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Galia, Sanly Bowitts and the Online Distributed - Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was - produced from images generously made available by The - Internet Archive) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 2 *** - - - - NOTAS DEL TRANSCRIPTOR - -"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de -Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el -título de "I promessi sposi". - -En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los -novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el -título original y el tenor de la obra. - -En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con -_guiones bajos_. - -El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el -de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando -la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado -puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia -Española. - -En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar -que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban -acento ortográfico. Eso ha sido respetado. - -En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las -mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen -que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal -acentuada está en mayúsculas. - -La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha -agregado al dominio público. - -Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos. - -El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor. - - - * * * * * - - LOS DESPOSADOS - TOMO SEGUNDO - - - - - LOS - DESPOSADOS - - HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII - - POR ALEJANDRO MANZONI - - TRADUCIDA DEL ITALIANO - - [Ilustración] - - - MÉXICO - IMP. DE. ANDRADE Y ESCALANTE - Calle de Cadena número 13 - - 1858 - - - - - ÍNDICE - - Pág. - - CAPÍTULO PRIMERO 5 - - CAPÍTULO SEGUNDO 30 - - CAPÍTULO TERCERO 55 - - CAPÍTULO CUARTO 81 - - CAPÍTULO QUINTO 102 - - CAPÍTULO SEXTO 134 - - CAPÍTULO SÉPTIMO 178 - - CAPÍTULO OCTAVO 202 - - CAPÍTULO NOVENO 238 - - CAPÍTULO DÉCIMO 255 - - CAPÍTULO DECIMOPRIMERO 292 - - CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO 318 - - CAPÍTULO DECIMOTERCERO 339 - - CAPÍTULO DECIMOCUARTO 359 - - CAPÍTULO DECIMOQUINTO 386 - - CAPÍTULO DECIMOSEXTO 422 - - CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO 458 - - CAPÍTULO DECIMOCTAVO 481 - - CAPÍTULO DECIMONOVENO 514 - - CAPÍTULO VIGÉSIMO 537 - - - - - CAPÍTULO PRIMERO - -El que viendo en un campo mal cultivado una yerba silvestre, por -ejemplo, una bella planta de paciencia, quisiera saber con certeza si -ésta se encontraba en aquel sitio por medio de una semilla germinada -en el mismo campo, ó llevada por el viento, ó dejada caer por algún -pájaro; por más que pensase, no llegaría jamás á sacar nada en -conclusión: del mismo modo no sabremos decir si salió naturalmente -del caletre del conde la resolución de servirse del padre provincial -para cortar aquel nudo gordiano, ó si le fué sugerida por Attilio. -Ciertamente que éste no había soltado aquellas palabras al acaso: y -aunque debiera esperarse que á una insinuación tan directa, el amor -propio del conde se sublevara, quiso, sin embargo, á toda costa, -presentarle la idea de aquel expediente, y meterle en el camino por -donde era preciso que andara. Además, dicho expediente era tan adaptado -al genio del viejo conde, de tal modo indicado por las circunstancias, -que se hubiera podido apostar que lo habría imaginado por sí solo sin -necesitar sugestiones de nadie. Se trataba que en una guerra, sin -embargo, demasiado abierta, uno que llevaba su nombre, un sobrino -suyo, no quedase debajo; punto esencialísimo á la reputación del poder -que tanto llenaba su corazón. La satisfacción que el sobrino podía -tomar por sí solo, hubiera sido un remedio peor que la enfermedad, un -manantial de disgustos, siendo preciso impedirla de cualquier modo que -fuese, y sin pérdida de tiempo. Ordenarle que partiera en el mismo -instante de su palacio, ya no sería obedecido; y aunque lo fuese, era -ceder el campo, una retirada de la casa ante un convento. Órdenes, -fuerza legal, y todos los espantajos de este género, no valían contra -un adversario de aquella condición. El clero regular y secular se había -hecho enteramente inmune de toda jurisdicción legal, extendiéndose -dicha inmunidad no sólo á sus personas, sino también á los lugares que -habitaban, según deben saber aun los que no hayan leído más historia -que la nuestra, pues de lo contrario estaríamos frescos. Todo lo que -podía hacerse contra tal adversario, era buscar el medio de alejarlo, -lo cual sólo podía lograrse por el padre provincial. - -Ahora bien: entre el conde y dicho padre provincial mediaba un -conocimiento muy antiguo: se veían de tarde en tarde, pero siempre con -grandes demostraciones de amistad, y con reiteradas ofertas de servirse -mutuamente. Á veces es mejor tratar con uno que tenga muchos individuos -á sus órdenes, que no con uno solo de éstos, el cual no ve más que -su negocio, no siente más que su pasión, ni se cuida más que de su -pundonor, mientras que el otro descubre en un momento cien relaciones, -cien consecuencias, cien intereses, cien cosas que evitar, otras ciento -que salvar; y así se le puede coger por cien partes. - -Todo bien pesado, el conde invitó cierto día á comer al padre -provincial, y le hizo encontrarse en medio de una tanda de convidados, -elegidos con el tacto más exquisito. Veíanse allí algunos parientes de -la más encopetada grandeza, cuyo solo nombre era un gran título; y que -por su ademán, por cierta resolución, por cierto desdén caballeresco, -al hablar de grandes cosas con términos familiares, lograban, aunque -sin querer, imprimir y recordar á cada momento, la idea de la -superioridad y del poder. Hallábanse también allí algunos clientes -adheridos á la casa por una dependencia hereditaria, y al personaje -por una servidumbre de toda la vida; los cuales, empezando desde la -menestra á decir sí con la boca, con los ojos, con los oídos, con toda -la cabeza, con todo el cuerpo, y con toda el alma, á los postres os -habían puesto á un hombre en estado de no acordarse cómo se hacía para -decir _no_. - -En la mesa, el conde hizo recaer bien pronto la conversación sobre su -tema favorito; esto es, el hablar de Madrid. Á Roma se va por muchos -caminos; él iba por todos á Madrid. Habló de la corte, del conde-duque, -de los ministros, de la familia del gobernador, de las corridas de -toros que él podía describir perfectamente, porque había tenido el -gusto de presenciarlas desde un sitio distinguido; del Escorial, del -que podía dar cuenta muy exacta, porque un criado del conde-duque le -había conducido por todos los rincones. Por espacio de algún tiempo, -toda la reunión estuvo como un auditorio, atenta á él solo; después se -dividió en coloquios particulares, y él entonces prosiguió refiriendo -otras muchas cosas curiosas, como en confianza, al padre provincial -que estaba á su lado, y que le dejó decir, decir, y más decir. Pero -de pronto, dió otro giro á la conversación, la separó de Madrid; y de -corte en corte, de dignidad en dignidad, la hizo caer sobre el cardenal -Barberini, que era capuchino y hermano del papa que ocupaba entonces la -silla apostólica, Urbano VIII nada menos. El conde se vió precisado á -dejar hablar un poco á los demás, á ponerse á escuchar, y recordar por -último, que en este mundo no era el solo personaje que lo hacía. Poco -después de levantados de la mesa, rogó al padre provincial que pasase -con él á otra estancia. - -Dos potestades, dos ancianidades, dos experiencias consumadas, se -hallaban frente á frente. El magnífico señor hizo sentar al muy -reverendo padre, después de lo cual tomó él también asiento, y empezó -á hablar en estos términos: “Convencido de la amistad que existe -entre nosotros, he creído poder hablar á vuestra paternidad acerca -de un negocio de interés común, y que debe concluirse aquí para -entre nosotros, sin ir por otros caminos que podían... Y por tanto, -buenamente, con el corazón en la mano, os diré de lo que se trata; y en -dos palabras, estoy cierto, que nos pondremos de acuerdo. Decidme, ¿en -vuestro convento de Pescarenico hay un tal padre Cristóbal de ***?”. - -El provincial hizo un signo afirmativo. - ---Suplico á vuestra paternidad me diga francamente, en buena amistad... -ese sujeto... ese padre... yo no lo conozco personalmente; siendo así, -que de padres capuchinos conozco muchos, celosos, prudentes, humildes, -varones, en fin, que valen más oro de lo que pesan: he sido amigo -de la orden desde mi infancia... pero en todas las familias un poco -numerosas... hay siempre algún individuo, alguna cabeza... Y sé por -ciertas noticias, que ese padre Cristóbal es un hombre... afecto á -las querellas... que no tiene toda aquella prudencia, todos aquellos -miramientos... Apostaría á que ha debido más de una vez dar qué pensar -á vuestra paternidad. - ---Entiendo; es un empeño, pensaba entretanto el provincial; yo tengo la -culpa: bien sabía yo que á ese buen padre Cristóbal era preciso hacerle -correr de púlpito en púlpito, y no dejarle descansar seis meses en un -mismo lugar, especialmente en los conventos de la campiña. - ---¡Oh!, dijo luego; siento de veras que vuestra magnificencia tenga en -mal concepto al padre Cristóbal; siendo así que es un religioso que -observa una conducta ejemplar en el convento, y al mismo tiempo tenido -en mucha estima fuera de él. - ---Entiendo perfectamente; vuestra paternidad debe... pero, sin embargo, -yo quiero, como amigo sincero, advertiros de una cosa que conviene -que sepáis; y si una vez informado de ella, puedo, sin faltar á mis -deberes, haceros ver ciertos resultados... posibles; no digo más. -Sabemos que dicho padre Cristóbal había tomado bajo su protección á un -hombre de aquel pueblo, á un hombre... vuestra paternidad debe haber -oído hablar de él; es el que se escapó con tanto escándalo de las -manos de la justicia, después de haber hecho en el terrible día de S. -Martín, las cosas... las cosas... En fin, llámase Lorenzo Tramaglino. - -“¡Ah, ya!”, pensó el provincial, y dijo: “Esta particularidad es nueva -para mí; pero vuestra magnificencia sabe bien, que una parte de nuestro -ministerio es justamente ir en busca de escarriados para reducirlos...”. - ---Muy bien; ¡pero proteger á los escarriados de cierta especie!... -son cosas espinosas, negocios demasiado delicados... Y aquí, en lugar -de inflar los carrillos y soplar, apretó los dientes y aspiró tanto -aire, cuanto tenía costumbre de arrojar soplando; después de lo cual -continuó: “He creído necesario daros este aviso, porque si alguna vez -su excelencia... Podría haberse escrito algo á Roma... no sé nada... y -de Roma venirle...”. - ---Agradezco muchísimo dicho aviso á vuestra magnificencia; pero estoy -cierto que si se tomaran informes sobre este asunto, resultara que -el padre Cristóbal no habrá tenido relaciones con el hombre de que -se trata, más que con el objeto de hacerle entrar en razón: conozco -demasiado al padre Cristóbal. - ---Vuestra paternidad sabe mejor que yo lo que él ha sido en el siglo, -las travesuras que ha hecho en su juventud... - ---Tal es la gloria de nuestro hábito, señor conde, que un hombre que -en el siglo ha hecho que hablen mucho de él, con este traje llega á -transformarse enteramente; y desde que el padre Cristóbal lleva este -hábito... - ---Quisiera creerlo: lo digo de todo corazón, mas á veces como dice el -proverbio... el hábito no hace al monje. - -El refrán no venía aquí á propósito; pero el conde lo había sustituido -apresuradamente á otro que tenía en la punta de lengua: el lobo cambia -el pelo, pero no sus malas mañas. - ---Tengo indicios, proseguía, averiguaciones... - ---Si vuestra magnificencia sabe positivamente que el expresado -religioso ha cometido alguna falta (todos estamos sujetos á errar), -me dispensaréis un verdadero favor, informándome de ello. Soy un -superior, indigno sin duda; pero lo soy precisamente para corregir, -para remediar... - ---Os diré: junto con esta circunstancia enojosa de la protección -abierta del padre para con el consabido, hay otra cosa muy -desagradable, y que podría... Pero, entre nosotros, lo arreglaremos -todo de una vez. El caso es, como iba diciendo, que el mismo padre -Cristóbal se ha puesto á luchar con mi sobrino D. Rodrigo. - ---¡Oh!, esto me desagrada, me desagrada; me desagrada formalmente. - ---Mi sobrino es joven, vivo, recuerda lo que es, y se resiente; además, -como no tiene costumbre de verse provocado... - ---Será un deber mío el tomar buenos informes acerca de semejante hecho. -Según he dicho ya á vuestra magnificencia, y hablo con un señor que es -tan justo como experimentado en las cosas del mundo, todos somos de -carne, sujetos á errar... tanto de un lado como de otro; y si el padre -Cristóbal ha faltado... - ---Pero, es preciso que vuestra paternidad advierta, que éstas son -cosas, que deben terminarse entre nosotros, sepultarse aquí; cosas que -mientras más se remueven... es peor. Vuestra paternidad sabe muy bien -lo que sucede: estos piques, estas querellas empiezan con frecuencia -por una bagatela y avanzan, avanzan... Si se quiere encontrar el fondo, -no llega á conseguirse, ó bien nacen otros cien mil obstáculos. Apagar, -cortar el negocio, reverendo padre; apagarlo, cortarlo; he aquí lo que -es preciso. Mi sobrino es joven; el religioso, por lo que he podido -comprender, tiene todavía todo el espíritu é inclinaciones de un joven -también; y á nosotros toca, que tenemos ya nuestros años... acaso -demasiados; ¿no es cierto, reverendísimo padre? - -El que hubiese estado contemplando aquella escena, habría podido -compararla á lo que sucede en medio de una ópera seria, cuando se -levanta, por equivocación, un telón antes de tiempo, y se ve un -cantante que no pensando en aquel momento que exista público en el -mundo, conversa mano á mano con un compañero suyo. El semblante, el -ademán, la voz del conde, al decir las palabras _acaso demasiados_, -todo fué natural; allí no había política; era indudablemente cierto que -le causaba fastidio el tener tantos años. No lamentaba los pasatiempos, -y bríos, la gentileza de la juventud: ¡frivolidades, tonterías, -miserias! El motivo de su disgusto era grave é importante; era que -esperaba cierto puesto muy elevado, cuando estuviera vacante, y temía -no llegar á tiempo. Luego de haberlo obtenido, se podía estar cierto de -que no le hubieran dado mucho cuidado los años; no habría deseado otra -cosa, muriendo contento, como aquellos que, ansiando mucho una cosa, -aseguran querer hacer algo, cuando la han obtenido. - -Mas dejemos hablar al conde,--Á nosotros toca, continuó, el tener -juicio por los jóvenes, y reparar sus calaveradas. Por fortuna, aún -estamos á tiempo; ello no ha metido mucho ruido, y todavía nos hallamos -en el caso de un _principiis obsta_. Conviene alejar el fuego de la -paja. Á veces una persona que en un paraje se conduce mal, ó que -pudo ser causa de algún desorden, se porta en otro maravillosamente. -Vuestra paternidad sabrá hallar muy bien el nicho conveniente para ese -religioso. Además, puede militar otra circunstancia; esto es, quizá -se haya hecho sospechoso á alguno del cual él desee alejarse: por lo -tanto, colocándolo en un paraje un poco apartado, no hace más que un -viaje, y prestamos dos servicios; todo se arregla por sí mismo, ó por -mejor decir, no hay ningún compromiso. - -El padre provincial aguardaba esta conclusión desde el principio del -discurso del conde. - -“¡Ah, ya!”, pensaba interiormente, veo adónde quiere ir á parar; -siempre sucede lo mismo: cuando un pobre fraile se disgusta con -vosotros, ó con uno de los vuestros, ú os causa la más pequeña sombra, -el superior debe hacerle tomar prontamente las de Villadiego, sin -tratar de inquirir si hay ó no razón para ello. - -Cuando el conde hubo concluido, exhaló un suspiro, lo cual equivalía -á una firme resolución: “Comprendo perfectamente, contestó el padre -provincial, lo que el señor conde quiere decir; mas antes de dar un -paso...”. - ---Es un paso y no lo es, reverendísimo padre; es una cosa natural, -ordinaria; que si no se pone un pronto y eficaz remedio, preveo una -multitud de desórdenes, una ilíada de desgracias. Un disparate... no -creeré que mi sobrino... yo estoy aquí para impedirlo... Mas al punto á -que ha llegado el negocio, si entre ambos no le damos un corte bueno, -sin pérdida de tiempo, no es posible detenerle, que permanezca en -secreto... y entonces no será tan solo mi sobrino... Nosotros seremos -los que irritemos el avispero, muy reverendo padre. Vos mismo lo veis; -pertenecemos á una gran casa, estamos enlazados con familias... - ---Ilustres. - ---Ya me entendéis: toda gente que tiene sangre en las venas, y que -en este mundo... valen alguna cosa. Se resiente el pundonor, llega á -hacerse un asunto común; y entonces... aun el que es amigo de la paz... -¡Sería un verdadero quebranto para mí, de tener... de encontrarme... -yo que siempre he profesado una tan grande inclinación á los padres -capuchinos! Vuestros padres para hacer bien, como lo hacen con tanta -edificación de las gentes, necesitan tranquilidad, no tener contiendas, -estar en buena armonía con los que... y además, tienen parientes en -el siglo... y estos asuntillos de pundonor, por poco que duren, se -extienden, se ramifican, y hacen entrar á... medio mundo. Yo tengo -este dichoso cargo, que me obliga á sostener un cierto decoro... su -excelencia... mis señores colegas... todo viene á hacerse como asunto -de corporación... sobre todo con aquella otra circunstancia... Vos ya -sabéis cómo van esta especie de cosas. - ---Es cierto, dijo el provincial, que el padre Cristóbal es predicador, -y tenía ya algún pensamiento... Justamente se me ha pedido... Pero en -este momento, en tales circunstancias, podría parecer un castigo; y un -castigo antes de haber puesto bien en claro... - ---No, castigo no; una precaución prudente, un remedio de conveniencia -común, para impedir las desgracias que podrían... Vamos, me he -explicado lo bastante. - ---Entre el señor conde y yo, la cosa no pasa de ahí; lo comprendo: pero -siendo el hecho del modo que se ha referido á vuestra magnificencia, -es imposible, á mi parecer, que no se haya traslucido algo en el país. -Por todas partes existen gentes que atizan las discordias, que incitan -al mal, ó á lo menos malignos ociosos que tienen un exquisito gusto -en ver á los señores y á los religiosos en las prisiones; y olfatean, -interpretan á su gusto, charlan... Cada uno tiene que conservar su -decoro; y además yo, como superior (indigno sin duda), tengo un deber -expreso... El honor del hábito... no es cosa mía... es un depósito del -cual... Puesto que vuestro señor sobrino está tan alterado, como dice -vuestra magnificencia, podría tomar la cosa como una satisfacción que -se le da y... no digo vanagloriarse, triunfar, sino... - ---¿Os chanceáis, reverendo padre? Mi sobrino es un caballero que está -considerado en el mundo... según su rango, y como es debido; pero -comparado conmigo es un niño, que no hará más ni menos de lo que yo le -prescriba. Os diré más; mi sobrino nada sabrá. ¿Qué necesidad tenemos -de darle cuentas? Éstas son cosas que hacemos aquí para entre nos, -como buenos amigos, y que de nosotros no han de pasar. Esto no os debe -causar inquietud alguna. Ya comprenderéis que debo estar acostumbrado -á callar. Después de pronunciadas las anteriores palabras, dió su -acostumbrado soplo y continuó: “Tocante á los charlatanes, ¿qué queréis -que digan? ¡Un religioso que va á predicar á otro país, es una cosa muy -natural! Y después, nosotros que vemos... que tenemos previsión... que -nos corresponde... no debemos hacer caso de semejantes habladurías”. - ---Sin embargo, con el objeto de prevenirlas, sería bueno que en esta -ocasión, su señor sobrino hiciese una manifestación, diese alguna señal -visible de amistad, de deferencia, no por nosotros, sino por el hábito. - ---Seguramente, seguramente; es muy justo... pero no hay necesidad: -sé que los capuchinos son siempre acogidos por mi sobrino como deben -serlo: lo hace por inclinación; es un instinto de familia; y después -sabe que así me complace. Por lo demás, en este caso... alguna cosa de -extraordinario... es muy justo. Dejadme hacer, reverendísimo padre, -mandaré á mi sobrino... es decir, será preciso insinuárselo con -prudencia, á fin de que no trasluzca nada de lo que ha pasado entre -nosotros, pues no quisiera que pusiéramos emplasto donde no hay herida. -Con respecto á lo que hemos convenido, cuanto más pronto se haga, será -mejor; y si se encontrase un nicho un poco lejos... para quitar toda -ocasión... - ---Precisamente me piden un predicador para Rímini, y quizás aun, sin -otro motivo, hubiera dispuesto... - ---Muy á propósito. ¿Y cuándo?... - ---Ya que la cosa debe hacerse, se hará pronto. - ---En seguida, en seguida, reverendísimo padre, mejor hoy que mañana. Y -levantándose prosiguió: Si algo puedo hacer, tanto yo como mi familia, -en favor de nuestros padres capuchinos... - ---Sabemos por experiencia la bondad de la casa, dijo el padre -provincial, levantándose también y encaminándose hacia la puerta detrás -de su vencedor. - ---Hemos apagado una chispa, dijo éste andando lentamente; una chispa, -muy reverendo padre, que podía haber producido un grande incendio. -Entre buenos amigos, en dos palabras se arreglan grandes cosas. - -Habiendo llegado á la puerta, la abrió y quiso de todos modos que el -padre provincial pasase el primero; luego entraron en la otra estancia, -en donde se reunieron con los demás. - -Aquel señor ponía un grande estadio, un gran arte y grandes palabras -en manejar un negocio; mas después obtenía también los efectos -correspondientes. Vamos al hecho: con la conversación que hemos -referido, logró hacer ir á Fr. Cristóbal á pie desde Pescarenico á -Rímini, que es una bella caminata. - -Una tarde, un capuchino de Milán, llega á Pescarenico con un pliego -para el padre guardián. Dicho pliego contiene la orden para que -Fr. Cristóbal se trasladase á Rímini, con el objeto de predicar la -Cuaresma. La carta dirigida al guardián trae las instrucciones para -insinuar al consabido fraile que deponga toda idea de negocios que -pueda tener entablados en el país del cual debe partir, y que no -mantenga correspondencia de ninguna clase; el portador de la expresada -carta debe ser su compañero de viaje. El guardián nada dice aquella -tarde; pero á la mañana siguiente manda llamar á Fr. Cristóbal, le -enseña la orden, le dice que vaya á buscar las alforjas, el bastón, el -sudario y el cíngulo, y con aquel padre compañero que le presenta se -ponga inmediatamente en camino. - -Dejo á la penetración de mis lectores pensar el terrible golpe que -sería éste para nuestro buen fraile. Renzo, Lucía, Inés, se presentaron -súbitamente á su memoria, y exclamó, por decirlo así, en su interior: -“¡Qué será de esos desventurados, no estando yo aquí, Dios mío!” Mas -después alzó los ojos al cielo, se acusó de que le hubiese faltado la -confianza y de haberse creído necesario para algo. Puso las manos en -cruz sobre el pecho, en señal de obediencia; inclinó su cabeza ante -el padre guardián, el cual lo llamó aparte y le dió aquel otro aviso -como con palabras de consejo y como con significación de precepto. Fr. -Cristóbal se encaminó á su celda, cogió la alforja, colocó en ella su -breviario, su colección de sermones de cuaresma y el pan del perdón; -apretó el cordón á su cintura, se despidió de todos sus hermanos; fué -por último á recibir la bendición del guardián, y tomó en seguida, con -su compañero, el camino que le había sido prescrito. - -Hemos dicho que D. Rodrigo, obstinado más que nunca en llevar á cabo -su infame empresa, había resuelto buscar la asistencia de un hombre -terrible. De éste no podemos decir ni el nombre, ni el apellido, ni -un título, y ni siquiera una conjetura sobre nada de todo esto, cosa -tanto más extraña, cuanto que de dicho personaje encontramos memoria -en más de un libro (de libros impresos digo) de aquella época. La -identidad de los hechos no permite dudar que el personaje en cuestión, -no sea el mismo; pero vese por todas partes un gran cuidado en evitar -el trazar el nombre, como si éste hubiese de abrasar la pluma y la -mano del escritor. Francisco Rivola, en la vida del cardenal Federico -Borromeo, al hablar del expresado individuo, dice que es “un señor -tan poderoso por sus riquezas, como noble por su nacimiento”, sin -más. José Ripamonti, que en el libro 5.º, década 5.ª, de su _Storia -Patria_, hace de él más larga mención, lo nombra uno, éste, aquél, -este hombre, aquel personaje. Referiré, dice en su elegante latín, del -cual traducimos este fragmento del mejor modo posible, la aventura -de un hombre que, ocupando el primer lugar entre los grandes de la -ciudad, había establecido su morada en un despoblado, situado en los -confines del territorio; y en dicho paraje, asegurándose la impunidad -á fuerza de crímenes, nada le importaban las sentencias, los jueces, -la magistratura entera, ni la soberanía. Llevaba una vida en todo y -por todo independiente; daba asilo á los frígidos, habiéndolo él sido -también, después absuelto de la sentencia que había pesado sobre él, -como si nada hubiese... Tomaremos de este escritor algún otro pasaje -que venga á propósito para confirmar y esclarecer la relación del autor -de nuestro anónimo, con el cual seguimos adelante. - -Hacer lo que estaba prohibido por las leyes, ó impedido por una -fuerza cualquiera; ser el árbitro, el único dueño en los negocios de -los demás, sin otro interés más que el gusto de mandar; ser temido -de todos, aun de los que se hacían temer de otros; tales habían -sido en todo tiempo las pasiones del expresado individuo. Desde su -adolescencia, al espectáculo y al rumor de tan poderosas hazañas, -de tantas exacciones, á la vista de tantos tiranos, experimentaba -un sentimiento mezclado de cólera y de envidia impaciente. Joven, -y viviendo en la ciudad, no desperdiciaba ocasión alguna; así, iba -en busca de armar contiendas con los más famosos espadachines de -profesión, se les atravesaba en su camino, les hacía reconocer su -superioridad por medio de pruebas convincentes, ó les obligaba á -que buscasen su amistad. Superior á la mayor parte en riquezas y en -servidores adictos, y quizá á todos en nacimiento y en audacia, redujo -á muchos á renunciar á toda rivalidad, escarmentó á otros, y se captó -la amistad de los restantes; pero no la amistad que existe entre -personas iguales en categoría, sino una amistad como á él le agradaba; -es decir, amigos subordinados que se reconociesen sus inferiores, y -que le diesen siempre la preferencia. Sin embargo, en el hecho, era -con frecuencia el paladín, el instrumento de todos ellos, los cuales -no dejaban nunca de reclamar en sus apuros el socorro de tan poderoso -auxiliar: para él, retroceder un momento, hubiera sido decaer de su -reputación, faltar á su deber. De manera, que por cuenta suya y por -la de otros, hizo tantas, que ni su nombre, ni sus parientes, ni sus -amigos, ni su audacia, pudieron sostenerle contra los bandos públicos -y contra tantas animosidades poderosas, viéndose obligado á salir del -territorio. Creo que se refiere á esta circunstancia un hecho notable -relatado por Ripamonti: “Una vez que éste tuvo que abandonar el país, -el secreto, la timidez, el respeto que usó fueron los siguientes: -atravesó la ciudad á caballo, con una numerosa jauría; á son de -trompetas, y pasando por delante del palacio de la corte, dejó á la -guardia una embajada de insultos para el gobernador”. - -Durante su ausencia, no renunció á sus manejos, ni interrumpió las -relaciones con sus amigos, que permanecieron unidos con él, para -traducir literalmente á Ripamonti, en una liga oculta de consejos -terribles y de cosas funestas. Parece también que entonces contrajo con -personas muy elevadas, ciertas nuevas y terribles relaciones, de las -cuales el historiador mencionado habla con una brevedad misteriosa. -Príncipes extranjeros, dice, se valieron más de una vez de él para -algunos crímenes importantes, y al mismo tiempo le hubieron de enviar -desde muy lejos refuerzos de gentes que sirviesen bajo sus órdenes. - -Finalmente (no se sabe después de cuánto tiempo), ora que se hubiese -anulado el citado bando por alguna poderosa intercesión, ora que la -audacia de aquel hombre le sirviese como de inmunidad, lo cierto es -que resolvió volverse á su país, y en efecto volvió; no sin embargo á -Milán, sino á un castillo confinando con el territorio de Bérgamo, que -entonces pertenecía á los estados venecianos. Aquella casa, dice aún -Ripamonti, era una especie de oficina de mandatos sanguinarios: veíanse -servidores cuyas cabezas estaban puestas á precio, que tenían el oficio -de cortar también cabezas; ni el cocinero, ni aun el mismo marmitón, -estaban dispensados del asesinato; hasta las manos de los niños se -veían ensangrentadas. Además de esta bella familia doméstica, había, -según afirma el mismo historiador, otra de individuos de igual calaña, -dispersos y apostados en varios lugares de los dos estados, en cuyos -confines vivía aquél, dispuestos siempre á sus órdenes. - -Todos los tiranos, en un vasto radio, habían sido obligados, quienes en -una ocasión, quienes en otra, á elegir entre la amistad y la enemistad -de aquel tirano extraordinario. Pero á los primeros que habían querido -tratar de resistirle les fué tan mal, que nadie más desde entonces -quiso hacer semejante prueba. No obstante de permanecer uno agazapado -en su concha, como suele decirse, sin meterse con él, no podía -conservar su independencia: le enviaba un mensajero con la orden de que -abandonase tal empresa; que se abstuviese de molestar á tal deudor, -ú otras cosas semejantes: se necesitaba responder sí ó no. Cuando -una parte, rindiéndole vasallaje, había ido á poner bajo su decisión -un negocio cualquiera, la otra se hallaba en la dura alternativa -de conformarse con su sentencia, ó declararse su enemigo; lo cual -equivalía á ser, como se decía en otro tiempo, tísico en tercer grado. -Muchos, teniendo culpa, acudían á él para tener razón; otros muchos, -teniendo razón, recurrían también para ganarse así su alto patrocinio -y cerrar las avenidas á sus adversarios: los unos y los otros venían á -ser más especialmente sus dependientes. Sucedió alguna vez que un débil -oprimido, vejado por un poderoso, se dirigió á él; y éste, tomando el -partido del débil, forzó á dicho poderoso á cesar en sus vejaciones, á -reparar el daño causado, á pedir perdón: si éste se mantenía firme, se -encarnizaba tanto con él, que le obligaba á alejarse de los lugares que -había tiranizado, ó le hacía pagar una más pronta y más terrible pena. -En estos casos, aquel nombre tan temido y odiado, era bendecido por un -momento; porque en aquellos desgraciados tiempos no se hubiera podido -esperar de ninguna otra fuerza pública ni privada, no diré semejante -justicia, sino ningún remedio, la más pequeña compensación. Él había -sido, y era casi siempre, el ministro, el instrumento de voluntades -inicuas, de venganzas atroces, de infames caprichos; pero los diversos -usos que hacía de su fuerza producían siempre el mismo efecto, esto -es, imprimir en los ánimos una grande idea de todo lo que podía querer -y ejecutar en desprecio de lo justo é injusto, dos cosas que acarrean -tantos obstáculos á la voluntad de los hombres y los hacen con -frecuencia retroceder. - -La fama de los tiranos comunes permanecía encerrada en aquel pequeño -espacio de país, en donde eran los más ricos y los más fuertes. -Cada distrito tenía los suyos; y se asemejaban tanto, que no había -razón para que la gente se ocupara de aquéllos, cuya tiranía no -experimentaba. Pero el renombre del personaje de que estamos hablando -se había esparcido hacía ya mucho tiempo por el milanesado entero: -por todas partes, su vida era el objeto de narraciones populares, y -su nombre significaba algo de irresistible, de extraño, de fabuloso. -La sospecha que todos tenían de sus colegas y sicarios, contribuía, -igualmente, á mantener siempre viva su memoria. Esto no eran más que -sospechas; porque, ¿quién hubiera confesado abiertamente semejante -dependencia? Pero cada tirano podía ser su aliado, cada tunante uno de -los suyos, y la incertidumbre misma hacía más vasta la opinión y más -profundo el terror de la cosa. Cada vez que en alguna parte se veían -aparecer figuras de bravos desconocidas y más malas que de costumbre; -á cada hecho enorme del cual no se supiese desde un principio indicar -ó adivinar el autor, se profería, se murmuraba el nombre de aquel que -nosotros, gracias á la bendita (por no decir otra cosa) circunspección -de nuestros escritores, nos veremos precisados á llamarle el -_incógnito_. - -Del castillo de éste al de D. Rodrigo, no había más que siete millas; -y este último, apenas llegado á ser tirano y dueño, había debido ver -que á tan poca distancia de semejante personaje no era posible ejercer -aquel oficio sin venir á las manos, ó vivir en buena armonía con él. -Éste era el motivo por el cual se le había ofrecido, llegando á ser su -amigo, como todos los demás, se entiende; le había prestado más de un -servicio (el manuscrito no dice otra cosa), habiéndole correspondido -con promesas de auxilio y reciprocidad en cualquiera ocasión. Ponía, -sin embargo, mucho cuidado, en ocultar semejante amistad, ó á lo menos -no dejar traslucir los grados de que constaba, y de qué naturaleza -era. D. Rodrigo quería, sí, hacerse el tirano, mas no el tirano -desenfrenado: la profesión era para él un medio, no un fin; quería -permanecer libremente en la ciudad, gozar de las ventajas, de los -placeres, de los honores de la vida civil; y para esto tenía que usar -ciertos miramientos, guardar atenciones á los parientes, cultivar la -amistad de personas de categoría, tener una mano sobre la balanza de -la justicia, para en caso necesario hacerla inclinar hacia su lado, -ó detenerla, ú obligarla á caer en ciertas ocasiones sobre la cabeza -de alguno, por cuyo medio podía alcanzarlo con más facilidad que con -las armas de la violencia privada. En las circunstancias presentes, -la intimidad, ó mejor diremos, una liga con un hombre de aquella -especie, con un enemigo declarado de la fuerza pública, seguramente -no le hubiera servido de nada, principalmente cerca del conde su tío. -Pero aquel poco de amistad que no era posible ocultar, podía pasar por -un deber indispensable hacia un hombre cuya enemistad era demasiado -peligrosa, y de este modo se escudaba en la necesidad; porque el que -tiene que proveer á la seguridad general, y carece de voluntad, ó no -encuentra el medio, acaba por consentir que los demás atiendan por sí, -hasta cierto punto, á sus negocios; y si expresamente no consiente, -cierra á lo menos los ojos. - -Una mañana D. Rodrigo salió á caballo, en traje de caza, con una -pequeña escolta de bravos á pie; el _Griso_ iba al estribo, y otros -cuatro detrás; aquél tomó la dirección del castillo del _Incógnito_. - - - - - CAPÍTULO SEGUNDO - - -El castillo del _Incógnito_ estaba situado en la parte más elevada -de un valle angosto y sombrío, sobre la cima de un pico que nace -de una áspera cordillera de montes, no pudiendo al primer golpe de -vista afirmarse con seguridad si estaba unido ó separado á ella por -la inmensa mole de rocas, cavernas y precipicios que lo circuyen por -todos lados. El que mira al valle, es el sólo practicable; forma una -pendiente bastante rápida, pero igual y continua; vénse en la cumbre -varios prados; en la falda campos cultivados, sembrados en algunos -parajes de habitaciones. En el fondo aparece un lecho de guijarros, -por donde se desliza, según la estación, un cristalino arroyuelo, ó se -precipita un anchuroso torrente que entonces servía de límite á ambos -territorios. Las cordilleras opuestas, que forman, por decirlo así, la -otra muralla del valle, tienen también su pequeña falda cultivada; el -resto no se compone más que de peñascos, rápidas pendientes desliadas -de toda vegetación, excepto algunas zarzas que crecen por entre las -grietas. - -De lo alto de dicho castillo, como el águila desde su ensangrentado -nido, el selvático señor dominaba en torno de sí todo el espacio en -donde un pie mortal pudiera posarse, y no percibía el más leve ruido -humano por encima de su cabeza. Echando una ojeada alrededor, abrazaba -todo aquel recinto, á saber: las pendientes, las cimas y los caminos -practicados en medio de éstas. Á los ojos del que lo contemplaba desde -lo alto, el sendero tortuoso que iba á dar acceso á tan terrible -mansión, se desplegaba á manera de una serpenteante cinta; desde las -ventanas y almenas el señor podía contar con la mayor comodidad los -pasos del que llegaba, y descargar cien veces las armas contra él. Con -aquella guarnición de bravos que tenía en el castillo hubiera podido -desafiar á todo un ejército, dejándolo tendido sobre el sendero mismo, -ó haciendo rodar á muchos hasta el fondo del valle, sin que ni uno solo -siquiera pudiese llegar á la cumbre. Por lo demás, nadie que no fuera -mirado con buenos ojos por el dueño del castillo, se atrevía á poner el -pie, no digo arriba, sino ni aun en el mismo valle, ni tan siquiera de -paso. El esbirro, pues, que hubiera tenido la desgracia de dejarse ver, -habría sido tratado como un espía que es cogido en un campamento. Se -referían trágicas historias de los últimos que habían querido intentar -semejante empresa, pero eran ya historias antiguas; y ninguno de los -jóvenes vasallos se acordaba de haber visto en el valle un hombre de -aquella especie, ni vivo, ni muerto. - -Tal es la descripción que el anónimo hace del paraje; del nombre, -nada; al contrario, por no ponerse en el compromiso de descubrirlo, no -dice nada del viaje de D. Rodrigo, y lo coloca de repente en medio del -valle, al pie del pico, á la entrada del escarpado y tortuoso sendero. -En este sitio existía una taberna, que se hubiera podido llamar también -cuerpo de guardia. Una vieja muestra, en la cual estaba pintado por -ambos lados un sol radiante, veíase suspendida sobre la puerta; pero -la voz pública que repite algunas veces los nombres que le enseñan, -después de lo cual los rehace á su modo, no designaba la expresada -taberna más que con el nombre de _Malanotte_[1]. - -Al ruido de una cabalgata que se aproximaba, apareció en el umbral un -muchacho armado hasta los dientes. Después de haber echado una rápida -mirada, entró á dar el aviso á tres bandidos que estaban jugando con -unas cartas asquerosas y dobladas en forma de tejas. El que parecía ser -el jefe se levantó, se plantó en el umbral, y habiendo reconocido á -un amigo de su amo, lo saludó respetuosamente. D. Rodrigo le devolvió -el saludo con mucho garbo, y le preguntó si el señor se hallaba en el -castillo: habiéndole contestado aquél que así lo creía, D. Rodrigo se -apeó y arrojó la brida á Tiradritto, uno de los bravos de su comitiva. -Se quitó la escopeta que llevaba á la espalda, y se la entregó á -Montanarolo, como para desembarazarse de un peso inútil y subir más -ligero; mas en realidad, porque sabía muy bien que en aquellos sitios -no era permitido andar con ella. En seguida sacó de su bolsillo algunas -monedas, y se las dió á Tanabuso, diciéndole: “Vosotros, quedaos aquí -esperándome; entretanto, podréis entreteneros con estas buenas gentes”. -Sacó, por último, algunos escudos de oro, y los puso en la mano del -jefe, asignando la mitad para éste y la otra para sus compañeros. -Finalmente, acompañado del _Griso_ que había dejado también su arcabuz, -empezó á subir el sendero. En el ínterin, los tres mencionados bravos -y Sguinternotto, que era el cuarto (¡vaya unos nombres bonitos para -conservarlos con tanto cuidado!), se reunieron á los tres del Incógnito -y á aquel muchacho educado para la horca, poniéndose á jugar, á beber, -y contarse mutuamente sus proezas. - -Otro guapetón de los del Incógnito, que subía, se unió poco después á -D. Rodrigo; lo miró, lo reconoció, y siguió andando en su compañía, -evitándole así el fastidio de decir su nombre y de dar cuenta de su -persona á todos los que hubiera encontrado que no le conociesen. Cuando -hubo llegado y fué introducido en el castillo (dejando, sin embargo, al -_Griso_ en la puerta), se le hizo atravesar una larga crujía de oscuros -corredores, y una infinidad de salas tapizadas de mosquetes, sables -y partesanas; en cada una de dichas estancias se veía un bravo que -estaba de centinela: después de haber aguardado un poco de tiempo, fué -introducido á la en que se hallaba el Incógnito. - -Éste le salió al encuentro, devolviéndole el saludo y mirándole al -mismo tiempo al semblante y á las manos, según tenía de costumbre, y -casi siempre involuntariamente, á cualquiera que iba á verle, aunque -fuera uno de sus más antiguos y experimentados amigos. Era de elevada -estatura, morena tez, y calvo: á primera vista los escasos cabellos -blancos que le quedaban y las arrugas de su rostro, habrían hecho creer -que contaba más edad que la que en realidad tenía, pues acababa de -cumplir sesenta años; mas su continente y movimientos, la pronunciada -dureza de sus facciones, y el resplandor siniestro que brillaba en -sus ojos, indicaban una fortaleza de cuerpo y alma que hubiera sido -extraordinaria en un joven. - -D. Rodrigo dijo que venía á pedirle consejos y ayuda; que hallándose -metido en una empresa difícil, de la cual su honor no le permitía -retirarse, se había acordado de las promesas de aquel que nunca las -hacía de más, ni en vano, y le expuso su abominable intriga. El -Incógnito que tenía ya, aunque confusamente, algunas noticias, estuvo -escuchando atentamente y con la mayor curiosidad, aquella narración, -principalmente porque iba mezclado un nombre que le era muy conocido -y sumamente odioso, el del padre Cristóbal, enemigo declarado de -los tiranos, y que les hacía la guerra siempre que podía, tanto con -palabras, como con acciones. D. Rodrigo, conociendo con quién hablaba, -se puso en seguida á exagerar las dificultades de dicha empresa, -la distancia del lugar, un monasterio, la _señora_... Á esto, el -Incógnito, como si hubiese sido inspirado por un espíritu maligno, -oculto en su interior, le interrumpió de súbito, diciendo que tomaba el -negocio á su cargo. Apuntó el nombre de nuestra pobre Lucía, y despidió -á D. Rodrigo dirigiéndole las siguientes palabras: “Dentro de poco -recibiréis un aviso mío tocante á lo que tendréis que hacer”. - -Si el lector se acuerda de aquel malvado llamado Egidio, que habitaba -junto al monasterio en donde la desventurada Lucía se había refugiado, -sepa ahora que éste era uno de los más íntimos compañeros de maldades -que tuvo el Incógnito, siendo la causa por la cual este último había -empeñado su palabra con tanta prontitud y resolución; mas apenas quedó -solo, se encontró, no diré arrepentido, sino despechado de haberla -dado. Hacía ya algún tiempo que comenzaba á experimentar, cuando no -remordimientos, á lo menos cierta vaga inquietud, con respecto á sus -maldades. - -Cada vez que cometía una nueva, el recuerdo de las que se amontonaban -á su memoria, si no en su conciencia, se volvía á despertar, y se las -presentaba con más negros colores y en mayor número: se asemejaba á -una carga ya incómoda de suyo, y cuyo peso crece á cada instante. -Una cierta repugnancia experimentada al cometer sus primeros -crímenes, repugnancia vencida después y que se había desvanecido casi -enteramente, tornaba entonces á hacerse sentir. Pero en aquellos -primeros tiempos, la imagen de un porvenir vasto, indeterminado, el -sentimiento íntimo de una poderosa y larga vitalidad, llenaban su -corazón de una confianza irreflexiva; ahora, por el contrario, los -pensamientos del citado porvenir le hacían el pasado más doloroso. -¡Envejecer!, ¡morir!, ¿y después? ¡Cosa admirable! la imagen de la -muerte, que en un peligro cercano, al frente de un enemigo, solía -redoblar el ardor de ese hombre, é inspirarle una furiosa cólera; -dicha imagen, repito, apareciéndosele en medio del silencio de la -noche, dentro del castillo, asilo seguro é impenetrable, lo sumía en -una repentina consternación. Esta muerte no era aquella con la que le -hubiera amenazado un implacable adversario, mortal lo mismo que él; no -se la podía rechazar con armas mejores, con brazo más pronto; venía -sola, nacía de él; quizá estaba lejos todavía, pero á cada momento -daba un paso más, y mientras que su espíritu luchaba dolorosamente -para alejarla del pensamiento, cada vez se acercaba también más. Al -principio, los ejemplos tan frecuentes, el espectáculo, por decirlo -así, perpetuo de la violencia, de la venganza, del asesinato, -inspirándole una emulación feroz, le habían servido también como una -especie de autoridad contra su conciencia: al presente renacía á cada -instante, en su espíritu, la idea confusa, pero terrible, de un juicio -personal, de una razón independiente del ejemplo; la idea de haber -salido de la turba vulgar de los malvados, el haberlos igualmente -dejado á todos muy atrás: esta idea que tanto le lisonjeaba en otro -tiempo, le causaba ahora el sentimiento de una soledad tremenda. -Ese Dios del cual había oído hablar, pero que mucho tiempo hacía no -trataba de negar ni reconocer, ocupado solamente en vivir como si -no existiera, al presente, en ciertos momentos de abatimiento sin -motivo, de terror sin peligro, le parecía oir una voz en su interior -que decía: “¡Sin embargo, yo existo!”. En la primera efervescencia de -sus pasiones, la ley que había oído proclamar en nombre de aquel Dios, -no le parecía más que una cosa odiosa; ora, cuando venía á asaltar su -mente de improviso, ésta, á su pesar, la concebía como una cosa que -tiene su cumplimiento. Pero en lugar de franquearse con alguno sobre -esta su nueva inquietud, la ocultaba profundamente, y la disfrazaba -bajo la apariencia de la más intensa ferocidad, buscando por este medio -el encubrírsela á sí mismo ó sofocarla. Envidiando (ya que no podía -aniquilarlos ni olvidarlos) aquellos tiempos en que solía cometer -maldades sin ninguna especie de remordimientos, sin más solicitud que -la de su buen éxito, se esforzaba todo lo posible para hacerlos volver -ó para retener y recobrar aquella antigua voluntad, pronta, soberbia, -imperturbable, con el objeto de convencerse que aún era el mismo hombre -de otras veces. - -Ésta fué la causa de haber tan pronto empeñado su palabra á D. Rodrigo, -para cerrar la entrada á toda perplejidad. Mas apenas éste hubo -partido, cuando sintió de nuevo que se debilitaba la resolución que -había formado y el compromiso que él mismo había creado, percibiendo al -mismo tiempo presentarse poco á poco á su imaginación los pensamientos -que le inducían á faltar á su palabra, y que le habían expuesto casi -á flaquear en presencia de un amigo, de un cómplice subalterno: para -cortar de un golpe tan penoso contraste, llamó á Nibbio, uno de los -más diestros y atrevidos ejecutores de sus crímenes, y del cual tenía -costumbre de servirse para la correspondencia con Egidio. Habiéndosele -aquél presentado, el Incógnito, con ademán resuelto, le ordenó que -montara en seguida á caballo, que se encaminase directamente á Monza, é -informase á Egidio del compromiso contraído, requiriendo su ayuda para -cumplirlo. - -El digno mensajero volvió más pronto de lo que su amo esperaba, con -la siguiente respuesta de Egidio: que la empresa era fácil y segura; -que le mandase en seguida un carruaje con dos ó tres bravos, bien -disfrazados, encargándose él de todo lo demás. Á este aviso, el -Incógnito ordenó inmediatamente al mismo Nibbio que lo dispusiera todo -según había dicho Egidio, y que partiese con otros dos que designó á -dicha expedición. - -Si para dar cumplimiento al horrible servicio que se le había pedido, -hubiese tenido Egidio que contar con sus solos medios ordinarios, -ciertamente no hubiera dado una contestación tan decisiva. Pero en -aquel mismo asilo en donde parecía que todo debían ser obstáculos, -el malvado tenía un medio conocido de él tan solo, sirviéndole de -instrumento lo que para otros hubiera sido una dificultad. Ya hemos -referido que la desventurada _señora_ prestó una vez oídos á sus -palabras; y el lector puede haber comprendido que no sería la última, -y sí sólo el primer paso hacia el camino de abominación y de sangre. -Aquella misma voz que había adquirido fuerza, y casi podría decirse -autoridad por el crimen, le impuso al presente el sacrificio de la -inocente que estaba bajo su amparo. - -La proposición fué espantosa para Gertrudis. Perder á Lucía por -un accidente imprevisto, sin culpa, le parecía una desgracia, un -castigo amargo; habiéndosele ordenado que se deshiciese de ella por -medio de una criminal perfidia, cambiando de este modo en un nuevo -remordimiento, un motivo de expiación. La desgraciada probó todos los -medios para eximirse de tan horrible orden; todos, repito, á excepción -del único que hubiera sido infalible, y que sin embargo, estaba al -alcance de su poder. El crimen es un dueño severo é inflexible, contra -el cual no llega uno á ser fuerte si no se subleva enteramente. -Gertrudis no pudo resolverse á esto último, y obedeció. - -El día prefijado había llegado; acercábase la hora convenida: -Gertrudis, retirada con Lucía en su locutorio particular, la colmaba -de caricias más que de ordinario, y ésta las recibía y devolvía con -creciente ternura; como la oveja estremeciéndose sin temor bajo la mano -del pastor que la palpa y la arrastra suavemente, se vuelve á lamer su -mano; y no sabe que el carnicero á quien el pastor acaba de venderla, -está aguardando que salga del redil para sacrificarla. - -Necesito un gran servicio, y vos sola podéis prestármelo. Poseo mucha -gente que me obedezca, pero nadie de quien fiarme. Para un negocio de -la más alta importancia, que os referiré en seguida, necesito hablar al -momento, con el padre guardián de capuchinos que os ha conducido aquí, -mi pobre y querida Lucía; mas con todo, es preciso que nadie sepa que -yo lo he mandado llamar. No tengo á otra persona más que vos sola para -verificar con el más escrupuloso secreto este mensaje. - -Lucía se quedó aterrada al escuchar semejante petición; y con su -ordinaria timidez, pero no sin manifestar una grande admiración, alegó -de pronto, con el objeto de excusarse, las razones que la señora debía -comprender, que hubiera debido prever: sin su madre, sin nadie, en un -camino solitario, en medio de un país desconocido... Pero Gertrudis, -educada en una escuela infernal, manifestó á su vez también tanta -admiración, y tanto disgusto de experimentar tal negativa de una -persona con la cual creía poder contar, que fingió hallar muy frívolas -semejantes excusas: “¡Á la mitad del día, cuatro pasos, un camino que -Lucía había andado pocos días antes, y que aun cuando no lo hubiese -visto jamás, con una pequeña indicación era imposible equivocarse!”... -Tanto dijo, que la pobrecita, conmovida á la vez de reconocimiento y -vergüenza, dejó escapar de su boca: “¡Y bien!, ¿qué debo hacer?”. - ---Id al convento de capuchinos; y al decir esto, le hizo de nuevo -la descripción del camino: Haced llamar al padre guardián; decidle, -á solas por supuesto, que venga aquí al instante; pero que no diga -absolutamente á nadie que soy yo la que lo manda llamar. - ---Mas, ¿qué diré á la portera, que nunca me ha visto salir y que me -preguntará adónde voy? - ---Procurad pasar sin ser vista; y si no podéis conseguirlo, decid que -vais á la iglesia tal, donde habéis prometido ir á rezar. - -Nueva dificultad para la infeliz joven; ¡mentir! Pero la _señora_ se -manifestó de nuevo tan afligida de la repulsa, hizo ver á Lucía que -era una cosa tan fea el anteponer un vano escrúpulo al reconocimiento, -que esta desgraciada, aturdida más bien que convencida, y sobre todo, -conmovida más que nunca, respondió: “Bien, iré: ¡Dios me ampare!”. -Dicho lo cual, se puso en marcha. - -Cuando Gertrudis, que desde la reja del locutorio la seguía con los -ojos fijos y turbados, la vió poner el pie en el umbral de la puerta, -como dominada por un sentimiento irresistible, abrió la boca y dijo: -“¡Escuchad, Lucía!”. - -Ésta se volvió, y se dirigió de nuevo á la reja. Mas ya otro -pensamiento, un pensamiento habituado á predominar, había prevalecido -en el ánimo de la desventurada Gertrudis. Fingiendo no estar satisfecha -de las instrucciones que le había dado, explicó por segunda vez á Lucía -el camino que debía tomar, y la despidió diciendo: “Hacedlo todo del -modo que os he dicho, y volved pronto”. Lucía partió. - -Pasó sin ser observada la puerta del claustro, emprendió el camino, con -los ojos bajos, muy inmediata á la tapia; encontró con las indicaciones -que la _señora_ le había hecho y con sus propios recuerdos, la puerta -de la villa; salió, se encaminó toda sobrecogida y temblorosa por el -camino real; llegó en pocos momentos á la entrada del que conducía al -convento, y lo reconoció. Este camino formaba, y forma ahora todavía, -una especie de hondonada, semejante al cauce de un río, entre dos -elevadas márgenes orladas de arbustos, constituyendo también en su -parte superior una estrecha vereda. Lucía entró en el expresado camino, -y viéndolo enteramente desierto, sintió aumentarse el miedo, y apresuró -el paso; mas poco después se tranquilizó algún tanto al ver un coche -de camino que estaba parado, y cerca de él, enfrente de la portezuela -abierta, dos viajeros que miraban á todas partes, como dudosos del -camino. Siguió andando, y oyó que uno de aquellos dos individuos decía: -“He aquí á propósito una buena joven que nos indicará el camino”. -Efectivamente, cuando hubo llegado delante del carruaje, aquel mismo -hombre, con palabras más corteses que no denotaban su aspecto, se -volvió á ella y le dijo: “Excelente joven, ¿podríais enseñarnos el -camino de Monza?”. - ---El que seguís es enteramente opuesto, respondió la infeliz; Monza cae -hacia aquel lado... Al volverse para señalárselo con la mano, el otro -compañero (que era Nibbio, á quien ya conocemos), la cogió de improviso -por la mitad del cuerpo, y la levantó haciéndole perder la tierra. -Lucía aterrada vuelve la cabeza y lanza un grito; el malvado la mete á -la fuerza en el carruaje: un tercero que estaba sentado en el fondo, -la sujeta y la obliga, aunque la infeliz hace desesperados é inútiles -esfuerzos á sentarse delante de él; otro le tapa la boca con su pañuelo -y ahoga sus gritos. Entonces Nibbio entra también precipitadamente en -el carruaje; ciérrase la portezuela, y parte al escape. El que había -hecho la pérfida pregunta, permaneció parado en medio del camino -real, lanzó una ojeada á todos lados, para ver si por acaso había -acudido alguno á los gritos de Lucía: nadie, sin embargo, se presentó; -saltó á una de las márgenes asiéndose á las ramas de un arbusto, y -desapareció. Era éste un servidor de Egidio; se había colocado cerca de -la puerta del monasterio, haciéndose el tonto, con el objeto de espiar -la salida de Lucía: después de haberla visto salir, la había observado -bien, para poderla reconocer, y se había dirigido apresuradamente por -un camino más corto á esperarla en el sitio convenido. - -¡Quién es capaz de describir el terror, las angustias de la infortunada -Lucía, de expresar lo que pasaba en su interior! En su cruel ansiedad, -quería conocer su horrible situación; abría sus ojos despavoridos, -y los cerraba de repente, á causa del miedo que le infundían -aquellos espantosos semblantes; forcejeaba para desasirse, mas -estaba enteramente sujeta: reunía todas sus fuerzas, y daba inútiles -sacudidas, para arrojarse hacia la portezuela; pero dos nervudos -brazos la tenían como clavada en el fondo del carruaje: además de -esto, cuatro enormes manazas parecían encadenarla. Cada vez que abría -la boca para lanzar un grito, el pañuelo estaba pronto á ahogarlo en -su garganta. Mientras tanto, tres infernales bocas, con la voz más -humana que les había sido posible tomar, le decían: “Quedo, quedo; -no tengáis miedo, no queremos haceros mal alguno”. Después de breves -momentos de una lucha tan angustiosa, pareció calmarse; dejó caer los -brazos y la cabeza hacia atrás, sus párpados apenas se abrían, y sus -pupilas veíanse inmóviles: aquellas horribles caras que tenía delante -parecieron confundirse y agitarse en una monstruosa miscelánea; el -color huyó de sus mejillas, cubriéronse de un sudor frío, cayendo -desvanecida y sin sentido. - ---Vamos, ánimo, decía Nibbio; ánimo, repetían los otros dos malvados; -pero el desvanecimiento de todos los sentidos preservaba en aquel -momento á Lucía de oir las exhortaciones de aquellas horribles voces. - ---¡Diantre, parece muerta!, dijo uno de ellos; ¿si estará muerta de -veras? - ---¡Bah!, replicó otro; esto es uno de los desmayos que suelen dar á las -mujeres. Yo sé por experiencia que cuando he querido mandar á alguno al -otro mundo, fuese hombre ó mujer, ha sido preciso hacer otra cosa. - ---Vamos, dijo Nibbio, atended á vuestro deber, y no traigáis á colación -cosas pasadas. Sacad las armas de debajo del asiento, y tenedlas -dispuestas; porque en el bosque donde ahora entramos, se guarecen -siempre muchos bandidos: ¡no así, en la mano, diablo!, colocáoslas -detrás, ocultadlas: ¿no veis que ésta es una marica que se desmaya -por nada? Si ve armas es capaz de morirse de veras. Cuando recobre el -sentido, procurad no asustarla; no la toquéis mientras yo no os lo -avise; para sujetarla basto yo, y chitón; dejadme hablar. - -En el ínterin el carruaje, continuando siempre al escape, había entrado -en el bosque. - -Poco tiempo después, la infeliz Lucía empezó á volver en sí como de un -sueño penoso y profundo, y abrió los ojos. En un principio le costó -mucho trabajo poder distinguir los espantosos objetos que la rodeaban y -reunir sus ideas; mas al fin comprendió de nuevo su terrible situación. -El primer uso que hizo de las pocas fuerzas que había recobrado, fué -el de arrojarse otra vez hacia la portezuela, para precipitarse fuera -del carruaje; pero se la sujetó, y no pudo entrever más que por un -momento, la salvaje soledad del sitio por donde pasaban. Lanzó de -nuevo un grito; mas Nibbio, levantando su enorme mano, juntamente con -el pañuelo, “vamos”, le dijo, dando á su voz la entonación más dulce -que le fué posible; “estaos quieta, y será mucho mejor para vos; no -queremos causaros daño alguno; pero si no queréis callar, nos veremos -precisados á usar de la fuerza para conseguirlo”. - ---¡Dejadme ir!, ¿quién sois?, ¿adónde me conducís?, ¿por qué me -detenéis? ¡Dejadme marchar, dejadme ir! - ---Os repito que no tengáis miedo: no sois una niña, y por consiguiente, -debéis comprender que no queremos haceros mal alguno. ¿No veis -que habríamos podido mataros cien veces si hubiésemos tenido malas -intenciones? Por lo tanto, tranquilizaos. - ---No, no; dejadme ir por mi camino: yo no os conozco. - ---Os conocemos nosotros. - ---¡Oh, Virgen santísima! ¿Cómo me conocéis?, ¿quiénes sois?, ¿por qué -me habéis cogido? - ---Porque así se nos ha mandado. - ---¿Quién, quién? ¿Quién puede haberlo mandado? - ---¡Silencio!, replicó Nibbio con ademán severo; á nosotros no se nos -hacen preguntas. - -Lucía intentó de nuevo el lanzarse de improviso á la portezuela; -mas viendo que era inútil acudió otra vez á las súplicas; y con la -cabeza baja, los ojos bañados de lágrimas, la voz entrecortada por los -sollozos, y las manos unidas junto á sus labios: “¡Oh!” decía, “¡por -el amor de Dios y de la Virgen santísima, dejadme ir! ¿Qué es lo que -os he hecho? Soy una infeliz criatura que ningún mal os ha causado: -el que vosotros me habéis hecho, os lo perdono de corazón, y rogaré á -Dios por vosotros. Si tenéis una hija, una esposa, una madre, pensad -lo que padecerían si se hallasen en esta situación. Acordaos que todos -hemos de morir, y que un día desearéis que Dios use con vosotros de -misericordia. Soltadme, dejadme aquí: el Señor hará que encuentre mi -camino”. - ---No podemos. - ---¿No podéis? ¡Oh, Señor! ¿Por qué no podéis?, ¿dónde queréis -conducirme?, ¿por qué?... - ---No podemos; no os canséis en vano: no tengáis miedo, pues no queremos -causaros daño alguno; estaos quieta y nadie os tocará. - -Lucía, cada vez más temblorosa, alarmada y aterrada de ver que sus -palabras no producían efecto alguno, se volvió al que tiene en sus -potentes manos el corazón de los hombres, y puede, cuando quiere, -ablandar á los más duros. Se estrechó todo lo posible en el rincón -del carruaje, cruzó los brazos sobre el pecho, y oró algún tiempo -mentalmente; después sacó su rosario, y empezó á rezar con más fe y -fervor que nunca. De cuando en cuando, esperando haber alcanzado la -gracia que imploraba, volvía á suplicar de nuevo á aquellos hombres; -mas siempre inútilmente. Luego recaía en su abatimiento, y se rehacía -para sufrir nuevas angustias; pero el corazón se resiste á describirlas -por más tiempo: una piedad sumamente dolorosa nos hace apresurar el -término de aquel viaje, que duró más de cuatro horas, y después del -cual tendremos otras penosas que pasar. Trasladémonos al castillo donde -la infeliz era esperada. - -El Incógnito la aguardaba con una inquietud y con una agitación de -ánimo extraordinarias. ¡Cosa extraña! Aquel hombre que había dispuesto -á sangre fría de tantas vidas, que en medio de tantos crímenes -cometidos, no había tenido en cuenta los tormentos que había hecho -sufrir, á no ser para saborear algunas veces una salvaje voluptuosidad -de venganza; al presente, al tiranizar á una humilde aldeana, sentía -como cierta impresión de pena, podría decirse, casi de terror. Desde -una elevada ventana del castillo, miraba hacía algún tiempo á una -de las entradas del valle: ve aparecer de pronto el carruaje que se -adelanta lentamente, porque la precipitación de la primera carrera -había apagado la fogosidad y domado las fuerzas de los caballos; y -aunque en el sitio desde el cual estaba observando, el convoy no -pareciese más que uno de esos cochecitos que sirven de juguete á los -niños, sin embargo, al instante lo reconoció y sintió latir de nuevo su -corazón con más fuerza. - -“¿Sí será?”, pensó súbitamente, “¡qué incomodidad me causa esa joven!”, -proseguía en su interior. “Es indispensable librarme de ella”. - -Y quería llamar á uno de sus sicarios y enviarlo en seguida al -encuentro del carruaje para que diese la orden á Nibbio de volverse, -y conducir á Lucía al palacio de D. Rodrigo. Mas un no imperioso que -resonó en su mente hizo desvanecer semejante designio. Atormentado, -sin embargo, por la necesidad de mandar algo, siéndole intolerable -el permanecer esperando ociosamente aquel carruaje que tan despacio -avanzaba, á manera de traición ó de castigo, ¡qué sé yo! hizo llamar á -una anciana que estaba á su servicio. - -Ésta había nacido en el mismo castillo, era hija de un antiguo -servidor, y había pasado allí toda su vida. Lo que había visto y oído -desde su nacimiento, había impreso en su imaginación una opinión -terrible del poder de sus dueños, y la principal máxima que había -retenido de las instrucciones y de los ejemplos, consistía en que era -preciso obedecerlos en todo y por todo, porque podían hacer mucho mal. -La idea del deber, depositada como un germen en el corazón de todos los -hombres, desenvolviéndose en el suyo, juntamente con los sentimientos -de respeto, de temor y de servil codicia, la había asociado y adherido -á ellos. Cuando el Incógnito, llegado á ser dueño, empezó á hacer aquel -uso espantoso de su fuerza, ella experimentó al principio cierta pena -y á la vez un sentimiento más profundo de sumisión. Con el tiempo se -había acostumbrado á lo que veía y oía todos los días: la voluntad -poderosa y sin freno de tan gran señor, era para ella como una especie -de justicia fatal. Ya mujer formada, se había casado con un criado de -la casa, el cual habiendo ido poco después á una peligrosa expedición, -había dejado el pellejo en el camino y á la viuda en el castillo. La -venganza que tomó su señor al momento de dicha muerte, la consoló -en extremo. Desde entonces no puso los pies fuera del castillo sino -muy raras veces; y poco á poco no le quedó de la vida humana ninguna -otra idea, á excepción de las que recibía en aquel lugar. No estaba -adherida á servicio alguno especial; pero en medio de aquella cuadrilla -de bandidos, ya el uno, ya el otro, le daban á cada instante algo que -hacer, lo cual constituía su tormento. Tan pronto tenía que repasar la -ropa y preparar la comida á los que volvían de una expedición, como -cuidar á los heridos. Tanto las órdenes y los reproches de éstos, como -las gracias que le daban, estaban llenas de mofa y de improperios: -no la llamaban más que la _vieja_, y los requiebros que unían á este -nombre, variaban según las circunstancias y el humor del que hablaba. -Ella, turbada en su pereza, y provocada en su amor propio, que eran -dos de sus predominantes pasiones, cambiaba algunas veces aquellos -cumplimientos con palabras, en las cuales Satanás hubiera conocido -mejor su espíritu que en las de los provocadores. - ---¿Ves allá abajo aquel carruaje? le dijo el señor. - ---Lo veo, respondió la vieja, adelantando su afilada barba y abriendo -sus hundidos ojos, como si tratase de lanzarlos fuera de sus órbitas. - ---Manda preparar al punto una litera, entra en ella, y hazte llevar á -la _Malanotte_. Pronto, pronto; que llegues antes que el carruaje, que -se va acercando con el paso de la muerte. En dicho carruaje está... -debe estar... una joven... Si en efecto está, di á Nibbio, de orden -mía, que la meta en la litera, y que él se venga al momento... Tú -entrarás en la litera con esa... joven; y cuando lleguéis aquí, la -conducirás á tu cuarto. Si te pregunta adónde la llevas, y de quién es -el castillo... guárdate bien de decir... - ---¡Oh!, replicó la vieja. - ---Pero, continuó el Incógnito, anímala. - ---¿Qué he de decirle? - ---¿Qué has de decirle?, anímala, te repito. ¿Has llegado por ventura -á tu edad sin saber cómo se inspira el ánimo á una criatura cuando -es preciso? ¿Tu corazón no ha sido lacerado por ninguna clase de -aflicciones? ¿Has tenido miedo alguna vez? ¿Ignoras las palabras que -agradan en semejantes momentos? Dile de estas palabras; búscalas en el -recuerdo de tus desgracias: anda. - -Luego que la vieja hubo partido, el Incógnito permaneció algún tiempo -en la ventana, con los ojos fijos sobre el carruaje, que ya aparecía -mucho mayor; en seguida los levantó al sol, que en aquel instante se -ocultaba detrás de la montaña; luego miró las nubes esparcidas por la -atmósfera, cuyo color oscuro se cambió de repente en color de fuego. -Retiróse de la ventana, la cerró y se puso á pasear de arriba abajo por -la estancia, con el paso de un caminante que lleva prisa. - - - NOTAS: - -[1] Mala noche. - - - - - CAPÍTULO TERCERO - - -La vieja se había apresurado á obedecer y á mandar con la autoridad de -un nombre que por cualquiera que fuese pronunciado en aquel paraje, -hacía brincar á todos, porque á nadie le pasaba por la imaginación que -hubiese una sola persona que se sirviese de él falsamente. En efecto, -se halló en la _Malanotte_ un poco antes de llegar el carruaje; al -verlo venir, salió de la litera é hizo una señal al cochero para que -parase; se acercó á la portezuela, y refirió en voz baja á Nibbio, que -había sacado la cabeza fuera, las órdenes del amo. - -Lucía, al detenerse el carruaje, se estremeció y salió de la especie de -letargo en que estaba sumida. Sintió que se le agolpaba toda la sangre -en la cabeza, abrió la boca y los ojos, y miró á todas partes. Nibbio -se había hecho un poco atrás, y la vieja, con la puntiaguda barba -sostenida en la portezuela, mirando á Lucía, decía: “Venid, niña mía: -venid, pobrecita; venid conmigo; pues tengo orden de trataros bien y de -tranquilizaros”. - -Al sonido de una voz de mujer, la desventurada experimentó cierto -consuelo y valor momentáneo; pero en seguida volvió á caer en un más -profundo terror. “¿Quién sois?”, dijo con voz trémula, fijando sus -miradas atónitas en el semblante de la vieja. - ---Venid, venid, pobrecita, seguía ésta repitiendo. - -Nibbio y sus dos compañeros, adivinando por las palabras y por la -voz tan extraordinariamente sosegada de la vieja cuáles fuesen las -intenciones de su señor, trataban por medios suaves de persuadir á la -infortunada á que se manifestase obediente; mas ella continuaba mirando -á su alrededor; y aunque el lugar solitario y desconocido, y el aire de -seguridad de sus guardianes no le dejaban concebir esperanza alguna de -socorro, sin embargo, abrió la boca para gritar; pero viendo á Nibbio -que le enseñaba el pañuelo, se detuvo, y se puso á temblar; después -de lo cual la cogieron y la metieron en la litera, entrando la vieja -en pos de aquélla. Nibbio ordenó á los otros dos bribones que fuesen -escoltándola, acudiendo él al llamamiento de su señor. - ---¿Quién sois?, preguntaba Lucía con ansiedad á la vista de aquel -semblante desconocido y deforme: ¿por qué me encuentro en vuestra -compañía?, ¿en dónde estoy?, ¿adónde me conducís? - ---¡Á la morada del que quiere haceros bien, respondió la vieja! -¡Dichosos aquellos á los que él quiere hacer bien! ¡Para vos es una -felicidad, una verdadera felicidad. No tengáis miedo; alegraos, pues me -ha mandado que os tranquilice. ¿Se lo diréis, eh?, ¿le diréis que os he -tranquilizado? - ---¿Quién es?, ¿qué quiere de mí? Yo no le pertenezco. Decidme en dónde -estoy, dejadme marchar; decid á esos hombres que me dejen ir, que me -lleven á alguna iglesia. ¡Oh, vos que sois una mujer!, ¡en nombre de la -Virgen María!... - -Este santo y dulce nombre, repetido con veneración en los primeros -años, y luego nunca más invocado en muchísimo tiempo, ni acaso oído -proferir, causaba en la mente de la desventurada que lo escuchaba en -aquel momento una impresión confusa, extraña, lenta, como el recuerdo -de la luz en un anciano, ciego desde niño. - -Mientras tanto el Incógnito, de pie en la puerta del castillo, miraba -al camino; veía venir la litera muy despacio, como antes el carruaje, -y á Nibbio subir precipitadamente, adelantándose á la litera, cuya -distancia se aumentaba más á cada paso que ésta daba. Cuando llegó -arriba, el señor le hizo seña de que le siguiese, dirigiéndose con él á -una de las habitaciones del castillo. - ---¿Y bien?, dijo parándose. - ---Todo ha salido á pedir de boca, respondió Nibbio, inclinándose -respetuosamente: el aviso á tiempo, la mujer también, el paraje -solitario, un solo grito, ningún aparecido, el cochero pronto, ágiles -los caballos, ningún encuentro: mas... - ---¿Mas qué? - ---Mas... digo la verdad; hubiera querido mejor que la orden hubiese -sido la de descargarle un arcabuzazo en las espaldas, sin oirla hablar, -sin verle el rostro. - ---¡Hola, hola! ¿Qué es lo que quieres decir? - ---Quiero decir, que todo aquel tiempo... me ha causado mucha compasión. - ---¡Compasión! ¿Qué entiendes tú de compasión?, ¿sabes acaso lo que es? - ---Jamás la he comprendido como ahora: la compasión es una cosa parecida -al miedo; si uno se deja apoderar de ella, es hombre perdido. - ---Oigamos cómo se ha compuesto para moverte á compasión. - ---¡Oh, ilustrísimo señor!, ¡tanto tiempo!... Orar, suplicar de cierto -modo, y volverse pálida, pálida como la muerte; y después sollozar y -rezar de nuevo, y ciertas palabras... - -“No quiero á esa mujer en mi castillo”, decía para sí entretanto el -Incógnito; “he sido un bruto en empeñarme en semejante cosa; mas lo -he prometido... en fin, lo he prometido... Cuando estará lejos..”. Y -levantando la cabeza, en actitud de mando, hacia Nibbio: “ahora deja la -compasión á un lado”, dijo; “monta á caballo, toma un compañero, dos si -quieres, y vuela al palacio del consabido D. Rodrigo. Dile que mande... -pero que sea pronto, pronto; porque de otro modo...” - -Mas otro _no_ interior más imperioso que el primero, le impidió el -concluir la frase. “No”, dijo con voz resuelta, como para manifestarse -á sí mismo el mandato de aquella voz secreta: “no, vete á descansar, y -mañana por la mañana... harás lo que te diga”. - -“Es preciso que esa muchacha tenga algún demonio que la proteja”, pensó -en seguida. Habiendo quedado solo, de pie con los brazos cruzados sobre -el pecho, y la mirada inmóvil sobre cierta parte del pavimento, en -donde los rayos de la luna, entrando por una elevada ventana, dejaban -ver un cuadrado de pálida luz, cortado á trechos por la sombra de los -barrotes de hierro, y atravesado en divisiones de los vidrios; “algún -demonio ó... ángel que la defienda... ¡Causar compasión á Nibbio!... -Mañana, mañana muy temprano, es indispensable que esa mujer esté fuera -del castillo; que vaya á su destino, y que no se hable más de esto; y -después proseguía, con ese ademán con el cual se intima una orden á un -niño indócil: ¡jum!, ¡que no se hable más de esto! Que ese animal de -D. Rodrigo no me venga á romper la cabeza con sus gracias; porque... no -quiero oir hablar más de semejante cosa. Lo he servido, porque... se lo -prometí; y se lo prometí... porque... era mi destino. Mas yo haré que -me pague este servicio con usura. Vamos á ver...”. - -Y él trataba de imaginar una empresa difícil que encargarle en -compensación y como en represalias; pero vinieron á atravesársele -de nuevo en la mente estas palabras: “¡Causar compasión á Nibbio! -¿Cómo ella puede haberlo conseguido?, se decía arrastrado por aquel -pensamiento. Quiero verla... ¡oh!, no... Sí, quiero verla”. - -Y de una en otra estancia, llegó á una escalerilla; subióla á tientas, -se encaminó á la habitación de la vieja, y llamó á la puerta por medio -de un puntapié. - ---¿Quién es? - ---Abre. - -Á aquella voz, la vieja dió un salto: en el mismo instante se oyó -descorrer el cerrojo, y la puerta se abrió de par en par. El Incógnito, -desde el umbral, lanzó una ojeada al interior, y á la luz de una -lámpara que ardía encima de la mesa, vió á Lucía echada en el suelo, en -el rincón más lejano de la puerta. - ---¿Quién te ha mandado que la arrojases ahí como un lío de trapos -viejos, desgraciada?, dijo á la vieja con ademán iracundo. - ---Se ha puesto donde ha querido, contestó ésta humildemente; he hecho -todo lo posible para tranquilizarla; ella misma os lo podrá decir; pero -no he sido escuchada. - ---Levantaos, dijo á Lucía, aproximándose á ella; mas ésta, á quien el -modo de llamar, el abrir, la aparición de aquel hombre, sus palabras, -habían infundido un nuevo espanto en su espíritu alarmado, se acurrucó -más y más en el rincón, con el rostro oculto entre sus dos manos, -inmóvil, silenciosa y sobrecogida de un temblor general. - ---Levantaos, que no quiero causaros ningún mal... y puedo dispensaros -mucho bien, repitió el señor. ¡Levantaos!, gritó en seguida con voz de -trueno, irritado de haber mandado dos veces una misma cosa inútilmente. - -Como si el espanto la hubiese reanimado, la infortunada se arrodilló -de súbito, y con las manos juntas, en ademán de súplica, como hubiera -hecho delante de una imagen, alzó los ojos hacia el Incógnito, y -bajándolos al momento exclamó: “Aquí me tenéis, matadme”. - ---Os he dicho que no quiero haceros mal alguno, respondió el Incógnito -con acento más dulce, mirando fijamente aquel semblante alterado por la -aflicción y el terror. - ---Ánimo, ánimo, decía la vieja; si él mismo dice que no quiere causaros -mal alguno... - ---¿Y por qué?, replicó Lucía, con una voz en la cual, á pesar de -la turbación y espanto se traslucía cierta seguridad de indignación -desesperada, ¿por qué me hace padecer las penas del infierno?, ¿qué es -lo que yo le he hecho? - ---¿Os han maltratado quizás?, hablad. - ---¡Oh, maltratado! ¡Se han apoderado de mí, á traición, por fuerza! -¿Por qué, por qué he sido robada?, ¿por qué me encuentro en este -sitio?, ¿en dónde estoy? Soy una infeliz muchacha: ¿qué he hecho yo? En -el nombre de Dios... - ---¡Dios, Dios!, interrumpió el Incógnito; ¡siempre Dios! Los que no -pueden defenderse á sí mismos, los que carecen de fuerza, continuamente -ponen á Dios por delante, como si le hubiesen hablado. ¿Pretendéis con -semejante palabra hacerme... y dejó la oración sin concluir. - ---¡Oh, señor!, ¡pretender!... ¿Qué puedo yo pretender, estando cautiva, -sino que uséis conmigo de misericordia? ¡Dios perdona tantas cosas por -una sola obra de misericordia! ¡Dejadme ir; por caridad, dejadme ir! -Ninguna cuenta tiene al que en su día ha de morir, el hacer padecer -tanto á una pobre criatura. ¡Oh, vos que podéis mandar, decid que me -dejen ir! Me han traído aquí á la fuerza. Enviadme con esta mujer á -*** en donde mi madre se halla. ¡Oh, Virgen santísima! ¡Madre mía, -mi querida, mi idolatrada madre!, ¡quizá no esté lejos de aquí!... -¡He divisado mis montañas! ¿Por qué me hacéis padecer? Disponed que -me conduzcan á una iglesia: rogaré por vos toda mi vida. ¿Qué os -cuesta decir una palabra?, ¡he aquí que os enternecéis!, ¡decid una -sola palabra, decidla! ¡Dios perdona tantas culpas por una obra de -misericordia! - -“¡Oh, por qué no será hija de uno de esos perros que me han -desterrado!, pensaba el Incógnito; ¡de uno de esos miserables que me -quisieran ver muerto!, cómo gozaría ahora con sus sufrimientos! y en -vez de...”. - ---¡No desechéis una tan buena inspiración!, continuaba fervorosamente -Lucía, reanimada al ver un cierto aire de duda en el rostro y en el -ademán de su tirano. Si vos no me concedéis esta gracia, el Señor me -la concederá: me hará morir y todo se habrá concluido para mí; pero -vos... acaso un día, también... pero no, no; yo siempre rogaré al Señor -que os preserve de todo mal. ¿Qué os cuesta decir una palabra? Si vos -llegaseis alguna vez á sufrir estos tormentos... - ---Vamos, ánimo, interrumpió el Incógnito, con una dulzura que admiró á -la vieja. ¿Os he causado yo por ventura algún mal? ¿Os he hecho algunas -amenazas? - ---¡Oh!, no; veo que tenéis buen corazón, que os compadecéis de una -infeliz criatura. Si vos quisierais, podríais infundirme doble miedo -que todos los demás, podríais hacerme morir; y por el contrario, me -habéis... consolado un poco. Dios os lo premiará. Acabad la obra de -misericordia; salvadme, salvadme. - ---Mañana por la mañana. - ---¡Oh!, salvadme ahora, en seguida... - ---Os repito que mañana por la mañana nos volveremos á ver. En el -ínterin, tranquilizaos, descansad; debéis tener necesidad de tomar -algún alimento; ahora os lo traerán. - ---No, no, yo me muero si alguno entra aquí; yo me muero. Conducidme á -una iglesia cualquiera... lo cual Dios os lo pagará. - ---Vendrá una mujer para traeros la comida, dijo el Incógnito; y -dicho esto, se quedó estupefacto al ver que le hubiese venido á la -imaginación semejante salida, y que hubiera pensado en la necesidad de -buscarlo para tranquilizar á una mujer. - ---Y tú, replicó en seguida, volviéndose á la vieja, anímala á que coma, -y haz que descanse en este lecho; si quiere que te acuestes con ella, -bien; si no, puedes dormir en el suelo por esta noche. Repito que -la animes, que la alegres; y, sobre todo, guárdate que no tenga que -quejarse de ti. - -Pronunciadas las anteriores palabras, se dirigió hacia la puerta. Lucía -se levantó y corrió con el objeto de detenerle y renovar sus súplicas; -pero ya había desaparecido. - ---¡Oh, infeliz de mí! Cerrad, cerrad pronto. Y cuando hubo oído cerrar -la puerta y echar el cerrojo, volvió á acurrucarse en su rincón. ¡Oh, -pobre de mí!, exclamó sollozando de nuevo. Y ahora ¿á quién suplicaré?, -¿en dónde estoy? Decidme, decidme por piedad, ¿quién es ese señor... -ése que me ha hablado? - ---¿Quién es, eh?, ¿quién es? ¡Queréis que os lo diga! Ya podéis -esperarlo: os habéis puesto orgullosa porque os protege: con tal de que -estéis satisfecha, nada os importa que yo sea la víctima; preguntádselo -á él. Si yo os complaciera en esto, no recibiría palabras tan dulces -como las que habéis oído. Yo soy vieja, soy vieja, continuó murmurando -entre dientes. ¡Malditas sean las jóvenes, que así poseen la gracia -de llorar como de reir y siempre tienen razón! Mas oyendo sollozar -á Lucía se acordó de las órdenes amenazadoras del amo; se inclinó -hacia la infortunada que permanecía acurrucada en su rincón, y con la -voz más dulce que le fué posible, repuso: “Vamos, en todo esto no os -he dicho nada de mal, alegraos. No me preguntéis cosas que no puedo -deciros; por lo demás, tranquilizaos. ¡Oh, si supierais cuánta gente se -hubiera alegrado de oirle hablar como lo ha hecho con vos! Regocijaos, -que ahora traerán de comer; y yo que comprendo... según el modo con -que os ha hablado, que va á venir algo bueno. Y luego os acostaréis -y... espero que dejaréis un ladito para mí”, añadió con un acento de -despecho, un tanto comprimido á su pesar. - ---No quiero comer, no quiero dormir. Dejadme, no os acerquéis; no os -mováis de aquí. - ---No, no, vamos; dijo la vieja retirándose y yéndose á sentar en un -ancho y carcomido sitial, desde donde lanzaba á la infeliz ciertas -miradas de terror y de cólera á la vez; después de lo cual contemplaba -su lecho, enfurecida al pensar que acaso estaría privada de él toda la -noche y tiritando de frío; mas por otro lado se alegraba con la idea de -la cena, con la esperanza que también participaría de ella. Lucía no -sentía frío, ni tenía hambre, y como aturdida no experimentaba de sus -mismos dolores más que un sentimiento confuso y vago, parecido á esas -imágenes vanas que se presentan en el delirio de la fiebre. - -Al oir tocar á la puerta de la estancia, se estremeció; y alzando su -aterrado semblante, gritó: “¿Quién es, quién es? ¡que nadie entre!”. - ---No es nada, nada; una buena noticia; es Marta que nos trae algo que -comer. - ---Cerrad, cerrad, exclamaba Lucía. - ---¡Oh, ciertamente!, en seguida, en seguida, replicó la vieja; y -tomando una cesta de las manos de la expresada Marta, á la cual -despidió apresuradamente, cerró la puerta, y fué á colocar dicha cesta -sobre una mesa que había en medio de la habitación. Después invitó -repetidas veces á Lucía para que se aproximase á gozar de aquellos -deliciosos manjares. Empleaba las palabras más eficaces, á su parecer, -con el objeto de infundir apetito á la desgraciada, y prorrumpía en -exclamaciones de júbilo, hablando de la excelencia de la comida. -“Cuando la gente como nosotras puede llegar á disfrutar de semejantes -manjares, se acuerdan toda la vida. Este vino es del que el amo bebe en -compañía de sus amigos... cuando le vienen á visitar... y quieren estar -alegres... ¡Hem!”. Mas viendo que todas sus tentativas eran inútiles: -“¡Sois vos la que no queréis!, dijo; es preciso no olvidar el decirle -mañana que yo os he animado. Mientras tanto, yo comeré dejándoos lo -suficiente para cuando entréis en razón y queráis obedecer”. Dicho -esto, se puso á comer ávidamente. Saciada que estuvo, se encaminó -al rincón, y bajándose hacia Lucía, la invitó de nuevo á comer y á -acostarse. - ---No, no quiero nada, respondió ésta, con voz débil y como soñolienta; -en seguida dijo con más resolución: “¿Está la puerta cerrada, bien -cerrada?” Y después de haber echado una ojeada por toda la estancia, -se levantó, y con las manos puestas adelante, con paso sospechoso, se -dirigió hacia aquel lado. - -La vieja llegó corriendo antes que ella, cogió el cerrojo, lo corrió, y -dijo: “¿Lo veis?, ¿está bien cerrado? ¿estáis ahora satisfecha?”. - ---¡Oh, contenta! ¡Yo contenta aquí! replicó Lucía, volviéndose de nuevo -á su rincón; pero Dios sabe dónde estoy. - ---Venid á acostaros; ¿qué queréis hacer ahí echada como un perro? ¿Se -han visto rehusar jamás los comodidades, cuando se pueden tener? - ---No, no; dejadme. - ---Vos sois la que lo queréis. Vamos, he aquí un buen sitio; me pongo -en la orilla; estaré incómoda por vos. Si queréis venir á la cama, ya -sabéis que lo podéis hacer. Acordaos que os lo he rogado muchas veces. -Así diciendo, se metió vestida como estaba debajo del cobertor, y todo -quedó en el más profundo silencio. - -Lucía permanecía inmóvil, en su rincón, con las rodillas pegadas al -pecho, las manos colocadas sobre ellas, y el rostro oculto entre -dichas manos. El estado de abatimiento en que se hallaba, no era sueño -ni desvelo, sino una sucesión rápida, dolorosa y vaga, de terribles -pensamientos, de ideas penosas, de latidos de corazón. Ora más -segura de su razón, y recordando mejor todos los horrores que había -presenciado y sufrido aquel día, recordaba dolorosamente hasta las -más pequeñas circunstancias de la oscura y formidable realidad en la -cual se veía envuelta; ora su mente transportada á una región aún más -tenebrosa, luchaba contra los fantasmas nacidos de la incertidumbre -y del terror. Largo tiempo permaneció siendo presa de semejantes -angustias; pero al fin, abatida, fatigada, sintiendo aflojar sus -atormentados miembros, se acostó, ó más bien, se dejó caer sobre el -pavimento, y permaneció algún tiempo en un estado muy parecido al -sueño. Mas de repente se despertó, como al ruido de una voz exterior -que la estuviese llamando, y experimentó el deseo de despertar -enteramente, de dar toda la extensión posible á su pensamiento, de -saber en dónde estaba, cómo y por qué. Prestó atento oído al ruido que -se percibía, el cual no era otra cosa más que la respiración lenta y -embarazosa de la vieja. Abrió sus espantados ojos, y distinguió una -opaca claridad, que por intervalos aparecía y desaparecía: era la -torcida de la lámpara que, estando muy cerca de apagarse, despedía una -luz trémula, y en seguida se retiraba, por decirlo así, como la ola que -va y viene sobre la playa. Aquella luz que huía antes que los objetos -hubiesen recibido de ella un reflejo y color distinto, no ofrecía á -la vista más que una sucesión de cosas flotantes é indecisas. Pero -bien pronto las recientes impresiones, reapareciendo en su mente, la -ayudaron á distinguir lo que se presentaba á su vista de una manera tan -confusa. La desventurada, despierta ya del todo, reconoció su prisión; -todos los recuerdos del horrible día transcurrido, todos los terrores -del porvenir la asaltaron á la vez: aquella nueva calma, después de -tantas agitaciones, aquella especie de reposo, aquel abandono en que -había estado sumida, le producían un nuevo terror, y se apoderó de -ella tal ansiedad que deseó morir. Pero en semejante momento se acordó -que podía á lo menos dirigir sus súplicas al cielo, y juntamente con -dicho pensamiento apareció en su corazón como una repentina esperanza -de felicidad. Tomó de nuevo su rosario, y empezó á rezar. Á medida que -las oraciones se desprendían de sus trémulos labios, su corazón se -entreabría á una confianza indeterminada. Mas de pronto se le presentó -otra idea á la imaginación, esto es, que sus oraciones serían mejor -acogidas y escuchadas, si en medio de su desolación hiciese alguna -promesa. Trajo á la memoria lo que más amaba, lo que más había amado; -y aun cuando su espíritu no podía sentir otra afección que el espanto, -ni concebir otro deseo que el de la libertad, se acordó, sin embargo, -y resolvió súbitamente, hacer un sacrificio. Se incorporó, colocando -sus manos unidas junto al pecho, de las cuales pendía el rosario, -elevó los ojos al cielo, y dijo: “¡Oh, Virgen Santísima! ¡Vos, á quien -me he acogido tantas veces, y que tantas me habéis consolado! ¡Vos, -que habéis padecido tantos dolores, y sois ahora tan gloriosa, y -habéis obrado tantos milagros en favor de los infelices atribulados, -socorredme, sacadme de este peligro; haced que vuelva sana y salva al -lado de mi madre, Madre del Señor! y hago voto de permanecer virgen; -renuncio para siempre á mi desventurado prometido, para no ser jamás de -nadie, más que vuestra”. - -Dichas las anteriores palabras, bajó la cabeza y se puso el rosario -alrededor del cuello, casi como en señal de consagración, y á la vez -de resguardo como una armadura de la nueva milicia, á la cual se había -inscrito. Habiéndose vuelto á sentar en el suelo, sintió renacer en -su alma una cierta tranquilidad, una más larga confianza. Le vino á -la imaginación aquel _mañana por la mañana_ repetido por el poderoso -desconocido, y le pareció entrever en aquella palabra una promesa de -salvación. Los sentidos, fatigados por tantas luchas, se adormecieron -poco á poco en aquella tranquilidad de pensamientos, y por último, ya -cercano el día, con el sagrado nombre de su protectora en los labios, -se durmió gozando de un sueño perfecto y continuado. - -Mas había otra persona en aquel mismo castillo, que hubiera querido -hacer otro tanto, y no le fué posible. Habiéndose separado, ó más -bien, huido de Lucía, después de haber dado las órdenes convenientes -para la cena de ésta, y visitado, según costumbre, ciertos puestos del -castillo, siempre preocupado con la imagen de Lucía, y con aquellas -palabras que resonaban sin cesar en sus oídos, el señor se había -retirado á su estancia. - -Se había encerrado precipitadamente, como si hubiera tenido que -atrincherarse contra un ejército de enemigos; y desnudándose sumamente -agitado, se acostó. Pero aquella imagen cada vez más presente en su -mente, pareció que en aquel momento le decía: tú no dormirás. “¡Qué -loca curiosidad he tenido de ver á esa muchacha! se decía. Tiene razón -ese imbécil de Nibbio; ¡uno no es ya hombre, es hombre perdido! ¡Yo!... -¿no soy yo hombre por ventura? ¿Qué ha pasado, pues? ¿Qué me ha pasado? -¿Qué diablos tengo? ¿Qué hay de nuevo? ¿No sabía antes de verla que las -mujeres siempre chillan? ¡Lloran aun los hombres algunas veces, cuando -no son bastante fuertes para defenderse! ¡Qué diablo!, ¿esto consiste -en que yo no he oído lloriquear jamás mujeres?” - -Y aquí, sin que tuviese necesidad de fatigar su memoria, ésta le -presentó más de un caso, en que las súplicas ni lamentos habían podido -quebrantar la resolución de llevar á cabo sus empresas. Mas lejos -de darle el valor que le faltaba para cumplir ésta, como esperaba -y deseaba, todos sus recuerdos no hicieron más que añadir á su -irresolución una especie de consternación y de terror. De modo, que el -volver á la primera imagen de Lucía, contra la cual había tratado de -afirmar todo su valor, pareció que le aliviaba. “Ella vive, pensaba: -se halla en el castillo; aún es tiempo; le puedo decir: partid, -regocijaos; puedo ver cambiar aquel semblante; además le puedo decir: -perdonadme... ¡Perdonadme! ¡Yo pedir perdón!, ¡y á una mujer!, ¡yo!... -Y sin embargo, ¡si una palabra, si una palabra tal me pudiese hacer -bien!, si me ayudase á sacudir por un momento el demonio que se ha -apoderado de mí, la pronunciaría. ¡Á qué estado me veo reducido! ¡Ya no -soy hombre, no soy hombre!... ¡Vamos!, dijo en seguida, revolviéndose -furiosamente sobre su lecho, que le parecía tan duro como una piedra, -y debajo de sus cobertores que le pesaban horriblemente: vamos, -éstas son simplezas que me han pasado por la cabeza otras veces; -ésta pasará también”. Y para hacerla pasar trató de buscar con el -pensamiento algún proyecto, alguno de aquellos que solían ocuparle -fuertemente, y no le dejaban un instante siquiera para reflexionar; -mas no encontró ninguno. Todo se le presentaba cambiado: lo que otras -veces estimulaba con más fuerza sus deseos, ahora no tenía para él -ningún atractivo. La pasión rehusaba avanzar, del mismo modo que cuando -un caballo se asusta de repente de una sombra cualquiera. Pensando -en las empresas comenzadas y no acabadas, en vez de animarse á dar -cima á ellas, en lugar de irritarse con los obstáculos (en semejante -momento, la cólera misma le hubiera parecido dulce), experimentaba una -sombría tristeza, se espantaba casi de los pasos ya dados. El tiempo -se presentaba á su imaginación desnudo de todo interés, de todo -querer, de toda acción, lleno únicamente de recuerdos intolerables: -todas las horas que iban á sucederse se le representaban semejantes -á la que corría tan lentamente, y que tanto pesaba sobre su cabeza. -Repasaba en su imaginación á todos sus secuaces, y no encontraba nada -importante que mandar á ninguno de éstos: la idea misma de volverlos -á ver, de hallarse en medio de ellos, era un nuevo peso, un motivo de -disgusto y embarazo. Cuando quería encontrar una ocupación para el día -siguiente, una cosa que fuese factible, no se detenía más que en un -solo pensamiento; éste era, que á la mañana siguiente podía dejar en -libertad á aquella infortunada. - -“La libertaré, sí; apenas empiece á apuntar el día, volaré á su lado, -y le diré: partid, partid. La haré acompañar... ¿Y mi promesa? ¿y el -compromiso que tengo? ¿y D. Rodrigo?... ¿Quién es D. Rodrigo?” - -Como un hombre á quien su superior dirige de improviso una pregunta -embarazosa, el Incógnito pensó de pronto responder á la que él mismo -se había hecho, ó mejor diremos, aquel nuevo _él_ que en un momento -había tomado tan colosales y terribles dimensiones, y se levantaba -como para juzgar al antiguo. Iba, pues, buscando las razones por las -cuales, antes casi de ser rogado, se había podido resolver á tomar el -empeño de hacer sufrir tanto, sin ningún motivo de aborrecimiento -ni de temor, á una infeliz desconocida, únicamente para servir á D. -Rodrigo; pero lejos de conseguir hallar en aquel momento ninguna razón -que le pareciese propia para excusar semejante acción, no sabía casi -explicarse á sí mismo cómo había sido inducido á ello. Aquel rasgo, -más bien que una deliberación, había sido un movimiento instantáneo -de un espíritu obediente á sentimientos antiguos y habituales, la -consecuencia de mil hechos anteriores; y en medio del doloroso examen, -al cual se entregaba para darse cuenta de un solo hecho, se encontró -engolfado en repasar toda su vida. - -Remontándose á tiempos muy lejanos, de año en año, de empresa en -empresa, de crimen en crimen, de asesinato en asesinato, cada una -de sus acciones se presentaba á su nuevo espíritu separada por -sentimientos que le habían determinado y hecho cometer, apareciendo -bajo un aspecto monstruoso, que estos mismos sentimientos no le habían -dejado hasta entonces comprender. Todos le pertenecían, eran suyos: el -horror de este pensamiento, que nacía á cada una de estas imágenes, y -que estaba adherido á todas ellas, creció hasta la desesperación. Se -levantó furioso, llevó con rabia las manos hacia la pared cercana á su -lecho, agarró una pistola, apretóla convulsivamente, la montó, y... -en el instante de ir á terminar una vida que le era insoportable, -su pensamiento, sorprendido por un terror, por una inquietud, por -decirlo así, supersticiosa, se lanzó al tiempo que seguiría después -de su muerte. Figurábase con estampa su cadáver desfigurado, inmóvil, -en poder de los hombres más viles; la sorpresa, la confusión que -reinarían al día siguiente en el castillo; él mismo, sin fuerza, sin -voz, arrojado quién sabe dónde. Se figuraba oir las conversaciones que -tendrían lugar con motivo de semejante catástrofe, y que no dejarían -de correr en todos los alrededores, y la alegría de sus enemigos. Las -tinieblas mismas, el silencio de la noche, le hacían ver en la muerte -cierta cosa de más triste, de más espantosa. Le parecía que no habría -vacilado si hubiese sido de día, fuera de su casa y en presencia -de alguno. Además, ¿qué tenía de particular echarse en el río y -desaparecer? Absorto en estas desgarradoras contemplaciones, montaba y -desmontaba con fuerza convulsiva el gatillo de la pistola, cuando le -vino á la imaginación otra idea: si esa otra vida de la cual me han -hablado siendo muchacho, de la cual se me habla siempre como si fuese -una cosa segura; si esa vida consiste únicamente en no ser; si es una -invención de los sacerdotes, ¿qué hago entonces? ¿qué importa todo lo -que yo he hecho? ¿no dejará de ser una locura mía?... ¿Y si hay en -efecto otra vida?... - -Á semejante duda, á tal riesgo, se vió sobrecogido por una -desesperación aun más sombría, más grave, y contra la cual ni aun podía -hallar un refugio en la muerte. Dejó caer el arma fatal, llevó las -manos á sus cabellos, sus dientes rechinaban, un temblor convulsivo se -había apoderado de todos sus miembros. De repente, las palabras que -había oído pocas horas antes, volvieron á resonar en su memoria: “¡Dios -perdona tantas cosas por una obra de misericordia!” No volvían á su -espíritu del mismo modo que habían sido pronunciadas, con un acento de -humilde súplica, sino con un tono de autoridad, que dejaba entrever -al mismo tiempo una lejana esperanza. Esto fué para él un momento de -consuelo: dejó caer las manos, y en una actitud más tranquila, fijó -mentalmente sus miradas, como si la hubiera tenido delante, en aquella -que las había proferido; y la veía, no como su prisionera, ni como -una persona que suplica, sino con el ademán del que dispensa gracias -y consuelos. Esperaba con ansiedad que viniera el día para correr -á devolverle la libertad, para escuchar de su boca otras palabras -de alivio y de vida, imaginándose conducirla él mismo al lado de su -madre. “¿Y luego, yo, qué haré mañana, el resto del día? ¿Qué haré -el día que sigue después de mañana? ¿y al otro? ¿y á la noche? ¡la -noche que volverá con sus doce horas! ¡Oh, la noche, la noche; no, no -pensemos en la noche!”