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-The Project Gutenberg eBook of Los desposados - Tomo 2, by Alessandro
-Manzoni
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Los desposados - Tomo 2
- Historia milanesa del siglo XVII
-
-Author: Alessandro Manzoni
-
-Release Date: January 23, 2022 [eBook #67231]
-
-Language: Spanish
-
-Produced by: Andrés V. Galia, Sanly Bowitts and the Online Distributed
- Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was
- produced from images generously made available by The
- Internet Archive)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 2 ***
-
-
-
- NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
-"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de
-Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el
-título de "I promessi sposi".
-
-En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los
-novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el
-título original y el tenor de la obra.
-
-En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con
-_guiones bajos_.
-
-El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
-de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando
-la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado
-puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia
-Española.
-
-En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar
-que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban
-acento ortográfico. Eso ha sido respetado.
-
-En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las
-mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen
-que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal
-acentuada está en mayúsculas.
-
-La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha
-agregado al dominio público.
-
-Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
-
-El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor.
-
-
- * * * * *
-
- LOS DESPOSADOS
- TOMO SEGUNDO
-
-
-
-
- LOS
- DESPOSADOS
-
- HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII
-
- POR ALEJANDRO MANZONI
-
- TRADUCIDA DEL ITALIANO
-
- [Ilustración]
-
-
- MÉXICO
- IMP. DE. ANDRADE Y ESCALANTE
- Calle de Cadena número 13
-
- 1858
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
- Pág.
-
- CAPÍTULO PRIMERO 5
-
- CAPÍTULO SEGUNDO 30
-
- CAPÍTULO TERCERO 55
-
- CAPÍTULO CUARTO 81
-
- CAPÍTULO QUINTO 102
-
- CAPÍTULO SEXTO 134
-
- CAPÍTULO SÉPTIMO 178
-
- CAPÍTULO OCTAVO 202
-
- CAPÍTULO NOVENO 238
-
- CAPÍTULO DÉCIMO 255
-
- CAPÍTULO DECIMOPRIMERO 292
-
- CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO 318
-
- CAPÍTULO DECIMOTERCERO 339
-
- CAPÍTULO DECIMOCUARTO 359
-
- CAPÍTULO DECIMOQUINTO 386
-
- CAPÍTULO DECIMOSEXTO 422
-
- CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO 458
-
- CAPÍTULO DECIMOCTAVO 481
-
- CAPÍTULO DECIMONOVENO 514
-
- CAPÍTULO VIGÉSIMO 537
-
-
-
-
- CAPÍTULO PRIMERO
-
-El que viendo en un campo mal cultivado una yerba silvestre, por
-ejemplo, una bella planta de paciencia, quisiera saber con certeza si
-ésta se encontraba en aquel sitio por medio de una semilla germinada
-en el mismo campo, ó llevada por el viento, ó dejada caer por algún
-pájaro; por más que pensase, no llegaría jamás á sacar nada en
-conclusión: del mismo modo no sabremos decir si salió naturalmente
-del caletre del conde la resolución de servirse del padre provincial
-para cortar aquel nudo gordiano, ó si le fué sugerida por Attilio.
-Ciertamente que éste no había soltado aquellas palabras al acaso: y
-aunque debiera esperarse que á una insinuación tan directa, el amor
-propio del conde se sublevara, quiso, sin embargo, á toda costa,
-presentarle la idea de aquel expediente, y meterle en el camino por
-donde era preciso que andara. Además, dicho expediente era tan adaptado
-al genio del viejo conde, de tal modo indicado por las circunstancias,
-que se hubiera podido apostar que lo habría imaginado por sí solo sin
-necesitar sugestiones de nadie. Se trataba que en una guerra, sin
-embargo, demasiado abierta, uno que llevaba su nombre, un sobrino
-suyo, no quedase debajo; punto esencialísimo á la reputación del poder
-que tanto llenaba su corazón. La satisfacción que el sobrino podía
-tomar por sí solo, hubiera sido un remedio peor que la enfermedad, un
-manantial de disgustos, siendo preciso impedirla de cualquier modo que
-fuese, y sin pérdida de tiempo. Ordenarle que partiera en el mismo
-instante de su palacio, ya no sería obedecido; y aunque lo fuese, era
-ceder el campo, una retirada de la casa ante un convento. Órdenes,
-fuerza legal, y todos los espantajos de este género, no valían contra
-un adversario de aquella condición. El clero regular y secular se había
-hecho enteramente inmune de toda jurisdicción legal, extendiéndose
-dicha inmunidad no sólo á sus personas, sino también á los lugares que
-habitaban, según deben saber aun los que no hayan leído más historia
-que la nuestra, pues de lo contrario estaríamos frescos. Todo lo que
-podía hacerse contra tal adversario, era buscar el medio de alejarlo,
-lo cual sólo podía lograrse por el padre provincial.
-
-Ahora bien: entre el conde y dicho padre provincial mediaba un
-conocimiento muy antiguo: se veían de tarde en tarde, pero siempre con
-grandes demostraciones de amistad, y con reiteradas ofertas de servirse
-mutuamente. Á veces es mejor tratar con uno que tenga muchos individuos
-á sus órdenes, que no con uno solo de éstos, el cual no ve más que
-su negocio, no siente más que su pasión, ni se cuida más que de su
-pundonor, mientras que el otro descubre en un momento cien relaciones,
-cien consecuencias, cien intereses, cien cosas que evitar, otras ciento
-que salvar; y así se le puede coger por cien partes.
-
-Todo bien pesado, el conde invitó cierto día á comer al padre
-provincial, y le hizo encontrarse en medio de una tanda de convidados,
-elegidos con el tacto más exquisito. Veíanse allí algunos parientes de
-la más encopetada grandeza, cuyo solo nombre era un gran título; y que
-por su ademán, por cierta resolución, por cierto desdén caballeresco,
-al hablar de grandes cosas con términos familiares, lograban, aunque
-sin querer, imprimir y recordar á cada momento, la idea de la
-superioridad y del poder. Hallábanse también allí algunos clientes
-adheridos á la casa por una dependencia hereditaria, y al personaje
-por una servidumbre de toda la vida; los cuales, empezando desde la
-menestra á decir sí con la boca, con los ojos, con los oídos, con toda
-la cabeza, con todo el cuerpo, y con toda el alma, á los postres os
-habían puesto á un hombre en estado de no acordarse cómo se hacía para
-decir _no_.
-
-En la mesa, el conde hizo recaer bien pronto la conversación sobre su
-tema favorito; esto es, el hablar de Madrid. Á Roma se va por muchos
-caminos; él iba por todos á Madrid. Habló de la corte, del conde-duque,
-de los ministros, de la familia del gobernador, de las corridas de
-toros que él podía describir perfectamente, porque había tenido el
-gusto de presenciarlas desde un sitio distinguido; del Escorial, del
-que podía dar cuenta muy exacta, porque un criado del conde-duque le
-había conducido por todos los rincones. Por espacio de algún tiempo,
-toda la reunión estuvo como un auditorio, atenta á él solo; después se
-dividió en coloquios particulares, y él entonces prosiguió refiriendo
-otras muchas cosas curiosas, como en confianza, al padre provincial
-que estaba á su lado, y que le dejó decir, decir, y más decir. Pero
-de pronto, dió otro giro á la conversación, la separó de Madrid; y de
-corte en corte, de dignidad en dignidad, la hizo caer sobre el cardenal
-Barberini, que era capuchino y hermano del papa que ocupaba entonces la
-silla apostólica, Urbano VIII nada menos. El conde se vió precisado á
-dejar hablar un poco á los demás, á ponerse á escuchar, y recordar por
-último, que en este mundo no era el solo personaje que lo hacía. Poco
-después de levantados de la mesa, rogó al padre provincial que pasase
-con él á otra estancia.
-
-Dos potestades, dos ancianidades, dos experiencias consumadas, se
-hallaban frente á frente. El magnífico señor hizo sentar al muy
-reverendo padre, después de lo cual tomó él también asiento, y empezó
-á hablar en estos términos: “Convencido de la amistad que existe
-entre nosotros, he creído poder hablar á vuestra paternidad acerca
-de un negocio de interés común, y que debe concluirse aquí para
-entre nosotros, sin ir por otros caminos que podían... Y por tanto,
-buenamente, con el corazón en la mano, os diré de lo que se trata; y en
-dos palabras, estoy cierto, que nos pondremos de acuerdo. Decidme, ¿en
-vuestro convento de Pescarenico hay un tal padre Cristóbal de ***?”.
-
-El provincial hizo un signo afirmativo.
-
---Suplico á vuestra paternidad me diga francamente, en buena amistad...
-ese sujeto... ese padre... yo no lo conozco personalmente; siendo así,
-que de padres capuchinos conozco muchos, celosos, prudentes, humildes,
-varones, en fin, que valen más oro de lo que pesan: he sido amigo
-de la orden desde mi infancia... pero en todas las familias un poco
-numerosas... hay siempre algún individuo, alguna cabeza... Y sé por
-ciertas noticias, que ese padre Cristóbal es un hombre... afecto á
-las querellas... que no tiene toda aquella prudencia, todos aquellos
-miramientos... Apostaría á que ha debido más de una vez dar qué pensar
-á vuestra paternidad.
-
---Entiendo; es un empeño, pensaba entretanto el provincial; yo tengo la
-culpa: bien sabía yo que á ese buen padre Cristóbal era preciso hacerle
-correr de púlpito en púlpito, y no dejarle descansar seis meses en un
-mismo lugar, especialmente en los conventos de la campiña.
-
---¡Oh!, dijo luego; siento de veras que vuestra magnificencia tenga en
-mal concepto al padre Cristóbal; siendo así que es un religioso que
-observa una conducta ejemplar en el convento, y al mismo tiempo tenido
-en mucha estima fuera de él.
-
---Entiendo perfectamente; vuestra paternidad debe... pero, sin embargo,
-yo quiero, como amigo sincero, advertiros de una cosa que conviene
-que sepáis; y si una vez informado de ella, puedo, sin faltar á mis
-deberes, haceros ver ciertos resultados... posibles; no digo más.
-Sabemos que dicho padre Cristóbal había tomado bajo su protección á un
-hombre de aquel pueblo, á un hombre... vuestra paternidad debe haber
-oído hablar de él; es el que se escapó con tanto escándalo de las
-manos de la justicia, después de haber hecho en el terrible día de S.
-Martín, las cosas... las cosas... En fin, llámase Lorenzo Tramaglino.
-
-“¡Ah, ya!”, pensó el provincial, y dijo: “Esta particularidad es nueva
-para mí; pero vuestra magnificencia sabe bien, que una parte de nuestro
-ministerio es justamente ir en busca de escarriados para reducirlos...”.
-
---Muy bien; ¡pero proteger á los escarriados de cierta especie!...
-son cosas espinosas, negocios demasiado delicados... Y aquí, en lugar
-de inflar los carrillos y soplar, apretó los dientes y aspiró tanto
-aire, cuanto tenía costumbre de arrojar soplando; después de lo cual
-continuó: “He creído necesario daros este aviso, porque si alguna vez
-su excelencia... Podría haberse escrito algo á Roma... no sé nada... y
-de Roma venirle...”.
-
---Agradezco muchísimo dicho aviso á vuestra magnificencia; pero estoy
-cierto que si se tomaran informes sobre este asunto, resultara que
-el padre Cristóbal no habrá tenido relaciones con el hombre de que
-se trata, más que con el objeto de hacerle entrar en razón: conozco
-demasiado al padre Cristóbal.
-
---Vuestra paternidad sabe mejor que yo lo que él ha sido en el siglo,
-las travesuras que ha hecho en su juventud...
-
---Tal es la gloria de nuestro hábito, señor conde, que un hombre que
-en el siglo ha hecho que hablen mucho de él, con este traje llega á
-transformarse enteramente; y desde que el padre Cristóbal lleva este
-hábito...
-
---Quisiera creerlo: lo digo de todo corazón, mas á veces como dice el
-proverbio... el hábito no hace al monje.
-
-El refrán no venía aquí á propósito; pero el conde lo había sustituido
-apresuradamente á otro que tenía en la punta de lengua: el lobo cambia
-el pelo, pero no sus malas mañas.
-
---Tengo indicios, proseguía, averiguaciones...
-
---Si vuestra magnificencia sabe positivamente que el expresado
-religioso ha cometido alguna falta (todos estamos sujetos á errar),
-me dispensaréis un verdadero favor, informándome de ello. Soy un
-superior, indigno sin duda; pero lo soy precisamente para corregir,
-para remediar...
-
---Os diré: junto con esta circunstancia enojosa de la protección
-abierta del padre para con el consabido, hay otra cosa muy
-desagradable, y que podría... Pero, entre nosotros, lo arreglaremos
-todo de una vez. El caso es, como iba diciendo, que el mismo padre
-Cristóbal se ha puesto á luchar con mi sobrino D. Rodrigo.
-
---¡Oh!, esto me desagrada, me desagrada; me desagrada formalmente.
-
---Mi sobrino es joven, vivo, recuerda lo que es, y se resiente; además,
-como no tiene costumbre de verse provocado...
-
---Será un deber mío el tomar buenos informes acerca de semejante hecho.
-Según he dicho ya á vuestra magnificencia, y hablo con un señor que es
-tan justo como experimentado en las cosas del mundo, todos somos de
-carne, sujetos á errar... tanto de un lado como de otro; y si el padre
-Cristóbal ha faltado...
-
---Pero, es preciso que vuestra paternidad advierta, que éstas son
-cosas, que deben terminarse entre nosotros, sepultarse aquí; cosas que
-mientras más se remueven... es peor. Vuestra paternidad sabe muy bien
-lo que sucede: estos piques, estas querellas empiezan con frecuencia
-por una bagatela y avanzan, avanzan... Si se quiere encontrar el fondo,
-no llega á conseguirse, ó bien nacen otros cien mil obstáculos. Apagar,
-cortar el negocio, reverendo padre; apagarlo, cortarlo; he aquí lo que
-es preciso. Mi sobrino es joven; el religioso, por lo que he podido
-comprender, tiene todavía todo el espíritu é inclinaciones de un joven
-también; y á nosotros toca, que tenemos ya nuestros años... acaso
-demasiados; ¿no es cierto, reverendísimo padre?
-
-El que hubiese estado contemplando aquella escena, habría podido
-compararla á lo que sucede en medio de una ópera seria, cuando se
-levanta, por equivocación, un telón antes de tiempo, y se ve un
-cantante que no pensando en aquel momento que exista público en el
-mundo, conversa mano á mano con un compañero suyo. El semblante, el
-ademán, la voz del conde, al decir las palabras _acaso demasiados_,
-todo fué natural; allí no había política; era indudablemente cierto que
-le causaba fastidio el tener tantos años. No lamentaba los pasatiempos,
-y bríos, la gentileza de la juventud: ¡frivolidades, tonterías,
-miserias! El motivo de su disgusto era grave é importante; era que
-esperaba cierto puesto muy elevado, cuando estuviera vacante, y temía
-no llegar á tiempo. Luego de haberlo obtenido, se podía estar cierto de
-que no le hubieran dado mucho cuidado los años; no habría deseado otra
-cosa, muriendo contento, como aquellos que, ansiando mucho una cosa,
-aseguran querer hacer algo, cuando la han obtenido.
-
-Mas dejemos hablar al conde,--Á nosotros toca, continuó, el tener
-juicio por los jóvenes, y reparar sus calaveradas. Por fortuna, aún
-estamos á tiempo; ello no ha metido mucho ruido, y todavía nos hallamos
-en el caso de un _principiis obsta_. Conviene alejar el fuego de la
-paja. Á veces una persona que en un paraje se conduce mal, ó que
-pudo ser causa de algún desorden, se porta en otro maravillosamente.
-Vuestra paternidad sabrá hallar muy bien el nicho conveniente para ese
-religioso. Además, puede militar otra circunstancia; esto es, quizá
-se haya hecho sospechoso á alguno del cual él desee alejarse: por lo
-tanto, colocándolo en un paraje un poco apartado, no hace más que un
-viaje, y prestamos dos servicios; todo se arregla por sí mismo, ó por
-mejor decir, no hay ningún compromiso.
-
-El padre provincial aguardaba esta conclusión desde el principio del
-discurso del conde.
-
-“¡Ah, ya!”, pensaba interiormente, veo adónde quiere ir á parar;
-siempre sucede lo mismo: cuando un pobre fraile se disgusta con
-vosotros, ó con uno de los vuestros, ú os causa la más pequeña sombra,
-el superior debe hacerle tomar prontamente las de Villadiego, sin
-tratar de inquirir si hay ó no razón para ello.
-
-Cuando el conde hubo concluido, exhaló un suspiro, lo cual equivalía
-á una firme resolución: “Comprendo perfectamente, contestó el padre
-provincial, lo que el señor conde quiere decir; mas antes de dar un
-paso...”.
-
---Es un paso y no lo es, reverendísimo padre; es una cosa natural,
-ordinaria; que si no se pone un pronto y eficaz remedio, preveo una
-multitud de desórdenes, una ilíada de desgracias. Un disparate... no
-creeré que mi sobrino... yo estoy aquí para impedirlo... Mas al punto á
-que ha llegado el negocio, si entre ambos no le damos un corte bueno,
-sin pérdida de tiempo, no es posible detenerle, que permanezca en
-secreto... y entonces no será tan solo mi sobrino... Nosotros seremos
-los que irritemos el avispero, muy reverendo padre. Vos mismo lo veis;
-pertenecemos á una gran casa, estamos enlazados con familias...
-
---Ilustres.
-
---Ya me entendéis: toda gente que tiene sangre en las venas, y que
-en este mundo... valen alguna cosa. Se resiente el pundonor, llega á
-hacerse un asunto común; y entonces... aun el que es amigo de la paz...
-¡Sería un verdadero quebranto para mí, de tener... de encontrarme...
-yo que siempre he profesado una tan grande inclinación á los padres
-capuchinos! Vuestros padres para hacer bien, como lo hacen con tanta
-edificación de las gentes, necesitan tranquilidad, no tener contiendas,
-estar en buena armonía con los que... y además, tienen parientes en
-el siglo... y estos asuntillos de pundonor, por poco que duren, se
-extienden, se ramifican, y hacen entrar á... medio mundo. Yo tengo
-este dichoso cargo, que me obliga á sostener un cierto decoro... su
-excelencia... mis señores colegas... todo viene á hacerse como asunto
-de corporación... sobre todo con aquella otra circunstancia... Vos ya
-sabéis cómo van esta especie de cosas.
-
---Es cierto, dijo el provincial, que el padre Cristóbal es predicador,
-y tenía ya algún pensamiento... Justamente se me ha pedido... Pero en
-este momento, en tales circunstancias, podría parecer un castigo; y un
-castigo antes de haber puesto bien en claro...
-
---No, castigo no; una precaución prudente, un remedio de conveniencia
-común, para impedir las desgracias que podrían... Vamos, me he
-explicado lo bastante.
-
---Entre el señor conde y yo, la cosa no pasa de ahí; lo comprendo: pero
-siendo el hecho del modo que se ha referido á vuestra magnificencia,
-es imposible, á mi parecer, que no se haya traslucido algo en el país.
-Por todas partes existen gentes que atizan las discordias, que incitan
-al mal, ó á lo menos malignos ociosos que tienen un exquisito gusto
-en ver á los señores y á los religiosos en las prisiones; y olfatean,
-interpretan á su gusto, charlan... Cada uno tiene que conservar su
-decoro; y además yo, como superior (indigno sin duda), tengo un deber
-expreso... El honor del hábito... no es cosa mía... es un depósito del
-cual... Puesto que vuestro señor sobrino está tan alterado, como dice
-vuestra magnificencia, podría tomar la cosa como una satisfacción que
-se le da y... no digo vanagloriarse, triunfar, sino...
-
---¿Os chanceáis, reverendo padre? Mi sobrino es un caballero que está
-considerado en el mundo... según su rango, y como es debido; pero
-comparado conmigo es un niño, que no hará más ni menos de lo que yo le
-prescriba. Os diré más; mi sobrino nada sabrá. ¿Qué necesidad tenemos
-de darle cuentas? Éstas son cosas que hacemos aquí para entre nos,
-como buenos amigos, y que de nosotros no han de pasar. Esto no os debe
-causar inquietud alguna. Ya comprenderéis que debo estar acostumbrado
-á callar. Después de pronunciadas las anteriores palabras, dió su
-acostumbrado soplo y continuó: “Tocante á los charlatanes, ¿qué queréis
-que digan? ¡Un religioso que va á predicar á otro país, es una cosa muy
-natural! Y después, nosotros que vemos... que tenemos previsión... que
-nos corresponde... no debemos hacer caso de semejantes habladurías”.
-
---Sin embargo, con el objeto de prevenirlas, sería bueno que en esta
-ocasión, su señor sobrino hiciese una manifestación, diese alguna señal
-visible de amistad, de deferencia, no por nosotros, sino por el hábito.
-
---Seguramente, seguramente; es muy justo... pero no hay necesidad:
-sé que los capuchinos son siempre acogidos por mi sobrino como deben
-serlo: lo hace por inclinación; es un instinto de familia; y después
-sabe que así me complace. Por lo demás, en este caso... alguna cosa de
-extraordinario... es muy justo. Dejadme hacer, reverendísimo padre,
-mandaré á mi sobrino... es decir, será preciso insinuárselo con
-prudencia, á fin de que no trasluzca nada de lo que ha pasado entre
-nosotros, pues no quisiera que pusiéramos emplasto donde no hay herida.
-Con respecto á lo que hemos convenido, cuanto más pronto se haga, será
-mejor; y si se encontrase un nicho un poco lejos... para quitar toda
-ocasión...
-
---Precisamente me piden un predicador para Rímini, y quizás aun, sin
-otro motivo, hubiera dispuesto...
-
---Muy á propósito. ¿Y cuándo?...
-
---Ya que la cosa debe hacerse, se hará pronto.
-
---En seguida, en seguida, reverendísimo padre, mejor hoy que mañana. Y
-levantándose prosiguió: Si algo puedo hacer, tanto yo como mi familia,
-en favor de nuestros padres capuchinos...
-
---Sabemos por experiencia la bondad de la casa, dijo el padre
-provincial, levantándose también y encaminándose hacia la puerta detrás
-de su vencedor.
-
---Hemos apagado una chispa, dijo éste andando lentamente; una chispa,
-muy reverendo padre, que podía haber producido un grande incendio.
-Entre buenos amigos, en dos palabras se arreglan grandes cosas.
-
-Habiendo llegado á la puerta, la abrió y quiso de todos modos que el
-padre provincial pasase el primero; luego entraron en la otra estancia,
-en donde se reunieron con los demás.
-
-Aquel señor ponía un grande estadio, un gran arte y grandes palabras
-en manejar un negocio; mas después obtenía también los efectos
-correspondientes. Vamos al hecho: con la conversación que hemos
-referido, logró hacer ir á Fr. Cristóbal á pie desde Pescarenico á
-Rímini, que es una bella caminata.
-
-Una tarde, un capuchino de Milán, llega á Pescarenico con un pliego
-para el padre guardián. Dicho pliego contiene la orden para que
-Fr. Cristóbal se trasladase á Rímini, con el objeto de predicar la
-Cuaresma. La carta dirigida al guardián trae las instrucciones para
-insinuar al consabido fraile que deponga toda idea de negocios que
-pueda tener entablados en el país del cual debe partir, y que no
-mantenga correspondencia de ninguna clase; el portador de la expresada
-carta debe ser su compañero de viaje. El guardián nada dice aquella
-tarde; pero á la mañana siguiente manda llamar á Fr. Cristóbal, le
-enseña la orden, le dice que vaya á buscar las alforjas, el bastón, el
-sudario y el cíngulo, y con aquel padre compañero que le presenta se
-ponga inmediatamente en camino.
-
-Dejo á la penetración de mis lectores pensar el terrible golpe que
-sería éste para nuestro buen fraile. Renzo, Lucía, Inés, se presentaron
-súbitamente á su memoria, y exclamó, por decirlo así, en su interior:
-“¡Qué será de esos desventurados, no estando yo aquí, Dios mío!” Mas
-después alzó los ojos al cielo, se acusó de que le hubiese faltado la
-confianza y de haberse creído necesario para algo. Puso las manos en
-cruz sobre el pecho, en señal de obediencia; inclinó su cabeza ante
-el padre guardián, el cual lo llamó aparte y le dió aquel otro aviso
-como con palabras de consejo y como con significación de precepto. Fr.
-Cristóbal se encaminó á su celda, cogió la alforja, colocó en ella su
-breviario, su colección de sermones de cuaresma y el pan del perdón;
-apretó el cordón á su cintura, se despidió de todos sus hermanos; fué
-por último á recibir la bendición del guardián, y tomó en seguida, con
-su compañero, el camino que le había sido prescrito.
-
-Hemos dicho que D. Rodrigo, obstinado más que nunca en llevar á cabo
-su infame empresa, había resuelto buscar la asistencia de un hombre
-terrible. De éste no podemos decir ni el nombre, ni el apellido, ni
-un título, y ni siquiera una conjetura sobre nada de todo esto, cosa
-tanto más extraña, cuanto que de dicho personaje encontramos memoria
-en más de un libro (de libros impresos digo) de aquella época. La
-identidad de los hechos no permite dudar que el personaje en cuestión,
-no sea el mismo; pero vese por todas partes un gran cuidado en evitar
-el trazar el nombre, como si éste hubiese de abrasar la pluma y la
-mano del escritor. Francisco Rivola, en la vida del cardenal Federico
-Borromeo, al hablar del expresado individuo, dice que es “un señor
-tan poderoso por sus riquezas, como noble por su nacimiento”, sin
-más. José Ripamonti, que en el libro 5.º, década 5.ª, de su _Storia
-Patria_, hace de él más larga mención, lo nombra uno, éste, aquél,
-este hombre, aquel personaje. Referiré, dice en su elegante latín, del
-cual traducimos este fragmento del mejor modo posible, la aventura
-de un hombre que, ocupando el primer lugar entre los grandes de la
-ciudad, había establecido su morada en un despoblado, situado en los
-confines del territorio; y en dicho paraje, asegurándose la impunidad
-á fuerza de crímenes, nada le importaban las sentencias, los jueces,
-la magistratura entera, ni la soberanía. Llevaba una vida en todo y
-por todo independiente; daba asilo á los frígidos, habiéndolo él sido
-también, después absuelto de la sentencia que había pesado sobre él,
-como si nada hubiese... Tomaremos de este escritor algún otro pasaje
-que venga á propósito para confirmar y esclarecer la relación del autor
-de nuestro anónimo, con el cual seguimos adelante.
-
-Hacer lo que estaba prohibido por las leyes, ó impedido por una
-fuerza cualquiera; ser el árbitro, el único dueño en los negocios de
-los demás, sin otro interés más que el gusto de mandar; ser temido
-de todos, aun de los que se hacían temer de otros; tales habían
-sido en todo tiempo las pasiones del expresado individuo. Desde su
-adolescencia, al espectáculo y al rumor de tan poderosas hazañas,
-de tantas exacciones, á la vista de tantos tiranos, experimentaba
-un sentimiento mezclado de cólera y de envidia impaciente. Joven,
-y viviendo en la ciudad, no desperdiciaba ocasión alguna; así, iba
-en busca de armar contiendas con los más famosos espadachines de
-profesión, se les atravesaba en su camino, les hacía reconocer su
-superioridad por medio de pruebas convincentes, ó les obligaba á
-que buscasen su amistad. Superior á la mayor parte en riquezas y en
-servidores adictos, y quizá á todos en nacimiento y en audacia, redujo
-á muchos á renunciar á toda rivalidad, escarmentó á otros, y se captó
-la amistad de los restantes; pero no la amistad que existe entre
-personas iguales en categoría, sino una amistad como á él le agradaba;
-es decir, amigos subordinados que se reconociesen sus inferiores, y
-que le diesen siempre la preferencia. Sin embargo, en el hecho, era
-con frecuencia el paladín, el instrumento de todos ellos, los cuales
-no dejaban nunca de reclamar en sus apuros el socorro de tan poderoso
-auxiliar: para él, retroceder un momento, hubiera sido decaer de su
-reputación, faltar á su deber. De manera, que por cuenta suya y por
-la de otros, hizo tantas, que ni su nombre, ni sus parientes, ni sus
-amigos, ni su audacia, pudieron sostenerle contra los bandos públicos
-y contra tantas animosidades poderosas, viéndose obligado á salir del
-territorio. Creo que se refiere á esta circunstancia un hecho notable
-relatado por Ripamonti: “Una vez que éste tuvo que abandonar el país,
-el secreto, la timidez, el respeto que usó fueron los siguientes:
-atravesó la ciudad á caballo, con una numerosa jauría; á son de
-trompetas, y pasando por delante del palacio de la corte, dejó á la
-guardia una embajada de insultos para el gobernador”.
-
-Durante su ausencia, no renunció á sus manejos, ni interrumpió las
-relaciones con sus amigos, que permanecieron unidos con él, para
-traducir literalmente á Ripamonti, en una liga oculta de consejos
-terribles y de cosas funestas. Parece también que entonces contrajo con
-personas muy elevadas, ciertas nuevas y terribles relaciones, de las
-cuales el historiador mencionado habla con una brevedad misteriosa.
-Príncipes extranjeros, dice, se valieron más de una vez de él para
-algunos crímenes importantes, y al mismo tiempo le hubieron de enviar
-desde muy lejos refuerzos de gentes que sirviesen bajo sus órdenes.
-
-Finalmente (no se sabe después de cuánto tiempo), ora que se hubiese
-anulado el citado bando por alguna poderosa intercesión, ora que la
-audacia de aquel hombre le sirviese como de inmunidad, lo cierto es
-que resolvió volverse á su país, y en efecto volvió; no sin embargo á
-Milán, sino á un castillo confinando con el territorio de Bérgamo, que
-entonces pertenecía á los estados venecianos. Aquella casa, dice aún
-Ripamonti, era una especie de oficina de mandatos sanguinarios: veíanse
-servidores cuyas cabezas estaban puestas á precio, que tenían el oficio
-de cortar también cabezas; ni el cocinero, ni aun el mismo marmitón,
-estaban dispensados del asesinato; hasta las manos de los niños se
-veían ensangrentadas. Además de esta bella familia doméstica, había,
-según afirma el mismo historiador, otra de individuos de igual calaña,
-dispersos y apostados en varios lugares de los dos estados, en cuyos
-confines vivía aquél, dispuestos siempre á sus órdenes.
-
-Todos los tiranos, en un vasto radio, habían sido obligados, quienes en
-una ocasión, quienes en otra, á elegir entre la amistad y la enemistad
-de aquel tirano extraordinario. Pero á los primeros que habían querido
-tratar de resistirle les fué tan mal, que nadie más desde entonces
-quiso hacer semejante prueba. No obstante de permanecer uno agazapado
-en su concha, como suele decirse, sin meterse con él, no podía
-conservar su independencia: le enviaba un mensajero con la orden de que
-abandonase tal empresa; que se abstuviese de molestar á tal deudor,
-ú otras cosas semejantes: se necesitaba responder sí ó no. Cuando
-una parte, rindiéndole vasallaje, había ido á poner bajo su decisión
-un negocio cualquiera, la otra se hallaba en la dura alternativa
-de conformarse con su sentencia, ó declararse su enemigo; lo cual
-equivalía á ser, como se decía en otro tiempo, tísico en tercer grado.
-Muchos, teniendo culpa, acudían á él para tener razón; otros muchos,
-teniendo razón, recurrían también para ganarse así su alto patrocinio
-y cerrar las avenidas á sus adversarios: los unos y los otros venían á
-ser más especialmente sus dependientes. Sucedió alguna vez que un débil
-oprimido, vejado por un poderoso, se dirigió á él; y éste, tomando el
-partido del débil, forzó á dicho poderoso á cesar en sus vejaciones, á
-reparar el daño causado, á pedir perdón: si éste se mantenía firme, se
-encarnizaba tanto con él, que le obligaba á alejarse de los lugares que
-había tiranizado, ó le hacía pagar una más pronta y más terrible pena.
-En estos casos, aquel nombre tan temido y odiado, era bendecido por un
-momento; porque en aquellos desgraciados tiempos no se hubiera podido
-esperar de ninguna otra fuerza pública ni privada, no diré semejante
-justicia, sino ningún remedio, la más pequeña compensación. Él había
-sido, y era casi siempre, el ministro, el instrumento de voluntades
-inicuas, de venganzas atroces, de infames caprichos; pero los diversos
-usos que hacía de su fuerza producían siempre el mismo efecto, esto
-es, imprimir en los ánimos una grande idea de todo lo que podía querer
-y ejecutar en desprecio de lo justo é injusto, dos cosas que acarrean
-tantos obstáculos á la voluntad de los hombres y los hacen con
-frecuencia retroceder.
-
-La fama de los tiranos comunes permanecía encerrada en aquel pequeño
-espacio de país, en donde eran los más ricos y los más fuertes.
-Cada distrito tenía los suyos; y se asemejaban tanto, que no había
-razón para que la gente se ocupara de aquéllos, cuya tiranía no
-experimentaba. Pero el renombre del personaje de que estamos hablando
-se había esparcido hacía ya mucho tiempo por el milanesado entero:
-por todas partes, su vida era el objeto de narraciones populares, y
-su nombre significaba algo de irresistible, de extraño, de fabuloso.
-La sospecha que todos tenían de sus colegas y sicarios, contribuía,
-igualmente, á mantener siempre viva su memoria. Esto no eran más que
-sospechas; porque, ¿quién hubiera confesado abiertamente semejante
-dependencia? Pero cada tirano podía ser su aliado, cada tunante uno de
-los suyos, y la incertidumbre misma hacía más vasta la opinión y más
-profundo el terror de la cosa. Cada vez que en alguna parte se veían
-aparecer figuras de bravos desconocidas y más malas que de costumbre;
-á cada hecho enorme del cual no se supiese desde un principio indicar
-ó adivinar el autor, se profería, se murmuraba el nombre de aquel que
-nosotros, gracias á la bendita (por no decir otra cosa) circunspección
-de nuestros escritores, nos veremos precisados á llamarle el
-_incógnito_.
-
-Del castillo de éste al de D. Rodrigo, no había más que siete millas;
-y este último, apenas llegado á ser tirano y dueño, había debido ver
-que á tan poca distancia de semejante personaje no era posible ejercer
-aquel oficio sin venir á las manos, ó vivir en buena armonía con él.
-Éste era el motivo por el cual se le había ofrecido, llegando á ser su
-amigo, como todos los demás, se entiende; le había prestado más de un
-servicio (el manuscrito no dice otra cosa), habiéndole correspondido
-con promesas de auxilio y reciprocidad en cualquiera ocasión. Ponía,
-sin embargo, mucho cuidado, en ocultar semejante amistad, ó á lo menos
-no dejar traslucir los grados de que constaba, y de qué naturaleza
-era. D. Rodrigo quería, sí, hacerse el tirano, mas no el tirano
-desenfrenado: la profesión era para él un medio, no un fin; quería
-permanecer libremente en la ciudad, gozar de las ventajas, de los
-placeres, de los honores de la vida civil; y para esto tenía que usar
-ciertos miramientos, guardar atenciones á los parientes, cultivar la
-amistad de personas de categoría, tener una mano sobre la balanza de
-la justicia, para en caso necesario hacerla inclinar hacia su lado,
-ó detenerla, ú obligarla á caer en ciertas ocasiones sobre la cabeza
-de alguno, por cuyo medio podía alcanzarlo con más facilidad que con
-las armas de la violencia privada. En las circunstancias presentes,
-la intimidad, ó mejor diremos, una liga con un hombre de aquella
-especie, con un enemigo declarado de la fuerza pública, seguramente
-no le hubiera servido de nada, principalmente cerca del conde su tío.
-Pero aquel poco de amistad que no era posible ocultar, podía pasar por
-un deber indispensable hacia un hombre cuya enemistad era demasiado
-peligrosa, y de este modo se escudaba en la necesidad; porque el que
-tiene que proveer á la seguridad general, y carece de voluntad, ó no
-encuentra el medio, acaba por consentir que los demás atiendan por sí,
-hasta cierto punto, á sus negocios; y si expresamente no consiente,
-cierra á lo menos los ojos.
-
-Una mañana D. Rodrigo salió á caballo, en traje de caza, con una
-pequeña escolta de bravos á pie; el _Griso_ iba al estribo, y otros
-cuatro detrás; aquél tomó la dirección del castillo del _Incógnito_.
-
-
-
-
- CAPÍTULO SEGUNDO
-
-
-El castillo del _Incógnito_ estaba situado en la parte más elevada
-de un valle angosto y sombrío, sobre la cima de un pico que nace
-de una áspera cordillera de montes, no pudiendo al primer golpe de
-vista afirmarse con seguridad si estaba unido ó separado á ella por
-la inmensa mole de rocas, cavernas y precipicios que lo circuyen por
-todos lados. El que mira al valle, es el sólo practicable; forma una
-pendiente bastante rápida, pero igual y continua; vénse en la cumbre
-varios prados; en la falda campos cultivados, sembrados en algunos
-parajes de habitaciones. En el fondo aparece un lecho de guijarros,
-por donde se desliza, según la estación, un cristalino arroyuelo, ó se
-precipita un anchuroso torrente que entonces servía de límite á ambos
-territorios. Las cordilleras opuestas, que forman, por decirlo así, la
-otra muralla del valle, tienen también su pequeña falda cultivada; el
-resto no se compone más que de peñascos, rápidas pendientes desliadas
-de toda vegetación, excepto algunas zarzas que crecen por entre las
-grietas.
-
-De lo alto de dicho castillo, como el águila desde su ensangrentado
-nido, el selvático señor dominaba en torno de sí todo el espacio en
-donde un pie mortal pudiera posarse, y no percibía el más leve ruido
-humano por encima de su cabeza. Echando una ojeada alrededor, abrazaba
-todo aquel recinto, á saber: las pendientes, las cimas y los caminos
-practicados en medio de éstas. Á los ojos del que lo contemplaba desde
-lo alto, el sendero tortuoso que iba á dar acceso á tan terrible
-mansión, se desplegaba á manera de una serpenteante cinta; desde las
-ventanas y almenas el señor podía contar con la mayor comodidad los
-pasos del que llegaba, y descargar cien veces las armas contra él. Con
-aquella guarnición de bravos que tenía en el castillo hubiera podido
-desafiar á todo un ejército, dejándolo tendido sobre el sendero mismo,
-ó haciendo rodar á muchos hasta el fondo del valle, sin que ni uno solo
-siquiera pudiese llegar á la cumbre. Por lo demás, nadie que no fuera
-mirado con buenos ojos por el dueño del castillo, se atrevía á poner el
-pie, no digo arriba, sino ni aun en el mismo valle, ni tan siquiera de
-paso. El esbirro, pues, que hubiera tenido la desgracia de dejarse ver,
-habría sido tratado como un espía que es cogido en un campamento. Se
-referían trágicas historias de los últimos que habían querido intentar
-semejante empresa, pero eran ya historias antiguas; y ninguno de los
-jóvenes vasallos se acordaba de haber visto en el valle un hombre de
-aquella especie, ni vivo, ni muerto.
-
-Tal es la descripción que el anónimo hace del paraje; del nombre,
-nada; al contrario, por no ponerse en el compromiso de descubrirlo, no
-dice nada del viaje de D. Rodrigo, y lo coloca de repente en medio del
-valle, al pie del pico, á la entrada del escarpado y tortuoso sendero.
-En este sitio existía una taberna, que se hubiera podido llamar también
-cuerpo de guardia. Una vieja muestra, en la cual estaba pintado por
-ambos lados un sol radiante, veíase suspendida sobre la puerta; pero
-la voz pública que repite algunas veces los nombres que le enseñan,
-después de lo cual los rehace á su modo, no designaba la expresada
-taberna más que con el nombre de _Malanotte_[1].
-
-Al ruido de una cabalgata que se aproximaba, apareció en el umbral un
-muchacho armado hasta los dientes. Después de haber echado una rápida
-mirada, entró á dar el aviso á tres bandidos que estaban jugando con
-unas cartas asquerosas y dobladas en forma de tejas. El que parecía ser
-el jefe se levantó, se plantó en el umbral, y habiendo reconocido á
-un amigo de su amo, lo saludó respetuosamente. D. Rodrigo le devolvió
-el saludo con mucho garbo, y le preguntó si el señor se hallaba en el
-castillo: habiéndole contestado aquél que así lo creía, D. Rodrigo se
-apeó y arrojó la brida á Tiradritto, uno de los bravos de su comitiva.
-Se quitó la escopeta que llevaba á la espalda, y se la entregó á
-Montanarolo, como para desembarazarse de un peso inútil y subir más
-ligero; mas en realidad, porque sabía muy bien que en aquellos sitios
-no era permitido andar con ella. En seguida sacó de su bolsillo algunas
-monedas, y se las dió á Tanabuso, diciéndole: “Vosotros, quedaos aquí
-esperándome; entretanto, podréis entreteneros con estas buenas gentes”.
-Sacó, por último, algunos escudos de oro, y los puso en la mano del
-jefe, asignando la mitad para éste y la otra para sus compañeros.
-Finalmente, acompañado del _Griso_ que había dejado también su arcabuz,
-empezó á subir el sendero. En el ínterin, los tres mencionados bravos
-y Sguinternotto, que era el cuarto (¡vaya unos nombres bonitos para
-conservarlos con tanto cuidado!), se reunieron á los tres del Incógnito
-y á aquel muchacho educado para la horca, poniéndose á jugar, á beber,
-y contarse mutuamente sus proezas.
-
-Otro guapetón de los del Incógnito, que subía, se unió poco después á
-D. Rodrigo; lo miró, lo reconoció, y siguió andando en su compañía,
-evitándole así el fastidio de decir su nombre y de dar cuenta de su
-persona á todos los que hubiera encontrado que no le conociesen. Cuando
-hubo llegado y fué introducido en el castillo (dejando, sin embargo, al
-_Griso_ en la puerta), se le hizo atravesar una larga crujía de oscuros
-corredores, y una infinidad de salas tapizadas de mosquetes, sables
-y partesanas; en cada una de dichas estancias se veía un bravo que
-estaba de centinela: después de haber aguardado un poco de tiempo, fué
-introducido á la en que se hallaba el Incógnito.
-
-Éste le salió al encuentro, devolviéndole el saludo y mirándole al
-mismo tiempo al semblante y á las manos, según tenía de costumbre, y
-casi siempre involuntariamente, á cualquiera que iba á verle, aunque
-fuera uno de sus más antiguos y experimentados amigos. Era de elevada
-estatura, morena tez, y calvo: á primera vista los escasos cabellos
-blancos que le quedaban y las arrugas de su rostro, habrían hecho creer
-que contaba más edad que la que en realidad tenía, pues acababa de
-cumplir sesenta años; mas su continente y movimientos, la pronunciada
-dureza de sus facciones, y el resplandor siniestro que brillaba en
-sus ojos, indicaban una fortaleza de cuerpo y alma que hubiera sido
-extraordinaria en un joven.
-
-D. Rodrigo dijo que venía á pedirle consejos y ayuda; que hallándose
-metido en una empresa difícil, de la cual su honor no le permitía
-retirarse, se había acordado de las promesas de aquel que nunca las
-hacía de más, ni en vano, y le expuso su abominable intriga. El
-Incógnito que tenía ya, aunque confusamente, algunas noticias, estuvo
-escuchando atentamente y con la mayor curiosidad, aquella narración,
-principalmente porque iba mezclado un nombre que le era muy conocido
-y sumamente odioso, el del padre Cristóbal, enemigo declarado de
-los tiranos, y que les hacía la guerra siempre que podía, tanto con
-palabras, como con acciones. D. Rodrigo, conociendo con quién hablaba,
-se puso en seguida á exagerar las dificultades de dicha empresa,
-la distancia del lugar, un monasterio, la _señora_... Á esto, el
-Incógnito, como si hubiese sido inspirado por un espíritu maligno,
-oculto en su interior, le interrumpió de súbito, diciendo que tomaba el
-negocio á su cargo. Apuntó el nombre de nuestra pobre Lucía, y despidió
-á D. Rodrigo dirigiéndole las siguientes palabras: “Dentro de poco
-recibiréis un aviso mío tocante á lo que tendréis que hacer”.
-
-Si el lector se acuerda de aquel malvado llamado Egidio, que habitaba
-junto al monasterio en donde la desventurada Lucía se había refugiado,
-sepa ahora que éste era uno de los más íntimos compañeros de maldades
-que tuvo el Incógnito, siendo la causa por la cual este último había
-empeñado su palabra con tanta prontitud y resolución; mas apenas quedó
-solo, se encontró, no diré arrepentido, sino despechado de haberla
-dado. Hacía ya algún tiempo que comenzaba á experimentar, cuando no
-remordimientos, á lo menos cierta vaga inquietud, con respecto á sus
-maldades.
-
-Cada vez que cometía una nueva, el recuerdo de las que se amontonaban
-á su memoria, si no en su conciencia, se volvía á despertar, y se las
-presentaba con más negros colores y en mayor número: se asemejaba á
-una carga ya incómoda de suyo, y cuyo peso crece á cada instante.
-Una cierta repugnancia experimentada al cometer sus primeros
-crímenes, repugnancia vencida después y que se había desvanecido casi
-enteramente, tornaba entonces á hacerse sentir. Pero en aquellos
-primeros tiempos, la imagen de un porvenir vasto, indeterminado, el
-sentimiento íntimo de una poderosa y larga vitalidad, llenaban su
-corazón de una confianza irreflexiva; ahora, por el contrario, los
-pensamientos del citado porvenir le hacían el pasado más doloroso.
-¡Envejecer!, ¡morir!, ¿y después? ¡Cosa admirable! la imagen de la
-muerte, que en un peligro cercano, al frente de un enemigo, solía
-redoblar el ardor de ese hombre, é inspirarle una furiosa cólera;
-dicha imagen, repito, apareciéndosele en medio del silencio de la
-noche, dentro del castillo, asilo seguro é impenetrable, lo sumía en
-una repentina consternación. Esta muerte no era aquella con la que le
-hubiera amenazado un implacable adversario, mortal lo mismo que él; no
-se la podía rechazar con armas mejores, con brazo más pronto; venía
-sola, nacía de él; quizá estaba lejos todavía, pero á cada momento
-daba un paso más, y mientras que su espíritu luchaba dolorosamente
-para alejarla del pensamiento, cada vez se acercaba también más. Al
-principio, los ejemplos tan frecuentes, el espectáculo, por decirlo
-así, perpetuo de la violencia, de la venganza, del asesinato,
-inspirándole una emulación feroz, le habían servido también como una
-especie de autoridad contra su conciencia: al presente renacía á cada
-instante, en su espíritu, la idea confusa, pero terrible, de un juicio
-personal, de una razón independiente del ejemplo; la idea de haber
-salido de la turba vulgar de los malvados, el haberlos igualmente
-dejado á todos muy atrás: esta idea que tanto le lisonjeaba en otro
-tiempo, le causaba ahora el sentimiento de una soledad tremenda.
-Ese Dios del cual había oído hablar, pero que mucho tiempo hacía no
-trataba de negar ni reconocer, ocupado solamente en vivir como si
-no existiera, al presente, en ciertos momentos de abatimiento sin
-motivo, de terror sin peligro, le parecía oir una voz en su interior
-que decía: “¡Sin embargo, yo existo!”. En la primera efervescencia de
-sus pasiones, la ley que había oído proclamar en nombre de aquel Dios,
-no le parecía más que una cosa odiosa; ora, cuando venía á asaltar su
-mente de improviso, ésta, á su pesar, la concebía como una cosa que
-tiene su cumplimiento. Pero en lugar de franquearse con alguno sobre
-esta su nueva inquietud, la ocultaba profundamente, y la disfrazaba
-bajo la apariencia de la más intensa ferocidad, buscando por este medio
-el encubrírsela á sí mismo ó sofocarla. Envidiando (ya que no podía
-aniquilarlos ni olvidarlos) aquellos tiempos en que solía cometer
-maldades sin ninguna especie de remordimientos, sin más solicitud que
-la de su buen éxito, se esforzaba todo lo posible para hacerlos volver
-ó para retener y recobrar aquella antigua voluntad, pronta, soberbia,
-imperturbable, con el objeto de convencerse que aún era el mismo hombre
-de otras veces.
-
-Ésta fué la causa de haber tan pronto empeñado su palabra á D. Rodrigo,
-para cerrar la entrada á toda perplejidad. Mas apenas éste hubo
-partido, cuando sintió de nuevo que se debilitaba la resolución que
-había formado y el compromiso que él mismo había creado, percibiendo al
-mismo tiempo presentarse poco á poco á su imaginación los pensamientos
-que le inducían á faltar á su palabra, y que le habían expuesto casi
-á flaquear en presencia de un amigo, de un cómplice subalterno: para
-cortar de un golpe tan penoso contraste, llamó á Nibbio, uno de los
-más diestros y atrevidos ejecutores de sus crímenes, y del cual tenía
-costumbre de servirse para la correspondencia con Egidio. Habiéndosele
-aquél presentado, el Incógnito, con ademán resuelto, le ordenó que
-montara en seguida á caballo, que se encaminase directamente á Monza, é
-informase á Egidio del compromiso contraído, requiriendo su ayuda para
-cumplirlo.
-
-El digno mensajero volvió más pronto de lo que su amo esperaba, con
-la siguiente respuesta de Egidio: que la empresa era fácil y segura;
-que le mandase en seguida un carruaje con dos ó tres bravos, bien
-disfrazados, encargándose él de todo lo demás. Á este aviso, el
-Incógnito ordenó inmediatamente al mismo Nibbio que lo dispusiera todo
-según había dicho Egidio, y que partiese con otros dos que designó á
-dicha expedición.
-
-Si para dar cumplimiento al horrible servicio que se le había pedido,
-hubiese tenido Egidio que contar con sus solos medios ordinarios,
-ciertamente no hubiera dado una contestación tan decisiva. Pero en
-aquel mismo asilo en donde parecía que todo debían ser obstáculos,
-el malvado tenía un medio conocido de él tan solo, sirviéndole de
-instrumento lo que para otros hubiera sido una dificultad. Ya hemos
-referido que la desventurada _señora_ prestó una vez oídos á sus
-palabras; y el lector puede haber comprendido que no sería la última,
-y sí sólo el primer paso hacia el camino de abominación y de sangre.
-Aquella misma voz que había adquirido fuerza, y casi podría decirse
-autoridad por el crimen, le impuso al presente el sacrificio de la
-inocente que estaba bajo su amparo.
-
-La proposición fué espantosa para Gertrudis. Perder á Lucía por
-un accidente imprevisto, sin culpa, le parecía una desgracia, un
-castigo amargo; habiéndosele ordenado que se deshiciese de ella por
-medio de una criminal perfidia, cambiando de este modo en un nuevo
-remordimiento, un motivo de expiación. La desgraciada probó todos los
-medios para eximirse de tan horrible orden; todos, repito, á excepción
-del único que hubiera sido infalible, y que sin embargo, estaba al
-alcance de su poder. El crimen es un dueño severo é inflexible, contra
-el cual no llega uno á ser fuerte si no se subleva enteramente.
-Gertrudis no pudo resolverse á esto último, y obedeció.
-
-El día prefijado había llegado; acercábase la hora convenida:
-Gertrudis, retirada con Lucía en su locutorio particular, la colmaba
-de caricias más que de ordinario, y ésta las recibía y devolvía con
-creciente ternura; como la oveja estremeciéndose sin temor bajo la mano
-del pastor que la palpa y la arrastra suavemente, se vuelve á lamer su
-mano; y no sabe que el carnicero á quien el pastor acaba de venderla,
-está aguardando que salga del redil para sacrificarla.
-
-Necesito un gran servicio, y vos sola podéis prestármelo. Poseo mucha
-gente que me obedezca, pero nadie de quien fiarme. Para un negocio de
-la más alta importancia, que os referiré en seguida, necesito hablar al
-momento, con el padre guardián de capuchinos que os ha conducido aquí,
-mi pobre y querida Lucía; mas con todo, es preciso que nadie sepa que
-yo lo he mandado llamar. No tengo á otra persona más que vos sola para
-verificar con el más escrupuloso secreto este mensaje.
-
-Lucía se quedó aterrada al escuchar semejante petición; y con su
-ordinaria timidez, pero no sin manifestar una grande admiración, alegó
-de pronto, con el objeto de excusarse, las razones que la señora debía
-comprender, que hubiera debido prever: sin su madre, sin nadie, en un
-camino solitario, en medio de un país desconocido... Pero Gertrudis,
-educada en una escuela infernal, manifestó á su vez también tanta
-admiración, y tanto disgusto de experimentar tal negativa de una
-persona con la cual creía poder contar, que fingió hallar muy frívolas
-semejantes excusas: “¡Á la mitad del día, cuatro pasos, un camino que
-Lucía había andado pocos días antes, y que aun cuando no lo hubiese
-visto jamás, con una pequeña indicación era imposible equivocarse!”...
-Tanto dijo, que la pobrecita, conmovida á la vez de reconocimiento y
-vergüenza, dejó escapar de su boca: “¡Y bien!, ¿qué debo hacer?”.
-
---Id al convento de capuchinos; y al decir esto, le hizo de nuevo
-la descripción del camino: Haced llamar al padre guardián; decidle,
-á solas por supuesto, que venga aquí al instante; pero que no diga
-absolutamente á nadie que soy yo la que lo manda llamar.
-
---Mas, ¿qué diré á la portera, que nunca me ha visto salir y que me
-preguntará adónde voy?
-
---Procurad pasar sin ser vista; y si no podéis conseguirlo, decid que
-vais á la iglesia tal, donde habéis prometido ir á rezar.
-
-Nueva dificultad para la infeliz joven; ¡mentir! Pero la _señora_ se
-manifestó de nuevo tan afligida de la repulsa, hizo ver á Lucía que
-era una cosa tan fea el anteponer un vano escrúpulo al reconocimiento,
-que esta desgraciada, aturdida más bien que convencida, y sobre todo,
-conmovida más que nunca, respondió: “Bien, iré: ¡Dios me ampare!”.
-Dicho lo cual, se puso en marcha.
-
-Cuando Gertrudis, que desde la reja del locutorio la seguía con los
-ojos fijos y turbados, la vió poner el pie en el umbral de la puerta,
-como dominada por un sentimiento irresistible, abrió la boca y dijo:
-“¡Escuchad, Lucía!”.
-
-Ésta se volvió, y se dirigió de nuevo á la reja. Mas ya otro
-pensamiento, un pensamiento habituado á predominar, había prevalecido
-en el ánimo de la desventurada Gertrudis. Fingiendo no estar satisfecha
-de las instrucciones que le había dado, explicó por segunda vez á Lucía
-el camino que debía tomar, y la despidió diciendo: “Hacedlo todo del
-modo que os he dicho, y volved pronto”. Lucía partió.
-
-Pasó sin ser observada la puerta del claustro, emprendió el camino, con
-los ojos bajos, muy inmediata á la tapia; encontró con las indicaciones
-que la _señora_ le había hecho y con sus propios recuerdos, la puerta
-de la villa; salió, se encaminó toda sobrecogida y temblorosa por el
-camino real; llegó en pocos momentos á la entrada del que conducía al
-convento, y lo reconoció. Este camino formaba, y forma ahora todavía,
-una especie de hondonada, semejante al cauce de un río, entre dos
-elevadas márgenes orladas de arbustos, constituyendo también en su
-parte superior una estrecha vereda. Lucía entró en el expresado camino,
-y viéndolo enteramente desierto, sintió aumentarse el miedo, y apresuró
-el paso; mas poco después se tranquilizó algún tanto al ver un coche
-de camino que estaba parado, y cerca de él, enfrente de la portezuela
-abierta, dos viajeros que miraban á todas partes, como dudosos del
-camino. Siguió andando, y oyó que uno de aquellos dos individuos decía:
-“He aquí á propósito una buena joven que nos indicará el camino”.
-Efectivamente, cuando hubo llegado delante del carruaje, aquel mismo
-hombre, con palabras más corteses que no denotaban su aspecto, se
-volvió á ella y le dijo: “Excelente joven, ¿podríais enseñarnos el
-camino de Monza?”.
-
---El que seguís es enteramente opuesto, respondió la infeliz; Monza cae
-hacia aquel lado... Al volverse para señalárselo con la mano, el otro
-compañero (que era Nibbio, á quien ya conocemos), la cogió de improviso
-por la mitad del cuerpo, y la levantó haciéndole perder la tierra.
-Lucía aterrada vuelve la cabeza y lanza un grito; el malvado la mete á
-la fuerza en el carruaje: un tercero que estaba sentado en el fondo,
-la sujeta y la obliga, aunque la infeliz hace desesperados é inútiles
-esfuerzos á sentarse delante de él; otro le tapa la boca con su pañuelo
-y ahoga sus gritos. Entonces Nibbio entra también precipitadamente en
-el carruaje; ciérrase la portezuela, y parte al escape. El que había
-hecho la pérfida pregunta, permaneció parado en medio del camino
-real, lanzó una ojeada á todos lados, para ver si por acaso había
-acudido alguno á los gritos de Lucía: nadie, sin embargo, se presentó;
-saltó á una de las márgenes asiéndose á las ramas de un arbusto, y
-desapareció. Era éste un servidor de Egidio; se había colocado cerca de
-la puerta del monasterio, haciéndose el tonto, con el objeto de espiar
-la salida de Lucía: después de haberla visto salir, la había observado
-bien, para poderla reconocer, y se había dirigido apresuradamente por
-un camino más corto á esperarla en el sitio convenido.
-
-¡Quién es capaz de describir el terror, las angustias de la infortunada
-Lucía, de expresar lo que pasaba en su interior! En su cruel ansiedad,
-quería conocer su horrible situación; abría sus ojos despavoridos,
-y los cerraba de repente, á causa del miedo que le infundían
-aquellos espantosos semblantes; forcejeaba para desasirse, mas
-estaba enteramente sujeta: reunía todas sus fuerzas, y daba inútiles
-sacudidas, para arrojarse hacia la portezuela; pero dos nervudos
-brazos la tenían como clavada en el fondo del carruaje: además de
-esto, cuatro enormes manazas parecían encadenarla. Cada vez que abría
-la boca para lanzar un grito, el pañuelo estaba pronto á ahogarlo en
-su garganta. Mientras tanto, tres infernales bocas, con la voz más
-humana que les había sido posible tomar, le decían: “Quedo, quedo;
-no tengáis miedo, no queremos haceros mal alguno”. Después de breves
-momentos de una lucha tan angustiosa, pareció calmarse; dejó caer los
-brazos y la cabeza hacia atrás, sus párpados apenas se abrían, y sus
-pupilas veíanse inmóviles: aquellas horribles caras que tenía delante
-parecieron confundirse y agitarse en una monstruosa miscelánea; el
-color huyó de sus mejillas, cubriéronse de un sudor frío, cayendo
-desvanecida y sin sentido.
-
---Vamos, ánimo, decía Nibbio; ánimo, repetían los otros dos malvados;
-pero el desvanecimiento de todos los sentidos preservaba en aquel
-momento á Lucía de oir las exhortaciones de aquellas horribles voces.
-
---¡Diantre, parece muerta!, dijo uno de ellos; ¿si estará muerta de
-veras?
-
---¡Bah!, replicó otro; esto es uno de los desmayos que suelen dar á las
-mujeres. Yo sé por experiencia que cuando he querido mandar á alguno al
-otro mundo, fuese hombre ó mujer, ha sido preciso hacer otra cosa.
-
---Vamos, dijo Nibbio, atended á vuestro deber, y no traigáis á colación
-cosas pasadas. Sacad las armas de debajo del asiento, y tenedlas
-dispuestas; porque en el bosque donde ahora entramos, se guarecen
-siempre muchos bandidos: ¡no así, en la mano, diablo!, colocáoslas
-detrás, ocultadlas: ¿no veis que ésta es una marica que se desmaya
-por nada? Si ve armas es capaz de morirse de veras. Cuando recobre el
-sentido, procurad no asustarla; no la toquéis mientras yo no os lo
-avise; para sujetarla basto yo, y chitón; dejadme hablar.
-
-En el ínterin el carruaje, continuando siempre al escape, había entrado
-en el bosque.
-
-Poco tiempo después, la infeliz Lucía empezó á volver en sí como de un
-sueño penoso y profundo, y abrió los ojos. En un principio le costó
-mucho trabajo poder distinguir los espantosos objetos que la rodeaban y
-reunir sus ideas; mas al fin comprendió de nuevo su terrible situación.
-El primer uso que hizo de las pocas fuerzas que había recobrado, fué
-el de arrojarse otra vez hacia la portezuela, para precipitarse fuera
-del carruaje; pero se la sujetó, y no pudo entrever más que por un
-momento, la salvaje soledad del sitio por donde pasaban. Lanzó de
-nuevo un grito; mas Nibbio, levantando su enorme mano, juntamente con
-el pañuelo, “vamos”, le dijo, dando á su voz la entonación más dulce
-que le fué posible; “estaos quieta, y será mucho mejor para vos; no
-queremos causaros daño alguno; pero si no queréis callar, nos veremos
-precisados á usar de la fuerza para conseguirlo”.
-
---¡Dejadme ir!, ¿quién sois?, ¿adónde me conducís?, ¿por qué me
-detenéis? ¡Dejadme marchar, dejadme ir!
-
---Os repito que no tengáis miedo: no sois una niña, y por consiguiente,
-debéis comprender que no queremos haceros mal alguno. ¿No veis
-que habríamos podido mataros cien veces si hubiésemos tenido malas
-intenciones? Por lo tanto, tranquilizaos.
-
---No, no; dejadme ir por mi camino: yo no os conozco.
-
---Os conocemos nosotros.
-
---¡Oh, Virgen santísima! ¿Cómo me conocéis?, ¿quiénes sois?, ¿por qué
-me habéis cogido?
-
---Porque así se nos ha mandado.
-
---¿Quién, quién? ¿Quién puede haberlo mandado?
-
---¡Silencio!, replicó Nibbio con ademán severo; á nosotros no se nos
-hacen preguntas.
-
-Lucía intentó de nuevo el lanzarse de improviso á la portezuela;
-mas viendo que era inútil acudió otra vez á las súplicas; y con la
-cabeza baja, los ojos bañados de lágrimas, la voz entrecortada por los
-sollozos, y las manos unidas junto á sus labios: “¡Oh!” decía, “¡por
-el amor de Dios y de la Virgen santísima, dejadme ir! ¿Qué es lo que
-os he hecho? Soy una infeliz criatura que ningún mal os ha causado:
-el que vosotros me habéis hecho, os lo perdono de corazón, y rogaré á
-Dios por vosotros. Si tenéis una hija, una esposa, una madre, pensad
-lo que padecerían si se hallasen en esta situación. Acordaos que todos
-hemos de morir, y que un día desearéis que Dios use con vosotros de
-misericordia. Soltadme, dejadme aquí: el Señor hará que encuentre mi
-camino”.
-
---No podemos.
-
---¿No podéis? ¡Oh, Señor! ¿Por qué no podéis?, ¿dónde queréis
-conducirme?, ¿por qué?...
-
---No podemos; no os canséis en vano: no tengáis miedo, pues no queremos
-causaros daño alguno; estaos quieta y nadie os tocará.
-
-Lucía, cada vez más temblorosa, alarmada y aterrada de ver que sus
-palabras no producían efecto alguno, se volvió al que tiene en sus
-potentes manos el corazón de los hombres, y puede, cuando quiere,
-ablandar á los más duros. Se estrechó todo lo posible en el rincón
-del carruaje, cruzó los brazos sobre el pecho, y oró algún tiempo
-mentalmente; después sacó su rosario, y empezó á rezar con más fe y
-fervor que nunca. De cuando en cuando, esperando haber alcanzado la
-gracia que imploraba, volvía á suplicar de nuevo á aquellos hombres;
-mas siempre inútilmente. Luego recaía en su abatimiento, y se rehacía
-para sufrir nuevas angustias; pero el corazón se resiste á describirlas
-por más tiempo: una piedad sumamente dolorosa nos hace apresurar el
-término de aquel viaje, que duró más de cuatro horas, y después del
-cual tendremos otras penosas que pasar. Trasladémonos al castillo donde
-la infeliz era esperada.
-
-El Incógnito la aguardaba con una inquietud y con una agitación de
-ánimo extraordinarias. ¡Cosa extraña! Aquel hombre que había dispuesto
-á sangre fría de tantas vidas, que en medio de tantos crímenes
-cometidos, no había tenido en cuenta los tormentos que había hecho
-sufrir, á no ser para saborear algunas veces una salvaje voluptuosidad
-de venganza; al presente, al tiranizar á una humilde aldeana, sentía
-como cierta impresión de pena, podría decirse, casi de terror. Desde
-una elevada ventana del castillo, miraba hacía algún tiempo á una
-de las entradas del valle: ve aparecer de pronto el carruaje que se
-adelanta lentamente, porque la precipitación de la primera carrera
-había apagado la fogosidad y domado las fuerzas de los caballos; y
-aunque en el sitio desde el cual estaba observando, el convoy no
-pareciese más que uno de esos cochecitos que sirven de juguete á los
-niños, sin embargo, al instante lo reconoció y sintió latir de nuevo su
-corazón con más fuerza.
-
-“¿Sí será?”, pensó súbitamente, “¡qué incomodidad me causa esa joven!”,
-proseguía en su interior. “Es indispensable librarme de ella”.
-
-Y quería llamar á uno de sus sicarios y enviarlo en seguida al
-encuentro del carruaje para que diese la orden á Nibbio de volverse,
-y conducir á Lucía al palacio de D. Rodrigo. Mas un no imperioso que
-resonó en su mente hizo desvanecer semejante designio. Atormentado,
-sin embargo, por la necesidad de mandar algo, siéndole intolerable
-el permanecer esperando ociosamente aquel carruaje que tan despacio
-avanzaba, á manera de traición ó de castigo, ¡qué sé yo! hizo llamar á
-una anciana que estaba á su servicio.
-
-Ésta había nacido en el mismo castillo, era hija de un antiguo
-servidor, y había pasado allí toda su vida. Lo que había visto y oído
-desde su nacimiento, había impreso en su imaginación una opinión
-terrible del poder de sus dueños, y la principal máxima que había
-retenido de las instrucciones y de los ejemplos, consistía en que era
-preciso obedecerlos en todo y por todo, porque podían hacer mucho mal.
-La idea del deber, depositada como un germen en el corazón de todos los
-hombres, desenvolviéndose en el suyo, juntamente con los sentimientos
-de respeto, de temor y de servil codicia, la había asociado y adherido
-á ellos. Cuando el Incógnito, llegado á ser dueño, empezó á hacer aquel
-uso espantoso de su fuerza, ella experimentó al principio cierta pena
-y á la vez un sentimiento más profundo de sumisión. Con el tiempo se
-había acostumbrado á lo que veía y oía todos los días: la voluntad
-poderosa y sin freno de tan gran señor, era para ella como una especie
-de justicia fatal. Ya mujer formada, se había casado con un criado de
-la casa, el cual habiendo ido poco después á una peligrosa expedición,
-había dejado el pellejo en el camino y á la viuda en el castillo. La
-venganza que tomó su señor al momento de dicha muerte, la consoló
-en extremo. Desde entonces no puso los pies fuera del castillo sino
-muy raras veces; y poco á poco no le quedó de la vida humana ninguna
-otra idea, á excepción de las que recibía en aquel lugar. No estaba
-adherida á servicio alguno especial; pero en medio de aquella cuadrilla
-de bandidos, ya el uno, ya el otro, le daban á cada instante algo que
-hacer, lo cual constituía su tormento. Tan pronto tenía que repasar la
-ropa y preparar la comida á los que volvían de una expedición, como
-cuidar á los heridos. Tanto las órdenes y los reproches de éstos, como
-las gracias que le daban, estaban llenas de mofa y de improperios:
-no la llamaban más que la _vieja_, y los requiebros que unían á este
-nombre, variaban según las circunstancias y el humor del que hablaba.
-Ella, turbada en su pereza, y provocada en su amor propio, que eran
-dos de sus predominantes pasiones, cambiaba algunas veces aquellos
-cumplimientos con palabras, en las cuales Satanás hubiera conocido
-mejor su espíritu que en las de los provocadores.
-
---¿Ves allá abajo aquel carruaje? le dijo el señor.
-
---Lo veo, respondió la vieja, adelantando su afilada barba y abriendo
-sus hundidos ojos, como si tratase de lanzarlos fuera de sus órbitas.
-
---Manda preparar al punto una litera, entra en ella, y hazte llevar á
-la _Malanotte_. Pronto, pronto; que llegues antes que el carruaje, que
-se va acercando con el paso de la muerte. En dicho carruaje está...
-debe estar... una joven... Si en efecto está, di á Nibbio, de orden
-mía, que la meta en la litera, y que él se venga al momento... Tú
-entrarás en la litera con esa... joven; y cuando lleguéis aquí, la
-conducirás á tu cuarto. Si te pregunta adónde la llevas, y de quién es
-el castillo... guárdate bien de decir...
-
---¡Oh!, replicó la vieja.
-
---Pero, continuó el Incógnito, anímala.
-
---¿Qué he de decirle?
-
---¿Qué has de decirle?, anímala, te repito. ¿Has llegado por ventura
-á tu edad sin saber cómo se inspira el ánimo á una criatura cuando
-es preciso? ¿Tu corazón no ha sido lacerado por ninguna clase de
-aflicciones? ¿Has tenido miedo alguna vez? ¿Ignoras las palabras que
-agradan en semejantes momentos? Dile de estas palabras; búscalas en el
-recuerdo de tus desgracias: anda.
-
-Luego que la vieja hubo partido, el Incógnito permaneció algún tiempo
-en la ventana, con los ojos fijos sobre el carruaje, que ya aparecía
-mucho mayor; en seguida los levantó al sol, que en aquel instante se
-ocultaba detrás de la montaña; luego miró las nubes esparcidas por la
-atmósfera, cuyo color oscuro se cambió de repente en color de fuego.
-Retiróse de la ventana, la cerró y se puso á pasear de arriba abajo por
-la estancia, con el paso de un caminante que lleva prisa.
-
-
- NOTAS:
-
-[1] Mala noche.
-
-
-
-
- CAPÍTULO TERCERO
-
-
-La vieja se había apresurado á obedecer y á mandar con la autoridad de
-un nombre que por cualquiera que fuese pronunciado en aquel paraje,
-hacía brincar á todos, porque á nadie le pasaba por la imaginación que
-hubiese una sola persona que se sirviese de él falsamente. En efecto,
-se halló en la _Malanotte_ un poco antes de llegar el carruaje; al
-verlo venir, salió de la litera é hizo una señal al cochero para que
-parase; se acercó á la portezuela, y refirió en voz baja á Nibbio, que
-había sacado la cabeza fuera, las órdenes del amo.
-
-Lucía, al detenerse el carruaje, se estremeció y salió de la especie de
-letargo en que estaba sumida. Sintió que se le agolpaba toda la sangre
-en la cabeza, abrió la boca y los ojos, y miró á todas partes. Nibbio
-se había hecho un poco atrás, y la vieja, con la puntiaguda barba
-sostenida en la portezuela, mirando á Lucía, decía: “Venid, niña mía:
-venid, pobrecita; venid conmigo; pues tengo orden de trataros bien y de
-tranquilizaros”.
-
-Al sonido de una voz de mujer, la desventurada experimentó cierto
-consuelo y valor momentáneo; pero en seguida volvió á caer en un más
-profundo terror. “¿Quién sois?”, dijo con voz trémula, fijando sus
-miradas atónitas en el semblante de la vieja.
-
---Venid, venid, pobrecita, seguía ésta repitiendo.
-
-Nibbio y sus dos compañeros, adivinando por las palabras y por la
-voz tan extraordinariamente sosegada de la vieja cuáles fuesen las
-intenciones de su señor, trataban por medios suaves de persuadir á la
-infortunada á que se manifestase obediente; mas ella continuaba mirando
-á su alrededor; y aunque el lugar solitario y desconocido, y el aire de
-seguridad de sus guardianes no le dejaban concebir esperanza alguna de
-socorro, sin embargo, abrió la boca para gritar; pero viendo á Nibbio
-que le enseñaba el pañuelo, se detuvo, y se puso á temblar; después
-de lo cual la cogieron y la metieron en la litera, entrando la vieja
-en pos de aquélla. Nibbio ordenó á los otros dos bribones que fuesen
-escoltándola, acudiendo él al llamamiento de su señor.
-
---¿Quién sois?, preguntaba Lucía con ansiedad á la vista de aquel
-semblante desconocido y deforme: ¿por qué me encuentro en vuestra
-compañía?, ¿en dónde estoy?, ¿adónde me conducís?
-
---¡Á la morada del que quiere haceros bien, respondió la vieja!
-¡Dichosos aquellos á los que él quiere hacer bien! ¡Para vos es una
-felicidad, una verdadera felicidad. No tengáis miedo; alegraos, pues me
-ha mandado que os tranquilice. ¿Se lo diréis, eh?, ¿le diréis que os he
-tranquilizado?
-
---¿Quién es?, ¿qué quiere de mí? Yo no le pertenezco. Decidme en dónde
-estoy, dejadme marchar; decid á esos hombres que me dejen ir, que me
-lleven á alguna iglesia. ¡Oh, vos que sois una mujer!, ¡en nombre de la
-Virgen María!...
-
-Este santo y dulce nombre, repetido con veneración en los primeros
-años, y luego nunca más invocado en muchísimo tiempo, ni acaso oído
-proferir, causaba en la mente de la desventurada que lo escuchaba en
-aquel momento una impresión confusa, extraña, lenta, como el recuerdo
-de la luz en un anciano, ciego desde niño.
-
-Mientras tanto el Incógnito, de pie en la puerta del castillo, miraba
-al camino; veía venir la litera muy despacio, como antes el carruaje,
-y á Nibbio subir precipitadamente, adelantándose á la litera, cuya
-distancia se aumentaba más á cada paso que ésta daba. Cuando llegó
-arriba, el señor le hizo seña de que le siguiese, dirigiéndose con él á
-una de las habitaciones del castillo.
-
---¿Y bien?, dijo parándose.
-
---Todo ha salido á pedir de boca, respondió Nibbio, inclinándose
-respetuosamente: el aviso á tiempo, la mujer también, el paraje
-solitario, un solo grito, ningún aparecido, el cochero pronto, ágiles
-los caballos, ningún encuentro: mas...
-
---¿Mas qué?
-
---Mas... digo la verdad; hubiera querido mejor que la orden hubiese
-sido la de descargarle un arcabuzazo en las espaldas, sin oirla hablar,
-sin verle el rostro.
-
---¡Hola, hola! ¿Qué es lo que quieres decir?
-
---Quiero decir, que todo aquel tiempo... me ha causado mucha compasión.
-
---¡Compasión! ¿Qué entiendes tú de compasión?, ¿sabes acaso lo que es?
-
---Jamás la he comprendido como ahora: la compasión es una cosa parecida
-al miedo; si uno se deja apoderar de ella, es hombre perdido.
-
---Oigamos cómo se ha compuesto para moverte á compasión.
-
---¡Oh, ilustrísimo señor!, ¡tanto tiempo!... Orar, suplicar de cierto
-modo, y volverse pálida, pálida como la muerte; y después sollozar y
-rezar de nuevo, y ciertas palabras...
-
-“No quiero á esa mujer en mi castillo”, decía para sí entretanto el
-Incógnito; “he sido un bruto en empeñarme en semejante cosa; mas lo
-he prometido... en fin, lo he prometido... Cuando estará lejos..”. Y
-levantando la cabeza, en actitud de mando, hacia Nibbio: “ahora deja la
-compasión á un lado”, dijo; “monta á caballo, toma un compañero, dos si
-quieres, y vuela al palacio del consabido D. Rodrigo. Dile que mande...
-pero que sea pronto, pronto; porque de otro modo...”
-
-Mas otro _no_ interior más imperioso que el primero, le impidió el
-concluir la frase. “No”, dijo con voz resuelta, como para manifestarse
-á sí mismo el mandato de aquella voz secreta: “no, vete á descansar, y
-mañana por la mañana... harás lo que te diga”.
-
-“Es preciso que esa muchacha tenga algún demonio que la proteja”, pensó
-en seguida. Habiendo quedado solo, de pie con los brazos cruzados sobre
-el pecho, y la mirada inmóvil sobre cierta parte del pavimento, en
-donde los rayos de la luna, entrando por una elevada ventana, dejaban
-ver un cuadrado de pálida luz, cortado á trechos por la sombra de los
-barrotes de hierro, y atravesado en divisiones de los vidrios; “algún
-demonio ó... ángel que la defienda... ¡Causar compasión á Nibbio!...
-Mañana, mañana muy temprano, es indispensable que esa mujer esté fuera
-del castillo; que vaya á su destino, y que no se hable más de esto; y
-después proseguía, con ese ademán con el cual se intima una orden á un
-niño indócil: ¡jum!, ¡que no se hable más de esto! Que ese animal de
-D. Rodrigo no me venga á romper la cabeza con sus gracias; porque... no
-quiero oir hablar más de semejante cosa. Lo he servido, porque... se lo
-prometí; y se lo prometí... porque... era mi destino. Mas yo haré que
-me pague este servicio con usura. Vamos á ver...”.
-
-Y él trataba de imaginar una empresa difícil que encargarle en
-compensación y como en represalias; pero vinieron á atravesársele
-de nuevo en la mente estas palabras: “¡Causar compasión á Nibbio!
-¿Cómo ella puede haberlo conseguido?, se decía arrastrado por aquel
-pensamiento. Quiero verla... ¡oh!, no... Sí, quiero verla”.
-
-Y de una en otra estancia, llegó á una escalerilla; subióla á tientas,
-se encaminó á la habitación de la vieja, y llamó á la puerta por medio
-de un puntapié.
-
---¿Quién es?
-
---Abre.
-
-Á aquella voz, la vieja dió un salto: en el mismo instante se oyó
-descorrer el cerrojo, y la puerta se abrió de par en par. El Incógnito,
-desde el umbral, lanzó una ojeada al interior, y á la luz de una
-lámpara que ardía encima de la mesa, vió á Lucía echada en el suelo, en
-el rincón más lejano de la puerta.
-
---¿Quién te ha mandado que la arrojases ahí como un lío de trapos
-viejos, desgraciada?, dijo á la vieja con ademán iracundo.
-
---Se ha puesto donde ha querido, contestó ésta humildemente; he hecho
-todo lo posible para tranquilizarla; ella misma os lo podrá decir; pero
-no he sido escuchada.
-
---Levantaos, dijo á Lucía, aproximándose á ella; mas ésta, á quien el
-modo de llamar, el abrir, la aparición de aquel hombre, sus palabras,
-habían infundido un nuevo espanto en su espíritu alarmado, se acurrucó
-más y más en el rincón, con el rostro oculto entre sus dos manos,
-inmóvil, silenciosa y sobrecogida de un temblor general.
-
---Levantaos, que no quiero causaros ningún mal... y puedo dispensaros
-mucho bien, repitió el señor. ¡Levantaos!, gritó en seguida con voz de
-trueno, irritado de haber mandado dos veces una misma cosa inútilmente.
-
-Como si el espanto la hubiese reanimado, la infortunada se arrodilló
-de súbito, y con las manos juntas, en ademán de súplica, como hubiera
-hecho delante de una imagen, alzó los ojos hacia el Incógnito, y
-bajándolos al momento exclamó: “Aquí me tenéis, matadme”.
-
---Os he dicho que no quiero haceros mal alguno, respondió el Incógnito
-con acento más dulce, mirando fijamente aquel semblante alterado por la
-aflicción y el terror.
-
---Ánimo, ánimo, decía la vieja; si él mismo dice que no quiere causaros
-mal alguno...
-
---¿Y por qué?, replicó Lucía, con una voz en la cual, á pesar de
-la turbación y espanto se traslucía cierta seguridad de indignación
-desesperada, ¿por qué me hace padecer las penas del infierno?, ¿qué es
-lo que yo le he hecho?
-
---¿Os han maltratado quizás?, hablad.
-
---¡Oh, maltratado! ¡Se han apoderado de mí, á traición, por fuerza!
-¿Por qué, por qué he sido robada?, ¿por qué me encuentro en este
-sitio?, ¿en dónde estoy? Soy una infeliz muchacha: ¿qué he hecho yo? En
-el nombre de Dios...
-
---¡Dios, Dios!, interrumpió el Incógnito; ¡siempre Dios! Los que no
-pueden defenderse á sí mismos, los que carecen de fuerza, continuamente
-ponen á Dios por delante, como si le hubiesen hablado. ¿Pretendéis con
-semejante palabra hacerme... y dejó la oración sin concluir.
-
---¡Oh, señor!, ¡pretender!... ¿Qué puedo yo pretender, estando cautiva,
-sino que uséis conmigo de misericordia? ¡Dios perdona tantas cosas por
-una sola obra de misericordia! ¡Dejadme ir; por caridad, dejadme ir!
-Ninguna cuenta tiene al que en su día ha de morir, el hacer padecer
-tanto á una pobre criatura. ¡Oh, vos que podéis mandar, decid que me
-dejen ir! Me han traído aquí á la fuerza. Enviadme con esta mujer á
-*** en donde mi madre se halla. ¡Oh, Virgen santísima! ¡Madre mía,
-mi querida, mi idolatrada madre!, ¡quizá no esté lejos de aquí!...
-¡He divisado mis montañas! ¿Por qué me hacéis padecer? Disponed que
-me conduzcan á una iglesia: rogaré por vos toda mi vida. ¿Qué os
-cuesta decir una palabra?, ¡he aquí que os enternecéis!, ¡decid una
-sola palabra, decidla! ¡Dios perdona tantas culpas por una obra de
-misericordia!
-
-“¡Oh, por qué no será hija de uno de esos perros que me han
-desterrado!, pensaba el Incógnito; ¡de uno de esos miserables que me
-quisieran ver muerto!, cómo gozaría ahora con sus sufrimientos! y en
-vez de...”.
-
---¡No desechéis una tan buena inspiración!, continuaba fervorosamente
-Lucía, reanimada al ver un cierto aire de duda en el rostro y en el
-ademán de su tirano. Si vos no me concedéis esta gracia, el Señor me
-la concederá: me hará morir y todo se habrá concluido para mí; pero
-vos... acaso un día, también... pero no, no; yo siempre rogaré al Señor
-que os preserve de todo mal. ¿Qué os cuesta decir una palabra? Si vos
-llegaseis alguna vez á sufrir estos tormentos...
-
---Vamos, ánimo, interrumpió el Incógnito, con una dulzura que admiró á
-la vieja. ¿Os he causado yo por ventura algún mal? ¿Os he hecho algunas
-amenazas?
-
---¡Oh!, no; veo que tenéis buen corazón, que os compadecéis de una
-infeliz criatura. Si vos quisierais, podríais infundirme doble miedo
-que todos los demás, podríais hacerme morir; y por el contrario, me
-habéis... consolado un poco. Dios os lo premiará. Acabad la obra de
-misericordia; salvadme, salvadme.
-
---Mañana por la mañana.
-
---¡Oh!, salvadme ahora, en seguida...
-
---Os repito que mañana por la mañana nos volveremos á ver. En el
-ínterin, tranquilizaos, descansad; debéis tener necesidad de tomar
-algún alimento; ahora os lo traerán.
-
---No, no, yo me muero si alguno entra aquí; yo me muero. Conducidme á
-una iglesia cualquiera... lo cual Dios os lo pagará.
-
---Vendrá una mujer para traeros la comida, dijo el Incógnito; y
-dicho esto, se quedó estupefacto al ver que le hubiese venido á la
-imaginación semejante salida, y que hubiera pensado en la necesidad de
-buscarlo para tranquilizar á una mujer.
-
---Y tú, replicó en seguida, volviéndose á la vieja, anímala á que coma,
-y haz que descanse en este lecho; si quiere que te acuestes con ella,
-bien; si no, puedes dormir en el suelo por esta noche. Repito que
-la animes, que la alegres; y, sobre todo, guárdate que no tenga que
-quejarse de ti.
-
-Pronunciadas las anteriores palabras, se dirigió hacia la puerta. Lucía
-se levantó y corrió con el objeto de detenerle y renovar sus súplicas;
-pero ya había desaparecido.
-
---¡Oh, infeliz de mí! Cerrad, cerrad pronto. Y cuando hubo oído cerrar
-la puerta y echar el cerrojo, volvió á acurrucarse en su rincón. ¡Oh,
-pobre de mí!, exclamó sollozando de nuevo. Y ahora ¿á quién suplicaré?,
-¿en dónde estoy? Decidme, decidme por piedad, ¿quién es ese señor...
-ése que me ha hablado?
-
---¿Quién es, eh?, ¿quién es? ¡Queréis que os lo diga! Ya podéis
-esperarlo: os habéis puesto orgullosa porque os protege: con tal de que
-estéis satisfecha, nada os importa que yo sea la víctima; preguntádselo
-á él. Si yo os complaciera en esto, no recibiría palabras tan dulces
-como las que habéis oído. Yo soy vieja, soy vieja, continuó murmurando
-entre dientes. ¡Malditas sean las jóvenes, que así poseen la gracia
-de llorar como de reir y siempre tienen razón! Mas oyendo sollozar
-á Lucía se acordó de las órdenes amenazadoras del amo; se inclinó
-hacia la infortunada que permanecía acurrucada en su rincón, y con la
-voz más dulce que le fué posible, repuso: “Vamos, en todo esto no os
-he dicho nada de mal, alegraos. No me preguntéis cosas que no puedo
-deciros; por lo demás, tranquilizaos. ¡Oh, si supierais cuánta gente se
-hubiera alegrado de oirle hablar como lo ha hecho con vos! Regocijaos,
-que ahora traerán de comer; y yo que comprendo... según el modo con
-que os ha hablado, que va á venir algo bueno. Y luego os acostaréis
-y... espero que dejaréis un ladito para mí”, añadió con un acento de
-despecho, un tanto comprimido á su pesar.
-
---No quiero comer, no quiero dormir. Dejadme, no os acerquéis; no os
-mováis de aquí.
-
---No, no, vamos; dijo la vieja retirándose y yéndose á sentar en un
-ancho y carcomido sitial, desde donde lanzaba á la infeliz ciertas
-miradas de terror y de cólera á la vez; después de lo cual contemplaba
-su lecho, enfurecida al pensar que acaso estaría privada de él toda la
-noche y tiritando de frío; mas por otro lado se alegraba con la idea de
-la cena, con la esperanza que también participaría de ella. Lucía no
-sentía frío, ni tenía hambre, y como aturdida no experimentaba de sus
-mismos dolores más que un sentimiento confuso y vago, parecido á esas
-imágenes vanas que se presentan en el delirio de la fiebre.
-
-Al oir tocar á la puerta de la estancia, se estremeció; y alzando su
-aterrado semblante, gritó: “¿Quién es, quién es? ¡que nadie entre!”.
-
---No es nada, nada; una buena noticia; es Marta que nos trae algo que
-comer.
-
---Cerrad, cerrad, exclamaba Lucía.
-
---¡Oh, ciertamente!, en seguida, en seguida, replicó la vieja; y
-tomando una cesta de las manos de la expresada Marta, á la cual
-despidió apresuradamente, cerró la puerta, y fué á colocar dicha cesta
-sobre una mesa que había en medio de la habitación. Después invitó
-repetidas veces á Lucía para que se aproximase á gozar de aquellos
-deliciosos manjares. Empleaba las palabras más eficaces, á su parecer,
-con el objeto de infundir apetito á la desgraciada, y prorrumpía en
-exclamaciones de júbilo, hablando de la excelencia de la comida.
-“Cuando la gente como nosotras puede llegar á disfrutar de semejantes
-manjares, se acuerdan toda la vida. Este vino es del que el amo bebe en
-compañía de sus amigos... cuando le vienen á visitar... y quieren estar
-alegres... ¡Hem!”. Mas viendo que todas sus tentativas eran inútiles:
-“¡Sois vos la que no queréis!, dijo; es preciso no olvidar el decirle
-mañana que yo os he animado. Mientras tanto, yo comeré dejándoos lo
-suficiente para cuando entréis en razón y queráis obedecer”. Dicho
-esto, se puso á comer ávidamente. Saciada que estuvo, se encaminó
-al rincón, y bajándose hacia Lucía, la invitó de nuevo á comer y á
-acostarse.
-
---No, no quiero nada, respondió ésta, con voz débil y como soñolienta;
-en seguida dijo con más resolución: “¿Está la puerta cerrada, bien
-cerrada?” Y después de haber echado una ojeada por toda la estancia,
-se levantó, y con las manos puestas adelante, con paso sospechoso, se
-dirigió hacia aquel lado.
-
-La vieja llegó corriendo antes que ella, cogió el cerrojo, lo corrió, y
-dijo: “¿Lo veis?, ¿está bien cerrado? ¿estáis ahora satisfecha?”.
-
---¡Oh, contenta! ¡Yo contenta aquí! replicó Lucía, volviéndose de nuevo
-á su rincón; pero Dios sabe dónde estoy.
-
---Venid á acostaros; ¿qué queréis hacer ahí echada como un perro? ¿Se
-han visto rehusar jamás los comodidades, cuando se pueden tener?
-
---No, no; dejadme.
-
---Vos sois la que lo queréis. Vamos, he aquí un buen sitio; me pongo
-en la orilla; estaré incómoda por vos. Si queréis venir á la cama, ya
-sabéis que lo podéis hacer. Acordaos que os lo he rogado muchas veces.
-Así diciendo, se metió vestida como estaba debajo del cobertor, y todo
-quedó en el más profundo silencio.
-
-Lucía permanecía inmóvil, en su rincón, con las rodillas pegadas al
-pecho, las manos colocadas sobre ellas, y el rostro oculto entre
-dichas manos. El estado de abatimiento en que se hallaba, no era sueño
-ni desvelo, sino una sucesión rápida, dolorosa y vaga, de terribles
-pensamientos, de ideas penosas, de latidos de corazón. Ora más
-segura de su razón, y recordando mejor todos los horrores que había
-presenciado y sufrido aquel día, recordaba dolorosamente hasta las
-más pequeñas circunstancias de la oscura y formidable realidad en la
-cual se veía envuelta; ora su mente transportada á una región aún más
-tenebrosa, luchaba contra los fantasmas nacidos de la incertidumbre
-y del terror. Largo tiempo permaneció siendo presa de semejantes
-angustias; pero al fin, abatida, fatigada, sintiendo aflojar sus
-atormentados miembros, se acostó, ó más bien, se dejó caer sobre el
-pavimento, y permaneció algún tiempo en un estado muy parecido al
-sueño. Mas de repente se despertó, como al ruido de una voz exterior
-que la estuviese llamando, y experimentó el deseo de despertar
-enteramente, de dar toda la extensión posible á su pensamiento, de
-saber en dónde estaba, cómo y por qué. Prestó atento oído al ruido que
-se percibía, el cual no era otra cosa más que la respiración lenta y
-embarazosa de la vieja. Abrió sus espantados ojos, y distinguió una
-opaca claridad, que por intervalos aparecía y desaparecía: era la
-torcida de la lámpara que, estando muy cerca de apagarse, despedía una
-luz trémula, y en seguida se retiraba, por decirlo así, como la ola que
-va y viene sobre la playa. Aquella luz que huía antes que los objetos
-hubiesen recibido de ella un reflejo y color distinto, no ofrecía á
-la vista más que una sucesión de cosas flotantes é indecisas. Pero
-bien pronto las recientes impresiones, reapareciendo en su mente, la
-ayudaron á distinguir lo que se presentaba á su vista de una manera tan
-confusa. La desventurada, despierta ya del todo, reconoció su prisión;
-todos los recuerdos del horrible día transcurrido, todos los terrores
-del porvenir la asaltaron á la vez: aquella nueva calma, después de
-tantas agitaciones, aquella especie de reposo, aquel abandono en que
-había estado sumida, le producían un nuevo terror, y se apoderó de
-ella tal ansiedad que deseó morir. Pero en semejante momento se acordó
-que podía á lo menos dirigir sus súplicas al cielo, y juntamente con
-dicho pensamiento apareció en su corazón como una repentina esperanza
-de felicidad. Tomó de nuevo su rosario, y empezó á rezar. Á medida que
-las oraciones se desprendían de sus trémulos labios, su corazón se
-entreabría á una confianza indeterminada. Mas de pronto se le presentó
-otra idea á la imaginación, esto es, que sus oraciones serían mejor
-acogidas y escuchadas, si en medio de su desolación hiciese alguna
-promesa. Trajo á la memoria lo que más amaba, lo que más había amado;
-y aun cuando su espíritu no podía sentir otra afección que el espanto,
-ni concebir otro deseo que el de la libertad, se acordó, sin embargo,
-y resolvió súbitamente, hacer un sacrificio. Se incorporó, colocando
-sus manos unidas junto al pecho, de las cuales pendía el rosario,
-elevó los ojos al cielo, y dijo: “¡Oh, Virgen Santísima! ¡Vos, á quien
-me he acogido tantas veces, y que tantas me habéis consolado! ¡Vos,
-que habéis padecido tantos dolores, y sois ahora tan gloriosa, y
-habéis obrado tantos milagros en favor de los infelices atribulados,
-socorredme, sacadme de este peligro; haced que vuelva sana y salva al
-lado de mi madre, Madre del Señor! y hago voto de permanecer virgen;
-renuncio para siempre á mi desventurado prometido, para no ser jamás de
-nadie, más que vuestra”.
-
-Dichas las anteriores palabras, bajó la cabeza y se puso el rosario
-alrededor del cuello, casi como en señal de consagración, y á la vez
-de resguardo como una armadura de la nueva milicia, á la cual se había
-inscrito. Habiéndose vuelto á sentar en el suelo, sintió renacer en
-su alma una cierta tranquilidad, una más larga confianza. Le vino á
-la imaginación aquel _mañana por la mañana_ repetido por el poderoso
-desconocido, y le pareció entrever en aquella palabra una promesa de
-salvación. Los sentidos, fatigados por tantas luchas, se adormecieron
-poco á poco en aquella tranquilidad de pensamientos, y por último, ya
-cercano el día, con el sagrado nombre de su protectora en los labios,
-se durmió gozando de un sueño perfecto y continuado.
-
-Mas había otra persona en aquel mismo castillo, que hubiera querido
-hacer otro tanto, y no le fué posible. Habiéndose separado, ó más
-bien, huido de Lucía, después de haber dado las órdenes convenientes
-para la cena de ésta, y visitado, según costumbre, ciertos puestos del
-castillo, siempre preocupado con la imagen de Lucía, y con aquellas
-palabras que resonaban sin cesar en sus oídos, el señor se había
-retirado á su estancia.
-
-Se había encerrado precipitadamente, como si hubiera tenido que
-atrincherarse contra un ejército de enemigos; y desnudándose sumamente
-agitado, se acostó. Pero aquella imagen cada vez más presente en su
-mente, pareció que en aquel momento le decía: tú no dormirás. “¡Qué
-loca curiosidad he tenido de ver á esa muchacha! se decía. Tiene razón
-ese imbécil de Nibbio; ¡uno no es ya hombre, es hombre perdido! ¡Yo!...
-¿no soy yo hombre por ventura? ¿Qué ha pasado, pues? ¿Qué me ha pasado?
-¿Qué diablos tengo? ¿Qué hay de nuevo? ¿No sabía antes de verla que las
-mujeres siempre chillan? ¡Lloran aun los hombres algunas veces, cuando
-no son bastante fuertes para defenderse! ¡Qué diablo!, ¿esto consiste
-en que yo no he oído lloriquear jamás mujeres?”
-
-Y aquí, sin que tuviese necesidad de fatigar su memoria, ésta le
-presentó más de un caso, en que las súplicas ni lamentos habían podido
-quebrantar la resolución de llevar á cabo sus empresas. Mas lejos
-de darle el valor que le faltaba para cumplir ésta, como esperaba
-y deseaba, todos sus recuerdos no hicieron más que añadir á su
-irresolución una especie de consternación y de terror. De modo, que el
-volver á la primera imagen de Lucía, contra la cual había tratado de
-afirmar todo su valor, pareció que le aliviaba. “Ella vive, pensaba:
-se halla en el castillo; aún es tiempo; le puedo decir: partid,
-regocijaos; puedo ver cambiar aquel semblante; además le puedo decir:
-perdonadme... ¡Perdonadme! ¡Yo pedir perdón!, ¡y á una mujer!, ¡yo!...
