diff options
| -rw-r--r-- | .gitattributes | 4 | ||||
| -rw-r--r-- | LICENSE.txt | 11 | ||||
| -rw-r--r-- | README.md | 2 | ||||
| -rw-r--r-- | old/67819-0.txt | 7996 | ||||
| -rw-r--r-- | old/67819-0.zip | bin | 151304 -> 0 bytes | |||
| -rw-r--r-- | old/67819-h.zip | bin | 584931 -> 0 bytes | |||
| -rw-r--r-- | old/67819-h/67819-h.htm | 9035 | ||||
| -rw-r--r-- | old/67819-h/images/001.jpg | bin | 55917 -> 0 bytes | |||
| -rw-r--r-- | old/67819-h/images/cover.jpg | bin | 379222 -> 0 bytes |
9 files changed, 17 insertions, 17031 deletions
diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize +this eBook outside of the United States should confirm copyright +status under the laws that apply to them. diff --git a/README.md b/README.md new file mode 100644 index 0000000..95127f8 --- /dev/null +++ b/README.md @@ -0,0 +1,2 @@ +Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for +eBook #67819 (https://www.gutenberg.org/ebooks/67819) diff --git a/old/67819-0.txt b/old/67819-0.txt deleted file mode 100644 index 4c4cef9..0000000 --- a/old/67819-0.txt +++ /dev/null @@ -1,7996 +0,0 @@ -The Project Gutenberg eBook of Bug-Jargal, by Victor Hugo - -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Bug-Jargal - -Author: Victor Hugo - -Translator: D. Alcalá Galiano - -Release Date: April 12, 2022 [eBook #67819] - -Language: Spanish - -Produced by: Carlos Colon, the University of Wisconsin-Madison and the - Online Distributed Proofreading Team at - https://www.pgdp.net (This book was produced from images - made available by the HathiTrust Digital Library.) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK BUG-JARGAL *** - - - - - - COLECCIÓN UNIVERSAL - - VICTOR HUGO - - Bug-Jargal - - NOVELA - - Traducción de D. Alcalá Galiano, - revisada y corregida. - - [Illustration] - - MADRID-BARCELONA - MCMXX - - - - - ES PROPIEDAD - Copyright by Calpe, 1920. - - -Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPAÑOLA. - - - - -_“Estamos aniquilados todos”, decía Alejandro Dumas hablando del autor -de_ Marion Delorme; _y lo decía sin conocer de él más que este drama, -estrenado en 1831, seis años después de la aparición de_ Bug-Jargal. - -_Por entonces era ya célebre Víctor Hugo. Su popularidad fué creciendo -tan rápidamente, que poco después desaparecían en breves días las -copiosas ediciones de sus libros; cualquier trabajo suyo, por -insignificante que fuera, despertaba general interés; en los últimos -tiempos de su vida, el pedestal de su fama había alcanzado toda la -altura que puede soñar un poeta._ - -_Víctor Hugo nació en 1802. Su existencia fué una lucha constante -contra todo: contra el teatro clásico, primero; contra la política -de su tiempo, después. Este proceder agresivo valió al gran -novelista la hostilidad de una legión de adversarios que combatieron -encarnizadamente sus ideas y su literatura, acusándolo de pueril y de -ridículo. El infortunio también se cebó en él: vió morir a sus hijos, -sufrió miserias y persecuciones, fué desterrado y escarnecido; pero -siguió trabajando impertérrito hasta vencer todos los obstáculos que -el Destino y la Envidia pusieron en su camino. Murió el 22 de mayo -de 1885, cargado de años y de obras, glorificado y aplaudido por sus -partidarios, cuyo inconsciente entusiasmo le fué, en varias ocasiones, -tan perjudicial como los ataques de sus enemigos._ - -_Cuando compuso la novela que publicamos en este tomito, Hugo tenía, -según él mismo nos dice, diez y seis años. Había apostado con unos -amigos que escribiría un volumen en dos semanas. Así nació_ Bug-Jargal, -_relato basado en la insurrección de los esclavos de Santo Domingo, -en 1791, y lleno, como todos los suyos, de vigor y de vida. Estaba -destinado a formar parte de una obra de mayor extensión, que no llegó -a publicar. No es ésta la única que Víctor Hugo dejó en proyecto; lo -mismo hizo con_ Quiquengrogne, _siempre prometida, nunca comenzada_. - -_En esta novela puede verse palpablemente aquella atracción que nuestro -país ejercía sobre el genial poeta, hija, tal vez, de las impresiones -recibidas de pequeño durante el viaje que hizo a España en compañía de -su padre, general del Imperio._ - -_Conviene notar que tiene cierto parentesco, en nuestra opinión no sólo -físico, el deforme obí de_ Bug-Jargal _con Han de Islandia, Quasimodo y -El hombre que ríe. Víctor Hugo, como Velázquez, era aficionado a pintar -seres monstruosos._ - -_El lector encontrará noticias más concretas acerca de esta novela en -los prólogos que el autor puso al frente de su obra._ - -_La versión que le ofrecemos es la que en 1841 publicó D. Dionisio -Alcalá Galiano. A pesar de que su estilo resulta algo prolijo, quizá -por un exceso de purismo, tiene esta traducción el valor de las cosas -hechas a conciencia. Se ve que Alcalá Galiano trabajó con cariño, -esforzándose en encontrar el vocablo exacto, la frase adecuada, cosa -que no siempre ha conseguido. A veces yerra en la interpretación de -una palabra, emplea giros anticuados, suprime un párrafo u omite una -nota. Hemos procurado subsanar estos ligeros descuidos y enmendar -las numerosas erratas y faltas de ortografía de la edición de 1841 -cotejándola con el texto francés._ - - J. R. - - - - -PRIMERA EDICION - - - - -ENERO DE 1826 - - -El episodio que vais a leer, cuyo fondo está tomado de la rebelión -de los esclavos de Santo Domingo en 1791, tiene cierto aire de -circunstancia que hubiese bastado para que el autor no pudiera -publicarlo. Sin embargo, habiendo sido ya impreso y distribuído un -corto número de ejemplares de un bosquejo de este opúsculo en 1820, en -una época en que la política del día se ocupaba muy poco de Haití, es -evidente que si el asunto que trata ha tomado luego mayor interés, el -autor no tiene la culpa. Los acontecimientos se han conciliado con el -libro y no el libro con los acontecimientos. - -Sea como sea, el autor no pensaba sacar esta obra de la penumbra en que -estaba como sepultada; pero al saber que un librero de la capital se -proponía reimprimir su anónimo boceto, se ha creído en la obligación de -evitar esta reimpresión poniendo él mismo al día su trabajo revisado y -en cierto modo rehecho, precaución que ahorra una molestia a su amor -propio de autor, y al susodicho librero una mala especulación. - -Habiendo sabido varias personas distinguidas que, ya como colonos, ya -como funcionarios, estuvieron interesadas en los disturbios de Santo -Domingo, la próxima publicación de este episodio, han tenido gusto -en prestar espontáneamente al autor materiales tanto más preciosos -cuanto que en su mayoría son inéditos. El autor les atestigua aquí -su agradecimiento. Tales documentos le han sido de gran utilidad -para rectificar lo que el relato del capitán d’Auverney presentaba -de incompleto en lo que se refiere al color local y de falso en lo -relativo a la verdad histórica. - -En fin, debe también advertir a los lectores que la historia de -_Bug-Jargal_ no es más que un fragmento de una obra más extensa, que -habría de ser titulada _Contes sous la tente_. El autor supone que, -durante las guerras de la revolución, varios oficiales franceses -conciertan entre sí ocupar alternativamente las largas noches del -vivac en el relato de alguna de sus aventuras. El episodio que aquí se -publica formaba parte de esta serie de narraciones; puede ser separado -sin inconveniente; además, la obra de que debía formar parte no está -terminada, ni lo estará nunca, ni vale la pena de que lo esté. - - - - -1832 - - -En 1818, el autor de este libro tenía diez y seis años; apostó que -escribiría un volumen en quince días, e hizo _Bug-Jargal_. A la edad de -diez y seis años se apuesta por todo y se improvisa sobre todo. - -Este libro ha sido, pues, escrito dos años antes que _Han de Islandia_. -Y aunque siete años después, en 1825, el autor lo haya corregido -y vuelto a escribir en gran parte, es, por el fondo y por muchos -detalles, la primera obra del autor, el cual pide perdón a sus lectores -por hablarle de cosas tan insignificantes. - -Pero ha creído que al corto número de personas que gustan de clasificar -por orden de talla y de nacimiento las obras de un poeta, por -obscuro que sea, no le sabría mal que le dieran a conocer la edad de -_Bug-Jargal_; y en cuanto a él, como esos viajeros que se vuelven en -medio del camino y tratan de descubrir en los brumosos pliegues del -horizonte el lugar de donde salieron, ha querido dar aquí un recuerdo -a aquella época de serenidad, de audacia y de confianza, en que -abordaba de frente un tema tan inmenso: la rebelión de los negros de -Santo Domingo en 1791, lucha de gigantes; tres mundos interesados en -la cuestión: Europa y Africa por combatientes, América por campo de -batalla. - - 24 de marzo de 1832. - - - - -BUG-JARGAL - - - - -I - - -Cuando le llegó su vez al capitán Leopoldo d’Auverney, se quedó un -tanto espantado, y aseguró a la concurrencia que no sabía de ningún -incidente de su vida que mereciese llamar la atención. - ---Pero ¿cómo es eso, capitán--le respondió el teniente Enrique--, -cuando ha viajado usted tanto y visto tanto el mundo? ¿No ha estado -usted en las Antillas, en Africa, en España, qué sé yo?... Hola, -capitán; ahí tiene usted su perro cojo. - -D’Auverney se estremeció, dejó caer el cigarro y se volvió de súbito -hacia la entrada de la tienda de campaña, al tiempo mismo que un enorme -perrazo venía de carrera, aunque cojeando, hacia él. - -El perro, al pasar, pisoteó el cigarro del capitán, y el capitán no -hizo alto. - -El perro le lamió los pies, meneó la cola, ladró, saltó, dió señales -de alegría en cuanto pudo a su manera, y luego se echó delante de sus -pies; el capitán le acariciaba maquinalmente con la mano izquierda, y -moviendo con la otra las carrilleras del casco, decía de vez en cuando: - ---Vamos, _Rask_, vamos. - -Por fin, volviendo en sí, exclamó: - ---Pero ¿quién te ha traído? - ---Con licencia, mi capitán...--dijo el sargento Tadeo, que había -levantado un poco el cortinaje de la tienda, y se mantenía en pie, con -el brazo derecho cubierto con su capote, y las lágrimas en los ojos -al contemplar en silencio aquella escena, copiada del desenlace de la -_Odisea_. - -Por fin se aventuró a soltar estas palabras: - ---Con licencia, mi capitán... - -Y D’Auverney levantó la vista. - ---¡Hola! ¿Eres tú, Tadeo?... ¿Y cómo demonios pudiste...? ¡Pobre perro! -Yo creía que estaba en el campamento inglés. ¿Adónde le encontraste, -dime? - ---Gracias a Dios, mi capitán, aquí estamos todos; y yo tan contento -como el señorito su sobrino cuando su merced le hacía decir aquella -relación: “_Cornu_, un cuerno; _cornu_, de un cuerno...” - ---Pero, vamos, dime: ¿dónde le encontraste? - ---No le encontré, mi capitán, que le fuí a buscar. - -El capitán se puso en pie y le alargó al sargento la mano; pero, en vez -de hacer lo mismo, el sargento se quedó con la suya metida dentro del -capote. El capitán ni lo reparó. - ---La cosa es, mi capitán, que desde que se perdió el pobre _Rask_ -parecía, con licencia, que le faltaba a usted alguna cosa; y, hablando -claro, la noche que no vino, como solía, a comer conmigo el pan de -munición, en poco estuvo que el viejo de Tadeo no se pusiera a llorar -como un chiquillo. Pero no, a Dios gracias, que no me han visto llorar -sino dos veces en mi vida: la primera, cuando... el día que...--y el -sargento miró a su amo con sobresalto--; la segunda, el día que al -pícaro del cabo Baltasar se le ocurrió hacerme pelar un manojo de -cebollas. - ---Se me figura, Tadeo--contestó Enrique riéndose--, que se te quedó en -el tintero el decir por qué lloraste la primera vez. - ---¿Sin duda sería cuando te dió un abrazo Latour d’Auvergne, el primer -granadero francés?--preguntó con tono afectuoso el capitán, sin parar -de hacer caricias al perro. - ---No, mi capitán; si el sargento Tadeo pudo llorar, usted mismo -debe confesarnos que no pudo ser sino el día que mandó _fuego_ para -Bug-Jargal, por otro nombre Pierrot. - -Todas las facciones del capitán se anublaron, y acercándose con ímpetu -al sargento, quiso apretarle la mano; pero, a pesar de tamaño honor, no -sacó Tadeo el brazo del capote. - ---Sí, mi capitán--prosiguió, dando algunos pasos atrás, mientras -D’Auverney le echaba una mirada dolorosa--; aquella vez lloré porque él -lo merecía. Es verdad que era negro; pero también la pólvora es negra, -y... y... - -El buen sargento hubiese preferido salir con honra del atolladero de su -comparación, porque había algo que halagaba su fantasía en este símil; -pero habiendo probado inútilmente a expresarse, y después de embestir, -por decirlo así, con su idea por todos los frentes, hizo lo que hacer -suele el general de un ejército delante de alguna fortaleza: levantó -el sitio y continuó su jornada, sin hacer alto en la sonrisa de los -oficiales. - ---Digo, mi capitán, ¡si hubiera usted visto al pobre negro cuando llegó -a carrera y sin aliento, en el instante mismo que se estaban preparando -sus diez camaradas! Había sido preciso atarlos, y yo lo hice porque -mandaba el piquete; ¡y cuando los fué desatando uno por uno con sus -propias manos, para ponerse en su puesto, aunque ellos se resistían!, -¡qué firmeza! ¡Aquello era un hombre! ¡Ni el peñón de Gibraltar! ¿Y -luego, mi capitán, cuando se mantuvo tan derecho como si fuese a entrar -en un baile? Y cuando su perro, este mismo _Rask_ que tenemos aquí, -comprendió lo que se iba a hacer y se me abalanzó a la garganta... - ---Por lo general, Tadeo--le interrumpió el capitán--, no solías dejar -pasar esta parte de la relación sin hacerle una fiesta a _Rask_; repara -y cómo te mira. - ---Tiene su merced razón, mi capitán--respondió Tadeo, algo cortado--; -el pobre _Rask_ me echa unos ojos que... Pero la vieja Malagrida me ha -dicho que trae mala suerte el hacer fiestas con la mano izquierda. - ---Bien, pero ¿para qué sirve la derecha?--preguntó D’Auverney -sorprendido y reparando por la vez primera en el brazo envuelto entre -el capote y en la palidez de Tadeo. - -La confusión del sargento subió de punto. - ---Con licencia, mi capitán; el caso es que... que ya tiene usted un -perro cojo, y mucho me temo que acabe por tener un sargento manco. - -El capitán dió un salto desde su asiento. - ---¡Cómo! ¿Qué es lo que dices, Tadeo? ¡Tú manco! Saca el brazo. ¡Manco, -Dios mío! - -Y D’Auverney temblaba; el sargento fué desliando despacio el envoltorio -de su capote, y enseñó, por fin, el brazo cubierto con un pañuelo -ensangrentado. - ---¡Ah, Dios mío!--tartamudeaba el capitán mientras iba levantando con -suma precaución el lienzo--. Pero, Tadeo, explícame... - ---Una cosa muy sencilla. Ya dije que había reparado en su tristeza de -usted desde que los malditos ingleses nos quitaron al pobre _Rask_, al -perro de Bug. Así, esta noche me resolví a ir y traérmelo, aun cuando -me costara el pellejo, para poder cenar con apetito. Por eso, después -de haber recomendado a Mathelet, su asistente de usted, que cepillase -con cuidado el uniforme de gala para la gran acción de mañana, me salí -a la calladita del campamento, sin más arma que mi sable, y me metí -por entre las cercas, para llegar antes adonde están los ingleses. -Todavía no había yo llegado ni a la primer línea de parapetos, cuando, -con licencia, mi capitán, reparé en un corro de casacas coloradas que -estaban en un bosquecillo, hacia la izquierda. Como no hacían alto en -mí, me acerqué para ver mejor, y lo primero que descubrí fué a _Rask_, -atado a un árbol en medio de ellos, mientras dos milores, en cueros -como los herejes, se estaban repartiendo sobre las costillas unos -puñetazos que hacían más ruido que la tambora de nuestro regimiento. -Eran dos señores ingleses, que probablemente se habían desafiado por -vuestro perro; pero _Rask_, que me conoció, dió de repente un estrechón -tal, que rompió la cuerda, y en un abrir y cerrar de ojos estaba el -tunante corriendo tras de mí. Ya puede usted figurarse que los otros -no se estuvieron quietos. Yo me zambullí entre las matas, y _Rask_ -siguiéndome, mientras alrededor de nosotros silbaba una nube de balas. -_Rask_ se puso a ladrar en respuesta; pero, por fortuna, no le pudieron -oír a causa de sus gritos de _french dog_, _french dog_, como si el -perro no fuera de la casta de Santo Domingo. No importa: ya habíamos -saltado por encima de los cercados y me creía ya en salvo cuando se -nos ponen delante dos de los colorados. Con el sable me zafé de uno de -ellos, y lo mismo hubiera hecho con el otro, a no ser porque traía una -pistola cargada con bala... Ahí tiene usted mi brazo derecho. Pero no -importa: el _french dog_ le saltó al pescuezo, como si fuera un amigo -antiguo, y yo aseguro que el abrazo fué estrecho, porque el inglés vino -a tierra degollado. ¿Para qué fué tan terco el hombre en seguirnos? Por -fin, aquí está Tadeo de vuelta al campamento, y _Rask_ con él. Mi única -pesadumbre es que no quisiera Dios haberme enviado esto en la batalla -de mañana. Conque... se acabó. - -Las facciones del veterano se entristecieron con la idea de no haber -recibido su herida en una batalla. - ---¡Tadeo!--exclamó el capitán en tono irritado; y en seguida añadió con -más blandura--: ¿A qué viene esa tontería de exponerte así por un perro? - ---No fué por un perro, mi capitán; fué por _Rask_. - -El rostro de D’Auverney se inmutó de repente, y el sargento prosiguió -en su discurso: - ---Fué por _Rask_, por el perro de Bug... - ---Basta, basta, Tadeo--dijo el capitán, cubriéndose los ojos con una -mano--. Vamos--añadió después de un breve silencio--, apóyate sobre mí -y vamos al hospital. - -Después de hacer una respetuosa resistencia, obedeció Tadeo; y el -perro, que durante toda esta escena se había entretenido, por desfogar -su alegría, en roer la magnífica piel de oso de su amo, se levantó y -les fué siguiendo a entrambos. - - - - -II - - -Este episodio había despertado en grado sumo la curiosidad de los -bulliciosos espectadores. - -El capitán Leopoldo d’Auverney era uno de aquellos hombres que, sea -cual fuere el escalón en que el acaso de la suerte o el remolino de -la sociedad los haya colocado, inspiran siempre cierta especie de -respeto mezclado de afecto. Quizá nada ofrecía de notable a primera -vista: sus modales eran fríos y sus miradas indiferentes. El sol de los -trópicos, aun cuando le tostó el cutis, no le había inspirado aquella -viveza de gestos y palabras que suele hermanarse en los criollos con -cierto abandono, a menudo lleno de gracia. D’Auverney hablaba poco, -escuchaba rarísima vez y siempre se mostraba pronto a obrar. El primero -en montar a caballo, el postrero en volver al pabellón, parecía como si -buscase en las fatigas personales un amparo contra sus pensamientos. -Estos pensamientos, que habían estampado su melancólica y severa -huella en las precoces arrugas de su frente, no eran de aquella clase -que se alivian con el desahogo de una confianza, ni eran de aquellos -tampoco que se evaporan en una frívola conversación y se confunden -gustosos con las ideas ajenas. Leopoldo d’Auverney, cuyo cuerpo no -alcanzaban a rendir las penosas tareas de la guerra, manifestaba una -aversión y cansancio inconcebibles en cuanto suele llamarse ejercicios -de la fantasía. Huía de las disputas con tanto anhelo como buscaba -las batallas, y si a veces se dejaba arrastrar hasta tomar parte en -algún debate, soltaba tres o cuatro palabras llenas de grave juicio -y profundas razones, y luego, en el momento mismo de convencer a su -adversario, se paraba, exclamando: “¿De qué sirve...?”, y se salía -para pedirle al comandante algo en que entretener el tiempo, ínterin -llegaba la hora de la carga o del asalto. - -Sus camaradas excusaban su porte seco, reservado y taciturno, porque en -toda ocasión le encontraban bueno, valiente y bondadoso. Había salvado -la vida de muchos, con peligro de la suya propia, y era sabido que, si -rara vez abría la boca, su bolsa, al menos, nunca estaba cerrada. Era -querido en el ejército, y hasta le perdonaban el hacerse respetar, por -decirlo así. - -Sin embargo, era aún joven: treinta años aparentaba, y en realidad -estaba aún lejos de tenerlos. Aun cuando hacía ya algún tiempo que -combatía en las filas republicanas, todos ignoraban sus aventuras; y el -único ente que, aparte de _Rask_, podía arrancarle alguna señal de vivo -interés, era el sargento veterano Tadeo, que había entrado a la par en -el regimiento, que nunca se le separaba del lado y que solía contar de -una manera confusa algunas circunstancias de su vida. Sabíase, pues, -que D’Auverney había experimentado en América grandes desgracias, y -que, casado en Santo Domingo, había perdido a su mujer y su familia -entera entre los horrores de la revolución que dió por tierra con -aquella magnífica colonia. En aquella época, los infortunios de esta -clase se habían hecho tan comunes que se había formado una especie -de fondo de compasión general, en que cada uno metía y sacaba su -parte; de modo que si el capitán D’Auverney excitaba lástima en grado -algo extraordinario, no tanto era por las pérdidas que había sufrido -cuanto por su manera de sobrellevarlas. En efecto, al través de su -glacial indiferencia no fuera difícil rastrear a veces los movimientos -convulsivos que procedían de una llaga secreta, pero incurable. - -Así que principiaba el combate se serenaba su rostro. En la pelea se -mostraba tan intrépido cual si aspirase a ser general; después de la -victoria, tan modesto cual si se contentara con ser mero soldado. Sus -camaradas, al ver semejante desdén de los grados y honores, no podían -alcanzar por qué antes de la acción parecía desear algo con ansia, y no -comprendían que, de todos los azares de la guerra, la muerte tan sólo -era lo que D’Auverney apetecía. - -Los representantes del pueblo en el ejército le nombraron un día jefe -de batallón sobre el campo de batalla; pero rehusó admitirlo porque, -saliendo de la compañía, le hubiera sido forzoso separarse del sargento -Tadeo. Algunos días después se ofreció de voluntario para el mando de -una expedición arriesgada, de donde regresó en salvo contra la creencia -general y contra sus propios deseos. Entonces se le oyó arrepentirse -de no haber aceptado el grado ofrecido, porque “los cañones -enemigos--decía--siempre me respetan; y la guillotina, que hiere a -cuantos descuellan sobre el común nivel, quizá se hubiese acordado de -mí”. - - - - -III - - -Tal era el carácter del personaje, sobre el cual, al salir de la -tienda, se entabló la conversación siguiente: - ---Apostaría--dijo el teniente Enrique, limpiándose sus botas de -tafilete encarnado, que el perro manchó de lodo al pasar--, apostaría a -que el capitán no daba la pata coja de su perro por aquella docena de -canastas de vino de Madera que vimos el otro día en los furgones del -general... - ---Vaya, vaya--contestó de broma el ayudante de campo Pascual--; eso -sería mal negocio, porque las canastas no tienen a la hora esta nada -dentro, que yo puedo dar testimonio. Por consiguiente--añadió con suma -seriedad--, ustedes convendrán en que treinta botellas vacías no valen -la pata del perro, que al fin y al cabo pudiera muy bien servir para -mango de un cordón de campanilla. - -El auditorio soltó la risa por el tono solemne con que el ayudante -pronunció las últimas palabras; pero Alfredo, el oficial de húsares, -único que no participó de la broma, tomó un aire de descontento. - ---No veo, señores--dijo--, qué motivo de risa hay en lo que acaba -de pasar. Este perro y este sargento, que andan siempre pegados a -D’Auverney desde que le conozco, me parecen muy capaces de excitar -interés. Por fin, esta escena...--Pascual, picado tanto de la seriedad -de Alfredo cuanto de la burla de los restantes, le interrumpió diciendo: - ---¡Ah! Eso sí: la escena es muy sentimental; pues vaya, ¡encontrar un -perro y quebrarse el brazo!... - ---Capitán Pascual, se equivoca usted--le respondió Enrique, arrojando -fuera de la tienda la botella que acababa de vaciar--; ese Bug, por -otro nombre Pierrot, me tiene en mucha curiosidad. - -Pascual, que iba a enfadarse de veras, se apaciguó reparando en que le -habían llenado el vaso, y en esto entró D’Auverney y se fué a sentar -en su antiguo puesto, sin pronunciar palabra; estaba pensativo, pero -con el semblante menos agitado, y tan distraído, que nada oía de cuanto -hablaban alrededor suyo. _Rask_, que le acompañaba, se echó a sus pies, -mirándole con sobresalto. - ---Mire usted su vaso, capitán D’Auverney; y pruebe éste, que es de lo... - ---¡Oh! A Dios gracias--contestó el capitán, figurándosele que acertaba -en responder a Pascual--, la herida no es peligrosa, porque el hueso -está sano. - -Sólo el respeto involuntario que inspiraba el capitán a todos sus -compañeros contuvo la carcajada que ya asomaba entre los labios de -Enrique. - ---Puesto que ya se ha sosegado usted en lo que toca a Tadeo--dijo -conteniéndose--, y que nos hemos convenido en contar cada cual nuestras -aventuras para distraer esta noche de vivac, espero, querido, que -cumplirá usted su empeño contándonos la historia del perro cojo y la de -Bug... qué sé yo cuántos, aquel peñón de Gibraltar. - -A esta pregunta, hecha en tono medio serio, medio de broma, no hubiera -respondido D’Auverney si todos los demás concurrentes no hubiesen -reunido sus instancias a las del teniente. Por fin cedió a tantos -ruegos. - ---Voy a complacer a ustedes, señores; pero no esperen otra cosa que la -relación de una anécdota sencilla, en que no represento sino un papel -muy subalterno. Si las relaciones de cariño que existen entre Tadeo, -_Rask_ y yo les han hecho esperar algo de extraordinario, desde ahora -les aviso que se equivocan, y con esto principio. - -Reinó entonces de súbito profundo silencio. Pascual se echó de un -trago la calabaza de aguardiente, y Enrique se embozó en su piel de -oso, medio roída, para guarecerse del frío, mientras Alfredo cantaba -medio entre dientes la canción gallega de _La muñeira_. D’Auverney se -quedó pensativo por unos instantes, como para retraer a la memoria -el recuerdo de algunos sucesos, ya casi borrados por impresiones más -recientes, y al fin tomó la palabra lentamente, casi en voz baja y con -frecuentes pausas. - - - - -IV - - ---Aunque nací en Francia, desde muy tierna edad me enviaron a Santo -Domingo, en casa de un tío hacendado, muy rico, de aquella colonia, con -cuya hija estaba resuelto mi enlace por la familia. La habitación de mi -tío estaba situada a las inmediaciones del castillo de Galifet, y sus -fincas se extendían por casi toda la vega del río Acul; y aun cuando el -relato de tales circunstancias lo tengan ustedes quizá por menudencias -insignificantes, de ello dimana principalmente la ruina total de mi -familia. - -Ochocientos negros se ocupaban en la labranza de las inmensas fincas de -mi tío, y debo confesar que los males inherentes a la triste condición -de esclavos subían aún mucho de punto por la dureza del carácter de -su amo. Mi tío se contaba entre el número, por fortuna muy escaso, de -aquellos criollos a quienes la práctica prolongada de un despotismo sin -límites había llegado a embotar la sensibilidad del ánimo. Acostumbrado -a verse obedecido al primer indicio de su voluntad o capricho, -castigaba con sumo rigor la menor tardanza o leve muestra de duda por -parte de un esclavo, y a menudo las súplicas interpuestas de sus hijos -servían tan sólo para encender su cólera. Así, pues, teníamos que -contentarnos las más veces con suavizar en secreto los males que no -estaba a nuestro alcance el impedir. - ---¡Vaya, y qué bonito está eso!--dijo a media voz Enrique, inclinándose -al oído del oficial más vecino--. Espero que el capitán no dejará pasar -las desdichas de los _ex negros_ sin hacer una disertacioncita acerca -de los deberes que nos impone la humanidad, etcétera, etcétera. Lo que -es en la sociedad patriótica de _Massiac_[1] no escapábamos a menos. - ---Gracias, Enrique, por el aviso, que me excusa ponerme en -ridículo--respondió con frialdad D’Auverney, que lo había oído, y en -seguida prosiguió su relación--. - -Entre todos sus esclavos, uno solo había conseguido congraciarse -con mi tío, y éste era un enano español, mulato o de los que llaman -cuarterón, que le había regalado lord Effingham, gobernador de la -Jamaica. Mi tío, que había residido por muchos años en el Brasil, había -contraído los hábitos portugueses y gustaba de rodearse de cierto -fausto proporcionado a sus riquezas. Numerosos esclavos, adiestrados al -servicio doméstico como los criados europeos, daban en cierto modo a -su casa un aire de magnificencia cual la de un gran señor, y para que -nada faltase, había conferido al esclavo de lord Effingham el título -de su _bufón_, imitando así a aquellos antiguos barones feudales que -mantenían un _gracioso_ entre el séquito de su corte. Es preciso en -este punto confesar que la elección había sido en extremo acertada. -El mulato Habibrah--que así se llamaba--era uno de aquellos entes -cuya conformación física es tan extraña, que nos horrorizarían como -monstruos si no moviesen antes a risa. Este espantoso enano era bajo, -rechoncho y panzón, y se movía con suma agilidad y rapidez, sostenido -en un par de piernecillas tan sutiles y diminutas que, cuando al -sentarse las encogía, se asemejaban a las patas de una araña. Su enorme -cabeza, macizamente enterrada entre los hombros, estaba cubierta de -un pelo rojizo y crespo y adornada de tan enormes orejas que solían -decir sus compañeros le servían de paño para enjugarse las lágrimas. -Su rostro estaba sin cesar desfigurado por un gesto, sin que jamás -el mismo se repitiese; extraordinaria movilidad de facciones que por -lo menos confería a su fealdad el mérito de ser variada. Mi tío se -le había aficionado a causa de esta poco común deformidad y de su -inalterable alegría, y así, Habibrah era su favorito. Mientras que los -esclavos restantes gemían, sobrecargados de trabajo, toda la faena -de Habibrah estaba reducida a andar detrás de su amo con un inmenso -abanico de plumas para oxear los mosquitos y demás insectos. Mi tío -hacía que comiera a sus pies, sentado en una estera de juncos, y solía -darle en su propio plato los restos de algún manjar preferido. Verdad -es que en pago se mostraba Habibrah muy agradecido a tales bondades; -no ejercía sus privilegios de bufón ni su derecho a hacerlo todo y a -decirlo todo, sino con el objeto de divertir a su amo con mil ridículos -dichos mezclados con extravagantes contorsiones, y al menor gesto de mi -tío, acudía volando con la agilidad de un mono y el aspecto sumiso de -un perro. - -Y, sin embargo, yo no podía vencer la repugnancia que me inspiraba -aquel esclavo. Había algo de demasiado rastrero en su condición servil: -porque si la esclavitud no deshonra, el servicio doméstico envilece. -Sentía yo como una especie de benévola compasión hacia aquellos negros, -a quienes veía trabajar todo el día sin descanso y sin que apenas -una miserable vestidura encubriese sus grillos; pero el disforme -saltimbanco, el esclavo holgazán, con su ridículo ropaje, entreverado -de galones y matices y salpicado de cascabeles, no me inspiraba sino -desprecio. Además, el enano no aprovechaba como buen compañero el favor -que le granjeaban sus bajezas. Nunca había implorado un perdón del amo, -que con tanta frecuencia y severidad castigaba; y aun cierto día que -se creyó a solas con mi tío, se le oyó exhortarle a que redoblase su -rigor contra los infelices negros. Con todo, los otros esclavos, que -hubieran debido mirarle con celos y desconfianza, no le daban muestras -de odio, sino antes bien les inspiraba una especie de temor respetuoso -que en nada se asemejaba a enemistad; y cuando le veían pasar por entre -sus chozas, con su gorra en hechura de cucurucho, adornada en la punta -de cascabeles y toda pintorreada de estrambóticas figuras trazadas con -tinta roja, decían entre sí y a media voz: “Es un _obí_[2].” - -Estos pormenores, sobre los cuales llamo ahora su atención, señores, -me ocupaban muy poco en aquella época. Entregado por entero a las -puras emociones de un amor, a que nada debiera, al parecer, poner -obstáculo; de un amor nacido desde la infancia, y también desde ella -correspondido por la mujer que me estaba destinada, apenas concedía -una mirada indiferente a cuanto no era María. Acostumbrado desde la -más tierna edad a considerar como mi futura esposa a aquella que en -cierto modo era ya mi hermana, se había establecido entre nosotros -una especie de tierno cariño, cuya índole no se podrá comprender aun -cuando diga que nuestro amor era una mezcla de fraternal abnegación, -de exaltadas pasiones y de conyugal confianza. Pocos hombres han sido -más felices que yo en sus primeros años; pocos han sentido abrirse -el capullo de su alma a las emociones de la vida bajo una atmósfera -más serena; pocos en tan deliciosa armonía, de placer para el momento -presente y de halagüeñas esperanzas para el porvenir. Rodeado, casi -desde la cuna, de cuantos deleites procuran las riquezas y de cuantos -privilegios confiere un elevado nacimiento en aquellos países donde -basta con el color del cutis para poseer tal dignidad; pasando mis -días enteros al lado de la mujer en quien cifraba mi amor; viendo este -amor mismo favorecido por nuestros deudos, únicos que hubieran podido -ponerle estorbo; y todo esto en una edad en que la sangre hierve, en -un país donde el estío es perpetuo, donde la naturaleza es hermosa, -¿qué más pudiera combinarse para inspirarme ciega confianza en mi feliz -estrella?, ¿qué más se requiere para poder repetir que pocos hombres -fueron más felices que lo fuí yo en mis primeros años? - -El capitán se detuvo por un instante, cual si le faltase aliento para -aquellos recuerdos del pasado deleite, y en seguida añadió con acento -melancólico: - ---Verdad es que, en cambio, tengo ahora el derecho de afirmar que nadie -pasará en mayor amargura sus últimos momentos. - -Y como si hubiese sacado fuerzas del íntimo convencimiento de sus -desgracias, continuó con acento sereno. - - -FOOTNOTES: - -[1] Nuestros lectores habrán olvidado, sin duda, que el club _Massiac_, -citado por el teniente Enrique, era una sociedad de _negrófilos_ que se -instituyó en París a principio de la Revolución, y que provocó la mayor -parte de las insurrecciones que estallaron entonces en las colonias. - -También podrá chocar la ligereza un poco atrevida con que el joven -teniente se burla de los _filántropos_ que aún reinaban en aquella -época por la gracia del verdugo. Mas es preciso recordar que antes, -durante y después del Terror, la libertad de pensar y de hablar se -había refugiado en los campamentos. Tan noble privilegio costaba de -cuando en cuando la cabeza a un general, pero libra de todo reproche la -resplandeciente gloria de aquellos soldados que los denunciantes de la -Convención llamaban “los _señores_ del ejército del Rhin”. - -[2] Hechicero en el dialecto de los negros.