. Y volviendo á caer en el vacío espantoso del -porvenir, trataba en vano de buscar un modo de emplear el tiempo, una -manera de pasar los días y las noches. Tan pronto se proponía abandonar -el castillo y huir á países remotos, en donde jamás se hubiese oído -hablar de él, en que no se le conociera, ni aun siquiera de nombre; -como le renacía una confusa esperanza de recobrar el antiguo ánimo, -los antiguos gustos, no considerando la situación del momento más que -como un delirio pasajero; tan pronto, por último, temía la luz del -día que debía mostrarle á los suyos tan miserablemente cambiado; y -finalmente, suspiraba por esta misma luz que también debía iluminar -sus pensamientos. Mas he aquí que de pronto, al rayar el alba, pocos -momentos después que Lucía se había quedado dormida, mientras que él -estaba sentado é inmóvil sobre su lecho, un sonido vago y confuso, -pero que sin embargo tenía un cierto no sé qué de alegre, vino á herir -sus oídos. Prestó atención, y percibió un campaneo como si tocasen á -fiesta; después de algunos instantes, distinguió también que el eco de -la montaña repetía lánguidamente la lejana armonía, y se confundía con -ella. De allí á poco siente que el ruido se aproxima, es una campana -que está más cerca del castillo; después otra que le responde, y en -seguida todavía otra. “¿Qué alegría es ésta? ¿Por qué este ruido de -fiesta? ¿De qué se regocijan estas gentes?”. Salta de aquel lecho de -espinas; medio se viste apresuradamente, vuela á la ventana, la abre, -y mira por todas partes. Los montes estaban todavía medio velados por -la niebla; el cielo parecía cubierto por una oscura y vasta nube; pero -á la claridad del día que á cada instante iba creciendo, se divisaba -allá á lo lejos, en el camino que atravesaba el fondo del valle, gentes -que caminaban muy aprisa, otras que salían de sus casas y se ponían en -camino, y se dirigían todas hacia el mismo lado, á la entrada de dicho -valle, á la derecha del castillo, con los trajes domingueros, y una -alegría extraordinaria. - -“¿Qué diablos tienen esas gentes? ¿qué hay de alegre en este maldito -país? ¿dónde va toda esa canalla?” Y habiendo llamado á un bravo de -confianza que dormía en una próxima habitación, le preguntó la causa -de todo aquel movimiento. Éste, que estaba tan enterado como su amo, -le contestó que iría al momento á informarse. El señor permaneció -apoyado en la ventana, sumamente atento al movible espectáculo. Veíanse -hombres, mujeres, niños, en grupos, solos, uno alcanzando al que iba -delante se unía á él; otro al salir de su casa se acompañaba con el -primero que encontraba, y caminaban juntos como amigos á hacer un -viaje convenido de antemano. Distinguíase en todos sus movimientos -una celeridad y alegría común; las campanas más ó menos próximas, más -ó menos distintas que resonaban á lo lejos, algunas veces sin estar -acordes, pero siempre concertadas, se asemejaban en cierto modo á la -voz de todo aquel pueblo y á la expresión de las palabras que no podían -llegar al castillo. El Incógnito miraba, miraba sin cesar, y sentía -nacer en su alma una ávida curiosidad de saber lo que podía comunicar -un transporte igual á tan diversas gentes. - - - - - CAPÍTULO CUARTO - - -Pocos momentos después, el bravo volvió y contó á su señor, que el -cardenal Federico Borromeo, arzobispo de Milán, había llegado la -víspera á *** en donde permanecería todo el día siguiente (que era -el en que estábamos). El ruido de la llegada se había esparcido la -misma tarde á lo lejos y por todas las cercanías, lo cual había hecho -que el pueblo tuviese deseos de ir á ver á aquel personaje, y tocaban -las campanas en señal de regocijo, y para avisar al mismo tiempo á -la gente. El Incógnito volvió á quedar solo, y continuó mirando en -dirección al valle, cada vez más pensativo. “¡Por un hombre!, ¡todos -presurosos, todos alegres, para ver á un hombre! ¡Y sin embargo, cada -uno de éstos tendrá su demonio que le atormente! ¡Pero nadie, nadie -deberá tener uno como el mío; nadie habrá pasado una noche como la -mía! ¿Qué tiene, pues, ese hombre para excitar la alegría de todo un -pueblo? Algún dinero que distribuirá así á la aventura... ¡Mas toda esa -gente no va á recibir una limosna! ¡Y bien: algunas cruces en el aire, -algunas palabras!... ¡Oh, si tuviese para mí palabras que pudieran -consolarme!, ¡sí!... ¿Por qué no había yo de ir también?, ¿por qué -no?... Iré, iré y le hablaré: le hablaré cara á cara. ¿Qué es lo que le -diré? ¡Y bien!, aquello que, que... veré lo que él sabe”. - -Tomada esta vaga determinación, concluyó de vestirse precipitadamente, -poniéndose una especie de traje, cuyo corte tenía algo de militar; -cogió la pistola que había dejado encima de la cama, se la colocó en un -lado de su cinto, y en el otro una segunda que descolgó de la pared, -así como también su puñal; y habiendo alcanzado una carabina tan famosa -casi como él, se la puso á guisa de bandolera; tomó su sombrero, salió -de la estancia, y antes de partir se encaminó á la en que había dejado -á Lucía. Dejó su carabina en un rincón junto á la puerta, y llamó -haciendo al mismo tiempo oir su voz. La vieja se precipitó del lecho de -un salto, y corrió á abrir. El señor entró, y echando una ojeada por la -estancia, vió á Lucía acurrucada en su rincón y muy quieta. - ---¿Duerme?, preguntó en voz baja á la vieja. ¡Duerme en semejante -sitio! ¿Eran éstas mis órdenes?, ¡desventurada! - ---He hecho todo lo que he podido, respondió ésta; pero no ha querido -absolutamente comer ni tampoco venir... - ---Déjala dormir en paz; guárdate de turbar su sueño; y cuando se -despierte... Marta vendrá aquí, á la habitación próxima, y la mandarás -á buscar lo que la joven pida. Cuando despierte... dile que yo... que -el señor ha salido por poco tiempo, que volverá, y que... hará todo lo -que ella quiera. - -La vieja se quedó toda estupefacta, pensando entre sí: ¿será acaso -alguna princesa? - -El castellano salió, tomó su carabina, mandó á Marta que permaneciese -en la antecámara; dió orden al primer bravo que encontró que se pusiera -de centinela para que ninguna otra persona más que ésta entrara en la -habitación, y después salió del castillo y bajó la pendiente con la -mayor agilidad y precipitación. - -El manuscrito no dice la distancia que había desde el castillo al -pueblo en donde se hallaba el cardenal; pero por los hechos que vamos -á referir, resulta que no debía haber más que un largo paseo. Por -el solo acudir de los lugareños á dicho pueblo, no se podrían sacar -consecuencias, pues que en las memorias de aquel tiempo encontramos -que, de veinte millas y más, corría la gente en tropel para ver al -cardenal Federico. - -Los bravos que acertaban á pasar mientras el Incógnito bajaba, se -paraban respetuosamente, esperando si tenía órdenes que darles, ó si -quería que le siguiesen á alguna expedición, no sabiendo qué pensar de -aquel aire y aquellas miradas con que contestaba á sus saludos. - -Cuando estuvo ya en el camino real, lo que admiraba á los pasajeros era -el verlo sin acompañamiento. Por lo demás, todos le hacían lugar y se -desviaban, dejándole sitio suficiente, no sólo para él, sino también -para su séquito si lo hubiese llevado, y se quitaban respetuosamente -los sombreros. Habiendo llegado al pueblo, lo halló enteramente -cuajado de una inmensa muchedumbre de gentes; pero aun á pesar de esta -circunstancia, su nombre, pasando de repente de boca en boca, bastaba -para que la multitud le abriera paso. Se acercó á uno y le preguntó -en dónde estaba el cardenal. En la casa del cura, le contestó aquél -saludándole, y le indicó cuál era. El señor se dirigió á ella: entró -en un patiecillo, en donde había muchos sacerdotes, los cuales le -miraron con ademán atónito y de desconfianza. Divisó al frente una -puerta abierta que daba entrada á una salita, en donde se hallaban -reunidos otros muchos sacerdotes. Se desembarazó de la carabina y la -dejó en un rincón del patio; después entró en la mencionada salita, -y allí fué también acogido con miradas furtivas, murmullos, su nombre -repetido de boca en boca, concluyendo por guardar un profundo silencio. -Dirigiéndose el Incógnito á uno de ellos, le preguntó dónde se hallaba -el cardenal, porque quería hablarle. - -“Yo soy forastero”, contestó el interrogado; y después de haber echado -una mirada en derredor, llamó á un capellán, familiar del cardenal, el -cual desde un rincón de la sala, estaba justamente diciendo, en voz -baja, á un compañero suyo: “¿Es ése el famoso?... ¿Á qué vendrá aquí? -¡Aparta!” No obstante, al llamamiento que resonó en medio del silencio -general, se vió precisado á acudir. Saludó al Incógnito, escuchó su -pregunta, y levantando la vista con una curiosidad inquieta sobre aquel -rostro, y bajándola en seguida, permaneció allí un poco como aturdido, -y después dijo, ó más bien balbuceó: “No sé si monseñor ilustrísimo... -en este instante se encuentra... éste... pueda... Bien: voy á ver”. Y -se dirigió de muy mala gana á la vecina estancia, en la cual se hallaba -el cardenal. - -Llegados á este pasaje de nuestra historia, no podemos menos de -detenernos un poco, como el caminante fatigado y triste, á causa de -un largo viaje por un terreno árido y escabroso, se recrea y pierde -un poco de tiempo á la sombra de un frondoso árbol, sobre la yerba, ó -al lado de una cristalina fuente de agua viva. Nos hemos encontrado -con un personaje, cuyo nombre y recuerdo, presentándose á la mente en -cualquier tiempo que sea, le causan una emoción tranquila de respeto -y un agradable sentimiento de simpatía. Pero ¿cuánto más dulce es -dicho sentimiento, después de tantas imágenes dolorosas, después de la -contemplación de tanta perversidad? Es absolutamente indispensable que -nosotros digamos cuatro palabras tocante al expresado personaje; los -que no deseen oirlas y quieran sin embargo saber la continuación de la -historia, que salten en derechura al capítulo siguiente. - -Federico Borromeo, nacido en el año de 1564, fué uno de esos hombres -raros en todo tiempo, que han empleado un esclarecido talento, todos -los recursos de una opulenta fortuna, todas las ventajas de una -condición privilegiada, una aplicación continua en buscar y practicar -el bien. Su vida es como un arroyuelo que, naciendo límpido de la -roca, sin estancarse ni enturbiarse jamás en un largo curso por -diversos terrenos, va á echarse límpido al caudaloso río. En medio -de los placeres y la magnificencia, se dedicó desde su más tierna -infancia á esas palabras de abnegación y de humildad, á esas máximas -sobre la vanidad de los goces, sobre la injusticia del orgullo, sobre -la verdadera dignidad y verdaderos bienes que, comprendidos ó no por -los corazones, son trasmitidos de generación en generación, siendo -la doctrina fundamental de la religión. Se aplicó, repito, á esas -palabras, á esas máximas; las adoptó formalmente, las gustó, las halló -verdaderas, reconoció que no podía haber verdad en las palabras y -máximas opuestas que se trasmiten también de una en otra generación con -la misma perseverancia, y tal vez por los mismos labios, y se propuso -tomar por norma de sus acciones y de sus pensamientos las que eran -realmente verdaderas. Persuadido que la vida no es para el mayor número -más que una pesada carga, y un placer para algunos pocos, pero de cuya -inversión es indispensable dar cuenta, empezó á pensar desde niño cómo -podría hacer la suya útil y santa. - -En el año 1580 manifestó la resolución de consagrarse al ministerio -eclesiástico, y recibió el hábito de manos de su primo Carlos[2], á -quien la fama ya universalmente y desde largo tiempo proclamaba santo. -Poco después entró en el colegio fundado por éste en Pavía, y que -lleva todavía el nombre de la familia; y aplicándose con asiduidad á -las ocupaciones que estaban prescritas, se impuso además otras dos -voluntariamente, siendo la una el enseñar la doctrina cristiana á los -más pobres é ignorantes, y la otra el visitar, servir, consolar y -socorrer á los enfermos. - -Se valió de la autoridad que tenía en aquel paraje para atraer á sus -compañeros á secundarle en dichas buenas obras; ejerció en todo lo que -era honesto y provechoso como una primacía de ejemplo, una primacía -que hubiera obtenido sólo por sus dotes personales, aunque hubiese -pertenecido á la más ínfima clase. Las ventajas de otro género que su -cuna le hubiera podido procurar, lejos de buscarlas, hizo un estudio -particular en esquivarlas. Quiso que su mesa fuera más mezquina que -frugal, sus vestidos más bien pobres que sencillos, y conforme á -esto todo lo demás, al tenor de su persona ó modo de vivir. No se -creyó jamás precisado á mudarlos, aun cuando algunos de sus parientes -ponían el clamor en el cielo, y se quejaban de que de semejante modo -deshonraba la dignidad de la casa. Tuvo también que sostener una -guerra con sus maestros, los cuales furtivamente, y como por sorpresa, -procuraban ponerle delante, detrás, á los lados, objetos más ricos, -ciertas cosas que lo distinguiesen de los demás, y le hiciesen parecer -como el príncipe del lugar donde se hallaba. Esto lo hacían tal vez -porque creerían que andando el tiempo podrían sacar algún partido -granjeándose su voluntad, ó acaso también movidos por esa bajeza servil -que se envanece y se recrea en el esplendor de otros, ó bien porque -fuesen de esos hombres prudentes que se asombraban tanto de la virtud -como del vicio, y proclaman siempre que la perfección conste en un -buen medio, y este medio lo fijan justamente en el punto donde ellos se -encuentran á su comodidad. Federico, en vez de dejarse vencer por tales -tentativas, reprendía á los que las hacían, y esto en una edad tierna, -á saber, entre la pubertad y la juventud. - -Que viviendo el cardenal Carlos, que le llevaba veintiséis años, -en presencia de una persona tan imponente, y por decirlo así, tan -solemne, rodeado de homenajes y respeto, realzado por un tan gran -renombre, marcado al propio tiempo con señales de santidad, Federico, -niño todavía, procurase conformarse á las maneras y modo de pensar -de tal superior, no es ciertamente una cosa que admire; pero lo que -sorprende más es que después de la muerte de tan santo varón, nadie -pudo apercibirse de que Federico, el cual contaba apenas veinte años, -estuviese privado de un guía y un censor. El ruido siempre creciente -de sus talentos, de su instrucción y piedad, el parentesco y los -influjos de más de un poderoso cardenal, el crédito de su familia, -su mismo nombre, al cual el cardenal Carlos había adherido en los -ánimos una idea de santidad y de preeminencia, todo lo que debe y -puede conducir los hombres á las dignidades eclesiásticas, concurría -á pronosticárselas. Pero él, persuadido en el fondo de su corazón, -y un buen cristiano no lo puede negar, persuadido de que un hombre -no debe tener una justa superioridad sobre los demás, si no están á -su servicio, temía las dignidades y trataba de eludirlas; no porque -huyese de servir á los otros, pues pocas existencias se ocuparon en -esto tanto como la suya, sino porque no se consideraba bastante digno -ni con suficiente capacidad para tan importante y peligroso servicio. -Por esto, siendo en el año 1595 propuesto por Clemente VIII para el -arzobispado de Milán, se le vió sumamente agitado y rehusó sin titubear -este cargo; mas luego cedió á causa de una orden expresa y terminante -del Papa. - -Semejantes demostraciones no son difíciles ni raras. ¿Quién no sabe -esto? La hipocresía no tiene necesidad de grandes esfuerzos de ingenio -para hacerlas, y la bufonería para burlarse de ellas á buena cuenta y á -cada paso. Mas, ¿dejan por ventura por esto de ser la expresión natural -de un sentimiento virtuoso y sabio? La vida es la piedra de toque de -las palabras; y las palabras que expresan dicho sentimiento, aunque -pasen por los labios de todos los impostores y bufones del mundo, -serán siempre bellas cuando vayan precedidas y seguidas de una vida de -desinterés y de sacrificio. - -Federico, una vez fué arzobispo, hizo un estudio particular y continuo -de no tomar para sí más riquezas, más tiempo, más cuidados, ni nada -más en fin, que lo estrictamente necesario. Decía, como todos -dicen, que las rentas eclesiásticas son el patrimonio de los pobres; -ahora vamos á ver cómo ponía en práctica semejante máxima. Quiso -que se apreciase á cuánto podía ascender su manutención y la de su -servidumbre; y habiéndosele dicho que unos seiscientos escudos (escudo -se llamaba entonces á la moneda de oro que, quedando siempre con el -mismo peso y nombre, fué después llamada zequí), dió orden para que -todos los años se sacasen otros tantos de su caja particular, para la -de la mensa, no creyendo que á él, siendo tan rico, le fuera lícito -vivir con aquel patrimonio. Era tan escaso y minuciosamente económico -para sí mismo, que procuraba no quitarse un vestido hasta que estuviese -muy usado, uniendo, sin embargo, según fué notado por los escritores -contemporáneos, á la costumbre de una extremada sencillez, la de una -limpieza esmerada, dos circunstancias remarcables en aquel tiempo de -desaseo y despilfarro. Hizo más: á fin de que no se desperdiciase nada, -dispuso que las sobras de su frugal mesa se dieran á un hospicio, y -uno de los pobres del expresado establecimiento entraba todos los días -por orden suya al comedor á recoger todo lo que había quedado. Estos -pequeños cuidados acaso podrían inducir á formar el concepto de una -virtud avara y miserable, de un espíritu entregado á minuciosidades -é incapaz de elevados designios, si no atestiguase lo contrario esa -biblioteca ambrosiana que aún existe en el día, la cual proyectó -con tan animosa magnificencia y erigió con tantos dispendios. Para -proveerla de libros y manuscritos, además del regalo que hizo de los -que él mismo había compilado con grande estudio y enormes gastos, envió -ocho individuos, los más hábiles é instruidos que pudo hallar, con el -objeto de hacer compras por Italia, Francia, España, Alemania, Flandes, -Grecia y al monte Líbano, en Jerusalén. De este modo logró reunir cerca -de treinta mil volúmenes impresos y catorce mil manuscritos. Añadió á -la biblioteca un colegio de doctores (fueron nueve, pensionados por -Federico mientras vivió; después, no siendo suficientes las entradas -ordinarias para semejante gasto, quedaron reducidos á dos), y su oficio -era cultivar varios ramos de conocimientos humanos, como la teología, -la historia, las bellas letras, las antigüedades eclesiásticas y las -lenguas orientales, con la obligación cada uno de ellos de publicar -algún trabajo sobre la materia que les estaba señalada; añadió, -igualmente, un colegio llamado por él _Trilingüe_, para el estudio de -las lenguas griega, latina é italiana; un colegio de alumnos, á quienes -se instruía en las mencionadas facultades y lenguas para que ellos -llegasen también á enseñarlas algún día; estableció allí mismo una -imprenta para las lenguas orientales, esto es, para el hebreo, caldeo, -árabe, persa y armenio; una galería de pinturas, otra de escultura, y -una escuela de las tres principales artes del dibujo. - -Para esto encontró fácilmente profesores ya formados; para lo demás, -sabemos qué de trabajos le habían costado el hallar los libros y -manuscritos. Pero los caracteres de las mencionadas lenguas, mucho -menos cultivadas en Europa que lo están en el día, eran ciertamente -muy difíciles de hallar; y mucho más todavía que los caracteres, los -profesores. Bastará decir, que de nueve doctores sacó ocho de entre -los jóvenes alumnos del seminario, juicio enteramente conforme al -que parece haber traído la posteridad, que ha condenado á unos y á -otros al olvido. En las reglas que planteó para el uso y gobierno de -la biblioteca, se trasluce una intención perpetua de utilidad, no -solamente bella en sí misma, sino sabia y bien entendida; y en muchas -partes, sobrepujando á las ideas y costumbres ordinarias de aquel -tiempo. Prescribió al bibliotecario que mantuviese correspondencia con -los hombres más doctos de Europa, para que le pusieran al corriente -del estado de las ciencias, y le diesen aviso de los mejores libros -extranjeros de todo género que salieran á luz, y que tratara de -adquirirlos: encargóle también, que indicase á los que quisieran -estudiar, las obras que podrían serles útiles, y ordenó que ya fuesen -nacionales, ya extranjeros, se les diese todo el tiempo y comodidad -posibles para servirse de ellas según la necesidad. Tal intención debe -parecer al presente muy natural, y aun inherente á la fundación de -una biblioteca; mas sin embargo, en aquella época no era así. En una -historia de la biblioteca Ambrosiana, escrita con la mira de utilidad y -con la elegancia propia del siglo, por un tal Pierpaolo Bosca, que fué -bibliotecario después de la muerte de Federico, se nota expresamente -como cosa muy singular, que en dicha biblioteca, fundada por un -particular y casi toda á sus expensas, los libros estaban expuestos á -la vista del público, eran llevados por cualquiera que los pedía, dando -también á todo el mundo sillas para sentarse, papel, plumas y tinta -para tomar apuntaciones, mientras que en todas las grandes bibliotecas -de Italia, no sólo no estaban visibles los libros, sino que también -estaban cuidadosamente cerrados en los armarios: jamás salían de ellos, -á no ser que los bibliotecarios se dignasen, por condescendencia, á -manifestarlos por un instante: respecto á facilitar á los concurrentes -las comodidades indispensables para estudiar, no se tenía una idea -siquiera. De modo que enriquecer semejantes bibliotecas, era sustraer -los libros al uso común; esto era un modo de cultivar que había -entonces, y hay todavía, que vuelve estériles los campos. - -No vayáis ahora á preguntar cuáles han sido los efectos de la fundación -de Borromeo sobre la instrucción pública: sería fácil demostrarlo en -dos palabras, del mismo modo que se demuestra que fueron prodigiosos -ó que fueron nulos. Buscar y explicar hasta cierto punto cuáles -hayan sido verdaderamente, sería cosa muy pesada, de poca utilidad -y extemporánea. Pero imaginaos qué generoso, qué ilustrado, qué -benévolo, qué amigo tan perseverante de las mejoras humanas debió -haber sido el que pudo querer semejante cosa, que la quiso así, que la -puso en ejecución en medio de aquella inercia, de aquella antipatía -general para toda aplicación estudiosa, y por consecuencia en medio -de los ¿qué importa?... ¡otras cosas hay en qué pensar!... ¡Oh, bella -invención!... ¡No faltaba más que ésta!... y otras mil cosas por el -estilo. Seguramente, los propósitos debieron ser más números aún que -los escudos que gastó en la empresa, y eso que no bajaron de quinientos -mil. - -Para dar á un hombre semejante el título de benéfico y liberal en el -más alto grado, puede parecer que no sea preciso saber si gastó mucho -dinero en socorrer inmediatamente á los necesitados: hay mucha gente -que opina, que los gastos de este género (iba á decir todos los gastos) -constituyen la mejor y más útil limosna. Mas en la opinión de Federico, -la limosna, propiamente dicha, era un deber esencial; y en esto, -como en lo demás, sus acciones estuvieron de acuerdo con su opinión. -Su vida fué una larga y perpetua limosna; y á propósito de aquella -misma carestía, de la cual nuestra historia ha hablado ya, tendremos -dentro de poco ocasión de referir algunos rasgos que harán ver cuánta -sabiduría y generosidad supo prestar aun á sus liberalidades. De -los muchos ejemplos singulares que de una tal virtud han descrito -sus biógrafos, no citaremos más que uno solo. Habiendo cierto día -llegado á su conocimiento que un noble usaba de mil artificios y malos -tratamientos para obligar á una de sus hijas á ser religiosa, que -deseaba más bien casarse, hizo llamar al padre; y habiéndole arrancado -que el verdadero motivo de semejante tiranía era el no tener cuatro mil -escudos, cuya cantidad, á su parecer, hubiera sido necesaria para casar -á su hija convenientemente, Federico la dotó con cuatro mil escudos. -Esto acaso parecerá á alguno una largueza excesiva, mal entendida, -demasiado condescendiente con los tontos caprichos de un orgulloso, y -que cuatro mil escudos podían ser mejor empleados de otras mil maneras; -á la cual nada tenemos que responder, sino que sería de desear que -se viesen con frecuencia tales excesos de una virtud tan libre de -opiniones dominantes (cada época tiene las suyas), tan independientes -de la tendencia general, como lo fué en este caso la que movió á un -individuo á dar cuatro mil escudos para que una joven no se viese -forzada á ser religiosa. - -La caridad inagotable de aquel hombre resplandecía no menos en su -continente que en sus larguezas. De fácil acceso para todo el mundo, -creía deber manifestar un semblante jovial, una cortesía afectuosa á -aquellos á quienes llaman de baja condición, tanto más, cuanto que -éstos encuentran pocos en el mundo. Y en este punto tuvo que combatir -con los caballeros del _ne quid nimis_[3]. Un día que en una de sus -visitas á un país montañoso y salvaje, Federico instruía á unos pobres -niños, y en un momento de descanso los acariciaba amistosamente con -la mano, uno de esos nobles de que acabo de hablar, le advirtió que -usara más miramiento en hacer caricias á aquellos muchachos, porque -estaban demasiado sucios y asquerosos, como si hubiera supuesto el buen -hombre que Federico no poseía bastante sentido común para conocerlo, -ó la suficiente penetración para adivinar lo que se ocultaba bajo -semejante consejo. Tal es la desgracia de los hombres constituidos en -dignidad, que mientras que las gentes que les adviertan de sus faltas -son muy raras, se encuentran multitud de personas atrevidas que les -reprenden el bien que hacen. Pero el buen obispo respondió, no sin -algún resentimiento: Son almas encomendadas á mi custodia; acaso no me -volverán á ver nunca más; ¡y no queréis que los abrace! - - -Sin embargo, el resentimiento era bien raro en él, estimado como era -por su tranquilidad de espíritu, por la dulzura de su genio, que se -hubiera atribuido á una felicidad extraordinaria de temperamento, y -sólo era, sin embargo, el efecto de una lucha constante contra una -índole pronta y viva. Si alguna vez se mostró severo y brusco, fué con -sus subordinados, culpables de avaricia y negligencia, ú otros vicios -diametralmente opuestos al espíritu de su noble y santo ministerio. -Por todo lo que podía tener alguna relación con sus intereses, ó á su -gloria temporal, no daba jamás señales de alegría, pesar, ardor ni -agitación: admirable en efecto si estos movimientos no se presentaban -á su espíritu, más prodigioso todavía si se presentaban. No sólo en un -gran número de cónclaves, á los cuales asistió, se atrajo el concepto -de no haber aspirado jamás al puesto que ocupaba, tan envidiado por -la ambición y tan terrible para la verdadera piedad, sino que una vez -uno de sus colegas más eminentes fué á ofrecerle su voto y el de su -facción (palabra muy fea, pero era la que usaban): Federico rehusó esta -proposición tan resueltamente, que aquél renunció á su idea, y volvió -sus miras á otra parte. Esta misma modestia, esta aversión á dominar, -aparecía igualmente en todas las ocasiones más ordinarias de su vida. -Atento é infatigable á disponer, á gobernar lo que él juzgaba que era -un deber suyo el hacerlo, huyó siempre de entrometerse en los negocios -de otros; aun cuando se reclamase su intervención, se defendía con todo -su poder; discreción y comedimiento poco comunes en los hombres tan -celosos del bien, como lo era Federico. - -Si quisiéramos abandonarnos al placer de recoger los rasgos notables -de su carácter, resultaría seguramente una mezcla singular de méritos -opuesta en apariencia, y que á la verdad es difícil encontrar -reunidos; sin embargo, no omitiremos el señalar una particularidad de -aquella hermosa existencia: llena como fué de actividad, de cuidados -importantes, de funciones, de enseñanza, de audiencias, de visitas -diocesanas, de viajes, de controversias, no sólo el estudio tuvo su -parte, sino que tuvo tanta, que hubiera bastado á un literato de -profesión. Efectivamente, además de muchos títulos dignos de alabanza, -Federico obtuvo también, entre sus contemporáneos, el de hombre docto. - -No debemos, con todo, disimular que adoptó con una firme persuasión y -que sostuvo con una larga constancia ciertas opiniones, que hoy día -parecerían á todos más bien extrañas que mal fundadas aun á los mismos -que tuviesen deseos de hallarlas justas. Si se le quisiera defender -acerca de dicho punto, se tendría esta excusa tan corriente y recibida, -que eran errores de aquella época más bien que suyos; excusa que cuando -resulta del examen particular de los hechos, puede tener algún valor y -significar alguna cosa; pero cuando se aplica en general y enteramente -á ciegas, nada vale absolutamente. Sin embargo, como no queremos -resolver por medio de simples fórmulas cuestiones complicadas, ni -alargar demasiado un episodio, nos abstendremos también de exponerlos. -Bástanos haber indicado de paso, que estamos lejos de pretender, que -en un hombre tan admirable en conjunto, lo fuese igualmente en todo, -porque tenemos miedo que se nos diga hemos querido escribir una oración -fúnebre. - -No es ciertamente hacer una injuria á nuestros lectores, el suponer -que alguno de ellos pregunte, si un hombre tan sabio y tan estudioso -no ha dejado por ventura algún monumento. ¡Sí lo ha dejado! Las obras -que han quedado de Federico, grandes y pequeñas, latinas é italianas, -impresas y manuscritas, llegan á más de ciento, las cuales se conservan -en la biblioteca fundada por él: tratados de moral, de oraciones, -disertaciones sobre la historia, antigüedades sagradas y profanas, -literatura, bellas artes y otras muchas. - -¿Y cómo, pues, dirá el lector, tanta diversidad de obras están -condenadas al olvido, ó á lo menos son tan poco conocidas, tan poco -buscadas? ¿Cómo, pues, con tanto ingenio, con tanto estudio, con tanta -experiencia de los hombres y de las cosas, con tanto meditar, con una -tan viva pasión por lo bueno, con un alma tan candorosa, con todas -estas cualidades que forman al grande escritor, ese hombre en cien -obras no ha dejado tan siquiera una sola de las que son reputadas -insignes por los mismos que no las aprueban del todo, y conocidas por -el título aun de aquellos que no las leen? ¿Cómo, pues, todas juntas -no son suficientes, á lo menos por su número, para dar á su nombre una -fama literaria que llegue hasta nosotros, que para él constituimos la -posteridad? - -La demanda es razonable, sin duda, y el debate muy interesante. Las -causas de este fenómeno no se encuentran; sería preciso hallarlas en -una multitud de hechos generales. Encontrados que fueran, conducirían -á la explicación de muchos otros fenómenos semejantes, pero serían -numerosos y prolijos; ¿y después si os agradasen?, ¿si os hiciesen -arrugar el entrecejo? Vamos; lo mejor será que volvamos á tomar el -hilo de nuestra historia, en vez de parlotear más tiempo acerca del -mencionado personaje; y vamos á verle obrar, guiados por nuestro autor. - - - NOTAS: - -[2] S. Carlos Borromeo. - -[3] Nada de más. - - - - - CAPÍTULO QUINTO - - -Mientras que el cardenal Federico esperaba la hora de ir á la iglesia á -celebrar los divinos oficios, y se entretenía en estudiar, como tenía -de costumbre en sus ratos de ocio, entró el familiar con aire inquieto -y turbado. - ---Una extraña visita; extraña en verdad, monseñor ilustrísimo. - ---¿Quién es?, preguntó el Cardenal. - ---Nada menos que el señor ***, replicó el capellán, y apoyándose en cada -sílaba con ademán significativo, pronunció aquel nombre que nosotros -no podemos decir á nuestros lectores. Luego añadió: Está ahí fuera en -persona, y no pide más que ser introducido á la presencia de vuestra -señoría. - ---¡Él!, dijo el cardenal con semblante animado, cerrando el libro y -levantándose del sitial; ¡que venga, que venga pronto! - ---Pero... replicó el capellán sin moverse; vuestra señoría ilustrísima -debe saber quién es este individuo: aquel desterrado, aquel famoso... - ---Y no es una fortuna para un obispo el que haya nacido en un hombre -semejante la voluntad de venir á encontrar... - ---Pero... insistió el capellán: nosotros no podemos hablar de ciertas -cosas, porque monseñor dice que son charlatanerías; mas cuando llega -el caso, me parece que es un deber... El celo le hace á uno cobrar -enemigos, monseñor; y sabemos positivamente que más de un malvado ha -osado vanagloriarse que un día ú otro... - ---¿Y qué han hecho?, interrumpió el cardenal. - ---Digo que ese hombre es un encubridor de delitos, un calavera, que -tiene correspondencia con los calaveras mayores, y que acaso puede ser -enviado... - ---¡Oh!, ¿qué disciplina es ésta?, interrumpió el cardenal con una -sonrisa. ¡Qué! ¿Los soldados exhortan al general á tener miedo? Luego -con aire grave y pensativo replicó: San Carlos no hubiera deliberado un -momento si debía recibir á semejante hombre; hubiera ido á buscarlo en -seguida. Hacedlo entrar al instante: demasiado ha esperado ya. - -El capellán salió, diciendo entre sí: No hay remedio; todos estos -santos son obstinados. - -Abrió la puerta, y habiéndose presentado en la estancia donde se -encontraba el señor y la gente reunida, vió á ésta retirada á un -lado, ocupada en cuchichear y mirar de reojo á aquél, abandonado y -enteramente solo en otro extremo. Se encaminó hacia él, y mientras lo -miraba según podía con el rabo del ojo, estaba pensando qué diablo de -armas podía llevar ocultas bajo aquel traje. Verdaderamente, antes de -introducirlo hubiera debido, á lo menos, proponerle... mas no pudo -resolverse á ello... Se le acercó, y dijo: “Monseñor aguarda á vuestra -señoría: hacedme el obsequio de venir conmigo”. Y precediéndolo en -medio de aquella pequeña multitud que de súbito se abrió dejando paso, -echaba á derecha é izquierda ciertas miradas, las cuales significaban: -¿Qué queréis?, ¿no sabéis vosotros tan bien como yo que ese buen señor -hace siempre lo que se le antoja? - -Apenas el Incógnito fué introducido, cuando Federico le salió al -encuentro, con semblante alegre y sereno, con los brazos abiertos, -como á una persona que esperaba con ansia, y en seguida hizo seña al -capellán que saliese: éste obedeció. - -Los dos permanecieron por espacio de algún tiempo sin hablar, y -diversamente indecisos. El Incógnito, que había sido llevado allí -como á la fuerza, por un delirio inexplicable, más bien que conducido -por un determinado designio, estaba como violentado, desgarrado por -dos pasiones opuestas: experimentaba á la vez el deseo, la esperanza -confusa de encontrar un alivio en sus tormentos interiores, y por -otra parte una cólera, una vergüenza de llegar á aquel sitio como -vencido por el arrepentimiento, como un súbdito, como un miserable -para confesarse culpable, para implorar á un hombre; él no encontraba -palabras, ni tampoco casi las buscaba. Sin embargo, alzando los ojos -hacia el rostro de aquel hombre, se sentía cada vez más sobrecogido -por un sentimiento de respeto suave, irresistible, que aumentando la -confianza, mitigaba el despecho, y sin hacer frente al orgullo, lo -hacía alejarse y le imponía silencio. - -La presencia de Federico era en efecto de aquellas que anuncian -cierta superioridad. Su porte era naturalmente modesto y casi -involuntariamente majestuoso, no encorvado ni destruido por los años; -su mirada era grave y viva, la frente serena y pensativa; en la -blancura de sus cabellos, en la palidez de su semblante, al través de -las huellas de la abstinencia, de la meditación, de la fatiga brillaba -un cierto no sé qué de virginal: todos los rasgos de su semblante -indicaban que en otro tiempo había sido dotado de lo que con más -propiedad llamamos belleza; el hábito de los pensamientos solemnes y -benévolos, la paz interna de una larga vida, el amor hacia los hombres, -la alegría continua de una esperanza inefable, habían sustituido una, -si así podemos decirlo, hermosura de anciano, que sobresalía todavía -más en medio de la magnífica sencillez de la púrpura cardenalicia. - -El cardenal tuvo un momento fija sobre el Incógnito su mirada -penetrante y ejercitada en leer los pensamientos de los hombres en -su semblante, y bajo aquel aire sombrío y turbado, creyó descubrir -alguna cosa que estaba conforme con la esperanza que había concebido al -primer anuncio de semejante visita. ¡Oh!, exclamó con voz animada; ¡qué -preciosa visita es ésta para mí! ¡Cuán agradecido debo estaros por tan -buena resolución, aunque para mí tenga cierto aire de reproche! - ---¡Reproche!, exclamó el señor atónito, pero tranquilo por aquellas -palabras y suaves maneras, como también satisfecho de que el cardenal -hubiese roto la valla y entablado la conversación. - ---Ciertamente es para mí un reproche, replicó éste, el haber dejado -prevenirme por vos. ¡Cuántas veces y cuánto tiempo hace, que hubiera -podido, que yo hubiera debido ir á buscaros! - ---¡Á mí, vos!, ¿sabéis quién soy yo?, ¿os han dicho verdaderamente mi -nombre? - ---¡Ah!, este consuelo que yo experimento y que á la verdad se -manifiesta en mi semblante, ¿os parece que yo lo hubiera sentido al -anuncio, á la vista de un desconocido? Vos sois el que me lo habéis -hecho experimentar; vos, repito, á quien debería haber ido á buscar; -vos, á quien tanto he amado y compadecido, y por el cual tanto he -rogado; vos, aquel de mis hijos, que sin embargo los amo á todos de -corazón, aquel de mis hijos á quien más hubiera deseado acoger y -abrazar si yo lo hubiese creído posible. Pero Dios solo sabe obrar -milagros, y suple á la debilidad, á la lentitud de sus miserables -servidores. - -El Incógnito permanecía admirado á aquella acogida tan ardiente, á -aquellas palabras que respondían tan resueltamente á lo que él no había -dicho todavía, ni estaba determinado á decir. Conmovido y bastante -turbado, guardaba el más profundo silencio. - ---¡Pues cómo!, replicó aún más afectuosamente Federico: ¿tenéis una -buena noticia que darme, y me la hacéis esperar tanto? - ---¡Una buena noticia, yo! Tengo el infierno en el corazón ¡y vendría á -daros una buena noticia! Decidme vos si lo sabéis, ¿cuál es esta buena -noticia que esperáis de un hombre como yo? - ---Que Dios ha tocado vuestro corazón y quiere haceros suyo, respondió -el cardenal con la mayor calma. - ---¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡Si yo lo viese! ¡si yo lo sintiese! ¿en dónde -está ese Dios? - ---¡Vos me lo preguntáis, vos! ¿y quién más que vos lo tiene tan cerca? -¿No lo sentís en vuestro corazón, que os oprime, que os agita, que no -os deja un momento de reposo, y que al mismo tiempo os atrae, os hace -presentir una esperanza de tranquilidad, de consuelo, de un consuelo -que está lleno, inmenso, tan pronto como vos lo reconozcáis, lo -confeséis y lo imploréis? - ---¡Oh! sí, sí; yo tengo aquí alguna cosa que me oprime, que me devora. -Pero, ¡Dios!... si es ese Dios, ése que decís, ¿qué queréis que haga de -mí? - -Estas palabras fueron pronunciadas con acento de desesperación: mas -Federico, con tono solemne y como de plácida inspiración, respondió: -“¿Qué cosa puede hacer Dios de vos? ¿qué es lo que quiere hacer? una -señal de su poder y de su bondad: quiere recabar de vos una gloria -que ningún otro pudiera darle. Vos, contra quien el mundo grita hace -tanto tiempo; vos, contra quien mil y mil voces se levantan y cuyos -hechos detestan... (El Incógnito se estremeció y permaneció un momento -estupefacto al oir aquel lenguaje tan insólito, más estupefacto -todavía de no experimentar ni un átomo de cólera, y de encontrar al -mismo tiempo casi una especie de consuelo). ¡Cuánta gloria, prosiguió -Federico, no reportará á Dios! Ésos son gritos de terror, son gritos de -interés; quizá también gritos de justicia, pero ¡de una justicia tan -fácil, tan natural! Entre los que os acusan, los hay á quienes anima la -envidia de ese desgraciado poder que habéis ejercido, de esa deplorable -seguridad de ánimo que habéis conservado hasta hoy. Pero cuando vos -mismo os levantaréis para condenar vuestra vida y para acusaros, -entonces, ¡oh, entonces Dios será glorificado! ¿Y preguntáis lo que -Dios puede hacer de vos? ¿Quién soy yo, criatura indigna, para deciros -qué provecho puede sacar Dios en adelante de vos, el que puede hacer de -esta voluntad impetuosa, de esta imperturbable constancia, cuando la -haya animado, enardecido con su amor, de esperanza y arrepentimiento? -¿Quién sois vos, pobre mortal, que habéis pensado ejecutar cosas más -grandes por medio del mal, que Dios no puede hacer que hagáis y deis -cumplimiento por medio del bien? ¿Lo que Dios puede hacer de vos? ¿Y -perdonaros, salvaros? ¿Y consumar en vos la obra de la redención? ¿No -son acaso cosas magníficas y dignas de él? ¡Oh, mirad si yo, humilde -pecador; si yo tan miserable, y sin embargo tan lleno de mí mismo; si -yo, tal cual soy, me regocijo de vuestra salvación, que para asegurarla -daría con alegría (el Señor me es testigo) estos pocos días que me -restan de vida! ¡Oh, juzgad cuánta debe ser la caridad de ese Dios -que me infunde una tan viva, aunque tan imperfecta; y cuánto os ama, -cuánto os quiere, él que me ordena y me inspira hacia vos un amor que -me abrasa!” - -Á medida que estas palabras salían de sus labios, su semblante, sus -miradas, cada uno de sus movimientos expresaba lo que sentía. La cara -de su oyente, hasta entonces consternada, convulsa, primeramente -comenzó á aparecer admirada y atenta, luego dejó traslucir una emoción -más profunda y menos angustiada: sus ojos, que desde la infancia no -conocían las lágrimas, se hincharon; cuando Federico dejó de hablar, -aquél ocultó el rostro entre sus manos, y dió rienda suelta al llanto, -que fué como su última y más clara respuesta. - ---¡Dios grande y bueno!, exclamó el cardenal, alzando los ojos y las -manos al cielo: ¡qué he podido yo hacer jamás, servidor inútil, pastor -negligente, para que vos me hayáis llamado á este convite de gracia, -para que me hayáis considerado digno de asistir á un tan agradable -prodigio! Así diciendo, extendió la mano para coger la del Incógnito. - ---¡No!, gritó éste: ¡no, apartaos, apartaos de mí! No manchéis esta -mano inocente y benéfica. No sabéis todo lo que ha hecho esta mano que -queréis estrechar. - ---Dejad, dijo Federico, cogiéndola con dulce violencia; dejad que -estreche esta mano que reparará tantos males, que derramará tantos -beneficios, que aliviará á tantos afligidos, que se extenderá -desarmada, pacífica, humilde á tantos enemigos. - ---¡Esto es demasiado!, dijo sollozando el Incógnito: ¡dejadme, -monseñor!, ¡buen Federico, dejadme! Una multitud de gente reunida os -aguarda con ansia; hay tantas almas puras, tantos inocentes que han -venido desde muy lejos para veros una sola vez, para oiros; y vos os -entretenéis... ¡con quién! - ---Dejemos las noventa ovejas, respondió el cardenal, ellas están -seguras en el monte; al presente quiero permanecer con la que estaba -descarriada. Esas almas están ahora, quizá, más contentas que si viesen -á este pobre obispo. Acaso Dios, que ha obrado en vos un prodigio -de misericordia, infunde á aquéllas alegría, cuya causa no penetran -todavía. Esa multitud está quizá unida á nosotros sin saberlo; acaso -el Espíritu Santo introduce en sus corazones un ferviente ardor de -caridad, les inspira una súplica, que exhala por vos acciones de -gracias, de las cuales sois el objeto aún ignorado. Al decir esto, echó -los brazos al cuello del Incógnito; el cual, después de haber intentado -sustraerse, y resistido un momento, cedió como vencido por aquel ímpetu -de caridad, abrazó á su vez al cardenal, y dejó caer sobre su hombro -su trémulo y demudado semblante. Sus ardientes lágrimas se deslizaban -sobre la púrpura sin mancha de Federico, y las manos puras del obispo -estrechaban afectuosamente aquellos miembros, oprimían aquel traje -habituado á llevar las armas de la violencia y de la traición. - -El Incógnito, desasiéndose de los brazos del cardenal, se cubrió de -nuevo los ojos con las manos, y alzando al mismo tiempo la cabeza, -exclamó: “¡Dios verdaderamente grande! ¡Dios verdaderamente bueno, -ahora me reconozco, comprendo quién soy!, ¡tengo á la vista mis -iniquidades; me horrorizo de mí mismo; y sin embargo... sin embargo, -experimento un consuelo, una alegría, sí, una alegría tal como nunca la -he sentido en todo el trascurso de mi horrible vida!”. - ---Es una gracia, dijo Federico, que Dios os concede para atraeros á su -servicio, para animaros á entrar resueltamente en la nueva vida, en la -cual tanto tendréis que deshacer, tanto que reparar, tanto que lamentar. - ---¡Yo, desventurado!, exclamó el señor: ¡cuántas... cuántas cosas hay, -las cuales no podré hacer más que lamentar! Pero á lo menos hay algunas -que apenas están empezadas, y que yo podré deshacer, y tengo una, -principalmente, que puedo deshacer en seguida, romper, reparar. - -Federico prestó la mayor atención, y el Incógnito refirió sucintamente, -pero con palabras más execrables, más enérgicas, quizá, que nosotros -lo hubiéramos hecho, la violencia cometida con Lucía, los terrores y -padecimientos de la infortunada, el modo con que le había implorado, y -la especie de frenesí que las súplicas de dicha joven había hecho nacer -en su alma, y cómo ella seguía aún en el castillo. - ---¡Ah, no perdamos tiempo!, exclamó Federico, palpitante de piedad y de -solicitud. ¡Bienaventurado vos! Ésta es una prenda del perdón de Dios: -él hace de vos un instrumento de salvación para aquella de quien vos -queríais ser un instrumento de ruina. ¡Dios os ha bendecido!... ¿Sabéis -de dónde es nuestra pobre desgraciada? - -El señor nombró el pueblo de Lucía. - ---No está lejos de aquí, dijo el cardenal: ¡Dios sea loado! y -probablemente... Al hablar así, corrió á una pequeña mesa y tocó una -campanilla. El capellán entró al momento con aire inquieto, y la -primera cosa que hizo fué mirar al Incógnito. Al ver aquella figura tan -descompuesta, aquellos ojos preñados de lágrimas, miró al cardenal, y -al través de aquella modestia, aquella calma inalterable, descubrió -en su semblante como una especie de gran contento, de extraordinaria -solicitud. Hubiera permanecido extasiado y con la boca abierta, si el -cardenal no le hubiese sacado repentinamente de aquella contemplación, -preguntándole, si entre los párrocos reunidos en la otra estancia se -encontraba el de ***. - ---Está efectivamente, monseñor ilustrísimo, respondió el capellán. - ---Hacedlo entrar en seguida, dijo Federico, y con él al párroco de esta -iglesia. - -El capellán salió y se dirigió á la sala en donde los sacerdotes -estaban reunidos. Todas las miradas se fijaron en él, el cual con la -boca siempre abierta, la admiración pintada sobre su rostro, dijo -levantando las manos y agitándolas en el aire: “¡Señor, Señor! _hic -mutatio dexteræ excelsi_”; y permaneció un momento sin añadir nada -más. Después, tomando el tono y la voz correspondientes al encargo que -llevaba, añadió: “Su señoría ilustrísima y reverendísima pregunta por -el señor cura de la parroquia y el señor cura de ***”. - -El primer llamado apareció en seguida, y al mismo tiempo salió, de -entre la multitud, un “¿yo?” tardío y pronunciado con acento de -sorpresa. - ---¿No sois por ventura el señor cura de ***? prosiguió el capellán. - ---Justamente; mas... - ---Su señoría ilustrísima y reverendísima os llama. - ---¿Á mí?, dijo todavía aquella voz, significando claramente en aquel -monosílabo: “¿Qué tengo que hacer allá dentro?”. Pero esta vez el -hombre salió de la multitud juntamente con la voz, no siendo otro que -D. Abundio en persona. Se adelantó con forzado paso y con semblante -entre atónito y disgustado. El capellán le hizo una seña con la mano, -que quería decir: “Vamos, vamos; ¿cuesta esto tanto?”. Y precediendo á -los dos curas, se encaminó hacia la puerta, la abrió y los introdujo. - -El cardenal abandonó la mano del Incógnito, con el cual entretanto -había concertado lo que debían hacer. Se separó un poco de él y llamó -por medio de una seña al cura de la parroquia. Contóle en pocas -palabras el asunto del cual se trataba, y le preguntó si podría -encontrar en seguida una buena señora que quisiese ir en una litera al -castillo para traer á Lucía. Era preciso que fuese una mujer decidida, -caritativa, que supiese gobernarse bien en una expedición tan nueva, y -usar las maneras más convenientes, encontrar las palabras más adaptadas -para reanimar y tranquilizar á aquella infeliz, á quien después de -tantas angustias é inquietudes la idea de su libertad podía causar una -nueva turbación en su alma. - -Después de haber reflexionado un momento, el cura dijo que tenía una -persona á propósito, y dicho esto salió. El cardenal llamó con otra -seña al capellán, á quien ordenó que hiciese preparar una litera y -ensillar un par de mulas. Luego que hubo partido el capellán, se volvió -hacia D. Abundio. - -Éste, que se había ya colocado cerca del cardenal por estar lejos de -aquel otro señor, y que miraba de reojo, tan pronto al uno como al -otro, perdiéndose en conjeturas acerca de lo que podía significar todo -aquello, se adelantó un poco más, hizo una profunda reverencia, y dijo: -“Se me ha significado que vuestra señoría ilustrísima me llamaba; mas -creo que debe haber sido una equivocación”. - ---No es equivocación, respondió Federico; tengo que daros una noticia á -la vez agradable y consoladora, y un encargo dulcísimo. Una de vuestras -feligresas, que habéis llorado como perdida, Lucía Mondella, ha sido -hallada; está aquí cerca, en la casa de este mi estimado amigo que -tenéis presente. Iréis con él y con una señora que el cura de esta -población ha ido á buscar: iréis, repito, al sitio en que se encuentra, -y la acompañaréis aquí. - -D. Abundio hizo todo lo posible para disimular el disgusto, ¡qué -digo!, el tormento, el martirio que le causaba semejante proposición, -semejante mandato. Demasiado adelantado para contener un gesto -desagradable formado ya sobre su rostro, trató de ocultarlo, -inclinándose profundamente en señal de obediencia; y no se levantó -más que para hacer otro pequeño saludo al Incógnito, dirigiéndole -una mirada piadosa que equivalía á decir: “Estoy en vuestras manos, -compadeceos de mí: _parcere subjectis_”. - -El cardenal le preguntó en seguida qué parientes tenía Lucía. - ---No tiene pariente más próximo que su madre, con la cual vivía, -respondió D. Abundio. - ---¿Y ésta se halla en su casa? - ---Sí, monseñor. - ---Ya que, replicó Federico, esa pobre niña no puede por el pronto ir -á su morada, le servirá de un gran consuelo el ver á su madre cuanto -antes: si el señor cura párroco de esta población no llega antes de que -yo vaya á la iglesia, os ruego tengáis á bien decirle que busque un -carruaje ó una cabalgadura, y envíe un hombre de juicio para buscar á -la madre y conducirla aquí. - ---¿Y si fuese yo mismo?, dijo D. Abundio. - ---No, vos no; ya os he suplicado otra cosa, contestó el cardenal. - ---Lo decía, replicó D. Abundio, para disponer á aquella pobre madre: -es una persona muy sensible, y se requiere uno que la conozca, y sepa -comprender su genio, con el objeto de no causarle más mal que bien... - ---Por esto es por lo que os he suplicado que advirtieseis al señor -párroco que escoja una persona á propósito: vos seréis mucho más -necesario en otra parte, respondió el cardenal. Él hubiera querido -decir: “Esa pobre niña tiene necesidad de ver prontamente una figura -conocida, una persona segura en ese castillo, después de tantas horas -de espanto, y en una tan terrible oscuridad acerca del porvenir”. Pero -esto era cosa que no podía decirse claramente delante de aquel tercer -personaje. El cardenal encontró, sin embargo, extraño, que D. Abundio -no lo hubiese entendido con el aire que lo decía, y también que no lo -hubiese pensado por sí propio. La oferta y la persistencia con la cual -se oponía, le parecieron fuera de lugar, lo cual le hizo juzgar que -allí se encerraba algún misterio. Miróle al semblante, y descubrió sin -trabajo el miedo que el pobre cura experimentaba de tener que viajar -con aquel hombre temible, como igualmente el de ser su huésped aunque -fuese por pocos momentos. Quiso disipar enteramente sus temores; y como -no juzgó conveniente llamarlo aparte y hablarle en secreto en presencia -de su nuevo amigo, pensó que el mejor medio era hacer lo que hubiera -hecho sin este motivo; es decir, hablar al Incógnito mismo. Así, D. -Abundio vería por sus respuestas que ya no era un hombre del cual se -pudiese tener miedo. Se aproximó, pues, al señor, y con ese aire de -confianza espontánea que se encuentra en una nueva y fuerte afección, -del mismo modo que en una antigua antipatía, “No creáis, le dijo, que -yo me contente con la visita de hoy: ¿vos volveréis, no es cierto, en -compañía de este digno eclesiástico?” - ---¡Sí volveré! contestó el Incógnito, aun cuando vos lo rehusarais, me -quedaría obstinadamente á vuestra puerta como un mendigo; ¡yo tengo -necesidad de hablaros, de oiros, de veros! En una palabra, ¡tengo -necesidad de vos! - -Federico le tomó la mano, se la apretó, y le dijo: “Favorecednos, pues, -quedándoos á comer con nosotros; así lo espero. Entretanto, voy á rogar -y á dar gracias en compañía del pueblo, y vos id á recoger los primeros -frutos de la misericordia”. - -D. Abundio, á semejantes demostraciones, se parecía á un niño miedoso -que ve acariciar sin temor á un gran perro de presa, con el pelo -erizado, con los ojos sangrientos, famoso por sus mordeduras y por los -terrores que ha causado. El niño ha oído perfectamente decir al dueño -que su perro es un buen animal, dulce, tranquilo, y mientras está -oyendo dichas alabanzas, mira al expresado dueño, y no le contradice -ni aprueba; mira también al perro, y no se atreve á acercarse á él por -miedo de que el buen animal no le enseñe los dientes, aun cuando no -sea más que por vía de juego, ni tampoco osa alejarse por no parecer -cobarde, y dice interiormente: ¡oh, si me encontrase en mi casa! - -El cardenal, que se disponía á salir, teniendo siempre de la mano -y llevando consigo al Incógnito, dió de nuevo una ojeada al pobre -cura, que se quedaba atrás, triste, mortificado, descontento, dejando -entrever, á su pesar, el disgusto que sentía. Juzgando que semejante -desagrado pudiese provenir de que pareciese que era olvidado ó como -abandonado en un rincón, tanto más poniéndole en parangón con un -facineroso tan bien acogido y tan acariciado, volviéndose hacia él se -paró un momento, y con una amable sonrisa le dijo: “Señor cura, vos -habéis permanecido siempre conmigo en la casa de nuestro buen padre; -pero éste... este _perierat, et inventus est_...”. - ---¡Oh, cuánto me alegro! dijo D. Abundio, haciendo al mismo tiempo á -ambos una gran reverencia. - -El arzobispo pasó el primero, empujó la puerta, que fué súbitamente -abierta de par en par por la parte exterior, por dos criados que -estaban colocados uno á un lado y otro á otro, y el admirable cuadro -de aquellos tres personajes tan distintos entre sí, apareció á las -ávidas miradas del clero reunido en aquel paraje. Viéronse aquellos dos -rostros, en los cuales estaba retratada una emoción muy diversa, pero -igualmente profunda: en el aspecto venerable de Federico, la ternura de -reconocimiento, la humilde alegría; en el del Incógnito, una confusión -templada por el contento, un pudor nuevo, una compunción en la cual, -sin embargo, se traslucía todavía el vigor de aquella naturaleza áspera -y salvaje. Y luego se supo, que á más de uno de los espectadores le -había venido á la imaginación este pasaje de Isaías: El lobo y el -cordero irán á pacer juntos á una misma pradera; el león y el buey -comerán en un mismo establo. Detrás de ellos venía D. Abundio, de -quien nadie hizo caso. - -Cuando estuvieron en medio de la estancia, entró por el ángulo opuesto -el ayuda de cámara del cardenal, el cual se acercó para decirle que -había ejecutado las órdenes comunicadas por el capellán; que la litera -y las mulas estaban preparadas, y que únicamente se esperaba á la -señora que el párroco debía conducir. El cardenal le previno que apenas -llegara aquél se viese al momento con D. Abundio, y que en seguida se -pusiese todo á las órdenes de éste y del Incógnito, al cual apretó de -nuevo la mano en ademán de despedida, diciendo: “Os aguardo”. Se volvió -á saludar á D. Abundio, y se dirigió hacia el lado que conducía á la -iglesia. El clero le siguió en buen orden; los dos compañeros de viaje -se quedaron solos en la estancia. - -El Incógnito permanecía recogido en su interior, meditabundo, y al -propio tiempo impaciente por que llegase el momento de ir á aliviar á -su Lucía de sus penas y sacarla de su encierro; porque ella es ahora su -Lucía, pero en muy diverso sentido que lo era la víspera. Su semblante -expresaba una agitación concentrada, que á la espantadiza vista de D. -Abundio, podía parecer fácilmente otra cosa peor. De cuando en cuando -miraba al Incógnito á hurtadillas; bien hubiera querido entablar con -él una conversación amistosa; “pero, ¿qué es lo que debo decirle?, -pensaba entre sí; ¿le diré de nuevo que me alegro? ¡Me alegro! ¿De -qué? ¿De que habiendo sido hasta ahora un demonio, haya tomado la -resolución de llegar á ser un hombre honrado como los demás? ¡Hermoso -cumplido! ¡Bah, bah, bah!, de cualquier modo, por más vueltas que le -dé, las congratulaciones no significarían más que lo dicho. Y después, -¿será cierto que se haya vuelto hombre de bien, así, tan de pronto? ¡Se -hacen tantas demostraciones en este mundo, y por tantas cosas! ¿Qué sé -yo?, algunas veces... ¡Y entretanto es preciso que vaya con él á ese -castillo!... ¡Oh, qué historia, qué historia! ¡Quién me lo había de -haber dicho esta mañana! ¡Ah!, si llego á salir con bien, la señora -Perpetua tendrá que oírme, por haberme impelido aquí á la fuerza, sin -necesidad, fuera de mi curato. ¡Todos los párrocos de las cercanías -acuden, y no es cosa de quedarse atrás, y esto, y meterme en un negocio -de semejante especie! ¡Oh, infeliz de mí! Sin embargo, es preciso decir -algo á este hombre”. Se puso á pensar; y por último, encontró lo que -tenía que decirle. “Jamás hubiera esperado tener la dicha de hallarme -con tan respetable compañía”, é iba abrir la boca, cuando el ayuda de -cámara entró acompañado del cura del pueblo, el cual anunció que la -dama estaba pronta en la litera; y luego se volvió á D. Abundio para -recibir de él la otra comisión del cardenal. D. Abundio desempañó como -pudo su encargo en medio de aquel desorden de ideas, y acercándose -enseguida al ayuda de cámara, le dijo: “Dadme al menos un animal -pacífico; porque, á la verdad, soy muy mal jinete”. - ---Podéis estar tranquilo, respondió el ayuda de cámara con tono de -zumba; es la mula del secretario, que es un literato. - ---Bien..., replicó D. Abundio, y continuó diciendo entre sí: “¡El cielo -me la depare buena!”. - -El señor se había apresurado á ponerse en marcha al primer aviso. -Llegado al umbral, se apercibió de que D. Abundio se había quedado -atrás. Se detuvo para esperarle, y cuando éste llegó precipitadamente -con ademán de pedirle perdón, le saludó y le hizo pasar adelante con -aire cortés y humilde, cosa que tranquilizó algún tanto el espíritu -del pobre atribulado. Mas apenas puso el pie en el patiecillo, vió -otra novedad que le disminuyó un poco aquel pequeño consuelo: divisó -al Incógnito dirigirse hacia un rincón, tomar con una mano su carabina -por la culata, después cogerla con la otra por la correa, y con un -movimiento rápido, como si hiciese el ejercicio, colocarla sobre sus -espaldas. - ---¡Ay, ay, ay!, dijo D. Abundio: ¿qué es lo que querrá hacer con -semejante herramienta? ¡Buen cilicio, bella disciplina de convertido! -¡Y si le viene á la imaginación alguna brutalidad! ¡Oh, qué expedición, -qué expedición! - -Si el señor hubiese podido sospechar apenas qué especie de ideas -pasaban por la mente de su compañero, no se puede decir qué es lo que -hubiera hecho para tranquilizarlo; mas estaba muy lejano de semejante -sospecha; y D. Abundio procuraba no hacer ningún ademán que significase -claramente: “no me fío de vuestra señoría”. - -Llegados á la puerta de la calle, encontraron las dos cabalgaduras -dispuestas: el Incógnito saltó sobre la que le fué presentada por un -palafrenero. - ---¿No tiene ningún vicio?, preguntó al ayuda de cámara D. Abundio, con -un pie puesto en el estribo y el otro apoyado todavía en tierra. - ---Montad y tranquilizaos, porque es un cordero, respondió aquél. D. -Abundio, agarrándose á la silla sostenido por el ayuda de cámara, hace -esfuerzos y más esfuerzos para montar, y por fin lo consigue. - -La litera, que permanecía á algunos pasos delante, arrastrada también -por dos mulas, se puso en movimiento á la voz del conductor, y la -comitiva partió. - -Era preciso pasar por delante de la iglesia, toda llena de gente, -por una plazuela henchida también de gentes del país y forasteros -que no habían podido entrar en aquélla. La gran noticia se había -difundido ya por todas partes, y al aparecer la litera, al divisar -aquel hombre, objeto pocas horas antes de terror y de execración, -y ahora de admirable pasmo, se alzó al través de la multitud un -confuso murmullo como de aplausos; y abriendo paso se apresuraban -todos con la mayor ansiedad á salirle al encuentro para verlo de -cerca. La litera pasó: el Incógnito también; y delante de la puerta -abierta de la iglesia, se quitó el sombrero, é inclinó aquella -frente tan temible hasta las mismas crines de la mula, en medio del -susurro de cien voces que decían: “¡Dios os bendiga!”. D. Abundio -se quitó igualmente su sombrero, se inclinó, y se encomendó á Dios; -mas percibiendo el concierto solemne de sus colegas que cantaban sin -interrupción, experimentó una envidia, una especie de triste ternura, -una desanimación tan grande, la cual no le dejó contener las lágrimas. - -Mas cuando hubieron salido de la población, cuando se hallaron á campo -raso, en medio de las revueltas con frecuencia totalmente solitarias -del camino, un velo aún más oscuro se extendió sobre sus pensamientos. -No tenía otro objeto en el cual posar de una manera segura sus miradas -más que sobre el conductor, el que estando al servicio del cardenal -debía ser verdaderamente un hombre de bien, siendo así que no tenía -facha de bribón. De vez en cuando aparecían viajeros que acudían á ver -al cardenal; su vista era un bálsamo para D. Abundio, pero pasajero; -pues recordaba que se dirigía hacia aquel terrible valle en donde -no se encontraban más que súbditos del amigo: ¡y qué súbditos! Él -hubiera deseado al presente más que nunca entablar conversación con el -Incógnito, tanto para tantearle todavía, como para tenerle propicio; -mas viéndolo tan preocupado y meditabundo, se le pasaban los deseos. -Vióse, pues, obligado á hablar consigo mismo; y he aquí una parte de lo -que el infeliz se dijo en aquella travesía. - -“¿No es una cosa admirable que tanto los santos como los bribones -tengan siempre azogue en las venas; que no se contentan en revolverse, -con apesadumbrarse ellos mismos, sino que quieren meter en danza, si -pueden, á todo el género humano? ¿No es una fatalidad que los más -revoltosos me vengan siempre á encontrar, yo que no busco á nadie, á -cogerme casi por los cabellos para meterme en sus negocios, yo que no -pido otra cosa sino que me dejen vivir tranquilo? ¡Ese malvado, ese -loco de atar de D. Rodrigo! ¿Qué es lo que podría faltarle para ser el -hombre más feliz de este mundo, si él tuviese únicamente un poco de -juicio? Él es rico, joven, respetado, cortejado; su dicha le pesa y es -preciso que vaya á caza de cuidados para sí y para los demás. Podía -poseer el arte de _Michelaccio_: ¡no, Dios mío!, quiere tener el oficio -de molestar á las mujeres, el más loco, el más necio, el más rabioso -oficio de este mundo: podría ir al paraíso en carroza, y quiere ir -á la mansión del diablo á pie cojo. ¡Y éste!... Y diciendo esto lo -miraba, como si hubiese sospechado que él entendiese sus pensamientos. -Éste, después de haber revuelto por sus maldades el mundo de arriba -abajo, al presente lo revuelve con su conversión... ¡Dios quiera que -sea verdadera! Pero mientras, á mí me toca hacer la experiencia... Hay -gente que cuando nace con esta manía, siempre están poseídos del afán -de hacer ruido. ¿Se quiere que uno sea hombre de bien toda su vida, -como yo lo he sido? No señor: se debe descuartizar, asesinar, hacer -mil diabluras... ¡Oh, cuán desgraciado soy!... ¿Y luego, meter tanto -ruido aun para hacer penitencia? Cuando se tienen buenos deseos de -hacerla, se puede practicar en casa tranquilamente sin tanto aparato, -sin incomodar tanto al prójimo... ¡Y su señoría ilustrísima! Salirle -al encuentro con los brazos abiertos, diciéndole, amigo querido, amigo -mío; escuchar sus menores palabras como si le hubiese visto hacer -milagros, tomar de repente una resolución, aprobarlo todo, aplaudir -todo lo que aquél propone; pronto por aquí, pronto por allá. Esto se -llama, según mi pobre entender, una precipitación. ¡Y sin tener ninguna -prenda, sin la menor seguridad poner en sus manos á un pobre párroco! -Esto se llama jugar á un hombre á pares ó nones. Un santo obispo como -él lo es, debe estar tan celoso de sus párrocos, como de las niñas de -sus ojos. Un poco de cachaza, un poco de prudencia, un poco de caridad, -son cosas que pueden, á mi entender, conciliarse con la santidad... ¡Y -si todo esto no fuesen más que apariencias! ¿Quién es capaz de conocer -los designios de los hombres? ¡Y digo, de los hombres como éste! -¡Solamente el pensar que tengo que ir con él á su casa, me horrorizo! -¿Quién sabe las diabluras que puede tener proyectadas allá arriba? -¡Desventurado de mí! Es mejor no pensar en esto. ¿Qué embrollo es -éste de Lucía? Se diría que era una inteligencia con D. Rodrigo: ¡qué -gente ésta! Dios permita todavía que la cosa sea así: pero ¿cómo ha -caído en las garras de ese hombre? ¿quién lo sabe? Éste es un secreto -entre él y monseñor; y no se dignan decirme una palabra siquiera á mí, -que me hacen trotar de semejante modo. Yo no me cuido de saber los -negocios de otro; pero cuando á uno le va el pellejo, tiene derecho de -no ignorar las cosas. Si fuese en efecto para ir á buscar á aquella -pobre criatura, ¡vaya, paciencia! Á pesar de que podía conducirla muy -bien consigo en derechura. Y luego, si en efecto está arrepentido, si -se ha convertido en un santo hombre, ¿qué necesidad tenía de mí? ¡Oh, -qué confusión!... Basta. ¡Plegue al cielo que así sea! Habrá sido una -penosa comisión; pero ¡paciencia! me alegraré por la pobre Lucía; la -infeliz habrá escapado de una buena. ¡Dios sabe lo que ha sufrido! La -compadezco; pero ella ha nacido para causar mi ruina... Á lo menos, si -pudiese leer en el corazón de este hombre y saber lo que piensa! ¿Quién -podrá vanagloriarse de conocerlo? Helo aquí; tan pronto se parece á -S. Antonio en el desierto, tan pronto á Holofernes en persona. ¡Oh -infeliz de mí, cuán desgraciado soy! Vamos; el cielo está obligado á -protegerme, pues yo no me he mezclado en nada por mi capricho”. - -Efectivamente, sobre el semblante del Incógnito veíanse pasar, por -decirlo así, los pensamientos que le agitaban, como se ve en un día -de tempestad á las nubes correr delante del sol, ora dejando escapar -sus deslumbradores rayos, ora oscureciendo el espacio. El ánimo, -aún embriagado por las suaves palabras de Federico, y como rehecho -y rejuvenecido por una nueva vida, se elevaba hacia las ideas de -misericordia, de perdón y de amor; volviendo á caer de nuevo bajo el -peso de aquel terrible pasado, inquieto, agitado, turbulento, buscaba -en su memoria cuáles eran las iniquidades que podía esperar, cuáles -las que podía detener que no estuviesen aún ejecutadas del todo; qué -remedios serían más expeditos y seguros; el modo de cortar tantos -nudos; qué hacer de tantos cómplices: era una verdadera confusión y -aturdimiento esa expedición á la cual corre, esa expedición tan fácil, -que toca ya á su fin, y á la que no va más que con un deseo mezclado -de angustias, atormentado como está por el pensamiento de que aquella -infortunada criatura sufre, ¡ah, Dios sabe cuánto! Ansía que llegue el -momento de libertarla; y entretanto, ¡él es el que la hace padecer! -Cada vez que se presentaban dos caminos, el conductor de la litera -se volvía hacia el Incógnito para saber cuál debía tomar, y éste se -lo indicaba con la mano, haciéndole al propio tiempo señas de que -apresurase el paso. - -Por último, entraron en el valle. ¡En qué estado se hallaba entonces el -pobre D. Abundio! ¡Encontrarse en aquel famoso valle, acerca del cual -había oído referir tan espantosas, tan horribles historias! ¡Aquellos -hombres célebres, la flor de los bravos de Italia; aquellos hombres sin -miedo y sin misericordia, verlos en carne y hueso; tropezar con uno, -dos ó tres á cada revuelta que hacía el camino! Ellos se inclinaban, es -verdad, con respeto ante su señor; pero aquellos rostros bronceados, -aquellos erizados bigotes, aquellos enormes ojazos, que al sentir de -D. Abundio parecían decir: “¿Es necesario ajustar la cuenta á este -sacerdote?...”. El desgraciado estaba turbado hasta tal extremo, que en -un momento de consternación llegó á decirse interiormente: Aun cuando -los hubiera casado, no podía sucederme otra cosa peor. - -Entretanto, avanzaban por un sendero arenoso á lo largo del -torrente. Al frente las miradas no se detenían más que sobre aquellos -terribles, profundos y desiertos precipicios, detrás de los cuales -se hallaba aquella espantosa población, á cuyo lado la más horrible -soledad hubiera sido preferible. Dante no estaba mejor en medio del -_Malebolge_[4]. - -Pasan por delante de la _Malanotte_: los bravos que están á la puerta -saludan respetuosamente al señor, y echan miradas furtivas á su -compañero y á la litera. Ellos no sabían qué pensar: ya la partida del -Incógnito solo al amanecer tenía algo de extraordinario; la vuelta -no lo era menos. ¿Era acaso una presa que conducía? ¿y cómo la había -hecho por sí solo? ¿y de quién podía ser aquella librea? Miraban, -miraban, pero nadie se movía, porque ésta era la orden que el amo les -significaba con su aire y sus miradas. - -Emprenden la subida; llegan por fin á lo alto. Los bravos que se -hallaban en la explanada, y en la puerta, se retiran á un lado y á -otro con el objeto de dejar el paso libre: el Incógnito les manifiesta, -por medio de una seña, que no se muevan; espolea á su cabalgadura, y -pasa delante de la litera; indica al conductor y á D. Abundio que le -sigan; entra primeramente en un patio, luego en otro; se dirige á una -pequeña puerta; detiene por medio de un gesto á un bravo que acudía -á tenerle el estribo, y le dice: “Quédate aquí y no dejes pasar á -nadie”. Se apea, ata con precipitación la mula á una reja, se dirige á -la litera, se acerca á la dama que había descorrido las cortinillas, -y le dice en voz baja: “Consoladla pronto; hacedle comprender que -está libre, en poder de amigos; Dios os lo pagará”. Después, manda al -conductor que abra; luego se aproxima á D. Abundio, y con un semblante -tan sereno como éste no le había visto todavía, ni creía que pudiese -tenerlo nunca, en el cual se pintaba la alegría que experimentaba, de -ver tocar á su fin la buena obra que iba á consumar, le dice también -en voz baja: “Señor cura, no pido que perdonéis la incomodidad que se -os ha causado por mi causa; vos lo hacéis por aquel que recompensa -largamente, y por esa desgraciada”. Esto dicho, cogió con una mano el -morro de la cabalgadura de D. Abundio, y con la otra el estribo, y lo -ayudó para que se apease. - -Aquel rostro, aquellas palabras y aquel ademán, le habían dado la -vida. Lanzó un suspiro que una hora hacía giraba dentro de su pecho -sin poder hallar salida; se inclinó ante el Incógnito, y le contestó -en voz muy baja: “¿Vuestra señoría se burla? ¡Pero, pero, pero!...”, -y aceptando la mano que se le ofrecía de una manera tan cortés, se -deslizó como pudo de su mula. El Incógnito la ató también, y habiendo -dicho al conductor que se quedase allí esperando, sacó una llave del -bolsillo, abrió la puerta, hizo entrar al cura y á la dama, en seguida -entró él, pasó delante, se encaminó hacia una escalerilla, y la subió -en silencio, seguido de sus compañeros. - - - NOTAS: - -[4] Así llama el Dante á su octavo círculo del infierno, en donde este -inmortal poeta coloca á los fraudulentos. Aquellos de nuestros lectores -á quienes sea familiar la lengua italiana, y hayan leído las célebres -obras del sublime autor de la _Divina Comedia_, recordarán estos -magníficos versos, con los cuales empieza el canto XVIII. - - Luogo è in inferno detto Malebolge - Tutto di pietra e di color ferrigno - Come la cerchia che d’intorno il volge &c. - - _N. del T._ - - - - - CAPÍTULO SEXTO - - -Lucía se había levantado apenas, empleando poco tiempo en despertarse -de hecho, separando las confusas visiones de sus sueños, de los -recuerdos é imágenes de aquella realidad tan semejante al funesto -delirio de un enfermo. La vieja se le acercó al instante, y con aquella -voz forzadamente humilde, le dijo: “¡Ah!, ¿habéis dormido? Hubierais -podido dormir en el lecho; bastantes veces os lo dije ayer noche”. Y no -recibiendo contestación, continuó siempre de una manera forzada: “Tomad -un bocado; tened juicio. ¡Uf! ¡Os vais á poner fea! Tenéis necesidad de -comer. Y después, cuando vuelva, la va á tomar conmigo”. - ---No, no; quiero marchar, quiero ir adonde está mi madre. El amo me lo -ha prometido; ha dicho: mañana por la mañana. ¿En dónde está el amo? - ---Ha salido; pero me ha dicho que volverá pronto y que hará todo lo que -vos queráis. - ---¿Ha dicho esto?, ¿lo ha dicho? ¡Bien! Quiero ir adonde está mi madre; -en seguida, en seguida. - -De repente se oye un ruido de pisadas en la vecina estancia, y después -llamar á la puerta. La vieja corre á ella y pregunta: “¿Quién es?”. - ---Abre, le responde dulcemente una voz bien conocida. - -La vieja descorre el cerrojo, el Incógnito empuja suavemente la puerta, -la entreabre, manda á la vieja que salga, introduce en el mismo -instante á D. Abundio y á la buena dama, cierra de nuevo la puerta, -permanece detrás de ella por la parte de afuera, y manda á la vieja á -un extremo lejano del castillo, según había ya enviado también á la -mujer que se hallaba fuera de guardia. Al primer punto de vista, todo -este movimiento y la aparición de personas nuevas, causaron á Lucía -mucho sobresalto y agitación; porque si su situación presente le era -insoportable, todo cambio, sin embargo, era un motivo de sospecha y de -nuevo espanto. Mira; ve á un sacerdote, á una dama; se tranquiliza un -poco, y mira con más atención: ¿es ó no es él? Reconoce á D. Abundio y -permanece con los ojos fijos como vencida por un encanto. La buena dama -se acerca á ella, la saluda, la mira con ademán enternecido, coge sus -dos manos, como para acariciarla y levantarla al mismo tiempo, y luego -le dice: “¡Oh, pobrecita!, venid, venid con nosotros!”. - ---¿Quién sois, pregunta Lucía?, mas sin aguardar respuesta se vuelve -hacia D. Abundio, el cual permanecía de pie, con aire compungido, á dos -pasos de distancia; lo mira fijamente de nuevo, y exclama: ¡Vos!, ¿sois -vos, señor cura? ¿En dónde estamos? ¡Oh, cuán desgraciada soy, estoy -fuera de mí! - ---No, no, repuso D. Abundio: soy yo en efecto; tened ánimo. Mirad; -estamos aquí para llevaros: soy vuestro propio cura, habiendo venido -aquí expresamente, á caballo... - -Lucía, como si hubiese recobrado en un instante todas sus fuerzas, se -enderezó precipitadamente, después fijó aún su mirada sobre aquellos -dos rostros, y dijo: “¿Es, pues, la Madonna la que os ha enviado?”. - ---Creo que sí, dijo la buena dama. - ---Mas, ¿podemos marchar, podemos marchar ya de veras?, replicó Lucía -bajando la voz y con aire tímido é indeciso. ¿Y toda esa gente?... -prosiguió, con los labios contraídos y trémulos de espanto y horror: ¿y -ese señor... ese hombre?... Él me lo había prometido. - ---Aquí está también, el cual ha venido á propósito con nosotros, dijo -D. Abundio, y espera fuera. Marchemos pronto; no hagamos esperar á -semejante sujeto. - -Entonces, aquel de quien se hablaba, empujó la puerta y se dejó ver. -Lucía, que poco antes lo deseaba, no teniendo otra esperanza en el -mundo; ahora, después de haber visto y oído aquellas voces amigas no -pudo reprimir un súbito terror; se estremeció, contuvo su respiración, -se arrimó á la buena dama, y ocultó su semblante en el seno de ésta. Al -aspecto de aquella joven inocente, sobre la cual ya la noche precedente -no había podido fijar su vista, al aspecto de aquella desgraciada que -una larga abstinencia y prolongados sufrimientos habían vuelto pálida, -abatida, inconsolable, se detuvo. Al ver luego aquel movimiento de -terror, bajó los ojos, permaneció todavía un momento inmóvil y mudo; -después, respondiendo á lo que la pobre niña no había dicho: “Es -verdad, exclamó, ¡perdonadme!”. - ---Viene á libertaros, ya no es el mismo hombre; se ha hecho bueno. ¿Ois -cómo os pide perdón?, decía la buena dama al oído de Lucía. - ---¿Se puede decir más? ¡Vamos!, levantad la cabeza, no seáis niña; que -podamos partir al instante, le decía D. Abundio. - -Lucía levantó la cabeza, miró al Incógnito, y al ver aquella frente -baja, aquella mirada confusa y aterrada, presa de un sentimiento -mezclado de esperanza, de reconocimiento y de piedad, dijo: “¡Oh, -monseñor, que Dios os recompense vuestra misericordia!”. - ---Y á vos, cien veces, el bien que me hacéis con estas palabras. - -Diciendo esto, dió una media vuelta, se encaminó hacia la puerta, y -salió el primero. Lucía, enteramente reanimada, con la dama que le -daba el brazo, le siguieron: D. Abundio cerraba la marcha. Bajaron la -escalera y llegaron á la pequeña puerta que daba al patio. El Incógnito -la abrió de par en par, se dirigió á la litera, abrió la portezuela, y -con una especie de cortesía llena de timidez (dos cosas nuevas en él) -sosteniendo del brazo á Lucía, la ayudó á entrar, y después también -á la que debía acompañarla. Enseguida tomó la mula de D. Abundio, é -igualmente le ayudó á montar. - ---¡Oh, qué complacencia!, dijo éste: y montó mucho más ligero que lo -había hecho la primera vez. La comitiva se puso en camino, después -que el Incógnito hubo también montado á caballo. Su cabeza estaba -levantada; su mirada había vuelto á tomar la ordinaria expresión -de mando. Los bravos que encontraba descubrían perfectamente en su -rostro las señales de un vigoroso pensamiento, de una preocupación -extraordinaria; mas no comprendían, no podían ir más allá. En el -castillo nada sabían aún del gran cambio que se había verificado en el -corazón de aquel hombre, y ciertamente ninguno de ellos hubiera podido -llegar á conseguirlo sólo por conjeturas. - -La buena dama se había apresurado á correr las cortinillas de la -litera: en seguida cogió afectuosamente las manos de Lucía, y se -puso á reanimarla por medio de palabras de piedad, de felicitación y -de ternura. Viendo luego cómo, además de la fatiga de tantas penas -sufridas, la confusión y la oscuridad de los sucesos, impedían á la -pobrecita el que experimentara plenamente el contento de su libertad, -le dijo todo lo que pudo hallar de más apto para distraerla, y para -aclarar sus pensamientos le nombró el pueblo adonde iban. - ---¡Sí!, dijo Lucía, la cual sabía que dicho pueblo estaba á poca -distancia del suyo. ¡Ah, Madonna Santísima, os doy mil y mil gracias! -¡Madre mía, madre mía! - ---Nosotros la enviaremos en seguida á buscar, dijo la buena dama, la -cual no sabía que la cosa estaba ya hecha. - ---Sí, sí, Dios os lo recompensará... ¿Y vos quién sois?, ¿cómo habéis -venido?... - ---Nuestro cura me ha enviado, dijo la dama; porque este señor, á -quien Dios ha tocado el corazón (bendito sea él), ha venido á nuestra -población con el objeto de hablar al señor cardenal arzobispo, que ha -ido á visitarnos. Se ha arrepentido de sus horribles pecados, y quiere -mudar de vida; habiendo dicho al cardenal que él había hecho robar á -una pobre inocente, que sois vos, en connivencia con otro, que tampoco -teme á Dios, y del cual el cura no me ha podido decir el nombre. - -Lucía alzó los ojos al cielo. - ---Vos lo sabréis quizá, continuó la dama, bien. Ahora, pues, el señor -cardenal ha pensado que tratándose de una joven, se requería una -persona del mismo sexo para acompañarla, y ha dicho al párroco que la -buscase: éste tan bondadoso ha venido á mí... - ---¡Oh, el Señor recompense vuestra caridad! - ---Figuraos, hija mía, que el señor cura me ha dicho que procurase -tranquilizaros, que tratara de sacaros pronto de la inquietud en que -estabais, y que os hiciese comprender cómo el Señor os ha salvado -milagrosamente... - ---¡Oh, sí!, bien milagrosamente; por intercesión de la Madonna. - ---Me ha dicho igualmente que os animara y aconsejara á perdonar al que -os ha causado el daño; á que estéis contenta por la misericordia que -Dios ha usado con él, y al propio tiempo que roguéis por él mismo, -porque además de que recibiréis vuestro merecido, sentiréis todavía más -alivio en vuestro corazón. - -Lucía respondió por medio de una mirada que expresaba su asentimiento -tan claramente como la hubieran podido hacer las palabras, y con una -dulzura que éstas mismas no hubieran podido significar. - ---¡Excelente joven!, exclamó la dama, y prosiguió: hallándose también -vuestro cura párroco en nuestro pueblo (pues que han acudido tantos -de todas las cercanías, que se podrían celebrar á un tiempo cuatro -misas mayores), el señor cardenal ha juzgado conveniente el que nos -acompañara, á pesar que de bien poco nos ha servido. Ya había yo -oído decir que era un pobre hombre; mas en esta ocasión, he podido -claramente ver que él estaba tan embarazado como un pollo en medio de -la estopa. - ---¿Y este?... preguntó Lucía; este hombre que se ha vuelto bueno... -¿quién es? - ---¡Cómo!, ¿no lo sabéis?, dijo la buena dama; y lo nombró. - ---¡Oh, misericordia divina!, exclamó Lucía. ¡Cuántas veces había oído -repetir aquel nombre, en más de una historia que, como en las de otro -género, aparecía siempre el del _Ogro_[5]! Á la idea de haber estado -en su terrible poder, y permanecer al presente bajo su custodia, -al considerar un tan gran peligro, y una tan imprevista redención, -contemplando quién era aquel hombre que había conocido tan feroz, -y ahora tan conmovido y humilde, permanecía como estática, diciendo -únicamente de vez en cuando: “¡Oh, misericordia!”. - ---¡Es ciertamente una gran misericordia!, repetía la dama, es una -dicha para medio mundo. ¡Al pensar cuánta gente tenía alarmada!, y al -presente, según me ha dicho nuestro párroco... Y luego no hay más que -mirarle la cara; ¡se ha vuelto enteramente un santo! Por otra parte, no -hay más que ver su nuevo modo de portarse. - -El decir que esta buena dama no experimentaba mucha curiosidad de -conocer un poco más distintamente la grande aventura en que ella -representaba también su papel, sería faltar á la verdad. Pero es -preciso decir en honor suyo, que sobrecogida de una piedad respetuosa -hacia Lucía, calculando en cierto modo la gravedad y dignidad del -encargo que se le había confiado, no pensó, sin embargo, en hacer -ninguna pregunta indiscreta y ociosa; todas sus palabras, durante aquel -corto viaje, fueron para dar valor á la pobre joven, manifestándole al -propio tiempo el más vivo interés. - ---¡Dios sabe desde cuándo no habréis tomado alimento! - ---No recuerdo..., pero hace ya algún tiempo. - ---¡Pobrecita! ¿Tendréis necesidad de restaurar vuestras fuerzas? - ---Sí, respondió Lucía con voz apagada. - ---En mi casa, á Dios gracias, encontraremos en seguida alguna cosa. -Tened ánimo, que ya no estamos lejos. - -Después de esto, Lucía se dejó caer lánguidamente en el fondo de la -litera, como adormecida, y entonces su compañera la dejó reposar. - -Con respecto á D. Abundio, la vuelta no le causaba tanto espanto como -la ida pocas horas antes; pero con todo, no fué tampoco para él un -viaje agradable. Desde que dejó de tener miedo, se sintió enteramente -aliviado de un gran peso; mas bien pronto empezaron á nacer en su -interior cien otros disgustos, lo mismo que cuando ha sido arrancado un -corpulento árbol y el terreno queda por algún tiempo vacío y desnudo, -pero luego se cubre de altas yerbas. Había llegado á hacerse más -impresionable que antes; y tanto en el presente como en las ideas del -porvenir, hallaba materia para atormentarse. Ahora sentía mucho más -que á la ida la incomodidad de viajar de aquel modo, al cual no estaba -acostumbrado; y sobre todo, esto le acontecía al principio, desde -la bajada del castillo al fondo del valle. El conductor, estimulado -por las señas del Incógnito, hacía ir á las mulas á buen paso; ambas -cabalgaduras iban una detrás de otra con la mayor uniformidad; y de -esto resultaba, que en ciertos parajes en que la pendiente era más -rápida, el pobre D. Abundio, como si estuviese colocado sobre un -resorte, se tambaleaba, se caía hacia delante, y para sostenerse se -veía obligado á agarrarse al arzón de la silla, y no se atrevía, sin -embargo, á pedir que fuesen más despacio, pues por otro lado hubiera -querido salir de aquel territorio lo más pronto posible. Además de -esto, en donde el camino colocado sobre una eminencia formaba un -arrecife, la mula, según la costumbre de los animales de su raza, -parecía que hacía propósito de salirse siempre de dicho arrecife, -y de andar por la misma orilla. D. Abundio veía bajo de sí, casi -perpendicularmente, un gran salto, ó como él pensaba, un precipicio. -“¡También tú, decía interiormente al animal, tienes el maldito gusto -de ir buscando los peligros, siendo el camino tan ancho!” Y tiraba -la brida hacia el otro lado, pero inútilmente. De suerte que, como -de ordinario, turbado por la cólera y el miedo, se dejaba conducir á -la voluntad de otro. Los bravos no le causaban ya tanto terror, al -presente que él sabía más claramente del modo que pensaba su amo. “Pero -sin embargo, se decía, si la noticia de esta gran conversión se esparce -por aquí, mientras nosotros permanecemos todavía, ¿quién sabe cómo lo -tomarán esas gentes? ¿Quién es capaz de saber lo que podrá resultar? -¿Y si llegasen á imaginar que yo he venido á hacer el misionero? -¡Pobre de mí, me martirizarían!” El aire feroz del Incógnito no le -inspiraba inquietud alguna. “Para tener á raya á aquellas fachas, -decía, no hay necesidad de otra cosa más que el continente de éste, -bien lo comprendo; ¿pero por qué es preciso que yo me encuentre siempre -mezclado entre toda esta clase de gente?”