se -reducía á que para conducir á su término un -buen designio, lo primero era no darlo á conocer.</p> - -<p>La madre y la hija se miraron. Una vez admitida -la necesidad de separarse, la oferta pareció -á ambas aceptable, si no por otra cosa, á lo menos -por estar aquella quinta muy próxima á su -pueblo natal. Habiendo leído cada una en su rostro -su mutuo asentimiento, se volvieron á D.ª Prajedes -y aceptaron la proposición, manifestándole -su agradecimiento. Ésta renovó los cumplidos y -promesas, y dijo que al momento escribiría una -carta á monseñor.</p> - -<p>Después de haber partido las dos mujeres, hizo -extender la citada carta por D. Ferrante, del cual -por ser literato, según haremos especial mención, -se servía como de un secretario en las ocasiones -de importancia. Como se trataba de un negocio -de aquella especie, D. Ferrante hizo los mayores -esfuerzos de ingenio, y al entregar la minuta á su -esposa para que la copiase, le recomendó ardientemente<span class="pagenum" id="Page_192">[Pg 192]</span> -la ortografía, que era una de las muchas -cosas que había estudiado, y de las pocas sobre -las cuales tenía mando en la casa. D.ª Prajedes se -apresuró á copiar la carta y enviarla al sastre. Esto -pasó dos ó tres días antes que el cardenal mandase -la litera para conducir á nuestras mujeres á -su pueblo.</p> - -<p>Luego que hubieron llegado, se apearon en la -casa parroquial, en donde se hallaba el cardenal. -Se había dado orden para introducirlas inmediatamente. -El capellán, que fué el primero que las -vió, se apresuró á obedecer, deteniéndolas únicamente -sólo lo necesario para darles apresuradamente -una pequeña lección tocante al ceremonial -que era preciso usar con monseñor, y sobre los títulos -que debían darle, cosa que tenía costumbre -de hacer, siempre que podía, ocultándose del cardenal. -Era para el pobre hombre un tormento -continuo el ver el poco orden que reinaba en torno -del cardenal sobre dicho particular: todo esto -sucede, decía á los demás de la familia, por la -demasiada bondad de ese hombre bienaventurado, -por su gran familiaridad. Y refería haber escuchado, -con sus propios oídos, que contestaban -muchas veces á monseñor: sí, señor, y no, señor.</p> - -<p>En aquel momento el cardenal estaba conversando -con D. Abundio sobre los asuntos de la parroquia, -de modo que éste no tuvo ocasión de dar<span class="pagenum" id="Page_193">[Pg 193]</span> -á su vez, según hubiera deseado, sus instrucciones -á las dos mujeres: solamente al pasar junto á -éstas, y mientras que él salía y ellas entraban, les -pudo echar una ojeada, para darles á entender -que estaba muy satisfecho de su comportamiento, -y que continuasen como honradas y dignas mujeres -guardando silencio.</p> - -<p>Después de la primera acogida por una parte, -y los saludos por otra, Inés sacó de su seno la -carta, la presentó al cardenal diciendo: es de la -Sra. D.ª Prajedes, la cual dice que conoce mucho -á vuestra señoría ilustrísima, monseñor, como naturalmente, -entre los grandes señores, se deben -conocer unos á otros. Cuando vuestra señoría la -habrá leído, quedará enterado.</p> - -<p>—¡Bien!, dijo Federico después de haberla leído -y descubierto su sentido bajo el fárrago de flores -de retórica de D. Ferrante. Conocía bastante -aquella familia para estar seguro que Lucía había -sido invitada con buena intención, y que con ella -estaría al abrigo de las asechanzas y violencias de -su perseguidor. Con respecto á la opinión que podía -tener acerca de D.ª Prajedes, no sabemos nada -de positivo. Probablemente no era la persona -que hubiera elegido para semejante obra; pero -así como hemos dicho, ó hemos dado á conocer -en otro lugar, no tenía costumbre de deshacer las -cosas que no le pertenecían, para procurar volver -á hacerlas mejor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_194">[Pg 194]</span></p> - -<p>—Aceptad aun sin pena esta separación, y la incertidumbre -en que os encontráis, añadió en seguida: -tened la esperanza que esto debe concluirse -pronto y que el Señor quiere conducir las cosas -al término que se ha propuesto; pero tened por -cierto que todo lo que él quiera enviaros será para -vuestro mayor bien. Dió después á Lucía, en -particular, algún otro consuelo amistoso, como -igualmente nuevos ánimos á ambas, les echó su -bendición, y las dejó partir.</p> - -<p>Apenas hubieron puesto el pie en la calle, cuando -se vieron rodeadas de un enjambre de amigos -y amigas, todo el pueblo, en fin, que las aguardaba -con impaciencia, y que las condujo como en -triunfo hasta su casita. Todas las mujeres las felicitaban, -se apiadaban de su suerte, las abrumaban -con preguntas, y todas experimentaban el -mayor desagrado al saber que Lucía marchaba al -día siguiente. Los hombres se disputaban á porfía -el ofrecerles sus servicios; cada uno quería permanecer -aquella noche haciendo la guardia á la -casita. Sobre este hecho, nuestro anónimo juzga -conveniente poner aquí un pequeño proverbio: -“Queréis tener muchos que os ayuden, procurad no -tener necesidad de ellos”.</p> - -<p>Esta brillante acogida que confundía y turbaba -á Lucía, no dejó interiormente de causarle algún -bien, pues la vino á distraer un poco de las ideas -y recuerdos que se ofrecían á su imaginación, en<span class="pagenum" id="Page_195">[Pg 195]</span> -medio del tumulto mismo, en aquel umbral, en -aquellas habitaciones tan conocidas, á la vista -de cada objeto.</p> - -<p>Al sonido de la campana, que anunciaba la -proximidad de la augusta ceremonia, todos se encaminaron -á la iglesia, siendo esto para las recién venidas -otro paseo triunfal.</p> - -<p>Concluida la función, D. Abundio, que había -corrido á ver si Perpetua había preparado todas -las cosas para el desayuno, fué llamado por el cardenal. -Se dirigió sin pérdida de momento á la estancia -de su ilustre huésped, el cual, habiéndolo -dejado acercar, “señor cura”, dijo. Estas palabras -fueron pronunciadas de un modo que debían hacerle -comprender que era la introducción de una -larga y seria conversación.</p> - -<p>—Señor cura, ¿por qué no habéis casado á esa pobre Lucía con su prometido?</p> - -<p>“Ellas han vaciado el saco esta mañana”, pensó -D. Abundio, y respondió balbuceando: “Vuestra -señoría ilustrísima habrá sin duda oído hablar de -todos los obstáculos que han surgido de este asunto: -hay una confusión tal, que no se puede, ni aun -hoy día, ver nada claro: monseñor ilustrísimo sabe -bien que la joven no se halla aquí, después de -tantos accidentes, más que de milagro; y que con -respecto al mancebo, se ignora absolutamente su -paradero”.</p> - -<p>—Pregunto, replicó el cardenal, si es verdad<span class="pagenum" id="Page_196">[Pg 196]</span> -que antes de todos estos sucesos habíais rehusado -celebrar el matrimonio, cuando vos mismo señalasteis -el día convenido.</p> - -<p>—Ciertamente... si vuestra señoría ilustrísima -supiese... qué intimaciones... qué órdenes -tan terribles he recibido para que no hablase... -Y se paró sin concluir nada, con un ademán -que daba respetuosamente á entender, que -sería una indiscreción el querer saber más.</p> - -<p>—¡Más!, dijo el cardenal con acento y continente -mucho más severos que de costumbre: es vuestro -obispo el que por deber y por vuestra propia -justificación quiere saber de vos los motivos por -los cuales no habéis ejecutado lo que en los sucesos -ordinarios de la vida estabais obligado rigurosamente -á hacer.</p> - -<p>—Monseñor, dijo D. Abundio humillándose -hasta el extremo; yo no quería decir del todo... -pero me ha parecido que como esto se reducía á -un negocio muy embrollado, á cosas ya pasadas, -y hoy día sin remedio, era inútil el removerlas... -sin embargo, digo... sé que vuestra señoría ilustrísima -no puede estar en todo: y yo permanezco -aquí, expuesto... no obstante, ya que monseñor -lo manda, lo diré todo.</p> - -<p>—Decid: no deseo más que el hallaros exento -de culpa.</p> - -<p>D. Abundio se puso entonces á referir su dolorosa -historia; mas suprimió el nombre del principal<span class="pagenum" id="Page_197">[Pg 197]</span> -personaje y lo sustituyó con la palabra un -<em>gran señor</em>, dando de este modo á la prudencia lo -que podía dársele en semejante apuro.</p> - -<p>—¿Y no habéis tenido otro motivo? preguntó -el cardenal, cuando D. Abundio hubo concluido.</p> - -<p>—Acaso no me haya explicado bastante, respondió -éste; bajo pena de la vida, me han intimado -el no celebrar el matrimonio.</p> - -<p>—¿Y es ésta una razón bastante para dejar de -cumplir un deber preciso?</p> - -<p>—Siempre he tratado de llenar mi deber aun á -riesgo de grandes incomodidades; pero cuando se -trata de la vida...</p> - -<p>—¿Y cuando fuisteis presentado en la Iglesia, -replicó Federico con acento aún más severo, para -ser admitido al sagrado ministerio que habéis -ejercido, la Iglesia os ha exceptuado el exponer la -vida? ¿Os ha dicho que los deberes impuestos por -este santo ministerio estuviesen libres de todo -obstáculo, exentos de todo peligro? ¿Os ha manifestado -que en donde empezaría el riesgo, cesaría -el deber? ¿No os ha demostrado expresamente lo -contrario? ¿No os ha advertido que os enviaba como -un cordero en medio de los lobos? ¿No sabíais, -pues, que había hombres violentos á quienes desagradaría -lo que os fuese ordenado? Aquel de -quien nosotros tenemos la doctrina y el ejemplo, -á cuya imitación nos dejamos llamar y nos decimos -pastores, viniendo á la tierra para llenar el<span class="pagenum" id="Page_198">[Pg 198]</span> -peligroso cargo, ¿ha puesto acaso por condición -que la vida estaría segura? ¿Y para salvarla, para -conservarla algunos días más sobre la tierra, olvidando -la caridad y el deber, era preciso, pues, -que recibieseis la santa unción y la gracia del sacerdocio? -El mundo basta para dar esta virtud, -para enseñar esta doctrina. ¿Qué digo?, ¡oh, vergüenza! -el mundo mismo la combate. El mundo -hace también sus leyes que prescriben el bien y -rechazan el mal; tiene igualmente su evangelio, -un evangelio de orgullo y de odio; y no quiere -que se diga que el amor á la vida sea una razón -para traspasar sus órdenes. Lo quiere y es obedecido; -¡y nosotros, nosotros, hijos y mensajeros -de la palabra de Dios!, ¿qué sería de la Iglesia, si -vuestro lenguaje fuese el de todos vuestros colegas? -¿En dónde estaríais hoy si se hubiese anunciado -al mundo con semejantes doctrinas?</p> - -<p>D. Abundio permanecía con la cabeza baja; su -corazón se hallaba bajo el peso de aquellos terribles -argumentos, del mismo modo que un polluelo -bajo las garras del halcón, que lo tiene suspendido -en una región desconocida, en medio de una -atmósfera que jamás ha respirado. Viendo enseguida -que era absolutamente preciso contestar algo, -dijo con forzada sumisión: “Monseñor ilustrísimo, -he faltado; y ya que no se debe procurar -por la vida, nada más tengo que decir; pero cuando -uno tiene que habérselas con ciertas gentes<span class="pagenum" id="Page_199">[Pg 199]</span> -que tienen, la fuerza en la mano y que no quieren -escuchar razones, no veo qué es lo que se puede -ganar con hacer el valiente; y con un señor como -aquél, contra el cual no se puede vencer ni desquitar”.</p> - -<p>—¿Ignoráis por ventura que el sufrir por la -justicia es el modo que nosotros tenemos de vencer? -Si no lo sabéis, ¿qué predicáis, pues? ¿Qué -enseñáis? ¿Cuál es el Evangelio que anunciáis á los -pobres? ¿Quién exige de vos que doméis la fuerza -con la fuerza? Ciertamente no os será demandado -en el día del juicio si habéis sabido reprimir á los -poderosos, porque no se os ha dado ni la misión -ni los medios, pero se os exigirá cuenta del modo -que habéis ejecutado lo que os estaba prescrito, -aun cuando se hubiera tenido la temeridad de prohibíroslo.</p> - -<p>“Á la verdad que estos santos son bien extraños, -pensaba entretanto D. Abundio: exprimid todo -el jugo de sus discursos, y sacaréis en sustancia, -que prefieren más el amor de dos jóvenes, que -la vida de un pobre sacerdote”. Tocante á él, se -hubiera contentado que la conversación acabase -allí; pero veía al cardenal que á cada pausa permanecía -con el ademán de uno que aguarda una -contestación, una confesión ó una apología.</p> - -<p>—Repito, monseñor, respondió enseguida, que -he faltado: el valor no se puede inspirar al que no -lo tiene.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_200">[Pg 200]</span></p> - -<p>—¿Y por qué, pues, podría deciros, os habéis -encargado de un ministerio que os impone la tarea -de estar siempre en guerra abierta con las pasiones -del siglo? ¿Mas cómo, os diré más bien, cómo -no pensáis que si en este ministerio, de cualquier -modo que hayáis entrado, os es indispensable -el valor para llenar nuestros deberes, el Todopoderoso -os lo concederá infaliblemente cuando se -lo pidiereis? ¿Creéis que tantos millares de mártires -como ha habido, naturalmente tuviesen valor, -que no hiciesen ningún caso de la vida, tantos -jóvenes que empezaban á gozar de sus encantos, -tantos ancianos que veían á cada instante que -se les iba á escapar, tantas vírgenes, tantas esposas -y tantas madres? Todos han tenido valor porque -éste era necesario, y además, tenían confianza -en Dios. Conociendo vuestra debilidad y vuestros -deberes, ¿habéis procurado, por ventura, -prepararos para las situaciones difíciles en que -podíais encontraros y en las que os habéis hallado -en efecto? ¡Ah!, si durante tantos años de ejercicio -pastoral habéis amado vuestra grey (como -no lo dudo), si habéis hecho descansar en ella -vuestras afecciones, vuestros cuidados, vuestras -más caras delicias, el valor no debía faltaros en -caso de necesidad; el amor es intrépido. Si vos -apreciáis á los que están confiados á vuestra custodia -espiritual, á aquellos que llamáis vuestros -hijos; á la verdad, si los amáis, cuando habéis visto<span class="pagenum" id="Page_201">[Pg 201]</span> -á dos de estos amenazados al mismo tiempo que -vos, ¡ah!, ciertamente, la caridad ha debido haceros -temblar por ellos, como la debilidad de la carne -os ha hecho temblar por vos mismo. Vos habréis -sido humillado con este primer temor, porque era -un efecto de vuestra miseria; habréis implorado la -fuerza para vencerle, para arrojarle de vos, porque -era una tentación; pero el temor santo y noble -para el prójimo, para vuestros hijos, lo habréis -atendido; él no os habrá sin duda dejado un momento -de tregua ni reposo; os habrá excitado, arrastrado -á pensar todo lo posible para separar de -ellos el peligro que les amenazaba... ¿Qué es -lo que os ha inspirado, pues, este temor, este -amor?, ¿qué habéis hecho por ellos?, ¿qué habéis -pensado hacer?</p> - -<p>Y calló en ademán de quien aguarda una respuesta.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_202">[Pg 202]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO OCTAVO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Á una tal demanda, D. Abundio, á quien había -costado mucho trabajo contestar á las preguntas -muy poco precisas, se quedó sin articular una palabra. -Y para decir la verdad, aun nosotros, con -este manuscrito delante, con la pluma en la mano, -no teniendo que disputar más que con las frases, -ni otra cosa que temer que la crítica de nuestros -lectores, también nosotros, repito, experimentamos -una cierta repugnancia en proseguir: encontramos -un cierto no sé qué de extraño en este deseo de -presentar tan fácilmente tantos bellos preceptos -de fortaleza y de caridad, de infatigable solicitud -para los demás, de ilimitado sacrificio de sí mismo. -Mas pensando en seguida que dichas cosas -eran proferidas por un hombre que las ponía en -ejecución, avancemos con valor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_203">[Pg 203]</span></p> - -<p>—¿No respondéis?, replicó el cardenal. ¡Ah!, si -hubieseis hecho lo que la caridad, lo que el deber -reclamaba, de cualquier modo que las cosas -hubieran ido, no os faltaría ahora una contestación. -Vos mismo veis lo que habéis hecho: obedecisteis -á la iniquidad sin cuidaros de lo que os -prescribía el deber. Habéis seguido puntualmente -sus órdenes; ella se ha manifestado á vos únicamente -para significaros su deseo, pero quería -permanecer oculta al que hubiera podido defenderse -y ponerse en guardia contra ella; no quería -despertar sospechas, sí únicamente el secreto, para -madurar con comodidad sus proyectos de asechanzas -ó de violencia; os ordenó infringir vuestros -deberes y que callaseis; así lo habéis hecho. -Os pregunto al presente si no habéis hecho más; -decidme si es verdad que disteis falsas excusas -para no revelar el motivo de vuestra negativa... -Pronunciadas estas palabras, guardó silencio, esperando -una contestación.</p> - -<p>“¡También han referido esto las charlatanas!”, -pensaba D. Abundio, pero no daba señales de tener -nada que decir.</p> - -<p>—¿Es verdad, prosiguió el cardenal, -es verdad que habéis dicho á esas pobres -criaturas lo que no había, para tenerlas en la ignorancia, -en la oscuridad, en la que las quería la -iniquidad?... Me veo obligado á creerlo; únicamente -me resta el ruborizarme con vos, y esperar -que lloraréis conmigo. ¡Ved adónde os ha conducido!<span class="pagenum" id="Page_204">[Pg 204]</span> -(¡Dios clemente, sin embargo lo presentáis -como una justificación!) ¡Ved, repito, adónde os ha -conducido esa solicitud por una vida que debe -concluirse! Ella os ha conducido... rebatid libremente -estas palabras si os parecen injustas; tomadlas -como una humillación saludable si no lo -son... os ha conducido, vuelvo á decir, á engañar -á los débiles, á mentir á vuestros hijos.</p> - -<p>“He aquí cómo van las cosas”, decía aún D. -Abundio entre sí, “á ese demonio encarnado (y -pensaba en el Incógnito), los brazos al cuello; y á -mí, por una nada, por una media mentira dicha -con el solo fin de salvar el pellejo, tanto ruido; -pero son superiores, y siempre tienen razón; ésta -es mi estrella: todos tienen que pagarla conmigo, -sin exceptuar ni aun los santos”. Después dijo en -alta voz:</p> - -<p>—He faltado, conozco que he faltado; pero -¿qué debía hacer en unas circunstancias tan críticas?</p> - -<p>—¡Y todavía lo preguntáis! ¿No os lo he dicho -ya?, ¿y debíais decírmelo? Amar, hijo mío, amar -y rogar. Entonces habríais visto que la iniquidad -puede amenazar, dar golpes, pero no órdenes; hubierais -unido, según la ley de Dios, lo que el hombre -quería separar, hubierais prestado á esos desgraciados -inocentes el ministerio que tenían el derecho -de pediros; Dios hubiera respondido de las -consecuencias, porque se habían seguido sus mandatos; -hoy que habéis ejecutado otros, sobre vos<span class="pagenum" id="Page_205">[Pg 205]</span> -sólo recae la responsabilidad. ¡Y qué consecuencias, -justo cielo! ¿Y qué haríais si todos los medios -humanos os faltasen, si no hubiese ninguna senda -abierta para salvaros, cuando apenas habéis mirado -á vuestro alrededor, cuando ni aun habéis -reflexionado ni tampoco dignado buscarlos un solo -instante? Sabed, pues, que esos infortunados -habían pensado en su fuga después de haber celebrado -su casamiento; estaban dispuestos á huir -lejos de la presencia del poderoso, y habían ya -elegido el lugar donde refugiarse. Y aun sin esto, -¿no os ha venido á la memoria que al fin y al cabo -teníais un superior?, ¿cómo se atrevería éste á -revestirse de la autoridad para reprenderos el haber -faltado á vuestros deberes, si no se creyese -obligado á ayudaros á cumplirlos?, ¿por qué no habéis -tratado de informar á vuestro obispo de los -obstáculos que una infame violencia ponía al ejercicio -de vuestro ministerio?</p> - -<p>“Éste era el parecer de Perpetua”, pensaba dolorosamente -D. Abundio, á quien en medio de todos -estos discursos lo que tenía presente con más -claridad, era la imagen de aquellos bravos, y la -idea que D. Rodrigo estaba vivo y sano, y que un -día ú otro volvería glorioso y triunfante y enardecido -de rabia. Aunque aquella dignidad presente, -aquel aspecto y lenguaje le hiciesen estar confuso -y le imprimiesen cierto temor, era, no obstante, -un temor que no le subyugaba y que no<span class="pagenum" id="Page_206">[Pg 206]</span> -impedía el que su pensamiento se rebelase, porque -calculaba que al fin de la cuenta, el cardenal -no empleaba arcabuces, espadas ni bravos.</p> - -<p>—¿Cómo no habéis reflexionado, proseguía Federico, -que si aquellas inocentes víctimas no hubiesen -tenido abierto ningún otro asilo, yo podía -acogerles, ponerles en un lugar seguro en el momento -que vos me los enviaseis, como si estuvieran -adheridos á un obispo, como una cosa que le -pertenecía, como la parte más preciosa, no digo -de su cargo, sino de sus riquezas? Por lo que toca -á vos, yo hubiera permanecido inquieto; me -habría sido imposible descansar un momento hasta -que os hubiese puesto en seguridad, procurando -que no se os tocase ni siquiera uno solo de -vuestros cabellos. ¿Imagináis que no hubiera sabido -cómo asegurar vuestra vida? ¿Creéis que ese -hombre, por atrevido que sea, no hubiera perdido -su audacia, cuando hubiese llegado á su noticia -que sus tramas eran conocidas fuera de aquí, -conocidas de mí que velaba, que estaba decidido -á emplear para vuestra defensa todos los medios -que estuviesen en mi mano? ¿Ignoráis que si el -hombre promete con frecuencia mucho más de lo -que puede sostener, amenaza también algunas -veces más de lo que no se atreve á ejecutar? ¿No -sabéis que la iniquidad no solamente se funda en -sus propias fuerzas, sino también en la credulidad -y en el espanto de los otros?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_207">[Pg 207]</span></p> - -<p>“Justamente, la razón es de Perpetua”, pensó -todavía D. Abundio, sin reflexionar que el hallarse -de acuerdo su criada y Federico Borromeo sobre -lo que se hubiera podido y debido hacer, era -un fuerte argumento contra él.</p> - -<p>—Pero vos, prosiguió el cardenal, no habéis -visto, no habéis querido ver más que vuestro peligro -temporal. ¿Cómo os ha podido parecer tan -grande para sacrificar á él todo lo demás?</p> - -<p>—Es porque yo vi aquellas caras feroces, se le -escapó decir á D. Abundio; yo mismo oí sus terribles -palabras. Vuestra señoría ilustrísima dice -muy bien; pero sería preciso estar en el interior -de un pobre sacerdote y haber presenciado aquella -escena.</p> - -<p>Apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando -se mordió la lengua. Conoció que se había dejado -vencer demasiado por el despecho, y dijo entre -sí: “Ahora va á descargar la nube”; pero -levantando tímidamente la vista, se quedó sumamente -admirado al ver al cardenal, al cual no le -era dado jamás el adivinar ni comprender, ó más -bien diré, pasar de aquella gravedad de mando y -reprensión, á una compungida y pensativa.</p> - -<p>—Es demasiado cierto, dijo Federico. ¡Tal es -nuestra terrible y mísera condición: nosotros queremos -exigir rigurosamente de los demás lo que -Dios solo sabe si nosotros estaríamos dispuestos á -dar: queremos juzgar, corregir, reprender, y Dios<span class="pagenum" id="Page_208">[Pg 208]</span> -sabe lo que nosotros haríamos en el mismo caso, -lo que hemos hecho en ocasiones semejantes! ¡Pero -desgraciado de mí si quisiese tomar mi debilidad -por medida del deber de los otros, por norma -de mi instrucción! Sin embargo, es cierto que -juntamente con las doctrinas, debo dar el ejemplo -á mi prójimo, no para parecerme al fariseo que -impuso á los demás enormes cargas, las cuales después -no quiso él ni aun tocar con el dedo. Escuchadme -pues, hijo mío, querido hermano: los errores -de los que mandan son frecuentemente más -conocidos de los demás que de ellos mismos; si -vos sabéis que yo haya descuidado por desidia, -por respetos humanos, alguno de mis deberes, decídmelo -francamente, hacédmelo observar, á fin -de que allí, donde ha faltado el ejemplo, sobrevenga -á lo menos una humilde confesión. Mostradme -libremente mis debilidades, y entonces las -palabras adquirirán más valor en mi boca, porque -experimentaréis más vivamente que no son -mías, sino de aquel que puede darnos á ambos la -fuerza necesaria para hacer lo que ellas prescriben.</p> - -<p>“¡Oh, qué hombre tan santo, pero cuánto me -atormenta!” decía interiormente D. Abundio: “Siempre -está sobre sí; quiere que yo examine, remueva, -critique, averigüe lo que encuentre malo en -su conducta”; en seguida dijo en alta voz:</p> - -<p>—¡Oh, monseñor se burla de mí! ¿Quién no conoce el corazón<span class="pagenum" id="Page_209">[Pg 209]</span> fuerte, -el celo infatigable de vuestra señoría ilustrísima? Y añadió en su -interior, “Más que infatigable”.</p> - -<p>—Yo no os pediría alabanzas que me hacen -temblar, porque Dios conoce mis faltas, y también -yo me conozco bastante para confundirme; -pero hubiera querido, querría que nos confundiéramos -juntos ante él, para confiar igualmente ambos: -desearía por amor á vos que comprendieseis -cuán opuesta ha sido vuestra conducta y vuestro -lenguaje á las leyes, que sin embargo, predicáis, -y según las cuales seréis juzgado.</p> - -<p>“Todo se vuelve contra mí”, pensó D. Abundio.</p> - -<p>—Pero estas personas que han venido á referíroslo -todo, no os han dicho que ellas se han introducido -en mi casa á traición, para sorprenderme -y hacerme celebrar un matrimonio contra las -reglas.</p> - -<p>—Me lo han dicho, hijo mío; pero lo que me -aflige, lo que me aterra, es el ver que aún tratáis -de excusaros, procurando acusar á vuestro prójimo -acerca de lo que debería formar parte de vuestra -confesión. ¿Quién ha puesto á esos infortunados, -no digo en la necesidad, sino en la tentación -de hacer lo que han hecho? ¿Hubieran buscado -esta vía irregular, si la legítima no se les hubiese -cerrado? ¿Habrían pensado en tender lazos á su -pastor si ellos hubiesen sido recibidos en sus brazos, -auxiliados y aconsejados por él?, ¿á sorprenderle,<span class="pagenum" id="Page_210">[Pg 210]</span> -si no se hubiera escondido? ¡Y queréis ahora -hacerles soportar el peso!, ¡y os indignáis porque -después de tantas desventuras, ¿qué digo?, en -medio de la misma desgracia, hayan dejado escapar -una palabra de consuelo delante de su pastor -y del vuestro! Que las reclamaciones del oprimido, -que las quejas del afligido sean odiosas al -mundo, lo comprendo; ¡pero á nosotros! ¿Y qué -ventaja os hubiera producido su silencio? Hubierais -ganado en esto que su causa fuese enteramente -al juicio de Dios. ¿No es para vos una nueva -razón (teniendo ya tantas) de amar á esas personas -que os han procurado la ocasión de escuchar -la voz sincera de vuestro obispo, que os han dado -un medio más conveniente para conocer y descontar -en parte la gran deuda que tenéis con ellos? -¡Ah!, si os hubiesen provocado, ofendido, atormentado, -os diría (¡y tendría acaso necesidad de decíroslo!) -que los amarais justamente por lo mismo. -Queredlos porque ellos han padecido, porque -todavía padecen, porque forman parte de vuestro -rebaño, porque son débiles, porque tenéis necesidad -de perdón, y para obtenerlo, juzgad cuánto -pueden valer sus súplicas.</p> - -<p>D. Abundio guardaba silencio, pero no con ese -silencio forzado é impaciente; callaba, como aquel -que tiene más que pensar que no decir. Las palabras -que oía eran consecuencias inesperadas, -aplicaciones nuevas de una doctrina, no obstante<span class="pagenum" id="Page_211">[Pg 211]</span> -antigua en su mente y no contrastada. El mal de -su prójimo, de cuya consideración le había distraido -el miedo propio, le hacía al presente una -nueva impresión. Si no sentía todos los remordimientos -que la amonestación quería producir, á -causa de aquel maldito miedo que estaba siempre -allí para el papel de defensor oficioso, experimentaba -á lo menos un cierto desagrado de sí mismo, -cierta compasión hacia los demás, cierta mezcla, -en fin, de ternura y vergüenza. Se asemejaba, si -me es permitida la comparación, á la húmeda y -retorcida mecha de una vela, que aproximada á la -llama de una antorcha empieza á humear, luego -chisporrotea, parece que rehúsa encenderse, mas -por último lo verifica y luce bien ó mal. D. Abundio -se hubiera acusado abiertamente, se habría lamentado -de su conducta, si no hubiese tenido la -idea fija en D. Rodrigo; sin embargo, se mostró -bastante conmovido para que el cardenal dejase -de conocer que sus palabras habían servido de -algo.</p> - -<p>—Ahora, prosiguió el cardenal, el uno está fugitivo -fuera de su casa, la otra muy próxima á abandonarla; -no tienen ambos más que motivos poderosos -para permanecer alejados, sin ninguna probabilidad -de verse jamás reunidos, y únicamente -satisfechos, esperando que Dios los junte en la -otra vida; ahora, ¡ay!, ellos no tienen necesidad de -vos; al presente no tenéis motivo alguno de favorecerlos,<span class="pagenum" id="Page_212">[Pg 212]</span> -y nuestra corta previsión no alcanza á -descubrir lo que podrá suceder. ¿Pero quién sabe -si Dios en su misericordia no os prepara la ocasión? -¡Ah, no la dejéis escapar!, ¡buscadla, estad al -acecho, rogad que se presente!</p> - -<p>—No dejaré de hacerlo, monseñor; no dejaré -de hacerlo; yo os lo aseguro, respondió D. Abundio, -con un acento que en aquel instante salía del -corazón.</p> - -<p>—¡Ah, sí, hijo mío, sí!, exclamó Federico, y con -afectuosa dignidad continuó: ¡El cielo sabe que hubiera -deseado tener con vos otra especie de conversación! -¡Los dos hemos vivido ya mucho en este -mundo! ¡Dios sabe cuán penoso me ha sido el afligir -vuestra ancianidad, teniendo que usar de las -reprensiones!, ¡cuánta mayor satisfacción hubiera -sido para mí el haber podido consolarnos mutuamente -de nuestros cuidados comunes y de nuestras -penas, hablando de la bienaventurada esperanza, -de la cual estamos ya tan próximos!, ¡Dios quiera -que las palabras que me he visto obligado á -deciros, sirvan para ambos! No hagáis que él me -tenga que pedir cuenta, en aquel día terrible, de -haberos conservado en un sagrado ministerio, al -cual tan desgraciadamente habéis faltado. Recobremos -el tiempo perdido; la hora se acerca; el -esposo no puede tardar; tengamos encendidas -nuestras lámparas. Ofrezcamos á Dios nuestros -miserables y vacíos corazones, para que se digne<span class="pagenum" id="Page_213">[Pg 213]</span> -llenarlos de esa caridad que repara el pasado, que -asegura el porvenir, que teme y espera, llora y se -regocija con sabiduría; que nos conceda en todas -ocasiones la virtud que tanta falta nos hace.</p> - -<p>Dicho esto se levantó, y D. Abundio siguió sus -pasos.</p> - -<p>Aquí nuestro anónimo nos advierte que la anterior -entrevista no fué la única que tuvieron los -dos personajes, ni tampoco Lucía el solo objeto -de sus conversaciones; pero que se ha limitado á -esto, por no separarse demasiado del principal -objeto de su narración; y que por el mismo motivo -no hará mención de otras cosas notables dichas -por Federico en todo el curso de la visita, ni -de sus liberalidades, ni de las discordias apaciguadas, -ni de los odios antiguos entre personas, -familias y tierras enteras apagados (sucediendo -por desgracia con demasiada frecuencia que solamente -se adormecen), ni de algunos guapetones -ó tiranuelos calmados por algún tiempo ó para -siempre; todas cosas que no dejaban de suceder -siempre más ó menos, en cada uno de los lugares -de la diócesis en que aquel excelente personaje -se detenía.</p> - -<p>Después dice, que á la mañana siguiente fué -D.ª Prajedes, según estaba convenido, á buscar á -Lucía y á cumplimentar al cardenal, el cual colmó -de alabanzas á la joven y se la recomendó eficazmente. -Ya podrá figurarse el lector cuántas<span class="pagenum" id="Page_214">[Pg 214]</span> -lágrimas costaría á Lucía el separarse de su madre; -salió de la casita y dió el segundo adiós á su -pueblo natal, con ese sentimiento de excesiva -amargura que se experimenta al abandonar un -paraje que fué el solo amado, y que ya no puede -serlo más. Pero con respecto á su madre, no fué -ésta su última despedida; porque D.ª Prajedes había -anunciado que permanecería aún algunos días -en su quinta, la cual no estaba lejos del pueblo; -prometiendo Inés ir á ver á su hija, para dar y -recibir un más doloroso adiós.</p> - -<p>El cardenal se disponía también á marchar para -continuar su visita, cuando llegó el cura de la -parroquia en donde estaba situado el castillo del -Incógnito, pidiendo tener una entrevista con él. -Después de haber sido introducido, le presentó un -paquete y una carta, en la cual rogaba á Federico -que hiciese aceptar á la madre de Lucía cien -escudos de oro que iban contenidos en dicho paquete, -para que sirvieran de dote á la joven, ó -para el uso que ambas juzgasen conveniente: al -mismo tiempo le suplicaba se dignara decirles, -que si alguna vez, en cualquier tiempo, necesitaban -de sus servicios, la infeliz doncella no ignoraba -por desgracia su morada; y que el prestarles -su ayuda, sería para él uno de los sucesos más felices -y deseados de su vida.</p> - -<p>El cardenal mandó llamar á Inés al momento, -y le participó la misión que acababa de recibir,<span class="pagenum" id="Page_215">[Pg 215]</span> -la cual fué escuchada con tanta sorpresa como -alegría; y puso en sus manos el paquete, que ella -se apresuró á tomar sin hacer muchos cumplimientos. -Que Dios recompense á ese señor, dijo, -y ruego á vuestra señoría ilustrísima que le dé -nuestras más sinceras gracias; pero que esto no lo -sepa nadie, porque vivimos en un pueblo, que... -Perdonadme; ya lo veis; sé demasiado que un señor -como vos no va ahora á hablar de semejantes -cosas; pero... su señoría ya me entiende.</p> - -<p>En seguida se volvió á casa apresuradamente, -encerróse en su habitación, y abrió el paquete. -Aunque preparada, vació con admiración en un -pañuelo todo aquel montón de zequíes que tan -pocas veces había visto, y aun esto, solamente uno -á uno: los contó, costóle gran trabajo el reunirlos -y colocarlos unos sobre otros, porque á cada instante -se escapaban de sus inexpertos dedos, y cayendo -sobre la pila que tenía hecha, tenía que -volver á empezar su trabajo: habiendo logrado por -último hacer un cartucho lo mejor que le fué posible, -lo envolvió en un trapo, atándolo cuidadosamente -con un bramante y fué á esconderlo en -uno de los rincones de su jergón. El resto del día -no hizo más que desvariar, formar proyectos para -lo sucesivo, y suspirar el día de mañana. Se -acostó y permaneció algún tiempo despierta, atormentada -por la idea del oro que tenía debajo; y -dormida lo veía igualmente. Se levantó al rayar<span class="pagenum" id="Page_216">[Pg 216]</span> -el alba, y se puso en camino para la quinta en la -cual se hallaba Lucía.</p> - -<p>La repugnancia que ésta experimentaba en hablar -del voto que había hecho, no se disminuía; -sin embargo, estaba resuelta á violentarse, confiándose -á su madre en la siguiente entrevista, que -por algún tiempo á lo menos debía llamarse la -última.</p> - -<p>Apenas pudieron estar solas, cuando Inés, con -el semblante animado, y al mismo tiempo en voz -baja como si temiera que alguno la oyese, empezó -á hablar de este modo: “Tengo que darte una -gran noticia”; y se puso á referir su inesperada -fortuna.</p> - -<p>—Dios bendiga á ese señor, dijo Lucía: así tendréis -con que vivir felizmente, y podréis también -hacer bien á alguno.</p> - -<p>—¡Cómo!, respondió Inés; ¿no ves cuántas cosas -podemos hacer con tanto dinero? Escucha: yo no -tengo más hija que tú; más que los dos, puedo decir; -porque á Renzo, desde que empezó á obsequiarte, -lo he mirado siempre como un hijo mío. Todo -está en que no le haya sucedido alguna desgracia -al ver que no nos ha dado ninguna noticia de su -persona. Pero, ¡vaya!, ¡acaso ha de ir todo mal! -Confiemos en que no, y esperemos. En cuanto á -mí, hubiera querido dejar los huesos en mi país; -mas al presente, que tú no puedes permanecer en -él, por culpa de ese bribón, y solamente al pensar<span class="pagenum" id="Page_217">[Pg 217]</span> -que lo tendría cerca, he cogido odio al pueblo -que me ha visto nacer. Hasta aquí, estaba resuelta -á ir con vosotros, aunque hubiese sido hasta el -fin del mundo; pero, sin dinero, ¿cómo hacerlo? -¿Comprendes ahora? Los pocos cuartos que el pobre -Renzo había recogido con tantos afanes y á -costa de una estricta economía, he aquí que ha -ido la justicia con sus manos lavadas, y ha arramblado -con todo; mas el Señor en recompensa nos -ha enviado la fortuna. Así, pues, luego que haya -encontrado el medio de que sepamos si existe ó -no, en dónde está, y cuáles son sus intenciones, -voy á buscarte á Milán, no lo dudes; en otro tiempo -me hubiera parecido una gran cosa; pero las -desgracias le hacen á uno abrir los ojos, y le prestan -atrevimiento para todo: he ido hasta Monza, -y por consiguiente, sé lo que es viajar. Escojo -un hombre decidido, un pariente, como por ejemplo, -Alejo de Magganiaco, que según todos dicen -es hombre de resolución; ¿no es cierto?, voy á Milán -en su compañía, hacemos los gastos y... -¿me comprendes?</p> - -<p>Pero viendo que en vez de animarse, apenas podía -Lucía ocultar su turbación, no manifestando -más que una ternura sin consuelo, interrumpió su -discurso, y dijo: “¿Qué tienes? ¿no eres de mi parecer?”.</p> - -<p>—¡Madre mía!, ¡infeliz madre mía!, exclamó Lucía, -echándole uno de sus brazos al cuello y ocultando<span class="pagenum" id="Page_218">[Pg 218]</span> -su rostro bañado de lágrimas en el seno de -aquélla.</p> - -<p>—¿Qué te pasa?, preguntó de nuevo la madre -con la mayor inquietud.</p> - -<p>—Hubiera debido decíroslo antes, respondió -Lucía levantando el rostro, y enjugándose las -lágrimas, mas me ha faltado el valor; compadecedme.</p> - -<p>—Pero, di; habla pues.</p> - -<p>—¡No puedo ser mujer de ese desgraciado joven!</p> - -<p>—¿Cómo?, ¿cómo?</p> - -<p>Lucía, con la cabeza baja, respirando apenas, -sofocada por las lágrimas que derramaba sin exhalar -un solo gemido, como el que cuenta una cosa -que no tiene remedio, reveló el voto que había hecho; -y al mismo tiempo, juntando las manos, pidió -de nuevo perdón á su madre de haberle tenido -hasta entonces oculto aquel misterio. Suplicóle -también, encarecidamente, que no lo dijese á -alma viviente, y que la ayudase á cumplir lo que -había prometido.</p> - -<p>Inés se quedó estupefacta y consternada: quería -mostrarse indignada á causa del silencio que -su hija había guardado con ella; mas los graves -pensamientos nacidos de esta circunstancia, ahogaron -su resentimiento. Primeramente, trató de -vituperar su resolución; pero después le pareció -que era querer habérselas con el cielo; tanto más,<span class="pagenum" id="Page_219">[Pg 219]</span> -cuanto que Lucía le pintaba con tan vivos colores -aquella espantosa noche, su fatal desconsuelo -y su imprevista salvación, en medio de todo lo -cual, había formulado su promesa tan expresa y -solemne. Inés escuchaba entretanto con la mayor -atención, y cien ejemplos que había oído referir -muchas veces, y que ella misma había contado á -su hija, tocante á castigos extraños y terribles, -ocasionados por la violación de algún voto, se le -presentaban tumultuosamente en su imaginación. -Después de haber permanecido un poco como suspensa, -dijo: “¿Y ahora qué harás?”.</p> - -<p>—Ahora, respondió Lucía, al Señor toca cuidar -de ello; al Señor y á la Madonna: me he puesto -en sus manos; hasta aquí no me han abandonado; -tampoco me abandonarán ahora que... La gracia -que pido al Señor, la sola gracia, después de -la salvación de mi alma, es que me haga volver -pronto á vuestro lado; él me la concederá; sí, confío -en que me la concederá. Aquel día terrible... -en aquel fatal carruaje... ¡Ah, Virgen Santísima!... -entre aquellos hombres... ¡quién me -había de haber dicho al verme conducida por -ellos, que debía encontrarme con vos al día siguiente!</p> - -<p>—¡Mas no decírselo pronto á tu madre!, continuó -Inés con cierto enfado templado por el cariño -y compasión.</p> - -<p>—Tened lástima de mí; no tenía el valor suficiente...<span class="pagenum" id="Page_220">[Pg 220]</span> -¿y de qué hubiera servido el afligiros -con anticipación?</p> - -<p>—¿Y Renzo?, dijo Inés, meneando la cabeza.</p> - -<p>—¡Ah!, exclamó Lucía estremeciéndose; yo no -debo pensar ya más en ese infortunado. Se conoce -que no estaba destinado... Ved cómo parece -que el Señor nos había querido separar. ¿Y -quién sabe?... Pero no, no; él lo habrá preservado -del peligro, y quizá hará que sea más afortunado -apartándole de mí.</p> - -<p>—Pero entretanto, replicó la madre, si tú no -estuvieses ligada para siempre, y con tal que no -hubiese sucedido á Renzo desgracia alguna, con -el dinero se hubiera remediado todo.</p> - -<p>—Pero este dinero, replicó Lucía, ¿estaría en -vuestro poder si yo no hubiese pasado aquella noche? -Ya que Dios ha querido que todo vaya así, -hágase su divina voluntad. Y la voz de Lucía se -extinguió ahogada por las lágrimas.</p> - -<p>Á tan inesperado argumento, Inés se quedó -pensativa. Después de algunos momentos de silencio, -Lucía conteniendo sus sollozos, repuso:</p> - -<p>—Al presente, que la cosa está ya hecha, es preciso -someterse voluntariamente; y vos, mi pobre -madre, vos que me podéis ayudar, primeramente -rogando al Señor por vuestra desdichada hija, y -luego... conviene que el infeliz Renzo lo sepa. -Meditadlo, hacedme todavía este favor; porque -vos, podéis pensar en ello. Cuando sepáis dónde<span class="pagenum" id="Page_221">[Pg 221]</span> -está, hacedle escribir, buscad un sujeto... justamente -vuestro primo Alejo, que es un hombre -prudente y caritativo, que nos ha querido siempre -bien, y que no hablará de más: valeos de él -para escribirle del modo que ha pasado todo, en -dónde me he encontrado, lo que he padecido, y -además decidle que Dios lo ha querido así, que -se tranquilice, que yo no puedo jamás pertenecer -á ningún hombre. Hacédselo comprender bien, -explicadle lo que yo he prometido, que he hecho -voto... Cuando sepa que he prometido á la -Virgen... Él ha sido siempre muy temeroso de -Dios... y vos, desde el momento en que sepáis -noticias suyas, escribidme, hacedme saber que está -sano y salvo; y después... no me hagáis saber -nada más.</p> - -<p>Inés, sumamente enternecida, aseguró á su hija -que todo se haría como deseaba.</p> - -<p>—Quisiera deciros otra cosa, replicó ésta: lo que -ha sucedido al infortunado Renzo no hubiera tenido -lugar, si no hubiera tenido la desgracia de -pensar en mí: está al presente errante, fugitivo; se -le han hecho perder todos sus ahorros; se le ha arrebatado -todo lo que poseía; todas las economías -que el infeliz había hecho, bien sabéis por qué... -¡y nosotras, que tenemos tanto dinero! ¡Oh, madre -mía! ¡Ya que el Señor os ha enviado tantas riquezas -y que al infeliz lo miráis como hijo vuestro!... -¡Oh, partidlas con él que seguramente Dios os lo<span class="pagenum" id="Page_222">[Pg 222]</span> -premiará; buscad una ocasión á propósito, y enviadle -la mitad: ¡el cielo sabe cuánta necesidad tendrá -de ello!</p> - -<p>—¡Y bien!, ¿qué crees tú?, respondió Inés; sí, -seguramente que se lo mandaré. ¡Pobre joven! -¿Por qué piensas que yo estaba contenta con ese -dinero? Pero... ¡yo que había venido aquí tan -alegre! Vaya; dejemos esto: yo se lo enviaré; ¡desdichado -Renzo! Mas él también... yo me entiendo. -Ciertamente el dinero agrada al que lo -necesita; pero á él, de seguro no lo hará engordar.</p> - -<p>Lucía dió gracias á su madre por aquella pronta -y liberal condescendencia, con una gratitud, -con un afecto, capaz de hacer comprender á quien -la hubiese escuchado, que su corazón pertenecía -aún todo entero á Renzo; quizá más de lo que ella -misma creía.</p> - -<p>—¿Y sin ti, qué haré yo, infeliz mujer?, dijo -Inés llorando á su vez.</p> - -<p>—¿Y yo sin vos, pobre madre mía, y en una -casa extraña? ¡Allá tan lejos, en aquel Milán!... -Mas el Señor será con nosotras dos, y nos reunirá. -Dentro de ocho ó nueve meses nos volveremos -á ver; y de aquí á entonces, y aun antes, espero -que él habrá arreglado las cosas para consolarnos. -Dejémoslo á su divina voluntad; siempre, -siempre pediré á la Madonna esta gracia. Si tuviese -alguna otra cosa que ofrecerle, lo haría; -pero es tan misericordiosa, que á pesar de todo -me lo otorgará.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_223">[Pg 223]</span></p> - -<p>Con éstas y otras semejantes palabras, repetidas -muchas veces, acompasadas de lamentos y de -consuelos, de aflicción y de resignación, con multitud -de recomendaciones y promesas de no decir -nada á nadie, con una infinidad de lágrimas, -después de prolongados y nuevos abrazos, las mujeres -se separaron, prometiéndose recíprocamente -volverse á ver para el próximo otoño, á más -tardar; como si esto dependiese de ellas, y según -se hace siempre en semejantes casos.</p> - -<p>Sin embargo, pasóse largo espacio de tiempo -sin que Inés pudiese saber nada absolutamente -con respecto á la suerte de Renzo; no recibía cartas -ni mensajes de ninguna especie; las gentes del -pueblo ó de las cercanías, á quien podía preguntar, -no sabían más que ella.</p> - -<p>No era Inés la única que hiciese inútilmente tales -pesquisas: el cardenal Federico, que no había -dicho por mera fórmula á nuestras dos pobres mujeres -que quería tomar informes acerca del infeliz -joven, escribió efectivamente con la mayor -prontitud para tenerlos. Cuando fué á Milán, de -vuelta de su visita diocesana, recibió una respuesta, -en la cual le decían no haberse podido encontrar -huella alguna del indicado sujeto, que verdaderamente -permaneció algún tiempo en casa de -un pariente suyo, en tal país, en el cual nada había -dado que decir; pero que una mañana muy -temprano desapareció de súbito, y que ni aun su<span class="pagenum" id="Page_224">[Pg 224]</span> -mismo pariente nada sabía de él, no pudiendo -más que repetir ciertas voces sin fundamento y -contradictorias que corrían, de haber el joven sentado -plaza para Levante, habiendo pasado á -Alemania, en donde había perecido al vadear un -río: luego se añadía que estarían sobre aviso, si -alguna vez sabían algo de positivo, con el objeto -de dar prontamente parte á su señoría ilustrísima -y reverendísima.</p> - -<p>Más tarde, éstas y otras voces semejantes se esparcieron -hasta el territorio de Lecco, y llegaron -por consiguiente á los oídos de Inés. La pobre -mujer hacía todo lo posible para sacar en claro la -verdad, para llegar á la fuente de donde provenía; -pero no conseguía nunca encontrar nada más -que aquel <em>se dice</em>, que á pesar de todo, aun hoy -en día es suficiente para atestiguar tantas cosas. -Algunas veces, apenas le referían alguna noticia, -llegaba uno y le decía que no era cierta; pero esto -era para darle en cambio otra igualmente extraña -ó siniestra. Todo charlatanería: he aquí el -hecho.</p> - -<p>El gobernador de Milán, y capitán general de -Italia, D. Gonzalo Fernández de Córdoba, se había -quejado amargamente al señor presidente de -Venecia en Milán, porque un bribón, un ladrón -público, un promovedor de motines y asesinatos, -el famoso Lorenzo Tramaglino, el cual, estando -en poder de la justicia misma, había excitado una<span class="pagenum" id="Page_225">[Pg 225]</span> -rebelión para procurarse la libertad, hubiese sido -acogido y recibido en el territorio de Bérgamo. El -presidente había contestado, que nada sabía acerca -de semejante asunto, y que escribiría á Venecia -para poder dar á su excelencia alguna explicación -del caso.</p> - -<p>En Venecia había por máxima el secundar y -cultivar la inclinación que tenían los operarios de -seda milaneses á establecerse en el territorio de -Bérgamo; de hacer que ellos encontrasen en dicho -país muchas ventajas, y sobre todo que estuviesen -seguros y al abrigo de toda clase de persecución, -sin lo cual no hay ningún bien en este mundo. -Pues así como entre dos fuertes litigantes, -cualquier cosa, por pequeña que sea, hay necesidad -siempre de que tome parte un tercero; del -mismo modo Bartolo fué avisado confidencialmente -no se sabe por quién, que Renzo no estaba seguro -en el pueblo, y que sería mejor que entrase en -alguna otra fábrica, mudando al propio tiempo de -nombre; Bartolo comprendió el caso, y no se entretuvo -en hacer objeciones, sino que corrió precipitadamente -al encuentro de su primo, y contóle -sucintamente la ocurrencia, lo metió consigo en -un calesín, lo acompañó á otra fábrica distante de -la suya cerca de quince millas, y lo presentó bajo -el nombre de Antonio Rivolta, al dueño, que era -también del estado de Milán, y antiguo conocido -suyo. Éste, aunque los tiempos fuesen calamitosos,<span class="pagenum" id="Page_226">[Pg 226]</span> -no se hizo de rogar para recibir un operario -que se le recomendaba como hábil y honrado, por -un hombre de bien é inteligente. Luego que lo -experimentó, no hizo más que regocijarse de tal -adquisición; únicamente que al principio, el joven -le había parecido que debía ser un poco sordo, á -causa de que cuando se le llamaba Antonio, las -más veces no contestaba.</p> - -<p>Poco tiempo después, llegó de Venecia una orden -redactada en estilo bastante dulce, al capitán -de Bérgamo, para que se informase y diese aviso -si en su jurisdicción, y especialmente en tal pueblo, -se encontraba el sujeto consabido. El capitán, -habiendo hecho sus diligencias de la manera -que había comprendido que se deseaban, dió una -respuesta negativa, la cual fué trasmitida al presidente -en Milán, para que éste la trasmitiese á -su vez á D. Gonzalo Fernández de Córdoba.</p> - -<p>Y no faltaban curiosos que quisiesen saber por -Bartolo por qué el susodicho joven no estaba -ya allí, y dónde había ido. Á la primera pregunta -éste respondió: “Ha desaparecido”. Para desembarazarse -de los más obstinados, sin darles que -sospechar de lo que había de cierto, juzgó á propósito -regalarles, ya á unos, ya á otros, las noticias -referidas anteriormente; pero todo esto, como -cosas inciertas que también él había oído decir, -sin asegurar que fuesen positivas.</p> - -<p>Mas cuando la pregunta fué hecha por orden<span class="pagenum" id="Page_227">[Pg 227]</span> -del cardenal, sin nombrarlo, y con cierto aparato -de importancia y de misterio, dejando comprender -que era en nombre de un gran personaje, -Bartolo se puso más sobre sí, y creyó necesario -responder según costumbre; de modo que tratándose -de una persona ilustre, dió de una vez todas -las noticias que había ideado una á una en aquellas -diversas ocurrencias.</p> - -<p>No se crea, sin embargo, que D. Gonzalo, siendo -un señor de aquella especie, quisiese habérselas -personalmente con un infeliz aldeano hilador -de seda; que no se crea tampoco que informado -quizá del poco respeto usado, y de las malas -palabras dichas por él á su rey moro encadenado -por la garganta, tratase de vengarse; ó que lo -juzgase un sujeto bastante peligroso para perseguirle -aun en su fuga y no dejarle vivir por muy -lejos que estuviese, del mismo modo que hizo el -senado romano con Aníbal. D. Gonzalo tenía demasiadas -cosas en que pensar para tomarse cuidado -por las acciones de Renzo; y si pareció que -se lo tomó, provino de un concurso singular de -circunstancias por las cuales el infeliz, sin comerlo -ni beberlo, se encontró con un sutilísimo é invisible -hilo atado á aquellos grandes é importantes -negocios.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_228">[Pg 228]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO NOVENO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Ya más de una vez se ha ocurrido el hacer mención -de la guerra que entonces fermentaba, con -motivo de la sucesión á los estados del duque Vicente -Gonzaga, segundo de este nombre; pero -siempre ha acontecido en momentos de apuro, de -modo que no hemos podido decir más que algunas -palabras al vuelo. Sin embargo, al presente -es indispensable para la inteligencia de nuestra -narración, que entremos en algunos detalles particulares. -Éstas son cosas que el que conoce la -historia debe saberlas; mas como por una especie -de justo sentimiento de uno mismo, debemos suponer -que esta obra no podrá ser leída sino por -personas que la ignoren, no será malo que digamos<span class="pagenum" id="Page_229">[Pg 229]</span> -lo preciso para dar una ligera tintura á los -que tengan necesidad de ello.</p> - -<p>Llevamos dicho, que á la muerte de aquel duque, -el primero llamado por línea recta á sucederle, -fué su más próximo heredero Carlos Gonzaga, -jefe de una segunda rama trasplantada en -Francia, en donde poseía los ducados de Nevers -y de Rhetel, habiendo entrado igualmente en posesión -de Mantua, y nosotros añadimos ahora del -Monferrato, cuya circunstancia, á causa de la precipitación, -habíamos olvidado en el tintero. La -corte de Madrid, que quería á todo evento (esto -también lo hemos dicho) excluir de los dos últimos -feudos al nuevo príncipe, y para conseguirlo -necesitaba un motivo (pues que la guerra promovida -sin razón, hubiera sido una cosa demasiado -injusta), se había declarado sostenedora de los que -pretendían tener en Mantua otro Gonzaga Ferrante, -príncipe de Guastalla; y en el Monferrato -á Carlos Emanuel I, duque de Saboya, y á Margarita -Gonzaga, duquesa viuda de Lorena. D. -Gonzalo, que pertenecía á la familia del gran capitán, -de la cual llevaba el nombre, y que había -hecho ya la guerra en Flandes, deseoso, además, -de excitar otra en Italia, era acaso el que más atizaba -el fuego para encenderla; y en el ínterin, interpretando -las intenciones y extralimitándose de -las órdenes de la susodicha corte, había concluido -con el duque de Saboya un tratado de invasión y<span class="pagenum" id="Page_230">[Pg 230]</span> -de división del Monferrato, habiendo obtenido fácilmente -la ratificación del conde-duque, persuadiéndole -que la adquisición de Casal, punto más -defendido de la parte que le tocaba al rey de España, -era en extremo asequible. Sin embargo, protestaba -en su nombre no querer ocupar el país -más que á título de depósito, hasta la decisión del -emperador; el cual, en parte por seguir á otros, -en parte por motivos peculiares suyos, había negado -la investidura al nuevo duque, intimándole -que le dejase como en secuestro los estados que -motivaban la controversia; prometiendo, después -de haber oído á las partes, entregárselos al que -tuviese verdadero derecho á ellos, condiciones á -las cuales no había querido someterse el duque de -Nevers.</p> - -<p>Éste tenía, sin embargo, altos y poderosos aliados: -el cardenal de Richelieu, el senado de Venecia -y el papa, que era, según hemos dicho, Urbano -VIII. Pero el primero, empeñado entonces en -el sitio de la Rochela, en guerra también con la -Inglaterra, contrariado por el partido de la reina -madre María de Médicis, enemiga por ciertas razones -particulares de la casa de Nevers, no podía -dar más que esperanzas. Los venecianos no querían -moverse ni menos declararse, á no ser que -un ejército francés se introdujese en Italia, y -ayudando al duque bajo mano, según podían, estaban -á la mira de la corte de Madrid y del gobernador<span class="pagenum" id="Page_231">[Pg 231]</span> -de Milán, en vista de sus proposiciones, -protestas, exhortaciones pacíficas ó amenazadoras, -según las circunstancias. El papa recomendaba -á sus amigos al duque de Nevers, intercedía -en su favor para con los adversarios, hacía proposiciones -de paz; mas al tratar de poner gentes en -campaña, nada quería saber.</p> - -<p>Los dos aliados pudieron, pues, empezar con -seguridad la concertada empresa. El duque de -Saboya había entrado por su parte en el Monferrato, -D. Gonzalo había puesto con alegría sitio á -Casal; mas no encontraba toda la satisfacción que -se había prometido en dicho punto, pues veía que -en la guerra no todo son rosas. La corte no le -ayudaba según sus deseos, porque lo dejaba desprovisto -de los medios más necesarios; su aliado -no le servía demasiado; es decir, que después de -haberse apoderado de su porción, andaba pellizcando -la señalada al rey de España. D. Gonzalo -se enfurecía mucho más de lo que puede expresarse, -pero temía si daba á entender algo, que -aquel Carlos Emanuel, tan activo en las intrigas -como voluble en los tratados y valiente con las -armas en la mano, se hiciese del partido de la -Francia; por lo cual se vió obligado á cerrar los -ojos, á tascar el freno, y estarse quieto. El sitio, -pues, iba mal, se alargaba, y con frecuencia tomaba -un giro poco agradable, ya por el continente -firme, hábil, vigilante y resuelto de los sitiados,<span class="pagenum" id="Page_232">[Pg 232]</span> -ya por tener poca gente, y al decir de algún historiador, -á causa de los muchos disparates que -hacía. Sobre esto, nosotros dejaremos la verdad -en su lugar, dispuestos, aun cuando la cosa fuese -realmente así, á encontrarla muy buena, si fué -causa de que en aquella empresa quedara muerto, -aniquilado, estropeado algún hombre á lo menos, -<i lang="la" xml:lang="la">et ceteris paribus</i>, no habiendo, sin embargo, -causado tanto daño á los edificios de Casal. En -medio de estas circunstancias, recibió la noticia -de la sedición de Milán, lo cual le obligó á acudir -en persona.</p> - -<p>En la relación que se le hizo, no dejaron de -mencionar la fuga de Renzo, fuga rebelde que había -metido tanto ruido, como igualmente los hechos -verdaderos y supuestos que habían motivado -su arresto; participándole también que dicho -individuo se había refugiado en el territorio de -Bérgamo. Esta circunstancia llamó la atención de -D. Gonzalo. De todas partes le informaban que -Venecia había alzado el grito y alegrádose de la -sublevación de Milán; y al principio se creía que -se vería obligado á levantar el sitio de Casal, y -pensaban siempre que él estaba abatido y con gran -cuidado, tanto más cuanto que inmediatamente -después de este suceso había llegado la noticia tan -deseada para el senado y tan temida de D. Gonzalo, -de la rendición de la Rochela. Picado en lo -más vivo, ya como hombre, ya como político, que<span class="pagenum" id="Page_233">[Pg 233]</span> -el senado hubiese formado tal opinión de él, espiaba -la menor ocasión para persuadirles, por vía -de inducción, que no había perdido nada de su antigua -osadía; porque decir en términos expresos: -“no tengo miedo”, equivalía á no decir nada. Éste -era un buen medio para hacerse el disgustado, para -quejarse, para reclamar; de cuyas resultas, habiendo -llegado el presidente de Venecia á presentarle -sus respetos, y para explorar al mismo tiempo -en sus ademanes y expresión lo que pasaba en -su alma (nótese bien esto, pues tal era la política -de aquella fina y astuta diplomacia), D. Gonzalo, -después de haber hablado del motín ligeramente -y como hombre que ya lo ha reparado todo, movió -el estrépito que ya sabemos tocante á Renzo, -como también no ignoramos lo que sucedió después. -En seguida ya no se ocupó más de un negocio -tan mezquino, y tocante á él, enteramente -terminado; y luego cuando pasaba algún tiempo -le llegó la respuesta en el campamento mismo, -frente de Casal, adonde había vuelto y estaba revolviendo -tantas ideas en su imaginación, levantó -y meneó la cabeza, á semejanza de un gusano -de seda que busca la hoja del moral. Reflexionó -un instante, para recordar mejor el hecho del -cual no le quedaba más que una idea confusa; lo -trajo á la memoria, presentósele una sombra vaga -y fugitiva del individuo, pasó á otra cosa y no -pensó más en ello.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_234">[Pg 234]</span></p> - -<p>Pero Renzo, que estaba lejos de sospechar esto, -no debió suponer un tan benigno descuido, por -lo cual no tuvo en mucho tiempo, ó por decir mejor, -otro estudio, que el de vivir oculto. Es fácil -suponer si ansiaría enviar noticias suyas á las mujeres -y tenerlas de ellas: pero había dos grandes -dificultades; la una era que tenía que confiarse á -un secretario, porque el infeliz no sabía ni escribir, -ni aun leer, en el riguroso sentido de la palabra; -y si habiendo sido preguntado, como recordarán -los lectores, por el Dr. Azzecca-Garbugli, -había contestado que sí, no fué para lisonjearse, -por orgullo, sino que lo cierto era que sabía -leer lo impreso tomándose algún tiempo; pero lo -manuscrito, era negocio enteramente distinto. -Érale, pues, preciso valerse de un tercero para -confiarle sus asuntos y un secreto tan peligroso. -En aquella época no se encontraba fácilmente un -hombre que supiese escribir, y al mismo tiempo -que fuese de fiar, mucho más en un país en donde -no tenía ninguna especie de relaciones. La -otra dificultad era el encontrar igualmente un -mensajero, un hombre que fuese precisamente hacia -aquel lado, que quisiera encargarse de la carta -y tomarse el trabajo de entregarla; cosas todas -muy difíciles que pudiesen reunirse en un solo -hombre.</p> - -<p>Finalmente, á fuerza de buscar y más buscar, -halló quien le escribiese; pero no sabiendo si las<span class="pagenum" id="Page_235">[Pg 235]</span> -mujeres se encontraban aún en Monza, ó en dónde, -juzgó conveniente incluir la carta para Inés -en otra dirigida al padre Cristóbal. El amanuense -se encargó también de encaminar el pliego, -entregándolo á uno que debía pasar muy cerca de -Pescarenico; éste lo dejó, recomendándolo mucho, -en un mesón que se hallaba en el camino -mismo y muy cerca del paraje. Como el pliego -iba dirigido á un convento, llegó á él en efecto; -mas no se ha sabido lo que sucedió después. No -viendo Renzo aparecer contestación alguna, hizo -escribir otra carta con poca diferencia igual á la -primera, y la metió en una segunda dirigida á un -amigo ó pariente suyo de Lecco. Buscóse otro -portador, el cual se encontró: esta vez la carta -llegó á quien iba dirigida. Inés se encaminó apresuradamente -á Maggianico, se la hizo leer y explicar -por Alejo su primo, del cual ya se tiene -noticia: concertó con él una contestación, que puso -por escrito, y se logró el medio de hacerla llegar -á manos de Antonio Rivolta, en el lugar de -su domicilio. Todo esto, sin embargo, no se hizo -tan pronto como nosotros lo referimos. Renzo recibió -dicha contestación, y mandó otra. En una -palabra, se estableció por ambas partes una correspondencia -poco rápida, poco regular, pero sin -embargo, sostenida.</p> - -<p>Mas para tener una idea de dicha correspondencia, -es necesario saber cómo se hacía entonces<span class="pagenum" id="Page_236">[Pg 236]</span> -esta especie de cosas; pues bien, se hacía del -mismo modo que ahora; porque creo que sobre este -particular poco ó nada habrá variado.</p> - -<p>El aldeano que no sabe escribir, y que, sin embargo, -se ve en la necesidad de hacerlo, se dirige -á cualquiera que conozca dicho arte, escogiéndolo, -cuanto le es posible, entre las gentes de su clase, -porque tiene poca confianza en la de las demás. -Él lo informa con más ó menos orden y claridad -acerca de los antecedentes, y le expone de -la misma manera lo que se ha de escribir. El amanuense, -ya comprendiendo, ya adivinando, da algún -consejo, propone alguna variación, y dice: “Dejadme -hacer”; toma la pluma, pone como puede en -forma de carta las ideas del otro, las corrige, las -mejora, carga la mano, corta algunas veces, llega -hasta omitir, según le parece que haciéndolo dará -un giro mejor al negocio; porque no hay remedio, -todo hombre que sabe más que los otros, no -quiere ser un instrumento material de estos últimos; -y cuando entra en las negociaciones de otro, -quiere también hacerlo que vaya á su modo. Á -pesar de todo esto, el que escribe no logra siempre -decir todo lo que quisiera; le sucede algunas -veces expresar todo lo contrario; no es extraño nos -pase también lo mismo á nosotros los que escribimos -para la imprenta. Cuando la carta así dispuesta -llega á manos del corresponsal, y que no -está más acostumbrado á la escritura, la lleva á<span class="pagenum" id="Page_237">[Pg 237]</span> -otro sabio de igual calibre, el cual se la lee y se -la explica. De esto nacen mil cuestiones sobre su -verdadera inteligencia; porque el interesado, fundándose -en el conocimiento que posee de hechos -anteriores, pretende que ciertas palabras quieren -decir una cosa; el lector, con la práctica que tiene -de la composición, se empeña que aquéllas -quieren significar otra. Finalmente, es preciso que -el que no sabe se ponga en manos del que sabe y -le encargue la contestación. Ésta, hecha del mismo -modo que la primera carta, se encamina á su -destino, y se sujeta á una interpretación semejante. -Si por casualidad el objeto de la correspondencia -es un poco escabroso; si se trata de negocios -secretos que no se quiera dar á conocer á un -tercero por temor de que la carta caiga en malas -manos; si á causa de esto no se pone cuidado -de decir con bastante claridad las cosas; entonces, -por poco que dure la correspondencia, las partes -acaban por entenderse entre sí como dos estudiantes -que cuestionan por espacio de cuatro horas -sobre la ética: hacemos esta comparación, para no -tomarla de las cosas del día, porque quizá tendríamos -que arrepentirnos.</p> - -<p>Al presente, pues, el caso de nuestros dos corresponsales -era precisamente el que hemos puesto -por ejemplo. La primera carta, escrita en nombre -de Renzo, contenía muchos detalles. Primeramente, -además de una relación de su fuga,<span class="pagenum" id="Page_238">[Pg 238]</span> -mucho más concisa sin duda, pero también más -desordenada que la que nosotros hemos hecho, -formaba igualmente parte de su situación actual. -Inés y su intérprete estuvieron bien lejos de poder -sacar algo completo y claro: hablaba de un -aviso secreto, de un cambio de nombre, de estar -en seguridad y de tener que permanecer oculto; -cosas todas muy poco familiares á sus inteligencias, -mayormente siendo dichas en la carta un -tanto enigmáticamente. En seguida, iban preguntas -apremiantes, apasionadas, sobre las aventuras -de Lucía, con palabras oscuras y tristes, con respecto -á las voces que habían llegado hasta Renzo. -Había, por último, esperanzas inciertas y lejanas, -proyectos lanzados para lo sucesivo mezclando -promesas y súplicas de mantener la fe dada, -de no perder la paciencia ni el valor, de aguardar -mejores tiempos.</p> - -<p>Poco después, Inés encontró un medio seguro -de hacer llegar en manos de Renzo una contestación -acompañando los cincuenta escudos que le -habían sido señalados por Lucía. Al ver Renzo -tanto oro, no sabía qué pensar, y con el ánimo -agitado por una admiración é inquietud que estaban -lejos de dejarle satisfecho, corrió apresuradamente -á buscar el amanuense para hacerse interpretar -la carta, y poseer la llave de un tan extraño -misterio.</p> - -<p>En dicha carta, el escribiente de Inés, después<span class="pagenum" id="Page_239">[Pg 239]</span> -de algunas quejas sobre la poca claridad de la -primera, pasaba á describir de una manera por lo -menos tan lamentable, la terrible historia de aquella -persona (así decía); luego daba cuenta de los -cincuenta escudos; después hablaba del voto, pero -por vía de perífrasis; añadiendo con palabras -más directas y claras el consejo de que se tranquilizara -y no pensase más en ella.