--N. del A. - - - - -V - - ---En medio de tales ilusiones y de tan ciegas esperanzas, llegué a -los veinte años de mi edad, que debían cumplirse en agosto de 1791, -para cuya misma época había fijado mi tío la consumación de mi -enlace con María. Fácil les será a ustedes comprender que la idea de -una felicidad tan cercana absorbía todos mis pensamientos, y cuán -vagos, por consiguiente, han de ser los recuerdos que me quedan de -las discusiones políticas que de dos años a aquella parte estaban -agitando nuestra colonia. No hablaré, pues, ni del conde de Peinier, -ni de M. de Blanchelande, ni del desgraciado coronel Mauduit, cuyo -fin fué tan trágico. No pintaré la rivalidad entre la asamblea -_provincial_ del Norte y aquella otra asamblea _colonial_ que usurpó -el título de _general_, juzgando que la palabra _colonial_ olía -demasiado a esclavitud. Estas mezquindades, que conmovían a la sazón -todos los ánimos, no despiertan ahora el menor interés, a no ser por -los infortunios a que dieron margen. En cuanto a mí, si tenía alguna -opinión tocante a los celos mutuos que reinaban entre el distrito del -Cabo y el de Puerto Príncipe, debía ser, naturalmente, a favor del -Cabo, donde residíamos, y asimismo a favor de la asamblea provincial, -en que mi tío tenía asiento. - -Tan sólo una vez me sucedió tomar parte algo activa en los debates -a que daban origen los asuntos del día, y fué a propósito de aquel -funesto decreto expedido en 15 de mayo de 1791 por la Asamblea -Nacional de Francia, por el que se admitía a la libre gente de color -a la participación de iguales derechos políticos que ejercían los -blancos. En un baile que dió el gobernador de la ciudad del Cabo, -muchos criollos jóvenes hablaban con vehemencia contra esta ley, que -tan profundamente hería el amor propio, quizá fundado, de los blancos. -No me había mezclado yo aún en la conversación, cuando se acercó al -corro un hacendado rico, pero a quien los blancos admitían con mucha -dificultad entre sí y cuyo color equívoco daba que sospechar sobre su -estirpe. Entonces me adelanté hacia aquel sujeto, y le dije en alta voz: - ---Siga usted adelante, caballero, porque aquí oiría cosas desagradables -para los que, como usted, tienen sangre mestiza en sus venas. - -Esta acusación le irritó a tal extremo que me llamó a un desafío, en el -cual ambos quedamos heridos. Confieso que obré mal en provocarle; pero -lo que se llama las preocupaciones del color no hubieran bastado para -empujarme a este paso. Mas aquel hombre había manifestado la audacia de -elevar sus pensamientos hasta mi prima, y en el momento mismo que le -insulté de manera tan inesperada acababa de bailar con ella. - -De todos modos, veía yo con embriaguez adelantarse el momento que -iba a hacerme dueño de María, y permanecía cada vez más ajeno a la -efervescencia, siempre en aumento, que hacía delirar a cuantos estaban -a mi alrededor. Fijos los ojos en mi dicha que se aproximaba, no hice -alto en los terribles y obscuros nubarrones que iban encapotando todo -el ámbito de nuestro horizonte político, y cuyo ímpetu debía, al -descargar, desarraigar todos nuestros destinos. No que aun los ánimos -más perspicaces e inclinados a augurar mal tuvieran ya serios temores -de una revolución de los esclavos, pues se despreciaba demasiado a esta -raza para que inspirase susto; pero existían sí, entre los blancos -y los mulatos libres, gérmenes de un odio más que suficiente para -que al estallar este volcán, por tanto espacio de tiempo comprimido, -envolviese a la colonia entera entre sus escombros. - -En los primeros días de aquel mes de agosto, invocado por mis más -ardientes votos, cierto extraño incidente vino a mezclar una inquietud -imprevista con mis tranquilas esperanzas. - - - - -VI - - -Había mi tío mandado levantar a las orillas de un precioso riachuelo, -que bañaba sus tierras, una glorieta de enramada en medio de una -espesa arboleda. Allí solía venir María todas las tardes a respirar la -pura brisa del mar, que se alza diariamente en Santo Domingo durante -la estación más calurosa, y cuya frescura aumenta o disminuye con el -ardor mismo del día; y yo tenía cuidado de adornar todas las mañanas -este asilo con mis propias manos y de depositar en él las más hermosas -flores. Un día María corrió hacia mí, llena de susto, para anunciarme -que, habiendo entrado en la glorieta como de costumbre, encontró, -con terror y sorpresa, arrancadas y pisoteadas por el suelo cuantas -flores había yo colocado por la mañana; y en su vez, un gran ramo de -caléndulas silvestres y recién cogidas puesto en el lugar mismo donde -solía ella sentarse. No había vuelto aún de su sorpresa cuando oyó el -sonido de una guitarra entre los árboles vecinos, y después una voz, -que no era la mía, empezó a entonar con acento suave una canción que le -había parecido española, pero de la cual su turbación, y quizá el pudor -virginal, no le habían permitido entender otra cosa que su nombre, con -frecuencia repetido. Entonces acudió a una huída precipitada, sin que -por fortuna encontrara estorbo. - -Este relato me llenó de indignación y celos. Mis primeras sospechas se -dirigieron al _mestizo_ con quien acababa de tener tan serio altercado; -pero en la perplejidad en que me veía, determiné no dar paso alguno -de ligero, y consolé a la pobre María, prometiéndole vigilar por su -seguridad sin descanso hasta que llegara el momento, ya próximo, en que -me fuera lícito protegerla sin disfraz. - -Suponiendo, pues, que el atrevido, cuya insolencia había asustado a -María a tal extremo, no habría de contentarse con aquella primera -tentativa para declararle lo que adiviné ser su amor, resolví aquella -misma noche, en cuanto se hubiesen entregado todos al descanso, -ponerme de acecho junto a la porción del edificio donde descansaba mi -prometida. Escondido en la espesura de las cañas de azúcar y armado -de un puñal, me puse en espera y no aguardé largo tiempo en vano. -Hacia la media noche, un preludio melancólico y mesurado, que turbó -de repente el silencio, a pocos pasos de mí, fijó desde luego mi -atención. Semejante ruido obró en el ánimo como una sacudida eléctrica: -¡era una guitarra y estaba bajo las mismas ventanas de María! Furioso -y blandiendo el puñal, me lancé hacia el sitio de donde salían los -sonidos, rompiendo con mis pisadas los frágiles tallos de las cañas, -cuando de repente me sentí agarrar por una fuerza, a mi parecer -prodigiosa, y vine a tierra; el puñal me le arrancaron de las manos y -le vi brillar sobre mis sienes. Al tiempo mismo, dos ojos encendidos -relumbraron entre la obscuridad pegados a los míos, y dos andanadas -de dientes, blancos como el marfil, que pude entrever a través de las -tinieblas, se abrieron para dejar escapar en acento de cólera estas -palabras: _Te tengo, te tengo_[3]. - -Más atónito aun que temeroso, forcejeaba yo en vano con mi formidable -adversario, y ya la punta del puñal penetraba por mis vestiduras, -cuando María, sobresaltada en su sueño por el sonido de la guitarra -y el tumulto de nuestros pasos y clamores, apareció de súbito a la -ventana. Reconoció mi voz, vió brillar un puñal y lanzó un grito de -dolor y de angustia. Aquel grito penetrante paralizó en cierto modo -el brazo de mi victorioso antagonista; se contuvo cual si le hubiese -vuelto estatua algún hechizo; recorrió incierto por algunos instantes -la superficie de mi pecho con el puñal, y al cabo, arrojándolo de sí, -exclamó en francés: - ---No, no, que lloraría ella demasiado. - -Al concluír estas palabras, desapareció por entre las cañas, y antes -que yo, magullado por aquella lucha tan extraña y desigual, tuviese -tiempo de incorporarme, ningún rumor, ningún vestigio indicaban o su -presencia o el rastro de sus huellas. - -Muy difícil me fuera explicar lo que pasó por mí al volver de mi primer -asombro entre los brazos de María, para quien me había perdonado la -existencia el mismo individuo que amenazaba disputarme su tesoro. Más -que nunca me sentía irritado contra este inesperado rival, y corrido de -deberle la vida. En el fondo del negocio--me decía mi amor propio--, a -María es a quien exclusivamente se la debo, pues que el imperio de su -voz fué lo que hizo caer el puñal; pero, con todo, no podía ocultárseme -a mis propios ojos que había algo de generoso en el sentimiento que -movió a mi desconocido rival al perdonarme. Mas ese rival, ¿quién era? -Me confundía en sospechas, que se desvanecían las unas a las otras. -No podía ser el mestizo en quien se fijaron primero mis celos, porque -estaba muy lejos de poseer aquella fuerza extraordinaria, y, además, su -voz era diferente. El individuo con quien luché se me figuró que iba -desnudo hasta la cintura, y esta especie de traje no lo usaban en la -colonia sino los esclavos; pero no podía ser un esclavo. Sentimientos -cual los que le habían inducido a arrojar el puñal no juzgaba que -pudiesen pertenecer a un ente de esta clase, y, además, me repugnaba -bajo todos conceptos la idea de tener a un esclavo por rival. ¿Quién -sería, pues? Determiné callarme y observar. - - -FOOTNOTES: - -[3] Víctor Hugo, que posee y aprecia en cuanto valen el lenguaje y la -literatura castellana, emplea a menudo en esta obra voces y frases -en español, a cuya categoría pertenecen las que van aquí en letra -bastardilla y cuantas de la misma se encuentren más adelante. Sin -embargo, como hablar un idioma extranjero con propiedad dista mucho -de ser fácil empresa, el autor suele cometer incorrecciones, según -es dado al lector reconocer; pero movidos del deseo de conservar a -la historia su colorido original en cuanto posible fuere, nos hemos -resuelto a conservar dichas frases excepto en aquellos casos donde la -irregularidad de expresión era demasiado chocante. Sirva esto de aviso -en general para lo sucesivo--N. del T. - - - - -VII - - -María había despertado a la anciana nodriza, que le había servido -siempre de madre, a quien perdió en la cuna; así, pasé el resto de la -noche a su lado, y en cuanto llegó el día, dimos parte a mi tío de -tan inexplicable acontecimiento. Su asombro fué extremado; pero tanto -su orgullo como el mío no pudo avenirse con la idea de que fuese un -esclavo el amante incógnito de su hija. La nodriza recibió órdenes de -no separarse de María; y como las sesiones de la asamblea provincial, -la inquietud que inspiraba a los principales hacendados el aspecto, -cada día más sombrío, de los negocios coloniales; el cuidado, en fin, -de sus haciendas, no dejaban a mi tío momento alguno de descanso, me -autorizó para que acompañara a su hija en todos sus paseos, mientras -llegaba el 22 de agosto, época de nuestro enlace. Al tiempo mismo, -empeñado en la creencia de que el nuevo adorador había por fuerza de -ser forastero, mandó que se hiciese guardia por todos los confines -de sus tierras, de día y de noche, y con mayor vigilancia que jamás -anteriormente. - -Tomadas tales precauciones de concierto con mi tío, quise yo hacer por -mí un ensayo, y así, me encaminé a la glorieta, arreglé cuanto había -quedado en desorden la víspera y la adorné con las mismas flores que -tenía de costumbre ofrecer a María. - -Cuando llegó la hora en que ella solía acudir a aquel retiro, cargué -con bala mi escopeta y propuse a mi prima acompañarla al mismo sitio; -la nodriza vino con nosotros. - -María, sin saber que yo hubiese enmendado los destrozos del día -anterior, entró primero en la glorieta. - ---Mira, Leopoldo--me dijo--, todo está aquí en el mismo desorden que -lo dejamos ayer; mira tu trabajo deshecho, tus flores arrancadas -y marchitas; pero lo que me asombra--añadió, cogiendo el ramo de -caléndulas silvestres--, lo que me asombra es que este odioso ramo no -se haya ajado desde ayer acá; mírale, Leopoldo mío, y dime si no parece -acabado de coger. - -Yo me había quedado inmóvil de cólera y sorpresa, porque, en efecto, -mi tarea de la mañana estaba allí deshecha delante de mis ojos; y -aquellas melancólicas y amarillentas flores, cuya frescura extrañaba mi -pobre María, habían usurpado con insolencia el puesto de las rosas por -mí colocadas. - ---Sosiégate--me dijo ella, que percibió mi turbación--; sosiégate, que -es una cosa ya pasada, y ese insolente no se atreverá, sin duda, a -volver. Arrojemos tales cuidados como yo hago con este odioso ramo. - -Tuve buen cuidado de no disipar sus ilusiones, por temor de asustarla, -y sin decirle que el que _nunca volvería_ había ya vuelto, le dejé -pisotear las caléndulas en su inocente indignación; y luego, creyendo -que era llegada la hora de conocer a mi misterioso rival, la hice -sentarse en silencio entre su nodriza y yo. - -Apenas nos habíamos, en efecto, colocado en nuestro puesto, cuando -María se llevó de repente el dedo a la boca, porque un leve son, -debilitado entre el susurro del viento y el murmullo de las aguas, -acababa de llegar a sus oídos. Púseme a escuchar, y era el mismo -preludio lento y melancólico que en la noche anterior había despertado -mi ira. Quise lanzarme del asiento; pero un gesto de María me contuvo. - ---Detente, Leopoldo--me dijo a media voz--; repara en que va a cantar y -a decirnos así probablemente quién sea. - -Y no se equivocó María, porque una voz armoniosa, cuyos acentos -respiraban a un tiempo mismo algo de varonil y de lastimero, salió en -breve de entre lo más espeso de la arboleda y mezcló con los sonoros -tonos de una guitarra cierta canción española, que bebieron mis oídos -palabra por palabra, con tal ardor que se quedaron éstas grabadas en mi -memoria y puedo aun ahora repetir todas sus expresiones[4]: - -“¿Por qué huyes de mí, oh, María? ¿Por qué huyes de mí, oh, tierna -doncella? ¿De dónde nace ese espanto que hiela tu ánimo cuando me -escuchas? ¡Tan terrible aparezco, yo que sé amarte, padecer y cantar! - -“Cuando a través de los erguidos cocoteros y de las frondosas alamedas, -que baña el río, contemplo deslizarse tus formas puras y aéreas, la -vista se me empaña, oh, María, cual si mirase pasar alguna visión -celeste. - -“Y si escucho, oh, María, los hechiceros y melodiosos acentos que se -exhalan de tu boca, juzgo que el corazón acude a latir en mis oídos y -mezcla un murmullo lastimero con tu voz armoniosa. - -“¡Ay! Tu voz es más suave para mí que el canto mismo de los pajarillos -que vuelan libres por la bóveda de los cielos y que vienen de las -regiones de mi patria. - -“¡De mi patria, donde yo era rey; de mi patria, donde yo era libre! - -“¡Libre y rey, oh, doncella! Y todo esto lo olvidaría por ti; -olvidaríalo todo: ¡trono, familia, deberes y venganza! Sí, hasta la -venganza; aunque ha llegado el instante de madurar ese fruto amargo y -delicioso, que tan tardo crece.” - -La voz había cantado las estrofas que anteceden, haciendo pausas -repetidas y melancólicas; mas al llegar a las últimas palabras, cobró -un acento de terrible energía. - -“¡Oh, María! Tú eres como la esbelta palma que a los soplos del aura se -mece ufana con blando movimiento, y te miras en los ojos de tu amante -cual la palma se mira en las cristalinas ondas de la fuente. - -“¡Pero qué! ¿Tú lo ignoras por ventura? ¿No sabes que suele alzarse en -el desierto un huracán envidioso al contemplar el bien de la fuente -preferida? Mírale que llega, y que el aire y la arena se confunden al -batir de sus espesas alas; mírale que envuelve al árbol y al manantial -en sus abrasadores remolinos. Y la fuente se agota, y siente la -palma marchitarse el círculo galano de sus hojas al influjo de aquel -mortífero aliento, y se ve despojada de su brillante adorno, majestuoso -cual una real corona y elegante cual una verde caballera. - -“¡Tiembla, oh, blanca hija de la Española[5]! ¡Tiembla! ¡No sea que -todo alrededor tuyo se convierta luego en un huracán y en un páramo -sombrío! Entonces llorarás el amor que hubiera podido conducirte hacia -mí como el alegre _kata_, el pájaro de amparo en el desierto, guía -hasta la cisterna, por los incultos arenales de Africa, al sediento -peregrino. - -“¿Ni por qué has de despreciar mi cariño, oh, María? Yo soy rey, y mis -sienes descuellan entre todas las frentes humanas. Tú eres blanca, y yo -soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el -ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la -tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.” - - -FOOTNOTES: - -[4] Aquí añade Víctor Hugo, en una nota, que le parece inútil copiar -el romance español que comenzaba: _¿Por qué me huyes, María?_ Como tal -romance o canción en castellano, por supuesto, no existe, habremos de -contentarnos con traducir la prosa francesa.--N. del T. - -[5] Primer nombre, según sabrán nuestros lectores, que dió Cristóbal -Colón a la isla de Santo Domingo, en diciembre de 1492, año del -descubrimiento.--N. del A. - - - - -VIII - - -Un prolongado suspiro, que continuó resonando en las cuerdas de la -guitarra, acompañó a estas últimas palabras. Estaba yo fuera de mí: -“¡Rey! ¡Negro! ¡Esclavo!” Mil ideas incoherentes, despertadas por -la inexplicable canción que acabábamos de escuchar, me hervían en -el cerebro; un ímpetu violento, una necesidad de aniquilar al ser -desconocido que osaba mezclar el nombre de María con sus cánticos de -amor y de amenaza, se había apoderado de mi mente. Agarré, frenético, -la escopeta y me arrojé afuera; y mientras María, atemorizada, alargaba -los brazos para detenerme, estaba ya metido en lo más espeso de la -enramada, hacia el punto donde sonó la voz incógnita. Registré la -arboleda en todas direcciones, metí el cañón de mi arma por entre -los matorrales, di vuelta a los gruesos troncos, sacudí las crecidas -hierbas y... en vano; todo, todo en vano. Tan inútil pesquisa, unida a -vagas reflexiones acerca de la canción, añadieron cierta vergüenza a mi -cólera. ¡Pues qué!, ¿había siempre de escaparse este insolente rival, -tanto de mi brazo cuanto a mi comprensión? ¿No podría ni encontrarle, -ni adivinar su ser?... En este momento, un ruido de cascabeles vino a -sacarme de mi distracción, y al revolverme con rapidez me encontré al -lado con el enano Habibrah. - ---Buenos días, amo mío--me dijo, haciéndome una reverencia con sumo -respeto; pero en su mirada de reojo, que clavó en mí con disimulo, -juzgué observar una inexplicable muestra de malicia y un aire de oculto -gozo al contemplar el desasosiego estampado en mi frente. - ---Habla--le grité con aspereza--y dime si has visto a alguien en este -bosque. - ---A nadie más que a usted, _señor mío_--me respondió con serenidad. - ---¡Pues qué! ¿No has oído una voz?--le repliqué. - -El esclavo se quedó por algún breve espacio como pensando qué -responderme, y yo, hirviendo en ira, proseguí: - ---Vamos, respóndeme pronto, infeliz: ¿no has oído por aquí una voz? - -Clavó descaradamente en mí sus ojos, redondos como los de un gato -montés, y contestó: - ---¿_Qué quiere decir usted_ con eso de una voz, mi amo? Hay voces -dondequiera y de cualquier especie; hay la voz de los pájaros y la de -las aguas; hay la voz del viento meciéndose entre las hojas... - -Le interrumpí dándole una fuerte sacudida y diciéndole: - ---¡Miserable bufón! Deja de tomarme por tu juguete o te haré escuchar -muy de cerca la voz que sale del cañón de una carabina. Respóndeme en -cuatro palabras: ¿has oído en este bosque a algún hombre cantar una -canción española? - ---Sí, señor--me replicó, sin parecer conmovido--; y también oí la letra -de la música. Atención, amo mío, que voy a contarle cierta cosa. Me -iba yo paseando por las cercanías de este bosque, escuchando lo que -me decían al oído los cascabeles de la _gorra_, cuando el viento vino -de repente a añadir a semejante concierto algunas palabras de esa -lengua que usted llama el español, la primera que tartamudearon mis -labios cuando mi edad se contaba, no por años, sino por meses, y cuando -mi madre me llevaba colgado de su cuello con fajas de bayeta roja y -amarilla. Yo amo esa lengua porque me recuerda el tiempo en que yo era -chiquito y aún no era enano, en que era un niño y no un bufón imbécil; -me acerqué, pues, y escuché el fin de la canción. - ---¿Y qué?--repuse yo impaciente--. ¿Es eso todo cuanto alcanzas? - ---Sí, señor, amo _hermoso_; pero si usted quiere, le diré quién era el -hombre que cantaba. - -Creí que iba a abrazar al enano. - ---¡Habla, habla, Habibrah! ¡Ahí tienes mi bolsa, y diez bolsas aún más -llenas serán tuyas si me enseñas a ese hombre! - -Tomó la bolsa, la abrió y se sonrió. - ---¡_Diez bolsas_ más llenas que ésta! ¡Qué _demonio_! ¡Eso haría una -_fanega_ llena de pesos con el retrato _del rey Luis quince_, tantos -cuantos bastarían para sembrar las tierras del mágico de Granada -Altornino, que poseía la ciencia de hacer crecer _buenos doblones_! -Pero, vamos, no se incomode usted, señorito, que allá voy al grano. -Acuérdese usted, _señor_, de las últimas palabras de la canción: “Tú -eres blanca y yo soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la -noche para dar el ser a los rosados matices de la aurora y a los -dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos que la luz del mismo -día.” Ahora bien: si la canción dice la verdad, el mulato Habibrah, su -humilde, esclavo, nacido de un blanco y de una negra, es más hermoso -que usted mismo, _señorito_. Yo soy el producto de la unión del día -y de la noche; yo soy la aurora o la tarde de que habla la canción -española, y usted no es más que la luz del día. Luego yo soy más -hermoso que usted, _si usted lo quiere_; yo soy más hermoso que un -blanco... - -Y el enano mezclaba con tan extrañas digresiones grandes carcajadas de -risa. Volví entonces a interrumpirle, diciendo: - ---¿Adónde vas a parar con tales extravagancias? ¿Acaso nada de lo que -hablas puede indicarme quién era el hombre que cantaba en el bosque? - ---Exactamente, mi amo--repuso el bufón con una mirada maliciosa--. -¡Claro está que el _hombre_ que llegó a cantar tales _extravagancias_, -como usted las llama, ni podía ser ni es sino un loco como yo! Así me -gané _las diez bolsas_. - -Ya tenía el brazo levantado para castigar la insolente bufonada del -esclavo emancipado, cuando de repente resonó en el bosque un grito -agudo hacia el lado de la glorieta: era la voz de María. Me lancé en -aquella dirección, corrí, volé, soñando en la nueva desgracia que -pudiera amenazarme, y llegué a la glorieta falto de aliento. Allí, un -espectáculo horrible me aguardaba. Un enorme caimán, con el cuerpo -medio escondido entre los juncos de la orilla, asomaba la monstruosa -cabeza por los arcos de verdes ramas que sostenían el techo del -cenador. Su boca, entreabierta y medrosa, amenazaba a un negro, joven -y de estatura colosal, que con un brazo sostenía a la amedrentada -doncella, mientras con el otro metía con arrojo el hierro de un hacha -de carpintero entre las aceradas quijadas del monstruo. El caimán -luchaba enfurecido contra aquella mano audaz y robusta que le tenía -sujeto. Al instante de aparecer yo en el umbral de la glorieta, soltó -María un grito de júbilo, se arrancó de los brazos del negro y vino a -caer a mis plantas, exclamando: - ---¡Ya estoy salva! - -A este movimiento, a estas palabras de María, el negro se volvió con -ímpetu, cruzó los brazos sobre el hinchado seno y, clavando sobre mi -esposa prometida una mirada de dolor, se quedó inmóvil y como sin -apercibirse de que el caimán, cerca de él y desembarazado ya del hacha, -iba a devorarle. Perdido estaba sin recurso el intrépido negro si, -poniendo con prontitud a María en brazos de su nodriza, que más muerta -que viva permanecía sentada en el banco, no me hubiese yo aproximado -al monstruo y le hubiera descargado en la boca, que tenía abierta, el -tiro de mi carabina. El animal, herido, abrió y cerró por dos o tres -veces aún las quijadas llenas de sangre y los ojos empañados; pero esto -no fué más que un movimiento convulsivo, y de repente se tendió con -gran estrépito sobre el lomo, estirando sus patas gruesas y escamosas, -y quedó muerto. El negro, a quien acababa de salvar tan felizmente, -volvió la cabeza y contempló los últimos estremecimientos del monstruo; -clavó en seguida los ojos en tierra, y alzándolos despacio hacia María, -que había acudido a refugiarse en mis brazos para disipar el vestigio -de sus temores, me dijo, en un tono de voz que indicaba aún más que la -desesperación: - ---_¿Por qué le has muerto?_ - -Y luego se alejó precipitado, sin aguardar mi respuesta, y se ocultó -entre la espesura de los árboles. - - - - -IX - - -Aquella terrible escena, aquel extraordinario desenlace, las emociones -de toda especie que habían precedido y acompañado a mis inútiles -pesquisas en el bosque, se combinaron para lanzar en el caos mi -fantasía. María estaba aún con los sentidos paralizados por el susto, -y largo tiempo se pasó antes de que pudiésemos manifestarnos nuestros -incoherentes pensamientos, a no ser en miradas y abrazos. Al cabo, yo -rompí el silencio diciendo: - ---Ven, María; salgamos de este lugar, que tiene algo de funesto. - -Ella se levantó con ansia, cual si solo hubiera aguardado mi permiso, -y, cogiéndome del brazo, nos alejamos de allí. Entonces le pregunté -cómo le había llegado el socorro milagroso de aquel negro en el momento -del horroroso peligro que acababa de correr, y si sabía quién fuese -aquel esclavo, pues el grosero vestido, que apenas tapaba su desnudez, -anunciaba bien claro su ínfima condición. - ---Ese hombre--respondió María--es, sin la menor duda, alguno de los -esclavos de mi padre que estaba trabajando a orillas del río cuando -apareció el caimán y me hizo arrojar el grito que te dió aviso de mi -peligro. Lo único que sabré decir es que en aquel mismo instante se -lanzó del bosque para acudir en mi ayuda. - ---¿Y de qué lado vino?--le pregunté. - ---Del opuesto al lado de donde salía la voz un momento antes, y por -donde acababas tú de meterte entre los árboles. - -Esta circunstancia contrariaba el enlace, que no había podido menos -de buscar mi ánimo, entre las postreras palabras en español que me -dirigió el negro y la canción en el mismo idioma que cantaba mi rival -desconocido. Otros puntos de semejanza se me habían ya igualmente -presentado a la memoria. Aquel negro, de estatura casi gigantesca -y dotado de fuerzas tan prodigiosas, podía muy bien ser el robusto -adversario que me venció en la lucha de la noche anterior; la -circunstancia de estar medio desnudo se convertía así en un indicio -evidente. El cantor de la selva había dicho: “Yo soy negro...”, nueva -prueba. Se había anunciado por rey, y éste no era más que un esclavo; -pero recordé, no sin asombro, el aire de fuerza y majestad grabado -en sus facciones, en medio de los signos característicos de la raza -africana; el brillo de sus ojos; la blancura de los dientes, que tanto -resaltaba en su piel azabachada; lo ancho de su frente prodigiosa, -sobre todo para un negro; la soberbia desdeñosa que lucía en el espesor -de sus labios y narices, y que inspiraba a sus facciones tanta fiereza -y poderío; la nobleza de su porte; la belleza de sus formas, que si -bien adelgazadas y abatidas con el cansancio de un trabajo cotidiano, -todavía ostentaban un desarrollo casi hercúleo; recordé, repito, en -su conjunto grandioso, el aspecto de este esclavo, y conocí que bien -pudiera convenirle a un rey. Entonces, cavilando sobre esta porción -de indicios, mis conjeturas se fijaban con ira en el insolente negro -y quería mandarle buscar para castigarle... y luego todas mis dudas -renacían. A decir verdad, ¿cuál era el fundamento de mis sospechas? -Como la isla de Santo Domingo pertenecía en gran parte a España, -resultaba de aquí que infinitos negros mezclaban en su lenguaje el -idioma español, ya que hubiesen pertenecido primitivamente a colonos -de Santo Domingo, ya que hubiesen nacido en su territorio. Y porque -aquel esclavo me hubiese hablado unas cuantas palabras en la misma -lengua, ¿era esto suficiente, por ventura, para darle por autor de una -canción que exigía, a mi entender, un grado de cultura enteramente -desconocido de los negros? En cuanto a la singular queja que profirió -porque hubiese yo muerto al caimán, anunciaba, es verdad, hastío de la -vida; pero nada más fácil de comprender en la condición de un esclavo, -sin acudir, a buen seguro, a la hipótesis de un amor imposible hacia -la hija de su propio amo. Su presencia en la arboleda de la glorieta -pudo muy bien ser casual, y su fuerza y estatura distaban mucho de ser -señales suficientes para cerciorarme de su identidad con mi antagonista -nocturno. ¿Y por tan débiles indicios había de cargarle ante mi tío de -tan terrible acusación y de entregar al implacable encono de su orgullo -a un mísero esclavo que mostró tanto valor por defender a mi María...? -En el momento que semejantes ideas iban apaciguando mi cólera, María -las disipó enteramente diciéndome con aquella voz tan dulce a mis oídos: - ---¡Leopoldo mío! ¡Cuánta gratitud debemos a ese buen negro! Sin él -estaba perdida, y hubieras llegado tú demasiado tarde. - -Estas pocas palabras tuvieron un efecto decisivo. No alteraron mi -intento de buscar al negro que había salvado a María; pero cambiaron, -sí, el objeto de mis pesquisas: antes fuera para imponer castigo; -ahora, para dar una recompensa. - -Mi tío supo de mí que debía a uno de sus esclavos la vida de su hija, -y me prometió su libertad si lograba reconocerle entre el tropel de -tantos desgraciados. - - - - -X - - -Hasta aquel instante, la índole de mi carácter me había alejado de los -lugares donde estaban los negros al trabajo, porque me era demasiado -penoso ver padecer a mis semejantes sin poder aliviarlos; pero cuando, -a la mañana siguiente, me propuso mi tío acompañarle en su visita de -ronda, lo acepté con ansia, en la esperanza de encontrar entre los -trabajadores al libertador de mi adorada María. - -En este paseo alcancé a conocer cuán poderosa es la mirada del señor -sobre su esclavo; pero, al mismo tiempo, ¡cuán caro se compra todo este -poderío! Los negros, trémulos al aspecto de su amo, redoblaban en -nuestra presencia su actividad y sus esfuerzos; mas ¡oh, y qué de odio -no se encubría bajo aquel temor! - -De condición irascible, estaba ya mi tío próximo a irritarse de que -le faltara pretexto para ello, cuando Habibrah, su asiduo compañero, -le hizo reparar en un negro que, rendido de cansancio, dormía a la -sombra de unas palmas. Mi tío corrió luego hacia aquel desgraciado, le -despertó con aspereza y le mandó volver a su tarea sin demora. El negro -se levantó asustado, y al levantarse dejó ver un rosal de Bengala, -que mi tío cuidaba con esmero, y sobre el cual se había acostado por -olvido. El delicado arbusto estaba perdido, y el dueño, ya irritado -de la pereza, como él decía, del esclavo, se puso furioso con esta -nueva vista. Frenético, tomó el látigo armado de correas con puntas de -hierro, que llevaba siempre en sus paseos a la cintura, y alzó el brazo -contra el infeliz negro, postrado de rodillas. No descargó, empero, el -golpe; jamás podré olvidar aquel momento. Otra mano robusta detuvo de -repente la mano del blanco, y un negro--el mismo que yo buscaba--, le -dijo en francés: - ---Castígame, pues acabo de ofenderte; pero no hagas daño a mi hermano, -que tan sólo tocó a tu rosal. - -La intervención inesperada del hombre a quien debía yo la salvación -de María, su gesto, sus miradas, el eco imperioso de su voz, me -hirieron cual un rayo. Pero su generosa imprudencia, lejos de hacer -avergonzarse a mi tío, sirvió tan solo de acrecentar su cólera y -traspasarla del delincuente a su defensor. Exasperado, se soltó de -brazos del negro gigante, y, colmándole de amenazas, alzó de nuevo el -látigo para azotarle. Esta vez le arrancaron el látigo de la mano. El -negro rompió el mango lleno de clavos como puede romperse una paja, -y holló bajo sus pies aquel vil instrumento de venganza. Estaba yo -inmóvil de sorpresa, y mi tío, de ira; era para él una cosa inaudita -el ver su autoridad así menospreciada: los ojos estaban como prontos -a saltar de su órbita, y los lívidos labios se estremecían con un -movimiento convulsivo. El esclavo le contempló un instante con sosiego, -y en seguida, alargando con dignidad una hoz que empuñaba en sus manos: - ---Blanco--le dijo--, si deseas pegarme, toma siquiera esta hacha. - -Mi tío, fuera de sí, hubiera sin duda accedido a la súplica, y se -precipitaba sobre el instrumento de muerte, cuando yo intervine a mi -vez. Me apoderé con prontitud de la hoz y la arrojé en el pozo de una -noria vecina. - ---¿Qué haces?--preguntó mi tío con arrebato. - ---Ahorrarle a usted--le respondí--el pesar de injuriar al defensor de -su hija. Este es el esclavo a quien le debemos la salvación de María, y -para el que tengo obtenida promesa de libertad. - -El momento no era a propósito para recordar promesas semejantes, y mis -palabras apenas hicieron el menor efecto en el ánimo enconado de su -autor. - ---¡Su libertad!--me replicó con aire sombrío--. Sí, merece el término -de su cautiverio. ¡La libertad! Ya veremos de qué especie es la que le -concede el consejo de guerra. - -Tan fúnebres palabras me helaron de espanto, y en vano María y yo -reunimos nuestros ruegos. El negro que por su descuido había ocasionado -esta escena fué azotado, y a su defensor le condujeron a los calabozos -del castillo de Galifet, inculpado de alzar la mano contra un blanco, -crimen que del esclavo a su señor trae consigo la pena capital. - - - - -XI - - -Ya podrán ustedes imaginarse, señores, hasta qué grado habían -avivado mi interés y curiosidad tales circunstancias. Empecé a hacer -indagaciones respecto del preso, y el resultado me proporcionó -relaciones a lo sumo extrañas. Dijéronme que todos sus compañeros -manifestaban el mayor respeto hacia aquel joven, y que esclavo él -mismo, le bastaba una mínima señal para hacerse obedecer. No había -nacido en la hacienda, ni se le conocía ni padre ni madre, y aseguraban -que pocos años atrás había aportado en un buque negrero a las playas -de Santo Domingo. Esta circunstancia hacía aún más notable el imperio -que ejercía sobre todos sus compañeros, sin exceptuar siquiera a los -negros _criollos_, los que, como ustedes sabrán quizá, profesan por lo -común el más profundo desprecio hacia los negros _congos_, expresión, -impropia por lo demasiado general, con la que se designaba en la -colonia a todos esclavos traídos del Africa. - -Aun cuando parecía absorto en excesiva melancolía, su fuerza -extraordinaria, junto a su habilidad maravillosa, le hacían un ente -inapreciable para las faenas de la finca. Andaba a la noria por más -tiempo y más de priesa que el mejor caballo y a veces le sucedió -despachar en un solo día la tarea de diez de sus camaradas, por -libertarlos del castigo a que estarían sujetos o por indolencia o -por cansancio. Así es que era adorado por los esclavos; pero la -veneración que le tributaban, muy diversa del terror supersticioso que -les infundía el bufón Habibrah, parecía que dimanaba de alguna causa -secreta: era una especie de culto. - ---Lo que hay de más extraño--me decían--es el verle tan blando y llano -de condición con sus iguales, que se glorian de obedecerle, como altivo -y orgulloso con los _capataces_ de nuestras cuadrillas. - -Justo, por otra parte, será el decir que estos esclavos privilegiados, -eslabones intermedios que en cierto modo ligaban entre sí la cadena -de la servidumbre y la del despotismo, reuniendo a la ruindad de -su condición la insolencia de su autoridad, se tomaban un placer -maligno en colmarle de trabajo y de vejaciones. Parece, sin embargo, -que no podían dejar de respetar el sentimiento de orgullo que le -arrastró a cometer el ultraje contra mi tío. Ninguno de ellos había -osado imponerle castigos humillantes, y si por ventura le habían -amenazado, veinte negros se levantaban luego para sufrir en su lugar -la sentencia, y él, inmóvil, presenciaba aplicarles la pena, como si -en ello no hubiese hecho más que cumplir con sus deberes. Este hombre -extraordinario era conocido en la hacienda con el nombre de _Pierrot_. - - - - -XII - - -Todos estos pormenores exaltaron mi imaginación juvenil, mientras -María, llena de gratitud y compasión, participaba y aplaudía mi -entusiasmo; y de tal manera se granjeó Pierrot nuestra simpatía, que me -determiné a verle y servirle de ayuda. Empecé, pues, a pensar en los -medios de hablarle. - -Aunque en extremo joven, era yo, como sobrino de uno de los hacendados -más opulentos del Cabo, capitán de milicias en la parroquia del Acul. -El castillo de Galifet estaba entregado a nuestra custodia y a la de -un destacamento de dragones amarillos, cuyo jefe, por lo común un -suboficial, tenía el mando de la fortaleza. Sucedió cabalmente que el -comandante a la sazón era hermano de un hacendado pobre, a quien tuve -la fortuna de poder hacerle importantes favores, y pronto, por lo -tanto, a sacrificarse por mí... - -En esto, todo el auditorio interrumpió a D’Auverney, nombrando a Tadeo. - ---Lo han adivinado, señores--repuso el capitán--; y ahora les será -fácil comprender que no me costó trabajo lograr que me diera entrada en -el calabozo del negro. Como capitán de milicias, tenía yo derecho para -visitar el castillo; pero, a fin de no inspirar sospechas a mi tío, -encendido aún en cólera, tuve cuidado de ir a la hora en que dormía su -siesta. Los soldados, también con excepción de los centinelas, estaban -entregados al sueño, y sin que nadie nos observara, llegué, guiado por -Tadeo, a la puerta del calabozo. Tadeo la abrió y se retiró, y yo me -entré adentro. - -El negro estaba sentado porque su estatura no le permitía permanecer -erguido, y no se hallaba solo, pues un enorme perrazo se levantó en -seguida y vino hacia mí gruñendo. - ---_¡Rask!_--gritó el negro. - -Y el cachorro calló y volvió a echarse a los pies de su amo, donde -acabó de devorar algunos miserables alimentos. - -Yo iba vestido de uniforme, y la luz que difundía en el reducido -calabozo una claraboya era tan escasa que Pierrot no alcanzaba a -distinguir quién yo fuese. - ---Estoy pronto--me dijo con tono sereno. - -Y al acabar estas palabras se medio incorporó, y volvió a repetir: - ---Estoy pronto. - ---Yo creía--le dije, sorprendido con la soltura de sus movimientos--que -tenías grillos. - -La emoción me puso la voz trémula, y él pareció no reconocerla. -Entonces empujó con el pie algunos escombros, que dieron un sonido -metálico, y respondió: - ---¡Los grillos! Los he roto. - -Y había en el acento con que pronunció tales palabras algo como que -daba a entender: “No he nacido para arrastrar cadenas.” - -Yo repuse: - ---Tampoco me habían dicho que tuvieses un perro. - ---Yo le he dado entrada--replicó. - -A cada paso crecía mi admiración. La puerta del calabozo estaba -cerrada por la parte exterior con triples cerrojos, y la claraboya, -que apenas tendría seis pulgadas de ancho, estaba resguardada con dos -barras de hierro. Pareció como que comprendía mis cavilaciones, porque, -levantándose en cuanto la bóveda, demasiado baja, se lo permitía, -movió de su puesto sin esfuerzo un enorme sillar, situado debajo de la -claraboya; arrancó las rejas, enclavadas en la pared por encima de esta -piedra, y abrió de esta manera un boquete por donde podían entrar dos -hombres sin estorbo, y que estaba al andar de una arboleda de plátanos -y cocoteros, que cubre el morro adonde el fuerte estaba adosado. - -La sorpresa me dejó mudo, y, en esto, un rayo de luz, entrando por -la abertura, iluminó de súbito mi semblante. El preso dió un salto -como si hubiese puesto por azar el pie sobre una serpiente, y golpeó -con la frente las piedras de la bóveda. Una mezcla indescifrable de -mil encontrados afectos, una muestra extraña de odio, de cariño y de -doloroso asombro, lucieron rápidamente en sus ojos; pero recobrando por -un esfuerzo repentino el dominio sobre sus pensamientos, la fisonomía, -cuando más no fuera, volvió en menos de un instante al anterior -sosiego, y, clavando su vista en la mía, me contempló cara a cara como -a un desconocido, diciendo: - ---Puedo vivir aún dos días sin comer. - -Hice un gesto de horror al reparar entonces en lo descarnado de su -aspecto, y él prosiguió: - ---Mi perro no quiere comer sino de mi mano, y si yo no hubiera -agrandado la claraboya, se habría muerto de hambre el pobre _Rask_. Más -vale que sea yo el que muera y no él, porque, al cabo, de cualquier -modo he de morir. - ---¡No!--exclamé--. ¡No perecerás tú de hambre! - -No me comprendió, y contestó, sonriéndose con amargura: - ---Verdad es que hubiera podido vivir aún dos días sin comer; pero -siempre estoy pronto, señor oficial, y mejor es hoy que mañana. Lo que -pido es que no se le haga daño a _Rask_. - -Entonces me apercibí de lo que daba a entender con su frase _estoy -pronto_. Acusado de un crimen que se castigaba con pena de muerte, -creyó que yo venía para conducirle al patíbulo, y aquel hombre, dotado -de fuerzas colosales, le decía sereno a un mero niño _Estoy pronto_, -cuando todos los medios de huída estaban a su arbitrio. - ---Que no se le haga daño a _Rask_--repitió de nuevo. - -A esto no pude contenerme: - ---Pues ¿qué--le dije--, no sólo me tomas por tu verdugo, sino que hasta -dudas de mi humanidad hacia este pobre perro, que ningún mal ha hecho? - -Se enterneció y se le alteró la voz al decirme, alargándome la mano: - ---Perdóname, blanco, porque quiero mucho a mi perro; y los -tuyos--añadió después de una breve pausa--, los tuyos me han causado -muchos males. - -Le abracé, le apreté la mano, le saqué de su error y le pregunté: - ---Pues qué, ¿no me conoces? - ---Sabía que eres un blanco, y para los blancos, por buenos que sean, -¡es un negro tan poca cosa! Además, no me faltan razones para quejarme -de ti. - ---¿En qué?--repuse atónito. - ---¿Pues no me has conservado por dos veces la vida? - -Tan extraña acusación me movió a risa, y, apercibiéndose, añadió con -amargura: - ---Sí, debería guardarte rencor. Me has salvado de un caimán y de -un amo blanco, y, lo que es peor, me has arrebatado el derecho de -aborrecerte. ¡Oh, soy muy desgraciado! - -La singularidad de sus ideas y su lenguaje no me movían ya casi a -admiración, porque estaban en armonía consigo propio, y sin hacer alto -en ello, le respondí: - ---Mucho más te debo de lo que tú a mí, porque te debo la vida de mi -futura esposa, de María. - -Padeció como si fuese una conmoción eléctrica. - ---¡María!--dijo con voz apagada. - -Y dejó caer la cabeza entre las manos, que se retorcían con violencia, -mientras penosos gemidos querían como reventarle el pecho. Confieso que -mis amortiguadas sospechas se despertaron, pero sin cólera ni celos. -Estábamos ambos demasiado próximos, yo a la dicha y él a la muerte, -para que semejante rival, aun siéndolo, pudiese excitar en mí otras -ideas que las de afecto y lástima. - -Levantó, por fin, la cabeza, y me dijo: - ---Anda, no me lo agradezcas. - -Y después de otra pausa, prosiguió: - ---¡Y, sin embargo, yo no soy de sangre inferior a la tuya! - -Esta frase revelaba un género de ideas que excitó vivamente mi -curiosidad, y le insté que me manifestase quién era y lo que había -padecido; pero él se mantuvo en tétrico silencio. Con todo, mi acción -le había afectado, y mis ofertas de servirle y mis instancias parece -que vencieron su disgusto hacia la vida, porque salióse y volvió a -entrar, trayendo en las manos algunos plátanos y un enorme coco, y, -cerrando en seguida la abertura, se puso a comerlos. Conversando con -él, noté que hablaba con soltura el francés y el español, y que su -ingenio no parecía desprovisto de cultura; entre otras cosas, sabía -algunas canciones españolas, que cantaba con suma expresión. Este -hombre era tan inexplicable bajo otros mil conceptos, que hasta ahora -no me había chocado la pureza de su lenguaje; pero cuando traté de -investigar la causa, permaneció callado. Al fin nos separamos, dejando -yo orden dada a mi fiel Tadeo para que tuviera con él todos los -miramientos y atenciones posibles. - - - - -XIII - - -Todos los días regresaba a verle a la misma hora; pero su causa me -inspiraba grandes temores, pues, a pesar de todos nuestros ruegos, mi -tío se obstinaba en acusarle. No le oculté mis inquietudes a Pierrot, -pero él me escuchaba siempre con indiferencia. - -A menudo entraba _Rask_ mientras estábamos juntos, llevando por collar -una gran hoja de palma. El negro se la desataba, leía los caracteres -desconocidos que venían allí grabados y la rompía en seguida. En cuanto -a mí, estaba ya enseñado por la experiencia a no hacerle preguntas -ociosas. - -Un día que entré sin que, al parecer, hiciese alto en mí, estaba -vuelto de espaldas hacia la puerta del calabozo, cantando con tono -melancólico la canción española _Yo, que soy contrabandista_. Cuando -hubo concluído, se volvió precipitadamente y me dijo: - ---Hermano, prométeme, si en algún tiempo desconfías de mí, disipar -todas tus sospechas si me oyes cantar esta tonada. - -Su aire era imponente, y sin entender muy a las claras lo que -significaban tales palabras: _si en algún tiempo desconfías de mí_, -le juré cuanto apetecía. Tomó entonces la cáscara del coco que cogió -el día de mi primera visita, y que desde aquel momento conservaba, la -llenó de vino de palmas, me incitó a llevármela a los labios y luego -bebió todo el licor de un solo trago. Desde aquel momento ya no me dió -otro nombre que el de hermano. - -Mientras tanto, yo empezaba a concebir algunas esperanzas. Mi tío se -había apaciguado un tanto, y los regocijos para celebrar mi próximo -casamiento con su hija le habían inclinado el ánimo a ideas de mayor -blandura. A cada paso le hacía presente que Pierrot no llevaba -intenciones de ofenderle, sino de estorbarle un acto de severidad quizá -excesiva; que ese negro, por su atrevida pelea con el caimán, había -salvado a María de una muerte segura; que le debíamos ambos, él a su -hija y yo a mi esposa; que, además, Pierrot era el más vigoroso de -sus esclavos--porque no soñaba ya en obtener su libertad, sino que se -contentaba con su vida--; que él, a solas, trabajaba tanto como otros -diez negros cualesquiera; y, en fin, que sobraba con sus brazos para -poner en movimiento los cilindros de un molino de azúcar. Mi tío me -escuchaba y aun me daba a entender que quizá haría desistimiento de la -queja. Sin embargo, no le hablé al negro de mis esperanzas, queriendo -gozar del placer de anunciarle su libertad por entero si la conseguía; -pero lo que causaba admiración era el ver que, creyéndose próximo a la -muerte, no se aprovechaba de los medios de fuga de que disponía. Cuando -se lo manifesté, respondió con frialdad: - ---Juzgarían que tengo miedo. - - - - -XIV - - -Una mañana vino hacia mí María inundada de gozo, y lucía en su dulce -semblante algo de más angelical aun que los contentos del amor más -puro. Era el pensamiento de una buena acción. - ---Escucha--me dijo--: dentro de tres días llegarán el 22 de agosto y -nuestra boda. Pronto... - -Yo le interrumpí, contestando: - ---No digas pronto, María, cuando faltan tres días aún. - -Se sonrió, ruborizándose, y prosiguió: - ---No me turbes, Leopoldo, que me ha venido una idea que te pondrá -contento. Sabes que ayer fuí a la ciudad con mi padre para comprar los -tocados para mi casamiento; no que me importen esos brillantes ni esas -joyas, que no me han de hacer más hermosa a tus ojos, porque yo daría -todas las perlas del mundo por una de aquellas flores que me quitó el -tunante del ramo de caléndulas; pero, al fin, mi padre quiere colmarme -de tales regalos y tengo que aparentar deseo por complacerle. Ayer -vimos una _basquiña_ floreada de raso de China, metida en un cofrecito -de palo de olor, que me llamó mucho la atención. Es cosa muy cara, pero -muy extraña y muy bonita. Mi padre observó lo mucho que yo la miraba, -y cuando volvimos a casa le pedí que me prometiera concederme una -súplica, al modo de los antiguos paladines; ya sabes cuánto le gusta -que se le compare con los caballeros antiguos. Me juró, pues, por su -honor que me concedería la primera cosa que le pidiera, fuese cual -fuese, y se figura que será la basquiña de raso de China; pero nada de -eso, que será la vida de Pierrot. Este será mi regalo de boda. - -No pude menos de estrechar a aquel ángel entre mis brazos; y como la -palabra de mi tío era cosa sagrada, mientras que María iba a reclamar -su cumplimiento, yo acudí de carrera al castillo de Galifet para -anunciarle a Pierrot su perdón, ya positivo. - ---¡Hermano!