-Y sin embargo, ¡si una palabra, si una palabra tal me pudiese hacer
-bien!, si me ayudase á sacudir por un momento el demonio que se ha
-apoderado de mí, la pronunciaría. ¡Á qué estado me veo reducido! ¡Ya no
-soy hombre, no soy hombre!... ¡Vamos!, dijo en seguida, revolviéndose
-furiosamente sobre su lecho, que le parecía tan duro como una piedra,
-y debajo de sus cobertores que le pesaban horriblemente: vamos,
-éstas son simplezas que me han pasado por la cabeza otras veces;
-ésta pasará también”. Y para hacerla pasar trató de buscar con el
-pensamiento algún proyecto, alguno de aquellos que solían ocuparle
-fuertemente, y no le dejaban un instante siquiera para reflexionar;
-mas no encontró ninguno. Todo se le presentaba cambiado: lo que otras
-veces estimulaba con más fuerza sus deseos, ahora no tenía para él
-ningún atractivo. La pasión rehusaba avanzar, del mismo modo que cuando
-un caballo se asusta de repente de una sombra cualquiera. Pensando
-en las empresas comenzadas y no acabadas, en vez de animarse á dar
-cima á ellas, en lugar de irritarse con los obstáculos (en semejante
-momento, la cólera misma le hubiera parecido dulce), experimentaba una
-sombría tristeza, se espantaba casi de los pasos ya dados. El tiempo
-se presentaba á su imaginación desnudo de todo interés, de todo
-querer, de toda acción, lleno únicamente de recuerdos intolerables:
-todas las horas que iban á sucederse se le representaban semejantes
-á la que corría tan lentamente, y que tanto pesaba sobre su cabeza.
-Repasaba en su imaginación á todos sus secuaces, y no encontraba nada
-importante que mandar á ninguno de éstos: la idea misma de volverlos
-á ver, de hallarse en medio de ellos, era un nuevo peso, un motivo de
-disgusto y embarazo. Cuando quería encontrar una ocupación para el día
-siguiente, una cosa que fuese factible, no se detenía más que en un
-solo pensamiento; éste era, que á la mañana siguiente podía dejar en
-libertad á aquella infortunada.
-
-“La libertaré, sí; apenas empiece á apuntar el día, volaré á su lado,
-y le diré: partid, partid. La haré acompañar... ¿Y mi promesa? ¿y el
-compromiso que tengo? ¿y D. Rodrigo?... ¿Quién es D. Rodrigo?”
-
-Como un hombre á quien su superior dirige de improviso una pregunta
-embarazosa, el Incógnito pensó de pronto responder á la que él mismo
-se había hecho, ó mejor diremos, aquel nuevo _él_ que en un momento
-había tomado tan colosales y terribles dimensiones, y se levantaba
-como para juzgar al antiguo. Iba, pues, buscando las razones por las
-cuales, antes casi de ser rogado, se había podido resolver á tomar el
-empeño de hacer sufrir tanto, sin ningún motivo de aborrecimiento
-ni de temor, á una infeliz desconocida, únicamente para servir á D.
-Rodrigo; pero lejos de conseguir hallar en aquel momento ninguna razón
-que le pareciese propia para excusar semejante acción, no sabía casi
-explicarse á sí mismo cómo había sido inducido á ello. Aquel rasgo,
-más bien que una deliberación, había sido un movimiento instantáneo
-de un espíritu obediente á sentimientos antiguos y habituales, la
-consecuencia de mil hechos anteriores; y en medio del doloroso examen,
-al cual se entregaba para darse cuenta de un solo hecho, se encontró
-engolfado en repasar toda su vida.
-
-Remontándose á tiempos muy lejanos, de año en año, de empresa en
-empresa, de crimen en crimen, de asesinato en asesinato, cada una
-de sus acciones se presentaba á su nuevo espíritu separada por
-sentimientos que le habían determinado y hecho cometer, apareciendo
-bajo un aspecto monstruoso, que estos mismos sentimientos no le habían
-dejado hasta entonces comprender. Todos le pertenecían, eran suyos: el
-horror de este pensamiento, que nacía á cada una de estas imágenes, y
-que estaba adherido á todas ellas, creció hasta la desesperación. Se
-levantó furioso, llevó con rabia las manos hacia la pared cercana á su
-lecho, agarró una pistola, apretóla convulsivamente, la montó, y...
-en el instante de ir á terminar una vida que le era insoportable,
-su pensamiento, sorprendido por un terror, por una inquietud, por
-decirlo así, supersticiosa, se lanzó al tiempo que seguiría después
-de su muerte. Figurábase con estampa su cadáver desfigurado, inmóvil,
-en poder de los hombres más viles; la sorpresa, la confusión que
-reinarían al día siguiente en el castillo; él mismo, sin fuerza, sin
-voz, arrojado quién sabe dónde. Se figuraba oir las conversaciones que
-tendrían lugar con motivo de semejante catástrofe, y que no dejarían
-de correr en todos los alrededores, y la alegría de sus enemigos. Las
-tinieblas mismas, el silencio de la noche, le hacían ver en la muerte
-cierta cosa de más triste, de más espantosa. Le parecía que no habría
-vacilado si hubiese sido de día, fuera de su casa y en presencia
-de alguno. Además, ¿qué tenía de particular echarse en el río y
-desaparecer? Absorto en estas desgarradoras contemplaciones, montaba y
-desmontaba con fuerza convulsiva el gatillo de la pistola, cuando le
-vino á la imaginación otra idea: si esa otra vida de la cual me han
-hablado siendo muchacho, de la cual se me habla siempre como si fuese
-una cosa segura; si esa vida consiste únicamente en no ser; si es una
-invención de los sacerdotes, ¿qué hago entonces? ¿qué importa todo lo
-que yo he hecho? ¿no dejará de ser una locura mía?... ¿Y si hay en
-efecto otra vida?...
-
-Á semejante duda, á tal riesgo, se vió sobrecogido por una
-desesperación aun más sombría, más grave, y contra la cual ni aun podía
-hallar un refugio en la muerte. Dejó caer el arma fatal, llevó las
-manos á sus cabellos, sus dientes rechinaban, un temblor convulsivo se
-había apoderado de todos sus miembros. De repente, las palabras que
-había oído pocas horas antes, volvieron á resonar en su memoria: “¡Dios
-perdona tantas cosas por una obra de misericordia!” No volvían á su
-espíritu del mismo modo que habían sido pronunciadas, con un acento de
-humilde súplica, sino con un tono de autoridad, que dejaba entrever
-al mismo tiempo una lejana esperanza. Esto fué para él un momento de
-consuelo: dejó caer las manos, y en una actitud más tranquila, fijó
-mentalmente sus miradas, como si la hubiera tenido delante, en aquella
-que las había proferido; y la veía, no como su prisionera, ni como
-una persona que suplica, sino con el ademán del que dispensa gracias
-y consuelos. Esperaba con ansiedad que viniera el día para correr
-á devolverle la libertad, para escuchar de su boca otras palabras
-de alivio y de vida, imaginándose conducirla él mismo al lado de su
-madre. “¿Y luego, yo, qué haré mañana, el resto del día? ¿Qué haré
-el día que sigue después de mañana? ¿y al otro? ¿y á la noche? ¡la
-noche que volverá con sus doce horas! ¡Oh, la noche, la noche; no, no
-pensemos en la noche!”. Y volviendo á caer en el vacío espantoso del
-porvenir, trataba en vano de buscar un modo de emplear el tiempo, una
-manera de pasar los días y las noches. Tan pronto se proponía abandonar
-el castillo y huir á países remotos, en donde jamás se hubiese oído
-hablar de él, en que no se le conociera, ni aun siquiera de nombre;
-como le renacía una confusa esperanza de recobrar el antiguo ánimo,
-los antiguos gustos, no considerando la situación del momento más que
-como un delirio pasajero; tan pronto, por último, temía la luz del
-día que debía mostrarle á los suyos tan miserablemente cambiado; y
-finalmente, suspiraba por esta misma luz que también debía iluminar
-sus pensamientos. Mas he aquí que de pronto, al rayar el alba, pocos
-momentos después que Lucía se había quedado dormida, mientras que él
-estaba sentado é inmóvil sobre su lecho, un sonido vago y confuso,
-pero que sin embargo tenía un cierto no sé qué de alegre, vino á herir
-sus oídos. Prestó atención, y percibió un campaneo como si tocasen á
-fiesta; después de algunos instantes, distinguió también que el eco de
-la montaña repetía lánguidamente la lejana armonía, y se confundía con
-ella. De allí á poco siente que el ruido se aproxima, es una campana
-que está más cerca del castillo; después otra que le responde, y en
-seguida todavía otra. “¿Qué alegría es ésta? ¿Por qué este ruido de
-fiesta? ¿De qué se regocijan estas gentes?”. Salta de aquel lecho de
-espinas; medio se viste apresuradamente, vuela á la ventana, la abre,
-y mira por todas partes. Los montes estaban todavía medio velados por
-la niebla; el cielo parecía cubierto por una oscura y vasta nube; pero
-á la claridad del día que á cada instante iba creciendo, se divisaba
-allá á lo lejos, en el camino que atravesaba el fondo del valle, gentes
-que caminaban muy aprisa, otras que salían de sus casas y se ponían en
-camino, y se dirigían todas hacia el mismo lado, á la entrada de dicho
-valle, á la derecha del castillo, con los trajes domingueros, y una
-alegría extraordinaria.
-
-“¿Qué diablos tienen esas gentes? ¿qué hay de alegre en este maldito
-país? ¿dónde va toda esa canalla?” Y habiendo llamado á un bravo de
-confianza que dormía en una próxima habitación, le preguntó la causa
-de todo aquel movimiento. Éste, que estaba tan enterado como su amo,
-le contestó que iría al momento á informarse. El señor permaneció
-apoyado en la ventana, sumamente atento al movible espectáculo. Veíanse
-hombres, mujeres, niños, en grupos, solos, uno alcanzando al que iba
-delante se unía á él; otro al salir de su casa se acompañaba con el
-primero que encontraba, y caminaban juntos como amigos á hacer un
-viaje convenido de antemano. Distinguíase en todos sus movimientos
-una celeridad y alegría común; las campanas más ó menos próximas, más
-ó menos distintas que resonaban á lo lejos, algunas veces sin estar
-acordes, pero siempre concertadas, se asemejaban en cierto modo á la
-voz de todo aquel pueblo y á la expresión de las palabras que no podían
-llegar al castillo. El Incógnito miraba, miraba sin cesar, y sentía
-nacer en su alma una ávida curiosidad de saber lo que podía comunicar
-un transporte igual á tan diversas gentes.
-
-
-
-
- CAPÍTULO CUARTO
-
-
-Pocos momentos después, el bravo volvió y contó á su señor, que el
-cardenal Federico Borromeo, arzobispo de Milán, había llegado la
-víspera á *** en donde permanecería todo el día siguiente (que era
-el en que estábamos). El ruido de la llegada se había esparcido la
-misma tarde á lo lejos y por todas las cercanías, lo cual había hecho
-que el pueblo tuviese deseos de ir á ver á aquel personaje, y tocaban
-las campanas en señal de regocijo, y para avisar al mismo tiempo á
-la gente. El Incógnito volvió á quedar solo, y continuó mirando en
-dirección al valle, cada vez más pensativo. “¡Por un hombre!, ¡todos
-presurosos, todos alegres, para ver á un hombre! ¡Y sin embargo, cada
-uno de éstos tendrá su demonio que le atormente! ¡Pero nadie, nadie
-deberá tener uno como el mío; nadie habrá pasado una noche como la
-mía! ¿Qué tiene, pues, ese hombre para excitar la alegría de todo un
-pueblo? Algún dinero que distribuirá así á la aventura... ¡Mas toda esa
-gente no va á recibir una limosna! ¡Y bien: algunas cruces en el aire,
-algunas palabras!... ¡Oh, si tuviese para mí palabras que pudieran
-consolarme!, ¡sí!... ¿Por qué no había yo de ir también?, ¿por qué
-no?... Iré, iré y le hablaré: le hablaré cara á cara. ¿Qué es lo que le
-diré? ¡Y bien!, aquello que, que... veré lo que él sabe”.
-
-Tomada esta vaga determinación, concluyó de vestirse precipitadamente,
-poniéndose una especie de traje, cuyo corte tenía algo de militar;
-cogió la pistola que había dejado encima de la cama, se la colocó en un
-lado de su cinto, y en el otro una segunda que descolgó de la pared,
-así como también su puñal; y habiendo alcanzado una carabina tan famosa
-casi como él, se la puso á guisa de bandolera; tomó su sombrero, salió
-de la estancia, y antes de partir se encaminó á la en que había dejado
-á Lucía. Dejó su carabina en un rincón junto á la puerta, y llamó
-haciendo al mismo tiempo oir su voz. La vieja se precipitó del lecho de
-un salto, y corrió á abrir. El señor entró, y echando una ojeada por la
-estancia, vió á Lucía acurrucada en su rincón y muy quieta.
-
---¿Duerme?, preguntó en voz baja á la vieja. ¡Duerme en semejante
-sitio! ¿Eran éstas mis órdenes?, ¡desventurada!
-
---He hecho todo lo que he podido, respondió ésta; pero no ha querido
-absolutamente comer ni tampoco venir...
-
---Déjala dormir en paz; guárdate de turbar su sueño; y cuando se
-despierte... Marta vendrá aquí, á la habitación próxima, y la mandarás
-á buscar lo que la joven pida. Cuando despierte... dile que yo... que
-el señor ha salido por poco tiempo, que volverá, y que... hará todo lo
-que ella quiera.
-
-La vieja se quedó toda estupefacta, pensando entre sí: ¿será acaso
-alguna princesa?
-
-El castellano salió, tomó su carabina, mandó á Marta que permaneciese
-en la antecámara; dió orden al primer bravo que encontró que se pusiera
-de centinela para que ninguna otra persona más que ésta entrara en la
-habitación, y después salió del castillo y bajó la pendiente con la
-mayor agilidad y precipitación.
-
-El manuscrito no dice la distancia que había desde el castillo al
-pueblo en donde se hallaba el cardenal; pero por los hechos que vamos
-á referir, resulta que no debía haber más que un largo paseo. Por
-el solo acudir de los lugareños á dicho pueblo, no se podrían sacar
-consecuencias, pues que en las memorias de aquel tiempo encontramos
-que, de veinte millas y más, corría la gente en tropel para ver al
-cardenal Federico.
-
-Los bravos que acertaban á pasar mientras el Incógnito bajaba, se
-paraban respetuosamente, esperando si tenía órdenes que darles, ó si
-quería que le siguiesen á alguna expedición, no sabiendo qué pensar de
-aquel aire y aquellas miradas con que contestaba á sus saludos.
-
-Cuando estuvo ya en el camino real, lo que admiraba á los pasajeros era
-el verlo sin acompañamiento. Por lo demás, todos le hacían lugar y se
-desviaban, dejándole sitio suficiente, no sólo para él, sino también
-para su séquito si lo hubiese llevado, y se quitaban respetuosamente
-los sombreros. Habiendo llegado al pueblo, lo halló enteramente
-cuajado de una inmensa muchedumbre de gentes; pero aun á pesar de esta
-circunstancia, su nombre, pasando de repente de boca en boca, bastaba
-para que la multitud le abriera paso. Se acercó á uno y le preguntó
-en dónde estaba el cardenal. En la casa del cura, le contestó aquél
-saludándole, y le indicó cuál era. El señor se dirigió á ella: entró
-en un patiecillo, en donde había muchos sacerdotes, los cuales le
-miraron con ademán atónito y de desconfianza. Divisó al frente una
-puerta abierta que daba entrada á una salita, en donde se hallaban
-reunidos otros muchos sacerdotes. Se desembarazó de la carabina y la
-dejó en un rincón del patio; después entró en la mencionada salita,
-y allí fué también acogido con miradas furtivas, murmullos, su nombre
-repetido de boca en boca, concluyendo por guardar un profundo silencio.
-Dirigiéndose el Incógnito á uno de ellos, le preguntó dónde se hallaba
-el cardenal, porque quería hablarle.
-
-“Yo soy forastero”, contestó el interrogado; y después de haber echado
-una mirada en derredor, llamó á un capellán, familiar del cardenal, el
-cual desde un rincón de la sala, estaba justamente diciendo, en voz
-baja, á un compañero suyo: “¿Es ése el famoso?... ¿Á qué vendrá aquí?
-¡Aparta!” No obstante, al llamamiento que resonó en medio del silencio
-general, se vió precisado á acudir. Saludó al Incógnito, escuchó su
-pregunta, y levantando la vista con una curiosidad inquieta sobre aquel
-rostro, y bajándola en seguida, permaneció allí un poco como aturdido,
-y después dijo, ó más bien balbuceó: “No sé si monseñor ilustrísimo...
-en este instante se encuentra... éste... pueda... Bien: voy á ver”. Y
-se dirigió de muy mala gana á la vecina estancia, en la cual se hallaba
-el cardenal.
-
-Llegados á este pasaje de nuestra historia, no podemos menos de
-detenernos un poco, como el caminante fatigado y triste, á causa de
-un largo viaje por un terreno árido y escabroso, se recrea y pierde
-un poco de tiempo á la sombra de un frondoso árbol, sobre la yerba, ó
-al lado de una cristalina fuente de agua viva. Nos hemos encontrado
-con un personaje, cuyo nombre y recuerdo, presentándose á la mente en
-cualquier tiempo que sea, le causan una emoción tranquila de respeto
-y un agradable sentimiento de simpatía. Pero ¿cuánto más dulce es
-dicho sentimiento, después de tantas imágenes dolorosas, después de la
-contemplación de tanta perversidad? Es absolutamente indispensable que
-nosotros digamos cuatro palabras tocante al expresado personaje; los
-que no deseen oirlas y quieran sin embargo saber la continuación de la
-historia, que salten en derechura al capítulo siguiente.
-
-Federico Borromeo, nacido en el año de 1564, fué uno de esos hombres
-raros en todo tiempo, que han empleado un esclarecido talento, todos
-los recursos de una opulenta fortuna, todas las ventajas de una
-condición privilegiada, una aplicación continua en buscar y practicar
-el bien. Su vida es como un arroyuelo que, naciendo límpido de la
-roca, sin estancarse ni enturbiarse jamás en un largo curso por
-diversos terrenos, va á echarse límpido al caudaloso río. En medio
-de los placeres y la magnificencia, se dedicó desde su más tierna
-infancia á esas palabras de abnegación y de humildad, á esas máximas
-sobre la vanidad de los goces, sobre la injusticia del orgullo, sobre
-la verdadera dignidad y verdaderos bienes que, comprendidos ó no por
-los corazones, son trasmitidos de generación en generación, siendo
-la doctrina fundamental de la religión. Se aplicó, repito, á esas
-palabras, á esas máximas; las adoptó formalmente, las gustó, las halló
-verdaderas, reconoció que no podía haber verdad en las palabras y
-máximas opuestas que se trasmiten también de una en otra generación con
-la misma perseverancia, y tal vez por los mismos labios, y se propuso
-tomar por norma de sus acciones y de sus pensamientos las que eran
-realmente verdaderas. Persuadido que la vida no es para el mayor número
-más que una pesada carga, y un placer para algunos pocos, pero de cuya
-inversión es indispensable dar cuenta, empezó á pensar desde niño cómo
-podría hacer la suya útil y santa.
-
-En el año 1580 manifestó la resolución de consagrarse al ministerio
-eclesiástico, y recibió el hábito de manos de su primo Carlos[2], á
-quien la fama ya universalmente y desde largo tiempo proclamaba santo.
-Poco después entró en el colegio fundado por éste en Pavía, y que
-lleva todavía el nombre de la familia; y aplicándose con asiduidad á
-las ocupaciones que estaban prescritas, se impuso además otras dos
-voluntariamente, siendo la una el enseñar la doctrina cristiana á los
-más pobres é ignorantes, y la otra el visitar, servir, consolar y
-socorrer á los enfermos.
-
-Se valió de la autoridad que tenía en aquel paraje para atraer á sus
-compañeros á secundarle en dichas buenas obras; ejerció en todo lo que
-era honesto y provechoso como una primacía de ejemplo, una primacía
-que hubiera obtenido sólo por sus dotes personales, aunque hubiese
-pertenecido á la más ínfima clase. Las ventajas de otro género que su
-cuna le hubiera podido procurar, lejos de buscarlas, hizo un estudio
-particular en esquivarlas. Quiso que su mesa fuera más mezquina que
-frugal, sus vestidos más bien pobres que sencillos, y conforme á
-esto todo lo demás, al tenor de su persona ó modo de vivir. No se
-creyó jamás precisado á mudarlos, aun cuando algunos de sus parientes
-ponían el clamor en el cielo, y se quejaban de que de semejante modo
-deshonraba la dignidad de la casa. Tuvo también que sostener una
-guerra con sus maestros, los cuales furtivamente, y como por sorpresa,
-procuraban ponerle delante, detrás, á los lados, objetos más ricos,
-ciertas cosas que lo distinguiesen de los demás, y le hiciesen parecer
-como el príncipe del lugar donde se hallaba. Esto lo hacían tal vez
-porque creerían que andando el tiempo podrían sacar algún partido
-granjeándose su voluntad, ó acaso también movidos por esa bajeza servil
-que se envanece y se recrea en el esplendor de otros, ó bien porque
-fuesen de esos hombres prudentes que se asombraban tanto de la virtud
-como del vicio, y proclaman siempre que la perfección conste en un
-buen medio, y este medio lo fijan justamente en el punto donde ellos se
-encuentran á su comodidad. Federico, en vez de dejarse vencer por tales
-tentativas, reprendía á los que las hacían, y esto en una edad tierna,
-á saber, entre la pubertad y la juventud.
-
-Que viviendo el cardenal Carlos, que le llevaba veintiséis años,
-en presencia de una persona tan imponente, y por decirlo así, tan
-solemne, rodeado de homenajes y respeto, realzado por un tan gran
-renombre, marcado al propio tiempo con señales de santidad, Federico,
-niño todavía, procurase conformarse á las maneras y modo de pensar
-de tal superior, no es ciertamente una cosa que admire; pero lo que
-sorprende más es que después de la muerte de tan santo varón, nadie
-pudo apercibirse de que Federico, el cual contaba apenas veinte años,
-estuviese privado de un guía y un censor. El ruido siempre creciente
-de sus talentos, de su instrucción y piedad, el parentesco y los
-influjos de más de un poderoso cardenal, el crédito de su familia,
-su mismo nombre, al cual el cardenal Carlos había adherido en los
-ánimos una idea de santidad y de preeminencia, todo lo que debe y
-puede conducir los hombres á las dignidades eclesiásticas, concurría
-á pronosticárselas. Pero él, persuadido en el fondo de su corazón,
-y un buen cristiano no lo puede negar, persuadido de que un hombre
-no debe tener una justa superioridad sobre los demás, si no están á
-su servicio, temía las dignidades y trataba de eludirlas; no porque
-huyese de servir á los otros, pues pocas existencias se ocuparon en
-esto tanto como la suya, sino porque no se consideraba bastante digno
-ni con suficiente capacidad para tan importante y peligroso servicio.
-Por esto, siendo en el año 1595 propuesto por Clemente VIII para el
-arzobispado de Milán, se le vió sumamente agitado y rehusó sin titubear
-este cargo; mas luego cedió á causa de una orden expresa y terminante
-del Papa.
-
-Semejantes demostraciones no son difíciles ni raras. ¿Quién no sabe
-esto? La hipocresía no tiene necesidad de grandes esfuerzos de ingenio
-para hacerlas, y la bufonería para burlarse de ellas á buena cuenta y á
-cada paso. Mas, ¿dejan por ventura por esto de ser la expresión natural
-de un sentimiento virtuoso y sabio? La vida es la piedra de toque de
-las palabras; y las palabras que expresan dicho sentimiento, aunque
-pasen por los labios de todos los impostores y bufones del mundo,
-serán siempre bellas cuando vayan precedidas y seguidas de una vida de
-desinterés y de sacrificio.
-
-Federico, una vez fué arzobispo, hizo un estudio particular y continuo
-de no tomar para sí más riquezas, más tiempo, más cuidados, ni nada
-más en fin, que lo estrictamente necesario. Decía, como todos
-dicen, que las rentas eclesiásticas son el patrimonio de los pobres;
-ahora vamos á ver cómo ponía en práctica semejante máxima. Quiso
-que se apreciase á cuánto podía ascender su manutención y la de su
-servidumbre; y habiéndosele dicho que unos seiscientos escudos (escudo
-se llamaba entonces á la moneda de oro que, quedando siempre con el
-mismo peso y nombre, fué después llamada zequí), dió orden para que
-todos los años se sacasen otros tantos de su caja particular, para la
-de la mensa, no creyendo que á él, siendo tan rico, le fuera lícito
-vivir con aquel patrimonio. Era tan escaso y minuciosamente económico
-para sí mismo, que procuraba no quitarse un vestido hasta que estuviese
-muy usado, uniendo, sin embargo, según fué notado por los escritores
-contemporáneos, á la costumbre de una extremada sencillez, la de una
-limpieza esmerada, dos circunstancias remarcables en aquel tiempo de
-desaseo y despilfarro. Hizo más: á fin de que no se desperdiciase nada,
-dispuso que las sobras de su frugal mesa se dieran á un hospicio, y
-uno de los pobres del expresado establecimiento entraba todos los días
-por orden suya al comedor á recoger todo lo que había quedado. Estos
-pequeños cuidados acaso podrían inducir á formar el concepto de una
-virtud avara y miserable, de un espíritu entregado á minuciosidades
-é incapaz de elevados designios, si no atestiguase lo contrario esa
-biblioteca ambrosiana que aún existe en el día, la cual proyectó
-con tan animosa magnificencia y erigió con tantos dispendios. Para
-proveerla de libros y manuscritos, además del regalo que hizo de los
-que él mismo había compilado con grande estudio y enormes gastos, envió
-ocho individuos, los más hábiles é instruidos que pudo hallar, con el
-objeto de hacer compras por Italia, Francia, España, Alemania, Flandes,
-Grecia y al monte Líbano, en Jerusalén. De este modo logró reunir cerca
-de treinta mil volúmenes impresos y catorce mil manuscritos. Añadió á
-la biblioteca un colegio de doctores (fueron nueve, pensionados por
-Federico mientras vivió; después, no siendo suficientes las entradas
-ordinarias para semejante gasto, quedaron reducidos á dos), y su oficio
-era cultivar varios ramos de conocimientos humanos, como la teología,
-la historia, las bellas letras, las antigüedades eclesiásticas y las
-lenguas orientales, con la obligación cada uno de ellos de publicar
-algún trabajo sobre la materia que les estaba señalada; añadió,
-igualmente, un colegio llamado por él _Trilingüe_, para el estudio de
-las lenguas griega, latina é italiana; un colegio de alumnos, á quienes
-se instruía en las mencionadas facultades y lenguas para que ellos
-llegasen también á enseñarlas algún día; estableció allí mismo una
-imprenta para las lenguas orientales, esto es, para el hebreo, caldeo,
-árabe, persa y armenio; una galería de pinturas, otra de escultura, y
-una escuela de las tres principales artes del dibujo.
-
-Para esto encontró fácilmente profesores ya formados; para lo demás,
-sabemos qué de trabajos le habían costado el hallar los libros y
-manuscritos. Pero los caracteres de las mencionadas lenguas, mucho
-menos cultivadas en Europa que lo están en el día, eran ciertamente
-muy difíciles de hallar; y mucho más todavía que los caracteres, los
-profesores. Bastará decir, que de nueve doctores sacó ocho de entre
-los jóvenes alumnos del seminario, juicio enteramente conforme al
-que parece haber traído la posteridad, que ha condenado á unos y á
-otros al olvido. En las reglas que planteó para el uso y gobierno de
-la biblioteca, se trasluce una intención perpetua de utilidad, no
-solamente bella en sí misma, sino sabia y bien entendida; y en muchas
-partes, sobrepujando á las ideas y costumbres ordinarias de aquel
-tiempo. Prescribió al bibliotecario que mantuviese correspondencia con
-los hombres más doctos de Europa, para que le pusieran al corriente
-del estado de las ciencias, y le diesen aviso de los mejores libros
-extranjeros de todo género que salieran á luz, y que tratara de
-adquirirlos: encargóle también, que indicase á los que quisieran
-estudiar, las obras que podrían serles útiles, y ordenó que ya fuesen
-nacionales, ya extranjeros, se les diese todo el tiempo y comodidad
-posibles para servirse de ellas según la necesidad. Tal intención debe
-parecer al presente muy natural, y aun inherente á la fundación de
-una biblioteca; mas sin embargo, en aquella época no era así. En una
-historia de la biblioteca Ambrosiana, escrita con la mira de utilidad y
-con la elegancia propia del siglo, por un tal Pierpaolo Bosca, que fué
-bibliotecario después de la muerte de Federico, se nota expresamente
-como cosa muy singular, que en dicha biblioteca, fundada por un
-particular y casi toda á sus expensas, los libros estaban expuestos á
-la vista del público, eran llevados por cualquiera que los pedía, dando
-también á todo el mundo sillas para sentarse, papel, plumas y tinta
-para tomar apuntaciones, mientras que en todas las grandes bibliotecas
-de Italia, no sólo no estaban visibles los libros, sino que también
-estaban cuidadosamente cerrados en los armarios: jamás salían de ellos,
-á no ser que los bibliotecarios se dignasen, por condescendencia, á
-manifestarlos por un instante: respecto á facilitar á los concurrentes
-las comodidades indispensables para estudiar, no se tenía una idea
-siquiera. De modo que enriquecer semejantes bibliotecas, era sustraer
-los libros al uso común; esto era un modo de cultivar que había
-entonces, y hay todavía, que vuelve estériles los campos.
-
-No vayáis ahora á preguntar cuáles han sido los efectos de la fundación
-de Borromeo sobre la instrucción pública: sería fácil demostrarlo en
-dos palabras, del mismo modo que se demuestra que fueron prodigiosos
-ó que fueron nulos. Buscar y explicar hasta cierto punto cuáles
-hayan sido verdaderamente, sería cosa muy pesada, de poca utilidad
-y extemporánea. Pero imaginaos qué generoso, qué ilustrado, qué
-benévolo, qué amigo tan perseverante de las mejoras humanas debió
-haber sido el que pudo querer semejante cosa, que la quiso así, que la
-puso en ejecución en medio de aquella inercia, de aquella antipatía
-general para toda aplicación estudiosa, y por consecuencia en medio
-de los ¿qué importa?... ¡otras cosas hay en qué pensar!... ¡Oh, bella
-invención!... ¡No faltaba más que ésta!... y otras mil cosas por el
-estilo. Seguramente, los propósitos debieron ser más números aún que
-los escudos que gastó en la empresa, y eso que no bajaron de quinientos
-mil.
-
-Para dar á un hombre semejante el título de benéfico y liberal en el
-más alto grado, puede parecer que no sea preciso saber si gastó mucho
-dinero en socorrer inmediatamente á los necesitados: hay mucha gente
-que opina, que los gastos de este género (iba á decir todos los gastos)
-constituyen la mejor y más útil limosna. Mas en la opinión de Federico,
-la limosna, propiamente dicha, era un deber esencial; y en esto,
-como en lo demás, sus acciones estuvieron de acuerdo con su opinión.
-Su vida fué una larga y perpetua limosna; y á propósito de aquella
-misma carestía, de la cual nuestra historia ha hablado ya, tendremos
-dentro de poco ocasión de referir algunos rasgos que harán ver cuánta
-sabiduría y generosidad supo prestar aun á sus liberalidades. De
-los muchos ejemplos singulares que de una tal virtud han descrito
-sus biógrafos, no citaremos más que uno solo. Habiendo cierto día
-llegado á su conocimiento que un noble usaba de mil artificios y malos
-tratamientos para obligar á una de sus hijas á ser religiosa, que
-deseaba más bien casarse, hizo llamar al padre; y habiéndole arrancado
-que el verdadero motivo de semejante tiranía era el no tener cuatro mil
-escudos, cuya cantidad, á su parecer, hubiera sido necesaria para casar
-á su hija convenientemente, Federico la dotó con cuatro mil escudos.
-Esto acaso parecerá á alguno una largueza excesiva, mal entendida,
-demasiado condescendiente con los tontos caprichos de un orgulloso, y
-que cuatro mil escudos podían ser mejor empleados de otras mil maneras;
-á la cual nada tenemos que responder, sino que sería de desear que
-se viesen con frecuencia tales excesos de una virtud tan libre de
-opiniones dominantes (cada época tiene las suyas), tan independientes
-de la tendencia general, como lo fué en este caso la que movió á un
-individuo á dar cuatro mil escudos para que una joven no se viese
-forzada á ser religiosa.
-
-La caridad inagotable de aquel hombre resplandecía no menos en su
-continente que en sus larguezas. De fácil acceso para todo el mundo,
-creía deber manifestar un semblante jovial, una cortesía afectuosa á
-aquellos á quienes llaman de baja condición, tanto más, cuanto que
-éstos encuentran pocos en el mundo. Y en este punto tuvo que combatir
-con los caballeros del _ne quid nimis_[3]. Un día que en una de sus
-visitas á un país montañoso y salvaje, Federico instruía á unos pobres
-niños, y en un momento de descanso los acariciaba amistosamente con
-la mano, uno de esos nobles de que acabo de hablar, le advirtió que
-usara más miramiento en hacer caricias á aquellos muchachos, porque
-estaban demasiado sucios y asquerosos, como si hubiera supuesto el buen
-hombre que Federico no poseía bastante sentido común para conocerlo,
-ó la suficiente penetración para adivinar lo que se ocultaba bajo
-semejante consejo. Tal es la desgracia de los hombres constituidos en
-dignidad, que mientras que las gentes que les adviertan de sus faltas
-son muy raras, se encuentran multitud de personas atrevidas que les
-reprenden el bien que hacen. Pero el buen obispo respondió, no sin
-algún resentimiento: Son almas encomendadas á mi custodia; acaso no me
-volverán á ver nunca más; ¡y no queréis que los abrace!
-
-
-Sin embargo, el resentimiento era bien raro en él, estimado como era
-por su tranquilidad de espíritu, por la dulzura de su genio, que se
-hubiera atribuido á una felicidad extraordinaria de temperamento, y
-sólo era, sin embargo, el efecto de una lucha constante contra una
-índole pronta y viva. Si alguna vez se mostró severo y brusco, fué con
-sus subordinados, culpables de avaricia y negligencia, ú otros vicios
-diametralmente opuestos al espíritu de su noble y santo ministerio.
-Por todo lo que podía tener alguna relación con sus intereses, ó á su
-gloria temporal, no daba jamás señales de alegría, pesar, ardor ni
-agitación: admirable en efecto si estos movimientos no se presentaban
-á su espíritu, más prodigioso todavía si se presentaban. No sólo en un
-gran número de cónclaves, á los cuales asistió, se atrajo el concepto
-de no haber aspirado jamás al puesto que ocupaba, tan envidiado por
-la ambición y tan terrible para la verdadera piedad, sino que una vez
-uno de sus colegas más eminentes fué á ofrecerle su voto y el de su
-facción (palabra muy fea, pero era la que usaban): Federico rehusó esta
-proposición tan resueltamente, que aquél renunció á su idea, y volvió
-sus miras á otra parte. Esta misma modestia, esta aversión á dominar,
-aparecía igualmente en todas las ocasiones más ordinarias de su vida.
-Atento é infatigable á disponer, á gobernar lo que él juzgaba que era
-un deber suyo el hacerlo, huyó siempre de entrometerse en los negocios
-de otros; aun cuando se reclamase su intervención, se defendía con todo
-su poder; discreción y comedimiento poco comunes en los hombres tan
-celosos del bien, como lo era Federico.
-
-Si quisiéramos abandonarnos al placer de recoger los rasgos notables
-de su carácter, resultaría seguramente una mezcla singular de méritos
-opuesta en apariencia, y que á la verdad es difícil encontrar
-reunidos; sin embargo, no omitiremos el señalar una particularidad de
-aquella hermosa existencia: llena como fué de actividad, de cuidados
-importantes, de funciones, de enseñanza, de audiencias, de visitas
-diocesanas, de viajes, de controversias, no sólo el estudio tuvo su
-parte, sino que tuvo tanta, que hubiera bastado á un literato de
-profesión. Efectivamente, además de muchos títulos dignos de alabanza,
-Federico obtuvo también, entre sus contemporáneos, el de hombre docto.
-
-No debemos, con todo, disimular que adoptó con una firme persuasión y
-que sostuvo con una larga constancia ciertas opiniones, que hoy día
-parecerían á todos más bien extrañas que mal fundadas aun á los mismos
-que tuviesen deseos de hallarlas justas. Si se le quisiera defender
-acerca de dicho punto, se tendría esta excusa tan corriente y recibida,
-que eran errores de aquella época más bien que suyos; excusa que cuando
-resulta del examen particular de los hechos, puede tener algún valor y
-significar alguna cosa; pero cuando se aplica en general y enteramente
-á ciegas, nada vale absolutamente. Sin embargo, como no queremos
-resolver por medio de simples fórmulas cuestiones complicadas, ni
-alargar demasiado un episodio, nos abstendremos también de exponerlos.
-Bástanos haber indicado de paso, que estamos lejos de pretender, que
-en un hombre tan admirable en conjunto, lo fuese igualmente en todo,
-porque tenemos miedo que se nos diga hemos querido escribir una oración
-fúnebre.
-
-No es ciertamente hacer una injuria á nuestros lectores, el suponer
-que alguno de ellos pregunte, si un hombre tan sabio y tan estudioso
-no ha dejado por ventura algún monumento. ¡Sí lo ha dejado! Las obras
-que han quedado de Federico, grandes y pequeñas, latinas é italianas,
-impresas y manuscritas, llegan á más de ciento, las cuales se conservan
-en la biblioteca fundada por él: tratados de moral, de oraciones,
-disertaciones sobre la historia, antigüedades sagradas y profanas,
-literatura, bellas artes y otras muchas.
-
-¿Y cómo, pues, dirá el lector, tanta diversidad de obras están
-condenadas al olvido, ó á lo menos son tan poco conocidas, tan poco
-buscadas? ¿Cómo, pues, con tanto ingenio, con tanto estudio, con tanta
-experiencia de los hombres y de las cosas, con tanto meditar, con una
-tan viva pasión por lo bueno, con un alma tan candorosa, con todas
-estas cualidades que forman al grande escritor, ese hombre en cien
-obras no ha dejado tan siquiera una sola de las que son reputadas
-insignes por los mismos que no las aprueban del todo, y conocidas por
-el título aun de aquellos que no las leen? ¿Cómo, pues, todas juntas
-no son suficientes, á lo menos por su número, para dar á su nombre una
-fama literaria que llegue hasta nosotros, que para él constituimos la
-posteridad?
-
-La demanda es razonable, sin duda, y el debate muy interesante. Las
-causas de este fenómeno no se encuentran; sería preciso hallarlas en
-una multitud de hechos generales. Encontrados que fueran, conducirían
-á la explicación de muchos otros fenómenos semejantes, pero serían
-numerosos y prolijos; ¿y después si os agradasen?, ¿si os hiciesen
-arrugar el entrecejo? Vamos; lo mejor será que volvamos á tomar el
-hilo de nuestra historia, en vez de parlotear más tiempo acerca del
-mencionado personaje; y vamos á verle obrar, guiados por nuestro autor.
-
-
- NOTAS:
-
-[2] S. Carlos Borromeo.
-
-[3] Nada de más.
-
-
-
-
- CAPÍTULO QUINTO
-
-
-Mientras que el cardenal Federico esperaba la hora de ir á la iglesia á
-celebrar los divinos oficios, y se entretenía en estudiar, como tenía
-de costumbre en sus ratos de ocio, entró el familiar con aire inquieto
-y turbado.
-
---Una extraña visita; extraña en verdad, monseñor ilustrísimo.
-
---¿Quién es?, preguntó el Cardenal.
-
---Nada menos que el señor ***, replicó el capellán, y apoyándose en cada
-sílaba con ademán significativo, pronunció aquel nombre que nosotros
-no podemos decir á nuestros lectores. Luego añadió: Está ahí fuera en
-persona, y no pide más que ser introducido á la presencia de vuestra
-señoría.
-
---¡Él!, dijo el cardenal con semblante animado, cerrando el libro y
-levantándose del sitial; ¡que venga, que venga pronto!
-
---Pero... replicó el capellán sin moverse; vuestra señoría ilustrísima
-debe saber quién es este individuo: aquel desterrado, aquel famoso...
-
---Y no es una fortuna para un obispo el que haya nacido en un hombre
-semejante la voluntad de venir á encontrar...
-
---Pero... insistió el capellán: nosotros no podemos hablar de ciertas
-cosas, porque monseñor dice que son charlatanerías; mas cuando llega
-el caso, me parece que es un deber... El celo le hace á uno cobrar
-enemigos, monseñor; y sabemos positivamente que más de un malvado ha
-osado vanagloriarse que un día ú otro...
-
---¿Y qué han hecho?, interrumpió el cardenal.
-
---Digo que ese hombre es un encubridor de delitos, un calavera, que
-tiene correspondencia con los calaveras mayores, y que acaso puede ser
-enviado...
-
---¡Oh!, ¿qué disciplina es ésta?, interrumpió el cardenal con una
-sonrisa. ¡Qué! ¿Los soldados exhortan al general á tener miedo? Luego
-con aire grave y pensativo replicó: San Carlos no hubiera deliberado un
-momento si debía recibir á semejante hombre; hubiera ido á buscarlo en
-seguida. Hacedlo entrar al instante: demasiado ha esperado ya.
-
-El capellán salió, diciendo entre sí: No hay remedio; todos estos
-santos son obstinados.
-
-Abrió la puerta, y habiéndose presentado en la estancia donde se
-encontraba el señor y la gente reunida, vió á ésta retirada á un
-lado, ocupada en cuchichear y mirar de reojo á aquél, abandonado y
-enteramente solo en otro extremo. Se encaminó hacia él, y mientras lo
-miraba según podía con el rabo del ojo, estaba pensando qué diablo de
-armas podía llevar ocultas bajo aquel traje. Verdaderamente, antes de
-introducirlo hubiera debido, á lo menos, proponerle... mas no pudo
-resolverse á ello... Se le acercó, y dijo: “Monseñor aguarda á vuestra
-señoría: hacedme el obsequio de venir conmigo”. Y precediéndolo en
-medio de aquella pequeña multitud que de súbito se abrió dejando paso,
-echaba á derecha é izquierda ciertas miradas, las cuales significaban:
-¿Qué queréis?, ¿no sabéis vosotros tan bien como yo que ese buen señor
-hace siempre lo que se le antoja?
-
-Apenas el Incógnito fué introducido, cuando Federico le salió al
-encuentro, con semblante alegre y sereno, con los brazos abiertos,
-como á una persona que esperaba con ansia, y en seguida hizo seña al
-capellán que saliese: éste obedeció.
-
-Los dos permanecieron por espacio de algún tiempo sin hablar, y
-diversamente indecisos. El Incógnito, que había sido llevado allí
-como á la fuerza, por un delirio inexplicable, más bien que conducido
-por un determinado designio, estaba como violentado, desgarrado por
-dos pasiones opuestas: experimentaba á la vez el deseo, la esperanza
-confusa de encontrar un alivio en sus tormentos interiores, y por
-otra parte una cólera, una vergüenza de llegar á aquel sitio como
-vencido por el arrepentimiento, como un súbdito, como un miserable
-para confesarse culpable, para implorar á un hombre; él no encontraba
-palabras, ni tampoco casi las buscaba. Sin embargo, alzando los ojos
-hacia el rostro de aquel hombre, se sentía cada vez más sobrecogido
-por un sentimiento de respeto suave, irresistible, que aumentando la
-confianza, mitigaba el despecho, y sin hacer frente al orgullo, lo
-hacía alejarse y le imponía silencio.
-
-La presencia de Federico era en efecto de aquellas que anuncian
-cierta superioridad. Su porte era naturalmente modesto y casi
-involuntariamente majestuoso, no encorvado ni destruido por los años;
-su mirada era grave y viva, la frente serena y pensativa; en la
-blancura de sus cabellos, en la palidez de su semblante, al través de
-las huellas de la abstinencia, de la meditación, de la fatiga brillaba
-un cierto no sé qué de virginal: todos los rasgos de su semblante
-indicaban que en otro tiempo había sido dotado de lo que con más
-propiedad llamamos belleza; el hábito de los pensamientos solemnes y
-benévolos, la paz interna de una larga vida, el amor hacia los hombres,
-la alegría continua de una esperanza inefable, habían sustituido una,
-si así podemos decirlo, hermosura de anciano, que sobresalía todavía
-más en medio de la magnífica sencillez de la púrpura cardenalicia.
-
-El cardenal tuvo un momento fija sobre el Incógnito su mirada
-penetrante y ejercitada en leer los pensamientos de los hombres en
-su semblante, y bajo aquel aire sombrío y turbado, creyó descubrir
-alguna cosa que estaba conforme con la esperanza que había concebido al
-primer anuncio de semejante visita. ¡Oh!, exclamó con voz animada; ¡qué
-preciosa visita es ésta para mí! ¡Cuán agradecido debo estaros por tan
-buena resolución, aunque para mí tenga cierto aire de reproche!
-
---¡Reproche!, exclamó el señor atónito, pero tranquilo por aquellas
-palabras y suaves maneras, como también satisfecho de que el cardenal
-hubiese roto la valla y entablado la conversación.
-
---Ciertamente es para mí un reproche, replicó éste, el haber dejado
-prevenirme por vos. ¡Cuántas veces y cuánto tiempo hace, que hubiera
-podido, que yo hubiera debido ir á buscaros!
-
---¡Á mí, vos!, ¿sabéis quién soy yo?, ¿os han dicho verdaderamente mi
-nombre?
-
---¡Ah!, este consuelo que yo experimento y que á la verdad se
-manifiesta en mi semblante, ¿os parece que yo lo hubiera sentido al
-anuncio, á la vista de un desconocido? Vos sois el que me lo habéis
-hecho experimentar; vos, repito, á quien debería haber ido á buscar;
-vos, á quien tanto he amado y compadecido, y por el cual tanto he
-rogado; vos, aquel de mis hijos, que sin embargo los amo á todos de
-corazón, aquel de mis hijos á quien más hubiera deseado acoger y
-abrazar si yo lo hubiese creído posible. Pero Dios solo sabe obrar
-milagros, y suple á la debilidad, á la lentitud de sus miserables
-servidores.
-
-El Incógnito permanecía admirado á aquella acogida tan ardiente, á
-aquellas palabras que respondían tan resueltamente á lo que él no había
-dicho todavía, ni estaba determinado á decir. Conmovido y bastante
-turbado, guardaba el más profundo silencio.
-
---¡Pues cómo!, replicó aún más afectuosamente Federico: ¿tenéis una
-buena noticia que darme, y me la hacéis esperar tanto?
-
---¡Una buena noticia, yo! Tengo el infierno en el corazón ¡y vendría á
-daros una buena noticia! Decidme vos si lo sabéis, ¿cuál es esta buena
-noticia que esperáis de un hombre como yo?
-
---Que Dios ha tocado vuestro corazón y quiere haceros suyo, respondió
-el cardenal con la mayor calma.
-
---¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡Si yo lo viese! ¡si yo lo sintiese! ¿en dónde
-está ese Dios?
-
---¡Vos me lo preguntáis, vos! ¿y quién más que vos lo tiene tan cerca?
-¿No lo sentís en vuestro corazón, que os oprime, que os agita, que no
-os deja un momento de reposo, y que al mismo tiempo os atrae, os hace
-presentir una esperanza de tranquilidad, de consuelo, de un consuelo
-que está lleno, inmenso, tan pronto como vos lo reconozcáis, lo
-confeséis y lo imploréis?
-
---¡Oh! sí, sí; yo tengo aquí alguna cosa que me oprime, que me devora.
-Pero, ¡Dios!... si es ese Dios, ése que decís, ¿qué queréis que haga de
-mí?
-
-Estas palabras fueron pronunciadas con acento de desesperación: mas
-Federico, con tono solemne y como de plácida inspiración, respondió:
-“¿Qué cosa puede hacer Dios de vos? ¿qué es lo que quiere hacer? una
-señal de su poder y de su bondad: quiere recabar de vos una gloria
-que ningún otro pudiera darle. Vos, contra quien el mundo grita hace
-tanto tiempo; vos, contra quien mil y mil voces se levantan y cuyos
-hechos detestan... (El Incógnito se estremeció y permaneció un momento
-estupefacto al oir aquel lenguaje tan insólito, más estupefacto
-todavía de no experimentar ni un átomo de cólera, y de encontrar al
-mismo tiempo casi una especie de consuelo). ¡Cuánta gloria, prosiguió
-Federico, no reportará á Dios! Ésos son gritos de terror, son gritos de
-interés; quizá también gritos de justicia, pero ¡de una justicia tan
-fácil, tan natural! Entre los que os acusan, los hay á quienes anima la
-envidia de ese desgraciado poder que habéis ejercido, de esa deplorable
-seguridad de ánimo que habéis conservado hasta hoy. Pero cuando vos
-mismo os levantaréis para condenar vuestra vida y para acusaros,
-entonces, ¡oh, entonces Dios será glorificado! ¿Y preguntáis lo que
-Dios puede hacer de vos? ¿Quién soy yo, criatura indigna, para deciros
-qué provecho puede sacar Dios en adelante de vos, el que puede hacer de
-esta voluntad impetuosa, de esta imperturbable constancia, cuando la
-haya animado, enardecido con su amor, de esperanza y arrepentimiento?
-¿Quién sois vos, pobre mortal, que habéis pensado ejecutar cosas más
-grandes por medio del mal, que Dios no puede hacer que hagáis y deis
-cumplimiento por medio del bien? ¿Lo que Dios puede hacer de vos? ¿Y
-perdonaros, salvaros? ¿Y consumar en vos la obra de la redención? ¿No
-son acaso cosas magníficas y dignas de él? ¡Oh, mirad si yo, humilde
-pecador; si yo tan miserable, y sin embargo tan lleno de mí mismo; si
-yo, tal cual soy, me regocijo de vuestra salvación, que para asegurarla
-daría con alegría (el Señor me es testigo) estos pocos días que me
-restan de vida! ¡Oh, juzgad cuánta debe ser la caridad de ese Dios
-que me infunde una tan viva, aunque tan imperfecta; y cuánto os ama,
-cuánto os quiere, él que me ordena y me inspira hacia vos un amor que
-me abrasa!”
-
-Á medida que estas palabras salían de sus labios, su semblante, sus
-miradas, cada uno de sus movimientos expresaba lo que sentía. La cara
-de su oyente, hasta entonces consternada, convulsa, primeramente
-comenzó á aparecer admirada y atenta, luego dejó traslucir una emoción
-más profunda y menos angustiada: sus ojos, que desde la infancia no
-conocían las lágrimas, se hincharon; cuando Federico dejó de hablar,
-aquél ocultó el rostro entre sus manos, y dió rienda suelta al llanto,
-que fué como su última y más clara respuesta.
-
---¡Dios grande y bueno!, exclamó el cardenal, alzando los ojos y las
-manos al cielo: ¡qué he podido yo hacer jamás, servidor inútil, pastor
-negligente, para que vos me hayáis llamado á este convite de gracia,
-para que me hayáis considerado digno de asistir á un tan agradable
-prodigio! Así diciendo, extendió la mano para coger la del Incógnito.
-
---¡No!, gritó éste: ¡no, apartaos, apartaos de mí! No manchéis esta
-mano inocente y benéfica. No sabéis todo lo que ha hecho esta mano que
-queréis estrechar.
-
---Dejad, dijo Federico, cogiéndola con dulce violencia; dejad que
-estreche esta mano que reparará tantos males, que derramará tantos
-beneficios, que aliviará á tantos afligidos, que se extenderá
-desarmada, pacífica, humilde á tantos enemigos.
-
---¡Esto es demasiado!, dijo sollozando el Incógnito: ¡dejadme,
-monseñor!, ¡buen Federico, dejadme! Una multitud de gente reunida os
-aguarda con ansia; hay tantas almas puras, tantos inocentes que han
-venido desde muy lejos para veros una sola vez, para oiros; y vos os
-entretenéis... ¡con quién!
-
---Dejemos las noventa ovejas, respondió el cardenal, ellas están
-seguras en el monte; al presente quiero permanecer con la que estaba
-descarriada. Esas almas están ahora, quizá, más contentas que si viesen
-á este pobre obispo. Acaso Dios, que ha obrado en vos un prodigio
-de misericordia, infunde á aquéllas alegría, cuya causa no penetran
-todavía. Esa multitud está quizá unida á nosotros sin saberlo; acaso
-el Espíritu Santo introduce en sus corazones un ferviente ardor de
-caridad, les inspira una súplica, que exhala por vos acciones de
-gracias, de las cuales sois el objeto aún ignorado. Al decir esto, echó
-los brazos al cuello del Incógnito; el cual, después de haber intentado
-sustraerse, y resistido un momento, cedió como vencido por aquel ímpetu
-de caridad, abrazó á su vez al cardenal, y dejó caer sobre su hombro
-su trémulo y demudado semblante. Sus ardientes lágrimas se deslizaban
-sobre la púrpura sin mancha de Federico, y las manos puras del obispo
-estrechaban afectuosamente aquellos miembros, oprimían aquel traje
-habituado á llevar las armas de la violencia y de la traición.
-
-El Incógnito, desasiéndose de los brazos del cardenal, se cubrió de
-nuevo los ojos con las manos, y alzando al mismo tiempo la cabeza,
-exclamó: “¡Dios verdaderamente grande! ¡Dios verdaderamente bueno,
-ahora me reconozco, comprendo quién soy!, ¡tengo á la vista mis
-iniquidades; me horrorizo de mí mismo; y sin embargo... sin embargo,
-experimento un consuelo, una alegría, sí, una alegría tal como nunca la
-he sentido en todo el trascurso de mi horrible vida!”.
-
---Es una gracia, dijo Federico, que Dios os concede para atraeros á su
-servicio, para animaros á entrar resueltamente en la nueva vida, en la
-cual tanto tendréis que deshacer, tanto que reparar, tanto que lamentar.
-
---¡Yo, desventurado!, exclamó el señor: ¡cuántas... cuántas cosas hay,
-las cuales no podré hacer más que lamentar! Pero á lo menos hay algunas
-que apenas están empezadas, y que yo podré deshacer, y tengo una,
-principalmente, que puedo deshacer en seguida, romper, reparar.
-
-Federico prestó la mayor atención, y el Incógnito refirió sucintamente,
-pero con palabras más execrables, más enérgicas, quizá, que nosotros
-lo hubiéramos hecho, la violencia cometida con Lucía, los terrores y
-padecimientos de la infortunada, el modo con que le había implorado, y
-la especie de frenesí que las súplicas de dicha joven había hecho nacer
-en su alma, y cómo ella seguía aún en el castillo.
-
---¡Ah, no perdamos tiempo!, exclamó Federico, palpitante de piedad y de
-solicitud. ¡Bienaventurado vos! Ésta es una prenda del perdón de Dios:
-él hace de vos un instrumento de salvación para aquella de quien vos
-queríais ser un instrumento de ruina. ¡Dios os ha bendecido!... ¿Sabéis
-de dónde es nuestra pobre desgraciada?
-
-El señor nombró el pueblo de Lucía.
-
---No está lejos de aquí, dijo el cardenal: ¡Dios sea loado! y
-probablemente... Al hablar así, corrió á una pequeña mesa y tocó una
-campanilla. El capellán entró al momento con aire inquieto, y la
-primera cosa que hizo fué mirar al Incógnito. Al ver aquella figura tan
-descompuesta, aquellos ojos preñados de lágrimas, miró al cardenal, y
-al través de aquella modestia, aquella calma inalterable, descubrió
-en su semblante como una especie de gran contento, de extraordinaria
-solicitud. Hubiera permanecido extasiado y con la boca abierta, si el
-cardenal no le hubiese sacado repentinamente de aquella contemplación,
-preguntándole, si entre los párrocos reunidos en la otra estancia se
-encontraba el de ***.
-
---Está efectivamente, monseñor ilustrísimo, respondió el capellán.
-
---Hacedlo entrar en seguida, dijo Federico, y con él al párroco de esta
-iglesia.
-
-El capellán salió y se dirigió á la sala en donde los sacerdotes
-estaban reunidos. Todas las miradas se fijaron en él, el cual con la
-boca siempre abierta, la admiración pintada sobre su rostro, dijo
-levantando las manos y agitándolas en el aire: “¡Señor, Señor! _hic
-mutatio dexteræ excelsi_”; y permaneció un momento sin añadir nada
-más. Después, tomando el tono y la voz correspondientes al encargo que
-llevaba, añadió: “Su señoría ilustrísima y reverendísima pregunta por
-el señor cura de la parroquia y el señor cura de ***”.
-
-El primer llamado apareció en seguida, y al mismo tiempo salió, de
-entre la multitud, un “¿yo?” tardío y pronunciado con acento de
-sorpresa.
-
---¿No sois por ventura el señor cura de ***? prosiguió el capellán.
-
---Justamente; mas...
-
---Su señoría ilustrísima y reverendísima os llama.
-
---¿Á mí?, dijo todavía aquella voz, significando claramente en aquel
-monosílabo: “¿Qué tengo que hacer allá dentro?”. Pero esta vez el
-hombre salió de la multitud juntamente con la voz, no siendo otro que
-D. Abundio en persona. Se adelantó con forzado paso y con semblante
-entre atónito y disgustado. El capellán le hizo una seña con la mano,
-que quería decir: “Vamos, vamos; ¿cuesta esto tanto?”. Y precediendo á
-los dos curas, se encaminó hacia la puerta, la abrió y los introdujo.
-
-El cardenal abandonó la mano del Incógnito, con el cual entretanto
-había concertado lo que debían hacer. Se separó un poco de él y llamó
-por medio de una seña al cura de la parroquia. Contóle en pocas
-palabras el asunto del cual se trataba, y le preguntó si podría
-encontrar en seguida una buena señora que quisiese ir en una litera al
-castillo para traer á Lucía. Era preciso que fuese una mujer decidida,
-caritativa, que supiese gobernarse bien en una expedición tan nueva, y
-usar las maneras más convenientes, encontrar las palabras más adaptadas
-para reanimar y tranquilizar á aquella infeliz, á quien después de
-tantas angustias é inquietudes la idea de su libertad podía causar una
-nueva turbación en su alma.
-
-Después de haber reflexionado un momento, el cura dijo que tenía una
-persona á propósito, y dicho esto salió. El cardenal llamó con otra
-seña al capellán, á quien ordenó que hiciese preparar una litera y
-ensillar un par de mulas. Luego que hubo partido el capellán, se volvió
-hacia D. Abundio.
-
-Éste, que se había ya colocado cerca del cardenal por estar lejos de
-aquel otro señor, y que miraba de reojo, tan pronto al uno como al
-otro, perdiéndose en conjeturas acerca de lo que podía significar todo
-aquello, se adelantó un poco más, hizo una profunda reverencia, y dijo:
-“Se me ha significado que vuestra señoría ilustrísima me llamaba; mas
-creo que debe haber sido una equivocación”.
-
---No es equivocación, respondió Federico; tengo que daros una noticia á
-la vez agradable y consoladora, y un encargo dulcísimo. Una de vuestras
-feligresas, que habéis llorado como perdida, Lucía Mondella, ha sido
-hallada; está aquí cerca, en la casa de este mi estimado amigo que
-tenéis presente. Iréis con él y con una señora que el cura de esta
-población ha ido á buscar: iréis, repito, al sitio en que se encuentra,
-y la acompañaréis aquí.
-
-D. Abundio hizo todo lo posible para disimular el disgusto, ¡qué
-digo!, el tormento, el martirio que le causaba semejante proposición,
-semejante mandato. Demasiado adelantado para contener un gesto
-desagradable formado ya sobre su rostro, trató de ocultarlo,
-inclinándose profundamente en señal de obediencia; y no se levantó
-más que para hacer otro pequeño saludo al Incógnito, dirigiéndole
-una mirada piadosa que equivalía á decir: “Estoy en vuestras manos,
-compadeceos de mí: _parcere subjectis_”.
-
-El cardenal le preguntó en seguida qué parientes tenía Lucía.
-
---No tiene pariente más próximo que su madre, con la cual vivía,
-respondió D. Abundio.
-
---¿Y ésta se halla en su casa?
-
---Sí, monseñor.
-
---Ya que, replicó Federico, esa pobre niña no puede por el pronto ir
-á su morada, le servirá de un gran consuelo el ver á su madre cuanto
-antes: si el señor cura párroco de esta población no llega antes de que
-yo vaya á la iglesia, os ruego tengáis á bien decirle que busque un
-carruaje ó una cabalgadura, y envíe un hombre de juicio para buscar á
-la madre y conducirla aquí.
-
---¿Y si fuese yo mismo?, dijo D. Abundio.
-
---No, vos no; ya os he suplicado otra cosa, contestó el cardenal.
-
---Lo decía, replicó D. Abundio, para disponer á aquella pobre madre:
-es una persona muy sensible, y se requiere uno que la conozca, y sepa
-comprender su genio, con el objeto de no causarle más mal que bien...
-
---Por esto es por lo que os he suplicado que advirtieseis al señor
-párroco que escoja una persona á propósito: vos seréis mucho más
-necesario en otra parte, respondió el cardenal. Él hubiera querido
-decir: “Esa pobre niña tiene necesidad de ver prontamente una figura
-conocida, una persona segura en ese castillo, después de tantas horas
-de espanto, y en una tan terrible oscuridad acerca del porvenir”. Pero
-esto era cosa que no podía decirse claramente delante de aquel tercer
-personaje. El cardenal encontró, sin embargo, extraño, que D. Abundio
-no lo hubiese entendido con el aire que lo decía, y también que no lo
-hubiese pensado por sí propio. La oferta y la persistencia con la cual
-se oponía, le parecieron fuera de lugar, lo cual le hizo juzgar que
-allí se encerraba algún misterio. Miróle al semblante, y descubrió sin
-trabajo el miedo que el pobre cura experimentaba de tener que viajar
-con aquel hombre temible, como igualmente el de ser su huésped aunque
-fuese por pocos momentos. Quiso disipar enteramente sus temores; y como
-no juzgó conveniente llamarlo aparte y hablarle en secreto en presencia
-de su nuevo amigo, pensó que el mejor medio era hacer lo que hubiera
-hecho sin este motivo; es decir, hablar al Incógnito mismo. Así, D.
-Abundio vería por sus respuestas que ya no era un hombre del cual se
-pudiese tener miedo. Se aproximó, pues, al señor, y con ese aire de
-confianza espontánea que se encuentra en una nueva y fuerte afección,
-del mismo modo que en una antigua antipatía, “No creáis, le dijo, que
-yo me contente con la visita de hoy: ¿vos volveréis, no es cierto, en
-compañía de este digno eclesiástico?”
-
---¡Sí volveré! contestó el Incógnito, aun cuando vos lo rehusarais, me
-quedaría obstinadamente á vuestra puerta como un mendigo; ¡yo tengo
-necesidad de hablaros, de oiros, de veros! En una palabra, ¡tengo
-necesidad de vos!
-
-Federico le tomó la mano, se la apretó, y le dijo: “Favorecednos, pues,
-quedándoos á comer con nosotros; así lo espero. Entretanto, voy á rogar
-y á dar gracias en compañía del pueblo, y vos id á recoger los primeros
-frutos de la misericordia”.
-
-D. Abundio, á semejantes demostraciones, se parecía á un niño miedoso
-que ve acariciar sin temor á un gran perro de presa, con el pelo
-erizado, con los ojos sangrientos, famoso por sus mordeduras y por los
-terrores que ha causado. El niño ha oído perfectamente decir al dueño
-que su perro es un buen animal, dulce, tranquilo, y mientras está
-oyendo dichas alabanzas, mira al expresado dueño, y no le contradice
-ni aprueba; mira también al perro, y no se atreve á acercarse á él por
-miedo de que el buen animal no le enseñe los dientes, aun cuando no
-sea más que por vía de juego, ni tampoco osa alejarse por no parecer
-cobarde, y dice interiormente: ¡oh, si me encontrase en mi casa!
-
-El cardenal, que se disponía á salir, teniendo siempre de la mano
-y llevando consigo al Incógnito, dió de nuevo una ojeada al pobre
-cura, que se quedaba atrás, triste, mortificado, descontento, dejando
-entrever, á su pesar, el disgusto que sentía. Juzgando que semejante
-desagrado pudiese provenir de que pareciese que era olvidado ó como
-abandonado en un rincón, tanto más poniéndole en parangón con un
-facineroso tan bien acogido y tan acariciado, volviéndose hacia él se
-paró un momento, y con una amable sonrisa le dijo: “Señor cura, vos
-habéis permanecido siempre conmigo en la casa de nuestro buen padre;
-pero éste... este _perierat, et inventus est_...”.
-
---¡Oh, cuánto me alegro! dijo D. Abundio, haciendo al mismo tiempo á
-ambos una gran reverencia.
-
-El arzobispo pasó el primero, empujó la puerta, que fué súbitamente
-abierta de par en par por la parte exterior, por dos criados que
-estaban colocados uno á un lado y otro á otro, y el admirable cuadro
-de aquellos tres personajes tan distintos entre sí, apareció á las
-ávidas miradas del clero reunido en aquel paraje. Viéronse aquellos dos
-rostros, en los cuales estaba retratada una emoción muy diversa, pero
-igualmente profunda: en el aspecto venerable de Federico, la ternura de
-reconocimiento, la humilde alegría; en el del Incógnito, una confusión
-templada por el contento, un pudor nuevo, una compunción en la cual,
-sin embargo, se traslucía todavía el vigor de aquella naturaleza áspera
-y salvaje. Y luego se supo, que á más de uno de los espectadores le
-había venido á la imaginación este pasaje de Isaías: El lobo y el
-cordero irán á pacer juntos á una misma pradera; el león y el buey
-comerán en un mismo establo. Detrás de ellos venía D. Abundio, de
-quien nadie hizo caso.
-
-Cuando estuvieron en medio de la estancia, entró por el ángulo opuesto
-el ayuda de cámara del cardenal, el cual se acercó para decirle que
-había ejecutado las órdenes comunicadas por el capellán; que la litera
-y las mulas estaban preparadas, y que únicamente se esperaba á la
-señora que el párroco debía conducir. El cardenal le previno que apenas
-llegara aquél se viese al momento con D. Abundio, y que en seguida se
-pusiese todo á las órdenes de éste y del Incógnito, al cual apretó de
-nuevo la mano en ademán de despedida, diciendo: “Os aguardo”. Se volvió
-á saludar á D. Abundio, y se dirigió hacia el lado que conducía á la
-iglesia. El clero le siguió en buen orden; los dos compañeros de viaje
-se quedaron solos en la estancia.
-
-El Incógnito permanecía recogido en su interior, meditabundo, y al
-propio tiempo impaciente por que llegase el momento de ir á aliviar á
-su Lucía de sus penas y sacarla de su encierro; porque ella es ahora su
-Lucía, pero en muy diverso sentido que lo era la víspera. Su semblante
-expresaba una agitación concentrada, que á la espantadiza vista de D.
-Abundio, podía parecer fácilmente otra cosa peor. De cuando en cuando
-miraba al Incógnito á hurtadillas; bien hubiera querido entablar con
-él una conversación amistosa; “pero, ¿qué es lo que debo decirle?,
-pensaba entre sí; ¿le diré de nuevo que me alegro? ¡Me alegro! ¿De
-qué? ¿De que habiendo sido hasta ahora un demonio, haya tomado la
-resolución de llegar á ser un hombre honrado como los demás? ¡Hermoso
-cumplido! ¡Bah, bah, bah!, de cualquier modo, por más vueltas que le
-dé, las congratulaciones no significarían más que lo dicho. Y después,
-¿será cierto que se haya vuelto hombre de bien, así, tan de pronto? ¡Se
-hacen tantas demostraciones en este mundo, y por tantas cosas! ¿Qué sé
-yo?, algunas veces... ¡Y entretanto es preciso que vaya con él á ese
-castillo!... ¡Oh, qué historia, qué historia! ¡Quién me lo había de
-haber dicho esta mañana! ¡Ah!, si llego á salir con bien, la señora
-Perpetua tendrá que oírme, por haberme impelido aquí á la fuerza, sin
-necesidad, fuera de mi curato. ¡Todos los párrocos de las cercanías
-acuden, y no es cosa de quedarse atrás, y esto, y meterme en un negocio
-de semejante especie! ¡Oh, infeliz de mí! Sin embargo, es preciso decir
-algo á este hombre”. Se puso á pensar; y por último, encontró lo que
-tenía que decirle. “Jamás hubiera esperado tener la dicha de hallarme
-con tan respetable compañía”, é iba abrir la boca, cuando el ayuda de
-cámara entró acompañado del cura del pueblo, el cual anunció que la
-dama estaba pronta en la litera; y luego se volvió á D. Abundio para
-recibir de él la otra comisión del cardenal. D. Abundio desempañó como
-pudo su encargo en medio de aquel desorden de ideas, y acercándose
-enseguida al ayuda de cámara, le dijo: “Dadme al menos un animal
-pacífico; porque, á la verdad, soy muy mal jinete”.
-
---Podéis estar tranquilo, respondió el ayuda de cámara con tono de
-zumba; es la mula del secretario, que es un literato.
-
---Bien..., replicó D. Abundio, y continuó diciendo entre sí: “¡El cielo
-me la depare buena!”.
-
-El señor se había apresurado á ponerse en marcha al primer aviso.
-Llegado al umbral, se apercibió de que D. Abundio se había quedado
-atrás. Se detuvo para esperarle, y cuando éste llegó precipitadamente
-con ademán de pedirle perdón, le saludó y le hizo pasar adelante con
-aire cortés y humilde, cosa que tranquilizó algún tanto el espíritu
-del pobre atribulado. Mas apenas puso el pie en el patiecillo, vió
-otra novedad que le disminuyó un poco aquel pequeño consuelo: divisó
-al Incógnito dirigirse hacia un rincón, tomar con una mano su carabina
-por la culata, después cogerla con la otra por la correa, y con un
-movimiento rápido, como si hiciese el ejercicio, colocarla sobre sus
-espaldas.
-
---¡Ay, ay, ay!, dijo D. Abundio: ¿qué es lo que querrá hacer con
-semejante herramienta? ¡Buen cilicio, bella disciplina de convertido!
-¡Y si le viene á la imaginación alguna brutalidad! ¡Oh, qué expedición,
-qué expedición!
-
-Si el señor hubiese podido sospechar apenas qué especie de ideas
-pasaban por la mente de su compañero, no se puede decir qué es lo que
-hubiera hecho para tranquilizarlo; mas estaba muy lejano de semejante
-sospecha; y D. Abundio procuraba no hacer ningún ademán que significase
-claramente: “no me fío de vuestra señoría”.
-
-Llegados á la puerta de la calle, encontraron las dos cabalgaduras
-dispuestas: el Incógnito saltó sobre la que le fué presentada por un
-palafrenero.
-
---¿No tiene ningún vicio?, preguntó al ayuda de cámara D. Abundio, con
-un pie puesto en el estribo y el otro apoyado todavía en tierra.
-
---Montad y tranquilizaos, porque es un cordero, respondió aquél. D.
-Abundio, agarrándose á la silla sostenido por el ayuda de cámara, hace
-esfuerzos y más esfuerzos para montar, y por fin lo consigue.
-
-La litera, que permanecía á algunos pasos delante, arrastrada también
-por dos mulas, se puso en movimiento á la voz del conductor, y la
-comitiva partió.
-
-Era preciso pasar por delante de la iglesia, toda llena de gente,
-por una plazuela henchida también de gentes del país y forasteros
-que no habían podido entrar en aquélla. La gran noticia se había
-difundido ya por todas partes, y al aparecer la litera, al divisar
-aquel hombre, objeto pocas horas antes de terror y de execración,
-y ahora de admirable pasmo, se alzó al través de la multitud un
-confuso murmullo como de aplausos; y abriendo paso se apresuraban
-todos con la mayor ansiedad á salirle al encuentro para verlo de
-cerca. La litera pasó: el Incógnito también; y delante de la puerta
-abierta de la iglesia, se quitó el sombrero, é inclinó aquella
-frente tan temible hasta las mismas crines de la mula, en medio del
-susurro de cien voces que decían: “¡Dios os bendiga!”. D. Abundio
-se quitó igualmente su sombrero, se inclinó, y se encomendó á Dios;
-mas percibiendo el concierto solemne de sus colegas que cantaban sin
-interrupción, experimentó una envidia, una especie de triste ternura,
-una desanimación tan grande, la cual no le dejó contener las lágrimas.
-
-Mas cuando hubieron salido de la población, cuando se hallaron á campo
-raso, en medio de las revueltas con frecuencia totalmente solitarias
-del camino, un velo aún más oscuro se extendió sobre sus pensamientos.
-No tenía otro objeto en el cual posar de una manera segura sus miradas
-más que sobre el conductor, el que estando al servicio del cardenal
-debía ser verdaderamente un hombre de bien, siendo así que no tenía
-facha de bribón. De vez en cuando aparecían viajeros que acudían á ver
-al cardenal; su vista era un bálsamo para D. Abundio, pero pasajero;
-pues recordaba que se dirigía hacia aquel terrible valle en donde
-no se encontraban más que súbditos del amigo: ¡y qué súbditos! Él
-hubiera deseado al presente más que nunca entablar conversación con el
-Incógnito, tanto para tantearle todavía, como para tenerle propicio;
-mas viéndolo tan preocupado y meditabundo, se le pasaban los deseos.
-Vióse, pues, obligado á hablar consigo mismo; y he aquí una parte de lo
-que el infeliz se dijo en aquella travesía.
-
-“¿No es una cosa admirable que tanto los santos como los bribones
-tengan siempre azogue en las venas; que no se contentan en revolverse,
-con apesadumbrarse ellos mismos, sino que quieren meter en danza, si
-pueden, á todo el género humano? ¿No es una fatalidad que los más
-revoltosos me vengan siempre á encontrar, yo que no busco á nadie, á
-cogerme casi por los cabellos para meterme en sus negocios, yo que no
-pido otra cosa sino que me dejen vivir tranquilo? ¡Ese malvado, ese
-loco de atar de D. Rodrigo! ¿Qué es lo que podría faltarle para ser el
-hombre más feliz de este mundo, si él tuviese únicamente un poco de
-juicio? Él es rico, joven, respetado, cortejado; su dicha le pesa y es
-preciso que vaya á caza de cuidados para sí y para los demás. Podía
-poseer el arte de _Michelaccio_: ¡no, Dios mío!, quiere tener el oficio
-de molestar á las mujeres, el más loco, el más necio, el más rabioso
-oficio de este mundo: podría ir al paraíso en carroza, y quiere ir
-á la mansión del diablo á pie cojo. ¡Y éste!... Y diciendo esto lo
-miraba, como si hubiese sospechado que él entendiese sus pensamientos.
-Éste, después de haber revuelto por sus maldades el mundo de arriba
-abajo, al presente lo revuelve con su conversión... ¡Dios quiera que
-sea verdadera! Pero mientras, á mí me toca hacer la experiencia... Hay
-gente que cuando nace con esta manía, siempre están poseídos del afán
-de hacer ruido. ¿Se quiere que uno sea hombre de bien toda su vida,
-como yo lo he sido? No señor: se debe descuartizar, asesinar, hacer
-mil diabluras... ¡Oh, cuán desgraciado soy!... ¿Y luego, meter tanto
-ruido aun para hacer penitencia? Cuando se tienen buenos deseos de
-hacerla, se puede practicar en casa tranquilamente sin tanto aparato,
-sin incomodar tanto al prójimo... ¡Y su señoría ilustrísima! Salirle
-al encuentro con los brazos abiertos, diciéndole, amigo querido, amigo
-mío; escuchar sus menores palabras como si le hubiese visto hacer
-milagros, tomar de repente una resolución, aprobarlo todo, aplaudir
-todo lo que aquél propone; pronto por aquí, pronto por allá. Esto se
-llama, según mi pobre entender, una precipitación. ¡Y sin tener ninguna
-prenda, sin la menor seguridad poner en sus manos á un pobre párroco!
-Esto se llama jugar á un hombre á pares ó nones. Un santo obispo como
-él lo es, debe estar tan celoso de sus párrocos, como de las niñas de
-sus ojos. Un poco de cachaza, un poco de prudencia, un poco de caridad,
-son cosas que pueden, á mi entender, conciliarse con la santidad... ¡Y
-si todo esto no fuesen más que apariencias! ¿Quién es capaz de conocer
-los designios de los hombres? ¡Y digo, de los hombres como éste!
-¡Solamente el pensar que tengo que ir con él á su casa, me horrorizo!
-¿Quién sabe las diabluras que puede tener proyectadas allá arriba?
-¡Desventurado de mí! Es mejor no pensar en esto. ¿Qué embrollo es
-éste de Lucía? Se diría que era una inteligencia con D. Rodrigo: ¡qué
-gente ésta! Dios permita todavía que la cosa sea así: pero ¿cómo ha
-caído en las garras de ese hombre? ¿quién lo sabe? Éste es un secreto
-entre él y monseñor; y no se dignan decirme una palabra siquiera á mí,
-que me hacen trotar de semejante modo. Yo no me cuido de saber los
-negocios de otro; pero cuando á uno le va el pellejo, tiene derecho de
-no ignorar las cosas. Si fuese en efecto para ir á buscar á aquella
-pobre criatura, ¡vaya, paciencia! Á pesar de que podía conducirla muy
-bien consigo en derechura. Y luego, si en efecto está arrepentido, si
-se ha convertido en un santo hombre, ¿qué necesidad tenía de mí? ¡Oh,
-qué confusión!... Basta. ¡Plegue al cielo que así sea! Habrá sido una
-penosa comisión; pero ¡paciencia! me alegraré por la pobre Lucía; la
-infeliz habrá escapado de una buena. ¡Dios sabe lo que ha sufrido! La
-compadezco; pero ella ha nacido para causar mi ruina... Á lo menos, si
-pudiese leer en el corazón de este hombre y saber lo que piensa! ¿Quién
-podrá vanagloriarse de conocerlo? Helo aquí; tan pronto se parece á
-S. Antonio en el desierto, tan pronto á Holofernes en persona. ¡Oh
-infeliz de mí, cuán desgraciado soy! Vamos; el cielo está obligado á
-protegerme, pues yo no me he mezclado en nada por mi capricho”.
-
-Efectivamente, sobre el semblante del Incógnito veíanse pasar, por
-decirlo así, los pensamientos que le agitaban, como se ve en un día
-de tempestad á las nubes correr delante del sol, ora dejando escapar
-sus deslumbradores rayos, ora oscureciendo el espacio. El ánimo,
-aún embriagado por las suaves palabras de Federico, y como rehecho
-y rejuvenecido por una nueva vida, se elevaba hacia las ideas de
-misericordia, de perdón y de amor; volviendo á caer de nuevo bajo el
-peso de aquel terrible pasado, inquieto, agitado, turbulento, buscaba
-en su memoria cuáles eran las iniquidades que podía esperar, cuáles
-las que podía detener que no estuviesen aún ejecutadas del todo; qué
-remedios serían más expeditos y seguros; el modo de cortar tantos
-nudos; qué hacer de tantos cómplices: era una verdadera confusión y
-aturdimiento esa expedición á la cual corre, esa expedición tan fácil,
-que toca ya á su fin, y á la que no va más que con un deseo mezclado
-de angustias, atormentado como está por el pensamiento de que aquella
-infortunada criatura sufre, ¡ah, Dios sabe cuánto! Ansía que llegue el
-momento de libertarla; y entretanto, ¡él es el que la hace padecer!
-Cada vez que se presentaban dos caminos, el conductor de la litera
-se volvía hacia el Incógnito para saber cuál debía tomar, y éste se
-lo indicaba con la mano, haciéndole al propio tiempo señas de que
-apresurase el paso.
-
-Por último, entraron en el valle. ¡En qué estado se hallaba entonces el
-pobre D. Abundio! ¡Encontrarse en aquel famoso valle, acerca del cual
-había oído referir tan espantosas, tan horribles historias! ¡Aquellos
-hombres célebres, la flor de los bravos de Italia; aquellos hombres sin
-miedo y sin misericordia, verlos en carne y hueso; tropezar con uno,
-dos ó tres á cada revuelta que hacía el camino! Ellos se inclinaban, es
-verdad, con respeto ante su señor; pero aquellos rostros bronceados,
-aquellos erizados bigotes, aquellos enormes ojazos, que al sentir de
-D. Abundio parecían decir: “¿Es necesario ajustar la cuenta á este
-sacerdote?...”. El desgraciado estaba turbado hasta tal extremo, que en
-un momento de consternación llegó á decirse interiormente: Aun cuando
-los hubiera casado, no podía sucederme otra cosa peor.
-
-Entretanto, avanzaban por un sendero arenoso á lo largo del
-torrente. Al frente las miradas no se detenían más que sobre aquellos
-terribles, profundos y desiertos precipicios, detrás de los cuales
-se hallaba aquella espantosa población, á cuyo lado la más horrible
-soledad hubiera sido preferible. Dante no estaba mejor en medio del
-_Malebolge_[4].
-
-Pasan por delante de la _Malanotte_: los bravos que están á la puerta
-saludan respetuosamente al señor, y echan miradas furtivas á su
-compañero y á la litera. Ellos no sabían qué pensar: ya la partida del
-Incógnito solo al amanecer tenía algo de extraordinario; la vuelta
-no lo era menos. ¿Era acaso una presa que conducía? ¿y cómo la había
-hecho por sí solo? ¿y de quién podía ser aquella librea? Miraban,
-miraban, pero nadie se movía, porque ésta era la orden que el amo les
-significaba con su aire y sus miradas.
-
-Emprenden la subida; llegan por fin á lo alto. Los bravos que se
-hallaban en la explanada, y en la puerta, se retiran á un lado y á
-otro con el objeto de dejar el paso libre: el Incógnito les manifiesta,
-por medio de una seña, que no se muevan; espolea á su cabalgadura, y
-pasa delante de la litera; indica al conductor y á D. Abundio que le
-sigan; entra primeramente en un patio, luego en otro; se dirige á una
-pequeña puerta; detiene por medio de un gesto á un bravo que acudía
-á tenerle el estribo, y le dice: “Quédate aquí y no dejes pasar á
-nadie”. Se apea, ata con precipitación la mula á una reja, se dirige á
-la litera, se acerca á la dama que había descorrido las cortinillas,
-y le dice en voz baja: “Consoladla pronto; hacedle comprender que
-está libre, en poder de amigos; Dios os lo pagará”. Después, manda al
-conductor que abra; luego se aproxima á D. Abundio, y con un semblante
-tan sereno como éste no le había visto todavía, ni creía que pudiese
-tenerlo nunca, en el cual se pintaba la alegría que experimentaba, de
-ver tocar á su fin la buena obra que iba á consumar, le dice también
-en voz baja: “Señor cura, no pido que perdonéis la incomodidad que se
-os ha causado por mi causa; vos lo hacéis por aquel que recompensa
-largamente, y por esa desgraciada”. Esto dicho, cogió con una mano el
-morro de la cabalgadura de D. Abundio, y con la otra el estribo, y lo
-ayudó para que se apease.
-
-Aquel rostro, aquellas palabras y aquel ademán, le habían dado la
-vida. Lanzó un suspiro que una hora hacía giraba dentro de su pecho
-sin poder hallar salida; se inclinó ante el Incógnito, y le contestó
-en voz muy baja: “¿Vuestra señoría se burla? ¡Pero, pero, pero!...”,
-y aceptando la mano que se le ofrecía de una manera tan cortés, se
-deslizó como pudo de su mula. El Incógnito la ató también, y habiendo
-dicho al conductor que se quedase allí esperando, sacó una llave del
-bolsillo, abrió la puerta, hizo entrar al cura y á la dama, en seguida
-entró él, pasó delante, se encaminó hacia una escalerilla, y la subió
-en silencio, seguido de sus compañeros.
-
-
- NOTAS:
-
-[4] Así llama el Dante á su octavo círculo del infierno, en donde este
-inmortal poeta coloca á los fraudulentos. Aquellos de nuestros lectores
-á quienes sea familiar la lengua italiana, y hayan leído las célebres
-obras del sublime autor de la _Divina Comedia_, recordarán estos
-magníficos versos, con los cuales empieza el canto XVIII.
-
- Luogo è in inferno detto Malebolge
- Tutto di pietra e di color ferrigno
- Come la cerchia che d’intorno il volge &c.
-
- _N. del T._
-
-
-
-
- CAPÍTULO SEXTO
-
-
-Lucía se había levantado apenas, empleando poco tiempo en despertarse
-de hecho, separando las confusas visiones de sus sueños, de los
-recuerdos é imágenes de aquella realidad tan semejante al funesto
-delirio de un enfermo. La vieja se le acercó al instante, y con aquella
-voz forzadamente humilde, le dijo: “¡Ah!, ¿habéis dormido? Hubierais
-podido dormir en el lecho; bastantes veces os lo dije ayer noche”. Y no
-recibiendo contestación, continuó siempre de una manera forzada: “Tomad
-un bocado; tened juicio. ¡Uf! ¡Os vais á poner fea! Tenéis necesidad de
-comer. Y después, cuando vuelva, la va á tomar conmigo”.
-
---No, no; quiero marchar, quiero ir adonde está mi madre. El amo me lo
-ha prometido; ha dicho: mañana por la mañana. ¿En dónde está el amo?
-
---Ha salido; pero me ha dicho que volverá pronto y que hará todo lo que
-vos queráis.
-
---¿Ha dicho esto?, ¿lo ha dicho? ¡Bien! Quiero ir adonde está mi madre;
-en seguida, en seguida.
-
-De repente se oye un ruido de pisadas en la vecina estancia, y después
-llamar á la puerta. La vieja corre á ella y pregunta: “¿Quién es?”.
-
---Abre, le responde dulcemente una voz bien conocida.
-
-La vieja descorre el cerrojo, el Incógnito empuja suavemente la puerta,
-la entreabre, manda á la vieja que salga, introduce en el mismo
-instante á D. Abundio y á la buena dama, cierra de nuevo la puerta,
-permanece detrás de ella por la parte de afuera, y manda á la vieja á
-un extremo lejano del castillo, según había ya enviado también á la
-mujer que se hallaba fuera de guardia. Al primer punto de vista, todo
-este movimiento y la aparición de personas nuevas, causaron á Lucía
-mucho sobresalto y agitación; porque si su situación presente le era
-insoportable, todo cambio, sin embargo, era un motivo de sospecha y de
-nuevo espanto. Mira; ve á un sacerdote, á una dama; se tranquiliza un
-poco, y mira con más atención: ¿es ó no es él? Reconoce á D. Abundio y
-permanece con los ojos fijos como vencida por un encanto. La buena dama
-se acerca á ella, la saluda, la mira con ademán enternecido, coge sus
-dos manos, como para acariciarla y levantarla al mismo tiempo, y luego
-le dice: “¡Oh, pobrecita!, venid, venid con nosotros!”.
-
---¿Quién sois, pregunta Lucía?, mas sin aguardar respuesta se vuelve
-hacia D. Abundio, el cual permanecía de pie, con aire compungido, á dos
-pasos de distancia; lo mira fijamente de nuevo, y exclama: ¡Vos!, ¿sois
-vos, señor cura? ¿En dónde estamos? ¡Oh, cuán desgraciada soy, estoy
-fuera de mí!
-
---No, no, repuso D. Abundio: soy yo en efecto; tened ánimo. Mirad;
-estamos aquí para llevaros: soy vuestro propio cura, habiendo venido
-aquí expresamente, á caballo...
-
-Lucía, como si hubiese recobrado en un instante todas sus fuerzas, se
-enderezó precipitadamente, después fijó aún su mirada sobre aquellos
-dos rostros, y dijo: “¿Es, pues, la Madonna la que os ha enviado?”.
-
---Creo que sí, dijo la buena dama.
-
---Mas, ¿podemos marchar, podemos marchar ya de veras?, replicó Lucía
-bajando la voz y con aire tímido é indeciso. ¿Y toda esa gente?...
-prosiguió, con los labios contraídos y trémulos de espanto y horror: ¿y
-ese señor... ese hombre?... Él me lo había prometido.
-
---Aquí está también, el cual ha venido á propósito con nosotros, dijo
-D. Abundio, y espera fuera. Marchemos pronto; no hagamos esperar á
-semejante sujeto.
-
-Entonces, aquel de quien se hablaba, empujó la puerta y se dejó ver.
-Lucía, que poco antes lo deseaba, no teniendo otra esperanza en el
-mundo; ahora, después de haber visto y oído aquellas voces amigas no
-pudo reprimir un súbito terror; se estremeció, contuvo su respiración,
-se arrimó á la buena dama, y ocultó su semblante en el seno de ésta. Al
-aspecto de aquella joven inocente, sobre la cual ya la noche precedente
-no había podido fijar su vista, al aspecto de aquella desgraciada que
-una larga abstinencia y prolongados sufrimientos habían vuelto pálida,
-abatida, inconsolable, se detuvo. Al ver luego aquel movimiento de
-terror, bajó los ojos, permaneció todavía un momento inmóvil y mudo;
-después, respondiendo á lo que la pobre niña no había dicho: “Es
-verdad, exclamó, ¡perdonadme!”.
-
---Viene á libertaros, ya no es el mismo hombre; se ha hecho bueno. ¿Ois
-cómo os pide perdón?, decía la buena dama al oído de Lucía.
-
---¿Se puede decir más? ¡Vamos!, levantad la cabeza, no seáis niña; que
-podamos partir al instante, le decía D. Abundio.
-
-Lucía levantó la cabeza, miró al Incógnito, y al ver aquella frente
-baja, aquella mirada confusa y aterrada, presa de un sentimiento
-mezclado de esperanza, de reconocimiento y de piedad, dijo: “¡Oh,
-monseñor, que Dios os recompense vuestra misericordia!”.
-
---Y á vos, cien veces, el bien que me hacéis con estas palabras.
-
-Diciendo esto, dió una media vuelta, se encaminó hacia la puerta, y
-salió el primero. Lucía, enteramente reanimada, con la dama que le
-daba el brazo, le siguieron: D. Abundio cerraba la marcha. Bajaron la
-escalera y llegaron á la pequeña puerta que daba al patio. El Incógnito
-la abrió de par en par, se dirigió á la litera, abrió la portezuela, y
-con una especie de cortesía llena de timidez (dos cosas nuevas en él)
-sosteniendo del brazo á Lucía, la ayudó á entrar, y después también
-á la que debía acompañarla. Enseguida tomó la mula de D. Abundio, é
-igualmente le ayudó á montar.
-
---¡Oh, qué complacencia!, dijo éste: y montó mucho más ligero que lo
-había hecho la primera vez. La comitiva se puso en camino, después
-que el Incógnito hubo también montado á caballo. Su cabeza estaba
-levantada; su mirada había vuelto á tomar la ordinaria expresión
-de mando. Los bravos que encontraba descubrían perfectamente en su
-rostro las señales de un vigoroso pensamiento, de una preocupación
-extraordinaria; mas no comprendían, no podían ir más allá. En el
-castillo nada sabían aún del gran cambio que se había verificado en el
-corazón de aquel hombre, y ciertamente ninguno de ellos hubiera podido
-llegar á conseguirlo sólo por conjeturas.
-
-La buena dama se había apresurado á correr las cortinillas de la
-litera: en seguida cogió afectuosamente las manos de Lucía, y se
-puso á reanimarla por medio de palabras de piedad, de felicitación y
-de ternura. Viendo luego cómo, además de la fatiga de tantas penas
-sufridas, la confusión y la oscuridad de los sucesos, impedían á la
-pobrecita el que experimentara plenamente el contento de su libertad,
-le dijo todo lo que pudo hallar de más apto para distraerla, y para
-aclarar sus pensamientos le nombró el pueblo adonde iban.
-
---¡Sí!, dijo Lucía, la cual sabía que dicho pueblo estaba á poca
-distancia del suyo. ¡Ah, Madonna Santísima, os doy mil y mil gracias!
-¡Madre mía, madre mía!
-
---Nosotros la enviaremos en seguida á buscar, dijo la buena dama, la
-cual no sabía que la cosa estaba ya hecha.
-
---Sí, sí, Dios os lo recompensará... ¿Y vos quién sois?, ¿cómo habéis
-venido?...
-
---Nuestro cura me ha enviado, dijo la dama; porque este señor, á
-quien Dios ha tocado el corazón (bendito sea él), ha venido á nuestra
-población con el objeto de hablar al señor cardenal arzobispo, que ha
-ido á visitarnos. Se ha arrepentido de sus horribles pecados, y quiere
-mudar de vida; habiendo dicho al cardenal que él había hecho robar á
-una pobre inocente, que sois vos, en connivencia con otro, que tampoco
-teme á Dios, y del cual el cura no me ha podido decir el nombre.
-
-Lucía alzó los ojos al cielo.
-
---Vos lo sabréis quizá, continuó la dama, bien. Ahora, pues, el señor
-cardenal ha pensado que tratándose de una joven, se requería una
-persona del mismo sexo para acompañarla, y ha dicho al párroco que la
-buscase: éste tan bondadoso ha venido á mí...
-
---¡Oh, el Señor recompense vuestra caridad!
-
---Figuraos, hija mía, que el señor cura me ha dicho que procurase
-tranquilizaros, que tratara de sacaros pronto de la inquietud en que
-estabais, y que os hiciese comprender cómo el Señor os ha salvado
-milagrosamente...
-
---¡Oh, sí!, bien milagrosamente; por intercesión de la Madonna.
-
---Me ha dicho igualmente que os animara y aconsejara á perdonar al que
-os ha causado el daño; á que estéis contenta por la misericordia que
-Dios ha usado con él, y al propio tiempo que roguéis por él mismo,
-porque además de que recibiréis vuestro merecido, sentiréis todavía más
-alivio en vuestro corazón.
-
-Lucía respondió por medio de una mirada que expresaba su asentimiento
-tan claramente como la hubieran podido hacer las palabras, y con una
-dulzura que éstas mismas no hubieran podido significar.
-
---¡Excelente joven!, exclamó la dama, y prosiguió: hallándose también
-vuestro cura párroco en nuestro pueblo (pues que han acudido tantos
-de todas las cercanías, que se podrían celebrar á un tiempo cuatro
-misas mayores), el señor cardenal ha juzgado conveniente el que nos
-acompañara, á pesar que de bien poco nos ha servido. Ya había yo
-oído decir que era un pobre hombre; mas en esta ocasión, he podido
-claramente ver que él estaba tan embarazado como un pollo en medio de
-la estopa.
-
---¿Y este?... preguntó Lucía; este hombre que se ha vuelto bueno...
-¿quién es?
-
---¡Cómo!, ¿no lo sabéis?, dijo la buena dama; y lo nombró.
-
---¡Oh, misericordia divina!, exclamó Lucía. ¡Cuántas veces había oído
-repetir aquel nombre, en más de una historia que, como en las de otro
-género, aparecía siempre el del _Ogro_[5]! Á la idea de haber estado
-en su terrible poder, y permanecer al presente bajo su custodia,
-al considerar un tan gran peligro, y una tan imprevista redención,
-contemplando quién era aquel hombre que había conocido tan feroz,
-y ahora tan conmovido y humilde, permanecía como estática, diciendo
-únicamente de vez en cuando: “¡Oh, misericordia!”.
-
---¡Es ciertamente una gran misericordia!, repetía la dama, es una
-dicha para medio mundo. ¡Al pensar cuánta gente tenía alarmada!, y al
-presente, según me ha dicho nuestro párroco... Y luego no hay más que
-mirarle la cara; ¡se ha vuelto enteramente un santo! Por otra parte, no
-hay más que ver su nuevo modo de portarse.
-
-El decir que esta buena dama no experimentaba mucha curiosidad de
-conocer un poco más distintamente la grande aventura en que ella
-representaba también su papel, sería faltar á la verdad. Pero es
-preciso decir en honor suyo, que sobrecogida de una piedad respetuosa
-hacia Lucía, calculando en cierto modo la gravedad y dignidad del
-encargo que se le había confiado, no pensó, sin embargo, en hacer
-ninguna pregunta indiscreta y ociosa; todas sus palabras, durante aquel
-corto viaje, fueron para dar valor á la pobre joven, manifestándole al
-propio tiempo el más vivo interés.
-
---¡Dios sabe desde cuándo no habréis tomado alimento!
-
---No recuerdo..., pero hace ya algún tiempo.
-
---¡Pobrecita! ¿Tendréis necesidad de restaurar vuestras fuerzas?
-
---Sí, respondió Lucía con voz apagada.
-
---En mi casa, á Dios gracias, encontraremos en seguida alguna cosa.
-Tened ánimo, que ya no estamos lejos.
-
-Después de esto, Lucía se dejó caer lánguidamente en el fondo de la
-litera, como adormecida, y entonces su compañera la dejó reposar.
-
-Con respecto á D. Abundio, la vuelta no le causaba tanto espanto como
-la ida pocas horas antes; pero con todo, no fué tampoco para él un
-viaje agradable. Desde que dejó de tener miedo, se sintió enteramente
-aliviado de un gran peso; mas bien pronto empezaron á nacer en su
-interior cien otros disgustos, lo mismo que cuando ha sido arrancado un
-corpulento árbol y el terreno queda por algún tiempo vacío y desnudo,
-pero luego se cubre de altas yerbas. Había llegado á hacerse más
-impresionable que antes; y tanto en el presente como en las ideas del
-porvenir, hallaba materia para atormentarse. Ahora sentía mucho más
-que á la ida la incomodidad de viajar de aquel modo, al cual no estaba
-acostumbrado; y sobre todo, esto le acontecía al principio, desde
-la bajada del castillo al fondo del valle. El conductor, estimulado
-por las señas del Incógnito, hacía ir á las mulas á buen paso; ambas
-cabalgaduras iban una detrás de otra con la mayor uniformidad; y de
-esto resultaba, que en ciertos parajes en que la pendiente era más
-rápida, el pobre D. Abundio, como si estuviese colocado sobre un
-resorte, se tambaleaba, se caía hacia delante, y para sostenerse se
-veía obligado á agarrarse al arzón de la silla, y no se atrevía, sin
-embargo, á pedir que fuesen más despacio, pues por otro lado hubiera
-querido salir de aquel territorio lo más pronto posible. Además de
-esto, en donde el camino colocado sobre una eminencia formaba un
-arrecife, la mula, según la costumbre de los animales de su raza,
-parecía que hacía propósito de salirse siempre de dicho arrecife,
-y de andar por la misma orilla. D. Abundio veía bajo de sí, casi
-perpendicularmente, un gran salto, ó como él pensaba, un precipicio.