</p> - -<p>Poco faltó que Renzo no la emprendiese con el -lector intérprete; temblaba, se horrorizaba, se enfurecía -por lo que había comprendido y por lo -que no había podido entender. Se hizo leer por -tres ó cuatro veces el terrible escrito, unas veces -comprendiéndolo mejor á su parecer, otras encontrando -oscuro é inexplicable lo que en un principio -le había parecido claro; y, en aquella fiebre -de pasiones, quiso que el amanuense tomase precipitadamente -la pluma y contestase. “Después de -las expresiones más fuertes que puedan imaginarse -de piedad y de terror por las aventuras de Lucía escribid”, -continuaba dictando, “que no quiero -tranquilizarme, ni me tranquilizaré jamás; que -éstos no son consejos para dar á un hombre como -yo, y que al dinero no tocaré; que lo guardo -en depósito para que sirva de dote á la joven; -que ésta debe pertenecerme, y que yo no tengo -nada que ver con esa promesa; que siempre he -oído decir que la Madonna se mezcla en nuestros -negocios para ayudar á los afligidos y para obtener<span class="pagenum" id="Page_240">[Pg 240]</span> -gracias, pero nunca para causar daño y para -hacer faltar á la palabra; que esto no puede quedar -así; que con el dinero nos basta para establecernos -en este país; y que, por último, si nuestros -negocios al presente están un poco embrollados, -es una borrasca que pasará pronto”. Á esto -añadió otras cosas poco más ó menos por el mismo -estilo, las cuales omitimos para no cansar á -los lectores.</p> - -<p>Luego que Inés recibió dicha carta, hizo escribir -otra, y la correspondencia continuó del modo -que hemos visto.</p> - -<p>Cuando Inés llegó á conseguir, ignoramos por -qué medio, el hacer saber á Lucía que Renzo estaba -sano, salvo y en lugar seguro, esta última -experimentó un gran consuelo; pues no deseaba -más que una cosa, á saber: que él la olvidase, ó -para decirlo con más propiedad, que pensara en -olvidarla. Por su parte, formaba cien veces al día -una resolución semejante, y hacía todos los esfuerzos -posibles para llevarla á cabo. Dedicábase asiduamente -al trabajo; trataba de ocuparse toda entera -á él. Cuando la imagen de Renzo se le presentaba -á la imaginación, esforzábase en desterrarla -por medio de la oración; mas como si dicha imagen -hubiese tenido malicia, jamás llegaba sola y -de improviso; al contrario, se introducía furtivamente -á favor de otras imágenes, de manera que -la mente no se apercibía de ella hasta algún tiempo<span class="pagenum" id="Page_241">[Pg 241]</span> -después que se había presentado. Lucía comenzaba -pensando en su madre; ¿cómo no había -de pensar?, y el Renzo ideal venía poco á poco á -colocarse en medio, como lo había hecho tantas -veces el verdadero Renzo. Si la infeliz se ponía -algunas veces á meditar sobre su porvenir, él -aparecía también como diciendo: “allí estaré igualmente”. -Sin embargo, si el no pensar en él era -empresa desesperada, Lucía llegó hasta cierto -punto á pensar menos y con menos fuerza de lo -que hubiera querido; lo habría logrado mejor si -hubiese sido sola en quererlo; mas estaba de por -medio D.ª Prajedes, la cual, ocupada enteramente -en arrancar al joven del corazón, no había encontrado -mejor expediente que el hablar de él sin -cesar. “Y bien, le decía, no pensemos más en -ello”.</p> - -<p>—Yo no pienso en nadie, respondía Lucía.</p> - -<p>D.ª Prajedes no era mujer que se pagase de semejante -respuesta; replicaba que se necesitaban -hechos y no palabras; discutía largamente sobre -las costumbres de las jóvenes, las cuales, decía, -cuando han entregado su corazón á un libertino -(á los que siempre tienen inclinación), no quieren -desprenderse jamás de él. Si un buen partido, razonable, -un sujeto excelente, un hombre honrado -les falta por algún accidente, en seguida se consuelan; -pero cuando se enamoran de un calavera, -el mal es incurable. Y entonces empezaba el panegírico<span class="pagenum" id="Page_242">[Pg 242]</span> -del pobre ausente, del bribón llegado á -Milán para llevarlo todo á sangre y fuego, queriendo -también que Lucía confesase que en su -pueblo había cometido una infinidad de maldades.</p> - -<p>Lucía, con la voz trémula de vergüenza, de dolor -y de esa indignación que podía ser permitida -á su alma dulce y humilde fortuna, juraba y perjuraba -que en su pueblo aquel pobre desgraciado -no había dado nunca nada malo que decir; hubiera -querido, proseguía, que hubiese estado presente -alguno del mismo paraje para que diese -testimonio de lo que decía. Acerca de los sucesos -de Milán, de los cuales no podía conocer los -detalles, lo defendía igualmente por el conocimiento -que tenía de él y de su modo de portarse -desde la infancia; ella lo defendía ó se proponía -defenderlo, por puro deber de caridad, por amor -á la verdad, y para servirnos de la palabra con la -cual se explicaba su sentimiento, como á su prójimo. -Pero de esta apología D.ª Prajedes sacaba -nuevos argumentos para convencer á Lucía de -que en su corazón Renzo ocupaba un lugar del -cual era absolutamente indigno. Á la verdad, en -aquellos momentos no se hubiera podido expresar -lo que le sucedía. Al infame retrato que la -vieja dama hacía del infeliz, el sentimiento que -una larga costumbre había hecho nacer en el espíritu -de la joven, se despertaba en contraposición<span class="pagenum" id="Page_243">[Pg 243]</span> -más vivo y más distinto que nunca; sus recuerdos, -que tantos trabajos le costaba vencer, venían -en tropel á agruparse en su mente; la aversión -y el desprecio que manifestaban contra el joven, -reclamaban otros tantos motivos de aprecio y -simpatía; aquel odio ciego y violento excitaba en -su corazón una piedad más intensa. ¡Qué imprudencia!, -¿á qué hacer vibrar semejante cuerda? ¿Á -qué tratar de renovar la pasión que la infortunada -trataba de arrancar de su corazón? Sea como -quiera, la conversación por parte de Lucía no duraba -mucho tiempo, pues las palabras se convertían -bien pronto en lágrimas.</p> - -<p>Si D.ª Prajedes hubiese sido llevada á tratarla -así por un odio inveterado contra ella, quizá las -lágrimas la hubieran conmovido y hecho callar; -mas como hablaba con buen fin, seguía adelante, -sin ninguna especie de sentimiento; pues los gemidos, -los gritos suplicantes, pueden detener muy -bien el arma de un enemigo, pero no el bisturí del -cirujano. Después de haber cumplido con su deber, -según ella decía, luego de haberle dirigido -multitud de reproches pasaba á las exhortaciones, -á los consejos, mezclados también de algunas alabanzas, -para templar de este modo lo agrio con lo -dulce y obtener con más seguridad lo que deseaba, -obrando sobre el ánimo en todos sentidos. Verdaderamente -Lucía no conservaba de todas estas -querellas (que siempre tenían poco más ó menos<span class="pagenum" id="Page_244">[Pg 244]</span> -el mismo principio, medio y fin), ningún rencor -contra su acerba predicadora, que la trataba por -otra parte en todo lo demás con la mayor dulzura, -y que aun en esto mismo se traslucía su buena -intención. Sin embargo, quedábale, á pesar de -todo, una agitación tal, una revolución tan inquieta -de pensamientos y de amor, que necesitaba mucho -tiempo y trabajo para volver á disfrutar de -aquella especie de calma que experimentaba anteriormente.</p> - -<p>Era una dicha para Lucía que no fuese la única -á quien D.ª Prajedes tuviese que hacer bien, -pues así las querellas no podían ser tan frecuentes. -Además, el resto de su servidumbre veíase -toda llena, según decía, de cerebros que tenían -necesidad más ó menos de ser dirigidos y ordenados; -á mayor abundamiento todas las demás ocasiones -que se ofrecían de prestar los mismos oficios, -por caridad á muchas gentes con las cuales -no estaba obligada á nada, tenía fuera de esto cinco -hijas. Ninguna de ellas estaba en la casa, pero -le daban más en qué pensar que si efectivamente -hubiesen vivido todas juntas. Tres eran religiosas, -y las otras dos estaban casadas: D.ª Prajedes se -encontraba naturalmente á causa de semejante circunstancia -con el cargo de tener que regentar tres -monasterios y dos casas: empresa vasta y complicada, -y tanto más ardua, cuanto que dos maridos, -protegidos de padres, madres y hermanos; tres<span class="pagenum" id="Page_245">[Pg 245]</span> -abadesas, escoltadas por otras dignidades y multitud -de religiosas, no querían aceptar su superintendencia. -Era una guerra continua, ó por mejor -decir, cinco guerras sordas, encubiertas, políticas, -finas hasta cierto punto, pero vivas y sin -treguas. Había en cada uno de aquellos sitios una -atención perpetua en escapar de su solicitud, en -cerrar la entrada á sus opiniones, en eludir sus -pesquisas, en procurar que ignorase lo más que -fuese posible todos sus negocios. No quiero hablar -de las oposiciones, de las dificultades que encontraban -el manejo de otros asuntos aun más extraños: -se sabe que es necesario por lo común -dispensar el bien algunas veces á los hombres por -fuerza. En donde su celo podía ejercitarse libremente -era en su misma casa; todos sin distinción -de clases estaban sometidos en todo y por todo á -su autoridad, excepto D. Ferrante, con el cual -las cosas iban de un modo enteramente particular.</p> - -<p>Hombre de estudio, no le gustaba ni mandar, -ni obedecer. En buen hora que en todas las cosas -de la casa su señora esposa fuese la dueña; -pero él esclavo, eso no; y si cuando era rogado -le prestaba en circunstancias dadas el servicio de -su pluma, era porque se adaptaba á su genio y -tenía un placer en ello; por lo demás, también sabía -decir que no cuando estaba persuadido de que -lo que quería hacerle escribir no era posible: “Ingeniaos,<span class="pagenum" id="Page_246">[Pg 246]</span> -le decía entonces; hacedlo vos misma, ya -que el asunto os parece tan claro”. D.ª Prajedes, -después de haber intentado en vano por espacio -de algún tiempo el atraerle para que ejecutase lo -que deseaba, se veía obligada á regañar con él -llamándole un <em>esquiva-fatigas</em>, testarudo, en fin, -un literato, título que á pesar de su despecho, no -se le daba sin alguna complacencia.</p> - -<p>D. Ferrante pasaba largos ratos en su gabinete -de estudio, en donde tenía una colección considerable -de libros, que constaba á lo menos de trescientos -volúmenes, de lo más selecto; obras todas -de las más reputadas sobre diversas materias, en -cada una de las cuales estaba más ó menos versado. -En astrología era tenido, y con razón, por -más que un aficionado; porque no solamente poseía -las nociones generales y el vocabulario común -de influencias, de aspectos y conjunciones, -sino que también hablaba científicamente de las -doce moradas del cielo, de los grandes círculos, -de los grados brillantes y tenebrosos, de exaltaciones, -tránsitos y revoluciones; en una palabra, -de los principios más ciertos y recónditos de la -ciencia. Hacía quizá veinte años, que en largas y -frecuentes disputas sostenía la preeminencia de -Cardano sobre otro sabio apegado ferozmente á -la de Alcabizio, por mera obstinación, decía D. -Ferrante; el cual reconociendo voluntariamente -la superioridad de los antiguos, no podía, sin embargo,<span class="pagenum" id="Page_247">[Pg 247]</span> -sufrir que no se quisiera dar la razón á los -modernos, principalmente en aquellas cosas que -estaban á la vista de todo el mundo. Conocía también -más que medianamente la historia de la ciencia; -sabía en caso necesario citar las más célebres -predicciones verificadas, y razonar con la mayor -sutileza y erudición sobre los demás que habían -fallado, para demostrar que la culpa no era de la -ciencia, sino de los que no habían sabido aplicarla -bien.</p> - -<p>De la filosofía antigua había aprendido igualmente -lo suficiente, y sin cesar iba empapándose -más y más en la lectura de Diógenes Laercio. Sin -embargo, como no se pueden poseer todos los sistemas, -por hermosos que ellos sean, y para ser filósofo -es preciso escoger un autor, D. Ferrante -había elegido á Aristóteles, el cual, según acostumbraba -á decir, no era antiguo ni moderno, sino -el <i lang="la" xml:lang="la">non plus ultra</i> de los filósofos. Tenía también -diversas obras de los más sabios y útiles secuaces -de la escuela aristotélica entre los modernos; -con respecto á las de los adversarios, jamás -había querido leerlas para no desperdiciar el tiempo, -según decía, ni comprarlas porque tampoco -quería tirar el dinero. Únicamente y por vía de -excepción daba lugar en su biblioteca á los veintidós -libros de <em>Subtilitate</em> y á algunas obras antiperipatéticas -de Cardano, á causa de su mérito en -la astrología, diciendo que el que había podido<span class="pagenum" id="Page_248">[Pg 248]</span> -escribir el tratado de <em>Restitutione temporum et motuum -cœlestium</em> y el libro <em>Duodecim geniturarum</em>, -merecía ser escuchado aunque se equivocase; que -el mayor defecto de aquel hombre célebre había -sido el tener demasiada sutileza, y que nadie hubiera -sido capaz de calcular hasta dónde habría -llegado también en la filosofía, si siempre hubiese -seguido el camino recto. Por lo demás, aunque á -juicio de los hombres doctos D. Ferrante pasase -por un peripatético consumado, con todo, á sus -propios ojos no le parecía saber todavía lo suficiente, -y más de una vez se le oyó decir con una -modestia edificante, que la esencia, los universales, -el alma del mundo y de la naturaleza de las -cosas no eran materias tan claras cuanto se pudiesen -creer.</p> - -<p>Tocante á filosofía natural, se había formado -más bien un pasatiempo que un estudio: las obras -mismas de Aristóteles sobre esta materia las había -más bien leído que estudiado. No obstante, -con esta lectura, con las noticias recogidas incidentalmente -en los tratados de filosofía general, -con algunas ojeadas echadas sobre la <em>Magia naturale -Lapidum</em>, de Porta, las tres historias <em>Lapidum</em>, -<em>Animalium</em>, <em>Plantarum</em> de Cardano, el tratado -de las yerbas, plantas y animales del grande -Alberto, y algunas otras obras de menos importancia, -sabía en caso necesario entretener una reunión -de personas instruidas, razonando acerca de<span class="pagenum" id="Page_249">[Pg 249]</span> -las virtudes más admirables y de las curiosidades -más singulares de muchos simples. Describía -exactamente las formas y los hábitos de las sirenas -y del ave Fénix, único en su especie; explicaba -del modo con que la Salamandra permanecía -en medio del fuego sin quemarse, cómo la Rémora, -siendo un pescado tan pequeño, tiene la fuerza -y la habilidad de detener en un instante en alta -mar á cualquier buque de gran porte; cómo las -gotas del rocío se vuelven perlas en el seno de las -conchas; cómo el Camaleón se alimenta del aire; -cómo del hielo endurecido lentamente con el trascurso -del tiempo se forma el cristal; y por último, -otra serie de secretos de la naturaleza, los más -prodigiosos.</p> - -<p>Él se había dedicado mucho más á los de la -magia y del sortilegio, porque dice nuestro anónimo -se trataba de una ciencia mucho más en boga -y más necesaria, de la cual los hechos son de -mucha mayor importancia y más fácil de poderlos -verificar. No hay necesidad de decir que en semejante -estudio no había tenido jamás otra mira que -la de instruirse y conocer á fondo las malas artes -de los hechiceros, para poderse guardar y defenderse. -Guiado, sobre todo, por el gran Martín del -Río (el hombre de ciencia), estaba en disposición -de discurrir <em>ex professo</em> sobre el maleficio del amor, -sobre el soporífero, sobre el hostil, y otras infinitas -especies que por desgracia, dice también el<span class="pagenum" id="Page_250">[Pg 250]</span> -anónimo, se ven en práctica diariamente, de estos -tres géneros capitales de maleficios de efectos -tan dolorosos. Los conocimientos de D. Ferrante -en la historia, especialmente universal, eran vastos -y profundos, sobre cuyas materias sus autores -favoritos eran el Tarcagnota, el Dolce, el Bugatti, -el Campana, el Guazzo; finalmente, los más célebres.</p> - -<p>Pero, decía con frecuencia D. Ferrante, ¿qué es -la historia sin la política? Un guía que marcha -siempre sin cesar, desprovisto de persona que le -enseñe el camino, y que por consiguiente pierde -todo lo que anda; del mismo modo, la política sin -la historia es un hombre que camina sin guía. Tenía, -pues, en sus estantes designado un pequeño -lugar á los publicistas: allí, entre otros muchos de -segundo orden, campeaban Bodin, Cavalcanti, -Sansovino, Paruta y Boccalini: dos libros, sin embargo, -había que D. Ferrante prefería á todos; -dos obras que llamó, durante mucho tiempo, las -primeras, sin poder jamás resolver á cuál de las -dos convenía únicamente dar la primacía: la una -era el <em>Príncipe</em> y los <em>Discursos</em> del célebre secretario -florentino; “malvado, sí, decía D. Ferrante, -pero profundo:” la otra, la <em>Ragion di Stato</em>, del -no menos célebre Juan Botero, “hombre de bien -ciertamente, decía también, mas astuto”. Pero poco -tiempo antes de formular nuestra historia, salió -á luz una obra que terminó la cuestión de primacía,<span class="pagenum" id="Page_251">[Pg 251]</span> -sobrepujando también á las obras de aquellos -dos <em>matones</em>, decía D. Ferrante; un libro en la -cual se hallaban comprendidas y como destiladas -todas las maldades para poderlas conocer, y todas -las virtudes para poderlas practicar; un libro -poco voluminoso, pero todo de oro; en una -palabra, el <em>Statista Regnante</em>, de D. Valeriano Castiglione, -de ese hombre célebre, del cual se puede -decir que los más grandes literatos le ensalzaban -á porfía, y se lo disputaban los más célebres -personajes; de ese hombre que el papa Urbano -VIII honró, según es público y notorio, colmándole -de magníficos elogios, que el cardenal Borghese -y el virrey de Nápoles, D. Pedro de Toledo, -le pidieron que escribiese, el primero la vida del -papa Paulo V, el otro las guerras del rey católico -en Italia; ambos lo solicitaron en vano, de ese -hombre que Luis XIII, rey de Francia, aconsejado -por el cardenal Richelieu, nombró su cronista; -á quien el duque Carlos Emanuel de Saboya -confirió el mismo cargo, en elogio del cual, para -callar otros gloriosos testimonios, la duquesa Cristina, -hija del cristianísimo rey Enrique IV, pudo -en un diploma, con muchos otros títulos, añadir: -“la certeza de la fama que él obtiene en Italia de -primer escritor de nuestra época”.</p> - -<p>Pero si D. Ferrante podía decirse instruido en -todas las ciencias expresadas anteriormente, había -una en la cual merecía y gozaba el título de profesor:<span class="pagenum" id="Page_252">[Pg 252]</span> -ésta era la ciencia caballeresca; no sólo razonaba -acerca de ella como maestro, sino que también -rogado frecuentemente para que interviniese -en asuntos de honor, daba siempre alguna decisión. -Poseía en su biblioteca, y se puede añadir -en su cabeza, las obras de los escritores más célebres -en dicha materia: Parido del Pozzo, Fausto -de Longiano, Urrea, Muzio, Romey, Albergato, y -Torcuato Tasso, del cual tenía siempre dispuestos -y en caso de necesidad sabía citar de memoria -todos los pasajes de la <em>Jerusalén libertada</em>, como -también de la <em>conquistada</em>, que podían servir de -ejemplo en materias de caballería. Á pesar de todo, -el autor de los autores, según su opinión, era -el célebre Francisco Birago, con el cual se encontró -más de una vez para sentenciar en los asuntos -de honor, y que por su parte hablaba de D. -Ferrante en términos de singular aprecio; y aun -antes que los <em>Discursos caballerescos</em> de dicho insigne -escritor hubiesen visto la luz pública, D. Ferrante -pronosticó, sin vacilar, que esta obra destruiría -la autoridad de Olevano, y quedaría con -sus otras nobles hermanas, como el código de una -autoridad sin rival á los ojos de la posteridad; profecía, -dice nuestro anónimo, que se ha verificado -según todos pueden ver.</p> - -<p>El expresado autor pasa en seguida á hablar de -los conocimientos que poseía D. Ferrante con respecto -á la amena literatura; pero nosotros empezamos<span class="pagenum" id="Page_253">[Pg 253]</span> -á dudar si el lector tendrá grandes deseos -de seguir adelante con aquél en esta reseña, y por -lo tanto, temiendo molestarle demasiado, volveremos -á tomar el interrumpido hilo de nuestra -historia, para detenernos en ella más pausadamente. -Además, tenemos aún un largo camino -que recorrer antes de encontrar á los personajes -por los cuales el citado lector se interesa más, si -hay sin embargo alguna cosa en todo esto que -ciertamente le interese.</p> - -<p>Hasta el otoño de 1629 permanecieron todos, -quienes voluntariamente, quienes por fuerza, en -el mismo estado en que los hemos dejado, sin que -sucediese á ninguno de ellos la menor cosa digna -de ser referida. Vino por fin el deseado otoño en -que Inés y Lucía habían proyectado reunirse; pero -un gran acontecimiento público echó por tierra -semejante cálculo, siendo esto á la verdad el -más pequeño de sus efectos. Vinieron en seguida -otros sucesos, que sin embargo, no trajeron ningún -cambio notable en la suerte de nuestros personajes. -Finalmente, nuevas desgracias, más generales, -más terribles y formidables, llegaron hasta -ellos como un impetuoso y devastador huracán -que arranca los árboles, echa abajo las casas, abate -la cúspide de las más elevadas torres, cuyas -ruinas siembra por doquier; se lleva también las -flores escondidas entre la yerba, arrebata las hojas -ligeras y ya secas que una débil brisa había<span class="pagenum" id="Page_254">[Pg 254]</span> -arrojado en un rincón, y las arrastra en su inmenso -torbellino.</p> - -<p>Ahora, para que los hechos particulares que -nos restan por referir aparezcan claros, debemos -absolutamente, y es indispensable que volvamos -á tomar la narración de los hechos generales desde -un poco más atrás.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_255">[Pg 255]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DÉCIMO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Después de la famosa asonada del día de S. -Martín y del siguiente, pareció que la abundancia -hubiese vuelto á Milán como por milagro. Las -panaderías se veían llenas de pan; el precio de éste -era como en los años más fértiles; las harinas -estaban en proporción. Los que en aquellos dos -días habían gritado por las calles ó hecho algo -más, tenían al presente (exceptuando el pequeño -número que habían sido presos) motivos de congratularse, -y no se crea por esto que permaneciesen -tranquilos después de pasado el primer susto -de las prisiones: en las plazas, en las esquinas, -dentro de las tabernas, bailaban, se felicitaban, -y aun se jactaban entre dientes de haber encontrado<span class="pagenum" id="Page_256">[Pg 256]</span> -el medio de hacer bajar el precio del -pan; mas sin embargo, en medio de las fiestas y -regocijos reinaba una vaga inquietud, un presentimiento -confuso de que semejante dicha no -sería de muy larga duración, agrupábanse en torno -de las panaderías y de los almacenes de harina, -según había sucedido cuando aquella abundancia -ficticia y pasajera producida por la primera -tarifa de Antonio Ferrer, todos gastaban con -profusión, el que tenía algún dinero lo invertía en -harina y pan, les servían de almacenes los cofres, -los más pequeños toneles, y hasta las ollas. Apresurándose -de este modo á gozar de las ventajas -del momento, hacían, no digamos imposible su -larga duración, porque por sí misma ya lo era, -sino que á cada instante se volvía más y más difícil -su continuación.</p> - -<p>El 15 de noviembre, Antonio Ferrer, <em>de orden -de su excelencia</em>, publicó un bando, por el cual se -prohibía á cualquiera que tuviese en su casa grano -ó harina, el comprar pan, poco ni mucho, y á -los demás únicamente el que necesitasen para dos -días, <em>bajo penas pecuniarias y corporales al arbitrio -de su excelencia</em>. Dicho bando intimaba á los encargados -de su cumplimiento y á cualesquiera persona, -el denunciar á los contraventores, ordenando -á los jueces el hacer pesquisas en las casas que -les fuesen designadas, dando al propio tiempo á -los panaderos una nueva orden terminante y expresa<span class="pagenum" id="Page_257">[Pg 257]</span> -de tener las tiendas bien provistas de pan, -<em>so pena, en caso de contravención, de cinco años de -galeras y de mayor pena</em>, al arbitrio de su excelencia. -Es preciso un grande esfuerzo de imaginación -para creer que semejante bando pudiese ponerse -en ejecución. Á la verdad, si todos los que -se publicaban entonces hubiesen podido tener entero -y cumplido efecto, el ducado de Milán hubiera -tenido en el mar más gente que hoy día la -Gran Bretaña.</p> - -<p>Pero mandando á los panaderos hacer una tan -gran cantidad de pan, era indispensable igualmente -dar alguna orden para que no faltasen las primeras -materias. En las épocas de carestía se hace -siempre un estudio especial en reducir á pan los -productos ó alimentos que acostumbran á consumirse -bajo otra forma. Se había, pues, calculado -el hacer entrar el arroz en la composición del pan -llamado de <em>mistura</em><a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>. El 23 de noviembre salió -una nueva orden secuestrando á las órdenes del -vicario y de los doce miembros de la provisión -la mitad del arroz (que entonces se le daba el -nombre de <i lang="it" xml:lang="it">risono</i><a id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>, y aún hoy día se llama del -mismo modo), que cada uno tuviese, bajo pena, -á cualquiera que dispusiera de él sin permiso de -<span class="pagenum" id="Page_258">[Pg 258]</span>los expresados señores, á la pérdida del género y -á una multa de tres escudos por <i lang="it" xml:lang="it">moggio</i><a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>. Esto, -según se ve, era muy justo.</p> - - -<p>Mas para comprar dicho arroz era preciso pagarlo -á un precio muy desproporcionado al que -tenía el pan; por lo tanto se impuso á la ciudad -la carga de suplir esta enorme diferencia; mas el -consejo de los decuriones deliberó el mismo día -23 de noviembre el representar al gobernador la -imposibilidad de sostener por mucho tiempo semejante -carga, y el gobernador por medio de un -bando, fecha 7 de diciembre, fijó el precio del -mencionado arroz á doce libras el <i lang="it" xml:lang="it">moggio</i>. Tanto -al que pidiese un precio más subido como al que -rehusase venderlo, se le intimó la pena de la pérdida -del género y una multa del mismo valor, <em>y -mucha y más grande pena pecuniaria y también -corporal, hasta la de galeras, al arbitrio de su excelencia, -según la cualidad de los casos y las personas</em>.</p> - -<p>El precio del arroz mondado había sido ya fijado -antes de la primera conmoción: la tarifa, ó para -servirnos de una denominación más célebre en -los anales modernos, el <em>máximum</em> del grano y de -los demás cereales comunes se había fijado en -otros bandos que no hemos podido encontrar.</p> - -<p>Mantenido de este modo á un precio módico en -<span class="pagenum" id="Page_259">[Pg 259]</span>Milán el trigo y la harina, sucedió que una multitud -de gentes del campo acudieron á proveerse -á la ciudad. D. Gonzalo, para remediar dicho inconveniente, -según él lo llamaba, prohibió por -otra ordenanza de 15 de diciembre el sacar fuera -de Milán pan por más del valor de veinte sueldos, -bajo pena de la pérdida del pan mismo y -veinticinco escudos, <em>y en caso de insolvencia, de dos -carreras de azotes en público, y mayor castigo aún</em>, -como de costumbre, al arbitrio de su excelencia. -El 22 del mismo mes se publicó una orden igual -para las harinas y granos.</p> - -<p>El populacho había querido procurarse la abundancia -por medio del pillaje y del incendio: el -gobierno quería mantenerla con las galeras y azotes. -Dichos medios eran bastante adecuados; mas -juzgue el lector si podían lograr el fin que se proponían: -en un momento vamos á ver cómo lo consiguieron. -Por otra parte, no es inútil que observemos -que estos extraños medios entre sí tienen -una conexión íntima y necesaria; cada uno era la -consecuencia inevitable del precedente, y todos -dimanaban del primero, que fijaba al pan un precio -tan desproporcionado al que debía resultar -del estado real de las cosas. Semejante expediente -ha parecido, y ha debido parecer siempre á la -multitud, no sólo conforme á la equidad, sino también -muy sencillo y muy fácil de poner en ejecución: -es, pues, sumamente natural que en las angustias<span class="pagenum" id="Page_260">[Pg 260]</span> -y padecimientos que trae en pos de sí la -carestía, la expresada multitud lo desea, lo pide, -y si puede lo impone. Pero á medida que se experimentan -las consecuencias, es necesario que -á aquellos á quienes toca esta incumbencia, se -dediquen á repararlas todas por medio de una ley -que prohíba hacer lo que designaban las leyes anteriores. -Permítasenos observar aquí, como de -paso, una singular combinación. En un país y en -época no muy lejana, en la época más famosa y -notable de la historia moderna, se recurrió en circunstancias -semejantes á iguales expedientes (casi -podríamos decir los mismos en la sustancia), -con la sola diferencia que eran en mayor proporción, -y poco más ó menos en el mismo orden. Tomáronse, -pues, estas medidas en menosprecio de -la razón de los tiempos tan cambiados y de los -conocimientos crecientes en Europa, y en dicho -país quizá más que en otro alguno, siendo principalmente -la causa de esto, que la gran masa del -pueblo, hasta la cual no habían llegado todavía -los mencionados conocimientos, pudiese hacer prevalecer -su juicio, é hiciese igualmente la ley, según -vulgarmente se dice á los legisladores.</p> - -<p>Mas volviendo á proseguir nuestra interrumpida -narración, diremos que al fin y al cabo los dos -principales frutos de la sublevación habían sido -dos: el desperdicio y pérdida efectiva de víveres, -durante la conmoción misma, consumiendo mientras<span class="pagenum" id="Page_261">[Pg 261]</span> -rigió la tarifa, sin cuidado y sin medida el -poco grano que debía bastar para ir tirando hasta -la nueva recolección. Á estos efectos generales -es preciso añadir el suplicio de cuatro desventurados -designados como jefes del motín, los cuales -fueron ahorcados, dos enfrente del horno de las -<em>Muletas</em>, y los dos restantes al extremo de la calle, -en donde se hallaba la casa del vicario de la provisión.</p> - -<p>Además, las relaciones históricas de aquella -época, están escritas tan sin orden, que no se ha -podido encontrar cómo y cuándo cesó la expresada -tarifa tan arbitraria. Si á falta de pruebas positivas -nos es lícito aventurar algunas conjeturas, -estamos decididos á creer que fué suprimida un poco -antes ó después del 24 de diciembre, día de la -consabida ejecución. Por lo que respecta á las ordenanzas, -después de la del día 22 del mismo mes, -que hemos citado, no encontramos otra en materia -de subsistencias, ya sea que las que se hubiesen -publicado fracasaran, ya que hayan escapado -á nuestras pesquisas, ya, por último, que la autoridad -desanimada, si no convencida de la ineficacia -de sus remedios y arrastrada por la fuerza -misma de los sucesos, los haya abandonado á su -propio curso. Pero nosotros hallamos en las relaciones -de más de un historiador (inclinados como -estaban todos á describir los grandes acontecimientos, -más bien que á observar las causas y progresos)<span class="pagenum" id="Page_262">[Pg 262]</span> -el cuadro del país, y principalmente el de -la ciudad, á la conclusión del invierno y en la primavera. -En esta época, la desproporción de los -víveres y las necesidades que no habían podido -hacer cesar ni los remedios que aumentándola, habían -suspendido temporalmente los efectos, ni una -introducción suficiente de cereales extranjeros, á -la cual se oponían la escasez de medios públicos -y privados, la penuria de los países circunvecinos, -la languidez y la paralización del comercio, las leyes -mismas que tendían á establecer la baratura -á favor de medidas violentas; todas estas circunstancias, -que eran la verdadera causa de la carestía, -ó por mejor decir, esta misma obraba sin -obstáculo de ninguna especie y con toda su -fuerza. He aquí la copia de aquel doloroso cuadro.</p> - -<p>Todas las tiendas estaban cerradas; las fábricas -en gran parte desiertas; las calles ofrecían un espectáculo -terrible, un incesante curso de miserias -y una morada perpetua de sufrimientos. Los mendigos -de profesión, habiendo quedado circunscritos -á un número muy escaso, confundidos y perdidos -en una nueva multitud, se veían reducidos -á disputar la limosna con aquellos de los cuales en -otro tiempo la habían recibido. Los oficiales y -aprendices despedidos por los comerciantes y fabricantes, -privados de su salario y jornal, vivían -penosamente de sus economías y ahorros: los jornaleros,<span class="pagenum" id="Page_263">[Pg 263]</span> -errando de puerta en puerta, de calle en -calle, apoyados en las esquinas, tumbados en las -aceras, arrimados á las casas y á las iglesias, pedían -limosna con voz lastimera ó vacilaban entre -la necesidad y la vergüenza que aún no habían -podido dominar; descarnados, débiles, apenas tenían -la suficiente fuerza para sostenerse, abatidos -como estaban por una larga vigilia y por los rigores -del frío, que penetraba por entre sus andrajosos -vestidos, en los cuales se distinguían aún las -señales de su antiguo bienestar. Veíanse mezclados -á esta deplorable turba, y no en muy pequeño -número, servidores despedidos por sus amos, -caídos entonces desde la medianía á la estrechez, -ó que á pesar de tener facultades, se encontraban -inhábiles en tiempos tan calamitosos, de sostener -tan grande y numerosa servidumbre. Á todos estos -indigentes se agregaba otro número infinito, -acostumbrados en parte á vivir de las sobras de -aquéllos; divisábanse por todas partes niños, mujeres, -ancianos, agrupados en torno de los que habían -sido hasta el presente su sostén, vagando dispersos -tendiendo la mano.</p> - -<p>Tropezábase también y se les distinguía por sus -<i lang="it" xml:lang="it">ciuffo</i> ó poblados mechones, por los restos de sus -magníficos vestidos, por un cierto no sé qué en el -porte y gesto, por esas huellas que los hábitos imprimen -sobre el rostro; encontrábanse, repito, muchos -individuos pertenecientes á la mala ralea<span class="pagenum" id="Page_264">[Pg 264]</span> -de los bravos, los cuales, habiendo perdido por -una suerte común su pan criminal, lo andaban buscando -por misericordia. Domados por el hambre, -no disputaban con los demás, valiéndose únicamente -de las súplicas; se arrastraban por la ciudad, -ellos que tantas veces la habían recorrido con -la cabeza alta, con ademán altanero y feroz, cubiertos -de ricos y caprichosos vestidos, cargados -de magníficas armas, adornados de elegantes plumas, -perfectamente peinados y perfumados: veíase -al presente, á estos hombres, alargar humildemente -aquella mano que tantas veces se había levantado -para amenazar con insolencia ó para -herir á traición.</p> - -<p>Pero el espectáculo más horrible y más digno -de compasión á la vez, era la innumerable multitud -de aldeanos: veíanse reunidos por familias enteras; -maridos, mujeres, niños, ancianos. Algunos -cuyas casas habían sido invadidas y despojadas por -la soldadesca alojada ó que iba de paso, habían -huido desesperados; otros para mover más á compasión -y para hacer distinguir su miseria entre -tantas, mostraban las heridas y cicatrices de -los golpes que habían recibido al defender sus escasas -y últimas provisiones, ó al escapar de aquel -desenfreno ciego y brutal. Otros, finalmente, no -habiéndoles alcanzado todavía semejante azote, -pero arrojados por otros dos, de los cuales ningún -rincón había quedado exento, á saber: la esterilidad<span class="pagenum" id="Page_265">[Pg 265]</span> -y las cargas más exorbitantes que jamás habían -sido exigidas para satisfacer lo que entonces -llamaban necesidades de la guerra, llegaban á la -ciudad como á la morada, como al último asilo de -la abundancia y de una piadosa munificencia. Se -podían conocer fácilmente los recién llegados por -su aire incierto y de estupidez, y poco después -por el despecho que manifestaban á la vista de -tal desorden, de una tan grande rivalidad de miseria, -allí donde habían esperado ser objeto singular -de compasión y atraer sobre sí las miradas -y los socorros. En las facciones de los que por -más ó menos tiempo recorrían y habitaban las -calles de la ciudad, prolongando su desgraciada -existencia por los escasos socorros que obtenían -por largos intervalos, veíase pintada una consternación -más negra y más profunda. Vestidos de -diferentes maneras, los que todavía podían llamarse -vestidos, y distintos también en su aspecto: -semblantes descoloridos de la tierra baja, bronceados -del llano, del Mediodía y de las colinas, -sanguíneos de los montañeses; mas sin embargo, -todos afilados y descompuestos, todos con los ojos -hundidos, miradas fijas participando de la fiereza -é insensatez; los cabellos desordenados, las barbas -largas y descuidadas; cuerpos nutridos y endurecidos -por las fatigas, veíanse ahora aniquilados -por el hambre. Y para completar cuadro tan -desolador, la naturaleza misma aparecía como<span class="pagenum" id="Page_266">[Pg 266]</span> -vencida por cierta especie de languidez y consunción.</p> - -<p>Divisábase por doquier en las calles, pegados -á las paredes de las casas, montones de paja y -bálago, mezclados de asquerosa inmundicia; esto, -sin embargo, era para aquellos infortunados un -don y una prueba de la caridad; éstos eran los lechos -donde reposaban sus cabezas durante la noche. -De cuando en cuando se veía, aun en medio -del día, echarse en ellos á alguno á quien la debilidad -había quitado las fuerzas y paralizado las -piernas: muchas veces aquel triste lecho acogía un -cadáver: muchas veces se veía caer á un desgraciado -de improviso en la calle, y quedar en el -mismo sitio sin movimiento y sin vida.</p> - -<p>De vez en cuando, al lado de alguno de esos infelices -se veía á un pasajero ó vecino atraído por -una súbita compasión. En algunos puntos llegaban -socorros ordenados con más larga previsión, -dirigidos por una mano rica en medios, y acostumbrada -á prestar grandes beneficios: ésta era la mano -del virtuoso Federico. Había escogido seis sacerdotes, -los cuales á una caridad viva y perseverante, -uniesen una constitución fuerte y robusta; -los había dividido en tres parejas, designando á -cada una el que recorriese la tercera parte de la -ciudad, seguidos por mozos cargados de alimentos, -refrigerios y ropas. Todas las mañanas, aquellos -dignos sacerdotes recorrían las calles en diversos<span class="pagenum" id="Page_267">[Pg 267]</span> -sentidos: aproximábanse á los que veían -echados en el suelo, prestando á cada uno los socorros -necesarios; al que estaba agonizando y no -podía recibir ya los alimentos, le administraban -los auxilios y consuelos de la religión; á los hambrientos -les daban sopas, huevos, pan y vino, á -los extenuados por una larga vigilia los confortaban -antes por medio de espíritus, con el objeto de -que se pusiesen en estado de resistir el alimento; -igualmente distribuían vestidos á los que se hallaban -en la más espantosa desnudez. No se limitaba -á esto solo su asistencia: el buen pastor había -querido á lo menos procurar un alivio eficaz -y duradero hasta donde llegasen sus alcances. Los -infelices á quienes este primer socorro volvía las -fuerzas para poder andar y manejarse por sí solos, -recibían también algún dinero, á fin de que la -necesidad renaciente y la falta de otros recursos -no les lanzase por segunda vez en su primitivo -estado; á otros les buscaban un asilo y abrigo en -alguna casa de las más próximas. En la morada -de estos bienhechores eran casi siempre acogidos -por caridad, y como recomendados por el cardenal; -en otras, donde á pesar de la buena voluntad -faltaban medios, los buenos sacerdotes pedían -únicamente que el desgraciado fuese recibido pagando -una pensión, convenían en el precio, y entregaban -cierta cantidad por vía de adelanto. En -seguida daban la lista de los desgraciados á los<span class="pagenum" id="Page_268">[Pg 268]</span> -curas de la parroquia para que los visitasen, y -volvían los mismos sacerdotes á verlos.</p> - -<p>No es necesario decir que Federico hubiese -aguardado que el mal llegara á su colmo para ser -movido y dedicar todos sus cuidados. Su ardiente -caridad debía hacerse sentir en todas partes, -acumularse, acudir adonde no había podido todavía -tomar, por decirlo así, tantas formas cuantas -exigía la necesidad. Reuniendo todo aquello de -que podía disponer, guardando la más estricta -economía, invirtiendo todos los ahorros destinados -á otras obras de beneficencia que entonces se -habían vuelto de una importancia secundaria, había -buscado todos los medios posibles para recoger -dinero, empleándolo exclusivamente en aliviar -á los infelices que morían de hambre. Hizo grandes -compras de granos, y había enviado una buena -parte á los lugares más escasos de su diócesis. -Como el socorro estaba lejos de igualar á la necesidad, -mandó también una gran cantidad de sal, -con la cual, según dice Ripamonti, la yerba de -los prados y la corteza de los árboles se convertía -en alimento<a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>. Había distribuido granos y dinero -á los párrocos de la ciudad; él mismo en persona -recorría todos los barrios, repartiendo limosnas y -socorriendo además, secretamente, á muchas familias<span class="pagenum" id="Page_269">[Pg 269]</span> -indigentes. En el palacio episcopal se hacía -cocer diariamente una gran cantidad de arroz, -y al decir de un escritor contemporáneo (el médico -Alejandro Tadino, en una de sus obras<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" class="fnanchor">[10]</a>, que -con frecuencia tendremos ocasión de citar más -adelante), se repartían todas las mañanas dos mil -escudillas.</p> - - -<p>Pero estos efectos de la caridad, que podemos -llamar grandiosos al considerar que venían de un -solo hombre y de sus solos medios (ya que Federico -rehusaba por sistema el ser el dispensador de -la liberalidad de otros); estos efectos, repito, unidos -á los dones de otras manos privadas, si no tan -fecundas, á lo menos numerosas, juntamente con -los socorros que el consejo de los decuriones había -decretado, dando al tribunal de la provisión -la incumbencia de distribuirlos, no eran suficientes -aún en comparación de las necesidades que -había. Mientras que algunos aldeanos próximos -á morir de hambre, lograban por la caridad del -cardenal prolongar su existencia, otros llegaban -á aquel extremo; los primeros, concluido un tan -moderado socorro, volvían á recaer; por otro lado, -había gentes no olvidadas sino pospuestas, como -que padecían menos, por una caridad precisada á -<span class="pagenum" id="Page_270">[Pg 270]</span>escoger; por consiguiente, los sufrimientos venían -á ser mortales; por doquier aparecía la muerte, -de todas partes acudían á la ciudad. Por un lado, -veíanse millares de hambrientos más robustos y -diestros para sobrepujar la concurrencia y hacerse -sitio, los cuales habían conquistado una escudilla -de sopa suficiente para no morirse en aquel -día; pero otros muchos se quedaban atrás envidiando -á aquellos, nosotros diremos, más afortunados, -siendo así que entre los rezagados había -al mismo tiempo padres, mujeres é hijos de los -primeros. Y mientras en ciertas partes de la ciudad -algunos de los más menesterosos y reducidos -al último extremo se levantaban del suelo reanimados, -recobrados y alimentados por algún tiempo, -en cien distintos lados, otros caían desfallecidos -y aun expiraban sin ayuda, sin auxilio alguno.</p> - - -<p>Durante el día, oíase por las calles un ruido -confuso de voces suplicantes; por la noche un susurro -de gemidos, suspendido de cuando en cuando -por grandes lamentos lanzados de improviso, -por gritos, por acentos profundos de invocación, -que terminaban en sofocados sollozos.</p> - -<p>Lo más notable y digno de consideración era, -que en medio de tan grande exceso de sufrimientos, -con tanta variedad de disputas, no se viese -jamás una tentativa, no se escapase un solo grito -sedicioso. Sin embargo, de todos aquellos que vivían<span class="pagenum" id="Page_271">[Pg 271]</span> -y morían de semejante modo, había un buen -número de hombres habituados á todo, menos á -tolerar, siendo éstos al contrario los centinelas de -los mismos que el día de S. Martín se habían hecho -oir tanto. No es posible imaginar que el ejemplo -de los cuatro desgraciados que habían pagado -la pena por todos, fuese lo que ahora los refrenase: -¿qué fuerza podía tener, no la presencia, sino -la memoria de las ejecuciones sobre los ánimos de -una multitud vagabunda y reunida, que se veía -como condenada á un lento suplicio, y que en -efecto ya lo padecía? Pero los hombres en general, -todos somos así, nos rebelamos indignados y -furiosos contra los males pequeños, y nos encorvamos -silenciosamente bajo el peso de los grandes; -soportamos, no resignados sino con la mayor -estupidez, el colmo de lo que en un principio habíamos -llamado insoportable.</p> - -<p>El vacío que la mortandad hacía diariamente -en aquella deplorable multitud, se llenaba de nuevo -á cada momento: era un concurso continuo, -primeramente de los pueblos circunvecinos, después -de toda la campiña, luego de las ciudades del -milanesado; y por último, también de otros pueblos. -Entretanto, los antiguos habitantes de la -ciudad salían de ella todos los días á bandadas, -unos para sustraerse á la vista de tantas calamidades; -otros, viéndose, por decirlo así, arrebatados -de sus posiciones por nuevos concurrentes en<span class="pagenum" id="Page_272">[Pg 272]</span> -mendicidad, partían con la última esperanza de -buscar socorros en otras partes, fuese donde fuese, -en donde la multitud apareciera menos menesterosa, -ó la emulación de pedir se viese que -no era tanta. Las dos cuadrillas de peregrinos se -encontraban en su opuesto viaje: ¡espectáculo doloroso!, -¡siniestro presagio del término al cual unos -y otros iban encaminados!, mas ellos seguían su -camino, si no con la esperanza de mudar de suerte, -á lo menos para no volver á cobijarse bajo un -cielo que les había llegado á ser odioso, para no -ver jamás los lugares en donde habían sido entregados -á la desesperación. Á veces un desgraciado, -cuya necesidad había agotado las últimas fuerzas -vitales, caía desplomado en el camino y exhalaba -allí su postrer suspiro, siendo un espectáculo -funesto, un objeto de horror para sus mismos compañeros -de miseria, y acaso de reproche para los -demás viajeros. “Yo presencié, escribe Ripamonti, -en la calle que se dirige á la muralla, el cadáver -de una mujer... Le salía de la boca yerba -medio mascada, y los labios presentaban aún el -ademán de un esfuerzo rabioso... Llevaba un -pequeño fardo en la espalda, y apretaba convulsivamente -la cara de un tierno niño contra su pecho, -el cual, llorando amargamente, pedía de mamar... -Aparecieron en aquel sitio algunas personas -compasivas, las cuales, habiendo recogido -del suelo á la desgraciada criatura, se la llevaron,<span class="pagenum" id="Page_273">[Pg 273]</span> -tratando de cumplir en seguida el primer deber -materno”.</p> - -<p>Aquel contraste de vestidos magníficos y de harapos, -de lujo y de miseria, espectáculo muy común -en tiempos normales, había entonces cesado -enteramente. La pobreza y los andrajos lo habían -casi invadido todo, y el que más se distinguía era -apenas bajo una apariencia de humilde medianía. -Veíase á los nobles caminar con traje sencillo y -modesto, y casi casi puede decirse ordinario; los -unos porque la miseria general había cambiado -hasta ese punto su fortuna, los otros por temor de -provocar con el lujo la pública desesperación, ó -por pudor y para no insultar la desgracia bajo la -cual gemía el pueblo entero. Aquellos poderosos, -odiados y temidos, que solían andar dando vueltas -por la ciudad con un numeroso séquito de -bravos, iban al presente casi solos, con la cabeza -baja, y en sus ademanes parecía que pedían y -ofrecían la paz. Los que aun en el apogeo de la -fortuna habían, sin embargo, tenido ideas más humanitarias -y mostrádose más modestos, aparecían -también confusos, consternados y como oprimidos -á la vista continua de una miseria que sobrepujaba, -no sólo la posibilidad de los socorros, sino -que también podríamos decir las fuerzas de la -compasión. El que podía dispensar alguna limosna, -tenía no obstante que hacer una triste elección -entre hambre y hambre, entre urgencia y<span class="pagenum" id="Page_274">[Pg 274]</span> -urgencia. Apenas se veía una piadosa mano que -se aproximaba á un infeliz, cuando aparecía á su -alrededor, como por encanto, una innumerable -turba de menesterosos, de los cuales el que conservaba -más vigor se hacía lugar y se adelantaba -á todos para pedir con más instancia; los extenuados, -los ancianos y los niños alzaban las descarnadas -manos; las madres levantaban y mostraban -de lejos á sus pequeños hijos que lloraban sin -consuelo, mal envueltos en andrajosos pañales, y -á quienes volvían á bajar estrechándolos contra -su pecho, por carecer de fuerzas suficientes, á -causa de su extremada debilidad para sostenerlos -en aquella posición.</p> - -<p>De este modo se pasó el invierno y la primavera. -Hacía ya algún tiempo que la junta de sanidad -había representado al tribunal de la Provisión -el peligro á que tanta miseria exponía á la -ciudad; y para prevenir el contagio proponía encerrar -á los mendigos vagabundos en diversos hospicios. -Mientras que se discute este proyecto, se -aprueba, se piensa en los medios, modos y lugares -para llevarlo á efecto, los cadáveres cubren las -calles á cada día que transcurría y en número creciente, -aumentándose á proporción de esto todo -el restante cúmulo de miserias. El tribunal de la -provisión propone entonces un partido más fácil -y expedito, cual es el reunir en un solo lugar, en -el lazareto, á todos los mendigos sanos y enfermos,<span class="pagenum" id="Page_275">[Pg 275]</span> -debiendo ser mantenidos y curados á expensas de -la ciudad. Esto fué resuelto contra el parecer de -la junta de sanidad, la cual se oponía, y con razón, -objetando que en una tan gran reunión de -gentes, el peligro al cual se quería poner remedio -no haría más que aumentarse.</p> - -<p>Es casi indispensable que hagamos aquí una ligera -descripción del lazareto de Milán, para aquellos -de nuestros lectores que no tengan de él ninguna -idea. Es, pues, un edificio que forma un -cuadrilátero, y está situado fuera de la ciudad, -distando de las murallas sólo el espacio del foso, -de un camino de circunvalación, y de un acueducto -que rodea el recinto mismo. Las dos alas -mayores tienen de longitud unos quinientos pasos; -las otras dos, unos cuatrocientos ochenta y -cinco; todos por la parte exterior están divididos -en pequeñas habitaciones de un solo piso; en el -interior se ve un gran claustro cuyos pórticos -están sostenidos por pequeñas y delgadas columnas.</p> - -<p>Las celdas eran doscientas ochenta y ocho en -aquel entonces; en nuestros días hay muchas más, -habiéndose hecho en el centro una gran entrada -y otra pequeña en un extremo de la fachada que -da al camino real. En el tiempo á que nos referimos -no había más que dos entradas; la una en el -centro del ala que mira á las murallas de la ciudad, -y la otra de frente en el opuesto. En el centro<span class="pagenum" id="Page_276">[Pg 276]</span> -del espacio interior existía, y aún existe todavía, -una pequeña iglesia de forma octógona.</p> - -<p>El primer destino de todo el edificio, comenzado -en el año de 1489, con el dinero de un legado -particular, continuado después por algunos otros -públicos de varios testadores y donantes; el primer -destino del edificio, repito, fué, como lo da á -conocer el mismo nombre, el de acoger cuando -ocurriese, á los atacados de la peste; la cual ya -mucho antes de dicha época solía aparecer dos, -cuatro, seis y ocho veces cada siglo, ya en uno, -ya en otro país de Europa, invadiendo una gran -parte de ésta y también recorriéndola enteramente -en todas direcciones: en el momento de que -hablamos, el lazareto no servía más que para -depósito de las mercancías sujetas á la cuarentena.</p> - -<p>Para desocuparlo y dejarlo expedito, no miraron -el rigor de las leyes sanitarias, y habiendo -hecho precipitadamente la limpieza y los experimentos -prescritos, despacharon todos los géneros -á un tiempo, echaron paja en todas las celdas, se -hicieron provisiones de víveres hasta donde fué -posible, y se invitó por medio de edictos públicos -á todos los menesterosos que quisieran refugiarse -allí.</p> - -<p>Muchos concurrieron voluntariamente: todos -los que yacían enfermos por las calles y plazas,<span class="pagenum" id="Page_277">[Pg 277]</span> -fueron trasladados; en pocos días, entre unos y -otros, ascendieron á más de tres mil. Sin embargo, -muchos más fueron los que quedaron sin asilo; -ya fuese que éstos esperasen ver que los demás -se iban y que ellos quedarían en número muy -escaso para gozar de las limosnas de la ciudad, ya -esa natural repugnancia á la clausura, ya esa desconfianza -de los pobres por todo lo que se les propone -por parte de los que poseen la riqueza y el -poder (desconfianza siempre proporcionada á la -ignorancia común de quien la siente y de quien -la inspira, al número de los pobres y al poco criterio -de las leyes), ó el saber efectivamente cuál -era en realidad el beneficio ofrecido; ya fuese todo -esto junto, ú otra cosa, el hecho es que la mayor -parte, no haciendo caso de la invitación, continuaba -arrastrándose por las calles y sufriendo -las más grandes privaciones. Al ver esto se juzgó -conveniente pasar de la invitación á la fuerza. -Se nombraron rondas de alguaciles, para que condujesen -á los mendigos al lazareto y que llevasen -atados á los que se resistieran; por cada uno de -los cuales les fué señalado una recompensa de -diez sueldos: ¡he aquí cómo el dinero del pueblo -se encuentra siempre para malgastarlo, aun en -tiempos de la mayor penuria y escasez! Y aunque -según se había calculado, y la misma junta de la -Provisión lo había hecho á propio intento, de que -cierto número de menesterosos huyese de la ciudad,<span class="pagenum" id="Page_278">[Pg 278]</span> -para ir á vivir ó morir en otra parte, disfrutando -á lo menos de libertad; sin embargo, la caza -fué tal, que en poco tiempo el número de refugiados, -entre voluntarios y prisioneros, se -aproximó á diez mil.</p> - -<p>Debemos suponer que las mujeres y los niños -estarían colocados en distintas habitaciones, á pesar -de que la historia de aquel tiempo no rece nada -de esto. Además, creemos que no faltarían reglas -y precauciones para el buen orden; pero imagínese -cualquiera qué orden podía establecerse y -mantenerse, especialmente en aquellos tiempos y -circunstancias, en una tan vasta y varia reunión, -en donde, con los voluntarios, se hallaban mezclados -los forzados; con aquellos para los cuales la -mendicidad era una necesidad, un dolor, una vergüenza; -con aquellos que la tenían por oficio; con -muchos criados en la honesta actividad de los campos -y de las oficinas, revueltos con otros educados -en las plazas, en las tabernas, en los palacios -de los poderosos, acostumbrados al ocio, á la holgazanería, -á las maldades y á la violencia.</p> - -<p>Del modo que estarían tanta diversidad de clases -viviendo y comiendo juntos, se podría tristemente -conjeturar, aunque no tuviésemos ningunas -noticias positivas, pero por fortuna las tenemos. -De veinte á treinta dormían hacinados en cada -una de aquellas celdas, ó tumbados bajo los pórticos, -sobre un poco de paja podrida é infecta, ó<span class="pagenum" id="Page_279">[Pg 279]</span> -sobre la desnuda tierra; porque si bien se había -mandado que la paja fuese fresca y abundante, -cambiándola á menudo, sin embargo, lo positivo -era el ser mala, escasa, y el no remudarse nunca. -Igualmente se había ordenado, que el pan fuese -de buena calidad; mas, ¿qué administrador ha dicho -jamás que se hacen y gastan malos artículos? -Pero esto que no se hubiera obtenido en circunstancias -ordinarias, ni aun para el servicio más estrecho, -¿cómo lograrlo en aquella ocasión y en -medio de toda aquella barahúnda? Entonces se -dijo, según encontramos en las memorias de aquella -época, que el pan del lazareto había sido alterado -con sustancias pesadas y no nutritivas; y sin -embargo, es demasiado creíble que esto no eran -vanas quejas. Por último, había una gran escasez -de agua, es decir, de agua viva y saludable; el pozo -común debía ser el acueducto que lame las murallas -del recinto, cuyas aguas escasas, estancadas -y también cenagosas, habían llegado á ponerse -peor, á causa del uso continuo y la proximidad de -tanta gente.</p> - -<p>Á todas estas causas de mortandad, tanto más -activas, cuanto que ellas obraban sobre cuerpos -ya enfermos ó extenuados, se unía la malignidad -de la estación: lluvias obstinadas seguidas de una -sequedad más obstinada todavía, y después de esto -un calor anticipado y violento. La desgracia -común fué aumentada por la inquietud y por la<span class="pagenum" id="Page_280">[Pg 280]</span> -desesperación, por el deseo de los antiguos hábitos, -por el recuerdo de los seres queridos que los -infortunados habían perdido, por la memoria inquieta -y dolorosa de aquéllos de quienes habían sido -separados, por mil otras pasiones de abatimiento -y de rabia que habían traído y también nacido -allí dentro; la aprehensión y el espectáculo continuo -de la muerte había llegado á ser para ellos mismos -un nuevo y poderoso motivo de temores y de -alarmas; no debe, pues, causar admiración que la -mortandad se aumentara y reinara en aquel recinto -hasta el punto de tomar el aspecto y nombre -de peste, según la opinión de muchas gentes. -Ya sea que la reunión y aumento de todas estas -causas hiciesen multiplicar la actividad de una influencia -puramente epidémica; ya sea (según parece -que acontece en las carestías de menos gravedad -y duración que de la que nos ocupamos) -que motivase un cierto contagio, el cual en los -cuerpos dispuestos y preparados por la misma miseria -y mala calidad de los alimentos, por la intemperie, -desaseo y abyección, hallase los temperamentos, -por decirlo así, en su verdadera sazón, -en fin, las condiciones indispensables para nacer, -nutrirse y acrecentarse, si es lícito á un ignorante -el hablar así, escudado á favor de la hipótesis -propuesta por algunos facultativos, y apoyada vigorosamente, -por último, con poderosas razones -y mucha reserva por uno tan solícito como de<span class="pagenum" id="Page_281">[Pg 281]</span> -grande ingenio<a id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a>; ya sea que el contagio naciese -primeramente como por una oscura é inexacta relación, -juzgaron los médicos de la junta de sanidad, -ya que existiera y hubiera ido minando con -anterioridad (lo que acaso parece más verosímil, -calculando que el hambre era ya antigua y general, -y la mortandad muy frecuente); y que, en fin, -llevado hacia aquella multitud permanente, se propagase -con nueva y terrible rapidez. Dejando -aparte cuál de todas estas conjeturas fuese la verdadera, -lo cierto es que el número de muertos en -el lazareto ascendió bien pronto á más de un centenar -por día.</p> - -<p>Mientras que en dicho lugar reinaban los padecimientos, -las más horribles angustias, el espanto -y un general estremecimiento, el tribunal de la -Provisión aparecía cubierto de vergüenza, aturdimiento -é incertidumbre. Se consultó, se oyó el -parecer de la junta de sanidad, y no se encontró -otra cosa mejor que deshacer lo que se había hecho -con tanto aparato, á costa de gastos tan exorbitantes -y de tantas vejaciones. Se abrió, pues, el -lazareto, y despidieron á todos los infelices que -aún no estaban atacados del contagio, los cuales -salieron con frenética alegría.</p> - - -<p>La ciudad volvió á resonar con los antiguos lamentos, -pero más débiles é interrumpidos; apareció<span class="pagenum" id="Page_282">[Pg 282]</span> -de nuevo aquella turba de mendigos, más rara -y más miserable, dice Ripamonti, pensando -cómo había sido tan diezmada. Los enfermos fueron -trasladados á Santa María della Stella, entonces -hospital de pobres, en donde perecieron la -mayor parte.</p> - -<p>Mientras tanto los campos bienaventurados empezaban -á dorarse. Los mendigos llegados á la -ciudad de todos los alrededores fueron cada uno -por su lado á tomar parte en aquella tan deseada -siega. La caridad inagotable ó ingeniosa del buen -Federico se dió también á conocer: á cada aldeano -que se presentó en el arzobispado, le hizo dar -un bieldo, y una hoz para segar.</p> - -<p>Con la cosecha cesó por fin la carestía; la mortandad -epidémica ó contagiosa, disminuyéndose -de día en día, se prolongó no obstante hasta el -otoño. Estando ya á punto de concluirse, he aquí -que sobrevino un nuevo azote.</p> - -<p>Muchas cosas importantes, de ésas á las cuales -especialmente se da el título de históricas, habían -sucedido durante todo este intervalo. El cardenal -Richelieu, después de haberse apoderado de la Rochela, -según ya se ha dicho, y hecho un tratado -de paz con la Inglaterra, había propuesto y obtenido -por medio de su poderosa palabra, en el consejo -del rey de Francia, que se socorriese eficazmente -al duque de Nevers, habiendo igualmente<span class="pagenum" id="Page_283">[Pg 283]</span> -determinado al rey mismo que mandase en persona -la expedición. Mientras se hacían los preparativos, -el conde de Nassau, comisario imperial, -intimaba en Mantua al nuevo duque que entregase -sus estados en manos de Fernando, pues en -caso de no verificarlo, éste mandaría un ejército -para ocuparlos. El duque, que en circunstancias -más desesperadas había rehusado aceptar una -condición tan dura y sospechosa, reanimado entonces -por los socorros próximos de la Francia, lo -rehusaba con más motivo, pero en términos ambiguos -y con protestas de sumisión, aunque aparente, -no menos envueltas. El comisario había -partido protestando que la fuerza lo decidiría. En -el mes de marzo el cardenal Richelieu había en -efecto desembarcado con el rey á la cabeza de un -ejército, habiendo pedido el paso al duque de Saboya, -lo cual tratándolo nada se había conseguido. -Después de un encuentro en que los franceses -obtuvieron las mayores ventajas, se había tratado -de nuevo y concluido un acuerdo, en el cual -el duque, entre otras cosas, había estipulado que -D. Gonzalo de Córdoba levantaría el sitio de Casal, -obligándose, si éste se negase á ello, á unirse -con los franceses para invadir el ducado de Milán. -D. Gonzalo, que deseaba salir bien librado, -levantó el campo que tenía al frente de Casal, en -cuyo punto entró apresuradamente un cuerpo de -tropas francesas para reforzar la guarnición.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_284">[Pg 284]</span></p> - -<p>En esta ocasión fué cuando Achillini dirigió al -rey Luis aquel famoso soneto:</p> - -<p> -Sudate, o fochi, a preparar metalli<a id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a>.<br /> -</p> - -<p>y otro además, en el cual le exhortaba que se encaminase -prontamente á libertar la Tierra santa. -Pero es destino que los consejos de los poetas no -sean jamás escuchados; y si en la historia encontráis -algunos hechos conformes á lo que ellos han -aconsejado, podéis decir sin rebozo alguno que ya -eran cosas resueltas anteriormente. El cardenal -Richelieu había al contrario decidido el volver á -Francia para despachar los negocios que le parecían -más urgentes. Girolamo Soranzo, enviado de -Venecia, trató de aducir las más poderosas razones -para combatir esta resolución, pero el rey y -el cardenal no hicieron más caso de su prosa que -de los versos de Achillini, y se volvieron con el -grueso del ejército, dejando únicamente seis mil -hombres en Susa para ocupar el paso y mantener -el tratado.</p> - -<p>Mientras que este ejército se alejaba por una -parte, el de Fernando se acercaba por otra, invadiendo -el país de los Grisones y la Valtellina, disponiéndose -á penetrar en el milanesado. Además -de todos los daños que podían temerse de semejante<span class="pagenum" id="Page_285">[Pg 285]</span> -paso de tropas, tenía avisos exactos la junta -de sanidad, la cual sabía que dicho ejército -traía la peste; pues siempre en aquel entonces había -algunos gérmenes en las tropas alemanas, según -dice Varchi, hablando de la que un siglo antes -habían éstos llevado á Florencia. Alejandro -Tadino, uno de los vocales de la junta de sanidad, -(componíase de seis, además del presidente, cuatro -magistrados y dos médicos), fué encargado por -el tribunal, como refiere él mismo, para hacer presente -al gobernador el peligro espantoso que amenazaba -al país, si aquella gente pasaba por allí -para ir al sitio de Mantua, según las voces que -corrían. Por todos los actos de D. Gonzalo se traslucía -el deseo que tenía de ocupar un lugar en la -historia, la cual efectivamente no pudo pasarlo en -silencio; pero (como sucede con frecuencia) no conoció -ó no se cuidó de registrar uno de sus actos -más dignos de memoria, cual fué la contestación -que dió á Tadino en aquella ocasión. Respondió -que no sabía qué hacerse; que las razones de intereses -y de honor, por las cuales dicho ejército -se había puesto en movimiento, eran de mayor -peso que el peligro que se le oponía; que trataría -sin embargo, de arreglarlo como se pudiera, y que -se debía confiar en la Providencia.</p> - -<p>Para disponerlo, pues, todo del mejor modo -que fuese posible, los dos médicos de la junta de -sanidad (el citado Tadino y el senador Settala,<span class="pagenum" id="Page_286">[Pg 286]</span> -hijo del célebre Ludovico), propusieron que se -prohibiese, bajo las más severas penas, el que persona -alguna comprase efectos de los soldados que -debían pasar; pero fué cosa imposible el hacer -comprender la necesidad de semejante orden al -presidente, hombre, dice el Dr. Tadino, sumamente -bondadoso, el cual no creía que del comercio -con las tropas, y á causa de la venta de sus -efectos, pudiese resultar la muerte de tantos millares -de personas.