--le grité al entrar--. ¡Hermano, regocíjate, que tu vida -está en salvo! María la ha pedido a su padre por regalo de boda. - -El esclavo se estremeció. - ---¡María! ¡Boda! ¡Mi vida! ¿Cómo pueden hermanarse tales cosas? - ---Es muy sencillo--le respondí--. María, a quien le salvaste la vida -también, se casa... - ---¿Con quién?--exclamó el esclavo, y sus miradas eran desatentadas y -terribles. - ---¿Pues no lo sabes?--le repliqué con blandura--. Conmigo. - -Entonces su formidable rostro volvió a aparecer amistoso y resignado. - ---¡Sí! Verdad es. ¡Contigo!--me dijo--. ¿Y cuál es el día señalado? - ---El 22 de agosto. - ---¡El 22 de agosto! ¿Estás demente?--repuso con expresión de temor y -congoja. - -Aquí se detuvo y le miré atónito. Después de un breve rato de silencio, -me estrechó la mano con fervor. - ---Hermano, en cuanto cabe debo mi boca darte un consejo. Créeme: anda, -ve a la ciudad del Cabo y celebra tu casamiento antes del día 22. - -En vano quise averiguar el sentido de aquellas enigmáticas palabras. - ---Adiós--me dijo con voz solemne--. Quizá ya he dicho demasiado; pero -aborrezco aún más la ingratitud que el perjurio. - -Me separé, pues, de él lleno de indecisión e inquietud, las cuales, sin -embargo, pronto se disiparon entre las ilusiones de mi ventura. - -Aquel mismo día retiró mi tío su querella, y yo volví al castillo -para dar suelta a Pierrot. Tadeo, sabiendo que estaba libre, entró -conmigo en el encierro; pero... Pierrot había desaparecido. _Rask_, -que se encontraba solo, se me acercó haciéndome fiestas, y como reparé -que traía atada al cuello una hoja de palma, se la quité y leí lo que -sigue: _Gracias, hermano, porque me has salvado por tercera vez la -vida. Hermano, no olvides tus promesas._ Y debajo estaban escritas, en -lugar de firma, las palabras _Yo, que soy contrabandista_. - -Tadeo estaba aún más asombrado que yo, porque ignoraba el secreto -de la abertura en la pared, y se le ocurrió si el negro se habría -transformado en perro. Yo le dejé creer cuanto se le antojara, -contentándome con exigirle el secreto sobre lo que había presenciado. -También quise llevarme a _Rask_; pero al salir del castillo se metió -por las malezas, y luego le perdí de vista. - - - - -XV - - -Mi tío se indignó con la evasión del esclavo. Mandó hacer pesquisas, y -escribió al gobernador para que pusiesen a su disposición a Pierrot, en -caso de encontrarlo. - -Llegó en esto por fin el 22 de agosto, y mi enlace con María se celebró -con gran pompa en la parroquia del Acul. ¡Cuán feliz fué aquel día, -en que iban a tener comienzo mis desgracias! Estaba yo embriagado de -cierto júbilo, que no sabré explicar a quien no lo haya experimentado, -y a Pierrot y a sus funestos vaticinios los arrojé del todo de mi -memoria. Vino, al cabo, la ansiada noche, y mi tierna esposa se retiró -al aposento nupcial, donde no pude seguirla tan luego como lo apetecía. -Un deber penoso, pero indispensable, reclamaba antes mi presencia: -el empleo de capitán de milicias exigía que saliese de ronda por los -cuerpos de guardia de la vega. Semejante precaución se había hecho en -aquella época imperiosamente necesaria, de resultas de los disturbios -de la colonia; de los levantamientos aislados de los negros, tentativas -que, si bien con facilidad sofocadas, se habían repetido en los meses -de junio y julio, y aun a los principios de agosto, en las haciendas -de Thibaud y Lagoscette; y de resultas, en fin, y más principalmente, -de las pésimas disposiciones de los mulatos libres, agriados y no -atemorizados con la justicia, aun reciente, del rebelde Ogé. Mi tío -fué el primero en recordarme mi obligación, y tuve que resignarme a -cumplirla. Vestí, pues, mi uniforme y salí. Visité los primeros puestos -sin encontrar motivos de recelo; pero hacia la media noche, cuando -recorría distraído las baterías a orillas del mar, vi despuntar en el -horizonte una vislumbre rojiza, que fué creciendo y extendiendo sus -resplandores por el lado de Limonade y de San Luis de Morin. Al pronto, -los soldados y yo lo atribuímos todos a algún incendio casual; mas -un momento después, las llamas se hicieron tan visibles, y el humo, -empujado por el viento, acrecentó y espesó a tal punto sus remolinos, -que tomé con rapidez el camino de la fortaleza para dar la alarma y -enviar socorros. Al pasar por junto las chozas de nuestros negros, me -quedé admirado de la agitación que reinaba. La mayor parte estaban -aún en pie y hablaban entre sí con viveza extraordinaria, de modo que -un nombre extraño, Bug-Jargal, se repetía con frecuencia en medio de -aquella su ininteligible jerigonza. Logré, sin embargo, coger varias -palabras cuyo sentido anunciaba, a mi entender, que los negros de la -llanura del norte estaban en insurrección abierta y entregaban a las -llamas los plantíos y habitaciones situadas al otro lado de la ciudad -del Cabo. A la par tropecé con el pie, al atravesar un pantano, en un -montón de hachas y azadones escondidos entre los juncos y los mangles. -En zozobra, y no sin causa, hice ponerse al punto sobre las armas a -todos los milicianos del Acul, y mandé vigilar a los esclavos. Con esto -volvió todo a entrar en el sosiego de costumbre. - -Pero, mientras tanto, parecía como si el estrago creciera a cada -instante y fuera avecinándose al Limbé; hasta había quien se imaginaba -oír el estrépito lejano de los cañones y de las descargas de fusilería. -Hacia las dos de la mañana, mi tío, a quien había despertado, no -pudiendo calmar su ansiedad, me ordenó dejar en el Acul parte de la -milicia al mando del teniente, y, obedeciendo a sus preceptos, porque, -según dejé ya dicho, era diputado de la asamblea provincial, salí con -el resto de mis soldados en dirección del Cabo, cuando María estaba o -aguardándome o entregada al sueño. - -Jamás olvidaré el aspecto de la ciudad al tiempo de aproximarme. -Las llamas, que iban ya devorando las haciendas de sus contornos, -esparcían un lúgubre reflejo, obscurecido por los torrentes de humo, -que el viento empujaba por las calles. Chorros de chispas encendidas, -producidas por las leves e inflamadas hojas de la caña y lanzadas con -violencia por el viento, cual espesos copos de nieve, sobre los techos -de las habitaciones y la jarcia de los barcos fondeados en la bahía, -amenazaban a cada instante a la ciudad del Cabo con un incendio no -menos espantoso del que ardía en sus inmediaciones. Era un espectáculo -horrible e imponente el ver por una parte a los pálidos vecinos -exponiendo la vida por disputarle al crudo azote el único asilo que -de tantas riquezas aún conservaban, mientras por otra los buques, -temerosos de igual suerte y favorecidos siquiera por aquel viento, tan -funesto para los infelices habitantes, se alejaban a toda vela por un -mar teñido por los sanguíneos resplandores del incendio. - - - - -XVI - - -Aturdido con el cañoneo de los fuertes, el clamor de los fugitivos -y el lejano ruido de los edificios desplomados, no sabía hacia qué -punto encaminar mi tropa, cuando nos encontramos en la plaza de armas -con el capitán de los Dragones amarillos, que nos sirvió de guía. No -me detendré, señores, en describir el cuadro que ofrecía la campiña -incendiada. Bastantes hay que han pintado estos primeros desastres del -Cabo, y mi ánimo necesita pasar de ligero por tales recuerdos, que -encierran en sí fuego y sangre. Me contentaré así con decir que los -negros insurgentes eran ya dueños del Dondon, de la Madriguera Roja, de -la aldea de Onanaminte y hasta de los desgraciados plantíos del Limbé, -lo que me llenó de zozobra, a causa de su proximidad al distrito del -Acul. - -Corrí precipitado al palacio del gobernador, M. de Blanchelande, donde -todo se hallaba en la mayor confusión, incluso la cabeza del dueño, -y le pedí órdenes, suplicándole encarecidamente que proveyera a la -seguridad del Acul, que se tenía ya por amenazado. Estaban con él M. -De Rouvray, mariscal de campo, y uno de los más ricos hacendados de la -isla; M. De Touzard, teniente coronel del regimiento del Cabo; algunos -miembros de ambas asambleas, general y provincial, y muchas personas -de viso en la colonia, y en el momento de mi entrada, esta especie de -consejo estaba en deliberación con extraordinario desorden. - ---Señor gobernador--decía un miembro de la asamblea provincial--, -demasiado cierto es eso. Son los esclavos y no la gente de color libre. -Ya hace largo tiempo que lo teníamos anunciado y predicho. - ---Ustedes lo decían, pero sin creer en ello--respondió agriamente un -miembro de la asamblea colonial, llamada _general_--. Lo decían para -ganarse crédito a expensas nuestras; pero tan lejos estaban de creer en -un levantamiento formal, que las intrigas de su asamblea fueron las que -desde 1789 inventaron aquella famosa y ridícula rebelión de tres mil -esclavos en los montes del Cabo, rebelión en la que se redujeron los -muertos a un guardia nacional, y aun ése murió a manos de sus propios -compañeros. - ---Repito--repuso el _provincial_--que vimos más claro, y la causa es -muy sencilla. Nosotros nos quedamos aquí para observar los negocios -de la colonia, mientras su asamblea de ustedes se fué a Francia en -busca de aquella risible pompa, que acabó en una reprimenda de la -representación nacional; _ridiculus mus_. - -El diputado de la asamblea general respondió con amargo desdén: - ---Todos hemos sido reelectos unánimemente por nuestros conciudadanos. - ---Ustedes--replicó el otro--han dado causa con sus exageraciones a que -se paseara por las calles la cabeza del infeliz que entró en un café -sin la cucarda tricolor, y de que se ahorcara al mulato Lambert con -pretexto de una petición que empezaba por estas palabras inusitadas: -“En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.” - ---¡Falso!--exclamó el de la _general_--. Eso proviene de la lucha -de los principios con los privilegios, de los _jorobados_ y de los -_torcidos_. - ---¡Ya me lo tenía yo tragado que usted era un _independiente_! - -A semejante apodo del diputado de la asamblea provincial, su adversario -respondió con aire de triunfo: - ---Eso es declararse usted un _plumero blanco_, y le felicito por la -confesión. - -Quizá la disputa hubiese pasado aún más adelante si el gobernador no se -metiera de por medio. - ---Vamos, señores, ¿qué tiene nada de eso que ver con el peligro -inminente que nos amenaza? Aconséjenme ustedes en vez de insultarse -los unos a los otros. He aquí los partes que me han llegado a las -manos. La rebelión estalló esta noche, a las diez, entre los negros del -ingenio de Turpin. Los esclavos, acaudillados por un negro inglés, a -quien llaman Bouckmann, han arrastrado tras sí a los de las fincas de -Clément, Trémès, Flaville y Noé. Han incendiado todas las haciendas y -asesinado a los amos, cometiendo crueldades inauditas. Un solo hecho -bastará para que puedan ustedes comprender de lleno tales horrores: ¡el -cadáver de un niño ensartado en una lanza les sirve de bandera! - -Una exclamación general interrumpió a M. De Blanchelande. - ---Eso es lo que pasa por las afueras--continuó--. En lo interior de -la población, todo anda trastornado. Muchos vecinos del Cabo han dado -muerte a sus esclavos porque el miedo los ha hecho crueles; los más -compasivos o más valientes se han contentado con encerrarlos bajo -llave. La población blanca pobre acusa de tales desastres a los pardos -de color, y varios mulatos estuvieron para caer víctimas del furor -popular; de modo que, para libertarlos, les he dado a todos por refugio -una iglesia, donde están custodiados por un batallón. Por fin, ahora, -para probar que no son cómplices de los negros, los pardos me piden -armas y que se les señale un punto de defensa. - ---No se haga tal--prorrumpió una voz, que luego reconocí por la del -hacendado sobre quien recaían sospechas de no tener muy limpia la -sangre, y que tuvo poco antes conmigo un desafío--. No se arriesgue -usted, señor gobernador, a darles armas a los mulatos. - ---Pues qué, ¿no quiere usted batirse?--le dijo con aspereza uno de los -concurrentes. - -Pero él, no dándose por entendido, prosiguió: - ---Los mulatos son nuestros peores enemigos, y los únicos de temer. -Confieso que una rebelión era de esperar; pero de su parte, y no de la -de los esclavos. ¿Acaso los esclavos son nada de por sí? - -El pobre hombre creía, con tales invectivas contra los mulatos, -destruir en el ánimo de los blancos que le oían la idea de que -perteneciese a aquella casta tan degradada; pero era demasiado ruin su -intento para que se le lograse, como lo dió a entender un murmullo de -desaprobación. - ---Sí, señor--dijo el anciano general Rouvray--; sí, señor; los -esclavos son algo, porque son cuarenta contra tres, y en mal lance -nos veríamos si no tuviéramos para hacer frente a los negros y a los -mulatos otros blancos que los de su especie de usted. - -El hacendado se mordió los labios. - ---Mi general--repuso el gobernador--, ¿qué opina usted de la petición -de los mulatos? - ---Darles armas, señor gobernador, y correr a todo trapo--respondió M. -De Rouvray. - -Y luego, encarándose con el pobre sospechado, añadió: - ---Ya lo oye usted, caballero, y es tiempo de que vaya a tomar sus armas. - -El hacendado, humillado, salió del aposento dando indicios de una ira -reconcentrada. Mientras tanto, los clamores de angustia que resonaban -por toda la ciudad se oían crecer de momento en momento en la estancia -del gobernador y recordaban a los circunstantes el motivo de la -conferencia. M. De Blanchelande entregó a uno de sus ayudantes una -orden escrita de prisa con lápiz, y rompió el lúgubre silencio en que -todos escuchaban aquel espantoso rumor: - ---Señores, ya se les va a dar armas a los pardos; pero aún nos quedan -muchas disposiciones por tomar. - ---Es preciso convocar la asamblea provincial--dijo el diputado de la -misma, que tenía la palabra en el momento que yo entré. - ---¡La asamblea provincial!--repuso su antagonista el de la colonial--. -¿Qué significa tal asamblea? - ---¡Porque usted es diputado de la asamblea colonial!--repuso el -_plumero blanco_. - -El _independiente_ le interrumpió: - ---No conozco la _colonial_ mejor que la _provincial_. No hay más -asamblea que la general, ¿entiende usted, señor? - ---Pues bien--replicó el plumero blanco--: yo os digo que la asamblea -nacional de París es la única. - ---Convocar la asamblea provincial--repetía, riendo, el independiente--; -como si no hubiera sido disuelta desde el momento en que la general -decidió celebrar sus sesiones aquí. - -Una reclamación universal salió del auditorio, fatigado de tan ociosas -disputas. - ---Mientras ustedes, señores diputados, se entretienen en pamplinas -semejantes--dijo un refaccionista--, ¿qué se hace de mi algodonal y el -plantío de cochinilla? - ---¿Y de mis cuatrocientas mil matas de añil que tengo en el -Limbé?--añadió un hacendado. - ---¿Y de mis esclavos, pagados a treinta pesos, uno con -otro?--prorrumpió el capitán de un buque negrero. - ---Cada minuto que se pierde--proseguía otro hacendado--me cuesta, con -el reloj y el arancel en la mano, diez quintales de azúcar, que, a diez -y siete pesetas el quintal, hacen ciento treinta libras, y diez sueldos -en moneda de Francia. - ---La colonial, a que usted llama general--continuó uno de los -contendientes, dominando el bullicio a fuerza de pulmones--, es una -usurpadora. Que se quede en Puerto Príncipe fabricando y expidiendo -decretos para dos leguas en cuadro de territorio, y que nos deje aquí -en sosiego. El Cabo está bajo la jurisdicción del Congreso provincial -del Norte, y de nadie más. - ---Yo sostengo--respondió el independiente--que su excelencia el -señor gobernador no goza de derecho para convocar otra asamblea que -la general de los representantes de la colonia, presidida por M. De -Cadusch. - ---Pues ¿adónde está ese presidente?--preguntó el plumero blanco--. -¿Adónde está su asamblea? Ni cuatro individuos han llegado, mientras la -provincial entera se halla presente. ¿Querría usted, por casualidad, -representar en su sola persona a toda una asamblea y a toda una colonia? - -Esta rivalidad de entrambos diputados, fieles órganos de sus -corporaciones respectivas, exigió de nuevo la intervención del -gobernador. - ---¿Adónde van ustedes a parar, señores, con sus sempiternas asambleas -_provincial_, _general_, _colonial_, _nacional_?... ¿Servirá de mucho -para ilustrar a esta corporación invocar así el nombre de otras tres o -cuatro?... - ---¡Voto a Dios!--gritó con voz de trueno el general Rouvray, dando -una fuerte palmada en la mesa del Consejo--, ¡y qué endemoniados -parlanchines! ¡Mejor quisiera habérmelas a voces con un cañón de a -veinticuatro! ¿Qué se nos da de esas dos asambleas que se disputan el -paso como dos compañías de granaderos al subir a la brecha? Pues bien, -señor gobernador: lo mejor será convocarlas a ambas, y yo organizaré -con ellas dos batallones para salir a campaña contra los negros. -Veremos si hacen tanto ruido con los fusiles como con la lengua. - -Después de esta áspera rociada, volviéndose hacia mí, que estaba a su -lado, me dijo a media voz: - ---¿Qué quiere usted que haga un gobernador nombrado por el rey entre -dos asambleas de Santo Domingo que se pretenden soberanas? Los -habladores y los abogados son quienes lo echan todo a perder aquí, -como en la metrópoli. Si yo tuviera la honra de ser el señor teniente -general, pondría de patas en la calle a toda esa canalla, diciéndoles: -_El rey, reina, y yo mando_; enviaría a Barrabás la responsabilidad -hacia esos llamados representantes, y con diez cruces de San Luis, -prometidas a nombre de Su Majestad, encerraría en un abrir y cerrar -de ojos a todos los rebeldes en la isla de la Tortuga, habitación -en algún tiempo de otros bandidos semejantes, los piratas. Joven, -acuérdese usted de lo que le digo. Los _filósofos_ engendraron a los -_filántropos_, quienes procrearon a su vez a los _negrófilos_, los que -nos van dando a luz los _matablancos_, que así se llamarán mientras -se les busca un nombre griego-latino. Esas fingidas ideas liberales -con que se embriagan en Francia son un veneno bajo la latitud de los -Trópicos. Convenía tratar a los negros con blandura, pero no llamarlos -a una emancipación tan repentina. Todos los horrores que se ven hoy -en Santo Domingo provienen de la sociedad patriótica de Massiac, y la -insurrección de los esclavos no es más que un golpe de rebote de la -toma de la Bastilla. - -Mientras que el veterano me explicaba sus opiniones políticas, -respirando franqueza y convencimiento, seguían los tempestuosos -debates. Un hacendado del corto número que participaba del frenesí -revolucionario, y que tomaba el título de ciudadano general C..., -porque había servido de caudillo en algunas escenas de carnicería, -exclamó: - ---Antes se necesita dar ejemplos que pelear. Las naciones exigen -lecciones terribles: atemoricemos, pues, a los negros. Yo soy quien -apaciguó los levantamientos de junio y julio poniendo en la entrada de -mi finca cincuenta cabezas de negros clavadas cada cual en una estaca -y colocadas como árboles a estilo de alameda. Que cada uno dé su cuota -para la proposición que voy a hacer, y defendamos las murallas del Cabo -con los negros que aún nos quedan. - ---¿Cómo?... ¡Qué imprudencia!--empezaron todos a decir. - ---Ustedes no me comprenden, señores--repuso el _ciudadano general_--. -Hagamos un cordón con cabezas de negros que rodee la ciudad desde -el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol, y sus compañeros -los insurgentes no se atreverán a acercarse. En circunstancias como -las presentes es menester sacrificarse por el bien general, y yo lo -haré el primero. Quinientos negros me quedan sumisos, y los pongo a -disposición de la Junta. - -La propuesta se recibió con un movimiento general de horror y voces -unánimes de “¡Horrible! ¡Abominable!” - ---Medidas de esa naturaleza son las que lo han arruinado todo--dijo -otro hacendado--. Si no se hubieran dado tanta prisa en ajusticiar a -los insurgentes de junio y julio, se habría podido coger el hilo de la -conspiración, y no que ahora el verdugo lo ha cortado con su hacha. - -El ciudadano C... observó por algunos instantes el silencio propio de -un despechado, y luego empezó a refunfuñar entre dientes: - ---Pues, con todo, me tenía y me tengo por persona no sospechosa. Soy -amigo de todos los _negrófilos_ del mundo, y corresponsal de Brissot y -de Pruneau de Pomme-Gouge en Francia; de Hans Sloane, en Inglaterra; de -Magaw, en América; de Pezll, en Alemania; de Olivarius, en Dinamarca; -de Wadstrohm, en Suecia; de Peter Paulus, en Holanda; de Avendaño, en -España, y del abate Pedro Tamburini, en Italia. - -A medida que adelantaba en su catálogo de negrófilos, iba alzando la -voz, y, por último, concluyó con decir: - ---¡Pero aquí no se entiende pizca de filosofía! - -M. De Blanchelande pidió por tercera vez que se recogieran los votos. - ---Señor gobernador--dijo una voz--, mi parecer es que nos embarquemos -todos en el _Leopardo_, que está en la bahía. - ---Que se pregone la cabeza de Bouckmann--dijo otro. - ---Que se le envíe un aviso al gobernador de la Jamaica--dijo el tercero. - ---Sí, para que nos mande otra vez el risible socorro de quinientos -fusiles--respondió un diputado de la provincial--. Lo mejor será enviar -una consulta a Francia y aguardar la respuesta. - ---¡Aguardar!, ¡aguardar!--prorrumpió M. De Rouvray con energía--. Y -los negros, ¿aguardarán? Y la llama, tan vecina, que va a devorar a la -ciudad, ¿aguardará también? M. De Touzard, mande usted tocar generala; -agarre artillería y salga con sus granaderos y cazadores contra el -grueso de los rebeldes. Usted, señor gobernador, establezca campamentos -en todas las parroquias de Levante y guardias de observación en -Trou y en Vallieres, y yo me encargo de las vegas del castillo del -Delfín. Dirigiré los trabajos; mi abuelo, que era maestre de campo del -regimiento de Normandía, ha servido a las órdenes del señor mariscal de -Vauban; yo he estudiado a Folard y Bezont, y tengo un poco de práctica -en defender un país abierto. Además, como las vegas del fuerte del -Delfín, rodeadas casi por el mar y las fronteras españolas, parecen una -península, se defenderán en cierta manera por sí solas. Igual ventaja -presenta la península del Muelle. En fin, aprovechémonos de todo, y -manos a la obra. - -El lenguaje enérgico y positivo del militar de experiencia acalló -de repente toda la discordancia de votos y de opiniones. El general -acertaba, y aquel instinto que cada cual posee para distinguir lo que -le conviene, reunió todos los pareceres al de M. De Rouvray; y mientras -el gobernador le manifestaba en un apretón amistoso de la mano cuánto -agradecía el valor de sus consejos, bien que dados a modo de orden, y -la importancia de su auxilio, el resto de la concurrencia reclamaba -la pronta ejecución de dichas medidas. Los únicos dos diputados de -entrambas asambleas rivales aparentaban disentir del asenso general, -y cada cual en su rincón hablaba entre dientes de _usurpación de -facultades por parte del poder ejecutivo, de resoluciones atropelladas_ -y de _exigir la responsabilidad_. - -Yo aproveché la coyuntura para arrancarle a M. De Blanchelande las -órdenes que con tal anhelo solicitaba, y salí, a fin de reunir mi tropa -y ponerme de nuevo en marcha hacia el Acul, no obstante el cansancio de -que todos, excepto yo, daban muestras. - - - - -XVII - - -Iban ya despuntando los primeros albores de la mañana cuando acudí a -la plaza de Armas, despertando a los milicianos, que dormían echados -en sus capotes, mezclados con los Dragones encarnados y amarillos, -con los fugitivos del llano, con los ganados que mugían y balaban, -y con los efectos de toda especie introducidos en la ciudad por los -dueños de haciendas. En medio de tal desorden, iba ya logrando poner mi -escasa fuerza en orden, cuando vi acudir hacia mí, a escape tendido, un -dragón amarillo, cubierto de sudor y de polvo, y, adelantándome a su -encuentro, supe con espanto, a las pocas y entrecortadas palabras que -pronunció, que mis temores se habían realizado, que la insurrección se -había propagado por las vegas del Acul y que los negros habían puesto -sitio al castillo de Galifet, donde se habían refugiado la milicia -y los hacendados blancos. Y aquí convendrá decir que el castillo de -Galifet era de muy poca importancia, pues en Santo Domingo se le daba -aquel pomposo nombre a cualquier fortín de campaña. - -No había, pues, ni un momento que perder. Busqué cuantos caballos -me fué dable para montar mi tropa, y sirviéndome el dragón de guía, -llegamos a la hacienda de mi tío hacia las diez de la mañana. Apenas -eché una mirada sobre aquellos magníficos plantíos, convertidos en un -mar de llamas que despedían de su seno espesas olas de humo, entre las -cuales cruzaban, arrebatados como leves chispas por el viento, gruesos -troncos de árboles vomitando fuego. El espantoso crujir del incendio, -como que respondía a los aullidos lejanos de los negros rebeldes, -a quienes alcanzaba a oír, aunque no a divisar. Sólo me acusaba un -pensamiento, del que no podía distraerme la pérdida de tantas riquezas -de que hubiera sido dueño: ¡el salvar a María! Después de conseguirlo, -¿qué me importaba el resto? Sabía que estaba encerrada en el castillo, -y mi única súplica a Dios era la de llegar a tiempo. Sólo esta -esperanza me alentaba en mis penas y me daba las fuerzas y los bríos de -un león. - -Por fin, a una vuelta del camino, se descubrió el castillo de Galifet, -con el estandarte tricolor ondeando aún en sus murallas, defendidas por -un vivo fuego de fusilería. Solté un grito de placer: - ---¡A galope, amigos; riendas sueltas y meted espuelas!--dije a mis -compañeros. - -Y, redoblando el paso, nos arrojamos a campo a traviesa hacia -el castillo, a cuyas plantas se veía la habitación de mi tío, -desmantelada, pero en pie aún e iluminada por los rojizos reflejos del -incendio, que todavía no había hecho en ella presa, pues el viento -soplaba de la mar y estaba aislada de cualquier otro edificio. - -Una multitud de negros guarecidos en la casa se mostraban a la vez en -el ventanaje todo y aun en los techos, y sus armas y antorchas relucían -en medio de los incesantes disparos que hacían al castillo, mientras -otro y más numeroso tropel de sus camaradas subía, caía y volvía a -subir de nuevo por los muros de la fortaleza, rodeados de escalas. -Aquellas oleadas de negros, sin cesar rechazados y sin cesar asomando -sobre aquellos cenicientos paredones, se asemejaban a un enjambre de -hormigas que procuran ascender por la concha de una gruesa tortuga, y -de cuyas molestias se liberta de rato en rato el tardo animal con una -sacudida. - -Tocábamos, por fin, en las obras avanzadas del fuerte, y con la vista -fija en el asta de bandera, animé a mis soldados, invocando el nombre -de sus familias, recogidas cual la mía al amparo de aquellos muros, en -cuyo socorro íbamos. Una aclamación general me respondió, y, formando -mi reducido escuadrón en columna, estaba pronto a dar la voz de carga -contra el tropel de los asaltantes. En este momento, un grito agudo -salió del recinto de la fortaleza; un espeso remolino de humo envolvió -todo el edificio, extendiendo por algún espacio sus vaporosos pliegues -en derredor de las murallas, de donde salía un rumor semejante al de -un horno encendido, y, alzándose luego en el aire, nos dejó ver el -castillo de Galifet, dominado por una bandera roja, anuncio de la cabal -catástrofe. - - - - -XVIII - - -No diré lo que por mí pasó a la vista de aquel horrible espectáculo. -Con vergüenza lo confieso; pero la toma del castillo, la muerte de sus -defensores, la carnicería de veinte familias, tamaño, en fin, y tan -universal estrago, no me ocupó ni por un instante. ¡María, perdida -para mí, arrebatada de mis brazos a las pocas horas de aquella en que -me había sido confiada para siempre, perdida por mi culpa, pues si no -la hubiera abandonado la noche anterior para ir al Cabo por orden de -mi tío, hubiese podido siquiera estar a su lado, y morir junto a ella, -y con ella y en su defensa, que casi era no perderla! Tales y tan -amargas ideas hicieron subir mi dolor al punto de frenesí. Había en mi -desesperación algo de remordimiento. - -En esto, mis compañeros clamaron irritados: - ---¡Venganza! - -Y con el sable en la boca y las pistolas empuñadas en ambas manos, nos -metimos por medio de los rebeldes vencedores. Aun cuando en número muy -superior, los negros huían al acercarnos; pero delante y detrás, por -derecha e izquierda, iban asesinando a los blancos y apresurándose a -incendiar el fuerte; nuestro furor se acrecentaba con su cobardía. - -A una puerta del castillo se me presentó Tadeo, cubierto de heridas. - ---Mi capitán--dijo--: su Pierrot de usted es un hechicero, un _obí_, -como dicen esos condenados negros, o, cuando menos, un diablo. Nos -estábamos sosteniendo y ustedes llegaban, con lo que quedaba todo -remediado, cuando se entró en la fortaleza no sé por dónde, y cate -usted ahí... En cuanto a su señor tío, y su familia... y la señora... - ---¿Y María?--le interrumpí--. ¿Dónde está María? - -En este momento, un negro de alta estatura salió de entre un parapeto -incendiado, llevándose una mujer joven, que gritaba y luchaba en sus -brazos. La joven era María; el negro era Pierrot. - ---¡Pérfido!--le grité, y le apunté con una de mis pistolas. - -Pero otro de los esclavos rebeldes corrió a cubrirle del tiro, y, -atravesado por la bala, cayó muerto a mis pies. - -Pierrot se volvió, y pareció como que me dirigía algunas palabras, -y luego se escondió con su presa entre una maleza de cañas medio -abrasadas. Un momento después atravesó un perro, llevando en la boca -la cuna del hermano menor de María. También reconocí al perro, que era -_Rask_, y, transportado de ira, le disparé la segunda pistola, pero -erré la puntería. - -Eché a correr como insensato, siguiéndole las huellas; pero mis dos -viajes en el curso de la noche, tantas horas pasadas sin tomar descanso -ni alimento, mis temores acerca de María, la súbita mudanza del colmo -de la fortuna al último grado de las desdichas, tantas violentas -emociones del ánimo más aun que las fatigas del cuerpo, habían agotado -mis fuerzas. A los pocos pasos empecé a vacilar, se me anubló la vista -y di en tierra con un desmayo. - - - - -XIX - - -Al volver en mí, me encontré en la habitación arruinada de mi tío y -entre los brazos de Tadeo, que, lleno de bondad, tenía clavados en mí -los ansiosos ojos. - ---¡Victoria!--gritó en cuanto sintió al tacto reanimárseme el pulso--. -¡Victoria, los negros van de vencida y el capitán ha resucitado!... - -Interrumpí su grito de alegría con mi eterna pregunta: - ---¿Dónde está María? - -Yo aún no había coordinado mis pensamientos; conservaba la idea, mas no -el recuerdo exacto de mis infortunios. Tadeo bajó la cabeza. Recobré -entonces la memoria, trayendo a la imaginación la horrible noche de mis -bodas, y la figura de aquel negro gigante arrebatando a María al través -de las llamas, se me renovó cual visión infernal. El horrendo relámpago -que acababa de iluminar a la colonia y de enseñar a los blancos un -enemigo en cada cual de sus esclavos, me hizo reputar a aquel Pierrot -tan bueno, tan generoso, tan fiel, que me debía tres vidas, por un -ingrato, un rival y un monstruo. El robo de mi mujer, en la noche de -nuestro enlace, me confirmaba en las anteriores sospechas, y claramente -reconocí que el músico incógnito de la glorieta era el mismo execrable -raptor de María. ¡Cuánta mudanza en tan escasas horas! - -Tadeo me dijo que en balde se había afanado en seguir a Pierrot y a -su perro; que los negros se habían retirado, aunque su número era muy -suficiente para aniquilar nuestras cortas fuerzas, y que el incendio -de los bienes de mi familia seguía su curso, sin que fuese posible -atajarlo. - -Le pregunté si sabía del paradero de mi tío, a cuyo aposento me habían -conducido; me agarró en silencio de la mano, y, llevándome hacia su -cama, descorrió el cortinaje. Allí yacía mi desgraciado tío, sobre su -lecho ensangrentado, con un puñal hondamente clavado en el corazón; -y por el sosiego de las facciones se conocía que le habían herido en -brazos del sueño. La camilla del enano Habibrah, que acostumbraba -a dormir a sus pies, también estaba salpicada de sangre, y manchas -idénticas se veían en el estrambótico ropaje del pobre juglar, arrojado -en el suelo a corta distancia del lecho. No me quedó, pues, duda de -que el bufón había sido víctima de su conocida fidelidad a mi tío, y -que había perecido a manos de sus camaradas, quizá en defensa de su -señor. Echéme entonces con severidad en cara las preocupaciones que me -habían hecho concebir juicios tan errados sobre el carácter de Pierrot -y de Habibrah, y con las lágrimas que me arrancó el fin trágico y -prematuro de mi tío vinieron a mezclarse algunos recuerdos pesarosos de -su desdichado enano. Di orden para que se buscara el cuerpo; pero las -pesquisas fueron vanas, suponiendo yo que los negros habrían cargado -con él y arrojándolo a las llamas; y en las honras fúnebres que hice -celebrar a mi padre adoptivo, mandé recitar algunas oraciones por el -descanso del alma de su fiel Habibrah. - - - - -XX - - -El castillo de Galifet quedaba arruinado, nuestras haciendas habían -desaparecido, y era tan excusado cuanto imposible permanecer por más -largo tiempo entre aquellos escombros. En la tarde misma regresamos al -Cabo. - -Llegados allí, una fiebre ardiente se apoderó de mí. Los esfuerzos que -hube intentado para domar mi desesperación eran demasiado violentos, y -la cuerda, estirada sin mesura, saltó, y caí en un profundo delirio. -Todas mis esperanzas burladas, mi amor profanado, mi amistad vendida, -mi porvenir perdido, y, sobre todo, los implacables celos, trastornaron -mi juicio, y juzgaba sin cesar que veía las llamas circular por mis -venas. La cabeza se me partía y las furias me desgarraban las entrañas. -Me representaba a María en poder de otro dueño, de otro amante; en -poder de un esclavo, de Pierrot. Dicen que en aquellos momentos me -arrojaba del lecho, y eran necesarios seis hombres para impedir que me -deshiciera el cráneo contra las paredes. ¡Ah! ¿Por qué no me dejaron -entonces morir? - -La crisis pasó. Los médicos, los cuidados de Tadeo y no sé qué fuerza -vivificante de la juventud vencieron el mal, aquel mal que hubiera -podido ser un bien tan grande. Curé al cabo de diez días, y no me -afligí por ello. Me alegré de poder vivir algún tiempo más para -vengarme. - -Apenas convalecido, fuí a solicitar del señor De Blanchelande que me -pusiese en servicio activo, y quiso él confiarme la defensa de algún -punto fortificado; pero yo le supliqué que me agregara en clase de -voluntario a cualquiera de las columnas volantes que acostumbraban a -hacer expediciones contra los negros para barrer el país. Mientras -tanto, se había fortificado de ligero la ciudad del Cabo, y la -insurrección seguía haciendo espantosos progresos. Los negros de -Puerto Príncipe empezaban a conmoverse; Biassou hacía de cabeza de -los del Limbé, el Dondon y el Acul; Juan Francisco se había declarado -generalísimo de los rebeldes de las vegas de Maribarou; Bouckmann, -famoso más adelante por su trágico fin, recorría con sus secuaces las -riberas de la Limonade, y, por último, las bandas de Morne-Rouge habían -aclamado por caudillo a un negro llamado Bug-Jargal. - -El carácter de este último, a dar crédito a lo que de él se decía, -contrastaba de una manera extraordinaria con la ferocidad de sus -iguales. Al paso que Bouckmann y Biassou inventaban mil géneros de -muerte para los prisioneros que caían entre sus garras, Bug-Jargal se -apresuraba a facilitarles medios para salir de la isla. Los primeros -celebraban contratos con las lanchas españolas que cruzaban por la -costa y les vendían de antemano los despojos de los desgraciados a -quienes precisaban a la fuga; Bug-Jargal, por el contrario, había -echado a pique varios de estos piratas. M. Colas de Maigné y otros -ocho hacendados de distinción fueron desatados por su mandato de la -rueda donde los tenía ya ligados Bouckmann para darles tormento, y se -contaban de él otros mil actos de generosidad que serían demasiado -largos de referir. - -Sin embargo, mi sed de venganza no parecía próxima a saciarse, pues -no había vuelto a oír hablar de Pierrot. Los rebeldes, al mando de -Biassou, seguían hostigando al Cabo, y aun tuvieron una vez el arrojo -de subir al cerro que domina la ciudad, costando no poco trabajo el -rechazarlos a los cañones de la ciudadela. Entonces el gobernador -resolvió acorralarlos hacia lo interior de la isla. La milicia del -Acul, el Limbé, Ouanaminta y Maribarou, unidas al regimiento del -Cabo y a las terribles compañías de Dragones amarillos y encarnados, -formaban nuestro ejército de operaciones. La milicia del Dondon y de -Quartier-Dauphin, reforzadas con un cuerpo de voluntarios a las órdenes -del comerciante Poncignon, guarnecían la plaza. El gobernador trató -primero de desembarazarse de Bug-Jargal, quien le incomodaba en sus -movimientos y le alarmaba con sus diversiones. Envió, pues, en