-“¡También tú, decía interiormente al animal, tienes el maldito gusto
-de ir buscando los peligros, siendo el camino tan ancho!” Y tiraba
-la brida hacia el otro lado, pero inútilmente. De suerte que, como
-de ordinario, turbado por la cólera y el miedo, se dejaba conducir á
-la voluntad de otro. Los bravos no le causaban ya tanto terror, al
-presente que él sabía más claramente del modo que pensaba su amo. “Pero
-sin embargo, se decía, si la noticia de esta gran conversión se esparce
-por aquí, mientras nosotros permanecemos todavía, ¿quién sabe cómo lo
-tomarán esas gentes? ¿Quién es capaz de saber lo que podrá resultar?
-¿Y si llegasen á imaginar que yo he venido á hacer el misionero?
-¡Pobre de mí, me martirizarían!” El aire feroz del Incógnito no le
-inspiraba inquietud alguna. “Para tener á raya á aquellas fachas,
-decía, no hay necesidad de otra cosa más que el continente de éste,
-bien lo comprendo; ¿pero por qué es preciso que yo me encuentre siempre
-mezclado entre toda esta clase de gente?”.
-
-Mas basta ya de hablar acerca del miedo de D. Abundio. Llegaron al
-término de la pendiente, y finalmente salieron también del valle.
-La frente del Incógnito se fué serenando. D. Abundio mismo tomó un
-aire más natural; sacó la cabeza de entre sus hombros, en donde
-hasta entonces la había tenido como aprisionada; alargó los brazos
-y las piernas; se colocó mejor sobre la silla, lo cual le daba otro
-continente; respiró más á su placer y, con el ánimo más reposado, se
-puso á considerar otros peligros lejanos. “¿Qué dirá ese imbécil de D.
-Rodrigo? ¡Quedar de este modo con un palmo de narices, con la pérdida
-de sus esperanzas, y hecho el escarnio de todos! ¡Considerad si la
-píldora le parecerá amarga! Ahora es cuando se dará de veras al diablo.
-Lo único que al presente falta es que venga á emprenderla conmigo,
-sólo por haberme hallado metido en este desagradable asunto. Si él ha
-tenido antes de ahora valor de enviarme dos demonios con el objeto de
-amenazarme en medio de mi camino, ¿qué hará en la actualidad? Con su
-señoría ilustrísima no la podrá armar, porque es un pedazo mucho mayor
-que él, y se verá precisado á tascar el freno. Entretanto tendrá el
-veneno en el cuerpo, y querrá descargarlo sobre alguno. ¿Sabéis cómo se
-concluyen estos negocios? Los golpes siempre se dirigen bajos, y los
-andrajos al aire. Su señoría ilustrísima se ocupará, como es justo, de
-poner á Lucía en un lugar seguro; ese otro pobre diablo, mala cabeza,
-está fuera de tiro, y ha pasado ya la suya; de modo que el andrajo he
-llegado á ser yo. Después de tantas incomodidades, después de tantas
-agitaciones, ¿no sería una cosa bien cruel el que sin comerlo ni
-beberlo debiese pagar la pena? ¿Qué hará ahora su señoría ilustrísima
-para defenderme, después de haberme metido en danza? ¿Podrá impedir
-acaso el que ese hombre malvado no me juegue una tostada peor que
-la primera? ¡Y después tiene tantas cosas en su cabeza! ¡Está tan
-abrumado de negocios! ¿Cómo podrá atenderme? Éste es el motivo por el
-cual algunas veces las cosas quedan más embrolladas que antes. Los
-que hacen el bien lo hacen en todo: cuando han experimentado esta
-satisfacción, tienen bastante, y no quieren incomodarse á esperar todas
-sus consecuencias; pero los que tienen el gusto de hacer el mal ponen
-en ello más diligencia, lo siguen hasta el fin; no descansan un momento
-porque ellos tienen un cáncer que los devora. ¿Iré yo á decir que he
-venido por orden expresa de su señoría ilustrísima y no por mi propia
-voluntad? Parecería que quisiera formar partido con la maldad. ¡Oh,
-Dios mío! ¡Yo formar partido con la maldad; por las distracciones que
-me proporciona! ¡Vamos! Lo mejor será referir á Perpetua la cosa como
-es en sí, y dejársela publicar á su gusto. Con tal que á monseñor no le
-vengan deseos de hacer alguna cosa que llame la atención, alguna escena
-inútil y meterme también en ella. Á buena cuenta, apenas lleguemos,
-si ha salido de la iglesia iré á presentarle corriendo mis respetos,
-y si no dejo mis excusas, y me dirijo pian pianito á mi casa. Lucía
-está bien protegida; ninguna necesidad tiene de mí; y después de tantas
-incomodidades, bien puedo yo también pretender el ir á descansar. Y
-luego... ¡si monseñor tiene la curiosidad de saber toda la historia, y
-me es preciso darle cuenta del negocio del casamiento! ¡Es lo único que
-faltaba! ¡Y si va igualmente á visitar mi parroquia!... ¡Oh!, suceda
-lo que Dios quiera: no quiero confundirme antes de tiempo; bastantes
-cuidados pesan sobre mí. Por el momento voy á encerrarme en mi casa.
-Hasta que monseñor salga de este territorio, D. Rodrigo no tendrá
-deseos de hacer locuras, y después... ¿y después? ¡Ah!, ¡demasiado veo
-que pasaré mal mis últimos años!”
-
-La comitiva llegó antes de concluirse los divinos oficios: atravesó por
-entre aquella inmensa muchedumbre, no menos conmovida que la primera
-vez, y luego se dividió. Los dos jinetes dieron la vuelta hacia una
-plazoleta, en cuyo fondo se encontraba la casa del párroco; la litera
-siguió adelante con dirección á la de la dama.
-
-D. Abundio hizo lo que había pensado: apenas se hubo desmontado,
-cumplimentó del modo más expansivo al Incógnito, y le suplicó que le
-hiciese el obsequio de excusarle con el cardenal, pues debía volverse
-á su parroquia en derechura para atender á negocios urgentes. Fué á
-buscar lo que él llamaba su caballo, y que no era otra cosa más que
-el bastón que había dejado en un rincón de la estancia, después de lo
-cual se puso en camino. El Incógnito estuvo aguardando que el cardenal
-volviese de la iglesia.
-
-La buena dama, habiendo hecho sentar á Lucía en el mejor sitio de su
-cocina, se apresuró á disponer algo que comer para reparar sus débiles
-fuerzas. Ella rechazaba con cierta amable aspereza las gracias y
-reiteradas excusas que la joven no cesaba de prodigarla.
-
-Con la mayor prontitud colocó algunas ramas secas bajo una pequeña
-marmita que había puesto en el hogar, en donde nadaba un buen capón.
-Dejó hervir por espacio de algún tiempo todo lo que aquélla contenía, y
-llenando luego una gran taza, dentro de la cual había cortado algunas
-rebanadas de pan, por último se la presentó á Lucía. Al ver á la
-pobre niña que reparaba sus fuerzas á cada cucharada, se felicitaba
-en voz alta á sí misma de que la cosa hubiese sucedido en un día, en
-el cual según su expresión, el gato no estaba en el hogar. “Éste es
-un día de fiesta para todo el mundo”, añadió la dama, “excepto para
-los desgraciados que tienen la aflicción de comer pan de algarroba y
-_polenta_ de maíz. Sin embargo, ellos esperan hoy recibir alguna cosa
-de un señor caritativo: en cuanto á nosotras, á Dios gracias, no nos
-hallamos en este caso: entre el oficio de mi marido, y alguna cosilla
-que tenemos al sol, vamos pasando. Comed, pues, con apetito, y en el
-entretanto esperaremos á que el capón se cueza, y así podréis recobrar
-un poco mejor vuestras fuerzas”. Así diciendo, volvió á cuidar de la
-comida y á preparar la mesa.
-
-Lucía, después de haberse restaurado un poco, y sintiendo volver la
-tranquilidad á su alma, trató de reparar el desorden de su vestido,
-por una costumbre, por un instinto de curiosidad y de pudor. Trenzaba
-y arreglaba sus largos cabellos en desorden; ajustaba su pañuelo
-sobre el seno y alrededor de su cuello. Al hacer esta operación, sus
-dedos se enredaron en el rosario que llevaba suspendido, y que tanto
-le había servido la noche antes: fijó en él sus miradas, y se turbó
-instantáneamente. El recuerdo del voto que había hecho, ese recuerdo
-hasta entonces olvidado por tantas sensaciones dolorosas, se presentó
-de improviso clara y distintamente á su imaginación. En este momento,
-todas las potencias de su ánimo, apenas despiertas, fueron vencidas
-de nuevo en un solo instante; y si su alma no hubiese estado tan
-preparada por una vida llena enteramente de inocencia, de resignación
-y de confianza, la consternación que experimentó en aquel momento la
-habría llevado hasta la desesperación. Después del primer tumulto de
-aquellos pensamientos, demasiado confusos para venir á la imaginación
-con palabras, las primeras que se formaron fueron éstas: “¡Oh, infeliz
-de mí, qué es lo que he hecho!” Pero apenas las hubo concebido, cuando
-se sintió sobrecogida de cierta especie de terror. Agrupáronse en su
-mente todas las circunstancias del voto; sus mortales angustias, el
-estar sin esperanza alguna de socorro humano, el fervor de su súplica,
-la plenitud de sentimiento con la cual su promesa había sido hecha: el
-arrepentirse de ésta, después de haber obtenido la gracia que había
-implorado, le pareció una ingratitud sacrílega, una perfidia hacia Dios
-y á la santa Virgen: juzgó que semejante infidelidad le atraería nuevas
-y más terribles desventuras, en las cuales nada podía esperar, ni aun
-podría tener el auxilio de la súplica: y por lo tanto se apresuró á
-echarse en cara aquel arrepentimiento voluntario. Se quitó devotamente
-el rosario del cuello, y sosteniéndolo con mano trémula, confirmó,
-renovó su voto, pidiendo al mismo tiempo con súplica ferviente que
-el cielo le concediese la fuerza necesaria para cumplirlo; que éste
-arrojase lejos de ella los pensamientos y las ocasiones, las cuales
-hubieran podido, si no variar su ánimo, agitarlo á lo menos demasiado.
-
-El alejamiento en que estaba Renzo, sin ninguna probabilidad de que
-volviera; este alejamiento que hasta entonces le había parecido tan
-amargo, al presente se le figuraba que era una disposición de la
-divina Providencia, que había hecho coincidir dos sucesos para llegar
-á un solo fin, esforzándose la desventurada en encontrar en el uno
-una razón para consolarse del otro. Detrás de este pensamiento, se le
-figuraba igualmente que la misma Providencia, para consumar la obra,
-sabría hallar el modo de hacer que Renzo también se resignase, que no
-pensara más... Pero apenas semejante idea se le hubo presentado á su
-imaginación, cuando se levantó en ella una gran confusión. Sintiendo
-que su corazón la llevaba involuntariamente á arrepentirse de lo que
-había hecho, volvió de nuevo á recurrir á la súplica, al combate,
-saliendo como un vencedor (si me es permitido hacer esta comparación);
-como un vencedor, repito, herido y abrumado de fatiga que se levanta de
-encima de su enemigo.
-
-De repente se oye á lo lejos un ruido de pisadas y de gritos de
-alegría: era la familia de la dama que volvía de la iglesia. Dos
-pequeñas niñas y un niño, entraron gritando: se pararon un momento
-para echar una curiosa mirada sobre Lucía, y después corrieron
-presurosos hacia la mamá, agrupándose á su alrededor. Uno le pregunta
-el nombre de aquella huéspeda desconocida, y el por qué se hallaba
-allí: otro quiere contarle las maravillas que había visto: la buena
-dama respondió á unos y á otros con un: “Vamos, quietos, silencio”. El
-amo de la casa entró en seguida con paso más sosegado, pero pintado en
-su semblante una expansiva alegría. Éste era, si no lo hemos dicho ya
-antes, el sastre de la población y de todas las cercanías, hombre que
-sabía leer, que había leído efectivamente más de una vez la _Leyenda de
-los Santos_ y los _Reales de Francia_, y pasaba en el territorio por un
-hombre de talento y de ciencia, alabanzas todas que rechazaba con mucha
-modestia, diciendo únicamente que había equivocado su vocación, y que
-si hubiese estudiado en lugar de tantos otros... Aparte de esto, era
-un hombre de la mejor pasta del mundo. Se hallaba presente cuando el
-párroco había suplicado á su mujer el emprender aquel viaje caritativo;
-y no sólo lo había aprobado, sino que también hubiera añadido sus
-persuasiones, si hubiera sido necesario. Al presente, que la función,
-el aparato, el concurso, y sobre todo el sermón del cardenal habían,
-como se dice vulgarmente, exaltado todos sus buenos sentimientos,
-volvía á su casa con la expectativa, con el deseo ansioso de saber qué
-es lo que había pasado, y de ver si se había salvado la pobre inocente.
-
---Miradla, le dijo, al entrar, la buena dama, señalando á Lucía. Ésta
-se levantó ruborizándose, y empezó á balbucear algunas excusas; pero
-él se aproximó á la joven, no sin grandes demostraciones de alegría, y
-exclamó: “¡Bien venida, bien venida! Vos sois la bendición del cielo en
-esta casa. ¡Cuán contento estoy de veros aquí! Bien seguro estaba yo
-que llegaríais á buen puerto, porque jamás he visto que el Señor haya
-empezado un milagro sin concluirlo perfectamente; pero ¡cuán contento,
-repito, estoy de veros aquí! ¡Pobre niña! ¡Mas sin embargo, es una cosa
-grande el haber sido objeto de un milagro!”.
-
-No se crea que él solo calificase de milagro aquel acontecimiento,
-porque hayamos dicho que había leído la _Leyenda_; por todo el pueblo y
-por todos los alrededores no se habló en otros términos mientras duró
-su memoria. Y á decir verdad, con las añadiduras que le pusieron, no le
-podía convenir otro nombre.
-
-Se acercó en seguida poco á poco á su mujer, que desataba la marmita
-de la cadena, que la tenía suspendida sobre el fuego, y le dijo en voz
-baja:
-
---¿Ha ido todo bien?
-
---Perfectamente, ya te lo contaré más tarde.
-
---Sí, sí, con comodidad.
-
-Cuando estuvo puesta la mesa, la dueña fué á buscar á Lucía, y la
-acompañó hasta su asiento; cortó una ala del capón, y se la sirvió;
-sentáronse también los dos esposos, y ambos exhortaron á su huéspeda,
-abatida y vergonzosa, á que tuviese valor y comiese. El sastre empezó,
-á los primeros bocados, á discurrir con gran énfasis, en medio de
-las interrupciones de los niños, que comían alrededor de la mesa,
-y que habían visto cosas demasiado extraordinarias, para limitarse
-largo tiempo al solo papel de oyentes. Aquél describía las solemnes
-ceremonias, luego saltaba á hablar de la conversión milagrosa. Pero lo
-que le había hecho más impresión, y lo que repetía más, era el sermón
-del cardenal.
-
---Al ver ante el altar, decía, un señor de aquella especie, lo mismo
-que un simple párroco...
-
---¿Y aquella cosa de oro que llevaba en la cabeza?... decía una de las
-niñas.
-
---Cállate; al pensar, repito, que un señor de esa especie, una persona
-tan sabia, que según dicen ha leído todos los libros del mundo,
-circunstancia que no se ha visto en ningún otro hombre, ni aun en
-el mismo Milán; al pensar que ha sabido adaptarse á decir aquellas
-hermosas cosas, de manera que todos las hayan comprendido...
-
---Yo también las he comprendido, dijo la otra niña.
-
---Cállate; ¿qué es lo que has de haber tú comprendido?
-
---He comprendido que explicaba el Evangelio en lugar del señor cura.
-
---¡Silencio! No digo que se haya hecho comprender solamente de aquellos
-que saben algo, porque en este caso están obligados á comprenderle,
-sino también de los que tienen la cabeza más dura, los más ignorantes,
-seguían el hilo de su discurso. ¡Id ahora á preguntarles si sabrían
-repetir las palabras que decía! ¡Oh! sí; no las podrán expresar, pero
-el sentido de ellas, lo tienen aquí; y se golpeaba la frente con la
-palma de la mano. ¡Y cómo se comprendía que hablaba del consabido señor
-sin tener necesidad de pronunciar su nombre! Y además, para estar
-uno al cabo del asunto, hubiera bastado el ver las lágrimas que se
-desprendían de sus ojos; y entonces toda la gente se ponía también á
-llorar...
-
---Justamente es la verdad, exclamó el niño, interrumpiendo al orador;
-¿mas por qué lloraban todos como si fuesen criaturas?
-
---¿Quieres callar? Y no se diga, sin embargo, que en el pueblo no hay
-corazones bien duros. Como iba diciendo, monseñor nos ha hecho ver
-claramente, que aunque hay carestía, es preciso dar gracias á Dios, y
-estar contentos; hacer lo que se pueda, ingeniarse, ayudarse, y después
-alegrarse; porque la desgracia no consiste en padecer y ser pobres;
-está también en obrar mal. Y esto no son palabras vanas; pues, no se
-ignora que él vive también como un pobre, que se quita el pan de la
-boca para dárselo á los desgraciados, cuando podría darse una vida
-mejor de la que tiene. ¡Oh, qué placer experimenta uno al oirlo hablar!
-No es como tantos otros que dicen: haced lo que os digo y no lo que yo
-hago; y luego, nos ha manifestado con la mayor precisión, que aun los
-que no son señores, y que no obstante tienen más de lo necesario, están
-obligados á hacer partícipes á los que padecen.
-
-En esto interrumpió de improviso su discurso, como atormentado por una
-idea. Se detuvo un momento; en seguida llenó un plato de los manjares
-que había sobre la mesa, añadió un pan, colocó dicho plato dentro de
-una servilleta, y habiéndola tomado por las cuatro puntas, dijo á la
-mayor de sus niñas: “cógela así”. Le puso en la otra mano una botella
-de vino, y prosiguió: “Ve á casa de María la viuda; déjale esto, y
-dile que es para que se regale un poco con sus niños. Pero mira; ten
-cuidado cómo lo haces, no vayas á dárselo como si fuera á hacérsele una
-limosna: que no se te escape una sola palabra si encuentras á alguien;
-y, por último, ten cuidado de que nada se rompa”.
-
-Lucía se conmovió hasta el punto de derramar lágrimas, y sintió en su
-alma un enternecimiento que la distrajo de su dolor. Ya el discurso
-anterior de aquel hombre honrado le había causado un alivio, que las
-palabras de consuelo, más dulces, más directas, no le hubieran podido
-procurar. Su espíritu, cediendo al atractivo de aquellas descripciones
-de pompas augustas, de aquellas emociones de piedad y admiración,
-sobrecogido por el mismo entusiasmo del narrador, alejaba de sí sus
-dolorosos pensamientos, y cuando volvían, se encontraba más fuerte
-contra ellos. La idea misma de su sacrificio, sin haber perdido su
-amargura, experimentaba una cierta alegría austera y solemne.
-
-Poco después entró el cura del pueblo, y dijo que el cardenal le
-enviaba á informarse de Lucía, y para advertirla que monseñor quería
-verla aquel mismo día; en seguida dió las gracias en su nombre al
-sastre y á su mujer. Éstos y aquélla, conmovidos y turbados, no
-hallaban palabras para contestar á las demostraciones de semejante
-personaje. “¿Y vuestra madre no ha llegado todavía?”, preguntó el cura
-á Lucía.
-
---¡Mi madre!, exclamó ésta. Diciéndole luego el cura cómo había sido
-mandada á buscar por orden del arzobispo, se puso el delantal en
-los ojos, y prorrumpió en un copioso llanto, que duró mucho tiempo
-después de haberse marchado el eclesiástico. Cuando los sentimientos
-tumultuosos que se habían suscitado en su alma, á aquel anuncio,
-empezaron á dar lugar á ideas más tranquilas, la infeliz joven se
-acordó que la alegría entonces tan próxima de volver á ver á su madre,
-contento tan inesperado pocas horas antes, lo había también implorado
-expresamente en aquellas horas terribles, y lo había puesto casi como
-una condición á su voto. _Hacedme volver sana y salva al lado de mi
-madre_, había dicho; y estas palabras aparecieron distintamente á su
-memoria. Se confirmó más que nunca en el propósito de mantener su
-promesa, y se reprochó de nuevo y muy amargamente aquel _¡infeliz de
-mí!_ que se había escapado de su interior en los primeros momentos.
-
-Efectivamente, cuando hablaron de Inés, ésta se encontraba ya muy
-cerca. Es fácil imaginar cómo se quedaría la pobre mujer á una
-invitación tan poco esperada, y á la noticia necesariamente truncada
-y confusa de un peligro, se podía decir, que ya había cesado, pero de
-un peligro espantoso, de una terrible aventura, que el mensajero no
-sabía referir ni explicar, y de la cual ella no tenía á qué agarrarse
-para explicársela por sí misma. Después de haber llevado las manos
-á su cabeza, después de haber exclamado muchas veces: “¡Ah, Señor,
-ah, Madonna!” después de haber hecho varias preguntas al mensajero,
-á las cuales éste no sabía qué responder, se lanzó furiosa y con
-precipitación en el carruaje, continuando, durante todo el camino,
-deshaciéndose en exclamaciones y preguntas inútiles. Mas al llegar á
-cierto paraje, se encontró de manos á boca con D. Abundio, que se
-adelantaba poco á poco, apoyado en su bastón. Después de un “¡oh!”
-proferido por ambas partes, D. Abundio se detuvo; Inés hizo parar el
-carruaje, y se bajó; luego, los dos se dirigieron hacia un castañar que
-se hallaba al lado del camino. D. Abundio le había participado todo
-lo que había podido saber y debido ver. La cosa no estaba tan clara
-todavía; pero á lo menos Inés se cercioró de que Lucía permanecía en
-seguridad, y respiró.
-
-En seguida, D. Abundio quiso entablar otra clase de conversación é
-instruirla largamente sobre la manera de gobernarse con el arzobispo,
-si éste, como era probable, deseaba hablar con ella y con su hija,
-diciéndole, principalmente, que no convenía hacerle mención del
-casamiento. Pero conociendo Inés que el buen hombre no iba más que á
-su propio interés, lo dejó plantado, sin prometerle nada, sin resolver
-nada tampoco, contestando solamente que tenía otras cosas en que
-pensar; después de lo cual se volvió á poner en camino.
-
-Finalmente, el carruaje llegó á su destino, y paró á la puerta de la
-casa del sastre. Lucía se levanta precipitadamente; Inés se apea;
-se precipita dentro de la expresada casa, y he aquí que se abrazan
-estrechamente una á otra. La mujer del sastre, que era la única que
-se hallaba presente, les dió ánimo, las tranquilizó, se regocijó con
-ellas; y después, siempre discreta, las dejó solas, diciendo que iba á
-disponer una cama; que podía hacerlo, sin incomodarse; pero que en todo
-caso, tanto su marido como ella, más bien hubieran querido dormir en
-el suelo, que permitir que fuesen á otra parte á buscar un asilo para
-aquella noche.
-
-Pasado el primer ímpetu de abrazos y sollozos, Inés quiso saber las
-aventuras de Lucía, y ésta se puso á contárselas con la mayor ansiedad;
-mas como el lector sabe, era una historia que nadie la conocía
-toda; y para la misma Lucía había partes sumamente oscuras, hechos
-inexplicables, y principalmente aquella fatal coincidencia de haberse
-encontrado con el terrible carruaje en medio de su camino, justamente
-cuando ella pasaba por una casualidad extraordinaria; sobre esto
-último, la madre y la hija hacían mil conjeturas, sin acertar nunca con
-la verdadera causa, ni siquiera aproximarse á ella.
-
-Con respecto al autor de la trama, ninguna de las dos podía dudar que
-no fuese D. Rodrigo.
-
---¡Ah, espíritu malo!, ¡tizón del infierno!, exclamaba Inés; pero ya
-le llegará su hora: el Señor se lo recompensará según sus méritos, y
-entonces él experimentará también...
-
---¡No, no, madre mía! la interrumpió Lucía; no deseéis ningún mal
-á él ni á nadie tampoco. ¡Si sabéis lo que es sufrir; si lo habéis
-experimentado! ¡No, no!, roguemos más bien por él á Dios y á la
-Madonna; que el Señor le toque el corazón como lo ha hecho con ese otro
-infeliz, que era mucho peor y ahora es un santo.
-
-El terror que causaba á Lucía el recordar aquellos hechos tan recientes
-y crueles, le hizo más de una vez titubear; más de una vez dijo que
-no tenía bastante valor para continuar, y después de muchas lágrimas
-y suspiros, volvió á tomar el uso de la palabra con el mayor pesar;
-pero un sentimiento contrario la hizo vacilar al llegar á cierto punto
-de su narración: cuando se trató del voto. El temor de que su madre
-la acusara de imprudente y precipitada, y que como había hecho en el
-asunto del casamiento, no le pusiera por delante aquella su tan larga
-regla de conciencia, y la quisiese hacer prevalecer, ó que la buena
-mujer le dijese en confianza á alguno, no por otra cosa más sino
-para que la iluminara y aconsejara, y llegase de este modo á hacerse
-público; al pensar esto solo Lucía percibía que sus mejillas se cubrían
-de un vivo carmín; añádase también cierta vergüenza que le causaba su
-misma madre, y una inexplicable repugnancia de hablar sobre la materia,
-fueron motivos todos que le hicieron ocultar aquella circunstancia
-importante, proponiéndose confiársela primeramente al padre Cristóbal.
-¡Mas cómo se quedó, cuando preguntando por él, supo que no estaba ya
-en Pescarenico; que había sido enviado á un pueblo muy lejano, á un
-pueblo que tenía cierto nombre!...
-
---¿Y Renzo?, dijo Inés.
-
---Está en salvo, ¿no es cierto?, replicó ávidamente Lucía.
-
---Sí, porque todos lo dicen; se asegura que se ha refugiado en el
-territorio de Bérgamo; pero el paraje verdadero nadie puede decirlo:
-hasta ahora no ha dado noticias de su persona; es indispensable que no
-haya hallado el medio de hacerlo.
-
---¡Ah, si está en salvo, gracias sean dadas al Señor!, dijo Lucía; y
-procuraba mudar de conversación, cuando ésta fué interrumpida por un
-suceso inesperado; tal fué la aparición del cardenal arzobispo.
-
-Éste, vuelto de la iglesia, donde lo habíamos dejado, habiendo
-sabido por el Incógnito la llegada de Lucía, fué á sentarse á la
-mesa, haciendo colocar á su derecha al señor, en medio de un círculo
-de sacerdotes que no podían saciarse de lanzar ojeadas sobre aquel
-semblante tan dulcificado sin debilidad, tan humillado sin bajeza, y de
-compararle con la idea que desde largo tiempo tenían de dicho personaje.
-
-Concluido el desayuno, el Incógnito y el cardenal se retiraron de nuevo
-juntamente. Después de un coloquio que duró más que el primero, el
-señor partió para su castillo, montado en la misma mula de la mañana.
-El cardenal hizo llamar al párroco, y le manifestó que deseaba ser
-conducido á la casa en donde Lucía se había refugiado.
-
---¡Oh, monseñor!, respondió éste, no os molestéis: haré avisar al
-momento á la joven para que venga, como también la madre, si es que ha
-llegado, y también los dueños de la casa si quiere monseñor; todos los
-que vuestra señoría ilustrísima guste.
-
---Deseo yo mismo ir á verlos, replicó Federico.
-
---Vuestra señoría ilustrísima no debe molestarse: enviaré á llamarlos
-en seguida; es cosa de un momento, insistió el párroco asaz oficioso é
-impertinente (por lo demás excelente sujeto); mas no comprendía que el
-cardenal quería con semejante visita rendir homenaje á la desgracia,
-á la inocencia, á la hospitalidad y á su propio ministerio á un mismo
-tiempo. Pero habiendo el superior expresado de nuevo sus deseos, el
-inferior se inclinó y se puso en marcha.
-
-Apenas los dos personajes pusieron el pie en la calle, cuando toda la
-gente se encaminó hacia ellos, acudiendo de todas partes, y rodeándoles
-de manera que llegaban á impedirles el paso. El párroco se esforzaba en
-decir: “vamos, atrás, retiraos; ¡más, más!”. Y Federico le replicaba:
-“dejadlos, dejadlos”, é iba avanzando, tan pronto alzando la mano para
-bendecir al pueblo, tan pronto bajándola para acariciar á los niños
-que embarazaban su marcha. De este modo llegaron á la casa, en la
-cual entraron: la multitud permaneció agrupada en la calle. El sastre
-se hallaba también entre la gente que había seguido al cardenal, el
-cual con los ojos fijos en éste y la boca abierta, iba mirándole sin
-saber adónde se dirigía. Al ver que el arzobispo entraba en su casa, se
-abrió paso, dejando á la consideración de los lectores el estrépito que
-movería, gritando sin cesar: “dejad pasar á quien debe”; y entró.
-
-Inés y Lucía oyeron en la calle un ruido que á cada paso se aumentaba:
-mientras pensaban lo que podría ser, vieron abrirse la puerta y
-aparecer el cardenal en compañía del párroco.
-
---¿Es aquélla?, preguntó el primero al segundo; y á una señal
-afirmativa se dirigió hacia Lucía, que estaba allí con la madre, ambas
-inmóviles y mudas de vergüenza y sorpresa. Pero el tono de aquella
-voz, el aspecto, el continente, y sobre todo las palabras de Federico,
-las tranquilizaron prontamente. “¡Pobre joven, dijo, Dios ha querido
-someteros á una gran prueba; mas os ha hecho ver que siempre tenía su
-vista fija sobre vos, y que no habíais sido olvidada! Él os ha puesto
-en salvo, y se ha servido de vos para consumar una grande obra, para
-manifestar su misericordia á un hombre, y para aliviar al propio tiempo
-á otros muchos”.
-
-En esto apareció en la estancia el ama de la casa, la cual, al ruido,
-se había asomado á la ventana, y habiendo visto quién entraba, bajó
-precipitadamente la escalera, después de haberse arreglado lo mejor
-que pudo. El sastre entró casi al mismo tiempo por otra puerta.
-Al ver trabada la conversación, fueron á reunirse á un rincón, en
-donde permanecieron con aire respetuoso. El cardenal, saludándolos
-cortésmente, continuó su plática con las mujeres, mezclando á sus
-consuelos algunas preguntas, para ver si en las respuestas podía hallar
-alguna coyuntura de hacer bien á quien tanto había padecido.
-
---Convendría que todos los sacerdotes fuesen como vuestra señoría,
-que tomasen algunas veces el partido de los pobres, y no les ayudasen
-á meterlos en medio de las mayores dificultades para ellos huir
-el cuerpo, dijo Inés, animada por el aire familiar y afectuoso de
-Federico, y encolerizada al pensar que el Sr. D. Abundio, después de
-sacrificar siempre á los demás, pretendiese también impedir una pequeña
-expansión de espíritu, la menor queja á los que eran superiores á él,
-cuando por una rara casualidad se presentaba una ocasión.
-
---Decid todo lo que pensáis, dijo el cardenal, hablad con libertad.
-
---Quiero decir, que si nuestro señor cura hubiese cumplido con su
-deber, las cosas no hubieran llegado á tal extremo.
-
-Mas haciéndole el cardenal nuevas instancias para que se explicara con
-mayor claridad, ella empezó á hallarse embarazada con tener que referir
-una historia en la que la misma tenía una parte que procuraba ocultar,
-especialmente á semejante personaje. Sin embargo, encontró el medio de
-arreglarla, con una pequeña variación: contó el concertado casamiento,
-la denegación de D. Abundio; no pasando en silencio el pretexto de
-los _superiores_ que él había puesto por delante (¡ah, Inés!) y pasó
-al atentado de D. Rodrigo, y cómo habiendo sido avisadas habían
-podido escapar. “Pero sí, añadió en conclusión, escapar para caer en
-otros lazos. Si en aquella ocasión, el señor cura hubiese hablado con
-sinceridad, y casado en seguida á mis pobres jóvenes, nos hubiéramos
-ido todos juntos secretamente, muy lejos, á un paraje que ni siquiera
-el aire lo hubiera sabido. Así es como se ha perdido el tiempo y ha
-sucedido lo que ha sucedido”.
-
---El señor cura me dará cuenta de este hecho, dijo el cardenal.
-
---No señor, no, replicó Inés prontamente: no lo he dicho por esto; no
-le reprendáis, porque ya lo que está hecho, hecho se queda; y además,
-que de nada sirve: es un hombre de este carácter; si el caso se
-presentase de nuevo, obraría del mismo modo.
-
-Pero Lucía, no satisfecha de aquel modo de referir la historia,
-añadió: “Nosotras también, nosotras también hemos obrado mal: se ha
-visto que la voluntad del Señor era que la cosa no tuviese buen éxito”.
-
---¿Qué mal habéis podido hacer, desgraciada joven?
-
-Lucía, á pesar de las señas que la madre le hacía á hurtadillas con los
-ojos, contó la aventura de la tentativa hecha en casa de D. Abundio, y
-concluyó diciendo: “Hemos obrado mal y Dios nos ha castigado”.
-
---Aceptad de su mano los padecimientos que habéis sufrido, y tened
-valor, dijo Federico; porque ¿quién tendrá razón de alegrarse y de
-esperar sino el que ha padecido y piensa en acusarse á sí mismo?
-
-Entonces preguntó en dónde se hallaba el prometido, y sabiendo por Inés
-(Lucía permanecía silenciosa, con la cabeza baja) que había huido del
-país, experimentó y manifestó admiración y desagrado, queriendo saber
-la causa que lo había motivado.
-
-Inés refirió lo mejor que le fué posible lo poco que sabía de las
-aventuras de Renzo.
-
---He oído hablar de ese joven, dijo el cardenal; ¿pero cómo permitís
-que un hombre que se halla comprometido en negocios de semejante
-especie trate de casarse con esta joven?
-
---Era un joven muy honrado, dijo Lucía ruborizándose, pero con voz
-segura.
-
---Era un muchacho pacífico hasta dejarlo de sobra, añadió Inés; y
-vuestra señoría puede preguntarlo á quien quiera, aunque sea al mismo
-señor cura. ¿Quién es capaz de saber las intrigas y enredos que le
-habrán armado por allá? Muy poca cosa se necesita para hacer pasar á
-los pobres por bribones.
-
---Es demasiado cierto, dijo el cardenal; yo me informaré: y habiéndose
-hecho decir el nombre y apellido del joven, lo apuntó en un librito
-de memorias. En seguida añadió que contaba marcharse á su país dentro
-de algunos días; que entonces Lucía podría ir allá sin temor, y que
-entretanto él se ocuparía de proporcionarle un asilo en donde pudiese
-estar con seguridad, hasta que todo se arreglase.
-
-Después se volvió á los dueños de la casa, que se adelantaron con
-prontitud; renovó las gracias que les había dirigido por medio del
-párroco, y les preguntó si querían conservar por pocos días á los
-huéspedes que Dios les había enviado.
-
---¡Oh!, sí señor, contestó el ama con un tono de voz y un aire que
-expresaban mucho más que aquella corta respuesta, medio ahogada por
-la timidez. Pero el marido, animado por la presencia de semejante
-personaje que se dignaba interrogarles, como igualmente del deseo de
-lucirse en una ocasión tan importante, estudiaba ansiosamente una
-bella contestación. Arrugó la frente, puso los ojos bizcos, apretó
-los labios, tendió con todas sus fuerzas el arco de la inteligencia,
-barrenó y sintió dentro de sí un choque de ideas, á las cuales faltaba
-algo, y de palabras truncadas; mas el tiempo apremiaba, y el cardenal
-demostraba ya haber interpretado su silencio. Entonces el buen hombre
-abrió la boca y dijo: “Figuraos...”. Nada más pudo venirle por el
-pronto. No sólo quedó avergonzado allí aquel día, sino que su recuerdo
-importuno agrió siempre el placer del grande honor que había recibido.
-¡Cuántas veces pensando en esta circunstancia, como para contrariarle,
-le vinieron á la imaginación una multitud de palabras, que todas
-hubieran valido más que su insulso “_¡figuraos!_”. Pero como dice un
-antiguo proverbio: á burro muerto, &c.
-
-El cardenal partió diciendo: “que la bendición del Señor sea sobre esta
-casa”.
-
-Por la tarde preguntó al cura cómo podría recompensarse de un modo
-conveniente á aquel hombre, que no debía ser rico, de una hospitalidad
-costosa, especialmente en aquellos tiempos. El párroco respondió que
-á la verdad, ni las ganancias de su profesión, ni la renta de algunos
-pequeños campos que el buen sastre poseía, hubieran sido suficientes
-aquel año para ponerlo en posición de ser liberal para con los demás;
-pero que habiendo economizado en los años anteriores, se encontraba
-al presente ser uno de los más acomodados del pueblo; que podía hacer
-algunos gastos sin que le causaran ninguna extorsión, y que ciertamente
-los haría con gusto, y que por otra parte tomaría como una ofensa el
-que se le hiciese aceptar recompensa alguna.
-
---Probablemente tendrá, dijo el cardenal, créditos contra gente que no
-pueda pagar.
-
---Ya puede figurárselo vuestra señoría ilustrísima: esas pobres gentes
-pagan con el sobrante de la recolección; en un año escaso nada sobra;
-al contrario, falta todavía lo necesario.
-
---Bueno; yo tomo á mi cargo todas esas deudas y vos os serviréis
-recoger de ellos la nota de las partidas, y las saldaréis.
-
---Compondrá una gran suma.
-
---Tanto mejor; y tendréis otros ranchos bastante necesitados, que no
-tendrán deudas, porque no habrá quién les preste.
-
---¡Oh, sí; hay muchos! Y sin embargo, se hace lo que se puede; pero,
-¿cómo atender á todos en unos tiempos tan calamitosos?
-
---Disponed que se les vista á mis expensas, y pagadlo bien.
-Verdaderamente este año, todo el dinero que se gaste en pan me parece
-robado; pero éste es un caso excepcional.
-
-No queremos, con todo, concluir la historia de aquel día, sin referir
-sucintamente cómo terminó la del Incógnito.
-
-Esta vez el ruido de su conversión le había precedido en el valle:
-se había esparcido prontamente, y había excitado una sorpresa, una
-ansiedad y una irritación difíciles de pintar. Á los primeros bravos
-ó servidores (que era igual) que encontraba, les hacía seña que le
-siguiesen: éstos caminaban detrás de él siendo presa de una nueva
-inquietud y con su acostumbrada obediencia; su séquito se aumentaba
-á cada instante. Llega por fin al castillo: indica á los que se
-encuentran á sus puertas que le sigan también; entran en el primer
-patio, se coloca en medio de él, y allí, afirmándose en sus estribos,
-lanza un grito atronador, siendo ésta la señal que usaba para que todos
-aquellos de los suyos, á quienes llegara dicho grito, se presentasen
-al instante. En seguida todos los que se hallaban esparcidos por el
-castillo se apresuraron á acudir á aquella voz terrible, y se reunieron
-al resto de la numerosa cuadrilla, fijando todas sus miradas sobre su
-señor.
-
---Id á esperarme al gran salón, dijo, y desde lo alto de su cabalgadura
-estaba viéndolos partir. En seguida se apeó, condujo por sí mismo la
-mula á la cuadra, y se encaminó hacia donde era esperado. El sordo
-murmullo que reinaba en el salón cesó á su aspecto; retiráronse todos á
-un ángulo, dejando un gran espacio vacío á su alrededor. Ellos serían
-unos treinta.
-
-El Incógnito levantó la mano como para mantener el silencio que su
-sola presencia había hecho nacer; alzó su cabeza, que sobresalía á
-todas las demás, y dijo: “Escuchadme todos, y nadie hable sin ser
-preguntado. ¡Hijos míos!, el camino por el cual hemos andado hasta
-hoy conduce al fondo del infierno. Esto no es un reproche que yo
-quiera haceros, yo que he sido el primero que he ido delante y os he
-sobrepujado en esta abominable carrera, yo el más culpable de todos;
-mas atended á lo que voy á deciros.
-
-“Dios en su misericordia me ha llamado á cambiar de vida; cambiaré, he
-cambiado ya: ¡plegue á este mismo Dios que haga otro tanto con todos
-vosotros! Sabed, pues, y tened por cierto, que estoy resuelto á morir
-antes que hacer nada más contra sus santas leyes. Retiro á cada uno
-de vosotros las órdenes criminales que tenéis de mí; ya me entendéis:
-así, os mando que nada hagáis de lo que yo os había prescrito; tened
-igualmente por cierto, que nadie podrá en adelante cometer ninguna
-maldad bajo mi protección ni á mi servicio. Los que quieran permanecer
-conmigo con estas condiciones, los consideraré como hijos míos; me
-contemplaré dichoso: en tiempo de hambre y de miseria compartiré el
-último pan que quede en mi casa con el último de vosotros. El que no
-quiera, se le dará el salario que se le debe, y además un regalo;
-éste podrá ir adonde desee; pero le advierto que no ponga los pies
-aquí, á no ser para mudar de vida, pues con este motivo será recibido
-con los brazos abiertos. Reflexionad esta noche sobre lo que os he
-dicho; mañana por la mañana os llamaré uno á uno, para que me deis la
-contestación, y entonces os daré nuevas órdenes. Por ahora, retiraos
-cada uno á vuestro puesto; y Dios, que ha usado conmigo de tanta
-misericordia, os inspire un buen pensamiento”.
-
-Cesó de hablar y todos guardaron el más profundo silencio: aunque
-fermentaron en sus cerebros ardientes una multitud de extrañas y
-tumultuosas ideas, ninguna, sin embargo, dejaron traslucir. Estaban
-habituados á escuchar la voz de su señor como la manifestación de una
-voluntad absoluta á la cual era preciso obedecer sin replicar; aquella
-voz anunciando que la voluntad se había cambiado, no daba indicio
-alguno de que estuviese aniquilada. Á ninguno de ellos le pasó, sin
-embargo, por la imaginación, que por haberse convertido, se pudiese
-atrever á replicarle, como á otro hombre cualquiera. Veían en él á
-un santo, pero uno de esos santos á los cuales pintan con la cabeza
-alta y la espada en la mano. Además del temor que inspiraba, tenían
-hacia él (sobre todo aquellos que habían nacido bajo su dominación,
-y que eran la mayor parte) una afección como de hombres ligados á su
-señor feudal. Su admiración tenía algo de cariño; y experimentaba á su
-vista ese respeto que los más rebeldes y petulantes tienen ante una
-superioridad que ya han reconocido. Las cosas, pues que habían oído
-pronunciar por aquella boca eran seguramente odiosas á sus oídos, pero
-no falsas ni enteramente extrañas á sus inteligencias. Si habían hecho
-mil veces burla, no era porque no tuvieran fe, sino para prevenir con
-la misma burla el miedo que les hubiera venido pensándolo seriamente.
-Al presente, al ver el efecto de este miedo en un valor tan indomable
-como el de su amo, no hubo ninguno que no lo experimentase, á lo menos
-por algún tiempo. Añádase á todo esto, aquellos que hallándose por
-la mañana fuera del valle, habían sido los primeros sabedores de la
-gran nueva y habían visto igualmente y también referido la alegría
-de toda la población, el amor y la veneración hacia el Incógnito que
-había sucedido de repente al antiguo odio y terror; de manera, que
-en el hombre que habían siempre mirado, por decirlo así, como un
-ser todopoderoso, aun cuando ellos mismos formaban en gran parte su
-fuerza, veían ahora que era la maravilla, el ídolo de la multitud; lo
-contemplaban que sobresalía á los otros de un modo muy diverso antes,
-pero no menos; siempre fuera de la esfera común, siempre á la cabeza.
-
-Estaban pues, todos aturdidos, inciertos unos de otros, y también de
-sí mismos. El uno buscaba en su imaginación en dónde podría encontrar
-un asilo y ocupación; el otro se preguntaba si podría doblegarse á
-aquel nuevo género de vida; éste, conmovido por aquellas palabras,
-experimentaba hacia el señor cierta inclinación; aquél, sin resolver
-nada, se proponía prometerlo todo á buena cuenta, tratando mientras de
-comer aquel pan ofrecido de tan buena gana y entonces tan escaso, é ir
-ganando tiempo. Ninguno resolló; y cuando el Incógnito al fin de su
-discurso alzó de nuevo aquella mano imperiosa para indicarles que se
-marcharan, dóciles como un rebaño de ovejas, tomaron todos el camino de
-la puerta. Él salió también detrás de ellos, y parándose en medio del
-patio, miró á la débil luz del crepúsculo cómo se separaban y cada uno
-se encaminaba á su puesto. Luego entró á coger su linterna, recorrió de
-nuevo los patios, los corredores, las salas, visitó todas las avenidas,
-y cuando vió que todo estaba tranquilo, se fué por último á dormir. Sí,
-á dormir, porque tenía sueño.
-
-Jamás, aun cuando siempre había ido en busca de negocios intrincados é
-intrigas, jamás, repito, se había visto tan abrumado como al presente;
-con todo, tenía sueño. Los remordimientos que le tuvieron desvelado
-la noche anterior, en vez de haberse calmado levantaban el grito más
-soberbios, más severos, más absolutos; y sin embargo, tenía sueño. El
-orden, la especie de gobierno establecido allí dentro por él tantos
-años hacía, á fuerza de tantos cuidados, con tan extraordinario
-acopio de audacia y perseverancia, ahora él mismo lo había puesto en
-todo su vigor con pocas palabras; la dependencia ilimitada de los
-suyos que estaban dispuestos á todo con la fidelidad de esclavos, con
-la cual estaba acostumbrado desde largo tiempo á descansar, ahora la
-había puesto á prueba; los medios de que se había valido, crearon una
-multitud de obstáculos: la confusión é incertidumbre estaba apoderada
-del castillo; no obstante, tenía sueño.
-
-Se encaminó, pues, á su cámara, entró en ella, se acercó á aquel lecho,
-el cual la noche antes había hallado tan espinoso, y se arrodilló cerca
-de él, con la intención de rezar. Encontró, en efecto, en un apartado
-y profundo rincón de su mente las oraciones que estaba acostumbrado
-á rezar cuando era niño; comenzó á recitarlas, y aquellas palabras
-detenidas allí tanto tiempo y juntamente revueltas, venían unas después
-de otras como si se deshiciesen. Experimentaba en esto una mezcla
-de sentimientos indefinibles, una cierta dulzura en aquella vuelta
-material á los hábitos de la inocencia, una sensación de dolor al
-pensar el grande abismo que mediaba entre aquel tiempo y el actual, un
-ardor de llegar por medio de obras expiatorias á adquirir una nueva
-conciencia, un estado más próximo á la virtud, á la cual no podía
-volver, un agradecimiento, una confianza en aquella misericordia que
-lo podía conducir á dicho estado, y que le había dado ya señales tan
-marcadas de quererlo. Después de haber rezado, se acostó, y quedóse
-dormido inmediatamente.
-
-Así terminó aquel día tan célebre aún cuando escribía nuestro anónimo;
-y que ahora, á no haber sido él, nada de particular se sabría, y á
-lo cual Ripamonti y Rivola, citados antes, no dicen más, que aquel
-tan célebre tirano, después de una entrevista con Federico, mudó
-maravillosamente de vida para siempre. ¿Y cuántos son los que han leído
-las obras de los dos expresados autores? Menos aún que los que leerán
-nuestro libro. ¿Y quién sabe, si en ese mismo valle, el que tenga
-deseos de buscarlo y la habilidad de encontrarlo, habrá quedado alguna
-débil y confusa tradición del hecho? ¡Han nacido tantas cosas desde
-aquel tiempo al presente!
-
-
- NOTAS:
-
-[5] Ogro: monstruo fabuloso que decían se comía las criaturas.
-
-
-
-
- CAPÍTULO SÉPTIMO
-
-
-El día siguiente en el pueblo de Lucía y en todo el territorio de
-Lecco, no se hablaba más que de ella, del Incógnito, del arzobispo y
-de otro sujeto, que aunque le gustase mucho que hablasen de él, en
-aquellas circunstancias lo hubiera perdonado de buena gana; queremos
-decir que éste era el Sr. D. Rodrigo.
-
-No se vaya á creer que antes de dicho día no se hubiese hablado de sus
-hechos; pero eran conversaciones truncadas y secretos; era preciso
-que los interlocutores se conociesen muy bien entre sí para entablar
-polémica sobre tal objeto, aún estaban lejos de hablar con el calor
-de que hubieran sido capaces; porque cuando los hombres no pueden,
-sin correr un gran peligro, abandonarse á su indignación, no sólo se
-manifiestan mucho menos, sino que también reprimen la que experimentan
-en su interior; pero sin embargo, no por esto dejan de sentir. ¿Quién
-podría hoy contenerse?, ¿quién dejaría de hablar sobre un suceso que
-había hecho tanto ruido, en el cual se veía claramente la mano de la
-Providencia, y en donde representaban un gran papel dos personajes
-semejantes? El uno, en el que el amor por la justicia tan valeroso se
-veía unido á tanta autoridad; el otro, al cual parecía que el poder
-en persona estaba humillado, que la bravería, por decirlo así, había
-venido á deponer las armas y á pedir la paz. Á tales comparaciones,
-el Sr. D. Rodrigo considerábase como un pigmeo. Entonces todo el
-mundo comprendía lo que había ideado para atormentar la inocencia,
-para deshonrarla, para perseguirla con una violencia tan atroz y con
-asechanzas tan abominables. Pasábase en aquella ocasión una revista á
-todas las demás proezas de dicho señor, y sobre todo las decían del
-mismo modo que las sentían, animados y encantados como estaban de
-hallarse todos de acuerdo; era un murmullo, un grito unánime, á lo
-lejos, sin embargo, porque si no había bravos, había esbirros.
-
-Una buena porción de esta pública animadversión tocaba también á sus
-colegas y amigos. No se perdonaba al señor podestá, siempre sordo,
-ciego, mudo, con respecto á las violencias de aquel tirano; pero
-no se hablaba de esto más que en voz baja, porque el podestá tenía
-igualmente sus esbirros. No usaban tantos miramientos tocante al doctor
-Azzecca-Garbugli, que no poseía más que mucha charlatanería y astucia,
-ni para con los demás pequeños colegas iguales suyos, á los cuales se
-les señalaba tanto con el dedo y se les miraba con tanta prevención,
-que juzgaron prudente el no dejarse ver en la calle por espacio de
-algún tiempo.
-
-D. Rodrigo, herido como de un rayo por aquella noticia imprevista, tan
-distante del aviso que esperaba de día en día y de momento en momento,
-se mantuvo encerrado en su palacio solo con sus bravos, devorando
-su rabia por espacio de dos largos días; mas al tercero partió para
-Milán. Si aquello no hubiese sido más que un sordo murmullo del
-pueblo, quizá, aunque la cosa hubiese pasado más adelante, se hubiera
-quedado expresamente para desafiarla, para buscar la ocasión de dar
-sobre alguno de los más ardientes una lección que sirviese para todos;
-pero lo que le obligó á marchar, fué el haber sabido de positivo
-que el cardenal iba hacia aquel lado. El conde su tío, el cual nada
-sabía de toda aquella historia sino lo que le había dicho Attilio,
-hubiera ciertamente exigido que en semejante circunstancia D. Rodrigo
-hiciera la primera visita al cardenal, y que obtuviese en público la
-acogida más distinguida: véase, pues, cómo aquél había dispuesto otra
-cosa. El conde lo hubiera pretendido y se habría hecho dar cuenta
-minuciosamente, porque ésta era una ocasión importante de hacer ver en
-qué estimación era tenida la familia por una autoridad tan eminente.
-Para escapar de un embarazo tan enojoso, D. Rodrigo, habiéndose
-levantado una mañana antes de salir el sol, se metió en un carruaje,
-acompañado del _Griso_ y algunos otros bravos que iban escoltándole; y
-dejando la orden de que el resto de la servidumbre siguiese después,
-partió como un fugitivo (permítasenos elevar á nuestros personajes por
-medio de alguna ilustre comparación), como Catalina de Roma, echando
-espumarajos de rabia y jurando volver bien pronto, de otro modo, para
-consumar su venganza.
-
-Entretanto el cardenal se adelantaba, visitando todos los días una de
-las parroquias situadas en el territorio de Lecco. El día que debía
-llegar á la de Lucía, una gran parte de los habitantes habían salido
-de sus casas para salirle al encuentro. Á la entrada de la población,
-precisamente al lado mismo de la casita de nuestras dos mujeres,
-había un arco triunfal construido de madera, cubierto de paja y de
-musgo, adornado de verdes ramos de boj y de acebo. La fachada de la
-iglesia estaba cubierta de tapices; de cada ventana pendían colchas
-y sábanas extendidas, fajas de niños colocadas á guisa de banderas;
-todo aquello, por último, que podía parecer necesario, bien ó mal,
-ó superfluo. Por la tarde, que era la hora en la cual se esperaba al
-cardenal, los que habían permanecido en las casas, los ancianos, las
-mujeres y los niños más pequeños, se pusieron también en marcha para ir
-á su encuentro, parte formados en fila, y parte en pelotón, precedidos
-por D. Abundio. El pobre cura estaba triste en medio de tanta alegría;
-el estrépito le aturdía; el movimiento de tanta gente discurriendo por
-todas partes le volvía loco, como él decía; y estaba atormentado por el
-temor secreto de que las mujeres lo hubieran charlado todo, por lo cual
-tuviese que rendir cuenta de su conducta en el negocio del casamiento.
-
-Finalmente, vese aparecer al cardenal, ó por mejor decir la turba
-en medio de la cual se encontraba en su litera, y el séquito que
-lo rodeaba. Apenas se le podía distinguir en medio de toda aquella
-cohorte, y únicamente se divisaba por sobresalir de todas las cabezas,
-un extremo de la cruz llevada por un capellán que cabalgaba en una
-mula. El pueblo que iba con D. Abundio, se apresuró á reunirse al
-grueso de la multitud; y éste, después de haber dicho tres ó cuatro
-veces: “Despacio, en fila, ¿qué hacéis?”, atravesó la calle sumamente
-incomodado y murmurando siempre: “Esto es una Babilonia, es una
-Babilonia”, entró en la iglesia que estaba desocupada, y se quedó allí
-aguardando.
-
-El cardenal avanzaba, dando bendiciones con la mano, y recibiéndolas
-de la boca del pueblo, que la gente de su séquito podía apenas
-contener, á pesar de todos sus esfuerzos. Como compatriotas de Lucía,
-los habitantes hubieran querido hacer al arzobispo las demostraciones
-más extraordinarias; pero la cosa no era fácil, porque había la
-costumbre de que á todas partes adonde llegaba hacían todo lo más
-que podían. Ya al principio de su pontificado, á su primera entrada
-solemne en la catedral, el numeroso concurso, la impetuosidad del
-pueblo que se agrupó á su alrededor había sido tal, que se temió por
-su vida, y algunos caballeros que se hallaban junto á él tuvieron que
-tirar de las espadas para amedrentar y apartar á la multitud. Había
-en las costumbres de aquel tiempo un cierto no sé qué de violento y
-desordenado, que aun para hacer demostraciones benévolas á un obispo
-en la iglesia, era preciso derramar sangre para contenerlas. Dicho
-antemural no habría sido suficiente, si dos sacerdotes dotados de gran
-vigor y de mucha presencia de ánimo, no le hubiesen levantado en brazos
-y llevado de este modo desde la puerta de la iglesia hasta el altar
-mayor. Desde aquel día, en todas las visitas episcopales que hizo, no
-puede menos de causar escándalo el referir su primera entrada en las
-iglesias en medio de sus trabajos pastorales y peligros que corrió más
-de una vez.
-
-Entró, pues, en ésta como pudo; se encaminó al altar, y desde allí,
-después de haber orado un momento, según su costumbre, dirigió un
-pequeño discurso á los asistentes, sobre su amor hacia ellos, respecto
-al deseo de su salvación, y el modo de prepararse para la ceremonia del
-día siguiente. Habiéndose retirado en seguida á casa del cura, entre
-otra multitud de cosas que habló con éste, tomó informes acerca de la
-conducta y cualidades de Renzo. D. Abundio dijo que era un joven un
-poco vivo de genio, testarudo y colérico. Pero tocante á las preguntas
-más precisas y especiales del cardenal, se vió obligado á decir que
-era un buen muchacho, y que no podía comprender cómo en Milán hubiese
-podido cometer todas aquellas locuras que habían dicho.
-
---En cuanto á la joven, repuso el cardenal, ¿os parece que pueda venir
-ya ahora con seguridad á habitar su casa?
-
---Por ahora, respondió D. Abundio, puede venir y permanecer como
-quiera; digo por ahora, pero... añadió en seguida, lanzando un suspiro:
-sería preciso que vuestra señoría ilustrísima estuviese siempre aquí ó
-á lo menos cerca.
-
---El Señor está siempre cerca, dijo el cardenal; además, yo procuraré
-ponerla en lugar seguro. Y dió orden inmediatamente que al día
-siguiente, muy temprano, fuese la litera con una escolta á buscar á las
-dos mujeres.
-
-D. Abundio salió sumamente contento de que el cardenal le hubiera
-hablado de los dos jóvenes, sin haberle pedido cuenta de su negativa
-en casarlos. “¿Conque él no sabe nada?, decía entre sí: ¿Inés se ha
-callado?, ¡qué milagro! Sin embargo, se volverán á ver; pero le daremos
-otras instrucciones; sí, se las daremos”. No sabía el pobre hombre que
-Federico no había querido entablar aquella conversación, justamente
-porque quería hablar más largamente y con más comodidad; y antes de
-darle lo que era debido quería oir también sus razones.
-
-Mas los cuidados del buen prelado para la seguridad de Lucía habían
-llegado á ser inútiles. Después que él la había dejado, sobrevinieron
-cosas que es indispensable referir.
-
-Las dos mujeres, en aquellos pocos días que tuvieron que pasar bajo
-el techo hospitalario del sastre, volvieron á tomar cuanto les fué
-posible su antiguo y habitual modo de vivir. Lucía había pedido en
-seguida alguna labor, y como hacía en el monasterio, pasaba todo el día
-cosiendo, retirada en una pequeña estancia, apartada de las miradas de
-los curiosos. Inés salía algunas veces, y trabajaba también un poco
-en compañía de su hija. Sus conversaciones eran tanto más tristes
-cuanto más afectuosas: ambas estaban dispuestas á separarse, ya que la
-oveja no podía volver á pacer junto á la guarida del lobo: ¿y cuándo,
-cuál sería el término de esta separación? El porvenir era oscuro,
-inexplicable para una de ellas principalmente. Inés, sin embargo de
-esto, no dejaba de entregarse interiormente á alegres conjeturas. “Al
-cabo y al fin”, decía, “si no ha sucedido nada de malo á Renzo, bien
-pronto nos dará noticias suyas; si ha encontrado que trabajar y el modo
-de establecerse; si ¿y cómo dudarlo? tiene su fe jurada á Lucía y sigue
-firme en su promesa, ¿por qué no se podría ir hacia donde él está?”
-Ella iba entreteniendo á su hija con tales esperanzas, y yo no podría
-decir si ésta experimentaba más pena escuchándolas que respondiendo á
-ellas. Había tenido siempre encerrado su gran secreto en su interior,
-y aunque la atormentase el disgusto de ocultar una cosa á tan buena
-madre, estaba, sin embargo, contenida como á su pesar, por la vergüenza
-y por mil diversos temores, según ya hemos dicho anteriormente, dejando
-pasar los días sin decir nada absolutamente. Sus proyectos eran bien
-diferentes de los de su madre, ó mejor diremos, no tenía ninguno;
-estaba enteramente abandonada á la Providencia. Trataba, pues, de hacer
-decaer ó desviar aquella conversación; decía en términos generales
-que ella no esperaba ni deseaba nada en el mundo; que no aspiraba más
-que el reunirse prontamente con su madre; más de una vez, el llanto
-ahogando su voz, venía oportunamente á cortarle la palabra.
-
---¿Sabes por qué esto te parece así?, decía Inés: porque tú has sufrido
-mucho, y te figuras que no es posible que pueda volver el bien. Pero
-deja hacer al Señor; y si... deja que se vea una vislumbre apenas de
-esperanza, y entonces me sabrás decir si no piensas ya en nada. Lucía
-abrazaba á su madre y lloraba.
-
-Además, entre ellas y sus patrones había nacido súbitamente una grande
-amistad; y efectivamente, ¿de dónde podía nacer ésta sino entre el
-bienhechor y los beneficiados, cuando los unos y los otros son personas
-de buenos sentimientos? Inés especialmente tenía con el ama de la casa
-bastante tela cortada para hablar. Luego el sastre las entretenía un
-poco con sus historias y sus discursos morales: á la comida, sobre
-todo, tenía siempre algo que contar acerca de la espada de Rolando ó de
-los Eremitas del desierto.
-
-Á algunas millas del pueblo habitaban dos personajes importantes, á
-saber: D. Ferrante y D.ª Prajedes. El apellido, según costumbre, yace
-bajo la pluma de nuestro anónimo. D.ª Prajedes era una dama de calidad,
-avanzada en años y muy inclinada á hacer bien; éste es seguramente
-el oficio más digno que el hombre puede ejercer en el mundo; pero
-el exceso puede ser también perjudicial, como sucede en todas las
-cosas. Para hacer el bien es preciso conocerlo, y al igual de todo lo
-demás, nosotros no podemos conocerlo más que al través de nuestras
-pasiones, por medio de nuestra razón, de nuestras ideas. D.ª Prajedes
-se gobernaba con sus ideas, según decía, como debe hacerse con los
-amigos; tenía muy pocas, pero estaba muy adherida á ellas. Entre esas
-pocas ideas se encontraban por desgracia muchas defectuosas y no eran
-las que menos quería. Sucedía de ahí, ó el proponerse por bien, lo cual
-efectivamente no lo era, ó tomar por medios, cosas que hacían más bien
-inclinarse al lado opuesto, ó el creer permitidas ciertas otras que
-no lo eran del todo, por una cierta suposición en confuso, que el que
-hace más de lo que debe puede dirigir según le plazca. Algunas veces
-concluía por no ver en un hecho lo que tenía de real ó lo que no había,
-y muchas otras cosas semejantes que pueden suceder y suceden á todo el
-mundo, sin exceptuar á los mejores; pero esto acontecía con frecuencia
-á D.ª Prajedes, y casi siempre á la vez.
-
-Al oir el gran suceso de Lucía y todo lo que en aquella ocasión se
-decía de la joven, le vino la curiosidad de verlas, enviando un
-carruaje con un viejo escudero para que le llevaran la madre y la hija.
-Ésta se encogía de hombros y rogaba al sastre que se había encargado
-del mensaje, que buscase el medio de excusarlas. Tantas veces como
-le habían pedido cierta clase de gentes que les proporcionase el
-trabar conocimiento con la joven del milagro, el sastre les había
-rendido voluntariamente semejante servicio; pero en esta ocasión la
-negativa le parecía una especie de rebelión. Hizo tantos gestos, tantas
-exclamaciones, dijo tantas cosas, y que no se acostumbraba así, y que
-era una gran casa, y que á los señores no se les dice que no, y que
-esto podía ser su suerte, y que la Sra. D.ª Prajedes, además de todo,
-era también una santa; tantas cosas en suma, que Lucía se vió obligada
-á ceder, tanto más cuanto que Inés confirmaba todas aquellas razones
-por otros tantos “seguramente, seguramente”.
-
-Llegadas á la presencia de la noble dama, ésta les hizo una magnífica
-acogida y las llenó de felicitaciones; interrogó, aconsejó, todo con
-cierta superioridad casi innata, pero corregida por tantas expresiones
-dulces y modestas, templada por tanto afecto, cubierta de tanta
-devoción, que Inés, casi en seguida, y Lucía pocos instantes después,
-empezaron á sentirse aliviadas del respeto tiránico que en un principio
-había impreso en ellas aquella activa presencia, encontrando luego
-cierto atractivo. Para resumir: D.ª Prajedes, oyendo que el cardenal
-se había encargado de buscar un asilo para Lucía, lanzada por el deseo
-de secundar y prevenir al mismo tiempo tan buena intención, ofreció
-el tener á la joven en su casa, en la cual, sin estar adicta á ningún
-servicio particular, podría, cuando gustase, ayudar á las demás
-mujeres en sus labores, añadiendo que avisaría y daría parte de ello á
-monseñor.
-
-Además del bien ordinario é inmediato que había en hacer semejante
-obra, D.ª Prajedes veía y se proponía otra, acaso mucho más
-considerable, según su parecer: ésta era curar un cerebro enfermo
-y guiar por una buena senda á una joven que tenía gran necesidad.
-Desde que había oído por la primera vez hablar de Lucía, se había de
-repente persuadido que una joven que había podido prometerse á un
-malvado, á un criminal, á uno que había escapado de la horca, tal
-como Renzo, debía estar un poco corrompida y ocultar algún vicio.
-_Dime con quién andas, y te diré quién eres._ La visita de Lucía la
-había confirmado en aquella persuasión. No era que en el fondo no le
-pareciese una buena joven, como se suele decir, pero había mucho que
-hablar. Aquella cabecita baja, aquella manía de no responder nunca ó de
-hacerlo con sumo trabajo y como por fuerza, podían indicar vergüenza,
-pero descubrían á golpe de vista mucha tenacidad. No se necesitaba un
-gran esfuerzo para augurar que aquella pequeña cabeza tenía sus ideas:
-y aquel ruborizarse á cada momento, aquellos largos suspiros... en
-seguida dos grandes ojos que no agradaban del todo á D.ª Prajedes.
-Tenía por cierto, como si lo hubiese sabido por buena parte, que todas
-las desgracias de Lucía eran un castigo del cielo por su amistad con
-aquel bribón, y un aviso de lo alto para que se separase enteramente.
-Esto supuesto, ella se proponía cooperar á un tan buen fin, porque
-así como decía á los demás y á sí misma, ¿todo su estudio no era acaso
-secundar la voluntad del cielo? Pero caía con frecuencia en el terrible
-error de tomar por el cielo los desvaríos de su cerebro. Sin embargo,
-ella se guardó bien de dar el más pequeño indicio de la segunda
-intención que hemos dicho. Una de sus principales máximas se reducía
-á que para conducir á su término un buen designio, lo primero era no
-darlo á conocer.
-
-La madre y la hija se miraron. Una vez admitida la necesidad de
-separarse, la oferta pareció á ambas aceptable, si no por otra cosa,
-á lo menos por estar aquella quinta muy próxima á su pueblo natal.
-Habiendo leído cada una en su rostro su mutuo asentimiento, se
-volvieron á D.ª Prajedes y aceptaron la proposición, manifestándole su
-agradecimiento. Ésta renovó los cumplidos y promesas, y dijo que al
-momento escribiría una carta á monseñor.
-
-Después de haber partido las dos mujeres, hizo extender la citada
-carta por D. Ferrante, del cual por ser literato, según haremos
-especial mención, se servía como de un secretario en las ocasiones
-de importancia. Como se trataba de un negocio de aquella especie,
-D. Ferrante hizo los mayores esfuerzos de ingenio, y al entregar la
-minuta á su esposa para que la copiase, le recomendó ardientemente
-la ortografía, que era una de las muchas cosas que había estudiado, y
-de las pocas sobre las cuales tenía mando en la casa. D.ª Prajedes se
-apresuró á copiar la carta y enviarla al sastre. Esto pasó dos ó tres
-días antes que el cardenal mandase la litera para conducir á nuestras
-mujeres á su pueblo.
-
-Luego que hubieron llegado, se apearon en la casa parroquial, en
-donde se hallaba el cardenal. Se había dado orden para introducirlas
-inmediatamente. El capellán, que fué el primero que las vió, se
-apresuró á obedecer, deteniéndolas únicamente sólo lo necesario para
-darles apresuradamente una pequeña lección tocante al ceremonial que
-era preciso usar con monseñor, y sobre los títulos que debían darle,
-cosa que tenía costumbre de hacer, siempre que podía, ocultándose del
-cardenal. Era para el pobre hombre un tormento continuo el ver el poco
-orden que reinaba en torno del cardenal sobre dicho particular: todo
-esto sucede, decía á los demás de la familia, por la demasiada bondad
-de ese hombre bienaventurado, por su gran familiaridad. Y refería
-haber escuchado, con sus propios oídos, que contestaban muchas veces á
-monseñor: sí, señor, y no, señor.
-
-En aquel momento el cardenal estaba conversando con D. Abundio sobre
-los asuntos de la parroquia, de modo que éste no tuvo ocasión de dar
-á su vez, según hubiera deseado, sus instrucciones á las dos mujeres:
-solamente al pasar junto á éstas, y mientras que él salía y ellas
-entraban, les pudo echar una ojeada, para darles á entender que estaba
-muy satisfecho de su comportamiento, y que continuasen como honradas y
-dignas mujeres guardando silencio.
-
-Después de la primera acogida por una parte, y los saludos por otra,
-Inés sacó de su seno la carta, la presentó al cardenal diciendo: es de
-la Sra. D.ª Prajedes, la cual dice que conoce mucho á vuestra señoría
-ilustrísima, monseñor, como naturalmente, entre los grandes señores,
-se deben conocer unos á otros. Cuando vuestra señoría la habrá leído,
-quedará enterado.
-
---¡Bien!, dijo Federico después de haberla leído y descubierto su
-sentido bajo el fárrago de flores de retórica de D. Ferrante. Conocía
-bastante aquella familia para estar seguro que Lucía había sido
-invitada con buena intención, y que con ella estaría al abrigo de las
-asechanzas y violencias de su perseguidor. Con respecto á la opinión
-que podía tener acerca de D.ª Prajedes, no sabemos nada de positivo.
-Probablemente no era la persona que hubiera elegido para semejante
-obra; pero así como hemos dicho, ó hemos dado á conocer en otro lugar,
-no tenía costumbre de deshacer las cosas que no le pertenecían, para
-procurar volver á hacerlas mejor.
-
---Aceptad aun sin pena esta separación, y la incertidumbre en que
-os encontráis, añadió en seguida: tened la esperanza que esto debe
-concluirse pronto y que el Señor quiere conducir las cosas al término
-que se ha propuesto; pero tened por cierto que todo lo que él quiera
-enviaros será para vuestro mayor bien. Dió después á Lucía, en
-particular, algún otro consuelo amistoso, como igualmente nuevos ánimos
-á ambas, les echó su bendición, y las dejó partir.
-
-Apenas hubieron puesto el pie en la calle, cuando se vieron rodeadas
-de un enjambre de amigos y amigas, todo el pueblo, en fin, que las
-aguardaba con impaciencia, y que las condujo como en triunfo hasta su
-casita. Todas las mujeres las felicitaban, se apiadaban de su suerte,
-las abrumaban con preguntas, y todas experimentaban el mayor desagrado
-al saber que Lucía marchaba al día siguiente. Los hombres se disputaban
-á porfía el ofrecerles sus servicios; cada uno quería permanecer
-aquella noche haciendo la guardia á la casita. Sobre este hecho,
-nuestro anónimo juzga conveniente poner aquí un pequeño proverbio:
-“Queréis tener muchos que os ayuden, procurad no tener necesidad de
-ellos”.
-
-Esta brillante acogida que confundía y turbaba á Lucía, no dejó
-interiormente de causarle algún bien, pues la vino á distraer un poco
-de las ideas y recuerdos que se ofrecían á su imaginación, en medio
-del tumulto mismo, en aquel umbral, en aquellas habitaciones tan
-conocidas, á la vista de cada objeto.
-
-Al sonido de la campana, que anunciaba la proximidad de la augusta
-ceremonia, todos se encaminaron á la iglesia, siendo esto para las
-recién venidas otro paseo triunfal.
-
-Concluida la función, D. Abundio, que había corrido á ver si Perpetua
-había preparado todas las cosas para el desayuno, fué llamado por el
-cardenal. Se dirigió sin pérdida de momento á la estancia de su ilustre
-huésped, el cual, habiéndolo dejado acercar, “señor cura”, dijo. Estas
-palabras fueron pronunciadas de un modo que debían hacerle comprender
-que era la introducción de una larga y seria conversación.
-
---Señor cura, ¿por qué no habéis casado á esa pobre Lucía con su
-prometido?
-
-“Ellas han vaciado el saco esta mañana”, pensó D. Abundio, y respondió
-balbuceando: “Vuestra señoría ilustrísima habrá sin duda oído hablar de
-todos los obstáculos que han surgido de este asunto: hay una confusión
-tal, que no se puede, ni aun hoy día, ver nada claro: monseñor
-ilustrísimo sabe bien que la joven no se halla aquí, después de tantos
-accidentes, más que de milagro; y que con respecto al mancebo, se
-ignora absolutamente su paradero”.
-
---Pregunto, replicó el cardenal, si es verdad que antes de todos estos
-sucesos habíais rehusado celebrar el matrimonio, cuando vos mismo
-señalasteis el día convenido.
-
---Ciertamente... si vuestra señoría ilustrísima supiese... qué
-intimaciones... qué órdenes tan terribles he recibido para que no
-hablase... Y se paró sin concluir nada, con un ademán que daba
-respetuosamente á entender, que sería una indiscreción el querer saber
-más.
-
---¡Más!, dijo el cardenal con acento y continente mucho más severos que
-de costumbre: es vuestro obispo el que por deber y por vuestra propia
-justificación quiere saber de vos los motivos por los cuales no habéis
-ejecutado lo que en los sucesos ordinarios de la vida estabais obligado
-rigurosamente á hacer.
-
---Monseñor, dijo D. Abundio humillándose hasta el extremo; yo no quería
-decir del todo... pero me ha parecido que como esto se reducía á un
-negocio muy embrollado, á cosas ya pasadas, y hoy día sin remedio, era
-inútil el removerlas... sin embargo, digo... sé que vuestra señoría
-ilustrísima no puede estar en todo: y yo permanezco aquí, expuesto...
-no obstante, ya que monseñor lo manda, lo diré todo.
-
---Decid: no deseo más que el hallaros exento de culpa.
-
-D. Abundio se puso entonces á referir su dolorosa historia; mas
-suprimió el nombre del principal personaje y lo sustituyó con la
-palabra un _gran señor_, dando de este modo á la prudencia lo que podía
-dársele en semejante apuro.
-
---¿Y no habéis tenido otro motivo? preguntó el cardenal, cuando D.
-Abundio hubo concluido.
-
---Acaso no me haya explicado bastante, respondió éste; bajo pena de la
-vida, me han intimado el no celebrar el matrimonio.
-
---¿Y es ésta una razón bastante para dejar de cumplir un deber preciso?
-
---Siempre he tratado de llenar mi deber aun á riesgo de grandes
-incomodidades; pero cuando se trata de la vida...
-
---¿Y cuando fuisteis presentado en la Iglesia, replicó Federico con
-acento aún más severo, para ser admitido al sagrado ministerio que
-habéis ejercido, la Iglesia os ha exceptuado el exponer la vida?
-¿Os ha dicho que los deberes impuestos por este santo ministerio
-estuviesen libres de todo obstáculo, exentos de todo peligro? ¿Os ha
-manifestado que en donde empezaría el riesgo, cesaría el deber? ¿No
-os ha demostrado expresamente lo contrario? ¿No os ha advertido que
-os enviaba como un cordero en medio de los lobos? ¿No sabíais, pues,
-que había hombres violentos á quienes desagradaría lo que os fuese
-ordenado? Aquel de quien nosotros tenemos la doctrina y el ejemplo, á
-cuya imitación nos dejamos llamar y nos decimos pastores, viniendo á la
-tierra para llenar el peligroso cargo, ¿ha puesto acaso por condición
-que la vida estaría segura? ¿Y para salvarla, para conservarla algunos
-días más sobre la tierra, olvidando la caridad y el deber, era preciso,
-pues, que recibieseis la santa unción y la gracia del sacerdocio? El
-mundo basta para dar esta virtud, para enseñar esta doctrina. ¿Qué
-digo?, ¡oh, vergüenza! el mundo mismo la combate. El mundo hace también
-sus leyes que prescriben el bien y rechazan el mal; tiene igualmente
-su evangelio, un evangelio de orgullo y de odio; y no quiere que se
-diga que el amor á la vida sea una razón para traspasar sus órdenes. Lo
-quiere y es obedecido; ¡y nosotros, nosotros, hijos y mensajeros de la
-palabra de Dios!, ¿qué sería de la Iglesia, si vuestro lenguaje fuese
-el de todos vuestros colegas? ¿En dónde estaríais hoy si se hubiese
-anunciado al mundo con semejantes doctrinas?
-
-D. Abundio permanecía con la cabeza baja; su corazón se hallaba bajo el
-peso de aquellos terribles argumentos, del mismo modo que un polluelo
-bajo las garras del halcón, que lo tiene suspendido en una región
-desconocida, en medio de una atmósfera que jamás ha respirado. Viendo
-enseguida que era absolutamente preciso contestar algo, dijo con
-forzada sumisión: “Monseñor ilustrísimo, he faltado; y ya que no se
-debe procurar por la vida, nada más tengo que decir; pero cuando uno
-tiene que habérselas con ciertas gentes que tienen, la fuerza en la
-mano y que no quieren escuchar razones, no veo qué es lo que se puede
-ganar con hacer el valiente; y con un señor como aquél, contra el cual
-no se puede vencer ni desquitar”.
-
---¿Ignoráis por ventura que el sufrir por la justicia es el modo que
-nosotros tenemos de vencer? Si no lo sabéis, ¿qué predicáis, pues? ¿Qué
-enseñáis? ¿Cuál es el Evangelio que anunciáis á los pobres? ¿Quién
-exige de vos que doméis la fuerza con la fuerza? Ciertamente no os
-será demandado en el día del juicio si habéis sabido reprimir á los
-poderosos, porque no se os ha dado ni la misión ni los medios, pero
-se os exigirá cuenta del modo que habéis ejecutado lo que os estaba
-prescrito, aun cuando se hubiera tenido la temeridad de prohibíroslo.
-
-“Á la verdad que estos santos son bien extraños, pensaba entretanto
-D. Abundio: exprimid todo el jugo de sus discursos, y sacaréis en
-sustancia, que prefieren más el amor de dos jóvenes, que la vida
-de un pobre sacerdote”. Tocante á él, se hubiera contentado que la
-conversación acabase allí; pero veía al cardenal que á cada pausa
-permanecía con el ademán de uno que aguarda una contestación, una
-confesión ó una apología.
-
---Repito, monseñor, respondió enseguida, que he faltado: el valor no se
-puede inspirar al que no lo tiene.
-
---¿Y por qué, pues, podría deciros, os habéis encargado de un
-ministerio que os impone la tarea de estar siempre en guerra abierta
-con las pasiones del siglo? ¿Mas cómo, os diré más bien, cómo no
-pensáis que si en este ministerio, de cualquier modo que hayáis
-entrado, os es indispensable el valor para llenar nuestros deberes, el
-Todopoderoso os lo concederá infaliblemente cuando se lo pidiereis?
-¿Creéis que tantos millares de mártires como ha habido, naturalmente
-tuviesen valor, que no hiciesen ningún caso de la vida, tantos jóvenes
-que empezaban á gozar de sus encantos, tantos ancianos que veían á cada
-instante que se les iba á escapar, tantas vírgenes, tantas esposas
-y tantas madres? Todos han tenido valor porque éste era necesario,
-y además, tenían confianza en Dios. Conociendo vuestra debilidad y
-vuestros deberes, ¿habéis procurado, por ventura, prepararos para
-las situaciones difíciles en que podíais encontraros y en las que os
-habéis hallado en efecto? ¡Ah!, si durante tantos años de ejercicio
-pastoral habéis amado vuestra grey (como no lo dudo), si habéis hecho
-descansar en ella vuestras afecciones, vuestros cuidados, vuestras
-más caras delicias, el valor no debía faltaros en caso de necesidad;
-el amor es intrépido. Si vos apreciáis á los que están confiados á
-vuestra custodia espiritual, á aquellos que llamáis vuestros hijos; á
-la verdad, si los amáis, cuando habéis visto á dos de estos amenazados
-al mismo tiempo que vos, ¡ah!, ciertamente, la caridad ha debido
-haceros temblar por ellos, como la debilidad de la carne os ha hecho
-temblar por vos mismo. Vos habréis sido humillado con este primer
-temor, porque era un efecto de vuestra miseria; habréis implorado la
-fuerza para vencerle, para arrojarle de vos, porque era una tentación;
-pero el temor santo y noble para el prójimo, para vuestros hijos, lo
-habréis atendido; él no os habrá sin duda dejado un momento de tregua
-ni reposo; os habrá excitado, arrastrado á pensar todo lo posible para
-separar de ellos el peligro que les amenazaba... ¿Qué es lo que os ha
-inspirado, pues, este temor, este amor?, ¿qué habéis hecho por ellos?,
-¿qué habéis pensado hacer?
-
-Y calló en ademán de quien aguarda una respuesta.
-
-
-
-
- CAPÍTULO OCTAVO
-
-
-Á una tal demanda, D. Abundio, á quien había costado mucho trabajo
-contestar á las preguntas muy poco precisas, se quedó sin articular
-una palabra. Y para decir la verdad, aun nosotros, con este manuscrito
-delante, con la pluma en la mano, no teniendo que disputar más que con
-las frases, ni otra cosa que temer que la crítica de nuestros lectores,
-también nosotros, repito, experimentamos una cierta repugnancia en
-proseguir: encontramos un cierto no sé qué de extraño en este deseo
-de presentar tan fácilmente tantos bellos preceptos de fortaleza y
-de caridad, de infatigable solicitud para los demás, de ilimitado
-sacrificio de sí mismo. Mas pensando en seguida que dichas cosas eran
-proferidas por un hombre que las ponía en ejecución, avancemos con
-valor.
-
---¿No respondéis?, replicó el cardenal. ¡Ah!, si hubieseis hecho lo que
-la caridad, lo que el deber reclamaba, de cualquier modo que las cosas
-hubieran ido, no os faltaría ahora una contestación. Vos mismo veis lo
-que habéis hecho: obedecisteis á la iniquidad sin cuidaros de lo que os
-prescribía el deber. Habéis seguido puntualmente sus órdenes; ella se
-ha manifestado á vos únicamente para significaros su deseo, pero quería
-permanecer oculta al que hubiera podido defenderse y ponerse en guardia
-contra ella; no quería despertar sospechas, sí únicamente el secreto,
-para madurar con comodidad sus proyectos de asechanzas ó de violencia;
-os ordenó infringir vuestros deberes y que callaseis; así lo habéis
-hecho. Os pregunto al presente si no habéis hecho más; decidme si es
-verdad que disteis falsas excusas para no revelar el motivo de vuestra
-negativa... Pronunciadas estas palabras, guardó silencio, esperando una
-contestación.
-
-“¡También han referido esto las charlatanas!”, pensaba D. Abundio, pero
-no daba señales de tener nada que decir.
-
---¿Es verdad, prosiguió el cardenal, es verdad que habéis dicho á esas
-pobres criaturas lo que no había, para tenerlas en la ignorancia, en
-la oscuridad, en la que las quería la iniquidad?... Me veo obligado
-á creerlo; únicamente me resta el ruborizarme con vos, y esperar que
-lloraréis conmigo. ¡Ved adónde os ha conducido! (¡Dios clemente, sin
-embargo lo presentáis como una justificación!) ¡Ved, repito, adónde
-os ha conducido esa solicitud por una vida que debe concluirse! Ella
-os ha conducido... rebatid libremente estas palabras si os parecen
-injustas; tomadlas como una humillación saludable si no lo son... os ha
-conducido, vuelvo á decir, á engañar á los débiles, á mentir á vuestros
-hijos.
-
-“He aquí cómo van las cosas”, decía aún D. Abundio entre sí, “á ese
-demonio encarnado (y pensaba en el Incógnito), los brazos al cuello;
-y á mí, por una nada, por una media mentira dicha con el solo fin de
-salvar el pellejo, tanto ruido; pero son superiores, y siempre tienen
-razón; ésta es mi estrella: todos tienen que pagarla conmigo, sin
-exceptuar ni aun los santos”. Después dijo en alta voz:
-
---He faltado, conozco que he faltado; pero ¿qué debía hacer en unas
-circunstancias tan críticas?
-
---¡Y todavía lo preguntáis! ¿No os lo he dicho ya?, ¿y debíais
-decírmelo? Amar, hijo mío, amar y rogar. Entonces habríais visto que
-la iniquidad puede amenazar, dar golpes, pero no órdenes; hubierais
-unido, según la ley de Dios, lo que el hombre quería separar, hubierais
-prestado á esos desgraciados inocentes el ministerio que tenían el
-derecho de pediros; Dios hubiera respondido de las consecuencias,
-porque se habían seguido sus mandatos; hoy que habéis ejecutado otros,
-sobre vos sólo recae la responsabilidad. ¡Y qué consecuencias, justo
-cielo! ¿Y qué haríais si todos los medios humanos os faltasen, si no
-hubiese ninguna senda abierta para salvaros, cuando apenas habéis
-mirado á vuestro alrededor, cuando ni aun habéis reflexionado ni
-tampoco dignado buscarlos un solo instante? Sabed, pues, que esos
-infortunados habían pensado en su fuga después de haber celebrado
-su casamiento; estaban dispuestos á huir lejos de la presencia del
-poderoso, y habían ya elegido el lugar donde refugiarse. Y aun sin
-esto, ¿no os ha venido á la memoria que al fin y al cabo teníais un
-superior?, ¿cómo se atrevería éste á revestirse de la autoridad para
-reprenderos el haber faltado á vuestros deberes, si no se creyese
-obligado á ayudaros á cumplirlos?, ¿por qué no habéis tratado de
-informar á vuestro obispo de los obstáculos que una infame violencia
-ponía al ejercicio de vuestro ministerio?
-
-“Éste era el parecer de Perpetua”, pensaba dolorosamente D. Abundio, á
-quien en medio de todos estos discursos lo que tenía presente con más
-claridad, era la imagen de aquellos bravos, y la idea que D. Rodrigo
-estaba vivo y sano, y que un día ú otro volvería glorioso y triunfante
-y enardecido de rabia. Aunque aquella dignidad presente, aquel aspecto
-y lenguaje le hiciesen estar confuso y le imprimiesen cierto temor,
-era, no obstante, un temor que no le subyugaba y que no impedía el que
-su pensamiento se rebelase, porque calculaba que al fin de la cuenta,
-el cardenal no empleaba arcabuces, espadas ni bravos.
-
---¿Cómo no habéis reflexionado, proseguía Federico, que si aquellas
-inocentes víctimas no hubiesen tenido abierto ningún otro asilo, yo
-podía acogerles, ponerles en un lugar seguro en el momento que vos me
-los enviaseis, como si estuvieran adheridos á un obispo, como una cosa
-que le pertenecía, como la parte más preciosa, no digo de su cargo,
-sino de sus riquezas? Por lo que toca á vos, yo hubiera permanecido
-inquieto; me habría sido imposible descansar un momento hasta que os
-hubiese puesto en seguridad, procurando que no se os tocase ni siquiera
-uno solo de vuestros cabellos. ¿Imagináis que no hubiera sabido cómo
-asegurar vuestra vida? ¿Creéis que ese hombre, por atrevido que sea,
-no hubiera perdido su audacia, cuando hubiese llegado á su noticia
-que sus tramas eran conocidas fuera de aquí, conocidas de mí que
-velaba, que estaba decidido á emplear para vuestra defensa todos los
-medios que estuviesen en mi mano? ¿Ignoráis que si el hombre promete
-con frecuencia mucho más de lo que puede sostener, amenaza también
-algunas veces más de lo que no se atreve á ejecutar? ¿No sabéis que la
-iniquidad no solamente se funda en sus propias fuerzas, sino también en
-la credulidad y en el espanto de los otros?
-
-“Justamente, la razón es de Perpetua”, pensó todavía D. Abundio, sin
-reflexionar que el hallarse de acuerdo su criada y Federico Borromeo
-sobre lo que se hubiera podido y debido hacer, era un fuerte argumento
-contra él.
-
---Pero vos, prosiguió el cardenal, no habéis visto, no habéis querido
-ver más que vuestro peligro temporal. ¿Cómo os ha podido parecer tan
-grande para sacrificar á él todo lo demás?
-
---Es porque yo vi aquellas caras feroces, se le escapó decir á
-D. Abundio; yo mismo oí sus terribles palabras. Vuestra señoría
-ilustrísima dice muy bien; pero sería preciso estar en el interior de
-un pobre sacerdote y haber presenciado aquella escena.
-
-Apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando se mordió la lengua.
-Conoció que se había dejado vencer demasiado por el despecho, y dijo
-entre sí: “Ahora va á descargar la nube”; pero levantando tímidamente
-la vista, se quedó sumamente admirado al ver al cardenal, al cual no
-le era dado jamás el adivinar ni comprender, ó más bien diré, pasar de
-aquella gravedad de mando y reprensión, á una compungida y pensativa.
-
---Es demasiado cierto, dijo Federico. ¡Tal es nuestra terrible y mísera
-condición: nosotros queremos exigir rigurosamente de los demás lo
-que Dios solo sabe si nosotros estaríamos dispuestos á dar: queremos
-juzgar, corregir, reprender, y Dios sabe lo que nosotros haríamos
-en el mismo caso, lo que hemos hecho en ocasiones semejantes! ¡Pero
-desgraciado de mí si quisiese tomar mi debilidad por medida del deber
-de los otros, por norma de mi instrucción! Sin embargo, es cierto
-que juntamente con las doctrinas, debo dar el ejemplo á mi prójimo,
-no para parecerme al fariseo que impuso á los demás enormes cargas,
-las cuales después no quiso él ni aun tocar con el dedo. Escuchadme
-pues, hijo mío, querido hermano: los errores de los que mandan son
-frecuentemente más conocidos de los demás que de ellos mismos; si
-vos sabéis que yo haya descuidado por desidia, por respetos humanos,
-alguno de mis deberes, decídmelo francamente, hacédmelo observar, á fin
-de que allí, donde ha faltado el ejemplo, sobrevenga á lo menos una
-humilde confesión. Mostradme libremente mis debilidades, y entonces las
-palabras adquirirán más valor en mi boca, porque experimentaréis más
-vivamente que no son mías, sino de aquel que puede darnos á ambos la
-fuerza necesaria para hacer lo que ellas prescriben.
-
-“¡Oh, qué hombre tan santo, pero cuánto me atormenta!” decía
-interiormente D. Abundio: “Siempre está sobre sí; quiere que yo
-examine, remueva, critique, averigüe lo que encuentre malo en su
-conducta”; en seguida dijo en alta voz:
-
---¡Oh, monseñor se burla de mí! ¿Quién no conoce el corazón fuerte,
-el celo infatigable de vuestra señoría ilustrísima? Y añadió en su
-interior, “Más que infatigable”.
-
---Yo no os pediría alabanzas que me hacen temblar, porque Dios conoce
-mis faltas, y también yo me conozco bastante para confundirme; pero
-hubiera querido, querría que nos confundiéramos juntos ante él, para
-confiar igualmente ambos: desearía por amor á vos que comprendieseis
-cuán opuesta ha sido vuestra conducta y vuestro lenguaje á las leyes,
-que sin embargo, predicáis, y según las cuales seréis juzgado.
-
-“Todo se vuelve contra mí”, pensó D. Abundio.
-
---Pero estas personas que han venido á referíroslo todo, no os han
-dicho que ellas se han introducido en mi casa á traición, para
-sorprenderme y hacerme celebrar un matrimonio contra las reglas.
-
---Me lo han dicho, hijo mío; pero lo que me aflige, lo que me aterra,
-es el ver que aún tratáis de excusaros, procurando acusar á vuestro
-prójimo acerca de lo que debería formar parte de vuestra confesión.
-¿Quién ha puesto á esos infortunados, no digo en la necesidad, sino
-en la tentación de hacer lo que han hecho? ¿Hubieran buscado esta vía
-irregular, si la legítima no se les hubiese cerrado? ¿Habrían pensado
-en tender lazos á su pastor si ellos hubiesen sido recibidos en sus
-brazos, auxiliados y aconsejados por él?, ¿á sorprenderle, si no se
-hubiera escondido? ¡Y queréis ahora hacerles soportar el peso!, ¡y os
-indignáis porque después de tantas desventuras, ¿qué digo?, en medio
-de la misma desgracia, hayan dejado escapar una palabra de consuelo
-delante de su pastor y del vuestro! Que las reclamaciones del oprimido,
-que las quejas del afligido sean odiosas al mundo, lo comprendo; ¡pero
-á nosotros! ¿Y qué ventaja os hubiera producido su silencio? Hubierais
-ganado en esto que su causa fuese enteramente al juicio de Dios.
-¿No es para vos una nueva razón (teniendo ya tantas) de amar á esas
-personas que os han procurado la ocasión de escuchar la voz sincera de
-vuestro obispo, que os han dado un medio más conveniente para conocer
-y descontar en parte la gran deuda que tenéis con ellos? ¡Ah!, si os
-hubiesen provocado, ofendido, atormentado, os diría (¡y tendría acaso
-necesidad de decíroslo!) que los amarais justamente por lo mismo.
-Queredlos porque ellos han padecido, porque todavía padecen, porque
-forman parte de vuestro rebaño, porque son débiles, porque tenéis
-necesidad de perdón, y para obtenerlo, juzgad cuánto pueden valer sus
-súplicas.
-
-D. Abundio guardaba silencio, pero no con ese silencio forzado é
-impaciente; callaba, como aquel que tiene más que pensar que no decir.
-Las palabras que oía eran consecuencias inesperadas, aplicaciones
-nuevas de una doctrina, no obstante antigua en su mente y no
-contrastada. El mal de su prójimo, de cuya consideración le había
-distraido el miedo propio, le hacía al presente una nueva impresión. Si
-no sentía todos los remordimientos que la amonestación quería producir,
-á causa de aquel maldito miedo que estaba siempre allí para el papel
-de defensor oficioso, experimentaba á lo menos un cierto desagrado de
-sí mismo, cierta compasión hacia los demás, cierta mezcla, en fin, de
-ternura y vergüenza. Se asemejaba, si me es permitida la comparación, á
-la húmeda y retorcida mecha de una vela, que aproximada á la llama de
-una antorcha empieza á humear, luego chisporrotea, parece que rehúsa
-encenderse, mas por último lo verifica y luce bien ó mal. D. Abundio se
-hubiera acusado abiertamente, se habría lamentado de su conducta, si
-no hubiese tenido la idea fija en D. Rodrigo; sin embargo, se mostró
-bastante conmovido para que el cardenal dejase de conocer que sus
-palabras habían servido de algo.
-
---Ahora, prosiguió el cardenal, el uno está fugitivo fuera de su casa,
-la otra muy próxima á abandonarla; no tienen ambos más que motivos
-poderosos para permanecer alejados, sin ninguna probabilidad de verse
-jamás reunidos, y únicamente satisfechos, esperando que Dios los junte
-en la otra vida; ahora, ¡ay!, ellos no tienen necesidad de vos; al
-presente no tenéis motivo alguno de favorecerlos, y nuestra corta
-previsión no alcanza á descubrir lo que podrá suceder. ¿Pero quién sabe
-si Dios en su misericordia no os prepara la ocasión? ¡Ah, no la dejéis
-escapar!, ¡buscadla, estad al acecho, rogad que se presente!
-
---No dejaré de hacerlo, monseñor; no dejaré de hacerlo; yo os lo
-aseguro, respondió D. Abundio, con un acento que en aquel instante
-salía del corazón.
-
---¡Ah, sí, hijo mío, sí!, exclamó Federico, y con afectuosa dignidad
-continuó: ¡El cielo sabe que hubiera deseado tener con vos otra especie
-de conversación! ¡Los dos hemos vivido ya mucho en este mundo! ¡Dios
-sabe cuán penoso me ha sido el afligir vuestra ancianidad, teniendo
-que usar de las reprensiones!, ¡cuánta mayor satisfacción hubiera sido
-para mí el haber podido consolarnos mutuamente de nuestros cuidados
-comunes y de nuestras penas, hablando de la bienaventurada esperanza,
-de la cual estamos ya tan próximos!, ¡Dios quiera que las palabras que
-me he visto obligado á deciros, sirvan para ambos! No hagáis que él me
-tenga que pedir cuenta, en aquel día terrible, de haberos conservado
-en un sagrado ministerio, al cual tan desgraciadamente habéis faltado.