</p> - -<p>Por lo que hace á D. Gonzalo, poco después de -su célebre respuesta salió de Milán, y la partida -fué tan triste para él como lo eran los motivos. -Acababa de ser removido de su destino por efecto -de los malos sucesos de la guerra de la cual -había sido el principal motor y jefe, y el pueblo -le echaba la culpa del hambre sufrida bajo su gobierno. -(Lo que había hecho por la peste se ignoraba, -ó por lo menos nadie se cuidaba de ello, -según más adelante veremos, exceptuando la junta -de sanidad, y especialmente los dos médicos.) -Al salir, pues, en su carroza de viaje del palacio, -en medio de una escolta de alabarderos, marchando -delante á caballo dos trompetas, y acompañado -de otras carrozas de nobles que formaban -su séquito, fué saludado con una estrepitosa -salva de silbidos por los muchachos reunidos en -la plaza de la catedral, y que siguieron en tropel -detrás del carruaje. Habiendo entrado la comitiva<span class="pagenum" id="Page_287">[Pg 287]</span> -en la calle que se dirigía á la puerta de salida, -se encontró en medio de una multitud de gente, -que parte de ella estaba ya esperándole, y parte -acudía á dicho sitio; tanto más, cuanto que los -trompeteros, hombres de juicio, no cesaron de tocar -desde el palacio hasta la puerta. Y en el proceso -que se formó sobre aquel motín, haciendo -cargos á uno de éstos, que con su incesante tocar -había sido causa de que se aumentase, contestó: -“Respetable señor, ésta es nuestra profesión; y si -su excelencia no hubiese tenido gusto que tocáramos, -hubiera mandado que callásemos”. Pero D. -Gonzalo, ó por repugnancia de manifestar temor, -ó por miedo de hacer con ello más atrevida á la -muchedumbre, ó porque estuviese efectivamente -un poco aturdido, lo cierto era que no daba ninguna -orden. La multitud que los guardias habían -intentado en vano rechazar, precedía, rodeaba y -seguía la carroza gritando: “Ahí va la carestía; ahí -va la sangre de los pobres”, y muchas otras cosas -peores aún. Cuando llegaron junto á la puerta, -empezaron á arrojar piedras, ladrillos, terrones y -tronchos de berza, proyectiles ordinarios en semejantes -casos: una gran parte corrió á las murallas, -y desde allí hicieron una última descarga -sobre las carrozas que salían, después de lo cual -se desbandaron precipitadamente.</p> - -<p>En lugar de D. Gonzalo, fué enviado el marqués -Ambrosio Spínola, cuyo nombre había ya<span class="pagenum" id="Page_288">[Pg 288]</span> -conquistado en las guerras de Flandes aquella celebridad -militar de que aún goza en el día.</p> - -<p>Entretanto el ejército alemán, bajo el mando -supremo del conde Rambaldo di Collato, también -jefe italiano, de menor fama, pero igualmente célebre, -había recibido la orden definitiva de ir á -caer sobre Mantua, entrando por lo tanto en el -ducado de Milán en el mes de setiembre.</p> - -<p>En aquella época, la milicia se componía todavía -en gran parte de soldados aventureros; reclutados -por capitanes aventureros también, á los -cuales en Italia se les daba el nombre de <i lang="it" xml:lang="it">condottieri</i>, -y que no tenían otra profesión que ponerse -al frente de una partida de gente alistada bajo -sus órdenes, algunas veces por comisión de tal ó -cual príncipe, otras por su propia cuenta, y para -venderse después en compañía de sus afiliados. -Los hombres se adherían á dicha profesión, menos -por el sueldo que les estaba asignado que por -la esperanza del pillaje y demás atractivos de la -licencia. En el ejército no había disciplina alguna -estable y general; ésta no hubiera podido avenirse -tan fácilmente con la autoridad en parte independiente -de tanta variedad de jefes. Por otra -parte, éstos no eran muy escrupulosos con respecto -á la disciplina, y aun cuando lo hubiesen -sido, se puede juzgar que no hubieran podido establecerla -ni mantenerla; pues soldados de semejante -especie, ó se sublevarían contra su jefe innovador,<span class="pagenum" id="Page_289">[Pg 289]</span> -al cual se le metiese en la cabeza el abolir -el pillaje, ó cuando menos el dejarlo contemplando -sus banderas. Además, como los príncipes -para tomar, según se dice, dichas partidas á sueldo -cuidaban más de tener mucha gente para asegurar -sus empresas, que en proporcionar el número -á los medios que poseían para pagarles, medios -ordinariamente muy escasos, así los sueldos -jamás los percibían exactamente. Los despojos de -los países en los cuales habían guerreado ó recorrido, -llegaban á ser como un suplemento tácitamente -convenido. La siguiente sentencia de Wallenstein -no es menos célebre que su nombre: “Es -más fácil mantener un ejército de cien mil hombres -que uno de doce mil”. El de que nosotros -hablamos estaba en parte compuesto de gente que -bajo su mando había desolado la Alemania en -aquella guerra célebre entre todas las guerras, por -lo cual por sí misma y por sus efectos tomó en -seguida el nombre de los treinta años de su duración. -Su propio regimiento era conducido por -uno de sus lugartenientes, la mayor parte de los -demás jefes habían mandado bajo sus órdenes, y -se encontraban algunos de ellos, los cuales cuatro -años después debían ayudarle á tener el fin desgraciado -que todos saben.</p> - -<p>Eran veinte y ocho mil infantes y siete mil caballos. -Al bajar de la Valtellina para caer sobre -Mantua, debían costear el Adda hasta el sitio en<span class="pagenum" id="Page_290">[Pg 290]</span> -que se lanza en el Po; entre todo, tenían que hacer -ocho jornadas de marcha por el ducado de -Milán.</p> - -<p>Una gran parte de los habitantes se refugiaban -á los montes llevándose sus objetos más preciosos, -y echando adelante los animales; otros permanecían -en sus casas para cuidar algún enfermo, preservarla -del incendio, ó para velar sobre las ricas -alhajas escondidas y enterradas; otros, porque nada -tenían que perder, y que al contrario hacían -cuenta de ganar, tampoco se movían. Cuando la -primera división llegaba al sitio en que debía detenerse, -se esparcía en seguida por el pueblo y sus -cercanías, y luego se entregaba al saqueo: lo que -podía ser comido ó llevado, desaparecía; lo restante, -lo destruían y arruinaban; los muebles se -veían convertidos en leña, las casas en establos. -Todos los escondrijos, todas las astucias para salvar -las riquezas, eran casi siempre inútiles, y algunas -veces atraían mayores males. Los soldados, -gente muy práctica en las estratagemas de semejante -modo de guerrear, registraban hasta los más -pequeños rincones de las casas, agujereaban las -paredes y las echaban abajo: descubrían con la -mayor facilidad en los jardines la tierra removida -de nuevo; se dirigían á los montes á robar los ganados, -penetraban en las cuevas guiados por algunos -bribones del país, según llevamos dicho, en -busca de los ricos habitantes refugiados en dichos<span class="pagenum" id="Page_291">[Pg 291]</span> -sitios; los despojaban, los arrastraban á sus casas, -y á fuerza de golpes y amenazas les obligaban á -indicar el lugar en donde tenían escondidos sus -tesoros.</p> - -<p>Por último, emprenden la marcha: ya han partido; -se oye morir á lo lejos el sonido de las cajas -y cornetas; sucédense algunas horas de un espanto -más tranquilo; mas he aquí que un nuevo redoble -de tambores, otro maldito toque de cornetas, -anuncia la llegada de una nueva división. Los -que la componían, furiosos por no encontrar ya -presa alguna, destruían todo lo que quedaba; quemaban -los muebles, las puertas, las vigas, y también -las casas enteras; trataban del modo más bárbaro -y cruel á los habitantes, yendo así de peor -en peor por espacio de veinte días, con motivo de -estar el ejército compuesto del mismo número de -divisiones.</p> - -<p>Colico fué el primer pueblo del ducado que invadieron -aquellos malos espíritus: lanzáronse en -seguida sobre Bellano; desde dicho punto entraron -y se esparcieron por la Valtellina, de donde -desembocaron en el territorio de Lecco.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_6" href="#FNanchor_6" class="label">[6]</a> Pan hecho de varias especies de granos.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_7" href="#FNanchor_7" class="label">[7]</a> Llámase así el arroz sin mondar.</p> - -<p class="right" style="padding-right: 2em;"><em>Notas del traductor español.</em></p> - - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_8" href="#FNanchor_8" class="label">[8]</a> Medida que equivale á nuestra fanega, aunque es un poco -menor.—<em>Nota del traductor español.</em></p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_9" href="#FNanchor_9" class="label">[9]</a> Historia patriæ, decadis V, lib. 6, pág. 386.—<em>Nota del -autor.</em></p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_10" href="#FNanchor_10" class="label">[10]</a> Noticia del origen y diarios sucesos de la gran peste -contagiosa, benéfica y maléfica, habida en la ciudad de Milán, -&c. Milán 1648, pág. 20.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_11" href="#FNanchor_11" class="label">[11]</a> El célebre Dr. F. Enrico Acerbi.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_12" href="#FNanchor_12" class="label">[12]</a> Traducido literalmente: Sudad, oh fuegos, para preparar -metales.—<em>Nota del traductor español.</em></p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_292">[Pg 292]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOPRIMERO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Aquí, entre los infelices amedrentados, encontramos -personas muy conocidas nuestras.</p> - -<p>Quien no ha visto á D. Abundio el día que se -esparció de repente la noticia de la bajada del ejército, -de su aproximación y de sus excesos, no puede -saber de ningún modo lo que es espanto. Ya -vienen, son treinta, cuarenta, cincuenta mil; son -diablos, arrianos, antecristos; han saqueado á Cortenuova; -han pegado fuego á Primaluna; han destruido -á Introbbio, Parsturo, Barsio; han llegado -á Balabbio; mañana estarán aquí; tales eran las -voces que corrían de boca en boca. Por doquier -se veía correr, pararse á su vez, consultarse tumultuosamente, -titubear entre el emprender la -fuga ó quedarse; las mujeres se agrupaban lanzando<span class="pagenum" id="Page_293">[Pg 293]</span> -desesperados gritos y mesándose los cabellos.</p> - -<p>D. Abundio, habiendo resuelto huir á todo evento, -pues era el primero que había tratado de ello, -veía, sin embargo, en cada camino que iba á tomar, -en cada sitio en que pensaba refugiarse, obstáculos -insuperables y peligros espantosos. ¿Qué -hacer?, exclamaba: ¿adónde ir? Los montes, dejando -aparte la dificultad del camino, no ofrecían seguridad; -era sabido que los lasquenetes<a id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a> trepaban -por ellos como gatos, con solo que tuviesen -algún indicio ó esperanza de poder hacer la menor -presa. El lago tenía muy hinchadas las narices; -soplaba un viento sumamente fuerte; además -de esto, la mayor parte de los barqueros, temiendo -ser forzados á tener que pasar los soldados ó -bagajes, se habían refugiado con sus bateles á la -orilla opuesta del Adda; las pocas que aún quedaban -se hallaban cargadísimas de gente, con cuyo -enorme peso y el temporal que reinaba, se temía -que zozobrasen á cada paso. Para alejarse y -salir de la ruta que el ejército tenía que recorrer, -no era posible encontrar ni un carruaje, ni un caballo, -ni algún otro modo cualquiera. Yendo D. -Abundio á pie no hubiera podido adelantar mucho<span class="pagenum" id="Page_294">[Pg 294]</span> -camino, y temía ser alcanzado. Los confines -del territorio de Bérgamo no se hallaban tan lejos -que sus piernas no le pudiesen llevar de un -tirón; pero ya se había esparcido la noticia de haber -salido de Bérgamo á toda prisa un escuadrón -de dragones para guardar la frontera y tener á -raya á los lasquenetes; aquéllos eran diablos en -carne y hueso lo mismo que éstos, y por su parte -hacían todo el mal que les era posible. El pobre -hombre corría por la casa como un insensato -y enteramente fuera de sí; iba detrás de Perpetua -para concertar con ella lo que debía hacerse; -pero ésta, ocupada del todo en reunir los objetos -más preciosos y en esconderlos debajo del pavimento -ó en los más pequeños agujeros, andaba -apresuradamente, afanada, preocupada, con las -manos llenas, y respondía: “en concluyendo de poner -todo esto en seguridad, haremos en seguida -lo que hacen los demás”. D. Abundio quería conversar -con ella y discutir acerca del partido que -debían tomar; mas Perpetua, entre los quehaceres -y la prisa, y el miedo que tenía metido en el -cuerpo y la cólera que le causaba el de su amo, -estaba en semejante momento menos tratable que -nunca. “¿No se ingenian los demás?, pues nosotros -también nos ingeniaremos. Permitidme que os diga -que no servís más que para estorbar. ¿Creéis -que los otros no tengan también su pellejo que -salvar?, ¿juzgáis que los soldados vienen á haceros<span class="pagenum" id="Page_295">[Pg 295]</span> -á vos solo la guerra? Mejor sería que en lugar de -venir delante y detrás lloriqueándome y quemándome -la sangre, me ayudarais á fin de despachar -más pronto”. Con éstas y otras contestaciones semejantes -se desembarazaba de él, habiendo ya -decidido que luego que hubiese concluido del mejor -modo posible aquella precipitada operación, -le cogería de la mano como se hace con un niño, -y lo arrastraría consigo á los montes. Abandonado -de este modo, se situaba en la ventana, miraba -por todas partes, aguzaba los oídos, y al ver -pasar á la gente, exclamaba con acento de queja -y de reproche á la vez: “Haced la caridad á vuestro -infeliz cura de buscarle algún caballo, un mulo, -un asno cualquiera. ¿Es posible que nadie -quiera socorrerme? ¡Oh, qué gente, Dios mío! Á -lo menos esperadme, para que pueda ir en vuestra -compañía; esperad á que seáis quince ó veinte -para que yo marche con vosotros y que no me -vea abandonado. ¿Queréis dejarme en poder de -esos perros?, ¿ignoráis por ventura que la mayor -parte son luteranos, y que tienen por una obra -meritoria el asesinar á un sacerdote católico, apostólico, -romano?, ¿queréis dejarme aquí para que -reciba el martirio? ¡Oh, qué gente, qué gente!”.</p> - - -<p>Pero, ¿á quién dirigía estas palabras? Á hombres -que pasaban encorvados bajo el peso de su -pobre ajuar, pensando en lo que dejaban en casa, -echando sus vacas por delante, siguiéndoles los<span class="pagenum" id="Page_296">[Pg 296]</span> -hijos cargados con cuanto podían, y sus mujeres -llevando en hombros á los pequeñuelos que no -podían andar. Algunos pasaban de largo sin responder -ni tan siquiera mirar; otros le decían: “¡Eh! señor, -componeos como mejor podáis; dichoso vos -que no tenéis que pensar en la familia; ayudaos, -ingeniaos”.</p> - -<p>“¡Oh, infeliz de mí! exclamaba D. Abundio. -¡Qué gente, qué corazones! no hay caridad; cada -uno sólo piensa en sí mismo, y de mí nadie se -acuerda”. Y después de esto se dirigía de nuevo en -busca de Perpetua.</p> - -<p>—¡Oh, casualmente, le dijo ésta, venís á propósito; -¿y el dinero?</p> - -<p>—¿Cómo lo haremos?</p> - -<p>—Dádmelo; iré á enterrarlo en el jardín juntamente -con la plata.</p> - -<p>—Pero...</p> - -<p>—Pero, pero... dádmelo; guardad algunos -sueldos para lo que pueda ofrecerse, y después -dejad lo demás á mi cuidado.</p> - -<p>D. Abundio obedeció; se dirigió hacia su arca, -sacó su pequeño tesoro, y lo entregó á Perpetua, -la cual dijo: “Voy á enterrarlo en el jardín, -al pie mismo de la higuera”; dicho lo cual -salió.</p> - -<p>Poco después volvió á aparecer con una banasta -llena de comestibles y un canastillo vacío, en<span class="pagenum" id="Page_297">[Pg 297]</span> -el cual se puso á colocar apresuradamente un poco -de ropa blanca para ella y para su amo.</p> - -<p>Hecho esto, dijo Perpetua: “Á lo menos llevaréis -el breviario”.</p> - -<p>—Pero, ¿adónde vamos?</p> - -<p>—¿Adónde van todos los demás? Primeramente -nos dirigiremos al camino, y una vez allí, oiremos -y veremos lo que mejor nos convenga -hacer.</p> - -<p>En el mismo momento entró Inés con una pequeña -cesta en las espaldas, y como en ademán -del que viene á hacer una proposición importante.</p> - -<p>Inés, decidida á no aguardar tampoco los tan -peligrosos huéspedes, viéndose en su casa enteramente -sola, y además todavía con algún oro del -Incógnito, había estado largo tiempo dudando -acerca del paraje donde podría refugiarse. El resto -de aquellos escudos, los cuales, durante la época -del hambre, le habían hecho tan al caso, era la -principal causa de sus alarmas y de su irresolución; -pues había oído decir que en los países ya -invadidos, los que tenían dinero estaban en una -situación más terrible que los demás, viéndose expuestos -á un mismo tiempo á la violencia de los -extranjeros y á las asechanzas de sus compatriotas. -Es verdad que no había confiado á nadie el -secreto del bien que le había llovido del cielo, según -vulgarmente se dice, á no ser á D. Abundio,<span class="pagenum" id="Page_298">[Pg 298]</span> -á cuya casa iba de cuando en cuando á cambiar -los escudos, dejando siempre alguna cosa para -que la diese á los que fuesen más pobres que ella. -Pero el dinero oculto, especialmente para los que -no están acostumbrados á manejarlo con frecuencia, -tienen al poseedor en una continua zozobra, -con respecto á los demás. En la ocasión presente, -mientras que Inés iba escondiendo, ya por un lado, -ya por otro, las cosas mejores que no podía -llevar consigo, y pensaba en los escudos que llevaba -cosidos en su vestido, recordó que juntamente -con ellos le había hecho el Incógnito las -más cumplidas ofertas de servirla en todo y por -todo; acordóse también, de lo que había oído contar -tocante á su castillo situado en un lugar tan -seguro, con el cual nadie, á excepción de los pájaros, -podía llegar contra la voluntad de su dueño, -por cuyo motivo resolvió ir á buscar un asilo. -Calculó cómo podría hacerse reconocer de -aquel señor, y en seguida pensó en D. Abundio, -el cual, después de la conversación que había tenido -con el arzobispo, le había manifestado las -muestras más particulares de aprecio, con una -efusión tanto mayor, cuanto que lo podía hacer -sin comprometerse, y que permaneciendo los dos -jóvenes muy lejos, estaba muy distante el caso de -que se le pudiese hacer una petición, la cual hubiera -puesto su benevolencia á una muy dura -prueba. Inés supuso, pues, que en aquella barahúnda<span class="pagenum" id="Page_299">[Pg 299]</span> -el pobre hombre debía hallarse más embarazado -y aturdido que ella, y que el partido que -iba á proponerle le parecería bueno. Habiéndolo -encontrado en compañía de Perpetua, expuso á -ambos el motivo de su visita.</p> - -<p>—¿Qué decís á esto, Perpetua?</p> - -<p>—Digo que es una inspiración del cielo; que es -preciso no perder tiempo, y que nos pongamos al -momento en camino.</p> - -<p>—Y después...</p> - -<p>—Después, después, cuando ya estemos allá, -nos encontraremos muy satisfechos. Al presente -sabemos que ese señor no trata más que de favorecer -al prójimo, y tendrá un verdadero placer -en proporcionarnos un asilo. En aquel paraje, en -la frontera misma, y casi perdidos en los aires, no -hay cuidado que vayan los soldados. Y luego, -tampoco nos faltará que comer; pues de lo contrario, -allá en lo más elevado de las montañas, -cuando se nos hubiese concluido esta pequeña -gracia que Dios nos ha enviado, (y así diciendo, -colocaba los víveres en la cesta encima de la ropa -blanca,) nos veríamos muy apurados.</p> - -<p>—Conque ¿se ha convertido, convertido de veras, -eh?</p> - -<p>—¿Quién lo duda, después de todo lo que se -sabe, después de lo que vos mismo habéis presenciado?</p> - -<p>—¿Y si fuésemos á meternos en la jaula?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_300">[Pg 300]</span></p> - -<p>—¿Qué jaula? Perdonad que os diga que con -todas las cosas tan insustanciales que se os ocurren, -nunca se llegaría á resolver nada. Excelente -Inés, habéis tenido una bella idea; y al concluir -estas palabras, puso la banasta sobre una mesita, -y, habiendo pasado los brazos por las correas, se -la cargó á las espaldas.</p> - -<p>—¿No se podría, dijo D. Abundio, encontrar á -algún hombre que viniese con nosotros para escoltar -á su cura? Si topásemos con algún bribón, -que en semejantes ocasiones se ven con frecuencia, -¿de qué ayuda podríais servirme vosotras?</p> - -<p>—¡Otra exigencia todavía!, ¡y siempre para perder -tiempo! ¡Ir ahora á buscar á ese hombre, -cuando cada uno no piensa más que en sus quehaceres! -Acabemos de una vez: buscad vuestro sombrero -y breviario, y andando.</p> - -<p>D. Abundio salió, y volvió al cabo de pocos -instantes con el breviario bajo del brazo, el sombrero -puesto y bastón en mano, después de lo -cual salieron los tres por una puertecilla que daba -á la plaza de la iglesia. Perpetua la cerró, más -bien para no omitir una formalidad, que por la fe -que ella tuviese en la cerradura y en las hojas de -la puerta, guardándose en seguida la llave en la -faltriquera. D. Abundio, al pasar por delante de -la iglesia, le echó una ojeada, y dijo entre dientes: -“Al pueblo corresponde guardarla, pues que á -él es para quien sirve. Si tienen un poco de amor<span class="pagenum" id="Page_301">[Pg 301]</span> -á su iglesia, tratarán de conservarla; si no lo tienen, -así sufran lo que ella”.</p> - -<p>Dirigiéronse á través de los campos guardando -el más profundo silencio, pensando cada uno en -sus propios negocios, y mirando en torno de sí, -principalmente D. Abundio, por si acaso divisaba -alguna figura sospechosa; ó algo de extraordinario. -No encontraban á nadie: la gente toda estaba -metida en sus casas, con objeto de guardarlas, -recogiendo sus efectos, ó escondiéndolos, ó por -los caminos que conducían directamente á los -montes.</p> - -<p>Después de haber suspirado innumerables veces -y dejado escapar alguna interjección, D. -Abundio empezó á murmurar ya, más continuadamente. -La tomaba con el duque de Nevers, -que hubiera podido permanecer muy bien -en Francia gozando en hacer el príncipe, y que -quería ser duque de Mantua á despecho de todo -el mundo. Luego la emprendía con el emperador, -que hubiera debido tener más juicio que los demás, -dejando seguir al agua su curso, no siendo -tan quisquilloso; pues al fin y al cabo, ¿por ventura -no sería siempre el emperador, bien fuese duque -de Mantua, Ticio ó Sempronio? Pero con -quien principalmente la pegaba era con el gobernador, -pues á éste correspondía haber alejado los -azotes del país, habiendo sido al contrario, el que -los había atraído por su afición á la guerra. Convendría<span class="pagenum" id="Page_302">[Pg 302]</span> -que esos señores estuvieran aquí para que -viesen y probasen lo que es bueno. ¡Gran cuenta -tienen que rendir! Pero entretanto lo pagamos los -que ninguna culpa tenemos.</p> - -<p>—Dejad un poco tranquilas á esas gentes, pues -ya no vendrán á ayudarnos, decía Perpetua. Ya -volvéis, perdonadme; ya volvéis á vuestras tonterías, -que á nada conducen. Lo que más bien me -causa más inquietud es...</p> - -<p>—¿El qué?</p> - -<p>Perpetua, que en el pedazo de camino andado -había ido pensando con todo sosiego en lo que había -escondido tan precipitadamente, empezó á -lamentarse de haber olvidado tal cosa, ocultado -mal tal otra, de haber dejado en cierto paraje una -señal que podía guiar á los ladrones, en otro sitio...</p> - -<p>—¡Muy bien!, dijo D. Abundio, tranquilizado ya -por su vida lo suficiente para afligirse por sus intereses. -¡Buena cosa habéis hecho por vida mía! -¿En dónde teníais la cabeza?</p> - -<p>—¡Cómo!, exclamó Perpetua, plantándosele delante -y puesta en jarras, según se lo permitía la -banasta, con la cual iba cargada: ¡cómo!, ¡venís -ahora con tales reproches, cuando vos érais el que -me daba tanta prisa, y me devanabais los sesos en -vez de ayudarme y animarme! Antes bien he pensado -en las cosas de la casa que en las mías propias; -nadie ha habido que me diese una mano;<span class="pagenum" id="Page_303">[Pg 303]</span> -todo ha tenido que pasar por mí; si algo sale -mal, ninguna culpa tengo; he hecho más de lo que -debía.</p> - -<p>Inés interrumpía estas disputas hablando de sus -pesadumbres; no lamentándose tanto de los males -é incomodidades que sufría, cuanto de ver desvanecerse -la esperanza de abrazar pronto á su -amada Lucía, que según recordarán los lectores, -justamente había llegado el otoño, en el cual madre -é hija habían proyectado volverse á ver; porque -no era de suponer que D.ª Prajedes quisiese -ir hacia aquel lado en semejantes circunstancias, -habiendo, al contrario, salido de él, si por casualidad -se hubiese encontrado, como hacía todo el -mundo.</p> - -<p>La vista de los lugares hacía más vivos aún los -pensamientos de Inés y más punzante su disgusto. -Habiendo salido de los senderos que atravesaban -los campos, entraron en el mismo camino -real por el cual la pobre mujer había ido acompañando -por tan poco tiempo á la hija á su casita, -después de haber permanecido con ella en casa -del sastre. Á todo esto se divisaba ya la población.</p> - -<p>—¿Iremos á saludar á esas buenas gentes? dijo -Inés.</p> - -<p>—Y también á descansar un poquito; pues, -esta banasta empieza ya á fastidiarme, y luego tenemos -que comer un bocado, contestó Perpetua.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_304">[Pg 304]</span></p> - -<p>—Con la condición de no perder tiempo, pues -no viajamos por diversión, dijo D. Abundio.</p> - -<p>Fueron recibidos con la mayor satisfacción y -con los brazos abiertos: es de advertir que traían -á la memoria una buena acción. Haced bien á todos -cuantos podáis, dice en esta ocasión nuestro -autor, y con frecuencia encontraréis caras risueñas.</p> - -<p>Al abrazar Inés á la buena señora, prorrumpió -en un copioso llanto, el cual le sirvió de un gran -alivio, contestando con sollozos á las preguntas -que ella y su marido le hacían con respecto á -Lucía.</p> - -<p>—Está mejor que nosotros, dijo D. Abundio: -se halla en Milán al abrigo de todo peligro, y lejos -de estas diabólicas escenas.</p> - -<p>—¿Por ventura el señor cura y la compañía, -van de huida? dijo el sastre.</p> - -<p>—Justamente, contestaron á un tiempo el amo -y la criada.</p> - -<p>—Lo siento mucho.</p> - -<p>—Nos dirigimos, repuso D. Abundio, al castillo -de ***.</p> - -<p>—Muy bien pensado; estaréis tan seguros como -en el cielo.</p> - -<p>—¿Y aquí no tenéis miedo?</p> - -<p>—Os diré, señor cura; juiciosamente pensando, -según todas las probabilidades, no deberían venir -á alojarse aquí, á causa de estar esto fuera de camino<span class="pagenum" id="Page_305">[Pg 305]</span> -para esas gentes: cuando más podrán hacer -alguna escapatoria (lo que Dios no quiera), pero -en todo caso siempre hay tiempo: antes hemos de -oir hablar de las infelices poblaciones por donde -irán pasando.</p> - -<p>Los viajeros habían resuelto descansar algunos -momentos, y como era justamente la hora de comer, -“Señores, dijo el sastre, os ruego que honréis -mi pobre mesa; francamente, consistirá en un solo -plato que tiene muy buena traza”.</p> - -<p>Perpetua dijo que llevaba consigo algo con que -romper el ayuno. Después de algunos cumplidos -por una y otra parte, acordaron juntar las provisiones -y comer en compañía.</p> - -<p>Los niños se habían colocado con grande algazara -alrededor de Inés, su antigua amiga. El sastre -ordenó prontamente á una de sus hijas (la que -había enviado con aquel plato de comida á la viuda -María, según recordarán los lectores), que fuese -á asar unas castañas, que eran de las primeras -que se habían cogido.</p> - -<p>—Y tú, dijo á un muchacho, marcha corriendo al -huerto, y sacude bien el albérchigo, recoge los -que caigan, y tráelos; que vengan todos, ¿oyes? -Y tú, dijo á otro, encarámate á la higuera y coge -los higos que estén más maduros. Éste es un oficio -que conocéis demasiado.</p> - -<p>Por lo que á él hace, fué á destapar un tonelito de vino, y su mujer -á traer ropa de mesa. Perpetua sacó sus provisiones,<span class="pagenum" id="Page_306">[Pg 306]</span> púsose la mesa, -se colocó en la cabecera una servilleta y un plato de loza para -D. Abundio, añadiendo Perpetua un cubierto que traía en la cesta. -Sentáronse á la mesa y comieron si no con grande alegría, á lo menos -con mucha más de la que ninguno de los comensales hubiera esperado -disfrutar aquel día.</p> - -<p>—¿Qué decís vos, señor cura, de esa barahúnda -de cosas? dijo el sastre; me parece que estoy -leyendo la historia de los sarracenos en Francia.</p> - -<p>—¡Qué queréis que diga! ¡Era preciso que me -alcanzase esta nueva desgracia!</p> - -<p>—Pero habéis escogido un excelente refugio, -replicó aquél, ¿quién se atrevería á subir allí á la -fuerza? Encontraréis una numerosa concurrencia, -porque he oído decir que se ha refugiado mucha -gente, y que continuamente va llegando más.</p> - -<p>—Me atrevo á esperar que seremos bien recibidos. -Conozco á ese buen señor; y cuando una -vez tuve que apersonarme con él, se portó muy -bien conmigo.</p> - -<p>—Y conmigo también, interrumpió Inés; me -mandó á decir, por conducto de monseñor ilustrísimo, -que cuando necesitase algo acudiese á él.</p> - -<p>—Sublime y hermosa conversión repuso D. -Abundio; persevera en ella, ¿no es cierto?, ¿persevera?</p> - -<p>El sastre se puso entonces á hablar largamente -acerca de la santa vida que hacía el Incógnito, y<span class="pagenum" id="Page_307">[Pg 307]</span> -cómo después de haber sido el cruel azote de todas -las cercanías, había llegado á ser el ejemplo y -el bienhechor.</p> - -<p>—¿Y la gente que tenía consigo... toda aquella -servidumbre?... replicó D. Abundio, el cual -había oído decir algo, pero que no estaba enteramente -seguro.</p> - -<p>—La mayor parte se han marchado, respondió -el sastre; y los que han quedado, han variado de -vida, de tal modo... En una palabra, el castillo -se ha convertido en una nueva Tebaida: vos debéis -saber todo esto.</p> - -<p>Luego se puso á platicar con Inés sobre la visita -del cardenal. “¡Grande hombre!, decía; ¡grande -hombre!, ¡lástima que pasara por aquí con tanta -precipitación, pues ni aun pude honrarle como -merecía. ¡Oh, cuán satisfecho estaría si pudiese -hablarle otra vez, así, más despacio!”.</p> - -<p>Después que se levantaron de la mesa, les enseñó -una estampa que representaba al cardenal. -La tenía pegada á una de las hojas de la puerta, -como en señal de veneración al personaje, y -también para poder decir á todo el mundo que el -retrato no era parecido, porque él había podido -examinar de cerca, y con mucha calma, al cardenal -en persona, en aquella misma habitación.</p> - -<p>Lo han querido hacer con esta cosa aquí... -dijo Inés: el vestido le parece; pero...</p> - -<p>—¿No es verdad que no tiene parecido?, repuso<span class="pagenum" id="Page_308">[Pg 308]</span> -el sastre: yo siempre lo digo; no nos engañamos, -¿eh? Mas en su defecto está su nombre debajo; -al fin es un recuerdo.</p> - -<p>D. Abundio daba prisa y estaba impaciente por -llegar; el sastre se empeñó en ir á buscar un carro -que los condujese hasta el pie de la subida; -corrió, pues, con la mayor solicitud á su encuentro, -y pocos momentos después volvió diciendo -que ya venía. Luego se dirigió á D. Abundio, y -le dijo: “Señor cura, si deseáis llevaros allá arriba -algún libro para pasar el tiempo, yo podré serviros, -pues, aunque soy un infeliz, me divierto también -en leer un poco. Ello no serán libros como -los vuestros, por estar escritos en lenguaje vulgar, -pero no obstante...”.</p> - -<p>—Gracias, gracias, respondió D. Abundio: las -circunstancias son tales, que apenas tiene uno -cabeza para ocuparse de lo que es de obligación.</p> - -<p>Mientras se dan y vuelven las gracias, se cambian -los saludos y buenos presagios, invitaciones -y promesas de otra visita á la vuelta, el carro ha -llegado delante de la puerta de la calle. Colocan -en él las cestas, montan y emprenden con un poco -más de calma y tranquilidad de espíritu la -segunda mitad del viaje.</p> - -<p>El sastre había dicho la verdad á D. Abundio, -con respecto á la nueva vida del Incógnito. Desde -el día en que lo dejamos, había continuado haciendo<span class="pagenum" id="Page_309">[Pg 309]</span> -lo que se propuso; á saber: reparar los males -causados, reconciliarse con sus enemigos, socorrer -á los desgraciados, hacer, en suma, todo el -bien que pudiese. Aquel valor que en otro tiempo -había manifestado en ofender y defenderse, -ahora lo mostraba en no hacer una cosa ni otra. -Iba siempre solo y sin armas, dispuesto á sufrir -las consecuencias posibles de tantas violencias como -había cometido, y persuadido que sería usar de -una nueva si se valía de la fuerza para defender su -persona, que era deudora de tantas y tantas; convencido, -igualmente, de que todo el daño que se -le hiciese sería una injuria hacia Dios, pero con -respecto á él una justa retribución, y que él tenía -menos derecho que cualquiera otra persona para -castigar al que le injuriase. Á pesar de todo esto, -permanecía tan inviolable como cuando tenía armados -para su seguridad tanta multitud de brazos -en unión con el suyo. El recuerdo de su antigua -ferocidad, y la vista de su actual mansedumbre, -la una que debía haber dejado naturalmente -tantos deseos de venganza, y la otra, que la hacía -tan fácil, conspiraban, sin embargo, á la vez, á -vencer los odios, y á conquistarle una admiración -que le servía principalmente de salvaguardia. Éste -era el hombre que nadie había podido humillar, -y que se había humillado á sí mismo. Los rencores -irritados otras veces por su desprecio y por el -miedo que le tenían, veíanse, al presente, embotarse<span class="pagenum" id="Page_310">[Pg 310]</span> -ante aquella nueva humildad: los ofendidos -habían obtenido, contra toda esperanza y sin ninguna -especie de riesgo, una satisfacción que no -hubieran podido prometerse de la mejor venganza; -esto es, el placer de ver á un hombre semejante -arrepentido de sus crímenes, y siendo partícipe, -por decirlo así, de su indignación. Existían -muchos cuyo rencor se había hecho más -amargo y profundo á causa del infinito número -de años que lo abrigaban, sin haber podido encontrar -durante tan largo trascurso de tiempo una -ocasión en que pudiesen ser más fuertes que -aquel hombre para tomar la revancha de los daños -que les había causado; mas al verlo luego solo, -desarmado y en la actitud de un hombre que -no opondría resistencia, no sentían otro impulso -hacia él más que una intensa veneración y profundísimo -respeto. En aquella voluntaria humillación, -su presencia y continente habían adquirido, -sin que él lo supiese, un cierto no sé qué de -más noble y elevado, pues se traslucía en toda su -persona, todavía mejor que antes, la ausencia de -todo temor. Los odios, aun los más tenaces é inveterados, -se sentían como ligados y contenidos -respetuosamente por la veneración general de la -cual era objeto aquel hombre arrepentido y tan -benéfico. Dicha veneración era tal, que él mismo -se veía embarazado para sustraerse á las demostraciones -que se le hacían, teniendo que poner<span class="pagenum" id="Page_311">[Pg 311]</span> -todo su cuidado en no dejar transparentar en su -semblante y ademanes, el sentimiento interior de -compunción y no humillarse mucho para no ser -demasiado ensalzado. En la iglesia eligió el sitio -más inferior, y no había peligro que nadie lo ocupase; -hubiera sido lo mismo que usurpar un puesto -de honor. Ofender pues á semejante individuo -ó tratarle con poco miramiento, podía parecer no -solamente una insolencia y villanía, sino también -un sacrilegio; y los mismos á quienes este sentimiento -general podía servir de comedimiento, -participaban igualmente más ó menos.</p> - -<p>Éstas y otras muchas causas alejaban también -de él la venganza de la fuerza pública, y le procuraban -además por este lado una seguridad, por -la cual ningún cuidado pasaba. El rango y elevado -nacimiento, que en todo tiempo le habían servido -de escudo, militaban aún más en su favor, -después que á aquel nombre ya famoso se unían -las alabanzas de una conducta sumamente ejemplar -y la gloria de su conversión. Los magistrados -y los grandes se habían alegrado de ésta públicamente -como el pueblo, habiendo parecido extraño -el enconarse contra el que era objeto de -tantas congratulaciones. Además de esto, un poder -ocupado en una guerra perpetua y siempre -desgraciada contra rebeliones vivas y renacientes, -podía estar bastante satisfecho con haber librado -de la más indomable y molesta, para no ir á buscar<span class="pagenum" id="Page_312">[Pg 312]</span> -otra; tanto más, cuanto que dicha conversión -producía reparaciones que el expresado poder no -estaba acostumbrado á obtener, ni tampoco á pedir. -Martirizar á un santo no parecía un buen medio -para librarse de la vergüenza de no haber sabido -tener á raya á un facineroso, y el efecto que -se hubiera conseguido castigándole no habría sido -otro que hacer volver á sus semejantes á su -antigua y criminal vida. Probablemente también -la parte que el cardenal Federico había tenido en -la conversión, y su nombre asociado al del convertido, -servían á éste como de un impenetrable -y sagrado escudo. Y en ese estado de cosas é -ideas, en esas singulares relaciones de la autoridad -espiritual y del poder civil, que tan á porfía -debatían entre sí sin pensar jamás en destruirse, -mezclando continuamente á las hostilidades, actos -de reconocimiento y protestas de deferencia, -y que no obstante iban siempre de conserva á un -fin común, sin hacer nunca las paces, pudo parecer -en cierto modo que la reconciliación de la -primera llevase consigo el olvido, si no la absolución -del segundo, cuando aquélla se había acumulado -solamente para producir un efecto querido -de ambas.</p> - -<p>Así, aquel hombre, sobre el cual, si hubiese -caído, habrían corrido á porfía grandes y pequeños -á pisotearle, derribándose voluntariamente, -conseguía ser perdonado por todos, y venerado -por muchos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_313">[Pg 313]</span></p> - -<p>Es cierto que también había algunos á quienes -aquel estrepitoso cambio debía dejar muy disgustados; -tales eran los ejecutores pagados para cometer -crímenes, los compañeros de delitos, que -perdían una tan gran fuerza, con la cual estaban -habituados á crearse una renta, y que acaso en el -momento que esperaban la noticia de la ejecución, -encontraban á un mismo tiempo rotos los hilos de -las tramas urdidas á fuerza de tanto tiempo y trabajo. -Pero ya hemos visto los diversos sentimientos -que la tal conversión hizo nacer en los corazones -de los secuaces que se encontraban entonces -con él, y la cual oyeron anunciar por la misma boca -de su jefe: estupor, aflicción, abatimiento, cólera; -un poco de todo, menos desprecio ni odio. -Lo propio sucedió á los demás que tenía apostados -en diferentes sitios, cuando llegaron á informarse -de tan terrible nueva; lo mismo á los cómplices -de más alta importancia, y á todos por las -mismas causas. El odio principal, según dice Ripamonti, -recayó más bien sobre el cardenal Federico. -Miraban á éste como el que se había mezclado -en sus negocios para destruirlos: el Incógnito -había querido salvar su alma; nadie tenía razón -de quejarse.</p> - -<p>Poco á poco la mayor parte de los antiguos sicarios -del Incógnito, no pudiendo acostumbrarse -á su nueva disciplina, y no viendo tampoco ninguna -probabilidad de cambio, se fueron marchando.<span class="pagenum" id="Page_314">[Pg 314]</span> -El uno había ido á buscar un nuevo amo, acaso -entre los amigos del que acababa de dejar; el -otro fué á alistarse en alguno de los tercios, como -entonces se llamaban, de España ó de Mantua, ó -de cualquier otra parte beligerante; éste se lanzó -á los caminos reales, á fin de hacer la guerra por -su cuenta; y aquél, por último, se había contentado -con ir tuneando á sus anchas. Los que se hallaban -á sus órdenes en diversos pueblos, se vieron -obligados á hacer poco más ó menos lo mismo. -El pequeño número de los que habían podido -habituarse á aquel nuevo género de vida, y que -la abrazaron voluntariamente, naturales los más -del valle, habían vuelto á los campos ó á ejercer -los oficios aprendidos en sus primeros años, y -abandonados después: los forasteros se quedaron -en el castillo en clase de criados; unos y otros, como -convertidos al mismo tiempo que su amo, pasaban -del modo que éste su vida, sin hacer ni recibir -daños, inermes y respetados.</p> - -<p>Mas cuando á la llegada de las tropas alemanas -algunos fugitivos de las poblaciones invadidas -ó amenazadas se dirigían al castillo para pedir un -asilo, el Incógnito, sumamente satisfecho de que -sus muros fuesen un lugar de refugio para los débiles, -así como en otro tiempo lo habían sido de -execración y espanto, acogía á esos desgraciados -más bien con expresiones de agradecimiento que -de cortesía. Hizo publicar que su casa estaría<span class="pagenum" id="Page_315">[Pg 315]</span> -abierta á todo el que quisiera refugiarse, y se ocupó -en seguida de poner, no solamente el castillo, -sino también el valle, en estado de defensa, por -si los lasquenetes ó dragones quisiesen ir allí á -hacer de las suyas. Reunió los servidores que le -habían quedado, que eran pocos, pero valientes, -como los versos de Torti; hízoles una arenga sobre -la dichosa ocasión que Dios les ofrecía, así -como igualmente á él, de emplearse una vez en -ayuda de su prójimo, al cual tantas habían oprimido -y asustado; y con aquel antiguo tono natural -de mando, que expresaba la certidumbre de -ser obedecido, les anunció en términos generales -lo que él deseaba que hiciesen, y les prescribió -sobre todo cómo debían conducirse, á fin de que -la gente que llegara á refugiarse al castillo no -viese en ellos todos más que amigos y defensores. -Mandó sacar de un desván en donde estaban hacinadas -una multitud de armas blancas y de fuego, -las cuales distribuyó; hizo decir á sus aldeanos -y arrendadores del valle, que si querían ir -voluntariamente al castillo con armas, serían bien -recibidos, y que el que no las tuviese se le darían; -nombró oficiales, señaló los puestos á la entrada -y en diversos parajes del valle, en la subida, -á las puertas del castillo; fijó las horas y el -modo de relevarse, como en un campamento, ó -según se había verificado en dicho castillo mismo -en los tiempos de su vida criminal.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_316">[Pg 316]</span></p> - -<p>En un rincón del susodicho desván, se hallaban -separadas del montón las armas que él solo había -usado: veíase allí su famosa carabina, sus mosquetes, -espadas, dagas, espadones, pistolas, cuchillos, -puñales, tirados por el suelo ó arrimados -á la pared. Ninguno de los servidores tocó á dichas -armas; pero trataron de preguntar al señor -las que deseaba que le fuesen llevadas: ninguna, -respondió; y ya fuese esto voto, ya resolución, -permaneció siempre desarmado á la cabeza de -aquella especie de guarnición.</p> - -<p>Al mismo tiempo había puesto en movimiento -á otros hombres y mujeres de su casa y dependencias, -para preparar en el castillo alojamiento -al mayor número de personas que fuese posible, -haciendo disponer camas, colocar jergones y colchones -en las salas, las cuales estaban transformadas -en dormitorios. Había dado orden para que -trajeran provisiones en abundancia, con el objeto -de subvenir á las necesidades de los huéspedes -que Dios le enviase, y cuyo número iba aumentándose -de día en día. En el ínterin él no permanecía -ocioso; veíasele tan pronto dentro como fuera -del castillo, ya arriba, ya abajo de la colina; -era digno de contemplar con qué solicitud recorría -el valle, estableciendo, reforzando y visitando -los puestos, examinándolo todo, dejándose ver, -poniendo y conservando el orden por medio de -sus palabras, de sus miradas, y de su presencia.<span class="pagenum" id="Page_317">[Pg 317]</span> -En su castillo, por los caminos, acogía á todos los -fugitivos que encontraba; y todos, ya fuese que -lo hubiesen visto, ó lo viesen por la primera vez, -lo miraban estáticos, olvidando un momento los -pesares y temores que los habían lanzado á aquellos -sitios, y se volvían aún á mirarlo, cuando -apartándose de ellos continuaba su camino.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_13" href="#FNanchor_13" class="label">[13]</a> Nombre que se daba antiguamente á los soldados alemanes, -ya fuesen de á pie ó de á caballo.—<em>Nota del traductor -español.</em></p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_318">[Pg 318]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Aunque el mayor concurso no se hallase por el -lado que nuestros tres fugitivos se aproximaban -al valle, sino más bien en la parte opuesta, no -obstante, empezaron á encontrar compañeros de -viaje y de infortunio, que llegaban por caminos -de travesía y pequeños senderos al camino real. -En semejantes ocasiones todos los que se encuentran -se tratan como antiguos conocimientos. Cada -vez que el carro alcanzaba algún caminante, -se cambiaban de un lado y de otro una multitud -de preguntas y respuestas. Éste se había escapado -del mismo modo que nuestros personajes, sin -esperar la llegada de los soldados; aquél había -oído los tambores y las cornetas; otro por último -los había visto, y los pintaba con el prisma que el -espanto acostumbra dar á todas las cosas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_319">[Pg 319]</span></p> - -<p>—Á Dios gracias, nosotros somos aún bastante -afortunados. Por allá se han quedado nuestros -intereses, pero al menos estamos en salvo.</p> - -<p>Mas D. Abundio no encontraba motivos de alegrarse -tanto. Aquella gran concurrencia de gente, -y más todavía la que temía hallar en el castillo, -empezaba á entristecerle. “¡Oh, qué historia!” -decía en voz baja á las mujeres en un momento -en el cual no había nadie alrededor. “¡Oh, qué historia! -¿No comprendéis que reunirse tanta gente -en un sitio solamente, es lo mismo que el querer -atraer por fuerza á los soldados? Todo el mundo -se esconde, todos huyen; en las casas no queda -nadie; en su consecuencia los soldados creerán que -allá arriba están los tesoros, y de seguro subirán. -¡Oh, infeliz de mí, en buena me he metido!”</p> - -<p>—¡Oh, no tendrán nada más que hacer que subir -al castillo! decía Perpetua; ellos también deben -ir por su camino. Además, siempre he oído -decir que en los peligros es mejor el encontrarse -muchos reunidos.</p> - -<p>—¡Muchos, muchos! replicaba D. Abundio; ¡pobre -mujer! ¿No sabéis que cada lasquenete se comería -cien de éstos? Y después, “¡si quisiesen hacer -locuras, sería una bonita cosa! ¿no es cierto -que sería hermoso el hallarse en medio de una batalla? -¡Oh, pobre de mí! Mejor hubiera sido ir á -refugiarse en los montes. ¡Que todos hayan de -querer ocultarse en un mismo sitio! ¡Maldita gente!”.<span class="pagenum" id="Page_320">[Pg 320]</span> -En seguida refunfuñaba: “Todos aquí; andad, -andad pues; uno detrás de otro del mismo modo -que las ovejas”.</p> - -<p>—Según esta cuenta, dijo Inés, ellos podrían -decir otro tanto de nosotros.</p> - -<p>—Callaos, callaos, dijo D. Abundio; las habladurías -no sirven de nada. Lo hecho, hecho se queda; -ya nos hallamos aquí, y por lo tanto, es preciso -que permanezcamos. Sucederá lo que Dios -quiera: el cielo nos la depare buena.</p> - -<p>Mas lo peor fué cuando, á la entrada del valle, -vió un numeroso puesto de gentes armadas; los -unos en la puerta de una casa, y los otros en el -piso bajo: mirólos de reojo; aquellos rostros no -eran los que había visto en su primero y doloroso -viaje, ó si encontraba algunos estaban muy cambiados; -pero á pesar de todo esto, no puede expresarse -la aflicción que le causó semejante vista. -“¡Oh, pobre de mí! se decía interiormente: ¡He aquí -si hacen locuras! No podía ser de otro modo: yo -debía esperarlo de un hombre como ése. Pero, -¿qué querrá hacer? ¿La guerra acaso? ¿Querrá, -por ventura, desempeñar el papel de rey? ¡Oh, -infeliz de mí! En las actuales circunstancias, en -que sería preciso esconderse bajo siete estados de -tierra, él busca, al contrario, todos los medios de -hacerse ver, de darse á conocer á ellos, ó mejor -diré, quiere provocarlos”.</p> - -<p>—Mirad, mirad pues, señor, le dijo Perpetua,<span class="pagenum" id="Page_321">[Pg 321]</span> -si hay aquí gente valiente que sabrá defendernos: -que vengan ahora los soldados; aquí no son -como nuestros miedosos lugareños, que no tienen -más que piernas para correr.</p> - -<p>—¡Silencio! respondió en voz baja D. Abundio, -pero con iracundo acento: “¡Silencio! pues no sabéis -lo que os decís. Rogad al cielo que los soldados -tengan prisa para proseguir su camino, que no -lleguen á saber lo que aquí se hace, y que este -lugar se dispone como un fuerte. ¿Ignoráis, por -ventura, que el oficio de los soldados es tomar -fortalezas? No buscan otra cosa; para ellos el dar -un asalto es como ir á unas bodas, porque todo lo -que encuentran lo hacen suyo, y pasan á todo el -mundo á cuchillo. ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Vaya; -yo veré si hay algún medio de ponerse en salvo -sobre cualquiera de esos precipicios. ¡Oh, en -una batalla, no me cogerán! ¡oh, de seguro! no me -cogerán”.</p> - -<p>—Si tenéis también miedo de ser defendido y -auxiliado... volvía á empezar Perpetua; mas D. -Abundio la interrumpió ásperamente, pero siempre -en voz baja: “¡Silencio! procurad no traer á colación -estas cosas; recordad que aquí es preciso -mostrar siempre la cara risueña y aprobar todo lo -que se ve”.</p> - -<p>En la Malanotte encontraron otro puesto de gente -armada, á los cuales D. Abundio hizo un profundo -saludo, diciendo entretanto para sí: “¡Ay de<span class="pagenum" id="Page_322">[Pg 322]</span> -mí, precisamente he venido á un campamento!” En -esto se paró el carro; D. Abundio se apresuró á -pagar al conductor y lo despidió, encaminándose -con sus compañeras hacia la subida, sin proferir -una sola palabra. La vista de aquellos lugares le -hacía aglomerar á la imaginación, á la vez que las -angustias presentes, el recuerdo de las que había -sufrido anteriormente: é Inés, que jamás había -visto aquellos sitios, y que se formaba en su mente -un cuadro ideal cada vez que pensaba en el espantoso -viaje de Lucía, al verlos ahora según eran -verdaderamente, experimentaba como un nuevo y -más vivo sentimiento por aquellos crueles recuerdos. -“¡Oh, señor cura! exclamó: ¡al pensar solamente -que mi pobre Lucía ha pasado por este camino!...”.</p> - -<p>—¡Queréis callar, mujer sin juicio!, le dijo al oído -D. Abundio; ¿son palabras éstas para pronunciarlas -aquí? ¿No sabéis que estamos en su casa? -La fortuna que ahora nadie os oye; pero si habláis -de este modo...</p> - -<p>—¡Oh!, dijo Inés, al presente, que es un santo...</p> - -<p>—¡Silencio!, replicó D. Abundio; ¿creéis que á -los santos se les puede decir, así sin más ni más, -lo que á uno se le antoje? Tratad más bien de -darle gracias por los bienes que os ha dispensado.</p> - -<p>—¡Oh!, lo que es en esto ya había yo pensado;<span class="pagenum" id="Page_323">[Pg 323]</span> -¿creéis que no sepa también yo algo de buena -crianza?</p> - -<p>—La buena crianza consiste en decir cosas que -no puedan desagradar, especialmente al que no -está acostumbrado á oirlas; y tened ambas entendido, -que éste no es sitio de decir necedades ni -habladurías. Ésta es la casa de un gran señor, ya -lo sabéis; ved cuánta gente le rodea; las hay de -todas clases; conque así tened juicio, si podéis; -pesad las palabras, y sobre todo hablad poco y sólo -cuando sea necesario, que por callar nada se -pierde.</p> - -<p>—Vos sí que todo echáis á perder con vuestras... -volvía á decir Perpetua. “¡Silencio!”, repitió -en voz baja D. Abundio, y al momento se quitó -el sombrero precipitadamente é hizo un profundo -saludo. Había divisado al Incógnito que se -dirigía á su encuentro: éste había visto y reconocido -á D. Abundio, y por lo tanto se encaminaba -hacia él apresuradamente.</p> - -<p>—Señor cura, dijo cuando estuvo cerca; hubiera -querido ofreceros mi casa en mejor ocasión; pero -de todos modos, experimento un gran placer en -poderos ser útil en algo.</p> - -<p>—Confiado en la gran bondad de vuestra señoría -ilustrísima, contestó D. Abundio, me he atrevido -á venir á molestaros en esta circunstancia; y -según ve vuestra señoría, me he tomado además -la libertad de traer compañía. Ésta mi ama...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_324">[Pg 324]</span></p> - -<p>—Bien venida, dijo el Incógnito.</p> - -<p>—Y ésta, continuó D. Abundio, es una buena -mujer á la cual vuestra señoría ha dispensado mucho -bien. Es la madre de aquella... de aquella...</p> - -<p>—De Lucía, dijo Inés.</p> - -<p>—¡De Lucía!, exclamó el Incógnito, volviendo -su inclinada frente hacia Inés. ¡Mucho bien yo, -justo Dios! Vos sois la que me colmáis de bienes -con vuestra venida... á esta casa. Bien llegada -seáis, pues que traéis la bendición del cielo.</p> - -<p>—¡Oh, muy al contrario! Yo vengo más bien á -importunaros. En seguida ella añadió acercándose -á su oído: “Vengo también á daros las gracias”.</p> - -<p>El Incógnito se apresuró á interrumpirla, preguntándole -con mucho interés por Lucía. Luego -que Inés le satisfizo, dió la vuelta para acompañar -al castillo á los nuevos huéspedes, como lo -verificó á pesar de la respetuosa resistencia de éstos. -Inés echó al cura una mirada que quería decir: -“Ved si hay necesidad que os interpongáis entre -nosotros dos para darnos consejos”.</p> - -<p>—¿Han llegado acaso los enemigos á vuestra -parroquia?, preguntó el Incógnito.</p> - -<p>—No, señor: no he querido esperar á esos demonios. -Sólo Dios sabe si habría salido vivo de -entre sus manos, y venido ahora á molestar á -vuestra señoría ilustrísima.</p> - -<p>—Vamos, tranquilizaos, replicó el Incógnito:<span class="pagenum" id="Page_325">[Pg 325]</span> -al presente estáis en seguridad. Aquí no vendrán; -y si quisiesen probarlo, estamos dispuestos á recibirlos.</p> - -<p>—Roguemos que no vengan, dijo D. Abundio; -además, por aquel lado, añadió señalando con el -dedo las montañas opuestas que servían de límites -al valle; por aquel lado anda también otra -cuadrilla de gente; pero...</p> - -<p>—Es verdad, respondió el Incógnito; mas no -dudéis que también estamos preparados contra -ellos.</p> - -<p>“¡Entre dos fuegos!, decía entre sí D. Abundio; -¡justamente entre dos fuegos!, ¡adónde me he dejado -arrastrar!, ¡y por dos charlatanas!, ¡cualquiera -diría que este hombre se complace en meterse en -medio de todo! ¡Oh, qué gentes hay en el mundo!”</p> - -<p>Habiendo entrado en el castillo, el señor hizo -conducir á Inés y á Perpetua á una estancia del -lado señalado para las mujeres, el cual ocupaba -las tres alas del segundo patio, en la parte posterior -del edificio, situada sobre un peñasco solitario -y de difícil acceso, que dominaba á un precipicio. -Los hombres habitaban las alas del otro -patio, á derecha é izquierda, y también la que daba -sobre la explanada. El cuerpo del medio, que -separaba los dos patios, y se pasaba del uno al -otro por una vasta galería que iba á corresponder -á la puerta principal, estaba ocupado en parte -por las provisiones, y servía en parte de lugar de<span class="pagenum" id="Page_326">[Pg 326]</span> -depósito para los efectos que los refugiados deseaban -poner en salvo. En el sitio destinado á los -hombres, había una pequeña estancia para los -eclesiásticos que pudiesen llegar. El Incógnito -acompañó personalmente á D. Abundio á la referida -estancia, siendo el primero que tomó posesión -de ella.</p> - -<p>Nuestros fugitivos permanecieron veintitrés ó -veinticuatro días en el castillo, en medio de un -movimiento continuo y numerosa compañía, la -cual al principio iba siempre en aumento, pero sin -que aconteciese nada que sea digno de contarse. -No se pasaba día sin que dejase de haber alarma: -los lasquenetes vienen por este lado; se han visto -dragones por el otro. Á cada aviso, el Incógnito -mandaba exploradores; si era preciso, tomaba consigo -gente que tenía siempre dispuesta para un -caso, y salía del valle por el lado en que se le había -indicado el peligro. Era cosa digna de admiración -el ver una partida de hombres determinados, -armados hasta los dientes, y alineados como -soldados, conducidos por otro hombre desarmado. -Las más veces, los que causaban semejantes alarmas, -no eran más que foragidos y ladrones desbandados -que emprendían la fuga antes de ser alcanzados... -Mas un día, persiguiendo á algunos -de éstos, para enseñarles que no debían atenerse -á merodear por aquel lado, el Incógnito fué avisado -de que un pueblo vecino había sido invadido<span class="pagenum" id="Page_327">[Pg 327]</span> -y saqueado. Eran lasquenetes de varios cuerpos -que habiéndose quedado rezagados con el objeto -de entregarse al pillaje, se habían reunido é -iban á lanzarse de improviso sobre las tierras cercanas -á aquellas donde el ejército hacía alto, -mientras tanto ellos despojaban á los habitantes -y les sacaban gruesas sumas de dinero. El Incógnito -arengó brevemente á los suyos, y los condujo -hacia el citado pueblo.</p> - -<p>Llegaron sin ser esperados. Los salteadores que -creían marchar directamente á la presa, viendo -que iba sobre ellos gente armada y disciplinada, -dispuesta á combatir, abandonaron el saqueo y -emprendieron precipitadamente la fuga por el -mismo camino por donde habían venido, sin esperarse -tan siquiera los unos á los otros. El Incógnito -los persiguió por algún tiempo; mas luego, -habiendo mandado hacer alto, estuvo esperando -un rato por si veía algo de nuevo, y por último -volvió con su gente á desandar lo andado. Al pasar -por el pueblo que había salvado, es imposible -describir los aplausos y bendiciones con las cuales -fué recibida la partida libertadora como igualmente -su jefe.</p> - -<p>Ninguna clase de desorden hubo nunca en el castillo, -á pesar de una tan innumerable reunión de -gentes de todas clases, costumbres, edades y sexos. -El Incógnito había colocado centinelas en distintos -puntos, los cuales vigilaban atentamente para<span class="pagenum" id="Page_328">[Pg 328]</span> -prevenir todas las dificultades, con aquel ardor -que cada uno ponía en las cosas de las cuales debía -dar cuenta.</p> - -<p>Después, había suplicado á los eclesiásticos y á -las personas más respetables que estaban refugiadas -allí, que se tomasen también la molestia de -rondar y vigilar. Cuando podía, él mismo se mostraba -en todas partes; y aunque se hallase ausente, -la memoria del dueño contenía todo lo que hubiera -podido suceder. Además, la reunión se componía -en su mayor parte de fugitivos, gente -inclinada en general, á la paz y tranquilidad; el -pensamiento de sus cosas é intereses, unido al peligro -en el cual habían dejado á algunos parientes -ó amigos, contribuían á mantener y aumentar -cada vez más la citada disposición.</p> - -<p>Encontrábanse también, allí, hombres de un -temple más fuerte y de corazón animoso, los cuales -trataban de pasar alegremente aquella época -tan desgraciada. Habían abandonado sus casas por -no tener bastante fuerza para defenderlas, pero -no eran de opinión de lamentarse y llorar por cosas -irremediables, no queriendo representarse en -su imaginación el estrago que más tarde verían á -la fuerza con sus propios ojos. Una porción de -familias amigas habían ido juntas al castillo, ó encontrándose -allí, habían formado nuevas amistades, -y la multitud se hallaba dividida en distintas -reuniones, según las costumbres y genios. Los<span class="pagenum" id="Page_329">[Pg 329]</span> -que tenían dinero y discreción bajaban á comer -al valle, donde en aquellas circunstancias se habían -abierto á toda prisa las posadas; algunos alternaban -los bocados con suspiros, y no se les oía -hablar más que de desgracias; otros no pensaban -en éstas más que para decir que no era necesario -acordarse de ellas. En el castillo se distribuía pan, -sopa y vino á los que no podían ó no querían gastar; -además había algunas mesas, las cuales eran -servidas todos los días para los que el señor convidaba -expresamente; de este número eran nuestros -tres personajes.</p> - -<p>Inés y Perpetua, por no comer el pan á expensas -de nadie, habían querido ser empleadas en los -servicios que requería una tan gran reunión de -gentes hospedadas; en esto pasaban una gran parte -del día, y el resto lo invertían en charlar con -algunas nuevas amigas, que se habían adquirido -allí, ó con el pobre D. Abundio. Éste no tenía -nada que hacer; mas sin embargo, no se fastidiaba, -pues el miedo le hacía compañía. Con respecto -al temor de un asalto, creemos que se le había -disipado, ó si le quedaba aún, le causaba muy -poca inquietud, porque cada vez que reflexionaba -un poco, debía comprender cuán infundado era. -Pero la imagen del país circunvecino inundado -por todas partes de espantosos soldados; las armas -y las gentes con ellas que tenía siempre á la -vista; un castillo en el cual estaba metido; el reflexionar<span class="pagenum" id="Page_330">[Pg 330]</span> -todo lo que podía surgir á cada instante -en tales circunstancias, contribuía á inspirarle -un espanto confuso, vasto, continuo, dejando aparte -la aflicción que le causaba el pensar en su pobre -casa. En todo el tiempo que permaneció en -el castillo, no se separó jamás de él á la distancia -de un tiro de bala, ni puso nunca el pie en la bajada; -su único paseo era la explanada y recorrer, -ya una parte, ya otra del castillo, mirando las cimas -y precipicios para estudiar si habría un paso -un poco practicable, algún pequeño sendero por -donde buscar un escondrijo en un caso de apuro. -Hacía grandes reverencias y saludos á todos sus -compañeros de asilo, pero hablaba con muy pocos: -sus conversaciones más frecuentes eran con -las dos mujeres según hemos dicho: con ellas desfogaba -sus pesadumbres, á riesgo algunas veces -de verse interrumpir por Perpetua, y que además -Inés lo avergonzase. En la mesa, donde permanecía -poquísimo y hablaba menos, oía las noticias -de la terrible invasión que llegaban diariamente, -ó de pueblo en pueblo, ó de boca en boca, -ó traídas por alguno que en un principio había -querido quedarse en casa, y por último huía sin -haber podido salvar nada, y á veces, para colmo -de infortunios, sumamente maltratados. Todos los -días se referían y llegaban noticias de haber sucedido -nuevas desgracias. Algunos noticieros de -oficio recogían diligentemente todas las voces que<span class="pagenum" id="Page_331">[Pg 331]</span> -corrían, exprimían el jugo de todas las narraciones, -y luego lo pasaban á sus vecinos. Disputaban -acerca de los regimientos que eran más endiablados, -si era peor la infantería ó la caballería, -repetían del mejor modo posible los nombres de -ciertos jefes ó condottieri; se referían las antiguas -hazañas de algunos; se especificaban las paradas -y las marchas: tal día el regimiento A llegaría al -pueblo B; al día siguiente iría á caer sobre la villa -C, en donde tal otro cometía mil tropelías. -Procuraban tomar informes y tener cuidado con -los regimientos que pasaban el puente de Lecco, -porque éstos podían considerarse ya como realmente -fuera del país. Pasa la caballería de Wallenstein, -la infantería de Merode, los caballos de -Anhalt y los infantes de Brandeburgo; luego la -caballería de Montecuccoli y la gente de á pie de -Ferrari; pasa Altringer, Furstenberg, Colloredo; -pasan los Croatas, Torcuato Conti y otros muchos; -cuando el cielo quiso, pasó también Galasso, el -cual fué el último. El escuadrón volante de los -venecianos concluyó igualmente por alejarse, y -todo el país á derecha é izquierda quedó enteramente -libre. Ya los habitantes de las primeras -tierras invadidas y saqueadas habían empezado á -abandonar el castillo: todos los días iba marchando -gente á la manera que después de una tempestad -de otoño se ven salir de las frondosas ramas -de un corpulento árbol una multitud de pájaros<span class="pagenum" id="Page_332">[Pg 332]</span> -que se habían refugiado en ellas. Yo creo -que nuestros tres personajes fueron los últimos en -irse, y esto por causa de D. Abundio, el cual temía, -si volvía tan pronto á casa, el encontrar aún -algunos lasquenetes rezagados. Perpetua no dejó -de decirle una y mil veces que cuanto más se -tardase en dar la vuelta, tanta mayor proporción -tendrían los rateros del país de entrar en la casa -y apoderarse de todo lo que los otros hubiesen -dejado; cuando se trataba de salvar la piel, D. -Abundio era el primero en vencer todas las dificultades, -á menos que la inminencia del peligro -no le hiciese perder efectivamente la cabeza.</p> - -<p>Fijado el día de la partida, el Incógnito mandó -tener dispuesto en la Malanotte un carruaje, en el -cual había hecho meter un gran número de piezas -de lienzo destinadas á Inés. Llamóla aparte, -y también le hizo aceptar un cartucho de escudos -para reparar la pérdida sufrida en su casita, á pesar -de que Inés, con la mano puesta sobre el corazón, -le repetía sin cesar que aún conservaba algunos -de los primeros.</p> - -<p>—Cuando veáis á vuestra excelente y pobre Lucía, -le dijo, por último (estoy segurísimo que ruega -por mí, pues la he causado mucho daño), decidle -que le doy mil y mil gracias, y confío en -Dios que sus súplicas atraerán sobre ella las bendiciones -del cielo.</p> - -<p>Después de esto quiso acompañar á sus tres<span class="pagenum" id="Page_333">[Pg 333]</span> -huéspedes hasta donde esperaba el carruaje. Dejamos -al arbitrio del lector que imagine las demostraciones -de agradecimiento y humildes cumplimientos -de D. Abundio y Perpetua.</p> - -<p>Finalmente, emprendieron la marcha, y se detuvieron, -según habían convenido, pero sin llegar -á sentarse, en casa del sastre, donde oyeron contar -muchas cosas sobre la invasión; esto es, la -acostumbrada relación de robos, heridas, insultos -y violencias; mas allí por fortuna no habían visto -los lasquenetes.</p> - -<p>—¡Ah, señor cura! dijo el sastre dándole el brazo -para ayudarle á subir al carruaje;—se pueden imprimir -muchos libros acerca de ese tan grande estrago.</p> - -<p>Después de haber hecho un poco de camino, -nuestros viajeros empezaron á ver con sus propios -ojos algunas de las cosas que habían oído referir. -Viñas despojadas, no por las manos del vendimiador, -sino por el granizo y el huracán que hubiesen -caído juntamente sobre ellas; las cepas destrozadas -y pisoteadas; los rodrigones<a id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a> arrancados; -la tierra cubierta de pámpanos y tiernos retoños; -los árboles golpeados y talados; los cercados abiertos -por mil partes. En las poblaciones, las puertas<span class="pagenum" id="Page_334">[Pg 334]</span> -echadas abajo, las ropas y demás efectos tirados -y esparcidos por las calles; de las casas salía -una atmósfera pesada y vapores mefíticos; los habitantes -veíanse ocupados en arrojar la inmundicia -los unos, y en reparar las puertas del mejor -modo posible los otros; algunos, en fin, con los -brazos cruzados sobre el pecho, lanzaban lastimeros -gemidos. Al pasar el carruaje, multitud de -manos se dirigían por ambos lados de las portezuelas -implorando una limosna.</p> - - -<p>Con semejantes imágenes, tan pronto delante -de sus ojos como presentes á su imaginación, y -con la triste expectativa de encontrar otro tanto -en sus casas, llegaron y vieron en efecto lo que -esperaban.