su busca -la milicia de Ouanaminta, con un batallón del Cabo; pero la columna -regresó a los dos días en completa derrota. El gobernador se obstinó en -destruir a Bug-Jargal, y mandó salir a las mismas tropas con cincuenta -dragones amarillos y cuatrocientos milicianos de Maribarou de refuerzo. -Esta segunda expedición quedó más maltratada aún que la primera, y -Tadeo, que formaba parte, concibió tal despecho, que me juró, ya de -vuelta, vengarse de Bug-Jargal... - -Una lágrima brotó de los párpados de D’Auverney; cruzó los brazos y -pareció durante algunos minutos como arrobado en dolorosa distracción; -mas al fin prosiguió así. - - - - -XXI - - ---Llegó luego la noticia de que Bug-Jargal había salido de Morne-Rouge, -dirigiéndose con sus tropas camino de la sierra para reunirse con -Biassou. El gobernador se colmó de gozo, y decía, restregándose las -manos: - ---¡Los cogimos! - -Al siguiente día, el ejército colonial había avanzado una legua, y -los insurgentes, abandonando a nuestra aproximación Port-Margot y el -castillo de Galifet, donde habían establecido un puesto, defendido por -gruesas piezas de artillería de sitio, procedentes de las baterías de -la costa, se retiraron a paso acelerado hacia los montes. El gobernador -estaba no cabe más satisfecho, y así proseguimos en nuestra marcha. -Cada cual, al pasar por aquellas áridas y asoladas llanuras, trataba -de saludar por última vez, con una ojeada de pesar, el lugar donde -existieron sus haciendas, su habitación, sus riquezas, y, a menudo, ni -aun siquiera nos era dado conocer el sitio. - -A veces nos atajaba el paso el fuego que de los plantíos había cundido -por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo -está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va -acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aun antes de verlo, se -oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos -de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que -crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el -silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el -aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del -destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que -por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente -hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una -lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces -roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del -bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo; todo arde a la vez y se -consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los -ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y -descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa -y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente -fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un -violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y -despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo -espacio va cubriendo la tierra. - - - - -XXII - - -A la tarde del tercer día entramos por las gargantas del Río Grande, -mientras se calculaba que los negros estarían a veinte leguas de -distancia entre las sierras. Asentamos nuestros reales en un cerro de -escasa altura, que, según estaba despojado, parecía haberles servido -para el mismo fin. La posición no era favorable; pero estábamos ajenos -de todo recelo. Dominaban al cerro por todos lados peñas tajadas a -pico y cubiertas de enmarañados bosques, la aspereza de cuyas lomas -había hecho señalar aquel sitio con el nombre de _Doma-Mulatos_. El -río Grande corría a espalda del campamento, y, encajonado entre ambas -orillas, iba por allí estrecho y profundo. Las márgenes, en rápida -pendiente, estaban salpicadas de malezas y arbustos impenetrables -a la vista con su espesura, y, a menudo, hasta sus aguas quedaban -encubiertas por las guirnaldas de bejucos que, colgando del tronco -de los arces entre sus flores rojizas, enlazaban sus vástagos de la -una a la otra orilla y, cruzándose en modos miles, formaban sobre la -corriente inmensos toldos de verdura. A la vista que los contemplaba -desde lo alto de los vecinos riscos aparecían cual húmedas praderas -aljofaradas con el rocío de la mañana. Tan sólo el murmullo de las -aguas o el vuelo inesperado de algún pato silvestre rompiendo por la -florida cubierta indicaban el curso del río. - -Pronto cesó el sol de dorar las puntiagudas cumbres de los lejanos -montes del Dondon, y poco a poco se fueron tendiendo las sombras por el -campamento, y sólo el graznido de las grullas vino a turbar el silencio -universal, o bien el mesurado paso de los centinelas. De repente, el -himno terrible de _Oua-Nassé_ y del _Campo del Grand-Pré_ resonó sobre -nuestras cabezas; las palmas y los cedros que coronaban los riscos -rompieron en llamas, y a las blanquecinas vislumbres del incendio vimos -cubiertas las próximas alturas de innumerables bandadas de negros y -mulatos, cuyo cobrizo cutis parecía bermejo a los resplandores del -fuego. Estas eran las tropas de Biassou. - -El peligro era inminente. Los jefes, despiertos con sobresalto, corrían -a formar sus soldados; las cajas batían generala; las cornetas y -clarines, el toque de alarma; nuestras líneas se formaban en tumulto, y -los rebeldes, en vez de aprovechar la confusión en que nos veíamos, nos -contemplaban inmóviles entonando el cántico de _Oua-Nassé_. - -Un negro gigantesco apareció solitario en la cima del más elevado pico -a la margen del río; una pluma color de fuego ondeaba sobre su frente; -en la diestra mano empuñaba un hacha, y un rojo pendón en la siniestra. -Reconocí luego a Pierrot, y si hubiera tenido a mano una carabina, -quizá la rabia me hubiese inducido a cometer alguna vileza. El negro -repitió el coro del himno de _Oua-Nassé_, clavó su bandera en la cumbre -de la peña, arrojó el hacha entre nuestras filas y se sepultó en las -ondas del río; un vivo pesar sentí en el corazón temiendo que no había -de morir por mis manos. - -Entonces los negros comenzaron a despeñar sobre nuestras columnas -inmensas moles de piedra, y un granizo de balas y de flechas descargó -sobre el cerro. Nuestros soldados, furiosos de no poder medirse con -los asaltantes, expiraban con amarga desesperación, aplastados por -las peñas, acribillados por las balas o traspasados por las saetas. -Espantosa confusión reinaba por todo el ejército. De súbito, un rumor -horrible pareció como que salía del centro de las aguas del río Grande, -y pasaba allí, en efecto, una extraña escena. Los Dragones amarillos, -maltratados en lo sumo por los peñascos que los negros nos arrojaban -desde lo alto de la sierra, concibieron la idea de ponerse al abrigo -bajo las flexibles bóvedas de bejucos de que estaba cubierto el -río. Tadeo, que fué el primero en discurrir este medio, a la verdad -ingenioso...-- - -Aquí la narración se vió interrumpida de repente. - - - - -XXIII - - -Hacía ya más de un cuarto de hora que el sargento Tadeo, con el brazo -derecho colgando de una banda, se había metido en la tienda sin que -nadie hiciera alto, y, acurrucado en un rincón, se contentaba con -expresar por sus gestos lo mucho que se interesaba en la historia del -capitán, hasta que, llegado el momento en que no le pareció regular -dejar pasar un elogio tan directo sin dar las gracias a D’Auverney, -empezó a decir, medio tartamudeando: - ---Eso es mucha bondad, mi capitán. - -Soltaron todos la carcajada, y, volviéndose D’Auverney, le preguntó con -aspereza: - ---¿Cómo es eso, Tadeo? ¿A qué tiene usted que venir aquí? ¿Y su brazo? - -A un lenguaje tan extraño para sus oídos, las facciones del veterano se -entristecieron, y tropezando y echando la cabeza hacia detrás como para -contener las lágrimas que asomaban a sus párpados, respondió por fin en -voz muy baja: - ---No creía yo, nunca lo creyera, que mi capitán había de ser tan duro -con su sargento que le tratara de usted. - -El capitán se levantó con precipitación: - ---Perdóname, amigo, perdóname, que no sé lo que me he dicho. Vamos, -Tadeo, ¿me perdonas? - -Soltó por fin rienda a las lágrimas el sargento, aunque muy a pesar -suyo, diciendo: - ---Esta es la tercera vez; pero ahora es llorar de gozo. - -La paz estaba ajustada; mas siguióse un breve silencio. - ---Pero, dime, Tadeo--preguntóle el capitán con blandura--, ¿por qué te -has salido del hospital para venirte aquí? - ---Con licencia, mi capitán; pero quería saber si hay que ponerle mañana -al caballo la mantilla de galones. - -Enrique se echó a reír. - ---Mejor hubieras hecho, Tadeo, en preguntarle al cirujano si habías de -ponerte dos onzas de hilas en el brazo herido. - ---O en averiguar--prosiguió Pascual--si podrías beber un poquito de -vino para refrescarte; por el pronto, aquí está el aguardiente, que por -fuerza te hará provecho. Vaya un trago, sargento. - -Tadeo se adelantó, hizo un respetuoso saludo, dió sus excusas por -agarrar el vaso con la mano izquierda, y le vació con un brindis a la -salud de la concurrencia. Esto le infundió bríos. - ---Estaba usted, mi capitán, en el momento que... que... ya, pues sí, -yo fuí el que propuse entrarnos por los bejucos para que no muriera a -pedradas gente cristiana. El oficial, que no sabía nadar y tenía miedo -de ahogarse, se oponía con empeño, hasta que, con licencia, caballeros, -vió un canto, que a poco no le estruja, caer en la madre del río, sin -hundirse en las hierbas. “Más vale--dijo entonces--morir como Faraón -de Egipto que no como San Esteban, porque nosotros no somos santos, -y Faraón era militar como cualquiera de nosotros.” Conque así, mi -oficial, que ya conocerán ustedes que era sujeto de muchas letras, se -avino a mi parecer a condición que haría yo el primero la prueba. Voy, -pues, y me bajo por la orilla y salto debajo del toldo, agarrándome -a las ramas de encima, cuando digo: “Mi capitán, siento que me tiran -de una pierna”; me resisto, grito por socorro y me empiezan a dar de -sablazos, cuando vea usted aquí que acuden todos los dragones y se -meten de mogollón, como diablos, debajo de los bejucos. Sin que nadie -lo supiera, los negros de Morne Rouge estaban allí agazapados para -probablemente embestirnos por las espaldas un momento después. ¡Vaya, -y la que se armaría en el agua! No era buen rato para pescar con caña. -Cada cual peleaba, juraba y gritaba como mejor y más podía. Ellos, como -estaban desnudos, andaban más listos; pero nuestros golpes eran más -duros que los suyos. Se nadaba con un brazo y peleábamos con el otro, -como siempre se hace en tales casos; y los que no sabían nadar, digo, -mi capitán, se colgaban por una mano de los bejucos, y los negros les -tiraban de los pies. En medio de la función, reparé en un negrazo que -se defendía como Belcebú contra ocho o diez de los míos; me fuí hacia -allá nadando y conocí a Pierrot, llamado también Bug... Pero esto no -debe decirse hasta después. ¿Verdad, mi capitán? Reconocí a Pierrot, -y, como desde la toma del fuerte andábamos peleados, le agarré por -el pescuezo, y él iba ya a sacudirse de mí con una puñalada, cuando -me miró a la cara, y, en lugar de matarme, se entregó; que fué una -lástima, mi capitán, porque si no se hubiera entregado... Pero eso -queda para más adelante. En cuanto los negros le vieron prisionero, -se nos echaron todos encima para rescatarle, de modo que también -los milicianos se venían al agua para darnos socorro; hasta que -él, conociendo que todos los negros iban a quedarse allí, les dijo -algunas palabras que serían un exorcismo, porque los puso a todos en -huída. Se zambulleron, y en un abrir y cerrar de ojos no quedaba uno. -Aquella batalla debajo del agua tenía algo de agradable, y me hubiera -entretenido si no hubiera perdido un dedo y mojado diez cartuchos, y -si... ¡pobrecillo!, ¡pero estaba escrito, mi capitán! - -Y el sargento, después de llevarse, en ademán de saludo militar, la -mano a la gorra de cuartel, la levantó hacia el cielo con gesto de -inspirado. - -D’Auverney parecía entregado a un violento desasosiego. - ---Sí--dijo--, sí; tienes razón, Tadeo, que aquélla fué una noche -fatal... - -Y se hubiera perdido en sus acostumbradas y melancólicas distracciones -si la concurrencia no le hubiese instado con empeño para que -prosiguiera, cual así lo hizo. - - - - -XXIV - - -Mientras la escena que Tadeo acaba de pintar...--Tadeo, triunfante, -fué a colocarse detrás de su capitán--, mientras la escena que Tadeo -acaba de pintarnos pasaba a espaldas del cerro, yo había conseguido -trepar de mata en mata con algunos de los míos hasta la cima de un -pico llamado el _Pavo Real_ por los brillantes reflejos que despedían -a la luz del sol las peñas de su cumbre. Este pico se hallaba a igual -altura que las posiciones de los negros, y, mostrado el camino, -pronto estuvo cubierto de milicianos, con cuyo refuerzo comenzamos -un fuego muy vivo de fusilería. Los negros, peor armados, no podían -respondernos con tanto calor, y empezaron a desalentarse, con lo que -redoblamos nuestros esfuerzos, y pronto tuvieron precisión los rebeldes -de evacuar las peñas más vecinas, aunque cuidando antes de hacer rodar -sus muertos sobre el resto del ejército, que estaba aún tendido en -batalla en la loma. Entonces cortamos y atamos con bejucos algunos -de aquellos enormes árboles del algodón silvestre de que fabricaban -los habitantes de la isla canoas para cien remeros. Con ayuda de -este puente improvisado pudimos cruzar a los riscos abandonados por -el enemigo, y parte considerable de nuestras fuerzas se encontraron -en posición ventajosa. Semejante aspecto enfrió el valor de los -insurgentes al paso que nuestro fuego continuaba. En esto se alzó por -el ejército de Biassou un rumor lastimoso, en que iba mezclado el -nombre de Bug-Jargal, y cundió por entre sus filas gran espanto. Varios -negros de Morne-Rouge aparecieron en lo alto de la peña, adonde ondeaba -el rojo pendón; se postraron en tierra, arrancaron luego el estandarte -y se arrojaron con él a los abismos del río. Todo parecía denotar que -su caudillo estaba o muerto o prisionero. - -Nuestro ánimo subió de punto en grado tal, que me resolví a arrojar -al arma blanca a los rebeldes de los peñascos que todavía ocupaban. -Hice echar otro puente volante entre el peñón en que estábamos y el -pico más cercano, y me lancé el primero en medio de los negros. Mis -soldados iban a seguirme cuando uno de los rebeldes hizo de un hachazo -volar el puente en astillas, y los troncos, deshechos, cayeron por el -precipicio, golpeando en las rocas con horroroso estruendo. Al ruido -volví la cabeza, y en aquel instante mismo me sentí agarrar por seis -o siete negros que me desarmaron. Luché con toda mi fuerza, cual un -león; pero ellos me sujetaron, y sin atender a la lluvia de balas -que mis soldados hacían caer en su alrededor, me ataron con cuerdas -hechas de la corteza de los árboles. La única cosa capaz de mitigar -mi desesperación eran los gritos de victoria que escuché resonar un -momento después, y en seguida vi a los negros y mulatos subir en -desorden por las más ásperas cuestas, lanzando clamores de terror. Mis -guardianes imitaron el ejemplo, y, cargándome el más robusto sobre sus -espaldas, me condujo a los bosques saltando de peña en peña con la -agilidad de una cabra montés. Pronto cesó de alumbrarnos el resplandor -de las llamas; pero el débil reflejo de la luna fué para él luz -suficiente, acortando tan sólo un poco la rapidez de su paso. - - - - -XXV - - -Después de atravesar malezas y cruzar torrentes, llegamos a un -elevado valle, de aspecto en alto grado salvaje, y lugar que me era -absolutamente desconocido. Este valle, situado en el riñón de la -sierra que se llama en Santo Domingo _las montañas dobles_, consistía -en una vasta y verde llanura aprisionada entre paredes de peña viva y -cubierta de arboledas de pinos, guayacos y palmitos. El frío penetrante -que siempre reina en aquella región de la isla se hacía sentir aún más -en el fresco de la madrugada, porque los primeros albores de la aurora -iban despuntando en la blancura de las cercanas y elevadísimas cumbres, -y el valle permanecía envuelto en profundas tinieblas o alumbrado tan -solo por las numerosas hogueras que encendían los negros, pues aquél -era el punto señalado de reunión donde los miembros dislocados de su -ejército acudían en desorden. Los negros y los mulatos llegaban por -momentos en turbas despavoridas, lanzando gritos de dolor o aullidos -de rabia, y nuevas hogueras, que brillaban entre las sombras del valle -cual los ojos de un tigre, anunciaban a cada instante cómo se iba -ensanchando el círculo del campamento. - -El negro que me tenía prisionero me puso al pie de una encina, desde -donde contemplaba con indiferencia aquel extraño espectáculo. El negro -me ató por la cintura al tronco del árbol en que estaba recostado; -apretó los espesos nudos, que me impedían todo movimiento; me plantó en -la cabeza su gorro encarnado, como anuncio quizá de que yo era cosa de -su pertenencia, y cuando se hubo así asegurado de que ni podía escapar -ni serle arrebatado por otros, hizo ademán de alejarse. Me resolví -entonces a dirigirle la palabra, y le pregunté en dialecto criollo si -pertenecía a la división del Dondon o de Morne-Rouge. Se detuvo, y me -replicó con gesto de orgullo: - ---De Morne-Rouge. - -Me vino luego a las mientes un pensamiento. Había oído hablar de la -generosidad del caudillo de estas fuerzas, Bug-Jargal; y aun dispuesto -sin pena a recibir una muerte término de todas mis desdichas, la idea -de los tormentos con que vendría acompañada si la recibía de manos -de Biassou, no dejaba de inspirarme algún espanto. Apetecía morir -sin pasar por tales suplicios. Tal vez fuera esto en mí un acto de -flaqueza; pero creo que en semejantes momentos la naturaleza del hombre -retrocede siempre horrorizada. Imaginéme, pues, que si podía escapar -de las garras de Biassou, quizá obtendría de Bug-Jargal una muerte sin -tormentos: la muerte de un soldado. Así le pedí a este negro que me -condujera a la presencia de su caudillo; se estremeció y repitió el -nombre de Bug-Jargal golpeándose con desesperación la frente, hasta -que, pasando con rapidez a expresar la ira en su semblante, me gritó, -enseñándome el puño cerrado: - ---¡Biassou, Biassou! - -Y, tras este nombre de amenaza, se apartó de mi vista. - -La cólera y el dolor del negro me recordaron aquella circunstancia del -combate que nos hizo imponer la captura o la muerte del caudillo de -Morne-Rouge, y, ya sin más dudas, me resigné a esperar la venganza de -Biassou, con la que aparentaba el negro amenazarme. - - - - -XXVI - - -Entre tanto, cubrían aún las tinieblas la cañada, y sin cesar el tropel -de los negros y el número de las fogatas iban en aumento. Un corro de -negras llegó en esto a encender una hoguera cerca de mí, y por los -numerosos brazaletes de cuentas de vidrio azul, encarnado y violeta -que lucían en sus piernas y brazos, por los gruesos pendientes que -colgaban de sus orejas, por los anillos sin cuento que adornaban todos -los dedos de pies y manos, por los amuletos colgados del seno, por el -_collar de hechizos_ pendiente del cuello, por el delantal de vistosas -plumas, única cubierta de su desnudez, y, sobre todo, por sus clamores -acompasados y sus miradas desatentadas y esquivas, conocí desde luego -que eran las _Griotas_. Quizá ignoren ustedes, señores, que entre las -tribus de varias comarcas de Africa se hallan ciertos negros dotados de -no sé qué tosca disposición para la poesía y facilidad de improvisar, -que tiene semejanza con el estado de demencia. Estos individuos andan -errantes de región en región, como los antiguos rapsodas, y como en -la Edad Media los _minstrels_ de Inglaterra, los _minnesinger_ de -Alemania y los trovadores de Francia. Llevan el nombre de _griotos_. -Las mujeres, poseídas cual ellos de un espíritu de vértigo, acompañan -con obscenos bailes las bárbaras canciones de sus esposos y ofrecen una -grotesca parodia de las _bayaderas_ del Indostán, o de las _almeas_ -egipcias. Algunas, pues, de esta clase de mujeres eran las que acababan -de sentarse en rueda a algunos pasos de mí, cruzadas de piernas al -estilo africano y en torno de un inmenso montón de secas ramas, que -ardía haciendo vacilar los espantosos rostros al incierto resplandor de -su rojiza lumbre. - -Así que hubieron formado el círculo, agarráronse todas de la mano, y -la más anciana, que tenía una pluma de garza plantada en el cabello, -comenzó a clamar: - ---_Ouanga!_ - -Y conocí que iban a operar el sortilegio a que dan tal nombre. -Repitieron todas en coro: - ---_Ouanga!_ - -Y la vieja, después de un corto rato de solemne silencio, se arrancó -un mechón de su propio pelo y lo arrojó al fuego, pronunciando estas -palabras sacramentales: - ---_Malé o guiab._ - -Las que en el dialecto de los negros criollos significan: “Me voy con -el diablo.” Todas las _griotas_, imitando el ejemplo de su decana, -entregaron a las llamas un rizo de sus cabellos, repitiendo con -gravedad: - ---_Malé o guiab._ - -Tan extraña invocación y los gestos burlescos de que iba acompañada -me arrancaron aquella especie de involuntaria convulsión que suele -apoderarse del hombre más serio o traspasado de mayor dolor, y que -se llama _risa histérica_. En balde fueron todos mis esfuerzos para -atajarla; estalló al fin, y aquella carcajada en que prorrumpía un -corazón tan triste provocó una escena singular por lo lúgubre y -espantosa. - -Perturbadas las negras en el cumplimiento de su misterioso rito, -alzáronse todas a una, cual si despertasen de un sueño en sobresalto. -Hasta allí no se habían apercibido de mi presencia, y acudieron en -tumulto, aullando antes que diciendo: - ---¡Un blanco, un blanco! - -Jamás he visto colección de figuras con mayor diversidad horribles -que lo era aquella caterva de negros semblantes, donde resaltaba la -blancura de sus dientes y de sus ojos, salpicados éstos de gruesas y -ensangrentadas venas. - -Iban ya a despedazarme, cuando la vieja de la pluma de garza hizo una -señal y gritó repetidas veces: - ---_Zoté cordé, zoté cordé._[6] - -Las fieras se detuvieron de súbito, y les vi, no sin sorpresa, desatar -a la vez sus delantales de plumas, arrojarlos sobre la hierba y empezar -alrededor de mí aquella danza lasciva a que los negros dan el nombre de -_la chica_. - -Este baile, cuyas grotescas actitudes y viveza de gestos no expresan -sino el placer y la alegría, cobraba aquí, de diversas circunstancias -accesorias, un carácter siniestro. Las miradas fulminantes de ira -que me lanzaban las griotas en medio de sus joviales evoluciones; -el lúgubre acento que infundían a la alegre tonada de _la chica_; -el agudo y prolongado gemido que de rato en rato arrancaba de su -_balafo_, especie de flauta compuesta de unas veinte cañas, la -venerable presidenta de aquel negro sanedrín, y más aún la horrible -risa que cada bruja desnuda venía en ciertos momentos de descanso -del baile a mostrarme por turno, pegando casi su rostro contra el -mío; todo me anunciaba con demasiada certeza cuál era la horrible -suerte que le tenían prevenida al _blanco_, espectador sacrílego de -su Ouanga. Recordé la costumbre que tienen muchos pueblos salvajes de -bailar en torno de sus prisioneros antes de darles muerte, y aguardé -con paciencia a que se terminara aquel episodio del drama, en cuyo -desenlace tenía yo señalado tan funesto papel. No pude, con todo, menos -de estremecerme al notar que, a una señal dada por el _balafo_, cada -bruja metió en el fuego, o la punta de una hoja de sable, o el hierro -de un hacha, o el extremo de una larga aguja, o los garfios de unas -pinzas, o los dientes de una sierra. - -El baile iba tocando a su término y los instrumentos del suplicio -estaban convertidos en ascuas. Entonces, a una señal de la vieja, -fueron las negras en solemne procesión a sacar en fila alguna de -aquellas tremendas armas, y a las que no alcanzó a caberles en suerte -un hierro ardiente, se proveyó cada cual de un tizón encendido. -Comprendí al cabo el suplicio que me aguardaba y que habría de contar -en cada bailarina un verdugo. A una señal de su corifeo, empezaron la -postrer rueda lanzando tremendos gemidos. Cerré los ojos para no ver -siquiera los gestos de aquellos demonios femeniles, que, sin aliento de -cansancio y de ira, daban golpes a compás por encima de sus cabezas con -los hierros hechos ascua, de donde salía un rumor agudo y millares de -chispas. - -Empecé a aguardar, haciendo un esfuerzo, el instante de sentirme -chirriar las carnes, calcinarse los huesos y retorcerse y saltar los -músculos entre las ardientes mordeduras de las sierras y tenazas, y un -estremecimiento nervioso circuló por todo mi cuerpo. ¡Fué aquél, en -verdad, un momento de horror! - -No duró, por fortuna. Apenas el baile de las griotas iba aproximándose -a su fin, cuando escuché a lo lejos la voz del negro que me aprisionó, -quien acudía gritando: - ---¿Qué hacéis, mujeres del demonio? ¿Qué hacéis ahí? Dejad libre a mi -prisionero. - -Volví entonces a abrir los ojos, y era ya de día. El negro dábase -prisa a llegar con mil ademanes de cólera, y las griotas se habían -detenido, aunque no tanto al parecer conmovidas por sus amenazas cuanto -sobrecogidas por la presencia de un ente bastante estrambótico de que -venía el negro acompañado. - -Era éste un hombre muy bajo y rechoncho, especie de enano, que llevaba -cubierto el rostro con un velo de color blanco, y en él hechas tres -aberturas para los ojos y boca, al estilo que usan los penitentes. El -velo, que caía sobre los hombros y cuello, dejaba al descubierto su -pecho velludo, que, según el color, me pareció de _salto atrás_, donde -brillaba, colgado de una cadena de oro, el sol de plata arrancado de -un viril. Por encima del cinto de grana, que sostenía unas faldas o -enaguas rayadas de verde, amarillo y negro, con franjas que le cubrían -los pies, grandes e informes, asomaba el mango de un puñal de trabajo -tosco, hecho en forma de cruz. Los brazos iban desnudos, así como el -pecho, y empuñaba en su mano una varita blanca; un rosario de cuentas -de cachumbo le colgaba de la cintura, junto al puñal, y llevaba sobre -la frente una caperuza puntiaguda, ornada de cascabeles, en la que, no -sin gran sorpresa, reconocí la _gorra_ de Habibrah. La diferencia única -consistía en que entre los jeroglíficos de que estaba aquella especie -de mitra cubierta se notaban ahora manchas de sangre. Sin duda alguna, -era la del fiel bufón, y aquellos indicios del asesinato los tuve por -otra prueba de su fin, y despertaron en mi alma un postrer recuerdo. - -Al punto mismo que las griotas repararon en este heredero de la -caperuza de Habibrah, dijeron todas a una voz: - ---¡El obí! - -Y cayeron postradas en tierra, por donde adiviné que sería el -hechicero del ejército de Biassou. - ---¡Basta, basta!--dijo al acercarse a ellas en tono de voz grave y -apagada--. Dejad al prisionero de Biassou. - -Todas las negras, alzándose en tumulto, arrojaron los instrumentos de -muerte de que iban cargadas, volvieron a ceñirse su delantal de plumas -y desaparecieron a un gesto del obí cual una nube de langostas. - -En este instante pareció clavarse en mí la mirada del hechicero, y con -un estremecimiento en todo su cuerpo, dió un paso atrás y extendió la -vara hacia las griotas cual para mandarlas regresar. Con todo, después -de refunfuñar entre sí, oyéndosele tan sólo la palabra _maldito_, dijo -no sé qué al oído del negro, y se retiró a paso lento, con los brazos -cruzados y los ademanes de un hombre embebido en profundas meditaciones. - - -FOOTNOTES: - -[6] Acordaos, acordaos.--N. del A. - - - - -XXVII - - -En seguida me avisó mi vigía que Biassou deseaba verme y que había de -prepararme para dentro de una hora a la entrevista con aquel caudillo. - -Sin duda, quedábame aún una hora de vida, y mientras transcurría, -dejé correr mis miradas por el campamento de los rebeldes, cuyo -singular aspecto me demostraba la luz clara del día hasta en los -más pequeños pormenores. Quizá en un estado diverso del ánimo no -hubiese podido contener la risa al contemplar la inepta vanidad de los -negros sobrecargados, casi sin excepción, de insignias guerreras y -sacerdotales despojos de sus víctimas. La mayor parte de tales adornos -no eran otra cosa que algunos andrajos desapareados y sangrientos. No -era cosa rara el ver una gola sobre una sobrepelliz, o una charretera -encima de una casulla. Además, sin duda para descansar de las faenas -a que habían estado su vida entera sujetos, los negros permanecían en -un estado de inacción absolutamente desconocido por nuestros soldados, -aun en las horas de descanso. Algunos estaban dormidos al sol, con -la cabeza cerca de una hoguera ardiente; otros, con el semblante ya -apático, ya furioso, cantaban con voz monótona, sentados en cuclillas -a la puerta de sus _ajoupas_, especie de chozas puntiagudas, techadas -con hojas de plátano y de palma, cuya forma cónica se asemejaba a -nuestras tiendas de campaña. Las mujeres, negras o pardas, preparaban -con ayuda de los negrillos el rancho para los combatientes, y yo los -veía revolver con enormes pinchos el maíz, las patatas, los ñames, los -plátanos, los guisantes, el coco, la col caribe, que ellos llaman tayo, -y toda especie de frutos y plantas indígenas, que hervían mezclados con -los cuartos despedazados de cerdos, de perros y de tortugas, en las -inmensas calderas robadas de los ingenios. A lo lejos, en los confines -del campamento, los griotos y las griotas formaban grandes círculos -alrededor de las hogueras, y el viento me traía a veces algunos -trozos de sus bárbaras canciones entre la música de las guitarras y -balafos. Varios centinelas colocados en la cima de los más cercanos -peñascos vigilaban los alrededores del cuartel general de Biassou, cuya -única defensa, en caso de ataque, consistía en una línea circular de -carretones cargados con las municiones y el botín. Aquellos atezados -centinelas, erguidos sobre la aguzada punta de las pirámides de granito -de que están erizados los cerros, daban vueltas a menudo, como las -veletas de los góticos campanarios, y se corrían con toda la fuerza de -sus pulmones esta palabra, que aseguraba el sosiego del campamento: - ---Nada, nada. - -De tiempo en tiempo se formaba en torno de mi persona un corro de -negros curiosos, que todos me contemplaban con aire amenazador. - - - - -XXVIII - - -Al cabo, un piquete de soldados de color, bastante bien armados, se -llegó hacia nosotros, y el negro a quien parecía yo pertenecer me -desató de la encina a que estaba atado y me entregó en manos del -comandante de la escolta, recibiendo en pago un saco, que abrió sin -demora, y que estaba lleno de pesos fuertes. Mientras el negro, -arrodillado sobre la hierba, los iba contando con ansia manifiesta, los -soldados me separaron de allí. En el camino examiné con curiosidad su -equipo, que consistía en un uniforme de paño tosco, pardo y amarillo, -y cortado a la española: una especie de _montera_ castellana, adornada -de una cucarda encarnada[7], les cubría su pelo de lana. En lugar de -cartuchera llevaban una especie de morral colgando del costado, y sus -armas eran un fusil de mucho peso, un sable y un machete. Después supe -que este uniforme era el de la guardia particular de Biassou. - -Después de grandes rodeos entre las filas irregulares de chozas, que -embarazaban el terreno del campamento, llegamos a la entrada de una -gruta, labrada por la naturaleza al pie de uno de aquellos inmensos -lienzos de peña viva de que estaba el valle amurallado. Un gran -cortinaje de aquella tela tibetana llamada _cachemira_, y que no tanto -se distingue por lo vivo de sus colores cuanto por la suavidad de su -trama y lo variado de sus dibujos, escondía a la vista lo interior de -esta caverna, rodeada por espesas hileras de soldados, todos con igual -equipo que mis conductores. - -Tras dar la seña a los dos centinelas que se paseaban a los umbrales de -la gruta, el comandante del piquete alzó el cortinaje y me introdujo -consigo, dejándole caer tras de mí. - -Una lámpara de cobre con cinco mecheros, colgada de unas cadenas a -la bóveda, difundía sus trémulos rayos sobre las húmedas paredes de -aquella cueva, privada de la luz del día. Entre dos filas de soldados -mulatos descubrí a un hombre de color, sentado en un grueso tronco de -caobo, medio encubierto por un tapiz de plumas de papagayo. Este hombre -pertenecía a la especie de los _salto-atrás_, que no está separada -de los negros sino por diferencias casi imperceptibles. Su vestido -era ridículo. Una magnífica faja de red de seda, de donde colgaba una -cruz de San Luis, le ceñía a la altura del ombligo unos calzoncillos -azules, de lienzo tosco, y una chupa de cotonía blanca, demasiado -corta para alcanzarle a la cintura, completaba el resto de su ajuar. -Llevaba, además, botas grises, un sombrero redondo, coronado con la -cucarda encarnada, y dos charreteras: la una de oro, con estrellas de -plata en la pala, cuales usan los mariscales de campo en Francia, y la -restante, de lana amarilla. Dos estrellas de cobre, que aparentaban -ser dos acicates de espuela, estaban clavadas en la postrera, sin duda -para hacerla digna de su brillante compaña. Estas dos charreteras, que -no tenían sujeción por medio de presillas en su lugar debido, colgaban -por ambos lados de los hombros sobre el pecho del personaje. Un sable y -dos pistolas ricamente embutidas estaban a su lado, sobre un tapiz de -plumas. - -Detrás de su asiento, silenciosos e inmóviles, se veían dos niños con -el vestido de esclavos, y cada uno con un inmenso abanico de plumas -de pavo real. Estos dos niños eran dos blancos reducidos ahora a -cautiverio. - -Dos cojines de terciopelo carmesí, que parecían sacados de algún -oratorio, señalaban dos puestos a derecha e izquierda del leño de -caoba. Uno de ellos, el de la derecha, se hallaba ocupado por el obí -que me libertó del furor de las griotas. Estaba él sentado, con las -piernas cruzadas, derecha la varita, inmóvil cual un ídolo de porcelana -en una pagoda chinesca, tan sólo que a través de las hendeduras del -velo veía chispearle los ojos, enardecidos y clavados en mí sin -pestañear. - -A cada lado del caudillo había unos haces de pendones, banderas y -gallardetes de toda especie, entre los cuales reparé en la bandera -blanca francesa con flores de lis, la bandera tricolor y la bandera -española; las restantes eran insignias de capricho, incluso un gran -estandarte de color negro. - -A la cabecera de la estancia, por encima del principal personaje, -otro objeto llamó asimismo mi atención: un retrato del mulato Ogé, -ajusticiado el año anterior en el Cabo por crimen de rebelión con su -teniente Juan Bautista Chavanne, y otros veinte cómplices, entre pardos -y negros. En este retrato, Ogé, hijo de un carnicero del Cabo, estaba -representado como tenía costumbre de hacerse pintar, es decir, con -uniforme de teniente coronel, la cruz de San Luis y la orden de mérito -del León, que había comprado en Europa al príncipe del Limburgo. - -El mulato en cuya presencia me veía yo ahora era hombre de mediana -estatura, y en el semblante presentaba una extraña mezcla de astucia y -crueldad. Hízome aproximar, me miró por algún tiempo en silencio y, al -fin, me dijo con risa amarga y sarcástica, parecida a los aullidos de -una hiena: - ---Yo soy Biassou. - -Aguardaba tal nombre, pero no pude oírle en boca semejante y en medio -de aquella feroz carcajada sin temblar interiormente. Mi rostro, -empero, se mantuvo sereno y orgulloso, y ni me digné contestarle. - ---¿Qué es eso?--repuso en francés menos que mediano--. ¿Te han empalado -ya de modo que no puedes doblar el espinazo y hacer una cortesía en -presencia de Juan Biassou, generalísimo del país conquistado y mariscal -de campo de los Reales Ejércitos de _Su Majestad Católica_?--La táctica -de los principales caudillos rebeldes consistía en dar a entender que -obraban a favor, ya del Rey de Francia, ya de la revolución o ya del -Rey de España--. - -Crucé los brazos en el pecho y le miré cara a cara con resolución. El -volvió a su risa sarcástica, que parece lo tenía por resabio. - ---¡Hola, hola! _Me pareces hombre de buen ánimo._ Pues bien, escúchame -lo que voy a decirte: ¿Eres criollo? - ---No--le repliqué--, soy francés. - -Mi firmeza le hizo arquear el entrecejo, y me respondió con su risa -acostumbrada: - ---Tanto mejor. Veo por el uniforme que eres oficial. ¿Qué edad tienes? - ---Veinte años. - ---¿Cuándo los cumpliste? - -A semejante pregunta, que despertaba en mi alma tantos y tan dolorosos -recuerdos, me quedé absorto en mis ideas; la repitió, empero, con -empeño, y entonces yo le contesté: - ---El día que ahorcaron a tu compañero Leogrí. - -Sus facciones se contrajeron de ira, y la carcajada duró más aún de lo -usual; pero al cabo se contuvo, diciendo: - ---Hace veintitrés días ahora que murió Leogrí, y esta noche irás a -decirle que le sobreviviste veinticuatro días no más. Quiero dejarte -hoy todavía en el mundo para que puedas contarle a qué altura se halla -la libertad de sus hermanos, lo que hayas presenciado en el cuartel -general de Juan Biassou, mariscal de campo, y cuánta es la autoridad -que ejerce este generalísimo sobre la _gente del Rey_. - -Bajo título semejante, Juan Francisco, quien se hacía apellidar _Gran -Almirante de Francia_, y su camarada Biassou, designaban sus catervas -de negros y mulatos rebeldes. - -Mandó luego que me hiciesen sentar en un rincón de la cueva, entre dos -vigilantes, y señalando con el dedo a algunos negros con el disfraz de -ayudantes de campo, dijo: - ---Que se toque generala y que venga todo el ejército a las cercanías de -mi cuartel general, que quiero pasarle revista. Y usted, señor padre -capellán, revístase de sus hábitos sacerdotales y celebre para mí y -para mis soldados el santo sacrificio de la misa. - -El obí se levantó, hizo delante de Biassou una profunda reverencia -y le dijo al oído unas cuantas palabras, que interrumpió el general -prorrumpiendo en alta voz: - ---¿Dice usted, _señor cura_, que no hay altar? Pero ¿qué tiene eso de -extraño entre los montes? ¡Ni qué importa! ¿Desde cuándo acá exige el -_bon Giu_[8] para su culto un magnífico templo ni un altar adornado -con oro y con encajes? Gedeón y Josué le adoraron ante un montón de -piedras; hagamos, pues, _bon per_[9], como ellos hicieron, que al _bon -Giu_ le basta con corazones fervorosos. ¡Que no hay altar! Pues ¿por -qué no armar uno con la caja grande de azúcar que los soldados del Rey -cogieron ayer en el ingenio de Dubuisson? - -Pronto se puso en planta el mandato de Biassou, y en un abrir y cerrar -de ojos quedó listo lo interior de la caverna para semejante parodia de -los divinos misterios. Trajeron un tabernáculo y un copón, robados de -la iglesia parroquial del Acul, de aquel templo mismo donde mi enlace -con María recibió del cielo una solemne bendición, tan luego acompañada -de amargos infortunios, y pusieron por altar una caja de azúcar robada, -parte del botín de algún ingenio vecino, y cubierta con una sábana a -guisa de paño, lo que no tapaba el rótulo siguiente, que podía leerse -en los costados del extraño altar: _Dubuisson y Compañía, en Nantes_. - -Cuando los vasos sagrados estuvieron en su lugar, notó el obí que -faltaba un crucifijo, y, sacando el puñal, cuyo mango estaba en forma -de cruz, lo clavó en pie ante el tabernáculo, entre el cáliz y el -viril. En seguida, sin quitarse la caperuza de hechicero ni el velo de -penitente, se echó sobre los hombros desnudos la capa pluvial, robada -al vicario del Acul; abrió el misal con manecillas de plata, en que se -habían leído las oraciones de mi fatal casamiento, y, volviéndose hacia -Biassou, sentado a pocos pasos de distancia del altar, anunció con un -profundo saludo que estaba ya listo para la ceremonia. - -Al punto, a una señal del caudillo se descorrió el cortinaje de -cachemira de la entrada y nos mostró el ejército entero de los negros, -formado en columnas cerradas a la boca de la cueva. Biassou se quitó el -sombrero redondo, se postró delante del altar y gritó con voz sonora: - ---¡De rodillas! - ---¡De rodillas!