-Recobremos el tiempo perdido; la hora se acerca; el esposo no puede
-tardar; tengamos encendidas nuestras lámparas. Ofrezcamos á Dios
-nuestros miserables y vacíos corazones, para que se digne llenarlos
-de esa caridad que repara el pasado, que asegura el porvenir, que teme
-y espera, llora y se regocija con sabiduría; que nos conceda en todas
-ocasiones la virtud que tanta falta nos hace.
-
-Dicho esto se levantó, y D. Abundio siguió sus pasos.
-
-Aquí nuestro anónimo nos advierte que la anterior entrevista no fué
-la única que tuvieron los dos personajes, ni tampoco Lucía el solo
-objeto de sus conversaciones; pero que se ha limitado á esto, por no
-separarse demasiado del principal objeto de su narración; y que por
-el mismo motivo no hará mención de otras cosas notables dichas por
-Federico en todo el curso de la visita, ni de sus liberalidades, ni de
-las discordias apaciguadas, ni de los odios antiguos entre personas,
-familias y tierras enteras apagados (sucediendo por desgracia con
-demasiada frecuencia que solamente se adormecen), ni de algunos
-guapetones ó tiranuelos calmados por algún tiempo ó para siempre; todas
-cosas que no dejaban de suceder siempre más ó menos, en cada uno de los
-lugares de la diócesis en que aquel excelente personaje se detenía.
-
-Después dice, que á la mañana siguiente fué D.ª Prajedes, según estaba
-convenido, á buscar á Lucía y á cumplimentar al cardenal, el cual
-colmó de alabanzas á la joven y se la recomendó eficazmente. Ya podrá
-figurarse el lector cuántas lágrimas costaría á Lucía el separarse
-de su madre; salió de la casita y dió el segundo adiós á su pueblo
-natal, con ese sentimiento de excesiva amargura que se experimenta al
-abandonar un paraje que fué el solo amado, y que ya no puede serlo más.
-Pero con respecto á su madre, no fué ésta su última despedida; porque
-D.ª Prajedes había anunciado que permanecería aún algunos días en su
-quinta, la cual no estaba lejos del pueblo; prometiendo Inés ir á ver á
-su hija, para dar y recibir un más doloroso adiós.
-
-El cardenal se disponía también á marchar para continuar su visita,
-cuando llegó el cura de la parroquia en donde estaba situado el
-castillo del Incógnito, pidiendo tener una entrevista con él. Después
-de haber sido introducido, le presentó un paquete y una carta, en la
-cual rogaba á Federico que hiciese aceptar á la madre de Lucía cien
-escudos de oro que iban contenidos en dicho paquete, para que sirvieran
-de dote á la joven, ó para el uso que ambas juzgasen conveniente: al
-mismo tiempo le suplicaba se dignara decirles, que si alguna vez, en
-cualquier tiempo, necesitaban de sus servicios, la infeliz doncella no
-ignoraba por desgracia su morada; y que el prestarles su ayuda, sería
-para él uno de los sucesos más felices y deseados de su vida.
-
-El cardenal mandó llamar á Inés al momento, y le participó la misión
-que acababa de recibir, la cual fué escuchada con tanta sorpresa como
-alegría; y puso en sus manos el paquete, que ella se apresuró á tomar
-sin hacer muchos cumplimientos. Que Dios recompense á ese señor, dijo,
-y ruego á vuestra señoría ilustrísima que le dé nuestras más sinceras
-gracias; pero que esto no lo sepa nadie, porque vivimos en un pueblo,
-que... Perdonadme; ya lo veis; sé demasiado que un señor como vos no va
-ahora á hablar de semejantes cosas; pero... su señoría ya me entiende.
-
-En seguida se volvió á casa apresuradamente, encerróse en su
-habitación, y abrió el paquete. Aunque preparada, vació con admiración
-en un pañuelo todo aquel montón de zequíes que tan pocas veces había
-visto, y aun esto, solamente uno á uno: los contó, costóle gran trabajo
-el reunirlos y colocarlos unos sobre otros, porque á cada instante se
-escapaban de sus inexpertos dedos, y cayendo sobre la pila que tenía
-hecha, tenía que volver á empezar su trabajo: habiendo logrado por
-último hacer un cartucho lo mejor que le fué posible, lo envolvió en
-un trapo, atándolo cuidadosamente con un bramante y fué á esconderlo
-en uno de los rincones de su jergón. El resto del día no hizo más que
-desvariar, formar proyectos para lo sucesivo, y suspirar el día de
-mañana. Se acostó y permaneció algún tiempo despierta, atormentada por
-la idea del oro que tenía debajo; y dormida lo veía igualmente. Se
-levantó al rayar el alba, y se puso en camino para la quinta en la
-cual se hallaba Lucía.
-
-La repugnancia que ésta experimentaba en hablar del voto que había
-hecho, no se disminuía; sin embargo, estaba resuelta á violentarse,
-confiándose á su madre en la siguiente entrevista, que por algún tiempo
-á lo menos debía llamarse la última.
-
-Apenas pudieron estar solas, cuando Inés, con el semblante animado, y
-al mismo tiempo en voz baja como si temiera que alguno la oyese, empezó
-á hablar de este modo: “Tengo que darte una gran noticia”; y se puso á
-referir su inesperada fortuna.
-
---Dios bendiga á ese señor, dijo Lucía: así tendréis con que vivir
-felizmente, y podréis también hacer bien á alguno.
-
---¡Cómo!, respondió Inés; ¿no ves cuántas cosas podemos hacer con
-tanto dinero? Escucha: yo no tengo más hija que tú; más que los dos,
-puedo decir; porque á Renzo, desde que empezó á obsequiarte, lo he
-mirado siempre como un hijo mío. Todo está en que no le haya sucedido
-alguna desgracia al ver que no nos ha dado ninguna noticia de su
-persona. Pero, ¡vaya!, ¡acaso ha de ir todo mal! Confiemos en que no,
-y esperemos. En cuanto á mí, hubiera querido dejar los huesos en mi
-país; mas al presente, que tú no puedes permanecer en él, por culpa de
-ese bribón, y solamente al pensar que lo tendría cerca, he cogido odio
-al pueblo que me ha visto nacer. Hasta aquí, estaba resuelta á ir con
-vosotros, aunque hubiese sido hasta el fin del mundo; pero, sin dinero,
-¿cómo hacerlo? ¿Comprendes ahora? Los pocos cuartos que el pobre Renzo
-había recogido con tantos afanes y á costa de una estricta economía, he
-aquí que ha ido la justicia con sus manos lavadas, y ha arramblado con
-todo; mas el Señor en recompensa nos ha enviado la fortuna. Así, pues,
-luego que haya encontrado el medio de que sepamos si existe ó no, en
-dónde está, y cuáles son sus intenciones, voy á buscarte á Milán, no
-lo dudes; en otro tiempo me hubiera parecido una gran cosa; pero las
-desgracias le hacen á uno abrir los ojos, y le prestan atrevimiento
-para todo: he ido hasta Monza, y por consiguiente, sé lo que es
-viajar. Escojo un hombre decidido, un pariente, como por ejemplo,
-Alejo de Magganiaco, que según todos dicen es hombre de resolución;
-¿no es cierto?, voy á Milán en su compañía, hacemos los gastos y... ¿me
-comprendes?
-
-Pero viendo que en vez de animarse, apenas podía Lucía ocultar
-su turbación, no manifestando más que una ternura sin consuelo,
-interrumpió su discurso, y dijo: “¿Qué tienes? ¿no eres de mi parecer?”.
-
---¡Madre mía!, ¡infeliz madre mía!, exclamó Lucía, echándole uno de sus
-brazos al cuello y ocultando su rostro bañado de lágrimas en el seno
-de aquélla.
-
---¿Qué te pasa?, preguntó de nuevo la madre con la mayor inquietud.
-
---Hubiera debido decíroslo antes, respondió Lucía levantando el rostro,
-y enjugándose las lágrimas, mas me ha faltado el valor; compadecedme.
-
---Pero, di; habla pues.
-
---¡No puedo ser mujer de ese desgraciado joven!
-
---¿Cómo?, ¿cómo?
-
-Lucía, con la cabeza baja, respirando apenas, sofocada por las
-lágrimas que derramaba sin exhalar un solo gemido, como el que cuenta
-una cosa que no tiene remedio, reveló el voto que había hecho; y al
-mismo tiempo, juntando las manos, pidió de nuevo perdón á su madre de
-haberle tenido hasta entonces oculto aquel misterio. Suplicóle también,
-encarecidamente, que no lo dijese á alma viviente, y que la ayudase á
-cumplir lo que había prometido.
-
-Inés se quedó estupefacta y consternada: quería mostrarse indignada á
-causa del silencio que su hija había guardado con ella; mas los graves
-pensamientos nacidos de esta circunstancia, ahogaron su resentimiento.
-Primeramente, trató de vituperar su resolución; pero después le pareció
-que era querer habérselas con el cielo; tanto más, cuanto que Lucía
-le pintaba con tan vivos colores aquella espantosa noche, su fatal
-desconsuelo y su imprevista salvación, en medio de todo lo cual, había
-formulado su promesa tan expresa y solemne. Inés escuchaba entretanto
-con la mayor atención, y cien ejemplos que había oído referir muchas
-veces, y que ella misma había contado á su hija, tocante á castigos
-extraños y terribles, ocasionados por la violación de algún voto, se
-le presentaban tumultuosamente en su imaginación. Después de haber
-permanecido un poco como suspensa, dijo: “¿Y ahora qué harás?”.
-
---Ahora, respondió Lucía, al Señor toca cuidar de ello; al Señor y á la
-Madonna: me he puesto en sus manos; hasta aquí no me han abandonado;
-tampoco me abandonarán ahora que... La gracia que pido al Señor, la
-sola gracia, después de la salvación de mi alma, es que me haga volver
-pronto á vuestro lado; él me la concederá; sí, confío en que me la
-concederá. Aquel día terrible... en aquel fatal carruaje... ¡Ah, Virgen
-Santísima!... entre aquellos hombres... ¡quién me había de haber dicho
-al verme conducida por ellos, que debía encontrarme con vos al día
-siguiente!
-
---¡Mas no decírselo pronto á tu madre!, continuó Inés con cierto enfado
-templado por el cariño y compasión.
-
---Tened lástima de mí; no tenía el valor suficiente... ¿y de qué
-hubiera servido el afligiros con anticipación?
-
---¿Y Renzo?, dijo Inés, meneando la cabeza.
-
---¡Ah!, exclamó Lucía estremeciéndose; yo no debo pensar ya más en ese
-infortunado. Se conoce que no estaba destinado... Ved cómo parece que
-el Señor nos había querido separar. ¿Y quién sabe?... Pero no, no; él
-lo habrá preservado del peligro, y quizá hará que sea más afortunado
-apartándole de mí.
-
---Pero entretanto, replicó la madre, si tú no estuvieses ligada para
-siempre, y con tal que no hubiese sucedido á Renzo desgracia alguna,
-con el dinero se hubiera remediado todo.
-
---Pero este dinero, replicó Lucía, ¿estaría en vuestro poder si yo no
-hubiese pasado aquella noche? Ya que Dios ha querido que todo vaya así,
-hágase su divina voluntad. Y la voz de Lucía se extinguió ahogada por
-las lágrimas.
-
-Á tan inesperado argumento, Inés se quedó pensativa. Después de algunos
-momentos de silencio, Lucía conteniendo sus sollozos, repuso:
-
---Al presente, que la cosa está ya hecha, es preciso someterse
-voluntariamente; y vos, mi pobre madre, vos que me podéis ayudar,
-primeramente rogando al Señor por vuestra desdichada hija, y luego...
-conviene que el infeliz Renzo lo sepa. Meditadlo, hacedme todavía este
-favor; porque vos, podéis pensar en ello. Cuando sepáis dónde está,
-hacedle escribir, buscad un sujeto... justamente vuestro primo Alejo,
-que es un hombre prudente y caritativo, que nos ha querido siempre
-bien, y que no hablará de más: valeos de él para escribirle del modo
-que ha pasado todo, en dónde me he encontrado, lo que he padecido, y
-además decidle que Dios lo ha querido así, que se tranquilice, que yo
-no puedo jamás pertenecer á ningún hombre. Hacédselo comprender bien,
-explicadle lo que yo he prometido, que he hecho voto... Cuando sepa que
-he prometido á la Virgen... Él ha sido siempre muy temeroso de Dios...
-y vos, desde el momento en que sepáis noticias suyas, escribidme,
-hacedme saber que está sano y salvo; y después... no me hagáis saber
-nada más.
-
-Inés, sumamente enternecida, aseguró á su hija que todo se haría como
-deseaba.
-
---Quisiera deciros otra cosa, replicó ésta: lo que ha sucedido al
-infortunado Renzo no hubiera tenido lugar, si no hubiera tenido la
-desgracia de pensar en mí: está al presente errante, fugitivo; se le
-han hecho perder todos sus ahorros; se le ha arrebatado todo lo que
-poseía; todas las economías que el infeliz había hecho, bien sabéis
-por qué... ¡y nosotras, que tenemos tanto dinero! ¡Oh, madre mía! ¡Ya
-que el Señor os ha enviado tantas riquezas y que al infeliz lo miráis
-como hijo vuestro!... ¡Oh, partidlas con él que seguramente Dios os
-lo premiará; buscad una ocasión á propósito, y enviadle la mitad: ¡el
-cielo sabe cuánta necesidad tendrá de ello!
-
---¡Y bien!, ¿qué crees tú?, respondió Inés; sí, seguramente que se lo
-mandaré. ¡Pobre joven! ¿Por qué piensas que yo estaba contenta con ese
-dinero? Pero... ¡yo que había venido aquí tan alegre! Vaya; dejemos
-esto: yo se lo enviaré; ¡desdichado Renzo! Mas él también... yo me
-entiendo. Ciertamente el dinero agrada al que lo necesita; pero á él,
-de seguro no lo hará engordar.
-
-Lucía dió gracias á su madre por aquella pronta y liberal
-condescendencia, con una gratitud, con un afecto, capaz de hacer
-comprender á quien la hubiese escuchado, que su corazón pertenecía aún
-todo entero á Renzo; quizá más de lo que ella misma creía.
-
---¿Y sin ti, qué haré yo, infeliz mujer?, dijo Inés llorando á su vez.
-
---¿Y yo sin vos, pobre madre mía, y en una casa extraña? ¡Allá tan
-lejos, en aquel Milán!... Mas el Señor será con nosotras dos, y nos
-reunirá. Dentro de ocho ó nueve meses nos volveremos á ver; y de aquí
-á entonces, y aun antes, espero que él habrá arreglado las cosas para
-consolarnos. Dejémoslo á su divina voluntad; siempre, siempre pediré á
-la Madonna esta gracia. Si tuviese alguna otra cosa que ofrecerle, lo
-haría; pero es tan misericordiosa, que á pesar de todo me lo otorgará.
-
-Con éstas y otras semejantes palabras, repetidas muchas veces,
-acompasadas de lamentos y de consuelos, de aflicción y de resignación,
-con multitud de recomendaciones y promesas de no decir nada á nadie,
-con una infinidad de lágrimas, después de prolongados y nuevos abrazos,
-las mujeres se separaron, prometiéndose recíprocamente volverse á ver
-para el próximo otoño, á más tardar; como si esto dependiese de ellas,
-y según se hace siempre en semejantes casos.
-
-Sin embargo, pasóse largo espacio de tiempo sin que Inés pudiese saber
-nada absolutamente con respecto á la suerte de Renzo; no recibía
-cartas ni mensajes de ninguna especie; las gentes del pueblo ó de las
-cercanías, á quien podía preguntar, no sabían más que ella.
-
-No era Inés la única que hiciese inútilmente tales pesquisas: el
-cardenal Federico, que no había dicho por mera fórmula á nuestras dos
-pobres mujeres que quería tomar informes acerca del infeliz joven,
-escribió efectivamente con la mayor prontitud para tenerlos. Cuando fué
-á Milán, de vuelta de su visita diocesana, recibió una respuesta, en la
-cual le decían no haberse podido encontrar huella alguna del indicado
-sujeto, que verdaderamente permaneció algún tiempo en casa de un
-pariente suyo, en tal país, en el cual nada había dado que decir; pero
-que una mañana muy temprano desapareció de súbito, y que ni aun su
-mismo pariente nada sabía de él, no pudiendo más que repetir ciertas
-voces sin fundamento y contradictorias que corrían, de haber el joven
-sentado plaza para Levante, habiendo pasado á Alemania, en donde había
-perecido al vadear un río: luego se añadía que estarían sobre aviso, si
-alguna vez sabían algo de positivo, con el objeto de dar prontamente
-parte á su señoría ilustrísima y reverendísima.
-
-Más tarde, éstas y otras voces semejantes se esparcieron hasta el
-territorio de Lecco, y llegaron por consiguiente á los oídos de Inés.
-La pobre mujer hacía todo lo posible para sacar en claro la verdad,
-para llegar á la fuente de donde provenía; pero no conseguía nunca
-encontrar nada más que aquel _se dice_, que á pesar de todo, aun hoy en
-día es suficiente para atestiguar tantas cosas. Algunas veces, apenas
-le referían alguna noticia, llegaba uno y le decía que no era cierta;
-pero esto era para darle en cambio otra igualmente extraña ó siniestra.
-Todo charlatanería: he aquí el hecho.
-
-El gobernador de Milán, y capitán general de Italia, D. Gonzalo
-Fernández de Córdoba, se había quejado amargamente al señor presidente
-de Venecia en Milán, porque un bribón, un ladrón público, un promovedor
-de motines y asesinatos, el famoso Lorenzo Tramaglino, el cual,
-estando en poder de la justicia misma, había excitado una rebelión
-para procurarse la libertad, hubiese sido acogido y recibido en el
-territorio de Bérgamo. El presidente había contestado, que nada sabía
-acerca de semejante asunto, y que escribiría á Venecia para poder dar á
-su excelencia alguna explicación del caso.
-
-En Venecia había por máxima el secundar y cultivar la inclinación
-que tenían los operarios de seda milaneses á establecerse en el
-territorio de Bérgamo; de hacer que ellos encontrasen en dicho país
-muchas ventajas, y sobre todo que estuviesen seguros y al abrigo de
-toda clase de persecución, sin lo cual no hay ningún bien en este
-mundo. Pues así como entre dos fuertes litigantes, cualquier cosa, por
-pequeña que sea, hay necesidad siempre de que tome parte un tercero;
-del mismo modo Bartolo fué avisado confidencialmente no se sabe por
-quién, que Renzo no estaba seguro en el pueblo, y que sería mejor que
-entrase en alguna otra fábrica, mudando al propio tiempo de nombre;
-Bartolo comprendió el caso, y no se entretuvo en hacer objeciones,
-sino que corrió precipitadamente al encuentro de su primo, y contóle
-sucintamente la ocurrencia, lo metió consigo en un calesín, lo acompañó
-á otra fábrica distante de la suya cerca de quince millas, y lo
-presentó bajo el nombre de Antonio Rivolta, al dueño, que era también
-del estado de Milán, y antiguo conocido suyo. Éste, aunque los tiempos
-fuesen calamitosos, no se hizo de rogar para recibir un operario
-que se le recomendaba como hábil y honrado, por un hombre de bien é
-inteligente. Luego que lo experimentó, no hizo más que regocijarse
-de tal adquisición; únicamente que al principio, el joven le había
-parecido que debía ser un poco sordo, á causa de que cuando se le
-llamaba Antonio, las más veces no contestaba.
-
-Poco tiempo después, llegó de Venecia una orden redactada en estilo
-bastante dulce, al capitán de Bérgamo, para que se informase y
-diese aviso si en su jurisdicción, y especialmente en tal pueblo,
-se encontraba el sujeto consabido. El capitán, habiendo hecho sus
-diligencias de la manera que había comprendido que se deseaban, dió una
-respuesta negativa, la cual fué trasmitida al presidente en Milán, para
-que éste la trasmitiese á su vez á D. Gonzalo Fernández de Córdoba.
-
-Y no faltaban curiosos que quisiesen saber por Bartolo por qué el
-susodicho joven no estaba ya allí, y dónde había ido. Á la primera
-pregunta éste respondió: “Ha desaparecido”. Para desembarazarse de los
-más obstinados, sin darles que sospechar de lo que había de cierto,
-juzgó á propósito regalarles, ya á unos, ya á otros, las noticias
-referidas anteriormente; pero todo esto, como cosas inciertas que
-también él había oído decir, sin asegurar que fuesen positivas.
-
-Mas cuando la pregunta fué hecha por orden del cardenal, sin
-nombrarlo, y con cierto aparato de importancia y de misterio, dejando
-comprender que era en nombre de un gran personaje, Bartolo se puso más
-sobre sí, y creyó necesario responder según costumbre; de modo que
-tratándose de una persona ilustre, dió de una vez todas las noticias
-que había ideado una á una en aquellas diversas ocurrencias.
-
-No se crea, sin embargo, que D. Gonzalo, siendo un señor de aquella
-especie, quisiese habérselas personalmente con un infeliz aldeano
-hilador de seda; que no se crea tampoco que informado quizá del poco
-respeto usado, y de las malas palabras dichas por él á su rey moro
-encadenado por la garganta, tratase de vengarse; ó que lo juzgase un
-sujeto bastante peligroso para perseguirle aun en su fuga y no dejarle
-vivir por muy lejos que estuviese, del mismo modo que hizo el senado
-romano con Aníbal. D. Gonzalo tenía demasiadas cosas en que pensar
-para tomarse cuidado por las acciones de Renzo; y si pareció que se lo
-tomó, provino de un concurso singular de circunstancias por las cuales
-el infeliz, sin comerlo ni beberlo, se encontró con un sutilísimo é
-invisible hilo atado á aquellos grandes é importantes negocios.
-
-
-
-
- CAPÍTULO NOVENO
-
-
-Ya más de una vez se ha ocurrido el hacer mención de la guerra que
-entonces fermentaba, con motivo de la sucesión á los estados del duque
-Vicente Gonzaga, segundo de este nombre; pero siempre ha acontecido en
-momentos de apuro, de modo que no hemos podido decir más que algunas
-palabras al vuelo. Sin embargo, al presente es indispensable para la
-inteligencia de nuestra narración, que entremos en algunos detalles
-particulares. Éstas son cosas que el que conoce la historia debe
-saberlas; mas como por una especie de justo sentimiento de uno mismo,
-debemos suponer que esta obra no podrá ser leída sino por personas que
-la ignoren, no será malo que digamos lo preciso para dar una ligera
-tintura á los que tengan necesidad de ello.
-
-Llevamos dicho, que á la muerte de aquel duque, el primero llamado
-por línea recta á sucederle, fué su más próximo heredero Carlos
-Gonzaga, jefe de una segunda rama trasplantada en Francia, en donde
-poseía los ducados de Nevers y de Rhetel, habiendo entrado igualmente
-en posesión de Mantua, y nosotros añadimos ahora del Monferrato,
-cuya circunstancia, á causa de la precipitación, habíamos olvidado
-en el tintero. La corte de Madrid, que quería á todo evento (esto
-también lo hemos dicho) excluir de los dos últimos feudos al nuevo
-príncipe, y para conseguirlo necesitaba un motivo (pues que la guerra
-promovida sin razón, hubiera sido una cosa demasiado injusta), se
-había declarado sostenedora de los que pretendían tener en Mantua otro
-Gonzaga Ferrante, príncipe de Guastalla; y en el Monferrato á Carlos
-Emanuel I, duque de Saboya, y á Margarita Gonzaga, duquesa viuda de
-Lorena. D. Gonzalo, que pertenecía á la familia del gran capitán, de
-la cual llevaba el nombre, y que había hecho ya la guerra en Flandes,
-deseoso, además, de excitar otra en Italia, era acaso el que más
-atizaba el fuego para encenderla; y en el ínterin, interpretando las
-intenciones y extralimitándose de las órdenes de la susodicha corte,
-había concluido con el duque de Saboya un tratado de invasión y de
-división del Monferrato, habiendo obtenido fácilmente la ratificación
-del conde-duque, persuadiéndole que la adquisición de Casal, punto más
-defendido de la parte que le tocaba al rey de España, era en extremo
-asequible. Sin embargo, protestaba en su nombre no querer ocupar el
-país más que á título de depósito, hasta la decisión del emperador;
-el cual, en parte por seguir á otros, en parte por motivos peculiares
-suyos, había negado la investidura al nuevo duque, intimándole que le
-dejase como en secuestro los estados que motivaban la controversia;
-prometiendo, después de haber oído á las partes, entregárselos al que
-tuviese verdadero derecho á ellos, condiciones á las cuales no había
-querido someterse el duque de Nevers.
-
-Éste tenía, sin embargo, altos y poderosos aliados: el cardenal de
-Richelieu, el senado de Venecia y el papa, que era, según hemos
-dicho, Urbano VIII. Pero el primero, empeñado entonces en el sitio de
-la Rochela, en guerra también con la Inglaterra, contrariado por el
-partido de la reina madre María de Médicis, enemiga por ciertas razones
-particulares de la casa de Nevers, no podía dar más que esperanzas.
-Los venecianos no querían moverse ni menos declararse, á no ser que
-un ejército francés se introdujese en Italia, y ayudando al duque
-bajo mano, según podían, estaban á la mira de la corte de Madrid y
-del gobernador de Milán, en vista de sus proposiciones, protestas,
-exhortaciones pacíficas ó amenazadoras, según las circunstancias. El
-papa recomendaba á sus amigos al duque de Nevers, intercedía en su
-favor para con los adversarios, hacía proposiciones de paz; mas al
-tratar de poner gentes en campaña, nada quería saber.
-
-Los dos aliados pudieron, pues, empezar con seguridad la concertada
-empresa. El duque de Saboya había entrado por su parte en el
-Monferrato, D. Gonzalo había puesto con alegría sitio á Casal; mas
-no encontraba toda la satisfacción que se había prometido en dicho
-punto, pues veía que en la guerra no todo son rosas. La corte no le
-ayudaba según sus deseos, porque lo dejaba desprovisto de los medios
-más necesarios; su aliado no le servía demasiado; es decir, que después
-de haberse apoderado de su porción, andaba pellizcando la señalada
-al rey de España. D. Gonzalo se enfurecía mucho más de lo que puede
-expresarse, pero temía si daba á entender algo, que aquel Carlos
-Emanuel, tan activo en las intrigas como voluble en los tratados
-y valiente con las armas en la mano, se hiciese del partido de la
-Francia; por lo cual se vió obligado á cerrar los ojos, á tascar el
-freno, y estarse quieto. El sitio, pues, iba mal, se alargaba, y con
-frecuencia tomaba un giro poco agradable, ya por el continente firme,
-hábil, vigilante y resuelto de los sitiados, ya por tener poca gente,
-y al decir de algún historiador, á causa de los muchos disparates
-que hacía. Sobre esto, nosotros dejaremos la verdad en su lugar,
-dispuestos, aun cuando la cosa fuese realmente así, á encontrarla
-muy buena, si fué causa de que en aquella empresa quedara muerto,
-aniquilado, estropeado algún hombre á lo menos, _et ceteris paribus_,
-no habiendo, sin embargo, causado tanto daño á los edificios de Casal.
-En medio de estas circunstancias, recibió la noticia de la sedición de
-Milán, lo cual le obligó á acudir en persona.
-
-En la relación que se le hizo, no dejaron de mencionar la fuga de
-Renzo, fuga rebelde que había metido tanto ruido, como igualmente
-los hechos verdaderos y supuestos que habían motivado su arresto;
-participándole también que dicho individuo se había refugiado en el
-territorio de Bérgamo. Esta circunstancia llamó la atención de D.
-Gonzalo. De todas partes le informaban que Venecia había alzado el
-grito y alegrádose de la sublevación de Milán; y al principio se
-creía que se vería obligado á levantar el sitio de Casal, y pensaban
-siempre que él estaba abatido y con gran cuidado, tanto más cuanto que
-inmediatamente después de este suceso había llegado la noticia tan
-deseada para el senado y tan temida de D. Gonzalo, de la rendición de
-la Rochela. Picado en lo más vivo, ya como hombre, ya como político,
-que el senado hubiese formado tal opinión de él, espiaba la menor
-ocasión para persuadirles, por vía de inducción, que no había perdido
-nada de su antigua osadía; porque decir en términos expresos: “no
-tengo miedo”, equivalía á no decir nada. Éste era un buen medio para
-hacerse el disgustado, para quejarse, para reclamar; de cuyas resultas,
-habiendo llegado el presidente de Venecia á presentarle sus respetos, y
-para explorar al mismo tiempo en sus ademanes y expresión lo que pasaba
-en su alma (nótese bien esto, pues tal era la política de aquella
-fina y astuta diplomacia), D. Gonzalo, después de haber hablado del
-motín ligeramente y como hombre que ya lo ha reparado todo, movió el
-estrépito que ya sabemos tocante á Renzo, como también no ignoramos lo
-que sucedió después. En seguida ya no se ocupó más de un negocio tan
-mezquino, y tocante á él, enteramente terminado; y luego cuando pasaba
-algún tiempo le llegó la respuesta en el campamento mismo, frente de
-Casal, adonde había vuelto y estaba revolviendo tantas ideas en su
-imaginación, levantó y meneó la cabeza, á semejanza de un gusano de
-seda que busca la hoja del moral. Reflexionó un instante, para recordar
-mejor el hecho del cual no le quedaba más que una idea confusa; lo
-trajo á la memoria, presentósele una sombra vaga y fugitiva del
-individuo, pasó á otra cosa y no pensó más en ello.
-
-Pero Renzo, que estaba lejos de sospechar esto, no debió suponer un
-tan benigno descuido, por lo cual no tuvo en mucho tiempo, ó por decir
-mejor, otro estudio, que el de vivir oculto. Es fácil suponer si
-ansiaría enviar noticias suyas á las mujeres y tenerlas de ellas: pero
-había dos grandes dificultades; la una era que tenía que confiarse á
-un secretario, porque el infeliz no sabía ni escribir, ni aun leer, en
-el riguroso sentido de la palabra; y si habiendo sido preguntado, como
-recordarán los lectores, por el Dr. Azzecca-Garbugli, había contestado
-que sí, no fué para lisonjearse, por orgullo, sino que lo cierto era
-que sabía leer lo impreso tomándose algún tiempo; pero lo manuscrito,
-era negocio enteramente distinto. Érale, pues, preciso valerse de
-un tercero para confiarle sus asuntos y un secreto tan peligroso.
-En aquella época no se encontraba fácilmente un hombre que supiese
-escribir, y al mismo tiempo que fuese de fiar, mucho más en un país en
-donde no tenía ninguna especie de relaciones. La otra dificultad era
-el encontrar igualmente un mensajero, un hombre que fuese precisamente
-hacia aquel lado, que quisiera encargarse de la carta y tomarse el
-trabajo de entregarla; cosas todas muy difíciles que pudiesen reunirse
-en un solo hombre.
-
-Finalmente, á fuerza de buscar y más buscar, halló quien le escribiese;
-pero no sabiendo si las mujeres se encontraban aún en Monza, ó en
-dónde, juzgó conveniente incluir la carta para Inés en otra dirigida
-al padre Cristóbal. El amanuense se encargó también de encaminar el
-pliego, entregándolo á uno que debía pasar muy cerca de Pescarenico;
-éste lo dejó, recomendándolo mucho, en un mesón que se hallaba en el
-camino mismo y muy cerca del paraje. Como el pliego iba dirigido á un
-convento, llegó á él en efecto; mas no se ha sabido lo que sucedió
-después. No viendo Renzo aparecer contestación alguna, hizo escribir
-otra carta con poca diferencia igual á la primera, y la metió en una
-segunda dirigida á un amigo ó pariente suyo de Lecco. Buscóse otro
-portador, el cual se encontró: esta vez la carta llegó á quien iba
-dirigida. Inés se encaminó apresuradamente á Maggianico, se la hizo
-leer y explicar por Alejo su primo, del cual ya se tiene noticia:
-concertó con él una contestación, que puso por escrito, y se logró el
-medio de hacerla llegar á manos de Antonio Rivolta, en el lugar de su
-domicilio. Todo esto, sin embargo, no se hizo tan pronto como nosotros
-lo referimos. Renzo recibió dicha contestación, y mandó otra. En una
-palabra, se estableció por ambas partes una correspondencia poco
-rápida, poco regular, pero sin embargo, sostenida.
-
-Mas para tener una idea de dicha correspondencia, es necesario saber
-cómo se hacía entonces esta especie de cosas; pues bien, se hacía del
-mismo modo que ahora; porque creo que sobre este particular poco ó nada
-habrá variado.
-
-El aldeano que no sabe escribir, y que, sin embargo, se ve en la
-necesidad de hacerlo, se dirige á cualquiera que conozca dicho arte,
-escogiéndolo, cuanto le es posible, entre las gentes de su clase,
-porque tiene poca confianza en la de las demás. Él lo informa con más
-ó menos orden y claridad acerca de los antecedentes, y le expone de la
-misma manera lo que se ha de escribir. El amanuense, ya comprendiendo,
-ya adivinando, da algún consejo, propone alguna variación, y dice:
-“Dejadme hacer”; toma la pluma, pone como puede en forma de carta las
-ideas del otro, las corrige, las mejora, carga la mano, corta algunas
-veces, llega hasta omitir, según le parece que haciéndolo dará un giro
-mejor al negocio; porque no hay remedio, todo hombre que sabe más que
-los otros, no quiere ser un instrumento material de estos últimos; y
-cuando entra en las negociaciones de otro, quiere también hacerlo que
-vaya á su modo. Á pesar de todo esto, el que escribe no logra siempre
-decir todo lo que quisiera; le sucede algunas veces expresar todo lo
-contrario; no es extraño nos pase también lo mismo á nosotros los que
-escribimos para la imprenta. Cuando la carta así dispuesta llega á
-manos del corresponsal, y que no está más acostumbrado á la escritura,
-la lleva á otro sabio de igual calibre, el cual se la lee y se la
-explica. De esto nacen mil cuestiones sobre su verdadera inteligencia;
-porque el interesado, fundándose en el conocimiento que posee de hechos
-anteriores, pretende que ciertas palabras quieren decir una cosa; el
-lector, con la práctica que tiene de la composición, se empeña que
-aquéllas quieren significar otra. Finalmente, es preciso que el que
-no sabe se ponga en manos del que sabe y le encargue la contestación.
-Ésta, hecha del mismo modo que la primera carta, se encamina á su
-destino, y se sujeta á una interpretación semejante. Si por casualidad
-el objeto de la correspondencia es un poco escabroso; si se trata de
-negocios secretos que no se quiera dar á conocer á un tercero por temor
-de que la carta caiga en malas manos; si á causa de esto no se pone
-cuidado de decir con bastante claridad las cosas; entonces, por poco
-que dure la correspondencia, las partes acaban por entenderse entre sí
-como dos estudiantes que cuestionan por espacio de cuatro horas sobre
-la ética: hacemos esta comparación, para no tomarla de las cosas del
-día, porque quizá tendríamos que arrepentirnos.
-
-Al presente, pues, el caso de nuestros dos corresponsales era
-precisamente el que hemos puesto por ejemplo. La primera carta, escrita
-en nombre de Renzo, contenía muchos detalles. Primeramente, además de
-una relación de su fuga, mucho más concisa sin duda, pero también más
-desordenada que la que nosotros hemos hecho, formaba igualmente parte
-de su situación actual. Inés y su intérprete estuvieron bien lejos de
-poder sacar algo completo y claro: hablaba de un aviso secreto, de
-un cambio de nombre, de estar en seguridad y de tener que permanecer
-oculto; cosas todas muy poco familiares á sus inteligencias, mayormente
-siendo dichas en la carta un tanto enigmáticamente. En seguida, iban
-preguntas apremiantes, apasionadas, sobre las aventuras de Lucía,
-con palabras oscuras y tristes, con respecto á las voces que habían
-llegado hasta Renzo. Había, por último, esperanzas inciertas y lejanas,
-proyectos lanzados para lo sucesivo mezclando promesas y súplicas de
-mantener la fe dada, de no perder la paciencia ni el valor, de aguardar
-mejores tiempos.
-
-Poco después, Inés encontró un medio seguro de hacer llegar en manos de
-Renzo una contestación acompañando los cincuenta escudos que le habían
-sido señalados por Lucía. Al ver Renzo tanto oro, no sabía qué pensar,
-y con el ánimo agitado por una admiración é inquietud que estaban lejos
-de dejarle satisfecho, corrió apresuradamente á buscar el amanuense
-para hacerse interpretar la carta, y poseer la llave de un tan extraño
-misterio.
-
-En dicha carta, el escribiente de Inés, después de algunas quejas
-sobre la poca claridad de la primera, pasaba á describir de una manera
-por lo menos tan lamentable, la terrible historia de aquella persona
-(así decía); luego daba cuenta de los cincuenta escudos; después
-hablaba del voto, pero por vía de perífrasis; añadiendo con palabras
-más directas y claras el consejo de que se tranquilizara y no pensase
-más en ella.
-
-Poco faltó que Renzo no la emprendiese con el lector intérprete;
-temblaba, se horrorizaba, se enfurecía por lo que había comprendido y
-por lo que no había podido entender. Se hizo leer por tres ó cuatro
-veces el terrible escrito, unas veces comprendiéndolo mejor á su
-parecer, otras encontrando oscuro é inexplicable lo que en un principio
-le había parecido claro; y, en aquella fiebre de pasiones, quiso que
-el amanuense tomase precipitadamente la pluma y contestase. “Después
-de las expresiones más fuertes que puedan imaginarse de piedad y de
-terror por las aventuras de Lucía escribid”, continuaba dictando, “que
-no quiero tranquilizarme, ni me tranquilizaré jamás; que éstos no son
-consejos para dar á un hombre como yo, y que al dinero no tocaré; que
-lo guardo en depósito para que sirva de dote á la joven; que ésta debe
-pertenecerme, y que yo no tengo nada que ver con esa promesa; que
-siempre he oído decir que la Madonna se mezcla en nuestros negocios
-para ayudar á los afligidos y para obtener gracias, pero nunca para
-causar daño y para hacer faltar á la palabra; que esto no puede quedar
-así; que con el dinero nos basta para establecernos en este país;
-y que, por último, si nuestros negocios al presente están un poco
-embrollados, es una borrasca que pasará pronto”. Á esto añadió otras
-cosas poco más ó menos por el mismo estilo, las cuales omitimos para no
-cansar á los lectores.
-
-Luego que Inés recibió dicha carta, hizo escribir otra, y la
-correspondencia continuó del modo que hemos visto.
-
-Cuando Inés llegó á conseguir, ignoramos por qué medio, el hacer
-saber á Lucía que Renzo estaba sano, salvo y en lugar seguro, esta
-última experimentó un gran consuelo; pues no deseaba más que una
-cosa, á saber: que él la olvidase, ó para decirlo con más propiedad,
-que pensara en olvidarla. Por su parte, formaba cien veces al día
-una resolución semejante, y hacía todos los esfuerzos posibles para
-llevarla á cabo. Dedicábase asiduamente al trabajo; trataba de ocuparse
-toda entera á él. Cuando la imagen de Renzo se le presentaba á la
-imaginación, esforzábase en desterrarla por medio de la oración; mas
-como si dicha imagen hubiese tenido malicia, jamás llegaba sola y de
-improviso; al contrario, se introducía furtivamente á favor de otras
-imágenes, de manera que la mente no se apercibía de ella hasta algún
-tiempo después que se había presentado. Lucía comenzaba pensando en su
-madre; ¿cómo no había de pensar?, y el Renzo ideal venía poco á poco
-á colocarse en medio, como lo había hecho tantas veces el verdadero
-Renzo. Si la infeliz se ponía algunas veces á meditar sobre su
-porvenir, él aparecía también como diciendo: “allí estaré igualmente”.
-Sin embargo, si el no pensar en él era empresa desesperada, Lucía llegó
-hasta cierto punto á pensar menos y con menos fuerza de lo que hubiera
-querido; lo habría logrado mejor si hubiese sido sola en quererlo;
-mas estaba de por medio D.ª Prajedes, la cual, ocupada enteramente en
-arrancar al joven del corazón, no había encontrado mejor expediente que
-el hablar de él sin cesar. “Y bien, le decía, no pensemos más en ello”.
-
---Yo no pienso en nadie, respondía Lucía.
-
-D.ª Prajedes no era mujer que se pagase de semejante respuesta;
-replicaba que se necesitaban hechos y no palabras; discutía largamente
-sobre las costumbres de las jóvenes, las cuales, decía, cuando
-han entregado su corazón á un libertino (á los que siempre tienen
-inclinación), no quieren desprenderse jamás de él. Si un buen partido,
-razonable, un sujeto excelente, un hombre honrado les falta por algún
-accidente, en seguida se consuelan; pero cuando se enamoran de un
-calavera, el mal es incurable. Y entonces empezaba el panegírico del
-pobre ausente, del bribón llegado á Milán para llevarlo todo á sangre
-y fuego, queriendo también que Lucía confesase que en su pueblo había
-cometido una infinidad de maldades.
-
-Lucía, con la voz trémula de vergüenza, de dolor y de esa indignación
-que podía ser permitida á su alma dulce y humilde fortuna, juraba y
-perjuraba que en su pueblo aquel pobre desgraciado no había dado nunca
-nada malo que decir; hubiera querido, proseguía, que hubiese estado
-presente alguno del mismo paraje para que diese testimonio de lo que
-decía. Acerca de los sucesos de Milán, de los cuales no podía conocer
-los detalles, lo defendía igualmente por el conocimiento que tenía de
-él y de su modo de portarse desde la infancia; ella lo defendía ó se
-proponía defenderlo, por puro deber de caridad, por amor á la verdad, y
-para servirnos de la palabra con la cual se explicaba su sentimiento,
-como á su prójimo. Pero de esta apología D.ª Prajedes sacaba nuevos
-argumentos para convencer á Lucía de que en su corazón Renzo ocupaba
-un lugar del cual era absolutamente indigno. Á la verdad, en aquellos
-momentos no se hubiera podido expresar lo que le sucedía. Al infame
-retrato que la vieja dama hacía del infeliz, el sentimiento que una
-larga costumbre había hecho nacer en el espíritu de la joven, se
-despertaba en contraposición más vivo y más distinto que nunca; sus
-recuerdos, que tantos trabajos le costaba vencer, venían en tropel
-á agruparse en su mente; la aversión y el desprecio que manifestaban
-contra el joven, reclamaban otros tantos motivos de aprecio y simpatía;
-aquel odio ciego y violento excitaba en su corazón una piedad más
-intensa. ¡Qué imprudencia!, ¿á qué hacer vibrar semejante cuerda? ¿Á
-qué tratar de renovar la pasión que la infortunada trataba de arrancar
-de su corazón? Sea como quiera, la conversación por parte de Lucía no
-duraba mucho tiempo, pues las palabras se convertían bien pronto en
-lágrimas.
-
-Si D.ª Prajedes hubiese sido llevada á tratarla así por un odio
-inveterado contra ella, quizá las lágrimas la hubieran conmovido
-y hecho callar; mas como hablaba con buen fin, seguía adelante,
-sin ninguna especie de sentimiento; pues los gemidos, los gritos
-suplicantes, pueden detener muy bien el arma de un enemigo, pero no el
-bisturí del cirujano. Después de haber cumplido con su deber, según
-ella decía, luego de haberle dirigido multitud de reproches pasaba
-á las exhortaciones, á los consejos, mezclados también de algunas
-alabanzas, para templar de este modo lo agrio con lo dulce y obtener
-con más seguridad lo que deseaba, obrando sobre el ánimo en todos
-sentidos. Verdaderamente Lucía no conservaba de todas estas querellas
-(que siempre tenían poco más ó menos el mismo principio, medio y fin),
-ningún rencor contra su acerba predicadora, que la trataba por otra
-parte en todo lo demás con la mayor dulzura, y que aun en esto mismo se
-traslucía su buena intención. Sin embargo, quedábale, á pesar de todo,
-una agitación tal, una revolución tan inquieta de pensamientos y de
-amor, que necesitaba mucho tiempo y trabajo para volver á disfrutar de
-aquella especie de calma que experimentaba anteriormente.
-
-Era una dicha para Lucía que no fuese la única á quien D.ª Prajedes
-tuviese que hacer bien, pues así las querellas no podían ser tan
-frecuentes. Además, el resto de su servidumbre veíase toda llena, según
-decía, de cerebros que tenían necesidad más ó menos de ser dirigidos
-y ordenados; á mayor abundamiento todas las demás ocasiones que se
-ofrecían de prestar los mismos oficios, por caridad á muchas gentes
-con las cuales no estaba obligada á nada, tenía fuera de esto cinco
-hijas. Ninguna de ellas estaba en la casa, pero le daban más en qué
-pensar que si efectivamente hubiesen vivido todas juntas. Tres eran
-religiosas, y las otras dos estaban casadas: D.ª Prajedes se encontraba
-naturalmente á causa de semejante circunstancia con el cargo de tener
-que regentar tres monasterios y dos casas: empresa vasta y complicada,
-y tanto más ardua, cuanto que dos maridos, protegidos de padres,
-madres y hermanos; tres abadesas, escoltadas por otras dignidades y
-multitud de religiosas, no querían aceptar su superintendencia. Era una
-guerra continua, ó por mejor decir, cinco guerras sordas, encubiertas,
-políticas, finas hasta cierto punto, pero vivas y sin treguas. Había
-en cada uno de aquellos sitios una atención perpetua en escapar de
-su solicitud, en cerrar la entrada á sus opiniones, en eludir sus
-pesquisas, en procurar que ignorase lo más que fuese posible todos sus
-negocios. No quiero hablar de las oposiciones, de las dificultades que
-encontraban el manejo de otros asuntos aun más extraños: se sabe que es
-necesario por lo común dispensar el bien algunas veces á los hombres
-por fuerza. En donde su celo podía ejercitarse libremente era en su
-misma casa; todos sin distinción de clases estaban sometidos en todo
-y por todo á su autoridad, excepto D. Ferrante, con el cual las cosas
-iban de un modo enteramente particular.
-
-Hombre de estudio, no le gustaba ni mandar, ni obedecer. En buen
-hora que en todas las cosas de la casa su señora esposa fuese la
-dueña; pero él esclavo, eso no; y si cuando era rogado le prestaba en
-circunstancias dadas el servicio de su pluma, era porque se adaptaba á
-su genio y tenía un placer en ello; por lo demás, también sabía decir
-que no cuando estaba persuadido de que lo que quería hacerle escribir
-no era posible: “Ingeniaos, le decía entonces; hacedlo vos misma, ya
-que el asunto os parece tan claro”. D.ª Prajedes, después de haber
-intentado en vano por espacio de algún tiempo el atraerle para que
-ejecutase lo que deseaba, se veía obligada á regañar con él llamándole
-un _esquiva-fatigas_, testarudo, en fin, un literato, título que á
-pesar de su despecho, no se le daba sin alguna complacencia.
-
-D. Ferrante pasaba largos ratos en su gabinete de estudio, en donde
-tenía una colección considerable de libros, que constaba á lo menos
-de trescientos volúmenes, de lo más selecto; obras todas de las más
-reputadas sobre diversas materias, en cada una de las cuales estaba
-más ó menos versado. En astrología era tenido, y con razón, por más
-que un aficionado; porque no solamente poseía las nociones generales
-y el vocabulario común de influencias, de aspectos y conjunciones,
-sino que también hablaba científicamente de las doce moradas del
-cielo, de los grandes círculos, de los grados brillantes y tenebrosos,
-de exaltaciones, tránsitos y revoluciones; en una palabra, de los
-principios más ciertos y recónditos de la ciencia. Hacía quizá veinte
-años, que en largas y frecuentes disputas sostenía la preeminencia de
-Cardano sobre otro sabio apegado ferozmente á la de Alcabizio, por mera
-obstinación, decía D. Ferrante; el cual reconociendo voluntariamente
-la superioridad de los antiguos, no podía, sin embargo, sufrir que no
-se quisiera dar la razón á los modernos, principalmente en aquellas
-cosas que estaban á la vista de todo el mundo. Conocía también más que
-medianamente la historia de la ciencia; sabía en caso necesario citar
-las más célebres predicciones verificadas, y razonar con la mayor
-sutileza y erudición sobre los demás que habían fallado, para demostrar
-que la culpa no era de la ciencia, sino de los que no habían sabido
-aplicarla bien.
-
-De la filosofía antigua había aprendido igualmente lo suficiente,
-y sin cesar iba empapándose más y más en la lectura de Diógenes
-Laercio. Sin embargo, como no se pueden poseer todos los sistemas,
-por hermosos que ellos sean, y para ser filósofo es preciso escoger
-un autor, D. Ferrante había elegido á Aristóteles, el cual, según
-acostumbraba á decir, no era antiguo ni moderno, sino el _non plus
-ultra_ de los filósofos. Tenía también diversas obras de los más sabios
-y útiles secuaces de la escuela aristotélica entre los modernos; con
-respecto á las de los adversarios, jamás había querido leerlas para
-no desperdiciar el tiempo, según decía, ni comprarlas porque tampoco
-quería tirar el dinero. Únicamente y por vía de excepción daba lugar en
-su biblioteca á los veintidós libros de _Subtilitate_ y á algunas obras
-antiperipatéticas de Cardano, á causa de su mérito en la astrología,
-diciendo que el que había podido escribir el tratado de _Restitutione
-temporum et motuum cœlestium_ y el libro _Duodecim geniturarum_,
-merecía ser escuchado aunque se equivocase; que el mayor defecto de
-aquel hombre célebre había sido el tener demasiada sutileza, y que
-nadie hubiera sido capaz de calcular hasta dónde habría llegado también
-en la filosofía, si siempre hubiese seguido el camino recto. Por lo
-demás, aunque á juicio de los hombres doctos D. Ferrante pasase por
-un peripatético consumado, con todo, á sus propios ojos no le parecía
-saber todavía lo suficiente, y más de una vez se le oyó decir con una
-modestia edificante, que la esencia, los universales, el alma del mundo
-y de la naturaleza de las cosas no eran materias tan claras cuanto se
-pudiesen creer.
-
-Tocante á filosofía natural, se había formado más bien un pasatiempo
-que un estudio: las obras mismas de Aristóteles sobre esta materia las
-había más bien leído que estudiado. No obstante, con esta lectura, con
-las noticias recogidas incidentalmente en los tratados de filosofía
-general, con algunas ojeadas echadas sobre la _Magia naturale Lapidum_,
-de Porta, las tres historias _Lapidum_, _Animalium_, _Plantarum_ de
-Cardano, el tratado de las yerbas, plantas y animales del grande
-Alberto, y algunas otras obras de menos importancia, sabía en caso
-necesario entretener una reunión de personas instruidas, razonando
-acerca de las virtudes más admirables y de las curiosidades más
-singulares de muchos simples. Describía exactamente las formas y los
-hábitos de las sirenas y del ave Fénix, único en su especie; explicaba
-del modo con que la Salamandra permanecía en medio del fuego sin
-quemarse, cómo la Rémora, siendo un pescado tan pequeño, tiene la
-fuerza y la habilidad de detener en un instante en alta mar á cualquier
-buque de gran porte; cómo las gotas del rocío se vuelven perlas en el
-seno de las conchas; cómo el Camaleón se alimenta del aire; cómo del
-hielo endurecido lentamente con el trascurso del tiempo se forma el
-cristal; y por último, otra serie de secretos de la naturaleza, los más
-prodigiosos.
-
-Él se había dedicado mucho más á los de la magia y del sortilegio,
-porque dice nuestro anónimo se trataba de una ciencia mucho más en boga
-y más necesaria, de la cual los hechos son de mucha mayor importancia
-y más fácil de poderlos verificar. No hay necesidad de decir que en
-semejante estudio no había tenido jamás otra mira que la de instruirse
-y conocer á fondo las malas artes de los hechiceros, para poderse
-guardar y defenderse. Guiado, sobre todo, por el gran Martín del
-Río (el hombre de ciencia), estaba en disposición de discurrir _ex
-professo_ sobre el maleficio del amor, sobre el soporífero, sobre el
-hostil, y otras infinitas especies que por desgracia, dice también
-el anónimo, se ven en práctica diariamente, de estos tres géneros
-capitales de maleficios de efectos tan dolorosos. Los conocimientos
-de D. Ferrante en la historia, especialmente universal, eran vastos
-y profundos, sobre cuyas materias sus autores favoritos eran el
-Tarcagnota, el Dolce, el Bugatti, el Campana, el Guazzo; finalmente,
-los más célebres.
-
-Pero, decía con frecuencia D. Ferrante, ¿qué es la historia sin la
-política? Un guía que marcha siempre sin cesar, desprovisto de persona
-que le enseñe el camino, y que por consiguiente pierde todo lo que
-anda; del mismo modo, la política sin la historia es un hombre que
-camina sin guía. Tenía, pues, en sus estantes designado un pequeño
-lugar á los publicistas: allí, entre otros muchos de segundo orden,
-campeaban Bodin, Cavalcanti, Sansovino, Paruta y Boccalini: dos libros,
-sin embargo, había que D. Ferrante prefería á todos; dos obras que
-llamó, durante mucho tiempo, las primeras, sin poder jamás resolver
-á cuál de las dos convenía únicamente dar la primacía: la una era
-el _Príncipe_ y los _Discursos_ del célebre secretario florentino;
-“malvado, sí, decía D. Ferrante, pero profundo:” la otra, la _Ragion di
-Stato_, del no menos célebre Juan Botero, “hombre de bien ciertamente,
-decía también, mas astuto”. Pero poco tiempo antes de formular nuestra
-historia, salió á luz una obra que terminó la cuestión de primacía,
-sobrepujando también á las obras de aquellos dos _matones_, decía
-D. Ferrante; un libro en la cual se hallaban comprendidas y como
-destiladas todas las maldades para poderlas conocer, y todas las
-virtudes para poderlas practicar; un libro poco voluminoso, pero
-todo de oro; en una palabra, el _Statista Regnante_, de D. Valeriano
-Castiglione, de ese hombre célebre, del cual se puede decir que los más
-grandes literatos le ensalzaban á porfía, y se lo disputaban los más
-célebres personajes; de ese hombre que el papa Urbano VIII honró, según
-es público y notorio, colmándole de magníficos elogios, que el cardenal
-Borghese y el virrey de Nápoles, D. Pedro de Toledo, le pidieron que
-escribiese, el primero la vida del papa Paulo V, el otro las guerras
-del rey católico en Italia; ambos lo solicitaron en vano, de ese hombre
-que Luis XIII, rey de Francia, aconsejado por el cardenal Richelieu,
-nombró su cronista; á quien el duque Carlos Emanuel de Saboya confirió
-el mismo cargo, en elogio del cual, para callar otros gloriosos
-testimonios, la duquesa Cristina, hija del cristianísimo rey Enrique
-IV, pudo en un diploma, con muchos otros títulos, añadir: “la certeza
-de la fama que él obtiene en Italia de primer escritor de nuestra
-época”.
-
-Pero si D. Ferrante podía decirse instruido en todas las ciencias
-expresadas anteriormente, había una en la cual merecía y gozaba el
-título de profesor: ésta era la ciencia caballeresca; no sólo razonaba
-acerca de ella como maestro, sino que también rogado frecuentemente
-para que interviniese en asuntos de honor, daba siempre alguna
-decisión. Poseía en su biblioteca, y se puede añadir en su cabeza,
-las obras de los escritores más célebres en dicha materia: Parido del
-Pozzo, Fausto de Longiano, Urrea, Muzio, Romey, Albergato, y Torcuato
-Tasso, del cual tenía siempre dispuestos y en caso de necesidad sabía
-citar de memoria todos los pasajes de la _Jerusalén libertada_, como
-también de la _conquistada_, que podían servir de ejemplo en materias
-de caballería. Á pesar de todo, el autor de los autores, según su
-opinión, era el célebre Francisco Birago, con el cual se encontró más
-de una vez para sentenciar en los asuntos de honor, y que por su parte
-hablaba de D. Ferrante en términos de singular aprecio; y aun antes que
-los _Discursos caballerescos_ de dicho insigne escritor hubiesen visto
-la luz pública, D. Ferrante pronosticó, sin vacilar, que esta obra
-destruiría la autoridad de Olevano, y quedaría con sus otras nobles
-hermanas, como el código de una autoridad sin rival á los ojos de la
-posteridad; profecía, dice nuestro anónimo, que se ha verificado según
-todos pueden ver.
-
-El expresado autor pasa en seguida á hablar de los conocimientos que
-poseía D. Ferrante con respecto á la amena literatura; pero nosotros
-empezamos á dudar si el lector tendrá grandes deseos de seguir
-adelante con aquél en esta reseña, y por lo tanto, temiendo molestarle
-demasiado, volveremos á tomar el interrumpido hilo de nuestra historia,
-para detenernos en ella más pausadamente. Además, tenemos aún un largo
-camino que recorrer antes de encontrar á los personajes por los cuales
-el citado lector se interesa más, si hay sin embargo alguna cosa en
-todo esto que ciertamente le interese.
-
-Hasta el otoño de 1629 permanecieron todos, quienes voluntariamente,
-quienes por fuerza, en el mismo estado en que los hemos dejado, sin
-que sucediese á ninguno de ellos la menor cosa digna de ser referida.
-Vino por fin el deseado otoño en que Inés y Lucía habían proyectado
-reunirse; pero un gran acontecimiento público echó por tierra semejante
-cálculo, siendo esto á la verdad el más pequeño de sus efectos.
-Vinieron en seguida otros sucesos, que sin embargo, no trajeron ningún
-cambio notable en la suerte de nuestros personajes. Finalmente, nuevas
-desgracias, más generales, más terribles y formidables, llegaron
-hasta ellos como un impetuoso y devastador huracán que arranca los
-árboles, echa abajo las casas, abate la cúspide de las más elevadas
-torres, cuyas ruinas siembra por doquier; se lleva también las flores
-escondidas entre la yerba, arrebata las hojas ligeras y ya secas que
-una débil brisa había arrojado en un rincón, y las arrastra en su
-inmenso torbellino.
-
-Ahora, para que los hechos particulares que nos restan por referir
-aparezcan claros, debemos absolutamente, y es indispensable que
-volvamos á tomar la narración de los hechos generales desde un poco más
-atrás.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DÉCIMO
-
-
-Después de la famosa asonada del día de S. Martín y del siguiente,
-pareció que la abundancia hubiese vuelto á Milán como por milagro.
-Las panaderías se veían llenas de pan; el precio de éste era como
-en los años más fértiles; las harinas estaban en proporción. Los
-que en aquellos dos días habían gritado por las calles ó hecho algo
-más, tenían al presente (exceptuando el pequeño número que habían
-sido presos) motivos de congratularse, y no se crea por esto que
-permaneciesen tranquilos después de pasado el primer susto de las
-prisiones: en las plazas, en las esquinas, dentro de las tabernas,
-bailaban, se felicitaban, y aun se jactaban entre dientes de haber
-encontrado el medio de hacer bajar el precio del pan; mas sin embargo,
-en medio de las fiestas y regocijos reinaba una vaga inquietud, un
-presentimiento confuso de que semejante dicha no sería de muy larga
-duración, agrupábanse en torno de las panaderías y de los almacenes
-de harina, según había sucedido cuando aquella abundancia ficticia
-y pasajera producida por la primera tarifa de Antonio Ferrer, todos
-gastaban con profusión, el que tenía algún dinero lo invertía en harina
-y pan, les servían de almacenes los cofres, los más pequeños toneles, y
-hasta las ollas. Apresurándose de este modo á gozar de las ventajas del
-momento, hacían, no digamos imposible su larga duración, porque por sí
-misma ya lo era, sino que á cada instante se volvía más y más difícil
-su continuación.
-
-El 15 de noviembre, Antonio Ferrer, _de orden de su excelencia_,
-publicó un bando, por el cual se prohibía á cualquiera que tuviese en
-su casa grano ó harina, el comprar pan, poco ni mucho, y á los demás
-únicamente el que necesitasen para dos días, _bajo penas pecuniarias y
-corporales al arbitrio de su excelencia_. Dicho bando intimaba á los
-encargados de su cumplimiento y á cualesquiera persona, el denunciar á
-los contraventores, ordenando á los jueces el hacer pesquisas en las
-casas que les fuesen designadas, dando al propio tiempo á los panaderos
-una nueva orden terminante y expresa de tener las tiendas bien
-provistas de pan, _so pena, en caso de contravención, de cinco años de
-galeras y de mayor pena_, al arbitrio de su excelencia. Es preciso un
-grande esfuerzo de imaginación para creer que semejante bando pudiese
-ponerse en ejecución. Á la verdad, si todos los que se publicaban
-entonces hubiesen podido tener entero y cumplido efecto, el ducado de
-Milán hubiera tenido en el mar más gente que hoy día la Gran Bretaña.
-
-Pero mandando á los panaderos hacer una tan gran cantidad de pan, era
-indispensable igualmente dar alguna orden para que no faltasen las
-primeras materias. En las épocas de carestía se hace siempre un estudio
-especial en reducir á pan los productos ó alimentos que acostumbran á
-consumirse bajo otra forma. Se había, pues, calculado el hacer entrar
-el arroz en la composición del pan llamado de _mistura_[6]. El 23 de
-noviembre salió una nueva orden secuestrando á las órdenes del vicario
-y de los doce miembros de la provisión la mitad del arroz (que entonces
-se le daba el nombre de _risono_[7], y aún hoy día se llama del mismo
-modo), que cada uno tuviese, bajo pena, á cualquiera que dispusiera de
-él sin permiso de los expresados señores, á la pérdida del género y á
-una multa de tres escudos por _moggio_[8]. Esto, según se ve, era muy
-justo.
-
-
-Mas para comprar dicho arroz era preciso pagarlo á un precio muy
-desproporcionado al que tenía el pan; por lo tanto se impuso á la
-ciudad la carga de suplir esta enorme diferencia; mas el consejo de
-los decuriones deliberó el mismo día 23 de noviembre el representar
-al gobernador la imposibilidad de sostener por mucho tiempo semejante
-carga, y el gobernador por medio de un bando, fecha 7 de diciembre,
-fijó el precio del mencionado arroz á doce libras el _moggio_. Tanto al
-que pidiese un precio más subido como al que rehusase venderlo, se le
-intimó la pena de la pérdida del género y una multa del mismo valor,
-_y mucha y más grande pena pecuniaria y también corporal, hasta la de
-galeras, al arbitrio de su excelencia, según la cualidad de los casos y
-las personas_.
-
-El precio del arroz mondado había sido ya fijado antes de la primera
-conmoción: la tarifa, ó para servirnos de una denominación más célebre
-en los anales modernos, el _máximum_ del grano y de los demás cereales
-comunes se había fijado en otros bandos que no hemos podido encontrar.
-
-Mantenido de este modo á un precio módico en Milán el trigo y la
-harina, sucedió que una multitud de gentes del campo acudieron á
-proveerse á la ciudad. D. Gonzalo, para remediar dicho inconveniente,
-según él lo llamaba, prohibió por otra ordenanza de 15 de diciembre
-el sacar fuera de Milán pan por más del valor de veinte sueldos, bajo
-pena de la pérdida del pan mismo y veinticinco escudos, _y en caso de
-insolvencia, de dos carreras de azotes en público, y mayor castigo
-aún_, como de costumbre, al arbitrio de su excelencia. El 22 del mismo
-mes se publicó una orden igual para las harinas y granos.
-
-El populacho había querido procurarse la abundancia por medio del
-pillaje y del incendio: el gobierno quería mantenerla con las galeras y
-azotes. Dichos medios eran bastante adecuados; mas juzgue el lector si
-podían lograr el fin que se proponían: en un momento vamos á ver cómo
-lo consiguieron. Por otra parte, no es inútil que observemos que estos
-extraños medios entre sí tienen una conexión íntima y necesaria; cada
-uno era la consecuencia inevitable del precedente, y todos dimanaban
-del primero, que fijaba al pan un precio tan desproporcionado al que
-debía resultar del estado real de las cosas. Semejante expediente
-ha parecido, y ha debido parecer siempre á la multitud, no sólo
-conforme á la equidad, sino también muy sencillo y muy fácil de poner
-en ejecución: es, pues, sumamente natural que en las angustias
-y padecimientos que trae en pos de sí la carestía, la expresada
-multitud lo desea, lo pide, y si puede lo impone. Pero á medida que se
-experimentan las consecuencias, es necesario que á aquellos á quienes
-toca esta incumbencia, se dediquen á repararlas todas por medio de
-una ley que prohíba hacer lo que designaban las leyes anteriores.
-Permítasenos observar aquí, como de paso, una singular combinación.
-En un país y en época no muy lejana, en la época más famosa y notable
-de la historia moderna, se recurrió en circunstancias semejantes á
-iguales expedientes (casi podríamos decir los mismos en la sustancia),
-con la sola diferencia que eran en mayor proporción, y poco más ó
-menos en el mismo orden. Tomáronse, pues, estas medidas en menosprecio
-de la razón de los tiempos tan cambiados y de los conocimientos
-crecientes en Europa, y en dicho país quizá más que en otro alguno,
-siendo principalmente la causa de esto, que la gran masa del pueblo,
-hasta la cual no habían llegado todavía los mencionados conocimientos,
-pudiese hacer prevalecer su juicio, é hiciese igualmente la ley, según
-vulgarmente se dice á los legisladores.
-
-Mas volviendo á proseguir nuestra interrumpida narración, diremos que
-al fin y al cabo los dos principales frutos de la sublevación habían
-sido dos: el desperdicio y pérdida efectiva de víveres, durante la
-conmoción misma, consumiendo mientras rigió la tarifa, sin cuidado
-y sin medida el poco grano que debía bastar para ir tirando hasta la
-nueva recolección. Á estos efectos generales es preciso añadir el
-suplicio de cuatro desventurados designados como jefes del motín, los
-cuales fueron ahorcados, dos enfrente del horno de las _Muletas_, y los
-dos restantes al extremo de la calle, en donde se hallaba la casa del
-vicario de la provisión.
-
-Además, las relaciones históricas de aquella época, están escritas
-tan sin orden, que no se ha podido encontrar cómo y cuándo cesó la
-expresada tarifa tan arbitraria. Si á falta de pruebas positivas nos
-es lícito aventurar algunas conjeturas, estamos decididos á creer que
-fué suprimida un poco antes ó después del 24 de diciembre, día de la
-consabida ejecución. Por lo que respecta á las ordenanzas, después
-de la del día 22 del mismo mes, que hemos citado, no encontramos
-otra en materia de subsistencias, ya sea que las que se hubiesen
-publicado fracasaran, ya que hayan escapado á nuestras pesquisas,
-ya, por último, que la autoridad desanimada, si no convencida de la
-ineficacia de sus remedios y arrastrada por la fuerza misma de los
-sucesos, los haya abandonado á su propio curso. Pero nosotros hallamos
-en las relaciones de más de un historiador (inclinados como estaban
-todos á describir los grandes acontecimientos, más bien que á observar
-las causas y progresos) el cuadro del país, y principalmente el de
-la ciudad, á la conclusión del invierno y en la primavera. En esta
-época, la desproporción de los víveres y las necesidades que no habían
-podido hacer cesar ni los remedios que aumentándola, habían suspendido
-temporalmente los efectos, ni una introducción suficiente de cereales
-extranjeros, á la cual se oponían la escasez de medios públicos y
-privados, la penuria de los países circunvecinos, la languidez y la
-paralización del comercio, las leyes mismas que tendían á establecer la
-baratura á favor de medidas violentas; todas estas circunstancias, que
-eran la verdadera causa de la carestía, ó por mejor decir, esta misma
-obraba sin obstáculo de ninguna especie y con toda su fuerza. He aquí
-la copia de aquel doloroso cuadro.
-
-Todas las tiendas estaban cerradas; las fábricas en gran parte
-desiertas; las calles ofrecían un espectáculo terrible, un incesante
-curso de miserias y una morada perpetua de sufrimientos. Los mendigos
-de profesión, habiendo quedado circunscritos á un número muy escaso,
-confundidos y perdidos en una nueva multitud, se veían reducidos á
-disputar la limosna con aquellos de los cuales en otro tiempo la habían
-recibido. Los oficiales y aprendices despedidos por los comerciantes
-y fabricantes, privados de su salario y jornal, vivían penosamente
-de sus economías y ahorros: los jornaleros, errando de puerta en
-puerta, de calle en calle, apoyados en las esquinas, tumbados en
-las aceras, arrimados á las casas y á las iglesias, pedían limosna
-con voz lastimera ó vacilaban entre la necesidad y la vergüenza que
-aún no habían podido dominar; descarnados, débiles, apenas tenían
-la suficiente fuerza para sostenerse, abatidos como estaban por una
-larga vigilia y por los rigores del frío, que penetraba por entre sus
-andrajosos vestidos, en los cuales se distinguían aún las señales de su
-antiguo bienestar. Veíanse mezclados á esta deplorable turba, y no en
-muy pequeño número, servidores despedidos por sus amos, caídos entonces
-desde la medianía á la estrechez, ó que á pesar de tener facultades,
-se encontraban inhábiles en tiempos tan calamitosos, de sostener tan
-grande y numerosa servidumbre. Á todos estos indigentes se agregaba
-otro número infinito, acostumbrados en parte á vivir de las sobras
-de aquéllos; divisábanse por todas partes niños, mujeres, ancianos,
-agrupados en torno de los que habían sido hasta el presente su sostén,
-vagando dispersos tendiendo la mano.
-
-Tropezábase también y se les distinguía por sus _ciuffo_ ó poblados
-mechones, por los restos de sus magníficos vestidos, por un cierto
-no sé qué en el porte y gesto, por esas huellas que los hábitos
-imprimen sobre el rostro; encontrábanse, repito, muchos individuos
-pertenecientes á la mala ralea de los bravos, los cuales, habiendo
-perdido por una suerte común su pan criminal, lo andaban buscando
-por misericordia. Domados por el hambre, no disputaban con los
-demás, valiéndose únicamente de las súplicas; se arrastraban por la
-ciudad, ellos que tantas veces la habían recorrido con la cabeza
-alta, con ademán altanero y feroz, cubiertos de ricos y caprichosos
-vestidos, cargados de magníficas armas, adornados de elegantes plumas,
-perfectamente peinados y perfumados: veíase al presente, á estos
-hombres, alargar humildemente aquella mano que tantas veces se había
-levantado para amenazar con insolencia ó para herir á traición.
-
-Pero el espectáculo más horrible y más digno de compasión á la vez,
-era la innumerable multitud de aldeanos: veíanse reunidos por familias
-enteras; maridos, mujeres, niños, ancianos. Algunos cuyas casas habían
-sido invadidas y despojadas por la soldadesca alojada ó que iba de
-paso, habían huido desesperados; otros para mover más á compasión y
-para hacer distinguir su miseria entre tantas, mostraban las heridas y
-cicatrices de los golpes que habían recibido al defender sus escasas y
-últimas provisiones, ó al escapar de aquel desenfreno ciego y brutal.
-Otros, finalmente, no habiéndoles alcanzado todavía semejante azote,
-pero arrojados por otros dos, de los cuales ningún rincón había quedado
-exento, á saber: la esterilidad y las cargas más exorbitantes que
-jamás habían sido exigidas para satisfacer lo que entonces llamaban
-necesidades de la guerra, llegaban á la ciudad como á la morada, como
-al último asilo de la abundancia y de una piadosa munificencia. Se
-podían conocer fácilmente los recién llegados por su aire incierto
-y de estupidez, y poco después por el despecho que manifestaban á
-la vista de tal desorden, de una tan grande rivalidad de miseria,
-allí donde habían esperado ser objeto singular de compasión y atraer
-sobre sí las miradas y los socorros. En las facciones de los que por
-más ó menos tiempo recorrían y habitaban las calles de la ciudad,
-prolongando su desgraciada existencia por los escasos socorros que
-obtenían por largos intervalos, veíase pintada una consternación más
-negra y más profunda. Vestidos de diferentes maneras, los que todavía
-podían llamarse vestidos, y distintos también en su aspecto: semblantes
-descoloridos de la tierra baja, bronceados del llano, del Mediodía y
-de las colinas, sanguíneos de los montañeses; mas sin embargo, todos
-afilados y descompuestos, todos con los ojos hundidos, miradas fijas
-participando de la fiereza é insensatez; los cabellos desordenados,
-las barbas largas y descuidadas; cuerpos nutridos y endurecidos por
-las fatigas, veíanse ahora aniquilados por el hambre. Y para completar
-cuadro tan desolador, la naturaleza misma aparecía como vencida por
-cierta especie de languidez y consunción.
-
-Divisábase por doquier en las calles, pegados á las paredes de las
-casas, montones de paja y bálago, mezclados de asquerosa inmundicia;
-esto, sin embargo, era para aquellos infortunados un don y una prueba
-de la caridad; éstos eran los lechos donde reposaban sus cabezas
-durante la noche. De cuando en cuando se veía, aun en medio del día,
-echarse en ellos á alguno á quien la debilidad había quitado las
-fuerzas y paralizado las piernas: muchas veces aquel triste lecho
-acogía un cadáver: muchas veces se veía caer á un desgraciado de
-improviso en la calle, y quedar en el mismo sitio sin movimiento y sin
-vida.
-
-De vez en cuando, al lado de alguno de esos infelices se veía á un
-pasajero ó vecino atraído por una súbita compasión. En algunos puntos
-llegaban socorros ordenados con más larga previsión, dirigidos por una
-mano rica en medios, y acostumbrada á prestar grandes beneficios: ésta
-era la mano del virtuoso Federico. Había escogido seis sacerdotes, los
-cuales á una caridad viva y perseverante, uniesen una constitución
-fuerte y robusta; los había dividido en tres parejas, designando á
-cada una el que recorriese la tercera parte de la ciudad, seguidos por
-mozos cargados de alimentos, refrigerios y ropas. Todas las mañanas,
-aquellos dignos sacerdotes recorrían las calles en diversos sentidos:
-aproximábanse á los que veían echados en el suelo, prestando á cada uno
-los socorros necesarios; al que estaba agonizando y no podía recibir
-ya los alimentos, le administraban los auxilios y consuelos de la
-religión; á los hambrientos les daban sopas, huevos, pan y vino, á
-los extenuados por una larga vigilia los confortaban antes por medio
-de espíritus, con el objeto de que se pusiesen en estado de resistir
-el alimento; igualmente distribuían vestidos á los que se hallaban en
-la más espantosa desnudez. No se limitaba á esto solo su asistencia:
-el buen pastor había querido á lo menos procurar un alivio eficaz y
-duradero hasta donde llegasen sus alcances. Los infelices á quienes
-este primer socorro volvía las fuerzas para poder andar y manejarse
-por sí solos, recibían también algún dinero, á fin de que la necesidad
-renaciente y la falta de otros recursos no les lanzase por segunda
-vez en su primitivo estado; á otros les buscaban un asilo y abrigo en
-alguna casa de las más próximas. En la morada de estos bienhechores
-eran casi siempre acogidos por caridad, y como recomendados por el
-cardenal; en otras, donde á pesar de la buena voluntad faltaban medios,
-los buenos sacerdotes pedían únicamente que el desgraciado fuese
-recibido pagando una pensión, convenían en el precio, y entregaban
-cierta cantidad por vía de adelanto. En seguida daban la lista de los
-desgraciados á los curas de la parroquia para que los visitasen, y
-volvían los mismos sacerdotes á verlos.
-
-No es necesario decir que Federico hubiese aguardado que el mal
-llegara á su colmo para ser movido y dedicar todos sus cuidados. Su
-ardiente caridad debía hacerse sentir en todas partes, acumularse,
-acudir adonde no había podido todavía tomar, por decirlo así, tantas
-formas cuantas exigía la necesidad. Reuniendo todo aquello de que podía
-disponer, guardando la más estricta economía, invirtiendo todos los
-ahorros destinados á otras obras de beneficencia que entonces se habían
-vuelto de una importancia secundaria, había buscado todos los medios
-posibles para recoger dinero, empleándolo exclusivamente en aliviar á
-los infelices que morían de hambre. Hizo grandes compras de granos, y
-había enviado una buena parte á los lugares más escasos de su diócesis.
-Como el socorro estaba lejos de igualar á la necesidad, mandó también
-una gran cantidad de sal, con la cual, según dice Ripamonti, la yerba
-de los prados y la corteza de los árboles se convertía en alimento[9].
-Había distribuido granos y dinero á los párrocos de la ciudad; él
-mismo en persona recorría todos los barrios, repartiendo limosnas y
-socorriendo además, secretamente, á muchas familias indigentes. En
-el palacio episcopal se hacía cocer diariamente una gran cantidad de
-arroz, y al decir de un escritor contemporáneo (el médico Alejandro
-Tadino, en una de sus obras[10], que con frecuencia tendremos ocasión
-de citar más adelante), se repartían todas las mañanas dos mil
-escudillas.
-
-
-Pero estos efectos de la caridad, que podemos llamar grandiosos al
-considerar que venían de un solo hombre y de sus solos medios (ya que
-Federico rehusaba por sistema el ser el dispensador de la liberalidad
-de otros); estos efectos, repito, unidos á los dones de otras manos
-privadas, si no tan fecundas, á lo menos numerosas, juntamente con
-los socorros que el consejo de los decuriones había decretado, dando
-al tribunal de la provisión la incumbencia de distribuirlos, no eran
-suficientes aún en comparación de las necesidades que había. Mientras
-que algunos aldeanos próximos á morir de hambre, lograban por la
-caridad del cardenal prolongar su existencia, otros llegaban á aquel
-extremo; los primeros, concluido un tan moderado socorro, volvían á
-recaer; por otro lado, había gentes no olvidadas sino pospuestas,
-como que padecían menos, por una caridad precisada á escoger; por
-consiguiente, los sufrimientos venían á ser mortales; por doquier
-aparecía la muerte, de todas partes acudían á la ciudad. Por un lado,
-veíanse millares de hambrientos más robustos y diestros para sobrepujar
-la concurrencia y hacerse sitio, los cuales habían conquistado una
-escudilla de sopa suficiente para no morirse en aquel día; pero otros
-muchos se quedaban atrás envidiando á aquellos, nosotros diremos, más
-afortunados, siendo así que entre los rezagados había al mismo tiempo
-padres, mujeres é hijos de los primeros. Y mientras en ciertas partes
-de la ciudad algunos de los más menesterosos y reducidos al último
-extremo se levantaban del suelo reanimados, recobrados y alimentados
-por algún tiempo, en cien distintos lados, otros caían desfallecidos y
-aun expiraban sin ayuda, sin auxilio alguno.
-
-
-Durante el día, oíase por las calles un ruido confuso de voces
-suplicantes; por la noche un susurro de gemidos, suspendido de cuando
-en cuando por grandes lamentos lanzados de improviso, por gritos, por
-acentos profundos de invocación, que terminaban en sofocados sollozos.
-
-Lo más notable y digno de consideración era, que en medio de tan
-grande exceso de sufrimientos, con tanta variedad de disputas, no se
-viese jamás una tentativa, no se escapase un solo grito sedicioso. Sin
-embargo, de todos aquellos que vivían y morían de semejante modo,
-había un buen número de hombres habituados á todo, menos á tolerar,
-siendo éstos al contrario los centinelas de los mismos que el día de S.
-Martín se habían hecho oir tanto. No es posible imaginar que el ejemplo
-de los cuatro desgraciados que habían pagado la pena por todos, fuese
-lo que ahora los refrenase: ¿qué fuerza podía tener, no la presencia,
-sino la memoria de las ejecuciones sobre los ánimos de una multitud
-vagabunda y reunida, que se veía como condenada á un lento suplicio, y
-que en efecto ya lo padecía? Pero los hombres en general, todos somos
-así, nos rebelamos indignados y furiosos contra los males pequeños, y
-nos encorvamos silenciosamente bajo el peso de los grandes; soportamos,
-no resignados sino con la mayor estupidez, el colmo de lo que en un
-principio habíamos llamado insoportable.
-
-El vacío que la mortandad hacía diariamente en aquella deplorable
-multitud, se llenaba de nuevo á cada momento: era un concurso continuo,
-primeramente de los pueblos circunvecinos, después de toda la campiña,
-luego de las ciudades del milanesado; y por último, también de otros
-pueblos. Entretanto, los antiguos habitantes de la ciudad salían de
-ella todos los días á bandadas, unos para sustraerse á la vista de
-tantas calamidades; otros, viéndose, por decirlo así, arrebatados de
-sus posiciones por nuevos concurrentes en mendicidad, partían con la
-última esperanza de buscar socorros en otras partes, fuese donde fuese,
-en donde la multitud apareciera menos menesterosa, ó la emulación de
-pedir se viese que no era tanta. Las dos cuadrillas de peregrinos se
-encontraban en su opuesto viaje: ¡espectáculo doloroso!, ¡siniestro
-presagio del término al cual unos y otros iban encaminados!, mas ellos
-seguían su camino, si no con la esperanza de mudar de suerte, á lo
-menos para no volver á cobijarse bajo un cielo que les había llegado
-á ser odioso, para no ver jamás los lugares en donde habían sido
-entregados á la desesperación. Á veces un desgraciado, cuya necesidad
-había agotado las últimas fuerzas vitales, caía desplomado en el camino
-y exhalaba allí su postrer suspiro, siendo un espectáculo funesto, un
-objeto de horror para sus mismos compañeros de miseria, y acaso de
-reproche para los demás viajeros. “Yo presencié, escribe Ripamonti,
-en la calle que se dirige á la muralla, el cadáver de una mujer... Le
-salía de la boca yerba medio mascada, y los labios presentaban aún
-el ademán de un esfuerzo rabioso... Llevaba un pequeño fardo en la
-espalda, y apretaba convulsivamente la cara de un tierno niño contra su
-pecho, el cual, llorando amargamente, pedía de mamar... Aparecieron en
-aquel sitio algunas personas compasivas, las cuales, habiendo recogido
-del suelo á la desgraciada criatura, se la llevaron, tratando de
-cumplir en seguida el primer deber materno”.
-
-Aquel contraste de vestidos magníficos y de harapos, de lujo y de
-miseria, espectáculo muy común en tiempos normales, había entonces
-cesado enteramente. La pobreza y los andrajos lo habían casi invadido
-todo, y el que más se distinguía era apenas bajo una apariencia de
-humilde medianía. Veíase á los nobles caminar con traje sencillo y
-modesto, y casi casi puede decirse ordinario; los unos porque la
-miseria general había cambiado hasta ese punto su fortuna, los otros
-por temor de provocar con el lujo la pública desesperación, ó por pudor
-y para no insultar la desgracia bajo la cual gemía el pueblo entero.
-Aquellos poderosos, odiados y temidos, que solían andar dando vueltas
-por la ciudad con un numeroso séquito de bravos, iban al presente
-casi solos, con la cabeza baja, y en sus ademanes parecía que pedían
-y ofrecían la paz. Los que aun en el apogeo de la fortuna habían, sin
-embargo, tenido ideas más humanitarias y mostrádose más modestos,
-aparecían también confusos, consternados y como oprimidos á la vista
-continua de una miseria que sobrepujaba, no sólo la posibilidad de los
-socorros, sino que también podríamos decir las fuerzas de la compasión.
-El que podía dispensar alguna limosna, tenía no obstante que hacer una
-triste elección entre hambre y hambre, entre urgencia y urgencia.
-Apenas se veía una piadosa mano que se aproximaba á un infeliz,
-cuando aparecía á su alrededor, como por encanto, una innumerable
-turba de menesterosos, de los cuales el que conservaba más vigor se
-hacía lugar y se adelantaba á todos para pedir con más instancia; los
-extenuados, los ancianos y los niños alzaban las descarnadas manos;
-las madres levantaban y mostraban de lejos á sus pequeños hijos que
-lloraban sin consuelo, mal envueltos en andrajosos pañales, y á quienes
-volvían á bajar estrechándolos contra su pecho, por carecer de fuerzas
-suficientes, á causa de su extremada debilidad para sostenerlos en
-aquella posición.
-
-De este modo se pasó el invierno y la primavera. Hacía ya algún tiempo
-que la junta de sanidad había representado al tribunal de la Provisión
-el peligro á que tanta miseria exponía á la ciudad; y para prevenir
-el contagio proponía encerrar á los mendigos vagabundos en diversos
-hospicios. Mientras que se discute este proyecto, se aprueba, se piensa
-en los medios, modos y lugares para llevarlo á efecto, los cadáveres
-cubren las calles á cada día que transcurría y en número creciente,
-aumentándose á proporción de esto todo el restante cúmulo de miserias.
-El tribunal de la provisión propone entonces un partido más fácil y
-expedito, cual es el reunir en un solo lugar, en el lazareto, á todos
-los mendigos sanos y enfermos, debiendo ser mantenidos y curados á
-expensas de la ciudad. Esto fué resuelto contra el parecer de la junta
-de sanidad, la cual se oponía, y con razón, objetando que en una tan
-gran reunión de gentes, el peligro al cual se quería poner remedio no
-haría más que aumentarse.
-
-Es casi indispensable que hagamos aquí una ligera descripción del
-lazareto de Milán, para aquellos de nuestros lectores que no tengan
-de él ninguna idea. Es, pues, un edificio que forma un cuadrilátero,
-y está situado fuera de la ciudad, distando de las murallas sólo el
-espacio del foso, de un camino de circunvalación, y de un acueducto que
-rodea el recinto mismo. Las dos alas mayores tienen de longitud unos
-quinientos pasos; las otras dos, unos cuatrocientos ochenta y cinco;
-todos por la parte exterior están divididos en pequeñas habitaciones
-de un solo piso; en el interior se ve un gran claustro cuyos pórticos
-están sostenidos por pequeñas y delgadas columnas.
-
-Las celdas eran doscientas ochenta y ocho en aquel entonces; en
-nuestros días hay muchas más, habiéndose hecho en el centro una gran
-entrada y otra pequeña en un extremo de la fachada que da al camino
-real. En el tiempo á que nos referimos no había más que dos entradas;
-la una en el centro del ala que mira á las murallas de la ciudad, y
-la otra de frente en el opuesto. En el centro del espacio interior
-existía, y aún existe todavía, una pequeña iglesia de forma octógona.
-
-El primer destino de todo el edificio, comenzado en el año de 1489,
-con el dinero de un legado particular, continuado después por algunos
-otros públicos de varios testadores y donantes; el primer destino del
-edificio, repito, fué, como lo da á conocer el mismo nombre, el de
-acoger cuando ocurriese, á los atacados de la peste; la cual ya mucho
-antes de dicha época solía aparecer dos, cuatro, seis y ocho veces cada
-siglo, ya en uno, ya en otro país de Europa, invadiendo una gran parte
-de ésta y también recorriéndola enteramente en todas direcciones: en el
-momento de que hablamos, el lazareto no servía más que para depósito de
-las mercancías sujetas á la cuarentena.
-
-Para desocuparlo y dejarlo expedito, no miraron el rigor de las leyes
-sanitarias, y habiendo hecho precipitadamente la limpieza y los
-experimentos prescritos, despacharon todos los géneros á un tiempo,
-echaron paja en todas las celdas, se hicieron provisiones de víveres
-hasta donde fué posible, y se invitó por medio de edictos públicos á
-todos los menesterosos que quisieran refugiarse allí.
-
-Muchos concurrieron voluntariamente: todos los que yacían enfermos por
-las calles y plazas, fueron trasladados; en pocos días, entre unos y
-otros, ascendieron á más de tres mil. Sin embargo, muchos más fueron
-los que quedaron sin asilo; ya fuese que éstos esperasen ver que los
-demás se iban y que ellos quedarían en número muy escaso para gozar de
-las limosnas de la ciudad, ya esa natural repugnancia á la clausura,
-ya esa desconfianza de los pobres por todo lo que se les propone por
-parte de los que poseen la riqueza y el poder (desconfianza siempre
-proporcionada á la ignorancia común de quien la siente y de quien la
-inspira, al número de los pobres y al poco criterio de las leyes), ó
-el saber efectivamente cuál era en realidad el beneficio ofrecido; ya
-fuese todo esto junto, ú otra cosa, el hecho es que la mayor parte,
-no haciendo caso de la invitación, continuaba arrastrándose por las
-calles y sufriendo las más grandes privaciones. Al ver esto se juzgó
-conveniente pasar de la invitación á la fuerza. Se nombraron rondas
-de alguaciles, para que condujesen á los mendigos al lazareto y que
-llevasen atados á los que se resistieran; por cada uno de los cuales
-les fué señalado una recompensa de diez sueldos: ¡he aquí cómo el
-dinero del pueblo se encuentra siempre para malgastarlo, aun en tiempos
-de la mayor penuria y escasez! Y aunque según se había calculado, y la
-misma junta de la Provisión lo había hecho á propio intento, de que
-cierto número de menesterosos huyese de la ciudad, para ir á vivir ó
-morir en otra parte, disfrutando á lo menos de libertad; sin embargo,
-la caza fué tal, que en poco tiempo el número de refugiados, entre
-voluntarios y prisioneros, se aproximó á diez mil.
-
-Debemos suponer que las mujeres y los niños estarían colocados en
-distintas habitaciones, á pesar de que la historia de aquel tiempo
-no rece nada de esto. Además, creemos que no faltarían reglas y
-precauciones para el buen orden; pero imagínese cualquiera qué orden
-podía establecerse y mantenerse, especialmente en aquellos tiempos y
-circunstancias, en una tan vasta y varia reunión, en donde, con los
-voluntarios, se hallaban mezclados los forzados; con aquellos para los
-cuales la mendicidad era una necesidad, un dolor, una vergüenza; con
-aquellos que la tenían por oficio; con muchos criados en la honesta
-actividad de los campos y de las oficinas, revueltos con otros educados
-en las plazas, en las tabernas, en los palacios de los poderosos,
-acostumbrados al ocio, á la holgazanería, á las maldades y á la
-violencia.
-
-Del modo que estarían tanta diversidad de clases viviendo y comiendo
-juntos, se podría tristemente conjeturar, aunque no tuviésemos ningunas
-noticias positivas, pero por fortuna las tenemos. De veinte á treinta
-dormían hacinados en cada una de aquellas celdas, ó tumbados bajo los
-pórticos, sobre un poco de paja podrida é infecta, ó sobre la desnuda
-tierra; porque si bien se había mandado que la paja fuese fresca y
-abundante, cambiándola á menudo, sin embargo, lo positivo era el ser
-mala, escasa, y el no remudarse nunca. Igualmente se había ordenado,
-que el pan fuese de buena calidad; mas, ¿qué administrador ha dicho
-jamás que se hacen y gastan malos artículos? Pero esto que no se
-hubiera obtenido en circunstancias ordinarias, ni aun para el servicio
-más estrecho, ¿cómo lograrlo en aquella ocasión y en medio de toda
-aquella barahúnda? Entonces se dijo, según encontramos en las memorias
-de aquella época, que el pan del lazareto había sido alterado con
-sustancias pesadas y no nutritivas; y sin embargo, es demasiado creíble
-que esto no eran vanas quejas. Por último, había una gran escasez de
-agua, es decir, de agua viva y saludable; el pozo común debía ser el
-acueducto que lame las murallas del recinto, cuyas aguas escasas,
-estancadas y también cenagosas, habían llegado á ponerse peor, á causa
-del uso continuo y la proximidad de tanta gente.
-
-Á todas estas causas de mortandad, tanto más activas, cuanto que ellas
-obraban sobre cuerpos ya enfermos ó extenuados, se unía la malignidad
-de la estación: lluvias obstinadas seguidas de una sequedad más
-obstinada todavía, y después de esto un calor anticipado y violento. La
-desgracia común fué aumentada por la inquietud y por la desesperación,
-por el deseo de los antiguos hábitos, por el recuerdo de los seres
-queridos que los infortunados habían perdido, por la memoria inquieta
-y dolorosa de aquéllos de quienes habían sido separados, por mil otras
-pasiones de abatimiento y de rabia que habían traído y también nacido
-allí dentro; la aprehensión y el espectáculo continuo de la muerte
-había llegado á ser para ellos mismos un nuevo y poderoso motivo de
-temores y de alarmas; no debe, pues, causar admiración que la mortandad
-se aumentara y reinara en aquel recinto hasta el punto de tomar el
-aspecto y nombre de peste, según la opinión de muchas gentes. Ya sea
-que la reunión y aumento de todas estas causas hiciesen multiplicar la
-actividad de una influencia puramente epidémica; ya sea (según parece
-que acontece en las carestías de menos gravedad y duración que de la
-que nos ocupamos) que motivase un cierto contagio, el cual en los
-cuerpos dispuestos y preparados por la misma miseria y mala calidad
-de los alimentos, por la intemperie, desaseo y abyección, hallase los
-temperamentos, por decirlo así, en su verdadera sazón, en fin, las
-condiciones indispensables para nacer, nutrirse y acrecentarse, si es
-lícito á un ignorante el hablar así, escudado á favor de la hipótesis
-propuesta por algunos facultativos, y apoyada vigorosamente, por
-último, con poderosas razones y mucha reserva por uno tan solícito como
-de grande ingenio[11]; ya sea que el contagio naciese primeramente
-como por una oscura é inexacta relación, juzgaron los médicos de
-la junta de sanidad, ya que existiera y hubiera ido minando con
-anterioridad (lo que acaso parece más verosímil, calculando que el
-hambre era ya antigua y general, y la mortandad muy frecuente); y que,
-en fin, llevado hacia aquella multitud permanente, se propagase con
-nueva y terrible rapidez. Dejando aparte cuál de todas estas conjeturas
-fuese la verdadera, lo cierto es que el número de muertos en el
-lazareto ascendió bien pronto á más de un centenar por día.
-
-Mientras que en dicho lugar reinaban los padecimientos, las más
-horribles angustias, el espanto y un general estremecimiento, el
-tribunal de la Provisión aparecía cubierto de vergüenza, aturdimiento é
-incertidumbre. Se consultó, se oyó el parecer de la junta de sanidad,
-y no se encontró otra cosa mejor que deshacer lo que se había hecho
-con tanto aparato, á costa de gastos tan exorbitantes y de tantas
-vejaciones. Se abrió, pues, el lazareto, y despidieron á todos los
-infelices que aún no estaban atacados del contagio, los cuales salieron
-con frenética alegría.
-
-
-La ciudad volvió á resonar con los antiguos lamentos, pero más débiles
-é interrumpidos; apareció de nuevo aquella turba de mendigos, más rara
-y más miserable, dice Ripamonti, pensando cómo había sido tan diezmada.
-Los enfermos fueron trasladados á Santa María della Stella, entonces
-hospital de pobres, en donde perecieron la mayor parte.
-
-Mientras tanto los campos bienaventurados empezaban á dorarse. Los
-mendigos llegados á la ciudad de todos los alrededores fueron cada uno
-por su lado á tomar parte en aquella tan deseada siega. La caridad
-inagotable ó ingeniosa del buen Federico se dió también á conocer: á
-cada aldeano que se presentó en el arzobispado, le hizo dar un bieldo,
-y una hoz para segar.
-
-Con la cosecha cesó por fin la carestía; la mortandad epidémica ó
-contagiosa, disminuyéndose de día en día, se prolongó no obstante hasta
-el otoño. Estando ya á punto de concluirse, he aquí que sobrevino un
-nuevo azote.
-
-Muchas cosas importantes, de ésas á las cuales especialmente se da el
-título de históricas, habían sucedido durante todo este intervalo. El
-cardenal Richelieu, después de haberse apoderado de la Rochela, según
-ya se ha dicho, y hecho un tratado de paz con la Inglaterra, había
-propuesto y obtenido por medio de su poderosa palabra, en el consejo
-del rey de Francia, que se socorriese eficazmente al duque de Nevers,
-habiendo igualmente determinado al rey mismo que mandase en persona la
-expedición. Mientras se hacían los preparativos, el conde de Nassau,
-comisario imperial, intimaba en Mantua al nuevo duque que entregase
-sus estados en manos de Fernando, pues en caso de no verificarlo, éste
-mandaría un ejército para ocuparlos. El duque, que en circunstancias
-más desesperadas había rehusado aceptar una condición tan dura y
-sospechosa, reanimado entonces por los socorros próximos de la Francia,
-lo rehusaba con más motivo, pero en términos ambiguos y con protestas
-de sumisión, aunque aparente, no menos envueltas. El comisario había
-partido protestando que la fuerza lo decidiría. En el mes de marzo el
-cardenal Richelieu había en efecto desembarcado con el rey á la cabeza
-de un ejército, habiendo pedido el paso al duque de Saboya, lo cual
-tratándolo nada se había conseguido. Después de un encuentro en que los
-franceses obtuvieron las mayores ventajas, se había tratado de nuevo
-y concluido un acuerdo, en el cual el duque, entre otras cosas, había
-estipulado que D. Gonzalo de Córdoba levantaría el sitio de Casal,
-obligándose, si éste se negase á ello, á unirse con los franceses
-para invadir el ducado de Milán. D. Gonzalo, que deseaba salir bien
-librado, levantó el campo que tenía al frente de Casal, en cuyo punto
-entró apresuradamente un cuerpo de tropas francesas para reforzar la
-guarnición.
-
-En esta ocasión fué cuando Achillini dirigió al rey Luis aquel famoso
-soneto:
-
- Sudate, o fochi, a preparar metalli[12].