. - -Mas basta ya de hablar acerca del miedo de D. Abundio. Llegaron al -término de la pendiente, y finalmente salieron también del valle. -La frente del Incógnito se fué serenando. D. Abundio mismo tomó un -aire más natural; sacó la cabeza de entre sus hombros, en donde -hasta entonces la había tenido como aprisionada; alargó los brazos -y las piernas; se colocó mejor sobre la silla, lo cual le daba otro -continente; respiró más á su placer y, con el ánimo más reposado, se -puso á considerar otros peligros lejanos. “¿Qué dirá ese imbécil de D. -Rodrigo? ¡Quedar de este modo con un palmo de narices, con la pérdida -de sus esperanzas, y hecho el escarnio de todos! ¡Considerad si la -píldora le parecerá amarga! Ahora es cuando se dará de veras al diablo. -Lo único que al presente falta es que venga á emprenderla conmigo, -sólo por haberme hallado metido en este desagradable asunto. Si él ha -tenido antes de ahora valor de enviarme dos demonios con el objeto de -amenazarme en medio de mi camino, ¿qué hará en la actualidad? Con su -señoría ilustrísima no la podrá armar, porque es un pedazo mucho mayor -que él, y se verá precisado á tascar el freno. Entretanto tendrá el -veneno en el cuerpo, y querrá descargarlo sobre alguno. ¿Sabéis cómo se -concluyen estos negocios? Los golpes siempre se dirigen bajos, y los -andrajos al aire. Su señoría ilustrísima se ocupará, como es justo, de -poner á Lucía en un lugar seguro; ese otro pobre diablo, mala cabeza, -está fuera de tiro, y ha pasado ya la suya; de modo que el andrajo he -llegado á ser yo. Después de tantas incomodidades, después de tantas -agitaciones, ¿no sería una cosa bien cruel el que sin comerlo ni -beberlo debiese pagar la pena? ¿Qué hará ahora su señoría ilustrísima -para defenderme, después de haberme metido en danza? ¿Podrá impedir -acaso el que ese hombre malvado no me juegue una tostada peor que -la primera? ¡Y después tiene tantas cosas en su cabeza! ¡Está tan -abrumado de negocios! ¿Cómo podrá atenderme? Éste es el motivo por el -cual algunas veces las cosas quedan más embrolladas que antes. Los -que hacen el bien lo hacen en todo: cuando han experimentado esta -satisfacción, tienen bastante, y no quieren incomodarse á esperar todas -sus consecuencias; pero los que tienen el gusto de hacer el mal ponen -en ello más diligencia, lo siguen hasta el fin; no descansan un momento -porque ellos tienen un cáncer que los devora. ¿Iré yo á decir que he -venido por orden expresa de su señoría ilustrísima y no por mi propia -voluntad? Parecería que quisiera formar partido con la maldad. ¡Oh, -Dios mío! ¡Yo formar partido con la maldad; por las distracciones que -me proporciona! ¡Vamos! Lo mejor será referir á Perpetua la cosa como -es en sí, y dejársela publicar á su gusto. Con tal que á monseñor no le -vengan deseos de hacer alguna cosa que llame la atención, alguna escena -inútil y meterme también en ella. Á buena cuenta, apenas lleguemos, -si ha salido de la iglesia iré á presentarle corriendo mis respetos, -y si no dejo mis excusas, y me dirijo pian pianito á mi casa. Lucía -está bien protegida; ninguna necesidad tiene de mí; y después de tantas -incomodidades, bien puedo yo también pretender el ir á descansar. Y -luego... ¡si monseñor tiene la curiosidad de saber toda la historia, y -me es preciso darle cuenta del negocio del casamiento! ¡Es lo único que -faltaba! ¡Y si va igualmente á visitar mi parroquia!... ¡Oh!, suceda -lo que Dios quiera: no quiero confundirme antes de tiempo; bastantes -cuidados pesan sobre mí. Por el momento voy á encerrarme en mi casa. -Hasta que monseñor salga de este territorio, D. Rodrigo no tendrá -deseos de hacer locuras, y después... ¿y después? ¡Ah!, ¡demasiado veo -que pasaré mal mis últimos años!” - -La comitiva llegó antes de concluirse los divinos oficios: atravesó por -entre aquella inmensa muchedumbre, no menos conmovida que la primera -vez, y luego se dividió. Los dos jinetes dieron la vuelta hacia una -plazoleta, en cuyo fondo se encontraba la casa del párroco; la litera -siguió adelante con dirección á la de la dama. - -D. Abundio hizo lo que había pensado: apenas se hubo desmontado, -cumplimentó del modo más expansivo al Incógnito, y le suplicó que le -hiciese el obsequio de excusarle con el cardenal, pues debía volverse -á su parroquia en derechura para atender á negocios urgentes. Fué á -buscar lo que él llamaba su caballo, y que no era otra cosa más que -el bastón que había dejado en un rincón de la estancia, después de lo -cual se puso en camino. El Incógnito estuvo aguardando que el cardenal -volviese de la iglesia. - -La buena dama, habiendo hecho sentar á Lucía en el mejor sitio de su -cocina, se apresuró á disponer algo que comer para reparar sus débiles -fuerzas. Ella rechazaba con cierta amable aspereza las gracias y -reiteradas excusas que la joven no cesaba de prodigarla. - -Con la mayor prontitud colocó algunas ramas secas bajo una pequeña -marmita que había puesto en el hogar, en donde nadaba un buen capón. -Dejó hervir por espacio de algún tiempo todo lo que aquélla contenía, y -llenando luego una gran taza, dentro de la cual había cortado algunas -rebanadas de pan, por último se la presentó á Lucía. Al ver á la -pobre niña que reparaba sus fuerzas á cada cucharada, se felicitaba -en voz alta á sí misma de que la cosa hubiese sucedido en un día, en -el cual según su expresión, el gato no estaba en el hogar. “Éste es -un día de fiesta para todo el mundo”, añadió la dama, “excepto para -los desgraciados que tienen la aflicción de comer pan de algarroba y -_polenta_ de maíz. Sin embargo, ellos esperan hoy recibir alguna cosa -de un señor caritativo: en cuanto á nosotras, á Dios gracias, no nos -hallamos en este caso: entre el oficio de mi marido, y alguna cosilla -que tenemos al sol, vamos pasando. Comed, pues, con apetito, y en el -entretanto esperaremos á que el capón se cueza, y así podréis recobrar -un poco mejor vuestras fuerzas”. Así diciendo, volvió á cuidar de la -comida y á preparar la mesa. - -Lucía, después de haberse restaurado un poco, y sintiendo volver la -tranquilidad á su alma, trató de reparar el desorden de su vestido, -por una costumbre, por un instinto de curiosidad y de pudor. Trenzaba -y arreglaba sus largos cabellos en desorden; ajustaba su pañuelo -sobre el seno y alrededor de su cuello. Al hacer esta operación, sus -dedos se enredaron en el rosario que llevaba suspendido, y que tanto -le había servido la noche antes: fijó en él sus miradas, y se turbó -instantáneamente. El recuerdo del voto que había hecho, ese recuerdo -hasta entonces olvidado por tantas sensaciones dolorosas, se presentó -de improviso clara y distintamente á su imaginación. En este momento, -todas las potencias de su ánimo, apenas despiertas, fueron vencidas -de nuevo en un solo instante; y si su alma no hubiese estado tan -preparada por una vida llena enteramente de inocencia, de resignación -y de confianza, la consternación que experimentó en aquel momento la -habría llevado hasta la desesperación. Después del primer tumulto de -aquellos pensamientos, demasiado confusos para venir á la imaginación -con palabras, las primeras que se formaron fueron éstas: “¡Oh, infeliz -de mí, qué es lo que he hecho!” Pero apenas las hubo concebido, cuando -se sintió sobrecogida de cierta especie de terror. Agrupáronse en su -mente todas las circunstancias del voto; sus mortales angustias, el -estar sin esperanza alguna de socorro humano, el fervor de su súplica, -la plenitud de sentimiento con la cual su promesa había sido hecha: el -arrepentirse de ésta, después de haber obtenido la gracia que había -implorado, le pareció una ingratitud sacrílega, una perfidia hacia Dios -y á la santa Virgen: juzgó que semejante infidelidad le atraería nuevas -y más terribles desventuras, en las cuales nada podía esperar, ni aun -podría tener el auxilio de la súplica: y por lo tanto se apresuró á -echarse en cara aquel arrepentimiento voluntario. Se quitó devotamente -el rosario del cuello, y sosteniéndolo con mano trémula, confirmó, -renovó su voto, pidiendo al mismo tiempo con súplica ferviente que -el cielo le concediese la fuerza necesaria para cumplirlo; que éste -arrojase lejos de ella los pensamientos y las ocasiones, las cuales -hubieran podido, si no variar su ánimo, agitarlo á lo menos demasiado. - -El alejamiento en que estaba Renzo, sin ninguna probabilidad de que -volviera; este alejamiento que hasta entonces le había parecido tan -amargo, al presente se le figuraba que era una disposición de la -divina Providencia, que había hecho coincidir dos sucesos para llegar -á un solo fin, esforzándose la desventurada en encontrar en el uno -una razón para consolarse del otro. Detrás de este pensamiento, se le -figuraba igualmente que la misma Providencia, para consumar la obra, -sabría hallar el modo de hacer que Renzo también se resignase, que no -pensara más... Pero apenas semejante idea se le hubo presentado á su -imaginación, cuando se levantó en ella una gran confusión. Sintiendo -que su corazón la llevaba involuntariamente á arrepentirse de lo que -había hecho, volvió de nuevo á recurrir á la súplica, al combate, -saliendo como un vencedor (si me es permitido hacer esta comparación); -como un vencedor, repito, herido y abrumado de fatiga que se levanta de -encima de su enemigo. - -De repente se oye á lo lejos un ruido de pisadas y de gritos de -alegría: era la familia de la dama que volvía de la iglesia. Dos -pequeñas niñas y un niño, entraron gritando: se pararon un momento -para echar una curiosa mirada sobre Lucía, y después corrieron -presurosos hacia la mamá, agrupándose á su alrededor. Uno le pregunta -el nombre de aquella huéspeda desconocida, y el por qué se hallaba -allí: otro quiere contarle las maravillas que había visto: la buena -dama respondió á unos y á otros con un: “Vamos, quietos, silencio”. El -amo de la casa entró en seguida con paso más sosegado, pero pintado en -su semblante una expansiva alegría. Éste era, si no lo hemos dicho ya -antes, el sastre de la población y de todas las cercanías, hombre que -sabía leer, que había leído efectivamente más de una vez la _Leyenda de -los Santos_ y los _Reales de Francia_, y pasaba en el territorio por un -hombre de talento y de ciencia, alabanzas todas que rechazaba con mucha -modestia, diciendo únicamente que había equivocado su vocación, y que -si hubiese estudiado en lugar de tantos otros... Aparte de esto, era -un hombre de la mejor pasta del mundo. Se hallaba presente cuando el -párroco había suplicado á su mujer el emprender aquel viaje caritativo; -y no sólo lo había aprobado, sino que también hubiera añadido sus -persuasiones, si hubiera sido necesario. Al presente, que la función, -el aparato, el concurso, y sobre todo el sermón del cardenal habían, -como se dice vulgarmente, exaltado todos sus buenos sentimientos, -volvía á su casa con la expectativa, con el deseo ansioso de saber qué -es lo que había pasado, y de ver si se había salvado la pobre inocente. - ---Miradla, le dijo, al entrar, la buena dama, señalando á Lucía. Ésta -se levantó ruborizándose, y empezó á balbucear algunas excusas; pero -él se aproximó á la joven, no sin grandes demostraciones de alegría, y -exclamó: “¡Bien venida, bien venida! Vos sois la bendición del cielo en -esta casa. ¡Cuán contento estoy de veros aquí! Bien seguro estaba yo -que llegaríais á buen puerto, porque jamás he visto que el Señor haya -empezado un milagro sin concluirlo perfectamente; pero ¡cuán contento, -repito, estoy de veros aquí! ¡Pobre niña! ¡Mas sin embargo, es una cosa -grande el haber sido objeto de un milagro!”. - -No se crea que él solo calificase de milagro aquel acontecimiento, -porque hayamos dicho que había leído la _Leyenda_; por todo el pueblo y -por todos los alrededores no se habló en otros términos mientras duró -su memoria. Y á decir verdad, con las añadiduras que le pusieron, no le -podía convenir otro nombre. - -Se acercó en seguida poco á poco á su mujer, que desataba la marmita -de la cadena, que la tenía suspendida sobre el fuego, y le dijo en voz -baja: - ---¿Ha ido todo bien? - ---Perfectamente, ya te lo contaré más tarde. - ---Sí, sí, con comodidad. - -Cuando estuvo puesta la mesa, la dueña fué á buscar á Lucía, y la -acompañó hasta su asiento; cortó una ala del capón, y se la sirvió; -sentáronse también los dos esposos, y ambos exhortaron á su huéspeda, -abatida y vergonzosa, á que tuviese valor y comiese. El sastre empezó, -á los primeros bocados, á discurrir con gran énfasis, en medio de -las interrupciones de los niños, que comían alrededor de la mesa, -y que habían visto cosas demasiado extraordinarias, para limitarse -largo tiempo al solo papel de oyentes. Aquél describía las solemnes -ceremonias, luego saltaba á hablar de la conversión milagrosa. Pero lo -que le había hecho más impresión, y lo que repetía más, era el sermón -del cardenal. - ---Al ver ante el altar, decía, un señor de aquella especie, lo mismo -que un simple párroco... - ---¿Y aquella cosa de oro que llevaba en la cabeza?... decía una de las -niñas. - ---Cállate; al pensar, repito, que un señor de esa especie, una persona -tan sabia, que según dicen ha leído todos los libros del mundo, -circunstancia que no se ha visto en ningún otro hombre, ni aun en -el mismo Milán; al pensar que ha sabido adaptarse á decir aquellas -hermosas cosas, de manera que todos las hayan comprendido... - ---Yo también las he comprendido, dijo la otra niña. - ---Cállate; ¿qué es lo que has de haber tú comprendido? - ---He comprendido que explicaba el Evangelio en lugar del señor cura. - ---¡Silencio! No digo que se haya hecho comprender solamente de aquellos -que saben algo, porque en este caso están obligados á comprenderle, -sino también de los que tienen la cabeza más dura, los más ignorantes, -seguían el hilo de su discurso. ¡Id ahora á preguntarles si sabrían -repetir las palabras que decía! ¡Oh! sí; no las podrán expresar, pero -el sentido de ellas, lo tienen aquí; y se golpeaba la frente con la -palma de la mano. ¡Y cómo se comprendía que hablaba del consabido señor -sin tener necesidad de pronunciar su nombre! Y además, para estar -uno al cabo del asunto, hubiera bastado el ver las lágrimas que se -desprendían de sus ojos; y entonces toda la gente se ponía también á -llorar... - ---Justamente es la verdad, exclamó el niño, interrumpiendo al orador; -¿mas por qué lloraban todos como si fuesen criaturas? - ---¿Quieres callar? Y no se diga, sin embargo, que en el pueblo no hay -corazones bien duros. Como iba diciendo, monseñor nos ha hecho ver -claramente, que aunque hay carestía, es preciso dar gracias á Dios, y -estar contentos; hacer lo que se pueda, ingeniarse, ayudarse, y después -alegrarse; porque la desgracia no consiste en padecer y ser pobres; -está también en obrar mal. Y esto no son palabras vanas; pues, no se -ignora que él vive también como un pobre, que se quita el pan de la -boca para dárselo á los desgraciados, cuando podría darse una vida -mejor de la que tiene. ¡Oh, qué placer experimenta uno al oirlo hablar! -No es como tantos otros que dicen: haced lo que os digo y no lo que yo -hago; y luego, nos ha manifestado con la mayor precisión, que aun los -que no son señores, y que no obstante tienen más de lo necesario, están -obligados á hacer partícipes á los que padecen. - -En esto interrumpió de improviso su discurso, como atormentado por una -idea. Se detuvo un momento; en seguida llenó un plato de los manjares -que había sobre la mesa, añadió un pan, colocó dicho plato dentro de -una servilleta, y habiéndola tomado por las cuatro puntas, dijo á la -mayor de sus niñas: “cógela así”. Le puso en la otra mano una botella -de vino, y prosiguió: “Ve á casa de María la viuda; déjale esto, y -dile que es para que se regale un poco con sus niños. Pero mira; ten -cuidado cómo lo haces, no vayas á dárselo como si fuera á hacérsele una -limosna: que no se te escape una sola palabra si encuentras á alguien; -y, por último, ten cuidado de que nada se rompa”. - -Lucía se conmovió hasta el punto de derramar lágrimas, y sintió en su -alma un enternecimiento que la distrajo de su dolor. Ya el discurso -anterior de aquel hombre honrado le había causado un alivio, que las -palabras de consuelo, más dulces, más directas, no le hubieran podido -procurar. Su espíritu, cediendo al atractivo de aquellas descripciones -de pompas augustas, de aquellas emociones de piedad y admiración, -sobrecogido por el mismo entusiasmo del narrador, alejaba de sí sus -dolorosos pensamientos, y cuando volvían, se encontraba más fuerte -contra ellos. La idea misma de su sacrificio, sin haber perdido su -amargura, experimentaba una cierta alegría austera y solemne. - -Poco después entró el cura del pueblo, y dijo que el cardenal le -enviaba á informarse de Lucía, y para advertirla que monseñor quería -verla aquel mismo día; en seguida dió las gracias en su nombre al -sastre y á su mujer. Éstos y aquélla, conmovidos y turbados, no -hallaban palabras para contestar á las demostraciones de semejante -personaje. “¿Y vuestra madre no ha llegado todavía?”, preguntó el cura -á Lucía. - ---¡Mi madre!, exclamó ésta. Diciéndole luego el cura cómo había sido -mandada á buscar por orden del arzobispo, se puso el delantal en -los ojos, y prorrumpió en un copioso llanto, que duró mucho tiempo -después de haberse marchado el eclesiástico. Cuando los sentimientos -tumultuosos que se habían suscitado en su alma, á aquel anuncio, -empezaron á dar lugar á ideas más tranquilas, la infeliz joven se -acordó que la alegría entonces tan próxima de volver á ver á su madre, -contento tan inesperado pocas horas antes, lo había también implorado -expresamente en aquellas horas terribles, y lo había puesto casi como -una condición á su voto. _Hacedme volver sana y salva al lado de mi -madre_, había dicho; y estas palabras aparecieron distintamente á su -memoria. Se confirmó más que nunca en el propósito de mantener su -promesa, y se reprochó de nuevo y muy amargamente aquel _¡infeliz de -mí!_ que se había escapado de su interior en los primeros momentos. - -Efectivamente, cuando hablaron de Inés, ésta se encontraba ya muy -cerca. Es fácil imaginar cómo se quedaría la pobre mujer á una -invitación tan poco esperada, y á la noticia necesariamente truncada -y confusa de un peligro, se podía decir, que ya había cesado, pero de -un peligro espantoso, de una terrible aventura, que el mensajero no -sabía referir ni explicar, y de la cual ella no tenía á qué agarrarse -para explicársela por sí misma. Después de haber llevado las manos -á su cabeza, después de haber exclamado muchas veces: “¡Ah, Señor, -ah, Madonna!” después de haber hecho varias preguntas al mensajero, -á las cuales éste no sabía qué responder, se lanzó furiosa y con -precipitación en el carruaje, continuando, durante todo el camino, -deshaciéndose en exclamaciones y preguntas inútiles. Mas al llegar á -cierto paraje, se encontró de manos á boca con D. Abundio, que se -adelantaba poco á poco, apoyado en su bastón. Después de un “¡oh!” -proferido por ambas partes, D. Abundio se detuvo; Inés hizo parar el -carruaje, y se bajó; luego, los dos se dirigieron hacia un castañar que -se hallaba al lado del camino. D. Abundio le había participado todo -lo que había podido saber y debido ver. La cosa no estaba tan clara -todavía; pero á lo menos Inés se cercioró de que Lucía permanecía en -seguridad, y respiró. - -En seguida, D. Abundio quiso entablar otra clase de conversación é -instruirla largamente sobre la manera de gobernarse con el arzobispo, -si éste, como era probable, deseaba hablar con ella y con su hija, -diciéndole, principalmente, que no convenía hacerle mención del -casamiento. Pero conociendo Inés que el buen hombre no iba más que á -su propio interés, lo dejó plantado, sin prometerle nada, sin resolver -nada tampoco, contestando solamente que tenía otras cosas en que -pensar; después de lo cual se volvió á poner en camino. - -Finalmente, el carruaje llegó á su destino, y paró á la puerta de la -casa del sastre. Lucía se levanta precipitadamente; Inés se apea; -se precipita dentro de la expresada casa, y he aquí que se abrazan -estrechamente una á otra. La mujer del sastre, que era la única que -se hallaba presente, les dió ánimo, las tranquilizó, se regocijó con -ellas; y después, siempre discreta, las dejó solas, diciendo que iba á -disponer una cama; que podía hacerlo, sin incomodarse; pero que en todo -caso, tanto su marido como ella, más bien hubieran querido dormir en -el suelo, que permitir que fuesen á otra parte á buscar un asilo para -aquella noche. - -Pasado el primer ímpetu de abrazos y sollozos, Inés quiso saber las -aventuras de Lucía, y ésta se puso á contárselas con la mayor ansiedad; -mas como el lector sabe, era una historia que nadie la conocía -toda; y para la misma Lucía había partes sumamente oscuras, hechos -inexplicables, y principalmente aquella fatal coincidencia de haberse -encontrado con el terrible carruaje en medio de su camino, justamente -cuando ella pasaba por una casualidad extraordinaria; sobre esto -último, la madre y la hija hacían mil conjeturas, sin acertar nunca con -la verdadera causa, ni siquiera aproximarse á ella. - -Con respecto al autor de la trama, ninguna de las dos podía dudar que -no fuese D. Rodrigo. - ---¡Ah, espíritu malo!, ¡tizón del infierno!, exclamaba Inés; pero ya -le llegará su hora: el Señor se lo recompensará según sus méritos, y -entonces él experimentará también... - ---¡No, no, madre mía! la interrumpió Lucía; no deseéis ningún mal -á él ni á nadie tampoco. ¡Si sabéis lo que es sufrir; si lo habéis -experimentado! ¡No, no!, roguemos más bien por él á Dios y á la -Madonna; que el Señor le toque el corazón como lo ha hecho con ese otro -infeliz, que era mucho peor y ahora es un santo. - -El terror que causaba á Lucía el recordar aquellos hechos tan recientes -y crueles, le hizo más de una vez titubear; más de una vez dijo que -no tenía bastante valor para continuar, y después de muchas lágrimas -y suspiros, volvió á tomar el uso de la palabra con el mayor pesar; -pero un sentimiento contrario la hizo vacilar al llegar á cierto punto -de su narración: cuando se trató del voto. El temor de que su madre -la acusara de imprudente y precipitada, y que como había hecho en el -asunto del casamiento, no le pusiera por delante aquella su tan larga -regla de conciencia, y la quisiese hacer prevalecer, ó que la buena -mujer le dijese en confianza á alguno, no por otra cosa más sino -para que la iluminara y aconsejara, y llegase de este modo á hacerse -público; al pensar esto solo Lucía percibía que sus mejillas se cubrían -de un vivo carmín; añádase también cierta vergüenza que le causaba su -misma madre, y una inexplicable repugnancia de hablar sobre la materia, -fueron motivos todos que le hicieron ocultar aquella circunstancia -importante, proponiéndose confiársela primeramente al padre Cristóbal. -¡Mas cómo se quedó, cuando preguntando por él, supo que no estaba ya -en Pescarenico; que había sido enviado á un pueblo muy lejano, á un -pueblo que tenía cierto nombre!... - ---¿Y Renzo?, dijo Inés. - ---Está en salvo, ¿no es cierto?, replicó ávidamente Lucía. - ---Sí, porque todos lo dicen; se asegura que se ha refugiado en el -territorio de Bérgamo; pero el paraje verdadero nadie puede decirlo: -hasta ahora no ha dado noticias de su persona; es indispensable que no -haya hallado el medio de hacerlo. - ---¡Ah, si está en salvo, gracias sean dadas al Señor!, dijo Lucía; y -procuraba mudar de conversación, cuando ésta fué interrumpida por un -suceso inesperado; tal fué la aparición del cardenal arzobispo. - -Éste, vuelto de la iglesia, donde lo habíamos dejado, habiendo -sabido por el Incógnito la llegada de Lucía, fué á sentarse á la -mesa, haciendo colocar á su derecha al señor, en medio de un círculo -de sacerdotes que no podían saciarse de lanzar ojeadas sobre aquel -semblante tan dulcificado sin debilidad, tan humillado sin bajeza, y de -compararle con la idea que desde largo tiempo tenían de dicho personaje. - -Concluido el desayuno, el Incógnito y el cardenal se retiraron de nuevo -juntamente. Después de un coloquio que duró más que el primero, el -señor partió para su castillo, montado en la misma mula de la mañana. -El cardenal hizo llamar al párroco, y le manifestó que deseaba ser -conducido á la casa en donde Lucía se había refugiado. - ---¡Oh, monseñor!, respondió éste, no os molestéis: haré avisar al -momento á la joven para que venga, como también la madre, si es que ha -llegado, y también los dueños de la casa si quiere monseñor; todos los -que vuestra señoría ilustrísima guste. - ---Deseo yo mismo ir á verlos, replicó Federico. - ---Vuestra señoría ilustrísima no debe molestarse: enviaré á llamarlos -en seguida; es cosa de un momento, insistió el párroco asaz oficioso é -impertinente (por lo demás excelente sujeto); mas no comprendía que el -cardenal quería con semejante visita rendir homenaje á la desgracia, -á la inocencia, á la hospitalidad y á su propio ministerio á un mismo -tiempo. Pero habiendo el superior expresado de nuevo sus deseos, el -inferior se inclinó y se puso en marcha. - -Apenas los dos personajes pusieron el pie en la calle, cuando toda la -gente se encaminó hacia ellos, acudiendo de todas partes, y rodeándoles -de manera que llegaban á impedirles el paso. El párroco se esforzaba en -decir: “vamos, atrás, retiraos; ¡más, más!”. Y Federico le replicaba: -“dejadlos, dejadlos”, é iba avanzando, tan pronto alzando la mano para -bendecir al pueblo, tan pronto bajándola para acariciar á los niños -que embarazaban su marcha. De este modo llegaron á la casa, en la -cual entraron: la multitud permaneció agrupada en la calle. El sastre -se hallaba también entre la gente que había seguido al cardenal, el -cual con los ojos fijos en éste y la boca abierta, iba mirándole sin -saber adónde se dirigía. Al ver que el arzobispo entraba en su casa, se -abrió paso, dejando á la consideración de los lectores el estrépito que -movería, gritando sin cesar: “dejad pasar á quien debe”; y entró. - -Inés y Lucía oyeron en la calle un ruido que á cada paso se aumentaba: -mientras pensaban lo que podría ser, vieron abrirse la puerta y -aparecer el cardenal en compañía del párroco. - ---¿Es aquélla?, preguntó el primero al segundo; y á una señal -afirmativa se dirigió hacia Lucía, que estaba allí con la madre, ambas -inmóviles y mudas de vergüenza y sorpresa. Pero el tono de aquella -voz, el aspecto, el continente, y sobre todo las palabras de Federico, -las tranquilizaron prontamente. “¡Pobre joven, dijo, Dios ha querido -someteros á una gran prueba; mas os ha hecho ver que siempre tenía su -vista fija sobre vos, y que no habíais sido olvidada! Él os ha puesto -en salvo, y se ha servido de vos para consumar una grande obra, para -manifestar su misericordia á un hombre, y para aliviar al propio tiempo -á otros muchos”. - -En esto apareció en la estancia el ama de la casa, la cual, al ruido, -se había asomado á la ventana, y habiendo visto quién entraba, bajó -precipitadamente la escalera, después de haberse arreglado lo mejor -que pudo. El sastre entró casi al mismo tiempo por otra puerta. -Al ver trabada la conversación, fueron á reunirse á un rincón, en -donde permanecieron con aire respetuoso. El cardenal, saludándolos -cortésmente, continuó su plática con las mujeres, mezclando á sus -consuelos algunas preguntas, para ver si en las respuestas podía hallar -alguna coyuntura de hacer bien á quien tanto había padecido. - ---Convendría que todos los sacerdotes fuesen como vuestra señoría, -que tomasen algunas veces el partido de los pobres, y no les ayudasen -á meterlos en medio de las mayores dificultades para ellos huir -el cuerpo, dijo Inés, animada por el aire familiar y afectuoso de -Federico, y encolerizada al pensar que el Sr. D. Abundio, después de -sacrificar siempre á los demás, pretendiese también impedir una pequeña -expansión de espíritu, la menor queja á los que eran superiores á él, -cuando por una rara casualidad se presentaba una ocasión. - ---Decid todo lo que pensáis, dijo el cardenal, hablad con libertad. - ---Quiero decir, que si nuestro señor cura hubiese cumplido con su -deber, las cosas no hubieran llegado á tal extremo. - -Mas haciéndole el cardenal nuevas instancias para que se explicara con -mayor claridad, ella empezó á hallarse embarazada con tener que referir -una historia en la que la misma tenía una parte que procuraba ocultar, -especialmente á semejante personaje. Sin embargo, encontró el medio de -arreglarla, con una pequeña variación: contó el concertado casamiento, -la denegación de D. Abundio; no pasando en silencio el pretexto de -los _superiores_ que él había puesto por delante (¡ah, Inés!) y pasó -al atentado de D. Rodrigo, y cómo habiendo sido avisadas habían -podido escapar. “Pero sí, añadió en conclusión, escapar para caer en -otros lazos. Si en aquella ocasión, el señor cura hubiese hablado con -sinceridad, y casado en seguida á mis pobres jóvenes, nos hubiéramos -ido todos juntos secretamente, muy lejos, á un paraje que ni siquiera -el aire lo hubiera sabido. Así es como se ha perdido el tiempo y ha -sucedido lo que ha sucedido”. - ---El señor cura me dará cuenta de este hecho, dijo el cardenal. - ---No señor, no, replicó Inés prontamente: no lo he dicho por esto; no -le reprendáis, porque ya lo que está hecho, hecho se queda; y además, -que de nada sirve: es un hombre de este carácter; si el caso se -presentase de nuevo, obraría del mismo modo. - -Pero Lucía, no satisfecha de aquel modo de referir la historia, -añadió: “Nosotras también, nosotras también hemos obrado mal: se ha -visto que la voluntad del Señor era que la cosa no tuviese buen éxito”. - ---¿Qué mal habéis podido hacer, desgraciada joven? - -Lucía, á pesar de las señas que la madre le hacía á hurtadillas con los -ojos, contó la aventura de la tentativa hecha en casa de D. Abundio, y -concluyó diciendo: “Hemos obrado mal y Dios nos ha castigado”. - ---Aceptad de su mano los padecimientos que habéis sufrido, y tened -valor, dijo Federico; porque ¿quién tendrá razón de alegrarse y de -esperar sino el que ha padecido y piensa en acusarse á sí mismo? - -Entonces preguntó en dónde se hallaba el prometido, y sabiendo por Inés -(Lucía permanecía silenciosa, con la cabeza baja) que había huido del -país, experimentó y manifestó admiración y desagrado, queriendo saber -la causa que lo había motivado. - -Inés refirió lo mejor que le fué posible lo poco que sabía de las -aventuras de Renzo. - ---He oído hablar de ese joven, dijo el cardenal; ¿pero cómo permitís -que un hombre que se halla comprometido en negocios de semejante -especie trate de casarse con esta joven? - ---Era un joven muy honrado, dijo Lucía ruborizándose, pero con voz -segura. - ---Era un muchacho pacífico hasta dejarlo de sobra, añadió Inés; y -vuestra señoría puede preguntarlo á quien quiera, aunque sea al mismo -señor cura. ¿Quién es capaz de saber las intrigas y enredos que le -habrán armado por allá? Muy poca cosa se necesita para hacer pasar á -los pobres por bribones. - ---Es demasiado cierto, dijo el cardenal; yo me informaré: y habiéndose -hecho decir el nombre y apellido del joven, lo apuntó en un librito -de memorias. En seguida añadió que contaba marcharse á su país dentro -de algunos días; que entonces Lucía podría ir allá sin temor, y que -entretanto él se ocuparía de proporcionarle un asilo en donde pudiese -estar con seguridad, hasta que todo se arreglase. - -Después se volvió á los dueños de la casa, que se adelantaron con -prontitud; renovó las gracias que les había dirigido por medio del -párroco, y les preguntó si querían conservar por pocos días á los -huéspedes que Dios les había enviado. - ---¡Oh!, sí señor, contestó el ama con un tono de voz y un aire que -expresaban mucho más que aquella corta respuesta, medio ahogada por -la timidez. Pero el marido, animado por la presencia de semejante -personaje que se dignaba interrogarles, como igualmente del deseo de -lucirse en una ocasión tan importante, estudiaba ansiosamente una -bella contestación. Arrugó la frente, puso los ojos bizcos, apretó -los labios, tendió con todas sus fuerzas el arco de la inteligencia, -barrenó y sintió dentro de sí un choque de ideas, á las cuales faltaba -algo, y de palabras truncadas; mas el tiempo apremiaba, y el cardenal -demostraba ya haber interpretado su silencio. Entonces el buen hombre -abrió la boca y dijo: “Figuraos...”. Nada más pudo venirle por el -pronto. No sólo quedó avergonzado allí aquel día, sino que su recuerdo -importuno agrió siempre el placer del grande honor que había recibido. -¡Cuántas veces pensando en esta circunstancia, como para contrariarle, -le vinieron á la imaginación una multitud de palabras, que todas -hubieran valido más que su insulso “_¡figuraos!_”. Pero como dice un -antiguo proverbio: á burro muerto, &c. - -El cardenal partió diciendo: “que la bendición del Señor sea sobre esta -casa”. - -Por la tarde preguntó al cura cómo podría recompensarse de un modo -conveniente á aquel hombre, que no debía ser rico, de una hospitalidad -costosa, especialmente en aquellos tiempos. El párroco respondió que -á la verdad, ni las ganancias de su profesión, ni la renta de algunos -pequeños campos que el buen sastre poseía, hubieran sido suficientes -aquel año para ponerlo en posición de ser liberal para con los demás; -pero que habiendo economizado en los años anteriores, se encontraba -al presente ser uno de los más acomodados del pueblo; que podía hacer -algunos gastos sin que le causaran ninguna extorsión, y que ciertamente -los haría con gusto, y que por otra parte tomaría como una ofensa el -que se le hiciese aceptar recompensa alguna. - ---Probablemente tendrá, dijo el cardenal, créditos contra gente que no -pueda pagar. - ---Ya puede figurárselo vuestra señoría ilustrísima: esas pobres gentes -pagan con el sobrante de la recolección; en un año escaso nada sobra; -al contrario, falta todavía lo necesario. - ---Bueno; yo tomo á mi cargo todas esas deudas y vos os serviréis -recoger de ellos la nota de las partidas, y las saldaréis. - ---Compondrá una gran suma. - ---Tanto mejor; y tendréis otros ranchos bastante necesitados, que no -tendrán deudas, porque no habrá quién les preste. - ---¡Oh, sí; hay muchos! Y sin embargo, se hace lo que se puede; pero, -¿cómo atender á todos en unos tiempos tan calamitosos? - ---Disponed que se les vista á mis expensas, y pagadlo bien. -Verdaderamente este año, todo el dinero que se gaste en pan me parece -robado; pero éste es un caso excepcional. - -No queremos, con todo, concluir la historia de aquel día, sin referir -sucintamente cómo terminó la del Incógnito. - -Esta vez el ruido de su conversión le había precedido en el valle: -se había esparcido prontamente, y había excitado una sorpresa, una -ansiedad y una irritación difíciles de pintar. Á los primeros bravos -ó servidores (que era igual) que encontraba, les hacía seña que le -siguiesen: éstos caminaban detrás de él siendo presa de una nueva -inquietud y con su acostumbrada obediencia; su séquito se aumentaba -á cada instante. Llega por fin al castillo: indica á los que se -encuentran á sus puertas que le sigan también; entran en el primer -patio, se coloca en medio de él, y allí, afirmándose en sus estribos, -lanza un grito atronador, siendo ésta la señal que usaba para que todos -aquellos de los suyos, á quienes llegara dicho grito, se presentasen -al instante. En seguida todos los que se hallaban esparcidos por el -castillo se apresuraron á acudir á aquella voz terrible, y se reunieron -al resto de la numerosa cuadrilla, fijando todas sus miradas sobre su -señor. - ---Id á esperarme al gran salón, dijo, y desde lo alto de su cabalgadura -estaba viéndolos partir. En seguida se apeó, condujo por sí mismo la -mula á la cuadra, y se encaminó hacia donde era esperado. El sordo -murmullo que reinaba en el salón cesó á su aspecto; retiráronse todos á -un ángulo, dejando un gran espacio vacío á su alrededor. Ellos serían -unos treinta. - -El Incógnito levantó la mano como para mantener el silencio que su -sola presencia había hecho nacer; alzó su cabeza, que sobresalía á -todas las demás, y dijo: “Escuchadme todos, y nadie hable sin ser -preguntado. ¡Hijos míos!, el camino por el cual hemos andado hasta -hoy conduce al fondo del infierno. Esto no es un reproche que yo -quiera haceros, yo que he sido el primero que he ido delante y os he -sobrepujado en esta abominable carrera, yo el más culpable de todos; -mas atended á lo que voy á deciros. - -“Dios en su misericordia me ha llamado á cambiar de vida; cambiaré, he -cambiado ya: ¡plegue á este mismo Dios que haga otro tanto con todos -vosotros! Sabed, pues, y tened por cierto, que estoy resuelto á morir -antes que hacer nada más contra sus santas leyes. Retiro á cada uno -de vosotros las órdenes criminales que tenéis de mí; ya me entendéis: -así, os mando que nada hagáis de lo que yo os había prescrito; tened -igualmente por cierto, que nadie podrá en adelante cometer ninguna -maldad bajo mi protección ni á mi servicio. Los que quieran permanecer -conmigo con estas condiciones, los consideraré como hijos míos; me -contemplaré dichoso: en tiempo de hambre y de miseria compartiré el -último pan que quede en mi casa con el último de vosotros. El que no -quiera, se le dará el salario que se le debe, y además un regalo; -éste podrá ir adonde desee; pero le advierto que no ponga los pies -aquí, á no ser para mudar de vida, pues con este motivo será recibido -con los brazos abiertos. Reflexionad esta noche sobre lo que os he -dicho; mañana por la mañana os llamaré uno á uno, para que me deis la -contestación, y entonces os daré nuevas órdenes. Por ahora, retiraos -cada uno á vuestro puesto; y Dios, que ha usado conmigo de tanta -misericordia, os inspire un buen pensamiento”. - -Cesó de hablar y todos guardaron el más profundo silencio: aunque -fermentaron en sus cerebros ardientes una multitud de extrañas y -tumultuosas ideas, ninguna, sin embargo, dejaron traslucir. Estaban -habituados á escuchar la voz de su señor como la manifestación de una -voluntad absoluta á la cual era preciso obedecer sin replicar; aquella -voz anunciando que la voluntad se había cambiado, no daba indicio -alguno de que estuviese aniquilada. Á ninguno de ellos le pasó, sin -embargo, por la imaginación, que por haberse convertido, se pudiese -atrever á replicarle, como á otro hombre cualquiera. Veían en él á -un santo, pero uno de esos santos á los cuales pintan con la cabeza -alta y la espada en la mano. Además del temor que inspiraba, tenían -hacia él (sobre todo aquellos que habían nacido bajo su dominación, -y que eran la mayor parte) una afección como de hombres ligados á su -señor feudal. Su admiración tenía algo de cariño; y experimentaba á su -vista ese respeto que los más rebeldes y petulantes tienen ante una -superioridad que ya han reconocido. Las cosas, pues que habían oído -pronunciar por aquella boca eran seguramente odiosas á sus oídos, pero -no falsas ni enteramente extrañas á sus inteligencias. Si habían hecho -mil veces burla, no era porque no tuvieran fe, sino para prevenir con -la misma burla el miedo que les hubiera venido pensándolo seriamente. -Al presente, al ver el efecto de este miedo en un valor tan indomable -como el de su amo, no hubo ninguno que no lo experimentase, á lo menos -por algún tiempo. Añádase á todo esto, aquellos que hallándose por -la mañana fuera del valle, habían sido los primeros sabedores de la -gran nueva y habían visto igualmente y también referido la alegría -de toda la población, el amor y la veneración hacia el Incógnito que -había sucedido de repente al antiguo odio y terror; de manera, que -en el hombre que habían siempre mirado, por decirlo así, como un -ser todopoderoso, aun cuando ellos mismos formaban en gran parte su -fuerza, veían ahora que era la maravilla, el ídolo de la multitud; lo -contemplaban que sobresalía á los otros de un modo muy diverso antes, -pero no menos; siempre fuera de la esfera común, siempre á la cabeza. - -Estaban pues, todos aturdidos, inciertos unos de otros, y también de -sí mismos. El uno buscaba en su imaginación en dónde podría encontrar -un asilo y ocupación; el otro se preguntaba si podría doblegarse á -aquel nuevo género de vida; éste, conmovido por aquellas palabras, -experimentaba hacia el señor cierta inclinación; aquél, sin resolver -nada, se proponía prometerlo todo á buena cuenta, tratando mientras de -comer aquel pan ofrecido de tan buena gana y entonces tan escaso, é ir -ganando tiempo. Ninguno resolló; y cuando el Incógnito al fin de su -discurso alzó de nuevo aquella mano imperiosa para indicarles que se -marcharan, dóciles como un rebaño de ovejas, tomaron todos el camino de -la puerta. Él salió también detrás de ellos, y parándose en medio del -patio, miró á la débil luz del crepúsculo cómo se separaban y cada uno -se encaminaba á su puesto. Luego entró á coger su linterna, recorrió de -nuevo los patios, los corredores, las salas, visitó todas las avenidas, -y cuando vió que todo estaba tranquilo, se fué por último á dormir. Sí, -á dormir, porque tenía sueño. - -Jamás, aun cuando siempre había ido en busca de negocios intrincados é -intrigas, jamás, repito, se había visto tan abrumado como al presente; -con todo, tenía sueño. Los remordimientos que le tuvieron desvelado -la noche anterior, en vez de haberse calmado levantaban el grito más -soberbios, más severos, más absolutos; y sin embargo, tenía sueño. El -orden, la especie de gobierno establecido allí dentro por él tantos -años hacía, á fuerza de tantos cuidados, con tan extraordinario -acopio de audacia y perseverancia, ahora él mismo lo había puesto en -todo su vigor con pocas palabras; la dependencia ilimitada de los -suyos que estaban dispuestos á todo con la fidelidad de esclavos, con -la cual estaba acostumbrado desde largo tiempo á descansar, ahora la -había puesto á prueba; los medios de que se había valido, crearon una -multitud de obstáculos: la confusión é incertidumbre estaba apoderada -del castillo; no obstante, tenía sueño. - -Se encaminó, pues, á su cámara, entró en ella, se acercó á aquel lecho, -el cual la noche antes había hallado tan espinoso, y se arrodilló cerca -de él, con la intención de rezar. Encontró, en efecto, en un apartado -y profundo rincón de su mente las oraciones que estaba acostumbrado -á rezar cuando era niño; comenzó á recitarlas, y aquellas palabras -detenidas allí tanto tiempo y juntamente revueltas, venían unas después -de otras como si se deshiciesen. Experimentaba en esto una mezcla -de sentimientos indefinibles, una cierta dulzura en aquella vuelta -material á los hábitos de la inocencia, una sensación de dolor al -pensar el grande abismo que mediaba entre aquel tiempo y el actual, un -ardor de llegar por medio de obras expiatorias á adquirir una nueva -conciencia, un estado más próximo á la virtud, á la cual no podía -volver, un agradecimiento, una confianza en aquella misericordia que -lo podía conducir á dicho estado, y que le había dado ya señales tan -marcadas de quererlo. Después de haber rezado, se acostó, y quedóse -dormido inmediatamente. - -Así terminó aquel día tan célebre aún cuando escribía nuestro anónimo; -y que ahora, á no haber sido él, nada de particular se sabría, y á -lo cual Ripamonti y Rivola, citados antes, no dicen más, que aquel -tan célebre tirano, después de una entrevista con Federico, mudó -maravillosamente de vida para siempre. ¿Y cuántos son los que han leído -las obras de los dos expresados autores? Menos aún que los que leerán -nuestro libro. ¿Y quién sabe, si en ese mismo valle, el que tenga -deseos de buscarlo y la habilidad de encontrarlo, habrá quedado alguna -débil y confusa tradición del hecho? ¡Han nacido tantas cosas desde -aquel tiempo al presente! - - - NOTAS: - -[5] Ogro: monstruo fabuloso que decían se comía las criaturas. - - - - - CAPÍTULO SÉPTIMO - - -El día siguiente en el pueblo de Lucía y en todo el territorio de -Lecco, no se hablaba más que de ella, del Incógnito, del arzobispo y -de otro sujeto, que aunque le gustase mucho que hablasen de él, en -aquellas circunstancias lo hubiera perdonado de buena gana; queremos -decir que éste era el Sr. D. Rodrigo. - -No se vaya á creer que antes de dicho día no se hubiese hablado de sus -hechos; pero eran conversaciones truncadas y secretos; era preciso -que los interlocutores se conociesen muy bien entre sí para entablar -polémica sobre tal objeto, aún estaban lejos de hablar con el calor -de que hubieran sido capaces; porque cuando los hombres no pueden, -sin correr un gran peligro, abandonarse á su indignación, no sólo se -manifiestan mucho menos, sino que también reprimen la que experimentan -en su interior; pero sin embargo, no por esto dejan de sentir. ¿Quién -podría hoy contenerse?, ¿quién dejaría de hablar sobre un suceso que -había hecho tanto ruido, en el cual se veía claramente la mano de la -Providencia, y en donde representaban un gran papel dos personajes -semejantes? El uno, en el que el amor por la justicia tan valeroso se -veía unido á tanta autoridad; el otro, al cual parecía que el poder -en persona estaba humillado, que la bravería, por decirlo así, había -venido á deponer las armas y á pedir la paz. Á tales comparaciones, -el Sr. D. Rodrigo considerábase como un pigmeo. Entonces todo el -mundo comprendía lo que había ideado para atormentar la inocencia, -para deshonrarla, para perseguirla con una violencia tan atroz y con -asechanzas tan abominables. Pasábase en aquella ocasión una revista á -todas las demás proezas de dicho señor, y sobre todo las decían del -mismo modo que las sentían, animados y encantados como estaban de -hallarse todos de acuerdo; era un murmullo, un grito unánime, á lo -lejos, sin embargo, porque si no había bravos, había esbirros. - -Una buena porción de esta pública animadversión tocaba también á sus -colegas y amigos. No se perdonaba al señor podestá, siempre sordo, -ciego, mudo, con respecto á las violencias de aquel tirano; pero -no se hablaba de esto más que en voz baja, porque el podestá tenía -igualmente sus esbirros. No usaban tantos miramientos tocante al doctor -Azzecca-Garbugli, que no poseía más que mucha charlatanería y astucia, -ni para con los demás pequeños colegas iguales suyos, á los cuales se -les señalaba tanto con el dedo y se les miraba con tanta prevención, -que juzgaron prudente el no dejarse ver en la calle por espacio de -algún tiempo. - -D. Rodrigo, herido como de un rayo por aquella noticia imprevista, tan -distante del aviso que esperaba de día en día y de momento en momento, -se mantuvo encerrado en su palacio solo con sus bravos, devorando -su rabia por espacio de dos largos días; mas al tercero partió para -Milán. Si aquello no hubiese sido más que un sordo murmullo del -pueblo, quizá, aunque la cosa hubiese pasado más adelante, se hubiera -quedado expresamente para desafiarla, para buscar la ocasión de dar -sobre alguno de los más ardientes una lección que sirviese para todos; -pero lo que le obligó á marchar, fué el haber sabido de positivo -que el cardenal iba hacia aquel lado. El conde su tío, el cual nada -sabía de toda aquella historia sino lo que le había dicho Attilio, -hubiera ciertamente exigido que en semejante circunstancia D. Rodrigo -hiciera la primera visita al cardenal, y que obtuviese en público la -acogida más distinguida: véase, pues, cómo aquél había dispuesto otra -cosa. El conde lo hubiera pretendido y se habría hecho dar cuenta -minuciosamente, porque ésta era una ocasión importante de hacer ver en -qué estimación era tenida la familia por una autoridad tan eminente. -Para escapar de un embarazo tan enojoso, D. Rodrigo, habiéndose -levantado una mañana antes de salir el sol, se metió en un carruaje, -acompañado del _Griso_ y algunos otros bravos que iban escoltándole; y -dejando la orden de que el resto de la servidumbre siguiese después, -partió como un fugitivo (permítasenos elevar á nuestros personajes por -medio de alguna ilustre comparación), como Catalina de Roma, echando -espumarajos de rabia y jurando volver bien pronto, de otro modo, para -consumar su venganza. - -Entretanto el cardenal se adelantaba, visitando todos los días una de -las parroquias situadas en el territorio de Lecco. El día que debía -llegar á la de Lucía, una gran parte de los habitantes habían salido -de sus casas para salirle al encuentro. Á la entrada de la población, -precisamente al lado mismo de la casita de nuestras dos mujeres, -había un arco triunfal construido de madera, cubierto de paja y de -musgo, adornado de verdes ramos de boj y de acebo. La fachada de la -iglesia estaba cubierta de tapices; de cada ventana pendían colchas -y sábanas extendidas, fajas de niños colocadas á guisa de banderas; -todo aquello, por último, que podía parecer necesario, bien ó mal, -ó superfluo. Por la tarde, que era la hora en la cual se esperaba al -cardenal, los que habían permanecido en las casas, los ancianos, las -mujeres y los niños más pequeños, se pusieron también en marcha para ir -á su encuentro, parte formados en fila, y parte en pelotón, precedidos -por D. Abundio. El pobre cura estaba triste en medio de tanta alegría; -el estrépito le aturdía; el movimiento de tanta gente discurriendo por -todas partes le volvía loco, como él decía; y estaba atormentado por el -temor secreto de que las mujeres lo hubieran charlado todo, por lo cual -tuviese que rendir cuenta de su conducta en el negocio del casamiento. - -Finalmente, vese aparecer al cardenal, ó por mejor decir la turba -en medio de la cual se encontraba en su litera, y el séquito que -lo rodeaba. Apenas se le podía distinguir en medio de toda aquella -cohorte, y únicamente se divisaba por sobresalir de todas las cabezas, -un extremo de la cruz llevada por un capellán que cabalgaba en una -mula. El pueblo que iba con D. Abundio, se apresuró á reunirse al -grueso de la multitud; y éste, después de haber dicho tres ó cuatro -veces: “Despacio, en fila, ¿qué hacéis?”, atravesó la calle sumamente -incomodado y murmurando siempre: “Esto es una Babilonia, es una -Babilonia”, entró en la iglesia que estaba desocupada, y se quedó allí -aguardando. - -El cardenal avanzaba, dando bendiciones con la mano, y recibiéndolas -de la boca del pueblo, que la gente de su séquito podía apenas -contener, á pesar de todos sus esfuerzos. Como compatriotas de Lucía, -los habitantes hubieran querido hacer al arzobispo las demostraciones -más extraordinarias; pero la cosa no era fácil, porque había la -costumbre de que á todas partes adonde llegaba hacían todo lo más -que podían. Ya al principio de su pontificado, á su primera entrada -solemne en la catedral, el numeroso concurso, la impetuosidad del -pueblo que se agrupó á su alrededor había sido tal, que se temió por -su vida, y algunos caballeros que se hallaban junto á él tuvieron que -tirar de las espadas para amedrentar y apartar á la multitud. Había -en las costumbres de aquel tiempo un cierto no sé qué de violento y -desordenado, que aun para hacer demostraciones benévolas á un obispo -en la iglesia, era preciso derramar sangre para contenerlas. Dicho -antemural no habría sido suficiente, si dos sacerdotes dotados de gran -vigor y de mucha presencia de ánimo, no le hubiesen levantado en brazos -y llevado de este modo desde la puerta de la iglesia hasta el altar -mayor. Desde aquel día, en todas las visitas episcopales que hizo, no -puede menos de causar escándalo el referir su primera entrada en las -iglesias en medio de sus trabajos pastorales y peligros que corrió más -de una vez. - -Entró, pues, en ésta como pudo; se encaminó al altar, y desde allí, -después de haber orado un momento, según su costumbre, dirigió un -pequeño discurso á los asistentes, sobre su amor hacia ellos, respecto -al deseo de su salvación, y el modo de prepararse para la ceremonia del -día siguiente. Habiéndose retirado en seguida á casa del cura, entre -otra multitud de cosas que habló con éste, tomó informes acerca de la -conducta y cualidades de Renzo. D. Abundio dijo que era un joven un -poco vivo de genio, testarudo y colérico. Pero tocante á las preguntas -más precisas y especiales del cardenal, se vió obligado á decir que -era un buen muchacho, y que no podía comprender cómo en Milán hubiese -podido cometer todas aquellas locuras que habían dicho. - ---En cuanto á la joven, repuso el cardenal, ¿os parece que pueda venir -ya ahora con seguridad á habitar su casa? - ---Por ahora, respondió D. Abundio, puede venir y permanecer como -quiera; digo por ahora, pero... añadió en seguida, lanzando un suspiro: -sería preciso que vuestra señoría ilustrísima estuviese siempre aquí ó -á lo menos cerca. - ---El Señor está siempre cerca, dijo el cardenal; además, yo procuraré -ponerla en lugar seguro. Y dió orden inmediatamente que al día -siguiente, muy temprano, fuese la litera con una escolta á buscar á las -dos mujeres. - -D. Abundio salió sumamente contento de que el cardenal le hubiera -hablado de los dos jóvenes, sin haberle pedido cuenta de su negativa -en casarlos. “¿Conque él no sabe nada?, decía entre sí: ¿Inés se ha -callado?, ¡qué milagro! Sin embargo, se volverán á ver; pero le daremos -otras instrucciones; sí, se las daremos”. No sabía el pobre hombre que -Federico no había querido entablar aquella conversación, justamente -porque quería hablar más largamente y con más comodidad; y antes de -darle lo que era debido quería oir también sus razones. - -Mas los cuidados del buen prelado para la seguridad de Lucía habían -llegado á ser inútiles. Después que él la había dejado, sobrevinieron -cosas que es indispensable referir. - -Las dos mujeres, en aquellos pocos días que tuvieron que pasar bajo -el techo hospitalario del sastre, volvieron á tomar cuanto les fué -posible su antiguo y habitual modo de vivir. Lucía había pedido en -seguida alguna labor, y como hacía en el monasterio, pasaba todo el día -cosiendo, retirada en una pequeña estancia, apartada de las miradas de -los curiosos. Inés salía algunas veces, y trabajaba también un poco -en compañía de su hija. Sus conversaciones eran tanto más tristes -cuanto más afectuosas: ambas estaban dispuestas á separarse, ya que la -oveja no podía volver á pacer junto á la guarida del lobo: ¿y cuándo, -cuál sería el término de esta separación? El porvenir era oscuro, -inexplicable para una de ellas principalmente. Inés, sin embargo de -esto, no dejaba de entregarse interiormente á alegres conjeturas. “Al -cabo y al fin”, decía, “si no ha sucedido nada de malo á Renzo, bien -pronto nos dará noticias suyas; si ha encontrado que trabajar y el modo -de establecerse; si ¿y cómo dudarlo? tiene su fe jurada á Lucía y sigue -firme en su promesa, ¿por qué no se podría ir hacia donde él está?” -Ella iba entreteniendo á su hija con tales esperanzas, y yo no podría -decir si ésta experimentaba más pena escuchándolas que respondiendo á -ellas. Había tenido siempre encerrado su gran secreto en su interior, -y aunque la atormentase el disgusto de ocultar una cosa á tan buena -madre, estaba, sin embargo, contenida como á su pesar, por la vergüenza -y por mil diversos temores, según ya hemos dicho anteriormente, dejando -pasar los días sin decir nada absolutamente. Sus proyectos eran bien -diferentes de los de su madre, ó mejor diremos, no tenía ninguno; -estaba enteramente abandonada á la Providencia. Trataba, pues, de hacer -decaer ó desviar aquella conversación; decía en términos generales -que ella no esperaba ni deseaba nada en el mundo; que no aspiraba más -que el reunirse prontamente con su madre; más de una vez, el llanto -ahogando su voz, venía oportunamente á cortarle la palabra. - ---¿Sabes por qué esto te parece así?, decía Inés: porque tú has sufrido -mucho, y te figuras que no es posible que pueda volver el bien. Pero -deja hacer al Señor; y si... deja que se vea una vislumbre apenas de -esperanza, y entonces me sabrás decir si no piensas ya en nada. Lucía -abrazaba á su madre y lloraba. - -Además, entre ellas y sus patrones había nacido súbitamente una grande -amistad; y efectivamente, ¿de dónde podía nacer ésta sino entre el -bienhechor y los beneficiados, cuando los unos y los otros son personas -de buenos sentimientos? Inés especialmente tenía con el ama de la casa -bastante tela cortada para hablar. Luego el sastre las entretenía un -poco con sus historias y sus discursos morales: á la comida, sobre -todo, tenía siempre algo que contar acerca de la espada de Rolando ó de -los Eremitas del desierto. - -Á algunas millas del pueblo habitaban dos personajes importantes, á -saber: D. Ferrante y D.ª Prajedes. El apellido, según costumbre, yace -bajo la pluma de nuestro anónimo. D.ª Prajedes era una dama de calidad, -avanzada en años y muy inclinada á hacer bien; éste es seguramente -el oficio más digno que el hombre puede ejercer en el mundo; pero -el exceso puede ser también perjudicial, como sucede en todas las -cosas. Para hacer el bien es preciso conocerlo, y al igual de todo lo -demás, nosotros no podemos conocerlo más que al través de nuestras -pasiones, por medio de nuestra razón, de nuestras ideas. D.ª Prajedes -se gobernaba con sus ideas, según decía, como debe hacerse con los -amigos; tenía muy pocas, pero estaba muy adherida á ellas. Entre esas -pocas ideas se encontraban por desgracia muchas defectuosas y no eran -las que menos quería. Sucedía de ahí, ó el proponerse por bien, lo cual -efectivamente no lo era, ó tomar por medios, cosas que hacían más bien -inclinarse al lado opuesto, ó el creer permitidas ciertas otras que -no lo eran del todo, por una cierta suposición en confuso, que el que -hace más de lo que debe puede dirigir según le plazca. Algunas veces -concluía por no ver en un hecho lo que tenía de real ó lo que no había, -y muchas otras cosas semejantes que pueden suceder y suceden á todo el -mundo, sin exceptuar á los mejores; pero esto acontecía con frecuencia -á D.ª Prajedes, y casi siempre á la vez. - -Al oir el gran suceso de Lucía y todo lo que en aquella ocasión se -decía de la joven, le vino la curiosidad de verlas, enviando un -carruaje con un viejo escudero para que le llevaran la madre y la hija. -Ésta se encogía de hombros y rogaba al sastre que se había encargado -del mensaje, que buscase el medio de excusarlas. Tantas veces como -le habían pedido cierta clase de gentes que les proporcionase el -trabar conocimiento con la joven del milagro, el sastre les había -rendido voluntariamente semejante servicio; pero en esta ocasión la -negativa le parecía una especie de rebelión. Hizo tantos gestos, tantas -exclamaciones, dijo tantas cosas, y que no se acostumbraba así, y que -era una gran casa, y que á los señores no se les dice que no, y que -esto podía ser su suerte, y que la Sra. D.ª Prajedes, además de todo, -era también una santa; tantas cosas en suma, que Lucía se vió obligada -á ceder, tanto más cuanto que Inés confirmaba todas aquellas razones -por otros tantos “seguramente, seguramente”. - -Llegadas á la presencia de la noble dama, ésta les hizo una magnífica -acogida y las llenó de felicitaciones; interrogó, aconsejó, todo con -cierta superioridad casi innata, pero corregida por tantas expresiones -dulces y modestas, templada por tanto afecto, cubierta de tanta -devoción, que Inés, casi en seguida, y Lucía pocos instantes después, -empezaron á sentirse aliviadas del respeto tiránico que en un principio -había impreso en ellas aquella activa presencia, encontrando luego -cierto atractivo. Para resumir: D.ª Prajedes, oyendo que el cardenal -se había encargado de buscar un asilo para Lucía, lanzada por el deseo -de secundar y prevenir al mismo tiempo tan buena intención, ofreció -el tener á la joven en su casa, en la cual, sin estar adicta á ningún -servicio particular, podría, cuando gustase, ayudar á las demás -mujeres en sus labores, añadiendo que avisaría y daría parte de ello á -monseñor. - -Además del bien ordinario é inmediato que había en hacer semejante -obra, D.ª Prajedes veía y se proponía otra, acaso mucho más -considerable, según su parecer: ésta era curar un cerebro enfermo -y guiar por una buena senda á una joven que tenía gran necesidad. -Desde que había oído por la primera vez hablar de Lucía, se había de -repente persuadido que una joven que había podido prometerse á un -malvado, á un criminal, á uno que había escapado de la horca, tal -como Renzo, debía estar un poco corrompida y ocultar algún vicio. -_Dime con quién andas, y te diré quién eres._ La visita de Lucía la -había confirmado en aquella persuasión. No era que en el fondo no le -pareciese una buena joven, como se suele decir, pero había mucho que -hablar. Aquella cabecita baja, aquella manía de no responder nunca ó de -hacerlo con sumo trabajo y como por fuerza, podían indicar vergüenza, -pero descubrían á golpe de vista mucha tenacidad. No se necesitaba un -gran esfuerzo para augurar que aquella pequeña cabeza tenía sus ideas: -y aquel ruborizarse á cada momento, aquellos largos suspiros... en -seguida dos grandes ojos que no agradaban del todo á D.ª Prajedes. -Tenía por cierto, como si lo hubiese sabido por buena parte, que todas -las desgracias de Lucía eran un castigo del cielo por su amistad con -aquel bribón, y un aviso de lo alto para que se separase enteramente. -Esto supuesto, ella se proponía cooperar á un tan buen fin, porque -así como decía á los demás y á sí misma, ¿todo su estudio no era acaso -secundar la voluntad del cielo? Pero caía con frecuencia en el terrible -error de tomar por el cielo los desvaríos de su cerebro. Sin embargo, -ella se guardó bien de dar el más pequeño indicio de la segunda -intención que hemos dicho. Una de sus principales máximas se reducía -á que para conducir á su término un buen designio, lo primero era no -darlo á conocer. - -La madre y la hija se miraron. Una vez admitida la necesidad de -separarse, la oferta pareció á ambas aceptable, si no por otra cosa, -á lo menos por estar aquella quinta muy próxima á su pueblo natal. -Habiendo leído cada una en su rostro su mutuo asentimiento, se -volvieron á D.ª Prajedes y aceptaron la proposición, manifestándole su -agradecimiento. Ésta renovó los cumplidos y promesas, y dijo que al -momento escribiría una carta á monseñor. - -Después de haber partido las dos mujeres, hizo extender la citada -carta por D. Ferrante, del cual por ser literato, según haremos -especial mención, se servía como de un secretario en las ocasiones -de importancia. Como se trataba de un negocio de aquella especie, -D. Ferrante hizo los mayores esfuerzos de ingenio, y al entregar la -minuta á su esposa para que la copiase, le recomendó ardientemente -la ortografía, que era una de las muchas cosas que había estudiado, y -de las pocas sobre las cuales tenía mando en la casa. D.ª Prajedes se -apresuró á copiar la carta y enviarla al sastre. Esto pasó dos ó tres -días antes que el cardenal mandase la litera para conducir á nuestras -mujeres á su pueblo. - -Luego que hubieron llegado, se apearon en la casa parroquial, en -donde se hallaba el cardenal. Se había dado orden para introducirlas -inmediatamente. El capellán, que fué el primero que las vió, se -apresuró á obedecer, deteniéndolas únicamente sólo lo necesario para -darles apresuradamente una pequeña lección tocante al ceremonial que -era preciso usar con monseñor, y sobre los títulos que debían darle, -cosa que tenía costumbre de hacer, siempre que podía, ocultándose del -cardenal. Era para el pobre hombre un tormento continuo el ver el poco -orden que reinaba en torno del cardenal sobre dicho particular: todo -esto sucede, decía á los demás de la familia, por la demasiada bondad -de ese hombre bienaventurado, por su gran familiaridad. Y refería -haber escuchado, con sus propios oídos, que contestaban muchas veces á -monseñor: sí, señor, y no, señor. - -En aquel momento el cardenal estaba conversando con D. Abundio sobre -los asuntos de la parroquia, de modo que éste no tuvo ocasión de dar -á su vez, según hubiera deseado, sus instrucciones á las dos mujeres: -solamente al pasar junto á éstas, y mientras que él salía y ellas -entraban, les pudo echar una ojeada, para darles á entender que estaba -muy satisfecho de su comportamiento, y que continuasen como honradas y -dignas mujeres guardando silencio. - -Después de la primera acogida por una parte, y los saludos por otra, -Inés sacó de su seno la carta, la presentó al cardenal diciendo: es de -la Sra. D.ª Prajedes, la cual dice que conoce mucho á vuestra señoría -ilustrísima, monseñor, como naturalmente, entre los grandes señores, -se deben conocer unos á otros. Cuando vuestra señoría la habrá leído, -quedará enterado. - ---¡Bien!, dijo Federico después de haberla leído y descubierto su -sentido bajo el fárrago de flores de retórica de D. Ferrante. Conocía -bastante aquella familia para estar seguro que Lucía había sido -invitada con buena intención, y que con ella estaría al abrigo de las -asechanzas y violencias de su perseguidor. Con respecto á la opinión -que podía tener acerca de D.ª Prajedes, no sabemos nada de positivo. -Probablemente no era la persona que hubiera elegido para semejante -obra; pero así como hemos dicho, ó hemos dado á conocer en otro lugar, -no tenía costumbre de deshacer las cosas que no le pertenecían, para -procurar volver á hacerlas mejor. - ---Aceptad aun sin pena esta separación, y la incertidumbre en que -os encontráis, añadió en seguida: tened la esperanza que esto debe -concluirse pronto y que el Señor quiere conducir las cosas al término -que se ha propuesto; pero tened por cierto que todo lo que él quiera -enviaros será para vuestro mayor bien. Dió después á Lucía, en -particular, algún otro consuelo amistoso, como igualmente nuevos ánimos -á ambas, les echó su bendición, y las dejó partir. - -Apenas hubieron puesto el pie en la calle, cuando se vieron rodeadas -de un enjambre de amigos y amigas, todo el pueblo, en fin, que las -aguardaba con impaciencia, y que las condujo como en triunfo hasta su -casita. Todas las mujeres las felicitaban, se apiadaban de su suerte, -las abrumaban con preguntas, y todas experimentaban el mayor desagrado -al saber que Lucía marchaba al día siguiente. Los hombres se disputaban -á porfía el ofrecerles sus servicios; cada uno quería permanecer -aquella noche haciendo la guardia á la casita. Sobre este hecho, -nuestro anónimo juzga conveniente poner aquí un pequeño proverbio: -“Queréis tener muchos que os ayuden, procurad no tener necesidad de -ellos”. - -Esta brillante acogida que confundía y turbaba á Lucía, no dejó -interiormente de causarle algún bien, pues la vino á distraer un poco -de las ideas y recuerdos que se ofrecían á su imaginación, en medio -del tumulto mismo, en aquel umbral, en aquellas habitaciones tan -conocidas, á la vista de cada objeto. - -Al sonido de la campana, que anunciaba la proximidad de la augusta -ceremonia, todos se encaminaron á la iglesia, siendo esto para las -recién venidas otro paseo triunfal. - -Concluida la función, D. Abundio, que había corrido á ver si Perpetua -había preparado todas las cosas para el desayuno, fué llamado por el -cardenal. Se dirigió sin pérdida de momento á la estancia de su ilustre -huésped, el cual, habiéndolo dejado acercar, “señor cura”, dijo. Estas -palabras fueron pronunciadas de un modo que debían hacerle comprender -que era la introducción de una larga y seria conversación. - ---Señor cura, ¿por qué no habéis casado á esa pobre Lucía con su -prometido? - -“Ellas han vaciado el saco esta mañana”, pensó D. Abundio, y respondió -balbuceando: “Vuestra señoría ilustrísima habrá sin duda oído hablar de -todos los obstáculos que han surgido de este asunto: hay una confusión -tal, que no se puede, ni aun hoy día, ver nada claro: monseñor -ilustrísimo sabe bien que la joven no se halla aquí, después de tantos -accidentes, más que de milagro; y que con respecto al mancebo, se -ignora absolutamente su paradero”. - ---Pregunto, replicó el cardenal, si es verdad que antes de todos estos -sucesos habíais rehusado celebrar el matrimonio, cuando vos mismo -señalasteis el día convenido. - ---Ciertamente... si vuestra señoría ilustrísima supiese... qué -intimaciones... qué órdenes tan terribles he recibido para que no -hablase... Y se paró sin concluir nada, con un ademán que daba -respetuosamente á entender, que sería una indiscreción el querer saber -más. - ---¡Más!, dijo el cardenal con acento y continente mucho más severos que -de costumbre: es vuestro obispo el que por deber y por vuestra propia -justificación quiere saber de vos los motivos por los cuales no habéis -ejecutado lo que en los sucesos ordinarios de la vida estabais obligado -rigurosamente á hacer. - ---Monseñor, dijo D. Abundio humillándose hasta el extremo; yo no quería -decir del todo... pero me ha parecido que como esto se reducía á un -negocio muy embrollado, á cosas ya pasadas, y hoy día sin remedio, era -inútil el removerlas... sin embargo, digo... sé que vuestra señoría -ilustrísima no puede estar en todo: y yo permanezco aquí, expuesto... -no obstante, ya que monseñor lo manda, lo diré todo. - ---Decid: no deseo más que el hallaros exento de culpa. - -D. Abundio se puso entonces á referir su dolorosa historia; mas -suprimió el nombre del principal personaje y lo sustituyó con la -palabra un _gran señor_, dando de este modo á la prudencia lo que podía -dársele en semejante apuro. - ---¿Y no habéis tenido otro motivo? preguntó el cardenal, cuando D. -Abundio hubo concluido. - ---Acaso no me haya explicado bastante, respondió éste; bajo pena de la -vida, me han intimado el no celebrar el matrimonio. - ---¿Y es ésta una razón bastante para dejar de cumplir un deber preciso? - ---Siempre he tratado de llenar mi deber aun á riesgo de grandes -incomodidades; pero cuando se trata de la vida... - ---¿Y cuando fuisteis presentado en la Iglesia, replicó Federico con -acento aún más severo, para ser admitido al sagrado ministerio que -habéis ejercido, la Iglesia os ha exceptuado el exponer la vida? -¿Os ha dicho que los deberes impuestos por este santo ministerio -estuviesen libres de todo obstáculo, exentos de todo peligro? ¿Os ha -manifestado que en donde empezaría el riesgo, cesaría el deber? ¿No -os ha demostrado expresamente lo contrario? ¿No os ha advertido que -os enviaba como un cordero en medio de los lobos? ¿No sabíais, pues, -que había hombres violentos á quienes desagradaría lo que os fuese -ordenado? Aquel de quien nosotros tenemos la doctrina y el ejemplo, á -cuya imitación nos dejamos llamar y nos decimos pastores, viniendo á la -tierra para llenar el peligroso cargo, ¿ha puesto acaso por condición -que la vida estaría segura? ¿Y para salvarla, para conservarla algunos -días más sobre la tierra, olvidando la caridad y el deber, era preciso, -pues, que recibieseis la santa unción y la gracia del sacerdocio? El -mundo basta para dar esta virtud, para enseñar esta doctrina. ¿Qué -digo?, ¡oh, vergüenza! el mundo mismo la combate. El mundo hace también -sus leyes que prescriben el bien y rechazan el mal; tiene igualmente -su evangelio, un evangelio de orgullo y de odio; y no quiere que se -diga que el amor á la vida sea una razón para traspasar sus órdenes. Lo -quiere y es obedecido; ¡y nosotros, nosotros, hijos y mensajeros de la -palabra de Dios!, ¿qué sería de la Iglesia, si vuestro lenguaje fuese -el de todos vuestros colegas? ¿En dónde estaríais hoy si se hubiese -anunciado al mundo con semejantes doctrinas? - -D. Abundio permanecía con la cabeza baja; su corazón se hallaba bajo el -peso de aquellos terribles argumentos, del mismo modo que un polluelo -bajo las garras del halcón, que lo tiene suspendido en una región -desconocida, en medio de una atmósfera que jamás ha respirado. Viendo -enseguida que era absolutamente preciso contestar algo, dijo con -forzada sumisión: “Monseñor ilustrísimo, he faltado; y ya que no se -debe procurar por la vida, nada más tengo que decir; pero cuando uno -tiene que habérselas con ciertas gentes que tienen, la fuerza en la -mano y que no quieren escuchar razones, no veo qué es lo que se puede -ganar con hacer el valiente; y con un señor como aquél, contra el cual -no se puede vencer ni desquitar”. - ---¿Ignoráis por ventura que el sufrir por la justicia es el modo que -nosotros tenemos de vencer? Si no lo sabéis, ¿qué predicáis, pues? ¿Qué -enseñáis? ¿Cuál es el Evangelio que anunciáis á los pobres? ¿Quién -exige de vos que doméis la fuerza con la fuerza? Ciertamente no os -será demandado en el día del juicio si habéis sabido reprimir á los -poderosos, porque no se os ha dado ni la misión ni los medios, pero -se os exigirá cuenta del modo que habéis ejecutado lo que os estaba -prescrito, aun cuando se hubiera tenido la temeridad de prohibíroslo. - -“Á la verdad que estos santos son bien extraños, pensaba entretanto -D. Abundio: exprimid todo el jugo de sus discursos, y sacaréis en -sustancia, que prefieren más el amor de dos jóvenes, que la vida -de un pobre sacerdote”. Tocante á él, se hubiera contentado que la -conversación acabase allí; pero veía al cardenal que á cada pausa -permanecía con el ademán de uno que aguarda una contestación, una -confesión ó una apología. - ---Repito, monseñor, respondió enseguida, que he faltado: el valor no se -puede inspirar al que no lo tiene. - ---¿Y por qué, pues, podría deciros, os habéis encargado de un -ministerio que os impone la tarea de estar siempre en guerra abierta -con las pasiones del siglo? ¿Mas cómo, os diré más bien, cómo no -pensáis que si en este ministerio, de cualquier modo que hayáis -entrado, os es indispensable el valor para llenar nuestros deberes, el -Todopoderoso os lo concederá infaliblemente cuando se lo pidiereis? -¿Creéis que tantos millares de mártires como ha habido, naturalmente -tuviesen valor, que no hiciesen ningún caso de la vida, tantos jóvenes -que empezaban á gozar de sus encantos, tantos ancianos que veían á cada -instante que se les iba á escapar, tantas vírgenes, tantas esposas -y tantas madres? Todos han tenido valor porque éste era necesario, -y además, tenían confianza en Dios. Conociendo vuestra debilidad y -vuestros deberes, ¿habéis procurado, por ventura, prepararos para -las situaciones difíciles en que podíais encontraros y en las que os -habéis hallado en efecto? ¡Ah!, si durante tantos años de ejercicio -pastoral habéis amado vuestra grey (como no lo dudo), si habéis hecho -descansar en ella vuestras afecciones, vuestros cuidados, vuestras -más caras delicias, el valor no debía faltaros en caso de necesidad; -el amor es intrépido. Si vos apreciáis á los que están confiados á -vuestra custodia espiritual, á aquellos que llamáis vuestros hijos; á -la verdad, si los amáis, cuando habéis visto á dos de estos amenazados -al mismo tiempo que vos, ¡ah!, ciertamente, la caridad ha debido -haceros temblar por ellos, como la debilidad de la carne os ha hecho -temblar por vos mismo. Vos habréis sido humillado con este primer -temor, porque era un efecto de vuestra miseria; habréis implorado la -fuerza para vencerle, para arrojarle de vos, porque era una tentación; -pero el temor santo y noble para el prójimo, para vuestros hijos, lo -habréis atendido; él no os habrá sin duda dejado un momento de tregua -ni reposo; os habrá excitado, arrastrado á pensar todo lo posible para -separar de ellos el peligro que les amenazaba... ¿Qué es lo que os ha -inspirado, pues, este temor, este amor?, ¿qué habéis hecho por ellos?, -¿qué habéis pensado hacer? - -Y calló en ademán de quien aguarda una respuesta. - - - - - CAPÍTULO OCTAVO - - -Á una tal demanda, D. Abundio, á quien había costado mucho trabajo -contestar á las preguntas muy poco precisas, se quedó sin articular -una palabra. Y para decir la verdad, aun nosotros, con este manuscrito -delante, con la pluma en la mano, no teniendo que disputar más que con -las frases, ni otra cosa que temer que la crítica de nuestros lectores, -también nosotros, repito, experimentamos una cierta repugnancia en -proseguir: encontramos un cierto no sé qué de extraño en este deseo -de presentar tan fácilmente tantos bellos preceptos de fortaleza y -de caridad, de infatigable solicitud para los demás, de ilimitado -sacrificio de sí mismo. Mas pensando en seguida que dichas cosas eran -proferidas por un hombre que las ponía en ejecución, avancemos con -valor. - ---¿No respondéis?, replicó el cardenal. ¡Ah!, si hubieseis hecho lo que -la caridad, lo que el deber reclamaba, de cualquier modo que las cosas -hubieran ido, no os faltaría ahora una contestación. Vos mismo veis lo -que habéis hecho: obedecisteis á la iniquidad sin cuidaros de lo que os -prescribía el deber. Habéis seguido puntualmente sus órdenes; ella se -ha manifestado á vos únicamente para significaros su deseo, pero quería -permanecer oculta al que hubiera podido defenderse y ponerse en guardia -contra ella; no quería despertar sospechas, sí únicamente el secreto, -para madurar con comodidad sus proyectos de asechanzas ó de violencia; -os ordenó infringir vuestros deberes y que callaseis; así lo habéis -hecho. Os pregunto al presente si no habéis hecho más; decidme si es -verdad que disteis falsas excusas para no revelar el motivo de vuestra -negativa... Pronunciadas estas palabras, guardó silencio, esperando una -contestación. - -“¡También han referido esto las charlatanas!”, pensaba D. Abundio, pero -no daba señales de tener nada que decir. - ---¿Es verdad, prosiguió el cardenal, es verdad que habéis dicho á esas -pobres criaturas lo que no había, para tenerlas en la ignorancia, en -la oscuridad, en la que las quería la iniquidad?... Me veo obligado -á creerlo; únicamente me resta el ruborizarme con vos, y esperar que -lloraréis conmigo. ¡Ved adónde os ha conducido! (¡Dios clemente, sin -embargo lo presentáis como una justificación!) ¡Ved, repito, adónde -os ha conducido esa solicitud por una vida que debe concluirse! Ella -os ha conducido... rebatid libremente estas palabras si os parecen -injustas; tomadlas como una humillación saludable si no lo son... os ha -conducido, vuelvo á decir, á engañar á los débiles, á mentir á vuestros -hijos. - -“He aquí cómo van las cosas”, decía aún D. Abundio entre sí, “á ese -demonio encarnado (y pensaba en el Incógnito), los brazos al cuello; -y á mí, por una nada, por una media mentira dicha con el solo fin de -salvar el pellejo, tanto ruido; pero son superiores, y siempre tienen -razón; ésta es mi estrella: todos tienen que pagarla conmigo, sin -exceptuar ni aun los santos”. Después dijo en alta voz: - ---He faltado, conozco que he faltado; pero ¿qué debía hacer en unas -circunstancias tan críticas? - ---¡Y todavía lo preguntáis! ¿No os lo he dicho ya?, ¿y debíais -decírmelo? Amar, hijo mío, amar y rogar. Entonces habríais visto que -la iniquidad puede amenazar, dar golpes, pero no órdenes; hubierais -unido, según la ley de Dios, lo que el hombre quería separar, hubierais -prestado á esos desgraciados inocentes el ministerio que tenían el -derecho de pediros; Dios hubiera respondido de las consecuencias, -porque se habían seguido sus mandatos; hoy que habéis ejecutado otros, -sobre vos sólo recae la responsabilidad. ¡Y qué consecuencias, justo -cielo! ¿Y qué haríais si todos los medios humanos os faltasen, si no -hubiese ninguna senda abierta para salvaros, cuando apenas habéis -mirado á vuestro alrededor, cuando ni aun habéis reflexionado ni -tampoco dignado buscarlos un solo instante? Sabed, pues, que esos -infortunados habían pensado en su fuga después de haber celebrado -su casamiento; estaban dispuestos á huir lejos de la presencia del -poderoso, y habían ya elegido el lugar donde refugiarse. Y aun sin -esto, ¿no os ha venido á la memoria que al fin y al cabo teníais un -superior?, ¿cómo se atrevería éste á revestirse de la autoridad para -reprenderos el haber faltado á vuestros deberes, si no se creyese -obligado á ayudaros á cumplirlos?, ¿por qué no habéis tratado de -informar á vuestro obispo de los obstáculos que una infame violencia -ponía al ejercicio de vuestro ministerio? - -“Éste era el parecer de Perpetua”, pensaba dolorosamente D. Abundio, á -quien en medio de todos estos discursos lo que tenía presente con más -claridad, era la imagen de aquellos bravos, y la idea que D. Rodrigo -estaba vivo y sano, y que un día ú otro volvería glorioso y triunfante -y enardecido de rabia. Aunque aquella dignidad presente, aquel aspecto -y lenguaje le hiciesen estar confuso y le imprimiesen cierto temor, -era, no obstante, un temor que no le subyugaba y que no impedía el que -su pensamiento se rebelase, porque calculaba que al fin de la cuenta, -el cardenal no empleaba arcabuces, espadas ni bravos. - ---¿Cómo no habéis reflexionado, proseguía Federico, que si aquellas -inocentes víctimas no hubiesen tenido abierto ningún otro asilo, yo -podía acogerles, ponerles en un lugar seguro en el momento que vos me -los enviaseis, como si estuvieran adheridos á un obispo, como una cosa -que le pertenecía, como la parte más preciosa, no digo de su cargo, -sino de sus riquezas? Por lo que toca á vos, yo hubiera permanecido -inquieto; me habría sido imposible descansar un momento hasta que os -hubiese puesto en seguridad, procurando que no se os tocase ni siquiera -uno solo de vuestros cabellos. ¿Imagináis que no hubiera sabido cómo -asegurar vuestra vida? ¿Creéis que ese hombre, por atrevido que sea, -no hubiera perdido su audacia, cuando hubiese llegado á su noticia -que sus tramas eran conocidas fuera de aquí, conocidas de mí que -velaba, que estaba decidido á emplear para vuestra defensa todos los -medios que estuviesen en mi mano? ¿Ignoráis que si el hombre promete -con frecuencia mucho más de lo que puede sostener, amenaza también -algunas veces más de lo que no se atreve á ejecutar? ¿No sabéis que la -iniquidad no solamente se funda en sus propias fuerzas, sino también en -la credulidad y en el espanto de los otros? - -“Justamente, la razón es de Perpetua”, pensó todavía D. Abundio, sin -reflexionar que el hallarse de acuerdo su criada y Federico Borromeo -sobre lo que se hubiera podido y debido hacer, era un fuerte argumento -contra él. - ---Pero vos, prosiguió el cardenal, no habéis visto, no habéis querido -ver más que vuestro peligro temporal. ¿Cómo os ha podido parecer tan -grande para sacrificar á él todo lo demás? - ---Es porque yo vi aquellas caras feroces, se le escapó decir á -D. Abundio; yo mismo oí sus terribles palabras. Vuestra señoría -ilustrísima dice muy bien; pero sería preciso estar en el interior de -un pobre sacerdote y haber presenciado aquella escena. - -Apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando se mordió la lengua. -Conoció que se había dejado vencer demasiado por el despecho, y dijo -entre sí: “Ahora va á descargar la nube”; pero levantando tímidamente -la vista, se quedó sumamente admirado al ver al cardenal, al cual no -le era dado jamás el adivinar ni comprender, ó más bien diré, pasar de -aquella gravedad de mando y reprensión, á una compungida y pensativa. - ---Es demasiado cierto, dijo Federico. ¡Tal es nuestra terrible y mísera -condición: nosotros queremos exigir rigurosamente de los demás lo -que Dios solo sabe si nosotros estaríamos dispuestos á dar: queremos -juzgar, corregir, reprender, y Dios sabe lo que nosotros haríamos -en el mismo caso, lo que hemos hecho en ocasiones semejantes! ¡Pero -desgraciado de mí si quisiese tomar mi debilidad por medida del deber -de los otros, por norma de mi instrucción! Sin embargo, es cierto -que juntamente con las doctrinas, debo dar el ejemplo á mi prójimo, -no para parecerme al fariseo que impuso á los demás enormes cargas, -las cuales después no quiso él ni aun tocar con el dedo. Escuchadme -pues, hijo mío, querido hermano: los errores de los que mandan son -frecuentemente más conocidos de los demás que de ellos mismos; si -vos sabéis que yo haya descuidado por desidia, por respetos humanos, -alguno de mis deberes, decídmelo francamente, hacédmelo observar, á fin -de que allí, donde ha faltado el ejemplo, sobrevenga á lo menos una -humilde confesión. Mostradme libremente mis debilidades, y entonces las -palabras adquirirán más valor en mi boca, porque experimentaréis más -vivamente que no son mías, sino de aquel que puede darnos á ambos la -fuerza necesaria para hacer lo que ellas prescriben. - -“¡Oh, qué hombre tan santo, pero cuánto me atormenta!” decía -interiormente D. Abundio: “Siempre está sobre sí; quiere que yo -examine, remueva, critique, averigüe lo que encuentre malo en su -conducta”; en seguida dijo en alta voz: - ---¡Oh, monseñor se burla de mí! ¿Quién no conoce el corazón fuerte, -el celo infatigable de vuestra señoría ilustrísima? Y añadió en su -interior, “Más que infatigable”. - ---Yo no os pediría alabanzas que me hacen temblar, porque Dios conoce -mis faltas, y también yo me conozco bastante para confundirme; pero -hubiera querido, querría que nos confundiéramos juntos ante él, para -confiar igualmente ambos: desearía por amor á vos que comprendieseis -cuán opuesta ha sido vuestra conducta y vuestro lenguaje á las leyes, -que sin embargo, predicáis, y según las cuales seréis juzgado. - -“Todo se vuelve contra mí”, pensó D. Abundio. - ---Pero estas personas que han venido á referíroslo todo, no os han -dicho que ellas se han introducido en mi casa á traición, para -sorprenderme y hacerme celebrar un matrimonio contra las reglas. - ---Me lo han dicho, hijo mío; pero lo que me aflige, lo que me aterra, -es el ver que aún tratáis de excusaros, procurando acusar á vuestro -prójimo acerca de lo que debería formar parte de vuestra confesión. -¿Quién ha puesto á esos infortunados, no digo en la necesidad, sino -en la tentación de hacer lo que han hecho? ¿Hubieran buscado esta vía -irregular, si la legítima no se les hubiese cerrado? ¿Habrían pensado -en tender lazos á su pastor si ellos hubiesen sido recibidos en sus -brazos, auxiliados y aconsejados por él?, ¿á sorprenderle, si no se -hubiera escondido? ¡Y queréis ahora hacerles soportar el peso!, ¡y os -indignáis porque después de tantas desventuras, ¿qué digo?, en medio -de la misma desgracia, hayan dejado escapar una palabra de consuelo -delante de su pastor y del vuestro! Que las reclamaciones del oprimido, -que las quejas del afligido sean odiosas al mundo, lo comprendo; ¡pero -á nosotros! ¿Y qué ventaja os hubiera producido su silencio? Hubierais -ganado en esto que su causa fuese enteramente al juicio de Dios. -¿No es para vos una nueva razón (teniendo ya tantas) de amar á esas -personas que os han procurado la ocasión de escuchar la voz sincera de -vuestro obispo, que os han dado un medio más conveniente para conocer -y descontar en parte la gran deuda que tenéis con ellos? ¡Ah!, si os -hubiesen provocado, ofendido, atormentado, os diría (¡y tendría acaso -necesidad de decíroslo!) que los amarais justamente por lo mismo. -Queredlos porque ellos han padecido, porque todavía padecen, porque -forman parte de vuestro rebaño, porque son débiles, porque tenéis -necesidad de perdón, y para obtenerlo, juzgad cuánto pueden valer sus -súplicas. - -D. Abundio guardaba silencio, pero no con ese silencio forzado é -impaciente; callaba, como aquel que tiene más que pensar que no decir. -Las palabras que oía eran consecuencias inesperadas, aplicaciones -nuevas de una doctrina, no obstante antigua en su mente y no -contrastada. El mal de su prójimo, de cuya consideración le había -distraido el miedo propio, le hacía al presente una nueva impresión. Si -no sentía todos los remordimientos que la amonestación quería producir, -á causa de aquel maldito miedo que estaba siempre allí para el papel -de defensor oficioso, experimentaba á lo menos un cierto desagrado de -sí mismo, cierta compasión hacia los demás, cierta mezcla, en fin, de -ternura y vergüenza. Se asemejaba, si me es permitida la comparación, á -la húmeda y retorcida mecha de una vela, que aproximada á la llama de -una antorcha empieza á humear, luego chisporrotea, parece que rehúsa -encenderse, mas por último lo verifica y luce bien ó mal. D. Abundio se -hubiera acusado abiertamente, se habría lamentado de su conducta, si -no hubiese tenido la idea fija en D. Rodrigo; sin embargo, se mostró -bastante conmovido para que el cardenal dejase de conocer que sus -palabras habían servido de algo. - ---Ahora, prosiguió el cardenal, el uno está fugitivo fuera de su casa, -la otra muy próxima á abandonarla; no tienen ambos más que motivos -poderosos para permanecer alejados, sin ninguna probabilidad de verse -jamás reunidos, y únicamente satisfechos, esperando que Dios los junte -en la otra vida; ahora, ¡ay!, ellos no tienen necesidad de vos; al -presente no tenéis motivo alguno de favorecerlos, y nuestra corta -previsión no alcanza á descubrir lo que podrá suceder. ¿Pero quién sabe -si Dios en su misericordia no os prepara la ocasión? ¡Ah, no la dejéis -escapar!, ¡buscadla, estad al acecho, rogad que se presente! - ---No dejaré de hacerlo, monseñor; no dejaré de hacerlo; yo os lo -aseguro, respondió D. Abundio, con un acento que en aquel instante -salía del corazón. - ---¡Ah, sí, hijo mío, sí!, exclamó Federico, y con afectuosa dignidad -continuó: ¡El cielo sabe que hubiera deseado tener con vos otra especie -de conversación! ¡Los dos hemos vivido ya mucho en este mundo! ¡Dios -sabe cuán penoso me ha sido el afligir vuestra ancianidad, teniendo -que usar de las reprensiones!, ¡cuánta mayor satisfacción hubiera sido -para mí el haber podido consolarnos mutuamente de nuestros cuidados -comunes y de nuestras penas, hablando de la bienaventurada esperanza, -de la cual estamos ya tan próximos!, ¡Dios quiera que las palabras que -me he visto obligado á deciros, sirvan para ambos! No hagáis que él me -tenga que pedir cuenta, en aquel día terrible, de haberos conservado -en un sagrado ministerio, al cual tan desgraciadamente habéis faltado. -Recobremos el tiempo perdido; la hora se acerca; el esposo no puede -tardar; tengamos encendidas nuestras lámparas. Ofrezcamos á Dios -nuestros miserables y vacíos corazones, para que se digne llenarlos -de esa caridad que repara el pasado, que asegura el porvenir, que teme -y espera, llora y se regocija con sabiduría; que nos conceda en todas -ocasiones la virtud que tanta falta nos hace. - -Dicho esto se levantó, y D. Abundio siguió sus pasos. - -Aquí nuestro anónimo nos advierte que la anterior entrevista no fué -la única que tuvieron los dos personajes, ni tampoco Lucía el solo -objeto de sus conversaciones; pero que se ha limitado á esto, por no -separarse demasiado del principal objeto de su narración; y que por -el mismo motivo no hará mención de otras cosas notables dichas por -Federico en todo el curso de la visita, ni de sus liberalidades, ni de -las discordias apaciguadas, ni de los odios antiguos entre personas, -familias y tierras enteras apagados (sucediendo por desgracia con -demasiada frecuencia que solamente se adormecen), ni de algunos -guapetones ó tiranuelos calmados por algún tiempo ó para siempre; todas -cosas que no dejaban de suceder siempre más ó menos, en cada uno de los -lugares de la diócesis en que aquel excelente personaje se detenía. - -Después dice, que á la mañana siguiente fué D.ª Prajedes, según estaba -convenido, á buscar á Lucía y á cumplimentar al cardenal, el cual -colmó de alabanzas á la joven y se la recomendó eficazmente. Ya podrá -figurarse el lector cuántas lágrimas costaría á Lucía el separarse -de su madre; salió de la casita y dió el segundo adiós á su pueblo -natal, con ese sentimiento de excesiva amargura que se experimenta al -abandonar un paraje que fué el solo amado, y que ya no puede serlo más. -Pero con respecto á su madre, no fué ésta su última despedida; porque -D.