</p> - -<p>Inés hizo colocar los pequeños fardos en un rincón -del patio, el cual era el sitio que había quedado -más aseado de toda la casa; en seguida se -puso á limpiar, recoger y arreglar los pocos efectos -que le habían dejado, y mandó llamar un carpintero -y un cerrajero para componer las puertas; -y desliando pieza por pieza el lienzo que el Incógnito -le había regalado, contando después sus -nuevos escudos, exclamó para sí: “He caído de pie; -gracias sean dadas á Dios, á la Madonna, y á ese -buen <em>señor</em>; propiamente puedo decir que he caído -de pie”.</p> - -<p>D. Abundio y Perpetua entran en su casa sin -auxilio de llaves; á cada paso que dan hacia el interior,<span class="pagenum" id="Page_335">[Pg 335]</span> -sienten aumentarse un tufo, un veneno y -cierta peste que les hace retroceder; con una mano -puesta en las narices se dirigen á la puerta de -la cocina; entran en ella de puntillas, teniendo -cuidado en donde ponen los pies á causa de la inmundicia -que cubre el suelo, y empiezan á mirar -por todas partes. Nada hay entero; pero al mismo -tiempo divisan á su alrededor los fragmentos y -restos de lo que había sido: las plumas de las gallinas -de Perpetua, pedazos de lienzo, hojas de los -almanaques de D. Abundio, menudos trozos de -cazuelas y platos, todo desparramado y confundido. -Solamente en el hogar se podían reconocer -todas las señales de un vasto saqueo, fragmentos -de tizones apagados que demostraban haber sido -un brazo de una silla, un pie de una mesa, una -puerta de un armario, el tablado de una cama, -una duela del pequeño tonel en donde estaba el -vino que confortaba el estómago de D. Abundio. -Lo restante no eran más que cenizas y carbones, -con los cuales los invasores habían embadurnado -las paredes de figuras grotescas, poniéndoles ciertos -bonetes, coronas y alzacuellos, con el objeto -de representar sacerdotes, cuidando particularmente -de que apareciesen horribles y ridículos, -intención que seguramente no podía menos de esperarse -de semejantes artistas.</p> - -<p>—¡Ah, descreídos! exclamó Perpetua.</p> - -<p>—¡Ah, bribones! gritó D. Abundio; y como si fuesen perseguidos,<span class="pagenum" id="Page_336">[Pg 336]</span> -salieron por otra puerta que daba al huerto. -Respiraron: encamináronse directamente á la higuera; -mas antes de llegar vieron la tierra removida, -y ambos á la vez lanzaron un grito. Finalmente, -se acercaron, y encontraron efectivamente -en lugar del muerto, la huesa abierta. Aquí te -quiero ver, escopeta: D. Abundio empezó á habérselas -con Perpetua diciendo que no lo había escondido -bien: ¡juzgue el lector si ésta se daría por -vencida! Después de haber gritado mucho, ambos -con el índice extendido hacia el agujero, se volvieron -juntos refunfuñando, y téngase por cierto, -que todo lo encontraron en el mismo estado de -desorden. Costóles gran trabajo el hacer limpiar -y purificar la casa, tanto más cuanto que en aquellos -días era difícil encontrar ayuda; y se ignora -cuánto tiempo se vieron obligados á permanecer -como acampados, acomodándose del mejor modo -posible, y componiendo las puertas, muebles y -utensilios con dinero prestado por Inés.</p> - -<p>Dicho desastre fué por espacio de algún tiempo -un inagotable manantial de fastidiosas disputas, -porque Perpetua á fuerza de inquirir y preguntar, -de husmear y buscar, llegó á saber que -algunos de los efectos que creían haber sido presa -de los soldados, estaban al contrario en poder -de ciertas gentes del pueblo; por lo cual ella apremiaba -á su amo para que se dejase ver, y reclamase -lo que era suyo. No se podía tocar para D.<span class="pagenum" id="Page_337">[Pg 337]</span> -Abundio una cuerda más odiosa; en atención á -que sus efectos estaban en poder de bribones; es -decir, de aquella especie de gentes con las cuales -le convenía vivir en paz.</p> - -<p>—Pero si no quiero saber nada de estas cosas, -decía. ¿Cuántas veces debo repetiros, que lo hecho, -hecho se queda? ¿Tengo que hacerme poner -en cruz, porque mi casa ha sido saqueada?</p> - -<p>—¡Si lo tengo dicho, decía Perpetua, que os -dejaréis sacar los ojos! Robar á los otros es pecado; -mas á vos, no.</p> - -<p>—¿Queréis callaros? ¿Viene ahora al caso el -disparatar de este modo?, replicaba D. Abundio.</p> - -<p>Perpetua se callaba, pero era por poco tiempo; -la más leve cosa le servía de pretexto para -volver á empezar de nuevo; tanto, que el pobre -hombre estaba reducido á no dejar escapar la -menor queja sobre tal ó cual cosa que le faltaba, -so pena de oir decir; id á buscarla á casa de Fulano -que la tiene, y que no la hubiera tenido hasta -estos momentos si no hubiese dado con un buen -hombre como vos.</p> - -<p>Experimentaba una más viva inquietud al saber -que diariamente continuaban pasando soldados -rezagados, según él había conjeturado demasiado -bien. Siempre temía ver llegar á alguno, ó -una compañía entera á su puerta, la cual había -hecho componer apresuradamente antes que todo -lo demás, y que tenía cerrada con gran cuidado;<span class="pagenum" id="Page_338">[Pg 338]</span> -mas á Dios gracias nada sucedió. Sin embargo, -aún no habían cesado estos terrores, cuando sobrevino -uno nuevo.</p> - -<p>Mas dejando aquí á nuestro pobre hombre, vamos -á tratar de otras cosas más interesantes que -de sus particulares aprehensiones: de la desgracia -de algunos países, ó de un desastre pasajero.</p> - - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_14" href="#FNanchor_14" class="label">[14]</a> Así llaman á las estacas que ponen para sostener las vides.—<em>Nota -del T. E.</em></p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_339">[Pg 339]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOTERCERO</h2> -</div> - - -<p class="p2">La peste que la junta de sanidad había temido -ver penetrar en el milanesado, juntamente con las -tropas alemanas, había entrado en efecto, según -todos saben, siendo también conocido que no sólo -se limitó á desolar dicho país, sino que también -invadió y diezmó una buena parte de Italia. El -hilo de nuestra historia nos conduce al presente, -á referir las principales circunstancias de la expresada -calamidad, pero sólo en el milanesado, y casi -exclusivamente en la ciudad de Milán; porque -las memorias de aquel tiempo no se ocupan más -que de esta última. Ya sea razón, ya capricho, los -historiadores siempre hacen lo mismo.</p> - -<p>En toda la línea de territorio recorrida por el -ejército invasor, habíanse encontrado algunos cadáveres -en las casas y en los caminos. Poco después,<span class="pagenum" id="Page_340">[Pg 340]</span> -ya en éste, ya en aquel pueblo, familias enteras -fueron acometidas de enfermedades violentas, -extrañas, acompañadas de síntomas generalmente -desconocidos, á los cuales sucumbían. Solamente -algunas personas ancianas, recordaban -haberlas visto otra vez; éstas eran las que habían -sido testigos de la peste que cincuenta y tres años -antes había desolado á la mayor parte de Italia, y -principalmente al milanesado, en donde tomó el -nombre que lleva aún, de peste de S. Carlos. ¡Tan -fuerte es el poder de la caridad!: ella puede hacer -sobresalir la memoria de un hombre sobre la de -un vasto y solemne infortunio de todo un pueblo, -porque dicha caridad ha inspirado á este hombre -los sentimientos y las acciones más memorables -aun que los males; ella puede grabar sus nombres -en todos los corazones, y traer á la memoria el -recuerdo de aquellos desgraciados sucesos, pues -la introduce y presenta como un guía, un socorro, -un ejemplo, una víctima voluntaria.</p> - -<p>El protomédico Ludovico Settala, que no sólo -había visto aquella peste, sino que también había -sido uno de los profesores más activos é intrépidos, -á pesar de ser en aquel entonces muy joven, -teniendo al presente grandes sospechas acerca -del contagio, estaba sobre aviso y procuraba -tomar todos los informes posibles, en vista de lo -cual participó el 20 de octubre á la junta de sanidad, -que en la jurisdicción de Chiuso (la última<span class="pagenum" id="Page_341">[Pg 341]</span> -del territorio de Lecco y confinante con el de Bérgamo) -se había presentado indudablemente la enfermedad -epidémica. Las mismas noticias se recibieron -de Lecco y de Bellano. Entonces la junta -dispuso y expidió un comisionado que tomando -un médico en Como, se encaminase con él á visitar -los lugares indicados. Ambos, dice Tadino, ó -por incapacidad, ó por otra causa cualquiera, se -dejaron persuadir por un viejo é ignorante barbero -de Bellano, de que aquella especie de enfermedad -no era una epidemia, sino causada por las -emanaciones del agua estancada en algunas partes, -y en otras efectos de las incomodidades y malos -tratamientos sufridos por el paso de los alemanes. -Este informe fué enviado á la junta de sanidad, -la cual parece que quedó tranquila.</p> - -<p>Mas llegando sin cesar de todas partes muchas -y multiplicadas noticias acerca de extraños fallecimientos, -se expidieron dos delegados con el objeto -de que tomasen informes y providenciaran lo -conveniente; éstos fueron el mencionado Tadino -y otro miembro de la junta. Cuando se instalaron -en dichos puntos, el azote se había propagado -de tal modo, que las pruebas se ofrecían á su vista -sin necesidad de ir á buscarlas. Recorrieron el -territorio de Lecco, la Valsassina, las márgenes -del lago de Como; los distritos denominados el -Monte de Brianza y la Gera del Adda. Por todas -partes encontraron poblaciones cerradas por medio<span class="pagenum" id="Page_342">[Pg 342]</span> -de barreras; otras casi desiertas y abandonadas -por sus habitantes fugitivos y errantes por los -campos, parecidos, dice Tadino, á otras tantas -criaturas salvajes, llevando en la mano algunos -un puñado de yerbabuena, otros ruda, quien romero, -quien por último una botella de vinagre. -Habiéndose informado del número de fallecidos, -vieron efectivamente que era espantoso. Visitaron -los enfermos, reconocieron los cadáveres, y en -todos encontraron las señales manifiestas y terribles -de la peste. Participaron por escrito tan siniestras -nuevas á la junta de sanidad, la cual al -recibirlas, que fué el 30 de octubre, resolvió dar -la orden, según el Dr. Tadino, para no dejar entrar -en la ciudad á las personas procedentes de -los pueblos en donde se había declarado el contagio; -y mientras se redactaba el bando, diéronse -con anticipación algunas órdenes á los que guardaban -las puertas.</p> - -<p>Entretanto los comisionados, apresuradamente -y con ahínco tomaron las medidas que les parecieron -más útiles, y dieron la vuelta á Milán, con -la triste persuasión de que no serían suficientes á -remediar un mal ya tan avanzado y extendido.</p> - -<p>Llegados á la ciudad el día 14 de noviembre, -dieron cuenta de su comisión de viva voz, y nuevamente -por escrito á la expresada junta, la cual -dispuso que se presentasen al gobernador y le expusiesen -claramente el verdadero estado de las<span class="pagenum" id="Page_343">[Pg 343]</span> -cosas. Éste les contestó, que le causaban un gran -disgusto, mostrando mucho sentimiento; pero que -los cuidados de la guerra eran más apremiantes: -<i lang="la" xml:lang="la">sed belli graviores esse curas</i>. Ésta era la segunda -vez, si el lector recuerda, que daba semejante -respuesta con dicho motivo y con igual éxito. Dos -ó tres días después, el 18 de noviembre, hizo pregonar -un bando, en el cual ordenaba que se celebrasen -regocijos públicos por el nacimiento del -príncipe Carlos, primogénito del rey Felipe IV, -sin calcular ó sin cuidarse del peligro que podría -sobrevenir con motivo de una tan gran reunión de -gente en tales circunstancias; del mismo modo -que si hubiera sido en tiempos normales y nada -ocurriese de particular.</p> - -<p>Era este personaje, según hemos dicho anteriormente, -el célebre Ambrosio Spínola, enviado -para dirigir mejor aquella guerra, reparar las faltas -cometidas por D. Gonzalo, y como por incidencia -para gobernar. Nosotros podemos también -incidentalmente recordar que murió pocos meses -después en medio de lo más fuerte de aquella -guerra que tomó tan á pecho; y murió, repetimos, -no de heridas recibidas en el campo de batalla, -sino en su lecho, abrumado de pesadumbres -y enojos, por los reproches, injusticias y disgustos -de todo género, causados por aquel á quien -servía. La historia ha deplorado amargamente -su suerte, y vituperado la ingratitud de que fué<span class="pagenum" id="Page_344">[Pg 344]</span> -víctima: ella ha descrito con la mayor solicitud sus -hazañas militares y políticas; ha ensalzado su previsión, -actividad y heroica constancia: al propio -tiempo hubiera debido averiguar en qué había empleado -tan altas cualidades, cuando la peste amenazaba, -invadía á todo un pueblo entregado á su -cuidado, ó por mejor decir, á merced suya.</p> - -<p>Pero lo que, dejando á un lado lo vituperable, -disminuye la admiración que su indiferencia podría -causar; lo que maravilla más que todo, es la -conducta de la población misma, esto es, de aquella -parte á la cual aún no había alcanzado el contagio, -pero que tantos motivos tenía para temerlo. -Á las fatales noticias que llegaban de los pueblos -nuevamente infestados, de los pueblos que -forman alrededor de la ciudad casi un semicírculo, -á la distancia algunos de ellos de diez y ocho á -veinte millas á lo más, ¿quién no había de creer -que se suscitara un movimiento general, un deseo -de precauciones bien ó mal entendidas, ó á lo menos -una estéril inquietud? Y sin embargo, si en -alguna cosa están de acuerdo las memorias de -aquel tiempo, es en afirmar que no hubo nada de -lo dicho. La escasez del año anterior, las exacciones -de la soldadesca y las pasiones de ánimo, -parecieron más que suficientes para explicar semejante -mortandad. En las calles, en las tiendas y -aun en las casas, acogían con risas incrédulas, y -con un profundo desprecio mezclado de cólera, á<span class="pagenum" id="Page_345">[Pg 345]</span> -los que aventuraban alguna palabra acerca del -peligro de la peste. La misma incredulidad, ó mejor -diremos, la misma ceguedad y obstinación prevalecía -en el senado, en el consejo de los decuriones, -y en el ánimo de todos los magistrados.</p> - -<p>Únicamente el cardenal Federico, apenas tuvo -aviso de los primeros casos de la enfermedad contagiosa, -cuando reunió por medio de una pastoral -á todos los párrocos, previniéndoles que amonestasen -una y mil veces, á los pueblos de sus respectivas -diócesis, con respecto á la importancia y -obligación en que estaban de revelar cualquier -accidente parecido, y consignar los efectos infestados -ó sospechosos<a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" class="fnanchor">[15]</a>; éste es uno de los hechos -que pueden ser colocados entre los más laudables -de la vida del cardenal.</p> - -<p>La junta de sanidad pedía é imploraba alguna -cooperación, pero poco ó nada conseguía; y la prisa -que se daba dicha junta misma, estaba bien lejos -de igualar á la urgencia que había. Según afirma -Tadino, y como aparece todavía mejor, por -todo el contexto de su relación, solamente los dos -médicos, persuadidos de la gravedad é inminencia -del peligro, estimulaban á aquel cuerpo, el -cual tenía que estimular después á todos los demás.</p> -<p><span class="pagenum" id="Page_346">[Pg 346]</span></p> -<p>Ya hemos visto el modo que tuvieron de obrar -y tomar informes al primer anuncio de la peste; -ahora presentaremos otro hecho de lentitud no -menos admirable, cuanto que no era forzada, por -dificultades opuestas por magistrados superiores. -El bando para impedir á los forasteros la entrada -á la ciudad, fué resuelto el 30 de octubre, no -siendo extendido hasta el día 23 del mes siguiente, -y publicado el 29. La peste se había introducido -ya en Milán.</p> - -<p>El primero que la llevó, según refieren Tadino -y Ripamonti, fué un soldado italiano al servicio -de España. Este desventurado portador de tantos -males, entró en la ciudad cargado con un fardo -de vestidos comprados ó robados á los soldados -alemanes. Fué á alojarse en casa de sus parientes, -en el barrio de la Puerta Oriental, cerca -del convento de capuchinos. Apenas hubo llegado, -cayó enfermo y fué conducido al hospital, en -donde, á causa de un bubón que le descubrieron -debajo del brazo, hizo sospechar al que lo curaba -lo que era en realidad: á los cuatro días de su estancia -en dicho hospital, murió.</p> - -<p>La junta de sanidad hizo tapiar la casa que él -había habitado, y separó á la familia del roce de -los demás: sus ropas y la cama que había ocupado -en el hospital, fué todo arrojado al fuego: dos -enfermeros que le habían cuidado, y un pobre -fraile que le había asistido, cayeron enfermos pocos<span class="pagenum" id="Page_347">[Pg 347]</span> -días después, y los tres de la peste. Las sospechas -que se tuvieron desde un principio tocante -á la naturaleza del mal, y las precauciones que -se tomaron, impidieron que el contagio se propagase -más.</p> - -<p>Pero el soldado había dejado fuera semillas que -no tardaron en germinar. El amo de la casa en la -cual se había alojado fué el primer atacado. Éste -se llamaba Carlos Colonna, tocador de laúd. Entonces -todos los moradores de dicha casa fueron -conducidos al lazareto por disposición de la junta -de sanidad, en donde la mayor parte enfermaron: -algunos murieron poco tiempo después, declarados -públicamente apestados.</p> - -<p>Entretanto el contagio minaba sordamente la -ciudad: pocos fueron los progresos que hizo en lo -restante del año, y en los primeros meses del siguiente -de 1630. De cuando en cuando, tan pronto -en éste, tan pronto en aquel barrio, se sentían -atacadas algunas personas, otras sucumbían; la -rareza misma de los casos alejaba las sospechas, -y confirmaba más y más á la multitud en la estúpida -y homicida confianza de que no existía tal -peste, ni tan siquiera había existido un instante. -Además de esto, muchos médicos, sirviendo como -de eco á la voz del pueblo (¿en esta circunstancia -era también la voz de Dios?), se mofaban de los -presagios siniestros, de las advertencias amenazadoras -de unos pocos colegas suyos: aquéllos tenían<span class="pagenum" id="Page_348">[Pg 348]</span> -sin cesar en los labios los nombres de las enfermedades -ordinarias, para calificar todos los casos -de peste que eran llamados á curar, con cualquier -síntoma y señal que apareciesen.</p> - -<p>La noticia de estos accidentes, aun cuando llegaban -á la junta de sanidad, eran por lo regular -tarde y de una manera incierta. El temor de la -<em>contumacia</em><a id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a> y del lazareto, aguzaba todos los ingenios; -no se daba parte de los que caían enfermos, -se corrompía á los sepultureros y ministros -de justicia, y obtenían á fuerza de dinero certificaciones -falsas de algunos agentes subalternos de -la junta de sanidad, comisionados por ésta para -reconocer los cadáveres.</p> - - -<p>Los médicos que, convencidos de la realidad -del contagio proponían precauciones y trataban -de hacer participar á sus demás colegas su dolorosa -certeza, eran objeto de la pública animadversión. -Los más moderados los acusaban de ignorancia -y obstinación; á los ojos de la mayor -parte, eran unos impostores declarados, los cuales -habían urdido semejante intriga para explotar -en favor suyo el espanto público. Ludovico Settala, -en dicha época anciano casi octogenario, hombre<span class="pagenum" id="Page_349">[Pg 349]</span> -célebre por su saber y por su gran reputación -de probidad, estuvo expuesto á ser víctima inocente -de lo que acabamos de referir. Un día que -iba en su litera á visitar á los enfermos, el pueblo -empezó á arremolinarse en torno suyo, gritando -que él era el jefe principal de los que querían que -la peste estuviese en Milán, y que alarmaba á la -ciudad para dar ocupación á los médicos. Viendo -los conductores que la multitud iba creciendo, y -los gritos é imprecaciones aumentándose á cada -instante, consiguieron después de mucho trabajo -y esfuerzos llevarle á una casa de unos amigos del -doctor, que por fortuna se encontraba próxima á -aquel paraje.</p> - -<p>Pero á fines del mes de marzo, primeramente -en el barrio de la Puerta Oriental, y en seguida -en toda la ciudad, las enfermedades, las muertes -acompañadas de extraños espasmos, palpitaciones, -letargos, delirio, y de manchas lívidas y bubones, -empezaron á ser más frecuentes. En el lazareto -reinaba la mayor confusión, en donde la población -diariamente diezmada iba siempre en aumento. -La serenidad de los magistrados, hasta entonces -tan tranquila, empezó á turbarse. El consejo de -los decuriones, no sabiendo á quién volverse, acudió -á los capuchinos. Suplicaron al padre comisario -de la provincia, que desempeñaba las funciones -de provincial, el que había muerto pocos días -antes, que les suministrase una persona capaz de<span class="pagenum" id="Page_350">[Pg 350]</span> -dirigir aquel paraje entregado á la desolación. El -comisario les propuso en calidad de principal al -padre Félix Casati, hombre de edad madura que -gozaba de gran reputación de ser persona muy caritativa, -activa, humilde, y al propio tiempo de gran -fortaleza de ánimo, reputación bien merecida así -que se dió á conocer. Se le nombró, como en calidad -de compañero y ayudante á un tal padre -Miguel Pozzobonelli, joven aún, mas tan grave y -severo en ideas como de aspecto. Fueron aceptados -sus servicios con mucha alegría, y el 30 de -marzo entraron en el lazareto. El presidente de -la junta de sanidad, en persona, los acompañó á -tomar posesión. Convocó á los sirvientes y empleados -de todas clases, y declaró á su presencia -presidente de aquel lugar al padre Félix, con plena -y absoluta autoridad. Á medida que el espantoso -tropel de los apestados iba creciendo en el -lazareto, acudían más padres capuchinos, y éstos, -no sólo llenaron bien y cumplidamente sus deberes -de religiosos, sino que también desempeñaron -los oficios más humildes y desagradables, pues hacían -cuando era necesario de confesores, administradores, -enfermeros, guardarropas, cocineros, lavanderos -y demás que se ofrecía. El padre Félix, -siempre apresurado y solícito, visitaba de día y -noche los pórticos, las salas, los vastos corredores, -algunas veces con una alabarda en la mano, otras -armado con sólo su cilicio. Animaba y regulaba<span class="pagenum" id="Page_351">[Pg 351]</span> -todos los servicios, apaciguaba los desórdenes, solventaba -las disputas, amenazaba, castigaba, reprendía, -consolaba, enjugaba y esparcía lágrimas. -Á los pocos días de haber entrado en el lazareto, -fué atacado de la peste; mas habiendo sanado, -volvió á desempeñar sus buenos y piadosos oficios -con más ardor y placer que antes. La mayor -parte de sus compañeros sucumbieron, pero sin -experimentar el más leve disgusto ni exhalar queja -alguna.</p> - -<p>La obstinación de los incrédulos, en negar que -la peste existía, fué cediendo poco á poco y perdiéndose, -á medida que la enfermedad se extendía; -mucho más, que habiendo permanecido hasta -entonces concentrada solamente en la clase pobre, -empezó á herir á los personajes más conocidos. -Entre éstos debemos hacer particular mención -del protomédico Settala. Sufrieron el contagio él, -su esposa, dos hijos y siete personas de su servidumbre. -¿Confesarían entonces que el infeliz anciano -tenía razón? ¡Quién sabe! El doctor y uno -de los hijos se restablecieron; y el resto de la familia -pereció. Estos casos, dice Tadino, ocurridos -en la ciudad y en casa de los nobles, hizo abrir -los ojos á éstos y á todos los demás, y los médicos -incrédulos, y la plebe ignorante y temeraria, -empezó á apretar los labios, rechinar los dientes, -y á fruncir las cejas.</p> - -<p>No pudiendo, pues, negar los efectos del mal,<span class="pagenum" id="Page_352">[Pg 352]</span> -y no queriendo reconocer la causa, porque esto -hubiera sido confesar al propio tiempo un grande -error y una terrible falta, los incrédulos inventaron -otra cosa que estaba conforme con las preocupaciones -de aquel tiempo. Existía en aquella -época en toda Europa la creencia de sortilegios, -de operaciones diabólicas, de que había gentes -conjuradas para esparcir la peste por medio de -venenos contagiosos y maleficios. Ya éstas ó semejantes -cosas habían sido supuestas y creídas en -muchas otras epidemias, y principalmente en la -que hubo en Milán el siglo anterior. Añádase á -esto que á fines del año precedente había llegado -un despacho firmado por el mismo rey Felipe IV, -dirigido al gobernador, en el cual aquél le avisaba, -que cuatro franceses sospechosos de esparcir -sustancias venenosas y pestilentes, se habían escapado -de Madrid, y que por lo tanto, que estuviese -alerta y sobre aviso por si acaso trataban de -penetrar en Milán. El gobernador había comunicado -el citado despacho al senado y á la junta de -sanidad. Semejante circunstancia no llamó absolutamente -la atención; pero cuando la peste hubo -estallado y fué reconocida por todos, entonces se -trajo á la memoria el mencionado aviso, y pudo -servir para confirmar y dar motivo á la vaga sospecha -de un fraude criminal.</p> - -<p>Mas dos incidentes, producidos el uno por un -miedo ciego y desordenado, y el otro no sabemos<span class="pagenum" id="Page_353">[Pg 353]</span> -por qué maldad, convirtieron la vaga sospecha de -un crimen posible en verdadera sospecha, y para -muchos en la certeza de un atentado positivo y -de un complot real. Algunas personas que habían -creído ver en la tarde del 17 de mayo á ciertos -individuos en la catedral frotar una barandilla -que servía para separar el sitio designado á ambos -sexos, hicieron trasladar durante la noche dicha -barandilla y una gran cantidad de bancos. El -presidente de la junta de sanidad, acompañado de -cuatro miembros más, se encaminó á visitar la -barandilla, los bancos, y las pilas de agua bendita, -en donde nada encontró que pudiese confirmar -la ridícula sospecha de maleficio alguno. Sin -embargo, para complacer á las imaginaciones meticulosas, -<em>y más bien por un exceso de precaución -que por necesidad</em>, decidieron que sería suficiente -lavar la barandilla. Esta enorme porción de efectos -hacinados produjo una grande impresión de -espanto sobre la multitud, para la cual el menor -objeto sirve de fundamento para hacer un tropel -de conjeturas. Se dijo y se tuvo por cierto, que -los envenenadores habían frotado todos los bancos, -las paredes de la catedral y hasta las cuerdas -de las campanas.</p> - -<p>Á la mañana siguiente, un nuevo espectáculo -más extraño y más significativo sobrecogió el ánimo -y la vista de los habitantes. Por toda la ciudad -se vieron las puertas de las casas y las paredes<span class="pagenum" id="Page_354">[Pg 354]</span> -embadurnadas con cierta inmundicia de un -blanco amarillento que parecía haber sido dado -con esponjas. Ya sea que esto fuese una estudiada -maldad para excitar un espanto más general y -terrible, ya el designio más culpable todavía de -aumentar el desorden público, ó cualquiera otra -cosa, lo cierto es que ello está de tal modo demostrado, -que parecería menos razonable atribuirlo -á un sueño de muchos, que á un hecho verdadero -de algunos; hecho que por lo demás no -hubiera sido el primero ni el último de tal género.</p> - -<p>La ciudad, ya alarmada, se puso más y más; -los dueños de las casas purificaban con humo de -paja los sitios infestados; los que pasaban se detenían, -miraban y se estremecían de horror. Los -forasteros, sospechosos por este solo motivo, y fáciles -de ser conocidos por su traje, se veían detenidos -en las calles por el pueblo, y eran conducidos -á presencia de la autoridad. Hicieron interrogatorios, -examinaron á los arrestados, á los que -los habían detenido y á los testigos presenciales -de dichas capturas; mas no resultó reo alguno: -los cerebros se hallaban incapaces de reflexionar, -de inquirir y comprender. La junta de sanidad -dió un bando, en el cual prometía una recompensa -y la impunidad á los que declarasen el autor ó -autores de semejante atentado. <em>De todos modos no -pareciéndonos conveniente</em>, dicen aquellos señores<span class="pagenum" id="Page_355">[Pg 355]</span> -en su carta dirigida al gobernador, cuya fecha es -del 21 de mayo, pero que fué evidentemente escrita -el 19, día puesto en el bando impreso, <em>que -este delito quede impune, máxime en tiempos tan peligrosos -y agitados, para consuelo y tranquilidad -del pueblo, y para sacar algún indicio del hecho, hemos -publicado hoy un bando, &c.</em> Sin embargo, en -el citado bando no aparecía prueba alguna de -aquella razonable y tranquilizadora conjetura que -participaban al gobernador; silencio que demuestra -á un tiempo una preocupación furiosa en el -pueblo y en los miembros de la junta, una condescendencia -tanto más vituperable cuanto más -perniciosa podía ser.</p> - -<p>Mientras que la junta de sanidad buscaba ó fingía -buscar, muchas gentes, como acontece siempre, -ya habían encontrado. Los que creían que -aquello era una sustancia venenosa, decían ser una -venganza que había tomado D. Gonzalo Fernández -de Córdoba por los insultos recibidos á su partida; -quien pretendía que era una invención del -cardenal Richelieu para despoblar á Milán y apoderarse -sin trabajo de la ciudad; otros, por último, -y no puede hallarse la razón de esto, designaban -como autor al conde de Collalto, de Vallenstein, -á éste ó á aquel noble milanés. No faltaban -también, según llevamos dicho, algunos que -no veían en aquel hecho más que una refinada -maldad, atribuyéndolo á los estudiantes, á los señores,<span class="pagenum" id="Page_356">[Pg 356]</span> -á los oficiales, que se fastidiaban en el sitio -de Casal. El ver, pues, como habían temido, -que no seguían directamente el contagio y una -mortandad universal, fué por lo regular la causa -de que el primer espanto se calmase por entonces, -y que la cosa fuese ó pareciese quedar puesta -en el olvido.</p> - -<p>Aún existía un gran número de personas persuadidas -de que aquello no era peste, y á causa -de que tanto en el lazareto, como en la ciudad, -sanaban algunos, se decía (los últimos argumentos -de una opinión destruida por la evidencia, son -siempre dignos de notarse), se decía por la plebe, -y también por muchos médicos parciales, que á -ser verdadera epidemia, todos los atacados habrían -muerto<a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" class="fnanchor">[17]</a>. Para disipar todas las dudas, la -junta de sanidad halló un expediente proporcionado -á la necesidad, un modo de hablar á los ojos -tal como las circunstancias podían reclamarlo ó -sugerirlo. En uno de los días festivos de la pascua -de Pentecostés, los habitantes de la ciudad -tenían la costumbre de concurrir al cementerio de -S. Gregorio, situado en las afueras de la Puerta -Oriental, con el objeto de rogar por los difuntos -de la epidemia anterior que se hallaban enterrados -en dicho paraje; y haciendo de la devoción un -motivo de diversión y espectáculo, cada uno se -<span class="pagenum" id="Page_357">[Pg 357]</span>adornaba del mejor modo posible. Aquel mismo -día había fallecido de la epidemia una familia entera. -En la hora de mayor concurrencia, en medio -de las carrozas, de la gente de á caballo y de -á pie, los cadáveres de la mencionada familia fueron -conducidos de orden de la junta de sanidad -en un carro, desnudos, hacia dicho cementerio, á -fin de que la multitud pudiese ver en ellos las -señales manifiestas y horrorosas del mal. Un grito -de horror y de espanto se elevaba por doquier -pasaba el carro, un prolongado murmullo reinaba -todavía después de su paso, y finalmente otro -murmullo le precedía. La peste ya fué más creída, -pero además, ella misma trabajaba diariamente -en probar su existencia, y aquella misma reunión -debió contribuir no poco á propagarla.</p> - -<p>Así, pues, en un principio nada de peste, absolutamente -nada; estaba prohibido el pronunciar -tan solo su nombre; luego eran fiebres pestilenciales; -después, peste no, es decir, sí, pero se debía -entender de cierto modo; no verdadera peste, -sino una cosa á la cual no se le podía encontrar -otro nombre. Por último, ya lo era indudablemente -y sin réplica, pero iba adherida otra idea, la de -los envenenamientos y maleficios, la cual alteraba -y desnaturalizaba la triste é incontestable realidad.</p> - -<p>Creemos que no es necesario estar muy versados -en la historia de las ideas y de las palabras,<span class="pagenum" id="Page_358">[Pg 358]</span> -para ver que siempre han llevado el mismo camino. -Por fortuna, de esta especie é importancia no -hay muchas que adquieran su evidencia á semejante -precio, y á los males se pueden unir también -terribles accesorios. Se podría, sin embargo, tanto -en las cosas pequeñas como en las grandes, evitar -en gran parte este curso largo y tortuoso, adoptando -el método propuesto hace ya algún tiempo -de observar, escuchar, comparar y reflexionar, -antes de hablar.</p> - -<p>Pero el hablar es una cosa mucho más fácil ella -sola que todas las demás juntas; y nosotros mismos, -quiero decir, nosotros, los hombres en general, -tenemos precisión de ser un poco indulgentes -sobre ese punto.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_15" href="#FNanchor_15" class="label">[15]</a> (Vida de Federico Borromeo, escrita por Francisco Rivola. -Milán, 1666, pág. 582).—<em>Nota del autor.</em></p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_16" href="#FNanchor_16" class="label">[16]</a> Dan este nombre á las casas y efectos de los apestados. -Hay ciertos géneros, que aun en tiempos normales, están sujetos -á una cuarentena muy rígida; la lana es una de las mercaderías -á las cuales llaman contumaces.—<em>Nota del traductor -español.</em></p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_17" href="#FNanchor_17" class="label">[17]</a> Tadino, pág. 93.</p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_359">[Pg 359]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOCUARTO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Entretanto, cada día se hacía más difícil hacer -frente á las exigencias dolorosas de las circunstancias. -El consejo de los decuriones resolvió -en 4 de mayo recurrir al gobernador. El día 22 -fueron enviados al campo dos miembros de dicho -consejo, los cuales le representaron el estado de -miseria y escasez de la ciudad, la enormidad de -los gastos, el tesoro exhausto y lleno de deudas, -las rentas de los años venideros empeñadas, las -contribuciones corrientes no pagadas, á causa de -la miseria general producida por tantos motivos, -y sobre todo por el consumo excesivo que hacían -las tropas. También le hicieron presente que por -una multitud de leyes y costumbres no interrumpidas, -y, por un decreto especial de Carlos V, los -gastos ocasionados por la epidemia debían ser á<span class="pagenum" id="Page_360">[Pg 360]</span> -cargo del fisco; que, en la del año 1576 había el -gobernador, marqués de Ayamonte, no sólo suspendido -todos los impuestos, sino que también -había dado á la ciudad cuarenta mil escudos para -subvenir á las necesidades. Por último, los diputados -pidieron cuatro cosas, á saber: que fuesen -suspendidos los impuestos como antiguamente; -que la cámara diese dinero; que el gobernador -informase al rey acerca de la pobreza de la ciudad -y de la provincia, y que dispensase de la carga -de nuevos alojamientos militares al país, ya -arruinado con los pasados.</p> - -<p>El gobernador les dió por respuesta pésames -y nuevas exhortaciones, sintiendo mucho el no poder -encontrarse en la ciudad para emplear todos -sus cuidados en procurar su alivio, pero esperando -al mismo tiempo que el celo de los magistrados -supliría esta falta; que las circunstancias exigían -gastar sin economía, y que era preciso ingeniarse -de cualquier modo que fuese. En cuanto á -las peticiones expresadas, <em>proveeré en el mejor modo -que el tiempo y necesidades presentes permitieren</em>; -concluyendo la carta con un garrapato que quería -decir, Ambrosio Spínola, tan claro como sus -promesas. El gran canciller Ferrer le escribió que -su contestación había sido leída por los decuriones -<em>con gran desconsuelo</em>; finalmente, á todas las -preguntas contestó con respuestas evasivas; los -demás mensajes que le enviaron tuvieron los mismos<span class="pagenum" id="Page_361">[Pg 361]</span> -resultados. Algún tiempo después, cuando la -epidemia se hallaba en su mayor fuerza, el gobernador -confirió su autoridad al citado Ferrer, -teniendo él, según decía, que dedicarse exclusivamente -á los cuidados de la guerra, la cual, sea -dicho aquí de paso, después de haberse llevado -ya, por la parte más corta, un millón de personas, -sin contar los soldados, por medio del contagio, -entre la Lombardía, el territorio veneciano, -el Piamonte, la Toscana y la Romanía; después -de haber desolado, como hemos visto más arriba, -los lugares por donde pasó; después de la toma y -atroz saqueo de Mantua, finalizó reconociendo todos -al nuevo duque, por cuya exclusión se había -emprendido la expresada guerra. Sin embargo, es -preciso decir que se vió obligado á ceder al duque -de Saboya una parte del Monferrato, cuyas -rentas ascendían á quince mil escudos, y otras -tierras á Ferrante, duque de Guastalla, que redituaban -seis mil: que fué hecho otro tratado aparte, -y con el mayor secreto, en el cual el mencionado -duque de Saboya cedió Piñerol á la Francia: -tratado llevado á ejecución poco tiempo después -bajo otros pretextos y á fuerza de picardías.</p> - -<p>Juntamente con aquella resolución, los decuriones -habían tomado otra, á saber, la de pedir al -cardenal arzobispo que se hiciese una solemne -procesión, llevando por la ciudad el cuerpo de S. -Carlos. El buen prelado rehusó por muchas razones.<span class="pagenum" id="Page_362">[Pg 362]</span> -La confianza en un medio dudoso le desagradaba, -y temía que si el efecto no correspondía, -según pensaba, aquélla no se convirtiese en -escándalo. Temía además que si había envenenadores, -la expresada procesión serviría de ocasión -favorable para cometer el crimen; si no los había, -recelaba que una tan gran reunión de gente no -podía hacer más que propagar el contagio, peligro -mucho más real y verdadero. La sospecha -acerca de los envenenadores, adormecida hasta -entonces, se despertó más general y furiosamente -que antes.</p> - -<p>Se había visto de nuevo, ó se había creído ver -al presente, untadas las paredes, las puertas de -los edificios públicos, las de las casas y las aldabas -con sustancias venenosas. La noticia de tales -descubrimientos volaba de boca en boca, y como -sucede siempre cuando los ánimos están preocupados, -el oir referir la cosa producía el mismo -efecto que si se viese. Los espíritus agriados cada -vez más, y sobremanera irritados por la inminencia -del peligro, abrazaban voluntariamente -aquella creencia; pues la cólera aspira á castigar; -y como observó sabiamente, á propósito de esto, -un hombre célebre<a id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a>, gusta más atribuir los males -á una perversidad humana, contra la cual se puede -ejercer la venganza, que no á otra causa, á la -<span class="pagenum" id="Page_363">[Pg 363]</span>que es indispensable resignarse. La idea de un -veneno sutil, instantáneo, y en sumo grado penetrante, -era motivo más que suficiente para explicar -la violencia, todos los accidentes más incomprensibles -y desordenados de la enfermedad. Decíase -que en la composición de dicho veneno, -entraban sapos, culebras, y pus y baba de los -apestados; en fin, todo lo que las imaginaciones -feroces y perversas podían encontrar de más irritante. -Añadíanse á esto los maleficios, por cuyo -medio todo efecto lograba ser posible, toda objeción -venía á quedar sin fuerza, toda dificultad se -resolvía. Si los efectos no habían seguido inmediatamente -á la primera tentativa, fácilmente se -adivinaba la causa; consistía en que los envenenadores -eran todavía novicios, mientras que al presente -el arte se había perfeccionado, y las voluntades -estaban mejor afirmadas en su infernal -resolución. Si alguno se hubiera atrevido á sostener -que aquello era una burla, si hubiese negado -la existencia de una negra trama, habría pasado -por ciego, por un obstinado, si no se le sospechaba -interesado en distraer de la verdad la atención -pública, ó de ser cómplice ó envenenador<a id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a>, este -<span class="pagenum" id="Page_364">[Pg 364]</span>vocablo se hizo rápidamente común, solemne, terrible. -Era tal el convencimiento de que existían -envenenadores, que se debían descubrir casi infaliblemente; -todos los ojos estaban alerta; la acción -más indiferente podía excitar sospechas, cambiándose -éstas muy pronto en certidumbre, y la certidumbre -en furor.</p> - -<p>En confirmación de lo dicho, Ripamonti cita -dos hechos, siendo de advertir el haberlos escogido, -no como los más atroces de los que tenían lugar -diariamente, sino porque desgraciadamente -los había presenciado ambos.</p> - -<p>En la iglesia de S. Antonio, cierto día de no sé -qué solemnidad, un anciano más que octogenario, -después de haber orado un rato puesto de rodillas, -quiso sentarse, y antes de verificarlo sacudió -el polvo con su capa. “¡Aquel viejo unta los bancos!”. -gritaron á un tiempo algunas mujeres que -vieron aquella acción. La gente que se hallaba -en la iglesia (¡en la iglesia!) se arroja inmediatamente -sobre el anciano, ásenle de sus blancos cabellos, -le dan de puñadas y puntapiés, lo lanzan, -lo empujan hacia fuera; si no acabaron con él, fué -para arrastrarlo medio muerto á la cárcel, ante el -juez, al tormento. Yo mismo en persona vi en tan -deplorable situación, á aquel desgraciado, dice Ripamonti, -é ignoro el fin de su dolorosa aventura; -pero estoy segurísimo que sobreviviría muy pocos -instantes á tan bárbaros y crueles tratamientos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_365">[Pg 365]</span></p> - -<p>El otro caso tuvo lugar al siguiente día; fué -igualmente extraño, pero no de funestas consecuencias. -Tres jóvenes amigos franceses, el uno -literato, el otro pintor y el tercero mecánico, recién -llegados con el objeto de visitar la Italia toda, -estudiar las antigüedades y hacer algún dinero, -se acercaron á cierta parte exterior de la catedral -y se pusieron á contemplarla con la mayor -atención. Uno que pasaba los vió y se paró; hizo -señas á un segundo, éste á un tercero, y así sucesivamente, -hasta formar un círculo á su alrededor; -no se les perdió de vista un solo momento, -porque su traje, su peinado, su equipaje, en fin, -los acusaba de extranjeros, y lo que era peor entonces, -de franceses. Para cerciorarse de que la -pared era de mármol, alargaron la mano para tocarla: -esto fué lo suficiente. En un momento fueron -envueltos, atados, abrumados de golpes y arrastrados -á la cárcel. Por fortuna el palacio de -justicia está cerca de la catedral, y también felizmente -para ellos, los hallaron inocentes y los soltaron.</p> - -<p>Todo esto no sucedía solamente en la ciudad: -el frenesí se había propagado del mismo modo -que el contagio. El viajero encontrado por los aldeanos -fuera del camino real, ó que en este mismo -se parase con el objeto de mirar cualquiera -cosa por insignificante que fuese, ó se echase para -descansar un poco; el desconocido que en su<span class="pagenum" id="Page_366">[Pg 366]</span> -aspecto ó en su traje les pareciese tener algo de -extraño ó sospechoso, al instante eran calificados -de envenenadores. Al solo aviso del primero que -los veía, al grito de un niño, se tocaba á rebato, -y todo el mundo acudía; los desventurados se -veían asediados por una granizada de piedras, ó -cogidos y conducidos á la cárcel con la mayor violencia -por un pueblo furioso. Acerca de esto dice -el citado Ripamonti que en aquellas circunstancias -la cárcel era un lugar de seguridad.</p> - -<p>Entretanto los decuriones á quienes la denegación -del sabio prelado no había desanimado, redoblaban -las instancias que el voto público secundaba -por medio de sus clamores. Federico se resistió -aún algún tiempo, trató de convencerlos en -todo lo que puede la razón de un hombre contra -la fuerza de los tiempos y la insistencia de muchos. -Por último, después de haber sido instado con exceso, -cedió: no diremos que fuese ó no causa de -una voluntad un poco débil, hizo más que consentir -en que se verificase la procesión: permitió -que la urna que encerraba las reliquias de S. Carlos -permaneciese expuesta por espacio de ocho -días á la pública veneración sobre el altar mayor -de la catedral.</p> - -<p>La junta de sanidad y las autoridades no se -opusieron ni hicieron demostración de ninguna -especie en contra de semejante disposición. Únicamente -la expresada junta ordenó algunas precauciones,<span class="pagenum" id="Page_367">[Pg 367]</span> -que sin reparar el peligro, indicaban -el temor. Dió las más severas órdenes con el objeto -de impedir la entrada en la ciudad á las gentes -de afuera; y á fin de asegurar mejor la ejecución, -hizo cerrar las puertas. Quiso también alejar -todo lo posible de la concurrencia á los infestados -y sospechosos, y mandó clavar las puertas -de las casas secuestradas, las cuales, según dice -un escritor contemporáneo, ascendían casi á quinientas.</p> - -<p>Se gastaron tres días en los preparativos. Al -rayar la aurora del día 11 de junio, que era el -señalado, salió la procesión de la catedral. Veíase -en primer lugar una larga fila de pueblo, compuesta -la mayor parte de mujeres con el rostro -cubierto de grandes máscaras de seda, muchas -con los pies descalzos y revestidas de cilicios. Seguían -luego los gremios, precedidos por sus estandartes, -las cofradías con trajes de varias formas -y colores; después el clero regular y secular, -cada uno con las insignias de su dignidad, y llevando -en la mano un cirio encendido. En medio -de dicha procesión, entre el brillante resplandor -de un sinnúmero de hachas, de la melodiosa armonía -de los cánticos, y debajo de un rico palio, -avanzaba la urna, llevada en andas por cuatro canónigos -vestidos con largos y rozagantes trajes de -seda, cuyos individuos se relevaban de cuando en -cuando. Al través de los cristales de la citada urna<span class="pagenum" id="Page_368">[Pg 368]</span> -se divisaban los mortales despojos del santo, -revestido de magníficos hábitos pontificales, y cubierta -la cabeza con la mitra. En sus facciones -descompuestas y mutiladas se podían distinguir -aún algunos vestigios de su antiguo semblante, -según nos le representan las imágenes, tal como -algunos se acordaban de haberlo visto y honrado -en vida. Detrás de los despojos del santo prelado -(dice Ripamonti, del cual principalmente tomamos -esta descripción), y próximo á él, tanto por -sus méritos, linaje y dignidad, como por su persona, -venía el arzobispo Federico. Seguía luego -el resto del clero; después los magistrados en traje -de ceremonia, tras éstos los nobles; unos ricamente -vestidos, como en solemne demostración -del culto; otros en señal de penitencia enlutados, -descalzos y cubiertos de cilicios, oculto el semblante -bajo oscuras capuchas; todos con hachas -encendidas. Por último, una inmensa muchedumbre -de pueblo terminaba el suntuoso cortejo.</p> - -<p>Toda la carrera por donde había de pasar la -procesión estaba adornada como en los más solemnes -días de fiesta. Los ricos habían sacado sus -adornos más preciosos; las fachadas de las casas -pobres habían sido decoradas por los vecinos pudientes, -ó á expensas del público. Aquí en lugar -de colgaduras, y allá sobre las colgaduras mismas -se veían pendientes formando graciosos festones, -ondulantes guirnaldas de verdes hojas; por<span class="pagenum" id="Page_369">[Pg 369]</span> -todas partes se veían cuadros, inscripciones y emblemas; -osténtanse en los balcones ricos jarrones, -raras antigüedades, muebles preciosos, luces por -doquier. Divisábanse en muchos de aquellos balcones -á los enfermos separados de comunicarse -con los demás que miraban la procesión, y la -acompañaban con sus preces. Las calles restantes -estaban mudas y desiertas; solamente algunas -personas desde lo alto de las ventanas prestaban -oído á aquel vago rumor; otras, y entre éstas se -veían hasta religiosas, que se habían subido á las -azoteas para ver si desde dicho sitio podían distinguir, -aunque fuese de lejos, aquella urna, aquel -acompañamiento, por último, una tan suntuosa -procesión.</p> - -<p>Ésta pasó por todos los barrios de la ciudad. -En cada una de las encrucijadas ó plazoletas que -se encuentran á los extremos de las calles principales -que van á desembocar á los arrabales se hacía -una parada: colocábase la urna junto á las cruces -erigidas por S. Carlos en la anterior epidemia, -de las cuales permanecen en pie algunas hoy día; -de modo que la procesión dió la vuelta á la catedral -poco después del mediodía.</p> - -<p>Mas al día siguiente, mientras que reinaba en -los ánimos una presuntuosa confianza, y en muchos -la certeza fanática que la citada procesión -debía haber puesto fin á la peste, he aquí que el<span class="pagenum" id="Page_370">[Pg 370]</span> -número de muertos aumentó en todas las clases -y en toda la ciudad, con tal exceso, y de un modo -tan repentino, que no hubo nadie que no viese la -causa ó la ocasión en la procesión misma. Mas ¡oh -poder admirable y doloroso de una preocupación -general! el mayor número no atribuyó este efecto -á hallarse reunidas tantas personas, ni á la infinita -multiplicación de contactos fortuitos, sino á la -facilidad que habían tenido los envenenadores para -ejecutar en grande sus infernales designios. Se -dijo que mezclados entre la multitud habían infestado -con sus untos á toda la gente que les fué -posible. Pero como esta idea no podía ser suficiente -para explicar una mortandad tan vasta y -tan esparcida en toda clase de personas, como según -todas las apariencias, al ojo más atento, que -la sospecha hacía más perspicaz, no había sido -posible hallar unturas ni manchas de ninguna especie, -ni en las paredes, ni en otra parte alguna, -se recurrió para la explicación del hecho á otro -expediente ya antiguo y muy admitido por la opinión -general en Europa, á saber: la existencia de -polvos mágicos y emponzoñados. Se aseguró que -dichos polvos sembrados con profusión por la carrera, -y principalmente en los parajes en donde la -procesión hacía alto, se habían pegado á las colas -de los vestidos, y todavía más en los pies de los -muchos que habían ido aquel día descalzos. Vióse -por tanto, dice un célebre escritor contemporáneo<span class="pagenum" id="Page_371">[Pg 371]</span><a id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>, -el mismo día de la procesión, mezclada la -piedad con la impiedad, la perfidia con la sinceridad, -y la pérdida con la adquisición. ¡De tal -modo el pobre entendimiento humano se complace -en debatir con los fantasmas creados por él -mismo!</p> - -<p>Desde entonces la furia del contagio fué siempre -en aumento; al poco tiempo no quedó casa -que estuviese libre de él. El número de los enfermos -dentro del lazareto ascendió desde dos mil -hasta doce mil; y más tarde, según el decir de todos, -llegó hasta diez y seis mil. El 4 de julio, según -se encuentra en una carta dirigida por los -miembros de la junta de sanidad al gobernador, -la mortandad diaria pasaba de quinientas víctimas; -más adelante, cuando la enfermedad llegó á -su colmo, según el cálculo más común, morían mil -doscientos, mil trescientos; y si hemos de dar crédito -al doctor Tadino, hubo días en que llegaron á -más de tres mil quinientos. Él mismo afirma, que -por las pesquisas hechas después de la peste se vió -la población de Milán reducida á poco más de sesenta -y cuatro mil almas, siendo así que antes pasaban -de doscientas cincuenta mil. Según Ripamonti, -sólo constaba el pueblo de Milán de doscientas -mil: al hablar del número de muertos, dice que -por los registros de la ciudad resultan ciento cuarenta<span class="pagenum" id="Page_372">[Pg 372]</span> -mil, además de los que no pudieron entrar -en cuenta. Los demás escritores de aquella época -dicen poco más ó menos lo mismo.</p> - -<p>¡Júzguese cuáles serían las angustias de los decuriones, -á quienes había quedado la pesada carga -de proveer á las necesidades públicas, y reparar -lo que era reparable en un desastre semejante! -Veíanse precisados á sustituir y aumentar diariamente -á los individuos encargados de prestar al -público servicios de toda especie. Se dividían en -tres clases: la una era de los <i lang="it" xml:lang="it">monatti</i>; esta denominación -era ya muy antigua y de dudoso origen, -designando con ella á los hombres dedicados á los -trabajos más terribles y peligrosos durante la epidemia, -pues quitaban los cadáveres de las casas, -de las calles, los conducían en carros hasta el -sitio en donde los enterraban, verificándolo ellos -mismos; llevaban los atacados al lazareto, los -cuidaban; en fin, quemaban y purificaban los -objetos infestados y sospechosos. La segunda -clase era conocida bajo el nombre de <i lang="it" xml:lang="it">apparitori</i>; -sus funciones especiales eran ir delante de los carros -mortuorios, avisando por medio del sonido de -una campanilla á los transeúntes que se apartasen, -y finalmente, la tercera clase, á los que daban -el nombre de <i>comisarios</i>, que presidían á unos y á -otros, bajo las inmediatas órdenes de la junta de -sanidad. Era indispensable que el lazareto estuviese -provisto de médicos, cirujanos, drogas, alimentos,<span class="pagenum" id="Page_373">[Pg 373]</span> -de todo el ajuar en fin necesario á un hospital; -siendo preciso también hallar y disponer -otros sitios para acoger á los enfermos que todos -los días iban en aumento. Con este objeto se mandaron -construir á toda prisa chozas de madera y -paja en todo el circuito del lazareto, planteóse -otro nuevo, formado de cabañas, y rodeado de un -cercado de tablas, capaz de contener en su interior -cuatro mil personas; y no bastando esto, ordenaron -hacer otros dos; pusieron manos á la obra, -pero faltando medios, quedaron sin concluir. Los -recursos, los brazos y el valor iban disminuyendo -á medida que se acrecentaban las necesidades.</p> - -<p>No sólo la ejecución quedaba siempre detrás de -los proyectos y de las órdenes, no sólo se proveía -con mucho trabajo y únicamente con palabras á -un gran número de necesidades perentorias, sino -que se llegó á un grado tal de impotencia y desesperación, -que al fin y al cabo aun este último recurso -faltó del todo. Cada día por ejemplo morían -abandonados una gran multitud de niños, cuyas -madres habían muerto de la peste. La junta de -sanidad propuso fundar una casa de asilo para esas -inocentes criaturas, como igualmente para las mujeres -más indigentes que estuviesen de parto, ó á -lo menos que se hiciese algo en favor de ellas; mas -nada pudo alcanzar. Todos los socorros eran exclusivamente -para la soldadesca, porque el gobernador -decía que se estaba en tiempo de guerra, y -era necesario tratar bien á los soldados.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_374">[Pg 374]</span></p> - -<p>Entre tanto, hallándose colmado de cadáveres -un ancho y profundo foso que se había hecho junto -al lazareto, y quedando no sólo en él sino en -todas partes de la ciudad insepultos los nuevos -cadáveres, que aumentaban á cada instante; los -magistrados, después de haber buscado en vano -brazos para desempeñar tan tristes faenas, se veían -reducidos á decir que no sabían ya qué partido tomar. -Ignoramos de qué modo se hubiera concluido -semejante calamidad, á no haber venido un -socorro extraordinario. El presidente de la junta -de sanidad acudió lleno de desesperación y con -los ojos anegados en lágrimas á aquellos dos buenos -é intrépidos frailes que gobernaban el lazareto. -El padre Miguel se empeñó en desembarazar -á la ciudad de los cadáveres que la obstruían, en -el término de cuatro días, y en cavar, en una semana, -dos fosos que bastasen no sólo á las necesidades -del momento, sino también á lo que pudiese -sobrevenir en lo sucesivo. Seguido de un -compañero también religioso, y de algunas personas -de la sanidad nombradas por el presidente, -se dirigió al campo en busca de aldeanos; y en -parte por la autoridad de la expresada junta, en -parte por la de su hábito y palabras, reunió cerca -de doscientos; á los cuales mandó hacer tres -grandes fosos; envió en seguida del lazareto á los -<em>monatti</em> para que recogiesen los muertos; verificándose -de tal manera, que el día prefijado su promesa -quedó cumplida.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_375">[Pg 375]</span></p> - -<p>Una vez el lazareto se quedó sin médicos; á -fuerza de trabajo, de mucho tiempo, y de grandes -ofertas de dinero y honores, se pudieron encontrar -algunos, pero no los necesarios. Con frecuencia -faltaban víveres hasta el punto de hacer temer -que el hambre contribuiría á acrecentar el número -de muertos; y más de una vez, mientras que se -ponían en práctica todos los medios posibles para -buscar dinero ó provisiones, con la esperanza no -solamente de no hallarlo á tiempo, sino ni aun de -hallarlo nunca, llegaban de pronto abundantes -socorros, don inesperado de la caridad de particulares. -En medio del aturdimiento general, de -la indiferencia que se experimentaba por las desgracias -de los demás, indiferencia que hacía nacer -el temor que tenía cada uno de por sí, se encontraron -sin embargo almas piadosas que estuvieron -siempre dispuestas á dispensar beneficios, y otras -personas además á quienes la caridad nació con -motivo de la pérdida de todas las alegrías terrestres; -así como en medio de la destrucción y terrible -estrago que reinaban se vieron hombres que -emprendieron la fuga, siendo así que eran los que -debían velar y proveer á la seguridad pública, -aparecieron al propio tiempo otros que, siempre -sanos de cuerpo y de un valor á toda prueba, permanecieron -fieles en su puesto: hubo también otros -que, por una admirable adhesión de piedad, tomaron -sobre sí y llenaron con una constancia heroica<span class="pagenum" id="Page_376">[Pg 376]</span> -las funciones á las cuales no les llamaban -sus deberes.</p> - -<p>Pero sobre todo, en lo que fué más digno de notarse -la constancia más firme y espontánea con -respecto á desempeñar la penosa obligación que -les era impuesta, fué, repito, en los sacerdotes. En -los lazaretos, en la ciudad, su asistencia jamás faltó; -por doquier había sufrimientos, allí se les encontraba, -siempre mezclados y confundidos entre -los enfermos y moribundos, estando ellos mismos -con frecuencia moribundos y expirando. Junto con -los auxilios espirituales, prodigaban en cuanto les -era posible los temporales, prestando todos los -servicios que requerían las circunstancias. Más de -sesenta párrocos de la ciudad solamente murieron -del contagio, cerca la novena parte de ellos.</p> - -<p>Federico, como no podía menos de esperarse, -inspiraba valor á todos, y era el primero en dar -ejemplo. Después de haber visto perecer en su -mismo palacio á casi todas las personas que le -rodeaban, siendo rogado por su familia, por las -principales autoridades y príncipes vecinos para -que huyese del peligro yendo á vivir á una quinta -aislada, rechazó sus consejos é instancias con el -mismo valor con que escribía á los curas de su diócesis: -“Estad dispuestos á abandonar esta vida -mortal, más bien que á esos desgraciados que son -nuestros hijos y nuestra familia; andad con amor -al encuentro de la peste, como si fueseis á buscar<span class="pagenum" id="Page_377">[Pg 377]</span> -la otra vida, á adquirir un premio, pues que de -este modo podréis conquistar almas para Jesucristo”. -No descuidó ninguna de las precauciones -compatibles con sus deberes; dió también instrucciones -y reglas al clero, no importándosele nada -absolutamente, ni pareciendo ver el peligro, por -el cual tenía que pasar, al tratar de hacer bien. -Sin hablar de los eclesiásticos, con los cuales estaba -siempre, con el objeto de alabar y dirigir su -celo, de excitar á los tibios y remisos, enviándolos -á los parajes en donde otros habían perecido, -quiso que tuviese libre acceso cualquiera que tuviese -necesidad de él. Visitaba los lazaretos para -consolar á los enfermos y animar á los que los -servían; recorría la ciudad llevando auxilios á los -infelices incomunicados en sus casas, deteniéndose -á sus puertas debajo de sus ventanas para escuchar -sus lamentos, dándoles en cambio palabras -de consuelo é inspirándoles valor. Se lanzó, por -último, y vivió en medio del contagio, admirándose -él mismo, así que hubo cesado, de haber salido -ileso.</p> - -<p>Así como en las calamidades públicas, y cuando -el orden regular se ve invertido y perturbado -por espacio de largo tiempo, se encuentra siempre -un aumento, una sublimidad de virtud; así -también igualmente aparece un acrecentamiento -por lo ordinario mucho más general de perversidad. -Los malvados que la epidemia perdonaba y<span class="pagenum" id="Page_378">[Pg 378]</span> -no aterraba encontraron en la confusión común, -en la tibieza de la fuerza pública, una nueva ocasión -de actividad, y al propio tiempo un nuevo y -seguro medio de impunidad, mayormente cuando -el uso de la fuerza pública misma fué á parar en -gran parte á manos de los más osados de entre -ellos. Para desempeñar los oficios de <em>monatti</em> y -<em>apparitori</em> no se hallaban más que hombres en -quienes el atractivo de la rapiña y licencia tenía -más poder que miedo al contagio y la repugnancia -natural. Se les habían prescrito estrechísimas -reglas, intimado las más severas penas, señalándoles -sus puestos, sometiéndoles al mando de comisarios, -según ya hemos dicho, estando unos y otros -sujetos á la autoridad de los magistrados y nobles, -con la facultad de proveer sumariamente á -todas las medidas de orden y buen gobierno que -reclamasen las circunstancias. Semejantes disposiciones -tuvieron efecto hasta cierto tiempo; pero -creciendo todos los días el número de muertos, la -desolación, el espanto y el aislamiento, se vieron -libres de toda autoridad, faltando quien los -tuviese á raya, haciéndose principalmente los <em>monatti</em> -dueños y árbitros de todo. Entraban en las -casas como amos ó como enemigos, y sin hablar -del pillaje y de los malos tratamientos que hacían -experimentar á los infelices que la epidemia condenaba -á caer bajo su férula, los malvados ponían -sus manos infestadas y criminales sobre las personas<span class="pagenum" id="Page_379">[Pg 379]</span> -sanas, sobre los hijos, padres y esposos, -amenazándoles con llevarles al lazareto si no se -rescataban ó eran rescatados á fuerza de dinero. -Otras veces ponían á precio sus servicios, rehusando -el llevarse los cadáveres en estado ya de -putrefacción si no se les daba tal ó cual suma. -Dícese también, y aun el mismo Dr. Tadino lo -afirma, que dejaban caer á propósito de sus carros -los efectos infestados, con el objeto de propagar -el contagio, pues que para ellos era un manantial -de riquezas y de regocijo. Otros bribones, -fingiéndose <em>monatti</em>, y atándose una campanilla á -los pies, según estaba prescrito como distintivo, -y para advertir su aproximación, se introducían -en las casas y robaban á mansalva: en algunas -abiertas sin inquilinos, ó habitadas solamente por -algunos desdichados moribundos, los ladrones las -saqueaban á discreción y sin ninguna especie de -temor; otras eran ocupadas é invadidas por esbirros, -los cuales hacían lo mismo, si no peor.</p> - -<p>Á la vez que la perversidad, creció la demencia; -todos los errores, ya más, ya menos dominantes, -tomaron á causa del aturdimiento y de la agitación -de los ánimos una fuerza extraordinaria, -produciendo efectos más rápidos y más vastos; -todo lo cual sirvió para dar fuerza y engrandecer -el miedo de las unturas consabidas, que según -hemos visto era otra maldad. La imagen de este -supuesto peligro asediaba y atormentaba los espíritus,<span class="pagenum" id="Page_380">[Pg 380]</span> -mucho más que el peligro presente y real. -Además de los montones de cadáveres hacinados -siempre á nuestra vista, dice Ripamonti, los cuales -obstruían el paso de los transeúntes, convirtiendo -á la ciudad entera en un vasto cementerio, -había otra cosa más funesta y horrorosa aún; ésta -era la desconfianza recíproca, la monstruosidad -de las sospechas... No sólo huía uno de su vecino, -de su amigo y de su huésped, sino que los -dulces nombres, los tiernos lazos de esposo, padre, -hijo, hermano, eran objeto de terror; ¡y cosa -indigna y horrible de expresarse!, la misma mesa -de la familia, el lecho nupcial, eran mirados como -lazo ó como sitios destinados á ocultar la ponzoña.</p> - -<p>Después de la ambición y concupiscencia, que -fueron los primeros motivos atribuidos á los envenenadores, -llegó á creerse que éstos encontraban -en su modo de obrar cierta voluptuosidad -diabólica, cierto atractivo más poderoso que su -voluntad. El delirio de los enfermos, que se acusaban -á sí mismos de lo que habían temido de parte -de los demás, se asemejaban á otras tantas revelaciones -voluntarias; lo cual contribuía para dar -crédito á todo aquello. Y más que las palabras -eran las demostraciones las que debían conmover -los ánimos, si acontecía que los enfermos en su -delirio hacían lo que en su imaginación se figuraban -que ejecutaban los envenenadores; circunstancia,<span class="pagenum" id="Page_381">[Pg 381]</span> -por otra parte, muy probable y propia para -explicar la persuasión general y el testimonio -de muchos escritores. Así es que durante el largo -tiempo y triste periodo de las pesquisas judiciales -tocante á la magia, las confesiones algunas -veces voluntarias de los acusados sirvieron no poco -para esparcir y mantener la opinión que reinaba -con respecto á los sortilegios; pues cuando una -opinión obtiene un vasto y prolongado imperio, -se expresa de todos modos, prueba todas las salidas, -recorre todos los grados de la persuasión, y -es difícil que todos ó una gran parte crean por -mucho tiempo que se haga una cosa extraña sin -que venga alguno el cual se imagine hacerla.