-
-y otro además, en el cual le exhortaba que se encaminase prontamente
-á libertar la Tierra santa. Pero es destino que los consejos de los
-poetas no sean jamás escuchados; y si en la historia encontráis algunos
-hechos conformes á lo que ellos han aconsejado, podéis decir sin rebozo
-alguno que ya eran cosas resueltas anteriormente. El cardenal Richelieu
-había al contrario decidido el volver á Francia para despachar los
-negocios que le parecían más urgentes. Girolamo Soranzo, enviado de
-Venecia, trató de aducir las más poderosas razones para combatir esta
-resolución, pero el rey y el cardenal no hicieron más caso de su prosa
-que de los versos de Achillini, y se volvieron con el grueso del
-ejército, dejando únicamente seis mil hombres en Susa para ocupar el
-paso y mantener el tratado.
-
-Mientras que este ejército se alejaba por una parte, el de Fernando se
-acercaba por otra, invadiendo el país de los Grisones y la Valtellina,
-disponiéndose á penetrar en el milanesado. Además de todos los daños
-que podían temerse de semejante paso de tropas, tenía avisos exactos
-la junta de sanidad, la cual sabía que dicho ejército traía la peste;
-pues siempre en aquel entonces había algunos gérmenes en las tropas
-alemanas, según dice Varchi, hablando de la que un siglo antes habían
-éstos llevado á Florencia. Alejandro Tadino, uno de los vocales de la
-junta de sanidad, (componíase de seis, además del presidente, cuatro
-magistrados y dos médicos), fué encargado por el tribunal, como refiere
-él mismo, para hacer presente al gobernador el peligro espantoso que
-amenazaba al país, si aquella gente pasaba por allí para ir al sitio de
-Mantua, según las voces que corrían. Por todos los actos de D. Gonzalo
-se traslucía el deseo que tenía de ocupar un lugar en la historia, la
-cual efectivamente no pudo pasarlo en silencio; pero (como sucede con
-frecuencia) no conoció ó no se cuidó de registrar uno de sus actos
-más dignos de memoria, cual fué la contestación que dió á Tadino en
-aquella ocasión. Respondió que no sabía qué hacerse; que las razones
-de intereses y de honor, por las cuales dicho ejército se había puesto
-en movimiento, eran de mayor peso que el peligro que se le oponía; que
-trataría sin embargo, de arreglarlo como se pudiera, y que se debía
-confiar en la Providencia.
-
-Para disponerlo, pues, todo del mejor modo que fuese posible, los dos
-médicos de la junta de sanidad (el citado Tadino y el senador Settala,
-hijo del célebre Ludovico), propusieron que se prohibiese, bajo las más
-severas penas, el que persona alguna comprase efectos de los soldados
-que debían pasar; pero fué cosa imposible el hacer comprender la
-necesidad de semejante orden al presidente, hombre, dice el Dr. Tadino,
-sumamente bondadoso, el cual no creía que del comercio con las tropas,
-y á causa de la venta de sus efectos, pudiese resultar la muerte de
-tantos millares de personas.
-
-Por lo que hace á D. Gonzalo, poco después de su célebre respuesta
-salió de Milán, y la partida fué tan triste para él como lo eran los
-motivos. Acababa de ser removido de su destino por efecto de los malos
-sucesos de la guerra de la cual había sido el principal motor y jefe,
-y el pueblo le echaba la culpa del hambre sufrida bajo su gobierno.
-(Lo que había hecho por la peste se ignoraba, ó por lo menos nadie
-se cuidaba de ello, según más adelante veremos, exceptuando la junta
-de sanidad, y especialmente los dos médicos.) Al salir, pues, en su
-carroza de viaje del palacio, en medio de una escolta de alabarderos,
-marchando delante á caballo dos trompetas, y acompañado de otras
-carrozas de nobles que formaban su séquito, fué saludado con una
-estrepitosa salva de silbidos por los muchachos reunidos en la plaza de
-la catedral, y que siguieron en tropel detrás del carruaje. Habiendo
-entrado la comitiva en la calle que se dirigía á la puerta de salida,
-se encontró en medio de una multitud de gente, que parte de ella estaba
-ya esperándole, y parte acudía á dicho sitio; tanto más, cuanto que los
-trompeteros, hombres de juicio, no cesaron de tocar desde el palacio
-hasta la puerta. Y en el proceso que se formó sobre aquel motín,
-haciendo cargos á uno de éstos, que con su incesante tocar había sido
-causa de que se aumentase, contestó: “Respetable señor, ésta es nuestra
-profesión; y si su excelencia no hubiese tenido gusto que tocáramos,
-hubiera mandado que callásemos”. Pero D. Gonzalo, ó por repugnancia
-de manifestar temor, ó por miedo de hacer con ello más atrevida á la
-muchedumbre, ó porque estuviese efectivamente un poco aturdido, lo
-cierto era que no daba ninguna orden. La multitud que los guardias
-habían intentado en vano rechazar, precedía, rodeaba y seguía la
-carroza gritando: “Ahí va la carestía; ahí va la sangre de los pobres”,
-y muchas otras cosas peores aún. Cuando llegaron junto á la puerta,
-empezaron á arrojar piedras, ladrillos, terrones y tronchos de berza,
-proyectiles ordinarios en semejantes casos: una gran parte corrió á las
-murallas, y desde allí hicieron una última descarga sobre las carrozas
-que salían, después de lo cual se desbandaron precipitadamente.
-
-En lugar de D. Gonzalo, fué enviado el marqués Ambrosio Spínola,
-cuyo nombre había ya conquistado en las guerras de Flandes aquella
-celebridad militar de que aún goza en el día.
-
-Entretanto el ejército alemán, bajo el mando supremo del conde Rambaldo
-di Collato, también jefe italiano, de menor fama, pero igualmente
-célebre, había recibido la orden definitiva de ir á caer sobre Mantua,
-entrando por lo tanto en el ducado de Milán en el mes de setiembre.
-
-En aquella época, la milicia se componía todavía en gran parte de
-soldados aventureros; reclutados por capitanes aventureros también,
-á los cuales en Italia se les daba el nombre de _condottieri_, y que
-no tenían otra profesión que ponerse al frente de una partida de
-gente alistada bajo sus órdenes, algunas veces por comisión de tal ó
-cual príncipe, otras por su propia cuenta, y para venderse después en
-compañía de sus afiliados. Los hombres se adherían á dicha profesión,
-menos por el sueldo que les estaba asignado que por la esperanza del
-pillaje y demás atractivos de la licencia. En el ejército no había
-disciplina alguna estable y general; ésta no hubiera podido avenirse
-tan fácilmente con la autoridad en parte independiente de tanta
-variedad de jefes. Por otra parte, éstos no eran muy escrupulosos con
-respecto á la disciplina, y aun cuando lo hubiesen sido, se puede
-juzgar que no hubieran podido establecerla ni mantenerla; pues soldados
-de semejante especie, ó se sublevarían contra su jefe innovador, al
-cual se le metiese en la cabeza el abolir el pillaje, ó cuando menos
-el dejarlo contemplando sus banderas. Además, como los príncipes para
-tomar, según se dice, dichas partidas á sueldo cuidaban más de tener
-mucha gente para asegurar sus empresas, que en proporcionar el número
-á los medios que poseían para pagarles, medios ordinariamente muy
-escasos, así los sueldos jamás los percibían exactamente. Los despojos
-de los países en los cuales habían guerreado ó recorrido, llegaban á
-ser como un suplemento tácitamente convenido. La siguiente sentencia
-de Wallenstein no es menos célebre que su nombre: “Es más fácil
-mantener un ejército de cien mil hombres que uno de doce mil”. El de
-que nosotros hablamos estaba en parte compuesto de gente que bajo su
-mando había desolado la Alemania en aquella guerra célebre entre todas
-las guerras, por lo cual por sí misma y por sus efectos tomó en seguida
-el nombre de los treinta años de su duración. Su propio regimiento era
-conducido por uno de sus lugartenientes, la mayor parte de los demás
-jefes habían mandado bajo sus órdenes, y se encontraban algunos de
-ellos, los cuales cuatro años después debían ayudarle á tener el fin
-desgraciado que todos saben.
-
-Eran veinte y ocho mil infantes y siete mil caballos. Al bajar de la
-Valtellina para caer sobre Mantua, debían costear el Adda hasta el
-sitio en que se lanza en el Po; entre todo, tenían que hacer ocho
-jornadas de marcha por el ducado de Milán.
-
-Una gran parte de los habitantes se refugiaban á los montes llevándose
-sus objetos más preciosos, y echando adelante los animales; otros
-permanecían en sus casas para cuidar algún enfermo, preservarla del
-incendio, ó para velar sobre las ricas alhajas escondidas y enterradas;
-otros, porque nada tenían que perder, y que al contrario hacían cuenta
-de ganar, tampoco se movían. Cuando la primera división llegaba al
-sitio en que debía detenerse, se esparcía en seguida por el pueblo y
-sus cercanías, y luego se entregaba al saqueo: lo que podía ser comido
-ó llevado, desaparecía; lo restante, lo destruían y arruinaban; los
-muebles se veían convertidos en leña, las casas en establos. Todos
-los escondrijos, todas las astucias para salvar las riquezas, eran
-casi siempre inútiles, y algunas veces atraían mayores males. Los
-soldados, gente muy práctica en las estratagemas de semejante modo de
-guerrear, registraban hasta los más pequeños rincones de las casas,
-agujereaban las paredes y las echaban abajo: descubrían con la mayor
-facilidad en los jardines la tierra removida de nuevo; se dirigían
-á los montes á robar los ganados, penetraban en las cuevas guiados
-por algunos bribones del país, según llevamos dicho, en busca de los
-ricos habitantes refugiados en dichos sitios; los despojaban, los
-arrastraban á sus casas, y á fuerza de golpes y amenazas les obligaban
-á indicar el lugar en donde tenían escondidos sus tesoros.
-
-Por último, emprenden la marcha: ya han partido; se oye morir á lo
-lejos el sonido de las cajas y cornetas; sucédense algunas horas
-de un espanto más tranquilo; mas he aquí que un nuevo redoble de
-tambores, otro maldito toque de cornetas, anuncia la llegada de una
-nueva división. Los que la componían, furiosos por no encontrar ya
-presa alguna, destruían todo lo que quedaba; quemaban los muebles, las
-puertas, las vigas, y también las casas enteras; trataban del modo más
-bárbaro y cruel á los habitantes, yendo así de peor en peor por espacio
-de veinte días, con motivo de estar el ejército compuesto del mismo
-número de divisiones.
-
-Colico fué el primer pueblo del ducado que invadieron aquellos malos
-espíritus: lanzáronse en seguida sobre Bellano; desde dicho punto
-entraron y se esparcieron por la Valtellina, de donde desembocaron en
-el territorio de Lecco.
-
-
- NOTAS:
-
-[6] Pan hecho de varias especies de granos.
-
-[7] Llámase así el arroz sin mondar.
-
- _Notas del traductor español._
-
-
-[8] Medida que equivale á nuestra fanega, aunque es un poco
-menor.--_Nota del traductor español._
-
-[9] Historia patriæ, decadis V, lib. 6, pág. 386.--_Nota del autor._
-
-[10] Noticia del origen y diarios sucesos de la gran peste contagiosa,
-benéfica y maléfica, habida en la ciudad de Milán, &c. Milán 1648, pág.
-20.
-
-[11] El célebre Dr. F. Enrico Acerbi.
-
-[12] Traducido literalmente: Sudad, oh fuegos, para preparar
-metales.--_Nota del traductor español._
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOPRIMERO
-
-
-Aquí, entre los infelices amedrentados, encontramos personas muy
-conocidas nuestras.
-
-Quien no ha visto á D. Abundio el día que se esparció de repente la
-noticia de la bajada del ejército, de su aproximación y de sus excesos,
-no puede saber de ningún modo lo que es espanto. Ya vienen, son
-treinta, cuarenta, cincuenta mil; son diablos, arrianos, antecristos;
-han saqueado á Cortenuova; han pegado fuego á Primaluna; han destruido
-á Introbbio, Parsturo, Barsio; han llegado á Balabbio; mañana estarán
-aquí; tales eran las voces que corrían de boca en boca. Por doquier se
-veía correr, pararse á su vez, consultarse tumultuosamente, titubear
-entre el emprender la fuga ó quedarse; las mujeres se agrupaban
-lanzando desesperados gritos y mesándose los cabellos.
-
-D. Abundio, habiendo resuelto huir á todo evento, pues era el primero
-que había tratado de ello, veía, sin embargo, en cada camino que iba á
-tomar, en cada sitio en que pensaba refugiarse, obstáculos insuperables
-y peligros espantosos. ¿Qué hacer?, exclamaba: ¿adónde ir? Los montes,
-dejando aparte la dificultad del camino, no ofrecían seguridad; era
-sabido que los lasquenetes[13] trepaban por ellos como gatos, con solo
-que tuviesen algún indicio ó esperanza de poder hacer la menor presa.
-El lago tenía muy hinchadas las narices; soplaba un viento sumamente
-fuerte; además de esto, la mayor parte de los barqueros, temiendo
-ser forzados á tener que pasar los soldados ó bagajes, se habían
-refugiado con sus bateles á la orilla opuesta del Adda; las pocas que
-aún quedaban se hallaban cargadísimas de gente, con cuyo enorme peso
-y el temporal que reinaba, se temía que zozobrasen á cada paso. Para
-alejarse y salir de la ruta que el ejército tenía que recorrer, no era
-posible encontrar ni un carruaje, ni un caballo, ni algún otro modo
-cualquiera. Yendo D. Abundio á pie no hubiera podido adelantar mucho
-camino, y temía ser alcanzado. Los confines del territorio de Bérgamo
-no se hallaban tan lejos que sus piernas no le pudiesen llevar de un
-tirón; pero ya se había esparcido la noticia de haber salido de Bérgamo
-á toda prisa un escuadrón de dragones para guardar la frontera y tener
-á raya á los lasquenetes; aquéllos eran diablos en carne y hueso lo
-mismo que éstos, y por su parte hacían todo el mal que les era posible.
-El pobre hombre corría por la casa como un insensato y enteramente
-fuera de sí; iba detrás de Perpetua para concertar con ella lo que
-debía hacerse; pero ésta, ocupada del todo en reunir los objetos más
-preciosos y en esconderlos debajo del pavimento ó en los más pequeños
-agujeros, andaba apresuradamente, afanada, preocupada, con las manos
-llenas, y respondía: “en concluyendo de poner todo esto en seguridad,
-haremos en seguida lo que hacen los demás”. D. Abundio quería conversar
-con ella y discutir acerca del partido que debían tomar; mas Perpetua,
-entre los quehaceres y la prisa, y el miedo que tenía metido en el
-cuerpo y la cólera que le causaba el de su amo, estaba en semejante
-momento menos tratable que nunca. “¿No se ingenian los demás?, pues
-nosotros también nos ingeniaremos. Permitidme que os diga que no
-servís más que para estorbar. ¿Creéis que los otros no tengan también
-su pellejo que salvar?, ¿juzgáis que los soldados vienen á haceros
-á vos solo la guerra? Mejor sería que en lugar de venir delante y
-detrás lloriqueándome y quemándome la sangre, me ayudarais á fin de
-despachar más pronto”. Con éstas y otras contestaciones semejantes
-se desembarazaba de él, habiendo ya decidido que luego que hubiese
-concluido del mejor modo posible aquella precipitada operación, le
-cogería de la mano como se hace con un niño, y lo arrastraría consigo
-á los montes. Abandonado de este modo, se situaba en la ventana,
-miraba por todas partes, aguzaba los oídos, y al ver pasar á la gente,
-exclamaba con acento de queja y de reproche á la vez: “Haced la caridad
-á vuestro infeliz cura de buscarle algún caballo, un mulo, un asno
-cualquiera. ¿Es posible que nadie quiera socorrerme? ¡Oh, qué gente,
-Dios mío! Á lo menos esperadme, para que pueda ir en vuestra compañía;
-esperad á que seáis quince ó veinte para que yo marche con vosotros y
-que no me vea abandonado. ¿Queréis dejarme en poder de esos perros?,
-¿ignoráis por ventura que la mayor parte son luteranos, y que tienen
-por una obra meritoria el asesinar á un sacerdote católico, apostólico,
-romano?, ¿queréis dejarme aquí para que reciba el martirio? ¡Oh, qué
-gente, qué gente!”.
-
-
-Pero, ¿á quién dirigía estas palabras? Á hombres que pasaban encorvados
-bajo el peso de su pobre ajuar, pensando en lo que dejaban en casa,
-echando sus vacas por delante, siguiéndoles los hijos cargados con
-cuanto podían, y sus mujeres llevando en hombros á los pequeñuelos que
-no podían andar. Algunos pasaban de largo sin responder ni tan siquiera
-mirar; otros le decían: “¡Eh! señor, componeos como mejor podáis;
-dichoso vos que no tenéis que pensar en la familia; ayudaos, ingeniaos”.
-
-“¡Oh, infeliz de mí! exclamaba D. Abundio. ¡Qué gente, qué corazones!
-no hay caridad; cada uno sólo piensa en sí mismo, y de mí nadie se
-acuerda”. Y después de esto se dirigía de nuevo en busca de Perpetua.
-
---¡Oh, casualmente, le dijo ésta, venís á propósito; ¿y el dinero?
-
---¿Cómo lo haremos?
-
---Dádmelo; iré á enterrarlo en el jardín juntamente con la plata.
-
---Pero...
-
---Pero, pero... dádmelo; guardad algunos sueldos para lo que pueda
-ofrecerse, y después dejad lo demás á mi cuidado.
-
-D. Abundio obedeció; se dirigió hacia su arca, sacó su pequeño tesoro,
-y lo entregó á Perpetua, la cual dijo: “Voy á enterrarlo en el jardín,
-al pie mismo de la higuera”; dicho lo cual salió.
-
-Poco después volvió á aparecer con una banasta llena de comestibles y
-un canastillo vacío, en el cual se puso á colocar apresuradamente un
-poco de ropa blanca para ella y para su amo.
-
-Hecho esto, dijo Perpetua: “Á lo menos llevaréis el breviario”.
-
---Pero, ¿adónde vamos?
-
---¿Adónde van todos los demás? Primeramente nos dirigiremos al camino,
-y una vez allí, oiremos y veremos lo que mejor nos convenga hacer.
-
-En el mismo momento entró Inés con una pequeña cesta en las espaldas, y
-como en ademán del que viene á hacer una proposición importante.
-
-Inés, decidida á no aguardar tampoco los tan peligrosos huéspedes,
-viéndose en su casa enteramente sola, y además todavía con algún oro
-del Incógnito, había estado largo tiempo dudando acerca del paraje
-donde podría refugiarse. El resto de aquellos escudos, los cuales,
-durante la época del hambre, le habían hecho tan al caso, era la
-principal causa de sus alarmas y de su irresolución; pues había oído
-decir que en los países ya invadidos, los que tenían dinero estaban
-en una situación más terrible que los demás, viéndose expuestos á un
-mismo tiempo á la violencia de los extranjeros y á las asechanzas de
-sus compatriotas. Es verdad que no había confiado á nadie el secreto
-del bien que le había llovido del cielo, según vulgarmente se dice, á
-no ser á D. Abundio, á cuya casa iba de cuando en cuando á cambiar
-los escudos, dejando siempre alguna cosa para que la diese á los que
-fuesen más pobres que ella. Pero el dinero oculto, especialmente para
-los que no están acostumbrados á manejarlo con frecuencia, tienen al
-poseedor en una continua zozobra, con respecto á los demás. En la
-ocasión presente, mientras que Inés iba escondiendo, ya por un lado, ya
-por otro, las cosas mejores que no podía llevar consigo, y pensaba en
-los escudos que llevaba cosidos en su vestido, recordó que juntamente
-con ellos le había hecho el Incógnito las más cumplidas ofertas de
-servirla en todo y por todo; acordóse también, de lo que había oído
-contar tocante á su castillo situado en un lugar tan seguro, con el
-cual nadie, á excepción de los pájaros, podía llegar contra la voluntad
-de su dueño, por cuyo motivo resolvió ir á buscar un asilo. Calculó
-cómo podría hacerse reconocer de aquel señor, y en seguida pensó en
-D. Abundio, el cual, después de la conversación que había tenido con
-el arzobispo, le había manifestado las muestras más particulares de
-aprecio, con una efusión tanto mayor, cuanto que lo podía hacer sin
-comprometerse, y que permaneciendo los dos jóvenes muy lejos, estaba
-muy distante el caso de que se le pudiese hacer una petición, la cual
-hubiera puesto su benevolencia á una muy dura prueba. Inés supuso,
-pues, que en aquella barahúnda el pobre hombre debía hallarse más
-embarazado y aturdido que ella, y que el partido que iba á proponerle
-le parecería bueno. Habiéndolo encontrado en compañía de Perpetua,
-expuso á ambos el motivo de su visita.
-
---¿Qué decís á esto, Perpetua?
-
---Digo que es una inspiración del cielo; que es preciso no perder
-tiempo, y que nos pongamos al momento en camino.
-
---Y después...
-
---Después, después, cuando ya estemos allá, nos encontraremos muy
-satisfechos. Al presente sabemos que ese señor no trata más que de
-favorecer al prójimo, y tendrá un verdadero placer en proporcionarnos
-un asilo. En aquel paraje, en la frontera misma, y casi perdidos en
-los aires, no hay cuidado que vayan los soldados. Y luego, tampoco nos
-faltará que comer; pues de lo contrario, allá en lo más elevado de
-las montañas, cuando se nos hubiese concluido esta pequeña gracia que
-Dios nos ha enviado, (y así diciendo, colocaba los víveres en la cesta
-encima de la ropa blanca,) nos veríamos muy apurados.
-
---Conque ¿se ha convertido, convertido de veras, eh?
-
---¿Quién lo duda, después de todo lo que se sabe, después de lo que vos
-mismo habéis presenciado?
-
---¿Y si fuésemos á meternos en la jaula?
-
---¿Qué jaula? Perdonad que os diga que con todas las cosas tan
-insustanciales que se os ocurren, nunca se llegaría á resolver nada.
-Excelente Inés, habéis tenido una bella idea; y al concluir estas
-palabras, puso la banasta sobre una mesita, y, habiendo pasado los
-brazos por las correas, se la cargó á las espaldas.
-
---¿No se podría, dijo D. Abundio, encontrar á algún hombre que viniese
-con nosotros para escoltar á su cura? Si topásemos con algún bribón,
-que en semejantes ocasiones se ven con frecuencia, ¿de qué ayuda
-podríais servirme vosotras?
-
---¡Otra exigencia todavía!, ¡y siempre para perder tiempo! ¡Ir ahora
-á buscar á ese hombre, cuando cada uno no piensa más que en sus
-quehaceres! Acabemos de una vez: buscad vuestro sombrero y breviario, y
-andando.
-
-D. Abundio salió, y volvió al cabo de pocos instantes con el breviario
-bajo del brazo, el sombrero puesto y bastón en mano, después de lo
-cual salieron los tres por una puertecilla que daba á la plaza de la
-iglesia. Perpetua la cerró, más bien para no omitir una formalidad, que
-por la fe que ella tuviese en la cerradura y en las hojas de la puerta,
-guardándose en seguida la llave en la faltriquera. D. Abundio, al pasar
-por delante de la iglesia, le echó una ojeada, y dijo entre dientes:
-“Al pueblo corresponde guardarla, pues que á él es para quien sirve. Si
-tienen un poco de amor á su iglesia, tratarán de conservarla; si no lo
-tienen, así sufran lo que ella”.
-
-Dirigiéronse á través de los campos guardando el más profundo silencio,
-pensando cada uno en sus propios negocios, y mirando en torno de
-sí, principalmente D. Abundio, por si acaso divisaba alguna figura
-sospechosa; ó algo de extraordinario. No encontraban á nadie: la gente
-toda estaba metida en sus casas, con objeto de guardarlas, recogiendo
-sus efectos, ó escondiéndolos, ó por los caminos que conducían
-directamente á los montes.
-
-Después de haber suspirado innumerables veces y dejado escapar alguna
-interjección, D. Abundio empezó á murmurar ya, más continuadamente.
-La tomaba con el duque de Nevers, que hubiera podido permanecer muy
-bien en Francia gozando en hacer el príncipe, y que quería ser duque
-de Mantua á despecho de todo el mundo. Luego la emprendía con el
-emperador, que hubiera debido tener más juicio que los demás, dejando
-seguir al agua su curso, no siendo tan quisquilloso; pues al fin y al
-cabo, ¿por ventura no sería siempre el emperador, bien fuese duque de
-Mantua, Ticio ó Sempronio? Pero con quien principalmente la pegaba era
-con el gobernador, pues á éste correspondía haber alejado los azotes
-del país, habiendo sido al contrario, el que los había atraído por su
-afición á la guerra. Convendría que esos señores estuvieran aquí para
-que viesen y probasen lo que es bueno. ¡Gran cuenta tienen que rendir!
-Pero entretanto lo pagamos los que ninguna culpa tenemos.
-
---Dejad un poco tranquilas á esas gentes, pues ya no vendrán á
-ayudarnos, decía Perpetua. Ya volvéis, perdonadme; ya volvéis á
-vuestras tonterías, que á nada conducen. Lo que más bien me causa más
-inquietud es...
-
---¿El qué?
-
-Perpetua, que en el pedazo de camino andado había ido pensando con
-todo sosiego en lo que había escondido tan precipitadamente, empezó á
-lamentarse de haber olvidado tal cosa, ocultado mal tal otra, de haber
-dejado en cierto paraje una señal que podía guiar á los ladrones, en
-otro sitio...
-
---¡Muy bien!, dijo D. Abundio, tranquilizado ya por su vida lo
-suficiente para afligirse por sus intereses. ¡Buena cosa habéis hecho
-por vida mía! ¿En dónde teníais la cabeza?
-
---¡Cómo!, exclamó Perpetua, plantándosele delante y puesta en jarras,
-según se lo permitía la banasta, con la cual iba cargada: ¡cómo!,
-¡venís ahora con tales reproches, cuando vos érais el que me daba tanta
-prisa, y me devanabais los sesos en vez de ayudarme y animarme! Antes
-bien he pensado en las cosas de la casa que en las mías propias; nadie
-ha habido que me diese una mano; todo ha tenido que pasar por mí; si
-algo sale mal, ninguna culpa tengo; he hecho más de lo que debía.
-
-Inés interrumpía estas disputas hablando de sus pesadumbres; no
-lamentándose tanto de los males é incomodidades que sufría, cuanto de
-ver desvanecerse la esperanza de abrazar pronto á su amada Lucía, que
-según recordarán los lectores, justamente había llegado el otoño, en
-el cual madre é hija habían proyectado volverse á ver; porque no era
-de suponer que D.ª Prajedes quisiese ir hacia aquel lado en semejantes
-circunstancias, habiendo, al contrario, salido de él, si por casualidad
-se hubiese encontrado, como hacía todo el mundo.
-
-La vista de los lugares hacía más vivos aún los pensamientos de Inés
-y más punzante su disgusto. Habiendo salido de los senderos que
-atravesaban los campos, entraron en el mismo camino real por el cual
-la pobre mujer había ido acompañando por tan poco tiempo á la hija á
-su casita, después de haber permanecido con ella en casa del sastre. Á
-todo esto se divisaba ya la población.
-
---¿Iremos á saludar á esas buenas gentes? dijo Inés.
-
---Y también á descansar un poquito; pues, esta banasta empieza ya á
-fastidiarme, y luego tenemos que comer un bocado, contestó Perpetua.
-
---Con la condición de no perder tiempo, pues no viajamos por diversión,
-dijo D. Abundio.
-
-Fueron recibidos con la mayor satisfacción y con los brazos abiertos:
-es de advertir que traían á la memoria una buena acción. Haced bien
-á todos cuantos podáis, dice en esta ocasión nuestro autor, y con
-frecuencia encontraréis caras risueñas.
-
-Al abrazar Inés á la buena señora, prorrumpió en un copioso llanto,
-el cual le sirvió de un gran alivio, contestando con sollozos á las
-preguntas que ella y su marido le hacían con respecto á Lucía.
-
---Está mejor que nosotros, dijo D. Abundio: se halla en Milán al abrigo
-de todo peligro, y lejos de estas diabólicas escenas.
-
---¿Por ventura el señor cura y la compañía, van de huida? dijo el
-sastre.
-
---Justamente, contestaron á un tiempo el amo y la criada.
-
---Lo siento mucho.
-
---Nos dirigimos, repuso D. Abundio, al castillo de ***.
-
---Muy bien pensado; estaréis tan seguros como en el cielo.
-
---¿Y aquí no tenéis miedo?
-
---Os diré, señor cura; juiciosamente pensando, según todas las
-probabilidades, no deberían venir á alojarse aquí, á causa de estar
-esto fuera de camino para esas gentes: cuando más podrán hacer alguna
-escapatoria (lo que Dios no quiera), pero en todo caso siempre hay
-tiempo: antes hemos de oir hablar de las infelices poblaciones por
-donde irán pasando.
-
-Los viajeros habían resuelto descansar algunos momentos, y como era
-justamente la hora de comer, “Señores, dijo el sastre, os ruego que
-honréis mi pobre mesa; francamente, consistirá en un solo plato que
-tiene muy buena traza”.
-
-Perpetua dijo que llevaba consigo algo con que romper el ayuno. Después
-de algunos cumplidos por una y otra parte, acordaron juntar las
-provisiones y comer en compañía.
-
-Los niños se habían colocado con grande algazara alrededor de Inés,
-su antigua amiga. El sastre ordenó prontamente á una de sus hijas (la
-que había enviado con aquel plato de comida á la viuda María, según
-recordarán los lectores), que fuese á asar unas castañas, que eran de
-las primeras que se habían cogido.
-
---Y tú, dijo á un muchacho, marcha corriendo al huerto, y sacude bien
-el albérchigo, recoge los que caigan, y tráelos; que vengan todos,
-¿oyes? Y tú, dijo á otro, encarámate á la higuera y coge los higos que
-estén más maduros. Éste es un oficio que conocéis demasiado.
-
-Por lo que á él hace, fué á destapar un tonelito de vino, y su mujer
-á traer ropa de mesa. Perpetua sacó sus provisiones, púsose la mesa,
-se colocó en la cabecera una servilleta y un plato de loza para
-D. Abundio, añadiendo Perpetua un cubierto que traía en la cesta.
-Sentáronse á la mesa y comieron si no con grande alegría, á lo menos
-con mucha más de la que ninguno de los comensales hubiera esperado
-disfrutar aquel día.
-
---¿Qué decís vos, señor cura, de esa barahúnda de cosas? dijo el
-sastre; me parece que estoy leyendo la historia de los sarracenos en
-Francia.
-
---¡Qué queréis que diga! ¡Era preciso que me alcanzase esta nueva
-desgracia!
-
---Pero habéis escogido un excelente refugio, replicó aquél, ¿quién
-se atrevería á subir allí á la fuerza? Encontraréis una numerosa
-concurrencia, porque he oído decir que se ha refugiado mucha gente, y
-que continuamente va llegando más.
-
---Me atrevo á esperar que seremos bien recibidos. Conozco á ese buen
-señor; y cuando una vez tuve que apersonarme con él, se portó muy bien
-conmigo.
-
---Y conmigo también, interrumpió Inés; me mandó á decir, por conducto
-de monseñor ilustrísimo, que cuando necesitase algo acudiese á él.
-
---Sublime y hermosa conversión repuso D. Abundio; persevera en ella,
-¿no es cierto?, ¿persevera?
-
-El sastre se puso entonces á hablar largamente acerca de la santa vida
-que hacía el Incógnito, y cómo después de haber sido el cruel azote de
-todas las cercanías, había llegado á ser el ejemplo y el bienhechor.
-
---¿Y la gente que tenía consigo... toda aquella servidumbre?...
-replicó D. Abundio, el cual había oído decir algo, pero que no estaba
-enteramente seguro.
-
---La mayor parte se han marchado, respondió el sastre; y los que
-han quedado, han variado de vida, de tal modo... En una palabra, el
-castillo se ha convertido en una nueva Tebaida: vos debéis saber todo
-esto.
-
-Luego se puso á platicar con Inés sobre la visita del cardenal.
-“¡Grande hombre!, decía; ¡grande hombre!, ¡lástima que pasara por
-aquí con tanta precipitación, pues ni aun pude honrarle como merecía.
-¡Oh, cuán satisfecho estaría si pudiese hablarle otra vez, así, más
-despacio!”.
-
-Después que se levantaron de la mesa, les enseñó una estampa que
-representaba al cardenal. La tenía pegada á una de las hojas de la
-puerta, como en señal de veneración al personaje, y también para poder
-decir á todo el mundo que el retrato no era parecido, porque él había
-podido examinar de cerca, y con mucha calma, al cardenal en persona, en
-aquella misma habitación.
-
-Lo han querido hacer con esta cosa aquí... dijo Inés: el vestido le
-parece; pero...
-
---¿No es verdad que no tiene parecido?, repuso el sastre: yo siempre
-lo digo; no nos engañamos, ¿eh? Mas en su defecto está su nombre
-debajo; al fin es un recuerdo.
-
-D. Abundio daba prisa y estaba impaciente por llegar; el sastre se
-empeñó en ir á buscar un carro que los condujese hasta el pie de la
-subida; corrió, pues, con la mayor solicitud á su encuentro, y pocos
-momentos después volvió diciendo que ya venía. Luego se dirigió á D.
-Abundio, y le dijo: “Señor cura, si deseáis llevaros allá arriba
-algún libro para pasar el tiempo, yo podré serviros, pues, aunque soy
-un infeliz, me divierto también en leer un poco. Ello no serán libros
-como los vuestros, por estar escritos en lenguaje vulgar, pero no
-obstante...”.
-
---Gracias, gracias, respondió D. Abundio: las circunstancias son tales,
-que apenas tiene uno cabeza para ocuparse de lo que es de obligación.
-
-Mientras se dan y vuelven las gracias, se cambian los saludos y buenos
-presagios, invitaciones y promesas de otra visita á la vuelta, el carro
-ha llegado delante de la puerta de la calle. Colocan en él las cestas,
-montan y emprenden con un poco más de calma y tranquilidad de espíritu
-la segunda mitad del viaje.
-
-El sastre había dicho la verdad á D. Abundio, con respecto á la nueva
-vida del Incógnito. Desde el día en que lo dejamos, había continuado
-haciendo lo que se propuso; á saber: reparar los males causados,
-reconciliarse con sus enemigos, socorrer á los desgraciados, hacer, en
-suma, todo el bien que pudiese. Aquel valor que en otro tiempo había
-manifestado en ofender y defenderse, ahora lo mostraba en no hacer una
-cosa ni otra. Iba siempre solo y sin armas, dispuesto á sufrir las
-consecuencias posibles de tantas violencias como había cometido, y
-persuadido que sería usar de una nueva si se valía de la fuerza para
-defender su persona, que era deudora de tantas y tantas; convencido,
-igualmente, de que todo el daño que se le hiciese sería una injuria
-hacia Dios, pero con respecto á él una justa retribución, y que él
-tenía menos derecho que cualquiera otra persona para castigar al que le
-injuriase. Á pesar de todo esto, permanecía tan inviolable como cuando
-tenía armados para su seguridad tanta multitud de brazos en unión con
-el suyo. El recuerdo de su antigua ferocidad, y la vista de su actual
-mansedumbre, la una que debía haber dejado naturalmente tantos deseos
-de venganza, y la otra, que la hacía tan fácil, conspiraban, sin
-embargo, á la vez, á vencer los odios, y á conquistarle una admiración
-que le servía principalmente de salvaguardia. Éste era el hombre que
-nadie había podido humillar, y que se había humillado á sí mismo. Los
-rencores irritados otras veces por su desprecio y por el miedo que le
-tenían, veíanse, al presente, embotarse ante aquella nueva humildad:
-los ofendidos habían obtenido, contra toda esperanza y sin ninguna
-especie de riesgo, una satisfacción que no hubieran podido prometerse
-de la mejor venganza; esto es, el placer de ver á un hombre semejante
-arrepentido de sus crímenes, y siendo partícipe, por decirlo así, de
-su indignación. Existían muchos cuyo rencor se había hecho más amargo
-y profundo á causa del infinito número de años que lo abrigaban, sin
-haber podido encontrar durante tan largo trascurso de tiempo una
-ocasión en que pudiesen ser más fuertes que aquel hombre para tomar la
-revancha de los daños que les había causado; mas al verlo luego solo,
-desarmado y en la actitud de un hombre que no opondría resistencia,
-no sentían otro impulso hacia él más que una intensa veneración y
-profundísimo respeto. En aquella voluntaria humillación, su presencia
-y continente habían adquirido, sin que él lo supiese, un cierto no
-sé qué de más noble y elevado, pues se traslucía en toda su persona,
-todavía mejor que antes, la ausencia de todo temor. Los odios, aun
-los más tenaces é inveterados, se sentían como ligados y contenidos
-respetuosamente por la veneración general de la cual era objeto aquel
-hombre arrepentido y tan benéfico. Dicha veneración era tal, que él
-mismo se veía embarazado para sustraerse á las demostraciones que se le
-hacían, teniendo que poner todo su cuidado en no dejar transparentar
-en su semblante y ademanes, el sentimiento interior de compunción y
-no humillarse mucho para no ser demasiado ensalzado. En la iglesia
-eligió el sitio más inferior, y no había peligro que nadie lo ocupase;
-hubiera sido lo mismo que usurpar un puesto de honor. Ofender pues á
-semejante individuo ó tratarle con poco miramiento, podía parecer no
-solamente una insolencia y villanía, sino también un sacrilegio; y los
-mismos á quienes este sentimiento general podía servir de comedimiento,
-participaban igualmente más ó menos.
-
-Éstas y otras muchas causas alejaban también de él la venganza de la
-fuerza pública, y le procuraban además por este lado una seguridad,
-por la cual ningún cuidado pasaba. El rango y elevado nacimiento, que
-en todo tiempo le habían servido de escudo, militaban aún más en su
-favor, después que á aquel nombre ya famoso se unían las alabanzas
-de una conducta sumamente ejemplar y la gloria de su conversión. Los
-magistrados y los grandes se habían alegrado de ésta públicamente como
-el pueblo, habiendo parecido extraño el enconarse contra el que era
-objeto de tantas congratulaciones. Además de esto, un poder ocupado en
-una guerra perpetua y siempre desgraciada contra rebeliones vivas y
-renacientes, podía estar bastante satisfecho con haber librado de la
-más indomable y molesta, para no ir á buscar otra; tanto más, cuanto
-que dicha conversión producía reparaciones que el expresado poder no
-estaba acostumbrado á obtener, ni tampoco á pedir. Martirizar á un
-santo no parecía un buen medio para librarse de la vergüenza de no
-haber sabido tener á raya á un facineroso, y el efecto que se hubiera
-conseguido castigándole no habría sido otro que hacer volver á sus
-semejantes á su antigua y criminal vida. Probablemente también la parte
-que el cardenal Federico había tenido en la conversión, y su nombre
-asociado al del convertido, servían á éste como de un impenetrable y
-sagrado escudo. Y en ese estado de cosas é ideas, en esas singulares
-relaciones de la autoridad espiritual y del poder civil, que tan á
-porfía debatían entre sí sin pensar jamás en destruirse, mezclando
-continuamente á las hostilidades, actos de reconocimiento y protestas
-de deferencia, y que no obstante iban siempre de conserva á un fin
-común, sin hacer nunca las paces, pudo parecer en cierto modo que
-la reconciliación de la primera llevase consigo el olvido, si no la
-absolución del segundo, cuando aquélla se había acumulado solamente
-para producir un efecto querido de ambas.
-
-Así, aquel hombre, sobre el cual, si hubiese caído, habrían corrido á
-porfía grandes y pequeños á pisotearle, derribándose voluntariamente,
-conseguía ser perdonado por todos, y venerado por muchos.
-
-Es cierto que también había algunos á quienes aquel estrepitoso cambio
-debía dejar muy disgustados; tales eran los ejecutores pagados para
-cometer crímenes, los compañeros de delitos, que perdían una tan gran
-fuerza, con la cual estaban habituados á crearse una renta, y que acaso
-en el momento que esperaban la noticia de la ejecución, encontraban
-á un mismo tiempo rotos los hilos de las tramas urdidas á fuerza de
-tanto tiempo y trabajo. Pero ya hemos visto los diversos sentimientos
-que la tal conversión hizo nacer en los corazones de los secuaces que
-se encontraban entonces con él, y la cual oyeron anunciar por la misma
-boca de su jefe: estupor, aflicción, abatimiento, cólera; un poco de
-todo, menos desprecio ni odio. Lo propio sucedió á los demás que tenía
-apostados en diferentes sitios, cuando llegaron á informarse de tan
-terrible nueva; lo mismo á los cómplices de más alta importancia, y á
-todos por las mismas causas. El odio principal, según dice Ripamonti,
-recayó más bien sobre el cardenal Federico. Miraban á éste como el que
-se había mezclado en sus negocios para destruirlos: el Incógnito había
-querido salvar su alma; nadie tenía razón de quejarse.
-
-Poco á poco la mayor parte de los antiguos sicarios del Incógnito,
-no pudiendo acostumbrarse á su nueva disciplina, y no viendo tampoco
-ninguna probabilidad de cambio, se fueron marchando. El uno había ido
-á buscar un nuevo amo, acaso entre los amigos del que acababa de dejar;
-el otro fué á alistarse en alguno de los tercios, como entonces se
-llamaban, de España ó de Mantua, ó de cualquier otra parte beligerante;
-éste se lanzó á los caminos reales, á fin de hacer la guerra por su
-cuenta; y aquél, por último, se había contentado con ir tuneando á
-sus anchas. Los que se hallaban á sus órdenes en diversos pueblos, se
-vieron obligados á hacer poco más ó menos lo mismo. El pequeño número
-de los que habían podido habituarse á aquel nuevo género de vida, y
-que la abrazaron voluntariamente, naturales los más del valle, habían
-vuelto á los campos ó á ejercer los oficios aprendidos en sus primeros
-años, y abandonados después: los forasteros se quedaron en el castillo
-en clase de criados; unos y otros, como convertidos al mismo tiempo que
-su amo, pasaban del modo que éste su vida, sin hacer ni recibir daños,
-inermes y respetados.
-
-Mas cuando á la llegada de las tropas alemanas algunos fugitivos de las
-poblaciones invadidas ó amenazadas se dirigían al castillo para pedir
-un asilo, el Incógnito, sumamente satisfecho de que sus muros fuesen un
-lugar de refugio para los débiles, así como en otro tiempo lo habían
-sido de execración y espanto, acogía á esos desgraciados más bien con
-expresiones de agradecimiento que de cortesía. Hizo publicar que su
-casa estaría abierta á todo el que quisiera refugiarse, y se ocupó
-en seguida de poner, no solamente el castillo, sino también el valle,
-en estado de defensa, por si los lasquenetes ó dragones quisiesen ir
-allí á hacer de las suyas. Reunió los servidores que le habían quedado,
-que eran pocos, pero valientes, como los versos de Torti; hízoles
-una arenga sobre la dichosa ocasión que Dios les ofrecía, así como
-igualmente á él, de emplearse una vez en ayuda de su prójimo, al cual
-tantas habían oprimido y asustado; y con aquel antiguo tono natural de
-mando, que expresaba la certidumbre de ser obedecido, les anunció en
-términos generales lo que él deseaba que hiciesen, y les prescribió
-sobre todo cómo debían conducirse, á fin de que la gente que llegara
-á refugiarse al castillo no viese en ellos todos más que amigos y
-defensores. Mandó sacar de un desván en donde estaban hacinadas una
-multitud de armas blancas y de fuego, las cuales distribuyó; hizo
-decir á sus aldeanos y arrendadores del valle, que si querían ir
-voluntariamente al castillo con armas, serían bien recibidos, y que el
-que no las tuviese se le darían; nombró oficiales, señaló los puestos
-á la entrada y en diversos parajes del valle, en la subida, á las
-puertas del castillo; fijó las horas y el modo de relevarse, como en un
-campamento, ó según se había verificado en dicho castillo mismo en los
-tiempos de su vida criminal.
-
-En un rincón del susodicho desván, se hallaban separadas del montón
-las armas que él solo había usado: veíase allí su famosa carabina, sus
-mosquetes, espadas, dagas, espadones, pistolas, cuchillos, puñales,
-tirados por el suelo ó arrimados á la pared. Ninguno de los servidores
-tocó á dichas armas; pero trataron de preguntar al señor las que
-deseaba que le fuesen llevadas: ninguna, respondió; y ya fuese esto
-voto, ya resolución, permaneció siempre desarmado á la cabeza de
-aquella especie de guarnición.
-
-Al mismo tiempo había puesto en movimiento á otros hombres y mujeres
-de su casa y dependencias, para preparar en el castillo alojamiento
-al mayor número de personas que fuese posible, haciendo disponer
-camas, colocar jergones y colchones en las salas, las cuales estaban
-transformadas en dormitorios. Había dado orden para que trajeran
-provisiones en abundancia, con el objeto de subvenir á las necesidades
-de los huéspedes que Dios le enviase, y cuyo número iba aumentándose de
-día en día. En el ínterin él no permanecía ocioso; veíasele tan pronto
-dentro como fuera del castillo, ya arriba, ya abajo de la colina; era
-digno de contemplar con qué solicitud recorría el valle, estableciendo,
-reforzando y visitando los puestos, examinándolo todo, dejándose ver,
-poniendo y conservando el orden por medio de sus palabras, de sus
-miradas, y de su presencia. En su castillo, por los caminos, acogía á
-todos los fugitivos que encontraba; y todos, ya fuese que lo hubiesen
-visto, ó lo viesen por la primera vez, lo miraban estáticos, olvidando
-un momento los pesares y temores que los habían lanzado á aquellos
-sitios, y se volvían aún á mirarlo, cuando apartándose de ellos
-continuaba su camino.
-
-
- NOTAS:
-
-[13] Nombre que se daba antiguamente á los soldados alemanes, ya
-fuesen de á pie ó de á caballo.--_Nota del traductor español._
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO
-
-
-Aunque el mayor concurso no se hallase por el lado que nuestros tres
-fugitivos se aproximaban al valle, sino más bien en la parte opuesta,
-no obstante, empezaron á encontrar compañeros de viaje y de infortunio,
-que llegaban por caminos de travesía y pequeños senderos al camino
-real. En semejantes ocasiones todos los que se encuentran se tratan
-como antiguos conocimientos. Cada vez que el carro alcanzaba algún
-caminante, se cambiaban de un lado y de otro una multitud de preguntas
-y respuestas. Éste se había escapado del mismo modo que nuestros
-personajes, sin esperar la llegada de los soldados; aquél había oído
-los tambores y las cornetas; otro por último los había visto, y los
-pintaba con el prisma que el espanto acostumbra dar á todas las cosas.
-
---Á Dios gracias, nosotros somos aún bastante afortunados. Por allá se
-han quedado nuestros intereses, pero al menos estamos en salvo.
-
-Mas D. Abundio no encontraba motivos de alegrarse tanto. Aquella
-gran concurrencia de gente, y más todavía la que temía hallar en el
-castillo, empezaba á entristecerle. “¡Oh, qué historia!” decía en voz
-baja á las mujeres en un momento en el cual no había nadie alrededor.
-“¡Oh, qué historia! ¿No comprendéis que reunirse tanta gente en un
-sitio solamente, es lo mismo que el querer atraer por fuerza á los
-soldados? Todo el mundo se esconde, todos huyen; en las casas no queda
-nadie; en su consecuencia los soldados creerán que allá arriba están
-los tesoros, y de seguro subirán. ¡Oh, infeliz de mí, en buena me he
-metido!”
-
---¡Oh, no tendrán nada más que hacer que subir al castillo! decía
-Perpetua; ellos también deben ir por su camino. Además, siempre he oído
-decir que en los peligros es mejor el encontrarse muchos reunidos.
-
---¡Muchos, muchos! replicaba D. Abundio; ¡pobre mujer! ¿No sabéis que
-cada lasquenete se comería cien de éstos? Y después, “¡si quisiesen
-hacer locuras, sería una bonita cosa! ¿no es cierto que sería hermoso
-el hallarse en medio de una batalla? ¡Oh, pobre de mí! Mejor hubiera
-sido ir á refugiarse en los montes. ¡Que todos hayan de querer
-ocultarse en un mismo sitio! ¡Maldita gente!”. En seguida refunfuñaba:
-“Todos aquí; andad, andad pues; uno detrás de otro del mismo modo que
-las ovejas”.
-
---Según esta cuenta, dijo Inés, ellos podrían decir otro tanto de
-nosotros.
-
---Callaos, callaos, dijo D. Abundio; las habladurías no sirven de nada.
-Lo hecho, hecho se queda; ya nos hallamos aquí, y por lo tanto, es
-preciso que permanezcamos. Sucederá lo que Dios quiera: el cielo nos la
-depare buena.
-
-Mas lo peor fué cuando, á la entrada del valle, vió un numeroso puesto
-de gentes armadas; los unos en la puerta de una casa, y los otros
-en el piso bajo: mirólos de reojo; aquellos rostros no eran los que
-había visto en su primero y doloroso viaje, ó si encontraba algunos
-estaban muy cambiados; pero á pesar de todo esto, no puede expresarse
-la aflicción que le causó semejante vista. “¡Oh, pobre de mí! se decía
-interiormente: ¡He aquí si hacen locuras! No podía ser de otro modo:
-yo debía esperarlo de un hombre como ése. Pero, ¿qué querrá hacer? ¿La
-guerra acaso? ¿Querrá, por ventura, desempeñar el papel de rey? ¡Oh,
-infeliz de mí! En las actuales circunstancias, en que sería preciso
-esconderse bajo siete estados de tierra, él busca, al contrario, todos
-los medios de hacerse ver, de darse á conocer á ellos, ó mejor diré,
-quiere provocarlos”.
-
---Mirad, mirad pues, señor, le dijo Perpetua, si hay aquí gente
-valiente que sabrá defendernos: que vengan ahora los soldados; aquí no
-son como nuestros miedosos lugareños, que no tienen más que piernas
-para correr.
-
---¡Silencio! respondió en voz baja D. Abundio, pero con iracundo
-acento: “¡Silencio! pues no sabéis lo que os decís. Rogad al cielo que
-los soldados tengan prisa para proseguir su camino, que no lleguen
-á saber lo que aquí se hace, y que este lugar se dispone como un
-fuerte. ¿Ignoráis, por ventura, que el oficio de los soldados es tomar
-fortalezas? No buscan otra cosa; para ellos el dar un asalto es como ir
-á unas bodas, porque todo lo que encuentran lo hacen suyo, y pasan á
-todo el mundo á cuchillo. ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Vaya; yo veré si hay
-algún medio de ponerse en salvo sobre cualquiera de esos precipicios.
-¡Oh, en una batalla, no me cogerán! ¡oh, de seguro! no me cogerán”.
-
---Si tenéis también miedo de ser defendido y auxiliado... volvía á
-empezar Perpetua; mas D. Abundio la interrumpió ásperamente, pero
-siempre en voz baja: “¡Silencio! procurad no traer á colación estas
-cosas; recordad que aquí es preciso mostrar siempre la cara risueña y
-aprobar todo lo que se ve”.
-
-En la Malanotte encontraron otro puesto de gente armada, á los cuales
-D. Abundio hizo un profundo saludo, diciendo entretanto para sí: “¡Ay
-de mí, precisamente he venido á un campamento!” En esto se paró el
-carro; D. Abundio se apresuró á pagar al conductor y lo despidió,
-encaminándose con sus compañeras hacia la subida, sin proferir una
-sola palabra. La vista de aquellos lugares le hacía aglomerar á la
-imaginación, á la vez que las angustias presentes, el recuerdo de
-las que había sufrido anteriormente: é Inés, que jamás había visto
-aquellos sitios, y que se formaba en su mente un cuadro ideal cada vez
-que pensaba en el espantoso viaje de Lucía, al verlos ahora según eran
-verdaderamente, experimentaba como un nuevo y más vivo sentimiento
-por aquellos crueles recuerdos. “¡Oh, señor cura! exclamó: ¡al pensar
-solamente que mi pobre Lucía ha pasado por este camino!...”.
-
---¡Queréis callar, mujer sin juicio!, le dijo al oído D. Abundio; ¿son
-palabras éstas para pronunciarlas aquí? ¿No sabéis que estamos en su
-casa? La fortuna que ahora nadie os oye; pero si habláis de este modo...
-
---¡Oh!, dijo Inés, al presente, que es un santo...
-
---¡Silencio!, replicó D. Abundio; ¿creéis que á los santos se les puede
-decir, así sin más ni más, lo que á uno se le antoje? Tratad más bien
-de darle gracias por los bienes que os ha dispensado.
-
---¡Oh!, lo que es en esto ya había yo pensado; ¿creéis que no sepa
-también yo algo de buena crianza?
-
---La buena crianza consiste en decir cosas que no puedan desagradar,
-especialmente al que no está acostumbrado á oirlas; y tened ambas
-entendido, que éste no es sitio de decir necedades ni habladurías. Ésta
-es la casa de un gran señor, ya lo sabéis; ved cuánta gente le rodea;
-las hay de todas clases; conque así tened juicio, si podéis; pesad las
-palabras, y sobre todo hablad poco y sólo cuando sea necesario, que por
-callar nada se pierde.
-
---Vos sí que todo echáis á perder con vuestras... volvía á decir
-Perpetua. “¡Silencio!”, repitió en voz baja D. Abundio, y al momento
-se quitó el sombrero precipitadamente é hizo un profundo saludo. Había
-divisado al Incógnito que se dirigía á su encuentro: éste había visto
-y reconocido á D. Abundio, y por lo tanto se encaminaba hacia él
-apresuradamente.
-
---Señor cura, dijo cuando estuvo cerca; hubiera querido ofreceros mi
-casa en mejor ocasión; pero de todos modos, experimento un gran placer
-en poderos ser útil en algo.
-
---Confiado en la gran bondad de vuestra señoría ilustrísima, contestó
-D. Abundio, me he atrevido á venir á molestaros en esta circunstancia;
-y según ve vuestra señoría, me he tomado además la libertad de traer
-compañía. Ésta mi ama...
-
---Bien venida, dijo el Incógnito.
-
---Y ésta, continuó D. Abundio, es una buena mujer á la cual vuestra
-señoría ha dispensado mucho bien. Es la madre de aquella... de
-aquella...
-
---De Lucía, dijo Inés.
-
---¡De Lucía!, exclamó el Incógnito, volviendo su inclinada frente hacia
-Inés. ¡Mucho bien yo, justo Dios! Vos sois la que me colmáis de bienes
-con vuestra venida... á esta casa. Bien llegada seáis, pues que traéis
-la bendición del cielo.
-
---¡Oh, muy al contrario! Yo vengo más bien á importunaros. En seguida
-ella añadió acercándose á su oído: “Vengo también á daros las gracias”.
-
-El Incógnito se apresuró á interrumpirla, preguntándole con mucho
-interés por Lucía. Luego que Inés le satisfizo, dió la vuelta para
-acompañar al castillo á los nuevos huéspedes, como lo verificó á pesar
-de la respetuosa resistencia de éstos. Inés echó al cura una mirada que
-quería decir: “Ved si hay necesidad que os interpongáis entre nosotros
-dos para darnos consejos”.
-
---¿Han llegado acaso los enemigos á vuestra parroquia?, preguntó el
-Incógnito.
-
---No, señor: no he querido esperar á esos demonios. Sólo Dios sabe si
-habría salido vivo de entre sus manos, y venido ahora á molestar á
-vuestra señoría ilustrísima.
-
---Vamos, tranquilizaos, replicó el Incógnito: al presente estáis en
-seguridad. Aquí no vendrán; y si quisiesen probarlo, estamos dispuestos
-á recibirlos.
-
---Roguemos que no vengan, dijo D. Abundio; además, por aquel lado,
-añadió señalando con el dedo las montañas opuestas que servían de
-límites al valle; por aquel lado anda también otra cuadrilla de gente;
-pero...
-
---Es verdad, respondió el Incógnito; mas no dudéis que también estamos
-preparados contra ellos.
-
-“¡Entre dos fuegos!, decía entre sí D. Abundio; ¡justamente entre dos
-fuegos!, ¡adónde me he dejado arrastrar!, ¡y por dos charlatanas!,
-¡cualquiera diría que este hombre se complace en meterse en medio de
-todo! ¡Oh, qué gentes hay en el mundo!”
-
-Habiendo entrado en el castillo, el señor hizo conducir á Inés y á
-Perpetua á una estancia del lado señalado para las mujeres, el cual
-ocupaba las tres alas del segundo patio, en la parte posterior del
-edificio, situada sobre un peñasco solitario y de difícil acceso, que
-dominaba á un precipicio. Los hombres habitaban las alas del otro
-patio, á derecha é izquierda, y también la que daba sobre la explanada.
-El cuerpo del medio, que separaba los dos patios, y se pasaba del
-uno al otro por una vasta galería que iba á corresponder á la puerta
-principal, estaba ocupado en parte por las provisiones, y servía
-en parte de lugar de depósito para los efectos que los refugiados
-deseaban poner en salvo. En el sitio destinado á los hombres, había
-una pequeña estancia para los eclesiásticos que pudiesen llegar. El
-Incógnito acompañó personalmente á D. Abundio á la referida estancia,
-siendo el primero que tomó posesión de ella.
-
-Nuestros fugitivos permanecieron veintitrés ó veinticuatro días en el
-castillo, en medio de un movimiento continuo y numerosa compañía, la
-cual al principio iba siempre en aumento, pero sin que aconteciese nada
-que sea digno de contarse. No se pasaba día sin que dejase de haber
-alarma: los lasquenetes vienen por este lado; se han visto dragones
-por el otro. Á cada aviso, el Incógnito mandaba exploradores; si era
-preciso, tomaba consigo gente que tenía siempre dispuesta para un
-caso, y salía del valle por el lado en que se le había indicado el
-peligro. Era cosa digna de admiración el ver una partida de hombres
-determinados, armados hasta los dientes, y alineados como soldados,
-conducidos por otro hombre desarmado. Las más veces, los que causaban
-semejantes alarmas, no eran más que foragidos y ladrones desbandados
-que emprendían la fuga antes de ser alcanzados... Mas un día,
-persiguiendo á algunos de éstos, para enseñarles que no debían atenerse
-á merodear por aquel lado, el Incógnito fué avisado de que un pueblo
-vecino había sido invadido y saqueado. Eran lasquenetes de varios
-cuerpos que habiéndose quedado rezagados con el objeto de entregarse
-al pillaje, se habían reunido é iban á lanzarse de improviso sobre las
-tierras cercanas á aquellas donde el ejército hacía alto, mientras
-tanto ellos despojaban á los habitantes y les sacaban gruesas sumas de
-dinero. El Incógnito arengó brevemente á los suyos, y los condujo hacia
-el citado pueblo.
-
-Llegaron sin ser esperados. Los salteadores que creían marchar
-directamente á la presa, viendo que iba sobre ellos gente armada
-y disciplinada, dispuesta á combatir, abandonaron el saqueo y
-emprendieron precipitadamente la fuga por el mismo camino por donde
-habían venido, sin esperarse tan siquiera los unos á los otros. El
-Incógnito los persiguió por algún tiempo; mas luego, habiendo mandado
-hacer alto, estuvo esperando un rato por si veía algo de nuevo, y por
-último volvió con su gente á desandar lo andado. Al pasar por el pueblo
-que había salvado, es imposible describir los aplausos y bendiciones
-con las cuales fué recibida la partida libertadora como igualmente su
-jefe.
-
-Ninguna clase de desorden hubo nunca en el castillo, á pesar de una
-tan innumerable reunión de gentes de todas clases, costumbres, edades
-y sexos. El Incógnito había colocado centinelas en distintos puntos,
-los cuales vigilaban atentamente para prevenir todas las dificultades,
-con aquel ardor que cada uno ponía en las cosas de las cuales debía dar
-cuenta.
-
-Después, había suplicado á los eclesiásticos y á las personas más
-respetables que estaban refugiadas allí, que se tomasen también la
-molestia de rondar y vigilar. Cuando podía, él mismo se mostraba
-en todas partes; y aunque se hallase ausente, la memoria del dueño
-contenía todo lo que hubiera podido suceder. Además, la reunión se
-componía en su mayor parte de fugitivos, gente inclinada en general, á
-la paz y tranquilidad; el pensamiento de sus cosas é intereses, unido
-al peligro en el cual habían dejado á algunos parientes ó amigos,
-contribuían á mantener y aumentar cada vez más la citada disposición.
-
-Encontrábanse también, allí, hombres de un temple más fuerte y de
-corazón animoso, los cuales trataban de pasar alegremente aquella época
-tan desgraciada. Habían abandonado sus casas por no tener bastante
-fuerza para defenderlas, pero no eran de opinión de lamentarse y
-llorar por cosas irremediables, no queriendo representarse en su
-imaginación el estrago que más tarde verían á la fuerza con sus propios
-ojos. Una porción de familias amigas habían ido juntas al castillo, ó
-encontrándose allí, habían formado nuevas amistades, y la multitud se
-hallaba dividida en distintas reuniones, según las costumbres y genios.
-Los que tenían dinero y discreción bajaban á comer al valle, donde en
-aquellas circunstancias se habían abierto á toda prisa las posadas;
-algunos alternaban los bocados con suspiros, y no se les oía hablar
-más que de desgracias; otros no pensaban en éstas más que para decir
-que no era necesario acordarse de ellas. En el castillo se distribuía
-pan, sopa y vino á los que no podían ó no querían gastar; además había
-algunas mesas, las cuales eran servidas todos los días para los que
-el señor convidaba expresamente; de este número eran nuestros tres
-personajes.
-
-Inés y Perpetua, por no comer el pan á expensas de nadie, habían
-querido ser empleadas en los servicios que requería una tan gran
-reunión de gentes hospedadas; en esto pasaban una gran parte del día,
-y el resto lo invertían en charlar con algunas nuevas amigas, que se
-habían adquirido allí, ó con el pobre D. Abundio. Éste no tenía nada
-que hacer; mas sin embargo, no se fastidiaba, pues el miedo le hacía
-compañía. Con respecto al temor de un asalto, creemos que se le había
-disipado, ó si le quedaba aún, le causaba muy poca inquietud, porque
-cada vez que reflexionaba un poco, debía comprender cuán infundado
-era. Pero la imagen del país circunvecino inundado por todas partes de
-espantosos soldados; las armas y las gentes con ellas que tenía siempre
-á la vista; un castillo en el cual estaba metido; el reflexionar todo
-lo que podía surgir á cada instante en tales circunstancias, contribuía
-á inspirarle un espanto confuso, vasto, continuo, dejando aparte la
-aflicción que le causaba el pensar en su pobre casa. En todo el tiempo
-que permaneció en el castillo, no se separó jamás de él á la distancia
-de un tiro de bala, ni puso nunca el pie en la bajada; su único paseo
-era la explanada y recorrer, ya una parte, ya otra del castillo,
-mirando las cimas y precipicios para estudiar si habría un paso un
-poco practicable, algún pequeño sendero por donde buscar un escondrijo
-en un caso de apuro. Hacía grandes reverencias y saludos á todos sus
-compañeros de asilo, pero hablaba con muy pocos: sus conversaciones
-más frecuentes eran con las dos mujeres según hemos dicho: con ellas
-desfogaba sus pesadumbres, á riesgo algunas veces de verse interrumpir
-por Perpetua, y que además Inés lo avergonzase. En la mesa, donde
-permanecía poquísimo y hablaba menos, oía las noticias de la terrible
-invasión que llegaban diariamente, ó de pueblo en pueblo, ó de boca en
-boca, ó traídas por alguno que en un principio había querido quedarse
-en casa, y por último huía sin haber podido salvar nada, y á veces,
-para colmo de infortunios, sumamente maltratados. Todos los días se
-referían y llegaban noticias de haber sucedido nuevas desgracias.
-Algunos noticieros de oficio recogían diligentemente todas las voces
-que corrían, exprimían el jugo de todas las narraciones, y luego lo
-pasaban á sus vecinos. Disputaban acerca de los regimientos que eran
-más endiablados, si era peor la infantería ó la caballería, repetían
-del mejor modo posible los nombres de ciertos jefes ó condottieri;
-se referían las antiguas hazañas de algunos; se especificaban las
-paradas y las marchas: tal día el regimiento A llegaría al pueblo
-B; al día siguiente iría á caer sobre la villa C, en donde tal otro
-cometía mil tropelías. Procuraban tomar informes y tener cuidado con
-los regimientos que pasaban el puente de Lecco, porque éstos podían
-considerarse ya como realmente fuera del país. Pasa la caballería de
-Wallenstein, la infantería de Merode, los caballos de Anhalt y los
-infantes de Brandeburgo; luego la caballería de Montecuccoli y la gente
-de á pie de Ferrari; pasa Altringer, Furstenberg, Colloredo; pasan los
-Croatas, Torcuato Conti y otros muchos; cuando el cielo quiso, pasó
-también Galasso, el cual fué el último. El escuadrón volante de los
-venecianos concluyó igualmente por alejarse, y todo el país á derecha
-é izquierda quedó enteramente libre. Ya los habitantes de las primeras
-tierras invadidas y saqueadas habían empezado á abandonar el castillo:
-todos los días iba marchando gente á la manera que después de una
-tempestad de otoño se ven salir de las frondosas ramas de un corpulento
-árbol una multitud de pájaros que se habían refugiado en ellas. Yo
-creo que nuestros tres personajes fueron los últimos en irse, y esto
-por causa de D. Abundio, el cual temía, si volvía tan pronto á casa,
-el encontrar aún algunos lasquenetes rezagados. Perpetua no dejó de
-decirle una y mil veces que cuanto más se tardase en dar la vuelta,
-tanta mayor proporción tendrían los rateros del país de entrar en la
-casa y apoderarse de todo lo que los otros hubiesen dejado; cuando se
-trataba de salvar la piel, D. Abundio era el primero en vencer todas
-las dificultades, á menos que la inminencia del peligro no le hiciese
-perder efectivamente la cabeza.
-
-Fijado el día de la partida, el Incógnito mandó tener dispuesto en la
-Malanotte un carruaje, en el cual había hecho meter un gran número de
-piezas de lienzo destinadas á Inés. Llamóla aparte, y también le hizo
-aceptar un cartucho de escudos para reparar la pérdida sufrida en su
-casita, á pesar de que Inés, con la mano puesta sobre el corazón, le
-repetía sin cesar que aún conservaba algunos de los primeros.
-
---Cuando veáis á vuestra excelente y pobre Lucía, le dijo, por último
-(estoy segurísimo que ruega por mí, pues la he causado mucho daño),
-decidle que le doy mil y mil gracias, y confío en Dios que sus súplicas
-atraerán sobre ella las bendiciones del cielo.
-
-Después de esto quiso acompañar á sus tres huéspedes hasta donde
-esperaba el carruaje. Dejamos al arbitrio del lector que imagine las
-demostraciones de agradecimiento y humildes cumplimientos de D. Abundio
-y Perpetua.
-
-Finalmente, emprendieron la marcha, y se detuvieron, según habían
-convenido, pero sin llegar á sentarse, en casa del sastre, donde
-oyeron contar muchas cosas sobre la invasión; esto es, la acostumbrada
-relación de robos, heridas, insultos y violencias; mas allí por fortuna
-no habían visto los lasquenetes.
-
---¡Ah, señor cura! dijo el sastre dándole el brazo para ayudarle á
-subir al carruaje;--se pueden imprimir muchos libros acerca de ese tan
-grande estrago.
-
-Después de haber hecho un poco de camino, nuestros viajeros empezaron
-á ver con sus propios ojos algunas de las cosas que habían oído
-referir. Viñas despojadas, no por las manos del vendimiador, sino por
-el granizo y el huracán que hubiesen caído juntamente sobre ellas;
-las cepas destrozadas y pisoteadas; los rodrigones[14] arrancados; la
-tierra cubierta de pámpanos y tiernos retoños; los árboles golpeados y
-talados; los cercados abiertos por mil partes. En las poblaciones, las
-puertas echadas abajo, las ropas y demás efectos tirados y esparcidos
-por las calles; de las casas salía una atmósfera pesada y vapores
-mefíticos; los habitantes veíanse ocupados en arrojar la inmundicia
-los unos, y en reparar las puertas del mejor modo posible los otros;
-algunos, en fin, con los brazos cruzados sobre el pecho, lanzaban
-lastimeros gemidos. Al pasar el carruaje, multitud de manos se dirigían
-por ambos lados de las portezuelas implorando una limosna.
-
-
-Con semejantes imágenes, tan pronto delante de sus ojos como presentes
-á su imaginación, y con la triste expectativa de encontrar otro tanto
-en sus casas, llegaron y vieron en efecto lo que esperaban.
-
-Inés hizo colocar los pequeños fardos en un rincón del patio, el cual
-era el sitio que había quedado más aseado de toda la casa; en seguida
-se puso á limpiar, recoger y arreglar los pocos efectos que le habían
-dejado, y mandó llamar un carpintero y un cerrajero para componer las
-puertas; y desliando pieza por pieza el lienzo que el Incógnito le
-había regalado, contando después sus nuevos escudos, exclamó para sí:
-“He caído de pie; gracias sean dadas á Dios, á la Madonna, y á ese buen
-_señor_; propiamente puedo decir que he caído de pie”.
-
-D. Abundio y Perpetua entran en su casa sin auxilio de llaves; á
-cada paso que dan hacia el interior, sienten aumentarse un tufo, un
-veneno y cierta peste que les hace retroceder; con una mano puesta
-en las narices se dirigen á la puerta de la cocina; entran en ella
-de puntillas, teniendo cuidado en donde ponen los pies á causa de la
-inmundicia que cubre el suelo, y empiezan á mirar por todas partes.
-Nada hay entero; pero al mismo tiempo divisan á su alrededor los
-fragmentos y restos de lo que había sido: las plumas de las gallinas
-de Perpetua, pedazos de lienzo, hojas de los almanaques de D. Abundio,
-menudos trozos de cazuelas y platos, todo desparramado y confundido.
-Solamente en el hogar se podían reconocer todas las señales de un vasto
-saqueo, fragmentos de tizones apagados que demostraban haber sido un
-brazo de una silla, un pie de una mesa, una puerta de un armario, el
-tablado de una cama, una duela del pequeño tonel en donde estaba el
-vino que confortaba el estómago de D. Abundio. Lo restante no eran más
-que cenizas y carbones, con los cuales los invasores habían embadurnado
-las paredes de figuras grotescas, poniéndoles ciertos bonetes, coronas
-y alzacuellos, con el objeto de representar sacerdotes, cuidando
-particularmente de que apareciesen horribles y ridículos, intención que
-seguramente no podía menos de esperarse de semejantes artistas.
-
---¡Ah, descreídos! exclamó Perpetua.
-
---¡Ah, bribones! gritó D. Abundio; y como si fuesen perseguidos,
-salieron por otra puerta que daba al huerto. Respiraron: encamináronse
-directamente á la higuera; mas antes de llegar vieron la tierra
-removida, y ambos á la vez lanzaron un grito. Finalmente, se acercaron,
-y encontraron efectivamente en lugar del muerto, la huesa abierta. Aquí
-te quiero ver, escopeta: D. Abundio empezó á habérselas con Perpetua
-diciendo que no lo había escondido bien: ¡juzgue el lector si ésta
-se daría por vencida! Después de haber gritado mucho, ambos con el
-índice extendido hacia el agujero, se volvieron juntos refunfuñando,
-y téngase por cierto, que todo lo encontraron en el mismo estado de
-desorden. Costóles gran trabajo el hacer limpiar y purificar la casa,
-tanto más cuanto que en aquellos días era difícil encontrar ayuda; y se
-ignora cuánto tiempo se vieron obligados á permanecer como acampados,
-acomodándose del mejor modo posible, y componiendo las puertas, muebles
-y utensilios con dinero prestado por Inés.
-
-Dicho desastre fué por espacio de algún tiempo un inagotable manantial
-de fastidiosas disputas, porque Perpetua á fuerza de inquirir y
-preguntar, de husmear y buscar, llegó á saber que algunos de los
-efectos que creían haber sido presa de los soldados, estaban al
-contrario en poder de ciertas gentes del pueblo; por lo cual ella
-apremiaba á su amo para que se dejase ver, y reclamase lo que era suyo.
-No se podía tocar para D. Abundio una cuerda más odiosa; en atención
-á que sus efectos estaban en poder de bribones; es decir, de aquella
-especie de gentes con las cuales le convenía vivir en paz.
-
---Pero si no quiero saber nada de estas cosas, decía. ¿Cuántas veces
-debo repetiros, que lo hecho, hecho se queda? ¿Tengo que hacerme poner
-en cruz, porque mi casa ha sido saqueada?
-
---¡Si lo tengo dicho, decía Perpetua, que os dejaréis sacar los ojos!
-Robar á los otros es pecado; mas á vos, no.
-
---¿Queréis callaros? ¿Viene ahora al caso el disparatar de este modo?,
-replicaba D. Abundio.
-
-Perpetua se callaba, pero era por poco tiempo; la más leve cosa le
-servía de pretexto para volver á empezar de nuevo; tanto, que el pobre
-hombre estaba reducido á no dejar escapar la menor queja sobre tal ó
-cual cosa que le faltaba, so pena de oir decir; id á buscarla á casa de
-Fulano que la tiene, y que no la hubiera tenido hasta estos momentos si
-no hubiese dado con un buen hombre como vos.
-
-Experimentaba una más viva inquietud al saber que diariamente
-continuaban pasando soldados rezagados, según él había conjeturado
-demasiado bien. Siempre temía ver llegar á alguno, ó una compañía
-entera á su puerta, la cual había hecho componer apresuradamente antes
-que todo lo demás, y que tenía cerrada con gran cuidado; mas á Dios
-gracias nada sucedió. Sin embargo, aún no habían cesado estos terrores,
-cuando sobrevino uno nuevo.
-
-Mas dejando aquí á nuestro pobre hombre, vamos á tratar de otras cosas
-más interesantes que de sus particulares aprehensiones: de la desgracia
-de algunos países, ó de un desastre pasajero.
-
-
- NOTAS:
-
-[14] Así llaman á las estacas que ponen para sostener las
-vides.--_Nota del T. E._
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOTERCERO
-
-
-La peste que la junta de sanidad había temido ver penetrar en el
-milanesado, juntamente con las tropas alemanas, había entrado en
-efecto, según todos saben, siendo también conocido que no sólo se
-limitó á desolar dicho país, sino que también invadió y diezmó una
-buena parte de Italia. El hilo de nuestra historia nos conduce al
-presente, á referir las principales circunstancias de la expresada
-calamidad, pero sólo en el milanesado, y casi exclusivamente en la
-ciudad de Milán; porque las memorias de aquel tiempo no se ocupan
-más que de esta última. Ya sea razón, ya capricho, los historiadores
-siempre hacen lo mismo.
-
-En toda la línea de territorio recorrida por el ejército invasor,
-habíanse encontrado algunos cadáveres en las casas y en los caminos.
-Poco después, ya en éste, ya en aquel pueblo, familias enteras fueron
-acometidas de enfermedades violentas, extrañas, acompañadas de síntomas
-generalmente desconocidos, á los cuales sucumbían. Solamente algunas
-personas ancianas, recordaban haberlas visto otra vez; éstas eran
-las que habían sido testigos de la peste que cincuenta y tres años
-antes había desolado á la mayor parte de Italia, y principalmente
-al milanesado, en donde tomó el nombre que lleva aún, de peste de
-S. Carlos. ¡Tan fuerte es el poder de la caridad!: ella puede hacer
-sobresalir la memoria de un hombre sobre la de un vasto y solemne
-infortunio de todo un pueblo, porque dicha caridad ha inspirado á este
-hombre los sentimientos y las acciones más memorables aun que los
-males; ella puede grabar sus nombres en todos los corazones, y traer
-á la memoria el recuerdo de aquellos desgraciados sucesos, pues la
-introduce y presenta como un guía, un socorro, un ejemplo, una víctima
-voluntaria.
-
-El protomédico Ludovico Settala, que no sólo había visto aquella
-peste, sino que también había sido uno de los profesores más activos
-é intrépidos, á pesar de ser en aquel entonces muy joven, teniendo
-al presente grandes sospechas acerca del contagio, estaba sobre
-aviso y procuraba tomar todos los informes posibles, en vista de lo
-cual participó el 20 de octubre á la junta de sanidad, que en la
-jurisdicción de Chiuso (la última del territorio de Lecco y confinante
-con el de Bérgamo) se había presentado indudablemente la enfermedad
-epidémica. Las mismas noticias se recibieron de Lecco y de Bellano.
-Entonces la junta dispuso y expidió un comisionado que tomando un
-médico en Como, se encaminase con él á visitar los lugares indicados.
-Ambos, dice Tadino, ó por incapacidad, ó por otra causa cualquiera, se
-dejaron persuadir por un viejo é ignorante barbero de Bellano, de que
-aquella especie de enfermedad no era una epidemia, sino causada por las
-emanaciones del agua estancada en algunas partes, y en otras efectos
-de las incomodidades y malos tratamientos sufridos por el paso de los
-alemanes. Este informe fué enviado á la junta de sanidad, la cual
-parece que quedó tranquila.
-
-Mas llegando sin cesar de todas partes muchas y multiplicadas noticias
-acerca de extraños fallecimientos, se expidieron dos delegados con el
-objeto de que tomasen informes y providenciaran lo conveniente; éstos
-fueron el mencionado Tadino y otro miembro de la junta. Cuando se
-instalaron en dichos puntos, el azote se había propagado de tal modo,
-que las pruebas se ofrecían á su vista sin necesidad de ir á buscarlas.
-Recorrieron el territorio de Lecco, la Valsassina, las márgenes del
-lago de Como; los distritos denominados el Monte de Brianza y la Gera
-del Adda. Por todas partes encontraron poblaciones cerradas por medio
-de barreras; otras casi desiertas y abandonadas por sus habitantes
-fugitivos y errantes por los campos, parecidos, dice Tadino, á otras
-tantas criaturas salvajes, llevando en la mano algunos un puñado de
-yerbabuena, otros ruda, quien romero, quien por último una botella
-de vinagre. Habiéndose informado del número de fallecidos, vieron
-efectivamente que era espantoso. Visitaron los enfermos, reconocieron
-los cadáveres, y en todos encontraron las señales manifiestas y
-terribles de la peste. Participaron por escrito tan siniestras nuevas á
-la junta de sanidad, la cual al recibirlas, que fué el 30 de octubre,
-resolvió dar la orden, según el Dr. Tadino, para no dejar entrar en
-la ciudad á las personas procedentes de los pueblos en donde se había
-declarado el contagio; y mientras se redactaba el bando, diéronse con
-anticipación algunas órdenes á los que guardaban las puertas.
-
-Entretanto los comisionados, apresuradamente y con ahínco tomaron las
-medidas que les parecieron más útiles, y dieron la vuelta á Milán, con
-la triste persuasión de que no serían suficientes á remediar un mal ya
-tan avanzado y extendido.
-
-Llegados á la ciudad el día 14 de noviembre, dieron cuenta de su
-comisión de viva voz, y nuevamente por escrito á la expresada junta,
-la cual dispuso que se presentasen al gobernador y le expusiesen
-claramente el verdadero estado de las cosas. Éste les contestó, que
-le causaban un gran disgusto, mostrando mucho sentimiento; pero que
-los cuidados de la guerra eran más apremiantes: _sed belli graviores
-esse curas_. Ésta era la segunda vez, si el lector recuerda, que daba
-semejante respuesta con dicho motivo y con igual éxito. Dos ó tres
-días después, el 18 de noviembre, hizo pregonar un bando, en el cual
-ordenaba que se celebrasen regocijos públicos por el nacimiento del
-príncipe Carlos, primogénito del rey Felipe IV, sin calcular ó sin
-cuidarse del peligro que podría sobrevenir con motivo de una tan gran
-reunión de gente en tales circunstancias; del mismo modo que si hubiera
-sido en tiempos normales y nada ocurriese de particular.
-
-Era este personaje, según hemos dicho anteriormente, el célebre
-Ambrosio Spínola, enviado para dirigir mejor aquella guerra, reparar
-las faltas cometidas por D. Gonzalo, y como por incidencia para
-gobernar. Nosotros podemos también incidentalmente recordar que murió
-pocos meses después en medio de lo más fuerte de aquella guerra que
-tomó tan á pecho; y murió, repetimos, no de heridas recibidas en el
-campo de batalla, sino en su lecho, abrumado de pesadumbres y enojos,
-por los reproches, injusticias y disgustos de todo género, causados por
-aquel á quien servía. La historia ha deplorado amargamente su suerte,
-y vituperado la ingratitud de que fué víctima: ella ha descrito con
-la mayor solicitud sus hazañas militares y políticas; ha ensalzado su
-previsión, actividad y heroica constancia: al propio tiempo hubiera
-debido averiguar en qué había empleado tan altas cualidades, cuando la
-peste amenazaba, invadía á todo un pueblo entregado á su cuidado, ó por
-mejor decir, á merced suya.
-
-Pero lo que, dejando á un lado lo vituperable, disminuye la admiración
-que su indiferencia podría causar; lo que maravilla más que todo,
-es la conducta de la población misma, esto es, de aquella parte á
-la cual aún no había alcanzado el contagio, pero que tantos motivos
-tenía para temerlo. Á las fatales noticias que llegaban de los pueblos
-nuevamente infestados, de los pueblos que forman alrededor de la ciudad
-casi un semicírculo, á la distancia algunos de ellos de diez y ocho á
-veinte millas á lo más, ¿quién no había de creer que se suscitara un
-movimiento general, un deseo de precauciones bien ó mal entendidas,
-ó á lo menos una estéril inquietud? Y sin embargo, si en alguna cosa
-están de acuerdo las memorias de aquel tiempo, es en afirmar que no
-hubo nada de lo dicho. La escasez del año anterior, las exacciones de
-la soldadesca y las pasiones de ánimo, parecieron más que suficientes
-para explicar semejante mortandad. En las calles, en las tiendas y aun
-en las casas, acogían con risas incrédulas, y con un profundo desprecio
-mezclado de cólera, á los que aventuraban alguna palabra acerca del
-peligro de la peste. La misma incredulidad, ó mejor diremos, la misma
-ceguedad y obstinación prevalecía en el senado, en el consejo de los
-decuriones, y en el ánimo de todos los magistrados.
-
-Únicamente el cardenal Federico, apenas tuvo aviso de los primeros
-casos de la enfermedad contagiosa, cuando reunió por medio de una
-pastoral á todos los párrocos, previniéndoles que amonestasen una y mil
-veces, á los pueblos de sus respectivas diócesis, con respecto á la
-importancia y obligación en que estaban de revelar cualquier accidente
-parecido, y consignar los efectos infestados ó sospechosos[15]; éste es
-uno de los hechos que pueden ser colocados entre los más laudables de
-la vida del cardenal.
-
-La junta de sanidad pedía é imploraba alguna cooperación, pero poco ó
-nada conseguía; y la prisa que se daba dicha junta misma, estaba bien
-lejos de igualar á la urgencia que había. Según afirma Tadino, y como
-aparece todavía mejor, por todo el contexto de su relación, solamente
-los dos médicos, persuadidos de la gravedad é inminencia del peligro,
-estimulaban á aquel cuerpo, el cual tenía que estimular después á todos
-los demás.
-
-Ya hemos visto el modo que tuvieron de obrar y tomar informes al primer
-anuncio de la peste; ahora presentaremos otro hecho de lentitud no
-menos admirable, cuanto que no era forzada, por dificultades opuestas
-por magistrados superiores. El bando para impedir á los forasteros la
-entrada á la ciudad, fué resuelto el 30 de octubre, no siendo extendido
-hasta el día 23 del mes siguiente, y publicado el 29. La peste se había
-introducido ya en Milán.
-
-El primero que la llevó, según refieren Tadino y Ripamonti, fué un
-soldado italiano al servicio de España. Este desventurado portador
-de tantos males, entró en la ciudad cargado con un fardo de vestidos
-comprados ó robados á los soldados alemanes. Fué á alojarse en casa de
-sus parientes, en el barrio de la Puerta Oriental, cerca del convento
-de capuchinos. Apenas hubo llegado, cayó enfermo y fué conducido al
-hospital, en donde, á causa de un bubón que le descubrieron debajo del
-brazo, hizo sospechar al que lo curaba lo que era en realidad: á los
-cuatro días de su estancia en dicho hospital, murió.
-
-La junta de sanidad hizo tapiar la casa que él había habitado, y separó
-á la familia del roce de los demás: sus ropas y la cama que había
-ocupado en el hospital, fué todo arrojado al fuego: dos enfermeros que
-le habían cuidado, y un pobre fraile que le había asistido, cayeron
-enfermos pocos días después, y los tres de la peste. Las sospechas que
-se tuvieron desde un principio tocante á la naturaleza del mal, y las
-precauciones que se tomaron, impidieron que el contagio se propagase
-más.
-
-Pero el soldado había dejado fuera semillas que no tardaron en
-germinar. El amo de la casa en la cual se había alojado fué el primer
-atacado. Éste se llamaba Carlos Colonna, tocador de laúd. Entonces
-todos los moradores de dicha casa fueron conducidos al lazareto por
-disposición de la junta de sanidad, en donde la mayor parte enfermaron:
-algunos murieron poco tiempo después, declarados públicamente apestados.
-
-Entretanto el contagio minaba sordamente la ciudad: pocos fueron los
-progresos que hizo en lo restante del año, y en los primeros meses del
-siguiente de 1630. De cuando en cuando, tan pronto en éste, tan pronto
-en aquel barrio, se sentían atacadas algunas personas, otras sucumbían;
-la rareza misma de los casos alejaba las sospechas, y confirmaba más y
-más á la multitud en la estúpida y homicida confianza de que no existía
-tal peste, ni tan siquiera había existido un instante. Además de esto,
-muchos médicos, sirviendo como de eco á la voz del pueblo (¿en esta
-circunstancia era también la voz de Dios?), se mofaban de los presagios
-siniestros, de las advertencias amenazadoras de unos pocos colegas
-suyos: aquéllos tenían sin cesar en los labios los nombres de las
-enfermedades ordinarias, para calificar todos los casos de peste que
-eran llamados á curar, con cualquier síntoma y señal que apareciesen.
-
-La noticia de estos accidentes, aun cuando llegaban á la junta de
-sanidad, eran por lo regular tarde y de una manera incierta. El temor
-de la _contumacia_[16] y del lazareto, aguzaba todos los ingenios;
-no se daba parte de los que caían enfermos, se corrompía á los
-sepultureros y ministros de justicia, y obtenían á fuerza de dinero
-certificaciones falsas de algunos agentes subalternos de la junta de
-sanidad, comisionados por ésta para reconocer los cadáveres.
-
-Los médicos que, convencidos de la realidad del contagio proponían
-precauciones y trataban de hacer participar á sus demás colegas su
-dolorosa certeza, eran objeto de la pública animadversión. Los más
-moderados los acusaban de ignorancia y obstinación; á los ojos de la
-mayor parte, eran unos impostores declarados, los cuales habían urdido
-semejante intriga para explotar en favor suyo el espanto público.
-Ludovico Settala, en dicha época anciano casi octogenario, hombre
-célebre por su saber y por su gran reputación de probidad, estuvo
-expuesto á ser víctima inocente de lo que acabamos de referir. Un día
-que iba en su litera á visitar á los enfermos, el pueblo empezó á
-arremolinarse en torno suyo, gritando que él era el jefe principal de
-los que querían que la peste estuviese en Milán, y que alarmaba á la
-ciudad para dar ocupación á los médicos. Viendo los conductores que
-la multitud iba creciendo, y los gritos é imprecaciones aumentándose
-á cada instante, consiguieron después de mucho trabajo y esfuerzos
-llevarle á una casa de unos amigos del doctor, que por fortuna se
-encontraba próxima á aquel paraje.
-
-Pero á fines del mes de marzo, primeramente en el barrio de la Puerta
-Oriental, y en seguida en toda la ciudad, las enfermedades, las muertes
-acompañadas de extraños espasmos, palpitaciones, letargos, delirio, y
-de manchas lívidas y bubones, empezaron á ser más frecuentes. En el
-lazareto reinaba la mayor confusión, en donde la población diariamente
-diezmada iba siempre en aumento. La serenidad de los magistrados,
-hasta entonces tan tranquila, empezó á turbarse. El consejo de los
-decuriones, no sabiendo á quién volverse, acudió á los capuchinos.
-Suplicaron al padre comisario de la provincia, que desempeñaba las
-funciones de provincial, el que había muerto pocos días antes, que les
-suministrase una persona capaz de dirigir aquel paraje entregado á la
-desolación. El comisario les propuso en calidad de principal al padre
-Félix Casati, hombre de edad madura que gozaba de gran reputación de
-ser persona muy caritativa, activa, humilde, y al propio tiempo de gran
-fortaleza de ánimo, reputación bien merecida así que se dió á conocer.
-Se le nombró, como en calidad de compañero y ayudante á un tal padre
-Miguel Pozzobonelli, joven aún, mas tan grave y severo en ideas como de
-aspecto. Fueron aceptados sus servicios con mucha alegría, y el 30 de
-marzo entraron en el lazareto. El presidente de la junta de sanidad,
-en persona, los acompañó á tomar posesión. Convocó á los sirvientes y
-empleados de todas clases, y declaró á su presencia presidente de aquel
-lugar al padre Félix, con plena y absoluta autoridad. Á medida que el
-espantoso tropel de los apestados iba creciendo en el lazareto, acudían
-más padres capuchinos, y éstos, no sólo llenaron bien y cumplidamente
-sus deberes de religiosos, sino que también desempeñaron los oficios
-más humildes y desagradables, pues hacían cuando era necesario de
-confesores, administradores, enfermeros, guardarropas, cocineros,
-lavanderos y demás que se ofrecía. El padre Félix, siempre apresurado y
-solícito, visitaba de día y noche los pórticos, las salas, los vastos
-corredores, algunas veces con una alabarda en la mano, otras armado con
-sólo su cilicio. Animaba y regulaba todos los servicios, apaciguaba
-los desórdenes, solventaba las disputas, amenazaba, castigaba,
-reprendía, consolaba, enjugaba y esparcía lágrimas. Á los pocos días
-de haber entrado en el lazareto, fué atacado de la peste; mas habiendo
-sanado, volvió á desempeñar sus buenos y piadosos oficios con más ardor
-y placer que antes. La mayor parte de sus compañeros sucumbieron, pero
-sin experimentar el más leve disgusto ni exhalar queja alguna.
-
-La obstinación de los incrédulos, en negar que la peste existía,
-fué cediendo poco á poco y perdiéndose, á medida que la enfermedad
-se extendía; mucho más, que habiendo permanecido hasta entonces
-concentrada solamente en la clase pobre, empezó á herir á los
-personajes más conocidos. Entre éstos debemos hacer particular mención
-del protomédico Settala. Sufrieron el contagio él, su esposa, dos
-hijos y siete personas de su servidumbre. ¿Confesarían entonces que el
-infeliz anciano tenía razón? ¡Quién sabe! El doctor y uno de los hijos
-se restablecieron; y el resto de la familia pereció. Estos casos, dice
-Tadino, ocurridos en la ciudad y en casa de los nobles, hizo abrir
-los ojos á éstos y á todos los demás, y los médicos incrédulos, y la
-plebe ignorante y temeraria, empezó á apretar los labios, rechinar los
-dientes, y á fruncir las cejas.
-
-No pudiendo, pues, negar los efectos del mal, y no queriendo reconocer
-la causa, porque esto hubiera sido confesar al propio tiempo un grande
-error y una terrible falta, los incrédulos inventaron otra cosa que
-estaba conforme con las preocupaciones de aquel tiempo. Existía en
-aquella época en toda Europa la creencia de sortilegios, de operaciones
-diabólicas, de que había gentes conjuradas para esparcir la peste
-por medio de venenos contagiosos y maleficios. Ya éstas ó semejantes
-cosas habían sido supuestas y creídas en muchas otras epidemias, y
-principalmente en la que hubo en Milán el siglo anterior. Añádase á
-esto que á fines del año precedente había llegado un despacho firmado
-por el mismo rey Felipe IV, dirigido al gobernador, en el cual aquél
-le avisaba, que cuatro franceses sospechosos de esparcir sustancias
-venenosas y pestilentes, se habían escapado de Madrid, y que por lo
-tanto, que estuviese alerta y sobre aviso por si acaso trataban de
-penetrar en Milán. El gobernador había comunicado el citado despacho
-al senado y á la junta de sanidad. Semejante circunstancia no llamó
-absolutamente la atención; pero cuando la peste hubo estallado y fué
-reconocida por todos, entonces se trajo á la memoria el mencionado
-aviso, y pudo servir para confirmar y dar motivo á la vaga sospecha de
-un fraude criminal.
-
-Mas dos incidentes, producidos el uno por un miedo ciego y desordenado,
-y el otro no sabemos por qué maldad, convirtieron la vaga sospecha de
-un crimen posible en verdadera sospecha, y para muchos en la certeza
-de un atentado positivo y de un complot real. Algunas personas que
-habían creído ver en la tarde del 17 de mayo á ciertos individuos en
-la catedral frotar una barandilla que servía para separar el sitio
-designado á ambos sexos, hicieron trasladar durante la noche dicha
-barandilla y una gran cantidad de bancos. El presidente de la junta
-de sanidad, acompañado de cuatro miembros más, se encaminó á visitar
-la barandilla, los bancos, y las pilas de agua bendita, en donde nada
-encontró que pudiese confirmar la ridícula sospecha de maleficio
-alguno. Sin embargo, para complacer á las imaginaciones meticulosas, _y
-más bien por un exceso de precaución que por necesidad_, decidieron que
-sería suficiente lavar la barandilla. Esta enorme porción de efectos
-hacinados produjo una grande impresión de espanto sobre la multitud,
-para la cual el menor objeto sirve de fundamento para hacer un tropel
-de conjeturas. Se dijo y se tuvo por cierto, que los envenenadores
-habían frotado todos los bancos, las paredes de la catedral y hasta las
-cuerdas de las campanas.
-
-Á la mañana siguiente, un nuevo espectáculo más extraño y más
-significativo sobrecogió el ánimo y la vista de los habitantes. Por
-toda la ciudad se vieron las puertas de las casas y las paredes
-embadurnadas con cierta inmundicia de un blanco amarillento que parecía
-haber sido dado con esponjas. Ya sea que esto fuese una estudiada
-maldad para excitar un espanto más general y terrible, ya el designio
-más culpable todavía de aumentar el desorden público, ó cualquiera otra
-cosa, lo cierto es que ello está de tal modo demostrado, que parecería
-menos razonable atribuirlo á un sueño de muchos, que á un hecho
-verdadero de algunos; hecho que por lo demás no hubiera sido el primero
-ni el último de tal género.
-
-La ciudad, ya alarmada, se puso más y más; los dueños de las casas
-purificaban con humo de paja los sitios infestados; los que pasaban
-se detenían, miraban y se estremecían de horror. Los forasteros,
-sospechosos por este solo motivo, y fáciles de ser conocidos por
-su traje, se veían detenidos en las calles por el pueblo, y eran
-conducidos á presencia de la autoridad. Hicieron interrogatorios,
-examinaron á los arrestados, á los que los habían detenido y á los
-testigos presenciales de dichas capturas; mas no resultó reo alguno:
-los cerebros se hallaban incapaces de reflexionar, de inquirir y
-comprender. La junta de sanidad dió un bando, en el cual prometía una
-recompensa y la impunidad á los que declarasen el autor ó autores de
-semejante atentado. _De todos modos no pareciéndonos conveniente_,
-dicen aquellos señores en su carta dirigida al gobernador, cuya fecha
-es del 21 de mayo, pero que fué evidentemente escrita el 19, día puesto
-en el bando impreso, _que este delito quede impune, máxime en tiempos
-tan peligrosos y agitados, para consuelo y tranquilidad del pueblo, y
-para sacar algún indicio del hecho, hemos publicado hoy un bando, &c._
-Sin embargo, en el citado bando no aparecía prueba alguna de aquella
-razonable y tranquilizadora conjetura que participaban al gobernador;
-silencio que demuestra á un tiempo una preocupación furiosa en el
-pueblo y en los miembros de la junta, una condescendencia tanto más
-vituperable cuanto más perniciosa podía ser.
-
-Mientras que la junta de sanidad buscaba ó fingía buscar, muchas
-gentes, como acontece siempre, ya habían encontrado. Los que creían que
-aquello era una sustancia venenosa, decían ser una venganza que había
-tomado D. Gonzalo Fernández de Córdoba por los insultos recibidos á su
-partida; quien pretendía que era una invención del cardenal Richelieu
-para despoblar á Milán y apoderarse sin trabajo de la ciudad; otros,
-por último, y no puede hallarse la razón de esto, designaban como
-autor al conde de Collalto, de Vallenstein, á éste ó á aquel noble
-milanés. No faltaban también, según llevamos dicho, algunos que no
-veían en aquel hecho más que una refinada maldad, atribuyéndolo á los
-estudiantes, á los señores, á los oficiales, que se fastidiaban en el
-sitio de Casal. El ver, pues, como habían temido, que no seguían
-directamente el contagio y una mortandad universal, fué por lo regular
-la causa de que el primer espanto se calmase por entonces, y que la
-cosa fuese ó pareciese quedar puesta en el olvido.