--repitieron los jefes de batallón. - -Sonó un redoble de tambores, y toda la gavilla estaba arrodillada. - -Yo solo había quedado inmóvil en mi asiento, escandalizado del -sacrilegio que iba a cometerse en mi presencia; pero los dos robustos -mulatos que me tenían bajo su guardia me arrebataron el asiento y, -empujándome con violencia por los hombros, caí de rodillas cual los -demás, precisado a tributar un simulacro de respeto a este simulacro de -culto. - -El obí ofició con seriedad; los dos pajecillos blancos de Biassou -hacían oficio de diácono y sub-diácono, y la turba de los rebeldes, -doblada siempre la rodilla, asistía a la ceremonia con un aspecto de -devoción de que daba el generalísimo el primer ejemplo. Al momento de -la elevación volvióse hacia el ejército el obí, enseñando la hostia, y -exclamó en su dialecto: - ---_Zoté coné bon Giu; ce li mo fé zoté voer. Blan touyé li, touyé blan -yo touté[10]._ - -A estas palabras, pronunciadas en una voz fuerte, que se me antojó -haber ya oído en alguna otra parte y otros tiempos, la muchedumbre -entera lanzó un rugido; hirieron los soldados sus armas una con otra -por largo espacio, y todo el poder de Biassou fué necesario para -impedir que aquel siniestro rumor no fuese el anuncio de mi hora -postrera. Comprendí, empero, a qué exceso de valor y de crueldad podían -llegar estos hombres, para quienes un puñal era un crucifijo, y en cuyo -ánimo las emociones eran tan súbitas y profundas. - - -FOOTNOTES: - -[7] Ya se sabe que éste es el color de la cucarda española.--N. del A. - -[8] El buen Dios. - -[9] Buen padre. - -[10] “Ya conocéis a Dios y aquí os lo enseño. Los blancos le mataron; -matad a todos los blancos.” Más adelante, Toussaint-Louverture tenía -costumbre de dirigir la misma alocución a los negros después de haber -comulgado.--Nota del autor. - - - - -XXIX - - -Concluída la ceremonia, el obí se volvió hacia Biassou con una -respetuosa reverencia, y entonces, levantándose aquel caudillo, dijo en -francés, encarándose conmigo: - ---Nos acusan de no tener religión; pero ya ves tú que eso es una -calumnia y que somos buenos católicos. - -No sé si hablaba irónicamente o de buena fe; mas, al cabo de un -momento, hizo que le trajesen un vaso de vidrio lleno de maíz negro, y -puso encima unos cuantos granos de maíz blanco, y en seguida, alzando -el vaso por encima de su cabeza para que mejor alcanzase a verlo todo -el ejército, exclamó: - ---Hermanos, vosotros sois el maíz negro, y vuestros enemigos los -blancos son el maíz blanco. - -En esto meneó el vaso, y cuando casi todos los granos blancos hubieron -desaparecido escondidos entre los negros, prorrumpió en decir con aire -de inspiración y triunfo: - ---_Guette blan si la la[11]._ - -Otra aclamación, que retumbó en los ecos de la montaña, acogió la -parábola del caudillo, y Biassou prosiguió, mezclando con frecuencia en -su mal francés frases o españolas o criollas: - ---El tiempo de la mansedumbre ha pasado. Por demasiado largo período -hemos aguantado en paz como los carneros, con cuya lana comparan -nuestros cabellos los blancos; seamos ahora implacables como los -jaguares y panteras de la región de donde nos arrancaron. La fuerza -sola adquiere derechos, que todo le pertenece al que se muestra -esforzado y sin compasión. San Lobo[12] tiene dos fiestas en el -almanaque, y el Cordero Pascual no tiene más de una... ¿No es así, -padre capellán? - -El obí hizo una reverencia afirmativa. - ---Han venido--repuso Biassou--, han venido los enemigos de la -regeneración de la humanidad, esos blancos, esos hacendados, esos -dueños, esos hombres de negocios, _verdaderos demonios_ vomitados por -las furias infernales. _Han venido con insolencia_, cubiertos, ¡gente -vana!, de armas, de plumajes y de ropajes magníficos a la vista, y nos -despreciaban porque éramos negros y estábamos desnudos. Pensaban, en su -orgullo, dispersarnos con tanta facilidad como estas plumas ahuyentan -esos negros enjambres de mosquitos y maringuinos. - -Y, al acabar esta comparación, tomó de manos de un esclavo blanco uno -de aquellos abanicos que se hacía llevar detrás de sí, y comenzó a -sacudirlo con mil gestos vehementes; luego continuó: - ---... Pero, hermanos, nuestro ejército se arrojó sobre ellos como las -moscas sobre un cadáver; cayeron con sus lucidos uniformes a los golpes -de estos brazos desnudos, que juzgaron sin bríos, no sabiendo que la -buena madera está más dura cuando le quitan la corteza. Ahora tiemblan -esos tiranos aborrecibles: _yo gagné peur_[13]. - -Un aullido de gozo y de triunfo respondió a este grito de su jefe, y la -caterva toda siguió repitiendo por largo período: - ---_Yo gagné peur!_ - ---Negros criollos y congos--añadió Biassou--, venganza y libertad. -Gente de sangre mixta, no os dejéis ablandar por las seducciones _de -los diablos blancos_. Vuestros padres están entre sus filas, pero -vuestras madres están entre las nuestras. Y luego, _hermanos de mi -alma_, jamás os han tratado como padres, sino como amos; tan esclavos -erais como los negros. Cuando apenas un miserable harapo cubría -vuestros miembros abrasados por el Sol, vuestros bárbaros padres se -pavoneaban con muy _buenos sombreros_ y llevaban chaquetas de mahón -los días de faena, y los días de fiesta, vestidos de barragán o de -terciopelo, _a diez y siete cuartos la vara_. ¡Maldecid a esos entes -desnaturalizados! Pero como los santos mandamientos del _bon Giu_ los -protegen, no maltratéis a vuestro propio padre; y si le encontráis -entre los contrarios, nada os estorba, _amigos_, para que no os digáis -mutuamente: _Touyé papa moé, ma touyé quena toué_[14]. ¡Venganza! -Gente del Rey: libertad para todos los hombres. Este grito tiene -eco en todas las islas: nació en _Quisqueya_[15] y resonó en Tabago -y en Cuba. Un capitán de ciento veinticinco negros cimarrones de las -Montañas Azules, un negro de Jamaica, Bouckmann, en fin, fué quien -primero alzó el pendón entre nosotros. Un triunfo ha sido su primer -acto de fraternidad con los negros de Santo Domingo. Sigamos tan -glorioso ejemplo, con la tea en una mano y el hacha en la otra. No haya -compasión para los blancos, para los dueños. Matemos las familias, -arruinemos sus plantíos, no dejemos en sus haciendas un árbol siquiera -sin tener las raíces hacia el cielo. ¡Trastornemos la tierra para que -se trague a los blancos! ¡Animo, pues, hermanos y amigos! Pronto iremos -a pelear y exterminarlos. Triunfaremos o moriremos en la empresa. -Vencedores, gozaremos a nuestra vez de todos los deleites de la vida; -si morimos, iremos al cielo, donde los santos nos esperan; al paraíso, -donde cada bravo tendrá ración doble de aguardiente y un peso en plata -al día. - -Esta especie de sermón soldadesco, que a ustedes, señores, no les -parecerá más que risible, produjo entre los rebeldes un efecto -maravilloso. Verdad es que los extraños gestos de Biassou, el acento -inspirado de su voz, el extraordinario sarcasmo que cortaba a veces -sus palabras, infundían a su arenga no sé qué oculto poderío de -seducción. El arte con que entreveraba con sus declamaciones pormenores -a propósito calculados para halagar las pasiones o el interés de los -insurgentes, añadía cierto grado de fuerza a aquella elocuencia, tan -adecuada para aquel auditorio. - -No intentaré pintar qué grado de tétrico entusiasmo se manifestó en el -ejército tras la alocución de Biassou. Fué un concierto discordante -de clamores, de aullidos y de lamentos. Golpeábanse unos el pecho, -sacudían otros sus mazas y sables, muchos permanecían de rodillas -en actitud de inmóvil éxtasis. Las negras se desgarraban el seno y -los brazos con las espinas de pescado que les servían para peinar -sus cabellos. Las guitarras, los timbales, las cajas y los balafos -mezclaban su estrépito con las descargas de fusilería. Era, por fin, -aquello una algazara infernal. - -Hizo Biassou un gesto con la mano, y el tumulto cesó luego como por -encanto, y cada negro fuese en silencio a ocupar su puesto. Tan severa -disciplina a que había doblegado Biassou a sus iguales, por el mero -ascendiente de su ingenio y voluntad firme, me llenaron, por decirlo -así, de admiración. Todos los soldados de aquel ejército parecían -hablar y moverse al impulso del caudillo como las teclas del órgano -ceden a los dedos del músico. - - -FOOTNOTES: - -[11] Mirad lo que son los blancos para con vosotros--N. del A. - -[12] Santo francés de quien no creemos que se haga mención en nuestra -tierra.--N. del T. - -[13] Tienen miedo, en dialecto criollo.--N. del A. - -[14] _Mata a mi padre y yo mataré al tuyo_, execrables palabras que se -oyeron, en efecto, en boca de algunos mulatos.--N. del A. - -[15] Nombre antiguo de Santo Domingo que significa _Tierra Grande_. Los -naturales le llamaban también _Haití_.--Nota del autor. - - - - -XXX - - -Otro nuevo espectáculo y género nuevo de charlatanismo y alucinamiento -excitó mi curiosidad; a saber: la curación de los heridos. El obí, que -ejercía en el ejército el doble cargo de médico para las dolencias -del alma y del cuerpo, había empezado a visitar los pacientes. Se -había desnudado de sus atavíos sacerdotales y llevaba junto a sí un -gran cajón con compartimientos, donde iban sus drogas y herramientas, -aunque, a decir verdad, poco usaba de sus instrumentos quirúrgicos; -y excepto una lanceta de espina de pescado, con la que practicaba -con suma habilidad una sangría, le tuve por muy torpe en el asunto, -manifestando gran embarazo en manejar las tenazas que le servían de -pinzas y el cuchillo que hacía de bisturí. La mayor parte del tiempo -se contentaba con recetar cocimientos de naranjas silvestres, de -zarzaparrilla o raíz de China, con algunos sorbos de aguardiente de -cañas añejo. Su remedio favorito y, según él decía, soberano, constaba -de tres copas de vino tinto mezclado con polvos de nuez moscada y la -yema de un huevo duro, cocido entre el rescoldo. De este específico se -servía para curar cualquier especie de llaga o dolencia. Fácil es de -conocer que semejante medicina era tan irrisoria como el culto divino -de que se fingía sacerdote, y es de calcular que el muy corto número -de curas hijas del acaso no le hubieran bastado para conservar la -confianza de los negros si no hubiera añadido los sortilegios a sus -drogas y tratado de obrar con tanta más violencia sobre la imaginación -de sus pacientes cuanto menor era su influjo verdadero sobre los males. -Así es que ya se contentaba con tocar sus heridas haciendo algunos -gestos místicos, ya valiéndose con tino de aquel resto de sus antiguas -supersticiones, que mezclaba con su catolicismo reciente, metía en la -llaga una piedrecita _fetiche_ envuelta en hilas, y el herido atribuía -a la piedra los saludables efectos de su cubierta. Si le anunciaban que -alguno de los heridos bajo su cuidado había muerto, o de las resultas -del daño original, o aun quizá de su propio desatinado método de cura, -respondía en tono solemne: - ---Ya lo tenía yo previsto: era un traidor que en el incendio de tal -hacienda salvó a un blanco, y su muerte es un castigo. - -Entonces, la caterva de atónitos rebeldes le aplaudía, más enconada aún -en sus sentimientos de odio y de venganza. El charlatán se valió aún de -otro sistema curativo que me chocó por su extrañeza. Era el paciente -uno de los jefes negros, herido de bastante gravedad en el postrer -encuentro, y, después de haber examinado la lesión y de hacer la cura -lo mejor que pudo, exclamó, subiendo al altar: - ---Todo esto no vale nada. - -Desgarró luego tres o cuatro hojas del misal, las quemó a la luz de los -cirios robados de la iglesia del Acul y, mezclando estas cenizas del -papel consagrado con unas cuantas gotas de vino echadas en el cáliz, -dijo al herido: - ---Bebe, que aquí va la salud[16]. - -Bebió el otro, lleno de fe, clavando sus estúpidas miradas en el -juglar, que tenía elevadas sobre él las manos, cual invocando la -bendición celeste, y quizá el convencimiento de que estaba ya sano -contribuyó no poco a lograr la cura. - - - - -XXXI - - -Siguióse a esta escena otra en que el velado obí representó aún el -principal papel: el médico había reemplazado al sacerdote; el zahorí -reemplazó ahora al médico. - ---Hombres, escuchad--exclamó el obí, saltando con agilidad increíble -sobre el altar improvisado, donde vino a caer sentado, con las piernas -cruzadas bajo sus abotargadas enaguas--. _Escuchad, hombres_; cuantos -quieran leer en el libro del destino el secreto de su vida, que se -acerquen y se lo diré: _He estudiado la ciencia de los gitanos_. - -Una caterva de negros y de mulatos se acercaron con precipitación. - ---Uno tras otro--dijo el obí, cuya voz hueca y ronca cobraba a veces -un acento atiplado y chillón, que me chocaba como un recuerdo--. Si -venís todos juntos, juntos iréis a la hoya. - -Entonces se detuvieron, y, en este instante, un hombre de color, -vestido al uso de los hacendados ricos, con chaqueta y pantalón blanco -y un pañuelo atado en la cabeza, se acercó a Biassou; la consternación -se hallaba retratada en su semblante. - ---¡Y bien!--dijo el generalísimo en voz baja--, ¿qué es eso?, ¿qué -tienes, Rigaud? - -Era, pues, el caudillo mulato de las gavillas de los _Cayos_, conocido -más en adelante bajo el nombre del _general Rigaud_, hombre astuto bajo -apariencia de candidez y cruel bajo la capa de dulzura. Le examiné con -atención. - ---Mi general--respondió Rigaud--porque si bien hablaba en tono muy -bajo, estaba yo tan próximo a Biassou que logré oírles--, a la entrada -del campamento hay un mensajero de Juan Francisco con la noticia de -que Bouckmann ha muerto en un encuentro con M. De Touzard, y que los -blancos han colgado su cabeza en la ciudad por trofeo. - ---¿No hay más que eso?--contestó Biassou, brillándole los ojos de gozo -al ver disminuirse el número de los cabecillas y acrecentarse, por -consiguiente, su importancia. - ---Además, el emisario de Juan Francisco trae un mensaje para el general. - ---Bien está--repuso Biassou--; pero amigo Rigaud, no tengas esa cara de -espanto. - ---Pues ¿qué, mi general--objetó Rigaud--, la muerte de Bouckmann no -podrá producir mal efecto en la tropa? - ---No eres tan sencillo, Rigaud, como aparentas--replicó su jefe--; mas -ahora vas a juzgar a Biassou. Haz que el mensajero se retarde en entrar -un cuarto de hora, y eso basta. - -Entonces se acercó al obí, que durante esta conversación, escuchada -por mí tan sólo, había comenzado su oficio de adivino, examinando los -signos de sus frentes y de la palma de sus manos y repartiéndoles más o -menos felicidad venidera, según el sonido, el color y el tamaño de la -moneda que cada cual de ellos echaba a sus pies, en una patena de plata -dorada. Díjole Biassou unas breves palabras al oído, y el hechicero, -sin detenerse, continuó sus observaciones de adivinanza. - ---El que lleva en medio de la frente--decía el obí--, en la arruga del -sol, una figura pequeña cuadrada o en triángulo, hará una gran fortuna -sin afán ni trabajos. - -La figura de tres S. S. S. juntas, en cualquier lugar de la frente -que se hallen, es un signo muy funesto. Quien la lleva se ahogará sin -remedio si no huye del agua con sumo cuidado. - -Cuatro líneas que arranquen de la nariz y a pares se arqueen por encima -de los ojos, anuncian que algún día habrá de caer el sujeto prisionero -de guerra y de gemir cautivo en manos de los extraños. - -Aquí el obí hizo una pausa. - ---Compañeros--añadió con gravedad--: tenía yo observado este signo en -el semblante de Bug-Jargal, caudillo de los valientes de Morne-Rouge. - -A tales palabras, que me confirmaron aún más el aprisionamiento de -Bug-Jargal, siguiéronse los lamentos de una gavilla, compuesta de -negros exclusivamente, y cuyos principales jefes llevaban calzoncillos -encarnados: era la división de Morne-Rouge. - -Sin embargo, el obí prosiguió: - ---Si tenéis en el lado derecho de la frente, sobre la línea de la luna, -alguna figura en semejanza de horquilla, temed el estar ociosos o el -entregaros demasiado a los placeres. - -Un signo pequeño, aunque muy importante, que es la figura árabe del -número 3, sobre la línea del sol anuncia azotes... - -Un negro viejo español de Santo Domingo interrumpió al obí, acercándose -a él implorando socorro. Estaba herido en la frente, y uno de sus ojos, -arrancado de la órbita, le colgaba chorreando sangre. El obí le había -dejado olvidado en su revista _médica_, y al momento que le vió, dijo: - ---Figuras redondas en la región derecha de la frente, sobre la línea de -la luna, indican dolencias en los ojos. _Hombre_, ese signo está muy -visible en tu frente; a ver, dame la mano. - ---¡Ay, excelentísimo señor!--replicó el herido--. Mire usted mi ojo. - ---¡Vejancón![17]--respondió de mal humor el obí--, ¿qué necesidad -tengo yo de verte los ojos? Daca la mano, digo. - -El desdichado alargó la mano, repitiendo siempre en voz baja: - ---¡Ay, mi ojo! - ---Bueno--dijo el zahorí--. Si en la línea de la vida se descubre un -punto rodeado de un círculo pequeño y de color negro, se quedará tuerta -la persona, porque este signo anuncia la pérdida de un ojo. Eso es: -aquí, aquí está el punto, y el círculo, y serás tuerto. - ---¡Ya lo soy!--respondió el vejancón gimiendo en tono lastimero. - -Mas el obí, que no hacía ya de cirujano, le empujó de sí con aspereza, -y prosiguió, sin atender a los quejidos del pobre tuerto: - ---Escuchad, hombres. Si las siete líneas de la frente son chicas, -retorcidas y poco señaladas, anuncian que la vida de aquella persona -será breve. - -Quien tenga en el entrecejo y en la línea de la luna la figura de dos -flechas cruzadas morirá en una batalla. - -Si la línea de la vida que atraviesa la palma de la mano presentare una -cruz a su extremidad, cerca ya de la coyuntura, anuncia que la persona -aquella perecerá en un cadalso... Y ahora--añadió el obí--debo decir, -_hermanos_, que uno de los más firmes puntales de la independencia, el -valeroso Bouckmann, reune estos tres signos fatales. - -A estas palabras, quedáronse los negros todos sin soltar el aliento, -inmóviles los ojos y clavados en el juglar con aquella especie de -atención que tanto se asemeja al estupor. - ---Tan sólo hay--prosiguió el obí--que no sé cómo concuerden ambos -signos, si el uno presagia a Bouckmann que ha de morir en la batalla y -el otro le amenaza con un cadalso. Mi ciencia, empero, es infalible. - -Se detuvo y echó una ojeada a Biassou, y éste dijo al oído algunas -palabras a uno de sus ayudantes, quien salió sin tardanza. - ---La boca abierta y lacia--tornó a decir el obí, volviéndose hacia el -concurso y con tono bufón y malicioso--, una actitud insignificante, -los brazos colgando y la mano izquierda vuelta para afuera sin que haya -motivo, anuncian la necedad natural, la falta de seso y una curiosidad -embrutecida. - -Soltó Biassou su risa sarcástica, cuando en este momento regresó el -ayudante, trayendo en su compañía a un negro cubierto de polvo y fango, -y cuyos pies, cortados por los pedernales y abrojos, eran claro indicio -de que venía de una larga jornada. Este era el mensajero anunciado por -Rigaud. Traía en una mano un pliego cerrado, y en la otra, desdoblado, -un pergamino con un sello en figura de corazón inflamado. En el medio -estaba una cifra compuesta de las letras características M. y N., -enlazadas entre sí para designar, sin duda, la unión de los mulatos -libres y de los negros esclavos. A un lado de la cifra se leía por -mote: “Las preocupaciones, vencidas; la vara de hierro, rota; _¡viva el -rey!_” Este pergamino era un pasaporte expedido por Juan Francisco. - -El emisario le presentó a Biassou, y, después de humillarse hasta tocar -la tierra, le entregó el pliego sellado. El generalísimo lo abrió con -precipitación, recorrió los despachos que contenía, se metió algunos en -los bolsillos y, estrujando otro entre las manos, exclamó con aspecto -desconsolado: - ---¡Tropas del rey! - -Los negros hicieron una profunda reverencia. - ---¡Tropas del rey! He aquí lo que manda decir a Juan Biassou, -generalísimo del país conquistado y mariscal de campo de los ejércitos -de Su Majestad Católica, Juan Francisco, gran almirante de Francia y -teniente general de los ejércitos de su antedicha Majestad el Rey de -España y de las Indias. - -Bouckmann, caudillo de ciento veinte negros de las Montañas Azules de -Jamaica, reconocidos independientes por el gobernador de Belle-Combe; -Bouckmann acaba de sucumbir en la gloriosa lucha de la libertad y la -humanidad contra el despotismo y la barbarie. El generoso caudillo ha -muerto en un encuentro con los forajidos blancos que manda el infame -Touzard, y los monstruos le han cortado la cabeza, anunciando que iban -a colocarla con ignominia en un cadalso en la plaza de Armas de su -ciudad del Cabo. ¡Venganza! - -El lúgubre silencio de un general desaliento siguióse por un instante -en todas las filas del ejército a esta lectura; pero, mientras tanto, -el obí se había puesto de pie sobre el altar, sacudiendo su varita -blanca con gestos triunfantes. - ---Salomón, Zorobabel, Eleazar Taleb, Cardan, Judas Bowtaricht, -Averroes, Alberto Magno, Boabdil, Juan de Hagen, Ana Baratro, Daniel -Ogrumof, Raquel Flintz, Altornino, gracias os doy, maestros. La -_ciencia_ de los zahorís no me ha engañado. _Hijos, amigos, hermanos, -muchachos, mozos, madres, y vosotros, todos los que me escucháis aquí_, -¿no lo había yo vaticinado? _¿Qué había dicho?_ Los signos de la frente -de Bouckmann me habían anunciado que viviría poco, y que moriría en -un combate; las líneas de su mano, que aparecería en un cadalso. -Las profecías de mi ciencia se realizan fielmente, y los sucesos se -arreglan por sí mismos de manera que encajen aquellas circunstancias -que no sabíamos conciliar: su muerte en el campo de batalla y su -aparición en el cadalso. Admiraos, hermanos. - -El desaliento de los negros se había tornado durante este discurso -en una especie de susto y maravilla. Escuchaban al obí con confianza -mezclada de terror, mientras él, embriagado de sí mismo, se paseaba a -lo largo de la caja de azúcar, que ofrecía en su superficie espacio -suficiente para que sus piernecillas pudiesen extenderse muy a sus -anchuras. Biassou, riendo a su manera, dirigió la palabra al obí: - ---Señor capellán: puesto que vuestra merced no ignora los sucesos -venideros, ¿querrá leerme lo que ha de sucederme a mí, Juan Biassou, -_mariscal de campo_? - -El obí se detuvo con aire jactancioso en medio del grotesco altar donde -la credulidad de los negros le divinizaba, y replicó al _mariscal de -campo_: - ---Venga vuestra merced. - -En aquel instante, el obí era la persona de mayor importancia en el -ejército. El poder militar se humilló ante el prestigio del sacerdote, -y al acercarse Biassou, era fácil de leer en sus miradas algún -movimiento de enojo. - ---La mano, mi general--dijo el obí, inclinándose para cogerla--. -_Empiezo: la línea de la coyuntura_, señalada con igualdad en toda su -extensión, le promete riquezas y felicidad. _La línea de la vida_, -larga y distinta, anuncia una existencia libre de males y una vejez -robusta; estrecha, señala la sabiduría, el espíritu ingenioso y la -_generosidad_ del corazón; en fin, aquí veo lo que los _nigrománticos_ -llaman el más venturoso de todos los signos: una caterva de ligeras -arrugas que le dan el aspecto de un árbol cargado de ramas elevándose -hacia lo alto de la mano, indicio seguro de la opulencia y las -grandezas. _La línea de la salud_, muy larga, confirma los pronósticos -de la línea de la vida, y también anuncia valor; encorvada hacia -el dedo meñique, en forma de garfio, es signo, mi general, de una -severidad provechosa. - -A esta palabra, los ojuelos brillantes del obí se clavaron en mi -persona al través de los agujeros de su velo, y reparé de nuevo en -el acento, que me era conocido, y que se disfrazaba en la gravedad -acostumbrada de la voz; él prosiguió con la misma intención en el gesto -y tono: - ---Sembrada de círculos pequeños, la _línea de la salud_ anuncia gran -cantidad de justicias que debe ordenar, y que son necesarias. Hacia la -mitad de su curso, se interrumpe para formar un medio círculo, señal -de que correrá gran peligro con las bestias feroces, es decir, con los -blancos, si no los extermina. La _línea de la fortuna_, rodeada, como -su compañera la de la vida, por pequeños ramales que suben hacia la -parte superior de la mano, confirma el porvenir de poder y supremacía -a que está llamado; recta y delgada en la parte superior, anuncia el -talento para gobernar. La quinta línea, la del _triángulo_, que se -prolonga hasta el arranque del dedo de en medio, promete el más cabal -éxito en toda empresa. Veamos ahora los dedos. El pulgar, cruzado a lo -largo por rayas menudas, que van desde la coyuntura a la uña, presagia -una gran herencia: sin duda que habrá de ser la de la gloria de -Bouckmann--añadió el obí en voz sonora--. La eminencia que se forma a -la raíz del índice está cargada de ligeros surcos, apenas perceptibles: -honores y dignidades. El dedo del centro nada presagia. El dedo anular -está surcado de líneas cruzadas: caerán todos sus enemigos y rivales, -porque estas líneas forman cruces de San Andrés, señal de ingenio y -previsión. La coyuntura que une el dedo meñique a la mano nos presenta -enmarañados pliegues del cutis: la fortuna le colmará de dones. También -descubro la figura de un círculo, presagio que añadir a los restantes y -que anuncia dignidades y poderío. - -“_¡Feliz_--dice Eleazar Taleb--_el mortal que lleva tales señales! -¡El destino está encargado de su prosperidad, y su estrella le dará -el genio que confiere gloria!_” Ahora, mi general, voy a mirarle la -frente. “_El que lleva en medio de la frente, sobre el surco del -sol, una figura cuadrada_--dice Raquel Flintz, la gitana--_o bien un -triángulo, hará gran fortuna._” Aquí está, y bien señalada. _Si el -signo está a la derecha, promete una herencia importante._ La misma de -la gloria de Bouckmann. _El signo de una herradura en el entrecejo, -por encima del surco de la luna, anuncia que el portador sabrá vengar -sus injurias y la tiranía que haya sufrido._ Yo tengo este signo, y mi -general también...-- - -El modo en que el obí pronunció las palabras _yo tengo este signo_, me -volvió a chocar por lo extraordinario. - ---También se le ve--añadió con el mismo tono--en los valientes que -saben meditar un levantamiento animoso y romper en abierta lid las -cadenas de su servidumbre. La garra de león que lleva marcada por -encima de la ceja indica un valor brillante. En fin, mi general Juan -Biassou, la frente de vuestra merced presenta el más resplandeciente -de todos los síntomas de prosperidad: una combinación de líneas -que forman la letra M, la primera en el nombre de la Virgen María. -En cualquier parte de la frente, en cualquier surco que esta figura -aparezca, anuncia el genio, la gloria y el poderío. Quien la lleva hará -siempre triunfar la causa que abrace, y los que sigan sus banderas -jamás tendrán que lamentar pérdida alguna, porque él solo vale más -que todos los de su partido. Mi general: vuestra merced es el hombre -elegido por el destino. - ---Gracias, señor capellán--dijo Biassou regresando hacia su trono de -caoba. - ---Aguárdese, señor general---repuso el obí--, que se me olvidaba otro -signo. La línea del sol, muy señalada en su frente, prueba conocimiento -del mundo, deseo de hacer felices, mucha liberalidad y una inclinación -a la magnificencia. - -Biassou comprendió, al parecer, que el olvido era más bien suyo que del -obí, y sacando una bolsa bien repleta, se la arrojó en el plato, a fin -de no desmentir a la _línea del sol_. - -Mientras tanto, el brillante destino de su caudillo había producido -entre las tropas el efecto deseado. Todos los rebeldes, con quienes -tenía la palabra del obí mayor imperio que nunca desde la nueva de -la muerte de Bouckmann, pasaron del desaliento al entusiasmo, y, -ciegamente fiados en su infalible adivino y su predestinado general, -prorrumpieron en gritos de “¡Viva el obí! ¡Viva Biassou!” - -El obí y Biassou se miraron, y se me figuró oír la risa contenida, del -primero respondiendo al sarcasmo del generalísimo. - -No sabré explicar por qué; pero este obí me atormentaba el pensamiento, -y me parecía haber visto u oído de antemano algo que se asemejaba a -aquel tan extraño ente, a punto que resolví hablarle. - ---Señor obí, _señor cura_, _doctor_, _médico_, señor capellán, _bon -per_--le dije. - -Volvióse hacia mí con presteza. - ---Queda aún aquí una persona a quien no le ha dicho su buenaventura, y -ésa soy yo. - -Cruzó los brazos sobre el sol de plata que le cubría el velludo pecho, -y no me replicó; yo continué: - ---De buena gana sabría yo lo que augura de mi suerte venidera; pero sus -honrados camaradas me han privado de mi reloj y mi bolsa, y no juzgo -que el señor obí sea sujeto para profetizar de balde. - -Se acercó junto a mí precipitadamente, y me dijo en voz hueca al oído: - ---Te equivocas; dame la mano. - -Alarguésela, mirándole cara a cara; chispeábanle los ojos y hacía -ademán de examinarme la mano. - ---Si la línea de la vida--me dijo--está cortada hacia la mitad por dos -rayas transversales y visibles, es indicio de muerte próxima. Tu muerte -está próxima. - -Si no se encuentra la línea de la salud en el centro de la mano y -existen tan sólo las de la vida y la fortuna reunidas en su origen de -modo que formen un ángulo, no se espere quien tenga tal signo a morir -de muerte natural. No aguardes, pues, una muerte natural. - -Si la faz interior del índice tiene una raya que la atraviesa en todo -su largo, muere el sujeto de un modo violento. - -Había algo de júbilo en aquella voz sepulcral que me anunciaba la -muerte; pero yo le oí con indiferencia y menosprecio. - ---Zahorí--le dije con una sonrisa de desdén--, se conoce que eres hábil -y que pronosticas lo que cualquiera ve que es seguro. - -Se me acercó más a esto. - ---¡Conque dudas de mi ciencia! Pues bien: escúchame de nuevo. La -interrupción en la línea del sol sobre tu frente me anuncia que tienes -por enemigo a un amigo, y a un amigo por un enemigo... - -El sentido de tales palabras aparentaba aludir al pérfido Pierrot, a -quien amaba, y que me había sido traidor, y al fiel Habibrah, a quien -aborrecía, y cuyos ensangrentados vestidos atestiguaban su animosa -muerte y su constancia. - ---¿Qué pretendes decir?--exclamé. - ---Escucha hasta el cabo--prosiguió el obí--. Ya te he hablado del -porvenir, y ahora toca lo pasado. La línea de la luna presenta una -curva ligera en la frente: esto significa que te han arrebatado a tu -mujer. - -Me estremecí, y quise lanzarme del asiento; pero los centinelas me -contuvieron. - ---¡No tienes paciencia! Oyelo todo--repuso el obí--. La cruz pequeña en -que remata la curva completa la explicación. Tu mujer te fué arrebatada -la noche misma de la boda. - ---¡Miserable!--prorrumpí--, ¿sabes tú dónde está?... ¿Quién eres? - -Y probé a soltarme de nuevo y arrancarle el velo; pero me fué preciso -ceder al número y la fuerza, y vi con rabia alejarse al misterioso obí, -diciéndome: - ---¿Me creerás ahora? ¡Prepárate para tu muerte inmediata! - - -FOOTNOTES: - -[16] Este remedio se usa todavía con bastante frecuencia en Africa, -especialmente por los moros de Trípoli, que suelen echar en sus -brebajes la ceniza de una página del libro de Mahoma. A este filtro -atribuyen ellos virtudes soberanas. Un viajero inglés, no sé cuál, -llama a esta bebida _infusión de Alcorán_. - -[17] Nombre con que se designaba a un negro viejo fuera de servicio. - - - - -XXXII - - -Y para arrancarme un instante a los perplejos pensamientos en que me -había sumido tan extraña escena, apenas bastó el nuevo drama que se -siguió en mi presencia a la ridícula farsa representada por Biassou y -el obí ante sus atónitas gavillas. - -Habíase vuelto a colocar Biassou en su asiento de caoba, con el obí a -su derecha y Rigaud a su izquierda, sobre los dos cojines que hacían -juego con el trono del principal cabeza. El obí, con los brazos -cruzados sobre el pecho, parecía absorto en profunda meditación; -Biassou y Rigaud estaban mascando tabaco, y un ayudante había venido -a saber del _mariscal de campo_ si se mandaba desfilar al ejército, -cuando tres corros de negros alborotados llegaron a una a la entrada -de la cueva con furiosos clamores. Cada cual traía un prisionero, que -quería entregar a disposición de Biassou, no tanto por saber si le -acomodaría perdonarles, cuanto para averiguar qué especie de muerte o -de suplicios era su antojo que padecieran. Demasiado lo anunciaban sus -siniestros gritos: - ---_Mort! Mort!_--decían algunos. - ---¡Mueran! ¡Mueran!--repetían otros; y - ---_Death! Death!_--respondían algunos negros ingleses, quizá de los -secuaces de Bouckmann, que habían ya acudido a incorporarse con los -negros españoles y franceses de Biassou. - -El _mariscal de campo_ les impuso silencio, y con un gesto mandó -adelantar los tres cautivos al umbral de la gruta, y de ellos reconocí -a dos con viva sorpresa. Era el uno aquel _ciudadano general C..._, -aquel filántropo corresponsal de todos los negrófilos del universo, -que había emitido contra los negros un parecer tan cruel en casa del -gobernador; era el otro aquel blanco hacendado, de dudosa estirpe, -que manifestaba tal repugnancia hacia los mulatos, entre quienes le -contaban los blancos; el tercero aparentaba pertenecer a la categoría -de artesanos blancos y llevaba un mandil de cuero con las mangas -arremangadas hasta el codo. Los tres habían sido cogidos, cada cual por -separado, procurando ocultarse en la sierra. - -El artesano sufrió primero su interrogatorio: - ---¿Quién eres?--le dijo Biassou. - ---Santiago Belin, carpintero del hospital de los Padres Religiosos en -el Cabo. - -Alguna sorpresa, mezclada de vergüenza, asomó en el rostro del -_generalísimo del país conquistado_. - ---¡Santiago Belin!--repitió mordiéndose los labios. - ---Sí--repuso el carpintero--. ¿Pues qué, me desconoces? - ---Empieza tú--dijo el _mariscal de campo_--por reconocerme y acatarme. - ---¡Yo no saludo a mis esclavos!--replicó el carpintero. - ---¡A tu esclavo! ¡Miserable!, ¿qué dices?--exclamó el _generalísimo_. - ---Sí--contestó el carpintero--. Yo fuí tu primer amo, aunque ahora -finjas hacerte desconocido, y acuérdate, Juan Biassou, de que te vendí -por trece pesos fuertes a un comerciante de Santo Domingo. - -Las facciones de Biassou se contrajeron con violento despecho. - ---Pues qué--prosiguió el blanco--, ¿te avergüenzas ahora de haberme -servido? ¿No sabes que Juan Biassou debería honrarse de haber -pertenecido a Santiago Belin? Tu propia madre, ¡loca de vieja!, ha -barrido muchas veces mi tienda; pero al postre se la vendí al señor -mayordomo del hospital, y, como estaba tan decrépita, no quiso darme -más que treinta y dos pesetas. Esta es tu historia y la suya; pero -parece que a vosotros los negros y mulatos se os han subido los humos -a la cabeza y que se te ha borrado de la memoria cuando servías de -rodillas a tu amo Santiago Belin, carpintero en el Cabo. - -Biassou le había estado escuchando con aquella risa sarcástica que le -daba el aspecto de un tigre. - ---Bien está--dijo. - -Y en seguida, encarándose con los negros que habían traído al maestro -Belin, añadió: - ---Agarrad dos bancos, dos tablas y una sierra, y llevaos a ese hombre. -Santiago Belin, carpintero en la ciudad del Cabo, dame las gracias por -haberte proporcionado una muerte de carpintero. - -Y sus carcajadas acabaron de explicar con qué atroces suplicios iba a -castigar el orgullo de su antiguo dueño. Yo me estremecí; pero Santiago -Belin ni aun pestañeó, y, volviéndose, le dijo con jactancia: - ---Sí, debo estarte agradecido de algo, pues te vendí por trece pesos, y -está visto que saqué de ti mucho más de lo que valías. - -Entonces se lo llevaron. - - - - -XXXIII - - -Los otros dos presos habían asistido, más muertos que vivos, a -este espantoso prólogo de su propia tragedia. Su actitud humilde -y acongojada hacía notable contraste con la entereza, un tanto -fanfarrona, del carpintero, y temblaban todos sus miembros. - -Biassou los miró a uno después de otro, con su aire de raposa, y -luego, entreteniéndose con prolongar su agonía, entabló con Rigaud una -conversación sobre las diversas especies de tabaco, asegurando que el -de la Habana no era bueno sino para fumar en cigarros, y que para tomar -en polvo no había tabaco como el de España, del que Bouckmann le había -enviado dos barriles cogidos en casa de M. Lebattu, hacendado en la -Tortuga. En seguida, dirigiéndose de golpe al ciudadano general C...: - ---¿Qué te parece?--le preguntó. - -Esta consulta inesperada desconcertó al ciudadano, que respondió -balbuciente: - ---Mi general; en ese punto, me fío en el parecer de su excelencia. - ---¡Adulación!--replicó Biassou--. Tu sentir es lo que pretendo -averiguar, y no el mío. ¿Sabes que haya mejor tabaco de polvo que el de -M. Lebattu? - ---Por cierto que no, excelentísimo señor--dijo C..., con cuya turbación -se divertía Biassou. - ---_Mi general, su excelencia, excelentísimo señor_--repuso el caudillo -con apariencias de enojo--. ¿Eres tú acaso un aristócrata? - ---Nada de eso--exclamó el _ciudadano general_--. Soy patriota de 1791, -de los puros, y entusiasta negrófilo... - ---¿Negrófilo?--le interrumpió el generalísimo--. ¿Qué quiere decir eso? - ---Amigo de los negros--tartamudeó, en respuesta, el ciudadano. - ---No basta ser amigo de los negros--replicó Biassou con severidad--; -hay que serlo también de los pardos. - -Ya hemos manifestado que Biassou era _salto-atrás_. - ---De los pardos era lo que quise decir, mi general--repuso humildemente -el negrófilo--. Yo estoy relacionado con todos los más famosos -partidarios de los negros y de los mulatos... - -Biassou, gozoso de poder humillar a un blanco, le volvió a cortar la -palabra: - ---_¡Negros y mulatos!_ ¿Qué significa eso? ¿Quieres venir a insultarnos -con esos nombres odiosos inventados por el desdén de los blancos? Aquí -no hay sino negros y pardos, ¿lo entiende usted, señor hacendado blanco? - ---Es un mal hábito contraído desde la infancia--respondió C...--; -perdonadme: no he tenido intención de ofender a vuestra excelencia. - ---Deja tus excelencias, que te repito que no me gustan esas mañas de -aristócratas. - -C... trató de disculparse de nuevo y empezó en tono balbuciente otra -explicación: - ---Si me conocieras, ciudadano... - ---¡Ciudadano! Pues ¿quién te imaginas que soy?--gritó Biassou -enfurecido--. Aborrezco esa jerigonza de los jacobinos, ¡y quisiera -saber si eres alguno de ellos! ¡Acuérdate que estás hablando con el -generalísimo de las tropas del Rey! _¡Ciudadano!_ ¡Vaya, el insolente! - -El pobre negrófilo no sabía ya cómo hablarle a una persona que -tanto desechaba el tratamiento de _excelencia_ cuanto el título -de _ciudadano_, el lenguaje de los aristócratas cuanto el de los -patriotas. Estaba aterrado. Biassou, cuya cólera era fingida, se -divertía sobremanera en contemplar sus ahogos. - ---¡Ay!--dijo por fin el ciudadano general--, ¡y cuán mal me juzgáis, -insigne defensor de los imprescriptibles derechos de una mitad del -linaje humano!... - -En el apuro de aplicar ningún dictado sencillo a este encumbrado -personaje, que aparentaba rehusarlos todos, acudió a una de aquellas -perífrasis sonoras de que solían valerse con sumo gusto los -revolucionarios para reemplazo del nombre y título de la persona a -quien se dirigían. - -Biassou le miró de fijo y le preguntó: - ---¿Conque tanto cariño profesas a los negros y a los pardos de toda -especie? - ---¿Si les profeso?--exclamó el ciudadano C...--. Soy corresponsal de -Brissot y de... - -Biassou le interrumpió, soltando su risa acostumbrada. - ---¡Ja!... ¡ja!... Mucho me regocijo de encontrarme en ti con un amigo -de nuestra causa. ¡En tal caso, habrás de aborrecer a los inicuos -hacendados blancos que castigaron nuestra justa insurrección con los -suplicios más crueles, y pensarás, como nosotros, que no los negros, -sino antes los blancos, son los verdaderos rebeldes, puesto que se -ponen en rebeldía contra la humanidad y los dictados naturales! ¡Habrás -entonces de abominar a tales monstruos! - ---¡Los abomino!