</p> - -<p>Entre las anécdotas, á las cuales dió lugar ese -delirio de los envenenamientos, hay una que merece -ser referida por el crédito que adquirió y por -el giro que tomó. Contábase, no por todos del -mismo modo (que sería un privilegio demasiado -especial de la fábula), sino casi unánimemente, que -una persona, en tal día, había visto llegar á la plaza -de la catedral un carruaje tirado por seis caballos, -y dentro de él, entre otros que le acompañaban, -se hallaba un gran personaje, cuyo rostro aparecía -sombrío y bronceado, sus ojos inflamados, -erizados los cabellos, y en sus labios dibujaba una -expresión amenazadora. Mientras que el espectador -permanecía embobado mirando el expresado -carruaje, éste se había parado, y el cochero le invitó<span class="pagenum" id="Page_382">[Pg 382]</span> -á subir, á lo cual no supo negarse. Después -de diversos rodeos, el carruaje se volvió á parar -á la puerta de cierto palacio, en el cual entraron -todos, y el curioso juntamente con ellos, viendo -en su interior escenas deliciosas y al propio tiempo -de horror, espantosos desiertos y risueños jardines, -sombrías cavernas y magníficos salones: en -uno de éstos, los hombres fantasmas tomaron asiento -y se pusieron á deliberar. Finalmente, le habían -enseñado grandes cajas llenas de dinero, diciéndole -que tomase cuanto quisiera, con tal que -aceptase un frasquito del consabido unto, y fuese -á esparcirlo por la ciudad. Mas no habiendo querido -consentir, se había encontrado en un decir -Jesús en el mismo sitio en donde había subido -al carruaje. Esta relación, generalmente creída -por el pueblo, y de la cual, según dice Ripamonti, -muchos hombres de juicio no se burlaron lo -bastante, se extendió por toda Italia y también -fuera de ella. En Alemania se vieron láminas que -representaban dicha paparrucha. El arzobispo -elector de Maguncia, escribió al cardenal Federico, -preguntándole qué había de cierto acerca de -los hechos maravillosos que se decía pasaban en -Milán, á lo cual Federico contestó que no eran -otra cosa, que sueños de imaginaciones exaltadas.</p> - -<p>De igual valor, si no en un todo igual naturaleza, -eran los sueños de los hombres instruidos, si<span class="pagenum" id="Page_383">[Pg 383]</span> -bien que sus efectos no eran menos desastrosos. -La mayor parte de ellos veían el anuncio y la causa -de aquellas calamidades en un cometa aparecido -en 1628, y en una conjunción de Saturno con -Júpiter. Los mismos médicos que, como Tadino -y Settala habían desde un principio anunciado la -peste, viéndola introducirse por doquier, siguiendo -su pista, y observando todos sus progresos, -concluyeron por ceder al torrente de la opinión -general, atribuyendo á envenenamientos, á conjuros -diabólicos y á otras mil patrañas, los accidentes -ordinarios de la enfermedad. Entre las muchas -anécdotas que circulaban de boca en boca, se contaba -como verídica la siguiente: Diz que cierto -día se introdujeron en la habitación de un enfermo -unas cuantas personas desconocidas, las cuales -le ofrecieron curarle y darle una gran remuneración -si untaba las casas circunvecinas; mas -como aquél rehusase, dichas personas habían desaparecido, -quedando en su lugar un lobo debajo -de la cama, y encima tres gatos.</p> - -<p>Los magistrados, diezmados todos los días, aterrorizados -y confusos, empleaban la poca resolución -que les quedaba en buscar los envenenadores. -Entre los escritos de aquella época que se -conservan en el archivo general de Milán, se encuentra -una carta (sin ningún documento que se -refiera á ella), en la cual el gran canciller Antonio -Ferrer, informa seriamente, y con la mayor urgencia<span class="pagenum" id="Page_384">[Pg 384]</span> -al gobernador, de haber recibido un aviso, -en que se le decía que en una casa de campo, propia -de los hermanos Gerónimo y julio Monti, nobles -milaneses, se componía veneno en tanta cantidad, -que cuarenta hombres estaban ocupados <em>en -este ejercicio</em><a id="FNanchor_21" href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a>, con la ayuda de cuatro caballos de -Brescia, los cuales hacían venir los materiales de -Venecia <em>para la fábrica de veneno</em>. Añade que él -había tomado con sigilo las disposiciones necesarias -para mandar á la citada quinta al podestá de -Milán y al auditor de la junta de sanidad con -treinta soldados de caballería; que por desgracia -uno de los hermanos había sido advertido á tiempo -para hacer desaparecer el cuerpo del delito, y -probablemente por medio del mismo auditor amigo -suyo, y que éste buscaba excusas para dar tiempo -y no partir; pero que no obstante, el podestá, -acompañado de fuerza armada, había <em>ido á reconocer -la casa para ver si hallaba algunos vestigios</em>, -como igualmente para tomar informes y prender -á todos aquellos que fuesen culpables.</p> - -<p>Los procesos á que dieron margen semejantes -imposturas, no eran ciertamente los primeros de -este género, y no se pueden, con todo, considerar -como una rareza en la historia de la jurisprudencia. -La descripción que podríamos hacer de dicho -<span class="pagenum" id="Page_385">[Pg 385]</span>proceso, sería larga y dolorosa; mas éste no es lugar -á propósito para tratar de ella con la atención -que merece, pues sería preciso escribir una historia -aparte. Por lo tanto, dejando á otros escritores -el cuidado de hacerlo más circunstanciadamente, -volveremos, por último, á buscar á nuestros -personajes, para no abandonarlos ya más hasta -el fin.</p> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_386">[Pg 386]</span></p> -</div> - -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_18" href="#FNanchor_18" class="label">[18]</a> P. Verri, en sus observaciones sobre la tortura.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_19" href="#FNanchor_19" class="label">[19]</a> En aquella época los llamaban en Milán <em>untori</em>, que literalmente -traducido, equivale á untadores, dándoles este nombre, -porque según decían, lo untaban todo con sustancias venenosas.—<em>Nota -del T. E.</em></p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_20" href="#FNanchor_20" class="label">[20]</a> Agustín Lampugnano.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_21" href="#FNanchor_21" class="label">[21]</a> Todas las palabras en itálicas en el original están en -español, pues ya sabemos que Antonio Ferrer lo era.—<em>Nota -del T. E.</em></p> - -</div> -</div> - - - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOQUINTO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Una noche, á fines del mes de agosto, justamente -cuando la peste se hallaba en su mayor incremento -en Milán, se dirigía D. Rodrigo á su casa, -acompañado de su fiel <em>Griso</em>, uno de los tres -ó cuatro que habían quedado vivos de toda su servidumbre. -Volvía de una reunión de amigos acostumbrados -á juntarse para tratar de distraer por -medio de francachelas y comilonas la melancolía -inherente á los calamitosos tiempos que corrían; á -cada día que trascorra, se les unían otros nuevos, -al paso que iban faltando de antiguos. Aquel día -D. Rodrigo estuvo sumamente alegre y festivo, -y entre otras cosas había hecho reir mucho á -la sociedad con una especie de elogio fúnebre á la -memoria del conde Attilio, arrebatado por la peste -dos días antes.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_387">[Pg 387]</span></p> - -<p>Sin embargo, á medida que iba andando, sentía -un malestar, un abatimiento, una flojedad en -las piernas, una dificultad en respirar, un ardor -interior, que hubiera querido atribuir únicamente -al vino, al continuo trasnochar, á la influencia -de la estación. Durante todo el camino no abrió -la boca siquiera; y llegados á casa, la primera palabra -fué ordenar al <em>Griso</em> que le alumbrase hasta -su cámara. Cuando estuvieron en ella, el <em>Griso</em> -observó que el semblante de su dueño estaba -desencajado, encendido, los ojos centelleantes y -casi fuera de sus órbitas. Conservábase á una distancia -respetuosa, porque en aquellas peligrosas -circunstancias todo bribón se había visto obligado -á adquirir, según vulgarmente se dice, ojo médico.</p> - -<p>—¿Ves? estoy bueno, dijo D. Rodrigo, que leyó -en el rostro del <em>Griso</em> el pensamiento que pasaba -por su mente.—Me siento bien; pero he bebido mucho, -acaso demasiado. Ya se ve; la <em>vernaccia</em><a id="FNanchor_22" href="#Footnote_22" class="fnanchor">[22]</a> era -tan excelente... Mas durmiendo bien, todo desaparecerá. -El sueño me abruma... Quita esa -luz que me ofusca la vista... ¡me incomoda tanto!...</p> - -<p>—Esto son los humos de la <em>vernaccia</em>, dijo el -<em>Griso</em>, permaneciendo siempre á cierta distancia.</p> -<p><span class="pagenum" id="Page_388">[Pg 388]</span></p> -<p>Conviene que su señoría se acueste pronto, pues -el dormir le vendrá perfectamente.</p> - -<p>—Tienes razón; si es que puedo dormir... Por -lo demás, me siento bien. Ponme aquí cerca -esa campanilla, por si acaso esta noche necesitase -algo; y ten cuidado si la oyes sonar; ¿entiendes? -Mas no tendré necesidad de nada... Llévate -pronto esa maldita luz, siguió diciendo, mientras -que el <em>Griso</em> obedecía, acercándosele lo menos posible.—¡Diablo! -¡que tenga que incomodarme tanto!...</p> - -<p>El <em>Griso</em> cogió la bujía, y deseando á su señor -una buena noche, salió precipitadamente de la estancia, -mientras que D. Rodrigo se ocultaba bajo -el cobertor de su lecho.</p> - -<p>Mas el citado cobertor pesaba sobre él como si -fuese un monte. Lo arrojó lejos de sí, y se acurrucó -con el objeto de poder dormir, porque efectivamente -se moría de sueño. Apenas sus ojos se -cerraban, despertábase en extremo sobresaltado, -como si alguno le hubiese dado un fuerte golpe, -sintiendo que se aumentaba su malestar y crecía -su insufrible ardor. Pensaba en el sofocante calor -del estío, en la <em>vernaccia</em>, en los excesos que cometía, -habiendo querido encontrar en todo esto, -la causa de sus sufrimientos. Mas una idea venía á -mezclarse siempre involuntariamente á dichos pensamientos; -una idea que se introducía, por decirlo -así, en todos los cerebros, que formaba parte<span class="pagenum" id="Page_389">[Pg 389]</span> -de todas las conversaciones y discursos que se tenían -en aquellas orgías, porque era más fácil hacer -escarnio de ella que pasarla en silencio; á saber, -la peste.</p> - -<p>Después de haber luchado terriblemente consigo -mismo por espacio de largo tiempo, acabó por -dormirse, y tuvo los sueños más confusos y desordenados -del mundo. Le pareció que se hallaba -en medio de una vasta iglesia, al frente de una -inmensa muchedumbre. Ignoraba cómo se encontraba -en aquel paraje y cómo le había venido á la -imaginación semejante pensamiento, especialmente -en aquellas circunstancias; lo cual le enfurecía -sobremanera. Paseaba sus miradas sobre los circunstantes, -no viendo más que semblantes descarnados, -lívidos, con ojos apagados ó extraviados, -y los labios colgando. Los vestidos de estas -asquerosas criaturas se caían á pedazos, y al través -de los agujeros se divisaban horrorosos bubones -y manchas sanguinolentas. Figurábase que -gritaba “Apartaos, canalla”; y dirigiendo su vista -hacia la puerta, que estaba sumamente lejos, y -dando un grito con aire amenazador, pero sin moverse, -pegó todo lo posible sus brazos al cuerpo -para no rozar con nadie, aunque le tocaban ya -bastante por todas partes. Pero ninguno de aquellos -insensatos daba señales de moverse, ni de -oirle; por el contrario, le tenían fuertemente oprimido, -pareciéndole además que alguno de ellos<span class="pagenum" id="Page_390">[Pg 390]</span> -con el codo le apretaba en el costado izquierdo -junto al corazón y debajo del brazo, en cuyo sitio -experimentaba agudas y dolorosas punzadas. Movíase -violentamente, hacía inútiles esfuerzos para -salir de tan penosa situación; mas de repente parecíale -que se sentía picado de nuevo en el mismo -paraje. Furioso quiere llevar la mano á la espada, -y ve que se ha deslizado á lo largo de su -cuerpo, siendo el pomo lo que le oprime en aquel -sitio, en el cual va á buscar su espada que no encuentra, -sintiendo en su lugar un dolor todavía -más agudo. Agitado y sin aliento quiere esforzarse -á gritar, cuando ve que todas aquellas figuras -se precipitaban hacia un solo lado. Lanza en la -misma dirección su extraviada vista; descubre un -púlpito, apareciendo en él confusamente un objeto -vago y movible; luego ve elevarse una cabeza -rapada, después dos ojos, una cara, una larga y -blanca barba, un fraile de pie con la mitad del -cuerpo fuera del púlpito; en una palabra, Fr. Cristóbal. -Le parece á D. Rodrigo que el capuchino, -después de haber recorrido con la vista á todo el -auditorio, la fija sobre él, levantando al mismo -tiempo la mano, juntamente en la misma actitud -que había tomado en una de las salas de su palacio. -Entonces él también alza la suya con furia, -hace un esfuerzo desesperado como para lanzarse -á detener aquel brazo suspendido sobre su cabeza: -un gruñido sordo detenido en su garganta sale<span class="pagenum" id="Page_391">[Pg 391]</span> -de repente convertido en un alarido terrible, de -cuyas resultas despierta. Deja caer su brazo, que -en efecto había levantado, tardando un buen rato -en recobrarse y abrir bien los ojos, porque la luz -del día, ya bastante avanzado, no le molestaba -menos que la de la bujía de antes. Por último reconoce -su lecho, su cámara; comprende que todo -aquello no había sido más que un sueño; la iglesia, -el pueblo, el fraile, todo había desaparecido, -á excepción del dolor en el costado izquierdo. Al -propio tiempo sentía en el corazón una palpitación -violenta y agitada, un gran zumbido en los -oídos, un fuego interior que le consumía, y una -pesadez en todos los miembros mucho peor aún -que cuando se había ido á acostar. Vaciló un instante -antes de mirar la parte donde tenía el dolor; -finalmente, la descubre, le arroja una pavorosa -mirada, y distingue un espantoso tumor de -un lívido purpúreo.</p> - -<p>D. Rodrigo se vió perdido: el temor á la muerte -se apoderó de él, experimentándolo acaso mucho -más al imaginar que podría llegar á ser presa -de los <em>monatti</em>, siendo llevado y lanzado al lazareto. -Buscando el modo de evitar esta horrible -suerte, sentía que sus ideas se oscurecían y turbaban, -viendo aproximarse el momento en que no -le quedaría más recurso que entregarse á la desesperación. -Luego cogió con mano convulsa la -campanilla, y la agitó violentamente. El <em>Griso</em>,<span class="pagenum" id="Page_392">[Pg 392]</span> -que estaba alerta, se presentó en seguida. Detúvose -á cierta distancia del lecho, miró atentamente -á su señor, y se cercioró de lo mismo que la -noche antes no había pasado de una conjetura.</p> - -<p>—<em>¡Griso!</em>, dijo D. Rodrigo, sentándose en el lecho -con mucho trabajo: tú has sido siempre mi favorito.</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Te he tratado bien siempre.</p> - -<p>—Ciertamente; por un efecto de vuestra gran -bondad.</p> - -<p>—¡Me puedo, pues, fiar de ti!...</p> - -<p>—¡Diablo!</p> - -<p>—<em>Griso</em>, me siento malo.</p> - -<p>—Ya lo había conocido.</p> - -<p>—Si me pongo bueno, te trataré todavía mejor -de lo que lo he hecho hasta aquí.</p> - -<p>Nada contestó el <em>Griso</em>, y estuvo esperando -adónde iría á parar con tales preámbulos.</p> - -<p>—De nadie quiero fiarme más que de ti, continuó -diciendo D. Rodrigo; <em>Griso</em>, hazme un favor.</p> - -<p>—Mande su señoría.</p> - -<p>—¿Sabes dónde vive el cirujano Chiodo?</p> - -<p>—Perfectamente.</p> - -<p>—Es un excelente sujeto, que cuando se le paga -bien oculta á los atacados de la peste. Anda á -buscarlo: dile que le daré cuatro, seis escudos por -visita, más, si quiere más; pero que venga pronto;<span class="pagenum" id="Page_393">[Pg 393]</span> -y haz la cosa de modo que nadie se aperciba -de ello.</p> - -<p>—Muy bien pensado, dijo el <em>Griso</em>; voy y vuelvo -al momento.</p> - -<p>—Oye, <em>Griso</em>, dame primero un poco de agua. -Siento un ardor que no puedo resistir más.</p> - -<p>—No señor: nada sin aviso del médico. Son enfermedades -sumamente prontas; por consiguiente, -no hay tiempo que perder: tranquilícese su señoría; -en un decir Jesús estaré aquí con el Sr. -Chiodo.</p> - -<p>Al concluir de pronunciar las anteriores palabras, -salió cerrando la puerta.</p> - -<p>D. Rodrigo, habiendo vuelto á acurrucarse en -su lecho, lo seguía con la imaginación á la casa de -Chiodo; contaba los pasos, y calculaba el tiempo. -De vez en cuando miraba su tumor del costado izquierdo; -mas volvía en seguida la vista hacia otro -lado con el mayor estremecimiento. Al cabo de -poco rato empezó á prestar atención, con el objeto -de ver si oía llegar al cirujano; y semejante -esfuerzo de atención suspendía el sentimiento del -mal, y le dejaba libre el uso de sus pensamientos. -De repente oye un ruido lejano de campanillas, -que le parece más bien que viene del interior de -su casa que no de la calle. Escucha atentamente, -y á cada instante lo percibe más fuerte, más repetido, -acompañado al mismo tiempo de un rumor -de pisadas, con cuyo motivo una horrible sospecha<span class="pagenum" id="Page_394">[Pg 394]</span> -se le presenta de súbito á la imaginación. -Consigue incorporarse, y se sienta: se pone á escuchar -aún con más atención, y distingue claramente -un ruido sordo en la vecina estancia, como -de una cosa pesada que depositan en el suelo con -precaución. Saca las piernas fuera del lecho en -ademán de levantarse, clava la vista en la puerta, -la ve abrirse y aparecer por ella dos viejos y sucios -vestidos rojos, dos criaturas malditas; en una -palabra, dos <em>monatti</em>. Finalmente, divisa á medias -la figura del <em>Griso</em>, el cual permanece espiando, -oculto detrás de una de las hojas de la puerta -que ha quedado entreabierta.</p> - -<p>—¡Ah, traidor infame!... ¡Fuera de aquí, vil canalla! -¡Blondino, Carlotto!, ¡socorro, que me asesinan!, -grita desaforadamente D. Rodrigo: mete una -mano debajo de la almohada para buscar una pistola, -la coge, trata de amartillarla, mas ya es tarde, -porque á su primer grito, los citados <em>monatti</em> -se habían precipitado hacia su lecho. El más ágil -se le echa encima antes de que pueda hacer ningún -movimiento; le arranca la pistola de la mano, -arrójala lejos de sí, le fuerza á volverse á -acostar, y lo sujeta fuertemente exclamando con -un acento de rabia y de mofa á la vez: “¡Ah, bribón! -¡hacer armas contra los <em>monatti</em>!, ¡contra los -ministros de la junta de sanidad!, ¡contra los que -hacen tantas obras de misericordia!”.</p> - -<p>—Sujétalo bien, hasta que lo saquemos de aquí,<span class="pagenum" id="Page_395">[Pg 395]</span> -dijo el compañero, encaminándose hacia una grande -arca que se hallaba en la misma habitación. -Después de esto entró el <em>Griso</em> y le ayudó á forzar -la cerradura.</p> - -<p>—¡Malvados!, gritó D. Rodrigo con acento de desesperación, -mirando al <em>Griso</em> por debajo del que -le sujetaba, y forcejeando entre sus nervudos brazos.—Dejadme -matar á ese infame, decía en seguida -á los <em>monatti</em>, y después haced de mí lo que -queráis. Luego volvía á llamar con toda la fuerza -de sus pulmones á los demás criados; mas era en -vano, porque el abominable <em>Griso</em> los había alejado, -con supuestas órdenes del mismo amo, antes -de ir á proponer á los expresados <em>monatti</em> dicha -expedición, y dividir con ellos los despojos.</p> - -<p>—Tranquilizaos, tranquilizaos, decía al desventurado -Rodrigo el bribón que lo tenía tendido sobre -el lecho; y volviéndole después hacia los que -saqueaban, les gritaba: haced las cosas como hombres -de honor.</p> - -<p>—¡Tú, tú!, exclamaba con rabia D. Rodrigo, dirigiéndose -al <em>Griso</em>, al cual veía ocupado en destrozarlo -todo, en sacar el dinero, los efectos y hacer -las particiones. ¡Tú!, ¡después!... ¡Ah, demonio -infernal! ¡Todavía puedo curar!, sí; ¡puedo -aún ponerme bueno! El <em>Griso</em> no resollaba siquiera, -y con todo trataba de evitar todo lo posible -el dirigir la vista hacia el lado de donde partían -las anteriores palabras.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_396">[Pg 396]</span></p> - -<p>—Tenlo firme, decía el otro <em>monatto</em>, porque -está frenético.</p> - -<p>Efectivamente era así. Después de exhalar un -gran grito, después de hacer un último y más violento -esfuerzo con el fin de recobrar su libertad, -cayó de repente fatigado é insensible; sin embargo, -todavía lanzaba miradas estúpidas, y de vez -en cuando daba fuertes sacudidas ó arrojaba débiles -quejidos.</p> - -<p>Los <em>monatti</em> le cogieron el uno por los pies y el -otro por debajo de los brazos, y fueron á colocarlo -en una camilla que habían dejado en la habitación -inmediata; en seguida uno de ellos volvió -para tomar el botín, después de lo cual, cargando -con la miserable carga, se alejaron.</p> - -<p>El <em>Griso</em> se quedó con el objeto de escoger lo -que le pudiese ser de más utilidad; hizo un fardo -de todo ello y tomó la puerta. Á pesar de haber -tenido mucho cuidado de no tocar á los <em>monatti</em>, -ni de ser tocado por ellos, con todo, en medio del -frenesí por robar que se había apoderado de él, -cogió del lado del lecho los vestidos de su amo, y -los sacudió sin reflexionar nada, con el ansia de -ver si tenían dinero. Esto tuvo no obstante el día -siguiente sus consecuencias. En efecto, mientras -estaba divirtiéndose en una taberna, se sintió sobrecogido -de terribles calofríos, sus ojos se oscurecieron, -le faltaron las fuerzas y cayó desplomado.<span class="pagenum" id="Page_397">[Pg 397]</span> -Abandonado por sus compañeros, fué á parar -en manos de los <em>monatti</em> los cuales, habiéndole -despojado de todo lo bueno que llevaba, le echaron -sobre un carro, en el cual expiró, antes de -llegar al lazareto donde había sido conducido -su amo.</p> - -<p>Dejando ahora á este desgraciado en aquella -mansión de dolores, iremos en busca de otro, cuya -historia nada hubiera tenido de común con la -suya, si él á la fuerza no lo hubiese querido; pudiéndose -también asegurar, que á no ser así, nada -tendríamos al presente que decir ni del uno ni -del otro. Queremos hablar de Renzo, de este joven -á quien dejamos en una nueva fábrica bajo el -nombre de Antonio Rivolta.</p> - -<p>Permaneció en dicha fábrica por espacio de cinco -ó seis meses, pasados los cuales, habiéndose -enemistado la república y el rey de España, y cesando, -por consiguiente, todo temor para él, Bartolo -se había apresurado á ir á buscarle para tenerle -consigo, ya por el cariño que le profesaba, -ya porque Renzo, naturalmente despejado y muy -hábil en el oficio, era en una fábrica un poderoso -auxiliar para el <em>fac totum</em>, sin poder jamás aspirar -á serlo él mismo, á causa de la desgracia de -no saber manejar la pluma. Así como esta razón -se había tenido en cuenta, nosotros hemos creído -deber indicarla también. Acaso querríais un Bartolo -más ideal; no puedo decir más que una cosa:<span class="pagenum" id="Page_398">[Pg 398]</span> -fabricadlo; el nuestro era ni más ni menos, según -os lo he presentado.</p> - -<p>Después de lo que va referido, Renzo había -continuado trabajando al lado de su primo. Con -frecuencia, y especialmente luego de haber recibido -algunas de las consabidas cartas de Inés, le -pasó por la imaginación el hacerse soldado y concluir -de una vez: ocasiones no faltaban, pues justamente -en aquella época la república tenía necesidad -de gente. La tentación fué para Renzo tanto -más fuerte, cuanto que se hablaba de invadir -el milanesado, y naturalmente le parecía magnífico -el volver á su casa con ínfulas de vencedor, -ver á Lucía y tener con ella una explicación. Pero -Bartolo, con buenas razones, había sabido apartarlo -siempre de semejante resolución.</p> - -<p>—Si ellos han de ir, del mismo modo irán sin ti, -y después tú podrás encaminarte allá á tu gusto; -si vuelven con la cabeza rota, ¿no habrá sido mejor -el que te hayas quedado en casa? No faltarán -desesperados que quieran ir á tal expedición, y -antes que puedan poner los pies... Por lo que -á mí hace, soy muy incrédulo: aquí se vocifera -mucho; mas ya, ya, el milanesado no es un bocado -tan fácil de tragar. Se trata de la España, hijo -mío: ¿sabes lo que es la España? S. Marcos es -fuerte dentro de su territorio, pero esto no basta. -Ten paciencia: ¿por ventura no estás bien aquí?... -Comprendo lo que me quieres decir; pero si está<span class="pagenum" id="Page_399">[Pg 399]</span> -escrito arriba que suceda, puedes estar seguro que -sin hacer locuras, saldrá mejor: algún santo te ayudará. -Así, pues, créeme, éste no es tu oficio. ¿Te -parece que convenga dejar de encanillar -seda para ir á matar? ¿Qué quieres tú hacer -entre gente de semejante ralea? Para esto se necesitan -hombres á propósito.</p> - -<p>Otras veces Renzo quería ir de oculto, disfrazado, -y con nombre supuesto; pero Bartolo supo -también disuadirle por medio de razones fáciles -de adivinar.</p> - -<p>Esparcida después la peste en el milanesado, y -llegando hasta las fronteras del territorio de Bérgamo, -no tardó mucho en invadirlo, y... no os -alarméis, lectores míos; no creáis que vaya á haceros -otra descripción del contagio que sufrió este -último país; nada de eso; el que quiera informarse -podrá leer la obra escrita por un cierto Lorenzo -Chirardelli, y en ella hallará todas cuantas -noticias desee; yo sólo diré que Renzo fué también -acometido de la epidemia; que se curó él -mismo; ó mejor dicho, nada hizo para ello; estuvo -á las puertas del sepulcro; pero gracias á su -fuerte constitución, venció al mal, y al cabo de -pocos días se halló fuera de peligro. Al recobrar -la salud, los cuidados, los deseos, las esperanzas, -los recuerdos y los proyectos de su vida, resucitaron -con más fuerza y vigor que nunca; ó lo que -es lo mismo, todos sus pensamientos se concentraron<span class="pagenum" id="Page_400">[Pg 400]</span> -en Lucía. ¿Qué habría sido de ella en aquellos -calamitosos tiempos, en que el vivir era una -excepción? ¡Hallarse tan próximo y no poder tener -noticias suyas! ¡Permanecer, Dios sabe cuánto, -en tal incertidumbre! ¡Y aun después de disipada -ésta, cuando hubiese cesado todo peligro, -sabiendo que Lucía había sobrevivido, ¡cómo descifrar -aquel otro enigma, aquel misterio impenetrable -del consabido voto! “Yo mismo iré á enterarme -de todo á la vez, se decía interiormente -antes de encontrarse en estado de poder gobernarse -por sí mismo. ¡Con tal que todavía viva! -Por lo que hace á encontrarla, yo lo conseguiré; -oiré cómo me explica ella misma á lo que se reduce -la tal promesa; le haré comprender que es -un absurdo; un imposible, y me la traeré aquí, -juntamente con la pobre Inés, si es que aún vive; -¡Inés, la cual tanto me ha querido siempre, -y que estoy muy seguro me quiere todavía!... -¿Y la orden de prisión? ¡Bah!, en otras -cosas tienen que pensar los que han quedado con -vida; aun aquí veo pasearse con la mayor tranquilidad -á algunos que... ¿Por ventura serán -sólo los bribones los que tengan salvoconducto? -¡Y en Milán, en donde todo el mundo dice que no -hay más que confusión y desorden! ¡Si dejo escapar -una ocasión tan hermosa! ¡La peste! ¡Mirad -cómo algunas veces nos hace emplear las palabras -ese feliz instinto de referirlo y subordinarlo<span class="pagenum" id="Page_401">[Pg 401]</span> -todo á nosotros mismos! ¡Ciertamente, no encontraré -mejor coyuntura! Es necesario esperar, mi querido Renzo”.</p> - -<p>Cuando apenas pudo manejarse por sí solo, fué -en busca de Bartolo, el cual hasta entonces había -podido librarse del contagio, y permanecía encerrado -en su casa. Renzo no entró en ella, sino que -llamando á su primo desde la calle, hizo que se -asomara á la ventana.</p> - -<p>—¡Ah! ¡ah! exclamó Bartolo; ¿te has librado? -¡Cuán feliz eres!</p> - -<p>—Tengo todavía un poco de debilidad en las -piernas, según ves; mas en cuanto al peligro, ya -estoy fuera de él.</p> - -<p>—¡Oh! ¡yo quisiera hallarme como tú! En otro -tiempo, el pronunciar estas palabras, estoy bueno, -parecía abarcarlo todo; pero ahora de nada -sirve. Cuando se puede llegar á decir: estoy mejor; -¡he aquí á la verdad una bella palabra!</p> - -<p>Habiendo Renzo felicitado á su primo por haber -escapado hasta allí de la peste, y haciendo de -esto buenos pronósticos, le comunicó la resolución -que había tomado.</p> - -<p>—Lo que es ahora, ve; que el cielo te bendiga, -respondió Bartolo; procura esquivar la justicia del -mismo modo que yo trataré de esquivar el contagio; -y si Dios quiere que á los dos nos vaya bien, -pronto volveremos á vernos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_402">[Pg 402]</span></p> - -<p>—¡Oh! seguramente volveré; ¡y si pudiese no -dar la vuelta solo! Basta, así lo espero.</p> - -<p>—Vuelve pues acompañado, que si Dios quiere, -aquí habrá trabajo para todos, y viviremos -juntos en buena paz y armonía. Permita el cielo -que me encuentres vivo y sano, y que haya cesado -ese diablo de influencia<a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23" class="fnanchor">[23]</a>.</p> - -<p>—Volveremos á vernos, sí, estoy seguro de -ello.</p> - -<p>—Repito de nuevo, ¡que Dios lo quiera!</p> - -<p>Durante algunos días Renzo se ocupó en hacer -ejercicio, tanto para probar sus fuerzas, cuanto -para aumentarlas, y apenas le pareció que se hallaba -en estado de soportar las fatigas del viaje, -se dispuso á emprender el camino. Ciñóse bajo de -sus vestidos un cinto, dentro del cual puso los -consabidos cincuenta escudos, á los que nunca había -tocado ni hecho conversación con nadie, ni aun -con su primo Bartolo; en seguida tomó algún dinerillo -suelto que había ido ahorrando día par día, -viviendo con la más estricta economía; colocó debajo -del brazo un pequeño lío de ropa; metió en su -<span class="pagenum" id="Page_403">[Pg 403]</span>cartera un certificado bajo el nombre de Antonio -Rivolta que por precaución se había hecho dar -por su segundo amo; puso en una de las faltriqueras -de sus calzones un cuchillo, que era lo menos -que un hombre honrado podía llevar en aquellos -tiempos, y emprendió el viaje á últimos del mes -de agosto, tres días después que D. Rodrigo había -sido conducido al lazareto. Se encaminó hacia -Lecco, porque quería antes de aventurarse á -entrar en Milán, pasar por su pueblo, en el cual -esperaba hallar á Inés viva, y empezar á saber de -ella algo de lo que tanto deseaba.</p> - - -<p>El pequeño número de los que habían curado -de la peste era verdaderamente una clase privilegiada -en medio del resto de la población. Una -gran parte de esta última estaba enferma ó expiraba, -y los que hasta entonces habían sido respetados -por el contagio, vivían en un continuo sobresalto. -Andaban con precaución, con aire inquieto, -con precipitación y perplejidad á la vez, -porque todo podía volverse contra ellos, armas -cuyas heridas fuesen mortales. Otros al contrario, -seguros ya por haber pasado la enfermedad (pues -el tener dos veces la peste era un caso más bien -prodigioso que raro) discurrían impávidos por medio -del contagio general con la mayor osadía y -resolución, á la manera de los paladines de la -edad media, cubiertos de hierro de pies á cabeza, -y montados en fogosos corceles defendidos del<span class="pagenum" id="Page_404">[Pg 404]</span> -mismo modo que sus dueños, daban vueltas por -el mundo llevando una vida aventurera (de donde -provino su gloriosa denominación de caballeros -andantes) entre una infeliz multitud pedestre -de aldeanos y gente pobre, los cuales para rechazar -los golpes no tenían más defensa que sus vestidos. -¡Magnífica, sabia y útil profesión! ¡Profesión -digna de figurar en primera línea en un tratado -de economía política!</p> - -<p>Con una tal seguridad, templada sin embargo -por las inquietudes que el lector no ignora, como -igualmente por el espectáculo frecuente y la idea -incesante de la calamidad de todo un pueblo, Renzo -se dirigía hacia su casita, en medio de un hermoso -día y al través de un hermoso país; mas no -encontraba después de haber andado largo trecho -en medio de una inmensa y triste soledad, sino -alguna que otra cosa errante, más bien que seres -vivientes ó cadáveres conducidos á su última morada, -sin los honores de las exequias, sin cantos -fúnebres, sin el menor acompañamiento.</p> - -<p>Al llegar el sol á la mitad de su carrera, el joven -se detuvo en un bosquecillo con el objeto de -comer un poco de pan y alguna otra friolera que -traía consigo. Si quería fruta, tenía á su disposición -toda cuanta quería, pues el país que atravesaba -producía en abundancia higos, albérchigos, -ciruelas y manzanas á montones; bastaba que entrase -en los campos y alargase la mano para alcanzarla,<span class="pagenum" id="Page_405">[Pg 405]</span> -ó que la recogiera debajo de los mismos -árboles, en donde estaba amontonada; porque el -año era extraordinariamente abundante de fruta -con especialidad, y no había nadie que se tomase -el cuidado de guardarla. Los grandes racimos de -uvas escondían, por decirlo así, los pámpanos, y -quedaban á merced de los viajeros.</p> - -<p>Por último, al anochecer descubrió su pueblo. -Á su vista, con todo de estar preparado, sintió latir -su corazón; se vió asaltado en un momento por -un tropel de penosos recuerdos y de presentimientos -dolorosos; parecíale tener aún, en los oídos, -aquellos siniestros tañidos de la campana que tocaba -á rebato, que le habían, como si dijéramos -acompañado, perseguido en su fuga fuera de su -pueblo; y percibía, permítasenos la expresión, el -prolongado silencio de la muerte que moraba en -tan tristes lugares. Al desembocar en la plazuela -de la iglesia, experimentó una turbación mucho -mayor, esperando que sería peor al llegar al término -de su viaje, porque había formado el proyecto -de detenerse en aquella casita que tantas -veces en otro tiempo solía llamar la casa de Lucía. -Al presente, no podía ser más que de Inés, y -la única gracia que imploraba al cielo, era encontrarla -viva y sana. En dicha casa se proponía pedir -un asilo, conjeturando perfectamente que la -suya sólo serviría de madriguera á los ratones y -comadrejas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_406">[Pg 406]</span></p> - -<p>No queriendo que le viesen, se dirigió por un -estrecho sendero que se hallaba en las afueras del -pueblo, el mismo por el cual había entrado tan -bien acompañado en aquella fatal noche de su fuga -y sorpresa del cura. Á la mitad poco más ó -menos del expresado sendero, se encontraba por -un lado la viña y por el otro la casita de Renzo; -por lo cual, al pasar, podía penetrar en ambas un -momento, con el fin de ver en qué estado se hallaban -sus negocios.</p> - -<p>Mientras proseguía su marcha, miraba delante -de sí, deseando y temiendo al propio tiempo el -ver á alguno. En efecto, á los pocos pasos que -hubo dado, divisó á un hombre en camisa, sentado -en el suelo y apoyadas las espaldas contra un -seto formado de jazmines, con el aire de un insensato: -en esto, y además en la fisonomía, creyó -reconocer á Gervasio, el pobre tonto que había -ido como de segundo testigo á su malograda expedición; -pero en seguida, acercándose más, vió -que era aquel Tonio tan vivo que le había acompañado. -La peste, arrebatándole el vigor del cuerpo -á la vez que el del entendimiento, lo había -desfigurado completamente, y dádole en todas sus -facciones y ademanes una pequeña y oculta semejanza -con su imbécil hermano.</p> - -<p>—¡Oh, Tonio!, exclamó Renzo parándose delante -de él; ¿eres tú?</p> - -<p>Tonio alzó los ojos, sin hacer el más leve movimiento -de cabeza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_407">[Pg 407]</span></p> - -<p>—¡Tonio!, ¿no me conoces?</p> - -<p>—Á quién le toca, á quién le toca, respondió -Tonio, quedándose con la boca abierta.</p> - -<p>—¿Ya la tienes encima, eh?, ¡pobre Tonio!; ¿pero -no me conoces?</p> - -<p>—Á quién le toca, á quién le toca, volvió á repetir -éste, prorrumpiendo en una estúpida carcajada.</p> - -<p>Viendo Renzo que nada podía sacar en limpio, -continuó su camino mucho más contristado. Mas -he aquí que de repente divisó por una de las revueltas -del sendero que se iba acercando cierta -cosa negra, en la cual reconoció en seguida á D. -Abundio. Éste caminaba á pasos lentos, apoyándose -sobre un bastón, como aquel á quien cuesta -gran trabajo andar: á medida que se iba aproximando, -se podía fácilmente conocer por su rostro -pálido y demacrado, como también en todo su aspecto, -que debía haber pasado igualmente la borrasca. -D. Abundio miraba con la mayor atención; -le parecía y no le parecía Renzo; veía algo de extraño -en su vestido, pues era justamente el de los -habitantes de Bérgamo.</p> - -<p>“¡No hay duda; es él!”, dijo para sí; y alzó las manos -al cielo con un movimiento de admiración descontenta, -quedando suspendido en el aire el bastón -que empuñaba su diestra, viéndose bailar dentro -de las mangas sus pobres brazos, que en otro -tiempo estaban tan oprimidos. Renzo, acelerando<span class="pagenum" id="Page_408">[Pg 408]</span> -el paso, le fué al encuentro y le saludó cortésmente; -pues aunque entrambos había mediado lo -que ya sabemos, era siempre, con todo, su párroco.</p> - -<p>—¡Vos aquí!, exclamó D. Abundio.</p> - -<p>—Ciertamente, ya lo veis. ¿Se sabe algo de -Lucía?</p> - -<p>—¿Qué queréis que se sepa? Nada absolutamente. -Si vive, debe hallarse en Milán; pero -vos...</p> - -<p>—¿E Inés, ha sobrevivido?</p> - -<p>—Puede ser; mas, ¿quién queréis que lo sepa? -Aquí no está; pero vos...</p> - -<p>—¿Pues en dónde se halla?</p> - -<p>—Se ha retirado á la Valsassina, al lado de sus -parientes, los cuales dicen que la peste no hace -tantos estragos como aquí; ¿comprendéis? Pero -vos, vuelvo á repetir...</p> - -<p>—Esto me contraría mucho. ¿Y el padre Cristóbal?...</p> - -<p>—Hace ya algún tiempo que marchó. Mas...</p> - -<p>—Lo sé; me lo han escrito; sólo preguntaba si -por casualidad había vuelto por aquí.</p> - -<p>—¡Ah!, nada de eso; no se ha oído hablar más -de él; pero...</p> - -<p>—Esto también me disgusta.</p> - -<p>—Pero vos, repito, ¿qué venís á hacer aquí? -¡Por el amor del cielo! ¿Ignoráis, por ventura, la -orden de prisión?...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_409">[Pg 409]</span></p> - -<p>—¿Qué me importa? Ahora tienen otras cosas -en qué pensar. He querido venir á ver por mí -mismo mis negocios; y no se sabe justamente...</p> - -<p>—¿Qué queréis ver? Al presente no hay aquí -nadie, ni nada; y como iba diciendo, con la consabida -orden de prisión, venir al pueblo, justamente -á ponerse dentro de la boca del lobo; ¿es esto -tener juicio? Atended á las reflexiones de un anciano -que posee más experiencia que vos, y que -os habla por el afecto que os profesa: abandonad -el campo, y antes de que nadie os vea volved -adonde estabais; y si por desgracia os han visto, -marchad cuanto antes con mucho más motivo. ¿Os -parece que pueden conveniros los aires que aquí -se respiran? ¿No sabéis que han venido á buscaros, -que lo han revuelto todo de arriba abajo por -dar con vos?...</p> - -<p>—¡Bribones!, ¡demasiado lo sé!</p> - -<p>—Pues entonces...</p> - -<p>—Os digo que no se piensa en semejante cosa. -¿Y él, vive todavía?, ¿permanece aquí?</p> - -<p>—Repito que no hay nadie; repito que no penséis -en las cosas de aquí; repito que...</p> - -<p>—Lo que pregunto es si él está aquí.</p> - -<p>—¡Oh, Dios mío! Hablad de otra cosa: es posible -que estéis todavía tan fogoso, después de tantas -aventuras!</p> - -<p>—¿Se halla aquí ó no?</p> - -<p>—No, vamos. Pero, ¡la peste, hijo mío, la peste!<span class="pagenum" id="Page_410">[Pg 410]</span> -¿Quién es el que se atreve á andar en estos -tiempos?</p> - -<p>—Si no hubiese más que la peste en el mundo... -lo digo por mí; la he tenido, y ya nada -temo.</p> - -<p>—¡Pues entonces!, ¿acaso no es esto un aviso del -cielo? Cuando uno ha escapado de un peligro de -semejante especie, me parece que deberían tributarse -gracias á Dios, y...</p> - -<p>—Yo le doy gracias con todo mi corazón.</p> - -<p>—Pues creedme, no vayáis á buscarla otra vez; -escuchad mis consejos...</p> - -<p>—Señor cura, si no me engaño, vos también la -habéis tenido.</p> - -<p>—¡Sí, la he tenido!, terrible, espantosa; vivo de -milagro; basta decir que me ha dejado de la manera -que veis. Al presente necesito un poco de -tranquilidad para reponerme; empezaba á sentirme -ya mejor... ¡En nombre!... ¿qué venís á -hacer aquí? Volveos.</p> - -<p>—Siempre con lo mismo: volverme; para esto -hubiera valido más no haberme movido de donde -estaba. Decís: ¿á qué habéis venido?, ¿á qué habéis -venido?, y yo os respondo: vengo á mi casa.</p> - -<p>—¡Á vuestra casa!...</p> - -<p>—Decidme: ¿ha habido muchos muertos aquí?</p> - -<p>—¡Ah, ah!, exclamó D. Abundio; y empezando -por Perpetua, hizo una larga enumeración de personas -y familias enteras. Renzo esperaba ya una<span class="pagenum" id="Page_411">[Pg 411]</span> -cosa parecida; pero al oir tantos nombres de personas -conocidas, de amigos, de parientes, se hallaba -sobrecogido del más intenso dolor, y con la -cabeza baja exclamaba de cuando en cuando: “¡Pobrecito! -¡pobrecita! ¡pobrecitos!”</p> - -<p>—Ya lo veis, prosiguió D. Abundio; y todavía -no se ha concluido. Si los que quedan no tienen -un poco de juicio, y no calman la exaltación de -sus cerebros, esto va á ser el fin del mundo.</p> - -<p>—En efecto, yo no pienso en detenerme aquí un -momento más.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Dios sea loado! ¡por fin habéis entrado -ya en razón! ¡Supongo pues que volveréis al territorio -de Bérgamo!</p> - -<p>—Esto poco os importa.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿querríais acaso hacerme una jugarreta -peor que la pasada?</p> - -<p>—Repito que poco os importa lo que pienso -hacer; esto me pertenece exclusivamente: ya no -soy un niño; por consiguiente, tengo suficiente -juicio para obrar según me convenga. Espero además -que no diréis á nadie que me habéis visto. -Sois sacerdote; yo uno de vuestras ovejas; por lo -tanto confío en que no me querréis hacer traición.</p> - -<p>—Comprendo, dijo D. Abundio suspirando con -ademán colérico,—comprendo: queréis perderos y -perderme; ¿no os basta lo que habéis sufrido, y yo -también? ¡Comprendo, comprendo! Dichas las anteriores<span class="pagenum" id="Page_412">[Pg 412]</span> -palabras, D. Abundio siguió refunfuñando -entre dientes y continuó su camino.</p> - -<p>Renzo permaneció triste y descontento, pensando -en dónde podría encontrar un asilo; en aquella -fatal enumeración de muertes que le había hecho -D. Abundio, se hallaba una familia arrebatada -por la epidemia, á excepción de un joven, poco -más ó menos de la edad de Renzo, y compañero -suyo desde la infancia. La casa en donde habitaba -estaba situada á poca distancia del pueblo, por -lo cual pensó encaminarse á ella con el fin de pedir -hospitalidad.</p> - -<p>Habiéndose puesto en marcha, llegó cerca de -su viña, y antes de entrar pudo juzgar acerca de -su deplorable estado. Los árboles, el verdor que -había dejado, no sobresalían de la cerca; si algo -se veía eran cosas poco gratas, sobrevenidas durante -su ausencia. Se presentó á la abertura de la -expresada cerca (pues de puerta ni aun señales -había), y lanzó una ojeada á todo alrededor. ¡Pobre -viña! Por espacio de dos inviernos consecutivos, -las gentes del pueblo habían ido á cortar leña, -á la propiedad del infeliz muchacho, como -ellos decían. Las cepas, las moreras, los árboles -frutales de todas clases, veíanse arrancados ó pisoteados. -Distinguíanse también algunos vestigios -del antiguo cultivo: tiernas ramas, jóvenes -retoños de higueras, albérchigos y ciruelos, se -veían esparcidos por todas partes, y mezclados al<span class="pagenum" id="Page_413">[Pg 413]</span> -través de una espesa y nueva verdura que no debía -su nacimiento á la mano del hombre; la ortiga, -el helecho, la cizaña, la grama, la bellesca, el -amaranto, la achicoria y acederas crecían entre -otra innumerable porción de plantas semejantes, -á las cuales la gente del campo de cada país forma -una clase á su modo, y les da la nominación de -malas yerbas. Troncos de diversas magnitudes se -empujaban y trataban de adelantarse unos á otros, -apretándose en la tierra, y disputándose por último -un sitio por doquier. Aquello era una vasta -y confusa mezcla de hojas, de flores, de frutos de -mil colores, de mil formas y tamaños; racimos de -uvas, mazorcas de maíz, espiguillas y florecitas -blancas, encarnadas, amarillas y azules. Algunas -plantas más vistosas, más aparentes, pero que no -valían mucho más, se destacaban del fondo de todas -aquellas vulgares; en primer lugar, distinguíase -la zarzamora con sus largas ramas de color -rojo, con sus pomposas hojas de un verde oscuro, -algunas de ellas matizadas en sus extremidades -de un color de púrpura, con sus pequeños -racimos sumamente agrupados, sostenidos por el -pie con una especie de ramitas violadas, luego -verdes, y en la punta guarnecidas de flores blanquizcas; -en segundo lugar, el tejo tan común, con -sus grandes hojas lanudas y colgantes, dirigida su -cima al cielo, y sus largas espigas esparcidas y -formando estrellas de flores de un amarillo brillante;<span class="pagenum" id="Page_414">[Pg 414]</span> -multitud de cardos con sus erizadas púas, -hojas, cálices de donde salían mazorcas de blancas -y purpúreas flores, las cuales se deshacían -azotadas por la suave brisa que se las llevaba á -manera de plateadas y ligeras plumas. Aquí una -prolongada guirnalda de alboholes, entrelazada á -los nuevos retoños de un moral, los había -con sus ondulantes hojas, meciéndose en graciosos -festones sobre su copa, y ostentando sus -blancas y sedosas campanillas: allá un cítiso con -sus encarnadas bayas se había unido á las nuevas -cepas de una viña, la cual después de haber buscado -inútilmente un apoyo más sólido, había enlazado -á su vez sus vides á aquél, y mezclando -sus débiles extremidades se arrastraban uno en -pos de otro, á semejanza de los que se sienten sin -fuerzas y se apoyan mutuamente. Todo se veía -cubierto de hiedra, la cual discurría de una planta -á otra, trepaba, volvía á deshacer lo andado, -replegaba sus ramas ó las extendía, según los obstáculos -ó apoyos que encontraba, y habiendo atravesado -el mismo dintel de la puerta, parecía que -se había colocado en dicho sitio para disputar la -entrada aun al propio dueño.</p> - -<p>Mas éste ni siquiera pensó entrar en semejante -viña, y acaso no estuvo tanto tiempo mirándola, -como nosotros hemos tardado en describirla. Separó -su vista de tan doloroso espectáculo: su casa, -estaba á muy poca distancia; atravesó el huerto,<span class="pagenum" id="Page_415">[Pg 415]</span> -hundiéndose hasta la rodilla en la yerba, de la -cual se veía cubierto del mismo modo que la viña. -Puso el pie en el pavimento de una de las habitaciones -que eran bajas: al ruido de sus pisadas, -á su sola aproximación, multitud de enormes ratas -espantadas huyeron en desorden y corrieron á -esconderse en un inmenso montón de inmundicias -que cubría todo el suelo: aquello era todavía el -lecho de los lasquenetes. Echó una ojeada á las -paredes; viólas descascaradas, sucias, ahumadas: -alzó los ojos al techo: largas tramas de telarañas -colgaban por todas partes. Esto era lo único que -allí había. Separóse también de aquel lugar de -desolación, con las manos puestas en la cabeza; -volvió atrás repasando el sendero que él mismo -había hecho momentos antes; á pocos pasos tomó -un pequeño camino hacia la izquierda, que se dirigía -al campo; y sin ver ni oir á alma viviente, -llegó cerca de la casita, en donde había resuelto -pedir un asilo. La noche comenzaba á cubrir la -tierra con su lúgubre y negro manto. El amigo de -que ya hemos hablado, estaba sentado en el umbral -de la puerta, en un banco de madera con los -brazos cruzados sobre el pecho, los ojos fijos y levantados -al cielo, como un hombre abrumado por -las desgracias é irritado por la soledad. Al oir -ruido de pasos, vuelve la cabeza, con el fin de ver -quién se acercaba; y como la oscuridad y el follaje -no le permitían distinguir bien los objetos, exclamó<span class="pagenum" id="Page_416">[Pg 416]</span> -en alta voz, poniéndose en pie y alzando -ambas manos: “¿No se encuentra, por ventura, otro -más á propósito que yo? ¿Acaso no he hecho ayer -bastante? Dejadme descansar un poco; esto será -también una obra de misericordia”.</p> - -<p>Renzo, ignorando lo que dichas palabras querían -significar, le respondió llamándole por su -nombre.</p> - -<p>—¡Renzo!... dijo aquél prorrumpiendo en una -exclamación y preguntando á la vez.</p> - -<p>—El mismo, contestó Renzo; y corrieron el uno -al encuentro del otro.</p> - -<p>—¿Conque eres tú?, dijo el amigo cuando estuvieron -cerca: ¡Oh, qué placer experimento al verte! -¡Quién se lo había de imaginar! Al principio -te había tomado por Paulin el sepulturero, que -viene siempre á atormentarme para que vaya á -ayudarle á enterrar. ¿Sabes que he quedado solo? -¡Solo, solo como un ermitaño!</p> - -<p>—Demasiado lo sé, dijo Renzo; y estrechamente -abrazados, cambiando y mezclando sin orden -ni concierto preguntas y respuestas, entraron juntos -en la casita. Una vez dentro, sin interrumpir -su conversación, el amigo trató de hacer los honores -á Renzo, según lo permitían las circunstancias -y la perentoriedad del tiempo. Puso agua á -calentar, y empezó á hacer la <em>polenta</em>; mas en seguida -pasó á manos de Renzo la caldereta para<span class="pagenum" id="Page_417">[Pg 417]</span> -que meneara su contenido, y se fué diciendo: “¡He -quedado solo, absolutamente solo!”.</p> - -<p>Al breve rato volvió con una pequeña vasija -llena de leche, un poco de carne salada y algunas -frutas secas. Habiéndolo colocado todo en la mesa, -como igualmente habiendo vaciado la <em>polenta</em> -en una especie de cazuela, se sentaron, dándose -gracias mutuamente, el uno por la visita, y el otro -por una acogida tan benévola y amistosa; y después -de una ausencia de cerca de dos años, se encontraban -de repente más amigos de lo que jamás -habían sido cuando se veían casi todos los -días.</p> - -<p>Ciertamente, nadie podía ocupar en el corazón -de Renzo el lugar de Inés ni consolarlo de aquella -ausencia, no sólo á causa del antiguo y particular -afecto que ella le tenía, sino porque también -entre las cosas que ansiaba descifrar, había una -de la cual únicamente la misma Inés tenía la clave. -Permaneció un momento indeciso pensando -si continuaría su viaje ó se dirigiría en busca de -Inés, ya que se hallaba cerca; pero considerando -que ésta nada sabría tocante á la salud de Lucía, -adoptó su primera idea de ir directamente á salir -de dudas, oir el fallo de su misma boca, y en seguida -llevar las noticias adquiridas á la madre. -Sin embargo, por su amigo supo muchas cosas -que ignoraba; aclaró otras de las que estaba poco -enterado, como por ejemplo, sobre las aventuras<span class="pagenum" id="Page_418">[Pg 418]</span> -de Lucía, persecuciones que había sufrido, y cómo -D. Rodrigo se había marchado, como suele -decirse, con el rabo entre piernas, no habiendo -vuelto á aparecer más. Supo también (y esto no -era cosa de poca importancia para Renzo) pronunciar -perfectamente el nombre de D. Ferrante: -es verdad que Inés se lo había participado por -medio de su secretario; pero sólo el cielo sabe cómo -se lo escribió; y el intérprete de Bérgamo, al -leer la carta le había dado un sentido tal, que si -hubiera ido con semejante explicación á Milán en -busca de la casa, probablemente no habría encontrado -á nadie que pudiese adivinar lo que quería -decir; y con todo, éste era el único hilo que -poseía, y que le pudiese guiar para ir al encuentro -de Lucía. Tocante á la justicia, pudo confirmarse -más y más en la idea de que el peligro estaba -muy lejano, para que le inspirase cuidado -alguno: el señor podestá había muerto de la peste; -¡quién sabe cuándo lo reemplazarían! Los esbirros -se habían marchado casi todos, y los que -quedaban tenían otras cosas en que pensar que en -asuntos antiguos.</p> - -<p>Él contó á su vez sus aventuras, oyendo en cambio -de boca de su amigo cien anécdotas acerca del -paso del ejército invasor, de la peste, de los envenenadores -y de los demás prodigios. “Son cosas -espantosas”, dijo el amigo á Renzo, acompañándole -á una pequeña estancia que la epidemia había<span class="pagenum" id="Page_419">[Pg 419]</span> -dejado desocupada; “cosas que jamás hubiera creído -ver, capaces de quitarle á uno la alegría para -siempre; mas sin embargo, esto de encontrarse -con amigos, y poder tener con ellos un rato de -conversación, es un gran consuelo”.</p> - -<p>Al amanecer estaban ya ambos levantados: -Renzo dispuesto á ponerse en marcha, con su cinto -oculto debajo de la ropilla, y el cuchillo en la -faltriquera de los calzones, para andar más desembarazado, -dejó en depósito á su amigo el pequeño -fardo que traía. “Si me va bien, le dijo, si -la encuentro viva, si... vamos, yo volveré; correré -á Pasturo á participar tan feliz noticia á la -pobre Inés, y luego, y luego... Pero si por desgracia, -si por una fatalidad que Dios no permita... -entonces, no sé lo que haré, ni adónde -iré; lo que puedo decir es, que por este lado no -me veréis nunca más”. Y así hablando de pie en -el umbral de la puerta, con la cabeza levantada, -contemplaba con una mezcla de ternura y pesadumbre -la primera luz del día que alumbraba el -lugar de su nacimiento, que tanto tiempo hacía -que no había visto. Su amigo le animó, diciéndole, -según se acostumbra, que todo saldría á medida -de su deseo; quiso que llevase algunas provisiones -para el camino, acompañándole largo -trecho y deseándole un feliz viaje.</p> - -<p>Renzo continuó su marcha con tranquilidad y -sin acelerarse, porque le bastaba llegar aquel día<span class="pagenum" id="Page_420">[Pg 420]</span> -cerca de Milán, para entrar al siguiente muy temprano -y empezar al instante sus pesquisas. Ningún -accidente ocurrió en su viaje, nada aconteció -que distrajera á Renzo de sus pensamientos, á no -ser las miserias y aflicciones acostumbradas en -aquellas penosas circunstancias. Según había hecho -el día anterior, se detuvo á su tiempo en un -bosquecillo, con el objeto de tomar un bocado y -descansar un poco. Al pasar por Monza, delante -de una tienda abierta en donde había panes de -muestra, pidió dos para no quedar desprovisto -por lo que pudiese ocurrir. El tendero le previno -que no entrase, y le alargó en una pequeña pala -una cazuelita llena de agua y vinagre, diciéndole -que arrojase en ella el dinero; verificado esto, -hizo pasar á sus manos, por medio de una especie -de tenazas, los dos panes, que Renzo metió -uno en cada faltriquera.</p> - -<p>Á la caída de la tarde llegó á Greco, ignorando, -sin embargo, el nombre; pero con el pequeño -recuerdo que conservaba de los lugares por donde -había pasado anteriormente, y calculando el -camino hecho después por Monza, sacó en consecuencia -que debía estar cerca de la ciudad. Abandonó -el camino real, dirigiéndose á través de los -campos en busca de alguna choza en donde pasar -la noche, pues no quería meterse en ninguna posada. -Encontró más de lo que buscaba; divisó una -abertura en medio de una cerca que rodeaba el<span class="pagenum" id="Page_421">[Pg 421]</span> -corral de una lechería, por la cual se introdujo -atrevidamente. No había nadie: vió en un lado un -gran vestíbulo ó soportal con el suelo cubierto enteramente -de heno, y apoyada en el expresado soportal -una escalera de mano. Dió una ojeada á -todo alrededor, y en seguida subió á la aventura; -acomodóse allí, con el fin de pasar la noche, y se -durmió al instante para no despertar hasta el amanecer. -Cuando se levantó, se arrastró á tientas -hacia la extremidad de aquel gran lecho, sacó -afuera la cabeza; y no viendo tampoco á nadie, -bajó por donde había subido, salió por donde había -entrado, y encaminándose por los senderos, -tomó el edificio de la catedral por su estrella polar. -Después de una corta travesía, vino á desembocar -bajo las murallas de Milán, entre la puerta -Oriental y la puerta Nueva, encontrándose muy -cerca de esta última.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_22" href="#FNanchor_22" class="label">[22]</a> Especie de vino blanco, que es exquisito, y al cual dan -en Italia este nombre.—<em>Nota del T. E.</em></p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_23" href="#FNanchor_23" class="label">[23]</a> Habiendo llegado en la época de que hace referencia el -autor, á ser la astrología una ciencia en la cual se creía hasta -el extremo de rayar en fanatismo, atribuyendo todos los sucesos -que tenían lugar, por insignificantes que fuesen, á la influencia -de los astros, la generalidad achacaba la peste que -asoló en aquel tiempo á la mayor parte de Europa, á la citada -causa.—<em>Nota del T. E.</em></p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_422">[Pg 422]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOSEXTO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Tocante al modo de penetrar en la ciudad, Renzo -había oído decir, así de una manera vaga, que -existían órdenes muy severas para no dejar entrar -á nadie sin boleta de sanidad; pero que sin embargo, -cualquiera que tuviese un poco de destreza -y supiese aprovechar los momentos favorables, -le era fácil introducirse. En efecto, nada era más -cierto: dejando á un lado las causas generales por -las cuales en aquella época se cumplían muy mal -las órdenes, dejando también aparte las particulares -que hacían tan difícil su rigurosa ejecución, -Milán se encontraba en aquel entonces en el estado -de no ver cómo y por qué sería útil el guardarla: -por el contrario, cualquiera que tratase de -penetrar, podía parecer más bien que miraba con<span class="pagenum" id="Page_423">[Pg 423]</span> -indiferencia su propia vida, que peligroso á sus -habitantes.</p> - -<p>Con semejantes noticias, el designio de Renzo -era el intentar introducirse por la primera puerta -que se le presentase; si había algún entorpecimiento, -dar por la parte exterior la vuelta á las murallas, -hasta que encontrase una de más fácil acceso. -¡Dios sabe cuántas puertas creía que debía tener -Milán!</p> - -<p>Habiendo llegado, pues, delante de las murallas, -se paró un rato á mirar en torno de sí, como -hace el que, no sabiendo qué determinación tomar -que sea más conveniente, parece aguardar -que sobrevenga algún indicio ó algún suceso que -le saque del atolladero. Pero él no descubría á -derecha é izquierda más que dos pedazos de una -calle tortuosa; al frente las citadas murallas, por -lado alguno la más leve señal de seres vivientes, -exceptuándose cierto punto del terraplén, en el -cual se elevaba una espesa columna de humo oscuro -y denso, que remontándose se ensanchaba y -extendía en vastos torbellinos, desvaneciéndose -luego en el espacio, inmóvil y negruzco. Eran las -ropas, las camas y demás muebles infestados que -se entregaban á las llamas, no apareciendo las señales -de tan tristes hogueras en un solo punto, sino -en varios.</p> - -<p>El tiempo estaba encapotado, el aire pesado, el -cielo velado por todas partes de una vasta neblina<span class="pagenum" id="Page_424">[Pg 424]</span> -igual, inerte, que parecía rehusar el sol, sin -prometer la lluvia; la campiña de los alrededores, -parte inculta y enteramente árida, toda ella despojada -de verdor, y ni siquiera se veía una sola -gota de rocío sobre las hojas secas y marchitas. -Aquella soledad, aquel fúnebre silencio, tan próximo -á una gran ciudad, añadían una nueva consternación -á la inquietud de Renzo, contribuyendo -á hacer más tétricos todos sus pensamientos.</p> - -<p>Permaneció parado por espacio de un buen rato, -luego se encaminó á la derecha, á la casualidad, -andando sin saberlo hacia la puerta Nueva, -la cual no había podido divisar, aunque estaba -muy cerca á causa de un baluarte que la ocultaba -en aquel momento. Á los pocos pasos empezó -á oir un campaneo, que cesaba y volvía á comenzar -de nuevo por intervalos, y después muchas -voces humanas. Sigue adelante, da la vuelta al -ángulo del baluarte, y lo primero que descubre al -frente de la puerta es una garita de madera, y -delante de ella un centinela apoyado en su mosquete, -con aire aburrido é indolente. Detrás había -una estacada, y en el fondo se hallaba situada -la puerta, es decir, dos lienzos de muralla con una -techumbre encima, para afianzar las hojas que estaban -abiertas, así como la puerta de la estacada. -Mas justamente delante de la misma abertura había -un triste obstáculo, á saber: unas angarillas -colocadas en el suelo, sobre las cuales dos <em>monatti</em><span class="pagenum" id="Page_425">[Pg 425]</span> -tendían á un desgraciado para llevárselo; era el -jefe de los carabineros que acababa de ser atacado -de la peste. Renzo se paró aguardando el fin. -Habiendo marchado el convoy, y no viniendo nadie -á cerrar el portillo, le pareció la ocasión oportuna, -y se encaminó á él apresuradamente, mas -el centinela le gritó bruscamente: “¡Hola!” Renzo se -detuvo de nuevo repentinamente, le hizo una señal -de inteligencia, sacó un medio ducado y se lo -mostró. El centinela, ya sea que hubiese tenido -la peste, ya que la temiese menos de lo que amaba -los medios ducados, indicó á Renzo que se lo -echase; y habiéndolo visto volar en seguida á sus -pies, le dijo en voz baja: “Entra pronto”. Renzo no -dejó que se lo repitiera, pasó la estacada, la puerta, -siguió adelante sin que nadie reparase en él, -ni le detuviese; únicamente, cuando hubo andado -cerca de unos cuarenta pasos oyó otro “¡Hola!” que -un guarda ó carabinero le dirigía por la espalda. -Esta vez hizo como que no lo oía, y en vez de -volverse, dobló el paso. “¡Hola!” gritó de nuevo el -carabinero con una voz que indicaba más bien -impaciencia que resolución de hacerse obedecer; -no siéndolo, se encogió de hombros, y volvió á su -casilla, como una persona á quien importaba más -el no acercarse demasiado á los pasajeros, que de -informarse de sus acciones.</p> - -<p>La calle que Renzo había tomado conducía entonces, -lo mismo que ahora, directamente hasta<span class="pagenum" id="Page_426">[Pg 426]</span> -el canal llamado el <em>Naviglio</em>: en los costados había -cercas ó tapias de jardines, iglesias, conventos -y pocas casas. En lo alto de dicha calle, y en -medio de la que costea el canal, había una columna, -con una cruz, llamada la cruz de S. Eusebio. -Por más que Renzo miraba hacia adelante, -no veía otra cosa que la dichosa cruz. Habiendo -llegado á la encrucijada que divide la calle cerca -de la mitad, miró por ambos lados, y vió en el -callejón llamado de santa Teresa á un hombre que -se dirigía justamente hacia él. “¡Por fin, he aquí -un cristiano!” se dijo, y se encaminó prontamente -en aquella dirección, pensando hacerse enseñar -el camino por él. Éste, sin embargo, había visto -al forastero que se acercaba, y lo miraba fijamente -de lejos, tanto más alarmado cuanto que -observó que en vez de ir á sus negocios le salía al -encuentro. Cuando Renzo estuvo á poca distancia, -se quitó el sombrero con la mayor cortesía, -y pasándoselo á la mano izquierda, llevó la derecha -al pelo como para arreglarlo, y se fué directamente -hacia el desconocido, pero éste con los -ojos fuera de sus órbitas dió un paso atrás, alzó -un nudoso bastón armado de una punta de hierro, -y dirigiéndolo contra Renzo, gritó: “¡Atrás, -atrás, paso!”</p> - -<p>—¡Oh, oh! exclamó á su vez nuestro joven; luego -se puso el sombrero, y no deseando, según -después refería esta aventura, meterse en aquel<span class="pagenum" id="Page_427">[Pg 427]</span> -instante en cuestiones, volvió la espalda al extravagante, -y continuó su camino, ó por mejor decir, -siguió adelante por la calle en que se encontraba.</p> - -<p>El otro individuo se lanzó con precipitación por -aquella en la cual se hallaba sumamente aterrorizado, -y volviendo hacia atrás á cada instante la -cabeza. Cuando llegó á su casa, contó que un envenenador -se le había aproximado con maneras -humildes y corteses, pero con un aire de infame -impostor, llevando dentro de su sombrero la redomita -del unto ó la caja de los polvos (no pudiendo -decir con certeza cuál de las dos cosas era), -con el fin de contagiarlo, si no hubiese tenido carácter -para saberlo tener á una distancia respetuosa. -“Si hubiese dado un paso más, añadió, le -habría ensartado, antes de que el malvado hubiera -tenido tiempo de intentar nada. La desgracia -era que nos hallábamos en un paraje muy solitario, -pues si hubiese sido en el centro de la ciudad, -habría llamado gente para que me ayudasen á cogerlo. -Seguramente se le hubiera encontrado -aquella maldita droga en el sombrero. Pero allí -solos los dos, he debido contentarme con meterle -miedo, sin aventurarme á buscar una desgracia, -porque un poco de polvo pronto está echado, ellos -tienen una destreza particular, y además el diablo -les ayuda. Al presente dará vueltas por Milán: -¡quién sabe los daños que causará!” Tanto<span class="pagenum" id="Page_428">[Pg 428]</span> -tiempo como vivió, que fueron muchos años, cada -vez que se hablaba de envenenadores, repetía -su aventura, y añadía: “Los que todavía sostienen -que esto no ha sido cierto, que no me lo vengan -á decir, porque para hablar de ciertas cosas es -preciso haberlas visto”.</p> - -<p>Renzo, lejos de sospechar el peligro del cual había -escapado, y agitado más bien por la cólera -que por el miedo, pensaba mientras seguía andando -en aquella acogida, adivinando perfectamente -la opinión que el desconocido había formado -de él; pero la cosa le pareció tan fuera de sentido -común, que sacó por último en consecuencia -que aquel hombre debía de estar medio loco. “Esto -empieza mal, pensaba entre sí. Parece que en -esta ciudad me persigue una mala estrella. Para -entrar todo va bien; y después cuando estoy dentro, -los disgustos me abruman. Vamos... con -el auxilio de Dios... si encuentro... si consigo -encontrar... ¡Bah! todo ello no habrá sido -nada”.</p> - -<p>Al llegar al puente, volvió sin vacilar á la izquierda, -hacia la calle de S. Marcos, pareciéndole -según su cálculo que debía conducirle al interior -de la ciudad. Y avanzando siempre, miraba -á todas partes para ver si podía descubrir algún -ser viviente; mas no vió otra cosa que un cadáver -espantoso y desfigurado arrojado en una zanja -que existe entre algunas pocas casas (que en<span class="pagenum" id="Page_429">[Pg 429]</span> -aquel tiempo eran todavía menos). Habiendo pasado -aquel trecho de calle, oyó exclamar: “¡Oh -buen joven!” y mirando hacia el lado de donde venía -la voz, vió á cierta distancia en un balcón de -una casita aislada á una infeliz mujer rodeada de -una caterva de criaturas, la cual continuaba llamándole, -y le hacía señas con la mano de que se -acercase. Renzo corrió hacia la citada casa, y -cuando estuvo próximo “¡oh, buen joven!” repitió la -mujer, “por las almas de los vuestros que hayan -muerto, hacedme la caridad de ir á avisar al comisario, -que estamos aquí olvidados; nos han encerrado -en casa como sospechosos, porque mi pobre -marido ha muerto; también han clavado la -puerta, según podéis ver, y desde ayer mañana -nadie ha venido á traernos de comer. Después de -tantas horas como hemos pasado en esta situación, -no ha habido una buena alma que nos haga -esta caridad, y estas inocentes criaturas se mueren -de hambre”.</p> - -<p>—¡De hambre! exclamó Renzo; y metiendo las -manos en las faltriqueras, “he aquí, he aquí, dijo, -sacando los dos panes: bajad alguna cosa para meterlos -dentro”.</p> - -<p>—¡Dios os lo pague! Aguardad un momento, -respondió la mujer; y en seguida fué á buscar una -cestita y una cuerda para atarla.