-
-Aún existía un gran número de personas persuadidas de que aquello
-no era peste, y á causa de que tanto en el lazareto, como en la
-ciudad, sanaban algunos, se decía (los últimos argumentos de una
-opinión destruida por la evidencia, son siempre dignos de notarse),
-se decía por la plebe, y también por muchos médicos parciales, que á
-ser verdadera epidemia, todos los atacados habrían muerto[17]. Para
-disipar todas las dudas, la junta de sanidad halló un expediente
-proporcionado á la necesidad, un modo de hablar á los ojos tal como
-las circunstancias podían reclamarlo ó sugerirlo. En uno de los días
-festivos de la pascua de Pentecostés, los habitantes de la ciudad
-tenían la costumbre de concurrir al cementerio de S. Gregorio, situado
-en las afueras de la Puerta Oriental, con el objeto de rogar por los
-difuntos de la epidemia anterior que se hallaban enterrados en dicho
-paraje; y haciendo de la devoción un motivo de diversión y espectáculo,
-cada uno se adornaba del mejor modo posible. Aquel mismo día había
-fallecido de la epidemia una familia entera. En la hora de mayor
-concurrencia, en medio de las carrozas, de la gente de á caballo y de á
-pie, los cadáveres de la mencionada familia fueron conducidos de orden
-de la junta de sanidad en un carro, desnudos, hacia dicho cementerio,
-á fin de que la multitud pudiese ver en ellos las señales manifiestas
-y horrorosas del mal. Un grito de horror y de espanto se elevaba por
-doquier pasaba el carro, un prolongado murmullo reinaba todavía después
-de su paso, y finalmente otro murmullo le precedía. La peste ya fué
-más creída, pero además, ella misma trabajaba diariamente en probar
-su existencia, y aquella misma reunión debió contribuir no poco á
-propagarla.
-
-Así, pues, en un principio nada de peste, absolutamente nada; estaba
-prohibido el pronunciar tan solo su nombre; luego eran fiebres
-pestilenciales; después, peste no, es decir, sí, pero se debía entender
-de cierto modo; no verdadera peste, sino una cosa á la cual no se le
-podía encontrar otro nombre. Por último, ya lo era indudablemente y
-sin réplica, pero iba adherida otra idea, la de los envenenamientos
-y maleficios, la cual alteraba y desnaturalizaba la triste é
-incontestable realidad.
-
-Creemos que no es necesario estar muy versados en la historia de las
-ideas y de las palabras, para ver que siempre han llevado el mismo
-camino. Por fortuna, de esta especie é importancia no hay muchas que
-adquieran su evidencia á semejante precio, y á los males se pueden unir
-también terribles accesorios. Se podría, sin embargo, tanto en las
-cosas pequeñas como en las grandes, evitar en gran parte este curso
-largo y tortuoso, adoptando el método propuesto hace ya algún tiempo de
-observar, escuchar, comparar y reflexionar, antes de hablar.
-
-Pero el hablar es una cosa mucho más fácil ella sola que todas las
-demás juntas; y nosotros mismos, quiero decir, nosotros, los hombres en
-general, tenemos precisión de ser un poco indulgentes sobre ese punto.
-
-
- NOTAS:
-
-[15] (Vida de Federico Borromeo, escrita por Francisco Rivola. Milán,
-1666, pág. 582).--_Nota del autor._
-
-[16] Dan este nombre á las casas y efectos de los apestados. Hay
-ciertos géneros, que aun en tiempos normales, están sujetos á una
-cuarentena muy rígida; la lana es una de las mercaderías á las cuales
-llaman contumaces.--_Nota del traductor español._
-
-[17] Tadino, pág. 93.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOCUARTO
-
-
-Entretanto, cada día se hacía más difícil hacer frente á las
-exigencias dolorosas de las circunstancias. El consejo de los
-decuriones resolvió en 4 de mayo recurrir al gobernador. El día 22
-fueron enviados al campo dos miembros de dicho consejo, los cuales le
-representaron el estado de miseria y escasez de la ciudad, la enormidad
-de los gastos, el tesoro exhausto y lleno de deudas, las rentas de los
-años venideros empeñadas, las contribuciones corrientes no pagadas, á
-causa de la miseria general producida por tantos motivos, y sobre todo
-por el consumo excesivo que hacían las tropas. También le hicieron
-presente que por una multitud de leyes y costumbres no interrumpidas,
-y, por un decreto especial de Carlos V, los gastos ocasionados por
-la epidemia debían ser á cargo del fisco; que, en la del año 1576
-había el gobernador, marqués de Ayamonte, no sólo suspendido todos los
-impuestos, sino que también había dado á la ciudad cuarenta mil escudos
-para subvenir á las necesidades. Por último, los diputados pidieron
-cuatro cosas, á saber: que fuesen suspendidos los impuestos como
-antiguamente; que la cámara diese dinero; que el gobernador informase
-al rey acerca de la pobreza de la ciudad y de la provincia, y que
-dispensase de la carga de nuevos alojamientos militares al país, ya
-arruinado con los pasados.
-
-El gobernador les dió por respuesta pésames y nuevas exhortaciones,
-sintiendo mucho el no poder encontrarse en la ciudad para emplear
-todos sus cuidados en procurar su alivio, pero esperando al mismo
-tiempo que el celo de los magistrados supliría esta falta; que
-las circunstancias exigían gastar sin economía, y que era preciso
-ingeniarse de cualquier modo que fuese. En cuanto á las peticiones
-expresadas, _proveeré en el mejor modo que el tiempo y necesidades
-presentes permitieren_; concluyendo la carta con un garrapato que
-quería decir, Ambrosio Spínola, tan claro como sus promesas. El gran
-canciller Ferrer le escribió que su contestación había sido leída
-por los decuriones _con gran desconsuelo_; finalmente, á todas las
-preguntas contestó con respuestas evasivas; los demás mensajes que le
-enviaron tuvieron los mismos resultados. Algún tiempo después, cuando
-la epidemia se hallaba en su mayor fuerza, el gobernador confirió su
-autoridad al citado Ferrer, teniendo él, según decía, que dedicarse
-exclusivamente á los cuidados de la guerra, la cual, sea dicho aquí de
-paso, después de haberse llevado ya, por la parte más corta, un millón
-de personas, sin contar los soldados, por medio del contagio, entre
-la Lombardía, el territorio veneciano, el Piamonte, la Toscana y la
-Romanía; después de haber desolado, como hemos visto más arriba, los
-lugares por donde pasó; después de la toma y atroz saqueo de Mantua,
-finalizó reconociendo todos al nuevo duque, por cuya exclusión se había
-emprendido la expresada guerra. Sin embargo, es preciso decir que se
-vió obligado á ceder al duque de Saboya una parte del Monferrato, cuyas
-rentas ascendían á quince mil escudos, y otras tierras á Ferrante,
-duque de Guastalla, que redituaban seis mil: que fué hecho otro tratado
-aparte, y con el mayor secreto, en el cual el mencionado duque de
-Saboya cedió Piñerol á la Francia: tratado llevado á ejecución poco
-tiempo después bajo otros pretextos y á fuerza de picardías.
-
-Juntamente con aquella resolución, los decuriones habían tomado otra,
-á saber, la de pedir al cardenal arzobispo que se hiciese una solemne
-procesión, llevando por la ciudad el cuerpo de S. Carlos. El buen
-prelado rehusó por muchas razones. La confianza en un medio dudoso le
-desagradaba, y temía que si el efecto no correspondía, según pensaba,
-aquélla no se convirtiese en escándalo. Temía además que si había
-envenenadores, la expresada procesión serviría de ocasión favorable
-para cometer el crimen; si no los había, recelaba que una tan gran
-reunión de gente no podía hacer más que propagar el contagio, peligro
-mucho más real y verdadero. La sospecha acerca de los envenenadores,
-adormecida hasta entonces, se despertó más general y furiosamente que
-antes.
-
-Se había visto de nuevo, ó se había creído ver al presente, untadas las
-paredes, las puertas de los edificios públicos, las de las casas y las
-aldabas con sustancias venenosas. La noticia de tales descubrimientos
-volaba de boca en boca, y como sucede siempre cuando los ánimos están
-preocupados, el oir referir la cosa producía el mismo efecto que si se
-viese. Los espíritus agriados cada vez más, y sobremanera irritados
-por la inminencia del peligro, abrazaban voluntariamente aquella
-creencia; pues la cólera aspira á castigar; y como observó sabiamente,
-á propósito de esto, un hombre célebre[18], gusta más atribuir los
-males á una perversidad humana, contra la cual se puede ejercer la
-venganza, que no á otra causa, á la que es indispensable resignarse.
-La idea de un veneno sutil, instantáneo, y en sumo grado penetrante,
-era motivo más que suficiente para explicar la violencia, todos los
-accidentes más incomprensibles y desordenados de la enfermedad. Decíase
-que en la composición de dicho veneno, entraban sapos, culebras, y
-pus y baba de los apestados; en fin, todo lo que las imaginaciones
-feroces y perversas podían encontrar de más irritante. Añadíanse á esto
-los maleficios, por cuyo medio todo efecto lograba ser posible, toda
-objeción venía á quedar sin fuerza, toda dificultad se resolvía. Si
-los efectos no habían seguido inmediatamente á la primera tentativa,
-fácilmente se adivinaba la causa; consistía en que los envenenadores
-eran todavía novicios, mientras que al presente el arte se había
-perfeccionado, y las voluntades estaban mejor afirmadas en su infernal
-resolución. Si alguno se hubiera atrevido á sostener que aquello era
-una burla, si hubiese negado la existencia de una negra trama, habría
-pasado por ciego, por un obstinado, si no se le sospechaba interesado
-en distraer de la verdad la atención pública, ó de ser cómplice ó
-envenenador[19], este vocablo se hizo rápidamente común, solemne,
-terrible. Era tal el convencimiento de que existían envenenadores, que
-se debían descubrir casi infaliblemente; todos los ojos estaban alerta;
-la acción más indiferente podía excitar sospechas, cambiándose éstas
-muy pronto en certidumbre, y la certidumbre en furor.
-
-En confirmación de lo dicho, Ripamonti cita dos hechos, siendo de
-advertir el haberlos escogido, no como los más atroces de los que
-tenían lugar diariamente, sino porque desgraciadamente los había
-presenciado ambos.
-
-En la iglesia de S. Antonio, cierto día de no sé qué solemnidad, un
-anciano más que octogenario, después de haber orado un rato puesto
-de rodillas, quiso sentarse, y antes de verificarlo sacudió el polvo
-con su capa. “¡Aquel viejo unta los bancos!”. gritaron á un tiempo
-algunas mujeres que vieron aquella acción. La gente que se hallaba
-en la iglesia (¡en la iglesia!) se arroja inmediatamente sobre el
-anciano, ásenle de sus blancos cabellos, le dan de puñadas y puntapiés,
-lo lanzan, lo empujan hacia fuera; si no acabaron con él, fué para
-arrastrarlo medio muerto á la cárcel, ante el juez, al tormento. Yo
-mismo en persona vi en tan deplorable situación, á aquel desgraciado,
-dice Ripamonti, é ignoro el fin de su dolorosa aventura; pero estoy
-segurísimo que sobreviviría muy pocos instantes á tan bárbaros y
-crueles tratamientos.
-
-El otro caso tuvo lugar al siguiente día; fué igualmente extraño, pero
-no de funestas consecuencias. Tres jóvenes amigos franceses, el uno
-literato, el otro pintor y el tercero mecánico, recién llegados con el
-objeto de visitar la Italia toda, estudiar las antigüedades y hacer
-algún dinero, se acercaron á cierta parte exterior de la catedral
-y se pusieron á contemplarla con la mayor atención. Uno que pasaba
-los vió y se paró; hizo señas á un segundo, éste á un tercero, y así
-sucesivamente, hasta formar un círculo á su alrededor; no se les perdió
-de vista un solo momento, porque su traje, su peinado, su equipaje,
-en fin, los acusaba de extranjeros, y lo que era peor entonces, de
-franceses. Para cerciorarse de que la pared era de mármol, alargaron
-la mano para tocarla: esto fué lo suficiente. En un momento fueron
-envueltos, atados, abrumados de golpes y arrastrados á la cárcel. Por
-fortuna el palacio de justicia está cerca de la catedral, y también
-felizmente para ellos, los hallaron inocentes y los soltaron.
-
-Todo esto no sucedía solamente en la ciudad: el frenesí se había
-propagado del mismo modo que el contagio. El viajero encontrado por
-los aldeanos fuera del camino real, ó que en este mismo se parase con
-el objeto de mirar cualquiera cosa por insignificante que fuese, ó se
-echase para descansar un poco; el desconocido que en su aspecto ó en
-su traje les pareciese tener algo de extraño ó sospechoso, al instante
-eran calificados de envenenadores. Al solo aviso del primero que los
-veía, al grito de un niño, se tocaba á rebato, y todo el mundo acudía;
-los desventurados se veían asediados por una granizada de piedras, ó
-cogidos y conducidos á la cárcel con la mayor violencia por un pueblo
-furioso. Acerca de esto dice el citado Ripamonti que en aquellas
-circunstancias la cárcel era un lugar de seguridad.
-
-Entretanto los decuriones á quienes la denegación del sabio prelado
-no había desanimado, redoblaban las instancias que el voto público
-secundaba por medio de sus clamores. Federico se resistió aún algún
-tiempo, trató de convencerlos en todo lo que puede la razón de un
-hombre contra la fuerza de los tiempos y la insistencia de muchos. Por
-último, después de haber sido instado con exceso, cedió: no diremos que
-fuese ó no causa de una voluntad un poco débil, hizo más que consentir
-en que se verificase la procesión: permitió que la urna que encerraba
-las reliquias de S. Carlos permaneciese expuesta por espacio de ocho
-días á la pública veneración sobre el altar mayor de la catedral.
-
-La junta de sanidad y las autoridades no se opusieron ni hicieron
-demostración de ninguna especie en contra de semejante disposición.
-Únicamente la expresada junta ordenó algunas precauciones, que sin
-reparar el peligro, indicaban el temor. Dió las más severas órdenes con
-el objeto de impedir la entrada en la ciudad á las gentes de afuera; y
-á fin de asegurar mejor la ejecución, hizo cerrar las puertas. Quiso
-también alejar todo lo posible de la concurrencia á los infestados y
-sospechosos, y mandó clavar las puertas de las casas secuestradas,
-las cuales, según dice un escritor contemporáneo, ascendían casi á
-quinientas.
-
-Se gastaron tres días en los preparativos. Al rayar la aurora del día
-11 de junio, que era el señalado, salió la procesión de la catedral.
-Veíase en primer lugar una larga fila de pueblo, compuesta la mayor
-parte de mujeres con el rostro cubierto de grandes máscaras de seda,
-muchas con los pies descalzos y revestidas de cilicios. Seguían luego
-los gremios, precedidos por sus estandartes, las cofradías con trajes
-de varias formas y colores; después el clero regular y secular, cada
-uno con las insignias de su dignidad, y llevando en la mano un cirio
-encendido. En medio de dicha procesión, entre el brillante resplandor
-de un sinnúmero de hachas, de la melodiosa armonía de los cánticos,
-y debajo de un rico palio, avanzaba la urna, llevada en andas por
-cuatro canónigos vestidos con largos y rozagantes trajes de seda, cuyos
-individuos se relevaban de cuando en cuando. Al través de los cristales
-de la citada urna se divisaban los mortales despojos del santo,
-revestido de magníficos hábitos pontificales, y cubierta la cabeza
-con la mitra. En sus facciones descompuestas y mutiladas se podían
-distinguir aún algunos vestigios de su antiguo semblante, según nos
-le representan las imágenes, tal como algunos se acordaban de haberlo
-visto y honrado en vida. Detrás de los despojos del santo prelado
-(dice Ripamonti, del cual principalmente tomamos esta descripción), y
-próximo á él, tanto por sus méritos, linaje y dignidad, como por su
-persona, venía el arzobispo Federico. Seguía luego el resto del clero;
-después los magistrados en traje de ceremonia, tras éstos los nobles;
-unos ricamente vestidos, como en solemne demostración del culto; otros
-en señal de penitencia enlutados, descalzos y cubiertos de cilicios,
-oculto el semblante bajo oscuras capuchas; todos con hachas encendidas.
-Por último, una inmensa muchedumbre de pueblo terminaba el suntuoso
-cortejo.
-
-Toda la carrera por donde había de pasar la procesión estaba adornada
-como en los más solemnes días de fiesta. Los ricos habían sacado sus
-adornos más preciosos; las fachadas de las casas pobres habían sido
-decoradas por los vecinos pudientes, ó á expensas del público. Aquí
-en lugar de colgaduras, y allá sobre las colgaduras mismas se veían
-pendientes formando graciosos festones, ondulantes guirnaldas de verdes
-hojas; por todas partes se veían cuadros, inscripciones y emblemas;
-osténtanse en los balcones ricos jarrones, raras antigüedades, muebles
-preciosos, luces por doquier. Divisábanse en muchos de aquellos
-balcones á los enfermos separados de comunicarse con los demás que
-miraban la procesión, y la acompañaban con sus preces. Las calles
-restantes estaban mudas y desiertas; solamente algunas personas desde
-lo alto de las ventanas prestaban oído á aquel vago rumor; otras, y
-entre éstas se veían hasta religiosas, que se habían subido á las
-azoteas para ver si desde dicho sitio podían distinguir, aunque fuese
-de lejos, aquella urna, aquel acompañamiento, por último, una tan
-suntuosa procesión.
-
-Ésta pasó por todos los barrios de la ciudad. En cada una de las
-encrucijadas ó plazoletas que se encuentran á los extremos de las
-calles principales que van á desembocar á los arrabales se hacía una
-parada: colocábase la urna junto á las cruces erigidas por S. Carlos en
-la anterior epidemia, de las cuales permanecen en pie algunas hoy día;
-de modo que la procesión dió la vuelta á la catedral poco después del
-mediodía.
-
-Mas al día siguiente, mientras que reinaba en los ánimos una
-presuntuosa confianza, y en muchos la certeza fanática que la citada
-procesión debía haber puesto fin á la peste, he aquí que el número
-de muertos aumentó en todas las clases y en toda la ciudad, con tal
-exceso, y de un modo tan repentino, que no hubo nadie que no viese
-la causa ó la ocasión en la procesión misma. Mas ¡oh poder admirable
-y doloroso de una preocupación general! el mayor número no atribuyó
-este efecto á hallarse reunidas tantas personas, ni á la infinita
-multiplicación de contactos fortuitos, sino á la facilidad que habían
-tenido los envenenadores para ejecutar en grande sus infernales
-designios. Se dijo que mezclados entre la multitud habían infestado
-con sus untos á toda la gente que les fué posible. Pero como esta
-idea no podía ser suficiente para explicar una mortandad tan vasta
-y tan esparcida en toda clase de personas, como según todas las
-apariencias, al ojo más atento, que la sospecha hacía más perspicaz,
-no había sido posible hallar unturas ni manchas de ninguna especie,
-ni en las paredes, ni en otra parte alguna, se recurrió para la
-explicación del hecho á otro expediente ya antiguo y muy admitido por
-la opinión general en Europa, á saber: la existencia de polvos mágicos
-y emponzoñados. Se aseguró que dichos polvos sembrados con profusión
-por la carrera, y principalmente en los parajes en donde la procesión
-hacía alto, se habían pegado á las colas de los vestidos, y todavía más
-en los pies de los muchos que habían ido aquel día descalzos. Vióse
-por tanto, dice un célebre escritor contemporáneo[20], el mismo día
-de la procesión, mezclada la piedad con la impiedad, la perfidia con
-la sinceridad, y la pérdida con la adquisición. ¡De tal modo el pobre
-entendimiento humano se complace en debatir con los fantasmas creados
-por él mismo!
-
-Desde entonces la furia del contagio fué siempre en aumento; al poco
-tiempo no quedó casa que estuviese libre de él. El número de los
-enfermos dentro del lazareto ascendió desde dos mil hasta doce mil; y
-más tarde, según el decir de todos, llegó hasta diez y seis mil. El 4
-de julio, según se encuentra en una carta dirigida por los miembros
-de la junta de sanidad al gobernador, la mortandad diaria pasaba
-de quinientas víctimas; más adelante, cuando la enfermedad llegó á
-su colmo, según el cálculo más común, morían mil doscientos, mil
-trescientos; y si hemos de dar crédito al doctor Tadino, hubo días en
-que llegaron á más de tres mil quinientos. Él mismo afirma, que por
-las pesquisas hechas después de la peste se vió la población de Milán
-reducida á poco más de sesenta y cuatro mil almas, siendo así que antes
-pasaban de doscientas cincuenta mil. Según Ripamonti, sólo constaba el
-pueblo de Milán de doscientas mil: al hablar del número de muertos,
-dice que por los registros de la ciudad resultan ciento cuarenta mil,
-además de los que no pudieron entrar en cuenta. Los demás escritores de
-aquella época dicen poco más ó menos lo mismo.
-
-¡Júzguese cuáles serían las angustias de los decuriones, á quienes
-había quedado la pesada carga de proveer á las necesidades públicas,
-y reparar lo que era reparable en un desastre semejante! Veíanse
-precisados á sustituir y aumentar diariamente á los individuos
-encargados de prestar al público servicios de toda especie. Se dividían
-en tres clases: la una era de los _monatti_; esta denominación era
-ya muy antigua y de dudoso origen, designando con ella á los hombres
-dedicados á los trabajos más terribles y peligrosos durante la
-epidemia, pues quitaban los cadáveres de las casas, de las calles,
-los conducían en carros hasta el sitio en donde los enterraban,
-verificándolo ellos mismos; llevaban los atacados al lazareto, los
-cuidaban; en fin, quemaban y purificaban los objetos infestados
-y sospechosos. La segunda clase era conocida bajo el nombre de
-_apparitori_; sus funciones especiales eran ir delante de los carros
-mortuorios, avisando por medio del sonido de una campanilla á los
-transeúntes que se apartasen, y finalmente, la tercera clase, á los que
-daban el nombre de _comisarios_, que presidían á unos y á otros, bajo
-las inmediatas órdenes de la junta de sanidad. Era indispensable que el
-lazareto estuviese provisto de médicos, cirujanos, drogas, alimentos,
-de todo el ajuar en fin necesario á un hospital; siendo preciso también
-hallar y disponer otros sitios para acoger á los enfermos que todos
-los días iban en aumento. Con este objeto se mandaron construir á
-toda prisa chozas de madera y paja en todo el circuito del lazareto,
-planteóse otro nuevo, formado de cabañas, y rodeado de un cercado de
-tablas, capaz de contener en su interior cuatro mil personas; y no
-bastando esto, ordenaron hacer otros dos; pusieron manos á la obra,
-pero faltando medios, quedaron sin concluir. Los recursos, los brazos y
-el valor iban disminuyendo á medida que se acrecentaban las necesidades.
-
-No sólo la ejecución quedaba siempre detrás de los proyectos y de las
-órdenes, no sólo se proveía con mucho trabajo y únicamente con palabras
-á un gran número de necesidades perentorias, sino que se llegó á un
-grado tal de impotencia y desesperación, que al fin y al cabo aun este
-último recurso faltó del todo. Cada día por ejemplo morían abandonados
-una gran multitud de niños, cuyas madres habían muerto de la peste.
-La junta de sanidad propuso fundar una casa de asilo para esas
-inocentes criaturas, como igualmente para las mujeres más indigentes
-que estuviesen de parto, ó á lo menos que se hiciese algo en favor de
-ellas; mas nada pudo alcanzar. Todos los socorros eran exclusivamente
-para la soldadesca, porque el gobernador decía que se estaba en tiempo
-de guerra, y era necesario tratar bien á los soldados.
-
-Entre tanto, hallándose colmado de cadáveres un ancho y profundo foso
-que se había hecho junto al lazareto, y quedando no sólo en él sino
-en todas partes de la ciudad insepultos los nuevos cadáveres, que
-aumentaban á cada instante; los magistrados, después de haber buscado
-en vano brazos para desempeñar tan tristes faenas, se veían reducidos
-á decir que no sabían ya qué partido tomar. Ignoramos de qué modo se
-hubiera concluido semejante calamidad, á no haber venido un socorro
-extraordinario. El presidente de la junta de sanidad acudió lleno de
-desesperación y con los ojos anegados en lágrimas á aquellos dos buenos
-é intrépidos frailes que gobernaban el lazareto. El padre Miguel se
-empeñó en desembarazar á la ciudad de los cadáveres que la obstruían,
-en el término de cuatro días, y en cavar, en una semana, dos fosos
-que bastasen no sólo á las necesidades del momento, sino también á
-lo que pudiese sobrevenir en lo sucesivo. Seguido de un compañero
-también religioso, y de algunas personas de la sanidad nombradas por
-el presidente, se dirigió al campo en busca de aldeanos; y en parte
-por la autoridad de la expresada junta, en parte por la de su hábito
-y palabras, reunió cerca de doscientos; á los cuales mandó hacer tres
-grandes fosos; envió en seguida del lazareto á los _monatti_ para
-que recogiesen los muertos; verificándose de tal manera, que el día
-prefijado su promesa quedó cumplida.
-
-Una vez el lazareto se quedó sin médicos; á fuerza de trabajo, de
-mucho tiempo, y de grandes ofertas de dinero y honores, se pudieron
-encontrar algunos, pero no los necesarios. Con frecuencia faltaban
-víveres hasta el punto de hacer temer que el hambre contribuiría á
-acrecentar el número de muertos; y más de una vez, mientras que se
-ponían en práctica todos los medios posibles para buscar dinero ó
-provisiones, con la esperanza no solamente de no hallarlo á tiempo,
-sino ni aun de hallarlo nunca, llegaban de pronto abundantes socorros,
-don inesperado de la caridad de particulares. En medio del aturdimiento
-general, de la indiferencia que se experimentaba por las desgracias de
-los demás, indiferencia que hacía nacer el temor que tenía cada uno
-de por sí, se encontraron sin embargo almas piadosas que estuvieron
-siempre dispuestas á dispensar beneficios, y otras personas además á
-quienes la caridad nació con motivo de la pérdida de todas las alegrías
-terrestres; así como en medio de la destrucción y terrible estrago que
-reinaban se vieron hombres que emprendieron la fuga, siendo así que
-eran los que debían velar y proveer á la seguridad pública, aparecieron
-al propio tiempo otros que, siempre sanos de cuerpo y de un valor á
-toda prueba, permanecieron fieles en su puesto: hubo también otros que,
-por una admirable adhesión de piedad, tomaron sobre sí y llenaron con
-una constancia heroica las funciones á las cuales no les llamaban sus
-deberes.
-
-Pero sobre todo, en lo que fué más digno de notarse la constancia más
-firme y espontánea con respecto á desempeñar la penosa obligación que
-les era impuesta, fué, repito, en los sacerdotes. En los lazaretos, en
-la ciudad, su asistencia jamás faltó; por doquier había sufrimientos,
-allí se les encontraba, siempre mezclados y confundidos entre los
-enfermos y moribundos, estando ellos mismos con frecuencia moribundos
-y expirando. Junto con los auxilios espirituales, prodigaban en cuanto
-les era posible los temporales, prestando todos los servicios que
-requerían las circunstancias. Más de sesenta párrocos de la ciudad
-solamente murieron del contagio, cerca la novena parte de ellos.
-
-Federico, como no podía menos de esperarse, inspiraba valor á todos,
-y era el primero en dar ejemplo. Después de haber visto perecer en su
-mismo palacio á casi todas las personas que le rodeaban, siendo rogado
-por su familia, por las principales autoridades y príncipes vecinos
-para que huyese del peligro yendo á vivir á una quinta aislada, rechazó
-sus consejos é instancias con el mismo valor con que escribía á los
-curas de su diócesis: “Estad dispuestos á abandonar esta vida mortal,
-más bien que á esos desgraciados que son nuestros hijos y nuestra
-familia; andad con amor al encuentro de la peste, como si fueseis á
-buscar la otra vida, á adquirir un premio, pues que de este modo
-podréis conquistar almas para Jesucristo”. No descuidó ninguna de las
-precauciones compatibles con sus deberes; dió también instrucciones y
-reglas al clero, no importándosele nada absolutamente, ni pareciendo
-ver el peligro, por el cual tenía que pasar, al tratar de hacer bien.
-Sin hablar de los eclesiásticos, con los cuales estaba siempre, con
-el objeto de alabar y dirigir su celo, de excitar á los tibios y
-remisos, enviándolos á los parajes en donde otros habían perecido,
-quiso que tuviese libre acceso cualquiera que tuviese necesidad de él.
-Visitaba los lazaretos para consolar á los enfermos y animar á los
-que los servían; recorría la ciudad llevando auxilios á los infelices
-incomunicados en sus casas, deteniéndose á sus puertas debajo de sus
-ventanas para escuchar sus lamentos, dándoles en cambio palabras de
-consuelo é inspirándoles valor. Se lanzó, por último, y vivió en medio
-del contagio, admirándose él mismo, así que hubo cesado, de haber
-salido ileso.
-
-Así como en las calamidades públicas, y cuando el orden regular se
-ve invertido y perturbado por espacio de largo tiempo, se encuentra
-siempre un aumento, una sublimidad de virtud; así también igualmente
-aparece un acrecentamiento por lo ordinario mucho más general de
-perversidad. Los malvados que la epidemia perdonaba y no aterraba
-encontraron en la confusión común, en la tibieza de la fuerza pública,
-una nueva ocasión de actividad, y al propio tiempo un nuevo y seguro
-medio de impunidad, mayormente cuando el uso de la fuerza pública
-misma fué á parar en gran parte á manos de los más osados de entre
-ellos. Para desempeñar los oficios de _monatti_ y _apparitori_ no
-se hallaban más que hombres en quienes el atractivo de la rapiña
-y licencia tenía más poder que miedo al contagio y la repugnancia
-natural. Se les habían prescrito estrechísimas reglas, intimado las
-más severas penas, señalándoles sus puestos, sometiéndoles al mando
-de comisarios, según ya hemos dicho, estando unos y otros sujetos
-á la autoridad de los magistrados y nobles, con la facultad de
-proveer sumariamente á todas las medidas de orden y buen gobierno
-que reclamasen las circunstancias. Semejantes disposiciones tuvieron
-efecto hasta cierto tiempo; pero creciendo todos los días el número
-de muertos, la desolación, el espanto y el aislamiento, se vieron
-libres de toda autoridad, faltando quien los tuviese á raya, haciéndose
-principalmente los _monatti_ dueños y árbitros de todo. Entraban en
-las casas como amos ó como enemigos, y sin hablar del pillaje y de
-los malos tratamientos que hacían experimentar á los infelices que la
-epidemia condenaba á caer bajo su férula, los malvados ponían sus manos
-infestadas y criminales sobre las personas sanas, sobre los hijos,
-padres y esposos, amenazándoles con llevarles al lazareto si no se
-rescataban ó eran rescatados á fuerza de dinero. Otras veces ponían á
-precio sus servicios, rehusando el llevarse los cadáveres en estado ya
-de putrefacción si no se les daba tal ó cual suma. Dícese también, y
-aun el mismo Dr. Tadino lo afirma, que dejaban caer á propósito de sus
-carros los efectos infestados, con el objeto de propagar el contagio,
-pues que para ellos era un manantial de riquezas y de regocijo.
-Otros bribones, fingiéndose _monatti_, y atándose una campanilla á
-los pies, según estaba prescrito como distintivo, y para advertir su
-aproximación, se introducían en las casas y robaban á mansalva: en
-algunas abiertas sin inquilinos, ó habitadas solamente por algunos
-desdichados moribundos, los ladrones las saqueaban á discreción y sin
-ninguna especie de temor; otras eran ocupadas é invadidas por esbirros,
-los cuales hacían lo mismo, si no peor.
-
-Á la vez que la perversidad, creció la demencia; todos los errores,
-ya más, ya menos dominantes, tomaron á causa del aturdimiento y de
-la agitación de los ánimos una fuerza extraordinaria, produciendo
-efectos más rápidos y más vastos; todo lo cual sirvió para dar fuerza
-y engrandecer el miedo de las unturas consabidas, que según hemos
-visto era otra maldad. La imagen de este supuesto peligro asediaba y
-atormentaba los espíritus, mucho más que el peligro presente y real.
-Además de los montones de cadáveres hacinados siempre á nuestra vista,
-dice Ripamonti, los cuales obstruían el paso de los transeúntes,
-convirtiendo á la ciudad entera en un vasto cementerio, había otra cosa
-más funesta y horrorosa aún; ésta era la desconfianza recíproca, la
-monstruosidad de las sospechas... No sólo huía uno de su vecino, de su
-amigo y de su huésped, sino que los dulces nombres, los tiernos lazos
-de esposo, padre, hijo, hermano, eran objeto de terror; ¡y cosa indigna
-y horrible de expresarse!, la misma mesa de la familia, el lecho
-nupcial, eran mirados como lazo ó como sitios destinados á ocultar la
-ponzoña.
-
-Después de la ambición y concupiscencia, que fueron los primeros
-motivos atribuidos á los envenenadores, llegó á creerse que éstos
-encontraban en su modo de obrar cierta voluptuosidad diabólica, cierto
-atractivo más poderoso que su voluntad. El delirio de los enfermos,
-que se acusaban á sí mismos de lo que habían temido de parte de los
-demás, se asemejaban á otras tantas revelaciones voluntarias; lo cual
-contribuía para dar crédito á todo aquello. Y más que las palabras eran
-las demostraciones las que debían conmover los ánimos, si acontecía
-que los enfermos en su delirio hacían lo que en su imaginación se
-figuraban que ejecutaban los envenenadores; circunstancia, por otra
-parte, muy probable y propia para explicar la persuasión general y el
-testimonio de muchos escritores. Así es que durante el largo tiempo
-y triste periodo de las pesquisas judiciales tocante á la magia, las
-confesiones algunas veces voluntarias de los acusados sirvieron no
-poco para esparcir y mantener la opinión que reinaba con respecto á
-los sortilegios; pues cuando una opinión obtiene un vasto y prolongado
-imperio, se expresa de todos modos, prueba todas las salidas, recorre
-todos los grados de la persuasión, y es difícil que todos ó una gran
-parte crean por mucho tiempo que se haga una cosa extraña sin que venga
-alguno el cual se imagine hacerla.
-
-Entre las anécdotas, á las cuales dió lugar ese delirio de los
-envenenamientos, hay una que merece ser referida por el crédito que
-adquirió y por el giro que tomó. Contábase, no por todos del mismo modo
-(que sería un privilegio demasiado especial de la fábula), sino casi
-unánimemente, que una persona, en tal día, había visto llegar á la
-plaza de la catedral un carruaje tirado por seis caballos, y dentro de
-él, entre otros que le acompañaban, se hallaba un gran personaje, cuyo
-rostro aparecía sombrío y bronceado, sus ojos inflamados, erizados los
-cabellos, y en sus labios dibujaba una expresión amenazadora. Mientras
-que el espectador permanecía embobado mirando el expresado carruaje,
-éste se había parado, y el cochero le invitó á subir, á lo cual no
-supo negarse. Después de diversos rodeos, el carruaje se volvió á parar
-á la puerta de cierto palacio, en el cual entraron todos, y el curioso
-juntamente con ellos, viendo en su interior escenas deliciosas y al
-propio tiempo de horror, espantosos desiertos y risueños jardines,
-sombrías cavernas y magníficos salones: en uno de éstos, los hombres
-fantasmas tomaron asiento y se pusieron á deliberar. Finalmente, le
-habían enseñado grandes cajas llenas de dinero, diciéndole que tomase
-cuanto quisiera, con tal que aceptase un frasquito del consabido unto,
-y fuese á esparcirlo por la ciudad. Mas no habiendo querido consentir,
-se había encontrado en un decir Jesús en el mismo sitio en donde había
-subido al carruaje. Esta relación, generalmente creída por el pueblo,
-y de la cual, según dice Ripamonti, muchos hombres de juicio no se
-burlaron lo bastante, se extendió por toda Italia y también fuera de
-ella. En Alemania se vieron láminas que representaban dicha paparrucha.
-El arzobispo elector de Maguncia, escribió al cardenal Federico,
-preguntándole qué había de cierto acerca de los hechos maravillosos que
-se decía pasaban en Milán, á lo cual Federico contestó que no eran otra
-cosa, que sueños de imaginaciones exaltadas.
-
-De igual valor, si no en un todo igual naturaleza, eran los sueños
-de los hombres instruidos, si bien que sus efectos no eran menos
-desastrosos. La mayor parte de ellos veían el anuncio y la causa
-de aquellas calamidades en un cometa aparecido en 1628, y en una
-conjunción de Saturno con Júpiter. Los mismos médicos que, como Tadino
-y Settala habían desde un principio anunciado la peste, viéndola
-introducirse por doquier, siguiendo su pista, y observando todos sus
-progresos, concluyeron por ceder al torrente de la opinión general,
-atribuyendo á envenenamientos, á conjuros diabólicos y á otras mil
-patrañas, los accidentes ordinarios de la enfermedad. Entre las muchas
-anécdotas que circulaban de boca en boca, se contaba como verídica
-la siguiente: Diz que cierto día se introdujeron en la habitación
-de un enfermo unas cuantas personas desconocidas, las cuales le
-ofrecieron curarle y darle una gran remuneración si untaba las casas
-circunvecinas; mas como aquél rehusase, dichas personas habían
-desaparecido, quedando en su lugar un lobo debajo de la cama, y encima
-tres gatos.
-
-Los magistrados, diezmados todos los días, aterrorizados y confusos,
-empleaban la poca resolución que les quedaba en buscar los
-envenenadores. Entre los escritos de aquella época que se conservan
-en el archivo general de Milán, se encuentra una carta (sin ningún
-documento que se refiera á ella), en la cual el gran canciller Antonio
-Ferrer, informa seriamente, y con la mayor urgencia al gobernador,
-de haber recibido un aviso, en que se le decía que en una casa de
-campo, propia de los hermanos Gerónimo y julio Monti, nobles milaneses,
-se componía veneno en tanta cantidad, que cuarenta hombres estaban
-ocupados _en este ejercicio_[21], con la ayuda de cuatro caballos
-de Brescia, los cuales hacían venir los materiales de Venecia _para
-la fábrica de veneno_. Añade que él había tomado con sigilo las
-disposiciones necesarias para mandar á la citada quinta al podestá
-de Milán y al auditor de la junta de sanidad con treinta soldados de
-caballería; que por desgracia uno de los hermanos había sido advertido
-á tiempo para hacer desaparecer el cuerpo del delito, y probablemente
-por medio del mismo auditor amigo suyo, y que éste buscaba excusas para
-dar tiempo y no partir; pero que no obstante, el podestá, acompañado
-de fuerza armada, había _ido á reconocer la casa para ver si hallaba
-algunos vestigios_, como igualmente para tomar informes y prender á
-todos aquellos que fuesen culpables.
-
-Los procesos á que dieron margen semejantes imposturas, no eran
-ciertamente los primeros de este género, y no se pueden, con todo,
-considerar como una rareza en la historia de la jurisprudencia. La
-descripción que podríamos hacer de dicho proceso, sería larga y
-dolorosa; mas éste no es lugar á propósito para tratar de ella con la
-atención que merece, pues sería preciso escribir una historia aparte.
-Por lo tanto, dejando á otros escritores el cuidado de hacerlo más
-circunstanciadamente, volveremos, por último, á buscar á nuestros
-personajes, para no abandonarlos ya más hasta el fin.
-
-
- NOTAS:
-
-[18] P. Verri, en sus observaciones sobre la tortura.
-
-[19] En aquella época los llamaban en Milán _untori_, que literalmente
-traducido, equivale á untadores, dándoles este nombre, porque según
-decían, lo untaban todo con sustancias venenosas.--_Nota del T. E._
-
-[20] Agustín Lampugnano.
-
-[21] Todas las palabras en itálicas en el original están en español,
-pues ya sabemos que Antonio Ferrer lo era.--_Nota del T. E._
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOQUINTO
-
-
-Una noche, á fines del mes de agosto, justamente cuando la peste se
-hallaba en su mayor incremento en Milán, se dirigía D. Rodrigo á su
-casa, acompañado de su fiel _Griso_, uno de los tres ó cuatro que
-habían quedado vivos de toda su servidumbre. Volvía de una reunión de
-amigos acostumbrados á juntarse para tratar de distraer por medio de
-francachelas y comilonas la melancolía inherente á los calamitosos
-tiempos que corrían; á cada día que trascorra, se les unían otros
-nuevos, al paso que iban faltando de antiguos. Aquel día D. Rodrigo
-estuvo sumamente alegre y festivo, y entre otras cosas había hecho reir
-mucho á la sociedad con una especie de elogio fúnebre á la memoria del
-conde Attilio, arrebatado por la peste dos días antes.
-
-Sin embargo, á medida que iba andando, sentía un malestar, un
-abatimiento, una flojedad en las piernas, una dificultad en respirar,
-un ardor interior, que hubiera querido atribuir únicamente al vino,
-al continuo trasnochar, á la influencia de la estación. Durante todo
-el camino no abrió la boca siquiera; y llegados á casa, la primera
-palabra fué ordenar al _Griso_ que le alumbrase hasta su cámara. Cuando
-estuvieron en ella, el _Griso_ observó que el semblante de su dueño
-estaba desencajado, encendido, los ojos centelleantes y casi fuera
-de sus órbitas. Conservábase á una distancia respetuosa, porque en
-aquellas peligrosas circunstancias todo bribón se había visto obligado
-á adquirir, según vulgarmente se dice, ojo médico.
-
---¿Ves? estoy bueno, dijo D. Rodrigo, que leyó en el rostro del
-_Griso_ el pensamiento que pasaba por su mente.--Me siento bien; pero
-he bebido mucho, acaso demasiado. Ya se ve; la _vernaccia_[22] era
-tan excelente... Mas durmiendo bien, todo desaparecerá. El sueño me
-abruma... Quita esa luz que me ofusca la vista... ¡me incomoda tanto!...
-
---Esto son los humos de la _vernaccia_, dijo el _Griso_, permaneciendo
-siempre á cierta distancia.
-
-Conviene que su señoría se acueste pronto, pues el dormir le vendrá
-perfectamente.
-
---Tienes razón; si es que puedo dormir... Por lo demás, me siento
-bien. Ponme aquí cerca esa campanilla, por si acaso esta noche
-necesitase algo; y ten cuidado si la oyes sonar; ¿entiendes? Mas no
-tendré necesidad de nada... Llévate pronto esa maldita luz, siguió
-diciendo, mientras que el _Griso_ obedecía, acercándosele lo menos
-posible.--¡Diablo! ¡que tenga que incomodarme tanto!...
-
-El _Griso_ cogió la bujía, y deseando á su señor una buena noche, salió
-precipitadamente de la estancia, mientras que D. Rodrigo se ocultaba
-bajo el cobertor de su lecho.
-
-Mas el citado cobertor pesaba sobre él como si fuese un monte. Lo
-arrojó lejos de sí, y se acurrucó con el objeto de poder dormir,
-porque efectivamente se moría de sueño. Apenas sus ojos se cerraban,
-despertábase en extremo sobresaltado, como si alguno le hubiese dado
-un fuerte golpe, sintiendo que se aumentaba su malestar y crecía su
-insufrible ardor. Pensaba en el sofocante calor del estío, en la
-_vernaccia_, en los excesos que cometía, habiendo querido encontrar en
-todo esto, la causa de sus sufrimientos. Mas una idea venía á mezclarse
-siempre involuntariamente á dichos pensamientos; una idea que se
-introducía, por decirlo así, en todos los cerebros, que formaba parte
-de todas las conversaciones y discursos que se tenían en aquellas
-orgías, porque era más fácil hacer escarnio de ella que pasarla en
-silencio; á saber, la peste.
-
-Después de haber luchado terriblemente consigo mismo por espacio de
-largo tiempo, acabó por dormirse, y tuvo los sueños más confusos y
-desordenados del mundo. Le pareció que se hallaba en medio de una
-vasta iglesia, al frente de una inmensa muchedumbre. Ignoraba cómo se
-encontraba en aquel paraje y cómo le había venido á la imaginación
-semejante pensamiento, especialmente en aquellas circunstancias;
-lo cual le enfurecía sobremanera. Paseaba sus miradas sobre los
-circunstantes, no viendo más que semblantes descarnados, lívidos,
-con ojos apagados ó extraviados, y los labios colgando. Los vestidos
-de estas asquerosas criaturas se caían á pedazos, y al través de los
-agujeros se divisaban horrorosos bubones y manchas sanguinolentas.
-Figurábase que gritaba “Apartaos, canalla”; y dirigiendo su vista
-hacia la puerta, que estaba sumamente lejos, y dando un grito con
-aire amenazador, pero sin moverse, pegó todo lo posible sus brazos
-al cuerpo para no rozar con nadie, aunque le tocaban ya bastante por
-todas partes. Pero ninguno de aquellos insensatos daba señales de
-moverse, ni de oirle; por el contrario, le tenían fuertemente oprimido,
-pareciéndole además que alguno de ellos con el codo le apretaba en el
-costado izquierdo junto al corazón y debajo del brazo, en cuyo sitio
-experimentaba agudas y dolorosas punzadas. Movíase violentamente, hacía
-inútiles esfuerzos para salir de tan penosa situación; mas de repente
-parecíale que se sentía picado de nuevo en el mismo paraje. Furioso
-quiere llevar la mano á la espada, y ve que se ha deslizado á lo largo
-de su cuerpo, siendo el pomo lo que le oprime en aquel sitio, en el
-cual va á buscar su espada que no encuentra, sintiendo en su lugar un
-dolor todavía más agudo. Agitado y sin aliento quiere esforzarse á
-gritar, cuando ve que todas aquellas figuras se precipitaban hacia un
-solo lado. Lanza en la misma dirección su extraviada vista; descubre un
-púlpito, apareciendo en él confusamente un objeto vago y movible; luego
-ve elevarse una cabeza rapada, después dos ojos, una cara, una larga
-y blanca barba, un fraile de pie con la mitad del cuerpo fuera del
-púlpito; en una palabra, Fr. Cristóbal. Le parece á D. Rodrigo que el
-capuchino, después de haber recorrido con la vista á todo el auditorio,
-la fija sobre él, levantando al mismo tiempo la mano, juntamente
-en la misma actitud que había tomado en una de las salas de su
-palacio. Entonces él también alza la suya con furia, hace un esfuerzo
-desesperado como para lanzarse á detener aquel brazo suspendido sobre
-su cabeza: un gruñido sordo detenido en su garganta sale de repente
-convertido en un alarido terrible, de cuyas resultas despierta. Deja
-caer su brazo, que en efecto había levantado, tardando un buen rato en
-recobrarse y abrir bien los ojos, porque la luz del día, ya bastante
-avanzado, no le molestaba menos que la de la bujía de antes. Por último
-reconoce su lecho, su cámara; comprende que todo aquello no había
-sido más que un sueño; la iglesia, el pueblo, el fraile, todo había
-desaparecido, á excepción del dolor en el costado izquierdo. Al propio
-tiempo sentía en el corazón una palpitación violenta y agitada, un gran
-zumbido en los oídos, un fuego interior que le consumía, y una pesadez
-en todos los miembros mucho peor aún que cuando se había ido á acostar.
-Vaciló un instante antes de mirar la parte donde tenía el dolor;
-finalmente, la descubre, le arroja una pavorosa mirada, y distingue un
-espantoso tumor de un lívido purpúreo.
-
-D. Rodrigo se vió perdido: el temor á la muerte se apoderó de él,
-experimentándolo acaso mucho más al imaginar que podría llegar á
-ser presa de los _monatti_, siendo llevado y lanzado al lazareto.
-Buscando el modo de evitar esta horrible suerte, sentía que sus ideas
-se oscurecían y turbaban, viendo aproximarse el momento en que no le
-quedaría más recurso que entregarse á la desesperación. Luego cogió con
-mano convulsa la campanilla, y la agitó violentamente. El _Griso_, que
-estaba alerta, se presentó en seguida. Detúvose á cierta distancia del
-lecho, miró atentamente á su señor, y se cercioró de lo mismo que la
-noche antes no había pasado de una conjetura.
-
---_¡Griso!_, dijo D. Rodrigo, sentándose en el lecho con mucho trabajo:
-tú has sido siempre mi favorito.
-
---Sí, señor.
-
---Te he tratado bien siempre.
-
---Ciertamente; por un efecto de vuestra gran bondad.
-
---¡Me puedo, pues, fiar de ti!...
-
---¡Diablo!
-
---_Griso_, me siento malo.
-
---Ya lo había conocido.
-
---Si me pongo bueno, te trataré todavía mejor de lo que lo he hecho
-hasta aquí.
-
-Nada contestó el _Griso_, y estuvo esperando adónde iría á parar con
-tales preámbulos.
-
---De nadie quiero fiarme más que de ti, continuó diciendo D. Rodrigo;
-_Griso_, hazme un favor.
-
---Mande su señoría.
-
---¿Sabes dónde vive el cirujano Chiodo?
-
---Perfectamente.
-
---Es un excelente sujeto, que cuando se le paga bien oculta á los
-atacados de la peste. Anda á buscarlo: dile que le daré cuatro, seis
-escudos por visita, más, si quiere más; pero que venga pronto; y haz
-la cosa de modo que nadie se aperciba de ello.
-
---Muy bien pensado, dijo el _Griso_; voy y vuelvo al momento.
-
---Oye, _Griso_, dame primero un poco de agua. Siento un ardor que no
-puedo resistir más.
-
---No señor: nada sin aviso del médico. Son enfermedades sumamente
-prontas; por consiguiente, no hay tiempo que perder: tranquilícese su
-señoría; en un decir Jesús estaré aquí con el Sr. Chiodo.
-
-Al concluir de pronunciar las anteriores palabras, salió cerrando la
-puerta.
-
-D. Rodrigo, habiendo vuelto á acurrucarse en su lecho, lo seguía con
-la imaginación á la casa de Chiodo; contaba los pasos, y calculaba
-el tiempo. De vez en cuando miraba su tumor del costado izquierdo;
-mas volvía en seguida la vista hacia otro lado con el mayor
-estremecimiento. Al cabo de poco rato empezó á prestar atención, con
-el objeto de ver si oía llegar al cirujano; y semejante esfuerzo de
-atención suspendía el sentimiento del mal, y le dejaba libre el uso
-de sus pensamientos. De repente oye un ruido lejano de campanillas,
-que le parece más bien que viene del interior de su casa que no de la
-calle. Escucha atentamente, y á cada instante lo percibe más fuerte,
-más repetido, acompañado al mismo tiempo de un rumor de pisadas, con
-cuyo motivo una horrible sospecha se le presenta de súbito á la
-imaginación. Consigue incorporarse, y se sienta: se pone á escuchar
-aún con más atención, y distingue claramente un ruido sordo en la
-vecina estancia, como de una cosa pesada que depositan en el suelo con
-precaución. Saca las piernas fuera del lecho en ademán de levantarse,
-clava la vista en la puerta, la ve abrirse y aparecer por ella dos
-viejos y sucios vestidos rojos, dos criaturas malditas; en una palabra,
-dos _monatti_. Finalmente, divisa á medias la figura del _Griso_, el
-cual permanece espiando, oculto detrás de una de las hojas de la puerta
-que ha quedado entreabierta.
-
---¡Ah, traidor infame!... ¡Fuera de aquí, vil canalla! ¡Blondino,
-Carlotto!, ¡socorro, que me asesinan!, grita desaforadamente D.
-Rodrigo: mete una mano debajo de la almohada para buscar una pistola,
-la coge, trata de amartillarla, mas ya es tarde, porque á su primer
-grito, los citados _monatti_ se habían precipitado hacia su lecho. El
-más ágil se le echa encima antes de que pueda hacer ningún movimiento;
-le arranca la pistola de la mano, arrójala lejos de sí, le fuerza á
-volverse á acostar, y lo sujeta fuertemente exclamando con un acento
-de rabia y de mofa á la vez: “¡Ah, bribón! ¡hacer armas contra los
-_monatti_!, ¡contra los ministros de la junta de sanidad!, ¡contra los
-que hacen tantas obras de misericordia!”.
-
---Sujétalo bien, hasta que lo saquemos de aquí, dijo el compañero,
-encaminándose hacia una grande arca que se hallaba en la misma
-habitación. Después de esto entró el _Griso_ y le ayudó á forzar la
-cerradura.
-
---¡Malvados!, gritó D. Rodrigo con acento de desesperación, mirando
-al _Griso_ por debajo del que le sujetaba, y forcejeando entre sus
-nervudos brazos.--Dejadme matar á ese infame, decía en seguida á los
-_monatti_, y después haced de mí lo que queráis. Luego volvía á llamar
-con toda la fuerza de sus pulmones á los demás criados; mas era en
-vano, porque el abominable _Griso_ los había alejado, con supuestas
-órdenes del mismo amo, antes de ir á proponer á los expresados
-_monatti_ dicha expedición, y dividir con ellos los despojos.
-
---Tranquilizaos, tranquilizaos, decía al desventurado Rodrigo el bribón
-que lo tenía tendido sobre el lecho; y volviéndole después hacia los
-que saqueaban, les gritaba: haced las cosas como hombres de honor.
-
---¡Tú, tú!, exclamaba con rabia D. Rodrigo, dirigiéndose al _Griso_, al
-cual veía ocupado en destrozarlo todo, en sacar el dinero, los efectos
-y hacer las particiones. ¡Tú!, ¡después!... ¡Ah, demonio infernal!
-¡Todavía puedo curar!, sí; ¡puedo aún ponerme bueno! El _Griso_ no
-resollaba siquiera, y con todo trataba de evitar todo lo posible
-el dirigir la vista hacia el lado de donde partían las anteriores
-palabras.
-
---Tenlo firme, decía el otro _monatto_, porque está frenético.
-
-Efectivamente era así. Después de exhalar un gran grito, después de
-hacer un último y más violento esfuerzo con el fin de recobrar su
-libertad, cayó de repente fatigado é insensible; sin embargo, todavía
-lanzaba miradas estúpidas, y de vez en cuando daba fuertes sacudidas ó
-arrojaba débiles quejidos.
-
-Los _monatti_ le cogieron el uno por los pies y el otro por debajo de
-los brazos, y fueron á colocarlo en una camilla que habían dejado en
-la habitación inmediata; en seguida uno de ellos volvió para tomar el
-botín, después de lo cual, cargando con la miserable carga, se alejaron.
-
-El _Griso_ se quedó con el objeto de escoger lo que le pudiese ser de
-más utilidad; hizo un fardo de todo ello y tomó la puerta. Á pesar
-de haber tenido mucho cuidado de no tocar á los _monatti_, ni de ser
-tocado por ellos, con todo, en medio del frenesí por robar que se había
-apoderado de él, cogió del lado del lecho los vestidos de su amo, y los
-sacudió sin reflexionar nada, con el ansia de ver si tenían dinero.
-Esto tuvo no obstante el día siguiente sus consecuencias. En efecto,
-mientras estaba divirtiéndose en una taberna, se sintió sobrecogido de
-terribles calofríos, sus ojos se oscurecieron, le faltaron las fuerzas
-y cayó desplomado. Abandonado por sus compañeros, fué á parar en manos
-de los _monatti_ los cuales, habiéndole despojado de todo lo bueno que
-llevaba, le echaron sobre un carro, en el cual expiró, antes de llegar
-al lazareto donde había sido conducido su amo.
-
-Dejando ahora á este desgraciado en aquella mansión de dolores, iremos
-en busca de otro, cuya historia nada hubiera tenido de común con la
-suya, si él á la fuerza no lo hubiese querido; pudiéndose también
-asegurar, que á no ser así, nada tendríamos al presente que decir ni
-del uno ni del otro. Queremos hablar de Renzo, de este joven á quien
-dejamos en una nueva fábrica bajo el nombre de Antonio Rivolta.
-
-Permaneció en dicha fábrica por espacio de cinco ó seis meses, pasados
-los cuales, habiéndose enemistado la república y el rey de España,
-y cesando, por consiguiente, todo temor para él, Bartolo se había
-apresurado á ir á buscarle para tenerle consigo, ya por el cariño que
-le profesaba, ya porque Renzo, naturalmente despejado y muy hábil en el
-oficio, era en una fábrica un poderoso auxiliar para el _fac totum_,
-sin poder jamás aspirar á serlo él mismo, á causa de la desgracia de
-no saber manejar la pluma. Así como esta razón se había tenido en
-cuenta, nosotros hemos creído deber indicarla también. Acaso querríais
-un Bartolo más ideal; no puedo decir más que una cosa: fabricadlo; el
-nuestro era ni más ni menos, según os lo he presentado.
-
-Después de lo que va referido, Renzo había continuado trabajando al
-lado de su primo. Con frecuencia, y especialmente luego de haber
-recibido algunas de las consabidas cartas de Inés, le pasó por la
-imaginación el hacerse soldado y concluir de una vez: ocasiones no
-faltaban, pues justamente en aquella época la república tenía necesidad
-de gente. La tentación fué para Renzo tanto más fuerte, cuanto que se
-hablaba de invadir el milanesado, y naturalmente le parecía magnífico
-el volver á su casa con ínfulas de vencedor, ver á Lucía y tener con
-ella una explicación. Pero Bartolo, con buenas razones, había sabido
-apartarlo siempre de semejante resolución.
-
---Si ellos han de ir, del mismo modo irán sin ti, y después tú podrás
-encaminarte allá á tu gusto; si vuelven con la cabeza rota, ¿no habrá
-sido mejor el que te hayas quedado en casa? No faltarán desesperados
-que quieran ir á tal expedición, y antes que puedan poner los pies...
-Por lo que á mí hace, soy muy incrédulo: aquí se vocifera mucho; mas
-ya, ya, el milanesado no es un bocado tan fácil de tragar. Se trata de
-la España, hijo mío: ¿sabes lo que es la España? S. Marcos es fuerte
-dentro de su territorio, pero esto no basta. Ten paciencia: ¿por
-ventura no estás bien aquí?... Comprendo lo que me quieres decir; pero
-si está escrito arriba que suceda, puedes estar seguro que sin hacer
-locuras, saldrá mejor: algún santo te ayudará. Así, pues, créeme,
-éste no es tu oficio. ¿Te parece que convenga dejar de
-encanillar seda para ir á matar? ¿Qué quieres tú hacer entre gente de
-semejante ralea? Para esto se necesitan hombres á propósito.
-
-Otras veces Renzo quería ir de oculto, disfrazado, y con nombre
-supuesto; pero Bartolo supo también disuadirle por medio de razones
-fáciles de adivinar.
-
-Esparcida después la peste en el milanesado, y llegando hasta las
-fronteras del territorio de Bérgamo, no tardó mucho en invadirlo,
-y... no os alarméis, lectores míos; no creáis que vaya á haceros otra
-descripción del contagio que sufrió este último país; nada de eso; el
-que quiera informarse podrá leer la obra escrita por un cierto Lorenzo
-Chirardelli, y en ella hallará todas cuantas noticias desee; yo sólo
-diré que Renzo fué también acometido de la epidemia; que se curó él
-mismo; ó mejor dicho, nada hizo para ello; estuvo á las puertas del
-sepulcro; pero gracias á su fuerte constitución, venció al mal, y al
-cabo de pocos días se halló fuera de peligro. Al recobrar la salud, los
-cuidados, los deseos, las esperanzas, los recuerdos y los proyectos de
-su vida, resucitaron con más fuerza y vigor que nunca; ó lo que es lo
-mismo, todos sus pensamientos se concentraron en Lucía. ¿Qué habría
-sido de ella en aquellos calamitosos tiempos, en que el vivir era una
-excepción? ¡Hallarse tan próximo y no poder tener noticias suyas!
-¡Permanecer, Dios sabe cuánto, en tal incertidumbre! ¡Y aun después de
-disipada ésta, cuando hubiese cesado todo peligro, sabiendo que Lucía
-había sobrevivido, ¡cómo descifrar aquel otro enigma, aquel misterio
-impenetrable del consabido voto! ‟Yo mismo iré á enterarme de todo á la
-vez, se decía interiormente antes de encontrarse en estado de poder
-gobernarse por sí mismo. ¡Con tal que todavía viva! Por lo que hace á
-encontrarla, yo lo conseguiré; oiré cómo me explica ella misma á lo
-que se reduce la tal promesa; le haré comprender que es un absurdo; un
-imposible, y me la traeré aquí, juntamente con la pobre Inés, si es
-que aún vive; ¡Inés, la cual tanto me ha querido siempre, y que estoy
-muy seguro me quiere todavía!... ¿Y la orden de prisión? ¡Bah!, en
-otras cosas tienen que pensar los que han quedado con vida; aun aquí
-veo pasearse con la mayor tranquilidad á algunos que... ¿Por ventura
-serán sólo los bribones los que tengan salvoconducto? ¡Y en Milán, en
-donde todo el mundo dice que no hay más que confusión y desorden! ¡Si
-dejo escapar una ocasión tan hermosa! ¡La peste! ¡Mirad cómo algunas
-veces nos hace emplear las palabras ese feliz instinto de referirlo y
-subordinarlo todo á nosotros mismos! ¡Ciertamente, no encontraré mejor
-coyuntura! Es necesario esperar, mi querido Renzo”.
-
-Cuando apenas pudo manejarse por sí solo, fué en busca de Bartolo, el
-cual hasta entonces había podido librarse del contagio, y permanecía
-encerrado en su casa. Renzo no entró en ella, sino que llamando á su
-primo desde la calle, hizo que se asomara á la ventana.
-
---¡Ah! ¡ah! exclamó Bartolo; ¿te has librado? ¡Cuán feliz eres!
-
---Tengo todavía un poco de debilidad en las piernas, según ves; mas en
-cuanto al peligro, ya estoy fuera de él.
-
---¡Oh! ¡yo quisiera hallarme como tú! En otro tiempo, el pronunciar
-estas palabras, estoy bueno, parecía abarcarlo todo; pero ahora de
-nada sirve. Cuando se puede llegar á decir: estoy mejor; ¡he aquí á la
-verdad una bella palabra!
-
-Habiendo Renzo felicitado á su primo por haber escapado hasta allí
-de la peste, y haciendo de esto buenos pronósticos, le comunicó la
-resolución que había tomado.
-
---Lo que es ahora, ve; que el cielo te bendiga, respondió Bartolo;
-procura esquivar la justicia del mismo modo que yo trataré de esquivar
-el contagio; y si Dios quiere que á los dos nos vaya bien, pronto
-volveremos á vernos.
-
---¡Oh! seguramente volveré; ¡y si pudiese no dar la vuelta solo! Basta,
-así lo espero.
-
---Vuelve pues acompañado, que si Dios quiere, aquí habrá trabajo
-para todos, y viviremos juntos en buena paz y armonía. Permita el
-cielo que me encuentres vivo y sano, y que haya cesado ese diablo de
-influencia[23].
-
---Volveremos á vernos, sí, estoy seguro de ello.
-
---Repito de nuevo, ¡que Dios lo quiera!
-
-Durante algunos días Renzo se ocupó en hacer ejercicio, tanto para
-probar sus fuerzas, cuanto para aumentarlas, y apenas le pareció que
-se hallaba en estado de soportar las fatigas del viaje, se dispuso
-á emprender el camino. Ciñóse bajo de sus vestidos un cinto, dentro
-del cual puso los consabidos cincuenta escudos, á los que nunca había
-tocado ni hecho conversación con nadie, ni aun con su primo Bartolo;
-en seguida tomó algún dinerillo suelto que había ido ahorrando día par
-día, viviendo con la más estricta economía; colocó debajo del brazo un
-pequeño lío de ropa; metió en su cartera un certificado bajo el nombre
-de Antonio Rivolta que por precaución se había hecho dar por su segundo
-amo; puso en una de las faltriqueras de sus calzones un cuchillo, que
-era lo menos que un hombre honrado podía llevar en aquellos tiempos, y
-emprendió el viaje á últimos del mes de agosto, tres días después que
-D. Rodrigo había sido conducido al lazareto. Se encaminó hacia Lecco,
-porque quería antes de aventurarse á entrar en Milán, pasar por su
-pueblo, en el cual esperaba hallar á Inés viva, y empezar á saber de
-ella algo de lo que tanto deseaba.
-
-
-El pequeño número de los que habían curado de la peste era
-verdaderamente una clase privilegiada en medio del resto de la
-población. Una gran parte de esta última estaba enferma ó expiraba, y
-los que hasta entonces habían sido respetados por el contagio, vivían
-en un continuo sobresalto. Andaban con precaución, con aire inquieto,
-con precipitación y perplejidad á la vez, porque todo podía volverse
-contra ellos, armas cuyas heridas fuesen mortales. Otros al contrario,
-seguros ya por haber pasado la enfermedad (pues el tener dos veces la
-peste era un caso más bien prodigioso que raro) discurrían impávidos
-por medio del contagio general con la mayor osadía y resolución, á la
-manera de los paladines de la edad media, cubiertos de hierro de pies á
-cabeza, y montados en fogosos corceles defendidos del mismo modo que
-sus dueños, daban vueltas por el mundo llevando una vida aventurera
-(de donde provino su gloriosa denominación de caballeros andantes)
-entre una infeliz multitud pedestre de aldeanos y gente pobre, los
-cuales para rechazar los golpes no tenían más defensa que sus vestidos.
-¡Magnífica, sabia y útil profesión! ¡Profesión digna de figurar en
-primera línea en un tratado de economía política!
-
-Con una tal seguridad, templada sin embargo por las inquietudes que
-el lector no ignora, como igualmente por el espectáculo frecuente y
-la idea incesante de la calamidad de todo un pueblo, Renzo se dirigía
-hacia su casita, en medio de un hermoso día y al través de un hermoso
-país; mas no encontraba después de haber andado largo trecho en medio
-de una inmensa y triste soledad, sino alguna que otra cosa errante, más
-bien que seres vivientes ó cadáveres conducidos á su última morada,
-sin los honores de las exequias, sin cantos fúnebres, sin el menor
-acompañamiento.
-
-Al llegar el sol á la mitad de su carrera, el joven se detuvo en
-un bosquecillo con el objeto de comer un poco de pan y alguna otra
-friolera que traía consigo. Si quería fruta, tenía á su disposición
-toda cuanta quería, pues el país que atravesaba producía en abundancia
-higos, albérchigos, ciruelas y manzanas á montones; bastaba que entrase
-en los campos y alargase la mano para alcanzarla, ó que la recogiera
-debajo de los mismos árboles, en donde estaba amontonada; porque el año
-era extraordinariamente abundante de fruta con especialidad, y no había
-nadie que se tomase el cuidado de guardarla. Los grandes racimos de
-uvas escondían, por decirlo así, los pámpanos, y quedaban á merced de
-los viajeros.
-
-Por último, al anochecer descubrió su pueblo. Á su vista, con todo de
-estar preparado, sintió latir su corazón; se vió asaltado en un momento
-por un tropel de penosos recuerdos y de presentimientos dolorosos;
-parecíale tener aún, en los oídos, aquellos siniestros tañidos de
-la campana que tocaba á rebato, que le habían, como si dijéramos
-acompañado, perseguido en su fuga fuera de su pueblo; y percibía,
-permítasenos la expresión, el prolongado silencio de la muerte que
-moraba en tan tristes lugares. Al desembocar en la plazuela de la
-iglesia, experimentó una turbación mucho mayor, esperando que sería
-peor al llegar al término de su viaje, porque había formado el proyecto
-de detenerse en aquella casita que tantas veces en otro tiempo solía
-llamar la casa de Lucía. Al presente, no podía ser más que de Inés, y
-la única gracia que imploraba al cielo, era encontrarla viva y sana. En
-dicha casa se proponía pedir un asilo, conjeturando perfectamente que
-la suya sólo serviría de madriguera á los ratones y comadrejas.
-
-No queriendo que le viesen, se dirigió por un estrecho sendero que se
-hallaba en las afueras del pueblo, el mismo por el cual había entrado
-tan bien acompañado en aquella fatal noche de su fuga y sorpresa del
-cura. Á la mitad poco más ó menos del expresado sendero, se encontraba
-por un lado la viña y por el otro la casita de Renzo; por lo cual, al
-pasar, podía penetrar en ambas un momento, con el fin de ver en qué
-estado se hallaban sus negocios.
-
-Mientras proseguía su marcha, miraba delante de sí, deseando y temiendo
-al propio tiempo el ver á alguno. En efecto, á los pocos pasos que hubo
-dado, divisó á un hombre en camisa, sentado en el suelo y apoyadas
-las espaldas contra un seto formado de jazmines, con el aire de un
-insensato: en esto, y además en la fisonomía, creyó reconocer á
-Gervasio, el pobre tonto que había ido como de segundo testigo á su
-malograda expedición; pero en seguida, acercándose más, vió que era
-aquel Tonio tan vivo que le había acompañado. La peste, arrebatándole
-el vigor del cuerpo á la vez que el del entendimiento, lo había
-desfigurado completamente, y dádole en todas sus facciones y ademanes
-una pequeña y oculta semejanza con su imbécil hermano.
-
---¡Oh, Tonio!, exclamó Renzo parándose delante de él; ¿eres tú?
-
-Tonio alzó los ojos, sin hacer el más leve movimiento de cabeza.
-
---¡Tonio!, ¿no me conoces?
-
---Á quién le toca, á quién le toca, respondió Tonio, quedándose con la
-boca abierta.
-
---¿Ya la tienes encima, eh?, ¡pobre Tonio!; ¿pero no me conoces?
-
---Á quién le toca, á quién le toca, volvió á repetir éste,
-prorrumpiendo en una estúpida carcajada.
-
-Viendo Renzo que nada podía sacar en limpio, continuó su camino mucho
-más contristado. Mas he aquí que de repente divisó por una de las
-revueltas del sendero que se iba acercando cierta cosa negra, en la
-cual reconoció en seguida á D. Abundio. Éste caminaba á pasos lentos,
-apoyándose sobre un bastón, como aquel á quien cuesta gran trabajo
-andar: á medida que se iba aproximando, se podía fácilmente conocer
-por su rostro pálido y demacrado, como también en todo su aspecto, que
-debía haber pasado igualmente la borrasca. D. Abundio miraba con la
-mayor atención; le parecía y no le parecía Renzo; veía algo de extraño
-en su vestido, pues era justamente el de los habitantes de Bérgamo.
-
-“¡No hay duda; es él!”, dijo para sí; y alzó las manos al cielo con un
-movimiento de admiración descontenta, quedando suspendido en el aire el
-bastón que empuñaba su diestra, viéndose bailar dentro de las mangas
-sus pobres brazos, que en otro tiempo estaban tan oprimidos. Renzo,
-acelerando el paso, le fué al encuentro y le saludó cortésmente; pues
-aunque entrambos había mediado lo que ya sabemos, era siempre, con
-todo, su párroco.
-
---¡Vos aquí!, exclamó D. Abundio.
-
---Ciertamente, ya lo veis. ¿Se sabe algo de Lucía?
-
---¿Qué queréis que se sepa? Nada absolutamente. Si vive, debe hallarse
-en Milán; pero vos...
-
---¿E Inés, ha sobrevivido?
-
---Puede ser; mas, ¿quién queréis que lo sepa? Aquí no está; pero vos...
-
---¿Pues en dónde se halla?
-
---Se ha retirado á la Valsassina, al lado de sus parientes, los cuales
-dicen que la peste no hace tantos estragos como aquí; ¿comprendéis?
-Pero vos, vuelvo á repetir...
-
---Esto me contraría mucho. ¿Y el padre Cristóbal?...
-
---Hace ya algún tiempo que marchó. Mas...
-
---Lo sé; me lo han escrito; sólo preguntaba si por casualidad había
-vuelto por aquí.
-
---¡Ah!, nada de eso; no se ha oído hablar más de él; pero...
-
---Esto también me disgusta.
-
---Pero vos, repito, ¿qué venís á hacer aquí? ¡Por el amor del cielo!
-¿Ignoráis, por ventura, la orden de prisión?...
-
---¿Qué me importa? Ahora tienen otras cosas en qué pensar. He querido
-venir á ver por mí mismo mis negocios; y no se sabe justamente...
-
---¿Qué queréis ver? Al presente no hay aquí nadie, ni nada; y como
-iba diciendo, con la consabida orden de prisión, venir al pueblo,
-justamente á ponerse dentro de la boca del lobo; ¿es esto tener juicio?
-Atended á las reflexiones de un anciano que posee más experiencia que
-vos, y que os habla por el afecto que os profesa: abandonad el campo,
-y antes de que nadie os vea volved adonde estabais; y si por desgracia
-os han visto, marchad cuanto antes con mucho más motivo. ¿Os parece que
-pueden conveniros los aires que aquí se respiran? ¿No sabéis que han
-venido á buscaros, que lo han revuelto todo de arriba abajo por dar con
-vos?...
-
---¡Bribones!, ¡demasiado lo sé!
-
---Pues entonces...
-
---Os digo que no se piensa en semejante cosa. ¿Y él, vive todavía?,
-¿permanece aquí?
-
---Repito que no hay nadie; repito que no penséis en las cosas de aquí;
-repito que...
-
---Lo que pregunto es si él está aquí.
-
---¡Oh, Dios mío! Hablad de otra cosa: es posible que estéis todavía tan
-fogoso, después de tantas aventuras!
-
---¿Se halla aquí ó no?
-
---No, vamos. Pero, ¡la peste, hijo mío, la peste! ¿Quién es el que se
-atreve á andar en estos tiempos?
-
---Si no hubiese más que la peste en el mundo... lo digo por mí; la he
-tenido, y ya nada temo.
-
---¡Pues entonces!, ¿acaso no es esto un aviso del cielo? Cuando uno ha
-escapado de un peligro de semejante especie, me parece que deberían
-tributarse gracias á Dios, y...
-
---Yo le doy gracias con todo mi corazón.
-
---Pues creedme, no vayáis á buscarla otra vez; escuchad mis consejos...
-
---Señor cura, si no me engaño, vos también la habéis tenido.
-
---¡Sí, la he tenido!, terrible, espantosa; vivo de milagro; basta decir
-que me ha dejado de la manera que veis. Al presente necesito un poco
-de tranquilidad para reponerme; empezaba á sentirme ya mejor... ¡En
-nombre!... ¿qué venís á hacer aquí? Volveos.
-
---Siempre con lo mismo: volverme; para esto hubiera valido más no
-haberme movido de donde estaba. Decís: ¿á qué habéis venido?, ¿á qué
-habéis venido?, y yo os respondo: vengo á mi casa.
-
---¡Á vuestra casa!...
-
---Decidme: ¿ha habido muchos muertos aquí?
-
---¡Ah, ah!, exclamó D. Abundio; y empezando por Perpetua, hizo una
-larga enumeración de personas y familias enteras. Renzo esperaba ya
-una cosa parecida; pero al oir tantos nombres de personas conocidas,
-de amigos, de parientes, se hallaba sobrecogido del más intenso dolor,
-y con la cabeza baja exclamaba de cuando en cuando: “¡Pobrecito!
-¡pobrecita! ¡pobrecitos!”
-
---Ya lo veis, prosiguió D. Abundio; y todavía no se ha concluido. Si
-los que quedan no tienen un poco de juicio, y no calman la exaltación
-de sus cerebros, esto va á ser el fin del mundo.
-
---En efecto, yo no pienso en detenerme aquí un momento más.
-
---¡Ah! ¡Dios sea loado! ¡por fin habéis entrado ya en razón! ¡Supongo
-pues que volveréis al territorio de Bérgamo!
-
---Esto poco os importa.
-
---¡Cómo! ¿querríais acaso hacerme una jugarreta peor que la pasada?
-
---Repito que poco os importa lo que pienso hacer; esto me pertenece
-exclusivamente: ya no soy un niño; por consiguiente, tengo suficiente
-juicio para obrar según me convenga. Espero además que no diréis á
-nadie que me habéis visto. Sois sacerdote; yo uno de vuestras ovejas;
-por lo tanto confío en que no me querréis hacer traición.
-
---Comprendo, dijo D. Abundio suspirando con ademán
-colérico,--comprendo: queréis perderos y perderme; ¿no os basta lo
-que habéis sufrido, y yo también? ¡Comprendo, comprendo! Dichas las
-anteriores palabras, D. Abundio siguió refunfuñando entre dientes y
-continuó su camino.
-
-Renzo permaneció triste y descontento, pensando en dónde podría
-encontrar un asilo; en aquella fatal enumeración de muertes que le
-había hecho D. Abundio, se hallaba una familia arrebatada por la
-epidemia, á excepción de un joven, poco más ó menos de la edad de
-Renzo, y compañero suyo desde la infancia. La casa en donde habitaba
-estaba situada á poca distancia del pueblo, por lo cual pensó
-encaminarse á ella con el fin de pedir hospitalidad.
-
-Habiéndose puesto en marcha, llegó cerca de su viña, y antes de entrar
-pudo juzgar acerca de su deplorable estado. Los árboles, el verdor
-que había dejado, no sobresalían de la cerca; si algo se veía eran
-cosas poco gratas, sobrevenidas durante su ausencia. Se presentó á la
-abertura de la expresada cerca (pues de puerta ni aun señales había),
-y lanzó una ojeada á todo alrededor. ¡Pobre viña! Por espacio de dos
-inviernos consecutivos, las gentes del pueblo habían ido á cortar leña,
-á la propiedad del infeliz muchacho, como ellos decían. Las cepas,
-las moreras, los árboles frutales de todas clases, veíanse arrancados
-ó pisoteados. Distinguíanse también algunos vestigios del antiguo
-cultivo: tiernas ramas, jóvenes retoños de higueras, albérchigos y
-ciruelos, se veían esparcidos por todas partes, y mezclados al través
-de una espesa y nueva verdura que no debía su nacimiento á la mano
-del hombre; la ortiga, el helecho, la cizaña, la grama, la bellesca,
-el amaranto, la achicoria y acederas crecían entre otra innumerable
-porción de plantas semejantes, á las cuales la gente del campo de cada
-país forma una clase á su modo, y les da la nominación de malas yerbas.
-Troncos de diversas magnitudes se empujaban y trataban de adelantarse
-unos á otros, apretándose en la tierra, y disputándose por último un
-sitio por doquier. Aquello era una vasta y confusa mezcla de hojas, de
-flores, de frutos de mil colores, de mil formas y tamaños; racimos de
-uvas, mazorcas de maíz, espiguillas y florecitas blancas, encarnadas,
-amarillas y azules. Algunas plantas más vistosas, más aparentes, pero
-que no valían mucho más, se destacaban del fondo de todas aquellas
-vulgares; en primer lugar, distinguíase la zarzamora con sus largas
-ramas de color rojo, con sus pomposas hojas de un verde oscuro, algunas
-de ellas matizadas en sus extremidades de un color de púrpura, con sus
-pequeños racimos sumamente agrupados, sostenidos por el pie con una
-especie de ramitas violadas, luego verdes, y en la punta guarnecidas
-de flores blanquizcas; en segundo lugar, el tejo tan común, con sus
-grandes hojas lanudas y colgantes, dirigida su cima al cielo, y
-sus largas espigas esparcidas y formando estrellas de flores de un
-amarillo brillante; multitud de cardos con sus erizadas púas, hojas,
-cálices de donde salían mazorcas de blancas y purpúreas flores, las
-cuales se deshacían azotadas por la suave brisa que se las llevaba á
-manera de plateadas y ligeras plumas. Aquí una prolongada guirnalda
-de alboholes, entrelazada á los nuevos retoños de un moral, los había
-con sus ondulantes hojas, meciéndose en graciosos festones sobre su
-copa, y ostentando sus blancas y sedosas campanillas: allá un cítiso
-con sus encarnadas bayas se había unido á las nuevas cepas de una viña,
-la cual después de haber buscado inútilmente un apoyo más sólido,
-había enlazado á su vez sus vides á aquél, y mezclando sus débiles
-extremidades se arrastraban uno en pos de otro, á semejanza de los que
-se sienten sin fuerzas y se apoyan mutuamente. Todo se veía cubierto
-de hiedra, la cual discurría de una planta á otra, trepaba, volvía
-á deshacer lo andado, replegaba sus ramas ó las extendía, según los
-obstáculos ó apoyos que encontraba, y habiendo atravesado el mismo
-dintel de la puerta, parecía que se había colocado en dicho sitio para
-disputar la entrada aun al propio dueño.
-
-Mas éste ni siquiera pensó entrar en semejante viña, y acaso no estuvo
-tanto tiempo mirándola, como nosotros hemos tardado en describirla.
-Separó su vista de tan doloroso espectáculo: su casa, estaba á muy
-poca distancia; atravesó el huerto, hundiéndose hasta la rodilla en
-la yerba, de la cual se veía cubierto del mismo modo que la viña. Puso
-el pie en el pavimento de una de las habitaciones que eran bajas: al
-ruido de sus pisadas, á su sola aproximación, multitud de enormes
-ratas espantadas huyeron en desorden y corrieron á esconderse en un
-inmenso montón de inmundicias que cubría todo el suelo: aquello era
-todavía el lecho de los lasquenetes. Echó una ojeada á las paredes;
-viólas descascaradas, sucias, ahumadas: alzó los ojos al techo: largas
-tramas de telarañas colgaban por todas partes. Esto era lo único que
-allí había. Separóse también de aquel lugar de desolación, con las
-manos puestas en la cabeza; volvió atrás repasando el sendero que él
-mismo había hecho momentos antes; á pocos pasos tomó un pequeño camino
-hacia la izquierda, que se dirigía al campo; y sin ver ni oir á alma
-viviente, llegó cerca de la casita, en donde había resuelto pedir un
-asilo. La noche comenzaba á cubrir la tierra con su lúgubre y negro
-manto. El amigo de que ya hemos hablado, estaba sentado en el umbral
-de la puerta, en un banco de madera con los brazos cruzados sobre el
-pecho, los ojos fijos y levantados al cielo, como un hombre abrumado
-por las desgracias é irritado por la soledad. Al oir ruido de pasos,
-vuelve la cabeza, con el fin de ver quién se acercaba; y como la
-oscuridad y el follaje no le permitían distinguir bien los objetos,
-exclamó en alta voz, poniéndose en pie y alzando ambas manos: “¿No se
-encuentra, por ventura, otro más á propósito que yo? ¿Acaso no he hecho
-ayer bastante? Dejadme descansar un poco; esto será también una obra de
-misericordia”.
-
-Renzo, ignorando lo que dichas palabras querían significar, le
-respondió llamándole por su nombre.
-
---¡Renzo!... dijo aquél prorrumpiendo en una exclamación y preguntando
-á la vez.
-
---El mismo, contestó Renzo; y corrieron el uno al encuentro del otro.
-
---¿Conque eres tú?, dijo el amigo cuando estuvieron cerca: ¡Oh, qué
-placer experimento al verte! ¡Quién se lo había de imaginar! Al
-principio te había tomado por Paulin el sepulturero, que viene siempre
-á atormentarme para que vaya á ayudarle á enterrar. ¿Sabes que he
-quedado solo? ¡Solo, solo como un ermitaño!
-
---Demasiado lo sé, dijo Renzo; y estrechamente abrazados, cambiando
-y mezclando sin orden ni concierto preguntas y respuestas, entraron
-juntos en la casita. Una vez dentro, sin interrumpir su conversación,
-el amigo trató de hacer los honores á Renzo, según lo permitían las
-circunstancias y la perentoriedad del tiempo. Puso agua á calentar,
-y empezó á hacer la _polenta_; mas en seguida pasó á manos de Renzo
-la caldereta para que meneara su contenido, y se fué diciendo: “¡He
-quedado solo, absolutamente solo!”.
-
-Al breve rato volvió con una pequeña vasija llena de leche, un poco de
-carne salada y algunas frutas secas. Habiéndolo colocado todo en la
-mesa, como igualmente habiendo vaciado la _polenta_ en una especie de
-cazuela, se sentaron, dándose gracias mutuamente, el uno por la visita,
-y el otro por una acogida tan benévola y amistosa; y después de una
-ausencia de cerca de dos años, se encontraban de repente más amigos de
-lo que jamás habían sido cuando se veían casi todos los días.
-
-Ciertamente, nadie podía ocupar en el corazón de Renzo el lugar de
-Inés ni consolarlo de aquella ausencia, no sólo á causa del antiguo
-y particular afecto que ella le tenía, sino porque también entre
-las cosas que ansiaba descifrar, había una de la cual únicamente la
-misma Inés tenía la clave. Permaneció un momento indeciso pensando si
-continuaría su viaje ó se dirigiría en busca de Inés, ya que se hallaba
-cerca; pero considerando que ésta nada sabría tocante á la salud de
-Lucía, adoptó su primera idea de ir directamente á salir de dudas, oir
-el fallo de su misma boca, y en seguida llevar las noticias adquiridas
-á la madre. Sin embargo, por su amigo supo muchas cosas que ignoraba;
-aclaró otras de las que estaba poco enterado, como por ejemplo, sobre
-las aventuras de Lucía, persecuciones que había sufrido, y cómo D.
-Rodrigo se había marchado, como suele decirse, con el rabo entre
-piernas, no habiendo vuelto á aparecer más. Supo también (y esto no
-era cosa de poca importancia para Renzo) pronunciar perfectamente el
-nombre de D. Ferrante: es verdad que Inés se lo había participado por
-medio de su secretario; pero sólo el cielo sabe cómo se lo escribió;
-y el intérprete de Bérgamo, al leer la carta le había dado un sentido
-tal, que si hubiera ido con semejante explicación á Milán en busca
-de la casa, probablemente no habría encontrado á nadie que pudiese
-adivinar lo que quería decir; y con todo, éste era el único hilo que
-poseía, y que le pudiese guiar para ir al encuentro de Lucía. Tocante
-á la justicia, pudo confirmarse más y más en la idea de que el peligro
-estaba muy lejano, para que le inspirase cuidado alguno: el señor
-podestá había muerto de la peste; ¡quién sabe cuándo lo reemplazarían!
-Los esbirros se habían marchado casi todos, y los que quedaban tenían
-otras cosas en que pensar que en asuntos antiguos.
-
-Él contó á su vez sus aventuras, oyendo en cambio de boca de su amigo
-cien anécdotas acerca del paso del ejército invasor, de la peste, de
-los envenenadores y de los demás prodigios. “Son cosas espantosas”,
-dijo el amigo á Renzo, acompañándole á una pequeña estancia que la
-epidemia había dejado desocupada; “cosas que jamás hubiera creído ver,
-capaces de quitarle á uno la alegría para siempre; mas sin embargo,
-esto de encontrarse con amigos, y poder tener con ellos un rato de
-conversación, es un gran consuelo”.
-
-Al amanecer estaban ya ambos levantados: Renzo dispuesto á ponerse en
-marcha, con su cinto oculto debajo de la ropilla, y el cuchillo en la
-faltriquera de los calzones, para andar más desembarazado, dejó en
-depósito á su amigo el pequeño fardo que traía. “Si me va bien, le
-dijo, si la encuentro viva, si... vamos, yo volveré; correré á Pasturo
-á participar tan feliz noticia á la pobre Inés, y luego, y luego...
-Pero si por desgracia, si por una fatalidad que Dios no permita...
-entonces, no sé lo que haré, ni adónde iré; lo que puedo decir es,
-que por este lado no me veréis nunca más”. Y así hablando de pie en
-el umbral de la puerta, con la cabeza levantada, contemplaba con una
-mezcla de ternura y pesadumbre la primera luz del día que alumbraba
-el lugar de su nacimiento, que tanto tiempo hacía que no había visto.
-Su amigo le animó, diciéndole, según se acostumbra, que todo saldría
-á medida de su deseo; quiso que llevase algunas provisiones para el
-camino, acompañándole largo trecho y deseándole un feliz viaje.
-
-Renzo continuó su marcha con tranquilidad y sin acelerarse, porque le
-bastaba llegar aquel día cerca de Milán, para entrar al siguiente muy
-temprano y empezar al instante sus pesquisas. Ningún accidente ocurrió
-en su viaje, nada aconteció que distrajera á Renzo de sus pensamientos,
-á no ser las miserias y aflicciones acostumbradas en aquellas penosas
-circunstancias. Según había hecho el día anterior, se detuvo á su
-tiempo en un bosquecillo, con el objeto de tomar un bocado y descansar
-un poco. Al pasar por Monza, delante de una tienda abierta en donde
-había panes de muestra, pidió dos para no quedar desprovisto por lo que
-pudiese ocurrir. El tendero le previno que no entrase, y le alargó en
-una pequeña pala una cazuelita llena de agua y vinagre, diciéndole que
-arrojase en ella el dinero; verificado esto, hizo pasar á sus manos,
-por medio de una especie de tenazas, los dos panes, que Renzo metió uno
-en cada faltriquera.
-
-Á la caída de la tarde llegó á Greco, ignorando, sin embargo, el
-nombre; pero con el pequeño recuerdo que conservaba de los lugares por
-donde había pasado anteriormente, y calculando el camino hecho después
-por Monza, sacó en consecuencia que debía estar cerca de la ciudad.
-Abandonó el camino real, dirigiéndose á través de los campos en busca
-de alguna choza en donde pasar la noche, pues no quería meterse en
-ninguna posada. Encontró más de lo que buscaba; divisó una abertura
-en medio de una cerca que rodeaba el corral de una lechería, por la
-cual se introdujo atrevidamente. No había nadie: vió en un lado un
-gran vestíbulo ó soportal con el suelo cubierto enteramente de heno,
-y apoyada en el expresado soportal una escalera de mano. Dió una
-ojeada á todo alrededor, y en seguida subió á la aventura; acomodóse
-allí, con el fin de pasar la noche, y se durmió al instante para no
-despertar hasta el amanecer. Cuando se levantó, se arrastró á tientas
-hacia la extremidad de aquel gran lecho, sacó afuera la cabeza; y no
-viendo tampoco á nadie, bajó por donde había subido, salió por donde
-había entrado, y encaminándose por los senderos, tomó el edificio de
-la catedral por su estrella polar. Después de una corta travesía, vino
-á desembocar bajo las murallas de Milán, entre la puerta Oriental y la
-puerta Nueva, encontrándose muy cerca de esta última.
-
-
- NOTAS:
-
-[22] Especie de vino blanco, que es exquisito, y al cual dan en Italia
-este nombre.--_Nota del T. E._
-
-[23] Habiendo llegado en la época de que hace referencia el autor, á
-ser la astrología una ciencia en la cual se creía hasta el extremo de
-rayar en fanatismo, atribuyendo todos los sucesos que tenían lugar,
-por insignificantes que fuesen, á la influencia de los astros, la
-generalidad achacaba la peste que asoló en aquel tiempo á la mayor
-parte de Europa, á la citada causa.--_Nota del T. E._
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOSEXTO
-
-
-Tocante al modo de penetrar en la ciudad, Renzo había oído decir,
-así de una manera vaga, que existían órdenes muy severas para no
-dejar entrar á nadie sin boleta de sanidad; pero que sin embargo,
-cualquiera que tuviese un poco de destreza y supiese aprovechar los
-momentos favorables, le era fácil introducirse. En efecto, nada era
-más cierto: dejando á un lado las causas generales por las cuales en
-aquella época se cumplían muy mal las órdenes, dejando también aparte
-las particulares que hacían tan difícil su rigurosa ejecución, Milán
-se encontraba en aquel entonces en el estado de no ver cómo y por qué
-sería útil el guardarla: por el contrario, cualquiera que tratase de
-penetrar, podía parecer más bien que miraba con indiferencia su propia
-vida, que peligroso á sus habitantes.
-
-Con semejantes noticias, el designio de Renzo era el intentar
-introducirse por la primera puerta que se le presentase; si había algún
-entorpecimiento, dar por la parte exterior la vuelta á las murallas,
-hasta que encontrase una de más fácil acceso. ¡Dios sabe cuántas
-puertas creía que debía tener Milán!
-
-Habiendo llegado, pues, delante de las murallas, se paró un rato á
-mirar en torno de sí, como hace el que, no sabiendo qué determinación
-tomar que sea más conveniente, parece aguardar que sobrevenga algún
-indicio ó algún suceso que le saque del atolladero. Pero él no
-descubría á derecha é izquierda más que dos pedazos de una calle
-tortuosa; al frente las citadas murallas, por lado alguno la más leve
-señal de seres vivientes, exceptuándose cierto punto del terraplén,
-en el cual se elevaba una espesa columna de humo oscuro y denso,
-que remontándose se ensanchaba y extendía en vastos torbellinos,
-desvaneciéndose luego en el espacio, inmóvil y negruzco. Eran las
-ropas, las camas y demás muebles infestados que se entregaban á las
-llamas, no apareciendo las señales de tan tristes hogueras en un solo
-punto, sino en varios.
-
-El tiempo estaba encapotado, el aire pesado, el cielo velado por todas
-partes de una vasta neblina igual, inerte, que parecía rehusar el sol,
-sin prometer la lluvia; la campiña de los alrededores, parte inculta
-y enteramente árida, toda ella despojada de verdor, y ni siquiera se
-veía una sola gota de rocío sobre las hojas secas y marchitas. Aquella
-soledad, aquel fúnebre silencio, tan próximo á una gran ciudad, añadían
-una nueva consternación á la inquietud de Renzo, contribuyendo á hacer
-más tétricos todos sus pensamientos.
-
-Permaneció parado por espacio de un buen rato, luego se encaminó á la
-derecha, á la casualidad, andando sin saberlo hacia la puerta Nueva,
-la cual no había podido divisar, aunque estaba muy cerca á causa
-de un baluarte que la ocultaba en aquel momento. Á los pocos pasos
-empezó á oir un campaneo, que cesaba y volvía á comenzar de nuevo por
-intervalos, y después muchas voces humanas. Sigue adelante, da la
-vuelta al ángulo del baluarte, y lo primero que descubre al frente
-de la puerta es una garita de madera, y delante de ella un centinela
-apoyado en su mosquete, con aire aburrido é indolente. Detrás había
-una estacada, y en el fondo se hallaba situada la puerta, es decir,
-dos lienzos de muralla con una techumbre encima, para afianzar las
-hojas que estaban abiertas, así como la puerta de la estacada. Mas
-justamente delante de la misma abertura había un triste obstáculo, á
-saber: unas angarillas colocadas en el suelo, sobre las cuales dos
-_monatti_ tendían á un desgraciado para llevárselo; era el jefe de
-los carabineros que acababa de ser atacado de la peste. Renzo se paró
-aguardando el fin. Habiendo marchado el convoy, y no viniendo nadie á
-cerrar el portillo, le pareció la ocasión oportuna, y se encaminó á él
-apresuradamente, mas el centinela le gritó bruscamente: “¡Hola!” Renzo
-se detuvo de nuevo repentinamente, le hizo una señal de inteligencia,
-sacó un medio ducado y se lo mostró. El centinela, ya sea que hubiese
-tenido la peste, ya que la temiese menos de lo que amaba los medios
-ducados, indicó á Renzo que se lo echase; y habiéndolo visto volar en
-seguida á sus pies, le dijo en voz baja: “Entra pronto”. Renzo no dejó
-que se lo repitiera, pasó la estacada, la puerta, siguió adelante sin
-que nadie reparase en él, ni le detuviese; únicamente, cuando hubo
-andado cerca de unos cuarenta pasos oyó otro “¡Hola!” que un guarda
-ó carabinero le dirigía por la espalda. Esta vez hizo como que no lo
-oía, y en vez de volverse, dobló el paso. “¡Hola!” gritó de nuevo el
-carabinero con una voz que indicaba más bien impaciencia que resolución
-de hacerse obedecer; no siéndolo, se encogió de hombros, y volvió á
-su casilla, como una persona á quien importaba más el no acercarse
-demasiado á los pasajeros, que de informarse de sus acciones.
-
-La calle que Renzo había tomado conducía entonces, lo mismo que ahora,
-directamente hasta el canal llamado el _Naviglio_: en los costados
-había cercas ó tapias de jardines, iglesias, conventos y pocas casas.
-En lo alto de dicha calle, y en medio de la que costea el canal,
-había una columna, con una cruz, llamada la cruz de S. Eusebio. Por
-más que Renzo miraba hacia adelante, no veía otra cosa que la dichosa
-cruz. Habiendo llegado á la encrucijada que divide la calle cerca
-de la mitad, miró por ambos lados, y vió en el callejón llamado de
-santa Teresa á un hombre que se dirigía justamente hacia él. “¡Por
-fin, he aquí un cristiano!” se dijo, y se encaminó prontamente en
-aquella dirección, pensando hacerse enseñar el camino por él. Éste,
-sin embargo, había visto al forastero que se acercaba, y lo miraba
-fijamente de lejos, tanto más alarmado cuanto que observó que en vez
-de ir á sus negocios le salía al encuentro. Cuando Renzo estuvo á poca
-distancia, se quitó el sombrero con la mayor cortesía, y pasándoselo
-á la mano izquierda, llevó la derecha al pelo como para arreglarlo, y
-se fué directamente hacia el desconocido, pero éste con los ojos fuera
-de sus órbitas dió un paso atrás, alzó un nudoso bastón armado de una
-punta de hierro, y dirigiéndolo contra Renzo, gritó: “¡Atrás, atrás,
-paso!”
-
---¡Oh, oh! exclamó á su vez nuestro joven; luego se puso el sombrero,
-y no deseando, según después refería esta aventura, meterse en aquel
-instante en cuestiones, volvió la espalda al extravagante, y continuó
-su camino, ó por mejor decir, siguió adelante por la calle en que se
-encontraba.