ª Prajedes había anunciado que permanecería aún algunos días en su -quinta, la cual no estaba lejos del pueblo; prometiendo Inés ir á ver á -su hija, para dar y recibir un más doloroso adiós. - -El cardenal se disponía también á marchar para continuar su visita, -cuando llegó el cura de la parroquia en donde estaba situado el -castillo del Incógnito, pidiendo tener una entrevista con él. Después -de haber sido introducido, le presentó un paquete y una carta, en la -cual rogaba á Federico que hiciese aceptar á la madre de Lucía cien -escudos de oro que iban contenidos en dicho paquete, para que sirvieran -de dote á la joven, ó para el uso que ambas juzgasen conveniente: al -mismo tiempo le suplicaba se dignara decirles, que si alguna vez, en -cualquier tiempo, necesitaban de sus servicios, la infeliz doncella no -ignoraba por desgracia su morada; y que el prestarles su ayuda, sería -para él uno de los sucesos más felices y deseados de su vida. - -El cardenal mandó llamar á Inés al momento, y le participó la misión -que acababa de recibir, la cual fué escuchada con tanta sorpresa como -alegría; y puso en sus manos el paquete, que ella se apresuró á tomar -sin hacer muchos cumplimientos. Que Dios recompense á ese señor, dijo, -y ruego á vuestra señoría ilustrísima que le dé nuestras más sinceras -gracias; pero que esto no lo sepa nadie, porque vivimos en un pueblo, -que... Perdonadme; ya lo veis; sé demasiado que un señor como vos no va -ahora á hablar de semejantes cosas; pero... su señoría ya me entiende. - -En seguida se volvió á casa apresuradamente, encerróse en su -habitación, y abrió el paquete. Aunque preparada, vació con admiración -en un pañuelo todo aquel montón de zequíes que tan pocas veces había -visto, y aun esto, solamente uno á uno: los contó, costóle gran trabajo -el reunirlos y colocarlos unos sobre otros, porque á cada instante se -escapaban de sus inexpertos dedos, y cayendo sobre la pila que tenía -hecha, tenía que volver á empezar su trabajo: habiendo logrado por -último hacer un cartucho lo mejor que le fué posible, lo envolvió en -un trapo, atándolo cuidadosamente con un bramante y fué á esconderlo -en uno de los rincones de su jergón. El resto del día no hizo más que -desvariar, formar proyectos para lo sucesivo, y suspirar el día de -mañana. Se acostó y permaneció algún tiempo despierta, atormentada por -la idea del oro que tenía debajo; y dormida lo veía igualmente. Se -levantó al rayar el alba, y se puso en camino para la quinta en la -cual se hallaba Lucía. - -La repugnancia que ésta experimentaba en hablar del voto que había -hecho, no se disminuía; sin embargo, estaba resuelta á violentarse, -confiándose á su madre en la siguiente entrevista, que por algún tiempo -á lo menos debía llamarse la última. - -Apenas pudieron estar solas, cuando Inés, con el semblante animado, y -al mismo tiempo en voz baja como si temiera que alguno la oyese, empezó -á hablar de este modo: “Tengo que darte una gran noticia”; y se puso á -referir su inesperada fortuna. - ---Dios bendiga á ese señor, dijo Lucía: así tendréis con que vivir -felizmente, y podréis también hacer bien á alguno. - ---¡Cómo!, respondió Inés; ¿no ves cuántas cosas podemos hacer con -tanto dinero? Escucha: yo no tengo más hija que tú; más que los dos, -puedo decir; porque á Renzo, desde que empezó á obsequiarte, lo he -mirado siempre como un hijo mío. Todo está en que no le haya sucedido -alguna desgracia al ver que no nos ha dado ninguna noticia de su -persona. Pero, ¡vaya!, ¡acaso ha de ir todo mal! Confiemos en que no, -y esperemos. En cuanto á mí, hubiera querido dejar los huesos en mi -país; mas al presente, que tú no puedes permanecer en él, por culpa de -ese bribón, y solamente al pensar que lo tendría cerca, he cogido odio -al pueblo que me ha visto nacer. Hasta aquí, estaba resuelta á ir con -vosotros, aunque hubiese sido hasta el fin del mundo; pero, sin dinero, -¿cómo hacerlo? ¿Comprendes ahora? Los pocos cuartos que el pobre Renzo -había recogido con tantos afanes y á costa de una estricta economía, he -aquí que ha ido la justicia con sus manos lavadas, y ha arramblado con -todo; mas el Señor en recompensa nos ha enviado la fortuna. Así, pues, -luego que haya encontrado el medio de que sepamos si existe ó no, en -dónde está, y cuáles son sus intenciones, voy á buscarte á Milán, no -lo dudes; en otro tiempo me hubiera parecido una gran cosa; pero las -desgracias le hacen á uno abrir los ojos, y le prestan atrevimiento -para todo: he ido hasta Monza, y por consiguiente, sé lo que es -viajar. Escojo un hombre decidido, un pariente, como por ejemplo, -Alejo de Magganiaco, que según todos dicen es hombre de resolución; -¿no es cierto?, voy á Milán en su compañía, hacemos los gastos y... ¿me -comprendes? - -Pero viendo que en vez de animarse, apenas podía Lucía ocultar -su turbación, no manifestando más que una ternura sin consuelo, -interrumpió su discurso, y dijo: “¿Qué tienes? ¿no eres de mi parecer?”. - ---¡Madre mía!, ¡infeliz madre mía!, exclamó Lucía, echándole uno de sus -brazos al cuello y ocultando su rostro bañado de lágrimas en el seno -de aquélla. - ---¿Qué te pasa?, preguntó de nuevo la madre con la mayor inquietud. - ---Hubiera debido decíroslo antes, respondió Lucía levantando el rostro, -y enjugándose las lágrimas, mas me ha faltado el valor; compadecedme. - ---Pero, di; habla pues. - ---¡No puedo ser mujer de ese desgraciado joven! - ---¿Cómo?, ¿cómo? - -Lucía, con la cabeza baja, respirando apenas, sofocada por las -lágrimas que derramaba sin exhalar un solo gemido, como el que cuenta -una cosa que no tiene remedio, reveló el voto que había hecho; y al -mismo tiempo, juntando las manos, pidió de nuevo perdón á su madre de -haberle tenido hasta entonces oculto aquel misterio. Suplicóle también, -encarecidamente, que no lo dijese á alma viviente, y que la ayudase á -cumplir lo que había prometido. - -Inés se quedó estupefacta y consternada: quería mostrarse indignada á -causa del silencio que su hija había guardado con ella; mas los graves -pensamientos nacidos de esta circunstancia, ahogaron su resentimiento. -Primeramente, trató de vituperar su resolución; pero después le pareció -que era querer habérselas con el cielo; tanto más, cuanto que Lucía -le pintaba con tan vivos colores aquella espantosa noche, su fatal -desconsuelo y su imprevista salvación, en medio de todo lo cual, había -formulado su promesa tan expresa y solemne. Inés escuchaba entretanto -con la mayor atención, y cien ejemplos que había oído referir muchas -veces, y que ella misma había contado á su hija, tocante á castigos -extraños y terribles, ocasionados por la violación de algún voto, se -le presentaban tumultuosamente en su imaginación. Después de haber -permanecido un poco como suspensa, dijo: “¿Y ahora qué harás?”. - ---Ahora, respondió Lucía, al Señor toca cuidar de ello; al Señor y á la -Madonna: me he puesto en sus manos; hasta aquí no me han abandonado; -tampoco me abandonarán ahora que... La gracia que pido al Señor, la -sola gracia, después de la salvación de mi alma, es que me haga volver -pronto á vuestro lado; él me la concederá; sí, confío en que me la -concederá. Aquel día terrible... en aquel fatal carruaje... ¡Ah, Virgen -Santísima!... entre aquellos hombres... ¡quién me había de haber dicho -al verme conducida por ellos, que debía encontrarme con vos al día -siguiente! - ---¡Mas no decírselo pronto á tu madre!, continuó Inés con cierto enfado -templado por el cariño y compasión. - ---Tened lástima de mí; no tenía el valor suficiente... ¿y de qué -hubiera servido el afligiros con anticipación? - ---¿Y Renzo?, dijo Inés, meneando la cabeza. - ---¡Ah!, exclamó Lucía estremeciéndose; yo no debo pensar ya más en ese -infortunado. Se conoce que no estaba destinado... Ved cómo parece que -el Señor nos había querido separar. ¿Y quién sabe?... Pero no, no; él -lo habrá preservado del peligro, y quizá hará que sea más afortunado -apartándole de mí. - ---Pero entretanto, replicó la madre, si tú no estuvieses ligada para -siempre, y con tal que no hubiese sucedido á Renzo desgracia alguna, -con el dinero se hubiera remediado todo. - ---Pero este dinero, replicó Lucía, ¿estaría en vuestro poder si yo no -hubiese pasado aquella noche? Ya que Dios ha querido que todo vaya así, -hágase su divina voluntad. Y la voz de Lucía se extinguió ahogada por -las lágrimas. - -Á tan inesperado argumento, Inés se quedó pensativa. Después de algunos -momentos de silencio, Lucía conteniendo sus sollozos, repuso: - ---Al presente, que la cosa está ya hecha, es preciso someterse -voluntariamente; y vos, mi pobre madre, vos que me podéis ayudar, -primeramente rogando al Señor por vuestra desdichada hija, y luego... -conviene que el infeliz Renzo lo sepa. Meditadlo, hacedme todavía este -favor; porque vos, podéis pensar en ello. Cuando sepáis dónde está, -hacedle escribir, buscad un sujeto... justamente vuestro primo Alejo, -que es un hombre prudente y caritativo, que nos ha querido siempre -bien, y que no hablará de más: valeos de él para escribirle del modo -que ha pasado todo, en dónde me he encontrado, lo que he padecido, y -además decidle que Dios lo ha querido así, que se tranquilice, que yo -no puedo jamás pertenecer á ningún hombre. Hacédselo comprender bien, -explicadle lo que yo he prometido, que he hecho voto... Cuando sepa que -he prometido á la Virgen... Él ha sido siempre muy temeroso de Dios... -y vos, desde el momento en que sepáis noticias suyas, escribidme, -hacedme saber que está sano y salvo; y después... no me hagáis saber -nada más. - -Inés, sumamente enternecida, aseguró á su hija que todo se haría como -deseaba. - ---Quisiera deciros otra cosa, replicó ésta: lo que ha sucedido al -infortunado Renzo no hubiera tenido lugar, si no hubiera tenido la -desgracia de pensar en mí: está al presente errante, fugitivo; se le -han hecho perder todos sus ahorros; se le ha arrebatado todo lo que -poseía; todas las economías que el infeliz había hecho, bien sabéis -por qué... ¡y nosotras, que tenemos tanto dinero! ¡Oh, madre mía! ¡Ya -que el Señor os ha enviado tantas riquezas y que al infeliz lo miráis -como hijo vuestro!... ¡Oh, partidlas con él que seguramente Dios os -lo premiará; buscad una ocasión á propósito, y enviadle la mitad: ¡el -cielo sabe cuánta necesidad tendrá de ello! - ---¡Y bien!, ¿qué crees tú?, respondió Inés; sí, seguramente que se lo -mandaré. ¡Pobre joven! ¿Por qué piensas que yo estaba contenta con ese -dinero? Pero... ¡yo que había venido aquí tan alegre! Vaya; dejemos -esto: yo se lo enviaré; ¡desdichado Renzo! Mas él también... yo me -entiendo. Ciertamente el dinero agrada al que lo necesita; pero á él, -de seguro no lo hará engordar. - -Lucía dió gracias á su madre por aquella pronta y liberal -condescendencia, con una gratitud, con un afecto, capaz de hacer -comprender á quien la hubiese escuchado, que su corazón pertenecía aún -todo entero á Renzo; quizá más de lo que ella misma creía. - ---¿Y sin ti, qué haré yo, infeliz mujer?, dijo Inés llorando á su vez. - ---¿Y yo sin vos, pobre madre mía, y en una casa extraña? ¡Allá tan -lejos, en aquel Milán!... Mas el Señor será con nosotras dos, y nos -reunirá. Dentro de ocho ó nueve meses nos volveremos á ver; y de aquí -á entonces, y aun antes, espero que él habrá arreglado las cosas para -consolarnos. Dejémoslo á su divina voluntad; siempre, siempre pediré á -la Madonna esta gracia. Si tuviese alguna otra cosa que ofrecerle, lo -haría; pero es tan misericordiosa, que á pesar de todo me lo otorgará. - -Con éstas y otras semejantes palabras, repetidas muchas veces, -acompasadas de lamentos y de consuelos, de aflicción y de resignación, -con multitud de recomendaciones y promesas de no decir nada á nadie, -con una infinidad de lágrimas, después de prolongados y nuevos abrazos, -las mujeres se separaron, prometiéndose recíprocamente volverse á ver -para el próximo otoño, á más tardar; como si esto dependiese de ellas, -y según se hace siempre en semejantes casos. - -Sin embargo, pasóse largo espacio de tiempo sin que Inés pudiese saber -nada absolutamente con respecto á la suerte de Renzo; no recibía -cartas ni mensajes de ninguna especie; las gentes del pueblo ó de las -cercanías, á quien podía preguntar, no sabían más que ella. - -No era Inés la única que hiciese inútilmente tales pesquisas: el -cardenal Federico, que no había dicho por mera fórmula á nuestras dos -pobres mujeres que quería tomar informes acerca del infeliz joven, -escribió efectivamente con la mayor prontitud para tenerlos. Cuando fué -á Milán, de vuelta de su visita diocesana, recibió una respuesta, en la -cual le decían no haberse podido encontrar huella alguna del indicado -sujeto, que verdaderamente permaneció algún tiempo en casa de un -pariente suyo, en tal país, en el cual nada había dado que decir; pero -que una mañana muy temprano desapareció de súbito, y que ni aun su -mismo pariente nada sabía de él, no pudiendo más que repetir ciertas -voces sin fundamento y contradictorias que corrían, de haber el joven -sentado plaza para Levante, habiendo pasado á Alemania, en donde había -perecido al vadear un río: luego se añadía que estarían sobre aviso, si -alguna vez sabían algo de positivo, con el objeto de dar prontamente -parte á su señoría ilustrísima y reverendísima. - -Más tarde, éstas y otras voces semejantes se esparcieron hasta el -territorio de Lecco, y llegaron por consiguiente á los oídos de Inés. -La pobre mujer hacía todo lo posible para sacar en claro la verdad, -para llegar á la fuente de donde provenía; pero no conseguía nunca -encontrar nada más que aquel _se dice_, que á pesar de todo, aun hoy en -día es suficiente para atestiguar tantas cosas. Algunas veces, apenas -le referían alguna noticia, llegaba uno y le decía que no era cierta; -pero esto era para darle en cambio otra igualmente extraña ó siniestra. -Todo charlatanería: he aquí el hecho. - -El gobernador de Milán, y capitán general de Italia, D. Gonzalo -Fernández de Córdoba, se había quejado amargamente al señor presidente -de Venecia en Milán, porque un bribón, un ladrón público, un promovedor -de motines y asesinatos, el famoso Lorenzo Tramaglino, el cual, -estando en poder de la justicia misma, había excitado una rebelión -para procurarse la libertad, hubiese sido acogido y recibido en el -territorio de Bérgamo. El presidente había contestado, que nada sabía -acerca de semejante asunto, y que escribiría á Venecia para poder dar á -su excelencia alguna explicación del caso. - -En Venecia había por máxima el secundar y cultivar la inclinación -que tenían los operarios de seda milaneses á establecerse en el -territorio de Bérgamo; de hacer que ellos encontrasen en dicho país -muchas ventajas, y sobre todo que estuviesen seguros y al abrigo de -toda clase de persecución, sin lo cual no hay ningún bien en este -mundo. Pues así como entre dos fuertes litigantes, cualquier cosa, por -pequeña que sea, hay necesidad siempre de que tome parte un tercero; -del mismo modo Bartolo fué avisado confidencialmente no se sabe por -quién, que Renzo no estaba seguro en el pueblo, y que sería mejor que -entrase en alguna otra fábrica, mudando al propio tiempo de nombre; -Bartolo comprendió el caso, y no se entretuvo en hacer objeciones, -sino que corrió precipitadamente al encuentro de su primo, y contóle -sucintamente la ocurrencia, lo metió consigo en un calesín, lo acompañó -á otra fábrica distante de la suya cerca de quince millas, y lo -presentó bajo el nombre de Antonio Rivolta, al dueño, que era también -del estado de Milán, y antiguo conocido suyo. Éste, aunque los tiempos -fuesen calamitosos, no se hizo de rogar para recibir un operario -que se le recomendaba como hábil y honrado, por un hombre de bien é -inteligente. Luego que lo experimentó, no hizo más que regocijarse -de tal adquisición; únicamente que al principio, el joven le había -parecido que debía ser un poco sordo, á causa de que cuando se le -llamaba Antonio, las más veces no contestaba. - -Poco tiempo después, llegó de Venecia una orden redactada en estilo -bastante dulce, al capitán de Bérgamo, para que se informase y -diese aviso si en su jurisdicción, y especialmente en tal pueblo, -se encontraba el sujeto consabido. El capitán, habiendo hecho sus -diligencias de la manera que había comprendido que se deseaban, dió una -respuesta negativa, la cual fué trasmitida al presidente en Milán, para -que éste la trasmitiese á su vez á D. Gonzalo Fernández de Córdoba. - -Y no faltaban curiosos que quisiesen saber por Bartolo por qué el -susodicho joven no estaba ya allí, y dónde había ido. Á la primera -pregunta éste respondió: “Ha desaparecido”. Para desembarazarse de los -más obstinados, sin darles que sospechar de lo que había de cierto, -juzgó á propósito regalarles, ya á unos, ya á otros, las noticias -referidas anteriormente; pero todo esto, como cosas inciertas que -también él había oído decir, sin asegurar que fuesen positivas. - -Mas cuando la pregunta fué hecha por orden del cardenal, sin -nombrarlo, y con cierto aparato de importancia y de misterio, dejando -comprender que era en nombre de un gran personaje, Bartolo se puso más -sobre sí, y creyó necesario responder según costumbre; de modo que -tratándose de una persona ilustre, dió de una vez todas las noticias -que había ideado una á una en aquellas diversas ocurrencias. - -No se crea, sin embargo, que D. Gonzalo, siendo un señor de aquella -especie, quisiese habérselas personalmente con un infeliz aldeano -hilador de seda; que no se crea tampoco que informado quizá del poco -respeto usado, y de las malas palabras dichas por él á su rey moro -encadenado por la garganta, tratase de vengarse; ó que lo juzgase un -sujeto bastante peligroso para perseguirle aun en su fuga y no dejarle -vivir por muy lejos que estuviese, del mismo modo que hizo el senado -romano con Aníbal. D. Gonzalo tenía demasiadas cosas en que pensar -para tomarse cuidado por las acciones de Renzo; y si pareció que se lo -tomó, provino de un concurso singular de circunstancias por las cuales -el infeliz, sin comerlo ni beberlo, se encontró con un sutilísimo é -invisible hilo atado á aquellos grandes é importantes negocios. - - - - - CAPÍTULO NOVENO - - -Ya más de una vez se ha ocurrido el hacer mención de la guerra que -entonces fermentaba, con motivo de la sucesión á los estados del duque -Vicente Gonzaga, segundo de este nombre; pero siempre ha acontecido en -momentos de apuro, de modo que no hemos podido decir más que algunas -palabras al vuelo. Sin embargo, al presente es indispensable para la -inteligencia de nuestra narración, que entremos en algunos detalles -particulares. Éstas son cosas que el que conoce la historia debe -saberlas; mas como por una especie de justo sentimiento de uno mismo, -debemos suponer que esta obra no podrá ser leída sino por personas que -la ignoren, no será malo que digamos lo preciso para dar una ligera -tintura á los que tengan necesidad de ello. - -Llevamos dicho, que á la muerte de aquel duque, el primero llamado -por línea recta á sucederle, fué su más próximo heredero Carlos -Gonzaga, jefe de una segunda rama trasplantada en Francia, en donde -poseía los ducados de Nevers y de Rhetel, habiendo entrado igualmente -en posesión de Mantua, y nosotros añadimos ahora del Monferrato, -cuya circunstancia, á causa de la precipitación, habíamos olvidado -en el tintero. La corte de Madrid, que quería á todo evento (esto -también lo hemos dicho) excluir de los dos últimos feudos al nuevo -príncipe, y para conseguirlo necesitaba un motivo (pues que la guerra -promovida sin razón, hubiera sido una cosa demasiado injusta), se -había declarado sostenedora de los que pretendían tener en Mantua otro -Gonzaga Ferrante, príncipe de Guastalla; y en el Monferrato á Carlos -Emanuel I, duque de Saboya, y á Margarita Gonzaga, duquesa viuda de -Lorena. D. Gonzalo, que pertenecía á la familia del gran capitán, de -la cual llevaba el nombre, y que había hecho ya la guerra en Flandes, -deseoso, además, de excitar otra en Italia, era acaso el que más -atizaba el fuego para encenderla; y en el ínterin, interpretando las -intenciones y extralimitándose de las órdenes de la susodicha corte, -había concluido con el duque de Saboya un tratado de invasión y de -división del Monferrato, habiendo obtenido fácilmente la ratificación -del conde-duque, persuadiéndole que la adquisición de Casal, punto más -defendido de la parte que le tocaba al rey de España, era en extremo -asequible. Sin embargo, protestaba en su nombre no querer ocupar el -país más que á título de depósito, hasta la decisión del emperador; -el cual, en parte por seguir á otros, en parte por motivos peculiares -suyos, había negado la investidura al nuevo duque, intimándole que le -dejase como en secuestro los estados que motivaban la controversia; -prometiendo, después de haber oído á las partes, entregárselos al que -tuviese verdadero derecho á ellos, condiciones á las cuales no había -querido someterse el duque de Nevers. - -Éste tenía, sin embargo, altos y poderosos aliados: el cardenal de -Richelieu, el senado de Venecia y el papa, que era, según hemos -dicho, Urbano VIII. Pero el primero, empeñado entonces en el sitio de -la Rochela, en guerra también con la Inglaterra, contrariado por el -partido de la reina madre María de Médicis, enemiga por ciertas razones -particulares de la casa de Nevers, no podía dar más que esperanzas. -Los venecianos no querían moverse ni menos declararse, á no ser que -un ejército francés se introdujese en Italia, y ayudando al duque -bajo mano, según podían, estaban á la mira de la corte de Madrid y -del gobernador de Milán, en vista de sus proposiciones, protestas, -exhortaciones pacíficas ó amenazadoras, según las circunstancias. El -papa recomendaba á sus amigos al duque de Nevers, intercedía en su -favor para con los adversarios, hacía proposiciones de paz; mas al -tratar de poner gentes en campaña, nada quería saber. - -Los dos aliados pudieron, pues, empezar con seguridad la concertada -empresa. El duque de Saboya había entrado por su parte en el -Monferrato, D. Gonzalo había puesto con alegría sitio á Casal; mas -no encontraba toda la satisfacción que se había prometido en dicho -punto, pues veía que en la guerra no todo son rosas. La corte no le -ayudaba según sus deseos, porque lo dejaba desprovisto de los medios -más necesarios; su aliado no le servía demasiado; es decir, que después -de haberse apoderado de su porción, andaba pellizcando la señalada -al rey de España. D. Gonzalo se enfurecía mucho más de lo que puede -expresarse, pero temía si daba á entender algo, que aquel Carlos -Emanuel, tan activo en las intrigas como voluble en los tratados -y valiente con las armas en la mano, se hiciese del partido de la -Francia; por lo cual se vió obligado á cerrar los ojos, á tascar el -freno, y estarse quieto. El sitio, pues, iba mal, se alargaba, y con -frecuencia tomaba un giro poco agradable, ya por el continente firme, -hábil, vigilante y resuelto de los sitiados, ya por tener poca gente, -y al decir de algún historiador, á causa de los muchos disparates -que hacía. Sobre esto, nosotros dejaremos la verdad en su lugar, -dispuestos, aun cuando la cosa fuese realmente así, á encontrarla -muy buena, si fué causa de que en aquella empresa quedara muerto, -aniquilado, estropeado algún hombre á lo menos, _et ceteris paribus_, -no habiendo, sin embargo, causado tanto daño á los edificios de Casal. -En medio de estas circunstancias, recibió la noticia de la sedición de -Milán, lo cual le obligó á acudir en persona. - -En la relación que se le hizo, no dejaron de mencionar la fuga de -Renzo, fuga rebelde que había metido tanto ruido, como igualmente -los hechos verdaderos y supuestos que habían motivado su arresto; -participándole también que dicho individuo se había refugiado en el -territorio de Bérgamo. Esta circunstancia llamó la atención de D. -Gonzalo. De todas partes le informaban que Venecia había alzado el -grito y alegrádose de la sublevación de Milán; y al principio se -creía que se vería obligado á levantar el sitio de Casal, y pensaban -siempre que él estaba abatido y con gran cuidado, tanto más cuanto que -inmediatamente después de este suceso había llegado la noticia tan -deseada para el senado y tan temida de D. Gonzalo, de la rendición de -la Rochela. Picado en lo más vivo, ya como hombre, ya como político, -que el senado hubiese formado tal opinión de él, espiaba la menor -ocasión para persuadirles, por vía de inducción, que no había perdido -nada de su antigua osadía; porque decir en términos expresos: “no -tengo miedo”, equivalía á no decir nada. Éste era un buen medio para -hacerse el disgustado, para quejarse, para reclamar; de cuyas resultas, -habiendo llegado el presidente de Venecia á presentarle sus respetos, y -para explorar al mismo tiempo en sus ademanes y expresión lo que pasaba -en su alma (nótese bien esto, pues tal era la política de aquella -fina y astuta diplomacia), D. Gonzalo, después de haber hablado del -motín ligeramente y como hombre que ya lo ha reparado todo, movió el -estrépito que ya sabemos tocante á Renzo, como también no ignoramos lo -que sucedió después. En seguida ya no se ocupó más de un negocio tan -mezquino, y tocante á él, enteramente terminado; y luego cuando pasaba -algún tiempo le llegó la respuesta en el campamento mismo, frente de -Casal, adonde había vuelto y estaba revolviendo tantas ideas en su -imaginación, levantó y meneó la cabeza, á semejanza de un gusano de -seda que busca la hoja del moral. Reflexionó un instante, para recordar -mejor el hecho del cual no le quedaba más que una idea confusa; lo -trajo á la memoria, presentósele una sombra vaga y fugitiva del -individuo, pasó á otra cosa y no pensó más en ello. - -Pero Renzo, que estaba lejos de sospechar esto, no debió suponer un -tan benigno descuido, por lo cual no tuvo en mucho tiempo, ó por decir -mejor, otro estudio, que el de vivir oculto. Es fácil suponer si -ansiaría enviar noticias suyas á las mujeres y tenerlas de ellas: pero -había dos grandes dificultades; la una era que tenía que confiarse á -un secretario, porque el infeliz no sabía ni escribir, ni aun leer, en -el riguroso sentido de la palabra; y si habiendo sido preguntado, como -recordarán los lectores, por el Dr. Azzecca-Garbugli, había contestado -que sí, no fué para lisonjearse, por orgullo, sino que lo cierto era -que sabía leer lo impreso tomándose algún tiempo; pero lo manuscrito, -era negocio enteramente distinto. Érale, pues, preciso valerse de -un tercero para confiarle sus asuntos y un secreto tan peligroso. -En aquella época no se encontraba fácilmente un hombre que supiese -escribir, y al mismo tiempo que fuese de fiar, mucho más en un país en -donde no tenía ninguna especie de relaciones. La otra dificultad era -el encontrar igualmente un mensajero, un hombre que fuese precisamente -hacia aquel lado, que quisiera encargarse de la carta y tomarse el -trabajo de entregarla; cosas todas muy difíciles que pudiesen reunirse -en un solo hombre. - -Finalmente, á fuerza de buscar y más buscar, halló quien le escribiese; -pero no sabiendo si las mujeres se encontraban aún en Monza, ó en -dónde, juzgó conveniente incluir la carta para Inés en otra dirigida -al padre Cristóbal. El amanuense se encargó también de encaminar el -pliego, entregándolo á uno que debía pasar muy cerca de Pescarenico; -éste lo dejó, recomendándolo mucho, en un mesón que se hallaba en el -camino mismo y muy cerca del paraje. Como el pliego iba dirigido á un -convento, llegó á él en efecto; mas no se ha sabido lo que sucedió -después. No viendo Renzo aparecer contestación alguna, hizo escribir -otra carta con poca diferencia igual á la primera, y la metió en una -segunda dirigida á un amigo ó pariente suyo de Lecco. Buscóse otro -portador, el cual se encontró: esta vez la carta llegó á quien iba -dirigida. Inés se encaminó apresuradamente á Maggianico, se la hizo -leer y explicar por Alejo su primo, del cual ya se tiene noticia: -concertó con él una contestación, que puso por escrito, y se logró el -medio de hacerla llegar á manos de Antonio Rivolta, en el lugar de su -domicilio. Todo esto, sin embargo, no se hizo tan pronto como nosotros -lo referimos. Renzo recibió dicha contestación, y mandó otra. En una -palabra, se estableció por ambas partes una correspondencia poco -rápida, poco regular, pero sin embargo, sostenida. - -Mas para tener una idea de dicha correspondencia, es necesario saber -cómo se hacía entonces esta especie de cosas; pues bien, se hacía del -mismo modo que ahora; porque creo que sobre este particular poco ó nada -habrá variado. - -El aldeano que no sabe escribir, y que, sin embargo, se ve en la -necesidad de hacerlo, se dirige á cualquiera que conozca dicho arte, -escogiéndolo, cuanto le es posible, entre las gentes de su clase, -porque tiene poca confianza en la de las demás. Él lo informa con más -ó menos orden y claridad acerca de los antecedentes, y le expone de la -misma manera lo que se ha de escribir. El amanuense, ya comprendiendo, -ya adivinando, da algún consejo, propone alguna variación, y dice: -“Dejadme hacer”; toma la pluma, pone como puede en forma de carta las -ideas del otro, las corrige, las mejora, carga la mano, corta algunas -veces, llega hasta omitir, según le parece que haciéndolo dará un giro -mejor al negocio; porque no hay remedio, todo hombre que sabe más que -los otros, no quiere ser un instrumento material de estos últimos; y -cuando entra en las negociaciones de otro, quiere también hacerlo que -vaya á su modo. Á pesar de todo esto, el que escribe no logra siempre -decir todo lo que quisiera; le sucede algunas veces expresar todo lo -contrario; no es extraño nos pase también lo mismo á nosotros los que -escribimos para la imprenta. Cuando la carta así dispuesta llega á -manos del corresponsal, y que no está más acostumbrado á la escritura, -la lleva á otro sabio de igual calibre, el cual se la lee y se la -explica. De esto nacen mil cuestiones sobre su verdadera inteligencia; -porque el interesado, fundándose en el conocimiento que posee de hechos -anteriores, pretende que ciertas palabras quieren decir una cosa; el -lector, con la práctica que tiene de la composición, se empeña que -aquéllas quieren significar otra. Finalmente, es preciso que el que -no sabe se ponga en manos del que sabe y le encargue la contestación. -Ésta, hecha del mismo modo que la primera carta, se encamina á su -destino, y se sujeta á una interpretación semejante. Si por casualidad -el objeto de la correspondencia es un poco escabroso; si se trata de -negocios secretos que no se quiera dar á conocer á un tercero por temor -de que la carta caiga en malas manos; si á causa de esto no se pone -cuidado de decir con bastante claridad las cosas; entonces, por poco -que dure la correspondencia, las partes acaban por entenderse entre sí -como dos estudiantes que cuestionan por espacio de cuatro horas sobre -la ética: hacemos esta comparación, para no tomarla de las cosas del -día, porque quizá tendríamos que arrepentirnos. - -Al presente, pues, el caso de nuestros dos corresponsales era -precisamente el que hemos puesto por ejemplo. La primera carta, escrita -en nombre de Renzo, contenía muchos detalles. Primeramente, además de -una relación de su fuga, mucho más concisa sin duda, pero también más -desordenada que la que nosotros hemos hecho, formaba igualmente parte -de su situación actual. Inés y su intérprete estuvieron bien lejos de -poder sacar algo completo y claro: hablaba de un aviso secreto, de -un cambio de nombre, de estar en seguridad y de tener que permanecer -oculto; cosas todas muy poco familiares á sus inteligencias, mayormente -siendo dichas en la carta un tanto enigmáticamente. En seguida, iban -preguntas apremiantes, apasionadas, sobre las aventuras de Lucía, -con palabras oscuras y tristes, con respecto á las voces que habían -llegado hasta Renzo. Había, por último, esperanzas inciertas y lejanas, -proyectos lanzados para lo sucesivo mezclando promesas y súplicas de -mantener la fe dada, de no perder la paciencia ni el valor, de aguardar -mejores tiempos. - -Poco después, Inés encontró un medio seguro de hacer llegar en manos de -Renzo una contestación acompañando los cincuenta escudos que le habían -sido señalados por Lucía. Al ver Renzo tanto oro, no sabía qué pensar, -y con el ánimo agitado por una admiración é inquietud que estaban lejos -de dejarle satisfecho, corrió apresuradamente á buscar el amanuense -para hacerse interpretar la carta, y poseer la llave de un tan extraño -misterio. - -En dicha carta, el escribiente de Inés, después de algunas quejas -sobre la poca claridad de la primera, pasaba á describir de una manera -por lo menos tan lamentable, la terrible historia de aquella persona -(así decía); luego daba cuenta de los cincuenta escudos; después -hablaba del voto, pero por vía de perífrasis; añadiendo con palabras -más directas y claras el consejo de que se tranquilizara y no pensase -más en ella. - -Poco faltó que Renzo no la emprendiese con el lector intérprete; -temblaba, se horrorizaba, se enfurecía por lo que había comprendido y -por lo que no había podido entender. Se hizo leer por tres ó cuatro -veces el terrible escrito, unas veces comprendiéndolo mejor á su -parecer, otras encontrando oscuro é inexplicable lo que en un principio -le había parecido claro; y, en aquella fiebre de pasiones, quiso que -el amanuense tomase precipitadamente la pluma y contestase. “Después -de las expresiones más fuertes que puedan imaginarse de piedad y de -terror por las aventuras de Lucía escribid”, continuaba dictando, “que -no quiero tranquilizarme, ni me tranquilizaré jamás; que éstos no son -consejos para dar á un hombre como yo, y que al dinero no tocaré; que -lo guardo en depósito para que sirva de dote á la joven; que ésta debe -pertenecerme, y que yo no tengo nada que ver con esa promesa; que -siempre he oído decir que la Madonna se mezcla en nuestros negocios -para ayudar á los afligidos y para obtener gracias, pero nunca para -causar daño y para hacer faltar á la palabra; que esto no puede quedar -así; que con el dinero nos basta para establecernos en este país; -y que, por último, si nuestros negocios al presente están un poco -embrollados, es una borrasca que pasará pronto”. Á esto añadió otras -cosas poco más ó menos por el mismo estilo, las cuales omitimos para no -cansar á los lectores. - -Luego que Inés recibió dicha carta, hizo escribir otra, y la -correspondencia continuó del modo que hemos visto. - -Cuando Inés llegó á conseguir, ignoramos por qué medio, el hacer -saber á Lucía que Renzo estaba sano, salvo y en lugar seguro, esta -última experimentó un gran consuelo; pues no deseaba más que una -cosa, á saber: que él la olvidase, ó para decirlo con más propiedad, -que pensara en olvidarla. Por su parte, formaba cien veces al día -una resolución semejante, y hacía todos los esfuerzos posibles para -llevarla á cabo. Dedicábase asiduamente al trabajo; trataba de ocuparse -toda entera á él. Cuando la imagen de Renzo se le presentaba á la -imaginación, esforzábase en desterrarla por medio de la oración; mas -como si dicha imagen hubiese tenido malicia, jamás llegaba sola y de -improviso; al contrario, se introducía furtivamente á favor de otras -imágenes, de manera que la mente no se apercibía de ella hasta algún -tiempo después que se había presentado. Lucía comenzaba pensando en su -madre; ¿cómo no había de pensar?, y el Renzo ideal venía poco á poco -á colocarse en medio, como lo había hecho tantas veces el verdadero -Renzo. Si la infeliz se ponía algunas veces á meditar sobre su -porvenir, él aparecía también como diciendo: “allí estaré igualmente”. -Sin embargo, si el no pensar en él era empresa desesperada, Lucía llegó -hasta cierto punto á pensar menos y con menos fuerza de lo que hubiera -querido; lo habría logrado mejor si hubiese sido sola en quererlo; -mas estaba de por medio D.ª Prajedes, la cual, ocupada enteramente en -arrancar al joven del corazón, no había encontrado mejor expediente que -el hablar de él sin cesar. “Y bien, le decía, no pensemos más en ello”. - ---Yo no pienso en nadie, respondía Lucía. - -D.ª Prajedes no era mujer que se pagase de semejante respuesta; -replicaba que se necesitaban hechos y no palabras; discutía largamente -sobre las costumbres de las jóvenes, las cuales, decía, cuando -han entregado su corazón á un libertino (á los que siempre tienen -inclinación), no quieren desprenderse jamás de él. Si un buen partido, -razonable, un sujeto excelente, un hombre honrado les falta por algún -accidente, en seguida se consuelan; pero cuando se enamoran de un -calavera, el mal es incurable. Y entonces empezaba el panegírico del -pobre ausente, del bribón llegado á Milán para llevarlo todo á sangre -y fuego, queriendo también que Lucía confesase que en su pueblo había -cometido una infinidad de maldades. - -Lucía, con la voz trémula de vergüenza, de dolor y de esa indignación -que podía ser permitida á su alma dulce y humilde fortuna, juraba y -perjuraba que en su pueblo aquel pobre desgraciado no había dado nunca -nada malo que decir; hubiera querido, proseguía, que hubiese estado -presente alguno del mismo paraje para que diese testimonio de lo que -decía. Acerca de los sucesos de Milán, de los cuales no podía conocer -los detalles, lo defendía igualmente por el conocimiento que tenía de -él y de su modo de portarse desde la infancia; ella lo defendía ó se -proponía defenderlo, por puro deber de caridad, por amor á la verdad, y -para servirnos de la palabra con la cual se explicaba su sentimiento, -como á su prójimo. Pero de esta apología D.ª Prajedes sacaba nuevos -argumentos para convencer á Lucía de que en su corazón Renzo ocupaba -un lugar del cual era absolutamente indigno. Á la verdad, en aquellos -momentos no se hubiera podido expresar lo que le sucedía. Al infame -retrato que la vieja dama hacía del infeliz, el sentimiento que una -larga costumbre había hecho nacer en el espíritu de la joven, se -despertaba en contraposición más vivo y más distinto que nunca; sus -recuerdos, que tantos trabajos le costaba vencer, venían en tropel -á agruparse en su mente; la aversión y el desprecio que manifestaban -contra el joven, reclamaban otros tantos motivos de aprecio y simpatía; -aquel odio ciego y violento excitaba en su corazón una piedad más -intensa. ¡Qué imprudencia!, ¿á qué hacer vibrar semejante cuerda? ¿Á -qué tratar de renovar la pasión que la infortunada trataba de arrancar -de su corazón? Sea como quiera, la conversación por parte de Lucía no -duraba mucho tiempo, pues las palabras se convertían bien pronto en -lágrimas. - -Si D.ª Prajedes hubiese sido llevada á tratarla así por un odio -inveterado contra ella, quizá las lágrimas la hubieran conmovido -y hecho callar; mas como hablaba con buen fin, seguía adelante, -sin ninguna especie de sentimiento; pues los gemidos, los gritos -suplicantes, pueden detener muy bien el arma de un enemigo, pero no el -bisturí del cirujano. Después de haber cumplido con su deber, según -ella decía, luego de haberle dirigido multitud de reproches pasaba -á las exhortaciones, á los consejos, mezclados también de algunas -alabanzas, para templar de este modo lo agrio con lo dulce y obtener -con más seguridad lo que deseaba, obrando sobre el ánimo en todos -sentidos. Verdaderamente Lucía no conservaba de todas estas querellas -(que siempre tenían poco más ó menos el mismo principio, medio y fin), -ningún rencor contra su acerba predicadora, que la trataba por otra -parte en todo lo demás con la mayor dulzura, y que aun en esto mismo se -traslucía su buena intención. Sin embargo, quedábale, á pesar de todo, -una agitación tal, una revolución tan inquieta de pensamientos y de -amor, que necesitaba mucho tiempo y trabajo para volver á disfrutar de -aquella especie de calma que experimentaba anteriormente. - -Era una dicha para Lucía que no fuese la única á quien D.ª Prajedes -tuviese que hacer bien, pues así las querellas no podían ser tan -frecuentes. Además, el resto de su servidumbre veíase toda llena, según -decía, de cerebros que tenían necesidad más ó menos de ser dirigidos -y ordenados; á mayor abundamiento todas las demás ocasiones que se -ofrecían de prestar los mismos oficios, por caridad á muchas gentes -con las cuales no estaba obligada á nada, tenía fuera de esto cinco -hijas. Ninguna de ellas estaba en la casa, pero le daban más en qué -pensar que si efectivamente hubiesen vivido todas juntas. Tres eran -religiosas, y las otras dos estaban casadas: D.ª Prajedes se encontraba -naturalmente á causa de semejante circunstancia con el cargo de tener -que regentar tres monasterios y dos casas: empresa vasta y complicada, -y tanto más ardua, cuanto que dos maridos, protegidos de padres, -madres y hermanos; tres abadesas, escoltadas por otras dignidades y -multitud de religiosas, no querían aceptar su superintendencia. Era una -guerra continua, ó por mejor decir, cinco guerras sordas, encubiertas, -políticas, finas hasta cierto punto, pero vivas y sin treguas. Había -en cada uno de aquellos sitios una atención perpetua en escapar de -su solicitud, en cerrar la entrada á sus opiniones, en eludir sus -pesquisas, en procurar que ignorase lo más que fuese posible todos sus -negocios. No quiero hablar de las oposiciones, de las dificultades que -encontraban el manejo de otros asuntos aun más extraños: se sabe que es -necesario por lo común dispensar el bien algunas veces á los hombres -por fuerza. En donde su celo podía ejercitarse libremente era en su -misma casa; todos sin distinción de clases estaban sometidos en todo -y por todo á su autoridad, excepto D. Ferrante, con el cual las cosas -iban de un modo enteramente particular. - -Hombre de estudio, no le gustaba ni mandar, ni obedecer. En buen -hora que en todas las cosas de la casa su señora esposa fuese la -dueña; pero él esclavo, eso no; y si cuando era rogado le prestaba en -circunstancias dadas el servicio de su pluma, era porque se adaptaba á -su genio y tenía un placer en ello; por lo demás, también sabía decir -que no cuando estaba persuadido de que lo que quería hacerle escribir -no era posible: “Ingeniaos, le decía entonces; hacedlo vos misma, ya -que el asunto os parece tan claro”. D.ª Prajedes, después de haber -intentado en vano por espacio de algún tiempo el atraerle para que -ejecutase lo que deseaba, se veía obligada á regañar con él llamándole -un _esquiva-fatigas_, testarudo, en fin, un literato, título que á -pesar de su despecho, no se le daba sin alguna complacencia. - -D. Ferrante pasaba largos ratos en su gabinete de estudio, en donde -tenía una colección considerable de libros, que constaba á lo menos -de trescientos volúmenes, de lo más selecto; obras todas de las más -reputadas sobre diversas materias, en cada una de las cuales estaba -más ó menos versado. En astrología era tenido, y con razón, por más -que un aficionado; porque no solamente poseía las nociones generales -y el vocabulario común de influencias, de aspectos y conjunciones, -sino que también hablaba científicamente de las doce moradas del -cielo, de los grandes círculos, de los grados brillantes y tenebrosos, -de exaltaciones, tránsitos y revoluciones; en una palabra, de los -principios más ciertos y recónditos de la ciencia. Hacía quizá veinte -años, que en largas y frecuentes disputas sostenía la preeminencia de -Cardano sobre otro sabio apegado ferozmente á la de Alcabizio, por mera -obstinación, decía D. Ferrante; el cual reconociendo voluntariamente -la superioridad de los antiguos, no podía, sin embargo, sufrir que no -se quisiera dar la razón á los modernos, principalmente en aquellas -cosas que estaban á la vista de todo el mundo. Conocía también más que -medianamente la historia de la ciencia; sabía en caso necesario citar -las más célebres predicciones verificadas, y razonar con la mayor -sutileza y erudición sobre los demás que habían fallado, para demostrar -que la culpa no era de la ciencia, sino de los que no habían sabido -aplicarla bien. - -De la filosofía antigua había aprendido igualmente lo suficiente, -y sin cesar iba empapándose más y más en la lectura de Diógenes -Laercio. Sin embargo, como no se pueden poseer todos los sistemas, -por hermosos que ellos sean, y para ser filósofo es preciso escoger -un autor, D. Ferrante había elegido á Aristóteles, el cual, según -acostumbraba á decir, no era antiguo ni moderno, sino el _non plus -ultra_ de los filósofos. Tenía también diversas obras de los más sabios -y útiles secuaces de la escuela aristotélica entre los modernos; con -respecto á las de los adversarios, jamás había querido leerlas para -no desperdiciar el tiempo, según decía, ni comprarlas porque tampoco -quería tirar el dinero. Únicamente y por vía de excepción daba lugar en -su biblioteca á los veintidós libros de _Subtilitate_ y á algunas obras -antiperipatéticas de Cardano, á causa de su mérito en la astrología, -diciendo que el que había podido escribir el tratado de _Restitutione -temporum et motuum cœlestium_ y el libro _Duodecim geniturarum_, -merecía ser escuchado aunque se equivocase; que el mayor defecto de -aquel hombre célebre había sido el tener demasiada sutileza, y que -nadie hubiera sido capaz de calcular hasta dónde habría llegado también -en la filosofía, si siempre hubiese seguido el camino recto. Por lo -demás, aunque á juicio de los hombres doctos D. Ferrante pasase por -un peripatético consumado, con todo, á sus propios ojos no le parecía -saber todavía lo suficiente, y más de una vez se le oyó decir con una -modestia edificante, que la esencia, los universales, el alma del mundo -y de la naturaleza de las cosas no eran materias tan claras cuanto se -pudiesen creer. - -Tocante á filosofía natural, se había formado más bien un pasatiempo -que un estudio: las obras mismas de Aristóteles sobre esta materia las -había más bien leído que estudiado. No obstante, con esta lectura, con -las noticias recogidas incidentalmente en los tratados de filosofía -general, con algunas ojeadas echadas sobre la _Magia naturale Lapidum_, -de Porta, las tres historias _Lapidum_, _Animalium_, _Plantarum_ de -Cardano, el tratado de las yerbas, plantas y animales del grande -Alberto, y algunas otras obras de menos importancia, sabía en caso -necesario entretener una reunión de personas instruidas, razonando -acerca de las virtudes más admirables y de las curiosidades más -singulares de muchos simples. Describía exactamente las formas y los -hábitos de las sirenas y del ave Fénix, único en su especie; explicaba -del modo con que la Salamandra permanecía en medio del fuego sin -quemarse, cómo la Rémora, siendo un pescado tan pequeño, tiene la -fuerza y la habilidad de detener en un instante en alta mar á cualquier -buque de gran porte; cómo las gotas del rocío se vuelven perlas en el -seno de las conchas; cómo el Camaleón se alimenta del aire; cómo del -hielo endurecido lentamente con el trascurso del tiempo se forma el -cristal; y por último, otra serie de secretos de la naturaleza, los más -prodigiosos. - -Él se había dedicado mucho más á los de la magia y del sortilegio, -porque dice nuestro anónimo se trataba de una ciencia mucho más en boga -y más necesaria, de la cual los hechos son de mucha mayor importancia -y más fácil de poderlos verificar. No hay necesidad de decir que en -semejante estudio no había tenido jamás otra mira que la de instruirse -y conocer á fondo las malas artes de los hechiceros, para poderse -guardar y defenderse. Guiado, sobre todo, por el gran Martín del -Río (el hombre de ciencia), estaba en disposición de discurrir _ex -professo_ sobre el maleficio del amor, sobre el soporífero, sobre el -hostil, y otras infinitas especies que por desgracia, dice también -el anónimo, se ven en práctica diariamente, de estos tres géneros -capitales de maleficios de efectos tan dolorosos. Los conocimientos -de D. Ferrante en la historia, especialmente universal, eran vastos -y profundos, sobre cuyas materias sus autores favoritos eran el -Tarcagnota, el Dolce, el Bugatti, el Campana, el Guazzo; finalmente, -los más célebres. - -Pero, decía con frecuencia D. Ferrante, ¿qué es la historia sin la -política? Un guía que marcha siempre sin cesar, desprovisto de persona -que le enseñe el camino, y que por consiguiente pierde todo lo que -anda; del mismo modo, la política sin la historia es un hombre que -camina sin guía. Tenía, pues, en sus estantes designado un pequeño -lugar á los publicistas: allí, entre otros muchos de segundo orden, -campeaban Bodin, Cavalcanti, Sansovino, Paruta y Boccalini: dos libros, -sin embargo, había que D. Ferrante prefería á todos; dos obras que -llamó, durante mucho tiempo, las primeras, sin poder jamás resolver -á cuál de las dos convenía únicamente dar la primacía: la una era -el _Príncipe_ y los _Discursos_ del célebre secretario florentino; -“malvado, sí, decía D. Ferrante, pero profundo:” la otra, la _Ragion di -Stato_, del no menos célebre Juan Botero, “hombre de bien ciertamente, -decía también, mas astuto”. Pero poco tiempo antes de formular nuestra -historia, salió á luz una obra que terminó la cuestión de primacía, -sobrepujando también á las obras de aquellos dos _matones_, decía -D. Ferrante; un libro en la cual se hallaban comprendidas y como -destiladas todas las maldades para poderlas conocer, y todas las -virtudes para poderlas practicar; un libro poco voluminoso, pero -todo de oro; en una palabra, el _Statista Regnante_, de D. Valeriano -Castiglione, de ese hombre célebre, del cual se puede decir que los más -grandes literatos le ensalzaban á porfía, y se lo disputaban los más -célebres personajes; de ese hombre que el papa Urbano VIII honró, según -es público y notorio, colmándole de magníficos elogios, que el cardenal -Borghese y el virrey de Nápoles, D. Pedro de Toledo, le pidieron que -escribiese, el primero la vida del papa Paulo V, el otro las guerras -del rey católico en Italia; ambos lo solicitaron en vano, de ese hombre -que Luis XIII, rey de Francia, aconsejado por el cardenal Richelieu, -nombró su cronista; á quien el duque Carlos Emanuel de Saboya confirió -el mismo cargo, en elogio del cual, para callar otros gloriosos -testimonios, la duquesa Cristina, hija del cristianísimo rey Enrique -IV, pudo en un diploma, con muchos otros títulos, añadir: “la certeza -de la fama que él obtiene en Italia de primer escritor de nuestra -época”. - -Pero si D. Ferrante podía decirse instruido en todas las ciencias -expresadas anteriormente, había una en la cual merecía y gozaba el -título de profesor: ésta era la ciencia caballeresca; no sólo razonaba -acerca de ella como maestro, sino que también rogado frecuentemente -para que interviniese en asuntos de honor, daba siempre alguna -decisión. Poseía en su biblioteca, y se puede añadir en su cabeza, -las obras de los escritores más célebres en dicha materia: Parido del -Pozzo, Fausto de Longiano, Urrea, Muzio, Romey, Albergato, y Torcuato -Tasso, del cual tenía siempre dispuestos y en caso de necesidad sabía -citar de memoria todos los pasajes de la _Jerusalén libertada_, como -también de la _conquistada_, que podían servir de ejemplo en materias -de caballería. Á pesar de todo, el autor de los autores, según su -opinión, era el célebre Francisco Birago, con el cual se encontró más -de una vez para sentenciar en los asuntos de honor, y que por su parte -hablaba de D. Ferrante en términos de singular aprecio; y aun antes que -los _Discursos caballerescos_ de dicho insigne escritor hubiesen visto -la luz pública, D. Ferrante pronosticó, sin vacilar, que esta obra -destruiría la autoridad de Olevano, y quedaría con sus otras nobles -hermanas, como el código de una autoridad sin rival á los ojos de la -posteridad; profecía, dice nuestro anónimo, que se ha verificado según -todos pueden ver. - -El expresado autor pasa en seguida á hablar de los conocimientos que -poseía D. Ferrante con respecto á la amena literatura; pero nosotros -empezamos á dudar si el lector tendrá grandes deseos de seguir -adelante con aquél en esta reseña, y por lo tanto, temiendo molestarle -demasiado, volveremos á tomar el interrumpido hilo de nuestra historia, -para detenernos en ella más pausadamente. Además, tenemos aún un largo -camino que recorrer antes de encontrar á los personajes por los cuales -el citado lector se interesa más, si hay sin embargo alguna cosa en -todo esto que ciertamente le interese. - -Hasta el otoño de 1629 permanecieron todos, quienes voluntariamente, -quienes por fuerza, en el mismo estado en que los hemos dejado, sin -que sucediese á ninguno de ellos la menor cosa digna de ser referida. -Vino por fin el deseado otoño en que Inés y Lucía habían proyectado -reunirse; pero un gran acontecimiento público echó por tierra semejante -cálculo, siendo esto á la verdad el más pequeño de sus efectos. -Vinieron en seguida otros sucesos, que sin embargo, no trajeron ningún -cambio notable en la suerte de nuestros personajes. Finalmente, nuevas -desgracias, más generales, más terribles y formidables, llegaron -hasta ellos como un impetuoso y devastador huracán que arranca los -árboles, echa abajo las casas, abate la cúspide de las más elevadas -torres, cuyas ruinas siembra por doquier; se lleva también las flores -escondidas entre la yerba, arrebata las hojas ligeras y ya secas que -una débil brisa había arrojado en un rincón, y las arrastra en su -inmenso torbellino. - -Ahora, para que los hechos particulares que nos restan por referir -aparezcan claros, debemos absolutamente, y es indispensable que -volvamos á tomar la narración de los hechos generales desde un poco más -atrás. - - - - - CAPÍTULO DÉCIMO - - -Después de la famosa asonada del día de S. Martín y del siguiente, -pareció que la abundancia hubiese vuelto á Milán como por milagro. -Las panaderías se veían llenas de pan; el precio de éste era como -en los años más fértiles; las harinas estaban en proporción. Los -que en aquellos dos días habían gritado por las calles ó hecho algo -más, tenían al presente (exceptuando el pequeño número que habían -sido presos) motivos de congratularse, y no se crea por esto que -permaneciesen tranquilos después de pasado el primer susto de las -prisiones: en las plazas, en las esquinas, dentro de las tabernas, -bailaban, se felicitaban, y aun se jactaban entre dientes de haber -encontrado el medio de hacer bajar el precio del pan; mas sin embargo, -en medio de las fiestas y regocijos reinaba una vaga inquietud, un -presentimiento confuso de que semejante dicha no sería de muy larga -duración, agrupábanse en torno de las panaderías y de los almacenes -de harina, según había sucedido cuando aquella abundancia ficticia -y pasajera producida por la primera tarifa de Antonio Ferrer, todos -gastaban con profusión, el que tenía algún dinero lo invertía en harina -y pan, les servían de almacenes los cofres, los más pequeños toneles, y -hasta las ollas. Apresurándose de este modo á gozar de las ventajas del -momento, hacían, no digamos imposible su larga duración, porque por sí -misma ya lo era, sino que á cada instante se volvía más y más difícil -su continuación. - -El 15 de noviembre, Antonio Ferrer, _de orden de su excelencia_, -publicó un bando, por el cual se prohibía á cualquiera que tuviese en -su casa grano ó harina, el comprar pan, poco ni mucho, y á los demás -únicamente el que necesitasen para dos días, _bajo penas pecuniarias y -corporales al arbitrio de su excelencia_. Dicho bando intimaba á los -encargados de su cumplimiento y á cualesquiera persona, el denunciar á -los contraventores, ordenando á los jueces el hacer pesquisas en las -casas que les fuesen designadas, dando al propio tiempo á los panaderos -una nueva orden terminante y expresa de tener las tiendas bien -provistas de pan, _so pena, en caso de contravención, de cinco años de -galeras y de mayor pena_, al arbitrio de su excelencia. Es preciso un -grande esfuerzo de imaginación para creer que semejante bando pudiese -ponerse en ejecución. Á la verdad, si todos los que se publicaban -entonces hubiesen podido tener entero y cumplido efecto, el ducado de -Milán hubiera tenido en el mar más gente que hoy día la Gran Bretaña. - -Pero mandando á los panaderos hacer una tan gran cantidad de pan, era -indispensable igualmente dar alguna orden para que no faltasen las -primeras materias. En las épocas de carestía se hace siempre un estudio -especial en reducir á pan los productos ó alimentos que acostumbran á -consumirse bajo otra forma. Se había, pues, calculado el hacer entrar -el arroz en la composición del pan llamado de _mistura_[6]. El 23 de -noviembre salió una nueva orden secuestrando á las órdenes del vicario -y de los doce miembros de la provisión la mitad del arroz (que entonces -se le daba el nombre de _risono_[7], y aún hoy día se llama del mismo -modo), que cada uno tuviese, bajo pena, á cualquiera que dispusiera de -él sin permiso de los expresados señores, á la pérdida del género y á -una multa de tres escudos por _moggio_[8]. Esto, según se ve, era muy -justo. - - -Mas para comprar dicho arroz era preciso pagarlo á un precio muy -desproporcionado al que tenía el pan; por lo tanto se impuso á la -ciudad la carga de suplir esta enorme diferencia; mas el consejo de -los decuriones deliberó el mismo día 23 de noviembre el representar -al gobernador la imposibilidad de sostener por mucho tiempo semejante -carga, y el gobernador por medio de un bando, fecha 7 de diciembre, -fijó el precio del mencionado arroz á doce libras el _moggio_. Tanto al -que pidiese un precio más subido como al que rehusase venderlo, se le -intimó la pena de la pérdida del género y una multa del mismo valor, -_y mucha y más grande pena pecuniaria y también corporal, hasta la de -galeras, al arbitrio de su excelencia, según la cualidad de los casos y -las personas_. - -El precio del arroz mondado había sido ya fijado antes de la primera -conmoción: la tarifa, ó para servirnos de una denominación más célebre -en los anales modernos, el _máximum_ del grano y de los demás cereales -comunes se había fijado en otros bandos que no hemos podido encontrar. - -Mantenido de este modo á un precio módico en Milán el trigo y la -harina, sucedió que una multitud de gentes del campo acudieron á -proveerse á la ciudad. D. Gonzalo, para remediar dicho inconveniente, -según él lo llamaba, prohibió por otra ordenanza de 15 de diciembre -el sacar fuera de Milán pan por más del valor de veinte sueldos, bajo -pena de la pérdida del pan mismo y veinticinco escudos, _y en caso de -insolvencia, de dos carreras de azotes en público, y mayor castigo -aún_, como de costumbre, al arbitrio de su excelencia. El 22 del mismo -mes se publicó una orden igual para las harinas y granos. - -El populacho había querido procurarse la abundancia por medio del -pillaje y del incendio: el gobierno quería mantenerla con las galeras y -azotes. Dichos medios eran bastante adecuados; mas juzgue el lector si -podían lograr el fin que se proponían: en un momento vamos á ver cómo -lo consiguieron. Por otra parte, no es inútil que observemos que estos -extraños medios entre sí tienen una conexión íntima y necesaria; cada -uno era la consecuencia inevitable del precedente, y todos dimanaban -del primero, que fijaba al pan un precio tan desproporcionado al que -debía resultar del estado real de las cosas. Semejante expediente -ha parecido, y ha debido parecer siempre á la multitud, no sólo -conforme á la equidad, sino también muy sencillo y muy fácil de poner -en ejecución: es, pues, sumamente natural que en las angustias -y padecimientos que trae en pos de sí la carestía, la expresada -multitud lo desea, lo pide, y si puede lo impone. Pero á medida que se -experimentan las consecuencias, es necesario que á aquellos á quienes -toca esta incumbencia, se dediquen á repararlas todas por medio de -una ley que prohíba hacer lo que designaban las leyes anteriores. -Permítasenos observar aquí, como de paso, una singular combinación. -En un país y en época no muy lejana, en la época más famosa y notable -de la historia moderna, se recurrió en circunstancias semejantes á -iguales expedientes (casi podríamos decir los mismos en la sustancia), -con la sola diferencia que eran en mayor proporción, y poco más ó -menos en el mismo orden. Tomáronse, pues, estas medidas en menosprecio -de la razón de los tiempos tan cambiados y de los conocimientos -crecientes en Europa, y en dicho país quizá más que en otro alguno, -siendo principalmente la causa de esto, que la gran masa del pueblo, -hasta la cual no habían llegado todavía los mencionados conocimientos, -pudiese hacer prevalecer su juicio, é hiciese igualmente la ley, según -vulgarmente se dice á los legisladores. - -Mas volviendo á proseguir nuestra interrumpida narración, diremos que -al fin y al cabo los dos principales frutos de la sublevación habían -sido dos: el desperdicio y pérdida efectiva de víveres, durante la -conmoción misma, consumiendo mientras rigió la tarifa, sin cuidado -y sin medida el poco grano que debía bastar para ir tirando hasta la -nueva recolección. Á estos efectos generales es preciso añadir el -suplicio de cuatro desventurados designados como jefes del motín, los -cuales fueron ahorcados, dos enfrente del horno de las _Muletas_, y los -dos restantes al extremo de la calle, en donde se hallaba la casa del -vicario de la provisión. - -Además, las relaciones históricas de aquella época, están escritas -tan sin orden, que no se ha podido encontrar cómo y cuándo cesó la -expresada tarifa tan arbitraria. Si á falta de pruebas positivas nos -es lícito aventurar algunas conjeturas, estamos decididos á creer que -fué suprimida un poco antes ó después del 24 de diciembre, día de la -consabida ejecución. Por lo que respecta á las ordenanzas, después -de la del día 22 del mismo mes, que hemos citado, no encontramos -otra en materia de subsistencias, ya sea que las que se hubiesen -publicado fracasaran, ya que hayan escapado á nuestras pesquisas, -ya, por último, que la autoridad desanimada, si no convencida de la -ineficacia de sus remedios y arrastrada por la fuerza misma de los -sucesos, los haya abandonado á su propio curso. Pero nosotros hallamos -en las relaciones de más de un historiador (inclinados como estaban -todos á describir los grandes acontecimientos, más bien que á observar -las causas y progresos) el cuadro del país, y principalmente el de -la ciudad, á la conclusión del invierno y en la primavera. En esta -época, la desproporción de los víveres y las necesidades que no habían -podido hacer cesar ni los remedios que aumentándola, habían suspendido -temporalmente los efectos, ni una introducción suficiente de cereales -extranjeros, á la cual se oponían la escasez de medios públicos y -privados, la penuria de los países circunvecinos, la languidez y la -paralización del comercio, las leyes mismas que tendían á establecer la -baratura á favor de medidas violentas; todas estas circunstancias, que -eran la verdadera causa de la carestía, ó por mejor decir, esta misma -obraba sin obstáculo de ninguna especie y con toda su fuerza. He aquí -la copia de aquel doloroso cuadro. - -Todas las tiendas estaban cerradas; las fábricas en gran parte -desiertas; las calles ofrecían un espectáculo terrible, un incesante -curso de miserias y una morada perpetua de sufrimientos. Los mendigos -de profesión, habiendo quedado circunscritos á un número muy escaso, -confundidos y perdidos en una nueva multitud, se veían reducidos á -disputar la limosna con aquellos de los cuales en otro tiempo la habían -recibido. Los oficiales y aprendices despedidos por los comerciantes -y fabricantes, privados de su salario y jornal, vivían penosamente -de sus economías y ahorros: los jornaleros, errando de puerta en -puerta, de calle en calle, apoyados en las esquinas, tumbados en -las aceras, arrimados á las casas y á las iglesias, pedían limosna -con voz lastimera ó vacilaban entre la necesidad y la vergüenza que -aún no habían podido dominar; descarnados, débiles, apenas tenían -la suficiente fuerza para sostenerse, abatidos como estaban por una -larga vigilia y por los rigores del frío, que penetraba por entre sus -andrajosos vestidos, en los cuales se distinguían aún las señales de su -antiguo bienestar. Veíanse mezclados á esta deplorable turba, y no en -muy pequeño número, servidores despedidos por sus amos, caídos entonces -desde la medianía á la estrechez, ó que á pesar de tener facultades, -se encontraban inhábiles en tiempos tan calamitosos, de sostener tan -grande y numerosa servidumbre. Á todos estos indigentes se agregaba -otro número infinito, acostumbrados en parte á vivir de las sobras -de aquéllos; divisábanse por todas partes niños, mujeres, ancianos, -agrupados en torno de los que habían sido hasta el presente su sostén, -vagando dispersos tendiendo la mano. - -Tropezábase también y se les distinguía por sus _ciuffo_ ó poblados -mechones, por los restos de sus magníficos vestidos, por un cierto -no sé qué en el porte y gesto, por esas huellas que los hábitos -imprimen sobre el rostro; encontrábanse, repito, muchos individuos -pertenecientes á la mala ralea de los bravos, los cuales, habiendo -perdido por una suerte común su pan criminal, lo andaban buscando -por misericordia. Domados por el hambre, no disputaban con los -demás, valiéndose únicamente de las súplicas; se arrastraban por la -ciudad, ellos que tantas veces la habían recorrido con la cabeza -alta, con ademán altanero y feroz, cubiertos de ricos y caprichosos -vestidos, cargados de magníficas armas, adornados de elegantes plumas, -perfectamente peinados y perfumados: veíase al presente, á estos -hombres, alargar humildemente aquella mano que tantas veces se había -levantado para amenazar con insolencia ó para herir á traición. - -Pero el espectáculo más horrible y más digno de compasión á la vez, -era la innumerable multitud de aldeanos: veíanse reunidos por familias -enteras; maridos, mujeres, niños, ancianos. Algunos cuyas casas habían -sido invadidas y despojadas por la soldadesca alojada ó que iba de -paso, habían huido desesperados; otros para mover más á compasión y -para hacer distinguir su miseria entre tantas, mostraban las heridas y -cicatrices de los golpes que habían recibido al defender sus escasas y -últimas provisiones, ó al escapar de aquel desenfreno ciego y brutal. -Otros, finalmente, no habiéndoles alcanzado todavía semejante azote, -pero arrojados por otros dos, de los cuales ningún rincón había quedado -exento, á saber: la esterilidad y las cargas más exorbitantes que -jamás habían sido exigidas para satisfacer lo que entonces llamaban -necesidades de la guerra, llegaban á la ciudad como á la morada, como -al último asilo de la abundancia y de una piadosa munificencia. Se -podían conocer fácilmente los recién llegados por su aire incierto -y de estupidez, y poco después por el despecho que manifestaban á -la vista de tal desorden, de una tan grande rivalidad de miseria, -allí donde habían esperado ser objeto singular de compasión y atraer -sobre sí las miradas y los socorros. En las facciones de los que por -más ó menos tiempo recorrían y habitaban las calles de la ciudad, -prolongando su desgraciada existencia por los escasos socorros que -obtenían por largos intervalos, veíase pintada una consternación más -negra y más profunda. Vestidos de diferentes maneras, los que todavía -podían llamarse vestidos, y distintos también en su aspecto: semblantes -descoloridos de la tierra baja, bronceados del llano, del Mediodía y -de las colinas, sanguíneos de los montañeses; mas sin embargo, todos -afilados y descompuestos, todos con los ojos hundidos, miradas fijas -participando de la fiereza é insensatez; los cabellos desordenados, -las barbas largas y descuidadas; cuerpos nutridos y endurecidos por -las fatigas, veíanse ahora aniquilados por el hambre. Y para completar -cuadro tan desolador, la naturaleza misma aparecía como vencida por -cierta especie de languidez y consunción. - -Divisábase por doquier en las calles, pegados á las paredes de las -casas, montones de paja y bálago, mezclados de asquerosa inmundicia; -esto, sin embargo, era para aquellos infortunados un don y una prueba -de la caridad; éstos eran los lechos donde reposaban sus cabezas -durante la noche. De cuando en cuando se veía, aun en medio del día, -echarse en ellos á alguno á quien la debilidad había quitado las -fuerzas y paralizado las piernas: muchas veces aquel triste lecho -acogía un cadáver: muchas veces se veía caer á un desgraciado de -improviso en la calle, y quedar en el mismo sitio sin movimiento y sin -vida. - -De vez en cuando, al lado de alguno de esos infelices se veía á un -pasajero ó vecino atraído por una súbita compasión. En algunos puntos -llegaban socorros ordenados con más larga previsión, dirigidos por una -mano rica en medios, y acostumbrada á prestar grandes beneficios: ésta -era la mano del virtuoso Federico. Había escogido seis sacerdotes, los -cuales á una caridad viva y perseverante, uniesen una constitución -fuerte y robusta; los había dividido en tres parejas, designando á -cada una el que recorriese la tercera parte de la ciudad, seguidos por -mozos cargados de alimentos, refrigerios y ropas. Todas las mañanas, -aquellos dignos sacerdotes recorrían las calles en diversos sentidos: -aproximábanse á los que veían echados en el suelo, prestando á cada uno -los socorros necesarios; al que estaba agonizando y no podía recibir -ya los alimentos, le administraban los auxilios y consuelos de la -religión; á los hambrientos les daban sopas, huevos, pan y vino, á -los extenuados por una larga vigilia los confortaban antes por medio -de espíritus, con el objeto de que se pusiesen en estado de resistir -el alimento; igualmente distribuían vestidos á los que se hallaban en -la más espantosa desnudez. No se limitaba á esto solo su asistencia: -el buen pastor había querido á lo menos procurar un alivio eficaz y -duradero hasta donde llegasen sus alcances. Los infelices á quienes -este primer socorro volvía las fuerzas para poder andar y manejarse -por sí solos, recibían también algún dinero, á fin de que la necesidad -renaciente y la falta de otros recursos no les lanzase por segunda -vez en su primitivo estado; á otros les buscaban un asilo y abrigo en -alguna casa de las más próximas. En la morada de estos bienhechores -eran casi siempre acogidos por caridad, y como recomendados por el -cardenal; en otras, donde á pesar de la buena voluntad faltaban medios, -los buenos sacerdotes pedían únicamente que el desgraciado fuese -recibido pagando una pensión, convenían en el precio, y entregaban -cierta cantidad por vía de adelanto. En seguida daban la lista de los -desgraciados á los curas de la parroquia para que los visitasen, y -volvían los mismos sacerdotes á verlos. - -No es necesario decir que Federico hubiese aguardado que el mal -llegara á su colmo para ser movido y dedicar todos sus cuidados. Su -ardiente caridad debía hacerse sentir en todas partes, acumularse, -acudir adonde no había podido todavía tomar, por decirlo así, tantas -formas cuantas exigía la necesidad. Reuniendo todo aquello de que podía -disponer, guardando la más estricta economía, invirtiendo todos los -ahorros destinados á otras obras de beneficencia que entonces se habían -vuelto de una importancia secundaria, había buscado todos los medios -posibles para recoger dinero, empleándolo exclusivamente en aliviar á -los infelices que morían de hambre. Hizo grandes compras de granos, y -había enviado una buena parte á los lugares más escasos de su diócesis. -Como el socorro estaba lejos de igualar á la necesidad, mandó también -una gran cantidad de sal, con la cual, según dice Ripamonti, la yerba -de los prados y la corteza de los árboles se convertía en alimento[9]. -Había distribuido granos y dinero á los párrocos de la ciudad; él -mismo en persona recorría todos los barrios, repartiendo limosnas y -socorriendo además, secretamente, á muchas familias indigentes. En -el palacio episcopal se hacía cocer diariamente una gran cantidad de -arroz, y al decir de un escritor contemporáneo (el médico Alejandro -Tadino, en una de sus obras[10], que con frecuencia tendremos ocasión -de citar más adelante), se repartían todas las mañanas dos mil -escudillas. - - -Pero estos efectos de la caridad, que podemos llamar grandiosos al -considerar que venían de un solo hombre y de sus solos medios (ya que -Federico rehusaba por sistema el ser el dispensador de la liberalidad -de otros); estos efectos, repito, unidos á los dones de otras manos -privadas, si no tan fecundas, á lo menos numerosas, juntamente con -los socorros que el consejo de los decuriones había decretado, dando -al tribunal de la provisión la incumbencia de distribuirlos, no eran -suficientes aún en comparación de las necesidades que había. Mientras -que algunos aldeanos próximos á morir de hambre, lograban por la -caridad del cardenal prolongar su existencia, otros llegaban á aquel -extremo; los primeros, concluido un tan moderado socorro, volvían á -recaer; por otro lado, había gentes no olvidadas sino pospuestas, -como que padecían menos, por una caridad precisada á escoger; por -consiguiente, los sufrimientos venían á ser mortales; por doquier -aparecía la muerte, de todas partes acudían á la ciudad. Por un lado, -veíanse millares de hambrientos más robustos y diestros para sobrepujar -la concurrencia y hacerse sitio, los cuales habían conquistado una -escudilla de sopa suficiente para no morirse en aquel día; pero otros -muchos se quedaban atrás envidiando á aquellos, nosotros diremos, más -afortunados, siendo así que entre los rezagados había al mismo tiempo -padres, mujeres é hijos de los primeros. Y mientras en ciertas partes -de la ciudad algunos de los más menesterosos y reducidos al último -extremo se levantaban del suelo reanimados, recobrados y alimentados -por algún tiempo, en cien distintos lados, otros caían desfallecidos y -aun expiraban sin ayuda, sin auxilio alguno. - - -Durante el día, oíase por las calles un ruido confuso de voces -suplicantes; por la noche un susurro de gemidos, suspendido de cuando -en cuando por grandes lamentos lanzados de improviso, por gritos, por -acentos profundos de invocación, que terminaban en sofocados sollozos. - -Lo más notable y digno de consideración era, que en medio de tan -grande exceso de sufrimientos, con tanta variedad de disputas, no se -viese jamás una tentativa, no se escapase un solo grito sedicioso. Sin -embargo, de todos aquellos que vivían y morían de semejante modo, -había un buen número de hombres habituados á todo, menos á tolerar, -siendo éstos al contrario los centinelas de los mismos que el día de S. -Martín se habían hecho oir tanto. No es posible imaginar que el ejemplo -de los cuatro desgraciados que habían pagado la pena por todos, fuese -lo que ahora los refrenase: ¿qué fuerza podía tener, no la presencia, -sino la memoria de las ejecuciones sobre los ánimos de una multitud -vagabunda y reunida, que se veía como condenada á un lento suplicio, y -que en efecto ya lo padecía? Pero los hombres en general, todos somos -así, nos rebelamos indignados y furiosos contra los males pequeños, y -nos encorvamos silenciosamente bajo el peso de los grandes; soportamos, -no resignados sino con la mayor estupidez, el colmo de lo que en un -principio habíamos llamado insoportable. - -El vacío que la mortandad hacía diariamente en aquella deplorable -multitud, se llenaba de nuevo á cada momento: era un concurso continuo, -primeramente de los pueblos circunvecinos, después de toda la campiña, -luego de las ciudades del milanesado; y por último, también de otros -pueblos. Entretanto, los antiguos habitantes de la ciudad salían de -ella todos los días á bandadas, unos para sustraerse á la vista de -tantas calamidades; otros, viéndose, por decirlo así, arrebatados de -sus posiciones por nuevos concurrentes en mendicidad, partían con la -última esperanza de buscar socorros en otras partes, fuese donde fuese, -en donde la multitud apareciera menos menesterosa, ó la emulación de -pedir se viese que no era tanta. Las dos cuadrillas de peregrinos se -encontraban en su opuesto viaje: ¡espectáculo doloroso!, ¡siniestro -presagio del término al cual unos y otros iban encaminados!, mas ellos -seguían su camino, si no con la esperanza de mudar de suerte, á lo -menos para no volver á cobijarse bajo un cielo que les había llegado -á ser odioso, para no ver jamás los lugares en donde habían sido -entregados á la desesperación. Á veces un desgraciado, cuya necesidad -había agotado las últimas fuerzas vitales, caía desplomado en el camino -y exhalaba allí su postrer suspiro, siendo un espectáculo funesto, un -objeto de horror para sus mismos compañeros de miseria, y acaso de -reproche para los demás viajeros. “Yo presencié, escribe Ripamonti, -en la calle que se dirige á la muralla, el cadáver de una mujer... Le -salía de la boca yerba medio mascada, y los labios presentaban aún -el ademán de un esfuerzo rabioso... Llevaba un pequeño fardo en la -espalda, y apretaba convulsivamente la cara de un tierno niño contra su -pecho, el cual, llorando amargamente, pedía de mamar... Aparecieron en -aquel sitio algunas personas compasivas, las cuales, habiendo recogido -del suelo á la desgraciada criatura, se la llevaron, tratando de -cumplir en seguida el primer deber materno”. - -Aquel contraste de vestidos magníficos y de harapos, de lujo y de -miseria, espectáculo muy común en tiempos normales, había entonces -cesado enteramente. La pobreza y los andrajos lo habían casi invadido -todo, y el que más se distinguía era apenas bajo una apariencia de -humilde medianía. Veíase á los nobles caminar con traje sencillo y -modesto, y casi casi puede decirse ordinario; los unos porque la -miseria general había cambiado hasta ese punto su fortuna, los otros -por temor de provocar con el lujo la pública desesperación, ó por pudor -y para no insultar la desgracia bajo la cual gemía el pueblo entero. -Aquellos poderosos, odiados y temidos, que solían andar dando vueltas -por la ciudad con un numeroso séquito de bravos, iban al presente -casi solos, con la cabeza baja, y en sus ademanes parecía que pedían -y ofrecían la paz. Los que aun en el apogeo de la fortuna habían, sin -embargo, tenido ideas más humanitarias y mostrádose más modestos, -aparecían también confusos, consternados y como oprimidos á la vista -continua de una miseria que sobrepujaba, no sólo la posibilidad de los -socorros, sino que también podríamos decir las fuerzas de la compasión. -El que podía dispensar alguna limosna, tenía no obstante que hacer una -triste elección entre hambre y hambre, entre urgencia y urgencia. -Apenas se veía una piadosa mano que se aproximaba á un infeliz, -cuando aparecía á su alrededor, como por encanto, una innumerable -turba de menesterosos, de los cuales el que conservaba más vigor se -hacía lugar y se adelantaba á todos para pedir con más instancia; los -extenuados, los ancianos y los niños alzaban las descarnadas manos; -las madres levantaban y mostraban de lejos á sus pequeños hijos que -lloraban sin consuelo, mal envueltos en andrajosos pañales, y á quienes -volvían á bajar estrechándolos contra su pecho, por carecer de fuerzas -suficientes, á causa de su extremada debilidad para sostenerlos en -aquella posición. - -De este modo se pasó el invierno y la primavera. Hacía ya algún tiempo -que la junta de sanidad había representado al tribunal de la Provisión -el peligro á que tanta miseria exponía á la ciudad; y para prevenir -el contagio proponía encerrar á los mendigos vagabundos en diversos -hospicios. Mientras que se discute este proyecto, se aprueba, se piensa -en los medios, modos y lugares para llevarlo á efecto, los cadáveres -cubren las calles á cada día que transcurría y en número creciente, -aumentándose á proporción de esto todo el restante cúmulo de miserias. -El tribunal de la provisión propone entonces un partido más fácil y -expedito, cual es el reunir en un solo lugar, en el lazareto, á todos -los mendigos sanos y enfermos, debiendo ser mantenidos y curados á -expensas de la ciudad. Esto fué resuelto contra el parecer de la junta -de sanidad, la cual se oponía, y con razón, objetando que en una tan -gran reunión de gentes, el peligro al cual se quería poner remedio no -haría más que aumentarse. - -Es casi indispensable que hagamos aquí una ligera descripción del -lazareto de Milán, para aquellos de nuestros lectores que no tengan -de él ninguna idea. Es, pues, un edificio que forma un cuadrilátero, -y está situado fuera de la ciudad, distando de las murallas sólo el -espacio del foso, de un camino de circunvalación, y de un acueducto que -rodea el recinto mismo. Las dos alas mayores tienen de longitud unos -quinientos pasos; las otras dos, unos cuatrocientos ochenta y cinco; -todos por la parte exterior están divididos en pequeñas habitaciones -de un solo piso; en el interior se ve un gran claustro cuyos pórticos -están sostenidos por pequeñas y delgadas columnas. - -Las celdas eran doscientas ochenta y ocho en aquel entonces; en -nuestros días hay muchas más, habiéndose hecho en el centro una gran -entrada y otra pequeña en un extremo de la fachada que da al camino -real. En el tiempo á que nos referimos no había más que dos entradas; -la una en el centro del ala que mira á las murallas de la ciudad, y -la otra de frente en el opuesto. En el centro del espacio interior -existía, y aún existe todavía, una pequeña iglesia de forma octógona. - -El primer destino de todo el edificio, comenzado en el año de 1489, -con el dinero de un legado particular, continuado después por algunos -otros públicos de varios testadores y donantes; el primer destino del -edificio, repito, fué, como lo da á conocer el mismo nombre, el de -acoger cuando ocurriese, á los atacados de la peste; la cual ya mucho -antes de dicha época solía aparecer dos, cuatro, seis y ocho veces cada -siglo, ya en uno, ya en otro país de Europa, invadiendo una gran parte -de ésta y también recorriéndola enteramente en todas direcciones: en el -momento de que hablamos, el lazareto no servía más que para depósito de -las mercancías sujetas á la cuarentena. - -Para desocuparlo y dejarlo expedito, no miraron el rigor de las leyes -sanitarias, y habiendo hecho precipitadamente la limpieza y los -experimentos prescritos, despacharon todos los géneros á un tiempo, -echaron paja en todas las celdas, se hicieron provisiones de víveres -hasta donde fué posible, y se invitó por medio de edictos públicos á -todos los menesterosos que quisieran refugiarse allí. - -Muchos concurrieron voluntariamente: todos los que yacían enfermos por -las calles y plazas, fueron trasladados; en pocos días, entre unos y -otros, ascendieron á más de tres mil. Sin embargo, muchos más fueron -los que quedaron sin asilo; ya fuese que éstos esperasen ver que los -demás se iban y que ellos quedarían en número muy escaso para gozar de -las limosnas de la ciudad, ya esa natural repugnancia á la clausura, -ya esa desconfianza de los pobres por todo lo que se les propone por -parte de los que poseen la riqueza y el poder (desconfianza siempre -proporcionada á la ignorancia común de quien la siente y de quien la -inspira, al número de los pobres y al poco criterio de las leyes), ó -el saber efectivamente cuál era en realidad el beneficio ofrecido; ya -fuese todo esto junto, ú otra cosa, el hecho es que la mayor parte, -no haciendo caso de la invitación, continuaba arrastrándose por las -calles y sufriendo las más grandes privaciones. Al ver esto se juzgó -conveniente pasar de la invitación á la fuerza. Se nombraron rondas -de alguaciles, para que condujesen á los mendigos al lazareto y que -llevasen atados á los que se resistieran; por cada uno de los cuales -les fué señalado una recompensa de diez sueldos: ¡he aquí cómo el -dinero del pueblo se encuentra siempre para malgastarlo, aun en tiempos -de la mayor penuria y escasez! Y aunque según se había calculado, y la -misma junta de la Provisión lo había hecho á propio intento, de que -cierto número de menesterosos huyese de la ciudad, para ir á vivir ó -morir en otra parte, disfrutando á lo menos de libertad; sin embargo, -la caza fué tal, que en poco tiempo el número de refugiados, entre -voluntarios y prisioneros, se aproximó á diez mil. - -Debemos suponer que las mujeres y los niños estarían colocados en -distintas habitaciones, á pesar de que la historia de aquel tiempo -no rece nada de esto. Además, creemos que no faltarían reglas y -precauciones para el buen orden; pero imagínese cualquiera qué orden -podía establecerse y mantenerse, especialmente en aquellos tiempos y -circunstancias, en una tan vasta y varia reunión, en donde, con los -voluntarios, se hallaban mezclados los forzados; con aquellos para los -cuales la mendicidad era una necesidad, un dolor, una vergüenza; con -aquellos que la tenían por oficio; con muchos criados en la honesta -actividad de los campos y de las oficinas, revueltos con otros educados -en las plazas, en las tabernas, en los palacios de los poderosos, -acostumbrados al ocio, á la holgazanería, á las maldades y á la -violencia. - -Del modo que estarían tanta diversidad de clases viviendo y comiendo -juntos, se podría tristemente conjeturar, aunque no tuviésemos ningunas -noticias positivas, pero por fortuna las tenemos. De veinte á treinta -dormían hacinados en cada una de aquellas celdas, ó tumbados bajo los -pórticos, sobre un poco de paja podrida é infecta, ó sobre la desnuda -tierra; porque si bien se había mandado que la paja fuese fresca y -abundante, cambiándola á menudo, sin embargo, lo positivo era el ser -mala, escasa, y el no remudarse nunca. Igualmente se había ordenado, -que el pan fuese de buena calidad; mas, ¿qué administrador ha dicho -jamás que se hacen y gastan malos artículos? Pero esto que no se -hubiera obtenido en circunstancias ordinarias, ni aun para el servicio -más estrecho, ¿cómo lograrlo en aquella ocasión y en medio de toda -aquella barahúnda? Entonces se dijo, según encontramos en las memorias -de aquella época, que el pan del lazareto había sido alterado con -sustancias pesadas y no nutritivas; y sin embargo, es demasiado creíble -que esto no eran vanas quejas. Por último, había una gran escasez de -agua, es decir, de agua viva y saludable; el pozo común debía ser el -acueducto que lame las murallas del recinto, cuyas aguas escasas, -estancadas y también cenagosas, habían llegado á ponerse peor, á causa -del uso continuo y la proximidad de tanta gente. - -Á todas estas causas de mortandad, tanto más activas, cuanto que ellas -obraban sobre cuerpos ya enfermos ó extenuados, se unía la malignidad -de la estación: lluvias obstinadas seguidas de una sequedad más -obstinada todavía, y después de esto un calor anticipado y violento. La -desgracia común fué aumentada por la inquietud y por la desesperación, -por el deseo de los antiguos hábitos, por el recuerdo de los seres -queridos que los infortunados habían perdido, por la memoria inquieta -y dolorosa de aquéllos de quienes habían sido separados, por mil otras -pasiones de abatimiento y de rabia que habían traído y también nacido -allí dentro; la aprehensión y el espectáculo continuo de la muerte -había llegado á ser para ellos mismos un nuevo y poderoso motivo de -temores y de alarmas; no debe, pues, causar admiración que la mortandad -se aumentara y reinara en aquel recinto hasta el punto de tomar el -aspecto y nombre de peste, según la opinión de muchas gentes. Ya sea -que la reunión y aumento de todas estas causas hiciesen multiplicar la -actividad de una influencia puramente epidémica; ya sea (según parece -que acontece en las carestías de menos gravedad y duración que de la -que nos ocupamos) que motivase un cierto contagio, el cual en los -cuerpos dispuestos y preparados por la misma miseria y mala calidad -de los alimentos, por la intemperie, desaseo y abyección, hallase los -temperamentos, por decirlo así, en su verdadera sazón, en fin, las -condiciones indispensables para nacer, nutrirse y acrecentarse, si es -lícito á un ignorante el hablar así, escudado á favor de la hipótesis -propuesta por algunos facultativos, y apoyada vigorosamente, por -último, con poderosas razones y mucha reserva por uno tan solícito como -de grande ingenio[11]; ya sea que el contagio naciese primeramente -como por una oscura é inexacta relación, juzgaron los médicos de -la junta de sanidad, ya que existiera y hubiera ido minando con -anterioridad (lo que acaso parece más verosímil, calculando que el -hambre era ya antigua y general, y la mortandad muy frecuente); y que, -en fin, llevado hacia aquella multitud permanente, se propagase con -nueva y terrible rapidez. Dejando aparte cuál de todas estas conjeturas -fuese la verdadera, lo cierto es que el número de muertos en el -lazareto ascendió bien pronto á más de un centenar por día. - -Mientras que en dicho lugar reinaban los padecimientos, las más -horribles angustias, el espanto y un general estremecimiento, el -tribunal de la Provisión aparecía cubierto de vergüenza, aturdimiento é -incertidumbre. Se consultó, se oyó el parecer de la junta de sanidad, -y no se encontró otra cosa mejor que deshacer lo que se había hecho -con tanto aparato, á costa de gastos tan exorbitantes y de tantas -vejaciones. Se abrió, pues, el lazareto, y despidieron á todos los -infelices que aún no estaban atacados del contagio, los cuales salieron -con frenética alegría. - - -La ciudad volvió á resonar con los antiguos lamentos, pero más débiles -é interrumpidos; apareció de nuevo aquella turba de mendigos, más rara -y más miserable, dice Ripamonti, pensando cómo había sido tan diezmada. -Los enfermos fueron trasladados á Santa María della Stella, entonces -hospital de pobres, en donde perecieron la mayor parte. - -Mientras tanto los campos bienaventurados empezaban á dorarse. Los -mendigos llegados á la ciudad de todos los alrededores fueron cada uno -por su lado á tomar parte en aquella tan deseada siega. La caridad -inagotable ó ingeniosa del buen Federico se dió también á conocer: á -cada aldeano que se presentó en el arzobispado, le hizo dar un bieldo, -y una hoz para segar. - -Con la cosecha cesó por fin la carestía; la mortandad epidémica ó -contagiosa, disminuyéndose de día en día, se prolongó no obstante hasta -el otoño. Estando ya á punto de concluirse, he aquí que sobrevino un -nuevo azote. - -Muchas cosas importantes, de ésas á las cuales especialmente se da el -título de históricas, habían sucedido durante todo este intervalo. El -cardenal Richelieu, después de haberse apoderado de la Rochela, según -ya se ha dicho, y hecho un tratado de paz con la Inglaterra, había -propuesto y obtenido por medio de su poderosa palabra, en el consejo -del rey de Francia, que se socorriese eficazmente al duque de Nevers, -habiendo igualmente determinado al rey mismo que mandase en persona la -expedición. Mientras se hacían los preparativos, el conde de Nassau, -comisario imperial, intimaba en Mantua al nuevo duque que entregase -sus estados en manos de Fernando, pues en caso de no verificarlo, éste -mandaría un ejército para ocuparlos. El duque, que en circunstancias -más desesperadas había rehusado aceptar una condición tan dura y -sospechosa, reanimado entonces por los socorros próximos de la Francia, -lo rehusaba con más motivo, pero en términos ambiguos y con protestas -de sumisión, aunque aparente, no menos envueltas. El comisario había -partido protestando que la fuerza lo decidiría. En el mes de marzo el -cardenal Richelieu había en efecto desembarcado con el rey á la cabeza -de un ejército, habiendo pedido el paso al duque de Saboya, lo cual -tratándolo nada se había conseguido. Después de un encuentro en que los -franceses obtuvieron las mayores ventajas, se había tratado de nuevo -y concluido un acuerdo, en el cual el duque, entre otras cosas, había -estipulado que D. Gonzalo de Córdoba levantaría el sitio de Casal, -obligándose, si éste se negase á ello, á unirse con los franceses -para invadir el ducado de Milán. D. Gonzalo, que deseaba salir bien -librado, levantó el campo que tenía al frente de Casal, en cuyo punto -entró apresuradamente un cuerpo de tropas francesas para reforzar la -guarnición. - -En esta ocasión fué cuando Achillini dirigió al rey Luis aquel famoso -soneto: - - Sudate, o fochi, a preparar metalli[12]. - -y otro además, en el cual le exhortaba que se encaminase prontamente -á libertar la Tierra santa. Pero es destino que los consejos de los -poetas no sean jamás escuchados; y si en la historia encontráis algunos -hechos conformes á lo que ellos han aconsejado, podéis decir sin rebozo -alguno que ya eran cosas resueltas anteriormente. El cardenal Richelieu -había al contrario decidido el volver á Francia para despachar los -negocios que le parecían más urgentes. Girolamo Soranzo, enviado de -Venecia, trató de aducir las más poderosas razones para combatir esta -resolución, pero el rey y el cardenal no hicieron más caso de su prosa -que de los versos de Achillini, y se volvieron con el grueso del -ejército, dejando únicamente seis mil hombres en Susa para ocupar el -paso y mantener el tratado. - -Mientras que este ejército se alejaba por una parte, el de Fernando se -acercaba por otra, invadiendo el país de los Grisones y la Valtellina, -disponiéndose á penetrar en el milanesado. Además de todos los daños -que podían temerse de semejante paso de tropas, tenía avisos exactos -la junta de sanidad, la cual sabía que dicho ejército traía la peste; -pues siempre en aquel entonces había algunos gérmenes en las tropas -alemanas, según dice Varchi, hablando de la que un siglo antes habían -éstos llevado á Florencia. Alejandro Tadino, uno de los vocales de la -junta de sanidad, (componíase de seis, además del presidente, cuatro -magistrados y dos médicos), fué encargado por el tribunal, como refiere -él mismo, para hacer presente al gobernador el peligro espantoso que -amenazaba al país, si aquella gente pasaba por allí para ir al sitio de -Mantua, según las voces que corrían. Por todos los actos de D. Gonzalo -se traslucía el deseo que tenía de ocupar un lugar en la historia, la -cual efectivamente no pudo pasarlo en silencio; pero (como sucede con -frecuencia) no conoció ó no se cuidó de registrar uno de sus actos -más dignos de memoria, cual fué la contestación que dió á Tadino en -aquella ocasión. Respondió que no sabía qué hacerse; que las razones -de intereses y de honor, por las cuales dicho ejército se había puesto -en movimiento, eran de mayor peso que el peligro que se le oponía; que -trataría sin embargo, de arreglarlo como se pudiera, y que se debía -confiar en la Providencia. - -Para disponerlo, pues, todo del mejor modo que fuese posible, los dos -médicos de la junta de sanidad (el citado Tadino y el senador Settala, -hijo del célebre Ludovico), propusieron que se prohibiese, bajo las más -severas penas, el que persona alguna comprase efectos de los soldados -que debían pasar; pero fué cosa imposible el hacer comprender la -necesidad de semejante orden al presidente, hombre, dice el Dr. Tadino, -sumamente bondadoso, el cual no creía que del comercio con las tropas, -y á causa de la venta de sus efectos, pudiese resultar la muerte de -tantos millares de personas. - -Por lo que hace á D. Gonzalo, poco después de su célebre respuesta -salió de Milán, y la partida fué tan triste para él como lo eran los -motivos. Acababa de ser removido de su destino por efecto de los malos -sucesos de la guerra de la cual había sido el principal motor y jefe, -y el pueblo le echaba la culpa del hambre sufrida bajo su gobierno. -(Lo que había hecho por la peste se ignoraba, ó por lo menos nadie -se cuidaba de ello, según más adelante veremos, exceptuando la junta -de sanidad, y especialmente los dos médicos.) Al salir, pues, en su -carroza de viaje del palacio, en medio de una escolta de alabarderos, -marchando delante á caballo dos trompetas, y acompañado de otras -carrozas de nobles que formaban su séquito, fué saludado con una -estrepitosa salva de silbidos por los muchachos reunidos en la plaza de -la catedral, y que siguieron en tropel detrás del carruaje. Habiendo -entrado la comitiva en la calle que se dirigía á la puerta de salida, -se encontró en medio de una multitud de gente, que parte de ella estaba -ya esperándole, y parte acudía á dicho sitio; tanto más, cuanto que los -trompeteros, hombres de juicio, no cesaron de tocar desde el palacio -hasta la puerta. Y en el proceso que se formó sobre aquel motín, -haciendo cargos á uno de éstos, que con su incesante tocar había sido -causa de que se aumentase, contestó: “Respetable señor, ésta es nuestra -profesión; y si su excelencia no hubiese tenido gusto que tocáramos, -hubiera mandado que callásemos”. Pero D. Gonzalo, ó por repugnancia -de manifestar temor, ó por miedo de hacer con ello más atrevida á la -muchedumbre, ó porque estuviese efectivamente un poco aturdido, lo -cierto era que no daba ninguna orden. La multitud que los guardias -habían intentado en vano rechazar, precedía, rodeaba y seguía la -carroza gritando: “Ahí va la carestía; ahí va la sangre de los pobres”, -y muchas otras cosas peores aún. Cuando llegaron junto á la puerta, -empezaron á arrojar piedras, ladrillos, terrones y tronchos de berza, -proyectiles ordinarios en semejantes casos: una gran parte corrió á las -murallas, y desde allí hicieron una última descarga sobre las carrozas -que salían, después de lo cual se desbandaron precipitadamente. - -En lugar de D. Gonzalo, fué enviado el marqués Ambrosio Spínola, -cuyo nombre había ya conquistado en las guerras de Flandes aquella -celebridad militar de que aún goza en el día. - -Entretanto el ejército alemán, bajo el mando supremo del conde Rambaldo -di Collato, también jefe italiano, de menor fama, pero igualmente -célebre, había recibido la orden definitiva de ir á caer sobre Mantua, -entrando por lo tanto en el ducado de Milán en el mes de setiembre. - -En aquella época, la milicia se componía todavía en gran parte de -soldados aventureros; reclutados por capitanes aventureros también, -á los cuales en Italia se les daba el nombre de _condottieri_, y que -no tenían otra profesión que ponerse al frente de una partida de -gente alistada bajo sus órdenes, algunas veces por comisión de tal ó -cual príncipe, otras por su propia cuenta, y para venderse después en -compañía de sus afiliados. Los hombres se adherían á dicha profesión, -menos por el sueldo que les estaba asignado que por la esperanza del -pillaje y demás atractivos de la licencia. En el ejército no había -disciplina alguna estable y general; ésta no hubiera podido avenirse -tan fácilmente con la autoridad en parte independiente de tanta -variedad de jefes. Por otra parte, éstos no eran muy escrupulosos con -respecto á la disciplina, y aun cuando lo hubiesen sido, se puede -juzgar que no hubieran podido establecerla ni mantenerla; pues soldados -de semejante especie, ó se sublevarían contra su jefe innovador, al -cual se le metiese en la cabeza el abolir el pillaje, ó cuando menos -el dejarlo contemplando sus banderas. Además, como los príncipes para -tomar, según se dice, dichas partidas á sueldo cuidaban más de tener -mucha gente para asegurar sus empresas, que en proporcionar el número -á los medios que poseían para pagarles, medios ordinariamente muy -escasos, así los sueldos jamás los percibían exactamente. Los despojos -de los países en los cuales habían guerreado ó recorrido, llegaban á -ser como un suplemento tácitamente convenido. La siguiente sentencia -de Wallenstein no es menos célebre que su nombre: “Es más fácil -mantener un ejército de cien mil hombres que uno de doce mil”. El de -que nosotros hablamos estaba en parte compuesto de gente que bajo su -mando había desolado la Alemania en aquella guerra célebre entre todas -las guerras, por lo cual por sí misma y por sus efectos tomó en seguida -el nombre de los treinta años de su duración. Su propio regimiento era -conducido por uno de sus lugartenientes, la mayor parte de los demás -jefes habían mandado bajo sus órdenes, y se encontraban algunos de -ellos, los cuales cuatro años después debían ayudarle á tener el fin -desgraciado que todos saben. - -Eran veinte y ocho mil infantes y siete mil caballos. Al bajar de la -Valtellina para caer sobre Mantua, debían costear el Adda hasta el -sitio en que se lanza en el Po; entre todo, tenían que hacer ocho -jornadas de marcha por el ducado de Milán. - -Una gran parte de los habitantes se refugiaban á los montes llevándose -sus objetos más preciosos, y echando adelante los animales; otros -permanecían en sus casas para cuidar algún enfermo, preservarla del -incendio, ó para velar sobre las ricas alhajas escondidas y enterradas; -otros, porque nada tenían que perder, y que al contrario hacían cuenta -de ganar, tampoco se movían. Cuando la primera división llegaba al -sitio en que debía detenerse, se esparcía en seguida por el pueblo y -sus cercanías, y luego se entregaba al saqueo: lo que podía ser comido -ó llevado, desaparecía; lo restante, lo destruían y arruinaban; los -muebles se veían convertidos en leña, las casas en establos. Todos -los escondrijos, todas las astucias para salvar las riquezas, eran -casi siempre inútiles, y algunas veces atraían mayores males. Los -soldados, gente muy práctica en las estratagemas de semejante modo de -guerrear, registraban hasta los más pequeños rincones de las casas, -agujereaban las paredes y las echaban abajo: descubrían con la mayor -facilidad en los jardines la tierra removida de nuevo; se dirigían -á los montes á robar los ganados, penetraban en las cuevas guiados -por algunos bribones del país, según llevamos dicho, en busca de los -ricos habitantes refugiados en dichos sitios; los despojaban, los -arrastraban á sus casas, y á fuerza de golpes y amenazas les obligaban -á indicar el lugar en donde tenían escondidos sus tesoros. - -Por último, emprenden la marcha: ya han partido; se oye morir á lo -lejos el sonido de las cajas y cornetas; sucédense algunas horas -de un espanto más tranquilo; mas he aquí que un nuevo redoble de -tambores, otro maldito toque de cornetas, anuncia la llegada de una -nueva división. Los que la componían, furiosos por no encontrar ya -presa alguna, destruían todo lo que quedaba; quemaban los muebles, las -puertas, las vigas, y también las casas enteras; trataban del modo más -bárbaro y cruel á los habitantes, yendo así de peor en peor por espacio -de veinte días, con motivo de estar el ejército compuesto del mismo -número de divisiones. - -Colico fué el primer pueblo del ducado que invadieron aquellos malos -espíritus: lanzáronse en seguida sobre Bellano; desde dicho punto -entraron y se esparcieron por la Valtellina, de donde desembocaron en -el territorio de Lecco. - - - NOTAS: - -[6] Pan hecho de varias especies de granos. - -[7] Llámase así el arroz sin mondar. - - _Notas del traductor español._ - - -[8] Medida que equivale á nuestra fanega, aunque es un poco -menor.