</p> - -<p>Mientras tanto Renzo se acordó de aquellos -panes que había encontrado cerca de la cruz en<span class="pagenum" id="Page_430">[Pg 430]</span> -su anterior entrada en Milán. “Vamos, esto es una -restitución, pensaba, y acaso todavía mejor que -si se los hubiese restituido á su propio dueño; -porque verdaderamente, es una obra de misericordia”.</p> - -<p>—Por lo que hace al comisario que decís, mi -buena señora, prosiguió, poniendo los panes en la -cesta, yo no puedo serviros, porque á decir verdad, -soy forastero, y no tengo ninguna especie de -conocimientos en esta ciudad; sin embargo, si encuentro -alguna persona un poco tratable y humana -á quien se lo pueda decir, lo haré.</p> - -<p>La mujer le suplicó que así lo hiciera, diciéndole -el nombre de la calle, para que de este modo -supiese dar las señas de la casa.</p> - -<p>—Creo que vos podríais dispensarme también -un favor, una verdadera caridad, sin que os costase -ningún trabajo, repuso Renzo. ¿Os sería posible -indicarme en dónde se halla el palacio de -unos grandes señores, de aquí, de Milán, el palacio -de ***?</p> - -<p>—Sé que hay en la ciudad una casa de este -nombre, mas en dónde se halla situada fijamente, -lo ignoro. Siguiendo por esta calle adelante, encontraréis -alguno que os lo enseñe. Sobre todo, -acordaos de hablarle de nosotros.</p> - -<p>—No lo dudéis, replicó Renzo; después de lo -cual prosiguió su camino.</p> - -<p>Á cada paso sentía crecer y aproximarse un rumor<span class="pagenum" id="Page_431">[Pg 431]</span> -que ya había empezado á oir mientras estaba -entretenido hablando; un ruido de ruedas y de -caballos, acompañado del dilín dilín de campanillas, -y de vez en cuando, chasquidos de látigo y -prolongados gritos. Todo se le volvía mirar; pero -nada veía. Habiendo llegado al extremo de la tortuosa -calle que seguía, y desembocando en la plaza -de S. Marcos, el primer objeto que hirió su vista -fueron dos maderos rectos, clavados en el suelo -con una cuerda y sus correspondientes poleas. -No tardó en reconocer (era cosa muy familiar en -aquella época) el horrible instrumento del suplicio. -Veíase levantado en aquel lugar, y no sólo -en él, sino en todas las plazas y calles más espaciosas, -á fin de que los diputados de cada barrio -revestidos de las facultades más omnímodas y arbitrarias, -pudiesen hacer aplicar inmediatamente -la pena á cualquiera que les pareciese merecerla; -ó á los relegados en sus casas que salieran de ellas, -ó á los empleados subalternos que no cumpliesen -con su deber, y por último fuese quien fuese. Era -uno de aquellos remedios extremos é ineficaces, -los cuales se prodigaban en aquellos tiempos y -circunstancias con tanto exceso.</p> - -<p>Mientras que Renzo contemplaba la fatal máquina, -tratando de adivinar la causa por qué se -había levantado en aquel paraje, sintió que se -aproximaba más y más el rumor, y vió aparecer -por la esquina de una iglesia, á un hombre que<span class="pagenum" id="Page_432">[Pg 432]</span> -agitaba una campanilla: era un <em>apparitori</em>, y detrás -de él dos caballos que alargando el cuello, y -tropezando á cada paso, avanzaban trabajosamente -arrastrando un carro atestado de muertos, después -del cual seguía otro y otros, como igualmente -los <em>monatti</em>, al lado de dichos caballos, acosándolos -á latigazos, golpes y juramentos. La mayor -parte de los cadáveres iban desnudos, otros mal -envueltos en lienzos hechos jirones por todas partes, -reunidos y hacinados unos sobre otros, del -mismo modo que un montón de culebras que se -desplegan lentamente á los primeros calores de la -primavera. Á cada vaivén, á cada choque, veíanse -aquellas funestas masas temblar y crujir horriblemente, -colgar cabezas, ondular cabelleras femeniles, -desprenderse brazos y dar contra las ruedas, -mostrando á la vista ya horrorizada, cómo un -espectáculo semejante podía llegar á ser más terrible -y espantoso todavía.</p> - -<p>El joven se había parado en una esquina de la -plaza cerca de la barrera del canal, y entretanto -rogaba por aquellos muertos, á quienes no había -conocido en vida. De repente una lúgubre y atroz -idea vino á helarle de espanto: “¡Acaso allí mezclada -con aquellos cadáveres, arrojada debajo de -ellos!... ¡Dios mío! ¡permitid que esto no suceda! -¡Haced que ni aun yo tenga tales pensamientos!”.</p> - -<p>Habiendo pasado el fúnebre convoy, Renzo volvió<span class="pagenum" id="Page_433">[Pg 433]</span> -á ponerse en marcha, siguiendo la orilla izquierda -del canal, sin otro motivo para tomar la -expresada dirección, más que el haber visto que -la comitiva se había ido por otro lado. Después -de haber andado unos cuantos pasos entre la iglesia -y el canal, divisó á la derecha el puente <em>Marcelino</em>, -y dirigiéndose á dicho punto, llegó por último -al <em>Borgo-Nuovo</em>. Mirando siempre á todas -partes, con el objeto de hallar alguno á quien preguntar, -distinguió á un sacerdote apoyado en un -bastón, parado junto á una puerta entreabierta, -con la cabeza inclinada y el oído puesto en la -abertura; viendo poco después que alzaba la mano -y echaba la bendición, pensó, con razón, que -acababa de confesar á alguno, y dijo para sí: “Éste -es el hombre que me conviene. Si un sacerdote, -en sus funciones de tal, no tiene un poco de -caridad, de amor y benevolencia, es preciso creer -que en el mundo no hay nada de esto”.</p> - -<p>Entretanto el eclesiástico, después de haber -abandonado la puerta, se dirigía hacia el lado por -donde iba Renzo y andaba con la mayor precaución -por el medio de la calle. Cuando Renzo estuvo -cerca de él, se quitó el sombrero, haciéndole -señas de que deseaba hablarle, parándose al -mismo tiempo, procurando darle á entender que no -quería arrimársele indiscretamente. Aquél se detuvo -en ademán de escucharle, pero colocando, -sin embargo, en el suelo, delante de sí, el bastón,<span class="pagenum" id="Page_434">[Pg 434]</span> -como para que le sirviese de antemural en caso -necesario. Renzo hizo su pregunta, á la cual el sacerdote -no sólo satisfizo cumplidamente diciéndole -el nombre de la calle donde estaba situada la -casa, sino también trazándole su itinerario, porque -vió que el pobre joven tenía necesidad de él; -indicándole á fuerza de repetirle muchas veces la -palabra de: “Tomad á la derecha, luego á la izquierda, -seguid tales encrucijadas é iglesias”, las -seis ú ocho calles que tenía que recorrer para llegar -al término de su viaje.</p> - -<p>—Dios os dé salud en estos tiempos y siempre, -dijo Renzo; y mientras el eclesiástico se disponía -á partir, añadió: “Tengo que pediros otro favor”, y -en seguida le habló de aquella infeliz mujer olvidada. -El digno sacerdote le dió las gracias por haberle -dado ocasión de hacer una obra meritoria -tan urgente, y continuó su camino diciendo que -iba á avisarlo á quien correspondía. Renzo, después -de haberle saludado respetuosamente, se puso -también en marcha: en el ínterin que iba andando, -trataba de hacerse una repetición del itinerario, -para no tener necesidad de preguntar á -cada paso. Mas no puede imaginarse cuán penosa -le fué dicha operación, no tanto por la dificultad -de lo que la cosa era en sí, sino por una nueva -turbación que había nacido en su espíritu. El nombre -de la calle, la misma indicación del camino, -habían redoblado sus alarmas. Él había deseado<span class="pagenum" id="Page_435">[Pg 435]</span> -saberlo, lo había preguntado; sin esto nada podía -hacer; al propio tiempo no averiguó cosa alguna -que pudiese hacerle presagiar ninguna desgracia: -¡pero qué!, la idea más distinta de una solución -próxima en que iba á salir de una gran duda, en -que podría oir decir: “Ella vive todavía”, ó al -contrario: “Ella ha muerto”; esta idea se presentó -á su espíritu tan clara y terrible, que en aquel -momento hubiera querido mejor encontrarse en -su primitiva oscuridad y estar al principio del viaje, -á cuyo término tocaba ya. Sin embargo, reunió -todo su valor y se dijo: “¡Vamos, si ahora empiezo -á hacerme el niño, cómo he de salir bien!”. -De este modo, reanimado todo lo posible, continuó -su camino internándose en la ciudad. ¡Qué -ciudad! ¡Cómo era posible reconocerla, comparándola -del modo que estaba el año anterior con motivo -del hambre!</p> - -<p>Renzo se encontraba justamente en uno de los -sitios más asolados, en la encrucijada de calles -que llamaban el <em>Carrobio di Porta Nuova</em>. (En -aquel tiempo había una cruz en el centro, y frente -á la misma, en donde está situado ahora S. -Francisco de Paula, se hallaba una antigua iglesia -llamada santa Anastasia.) Tantos estragos había -causado el contagio en aquellos alrededores, -y tan grande era el hedor que despedían los cadáveres -allí abandonados, que las pocas personas -que habían quedado vivas se vieron obligadas á<span class="pagenum" id="Page_436">[Pg 436]</span> -huir: así que, á la tristura que infundía al que -pasaba aquel aspecto de soledad y abandono, añadíase -el horror y el disgusto de las señales y restos -de lugares habitados recientemente. Renzo -apresuró el paso, reanimándose con la idea de que -el término de su viaje no debía estar tan próximo, -y esperando que antes de llegar encontraría -cambiada la escena, á lo menos en parte, y en -efecto, no lejos de allí, desembocó en un paraje -que con todo podía llamarse ciudad de vivientes; -¡pero qué ciudad también!, ¡qué vivientes! Todas -las puertas estaban cerradas con motivo de la desconfianza -ó del terror, á excepción de las que habían -sido abiertas, ó por la fuga de sus habitantes -ó por la invasión; otras veíanse clavadas y -tapiadas por haber en ellas muertos ó apestados; -otras también señaladas con cruces hechas con -carbón, para advertir á los <em>monatti</em> que había cadáveres -que recoger. Andrajos por doquier, vendas -ensangrentadas, camas infestadas, ropas, sábanas -arrojadas por las ventanas; algunos cuerpos, -ó de personas muertas de repente en la calle -y dejados allí hasta que pasara un carro para llevárselos, -ó caídos de los carros mismos, ó echados -por los balcones. ¡De tal modo había embrutecido -los ánimos y despojado de todo sentimiento de -piedad y humana consideración la larga duración -y la furia de tantos estragos! Había dejado de -oirse el ruido de los obreros, el estrépito de los<span class="pagenum" id="Page_437">[Pg 437]</span> -carruajes, los gritos de los vendedores, el rumor -de las conversaciones de los que discurrían por las -calles; era sumamente raro que este silencio de -muerte fuese interrumpido por otra cosa más que -por el pavoroso rumor de los carros fúnebres, por -los lamentos de los infelices mendigos, por los ayes -de los enfermos, por los aullidos de los frenéticos, -y por los gritos de los <em>monatti</em>.</p> - -<p>Al amanecer, al medio día, á la tarde, una campana -de la catedral daba la señal de recitar ciertas -preces asignadas por el arzobispo, á cuyo toque -respondían las campanas de las demás iglesias; -y entonces se hubiera visto asomarse la gente -á las ventanas y rezar como en familia; habríase -oído un confuso murmullo de voces y sollozos que -inspiraban una tristeza, mezclada, sin embargo, de -alguna esperanza.</p> - -<p>Á aquellas horas habían muerto ya los dos tercios -de los habitantes: la mayor parte de los que -quedaron habían huido ó estaban enfermos; la -concurrencia de los forasteros veíase reducida á -la más mínima expresión; entre el escaso número -de los que andaban por las calles, no se habría encontrado -por casualidad, en un largo circuito, uno -solo que, en su aspecto, no apareciese algo de extraño, -y que indicase un funesto cambio de cosas. -Se veían los más distinguidos personajes sin capa -ni manto, parte entonces esencialísima del -traje civil; los sacerdotes sin sotana; los frailes<span class="pagenum" id="Page_438">[Pg 438]</span> -sin hábitos; en fin, se habían abandonado todos -los vestidos que por ser largos y flotantes pudiesen -rozar en algo, ó proporcionar á los envenenadores -(lo que entonces se temía más) una bella -ocasión para ejercer sus maldades. Además del -cuidado de ir vestidos lo más ligeramente posible, -y ajustarse mucho, notábase el mayor descuido y -negligencia en las personas. Los que acostumbraban -á llevar barba la tenían de una desmesurada -longitud; los demás se la dejaban crecer: los cabellos -enmarañados y largos, no sólo á causa de -la incuria que nace de un prolongado abatimiento, -sino porque los barberos habían llegado también -á ser sospechosos después que uno de ellos, -llamado Giangiocomo Mora, había sido preso y -condenado como envenenador famoso, el cual conservó -por largo tiempo una celebridad de infamia, -siendo por el contrario digno de compasión. La -mayor parte llevaban en la mano un nudoso y -fuerte bastón, y algunos además una pistola, en -señal de aviso y amenaza al que quisiese acercarse -demasiado; otros, pastillas de olor, bolas huecas -de metal ó de madera, llenas de esponjas mojadas -en vinagres medicinales; y al paso que iban -andando las aplicaban á las narices, y las llevaban -de continuo adheridas á ellas. Algunos tenían colgadas -en el cuello redomitas con un poco de azogue, -persuadidos que dicho mineral absorbía todas -las emanaciones pestilenciales, procurando<span class="pagenum" id="Page_439">[Pg 439]</span> -renovarlas todos los días. Los nobles no sólo recorrían -las calles sin su acostumbrado acompañamiento, -sino que también se les veía con una cesta -al brazo, yendo á buscar las cosas necesarias -para su sustento. Cuando por casualidad se encontraban -en la calle dos amigos, se saludaban de -lejos silenciosamente con aire triste y agitado. -Cada uno, particularmente al andar, tenía mucho -quehacer tratando de evitar los objetos mortíferos -é inmundos, de los cuales el suelo estaba sembrado -y algunas veces enteramente embarazado. -Todos procuraban ir por el medio de la calle por -miedo de ser alcanzados por lo que pudiese caer -de las ventanas, ó para evitar los polvos venenosos -que se decía habían sido arrojados con frecuencia -sobre los que pasaban, ó para huir de todo -contacto de las paredes, que podían estar untadas -con sustancias también venenosas. De este -modo la ignorancia, prudente fuera de tiempo, -añadía al presente las angustias á las angustias, y -promovía falsos terrores en compensación de los -temores justos y saludables que en un principio -había impedido.</p> - -<p>En medio de semejante desolación, Renzo había -andado ya una gran parte de su camino, cuando -á algunos pasos de distancia, por una calle hacia -donde debía dar la vuelta, oyó aproximarse -un confuso ruido, en el que se distinguía aquel -horrible y tan frecuente retintín de las campanillas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_440">[Pg 440]</span></p> - -<p>Habiendo llegado á la esquina de la calle, que -era una de las más espaciosas, divisó en medio de -ella cuatro carros parados. Así como en un mercado -de granos se ve á las gentes ir y venir, cargar -y descargar sacos, del mismo modo era el movimiento -que se notaba en aquel paraje. No se -veían más que <em>monatti</em> que entraban en las casas; -<em>monatti</em> que salían con grandes bultos, los cuales -arrojaban en los carros; unos con sus trajes rojos, -otros sin dicho distintivo; muchos con uno todavía -más odioso, el plumaje y capas de varios colores, -que los miserables ostentaban con aire de -triunfo en medio del luto universal. Ya de ésta, -ya de la otra ventana salía una lúgubre voz que -murmuraba: “<em>Monatti</em>, aquí”; y de entre aquel triste -murmullo dejábase oir de tiempo en tiempo un -sonido más siniestro aún, cual era el de otra voz -bronca que respondía: “Ahora, ahora”. Percibíanse -también las quejas de los vecinos que les gritaban -que despachasen pronto, á lo que los <em>monatti</em> -contestaban blasfemando.</p> - -<p>Al entrar Renzo en la expresada calle aceleró -el paso, procurando no ver aquel horroroso espectáculo -ó á lo menos evitándolo cuanto le fuese -posible, cuando he aquí que su mirada errante -tropezó en un objeto de compasión singular, de -una compasión que forzaba el ánimo á contemplarlo; -de modo que se paró casi involuntariamente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_441">[Pg 441]</span></p> - -<p>Una dama, cuyo aspecto anunciaba una juventud -gastada, mas no del todo extinguida, salía de -una de aquellas casas y se encaminaba hacia el -convoy. En sus facciones se traslucía una belleza -velada y ofuscada, pero no enteramente perdida, -á causa de una grande aflicción y de una mortal -languidez; esa belleza dulce y á la vez majestuosa -que brilla en la sangre lombarda. Su andar era -penoso, mas no vacilante; de sus ojos no se desprendían -lágrimas, pero se conocía que habían -derramado muchas; veíase en su dolor un no sé -qué de tranquilo y profundo que anunciaba un -alma toda ocupada en sentirlo. Pero no era su -solo aspecto lo que en medio de tantas miserias -la hacía un objeto particular de conmiseración y -reanimaba hacia ella aquel sentimiento siempre -encerrado y amortiguado en el corazón; llevaba -en brazos á una niña que contaría apenas nueve -años, muerta, pero perfectamente compuesta, con -los cabellos divididos sobre la frente, vestida de -blanco, como si sus manos la hubiesen adornado -para una fiesta prometida desde largo tiempo y -acordada en recompensa. No la llevaba echada, -sino incorporada y sentada sobre el brazo; el pecho -apoyado contra su pecho: se hubiera dicho -que respiraba, si una manecita como la cera no -colgara con una gravedad inanimada, y si su cabeza -no hubiese descansado sobre el hombro de -su madre con un abandono más fuerte que el sueño:<span class="pagenum" id="Page_442">[Pg 442]</span> -¡de su madre! Pues aun cuando la semejanza -de aquellos dos rostros no lo hubiera atestiguado, -se habría leído sobre aquél, en el que se pintaba -todavía un sentimiento de vida.</p> - -<p>Repentinamente un asqueroso <em>monatto</em> se acercó -á ella para arrancarle la hija de los brazos, procurando -hacerlo, sin embargo, con una especie de -respeto no acostumbrado y una perplejidad involuntaria. -Pero la dama, dando un paso hacia atrás -con aire que no demostraba desprecio ni indignación: -“No, dijo; no la toquéis aún; yo soy la que -debo depositarla sobre el carro”. Después, abriendo -la mano: “Tomad”, volvió á decir; y dejó caer -una bolsa en las del <em>monatto</em>. “Prometedme, continuó, -que no le quitaréis nada de lo que lleva -puesto, y que no dejaréis que otros se atrevan á -verificarlo, enterrándola del mismo modo que -está”.</p> - -<p>El <em>monatto</em> llevó una mano á su pecho; luego -conmovido y casi obsequioso, menos aún por aquella -inesperada recompensa que por el sentimiento, -del cual se sentía subyugado, se apresuró á -hacer en el carro un poco de sitio para la pequeña -difunta. La madre, después de haberle dado -un beso en la frente, la colocó como en un lecho, -la compuso, extendió sobre ella un blanquísimo -lienzo, y le dijo estas últimas palabras: “¡Adiós, -Cecilia: descansa en paz! Esta tarde nos volveremos -á ver para no separarnos jamás. Entretanto,<span class="pagenum" id="Page_443">[Pg 443]</span> -ruega por nosotros, que yo lo haré por ti y por -los demás”. Después, dirigiéndose de nuevo al <em>monatto</em>, -“al pasar esta tarde por aquí, le dijo, subid -á buscarme; no seré yo sola”.</p> - -<p>Dicho esto, volvió á entrar en la casa, y un momento -después se asomó á la ventana, llevando en -brazos otra niña más pequeña viva aún, pero con -las señales de la muerte retratadas en su semblante. -Estuvo contemplando las indignas exequias de -Cecilia hasta que el carro se puso en marcha, siguiéndole -con la vista mientras pudo divisarlo, -después de lo cual desapareció. ¿Y qué otra cosa -pudo hacer más que depositar sobre el lecho á la -única hija que le quedaba, y colocarse á su lado -para morir juntas, del mismo modo que la flor que -eleva su cabeza orgullosa y cae en seguida juntamente -con el botón oculto todavía dentro de su -cáliz, bajo la hoz que iguala todas los yerbas de la -pradera?</p> - -<p>—¡Oh, Señor! exclamó Renzo, ¡atended á sus -ruegos; protegedla y también á su inocente hija; -bastante han padecido las infelices; sí, bastante -han padecido!</p> - -<p>Recobrado de aquella extraordinaria conmoción, -y mientras trata de recordar el itinerario con el -objeto de si debía dar la vuelta á la primera calle, -ó dirigirse á derecha ó izquierda, oye que se -acercaba por aquella un nuevo y diverso estrépito, -un sonido confuso de gritos imperiosos, de<span class="pagenum" id="Page_444">[Pg 444]</span> -ahogados sollozos, un continuo llorar de mujeres -y un gran vocerío de niños.</p> - -<p>Siguió adelante, llevando en su corazón la triste -y oscura esperanza de costumbre. Llegado á -la encrucijada, vió avanzar por un lado un confuso -tropel de gentes, parándose para dejarlo pasar. -Eran los enfermos que conducían al lazareto: los -unos, á quienes llevaban á la fuerza, se resistían -inútilmente, gritaban en vano que querían morir -en su lecho, y respondían con impotentes imprecaciones -á los juramentos y á las órdenes de los -<em>monatti</em> que los conducían: los otros caminaban en -silencio como insensatos, sin mostrar dolor ni ningún -otro sentimiento: mujeres con niños en brazos; -muchachos asustados por aquellos gritos, por -aquellas órdenes, por aquel acompañamiento, más -que por la idea confusa de la muerte, los cuales -llorando amargamente, pedían á sus madres sus -fieles brazos y sus propias casas. ¡Ah! y acaso su -madre, que ellos creían haber dejado dormida sobre -su lecho, había sido arrojada allí, repentinamente -sorprendida por la peste, privada de conocimiento, -para ser llevada en el carro al lazareto -ó á la fosa, por poco que dicho carro tardase en -llegar. ¡Quizás!, ¡oh, desgracia digna de lágrimas aún -más amargas! quizás la madre enteramente ocupada -de sus padecimientos, lo había olvidado todo, -hasta sus propios hijos, no teniendo más que una -sola idea, la de morir en paz. Sin embargo, en<span class="pagenum" id="Page_445">[Pg 445]</span> -medio de tanta confusión, se veían todavía algunos -ejemplos de firmeza y piedad: padres, hermanos, -hijos, esposos, que sostenían á los seres á -quienes amaban, y los acompañaban con palabras -de consuelo; y no sólo eran los adultos, sino también -los niños y niñas, que conducían á sus hermanos -menores con el juicio y la compasión de la -edad madura, recomendándoles la obediencia, y -asegurándoles que iban á un paraje en donde otros -cuidarían de ellos y los curarían.</p> - -<p>En medio de la tristeza y la lástima que inspiraba -semejante espectáculo, una cosa tocaba más -de cerca, y tenía sumamente agitado á nuestro -viajero. La casa consabida debía estar muy próxima, -y quién sabe si entre aquella gente... Pero -habiendo pasado toda la comitiva, y cesando la -duda, se dirigió á un <em>monatto</em> que iba detrás, y le -preguntó por la calle y por la casa de D. Ferrante. -“Vete enhoramala, imbécil”; tal fué la contestación -que recibió. No trató de responderle como -merecía, sino que divisando á dos pasos de distancia -á un comisario que cerraba la marcha del -convoy, y que tenía el aspecto un poco más humano, -le hizo la misma pregunta. Éste, señalando -con el bastón el lado de donde venía, dijo: “La -primera calle á la derecha; la última casa grande -á la izquierda”.</p> - -<p>El joven se encaminó hacia aquel sitio, lleno su -corazón de una nueva y mayor ansiedad. Una vez<span class="pagenum" id="Page_446">[Pg 446]</span> -en la calle, distinguió de pronto la casa entre las -otras más bajas, y de mezquina apariencia. Se -acerca al portón que está cerrado, lleva la mano -á la aldaba, y la tiene suspendida como en una urna -antes de sacar la cédula, de la cual dependiese -su vida ó su muerte. Finalmente, levanta la -expresada aldaba y da un golpe con la mayor resolución.</p> - -<p>Un instante después se entreabre una ventana; -asoma por ella con precaución una cabeza de mujer, -la cual mira quién llama, con ademán sombrío, -que parece decir: “<em>¿Monatti?</em>, ¿vagabundos?, -¿comisarios?, ¿envenenadores?, ¿diablos?”.</p> - -<p>—Buena señora, dijo Renzo alzando la cabeza, -pero con voz poco segura: ¿se halla sirviendo en -esta casa una joven aldeana que se llama Lucía?</p> - -<p>—No está aquí; andad con Dios, respondió la -mujer, haciendo ademán de cerrar la ventana.</p> - -<p>—¡Un momento, por piedad! ¿Está aquí ó no? -¿En dónde se encuentra?</p> - -<p>—En el lazareto; é iba á cerrar de nuevo.</p> - -<p>—¡Por Dios!, un instante más. ¿Se halla atacada -de la peste?</p> - -<p>—Sí. Es cosa nueva, ¿no es cierto? Id pues.</p> - -<p>—¡Oh, infeliz de mí! Esperad. ¿Estaba muy mala? -¿Hace mucho tiempo que?... Pero esta vez -la ventana se cerró de veras.</p> - -<p>—¡Eh!, señora; buena señora, por caridad; una -palabra tan solo, por el alma de vuestros pobres<span class="pagenum" id="Page_447">[Pg 447]</span> -difuntos! Nada os pido que sea vuestro: ¡eh! Mas -nada; del mismo modo que si hubiese hablado á -la pared.</p> - -<p>Afligido de tan triste noticia, y encolerizado de -la brusca retirada de aquella mujer, Renzo asió -de nuevo la aldaba, y casi pegado á la puerta, -apretaba aquella con fuerza, la levantaba para llamar -por segunda vez, y la tenía suspendida. En tal -agitación se volvió con el objeto de ver si por casualidad -divisaba algún vecino, del cual pudiese -informarse más extensamente, y sacar algún indicio, -alguna luz. Pero la primera, la única persona -que descubrió fué otra mujer á la distancia de -unos veinte pasos; la cual, con un semblante que -expresaba el terror, el odio, la impaciencia, y la -malicia, con unos ojos que querían á la vez observar -y mirar desde lejos, abría la boca como -para gritar con todas sus fuerzas; mas reteniendo -todavía la respiración, alzando los descarnados -brazos, extendiendo y retirando dos manos crispadas -y encogidas á manera de garras, como si -tratase de coger alguna cosa, parecía querer llamar -gente, de modo que nadie se apercibiese de -ello. Cuando la mirada de Renzo se encontró con -la suya, apareció más horrible todavía, y se estremeció -de la misma manera que una persona á -quien se sorprende.</p> - -<p>—¡Qué demonio!... empezaba á decir Renzo, -levantando también sus dos manos hacia donde<span class="pagenum" id="Page_448">[Pg 448]</span> -se hallaba la mujer; pero ésta, habiendo perdido -la esperanza de hacerle coger de improviso, dejó -escapar el grito que hasta entonces había comprimido: -“¡Al envenenador!, ¡aquí!, ¡aquí! ¡Prended al -envenenador!”.</p> - -<p>—¿Quién?, ¡yo!, ¡ah, infame bruja! ¡Silencio!, exclamó -Renzo, y corrió hacia ella para amedrentarla -y hacerla callar. Pero en seguida conoció que -debía pensar más bien en sus negocios. Al chillar -de la vieja acudió gente de todas partes; no el -tropel que en semejante caso habría acudido tres -meses antes, pero la suficiente para poder hacer -de un solo hombre lo que quisiesen. Al propio -tiempo se abrió de nuevo aquella ventana que ya -sabemos, y se asomó la misma mujer que tan descortés -había sido, la cual ahora gritaba desaforadamente: -“Prendedle, prendedle, pues debe ser -uno de esos bribones que andan por la ciudad untando -las puertas de las casas de las gentes de -bien”.</p> - -<p>Renzo no creyó oportuno el detenerse á reflexionar; -le pareció mucho mejor partido abandonar -precipitadamente aquel lugar que permanecer -en él para sincerarse: lanzó una mirada á -su alrededor para ver hacia qué lado había menos -gente, y por éste se deslizó. Rechazó de una -puñada á uno que le cerraba el camino, pegó en -el pecho á otro que le salía al encuentro, al cual -hizo retroceder ocho ó diez pasos; y echó á correr<span class="pagenum" id="Page_449">[Pg 449]</span> -en seguida con los puños levantados y cerrados -convulsivamente, dispuesto á castigar á cualquiera -que se le pusiese por delante. La calle veíase -desembarazada y libre delante de él; mas á sus -espaldas oíase aumentar y crecer á cada instante -el ruido y las terribles voces de “¡á él, á él!, ¡al envenenador!”. -Ignoraba el número de sus perseguidores, -y no sabía cómo podría salvarse. Su cólera -se convirtió en rabia, las angustias en desesperación; -un espeso velo cubrió sus ojos, echó -mano á su cuchillo, lo abrió, se paró resueltamente, -luego dirigió su mirada torva y amenazadora -hacia los que le perseguían, y con el brazo extendido, -blandiendo en el aire la reluciente hoja, gritó: -“¡Canalla infame!, ¡si hay alguno entre todos vosotros -que sea hombre, que avance!, yo le daré con -éste una buena untura”.</p> - -<p>Mas vió con admiración y con un sentimiento -confuso de placer que sus perseguidores se habían -detenido á cierta distancia como vacilantes. Sin -embargo, continuaban gritando, y al parecer hacían -demostraciones como si estuviesen poseídos -de los malos espíritus á gentes que se hallaban -detrás de Renzo, pero bastante lejos todavía. Éste -se volvió de nuevo y divisó (su gran turbación -no le había permitido verlo antes) un carro que -avanzaba, y detrás de éste una larga hilera de -ellos con su acostumbrado acompañamiento. Por -otro lado, y á alguna distancia se hallaba otra porción<span class="pagenum" id="Page_450">[Pg 450]</span> -de gentes que de todas veras hubieran deseado -caer sobre el envenenador; mas estaban contenidas -por el mismo impedimento. Viéndose así -entre dos fuegos, calculó que lo que para éstas -era un objeto de terror, podía serlo para él de -salvación; por lo tanto pensó que no era tiempo -de hacerse el delicado: cerró su cuchillo, echó á -correr hacia los carros, pasó el primero, y observó -en el segundo que había un buen espacio desocupado; -en su consecuencia toma sus medidas, -da un salto, y helo allí plantado sobre el pie derecho, -el izquierdo en el aire, y levantados ambos -brazos.</p> - -<p>—¡Bravo, bravo! gritaron á una los <em>monatti</em>, algunos -de los cuales seguían el convoy á pie, otros -subidos en los carros; y en fin, los más, para referir -exactamente lo horrible de semejante espectáculo, -iban sentados sobre los cadáveres y bebiendo -de un gran jarro, el que dando vueltas sin -cesar pasaba de mano en mano.—¡Bravo, bravo, -magnífico golpe!</p> - -<p>—¿Has venido á ponerte bajo la protección de -los <em>monatti</em>?, pues haz cuenta que estás tan seguro -como en una iglesia, le dijo uno de los que se -hallaban en el carro adonde se había subido.</p> - -<p>Los enemigos, al acercarse al tren, la mayor -parte habían vuelto las espaldas y se apartaban -gritando siempre “¡á él, á él!, ¡al envenenador!”. Algunos -se retiraban con más lentitud, parándose<span class="pagenum" id="Page_451">[Pg 451]</span> -de cuando en cuando, rechinando los dientes y -amenazando á Renzo, el cual desde el carro les -contestaba enseñándoles los puños.</p> - -<p>—Dejadme hacer, le dijo un <em>monatto</em>; y arrancando -de uno de los cadáveres un asqueroso harapo, -lo anuda precipitadamente, lo coge por uno de los -extremos, lo levanta á manera de honda sobre -aquellos obstinados, y hace ademán de arrojárselo, -gritando: “¡Aguardad, canalla!”. Al observar esto, -todos sin excepción emprendieron la fuga horrorizados, -y Renzo no vió más que las espaldas y -las piernas de sus enemigos, que se movían con la -misma celeridad que las aspas de un molino de -viento.</p> - -<p>Entre los <em>monatti</em> se elevó un grito unánime de -triunfo, una larga y estrepitosa carcajada de risa, -un prolongado ¡juy! como para acompañarles en -su fuga.</p> - -<p>—¡Ja, ja! ¿Ves como sabemos proteger á la gente -honrada? dijo aquel mismo <em>monatto</em> á Renzo. -Más vale uno solo de nosotros que todos esos maricas.</p> - -<p>—Seguramente, respondió Renzo, y bien puedo -decir que os debo la vida, por lo cual os doy -las gracias de todo corazón.</p> - -<p>—¿De qué? contestó el <em>monatto</em>; tú te lo mereces, -se conoce que eres un valiente muchacho. -Haces bien en untar á esa canalla; úntalos, extirpa -á esos miserables que nada valen hasta que<span class="pagenum" id="Page_452">[Pg 452]</span> -mueren, que en recompensa de la vida que llevamos -nos maldicen y van vociferando que así que -concluya la peste quieren hacernos ahorcar á todos. -Es preciso que ellos mueran antes de que cese -la epidemia; es indispensable que los <em>monatti</em> -queden solos cantando victoria y regocijándose en -Milán.</p> - -<p>—¡Viva la peste y muera la canalla! gritó otro; -y después de semejante brindis se acercó el jarro -á los labios, y sosteniéndole con ambas manos en -medio de los vaivenes del carro, echó un buen -trago, ofreciéndole en seguida á Renzo, al cual -dijo: “Bebe á nuestra salud”.</p> - -<p>—Os la deseo con todas las veras de mi alma, -contestó Renzo, pero no tengo sed, ni tampoco -ganas de beber en este momento.</p> - -<p>—Á mi parecer has pasado un gran susto, dijo -el <em>monatto</em>; tienes facha de ser un pobre hombre; -tu traza no es de envenenador.</p> - -<p>—Cada uno se ingenia como puede, dijo el -otro.</p> - -<p>—Alargadme el jarro, dijo uno de los que caminaban -al lado del carro, quiero echar otro trago -á la salud del amo del vino, que se encuentra -en nuestra buena compañía... me parece que -está allí; sí, justamente, dentro de aquel hermoso -carruaje.</p> - -<p>Y con una risa siniestra y cruel señalaba el -carro, delante del cual se hallaba el pobre Renzo.<span class="pagenum" id="Page_453">[Pg 453]</span> -Luego tomando su semblante un aire de seriedad -aún más infame y burlesco, hizo un gran saludo -en aquella dirección, y continuó diciendo: “Permitid, -mi querido amo, que un pobre diablo de <em>monatto</em> -paladee el vino de vuestra bodega. Consideradlo -bien, llevamos una vida... somos los -que os hemos colocado en el carruaje para conduciros -á la campiña. Además, el vino, por poco -que beban sus señorías, no les sienta nunca bien; -los pobres <em>monatti</em>, al contrario, siempre tienen -buen estómago”.</p> - -<p>Sus compañeros dieron grandes risotadas, en -medio de las cuales cogió el jarro y lo levantó; -mas antes de beber se volvió á Renzo, le miró fijamente, -y con cierto aire de insultante compasión, -le dijo: “Es preciso que el diablo con quien -has hecho pacto, sea bien joven; pues si nosotros -no te hubiésemos salvado, te daba un triste socorro”; -y entre un nuevo y general estrépito de -ruidosas carcajadas, se aplicó el jarro á la boca.</p> - -<p>—¿Y nosotros? ¡eh!, ¿y nosotros?, gritaron muchas -voces desde el carro que iba delante. El bribón, -después de haber bebido hasta saciarse, entregó -con ambas manos el gran jarro á sus compañeros, -los cuales se lo pasaron de uno á otro, hasta que -llegando al último de ellos, que lo desocupó enteramente, -lo cogió por el cuello, y dándole vueltas -á guisa de molinete, lo arrojó haciéndole mil -pedazos contra el suelo y gritando: “¡Viva la peste!”<span class="pagenum" id="Page_454">[Pg 454]</span> -Después de estas palabras, se puso á entonar -una inmunda copla, siendo su voz acompasada -por todas las demás que componían aquel horrible -coro. La infernal canción mezclada al retintín -de las campanillas, al rechinar de los carros, -al ruido de las pisadas de los caballos, resonaba -en el silencioso espacio de las calles, y retumbando -en las casas comprimía dolorosamente el -corazón de los pocos que todavía las habitaban.</p> - -<p>¿Pero qué cosa no puede venir á veces á propósito? -¿qué es lo que no puede parecernos bien en -ciertos casos? El peligro de un momento antes había -hecho más que tolerable á Renzo la compañía -de aquellos muertos y de aquellos vivos; y al presente, -semejante música se puede decir que era -grata á sus oídos, pues lo sacaba del embarazo de -una conversación poco satisfactoria. Medio trastornado -todavía, daba gracias á la Providencia -desde lo íntimo de su corazón, de haber escapado -de tan inminente riesgo, sin recibir daño alguno -ni tampoco hacerlo; suplicando al mismo tiempo -que le librase de sus mismos libertadores; y además, -por su parte estaba alerta, observaba á los -<em>monatti</em>, examinaba la calle para pillar la ocasión -favorable de bajar despacio del carro sin ser sentido, -y evitar cualquier escándalo que hiciese poner -sobre sí á los que pasaban.</p> - -<p>De repente, al revolver una esquina, le pareció<span class="pagenum" id="Page_455">[Pg 455]</span> -reconocer el sitio; miró con más atención, y efectivamente -se aseguró de ello. ¿Quieren saber los -lectores en dónde se encontraba nuestro héroe?, -pues bien, se hallaba en la calle que va á parar á -la Puerta Oriental, en aquella misma por la cual -unos veinte meses antes había entrado con tanta -lentitud, y tuvo que volver á pasar al poco tiempo -tan precipitadamente. Recordó de pronto que -desde allí se iba directamente al lazareto, y el hallarse -en dicha calle sin calcular ni preguntar, lo -tuvo por un especial favor de la Providencia, y -por un feliz agüero de todo lo demás. En el mismo -instante salió al encuentro de los carros un -comisario gritando á los <em>monatti</em> que parasen: en -efecto, el convoy se detuvo y la música se convirtió -en un ruido diferente. Uno de los <em>monatti</em> que -se hallaba en el carro de Renzo saltó á tierra: el -joven se dirigió al otro que quedaba y le dijo: “Os -doy gracias por vuestra caridad; que Dios os lo -pague; y dicho esto saltó también por el otro -lado”.</p> - -<p>—Anda, anda, pobrecillo envenenador, respondióle -aquél, no serás tú el que destruya á Milán.</p> - -<p>Por fortuna no se encontraba por allí nadie que -pudiese oirlo. El convoy se había parado en el -lado izquierdo; Renzo se encaminó apresuradamente -hacia el opuesto, y pegado á la pared de -las casas, siguió adelante con dirección al puente; -pasó éste, continuó su marcha por el arrabal, reconoció<span class="pagenum" id="Page_456">[Pg 456]</span> -el convento de capuchinos, y próximo ya -á la puerta divisó un ángulo del lazareto, atravesó -la verja, presentándose á su vista la escena exterior -de aquel fatal recinto: era un leve indicio -de lo que contenía en su interior; mas con todo, -era un espectáculo vasto, diverso é imposible de -describir.</p> - -<p>Una inmensa muchedumbre se precipitaba en -las avenidas; eran los enfermos que iban en cuadrillas -al lazareto; algunos se sentaban ó caían á -las orillas de los dos fosos que costean el camino, -ya fuese que sus fuerzas no hubiesen sido suficientes -para conducirles á su asilo, ya que habiendo -salido de allí desesperados, les hubiesen también -faltado dichas fuerzas para ir más lejos. Otros, -sumamente enfermos, erraban desbandados como -estúpidos, y no pocos privados de razón; uno estaba -sobremanera animado contando sus delirios -á un desgraciado que yacía abrumado por el -mal, otro estaba furioso; por último, aparecía otro -que miraba á todas partes con aire risueño, como -si asistiese á un espectáculo muy divertido. En -medio de tan triste alegría, oíase una voz que cantaba -hasta perder el aliento; el ruido no parecía -salir de aquella miserable reunión, y sin embargo -dominaba á todas las demás; era una canción de -amor alegre y picaresca, á las cuales los milaneses -dan el nombre de <em>Villanelle</em>. Dejándose guiar por -el sonido para descubrir quién podía estar tan<span class="pagenum" id="Page_457">[Pg 457]</span> -contento en aquellas circunstancias y en semejante -lugar, veíase á un desgraciado que sentado -tranquilamente en el foso que circuye las tapias -del lazareto cantaba á grito pelado.</p> - -<p>Apenas Renzo hubo dado algunos pasos dando -la vuelta al costado meridional del edificio, cuando -se elevó al través de la multitud un rumor extraordinario -y un ruido de voces lejanas que gritaban: -“¡Á un lado!, ¡detente!”. Renzo se alzó de -puntillas, y vió un caballo corriendo á todo -escape, espoleado por un extraño jinete: era un -frenético, que habiendo visto á dicho animal suelto, -sin nadie que le guardase junto á un carro, había -saltado encima prontamente, y pegándole en -el cuello con el puño, haciendo servir de espuelas -á sus talones, lo aguijoneaba con furia. Los <em>monatti</em> -le seguían gritando, un instante después no -se divisaba más que una espesa nube de polvo en -lontananza.</p> - -<p>Así, aturdido y fatigado ya de ver miserias, el -joven llegó á la puerta de aquel lugar, en el cual -acaso había más amontonadas que no había visto -en todo el espacio que había tenido que recorrer. -Finalmente, pasó el umbral, y permaneció un momento -inmóvil debajo del pórtico.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_458">[Pg 458]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Figúrese el lector el recinto del lazareto poblado -de diez y seis mil atacados de la peste; aquel -vasto espacio enteramente cubierto por un lado -de cabañas y de tiendas, por otro de carros, más -allá de hombres, aquellas dos prolongadas hileras -de pórticos á derecha é izquierda llenas de moribundos -ó de cadáveres tendidos en jergones ó encima -de mugrientas y desnudas pajas, percibiéndose -y sobresaliendo al través de aquella inmensa -morada de dolores un ruido sordo, parecido al -lejano murmullo de las olas agitadas por la tempestad. -Veíanse por doquier convalecientes, frenéticos, -enfermeros, un ir y venir, pararse, correr, -inclinarse y levantarse. Tal fué el espectáculo que -se ofreció á un mismo tiempo á la vista de Renzo,<span class="pagenum" id="Page_459">[Pg 459]</span> -teniéndole clavado allí por un momento, estupefacto -y afligido. No nos proponemos ciertamente -el describir con minuciosidad dicho espectáculo, -ni tampoco creemos que el lector lo desee, y sí -tan solo acompañaremos á nuestro joven en su -penosa marcha: nos detendremos en los parajes -que él se detenga, diremos todo cuanto sea preciso -de lo que vió, refiriendo lo que hizo y lo que -después le aconteció.</p> - -<p>Desde la puerta en donde se había parado hasta -la capilla, que estaba situada en el centro, y -desde ésta á la otra puerta de enfrente, formaba -una especie de calle cubierta de cabañas y de toda -clase de obstáculos fijos. Á la segunda ojeada divisó -Renzo en la expresada calle ó prolongado pasadizo -una multitud de carretones que conducían -de una parte á otra las cosas necesarias á los moradores -que encerraba tan fatal recinto; vió también -capuchinos y seglares que dirigían aquellas -operaciones, los cuales hacían salir de allí á los -que nada hacían. Temiendo nuestro héroe el ser -echado del mismo modo, se escondió al instante -entre las cabañas que se hallaban á su derecha, -casualmente hacia el lado en que él se encontraba.</p> - -<p>Continuaba avanzando, á medida que iba descubriendo -sitio para poner el pie, de cabaña en -cabaña, asomándose en todas, observando las camas -que se hallaban al descubierto, examinando<span class="pagenum" id="Page_460">[Pg 460]</span> -los rostros abatidos por los padecimientos, contraídos -por el espasmo ó por la inmovilidad de la -muerte, por si acaso daba con aquel que, sin embargo, -tanto temía encontrar allí. Había andado -ya mucho y repetido varias veces aquel doloroso -examen sin ver á mujer alguna, en vista de lo -cual calculó que debían estar en lugar separado. -Efectivamente, lo adivinaba; mas en dónde pudiera -ser, ni tenía el más pequeño indicio, ni de -dónde sacarlo. Encontraba á su paso muchos individuos -destinados en el establecimiento, tan diferentes -en aspecto, maneras y trajes, cuan diverso -y opuesto era el principio que les daba á todos -una fuerza igual de vivir prestando tales servicios, -viéndose en los unos una total extinción de -piedad, y en los otros una compasión sobrehumana. -Pero ni á unos ni á otros se atrevía á preguntar, -para no tropezar con alguna dificultad; y concluyó -por andar, andar hasta llegar á encontrar á -las mujeres. Al propio tiempo que así lo hacía, -no dejaba, sin embargo, de mirar á todas partes; -mas de cuando en cuando se veía obligado á retirar -contristado su mirada, desvanecido á la presencia -de tantas desgracias. ¿Pero adónde debía -volver la vista, adónde detenerla más que sobre -otras y otras desgracias?</p> - -<p>La atmósfera misma y el cielo aumentaban el -horror de aquella escena, si es que pudiese haber -algo que lo aumentase. La espesa niebla se había<span class="pagenum" id="Page_461">[Pg 461]</span> -ido aclarando poco á poco, dividiéndose en mil -nubecillas flotantes, que condensándose cada vez -más, parecían anunciar una tempestad. En medio -de aquel cielo encapotado y sombrío, se presentaba -como cubierto de un espeso velo el disco del -sol, pálido, sin rayos, arrojando una claridad triste -y dudosa, y esparciendo un calor pesado y sofocante. -En medio de aquel vasto rumor, oíase elevarse -por intervalos, sordos é interrumpidos gemidos, -no pudiéndose decir de dónde salían, aun -escuchando con la mayor atención; únicamente, -se hubiera creído oir un ruido lejano de carros que -se paraban de repente. No se veía en la campiña -de los alrededores, ni agitarse siquiera una sola -hoja en los árboles, ni tampoco posarse ningún pájaro -en ellos: únicamente la golondrina, apareciendo -de súbito en el techo del recinto, dirigía -su vuelo hacia abajo, con las alas extendidas como -si fuese á rozar la tierra; mas asustada de aquel -bullicio, volvía á emprender su vuelo y huía. Asemejábase -todo aquello á una de esas épocas en -que entre una reunión de viajeros no hay uno que -rompa el silencio; en que el cazador camina pensativo -con la vista fija en la tierra; en que el labrador, -trabajando en su campo, deja de cantar -sin advertirlo; asemejábase, repito, á uno de esos -momentos precursores del huracán, en los cuales -la naturaleza, como inmóvil en el exterior y agitada -por un trabajo interior, parece oprimir á todo<span class="pagenum" id="Page_462">[Pg 462]</span> -ser viviente, y añade cierta pena molesta á toda -ocupación, al ocio y á la existencia misma. Pero -en aquel lugar, destinado á los padecimientos -y á la muerte, se veía al hombre hecho presa ya -del mal, ceder á la nueva opresión, como también -sucumbir los enfermos á centenares, siendo la -agonía postrera la más cruel, y en este colmo de -dolores los quejidos más sofocados, el último estertor -más penoso. Quizás en aquella mansión de -miserias no había tenido lugar todavía una hora -tan terrible como la que describimos.</p> - -<p>Nuestro joven había dado ya una gran vuelta -sin fruto por entre la inmensa multitud de cabañas, -cuando en medio de la confusión y diversidad -de lamentos comenzó á distinguir una mezcla -singular de lloros de niños y de balidos, hasta que -llegó á una especie de tapia ó tabique medio hendido -y estropeado, detrás del cual salía aquel extraordinario -ruido. Miró por una ancha abertura -que había entre dos vigas, y vió un recinto en el -que se hallaban varias cabañas esparcidas, y tanto -en ellas como en el pequeño campo no divisó -la acostumbrada reunión de enfermos, sino una -infinidad de pequeñas criaturas echadas sobre -colchoncitos, almohadas y sábanas extendidas, teniendo -á su alrededor nodrizas y otras mujeres -para cuidarlas; pero lo que más que todo llamaba -la atención y atraía las miradas de Renzo, era el -ver mezcladas en medio de dichas mujeres á varias<span class="pagenum" id="Page_463">[Pg 463]</span> -cabras, convertidas en auxiliares de aquéllas: -en una palabra, era una especie de inclusa, según -lo permitían el lugar y las circunstancias. Era, -repito, una cosa singular el contemplar á algunos -de los expresados animales parados y quietos sobre -éste ó aquel niño, dándoles de mamar; otros -acudir prontamente á los lloros del mismo modo -que podría hacerlo una madre; pararse junto al -tierno infante, procurando colocarse encima con -sumo cuidado, dando balidos y bullendo sin cesar -como llamando que fuese alguien en su auxilio.</p> - -<p>Veíanse sentadas en varias partes nodrizas con -niños colgados al pecho; algunas de ellas manifestando -tales muestras de cariño, que hacían dudar -al que miraba si habían sido atraídas á aquel paraje -por el ansia de la remuneración ó por esa caridad -espontánea que va en busca de los necesitados -y de los que padecen. Una de dichas nodrizas, -en extremo afligida, desprendía de su pecho -á una criatura que lloraba con fuerza, é iba tristemente -buscando el animal que hiciera sus veces. -Otra contemplaba satisfecha al que se le había -quedado dormido con el pecho en la boca, y -besándole dulcemente, se dirigía á una cabaña con -el fin de colocarlo sobre un colchoncito. Mas una -tercera, abandonando su pecho á una criatura extraña -con cierto aire, no de negligencia, pero sí -de preocupación, miraba fijamente al cielo: ¿qué -pensaba en aquel instante, en aquella actitud, con<span class="pagenum" id="Page_464">[Pg 464]</span> -aquellas miradas, sino en el hijo nacido de sus entrañas, -que quizá poco antes había chupado aquel -pecho, y que también acaso exhalara sobre él su -último suspiro? Otras mujeres de más avanzada -edad, estaban ocupadas en desempeñar otras faenas. -Una acudía á los gritos de un niño hambriento; -lo tomaba en brazos, y lo llevaba cerca de una -cabra que pacía en medio de un montón de fresca -yerba, aproximándolo á la teta, llamando al -inexperto animal y acariciándole á la vez hasta -que prestaba dulcemente su servicio. Ésta corría -afanosa á coger á un pobrecito á quien pisaba una -cabra, del todo atenta en dar de mamar á otro; -aquélla llevaba el suyo de un lado á otro, meciéndolo, -procurando bien dormirlo por medio del -canto, bien acallándolo con cariñosas palabras, -y dándole un nombre que ella misma le había -puesto. En esto se presentó un capuchino de blanquísima -barba, llevando dos tiernos niños que -lloraban amargamente, los cuales acababa de sacar -de entre los brazos de las madres expirantes. -Una mujer acudió presurosamente á recibirlos, -después de lo cual anduvo mirando entre -las nodrizas y las cabras, con el objeto de encontrar -de pronto quien ocupase el lugar de madre.</p> - -<p>Más de una vez, Renzo, impulsado por el primero -y el más fuerte de sus pensamientos, se había -separado de la abertura para proseguir su -marcha; mas en seguida volvía á fijar la vista para -mirar todavía otro poco.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_465">[Pg 465]</span></p> - -<p>Finalmente, apartándose de allí, fué dando la -vuelta al tabique, hasta que una porción de cabañas -apoyadas en él lo forzaron á volverse. Entonces -continuó su camino arrimado á dichas cabañas, -con la mira de acercarse otra vez al mencionado -tabique, siguiendo hasta su conclusión, y -con esto descubrir nuevo terreno. Mientras miraba -hacia adelante para examinar el camino, una -aparición repentina, pasajera, instantánea, hiere -su vista y turba su espíritu. Ve á unos cien pasos -de distancia pasar y perderse de pronto entre -las barracas un capuchino, que aun de lejos y en -medio de aquella precipitación, tenía el mismo -modo de andar, todas las maneras, y por último -las formas todas del padre Cristóbal. Imagínese -el lector el ansia con que correría hacia el paraje -por donde el fraile había desaparecido: busca de -aquí, busca de allí, delante, detrás, dentro y fuera -de aquellos lugares; en fin, le vuelve á ver á -bastante distancia que se alejaba de una gran -marmita, encaminándose con una cazuela en la -mano hacia cierta cabaña; luego observa que se -sienta en el umbral, que hace la señal de la cruz -sobre la citada cazuela que tiene delante; y mirando -á su alrededor, como un hombre que siempre -está alerta, se pone á comer. Era justamente -el mismo padre Cristóbal.</p> - -<p>Referiremos en dos palabras la historia del -buen fraile desde el momento en que lo perdimos<span class="pagenum" id="Page_466">[Pg 466]</span> -de vista, hasta su actual encuentro. No se había -movido nunca de Rímini, ni había pensado siquiera -en ello, á no ser por la peste que estalló -en Milán, la cual le ofreció la ocasión de hacer lo -que siempre había deseado tanto: esto es, dar la -vida por su prójimo. Suplicó con grandes instancias -el ser llamado para servir y asistir á los apestados. -Aquel conde, miembro del consejo secreto, -pariente del conde Attilio, había muerto, y por -otro lado, en los tiempos que corrían se necesitaban -más bien enfermeros que diplomáticos, por lo -cual accedieron sin dificultad alguna á sus ruegos. -En seguida se dirigió á Milán, y entró en el lazareto, -haciendo cerca de tres meses que se hallaba -en él.</p> - -<p>Mas el consuelo que experimentó Renzo al encontrar -á su buen fraile, no fué completo ni tan -siquiera un solo momento. ¡Era él! Pero, ¡cuán -cambiado estaba! Veíasele sumamente encorvado, -abatido y como triste; el rostro pálido y demacrado; -observábase en todo él una naturaleza -exhausta, una vida apagada y expirante, sostenida -por los esfuerzos de su grande alma.</p> - -<p>Tenía también la mirada fija sobre el joven que -se dirigía hacia él, y que no atreviéndose á darse -á conocer por medio de la voz trataba de hacerlo -con el gesto. “¡Oh, padre Cristóbal!”, dijo luego que -estuvo bastante cerca para ser oído sin gritar.</p> - -<p>—¡Tú aquí! respondió el fraile, dejando la cazuela -en el suelo y levantándose.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_467">[Pg 467]</span></p> - -<p>—¿Cómo estáis, padre? ¿cómo estáis?</p> - -<p>—Mejor que todos esos infelices que ves aquí, -repuso el fraile; y su voz era débil, extinguida y -mudada como todo lo demás. Sus ojos se conservaban -en su primitivo estado, notándose en ellos -un cierto no sé qué de más vivo y espléndido; como -si la caridad elevada por el peligro de la obra, -y exaltada por sentirse próxima á su principio, le -hubiese restituido un fuego más ardiente y puro -que el que la enfermedad iba extinguiendo poco -á poco.</p> - -<p>—Pero tú, proseguía, ¿cómo es que te hallas -aquí? ¿por qué vienes de este modo á desafiar la -peste?</p> - -<p>—Gracias á Dios, la he pasado. Ahora vengo... -en busca de... Lucía.</p> - -<p>—¡Lucía! ¿está aquí Lucía?</p> - -<p>—Seguramente; á lo menos confío en Dios en -que aún estará aquí.</p> - -<p>—¿Es tu esposa?</p> - -<p>—¡Oh, mi querido padre! no, no es mi esposa. -¿Ignoráis todo lo que ha sucedido?</p> - -<p>—En efecto, hijo mío; desde que Dios me alejó -de vosotros, nada más he sabido; pero ahora -que él te envía, digo francamente que deseo tener -noticias de todo. Pero... ¿y el destierro?</p> - -<p>—¿Sabéis, pues, las cosas que me han pasado?</p> - -<p>—¿Pero tú, qué has hecho?</p> - -<p>—Escuchad; si quisiese decir que aquel día en<span class="pagenum" id="Page_468">[Pg 468]</span> -Milán tuve juicio, mentiría; mas tampoco he cometido -ninguna mala acción.</p> - -<p>—Lo creo, y también lo creía antes.</p> - -<p>—Ahora, pues, lo podré decir todo.</p> - -<p>—Espera, dijo el fraile; y dando algunos pasos -fuera de la cabaña, llamó: “¡Padre Víctor!”. Un momento -después se presentó un joven capuchino, -al cual dijo: “Padre Víctor, dispensadme la caridad -de velar por mí á esos infelices, mientras me separo -cortos instantes; y sin embargo, si alguno -me busca, llamadme en seguida. ¡Aquel individuo -sobre todo! si diese la más leve señal de volver en -sí, avisadme por favor prontamente”.</p> - -<p>—Descuidad; así lo haré, respondió el joven. -Entonces el anciano dirigiéndose á Renzo le dijo: -“Entremos aquí. Pero... añadió súbitamente, -me parece que estás muy extenuado, y por lo tanto -debes tener necesidad de comer”.</p> - -<p>—Es cierto, replicó Renzo; ahora que me hacéis -pensar en ello, recuerdo que todavía estoy -en ayunas.</p> - -<p>—Espera, dijo el fraile, y fué á llenar otra cazuela -adonde se hallaba la marmita, dándosela á Renzo -juntamente con una cuchara. Después lo hizo -sentar sobre un mal jergón que le servía de lecho; -luego puso un vaso de vino en una mesita junto -á su convidado, volvió á tomar en seguida su cazuela, -y se sentó al lado de Renzo.</p> - -<p>—¡Oh, padre Cristóbal! ¡vos solo érais el que<span class="pagenum" id="Page_469">[Pg 469]</span> -podía hacer esto! ¡Siempre el mismo! Os doy las -gracias de todo corazón.</p> - -<p>—No es á mí á quien debéis darlas; esto pertenece -á los pobres; mas en la actualidad tú lo eres -también. Ahora dime lo que ignoro; háblame de -nuestra pobre niña, y trata de hacerlo en pocas -palabras, porque el tiempo es precioso, y tengo -mucho que hacer, según tú mismo estás viendo.</p> - -<p>Renzo comenzó entre una y otra cucharada la -historia de Lucía: contó que se había refugiado -en el convento de Monza; del modo que había sido -robada... Á la imagen de tantos sufrimientos -y peligros, á la idea de que él había encaminado -á dicho paraje á la pobre inocente, el buen -fraile se quedó sin aliento; mas se repuso en seguida -al oir de la manera milagrosa que había sido -librada, devuelta á su madre, y confiada por -esta misma á D.ª Prajedes.</p> - -<p>—Ahora voy á hablar de mí, prosiguió Renzo, y -refirió sucintamente la jornada de Milán, su fuga -y cómo en todo el tiempo que siguió había permanecido -lejos de su casa, habiéndose arriesgado -á ir en la actualidad, á causa de estar todo tan revuelto; -que no había podido encontrar á Inés; y, -por último, que en Milán había sabido que Lucía -estaba en el lazareto. Y aquí estoy, concluyó diciendo, -aquí estoy con el objeto de buscarla, para -saber si vive, y si... me quiere todavía... porque... á -veces...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_470">[Pg 470]</span></p> - -<p>—Pero, replicó el fraile, ¿hay algún indicio del -lugar en que ha sido colocada, al ser conducida -aquí?</p> - -<p>—Ninguno, mi querido padre, ninguno más sino -que ella está aquí, si es que así sea; que Dios -lo quiera.</p> - -<p>—¡Oh, desgraciado joven! ¿Mas qué pesquisas -has hecho hasta ahora?</p> - -<p>—He dado vueltas y más vueltas; pero en medio -de tanta confusión no he visto casi más que -hombres. He calculado que las mujeres deben estar -en un lugar aparte; mas no he podido encontrarlo: -si es así, ahora me haréis la caridad de -enseñármelo.</p> - -<p>—¿Ignoras, hijo mío, que está prohibido el que -los hombres entren en él, no siendo destinados á -prestar sus servicios?</p> - -<p>—¡Y bien! ¿Qué me puede suceder?</p> - -<p>—La ley es justa y santa, mi querido amigo; y -si la multitud y gravedad de los males no permite -que se pueda hacer observar con todo rigor, ¿es -ésta una razón para que un joven honrado se atreva -á infringirla?</p> - -<p>—Pero, ¡padre Cristóbal! dijo Renzo; Lucía debía -ser mi esposa; vos mismo sabéis cómo hemos -sido separados; hace veinte meses que sufro, y -tengo paciencia; he venido aquí á riesgo de una -infinidad de cosas, que si malas son unas, mucho -peores son las otras, y ahora...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_471">[Pg 471]</span></p> - -<p>—No sé qué decirte, replicó el fraile, respondiendo -más bien á sus pensamientos que á las palabras -del joven: tú vas con buena intención; ¡pluguiera -á Dios que todos los que tienen libre acceso -en estos lugares, se portasen como yo estoy -seguro que tú lo harás! Dios, que ciertamente bendice -ésta tu perseverancia en amar, ésta tu felicidad -en querer y buscar á la que él te había dado; -Dios, que es más riguroso que los hombres, pero -también más indulgente, no querrá consentir nada -que no sea regular en este tu modo de buscarla. -Recuerda tan solo que de tu conducta en este -sitio ambos tendremos que dar cuenta, no regularmente -á los hombres, pero sí á Dios. Sígueme.</p> - -<p>Al decir estas palabras se levantó, y Renzo hizo -lo mismo. Éste permanecía con la mayor atención, -habiendo decidido en su interior, según se -había propuesto antes, el no hablarle de la consabida -promesa de Lucía. “Si lo llega á saber, pensó -entre sí, de seguro me pondrá otras dificultades. -Ó la encuentro, y tendremos siempre tiempo -de reflexionar, ó... y entonces, ¿de qué puede -servirme?”</p> - -<p>Después de haberlo conducido á la entrada de -la cabaña, el fraile prosiguió diciendo: “Escucha; -nuestro padre Félix, que es el presidente del lazareto, -lleva hoy á unos cuantos convalecientes -que se hallan aquí, para que hagan cuarentena.<span class="pagenum" id="Page_472">[Pg 472]</span> -¿Ves esa iglesia que hay en el centro?...”, y levantando -su mano trémula y descarnada, señalaba -á la izquierda, en el sombrío espacio, la cúpula -de la capilla que dominaba las miserables cabañas. “Ellos -van á reunirse allí para salir en procesión -por la puerta por la cual tú debes haber entrado”.</p> - -<p>—¿Has oído ya algún toque de campana?</p> - -<p>—En efecto, he oído uno.</p> - -<p>—Era el segundo; al tercero estarán todos reunidos; -el padre Félix pronunciará un pequeño discurso, -y en seguida emprenderá la marcha con -ellos. Tú, á esta señal, trasládate allí; procura -colocarte detrás de la procesión, á una orilla del -camino, desde donde, sin estorbar á nadie ni hacerte -notar, puedes verla pasar; y después ves... -ves si ella va. Si Dios no ha querido que la pobrecita -se encuentre allí, en ese lado; y diciendo -esto, levantó de nuevo la mano, señalando la parte -del edificio que tenían delante de sí;—ese lado -de la fábrica y una porción de terreno que hay -enfrente, está asignado á las mujeres. Verás una -empalizada que divide aquel cuartel de éste, mas -interrumpida, abierta en algunos parajes, de modo -que podrás entrar sin dificultad alguna. Cuando -estés ya dentro, trata de no hacer nada que -pueda dar lugar á sospechas; y así será probable -que nadie se meta contigo. Con todo, si te ponen -algún obstáculo, di que el padre Cristóbal de ***<span class="pagenum" id="Page_473">[Pg 473]</span> -te conoce y responde de ti. Búscala, búscala con -confianza, y... con resignación; pues ten presente -que lo que has venido á pedir aquí es una -cosa muy grande, cual es una persona viva en el -lazareto. ¿Sabes cuántas veces he visto renovarse -en estos lugares á mi pobre pueblo? ¿Cuántas me -lo he visto arrebatar? ¿Cuán poco lo he visto salir? -Ve pues dispuesto á llenar ese penoso sacrificio...</p> - -<p>—¡Ya!... ¡sí; comprendo! le interrumpió Renzo -con extraviados ojos y demudado semblante.—¡Comprendo! -Voy; miraré, buscaré por todas partes; -recorreré todo el lazareto... ¡Y si no la encuentro!...</p> - -<p>—¡Si no la encuentras! dijo el fraile con grave -y atento ademán y con escrutadora mirada.</p> - -<p>Pero Renzo, á quien la cólera, largo tiempo -amontonada en su corazón, turbaba la vista y quitaba -todo respeto, prosiguió: “Si no la encuentro, -procuraré encontrar á otro, ó en Milán, ó en su -abominable palacio, ó en el cabo del mundo, ó en -el mismo infierno, encontraré á ese malvado que -nos ha separado, al infame que ha tenido la culpa -de que Lucía no me permanezca veinte meses -hace; y si hubiésemos estado destinados á morir, -á lo menos hubiéramos muerto juntos. En fin, si -aún existe, yo daré con él...”.</p> - -<p>—¡Renzo! replicó el fraile, cogiéndole por un -brazo y mirándole todavía con más severidad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_474">[Pg 474]</span></p> - -<p>—Y si lo encuentro, prosiguió Renzo, ciego enteramente -de cólera,—si es que la peste no me ha -hecho ya justicia... Ya se acabó el tiempo en -que un cobarde rodeado de sus bravos podía reducir -á las gentes á la desesperación y burlarse -de ellas. Ha llegado ya el día en que los hombres -se encuentran cara á cara: ¡yo me haré justicia! -sí, ¡yo mismo me la haré!</p> - -<p>—¡Desgraciado! exclamó el padre Cristóbal, con -voz sonora y reforzada de repente. “¡Desgraciado!” -Y su cabeza inclinada se levantó, sus mejillas recobraron -la antigua vida, y el fuego que despedían -sus ojos tenía un no sé qué de terrible. -“¡Mira, desgraciado!” Y mientras oprimía y sacudía -fuertemente con una mano el brazo de Renzo, -paseaba la otra delante de él, obligándole á contemplar -la dolorosa escena que tenía á la vista. -“¡Mira quién es el que castiga; quién el que juzga, -y no es juzgado; quién el que impone penas, y -perdona! ¡Pero tú, miserable gusano, tú, quieres -hacerte justicia! ¿Sabes acaso lo que es justicia? -¡Vete, infeliz, vete! Yo esperaba... sí; he tenido -la esperanza de que antes de morir Dios me -concedería el consuelo de saber que mi pobre Lucía -vivía todavía, de verla quizás, de oirla hacerme -la promesa de que me enviaría una súplica á -la huesa en donde descansen mis restos mortales. -Anda; tú has arrebatado mi esperanza: Dios no la -ha dejado sobre la tierra para ti; y no tendrás<span class="pagenum" id="Page_475">[Pg 475]</span> -ciertamente la audacia de creerte digno de que -Dios piense siquiera en consolarte; habrá pensado -en ella, porque es de las almas á las cuales están -reservados los goces eternos. ¡Anda! no tengo -tiempo de escucharte ya más”.</p> - -<p>Al decir estas palabras, rechazó el brazo de -Renzo, y se dirigió hacia una cabaña de apestados.</p> - -<p>—¡Ah, padre mío! dijo Renzo, siguiéndole con -ademán suplicante, ¿queréis que me vuelva de este -modo?</p> - -<p>—¡Cómo! repuso el capuchino con no menos severo -acento, “¿tendrás la osadía de pretender que -yo robe el tiempo á esos pobres afligidos, los cuales -están aguardando que les hable del perdón -de Dios, por escuchar tus palabras iracundas y -tus proposiciones de venganza? Te he prestado -atención cuando me pedías consuelos y consejos; -he quitado el tiempo debido á la caridad; mas -ahora que se ha apoderado la venganza de tu -corazón, ¿qué pretendes de mí? Parte. He visto -morir á los ofendidos perdonando, á los agresores -lamentándose de no poder humillarse ante -el agraviado; he llorado con los unos y con los -otros; pero contigo, ¿qué he de hacer?”</p> - -<p>—¡Ah, yo le perdono! ¡Yo le perdono: sí; le -perdono para siempre! exclamó el joven.</p> - -<p>—Renzo, dijo el fraile con una severidad más -tranquila: piénsalo bien, y dime cuántas veces lo -has perdonado.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_476">[Pg 476]</span></p> - -<p>Y habiendo permanecido algunos instantes sin -recibir respuesta, inclinó de repente la cabeza, y -con voz más baja y lenta continuó: “¿Sabes tú por -qué llevo este hábito?”.</p> - -<p>Renzo titubeaba.</p> - -<p>—¿Lo sabes? repuso el anciano.</p> - -<p>—Lo sé.</p> - -<p>—Yo también he odiado; yo, que te he reprendido -por un pensamiento, por una palabra. Al -hombre que aborrecía, que aborrecí largo tiempo, -le di muerte.</p> - -<p>—Sí, pero era un poderoso, uno de los...</p> - -<p>—¡Silencio! gritó el fraile. ¿Crees tú que si hubiese -habido alguna buena razón para disculpar -semejante atentado, no la habría encontrado en -el espacio de treinta años? ¡Ah, si pudiera ahora -introducir en tu corazón el sentimiento que después -he tenido siempre y que aún ahora tengo hacia -el hombre que tanto aborrecí! ¡Si yo pudiera!... -pero Dios lo puede todo: ¡que él lo haga!... Escucha, -Renzo; el Señor te quiere más de lo que tú -te quieres á ti mismo: tú has podido pensar en la -venganza; pero él tiene bastante fuerza y suficiente -misericordia para alejarte de ella; te concede -una gracia, de la cual algunos no serían dignos. -No ignoras, y tú mismo lo has dicho repetidas veces, -que él puede detener la mano de un poderoso; -mas es preciso que sepas también que puede -parar la de un vengativo. Y porque eres pobre,<span class="pagenum" id="Page_477">[Pg 477]</span> -porque te han ofendido, ¿crees que no puede defenderte -de un hombre que ha criado á su semejanza? -¿Juzgas acaso que te dejará hacer todo lo -que quieras? ¡No! ¿Pero sabes lo que él puede hacer? -Puede aborrecerte y perderte; puede por ese -mal pensamiento que te anima, alejar de ti toda -bendición; porque de cualquier modo que vayan -las cosas, sea cual fuere tu suerte, ten por seguro -que todo será castigo, hasta que tú hayas perdonado -de manera que no puedas volver á decir jamás: -yo le perdono.