-
-El otro individuo se lanzó con precipitación por aquella en la cual se
-hallaba sumamente aterrorizado, y volviendo hacia atrás á cada instante
-la cabeza. Cuando llegó á su casa, contó que un envenenador se le había
-aproximado con maneras humildes y corteses, pero con un aire de infame
-impostor, llevando dentro de su sombrero la redomita del unto ó la caja
-de los polvos (no pudiendo decir con certeza cuál de las dos cosas
-era), con el fin de contagiarlo, si no hubiese tenido carácter para
-saberlo tener á una distancia respetuosa. “Si hubiese dado un paso más,
-añadió, le habría ensartado, antes de que el malvado hubiera tenido
-tiempo de intentar nada. La desgracia era que nos hallábamos en un
-paraje muy solitario, pues si hubiese sido en el centro de la ciudad,
-habría llamado gente para que me ayudasen á cogerlo. Seguramente se
-le hubiera encontrado aquella maldita droga en el sombrero. Pero allí
-solos los dos, he debido contentarme con meterle miedo, sin aventurarme
-á buscar una desgracia, porque un poco de polvo pronto está echado,
-ellos tienen una destreza particular, y además el diablo les ayuda. Al
-presente dará vueltas por Milán: ¡quién sabe los daños que causará!”
-Tanto tiempo como vivió, que fueron muchos años, cada vez que se
-hablaba de envenenadores, repetía su aventura, y añadía: “Los que
-todavía sostienen que esto no ha sido cierto, que no me lo vengan á
-decir, porque para hablar de ciertas cosas es preciso haberlas visto”.
-
-Renzo, lejos de sospechar el peligro del cual había escapado, y agitado
-más bien por la cólera que por el miedo, pensaba mientras seguía
-andando en aquella acogida, adivinando perfectamente la opinión que el
-desconocido había formado de él; pero la cosa le pareció tan fuera de
-sentido común, que sacó por último en consecuencia que aquel hombre
-debía de estar medio loco. “Esto empieza mal, pensaba entre sí. Parece
-que en esta ciudad me persigue una mala estrella. Para entrar todo va
-bien; y después cuando estoy dentro, los disgustos me abruman. Vamos...
-con el auxilio de Dios... si encuentro... si consigo encontrar... ¡Bah!
-todo ello no habrá sido nada”.
-
-Al llegar al puente, volvió sin vacilar á la izquierda, hacia la calle
-de S. Marcos, pareciéndole según su cálculo que debía conducirle al
-interior de la ciudad. Y avanzando siempre, miraba á todas partes para
-ver si podía descubrir algún ser viviente; mas no vió otra cosa que un
-cadáver espantoso y desfigurado arrojado en una zanja que existe entre
-algunas pocas casas (que en aquel tiempo eran todavía menos). Habiendo
-pasado aquel trecho de calle, oyó exclamar: “¡Oh buen joven!” y mirando
-hacia el lado de donde venía la voz, vió á cierta distancia en un
-balcón de una casita aislada á una infeliz mujer rodeada de una caterva
-de criaturas, la cual continuaba llamándole, y le hacía señas con la
-mano de que se acercase. Renzo corrió hacia la citada casa, y cuando
-estuvo próximo “¡oh, buen joven!” repitió la mujer, “por las almas de
-los vuestros que hayan muerto, hacedme la caridad de ir á avisar al
-comisario, que estamos aquí olvidados; nos han encerrado en casa como
-sospechosos, porque mi pobre marido ha muerto; también han clavado
-la puerta, según podéis ver, y desde ayer mañana nadie ha venido á
-traernos de comer. Después de tantas horas como hemos pasado en esta
-situación, no ha habido una buena alma que nos haga esta caridad, y
-estas inocentes criaturas se mueren de hambre”.
-
---¡De hambre! exclamó Renzo; y metiendo las manos en las faltriqueras,
-“he aquí, he aquí, dijo, sacando los dos panes: bajad alguna cosa para
-meterlos dentro”.
-
---¡Dios os lo pague! Aguardad un momento, respondió la mujer; y en
-seguida fué á buscar una cestita y una cuerda para atarla.
-
-Mientras tanto Renzo se acordó de aquellos panes que había encontrado
-cerca de la cruz en su anterior entrada en Milán. “Vamos, esto es
-una restitución, pensaba, y acaso todavía mejor que si se los hubiese
-restituido á su propio dueño; porque verdaderamente, es una obra de
-misericordia”.
-
---Por lo que hace al comisario que decís, mi buena señora, prosiguió,
-poniendo los panes en la cesta, yo no puedo serviros, porque á decir
-verdad, soy forastero, y no tengo ninguna especie de conocimientos en
-esta ciudad; sin embargo, si encuentro alguna persona un poco tratable
-y humana á quien se lo pueda decir, lo haré.
-
-La mujer le suplicó que así lo hiciera, diciéndole el nombre de la
-calle, para que de este modo supiese dar las señas de la casa.
-
---Creo que vos podríais dispensarme también un favor, una verdadera
-caridad, sin que os costase ningún trabajo, repuso Renzo. ¿Os sería
-posible indicarme en dónde se halla el palacio de unos grandes señores,
-de aquí, de Milán, el palacio de ***?
-
---Sé que hay en la ciudad una casa de este nombre, mas en dónde se
-halla situada fijamente, lo ignoro. Siguiendo por esta calle adelante,
-encontraréis alguno que os lo enseñe. Sobre todo, acordaos de hablarle
-de nosotros.
-
---No lo dudéis, replicó Renzo; después de lo cual prosiguió su camino.
-
-Á cada paso sentía crecer y aproximarse un rumor que ya había empezado
-á oir mientras estaba entretenido hablando; un ruido de ruedas y de
-caballos, acompañado del dilín dilín de campanillas, y de vez en
-cuando, chasquidos de látigo y prolongados gritos. Todo se le volvía
-mirar; pero nada veía. Habiendo llegado al extremo de la tortuosa calle
-que seguía, y desembocando en la plaza de S. Marcos, el primer objeto
-que hirió su vista fueron dos maderos rectos, clavados en el suelo
-con una cuerda y sus correspondientes poleas. No tardó en reconocer
-(era cosa muy familiar en aquella época) el horrible instrumento del
-suplicio. Veíase levantado en aquel lugar, y no sólo en él, sino en
-todas las plazas y calles más espaciosas, á fin de que los diputados de
-cada barrio revestidos de las facultades más omnímodas y arbitrarias,
-pudiesen hacer aplicar inmediatamente la pena á cualquiera que les
-pareciese merecerla; ó á los relegados en sus casas que salieran
-de ellas, ó á los empleados subalternos que no cumpliesen con su
-deber, y por último fuese quien fuese. Era uno de aquellos remedios
-extremos é ineficaces, los cuales se prodigaban en aquellos tiempos y
-circunstancias con tanto exceso.
-
-Mientras que Renzo contemplaba la fatal máquina, tratando de adivinar
-la causa por qué se había levantado en aquel paraje, sintió que se
-aproximaba más y más el rumor, y vió aparecer por la esquina de una
-iglesia, á un hombre que agitaba una campanilla: era un _apparitori_,
-y detrás de él dos caballos que alargando el cuello, y tropezando á
-cada paso, avanzaban trabajosamente arrastrando un carro atestado de
-muertos, después del cual seguía otro y otros, como igualmente los
-_monatti_, al lado de dichos caballos, acosándolos á latigazos, golpes
-y juramentos. La mayor parte de los cadáveres iban desnudos, otros
-mal envueltos en lienzos hechos jirones por todas partes, reunidos y
-hacinados unos sobre otros, del mismo modo que un montón de culebras
-que se desplegan lentamente á los primeros calores de la primavera. Á
-cada vaivén, á cada choque, veíanse aquellas funestas masas temblar y
-crujir horriblemente, colgar cabezas, ondular cabelleras femeniles,
-desprenderse brazos y dar contra las ruedas, mostrando á la vista ya
-horrorizada, cómo un espectáculo semejante podía llegar á ser más
-terrible y espantoso todavía.
-
-El joven se había parado en una esquina de la plaza cerca de la barrera
-del canal, y entretanto rogaba por aquellos muertos, á quienes no había
-conocido en vida. De repente una lúgubre y atroz idea vino á helarle de
-espanto: “¡Acaso allí mezclada con aquellos cadáveres, arrojada debajo
-de ellos!... ¡Dios mío! ¡permitid que esto no suceda! ¡Haced que ni aun
-yo tenga tales pensamientos!”.
-
-Habiendo pasado el fúnebre convoy, Renzo volvió á ponerse en marcha,
-siguiendo la orilla izquierda del canal, sin otro motivo para tomar la
-expresada dirección, más que el haber visto que la comitiva se había
-ido por otro lado. Después de haber andado unos cuantos pasos entre
-la iglesia y el canal, divisó á la derecha el puente _Marcelino_,
-y dirigiéndose á dicho punto, llegó por último al _Borgo-Nuovo_.
-Mirando siempre á todas partes, con el objeto de hallar alguno á quien
-preguntar, distinguió á un sacerdote apoyado en un bastón, parado junto
-á una puerta entreabierta, con la cabeza inclinada y el oído puesto
-en la abertura; viendo poco después que alzaba la mano y echaba la
-bendición, pensó, con razón, que acababa de confesar á alguno, y dijo
-para sí: “Éste es el hombre que me conviene. Si un sacerdote, en sus
-funciones de tal, no tiene un poco de caridad, de amor y benevolencia,
-es preciso creer que en el mundo no hay nada de esto”.
-
-Entretanto el eclesiástico, después de haber abandonado la puerta,
-se dirigía hacia el lado por donde iba Renzo y andaba con la mayor
-precaución por el medio de la calle. Cuando Renzo estuvo cerca de
-él, se quitó el sombrero, haciéndole señas de que deseaba hablarle,
-parándose al mismo tiempo, procurando darle á entender que no quería
-arrimársele indiscretamente. Aquél se detuvo en ademán de escucharle,
-pero colocando, sin embargo, en el suelo, delante de sí, el bastón,
-como para que le sirviese de antemural en caso necesario. Renzo hizo
-su pregunta, á la cual el sacerdote no sólo satisfizo cumplidamente
-diciéndole el nombre de la calle donde estaba situada la casa, sino
-también trazándole su itinerario, porque vió que el pobre joven tenía
-necesidad de él; indicándole á fuerza de repetirle muchas veces la
-palabra de: “Tomad á la derecha, luego á la izquierda, seguid tales
-encrucijadas é iglesias”, las seis ú ocho calles que tenía que recorrer
-para llegar al término de su viaje.
-
---Dios os dé salud en estos tiempos y siempre, dijo Renzo; y mientras
-el eclesiástico se disponía á partir, añadió: “Tengo que pediros otro
-favor”, y en seguida le habló de aquella infeliz mujer olvidada. El
-digno sacerdote le dió las gracias por haberle dado ocasión de hacer
-una obra meritoria tan urgente, y continuó su camino diciendo que iba
-á avisarlo á quien correspondía. Renzo, después de haberle saludado
-respetuosamente, se puso también en marcha: en el ínterin que iba
-andando, trataba de hacerse una repetición del itinerario, para no
-tener necesidad de preguntar á cada paso. Mas no puede imaginarse cuán
-penosa le fué dicha operación, no tanto por la dificultad de lo que la
-cosa era en sí, sino por una nueva turbación que había nacido en su
-espíritu. El nombre de la calle, la misma indicación del camino, habían
-redoblado sus alarmas. Él había deseado saberlo, lo había preguntado;
-sin esto nada podía hacer; al propio tiempo no averiguó cosa alguna que
-pudiese hacerle presagiar ninguna desgracia: ¡pero qué!, la idea más
-distinta de una solución próxima en que iba á salir de una gran duda,
-en que podría oir decir: “Ella vive todavía”, ó al contrario: “Ella
-ha muerto”; esta idea se presentó á su espíritu tan clara y terrible,
-que en aquel momento hubiera querido mejor encontrarse en su primitiva
-oscuridad y estar al principio del viaje, á cuyo término tocaba ya. Sin
-embargo, reunió todo su valor y se dijo: “¡Vamos, si ahora empiezo á
-hacerme el niño, cómo he de salir bien!”. De este modo, reanimado todo
-lo posible, continuó su camino internándose en la ciudad. ¡Qué ciudad!
-¡Cómo era posible reconocerla, comparándola del modo que estaba el año
-anterior con motivo del hambre!
-
-Renzo se encontraba justamente en uno de los sitios más asolados, en
-la encrucijada de calles que llamaban el _Carrobio di Porta Nuova_.
-(En aquel tiempo había una cruz en el centro, y frente á la misma,
-en donde está situado ahora S. Francisco de Paula, se hallaba una
-antigua iglesia llamada santa Anastasia.) Tantos estragos había causado
-el contagio en aquellos alrededores, y tan grande era el hedor que
-despedían los cadáveres allí abandonados, que las pocas personas
-que habían quedado vivas se vieron obligadas á huir: así que, á
-la tristura que infundía al que pasaba aquel aspecto de soledad y
-abandono, añadíase el horror y el disgusto de las señales y restos de
-lugares habitados recientemente. Renzo apresuró el paso, reanimándose
-con la idea de que el término de su viaje no debía estar tan próximo,
-y esperando que antes de llegar encontraría cambiada la escena, á lo
-menos en parte, y en efecto, no lejos de allí, desembocó en un paraje
-que con todo podía llamarse ciudad de vivientes; ¡pero qué ciudad
-también!, ¡qué vivientes! Todas las puertas estaban cerradas con motivo
-de la desconfianza ó del terror, á excepción de las que habían sido
-abiertas, ó por la fuga de sus habitantes ó por la invasión; otras
-veíanse clavadas y tapiadas por haber en ellas muertos ó apestados;
-otras también señaladas con cruces hechas con carbón, para advertir á
-los _monatti_ que había cadáveres que recoger. Andrajos por doquier,
-vendas ensangrentadas, camas infestadas, ropas, sábanas arrojadas por
-las ventanas; algunos cuerpos, ó de personas muertas de repente en
-la calle y dejados allí hasta que pasara un carro para llevárselos,
-ó caídos de los carros mismos, ó echados por los balcones. ¡De tal
-modo había embrutecido los ánimos y despojado de todo sentimiento de
-piedad y humana consideración la larga duración y la furia de tantos
-estragos! Había dejado de oirse el ruido de los obreros, el estrépito
-de los carruajes, los gritos de los vendedores, el rumor de las
-conversaciones de los que discurrían por las calles; era sumamente raro
-que este silencio de muerte fuese interrumpido por otra cosa más que
-por el pavoroso rumor de los carros fúnebres, por los lamentos de los
-infelices mendigos, por los ayes de los enfermos, por los aullidos de
-los frenéticos, y por los gritos de los _monatti_.
-
-Al amanecer, al medio día, á la tarde, una campana de la catedral daba
-la señal de recitar ciertas preces asignadas por el arzobispo, á cuyo
-toque respondían las campanas de las demás iglesias; y entonces se
-hubiera visto asomarse la gente á las ventanas y rezar como en familia;
-habríase oído un confuso murmullo de voces y sollozos que inspiraban
-una tristeza, mezclada, sin embargo, de alguna esperanza.
-
-Á aquellas horas habían muerto ya los dos tercios de los habitantes:
-la mayor parte de los que quedaron habían huido ó estaban enfermos;
-la concurrencia de los forasteros veíase reducida á la más mínima
-expresión; entre el escaso número de los que andaban por las calles,
-no se habría encontrado por casualidad, en un largo circuito, uno solo
-que, en su aspecto, no apareciese algo de extraño, y que indicase un
-funesto cambio de cosas. Se veían los más distinguidos personajes
-sin capa ni manto, parte entonces esencialísima del traje civil; los
-sacerdotes sin sotana; los frailes sin hábitos; en fin, se habían
-abandonado todos los vestidos que por ser largos y flotantes pudiesen
-rozar en algo, ó proporcionar á los envenenadores (lo que entonces se
-temía más) una bella ocasión para ejercer sus maldades. Además del
-cuidado de ir vestidos lo más ligeramente posible, y ajustarse mucho,
-notábase el mayor descuido y negligencia en las personas. Los que
-acostumbraban á llevar barba la tenían de una desmesurada longitud;
-los demás se la dejaban crecer: los cabellos enmarañados y largos,
-no sólo á causa de la incuria que nace de un prolongado abatimiento,
-sino porque los barberos habían llegado también á ser sospechosos
-después que uno de ellos, llamado Giangiocomo Mora, había sido preso y
-condenado como envenenador famoso, el cual conservó por largo tiempo
-una celebridad de infamia, siendo por el contrario digno de compasión.
-La mayor parte llevaban en la mano un nudoso y fuerte bastón, y algunos
-además una pistola, en señal de aviso y amenaza al que quisiese
-acercarse demasiado; otros, pastillas de olor, bolas huecas de metal
-ó de madera, llenas de esponjas mojadas en vinagres medicinales; y
-al paso que iban andando las aplicaban á las narices, y las llevaban
-de continuo adheridas á ellas. Algunos tenían colgadas en el cuello
-redomitas con un poco de azogue, persuadidos que dicho mineral absorbía
-todas las emanaciones pestilenciales, procurando renovarlas todos
-los días. Los nobles no sólo recorrían las calles sin su acostumbrado
-acompañamiento, sino que también se les veía con una cesta al brazo,
-yendo á buscar las cosas necesarias para su sustento. Cuando por
-casualidad se encontraban en la calle dos amigos, se saludaban de lejos
-silenciosamente con aire triste y agitado. Cada uno, particularmente al
-andar, tenía mucho quehacer tratando de evitar los objetos mortíferos
-é inmundos, de los cuales el suelo estaba sembrado y algunas veces
-enteramente embarazado. Todos procuraban ir por el medio de la calle
-por miedo de ser alcanzados por lo que pudiese caer de las ventanas,
-ó para evitar los polvos venenosos que se decía habían sido arrojados
-con frecuencia sobre los que pasaban, ó para huir de todo contacto de
-las paredes, que podían estar untadas con sustancias también venenosas.
-De este modo la ignorancia, prudente fuera de tiempo, añadía al
-presente las angustias á las angustias, y promovía falsos terrores en
-compensación de los temores justos y saludables que en un principio
-había impedido.
-
-En medio de semejante desolación, Renzo había andado ya una gran parte
-de su camino, cuando á algunos pasos de distancia, por una calle
-hacia donde debía dar la vuelta, oyó aproximarse un confuso ruido, en
-el que se distinguía aquel horrible y tan frecuente retintín de las
-campanillas.
-
-Habiendo llegado á la esquina de la calle, que era una de las más
-espaciosas, divisó en medio de ella cuatro carros parados. Así como en
-un mercado de granos se ve á las gentes ir y venir, cargar y descargar
-sacos, del mismo modo era el movimiento que se notaba en aquel paraje.
-No se veían más que _monatti_ que entraban en las casas; _monatti_ que
-salían con grandes bultos, los cuales arrojaban en los carros; unos con
-sus trajes rojos, otros sin dicho distintivo; muchos con uno todavía
-más odioso, el plumaje y capas de varios colores, que los miserables
-ostentaban con aire de triunfo en medio del luto universal. Ya de ésta,
-ya de la otra ventana salía una lúgubre voz que murmuraba: “_Monatti_,
-aquí”; y de entre aquel triste murmullo dejábase oir de tiempo en
-tiempo un sonido más siniestro aún, cual era el de otra voz bronca
-que respondía: “Ahora, ahora”. Percibíanse también las quejas de los
-vecinos que les gritaban que despachasen pronto, á lo que los _monatti_
-contestaban blasfemando.
-
-Al entrar Renzo en la expresada calle aceleró el paso, procurando no
-ver aquel horroroso espectáculo ó á lo menos evitándolo cuanto le
-fuese posible, cuando he aquí que su mirada errante tropezó en un
-objeto de compasión singular, de una compasión que forzaba el ánimo á
-contemplarlo; de modo que se paró casi involuntariamente.
-
-Una dama, cuyo aspecto anunciaba una juventud gastada, mas no del todo
-extinguida, salía de una de aquellas casas y se encaminaba hacia el
-convoy. En sus facciones se traslucía una belleza velada y ofuscada,
-pero no enteramente perdida, á causa de una grande aflicción y de una
-mortal languidez; esa belleza dulce y á la vez majestuosa que brilla
-en la sangre lombarda. Su andar era penoso, mas no vacilante; de sus
-ojos no se desprendían lágrimas, pero se conocía que habían derramado
-muchas; veíase en su dolor un no sé qué de tranquilo y profundo que
-anunciaba un alma toda ocupada en sentirlo. Pero no era su solo aspecto
-lo que en medio de tantas miserias la hacía un objeto particular
-de conmiseración y reanimaba hacia ella aquel sentimiento siempre
-encerrado y amortiguado en el corazón; llevaba en brazos á una niña
-que contaría apenas nueve años, muerta, pero perfectamente compuesta,
-con los cabellos divididos sobre la frente, vestida de blanco, como si
-sus manos la hubiesen adornado para una fiesta prometida desde largo
-tiempo y acordada en recompensa. No la llevaba echada, sino incorporada
-y sentada sobre el brazo; el pecho apoyado contra su pecho: se hubiera
-dicho que respiraba, si una manecita como la cera no colgara con una
-gravedad inanimada, y si su cabeza no hubiese descansado sobre el
-hombro de su madre con un abandono más fuerte que el sueño: ¡de su
-madre! Pues aun cuando la semejanza de aquellos dos rostros no lo
-hubiera atestiguado, se habría leído sobre aquél, en el que se pintaba
-todavía un sentimiento de vida.
-
-Repentinamente un asqueroso _monatto_ se acercó á ella para arrancarle
-la hija de los brazos, procurando hacerlo, sin embargo, con una especie
-de respeto no acostumbrado y una perplejidad involuntaria. Pero la
-dama, dando un paso hacia atrás con aire que no demostraba desprecio
-ni indignación: “No, dijo; no la toquéis aún; yo soy la que debo
-depositarla sobre el carro”. Después, abriendo la mano: “Tomad”, volvió
-á decir; y dejó caer una bolsa en las del _monatto_. “Prometedme,
-continuó, que no le quitaréis nada de lo que lleva puesto, y que no
-dejaréis que otros se atrevan á verificarlo, enterrándola del mismo
-modo que está”.
-
-El _monatto_ llevó una mano á su pecho; luego conmovido y casi
-obsequioso, menos aún por aquella inesperada recompensa que por el
-sentimiento, del cual se sentía subyugado, se apresuró á hacer en el
-carro un poco de sitio para la pequeña difunta. La madre, después de
-haberle dado un beso en la frente, la colocó como en un lecho, la
-compuso, extendió sobre ella un blanquísimo lienzo, y le dijo estas
-últimas palabras: “¡Adiós, Cecilia: descansa en paz! Esta tarde nos
-volveremos á ver para no separarnos jamás. Entretanto, ruega por
-nosotros, que yo lo haré por ti y por los demás”. Después, dirigiéndose
-de nuevo al _monatto_, “al pasar esta tarde por aquí, le dijo, subid á
-buscarme; no seré yo sola”.
-
-Dicho esto, volvió á entrar en la casa, y un momento después se asomó
-á la ventana, llevando en brazos otra niña más pequeña viva aún,
-pero con las señales de la muerte retratadas en su semblante. Estuvo
-contemplando las indignas exequias de Cecilia hasta que el carro se
-puso en marcha, siguiéndole con la vista mientras pudo divisarlo,
-después de lo cual desapareció. ¿Y qué otra cosa pudo hacer más que
-depositar sobre el lecho á la única hija que le quedaba, y colocarse
-á su lado para morir juntas, del mismo modo que la flor que eleva
-su cabeza orgullosa y cae en seguida juntamente con el botón oculto
-todavía dentro de su cáliz, bajo la hoz que iguala todas los yerbas de
-la pradera?
-
---¡Oh, Señor! exclamó Renzo, ¡atended á sus ruegos; protegedla y
-también á su inocente hija; bastante han padecido las infelices; sí,
-bastante han padecido!
-
-Recobrado de aquella extraordinaria conmoción, y mientras trata de
-recordar el itinerario con el objeto de si debía dar la vuelta á la
-primera calle, ó dirigirse á derecha ó izquierda, oye que se acercaba
-por aquella un nuevo y diverso estrépito, un sonido confuso de gritos
-imperiosos, de ahogados sollozos, un continuo llorar de mujeres y un
-gran vocerío de niños.
-
-Siguió adelante, llevando en su corazón la triste y oscura esperanza de
-costumbre. Llegado á la encrucijada, vió avanzar por un lado un confuso
-tropel de gentes, parándose para dejarlo pasar. Eran los enfermos que
-conducían al lazareto: los unos, á quienes llevaban á la fuerza, se
-resistían inútilmente, gritaban en vano que querían morir en su lecho,
-y respondían con impotentes imprecaciones á los juramentos y á las
-órdenes de los _monatti_ que los conducían: los otros caminaban en
-silencio como insensatos, sin mostrar dolor ni ningún otro sentimiento:
-mujeres con niños en brazos; muchachos asustados por aquellos gritos,
-por aquellas órdenes, por aquel acompañamiento, más que por la idea
-confusa de la muerte, los cuales llorando amargamente, pedían á sus
-madres sus fieles brazos y sus propias casas. ¡Ah! y acaso su madre,
-que ellos creían haber dejado dormida sobre su lecho, había sido
-arrojada allí, repentinamente sorprendida por la peste, privada de
-conocimiento, para ser llevada en el carro al lazareto ó á la fosa, por
-poco que dicho carro tardase en llegar. ¡Quizás!, ¡oh, desgracia digna
-de lágrimas aún más amargas! quizás la madre enteramente ocupada de
-sus padecimientos, lo había olvidado todo, hasta sus propios hijos, no
-teniendo más que una sola idea, la de morir en paz. Sin embargo, en
-medio de tanta confusión, se veían todavía algunos ejemplos de firmeza
-y piedad: padres, hermanos, hijos, esposos, que sostenían á los seres
-á quienes amaban, y los acompañaban con palabras de consuelo; y no
-sólo eran los adultos, sino también los niños y niñas, que conducían á
-sus hermanos menores con el juicio y la compasión de la edad madura,
-recomendándoles la obediencia, y asegurándoles que iban á un paraje en
-donde otros cuidarían de ellos y los curarían.
-
-En medio de la tristeza y la lástima que inspiraba semejante
-espectáculo, una cosa tocaba más de cerca, y tenía sumamente agitado
-á nuestro viajero. La casa consabida debía estar muy próxima, y quién
-sabe si entre aquella gente... Pero habiendo pasado toda la comitiva,
-y cesando la duda, se dirigió á un _monatto_ que iba detrás, y le
-preguntó por la calle y por la casa de D. Ferrante. “Vete enhoramala,
-imbécil”; tal fué la contestación que recibió. No trató de responderle
-como merecía, sino que divisando á dos pasos de distancia á un
-comisario que cerraba la marcha del convoy, y que tenía el aspecto un
-poco más humano, le hizo la misma pregunta. Éste, señalando con el
-bastón el lado de donde venía, dijo: “La primera calle á la derecha; la
-última casa grande á la izquierda”.
-
-El joven se encaminó hacia aquel sitio, lleno su corazón de una nueva
-y mayor ansiedad. Una vez en la calle, distinguió de pronto la
-casa entre las otras más bajas, y de mezquina apariencia. Se acerca
-al portón que está cerrado, lleva la mano á la aldaba, y la tiene
-suspendida como en una urna antes de sacar la cédula, de la cual
-dependiese su vida ó su muerte. Finalmente, levanta la expresada aldaba
-y da un golpe con la mayor resolución.
-
-Un instante después se entreabre una ventana; asoma por ella con
-precaución una cabeza de mujer, la cual mira quién llama, con ademán
-sombrío, que parece decir: “_¿Monatti?_, ¿vagabundos?, ¿comisarios?,
-¿envenenadores?, ¿diablos?”.
-
---Buena señora, dijo Renzo alzando la cabeza, pero con voz poco segura:
-¿se halla sirviendo en esta casa una joven aldeana que se llama Lucía?
-
---No está aquí; andad con Dios, respondió la mujer, haciendo ademán de
-cerrar la ventana.
-
---¡Un momento, por piedad! ¿Está aquí ó no? ¿En dónde se encuentra?
-
---En el lazareto; é iba á cerrar de nuevo.
-
---¡Por Dios!, un instante más. ¿Se halla atacada de la peste?
-
---Sí. Es cosa nueva, ¿no es cierto? Id pues.
-
---¡Oh, infeliz de mí! Esperad. ¿Estaba muy mala? ¿Hace mucho tiempo
-que?... Pero esta vez la ventana se cerró de veras.
-
---¡Eh!, señora; buena señora, por caridad; una palabra tan solo, por el
-alma de vuestros pobres difuntos! Nada os pido que sea vuestro: ¡eh!
-Mas nada; del mismo modo que si hubiese hablado á la pared.
-
-Afligido de tan triste noticia, y encolerizado de la brusca retirada
-de aquella mujer, Renzo asió de nuevo la aldaba, y casi pegado á la
-puerta, apretaba aquella con fuerza, la levantaba para llamar por
-segunda vez, y la tenía suspendida. En tal agitación se volvió con
-el objeto de ver si por casualidad divisaba algún vecino, del cual
-pudiese informarse más extensamente, y sacar algún indicio, alguna
-luz. Pero la primera, la única persona que descubrió fué otra mujer
-á la distancia de unos veinte pasos; la cual, con un semblante que
-expresaba el terror, el odio, la impaciencia, y la malicia, con unos
-ojos que querían á la vez observar y mirar desde lejos, abría la boca
-como para gritar con todas sus fuerzas; mas reteniendo todavía la
-respiración, alzando los descarnados brazos, extendiendo y retirando
-dos manos crispadas y encogidas á manera de garras, como si tratase de
-coger alguna cosa, parecía querer llamar gente, de modo que nadie se
-apercibiese de ello. Cuando la mirada de Renzo se encontró con la suya,
-apareció más horrible todavía, y se estremeció de la misma manera que
-una persona á quien se sorprende.
-
---¡Qué demonio!... empezaba á decir Renzo, levantando también sus dos
-manos hacia donde se hallaba la mujer; pero ésta, habiendo perdido
-la esperanza de hacerle coger de improviso, dejó escapar el grito que
-hasta entonces había comprimido: “¡Al envenenador!, ¡aquí!, ¡aquí!
-¡Prended al envenenador!”.
-
---¿Quién?, ¡yo!, ¡ah, infame bruja! ¡Silencio!, exclamó Renzo, y
-corrió hacia ella para amedrentarla y hacerla callar. Pero en seguida
-conoció que debía pensar más bien en sus negocios. Al chillar de la
-vieja acudió gente de todas partes; no el tropel que en semejante
-caso habría acudido tres meses antes, pero la suficiente para poder
-hacer de un solo hombre lo que quisiesen. Al propio tiempo se abrió
-de nuevo aquella ventana que ya sabemos, y se asomó la misma mujer
-que tan descortés había sido, la cual ahora gritaba desaforadamente:
-“Prendedle, prendedle, pues debe ser uno de esos bribones que andan por
-la ciudad untando las puertas de las casas de las gentes de bien”.
-
-Renzo no creyó oportuno el detenerse á reflexionar; le pareció mucho
-mejor partido abandonar precipitadamente aquel lugar que permanecer en
-él para sincerarse: lanzó una mirada á su alrededor para ver hacia qué
-lado había menos gente, y por éste se deslizó. Rechazó de una puñada
-á uno que le cerraba el camino, pegó en el pecho á otro que le salía
-al encuentro, al cual hizo retroceder ocho ó diez pasos; y echó á
-correr en seguida con los puños levantados y cerrados convulsivamente,
-dispuesto á castigar á cualquiera que se le pusiese por delante. La
-calle veíase desembarazada y libre delante de él; mas á sus espaldas
-oíase aumentar y crecer á cada instante el ruido y las terribles
-voces de “¡á él, á él!, ¡al envenenador!”. Ignoraba el número de sus
-perseguidores, y no sabía cómo podría salvarse. Su cólera se convirtió
-en rabia, las angustias en desesperación; un espeso velo cubrió sus
-ojos, echó mano á su cuchillo, lo abrió, se paró resueltamente, luego
-dirigió su mirada torva y amenazadora hacia los que le perseguían,
-y con el brazo extendido, blandiendo en el aire la reluciente hoja,
-gritó: “¡Canalla infame!, ¡si hay alguno entre todos vosotros que sea
-hombre, que avance!, yo le daré con éste una buena untura”.
-
-Mas vió con admiración y con un sentimiento confuso de placer que sus
-perseguidores se habían detenido á cierta distancia como vacilantes.
-Sin embargo, continuaban gritando, y al parecer hacían demostraciones
-como si estuviesen poseídos de los malos espíritus á gentes que se
-hallaban detrás de Renzo, pero bastante lejos todavía. Éste se volvió
-de nuevo y divisó (su gran turbación no le había permitido verlo antes)
-un carro que avanzaba, y detrás de éste una larga hilera de ellos con
-su acostumbrado acompañamiento. Por otro lado, y á alguna distancia se
-hallaba otra porción de gentes que de todas veras hubieran deseado
-caer sobre el envenenador; mas estaban contenidas por el mismo
-impedimento. Viéndose así entre dos fuegos, calculó que lo que para
-éstas era un objeto de terror, podía serlo para él de salvación; por
-lo tanto pensó que no era tiempo de hacerse el delicado: cerró su
-cuchillo, echó á correr hacia los carros, pasó el primero, y observó
-en el segundo que había un buen espacio desocupado; en su consecuencia
-toma sus medidas, da un salto, y helo allí plantado sobre el pie
-derecho, el izquierdo en el aire, y levantados ambos brazos.
-
---¡Bravo, bravo! gritaron á una los _monatti_, algunos de los cuales
-seguían el convoy á pie, otros subidos en los carros; y en fin, los
-más, para referir exactamente lo horrible de semejante espectáculo,
-iban sentados sobre los cadáveres y bebiendo de un gran jarro, el
-que dando vueltas sin cesar pasaba de mano en mano.--¡Bravo, bravo,
-magnífico golpe!
-
---¿Has venido á ponerte bajo la protección de los _monatti_?, pues haz
-cuenta que estás tan seguro como en una iglesia, le dijo uno de los que
-se hallaban en el carro adonde se había subido.
-
-Los enemigos, al acercarse al tren, la mayor parte habían vuelto
-las espaldas y se apartaban gritando siempre “¡á él, á él!, ¡al
-envenenador!”. Algunos se retiraban con más lentitud, parándose de
-cuando en cuando, rechinando los dientes y amenazando á Renzo, el cual
-desde el carro les contestaba enseñándoles los puños.
-
---Dejadme hacer, le dijo un _monatto_; y arrancando de uno de los
-cadáveres un asqueroso harapo, lo anuda precipitadamente, lo coge
-por uno de los extremos, lo levanta á manera de honda sobre aquellos
-obstinados, y hace ademán de arrojárselo, gritando: “¡Aguardad,
-canalla!”. Al observar esto, todos sin excepción emprendieron la fuga
-horrorizados, y Renzo no vió más que las espaldas y las piernas de sus
-enemigos, que se movían con la misma celeridad que las aspas de un
-molino de viento.
-
-Entre los _monatti_ se elevó un grito unánime de triunfo, una larga
-y estrepitosa carcajada de risa, un prolongado ¡juy! como para
-acompañarles en su fuga.
-
---¡Ja, ja! ¿Ves como sabemos proteger á la gente honrada? dijo aquel
-mismo _monatto_ á Renzo. Más vale uno solo de nosotros que todos esos
-maricas.
-
---Seguramente, respondió Renzo, y bien puedo decir que os debo la vida,
-por lo cual os doy las gracias de todo corazón.
-
---¿De qué? contestó el _monatto_; tú te lo mereces, se conoce que eres
-un valiente muchacho. Haces bien en untar á esa canalla; úntalos,
-extirpa á esos miserables que nada valen hasta que mueren, que en
-recompensa de la vida que llevamos nos maldicen y van vociferando que
-así que concluya la peste quieren hacernos ahorcar á todos. Es preciso
-que ellos mueran antes de que cese la epidemia; es indispensable que
-los _monatti_ queden solos cantando victoria y regocijándose en Milán.
-
---¡Viva la peste y muera la canalla! gritó otro; y después de
-semejante brindis se acercó el jarro á los labios, y sosteniéndole con
-ambas manos en medio de los vaivenes del carro, echó un buen trago,
-ofreciéndole en seguida á Renzo, al cual dijo: “Bebe á nuestra salud”.
-
---Os la deseo con todas las veras de mi alma, contestó Renzo, pero no
-tengo sed, ni tampoco ganas de beber en este momento.
-
---Á mi parecer has pasado un gran susto, dijo el _monatto_; tienes
-facha de ser un pobre hombre; tu traza no es de envenenador.
-
---Cada uno se ingenia como puede, dijo el otro.
-
---Alargadme el jarro, dijo uno de los que caminaban al lado del carro,
-quiero echar otro trago á la salud del amo del vino, que se encuentra
-en nuestra buena compañía... me parece que está allí; sí, justamente,
-dentro de aquel hermoso carruaje.
-
-Y con una risa siniestra y cruel señalaba el carro, delante del cual se
-hallaba el pobre Renzo. Luego tomando su semblante un aire de seriedad
-aún más infame y burlesco, hizo un gran saludo en aquella dirección,
-y continuó diciendo: “Permitid, mi querido amo, que un pobre diablo
-de _monatto_ paladee el vino de vuestra bodega. Consideradlo bien,
-llevamos una vida... somos los que os hemos colocado en el carruaje
-para conduciros á la campiña. Además, el vino, por poco que beban sus
-señorías, no les sienta nunca bien; los pobres _monatti_, al contrario,
-siempre tienen buen estómago”.
-
-Sus compañeros dieron grandes risotadas, en medio de las cuales cogió
-el jarro y lo levantó; mas antes de beber se volvió á Renzo, le miró
-fijamente, y con cierto aire de insultante compasión, le dijo: “Es
-preciso que el diablo con quien has hecho pacto, sea bien joven; pues
-si nosotros no te hubiésemos salvado, te daba un triste socorro”; y
-entre un nuevo y general estrépito de ruidosas carcajadas, se aplicó el
-jarro á la boca.
-
---¿Y nosotros? ¡eh!, ¿y nosotros?, gritaron muchas voces desde el carro
-que iba delante. El bribón, después de haber bebido hasta saciarse,
-entregó con ambas manos el gran jarro á sus compañeros, los cuales se
-lo pasaron de uno á otro, hasta que llegando al último de ellos, que
-lo desocupó enteramente, lo cogió por el cuello, y dándole vueltas á
-guisa de molinete, lo arrojó haciéndole mil pedazos contra el suelo
-y gritando: “¡Viva la peste!” Después de estas palabras, se puso á
-entonar una inmunda copla, siendo su voz acompasada por todas las demás
-que componían aquel horrible coro. La infernal canción mezclada al
-retintín de las campanillas, al rechinar de los carros, al ruido de
-las pisadas de los caballos, resonaba en el silencioso espacio de las
-calles, y retumbando en las casas comprimía dolorosamente el corazón de
-los pocos que todavía las habitaban.
-
-¿Pero qué cosa no puede venir á veces á propósito? ¿qué es lo que no
-puede parecernos bien en ciertos casos? El peligro de un momento antes
-había hecho más que tolerable á Renzo la compañía de aquellos muertos y
-de aquellos vivos; y al presente, semejante música se puede decir que
-era grata á sus oídos, pues lo sacaba del embarazo de una conversación
-poco satisfactoria. Medio trastornado todavía, daba gracias á la
-Providencia desde lo íntimo de su corazón, de haber escapado de
-tan inminente riesgo, sin recibir daño alguno ni tampoco hacerlo;
-suplicando al mismo tiempo que le librase de sus mismos libertadores;
-y además, por su parte estaba alerta, observaba á los _monatti_,
-examinaba la calle para pillar la ocasión favorable de bajar despacio
-del carro sin ser sentido, y evitar cualquier escándalo que hiciese
-poner sobre sí á los que pasaban.
-
-De repente, al revolver una esquina, le pareció reconocer el sitio;
-miró con más atención, y efectivamente se aseguró de ello. ¿Quieren
-saber los lectores en dónde se encontraba nuestro héroe?, pues
-bien, se hallaba en la calle que va á parar á la Puerta Oriental,
-en aquella misma por la cual unos veinte meses antes había entrado
-con tanta lentitud, y tuvo que volver á pasar al poco tiempo tan
-precipitadamente. Recordó de pronto que desde allí se iba directamente
-al lazareto, y el hallarse en dicha calle sin calcular ni preguntar, lo
-tuvo por un especial favor de la Providencia, y por un feliz agüero de
-todo lo demás. En el mismo instante salió al encuentro de los carros un
-comisario gritando á los _monatti_ que parasen: en efecto, el convoy
-se detuvo y la música se convirtió en un ruido diferente. Uno de los
-_monatti_ que se hallaba en el carro de Renzo saltó á tierra: el joven
-se dirigió al otro que quedaba y le dijo: “Os doy gracias por vuestra
-caridad; que Dios os lo pague; y dicho esto saltó también por el otro
-lado”.
-
---Anda, anda, pobrecillo envenenador, respondióle aquél, no serás tú el
-que destruya á Milán.
-
-Por fortuna no se encontraba por allí nadie que pudiese oirlo. El
-convoy se había parado en el lado izquierdo; Renzo se encaminó
-apresuradamente hacia el opuesto, y pegado á la pared de las casas,
-siguió adelante con dirección al puente; pasó éste, continuó su marcha
-por el arrabal, reconoció el convento de capuchinos, y próximo ya á la
-puerta divisó un ángulo del lazareto, atravesó la verja, presentándose
-á su vista la escena exterior de aquel fatal recinto: era un leve
-indicio de lo que contenía en su interior; mas con todo, era un
-espectáculo vasto, diverso é imposible de describir.
-
-Una inmensa muchedumbre se precipitaba en las avenidas; eran los
-enfermos que iban en cuadrillas al lazareto; algunos se sentaban ó
-caían á las orillas de los dos fosos que costean el camino, ya fuese
-que sus fuerzas no hubiesen sido suficientes para conducirles á su
-asilo, ya que habiendo salido de allí desesperados, les hubiesen
-también faltado dichas fuerzas para ir más lejos. Otros, sumamente
-enfermos, erraban desbandados como estúpidos, y no pocos privados
-de razón; uno estaba sobremanera animado contando sus delirios á un
-desgraciado que yacía abrumado por el mal, otro estaba furioso; por
-último, aparecía otro que miraba á todas partes con aire risueño, como
-si asistiese á un espectáculo muy divertido. En medio de tan triste
-alegría, oíase una voz que cantaba hasta perder el aliento; el ruido
-no parecía salir de aquella miserable reunión, y sin embargo dominaba
-á todas las demás; era una canción de amor alegre y picaresca, á las
-cuales los milaneses dan el nombre de _Villanelle_. Dejándose guiar por
-el sonido para descubrir quién podía estar tan contento en aquellas
-circunstancias y en semejante lugar, veíase á un desgraciado que
-sentado tranquilamente en el foso que circuye las tapias del lazareto
-cantaba á grito pelado.
-
-Apenas Renzo hubo dado algunos pasos dando la vuelta al costado
-meridional del edificio, cuando se elevó al través de la multitud un
-rumor extraordinario y un ruido de voces lejanas que gritaban: “¡Á
-un lado!, ¡detente!”. Renzo se alzó de puntillas, y vió un caballo
-corriendo á todo escape, espoleado por un extraño jinete: era un
-frenético, que habiendo visto á dicho animal suelto, sin nadie que
-le guardase junto á un carro, había saltado encima prontamente, y
-pegándole en el cuello con el puño, haciendo servir de espuelas á sus
-talones, lo aguijoneaba con furia. Los _monatti_ le seguían gritando,
-un instante después no se divisaba más que una espesa nube de polvo en
-lontananza.
-
-Así, aturdido y fatigado ya de ver miserias, el joven llegó á la puerta
-de aquel lugar, en el cual acaso había más amontonadas que no había
-visto en todo el espacio que había tenido que recorrer. Finalmente,
-pasó el umbral, y permaneció un momento inmóvil debajo del pórtico.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO
-
-
-Figúrese el lector el recinto del lazareto poblado de diez y seis mil
-atacados de la peste; aquel vasto espacio enteramente cubierto por un
-lado de cabañas y de tiendas, por otro de carros, más allá de hombres,
-aquellas dos prolongadas hileras de pórticos á derecha é izquierda
-llenas de moribundos ó de cadáveres tendidos en jergones ó encima de
-mugrientas y desnudas pajas, percibiéndose y sobresaliendo al través
-de aquella inmensa morada de dolores un ruido sordo, parecido al
-lejano murmullo de las olas agitadas por la tempestad. Veíanse por
-doquier convalecientes, frenéticos, enfermeros, un ir y venir, pararse,
-correr, inclinarse y levantarse. Tal fué el espectáculo que se ofreció
-á un mismo tiempo á la vista de Renzo, teniéndole clavado allí por
-un momento, estupefacto y afligido. No nos proponemos ciertamente el
-describir con minuciosidad dicho espectáculo, ni tampoco creemos que
-el lector lo desee, y sí tan solo acompañaremos á nuestro joven en
-su penosa marcha: nos detendremos en los parajes que él se detenga,
-diremos todo cuanto sea preciso de lo que vió, refiriendo lo que hizo y
-lo que después le aconteció.
-
-Desde la puerta en donde se había parado hasta la capilla, que estaba
-situada en el centro, y desde ésta á la otra puerta de enfrente,
-formaba una especie de calle cubierta de cabañas y de toda clase de
-obstáculos fijos. Á la segunda ojeada divisó Renzo en la expresada
-calle ó prolongado pasadizo una multitud de carretones que conducían de
-una parte á otra las cosas necesarias á los moradores que encerraba tan
-fatal recinto; vió también capuchinos y seglares que dirigían aquellas
-operaciones, los cuales hacían salir de allí á los que nada hacían.
-Temiendo nuestro héroe el ser echado del mismo modo, se escondió al
-instante entre las cabañas que se hallaban á su derecha, casualmente
-hacia el lado en que él se encontraba.
-
-Continuaba avanzando, á medida que iba descubriendo sitio para poner
-el pie, de cabaña en cabaña, asomándose en todas, observando las camas
-que se hallaban al descubierto, examinando los rostros abatidos por
-los padecimientos, contraídos por el espasmo ó por la inmovilidad de
-la muerte, por si acaso daba con aquel que, sin embargo, tanto temía
-encontrar allí. Había andado ya mucho y repetido varias veces aquel
-doloroso examen sin ver á mujer alguna, en vista de lo cual calculó
-que debían estar en lugar separado. Efectivamente, lo adivinaba; mas
-en dónde pudiera ser, ni tenía el más pequeño indicio, ni de dónde
-sacarlo. Encontraba á su paso muchos individuos destinados en el
-establecimiento, tan diferentes en aspecto, maneras y trajes, cuan
-diverso y opuesto era el principio que les daba á todos una fuerza
-igual de vivir prestando tales servicios, viéndose en los unos una
-total extinción de piedad, y en los otros una compasión sobrehumana.
-Pero ni á unos ni á otros se atrevía á preguntar, para no tropezar
-con alguna dificultad; y concluyó por andar, andar hasta llegar á
-encontrar á las mujeres. Al propio tiempo que así lo hacía, no dejaba,
-sin embargo, de mirar á todas partes; mas de cuando en cuando se veía
-obligado á retirar contristado su mirada, desvanecido á la presencia de
-tantas desgracias. ¿Pero adónde debía volver la vista, adónde detenerla
-más que sobre otras y otras desgracias?
-
-La atmósfera misma y el cielo aumentaban el horror de aquella escena,
-si es que pudiese haber algo que lo aumentase. La espesa niebla se
-había ido aclarando poco á poco, dividiéndose en mil nubecillas
-flotantes, que condensándose cada vez más, parecían anunciar una
-tempestad. En medio de aquel cielo encapotado y sombrío, se presentaba
-como cubierto de un espeso velo el disco del sol, pálido, sin rayos,
-arrojando una claridad triste y dudosa, y esparciendo un calor pesado
-y sofocante. En medio de aquel vasto rumor, oíase elevarse por
-intervalos, sordos é interrumpidos gemidos, no pudiéndose decir de
-dónde salían, aun escuchando con la mayor atención; únicamente, se
-hubiera creído oir un ruido lejano de carros que se paraban de repente.
-No se veía en la campiña de los alrededores, ni agitarse siquiera
-una sola hoja en los árboles, ni tampoco posarse ningún pájaro en
-ellos: únicamente la golondrina, apareciendo de súbito en el techo del
-recinto, dirigía su vuelo hacia abajo, con las alas extendidas como
-si fuese á rozar la tierra; mas asustada de aquel bullicio, volvía
-á emprender su vuelo y huía. Asemejábase todo aquello á una de esas
-épocas en que entre una reunión de viajeros no hay uno que rompa el
-silencio; en que el cazador camina pensativo con la vista fija en la
-tierra; en que el labrador, trabajando en su campo, deja de cantar sin
-advertirlo; asemejábase, repito, á uno de esos momentos precursores del
-huracán, en los cuales la naturaleza, como inmóvil en el exterior y
-agitada por un trabajo interior, parece oprimir á todo ser viviente, y
-añade cierta pena molesta á toda ocupación, al ocio y á la existencia
-misma. Pero en aquel lugar, destinado á los padecimientos y á la
-muerte, se veía al hombre hecho presa ya del mal, ceder á la nueva
-opresión, como también sucumbir los enfermos á centenares, siendo la
-agonía postrera la más cruel, y en este colmo de dolores los quejidos
-más sofocados, el último estertor más penoso. Quizás en aquella mansión
-de miserias no había tenido lugar todavía una hora tan terrible como la
-que describimos.
-
-Nuestro joven había dado ya una gran vuelta sin fruto por entre
-la inmensa multitud de cabañas, cuando en medio de la confusión y
-diversidad de lamentos comenzó á distinguir una mezcla singular de
-lloros de niños y de balidos, hasta que llegó á una especie de tapia
-ó tabique medio hendido y estropeado, detrás del cual salía aquel
-extraordinario ruido. Miró por una ancha abertura que había entre
-dos vigas, y vió un recinto en el que se hallaban varias cabañas
-esparcidas, y tanto en ellas como en el pequeño campo no divisó la
-acostumbrada reunión de enfermos, sino una infinidad de pequeñas
-criaturas echadas sobre colchoncitos, almohadas y sábanas extendidas,
-teniendo á su alrededor nodrizas y otras mujeres para cuidarlas; pero
-lo que más que todo llamaba la atención y atraía las miradas de Renzo,
-era el ver mezcladas en medio de dichas mujeres á varias cabras,
-convertidas en auxiliares de aquéllas: en una palabra, era una especie
-de inclusa, según lo permitían el lugar y las circunstancias. Era,
-repito, una cosa singular el contemplar á algunos de los expresados
-animales parados y quietos sobre éste ó aquel niño, dándoles de mamar;
-otros acudir prontamente á los lloros del mismo modo que podría hacerlo
-una madre; pararse junto al tierno infante, procurando colocarse encima
-con sumo cuidado, dando balidos y bullendo sin cesar como llamando que
-fuese alguien en su auxilio.
-
-Veíanse sentadas en varias partes nodrizas con niños colgados al pecho;
-algunas de ellas manifestando tales muestras de cariño, que hacían
-dudar al que miraba si habían sido atraídas á aquel paraje por el ansia
-de la remuneración ó por esa caridad espontánea que va en busca de los
-necesitados y de los que padecen. Una de dichas nodrizas, en extremo
-afligida, desprendía de su pecho á una criatura que lloraba con fuerza,
-é iba tristemente buscando el animal que hiciera sus veces. Otra
-contemplaba satisfecha al que se le había quedado dormido con el pecho
-en la boca, y besándole dulcemente, se dirigía á una cabaña con el fin
-de colocarlo sobre un colchoncito. Mas una tercera, abandonando su
-pecho á una criatura extraña con cierto aire, no de negligencia, pero
-sí de preocupación, miraba fijamente al cielo: ¿qué pensaba en aquel
-instante, en aquella actitud, con aquellas miradas, sino en el hijo
-nacido de sus entrañas, que quizá poco antes había chupado aquel pecho,
-y que también acaso exhalara sobre él su último suspiro? Otras mujeres
-de más avanzada edad, estaban ocupadas en desempeñar otras faenas.
-Una acudía á los gritos de un niño hambriento; lo tomaba en brazos,
-y lo llevaba cerca de una cabra que pacía en medio de un montón de
-fresca yerba, aproximándolo á la teta, llamando al inexperto animal y
-acariciándole á la vez hasta que prestaba dulcemente su servicio. Ésta
-corría afanosa á coger á un pobrecito á quien pisaba una cabra, del
-todo atenta en dar de mamar á otro; aquélla llevaba el suyo de un lado
-á otro, meciéndolo, procurando bien dormirlo por medio del canto, bien
-acallándolo con cariñosas palabras, y dándole un nombre que ella misma
-le había puesto. En esto se presentó un capuchino de blanquísima barba,
-llevando dos tiernos niños que lloraban amargamente, los cuales acababa
-de sacar de entre los brazos de las madres expirantes. Una mujer acudió
-presurosamente á recibirlos, después de lo cual anduvo mirando entre
-las nodrizas y las cabras, con el objeto de encontrar de pronto quien
-ocupase el lugar de madre.
-
-Más de una vez, Renzo, impulsado por el primero y el más fuerte de
-sus pensamientos, se había separado de la abertura para proseguir su
-marcha; mas en seguida volvía á fijar la vista para mirar todavía otro
-poco.
-
-Finalmente, apartándose de allí, fué dando la vuelta al tabique, hasta
-que una porción de cabañas apoyadas en él lo forzaron á volverse.
-Entonces continuó su camino arrimado á dichas cabañas, con la mira
-de acercarse otra vez al mencionado tabique, siguiendo hasta su
-conclusión, y con esto descubrir nuevo terreno. Mientras miraba hacia
-adelante para examinar el camino, una aparición repentina, pasajera,
-instantánea, hiere su vista y turba su espíritu. Ve á unos cien
-pasos de distancia pasar y perderse de pronto entre las barracas un
-capuchino, que aun de lejos y en medio de aquella precipitación,
-tenía el mismo modo de andar, todas las maneras, y por último las
-formas todas del padre Cristóbal. Imagínese el lector el ansia con que
-correría hacia el paraje por donde el fraile había desaparecido: busca
-de aquí, busca de allí, delante, detrás, dentro y fuera de aquellos
-lugares; en fin, le vuelve á ver á bastante distancia que se alejaba de
-una gran marmita, encaminándose con una cazuela en la mano hacia cierta
-cabaña; luego observa que se sienta en el umbral, que hace la señal
-de la cruz sobre la citada cazuela que tiene delante; y mirando á su
-alrededor, como un hombre que siempre está alerta, se pone á comer. Era
-justamente el mismo padre Cristóbal.
-
-Referiremos en dos palabras la historia del buen fraile desde el
-momento en que lo perdimos de vista, hasta su actual encuentro. No
-se había movido nunca de Rímini, ni había pensado siquiera en ello,
-á no ser por la peste que estalló en Milán, la cual le ofreció la
-ocasión de hacer lo que siempre había deseado tanto: esto es, dar la
-vida por su prójimo. Suplicó con grandes instancias el ser llamado
-para servir y asistir á los apestados. Aquel conde, miembro del
-consejo secreto, pariente del conde Attilio, había muerto, y por otro
-lado, en los tiempos que corrían se necesitaban más bien enfermeros
-que diplomáticos, por lo cual accedieron sin dificultad alguna á sus
-ruegos. En seguida se dirigió á Milán, y entró en el lazareto, haciendo
-cerca de tres meses que se hallaba en él.
-
-Mas el consuelo que experimentó Renzo al encontrar á su buen fraile,
-no fué completo ni tan siquiera un solo momento. ¡Era él! Pero, ¡cuán
-cambiado estaba! Veíasele sumamente encorvado, abatido y como triste;
-el rostro pálido y demacrado; observábase en todo él una naturaleza
-exhausta, una vida apagada y expirante, sostenida por los esfuerzos de
-su grande alma.
-
-Tenía también la mirada fija sobre el joven que se dirigía hacia él, y
-que no atreviéndose á darse á conocer por medio de la voz trataba de
-hacerlo con el gesto. “¡Oh, padre Cristóbal!”, dijo luego que estuvo
-bastante cerca para ser oído sin gritar.
-
---¡Tú aquí! respondió el fraile, dejando la cazuela en el suelo y
-levantándose.
-
---¿Cómo estáis, padre? ¿cómo estáis?
-
---Mejor que todos esos infelices que ves aquí, repuso el fraile; y su
-voz era débil, extinguida y mudada como todo lo demás. Sus ojos se
-conservaban en su primitivo estado, notándose en ellos un cierto no sé
-qué de más vivo y espléndido; como si la caridad elevada por el peligro
-de la obra, y exaltada por sentirse próxima á su principio, le hubiese
-restituido un fuego más ardiente y puro que el que la enfermedad iba
-extinguiendo poco á poco.
-
---Pero tú, proseguía, ¿cómo es que te hallas aquí? ¿por qué vienes de
-este modo á desafiar la peste?
-
---Gracias á Dios, la he pasado. Ahora vengo... en busca de... Lucía.
-
---¡Lucía! ¿está aquí Lucía?
-
---Seguramente; á lo menos confío en Dios en que aún estará aquí.
-
---¿Es tu esposa?
-
---¡Oh, mi querido padre! no, no es mi esposa. ¿Ignoráis todo lo que ha
-sucedido?
-
---En efecto, hijo mío; desde que Dios me alejó de vosotros, nada más he
-sabido; pero ahora que él te envía, digo francamente que deseo tener
-noticias de todo. Pero... ¿y el destierro?
-
---¿Sabéis, pues, las cosas que me han pasado?
-
---¿Pero tú, qué has hecho?
-
---Escuchad; si quisiese decir que aquel día en Milán tuve juicio,
-mentiría; mas tampoco he cometido ninguna mala acción.
-
---Lo creo, y también lo creía antes.
-
---Ahora, pues, lo podré decir todo.
-
---Espera, dijo el fraile; y dando algunos pasos fuera de la cabaña,
-llamó: “¡Padre Víctor!”. Un momento después se presentó un joven
-capuchino, al cual dijo: “Padre Víctor, dispensadme la caridad de velar
-por mí á esos infelices, mientras me separo cortos instantes; y sin
-embargo, si alguno me busca, llamadme en seguida. ¡Aquel individuo
-sobre todo! si diese la más leve señal de volver en sí, avisadme por
-favor prontamente”.
-
---Descuidad; así lo haré, respondió el joven. Entonces el anciano
-dirigiéndose á Renzo le dijo: “Entremos aquí. Pero... añadió
-súbitamente, me parece que estás muy extenuado, y por lo tanto debes
-tener necesidad de comer”.
-
---Es cierto, replicó Renzo; ahora que me hacéis pensar en ello,
-recuerdo que todavía estoy en ayunas.
-
---Espera, dijo el fraile, y fué á llenar otra cazuela adonde se hallaba
-la marmita, dándosela á Renzo juntamente con una cuchara. Después lo
-hizo sentar sobre un mal jergón que le servía de lecho; luego puso un
-vaso de vino en una mesita junto á su convidado, volvió á tomar en
-seguida su cazuela, y se sentó al lado de Renzo.
-
---¡Oh, padre Cristóbal! ¡vos solo érais el que podía hacer esto!
-¡Siempre el mismo! Os doy las gracias de todo corazón.
-
---No es á mí á quien debéis darlas; esto pertenece á los pobres; mas
-en la actualidad tú lo eres también. Ahora dime lo que ignoro; háblame
-de nuestra pobre niña, y trata de hacerlo en pocas palabras, porque
-el tiempo es precioso, y tengo mucho que hacer, según tú mismo estás
-viendo.
-
-Renzo comenzó entre una y otra cucharada la historia de Lucía: contó
-que se había refugiado en el convento de Monza; del modo que había
-sido robada... Á la imagen de tantos sufrimientos y peligros, á la
-idea de que él había encaminado á dicho paraje á la pobre inocente,
-el buen fraile se quedó sin aliento; mas se repuso en seguida al oir
-de la manera milagrosa que había sido librada, devuelta á su madre, y
-confiada por esta misma á D.ª Prajedes.
-
---Ahora voy á hablar de mí, prosiguió Renzo, y refirió sucintamente
-la jornada de Milán, su fuga y cómo en todo el tiempo que siguió
-había permanecido lejos de su casa, habiéndose arriesgado á ir en la
-actualidad, á causa de estar todo tan revuelto; que no había podido
-encontrar á Inés; y, por último, que en Milán había sabido que Lucía
-estaba en el lazareto. Y aquí estoy, concluyó diciendo, aquí estoy con
-el objeto de buscarla, para saber si vive, y si... me quiere todavía...
-porque... á veces...
-
---Pero, replicó el fraile, ¿hay algún indicio del lugar en que ha sido
-colocada, al ser conducida aquí?
-
---Ninguno, mi querido padre, ninguno más sino que ella está aquí, si es
-que así sea; que Dios lo quiera.
-
---¡Oh, desgraciado joven! ¿Mas qué pesquisas has hecho hasta ahora?
-
---He dado vueltas y más vueltas; pero en medio de tanta confusión no he
-visto casi más que hombres. He calculado que las mujeres deben estar
-en un lugar aparte; mas no he podido encontrarlo: si es así, ahora me
-haréis la caridad de enseñármelo.
-
---¿Ignoras, hijo mío, que está prohibido el que los hombres entren en
-él, no siendo destinados á prestar sus servicios?
-
---¡Y bien! ¿Qué me puede suceder?
-
---La ley es justa y santa, mi querido amigo; y si la multitud y
-gravedad de los males no permite que se pueda hacer observar con
-todo rigor, ¿es ésta una razón para que un joven honrado se atreva á
-infringirla?
-
---Pero, ¡padre Cristóbal! dijo Renzo; Lucía debía ser mi esposa; vos
-mismo sabéis cómo hemos sido separados; hace veinte meses que sufro, y
-tengo paciencia; he venido aquí á riesgo de una infinidad de cosas, que
-si malas son unas, mucho peores son las otras, y ahora...
-
---No sé qué decirte, replicó el fraile, respondiendo más bien á sus
-pensamientos que á las palabras del joven: tú vas con buena intención;
-¡pluguiera á Dios que todos los que tienen libre acceso en estos
-lugares, se portasen como yo estoy seguro que tú lo harás! Dios, que
-ciertamente bendice ésta tu perseverancia en amar, ésta tu felicidad en
-querer y buscar á la que él te había dado; Dios, que es más riguroso
-que los hombres, pero también más indulgente, no querrá consentir nada
-que no sea regular en este tu modo de buscarla. Recuerda tan solo
-que de tu conducta en este sitio ambos tendremos que dar cuenta, no
-regularmente á los hombres, pero sí á Dios. Sígueme.
-
-Al decir estas palabras se levantó, y Renzo hizo lo mismo. Éste
-permanecía con la mayor atención, habiendo decidido en su interior,
-según se había propuesto antes, el no hablarle de la consabida promesa
-de Lucía. “Si lo llega á saber, pensó entre sí, de seguro me pondrá
-otras dificultades. Ó la encuentro, y tendremos siempre tiempo de
-reflexionar, ó... y entonces, ¿de qué puede servirme?”
-
-Después de haberlo conducido á la entrada de la cabaña, el fraile
-prosiguió diciendo: “Escucha; nuestro padre Félix, que es el presidente
-del lazareto, lleva hoy á unos cuantos convalecientes que se hallan
-aquí, para que hagan cuarentena. ¿Ves esa iglesia que hay en el
-centro?...”, y levantando su mano trémula y descarnada, señalaba á la
-izquierda, en el sombrío espacio, la cúpula de la capilla que dominaba
-las miserables cabañas. “Ellos van á reunirse allí para salir en
-procesión por la puerta por la cual tú debes haber entrado”.
-
---¿Has oído ya algún toque de campana?
-
---En efecto, he oído uno.
-
---Era el segundo; al tercero estarán todos reunidos; el padre Félix
-pronunciará un pequeño discurso, y en seguida emprenderá la marcha con
-ellos. Tú, á esta señal, trasládate allí; procura colocarte detrás de
-la procesión, á una orilla del camino, desde donde, sin estorbar á
-nadie ni hacerte notar, puedes verla pasar; y después ves... ves si
-ella va. Si Dios no ha querido que la pobrecita se encuentre allí, en
-ese lado; y diciendo esto, levantó de nuevo la mano, señalando la parte
-del edificio que tenían delante de sí;--ese lado de la fábrica y una
-porción de terreno que hay enfrente, está asignado á las mujeres. Verás
-una empalizada que divide aquel cuartel de éste, mas interrumpida,
-abierta en algunos parajes, de modo que podrás entrar sin dificultad
-alguna. Cuando estés ya dentro, trata de no hacer nada que pueda dar
-lugar á sospechas; y así será probable que nadie se meta contigo. Con
-todo, si te ponen algún obstáculo, di que el padre Cristóbal de ***
-te conoce y responde de ti. Búscala, búscala con confianza, y... con
-resignación; pues ten presente que lo que has venido á pedir aquí es
-una cosa muy grande, cual es una persona viva en el lazareto. ¿Sabes
-cuántas veces he visto renovarse en estos lugares á mi pobre pueblo?
-¿Cuántas me lo he visto arrebatar? ¿Cuán poco lo he visto salir? Ve
-pues dispuesto á llenar ese penoso sacrificio...
-
---¡Ya!... ¡sí; comprendo! le interrumpió Renzo con extraviados ojos y
-demudado semblante.--¡Comprendo! Voy; miraré, buscaré por todas partes;
-recorreré todo el lazareto... ¡Y si no la encuentro!...
-
---¡Si no la encuentras! dijo el fraile con grave y atento ademán y con
-escrutadora mirada.
-
-Pero Renzo, á quien la cólera, largo tiempo amontonada en su corazón,
-turbaba la vista y quitaba todo respeto, prosiguió: “Si no la
-encuentro, procuraré encontrar á otro, ó en Milán, ó en su abominable
-palacio, ó en el cabo del mundo, ó en el mismo infierno, encontraré á
-ese malvado que nos ha separado, al infame que ha tenido la culpa de
-que Lucía no me permanezca veinte meses hace; y si hubiésemos estado
-destinados á morir, á lo menos hubiéramos muerto juntos. En fin, si aún
-existe, yo daré con él...”.
-
---¡Renzo! replicó el fraile, cogiéndole por un brazo y mirándole
-todavía con más severidad.
-
---Y si lo encuentro, prosiguió Renzo, ciego enteramente de cólera,--si
-es que la peste no me ha hecho ya justicia... Ya se acabó el tiempo
-en que un cobarde rodeado de sus bravos podía reducir á las gentes á
-la desesperación y burlarse de ellas. Ha llegado ya el día en que los
-hombres se encuentran cara á cara: ¡yo me haré justicia! sí, ¡yo mismo
-me la haré!
-
---¡Desgraciado! exclamó el padre Cristóbal, con voz sonora y reforzada
-de repente. “¡Desgraciado!” Y su cabeza inclinada se levantó, sus
-mejillas recobraron la antigua vida, y el fuego que despedían sus
-ojos tenía un no sé qué de terrible. “¡Mira, desgraciado!” Y mientras
-oprimía y sacudía fuertemente con una mano el brazo de Renzo, paseaba
-la otra delante de él, obligándole á contemplar la dolorosa escena
-que tenía á la vista. “¡Mira quién es el que castiga; quién el que
-juzga, y no es juzgado; quién el que impone penas, y perdona! ¡Pero
-tú, miserable gusano, tú, quieres hacerte justicia! ¿Sabes acaso lo
-que es justicia? ¡Vete, infeliz, vete! Yo esperaba... sí; he tenido la
-esperanza de que antes de morir Dios me concedería el consuelo de saber
-que mi pobre Lucía vivía todavía, de verla quizás, de oirla hacerme la
-promesa de que me enviaría una súplica á la huesa en donde descansen
-mis restos mortales. Anda; tú has arrebatado mi esperanza: Dios no la
-ha dejado sobre la tierra para ti; y no tendrás ciertamente la audacia
-de creerte digno de que Dios piense siquiera en consolarte; habrá
-pensado en ella, porque es de las almas á las cuales están reservados
-los goces eternos. ¡Anda! no tengo tiempo de escucharte ya más”.
-
-Al decir estas palabras, rechazó el brazo de Renzo, y se dirigió hacia
-una cabaña de apestados.
-
---¡Ah, padre mío! dijo Renzo, siguiéndole con ademán suplicante,
-¿queréis que me vuelva de este modo?
-
---¡Cómo! repuso el capuchino con no menos severo acento, “¿tendrás la
-osadía de pretender que yo robe el tiempo á esos pobres afligidos, los
-cuales están aguardando que les hable del perdón de Dios, por escuchar
-tus palabras iracundas y tus proposiciones de venganza? Te he prestado
-atención cuando me pedías consuelos y consejos; he quitado el tiempo
-debido á la caridad; mas ahora que se ha apoderado la venganza de tu
-corazón, ¿qué pretendes de mí? Parte. He visto morir á los ofendidos
-perdonando, á los agresores lamentándose de no poder humillarse ante el
-agraviado; he llorado con los unos y con los otros; pero contigo, ¿qué
-he de hacer?”
-
---¡Ah, yo le perdono! ¡Yo le perdono: sí; le perdono para siempre!
-exclamó el joven.
-
---Renzo, dijo el fraile con una severidad más tranquila: piénsalo bien,
-y dime cuántas veces lo has perdonado.
-
-Y habiendo permanecido algunos instantes sin recibir respuesta, inclinó
-de repente la cabeza, y con voz más baja y lenta continuó: “¿Sabes tú
-por qué llevo este hábito?”.
-
-Renzo titubeaba.
-
---¿Lo sabes? repuso el anciano.
-
---Lo sé.
-
---Yo también he odiado; yo, que te he reprendido por un pensamiento,
-por una palabra. Al hombre que aborrecía, que aborrecí largo tiempo, le
-di muerte.
-
---Sí, pero era un poderoso, uno de los...
-
---¡Silencio! gritó el fraile. ¿Crees tú que si hubiese habido alguna
-buena razón para disculpar semejante atentado, no la habría encontrado
-en el espacio de treinta años? ¡Ah, si pudiera ahora introducir en tu
-corazón el sentimiento que después he tenido siempre y que aún ahora
-tengo hacia el hombre que tanto aborrecí! ¡Si yo pudiera!... pero Dios
-lo puede todo: ¡que él lo haga!... Escucha, Renzo; el Señor te quiere
-más de lo que tú te quieres á ti mismo: tú has podido pensar en la
-venganza; pero él tiene bastante fuerza y suficiente misericordia para
-alejarte de ella; te concede una gracia, de la cual algunos no serían
-dignos. No ignoras, y tú mismo lo has dicho repetidas veces, que él
-puede detener la mano de un poderoso; mas es preciso que sepas también
-que puede parar la de un vengativo. Y porque eres pobre, porque te
-han ofendido, ¿crees que no puede defenderte de un hombre que ha
-criado á su semejanza? ¿Juzgas acaso que te dejará hacer todo lo que
-quieras? ¡No! ¿Pero sabes lo que él puede hacer? Puede aborrecerte y
-perderte; puede por ese mal pensamiento que te anima, alejar de ti toda
-bendición; porque de cualquier modo que vayan las cosas, sea cual fuere
-tu suerte, ten por seguro que todo será castigo, hasta que tú hayas
-perdonado de manera que no puedas volver á decir jamás: yo le perdono.
-
---Sí, sí, dijo Renzo, enteramente conmovido y confuso: comprendo que
-jamás lo había perdonado de veras; comprendo que he hablado como una
-bestia, y no como un cristiano; y ahora con el favor especial del
-Señor, sí; lo perdono de todo corazón.
-
---¿Y si le vieses?
-
---Rogaría á Dios que me diese paciencia y que tocase su corazón.
-
---Acuérdate que el Señor no nos ha dicho que perdonemos á nuestros
-enemigos, sino que los amemos. Recuerda que él los amó hasta morir por
-ellos.
-
---Es muy cierto.
-
---Pues bien, sígueme. Has dicho: lo encontraré; sí, lo encontrarás. Ven
-y verás contra quién podías conservar tu odio, á quién podías desear
-mal, á quién hacerlo, y contra qué vida querías atentar.
-
-Después de esto cogió la mano de Renzo, y apretándola del mismo modo
-que hubiera podido hacerlo un joven lleno de fuerza y robustez, echó á
-andar. Éste, sin atreverse á preguntar ni pedir más, le siguió.
-
-Á los pocos pasos, el fraile se paró á la entrada de una cabaña, miró
-fijamente á Renzo con cierto aire de gravedad y ternura, y lo introdujo
-dentro.
-
-La primera cosa que se veía al entrar, era un enfermo sentado sobre la
-paja, en el fondo; un enfermo que no estaba, sin embargo, de peligro, y
-que aún parecía próximo á la convalecencia, el cual, al ver al padre,
-sacudió la cabeza como en señal de negativa: el fraile también inclinó
-la suya, con ademán de tristeza y resignación. Entretanto Renzo,
-dirigiendo con inquieta curiosidad la vista á los demás objetos, vió
-á tres ó cuatro enfermos, divisando además uno en un rincón que yacía
-tendido sobre un colchón de pluma, envuelto en una sábana y abrigado
-con una capa de caballero á guisa de cobertor. Miróle fijamente, y
-reconociendo á D. Rodrigo, hizo ademán de retroceder; mas el fraile,
-haciéndole sentir de nuevo con fuerza la presión de la mano con la
-cual lo tenía cogido, le mostraba con la otra al individuo que estaba
-allí acostado. El infeliz permanecía inmóvil; sus ojos, espantosamente
-abiertos, nada veían; su rostro, pálido y cubierto de manchas lívidas;
-sus labios, negros é hinchados; en una palabra, hubiérase dicho que
-era el semblante de un cadáver, si una contracción violenta no hubiese
-revelado una vida tenaz. Veíase por intervalos levantársele el pecho
-con penosa respiración; su mano derecha, fuera de la capa, apretaba
-convulsivamente el corazón con sus dedos lívidos y negros en sus
-extremidades.
-
---¡Ya lo ves!, dijo el fraile en voz baja y solemne. Esto puede ser
-un castigo, acaso un acto de misericordia. La misma compasión que
-experimentes al presente por este hombre que te ha ofendido, Dios
-á quien también has colmado de ofensas, la tendrá de ti en su día.
-Bendícele, y sé bendecido. Cuatro días hace que está como le ves, sin
-dar ninguna señal de vida. ¡Quizás el Señor esté dispuesto á concederle
-una hora de arrepentimiento, pero él desearía que tú se la pidieses;
-acaso quiere también que se lo ruegues juntamente con nuestra pobre
-Lucía; puede ser que reserve dicha gracia á tu sola súplica, á los
-ruegos de un corazón afligido y resignado, quizás la salvación de este
-hombre y la tuya dependan ahora de ti, de un sentimiento de perdón por
-tu parte, de compasión... de amor!
-
-Calló, y juntando las manos, inclinó la cabeza como en ademán de rezar,
-y Renzo hizo lo mismo.
-
-Después de algunos instantes de permanecer en semejante actitud, se
-dejó oir el tercer toque de la campana. Levantáronse ambos á un mismo
-tiempo, y salieron. No hubo de una ni otra parte preguntas ni protestas
-de ningún género; sus semblantes eran los que hablaban.
-
---Ahora ve, repuso el fraile; ve preparado á hacer un sacrificio, como
-también á alabar á Dios, cualquiera que sea el éxito de tus pesquisas;
-después de lo cual ven á darme cuenta del resultado, los dos á una lo
-alabaremos.
-
-Al acabar de decir esto, sin añadir una palabra más, se separaron; el
-uno se volvió por donde había venido, el otro se encaminó hacia la
-capilla que se hallaba situada á unos cien pasos de distancia de aquel
-paraje.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOCTAVO
-
-
-¡Quién había de haber dicho á Renzo algunas horas antes que en medio de
-sus indagaciones, al empezar los momentos más dudosos y decisivos, su
-corazón se hallaría dividido entre Lucía y D. Rodrigo! Y sin embargo,
-así era: la figura de este último venía á mezclarse á todas las
-imágenes queridas y terribles que en tan fatal travesía la esperanza
-y el temor hacían nacer sucesivamente en su espíritu: las palabras
-que había oído junto á aquel lecho de dolores, se colocaban entre las
-crueles incertidumbres de que su alma se veía combatida, y no podía
-terminar una súplica por el feliz éxito de su empresa sin volver á
-reanudar la que había comenzado, cuando el sonido de la campana lo
-interrumpió.
-
-La capilla de forma octógona que se ostenta, elevada sobre una pequeña
-escalinata en el centro del lazareto, era en su primitiva construcción
-abierta por todos lados sin otro sostén que un montón de pilastras
-ó columnas; en cada fachada un arco entre dos intercolumnios; por
-la parte interior daba vueltas un pórtico alrededor de la capilla,
-compuesta de ocho arcos correspondientes al número de sus fachadas,
-con su cúpula encima; de modo que el altar erigido en el centro podía
-ser visto desde las ventanas de todos los departamentos del recinto y
-también casi de todas partes del campo. Al presente, convertido dicho
-edificio para otros muy diferentes usos, han sido tapiados los vacíos
-de los arcos; pero habiendo quedado intacto el antiguo osario, indica
-claramente su anterior estado y su destino primitivo.
-
-Apenas Renzo se había encaminado al sitio que acabamos de describir,
-cuando vió aparecer en el pórtico de la mencionada capilla al padre
-Félix, el cual se paró debajo del arco que mira á la ciudad, á cuyo
-frente se hallaba reunida la comitiva. Por el continente y ademanes
-que presentaba el santo varón á la distancia en que estaba Renzo,
-comprendió que había empezado á predicar.
-
-Dió vueltas y más vueltas con el fin de llegar y colocarse detrás de
-todo el auditorio según se le había prevenido. Por último habiéndolo
-conseguido, lo recorrió todo con la vista y no distinguió más que una
-multitud, ó mejor diremos un enlosado de cabezas. En el centro había
-cierto número cubiertas con pañuelos ó velos; hacia dicho lado fué
-donde fijó con más atención sus miradas; pero no llegando á descubrir
-nada de particular, las dirigió también hacia donde todos las tenían
-fijas. Sintióse sobrecogido de emoción y respeto á la vista del
-venerable aspecto del sagrado orador, y con toda la atención que podía
-quedarle en su actual situación y en aquel momento de incertidumbre
-terrible, oyó la siguiente parte del solemne sermón:
-
-“Concedamos un recuerdo, á lo menos á tantos millares de seres que han
-entrado allí”; y con el dedo levantado señalaba la puerta que conducía
-al cementerio llamado de _S. Gregorio_, que entonces no era más que
-una sola y vasta fosa: “Echemos una ojeada en torno de los muchos que
-aquí quedan, demasiado inciertos del sitio donde irán á parar; lancemos
-una mirada sobre nosotros mismos, reducidos á un número tan escaso.
-¡Bendito sea el Señor! ¡bendito sea en su justicia, bendito en su
-misericordia, en la muerte, en la vida! ¡Bendito sea por la elección
-que ha querido hacer de nosotros! ¡Oh! ¿Por qué lo ha querido, hijos
-míos, sino para reservarse un pequeño pueblo corregido por la aflicción
-y fortalecido por el reconocimiento; sino porque reflexionando al
-presente más vivamente que la vida es un don suyo, prestemos la
-estimación que merece una cosa dada por él, empleándola en acciones
-ú obras que sean dignas de ofrecérsele; sino á fin de que la memoria
-de nuestros padecimientos nos vuelvan compasivos y nos inspiren deseos
-de socorrer á nuestro prójimo? Entretanto, esos en cuya compañía
-hemos sufrido, esperado y temido; entre los cuales dejamos amigos y
-parientes, y que últimamente todos son hermanos nuestros; esos, repito,
-al veros pasar por medio de ellos, mientras que recibirán quizás algún
-alivio pensando que otros salen de aquí con vida, ven al propio tiempo
-la edificación de nuestro continente. No permita Dios que puedan
-descubrir en nosotros una alegría estrepitosa, una alegría mundana por
-haber escapado de la muerte, con la cual ellos luchan, todavía. Que
-vean que partimos dando gracias al cielo por nosotros, y rogando por
-ellos, y que puedan decir: ¡Aun fuera de este lugar, ellos se acordarán
-de nosotros, y continuarán rogando por los desgraciados! Empecemos
-desde este viaje, desde estos primeros pasos que vamos á dar, una vida
-enteramente llena de caridad. Que los que hayan recobrado su antiguo
-vigor, presten un brazo fraternal á los débiles: ¡jóvenes, sostened á
-los ancianos! ¡Vosotros los que habéis quedado sin hijos, ved á vuestro
-alrededor cuántos hijos han quedado sin padres! ¡Sedlo para ellos! Y
-esta caridad, redimiendo vuestros pecados, endulzará también vuestros
-dolores”.
-
-En esto, un sordo murmullo de gemidos y sollozos que iba cada vez más
-en aumento entre el auditorio, fué suspendido de repente viendo al
-predicador ponerse una cuerda al cuello y caer de rodillas. Se aguardó
-con el mayor silencio lo que iba á decir.
-
---Por mí, dijo, y por todos mis compañeros, que desprovistos de todo
-mérito hemos tenido el privilegio de ser escogidos para servir á Cristo
-en vuestras personas, os pido humildemente perdón si no hemos llenado
-dignamente un tan grande ministerio. Si la pereza, si la indocilidad
-de la carne nos ha vuelto menos atentos á vuestras necesidades, menos
-prontos á vuestros llamamientos; si una injusta impaciencia, si un
-culpable tedio nos ha hecho que os mostremos un semblante enojado y
-severo; si alguna vez el miserable pensamiento de que vosotros nos
-necesitabais, nos ha llevado á no trataros con toda aquella humanidad
-que se requería; si nuestra fragilidad nos ha hecho cometer alguna
-acción que os haya escandalizado, perdonadnos. Así Dios perdone
-vuestras ofensas y os bendiga. Y habiendo hecho sobre el auditorio la
-señal de la cruz, se levantó.
-
-Hemos podido referir, si no las precisas palabras, á lo menos el
-sentido, el tema de las que profirió exactamente; pero el acento
-con que fueron dichas, no es posible describirlo. Era el acento de
-un hombre que llamaba privilegio el de servir á los atacados de la
-peste, porque por tal lo tenía; que confesaba que sentía no haberlo
-ejercido dignamente; que pedía perdón porque estaba persuadido que
-tenía necesidad de él. Pero la multitud, que había visto á su alrededor
-aquellos capuchinos sólo ocupados en servirla; que habían presenciado
-la muerte de tan gran número, y éste que hablaba en nombre de todos,
-siempre el primero tanto en la fatiga como en la autoridad, á no ser
-cuando había estado á punto de morir, ¡calcúlese con qué sollozos, con
-qué lágrimas contestarían á semejantes palabras! El admirable fraile
-tomó en seguida una cruz que estaba apoyada á una pilastra; la levantó
-colocándosela delante de sí; dejó las sandalias junto al pórtico
-exterior, bajó la escalinata; y hendiendo la multitud, que se apartó
-respetuosamente para dejarle libre el paso, fué á ponerse á la cabeza.
-
-Renzo, todo lloroso, ni más ni menos que si hubiera sido uno de
-aquellos á quienes habían pedido tan singular perdón, se separó un poco
-más, yendo á colocarse al lado de una cabaña. Allí estuvo esperando,
-medio oculto, con el cuerpo hacia atrás, la cabeza para adelante, los
-ojos muy abiertos, con una gran palpitación de corazón; pero al mismo
-tiempo con una nueva y particular confianza, nacida, á mi parecer, del
-enternecimiento que le había inspirado el sermón y el espectáculo de la
-emoción general.
-
-Y ve ahí llegar el padre Félix, descalzo, con la cuerda al cuello,
-llevando aquella pesada cruz; su rostro pálido y descarnado respiraba
-á la vez compunción y valor; avanzaba á pasos lentos, pero resueltos
-como el que quiere economizar la debilidad de los demás, y en todo como
-un hombre á quien dichas fatigas y trabajos exorbitantes prestaban
-fuerzas para sostener las faenas tan numerosas de su cargo. Seguían
-inmediatamente los niños más crecidos, descalzos la mayor parte, muy
-pocos del todo vestidos, y algunos hasta en camisa. Venían en seguida
-las mujeres, llevando casi todas una niña de la mano, y cantando
-alternativamente el _Miserere_: el sonido apagado de sus voces, la
-palidez y el aire lánguido de sus rostros habrían llenado de compasión
-á cualquiera que se hubiese encontrado allí como simple espectador.
-Pero Renzo miraba, examinaba de fila en fila, de semblante en
-semblante; sin dejar escapar uno tan solo, pues la marcha lenta de la
-procesión se lo permitía fácilmente. Pasa y repasa, mira y remira, pero
-siempre inútilmente. Lanza una última mirada hacia la muchedumbre que
-quedaba todavía atrás, y que iba disminuyendo sin cesar; ya no restan
-más que algunas filas; he aquí la postrera; todas han pasado: no ha
-visto más que caras desconocidas. Con los brazos colgando y la cabeza
-inclinada sobre un hombro, acompañó con la vista aquella comitiva,
-mientras pasa la de los hombres. Una nueva atención, una nueva
-esperanza nace en su alma viendo aparecer después de éstos, algunos
-carros que conducían á los convalecientes que aún no se hallaban en
-estado de poder andar. Allí las mujeres venían las últimas; y el tren
-iba tan despacio, que Renzo pudo igualmente examinarlas á todas sin
-que se le escapase ninguna. ¡Pero qué!, examina el primer carro, el
-segundo, el tercero, y siempre con el mismo éxito, hasta llegar al
-último, detrás del cual marchaba un capuchino de severo aspecto y con
-un bastón en la mano, como regulador de la comitiva. Era aquel padre
-Miguel que hemos dicho haber sido dado al padre Félix por coadjutor.
-
-Por lo tanto, Renzo debía renunciar á aquella última esperanza que,
-desvaneciéndose, no sólo le había arrebatado el valor que ella misma le
-inspiró, sino también, como de ordinario suele acontecer, le dejó en un
-estado peor que antes. Al presente, lo mejor que le podía suceder, era
-encontrar á Lucía atacada de la peste. Sin embargo, uniendo al ardor
-de una esperanza presente algo del temor creciente, el infeliz se asió
-con todas las fuerzas de su alma á este triste y débil hilo. Dirigióse,
-pues, hacia el paraje por donde la procesión había venido. Cuando
-estuvo al pie de la capilla, fué á ponerse de rodillas sobre el último
-escalón, y elevó á Dios una plegaria, ó por mejor decir, una mezcla
-de palabras sin ilación, de frases entrecortadas, de exclamaciones,
-instancias, lamentos, promesas; uno de esos discursos que no se dirigen
-á los hombres, porque no tienen bastante penetración para entenderlos,
-ni paciencia para escucharlos; porque carecen de la grandeza necesaria
-para experimentar compasión y desprecio.
-
-Se levantó un poco más reanimado; dió vuelta á la capilla; se encontró
-en el otro lado del edificio que aún no había recorrido, y que salía
-á otra puerta, viendo á los pocos pasos la empalizada de la cual el
-padre Cristóbal le había hablado, pero cortada por varias partes, como
-éste verdaderamente le dijo; entró pues por una de dichas aberturas,
-y se halló dentro del sitio destinado á las mujeres. Á poco de haber
-andado, vió en el suelo una de aquellas campanillas que los _monatti_
-llevaban en los pies, la cual estaba intacta, no faltándole tampoco
-sus correspondientes correas. Le vino á la imaginación que dicho
-objeto podía servirle como de pasaporte; lo recogió, miró si alguien
-le observaba, y se lo ató según lo hacían los expresados _monatti_.
-En seguida empezó sus pesquisas, que por la sola multiplicidad de los
-objetos habrían de ser más penosas, aun cuando éstas hubieran sido muy
-diferentes de lo que eran. Comenzó á recorrer con la vista y contemplar
-á la vez nuevas escenas de dolor, parecidas algunas á las que ya había
-presenciado, y otras sumamente diversas. Bajo el peso de la misma
-calamidad, se veía aquí otro modo de padecer, ó mejor diremos, otro
-modo de languidecer, de quejarse, de soportar el dolor, de compadecerse
-y ayudarse mutuamente; era para el espectador otra piedad y otro horror.
-
-Había andado ya largo trecho sin fruto y sin ningún accidente
-particular, cuando he aquí que oye detrás de sí un “¡eh!” que parecía
-serle dirigido. Se vuelve, y ve á cierta distancia á un comisario que
-levantaba las manos señalándole y gritando: “Dirigíos allí, á las
-habitaciones, pues hay necesidad de ayuda; aquí se ha concluido ahora
-de limpiar”.
-
-Renzo comprendió al instante por quién se le había tomado, y que
-la campanilla era la causa de la equivocación. Llamóse imbécil por
-haber pensado únicamente en los obstáculos que dicha insignia podía
-evitarle, y no en los que sería posible que le suscitase; pero al mismo
-tiempo trató de salir de semejante apuro. Se apresuró de contestar al
-mencionado comisario, haciéndole con la cabeza una señal afirmativa,
-como para darle á entender que lo había comprendido y que obedecía;
-después de lo cual se ocultó de su vista con la mayor prontitud,
-metiéndose entre las cabañas.
-
-Cuando creyó estar bastante lejos, reflexionó en librarse también
-de lo que había motivado el pasado escándalo; y para ejecutar dicha
-operación sin ser observado, se introdujo en un pequeño espacio que
-había entre dos cabañas, á las cuales se podía dar la vuelta alrededor.
-Se inclinó para quitarse la campanilla, y estando en esta postura, con
-la cabeza apoyada contra la pared de paja de una de las cabañas, llega
-á sus oídos una voz... ¡Oh, Dios mío! ¿es posible? Presta atención, y
-toda su alma pende en este momento de su oído; él respira apenas...
-¡Sí, sí, ésta es la voz y!... “¡Miedo!, ¿de qué?, decía con dulzura la
-misma voz; lo que hemos pasado no ha sido más que una tempestad; el que
-ha mirado por nosotros hasta aquí, lo hará también en adelante”.
-
-Renzo no arrojó siquiera un solo grito, no por temor de que le
-descubrieran, sino porque le faltó el aliento. Sus rodillas se
-doblaron, su vista se turbó; pero esto no fué más que en el primer
-momento; al segundo estaba ya en pie más ágil, más vigoroso que antes.
-En tres saltos dió vuelta á la cabaña, se presentó á la puerta, vió á
-la que había hablado, la divisó de pie inclinada sobre un miserable
-lecho. Ella se vuelve al ruido: mira; cree engañarse, delirar, soñar;
-mira con más atención, y exclama: “¡Oh; Señor, bendito seáis!”.
-
---¡Lucía! ¡Ya os he encontrado!, ¡os encuentro!, ¡sois vos misma!,
-¡vivís!, gritó Renzo avanzando todo trémulo.
-
---¡Oh, Señor!, replicó Lucía, mucho más trémula. ¡Vos aquí! ¿Como?,
-¿por qué?... ¡La peste!...
-
---La he tenido: ¿y vos?
-
---¡Ah!, yo también; ¿y mi madre?
-
---Aún no la he visto, porque está en Pasturo; sin embargo, creo que
-sigue bien. ¡Pero vos!... ¡todavía estáis padeciendo! ¡Parece que
-seguís débil! Con todo, estáis curada; lo estáis; ¿no es cierto?...
-
---El Señor ha dispuesto dejarme en el mundo. ¡Ah, Renzo!, ¿por qué
-habéis venido?
-
---¿Por qué?, repuso Renzo, acercándose más á ella: ¡me preguntáis por
-qué he venido! ¿Es necesario que yo os lo diga? ¿Por ventura no me
-llamo ya Renzo? ¿No sois vos Lucía?
-
---¡Ah! ¡Qué decís, qué decís! ¿No os ha escrito mi madre?...
-
---Sí; demasiado me ha escrito; ¡bonitas cosas en efecto ha escrito á un
-infeliz afligido y fugitivo, á un joven que jamás os había hecho daño
-alguno!
-
---¡Pero Renzo, Renzo! Pues que sabéis... ¿por qué venir, por qué?
-
---¡Por qué venir, Lucía; por qué venir!, decís. ¡Después de tantas
-promesas! ¿Es que nosotros no somos ya los mismos?, ¿ellas no os
-recuerdan nada? ¿Qué faltaba, pues?
-
---¡Oh, Señor!, exclamó dolorosamente Lucía, juntando las manos y
-elevando los ojos al cielo: ¡por qué no me habéis dispensado la gracia
-de llevarme con vos!... ¡Oh, Renzo!, ¿qué habéis hecho? ¡Ay de mí!
-Ahora que empezaba á tener la esperanza... de que con el tiempo...
-hubiera echado de mi memoria...
-
---¡Magnífica esperanza!, ¡hermosas cosas para decirme cara á cara!
-
---¡Ah! ¿Qué habéis hecho?, ¡y en este lugar!, ¡en medio de estas
-escenas, de tantas miserias! Aquí en donde no se hace más que morir,
-habéis podido...
-
---Es preciso rogar á Dios por los que mueren y confiar que irán á un
-buen lugar; pero no es justo, por lo mismo, que los que viven lo hagan
-desesperadamente...
-
---Pero, ¡Renzo, Renzo!, no reflexionáis lo que decís: ¡una promesa á la
-Madonna!... ¡un voto!
-
---Y yo os digo que tales promesas nada valen.
-
---¡Oh, Dios mío! ¿Qué estáis diciendo?, ¿dónde os habéis metido todo
-este tiempo?, ¿con quién os habéis acompañado?, ¿qué modo de hablar es
-éste?
-
---Hablo como buen cristiano: hago más favor á la Madonna que vos,
-porque creo que ella no quiere que se le hagan promesas en perjuicio
-del prójimo. ¡Si la Madonna lo hubiese dispuesto! ¡Oh!, entonces...
-Pero esto no ha sido más que una idea vuestra. ¿Sabéis lo que es
-necesario prometer á la Madonna? Prometed que daremos el nombre de
-María á la primera hija que tengamos: yo me hallo aquí para prometerlo
-también: éstas son cosas que honran mucho más á la Madonna; éstas
-son las devociones que tienen mucho más sentido común, y no son en
-perjuicio de tercero.
-
---No, no; no penséis de este modo: no sabéis lo que os decís; ignoráis
-lo que es hacer un voto; no estáis en este caso; no lo habéis
-experimentado. ¡Marchaos, marchaos, por amor de Dios!
-
-Y se apartó impetuosamente de él, dirigiéndose hacia el lecho.
-
---¡Lucía, dijo Renzo sin moverse; decidme á lo menos, decidme, ¿si no
-fuese por esa causa... seriáis la misma para mí?
-
---¡Hombre sin corazón!, respondió Lucía, conteniendo apenas sus
-lágrimas; ¡cuando me habréis hecho decir palabras inútiles, palabras
-que me harán daño, palabras que acaso serán pecados, estaréis contento!
-¡Partid! ¡oh, partid!, ¡olvidadme!, ¡se conoce que no estábamos
-destinados el uno para el otro! Arriba nos volveremos á ver: poco me
-resta que estar en este mundo. Partid; procurad hacer saber á mi madre
-que estoy curada, que también aquí Dios me ha asistido siempre, que he
-encontrado una buena alma, esta digna señora que me sirve de madre;
-decidle que confío que ella habrá sido preservada del contagio, y que
-nos veremos, cuando y como Dios quiera. ¡Marchad por el amor del
-cielo! y no penséis en mí... sino cuando rogareis al Señor.
-
-Y como quien no tiene otra cosa que decir ni quiere oir nada más, como
-el que desea sustraerse á un peligro, se aproximó todavía más al lecho
-en donde yacía la mujer de quien había hablado.
-
---¡Escuchad, Lucía, escuchad!, dijo Renzo, no acercándose, sin embargo,
-más.
-
---No, no; ¡idos, por caridad!
-
---Escuchad: el padre Cristóbal...
-
---¿Cómo?
-
---Está aquí.
-
---¡Aquí!, ¿dónde?, ¿cómo lo sabéis?
-
---Le he hablado pocos momentos hace; he permanecido en su compañía
-largo rato; y un religioso tal como él me parece...
-
---¡Está aquí!, seguramente para asistir á los enfermos; mas decidme:
-¿ha tenido la peste?
-
---¡Ah, Lucía! Temo, temo demasiado que... Y mientras que Renzo vacilaba
-en pronunciar una palabra tan dolorosa para él, y que debía también
-serlo tanto para Lucía, ésta se había separado de nuevo del lecho, y se
-aproximaba á Renzo.--¡Temo que la tenga ya encima!
-
---¡Oh, infeliz y santo hombre! ¿Pero qué digo? ¡Pobre hombre!
-¡Desgraciados de nosotros! ¿Y cómo está?, ¿guarda cama?, ¿está bien
-asistido?