--_Nota del traductor español._ - -[9] Historia patriæ, decadis V, lib. 6, pág. 386.--_Nota del autor._ - -[10] Noticia del origen y diarios sucesos de la gran peste contagiosa, -benéfica y maléfica, habida en la ciudad de Milán, &c. Milán 1648, pág. -20. - -[11] El célebre Dr. F. Enrico Acerbi. - -[12] Traducido literalmente: Sudad, oh fuegos, para preparar -metales.--_Nota del traductor español._ - - - - - CAPÍTULO DECIMOPRIMERO - - -Aquí, entre los infelices amedrentados, encontramos personas muy -conocidas nuestras. - -Quien no ha visto á D. Abundio el día que se esparció de repente la -noticia de la bajada del ejército, de su aproximación y de sus excesos, -no puede saber de ningún modo lo que es espanto. Ya vienen, son -treinta, cuarenta, cincuenta mil; son diablos, arrianos, antecristos; -han saqueado á Cortenuova; han pegado fuego á Primaluna; han destruido -á Introbbio, Parsturo, Barsio; han llegado á Balabbio; mañana estarán -aquí; tales eran las voces que corrían de boca en boca. Por doquier se -veía correr, pararse á su vez, consultarse tumultuosamente, titubear -entre el emprender la fuga ó quedarse; las mujeres se agrupaban -lanzando desesperados gritos y mesándose los cabellos. - -D. Abundio, habiendo resuelto huir á todo evento, pues era el primero -que había tratado de ello, veía, sin embargo, en cada camino que iba á -tomar, en cada sitio en que pensaba refugiarse, obstáculos insuperables -y peligros espantosos. ¿Qué hacer?, exclamaba: ¿adónde ir? Los montes, -dejando aparte la dificultad del camino, no ofrecían seguridad; era -sabido que los lasquenetes[13] trepaban por ellos como gatos, con solo -que tuviesen algún indicio ó esperanza de poder hacer la menor presa. -El lago tenía muy hinchadas las narices; soplaba un viento sumamente -fuerte; además de esto, la mayor parte de los barqueros, temiendo -ser forzados á tener que pasar los soldados ó bagajes, se habían -refugiado con sus bateles á la orilla opuesta del Adda; las pocas que -aún quedaban se hallaban cargadísimas de gente, con cuyo enorme peso -y el temporal que reinaba, se temía que zozobrasen á cada paso. Para -alejarse y salir de la ruta que el ejército tenía que recorrer, no era -posible encontrar ni un carruaje, ni un caballo, ni algún otro modo -cualquiera. Yendo D. Abundio á pie no hubiera podido adelantar mucho -camino, y temía ser alcanzado. Los confines del territorio de Bérgamo -no se hallaban tan lejos que sus piernas no le pudiesen llevar de un -tirón; pero ya se había esparcido la noticia de haber salido de Bérgamo -á toda prisa un escuadrón de dragones para guardar la frontera y tener -á raya á los lasquenetes; aquéllos eran diablos en carne y hueso lo -mismo que éstos, y por su parte hacían todo el mal que les era posible. -El pobre hombre corría por la casa como un insensato y enteramente -fuera de sí; iba detrás de Perpetua para concertar con ella lo que -debía hacerse; pero ésta, ocupada del todo en reunir los objetos más -preciosos y en esconderlos debajo del pavimento ó en los más pequeños -agujeros, andaba apresuradamente, afanada, preocupada, con las manos -llenas, y respondía: “en concluyendo de poner todo esto en seguridad, -haremos en seguida lo que hacen los demás”. D. Abundio quería conversar -con ella y discutir acerca del partido que debían tomar; mas Perpetua, -entre los quehaceres y la prisa, y el miedo que tenía metido en el -cuerpo y la cólera que le causaba el de su amo, estaba en semejante -momento menos tratable que nunca. “¿No se ingenian los demás?, pues -nosotros también nos ingeniaremos. Permitidme que os diga que no -servís más que para estorbar. ¿Creéis que los otros no tengan también -su pellejo que salvar?, ¿juzgáis que los soldados vienen á haceros -á vos solo la guerra? Mejor sería que en lugar de venir delante y -detrás lloriqueándome y quemándome la sangre, me ayudarais á fin de -despachar más pronto”. Con éstas y otras contestaciones semejantes -se desembarazaba de él, habiendo ya decidido que luego que hubiese -concluido del mejor modo posible aquella precipitada operación, le -cogería de la mano como se hace con un niño, y lo arrastraría consigo -á los montes. Abandonado de este modo, se situaba en la ventana, -miraba por todas partes, aguzaba los oídos, y al ver pasar á la gente, -exclamaba con acento de queja y de reproche á la vez: “Haced la caridad -á vuestro infeliz cura de buscarle algún caballo, un mulo, un asno -cualquiera. ¿Es posible que nadie quiera socorrerme? ¡Oh, qué gente, -Dios mío! Á lo menos esperadme, para que pueda ir en vuestra compañía; -esperad á que seáis quince ó veinte para que yo marche con vosotros y -que no me vea abandonado. ¿Queréis dejarme en poder de esos perros?, -¿ignoráis por ventura que la mayor parte son luteranos, y que tienen -por una obra meritoria el asesinar á un sacerdote católico, apostólico, -romano?, ¿queréis dejarme aquí para que reciba el martirio? ¡Oh, qué -gente, qué gente!”. - - -Pero, ¿á quién dirigía estas palabras? Á hombres que pasaban encorvados -bajo el peso de su pobre ajuar, pensando en lo que dejaban en casa, -echando sus vacas por delante, siguiéndoles los hijos cargados con -cuanto podían, y sus mujeres llevando en hombros á los pequeñuelos que -no podían andar. Algunos pasaban de largo sin responder ni tan siquiera -mirar; otros le decían: “¡Eh! señor, componeos como mejor podáis; -dichoso vos que no tenéis que pensar en la familia; ayudaos, ingeniaos”. - -“¡Oh, infeliz de mí! exclamaba D. Abundio. ¡Qué gente, qué corazones! -no hay caridad; cada uno sólo piensa en sí mismo, y de mí nadie se -acuerda”. Y después de esto se dirigía de nuevo en busca de Perpetua. - ---¡Oh, casualmente, le dijo ésta, venís á propósito; ¿y el dinero? - ---¿Cómo lo haremos? - ---Dádmelo; iré á enterrarlo en el jardín juntamente con la plata. - ---Pero... - ---Pero, pero... dádmelo; guardad algunos sueldos para lo que pueda -ofrecerse, y después dejad lo demás á mi cuidado. - -D. Abundio obedeció; se dirigió hacia su arca, sacó su pequeño tesoro, -y lo entregó á Perpetua, la cual dijo: “Voy á enterrarlo en el jardín, -al pie mismo de la higuera”; dicho lo cual salió. - -Poco después volvió á aparecer con una banasta llena de comestibles y -un canastillo vacío, en el cual se puso á colocar apresuradamente un -poco de ropa blanca para ella y para su amo. - -Hecho esto, dijo Perpetua: “Á lo menos llevaréis el breviario”. - ---Pero, ¿adónde vamos? - ---¿Adónde van todos los demás? Primeramente nos dirigiremos al camino, -y una vez allí, oiremos y veremos lo que mejor nos convenga hacer. - -En el mismo momento entró Inés con una pequeña cesta en las espaldas, y -como en ademán del que viene á hacer una proposición importante. - -Inés, decidida á no aguardar tampoco los tan peligrosos huéspedes, -viéndose en su casa enteramente sola, y además todavía con algún oro -del Incógnito, había estado largo tiempo dudando acerca del paraje -donde podría refugiarse. El resto de aquellos escudos, los cuales, -durante la época del hambre, le habían hecho tan al caso, era la -principal causa de sus alarmas y de su irresolución; pues había oído -decir que en los países ya invadidos, los que tenían dinero estaban -en una situación más terrible que los demás, viéndose expuestos á un -mismo tiempo á la violencia de los extranjeros y á las asechanzas de -sus compatriotas. Es verdad que no había confiado á nadie el secreto -del bien que le había llovido del cielo, según vulgarmente se dice, á -no ser á D. Abundio, á cuya casa iba de cuando en cuando á cambiar -los escudos, dejando siempre alguna cosa para que la diese á los que -fuesen más pobres que ella. Pero el dinero oculto, especialmente para -los que no están acostumbrados á manejarlo con frecuencia, tienen al -poseedor en una continua zozobra, con respecto á los demás. En la -ocasión presente, mientras que Inés iba escondiendo, ya por un lado, ya -por otro, las cosas mejores que no podía llevar consigo, y pensaba en -los escudos que llevaba cosidos en su vestido, recordó que juntamente -con ellos le había hecho el Incógnito las más cumplidas ofertas de -servirla en todo y por todo; acordóse también, de lo que había oído -contar tocante á su castillo situado en un lugar tan seguro, con el -cual nadie, á excepción de los pájaros, podía llegar contra la voluntad -de su dueño, por cuyo motivo resolvió ir á buscar un asilo. Calculó -cómo podría hacerse reconocer de aquel señor, y en seguida pensó en -D. Abundio, el cual, después de la conversación que había tenido con -el arzobispo, le había manifestado las muestras más particulares de -aprecio, con una efusión tanto mayor, cuanto que lo podía hacer sin -comprometerse, y que permaneciendo los dos jóvenes muy lejos, estaba -muy distante el caso de que se le pudiese hacer una petición, la cual -hubiera puesto su benevolencia á una muy dura prueba. Inés supuso, -pues, que en aquella barahúnda el pobre hombre debía hallarse más -embarazado y aturdido que ella, y que el partido que iba á proponerle -le parecería bueno. Habiéndolo encontrado en compañía de Perpetua, -expuso á ambos el motivo de su visita. - ---¿Qué decís á esto, Perpetua? - ---Digo que es una inspiración del cielo; que es preciso no perder -tiempo, y que nos pongamos al momento en camino. - ---Y después... - ---Después, después, cuando ya estemos allá, nos encontraremos muy -satisfechos. Al presente sabemos que ese señor no trata más que de -favorecer al prójimo, y tendrá un verdadero placer en proporcionarnos -un asilo. En aquel paraje, en la frontera misma, y casi perdidos en -los aires, no hay cuidado que vayan los soldados. Y luego, tampoco nos -faltará que comer; pues de lo contrario, allá en lo más elevado de -las montañas, cuando se nos hubiese concluido esta pequeña gracia que -Dios nos ha enviado, (y así diciendo, colocaba los víveres en la cesta -encima de la ropa blanca,) nos veríamos muy apurados. - ---Conque ¿se ha convertido, convertido de veras, eh? - ---¿Quién lo duda, después de todo lo que se sabe, después de lo que vos -mismo habéis presenciado? - ---¿Y si fuésemos á meternos en la jaula? - ---¿Qué jaula? Perdonad que os diga que con todas las cosas tan -insustanciales que se os ocurren, nunca se llegaría á resolver nada. -Excelente Inés, habéis tenido una bella idea; y al concluir estas -palabras, puso la banasta sobre una mesita, y, habiendo pasado los -brazos por las correas, se la cargó á las espaldas. - ---¿No se podría, dijo D. Abundio, encontrar á algún hombre que viniese -con nosotros para escoltar á su cura? Si topásemos con algún bribón, -que en semejantes ocasiones se ven con frecuencia, ¿de qué ayuda -podríais servirme vosotras? - ---¡Otra exigencia todavía!, ¡y siempre para perder tiempo! ¡Ir ahora -á buscar á ese hombre, cuando cada uno no piensa más que en sus -quehaceres! Acabemos de una vez: buscad vuestro sombrero y breviario, y -andando. - -D. Abundio salió, y volvió al cabo de pocos instantes con el breviario -bajo del brazo, el sombrero puesto y bastón en mano, después de lo -cual salieron los tres por una puertecilla que daba á la plaza de la -iglesia. Perpetua la cerró, más bien para no omitir una formalidad, que -por la fe que ella tuviese en la cerradura y en las hojas de la puerta, -guardándose en seguida la llave en la faltriquera. D. Abundio, al pasar -por delante de la iglesia, le echó una ojeada, y dijo entre dientes: -“Al pueblo corresponde guardarla, pues que á él es para quien sirve. Si -tienen un poco de amor á su iglesia, tratarán de conservarla; si no lo -tienen, así sufran lo que ella”. - -Dirigiéronse á través de los campos guardando el más profundo silencio, -pensando cada uno en sus propios negocios, y mirando en torno de -sí, principalmente D. Abundio, por si acaso divisaba alguna figura -sospechosa; ó algo de extraordinario. No encontraban á nadie: la gente -toda estaba metida en sus casas, con objeto de guardarlas, recogiendo -sus efectos, ó escondiéndolos, ó por los caminos que conducían -directamente á los montes. - -Después de haber suspirado innumerables veces y dejado escapar alguna -interjección, D. Abundio empezó á murmurar ya, más continuadamente. -La tomaba con el duque de Nevers, que hubiera podido permanecer muy -bien en Francia gozando en hacer el príncipe, y que quería ser duque -de Mantua á despecho de todo el mundo. Luego la emprendía con el -emperador, que hubiera debido tener más juicio que los demás, dejando -seguir al agua su curso, no siendo tan quisquilloso; pues al fin y al -cabo, ¿por ventura no sería siempre el emperador, bien fuese duque de -Mantua, Ticio ó Sempronio? Pero con quien principalmente la pegaba era -con el gobernador, pues á éste correspondía haber alejado los azotes -del país, habiendo sido al contrario, el que los había atraído por su -afición á la guerra. Convendría que esos señores estuvieran aquí para -que viesen y probasen lo que es bueno. ¡Gran cuenta tienen que rendir! -Pero entretanto lo pagamos los que ninguna culpa tenemos. - ---Dejad un poco tranquilas á esas gentes, pues ya no vendrán á -ayudarnos, decía Perpetua. Ya volvéis, perdonadme; ya volvéis á -vuestras tonterías, que á nada conducen. Lo que más bien me causa más -inquietud es... - ---¿El qué? - -Perpetua, que en el pedazo de camino andado había ido pensando con -todo sosiego en lo que había escondido tan precipitadamente, empezó á -lamentarse de haber olvidado tal cosa, ocultado mal tal otra, de haber -dejado en cierto paraje una señal que podía guiar á los ladrones, en -otro sitio... - ---¡Muy bien!, dijo D. Abundio, tranquilizado ya por su vida lo -suficiente para afligirse por sus intereses. ¡Buena cosa habéis hecho -por vida mía! ¿En dónde teníais la cabeza? - ---¡Cómo!, exclamó Perpetua, plantándosele delante y puesta en jarras, -según se lo permitía la banasta, con la cual iba cargada: ¡cómo!, -¡venís ahora con tales reproches, cuando vos érais el que me daba tanta -prisa, y me devanabais los sesos en vez de ayudarme y animarme! Antes -bien he pensado en las cosas de la casa que en las mías propias; nadie -ha habido que me diese una mano; todo ha tenido que pasar por mí; si -algo sale mal, ninguna culpa tengo; he hecho más de lo que debía. - -Inés interrumpía estas disputas hablando de sus pesadumbres; no -lamentándose tanto de los males é incomodidades que sufría, cuanto de -ver desvanecerse la esperanza de abrazar pronto á su amada Lucía, que -según recordarán los lectores, justamente había llegado el otoño, en -el cual madre é hija habían proyectado volverse á ver; porque no era -de suponer que D.ª Prajedes quisiese ir hacia aquel lado en semejantes -circunstancias, habiendo, al contrario, salido de él, si por casualidad -se hubiese encontrado, como hacía todo el mundo. - -La vista de los lugares hacía más vivos aún los pensamientos de Inés -y más punzante su disgusto. Habiendo salido de los senderos que -atravesaban los campos, entraron en el mismo camino real por el cual -la pobre mujer había ido acompañando por tan poco tiempo á la hija á -su casita, después de haber permanecido con ella en casa del sastre. Á -todo esto se divisaba ya la población. - ---¿Iremos á saludar á esas buenas gentes? dijo Inés. - ---Y también á descansar un poquito; pues, esta banasta empieza ya á -fastidiarme, y luego tenemos que comer un bocado, contestó Perpetua. - ---Con la condición de no perder tiempo, pues no viajamos por diversión, -dijo D. Abundio. - -Fueron recibidos con la mayor satisfacción y con los brazos abiertos: -es de advertir que traían á la memoria una buena acción. Haced bien -á todos cuantos podáis, dice en esta ocasión nuestro autor, y con -frecuencia encontraréis caras risueñas. - -Al abrazar Inés á la buena señora, prorrumpió en un copioso llanto, -el cual le sirvió de un gran alivio, contestando con sollozos á las -preguntas que ella y su marido le hacían con respecto á Lucía. - ---Está mejor que nosotros, dijo D. Abundio: se halla en Milán al abrigo -de todo peligro, y lejos de estas diabólicas escenas. - ---¿Por ventura el señor cura y la compañía, van de huida? dijo el -sastre. - ---Justamente, contestaron á un tiempo el amo y la criada. - ---Lo siento mucho. - ---Nos dirigimos, repuso D. Abundio, al castillo de ***. - ---Muy bien pensado; estaréis tan seguros como en el cielo. - ---¿Y aquí no tenéis miedo? - ---Os diré, señor cura; juiciosamente pensando, según todas las -probabilidades, no deberían venir á alojarse aquí, á causa de estar -esto fuera de camino para esas gentes: cuando más podrán hacer alguna -escapatoria (lo que Dios no quiera), pero en todo caso siempre hay -tiempo: antes hemos de oir hablar de las infelices poblaciones por -donde irán pasando. - -Los viajeros habían resuelto descansar algunos momentos, y como era -justamente la hora de comer, “Señores, dijo el sastre, os ruego que -honréis mi pobre mesa; francamente, consistirá en un solo plato que -tiene muy buena traza”. - -Perpetua dijo que llevaba consigo algo con que romper el ayuno. Después -de algunos cumplidos por una y otra parte, acordaron juntar las -provisiones y comer en compañía. - -Los niños se habían colocado con grande algazara alrededor de Inés, -su antigua amiga. El sastre ordenó prontamente á una de sus hijas (la -que había enviado con aquel plato de comida á la viuda María, según -recordarán los lectores), que fuese á asar unas castañas, que eran de -las primeras que se habían cogido. - ---Y tú, dijo á un muchacho, marcha corriendo al huerto, y sacude bien -el albérchigo, recoge los que caigan, y tráelos; que vengan todos, -¿oyes? Y tú, dijo á otro, encarámate á la higuera y coge los higos que -estén más maduros. Éste es un oficio que conocéis demasiado. - -Por lo que á él hace, fué á destapar un tonelito de vino, y su mujer -á traer ropa de mesa. Perpetua sacó sus provisiones, púsose la mesa, -se colocó en la cabecera una servilleta y un plato de loza para -D. Abundio, añadiendo Perpetua un cubierto que traía en la cesta. -Sentáronse á la mesa y comieron si no con grande alegría, á lo menos -con mucha más de la que ninguno de los comensales hubiera esperado -disfrutar aquel día. - ---¿Qué decís vos, señor cura, de esa barahúnda de cosas? dijo el -sastre; me parece que estoy leyendo la historia de los sarracenos en -Francia. - ---¡Qué queréis que diga! ¡Era preciso que me alcanzase esta nueva -desgracia! - ---Pero habéis escogido un excelente refugio, replicó aquél, ¿quién -se atrevería á subir allí á la fuerza? Encontraréis una numerosa -concurrencia, porque he oído decir que se ha refugiado mucha gente, y -que continuamente va llegando más. - ---Me atrevo á esperar que seremos bien recibidos. Conozco á ese buen -señor; y cuando una vez tuve que apersonarme con él, se portó muy bien -conmigo. - ---Y conmigo también, interrumpió Inés; me mandó á decir, por conducto -de monseñor ilustrísimo, que cuando necesitase algo acudiese á él. - ---Sublime y hermosa conversión repuso D. Abundio; persevera en ella, -¿no es cierto?, ¿persevera? - -El sastre se puso entonces á hablar largamente acerca de la santa vida -que hacía el Incógnito, y cómo después de haber sido el cruel azote de -todas las cercanías, había llegado á ser el ejemplo y el bienhechor. - ---¿Y la gente que tenía consigo... toda aquella servidumbre?... -replicó D. Abundio, el cual había oído decir algo, pero que no estaba -enteramente seguro. - ---La mayor parte se han marchado, respondió el sastre; y los que -han quedado, han variado de vida, de tal modo... En una palabra, el -castillo se ha convertido en una nueva Tebaida: vos debéis saber todo -esto. - -Luego se puso á platicar con Inés sobre la visita del cardenal. -“¡Grande hombre!, decía; ¡grande hombre!, ¡lástima que pasara por -aquí con tanta precipitación, pues ni aun pude honrarle como merecía. -¡Oh, cuán satisfecho estaría si pudiese hablarle otra vez, así, más -despacio!”. - -Después que se levantaron de la mesa, les enseñó una estampa que -representaba al cardenal. La tenía pegada á una de las hojas de la -puerta, como en señal de veneración al personaje, y también para poder -decir á todo el mundo que el retrato no era parecido, porque él había -podido examinar de cerca, y con mucha calma, al cardenal en persona, en -aquella misma habitación. - -Lo han querido hacer con esta cosa aquí... dijo Inés: el vestido le -parece; pero... - ---¿No es verdad que no tiene parecido?, repuso el sastre: yo siempre -lo digo; no nos engañamos, ¿eh? Mas en su defecto está su nombre -debajo; al fin es un recuerdo. - -D. Abundio daba prisa y estaba impaciente por llegar; el sastre se -empeñó en ir á buscar un carro que los condujese hasta el pie de la -subida; corrió, pues, con la mayor solicitud á su encuentro, y pocos -momentos después volvió diciendo que ya venía. Luego se dirigió á D. -Abundio, y le dijo: “Señor cura, si deseáis llevaros allá arriba -algún libro para pasar el tiempo, yo podré serviros, pues, aunque soy -un infeliz, me divierto también en leer un poco. Ello no serán libros -como los vuestros, por estar escritos en lenguaje vulgar, pero no -obstante...”. - ---Gracias, gracias, respondió D. Abundio: las circunstancias son tales, -que apenas tiene uno cabeza para ocuparse de lo que es de obligación. - -Mientras se dan y vuelven las gracias, se cambian los saludos y buenos -presagios, invitaciones y promesas de otra visita á la vuelta, el carro -ha llegado delante de la puerta de la calle. Colocan en él las cestas, -montan y emprenden con un poco más de calma y tranquilidad de espíritu -la segunda mitad del viaje. - -El sastre había dicho la verdad á D. Abundio, con respecto á la nueva -vida del Incógnito. Desde el día en que lo dejamos, había continuado -haciendo lo que se propuso; á saber: reparar los males causados, -reconciliarse con sus enemigos, socorrer á los desgraciados, hacer, en -suma, todo el bien que pudiese. Aquel valor que en otro tiempo había -manifestado en ofender y defenderse, ahora lo mostraba en no hacer una -cosa ni otra. Iba siempre solo y sin armas, dispuesto á sufrir las -consecuencias posibles de tantas violencias como había cometido, y -persuadido que sería usar de una nueva si se valía de la fuerza para -defender su persona, que era deudora de tantas y tantas; convencido, -igualmente, de que todo el daño que se le hiciese sería una injuria -hacia Dios, pero con respecto á él una justa retribución, y que él -tenía menos derecho que cualquiera otra persona para castigar al que le -injuriase. Á pesar de todo esto, permanecía tan inviolable como cuando -tenía armados para su seguridad tanta multitud de brazos en unión con -el suyo. El recuerdo de su antigua ferocidad, y la vista de su actual -mansedumbre, la una que debía haber dejado naturalmente tantos deseos -de venganza, y la otra, que la hacía tan fácil, conspiraban, sin -embargo, á la vez, á vencer los odios, y á conquistarle una admiración -que le servía principalmente de salvaguardia. Éste era el hombre que -nadie había podido humillar, y que se había humillado á sí mismo. Los -rencores irritados otras veces por su desprecio y por el miedo que le -tenían, veíanse, al presente, embotarse ante aquella nueva humildad: -los ofendidos habían obtenido, contra toda esperanza y sin ninguna -especie de riesgo, una satisfacción que no hubieran podido prometerse -de la mejor venganza; esto es, el placer de ver á un hombre semejante -arrepentido de sus crímenes, y siendo partícipe, por decirlo así, de -su indignación. Existían muchos cuyo rencor se había hecho más amargo -y profundo á causa del infinito número de años que lo abrigaban, sin -haber podido encontrar durante tan largo trascurso de tiempo una -ocasión en que pudiesen ser más fuertes que aquel hombre para tomar la -revancha de los daños que les había causado; mas al verlo luego solo, -desarmado y en la actitud de un hombre que no opondría resistencia, -no sentían otro impulso hacia él más que una intensa veneración y -profundísimo respeto. En aquella voluntaria humillación, su presencia -y continente habían adquirido, sin que él lo supiese, un cierto no -sé qué de más noble y elevado, pues se traslucía en toda su persona, -todavía mejor que antes, la ausencia de todo temor. Los odios, aun -los más tenaces é inveterados, se sentían como ligados y contenidos -respetuosamente por la veneración general de la cual era objeto aquel -hombre arrepentido y tan benéfico. Dicha veneración era tal, que él -mismo se veía embarazado para sustraerse á las demostraciones que se le -hacían, teniendo que poner todo su cuidado en no dejar transparentar -en su semblante y ademanes, el sentimiento interior de compunción y -no humillarse mucho para no ser demasiado ensalzado. En la iglesia -eligió el sitio más inferior, y no había peligro que nadie lo ocupase; -hubiera sido lo mismo que usurpar un puesto de honor. Ofender pues á -semejante individuo ó tratarle con poco miramiento, podía parecer no -solamente una insolencia y villanía, sino también un sacrilegio; y los -mismos á quienes este sentimiento general podía servir de comedimiento, -participaban igualmente más ó menos. - -Éstas y otras muchas causas alejaban también de él la venganza de la -fuerza pública, y le procuraban además por este lado una seguridad, -por la cual ningún cuidado pasaba. El rango y elevado nacimiento, que -en todo tiempo le habían servido de escudo, militaban aún más en su -favor, después que á aquel nombre ya famoso se unían las alabanzas -de una conducta sumamente ejemplar y la gloria de su conversión. Los -magistrados y los grandes se habían alegrado de ésta públicamente como -el pueblo, habiendo parecido extraño el enconarse contra el que era -objeto de tantas congratulaciones. Además de esto, un poder ocupado en -una guerra perpetua y siempre desgraciada contra rebeliones vivas y -renacientes, podía estar bastante satisfecho con haber librado de la -más indomable y molesta, para no ir á buscar otra; tanto más, cuanto -que dicha conversión producía reparaciones que el expresado poder no -estaba acostumbrado á obtener, ni tampoco á pedir. Martirizar á un -santo no parecía un buen medio para librarse de la vergüenza de no -haber sabido tener á raya á un facineroso, y el efecto que se hubiera -conseguido castigándole no habría sido otro que hacer volver á sus -semejantes á su antigua y criminal vida. Probablemente también la parte -que el cardenal Federico había tenido en la conversión, y su nombre -asociado al del convertido, servían á éste como de un impenetrable y -sagrado escudo. Y en ese estado de cosas é ideas, en esas singulares -relaciones de la autoridad espiritual y del poder civil, que tan á -porfía debatían entre sí sin pensar jamás en destruirse, mezclando -continuamente á las hostilidades, actos de reconocimiento y protestas -de deferencia, y que no obstante iban siempre de conserva á un fin -común, sin hacer nunca las paces, pudo parecer en cierto modo que -la reconciliación de la primera llevase consigo el olvido, si no la -absolución del segundo, cuando aquélla se había acumulado solamente -para producir un efecto querido de ambas. - -Así, aquel hombre, sobre el cual, si hubiese caído, habrían corrido á -porfía grandes y pequeños á pisotearle, derribándose voluntariamente, -conseguía ser perdonado por todos, y venerado por muchos. - -Es cierto que también había algunos á quienes aquel estrepitoso cambio -debía dejar muy disgustados; tales eran los ejecutores pagados para -cometer crímenes, los compañeros de delitos, que perdían una tan gran -fuerza, con la cual estaban habituados á crearse una renta, y que acaso -en el momento que esperaban la noticia de la ejecución, encontraban -á un mismo tiempo rotos los hilos de las tramas urdidas á fuerza de -tanto tiempo y trabajo. Pero ya hemos visto los diversos sentimientos -que la tal conversión hizo nacer en los corazones de los secuaces que -se encontraban entonces con él, y la cual oyeron anunciar por la misma -boca de su jefe: estupor, aflicción, abatimiento, cólera; un poco de -todo, menos desprecio ni odio. Lo propio sucedió á los demás que tenía -apostados en diferentes sitios, cuando llegaron á informarse de tan -terrible nueva; lo mismo á los cómplices de más alta importancia, y á -todos por las mismas causas. El odio principal, según dice Ripamonti, -recayó más bien sobre el cardenal Federico. Miraban á éste como el que -se había mezclado en sus negocios para destruirlos: el Incógnito había -querido salvar su alma; nadie tenía razón de quejarse. - -Poco á poco la mayor parte de los antiguos sicarios del Incógnito, -no pudiendo acostumbrarse á su nueva disciplina, y no viendo tampoco -ninguna probabilidad de cambio, se fueron marchando. El uno había ido -á buscar un nuevo amo, acaso entre los amigos del que acababa de dejar; -el otro fué á alistarse en alguno de los tercios, como entonces se -llamaban, de España ó de Mantua, ó de cualquier otra parte beligerante; -éste se lanzó á los caminos reales, á fin de hacer la guerra por su -cuenta; y aquél, por último, se había contentado con ir tuneando á -sus anchas. Los que se hallaban á sus órdenes en diversos pueblos, se -vieron obligados á hacer poco más ó menos lo mismo. El pequeño número -de los que habían podido habituarse á aquel nuevo género de vida, y -que la abrazaron voluntariamente, naturales los más del valle, habían -vuelto á los campos ó á ejercer los oficios aprendidos en sus primeros -años, y abandonados después: los forasteros se quedaron en el castillo -en clase de criados; unos y otros, como convertidos al mismo tiempo que -su amo, pasaban del modo que éste su vida, sin hacer ni recibir daños, -inermes y respetados. - -Mas cuando á la llegada de las tropas alemanas algunos fugitivos de las -poblaciones invadidas ó amenazadas se dirigían al castillo para pedir -un asilo, el Incógnito, sumamente satisfecho de que sus muros fuesen un -lugar de refugio para los débiles, así como en otro tiempo lo habían -sido de execración y espanto, acogía á esos desgraciados más bien con -expresiones de agradecimiento que de cortesía. Hizo publicar que su -casa estaría abierta á todo el que quisiera refugiarse, y se ocupó -en seguida de poner, no solamente el castillo, sino también el valle, -en estado de defensa, por si los lasquenetes ó dragones quisiesen ir -allí á hacer de las suyas. Reunió los servidores que le habían quedado, -que eran pocos, pero valientes, como los versos de Torti; hízoles -una arenga sobre la dichosa ocasión que Dios les ofrecía, así como -igualmente á él, de emplearse una vez en ayuda de su prójimo, al cual -tantas habían oprimido y asustado; y con aquel antiguo tono natural de -mando, que expresaba la certidumbre de ser obedecido, les anunció en -términos generales lo que él deseaba que hiciesen, y les prescribió -sobre todo cómo debían conducirse, á fin de que la gente que llegara -á refugiarse al castillo no viese en ellos todos más que amigos y -defensores. Mandó sacar de un desván en donde estaban hacinadas una -multitud de armas blancas y de fuego, las cuales distribuyó; hizo -decir á sus aldeanos y arrendadores del valle, que si querían ir -voluntariamente al castillo con armas, serían bien recibidos, y que el -que no las tuviese se le darían; nombró oficiales, señaló los puestos -á la entrada y en diversos parajes del valle, en la subida, á las -puertas del castillo; fijó las horas y el modo de relevarse, como en un -campamento, ó según se había verificado en dicho castillo mismo en los -tiempos de su vida criminal. - -En un rincón del susodicho desván, se hallaban separadas del montón -las armas que él solo había usado: veíase allí su famosa carabina, sus -mosquetes, espadas, dagas, espadones, pistolas, cuchillos, puñales, -tirados por el suelo ó arrimados á la pared. Ninguno de los servidores -tocó á dichas armas; pero trataron de preguntar al señor las que -deseaba que le fuesen llevadas: ninguna, respondió; y ya fuese esto -voto, ya resolución, permaneció siempre desarmado á la cabeza de -aquella especie de guarnición. - -Al mismo tiempo había puesto en movimiento á otros hombres y mujeres -de su casa y dependencias, para preparar en el castillo alojamiento -al mayor número de personas que fuese posible, haciendo disponer -camas, colocar jergones y colchones en las salas, las cuales estaban -transformadas en dormitorios. Había dado orden para que trajeran -provisiones en abundancia, con el objeto de subvenir á las necesidades -de los huéspedes que Dios le enviase, y cuyo número iba aumentándose de -día en día. En el ínterin él no permanecía ocioso; veíasele tan pronto -dentro como fuera del castillo, ya arriba, ya abajo de la colina; era -digno de contemplar con qué solicitud recorría el valle, estableciendo, -reforzando y visitando los puestos, examinándolo todo, dejándose ver, -poniendo y conservando el orden por medio de sus palabras, de sus -miradas, y de su presencia. En su castillo, por los caminos, acogía á -todos los fugitivos que encontraba; y todos, ya fuese que lo hubiesen -visto, ó lo viesen por la primera vez, lo miraban estáticos, olvidando -un momento los pesares y temores que los habían lanzado á aquellos -sitios, y se volvían aún á mirarlo, cuando apartándose de ellos -continuaba su camino. - - - NOTAS: - -[13] Nombre que se daba antiguamente á los soldados alemanes, ya -fuesen de á pie ó de á caballo.--_Nota del traductor español._ - - - - - CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO - - -Aunque el mayor concurso no se hallase por el lado que nuestros tres -fugitivos se aproximaban al valle, sino más bien en la parte opuesta, -no obstante, empezaron á encontrar compañeros de viaje y de infortunio, -que llegaban por caminos de travesía y pequeños senderos al camino -real. En semejantes ocasiones todos los que se encuentran se tratan -como antiguos conocimientos. Cada vez que el carro alcanzaba algún -caminante, se cambiaban de un lado y de otro una multitud de preguntas -y respuestas. Éste se había escapado del mismo modo que nuestros -personajes, sin esperar la llegada de los soldados; aquél había oído -los tambores y las cornetas; otro por último los había visto, y los -pintaba con el prisma que el espanto acostumbra dar á todas las cosas. - ---Á Dios gracias, nosotros somos aún bastante afortunados. Por allá se -han quedado nuestros intereses, pero al menos estamos en salvo. - -Mas D. Abundio no encontraba motivos de alegrarse tanto. Aquella -gran concurrencia de gente, y más todavía la que temía hallar en el -castillo, empezaba á entristecerle. “¡Oh, qué historia!” decía en voz -baja á las mujeres en un momento en el cual no había nadie alrededor. -“¡Oh, qué historia! ¿No comprendéis que reunirse tanta gente en un -sitio solamente, es lo mismo que el querer atraer por fuerza á los -soldados? Todo el mundo se esconde, todos huyen; en las casas no queda -nadie; en su consecuencia los soldados creerán que allá arriba están -los tesoros, y de seguro subirán. ¡Oh, infeliz de mí, en buena me he -metido!” - ---¡Oh, no tendrán nada más que hacer que subir al castillo! decía -Perpetua; ellos también deben ir por su camino. Además, siempre he oído -decir que en los peligros es mejor el encontrarse muchos reunidos. - ---¡Muchos, muchos! replicaba D. Abundio; ¡pobre mujer! ¿No sabéis que -cada lasquenete se comería cien de éstos? Y después, “¡si quisiesen -hacer locuras, sería una bonita cosa! ¿no es cierto que sería hermoso -el hallarse en medio de una batalla? ¡Oh, pobre de mí! Mejor hubiera -sido ir á refugiarse en los montes. ¡Que todos hayan de querer -ocultarse en un mismo sitio! ¡Maldita gente!”. En seguida refunfuñaba: -“Todos aquí; andad, andad pues; uno detrás de otro del mismo modo que -las ovejas”. - ---Según esta cuenta, dijo Inés, ellos podrían decir otro tanto de -nosotros. - ---Callaos, callaos, dijo D. Abundio; las habladurías no sirven de nada. -Lo hecho, hecho se queda; ya nos hallamos aquí, y por lo tanto, es -preciso que permanezcamos. Sucederá lo que Dios quiera: el cielo nos la -depare buena. - -Mas lo peor fué cuando, á la entrada del valle, vió un numeroso puesto -de gentes armadas; los unos en la puerta de una casa, y los otros -en el piso bajo: mirólos de reojo; aquellos rostros no eran los que -había visto en su primero y doloroso viaje, ó si encontraba algunos -estaban muy cambiados; pero á pesar de todo esto, no puede expresarse -la aflicción que le causó semejante vista. “¡Oh, pobre de mí! se decía -interiormente: ¡He aquí si hacen locuras! No podía ser de otro modo: -yo debía esperarlo de un hombre como ése. Pero, ¿qué querrá hacer? ¿La -guerra acaso? ¿Querrá, por ventura, desempeñar el papel de rey? ¡Oh, -infeliz de mí! En las actuales circunstancias, en que sería preciso -esconderse bajo siete estados de tierra, él busca, al contrario, todos -los medios de hacerse ver, de darse á conocer á ellos, ó mejor diré, -quiere provocarlos”. - ---Mirad, mirad pues, señor, le dijo Perpetua, si hay aquí gente -valiente que sabrá defendernos: que vengan ahora los soldados; aquí no -son como nuestros miedosos lugareños, que no tienen más que piernas -para correr. - ---¡Silencio! respondió en voz baja D. Abundio, pero con iracundo -acento: “¡Silencio! pues no sabéis lo que os decís. Rogad al cielo que -los soldados tengan prisa para proseguir su camino, que no lleguen -á saber lo que aquí se hace, y que este lugar se dispone como un -fuerte. ¿Ignoráis, por ventura, que el oficio de los soldados es tomar -fortalezas? No buscan otra cosa; para ellos el dar un asalto es como ir -á unas bodas, porque todo lo que encuentran lo hacen suyo, y pasan á -todo el mundo á cuchillo. ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Vaya; yo veré si hay -algún medio de ponerse en salvo sobre cualquiera de esos precipicios. -¡Oh, en una batalla, no me cogerán! ¡oh, de seguro! no me cogerán”. - ---Si tenéis también miedo de ser defendido y auxiliado... volvía á -empezar Perpetua; mas D. Abundio la interrumpió ásperamente, pero -siempre en voz baja: “¡Silencio! procurad no traer á colación estas -cosas; recordad que aquí es preciso mostrar siempre la cara risueña y -aprobar todo lo que se ve”. - -En la Malanotte encontraron otro puesto de gente armada, á los cuales -D. Abundio hizo un profundo saludo, diciendo entretanto para sí: “¡Ay -de mí, precisamente he venido á un campamento!” En esto se paró el -carro; D. Abundio se apresuró á pagar al conductor y lo despidió, -encaminándose con sus compañeras hacia la subida, sin proferir una -sola palabra. La vista de aquellos lugares le hacía aglomerar á la -imaginación, á la vez que las angustias presentes, el recuerdo de -las que había sufrido anteriormente: é Inés, que jamás había visto -aquellos sitios, y que se formaba en su mente un cuadro ideal cada vez -que pensaba en el espantoso viaje de Lucía, al verlos ahora según eran -verdaderamente, experimentaba como un nuevo y más vivo sentimiento -por aquellos crueles recuerdos. “¡Oh, señor cura! exclamó: ¡al pensar -solamente que mi pobre Lucía ha pasado por este camino!...”. - ---¡Queréis callar, mujer sin juicio!, le dijo al oído D. Abundio; ¿son -palabras éstas para pronunciarlas aquí? ¿No sabéis que estamos en su -casa? La fortuna que ahora nadie os oye; pero si habláis de este modo... - ---¡Oh!, dijo Inés, al presente, que es un santo... - ---¡Silencio!, replicó D. Abundio; ¿creéis que á los santos se les puede -decir, así sin más ni más, lo que á uno se le antoje? Tratad más bien -de darle gracias por los bienes que os ha dispensado. - ---¡Oh!, lo que es en esto ya había yo pensado; ¿creéis que no sepa -también yo algo de buena crianza? - ---La buena crianza consiste en decir cosas que no puedan desagradar, -especialmente al que no está acostumbrado á oirlas; y tened ambas -entendido, que éste no es sitio de decir necedades ni habladurías. Ésta -es la casa de un gran señor, ya lo sabéis; ved cuánta gente le rodea; -las hay de todas clases; conque así tened juicio, si podéis; pesad las -palabras, y sobre todo hablad poco y sólo cuando sea necesario, que por -callar nada se pierde. - ---Vos sí que todo echáis á perder con vuestras... volvía á decir -Perpetua. “¡Silencio!”, repitió en voz baja D. Abundio, y al momento -se quitó el sombrero precipitadamente é hizo un profundo saludo. Había -divisado al Incógnito que se dirigía á su encuentro: éste había visto -y reconocido á D. Abundio, y por lo tanto se encaminaba hacia él -apresuradamente. - ---Señor cura, dijo cuando estuvo cerca; hubiera querido ofreceros mi -casa en mejor ocasión; pero de todos modos, experimento un gran placer -en poderos ser útil en algo. - ---Confiado en la gran bondad de vuestra señoría ilustrísima, contestó -D. Abundio, me he atrevido á venir á molestaros en esta circunstancia; -y según ve vuestra señoría, me he tomado además la libertad de traer -compañía. Ésta mi ama... - ---Bien venida, dijo el Incógnito. - ---Y ésta, continuó D. Abundio, es una buena mujer á la cual vuestra -señoría ha dispensado mucho bien. Es la madre de aquella... de -aquella... - ---De Lucía, dijo Inés. - ---¡De Lucía!, exclamó el Incógnito, volviendo su inclinada frente hacia -Inés. ¡Mucho bien yo, justo Dios! Vos sois la que me colmáis de bienes -con vuestra venida... á esta casa. Bien llegada seáis, pues que traéis -la bendición del cielo. - ---¡Oh, muy al contrario! Yo vengo más bien á importunaros. En seguida -ella añadió acercándose á su oído: “Vengo también á daros las gracias”. - -El Incógnito se apresuró á interrumpirla, preguntándole con mucho -interés por Lucía. Luego que Inés le satisfizo, dió la vuelta para -acompañar al castillo á los nuevos huéspedes, como lo verificó á pesar -de la respetuosa resistencia de éstos. Inés echó al cura una mirada que -quería decir: “Ved si hay necesidad que os interpongáis entre nosotros -dos para darnos consejos”. - ---¿Han llegado acaso los enemigos á vuestra parroquia?, preguntó el -Incógnito. - ---No, señor: no he querido esperar á esos demonios. Sólo Dios sabe si -habría salido vivo de entre sus manos, y venido ahora á molestar á -vuestra señoría ilustrísima. - ---Vamos, tranquilizaos, replicó el Incógnito: al presente estáis en -seguridad. Aquí no vendrán; y si quisiesen probarlo, estamos dispuestos -á recibirlos. - ---Roguemos que no vengan, dijo D. Abundio; además, por aquel lado, -añadió señalando con el dedo las montañas opuestas que servían de -límites al valle; por aquel lado anda también otra cuadrilla de gente; -pero... - ---Es verdad, respondió el Incógnito; mas no dudéis que también estamos -preparados contra ellos. - -“¡Entre dos fuegos!, decía entre sí D. Abundio; ¡justamente entre dos -fuegos!, ¡adónde me he dejado arrastrar!, ¡y por dos charlatanas!, -¡cualquiera diría que este hombre se complace en meterse en medio de -todo! ¡Oh, qué gentes hay en el mundo!” - -Habiendo entrado en el castillo, el señor hizo conducir á Inés y á -Perpetua á una estancia del lado señalado para las mujeres, el cual -ocupaba las tres alas del segundo patio, en la parte posterior del -edificio, situada sobre un peñasco solitario y de difícil acceso, que -dominaba á un precipicio. Los hombres habitaban las alas del otro -patio, á derecha é izquierda, y también la que daba sobre la explanada. -El cuerpo del medio, que separaba los dos patios, y se pasaba del -uno al otro por una vasta galería que iba á corresponder á la puerta -principal, estaba ocupado en parte por las provisiones, y servía -en parte de lugar de depósito para los efectos que los refugiados -deseaban poner en salvo. En el sitio destinado á los hombres, había -una pequeña estancia para los eclesiásticos que pudiesen llegar. El -Incógnito acompañó personalmente á D. Abundio á la referida estancia, -siendo el primero que tomó posesión de ella. - -Nuestros fugitivos permanecieron veintitrés ó veinticuatro días en el -castillo, en medio de un movimiento continuo y numerosa compañía, la -cual al principio iba siempre en aumento, pero sin que aconteciese nada -que sea digno de contarse. No se pasaba día sin que dejase de haber -alarma: los lasquenetes vienen por este lado; se han visto dragones -por el otro. Á cada aviso, el Incógnito mandaba exploradores; si era -preciso, tomaba consigo gente que tenía siempre dispuesta para un -caso, y salía del valle por el lado en que se le había indicado el -peligro. Era cosa digna de admiración el ver una partida de hombres -determinados, armados hasta los dientes, y alineados como soldados, -conducidos por otro hombre desarmado. Las más veces, los que causaban -semejantes alarmas, no eran más que foragidos y ladrones desbandados -que emprendían la fuga antes de ser alcanzados... Mas un día, -persiguiendo á algunos de éstos, para enseñarles que no debían atenerse -á merodear por aquel lado, el Incógnito fué avisado de que un pueblo -vecino había sido invadido y saqueado. Eran lasquenetes de varios -cuerpos que habiéndose quedado rezagados con el objeto de entregarse -al pillaje, se habían reunido é iban á lanzarse de improviso sobre las -tierras cercanas á aquellas donde el ejército hacía alto, mientras -tanto ellos despojaban á los habitantes y les sacaban gruesas sumas de -dinero. El Incógnito arengó brevemente á los suyos, y los condujo hacia -el citado pueblo. - -Llegaron sin ser esperados. Los salteadores que creían marchar -directamente á la presa, viendo que iba sobre ellos gente armada -y disciplinada, dispuesta á combatir, abandonaron el saqueo y -emprendieron precipitadamente la fuga por el mismo camino por donde -habían venido, sin esperarse tan siquiera los unos á los otros. El -Incógnito los persiguió por algún tiempo; mas luego, habiendo mandado -hacer alto, estuvo esperando un rato por si veía algo de nuevo, y por -último volvió con su gente á desandar lo andado. Al pasar por el pueblo -que había salvado, es imposible describir los aplausos y bendiciones -con las cuales fué recibida la partida libertadora como igualmente su -jefe. - -Ninguna clase de desorden hubo nunca en el castillo, á pesar de una -tan innumerable reunión de gentes de todas clases, costumbres, edades -y sexos. El Incógnito había colocado centinelas en distintos puntos, -los cuales vigilaban atentamente para prevenir todas las dificultades, -con aquel ardor que cada uno ponía en las cosas de las cuales debía dar -cuenta. - -Después, había suplicado á los eclesiásticos y á las personas más -respetables que estaban refugiadas allí, que se tomasen también la -molestia de rondar y vigilar. Cuando podía, él mismo se mostraba -en todas partes; y aunque se hallase ausente, la memoria del dueño -contenía todo lo que hubiera podido suceder. Además, la reunión se -componía en su mayor parte de fugitivos, gente inclinada en general, á -la paz y tranquilidad; el pensamiento de sus cosas é intereses, unido -al peligro en el cual habían dejado á algunos parientes ó amigos, -contribuían á mantener y aumentar cada vez más la citada disposición. - -Encontrábanse también, allí, hombres de un temple más fuerte y de -corazón animoso, los cuales trataban de pasar alegremente aquella época -tan desgraciada. Habían abandonado sus casas por no tener bastante -fuerza para defenderlas, pero no eran de opinión de lamentarse y -llorar por cosas irremediables, no queriendo representarse en su -imaginación el estrago que más tarde verían á la fuerza con sus propios -ojos. Una porción de familias amigas habían ido juntas al castillo, ó -encontrándose allí, habían formado nuevas amistades, y la multitud se -hallaba dividida en distintas reuniones, según las costumbres y genios. -Los que tenían dinero y discreción bajaban á comer al valle, donde en -aquellas circunstancias se habían abierto á toda prisa las posadas; -algunos alternaban los bocados con suspiros, y no se les oía hablar -más que de desgracias; otros no pensaban en éstas más que para decir -que no era necesario acordarse de ellas. En el castillo se distribuía -pan, sopa y vino á los que no podían ó no querían gastar; además había -algunas mesas, las cuales eran servidas todos los días para los que -el señor convidaba expresamente; de este número eran nuestros tres -personajes. - -Inés y Perpetua, por no comer el pan á expensas de nadie, habían -querido ser empleadas en los servicios que requería una tan gran -reunión de gentes hospedadas; en esto pasaban una gran parte del día, -y el resto lo invertían en charlar con algunas nuevas amigas, que se -habían adquirido allí, ó con el pobre D. Abundio. Éste no tenía nada -que hacer; mas sin embargo, no se fastidiaba, pues el miedo le hacía -compañía. Con respecto al temor de un asalto, creemos que se le había -disipado, ó si le quedaba aún, le causaba muy poca inquietud, porque -cada vez que reflexionaba un poco, debía comprender cuán infundado -era. Pero la imagen del país circunvecino inundado por todas partes de -espantosos soldados; las armas y las gentes con ellas que tenía siempre -á la vista; un castillo en el cual estaba metido; el reflexionar todo -lo que podía surgir á cada instante en tales circunstancias, contribuía -á inspirarle un espanto confuso, vasto, continuo, dejando aparte la -aflicción que le causaba el pensar en su pobre casa. En todo el tiempo -que permaneció en el castillo, no se separó jamás de él á la distancia -de un tiro de bala, ni puso nunca el pie en la bajada; su único paseo -era la explanada y recorrer, ya una parte, ya otra del castillo, -mirando las cimas y precipicios para estudiar si habría un paso un -poco practicable, algún pequeño sendero por donde buscar un escondrijo -en un caso de apuro. Hacía grandes reverencias y saludos á todos sus -compañeros de asilo, pero hablaba con muy pocos: sus conversaciones -más frecuentes eran con las dos mujeres según hemos dicho: con ellas -desfogaba sus pesadumbres, á riesgo algunas veces de verse interrumpir -por Perpetua, y que además Inés lo avergonzase. En la mesa, donde -permanecía poquísimo y hablaba menos, oía las noticias de la terrible -invasión que llegaban diariamente, ó de pueblo en pueblo, ó de boca en -boca, ó traídas por alguno que en un principio había querido quedarse -en casa, y por último huía sin haber podido salvar nada, y á veces, -para colmo de infortunios, sumamente maltratados. Todos los días se -referían y llegaban noticias de haber sucedido nuevas desgracias. -Algunos noticieros de oficio recogían diligentemente todas las voces -que corrían, exprimían el jugo de todas las narraciones, y luego lo -pasaban á sus vecinos. Disputaban acerca de los regimientos que eran -más endiablados, si era peor la infantería ó la caballería, repetían -del mejor modo posible los nombres de ciertos jefes ó condottieri; -se referían las antiguas hazañas de algunos; se especificaban las -paradas y las marchas: tal día el regimiento A llegaría al pueblo -B; al día siguiente iría á caer sobre la villa C, en donde tal otro -cometía mil tropelías. Procuraban tomar informes y tener cuidado con -los regimientos que pasaban el puente de Lecco, porque éstos podían -considerarse ya como realmente fuera del país. Pasa la caballería de -Wallenstein, la infantería de Merode, los caballos de Anhalt y los -infantes de Brandeburgo; luego la caballería de Montecuccoli y la gente -de á pie de Ferrari; pasa Altringer, Furstenberg, Colloredo; pasan los -Croatas, Torcuato Conti y otros muchos; cuando el cielo quiso, pasó -también Galasso, el cual fué el último. El escuadrón volante de los -venecianos concluyó igualmente por alejarse, y todo el país á derecha -é izquierda quedó enteramente libre. Ya los habitantes de las primeras -tierras invadidas y saqueadas habían empezado á abandonar el castillo: -todos los días iba marchando gente á la manera que después de una -tempestad de otoño se ven salir de las frondosas ramas de un corpulento -árbol una multitud de pájaros que se habían refugiado en ellas. Yo -creo que nuestros tres personajes fueron los últimos en irse, y esto -por causa de D. Abundio, el cual temía, si volvía tan pronto á casa, -el encontrar aún algunos lasquenetes rezagados. Perpetua no dejó de -decirle una y mil veces que cuanto más se tardase en dar la vuelta, -tanta mayor proporción tendrían los rateros del país de entrar en la -casa y apoderarse de todo lo que los otros hubiesen dejado; cuando se -trataba de salvar la piel, D. Abundio era el primero en vencer todas -las dificultades, á menos que la inminencia del peligro no le hiciese -perder efectivamente la cabeza. - -Fijado el día de la partida, el Incógnito mandó tener dispuesto en la -Malanotte un carruaje, en el cual había hecho meter un gran número de -piezas de lienzo destinadas á Inés. Llamóla aparte, y también le hizo -aceptar un cartucho de escudos para reparar la pérdida sufrida en su -casita, á pesar de que Inés, con la mano puesta sobre el corazón, le -repetía sin cesar que aún conservaba algunos de los primeros. - ---Cuando veáis á vuestra excelente y pobre Lucía, le dijo, por último -(estoy segurísimo que ruega por mí, pues la he causado mucho daño), -decidle que le doy mil y mil gracias, y confío en Dios que sus súplicas -atraerán sobre ella las bendiciones del cielo. - -Después de esto quiso acompañar á sus tres huéspedes hasta donde -esperaba el carruaje. Dejamos al arbitrio del lector que imagine las -demostraciones de agradecimiento y humildes cumplimientos de D. Abundio -y Perpetua. - -Finalmente, emprendieron la marcha, y se detuvieron, según habían -convenido, pero sin llegar á sentarse, en casa del sastre, donde -oyeron contar muchas cosas sobre la invasión; esto es, la acostumbrada -relación de robos, heridas, insultos y violencias; mas allí por fortuna -no habían visto los lasquenetes. - ---¡Ah, señor cura! dijo el sastre dándole el brazo para ayudarle á -subir al carruaje;--se pueden imprimir muchos libros acerca de ese tan -grande estrago. - -Después de haber hecho un poco de camino, nuestros viajeros empezaron -á ver con sus propios ojos algunas de las cosas que habían oído -referir. Viñas despojadas, no por las manos del vendimiador, sino por -el granizo y el huracán que hubiesen caído juntamente sobre ellas; -las cepas destrozadas y pisoteadas; los rodrigones[14] arrancados; la -tierra cubierta de pámpanos y tiernos retoños; los árboles golpeados y -talados; los cercados abiertos por mil partes. En las poblaciones, las -puertas echadas abajo, las ropas y demás efectos tirados y esparcidos -por las calles; de las casas salía una atmósfera pesada y vapores -mefíticos; los habitantes veíanse ocupados en arrojar la inmundicia -los unos, y en reparar las puertas del mejor modo posible los otros; -algunos, en fin, con los brazos cruzados sobre el pecho, lanzaban -lastimeros gemidos. Al pasar el carruaje, multitud de manos se dirigían -por ambos lados de las portezuelas implorando una limosna. - - -Con semejantes imágenes, tan pronto delante de sus ojos como presentes -á su imaginación, y con la triste expectativa de encontrar otro tanto -en sus casas, llegaron y vieron en efecto lo que esperaban. - -Inés hizo colocar los pequeños fardos en un rincón del patio, el cual -era el sitio que había quedado más aseado de toda la casa; en seguida -se puso á limpiar, recoger y arreglar los pocos efectos que le habían -dejado, y mandó llamar un carpintero y un cerrajero para componer las -puertas; y desliando pieza por pieza el lienzo que el Incógnito le -había regalado, contando después sus nuevos escudos, exclamó para sí: -“He caído de pie; gracias sean dadas á Dios, á la Madonna, y á ese buen -_señor_; propiamente puedo decir que he caído de pie”. - -D. Abundio y Perpetua entran en su casa sin auxilio de llaves; á -cada paso que dan hacia el interior, sienten aumentarse un tufo, un -veneno y cierta peste que les hace retroceder; con una mano puesta -en las narices se dirigen á la puerta de la cocina; entran en ella -de puntillas, teniendo cuidado en donde ponen los pies á causa de la -inmundicia que cubre el suelo, y empiezan á mirar por todas partes. -Nada hay entero; pero al mismo tiempo divisan á su alrededor los -fragmentos y restos de lo que había sido: las plumas de las gallinas -de Perpetua, pedazos de lienzo, hojas de los almanaques de D. Abundio, -menudos trozos de cazuelas y platos, todo desparramado y confundido. -Solamente en el hogar se podían reconocer todas las señales de un vasto -saqueo, fragmentos de tizones apagados que demostraban haber sido un -brazo de una silla, un pie de una mesa, una puerta de un armario, el -tablado de una cama, una duela del pequeño tonel en donde estaba el -vino que confortaba el estómago de D. Abundio. Lo restante no eran más -que cenizas y carbones, con los cuales los invasores habían embadurnado -las paredes de figuras grotescas, poniéndoles ciertos bonetes, coronas -y alzacuellos, con el objeto de representar sacerdotes, cuidando -particularmente de que apareciesen horribles y ridículos, intención que -seguramente no podía menos de esperarse de semejantes artistas. - ---¡Ah, descreídos! exclamó Perpetua. - ---¡Ah, bribones! gritó D. Abundio; y como si fuesen perseguidos, -salieron por otra puerta que daba al huerto. Respiraron: encamináronse -directamente á la higuera; mas antes de llegar vieron la tierra -removida, y ambos á la vez lanzaron un grito. Finalmente, se acercaron, -y encontraron efectivamente en lugar del muerto, la huesa abierta. Aquí -te quiero ver, escopeta: D. Abundio empezó á habérselas con Perpetua -diciendo que no lo había escondido bien: ¡juzgue el lector si ésta -se daría por vencida! Después de haber gritado mucho, ambos con el -índice extendido hacia el agujero, se volvieron juntos refunfuñando, -y téngase por cierto, que todo lo encontraron en el mismo estado de -desorden. Costóles gran trabajo el hacer limpiar y purificar la casa, -tanto más cuanto que en aquellos días era difícil encontrar ayuda; y se -ignora cuánto tiempo se vieron obligados á permanecer como acampados, -acomodándose del mejor modo posible, y componiendo las puertas, muebles -y utensilios con dinero prestado por Inés. - -Dicho desastre fué por espacio de algún tiempo un inagotable manantial -de fastidiosas disputas, porque Perpetua á fuerza de inquirir y -preguntar, de husmear y buscar, llegó á saber que algunos de los -efectos que creían haber sido presa de los soldados, estaban al -contrario en poder de ciertas gentes del pueblo; por lo cual ella -apremiaba á su amo para que se dejase ver, y reclamase lo que era suyo. -No se podía tocar para D. Abundio una cuerda más odiosa; en atención -á que sus efectos estaban en poder de bribones; es decir, de aquella -especie de gentes con las cuales le convenía vivir en paz. - ---Pero si no quiero saber nada de estas cosas, decía. ¿Cuántas veces -debo repetiros, que lo hecho, hecho se queda? ¿Tengo que hacerme poner -en cruz, porque mi casa ha sido saqueada? - ---¡Si lo tengo dicho, decía Perpetua, que os dejaréis sacar los ojos! -Robar á los otros es pecado; mas á vos, no. - ---¿Queréis callaros? ¿Viene ahora al caso el disparatar de este modo?, -replicaba D. Abundio. - -Perpetua se callaba, pero era por poco tiempo; la más leve cosa le -servía de pretexto para volver á empezar de nuevo; tanto, que el pobre -hombre estaba reducido á no dejar escapar la menor queja sobre tal ó -cual cosa que le faltaba, so pena de oir decir; id á buscarla á casa de -Fulano que la tiene, y que no la hubiera tenido hasta estos momentos si -no hubiese dado con un buen hombre como vos. - -Experimentaba una más viva inquietud al saber que diariamente -continuaban pasando soldados rezagados, según él había conjeturado -demasiado bien. Siempre temía ver llegar á alguno, ó una compañía -entera á su puerta, la cual había hecho componer apresuradamente antes -que todo lo demás, y que tenía cerrada con gran cuidado; mas á Dios -gracias nada sucedió. Sin embargo, aún no habían cesado estos terrores, -cuando sobrevino uno nuevo. - -Mas dejando aquí á nuestro pobre hombre, vamos á tratar de otras cosas -más interesantes que de sus particulares aprehensiones: de la desgracia -de algunos países, ó de un desastre pasajero. - - - NOTAS: - -[14] Así llaman á las estacas que ponen para sostener las -vides.--_Nota del T. E._ - - - - - CAPÍTULO DECIMOTERCERO - - -La peste que la junta de sanidad había temido ver penetrar en el -milanesado, juntamente con las tropas alemanas, había entrado en -efecto, según todos saben, siendo también conocido que no sólo se -limitó á desolar dicho país, sino que también invadió y diezmó una -buena parte de Italia. El hilo de nuestra historia nos conduce al -presente, á referir las principales circunstancias de la expresada -calamidad, pero sólo en el milanesado, y casi exclusivamente en la -ciudad de Milán; porque las memorias de aquel tiempo no se ocupan -más que de esta última. Ya sea razón, ya capricho, los historiadores -siempre hacen lo mismo. - -En toda la línea de territorio recorrida por el ejército invasor, -habíanse encontrado algunos cadáveres en las casas y en los caminos. -Poco después, ya en éste, ya en aquel pueblo, familias enteras fueron -acometidas de enfermedades violentas, extrañas, acompañadas de síntomas -generalmente desconocidos, á los cuales sucumbían. Solamente algunas -personas ancianas, recordaban haberlas visto otra vez; éstas eran -las que habían sido testigos de la peste que cincuenta y tres años -antes había desolado á la mayor parte de Italia, y principalmente -al milanesado, en donde tomó el nombre que lleva aún, de peste de -S. Carlos. ¡Tan fuerte es el poder de la caridad!: ella puede hacer -sobresalir la memoria de un hombre sobre la de un vasto y solemne -infortunio de todo un pueblo, porque dicha caridad ha inspirado á este -hombre los sentimientos y las acciones más memorables aun que los -males; ella puede grabar sus nombres en todos los corazones, y traer -á la memoria el recuerdo de aquellos desgraciados sucesos, pues la -introduce y presenta como un guía, un socorro, un ejemplo, una víctima -voluntaria. - -El protomédico Ludovico Settala, que no sólo había visto aquella -peste, sino que también había sido uno de los profesores más activos -é intrépidos, á pesar de ser en aquel entonces muy joven, teniendo -al presente grandes sospechas acerca del contagio, estaba sobre -aviso y procuraba tomar todos los informes posibles, en vista de lo -cual participó el 20 de octubre á la junta de sanidad, que en la -jurisdicción de Chiuso (la última del territorio de Lecco y confinante -con el de Bérgamo) se había presentado indudablemente la enfermedad -epidémica. Las mismas noticias se recibieron de Lecco y de Bellano. -Entonces la junta dispuso y expidió un comisionado que tomando un -médico en Como, se encaminase con él á visitar los lugares indicados. -Ambos, dice Tadino, ó por incapacidad, ó por otra causa cualquiera, se -dejaron persuadir por un viejo é ignorante barbero de Bellano, de que -aquella especie de enfermedad no era una epidemia, sino causada por las -emanaciones del agua estancada en algunas partes, y en otras efectos -de las incomodidades y malos tratamientos sufridos por el paso de los -alemanes. Este informe fué enviado á la junta de sanidad, la cual -parece que quedó tranquila. - -Mas llegando sin cesar de todas partes muchas y multiplicadas noticias -acerca de extraños fallecimientos, se expidieron dos delegados con el -objeto de que tomasen informes y providenciaran lo conveniente; éstos -fueron el mencionado Tadino y otro miembro de la junta. Cuando se -instalaron en dichos puntos, el azote se había propagado de tal modo, -que las pruebas se ofrecían á su vista sin necesidad de ir á buscarlas. -Recorrieron el territorio de Lecco, la Valsassina, las márgenes del -lago de Como; los distritos denominados el Monte de Brianza y la Gera -del Adda. Por todas partes encontraron poblaciones cerradas por medio -de barreras; otras casi desiertas y abandonadas por sus habitantes -fugitivos y errantes por los campos, parecidos, dice Tadino, á otras -tantas criaturas salvajes, llevando en la mano algunos un puñado de -yerbabuena, otros ruda, quien romero, quien por último una botella -de vinagre. Habiéndose informado del número de fallecidos, vieron -efectivamente que era espantoso. Visitaron los enfermos, reconocieron -los cadáveres, y en todos encontraron las señales manifiestas y -terribles de la peste. Participaron por escrito tan siniestras nuevas á -la junta de sanidad, la cual al recibirlas, que fué el 30 de octubre, -resolvió dar la orden, según el Dr. Tadino, para no dejar entrar en -la ciudad á las personas procedentes de los pueblos en donde se había -declarado el contagio; y mientras se redactaba el bando, diéronse con -anticipación algunas órdenes á los que guardaban las puertas. - -Entretanto los comisionados, apresuradamente y con ahínco tomaron las -medidas que les parecieron más útiles, y dieron la vuelta á Milán, con -la triste persuasión de que no serían suficientes á remediar un mal ya -tan avanzado y extendido. - -Llegados á la ciudad el día 14 de noviembre, dieron cuenta de su -comisión de viva voz, y nuevamente por escrito á la expresada junta, -la cual dispuso que se presentasen al gobernador y le expusiesen -claramente el verdadero estado de las cosas. Éste les contestó, que -le causaban un gran disgusto, mostrando mucho sentimiento; pero que -los cuidados de la guerra eran más apremiantes: _sed belli graviores -esse curas_. Ésta era la segunda vez, si el lector recuerda, que daba -semejante respuesta con dicho motivo y con igual éxito. Dos ó tres -días después, el 18 de noviembre, hizo pregonar un bando, en el cual -ordenaba que se celebrasen regocijos públicos por el nacimiento del -príncipe Carlos, primogénito del rey Felipe IV, sin calcular ó sin -cuidarse del peligro que podría sobrevenir con motivo de una tan gran -reunión de gente en tales circunstancias; del mismo modo que si hubiera -sido en tiempos normales y nada ocurriese de particular. - -Era este personaje, según hemos dicho anteriormente, el célebre -Ambrosio Spínola, enviado para dirigir mejor aquella guerra, reparar -las faltas cometidas por D. Gonzalo, y como por incidencia para -gobernar. Nosotros podemos también incidentalmente recordar que murió -pocos meses después en medio de lo más fuerte de aquella guerra que -tomó tan á pecho; y murió, repetimos, no de heridas recibidas en el -campo de batalla, sino en su lecho, abrumado de pesadumbres y enojos, -por los reproches, injusticias y disgustos de todo género, causados por -aquel á quien servía. La historia ha deplorado amargamente su suerte, -y vituperado la ingratitud de que fué víctima: ella ha descrito con -la mayor solicitud sus hazañas militares y políticas; ha ensalzado su -previsión, actividad y heroica constancia: al propio tiempo hubiera -debido averiguar en qué había empleado tan altas cualidades, cuando la -peste amenazaba, invadía á todo un pueblo entregado á su cuidado, ó por -mejor decir, á merced suya. - -Pero lo que, dejando á un lado lo vituperable, disminuye la admiración -que su indiferencia podría causar; lo que maravilla más que todo, -es la conducta de la población misma, esto es, de aquella parte á -la cual aún no había alcanzado el contagio, pero que tantos motivos -tenía para temerlo. Á las fatales noticias que llegaban de los pueblos -nuevamente infestados, de los pueblos que forman alrededor de la ciudad -casi un semicírculo, á la distancia algunos de ellos de diez y ocho á -veinte millas á lo más, ¿quién no había de creer que se suscitara un -movimiento general, un deseo de precauciones bien ó mal entendidas, -ó á lo menos una estéril inquietud? Y sin embargo, si en alguna cosa -están de acuerdo las memorias de aquel tiempo, es en afirmar que no -hubo nada de lo dicho. La escasez del año anterior, las exacciones de -la soldadesca y las pasiones de ánimo, parecieron más que suficientes -para explicar semejante mortandad. En las calles, en las tiendas y aun -en las casas, acogían con risas incrédulas, y con un profundo desprecio -mezclado de cólera, á los que aventuraban alguna palabra acerca del -peligro de la peste. La misma incredulidad, ó mejor diremos, la misma -ceguedad y obstinación prevalecía en el senado, en el consejo de los -decuriones, y en el ánimo de todos los magistrados. - -Únicamente el cardenal Federico, apenas tuvo aviso de los primeros -casos de la enfermedad contagiosa, cuando reunió por medio de una -pastoral á todos los párrocos, previniéndoles que amonestasen una y mil -veces, á los pueblos de sus respectivas diócesis, con respecto á la -importancia y obligación en que estaban de revelar cualquier accidente -parecido, y consignar los efectos infestados ó sospechosos[15]; éste es -uno de los hechos que pueden ser colocados entre los más laudables de -la vida del cardenal. - -La junta de sanidad pedía é imploraba alguna cooperación, pero poco ó -nada conseguía; y la prisa que se daba dicha junta misma, estaba bien -lejos de igualar á la urgencia que había. Según afirma Tadino, y como -aparece todavía mejor, por todo el contexto de su relación, solamente -los dos médicos, persuadidos de la gravedad é inminencia del peligro, -estimulaban á aquel cuerpo, el cual tenía que estimular después á todos -los demás. - -Ya hemos visto el modo que tuvieron de obrar y tomar informes al primer -anuncio de la peste; ahora presentaremos otro hecho de lentitud no -menos admirable, cuanto que no era forzada, por dificultades opuestas -por magistrados superiores. El bando para impedir á los forasteros la -entrada á la ciudad, fué resuelto el 30 de octubre, no siendo extendido -hasta el día 23 del mes siguiente, y publicado el 29. La peste se había -introducido ya en Milán. - -El primero que la llevó, según refieren Tadino y Ripamonti, fué un -soldado italiano al servicio de España. Este desventurado portador -de tantos males, entró en la ciudad cargado con un fardo de vestidos -comprados ó robados á los soldados alemanes. Fué á alojarse en casa de -sus parientes, en el barrio de la Puerta Oriental, cerca del convento -de capuchinos. Apenas hubo llegado, cayó enfermo y fué conducido al -hospital, en donde, á causa de un bubón que le descubrieron debajo del -brazo, hizo sospechar al que lo curaba lo que era en realidad: á los -cuatro días de su estancia en dicho hospital, murió. - -La junta de sanidad hizo tapiar la casa que él había habitado, y separó -á la familia del roce de los demás: sus ropas y la cama que había -ocupado en el hospital, fué todo arrojado al fuego: dos enfermeros que -le habían cuidado, y un pobre fraile que le había asistido, cayeron -enfermos pocos días después, y los tres de la peste. Las sospechas que -se tuvieron desde un principio tocante á la naturaleza del mal, y las -precauciones que se tomaron, impidieron que el contagio se propagase -más. - -Pero el soldado había dejado fuera semillas que no tardaron en -germinar. El amo de la casa en la cual se había alojado fué el primer -atacado. Éste se llamaba Carlos Colonna, tocador de laúd. Entonces -todos los moradores de dicha casa fueron conducidos al lazareto por -disposición de la junta de sanidad, en donde la mayor parte enfermaron: -algunos murieron poco tiempo después, declarados públicamente apestados. - -Entretanto el contagio minaba sordamente la ciudad: pocos fueron los -progresos que hizo en lo restante del año, y en los primeros meses del -siguiente de 1630. De cuando en cuando, tan pronto en éste, tan pronto -en aquel barrio, se sentían atacadas algunas personas, otras sucumbían; -la rareza misma de los casos alejaba las sospechas, y confirmaba más y -más á la multitud en la estúpida y homicida confianza de que no existía -tal peste, ni tan siquiera había existido un instante. Además de esto, -muchos médicos, sirviendo como de eco á la voz del pueblo (¿en esta -circunstancia era también la voz de Dios?), se mofaban de los presagios -siniestros, de las advertencias amenazadoras de unos pocos colegas -suyos: aquéllos tenían sin cesar en los labios los nombres de las -enfermedades ordinarias, para calificar todos los casos de peste que -eran llamados á curar, con cualquier síntoma y señal que apareciesen. - -La noticia de estos accidentes, aun cuando llegaban á la junta de -sanidad, eran por lo regular tarde y de una manera incierta. El temor -de la _contumacia_[16] y del lazareto, aguzaba todos los ingenios; -no se daba parte de los que caían enfermos, se corrompía á los -sepultureros y ministros de justicia, y obtenían á fuerza de dinero -certificaciones falsas de algunos agentes subalternos de la junta de -sanidad, comisionados por ésta para reconocer los cadáveres. - -Los médicos que, convencidos de la realidad del contagio proponían -precauciones y trataban de hacer participar á sus demás colegas su -dolorosa certeza, eran objeto de la pública animadversión. Los más -moderados los acusaban de ignorancia y obstinación; á los ojos de la -mayor parte, eran unos impostores declarados, los cuales habían urdido -semejante intriga para explotar en favor suyo el espanto público. -Ludovico Settala, en dicha época anciano casi octogenario, hombre -célebre por su saber y por su gran reputación de probidad, estuvo -expuesto á ser víctima inocente de lo que acabamos de referir. Un día -que iba en su litera á visitar á los enfermos, el pueblo empezó á -arremolinarse en torno suyo, gritando que él era el jefe principal de -los que querían que la peste estuviese en Milán, y que alarmaba á la -ciudad para dar ocupación á los médicos. Viendo los conductores que -la multitud iba creciendo, y los gritos é imprecaciones aumentándose -á cada instante, consiguieron después de mucho trabajo y esfuerzos -llevarle á una casa de unos amigos del doctor, que por fortuna se -encontraba próxima á aquel paraje. - -Pero á fines del mes de marzo, primeramente en el barrio de la Puerta -Oriental, y en seguida en toda la ciudad, las enfermedades, las muertes -acompañadas de extraños espasmos, palpitaciones, letargos, delirio, y -de manchas lívidas y bubones, empezaron á ser más frecuentes. En el -lazareto reinaba la mayor confusión, en donde la población diariamente -diezmada iba siempre en aumento. La serenidad de los magistrados, -hasta entonces tan tranquila, empezó á turbarse. El consejo de los -decuriones, no sabiendo á quién volverse, acudió á los capuchinos. -Suplicaron al padre comisario de la provincia, que desempeñaba las -funciones de provincial, el que había muerto pocos días antes, que les -suministrase una persona capaz de dirigir aquel paraje entregado á la -desolación. El comisario les propuso en calidad de principal al padre -Félix Casati, hombre de edad madura que gozaba de gran reputación de -ser persona muy caritativa, activa, humilde, y al propio tiempo de gran -fortaleza de ánimo, reputación bien merecida así que se dió á conocer. -Se le nombró, como en calidad de compañero y ayudante á un tal padre -Miguel Pozzobonelli, joven aún, mas tan grave y severo en ideas como de -aspecto. Fueron aceptados sus servicios con mucha alegría, y el 30 de -marzo entraron en el lazareto. El presidente de la junta de sanidad, -en persona, los acompañó á tomar posesión. Convocó á los sirvientes y -empleados de todas clases, y declaró á su presencia presidente de aquel -lugar al padre Félix, con plena y absoluta autoridad. Á medida que el -espantoso tropel de los apestados iba creciendo en el lazareto, acudían -más padres capuchinos, y éstos, no sólo llenaron bien y cumplidamente -sus deberes de religiosos, sino que también desempeñaron los oficios -más humildes y desagradables, pues hacían cuando era necesario de -confesores, administradores, enfermeros, guardarropas, cocineros, -lavanderos y demás que se ofrecía. El padre Félix, siempre apresurado y -solícito, visitaba de día y noche los pórticos, las salas, los vastos -corredores, algunas veces con una alabarda en la mano, otras armado con -sólo su cilicio. Animaba y regulaba todos los servicios, apaciguaba -los desórdenes, solventaba las disputas, amenazaba, castigaba, -reprendía, consolaba, enjugaba y esparcía lágrimas. Á los pocos días -de haber entrado en el lazareto, fué atacado de la peste; mas habiendo -sanado, volvió á desempeñar sus buenos y piadosos oficios con más ardor -y placer que antes. La mayor parte de sus compañeros sucumbieron, pero -sin experimentar el más leve disgusto ni exhalar queja alguna. - -La obstinación de los incrédulos, en negar que la peste existía, -fué cediendo poco á poco y perdiéndose, á medida que la enfermedad -se extendía; mucho más, que habiendo permanecido hasta entonces -concentrada solamente en la clase pobre, empezó á herir á los -personajes más conocidos. Entre éstos debemos hacer particular mención -del protomédico Settala. Sufrieron el contagio él, su esposa, dos -hijos y siete personas de su servidumbre. ¿Confesarían entonces que el -infeliz anciano tenía razón? ¡Quién sabe! El doctor y uno de los hijos -se restablecieron; y el resto de la familia pereció. Estos casos, dice -Tadino, ocurridos en la ciudad y en casa de los nobles, hizo abrir -los ojos á éstos y á todos los demás, y los médicos incrédulos, y la -plebe ignorante y temeraria, empezó á apretar los labios, rechinar los -dientes, y á fruncir las cejas. - -No pudiendo, pues, negar los efectos del mal, y no queriendo reconocer -la causa, porque esto hubiera sido confesar al propio tiempo un grande -error y una terrible falta, los incrédulos inventaron otra cosa que -estaba conforme con las preocupaciones de aquel tiempo. Existía en -aquella época en toda Europa la creencia de sortilegios, de operaciones -diabólicas, de que había gentes conjuradas para esparcir la peste -por medio de venenos contagiosos y maleficios. Ya éstas ó semejantes -cosas habían sido supuestas y creídas en muchas otras epidemias, y -principalmente en la que hubo en Milán el siglo anterior. Añádase á -esto que á fines del año precedente había llegado un despacho firmado -por el mismo rey Felipe IV, dirigido al gobernador, en el cual aquél -le avisaba, que cuatro franceses sospechosos de esparcir sustancias -venenosas y pestilentes, se habían escapado de Madrid, y que por lo -tanto, que estuviese alerta y sobre aviso por si acaso trataban de -penetrar en Milán. El gobernador había comunicado el citado despacho -al senado y á la junta de sanidad. Semejante circunstancia no llamó -absolutamente la atención; pero cuando la peste hubo estallado y fué -reconocida por todos, entonces se trajo á la memoria el mencionado -aviso, y pudo servir para confirmar y dar motivo á la vaga sospecha de -un fraude criminal. - -Mas dos incidentes, producidos el uno por un miedo ciego y desordenado, -y el otro no sabemos por qué maldad, convirtieron la vaga sospecha de -un crimen posible en verdadera sospecha, y para muchos en la certeza -de un atentado positivo y de un complot real. Algunas personas que -habían creído ver en la tarde del 17 de mayo á ciertos individuos en -la catedral frotar una barandilla que servía para separar el sitio -designado á ambos sexos, hicieron trasladar durante la noche dicha -barandilla y una gran cantidad de bancos. El presidente de la junta -de sanidad, acompañado de cuatro miembros más, se encaminó á visitar -la barandilla, los bancos, y las pilas de agua bendita, en donde nada -encontró que pudiese confirmar la ridícula sospecha de maleficio -alguno. Sin embargo, para complacer á las imaginaciones meticulosas, _y -más bien por un exceso de precaución que por necesidad_, decidieron que -sería suficiente lavar la barandilla. Esta enorme porción de efectos -hacinados produjo una grande impresión de espanto sobre la multitud, -para la cual el menor objeto sirve de fundamento para hacer un tropel -de conjeturas. Se dijo y se tuvo por cierto, que los envenenadores -habían frotado todos los bancos, las paredes de la catedral y hasta las -cuerdas de las campanas. - -Á la mañana siguiente, un nuevo espectáculo más extraño y más -significativo sobrecogió el ánimo y la vista de los habitantes. Por -toda la ciudad se vieron las puertas de las casas y las paredes -embadurnadas con cierta inmundicia de un blanco amarillento que parecía -haber sido dado con esponjas. Ya sea que esto fuese una estudiada -maldad para excitar un espanto más general y terrible, ya el designio -más culpable todavía de aumentar el desorden público, ó cualquiera otra -cosa, lo cierto es que ello está de tal modo demostrado, que parecería -menos razonable atribuirlo á un sueño de muchos, que á un hecho -verdadero de algunos; hecho que por lo demás no hubiera sido el primero -ni el último de tal género. - -La ciudad, ya alarmada, se puso más y más; los dueños de las casas -purificaban con humo de paja los sitios infestados; los que pasaban -se detenían, miraban y se estremecían de horror. Los forasteros, -sospechosos por este solo motivo, y fáciles de ser conocidos por -su traje, se veían detenidos en las calles por el pueblo, y eran -conducidos á presencia de la autoridad. Hicieron interrogatorios, -examinaron á los arrestados, á los que los habían detenido y á los -testigos presenciales de dichas capturas; mas no resultó reo alguno: -los cerebros se hallaban incapaces de reflexionar, de inquirir y -comprender. La junta de sanidad dió un bando, en el cual prometía una -recompensa y la impunidad á los que declarasen el autor ó autores de -semejante atentado. _De todos modos no pareciéndonos conveniente_, -dicen aquellos señores en su carta dirigida al gobernador, cuya fecha -es del 21 de mayo, pero que fué evidentemente escrita el 19, día puesto -en el bando impreso, _que este delito quede impune, máxime en tiempos -tan peligrosos y agitados, para consuelo y tranquilidad del pueblo, y -para sacar algún indicio del hecho, hemos publicado hoy un bando, &c._ -Sin embargo, en el citado bando no aparecía prueba alguna de aquella -razonable y tranquilizadora conjetura que participaban al gobernador; -silencio que demuestra á un tiempo una preocupación furiosa en el -pueblo y en los miembros de la junta, una condescendencia tanto más -vituperable cuanto más perniciosa podía ser. - -Mientras que la junta de sanidad buscaba ó fingía buscar, muchas -gentes, como acontece siempre, ya habían encontrado. Los que creían que -aquello era una sustancia venenosa, decían ser una venganza que había -tomado D. Gonzalo Fernández de Córdoba por los insultos recibidos á su -partida; quien pretendía que era una invención del cardenal Richelieu -para despoblar á Milán y apoderarse sin trabajo de la ciudad; otros, -por último, y no puede hallarse la razón de esto, designaban como -autor al conde de Collalto, de Vallenstein, á éste ó á aquel noble -milanés. No faltaban también, según llevamos dicho, algunos que no -veían en aquel hecho más que una refinada maldad, atribuyéndolo á los -estudiantes, á los señores, á los oficiales, que se fastidiaban en el -sitio de Casal. El ver, pues, como habían temido, que no seguían -directamente el contagio y una mortandad universal, fué por lo regular -la causa de que el primer espanto se calmase por entonces, y que la -cosa fuese ó pareciese quedar puesta en el olvido. - -Aún existía un gran número de personas persuadidas de que aquello -no era peste, y á causa de que tanto en el lazareto, como en la -ciudad, sanaban algunos, se decía (los últimos argumentos de una -opinión destruida por la evidencia, son siempre dignos de notarse), -se decía por la plebe, y también por muchos médicos parciales, que á -ser verdadera epidemia, todos los atacados habrían muerto[17]. Para -disipar todas las dudas, la junta de sanidad halló un expediente -proporcionado á la necesidad, un modo de hablar á los ojos tal como -las circunstancias podían reclamarlo ó sugerirlo. En uno de los días -festivos de la pascua de Pentecostés, los habitantes de la ciudad -tenían la costumbre de concurrir al cementerio de S. Gregorio, situado -en las afueras de la Puerta Oriental, con el objeto de rogar por los -difuntos de la epidemia anterior que se hallaban enterrados en dicho -paraje; y haciendo de la devoción un motivo de diversión y espectáculo, -cada uno se adornaba del mejor modo posible. Aquel mismo día había -fallecido de la epidemia una familia entera. En la hora de mayor -concurrencia, en medio de las carrozas, de la gente de á caballo y de á -pie, los cadáveres de la mencionada familia fueron conducidos de orden -de la junta de sanidad en un carro, desnudos, hacia dicho cementerio, -á fin de que la multitud pudiese ver en ellos las señales manifiestas -y horrorosas del mal. Un grito de horror y de espanto se elevaba por -doquier pasaba el carro, un prolongado murmullo reinaba todavía después -de su paso, y finalmente otro murmullo le precedía. La peste ya fué -más creída, pero además, ella misma trabajaba diariamente en probar -su existencia, y aquella misma reunión debió contribuir no poco á -propagarla. - -Así, pues, en un principio nada de peste, absolutamente nada; estaba -prohibido el pronunciar tan solo su nombre; luego eran fiebres -pestilenciales; después, peste no, es decir, sí, pero se debía entender -de cierto modo; no verdadera peste, sino una cosa á la cual no se le -podía encontrar otro nombre. Por último, ya lo era indudablemente y -sin réplica, pero iba adherida otra idea, la de los envenenamientos -y maleficios, la cual alteraba y desnaturalizaba la triste é -incontestable realidad. - -Creemos que no es necesario estar muy versados en la historia de las -ideas y de las palabras, para ver que siempre han llevado el mismo -camino. Por fortuna, de esta especie é importancia no hay muchas que -adquieran su evidencia á semejante precio, y á los males se pueden unir -también terribles accesorios. Se podría, sin embargo, tanto en las -cosas pequeñas como en las grandes, evitar en gran parte este curso -largo y tortuoso, adoptando el método propuesto hace ya algún tiempo de -observar, escuchar, comparar y reflexionar, antes de hablar. - -Pero el hablar es una cosa mucho más fácil ella sola que todas las -demás juntas; y nosotros mismos, quiero decir, nosotros, los hombres en -general, tenemos precisión de ser un poco indulgentes sobre ese punto. - - - NOTAS: - -[15] (Vida de Federico Borromeo, escrita por Francisco Rivola. Milán, -1666, pág. 582).