</p> - -<p>—Sí, sí, dijo Renzo, enteramente conmovido y -confuso: comprendo que jamás lo había perdonado -de veras; comprendo que he hablado como una -bestia, y no como un cristiano; y ahora con el favor -especial del Señor, sí; lo perdono de todo corazón.</p> - -<p>—¿Y si le vieses?</p> - -<p>—Rogaría á Dios que me diese paciencia y que -tocase su corazón.</p> - -<p>—Acuérdate que el Señor no nos ha dicho que -perdonemos á nuestros enemigos, sino que los -amemos. Recuerda que él los amó hasta morir por -ellos.</p> - -<p>—Es muy cierto.</p> - -<p>—Pues bien, sígueme. Has dicho: lo encontraré; -sí, lo encontrarás. Ven y verás contra quién -podías conservar tu odio, á quién podías<span class="pagenum" id="Page_478">[Pg 478]</span> desear -mal, á quién hacerlo, y contra qué vida querías -atentar.</p> - -<p>Después de esto cogió la mano de Renzo, y -apretándola del mismo modo que hubiera podido -hacerlo un joven lleno de fuerza y robustez, echó -á andar. Éste, sin atreverse á preguntar ni pedir -más, le siguió.</p> - -<p>Á los pocos pasos, el fraile se paró á la entrada -de una cabaña, miró fijamente á Renzo con -cierto aire de gravedad y ternura, y lo introdujo -dentro.</p> - -<p>La primera cosa que se veía al entrar, era un -enfermo sentado sobre la paja, en el fondo; un enfermo -que no estaba, sin embargo, de peligro, y -que aún parecía próximo á la convalecencia, el -cual, al ver al padre, sacudió la cabeza como en -señal de negativa: el fraile también inclinó la suya, -con ademán de tristeza y resignación. Entretanto -Renzo, dirigiendo con inquieta curiosidad la -vista á los demás objetos, vió á tres ó cuatro enfermos, -divisando además uno en un rincón que -yacía tendido sobre un colchón de pluma, envuelto -en una sábana y abrigado con una capa de caballero -á guisa de cobertor. Miróle fijamente, y -reconociendo á D. Rodrigo, hizo ademán de retroceder; -mas el fraile, haciéndole sentir de nuevo -con fuerza la presión de la mano con la cual -lo tenía cogido, le mostraba con la otra al individuo -que estaba allí acostado. El infeliz permanecía<span class="pagenum" id="Page_479">[Pg 479]</span> -inmóvil; sus ojos, espantosamente abiertos, nada -veían; su rostro, pálido y cubierto de manchas -lívidas; sus labios, negros é hinchados; en una palabra, -hubiérase dicho que era el semblante de un -cadáver, si una contracción violenta no hubiese -revelado una vida tenaz. Veíase por intervalos levantársele -el pecho con penosa respiración; su -mano derecha, fuera de la capa, apretaba convulsivamente -el corazón con sus dedos lívidos y negros -en sus extremidades.</p> - -<p>—¡Ya lo ves!, dijo el fraile en voz baja y solemne. -Esto puede ser un castigo, acaso un acto de -misericordia. La misma compasión que experimentes -al presente por este hombre que te ha -ofendido, Dios á quien también has colmado de -ofensas, la tendrá de ti en su día. Bendícele, y sé -bendecido. Cuatro días hace que está como le -ves, sin dar ninguna señal de vida. ¡Quizás el Señor -esté dispuesto á concederle una hora de arrepentimiento, -pero él desearía que tú se la pidieses; -acaso quiere también que se lo ruegues juntamente -con nuestra pobre Lucía; puede ser que -reserve dicha gracia á tu sola súplica, á los ruegos -de un corazón afligido y resignado, quizás la -salvación de este hombre y la tuya dependan -ahora de ti, de un sentimiento de perdón por tu -parte, de compasión... de amor!</p> - -<p>Calló, y juntando las manos, inclinó la cabeza -como en ademán de rezar, y Renzo hizo lo mismo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_480">[Pg 480]</span></p> - -<p>Después de algunos instantes de permanecer en -semejante actitud, se dejó oir el tercer toque de -la campana. Levantáronse ambos á un mismo tiempo, -y salieron. No hubo de una ni otra parte preguntas -ni protestas de ningún género; sus semblantes -eran los que hablaban.</p> - -<p>—Ahora ve, repuso el fraile; ve preparado á hacer -un sacrificio, como también á alabar á Dios, -cualquiera que sea el éxito de tus pesquisas; después -de lo cual ven á darme cuenta del resultado, -los dos á una lo alabaremos.</p> - -<p>Al acabar de decir esto, sin añadir una palabra -más, se separaron; el uno se volvió por donde -había venido, el otro se encaminó hacia la capilla -que se hallaba situada á unos cien pasos de distancia -de aquel paraje.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_481">[Pg 481]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOCTAVO</h2> -</div> - - -<p class="p2">¡Quién había de haber dicho á Renzo algunas -horas antes que en medio de sus indagaciones, al -empezar los momentos más dudosos y decisivos, su -corazón se hallaría dividido entre Lucía y D. Rodrigo! -Y sin embargo, así era: la figura de este último -venía á mezclarse á todas las imágenes queridas -y terribles que en tan fatal travesía la esperanza -y el temor hacían nacer sucesivamente en -su espíritu: las palabras que había oído junto á -aquel lecho de dolores, se colocaban entre las -crueles incertidumbres de que su alma se veía -combatida, y no podía terminar una súplica por -el feliz éxito de su empresa sin volver á reanudar -la que había comenzado, cuando el sonido de la -campana lo interrumpió.</p> - -<p>La capilla de forma octógona que se ostenta,<span class="pagenum" id="Page_482">[Pg 482]</span> -elevada sobre una pequeña escalinata en el centro -del lazareto, era en su primitiva construcción -abierta por todos lados sin otro sostén que un -montón de pilastras ó columnas; en cada fachada -un arco entre dos intercolumnios; por la parte interior -daba vueltas un pórtico alrededor de la capilla, -compuesta de ocho arcos correspondientes -al número de sus fachadas, con su cúpula encima; -de modo que el altar erigido en el centro podía -ser visto desde las ventanas de todos los departamentos -del recinto y también casi de todas partes -del campo. Al presente, convertido dicho edificio -para otros muy diferentes usos, han sido tapiados -los vacíos de los arcos; pero habiendo quedado -intacto el antiguo osario, indica claramente -su anterior estado y su destino primitivo.</p> - -<p>Apenas Renzo se había encaminado al sitio que -acabamos de describir, cuando vió aparecer en el -pórtico de la mencionada capilla al padre Félix, -el cual se paró debajo del arco que mira á la ciudad, -á cuyo frente se hallaba reunida la comitiva. -Por el continente y ademanes que presentaba el -santo varón á la distancia en que estaba Renzo, -comprendió que había empezado á predicar.</p> - -<p>Dió vueltas y más vueltas con el fin de llegar -y colocarse detrás de todo el auditorio según -se le había prevenido. Por último habiéndolo -conseguido, lo recorrió todo con la vista y -no distinguió más que una multitud, ó mejor<span class="pagenum" id="Page_483">[Pg 483]</span> -diremos un enlosado de cabezas. En el centro había -cierto número cubiertas con pañuelos ó velos; -hacia dicho lado fué donde fijó con más atención -sus miradas; pero no llegando á descubrir nada -de particular, las dirigió también hacia donde todos -las tenían fijas. Sintióse sobrecogido de emoción -y respeto á la vista del venerable aspecto del -sagrado orador, y con toda la atención que podía -quedarle en su actual situación y en aquel momento -de incertidumbre terrible, oyó la siguiente -parte del solemne sermón:</p> - -<p>“Concedamos un recuerdo, á lo menos á tantos -millares de seres que han entrado allí”; y con el -dedo levantado señalaba la puerta que conducía -al cementerio llamado de <em>S. Gregorio</em>, que entonces -no era más que una sola y vasta fosa: “Echemos -una ojeada en torno de los muchos que aquí -quedan, demasiado inciertos del sitio donde irán -á parar; lancemos una mirada sobre nosotros mismos, -reducidos á un número tan escaso. ¡Bendito -sea el Señor! ¡bendito sea en su justicia, bendito -en su misericordia, en la muerte, en la vida! ¡Bendito -sea por la elección que ha querido hacer de -nosotros! ¡Oh! ¿Por qué lo ha querido, hijos míos, -sino para reservarse un pequeño pueblo corregido -por la aflicción y fortalecido por el reconocimiento; -sino porque reflexionando al presente más -vivamente que la vida es un don suyo, prestemos -la estimación que merece una cosa dada por él,<span class="pagenum" id="Page_484">[Pg 484]</span> -empleándola en acciones ú obras que sean dignas -de ofrecérsele; sino á fin de que la memoria de -nuestros padecimientos nos vuelvan compasivos -y nos inspiren deseos de socorrer á nuestro prójimo? -Entretanto, esos en cuya compañía hemos sufrido, -esperado y temido; entre los cuales dejamos -amigos y parientes, y que últimamente todos son -hermanos nuestros; esos, repito, al veros pasar -por medio de ellos, mientras que recibirán quizás -algún alivio pensando que otros salen de aquí con -vida, ven al propio tiempo la edificación de nuestro -continente. No permita Dios que puedan descubrir -en nosotros una alegría estrepitosa, una -alegría mundana por haber escapado de la muerte, -con la cual ellos luchan, todavía. Que vean que -partimos dando gracias al cielo por nosotros, y -rogando por ellos, y que puedan decir: ¡Aun fuera -de este lugar, ellos se acordarán de nosotros, -y continuarán rogando por los desgraciados! Empecemos -desde este viaje, desde estos primeros -pasos que vamos á dar, una vida enteramente llena -de caridad. Que los que hayan recobrado su -antiguo vigor, presten un brazo fraternal á los débiles: -¡jóvenes, sostened á los ancianos! ¡Vosotros -los que habéis quedado sin hijos, ved á vuestro alrededor -cuántos hijos han quedado sin padres! -¡Sedlo para ellos! Y esta caridad, redimiendo -vuestros pecados, endulzará también vuestros dolores”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_485">[Pg 485]</span></p> - -<p>En esto, un sordo murmullo de gemidos y sollozos -que iba cada vez más en aumento entre el -auditorio, fué suspendido de repente viendo al -predicador ponerse una cuerda al cuello y caer de -rodillas. Se aguardó con el mayor silencio lo que -iba á decir.</p> - -<p>—Por mí, dijo, y por todos mis compañeros, que -desprovistos de todo mérito hemos tenido el privilegio -de ser escogidos para servir á Cristo en -vuestras personas, os pido humildemente perdón -si no hemos llenado dignamente un tan grande -ministerio. Si la pereza, si la indocilidad de la -carne nos ha vuelto menos atentos á vuestras necesidades, -menos prontos á vuestros llamamientos; -si una injusta impaciencia, si un culpable tedio -nos ha hecho que os mostremos un semblante -enojado y severo; si alguna vez el miserable pensamiento -de que vosotros nos necesitabais, nos ha -llevado á no trataros con toda aquella humanidad -que se requería; si nuestra fragilidad nos ha hecho -cometer alguna acción que os haya escandalizado, -perdonadnos. Así Dios perdone vuestras -ofensas y os bendiga. Y habiendo hecho sobre el -auditorio la señal de la cruz, se levantó.</p> - -<p>Hemos podido referir, si no las precisas palabras, -á lo menos el sentido, el tema de las que -profirió exactamente; pero el acento con que fueron -dichas, no es posible describirlo. Era el acento -de un hombre que llamaba privilegio el de servir<span class="pagenum" id="Page_486">[Pg 486]</span> -á los atacados de la peste, porque por tal lo -tenía; que confesaba que sentía no haberlo ejercido -dignamente; que pedía perdón porque estaba -persuadido que tenía necesidad de él. Pero la -multitud, que había visto á su alrededor aquellos -capuchinos sólo ocupados en servirla; que habían -presenciado la muerte de tan gran número, y éste -que hablaba en nombre de todos, siempre el -primero tanto en la fatiga como en la autoridad, -á no ser cuando había estado á punto de morir, -¡calcúlese con qué sollozos, con qué lágrimas contestarían -á semejantes palabras! El admirable fraile -tomó en seguida una cruz que estaba apoyada -á una pilastra; la levantó colocándosela delante de -sí; dejó las sandalias junto al pórtico exterior, bajó -la escalinata; y hendiendo la multitud, que se -apartó respetuosamente para dejarle libre el paso, -fué á ponerse á la cabeza.</p> - -<p>Renzo, todo lloroso, ni más ni menos que si hubiera -sido uno de aquellos á quienes habían pedido -tan singular perdón, se separó un poco más, -yendo á colocarse al lado de una cabaña. Allí estuvo -esperando, medio oculto, con el cuerpo hacia -atrás, la cabeza para adelante, los ojos muy -abiertos, con una gran palpitación de corazón; pero -al mismo tiempo con una nueva y particular -confianza, nacida, á mi parecer, del enternecimiento -que le había inspirado el sermón y el espectáculo -de la emoción general.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_487">[Pg 487]</span></p> - -<p>Y ve ahí llegar el padre Félix, descalzo, con la -cuerda al cuello, llevando aquella pesada cruz; su -rostro pálido y descarnado respiraba á la vez compunción -y valor; avanzaba á pasos lentos, pero resueltos -como el que quiere economizar la debilidad -de los demás, y en todo como un hombre á -quien dichas fatigas y trabajos exorbitantes prestaban -fuerzas para sostener las faenas tan numerosas -de su cargo. Seguían inmediatamente los -niños más crecidos, descalzos la mayor parte, muy -pocos del todo vestidos, y algunos hasta en camisa. -Venían en seguida las mujeres, llevando casi -todas una niña de la mano, y cantando alternativamente -el <em>Miserere</em>: el sonido apagado de sus -voces, la palidez y el aire lánguido de sus rostros -habrían llenado de compasión á cualquiera que se -hubiese encontrado allí como simple espectador. -Pero Renzo miraba, examinaba de fila en fila, de -semblante en semblante; sin dejar escapar uno -tan solo, pues la marcha lenta de la procesión se -lo permitía fácilmente. Pasa y repasa, mira y remira, -pero siempre inútilmente. Lanza una última -mirada hacia la muchedumbre que quedaba -todavía atrás, y que iba disminuyendo sin cesar; -ya no restan más que algunas filas; he aquí la -postrera; todas han pasado: no ha visto más que -caras desconocidas. Con los brazos colgando y la -cabeza inclinada sobre un hombro, acompañó con -la vista aquella comitiva, mientras pasa la de los<span class="pagenum" id="Page_488">[Pg 488]</span> -hombres. Una nueva atención, una nueva esperanza -nace en su alma viendo aparecer después -de éstos, algunos carros que conducían á los convalecientes -que aún no se hallaban en estado de -poder andar. Allí las mujeres venían las últimas; -y el tren iba tan despacio, que Renzo pudo igualmente -examinarlas á todas sin que se le escapase -ninguna. ¡Pero qué!, examina el primer carro, el -segundo, el tercero, y siempre con el mismo éxito, -hasta llegar al último, detrás del cual marchaba -un capuchino de severo aspecto y con un bastón -en la mano, como regulador de la comitiva. -Era aquel padre Miguel que hemos dicho haber -sido dado al padre Félix por coadjutor.</p> - -<p>Por lo tanto, Renzo debía renunciar á aquella -última esperanza que, desvaneciéndose, no sólo le -había arrebatado el valor que ella misma le inspiró, -sino también, como de ordinario suele acontecer, -le dejó en un estado peor que antes. Al -presente, lo mejor que le podía suceder, era encontrar -á Lucía atacada de la peste. Sin embargo, -uniendo al ardor de una esperanza presente -algo del temor creciente, el infeliz se asió con todas -las fuerzas de su alma á este triste y débil hilo. -Dirigióse, pues, hacia el paraje por donde la -procesión había venido. Cuando estuvo al pie de -la capilla, fué á ponerse de rodillas sobre el último -escalón, y elevó á Dios una plegaria, ó por -mejor decir, una mezcla de palabras sin ilación,<span class="pagenum" id="Page_489">[Pg 489]</span> -de frases entrecortadas, de exclamaciones, instancias, -lamentos, promesas; uno de esos discursos -que no se dirigen á los hombres, porque no tienen -bastante penetración para entenderlos, ni paciencia -para escucharlos; porque carecen de la -grandeza necesaria para experimentar compasión -y desprecio.</p> - -<p>Se levantó un poco más reanimado; dió vuelta -á la capilla; se encontró en el otro lado del edificio -que aún no había recorrido, y que salía á otra -puerta, viendo á los pocos pasos la empalizada de -la cual el padre Cristóbal le había hablado, pero -cortada por varias partes, como éste verdaderamente -le dijo; entró pues por una de dichas aberturas, -y se halló dentro del sitio destinado á las -mujeres. Á poco de haber andado, vió en el suelo -una de aquellas campanillas que los <em>monatti</em> -llevaban en los pies, la cual estaba intacta, no -faltándole tampoco sus correspondientes correas. -Le vino á la imaginación que dicho objeto podía -servirle como de pasaporte; lo recogió, miró si -alguien le observaba, y se lo ató según lo hacían -los expresados <em>monatti</em>. En seguida empezó sus -pesquisas, que por la sola multiplicidad de los objetos -habrían de ser más penosas, aun cuando éstas -hubieran sido muy diferentes de lo que eran. -Comenzó á recorrer con la vista y contemplar á -la vez nuevas escenas de dolor, parecidas algunas -á las que ya había presenciado, y otras sumamente<span class="pagenum" id="Page_490">[Pg 490]</span> -diversas. Bajo el peso de la misma calamidad, -se veía aquí otro modo de padecer, ó mejor diremos, -otro modo de languidecer, de quejarse, de -soportar el dolor, de compadecerse y ayudarse -mutuamente; era para el espectador otra piedad -y otro horror.</p> - -<p>Había andado ya largo trecho sin fruto y sin -ningún accidente particular, cuando he aquí que -oye detrás de sí un “¡eh!” que parecía serle dirigido. -Se vuelve, y ve á cierta distancia á un comisario -que levantaba las manos señalándole y gritando: -“Dirigíos allí, á las habitaciones, pues hay -necesidad de ayuda; aquí se ha concluido ahora -de limpiar”.</p> - -<p>Renzo comprendió al instante por quién se le -había tomado, y que la campanilla era la causa -de la equivocación. Llamóse imbécil por haber -pensado únicamente en los obstáculos que dicha -insignia podía evitarle, y no en los que sería posible -que le suscitase; pero al mismo tiempo trató -de salir de semejante apuro. Se apresuró de -contestar al mencionado comisario, haciéndole con -la cabeza una señal afirmativa, como para darle -á entender que lo había comprendido y que obedecía; -después de lo cual se ocultó de su vista con -la mayor prontitud, metiéndose entre las cabañas.</p> - -<p>Cuando creyó estar bastante lejos, reflexionó -en librarse también de lo que había motivado el -pasado escándalo; y para ejecutar dicha operación<span class="pagenum" id="Page_491">[Pg 491]</span> -sin ser observado, se introdujo en un pequeño espacio -que había entre dos cabañas, á las cuales se -podía dar la vuelta alrededor. Se inclinó para -quitarse la campanilla, y estando en esta postura, -con la cabeza apoyada contra la pared de paja de -una de las cabañas, llega á sus oídos una voz... -¡Oh, Dios mío! ¿es posible? Presta atención, y toda -su alma pende en este momento de su oído; él -respira apenas... ¡Sí, sí, ésta es la voz y!... -“¡Miedo!, ¿de qué?, decía con dulzura la misma voz; -lo que hemos pasado no ha sido más que una -tempestad; el que ha mirado por nosotros hasta -aquí, lo hará también en adelante”.</p> - -<p>Renzo no arrojó siquiera un solo grito, no por -temor de que le descubrieran, sino porque le faltó -el aliento. Sus rodillas se doblaron, su vista se -turbó; pero esto no fué más que en el primer momento; -al segundo estaba ya en pie más ágil, más -vigoroso que antes. En tres saltos dió vuelta á la -cabaña, se presentó á la puerta, vió á la que había -hablado, la divisó de pie inclinada sobre un -miserable lecho. Ella se vuelve al ruido: mira; -cree engañarse, delirar, soñar; mira con más atención, -y exclama: “¡Oh; Señor, bendito seáis!”.</p> - -<p>—¡Lucía! ¡Ya os he encontrado!, ¡os encuentro!, -¡sois vos misma!, ¡vivís!, gritó Renzo avanzando todo -trémulo.</p> - -<p>—¡Oh, Señor!, replicó Lucía, mucho más trémula. -¡Vos aquí! ¿Como?, ¿por qué?... ¡La peste!...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_492">[Pg 492]</span></p> - -<p>—La he tenido: ¿y vos?</p> - -<p>—¡Ah!, yo también; ¿y mi madre?</p> - -<p>—Aún no la he visto, porque está en Pasturo; -sin embargo, creo que sigue bien. ¡Pero vos!... -¡todavía estáis padeciendo! ¡Parece que seguís débil! -Con todo, estáis curada; lo estáis; ¿no es cierto?...</p> - -<p>—El Señor ha dispuesto dejarme en el mundo. -¡Ah, Renzo!, ¿por qué habéis venido?</p> - -<p>—¿Por qué?, repuso Renzo, acercándose más á -ella: ¡me preguntáis por qué he venido! ¿Es necesario -que yo os lo diga? ¿Por ventura no me llamo -ya Renzo? ¿No sois vos Lucía?</p> - -<p>—¡Ah! ¡Qué decís, qué decís! ¿No os ha escrito -mi madre?...</p> - -<p>—Sí; demasiado me ha escrito; ¡bonitas cosas -en efecto ha escrito á un infeliz afligido y fugitivo, -á un joven que jamás os había hecho daño alguno!</p> - -<p>—¡Pero Renzo, Renzo! Pues que sabéis... -¿por qué venir, por qué?</p> - -<p>—¡Por qué venir, Lucía; por qué venir!, decís. -¡Después de tantas promesas! ¿Es que nosotros no -somos ya los mismos?, ¿ellas no os recuerdan nada? -¿Qué faltaba, pues?</p> - -<p>—¡Oh, Señor!, exclamó dolorosamente Lucía, -juntando las manos y elevando los ojos al cielo: -¡por qué no me habéis dispensado la gracia de llevarme -con vos!... ¡Oh, Renzo!, ¿qué habéis hecho?<span class="pagenum" id="Page_493">[Pg 493]</span> -¡Ay de mí! Ahora que empezaba á tener la -esperanza... de que con el tiempo... hubiera -echado de mi memoria...</p> - -<p>—¡Magnífica esperanza!, ¡hermosas cosas para -decirme cara á cara!</p> - -<p>—¡Ah! ¿Qué habéis hecho?, ¡y en este lugar!, ¡en -medio de estas escenas, de tantas miserias! Aquí -en donde no se hace más que morir, habéis podido...</p> - -<p>—Es preciso rogar á Dios por los que mueren -y confiar que irán á un buen lugar; pero no es -justo, por lo mismo, que los que viven lo hagan -desesperadamente...</p> - -<p>—Pero, ¡Renzo, Renzo!, no reflexionáis lo que -decís: ¡una promesa á la Madonna!... ¡un -voto!</p> - -<p>—Y yo os digo que tales promesas nada -valen.</p> - -<p>—¡Oh, Dios mío! ¿Qué estáis diciendo?, ¿dónde os -habéis metido todo este tiempo?, ¿con quién os habéis -acompañado?, ¿qué modo de hablar es éste?</p> - -<p>—Hablo como buen cristiano: hago más favor -á la Madonna que vos, porque creo que ella no -quiere que se le hagan promesas en perjuicio del -prójimo. ¡Si la Madonna lo hubiese dispuesto! -¡Oh!, entonces... Pero esto no ha sido más que -una idea vuestra. ¿Sabéis lo que es necesario prometer -á la Madonna? Prometed que daremos el -nombre de María á la primera hija que tengamos:<span class="pagenum" id="Page_494">[Pg 494]</span> -yo me hallo aquí para prometerlo también: éstas -son cosas que honran mucho más á la Madonna; -éstas son las devociones que tienen mucho -más sentido común, y no son en perjuicio de tercero.</p> - -<p>—No, no; no penséis de este modo: no sabéis -lo que os decís; ignoráis lo que es hacer un voto; -no estáis en este caso; no lo habéis experimentado. -¡Marchaos, marchaos, por amor de -Dios!</p> - -<p>Y se apartó impetuosamente de él, dirigiéndose -hacia el lecho.</p> - -<p>—¡Lucía, dijo Renzo sin moverse; decidme á lo -menos, decidme, ¿si no fuese por esa causa... seriáis -la misma para mí?</p> - -<p>—¡Hombre sin corazón!, respondió Lucía, conteniendo -apenas sus lágrimas; ¡cuando me habréis -hecho decir palabras inútiles, palabras que me harán -daño, palabras que acaso serán pecados, estaréis -contento! ¡Partid! ¡oh, partid!, ¡olvidadme!, ¡se -conoce que no estábamos destinados el uno para el -otro! Arriba nos volveremos á ver: poco me resta -que estar en este mundo. Partid; procurad hacer -saber á mi madre que estoy curada, que también -aquí Dios me ha asistido siempre, que he -encontrado una buena alma, esta digna señora que -me sirve de madre; decidle que confío que ella habrá -sido preservada del contagio, y que nos veremos, -cuando y como Dios quiera. ¡Marchad por el<span class="pagenum" id="Page_495">[Pg 495]</span> -amor del cielo! y no penséis en mí... sino cuando -rogareis al Señor.</p> - -<p>Y como quien no tiene otra cosa que decir ni -quiere oir nada más, como el que desea sustraerse -á un peligro, se aproximó todavía más al lecho -en donde yacía la mujer de quien había hablado.</p> - -<p>—¡Escuchad, Lucía, escuchad!, dijo Renzo, no -acercándose, sin embargo, más.</p> - -<p>—No, no; ¡idos, por caridad!</p> - -<p>—Escuchad: el padre Cristóbal...</p> - -<p>—¿Cómo?</p> - -<p>—Está aquí.</p> - -<p>—¡Aquí!, ¿dónde?, ¿cómo lo sabéis?</p> - -<p>—Le he hablado pocos momentos hace; he permanecido -en su compañía largo rato; y un religioso -tal como él me parece...</p> - -<p>—¡Está aquí!, seguramente para asistir á los enfermos; -mas decidme: ¿ha tenido la peste?</p> - -<p>—¡Ah, Lucía! Temo, temo demasiado que... -Y mientras que Renzo vacilaba en pronunciar una -palabra tan dolorosa para él, y que debía también -serlo tanto para Lucía, ésta se había separado de -nuevo del lecho, y se aproximaba á Renzo.—¡Temo -que la tenga ya encima!</p> - -<p>—¡Oh, infeliz y santo hombre! ¿Pero qué digo? -¡Pobre hombre! ¡Desgraciados de nosotros! ¿Y -cómo está?, ¿guarda cama?, ¿está bien asistido?</p> - -<p>—Está levantado, anda, asiste á los demás;<span class="pagenum" id="Page_496">[Pg 496]</span> -pero, ¡si lo vierais, qué color, con qué dificultad -se sostiene! He visto tantos y tantos, que desgraciadamente... -no se puede uno engañar.</p> - -<p>—¡Oh, pobres de nosotros! ¿Y se halla precisamente -aquí?</p> - -<p>—Sí, y muy cerca: poco más que de mi casa á -la vuestra... si os acordáis.</p> - -<p>—¡Oh, Virgen Santísima!</p> - -<p>—Bien; poco más. Ya podréis juzgar si habremos -hablado de vos. ¡Me ha dicho tantas cosas!... -¡Y si supieseis lo que me ha hecho ver! -Ya lo sabréis; mas ahora quiero empezar por repetiros -lo que él mismo con su propia boca me -ha dicho. En primer lugar ha sido de su aprobación -el que venga á buscaros, diciéndome que el -Señor quiere que un joven obre de este modo; -y que él me ayudaría á encontraros, como así -ha sido. En fin, es un santo. Por lo tanto, ya lo -veis.</p> - -<p>—Pero si él ha dicho esto, es porque no sabe...</p> - -<p>—¿Y cómo queréis que sepa las cosas que habéis -hecho por vuestro antojo, sin juicio y sin el -parecer de nadie? Un hombre excelente, una persona -de sentido como él, no va á pensar semejantes -cosas. Pero lo que él me ha hecho ver... -Y le refirió su visita á la cabaña. Aunque los sentidos -y el espíritu de Lucía estuviesen familiarizados -en aquella mansión con las más fuertes impresiones,<span class="pagenum" id="Page_497">[Pg 497]</span> -estaba, sin embargo, sobrecogida de -horror y de compasión.</p> - -<p>—Y en dicha cabaña, prosiguió Renzo, habló también -como un oráculo. Ha dicho que el Señor ha -resuelto quizás perdonar á ese infortunado... -(al presente no puede darle otro nombre)... -que él espera cogerle en un momento favorable; -pero quiere al mismo tiempo que nosotros dos -juntos roguemos por él... ¡Juntos!, ¿habéis comprendido?</p> - -<p>—Sí, sí, rogaremos cada uno donde el Señor -disponga que nos hallemos; él sabe unir las oraciones.</p> - -<p>—Pero ¡si os digo sus palabras!...</p> - -<p>—Mas, Renzo, él no sabe...</p> - -<p>—¿Pero no comprendéis que es un santo cuando -habla, y que el Señor es también el que le hace -hablar?, y que no lo hubiera verificado si esto -no debiese ser justamente así... ¿Y el alma de -ese desgraciado? Yo he rogado ya y rogaré por él; -lo he hecho de todo corazón, lo mismo que si hubiese -sido hermano mío. Mas ¿cómo queréis que -esté en el otro mundo el infeliz, si en éste no se -arregla alguna cosa, y no se reparan en cierto -modo los males que él ha causado? Si vos os dais -á razón, entonces todo será como antes: lo que ha -sucedido no tiene remedio: él lo ha pagado aquí.</p> - -<p>—No, Renzo, no: el Señor no quiere que obremos -mal con el fin de excitar su misericordia. Dejad<span class="pagenum" id="Page_498">[Pg 498]</span> -ese infeliz á su cuidado: por lo que á nosotros -hace, nuestro deber es rogar por él. Si hubiese -muerto en aquella fatal noche, entonces Dios no -hubiera podido perdonarte; ¿y si aún existo, si he -sido salvada?...</p> - -<p>—Y vuestra madre, esa pobre Inés, que tanto -me ha querido siempre, que tan ansiosa estaba de -vernos casados, ¿no os ha dicho también que vuestra -promesa era muy insensata; ella, que os ha -hecho entender la razón en otras ocasiones, porque -en ciertas cosas piensa más juiciosamente que -vos?...</p> - -<p>—¡Mi madre!, ¡queréis que mi madre me haya -aconsejado el faltar á mi voto! ¡Renzo!, ¿estáis en -vuestro juicio?</p> - -<p>—¡Oh!, ¿queréis que os lo diga? Vosotras las -mujeres no podéis saber estas cosas. El padre Cristóbal -me ha dicho que vuelva á verle, con el fin -de participarle si os he encontrado ó no. Voy allá; -veremos, pues, lo que él dice.</p> - -<p>—Sí, sí; id á encontrar á ese santo hombre; decidle -que ruego por él, y que lo haga á su vez -por mí; ¡pues tengo tanta necesidad de ello! Pero -por el amor de Dios, por la salvación de vuestra -alma y de la mía, no vengáis más aquí á causarme -daño, á... tentarme. El padre Cristóbal -os lo sabrá explicar todo, y haceros volver en vos, -restituyendo la paz en vuestro corazón.</p> - -<p>—¡La paz en mi corazón! ¡Oh, quitaos esto de<span class="pagenum" id="Page_499">[Pg 499]</span> -la cabeza! Esta palabrota ya me la habéis hecho -escribir una vez; sé lo que me ha hecho también -padecer; y al presente tenéis todavía valor de decírmela. -Pues bien, yo os declaro lisa y llanamente -que jamás tendré paz en mi corazón. Queréis -olvidaros de mí, y yo no de vos; y os aseguro que -si me hacéis perder la razón, no volveré á recobrarla -ya nunca más. Mandaré al diablo el oficio -y la buena conducta; ya que tenéis gusto en que -viva rabiando toda mi vida, será como deseáis... -¡Y aquel desgraciado! Dios sabe si lo he perdonado -de corazón; pero vos... ¿queréis hacerme -pensar por ventura que él no era el que?... -¡Lucía, me habéis dicho que os olvide! ¡Olvidaros -yo! ¿Y cómo hacerlo?, ¿en quién creéis que yo haya -pensado en todo este tiempo? ¡Y después de -tantas cosas, después de tantas promesas! ¿Pero -qué os he hecho yo desde que nos separamos? -¿Me tratáis así porque he padecido, porque he tenido -una multitud de desgracias, porque todo el -mundo me ha perseguido, porque he pasado tanto -tiempo fuera de mi casa, triste y lejos de vos, -porque desde el momento en que me ha sido posible -he venido á buscaros?</p> - -<p>Cuando el llanto permitió hablar á Lucía, exclamó -juntando de nuevo las manos, y elevando -al cielo sus ojos preñados de lágrimas: “¡Virgen -Santísima, favorecedme! Vos sabéis que después -de aquella terrible noche, no he pasado un momento<span class="pagenum" id="Page_500">[Pg 500]</span> -más cruel que éste. ¡Vos que me socorristeis -entonces, prestadme también ahora vuestra -ayuda!”.</p> - -<p>—Sí, Lucía, hacéis bien en invocar á la Madonna; -mas, ¿por qué queréis creer que ella tan -buena, siendo como es, madre de misericordia, -pueda complacerse en hacernos sufrir... á mí -á lo menos... por una palabra que se os ha escapado -en un momento en que no sabíais lo que -os decíais? ¿Podéis imaginar que os socorriera entonces -para dejaros después metida en un berenjenal?... -Si por el contrario, todo esto no es -más que una excusa, si es que he llegado á seros -odioso... decídmelo... hablad francamente.</p> - -<p>—Por piedad, Renzo, por piedad; acabad, acabad; -no me hagáis morir: éste no sería el momento -más á propósito. Id á ver al padre Cristóbal; -recomendadme á él: no volváis más, no volváis -más aquí.</p> - -<p>—Voy; ¡pero creéis que yo no vuelva! Pues -volveré aun cuando fuese al fin del mundo; sí, -volveré. Y dicho esto desapareció.</p> - -<p>Lucía fué á sentarse, ó más bien se dejó caer -en el suelo junto al lecho, y descansando sobre él -su cabeza, continuó llorando amargamente. La -mujer que hasta entonces había permanecido con -los ojos abiertos y el oído atento, sin respirar, -preguntó qué aparición, qué debates, qué llantos<span class="pagenum" id="Page_501">[Pg 501]</span> -eran aquéllos. Pero el lector quizás pregunte también -por su parte, quién era dicha mujer; mas -para satisfacerle, vamos á decírselo en pocas palabras.</p> - -<p>Era una rica mercadera que contaría apenas -unos treinta años. En el espacio de algunos días -había visto morir en su casa al marido y á todos -los hijos; de allí á poco, atacada también ella de -la peste, había sido conducida al lazareto y colocada -en aquella miserable cabaña, al tiempo que -Lucía, después de haber superado sin apercibirse -la furia del mal, y mudado igualmente sin notarlo -varias veces de compañía, empezaba á mejorar -y recobrar el conocimiento que había casi perdido -desde el primer acceso de la enfermedad en la -misma casa de D. Ferrante. La humilde cabaña -no podía contener más que dos personas; y entre -estas dos mujeres afligidas, abandonadas, solas en -medio de tan inmensa multitud, había nacido á -un mismo tiempo una intimidad, una afección, -que apenas hubiera podido tener lugar habiendo -vivido juntas largo tiempo. Bien pronto Lucía se -vió en estado de cuidar á su compañera, que estuvo -á las puertas de la muerte. Al presente, que -se hallaba ya fuera de peligro, se hacían compañía, -se velaban y animaban recíprocamente, habiéndose -prometido una á otra que no saldrían -más que juntas del lazareto, como también habían -tomado varias medidas para no separarse después<span class="pagenum" id="Page_502">[Pg 502]</span> -de su salida. La mercadera, que había dejado bajo -la custodia de un hermano, comisario de sanidad, -su casa, almacén y caja, todo ello muy bien -provisto, iba á encontrarse sola y triste dueña de -mucho más de lo que necesitaba para vivir cómodamente: -por lo tanto, quería llevarse consigo á -Lucía, y mirarla como á una hija ó hermana. Ésta -se había adherido á dicho pensamiento; ¡imagínese -con qué gratitud hacia su amiga y para con -la Providencia!, pero únicamente hasta tanto que -tuviese noticias de su madre, y saber, como lo esperaba, -su voluntad. Por lo demás, como era tan -reservada, no había dicho una palabra de su promesa -de casamiento, ni de sus extraordinarias -aventuras. Pero en la actualidad, en medio de su -grande agitación, tenía á lo menos tanta necesidad -de aliviarse de su terrible peso, como la otra -deseos de enterarse; por lo cual, estrechando entre -sus dos manos la derecha de su amiga, se puso -en seguida á satisfacer á su demanda, sin otra -detención más que los sollozos, que por intervalos -interrumpían el uso de su palabra.</p> - -<p>Entretanto Renzo se dirigía apresuradamente -al encuentro del buen fraile. Con un poco de atención, -y no sin algunos pasos perdidos, consiguió -llegar al fin. Encontró la cabaña; pero no al digno -fraile en ella: mas buscando y dando vueltas á -los alrededores, lo divisó en una barraca, que inclinado -hasta el suelo y casi de bruces, estaba<span class="pagenum" id="Page_503">[Pg 503]</span> -administrando sus deberes á un moribundo. Renzo -se detuvo y esperó silenciosamente. Poco después -vió que cerraba los ojos á aquel infeliz, arrodillarse -en seguida y orar un momento, y luego -levantarse. Entonces Renzo echó á andar y le salió -al encuentro.</p> - -<p>—¡Oh!, dijo el fraile al verle: ¿qué hay?</p> - -<p>—Existe; la he hallado.</p> - -<p>—¿En qué estado?</p> - -<p>—Curada, ó á lo menos levantada.</p> - -<p>—¡El Señor sea loado!</p> - -<p>—Pero..., dijo Renzo cuando estuvo cerca del -capuchino, para poderle hablar en voz baja. Hay -otra dificultad.</p> - -<p>—¿Cómo?</p> - -<p>—Quiero decir que... Ya sabéis cuán buena -es la pobre joven; mas algunas veces es un poco -testaruda. Después de tantas promesas, después -de lo que ignoráis, sale ahora con que no quiere -casarse conmigo, porque dice... qué sé yo... -que en aquella noche que tuvo tanto miedo perdió -la cabeza, y se... como si dijéramos, se prometió -á la Madonna. Éstas son cosas que nada -significan, ¿no es verdad? Cosas buenas para quien -sabe y tiene medio de hacerlas; pero, ¡para nosotros, -gente ordinaria, que no sabemos cómo deben -hacerse!... ¿es cierto que no valen?</p> - -<p>—Dime, ¿está muy lejos de aquí?</p> - -<p>—¡Oh!, no: á pocos pasos de la iglesia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_504">[Pg 504]</span></p> - -<p>—Espérame aquí un momento, dijo el fraile, y -después nos iremos juntos.</p> - -<p>—Queréis decir que le haréis comprender...</p> - -<p>—No lo sé, hijo mío; es preciso que oiga lo que -me diga.</p> - -<p>—Comprendo, contestó Renzo, y permaneció -con la vista fija en el suelo, y los brazos cruzados -sobre el pecho, tascando con impaciencia su incertidumbre, -que había quedado en pie. El fraile -fué de nuevo en busca del padre Víctor, rogó que -le supliera de nuevo un poco más, entró en su cabaña, -salió con una espuerta debajo del brazo, -volvió por Renzo, y le dijo: “Vamos”, y marchó delante -de él, encaminándose á la cabaña, donde poco -antes habían entrado juntos. Esta vez entró solo, -y después de un momento apareció diciendo: -“¡Nada!, roguemos, roguemos por él”. Luego repuso: -“Ahora guíame”.</p> - -<p>Y sin añadir una sola palabra más, se pusieron -en camino.</p> - -<p>El tiempo se había ido oscureciendo cada vez más, -y anunciaba una próxima é inminente tempestad. -Rápidos relámpagos, hendiendo la oscuridad siempre -creciente, alumbraban con un fulgor instantáneo -los prolongados techos y las arcadas de los -pórticos, la cúpula de la capilla y los humildes remates -de las cabañas; por último, el repetido estruendo -del trueno recorría, formando con su resplandor -espantosas culebrillas, de una región del<span class="pagenum" id="Page_505">[Pg 505]</span> -cielo á otra. El joven marchaba el primero, atento -al camino, con una grande impaciencia por llegar, -pudiendo apenas aflojar el paso para medirlo -á las fuerzas del que le seguía, el cual medio muerto -de fatiga, abrumado por el mal, oprimido por -el desfallecimiento, andaba penosamente, elevando, -de vez en cuando, al cielo su marchito semblante, -como para poder respirar con más libertad.</p> - -<p>Cuando Renzo hubo llegado delante de la cabaña -se detuvo, volvió atrás su vista, y con trémulo -acento dijo: “Aquí es”.</p> - -<p>Entran; y... “Míralos”, exclama la mujer que -yacía en el lecho. Lucía se vuelve, se levanta con -precipitación, y corre al encuentro del anciano -gritando: “¡Oh, qué veo, padre Cristóbal!”.</p> - -<p>—¡Y bien, Lucía!, ¡de cuántas angustias os ha librado -el Señor! ¡Debéis ser bien dichosa de haber -confiado siempre en él!</p> - -<p>—¡Oh!, sí; pero, ¿y vos, padre mío? ¡Pobre sacerdote! -¡Cuán cambiado estáis!, ¿cómo os sentís?, -decidme, ¿cómo os sentís de salud?</p> - -<p>—Como Dios quiere, y como por su gracia -también quiero yo, respondió el fraile con sereno -rostro. Dichas las anteriores palabras, la llamó -aparte, y añadió: “Escuchad, yo no puedo -permanecer aquí más que breves instantes: ¿estáis -dispuesta á confiaros á mí como en otro -tiempo?”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_506">[Pg 506]</span></p> - -<p>—¡Oh!, ¿no sois siempre mi padre?</p> - -<p>—Pues bien, hija mía, decidme: ¿qué voto es -ése del cual me ha hablado Renzo?</p> - -<p>—Es una promesa que he hecho á la Madonna -de no casarme jamás.</p> - -<p>—Mas, ¿no reflexionasteis que ibais á ligaros -por medio de un juramento?</p> - -<p>—Como se trataba del Señor y de la Madonna... -no he reflexionado.</p> - -<p>—El Señor, hija mía, agradece los sacrificios y -ofrecimientos cuando los hacemos por nuestro propio -bien: lo que él quiere es el corazón, la voluntad; -pero vos no podíais ofrecer la voluntad de -otro hacia quien estabais obligada.</p> - -<p>—¿He obrado mal, por ventura?</p> - -<p>—No, pobre niña, no. Creo además que la Santa -Virgen habrá agradecido la intención de vuestra -alma afligida, ofreciéndola á Dios en lugar -vuestro. Mas decidme, ¿no habéis pedido parecer -á nadie?</p> - -<p>—No pensé que obraba mal para confesarme -de ello; y lo poco bien que uno pueda obrar, es -sabido que no es conveniente vociferarlo.</p> - -<p>—¿No tenéis ningún otro motivo que os impida -cumplir la promesa hecha á Renzo?</p> - -<p>—En cuanto á esto... por lo que á mí toca... -¿qué motivo?... Yo no podré decir... nada -más, respondió Lucía, con cierta vacilación, que -anunciaba sólo una incertidumbre en su pensamiento;<span class="pagenum" id="Page_507">[Pg 507]</span> -y su rostro, descolorido aún por la enfermedad, -se cubrió de repente del más vivo sonrosado.</p> - -<p>—¿Creéis, replicó el anciano con los ojos bajos, -que Dios ha concedido á su Iglesia la autoridad -de redimir y condenar, según que pueda resultar -de ello un bien mucho mayor, las deudas y obligaciones -que los hombres puedan haber contraído -con él?</p> - -<p>—Sí, lo creo.</p> - -<p>—Tened, pues, entendido, que encargados de -las almas en este lugar, estamos revestidos de los -más amplios poderes para los que recurran á nosotros; -y en su consecuencia puedo, si lo pedís, -relevaros de todas las obligaciones que hayáis contraído -por medio del voto hecho.</p> - -<p>—¿Pero no es cometer un pecado el desdecirse -y arrepentirse de una promesa hecha á la Virgen? -Yo la he hecho de todo corazón... dijo Lucía -violentamente agitada y asaltada de una (bueno -será que lo digamos) de una esperanza impensada, -redoblando la oposición de un error fortalecido -por todos los pensamientos que constituían hacía -ya mucho tiempo la principal ocupación de su -espíritu.</p> - -<p>—¡Pecado, hija mía!, dijo el fraile: ¡pecado el -recurrir á la Iglesia y pedir á su ministro que haga -uso de la autoridad con que le ha facultado, y -que ella ha recibido de Dios! He visto que habéis<span class="pagenum" id="Page_508">[Pg 508]</span> -sido hechos para estar reunidos; y á la verdad, si -alguna vez ha podido parecerme que dos almas -hubiesen podido ser unidas por Dios, éstas son las -vuestras. En la actualidad, no veo por qué Dios -querría separaros; y yo le bendigo, aunque indigno, -por haberme concedido el poder de hablar en -su nombre y de devolveros vuestra palabra. Si me -pedís que os declare relevada de vuestro voto, no -vacilaré en hacerlo, y aun deseo que me lo pidáis.</p> - -<p>—Entonces... si es así... os lo suplico, dijo -Lucía con un semblante que no aparecía turbado -más que por el pudor.</p> - -<p>El fraile llamó por medio de una seña al joven, -que permanecía retirado á bastante distancia en -un extremo mirando fijamente, ya que no podía -oir la conversación que tanto le interesaba. Cuando -se hubo acercado, el buen fraile dijo en voz alta -á Lucía: “Con la autoridad que tengo de la -Iglesia os declaro relevada del voto de virginidad, -anulando lo que puede tener de inconsiderado, y -librándoos de todas las obligaciones que podéis -haber contraído”.</p> - -<p>Figúrese el lector de qué modo semejantes palabras -resonarían en los oídos de Renzo. Dió gracias -vivamente con los ojos al que las había proferido; -y en seguida buscó, pero en vano, los de -Lucía.</p> - -<p>—Volved con tranquilidad y confianza á vuestras<span class="pagenum" id="Page_509">[Pg 509]</span> -ideas primitivas, continuó diciendo el capuchino: -impetrad nuevamente del Señor las gracias que -le pedíais para ser una santa esposa; y confiad -que os las concederá con más abundancia después -de tantas desgracias. Y tú, dijo dirigiéndose á -Renzo, acuérdate, hijo mío, que si la Iglesia te da -esta compañera, no lo hace para procurarte un -goce temporal y mundano, el cual aunque fuese -absoluto y sin mezcla de ningún disgusto, tendría -siempre que concluir en una grande aflicción al -tiempo de separaros; su objeto, pues, se cifra sólo -en dirigiros á ambos por el camino de los goces -que no tendrán fin. Amaos como compañeros de -viaje, con el pensamiento de tener que abandonaros -uno á otro, y con la esperanza de volveros -á reunir para siempre. Dad gracias al cielo, que -os ha colocado en esta situación, no por medio de -goces turbulentos y pasajeros, sino al través de -trabajos y desgracias, para disponeros el que disfrutéis -de una alegría completa y tranquila. Si -Dios os concede hijos, cuidad de educarlos para -él; imbuidles el que le amen, como también el -que profesen estimación á los demás hombres, -pues de este modo los podréis guiar bien en todo -y por todo. ¡Lucía! ¿os ha dicho, y á esto señalaba -á Renzo, á quién ha visto?</p> - -<p>—¡Oh, padre mío! Sí, me lo ha dicho.</p> - -<p>—Vosotros rogaréis por él, no dejéis de hacerlo, -y también por mí... ¡Hijos míos! quiero que<span class="pagenum" id="Page_510">[Pg 510]</span> -tengáis un recuerdo del pobre fraile (y al decir -esto sacó de su espuerta una especie de caja de -madera ordinaria, pero labrada y muy bien pulimentada, -conociéndose en su minucioso trabajo -la paciencia de un capuchino). Aquí dentro está -el resto de aquel pan, el primero que pedí por -caridad, y del que tanto habéis oído hablar; yo -os lo dejo en memoria; enseñádselo á vuestros hijos: -ellos vendrán á un mundo bien triste, á un -siglo doloroso, en medio de orgullosos y provocadores. -Decidles que perdonen siempre, y todo; -hacedles que rueguen por el pobre fraile.</p> - -<p>Dicho esto presentó la caja á Lucía, que la tomó -con el mayor respeto, como si hubiese sido -una reliquia; luego con voz conmovida prosiguió: “Ahora -decidme: ¿con qué apoyo contáis aquí en -Milán? ¿en dónde pensáis poder colocaros al salir -de aquí? ¿y quién os conducirá hacia el paraje en -que se halla vuestra madre, que Dios quiera haber -conservado?”.</p> - -<p>—Esta buena señora me sirve de madre; nosotras -saldremos juntas de aquí, y después ella pensará -en lo que deba hacerse.</p> - -<p>—¡Que Dios la bendiga! dijo el fraile, aproximándose -al lecho.</p> - -<p>—Yo también os doy las gracias, dijo la viuda, -por la alegría que habéis causado á estos pobres -jóvenes, aunque yo esperaba conservar en mi compañía -siempre á esta mi querida Lucía. Pero yo<span class="pagenum" id="Page_511">[Pg 511]</span> -velaré sobre ella; la acompañaré á su pueblo, la -pondré en manos de su madre, y en seguida, añadió -en voz baja, quiero regalarle el ajuar. Poseo -muchos intereses, y no tengo ya á nadie de los -que debían disfrutarlos conmigo.</p> - -<p>—Así, repuso el fraile, podéis hacer un gran -sacrificio al Señor, y mucho bien al prójimo. No -os recomiendo esta joven, porque veo que le profesáis -gran cariño. Es preciso alabar á Dios, que -sabe mostrarse padre aun en medio de los castigos, -y permitiendo que os encontraseis, os ha dado -una prueba evidentísima de amor á una y á -otra. Al presente, dijo volviéndose á Renzo y cogiéndole -por la mano: “Los dos nada tenemos ya -que hacer aquí, y hemos permanecido demasiado -tiempo. Vamos”.</p> - -<p>—¡Oh, padre! dijo Lucía, ¿os volveré á ver todavía? -¡Yo estoy curada, yo que ningún bien hago -en este mundo; y vos!...</p> - -<p>—Hace ya mucho tiempo, respondió el anciano -con tono serio y dulce á la vez, que pido al -Señor un favor muy grande, cual es el de acabar -mis días sirviendo al prójimo. Si en estas circunstancias -me lo quisiera conceder, necesito que todos -los que tengan caridad de mí me ayuden á -darle gracias. Vamos, dad á Renzo los encargos -para vuestra madre.</p> - -<p>—Contadle lo que habéis visto, dijo Lucía á su -prometido; le decís que he hallado aquí una segunda<span class="pagenum" id="Page_512">[Pg 512]</span> -madre, que me trasladaré á su lado tan -pronto como me sea posible, y que espero encontrarla -sana y salva.</p> - -<p>—Si necesitáis dinero, repuso Renzo, traigo -aquí todo el que mandasteis, y...</p> - -<p>—No, no, dijo la viuda; yo lo tengo de sobra.</p> - -<p>—Vamos, replicó el fraile.</p> - -<p>—¡Lucía!, hasta la vista... lo mismo digo, mi -buena señora, dijo Renzo, no encontrando palabras -que pudiesen significar lo que experimentaba -en semejantes momentos.</p> - -<p>—¡Quién sabe si el Señor nos dispensará la gracia -de que aún nos volvamos á ver todos!, exclamó -Lucía.</p> - -<p>—Que él sea siempre con vosotras y os bendiga, -dijo Fr. Cristóbal á las dos amigas; después -de lo cual salió con Renzo de la cabaña.</p> - -<p>Entretanto la noche se iba acercando, y el tiempo -parecía cada vez más próximo á revolverse. El -capuchino ofreció de nuevo al joven un asilo durante -la expresada noche en su barraca. “No te -podré hacer compañía, añadió; pero tendrás á lo -menos donde estar á cubierto”.</p> - -<p>Renzo experimentaba, sin embargo, grandes deseos -de marcharse, tratando de no permanecer -por más tiempo en semejante lugar, pues que no -le sería permitido volver á ver á Lucía, y ni aun -siquiera disfrutar de la compañía del buen fraile. -Con respecto á la hora y al tiempo, ó mejor dicho,<span class="pagenum" id="Page_513">[Pg 513]</span> -noche ó día, sol ó lluvia, calor ó frío, era todo -igual para él en aquel momento. Dió pues las -gracias á fray Cristóbal, diciéndole que deseaba ir -lo más pronto que fuese posible en busca de Inés.</p> - -<p>Cuando llegaron al camino del centro, el fraile -le apretó la mano diciendo: “Si Dios quiere que -encuentres á la buena Inés, salúdala en mi nombre; -dile, así como también á todos aquellos que -se acuerdan de fray Cristóbal, que rueguen por -él. Ahora, que Dios te acompañe y te bendiga para -siempre”.</p> - -<p>—¡Oh, querido padre!... ¿nos volveremos á -ver, no es cierto?</p> - -<p>—Confío que será en el cielo. Y dicho esto se -separó de Renzo, el cual habiendo permanecido -en el mismo sitio hasta que le perdió de vista, tomó -en seguida la puerta, echando á derecha é izquierda -las últimas miradas de compasión á aquella -morada de dolores. Observábase por doquier -un extraordinario movimiento; un continuo correr -de <em>monatti</em> de un lado á otro, trasladar efectos, -componer los techos de las barracas, y convalecientes -que se arrastraban hacia éstas y debajo de -los pórticos para ponerse al abrigo de la tempestad, -que amenazaba estallar por momentos.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_514">[Pg 514]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMONOVENO</h2> -</div> - - -<p class="p2">En efecto, apenas Renzo hubo pasado el umbral -del lazareto y tomado á la derecha, con el fin de -volver á encontrar la senda situada debajo de las -murallas por la cual había desembocado en aquella -misma mañana, cuando comenzaron á caer -gruesas gotas, saltando sobre el blanco y árido camino, -y levantando al propio tiempo un polvillo -finísimo. La lluvia cayó bien pronto á torrentes. -Renzo, en vez de inquietarse, se regocijaba interiormente; -se deleitaba con aquel aire tan fresco, -con aquella agitación, con aquel susurro de plantas -y de hojas que parecían recobrar una nueva -vida; por último, respiraba con más libertad; y en -este cambio de la naturaleza, sentía vivamente el -que se había obrado en su destino.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_515">[Pg 515]</span></p> - -<p>¡Pero cuánto más vivo y completo habría sido -este sentimiento si Renzo hubiese podido adivinar -lo que vió pocos días después! Aquella agua -se llevaba, ó mejor diremos, lavaba el contagio. -Si el lazareto no pudo restituir á los vivientes todos -los que aún encerraba en su seno, á lo menos -desde este día no recibió ya más en sus vastas cavidades. -Al cabo de una semana viéronse abrir -las puertas y las tiendas, no hablándose casi ya -más de cuarentena, y no quedando de la peste -más que algunos restos esparcidos aquí y allí: -rastro que semejante azote acostumbra siempre -dejar detrás de sí por espacio de algún tiempo.</p> - -<p>Caminaba, pues, nuestro viajero alegremente, -sin haber proyectado dónde, cómo, ni cuándo, ni -aun si debía detenerse en aquella noche, deseoso -sólo de adelantar camino, de llegar pronto á su -pueblo natal, de encontrar en éste con quien hablar -y á quien referir su felicidad, y sobre todo el -poderse poner en seguida en camino para Pasturo, -con el objeto de buscar á Inés. Seguía andando -con la imaginación sumamente agitada, á causa -de todo lo que había presenciado aquel día; -pero al través de tantas miserias, horrores y peligros, -venía siempre un pensamiento: “¡La he hallado!, -¡está curada!, ¡es mía!”. Y entonces daba un -brinco de alegría, salpicándose de barro y haciéndolo -saltar á gran distancia, á la manera de un -perro de aguas cuando está bien mojado; otras<span class="pagenum" id="Page_516">[Pg 516]</span> -veces se contentaba con un restregoncito de manos, -y luego avanzaba con más ardor que antes.</p> - -<p>Contemplando el camino, juntaba, por decirlo -así, los pensamientos que había dejado allí por la -mañana y el día anterior al ir á Milán; recogiendo -precisamente con más placer todavía el que -entonces había tratado de alejar de sí, á saber: la -duda, la dificultad de encontrarla, y aun así, que -estuviera viva en medio de tantos muertos y moribundos. -“¡Y la he hallado viva!”, concluía diciendo. -Traía á la memoria todos los sucesos é incidentes -más terribles de aquel día, y se figuraba -tener aún cogida aquella consabida aldaba: ¿si estará?, -¿si no estará? y luego recibir una respuesta -tan poco favorable; no teniendo casi tiempo de -comentarla, porque aquellos frenéticos y bribones -le perseguían furiosamente: y después ¡el lazareto, -aquel vasto mar, el miedo de encontrarla allí!, -¡y haberla justamente encontrado! En seguida venía -á parar al acto mismo en que la procesión de -los convalecientes acababa de pasar; ¡qué momento -aquel, qué angustias al no encontrarla! Y al -presente no le importaba ya nada. ¡Y aquel departamento -de mujeres!, ¡y allí detrás de aquella -cabaña oir, cuando no se lo esperaba, aquella voz, -aquella voz justamente! ¡Y verla levantada! Pero, -¡ah!, surgía todavía entonces aquel desgraciado -obstáculo del voto, más embrollado y fuerte que -nunca. ¡Dicho obstáculo ya no existe! Y aquella<span class="pagenum" id="Page_517">[Pg 517]</span> -rabia contra D. Rodrigo, aquel odio maldito que -exacerbaba todos los dolores y emponzoñaba todas -las esperanzas, también desaparecieron. Así -que, apenas habría podido gozar una dicha mayor -si no hubiese sido por la incertidumbre en -que se hallaba con respecto á Inés, sin el triste -presentimiento que tenía tocante al padre Cristóbal, -y la aflicción de encontrarse aún en medio de -una epidemia.</p> - -<p>Al anochecer llegó á Sesto, sin que la lluvia -presentase ninguna señal de cesar. Pero sintiéndose -más ágil que nunca, y encontrando grandes -dificultades para alojarse, aunque enteramente -empapado en agua, no le pasó siquiera por la -imaginación el entrar en una posada. La sola necesidad -que experimentaba y que le incomodaba -algún tanto era un gran apetito; pues la alegría -que tenía le había hecho digerir la escasa gazofia -del capuchino. En su consecuencia, miró si encontraba -alguna panadería: viéndola en efecto, -pidió dos panes que le fueron entregados por medio -de las tenazas y demás ceremonias que ya sabemos -se usaban entonces. Colocó uno de dichos -panes en la faltriquera, empezando á tirar grandes -bocados al otro, y de este modo continuó su -viaje.</p> - -<p>Cuando pasó por Monza, era ya completamente -de noche: no obstante esto, consiguió encontrar -la puerta que conducía al verdadero camino.<span class="pagenum" id="Page_518">[Pg 518]</span> -Mas nadie puede imaginarse en qué estado se hallaba -dicho camino, y cómo se iba volviendo de -un momento á otro. Sepultado (del mismo modo -que lo estaban todos, como ya lo hemos dicho en -otra parte) entre dos márgenes á semejanza de un -álveo, se le hubiera podido dar el nombre si no -de río, á lo menos de acueducto, encontrándose -en una innumerable porción de sitios cenagosos, -zanjas de las que podía retirar apenas sus zapatos, -y repetidas veces sus pies. Mas iba saliendo -sin impacientarse, sin jurar, sin arrepentirse. Reflexionaba -que cada paso le acercaba al término -de su viaje, y que el agua cesaría cuando Dios -quisiera, que el día vendría á su tiempo, y que el -camino hecho, hecho quedaba.</p> - -<p>Renzo no calculaba que entonces no podía hacer -otra cosa. Esto mismo era efecto de su distracción, -porque el gran trabajo de su imaginación -era recordar la historia de aquellos tristes -años pasados; ¡tantos obstáculos, tantas adversidades, -tantos momentos en que él había estado á -punto de renunciar también á la esperanza y de -creerlo todo perdido! oponía á esto, las revelaciones -de un porvenir tan distinto, la llegada de Lucía, -las bodas, el arreglo de la casa, y el placer -de referir sus pasados infortunios, y toda su vida.</p> - -<p>¿Cómo había de componerse para seguir adelante -hallándose en un paraje en que los caminos -se cruzaban en todas direcciones? Nosotros no podremos<span class="pagenum" id="Page_519">[Pg 519]</span> -verdaderamente asegurar, si el poco conocimiento -que tenía de dichos caminos, ó si el opaco -brillo de las estrellas le hicieron encontrar -siempre su precisa ruta, ó si la tomó á la ventura; -pues él mismo, que tenía costumbre de contar -detalladamente su historia con más amplitud que -nosotros (y todo hace creer que nuestro anónimo -se lo había oído referir varias veces), él mismo, al -llegar á este punto, decía que no se acordaba de -la expresada noche más que como un ensueño. Lo -cierto es que al amanecer se encontró junto al -Adda.</p> - -<p>No había cesado de llover aún; pero el agua -que caía á torrentes, veíase convertida en una lluvia -fina, igual, penetrante; las nubes elevadas y -caprichosas formaban un velo continuo, mas ligero -y diáfano; y la luz del crepúsculo hizo descubrir -á Renzo el paisaje de los alrededores. Era su -pueblo, y á su vista sería difícil expresar lo que -sintió. Únicamente diremos que aquellos montes, -el vecino <em>Resegon</em>, y el territorio de Leceo le parecía -que habían llegado á ser propiedad suya. Se -miró á sí mismo, y á la verdad se vió tan mal -pergeñado y tan raramente vestido de lo que jamás -hubiera podido figurarse: su traje todo chorreando -y pegado al cuerpo; su sombrero se había puesto -muy blando, perdido la forma y enteramente -calado; lleno de lodo hasta la cintura, y su -desgreñado cabello caía sobre su cara á manera<span class="pagenum" id="Page_520">[Pg 520]</span> -de madejas. Con respecto al cansancio, debía tenerlo, -mas no lo advertía; pues el frío de la madrugada -junto con el de la noche, y aquel pequeño -baño, no le inspiraban otro deseo que el de -caminar más apresuradamente.</p> - -<p>Está ya en Pescate; costea aquel último trozo -del Adda, arrojando, sin embargo, una melancólica -mirada sobre Pescarenico; pasa el puente, y -llega bien pronto atravesando campos y sendas á -la morada de su amigo. Éste, que acababa de levantarse, -estaba en el umbral de su puerta observando -el tiempo; mas he aquí, que de repente mira -hacia el lado por donde venía Renzo, quedándose -estupefacto al ver aquella figura tan estrambótica, -tan cubierta de barro, pero al propio -tiempo tan viva y decidida: desde que existía no -había visto un hombre peor arreglado, y á la vez -más alegre.</p> - -<p>—¡Hola!, dijo, ¡de vuelta ya, y con este tiempo! -Vamos, ¿cómo ha ido?</p> - -<p>—Está allí, está allí.</p> - -<p>—¿Sana?</p> - -<p>—Curada, que es todavía mejor. Debo dar gracias -al Señor y á la Madonna mientras viva. Pero, -¡hay cosas grandes, cosas admirables! Luego -te lo contaré todo.</p> - -<p>—Mas, ¿cómo vienes tan estropeado?</p> - -<p>—¿Estoy bonito, eh?</p> - -<p>—Si te he de decir la verdad, no hay por donde<span class="pagenum" id="Page_521">[Pg 521]</span> -cogerte. Pero, espera, espera que encienda una -buena lumbre.</p> - -<p>—Lo acepto de buena gana. ¿Sabes dónde me -ha pillado la lluvia?: justamente en la misma puerta -del lazareto. Pero, ¡esto no vale nada! El tiempo -hace su oficio, y yo el mío.</p> - -<p>El amigo se fué y apareció de nuevo en seguida -con dos haces de maleza y algunos troncos de -arbustos que colocó en el hogar. Renzo entretanto -se había quitado el sombrero, y después de haberlo -sacudido dos ó tres veces lo había arrojado -al suelo; mas el jubón no se lo sacó con tanta facilidad. -En seguida cogió su cuchillo, cuya hoja -estaba toda mojada y tomada, lo dejó sobre una -pequeña mesa, y dijo: “¡Esta hoja también se ha -puesto buena! Pero, ¡es agua, es agua! ¡Loado -sea el Señor!... Por poco no hago allí una... -Después te lo contaré; y al decir esto, se restregaba -las manos. Ahora hazme un favor: tráeme -aquel lío de ropa que dejé arriba, porque antes -que ésta se seque...”.</p> - -<p>Al volver su amigo con dicho lío, le dijo: “Calculo -que debes tener apetito, pues comprendo que -en el camino habrás podido beber, pero comer...”.</p> - -<p>—Compré dos panes, que fué lo que pude encontrar -ayer á la caída de la tarde; mas á la verdad, -desde que emprendí mi marcha, es lo único -que ha entrado en mi estómago.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_522">[Pg 522]</span></p> - -<p>—Déjame hacer, dijo el amigo, después de lo -cual echó agua en una pequeña caldera, que colgó -de una cadena, y añadió: voy á ordeñar la vaca; -cuando vuelva con la leche, el agua estará á -punto, y haremos una buena <em>polenta</em>. Tú, entretanto, -haz lo que mejor te parezca.</p> - -<p>Habiendo Renzo quedado solo, se quitó, no sin -costarle algún trabajo, el resto de sus vestidos, los -cuales tenía pegados al cuerpo; se enjugó bien, y -se vistió de nuevo de pies á cabeza. El amigo dió -la vuelta al cabo de pocos instantes, y continuó -haciendo su <em>polenta</em>, mientras que Renzo esperaba -sentado.</p> - -<p>—Ahora me voy sintiendo cansado, dijo: Hay una -tirada muy buena. Pero esto no vale nada. Tengo -tanto que contar, que hay para ocupar todo el -día. ¡Cuán revuelto está Milán! ¡Es preciso verlo -y tocarlo! ¡Es cosa de hacerle erizar á uno el pelo! -¡Y lo que han querido hacer conmigo los señores -de allí! Ya lo oirás. ¡Mas si vieses el lazareto! -se vuelve uno loco al aspecto de tantas desgracias. -¡Vamos! Ya te lo referiré todo... Ella -está allí; tú la verás aquí; será mi mujer, y tú debes -hacer de testigo, y aunque haya peste ó no, -quiero que estemos alegres, á lo menos por algunas -horas.</p> - -<p>Por lo demás, cumplió lo que había prometido -á su amigo, tocante á ocupar todo el día contándole -lo que le había sucedido; tanto más, cuanto<span class="pagenum" id="Page_523">[Pg 523]</span> -que no habiendo cesado de llover, pasó el día refugiado -en la casa, ora sentado al lado de su amigo, -ora ocupado en preparar tinas, cubas y demás -utensilios para la vendimia, en lo cual Renzo no -dejó de darle una buena mano; porque según solía -decir, era de los que se cansan más sin hacer nada, -que trabajando. Sin embargo, no pudo menos -de dar una escapadita á la casa de Inés, con el objeto -de ver de nuevo cierta ventana, y para ir á -darse un restregoncito de manos. En efecto, lo verificó, -volviendo en seguida sin ser visto de nadie, -y se acostó. Levantóse antes de amanecer, y viendo -que había cesado la lluvia, aunque el tiempo -no estaba sentado del todo, se puso en camino para -Pasturo.</p> - -<p>Cuando llegó era todavía muy temprano, pero -él tenía tantos deseos de lograr su intento, como -el lector de que se acabe la presente historia. Se -informó acerca de Inés, y supo que no tenía novedad, -habiéndosele indicado la casa en que vivía. -Dirigióse á ella; llamó desde la calle á Inés; al -sonido de su voz, ésta se asomó presurosa á la -ventana, y mientras permanecía con la boca abierta -para pronunciar algunas palabras, ó acaso para -exhalar un grito, Renzo se le anticipó diciendo: “Lucía -está buena, la vi antes de ayer; me encarga -que os salude, y que os diga que pronto va -á venir. Y después, ¡tengo tantas y tales cosas -que deciros!”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_524">[Pg 524]</span></p> - -<p>Entre la sorpresa de semejante aparición, el -contento que le había causado la noticia y el ansia -de saber más, Inés prorrumpía tan pronto en -una exclamación, tan pronto empezaba á hacer -una pregunta, pero siempre sin concluir lo que -iba á decir: en seguida, olvidando las precauciones -que tenía costumbre de tomar hacía ya algún -tiempo, dijo: “Voy á abriros”.</p> - -<p>—Aguardad; ¿y la peste? Según creo, no la habéis -tenido.</p> - -<p>—Yo no; ¿y vos?</p> - -<p>—Yo sí, pero vos debéis tener prudencia. Vengo -de Milán, y durante dos días he estado metido -hasta el cuello en medio del contagio. Es verdad -que me he mudado de pies á cabeza, pero -hay tal inmundicia, que se pega á veces á la carne -como un maleficio; y ya que el Señor os ha -preservado hasta ahora, quiero que os guardéis -hasta que haya cesado la epidemia, porque sois -nuestra madre, y deseo que vivamos juntos alegremente -largos años, en compensación de lo mucho -que hemos sufrido, á lo menos yo.</p> - -<p>—Pero...</p> - -<p>—¡Bah!, no hay <em>pero</em> que valga, replicó Renzo. -Sé lo que queréis decir; con todo, ya veréis que -el <em>pero</em> está de más. Vámonos á algún paraje que -estemos al aire libre, que podamos hablar con comodidad -y sin peligro, y veréis.</p> - -<p>Inés le indicó un jardín que se hallaba situado<span class="pagenum" id="Page_525">[Pg 525]</span> -detrás de la casa, y añadió: “Entrad en él y veréis -dos bancos, uno enfrente de otro, que parecen colocados -á propósito; yo voy en seguida”.</p> - -<p>Renzo fué á sentarse en el uno; pocos instantes -después, Inés se hallaba en el otro. Estoy seguro -que si el lector, informado como está de todos los -antecedentes, hubiese podido encontrarse allí como -un tercero, ver con sus propios ojos aquella -conversación tan animada, y escuchar con sus -oídos aquellas narraciones, preguntas y explicaciones, -aquel exclamar, condolerse y alegrarse, y -D. Rodrigo, y el padre Cristóbal, y todo lo demás, -y las descripciones del porvenir, claras y positivas, -como las del pasado; estoy seguro, repito, -que hubiera encontrado muchos encantos, y que -habría sido el último en retirarse. Pero al ver dicha -conversación sobre el papel, muda, sin colorido -y sin ningún hecho ó suceso nuevo, soy de -parecer que le es del todo indiferente, juzgando -al propio tiempo que prefiere adivinarla por sí -mismo. La conclusión fué que iría á establecerse -cerca de Bérgamo, en el mismo paraje en que -Renzo había empezado ya á hacer negocio; con -respecto á la época, nada se podía decidir aún, -porque dependía de la peste y de otras circunstancias. -Quedaron pues en que tan pronto como -cesara el peligro, Inés volvería á su casa para esperar -á Lucía, ó que ésta, por el contrario, la -aguardaría en ella: en el ínterin, Renzo haría algún<span class="pagenum" id="Page_526">[Pg 526]</span> -viaje á Pasturo para ver á su madre y para -informarse de lo que pudiera acontecer.