--respondió C... - ---Pues bien--repuso Biassou--: ¿qué te parecería de un hombre que, -para sofocar las postreras tentativas de los esclavos, hubiese puesto -cincuenta cabezas de negro a los costados de la alameda de su hacienda? - -La palidez de C... llegó a ser horrible. - ---¿Qué pensarías de un blanco que hubiese propuesto hacer un cordón -alrededor de la ciudad del Cabo con cabezas de negros?... - ---¡Perdón! ¡Perdón!--dijo el ciudadano general aterrorizado. - ---¿Y en qué te amenazo?--respondió Biassou con suma frialdad--. Déjame -acabar... ¿Un cordón de cabezas de negros desde el castillo de Picolet -al cabo Caracol? ¿Qué te parece? ¡Responde! - -Las palabras _¿en qué te amenazo?_ habían hecho recobrar alguna -esperanza a C..., quien pensó que acaso sabría Biassou tales horrores -sin tener averiguado su autor; y así, respondió luego con alguna -entereza, a fin de disipar cualquier sospecha que le fuese adversa: - ---Me parece que son unos crímenes atroces. - -Biassou soltó su carcajada. - ---¡Bueno va! ¿Y qué castigo le impondrías al culpable? - -Aquí el desdichado C... titubeó. - ---Vamos--repuso Biassou---, ¿eres amigo de los negros o no lo eres? - -Entre ambas alternativas, prefirió el negrófilo la que menor peligro -presentaba, al parecer, y no viendo ningún intento hostil contra su -persona en el semblante de Biassou, contestóle en voz apagada: - ---Merece la pena de muerte. - ---Muy bien respondido--dijo Biassou con mucho sosiego, arrojando el -tabaco que tenía en la boca para mascar. - -En esto, su aspecto de indiferencia había infundido algunos ánimos -al infeliz negrófilo, y haciendo un esfuerzo para desvanecer cuantos -recelos pudieran abrigarse contra su persona, comenzó una arenga en -términos tales: - ---Nadie hace votos más ardientes que los míos por el triunfo de vuestra -causa. Yo soy corresponsal de Brissot y de Pruneau, de Pomme-Gouge, en -Francia; de Magaw, en América; de Peter Paulus, en Holanda; del abate -Tamburini, en Italia... - -Y proseguía explayándose en esta letanía filantrópica, que estaba -pronto siempre a entonar y que le había yo oído recitar en casa del -gobernador, en circunstancias diversas y con diverso fin, cuando -Biassou le atajó los vuelos: - ---¡Y qué se me da a mí de todos tus corresponsales! Dime, y con eso -sobra, dónde tienes tus almacenes y tus depósitos, porque mi ejército -necesita abastecerse. Muy ricas han de ser tus haciendas y muy fuerte -tu casa de comercio si tienes giro con los comerciantes de todo el -mundo. - -El ciudadano C... se atrevió con timidez a hacer una observación: - ---Héroe de la humanidad, no son comerciantes, sino filósofos, -filántropos y negrófilos. - ---¡Vaya!--dijo Biassou moviendo la cabeza--. ¡Cátense ustedes ahí que -vuelve a esos demonios de palabrotas ininteligibles! Pues bien, hombre: -si no tienes almacenes ni depósitos que darnos a saquear, ¿para qué -sirves? - -Semejante pregunta mostraba una vislumbre de esperanza, a la que se -asió C... con ahinco. - ---Ilustre guerrero--respondió luego--, ¿tenéis en vuestro ejército -algún economista? - ---¿Qué cosa es eso?--le preguntó el caudillo. - ---Es--dijo el prisionero, con tanto énfasis cuanto su terror le -permitía--, es un hombre necesario por excelencia; el único que sabe -tasar en su respectivo valor los recursos materiales de un imperio, -clasificarlos por el orden de su importancia, beneficiarlos y -acrecentarlos combinando sus orígenes y resultados, y distribuirlos con -tino cuales otros tantos arroyos fecundantes, que aumentan los caudales -del río de la utilidad general, el que viene, a su vez, a confundirse -en el mar de la prosperidad pública. - ---¡Caramba!--dijo Biassou, inclinándose hacia el obí--. ¿Qué diantres -quiere decir con esa cáfila de vocablos, ensartados unos detrás de -otros como las cuentas de tu rosario? - -El obí se encogió de hombros en ademán de persona que no entiende y que -desprecia. Sin embargo, el ciudadano C... proseguía así la relación: - ---Yo he estudiado... dignaos escucharme, valeroso caudillo de los -valientes regeneradores de Santo Domingo; yo he estudiado a los grandes -economistas, a Turgot, a Raynal y a Mirabeau, el amigo del pueblo. He -puesto su teoría en práctica, y poseo la ciencia indispensable para el -gobierno de las monarquías o de los Estados cualesquiera. - ---El economista no es económico en cuanto a palabras--dijo Rigaud con -su sonrisa suave y burlona. - -Biassou exclamó mientras tanto: - ---Y dime, hablador descomunal, ¿tengo yo Estados que gobernar, por -ventura? - ---Todavía no, hombre grande--replicó C...--; pero puede venir el caso, -y, además, mi ciencia se humilla, sin mengua de su dignidad, a entrar -en los pormenores necesarios para la administración de un ejército. - ---Yo no administro mi ejército, señor hacendado, sino lo mando--dijo el -generalísimo, interrumpiéndole de nuevo con viveza. - ---Pues está muy bien--expuso el ciudadano--; vos haréis de general y yo -de intendente militar. Tengo conocimientos especiales en el ramo de la -cría del ganado vacuno... - ---¿Y te imaginas tú que nosotros criamos ganados?--replicó Biassou en -su tono sarcástico--. Cuando se nos acabe el de la colonia francesa, -cruzaré los cerros de la frontera e iré a recoger los bueyes y carneros -que se crían en los grandes hatos de los inmensos llanos de Cotuy, de -la vega, de Santiago y en las márgenes del Yuna, y si necesario fuere, -también iré a buscar los que pacen, en la península de Samana y en las -vertientes de la Sierra de Cibos, desde la embocadura del río Neibe -hasta más allá de Santo Domingo. Además, tendré un gozo verdadero en -ir a castigar a esos malditos españoles que entregaron a Ogé. Ya ves -que no ando escaso de víveres ni tengo para qué valerme de tu ciencia, -_necesaria por excelencia_. - -Tan decisiva declaración desconcertó al pobre economista, que se -agarró, sin embargo, a la postrer tabla de salvación. - ---Mis estudios--dijo--no se limitan a la cría del ganado, y tengo -otros varios conocimientos especiales que podrán ser de sumo provecho: -enseñaré el método de beneficiar el alquitrán y las minas de carbón de -piedra. - ---¡Qué me importa eso!--contestó Biassou--. Cuando me hace falta -carbón, mando quemar tres leguas enteras de monte. - ---También explicaré para qué objetos es más adecuada cada especie de -madera--prosiguió el prisionero--. El chicarón y la sabieca, para las -quillas; las yabas, para los cascos; el níspero, para los palos; los -guayacos, los cedros... - ---_¡Que te lleven todos los demonios de los diez y siete -infiernos!_--exclamó en español Biassou, ya impacientado. - ---¿Qué se le ofrece a mi bondadoso protector?--dijo, todo trémulo, el -economista, que no entendía achaque de español. - ---Escúchame--repuso Biassou--; yo no tengo necesidad de buques, y en -toda mi comitiva no queda más que un empleo vacante, que no es siquiera -el de _mayordomo_, sino el de ayuda de cámara. Vea, pues, el _señor -filósofo_ si le conviene. Estas son las condiciones. Me servirás de -rodillas, me traerás la pipa y el _calalú_[18] y andarás tras de mí con -un abanico de plumas de pavo real o de papagayo, como los dos pajes que -estás viendo. ¿Eh?, responde. ¿Quieres servirme de ayuda de cámara? - -El ciudadano C..., que sólo pensaba en salvar la vida, hizo una -reverencia, inclinándose hasta el suelo con infinitas muestras de -agradecimiento y gozo. - ---¿Conque lo aceptas?--preguntó Biassou. - ---¿Y podía poner siquiera en duda mi generoso amo que yo titubeara un -momento ante tan insigne favor cual el de servirle en su persona? - -A semejante respuesta, el diabólico sarcasmo de Biassou cobró un aire -de triunfo. Cruzó los brazos, se puso erguido, respirando orgullo, y -repeliendo con el pie la cabeza del blanco postrado ante sus plantas, -exclamó en alta voz: - ---¡Quería probar hasta dónde llega la vileza de los blancos después -de haber presenciado hasta dónde alcanza su crueldad! A ti, ciudadano -C..., te debo el doble ejemplo. ¡Bien te conozco! ¿Cómo has podido -ser tan necio que no lo percibieras? Tú fuiste quien presidió en las -justicias de junio, julio y agosto; tú, quien plantaste cincuenta -cabezas de negros en la entrada de tu hacienda; tú, quien quería -degollar a los quinientos esclavos que después de la rebelión tenías -aprisionados, y colocar un cordón de cabezas de esclavo en la ciudad, -desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol. Tú, si -hubieras podido, habrías hecho un trofeo de mi cabeza, y ahora te -considerarías por muy dichoso si yo quisiese admitirte de criado. -No, no; quiero cuidar de tu honor más que lo haces tú mismo, y no te -impondré tal ultraje. ¡Prepárate para la muerte! - -Hizo un gesto, y los negros pusieron junto a mí al desgraciado -negrófilo, que, sin poder proferir una sola palabra, había caído ante -sus pies como herido del rayo. - - -FOOTNOTES: - -[18] Guiso de los criollos.--N. del A. - - - - -XXXIV - - ---A ti te toca--dijo el caudillo, volviéndose hacia el último de los -prisioneros, el hacendado a quien acusaban los blancos de tener la -sangre no muy limpia, y que me había provocado a desafío por decirle -tal injuria. - -Un clamor general entre los rebeldes ahogó la respuesta del hacendado: - ---¡Muera, muera! _Mort! Death! Touyé! Touyé!_--gritaban todos, cada -cual a su manera, rechinando los dientes y amenazando con el puño -cerrado al infeliz cautivo. - ---Mi general--dijo un mulato que se expresaba con mayor facilidad que -el resto--, es un blanco, y es preciso que muera. - -El pobre hacendado, a fuerza de gestos y de gritos, logró hacer que le -oyeran algunas palabras: - ---No hay tal cosa; no hay tal cosa, señor general; no, hermanos míos, -¡yo no soy blanco! Eso es una abominable calumnia. Soy mulato, de -sangre mixta, como vosotros; hijo de una negra, cual vuestras madres y -vuestras hermanas. - ---¡Miente, miente!--decían los negros enfurecidos--. Es un blanco, y -siempre ha aborrecido a los negros y a los pardos. - ---¡Jamás!--respondió el prisionero--. Los blancos son a quienes -detesto, porque soy uno de vuestros hermanos y siempre he dicho, como -vosotros: _Negré ce blan, blan ce negré_[19]. - ---¡Nada de eso, nada de eso!--clamaba la muchedumbre--. _Touyé blan!, -touyé blan!_[20]. - -El infeliz respondía, lamentándose de un modo lastimero: - ---¡Soy mulato! ¡Soy de los vuestros! - ---¿La prueba?--dijo con frialdad Biassou. - ---La prueba--respondió el otro, desatentado--, es que siempre me -despreciaron los blancos. - ---Eso puede muy bien ser verdad--replicó Biassou--, porque eres un -insolente. - -Un mulato joven dijo con empeño, encarándose con el hacendado: - ---Tienes razón, los blancos te despreciaban; pero tú, en cambio, -afectabas despreciar a la gente de color, entre quienes te contaban -aquéllos, y hasta me han dicho que en cierta ocasión desafiaste a un -blanco porque te echó en cara pertenecer a nuestra casta. - -Un murmullo universal se alzó de entre el indignado concurso, y los -gritos de muerte sofocaron con redoblada violencia las disculpas del -acusado, quien, echándome con disimulo una mirada de súplica, repetía -lloroso: - ---¡Eso es una calumnia! Yo no tengo más dicha ni más orgullo que el -pertenecer a los negros. Yo soy mulato. - ---Si fueses mulato de veras--observó Rigaud con aparente sosiego--, no -te valdrías de semejante palabra[21]. - ---¡Ay de mí! ¿Acaso sé siquiera lo que me digo?--repuso el -miserable--. Señor general en jefe, la prueba de que soy de sangre -mestiza está en esta raya negra alrededor de las uñas[22]. - -Biassou rechazó la mano que alargaba con súplica. - ---Yo no poseo la ciencia del señor capellán, que adivina por las manos -quién o qué sea cualquier persona. Escúchame, pues: los soldados te -acusan, los unos de ser blanco, los otros de ser hermano traidor, y, si -tal fuere, en ambos casos deberás morir. Tú afirmas que perteneces a -nuestra casta y que jamás renegaste de ella. Un medio sólo te queda de -probar tus asertos y de salvarte. - ---¿Cuál, mi general? ¿Cuál es?--preguntó el hacendado con suma ansia--. -Estoy pronto. - ---Hele aquí--contestó Biassou con frialdad--. Agarra este cuchillo y da -por tu propia mano de puñaladas a esos dos prisioneros blancos. - -Así hablando, señaló hacia nosotros con la mano y con la vista; el -hacendado se echó atrás ante la daga que Biassou, con sonrisa infernal, -le ofrecía. - ---¿Cómo es eso?--dijo el generalísimo--. ¿Conque titubeas? Pues era -el único medio de probarnos, al ejército y a mí, que no eres blanco, -sino de los nuestros. Vamos: resuélvete pronto, que me haces perder el -tiempo. - -Tenía el preso los ojos desencajados; dió un paso hacia el puñal, y -luego se detuvo, dejando caer los brazos y volviendo hacia atrás la -cabeza, mientras un estremecimiento involuntario le hacía temblar en -todo su cuerpo. - ---¡Vamos!--prorrumpió Biassou en tono de impaciencia y cólera--, ¡que -estoy de prisa! Escoge: o matarlos tú mismo o que te maten con ellos. - -El infeliz permanecía inmóvil, como petrificado. - ---Está muy bien--repuso Biassou volviéndose hacia los negros--; pues -que no quiere hacer de verdugo, hará el papel de víctima, porque ya -conozco que es un blanco. Sacadle vosotros de aquí... - -Los negros se adelantaron para echarle mano, y este movimiento decidió -de su suerte entre matar o morir. El exceso de cobardía tiene también -su especie de valor. Se abalanzó al puñal que le alargaba Biassou, y -en seguida, sin tomarse tiempo de reflexionar en lo que iba a hacer, -el miserable le saltó encima, cual un tigre, al ciudadano C..., que se -hallaba recostado junto a mí. - -Comenzó luego una horrenda lucha. El negrófilo, sumido en tétrica y -estúpida desesperación por el desenlace que tuvo el interrogatorio -con el cual le había Biassou atormentado, contempló toda la escena -posterior con la vista fija, y tan embebido en el terror del suplicio -ya cercano, que aparentaba no haberla comprendido; mas al ver lanzarse -sobre sí al hacendado y relampaguear el acero por encima de sus sienes, -lo inminente del peligro le arrancó con sobresalto de su letargo. -Púsose entonces en pie, y, deteniéndole el brazo a su asesino, dijo en -tono lastimero: - ---¡Misericordia! ¡Misericordia! ¿Qué pretende usted conmigo? ¿Qué le he -hecho para ofenderle? - ---Llegó la hora de la muerte, caballero--replicó el mestizo, procurando -soltarse el brazo y clavando sobre su víctima la vista desatentada--. -No me estorbe usted, que no le haré daño. - ---¡Morir a manos de usted!--clamaba el economista--. ¿Y por qué? -¡Perdóneme usted! ¿Me guarda usted rencor porque dije en algún -tiempo que no era de sangre limpia? Pues déjeme usted la vida, y le -prometo reconocerle por blanco. Sí, usted es blanco, y lo diré por -dondequiera... ¡pero misericordia! - -El negrófilo había elegido con poco tino sus medios de defensa. - ---¡Cállate, cállate!--gritó su rival, enfurecido y temeroso de que -oyesen los negros semejante declaración. - -Mas el otro clamaba con toda su fuerza que le conocía por blanco y de -excelente estirpe. El mulato hizo un postrer esfuerzo para acallarle, -y apartando con violencia entrambas manos, que le detenían, metió el -puñal por entre las vestiduras del ciudadano C... Sintió el desdichado -la punta del acero, y mordió rabioso el brazo que lo clavaba. - ---¡Monstruo! ¡Malvado! Que me asesinas...--dijo. - -Y volviéndose hacia Biassou, añadió: - ---¡Defendedme, vengador de la humanidad!... - -Pero el matador apretó ya frenético la hoja de la daga, y un grueso -chorro de sangre, que brotó entre sus dedos, vino hasta salpicarle -el rostro. Dobláronse entonces de súbito las rodillas del negrófilo, -flaqueáronle los brazos, empañáronse sus ojos, lanzaron sus labios -un débil gemido y cayó el cuerpo a tierra, convertido ya en exánime -cadáver. - - -FOOTNOTES: - -[19] Proverbio familiar entre los negros rebeldes, que se traduce -literalmente así: _Los negros son los blancos, los blancos son los -negros._ Diciendo: _los negros son los dueños y los blancos son los -esclavos_, se explicaría mejor el sentido.--N. del A. - -[20] ¡Matad al blanco! ¡Matad al blanco!--N. del A. - -[21] Hay que recordar que los pardos rechazan con ira este nombre, -inventado, según ellos, por el desdén de los blancos.--N. del A. - -[22] Suelen muchos mestizos tener, en efecto, este signo en el -nacimiento de las uñas, el que se desvanece con los años, pero renace -en sus hijos.--N. del A. - - - - -XXXV - - -Tal escena, y en la que pronto me aguardaba desempeñar un papel, -me tenía helado de espanto. _El vengador de la humanidad_ había -presenciado con aspecto impasible la lucha entre sus dos víctimas, -y cuando hubo concluído, dijo, volviéndose hacia sus aterrorizados -pajecillos: - ---Traedme más tabaco. - -Y se puso a mascarlo en sosiego. El obí y Rigaud permanecían inmóviles, -y aun los negros parecían horrorizados del espectáculo que su caudillo -acababa de ponerles ante los ojos. - -Un solo blanco quedaba por despachar aún, y éste era yo; de modo que -conocí haberme llegado mi vez. Eché, pues, una mirada sobre el asesino -que iba a ser mi verdugo, y causóme lástima el verle. Tenía los labios -amoratados y rechinábanle los dientes; un movimiento convulsivo agitaba -sus trémulos miembros, capaces apenas de sostenerle; pasábase sin -cesar, y como maquinalmente, la mano por las sienes para limpiar las -manchas de sangre, y con aire de insensato contemplaba el cuerpo -humeante que yacía a sus pies, sin apartar de su víctima los espantados -ojos. - -Así aguardaba yo el momento en que diera remate a su tarea con mi -muerte, y por cierto que mi posición con respecto a aquel hombre era -bien extraña: una vez había ya estado para matarme por decir yo que no -era blanco, y ahora, para probar que era mulato, iba a convertirse en -mi asesino. - ---Vamos, amigo, estoy satisfecho de ti--le dijo Biassou. - -Y luego miróme y añadió: - ---Por ahora te excuso de acabar con el otro. Anda, que te declaro por -buen hermano y te confiero el empleo de verdugo de mis ejércitos. - -A estas palabras del general salió un negro de entre filas, y, tras -hacer a Biassou tres humildes reverencias, prosiguió diciendo en su -jerigonza lo que traduciré para que mejor se entienda: - ---¿Y a mí, mi general? - ---Vamos, ¿qué pretendes tú decir?--preguntó Biassou. - ---¿No haréis nada por mí, mi general?--dijo el negro--. Ahí se le da un -ascenso a ese perro blanco, que asesina para darse por nuestro, ¿y no -lo ha de haber para mí también, que soy un negro bueno? - -Tan inesperada súplica puso a Biassou en aprieto. Bajóse hacia Rigaud, -y el caudillo de las catervas de los Cayos le dijo en francés: - ---No se puede acceder a su demanda, y conviene buscar algún medio de -eludirla. - ---¿Conque pretendes un ascenso?--contestó entonces Biassou volviéndose -hacia el _negro bueno_--. Con mucho gusto lo haré si me dices el grado -que apeteces. - ---Quiero ser _oficial_. - ---¡Oficial!--replicó el generalísimo--. Vamos, dime cuáles son tus -méritos para pretender las charreteras. - ---Yo--repuso el negro con ahinco--fuí el que incendió el ingenio -de Lagoscette desde principios de agosto, y quien mató al hacendado -Clement, y quien paseó la cabeza de su mayoral en la punta de una pica. -Yo degollé a diez mujeres blancas y a siete niños, por prueba que uno -de ellos les sirvió de bandera a las tropas de Bouckmann. Después -achicharré cuatro familias de los amos blancos en un aposento del -castillo de Galifet, cerrándolo con llave antes de pegarle fuego. A mi -padre lo rompieron en la rueda en el Cabo; a mi hermano lo ahorcaron -en Rocrou, y a mí propio estuvieron para fusilarme. He abrasado tres -cafetales, seis sembrados de añil y doscientas cuadras de caña; he -matado a mi amo M. Noé y a su madre... - ---Pasa por alto tu hoja de servicios--le dijo Rigaud, que encubría en -su aparente mansedumbre una crueldad positiva, pero que era feroz con -decoro y no podía sufrir las fanfarronadas del crimen. - ---Muchos más pudiera alegar--replicó el negro con orgullo--; pero éstos -juzgo que se tendrán por suficientes para hacer ver que merezco la -categoría de _oficial_ y llevar al hombro una charretera de oro como -aquellos compañeros. - -Y así diciendo, señaló a los ayudantes y a la plana mayor de Biassou; -el generalísimo pareció que meditaba por un momento, y después dirigió -al negro con suma gravedad estas palabras: - ---Mucho me alegraría de premiarte, porque estoy contento de tus -servicios; pero todavía se requiere otra circunstancia a más: ¿sabes el -latín? - -El forajido, pasmado, abrió los ojos cuanto pudo, diciendo: - ---Mi general... - ---Eso te pregunto--repuso Biassou sin demora--. ¿Sabes el latín? - ---El... latín...--repitió el negro estupefacto. - ---¡Sí, sí, sí, el latín! ¿Sabes el latín?--prosiguió el astuto caudillo. - -Y desplegando un estandarte en que estaba inscrito el versículo del -salmo _In exitu Israel de Ægypto_, añadió: - ---Explícame lo que significan estas palabras. - -El negro, en el colmo de su asombro, quedábase inmóvil y mudo, -restregándose maquinalmente las manos por sus calzoncillos y volviendo -atónito la vista, ya de la bandera al general y ya del general a la -bandera. - ---Vamos, ¿acabarás de responder?--díjole con impaciencia Biassou. - -El negro, rascándose la cabeza, abrió y volvió a cerrar repetidas veces -los labios, y dejó al cabo salir estas palabras confusas: - ---No entiendo, mi general. - -El semblante de Biassou cobró de súbito el aspecto de indignación e ira. - ---¿Cómo es eso--exclamó--, tunante desvergonzado? ¿Tienes el -atrevimiento de querer ascender a oficial y no sabes latín? - ---Pero, mi general...--tartamudeó el negro, trémulo todo y confuso. - ---Cállate--replicó Biassou, cuyos ímpetus de cólera aparentaban ir -en aumento--. No sé por qué no te mando fusilar ahora mismo en justo -castigo de tu presunción. ¿Qué te parece, Rigaud, de este donoso -oficial, que ni siquiera sabe latín? Escúchame, menguado; ya que -no comprendes lo que está escrito en esa bandera, voy a darte la -explicación: _In exitu_, ningún soldado; _Israel_, como no sepa latín; -_de Ægypto_, puede llegar a oficial. ¿No es así, señor capellán? - -El obí hizo un gesto afirmativo, y Biassou continuó: - ---Ese hermano, a quien acabo de nombrar verdugo del ejército y de quien -abrigas tantos celos, sabe el latín de corrido--entonces se volvió -hacia el recién acuñado verdugo--. Dinos, amigo, si no es esto exacto. -Para probarle a ese burro que sabes más que él, tradúcele lo que quiere -decir _Dominus vobiscum_. - -El desgraciado, saliendo al sonido de aquella terrible voz de la -tétrica distracción en que estaba sumergido, alzó la cabeza, y aunque -tenía aún el ánimo todo conmovido con la imagen del cobarde asesinato -que acababa de cometer, la intensidad misma del terror le movió a -obediencia. Había algo de extraño en el modo con que aquel hombre -procuraba, entre sus ideas de espanto y remordimiento, traer a la -memoria los estudios de su juventud, así como en la manera lúgubre que -tuvo de proferir esta pueril explicación: - ---_Dominus vobiscum_... quiere decir... _El Señor sea con vosotros_. - ---_Et cum spiritu tuo_--añadió solemnemente el misterioso obí. - ---_Amén_--respondió Biassou. - -Y luego, volviendo a sus ademanes airados y mezclando con su cólera -fingida algunas frases sueltas de pésimo latín--por el estilo del -_médico a palos_--para convencer al concurso de su ciencia, le gritó al -negro ambicioso: - ---Vuelve a entrar en las filas y ponte a la cola de tu compañía. -_Sursum corda!_ No sueñes otra vez en elevarte al rango de tus jefes -que saben latín; _orate, fratres_, o te mandaré ahorcar. _Bonus, bona, -bonum._ - -El negro, maravillado y atemorizado a un tiempo mismo, volvió a meterse -entre filas cubierto de vergüenza y con la cabeza baja, en medio de la -rechifla general de sus compañeros, indignados al ver tan mal fundadas -pretensiones y fija la vista con admiración en su docto generalísimo. - -Había cierto aire burlesco en tal escena, la que acabó de inspirarme -alto concepto de la habilidad de Biassou. El medio ridículo que había -empleado con tan cabal éxito[23] para desconcertar las ambiciones -particulares, siempre tan exageradas entre una turba de rebeldes, me -dió la medida, tanto de la estupidez de los negros cuanto de la astucia -de su caudillo. - - - - -XXXVI - - -En tanto, había llegado la hora del _almuerzo_ de Biassou, y los -sirvientes pusieron ante el _mariscal de campo de Su Majestad Católica_ -una gran concha de tortuga llena de una especie de _olla podrida_, en -que las tajadas del mismo animal hacían el oficio de _carnero_, y las -batatas, el de _garbanzos_, todo profusamente condimentado con lonjas -de tocino, mientras una enorme col sobrenadaba en el caldo de aquel -_puchero_. A entrambos lados de la concha, que servía a la vez de -marmita y de sopera, había dos cáscaras de coco convertidas en copas y -llenas de pasas, _sandías_, higos y ñames, que servían de _postres_. -Un pan de maíz y una bota de vino, con el sabor a pez que le da el -cuero, completaban el banquete. Sacó luego Biassou un puñado de ajos -del bolsillo, y restregó con ellos el pan, poniéndose a comer sin -mandar siquiera que se llevasen el aún tibio cadáver que yacía en su -presencia, y convidando a Rigaud para que hiciese lo mismo. El apetito -de Biassou tenía en sí algo de espantoso. - -El obí no participó de sus manjares, y comprendí que, cual todos los de -su calaña, jamás comía en público, para persuadir a los negros que era -de una esencia sobrenatural y que vivía sin alimento. - -Al tiempo propio de almorzar mandó Biassou a uno de sus ayudantes -que hiciese empezar la revista, y la turba de sus secuaces comenzó -a desfilar en buen orden por delante de la gruta. Los negros de -Morne-Rouge pasaron los primeros, en número como de algunos cuatro mil, -divididos en apiñadas mitades bajo la guía de sus oficiales, quienes -iban, según ya he dicho, adornados con unos calzoncillos o un cinto -color de grana. Estos negros, casi todos robustos y de alta estatura, -llevaban fusiles, hachas y sables, aunque muchos, a falta de otras -armas, se habían provisto de arcos y flechas y azagayas. No tenían -cubierta la cabeza y marchaban silenciosos, con aspecto de desconsuelo. - -Al desfilar de esta escuadra inclinóse Biassou al oído de Rigaud, y le -dijo en francés: - ---¿Cuándo acabará la metralla de los blancos de quitarme el estorbo -de estos forajidos de Morne-Rouge? ¡Los aborrezco porque casi todos -son congos! Y, además, no saben matar sino en la pelea, siguiendo el -ejemplo de su imbécil caudillo, su ídolo Bug-Jargal, ese muchacho -necio, que quisiera echarla de magnánimo y generoso. ¿Tú no le -conoces, Rigaud? Pues entonces confío en que te quedarás para siempre -sin conocerle, porque los blancos le han hecho prisionero, y me -libertarán de él, así como lo hicieron con Bouckmann. - ---A propósito de Bouckmann--respondió Rigaud--; ahí vienen los -cimarrones de Macaya, y veo pasar entre sus filas al negro que envió -Juan Francisco para anunciarnos su muerte. ¿Sabes que ese hombre -podría destruir todo el efecto de las profecías del obí acerca del -fin de aquel jefe si contara que le habían detenido media hora en las -avanzadas y que me había participado su noticia antes que le mandaras -entrar? - ---¡Qué diablo!--dijo Biassou--. ¡Y razón que te sobra, amigo! Es preciso -buscar un medio de taparle a ese hombre la boca. Aguarda... - -Entonces, alzando la voz, llamó a Macaya. - -El comandante de los negros cimarrones se aproximó, presentando, en -señal de acatamiento, su trabuco de boca ancha. - ---Haz salir de tus filas--repuso Biassou--a aquel negro que va allí y -que no debiera. - -Era el mensajero de Juan Francisco. Macaya le condujo a presencia del -general, quien cobró de súbito en el semblante aquella expresión de -cólera que sabía fingir con tanto acierto. - ---¿Quién eres?--le preguntó al negro sobrecogido. - ---Mi general, soy un negro. - ---_¡Caramba!_ ¡Eso ya lo veo! Pero ¿cómo te llamas? - ---Mi sobrenombre de guerra es Vavelan; mi protector entre los -bienaventurados es San Sabeo, diácono y mártir, que se conmemora veinte -días antes de la Natividad... - -Biassou le interrumpió: - ---¿Y con qué cara te atreves a presentarte en la parada, en medio de -espingardas relucientes y de tahalís blancos, con el sable sin vaina, -los calzones desgarrados y los pies cubiertos de lodo?... - ---Mi general--respondió el negro--, no es culpa mía. El gran almirante -Juan Francisco me encargó de traer el parte de la muerte de Bouckmann, -comandante de los cimarrones ingleses; y si mis vestidos están -destrozados y los pies sucios, es porque he corrido, sin descansar ni -tomar aliento, a fin de llegar antes con la nueva; pero me detuvieron a -la entrada del campamento, y... - -Biassou arrugó el ceño. - ---¡No se trata de eso, _gabacho_, sino de tu desvergüenza en asistir a -la revista tan desaliñado! Encomienda el alma a tu santo patrón, San -Sabeo, diácono y mártir, y anda que te fusilen. - -Aquí tuve nueva prueba del poderío moral que ejercía Biassou sobre los -rebeldes. El infeliz, a quien se ordenaba ser él mismo portador de la -orden de su muerte, no se atrevió ni aun a dar quejas. Bajó la cabeza, -cruzó los brazos al pecho, hízole un triple saludo a su implacable -juez, y, después de haberse arrodillado ante el obí, que le dió una -absolución compendiada, salióse de la cueva. ¡Algunos minutos después, -una descarga le anunció a Biassou que el negro había obedecido y había -muerto! - -Libre ya el caudillo de todo recelo, se volvió hacia Rigaud, -brillándole los ojos de contento, y con una expresión sarcástica de -triunfo que parecía decir: “¡Admírame!” - - -FOOTNOTES: - -[23] Más adelante se valió Toussaint-Louverture de igual recurso, -obteniendo idéntico ventajoso resultado.--N. del A. - - - - -XXXVII - - -Seguía, empero, la revista, y aquel mismo ejército que, en desorden, me -había presentado pocas horas antes un espectáculo tan extraordinario, -no parecía menos extravagante ahora y sobre las armas. Eran ya algunos -negros, completamente desnudos, y pertrechados de mazos, machetes -y macanas, marchando al compás de un cuerno como los salvajes; ya -batallones de mulatos equipados a la española y a la inglesa, con -buenas armas y buena disciplina, arreglando sus pasos al toque de -los tambores; catervas, luego, de negras y negrillos, con horquillas -y garfios, o de viejos inútiles cargados con fusiles antiguos e -inservibles, sin cañón o sin llave; griotas, en fin, con sus vestidos -de botarga, o griotos con horribles contorsiones y gestos, entonando -canciones incoherentes, con acompañamiento de guitarra, de balafo o -de platillos. Interrumpían a veces esta extraña procesión bandadas -heterogéneas de mulatos, cuarterones, salto-atrás y toda clase de -mestizos libres; o ya catervas errantes de negros cimarrones, con el -ademán soberbio y carabinas relucientes, que arrastraban entre filas -sus carretones henchidos de despojos, o algún cañón arrebatado a los -blancos, menos cual arma ofensiva que trofeo, cantando a toda voz los -himnos rebeldes de _Gran-Pré_ y _Oua-Nassé_. Por encima de tanto y -tan diverso concurso tremolaban banderas de todos colores y con todas -divisas: blancas, rojas y tricolores, adornadas con flores de lis y con -el gorro de la libertad, y llevando por lema: _Mueran los sacerdotes -y los aristócratas_, _¡Viva la religión!_, _¡Libertad e igualdad!_, -_¡Viva el Rey!_, _¡Muera la metrópoli!_, _¡Viva España!_, _¡No más -tiranos!_, etcétera, etc.; extraña mescolanza y claro indicio de que -las fuerzas de los rebeldes eran un tropel sin objeto determinado, y de -que no menor desorden que en los hombres reinaba en las ideas. - -Al pasar, a su vez, por la gruta, las escuadras rendían sus banderas, y -Biassou devolvía el saludo. A cada batallón le dirigía algunas palabras -de reprensión o de elogio, y cada palabra severa o halagüeña que caía -de sus labios era acogida por sus secuaces con fanático respeto y una -especie de temor supersticioso. - -Pasó al cabo aquella inundación de bárbaros, y confieso que, si al -principio sirvióme de distracción, llegó por último a serme penosa la -vista de tanto forajido. - -Mientras tanto, la tarde declinaba, y, cuando los últimos hombres -desfilaron, el sol teñía débilmente de un rojo cobrizo la frente -granítica de las montañas de oriente. - - - - -XXXVIII - - -Biassou parecía meditabundo, y cuando, terminada la revista y dadas sus -órdenes postreras, se retiraron los rebeldes a sus chozas, me dirigió -al fin la palabra en tales términos: - ---Ya has podido juzgar a tu despacio, joven, de mi ingenio y poderío, y -he aquí llegada la hora de que vayas a participárselo a Leogrí. - ---No ha consistido en mí que tarde tanto--le respondí con indiferencia. - ---Razón tienes--replicó Biassou. - -Y aquí se detuvo un instante, como para observar qué efecto iban a -producir en mí las siguientes palabras: - ---Y, además, de ti penderá el que nunca llegue. - ---¿Cómo es eso?--exclamé pasmado--. ¿Qué quieres tú decir? - ---Sí--prosiguió Biassou--; en tus propias manos tienes tu vida, y si -quieres, puedes salvarla. - -Este arrebato de clemencia, el primero y el último, sin duda alguna, -que Biassou haya jamás sentido, me pareció un prodigio. El obí, como -yo, lleno también de sorpresa, saltó del asiento donde por tan largo -rato había permanecido inmóvil y en actitud extática, al estilo de los -_faquires_ indios. Se puso frente a frente del generalísimo y alzó la -voz lleno de ira: - ---_¿Qué dice el excelentísimo señor mariscal de campo?_ ¿No se acuerda -de lo que me ha prometido? Ni él ni el _bon Giu_ pueden ya disponer de -esta vida, que me pertenece. - -En aquel momento, al oír su acento de cólera, juzgué de nuevo tener -algún recuerdo de aquel maldito hombrecillo; mas fué una sensación vaga -y pasajera, que no me iluminó el entendimiento. - -Biassou, sin alterarse, se levantó, habló con el obí en voz baja, -señalándole a la bandera negra en que ya había yo reparado, y, tras -algunos minutos de conversación, meneó el zahorí la cabeza de arriba -abajo, cual en señal de consentir, y los dos recobraron sus antiguos -puestos y actitudes. - ---Escucha--me dijo entonces el generalísimo, sacando del bolsillo los -otros despachos de Juan Francisco, que tenía allí metidos--. Nuestros -negocios van mal. Bouckmann acaba de morir en un encuentro; los -blancos han exterminado en la comarca de Cul-de-Sac a dos mil negros -levantados; las tropas de la colonia siguen atrincherándose y cubriendo -todos los llanos de puntos fortificados, y, por culpa nuestra, hemos -desaprovechado una ocasión de apoderarnos del Cabo, que no se volverá -a presentar tan de pronto. Por el lado de Levante, el camino principal -está cortado por un río, y los blancos, para defender el paso, han -establecido una batería flotante sobre pontones y dos reductos, a cada -orilla. Al Sur hay otro camino real, que atraviesa ese país montañoso -llamado el Haut-du-Cap, y lo tienen también cuajado de tropas y de -artillería. Por la parte de tierra, la posición está asimismo bien -fortificada, con parapetos en que han trabajado todos los habitantes, -con añadidura de buenos caballos de frisa. Por consiguiente, el Cabo se -halla al abrigo de nuestras embestidas. La emboscada en las gargantas -de Doma-Mulatos no produjo el éxito que nos prometíamos, y a tantos -reveses se junta la fiebre de Siam, que devasta el campamento de -Juan Francisco. Así que el gran almirante de Francia opina[24], y yo -participo de su sentir, que sería conveniente entrar en tratos con el -gobernador Blanchelande y la Asamblea colonial. He aquí la carta que -sobre este particular vamos a remitir a la Asamblea; escucha: - - “SEÑORES DIPUTADOS: - - “Grandes infortunios han afligido a esta rica e importante colonia, - en los que nos hemos visto nosotros envueltos, y nada más nos queda - que alegar por excusa. Algún día vendrá en que nos haréis toda la - justicia que nuestra situación se merece. Debemos quedar comprendidos - en la amnistía general que el Rey Luis XVI ha proclamado para todos - indistintamente. - - “Si no, como el Rey de España es un Rey bueno, que nos trata muy bien - y que _nos manifiesta recompensas_[25], seguiremos a su servicio con - celo y lealtad. - - “Vemos que, con arreglo a la ley de 28 de septiembre--de 1791--, - la Asamblea nacional y el Rey os conceden facultad para decretar - definitivamente acerca del estado de las personas no libres y de - la condición política de los hombres libres de color. Nosotros - defenderemos los decretos de la Asamblea nacional y los vuestros, si - están revestidos de los requisitos legales, hasta derramar la última - gota de nuestra sangre. Sería conveniente que _declararíais_ por un - decreto, sancionado por el señor general, que formáis intento de - ocuparos en la suerte de los esclavos. En sabiendo, por conducto de - sus jefes, a quienes daríais noticia de estos trabajos, que son el - objeto de vuestras tareas, quedarían satisfechos, y en breve tiempo se - recuperaría el equilibrio roto. - - “No contéis, sin embargo, señores representantes, en que consintamos - en armarnos por el beneplácito de asambleas revolucionarias. Nosotros - somos súbditos de tres reyes. El Rey del Congo, señor natural de todos - los negros; el Rey de Francia, que representa a nuestros padres, y - el Rey de España, que representa a nuestras madres. Estos tres reyes - son los descendientes de los tres reyes magos que, guiados por una - estrella, vinieron a adorar el Dios-hombre. Si sirviéramos a las - Asambleas, tal vez nos veríamos arrastrados a hacer la guerra contra - nuestros hermanos, los súbditos de estos tres reyes, a quienes hemos - jurado fidelidad. - - “Además, no sabemos lo que se quiere decir por la voluntad de la - nación, puesto que _desde que el mundo reina_ no hemos ejecutado sino - la de un rey. El príncipe de Francia nos quiere y el de España no cesa - de darnos socorro. Les ayudamos y nos ayudan: ésta es la causa de la - humanidad. Y luego, aun cuando nos faltaran estas Majestades, pronto - habríamos _tronado un Rey_. - - “Tales son nuestras intenciones, mediante las cuales consentiremos - en hacer la paz[26].--Firmado, _Juan Francisco_, general; _Biassou_, - mariscal de campo; _Desprez_, _Manzeau_, _Toussaint_, _Aubert_, - comisionados _ad hoc_.” - ---Ya ves--añadió Biassou, concluída que fué la lectura de este -documento de la diplomacia negra, que se me quedó estampado en la -memoria palabra por palabra--; ya ves, digo, que estamos de paz. Ahora -bien: esto es lo que pretendo de ti. Ni Juan Francisco ni yo nos hemos -educado en las escuelas de los blancos, donde se aprende a charlar -bien; sabemos pelear, pero no escribir, y, sin embargo, no quisiéramos -que hubiera en nuestra carta a la Asamblea nada que pudiese excitar la -_burla_ orgullosa de nuestros antiguos dueños. Tú me parece que has -aprendido esta frívola ciencia que a nosotros nos falta; así, pues, -corrige en nuestro oficio cuantas faltas hicieran reír a los blancos, y -a este precio te concedo la vida. - -Había en este empleo de corrector de las faltas de ortografía -diplomática de Biassou algo de demasiado repugnante a mi orgullo para -que yo titubease un solo momento. Y, además, ¿qué se me daba de la -vida? Rehusé, pues, su oferta. - -Pareció sorprenderse. - ---¿Cómo es eso?--exclamó--. ¿Prefieres morir a hacer unos cuantos -garabatos con la pluma en un pedazo de pergamino? - ---Sí--le repliqué. - -Mi determinación pareció como que le desagradaba, y, después de meditar -por un breve espacio, me dijo: - ---Escúchame, muchacho atolondrado; quiero ser menos terco que tú y -te concedo de plazo hasta mañana por la tarde para que te resuelvas -a obedecerme. Mañana, al ponerse el sol, volverán a traerte a mi -presencia, y piensa en complacerme. Adiós, que la almohada es fuente de -buenos consejos. Acuérdate que entre nosotros recibir la muerte es algo -más que el morir. - -El sentido de estas últimas palabras, acompañadas de una horrenda -carcajada, no era, por cierto, equívoco, y los tormentos que Biassou -acostumbraba inventar para sus víctimas acababan de explicarlas. - ---Candi--prosiguió Biassou--, llévate al prisionero y entrégale a la -custodia de los negros de Morne-Rouge, porque quiero que aún vea -asomar por una vez el sol, y mis soldados quizá no tendrían tanta -paciencia como para aguardar que pasasen veinticuatro horas. - -El mulato Candi, comandante de sus guardias, me mandó atar los brazos a -la espalda, y, agarrando un soldado el cabo de la cuerda, nos salimos -de la cueva. - - -FOOTNOTES: - -[24] Ya se ha dicho que Juan Francisco se daba este título.