--_Nota del autor._ - -[16] Dan este nombre á las casas y efectos de los apestados. Hay -ciertos géneros, que aun en tiempos normales, están sujetos á una -cuarentena muy rígida; la lana es una de las mercaderías á las cuales -llaman contumaces.--_Nota del traductor español._ - -[17] Tadino, pág. 93. - - - - - CAPÍTULO DECIMOCUARTO - - -Entretanto, cada día se hacía más difícil hacer frente á las -exigencias dolorosas de las circunstancias. El consejo de los -decuriones resolvió en 4 de mayo recurrir al gobernador. El día 22 -fueron enviados al campo dos miembros de dicho consejo, los cuales le -representaron el estado de miseria y escasez de la ciudad, la enormidad -de los gastos, el tesoro exhausto y lleno de deudas, las rentas de los -años venideros empeñadas, las contribuciones corrientes no pagadas, á -causa de la miseria general producida por tantos motivos, y sobre todo -por el consumo excesivo que hacían las tropas. También le hicieron -presente que por una multitud de leyes y costumbres no interrumpidas, -y, por un decreto especial de Carlos V, los gastos ocasionados por -la epidemia debían ser á cargo del fisco; que, en la del año 1576 -había el gobernador, marqués de Ayamonte, no sólo suspendido todos los -impuestos, sino que también había dado á la ciudad cuarenta mil escudos -para subvenir á las necesidades. Por último, los diputados pidieron -cuatro cosas, á saber: que fuesen suspendidos los impuestos como -antiguamente; que la cámara diese dinero; que el gobernador informase -al rey acerca de la pobreza de la ciudad y de la provincia, y que -dispensase de la carga de nuevos alojamientos militares al país, ya -arruinado con los pasados. - -El gobernador les dió por respuesta pésames y nuevas exhortaciones, -sintiendo mucho el no poder encontrarse en la ciudad para emplear -todos sus cuidados en procurar su alivio, pero esperando al mismo -tiempo que el celo de los magistrados supliría esta falta; que -las circunstancias exigían gastar sin economía, y que era preciso -ingeniarse de cualquier modo que fuese. En cuanto á las peticiones -expresadas, _proveeré en el mejor modo que el tiempo y necesidades -presentes permitieren_; concluyendo la carta con un garrapato que -quería decir, Ambrosio Spínola, tan claro como sus promesas. El gran -canciller Ferrer le escribió que su contestación había sido leída -por los decuriones _con gran desconsuelo_; finalmente, á todas las -preguntas contestó con respuestas evasivas; los demás mensajes que le -enviaron tuvieron los mismos resultados. Algún tiempo después, cuando -la epidemia se hallaba en su mayor fuerza, el gobernador confirió su -autoridad al citado Ferrer, teniendo él, según decía, que dedicarse -exclusivamente á los cuidados de la guerra, la cual, sea dicho aquí de -paso, después de haberse llevado ya, por la parte más corta, un millón -de personas, sin contar los soldados, por medio del contagio, entre -la Lombardía, el territorio veneciano, el Piamonte, la Toscana y la -Romanía; después de haber desolado, como hemos visto más arriba, los -lugares por donde pasó; después de la toma y atroz saqueo de Mantua, -finalizó reconociendo todos al nuevo duque, por cuya exclusión se había -emprendido la expresada guerra. Sin embargo, es preciso decir que se -vió obligado á ceder al duque de Saboya una parte del Monferrato, cuyas -rentas ascendían á quince mil escudos, y otras tierras á Ferrante, -duque de Guastalla, que redituaban seis mil: que fué hecho otro tratado -aparte, y con el mayor secreto, en el cual el mencionado duque de -Saboya cedió Piñerol á la Francia: tratado llevado á ejecución poco -tiempo después bajo otros pretextos y á fuerza de picardías. - -Juntamente con aquella resolución, los decuriones habían tomado otra, -á saber, la de pedir al cardenal arzobispo que se hiciese una solemne -procesión, llevando por la ciudad el cuerpo de S. Carlos. El buen -prelado rehusó por muchas razones. La confianza en un medio dudoso le -desagradaba, y temía que si el efecto no correspondía, según pensaba, -aquélla no se convirtiese en escándalo. Temía además que si había -envenenadores, la expresada procesión serviría de ocasión favorable -para cometer el crimen; si no los había, recelaba que una tan gran -reunión de gente no podía hacer más que propagar el contagio, peligro -mucho más real y verdadero. La sospecha acerca de los envenenadores, -adormecida hasta entonces, se despertó más general y furiosamente que -antes. - -Se había visto de nuevo, ó se había creído ver al presente, untadas las -paredes, las puertas de los edificios públicos, las de las casas y las -aldabas con sustancias venenosas. La noticia de tales descubrimientos -volaba de boca en boca, y como sucede siempre cuando los ánimos están -preocupados, el oir referir la cosa producía el mismo efecto que si se -viese. Los espíritus agriados cada vez más, y sobremanera irritados -por la inminencia del peligro, abrazaban voluntariamente aquella -creencia; pues la cólera aspira á castigar; y como observó sabiamente, -á propósito de esto, un hombre célebre[18], gusta más atribuir los -males á una perversidad humana, contra la cual se puede ejercer la -venganza, que no á otra causa, á la que es indispensable resignarse. -La idea de un veneno sutil, instantáneo, y en sumo grado penetrante, -era motivo más que suficiente para explicar la violencia, todos los -accidentes más incomprensibles y desordenados de la enfermedad. Decíase -que en la composición de dicho veneno, entraban sapos, culebras, y -pus y baba de los apestados; en fin, todo lo que las imaginaciones -feroces y perversas podían encontrar de más irritante. Añadíanse á esto -los maleficios, por cuyo medio todo efecto lograba ser posible, toda -objeción venía á quedar sin fuerza, toda dificultad se resolvía. Si -los efectos no habían seguido inmediatamente á la primera tentativa, -fácilmente se adivinaba la causa; consistía en que los envenenadores -eran todavía novicios, mientras que al presente el arte se había -perfeccionado, y las voluntades estaban mejor afirmadas en su infernal -resolución. Si alguno se hubiera atrevido á sostener que aquello era -una burla, si hubiese negado la existencia de una negra trama, habría -pasado por ciego, por un obstinado, si no se le sospechaba interesado -en distraer de la verdad la atención pública, ó de ser cómplice ó -envenenador[19], este vocablo se hizo rápidamente común, solemne, -terrible. Era tal el convencimiento de que existían envenenadores, que -se debían descubrir casi infaliblemente; todos los ojos estaban alerta; -la acción más indiferente podía excitar sospechas, cambiándose éstas -muy pronto en certidumbre, y la certidumbre en furor. - -En confirmación de lo dicho, Ripamonti cita dos hechos, siendo de -advertir el haberlos escogido, no como los más atroces de los que -tenían lugar diariamente, sino porque desgraciadamente los había -presenciado ambos. - -En la iglesia de S. Antonio, cierto día de no sé qué solemnidad, un -anciano más que octogenario, después de haber orado un rato puesto -de rodillas, quiso sentarse, y antes de verificarlo sacudió el polvo -con su capa. “¡Aquel viejo unta los bancos!”. gritaron á un tiempo -algunas mujeres que vieron aquella acción. La gente que se hallaba -en la iglesia (¡en la iglesia!) se arroja inmediatamente sobre el -anciano, ásenle de sus blancos cabellos, le dan de puñadas y puntapiés, -lo lanzan, lo empujan hacia fuera; si no acabaron con él, fué para -arrastrarlo medio muerto á la cárcel, ante el juez, al tormento. Yo -mismo en persona vi en tan deplorable situación, á aquel desgraciado, -dice Ripamonti, é ignoro el fin de su dolorosa aventura; pero estoy -segurísimo que sobreviviría muy pocos instantes á tan bárbaros y -crueles tratamientos. - -El otro caso tuvo lugar al siguiente día; fué igualmente extraño, pero -no de funestas consecuencias. Tres jóvenes amigos franceses, el uno -literato, el otro pintor y el tercero mecánico, recién llegados con el -objeto de visitar la Italia toda, estudiar las antigüedades y hacer -algún dinero, se acercaron á cierta parte exterior de la catedral -y se pusieron á contemplarla con la mayor atención. Uno que pasaba -los vió y se paró; hizo señas á un segundo, éste á un tercero, y así -sucesivamente, hasta formar un círculo á su alrededor; no se les perdió -de vista un solo momento, porque su traje, su peinado, su equipaje, -en fin, los acusaba de extranjeros, y lo que era peor entonces, de -franceses. Para cerciorarse de que la pared era de mármol, alargaron -la mano para tocarla: esto fué lo suficiente. En un momento fueron -envueltos, atados, abrumados de golpes y arrastrados á la cárcel. Por -fortuna el palacio de justicia está cerca de la catedral, y también -felizmente para ellos, los hallaron inocentes y los soltaron. - -Todo esto no sucedía solamente en la ciudad: el frenesí se había -propagado del mismo modo que el contagio. El viajero encontrado por -los aldeanos fuera del camino real, ó que en este mismo se parase con -el objeto de mirar cualquiera cosa por insignificante que fuese, ó se -echase para descansar un poco; el desconocido que en su aspecto ó en -su traje les pareciese tener algo de extraño ó sospechoso, al instante -eran calificados de envenenadores. Al solo aviso del primero que los -veía, al grito de un niño, se tocaba á rebato, y todo el mundo acudía; -los desventurados se veían asediados por una granizada de piedras, ó -cogidos y conducidos á la cárcel con la mayor violencia por un pueblo -furioso. Acerca de esto dice el citado Ripamonti que en aquellas -circunstancias la cárcel era un lugar de seguridad. - -Entretanto los decuriones á quienes la denegación del sabio prelado -no había desanimado, redoblaban las instancias que el voto público -secundaba por medio de sus clamores. Federico se resistió aún algún -tiempo, trató de convencerlos en todo lo que puede la razón de un -hombre contra la fuerza de los tiempos y la insistencia de muchos. Por -último, después de haber sido instado con exceso, cedió: no diremos que -fuese ó no causa de una voluntad un poco débil, hizo más que consentir -en que se verificase la procesión: permitió que la urna que encerraba -las reliquias de S. Carlos permaneciese expuesta por espacio de ocho -días á la pública veneración sobre el altar mayor de la catedral. - -La junta de sanidad y las autoridades no se opusieron ni hicieron -demostración de ninguna especie en contra de semejante disposición. -Únicamente la expresada junta ordenó algunas precauciones, que sin -reparar el peligro, indicaban el temor. Dió las más severas órdenes con -el objeto de impedir la entrada en la ciudad á las gentes de afuera; y -á fin de asegurar mejor la ejecución, hizo cerrar las puertas. Quiso -también alejar todo lo posible de la concurrencia á los infestados y -sospechosos, y mandó clavar las puertas de las casas secuestradas, -las cuales, según dice un escritor contemporáneo, ascendían casi á -quinientas. - -Se gastaron tres días en los preparativos. Al rayar la aurora del día -11 de junio, que era el señalado, salió la procesión de la catedral. -Veíase en primer lugar una larga fila de pueblo, compuesta la mayor -parte de mujeres con el rostro cubierto de grandes máscaras de seda, -muchas con los pies descalzos y revestidas de cilicios. Seguían luego -los gremios, precedidos por sus estandartes, las cofradías con trajes -de varias formas y colores; después el clero regular y secular, cada -uno con las insignias de su dignidad, y llevando en la mano un cirio -encendido. En medio de dicha procesión, entre el brillante resplandor -de un sinnúmero de hachas, de la melodiosa armonía de los cánticos, -y debajo de un rico palio, avanzaba la urna, llevada en andas por -cuatro canónigos vestidos con largos y rozagantes trajes de seda, cuyos -individuos se relevaban de cuando en cuando. Al través de los cristales -de la citada urna se divisaban los mortales despojos del santo, -revestido de magníficos hábitos pontificales, y cubierta la cabeza -con la mitra. En sus facciones descompuestas y mutiladas se podían -distinguir aún algunos vestigios de su antiguo semblante, según nos -le representan las imágenes, tal como algunos se acordaban de haberlo -visto y honrado en vida. Detrás de los despojos del santo prelado -(dice Ripamonti, del cual principalmente tomamos esta descripción), y -próximo á él, tanto por sus méritos, linaje y dignidad, como por su -persona, venía el arzobispo Federico. Seguía luego el resto del clero; -después los magistrados en traje de ceremonia, tras éstos los nobles; -unos ricamente vestidos, como en solemne demostración del culto; otros -en señal de penitencia enlutados, descalzos y cubiertos de cilicios, -oculto el semblante bajo oscuras capuchas; todos con hachas encendidas. -Por último, una inmensa muchedumbre de pueblo terminaba el suntuoso -cortejo. - -Toda la carrera por donde había de pasar la procesión estaba adornada -como en los más solemnes días de fiesta. Los ricos habían sacado sus -adornos más preciosos; las fachadas de las casas pobres habían sido -decoradas por los vecinos pudientes, ó á expensas del público. Aquí -en lugar de colgaduras, y allá sobre las colgaduras mismas se veían -pendientes formando graciosos festones, ondulantes guirnaldas de verdes -hojas; por todas partes se veían cuadros, inscripciones y emblemas; -osténtanse en los balcones ricos jarrones, raras antigüedades, muebles -preciosos, luces por doquier. Divisábanse en muchos de aquellos -balcones á los enfermos separados de comunicarse con los demás que -miraban la procesión, y la acompañaban con sus preces. Las calles -restantes estaban mudas y desiertas; solamente algunas personas desde -lo alto de las ventanas prestaban oído á aquel vago rumor; otras, y -entre éstas se veían hasta religiosas, que se habían subido á las -azoteas para ver si desde dicho sitio podían distinguir, aunque fuese -de lejos, aquella urna, aquel acompañamiento, por último, una tan -suntuosa procesión. - -Ésta pasó por todos los barrios de la ciudad. En cada una de las -encrucijadas ó plazoletas que se encuentran á los extremos de las -calles principales que van á desembocar á los arrabales se hacía una -parada: colocábase la urna junto á las cruces erigidas por S. Carlos en -la anterior epidemia, de las cuales permanecen en pie algunas hoy día; -de modo que la procesión dió la vuelta á la catedral poco después del -mediodía. - -Mas al día siguiente, mientras que reinaba en los ánimos una -presuntuosa confianza, y en muchos la certeza fanática que la citada -procesión debía haber puesto fin á la peste, he aquí que el número -de muertos aumentó en todas las clases y en toda la ciudad, con tal -exceso, y de un modo tan repentino, que no hubo nadie que no viese -la causa ó la ocasión en la procesión misma. Mas ¡oh poder admirable -y doloroso de una preocupación general! el mayor número no atribuyó -este efecto á hallarse reunidas tantas personas, ni á la infinita -multiplicación de contactos fortuitos, sino á la facilidad que habían -tenido los envenenadores para ejecutar en grande sus infernales -designios. Se dijo que mezclados entre la multitud habían infestado -con sus untos á toda la gente que les fué posible. Pero como esta -idea no podía ser suficiente para explicar una mortandad tan vasta -y tan esparcida en toda clase de personas, como según todas las -apariencias, al ojo más atento, que la sospecha hacía más perspicaz, -no había sido posible hallar unturas ni manchas de ninguna especie, -ni en las paredes, ni en otra parte alguna, se recurrió para la -explicación del hecho á otro expediente ya antiguo y muy admitido por -la opinión general en Europa, á saber: la existencia de polvos mágicos -y emponzoñados. Se aseguró que dichos polvos sembrados con profusión -por la carrera, y principalmente en los parajes en donde la procesión -hacía alto, se habían pegado á las colas de los vestidos, y todavía más -en los pies de los muchos que habían ido aquel día descalzos. Vióse -por tanto, dice un célebre escritor contemporáneo[20], el mismo día -de la procesión, mezclada la piedad con la impiedad, la perfidia con -la sinceridad, y la pérdida con la adquisición. ¡De tal modo el pobre -entendimiento humano se complace en debatir con los fantasmas creados -por él mismo! - -Desde entonces la furia del contagio fué siempre en aumento; al poco -tiempo no quedó casa que estuviese libre de él. El número de los -enfermos dentro del lazareto ascendió desde dos mil hasta doce mil; y -más tarde, según el decir de todos, llegó hasta diez y seis mil. El 4 -de julio, según se encuentra en una carta dirigida por los miembros -de la junta de sanidad al gobernador, la mortandad diaria pasaba -de quinientas víctimas; más adelante, cuando la enfermedad llegó á -su colmo, según el cálculo más común, morían mil doscientos, mil -trescientos; y si hemos de dar crédito al doctor Tadino, hubo días en -que llegaron á más de tres mil quinientos. Él mismo afirma, que por -las pesquisas hechas después de la peste se vió la población de Milán -reducida á poco más de sesenta y cuatro mil almas, siendo así que antes -pasaban de doscientas cincuenta mil. Según Ripamonti, sólo constaba el -pueblo de Milán de doscientas mil: al hablar del número de muertos, -dice que por los registros de la ciudad resultan ciento cuarenta mil, -además de los que no pudieron entrar en cuenta. Los demás escritores de -aquella época dicen poco más ó menos lo mismo. - -¡Júzguese cuáles serían las angustias de los decuriones, á quienes -había quedado la pesada carga de proveer á las necesidades públicas, -y reparar lo que era reparable en un desastre semejante! Veíanse -precisados á sustituir y aumentar diariamente á los individuos -encargados de prestar al público servicios de toda especie. Se dividían -en tres clases: la una era de los _monatti_; esta denominación era -ya muy antigua y de dudoso origen, designando con ella á los hombres -dedicados á los trabajos más terribles y peligrosos durante la -epidemia, pues quitaban los cadáveres de las casas, de las calles, -los conducían en carros hasta el sitio en donde los enterraban, -verificándolo ellos mismos; llevaban los atacados al lazareto, los -cuidaban; en fin, quemaban y purificaban los objetos infestados -y sospechosos. La segunda clase era conocida bajo el nombre de -_apparitori_; sus funciones especiales eran ir delante de los carros -mortuorios, avisando por medio del sonido de una campanilla á los -transeúntes que se apartasen, y finalmente, la tercera clase, á los que -daban el nombre de _comisarios_, que presidían á unos y á otros, bajo -las inmediatas órdenes de la junta de sanidad. Era indispensable que el -lazareto estuviese provisto de médicos, cirujanos, drogas, alimentos, -de todo el ajuar en fin necesario á un hospital; siendo preciso también -hallar y disponer otros sitios para acoger á los enfermos que todos -los días iban en aumento. Con este objeto se mandaron construir á -toda prisa chozas de madera y paja en todo el circuito del lazareto, -planteóse otro nuevo, formado de cabañas, y rodeado de un cercado de -tablas, capaz de contener en su interior cuatro mil personas; y no -bastando esto, ordenaron hacer otros dos; pusieron manos á la obra, -pero faltando medios, quedaron sin concluir. Los recursos, los brazos y -el valor iban disminuyendo á medida que se acrecentaban las necesidades. - -No sólo la ejecución quedaba siempre detrás de los proyectos y de las -órdenes, no sólo se proveía con mucho trabajo y únicamente con palabras -á un gran número de necesidades perentorias, sino que se llegó á un -grado tal de impotencia y desesperación, que al fin y al cabo aun este -último recurso faltó del todo. Cada día por ejemplo morían abandonados -una gran multitud de niños, cuyas madres habían muerto de la peste. -La junta de sanidad propuso fundar una casa de asilo para esas -inocentes criaturas, como igualmente para las mujeres más indigentes -que estuviesen de parto, ó á lo menos que se hiciese algo en favor de -ellas; mas nada pudo alcanzar. Todos los socorros eran exclusivamente -para la soldadesca, porque el gobernador decía que se estaba en tiempo -de guerra, y era necesario tratar bien á los soldados. - -Entre tanto, hallándose colmado de cadáveres un ancho y profundo foso -que se había hecho junto al lazareto, y quedando no sólo en él sino -en todas partes de la ciudad insepultos los nuevos cadáveres, que -aumentaban á cada instante; los magistrados, después de haber buscado -en vano brazos para desempeñar tan tristes faenas, se veían reducidos -á decir que no sabían ya qué partido tomar. Ignoramos de qué modo se -hubiera concluido semejante calamidad, á no haber venido un socorro -extraordinario. El presidente de la junta de sanidad acudió lleno de -desesperación y con los ojos anegados en lágrimas á aquellos dos buenos -é intrépidos frailes que gobernaban el lazareto. El padre Miguel se -empeñó en desembarazar á la ciudad de los cadáveres que la obstruían, -en el término de cuatro días, y en cavar, en una semana, dos fosos -que bastasen no sólo á las necesidades del momento, sino también á -lo que pudiese sobrevenir en lo sucesivo. Seguido de un compañero -también religioso, y de algunas personas de la sanidad nombradas por -el presidente, se dirigió al campo en busca de aldeanos; y en parte -por la autoridad de la expresada junta, en parte por la de su hábito -y palabras, reunió cerca de doscientos; á los cuales mandó hacer tres -grandes fosos; envió en seguida del lazareto á los _monatti_ para -que recogiesen los muertos; verificándose de tal manera, que el día -prefijado su promesa quedó cumplida. - -Una vez el lazareto se quedó sin médicos; á fuerza de trabajo, de -mucho tiempo, y de grandes ofertas de dinero y honores, se pudieron -encontrar algunos, pero no los necesarios. Con frecuencia faltaban -víveres hasta el punto de hacer temer que el hambre contribuiría á -acrecentar el número de muertos; y más de una vez, mientras que se -ponían en práctica todos los medios posibles para buscar dinero ó -provisiones, con la esperanza no solamente de no hallarlo á tiempo, -sino ni aun de hallarlo nunca, llegaban de pronto abundantes socorros, -don inesperado de la caridad de particulares. En medio del aturdimiento -general, de la indiferencia que se experimentaba por las desgracias de -los demás, indiferencia que hacía nacer el temor que tenía cada uno -de por sí, se encontraron sin embargo almas piadosas que estuvieron -siempre dispuestas á dispensar beneficios, y otras personas además á -quienes la caridad nació con motivo de la pérdida de todas las alegrías -terrestres; así como en medio de la destrucción y terrible estrago que -reinaban se vieron hombres que emprendieron la fuga, siendo así que -eran los que debían velar y proveer á la seguridad pública, aparecieron -al propio tiempo otros que, siempre sanos de cuerpo y de un valor á -toda prueba, permanecieron fieles en su puesto: hubo también otros que, -por una admirable adhesión de piedad, tomaron sobre sí y llenaron con -una constancia heroica las funciones á las cuales no les llamaban sus -deberes. - -Pero sobre todo, en lo que fué más digno de notarse la constancia más -firme y espontánea con respecto á desempeñar la penosa obligación que -les era impuesta, fué, repito, en los sacerdotes. En los lazaretos, en -la ciudad, su asistencia jamás faltó; por doquier había sufrimientos, -allí se les encontraba, siempre mezclados y confundidos entre los -enfermos y moribundos, estando ellos mismos con frecuencia moribundos -y expirando. Junto con los auxilios espirituales, prodigaban en cuanto -les era posible los temporales, prestando todos los servicios que -requerían las circunstancias. Más de sesenta párrocos de la ciudad -solamente murieron del contagio, cerca la novena parte de ellos. - -Federico, como no podía menos de esperarse, inspiraba valor á todos, -y era el primero en dar ejemplo. Después de haber visto perecer en su -mismo palacio á casi todas las personas que le rodeaban, siendo rogado -por su familia, por las principales autoridades y príncipes vecinos -para que huyese del peligro yendo á vivir á una quinta aislada, rechazó -sus consejos é instancias con el mismo valor con que escribía á los -curas de su diócesis: “Estad dispuestos á abandonar esta vida mortal, -más bien que á esos desgraciados que son nuestros hijos y nuestra -familia; andad con amor al encuentro de la peste, como si fueseis á -buscar la otra vida, á adquirir un premio, pues que de este modo -podréis conquistar almas para Jesucristo”. No descuidó ninguna de las -precauciones compatibles con sus deberes; dió también instrucciones y -reglas al clero, no importándosele nada absolutamente, ni pareciendo -ver el peligro, por el cual tenía que pasar, al tratar de hacer bien. -Sin hablar de los eclesiásticos, con los cuales estaba siempre, con -el objeto de alabar y dirigir su celo, de excitar á los tibios y -remisos, enviándolos á los parajes en donde otros habían perecido, -quiso que tuviese libre acceso cualquiera que tuviese necesidad de él. -Visitaba los lazaretos para consolar á los enfermos y animar á los -que los servían; recorría la ciudad llevando auxilios á los infelices -incomunicados en sus casas, deteniéndose á sus puertas debajo de sus -ventanas para escuchar sus lamentos, dándoles en cambio palabras de -consuelo é inspirándoles valor. Se lanzó, por último, y vivió en medio -del contagio, admirándose él mismo, así que hubo cesado, de haber -salido ileso. - -Así como en las calamidades públicas, y cuando el orden regular se -ve invertido y perturbado por espacio de largo tiempo, se encuentra -siempre un aumento, una sublimidad de virtud; así también igualmente -aparece un acrecentamiento por lo ordinario mucho más general de -perversidad. Los malvados que la epidemia perdonaba y no aterraba -encontraron en la confusión común, en la tibieza de la fuerza pública, -una nueva ocasión de actividad, y al propio tiempo un nuevo y seguro -medio de impunidad, mayormente cuando el uso de la fuerza pública -misma fué á parar en gran parte á manos de los más osados de entre -ellos. Para desempeñar los oficios de _monatti_ y _apparitori_ no -se hallaban más que hombres en quienes el atractivo de la rapiña -y licencia tenía más poder que miedo al contagio y la repugnancia -natural. Se les habían prescrito estrechísimas reglas, intimado las -más severas penas, señalándoles sus puestos, sometiéndoles al mando -de comisarios, según ya hemos dicho, estando unos y otros sujetos -á la autoridad de los magistrados y nobles, con la facultad de -proveer sumariamente á todas las medidas de orden y buen gobierno -que reclamasen las circunstancias. Semejantes disposiciones tuvieron -efecto hasta cierto tiempo; pero creciendo todos los días el número -de muertos, la desolación, el espanto y el aislamiento, se vieron -libres de toda autoridad, faltando quien los tuviese á raya, haciéndose -principalmente los _monatti_ dueños y árbitros de todo. Entraban en -las casas como amos ó como enemigos, y sin hablar del pillaje y de -los malos tratamientos que hacían experimentar á los infelices que la -epidemia condenaba á caer bajo su férula, los malvados ponían sus manos -infestadas y criminales sobre las personas sanas, sobre los hijos, -padres y esposos, amenazándoles con llevarles al lazareto si no se -rescataban ó eran rescatados á fuerza de dinero. Otras veces ponían á -precio sus servicios, rehusando el llevarse los cadáveres en estado ya -de putrefacción si no se les daba tal ó cual suma. Dícese también, y -aun el mismo Dr. Tadino lo afirma, que dejaban caer á propósito de sus -carros los efectos infestados, con el objeto de propagar el contagio, -pues que para ellos era un manantial de riquezas y de regocijo. -Otros bribones, fingiéndose _monatti_, y atándose una campanilla á -los pies, según estaba prescrito como distintivo, y para advertir su -aproximación, se introducían en las casas y robaban á mansalva: en -algunas abiertas sin inquilinos, ó habitadas solamente por algunos -desdichados moribundos, los ladrones las saqueaban á discreción y sin -ninguna especie de temor; otras eran ocupadas é invadidas por esbirros, -los cuales hacían lo mismo, si no peor. - -Á la vez que la perversidad, creció la demencia; todos los errores, -ya más, ya menos dominantes, tomaron á causa del aturdimiento y de -la agitación de los ánimos una fuerza extraordinaria, produciendo -efectos más rápidos y más vastos; todo lo cual sirvió para dar fuerza -y engrandecer el miedo de las unturas consabidas, que según hemos -visto era otra maldad. La imagen de este supuesto peligro asediaba y -atormentaba los espíritus, mucho más que el peligro presente y real. -Además de los montones de cadáveres hacinados siempre á nuestra vista, -dice Ripamonti, los cuales obstruían el paso de los transeúntes, -convirtiendo á la ciudad entera en un vasto cementerio, había otra cosa -más funesta y horrorosa aún; ésta era la desconfianza recíproca, la -monstruosidad de las sospechas... No sólo huía uno de su vecino, de su -amigo y de su huésped, sino que los dulces nombres, los tiernos lazos -de esposo, padre, hijo, hermano, eran objeto de terror; ¡y cosa indigna -y horrible de expresarse!, la misma mesa de la familia, el lecho -nupcial, eran mirados como lazo ó como sitios destinados á ocultar la -ponzoña. - -Después de la ambición y concupiscencia, que fueron los primeros -motivos atribuidos á los envenenadores, llegó á creerse que éstos -encontraban en su modo de obrar cierta voluptuosidad diabólica, cierto -atractivo más poderoso que su voluntad. El delirio de los enfermos, -que se acusaban á sí mismos de lo que habían temido de parte de los -demás, se asemejaban á otras tantas revelaciones voluntarias; lo cual -contribuía para dar crédito á todo aquello. Y más que las palabras eran -las demostraciones las que debían conmover los ánimos, si acontecía -que los enfermos en su delirio hacían lo que en su imaginación se -figuraban que ejecutaban los envenenadores; circunstancia, por otra -parte, muy probable y propia para explicar la persuasión general y el -testimonio de muchos escritores. Así es que durante el largo tiempo -y triste periodo de las pesquisas judiciales tocante á la magia, las -confesiones algunas veces voluntarias de los acusados sirvieron no -poco para esparcir y mantener la opinión que reinaba con respecto á -los sortilegios; pues cuando una opinión obtiene un vasto y prolongado -imperio, se expresa de todos modos, prueba todas las salidas, recorre -todos los grados de la persuasión, y es difícil que todos ó una gran -parte crean por mucho tiempo que se haga una cosa extraña sin que venga -alguno el cual se imagine hacerla. - -Entre las anécdotas, á las cuales dió lugar ese delirio de los -envenenamientos, hay una que merece ser referida por el crédito que -adquirió y por el giro que tomó. Contábase, no por todos del mismo modo -(que sería un privilegio demasiado especial de la fábula), sino casi -unánimemente, que una persona, en tal día, había visto llegar á la -plaza de la catedral un carruaje tirado por seis caballos, y dentro de -él, entre otros que le acompañaban, se hallaba un gran personaje, cuyo -rostro aparecía sombrío y bronceado, sus ojos inflamados, erizados los -cabellos, y en sus labios dibujaba una expresión amenazadora. Mientras -que el espectador permanecía embobado mirando el expresado carruaje, -éste se había parado, y el cochero le invitó á subir, á lo cual no -supo negarse. Después de diversos rodeos, el carruaje se volvió á parar -á la puerta de cierto palacio, en el cual entraron todos, y el curioso -juntamente con ellos, viendo en su interior escenas deliciosas y al -propio tiempo de horror, espantosos desiertos y risueños jardines, -sombrías cavernas y magníficos salones: en uno de éstos, los hombres -fantasmas tomaron asiento y se pusieron á deliberar. Finalmente, le -habían enseñado grandes cajas llenas de dinero, diciéndole que tomase -cuanto quisiera, con tal que aceptase un frasquito del consabido unto, -y fuese á esparcirlo por la ciudad. Mas no habiendo querido consentir, -se había encontrado en un decir Jesús en el mismo sitio en donde había -subido al carruaje. Esta relación, generalmente creída por el pueblo, -y de la cual, según dice Ripamonti, muchos hombres de juicio no se -burlaron lo bastante, se extendió por toda Italia y también fuera de -ella. En Alemania se vieron láminas que representaban dicha paparrucha. -El arzobispo elector de Maguncia, escribió al cardenal Federico, -preguntándole qué había de cierto acerca de los hechos maravillosos que -se decía pasaban en Milán, á lo cual Federico contestó que no eran otra -cosa, que sueños de imaginaciones exaltadas. - -De igual valor, si no en un todo igual naturaleza, eran los sueños -de los hombres instruidos, si bien que sus efectos no eran menos -desastrosos. La mayor parte de ellos veían el anuncio y la causa -de aquellas calamidades en un cometa aparecido en 1628, y en una -conjunción de Saturno con Júpiter. Los mismos médicos que, como Tadino -y Settala habían desde un principio anunciado la peste, viéndola -introducirse por doquier, siguiendo su pista, y observando todos sus -progresos, concluyeron por ceder al torrente de la opinión general, -atribuyendo á envenenamientos, á conjuros diabólicos y á otras mil -patrañas, los accidentes ordinarios de la enfermedad. Entre las muchas -anécdotas que circulaban de boca en boca, se contaba como verídica -la siguiente: Diz que cierto día se introdujeron en la habitación -de un enfermo unas cuantas personas desconocidas, las cuales le -ofrecieron curarle y darle una gran remuneración si untaba las casas -circunvecinas; mas como aquél rehusase, dichas personas habían -desaparecido, quedando en su lugar un lobo debajo de la cama, y encima -tres gatos. - -Los magistrados, diezmados todos los días, aterrorizados y confusos, -empleaban la poca resolución que les quedaba en buscar los -envenenadores. Entre los escritos de aquella época que se conservan -en el archivo general de Milán, se encuentra una carta (sin ningún -documento que se refiera á ella), en la cual el gran canciller Antonio -Ferrer, informa seriamente, y con la mayor urgencia al gobernador, -de haber recibido un aviso, en que se le decía que en una casa de -campo, propia de los hermanos Gerónimo y julio Monti, nobles milaneses, -se componía veneno en tanta cantidad, que cuarenta hombres estaban -ocupados _en este ejercicio_[21], con la ayuda de cuatro caballos -de Brescia, los cuales hacían venir los materiales de Venecia _para -la fábrica de veneno_. Añade que él había tomado con sigilo las -disposiciones necesarias para mandar á la citada quinta al podestá -de Milán y al auditor de la junta de sanidad con treinta soldados de -caballería; que por desgracia uno de los hermanos había sido advertido -á tiempo para hacer desaparecer el cuerpo del delito, y probablemente -por medio del mismo auditor amigo suyo, y que éste buscaba excusas para -dar tiempo y no partir; pero que no obstante, el podestá, acompañado -de fuerza armada, había _ido á reconocer la casa para ver si hallaba -algunos vestigios_, como igualmente para tomar informes y prender á -todos aquellos que fuesen culpables. - -Los procesos á que dieron margen semejantes imposturas, no eran -ciertamente los primeros de este género, y no se pueden, con todo, -considerar como una rareza en la historia de la jurisprudencia. La -descripción que podríamos hacer de dicho proceso, sería larga y -dolorosa; mas éste no es lugar á propósito para tratar de ella con la -atención que merece, pues sería preciso escribir una historia aparte. -Por lo tanto, dejando á otros escritores el cuidado de hacerlo más -circunstanciadamente, volveremos, por último, á buscar á nuestros -personajes, para no abandonarlos ya más hasta el fin. - - - NOTAS: - -[18] P. Verri, en sus observaciones sobre la tortura. - -[19] En aquella época los llamaban en Milán _untori_, que literalmente -traducido, equivale á untadores, dándoles este nombre, porque según -decían, lo untaban todo con sustancias venenosas.--_Nota del T. E._ - -[20] Agustín Lampugnano. - -[21] Todas las palabras en itálicas en el original están en español, -pues ya sabemos que Antonio Ferrer lo era.--_Nota del T. E._ - - - - - CAPÍTULO DECIMOQUINTO - - -Una noche, á fines del mes de agosto, justamente cuando la peste se -hallaba en su mayor incremento en Milán, se dirigía D. Rodrigo á su -casa, acompañado de su fiel _Griso_, uno de los tres ó cuatro que -habían quedado vivos de toda su servidumbre. Volvía de una reunión de -amigos acostumbrados á juntarse para tratar de distraer por medio de -francachelas y comilonas la melancolía inherente á los calamitosos -tiempos que corrían; á cada día que trascorra, se les unían otros -nuevos, al paso que iban faltando de antiguos. Aquel día D. Rodrigo -estuvo sumamente alegre y festivo, y entre otras cosas había hecho reir -mucho á la sociedad con una especie de elogio fúnebre á la memoria del -conde Attilio, arrebatado por la peste dos días antes. - -Sin embargo, á medida que iba andando, sentía un malestar, un -abatimiento, una flojedad en las piernas, una dificultad en respirar, -un ardor interior, que hubiera querido atribuir únicamente al vino, -al continuo trasnochar, á la influencia de la estación. Durante todo -el camino no abrió la boca siquiera; y llegados á casa, la primera -palabra fué ordenar al _Griso_ que le alumbrase hasta su cámara. Cuando -estuvieron en ella, el _Griso_ observó que el semblante de su dueño -estaba desencajado, encendido, los ojos centelleantes y casi fuera -de sus órbitas. Conservábase á una distancia respetuosa, porque en -aquellas peligrosas circunstancias todo bribón se había visto obligado -á adquirir, según vulgarmente se dice, ojo médico. - ---¿Ves? estoy bueno, dijo D. Rodrigo, que leyó en el rostro del -_Griso_ el pensamiento que pasaba por su mente.--Me siento bien; pero -he bebido mucho, acaso demasiado. Ya se ve; la _vernaccia_[22] era -tan excelente... Mas durmiendo bien, todo desaparecerá. El sueño me -abruma... Quita esa luz que me ofusca la vista... ¡me incomoda tanto!... - ---Esto son los humos de la _vernaccia_, dijo el _Griso_, permaneciendo -siempre á cierta distancia. - -Conviene que su señoría se acueste pronto, pues el dormir le vendrá -perfectamente. - ---Tienes razón; si es que puedo dormir... Por lo demás, me siento -bien. Ponme aquí cerca esa campanilla, por si acaso esta noche -necesitase algo; y ten cuidado si la oyes sonar; ¿entiendes? Mas no -tendré necesidad de nada... Llévate pronto esa maldita luz, siguió -diciendo, mientras que el _Griso_ obedecía, acercándosele lo menos -posible.--¡Diablo! ¡que tenga que incomodarme tanto!... - -El _Griso_ cogió la bujía, y deseando á su señor una buena noche, salió -precipitadamente de la estancia, mientras que D. Rodrigo se ocultaba -bajo el cobertor de su lecho. - -Mas el citado cobertor pesaba sobre él como si fuese un monte. Lo -arrojó lejos de sí, y se acurrucó con el objeto de poder dormir, -porque efectivamente se moría de sueño. Apenas sus ojos se cerraban, -despertábase en extremo sobresaltado, como si alguno le hubiese dado -un fuerte golpe, sintiendo que se aumentaba su malestar y crecía su -insufrible ardor. Pensaba en el sofocante calor del estío, en la -_vernaccia_, en los excesos que cometía, habiendo querido encontrar en -todo esto, la causa de sus sufrimientos. Mas una idea venía á mezclarse -siempre involuntariamente á dichos pensamientos; una idea que se -introducía, por decirlo así, en todos los cerebros, que formaba parte -de todas las conversaciones y discursos que se tenían en aquellas -orgías, porque era más fácil hacer escarnio de ella que pasarla en -silencio; á saber, la peste. - -Después de haber luchado terriblemente consigo mismo por espacio de -largo tiempo, acabó por dormirse, y tuvo los sueños más confusos y -desordenados del mundo. Le pareció que se hallaba en medio de una -vasta iglesia, al frente de una inmensa muchedumbre. Ignoraba cómo se -encontraba en aquel paraje y cómo le había venido á la imaginación -semejante pensamiento, especialmente en aquellas circunstancias; -lo cual le enfurecía sobremanera. Paseaba sus miradas sobre los -circunstantes, no viendo más que semblantes descarnados, lívidos, -con ojos apagados ó extraviados, y los labios colgando. Los vestidos -de estas asquerosas criaturas se caían á pedazos, y al través de los -agujeros se divisaban horrorosos bubones y manchas sanguinolentas. -Figurábase que gritaba “Apartaos, canalla”; y dirigiendo su vista -hacia la puerta, que estaba sumamente lejos, y dando un grito con -aire amenazador, pero sin moverse, pegó todo lo posible sus brazos -al cuerpo para no rozar con nadie, aunque le tocaban ya bastante por -todas partes. Pero ninguno de aquellos insensatos daba señales de -moverse, ni de oirle; por el contrario, le tenían fuertemente oprimido, -pareciéndole además que alguno de ellos con el codo le apretaba en el -costado izquierdo junto al corazón y debajo del brazo, en cuyo sitio -experimentaba agudas y dolorosas punzadas. Movíase violentamente, hacía -inútiles esfuerzos para salir de tan penosa situación; mas de repente -parecíale que se sentía picado de nuevo en el mismo paraje. Furioso -quiere llevar la mano á la espada, y ve que se ha deslizado á lo largo -de su cuerpo, siendo el pomo lo que le oprime en aquel sitio, en el -cual va á buscar su espada que no encuentra, sintiendo en su lugar un -dolor todavía más agudo. Agitado y sin aliento quiere esforzarse á -gritar, cuando ve que todas aquellas figuras se precipitaban hacia un -solo lado. Lanza en la misma dirección su extraviada vista; descubre un -púlpito, apareciendo en él confusamente un objeto vago y movible; luego -ve elevarse una cabeza rapada, después dos ojos, una cara, una larga -y blanca barba, un fraile de pie con la mitad del cuerpo fuera del -púlpito; en una palabra, Fr. Cristóbal. Le parece á D. Rodrigo que el -capuchino, después de haber recorrido con la vista á todo el auditorio, -la fija sobre él, levantando al mismo tiempo la mano, juntamente -en la misma actitud que había tomado en una de las salas de su -palacio. Entonces él también alza la suya con furia, hace un esfuerzo -desesperado como para lanzarse á detener aquel brazo suspendido sobre -su cabeza: un gruñido sordo detenido en su garganta sale de repente -convertido en un alarido terrible, de cuyas resultas despierta. Deja -caer su brazo, que en efecto había levantado, tardando un buen rato en -recobrarse y abrir bien los ojos, porque la luz del día, ya bastante -avanzado, no le molestaba menos que la de la bujía de antes. Por último -reconoce su lecho, su cámara; comprende que todo aquello no había -sido más que un sueño; la iglesia, el pueblo, el fraile, todo había -desaparecido, á excepción del dolor en el costado izquierdo. Al propio -tiempo sentía en el corazón una palpitación violenta y agitada, un gran -zumbido en los oídos, un fuego interior que le consumía, y una pesadez -en todos los miembros mucho peor aún que cuando se había ido á acostar. -Vaciló un instante antes de mirar la parte donde tenía el dolor; -finalmente, la descubre, le arroja una pavorosa mirada, y distingue un -espantoso tumor de un lívido purpúreo. - -D. Rodrigo se vió perdido: el temor á la muerte se apoderó de él, -experimentándolo acaso mucho más al imaginar que podría llegar á -ser presa de los _monatti_, siendo llevado y lanzado al lazareto. -Buscando el modo de evitar esta horrible suerte, sentía que sus ideas -se oscurecían y turbaban, viendo aproximarse el momento en que no le -quedaría más recurso que entregarse á la desesperación. Luego cogió con -mano convulsa la campanilla, y la agitó violentamente. El _Griso_, que -estaba alerta, se presentó en seguida. Detúvose á cierta distancia del -lecho, miró atentamente á su señor, y se cercioró de lo mismo que la -noche antes no había pasado de una conjetura. - ---_¡Griso!_, dijo D. Rodrigo, sentándose en el lecho con mucho trabajo: -tú has sido siempre mi favorito. - ---Sí, señor. - ---Te he tratado bien siempre. - ---Ciertamente; por un efecto de vuestra gran bondad. - ---¡Me puedo, pues, fiar de ti!... - ---¡Diablo! - ---_Griso_, me siento malo. - ---Ya lo había conocido. - ---Si me pongo bueno, te trataré todavía mejor de lo que lo he hecho -hasta aquí. - -Nada contestó el _Griso_, y estuvo esperando adónde iría á parar con -tales preámbulos. - ---De nadie quiero fiarme más que de ti, continuó diciendo D. Rodrigo; -_Griso_, hazme un favor. - ---Mande su señoría. - ---¿Sabes dónde vive el cirujano Chiodo? - ---Perfectamente. - ---Es un excelente sujeto, que cuando se le paga bien oculta á los -atacados de la peste. Anda á buscarlo: dile que le daré cuatro, seis -escudos por visita, más, si quiere más; pero que venga pronto; y haz -la cosa de modo que nadie se aperciba de ello. - ---Muy bien pensado, dijo el _Griso_; voy y vuelvo al momento. - ---Oye, _Griso_, dame primero un poco de agua. Siento un ardor que no -puedo resistir más. - ---No señor: nada sin aviso del médico. Son enfermedades sumamente -prontas; por consiguiente, no hay tiempo que perder: tranquilícese su -señoría; en un decir Jesús estaré aquí con el Sr. Chiodo. - -Al concluir de pronunciar las anteriores palabras, salió cerrando la -puerta. - -D. Rodrigo, habiendo vuelto á acurrucarse en su lecho, lo seguía con -la imaginación á la casa de Chiodo; contaba los pasos, y calculaba -el tiempo. De vez en cuando miraba su tumor del costado izquierdo; -mas volvía en seguida la vista hacia otro lado con el mayor -estremecimiento. Al cabo de poco rato empezó á prestar atención, con -el objeto de ver si oía llegar al cirujano; y semejante esfuerzo de -atención suspendía el sentimiento del mal, y le dejaba libre el uso -de sus pensamientos. De repente oye un ruido lejano de campanillas, -que le parece más bien que viene del interior de su casa que no de la -calle. Escucha atentamente, y á cada instante lo percibe más fuerte, -más repetido, acompañado al mismo tiempo de un rumor de pisadas, con -cuyo motivo una horrible sospecha se le presenta de súbito á la -imaginación. Consigue incorporarse, y se sienta: se pone á escuchar -aún con más atención, y distingue claramente un ruido sordo en la -vecina estancia, como de una cosa pesada que depositan en el suelo con -precaución. Saca las piernas fuera del lecho en ademán de levantarse, -clava la vista en la puerta, la ve abrirse y aparecer por ella dos -viejos y sucios vestidos rojos, dos criaturas malditas; en una palabra, -dos _monatti_. Finalmente, divisa á medias la figura del _Griso_, el -cual permanece espiando, oculto detrás de una de las hojas de la puerta -que ha quedado entreabierta. - ---¡Ah, traidor infame!... ¡Fuera de aquí, vil canalla! ¡Blondino, -Carlotto!, ¡socorro, que me asesinan!, grita desaforadamente D. -Rodrigo: mete una mano debajo de la almohada para buscar una pistola, -la coge, trata de amartillarla, mas ya es tarde, porque á su primer -grito, los citados _monatti_ se habían precipitado hacia su lecho. El -más ágil se le echa encima antes de que pueda hacer ningún movimiento; -le arranca la pistola de la mano, arrójala lejos de sí, le fuerza á -volverse á acostar, y lo sujeta fuertemente exclamando con un acento -de rabia y de mofa á la vez: “¡Ah, bribón! ¡hacer armas contra los -_monatti_!, ¡contra los ministros de la junta de sanidad!, ¡contra los -que hacen tantas obras de misericordia!”. - ---Sujétalo bien, hasta que lo saquemos de aquí, dijo el compañero, -encaminándose hacia una grande arca que se hallaba en la misma -habitación. Después de esto entró el _Griso_ y le ayudó á forzar la -cerradura. - ---¡Malvados!, gritó D. Rodrigo con acento de desesperación, mirando -al _Griso_ por debajo del que le sujetaba, y forcejeando entre sus -nervudos brazos.--Dejadme matar á ese infame, decía en seguida á los -_monatti_, y después haced de mí lo que queráis. Luego volvía á llamar -con toda la fuerza de sus pulmones á los demás criados; mas era en -vano, porque el abominable _Griso_ los había alejado, con supuestas -órdenes del mismo amo, antes de ir á proponer á los expresados -_monatti_ dicha expedición, y dividir con ellos los despojos. - ---Tranquilizaos, tranquilizaos, decía al desventurado Rodrigo el bribón -que lo tenía tendido sobre el lecho; y volviéndole después hacia los -que saqueaban, les gritaba: haced las cosas como hombres de honor. - ---¡Tú, tú!, exclamaba con rabia D. Rodrigo, dirigiéndose al _Griso_, al -cual veía ocupado en destrozarlo todo, en sacar el dinero, los efectos -y hacer las particiones. ¡Tú!, ¡después!... ¡Ah, demonio infernal! -¡Todavía puedo curar!, sí; ¡puedo aún ponerme bueno! El _Griso_ no -resollaba siquiera, y con todo trataba de evitar todo lo posible -el dirigir la vista hacia el lado de donde partían las anteriores -palabras. - ---Tenlo firme, decía el otro _monatto_, porque está frenético. - -Efectivamente era así. Después de exhalar un gran grito, después de -hacer un último y más violento esfuerzo con el fin de recobrar su -libertad, cayó de repente fatigado é insensible; sin embargo, todavía -lanzaba miradas estúpidas, y de vez en cuando daba fuertes sacudidas ó -arrojaba débiles quejidos. - -Los _monatti_ le cogieron el uno por los pies y el otro por debajo de -los brazos, y fueron á colocarlo en una camilla que habían dejado en -la habitación inmediata; en seguida uno de ellos volvió para tomar el -botín, después de lo cual, cargando con la miserable carga, se alejaron. - -El _Griso_ se quedó con el objeto de escoger lo que le pudiese ser de -más utilidad; hizo un fardo de todo ello y tomó la puerta. Á pesar -de haber tenido mucho cuidado de no tocar á los _monatti_, ni de ser -tocado por ellos, con todo, en medio del frenesí por robar que se había -apoderado de él, cogió del lado del lecho los vestidos de su amo, y los -sacudió sin reflexionar nada, con el ansia de ver si tenían dinero. -Esto tuvo no obstante el día siguiente sus consecuencias. En efecto, -mientras estaba divirtiéndose en una taberna, se sintió sobrecogido de -terribles calofríos, sus ojos se oscurecieron, le faltaron las fuerzas -y cayó desplomado. Abandonado por sus compañeros, fué á parar en manos -de los _monatti_ los cuales, habiéndole despojado de todo lo bueno que -llevaba, le echaron sobre un carro, en el cual expiró, antes de llegar -al lazareto donde había sido conducido su amo. - -Dejando ahora á este desgraciado en aquella mansión de dolores, iremos -en busca de otro, cuya historia nada hubiera tenido de común con la -suya, si él á la fuerza no lo hubiese querido; pudiéndose también -asegurar, que á no ser así, nada tendríamos al presente que decir ni -del uno ni del otro. Queremos hablar de Renzo, de este joven á quien -dejamos en una nueva fábrica bajo el nombre de Antonio Rivolta. - -Permaneció en dicha fábrica por espacio de cinco ó seis meses, pasados -los cuales, habiéndose enemistado la república y el rey de España, -y cesando, por consiguiente, todo temor para él, Bartolo se había -apresurado á ir á buscarle para tenerle consigo, ya por el cariño que -le profesaba, ya porque Renzo, naturalmente despejado y muy hábil en el -oficio, era en una fábrica un poderoso auxiliar para el _fac totum_, -sin poder jamás aspirar á serlo él mismo, á causa de la desgracia de -no saber manejar la pluma. Así como esta razón se había tenido en -cuenta, nosotros hemos creído deber indicarla también. Acaso querríais -un Bartolo más ideal; no puedo decir más que una cosa: fabricadlo; el -nuestro era ni más ni menos, según os lo he presentado. - -Después de lo que va referido, Renzo había continuado trabajando al -lado de su primo. Con frecuencia, y especialmente luego de haber -recibido algunas de las consabidas cartas de Inés, le pasó por la -imaginación el hacerse soldado y concluir de una vez: ocasiones no -faltaban, pues justamente en aquella época la república tenía necesidad -de gente. La tentación fué para Renzo tanto más fuerte, cuanto que se -hablaba de invadir el milanesado, y naturalmente le parecía magnífico -el volver á su casa con ínfulas de vencedor, ver á Lucía y tener con -ella una explicación. Pero Bartolo, con buenas razones, había sabido -apartarlo siempre de semejante resolución. - ---Si ellos han de ir, del mismo modo irán sin ti, y después tú podrás -encaminarte allá á tu gusto; si vuelven con la cabeza rota, ¿no habrá -sido mejor el que te hayas quedado en casa? No faltarán desesperados -que quieran ir á tal expedición, y antes que puedan poner los pies... -Por lo que á mí hace, soy muy incrédulo: aquí se vocifera mucho; mas -ya, ya, el milanesado no es un bocado tan fácil de tragar. Se trata de -la España, hijo mío: ¿sabes lo que es la España? S. Marcos es fuerte -dentro de su territorio, pero esto no basta. Ten paciencia: ¿por -ventura no estás bien aquí?... Comprendo lo que me quieres decir; pero -si está escrito arriba que suceda, puedes estar seguro que sin hacer -locuras, saldrá mejor: algún santo te ayudará. Así, pues, créeme, -éste no es tu oficio. ¿Te parece que convenga dejar de -encanillar seda para ir á matar? ¿Qué quieres tú hacer entre gente de -semejante ralea? Para esto se necesitan hombres á propósito. - -Otras veces Renzo quería ir de oculto, disfrazado, y con nombre -supuesto; pero Bartolo supo también disuadirle por medio de razones -fáciles de adivinar. - -Esparcida después la peste en el milanesado, y llegando hasta las -fronteras del territorio de Bérgamo, no tardó mucho en invadirlo, -y... no os alarméis, lectores míos; no creáis que vaya á haceros otra -descripción del contagio que sufrió este último país; nada de eso; el -que quiera informarse podrá leer la obra escrita por un cierto Lorenzo -Chirardelli, y en ella hallará todas cuantas noticias desee; yo sólo -diré que Renzo fué también acometido de la epidemia; que se curó él -mismo; ó mejor dicho, nada hizo para ello; estuvo á las puertas del -sepulcro; pero gracias á su fuerte constitución, venció al mal, y al -cabo de pocos días se halló fuera de peligro. Al recobrar la salud, los -cuidados, los deseos, las esperanzas, los recuerdos y los proyectos de -su vida, resucitaron con más fuerza y vigor que nunca; ó lo que es lo -mismo, todos sus pensamientos se concentraron en Lucía. ¿Qué habría -sido de ella en aquellos calamitosos tiempos, en que el vivir era una -excepción? ¡Hallarse tan próximo y no poder tener noticias suyas! -¡Permanecer, Dios sabe cuánto, en tal incertidumbre! ¡Y aun después de -disipada ésta, cuando hubiese cesado todo peligro, sabiendo que Lucía -había sobrevivido, ¡cómo descifrar aquel otro enigma, aquel misterio -impenetrable del consabido voto! ‟Yo mismo iré á enterarme de todo á la -vez, se decía interiormente antes de encontrarse en estado de poder -gobernarse por sí mismo. ¡Con tal que todavía viva! Por lo que hace á -encontrarla, yo lo conseguiré; oiré cómo me explica ella misma á lo -que se reduce la tal promesa; le haré comprender que es un absurdo; un -imposible, y me la traeré aquí, juntamente con la pobre Inés, si es -que aún vive; ¡Inés, la cual tanto me ha querido siempre, y que estoy -muy seguro me quiere todavía!... ¿Y la orden de prisión? ¡Bah!, en -otras cosas tienen que pensar los que han quedado con vida; aun aquí -veo pasearse con la mayor tranquilidad á algunos que... ¿Por ventura -serán sólo los bribones los que tengan salvoconducto? ¡Y en Milán, en -donde todo el mundo dice que no hay más que confusión y desorden! ¡Si -dejo escapar una ocasión tan hermosa! ¡La peste! ¡Mirad cómo algunas -veces nos hace emplear las palabras ese feliz instinto de referirlo y -subordinarlo todo á nosotros mismos! ¡Ciertamente, no encontraré mejor -coyuntura! Es necesario esperar, mi querido Renzo”. - -Cuando apenas pudo manejarse por sí solo, fué en busca de Bartolo, el -cual hasta entonces había podido librarse del contagio, y permanecía -encerrado en su casa. Renzo no entró en ella, sino que llamando á su -primo desde la calle, hizo que se asomara á la ventana. - ---¡Ah! ¡ah! exclamó Bartolo; ¿te has librado? ¡Cuán feliz eres! - ---Tengo todavía un poco de debilidad en las piernas, según ves; mas en -cuanto al peligro, ya estoy fuera de él. - ---¡Oh! ¡yo quisiera hallarme como tú! En otro tiempo, el pronunciar -estas palabras, estoy bueno, parecía abarcarlo todo; pero ahora de -nada sirve. Cuando se puede llegar á decir: estoy mejor; ¡he aquí á la -verdad una bella palabra! - -Habiendo Renzo felicitado á su primo por haber escapado hasta allí -de la peste, y haciendo de esto buenos pronósticos, le comunicó la -resolución que había tomado. - ---Lo que es ahora, ve; que el cielo te bendiga, respondió Bartolo; -procura esquivar la justicia del mismo modo que yo trataré de esquivar -el contagio; y si Dios quiere que á los dos nos vaya bien, pronto -volveremos á vernos. - ---¡Oh! seguramente volveré; ¡y si pudiese no dar la vuelta solo! Basta, -así lo espero. - ---Vuelve pues acompañado, que si Dios quiere, aquí habrá trabajo -para todos, y viviremos juntos en buena paz y armonía. Permita el -cielo que me encuentres vivo y sano, y que haya cesado ese diablo de -influencia[23]. - ---Volveremos á vernos, sí, estoy seguro de ello. - ---Repito de nuevo, ¡que Dios lo quiera! - -Durante algunos días Renzo se ocupó en hacer ejercicio, tanto para -probar sus fuerzas, cuanto para aumentarlas, y apenas le pareció que -se hallaba en estado de soportar las fatigas del viaje, se dispuso -á emprender el camino. Ciñóse bajo de sus vestidos un cinto, dentro -del cual puso los consabidos cincuenta escudos, á los que nunca había -tocado ni hecho conversación con nadie, ni aun con su primo Bartolo; -en seguida tomó algún dinerillo suelto que había ido ahorrando día par -día, viviendo con la más estricta economía; colocó debajo del brazo un -pequeño lío de ropa; metió en su cartera un certificado bajo el nombre -de Antonio Rivolta que por precaución se había hecho dar por su segundo -amo; puso en una de las faltriqueras de sus calzones un cuchillo, que -era lo menos que un hombre honrado podía llevar en aquellos tiempos, y -emprendió el viaje á últimos del mes de agosto, tres días después que -D. Rodrigo había sido conducido al lazareto. Se encaminó hacia Lecco, -porque quería antes de aventurarse á entrar en Milán, pasar por su -pueblo, en el cual esperaba hallar á Inés viva, y empezar á saber de -ella algo de lo que tanto deseaba. - - -El pequeño número de los que habían curado de la peste era -verdaderamente una clase privilegiada en medio del resto de la -población. Una gran parte de esta última estaba enferma ó expiraba, y -los que hasta entonces habían sido respetados por el contagio, vivían -en un continuo sobresalto. Andaban con precaución, con aire inquieto, -con precipitación y perplejidad á la vez, porque todo podía volverse -contra ellos, armas cuyas heridas fuesen mortales. Otros al contrario, -seguros ya por haber pasado la enfermedad (pues el tener dos veces la -peste era un caso más bien prodigioso que raro) discurrían impávidos -por medio del contagio general con la mayor osadía y resolución, á la -manera de los paladines de la edad media, cubiertos de hierro de pies á -cabeza, y montados en fogosos corceles defendidos del mismo modo que -sus dueños, daban vueltas por el mundo llevando una vida aventurera -(de donde provino su gloriosa denominación de caballeros andantes) -entre una infeliz multitud pedestre de aldeanos y gente pobre, los -cuales para rechazar los golpes no tenían más defensa que sus vestidos. -¡Magnífica, sabia y útil profesión! ¡Profesión digna de figurar en -primera línea en un tratado de economía política! - -Con una tal seguridad, templada sin embargo por las inquietudes que -el lector no ignora, como igualmente por el espectáculo frecuente y -la idea incesante de la calamidad de todo un pueblo, Renzo se dirigía -hacia su casita, en medio de un hermoso día y al través de un hermoso -país; mas no encontraba después de haber andado largo trecho en medio -de una inmensa y triste soledad, sino alguna que otra cosa errante, más -bien que seres vivientes ó cadáveres conducidos á su última morada, -sin los honores de las exequias, sin cantos fúnebres, sin el menor -acompañamiento. - -Al llegar el sol á la mitad de su carrera, el joven se detuvo en -un bosquecillo con el objeto de comer un poco de pan y alguna otra -friolera que traía consigo. Si quería fruta, tenía á su disposición -toda cuanta quería, pues el país que atravesaba producía en abundancia -higos, albérchigos, ciruelas y manzanas á montones; bastaba que entrase -en los campos y alargase la mano para alcanzarla, ó que la recogiera -debajo de los mismos árboles, en donde estaba amontonada; porque el año -era extraordinariamente abundante de fruta con especialidad, y no había -nadie que se tomase el cuidado de guardarla. Los grandes racimos de -uvas escondían, por decirlo así, los pámpanos, y quedaban á merced de -los viajeros. - -Por último, al anochecer descubrió su pueblo. Á su vista, con todo de -estar preparado, sintió latir su corazón; se vió asaltado en un momento -por un tropel de penosos recuerdos y de presentimientos dolorosos; -parecíale tener aún, en los oídos, aquellos siniestros tañidos de -la campana que tocaba á rebato, que le habían, como si dijéramos -acompañado, perseguido en su fuga fuera de su pueblo; y percibía, -permítasenos la expresión, el prolongado silencio de la muerte que -moraba en tan tristes lugares. Al desembocar en la plazuela de la -iglesia, experimentó una turbación mucho mayor, esperando que sería -peor al llegar al término de su viaje, porque había formado el proyecto -de detenerse en aquella casita que tantas veces en otro tiempo solía -llamar la casa de Lucía. Al presente, no podía ser más que de Inés, y -la única gracia que imploraba al cielo, era encontrarla viva y sana. En -dicha casa se proponía pedir un asilo, conjeturando perfectamente que -la suya sólo serviría de madriguera á los ratones y comadrejas. - -No queriendo que le viesen, se dirigió por un estrecho sendero que se -hallaba en las afueras del pueblo, el mismo por el cual había entrado -tan bien acompañado en aquella fatal noche de su fuga y sorpresa del -cura. Á la mitad poco más ó menos del expresado sendero, se encontraba -por un lado la viña y por el otro la casita de Renzo; por lo cual, al -pasar, podía penetrar en ambas un momento, con el fin de ver en qué -estado se hallaban sus negocios. - -Mientras proseguía su marcha, miraba delante de sí, deseando y temiendo -al propio tiempo el ver á alguno. En efecto, á los pocos pasos que hubo -dado, divisó á un hombre en camisa, sentado en el suelo y apoyadas -las espaldas contra un seto formado de jazmines, con el aire de un -insensato: en esto, y además en la fisonomía, creyó reconocer á -Gervasio, el pobre tonto que había ido como de segundo testigo á su -malograda expedición; pero en seguida, acercándose más, vió que era -aquel Tonio tan vivo que le había acompañado. La peste, arrebatándole -el vigor del cuerpo á la vez que el del entendimiento, lo había -desfigurado completamente, y dádole en todas sus facciones y ademanes -una pequeña y oculta semejanza con su imbécil hermano. - ---¡Oh, Tonio!, exclamó Renzo parándose delante de él; ¿eres tú? - -Tonio alzó los ojos, sin hacer el más leve movimiento de cabeza. - ---¡Tonio!, ¿no me conoces? - ---Á quién le toca, á quién le toca, respondió Tonio, quedándose con la -boca abierta. - ---¿Ya la tienes encima, eh?, ¡pobre Tonio!; ¿pero no me conoces? - ---Á quién le toca, á quién le toca, volvió á repetir éste, -prorrumpiendo en una estúpida carcajada. - -Viendo Renzo que nada podía sacar en limpio, continuó su camino mucho -más contristado. Mas he aquí que de repente divisó por una de las -revueltas del sendero que se iba acercando cierta cosa negra, en la -cual reconoció en seguida á D. Abundio. Éste caminaba á pasos lentos, -apoyándose sobre un bastón, como aquel á quien cuesta gran trabajo -andar: á medida que se iba aproximando, se podía fácilmente conocer -por su rostro pálido y demacrado, como también en todo su aspecto, que -debía haber pasado igualmente la borrasca. D. Abundio miraba con la -mayor atención; le parecía y no le parecía Renzo; veía algo de extraño -en su vestido, pues era justamente el de los habitantes de Bérgamo. - -“¡No hay duda; es él!”, dijo para sí; y alzó las manos al cielo con un -movimiento de admiración descontenta, quedando suspendido en el aire el -bastón que empuñaba su diestra, viéndose bailar dentro de las mangas -sus pobres brazos, que en otro tiempo estaban tan oprimidos. Renzo, -acelerando el paso, le fué al encuentro y le saludó cortésmente; pues -aunque entrambos había mediado lo que ya sabemos, era siempre, con -todo, su párroco. - ---¡Vos aquí!, exclamó D. Abundio. - ---Ciertamente, ya lo veis. ¿Se sabe algo de Lucía? - ---¿Qué queréis que se sepa? Nada absolutamente. Si vive, debe hallarse -en Milán; pero vos... - ---¿E Inés, ha sobrevivido? - ---Puede ser; mas, ¿quién queréis que lo sepa? Aquí no está; pero vos... - ---¿Pues en dónde se halla? - ---Se ha retirado á la Valsassina, al lado de sus parientes, los cuales -dicen que la peste no hace tantos estragos como aquí; ¿comprendéis? -Pero vos, vuelvo á repetir... - ---Esto me contraría mucho. ¿Y el padre Cristóbal?... - ---Hace ya algún tiempo que marchó. Mas... - ---Lo sé; me lo han escrito; sólo preguntaba si por casualidad había -vuelto por aquí. - ---¡Ah!, nada de eso; no se ha oído hablar más de él; pero... - ---Esto también me disgusta. - ---Pero vos, repito, ¿qué venís á hacer aquí? ¡Por el amor del cielo! -¿Ignoráis, por ventura, la orden de prisión?... - ---¿Qué me importa? Ahora tienen otras cosas en qué pensar. He querido -venir á ver por mí mismo mis negocios; y no se sabe justamente... - ---¿Qué queréis ver? Al presente no hay aquí nadie, ni nada; y como -iba diciendo, con la consabida orden de prisión, venir al pueblo, -justamente á ponerse dentro de la boca del lobo; ¿es esto tener juicio? -Atended á las reflexiones de un anciano que posee más experiencia que -vos, y que os habla por el afecto que os profesa: abandonad el campo, -y antes de que nadie os vea volved adonde estabais; y si por desgracia -os han visto, marchad cuanto antes con mucho más motivo. ¿Os parece que -pueden conveniros los aires que aquí se respiran? ¿No sabéis que han -venido á buscaros, que lo han revuelto todo de arriba abajo por dar con -vos?... - ---¡Bribones!, ¡demasiado lo sé! - ---Pues entonces... - ---Os digo que no se piensa en semejante cosa. ¿Y él, vive todavía?, -¿permanece aquí? - ---Repito que no hay nadie; repito que no penséis en las cosas de aquí; -repito que... - ---Lo que pregunto es si él está aquí. - ---¡Oh, Dios mío! Hablad de otra cosa: es posible que estéis todavía tan -fogoso, después de tantas aventuras! - ---¿Se halla aquí ó no? - ---No, vamos. Pero, ¡la peste, hijo mío, la peste! ¿Quién es el que se -atreve á andar en estos tiempos? - ---Si no hubiese más que la peste en el mundo... lo digo por mí; la he -tenido, y ya nada temo. - ---¡Pues entonces!, ¿acaso no es esto un aviso del cielo? Cuando uno ha -escapado de un peligro de semejante especie, me parece que deberían -tributarse gracias á Dios, y... - ---Yo le doy gracias con todo mi corazón. - ---Pues creedme, no vayáis á buscarla otra vez; escuchad mis consejos... - ---Señor cura, si no me engaño, vos también la habéis tenido. - ---¡Sí, la he tenido!, terrible, espantosa; vivo de milagro; basta decir -que me ha dejado de la manera que veis. Al presente necesito un poco -de tranquilidad para reponerme; empezaba á sentirme ya mejor... ¡En -nombre!... ¿qué venís á hacer aquí? Volveos. - ---Siempre con lo mismo: volverme; para esto hubiera valido más no -haberme movido de donde estaba. Decís: ¿á qué habéis venido?, ¿á qué -habéis venido?, y yo os respondo: vengo á mi casa. - ---¡Á vuestra casa!... - ---Decidme: ¿ha habido muchos muertos aquí? - ---¡Ah, ah!, exclamó D. Abundio; y empezando por Perpetua, hizo una -larga enumeración de personas y familias enteras. Renzo esperaba ya -una cosa parecida; pero al oir tantos nombres de personas conocidas, -de amigos, de parientes, se hallaba sobrecogido del más intenso dolor, -y con la cabeza baja exclamaba de cuando en cuando: “¡Pobrecito! -¡pobrecita! ¡pobrecitos!” - ---Ya lo veis, prosiguió D. Abundio; y todavía no se ha concluido. Si -los que quedan no tienen un poco de juicio, y no calman la exaltación -de sus cerebros, esto va á ser el fin del mundo. - ---En efecto, yo no pienso en detenerme aquí un momento más. - ---¡Ah! ¡Dios sea loado! ¡por fin habéis entrado ya en razón! ¡Supongo -pues que volveréis al territorio de Bérgamo! - ---Esto poco os importa. - ---¡Cómo! ¿querríais acaso hacerme una jugarreta peor que la pasada? - ---Repito que poco os importa lo que pienso hacer; esto me pertenece -exclusivamente: ya no soy un niño; por consiguiente, tengo suficiente -juicio para obrar según me convenga. Espero además que no diréis á -nadie que me habéis visto. Sois sacerdote; yo uno de vuestras ovejas; -por lo tanto confío en que no me querréis hacer traición. - ---Comprendo, dijo D. Abundio suspirando con ademán -colérico,--comprendo: queréis perderos y perderme; ¿no os basta lo -que habéis sufrido, y yo también? ¡Comprendo, comprendo! Dichas las -anteriores palabras, D. Abundio siguió refunfuñando entre dientes y -continuó su camino. - -Renzo permaneció triste y descontento, pensando en dónde podría -encontrar un asilo; en aquella fatal enumeración de muertes que le -había hecho D. Abundio, se hallaba una familia arrebatada por la -epidemia, á excepción de un joven, poco más ó menos de la edad de -Renzo, y compañero suyo desde la infancia. La casa en donde habitaba -estaba situada á poca distancia del pueblo, por lo cual pensó -encaminarse á ella con el fin de pedir hospitalidad. - -Habiéndose puesto en marcha, llegó cerca de su viña, y antes de entrar -pudo juzgar acerca de su deplorable estado. Los árboles, el verdor -que había dejado, no sobresalían de la cerca; si algo se veía eran -cosas poco gratas, sobrevenidas durante su ausencia. Se presentó á la -abertura de la expresada cerca (pues de puerta ni aun señales había), -y lanzó una ojeada á todo alrededor. ¡Pobre viña! Por espacio de dos -inviernos consecutivos, las gentes del pueblo habían ido á cortar leña, -á la propiedad del infeliz muchacho, como ellos decían. Las cepas, -las moreras, los árboles frutales de todas clases, veíanse arrancados -ó pisoteados. Distinguíanse también algunos vestigios del antiguo -cultivo: tiernas ramas, jóvenes retoños de higueras, albérchigos y -ciruelos, se veían esparcidos por todas partes, y mezclados al través -de una espesa y nueva verdura que no debía su nacimiento á la mano -del hombre; la ortiga, el helecho, la cizaña, la grama, la bellesca, -el amaranto, la achicoria y acederas crecían entre otra innumerable -porción de plantas semejantes, á las cuales la gente del campo de cada -país forma una clase á su modo, y les da la nominación de malas yerbas. -Troncos de diversas magnitudes se empujaban y trataban de adelantarse -unos á otros, apretándose en la tierra, y disputándose por último un -sitio por doquier. Aquello era una vasta y confusa mezcla de hojas, de -flores, de frutos de mil colores, de mil formas y tamaños; racimos de -uvas, mazorcas de maíz, espiguillas y florecitas blancas, encarnadas, -amarillas y azules. Algunas plantas más vistosas, más aparentes, pero -que no valían mucho más, se destacaban del fondo de todas aquellas -vulgares; en primer lugar, distinguíase la zarzamora con sus largas -ramas de color rojo, con sus pomposas hojas de un verde oscuro, algunas -de ellas matizadas en sus extremidades de un color de púrpura, con sus -pequeños racimos sumamente agrupados, sostenidos por el pie con una -especie de ramitas violadas, luego verdes, y en la punta guarnecidas -de flores blanquizcas; en segundo lugar, el tejo tan común, con sus -grandes hojas lanudas y colgantes, dirigida su cima al cielo, y -sus largas espigas esparcidas y formando estrellas de flores de un -amarillo brillante; multitud de cardos con sus erizadas púas, hojas, -cálices de donde salían mazorcas de blancas y purpúreas flores, las -cuales se deshacían azotadas por la suave brisa que se las llevaba á -manera de plateadas y ligeras plumas. Aquí una prolongada guirnalda -de alboholes, entrelazada á los nuevos retoños de un moral, los había -con sus ondulantes hojas, meciéndose en graciosos festones sobre su -copa, y ostentando sus blancas y sedosas campanillas: allá un cítiso -con sus encarnadas bayas se había unido á las nuevas cepas de una viña, -la cual después de haber buscado inútilmente un apoyo más sólido, -había enlazado á su vez sus vides á aquél, y mezclando sus débiles -extremidades se arrastraban uno en pos de otro, á semejanza de los que -se sienten sin fuerzas y se apoyan mutuamente. Todo se veía cubierto -de hiedra, la cual discurría de una planta á otra, trepaba, volvía -á deshacer lo andado, replegaba sus ramas ó las extendía, según los -obstáculos ó apoyos que encontraba, y habiendo atravesado el mismo -dintel de la puerta, parecía que se había colocado en dicho sitio para -disputar la entrada aun al propio dueño. - -Mas éste ni siquiera pensó entrar en semejante viña, y acaso no estuvo -tanto tiempo mirándola, como nosotros hemos tardado en describirla. -Separó su vista de tan doloroso espectáculo: su casa, estaba á muy -poca distancia; atravesó el huerto, hundiéndose hasta la rodilla en -la yerba, de la cual se veía cubierto del mismo modo que la viña. Puso -el pie en el pavimento de una de las habitaciones que eran bajas: al -ruido de sus pisadas, á su sola aproximación, multitud de enormes -ratas espantadas huyeron en desorden y corrieron á esconderse en un -inmenso montón de inmundicias que cubría todo el suelo: aquello era -todavía el lecho de los lasquenetes. Echó una ojeada á las paredes; -viólas descascaradas, sucias, ahumadas: alzó los ojos al techo: largas -tramas de telarañas colgaban por todas partes. Esto era lo único que -allí había. Separóse también de aquel lugar de desolación, con las -manos puestas en la cabeza; volvió atrás repasando el sendero que él -mismo había hecho momentos antes; á pocos pasos tomó un pequeño camino -hacia la izquierda, que se dirigía al campo; y sin ver ni oir á alma -viviente, llegó cerca de la casita, en donde había resuelto pedir un -asilo. La noche comenzaba á cubrir la tierra con su lúgubre y negro -manto. El amigo de que ya hemos hablado, estaba sentado en el umbral -de la puerta, en un banco de madera con los brazos cruzados sobre el -pecho, los ojos fijos y levantados al cielo, como un hombre abrumado -por las desgracias é irritado por la soledad. Al oir ruido de pasos, -vuelve la cabeza, con el fin de ver quién se acercaba; y como la -oscuridad y el follaje no le permitían distinguir bien los objetos, -exclamó en alta voz, poniéndose en pie y alzando ambas manos: “¿No se -encuentra, por ventura, otro más á propósito que yo? ¿Acaso no he hecho -ayer bastante? Dejadme descansar un poco; esto será también una obra de -misericordia”. - -Renzo, ignorando lo que dichas palabras querían significar, le -respondió llamándole por su nombre. - ---¡Renzo!... dijo aquél prorrumpiendo en una exclamación y preguntando -á la vez. - ---El mismo, contestó Renzo; y corrieron el uno al encuentro del otro. - ---¿Conque eres tú?, dijo el amigo cuando estuvieron cerca: ¡Oh, qué -placer experimento al verte! ¡Quién se lo había de imaginar! Al -principio te había tomado por Paulin el sepulturero, que viene siempre -á atormentarme para que vaya á ayudarle á enterrar. ¿Sabes que he -quedado solo? ¡Solo, solo como un ermitaño! - ---Demasiado lo sé, dijo Renzo; y estrechamente abrazados, cambiando -y mezclando sin orden ni concierto preguntas y respuestas, entraron -juntos en la casita. Una vez dentro, sin interrumpir su conversación, -el amigo trató de hacer los honores á Renzo, según lo permitían las -circunstancias y la perentoriedad del tiempo. Puso agua á calentar, -y empezó á hacer la _polenta_; mas en seguida pasó á manos de Renzo -la caldereta para que meneara su contenido, y se fué diciendo: “¡He -quedado solo, absolutamente solo!”. - -Al breve rato volvió con una pequeña vasija llena de leche, un poco de -carne salada y algunas frutas secas. Habiéndolo colocado todo en la -mesa, como igualmente habiendo vaciado la _polenta_ en una especie de -cazuela, se sentaron, dándose gracias mutuamente, el uno por la visita, -y el otro por una acogida tan benévola y amistosa; y después de una -ausencia de cerca de dos años, se encontraban de repente más amigos de -lo que jamás habían sido cuando se veían casi todos los días. - -Ciertamente, nadie podía ocupar en el corazón de Renzo el lugar de -Inés ni consolarlo de aquella ausencia, no sólo á causa del antiguo -y particular afecto que ella le tenía, sino porque también entre -las cosas que ansiaba descifrar, había una de la cual únicamente la -misma Inés tenía la clave. Permaneció un momento indeciso pensando si -continuaría su viaje ó se dirigiría en busca de Inés, ya que se hallaba -cerca; pero considerando que ésta nada sabría tocante á la salud de -Lucía, adoptó su primera idea de ir directamente á salir de dudas, oir -el fallo de su misma boca, y en seguida llevar las noticias adquiridas -á la madre. Sin embargo, por su amigo supo muchas cosas que ignoraba; -aclaró otras de las que estaba poco enterado, como por ejemplo, sobre -las aventuras de Lucía, persecuciones que había sufrido, y cómo D. -Rodrigo se había marchado, como suele decirse, con el rabo entre -piernas, no habiendo vuelto á aparecer más. Supo también (y esto no -era cosa de poca importancia para Renzo) pronunciar perfectamente el -nombre de D. Ferrante: es verdad que Inés se lo había participado por -medio de su secretario; pero sólo el cielo sabe cómo se lo escribió; -y el intérprete de Bérgamo, al leer la carta le había dado un sentido -tal, que si hubiera ido con semejante explicación á Milán en busca -de la casa, probablemente no habría encontrado á nadie que pudiese -adivinar lo que quería decir; y con todo, éste era el único hilo que -poseía, y que le pudiese guiar para ir al encuentro de Lucía. Tocante -á la justicia, pudo confirmarse más y más en la idea de que el peligro -estaba muy lejano, para que le inspirase cuidado alguno: el señor -podestá había muerto de la peste; ¡quién sabe cuándo lo reemplazarían! -Los esbirros se habían marchado casi todos, y los que quedaban tenían -otras cosas en que pensar que en asuntos antiguos. - -Él contó á su vez sus aventuras, oyendo en cambio de boca de su amigo -cien anécdotas acerca del paso del ejército invasor, de la peste, de -los envenenadores y de los demás prodigios. “Son cosas espantosas”, -dijo el amigo á Renzo, acompañándole á una pequeña estancia que la -epidemia había dejado desocupada; “cosas que jamás hubiera creído ver, -capaces de quitarle á uno la alegría para siempre; mas sin embargo, -esto de encontrarse con amigos, y poder tener con ellos un rato de -conversación, es un gran consuelo”. - -Al amanecer estaban ya ambos levantados: Renzo dispuesto á ponerse en -marcha, con su cinto oculto debajo de la ropilla, y el cuchillo en la -faltriquera de los calzones, para andar más desembarazado, dejó en -depósito á su amigo el pequeño fardo que traía. “Si me va bien, le -dijo, si la encuentro viva, si... vamos, yo volveré; correré á Pasturo -á participar tan feliz noticia á la pobre Inés, y luego, y luego... -Pero si por desgracia, si por una fatalidad que Dios no permita... -entonces, no sé lo que haré, ni adónde iré; lo que puedo decir es, -que por este lado no me veréis nunca más”. Y así hablando de pie en -el umbral de la puerta, con la cabeza levantada, contemplaba con una -mezcla de ternura y pesadumbre la primera luz del día que alumbraba -el lugar de su nacimiento, que tanto tiempo hacía que no había visto. -Su amigo le animó, diciéndole, según se acostumbra, que todo saldría -á medida de su deseo; quiso que llevase algunas provisiones para el -camino, acompañándole largo trecho y deseándole un feliz viaje. - -Renzo continuó su marcha con tranquilidad y sin acelerarse, porque le -bastaba llegar aquel día cerca de Milán, para entrar al siguiente muy -temprano y empezar al instante sus pesquisas. Ningún accidente ocurrió -en su viaje, nada aconteció que distrajera á Renzo de sus pensamientos, -á no ser las miserias y aflicciones acostumbradas en aquellas penosas -circunstancias. Según había hecho el día anterior, se detuvo á su -tiempo en un bosquecillo, con el objeto de tomar un bocado y descansar -un poco. Al pasar por Monza, delante de una tienda abierta en donde -había panes de muestra, pidió dos para no quedar desprovisto por lo que -pudiese ocurrir. El tendero le previno que no entrase, y le alargó en -una pequeña pala una cazuelita llena de agua y vinagre, diciéndole que -arrojase en ella el dinero; verificado esto, hizo pasar á sus manos, -por medio de una especie de tenazas, los dos panes, que Renzo metió uno -en cada faltriquera. - -Á la caída de la tarde llegó á Greco, ignorando, sin embargo, el -nombre; pero con el pequeño recuerdo que conservaba de los lugares por -donde había pasado anteriormente, y calculando el camino hecho después -por Monza, sacó en consecuencia que debía estar cerca de la ciudad. -Abandonó el camino real, dirigiéndose á través de los campos en busca -de alguna choza en donde pasar la noche, pues no quería meterse en -ninguna posada. Encontró más de lo que buscaba; divisó una abertura -en medio de una cerca que rodeaba el corral de una lechería, por la -cual se introdujo atrevidamente. No había nadie: vió en un lado un -gran vestíbulo ó soportal con el suelo cubierto enteramente de heno, -y apoyada en el expresado soportal una escalera de mano. Dió una -ojeada á todo alrededor, y en seguida subió á la aventura; acomodóse -allí, con el fin de pasar la noche, y se durmió al instante para no -despertar hasta el amanecer. Cuando se levantó, se arrastró á tientas -hacia la extremidad de aquel gran lecho, sacó afuera la cabeza; y no -viendo tampoco á nadie, bajó por donde había subido, salió por donde -había entrado, y encaminándose por los senderos, tomó el edificio de -la catedral por su estrella polar. Después de una corta travesía, vino -á desembocar bajo las murallas de Milán, entre la puerta Oriental y la -puerta Nueva, encontrándose muy cerca de esta última. - - - NOTAS: - -[22] Especie de vino blanco, que es exquisito, y al cual dan en Italia -este nombre.--_Nota del T. E._ - -[23] Habiendo llegado en la época de que hace referencia el autor, á -ser la astrología una ciencia en la cual se creía hasta el extremo de -rayar en fanatismo, atribuyendo todos los sucesos que tenían lugar, -por insignificantes que fuesen, á la influencia de los astros, la -generalidad achacaba la peste que asoló en aquel tiempo á la mayor -parte de Europa, á la citada causa.