-
---Está levantado, anda, asiste á los demás; pero, ¡si lo vierais, qué
-color, con qué dificultad se sostiene! He visto tantos y tantos, que
-desgraciadamente... no se puede uno engañar.
-
---¡Oh, pobres de nosotros! ¿Y se halla precisamente aquí?
-
---Sí, y muy cerca: poco más que de mi casa á la vuestra... si os
-acordáis.
-
---¡Oh, Virgen Santísima!
-
---Bien; poco más. Ya podréis juzgar si habremos hablado de vos. ¡Me ha
-dicho tantas cosas!... ¡Y si supieseis lo que me ha hecho ver! Ya lo
-sabréis; mas ahora quiero empezar por repetiros lo que él mismo con su
-propia boca me ha dicho. En primer lugar ha sido de su aprobación el
-que venga á buscaros, diciéndome que el Señor quiere que un joven obre
-de este modo; y que él me ayudaría á encontraros, como así ha sido. En
-fin, es un santo. Por lo tanto, ya lo veis.
-
---Pero si él ha dicho esto, es porque no sabe...
-
---¿Y cómo queréis que sepa las cosas que habéis hecho por vuestro
-antojo, sin juicio y sin el parecer de nadie? Un hombre excelente, una
-persona de sentido como él, no va á pensar semejantes cosas. Pero lo
-que él me ha hecho ver... Y le refirió su visita á la cabaña. Aunque
-los sentidos y el espíritu de Lucía estuviesen familiarizados en
-aquella mansión con las más fuertes impresiones, estaba, sin embargo,
-sobrecogida de horror y de compasión.
-
---Y en dicha cabaña, prosiguió Renzo, habló también como un oráculo.
-Ha dicho que el Señor ha resuelto quizás perdonar á ese infortunado...
-(al presente no puede darle otro nombre)... que él espera cogerle en un
-momento favorable; pero quiere al mismo tiempo que nosotros dos juntos
-roguemos por él... ¡Juntos!, ¿habéis comprendido?
-
---Sí, sí, rogaremos cada uno donde el Señor disponga que nos hallemos;
-él sabe unir las oraciones.
-
---Pero ¡si os digo sus palabras!...
-
---Mas, Renzo, él no sabe...
-
---¿Pero no comprendéis que es un santo cuando habla, y que el Señor
-es también el que le hace hablar?, y que no lo hubiera verificado si
-esto no debiese ser justamente así... ¿Y el alma de ese desgraciado?
-Yo he rogado ya y rogaré por él; lo he hecho de todo corazón, lo mismo
-que si hubiese sido hermano mío. Mas ¿cómo queréis que esté en el otro
-mundo el infeliz, si en éste no se arregla alguna cosa, y no se reparan
-en cierto modo los males que él ha causado? Si vos os dais á razón,
-entonces todo será como antes: lo que ha sucedido no tiene remedio: él
-lo ha pagado aquí.
-
---No, Renzo, no: el Señor no quiere que obremos mal con el fin de
-excitar su misericordia. Dejad ese infeliz á su cuidado: por lo que
-á nosotros hace, nuestro deber es rogar por él. Si hubiese muerto en
-aquella fatal noche, entonces Dios no hubiera podido perdonarte; ¿y si
-aún existo, si he sido salvada?...
-
---Y vuestra madre, esa pobre Inés, que tanto me ha querido siempre,
-que tan ansiosa estaba de vernos casados, ¿no os ha dicho también que
-vuestra promesa era muy insensata; ella, que os ha hecho entender
-la razón en otras ocasiones, porque en ciertas cosas piensa más
-juiciosamente que vos?...
-
---¡Mi madre!, ¡queréis que mi madre me haya aconsejado el faltar á mi
-voto! ¡Renzo!, ¿estáis en vuestro juicio?
-
---¡Oh!, ¿queréis que os lo diga? Vosotras las mujeres no podéis saber
-estas cosas. El padre Cristóbal me ha dicho que vuelva á verle, con el
-fin de participarle si os he encontrado ó no. Voy allá; veremos, pues,
-lo que él dice.
-
---Sí, sí; id á encontrar á ese santo hombre; decidle que ruego por él,
-y que lo haga á su vez por mí; ¡pues tengo tanta necesidad de ello!
-Pero por el amor de Dios, por la salvación de vuestra alma y de la mía,
-no vengáis más aquí á causarme daño, á... tentarme. El padre Cristóbal
-os lo sabrá explicar todo, y haceros volver en vos, restituyendo la paz
-en vuestro corazón.
-
---¡La paz en mi corazón! ¡Oh, quitaos esto de la cabeza! Esta
-palabrota ya me la habéis hecho escribir una vez; sé lo que me ha hecho
-también padecer; y al presente tenéis todavía valor de decírmela.
-Pues bien, yo os declaro lisa y llanamente que jamás tendré paz en mi
-corazón. Queréis olvidaros de mí, y yo no de vos; y os aseguro que
-si me hacéis perder la razón, no volveré á recobrarla ya nunca más.
-Mandaré al diablo el oficio y la buena conducta; ya que tenéis gusto
-en que viva rabiando toda mi vida, será como deseáis... ¡Y aquel
-desgraciado! Dios sabe si lo he perdonado de corazón; pero vos...
-¿queréis hacerme pensar por ventura que él no era el que?... ¡Lucía, me
-habéis dicho que os olvide! ¡Olvidaros yo! ¿Y cómo hacerlo?, ¿en quién
-creéis que yo haya pensado en todo este tiempo? ¡Y después de tantas
-cosas, después de tantas promesas! ¿Pero qué os he hecho yo desde que
-nos separamos? ¿Me tratáis así porque he padecido, porque he tenido una
-multitud de desgracias, porque todo el mundo me ha perseguido, porque
-he pasado tanto tiempo fuera de mi casa, triste y lejos de vos, porque
-desde el momento en que me ha sido posible he venido á buscaros?
-
-Cuando el llanto permitió hablar á Lucía, exclamó juntando de nuevo
-las manos, y elevando al cielo sus ojos preñados de lágrimas: “¡Virgen
-Santísima, favorecedme! Vos sabéis que después de aquella terrible
-noche, no he pasado un momento más cruel que éste. ¡Vos que me
-socorristeis entonces, prestadme también ahora vuestra ayuda!”.
-
---Sí, Lucía, hacéis bien en invocar á la Madonna; mas, ¿por qué queréis
-creer que ella tan buena, siendo como es, madre de misericordia,
-pueda complacerse en hacernos sufrir... á mí á lo menos... por una
-palabra que se os ha escapado en un momento en que no sabíais lo que
-os decíais? ¿Podéis imaginar que os socorriera entonces para dejaros
-después metida en un berenjenal?... Si por el contrario, todo esto
-no es más que una excusa, si es que he llegado á seros odioso...
-decídmelo... hablad francamente.
-
---Por piedad, Renzo, por piedad; acabad, acabad; no me hagáis morir:
-éste no sería el momento más á propósito. Id á ver al padre Cristóbal;
-recomendadme á él: no volváis más, no volváis más aquí.
-
---Voy; ¡pero creéis que yo no vuelva! Pues volveré aun cuando fuese al
-fin del mundo; sí, volveré. Y dicho esto desapareció.
-
-Lucía fué á sentarse, ó más bien se dejó caer en el suelo junto al
-lecho, y descansando sobre él su cabeza, continuó llorando amargamente.
-La mujer que hasta entonces había permanecido con los ojos abiertos y
-el oído atento, sin respirar, preguntó qué aparición, qué debates, qué
-llantos eran aquéllos. Pero el lector quizás pregunte también por su
-parte, quién era dicha mujer; mas para satisfacerle, vamos á decírselo
-en pocas palabras.
-
-Era una rica mercadera que contaría apenas unos treinta años. En el
-espacio de algunos días había visto morir en su casa al marido y á
-todos los hijos; de allí á poco, atacada también ella de la peste,
-había sido conducida al lazareto y colocada en aquella miserable
-cabaña, al tiempo que Lucía, después de haber superado sin apercibirse
-la furia del mal, y mudado igualmente sin notarlo varias veces de
-compañía, empezaba á mejorar y recobrar el conocimiento que había casi
-perdido desde el primer acceso de la enfermedad en la misma casa de D.
-Ferrante. La humilde cabaña no podía contener más que dos personas;
-y entre estas dos mujeres afligidas, abandonadas, solas en medio de
-tan inmensa multitud, había nacido á un mismo tiempo una intimidad,
-una afección, que apenas hubiera podido tener lugar habiendo vivido
-juntas largo tiempo. Bien pronto Lucía se vió en estado de cuidar á su
-compañera, que estuvo á las puertas de la muerte. Al presente, que se
-hallaba ya fuera de peligro, se hacían compañía, se velaban y animaban
-recíprocamente, habiéndose prometido una á otra que no saldrían más que
-juntas del lazareto, como también habían tomado varias medidas para no
-separarse después de su salida. La mercadera, que había dejado bajo la
-custodia de un hermano, comisario de sanidad, su casa, almacén y caja,
-todo ello muy bien provisto, iba á encontrarse sola y triste dueña de
-mucho más de lo que necesitaba para vivir cómodamente: por lo tanto,
-quería llevarse consigo á Lucía, y mirarla como á una hija ó hermana.
-Ésta se había adherido á dicho pensamiento; ¡imagínese con qué gratitud
-hacia su amiga y para con la Providencia!, pero únicamente hasta
-tanto que tuviese noticias de su madre, y saber, como lo esperaba,
-su voluntad. Por lo demás, como era tan reservada, no había dicho
-una palabra de su promesa de casamiento, ni de sus extraordinarias
-aventuras. Pero en la actualidad, en medio de su grande agitación,
-tenía á lo menos tanta necesidad de aliviarse de su terrible peso,
-como la otra deseos de enterarse; por lo cual, estrechando entre sus
-dos manos la derecha de su amiga, se puso en seguida á satisfacer á su
-demanda, sin otra detención más que los sollozos, que por intervalos
-interrumpían el uso de su palabra.
-
-Entretanto Renzo se dirigía apresuradamente al encuentro del buen
-fraile. Con un poco de atención, y no sin algunos pasos perdidos,
-consiguió llegar al fin. Encontró la cabaña; pero no al digno fraile
-en ella: mas buscando y dando vueltas á los alrededores, lo divisó en
-una barraca, que inclinado hasta el suelo y casi de bruces, estaba
-administrando sus deberes á un moribundo. Renzo se detuvo y esperó
-silenciosamente. Poco después vió que cerraba los ojos á aquel infeliz,
-arrodillarse en seguida y orar un momento, y luego levantarse. Entonces
-Renzo echó á andar y le salió al encuentro.
-
---¡Oh!, dijo el fraile al verle: ¿qué hay?
-
---Existe; la he hallado.
-
---¿En qué estado?
-
---Curada, ó á lo menos levantada.
-
---¡El Señor sea loado!
-
---Pero..., dijo Renzo cuando estuvo cerca del capuchino, para poderle
-hablar en voz baja. Hay otra dificultad.
-
---¿Cómo?
-
---Quiero decir que... Ya sabéis cuán buena es la pobre joven; mas
-algunas veces es un poco testaruda. Después de tantas promesas, después
-de lo que ignoráis, sale ahora con que no quiere casarse conmigo,
-porque dice... qué sé yo... que en aquella noche que tuvo tanto miedo
-perdió la cabeza, y se... como si dijéramos, se prometió á la Madonna.
-Éstas son cosas que nada significan, ¿no es verdad? Cosas buenas para
-quien sabe y tiene medio de hacerlas; pero, ¡para nosotros, gente
-ordinaria, que no sabemos cómo deben hacerse!... ¿es cierto que no
-valen?
-
---Dime, ¿está muy lejos de aquí?
-
---¡Oh!, no: á pocos pasos de la iglesia.
-
---Espérame aquí un momento, dijo el fraile, y después nos iremos juntos.
-
---Queréis decir que le haréis comprender...
-
---No lo sé, hijo mío; es preciso que oiga lo que me diga.
-
---Comprendo, contestó Renzo, y permaneció con la vista fija en el
-suelo, y los brazos cruzados sobre el pecho, tascando con impaciencia
-su incertidumbre, que había quedado en pie. El fraile fué de nuevo en
-busca del padre Víctor, rogó que le supliera de nuevo un poco más,
-entró en su cabaña, salió con una espuerta debajo del brazo, volvió por
-Renzo, y le dijo: “Vamos”, y marchó delante de él, encaminándose á la
-cabaña, donde poco antes habían entrado juntos. Esta vez entró solo, y
-después de un momento apareció diciendo: “¡Nada!, roguemos, roguemos
-por él”. Luego repuso: “Ahora guíame”.
-
-Y sin añadir una sola palabra más, se pusieron en camino.
-
-El tiempo se había ido oscureciendo cada vez más, y anunciaba una
-próxima é inminente tempestad. Rápidos relámpagos, hendiendo la
-oscuridad siempre creciente, alumbraban con un fulgor instantáneo los
-prolongados techos y las arcadas de los pórticos, la cúpula de la
-capilla y los humildes remates de las cabañas; por último, el repetido
-estruendo del trueno recorría, formando con su resplandor espantosas
-culebrillas, de una región del cielo á otra. El joven marchaba el
-primero, atento al camino, con una grande impaciencia por llegar,
-pudiendo apenas aflojar el paso para medirlo á las fuerzas del que le
-seguía, el cual medio muerto de fatiga, abrumado por el mal, oprimido
-por el desfallecimiento, andaba penosamente, elevando, de vez en
-cuando, al cielo su marchito semblante, como para poder respirar con
-más libertad.
-
-Cuando Renzo hubo llegado delante de la cabaña se detuvo, volvió atrás
-su vista, y con trémulo acento dijo: “Aquí es”.
-
-Entran; y... “Míralos”, exclama la mujer que yacía en el lecho. Lucía
-se vuelve, se levanta con precipitación, y corre al encuentro del
-anciano gritando: “¡Oh, qué veo, padre Cristóbal!”.
-
---¡Y bien, Lucía!, ¡de cuántas angustias os ha librado el Señor!
-¡Debéis ser bien dichosa de haber confiado siempre en él!
-
---¡Oh!, sí; pero, ¿y vos, padre mío? ¡Pobre sacerdote! ¡Cuán cambiado
-estáis!, ¿cómo os sentís?, decidme, ¿cómo os sentís de salud?
-
---Como Dios quiere, y como por su gracia también quiero yo, respondió
-el fraile con sereno rostro. Dichas las anteriores palabras, la llamó
-aparte, y añadió: “Escuchad, yo no puedo permanecer aquí más que breves
-instantes: ¿estáis dispuesta á confiaros á mí como en otro tiempo?”.
-
---¡Oh!, ¿no sois siempre mi padre?
-
---Pues bien, hija mía, decidme: ¿qué voto es ése del cual me ha hablado
-Renzo?
-
---Es una promesa que he hecho á la Madonna de no casarme jamás.
-
---Mas, ¿no reflexionasteis que ibais á ligaros por medio de un
-juramento?
-
---Como se trataba del Señor y de la Madonna... no he reflexionado.
-
---El Señor, hija mía, agradece los sacrificios y ofrecimientos cuando
-los hacemos por nuestro propio bien: lo que él quiere es el corazón, la
-voluntad; pero vos no podíais ofrecer la voluntad de otro hacia quien
-estabais obligada.
-
---¿He obrado mal, por ventura?
-
---No, pobre niña, no. Creo además que la Santa Virgen habrá agradecido
-la intención de vuestra alma afligida, ofreciéndola á Dios en lugar
-vuestro. Mas decidme, ¿no habéis pedido parecer á nadie?
-
---No pensé que obraba mal para confesarme de ello; y lo poco bien que
-uno pueda obrar, es sabido que no es conveniente vociferarlo.
-
---¿No tenéis ningún otro motivo que os impida cumplir la promesa hecha
-á Renzo?
-
---En cuanto á esto... por lo que á mí toca... ¿qué motivo?... Yo no
-podré decir... nada más, respondió Lucía, con cierta vacilación, que
-anunciaba sólo una incertidumbre en su pensamiento; y su rostro,
-descolorido aún por la enfermedad, se cubrió de repente del más vivo
-sonrosado.
-
---¿Creéis, replicó el anciano con los ojos bajos, que Dios ha concedido
-á su Iglesia la autoridad de redimir y condenar, según que pueda
-resultar de ello un bien mucho mayor, las deudas y obligaciones que los
-hombres puedan haber contraído con él?
-
---Sí, lo creo.
-
---Tened, pues, entendido, que encargados de las almas en este lugar,
-estamos revestidos de los más amplios poderes para los que recurran á
-nosotros; y en su consecuencia puedo, si lo pedís, relevaros de todas
-las obligaciones que hayáis contraído por medio del voto hecho.
-
---¿Pero no es cometer un pecado el desdecirse y arrepentirse de una
-promesa hecha á la Virgen? Yo la he hecho de todo corazón... dijo Lucía
-violentamente agitada y asaltada de una (bueno será que lo digamos)
-de una esperanza impensada, redoblando la oposición de un error
-fortalecido por todos los pensamientos que constituían hacía ya mucho
-tiempo la principal ocupación de su espíritu.
-
---¡Pecado, hija mía!, dijo el fraile: ¡pecado el recurrir á la Iglesia
-y pedir á su ministro que haga uso de la autoridad con que le ha
-facultado, y que ella ha recibido de Dios! He visto que habéis sido
-hechos para estar reunidos; y á la verdad, si alguna vez ha podido
-parecerme que dos almas hubiesen podido ser unidas por Dios, éstas son
-las vuestras. En la actualidad, no veo por qué Dios querría separaros;
-y yo le bendigo, aunque indigno, por haberme concedido el poder de
-hablar en su nombre y de devolveros vuestra palabra. Si me pedís que os
-declare relevada de vuestro voto, no vacilaré en hacerlo, y aun deseo
-que me lo pidáis.
-
---Entonces... si es así... os lo suplico, dijo Lucía con un semblante
-que no aparecía turbado más que por el pudor.
-
-El fraile llamó por medio de una seña al joven, que permanecía retirado
-á bastante distancia en un extremo mirando fijamente, ya que no podía
-oir la conversación que tanto le interesaba. Cuando se hubo acercado,
-el buen fraile dijo en voz alta á Lucía: “Con la autoridad que tengo de
-la Iglesia os declaro relevada del voto de virginidad, anulando lo que
-puede tener de inconsiderado, y librándoos de todas las obligaciones
-que podéis haber contraído”.
-
-Figúrese el lector de qué modo semejantes palabras resonarían en los
-oídos de Renzo. Dió gracias vivamente con los ojos al que las había
-proferido; y en seguida buscó, pero en vano, los de Lucía.
-
---Volved con tranquilidad y confianza á vuestras ideas primitivas,
-continuó diciendo el capuchino: impetrad nuevamente del Señor las
-gracias que le pedíais para ser una santa esposa; y confiad que os las
-concederá con más abundancia después de tantas desgracias. Y tú, dijo
-dirigiéndose á Renzo, acuérdate, hijo mío, que si la Iglesia te da esta
-compañera, no lo hace para procurarte un goce temporal y mundano, el
-cual aunque fuese absoluto y sin mezcla de ningún disgusto, tendría
-siempre que concluir en una grande aflicción al tiempo de separaros;
-su objeto, pues, se cifra sólo en dirigiros á ambos por el camino de
-los goces que no tendrán fin. Amaos como compañeros de viaje, con el
-pensamiento de tener que abandonaros uno á otro, y con la esperanza
-de volveros á reunir para siempre. Dad gracias al cielo, que os ha
-colocado en esta situación, no por medio de goces turbulentos y
-pasajeros, sino al través de trabajos y desgracias, para disponeros el
-que disfrutéis de una alegría completa y tranquila. Si Dios os concede
-hijos, cuidad de educarlos para él; imbuidles el que le amen, como
-también el que profesen estimación á los demás hombres, pues de este
-modo los podréis guiar bien en todo y por todo. ¡Lucía! ¿os ha dicho, y
-á esto señalaba á Renzo, á quién ha visto?
-
---¡Oh, padre mío! Sí, me lo ha dicho.
-
---Vosotros rogaréis por él, no dejéis de hacerlo, y también por mí...
-¡Hijos míos! quiero que tengáis un recuerdo del pobre fraile (y al
-decir esto sacó de su espuerta una especie de caja de madera ordinaria,
-pero labrada y muy bien pulimentada, conociéndose en su minucioso
-trabajo la paciencia de un capuchino). Aquí dentro está el resto de
-aquel pan, el primero que pedí por caridad, y del que tanto habéis
-oído hablar; yo os lo dejo en memoria; enseñádselo á vuestros hijos:
-ellos vendrán á un mundo bien triste, á un siglo doloroso, en medio
-de orgullosos y provocadores. Decidles que perdonen siempre, y todo;
-hacedles que rueguen por el pobre fraile.
-
-Dicho esto presentó la caja á Lucía, que la tomó con el mayor respeto,
-como si hubiese sido una reliquia; luego con voz conmovida prosiguió:
-“Ahora decidme: ¿con qué apoyo contáis aquí en Milán? ¿en dónde pensáis
-poder colocaros al salir de aquí? ¿y quién os conducirá hacia el paraje
-en que se halla vuestra madre, que Dios quiera haber conservado?”.
-
---Esta buena señora me sirve de madre; nosotras saldremos juntas de
-aquí, y después ella pensará en lo que deba hacerse.
-
---¡Que Dios la bendiga! dijo el fraile, aproximándose al lecho.
-
---Yo también os doy las gracias, dijo la viuda, por la alegría que
-habéis causado á estos pobres jóvenes, aunque yo esperaba conservar
-en mi compañía siempre á esta mi querida Lucía. Pero yo velaré sobre
-ella; la acompañaré á su pueblo, la pondré en manos de su madre, y en
-seguida, añadió en voz baja, quiero regalarle el ajuar. Poseo muchos
-intereses, y no tengo ya á nadie de los que debían disfrutarlos conmigo.
-
---Así, repuso el fraile, podéis hacer un gran sacrificio al Señor, y
-mucho bien al prójimo. No os recomiendo esta joven, porque veo que le
-profesáis gran cariño. Es preciso alabar á Dios, que sabe mostrarse
-padre aun en medio de los castigos, y permitiendo que os encontraseis,
-os ha dado una prueba evidentísima de amor á una y á otra. Al presente,
-dijo volviéndose á Renzo y cogiéndole por la mano: “Los dos nada
-tenemos ya que hacer aquí, y hemos permanecido demasiado tiempo. Vamos”.
-
---¡Oh, padre! dijo Lucía, ¿os volveré á ver todavía? ¡Yo estoy curada,
-yo que ningún bien hago en este mundo; y vos!...
-
---Hace ya mucho tiempo, respondió el anciano con tono serio y dulce á
-la vez, que pido al Señor un favor muy grande, cual es el de acabar mis
-días sirviendo al prójimo. Si en estas circunstancias me lo quisiera
-conceder, necesito que todos los que tengan caridad de mí me ayuden á
-darle gracias. Vamos, dad á Renzo los encargos para vuestra madre.
-
---Contadle lo que habéis visto, dijo Lucía á su prometido; le decís que
-he hallado aquí una segunda madre, que me trasladaré á su lado tan
-pronto como me sea posible, y que espero encontrarla sana y salva.
-
---Si necesitáis dinero, repuso Renzo, traigo aquí todo el que
-mandasteis, y...
-
---No, no, dijo la viuda; yo lo tengo de sobra.
-
---Vamos, replicó el fraile.
-
---¡Lucía!, hasta la vista... lo mismo digo, mi buena señora, dijo
-Renzo, no encontrando palabras que pudiesen significar lo que
-experimentaba en semejantes momentos.
-
---¡Quién sabe si el Señor nos dispensará la gracia de que aún nos
-volvamos á ver todos!, exclamó Lucía.
-
---Que él sea siempre con vosotras y os bendiga, dijo Fr. Cristóbal á
-las dos amigas; después de lo cual salió con Renzo de la cabaña.
-
-Entretanto la noche se iba acercando, y el tiempo parecía cada vez más
-próximo á revolverse. El capuchino ofreció de nuevo al joven un asilo
-durante la expresada noche en su barraca. “No te podré hacer compañía,
-añadió; pero tendrás á lo menos donde estar á cubierto”.
-
-Renzo experimentaba, sin embargo, grandes deseos de marcharse, tratando
-de no permanecer por más tiempo en semejante lugar, pues que no le
-sería permitido volver á ver á Lucía, y ni aun siquiera disfrutar de la
-compañía del buen fraile. Con respecto á la hora y al tiempo, ó mejor
-dicho, noche ó día, sol ó lluvia, calor ó frío, era todo igual para él
-en aquel momento. Dió pues las gracias á fray Cristóbal, diciéndole que
-deseaba ir lo más pronto que fuese posible en busca de Inés.
-
-Cuando llegaron al camino del centro, el fraile le apretó la mano
-diciendo: “Si Dios quiere que encuentres á la buena Inés, salúdala en
-mi nombre; dile, así como también á todos aquellos que se acuerdan de
-fray Cristóbal, que rueguen por él. Ahora, que Dios te acompañe y te
-bendiga para siempre”.
-
---¡Oh, querido padre!... ¿nos volveremos á ver, no es cierto?
-
---Confío que será en el cielo. Y dicho esto se separó de Renzo, el cual
-habiendo permanecido en el mismo sitio hasta que le perdió de vista,
-tomó en seguida la puerta, echando á derecha é izquierda las últimas
-miradas de compasión á aquella morada de dolores. Observábase por
-doquier un extraordinario movimiento; un continuo correr de _monatti_
-de un lado á otro, trasladar efectos, componer los techos de las
-barracas, y convalecientes que se arrastraban hacia éstas y debajo de
-los pórticos para ponerse al abrigo de la tempestad, que amenazaba
-estallar por momentos.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMONOVENO
-
-
-En efecto, apenas Renzo hubo pasado el umbral del lazareto y tomado á
-la derecha, con el fin de volver á encontrar la senda situada debajo
-de las murallas por la cual había desembocado en aquella misma mañana,
-cuando comenzaron á caer gruesas gotas, saltando sobre el blanco y
-árido camino, y levantando al propio tiempo un polvillo finísimo. La
-lluvia cayó bien pronto á torrentes. Renzo, en vez de inquietarse, se
-regocijaba interiormente; se deleitaba con aquel aire tan fresco, con
-aquella agitación, con aquel susurro de plantas y de hojas que parecían
-recobrar una nueva vida; por último, respiraba con más libertad; y en
-este cambio de la naturaleza, sentía vivamente el que se había obrado
-en su destino.
-
-¡Pero cuánto más vivo y completo habría sido este sentimiento si Renzo
-hubiese podido adivinar lo que vió pocos días después! Aquella agua se
-llevaba, ó mejor diremos, lavaba el contagio. Si el lazareto no pudo
-restituir á los vivientes todos los que aún encerraba en su seno, á lo
-menos desde este día no recibió ya más en sus vastas cavidades. Al cabo
-de una semana viéronse abrir las puertas y las tiendas, no hablándose
-casi ya más de cuarentena, y no quedando de la peste más que algunos
-restos esparcidos aquí y allí: rastro que semejante azote acostumbra
-siempre dejar detrás de sí por espacio de algún tiempo.
-
-Caminaba, pues, nuestro viajero alegremente, sin haber proyectado
-dónde, cómo, ni cuándo, ni aun si debía detenerse en aquella noche,
-deseoso sólo de adelantar camino, de llegar pronto á su pueblo natal,
-de encontrar en éste con quien hablar y á quien referir su felicidad, y
-sobre todo el poderse poner en seguida en camino para Pasturo, con el
-objeto de buscar á Inés. Seguía andando con la imaginación sumamente
-agitada, á causa de todo lo que había presenciado aquel día; pero
-al través de tantas miserias, horrores y peligros, venía siempre un
-pensamiento: “¡La he hallado!, ¡está curada!, ¡es mía!”. Y entonces
-daba un brinco de alegría, salpicándose de barro y haciéndolo saltar
-á gran distancia, á la manera de un perro de aguas cuando está bien
-mojado; otras veces se contentaba con un restregoncito de manos, y
-luego avanzaba con más ardor que antes.
-
-Contemplando el camino, juntaba, por decirlo así, los pensamientos
-que había dejado allí por la mañana y el día anterior al ir á Milán;
-recogiendo precisamente con más placer todavía el que entonces
-había tratado de alejar de sí, á saber: la duda, la dificultad de
-encontrarla, y aun así, que estuviera viva en medio de tantos muertos
-y moribundos. “¡Y la he hallado viva!”, concluía diciendo. Traía á la
-memoria todos los sucesos é incidentes más terribles de aquel día, y
-se figuraba tener aún cogida aquella consabida aldaba: ¿si estará?,
-¿si no estará? y luego recibir una respuesta tan poco favorable; no
-teniendo casi tiempo de comentarla, porque aquellos frenéticos y
-bribones le perseguían furiosamente: y después ¡el lazareto, aquel
-vasto mar, el miedo de encontrarla allí!, ¡y haberla justamente
-encontrado! En seguida venía á parar al acto mismo en que la procesión
-de los convalecientes acababa de pasar; ¡qué momento aquel, qué
-angustias al no encontrarla! Y al presente no le importaba ya nada.
-¡Y aquel departamento de mujeres!, ¡y allí detrás de aquella cabaña
-oir, cuando no se lo esperaba, aquella voz, aquella voz justamente! ¡Y
-verla levantada! Pero, ¡ah!, surgía todavía entonces aquel desgraciado
-obstáculo del voto, más embrollado y fuerte que nunca. ¡Dicho obstáculo
-ya no existe! Y aquella rabia contra D. Rodrigo, aquel odio maldito
-que exacerbaba todos los dolores y emponzoñaba todas las esperanzas,
-también desaparecieron. Así que, apenas habría podido gozar una dicha
-mayor si no hubiese sido por la incertidumbre en que se hallaba con
-respecto á Inés, sin el triste presentimiento que tenía tocante al
-padre Cristóbal, y la aflicción de encontrarse aún en medio de una
-epidemia.
-
-Al anochecer llegó á Sesto, sin que la lluvia presentase ninguna señal
-de cesar. Pero sintiéndose más ágil que nunca, y encontrando grandes
-dificultades para alojarse, aunque enteramente empapado en agua, no
-le pasó siquiera por la imaginación el entrar en una posada. La sola
-necesidad que experimentaba y que le incomodaba algún tanto era un gran
-apetito; pues la alegría que tenía le había hecho digerir la escasa
-gazofia del capuchino. En su consecuencia, miró si encontraba alguna
-panadería: viéndola en efecto, pidió dos panes que le fueron entregados
-por medio de las tenazas y demás ceremonias que ya sabemos se usaban
-entonces. Colocó uno de dichos panes en la faltriquera, empezando á
-tirar grandes bocados al otro, y de este modo continuó su viaje.
-
-Cuando pasó por Monza, era ya completamente de noche: no obstante
-esto, consiguió encontrar la puerta que conducía al verdadero camino.
-Mas nadie puede imaginarse en qué estado se hallaba dicho camino, y
-cómo se iba volviendo de un momento á otro. Sepultado (del mismo modo
-que lo estaban todos, como ya lo hemos dicho en otra parte) entre dos
-márgenes á semejanza de un álveo, se le hubiera podido dar el nombre si
-no de río, á lo menos de acueducto, encontrándose en una innumerable
-porción de sitios cenagosos, zanjas de las que podía retirar apenas
-sus zapatos, y repetidas veces sus pies. Mas iba saliendo sin
-impacientarse, sin jurar, sin arrepentirse. Reflexionaba que cada paso
-le acercaba al término de su viaje, y que el agua cesaría cuando Dios
-quisiera, que el día vendría á su tiempo, y que el camino hecho, hecho
-quedaba.
-
-Renzo no calculaba que entonces no podía hacer otra cosa. Esto mismo
-era efecto de su distracción, porque el gran trabajo de su imaginación
-era recordar la historia de aquellos tristes años pasados; ¡tantos
-obstáculos, tantas adversidades, tantos momentos en que él había estado
-á punto de renunciar también á la esperanza y de creerlo todo perdido!
-oponía á esto, las revelaciones de un porvenir tan distinto, la llegada
-de Lucía, las bodas, el arreglo de la casa, y el placer de referir sus
-pasados infortunios, y toda su vida.
-
-¿Cómo había de componerse para seguir adelante hallándose en un paraje
-en que los caminos se cruzaban en todas direcciones? Nosotros no
-podremos verdaderamente asegurar, si el poco conocimiento que tenía
-de dichos caminos, ó si el opaco brillo de las estrellas le hicieron
-encontrar siempre su precisa ruta, ó si la tomó á la ventura; pues él
-mismo, que tenía costumbre de contar detalladamente su historia con
-más amplitud que nosotros (y todo hace creer que nuestro anónimo se lo
-había oído referir varias veces), él mismo, al llegar á este punto,
-decía que no se acordaba de la expresada noche más que como un ensueño.
-Lo cierto es que al amanecer se encontró junto al Adda.
-
-No había cesado de llover aún; pero el agua que caía á torrentes,
-veíase convertida en una lluvia fina, igual, penetrante; las nubes
-elevadas y caprichosas formaban un velo continuo, mas ligero y diáfano;
-y la luz del crepúsculo hizo descubrir á Renzo el paisaje de los
-alrededores. Era su pueblo, y á su vista sería difícil expresar lo que
-sintió. Únicamente diremos que aquellos montes, el vecino _Resegon_, y
-el territorio de Leceo le parecía que habían llegado á ser propiedad
-suya. Se miró á sí mismo, y á la verdad se vió tan mal pergeñado y tan
-raramente vestido de lo que jamás hubiera podido figurarse: su traje
-todo chorreando y pegado al cuerpo; su sombrero se había puesto muy
-blando, perdido la forma y enteramente calado; lleno de lodo hasta
-la cintura, y su desgreñado cabello caía sobre su cara á manera de
-madejas. Con respecto al cansancio, debía tenerlo, mas no lo advertía;
-pues el frío de la madrugada junto con el de la noche, y aquel pequeño
-baño, no le inspiraban otro deseo que el de caminar más apresuradamente.
-
-Está ya en Pescate; costea aquel último trozo del Adda, arrojando, sin
-embargo, una melancólica mirada sobre Pescarenico; pasa el puente, y
-llega bien pronto atravesando campos y sendas á la morada de su amigo.
-Éste, que acababa de levantarse, estaba en el umbral de su puerta
-observando el tiempo; mas he aquí, que de repente mira hacia el lado
-por donde venía Renzo, quedándose estupefacto al ver aquella figura tan
-estrambótica, tan cubierta de barro, pero al propio tiempo tan viva y
-decidida: desde que existía no había visto un hombre peor arreglado, y
-á la vez más alegre.
-
---¡Hola!, dijo, ¡de vuelta ya, y con este tiempo! Vamos, ¿cómo ha ido?
-
---Está allí, está allí.
-
---¿Sana?
-
---Curada, que es todavía mejor. Debo dar gracias al Señor y á la
-Madonna mientras viva. Pero, ¡hay cosas grandes, cosas admirables!
-Luego te lo contaré todo.
-
---Mas, ¿cómo vienes tan estropeado?
-
---¿Estoy bonito, eh?
-
---Si te he de decir la verdad, no hay por donde cogerte. Pero, espera,
-espera que encienda una buena lumbre.
-
---Lo acepto de buena gana. ¿Sabes dónde me ha pillado la lluvia?:
-justamente en la misma puerta del lazareto. Pero, ¡esto no vale nada!
-El tiempo hace su oficio, y yo el mío.
-
-El amigo se fué y apareció de nuevo en seguida con dos haces de maleza
-y algunos troncos de arbustos que colocó en el hogar. Renzo entretanto
-se había quitado el sombrero, y después de haberlo sacudido dos ó tres
-veces lo había arrojado al suelo; mas el jubón no se lo sacó con tanta
-facilidad. En seguida cogió su cuchillo, cuya hoja estaba toda mojada
-y tomada, lo dejó sobre una pequeña mesa, y dijo: “¡Esta hoja también
-se ha puesto buena! Pero, ¡es agua, es agua! ¡Loado sea el Señor!...
-Por poco no hago allí una... Después te lo contaré; y al decir esto, se
-restregaba las manos. Ahora hazme un favor: tráeme aquel lío de ropa
-que dejé arriba, porque antes que ésta se seque...”.
-
-Al volver su amigo con dicho lío, le dijo: “Calculo que debes tener
-apetito, pues comprendo que en el camino habrás podido beber, pero
-comer...”.
-
---Compré dos panes, que fué lo que pude encontrar ayer á la caída de la
-tarde; mas á la verdad, desde que emprendí mi marcha, es lo único que
-ha entrado en mi estómago.
-
---Déjame hacer, dijo el amigo, después de lo cual echó agua en una
-pequeña caldera, que colgó de una cadena, y añadió: voy á ordeñar la
-vaca; cuando vuelva con la leche, el agua estará á punto, y haremos una
-buena _polenta_. Tú, entretanto, haz lo que mejor te parezca.
-
-Habiendo Renzo quedado solo, se quitó, no sin costarle algún trabajo,
-el resto de sus vestidos, los cuales tenía pegados al cuerpo; se enjugó
-bien, y se vistió de nuevo de pies á cabeza. El amigo dió la vuelta al
-cabo de pocos instantes, y continuó haciendo su _polenta_, mientras que
-Renzo esperaba sentado.
-
---Ahora me voy sintiendo cansado, dijo: Hay una tirada muy buena. Pero
-esto no vale nada. Tengo tanto que contar, que hay para ocupar todo el
-día. ¡Cuán revuelto está Milán! ¡Es preciso verlo y tocarlo! ¡Es cosa
-de hacerle erizar á uno el pelo! ¡Y lo que han querido hacer conmigo
-los señores de allí! Ya lo oirás. ¡Mas si vieses el lazareto! se vuelve
-uno loco al aspecto de tantas desgracias. ¡Vamos! Ya te lo referiré
-todo... Ella está allí; tú la verás aquí; será mi mujer, y tú debes
-hacer de testigo, y aunque haya peste ó no, quiero que estemos alegres,
-á lo menos por algunas horas.
-
-Por lo demás, cumplió lo que había prometido á su amigo, tocante á
-ocupar todo el día contándole lo que le había sucedido; tanto más,
-cuanto que no habiendo cesado de llover, pasó el día refugiado en la
-casa, ora sentado al lado de su amigo, ora ocupado en preparar tinas,
-cubas y demás utensilios para la vendimia, en lo cual Renzo no dejó
-de darle una buena mano; porque según solía decir, era de los que se
-cansan más sin hacer nada, que trabajando. Sin embargo, no pudo menos
-de dar una escapadita á la casa de Inés, con el objeto de ver de nuevo
-cierta ventana, y para ir á darse un restregoncito de manos. En efecto,
-lo verificó, volviendo en seguida sin ser visto de nadie, y se acostó.
-Levantóse antes de amanecer, y viendo que había cesado la lluvia,
-aunque el tiempo no estaba sentado del todo, se puso en camino para
-Pasturo.
-
-Cuando llegó era todavía muy temprano, pero él tenía tantos deseos de
-lograr su intento, como el lector de que se acabe la presente historia.
-Se informó acerca de Inés, y supo que no tenía novedad, habiéndosele
-indicado la casa en que vivía. Dirigióse á ella; llamó desde la calle
-á Inés; al sonido de su voz, ésta se asomó presurosa á la ventana,
-y mientras permanecía con la boca abierta para pronunciar algunas
-palabras, ó acaso para exhalar un grito, Renzo se le anticipó diciendo:
-“Lucía está buena, la vi antes de ayer; me encarga que os salude, y que
-os diga que pronto va á venir. Y después, ¡tengo tantas y tales cosas
-que deciros!”.
-
-Entre la sorpresa de semejante aparición, el contento que le había
-causado la noticia y el ansia de saber más, Inés prorrumpía tan pronto
-en una exclamación, tan pronto empezaba á hacer una pregunta, pero
-siempre sin concluir lo que iba á decir: en seguida, olvidando las
-precauciones que tenía costumbre de tomar hacía ya algún tiempo, dijo:
-“Voy á abriros”.
-
---Aguardad; ¿y la peste? Según creo, no la habéis tenido.
-
---Yo no; ¿y vos?
-
---Yo sí, pero vos debéis tener prudencia. Vengo de Milán, y durante
-dos días he estado metido hasta el cuello en medio del contagio. Es
-verdad que me he mudado de pies á cabeza, pero hay tal inmundicia, que
-se pega á veces á la carne como un maleficio; y ya que el Señor os ha
-preservado hasta ahora, quiero que os guardéis hasta que haya cesado
-la epidemia, porque sois nuestra madre, y deseo que vivamos juntos
-alegremente largos años, en compensación de lo mucho que hemos sufrido,
-á lo menos yo.
-
---Pero...
-
---¡Bah!, no hay _pero_ que valga, replicó Renzo. Sé lo que queréis
-decir; con todo, ya veréis que el _pero_ está de más. Vámonos á algún
-paraje que estemos al aire libre, que podamos hablar con comodidad y
-sin peligro, y veréis.
-
-Inés le indicó un jardín que se hallaba situado detrás de la casa, y
-añadió: “Entrad en él y veréis dos bancos, uno enfrente de otro, que
-parecen colocados á propósito; yo voy en seguida”.
-
-Renzo fué á sentarse en el uno; pocos instantes después, Inés se
-hallaba en el otro. Estoy seguro que si el lector, informado como está
-de todos los antecedentes, hubiese podido encontrarse allí como un
-tercero, ver con sus propios ojos aquella conversación tan animada, y
-escuchar con sus oídos aquellas narraciones, preguntas y explicaciones,
-aquel exclamar, condolerse y alegrarse, y D. Rodrigo, y el padre
-Cristóbal, y todo lo demás, y las descripciones del porvenir, claras
-y positivas, como las del pasado; estoy seguro, repito, que hubiera
-encontrado muchos encantos, y que habría sido el último en retirarse.
-Pero al ver dicha conversación sobre el papel, muda, sin colorido y
-sin ningún hecho ó suceso nuevo, soy de parecer que le es del todo
-indiferente, juzgando al propio tiempo que prefiere adivinarla por sí
-mismo. La conclusión fué que iría á establecerse cerca de Bérgamo, en
-el mismo paraje en que Renzo había empezado ya á hacer negocio; con
-respecto á la época, nada se podía decidir aún, porque dependía de la
-peste y de otras circunstancias. Quedaron pues en que tan pronto como
-cesara el peligro, Inés volvería á su casa para esperar á Lucía, ó que
-ésta, por el contrario, la aguardaría en ella: en el ínterin, Renzo
-haría algún viaje á Pasturo para ver á su madre y para informarse de
-lo que pudiera acontecer.
-
-Antes de marchar le ofreció también dinero, diciendo: “Mirad, están
-todavía intactos: por mi parte he hecho voto de no tocarlos hasta
-que la cosa estuviese puesta en claro. Ahora, si los necesitáis,
-traedme una cazuela de agua y vinagre, y echaré en ella los consabidos
-cincuenta escudos relucientes y hermosos”.
-
---No, no, dijo Inés, ninguna necesidad tengo por ahora de ellos;
-conservadlos, pues servirán para poner la casa.
-
-Renzo partió con el nuevo consuelo de haber encontrado sana y salva á
-una persona que le era tan querida. Permaneció el resto del día y de
-la noche en casa del amigo, y al día siguiente se puso en camino con
-dirección á su pueblo adoptivo.
-
-Encontró á Bartolo en un estado de salud perfecta y con menos
-miedo todavía de perderla; pues en aquellos pocos días que habían
-transcurrido, los cosas tomaron felizmente un rápido y distinto giro.
-Muy pocos eran los que caían enfermos: el mal no era ya el mismo: no se
-veían aquellos rostros lívidos y moribundos, ni aquellos síntomas tan
-violentos, pero sí algunas calenturillas, la mayor parte intermitentes,
-con alguno que otro bubón muy bajo ya de color, que se curaban con la
-misma facilidad que un divieso ó grano cualquiera. El país aparecía ya
-bajo otro aspecto muy diferente: los que habían sobrevivido empezaban
-á salir, á reunirse, y á darse recíprocamente pésames y enhorabuenas.
-Hablábase ya de volver á trabajar; los maestros trataban de buscar y
-juntar operarios, principalmente para aquellos artefactos, cuyo número
-aun antes de la epidemia escaseaba tanto, como era el de la seda.
-Renzo, sin hacerse el desdeñoso, prometía (salva sin embargo la debida
-aprobación) á su primo dedicarse al trabajo, cuando volviera acompañado
-á establecerse en el país. Entretanto se ocupó de los preparativos más
-necesarios; alquiló una casa bastante capaz, cosa que había llegado á
-ser muy fácil y poco costosa; la amuebló echando ya entonces mano á su
-tesoro, pero sin hacer en él una gran brecha, habiendo más gente que
-vendiese y que no comprase.
-
-Después de algunos días volvió á su pueblo natal, el cual encontró
-notablemente mejorado. Corrió á Pasturo, halló á Inés totalmente
-tranquila y dispuesta á volver á su casa, de modo que él mismo la
-acompañó en seguida á ella. Pasaremos en silencio los sentimientos que
-experimentaron, las conversaciones que tuvieron al verse juntos en
-aquellos sitios.
-
-Inés lo encontró todo según lo había dejado; así que no pudo menos
-de decir que esta vez, tratándose de una pobre viuda y una infeliz
-doncella, los ángeles lo habían custodiado. “Y la otra vez, añadió, se
-hubiera podido creer que el Señor nos había abandonado, pues permitía
-que se nos llevaran nuestro pobre ajuar, y he aquí que ahora nos
-demuestra justamente lo contrario, pues por otro lado nos ha enviado
-muy buen dinero, con el cual he podido reemplazarlo todo. Digo todo, y
-no digo bien, porque el equipaje de Lucía que fué robado por aquella
-chusma, siendo todo él flamante y completo, faltaba aún; y ve aquí que
-nos llega por otro lado. El que me hubiese dicho, cuando yo me afanaba
-en arreglar otro: '¿tú crees trabajar para Lucía, no es verdad?, ¡pobre
-mujer!, pues trabajas para quien no sabes’. Sólo el cielo no ignora á
-qué clase de criaturas cubrirán estas telas y vestidos; por lo que hace
-á Lucía, el equipaje que verdaderamente deba servirle, una buena alma
-cuidará de ello, la cual tú ignoras que esté siquiera en este mundo”.
-
-El primer pensamiento de Inés fué el de preparar en su modesto albergue
-el alojamiento más decente posible para aquella buena alma: en seguida
-buscó seda para devanar, y trabajando engañaba el tiempo.
-
-Por su parte, Renzo no pasó en la ociosidad aquellos días para él
-tan largos: felizmente sabía dos oficios, y entonces adoptó el de
-labrador. Tan pronto ayudaba á su huésped, para el cual era una gran
-fortuna el poseer en semejantes circunstancias un operario de tanta
-habilidad, como cultivaba y arreglaba el huertecillo de Inés, que se
-había destruido enteramente durante su ausencia. Con respecto á su
-heredad, ni pensaba tan siquiera en ella, diciendo que era una madeja
-muy enredada, la cual necesitaba más de dos brazos para dejarla en
-buen estado. Nunca ponía en ella los pies, como tampoco entraba en su
-casita, porque habría padecido mucho al ver tanta desolación; habiendo
-tomado el partido de deshacerse de todo, á cualquier precio que fuese,
-empleando en su nueva patria todo lo que buenamente pudiese sacar.
-
-Si los que habían sobrevivido á la peste eran para los demás como
-muertos resucitados, Renzo parecía serlo dos veces á los ojos de sus
-compatriotas: todos le festejaban y felicitaban; todos querían saber
-por su propia boca sus aventuras. Acaso, se preguntará: ¿y en qué quedó
-la orden de destierro? Responderemos, que estaba en muy buen estado;
-Renzo no hacía ningún caso de ella, pues suponía que los que debían
-ponerla en ejecución no se acordaban ya, y esto no nacía sólo de la
-peste que había echado en el olvido tantas cosas, sino que consistía en
-una cosa muy común, en aquella época, lo cual hemos visto en más de un
-pasaje de la presente historia, y era que las órdenes, tanto generales
-como especiales contra las personas, quedaban las más veces sin efecto,
-si no lo tenía en los primeros momentos, á no ser que hubiera alguna
-animosidad particular y poderosa, que hiciera olvidarlas y hacerlas
-valer. En esto sucedía como con las balas de fusil, las cuales cuando
-no alcanzan á nadie, se quedan en el suelo sin que den el más leve
-cuidado, consecuencia indispensable de la gran facilidad con que se
-sembraban á manos llenas dichas órdenes. La actividad del hombre es
-limitada; por lo tanto, todo lo que se manda de más, se debe ejecutar
-de menos: lo que va en mangas no puede ir en faldones.
-
-El que desee saber qué posición ocupaban Renzo y D. Abundio, el
-uno respecto del otro, diremos que permanecían á cierta respetuosa
-distancia; éste por temor de oir decir algo de matrimonio, y que sólo
-al pensarlo se le presentaba D. Rodrigo por una parte acompañado de
-sus bravos, por otra el cardenal con sus argumentos, y Renzo por
-haber resuelto no hablar más que en el instante mismo de ir á ponerlo
-en ejecución, no queriendo correr el riesgo de incomodarse antes de
-tiempo, de ver surgir algún nuevo obstáculo y enredar el negocio con
-inútiles habladurías. De este asunto únicamente hablaba con Inés.
-“¿Creéis que Lucía venga pronto?”, decía éste. “Espero que sí”,
-contestaba la otra; y con frecuencia la que había dado la respuesta,
-hacía poco después la misma pregunta. Así trataban de pasar el tiempo
-que les parecía tanto más largo, á medida que iba corriendo.
-
-Nosotros haremos pasar también al lector en un instante todo aquel
-periodo de tiempo, diciendo en pocas palabras, que algunos días después
-de la visita de Renzo al lazareto, Lucía salió de él en compañía de la
-buena viuda; que habiéndose mandado una cuarentena general, la hicieron
-juntas encerradas en casa de ésta; que emplearon una parte del tiempo
-en disponer el equipaje de Lucía, el cual, después de haberlo rehusado
-modestamente, ella misma empezó á trabajar en él; y por último, que
-terminada la cuarentena, la viuda confió su tienda y su casa á su
-hermano el comisario, é hicieron los preparativos del viaje. Todavía
-podríamos añadir que partieron, llegaron, y lo que se siguió luego; mas
-á pesar del deseo que tenemos de ceder á la impaciencia del lector, hay
-tres circunstancias en dicho intervalo de tiempo, que no querríamos
-pasar en silencio; ó por lo menos dos, creeríamos que el lector mismo
-lo tomaría á mal si no lo verificásemos.
-
-He aquí la primera. Cuando Lucía volvió á hablar á la viuda de sus
-aventuras, más circunstanciadamente y con más orden que no lo había
-podido hacer en medio de la agitación de su primera confidencia, é
-hizo mención más expresa de la señora que le había dado asilo en el
-monasterio de Monza, comprendió cosas que, dándole la llave de muchos
-misterios, llenaron su alma de admiración, dolor y espanto. Supo por
-la viuda, que la desventurada, sospechándosela autora y cómplice de
-atroces y horribles crímenes, había sido trasladada por orden del
-cardenal á un convento de Milán; que allí, después de haberse entregado
-por algún tiempo á la rabia y á la desesperación, había concluido por
-enmendarse y acusarse á sí misma, y que su vida actual era un suplicio
-voluntario, tal cual nadie podría calcular más severo. El que desee
-conocer más detalladamente esta triste historia, podrá verla en el
-libro y lugar que ya hemos citado en otra parte, á propósito de la
-misma persona[24].
-
-La segunda circunstancia es, que preguntando Lucía á todos los
-capuchinos que se hallaban en el lazareto por el padre Cristóbal, supo
-con más dolor que sorpresa, que había muerto de la peste.
-
-Finalmente, antes de partir había también deseado saber algo de sus
-antiguos señores y cumplir con un deber suyo, según decía, si por
-fortuna existían. La viuda la acompañó á la casa, donde les dijeron
-que ambos habían fallecido. Tocante á D.ª Prajedes, diciendo que había
-muerto, está todo dicho; pero por lo que hace á D. Ferrante, como se
-trataba de un sabio, nuestro anónimo ha creído debía extenderse un poco
-más; y nosotros á nuestra cuenta y riesgo, trascribiremos según nos sea
-posible lo que dejó escrito.
-
-Dice, pues, que desde que se empezó á hablar de la peste, D. Ferrante
-fué uno de los más decididos y constantes en negarla, y que sostuvo
-tenazmente hasta el fin dicha opinión, no con exclamaciones y gritos
-de rabia como el pueblo, sino con razones, á las cuales nadie podrá
-encontrar, á lo menos, falta de encadenamiento.
-
-_In rerum natura_, decía, no hay más que dos géneros de cosas, á saber:
-sustancias y accidentes; y si yo pruebo que el contagio no puede ser
-ni lo uno ni lo otro, habré probado que no existe, que es una quimera.
-Las sustancias son materiales ó espirituales: que el contagio sea una
-sustancia espiritual, es un absurdo que nadie querrá sostener; así pues
-inútilmente hablaríamos de ello. Las sustancias materiales son simples
-ó compuestas: ahora bien, el contagio no es una sustancia simple; y si
-no, lo voy á demostrar en cuatro palabras. No es una sustancia aérea,
-porque si lo fuese, en vez de pasar de un cuerpo á otro, volaría con
-más prontitud á su esfera. No es acuosa, porque mojaría, y el viento
-la secaría. No es ígnea, porque quemaría. No es terrosa, porque sería
-visible. Tampoco es sustancia compuesta, porque entonces á cada momento
-debería ser sensible á la vista y al tacto; y dicho contagio, ¿quién
-lo ha visto? ¿quién lo ha tocado? Ahora nos queda que ver si es un
-accidente. Peor que peor. Esos señores doctores dicen que se comunica
-de un cuerpo á otro; éste es un asidero, éste el pretexto para dar
-tantas órdenes sin utilidad. Supongamos ahora que es un accidente: de
-todos modos sería un accidente transportado; y esto son dos palabras
-que luchan entre sí. En toda la filosofía no hay una cosa más clara
-que ésta, á saber; que un accidente no puede pasar de un objeto á
-otro; que si para evitar semejante Scilla, se reducen á decir que es
-un accidente producido, tropiezan en Caribdis; porque si es producido,
-no se comunica ni se propaga como van vociferando. Sentados estos
-principios, ¿de qué sirve que vengan á hablarnos de bubones, de granos,
-de carbunclos?...
-
---Todo es pura charlatanería, exclamó una vez, uno de los que le
-escuchaban.
-
---No, no, replicó D. Ferrante; yo no digo esto. La ciencia es siempre
-ciencia; únicamente que es preciso saberla emplear. Los bubones
-violáceos, parótidas, carbunclos negros, son todas palabras respetables
-que tienen su significación buena y bella, pero repito que nada tienen
-que ver con la cuestión. ¿Quién niega que pueda haber estas cosas, y
-también que las haya? Mas lo principal está en ver de dónde provienen.
-
-Aquí empezaban las pesadumbres para D. Ferrante. Mientras que no hacía
-más que declamar contra la opinión de los que decían que era epidemia,
-por todas partes encontraba oídos benévolos, atentos y respetuosos;
-porque no hay necesidad de manifestar cuán grande es la autoridad de
-un sabio de profesión, cuando quiere demostrar á los demás cosas de que
-ya están convencidos. Pero cuando venía á distinguir y á querer probar
-que el error de los médicos no consistía en afirmar que existía una
-enfermedad terrible y general, sino en asignar la causa y los modos;
-entonces (hablo del principio, en que no se quería oir hablar de la
-peste), entonces, repito, en vez de oídos hallaba lenguas rebeldes é
-intratables; entonces no había otro medio que predicar, y no podía
-exponer su doctrina más que á trozos.
-
---He aquí verdaderamente la razón, decía, y están obligados á
-reconocerla, aunque ellos sostengan después otras cosas sin
-fundamento... Que nieguen, si pueden, esa fatal conjunción de Saturno
-con Júpiter. ¿Y cuándo se ha oído decir que las influencias se
-propagan?... ¿Y esos señores me querrán negar las influencias? ¿Me
-negarán que la tienen los astros?, ¿ó me querrán decir que se sostienen
-allá arriba, sin servir ni hacer nada, como una porción de cabezas
-de alfiler metidas en una pelota?... Pero lo que no me puede entrar
-de esos señores médicos es que ellos confiesan que nos hallamos bajo
-una conjunción sumamente maligna, y luego nos vienen diciendo, con la
-cara torcida: “¡No toquéis á esto, no toquéis á aquello, y estaréis
-seguros!”. ¡Como si el esquivar el contacto material de los cuerpos
-terrestres, pudiese impedir el efecto producido por la virtud de los
-cuerpos celestes! ¡Y tanto afanarse para quemar andrajos! ¡Pobre gente!
-¿Quemaréis á Júpiter?, ¿quemaréis á Saturno?...
-
-_His fretus_; que equivale á decir: con estos bellos principios no tomó
-ninguna precaución contra la peste; en su consecuencia fué atacado,
-se encaminó al lecho, se acostó, y murió como un héroe de Metastasio,
-emprendiéndola con las estrellas.
-
-¿Y aquella su famosa librería? Acaso anda dispersa todavía por algunas
-partes.
-
-
- NOTAS:
-
-[24] Ripamonti. His. Pat., Dec. V., lib. VI., cap. III.
-
-
-
-
- CAPÍTULO VIGÉSIMO
-
-
-Cierta tarde, Inés oyó parar un carruaje á la puerta. “¡Es ella, no
-me cabe duda!” En efecto, era Lucía acompañada de la buena viuda. El
-lector podrá imaginar la acogida que recíprocamente se harían las tres
-mujeres.
-
-Á la mañana siguiente muy temprano llegó Renzo, ignorante de lo que
-pasaba, y únicamente con el deseo de tranquilizar un poco su espíritu
-con Inés sobre la gran tardanza de Lucía. Los gestos que hizo y las
-cosas que dijo, lo dejamos á la penetración de los que lean este libro.
-Las demostraciones de Lucía fueron tales, que se necesita muy poco
-para describirlas. “¿Cómo estáis?”, dijo con los ojos bajos, pero sin
-inmutarse. No se crea que Renzo encontrase este recibimiento frío, ni
-tampoco que se alarmara; antes al contrario, lo tradujo á su favor; y
-como entre gentes bien educadas se debe ser avaro de cumplimientos,
-comprendió perfectamente el sentido oculto de aquellas palabras. Por lo
-demás, era fácil conocer que tenía dos modos de pronunciarlas, el uno
-para Renzo, y el otro para todo el mundo que pudiese conocerla.
-
---Yo estoy bueno cuando os veo, repuso el joven.
-
---¡Pobre padre Cristóbal!, dijo Lucía, rogad por su alma; á pesar de
-que casi estoy segura que en este momento él ruega en el cielo por
-nosotros.
-
---Demasiado me lo esperaba que sucedería esto, replicó Renzo. Y no fué
-ésta la sola cuerda triste que se tocó en aquella conversación. Pero
-¡qué!, de cualquiera cosa que se hablase, el coloquio concluía por ser
-alegre y delicioso. Como aquellos caballos fogosos que se encabritan
-y levantan una mano, y después otra, volviéndolas á colocar en el
-mismo sitio, haciendo mil movimientos antes de dar un paso, y luego de
-repente emprenden su carrera como si fuesen llevados por el viento;
-del mismo modo había cambiado el tiempo para Renzo; un poco antes los
-minutos le parecían horas; después por el contrario, éstas le parecían
-minutos.
-
-La viuda, no sólo no empeoraba la sociedad, sino que antes bien
-contribuía á mejorarla; y ciertamente, Renzo, cuando la vió la vez
-primera acostada en aquel miserable lecho, estaba muy lejos de imaginar
-que pudiese tener un genio tan sociable y divertido. Mas el lazareto y
-el campo, la muerte y las bodas, son cosas sumamente distintas. Ella se
-había ligado ya con Inés con la mayor intimidad; con Lucía era un gusto
-el verla tan alegre y cariñosa, dándole bromas con dulzura y gracia,
-sin ser pesada, hasta tanto que la obligaba á demostrar toda la alegría
-que rebosaba en su corazón.
-
-Renzo dijo por último que iba á ver á D. Abundio á fin de ponerse de
-acuerdo con él para los desposorios. Fué en efecto; y con cierto aire
-burlón y respetuoso á la vez, le dijo: “Señor cura, ¿os ha pasado ya
-aquel dolor de cabeza que os impedía el casarnos? Ahora es tiempo; la
-novia se halla aquí, y yo también estoy á vuestra disposición para
-que me indiquéis la hora que os venga bien, rogándoos que esta vez lo
-dispongáis con la prontitud que os sea posible”.
-
-D. Abundio no se atrevió á decir que no quería; mas empezó á balbucear,
-presentando algunas escusas, y haciendo ciertas observaciones.
-
---Comprendo, dijo Renzo; os queda todavía un poco de aquel dolor de
-cabeza; pero escuchad, escuchad. Y se puso á describir el estado en que
-había visto al infortunado D. Rodrigo, el cual seguramente á aquellas
-horas ya no existía. “Esperemos, añadió, que el Señor habrá usado con
-él de misericordia”.
-
---Ello no se ha de verificar aquí, repuso D. Abundio. ¿Por ventura, os
-he dicho que no? Yo no digo que no; hablo... hablo para daros algunas
-justas razones... Por lo demás, mirad; mientras que el hombre tiene
-un soplo de vida... Contempladme: yo soy un mueble cascado; he estado
-también más cerca de la muerte que él, heme aquí sin embargo; y... si
-no vuelven á caer sobre mí nuevas pesadumbres... ya, ya... espero aún
-vivir un poquito más. Figuraos luego ciertos temperamentos... pero como
-digo, esto no hace al caso.
-
-Después de algunas preguntas y respuestas, ni más ni menos
-concluyentes, Renzo le hizo un profundo saludo, volvió á su morada,
-refirió la conversación que había tenido, y acabó diciendo: “Me
-he venido en seguida porque ya estaba hasta aquí; y al pronunciar
-estas palabras colocaba su dedo índice sobre la frente, y no quise
-arriesgarme á perder la paciencia, y también el respeto. En ciertos
-momentos era exactamente el D. Abundio de antes; me quería entretener
-aún con su acostumbrada palabrería; y estoy seguro de que si me hubiese
-detenido un poco más, habría sacado á plaza algún latinajo. Estoy
-viendo que quiere dar de nuevo largas al asunto, y por consiguiente
-que valdrá más, como él dice, que vayamos á casarnos donde vamos á
-vivir”.
-
---¿Sabéis lo que haremos?, dijo la viuda; iremos nosotros á probar
-fortuna, á ver si conseguimos algo más; así como así tengo grandes
-deseos de conocer á ese hombre, principalmente siendo como vos decís.
-Nos dirigiremos allá después de comer, para no volver á atacarlo tan
-pronto. Ahora, señor esposo, acompañadnos á dar un paseo, mientras que
-Inés despacha sus haciendas, que yo serviré de mamá á Lucía; pues tengo
-grandes deseos de ver un poco más de cerca estas montañas, y este lago,
-del cual tanto tengo oído hablar, porque lo que he visto me ha parecido
-sumamente hermoso.
-
-Renzo las condujo antes de todo á casa de su huésped, donde éste los
-obsequió; haciéndole prometer que no sólo aquel día, sino todos, si
-podía, iría á comer con ellos.
-
-Después de haber paseado y comido, Renzo partió precipitadamente, sin
-decir adónde iba. Las mujeres permanecieron un buen rato discurriendo
-y concertando los medios de comprometer á D. Abundio; y por último se
-encaminaron á dar el asalto.
-
-“Aquí están ellas”, dijo éste entre sí; pero las recibió con muy buen
-semblante, haciendo grandes demostraciones de alegría á Lucía, con mil
-enhorabuenas á Inés, y muchos cumplidos á la forastera. En seguida
-las hizo sentar, y al momento entró á hablar de la peste. Deseó oir
-de la boca de Lucía del modo que había pasado aquellos aflictivos
-días. El lazareto proporcionó también que hablara la que había sido
-su compañera; luego D. Abundio, como era muy justo, habló igualmente
-de su borrasca; y se regocijaba, á más no poder, de que Inés hubiese
-tenido la dicha de escapar. La conversación, sin embargo, se arrastraba
-lánguidamente; desde las primeras palabras, las dos mujeres estaban
-espiando la ocasión oportuna para hablar del motivo esencial de su
-visita. En fin, no se sabe á punto fijo cuál de las dos rompió la
-valla. Pero, ¿qué medio? D. Abundio estaba enteramente sordo, cuando se
-tocaba el consabido asunto. Con todo, nunca decía que no; pero siempre
-volvía á sus tergiversaciones y á sus dudas; como el pájaro que salta
-de rama en rama... “Sería indispensable, decía, hacer levantar la orden
-de prisión. Vos, señora, que sois de Milán, conoceréis poco más ó menos
-el curso que llevan estas cosas; tendréis algún buen influjo, algún
-caballero poderoso; pues ya sabéis que con estos medios se cicatrizan
-todas las llagas. Si después se quería ir por el camino más corto,
-sin meterse en honduras, ya que los jóvenes y la buena Inés quieren
-expatriarse (y aquí no puedo menos de decir que la verdadera patria
-es aquella en donde á uno le va bien), soy de parecer que podría
-verificarse todo, en donde no hay orden de prisión, ni obstáculo alguno
-que se oponga. No veo la hora de ver terminada esta alianza; pero
-quisiera que se concluyese tranquilamente. Digo la verdad: aquí con
-esa malaventurada orden en pie, ir á vociferar el nombre de Lorenzo
-Tramaglino, no las tendría todas conmigo; lo aprecio demasiado, temería
-prestarle un flaco servicio. Vos misma lo podéis conocer”.
-
-En esto, tan pronto Inés, como la viuda le rebatían los anteriores
-razonamientos; mas D. Abundio los reproducía bajo otra forma. Nada se
-adelantaba, pues siempre volvían al principio; cuando he aquí que entró
-de pronto Renzo con andar resuelto y el aire de traer alguna importante
-noticia: en efecto, en el instante mismo, dijo: “Ha llegado el señor
-marqués de ***”.
-
---¿Qué significa esto?, ¡llegado!, ¿adónde?, preguntó D. Abundio
-levantándose.
-
---Ha llegado á su palacio, que era el de D. Rodrigo; porque dicho señor
-marqués es el heredero fidei-comisario, según dicen; por lo tanto, no
-hay lugar á duda. Por lo que á mí hace, tendría una gran alegría si
-supiera que ese infeliz ha muerto cristianamente. Á buena cuenta, hasta
-ahora había rezado por él algunos padrenuestros, y ahora le cantaré
-el _De profundis_. Por lo demás, me han dicho que el expresado señor
-marqués es un excelente caballero.
-
---Seguramente, dijo D. Abundio, he oído hablar de él muchas veces á un
-buen señor de esos chapados á la antigua. Pero, ¿es cierto que?...
-
---¿Creéis al sacristán?
-
---¿Por qué?
-
---Porque él lo ha visto con sus propios ojos. Yo he estado solamente
-en los alrededores, y á decir verdad, he ido á propósito, porque he
-pensado que allí debería saberse algo; y más de una persona me ha dicho
-lo mismo. Luego he encontrado á Ambrosio que venía de allá, y que lo ha
-visto, según he dicho, hacer de amo. ¿Queréis oirlo de la misma boca de
-Ambrosio? Precisamente he dispuesto que esperase ahí fuera.
-
---Oigámosle, dijo D. Abundio. Renzo fué á llamar al sacristán. Éste
-confirmó la noticia punto por punto: añadió á ella algunos detalles;
-disipó todas las dudas, y después partió.
-
---¡Ah, conque ha muerto!, ¡ha dejado verdaderamente de existir!,
-exclamó D. Abundio. ¡Mirad, hijos míos, cómo al fin la Providencia
-llega también al fin para cierta clase de gente! ¡Sabéis que es una
-cosa grande, una felicidad suprema para este pobre país!, porque con
-semejante hombre no se podía vivir. Esta epidemia ha sido un gran
-azote; mas al propio tiempo también una buena escoba, porque ha barrido
-ciertos sujetos, de los cuales, hijos míos, jamás hubiéramos podido
-librarnos. ¡Quién había de haber dicho que el que estaba destinado
-á hacerle las exequias se hallaba aún en el seminario estudiando el
-_musa musæ_! En un abrir y cerrar de ojos han desaparecido á cientos.
-Ya no los veremos dar vueltas con su séquito de tunantes, con aquella
-arrogancia y orgullosos ademanes, lanzando sus insultantes miradas á
-todos, como si los demás estuvieran en el mundo por un favor especial
-que ellos se dignaban hacerles. Entretanto, ya no existen, y nosotros
-sí. Ya no mandarán más mensajes á la gente de bien. Nos han causado
-grandes molestias; pero mirad, también ahora las podemos contar.
-
---Yo lo he perdonado de todo corazón, dijo Renzo.
-
---Y cumples con tu deber, replicó D. Abundio; pero al mismo tiempo
-debemos dar gracias al cielo por habernos librado de él. Mas al
-presente; volviendo á vosotros, os repito como siempre que hagáis
-lo que mejor os parezca. Si queréis que os case, aquí me tenéis; si
-os parece cómodo de otro modo, hacedlo. Con respecto á la orden de
-prisión, veo también que como no hay nadie que os observe ni que
-quiera haceros daño, no es cosa que os pueda dar mucho cuidado, tanto
-más, cuanto que se ha dado un indulto con motivo del nacimiento del
-serenísimo infante. Y después, ¡la peste! ha sepultado muchas y grandes
-cosas. Por lo tanto, si queréis... hoy es jueves... el domingo os
-amonestaré; porque aun cuando ya se ha hecho una vez, no sirve de nada
-por haber transcurrido mucho tiempo, y luego tendré el gusto de casaros.
-
---Vos sabéis muy bien que justamente hemos venido para esto, dijo Renzo.
-
---Ciertamente, y os serviré; y quiero dar aviso de ello á su eminencia.
-
---¿Quién es su eminencia?, preguntó Inés.
-
---Su eminencia, contestó D. Abundio, es nuestro cardenal arzobispo, á
-quien Dios conserve.
-
---¡Oh!, en cuanto á eso, perdonadme, replicó Inés; pues á pesar que
-no soy más que una pobre ignorante, puedo asegurar que no se le llama
-así, porque cuando fuimos por segunda vez á hablarle, como yo os hablo
-ahora, uno de aquellos señores sacerdotes me llamó aparte y me enseñó
-cómo se debía tratar al expresado señor, siendo necesario decirle su
-señoría ilustrísima y monseñor.
-
---Y al presente, si debiese enseñaros de nuevo, os diría que le
-llamaseis eminencia; ¿habéis entendido? Porque el papa, á quien Dios
-también conserve, ha prescrito desde el mes de junio que se dé este
-título á los cardenales. ¿Y sabéis por qué ha resuelto esto? Porque
-el tratamiento de ilustrísima que estaba reservado á ellos y á los
-príncipes, estáis viendo ahora mismo con cuánta prodigalidad se da y
-cuántos lo toman voluntariamente. Á semejante escándalo, ¿qué había de
-hacer el papa?, ¿quitárselo á todos? Esto hubiera hecho nacer quejas,
-reclamaciones, desgracias y disgustos, y al fin y al cabo habría
-quedado lo mismo que antes. El papa ha ideado, pues, un excelente
-medio. Poco á poco se empezará á dar eminencia á los obispos; los
-abades la querrán también; luego los deanes; porque los hombres son
-así, siempre quieren subir y subir; después los canónigos...
-
---¿Y los curas?, interrumpió la viuda.
-
---No, no, replicó D. Abundio; los curas para tirar de una carreta;
-no tengáis miedo que les hagan tomar malos hábitos; los curas serán
-reverendos hasta el fin del mundo. Más bien, no me sorprendería nada
-absolutamente que los caballeros que están acostumbrados á oirse llamar
-ilustrísima y á ser tratados como cardenales, quisieran un día que
-se les diese el tratamiento de eminencia; y si lo desean llegarán á
-conseguirlo. ¿Y entonces el papa que hará?, ¿hallará otra cosa para los
-cardenales? Pero volvamos á nuestro asunto: el domingo os publicaré en
-la iglesia, y entretanto, ¿sabéis lo que he pensado para servir mejor?
-Mientras, pediremos la dispensa para las otras dos amonestaciones. En
-la curia deben tener mucho que hacer para ocuparse en dar dispensas, si
-las cosas están tan revueltas como aquí. Para el domingo tengo ya...
-una... dos... tres, sin contar con vosotros; y puede que todavía haya
-alguna otra. El fuego ha prendido; parece que de aquí en adelante nadie
-quiere vivir solo. ¡Qué mal ha hecho Perpetua en morirse ahora! pues al
-presente ella habría encontrado también esposo. ¿Y en Milán, señora, me
-figuro que será lo mismo?
-
---Exactamente. Sabed, pues, que sólo en mi parroquia, el domingo
-pasado, se han celebrado cincuenta matrimonios.
-
---¡Cuando yo lo digo!, el mundo no quiere acabarse... ¿Y á vos, señora,
-no han empezado á revolotear en torno algunos moscones?
-
---No, no; ni pienso en ello, ni quiero.
-
---¡Vamos, que sí!... ¿querríais acaso estar sola? Mirad, Inés también...
-
---Vaya, vaya; ¿tenéis ganas de bromear?, dijo ésta.
-
---Seguramente; y me parece que ya era hora. ¡Cuán rudos golpes hemos
-sufrido!, ¿no es verdad, amigos míos? Los hemos sufrido, repito, muy
-grandes. Por lo tanto, creo que debemos tener la esperanza de que esos
-cuatro días que nos restan, serán un poco mejores. Pero, ¡dichosos
-vosotros si no os suceden más desgracias, que todavía podréis hablar de
-ellas por espacio de muchos años! Mas yo, pobre viejo... Los bribones
-pueden morir; la peste se puede curar; pero para los años no hay
-remedio; y como dicen los sabios _Senectus ipsa est morbus_[25].
-
---¡Oh!, ahora, dijo Renzo, hablad en latín tanto como queráis, pues
-nada me importa.
-
---¿Tú aborreces el latín, eh?, pues bien, yo te arreglaré: cuando
-te presentes á mí en compañía de esta joven, para oiros pronunciar
-justamente ciertas palabras en latín, te diré: “Ya que no quieres
-latín, anda con Dios; ¿te gustará eso?”.
-
---¡Ah!, yo bien sé lo que me digo, replicó Renzo: no es éste el latín
-que me da miedo: éste es un latín franco, sagrado, como el de la
-misa; mas actualmente hablo de ese latín engañador, que cae sobre uno
-á traición, en medio de un discurso. Por ejemplo, ahora que estamos
-aquí, que todo se ha concluido, hacedme el favor de traducirme el que
-sacabais á colación, precisamente en ese rincón de la estancia, cuando
-queríais darme á entender que no podíais casarme, que se necesitaban
-otros requisitos, y qué se yo qué más.
-
---Silencio, burlón, silencio; no saques á relucir semejantes cosas;
-pues si fuéramos á ajustar cuentas, no sé quién de los dos saldría
-perdiendo. En fin, todo está perdonado; no hablemos más de ello; con
-todo, vosotros me jugasteis una mala partida: en ti no me sorprende,
-porque eres un bribonzuelo; pero en esta agua mansa, en esta santita,
-habría creído cometer un pecado desconfiando de ella. Mas yo bien
-sé quién le había dado instrucciones; sí, bien lo sé. Y diciendo
-esto, dirigía hacia Inés el dedo que antes había tenido, señalando á
-Lucía. Es imposible expresar con qué bondad, con qué aire tan amable
-y cariñoso hacía estos reproches. Aquella noticia le había inspirado
-una desenvoltura, un deseo de hablar, del cual hacía mucho tiempo que
-había perdido la costumbre; y nosotros nos apartaríamos del fin que nos
-hemos propuesto, si refiriésemos el resto de la expresada conversación
-que D. Abundio prolongó, deteniendo á la reunión más de una vez antes
-de partir, y haciéndola parar en el mismo umbral de la puerta, para
-platicar sobre el mismo tema.
-
-El día siguiente recibió una visita tan agradable como inesperada: tal
-fué la del señor marqués del cual se había hablado. Era un hombre ya de
-edad madura, cuyo aspecto confirmaba todo lo que la fama decía de él:
-franco, cortés, apacible, humilde, lleno de dignidad, y un no sé qué,
-que indicaba una tristeza resignada.
-
---Vengo, le dijo, á saludaros de parte del cardenal arzobispo.
-
---¡Oh!, ¡qué amabilísima bondad la de los dos!
-
---Cuando fuí á despedirme de ese hombre incomparable, que me honra
-con su amistad, me habló de dos jóvenes prometidos que existen en esta
-parroquia, los cuales han sufrido muchas desgracias, por causa del
-infortunado D. Rodrigo. Monseñor desea tener noticias de ellos. ¿No han
-muerto, es verdad? ¿Están ya arreglados todos sus negocios?
-
---Ciertamente, todo está ya arreglado; y también habían pensado
-escribírselo á su eminencia; mas ahora que tengo el honor...
-
---¿Se hallan aquí?
-
---Sí, señor; y serán marido y mujer lo más pronto que sea posible.
-
---Está bien; pero al presente os ruego tengáis la bondad de decirme,
-qué bien puede dispensárseles, é indicar la manera más conveniente
-de hacerlo. Durante este tiempo tan calamitoso, he perdido á mis
-dos hijos, y á su madre, habiendo recaído en mí tres herencias
-considerables. Antes de suceder esto, tenía todavía de sobra; así,
-pues, ya veis que el proporcionarme una ocasión para emplear bien mis
-riquezas, es á la verdad prestarme un gran servicio, que os agradeceré
-infinito.
-
---¡Que el cielo bendiga á vuestra señoría!, pues, no todos los... no
-debo decirlo... son como vos. Yo también doy gracias á vuestra señoría
-ilustrísima por esos pobres hijos míos; y ya que me dais tanto ánimo,
-diré que me ha venido á la imaginación un expediente que acaso será de
-vuestro agrado. Sabed, pues, que esas buenas gentes han resuelto irse
-á establecer á otra parte, y vender lo poco que aquí poseen; lo cual
-consiste en una pequeña viña perteneciente al joven, pero abandonada
-y enteramente erial: es preciso contar sólo con el terreno, y además
-dos casuchas, la una propia del joven, y la otra de la doncella; las
-que propiamente hablando, no son más que dos ratoneras. Una persona
-como vuestra señoría no puede saber lo que acontece á los pobres cuando
-quieren deshacerse de lo que les pertenece. Concluyen siempre topando
-con algún tunante, que desde largo tiempo ha echado el ojo sobre dichos
-bienes, y cuando sabe que tienen necesidad de venderlos, se retira y
-hace el desdeñoso; en vista de lo cual, es preciso correr tras él, y
-dárselo por un pedazo de pan, especialmente en circunstancias como las
-presentes. El señor marqués comprende ya dónde va á parar mi discurso.
-La mejor caridad que les puede hacer vuestra señoría ilustrísima
-es sacarlos de ese tropiezo, comprándoles lo poco que poseen aquí.
-Verdaderamente, yo doy un consejo interesado porque vendría á adquirir
-en mi parroquia un feligrés como el señor marqués; pero vuestra señoría
-decidirá según mejor le plazca: yo sólo he hablado por obedecerle.
-
-El marqués alabó mucho la idea, dió las gracias á D. Abundio, y
-le suplicó que fuese el árbitro del precio, fijándolo bien alto;
-colmándole en seguida de admiración, con la proposición que le hizo
-de dirigirse en su compañía á la casa de la joven prometida, en donde
-probablemente debía hallarse también el novio.
-
-Por el camino, D. Abundio, transportado de gozo, se decidió además á
-hablarle del siguiente modo: “Ya que vuestra señoría ilustrísima se
-muestra tan inclinado á favorecer á esas pobres gentes, ahora recuerdo
-que podría prestarles otro servicio. Pesa sobre el joven una orden
-de prisión, por una pequeña calaverada que hizo en Milán ahora hace
-dos años, el día del grande alboroto en el cual se vió metido sin
-querer por ignorancia, como un ratón en la trampa. Por supuesto que
-no es cosa grave; niñadas, locuras, pues es incapaz de cometer el más
-leve daño, yo puedo asegurarlo, porque lo he bautizado, y lo he visto
-crecer y hacerse hombre: y luego, si vuestra señoría quiere, por vía de
-pasatiempo, oir razonar á esos pobres sobre semejante materia, podrá
-hacerse contar la historia por el mismo joven y verá. Actualmente,
-tratándose de cosas antiguas, no hay nadie que lo moleste, y como ya
-he dicho, piensa salir de este territorio; pero con el tiempo, ¿quién
-sabe si tendrá que volver aquí, ó adónde? Lo mejor y más seguro, es
-que se encuentre enteramente libre. El señor marqués pasa en Milán,
-como es muy justo, por un gran caballero, por un poderoso sujeto que...
-No, no, dejadme decir, que la verdad ha de estar en su lugar. Una
-recomendación, una palabrita de una persona como vuestra señoría, es lo
-suficiente para obtener una completa absolución”.
-
---¿Existen acaso graves cargos contra ese joven?
-
---¡Oh!, no lo creo. Ha hecho mucho ruido en los primeros momentos, pero
-ahora me imagino que no es más que una simple formalidad.
-
---Siendo así, la cosa será fácil, y la tomo con gusto á mi cargo.
-
---¡Y después no querrá vuestra señoría que se diga que es una persona
-poderosa! Lo digo, y quiero decirlo, por más que se ofenda; repito que
-quiero decirlo. Y aun cuando yo me callase, de nada serviría, porque
-todo el mundo habla de lo mismo, y _Vox populi... vox Dei_.
-
-Encontraron justamente á las tres mujeres y á Renzo. Dejo á la
-consideración de los lectores el calcular cómo se quedarían aquellas
-pobres gentes: yo creo que hasta las desnudas y ahumadas paredes,
-las ventanas, banquetas, y todo su modesto ajuar, se maravillaron
-de recibir una tan extraordinaria visita. Él animó la conversación
-hablando del cardenal y de otras cosas con franca cordialidad, y
-al propio tiempo con la mayor delicadeza. Luego pasó á hacer la
-proposición que había sido el objeto de su ida. D. Abundio, rogado por
-el marqués para que fijara el precio, después de haberlo rehusado por
-algún tiempo, y dado algunas excusas, diciendo que no lo entendía,
-que no podría menos de vacilar, que hablaba sólo por obedecer, y
-que indicaba, por conformarse á su deseo, un precio muy subido. El
-comprador dijo, que por su parte estaba contentísimo, y como si hubiese
-entendido mal, repitió el doble, no quiso escuchar rectificaciones, y
-cortó de repente aquella conversación, invitando á la pequeña reunión á
-ir á comer á su palacio el día después de las bodas, en donde se haría
-el negocio en regla.
-
-“¡Ah!, decía luego entre sí D. Abundio, á medida que volvía á su
-morada, si la peste hiciese siempre en todo y por todo las cosas de
-este modo, sería verdaderamente una picardía el hablar mal de ella:
-casi, casi, se podría desear que hubiese una en cada siglo, y pactar el
-tenerla, con tal de curar, se entiende”.
-
-Por último llegó la dispensa y también la absolución, llegando
-igualmente el tan deseado día. Los desposados se encaminaron con
-seguridad triunfante á aquella misma iglesia, en la cual fueron unidos
-por el propio D. Abundio. Otro y mucho más singular triunfo fué al día
-siguiente su viaje al palacio. ¡Imagínese el lector lo que debería
-pasar por su mente al emprender la subida, al entrar por la puerta, y
-qué reflexiones harían cada uno según su carácter! Únicamente indicaré
-que en medio de la alegría, el uno y el otro se dijeron que para
-completar la fiesta faltaba sólo el malogrado padre Cristóbal. “Mas sin
-embargo”, decían, “él está seguramente mejor que nosotros”.
-
-El marqués les hizo la más fina acogida, los condujo á un hermoso
-saloncito, y colocó en la mesa á los dos esposos, junto con Inés y su
-amiga. Antes de retirarse para ir á comer en compañía de D. Abundio á
-otra habitación, quiso permanecer un rato con sus convidados, ayudando
-en persona á los criados á servirles. Supongo que á nadie se le pasará
-por la imaginación el que hubiera sido más sencillo el poner buenamente
-una sola mesa. Hemos presentado al citado señor como un excelente
-sujeto, pero no como un hombre de un tipo original, según ahora
-diríamos; hemos manifestado que era humilde, no que fuese un portento
-de humildad. Tenía la suficiente para ponerse debajo de aquellos
-infelices, pero no para colocarse á su nivel.
-
-Finalizadas ambas comidas, el contrato fué extendido por manos de
-un doctor, que no era Azzecca-Garbugli; el cual, quiero decir,
-sus mortales despojos estaban y todavía están en Cantarelli. Es
-indispensable que hagamos una breve y sucinta explicación del citado
-pueblo, para los que no tengan de él idea alguna.
-
-Cerca de media milla más allá de Lecco, y casi á un lado de la otra
-población llamada Castello, existe un lugar al cual dan el nombre de
-Cantarelli, en donde se cruzan dos caminos; muy próximo al punto en que
-éstos se unen, se divisa una eminencia, á modo de una pequeña colina
-artificial, coronada de una cruz; lo cual no es otra cosa más que una
-gran porción de muertos de la terrible epidemia que hemos descrito,
-colocados en aquel sitio. La tradición dice simplemente “los muertos
-del contagio”, sin manifestar precisamente cuál era, debiendo ser el
-que ya conocemos, porque fué el último y más cruel de que hay memoria;
-y es demasiado sabido que si á las tradiciones no se las ayuda un poco,
-no dicen nunca por sí mismas lo bastante.
-
-Á la vuelta de los esposos á casa, no surgió otro inconveniente más
-sino que Renzo iba un tanto incomodado con el peso del dinero que
-llevaba encima. Mas el hombre, según sabemos, había tenido otros
-disgustos. No queremos hablar del trabajo de su mente, que no era sin
-embargo pequeño, pensando en la manera de hacer producir más dicho
-dinero. Al ver los proyectos, reflexiones é incertidumbres de su
-imaginación; al oir el pro y el contra con respecto á la agricultura
-y á la industria, era como si se hubiesen encontrado frente á frente
-dos academias del siglo pasado. El embarazo para él era más que real,
-porque siendo un hombre solo, no se le podía decir: “¿qué necesidad
-había de elegir?”. Lo mejor que podía hacer era emprender con ambas,
-porque los medios en sustancia son los mismos, y al mismo tiempo dos
-cosas que se parecen á las piernas, esto es, que las dos andan mejor
-que una sola.
-
-Trataron pues de arreglar el equipaje, y ponerse en camino, la familia
-Tramaglina para su nueva patria, y la viuda para Milán. Se derramaron
-muchas lágrimas, se dieron mutuamente un millón de gracias, y se
-hicieron mil y mil promesas de irse á ver unos á otros á menudo.
-La separación de Renzo y de la familia del amigo que le había dado
-hospitalidad no fué menos tierna, si se exceptúa que no hubo lágrimas;
-y no se crea que la despedida con D. Abundio fuese fría; nada de
-esto. Aquellas excelentes criaturas habían conservado siempre cierta
-respetuosa adhesión para con su cura, y éste, en el fondo también los
-había apreciado; sino que ya se ve, ¡hay negocios tan malditos que
-llegan á turbar hasta las afecciones!
-
-Nada obligaba á Renzo á salir de su pueblo natal; pues D. Rodrigo
-no existía, y la orden de prisión había sido anulada. Mas hacía ya
-algún tiempo que los tres estaban acostumbrados á mirar como suyo el
-país adonde se dirigían. Renzo había logrado que cayera en gracia á
-las mujeres, haciéndoles ver las ventajas que encontraban en él los
-operarios y otras mil cosas de la buena vida que se pasaba. Además, en
-aquel del cual se apartaban, habían tenido momentos bien amargos; y los
-recuerdos tristes que con frecuencia se presentan á nuestra imaginación
-de los lugares en que hemos sufrido, nos hacen alejar de ellos.
-
-¡Quién había de figurarse que al llegar á la nueva patria, en
-donde Renzo creía hallar la dicha, no encontró más que disgustos!
-Indudablemente no era nada; pero sin embargo, lo bastante para turbar
-su felicidad. He aquí, en pocas palabras, lo que sucedió.
-
-Las conversaciones que en el citado pueblo había habido respecto de
-Lucía, mucho tiempo antes que ésta fuese á él; el saber que Renzo había
-padecido tanto por ella, permaneciendo siempre firme y constante; acaso
-alguna palabrilla de algún amigo parcial para con él y para con todo lo
-que le concernía, habían hecho nacer una cierta curiosidad de ver á la
-joven, concibiendo una idea extraordinaria de su belleza. Otros decían:
-“¿Queréis saber cómo es la que esperáis con tanta ansia? Es holgazana,
-crédula, desdeñosa; no encuentra jamás lo que busca, porque nunca sabe
-lo que quiere; y por último, hace pagar muy caros los dulces momentos
-que había concedido sin razón”. Cuando Lucía se presentó, muchos de los
-que creían que tenía una cabellera de oro, las mejillas exactamente de
-rosa, los ojos más hermosos que lo uno y lo otro, y qué sé yo qué más,
-empezaron á encogerse de hombros, á arrugar las narices, y á decir:
-“¡Bah!, ¡es ésta la mujer tan ponderada! ¡Después de tanto tiempo y de
-tanto hablar, era de esperar otra cosa! ¡Y qué es después de todo! Una
-aldeana como tantas otras. Mujeres como ella y mejor se encuentran por
-todas partes”. Viniendo en seguida á examinarla en particular, éste
-notaba un defecto, aquél otro, y algunos la llegaron á encontrar fea.
-
-Mas sin embargo, como todo esto nadie iba á decirlo á la cara de
-Renzo, hasta aquí no era un gran mal. Pero por desgracia al cabo de
-algún tiempo no faltó quien fuera á contarle dichas habladurías, lo
-cual le afligió mucho. Principió á meditar sobre ello, siendo objeto
-de varias disputas con los que le hablaban de tal asunto, y también
-de amargas quejas consigo mismo. “¿Y qué os importa?, ¿quién os ha
-dicho que esperaseis esto ni aquello? ¿He ido por ventura á hablaros
-nunca de semejante cosa?, ¿á deciros que era hermosa? Y cuando me lo
-preguntabais, ¿os di quizás otra contestación, sino que era una buena
-muchacha? ¡Es una aldeana! ¿Me habéis oído decir jamás que os traería
-una princesa? ¿Os desagrada?; no la miréis. Ya que vosotros tenéis
-mujeres hermosas, extasiaos en ellas, contempladlas cuanto queráis”.
-
-Es preciso observar, que una bagatela cualquiera basta á veces para
-decidir la dicha de un hombre para toda su vida. Si Renzo hubiese
-querido pasar la suya en dicho pueblo, según su primer designio,
-hubiera obrado muy mal. Á fuerza de tantas incomodidades, había llegado
-á estar siempre disgustado; era grosero y brusco con todos, porque
-calculaba que cada uno en particular podía criticar á Lucía. En todas
-sus palabras se traslucía siempre un no sé qué de punzante y satírico;
-en todo encontraba también motivos de crítica; hasta el punto de que si
-hacía mal tiempo dos días seguidos, al momento exclamaba: “¡Oh, vaya un
-país hermoso!” Finalmente, se hizo insoportable hasta con las personas
-que le habían apreciado; y con el tiempo, de una cosa á otra, se
-hubiera encontrado por decirlo así, en guerra abierta con casi toda la
-población, sin poder quizá ni aun él mismo conocer la causa primitiva
-de un mal tan grande.
-
-Mas se habría dicho que la peste se había empeñado en reparar todas
-sus tonterías. El dueño de una fábrica de hilados situada cerca de las
-puertas de Bérgamo había muerto; y el heredero, joven libertino, que
-en todo aquel edificio no encontraba nada que le divirtiera, resolvió
-venderlo por la mitad del precio; mas quería que fuese inmediatamente
-y á dinero contante, para poderlo emplear en seguida en gastos
-improductivos.
-
-Habiendo llegado la noticia á oídos de Bartolo, acudió á verle y trató
-con él. No podía hallarse una ganga mayor, pero la condición de pagar
-al contado, en metálico, lo echaba todo á perder; porque su escaso
-peculio, reunido lentamente á fuerza de muchas economías, estaba
-aún lejos de alcanzar á la suma señalada. Entretuvo al vendedor con
-palabras ambiguas, se volvió apresuradamente, comunicó el negocio á su
-primo, y le propuso hacerlo á medias. Un partido tan excelente puso
-fin á las dudas económicas del joven, el cual se decidió de pronto por
-la industria, y contestó afirmativamente. Ambos se dirigieron allá en
-seguida, y quedó consumado el contrato.
-
-Luego que los nuevos dueños se posesionaron de su establecimiento,
-Lucía, que no era de ninguna manera esperada allí, no sólo no fué
-objeto de crítica, sino que aun podemos añadir que no dejó de agradar;
-tanto, que Renzo llegó á saber que algunos habían dicho: “¿Habéis visto
-la bella palurda que nos ha venido?”. El epíteto hacía llevadero el
-sustantivo.
-
-Además, los disgustos que Renzo había experimentado en el otro pueblo,
-le sirvieron de muy útil lección. Hasta entonces había sido un poco
-ligero en decir lo que sentía, teniendo un placer en criticar á la
-mujer del vecino y demás; pero luego comprendió que las palabras hacen
-un efecto en la boca y otra en los oídos, por lo cual contrajo el
-hábito de pesar más las suyas antes de proferirlas.
-
-Los negocios iban viento en popa: al principio se presentaron algunas
-dificultades con motivo de la escasez de operarios y de las altas
-pretensiones de los pocos que habían quedado. Publicáronse edictos que
-limitaban los salarios; y á despecho de algunos, con tales medidas, las
-cosas volvieron á su verdadero camino; porque al fin y al cabo debían
-arreglarse. Al cabo de poco tiempo, llegó de Venecia otro edicto más
-razonable, á saber: extinción, por diez años, de toda carga real y
-personal á los forasteros que fuesen á establecerse en el territorio.
-Para nuestros amigos, esto fué una nueva cucaña.
-
-Antes de que concluyese el primer año de casados, Lucía dió á luz una
-hermosa criatura; y como si se hubiese hecho á propósito para dar
-ocasión á Renzo de cumplir su magnánima promesa, fué una niña, á la
-cual se la bautizó con el nombre de María. En el trascurso del tiempo
-tuvieron no sé cuántos más, de uno y otro sexo; é Inés, ocupada en
-llevarlos aquí y allá, les llamaba picarillos y les cubría de besos,
-los cuales quedaban impresos por largo rato en sus rosadas mejillas.
-Todos fueron inclinados al bien, queriendo Renzo que aprendiesen á
-leer y escribir, al cual se le oía decir, que ya que existía semejante
-picardía, era preciso que se aprovechasen de ella.
-
-Era sumamente curioso el oirle contar sus aventuras, las que finalizaba
-siempre diciendo las grandes cosas que había aprendido para gobernarse
-mejor en lo sucesivo. “Me he aleccionado”, decía, “en no meterme en
-jaranas, en no predicar en las plazas, en no levantar el codo más de lo
-necesario, en no tener en la mano las aldabas de las puertas cuando hay
-alrededor gentes, cuya cabeza no está buena enteramente, en no atarme
-una campanilla al pie antes de haber pensado lo que podía suceder, y
-otras mil cosas por el estilo”.
-
-Sin embargo, Lucía, sin encontrar la doctrina falsa en sí, no quedaba
-satisfecha; le parecía así de un modo vago, como si faltara algo. Á
-fuerza de oir repetir siempre el mismo estribillo, y meditar cada vez
-más sobre él; “y yo”, dijo un día á su moralista, “¿qué debo haber
-aprendido? Bien sabes que no he ido á buscar las desgracias, sino que
-ellas vinieron: á menos que no quieras decir, añadió, sonriéndose
-afectuosamente, que todo mi mal provino de quererte y haberte dado
-palabra de casamiento”.
-
-Al principio Renzo no supo qué contestar. Después de haber discutido
-ambos por largo tiempo, sacaron en consecuencia que las desgracias las
-más veces provienen de causas motivadas por otros, que la conducta más
-cauta é inocente no podría evitar; y que cuando nacen por culpa ó sin
-culpa nuestra, la confianza en Dios las templa y las utiliza para
-la otra vida. Esta solución, aunque haya sido hallada por gentes sin
-instrucción de ninguna especie, nos ha parecido tan justa, que hemos
-pensado consignarla aquí como el pensamiento de toda la historia.
-
-Últimamente, si la presente obra no os ha disgustado, agradecédselo al
-anónimo, y también un poquito á su comentador; mas si por el contrario,
-hemos tenido la desgracia de desagradaros, podéis estar seguros que no
-ha sido éste nuestro designio.
-
-
- * * * * *
-
-
- NOTAS:
-
-[25] La vejez es por sí misma una enfermedad.
-
-
- FIN DE “LOS PROMETIDOS ESPOSOS”.
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 2 ***
-
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