--N. del A. - -[25] Esta frase carece a propósito de sentido para dar una idea de -falta semejante en el original francés.--N. del T. - -[26] Parece que, en efecto, se le remitió a la Asamblea esta carta, tan -ridículamente característica.--N. del A. - - - - -XXXIX - - -Cuando acaecimientos extraordinarios, angustias y catástrofes estallan -de súbito en medio del sosiego de una existencia feliz y deliciosamente -uniforme, estas inesperadas emociones, estos golpes de fortuna cortan -atropelladamente el letargo del alma que estaba adormecida en la -monotonía de su próspero destino. Mas, sin embargo, en los infortunios -que así llegan no nos parece que despertamos, sino que soñamos. Para -quien siempre fué feliz, las desdichas empiezan por atontecerle. La -adversidad imprevista se asemeja a la conmoción eléctrica del torpedo, -que nos sacude, pero al mismo tiempo nos pasma los miembros, y el -espantoso resplandor que arroja de súbito ante nuestros ojos nos -deslumbra, pero no ilumina. Los hombres, los objetos y los sucesos nos -pasan por delante con un aspecto en cierto modo fantástico, y se mueven -cual en un ensueño. Todo ha cambiado en el horizonte de nuestra vida: -la perspectiva y la atmósfera; pero largo tiempo transcurre antes que -se borre de los ojos aquella cual luminosa imagen de la dicha pasada, -que nos persigue, y que, interponiéndose entre ellos y la lúgubre -realidad de lo presente, desfigura los colores y comunica no sé qué -tinte engañoso a la verdad misma. Entonces, lo que efectivamente es -nos parece imposible y absurdo, y apenas tenemos fe en nuestra propia -existencia, porque no encontrando alrededor de nosotros nada de cuanto -componía nuestro ser, no alcanzamos a concebir cómo todo aquello -pudo desaparecer sin arrastrarnos consigo y por qué de toda nuestra -vida nosotros quedamos aislados por único vestigio. Si esta posición -violenta del alma se prolonga, destruye el equilibrio del pensamiento -y se torna en demencia, estado quizá de dicha en que la vida es para -el infeliz una visión tan solo, en la que él mismo aparece cual un -fantasma. - - - - -XL - - -No sé, a decir verdad, señores, a qué expongo semejantes ideas, pues no -son de aquellas que se comprenden o se explican, sino que es necesario -haberlas sentido. Yo las probé. Tal era el estado de mi mente en el -momento en que los guardias de Biassou me entregaron a los negros de -Morne-Rouge, y como me parecían espectros que me pasaban a manos de -otros espectros, dejé sin asomo de resistencia que me atasen por la -cintura al tronco de un árbol. Trajéronme por alimento algunas batatas -cocidas en agua, y comí por aquella especie de instinto maquinal -que la bondad divina concede al hombre sumido en la amargura de sus -pensamientos. - -Había, por fin, llegado la noche, y mis guardias se retiraron a -sus chozas, excepto cinco o seis que permanecieron junto a mí de -vigilantes, sentados o tendidos alrededor de una hoguera que tenían -encendida para guarecerse del frío nocturno. Al cabo de algunos breves -instantes, quedaron todos sumidos en profundo sueño. - -La postración física en que me encontraba contribuyó no poco a -las vagas imágenes que me confundían la mente. Recordaba los días -tranquilos y siempre idénticos que pocas semanas antes pasaba al -lado de María, sin entrever siquiera en el porvenir otra posibilidad -que la de una dicha eterna, y comparábalos entonces con el día que -acababa de transcurrir, día en que tantas y tan extrañas cosas se -habían mostrado a mi vista, como para hacerme dudar de la existencia, -y en que tres veces me vi próximo a morir y escapé, sin tener aún la -vida en salvo. Meditaba en el porvenir inmediato, comprendido en el -breve recinto de una mañana, sin más perspectiva que la desgracia y -una muerte ya próxima, por fortuna, y me parecía lidiar con alguna -horrenda pesadilla. Preguntábame a mí propio si era posible que -cuanto había pasado hubiese pasado; que lo que me rodeaba fuese el -campamento del sanguinario Biassou; que hubiese perdido a María para -siempre, y que aquel prisionero custodiado por seis bárbaros, atado y -dispuesto para una muerte segura, aquel prisionero, a quien veía al -resplandor de una hoguera de forajidos, fuese yo en mi misma persona. -Y no obstante todos mis esfuerzos para evitar el asedio de una idea, -mucho más dolorosa aún, mi corazón se tornaba a María. Examinaba con -angustia su suerte y estirábame entre mis ligaduras como para volar a -su socorro, confiado siempre en que habría de disiparse el horrible -sueño y en que Dios no consentiría en derramar sobre el destino del -ángel que me había concedido por esposa, todos aquellos horrores de -que la imaginación retrocedía espantada. El doloroso encadenamiento -de mis ideas me representaba luego a Pierrot, y la rabia me volvía -insensato: las arterias de las sienes querían reventar con la sangre -agolpada, y yo me odiaba, me maldecía, me despreciaba a mí propio por -haber confundido en algún tiempo mi amistad hacia Pierrot con mi amor a -María, y, sin tratar de explicarme qué motivo le impulsara a lanzarse -en las corrientes del río Grande, lloraba de no haberle exterminado. Él -había ya muerto, yo iba también a morir, y lo único que lamentaba en -esta pérdida de ambas vidas era haber perdido asimismo mi venganza. - -Todas estas emociones me agitaban en una especie de letargo, entre -dormir y velar, en que había caído a efectos del cansancio; y no sé -cuánto tiempo habría durado, cuando me arrancó de repente de él el eco -de una voz varonil, que cantaba en acento claro y distinto, pero aún -lejano: “_Yo, que soy contrabandista._” Abrí los ojos, estremecido; -pero todo estaba a obscuras, durmiendo los negros y el fuego moribundo. -Nada más oí, y pensando que fuese una ilusión del sueño, mis pesados -párpados volvieron a cerrarse. Volvílos a abrir con precipitación, -porque la voz había empezado de nuevo a resonar, cantando con tristeza, -y ya más de cerca, esta copla de un romance español: - - En los campos de Ocaña - prisionero caí; - llévanme a Cotadilla, - ¡desdichado que fuí! - -Ahora ya no cabía sueño: ¡era la voz de Pierrot! Un momento después -volvió a alzarse entre el silencio de las tinieblas, y repitió a mis -oídos la conocida canción: “_Yo, que soy contrabandista_”. Un perro -corrió alegre y juguetón a echarse a mis pies, y este perro era _Rask_. -Levanté los ojos. Un negro se veía delante de mí, mientras la luz de -la hoguera arrojaba al lado del perro su sombra colosal, y este negro -era Pierrot. El ímpetu de venganza me arrebató, y la sorpresa me tenía -inmóvil y mudo. ¿Velaba por ventura? ¿Se aparecían los muertos? Esto no -era ya un sueño, sino una aparición. Aparté horrorizado la vista, y a -este ademán dejó él caer la cabeza sobre el pecho. - ---Hermano--susurró en voz baja--, me habías prometido no dudar jamás -de mí cuando me oyeras esta canción; dime, hermano, ¿has olvidado tus -promesas? - -La ira me volvió la palabra. - ---¡Monstruo!--exclamé--. ¡Te hallé, al fin, verdugo, asesino de mi -tío, raptor de María!, ¿te atreves a llamarme hermano? ¡Mira, no te me -acerques! - -Y, olvidando que estaba atado sin facultad para hacer casi el menor -movimiento, bajé como involuntariamente la vista hacia la cintura para -buscar mi espada. Tan visible intención le lastimó, y, con acento -conmovido, pero de blandura, me replicó: - ---No, no me acercaré; eres desgraciado, y me compadezco de ti, aunque -tú no me tienes lástima a mí, ¡que soy aún más desgraciado! - -Encogíme de hombros, y, conociendo él aquella muda queja, prosiguió con -aspecto melancólico: - ---¡Sí, tú has perdido mucho; pero yo he perdido más que tú! - -En esto, el ruido de su voz despertó a los seis negros que me -vigilaban, quienes, al ver una persona extraña, se levantaron con -presura, corriendo a las armas; mas luego que hubieron fijado sus -miradas en Pierrot, lanzaron un grito de júbilo y sorpresa y cayeron -postrados en tierra, golpeando el polvo con sus frentes. - -Pero ni el homenaje que los negros tributaban a Pierrot, ni las -caricias que _Rask_ repartía entre su amo y yo, mirándome con -desasosiego, como sorprendido de mi frío recibimiento, nada me hacía -impresión en aquel instante. Estaba enteramente entregado a los -transportes de mi rabia, que las ligaduras hacían impotente. - ---¡Oh!--exclamé al cabo, llorando de ira, bajo el peso de las trabas -que me retenían--. ¡Oh, y cuán desgraciado soy! Yo lamentaba que ese -infame hubiese hecho justicia de sí propio; yo le juzgaba muerto, y -sentía mi perdida venganza, y hele aquí ahora que viene a mofarse de mí -con su presencia; hele aquí vivo, ante mis ojos, sin que pueda tener -el placer de coserle a puñaladas. ¡Oh! ¡Quién me libertaría de estos -execrables lazos! - -Pierrot se volvió hacia los negros, que seguían en adoración a sus -plantas. - ---Compañeros--les dijo--, soltad al prisionero. - - - - -XLI - - -Pronto quedó obedecido. Los negros, que me custodiaban se apresuraron -ahora a cortar las cuerdas de mis ligaduras, y me encontré en pie -y libre; pero quedéme inmóvil, porque el pasmo me tenía a su vez -encadenado. - ---No es esto solo--repuso Pierrot arrancándole a uno de los negros su -cuchillo y ofreciéndomelo--. Puedes cumplir tu deseo. Dios no permita -que te dispute el derecho de disponer de mi vida. Por tres veces la -salvaste, y es ya muy tuya; hiere, si quieres herirme. - -No había ni amargura ni queja en el tono de su voz, que estaba tan sólo -triste y resignada. - -Aquella inesperada puerta que le abría a mi venganza el ente mismo a -quien ella se consumía por alcanzar, tenía en sí algo de demasiado -extraño y demasiado fácil. Conocí que ni todo mi encono contra Pierrot, -ni todo mi amor hacia María, eran capaces de inducirme a un asesinato; -y, además, fueran cuales fuesen las apariencias, cierta voz oculta me -clamaba en lo hondo del corazón que un enemigo y un culpado no habría -venido a ofrecerse en semejante manera a la venganza y al castigo. -¿Lo diré, por fin? Había en el imperioso prestigio de que aquel ser -extraordinario se hallaba cercado cierta cosa que a mí mismo, y a pesar -mío, me subyugaba en aquel instante. Aparté, pues, el puñal diciendo: - ---¡Vil! Yo consentiría en matarte en combate, pero no en asesinarte. -¡Defiéndete! - ---¡Que me defienda!--replicó asombrado--. ¿Y de quién? - ---De mí. - -Hizo un ademán de pasmo. - ---¡De ti! Es lo único en que no me cabe obedecerte. ¿Ves tú aquí a -_Rask_? Puedo degollarle y me dejará que lo haga sin defensa; pero no -podré forzarle a que pelee contra mí: no lo entendería; y yo, que soy -para contigo como _Rask_, no te entiendo. - -Hizo aquí una breve pausa, y añadió en seguida: - ---Leo en tus ojos el odio como en algún tiempo pudiste tú leerlo en los -míos. Sé que has padecido muchos infortunios: te han muerto a tu tío, -han incendiado tus campos, degollado a tus amigos, saqueado tu morada, -devastado tus haciendas; pero no he sido yo, sino los míos. Escúchame: -cierto día te dije que los tuyos me habían causado muchos males, y me -respondiste que tú no eras; ¿qué hice yo entonces? - -Se le despejó el semblante, aguardando que me arrojase en sus brazos; -yo le miré con ferocidad. - ---Niegas tu parte en cuanto los tuyos han hecho--díjele enfurecido--, y -no mientas lo que tú propio hiciste en mi contra. - ---¿Qué?--me preguntó. - -Me acerqué a él con violencia, y mi voz, al hablarle, retumbó cual un -trueno: - ---¿Dónde está María? ¿Qué has hecho de María? - -A este nombre cruzó una nube por su frente, y pareció un momento como -desconcertado. Al cabo, rompiendo el silencio, me respondió: - ---¡María! ¡Sí, tienes razón!... Pero hay demasiados oídos que nos -escuchen. - -Su turbación, y tales palabras como _tienes razón_, encendieron un -infierno de celos en mi ánimo, e imaginéme que eludía mis preguntas. En -aquel instante me miró con semblante de franqueza, y dijo con emoción -profunda: - ---No sospeches de mí, te lo suplico, y en otro lugar te lo explicaré -todo: quiéreme como yo te amo, con confianza. - -Aquí se detuvo un instante para observar el efecto de sus palabras, y -añadió enternecido: - ---¿Puedo llamarte mi hermano? - -Pero mi cólera y mis celos habían recobrado todo su ímpetu, y estas -palabras tan tiernas me parecieron hipócritas y no hicieron sino -exasperarme. - ---¡Miserable, ingrato!--exclamé--. ¿Te atreves a recordarme aquellos -tiempos? - -Me interrumpió, diciendo con los ojos arrasados en lágrimas: - ---¡No soy yo el ingrato! - ---¡Pues bien--le repliqué arrebatado--, habla!, ¿qué has hecho con -María? - ---En otro lugar, en otro lugar--me contestó--; aquí hay otros oídos -que escucharían nuestras palabras, y, además, no me creerías sin -darte pruebas, y el tiempo urge. El día va despuntando, y tengo que -sacarte de aquí. Escucha, todo ha concluído, y pues que recelas de mí, -bien harías en acabarme con el puñal; mas aguarda un poco antes de -ejecutar lo que llamas tu venganza, porque primero tengo que ponerte en -libertad. Vamos a ver a Biassou. - -Semejante conducta y tales discursos encubrían algún misterio que no -alcanzaba a comprender. A pesar de todas mis preocupaciones contra -aquel hombre, conocía que a su voz me vibraban las fibras del corazón -y que me dominaba algún inexplicable poderío; me sentí titubear entre -el deseo de venganza y la compasión, entre los recelos y la más ciega -confianza, y, por último, me resolví a seguirle. - - - - -XLII - - -Salimos del recinto de los negros de Morne-Rouge, y grande era mi -sorpresa al verme caminar libre por aquel campamento de bárbaros en -que la víspera ostentaba cada forajido una sed tan rabiosa de mi -sangre. Lejos, muy lejos de intentar atajarnos el paso, se postraban -ante nosotros todos los negros y mulatos, entre unánimes exclamaciones -de asombro, de alegría y de respeto. Ignoraba yo cuál pudiera ser la -categoría de Pierrot en el ejército de los revoltosos; pero acordándome -del dominio que ejercía entre sus anteriores compañeros de cautiverio, -no tuve dificultad en comprender la importancia de que, al parecer, -gozaba entre los secuaces del levantamiento. - -Llegando a la línea de centinelas que vigilaba ante la gruta de -Biassou, se dirigió hacia nosotros su caudillo, el mulato Candi, -preguntando desde lejos con amenazas por qué nos atrevíamos a -aproximarnos así al general; mas cuando llegó a distancia de percibir -las facciones de Pierrot distintamente, quitóse de súbito la _montera_ -recamada de oro, y, como aterrorizado de su propio atrevimiento, hizo -una reverencia, humillándose hasta el suelo, y nos introdujo en la -estancia de Biassou, dando en tono balbuciente mil disculpas, a que -sólo contestó Pierrot con un gesto de desdén. - -Aunque no me había causado sorpresa el respeto de los soldados -negros hacia Pierrot, al mirar a Candi, uno de sus principales -jefes, humillarse de tal modo ante el esclavo de mi tío, empecé ya a -preguntarme a mí propio quién pudiera ser este hombre, cuya autoridad -tan grande parecía. Y mucho subió de punto tal idea cuando vi al -generalísimo, que se hallaba solo en el momento de nuestra entrada, -comiendo con gran sosiego, levantarse precipitadamente al aspecto de -Pierrot, y, disimulando su inquieta sorpresa y su violento despecho -bajo la capa de respeto el más profundo, hacer una humilde reverencia -a mi compañero y ofrecerle su mismo trono de caoba. Pierrot rehusó -admitir la oferta. - ---Juan Biassou--le dijo--, no he venido a usurpar tu puesto, sino sólo -a pedirte una gracia. - ---Vuestra _Alteza_ sabe--respondió Biassou redoblando sus saludos--que -puede disponer de cuanto dependa de Juan Biassou, de cuanto Juan -Biassou posea y aun de su misma persona. - -El título de _Alteza_ que confería Biassou a Pierrot aumentó más mi -asombro. - ---No quiero tanto--repuso Pierrot con empeño--. No te pido otra cosa -que la vida y la libertad de este prisionero. - -Y, al decir esto, señaló hacia mí. Biassou se quedó por un instante -como cortado; pero su indecisión fué breve. - ---Gran pesar me causa Vuestra _Alteza_ pidiéndome lo que con sumo -dolor no puedo concederle. Este prisionero no es de Juan Biassou, no -pertenece a Juan Biassou, y Juan Biassou no manda en él. - ---¿Qué pretendes decir?--preguntó Pierrot con ademán severo--. ¿Pues -de quién depende? ¿Hay por ventura aquí más autoridad o poder que los -tuyos? - ---Sí, _Alteza_; por desgracia. - ---¿Y cuál? - ---Mi ejército. - -El aire zalamero y astuto con que eludía Biassou las preguntas francas -y altivas de Pierrot daba claro a entender su resolución de no conceder -otra cosa a más del respeto a que al parecer se veía obligado. - ---¿Cómo es eso de tu ejército?--exclamó Pierrot--. Pues qué, ¿no sabes -hacerte obedecer? - -Biassou, conservando su posición ventajosa, aunque sin soltar el aire -de inferioridad, contestó con aparente franqueza: - ---¿Y se imagina _Su Alteza_ que se pueda mandar de veras a hombres que -se han rebelado por no obedecer? - -Yo daba demasiado poco precio a la vida para romper el silencio; pero -la ilimitada autoridad que vi a Biassou ejercer la víspera sobre sus -secuaces hubiera podido proporcionarme ocasión de desmentirle y poner a -descubierto su doblez. Pierrot le replicó: - ---Pues bien: ya que no sabes mandar a tu ejército y que los soldados -hacen aquí de jefe, ¿qué motivos de odio pueden ellos abrigar contra -este prisionero? - ---Las tropas del gobierno acaban de dar muerte a Bouckmann--contestó -Biassou, cubriendo con un velo de tristeza su feroz y burlona -fisonomía--, y mis compañeros están resueltos a vengarse en este blanco -de la pérdida del caudillo de los negros cimarrones de Jamaica; quieren -alzar trofeo contra trofeo, y que la cabeza de este oficial haga -balanza a la cabeza de Bouckmann en la medida en que el _bon Giu_ bueno -pesa a entrambos partidos. - ---¿Cómo has podido--le dijo Pierrot--adherirte a estas horribles -represalias? Escúchame atento, Juan Biassou: estas crueldades serán lo -que arruinen nuestra justa causa. Prisionero en el campamento de los -blancos, de donde logré fugarme, ignoraba la muerte de Bouckmann, que -ahora me cuentas, y que es un justo castigo del cielo por sus crímenes. -En cambio, voy a participarte otra nueva: Jeannot, aquel mismo caudillo -de los negros que sirvió a los blancos de guía para meterlos en la -emboscada de _Doma-Mulatos_, Jeannot, también acaba de morir. Ya -sabes, no me interrumpas, Biassou, que competía en lo sanguinario -con Bouckmann y contigo; ahora bien, atiéndeme: no es la cólera del -cielo ni tampoco los blancos los que le han herido, sino el mismo Juan -Francisco es quien ha hecho este acto de justicia. - -Biassou, que estaba escuchando con ademán sombrío de respeto, dejó -escapársele una exclamación de sorpresa. En este instante entró -Rigaud, hizo a Pierrot una profunda reverencia y se puso a hablarle en -secreto al generalísimo, cuando a la par se oía gran estrépito por el -campamento. Pierrot continuó hablando así: - ---... Sí, Juan Francisco, cuyo único defecto es un lujo funesto, y la -ridícula pompa de aquella carroza con seis caballos en que va todos -los días desde su campamento a oír la misa que le dice el cura de -Río Grande; Juan Francisco ha castigado los furores de Jeannot. A -pesar de las cobardes súplicas del forajido, y aunque a los últimos -momentos se abrazó con tanto terror al cura de la Marmelade, encargado -de exhortarle a bien morir, que fué preciso arrancarle de por fuerza, -al fin ayer quedó fusilado el monstruo bajo el mismo árbol, lleno de -garfios de hierro, de donde colgaba a sus víctimas vivas. Biassou, -medita en este ejemplo. ¿A qué fin esas matanzas, que obligan a los -blancos a mostrarse feroces? ¿A qué valerse de artificios para excitar -aún más el furor de nuestros desgraciados compañeros, ya de por sí -exasperados en demasía? Hay en Trou-Coffi un charlatán mulato, a quien -apellidan Romana la Profetisa, que anda fanatizando un tropel de -negros, profanando sacrílegamente la Santa Misa y haciéndoles creer que -está en relaciones con la divina Virgen, que le comunica sus oráculos -cuando introduce la cabeza en el santuario. Así incita a sus secuaces -a la matanza y al saqueo en nombre de María... - -Quizá había una expresión más tierna aún que la del acatamiento -religioso en el acento con que pronunció esta postrer palabra; y yo no -sabré decir por qué, pero me sentí ofendido e irritado. - ---... Pues bien--prosiguió el esclavo--, tenéis aquí en vuestro -campamento a no sé cuál obí o charlatán semejante a ese Romana la -Profetisa. No ignoro que, debiendo guiar un ejército compuesto de -hombres de todos países, de todo origen, de todos colores, es preciso -enlazarlos por algún vínculo de comunidad; pero ¿acaso no es dable -encontrarlo sino en un fanatismo feroz y en ridículas supersticiones? -Créeme, Biassou, que los blancos no son tan crueles como nosotros. A -menudo he visto a los dueños defender las vidas de sus esclavos, y -aunque no desconozco que para muchos de ellos, no la vida de un hombre, -sino una suma de dinero, era el objeto de aprecio, siquiera el egoísmo -de su propio interés les inspiraba una virtud. No seamos, pues, menos -clementes, que también nuestro provecho nos lo aconseja. ¿Será más -santa y más justa nuestra causa por ventura cuando hayamos exterminado -a las mujeres, degollado las inocentes criaturas, atormentado a los -ancianos o hecho perecer a nuestros antiguos amos entre las llamas de -sus mismas habitaciones? ¡Y, sin embargo, tales son nuestras hazañas -diarias! Respóndeme, Biassou, ¿de qué sirve dejar por testimonio de -nuestras huellas un rastro de cenizas o un rastro de sangre? - -Calló, y el fuego de sus miradas y la energía de sus acentos respiraban -tal convencimiento y fuerza de mando cuales no alcanzaré a describir. -Con los ojos bajos y el ademán de un raposo cogido en las garras del -león, meditaba Biassou el medio de esquivar tamaño poderío, y, mientras -tanto, el caudillo de las hordas de los Cayos, aquel mismo Rigaud, que -había presenciado la víspera, y con sereno aspecto, cometerse tales -horrores, aparentaba indignarse de los atentados que Pierrot tan al -vivo retrataba, exclamando con hipócrita alarma: - ---¡Oh, Dios mío, y lo que es un pueblo enfurecido! - - - - -XLIII - - -Crecía en esto el estrépito por afuera, y Biassou se mostraba -desasosegado. Más tarde supe que procedía este rumor de los negros de -Morne-Rouge, quienes recorrían el campamento anunciando la llegada de -mi libertador y el intento de sostenerle, fuese cual fuera el motivo de -su visita a Biassou. Rigaud había venido a participar al generalísimo -esta circunstancia, y el temor de un funesto rompimiento fué lo que -indujo al astuto caudillo a hacer, como en efecto hizo, una especie de -aparente concesión a los deseos de Pierrot. - ---Si somos algo severos con los blancos--dijo con evidente despecho--, -Vuestra _Alteza_ lo es bastante con nosotros, y me agravia en -particular con achacarme el ímpetu del torrente. Pero, al cabo, ¿_qué -podría hacer ahora_ para satisfacerle? - ---Ya lo he dicho, _señor_ Biassou--replicó Pierrot--: que me dejen -llevarme a este cautivo. - -Biassou se quedó por unos instantes pensativo, y después exclamó, dando -a sus facciones cuanta expresión de sinceridad le fué dable. - ---Vamos, quiero probarle a Vuestra _Alteza_ cuán grande es mi deseo de -complacerle. Permítame sólo que hable dos palabras con él en secreto, y -en seguida el prisionero quedará libre. - ---¿De veras?... Que por eso no quede--replicó Pierrot. - -Y su semblante, hasta entonces lleno de altivez y desagrado, se -encendió de júbilo. Alejóse luego unos pocos pasos, y Biassou, -llevándome a un rincón apartado de la gruta, me dijo en voz baja: - ---No puedo concederte la vida sino bajo una condición, y ya la sabes; -¿consientes? - -Y me enseñó el despacho de Juan Francisco. El consentir me hubiera -parecido ruindad, y así, le contesté: - ---No, no consiento. - ---¡Ah!--continuó con su acostumbrado sarcasmo--. ¡Conque sigues siempre -tan terco! ¡Parece que te confías mucho en tu protector! ¿Sabes quién -es, por acaso? - ---Sí--le repliqué con violencia--, es un monstruo como tú, y, además, -más hipócrita. - -Se incorporó con un movimiento de sorpresa, y clavó los ojos en mí como -para descubrir en los míos si hablaba de veras. - ---¡Pues qué!--me dijo--, ¿no le conoces? - ---No reconozco en él--respondí con desprecio--sino a un esclavo de mi -tío que se llama Pierrot. - -Biassou soltó una risa de mofa: - ---¡Ja... ja...! ¡Vaya un caso curioso! El pide tu vida y tu libertad, y -tú le das el dictado de _un monstruo como yo_. - ---¡Qué me importa!--le contesté--. Si disfrutara de un momento de -libertad, no sería para pedir mi vida, sino la suya. - ---¿Qué significa esto?--dijo Biassou--. Hablas con aire sincero y no -supongo que te entretengas en jugar con la existencia. Algo hay aquí -que no comprendo. Un hombre a quien tú odias, te protege, y cuando él -implora por tu vida, ¡apeteces su muerte! Al cabo, nada me va en ello. -Deseas un momento de libertad, y es lo único que puedo concederte; así, -te permitiré que le acompañes si primero me empeñas tu palabra de honor -de venir a entregarte en mis manos dos horas antes de ponerse el sol. -¿No es cierto que eres francés? - -¿Lo confesaré, señores? La vida me era una carga, y me repugnaba -recibirla por don de manos de Pierrot, objeto por tantos motivos de -mi odio; no sé tampoco si ayudaría a mi resolución la certeza de -que Biassou no soltaría su presa tan fácilmente ni consentiría en mi -libertad; en fin, no apetecía sino disponer a mi albedrío de algunas -horas para acabar de cerciorarme antes de morir del destino de mi -adorada María y de mi suerte. La palabra que me pedía Biassou, confiado -en el honor de un francés, era medio seguro y fácil de conseguirlo, y -mi palabra se la di. - -Habiéndome ligado de esta suerte, el general se acercó a Pierrot y dijo -con tono sumiso: - ---Señor, el prisionero blanco queda a disposición de Vuestra _Alteza_ y -en libertad de ir en su compañía. - -Jamás había observado pintarse tanto gozo en los ojos de Pierrot. - ---Gracias, Biassou--exclamó alargándole la mano--; gracias, porque -acabas de hacerme un servicio que te autoriza de aquí en adelante para -exigir cuanto de mí apetezcas. Por ahora, sigue disponiendo hasta mi -vuelta de mis hermanos de Morne-Rouge. - -Entonces se volvió hacia mí, diciendo: - ---Pues que estás libre, ven. - -Y me arrastró tras sí con singular energía. - -Biassou nos miró salir con un asombro que se distinguía aun al través -de las muestras de respeto con que despidió a mi compañero. - - - - -XLIV - - -Ansiaba yo por quedarme a solas con Pierrot. Su turbación cuando -le pregunté por la suerte de María, la insolente ternura con que -osaba pronunciar su nombre, habían arraigado aún más los gérmenes de -execración y celos que brotaron en mi pecho cuando le vi arrebatar por -medio de las llamas en el castillo de Galifet a aquella que apenas -podía aún llamar mi esposa. ¿Qué se me daba, pues, de las generosas -reconvenciones con que había amonestado al sanguinario Biassou en mi -presencia, ni del afán que se tomaba por mi vida, ni de aquel sello -extraordinario que se veía impreso en todas sus acciones y palabras? -¿Qué se me daba de aquel misterio que le envolvía, que me le presentaba -vivo ante los ojos cuando había presenciado su muerte, que me le -ofrecía cautivo de los blancos cuando le vi sepultarse en las aguas -del Río Grande, que transformaba al esclavo en Alteza y en libertador -al prisionero? De todo este caos incomprensible, la única cosa para mí -evidente era el infame rapto de María, un ultraje que vengar, un crimen -a que imponer castigo. Los extraños sucesos que había ya presenciado, -apenas bastaban para hacerme suspender un tanto el juicio, y aguardaba -con impaciencia el momento de obligar a mi rival a explicarse. Este -momento llegó al fin. - -Habíamos cruzado por entre las triples filas de negros, que, postrados -a nuestro paso, exclamaban con asombro, y sin que yo pudiese entender -si hablaban de Pierrot o de mí: - ---¡Milagro! Ya no está prisionero. - -Habíamos traspasado los últimos límites del campamento; habíamos -perdido de vista entre los árboles y peñascos los postreros centinelas -de Biassou; _Rask_ corría gozoso, adelantándose, y luego volvía a -nuestro encuentro; Pierrot caminaba con rapidez; yo, por fin, le detuve -entonces y le dije: - ---Escúchame ahora, que ya es excusado el ir más lejos. Los oídos -que temías ya no están a nuestro alcance ni pueden recoger nuestras -palabras; habla, pues: ¿qué has hecho de María? - -Una violenta emoción me ahogaba casi la trémula voz; él me miró con -dulzura, respondiendo: - ---¿Siempre lo mismo? - ---¡Sí, siempre, siempre!--exclamé arrebatado--. Te haré la misma -pregunta hasta que ambos exhalemos el postrer aliento. ¿Dónde está -María? - ---¿Conque nada logra disipar tus dudas de mi buena fe? Pronto lo sabrás. - ---¡Pronto, monstruo!--le repliqué--. ¡Ahora, ahora mismo quiero -saberlo! ¿Dónde está María? ¿Dónde está María?... ¿Me oyes? Respóndeme, -o juega tu vida a trueque de la mía. ¡Defiéndete! - ---Ya te he dicho que eso no puede ser--prosiguió con tristeza--. El -torrente no lucha con su manantial, y mi vida, que has salvado por -tres veces, no puede disputarte a ti la vida. Además, aun cuando yo -quisiera, es imposible, porque no tenemos más que un cuchillo para los -dos. - -Y, hablando así, sacó un puñal de su cinto, y alargándomelo: - ---Toma--me dijo. - -Estaba fuera de mí. Agarré el puñal y le hice brillar sobre su pecho, -pero no dió señales de rehuir el golpe. - ---¡Infame!--exclamé--. No me obligues a un asesinato. Te envainaré en -el corazón este acero si no me dices luego dónde está mi mujer. - -Entonces me respondió sin cólera: - ---Eres árbitro de hacerlo; pero te suplico de rodillas que me concedas -una hora más de vida y que vengas tras mí. Desconfías de quien te debe -tres existencias, del que apellidabas tu hermano; pero atiéndeme: si -dentro de una hora persistes en tus recelos, eres dueño de matarme; -siempre estarás a tiempo, pues ves que no trato de defenderme. Te -lo ruego en nombre de María... de tu esposa--añadió con un penoso -esfuerzo--; dame una hora más de plazo, y cuando así te imploro, no es -por mi bien, créelo, sino por el tuyo propio. - -Tenían sus acentos una expresión inefable de persuasión y de pesar. -Algo parecía advertirme en secreto de que quizá era sincero; que el -apego a la vida no alcanzaba para infundir en su voz aquella penetrante -ternura, aquella dulzura en sus ruegos. Cedí de nuevo a aquel imperio -secreto que ejercía sobre mí y que me avergonzaba entonces de confesar. - ---Vamos--le dije--, te concedo esta hora de prórroga y estoy pronto a -acompañarte. - -Quise devolverle el puñal, pero me respondió: - ---No, guárdatelo, porque recelas de mí, y sígueme, sin que perdamos más -tiempo en balde. - - - - -XLV - - -Echó con esto de nuevo a andar, y _Rask_, que durante nuestra -conversación había hecho varias tentativas de proseguir la jornada, -volviéndose luego para mirarnos y como para preguntar por qué nos -deteníamos; _Rask_, digo, continuó alegre su camino. Nos enmarañamos a -través de una selva virgen, y a la media hora tropezamos con una verde -pradera, bañada por las cristalinas aguas de un manantial que brotaba -entre las peñas y cercada en torno de frondosos árboles, cuyos gruesos -y robustos troncos eran el vivo testimonio de los pasados siglos. Una -gruta, cuya cenicienta boca teñía de verde una multitud de enredaderas, -clemátides, lianas, jazmines, daba salida al prado; _Rask_ corrió a -ladrar a la entrada; pero Pierrot le hizo una seña, y, agarrándome por -la mano, sin pronunciar una sola palabra, me introdujo en la gruta. - -Una mujer estaba adentro, con la espalda vuelta a la luz y sentada en -una estera de juncos; al ruido de nuestros pasos volvió el rostro, -y... amigos, era mi María. - -Llevaba aún, como el día de nuestra boda, un vestido blanco, y adornaba -todavía sus cabellos la corona de azahar, último tocado virginal de -la tierna esposa, emblema de pureza que aún no habían desprendido mis -manos de sus sienes. Me vió, me conoció, lanzó un grito y cayó entre -mis brazos, moribunda de júbilo y de sorpresa; yo estaba fuera de mí -mismo. - -A este grito, una vieja, llevando un niño en los brazos, acudió de otra -estancia en lo más profundo de la gruta: era la nodriza de María, con -el más niño de los hijos de mi desgraciado tío. Mientras tanto, Pierrot -había ido a buscar agua del manantial, y salpicó con algunas gotas -el semblante de María, que, al sentir su frescura, volvió en sí, y, -entreabriendo los ojos: - ---¡Leopoldo!--dijo--. ¡Leopoldo mío! - ---¡María!...--le respondí, y el resto de mis palabras se perdió en el -arrullo de un beso. - ---¡Oh, siquiera no en mi presencia!--exclamó una voz penetrante. - -Alzamos luego la vista, y era Pierrot. Allí estaba, asistiendo a -nuestras caricias como a un suplicio. Hinchados los pulmones, respiraba -apenas, temblaban todos sus miembros y gruesas gotas de un sudor helado -le chorreaban por la frente. De súbito escondió el semblante entre las -manos, y salióse huyendo de la gruta, repitiendo en acentos terribles: - ---¡Siquiera no en mi presencia! - -María se medio incorporó entre mis brazos, y, siguiéndole con la vista, -exclamó: - ---¡Dios eterno! Leopoldo mío, parece como si nuestros amores le -atormentaran. ¿Me amará, por ventura? - -El grito del esclavo me había anunciado que era mi rival; la -exclamación de María anunciaba que también era mi amigo. - ---María--le respondí, y un gozo inefable se derramó en mi alma, a la -vez que una mortal pesadumbre--. ¡María! Pues qué, ¿lo ignorabas? - ---Y lo ignoro aún--me respondió, cubierta de casto rubor--. ¿De veras? -¿Me ama? Jamás lo hubiera conocido. - -La estreché a mi corazón con delirio, exclamando: - ---Encuentro a mi esposa y a un amigo; ¡cuán feliz soy y cuán criminal! -Había sospechado de él. - ---¡Cómo!--prosiguió María con asombro--. ¿Dudabas de él? ¿De Pierrot? -¡Ah, sí, eres muy criminal! Por dos veces le debes mi vida, y aun -quizá--añadió, bajando los ojos--le debes más aún. A no ser por su -socorro, el caimán del río me habría devorado; a no ser por su socorro, -los negros... Pierrot fué quien me arrancó de entre sus manos cuando -iban ya, sin duda, a inmolarme como a mi desgraciado padre. - -Aquí suspendió la voz para soltar el llanto. - ---¿Y por qué razón--le pregunté--no te envió luego Pierrot a la ciudad -del Cabo, donde estaba tu esposo? - ---Lo ha intentado--me replicó--; pero no fué posible. Teniendo que -recelarse tanto de los negros como de los blancos, era dificilísima -empresa. Además, ignorábamos lo que era de ti. Algunos decían que te -habían visto caer muerto; pero Pierrot me aseguraba que no era así, y -no estaba bien convencida, porque, en tal caso, algún indicio secreto -me lo hubiera avisado, y si la muerte te hubiese alcanzado, también yo -hubiera muerto en el instante mismo. - ---¿Y Pierrot te condujo a este lugar? - ---Sí, Leopoldo mío; él único era sabedor de esta gruta solitaria, y -como había salvado a la par que a mí a los restos de mi familia, mi -pobre nodriza y mi hermanito, nos trajo aquí escondidos. Te aseguro -que es una estancia muy agradable, y si no fuese por los estragos -de la guerra, para quien no hay asilo secreto, me alegraría ahora, -que estamos arruinados, de vivir aquí contigo, y Pierrot proveería a -nuestras necesidades. Venía él a menudo a visitarme; traía una pluma -rojiza en la cabeza, y siempre me consolaba y me hablaba de ti, y me -aseguraba que volvería a verte. Con todo, como no le había visto en -tres días, ya comenzaba a tener inquietud, cuando volvió contigo. -¡Pobre Pierrot! ¿Conque fué a buscarte? - ---Sí--le respondí. - ---Pero, entonces, ¿cómo es dable--repuso ella--que esté enamorado de -mí? ¿Estás seguro? - ---¡Ahora lo estoy!--repliqué--. Él es quien, a punto de clavarme el -puñal, se dejó vencer por el temor de afligirte; él quien te entonaba -cánticos de amor en la glorieta del río. - ---¡De veras!--prosiguió María con inocente sorpresa--. ¡Conque es -tu rival! ¡Aquel tunante de las flores se ha convertido en el buen -Pierrot! No puedo creerlo. Tenía conmigo un aire tan humilde, tan -respetuoso, ¡más aún que cuando era esclavo! Verdad es que solía -mirarme a veces con un aire muy extraño; pero no era más que de -tristeza, y yo lo atribuía a mis desgracias. ¡Si supieras con qué -apasionado ardor hablaba de mi Leopoldo! Su amistad era casi tan -vehemente como mi amor. - -Estas explicaciones de María me colmaban a la vez de júbilo y de pena. - -Recordé con cuánta crueldad había tratado al generoso Pierrot, y sentí -toda la fuerza de sus tiernas y mansas quejas: “¡No soy yo el ingrato!” - -En este mismo instante volvió a entrar Pierrot; su fisonomía tenía un -aspecto sombrío y doloroso. Parecía como un reo que le traen del potro, -pero que regresa triunfante. Se adelantó hacia mí con paso mesurado, y, -señalándome al puñal que tenía en el cinto, me dijo con acento grave: - ---Se pasó la hora. - ---¡La hora! ¿Qué hora?--le pregunté. - ---La que me habías concedido de plazo, porque la necesitaba para -conducirte aquí. Entonces te supliqué que me perdonases la vida, y -ahora imploro de ti que me la arranques. - -Las más dulces emociones del corazón, el amor, la amistad, la gratitud, -se reunían en el momento mismo para destrozarme el pecho, y caí a -los pies del esclavo sollozando amargamente, sin poder proferir una -palabra. Él me levantó con precipitación, y - ---Qué haces?--me dijo. - ---Tributarte el homenaje que te mereces: ya no soy digno de una amistad -como la tuya. Tu agradecimiento no puede llegar al colmo de perdonar mi -ingratitud. - -Duró por algún tiempo en sus facciones una expresión de aspereza, y -parecía como que estaba experimentando una violenta lucha; dió un paso -hacia mí, y luego echóse atrás; abrió los labios y guardó silencio. Mas -este intervalo fué breve, y extendió los brazos, diciendo: - ---¿Puedo ahora llamarte hermano mío? - -No le respondí sino estrechándome contra su corazón; él añadió, tras -una corta pausa: - ---Tú eres bueno; pero la desdicha te había vuelto injusto. - ---Encontré a mi hermano--le respondí--, y ya no seré por más tiempo -desdichado; pero soy muy criminal. - ---¡Criminal! Hermano, yo lo he sido también, y más que tú. ¡Pero tú ya -no eres desgraciado, y yo... yo lo seré para siempre! - - - - -XLVI - - -El gozo que los primeros transportes de la amistad habían hecho brillar -en sus mejillas se desvaneció, y su fisonomía cobró un aspecto de -tristeza tan singular cuanto enérgico. - ---Escúchame--dijo en tono de frialdad--: mi padre era rey en el -Kakongo; administraba justicia a sus súbditos en el umbral de su -morada, y a cada fallo bebía, según es costumbre de los reyes, una copa -colmada con el vino de sus palmas. Allí vivíamos felices y poderosos. -Pero vinieron los europeos, y me enseñaron esos fútiles adornos del -saber que te causaron tal sorpresa. Su caudillo era un capitán español -que le prometió a mi padre Estados más vastos y mujeres blancas; mi -padre le siguió con toda su familia... ¡Hermano, nos vendieron! - -Se le hinchó al negro el pecho de cólera, y sus ojos brotaban chispas; -tronchó maquinalmente un tierno arbolillo que estaba a su lado, y -después continuó, sin parecer ya dirigirse a mí: - ---El señor del país del Kakongo tuvo un dueño, y su hijo se afanó -trabajando como esclavo en los surcos de Santo Domingo. Para domarlos -con mayor facilidad separaron al padre anciano del león mancebo. -Arrancaron a la esposa del lado de su esposo para sacar más ganancia -uniéndolos con otros. Las tiernas criaturas buscaban a la madre que -las crió a sus pechos, al padre que las bañaba en el torrente, y no -encontraron sino a tiranos y bárbaros, y durmieron revueltas entre los -perros. - -Calló, y sus labios seguían moviéndose sin hablar; sus miradas andaban -desatentadas. Por fin me agarró del brazo con violencia. - ---Hermano, ¿lo oyes? Me han vendido, he pasado de un dueño a otro como -un vil animal. ¿Te acuerdas del suplicio de Ogé? Pues en aquel día -volví a ver a mi padre, pero entre los martirios de la rueda. - -Yo me estremecí, y él prosiguió: - ---¡Mi esposa la prostituyeron a los blancos! Escucha, hermano: ha -muerto y me ha pedido venganza. ¿Te lo confesaré?