--_Nota del T. E._ - - - - - CAPÍTULO DECIMOSEXTO - - -Tocante al modo de penetrar en la ciudad, Renzo había oído decir, -así de una manera vaga, que existían órdenes muy severas para no -dejar entrar á nadie sin boleta de sanidad; pero que sin embargo, -cualquiera que tuviese un poco de destreza y supiese aprovechar los -momentos favorables, le era fácil introducirse. En efecto, nada era -más cierto: dejando á un lado las causas generales por las cuales en -aquella época se cumplían muy mal las órdenes, dejando también aparte -las particulares que hacían tan difícil su rigurosa ejecución, Milán -se encontraba en aquel entonces en el estado de no ver cómo y por qué -sería útil el guardarla: por el contrario, cualquiera que tratase de -penetrar, podía parecer más bien que miraba con indiferencia su propia -vida, que peligroso á sus habitantes. - -Con semejantes noticias, el designio de Renzo era el intentar -introducirse por la primera puerta que se le presentase; si había algún -entorpecimiento, dar por la parte exterior la vuelta á las murallas, -hasta que encontrase una de más fácil acceso. ¡Dios sabe cuántas -puertas creía que debía tener Milán! - -Habiendo llegado, pues, delante de las murallas, se paró un rato á -mirar en torno de sí, como hace el que, no sabiendo qué determinación -tomar que sea más conveniente, parece aguardar que sobrevenga algún -indicio ó algún suceso que le saque del atolladero. Pero él no -descubría á derecha é izquierda más que dos pedazos de una calle -tortuosa; al frente las citadas murallas, por lado alguno la más leve -señal de seres vivientes, exceptuándose cierto punto del terraplén, -en el cual se elevaba una espesa columna de humo oscuro y denso, -que remontándose se ensanchaba y extendía en vastos torbellinos, -desvaneciéndose luego en el espacio, inmóvil y negruzco. Eran las -ropas, las camas y demás muebles infestados que se entregaban á las -llamas, no apareciendo las señales de tan tristes hogueras en un solo -punto, sino en varios. - -El tiempo estaba encapotado, el aire pesado, el cielo velado por todas -partes de una vasta neblina igual, inerte, que parecía rehusar el sol, -sin prometer la lluvia; la campiña de los alrededores, parte inculta -y enteramente árida, toda ella despojada de verdor, y ni siquiera se -veía una sola gota de rocío sobre las hojas secas y marchitas. Aquella -soledad, aquel fúnebre silencio, tan próximo á una gran ciudad, añadían -una nueva consternación á la inquietud de Renzo, contribuyendo á hacer -más tétricos todos sus pensamientos. - -Permaneció parado por espacio de un buen rato, luego se encaminó á la -derecha, á la casualidad, andando sin saberlo hacia la puerta Nueva, -la cual no había podido divisar, aunque estaba muy cerca á causa -de un baluarte que la ocultaba en aquel momento. Á los pocos pasos -empezó á oir un campaneo, que cesaba y volvía á comenzar de nuevo por -intervalos, y después muchas voces humanas. Sigue adelante, da la -vuelta al ángulo del baluarte, y lo primero que descubre al frente -de la puerta es una garita de madera, y delante de ella un centinela -apoyado en su mosquete, con aire aburrido é indolente. Detrás había -una estacada, y en el fondo se hallaba situada la puerta, es decir, -dos lienzos de muralla con una techumbre encima, para afianzar las -hojas que estaban abiertas, así como la puerta de la estacada. Mas -justamente delante de la misma abertura había un triste obstáculo, á -saber: unas angarillas colocadas en el suelo, sobre las cuales dos -_monatti_ tendían á un desgraciado para llevárselo; era el jefe de -los carabineros que acababa de ser atacado de la peste. Renzo se paró -aguardando el fin. Habiendo marchado el convoy, y no viniendo nadie á -cerrar el portillo, le pareció la ocasión oportuna, y se encaminó á él -apresuradamente, mas el centinela le gritó bruscamente: “¡Hola!” Renzo -se detuvo de nuevo repentinamente, le hizo una señal de inteligencia, -sacó un medio ducado y se lo mostró. El centinela, ya sea que hubiese -tenido la peste, ya que la temiese menos de lo que amaba los medios -ducados, indicó á Renzo que se lo echase; y habiéndolo visto volar en -seguida á sus pies, le dijo en voz baja: “Entra pronto”. Renzo no dejó -que se lo repitiera, pasó la estacada, la puerta, siguió adelante sin -que nadie reparase en él, ni le detuviese; únicamente, cuando hubo -andado cerca de unos cuarenta pasos oyó otro “¡Hola!” que un guarda -ó carabinero le dirigía por la espalda. Esta vez hizo como que no lo -oía, y en vez de volverse, dobló el paso. “¡Hola!” gritó de nuevo el -carabinero con una voz que indicaba más bien impaciencia que resolución -de hacerse obedecer; no siéndolo, se encogió de hombros, y volvió á -su casilla, como una persona á quien importaba más el no acercarse -demasiado á los pasajeros, que de informarse de sus acciones. - -La calle que Renzo había tomado conducía entonces, lo mismo que ahora, -directamente hasta el canal llamado el _Naviglio_: en los costados -había cercas ó tapias de jardines, iglesias, conventos y pocas casas. -En lo alto de dicha calle, y en medio de la que costea el canal, -había una columna, con una cruz, llamada la cruz de S. Eusebio. Por -más que Renzo miraba hacia adelante, no veía otra cosa que la dichosa -cruz. Habiendo llegado á la encrucijada que divide la calle cerca -de la mitad, miró por ambos lados, y vió en el callejón llamado de -santa Teresa á un hombre que se dirigía justamente hacia él. “¡Por -fin, he aquí un cristiano!” se dijo, y se encaminó prontamente en -aquella dirección, pensando hacerse enseñar el camino por él. Éste, -sin embargo, había visto al forastero que se acercaba, y lo miraba -fijamente de lejos, tanto más alarmado cuanto que observó que en vez -de ir á sus negocios le salía al encuentro. Cuando Renzo estuvo á poca -distancia, se quitó el sombrero con la mayor cortesía, y pasándoselo -á la mano izquierda, llevó la derecha al pelo como para arreglarlo, y -se fué directamente hacia el desconocido, pero éste con los ojos fuera -de sus órbitas dió un paso atrás, alzó un nudoso bastón armado de una -punta de hierro, y dirigiéndolo contra Renzo, gritó: “¡Atrás, atrás, -paso!” - ---¡Oh, oh! exclamó á su vez nuestro joven; luego se puso el sombrero, -y no deseando, según después refería esta aventura, meterse en aquel -instante en cuestiones, volvió la espalda al extravagante, y continuó -su camino, ó por mejor decir, siguió adelante por la calle en que se -encontraba. - -El otro individuo se lanzó con precipitación por aquella en la cual se -hallaba sumamente aterrorizado, y volviendo hacia atrás á cada instante -la cabeza. Cuando llegó á su casa, contó que un envenenador se le había -aproximado con maneras humildes y corteses, pero con un aire de infame -impostor, llevando dentro de su sombrero la redomita del unto ó la caja -de los polvos (no pudiendo decir con certeza cuál de las dos cosas -era), con el fin de contagiarlo, si no hubiese tenido carácter para -saberlo tener á una distancia respetuosa. “Si hubiese dado un paso más, -añadió, le habría ensartado, antes de que el malvado hubiera tenido -tiempo de intentar nada. La desgracia era que nos hallábamos en un -paraje muy solitario, pues si hubiese sido en el centro de la ciudad, -habría llamado gente para que me ayudasen á cogerlo. Seguramente se -le hubiera encontrado aquella maldita droga en el sombrero. Pero allí -solos los dos, he debido contentarme con meterle miedo, sin aventurarme -á buscar una desgracia, porque un poco de polvo pronto está echado, -ellos tienen una destreza particular, y además el diablo les ayuda. Al -presente dará vueltas por Milán: ¡quién sabe los daños que causará!” -Tanto tiempo como vivió, que fueron muchos años, cada vez que se -hablaba de envenenadores, repetía su aventura, y añadía: “Los que -todavía sostienen que esto no ha sido cierto, que no me lo vengan á -decir, porque para hablar de ciertas cosas es preciso haberlas visto”. - -Renzo, lejos de sospechar el peligro del cual había escapado, y agitado -más bien por la cólera que por el miedo, pensaba mientras seguía -andando en aquella acogida, adivinando perfectamente la opinión que el -desconocido había formado de él; pero la cosa le pareció tan fuera de -sentido común, que sacó por último en consecuencia que aquel hombre -debía de estar medio loco. “Esto empieza mal, pensaba entre sí. Parece -que en esta ciudad me persigue una mala estrella. Para entrar todo va -bien; y después cuando estoy dentro, los disgustos me abruman. Vamos... -con el auxilio de Dios... si encuentro... si consigo encontrar... ¡Bah! -todo ello no habrá sido nada”. - -Al llegar al puente, volvió sin vacilar á la izquierda, hacia la calle -de S. Marcos, pareciéndole según su cálculo que debía conducirle al -interior de la ciudad. Y avanzando siempre, miraba á todas partes para -ver si podía descubrir algún ser viviente; mas no vió otra cosa que un -cadáver espantoso y desfigurado arrojado en una zanja que existe entre -algunas pocas casas (que en aquel tiempo eran todavía menos). Habiendo -pasado aquel trecho de calle, oyó exclamar: “¡Oh buen joven!” y mirando -hacia el lado de donde venía la voz, vió á cierta distancia en un -balcón de una casita aislada á una infeliz mujer rodeada de una caterva -de criaturas, la cual continuaba llamándole, y le hacía señas con la -mano de que se acercase. Renzo corrió hacia la citada casa, y cuando -estuvo próximo “¡oh, buen joven!” repitió la mujer, “por las almas de -los vuestros que hayan muerto, hacedme la caridad de ir á avisar al -comisario, que estamos aquí olvidados; nos han encerrado en casa como -sospechosos, porque mi pobre marido ha muerto; también han clavado -la puerta, según podéis ver, y desde ayer mañana nadie ha venido á -traernos de comer. Después de tantas horas como hemos pasado en esta -situación, no ha habido una buena alma que nos haga esta caridad, y -estas inocentes criaturas se mueren de hambre”. - ---¡De hambre! exclamó Renzo; y metiendo las manos en las faltriqueras, -“he aquí, he aquí, dijo, sacando los dos panes: bajad alguna cosa para -meterlos dentro”. - ---¡Dios os lo pague! Aguardad un momento, respondió la mujer; y en -seguida fué á buscar una cestita y una cuerda para atarla. - -Mientras tanto Renzo se acordó de aquellos panes que había encontrado -cerca de la cruz en su anterior entrada en Milán. “Vamos, esto es -una restitución, pensaba, y acaso todavía mejor que si se los hubiese -restituido á su propio dueño; porque verdaderamente, es una obra de -misericordia”. - ---Por lo que hace al comisario que decís, mi buena señora, prosiguió, -poniendo los panes en la cesta, yo no puedo serviros, porque á decir -verdad, soy forastero, y no tengo ninguna especie de conocimientos en -esta ciudad; sin embargo, si encuentro alguna persona un poco tratable -y humana á quien se lo pueda decir, lo haré. - -La mujer le suplicó que así lo hiciera, diciéndole el nombre de la -calle, para que de este modo supiese dar las señas de la casa. - ---Creo que vos podríais dispensarme también un favor, una verdadera -caridad, sin que os costase ningún trabajo, repuso Renzo. ¿Os sería -posible indicarme en dónde se halla el palacio de unos grandes señores, -de aquí, de Milán, el palacio de ***? - ---Sé que hay en la ciudad una casa de este nombre, mas en dónde se -halla situada fijamente, lo ignoro. Siguiendo por esta calle adelante, -encontraréis alguno que os lo enseñe. Sobre todo, acordaos de hablarle -de nosotros. - ---No lo dudéis, replicó Renzo; después de lo cual prosiguió su camino. - -Á cada paso sentía crecer y aproximarse un rumor que ya había empezado -á oir mientras estaba entretenido hablando; un ruido de ruedas y de -caballos, acompañado del dilín dilín de campanillas, y de vez en -cuando, chasquidos de látigo y prolongados gritos. Todo se le volvía -mirar; pero nada veía. Habiendo llegado al extremo de la tortuosa calle -que seguía, y desembocando en la plaza de S. Marcos, el primer objeto -que hirió su vista fueron dos maderos rectos, clavados en el suelo -con una cuerda y sus correspondientes poleas. No tardó en reconocer -(era cosa muy familiar en aquella época) el horrible instrumento del -suplicio. Veíase levantado en aquel lugar, y no sólo en él, sino en -todas las plazas y calles más espaciosas, á fin de que los diputados de -cada barrio revestidos de las facultades más omnímodas y arbitrarias, -pudiesen hacer aplicar inmediatamente la pena á cualquiera que les -pareciese merecerla; ó á los relegados en sus casas que salieran -de ellas, ó á los empleados subalternos que no cumpliesen con su -deber, y por último fuese quien fuese. Era uno de aquellos remedios -extremos é ineficaces, los cuales se prodigaban en aquellos tiempos y -circunstancias con tanto exceso. - -Mientras que Renzo contemplaba la fatal máquina, tratando de adivinar -la causa por qué se había levantado en aquel paraje, sintió que se -aproximaba más y más el rumor, y vió aparecer por la esquina de una -iglesia, á un hombre que agitaba una campanilla: era un _apparitori_, -y detrás de él dos caballos que alargando el cuello, y tropezando á -cada paso, avanzaban trabajosamente arrastrando un carro atestado de -muertos, después del cual seguía otro y otros, como igualmente los -_monatti_, al lado de dichos caballos, acosándolos á latigazos, golpes -y juramentos. La mayor parte de los cadáveres iban desnudos, otros -mal envueltos en lienzos hechos jirones por todas partes, reunidos y -hacinados unos sobre otros, del mismo modo que un montón de culebras -que se desplegan lentamente á los primeros calores de la primavera. Á -cada vaivén, á cada choque, veíanse aquellas funestas masas temblar y -crujir horriblemente, colgar cabezas, ondular cabelleras femeniles, -desprenderse brazos y dar contra las ruedas, mostrando á la vista ya -horrorizada, cómo un espectáculo semejante podía llegar á ser más -terrible y espantoso todavía. - -El joven se había parado en una esquina de la plaza cerca de la barrera -del canal, y entretanto rogaba por aquellos muertos, á quienes no había -conocido en vida. De repente una lúgubre y atroz idea vino á helarle de -espanto: “¡Acaso allí mezclada con aquellos cadáveres, arrojada debajo -de ellos!... ¡Dios mío! ¡permitid que esto no suceda! ¡Haced que ni aun -yo tenga tales pensamientos!”. - -Habiendo pasado el fúnebre convoy, Renzo volvió á ponerse en marcha, -siguiendo la orilla izquierda del canal, sin otro motivo para tomar la -expresada dirección, más que el haber visto que la comitiva se había -ido por otro lado. Después de haber andado unos cuantos pasos entre -la iglesia y el canal, divisó á la derecha el puente _Marcelino_, -y dirigiéndose á dicho punto, llegó por último al _Borgo-Nuovo_. -Mirando siempre á todas partes, con el objeto de hallar alguno á quien -preguntar, distinguió á un sacerdote apoyado en un bastón, parado junto -á una puerta entreabierta, con la cabeza inclinada y el oído puesto -en la abertura; viendo poco después que alzaba la mano y echaba la -bendición, pensó, con razón, que acababa de confesar á alguno, y dijo -para sí: “Éste es el hombre que me conviene. Si un sacerdote, en sus -funciones de tal, no tiene un poco de caridad, de amor y benevolencia, -es preciso creer que en el mundo no hay nada de esto”. - -Entretanto el eclesiástico, después de haber abandonado la puerta, -se dirigía hacia el lado por donde iba Renzo y andaba con la mayor -precaución por el medio de la calle. Cuando Renzo estuvo cerca de -él, se quitó el sombrero, haciéndole señas de que deseaba hablarle, -parándose al mismo tiempo, procurando darle á entender que no quería -arrimársele indiscretamente. Aquél se detuvo en ademán de escucharle, -pero colocando, sin embargo, en el suelo, delante de sí, el bastón, -como para que le sirviese de antemural en caso necesario. Renzo hizo -su pregunta, á la cual el sacerdote no sólo satisfizo cumplidamente -diciéndole el nombre de la calle donde estaba situada la casa, sino -también trazándole su itinerario, porque vió que el pobre joven tenía -necesidad de él; indicándole á fuerza de repetirle muchas veces la -palabra de: “Tomad á la derecha, luego á la izquierda, seguid tales -encrucijadas é iglesias”, las seis ú ocho calles que tenía que recorrer -para llegar al término de su viaje. - ---Dios os dé salud en estos tiempos y siempre, dijo Renzo; y mientras -el eclesiástico se disponía á partir, añadió: “Tengo que pediros otro -favor”, y en seguida le habló de aquella infeliz mujer olvidada. El -digno sacerdote le dió las gracias por haberle dado ocasión de hacer -una obra meritoria tan urgente, y continuó su camino diciendo que iba -á avisarlo á quien correspondía. Renzo, después de haberle saludado -respetuosamente, se puso también en marcha: en el ínterin que iba -andando, trataba de hacerse una repetición del itinerario, para no -tener necesidad de preguntar á cada paso. Mas no puede imaginarse cuán -penosa le fué dicha operación, no tanto por la dificultad de lo que la -cosa era en sí, sino por una nueva turbación que había nacido en su -espíritu. El nombre de la calle, la misma indicación del camino, habían -redoblado sus alarmas. Él había deseado saberlo, lo había preguntado; -sin esto nada podía hacer; al propio tiempo no averiguó cosa alguna que -pudiese hacerle presagiar ninguna desgracia: ¡pero qué!, la idea más -distinta de una solución próxima en que iba á salir de una gran duda, -en que podría oir decir: “Ella vive todavía”, ó al contrario: “Ella -ha muerto”; esta idea se presentó á su espíritu tan clara y terrible, -que en aquel momento hubiera querido mejor encontrarse en su primitiva -oscuridad y estar al principio del viaje, á cuyo término tocaba ya. Sin -embargo, reunió todo su valor y se dijo: “¡Vamos, si ahora empiezo á -hacerme el niño, cómo he de salir bien!”. De este modo, reanimado todo -lo posible, continuó su camino internándose en la ciudad. ¡Qué ciudad! -¡Cómo era posible reconocerla, comparándola del modo que estaba el año -anterior con motivo del hambre! - -Renzo se encontraba justamente en uno de los sitios más asolados, en -la encrucijada de calles que llamaban el _Carrobio di Porta Nuova_. -(En aquel tiempo había una cruz en el centro, y frente á la misma, -en donde está situado ahora S. Francisco de Paula, se hallaba una -antigua iglesia llamada santa Anastasia.) Tantos estragos había causado -el contagio en aquellos alrededores, y tan grande era el hedor que -despedían los cadáveres allí abandonados, que las pocas personas -que habían quedado vivas se vieron obligadas á huir: así que, á -la tristura que infundía al que pasaba aquel aspecto de soledad y -abandono, añadíase el horror y el disgusto de las señales y restos de -lugares habitados recientemente. Renzo apresuró el paso, reanimándose -con la idea de que el término de su viaje no debía estar tan próximo, -y esperando que antes de llegar encontraría cambiada la escena, á lo -menos en parte, y en efecto, no lejos de allí, desembocó en un paraje -que con todo podía llamarse ciudad de vivientes; ¡pero qué ciudad -también!, ¡qué vivientes! Todas las puertas estaban cerradas con motivo -de la desconfianza ó del terror, á excepción de las que habían sido -abiertas, ó por la fuga de sus habitantes ó por la invasión; otras -veíanse clavadas y tapiadas por haber en ellas muertos ó apestados; -otras también señaladas con cruces hechas con carbón, para advertir á -los _monatti_ que había cadáveres que recoger. Andrajos por doquier, -vendas ensangrentadas, camas infestadas, ropas, sábanas arrojadas por -las ventanas; algunos cuerpos, ó de personas muertas de repente en -la calle y dejados allí hasta que pasara un carro para llevárselos, -ó caídos de los carros mismos, ó echados por los balcones. ¡De tal -modo había embrutecido los ánimos y despojado de todo sentimiento de -piedad y humana consideración la larga duración y la furia de tantos -estragos! Había dejado de oirse el ruido de los obreros, el estrépito -de los carruajes, los gritos de los vendedores, el rumor de las -conversaciones de los que discurrían por las calles; era sumamente raro -que este silencio de muerte fuese interrumpido por otra cosa más que -por el pavoroso rumor de los carros fúnebres, por los lamentos de los -infelices mendigos, por los ayes de los enfermos, por los aullidos de -los frenéticos, y por los gritos de los _monatti_. - -Al amanecer, al medio día, á la tarde, una campana de la catedral daba -la señal de recitar ciertas preces asignadas por el arzobispo, á cuyo -toque respondían las campanas de las demás iglesias; y entonces se -hubiera visto asomarse la gente á las ventanas y rezar como en familia; -habríase oído un confuso murmullo de voces y sollozos que inspiraban -una tristeza, mezclada, sin embargo, de alguna esperanza. - -Á aquellas horas habían muerto ya los dos tercios de los habitantes: -la mayor parte de los que quedaron habían huido ó estaban enfermos; -la concurrencia de los forasteros veíase reducida á la más mínima -expresión; entre el escaso número de los que andaban por las calles, -no se habría encontrado por casualidad, en un largo circuito, uno solo -que, en su aspecto, no apareciese algo de extraño, y que indicase un -funesto cambio de cosas. Se veían los más distinguidos personajes -sin capa ni manto, parte entonces esencialísima del traje civil; los -sacerdotes sin sotana; los frailes sin hábitos; en fin, se habían -abandonado todos los vestidos que por ser largos y flotantes pudiesen -rozar en algo, ó proporcionar á los envenenadores (lo que entonces se -temía más) una bella ocasión para ejercer sus maldades. Además del -cuidado de ir vestidos lo más ligeramente posible, y ajustarse mucho, -notábase el mayor descuido y negligencia en las personas. Los que -acostumbraban á llevar barba la tenían de una desmesurada longitud; -los demás se la dejaban crecer: los cabellos enmarañados y largos, -no sólo á causa de la incuria que nace de un prolongado abatimiento, -sino porque los barberos habían llegado también á ser sospechosos -después que uno de ellos, llamado Giangiocomo Mora, había sido preso y -condenado como envenenador famoso, el cual conservó por largo tiempo -una celebridad de infamia, siendo por el contrario digno de compasión. -La mayor parte llevaban en la mano un nudoso y fuerte bastón, y algunos -además una pistola, en señal de aviso y amenaza al que quisiese -acercarse demasiado; otros, pastillas de olor, bolas huecas de metal -ó de madera, llenas de esponjas mojadas en vinagres medicinales; y -al paso que iban andando las aplicaban á las narices, y las llevaban -de continuo adheridas á ellas. Algunos tenían colgadas en el cuello -redomitas con un poco de azogue, persuadidos que dicho mineral absorbía -todas las emanaciones pestilenciales, procurando renovarlas todos -los días. Los nobles no sólo recorrían las calles sin su acostumbrado -acompañamiento, sino que también se les veía con una cesta al brazo, -yendo á buscar las cosas necesarias para su sustento. Cuando por -casualidad se encontraban en la calle dos amigos, se saludaban de lejos -silenciosamente con aire triste y agitado. Cada uno, particularmente al -andar, tenía mucho quehacer tratando de evitar los objetos mortíferos -é inmundos, de los cuales el suelo estaba sembrado y algunas veces -enteramente embarazado. Todos procuraban ir por el medio de la calle -por miedo de ser alcanzados por lo que pudiese caer de las ventanas, -ó para evitar los polvos venenosos que se decía habían sido arrojados -con frecuencia sobre los que pasaban, ó para huir de todo contacto de -las paredes, que podían estar untadas con sustancias también venenosas. -De este modo la ignorancia, prudente fuera de tiempo, añadía al -presente las angustias á las angustias, y promovía falsos terrores en -compensación de los temores justos y saludables que en un principio -había impedido. - -En medio de semejante desolación, Renzo había andado ya una gran parte -de su camino, cuando á algunos pasos de distancia, por una calle -hacia donde debía dar la vuelta, oyó aproximarse un confuso ruido, en -el que se distinguía aquel horrible y tan frecuente retintín de las -campanillas. - -Habiendo llegado á la esquina de la calle, que era una de las más -espaciosas, divisó en medio de ella cuatro carros parados. Así como en -un mercado de granos se ve á las gentes ir y venir, cargar y descargar -sacos, del mismo modo era el movimiento que se notaba en aquel paraje. -No se veían más que _monatti_ que entraban en las casas; _monatti_ que -salían con grandes bultos, los cuales arrojaban en los carros; unos con -sus trajes rojos, otros sin dicho distintivo; muchos con uno todavía -más odioso, el plumaje y capas de varios colores, que los miserables -ostentaban con aire de triunfo en medio del luto universal. Ya de ésta, -ya de la otra ventana salía una lúgubre voz que murmuraba: “_Monatti_, -aquí”; y de entre aquel triste murmullo dejábase oir de tiempo en -tiempo un sonido más siniestro aún, cual era el de otra voz bronca -que respondía: “Ahora, ahora”. Percibíanse también las quejas de los -vecinos que les gritaban que despachasen pronto, á lo que los _monatti_ -contestaban blasfemando. - -Al entrar Renzo en la expresada calle aceleró el paso, procurando no -ver aquel horroroso espectáculo ó á lo menos evitándolo cuanto le -fuese posible, cuando he aquí que su mirada errante tropezó en un -objeto de compasión singular, de una compasión que forzaba el ánimo á -contemplarlo; de modo que se paró casi involuntariamente. - -Una dama, cuyo aspecto anunciaba una juventud gastada, mas no del todo -extinguida, salía de una de aquellas casas y se encaminaba hacia el -convoy. En sus facciones se traslucía una belleza velada y ofuscada, -pero no enteramente perdida, á causa de una grande aflicción y de una -mortal languidez; esa belleza dulce y á la vez majestuosa que brilla -en la sangre lombarda. Su andar era penoso, mas no vacilante; de sus -ojos no se desprendían lágrimas, pero se conocía que habían derramado -muchas; veíase en su dolor un no sé qué de tranquilo y profundo que -anunciaba un alma toda ocupada en sentirlo. Pero no era su solo aspecto -lo que en medio de tantas miserias la hacía un objeto particular -de conmiseración y reanimaba hacia ella aquel sentimiento siempre -encerrado y amortiguado en el corazón; llevaba en brazos á una niña -que contaría apenas nueve años, muerta, pero perfectamente compuesta, -con los cabellos divididos sobre la frente, vestida de blanco, como si -sus manos la hubiesen adornado para una fiesta prometida desde largo -tiempo y acordada en recompensa. No la llevaba echada, sino incorporada -y sentada sobre el brazo; el pecho apoyado contra su pecho: se hubiera -dicho que respiraba, si una manecita como la cera no colgara con una -gravedad inanimada, y si su cabeza no hubiese descansado sobre el -hombro de su madre con un abandono más fuerte que el sueño: ¡de su -madre! Pues aun cuando la semejanza de aquellos dos rostros no lo -hubiera atestiguado, se habría leído sobre aquél, en el que se pintaba -todavía un sentimiento de vida. - -Repentinamente un asqueroso _monatto_ se acercó á ella para arrancarle -la hija de los brazos, procurando hacerlo, sin embargo, con una especie -de respeto no acostumbrado y una perplejidad involuntaria. Pero la -dama, dando un paso hacia atrás con aire que no demostraba desprecio -ni indignación: “No, dijo; no la toquéis aún; yo soy la que debo -depositarla sobre el carro”. Después, abriendo la mano: “Tomad”, volvió -á decir; y dejó caer una bolsa en las del _monatto_. “Prometedme, -continuó, que no le quitaréis nada de lo que lleva puesto, y que no -dejaréis que otros se atrevan á verificarlo, enterrándola del mismo -modo que está”. - -El _monatto_ llevó una mano á su pecho; luego conmovido y casi -obsequioso, menos aún por aquella inesperada recompensa que por el -sentimiento, del cual se sentía subyugado, se apresuró á hacer en el -carro un poco de sitio para la pequeña difunta. La madre, después de -haberle dado un beso en la frente, la colocó como en un lecho, la -compuso, extendió sobre ella un blanquísimo lienzo, y le dijo estas -últimas palabras: “¡Adiós, Cecilia: descansa en paz! Esta tarde nos -volveremos á ver para no separarnos jamás. Entretanto, ruega por -nosotros, que yo lo haré por ti y por los demás”. Después, dirigiéndose -de nuevo al _monatto_, “al pasar esta tarde por aquí, le dijo, subid á -buscarme; no seré yo sola”. - -Dicho esto, volvió á entrar en la casa, y un momento después se asomó -á la ventana, llevando en brazos otra niña más pequeña viva aún, -pero con las señales de la muerte retratadas en su semblante. Estuvo -contemplando las indignas exequias de Cecilia hasta que el carro se -puso en marcha, siguiéndole con la vista mientras pudo divisarlo, -después de lo cual desapareció. ¿Y qué otra cosa pudo hacer más que -depositar sobre el lecho á la única hija que le quedaba, y colocarse -á su lado para morir juntas, del mismo modo que la flor que eleva -su cabeza orgullosa y cae en seguida juntamente con el botón oculto -todavía dentro de su cáliz, bajo la hoz que iguala todas los yerbas de -la pradera? - ---¡Oh, Señor! exclamó Renzo, ¡atended á sus ruegos; protegedla y -también á su inocente hija; bastante han padecido las infelices; sí, -bastante han padecido! - -Recobrado de aquella extraordinaria conmoción, y mientras trata de -recordar el itinerario con el objeto de si debía dar la vuelta á la -primera calle, ó dirigirse á derecha ó izquierda, oye que se acercaba -por aquella un nuevo y diverso estrépito, un sonido confuso de gritos -imperiosos, de ahogados sollozos, un continuo llorar de mujeres y un -gran vocerío de niños. - -Siguió adelante, llevando en su corazón la triste y oscura esperanza de -costumbre. Llegado á la encrucijada, vió avanzar por un lado un confuso -tropel de gentes, parándose para dejarlo pasar. Eran los enfermos que -conducían al lazareto: los unos, á quienes llevaban á la fuerza, se -resistían inútilmente, gritaban en vano que querían morir en su lecho, -y respondían con impotentes imprecaciones á los juramentos y á las -órdenes de los _monatti_ que los conducían: los otros caminaban en -silencio como insensatos, sin mostrar dolor ni ningún otro sentimiento: -mujeres con niños en brazos; muchachos asustados por aquellos gritos, -por aquellas órdenes, por aquel acompañamiento, más que por la idea -confusa de la muerte, los cuales llorando amargamente, pedían á sus -madres sus fieles brazos y sus propias casas. ¡Ah! y acaso su madre, -que ellos creían haber dejado dormida sobre su lecho, había sido -arrojada allí, repentinamente sorprendida por la peste, privada de -conocimiento, para ser llevada en el carro al lazareto ó á la fosa, por -poco que dicho carro tardase en llegar. ¡Quizás!, ¡oh, desgracia digna -de lágrimas aún más amargas! quizás la madre enteramente ocupada de -sus padecimientos, lo había olvidado todo, hasta sus propios hijos, no -teniendo más que una sola idea, la de morir en paz. Sin embargo, en -medio de tanta confusión, se veían todavía algunos ejemplos de firmeza -y piedad: padres, hermanos, hijos, esposos, que sostenían á los seres -á quienes amaban, y los acompañaban con palabras de consuelo; y no -sólo eran los adultos, sino también los niños y niñas, que conducían á -sus hermanos menores con el juicio y la compasión de la edad madura, -recomendándoles la obediencia, y asegurándoles que iban á un paraje en -donde otros cuidarían de ellos y los curarían. - -En medio de la tristeza y la lástima que inspiraba semejante -espectáculo, una cosa tocaba más de cerca, y tenía sumamente agitado -á nuestro viajero. La casa consabida debía estar muy próxima, y quién -sabe si entre aquella gente... Pero habiendo pasado toda la comitiva, -y cesando la duda, se dirigió á un _monatto_ que iba detrás, y le -preguntó por la calle y por la casa de D. Ferrante. “Vete enhoramala, -imbécil”; tal fué la contestación que recibió. No trató de responderle -como merecía, sino que divisando á dos pasos de distancia á un -comisario que cerraba la marcha del convoy, y que tenía el aspecto un -poco más humano, le hizo la misma pregunta. Éste, señalando con el -bastón el lado de donde venía, dijo: “La primera calle á la derecha; la -última casa grande á la izquierda”. - -El joven se encaminó hacia aquel sitio, lleno su corazón de una nueva -y mayor ansiedad. Una vez en la calle, distinguió de pronto la -casa entre las otras más bajas, y de mezquina apariencia. Se acerca -al portón que está cerrado, lleva la mano á la aldaba, y la tiene -suspendida como en una urna antes de sacar la cédula, de la cual -dependiese su vida ó su muerte. Finalmente, levanta la expresada aldaba -y da un golpe con la mayor resolución. - -Un instante después se entreabre una ventana; asoma por ella con -precaución una cabeza de mujer, la cual mira quién llama, con ademán -sombrío, que parece decir: “_¿Monatti?_, ¿vagabundos?, ¿comisarios?, -¿envenenadores?, ¿diablos?”. - ---Buena señora, dijo Renzo alzando la cabeza, pero con voz poco segura: -¿se halla sirviendo en esta casa una joven aldeana que se llama Lucía? - ---No está aquí; andad con Dios, respondió la mujer, haciendo ademán de -cerrar la ventana. - ---¡Un momento, por piedad! ¿Está aquí ó no? ¿En dónde se encuentra? - ---En el lazareto; é iba á cerrar de nuevo. - ---¡Por Dios!, un instante más. ¿Se halla atacada de la peste? - ---Sí. Es cosa nueva, ¿no es cierto? Id pues. - ---¡Oh, infeliz de mí! Esperad. ¿Estaba muy mala? ¿Hace mucho tiempo -que?... Pero esta vez la ventana se cerró de veras. - ---¡Eh!, señora; buena señora, por caridad; una palabra tan solo, por el -alma de vuestros pobres difuntos! Nada os pido que sea vuestro: ¡eh! -Mas nada; del mismo modo que si hubiese hablado á la pared. - -Afligido de tan triste noticia, y encolerizado de la brusca retirada -de aquella mujer, Renzo asió de nuevo la aldaba, y casi pegado á la -puerta, apretaba aquella con fuerza, la levantaba para llamar por -segunda vez, y la tenía suspendida. En tal agitación se volvió con -el objeto de ver si por casualidad divisaba algún vecino, del cual -pudiese informarse más extensamente, y sacar algún indicio, alguna -luz. Pero la primera, la única persona que descubrió fué otra mujer -á la distancia de unos veinte pasos; la cual, con un semblante que -expresaba el terror, el odio, la impaciencia, y la malicia, con unos -ojos que querían á la vez observar y mirar desde lejos, abría la boca -como para gritar con todas sus fuerzas; mas reteniendo todavía la -respiración, alzando los descarnados brazos, extendiendo y retirando -dos manos crispadas y encogidas á manera de garras, como si tratase de -coger alguna cosa, parecía querer llamar gente, de modo que nadie se -apercibiese de ello. Cuando la mirada de Renzo se encontró con la suya, -apareció más horrible todavía, y se estremeció de la misma manera que -una persona á quien se sorprende. - ---¡Qué demonio!... empezaba á decir Renzo, levantando también sus dos -manos hacia donde se hallaba la mujer; pero ésta, habiendo perdido -la esperanza de hacerle coger de improviso, dejó escapar el grito que -hasta entonces había comprimido: “¡Al envenenador!, ¡aquí!, ¡aquí! -¡Prended al envenenador!”. - ---¿Quién?, ¡yo!, ¡ah, infame bruja! ¡Silencio!, exclamó Renzo, y -corrió hacia ella para amedrentarla y hacerla callar. Pero en seguida -conoció que debía pensar más bien en sus negocios. Al chillar de la -vieja acudió gente de todas partes; no el tropel que en semejante -caso habría acudido tres meses antes, pero la suficiente para poder -hacer de un solo hombre lo que quisiesen. Al propio tiempo se abrió -de nuevo aquella ventana que ya sabemos, y se asomó la misma mujer -que tan descortés había sido, la cual ahora gritaba desaforadamente: -“Prendedle, prendedle, pues debe ser uno de esos bribones que andan por -la ciudad untando las puertas de las casas de las gentes de bien”. - -Renzo no creyó oportuno el detenerse á reflexionar; le pareció mucho -mejor partido abandonar precipitadamente aquel lugar que permanecer en -él para sincerarse: lanzó una mirada á su alrededor para ver hacia qué -lado había menos gente, y por éste se deslizó. Rechazó de una puñada -á uno que le cerraba el camino, pegó en el pecho á otro que le salía -al encuentro, al cual hizo retroceder ocho ó diez pasos; y echó á -correr en seguida con los puños levantados y cerrados convulsivamente, -dispuesto á castigar á cualquiera que se le pusiese por delante. La -calle veíase desembarazada y libre delante de él; mas á sus espaldas -oíase aumentar y crecer á cada instante el ruido y las terribles -voces de “¡á él, á él!, ¡al envenenador!”. Ignoraba el número de sus -perseguidores, y no sabía cómo podría salvarse. Su cólera se convirtió -en rabia, las angustias en desesperación; un espeso velo cubrió sus -ojos, echó mano á su cuchillo, lo abrió, se paró resueltamente, luego -dirigió su mirada torva y amenazadora hacia los que le perseguían, -y con el brazo extendido, blandiendo en el aire la reluciente hoja, -gritó: “¡Canalla infame!, ¡si hay alguno entre todos vosotros que sea -hombre, que avance!, yo le daré con éste una buena untura”. - -Mas vió con admiración y con un sentimiento confuso de placer que sus -perseguidores se habían detenido á cierta distancia como vacilantes. -Sin embargo, continuaban gritando, y al parecer hacían demostraciones -como si estuviesen poseídos de los malos espíritus á gentes que se -hallaban detrás de Renzo, pero bastante lejos todavía. Éste se volvió -de nuevo y divisó (su gran turbación no le había permitido verlo antes) -un carro que avanzaba, y detrás de éste una larga hilera de ellos con -su acostumbrado acompañamiento. Por otro lado, y á alguna distancia se -hallaba otra porción de gentes que de todas veras hubieran deseado -caer sobre el envenenador; mas estaban contenidas por el mismo -impedimento. Viéndose así entre dos fuegos, calculó que lo que para -éstas era un objeto de terror, podía serlo para él de salvación; por -lo tanto pensó que no era tiempo de hacerse el delicado: cerró su -cuchillo, echó á correr hacia los carros, pasó el primero, y observó -en el segundo que había un buen espacio desocupado; en su consecuencia -toma sus medidas, da un salto, y helo allí plantado sobre el pie -derecho, el izquierdo en el aire, y levantados ambos brazos. - ---¡Bravo, bravo! gritaron á una los _monatti_, algunos de los cuales -seguían el convoy á pie, otros subidos en los carros; y en fin, los -más, para referir exactamente lo horrible de semejante espectáculo, -iban sentados sobre los cadáveres y bebiendo de un gran jarro, el -que dando vueltas sin cesar pasaba de mano en mano.--¡Bravo, bravo, -magnífico golpe! - ---¿Has venido á ponerte bajo la protección de los _monatti_?, pues haz -cuenta que estás tan seguro como en una iglesia, le dijo uno de los que -se hallaban en el carro adonde se había subido. - -Los enemigos, al acercarse al tren, la mayor parte habían vuelto -las espaldas y se apartaban gritando siempre “¡á él, á él!, ¡al -envenenador!”. Algunos se retiraban con más lentitud, parándose de -cuando en cuando, rechinando los dientes y amenazando á Renzo, el cual -desde el carro les contestaba enseñándoles los puños. - ---Dejadme hacer, le dijo un _monatto_; y arrancando de uno de los -cadáveres un asqueroso harapo, lo anuda precipitadamente, lo coge -por uno de los extremos, lo levanta á manera de honda sobre aquellos -obstinados, y hace ademán de arrojárselo, gritando: “¡Aguardad, -canalla!”. Al observar esto, todos sin excepción emprendieron la fuga -horrorizados, y Renzo no vió más que las espaldas y las piernas de sus -enemigos, que se movían con la misma celeridad que las aspas de un -molino de viento. - -Entre los _monatti_ se elevó un grito unánime de triunfo, una larga -y estrepitosa carcajada de risa, un prolongado ¡juy! como para -acompañarles en su fuga. - ---¡Ja, ja! ¿Ves como sabemos proteger á la gente honrada? dijo aquel -mismo _monatto_ á Renzo. Más vale uno solo de nosotros que todos esos -maricas. - ---Seguramente, respondió Renzo, y bien puedo decir que os debo la vida, -por lo cual os doy las gracias de todo corazón. - ---¿De qué? contestó el _monatto_; tú te lo mereces, se conoce que eres -un valiente muchacho. Haces bien en untar á esa canalla; úntalos, -extirpa á esos miserables que nada valen hasta que mueren, que en -recompensa de la vida que llevamos nos maldicen y van vociferando que -así que concluya la peste quieren hacernos ahorcar á todos. Es preciso -que ellos mueran antes de que cese la epidemia; es indispensable que -los _monatti_ queden solos cantando victoria y regocijándose en Milán. - ---¡Viva la peste y muera la canalla! gritó otro; y después de -semejante brindis se acercó el jarro á los labios, y sosteniéndole con -ambas manos en medio de los vaivenes del carro, echó un buen trago, -ofreciéndole en seguida á Renzo, al cual dijo: “Bebe á nuestra salud”. - ---Os la deseo con todas las veras de mi alma, contestó Renzo, pero no -tengo sed, ni tampoco ganas de beber en este momento. - ---Á mi parecer has pasado un gran susto, dijo el _monatto_; tienes -facha de ser un pobre hombre; tu traza no es de envenenador. - ---Cada uno se ingenia como puede, dijo el otro. - ---Alargadme el jarro, dijo uno de los que caminaban al lado del carro, -quiero echar otro trago á la salud del amo del vino, que se encuentra -en nuestra buena compañía... me parece que está allí; sí, justamente, -dentro de aquel hermoso carruaje. - -Y con una risa siniestra y cruel señalaba el carro, delante del cual se -hallaba el pobre Renzo. Luego tomando su semblante un aire de seriedad -aún más infame y burlesco, hizo un gran saludo en aquella dirección, -y continuó diciendo: “Permitid, mi querido amo, que un pobre diablo -de _monatto_ paladee el vino de vuestra bodega. Consideradlo bien, -llevamos una vida... somos los que os hemos colocado en el carruaje -para conduciros á la campiña. Además, el vino, por poco que beban sus -señorías, no les sienta nunca bien; los pobres _monatti_, al contrario, -siempre tienen buen estómago”. - -Sus compañeros dieron grandes risotadas, en medio de las cuales cogió -el jarro y lo levantó; mas antes de beber se volvió á Renzo, le miró -fijamente, y con cierto aire de insultante compasión, le dijo: “Es -preciso que el diablo con quien has hecho pacto, sea bien joven; pues -si nosotros no te hubiésemos salvado, te daba un triste socorro”; y -entre un nuevo y general estrépito de ruidosas carcajadas, se aplicó el -jarro á la boca. - ---¿Y nosotros? ¡eh!, ¿y nosotros?, gritaron muchas voces desde el carro -que iba delante. El bribón, después de haber bebido hasta saciarse, -entregó con ambas manos el gran jarro á sus compañeros, los cuales se -lo pasaron de uno á otro, hasta que llegando al último de ellos, que -lo desocupó enteramente, lo cogió por el cuello, y dándole vueltas á -guisa de molinete, lo arrojó haciéndole mil pedazos contra el suelo -y gritando: “¡Viva la peste!” Después de estas palabras, se puso á -entonar una inmunda copla, siendo su voz acompasada por todas las demás -que componían aquel horrible coro. La infernal canción mezclada al -retintín de las campanillas, al rechinar de los carros, al ruido de -las pisadas de los caballos, resonaba en el silencioso espacio de las -calles, y retumbando en las casas comprimía dolorosamente el corazón de -los pocos que todavía las habitaban. - -¿Pero qué cosa no puede venir á veces á propósito? ¿qué es lo que no -puede parecernos bien en ciertos casos? El peligro de un momento antes -había hecho más que tolerable á Renzo la compañía de aquellos muertos y -de aquellos vivos; y al presente, semejante música se puede decir que -era grata á sus oídos, pues lo sacaba del embarazo de una conversación -poco satisfactoria. Medio trastornado todavía, daba gracias á la -Providencia desde lo íntimo de su corazón, de haber escapado de -tan inminente riesgo, sin recibir daño alguno ni tampoco hacerlo; -suplicando al mismo tiempo que le librase de sus mismos libertadores; -y además, por su parte estaba alerta, observaba á los _monatti_, -examinaba la calle para pillar la ocasión favorable de bajar despacio -del carro sin ser sentido, y evitar cualquier escándalo que hiciese -poner sobre sí á los que pasaban. - -De repente, al revolver una esquina, le pareció reconocer el sitio; -miró con más atención, y efectivamente se aseguró de ello. ¿Quieren -saber los lectores en dónde se encontraba nuestro héroe?, pues -bien, se hallaba en la calle que va á parar á la Puerta Oriental, -en aquella misma por la cual unos veinte meses antes había entrado -con tanta lentitud, y tuvo que volver á pasar al poco tiempo tan -precipitadamente. Recordó de pronto que desde allí se iba directamente -al lazareto, y el hallarse en dicha calle sin calcular ni preguntar, lo -tuvo por un especial favor de la Providencia, y por un feliz agüero de -todo lo demás. En el mismo instante salió al encuentro de los carros un -comisario gritando á los _monatti_ que parasen: en efecto, el convoy -se detuvo y la música se convirtió en un ruido diferente. Uno de los -_monatti_ que se hallaba en el carro de Renzo saltó á tierra: el joven -se dirigió al otro que quedaba y le dijo: “Os doy gracias por vuestra -caridad; que Dios os lo pague; y dicho esto saltó también por el otro -lado”. - ---Anda, anda, pobrecillo envenenador, respondióle aquél, no serás tú el -que destruya á Milán. - -Por fortuna no se encontraba por allí nadie que pudiese oirlo. El -convoy se había parado en el lado izquierdo; Renzo se encaminó -apresuradamente hacia el opuesto, y pegado á la pared de las casas, -siguió adelante con dirección al puente; pasó éste, continuó su marcha -por el arrabal, reconoció el convento de capuchinos, y próximo ya á la -puerta divisó un ángulo del lazareto, atravesó la verja, presentándose -á su vista la escena exterior de aquel fatal recinto: era un leve -indicio de lo que contenía en su interior; mas con todo, era un -espectáculo vasto, diverso é imposible de describir. - -Una inmensa muchedumbre se precipitaba en las avenidas; eran los -enfermos que iban en cuadrillas al lazareto; algunos se sentaban ó -caían á las orillas de los dos fosos que costean el camino, ya fuese -que sus fuerzas no hubiesen sido suficientes para conducirles á su -asilo, ya que habiendo salido de allí desesperados, les hubiesen -también faltado dichas fuerzas para ir más lejos. Otros, sumamente -enfermos, erraban desbandados como estúpidos, y no pocos privados -de razón; uno estaba sobremanera animado contando sus delirios á un -desgraciado que yacía abrumado por el mal, otro estaba furioso; por -último, aparecía otro que miraba á todas partes con aire risueño, como -si asistiese á un espectáculo muy divertido. En medio de tan triste -alegría, oíase una voz que cantaba hasta perder el aliento; el ruido -no parecía salir de aquella miserable reunión, y sin embargo dominaba -á todas las demás; era una canción de amor alegre y picaresca, á las -cuales los milaneses dan el nombre de _Villanelle_. Dejándose guiar por -el sonido para descubrir quién podía estar tan contento en aquellas -circunstancias y en semejante lugar, veíase á un desgraciado que -sentado tranquilamente en el foso que circuye las tapias del lazareto -cantaba á grito pelado. - -Apenas Renzo hubo dado algunos pasos dando la vuelta al costado -meridional del edificio, cuando se elevó al través de la multitud un -rumor extraordinario y un ruido de voces lejanas que gritaban: “¡Á -un lado!, ¡detente!”. Renzo se alzó de puntillas, y vió un caballo -corriendo á todo escape, espoleado por un extraño jinete: era un -frenético, que habiendo visto á dicho animal suelto, sin nadie que -le guardase junto á un carro, había saltado encima prontamente, y -pegándole en el cuello con el puño, haciendo servir de espuelas á sus -talones, lo aguijoneaba con furia. Los _monatti_ le seguían gritando, -un instante después no se divisaba más que una espesa nube de polvo en -lontananza. - -Así, aturdido y fatigado ya de ver miserias, el joven llegó á la puerta -de aquel lugar, en el cual acaso había más amontonadas que no había -visto en todo el espacio que había tenido que recorrer. Finalmente, -pasó el umbral, y permaneció un momento inmóvil debajo del pórtico. - - - - - CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO - - -Figúrese el lector el recinto del lazareto poblado de diez y seis mil -atacados de la peste; aquel vasto espacio enteramente cubierto por un -lado de cabañas y de tiendas, por otro de carros, más allá de hombres, -aquellas dos prolongadas hileras de pórticos á derecha é izquierda -llenas de moribundos ó de cadáveres tendidos en jergones ó encima de -mugrientas y desnudas pajas, percibiéndose y sobresaliendo al través -de aquella inmensa morada de dolores un ruido sordo, parecido al -lejano murmullo de las olas agitadas por la tempestad. Veíanse por -doquier convalecientes, frenéticos, enfermeros, un ir y venir, pararse, -correr, inclinarse y levantarse. Tal fué el espectáculo que se ofreció -á un mismo tiempo á la vista de Renzo, teniéndole clavado allí por -un momento, estupefacto y afligido. No nos proponemos ciertamente el -describir con minuciosidad dicho espectáculo, ni tampoco creemos que -el lector lo desee, y sí tan solo acompañaremos á nuestro joven en -su penosa marcha: nos detendremos en los parajes que él se detenga, -diremos todo cuanto sea preciso de lo que vió, refiriendo lo que hizo y -lo que después le aconteció. - -Desde la puerta en donde se había parado hasta la capilla, que estaba -situada en el centro, y desde ésta á la otra puerta de enfrente, -formaba una especie de calle cubierta de cabañas y de toda clase de -obstáculos fijos. Á la segunda ojeada divisó Renzo en la expresada -calle ó prolongado pasadizo una multitud de carretones que conducían de -una parte á otra las cosas necesarias á los moradores que encerraba tan -fatal recinto; vió también capuchinos y seglares que dirigían aquellas -operaciones, los cuales hacían salir de allí á los que nada hacían. -Temiendo nuestro héroe el ser echado del mismo modo, se escondió al -instante entre las cabañas que se hallaban á su derecha, casualmente -hacia el lado en que él se encontraba. - -Continuaba avanzando, á medida que iba descubriendo sitio para poner -el pie, de cabaña en cabaña, asomándose en todas, observando las camas -que se hallaban al descubierto, examinando los rostros abatidos por -los padecimientos, contraídos por el espasmo ó por la inmovilidad de -la muerte, por si acaso daba con aquel que, sin embargo, tanto temía -encontrar allí. Había andado ya mucho y repetido varias veces aquel -doloroso examen sin ver á mujer alguna, en vista de lo cual calculó -que debían estar en lugar separado. Efectivamente, lo adivinaba; mas -en dónde pudiera ser, ni tenía el más pequeño indicio, ni de dónde -sacarlo. Encontraba á su paso muchos individuos destinados en el -establecimiento, tan diferentes en aspecto, maneras y trajes, cuan -diverso y opuesto era el principio que les daba á todos una fuerza -igual de vivir prestando tales servicios, viéndose en los unos una -total extinción de piedad, y en los otros una compasión sobrehumana. -Pero ni á unos ni á otros se atrevía á preguntar, para no tropezar -con alguna dificultad; y concluyó por andar, andar hasta llegar á -encontrar á las mujeres. Al propio tiempo que así lo hacía, no dejaba, -sin embargo, de mirar á todas partes; mas de cuando en cuando se veía -obligado á retirar contristado su mirada, desvanecido á la presencia de -tantas desgracias. ¿Pero adónde debía volver la vista, adónde detenerla -más que sobre otras y otras desgracias? - -La atmósfera misma y el cielo aumentaban el horror de aquella escena, -si es que pudiese haber algo que lo aumentase. La espesa niebla se -había ido aclarando poco á poco, dividiéndose en mil nubecillas -flotantes, que condensándose cada vez más, parecían anunciar una -tempestad. En medio de aquel cielo encapotado y sombrío, se presentaba -como cubierto de un espeso velo el disco del sol, pálido, sin rayos, -arrojando una claridad triste y dudosa, y esparciendo un calor pesado -y sofocante. En medio de aquel vasto rumor, oíase elevarse por -intervalos, sordos é interrumpidos gemidos, no pudiéndose decir de -dónde salían, aun escuchando con la mayor atención; únicamente, se -hubiera creído oir un ruido lejano de carros que se paraban de repente. -No se veía en la campiña de los alrededores, ni agitarse siquiera -una sola hoja en los árboles, ni tampoco posarse ningún pájaro en -ellos: únicamente la golondrina, apareciendo de súbito en el techo del -recinto, dirigía su vuelo hacia abajo, con las alas extendidas como -si fuese á rozar la tierra; mas asustada de aquel bullicio, volvía -á emprender su vuelo y huía. Asemejábase todo aquello á una de esas -épocas en que entre una reunión de viajeros no hay uno que rompa el -silencio; en que el cazador camina pensativo con la vista fija en la -tierra; en que el labrador, trabajando en su campo, deja de cantar sin -advertirlo; asemejábase, repito, á uno de esos momentos precursores del -huracán, en los cuales la naturaleza, como inmóvil en el exterior y -agitada por un trabajo interior, parece oprimir á todo ser viviente, y -añade cierta pena molesta á toda ocupación, al ocio y á la existencia -misma. Pero en aquel lugar, destinado á los padecimientos y á la -muerte, se veía al hombre hecho presa ya del mal, ceder á la nueva -opresión, como también sucumbir los enfermos á centenares, siendo la -agonía postrera la más cruel, y en este colmo de dolores los quejidos -más sofocados, el último estertor más penoso. Quizás en aquella mansión -de miserias no había tenido lugar todavía una hora tan terrible como la -que describimos. - -Nuestro joven había dado ya una gran vuelta sin fruto por entre -la inmensa multitud de cabañas, cuando en medio de la confusión y -diversidad de lamentos comenzó á distinguir una mezcla singular de -lloros de niños y de balidos, hasta que llegó á una especie de tapia -ó tabique medio hendido y estropeado, detrás del cual salía aquel -extraordinario ruido. Miró por una ancha abertura que había entre -dos vigas, y vió un recinto en el que se hallaban varias cabañas -esparcidas, y tanto en ellas como en el pequeño campo no divisó la -acostumbrada reunión de enfermos, sino una infinidad de pequeñas -criaturas echadas sobre colchoncitos, almohadas y sábanas extendidas, -teniendo á su alrededor nodrizas y otras mujeres para cuidarlas; pero -lo que más que todo llamaba la atención y atraía las miradas de Renzo, -era el ver mezcladas en medio de dichas mujeres á varias cabras, -convertidas en auxiliares de aquéllas: en una palabra, era una especie -de inclusa, según lo permitían el lugar y las circunstancias. Era, -repito, una cosa singular el contemplar á algunos de los expresados -animales parados y quietos sobre éste ó aquel niño, dándoles de mamar; -otros acudir prontamente á los lloros del mismo modo que podría hacerlo -una madre; pararse junto al tierno infante, procurando colocarse encima -con sumo cuidado, dando balidos y bullendo sin cesar como llamando que -fuese alguien en su auxilio. - -Veíanse sentadas en varias partes nodrizas con niños colgados al pecho; -algunas de ellas manifestando tales muestras de cariño, que hacían -dudar al que miraba si habían sido atraídas á aquel paraje por el ansia -de la remuneración ó por esa caridad espontánea que va en busca de los -necesitados y de los que padecen. Una de dichas nodrizas, en extremo -afligida, desprendía de su pecho á una criatura que lloraba con fuerza, -é iba tristemente buscando el animal que hiciera sus veces. Otra -contemplaba satisfecha al que se le había quedado dormido con el pecho -en la boca, y besándole dulcemente, se dirigía á una cabaña con el fin -de colocarlo sobre un colchoncito. Mas una tercera, abandonando su -pecho á una criatura extraña con cierto aire, no de negligencia, pero -sí de preocupación, miraba fijamente al cielo: ¿qué pensaba en aquel -instante, en aquella actitud, con aquellas miradas, sino en el hijo -nacido de sus entrañas, que quizá poco antes había chupado aquel pecho, -y que también acaso exhalara sobre él su último suspiro? Otras mujeres -de más avanzada edad, estaban ocupadas en desempeñar otras faenas. -Una acudía á los gritos de un niño hambriento; lo tomaba en brazos, -y lo llevaba cerca de una cabra que pacía en medio de un montón de -fresca yerba, aproximándolo á la teta, llamando al inexperto animal y -acariciándole á la vez hasta que prestaba dulcemente su servicio. Ésta -corría afanosa á coger á un pobrecito á quien pisaba una cabra, del -todo atenta en dar de mamar á otro; aquélla llevaba el suyo de un lado -á otro, meciéndolo, procurando bien dormirlo por medio del canto, bien -acallándolo con cariñosas palabras, y dándole un nombre que ella misma -le había puesto. En esto se presentó un capuchino de blanquísima barba, -llevando dos tiernos niños que lloraban amargamente, los cuales acababa -de sacar de entre los brazos de las madres expirantes. Una mujer acudió -presurosamente á recibirlos, después de lo cual anduvo mirando entre -las nodrizas y las cabras, con el objeto de encontrar de pronto quien -ocupase el lugar de madre. - -Más de una vez, Renzo, impulsado por el primero y el más fuerte de -sus pensamientos, se había separado de la abertura para proseguir su -marcha; mas en seguida volvía á fijar la vista para mirar todavía otro -poco. - -Finalmente, apartándose de allí, fué dando la vuelta al tabique, hasta -que una porción de cabañas apoyadas en él lo forzaron á volverse. -Entonces continuó su camino arrimado á dichas cabañas, con la mira -de acercarse otra vez al mencionado tabique, siguiendo hasta su -conclusión, y con esto descubrir nuevo terreno. Mientras miraba hacia -adelante para examinar el camino, una aparición repentina, pasajera, -instantánea, hiere su vista y turba su espíritu. Ve á unos cien -pasos de distancia pasar y perderse de pronto entre las barracas un -capuchino, que aun de lejos y en medio de aquella precipitación, -tenía el mismo modo de andar, todas las maneras, y por último las -formas todas del padre Cristóbal. Imagínese el lector el ansia con que -correría hacia el paraje por donde el fraile había desaparecido: busca -de aquí, busca de allí, delante, detrás, dentro y fuera de aquellos -lugares; en fin, le vuelve á ver á bastante distancia que se alejaba de -una gran marmita, encaminándose con una cazuela en la mano hacia cierta -cabaña; luego observa que se sienta en el umbral, que hace la señal -de la cruz sobre la citada cazuela que tiene delante; y mirando á su -alrededor, como un hombre que siempre está alerta, se pone á comer. Era -justamente el mismo padre Cristóbal. - -Referiremos en dos palabras la historia del buen fraile desde el -momento en que lo perdimos de vista, hasta su actual encuentro. No -se había movido nunca de Rímini, ni había pensado siquiera en ello, -á no ser por la peste que estalló en Milán, la cual le ofreció la -ocasión de hacer lo que siempre había deseado tanto: esto es, dar la -vida por su prójimo. Suplicó con grandes instancias el ser llamado -para servir y asistir á los apestados. Aquel conde, miembro del -consejo secreto, pariente del conde Attilio, había muerto, y por otro -lado, en los tiempos que corrían se necesitaban más bien enfermeros -que diplomáticos, por lo cual accedieron sin dificultad alguna á sus -ruegos. En seguida se dirigió á Milán, y entró en el lazareto, haciendo -cerca de tres meses que se hallaba en él. - -Mas el consuelo que experimentó Renzo al encontrar á su buen fraile, -no fué completo ni tan siquiera un solo momento. ¡Era él! Pero, ¡cuán -cambiado estaba! Veíasele sumamente encorvado, abatido y como triste; -el rostro pálido y demacrado; observábase en todo él una naturaleza -exhausta, una vida apagada y expirante, sostenida por los esfuerzos de -su grande alma. - -Tenía también la mirada fija sobre el joven que se dirigía hacia él, y -que no atreviéndose á darse á conocer por medio de la voz trataba de -hacerlo con el gesto. “¡Oh, padre Cristóbal!”, dijo luego que estuvo -bastante cerca para ser oído sin gritar. - ---¡Tú aquí! respondió el fraile, dejando la cazuela en el suelo y -levantándose. - ---¿Cómo estáis, padre? ¿cómo estáis? - ---Mejor que todos esos infelices que ves aquí, repuso el fraile; y su -voz era débil, extinguida y mudada como todo lo demás. Sus ojos se -conservaban en su primitivo estado, notándose en ellos un cierto no sé -qué de más vivo y espléndido; como si la caridad elevada por el peligro -de la obra, y exaltada por sentirse próxima á su principio, le hubiese -restituido un fuego más ardiente y puro que el que la enfermedad iba -extinguiendo poco á poco. - ---Pero tú, proseguía, ¿cómo es que te hallas aquí? ¿por qué vienes de -este modo á desafiar la peste? - ---Gracias á Dios, la he pasado. Ahora vengo... en busca de... Lucía. - ---¡Lucía! ¿está aquí Lucía? - ---Seguramente; á lo menos confío en Dios en que aún estará aquí. - ---¿Es tu esposa? - ---¡Oh, mi querido padre! no, no es mi esposa. ¿Ignoráis todo lo que ha -sucedido? - ---En efecto, hijo mío; desde que Dios me alejó de vosotros, nada más he -sabido; pero ahora que él te envía, digo francamente que deseo tener -noticias de todo. Pero... ¿y el destierro? - ---¿Sabéis, pues, las cosas que me han pasado? - ---¿Pero tú, qué has hecho? - ---Escuchad; si quisiese decir que aquel día en Milán tuve juicio, -mentiría; mas tampoco he cometido ninguna mala acción. - ---Lo creo, y también lo creía antes. - ---Ahora, pues, lo podré decir todo. - ---Espera, dijo el fraile; y dando algunos pasos fuera de la cabaña, -llamó: “¡Padre Víctor!”. Un momento después se presentó un joven -capuchino, al cual dijo: “Padre Víctor, dispensadme la caridad de velar -por mí á esos infelices, mientras me separo cortos instantes; y sin -embargo, si alguno me busca, llamadme en seguida. ¡Aquel individuo -sobre todo! si diese la más leve señal de volver en sí, avisadme por -favor prontamente”. - ---Descuidad; así lo haré, respondió el joven. Entonces el anciano -dirigiéndose á Renzo le dijo: “Entremos aquí. Pero... añadió -súbitamente, me parece que estás muy extenuado, y por lo tanto debes -tener necesidad de comer”. - ---Es cierto, replicó Renzo; ahora que me hacéis pensar en ello, -recuerdo que todavía estoy en ayunas. - ---Espera, dijo el fraile, y fué á llenar otra cazuela adonde se hallaba -la marmita, dándosela á Renzo juntamente con una cuchara. Después lo -hizo sentar sobre un mal jergón que le servía de lecho; luego puso un -vaso de vino en una mesita junto á su convidado, volvió á tomar en -seguida su cazuela, y se sentó al lado de Renzo. - ---¡Oh, padre Cristóbal! ¡vos solo érais el que podía hacer esto! -¡Siempre el mismo! Os doy las gracias de todo corazón. - ---No es á mí á quien debéis darlas; esto pertenece á los pobres; mas -en la actualidad tú lo eres también. Ahora dime lo que ignoro; háblame -de nuestra pobre niña, y trata de hacerlo en pocas palabras, porque -el tiempo es precioso, y tengo mucho que hacer, según tú mismo estás -viendo. - -Renzo comenzó entre una y otra cucharada la historia de Lucía: contó -que se había refugiado en el convento de Monza; del modo que había -sido robada... Á la imagen de tantos sufrimientos y peligros, á la -idea de que él había encaminado á dicho paraje á la pobre inocente, -el buen fraile se quedó sin aliento; mas se repuso en seguida al oir -de la manera milagrosa que había sido librada, devuelta á su madre, y -confiada por esta misma á D.ª Prajedes. - ---Ahora voy á hablar de mí, prosiguió Renzo, y refirió sucintamente -la jornada de Milán, su fuga y cómo en todo el tiempo que siguió -había permanecido lejos de su casa, habiéndose arriesgado á ir en la -actualidad, á causa de estar todo tan revuelto; que no había podido -encontrar á Inés; y, por último, que en Milán había sabido que Lucía -estaba en el lazareto. Y aquí estoy, concluyó diciendo, aquí estoy con -el objeto de buscarla, para saber si vive, y si... me quiere todavía... -porque... á veces... - ---Pero, replicó el fraile, ¿hay algún indicio del lugar en que ha sido -colocada, al ser conducida aquí? - ---Ninguno, mi querido padre, ninguno más sino que ella está aquí, si es -que así sea; que Dios lo quiera. - ---¡Oh, desgraciado joven! ¿Mas qué pesquisas has hecho hasta ahora? - ---He dado vueltas y más vueltas; pero en medio de tanta confusión no he -visto casi más que hombres. He calculado que las mujeres deben estar -en un lugar aparte; mas no he podido encontrarlo: si es así, ahora me -haréis la caridad de enseñármelo. - ---¿Ignoras, hijo mío, que está prohibido el que los hombres entren en -él, no siendo destinados á prestar sus servicios? - ---¡Y bien! ¿Qué me puede suceder? - ---La ley es justa y santa, mi querido amigo; y si la multitud y -gravedad de los males no permite que se pueda hacer observar con -todo rigor, ¿es ésta una razón para que un joven honrado se atreva á -infringirla? - ---Pero, ¡padre Cristóbal! dijo Renzo; Lucía debía ser mi esposa; vos -mismo sabéis cómo hemos sido separados; hace veinte meses que sufro, y -tengo paciencia; he venido aquí á riesgo de una infinidad de cosas, que -si malas son unas, mucho peores son las otras, y ahora... - ---No sé qué decirte, replicó el fraile, respondiendo más bien á sus -pensamientos que á las palabras del joven: tú vas con buena intención; -¡pluguiera á Dios que todos los que tienen libre acceso en estos -lugares, se portasen como yo estoy seguro que tú lo harás! Dios, que -ciertamente bendice ésta tu perseverancia en amar, ésta tu felicidad en -querer y buscar á la que él te había dado; Dios, que es más riguroso -que los hombres, pero también más indulgente, no querrá consentir nada -que no sea regular en este tu modo de buscarla. Recuerda tan solo -que de tu conducta en este sitio ambos tendremos que dar cuenta, no -regularmente á los hombres, pero sí á Dios. Sígueme. - -Al decir estas palabras se levantó, y Renzo hizo lo mismo. Éste -permanecía con la mayor atención, habiendo decidido en su interior, -según se había propuesto antes, el no hablarle de la consabida promesa -de Lucía. “Si lo llega á saber, pensó entre sí, de seguro me pondrá -otras dificultades. Ó la encuentro, y tendremos siempre tiempo de -reflexionar, ó... y entonces, ¿de qué puede servirme?” - -Después de haberlo conducido á la entrada de la cabaña, el fraile -prosiguió diciendo: “Escucha; nuestro padre Félix, que es el presidente -del lazareto, lleva hoy á unos cuantos convalecientes que se hallan -aquí, para que hagan cuarentena. ¿Ves esa iglesia que hay en el -centro?...”, y levantando su mano trémula y descarnada, señalaba á la -izquierda, en el sombrío espacio, la cúpula de la capilla que dominaba -las miserables cabañas. “Ellos van á reunirse allí para salir en -procesión por la puerta por la cual tú debes haber entrado”. - ---¿Has oído ya algún toque de campana? - ---En efecto, he oído uno. - ---Era el segundo; al tercero estarán todos reunidos; el padre Félix -pronunciará un pequeño discurso, y en seguida emprenderá la marcha con -ellos. Tú, á esta señal, trasládate allí; procura colocarte detrás de -la procesión, á una orilla del camino, desde donde, sin estorbar á -nadie ni hacerte notar, puedes verla pasar; y después ves... ves si -ella va. Si Dios no ha querido que la pobrecita se encuentre allí, en -ese lado; y diciendo esto, levantó de nuevo la mano, señalando la parte -del edificio que tenían delante de sí;--ese lado de la fábrica y una -porción de terreno que hay enfrente, está asignado á las mujeres. Verás -una empalizada que divide aquel cuartel de éste, mas interrumpida, -abierta en algunos parajes, de modo que podrás entrar sin dificultad -alguna. Cuando estés ya dentro, trata de no hacer nada que pueda dar -lugar á sospechas; y así será probable que nadie se meta contigo. Con -todo, si te ponen algún obstáculo, di que el padre Cristóbal de *** -te conoce y responde de ti. Búscala, búscala con confianza, y... con -resignación; pues ten presente que lo que has venido á pedir aquí es -una cosa muy grande, cual es una persona viva en el lazareto. ¿Sabes -cuántas veces he visto renovarse en estos lugares á mi pobre pueblo? -¿Cuántas me lo he visto arrebatar? ¿Cuán poco lo he visto salir? Ve -pues dispuesto á llenar ese penoso sacrificio... - ---¡Ya!... ¡sí; comprendo! le interrumpió Renzo con extraviados ojos y -demudado semblante.--¡Comprendo! Voy; miraré, buscaré por todas partes; -recorreré todo el lazareto... ¡Y si no la encuentro!... - ---¡Si no la encuentras! dijo el fraile con grave y atento ademán y con -escrutadora mirada. - -Pero Renzo, á quien la cólera, largo tiempo amontonada en su corazón, -turbaba la vista y quitaba todo respeto, prosiguió: “Si no la -encuentro, procuraré encontrar á otro, ó en Milán, ó en su abominable -palacio, ó en el cabo del mundo, ó en el mismo infierno, encontraré á -ese malvado que nos ha separado, al infame que ha tenido la culpa de -que Lucía no me permanezca veinte meses hace; y si hubiésemos estado -destinados á morir, á lo menos hubiéramos muerto juntos. En fin, si aún -existe, yo daré con él...”. - ---¡Renzo! replicó el fraile, cogiéndole por un brazo y mirándole -todavía con más severidad. - ---Y si lo encuentro, prosiguió Renzo, ciego enteramente de cólera,--si -es que la peste no me ha hecho ya justicia... Ya se acabó el tiempo -en que un cobarde rodeado de sus bravos podía reducir á las gentes á -la desesperación y burlarse de ellas. Ha llegado ya el día en que los -hombres se encuentran cara á cara: ¡yo me haré justicia! sí, ¡yo mismo -me la haré! - ---¡Desgraciado! exclamó el padre Cristóbal, con voz sonora y reforzada -de repente. “¡Desgraciado!” Y su cabeza inclinada se levantó, sus -mejillas recobraron la antigua vida, y el fuego que despedían sus -ojos tenía un no sé qué de terrible. “¡Mira, desgraciado!” Y mientras -oprimía y sacudía fuertemente con una mano el brazo de Renzo, paseaba -la otra delante de él, obligándole á contemplar la dolorosa escena -que tenía á la vista. “¡Mira quién es el que castiga; quién el que -juzga, y no es juzgado; quién el que impone penas, y perdona! ¡Pero -tú, miserable gusano, tú, quieres hacerte justicia! ¿Sabes acaso lo -que es justicia? ¡Vete, infeliz, vete! Yo esperaba... sí; he tenido la -esperanza de que antes de morir Dios me concedería el consuelo de saber -que mi pobre Lucía vivía todavía, de verla quizás, de oirla hacerme la -promesa de que me enviaría una súplica á la huesa en donde descansen -mis restos mortales. Anda; tú has arrebatado mi esperanza: Dios no la -ha dejado sobre la tierra para ti; y no tendrás ciertamente la audacia -de creerte digno de que Dios piense siquiera en consolarte; habrá -pensado en ella, porque es de las almas á las cuales están reservados -los goces eternos. ¡Anda! no tengo tiempo de escucharte ya más”. - -Al decir estas palabras, rechazó el brazo de Renzo, y se dirigió hacia -una cabaña de apestados. - ---¡Ah, padre mío! dijo Renzo, siguiéndole con ademán suplicante, -¿queréis que me vuelva de este modo? - ---¡Cómo! repuso el capuchino con no menos severo acento, “¿tendrás la -osadía de pretender que yo robe el tiempo á esos pobres afligidos, los -cuales están aguardando que les hable del perdón de Dios, por escuchar -tus palabras iracundas y tus proposiciones de venganza? Te he prestado -atención cuando me pedías consuelos y consejos; he quitado el tiempo -debido á la caridad; mas ahora que se ha apoderado la venganza de tu -corazón, ¿qué pretendes de mí? Parte. He visto morir á los ofendidos -perdonando, á los agresores lamentándose de no poder humillarse ante el -agraviado; he llorado con los unos y con los otros; pero contigo, ¿qué -he de hacer?” - ---¡Ah, yo le perdono! ¡Yo le perdono: sí; le perdono para siempre! -exclamó el joven. - ---Renzo, dijo el fraile con una severidad más tranquila: piénsalo bien, -y dime cuántas veces lo has perdonado. - -Y habiendo permanecido algunos instantes sin recibir respuesta, inclinó -de repente la cabeza, y con voz más baja y lenta continuó: “¿Sabes tú -por qué llevo este hábito?”. - -Renzo titubeaba. - ---¿Lo sabes? repuso el anciano. - ---Lo sé. - ---Yo también he odiado; yo, que te he reprendido por un pensamiento, -por una palabra. Al hombre que aborrecía, que aborrecí largo tiempo, le -di muerte. - ---Sí, pero era un poderoso, uno de los... - ---¡Silencio! gritó el fraile. ¿Crees tú que si hubiese habido alguna -buena razón para disculpar semejante atentado, no la habría encontrado -en el espacio de treinta años? ¡Ah, si pudiera ahora introducir en tu -corazón el sentimiento que después he tenido siempre y que aún ahora -tengo hacia el hombre que tanto aborrecí! ¡Si yo pudiera!... pero Dios -lo puede todo: ¡que él lo haga!... Escucha, Renzo; el Señor te quiere -más de lo que tú te quieres á ti mismo: tú has podido pensar en la -venganza; pero él tiene bastante fuerza y suficiente misericordia para -alejarte de ella; te concede una gracia, de la cual algunos no serían -dignos. No ignoras, y tú mismo lo has dicho repetidas veces, que él -puede detener la mano de un poderoso; mas es preciso que sepas también -que puede parar la de un vengativo. Y porque eres pobre, porque te -han ofendido, ¿crees que no puede defenderte de un hombre que ha -criado á su semejanza? ¿Juzgas acaso que te dejará hacer todo lo que -quieras? ¡No! ¿Pero sabes lo que él puede hacer? Puede aborrecerte y -perderte; puede por ese mal pensamiento que te anima, alejar de ti toda -bendición; porque de cualquier modo que vayan las cosas, sea cual fuere -tu suerte, ten por seguro que todo será castigo, hasta que tú hayas -perdonado de manera que no puedas volver á decir jamás: yo le perdono. - ---Sí, sí, dijo Renzo, enteramente conmovido y confuso: comprendo que -jamás lo había perdonado de veras; comprendo que he hablado como una -bestia, y no como un cristiano; y ahora con el favor especial del -Señor, sí; lo perdono de todo corazón. - ---¿Y si le vieses? - ---Rogaría á Dios que me diese paciencia y que tocase su corazón. - ---Acuérdate que el Señor no nos ha dicho que perdonemos á nuestros -enemigos, sino que los amemos. Recuerda que él los amó hasta morir por -ellos. - ---Es muy cierto. - ---Pues bien, sígueme. Has dicho: lo encontraré; sí, lo encontrarás. Ven -y verás contra quién podías conservar tu odio, á quién podías desear -mal, á quién hacerlo, y contra qué vida querías atentar. - -Después de esto cogió la mano de Renzo, y apretándola del mismo modo -que hubiera podido hacerlo un joven lleno de fuerza y robustez, echó á -andar. Éste, sin atreverse á preguntar ni pedir más, le siguió. - -Á los pocos pasos, el fraile se paró á la entrada de una cabaña, miró -fijamente á Renzo con cierto aire de gravedad y ternura, y lo introdujo -dentro. - -La primera cosa que se veía al entrar, era un enfermo sentado sobre la -paja, en el fondo; un enfermo que no estaba, sin embargo, de peligro, y -que aún parecía próximo á la convalecencia, el cual, al ver al padre, -sacudió la cabeza como en señal de negativa: el fraile también inclinó -la suya, con ademán de tristeza y resignación. Entretanto Renzo, -dirigiendo con inquieta curiosidad la vista á los demás objetos, vió -á tres ó cuatro enfermos, divisando además uno en un rincón que yacía -tendido sobre un colchón de pluma, envuelto en una sábana y abrigado -con una capa de caballero á guisa de cobertor. Miróle fijamente, y -reconociendo á D. Rodrigo, hizo ademán de retroceder; mas el fraile, -haciéndole sentir de nuevo con fuerza la presión de la mano con la -cual lo tenía cogido, le mostraba con la otra al individuo que estaba -allí acostado. El infeliz permanecía inmóvil; sus ojos, espantosamente -abiertos, nada veían; su rostro, pálido y cubierto de manchas lívidas; -sus labios, negros é hinchados; en una palabra, hubiérase dicho que -era el semblante de un cadáver, si una contracción violenta no hubiese -revelado una vida tenaz. Veíase por intervalos levantársele el pecho -con penosa respiración; su mano derecha, fuera de la capa, apretaba -convulsivamente el corazón con sus dedos lívidos y negros en sus -extremidades. - ---¡Ya lo ves!, dijo el fraile en voz baja y solemne. Esto puede ser -un castigo, acaso un acto de misericordia. La misma compasión que -experimentes al presente por este hombre que te ha ofendido, Dios -á quien también has colmado de ofensas, la tendrá de ti en su día. -Bendícele, y sé bendecido. Cuatro días hace que está como le ves, sin -dar ninguna señal de vida. ¡Quizás el Señor esté dispuesto á concederle -una hora de arrepentimiento, pero él desearía que tú se la pidieses; -acaso quiere también que se lo ruegues juntamente con nuestra pobre -Lucía; puede ser que reserve dicha gracia á tu sola súplica, á los -ruegos de un corazón afligido y resignado, quizás la salvación de este -hombre y la tuya dependan ahora de ti, de un sentimiento de perdón por -tu parte, de compasión... de amor! - -Calló, y juntando las manos, inclinó la cabeza como en ademán de rezar, -y Renzo hizo lo mismo. - -Después de algunos instantes de permanecer en semejante actitud, se -dejó oir el tercer toque de la campana. Levantáronse ambos á un mismo -tiempo, y salieron. No hubo de una ni otra parte preguntas ni protestas -de ningún género; sus semblantes eran los que hablaban. - ---Ahora ve, repuso el fraile; ve preparado á hacer un sacrificio, como -también á alabar á Dios, cualquiera que sea el éxito de tus pesquisas; -después de lo cual ven á darme cuenta del resultado, los dos á una lo -alabaremos. - -Al acabar de decir esto, sin añadir una palabra más, se separaron; el -uno se volvió por donde había venido, el otro se encaminó hacia la -capilla que se hallaba situada á unos cien pasos de distancia de aquel -paraje. - - - - - CAPÍTULO DECIMOCTAVO - - -¡Quién había de haber dicho á Renzo algunas horas antes que en medio de -sus indagaciones, al empezar los momentos más dudosos y decisivos, su -corazón se hallaría dividido entre Lucía y D. Rodrigo! Y sin embargo, -así era: la figura de este último venía á mezclarse á todas las -imágenes queridas y terribles que en tan fatal travesía la esperanza -y el temor hacían nacer sucesivamente en su espíritu: las palabras -que había oído junto á aquel lecho de dolores, se colocaban entre las -crueles incertidumbres de que su alma se veía combatida, y no podía -terminar una súplica por el feliz éxito de su empresa sin volver á -reanudar la que había comenzado, cuando el sonido de la campana lo -interrumpió. - -La capilla de forma octógona que se ostenta, elevada sobre una pequeña -escalinata en el centro del lazareto, era en su primitiva construcción -abierta por todos lados sin otro sostén que un montón de pilastras -ó columnas; en cada fachada un arco entre dos intercolumnios; por -la parte interior daba vueltas un pórtico alrededor de la capilla, -compuesta de ocho arcos correspondientes al número de sus fachadas, -con su cúpula encima; de modo que el altar erigido en el centro podía -ser visto desde las ventanas de todos los departamentos del recinto y -también casi de todas partes del campo. Al presente, convertido dicho -edificio para otros muy diferentes usos, han sido tapiados los vacíos -de los arcos; pero habiendo quedado intacto el antiguo osario, indica -claramente su anterior estado y su destino primitivo. - -Apenas Renzo se había encaminado al sitio que acabamos de describir, -cuando vió aparecer en el pórtico de la mencionada capilla al padre -Félix, el cual se paró debajo del arco que mira á la ciudad, á cuyo -frente se hallaba reunida la comitiva. Por el continente y ademanes -que presentaba el santo varón á la distancia en que estaba Renzo, -comprendió que había empezado á predicar. - -Dió vueltas y más vueltas con el fin de llegar y colocarse detrás de -todo el auditorio según se le había prevenido. Por último habiéndolo -conseguido, lo recorrió todo con la vista y no distinguió más que una -multitud, ó mejor diremos un enlosado de cabezas. En el centro había -cierto número cubiertas con pañuelos ó velos; hacia dicho lado fué -donde fijó con más atención sus miradas; pero no llegando á descubrir -nada de particular, las dirigió también hacia donde todos las tenían -fijas. Sintióse sobrecogido de emoción y respeto á la vista del -venerable aspecto del sagrado orador, y con toda la atención que podía -quedarle en su actual situación y en aquel momento de incertidumbre -terrible, oyó la siguiente parte del solemne sermón: - -“Concedamos un recuerdo, á lo menos á tantos millares de seres que han -entrado allí”; y con el dedo levantado señalaba la puerta que conducía -al cementerio llamado de _S. Gregorio_, que entonces no era más que -una sola y vasta fosa: “Echemos una ojeada en torno de los muchos que -aquí quedan, demasiado inciertos del sitio donde irán á parar; lancemos -una mirada sobre nosotros mismos, reducidos á un número tan escaso. -¡Bendito sea el Señor! ¡bendito sea en su justicia, bendito en su -misericordia, en la muerte, en la vida! ¡Bendito sea por la elección -que ha querido hacer de nosotros! ¡Oh! ¿Por qué lo ha querido, hijos -míos, sino para reservarse un pequeño pueblo corregido por la aflicción -y fortalecido por el reconocimiento; sino porque reflexionando al -presente más vivamente que la vida es un don suyo, prestemos la -estimación que merece una cosa dada por él, empleándola en acciones -ú obras que sean dignas de ofrecérsele; sino á fin de que la memoria -de nuestros padecimientos nos vuelvan compasivos y nos inspiren deseos -de socorrer á nuestro prójimo? Entretanto, esos en cuya compañía -hemos sufrido, esperado y temido; entre los cuales dejamos amigos y -parientes, y que últimamente todos son hermanos nuestros; esos, repito, -al veros pasar por medio de ellos, mientras que recibirán quizás algún -alivio pensando que otros salen de aquí con vida, ven al propio tiempo -la edificación de nuestro continente. No permita Dios que puedan -descubrir en nosotros una alegría estrepitosa, una alegría mundana por -haber escapado de la muerte, con la cual ellos luchan, todavía. Que -vean que partimos dando gracias al cielo por nosotros, y rogando por -ellos, y que puedan decir: ¡Aun fuera de este lugar, ellos se acordarán -de nosotros, y continuarán rogando por los desgraciados! Empecemos -desde este viaje, desde estos primeros pasos que vamos á dar, una vida -enteramente llena de caridad. Que los que hayan recobrado su antiguo -vigor, presten un brazo fraternal á los débiles: ¡jóvenes, sostened á -los ancianos! ¡Vosotros los que habéis quedado sin hijos, ved á vuestro -alrededor cuántos hijos han quedado sin padres! ¡Sedlo para ellos! Y -esta caridad, redimiendo vuestros pecados, endulzará también vuestros -dolores”. - -En esto, un sordo murmullo de gemidos y sollozos que iba cada vez más -en aumento entre el auditorio, fué suspendido de repente viendo al -predicador ponerse una cuerda al cuello y caer de rodillas. Se aguardó -con el mayor silencio lo que iba á decir. - ---Por mí, dijo, y por todos mis compañeros, que desprovistos de todo -mérito hemos tenido el privilegio de ser escogidos para servir á Cristo -en vuestras personas, os pido humildemente perdón si no hemos llenado -dignamente un tan grande ministerio. Si la pereza, si la indocilidad -de la carne nos ha vuelto menos atentos á vuestras necesidades, menos -prontos á vuestros llamamientos; si una injusta impaciencia, si un -culpable tedio nos ha hecho que os mostremos un semblante enojado y -severo; si alguna vez el miserable pensamiento de que vosotros nos -necesitabais, nos ha llevado á no trataros con toda aquella humanidad -que se requería; si nuestra fragilidad nos ha hecho cometer alguna -acción que os haya escandalizado, perdonadnos. Así Dios perdone -vuestras ofensas y os bendiga. Y habiendo hecho sobre el auditorio la -señal de la cruz, se levantó. - -Hemos podido referir, si no las precisas palabras, á lo menos el -sentido, el tema de las que profirió exactamente; pero el acento -con que fueron dichas, no es posible describirlo. Era el acento de -un hombre que llamaba privilegio el de servir á los atacados de la -peste, porque por tal lo tenía; que confesaba que sentía no haberlo -ejercido dignamente; que pedía perdón porque estaba persuadido que -tenía necesidad de él. Pero la multitud, que había visto á su alrededor -aquellos capuchinos sólo ocupados en servirla; que habían presenciado -la muerte de tan gran número, y éste que hablaba en nombre de todos, -siempre el primero tanto en la fatiga como en la autoridad, á no ser -cuando había estado á punto de morir, ¡calcúlese con qué sollozos, con -qué lágrimas contestarían á semejantes palabras! El admirable fraile -tomó en seguida una cruz que estaba apoyada á una pilastra; la levantó -colocándosela delante de sí; dejó las sandalias junto al pórtico -exterior, bajó la escalinata; y hendiendo la multitud, que se apartó -respetuosamente para dejarle libre el paso, fué á ponerse á la cabeza. - -Renzo, todo lloroso, ni más ni menos que si hubiera sido uno de -aquellos á quienes habían pedido tan singular perdón, se separó un poco -más, yendo á colocarse al lado de una cabaña. Allí estuvo esperando, -medio oculto, con el cuerpo hacia atrás, la cabeza para adelante, los -ojos muy abiertos, con una gran palpitación de corazón; pero al mismo -tiempo con una nueva y particular confianza, nacida, á mi parecer, del -enternecimiento que le había inspirado el sermón y el espectáculo de la -emoción general. - -Y ve ahí llegar el padre Félix, descalzo, con la cuerda al cuello, -llevando aquella pesada cruz; su rostro pálido y descarnado respiraba -á la vez compunción y valor; avanzaba á pasos lentos, pero resueltos -como el que quiere economizar la debilidad de los demás, y en todo como -un hombre á quien dichas fatigas y trabajos exorbitantes prestaban -fuerzas para sostener las faenas tan numerosas de su cargo. Seguían -inmediatamente los niños más crecidos, descalzos la mayor parte, muy -pocos del todo vestidos, y algunos hasta en camisa. Venían en seguida -las mujeres, llevando casi todas una niña de la mano, y cantando -alternativamente el _Miserere_: el sonido apagado de sus voces, la -palidez y el aire lánguido de sus rostros habrían llenado de compasión -á cualquiera que se hubiese encontrado allí como simple espectador. -Pero Renzo miraba, examinaba de fila en fila, de semblante en -semblante; sin dejar escapar uno tan solo, pues la marcha lenta de la -procesión se lo permitía fácilmente. Pasa y repasa, mira y remira, pero -siempre inútilmente. Lanza una última mirada hacia la muchedumbre que -quedaba todavía atrás, y que iba disminuyendo sin cesar; ya no restan -más que algunas filas; he aquí la postrera; todas han pasado: no ha -visto más que caras desconocidas. Con los brazos colgando y la cabeza -inclinada sobre un hombro, acompañó con la vista aquella comitiva, -mientras pasa la de los hombres. Una nueva atención, una nueva -esperanza nace en su alma viendo aparecer después de éstos, algunos -carros que conducían á los convalecientes que aún no se hallaban en -estado de poder andar. Allí las mujeres venían las últimas; y el tren -iba tan despacio, que Renzo pudo igualmente examinarlas á todas sin -que se le escapase ninguna. ¡Pero qué!, examina el primer carro, el -segundo, el tercero, y siempre con el mismo éxito, hasta llegar al -último, detrás del cual marchaba un capuchino de severo aspecto y con -un bastón en la mano, como regulador de la comitiva. Era aquel padre -Miguel que hemos dicho haber sido dado al padre Félix por coadjutor. - -Por lo tanto, Renzo debía renunciar á aquella última esperanza que, -desvaneciéndose, no sólo le había arrebatado el valor que ella misma le -inspiró, sino también, como de ordinario suele acontecer, le dejó en un -estado peor que antes. Al presente, lo mejor que le podía suceder, era -encontrar á Lucía atacada de la peste. Sin embargo, uniendo al ardor -de una esperanza presente algo del temor creciente, el infeliz se asió -con todas las fuerzas de su alma á este triste y débil hilo. Dirigióse, -pues, hacia el paraje por donde la procesión había venido. Cuando -estuvo al pie de la capilla, fué á ponerse de rodillas sobre el último -escalón, y elevó á Dios una plegaria, ó por mejor decir, una mezcla -de palabras sin ilación, de frases entrecortadas, de exclamaciones, -instancias, lamentos, promesas; uno de esos discursos que no se dirigen -á los hombres, porque no tienen bastante penetración para entenderlos, -ni paciencia para escucharlos; porque carecen de la grandeza necesaria -para experimentar compasión y desprecio. - -Se levantó un poco más reanimado; dió vuelta á la capilla; se encontró -en el otro lado del edificio que aún no había recorrido, y que salía -á otra puerta, viendo á los pocos pasos la empalizada de la cual el -padre Cristóbal le había hablado, pero cortada por varias partes, como -éste verdaderamente le dijo; entró pues por una de dichas aberturas, -y se halló dentro del sitio destinado á las mujeres. Á poco de haber -andado, vió en el suelo una de aquellas campanillas que los _monatti_ -llevaban en los pies, la cual estaba intacta, no faltándole tampoco -sus correspondientes correas. Le vino á la imaginación que dicho -objeto podía servirle como de pasaporte; lo recogió, miró si alguien -le observaba, y se lo ató según lo hacían los expresados _monatti_. -En seguida empezó sus pesquisas, que por la sola multiplicidad de los -objetos habrían de ser más penosas, aun cuando éstas hubieran sido muy -diferentes de lo que eran. Comenzó á recorrer con la vista y contemplar -á la vez nuevas escenas de dolor, parecidas algunas á las que ya había -presenciado, y otras sumamente diversas. Bajo el peso de la misma -calamidad, se veía aquí otro modo de padecer, ó mejor diremos, otro -modo de languidecer, de quejarse, de soportar el dolor, de compadecerse -y ayudarse mutuamente; era para el espectador otra piedad y otro horror. - -Había andado ya largo trecho sin fruto y sin ningún accidente -particular, cuando he aquí que oye detrás de sí un “¡eh!” que parecía -serle dirigido. Se vuelve, y ve á cierta distancia á un comisario que -levantaba las manos señalándole y gritando: “Dirigíos allí, á las -habitaciones, pues hay necesidad de ayuda; aquí se ha concluido ahora -de limpiar”. - -Renzo comprendió al instante por quién se le había tomado, y que -la campanilla era la causa de la equivocación. Llamóse imbécil por -haber pensado únicamente en los obstáculos que dicha insignia podía -evitarle, y no en los que sería posible que le suscitase; pero al mismo -tiempo trató de salir de semejante apuro. Se apresuró de contestar al -mencionado comisario, haciéndole con la cabeza una señal afirmativa, -como para darle á entender que lo había comprendido y que obedecía; -después de lo cual se ocultó de su vista con la mayor prontitud, -metiéndose entre las cabañas. - -Cuando creyó estar bastante lejos, reflexionó en librarse también -de lo que había motivado el pasado escándalo; y para ejecutar dicha -operación sin ser observado, se introdujo en un pequeño espacio que -había entre dos cabañas, á las cuales se podía dar la vuelta alrededor. -Se inclinó para quitarse la campanilla, y estando en esta postura, con -la cabeza apoyada contra la pared de paja de una de las cabañas, llega -á sus oídos una voz... ¡Oh, Dios mío! ¿es posible? Presta atención, y -toda su alma pende en este momento de su oído; él respira apenas... -¡Sí, sí, ésta es la voz y!... “¡Miedo!, ¿de qué?, decía con dulzura la -misma voz; lo que hemos pasado no ha sido más que una tempestad; el que -ha mirado por nosotros hasta aquí, lo hará también en adelante”. - -Renzo no arrojó siquiera un solo grito, no por temor de que le -descubrieran, sino porque le faltó el aliento. Sus rodillas se -doblaron, su vista se turbó; pero esto no fué más que en el primer -momento; al segundo estaba ya en pie más ágil, más vigoroso que antes. -En tres saltos dió vuelta á la cabaña, se presentó á la puerta, vió á -la que había hablado, la divisó de pie inclinada sobre un miserable -lecho. Ella se vuelve al ruido: mira; cree engañarse, delirar, soñar; -mira con más atención, y exclama: “¡Oh; Señor, bendito seáis!”. - ---¡Lucía! ¡Ya os he encontrado!, ¡os encuentro!, ¡sois vos misma!, -¡vivís!, gritó Renzo avanzando todo trémulo. - ---¡Oh, Señor!, replicó Lucía, mucho más trémula. ¡Vos aquí! ¿Como?, -¿por qué?... ¡La peste!... - ---La he tenido: ¿y vos? - ---¡Ah!, yo también; ¿y mi madre? - ---Aún no la he visto, porque está en Pasturo; sin embargo, creo que -sigue bien. ¡Pero vos!... ¡todavía estáis padeciendo! ¡Parece que -seguís débil! Con todo, estáis curada; lo estáis; ¿no es cierto?... - ---El Señor ha dispuesto dejarme en el mundo. ¡Ah, Renzo!, ¿por qué -habéis venido? - ---¿Por qué?, repuso Renzo, acercándose más á ella: ¡me preguntáis por -qué he venido! ¿Es necesario que yo os lo diga? ¿Por ventura no me -llamo ya Renzo? ¿No sois vos Lucía? - ---¡Ah! ¡Qué decís, qué decís! ¿No os ha escrito mi madre?... - ---Sí; demasiado me ha escrito; ¡bonitas cosas en efecto ha escrito á un -infeliz afligido y fugitivo, á un joven que jamás os había hecho daño -alguno! - ---¡Pero Renzo, Renzo! Pues que sabéis... ¿por qué venir, por qué? - ---¡Por qué venir, Lucía; por qué venir!, decís. ¡Después de tantas -promesas! ¿Es que nosotros no somos ya los mismos?, ¿ellas no os -recuerdan nada? ¿Qué faltaba, pues? - ---¡Oh, Señor!, exclamó dolorosamente Lucía, juntando las manos y -elevando los ojos al cielo: ¡por qué no me habéis dispensado la gracia -de llevarme con vos!... ¡Oh, Renzo!, ¿qué habéis hecho? ¡Ay de mí! -Ahora que empezaba á tener la esperanza... de que con el tiempo... -hubiera echado de mi memoria... - ---¡Magnífica esperanza!, ¡hermosas cosas para decirme cara á cara! - ---¡Ah! ¿Qué habéis hecho?, ¡y en este lugar!, ¡en medio de estas -escenas, de tantas miserias! Aquí en donde no se hace más que morir, -habéis podido... - ---Es preciso rogar á Dios por los que mueren y confiar que irán á un -buen lugar; pero no es justo, por lo mismo, que los que viven lo hagan -desesperadamente... - ---Pero, ¡Renzo, Renzo!, no reflexionáis lo que decís: ¡una promesa á la -Madonna!... ¡un voto! - ---Y yo os digo que tales promesas nada valen. - ---¡Oh, Dios mío! ¿Qué estáis diciendo?, ¿dónde os habéis metido todo -este tiempo?, ¿con quién os habéis acompañado?, ¿qué modo de hablar es -éste? - ---Hablo como buen cristiano: hago más favor á la Madonna que vos, -porque creo que ella no quiere que se le hagan promesas en perjuicio -del prójimo. ¡Si la Madonna lo hubiese dispuesto! ¡Oh!, entonces... -Pero esto no ha sido más que una idea vuestra. ¿Sabéis lo que es -necesario prometer á la Madonna? Prometed que daremos el nombre de -María á la primera hija que tengamos: yo me hallo aquí para prometerlo -también: éstas son cosas que honran mucho más á la Madonna; éstas -son las devociones que tienen mucho más sentido común, y no son en -perjuicio de tercero. - ---No, no; no penséis de este modo: no sabéis lo que os decís; ignoráis -lo que es hacer un voto; no estáis en este caso; no lo habéis -experimentado. ¡Marchaos, marchaos, por amor de Dios! - -Y se apartó impetuosamente de él, dirigiéndose hacia el lecho. - ---¡Lucía, dijo Renzo sin moverse; decidme á lo menos, decidme, ¿si no -fuese por esa causa... seriáis la misma para mí? - ---¡Hombre sin corazón!, respondió Lucía, conteniendo apenas sus -lágrimas; ¡cuando me habréis hecho decir palabras inútiles, palabras -que me harán daño, palabras que acaso serán pecados, estaréis contento! -¡Partid! ¡oh, partid!, ¡olvidadme!, ¡se conoce que no estábamos -destinados el uno para el otro! Arriba nos volveremos á ver: poco me -resta que estar en este mundo. Partid; procurad hacer saber á mi madre -que estoy curada, que también aquí Dios me ha asistido siempre, que he -encontrado una buena alma, esta digna señora que me sirve de madre; -decidle que confío que ella habrá sido preservada del contagio, y que -nos veremos, cuando y como Dios quiera. ¡Marchad por el amor del -cielo! y no penséis en mí... sino cuando rogareis al Señor. - -Y como quien no tiene otra cosa que decir ni quiere oir nada más, como -el que desea sustraerse á un peligro, se aproximó todavía más al lecho -en donde yacía la mujer de quien había hablado. - ---¡Escuchad, Lucía, escuchad!, dijo Renzo, no acercándose, sin embargo, -más. - ---No, no; ¡idos, por caridad! - ---Escuchad: el padre Cristóbal... - ---¿Cómo? - ---Está aquí. - ---¡Aquí!, ¿dónde?, ¿cómo lo sabéis? - ---Le he hablado pocos momentos hace; he permanecido en su compañía -largo rato; y un religioso tal como él me parece... - ---¡Está aquí!, seguramente para asistir á los enfermos; mas decidme: -¿ha tenido la peste? - ---¡Ah, Lucía! Temo, temo demasiado que... Y mientras que Renzo vacilaba -en pronunciar una palabra tan dolorosa para él, y que debía también -serlo tanto para Lucía, ésta se había separado de nuevo del lecho, y se -aproximaba á Renzo.