</p> - -<p>Antes de marchar le ofreció también dinero, diciendo: -“Mirad, están todavía intactos: por mi parte -he hecho voto de no tocarlos hasta que la cosa -estuviese puesta en claro. Ahora, si los necesitáis, -traedme una cazuela de agua y vinagre, y echaré -en ella los consabidos cincuenta escudos relucientes -y hermosos”.</p> - -<p>—No, no, dijo Inés, ninguna necesidad tengo -por ahora de ellos; conservadlos, pues servirán -para poner la casa.</p> - -<p>Renzo partió con el nuevo consuelo de haber -encontrado sana y salva á una persona que le era -tan querida. Permaneció el resto del día y de la -noche en casa del amigo, y al día siguiente se puso -en camino con dirección á su pueblo adoptivo.</p> - -<p>Encontró á Bartolo en un estado de salud perfecta -y con menos miedo todavía de perderla; -pues en aquellos pocos días que habían transcurrido, -los cosas tomaron felizmente un rápido y -distinto giro. Muy pocos eran los que caían enfermos: -el mal no era ya el mismo: no se veían -aquellos rostros lívidos y moribundos, ni aquellos -síntomas tan violentos, pero sí algunas calenturillas, -la mayor parte intermitentes, con alguno que -otro bubón muy bajo ya de color, que se curaban -con la misma facilidad que un divieso ó grano -cualquiera. El país aparecía ya bajo otro aspecto<span class="pagenum" id="Page_527">[Pg 527]</span> -muy diferente: los que habían sobrevivido empezaban -á salir, á reunirse, y á darse recíprocamente -pésames y enhorabuenas. Hablábase ya de volver -á trabajar; los maestros trataban de buscar y -juntar operarios, principalmente para aquellos artefactos, -cuyo número aun antes de la epidemia -escaseaba tanto, como era el de la seda. Renzo, -sin hacerse el desdeñoso, prometía (salva sin embargo -la debida aprobación) á su primo dedicarse -al trabajo, cuando volviera acompañado á establecerse -en el país. Entretanto se ocupó de los -preparativos más necesarios; alquiló una casa bastante -capaz, cosa que había llegado á ser muy fácil -y poco costosa; la amuebló echando ya entonces -mano á su tesoro, pero sin hacer en él una -gran brecha, habiendo más gente que vendiese -y que no comprase.</p> - -<p>Después de algunos días volvió á su pueblo natal, -el cual encontró notablemente mejorado. Corrió -á Pasturo, halló á Inés totalmente tranquila -y dispuesta á volver á su casa, de modo que él -mismo la acompañó en seguida á ella. Pasaremos -en silencio los sentimientos que experimentaron, -las conversaciones que tuvieron al verse juntos en -aquellos sitios.</p> - -<p>Inés lo encontró todo según lo había dejado; -así que no pudo menos de decir que esta vez, tratándose -de una pobre viuda y una infeliz doncella, -los ángeles lo habían custodiado. “Y la otra<span class="pagenum" id="Page_528">[Pg 528]</span> -vez, añadió, se hubiera podido creer que el Señor -nos había abandonado, pues permitía que se nos -llevaran nuestro pobre ajuar, y he aquí que ahora -nos demuestra justamente lo contrario, pues -por otro lado nos ha enviado muy buen dinero, -con el cual he podido reemplazarlo todo. Digo -todo, y no digo bien, porque el equipaje de Lucía -que fué robado por aquella chusma, siendo -todo él flamante y completo, faltaba aún; y ve -aquí que nos llega por otro lado. El que me hubiese -dicho, cuando yo me afanaba en arreglar -otro: '¿tú crees trabajar para Lucía, no es verdad?, -¡pobre mujer!, pues trabajas para quien no sabes’. -Sólo el cielo no ignora á qué clase de criaturas -cubrirán estas telas y vestidos; por lo que hace á -Lucía, el equipaje que verdaderamente deba servirle, -una buena alma cuidará de ello, la cual tú -ignoras que esté siquiera en este mundo”.</p> - -<p>El primer pensamiento de Inés fué el de preparar -en su modesto albergue el alojamiento más -decente posible para aquella buena alma: en seguida -buscó seda para devanar, y trabajando engañaba -el tiempo.</p> - -<p>Por su parte, Renzo no pasó en la ociosidad -aquellos días para él tan largos: felizmente sabía -dos oficios, y entonces adoptó el de labrador. Tan -pronto ayudaba á su huésped, para el cual era una -gran fortuna el poseer en semejantes circunstancias -un operario de tanta habilidad, como cultivaba<span class="pagenum" id="Page_529">[Pg 529]</span> -y arreglaba el huertecillo de Inés, que se -había destruido enteramente durante su ausencia. -Con respecto á su heredad, ni pensaba tan siquiera -en ella, diciendo que era una madeja muy enredada, -la cual necesitaba más de dos brazos para -dejarla en buen estado. Nunca ponía en ella los -pies, como tampoco entraba en su casita, porque -habría padecido mucho al ver tanta desolación; -habiendo tomado el partido de deshacerse de todo, -á cualquier precio que fuese, empleando en -su nueva patria todo lo que buenamente pudiese -sacar.</p> - -<p>Si los que habían sobrevivido á la peste eran -para los demás como muertos resucitados, Renzo -parecía serlo dos veces á los ojos de sus compatriotas: -todos le festejaban y felicitaban; todos -querían saber por su propia boca sus aventuras. -Acaso, se preguntará: ¿y en qué quedó la orden -de destierro? Responderemos, que estaba en muy -buen estado; Renzo no hacía ningún caso de ella, -pues suponía que los que debían ponerla en ejecución -no se acordaban ya, y esto no nacía sólo -de la peste que había echado en el olvido tantas -cosas, sino que consistía en una cosa muy común, -en aquella época, lo cual hemos visto en más de -un pasaje de la presente historia, y era que las órdenes, -tanto generales como especiales contra las -personas, quedaban las más veces sin efecto, si no -lo tenía en los primeros momentos, á no ser que<span class="pagenum" id="Page_530">[Pg 530]</span> -hubiera alguna animosidad particular y poderosa, -que hiciera olvidarlas y hacerlas valer. En esto -sucedía como con las balas de fusil, las cuales -cuando no alcanzan á nadie, se quedan en el suelo -sin que den el más leve cuidado, consecuencia -indispensable de la gran facilidad con que se sembraban -á manos llenas dichas órdenes. La actividad -del hombre es limitada; por lo tanto, todo lo -que se manda de más, se debe ejecutar de menos: -lo que va en mangas no puede ir en faldones.</p> - -<p>El que desee saber qué posición ocupaban Renzo -y D. Abundio, el uno respecto del otro, diremos -que permanecían á cierta respetuosa distancia; -éste por temor de oir decir algo de matrimonio, -y que sólo al pensarlo se le presentaba D. -Rodrigo por una parte acompañado de sus bravos, -por otra el cardenal con sus argumentos, y Renzo -por haber resuelto no hablar más que en el -instante mismo de ir á ponerlo en ejecución, no -queriendo correr el riesgo de incomodarse antes -de tiempo, de ver surgir algún nuevo obstáculo y -enredar el negocio con inútiles habladurías. De -este asunto únicamente hablaba con Inés. “¿Creéis -que Lucía venga pronto?”, decía éste. “Espero que -sí”, contestaba la otra; y con frecuencia la que había -dado la respuesta, hacía poco después la misma -pregunta. Así trataban de pasar el tiempo que -les parecía tanto más largo, á medida que iba corriendo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_531">[Pg 531]</span></p> - -<p>Nosotros haremos pasar también al lector en -un instante todo aquel periodo de tiempo, diciendo -en pocas palabras, que algunos días después -de la visita de Renzo al lazareto, Lucía salió de -él en compañía de la buena viuda; que habiéndose -mandado una cuarentena general, la hicieron -juntas encerradas en casa de ésta; que emplearon -una parte del tiempo en disponer el equipaje de -Lucía, el cual, después de haberlo rehusado modestamente, -ella misma empezó á trabajar en él; -y por último, que terminada la cuarentena, la viuda -confió su tienda y su casa á su hermano el comisario, -é hicieron los preparativos del viaje. Todavía -podríamos añadir que partieron, llegaron, -y lo que se siguió luego; mas á pesar del deseo -que tenemos de ceder á la impaciencia del lector, -hay tres circunstancias en dicho intervalo de tiempo, -que no querríamos pasar en silencio; ó por lo -menos dos, creeríamos que el lector mismo lo tomaría -á mal si no lo verificásemos.</p> - -<p>He aquí la primera. Cuando Lucía volvió á hablar -á la viuda de sus aventuras, más circunstanciadamente -y con más orden que no lo había podido -hacer en medio de la agitación de su primera -confidencia, é hizo mención más expresa de la -señora que le había dado asilo en el monasterio -de Monza, comprendió cosas que, dándole la llave -de muchos misterios, llenaron su alma de admiración, -dolor y espanto. Supo por la viuda, que<span class="pagenum" id="Page_532">[Pg 532]</span> -la desventurada, sospechándosela autora y cómplice -de atroces y horribles crímenes, había sido -trasladada por orden del cardenal á un convento -de Milán; que allí, después de haberse entregado -por algún tiempo á la rabia y á la desesperación, -había concluido por enmendarse y acusarse á sí -misma, y que su vida actual era un suplicio voluntario, -tal cual nadie podría calcular más severo. -El que desee conocer más detalladamente esta -triste historia, podrá verla en el libro y lugar -que ya hemos citado en otra parte, á propósito de -la misma persona<a id="FNanchor_24" href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>.</p> - -<p>La segunda circunstancia es, que preguntando -Lucía á todos los capuchinos que se hallaban en el -lazareto por el padre Cristóbal, supo con más dolor -que sorpresa, que había muerto de la peste.</p> - -<p>Finalmente, antes de partir había también deseado -saber algo de sus antiguos señores y cumplir -con un deber suyo, según decía, si por fortuna -existían. La viuda la acompañó á la casa, donde -les dijeron que ambos habían fallecido. Tocante -á D.ª Prajedes, diciendo que había muerto, está -todo dicho; pero por lo que hace á D. Ferrante, -como se trataba de un sabio, nuestro anónimo ha -creído debía extenderse un poco más; y nosotros -á nuestra cuenta y riesgo, trascribiremos según -nos sea posible lo que dejó escrito.</p> -<p><span class="pagenum" id="Page_533">[Pg 533]</span></p> -<p>Dice, pues, que desde que se empezó á hablar -de la peste, D. Ferrante fué uno de los más decididos -y constantes en negarla, y que sostuvo tenazmente -hasta el fin dicha opinión, no con exclamaciones -y gritos de rabia como el pueblo, sino -con razones, á las cuales nadie podrá encontrar, -á lo menos, falta de encadenamiento.</p> - -<p><em>In rerum natura</em>, decía, no hay más que dos géneros -de cosas, á saber: sustancias y accidentes; y -si yo pruebo que el contagio no puede ser ni lo -uno ni lo otro, habré probado que no existe, que -es una quimera. Las sustancias son materiales ó -espirituales: que el contagio sea una sustancia espiritual, -es un absurdo que nadie querrá sostener; -así pues inútilmente hablaríamos de ello. Las sustancias -materiales son simples ó compuestas: ahora -bien, el contagio no es una sustancia simple; y -si no, lo voy á demostrar en cuatro palabras. No -es una sustancia aérea, porque si lo fuese, en vez -de pasar de un cuerpo á otro, volaría con más -prontitud á su esfera. No es acuosa, porque mojaría, -y el viento la secaría. No es ígnea, porque -quemaría. No es terrosa, porque sería visible. -Tampoco es sustancia compuesta, porque entonces -á cada momento debería ser sensible á la vista -y al tacto; y dicho contagio, ¿quién lo ha visto? -¿quién lo ha tocado? Ahora nos queda que ver si -es un accidente. Peor que peor. Esos señores -doctores dicen que se comunica de un cuerpo á<span class="pagenum" id="Page_534">[Pg 534]</span> -otro; éste es un asidero, éste el pretexto para dar -tantas órdenes sin utilidad. Supongamos ahora -que es un accidente: de todos modos sería un accidente -transportado; y esto son dos palabras que -luchan entre sí. En toda la filosofía no hay una -cosa más clara que ésta, á saber; que un accidente -no puede pasar de un objeto á otro; que si para -evitar semejante Scilla, se reducen á decir que -es un accidente producido, tropiezan en Caribdis; -porque si es producido, no se comunica ni se propaga -como van vociferando. Sentados estos principios, -¿de qué sirve que vengan á hablarnos de -bubones, de granos, de carbunclos?...</p> - -<p>—Todo es pura charlatanería, exclamó una vez, -uno de los que le escuchaban.</p> - -<p>—No, no, replicó D. Ferrante; yo no digo esto. -La ciencia es siempre ciencia; únicamente que es -preciso saberla emplear. Los bubones violáceos, -parótidas, carbunclos negros, son todas palabras -respetables que tienen su significación buena y bella, -pero repito que nada tienen que ver con la -cuestión. ¿Quién niega que pueda haber estas cosas, -y también que las haya? Mas lo principal está -en ver de dónde provienen.</p> - -<p>Aquí empezaban las pesadumbres para D. Ferrante. -Mientras que no hacía más que declamar -contra la opinión de los que decían que era epidemia, -por todas partes encontraba oídos benévolos, -atentos y respetuosos; porque no hay necesidad<span class="pagenum" id="Page_535">[Pg 535]</span> -de manifestar cuán grande es la autoridad de -un sabio de profesión, cuando quiere demostrar á -los demás cosas de que ya están convencidos. Pero -cuando venía á distinguir y á querer probar -que el error de los médicos no consistía en -afirmar que existía una enfermedad terrible y general, -sino en asignar la causa y los modos; entonces -(hablo del principio, en que no se quería -oir hablar de la peste), entonces, repito, en vez -de oídos hallaba lenguas rebeldes é intratables; -entonces no había otro medio que predicar, y no -podía exponer su doctrina más que á trozos.</p> - -<p>—He aquí verdaderamente la razón, decía, y están -obligados á reconocerla, aunque ellos sostengan -después otras cosas sin fundamento... Que -nieguen, si pueden, esa fatal conjunción de Saturno -con Júpiter. ¿Y cuándo se ha oído decir que -las influencias se propagan?... ¿Y esos señores -me querrán negar las influencias? ¿Me negarán -que la tienen los astros?, ¿ó me querrán decir que -se sostienen allá arriba, sin servir ni hacer nada, -como una porción de cabezas de alfiler metidas en -una pelota?... Pero lo que no me puede entrar -de esos señores médicos es que ellos confiesan -que nos hallamos bajo una conjunción sumamente -maligna, y luego nos vienen diciendo, con la -cara torcida: “¡No toquéis á esto, no toquéis á aquello, -y estaréis seguros!”. ¡Como si el esquivar el -contacto material de los cuerpos terrestres, pudiese<span class="pagenum" id="Page_536">[Pg 536]</span> -impedir el efecto producido por la virtud de -los cuerpos celestes! ¡Y tanto afanarse para quemar -andrajos! ¡Pobre gente! ¿Quemaréis á Júpiter?, -¿quemaréis á Saturno?...</p> - -<p><em>His fretus</em>; que equivale á decir: con estos bellos -principios no tomó ninguna precaución contra -la peste; en su consecuencia fué atacado, se -encaminó al lecho, se acostó, y murió como un -héroe de Metastasio, emprendiéndola con las estrellas.</p> - -<p>¿Y aquella su famosa librería? Acaso anda dispersa -todavía por algunas partes.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_24" href="#FNanchor_24" class="label">[24]</a> Ripamonti. His. Pat., Dec. V., lib. VI., cap. III.</p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_537">[Pg 537]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO VIGÉSIMO</h2> -</div> - - -<p class="p2">Cierta tarde, Inés oyó parar un carruaje á la -puerta. “¡Es ella, no me cabe duda!” En efecto, era -Lucía acompañada de la buena viuda. El lector -podrá imaginar la acogida que recíprocamente se -harían las tres mujeres.</p> - -<p>Á la mañana siguiente muy temprano llegó -Renzo, ignorante de lo que pasaba, y únicamente -con el deseo de tranquilizar un poco su espíritu -con Inés sobre la gran tardanza de Lucía. Los -gestos que hizo y las cosas que dijo, lo dejamos á -la penetración de los que lean este libro. Las demostraciones -de Lucía fueron tales, que se necesita -muy poco para describirlas. “¿Cómo estáis?”, dijo -con los ojos bajos, pero sin inmutarse. No se<span class="pagenum" id="Page_538">[Pg 538]</span> -crea que Renzo encontrase este recibimiento frío, -ni tampoco que se alarmara; antes al contrario, lo -tradujo á su favor; y como entre gentes bien educadas -se debe ser avaro de cumplimientos, comprendió -perfectamente el sentido oculto de aquellas -palabras. Por lo demás, era fácil conocer que -tenía dos modos de pronunciarlas, el uno para -Renzo, y el otro para todo el mundo que pudiese -conocerla.</p> - -<p>—Yo estoy bueno cuando os veo, repuso el -joven.</p> - -<p>—¡Pobre padre Cristóbal!, dijo Lucía, rogad por -su alma; á pesar de que casi estoy segura que en -este momento él ruega en el cielo por nosotros.</p> - -<p>—Demasiado me lo esperaba que sucedería esto, -replicó Renzo. Y no fué ésta la sola cuerda -triste que se tocó en aquella conversación. Pero -¡qué!, de cualquiera cosa que se hablase, el coloquio -concluía por ser alegre y delicioso. Como -aquellos caballos fogosos que se encabritan y levantan -una mano, y después otra, volviéndolas á -colocar en el mismo sitio, haciendo mil movimientos -antes de dar un paso, y luego de repente emprenden -su carrera como si fuesen llevados por el -viento; del mismo modo había cambiado el tiempo -para Renzo; un poco antes los minutos le parecían -horas; después por el contrario, éstas le -parecían minutos.</p> - -<p>La viuda, no sólo no empeoraba la sociedad,<span class="pagenum" id="Page_539">[Pg 539]</span> -sino que antes bien contribuía á mejorarla; y ciertamente, -Renzo, cuando la vió la vez primera -acostada en aquel miserable lecho, estaba muy lejos -de imaginar que pudiese tener un genio tan -sociable y divertido. Mas el lazareto y el campo, -la muerte y las bodas, son cosas sumamente distintas. -Ella se había ligado ya con Inés con la -mayor intimidad; con Lucía era un gusto el verla -tan alegre y cariñosa, dándole bromas con dulzura -y gracia, sin ser pesada, hasta tanto que la -obligaba á demostrar toda la alegría que rebosaba -en su corazón.</p> - -<p>Renzo dijo por último que iba á ver á D. Abundio -á fin de ponerse de acuerdo con él para los -desposorios. Fué en efecto; y con cierto aire burlón -y respetuoso á la vez, le dijo: “Señor cura, ¿os -ha pasado ya aquel dolor de cabeza que os impedía -el casarnos? Ahora es tiempo; la novia se halla -aquí, y yo también estoy á vuestra disposición -para que me indiquéis la hora que os venga bien, -rogándoos que esta vez lo dispongáis con la prontitud -que os sea posible”.</p> - -<p>D. Abundio no se atrevió á decir que no quería; -mas empezó á balbucear, presentando algunas -escusas, y haciendo ciertas observaciones.</p> - -<p>—Comprendo, dijo Renzo; os queda todavía un -poco de aquel dolor de cabeza; pero escuchad, escuchad. -Y se puso á describir el estado en que -había visto al infortunado D. Rodrigo, el cual seguramente<span class="pagenum" id="Page_540">[Pg 540]</span> -á aquellas horas ya no existía. “Esperemos, -añadió, que el Señor habrá usado con él -de misericordia”.</p> - -<p>—Ello no se ha de verificar aquí, repuso D. -Abundio. ¿Por ventura, os he dicho que no? Yo -no digo que no; hablo... hablo para daros algunas -justas razones... Por lo demás, mirad; -mientras que el hombre tiene un soplo de vida... -Contempladme: yo soy un mueble cascado; he estado -también más cerca de la muerte que él, heme -aquí sin embargo; y... si no vuelven á caer -sobre mí nuevas pesadumbres... ya, ya... -espero aún vivir un poquito más. Figuraos luego -ciertos temperamentos... pero como digo, esto -no hace al caso.</p> - -<p>Después de algunas preguntas y respuestas, ni -más ni menos concluyentes, Renzo le hizo un profundo -saludo, volvió á su morada, refirió la conversación -que había tenido, y acabó diciendo: “Me -he venido en seguida porque ya estaba hasta aquí; -y al pronunciar estas palabras colocaba su dedo -índice sobre la frente, y no quise arriesgarme á -perder la paciencia, y también el respeto. En -ciertos momentos era exactamente el D. Abundio -de antes; me quería entretener aún con su acostumbrada -palabrería; y estoy seguro de que si me -hubiese detenido un poco más, habría sacado á -plaza algún latinajo. Estoy viendo que quiere dar -de nuevo largas al asunto, y por consiguiente que<span class="pagenum" id="Page_541">[Pg 541]</span> -valdrá más, como él dice, que vayamos á casarnos -donde vamos á vivir”.</p> - -<p>—¿Sabéis lo que haremos?, dijo la viuda; iremos -nosotros á probar fortuna, á ver si conseguimos -algo más; así como así tengo grandes deseos de -conocer á ese hombre, principalmente siendo como -vos decís. Nos dirigiremos allá después de -comer, para no volver á atacarlo tan pronto. Ahora, -señor esposo, acompañadnos á dar un paseo, -mientras que Inés despacha sus haciendas, que yo -serviré de mamá á Lucía; pues tengo grandes deseos -de ver un poco más de cerca estas montañas, -y este lago, del cual tanto tengo oído hablar, porque -lo que he visto me ha parecido sumamente -hermoso.</p> - -<p>Renzo las condujo antes de todo á casa de su -huésped, donde éste los obsequió; haciéndole prometer -que no sólo aquel día, sino todos, si podía, -iría á comer con ellos.</p> - -<p>Después de haber paseado y comido, Renzo -partió precipitadamente, sin decir adónde iba. -Las mujeres permanecieron un buen rato discurriendo -y concertando los medios de comprometer -á D. Abundio; y por último se encaminaron á dar -el asalto.</p> - -<p>“Aquí están ellas”, dijo éste entre sí; pero las recibió -con muy buen semblante, haciendo grandes -demostraciones de alegría á Lucía, con mil enhorabuenas -á Inés, y muchos cumplidos á la forastera.<span class="pagenum" id="Page_542">[Pg 542]</span> -En seguida las hizo sentar, y al momento -entró á hablar de la peste. Deseó oir de la boca -de Lucía del modo que había pasado aquellos -aflictivos días. El lazareto proporcionó también -que hablara la que había sido su compañera; luego -D. Abundio, como era muy justo, habló igualmente -de su borrasca; y se regocijaba, á más no -poder, de que Inés hubiese tenido la dicha de escapar. -La conversación, sin embargo, se arrastraba -lánguidamente; desde las primeras palabras, -las dos mujeres estaban espiando la ocasión oportuna -para hablar del motivo esencial de su visita. -En fin, no se sabe á punto fijo cuál de las dos rompió -la valla. Pero, ¿qué medio? D. Abundio estaba -enteramente sordo, cuando se tocaba el consabido -asunto. Con todo, nunca decía que no; pero -siempre volvía á sus tergiversaciones y á sus -dudas; como el pájaro que salta de rama en rama... -“Sería indispensable, decía, hacer levantar -la orden de prisión. Vos, señora, que sois de Milán, -conoceréis poco más ó menos el curso que -llevan estas cosas; tendréis algún buen influjo, algún -caballero poderoso; pues ya sabéis que con -estos medios se cicatrizan todas las llagas. Si después -se quería ir por el camino más corto, sin meterse -en honduras, ya que los jóvenes y la buena -Inés quieren expatriarse (y aquí no puedo menos -de decir que la verdadera patria es aquella en -donde á uno le va bien), soy de parecer que podría<span class="pagenum" id="Page_543">[Pg 543]</span> -verificarse todo, en donde no hay orden de -prisión, ni obstáculo alguno que se oponga. No -veo la hora de ver terminada esta alianza; pero -quisiera que se concluyese tranquilamente. Digo -la verdad: aquí con esa malaventurada orden en -pie, ir á vociferar el nombre de Lorenzo Tramaglino, -no las tendría todas conmigo; lo aprecio demasiado, -temería prestarle un flaco servicio. Vos -misma lo podéis conocer”.</p> - -<p>En esto, tan pronto Inés, como la viuda le rebatían -los anteriores razonamientos; mas D. Abundio -los reproducía bajo otra forma. Nada se adelantaba, -pues siempre volvían al principio; cuando -he aquí que entró de pronto Renzo con andar -resuelto y el aire de traer alguna importante noticia: -en efecto, en el instante mismo, dijo: “Ha llegado -el señor marqués de ***”.</p> - -<p>—¿Qué significa esto?, ¡llegado!, ¿adónde?, preguntó -D. Abundio levantándose.</p> - -<p>—Ha llegado á su palacio, que era el de D. Rodrigo; -porque dicho señor marqués es el heredero -fidei-comisario, según dicen; por lo tanto, no -hay lugar á duda. Por lo que á mí hace, tendría -una gran alegría si supiera que ese infeliz ha -muerto cristianamente. Á buena cuenta, hasta -ahora había rezado por él algunos padrenuestros, -y ahora le cantaré el <em>De profundis</em>. Por lo demás, -me han dicho que el expresado señor marqués es -un excelente caballero.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_544">[Pg 544]</span></p> - -<p>—Seguramente, dijo D. Abundio, he oído hablar -de él muchas veces á un buen señor de esos -chapados á la antigua. Pero, ¿es cierto que?...</p> - -<p>—¿Creéis al sacristán?</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque él lo ha visto con sus propios ojos. -Yo he estado solamente en los alrededores, y á -decir verdad, he ido á propósito, porque he pensado -que allí debería saberse algo; y más de una -persona me ha dicho lo mismo. Luego he encontrado -á Ambrosio que venía de allá, y que lo ha -visto, según he dicho, hacer de amo. ¿Queréis oirlo -de la misma boca de Ambrosio? Precisamente -he dispuesto que esperase ahí fuera.</p> - -<p>—Oigámosle, dijo D. Abundio. Renzo fué á llamar -al sacristán. Éste confirmó la noticia punto -por punto: añadió á ella algunos detalles; disipó -todas las dudas, y después partió.</p> - -<p>—¡Ah, conque ha muerto!, ¡ha dejado verdaderamente -de existir!, exclamó D. Abundio. ¡Mirad, -hijos míos, cómo al fin la Providencia llega -también al fin para cierta clase de gente! ¡Sabéis -que es una cosa grande, una felicidad suprema -para este pobre país!, porque con semejante hombre -no se podía vivir. Esta epidemia ha sido un -gran azote; mas al propio tiempo también una -buena escoba, porque ha barrido ciertos sujetos, -de los cuales, hijos míos, jamás hubiéramos podido -librarnos. ¡Quién había de haber dicho que el<span class="pagenum" id="Page_545">[Pg 545]</span> -que estaba destinado á hacerle las exequias se hallaba -aún en el seminario estudiando el <em>musa musæ</em>! -En un abrir y cerrar de ojos han desaparecido -á cientos. Ya no los veremos dar vueltas con -su séquito de tunantes, con aquella arrogancia y -orgullosos ademanes, lanzando sus insultantes miradas -á todos, como si los demás estuvieran en el -mundo por un favor especial que ellos se dignaban -hacerles. Entretanto, ya no existen, y nosotros -sí. Ya no mandarán más mensajes á la gente -de bien. Nos han causado grandes molestias; -pero mirad, también ahora las podemos contar.</p> - -<p>—Yo lo he perdonado de todo corazón, dijo -Renzo.</p> - -<p>—Y cumples con tu deber, replicó D. Abundio; -pero al mismo tiempo debemos dar gracias al cielo -por habernos librado de él. Mas al presente; -volviendo á vosotros, os repito como siempre que -hagáis lo que mejor os parezca. Si queréis que os -case, aquí me tenéis; si os parece cómodo de otro -modo, hacedlo. Con respecto á la orden de prisión, -veo también que como no hay nadie que os -observe ni que quiera haceros daño, no es cosa -que os pueda dar mucho cuidado, tanto más, cuanto -que se ha dado un indulto con motivo del nacimiento -del serenísimo infante. Y después, ¡la -peste! ha sepultado muchas y grandes cosas. -Por lo tanto, si queréis... hoy es jueves... el -domingo os amonestaré; porque aun cuando ya se<span class="pagenum" id="Page_546">[Pg 546]</span> -ha hecho una vez, no sirve de nada por haber -transcurrido mucho tiempo, y luego tendré el gusto -de casaros.</p> - -<p>—Vos sabéis muy bien que justamente hemos -venido para esto, dijo Renzo.</p> - -<p>—Ciertamente, y os serviré; y quiero dar aviso -de ello á su eminencia.</p> - -<p>—¿Quién es su eminencia?, preguntó Inés.</p> - -<p>—Su eminencia, contestó D. Abundio, es nuestro -cardenal arzobispo, á quien Dios conserve.</p> - -<p>—¡Oh!, en cuanto á eso, perdonadme, replicó -Inés; pues á pesar que no soy más que una pobre -ignorante, puedo asegurar que no se le llama así, -porque cuando fuimos por segunda vez á hablarle, -como yo os hablo ahora, uno de aquellos señores -sacerdotes me llamó aparte y me enseñó -cómo se debía tratar al expresado señor, siendo -necesario decirle su señoría ilustrísima y monseñor.</p> - -<p>—Y al presente, si debiese enseñaros de nuevo, -os diría que le llamaseis eminencia; ¿habéis -entendido? Porque el papa, á quien Dios también -conserve, ha prescrito desde el mes de junio que -se dé este título á los cardenales. ¿Y sabéis por -qué ha resuelto esto? Porque el tratamiento de -ilustrísima que estaba reservado á ellos y á los -príncipes, estáis viendo ahora mismo con cuánta -prodigalidad se da y cuántos lo toman voluntariamente.<span class="pagenum" id="Page_547">[Pg 547]</span> -Á semejante escándalo, ¿qué había de -hacer el papa?, ¿quitárselo á todos? Esto hubiera -hecho nacer quejas, reclamaciones, desgracias y -disgustos, y al fin y al cabo habría quedado lo -mismo que antes. El papa ha ideado, pues, un excelente -medio. Poco á poco se empezará á dar -eminencia á los obispos; los abades la querrán -también; luego los deanes; porque los hombres -son así, siempre quieren subir y subir; después -los canónigos...</p> - -<p>—¿Y los curas?, interrumpió la viuda.</p> - -<p>—No, no, replicó D. Abundio; los curas para -tirar de una carreta; no tengáis miedo que les hagan -tomar malos hábitos; los curas serán reverendos -hasta el fin del mundo. Más bien, no me sorprendería -nada absolutamente que los caballeros -que están acostumbrados á oirse llamar ilustrísima -y á ser tratados como cardenales, quisieran un -día que se les diese el tratamiento de eminencia; -y si lo desean llegarán á conseguirlo. ¿Y entonces -el papa que hará?, ¿hallará otra cosa para los cardenales? -Pero volvamos á nuestro asunto: el domingo -os publicaré en la iglesia, y entretanto, -¿sabéis lo que he pensado para servir mejor? -Mientras, pediremos la dispensa para las otras dos -amonestaciones. En la curia deben tener mucho -que hacer para ocuparse en dar dispensas, si las -cosas están tan revueltas como aquí. Para el domingo -tengo ya... una... dos... tres, sin<span class="pagenum" id="Page_548">[Pg 548]</span> -contar con vosotros; y puede que todavía haya -alguna otra. El fuego ha prendido; parece que de -aquí en adelante nadie quiere vivir solo. ¡Qué -mal ha hecho Perpetua en morirse ahora! pues -al presente ella habría encontrado también esposo. -¿Y en Milán, señora, me figuro que será lo -mismo?</p> - -<p>—Exactamente. Sabed, pues, que sólo en mi -parroquia, el domingo pasado, se han celebrado -cincuenta matrimonios.</p> - -<p>—¡Cuando yo lo digo!, el mundo no quiere acabarse... ¿Y -á vos, señora, no han empezado á revolotear -en torno algunos moscones?</p> - -<p>—No, no; ni pienso en ello, ni quiero.</p> - -<p>—¡Vamos, que sí!... ¿querríais acaso estar -sola? Mirad, Inés también...</p> - -<p>—Vaya, vaya; ¿tenéis ganas de bromear?, dijo -ésta.</p> - -<p>—Seguramente; y me parece que ya era hora. -¡Cuán rudos golpes hemos sufrido!, ¿no es verdad, -amigos míos? Los hemos sufrido, repito, muy grandes. -Por lo tanto, creo que debemos tener la esperanza -de que esos cuatro días que nos restan, -serán un poco mejores. Pero, ¡dichosos vosotros -si no os suceden más desgracias, que todavía podréis -hablar de ellas por espacio de muchos años! -Mas yo, pobre viejo... Los bribones pueden -morir; la peste se puede curar; pero para los años<span class="pagenum" id="Page_549">[Pg 549]</span> -no hay remedio; y como dicen los sabios <em>Senectus -ipsa est morbus</em><a id="FNanchor_25" href="#Footnote_25" class="fnanchor">[25]</a>.</p> - -<p>—¡Oh!, ahora, dijo Renzo, hablad en latín tanto -como queráis, pues nada me importa.</p> - -<p>—¿Tú aborreces el latín, eh?, pues bien, yo te -arreglaré: cuando te presentes á mí en compañía -de esta joven, para oiros pronunciar justamente -ciertas palabras en latín, te diré: “Ya que no quieres -latín, anda con Dios; ¿te gustará eso?”.</p> - -<p>—¡Ah!, yo bien sé lo que me digo, replicó Renzo: -no es éste el latín que me da miedo: éste es -un latín franco, sagrado, como el de la misa; mas -actualmente hablo de ese latín engañador, que -cae sobre uno á traición, en medio de un discurso. -Por ejemplo, ahora que estamos aquí, que todo -se ha concluido, hacedme el favor de traducirme -el que sacabais á colación, precisamente en -ese rincón de la estancia, cuando queríais darme -á entender que no podíais casarme, que se necesitaban -otros requisitos, y qué se yo qué más.</p> - -<p>—Silencio, burlón, silencio; no saques á relucir -semejantes cosas; pues si fuéramos á ajustar -cuentas, no sé quién de los dos saldría perdiendo. -En fin, todo está perdonado; no hablemos más -de ello; con todo, vosotros me jugasteis una mala -partida: en ti no me sorprende, porque eres un -bribonzuelo; pero en esta agua mansa, en esta -<span class="pagenum" id="Page_550">[Pg 550]</span>santita, habría creído cometer un pecado desconfiando -de ella. Mas yo bien sé quién le había dado -instrucciones; sí, bien lo sé. Y diciendo esto, -dirigía hacia Inés el dedo que antes había tenido, -señalando á Lucía. Es imposible expresar con qué -bondad, con qué aire tan amable y cariñoso hacía -estos reproches. Aquella noticia le había inspirado -una desenvoltura, un deseo de hablar, del -cual hacía mucho tiempo que había perdido la -costumbre; y nosotros nos apartaríamos del fin -que nos hemos propuesto, si refiriésemos el resto -de la expresada conversación que D. Abundio prolongó, -deteniendo á la reunión más de una vez -antes de partir, y haciéndola parar en el mismo -umbral de la puerta, para platicar sobre el mismo -tema.</p> - -<p>El día siguiente recibió una visita tan agradable -como inesperada: tal fué la del señor marqués del -cual se había hablado. Era un hombre ya de edad -madura, cuyo aspecto confirmaba todo lo que la -fama decía de él: franco, cortés, apacible, humilde, -lleno de dignidad, y un no sé qué, que indicaba -una tristeza resignada.</p> - -<p>—Vengo, le dijo, á saludaros de parte del cardenal -arzobispo.</p> - -<p>—¡Oh!, ¡qué amabilísima bondad la de los -dos!</p> - -<p>—Cuando fuí á despedirme de ese hombre incomparable,<span class="pagenum" id="Page_551">[Pg 551]</span> -que me honra con su amistad, me -habló de dos jóvenes prometidos que existen en -esta parroquia, los cuales han sufrido muchas desgracias, -por causa del infortunado D. Rodrigo. -Monseñor desea tener noticias de ellos. ¿No han -muerto, es verdad? ¿Están ya arreglados todos sus -negocios?</p> - -<p>—Ciertamente, todo está ya arreglado; y también -habían pensado escribírselo á su eminencia; -mas ahora que tengo el honor...</p> - -<p>—¿Se hallan aquí?</p> - -<p>—Sí, señor; y serán marido y mujer lo más -pronto que sea posible.</p> - -<p>—Está bien; pero al presente os ruego tengáis la -bondad de decirme, qué bien puede dispensárseles, -é indicar la manera más conveniente de hacerlo. -Durante este tiempo tan calamitoso, he -perdido á mis dos hijos, y á su madre, habiendo -recaído en mí tres herencias considerables. Antes -de suceder esto, tenía todavía de sobra; así, pues, -ya veis que el proporcionarme una ocasión para -emplear bien mis riquezas, es á la verdad prestarme -un gran servicio, que os agradeceré infinito.</p> - -<p>—¡Que el cielo bendiga á vuestra señoría!, pues, -no todos los... no debo decirlo... son como -vos. Yo también doy gracias á vuestra señoría -ilustrísima por esos pobres hijos míos; y ya que<span class="pagenum" id="Page_552">[Pg 552]</span> -me dais tanto ánimo, diré que me ha venido á la -imaginación un expediente que acaso será de vuestro -agrado. Sabed, pues, que esas buenas gentes -han resuelto irse á establecer á otra parte, y vender -lo poco que aquí poseen; lo cual consiste en -una pequeña viña perteneciente al joven, pero -abandonada y enteramente erial: es preciso contar -sólo con el terreno, y además dos casuchas, -la una propia del joven, y la otra de la doncella; -las que propiamente hablando, no son más que -dos ratoneras. Una persona como vuestra señoría -no puede saber lo que acontece á los pobres cuando -quieren deshacerse de lo que les pertenece. -Concluyen siempre topando con algún tunante, -que desde largo tiempo ha echado el ojo sobre dichos -bienes, y cuando sabe que tienen necesidad -de venderlos, se retira y hace el desdeñoso; en -vista de lo cual, es preciso correr tras él, y dárselo -por un pedazo de pan, especialmente en circunstancias -como las presentes. El señor marqués -comprende ya dónde va á parar mi discurso. La -mejor caridad que les puede hacer vuestra señoría -ilustrísima es sacarlos de ese tropiezo, comprándoles -lo poco que poseen aquí. Verdaderamente, -yo doy un consejo interesado porque vendría -á adquirir en mi parroquia un feligrés como -el señor marqués; pero vuestra señoría decidirá -según mejor le plazca: yo sólo he hablado por -obedecerle.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_553">[Pg 553]</span></p> - -<p>El marqués alabó mucho la idea, dió las gracias -á D. Abundio, y le suplicó que fuese el árbitro -del precio, fijándolo bien alto; colmándole en -seguida de admiración, con la proposición que le -hizo de dirigirse en su compañía á la casa de la -joven prometida, en donde probablemente debía -hallarse también el novio.</p> - -<p>Por el camino, D. Abundio, transportado de gozo, -se decidió además á hablarle del siguiente modo: -“Ya que vuestra señoría ilustrísima se muestra -tan inclinado á favorecer á esas pobres gentes, -ahora recuerdo que podría prestarles otro servicio. -Pesa sobre el joven una orden de prisión, por -una pequeña calaverada que hizo en Milán ahora hace -dos años, el día del grande alboroto en el cual se -vió metido sin querer por ignorancia, como un ratón -en la trampa. Por supuesto que no es cosa -grave; niñadas, locuras, pues es incapaz de cometer -el más leve daño, yo puedo asegurarlo, porque -lo he bautizado, y lo he visto crecer y hacerse -hombre: y luego, si vuestra señoría quiere, por -vía de pasatiempo, oir razonar á esos pobres sobre -semejante materia, podrá hacerse contar la -historia por el mismo joven y verá. Actualmente, -tratándose de cosas antiguas, no hay nadie que lo -moleste, y como ya he dicho, piensa salir de este -territorio; pero con el tiempo, ¿quién sabe si tendrá -que volver aquí, ó adónde? Lo mejor y más -seguro, es que se encuentre enteramente libre. El<span class="pagenum" id="Page_554">[Pg 554]</span> -señor marqués pasa en Milán, como es muy justo, -por un gran caballero, por un poderoso sujeto -que... No, no, dejadme decir, que la verdad -ha de estar en su lugar. Una recomendación, una -palabrita de una persona como vuestra señoría, -es lo suficiente para obtener una completa absolución”.</p> - -<p>—¿Existen acaso graves cargos contra ese joven?</p> - -<p>—¡Oh!, no lo creo. Ha hecho mucho ruido en los -primeros momentos, pero ahora me imagino que -no es más que una simple formalidad.</p> - -<p>—Siendo así, la cosa será fácil, y la tomo con -gusto á mi cargo.</p> - -<p>—¡Y después no querrá vuestra señoría que se -diga que es una persona poderosa! Lo digo, y -quiero decirlo, por más que se ofenda; repito que -quiero decirlo. Y aun cuando yo me callase, de -nada serviría, porque todo el mundo habla de lo -mismo, y <em>Vox populi... vox Dei</em>.</p> - -<p>Encontraron justamente á las tres mujeres y á -Renzo. Dejo á la consideración de los lectores el -calcular cómo se quedarían aquellas pobres gentes: -yo creo que hasta las desnudas y ahumadas -paredes, las ventanas, banquetas, y todo su modesto -ajuar, se maravillaron de recibir una tan extraordinaria -visita. Él animó la conversación hablando -del cardenal y de otras cosas con franca<span class="pagenum" id="Page_555">[Pg 555]</span> -cordialidad, y al propio tiempo con la mayor delicadeza. -Luego pasó á hacer la proposición que -había sido el objeto de su ida. D. Abundio, rogado -por el marqués para que fijara el precio, después -de haberlo rehusado por algún tiempo, y dado -algunas excusas, diciendo que no lo entendía, -que no podría menos de vacilar, que hablaba sólo -por obedecer, y que indicaba, por conformarse -á su deseo, un precio muy subido. El comprador -dijo, que por su parte estaba contentísimo, y como -si hubiese entendido mal, repitió el doble, no -quiso escuchar rectificaciones, y cortó de repente -aquella conversación, invitando á la pequeña reunión -á ir á comer á su palacio el día después -de las bodas, en donde se haría el negocio en -regla.</p> - -<p>“¡Ah!, decía luego entre sí D. Abundio, á medida -que volvía á su morada, si la peste hiciese -siempre en todo y por todo las cosas de este modo, -sería verdaderamente una picardía el hablar -mal de ella: casi, casi, se podría desear que hubiese -una en cada siglo, y pactar el tenerla, con -tal de curar, se entiende”.</p> - -<p>Por último llegó la dispensa y también la absolución, -llegando igualmente el tan deseado día. -Los desposados se encaminaron con seguridad -triunfante á aquella misma iglesia, en la cual fueron -unidos por el propio D. Abundio. Otro y mucho -más singular triunfo fué al día siguiente su<span class="pagenum" id="Page_556">[Pg 556]</span> -viaje al palacio. ¡Imagínese el lector lo que debería -pasar por su mente al emprender la subida, -al entrar por la puerta, y qué reflexiones harían -cada uno según su carácter! Únicamente indicaré -que en medio de la alegría, el uno y el otro se -dijeron que para completar la fiesta faltaba sólo -el malogrado padre Cristóbal. “Mas sin embargo”, -decían, “él está seguramente mejor que nosotros”.</p> - -<p>El marqués les hizo la más fina acogida, los -condujo á un hermoso saloncito, y colocó en la -mesa á los dos esposos, junto con Inés y su amiga. -Antes de retirarse para ir á comer en compañía -de D. Abundio á otra habitación, quiso permanecer -un rato con sus convidados, ayudando en -persona á los criados á servirles. Supongo que á -nadie se le pasará por la imaginación el que hubiera -sido más sencillo el poner buenamente una -sola mesa. Hemos presentado al citado señor como -un excelente sujeto, pero no como un hombre -de un tipo original, según ahora diríamos; -hemos manifestado que era humilde, no que fuese -un portento de humildad. Tenía la suficiente -para ponerse debajo de aquellos infelices, pero no -para colocarse á su nivel.</p> - -<p>Finalizadas ambas comidas, el contrato fué extendido -por manos de un doctor, que no era Azzecca-Garbugli; -el cual, quiero decir, sus mortales -despojos estaban y todavía están en Cantarelli. -Es indispensable que hagamos una breve y sucinta<span class="pagenum" id="Page_557">[Pg 557]</span> -explicación del citado pueblo, para los que no -tengan de él idea alguna.</p> - -<p>Cerca de media milla más allá de Lecco, y casi -á un lado de la otra población llamada Castello, -existe un lugar al cual dan el nombre de Cantarelli, -en donde se cruzan dos caminos; muy próximo -al punto en que éstos se unen, se divisa una -eminencia, á modo de una pequeña colina artificial, -coronada de una cruz; lo cual no es otra cosa -más que una gran porción de muertos de la -terrible epidemia que hemos descrito, colocados -en aquel sitio. La tradición dice simplemente “los -muertos del contagio”, sin manifestar precisamente -cuál era, debiendo ser el que ya conocemos, -porque fué el último y más cruel de que hay memoria; -y es demasiado sabido que si á las tradiciones -no se las ayuda un poco, no dicen nunca -por sí mismas lo bastante.</p> - -<p>Á la vuelta de los esposos á casa, no surgió -otro inconveniente más sino que Renzo iba un -tanto incomodado con el peso del dinero que llevaba -encima. Mas el hombre, según sabemos, había -tenido otros disgustos. No queremos hablar -del trabajo de su mente, que no era sin embargo -pequeño, pensando en la manera de hacer producir -más dicho dinero. Al ver los proyectos, reflexiones -é incertidumbres de su imaginación; al -oir el pro y el contra con respecto á la agricultura -y á la industria, era como si se hubiesen encontrado<span class="pagenum" id="Page_558">[Pg 558]</span> -frente á frente dos academias del siglo -pasado. El embarazo para él era más que real, porque -siendo un hombre solo, no se le podía decir: -“¿qué necesidad había de elegir?”. Lo mejor que podía -hacer era emprender con ambas, porque los -medios en sustancia son los mismos, y al mismo -tiempo dos cosas que se parecen á las piernas, esto -es, que las dos andan mejor que una sola.</p> - -<p>Trataron pues de arreglar el equipaje, y ponerse -en camino, la familia Tramaglina para su nueva -patria, y la viuda para Milán. Se derramaron -muchas lágrimas, se dieron mutuamente un millón -de gracias, y se hicieron mil y mil promesas -de irse á ver unos á otros á menudo. La separación -de Renzo y de la familia del amigo que le -había dado hospitalidad no fué menos tierna, si se -exceptúa que no hubo lágrimas; y no se crea que -la despedida con D. Abundio fuese fría; nada de -esto. Aquellas excelentes criaturas habían conservado -siempre cierta respetuosa adhesión para -con su cura, y éste, en el fondo también los había -apreciado; sino que ya se ve, ¡hay negocios tan -malditos que llegan á turbar hasta las afecciones!</p> - -<p>Nada obligaba á Renzo á salir de su pueblo natal; -pues D. Rodrigo no existía, y la orden de prisión -había sido anulada. Mas hacía ya algún tiempo -que los tres estaban acostumbrados á mirar -como suyo el país adonde se dirigían. Renzo había -logrado que cayera en gracia á las mujeres, haciéndoles<span class="pagenum" id="Page_559">[Pg 559]</span> -ver las ventajas que encontraban en él -los operarios y otras mil cosas de la buena vida que -se pasaba. Además, en aquel del cual se apartaban, -habían tenido momentos bien amargos; y los -recuerdos tristes que con frecuencia se presentan -á nuestra imaginación de los lugares en que hemos -sufrido, nos hacen alejar de ellos.</p> - -<p>¡Quién había de figurarse que al llegar á la nueva -patria, en donde Renzo creía hallar la dicha, -no encontró más que disgustos! Indudablemente -no era nada; pero sin embargo, lo bastante para -turbar su felicidad. He aquí, en pocas palabras, -lo que sucedió.</p> - -<p>Las conversaciones que en el citado pueblo había -habido respecto de Lucía, mucho tiempo antes -que ésta fuese á él; el saber que Renzo había -padecido tanto por ella, permaneciendo siempre -firme y constante; acaso alguna palabrilla de algún -amigo parcial para con él y para con todo lo -que le concernía, habían hecho nacer una cierta -curiosidad de ver á la joven, concibiendo una idea -extraordinaria de su belleza. Otros decían: “¿Queréis -saber cómo es la que esperáis con tanta ansia? -Es holgazana, crédula, desdeñosa; no encuentra -jamás lo que busca, porque nunca sabe lo que -quiere; y por último, hace pagar muy caros los -dulces momentos que había concedido sin razón”. -Cuando Lucía se presentó, muchos de los que -creían que tenía una cabellera de oro, las mejillas<span class="pagenum" id="Page_560">[Pg 560]</span> -exactamente de rosa, los ojos más hermosos que -lo uno y lo otro, y qué sé yo qué más, empezaron -á encogerse de hombros, á arrugar las narices, y -á decir: “¡Bah!, ¡es ésta la mujer tan ponderada! -¡Después de tanto tiempo y de tanto hablar, era -de esperar otra cosa! ¡Y qué es después de todo! -Una aldeana como tantas otras. Mujeres como ella -y mejor se encuentran por todas partes”. Viniendo -en seguida á examinarla en particular, éste notaba -un defecto, aquél otro, y algunos la llegaron -á encontrar fea.</p> - -<p>Mas sin embargo, como todo esto nadie iba á -decirlo á la cara de Renzo, hasta aquí no era un -gran mal. Pero por desgracia al cabo de algún -tiempo no faltó quien fuera á contarle dichas habladurías, -lo cual le afligió mucho. Principió á -meditar sobre ello, siendo objeto de varias disputas -con los que le hablaban de tal asunto, y también -de amargas quejas consigo mismo. “¿Y qué -os importa?, ¿quién os ha dicho que esperaseis esto -ni aquello? ¿He ido por ventura á hablaros -nunca de semejante cosa?, ¿á deciros que era hermosa? -Y cuando me lo preguntabais, ¿os di quizás -otra contestación, sino que era una buena muchacha? -¡Es una aldeana! ¿Me habéis oído decir -jamás que os traería una princesa? ¿Os desagrada?; -no la miréis. Ya que vosotros tenéis mujeres -hermosas, extasiaos en ellas, contempladlas cuanto -queráis”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_561">[Pg 561]</span></p> - -<p>Es preciso observar, que una bagatela cualquiera -basta á veces para decidir la dicha de un hombre -para toda su vida. Si Renzo hubiese querido -pasar la suya en dicho pueblo, según su primer -designio, hubiera obrado muy mal. Á fuerza de -tantas incomodidades, había llegado á estar siempre -disgustado; era grosero y brusco con todos, -porque calculaba que cada uno en particular podía -criticar á Lucía. En todas sus palabras se traslucía -siempre un no sé qué de punzante y satírico; -en todo encontraba también motivos de crítica; -hasta el punto de que si hacía mal tiempo dos -días seguidos, al momento exclamaba: “¡Oh, vaya -un país hermoso!” Finalmente, se hizo insoportable -hasta con las personas que le habían apreciado; -y con el tiempo, de una cosa á otra, se hubiera -encontrado por decirlo así, en guerra abierta -con casi toda la población, sin poder quizá ni aun -él mismo conocer la causa primitiva de un mal -tan grande.</p> - -<p>Mas se habría dicho que la peste se había empeñado -en reparar todas sus tonterías. El dueño -de una fábrica de hilados situada cerca de las -puertas de Bérgamo había muerto; y el heredero, -joven libertino, que en todo aquel edificio no encontraba -nada que le divirtiera, resolvió venderlo -por la mitad del precio; mas quería que fuese -inmediatamente y á dinero contante, para poderlo -emplear en seguida en gastos improductivos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_562">[Pg 562]</span></p> - -<p>Habiendo llegado la noticia á oídos de Bartolo, -acudió á verle y trató con él. No podía hallarse -una ganga mayor, pero la condición de pagar al -contado, en metálico, lo echaba todo á perder; -porque su escaso peculio, reunido lentamente á -fuerza de muchas economías, estaba aún lejos de -alcanzar á la suma señalada. Entretuvo al vendedor -con palabras ambiguas, se volvió apresuradamente, -comunicó el negocio á su primo, y le propuso -hacerlo á medias. Un partido tan excelente -puso fin á las dudas económicas del joven, el cual -se decidió de pronto por la industria, y contestó -afirmativamente. Ambos se dirigieron allá en seguida, -y quedó consumado el contrato.</p> - -<p>Luego que los nuevos dueños se posesionaron -de su establecimiento, Lucía, que no era de ninguna -manera esperada allí, no sólo no fué objeto -de crítica, sino que aun podemos añadir que no -dejó de agradar; tanto, que Renzo llegó á saber -que algunos habían dicho: “¿Habéis visto la bella -palurda que nos ha venido?”. El epíteto hacía llevadero -el sustantivo.</p> - -<p>Además, los disgustos que Renzo había experimentado -en el otro pueblo, le sirvieron de muy -útil lección. Hasta entonces había sido un poco -ligero en decir lo que sentía, teniendo un placer -en criticar á la mujer del vecino y demás; pero -luego comprendió que las palabras hacen un efecto -en la boca y otra en los oídos, por lo cual contrajo<span class="pagenum" id="Page_563">[Pg 563]</span> -el hábito de pesar más las suyas antes de -proferirlas.</p> - -<p>Los negocios iban viento en popa: al principio -se presentaron algunas dificultades con motivo de -la escasez de operarios y de las altas pretensiones -de los pocos que habían quedado. Publicáronse -edictos que limitaban los salarios; y á despecho de -algunos, con tales medidas, las cosas volvieron á -su verdadero camino; porque al fin y al cabo debían -arreglarse. Al cabo de poco tiempo, llegó de -Venecia otro edicto más razonable, á saber: extinción, -por diez años, de toda carga real y personal -á los forasteros que fuesen á establecerse en el -territorio. Para nuestros amigos, esto fué una nueva -cucaña.</p> - -<p>Antes de que concluyese el primer año de casados, -Lucía dió á luz una hermosa criatura; y -como si se hubiese hecho á propósito para dar -ocasión á Renzo de cumplir su magnánima promesa, -fué una niña, á la cual se la bautizó con el -nombre de María. En el trascurso del tiempo tuvieron -no sé cuántos más, de uno y otro sexo; é -Inés, ocupada en llevarlos aquí y allá, les llamaba -picarillos y les cubría de besos, los cuales quedaban -impresos por largo rato en sus rosadas mejillas. -Todos fueron inclinados al bien, queriendo -Renzo que aprendiesen á leer y escribir, al cual -se le oía decir, que ya que existía semejante picardía, -era preciso que se aprovechasen de ella.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_564">[Pg 564]</span></p> - -<p>Era sumamente curioso el oirle contar sus aventuras, -las que finalizaba siempre diciendo las grandes -cosas que había aprendido para gobernarse -mejor en lo sucesivo. “Me he aleccionado”, decía, -“en no meterme en jaranas, en no predicar en las -plazas, en no levantar el codo más de lo necesario, -en no tener en la mano las aldabas de las -puertas cuando hay alrededor gentes, cuya cabeza -no está buena enteramente, en no atarme una -campanilla al pie antes de haber pensado lo que -podía suceder, y otras mil cosas por el estilo”.</p> - -<p>Sin embargo, Lucía, sin encontrar la doctrina -falsa en sí, no quedaba satisfecha; le parecía así -de un modo vago, como si faltara algo. Á fuerza -de oir repetir siempre el mismo estribillo, y meditar -cada vez más sobre él; “y yo”, dijo un día á -su moralista, “¿qué debo haber aprendido? Bien -sabes que no he ido á buscar las desgracias, sino -que ellas vinieron: á menos que no quieras decir, -añadió, sonriéndose afectuosamente, que todo mi -mal provino de quererte y haberte dado palabra -de casamiento”.</p> - -<p>Al principio Renzo no supo qué contestar. Después -de haber discutido ambos por largo tiempo, -sacaron en consecuencia que las desgracias las -más veces provienen de causas motivadas por -otros, que la conducta más cauta é inocente no -podría evitar; y que cuando nacen por culpa ó sin -culpa nuestra, la confianza en Dios las templa y<span class="pagenum" id="Page_565">[Pg 565]</span> -las utiliza para la otra vida. Esta solución, aunque -haya sido hallada por gentes sin instrucción -de ninguna especie, nos ha parecido tan justa, que -hemos pensado consignarla aquí como el pensamiento -de toda la historia.</p> - -<p>Últimamente, si la presente obra no os ha disgustado, -agradecédselo al anónimo, y también un -poquito á su comentador; mas si por el contrario, -hemos tenido la desgracia de desagradaros, podéis -estar seguros que no ha sido éste nuestro designio.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_25" href="#FNanchor_25" class="label">[25]</a> La vejez es por sí misma una enfermedad.</p> - -</div> -</div> -</div> - -<hr class="tb x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p4 center big1">FIN DE “LOS PROMETIDOS ESPOSOS”.</p> -</div> - - - - -<div lang='en' xml:lang='en'> -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>LOS DESPOSADOS - TOMO 2</span> ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg™ electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG™ -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for an eBook, except by following -the terms of the trademark license, including paying royalties for use -of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for -copies of this eBook, complying with the trademark license is very -easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation -of derivative works, reports, performances and research. Project -Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away--you may -do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected -by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br /> -<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg™ -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg™ electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg™ electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the person -or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.B. “Project Gutenberg” is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg™ electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg™ electronic works if you follow the terms of this -agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg™ -electronic works. See paragraph 1.E below. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation (“the -Foundation” or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection -of Project Gutenberg™ electronic works. Nearly all the individual -works in the collection are in the public domain in the United -States. If an individual work is unprotected by copyright law in the -United States and you are located in the United States, we do not -claim a right to prevent you from copying, distributing, performing, -displaying or creating derivative works based on the work as long as -all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope -that you will support the Project Gutenberg™ mission of promoting -free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg™ -works in compliance with the terms of this agreement for keeping the -Project Gutenberg™ name associated with the work. You can easily -comply with the terms of this agreement by keeping this work in the -same format with its attached full Project Gutenberg™ License when -you share it without charge with others. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are -in a constant state of change. If you are outside the United States, -check the laws of your country in addition to the terms of this -agreement before downloading, copying, displaying, performing, -distributing or creating derivative works based on this work or any -other Project Gutenberg™ work. The Foundation makes no -representations concerning the copyright status of any work in any -country other than the United States. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other -immediate access to, the full Project Gutenberg™ License must appear -prominently whenever any copy of a Project Gutenberg™ work (any work -on which the phrase “Project Gutenberg” appears, or with which the -phrase “Project Gutenberg” is associated) is accessed, displayed, -performed, viewed, copied or distributed: -</div> - -<blockquote> - <div style='display:block; margin:1em 0'> - This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most - other parts of the world at no cost and with almost no restrictions - whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms - of the Project Gutenberg License included with this eBook or online - at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you - are not located in the United States, you will have to check the laws - of the country where you are located before using this eBook. - </div> -</blockquote> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.2. If an individual Project Gutenberg™ electronic work is -derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not -contain a notice indicating that it is posted with permission of the -copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in -the United States without paying any fees or charges. If you are -redistributing or providing access to a work with the phrase “Project -Gutenberg” associated with or appearing on the work, you must comply -either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or -obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg™ -trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.3. If an individual Project Gutenberg™ electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any -additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms -will be linked to the Project Gutenberg™ License for all works -posted with the permission of the copyright holder found at the -beginning of this work. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg™ -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg™. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg™ License. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including -any word processing or hypertext form. However, if you provide access -to or distribute copies of a Project Gutenberg™ work in a format -other than “Plain Vanilla ASCII” or other format used in the official -version posted on the official Project Gutenberg™ website -(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense -to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means -of obtaining a copy upon request, of the work in its original “Plain -Vanilla ASCII” or other form. Any alternate format must include the -full Project Gutenberg™ License as specified in paragraph 1.E.1. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg™ works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg™ electronic works -provided that: -</div> - -<div style='margin-left:0.7em;'> - <div style='text-indent:-0.7em'> - • You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg™ works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed - to the owner of the Project Gutenberg™ trademark, but he has - agreed to donate royalties under this paragraph to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid - within 60 days following each date on which you prepare (or are - legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty - payments should be clearly marked as such and sent to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in - Section 4, “Information about donations to the Project Gutenberg - Literary Archive Foundation.” - </div> - - <div style='text-indent:-0.7em'> - • You provide a full refund of any money paid by a user who notifies - you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he - does not agree to the terms of the full Project Gutenberg™ - License. You must require such a user to return or destroy all - copies of the works possessed in a physical medium and discontinue - all use of and all access to other copies of Project Gutenberg™ - works. - </div> - - <div style='text-indent:-0.7em'> - • You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of - any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the - electronic work is discovered and reported to you within 90 days of - receipt of the work. - </div> - - <div style='text-indent:-0.7em'> - • You comply with all other terms of this agreement for free - distribution of Project Gutenberg™ works. - </div> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project -Gutenberg™ electronic work or group of works on different terms than -are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing -from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of -the Project Gutenberg™ trademark. Contact the Foundation as set -forth in Section 3 below. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -works not protected by U.S. copyright law in creating the Project -Gutenberg™ collection. Despite these efforts, Project Gutenberg™ -electronic works, and the medium on which they may be stored, may -contain “Defects,” such as, but not limited to, incomplete, inaccurate -or corrupt data, transcription errors, a copyright or other -intellectual property infringement, a defective or damaged disk or -other medium, a computer virus, or computer codes that damage or -cannot be read by your equipment. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the “Right -of Replacement or Refund” described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg™ trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg™ electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT -LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE -PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE -TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE -LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR -INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH -DAMAGE. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a -defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can -receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a -written explanation to the person you received the work from. If you -received the work on a physical medium, you must return the medium -with your written explanation. The person or entity that provided you -with the defective work may elect to provide a replacement copy in -lieu of a refund. If you received the work electronically, the person -or entity providing it to you may choose to give you a second -opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If -the second copy is also defective, you may demand a refund in writing -without further opportunities to fix the problem. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you ‘AS-IS’, WITH NO -OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT -LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of -damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement -violates the law of the state applicable to this agreement, the -agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or -limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or -unenforceability of any provision of this agreement shall not void the -remaining provisions. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg™ electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg™ -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg™ work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg™ work, and (c) any -Defect you cause. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg™ -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s -goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg™ and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state’s laws. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation’s website -and official page at www.gutenberg.org/contact -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread -public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state -visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Please check the Project Gutenberg web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 5. General Information About Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of -volunteer support. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Most people start at our website which has the main PG search -facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This website includes information about Project Gutenberg™, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. -</div> - -</div> -</div> -</body> -</html> diff --git a/old/67231-h/images/cover.jpg b/old/67231-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 09ff135..0000000 --- a/old/67231-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67231-h/images/title_page-ilo.jpg b/old/67231-h/images/title_page-ilo.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 37be5e5..0000000 --- a/old/67231-h/images/title_page-ilo.jpg +++ /dev/null |