--¡Temo que la tenga ya encima! - ---¡Oh, infeliz y santo hombre! ¿Pero qué digo? ¡Pobre hombre! -¡Desgraciados de nosotros! ¿Y cómo está?, ¿guarda cama?, ¿está bien -asistido? - ---Está levantado, anda, asiste á los demás; pero, ¡si lo vierais, qué -color, con qué dificultad se sostiene! He visto tantos y tantos, que -desgraciadamente... no se puede uno engañar. - ---¡Oh, pobres de nosotros! ¿Y se halla precisamente aquí? - ---Sí, y muy cerca: poco más que de mi casa á la vuestra... si os -acordáis. - ---¡Oh, Virgen Santísima! - ---Bien; poco más. Ya podréis juzgar si habremos hablado de vos. ¡Me ha -dicho tantas cosas!... ¡Y si supieseis lo que me ha hecho ver! Ya lo -sabréis; mas ahora quiero empezar por repetiros lo que él mismo con su -propia boca me ha dicho. En primer lugar ha sido de su aprobación el -que venga á buscaros, diciéndome que el Señor quiere que un joven obre -de este modo; y que él me ayudaría á encontraros, como así ha sido. En -fin, es un santo. Por lo tanto, ya lo veis. - ---Pero si él ha dicho esto, es porque no sabe... - ---¿Y cómo queréis que sepa las cosas que habéis hecho por vuestro -antojo, sin juicio y sin el parecer de nadie? Un hombre excelente, una -persona de sentido como él, no va á pensar semejantes cosas. Pero lo -que él me ha hecho ver... Y le refirió su visita á la cabaña. Aunque -los sentidos y el espíritu de Lucía estuviesen familiarizados en -aquella mansión con las más fuertes impresiones, estaba, sin embargo, -sobrecogida de horror y de compasión. - ---Y en dicha cabaña, prosiguió Renzo, habló también como un oráculo. -Ha dicho que el Señor ha resuelto quizás perdonar á ese infortunado... -(al presente no puede darle otro nombre)... que él espera cogerle en un -momento favorable; pero quiere al mismo tiempo que nosotros dos juntos -roguemos por él... ¡Juntos!, ¿habéis comprendido? - ---Sí, sí, rogaremos cada uno donde el Señor disponga que nos hallemos; -él sabe unir las oraciones. - ---Pero ¡si os digo sus palabras!... - ---Mas, Renzo, él no sabe... - ---¿Pero no comprendéis que es un santo cuando habla, y que el Señor -es también el que le hace hablar?, y que no lo hubiera verificado si -esto no debiese ser justamente así... ¿Y el alma de ese desgraciado? -Yo he rogado ya y rogaré por él; lo he hecho de todo corazón, lo mismo -que si hubiese sido hermano mío. Mas ¿cómo queréis que esté en el otro -mundo el infeliz, si en éste no se arregla alguna cosa, y no se reparan -en cierto modo los males que él ha causado? Si vos os dais á razón, -entonces todo será como antes: lo que ha sucedido no tiene remedio: él -lo ha pagado aquí. - ---No, Renzo, no: el Señor no quiere que obremos mal con el fin de -excitar su misericordia. Dejad ese infeliz á su cuidado: por lo que -á nosotros hace, nuestro deber es rogar por él. Si hubiese muerto en -aquella fatal noche, entonces Dios no hubiera podido perdonarte; ¿y si -aún existo, si he sido salvada?... - ---Y vuestra madre, esa pobre Inés, que tanto me ha querido siempre, -que tan ansiosa estaba de vernos casados, ¿no os ha dicho también que -vuestra promesa era muy insensata; ella, que os ha hecho entender -la razón en otras ocasiones, porque en ciertas cosas piensa más -juiciosamente que vos?... - ---¡Mi madre!, ¡queréis que mi madre me haya aconsejado el faltar á mi -voto! ¡Renzo!, ¿estáis en vuestro juicio? - ---¡Oh!, ¿queréis que os lo diga? Vosotras las mujeres no podéis saber -estas cosas. El padre Cristóbal me ha dicho que vuelva á verle, con el -fin de participarle si os he encontrado ó no. Voy allá; veremos, pues, -lo que él dice. - ---Sí, sí; id á encontrar á ese santo hombre; decidle que ruego por él, -y que lo haga á su vez por mí; ¡pues tengo tanta necesidad de ello! -Pero por el amor de Dios, por la salvación de vuestra alma y de la mía, -no vengáis más aquí á causarme daño, á... tentarme. El padre Cristóbal -os lo sabrá explicar todo, y haceros volver en vos, restituyendo la paz -en vuestro corazón. - ---¡La paz en mi corazón! ¡Oh, quitaos esto de la cabeza! Esta -palabrota ya me la habéis hecho escribir una vez; sé lo que me ha hecho -también padecer; y al presente tenéis todavía valor de decírmela. -Pues bien, yo os declaro lisa y llanamente que jamás tendré paz en mi -corazón. Queréis olvidaros de mí, y yo no de vos; y os aseguro que -si me hacéis perder la razón, no volveré á recobrarla ya nunca más. -Mandaré al diablo el oficio y la buena conducta; ya que tenéis gusto -en que viva rabiando toda mi vida, será como deseáis... ¡Y aquel -desgraciado! Dios sabe si lo he perdonado de corazón; pero vos... -¿queréis hacerme pensar por ventura que él no era el que?... ¡Lucía, me -habéis dicho que os olvide! ¡Olvidaros yo! ¿Y cómo hacerlo?, ¿en quién -creéis que yo haya pensado en todo este tiempo? ¡Y después de tantas -cosas, después de tantas promesas! ¿Pero qué os he hecho yo desde que -nos separamos? ¿Me tratáis así porque he padecido, porque he tenido una -multitud de desgracias, porque todo el mundo me ha perseguido, porque -he pasado tanto tiempo fuera de mi casa, triste y lejos de vos, porque -desde el momento en que me ha sido posible he venido á buscaros? - -Cuando el llanto permitió hablar á Lucía, exclamó juntando de nuevo -las manos, y elevando al cielo sus ojos preñados de lágrimas: “¡Virgen -Santísima, favorecedme! Vos sabéis que después de aquella terrible -noche, no he pasado un momento más cruel que éste. ¡Vos que me -socorristeis entonces, prestadme también ahora vuestra ayuda!”. - ---Sí, Lucía, hacéis bien en invocar á la Madonna; mas, ¿por qué queréis -creer que ella tan buena, siendo como es, madre de misericordia, -pueda complacerse en hacernos sufrir... á mí á lo menos... por una -palabra que se os ha escapado en un momento en que no sabíais lo que -os decíais? ¿Podéis imaginar que os socorriera entonces para dejaros -después metida en un berenjenal?... Si por el contrario, todo esto -no es más que una excusa, si es que he llegado á seros odioso... -decídmelo... hablad francamente. - ---Por piedad, Renzo, por piedad; acabad, acabad; no me hagáis morir: -éste no sería el momento más á propósito. Id á ver al padre Cristóbal; -recomendadme á él: no volváis más, no volváis más aquí. - ---Voy; ¡pero creéis que yo no vuelva! Pues volveré aun cuando fuese al -fin del mundo; sí, volveré. Y dicho esto desapareció. - -Lucía fué á sentarse, ó más bien se dejó caer en el suelo junto al -lecho, y descansando sobre él su cabeza, continuó llorando amargamente. -La mujer que hasta entonces había permanecido con los ojos abiertos y -el oído atento, sin respirar, preguntó qué aparición, qué debates, qué -llantos eran aquéllos. Pero el lector quizás pregunte también por su -parte, quién era dicha mujer; mas para satisfacerle, vamos á decírselo -en pocas palabras. - -Era una rica mercadera que contaría apenas unos treinta años. En el -espacio de algunos días había visto morir en su casa al marido y á -todos los hijos; de allí á poco, atacada también ella de la peste, -había sido conducida al lazareto y colocada en aquella miserable -cabaña, al tiempo que Lucía, después de haber superado sin apercibirse -la furia del mal, y mudado igualmente sin notarlo varias veces de -compañía, empezaba á mejorar y recobrar el conocimiento que había casi -perdido desde el primer acceso de la enfermedad en la misma casa de D. -Ferrante. La humilde cabaña no podía contener más que dos personas; -y entre estas dos mujeres afligidas, abandonadas, solas en medio de -tan inmensa multitud, había nacido á un mismo tiempo una intimidad, -una afección, que apenas hubiera podido tener lugar habiendo vivido -juntas largo tiempo. Bien pronto Lucía se vió en estado de cuidar á su -compañera, que estuvo á las puertas de la muerte. Al presente, que se -hallaba ya fuera de peligro, se hacían compañía, se velaban y animaban -recíprocamente, habiéndose prometido una á otra que no saldrían más que -juntas del lazareto, como también habían tomado varias medidas para no -separarse después de su salida. La mercadera, que había dejado bajo la -custodia de un hermano, comisario de sanidad, su casa, almacén y caja, -todo ello muy bien provisto, iba á encontrarse sola y triste dueña de -mucho más de lo que necesitaba para vivir cómodamente: por lo tanto, -quería llevarse consigo á Lucía, y mirarla como á una hija ó hermana. -Ésta se había adherido á dicho pensamiento; ¡imagínese con qué gratitud -hacia su amiga y para con la Providencia!, pero únicamente hasta -tanto que tuviese noticias de su madre, y saber, como lo esperaba, -su voluntad. Por lo demás, como era tan reservada, no había dicho -una palabra de su promesa de casamiento, ni de sus extraordinarias -aventuras. Pero en la actualidad, en medio de su grande agitación, -tenía á lo menos tanta necesidad de aliviarse de su terrible peso, -como la otra deseos de enterarse; por lo cual, estrechando entre sus -dos manos la derecha de su amiga, se puso en seguida á satisfacer á su -demanda, sin otra detención más que los sollozos, que por intervalos -interrumpían el uso de su palabra. - -Entretanto Renzo se dirigía apresuradamente al encuentro del buen -fraile. Con un poco de atención, y no sin algunos pasos perdidos, -consiguió llegar al fin. Encontró la cabaña; pero no al digno fraile -en ella: mas buscando y dando vueltas á los alrededores, lo divisó en -una barraca, que inclinado hasta el suelo y casi de bruces, estaba -administrando sus deberes á un moribundo. Renzo se detuvo y esperó -silenciosamente. Poco después vió que cerraba los ojos á aquel infeliz, -arrodillarse en seguida y orar un momento, y luego levantarse. Entonces -Renzo echó á andar y le salió al encuentro. - ---¡Oh!, dijo el fraile al verle: ¿qué hay? - ---Existe; la he hallado. - ---¿En qué estado? - ---Curada, ó á lo menos levantada. - ---¡El Señor sea loado! - ---Pero..., dijo Renzo cuando estuvo cerca del capuchino, para poderle -hablar en voz baja. Hay otra dificultad. - ---¿Cómo? - ---Quiero decir que... Ya sabéis cuán buena es la pobre joven; mas -algunas veces es un poco testaruda. Después de tantas promesas, después -de lo que ignoráis, sale ahora con que no quiere casarse conmigo, -porque dice... qué sé yo... que en aquella noche que tuvo tanto miedo -perdió la cabeza, y se... como si dijéramos, se prometió á la Madonna. -Éstas son cosas que nada significan, ¿no es verdad? Cosas buenas para -quien sabe y tiene medio de hacerlas; pero, ¡para nosotros, gente -ordinaria, que no sabemos cómo deben hacerse!... ¿es cierto que no -valen? - ---Dime, ¿está muy lejos de aquí? - ---¡Oh!, no: á pocos pasos de la iglesia. - ---Espérame aquí un momento, dijo el fraile, y después nos iremos juntos. - ---Queréis decir que le haréis comprender... - ---No lo sé, hijo mío; es preciso que oiga lo que me diga. - ---Comprendo, contestó Renzo, y permaneció con la vista fija en el -suelo, y los brazos cruzados sobre el pecho, tascando con impaciencia -su incertidumbre, que había quedado en pie. El fraile fué de nuevo en -busca del padre Víctor, rogó que le supliera de nuevo un poco más, -entró en su cabaña, salió con una espuerta debajo del brazo, volvió por -Renzo, y le dijo: “Vamos”, y marchó delante de él, encaminándose á la -cabaña, donde poco antes habían entrado juntos. Esta vez entró solo, y -después de un momento apareció diciendo: “¡Nada!, roguemos, roguemos -por él”. Luego repuso: “Ahora guíame”. - -Y sin añadir una sola palabra más, se pusieron en camino. - -El tiempo se había ido oscureciendo cada vez más, y anunciaba una -próxima é inminente tempestad. Rápidos relámpagos, hendiendo la -oscuridad siempre creciente, alumbraban con un fulgor instantáneo los -prolongados techos y las arcadas de los pórticos, la cúpula de la -capilla y los humildes remates de las cabañas; por último, el repetido -estruendo del trueno recorría, formando con su resplandor espantosas -culebrillas, de una región del cielo á otra. El joven marchaba el -primero, atento al camino, con una grande impaciencia por llegar, -pudiendo apenas aflojar el paso para medirlo á las fuerzas del que le -seguía, el cual medio muerto de fatiga, abrumado por el mal, oprimido -por el desfallecimiento, andaba penosamente, elevando, de vez en -cuando, al cielo su marchito semblante, como para poder respirar con -más libertad. - -Cuando Renzo hubo llegado delante de la cabaña se detuvo, volvió atrás -su vista, y con trémulo acento dijo: “Aquí es”. - -Entran; y... “Míralos”, exclama la mujer que yacía en el lecho. Lucía -se vuelve, se levanta con precipitación, y corre al encuentro del -anciano gritando: “¡Oh, qué veo, padre Cristóbal!”. - ---¡Y bien, Lucía!, ¡de cuántas angustias os ha librado el Señor! -¡Debéis ser bien dichosa de haber confiado siempre en él! - ---¡Oh!, sí; pero, ¿y vos, padre mío? ¡Pobre sacerdote! ¡Cuán cambiado -estáis!, ¿cómo os sentís?, decidme, ¿cómo os sentís de salud? - ---Como Dios quiere, y como por su gracia también quiero yo, respondió -el fraile con sereno rostro. Dichas las anteriores palabras, la llamó -aparte, y añadió: “Escuchad, yo no puedo permanecer aquí más que breves -instantes: ¿estáis dispuesta á confiaros á mí como en otro tiempo?”. - ---¡Oh!, ¿no sois siempre mi padre? - ---Pues bien, hija mía, decidme: ¿qué voto es ése del cual me ha hablado -Renzo? - ---Es una promesa que he hecho á la Madonna de no casarme jamás. - ---Mas, ¿no reflexionasteis que ibais á ligaros por medio de un -juramento? - ---Como se trataba del Señor y de la Madonna... no he reflexionado. - ---El Señor, hija mía, agradece los sacrificios y ofrecimientos cuando -los hacemos por nuestro propio bien: lo que él quiere es el corazón, la -voluntad; pero vos no podíais ofrecer la voluntad de otro hacia quien -estabais obligada. - ---¿He obrado mal, por ventura? - ---No, pobre niña, no. Creo además que la Santa Virgen habrá agradecido -la intención de vuestra alma afligida, ofreciéndola á Dios en lugar -vuestro. Mas decidme, ¿no habéis pedido parecer á nadie? - ---No pensé que obraba mal para confesarme de ello; y lo poco bien que -uno pueda obrar, es sabido que no es conveniente vociferarlo. - ---¿No tenéis ningún otro motivo que os impida cumplir la promesa hecha -á Renzo? - ---En cuanto á esto... por lo que á mí toca... ¿qué motivo?... Yo no -podré decir... nada más, respondió Lucía, con cierta vacilación, que -anunciaba sólo una incertidumbre en su pensamiento; y su rostro, -descolorido aún por la enfermedad, se cubrió de repente del más vivo -sonrosado. - ---¿Creéis, replicó el anciano con los ojos bajos, que Dios ha concedido -á su Iglesia la autoridad de redimir y condenar, según que pueda -resultar de ello un bien mucho mayor, las deudas y obligaciones que los -hombres puedan haber contraído con él? - ---Sí, lo creo. - ---Tened, pues, entendido, que encargados de las almas en este lugar, -estamos revestidos de los más amplios poderes para los que recurran á -nosotros; y en su consecuencia puedo, si lo pedís, relevaros de todas -las obligaciones que hayáis contraído por medio del voto hecho. - ---¿Pero no es cometer un pecado el desdecirse y arrepentirse de una -promesa hecha á la Virgen? Yo la he hecho de todo corazón... dijo Lucía -violentamente agitada y asaltada de una (bueno será que lo digamos) -de una esperanza impensada, redoblando la oposición de un error -fortalecido por todos los pensamientos que constituían hacía ya mucho -tiempo la principal ocupación de su espíritu. - ---¡Pecado, hija mía!, dijo el fraile: ¡pecado el recurrir á la Iglesia -y pedir á su ministro que haga uso de la autoridad con que le ha -facultado, y que ella ha recibido de Dios! He visto que habéis sido -hechos para estar reunidos; y á la verdad, si alguna vez ha podido -parecerme que dos almas hubiesen podido ser unidas por Dios, éstas son -las vuestras. En la actualidad, no veo por qué Dios querría separaros; -y yo le bendigo, aunque indigno, por haberme concedido el poder de -hablar en su nombre y de devolveros vuestra palabra. Si me pedís que os -declare relevada de vuestro voto, no vacilaré en hacerlo, y aun deseo -que me lo pidáis. - ---Entonces... si es así... os lo suplico, dijo Lucía con un semblante -que no aparecía turbado más que por el pudor. - -El fraile llamó por medio de una seña al joven, que permanecía retirado -á bastante distancia en un extremo mirando fijamente, ya que no podía -oir la conversación que tanto le interesaba. Cuando se hubo acercado, -el buen fraile dijo en voz alta á Lucía: “Con la autoridad que tengo de -la Iglesia os declaro relevada del voto de virginidad, anulando lo que -puede tener de inconsiderado, y librándoos de todas las obligaciones -que podéis haber contraído”. - -Figúrese el lector de qué modo semejantes palabras resonarían en los -oídos de Renzo. Dió gracias vivamente con los ojos al que las había -proferido; y en seguida buscó, pero en vano, los de Lucía. - ---Volved con tranquilidad y confianza á vuestras ideas primitivas, -continuó diciendo el capuchino: impetrad nuevamente del Señor las -gracias que le pedíais para ser una santa esposa; y confiad que os las -concederá con más abundancia después de tantas desgracias. Y tú, dijo -dirigiéndose á Renzo, acuérdate, hijo mío, que si la Iglesia te da esta -compañera, no lo hace para procurarte un goce temporal y mundano, el -cual aunque fuese absoluto y sin mezcla de ningún disgusto, tendría -siempre que concluir en una grande aflicción al tiempo de separaros; -su objeto, pues, se cifra sólo en dirigiros á ambos por el camino de -los goces que no tendrán fin. Amaos como compañeros de viaje, con el -pensamiento de tener que abandonaros uno á otro, y con la esperanza -de volveros á reunir para siempre. Dad gracias al cielo, que os ha -colocado en esta situación, no por medio de goces turbulentos y -pasajeros, sino al través de trabajos y desgracias, para disponeros el -que disfrutéis de una alegría completa y tranquila. Si Dios os concede -hijos, cuidad de educarlos para él; imbuidles el que le amen, como -también el que profesen estimación á los demás hombres, pues de este -modo los podréis guiar bien en todo y por todo. ¡Lucía! ¿os ha dicho, y -á esto señalaba á Renzo, á quién ha visto? - ---¡Oh, padre mío! Sí, me lo ha dicho. - ---Vosotros rogaréis por él, no dejéis de hacerlo, y también por mí... -¡Hijos míos! quiero que tengáis un recuerdo del pobre fraile (y al -decir esto sacó de su espuerta una especie de caja de madera ordinaria, -pero labrada y muy bien pulimentada, conociéndose en su minucioso -trabajo la paciencia de un capuchino). Aquí dentro está el resto de -aquel pan, el primero que pedí por caridad, y del que tanto habéis -oído hablar; yo os lo dejo en memoria; enseñádselo á vuestros hijos: -ellos vendrán á un mundo bien triste, á un siglo doloroso, en medio -de orgullosos y provocadores. Decidles que perdonen siempre, y todo; -hacedles que rueguen por el pobre fraile. - -Dicho esto presentó la caja á Lucía, que la tomó con el mayor respeto, -como si hubiese sido una reliquia; luego con voz conmovida prosiguió: -“Ahora decidme: ¿con qué apoyo contáis aquí en Milán? ¿en dónde pensáis -poder colocaros al salir de aquí? ¿y quién os conducirá hacia el paraje -en que se halla vuestra madre, que Dios quiera haber conservado?”. - ---Esta buena señora me sirve de madre; nosotras saldremos juntas de -aquí, y después ella pensará en lo que deba hacerse. - ---¡Que Dios la bendiga! dijo el fraile, aproximándose al lecho. - ---Yo también os doy las gracias, dijo la viuda, por la alegría que -habéis causado á estos pobres jóvenes, aunque yo esperaba conservar -en mi compañía siempre á esta mi querida Lucía. Pero yo velaré sobre -ella; la acompañaré á su pueblo, la pondré en manos de su madre, y en -seguida, añadió en voz baja, quiero regalarle el ajuar. Poseo muchos -intereses, y no tengo ya á nadie de los que debían disfrutarlos conmigo. - ---Así, repuso el fraile, podéis hacer un gran sacrificio al Señor, y -mucho bien al prójimo. No os recomiendo esta joven, porque veo que le -profesáis gran cariño. Es preciso alabar á Dios, que sabe mostrarse -padre aun en medio de los castigos, y permitiendo que os encontraseis, -os ha dado una prueba evidentísima de amor á una y á otra. Al presente, -dijo volviéndose á Renzo y cogiéndole por la mano: “Los dos nada -tenemos ya que hacer aquí, y hemos permanecido demasiado tiempo. Vamos”. - ---¡Oh, padre! dijo Lucía, ¿os volveré á ver todavía? ¡Yo estoy curada, -yo que ningún bien hago en este mundo; y vos!... - ---Hace ya mucho tiempo, respondió el anciano con tono serio y dulce á -la vez, que pido al Señor un favor muy grande, cual es el de acabar mis -días sirviendo al prójimo. Si en estas circunstancias me lo quisiera -conceder, necesito que todos los que tengan caridad de mí me ayuden á -darle gracias. Vamos, dad á Renzo los encargos para vuestra madre. - ---Contadle lo que habéis visto, dijo Lucía á su prometido; le decís que -he hallado aquí una segunda madre, que me trasladaré á su lado tan -pronto como me sea posible, y que espero encontrarla sana y salva. - ---Si necesitáis dinero, repuso Renzo, traigo aquí todo el que -mandasteis, y... - ---No, no, dijo la viuda; yo lo tengo de sobra. - ---Vamos, replicó el fraile. - ---¡Lucía!, hasta la vista... lo mismo digo, mi buena señora, dijo -Renzo, no encontrando palabras que pudiesen significar lo que -experimentaba en semejantes momentos. - ---¡Quién sabe si el Señor nos dispensará la gracia de que aún nos -volvamos á ver todos!, exclamó Lucía. - ---Que él sea siempre con vosotras y os bendiga, dijo Fr. Cristóbal á -las dos amigas; después de lo cual salió con Renzo de la cabaña. - -Entretanto la noche se iba acercando, y el tiempo parecía cada vez más -próximo á revolverse. El capuchino ofreció de nuevo al joven un asilo -durante la expresada noche en su barraca. “No te podré hacer compañía, -añadió; pero tendrás á lo menos donde estar á cubierto”. - -Renzo experimentaba, sin embargo, grandes deseos de marcharse, tratando -de no permanecer por más tiempo en semejante lugar, pues que no le -sería permitido volver á ver á Lucía, y ni aun siquiera disfrutar de la -compañía del buen fraile. Con respecto á la hora y al tiempo, ó mejor -dicho, noche ó día, sol ó lluvia, calor ó frío, era todo igual para él -en aquel momento. Dió pues las gracias á fray Cristóbal, diciéndole que -deseaba ir lo más pronto que fuese posible en busca de Inés. - -Cuando llegaron al camino del centro, el fraile le apretó la mano -diciendo: “Si Dios quiere que encuentres á la buena Inés, salúdala en -mi nombre; dile, así como también á todos aquellos que se acuerdan de -fray Cristóbal, que rueguen por él. Ahora, que Dios te acompañe y te -bendiga para siempre”. - ---¡Oh, querido padre!... ¿nos volveremos á ver, no es cierto? - ---Confío que será en el cielo. Y dicho esto se separó de Renzo, el cual -habiendo permanecido en el mismo sitio hasta que le perdió de vista, -tomó en seguida la puerta, echando á derecha é izquierda las últimas -miradas de compasión á aquella morada de dolores. Observábase por -doquier un extraordinario movimiento; un continuo correr de _monatti_ -de un lado á otro, trasladar efectos, componer los techos de las -barracas, y convalecientes que se arrastraban hacia éstas y debajo de -los pórticos para ponerse al abrigo de la tempestad, que amenazaba -estallar por momentos. - - - - - CAPÍTULO DECIMONOVENO - - -En efecto, apenas Renzo hubo pasado el umbral del lazareto y tomado á -la derecha, con el fin de volver á encontrar la senda situada debajo -de las murallas por la cual había desembocado en aquella misma mañana, -cuando comenzaron á caer gruesas gotas, saltando sobre el blanco y -árido camino, y levantando al propio tiempo un polvillo finísimo. La -lluvia cayó bien pronto á torrentes. Renzo, en vez de inquietarse, se -regocijaba interiormente; se deleitaba con aquel aire tan fresco, con -aquella agitación, con aquel susurro de plantas y de hojas que parecían -recobrar una nueva vida; por último, respiraba con más libertad; y en -este cambio de la naturaleza, sentía vivamente el que se había obrado -en su destino. - -¡Pero cuánto más vivo y completo habría sido este sentimiento si Renzo -hubiese podido adivinar lo que vió pocos días después! Aquella agua se -llevaba, ó mejor diremos, lavaba el contagio. Si el lazareto no pudo -restituir á los vivientes todos los que aún encerraba en su seno, á lo -menos desde este día no recibió ya más en sus vastas cavidades. Al cabo -de una semana viéronse abrir las puertas y las tiendas, no hablándose -casi ya más de cuarentena, y no quedando de la peste más que algunos -restos esparcidos aquí y allí: rastro que semejante azote acostumbra -siempre dejar detrás de sí por espacio de algún tiempo. - -Caminaba, pues, nuestro viajero alegremente, sin haber proyectado -dónde, cómo, ni cuándo, ni aun si debía detenerse en aquella noche, -deseoso sólo de adelantar camino, de llegar pronto á su pueblo natal, -de encontrar en éste con quien hablar y á quien referir su felicidad, y -sobre todo el poderse poner en seguida en camino para Pasturo, con el -objeto de buscar á Inés. Seguía andando con la imaginación sumamente -agitada, á causa de todo lo que había presenciado aquel día; pero -al través de tantas miserias, horrores y peligros, venía siempre un -pensamiento: “¡La he hallado!, ¡está curada!, ¡es mía!”. Y entonces -daba un brinco de alegría, salpicándose de barro y haciéndolo saltar -á gran distancia, á la manera de un perro de aguas cuando está bien -mojado; otras veces se contentaba con un restregoncito de manos, y -luego avanzaba con más ardor que antes. - -Contemplando el camino, juntaba, por decirlo así, los pensamientos -que había dejado allí por la mañana y el día anterior al ir á Milán; -recogiendo precisamente con más placer todavía el que entonces -había tratado de alejar de sí, á saber: la duda, la dificultad de -encontrarla, y aun así, que estuviera viva en medio de tantos muertos -y moribundos. “¡Y la he hallado viva!”, concluía diciendo. Traía á la -memoria todos los sucesos é incidentes más terribles de aquel día, y -se figuraba tener aún cogida aquella consabida aldaba: ¿si estará?, -¿si no estará? y luego recibir una respuesta tan poco favorable; no -teniendo casi tiempo de comentarla, porque aquellos frenéticos y -bribones le perseguían furiosamente: y después ¡el lazareto, aquel -vasto mar, el miedo de encontrarla allí!, ¡y haberla justamente -encontrado! En seguida venía á parar al acto mismo en que la procesión -de los convalecientes acababa de pasar; ¡qué momento aquel, qué -angustias al no encontrarla! Y al presente no le importaba ya nada. -¡Y aquel departamento de mujeres!, ¡y allí detrás de aquella cabaña -oir, cuando no se lo esperaba, aquella voz, aquella voz justamente! ¡Y -verla levantada! Pero, ¡ah!, surgía todavía entonces aquel desgraciado -obstáculo del voto, más embrollado y fuerte que nunca. ¡Dicho obstáculo -ya no existe! Y aquella rabia contra D. Rodrigo, aquel odio maldito -que exacerbaba todos los dolores y emponzoñaba todas las esperanzas, -también desaparecieron. Así que, apenas habría podido gozar una dicha -mayor si no hubiese sido por la incertidumbre en que se hallaba con -respecto á Inés, sin el triste presentimiento que tenía tocante al -padre Cristóbal, y la aflicción de encontrarse aún en medio de una -epidemia. - -Al anochecer llegó á Sesto, sin que la lluvia presentase ninguna señal -de cesar. Pero sintiéndose más ágil que nunca, y encontrando grandes -dificultades para alojarse, aunque enteramente empapado en agua, no -le pasó siquiera por la imaginación el entrar en una posada. La sola -necesidad que experimentaba y que le incomodaba algún tanto era un gran -apetito; pues la alegría que tenía le había hecho digerir la escasa -gazofia del capuchino. En su consecuencia, miró si encontraba alguna -panadería: viéndola en efecto, pidió dos panes que le fueron entregados -por medio de las tenazas y demás ceremonias que ya sabemos se usaban -entonces. Colocó uno de dichos panes en la faltriquera, empezando á -tirar grandes bocados al otro, y de este modo continuó su viaje. - -Cuando pasó por Monza, era ya completamente de noche: no obstante -esto, consiguió encontrar la puerta que conducía al verdadero camino. -Mas nadie puede imaginarse en qué estado se hallaba dicho camino, y -cómo se iba volviendo de un momento á otro. Sepultado (del mismo modo -que lo estaban todos, como ya lo hemos dicho en otra parte) entre dos -márgenes á semejanza de un álveo, se le hubiera podido dar el nombre si -no de río, á lo menos de acueducto, encontrándose en una innumerable -porción de sitios cenagosos, zanjas de las que podía retirar apenas -sus zapatos, y repetidas veces sus pies. Mas iba saliendo sin -impacientarse, sin jurar, sin arrepentirse. Reflexionaba que cada paso -le acercaba al término de su viaje, y que el agua cesaría cuando Dios -quisiera, que el día vendría á su tiempo, y que el camino hecho, hecho -quedaba. - -Renzo no calculaba que entonces no podía hacer otra cosa. Esto mismo -era efecto de su distracción, porque el gran trabajo de su imaginación -era recordar la historia de aquellos tristes años pasados; ¡tantos -obstáculos, tantas adversidades, tantos momentos en que él había estado -á punto de renunciar también á la esperanza y de creerlo todo perdido! -oponía á esto, las revelaciones de un porvenir tan distinto, la llegada -de Lucía, las bodas, el arreglo de la casa, y el placer de referir sus -pasados infortunios, y toda su vida. - -¿Cómo había de componerse para seguir adelante hallándose en un paraje -en que los caminos se cruzaban en todas direcciones? Nosotros no -podremos verdaderamente asegurar, si el poco conocimiento que tenía -de dichos caminos, ó si el opaco brillo de las estrellas le hicieron -encontrar siempre su precisa ruta, ó si la tomó á la ventura; pues él -mismo, que tenía costumbre de contar detalladamente su historia con -más amplitud que nosotros (y todo hace creer que nuestro anónimo se lo -había oído referir varias veces), él mismo, al llegar á este punto, -decía que no se acordaba de la expresada noche más que como un ensueño. -Lo cierto es que al amanecer se encontró junto al Adda. - -No había cesado de llover aún; pero el agua que caía á torrentes, -veíase convertida en una lluvia fina, igual, penetrante; las nubes -elevadas y caprichosas formaban un velo continuo, mas ligero y diáfano; -y la luz del crepúsculo hizo descubrir á Renzo el paisaje de los -alrededores. Era su pueblo, y á su vista sería difícil expresar lo que -sintió. Únicamente diremos que aquellos montes, el vecino _Resegon_, y -el territorio de Leceo le parecía que habían llegado á ser propiedad -suya. Se miró á sí mismo, y á la verdad se vió tan mal pergeñado y tan -raramente vestido de lo que jamás hubiera podido figurarse: su traje -todo chorreando y pegado al cuerpo; su sombrero se había puesto muy -blando, perdido la forma y enteramente calado; lleno de lodo hasta -la cintura, y su desgreñado cabello caía sobre su cara á manera de -madejas. Con respecto al cansancio, debía tenerlo, mas no lo advertía; -pues el frío de la madrugada junto con el de la noche, y aquel pequeño -baño, no le inspiraban otro deseo que el de caminar más apresuradamente. - -Está ya en Pescate; costea aquel último trozo del Adda, arrojando, sin -embargo, una melancólica mirada sobre Pescarenico; pasa el puente, y -llega bien pronto atravesando campos y sendas á la morada de su amigo. -Éste, que acababa de levantarse, estaba en el umbral de su puerta -observando el tiempo; mas he aquí, que de repente mira hacia el lado -por donde venía Renzo, quedándose estupefacto al ver aquella figura tan -estrambótica, tan cubierta de barro, pero al propio tiempo tan viva y -decidida: desde que existía no había visto un hombre peor arreglado, y -á la vez más alegre. - ---¡Hola!, dijo, ¡de vuelta ya, y con este tiempo! Vamos, ¿cómo ha ido? - ---Está allí, está allí. - ---¿Sana? - ---Curada, que es todavía mejor. Debo dar gracias al Señor y á la -Madonna mientras viva. Pero, ¡hay cosas grandes, cosas admirables! -Luego te lo contaré todo. - ---Mas, ¿cómo vienes tan estropeado? - ---¿Estoy bonito, eh? - ---Si te he de decir la verdad, no hay por donde cogerte. Pero, espera, -espera que encienda una buena lumbre. - ---Lo acepto de buena gana. ¿Sabes dónde me ha pillado la lluvia?: -justamente en la misma puerta del lazareto. Pero, ¡esto no vale nada! -El tiempo hace su oficio, y yo el mío. - -El amigo se fué y apareció de nuevo en seguida con dos haces de maleza -y algunos troncos de arbustos que colocó en el hogar. Renzo entretanto -se había quitado el sombrero, y después de haberlo sacudido dos ó tres -veces lo había arrojado al suelo; mas el jubón no se lo sacó con tanta -facilidad. En seguida cogió su cuchillo, cuya hoja estaba toda mojada -y tomada, lo dejó sobre una pequeña mesa, y dijo: “¡Esta hoja también -se ha puesto buena! Pero, ¡es agua, es agua! ¡Loado sea el Señor!... -Por poco no hago allí una... Después te lo contaré; y al decir esto, se -restregaba las manos. Ahora hazme un favor: tráeme aquel lío de ropa -que dejé arriba, porque antes que ésta se seque...”. - -Al volver su amigo con dicho lío, le dijo: “Calculo que debes tener -apetito, pues comprendo que en el camino habrás podido beber, pero -comer...”. - ---Compré dos panes, que fué lo que pude encontrar ayer á la caída de la -tarde; mas á la verdad, desde que emprendí mi marcha, es lo único que -ha entrado en mi estómago. - ---Déjame hacer, dijo el amigo, después de lo cual echó agua en una -pequeña caldera, que colgó de una cadena, y añadió: voy á ordeñar la -vaca; cuando vuelva con la leche, el agua estará á punto, y haremos una -buena _polenta_. Tú, entretanto, haz lo que mejor te parezca. - -Habiendo Renzo quedado solo, se quitó, no sin costarle algún trabajo, -el resto de sus vestidos, los cuales tenía pegados al cuerpo; se enjugó -bien, y se vistió de nuevo de pies á cabeza. El amigo dió la vuelta al -cabo de pocos instantes, y continuó haciendo su _polenta_, mientras que -Renzo esperaba sentado. - ---Ahora me voy sintiendo cansado, dijo: Hay una tirada muy buena. Pero -esto no vale nada. Tengo tanto que contar, que hay para ocupar todo el -día. ¡Cuán revuelto está Milán! ¡Es preciso verlo y tocarlo! ¡Es cosa -de hacerle erizar á uno el pelo! ¡Y lo que han querido hacer conmigo -los señores de allí! Ya lo oirás. ¡Mas si vieses el lazareto! se vuelve -uno loco al aspecto de tantas desgracias. ¡Vamos! Ya te lo referiré -todo... Ella está allí; tú la verás aquí; será mi mujer, y tú debes -hacer de testigo, y aunque haya peste ó no, quiero que estemos alegres, -á lo menos por algunas horas. - -Por lo demás, cumplió lo que había prometido á su amigo, tocante á -ocupar todo el día contándole lo que le había sucedido; tanto más, -cuanto que no habiendo cesado de llover, pasó el día refugiado en la -casa, ora sentado al lado de su amigo, ora ocupado en preparar tinas, -cubas y demás utensilios para la vendimia, en lo cual Renzo no dejó -de darle una buena mano; porque según solía decir, era de los que se -cansan más sin hacer nada, que trabajando. Sin embargo, no pudo menos -de dar una escapadita á la casa de Inés, con el objeto de ver de nuevo -cierta ventana, y para ir á darse un restregoncito de manos. En efecto, -lo verificó, volviendo en seguida sin ser visto de nadie, y se acostó. -Levantóse antes de amanecer, y viendo que había cesado la lluvia, -aunque el tiempo no estaba sentado del todo, se puso en camino para -Pasturo. - -Cuando llegó era todavía muy temprano, pero él tenía tantos deseos de -lograr su intento, como el lector de que se acabe la presente historia. -Se informó acerca de Inés, y supo que no tenía novedad, habiéndosele -indicado la casa en que vivía. Dirigióse á ella; llamó desde la calle -á Inés; al sonido de su voz, ésta se asomó presurosa á la ventana, -y mientras permanecía con la boca abierta para pronunciar algunas -palabras, ó acaso para exhalar un grito, Renzo se le anticipó diciendo: -“Lucía está buena, la vi antes de ayer; me encarga que os salude, y que -os diga que pronto va á venir. Y después, ¡tengo tantas y tales cosas -que deciros!”. - -Entre la sorpresa de semejante aparición, el contento que le había -causado la noticia y el ansia de saber más, Inés prorrumpía tan pronto -en una exclamación, tan pronto empezaba á hacer una pregunta, pero -siempre sin concluir lo que iba á decir: en seguida, olvidando las -precauciones que tenía costumbre de tomar hacía ya algún tiempo, dijo: -“Voy á abriros”. - ---Aguardad; ¿y la peste? Según creo, no la habéis tenido. - ---Yo no; ¿y vos? - ---Yo sí, pero vos debéis tener prudencia. Vengo de Milán, y durante -dos días he estado metido hasta el cuello en medio del contagio. Es -verdad que me he mudado de pies á cabeza, pero hay tal inmundicia, que -se pega á veces á la carne como un maleficio; y ya que el Señor os ha -preservado hasta ahora, quiero que os guardéis hasta que haya cesado -la epidemia, porque sois nuestra madre, y deseo que vivamos juntos -alegremente largos años, en compensación de lo mucho que hemos sufrido, -á lo menos yo. - ---Pero... - ---¡Bah!, no hay _pero_ que valga, replicó Renzo. Sé lo que queréis -decir; con todo, ya veréis que el _pero_ está de más. Vámonos á algún -paraje que estemos al aire libre, que podamos hablar con comodidad y -sin peligro, y veréis. - -Inés le indicó un jardín que se hallaba situado detrás de la casa, y -añadió: “Entrad en él y veréis dos bancos, uno enfrente de otro, que -parecen colocados á propósito; yo voy en seguida”. - -Renzo fué á sentarse en el uno; pocos instantes después, Inés se -hallaba en el otro. Estoy seguro que si el lector, informado como está -de todos los antecedentes, hubiese podido encontrarse allí como un -tercero, ver con sus propios ojos aquella conversación tan animada, y -escuchar con sus oídos aquellas narraciones, preguntas y explicaciones, -aquel exclamar, condolerse y alegrarse, y D. Rodrigo, y el padre -Cristóbal, y todo lo demás, y las descripciones del porvenir, claras -y positivas, como las del pasado; estoy seguro, repito, que hubiera -encontrado muchos encantos, y que habría sido el último en retirarse. -Pero al ver dicha conversación sobre el papel, muda, sin colorido y -sin ningún hecho ó suceso nuevo, soy de parecer que le es del todo -indiferente, juzgando al propio tiempo que prefiere adivinarla por sí -mismo. La conclusión fué que iría á establecerse cerca de Bérgamo, en -el mismo paraje en que Renzo había empezado ya á hacer negocio; con -respecto á la época, nada se podía decidir aún, porque dependía de la -peste y de otras circunstancias. Quedaron pues en que tan pronto como -cesara el peligro, Inés volvería á su casa para esperar á Lucía, ó que -ésta, por el contrario, la aguardaría en ella: en el ínterin, Renzo -haría algún viaje á Pasturo para ver á su madre y para informarse de -lo que pudiera acontecer. - -Antes de marchar le ofreció también dinero, diciendo: “Mirad, están -todavía intactos: por mi parte he hecho voto de no tocarlos hasta -que la cosa estuviese puesta en claro. Ahora, si los necesitáis, -traedme una cazuela de agua y vinagre, y echaré en ella los consabidos -cincuenta escudos relucientes y hermosos”. - ---No, no, dijo Inés, ninguna necesidad tengo por ahora de ellos; -conservadlos, pues servirán para poner la casa. - -Renzo partió con el nuevo consuelo de haber encontrado sana y salva á -una persona que le era tan querida. Permaneció el resto del día y de -la noche en casa del amigo, y al día siguiente se puso en camino con -dirección á su pueblo adoptivo. - -Encontró á Bartolo en un estado de salud perfecta y con menos -miedo todavía de perderla; pues en aquellos pocos días que habían -transcurrido, los cosas tomaron felizmente un rápido y distinto giro. -Muy pocos eran los que caían enfermos: el mal no era ya el mismo: no se -veían aquellos rostros lívidos y moribundos, ni aquellos síntomas tan -violentos, pero sí algunas calenturillas, la mayor parte intermitentes, -con alguno que otro bubón muy bajo ya de color, que se curaban con la -misma facilidad que un divieso ó grano cualquiera. El país aparecía ya -bajo otro aspecto muy diferente: los que habían sobrevivido empezaban -á salir, á reunirse, y á darse recíprocamente pésames y enhorabuenas. -Hablábase ya de volver á trabajar; los maestros trataban de buscar y -juntar operarios, principalmente para aquellos artefactos, cuyo número -aun antes de la epidemia escaseaba tanto, como era el de la seda. -Renzo, sin hacerse el desdeñoso, prometía (salva sin embargo la debida -aprobación) á su primo dedicarse al trabajo, cuando volviera acompañado -á establecerse en el país. Entretanto se ocupó de los preparativos más -necesarios; alquiló una casa bastante capaz, cosa que había llegado á -ser muy fácil y poco costosa; la amuebló echando ya entonces mano á su -tesoro, pero sin hacer en él una gran brecha, habiendo más gente que -vendiese y que no comprase. - -Después de algunos días volvió á su pueblo natal, el cual encontró -notablemente mejorado. Corrió á Pasturo, halló á Inés totalmente -tranquila y dispuesta á volver á su casa, de modo que él mismo la -acompañó en seguida á ella. Pasaremos en silencio los sentimientos que -experimentaron, las conversaciones que tuvieron al verse juntos en -aquellos sitios. - -Inés lo encontró todo según lo había dejado; así que no pudo menos -de decir que esta vez, tratándose de una pobre viuda y una infeliz -doncella, los ángeles lo habían custodiado. “Y la otra vez, añadió, se -hubiera podido creer que el Señor nos había abandonado, pues permitía -que se nos llevaran nuestro pobre ajuar, y he aquí que ahora nos -demuestra justamente lo contrario, pues por otro lado nos ha enviado -muy buen dinero, con el cual he podido reemplazarlo todo. Digo todo, y -no digo bien, porque el equipaje de Lucía que fué robado por aquella -chusma, siendo todo él flamante y completo, faltaba aún; y ve aquí que -nos llega por otro lado. El que me hubiese dicho, cuando yo me afanaba -en arreglar otro: '¿tú crees trabajar para Lucía, no es verdad?, ¡pobre -mujer!, pues trabajas para quien no sabes’. Sólo el cielo no ignora á -qué clase de criaturas cubrirán estas telas y vestidos; por lo que hace -á Lucía, el equipaje que verdaderamente deba servirle, una buena alma -cuidará de ello, la cual tú ignoras que esté siquiera en este mundo”. - -El primer pensamiento de Inés fué el de preparar en su modesto albergue -el alojamiento más decente posible para aquella buena alma: en seguida -buscó seda para devanar, y trabajando engañaba el tiempo. - -Por su parte, Renzo no pasó en la ociosidad aquellos días para él -tan largos: felizmente sabía dos oficios, y entonces adoptó el de -labrador. Tan pronto ayudaba á su huésped, para el cual era una gran -fortuna el poseer en semejantes circunstancias un operario de tanta -habilidad, como cultivaba y arreglaba el huertecillo de Inés, que se -había destruido enteramente durante su ausencia. Con respecto á su -heredad, ni pensaba tan siquiera en ella, diciendo que era una madeja -muy enredada, la cual necesitaba más de dos brazos para dejarla en -buen estado. Nunca ponía en ella los pies, como tampoco entraba en su -casita, porque habría padecido mucho al ver tanta desolación; habiendo -tomado el partido de deshacerse de todo, á cualquier precio que fuese, -empleando en su nueva patria todo lo que buenamente pudiese sacar. - -Si los que habían sobrevivido á la peste eran para los demás como -muertos resucitados, Renzo parecía serlo dos veces á los ojos de sus -compatriotas: todos le festejaban y felicitaban; todos querían saber -por su propia boca sus aventuras. Acaso, se preguntará: ¿y en qué quedó -la orden de destierro? Responderemos, que estaba en muy buen estado; -Renzo no hacía ningún caso de ella, pues suponía que los que debían -ponerla en ejecución no se acordaban ya, y esto no nacía sólo de la -peste que había echado en el olvido tantas cosas, sino que consistía en -una cosa muy común, en aquella época, lo cual hemos visto en más de un -pasaje de la presente historia, y era que las órdenes, tanto generales -como especiales contra las personas, quedaban las más veces sin efecto, -si no lo tenía en los primeros momentos, á no ser que hubiera alguna -animosidad particular y poderosa, que hiciera olvidarlas y hacerlas -valer. En esto sucedía como con las balas de fusil, las cuales cuando -no alcanzan á nadie, se quedan en el suelo sin que den el más leve -cuidado, consecuencia indispensable de la gran facilidad con que se -sembraban á manos llenas dichas órdenes. La actividad del hombre es -limitada; por lo tanto, todo lo que se manda de más, se debe ejecutar -de menos: lo que va en mangas no puede ir en faldones. - -El que desee saber qué posición ocupaban Renzo y D. Abundio, el -uno respecto del otro, diremos que permanecían á cierta respetuosa -distancia; éste por temor de oir decir algo de matrimonio, y que sólo -al pensarlo se le presentaba D. Rodrigo por una parte acompañado de -sus bravos, por otra el cardenal con sus argumentos, y Renzo por -haber resuelto no hablar más que en el instante mismo de ir á ponerlo -en ejecución, no queriendo correr el riesgo de incomodarse antes de -tiempo, de ver surgir algún nuevo obstáculo y enredar el negocio con -inútiles habladurías. De este asunto únicamente hablaba con Inés. -“¿Creéis que Lucía venga pronto?”, decía éste. “Espero que sí”, -contestaba la otra; y con frecuencia la que había dado la respuesta, -hacía poco después la misma pregunta. Así trataban de pasar el tiempo -que les parecía tanto más largo, á medida que iba corriendo. - -Nosotros haremos pasar también al lector en un instante todo aquel -periodo de tiempo, diciendo en pocas palabras, que algunos días después -de la visita de Renzo al lazareto, Lucía salió de él en compañía de la -buena viuda; que habiéndose mandado una cuarentena general, la hicieron -juntas encerradas en casa de ésta; que emplearon una parte del tiempo -en disponer el equipaje de Lucía, el cual, después de haberlo rehusado -modestamente, ella misma empezó á trabajar en él; y por último, que -terminada la cuarentena, la viuda confió su tienda y su casa á su -hermano el comisario, é hicieron los preparativos del viaje. Todavía -podríamos añadir que partieron, llegaron, y lo que se siguió luego; mas -á pesar del deseo que tenemos de ceder á la impaciencia del lector, hay -tres circunstancias en dicho intervalo de tiempo, que no querríamos -pasar en silencio; ó por lo menos dos, creeríamos que el lector mismo -lo tomaría á mal si no lo verificásemos. - -He aquí la primera. Cuando Lucía volvió á hablar á la viuda de sus -aventuras, más circunstanciadamente y con más orden que no lo había -podido hacer en medio de la agitación de su primera confidencia, é -hizo mención más expresa de la señora que le había dado asilo en el -monasterio de Monza, comprendió cosas que, dándole la llave de muchos -misterios, llenaron su alma de admiración, dolor y espanto. Supo por -la viuda, que la desventurada, sospechándosela autora y cómplice de -atroces y horribles crímenes, había sido trasladada por orden del -cardenal á un convento de Milán; que allí, después de haberse entregado -por algún tiempo á la rabia y á la desesperación, había concluido por -enmendarse y acusarse á sí misma, y que su vida actual era un suplicio -voluntario, tal cual nadie podría calcular más severo. El que desee -conocer más detalladamente esta triste historia, podrá verla en el -libro y lugar que ya hemos citado en otra parte, á propósito de la -misma persona[24]. - -La segunda circunstancia es, que preguntando Lucía á todos los -capuchinos que se hallaban en el lazareto por el padre Cristóbal, supo -con más dolor que sorpresa, que había muerto de la peste. - -Finalmente, antes de partir había también deseado saber algo de sus -antiguos señores y cumplir con un deber suyo, según decía, si por -fortuna existían. La viuda la acompañó á la casa, donde les dijeron -que ambos habían fallecido. Tocante á D.ª Prajedes, diciendo que había -muerto, está todo dicho; pero por lo que hace á D. Ferrante, como se -trataba de un sabio, nuestro anónimo ha creído debía extenderse un poco -más; y nosotros á nuestra cuenta y riesgo, trascribiremos según nos sea -posible lo que dejó escrito. - -Dice, pues, que desde que se empezó á hablar de la peste, D. Ferrante -fué uno de los más decididos y constantes en negarla, y que sostuvo -tenazmente hasta el fin dicha opinión, no con exclamaciones y gritos -de rabia como el pueblo, sino con razones, á las cuales nadie podrá -encontrar, á lo menos, falta de encadenamiento. - -_In rerum natura_, decía, no hay más que dos géneros de cosas, á saber: -sustancias y accidentes; y si yo pruebo que el contagio no puede ser -ni lo uno ni lo otro, habré probado que no existe, que es una quimera. -Las sustancias son materiales ó espirituales: que el contagio sea una -sustancia espiritual, es un absurdo que nadie querrá sostener; así pues -inútilmente hablaríamos de ello. Las sustancias materiales son simples -ó compuestas: ahora bien, el contagio no es una sustancia simple; y si -no, lo voy á demostrar en cuatro palabras. No es una sustancia aérea, -porque si lo fuese, en vez de pasar de un cuerpo á otro, volaría con -más prontitud á su esfera. No es acuosa, porque mojaría, y el viento -la secaría. No es ígnea, porque quemaría. No es terrosa, porque sería -visible. Tampoco es sustancia compuesta, porque entonces á cada momento -debería ser sensible á la vista y al tacto; y dicho contagio, ¿quién -lo ha visto? ¿quién lo ha tocado? Ahora nos queda que ver si es un -accidente. Peor que peor. Esos señores doctores dicen que se comunica -de un cuerpo á otro; éste es un asidero, éste el pretexto para dar -tantas órdenes sin utilidad. Supongamos ahora que es un accidente: de -todos modos sería un accidente transportado; y esto son dos palabras -que luchan entre sí. En toda la filosofía no hay una cosa más clara -que ésta, á saber; que un accidente no puede pasar de un objeto á -otro; que si para evitar semejante Scilla, se reducen á decir que es -un accidente producido, tropiezan en Caribdis; porque si es producido, -no se comunica ni se propaga como van vociferando. Sentados estos -principios, ¿de qué sirve que vengan á hablarnos de bubones, de granos, -de carbunclos?... - ---Todo es pura charlatanería, exclamó una vez, uno de los que le -escuchaban. - ---No, no, replicó D. Ferrante; yo no digo esto. La ciencia es siempre -ciencia; únicamente que es preciso saberla emplear. Los bubones -violáceos, parótidas, carbunclos negros, son todas palabras respetables -que tienen su significación buena y bella, pero repito que nada tienen -que ver con la cuestión. ¿Quién niega que pueda haber estas cosas, y -también que las haya? Mas lo principal está en ver de dónde provienen. - -Aquí empezaban las pesadumbres para D. Ferrante. Mientras que no hacía -más que declamar contra la opinión de los que decían que era epidemia, -por todas partes encontraba oídos benévolos, atentos y respetuosos; -porque no hay necesidad de manifestar cuán grande es la autoridad de -un sabio de profesión, cuando quiere demostrar á los demás cosas de que -ya están convencidos. Pero cuando venía á distinguir y á querer probar -que el error de los médicos no consistía en afirmar que existía una -enfermedad terrible y general, sino en asignar la causa y los modos; -entonces (hablo del principio, en que no se quería oir hablar de la -peste), entonces, repito, en vez de oídos hallaba lenguas rebeldes é -intratables; entonces no había otro medio que predicar, y no podía -exponer su doctrina más que á trozos. - ---He aquí verdaderamente la razón, decía, y están obligados á -reconocerla, aunque ellos sostengan después otras cosas sin -fundamento... Que nieguen, si pueden, esa fatal conjunción de Saturno -con Júpiter. ¿Y cuándo se ha oído decir que las influencias se -propagan?... ¿Y esos señores me querrán negar las influencias? ¿Me -negarán que la tienen los astros?, ¿ó me querrán decir que se sostienen -allá arriba, sin servir ni hacer nada, como una porción de cabezas -de alfiler metidas en una pelota?... Pero lo que no me puede entrar -de esos señores médicos es que ellos confiesan que nos hallamos bajo -una conjunción sumamente maligna, y luego nos vienen diciendo, con la -cara torcida: “¡No toquéis á esto, no toquéis á aquello, y estaréis -seguros!”. ¡Como si el esquivar el contacto material de los cuerpos -terrestres, pudiese impedir el efecto producido por la virtud de los -cuerpos celestes! ¡Y tanto afanarse para quemar andrajos! ¡Pobre gente! -¿Quemaréis á Júpiter?, ¿quemaréis á Saturno?... - -_His fretus_; que equivale á decir: con estos bellos principios no tomó -ninguna precaución contra la peste; en su consecuencia fué atacado, -se encaminó al lecho, se acostó, y murió como un héroe de Metastasio, -emprendiéndola con las estrellas. - -¿Y aquella su famosa librería? Acaso anda dispersa todavía por algunas -partes. - - - NOTAS: - -[24] Ripamonti. His. Pat., Dec. V., lib. VI., cap. III. - - - - - CAPÍTULO VIGÉSIMO - - -Cierta tarde, Inés oyó parar un carruaje á la puerta. “¡Es ella, no -me cabe duda!” En efecto, era Lucía acompañada de la buena viuda. El -lector podrá imaginar la acogida que recíprocamente se harían las tres -mujeres. - -Á la mañana siguiente muy temprano llegó Renzo, ignorante de lo que -pasaba, y únicamente con el deseo de tranquilizar un poco su espíritu -con Inés sobre la gran tardanza de Lucía. Los gestos que hizo y las -cosas que dijo, lo dejamos á la penetración de los que lean este libro. -Las demostraciones de Lucía fueron tales, que se necesita muy poco -para describirlas. “¿Cómo estáis?”, dijo con los ojos bajos, pero sin -inmutarse. No se crea que Renzo encontrase este recibimiento frío, ni -tampoco que se alarmara; antes al contrario, lo tradujo á su favor; y -como entre gentes bien educadas se debe ser avaro de cumplimientos, -comprendió perfectamente el sentido oculto de aquellas palabras. Por lo -demás, era fácil conocer que tenía dos modos de pronunciarlas, el uno -para Renzo, y el otro para todo el mundo que pudiese conocerla. - ---Yo estoy bueno cuando os veo, repuso el joven. - ---¡Pobre padre Cristóbal!, dijo Lucía, rogad por su alma; á pesar de -que casi estoy segura que en este momento él ruega en el cielo por -nosotros. - ---Demasiado me lo esperaba que sucedería esto, replicó Renzo. Y no fué -ésta la sola cuerda triste que se tocó en aquella conversación. Pero -¡qué!, de cualquiera cosa que se hablase, el coloquio concluía por ser -alegre y delicioso. Como aquellos caballos fogosos que se encabritan -y levantan una mano, y después otra, volviéndolas á colocar en el -mismo sitio, haciendo mil movimientos antes de dar un paso, y luego de -repente emprenden su carrera como si fuesen llevados por el viento; -del mismo modo había cambiado el tiempo para Renzo; un poco antes los -minutos le parecían horas; después por el contrario, éstas le parecían -minutos. - -La viuda, no sólo no empeoraba la sociedad, sino que antes bien -contribuía á mejorarla; y ciertamente, Renzo, cuando la vió la vez -primera acostada en aquel miserable lecho, estaba muy lejos de imaginar -que pudiese tener un genio tan sociable y divertido. Mas el lazareto y -el campo, la muerte y las bodas, son cosas sumamente distintas. Ella se -había ligado ya con Inés con la mayor intimidad; con Lucía era un gusto -el verla tan alegre y cariñosa, dándole bromas con dulzura y gracia, -sin ser pesada, hasta tanto que la obligaba á demostrar toda la alegría -que rebosaba en su corazón. - -Renzo dijo por último que iba á ver á D. Abundio á fin de ponerse de -acuerdo con él para los desposorios. Fué en efecto; y con cierto aire -burlón y respetuoso á la vez, le dijo: “Señor cura, ¿os ha pasado ya -aquel dolor de cabeza que os impedía el casarnos? Ahora es tiempo; la -novia se halla aquí, y yo también estoy á vuestra disposición para -que me indiquéis la hora que os venga bien, rogándoos que esta vez lo -dispongáis con la prontitud que os sea posible”. - -D. Abundio no se atrevió á decir que no quería; mas empezó á balbucear, -presentando algunas escusas, y haciendo ciertas observaciones. - ---Comprendo, dijo Renzo; os queda todavía un poco de aquel dolor de -cabeza; pero escuchad, escuchad. Y se puso á describir el estado en que -había visto al infortunado D. Rodrigo, el cual seguramente á aquellas -horas ya no existía. “Esperemos, añadió, que el Señor habrá usado con -él de misericordia”. - ---Ello no se ha de verificar aquí, repuso D. Abundio. ¿Por ventura, os -he dicho que no? Yo no digo que no; hablo... hablo para daros algunas -justas razones... Por lo demás, mirad; mientras que el hombre tiene -un soplo de vida... Contempladme: yo soy un mueble cascado; he estado -también más cerca de la muerte que él, heme aquí sin embargo; y... si -no vuelven á caer sobre mí nuevas pesadumbres... ya, ya... espero aún -vivir un poquito más. Figuraos luego ciertos temperamentos... pero como -digo, esto no hace al caso. - -Después de algunas preguntas y respuestas, ni más ni menos -concluyentes, Renzo le hizo un profundo saludo, volvió á su morada, -refirió la conversación que había tenido, y acabó diciendo: “Me -he venido en seguida porque ya estaba hasta aquí; y al pronunciar -estas palabras colocaba su dedo índice sobre la frente, y no quise -arriesgarme á perder la paciencia, y también el respeto. En ciertos -momentos era exactamente el D. Abundio de antes; me quería entretener -aún con su acostumbrada palabrería; y estoy seguro de que si me hubiese -detenido un poco más, habría sacado á plaza algún latinajo. Estoy -viendo que quiere dar de nuevo largas al asunto, y por consiguiente -que valdrá más, como él dice, que vayamos á casarnos donde vamos á -vivir”. - ---¿Sabéis lo que haremos?, dijo la viuda; iremos nosotros á probar -fortuna, á ver si conseguimos algo más; así como así tengo grandes -deseos de conocer á ese hombre, principalmente siendo como vos decís. -Nos dirigiremos allá después de comer, para no volver á atacarlo tan -pronto. Ahora, señor esposo, acompañadnos á dar un paseo, mientras que -Inés despacha sus haciendas, que yo serviré de mamá á Lucía; pues tengo -grandes deseos de ver un poco más de cerca estas montañas, y este lago, -del cual tanto tengo oído hablar, porque lo que he visto me ha parecido -sumamente hermoso. - -Renzo las condujo antes de todo á casa de su huésped, donde éste los -obsequió; haciéndole prometer que no sólo aquel día, sino todos, si -podía, iría á comer con ellos. - -Después de haber paseado y comido, Renzo partió precipitadamente, sin -decir adónde iba. Las mujeres permanecieron un buen rato discurriendo -y concertando los medios de comprometer á D. Abundio; y por último se -encaminaron á dar el asalto. - -“Aquí están ellas”, dijo éste entre sí; pero las recibió con muy buen -semblante, haciendo grandes demostraciones de alegría á Lucía, con mil -enhorabuenas á Inés, y muchos cumplidos á la forastera. En seguida -las hizo sentar, y al momento entró á hablar de la peste. Deseó oir -de la boca de Lucía del modo que había pasado aquellos aflictivos -días. El lazareto proporcionó también que hablara la que había sido -su compañera; luego D. Abundio, como era muy justo, habló igualmente -de su borrasca; y se regocijaba, á más no poder, de que Inés hubiese -tenido la dicha de escapar. La conversación, sin embargo, se arrastraba -lánguidamente; desde las primeras palabras, las dos mujeres estaban -espiando la ocasión oportuna para hablar del motivo esencial de su -visita. En fin, no se sabe á punto fijo cuál de las dos rompió la -valla. Pero, ¿qué medio? D. Abundio estaba enteramente sordo, cuando se -tocaba el consabido asunto. Con todo, nunca decía que no; pero siempre -volvía á sus tergiversaciones y á sus dudas; como el pájaro que salta -de rama en rama... “Sería indispensable, decía, hacer levantar la orden -de prisión. Vos, señora, que sois de Milán, conoceréis poco más ó menos -el curso que llevan estas cosas; tendréis algún buen influjo, algún -caballero poderoso; pues ya sabéis que con estos medios se cicatrizan -todas las llagas. Si después se quería ir por el camino más corto, -sin meterse en honduras, ya que los jóvenes y la buena Inés quieren -expatriarse (y aquí no puedo menos de decir que la verdadera patria -es aquella en donde á uno le va bien), soy de parecer que podría -verificarse todo, en donde no hay orden de prisión, ni obstáculo alguno -que se oponga. No veo la hora de ver terminada esta alianza; pero -quisiera que se concluyese tranquilamente. Digo la verdad: aquí con -esa malaventurada orden en pie, ir á vociferar el nombre de Lorenzo -Tramaglino, no las tendría todas conmigo; lo aprecio demasiado, temería -prestarle un flaco servicio. Vos misma lo podéis conocer”. - -En esto, tan pronto Inés, como la viuda le rebatían los anteriores -razonamientos; mas D. Abundio los reproducía bajo otra forma. Nada se -adelantaba, pues siempre volvían al principio; cuando he aquí que entró -de pronto Renzo con andar resuelto y el aire de traer alguna importante -noticia: en efecto, en el instante mismo, dijo: “Ha llegado el señor -marqués de ***”. - ---¿Qué significa esto?, ¡llegado!, ¿adónde?, preguntó D. Abundio -levantándose. - ---Ha llegado á su palacio, que era el de D. Rodrigo; porque dicho señor -marqués es el heredero fidei-comisario, según dicen; por lo tanto, no -hay lugar á duda. Por lo que á mí hace, tendría una gran alegría si -supiera que ese infeliz ha muerto cristianamente. Á buena cuenta, hasta -ahora había rezado por él algunos padrenuestros, y ahora le cantaré -el _De profundis_. Por lo demás, me han dicho que el expresado señor -marqués es un excelente caballero. - ---Seguramente, dijo D. Abundio, he oído hablar de él muchas veces á un -buen señor de esos chapados á la antigua. Pero, ¿es cierto que?... - ---¿Creéis al sacristán? - ---¿Por qué? - ---Porque él lo ha visto con sus propios ojos. Yo he estado solamente -en los alrededores, y á decir verdad, he ido á propósito, porque he -pensado que allí debería saberse algo; y más de una persona me ha dicho -lo mismo. Luego he encontrado á Ambrosio que venía de allá, y que lo ha -visto, según he dicho, hacer de amo. ¿Queréis oirlo de la misma boca de -Ambrosio? Precisamente he dispuesto que esperase ahí fuera. - ---Oigámosle, dijo D. Abundio. Renzo fué á llamar al sacristán. Éste -confirmó la noticia punto por punto: añadió á ella algunos detalles; -disipó todas las dudas, y después partió. - ---¡Ah, conque ha muerto!, ¡ha dejado verdaderamente de existir!, -exclamó D. Abundio. ¡Mirad, hijos míos, cómo al fin la Providencia -llega también al fin para cierta clase de gente! ¡Sabéis que es una -cosa grande, una felicidad suprema para este pobre país!, porque con -semejante hombre no se podía vivir. Esta epidemia ha sido un gran -azote; mas al propio tiempo también una buena escoba, porque ha barrido -ciertos sujetos, de los cuales, hijos míos, jamás hubiéramos podido -librarnos. ¡Quién había de haber dicho que el que estaba destinado -á hacerle las exequias se hallaba aún en el seminario estudiando el -_musa musæ_! En un abrir y cerrar de ojos han desaparecido á cientos. -Ya no los veremos dar vueltas con su séquito de tunantes, con aquella -arrogancia y orgullosos ademanes, lanzando sus insultantes miradas á -todos, como si los demás estuvieran en el mundo por un favor especial -que ellos se dignaban hacerles. Entretanto, ya no existen, y nosotros -sí. Ya no mandarán más mensajes á la gente de bien. Nos han causado -grandes molestias; pero mirad, también ahora las podemos contar. - ---Yo lo he perdonado de todo corazón, dijo Renzo. - ---Y cumples con tu deber, replicó D. Abundio; pero al mismo tiempo -debemos dar gracias al cielo por habernos librado de él. Mas al -presente; volviendo á vosotros, os repito como siempre que hagáis -lo que mejor os parezca. Si queréis que os case, aquí me tenéis; si -os parece cómodo de otro modo, hacedlo. Con respecto á la orden de -prisión, veo también que como no hay nadie que os observe ni que -quiera haceros daño, no es cosa que os pueda dar mucho cuidado, tanto -más, cuanto que se ha dado un indulto con motivo del nacimiento del -serenísimo infante. Y después, ¡la peste! ha sepultado muchas y grandes -cosas. Por lo tanto, si queréis... hoy es jueves... el domingo os -amonestaré; porque aun cuando ya se ha hecho una vez, no sirve de nada -por haber transcurrido mucho tiempo, y luego tendré el gusto de casaros. - ---Vos sabéis muy bien que justamente hemos venido para esto, dijo Renzo. - ---Ciertamente, y os serviré; y quiero dar aviso de ello á su eminencia. - ---¿Quién es su eminencia?, preguntó Inés. - ---Su eminencia, contestó D. Abundio, es nuestro cardenal arzobispo, á -quien Dios conserve. - ---¡Oh!, en cuanto á eso, perdonadme, replicó Inés; pues á pesar que -no soy más que una pobre ignorante, puedo asegurar que no se le llama -así, porque cuando fuimos por segunda vez á hablarle, como yo os hablo -ahora, uno de aquellos señores sacerdotes me llamó aparte y me enseñó -cómo se debía tratar al expresado señor, siendo necesario decirle su -señoría ilustrísima y monseñor. - ---Y al presente, si debiese enseñaros de nuevo, os diría que le -llamaseis eminencia; ¿habéis entendido? Porque el papa, á quien Dios -también conserve, ha prescrito desde el mes de junio que se dé este -título á los cardenales. ¿Y sabéis por qué ha resuelto esto? Porque -el tratamiento de ilustrísima que estaba reservado á ellos y á los -príncipes, estáis viendo ahora mismo con cuánta prodigalidad se da y -cuántos lo toman voluntariamente. Á semejante escándalo, ¿qué había de -hacer el papa?, ¿quitárselo á todos? Esto hubiera hecho nacer quejas, -reclamaciones, desgracias y disgustos, y al fin y al cabo habría -quedado lo mismo que antes. El papa ha ideado, pues, un excelente -medio. Poco á poco se empezará á dar eminencia á los obispos; los -abades la querrán también; luego los deanes; porque los hombres son -así, siempre quieren subir y subir; después los canónigos... - ---¿Y los curas?, interrumpió la viuda. - ---No, no, replicó D. Abundio; los curas para tirar de una carreta; -no tengáis miedo que les hagan tomar malos hábitos; los curas serán -reverendos hasta el fin del mundo. Más bien, no me sorprendería nada -absolutamente que los caballeros que están acostumbrados á oirse llamar -ilustrísima y á ser tratados como cardenales, quisieran un día que -se les diese el tratamiento de eminencia; y si lo desean llegarán á -conseguirlo. ¿Y entonces el papa que hará?, ¿hallará otra cosa para los -cardenales? Pero volvamos á nuestro asunto: el domingo os publicaré en -la iglesia, y entretanto, ¿sabéis lo que he pensado para servir mejor? -Mientras, pediremos la dispensa para las otras dos amonestaciones. En -la curia deben tener mucho que hacer para ocuparse en dar dispensas, si -las cosas están tan revueltas como aquí. Para el domingo tengo ya... -una... dos... tres, sin contar con vosotros; y puede que todavía haya -alguna otra. El fuego ha prendido; parece que de aquí en adelante nadie -quiere vivir solo. ¡Qué mal ha hecho Perpetua en morirse ahora! pues al -presente ella habría encontrado también esposo. ¿Y en Milán, señora, me -figuro que será lo mismo? - ---Exactamente. Sabed, pues, que sólo en mi parroquia, el domingo -pasado, se han celebrado cincuenta matrimonios. - ---¡Cuando yo lo digo!, el mundo no quiere acabarse... ¿Y á vos, señora, -no han empezado á revolotear en torno algunos moscones? - ---No, no; ni pienso en ello, ni quiero. - ---¡Vamos, que sí!... ¿querríais acaso estar sola? Mirad, Inés también... - ---Vaya, vaya; ¿tenéis ganas de bromear?, dijo ésta. - ---Seguramente; y me parece que ya era hora. ¡Cuán rudos golpes hemos -sufrido!, ¿no es verdad, amigos míos? Los hemos sufrido, repito, muy -grandes. Por lo tanto, creo que debemos tener la esperanza de que esos -cuatro días que nos restan, serán un poco mejores. Pero, ¡dichosos -vosotros si no os suceden más desgracias, que todavía podréis hablar de -ellas por espacio de muchos años! Mas yo, pobre viejo... Los bribones -pueden morir; la peste se puede curar; pero para los años no hay -remedio; y como dicen los sabios _Senectus ipsa est morbus_[25]. - ---¡Oh!, ahora, dijo Renzo, hablad en latín tanto como queráis, pues -nada me importa. - ---¿Tú aborreces el latín, eh?, pues bien, yo te arreglaré: cuando -te presentes á mí en compañía de esta joven, para oiros pronunciar -justamente ciertas palabras en latín, te diré: “Ya que no quieres -latín, anda con Dios; ¿te gustará eso?”. - ---¡Ah!, yo bien sé lo que me digo, replicó Renzo: no es éste el latín -que me da miedo: éste es un latín franco, sagrado, como el de la -misa; mas actualmente hablo de ese latín engañador, que cae sobre uno -á traición, en medio de un discurso. Por ejemplo, ahora que estamos -aquí, que todo se ha concluido, hacedme el favor de traducirme el que -sacabais á colación, precisamente en ese rincón de la estancia, cuando -queríais darme á entender que no podíais casarme, que se necesitaban -otros requisitos, y qué se yo qué más. - ---Silencio, burlón, silencio; no saques á relucir semejantes cosas; -pues si fuéramos á ajustar cuentas, no sé quién de los dos saldría -perdiendo. En fin, todo está perdonado; no hablemos más de ello; con -todo, vosotros me jugasteis una mala partida: en ti no me sorprende, -porque eres un bribonzuelo; pero en esta agua mansa, en esta santita, -habría creído cometer un pecado desconfiando de ella. Mas yo bien -sé quién le había dado instrucciones; sí, bien lo sé. Y diciendo -esto, dirigía hacia Inés el dedo que antes había tenido, señalando á -Lucía. Es imposible expresar con qué bondad, con qué aire tan amable -y cariñoso hacía estos reproches. Aquella noticia le había inspirado -una desenvoltura, un deseo de hablar, del cual hacía mucho tiempo que -había perdido la costumbre; y nosotros nos apartaríamos del fin que nos -hemos propuesto, si refiriésemos el resto de la expresada conversación -que D. Abundio prolongó, deteniendo á la reunión más de una vez antes -de partir, y haciéndola parar en el mismo umbral de la puerta, para -platicar sobre el mismo tema. - -El día siguiente recibió una visita tan agradable como inesperada: tal -fué la del señor marqués del cual se había hablado. Era un hombre ya de -edad madura, cuyo aspecto confirmaba todo lo que la fama decía de él: -franco, cortés, apacible, humilde, lleno de dignidad, y un no sé qué, -que indicaba una tristeza resignada. - ---Vengo, le dijo, á saludaros de parte del cardenal arzobispo. - ---¡Oh!, ¡qué amabilísima bondad la de los dos! - ---Cuando fuí á despedirme de ese hombre incomparable, que me honra -con su amistad, me habló de dos jóvenes prometidos que existen en esta -parroquia, los cuales han sufrido muchas desgracias, por causa del -infortunado D. Rodrigo. Monseñor desea tener noticias de ellos. ¿No han -muerto, es verdad? ¿Están ya arreglados todos sus negocios? - ---Ciertamente, todo está ya arreglado; y también habían pensado -escribírselo á su eminencia; mas ahora que tengo el honor... - ---¿Se hallan aquí? - ---Sí, señor; y serán marido y mujer lo más pronto que sea posible. - ---Está bien; pero al presente os ruego tengáis la bondad de decirme, -qué bien puede dispensárseles, é indicar la manera más conveniente -de hacerlo. Durante este tiempo tan calamitoso, he perdido á mis -dos hijos, y á su madre, habiendo recaído en mí tres herencias -considerables. Antes de suceder esto, tenía todavía de sobra; así, -pues, ya veis que el proporcionarme una ocasión para emplear bien mis -riquezas, es á la verdad prestarme un gran servicio, que os agradeceré -infinito. - ---¡Que el cielo bendiga á vuestra señoría!, pues, no todos los... no -debo decirlo... son como vos. Yo también doy gracias á vuestra señoría -ilustrísima por esos pobres hijos míos; y ya que me dais tanto ánimo, -diré que me ha venido á la imaginación un expediente que acaso será de -vuestro agrado. Sabed, pues, que esas buenas gentes han resuelto irse -á establecer á otra parte, y vender lo poco que aquí poseen; lo cual -consiste en una pequeña viña perteneciente al joven, pero abandonada -y enteramente erial: es preciso contar sólo con el terreno, y además -dos casuchas, la una propia del joven, y la otra de la doncella; las -que propiamente hablando, no son más que dos ratoneras. Una persona -como vuestra señoría no puede saber lo que acontece á los pobres cuando -quieren deshacerse de lo que les pertenece. Concluyen siempre topando -con algún tunante, que desde largo tiempo ha echado el ojo sobre dichos -bienes, y cuando sabe que tienen necesidad de venderlos, se retira y -hace el desdeñoso; en vista de lo cual, es preciso correr tras él, y -dárselo por un pedazo de pan, especialmente en circunstancias como las -presentes. El señor marqués comprende ya dónde va á parar mi discurso. -La mejor caridad que les puede hacer vuestra señoría ilustrísima -es sacarlos de ese tropiezo, comprándoles lo poco que poseen aquí. -Verdaderamente, yo doy un consejo interesado porque vendría á adquirir -en mi parroquia un feligrés como el señor marqués; pero vuestra señoría -decidirá según mejor le plazca: yo sólo he hablado por obedecerle. - -El marqués alabó mucho la idea, dió las gracias á D. Abundio, y -le suplicó que fuese el árbitro del precio, fijándolo bien alto; -colmándole en seguida de admiración, con la proposición que le hizo -de dirigirse en su compañía á la casa de la joven prometida, en donde -probablemente debía hallarse también el novio. - -Por el camino, D. Abundio, transportado de gozo, se decidió además á -hablarle del siguiente modo: “Ya que vuestra señoría ilustrísima se -muestra tan inclinado á favorecer á esas pobres gentes, ahora recuerdo -que podría prestarles otro servicio. Pesa sobre el joven una orden -de prisión, por una pequeña calaverada que hizo en Milán ahora hace -dos años, el día del grande alboroto en el cual se vió metido sin -querer por ignorancia, como un ratón en la trampa. Por supuesto que -no es cosa grave; niñadas, locuras, pues es incapaz de cometer el más -leve daño, yo puedo asegurarlo, porque lo he bautizado, y lo he visto -crecer y hacerse hombre: y luego, si vuestra señoría quiere, por vía de -pasatiempo, oir razonar á esos pobres sobre semejante materia, podrá -hacerse contar la historia por el mismo joven y verá. Actualmente, -tratándose de cosas antiguas, no hay nadie que lo moleste, y como ya -he dicho, piensa salir de este territorio; pero con el tiempo, ¿quién -sabe si tendrá que volver aquí, ó adónde? Lo mejor y más seguro, es -que se encuentre enteramente libre. El señor marqués pasa en Milán, -como es muy justo, por un gran caballero, por un poderoso sujeto que... -No, no, dejadme decir, que la verdad ha de estar en su lugar. Una -recomendación, una palabrita de una persona como vuestra señoría, es lo -suficiente para obtener una completa absolución”. - ---¿Existen acaso graves cargos contra ese joven? - ---¡Oh!, no lo creo. Ha hecho mucho ruido en los primeros momentos, pero -ahora me imagino que no es más que una simple formalidad. - ---Siendo así, la cosa será fácil, y la tomo con gusto á mi cargo. - ---¡Y después no querrá vuestra señoría que se diga que es una persona -poderosa! Lo digo, y quiero decirlo, por más que se ofenda; repito que -quiero decirlo. Y aun cuando yo me callase, de nada serviría, porque -todo el mundo habla de lo mismo, y _Vox populi... vox Dei_. - -Encontraron justamente á las tres mujeres y á Renzo. Dejo á la -consideración de los lectores el calcular cómo se quedarían aquellas -pobres gentes: yo creo que hasta las desnudas y ahumadas paredes, -las ventanas, banquetas, y todo su modesto ajuar, se maravillaron -de recibir una tan extraordinaria visita. Él animó la conversación -hablando del cardenal y de otras cosas con franca cordialidad, y -al propio tiempo con la mayor delicadeza. Luego pasó á hacer la -proposición que había sido el objeto de su ida. D. Abundio, rogado por -el marqués para que fijara el precio, después de haberlo rehusado por -algún tiempo, y dado algunas excusas, diciendo que no lo entendía, -que no podría menos de vacilar, que hablaba sólo por obedecer, y -que indicaba, por conformarse á su deseo, un precio muy subido. El -comprador dijo, que por su parte estaba contentísimo, y como si hubiese -entendido mal, repitió el doble, no quiso escuchar rectificaciones, y -cortó de repente aquella conversación, invitando á la pequeña reunión á -ir á comer á su palacio el día después de las bodas, en donde se haría -el negocio en regla. - -“¡Ah!, decía luego entre sí D. Abundio, á medida que volvía á su -morada, si la peste hiciese siempre en todo y por todo las cosas de -este modo, sería verdaderamente una picardía el hablar mal de ella: -casi, casi, se podría desear que hubiese una en cada siglo, y pactar el -tenerla, con tal de curar, se entiende”. - -Por último llegó la dispensa y también la absolución, llegando -igualmente el tan deseado día. Los desposados se encaminaron con -seguridad triunfante á aquella misma iglesia, en la cual fueron unidos -por el propio D. Abundio. Otro y mucho más singular triunfo fué al día -siguiente su viaje al palacio. ¡Imagínese el lector lo que debería -pasar por su mente al emprender la subida, al entrar por la puerta, y -qué reflexiones harían cada uno según su carácter! Únicamente indicaré -que en medio de la alegría, el uno y el otro se dijeron que para -completar la fiesta faltaba sólo el malogrado padre Cristóbal. “Mas sin -embargo”, decían, “él está seguramente mejor que nosotros”. - -El marqués les hizo la más fina acogida, los condujo á un hermoso -saloncito, y colocó en la mesa á los dos esposos, junto con Inés y su -amiga. Antes de retirarse para ir á comer en compañía de D. Abundio á -otra habitación, quiso permanecer un rato con sus convidados, ayudando -en persona á los criados á servirles. Supongo que á nadie se le pasará -por la imaginación el que hubiera sido más sencillo el poner buenamente -una sola mesa. Hemos presentado al citado señor como un excelente -sujeto, pero no como un hombre de un tipo original, según ahora -diríamos; hemos manifestado que era humilde, no que fuese un portento -de humildad. Tenía la suficiente para ponerse debajo de aquellos -infelices, pero no para colocarse á su nivel. - -Finalizadas ambas comidas, el contrato fué extendido por manos de -un doctor, que no era Azzecca-Garbugli; el cual, quiero decir, -sus mortales despojos estaban y todavía están en Cantarelli. Es -indispensable que hagamos una breve y sucinta explicación del citado -pueblo, para los que no tengan de él idea alguna. - -Cerca de media milla más allá de Lecco, y casi á un lado de la otra -población llamada Castello, existe un lugar al cual dan el nombre de -Cantarelli, en donde se cruzan dos caminos; muy próximo al punto en que -éstos se unen, se divisa una eminencia, á modo de una pequeña colina -artificial, coronada de una cruz; lo cual no es otra cosa más que una -gran porción de muertos de la terrible epidemia que hemos descrito, -colocados en aquel sitio. La tradición dice simplemente “los muertos -del contagio”, sin manifestar precisamente cuál era, debiendo ser el -que ya conocemos, porque fué el último y más cruel de que hay memoria; -y es demasiado sabido que si á las tradiciones no se las ayuda un poco, -no dicen nunca por sí mismas lo bastante. - -Á la vuelta de los esposos á casa, no surgió otro inconveniente más -sino que Renzo iba un tanto incomodado con el peso del dinero que -llevaba encima. Mas el hombre, según sabemos, había tenido otros -disgustos. No queremos hablar del trabajo de su mente, que no era sin -embargo pequeño, pensando en la manera de hacer producir más dicho -dinero. Al ver los proyectos, reflexiones é incertidumbres de su -imaginación; al oir el pro y el contra con respecto á la agricultura -y á la industria, era como si se hubiesen encontrado frente á frente -dos academias del siglo pasado. El embarazo para él era más que real, -porque siendo un hombre solo, no se le podía decir: “¿qué necesidad -había de elegir?”. Lo mejor que podía hacer era emprender con ambas, -porque los medios en sustancia son los mismos, y al mismo tiempo dos -cosas que se parecen á las piernas, esto es, que las dos andan mejor -que una sola. - -Trataron pues de arreglar el equipaje, y ponerse en camino, la familia -Tramaglina para su nueva patria, y la viuda para Milán. Se derramaron -muchas lágrimas, se dieron mutuamente un millón de gracias, y se -hicieron mil y mil promesas de irse á ver unos á otros á menudo. -La separación de Renzo y de la familia del amigo que le había dado -hospitalidad no fué menos tierna, si se exceptúa que no hubo lágrimas; -y no se crea que la despedida con D. Abundio fuese fría; nada de -esto. Aquellas excelentes criaturas habían conservado siempre cierta -respetuosa adhesión para con su cura, y éste, en el fondo también los -había apreciado; sino que ya se ve, ¡hay negocios tan malditos que -llegan á turbar hasta las afecciones! - -Nada obligaba á Renzo á salir de su pueblo natal; pues D. Rodrigo -no existía, y la orden de prisión había sido anulada. Mas hacía ya -algún tiempo que los tres estaban acostumbrados á mirar como suyo el -país adonde se dirigían. Renzo había logrado que cayera en gracia á -las mujeres, haciéndoles ver las ventajas que encontraban en él los -operarios y otras mil cosas de la buena vida que se pasaba. Además, en -aquel del cual se apartaban, habían tenido momentos bien amargos; y los -recuerdos tristes que con frecuencia se presentan á nuestra imaginación -de los lugares en que hemos sufrido, nos hacen alejar de ellos. - -¡Quién había de figurarse que al llegar á la nueva patria, en -donde Renzo creía hallar la dicha, no encontró más que disgustos! -Indudablemente no era nada; pero sin embargo, lo bastante para turbar -su felicidad. He aquí, en pocas palabras, lo que sucedió. - -Las conversaciones que en el citado pueblo había habido respecto de -Lucía, mucho tiempo antes que ésta fuese á él; el saber que Renzo había -padecido tanto por ella, permaneciendo siempre firme y constante; acaso -alguna palabrilla de algún amigo parcial para con él y para con todo lo -que le concernía, habían hecho nacer una cierta curiosidad de ver á la -joven, concibiendo una idea extraordinaria de su belleza. Otros decían: -“¿Queréis saber cómo es la que esperáis con tanta ansia? Es holgazana, -crédula, desdeñosa; no encuentra jamás lo que busca, porque nunca sabe -lo que quiere; y por último, hace pagar muy caros los dulces momentos -que había concedido sin razón”. Cuando Lucía se presentó, muchos de los -que creían que tenía una cabellera de oro, las mejillas exactamente de -rosa, los ojos más hermosos que lo uno y lo otro, y qué sé yo qué más, -empezaron á encogerse de hombros, á arrugar las narices, y á decir: -“¡Bah!, ¡es ésta la mujer tan ponderada! ¡Después de tanto tiempo y de -tanto hablar, era de esperar otra cosa! ¡Y qué es después de todo! Una -aldeana como tantas otras. Mujeres como ella y mejor se encuentran por -todas partes”. Viniendo en seguida á examinarla en particular, éste -notaba un defecto, aquél otro, y algunos la llegaron á encontrar fea. - -Mas sin embargo, como todo esto nadie iba á decirlo á la cara de -Renzo, hasta aquí no era un gran mal. Pero por desgracia al cabo de -algún tiempo no faltó quien fuera á contarle dichas habladurías, lo -cual le afligió mucho. Principió á meditar sobre ello, siendo objeto -de varias disputas con los que le hablaban de tal asunto, y también -de amargas quejas consigo mismo. “¿Y qué os importa?, ¿quién os ha -dicho que esperaseis esto ni aquello? ¿He ido por ventura á hablaros -nunca de semejante cosa?, ¿á deciros que era hermosa? Y cuando me lo -preguntabais, ¿os di quizás otra contestación, sino que era una buena -muchacha? ¡Es una aldeana! ¿Me habéis oído decir jamás que os traería -una princesa? ¿Os desagrada?; no la miréis. Ya que vosotros tenéis -mujeres hermosas, extasiaos en ellas, contempladlas cuanto queráis”. - -Es preciso observar, que una bagatela cualquiera basta á veces para -decidir la dicha de un hombre para toda su vida. Si Renzo hubiese -querido pasar la suya en dicho pueblo, según su primer designio, -hubiera obrado muy mal. Á fuerza de tantas incomodidades, había llegado -á estar siempre disgustado; era grosero y brusco con todos, porque -calculaba que cada uno en particular podía criticar á Lucía. En todas -sus palabras se traslucía siempre un no sé qué de punzante y satírico; -en todo encontraba también motivos de crítica; hasta el punto de que si -hacía mal tiempo dos días seguidos, al momento exclamaba: “¡Oh, vaya un -país hermoso!” Finalmente, se hizo insoportable hasta con las personas -que le habían apreciado; y con el tiempo, de una cosa á otra, se -hubiera encontrado por decirlo así, en guerra abierta con casi toda la -población, sin poder quizá ni aun él mismo conocer la causa primitiva -de un mal tan grande. - -Mas se habría dicho que la peste se había empeñado en reparar todas -sus tonterías. El dueño de una fábrica de hilados situada cerca de las -puertas de Bérgamo había muerto; y el heredero, joven libertino, que -en todo aquel edificio no encontraba nada que le divirtiera, resolvió -venderlo por la mitad del precio; mas quería que fuese inmediatamente -y á dinero contante, para poderlo emplear en seguida en gastos -improductivos. - -Habiendo llegado la noticia á oídos de Bartolo, acudió á verle y trató -con él. No podía hallarse una ganga mayor, pero la condición de pagar -al contado, en metálico, lo echaba todo á perder; porque su escaso -peculio, reunido lentamente á fuerza de muchas economías, estaba -aún lejos de alcanzar á la suma señalada. Entretuvo al vendedor con -palabras ambiguas, se volvió apresuradamente, comunicó el negocio á su -primo, y le propuso hacerlo á medias. Un partido tan excelente puso -fin á las dudas económicas del joven, el cual se decidió de pronto por -la industria, y contestó afirmativamente. Ambos se dirigieron allá en -seguida, y quedó consumado el contrato. - -Luego que los nuevos dueños se posesionaron de su establecimiento, -Lucía, que no era de ninguna manera esperada allí, no sólo no fué -objeto de crítica, sino que aun podemos añadir que no dejó de agradar; -tanto, que Renzo llegó á saber que algunos habían dicho: “¿Habéis visto -la bella palurda que nos ha venido?”. El epíteto hacía llevadero el -sustantivo. - -Además, los disgustos que Renzo había experimentado en el otro pueblo, -le sirvieron de muy útil lección. Hasta entonces había sido un poco -ligero en decir lo que sentía, teniendo un placer en criticar á la -mujer del vecino y demás; pero luego comprendió que las palabras hacen -un efecto en la boca y otra en los oídos, por lo cual contrajo el -hábito de pesar más las suyas antes de proferirlas. - -Los negocios iban viento en popa: al principio se presentaron algunas -dificultades con motivo de la escasez de operarios y de las altas -pretensiones de los pocos que habían quedado. Publicáronse edictos que -limitaban los salarios; y á despecho de algunos, con tales medidas, las -cosas volvieron á su verdadero camino; porque al fin y al cabo debían -arreglarse. Al cabo de poco tiempo, llegó de Venecia otro edicto más -razonable, á saber: extinción, por diez años, de toda carga real y -personal á los forasteros que fuesen á establecerse en el territorio. -Para nuestros amigos, esto fué una nueva cucaña. - -Antes de que concluyese el primer año de casados, Lucía dió á luz una -hermosa criatura; y como si se hubiese hecho á propósito para dar -ocasión á Renzo de cumplir su magnánima promesa, fué una niña, á la -cual se la bautizó con el nombre de María. En el trascurso del tiempo -tuvieron no sé cuántos más, de uno y otro sexo; é Inés, ocupada en -llevarlos aquí y allá, les llamaba picarillos y les cubría de besos, -los cuales quedaban impresos por largo rato en sus rosadas mejillas. -Todos fueron inclinados al bien, queriendo Renzo que aprendiesen á -leer y escribir, al cual se le oía decir, que ya que existía semejante -picardía, era preciso que se aprovechasen de ella. - -Era sumamente curioso el oirle contar sus aventuras, las que finalizaba -siempre diciendo las grandes cosas que había aprendido para gobernarse -mejor en lo sucesivo. “Me he aleccionado”, decía, “en no meterme en -jaranas, en no predicar en las plazas, en no levantar el codo más de lo -necesario, en no tener en la mano las aldabas de las puertas cuando hay -alrededor gentes, cuya cabeza no está buena enteramente, en no atarme -una campanilla al pie antes de haber pensado lo que podía suceder, y -otras mil cosas por el estilo”. - -Sin embargo, Lucía, sin encontrar la doctrina falsa en sí, no quedaba -satisfecha; le parecía así de un modo vago, como si faltara algo. Á -fuerza de oir repetir siempre el mismo estribillo, y meditar cada vez -más sobre él; “y yo”, dijo un día á su moralista, “¿qué debo haber -aprendido? Bien sabes que no he ido á buscar las desgracias, sino que -ellas vinieron: á menos que no quieras decir, añadió, sonriéndose -afectuosamente, que todo mi mal provino de quererte y haberte dado -palabra de casamiento”. - -Al principio Renzo no supo qué contestar. Después de haber discutido -ambos por largo tiempo, sacaron en consecuencia que las desgracias las -más veces provienen de causas motivadas por otros, que la conducta más -cauta é inocente no podría evitar; y que cuando nacen por culpa ó sin -culpa nuestra, la confianza en Dios las templa y las utiliza para -la otra vida. Esta solución, aunque haya sido hallada por gentes sin -instrucción de ninguna especie, nos ha parecido tan justa, que hemos -pensado consignarla aquí como el pensamiento de toda la historia. - -Últimamente, si la presente obra no os ha disgustado, agradecédselo al -anónimo, y también un poquito á su comentador; mas si por el contrario, -hemos tenido la desgracia de desagradaros, podéis estar seguros que no -ha sido éste nuestro designio. - - - * * * * * - - - NOTAS: - -[25] La vejez es por sí misma una enfermedad. - - - FIN DE “LOS PROMETIDOS ESPOSOS”. - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 2 *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. 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INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation's website -and official page at www.gutenberg.org/contact - -Section 4. 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Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our website which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This website includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. |