--continuó titubeando -y bajando los ojos--. He sido criminal: he amado a otra... Pero sigamos -adelante. - -Todos los míos me instaban por que los libertase y me vengara; _Rask_ -era el confidente que me traía sus mensajes. - -Yo no podía satisfacerlos, porque también me encontraba en los -calabozos de tu tío. El día en que obtuviste mi perdón, salí para -arrancar a mis hijuelos de las garras de un amo feroz; llegué, hermano, -y el postrero de los descendientes del rey del Kakongo acababa de -expirar bajo el azote de un blanco; los otros le habían precedido en la -misma jornada. - -Aquí cortó el hilo de su discurso y me preguntó con indiferencia: - ---Hermano, ¿qué hubieras tú hecho? - -Este terrible cuento me había helado de horror y no pude responder a su -pregunta sino por un gesto de amenaza. Él me comprendió, se sonrió con -amargura y prosiguió en estos términos: - ---Sus esclavos se levantaron contra el amo y castigaron el asesinato de -mis hijos. Me eligieron por cabeza, y ya tú bien sabes los destrozos -que ocasionó esta rebelión. Supe que los esclavos de tu tío se -preparaban a seguir el ejemplo, y llegué al Acul la noche misma en que -la insurrección se aproximaba. Tú estabas ausente; tu tío yacía en su -lecho cosido a puñaladas; los negros iban ya incendiando las haciendas, -y no pudiendo aplacar su furor porque creían vengarme quemando la -morada de tu tío, hube de contentarme con salvar lo que subsistía de -tu familia. Entré en el castillo por el boquete que tenía dispuesto, -y entregué a los cuidados de un negro fiel a la nodriza de tu mujer. -Más afanes pasé por salvar a tu María: había corrido hacia la parte -incendiada de la fortaleza en busca de su hermano el más niño, único -que escapó de la matanza, y estaba rodeada de negros próximos a darle -muerte. Me presenté y les mandé que me dejaran tomar venganza por mis -propias manos: obedecieron y se retiraron; agarré a tu mujer en los -brazos, confié el niño a _Rask_ y los conduje a entrambos a esta gruta, -de cuya existencia y sendero era sabedor yo solo. Hermano, he aquí mi -crimen. - -Más y más penetrado a cada vez de arrepentimiento y de gratitud, quise -volver a arrojarme a los pies de Pierrot; pero él me contuvo, como -ofendido. - ---Vamos--me dijo tras un momento de silencio y agarrándome de la -mano--; toma a tu mujer y echemos a andar los cinco. - -Yo le pregunté con sorpresa adónde quería conducirnos. - ---Al campamento de los blancos--me respondió--. Este asilo ya no es -seguro, porque mañana, al amanecer, van a atacar los blancos las -posiciones de Biassou, y no hay duda de que incendiarán el bosque. Y, -además, no tenemos un momento que perder, porque diez cabezas están -pendientes de la mía; podemos darnos prisa, porque tú estás libre; lo -debemos, porque yo no lo estoy. - -Tales palabras acrecentaron mi sorpresa, y le pedí aclaración. - ---Pues qué--contestó con ademán de impaciencia--, ¿no has oído decir -que Bug-Jargal estaba prisionero? - ---Sí; mas ¿qué tienes tú que ver con ese Bug-Jargal? - -A su vez pareció sorprendido, y respondió con gravedad: - ---Yo soy Bug-Jargal. - - - - -XLVII - - -Estaba, por decirlo así, acostumbrado a ver y oír prodigios respecto -de aquel hombre. No sin gran extrañeza acababa de contemplar un -minuto antes al esclavo Pierrot transformarse en monarca africano, y -ahora llegó mi admiración a su colmo al reconocer en él al terrible y -magnánimo Bug-Jargal, cabeza de los rebeldes de Morne-Rouge. Entonces -comprendí de dónde provenía el homenaje que los negros todos, incluso -el mismo Biassou, tributaban al caudillo Bug-Jargal, al rey del Kakongo. - -Parecía como que no observaba la impresión que en mí hicieron sus -palabras postreras, y prosiguió hablando: - ---Me habían dicho que también tú, por tu parte, estabas prisionero en -el campamento de Biassou, y vine a libertarte. - ---¿Por qué me decías, pues, que no estabas libre? - -Miróme como para tratar de adivinar el motivo de pregunta tan natural, -y: - ---Escucha--me dijo--; esta mañana estaba prisionero entre los tuyos, -cuando oí anunciar que Biassou había declarado su intención de dar -muerte antes de la puesta del sol a un cautivo joven llamado Leopoldo -d’Auverney. Entonces reforzaron las guardias de mi prisión, y supe que -mi suplicio se seguiría al tuyo, y que, en caso de evasión, diez de mis -compañeros responderían por mí. Ya ves que estoy de prisa. - -Volví a detenerle, preguntando: - ---¿Pero te has escapado? - ---¿Pues cómo había de estar aquí? ¿No era preciso salvarte? ¿No -te debía yo la vida? Pero, vamos, sígueme: estamos a una hora de -distancia, tanto del campamento de los blancos cuanto del de Biassou. -Mira: la sombra de los cocoteros se va alargando, y su cogollo aparece -en la hierba del prado cual el enorme huevo de un cóndor. Dentro de -tres horas, el sol se habrá ya puesto; anda, hermano, que el tiempo nos -urge. - -_Dentro de tres horas, el sol se habrá puesto_; estas sencillas -palabras me helaron de terror, cual un fúnebre espectro, porque -me recordaron la fatal promesa que le había hecho a Biassou. ¡Ay! -¡Volviendo a ver a María había olvidado nuestra separación próxima -y eterna! Embriagado de júbilo, tantas emociones me arrebataron la -memoria, ¡y no recordé la muerte en brazos del placer! Las palabras de -mi amigo me trajeron de súbito la imagen de mi infortunio. _¡Dentro -de tres horas, el sol se habrá puesto!_ Y necesitaba una entera para -llegar al campamento de Biassou. Mis deberes estaban imperiosamente -prescritos: el infame tenía mi palabra, y antes morir mil veces que -dar a semejante bárbaro derecho para menospreciar la única cosa en -que, al parecer, tenía aún fe: el honor de un francés. La alternativa -era terrible, y elegí lo que elegir debía; pero habré de confesarlo, -señores, que titubeé por un momento. ¿Fuí, acaso, tan de culpar? - - - - -XLVIII - - -Al cabo, lanzando un suspiro, agarré con una mano las de Bug-Jargal, -y con la otra las de mi pobre María, que contemplaba con inquietud el -sombrío aspecto de mis facciones. - ---Bug-Jargal--dije haciendo un esfuerzo--; Bug-Jargal, hermano, te -recomiendo la guardia del único ser en el universo a quien amo más que -a ti: la guardia de María. ¡Volved sin mí al campamento, porque yo no -puedo seguiros! - ---¡Dios eterno!--exclamó María pudiendo respirar apenas--. ¡Alguna -nueva desdicha! - -Bug-Jargal se había estremecido, y una dolorosa sorpresa se pintó en -sus ojos. - ---Hermano, ¿qué nos dices? - -El terror que oprimía a María a la sola idea de una desdicha que su -previsor cariño demasiado bien parecía adivinar, me obligó a ocultarle -la realidad y excusarle tan horrorosa despedida. Inclinéme, pues, al -oído de Bug-Jargal y le dije en voz baja: - ---Estoy prisionero. Le he jurado a Biassou entregarme en sus manos dos -horas antes de terminarse el día: he prometido morir. - -Al oírme bramaba de cólera, y su voz cobró un acento terrible: - ---¡Oh, monstruo! He aquí por qué me pidió hablarte en secreto para -arrancarte esta promesa. ¡Yo debiera haberme recelado del inicuo -Biassou! ¿Cómo no me sospeché algún acto de perfidia? ¡Oh! ¡No es -negro, es un mulato! - ---¿Qué significa eso? ¿Qué promesa? ¿Qué perfidia? ¿Quién es ese -Biassou?--dijo María atemorizada. - ---Cállate, cállate--le repetí en secreto a Bug-Jargal--; cállate, no la -asustemos. - ---Pero bien--me preguntó con tono sombrío--, ¿cómo consentiste en hacer -tal promesa? ¿Por qué se la diste? - ---Te creía ingrato, creía perdida a mi María; ¿qué me importaba el -vivir? - ---Pero una promesa verbal no puede obligarte con ese infame. - ---Le empeñé mi palabra de honor. - -Se quedó recapacitando, como para procurar comprenderme. - ---¡Tu palabra de honor! ¿Qué es eso? ¿Habéis bebido en la misma copa? -¿Habéis roto entre los dos un anillo o tronchado una rama de arce con -sus flores rojizas? - ---No. - ---Pues bien, ¿qué es lo que quieres decir? ¿Cómo has podido ligarte? - ---Mi honor--le repliqué. - ---No sé lo que eso significa; nada hay que te empeñe con Biassou: ven -con nosotros. - ---No puedo, hermano; lo he prometido. - ---No, no lo has prometido--prorrumpió con arrebato. - -Y luego, alzando la voz: - ---Hermana, júntate a mí e impide que tu marido nos abandone. Quiere -volverse al campamento de los negros, de donde le he sacado, bajo -pretexto de que le ha ofrecido morir a su caudillo, a Biassou. - ---¿Qué has hecho?--exclamé. - -Pero era demasiado tarde para cortar este arranque generoso, que le -llevaba a implorar el socorro de la mujer que amaba para salvarle la -vida a su mismo rival, y rival favorecido. María se había lanzado a mis -brazos con un grito de desesperación, y, colgada de mi cuello por sus -manos entrelazadas, se dejaba caer sobre mi corazón, sin fuerza y sin -aliento apenas. - ---¡Oh!--decía sollozando, en voz apagada--. ¿Qué es lo que dice, -Leopoldo mío? ¿No es verdad que me engaña y que tú, en el momento -de reunirnos, no quieres volver a alejarte de mi lado y a separarte -para morir? Respóndeme, o yo seré la que muera. ¡Tú no tienes derecho -para abandonar tu vida, porque no debes sacrificar la mía! ¿Quieres -separarte de mí para no volver jamás a verme? - ---María--contesté--, no le creas; tengo que alejarme, es cierto, pero -también es preciso, y nos volveremos a encontrar en otros lugares. - ---¡En otros lugares!--prosiguió ella con espanto--. ¡En otros lugares! -¿Adónde?... - ---¡En el cielo!--le respondí, falto de fuerza para engañar a aquel -ángel. - -Se desmayó otra vez; pero ahora era de dolor. El tiempo urgía, y yo la -coloqué en los brazos de Bug-Jargal, cuyos ojos rebosaban en lágrimas. - ---¿Y nada puede detenerte?--me dijo--. Nada añadiré a lo que estás -viendo. ¿Cómo puedes resistir a María? Por una sola de las palabras -que te ha dirigido le hubiera yo sacrificado el orbe, ¡y tú no quieres -hacerle el sacrificio de vivir! - ---¡El honor!--le respondí--. Adiós, hermano; adiós, Bug-Jargal; te la -encargo. - -Me agarró de la mano; estaba pensativo y apenas parecía escucharme. - ---Hermano, hay en el campamento de los blancos uno de tus parientes, y -a ése le entregaré a María. Por lo que a mí hace, no cabe aceptar tu -confianza. - -Y señaló a las cumbres de un monte vecino, cuya cima dominaba toda la -comarca. - ---¿Ves ese peñón? Cuando la señal de tu muerte aparezca en él, el -pregón de la mía no tardará en resonar. Adiós. - -Sin hacer alto en el sentido incógnito de estas palabras, le abrazé, -sellé con un beso la pálida frente de María, que, gracias al cuidado -de su nodriza, empezaba a reanimarse, y eché a huir con precipitación, -temeroso de que su primera mirada, su primer lamento, desarmasen mi -fortaleza. - - - - -XLIX - - -Eché a huir, repito, y me lancé a través del bosque, siguiendo la -huella que habíamos dejado y sin atreverme a volver siquiera la vista -atrás. Como para embotar las ideas que me acosaban, corrí sin descanso -por entre la espesura, por las praderas y por los collados, hasta que -al fin, desde lo alto de una roca, el campamento de Biassou, con sus -enjambres de negros, apareció ante mis ojos. Allí me detuve. Tocaba -en el fin de mi jornada y de mi existencia. El cansancio y la emoción -agotaron mis fuerzas; me apoyé a un tronco por sostenerme, y dejé -espaciarse la vista por el cuadro que en la vega fatal se ostentaba a -mis pies. - -Antes de aquel instante me creía haber apurado todo el cáliz de -hiel y amargura; pero no conocía aún el mayor de los pesares: el de -verse obligado por una fuerza moral, superior a los acaecimientos, a -renunciar voluntariamente vivo a la vida y venturoso a la ventura. -Pocas horas ha, ¡qué me importaba estar sobre la tierra! Yo no vivía, -porque el extremo de la desesperación es una especie de muerte que -nos hace desear la muerte verdadera. Pero aquella desesperación había -desaparecido: mi perdida María había vuelto a mis brazos; mi felicidad -difunta había, por decirlo así, de súbito resucitado; mi antiguo ser -se había convertido en mi porvenir; mis eclipsados ensueños habían -de nuevo brotado, y ahora más que nunca seductores; la vida, en fin, -una vida de juventud, de amor y de delicias, me presentaba radiante la -perspectiva de sus infinitos horizontes. Y esta florida senda de la -vida podía comenzar a pisarla de nuevo; todo a ello me incitaba, en mi -ánimo y en los objetos externos; ningún obstáculo material, ninguna -traba aparente; yo era libre, dichoso, y, sin embargo, ¡me era preciso -el morir! Apenas había estampado una vez mi huella en aquel paraíso -de deleites, cuando no sé qué deber, ni glorioso siquiera, me forzaba -a retroceder hacia un suplicio. La muerte es leve cosa para un alma -marchita y helada ya por la adversidad; mas, ¡oh, cuán agudo es su -golpe, cuán glacial es su mano cuando caen sobre un corazón que lozano -crece, fecundado por los goces de la existencia! Yo lo probé. Por un -instante salí del sepulcro; me había embriagado en aquel fugaz momento -con los placeres más puros y más celestiales de la tierra: la amistad, -la libertad, el amor; y ahora tenía de nuevo que hundirme rápidamente -en la tumba. - - - - -L - - -Cuando la flaqueza del dolor hubo pasado, una especie de rabia se -apoderó de mí, y corrí precipitado hacia el valle, porque sentía la -necesidad de abreviar el trago. Me presenté en los puestos avanzados -de los negros, y, ¡cosa extraña!, rehusaban admitirme, y aun tuve que -rogárselo. Por fin, dos de entre ellos se apoderaron de mi persona y -tomaron el cargo de conducirme a la estancia de Biassou. - -Entré, pues, en la caverna de aquel caudillo, ocupado en hacer jugar -los muelles de varias máquinas de tormento que tenía en torno de sí. Al -ruido que hicieron sus guardias introduciéndome, volvió la cabeza y no -se manifestó atónito de mi presencia. - ---¿Ves?--me dijo ostentando el horrible aparato que le rodeaba. - -Yo permanecí sosegado, porque conocía al “_héroe_ de la humanidad” y -estaba resuelto a sufrirlo todo con entereza. - ---¿No es verdad?--añadió riéndose en tono de escarnio--. ¿No es verdad -que Leogrí fué muy afortunado en escapar con la horca? - -Le miré sin responder y con ademanes de frío desdén. - ---Que le avisen al señor padre capellán--dijo él entonces, dirigiéndose -a uno de sus ayudantes. - -Por un momento quedamos los dos en silencio, mirándonos cara a cara. -Yo le observaba; él me espiaba. En este instante entró Rigaud, como -agitado, y conferenció en secreto con el generalísimo. - ---Que se mande aviso a todos los jefes de mi ejército--dijo Biassou con -sosiego. - -Y, al cabo de un cuarto de hora, todos los jefes, con sus diversos y -tan extraños adornos, estaban reunidos delante de la gruta. Entonces, -Biassou se levantó. - ---Escuchad, _amigos_; los blancos piensan atacarnos en este punto al -amanecer, y como la posición es mala, conviene abandonarla. Pongámonos -todos en movimiento al entrar la noche, y nos acogeremos a la -frontera española. Tú, Macaya, llevarás la vanguardia con tus negros -cimarrones; tú, Padrejan, clavarás las piezas tomadas a la artillería -de Praloto, que no pueden llevarse por la montaña. Los valientes de la -_Croix-des-Bouquets_ se pondrán en marcha detrás de Macaya. Toussaint -irá en seguida con los negros de Leogane y de Trou. Si los griotos -y griotas meten ruido, al verdugo del ejército se los encomiendo. -El teniente coronel Cloud repartirá los fusiles ingleses recién -desembarcados en el cabo Cabrón, y guiará a los mestizos ex libres por -los senderos de la Vista. Si quedan prisioneros, que se degüellen; que -se masquen las balas; que se envenenen las flechas, y que se arrojen -tres toneladas de arsénico en el manantial que da abasto de agua para -el campamento; los coloniales pensarán que es azúcar y se la beberán -sin recelo. Los batallones del Limbé, del Dondon y del Acul marcharán -detrás de Cloud y de Toussaint. Que se embaracen con peñas todas las -entradas de la vega; deshaced los caminos e incendiad los bosques. Tú, -Rigaud, quédate a mi lado, y tú, Candi, reune a mis guardias. En fin, -los negros de Morne-Rouge formarán la retaguardia y no evacuarán el -terreno hasta el despuntar del día. - -Y luego, inclinándose al oído de Rigaud, le dijo en voz baja: - ---Son los negros de Bug-Jargal, y ¡ojalá que los exterminaran aquí! -_Muerta la tropa, muerto el jefe._ - ---Vamos, _hermanos_--añadió incorporándose--. Candi dará el santo y la -contraseña. - -Los jefes se retiraron. - ---Mi general--dijo Rigaud--, sería menester enviar los oficios de Juan -Francisco, porque nuestras cosas van mal y quizá podría entretenerse a -los blancos. - -Biassou los sacó de prisa de su faltriquera. - ---Tienes razón en recordármelo; pero hay tantas faltas de gramática, -como ellos dicen, que se burlarán de nosotros. - -En seguida me presentó el papel. - ---Escucha, ¿quieres salvarte la vida? Mi bondad condesciende en -preguntárselo otra vez más a tu obstinación. Ayúdame a componer esta -carta; yo dictaré las ideas y tú me las pondrás en _estilo blanco_. - -Hice con la cabeza un gesto de negativa, y aparentó impacientarse. - ---¿Quieres decir que no?--me preguntó. - ---No; mil veces no--le repliqué. - -Volvió a insistir, y me dijo: - ---Reflexiónalo bien. - -Mientras tanto, sus ojos procuraban demostrarme los instrumentos del -verdugo con que se entretenía. - ---Porque lo he reflexionado--le contesté--, me niego a ello. Parece -que tienes temores por ti y los tuyos y que confías en esa carta para -retardar la venida y la venganza de los blancos. Rehuso, pues, una -existencia que pudiera quizá servir para salvar la tuya. Manda luego -que empiecen mis tormentos. - ---¡Hola, _muchacho_!--respondió Biassou dando un puntapié a los -instrumentos de tortura--. Creo que te vas familiarizando con esto, y -de veras que siento en el alma no tener tiempo para hacer una prueba. -Esta posición es peligrosa, y necesito salir de ella lo más pronto -posible. ¿Conque no quieres ser mi secretario? Al cabo, no lo yerras, -porque lo mismo te hubiera sucedido después, pues nadie puede vivir -sabiendo un secreto de Biassou, y, además, le he dado promesa de tu -muerte al padre capellán. - -Con esto se volvió al obí, que acababa de entrar en el aposento. - ---_Bon per_, ¿está preparada su escolta? El obí hizo un gesto -afirmativo con la cabeza. - ---¿Habéis escogido para el servicio negros de Morne-Rouge? Son los -únicos del ejército que no están ocupados en los preparativos de marcha. - -El obí respondió que sí por otra seña. - -Entonces Biassou me señaló la gran bandera negra en que había ya -reparado, y que estaba en un rincón de la caverna. - ---He aquí lo que anunciará a los tuyos que pueden darle el ascenso -de capitán al teniente de tu compañía. Y hablando de eso, una vez -que vienes de pasearte por el campo, ¿qué tal te han parecido estos -contornos? - ---He visto--le respondí con frescura--que hay árboles sobrados para -ahorcarte a ti y a toda tu gavilla. - ---Pues mira--replicó con un tono de burla forzado--, hay un sitio -que sin duda no conoces, y que el bendito _bon per_ se va a tomar la -molestia de enseñarte. Adiós, señorito capitán; memorias a Leogrí. - -Y luego me saludó con aquella carcajada que me recordaba el ruido de -una serpiente de cascabel; hizo un gesto, me volvió la espalda, y los -negros me llevaron de allí; el obí nos acompañaba con su velo echado y -el rosario en la mano. - - - - -LI - - -Caminé entre medio de ellos sin tratar de hacer resistencia, que -hubiera sido enteramente inútil. Subimos a la cima de un cerro situado -a poniente de la vega, donde descansamos un breve instante, y eché -la última mirada hacia el astro que iba a sepultarse en las ondas -para jamás volver a alumbrar mis párpados. Los guías se levantaron, y -bajamos a un estrecho valle, que me hubiera encantado en cualquier otro -momento. Un torrente lo atravesaba en todo su ancho, fecundizando con -su extrema humedad la tierra, y luego, llegado al extremo, se perdía -en uno de aquellos azules y cristalinos lagos que con tanta frecuencia -hermosean el interior de las cañadas de Santo Domingo. ¡Cuántas veces, -en tiempos más felices, me había sentado, para alimentar las ilusiones -de mi fantasía, a la orilla de aquellos deliciosos lagos en la hora -del crepúsculo, cuando sus azuladas aguas se iban convirtiendo en un -manto de plata, salpicado de doradas lentejuelas, donde rielaba en las -olas el primer resplandor de los nocturnos luceros! Y pronto llegaría -aquella hora misma; pero antes había yo de desaparecer. ¡Qué hermoso -me pareció el valle! Allí crecían plátanos con flores de arce, de un -vigor y lozanía prodigiosos; allí, espesas enramadas de _mauricias_, -especie de palma que no tolera ninguna otra vegetación bajo su sombra; -allí, palmas de dátiles; allí, magnolias, con sus enormes flores; allí, -inmensas catalpas lucían sus recortadas y brillantes hojas entre los -dorados racimos del ébano falso, entrelazados con las azules aureolas -de aquella especie de madreselva silvestre que apellidan los negros -_coalí_. Frescos cortinajes de bejucos escondían entre su verdor los -descarnados peñascos de las vecinas laderas. El aire estaba impregnado -de suaves olores, que por dondequiera se exhalaban de este suelo -virgen, y formaban un delicioso aroma, cual debió respirarle el primer -hombre entre las rosas primeras del paraíso. Así caminábamos, mientras -tanto, por un sendero, a lo largo del torrente y contra el curso de -sus ondas, hasta que, con sorpresa mía, terminó esta senda en un peñón -tajado, a cuyos pies reparé una abertura en forma de arco, por donde -brotaban las aguas. Un sordo estruendo y un viento impetuoso salían -por aquel respiradero natural. Los negros tomaron a la izquierda, por -un camino desigual y tortuoso, que parecía la rambla de un torrente de -largo tiempo atrás ya seco. Una bóveda, medio cegada por las zarzas, -acebos y espinos silvestres, que crecían y se cruzaban a su boca, se -nos apareció entonces, y bajo la bóveda resonaba un rumor semejante al -que despedía de sí el arco que vi en el fondo del valle. Los negros -me empujaron adentro, y al momento de dar el primer paso por el -subterráneo, se me acercó el obí y me dijo con extraño acento: - ---He aquí lo que tengo ahora que vaticinarte: dos somos, y sólo uno -volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda. - -Yo desdeñé responderle, y seguimos avanzando por entre las tinieblas. -El rumor sin cesar crecía, y ya no se escuchaba el ruido de nuestros -pasos. Supuse que sería el estrépito de una catarata, y no me engañé, -en efecto. - -Después de andar diez minutos por la obscuridad, llegamos a una especie -de terrado interior formado por la naturaleza en las mismas entrañas -del monte. La parte principal de este terrado, labrado en forma de -medio círculo, estaba inundado por las aguas del torrente, que se -despedían con espantoso rugido de las venas de la montaña. - -Como cubierta de esta sala subterránea, la bóveda de piedra formaba -una especie de cúpula entapizada de hiedra amarillenta, y por encima -reinaba en casi toda su anchura una grieta, por donde penetraba la luz -del día, y cuyo borde se coronaba de verdes arbustos, dorados en aquel -instante por los rayos del sol, ya próximo a su ocaso. - -Al extremo norte del terraplén, el torrente se lanzaba con estrépito -a un abismo, en lo hondo de cuya sima flotaban, en dudosos cambiantes -y sin vencer la obscuridad, las vagas vislumbres que penetraban por -la hendedura. Sobre el precipicio se inclinaba un árbol anciano, que -mezclaba las ramas de su copa con las espumas y el rocío de la cascada, -y asomaba sus nudosas raíces por entre las peñas, como una vara más -abajo del borde. - -Aquel árbol, bañándose así las sienes en el torrente y alargando, cual -un brazo descarnado, sus raíces a través del abismo, estaba tan desnudo -de verdor y de hojas que no era posible conocer su especie. - -Ofrecía, en verdad, un fenómeno singular: sólo la humedad, que -aspiraba sin cesar por el extremo inferior, le impedía perecer, cuando -la violencia de la catarata tronchaba sin intermitencia los nuevos -vástagos y le obligaba a conservar perpetuamente los mismos ramos. - - - - -LII - - -Los negros se detuvieron en este sitio, y conocí que era llegada la -hora de morir. - -Entonces, próximo a la sima en donde me arrojaba un acto, por decirlo -así, de mi libre albedrío, la imagen de la ventura, a que había breve -espacio antes renunciado, vino a acosarme cual un pesar y casi cual un -remordimiento. Suplicar era indigno de mí; pero dejé escapárseme una -queja. - ---Amigos--les dije a los negros que me rodeaban--, ¿sabéis que es cosa -triste perecer a los veinte años, cuando se está lleno de robustez y de -vida, cuando se goza el amor de los que amamos y cuando se dejan tras -sí ojos que no cesarán de llorar hasta cerrarse para siempre? - -Una carcajada espantosa acogió mi lamento, saliendo de los labios del -obí. Aquella especie de espíritu maligno, aquel ente impenetrable, se -me acercó de súbito. - ---¡Ja, ja, ja! ¿Conque sientes perder la vida? _¡Alabado sea Dios!_ Mi -único temor era que no tuvieses miedo a la muerte. - -Eran la misma voz, la risa misma que tanto me habían cansado en vanas -conjeturas. - ---¿Quién eres, miserable?--le pregunté. - ---Vas a saberlo--me contestó con acento terrible. - -Y apartando el sol de plata que le adornaba el negruzco pecho, añadió: - ---Mira aquí. - -Me incliné hacia él, y en el seno velloso del obí había grabados dos -nombres en letras blanquecinas, horribles y perpetuas señales que -imprime un hierro ardiente en el cutis de los esclavos. Uno de estos -nombres era el de _Effingham_; el otro, el de mi tío, el mío propio: -_D’Auverney_. Quedé mudo de sorpresa. - ---Pues bien, Leopoldo d’Auverney--me preguntó el obí--, ¿no te declara -tu nombre el mío? - ---No--repliqué, asombrado de oírme llamar así y procurando en vano -aclarar mis recuerdos--. Esos dos nombres jamás han estado juntos sino -en el pecho del bufón, y el pobre enano ha muerto. Además, fué fiel a -nuestra familia; así, ¡tú no puedes ser Habibrah! - ---¡El mismo soy!--exclamó con una voz espantosa. - -Y, levantando la sangrienta _gorra_, se arrancó el velo. El diforme -rostro del enano doméstico se ofreció a mi vista; mas el aire de sandia -alegría que le era común se había trocado en una expresión amenazadora -y siniestra. - ---¡Dios eterno!--prorrumpí, herido de asombro--. Pues qué, ¿todos los -muertos reviven? Este es Habibrah, el bufón de mi tío. - -El enano llevó la mano al puñal, y dijo en tono sepulcral y apagado: - ---¡Sí, su bufón y... su homicida! - -Retrocedí, lleno de espanto. - ---¡Su homicida! ¡Infame! ¿Así le pagaste tantas bondades? - ---¡Bondades! Ultrajes, dirás--me respondió interrumpiéndome. - ---¿Y tú, infame--proseguí--; tú fuiste quien le dió el golpe mortal? - ---¡Sí, yo fuí!--replicó, dando una horrible expresión a sus -facciones--. ¡Yo le clavé el cuchillo tan hondo en el corazón, que -apenas tuvo tiempo de salir de los brazos del sueño para caer en los de -la muerte! Clamó en voz débil: “Habibrah, ven”, y ya estaba Habibrah a -su cabecera. - -Su atroz relación, su aún más atroz serenidad, me horrorizaron. - ---¡Vil! ¡Cobarde asesino! ¿Así habías olvidado los favores que a ti -solo te dispensaba? Tú, que comías junto a su mesa, que dormías junto a -su lecho... - ---¡Como un perro!--dijo Habibrah con ímpetu--. ¡Sí, _como un perro_! -¡Ah, demasiado me acuerdo de tales favores, que eran otras tantas -afrentas! Pero me vengué de él, y ahora voy a vengarme de ti. -Escúchame. ¿Te imaginas acaso que porque sea mulato, enano y feo, no -soy yo un hombre? ¡Ah! También tengo un alma, y un alma más enérgica -y más grandiosa que esa alma de tímida doncella que voy a arrancarte -ahora del cuerpo. Me dieron de regalo a tu tío como un mico, y yo -servía para sus placeres y para dar pábulo a su desprecio. Me quería, -sí, ya lo has dicho. Ocupaba yo un lugar en su corazón entre su mona y -su papagayo, ¡hasta que me abrí otro hueco más espacioso con mi puñal! - -Yo me estremecí al escuchar tales palabras, y el enano prosiguió: - ---¡Sí, yo soy, yo mismo: mírame bien a la cara, Leopoldo d’Auverney! -Bastantes veces reíste de mí, y ahora puede haber llegado la hora de -estremecerte. Y dime: ¿tú me recuerdas la vergonzosa predilección -de tu tío hacia el ente a quien llamaba su bufón? _¡Bon Giu!_ ¡Qué -predilección! Si entraba en vuestro aposento, me acogían mil risas -desdeñosas: mi estatura, mi deformidad, mis facciones, mi ridículo -ropaje, todo, hasta las lastimosas debilidades de mi naturaleza, todo -era objeto de escarnio y mofa para tu execrable tío y sus execrables -amigos. Y a mí, ni siquiera me era lícito callarme. _¡Oh, rabia!_ -¡Tenía que mezclar mi risa con las carcajadas que yo excitaba! -Respóndeme, ¿crees tú que humillaciones semejantes sean un título al -agradecimiento de criatura alguna humana? ¿No confiesas tú que tanto -valen como los tormentos de los otros esclavos, como el trabajar sin -descanso, los ardores del sol, las argollas de hierro y el látigo de -los capataces? ¿No te imaginas que alcanzan para hacer brotar en el -corazón de un hombre las simientes de un odio ardiente, implacable, -eterno, como el sello de infamia que mancilla mi seno? ¡Oh!, para -tamaño padecer, ¡cuán breve y fugaz fué mi venganza! ¡Oh! ¡Y por qué -no pude hacerle padecer a mi odioso tirano cuantos tormentos renacían -para mí a cada hora de cada día que volaba! ¡Por qué no pudo, antes -de morir, conocer la amargura del orgullo herido y sentir cuán -abrasadora huella dejan las lágrimas de vergüenza y despecho en un -rostro condenado a perpetua risa! ¡Ay, y cuán duro es haber estado -aguardando por tan largo espacio la hora del castigo, y contentarse al -cabo con una puñalada! ¡Si siquiera hubiese podido saber cuál brazo le -hería! Pero tenía demasiado anhelo por escuchar su postrer estertor, -y le clavé demasiado pronto el cuchillo; murió sin conocerme, y el -ímpetu de mi furor dejó burlada mi venganza. Esta vez, al menos, será -más completa. Tú me ves, y bien, ¿no es cierto? Verdad que te costará -trabajo distinguirme bajo el nuevo aspecto en que me presento a tus -ojos. Siempre me habías visto risueño y satisfecho, y ahora, que -nada le impide a mi alma retratarse en mis facciones, en nada debo -asemejarme. Tú no me conocías sino de máscara: ¡he aquí mi rostro! - -Y era espantoso. - ---¡Monstruo!--exclamé--. ¡Te equivocas! ¡Aún queda algo del saltimbanco -en la atroz fealdad de tu semblante y de tu alma! - ---¡No hables de atrocidad!--me dijo Habibrah--. Recuerda las crueldades -de tu tío. - ---¡Infame!--le contesté indignado--. Aun cuando fuese cruel, ¿éralo, -por ventura, contigo? Te condueles de la suerte de los infelices -esclavos; pues ¿por qué ejercías contra tus hermanos el influjo que te -daba la debilidad hacia ti de tu señor? ¿Por qué no trataste jamás de -ablandarle en sus arrebatos ni de interceder por los tuyos? - ---¿Ablandarle? Mucho lo hubiera llorado. ¿Impedirle yo a un blanco que -se manchara de un crimen? ¡Oh, no, no, a buen seguro! Al contrario, -le incitaba a redoblar sus malos tratamientos hacia los esclavos, -para adelantar la hora de la rebelión, para que el exceso de opresión -provocase al fin la venganza. Aparentando injuriar a mis hermanos, los -favorecía. - -Me quedé atónito al contemplar tan profunda combinación, hija del odio. - ---Pues bien--añadió el enano--: ¿te parece que he sabido calcular y -llevar a cabo? ¿Qué juzgas del necio Habibrah, del bufón de tu tío? - ---Acaba lo que tan bien empezaste--le respondí--. Mátame, pero date -prisa. - -Se puso a pasear por el terrado, restregándose las manos de gozo. - ---¿Y si no quiero darme prisa? ¿Y si busco saborear a mi despacio -tus angustias? Mira: cuando te vi prisionero en el campamento de los -negros, me debía Biassou toda mi parte de botín en el último saqueo, y -yo no le pedí en pago sino tu vida. Me la concedió gustoso, y ahora me -pertenece y me entretengo en jugar con ella. No te apures, que pronto -irás a hacer compañía a las ondas de la cascada en lo profundo de ese -abismo; pero antes tengo que darte una nueva. He descubierto el asilo -en que se hallaba escondida tu mujer, y hoy le he sugerido a Biassou la -idea de incendiar el bosque, que estará ya ardiendo. Así, tu familia -yace aniquilada. Tu tío pereció a hierro, tú vas a morir en el agua y -tu María a perecer en el fuego. - ---¡Infame, infame!--exclamé, haciendo ademán de arrojarme sobre él. - -Entonces se volvió a los negros, diciendo: - ---¡Atadle, pues se adelanta a sí mismo su hora! - -Empezaron luego los negros a atarme en silencio, con cuerdas que traían -prevenidas, cuando de repente se me figuró oír los ladridos lejanos -de un perro, si bien achaqué el ruido a una ilusión nacida del rugir -de la cascada. Los negros acabaron de atarme y me acercaron al borde -de la sima en que iba a hundirme; el enano, con los brazos cruzados, -me contemplaba rebosando en gozo y triunfo su hórrido semblante, y yo -levanté los ojos a la grieta en el techo de la caverna para evitar su -odiosa presencia y para ver por una vez aún la luz pura del cielo. En -este instante mismo resonó un ladrido más fuerte y más distinto, y la -enorme cabeza de _Rask_ apareció por la hendedura. Me estremecí; el -enano gritó: - ---¡Vamos! - -Y los negros, que no habían hecho alto en el ladrido, se prepararon a -lanzarme en el abismo... - - - - -LIII - - ---¡Camaradas!--clamó una voz de trueno. - -Todos se volvieron: era Bug-Jargal, de pie, erguido al borde de la -grieta, con una pluma roja ondeándole en la frente. - ---¡Camaradas!--repitió--. ¡Deteneos! - -Los negros se postraron, y él prosiguió: - ---Yo soy Bug-Jargal. - -Los negros golpearon el polvo con sus frentes, lanzando gritos cuyo -intento y significado era difícil en extremo discernir. - ---¡Desatad al preso!--gritó el caudillo. - -Entonces el enano pareció despertar del estupor en que le había sumido -tan súbita e inesperada aparición, y detuvo con empeño el brazo de los -negros, próximos a cortar mis ligaduras. - ---¿Cómo?--exclamó--. _¿Qué quiere decir eso?_ - -Y luego, alzando la cabeza hacia Bug-Jargal, le preguntó: - ---Caudillo de Morne-Rouge, ¿qué te conduce a este lugar? - -Bug-Jargal respondió: - ---Vengo a dar órdenes a mis hermanos. - ---En efecto--dijo el enano con rabia reconcentrada--, negros de -Morne-Rouge son los que hay aquí. Mas ¿con qué derecho--añadió--vienes -a dictar órdenes sobre mi prisionero? - -El caudillo repitió: - ---Yo soy Bug-Jargal. - -Y los negros golpearon con sus frentes el pavimento. - ---Bug-Jargal--repuso Habibrah--no puede deshacer lo que Biassou -dispone. Biassou me ha regalado este blanco; yo quiero que muera, y -morirá. _Vosotros_--dijo volviéndose a los negros--obedecedme. Lanzadle -en el abismo. - -A la voz poderosa del obí se incorporaron los negros y dieron un paso -adelante; en aquel instante vi segura la muerte. - ---¡Soltad al preso!--exclamó Bug-Jargal. - -Y con la rapidez de un relámpago me encontré libre. Mi sorpresa era -igual a la rabia del obí, que quiso abalanzárseme, pero los negros le -detuvieron. Entonces desahogó su encono en imprecaciones y amenazas. - ---_¡Demonio! ¡Rabia! ¡Infierno de mi alma!_ Pues qué, infames, -¿rehusáis obedecerme, desconocéis mi _voz_? ¡Para qué perdería yo el -_tiempo_ en hablar con este _maldito_! ¡Debiera haberle arrojado sin -demora a los peces del _báratro_! Por apetecer una venganza completa, -¡la pierdo toda! _¡Oh, rabia de Satanás! Escuchadme vosotros_: Si -no me obedecéis, si no lanzáis a lo hondo de la sima a este blanco -execrable, yo os hecho mi maldición. El cabello se os volverá blanco; -los mosquitos y las cucarachas os devorarán en vida; las piernas y los -brazos se os troncharán como endebles juncos; el aliento os quemará -la garganta como arena abrasada; os moriréis luego, y después de la -muerte vuestras almas estarán condenadas a dar vueltas sin descanso a -una piedra de molino, tamaña cual un monte, allá en la luna, donde hace -mucho frío. - -Semejante escena produjo sobre mí un singular efecto. Unico de mi -especie en aquella gruta húmeda y sombría, rodeado de aquellos negros, -que se asemejaban a los demonios; suspendido, por decirlo así, sobre -un abismo sin fondo; ya amenazado por aquel espantoso enano, cuyos -extravagantes ropajes apenas podían distinguirse a los inciertos -reflejos de la luz; ya protegido por aquel otro negro gigante, que -asomaba en el solo resquicio por donde me era dado descubrir el cielo, -me parecía estar a las puertas del infierno, aguardando incierto la -pérdida o la salvación de mi alma y asistiendo a una lucha encarnizada -entre mi ángel protector y el espíritu maligno. - -Los negros se veían amedrentados con las maldiciones del obí, y, -queriendo aprovecharse de su incertidumbre, exclamó: - ---¡Quiero que muera este blanco! ¡Me obedeceréis, y morirá! - -Bug-Jargal respondió con majestad: - ---¡El blanco ha de vivir! Yo soy Bug-Jargal; mi padre era rey en la -tierra de los Kakongos y administraba justicia en el umbral de su -morada. - -Los negros volvieron a postrarse en tierra, y su caudillo prosiguió: - ---Hermanos, id y decidle a Biassou que no enarbole en la cumbre del -monte la bandera negra que ha de anunciar a los blancos la muerte de -este mismo cautivo, porque este cautivo le ha salvado la existencia a -Bug-Jargal y Bug-Jargal quiere que viva. - -Entonces se incorporaron, y Bug-Jargal arrojó su penacho en medio de -ellos. El principal del piquete cruzó los brazos al pecho, recogió -luego el penacho con ademanes de respeto y en seguida se alejaron sin -proferir palabra. El obí desapareció con ellos en las tinieblas de la -galería subterránea. - -No intentaré, señores, pintar la situación en que me encontraba. Clavé -los ojos humedecidos en Pierrot, que a su vez me contemplaba con -extrañas muestras de agradecimiento y orgullo. - ---¡Alabado sea Dios!--dijo al cabo--. ¡Todo se ha salvado! Hermano, -vuélvete por donde has venido, y abajo me encontrarás en el valle. - -Hizo un gesto con la mano y desapareció. - - - - -LIV - - -Ansioso por llegar al lugar de la cita y saber qué venturoso milagro -había traído tan a tiempo a mi libertador, traté de salir de la -caverna; mas al efectuarlo me aguardaban nuevos peligros. En el momento -mismo en que me dirigía hacia la galería subterránea, un imprevisto -obstáculo salió a atajarme la entrada: Habibrah, el rencoroso obí; -lejos de acompañar a los negros, cual habíame imaginado, estaba -aguardando un momento más propicio para su venganza. Y ese momento -había llegado. El enano apareció de súbito, soltando la carcajada, -mientras yo me encontraba sin armas ni defensa; el mismo puñal que le -servía de crucifijo brillaba entre sus manos. A su vista, di un paso -atrás por un movimiento involuntario. - ---¡Ja, ja, _maldito_! ¿Creías escapárteme? Pero el tonto es menos -tonto que tú. Ahora te cogí, y esta vez no te haré esperar ni tendrá tu -amigo Bug-Jargal que aguardarte en vano. ¡Irás a la cita en el valle, -pero las aguas del torrente se encargarán de hacerte andar el camino! - -Y así diciendo, se abalanzó a mí con el puñal enarbolado. - ---¡Monstruo!--le respondí, echándome a la espalda por el terrado--. -Hace poco no eras más que un verdugo, y ahora eres un asesino. - ---¡Me vengo!--replicó, rechinando los dientes. - -En aquel instante me hallaba a la orilla del precipicio; se tiró a -mí con ímpetu para empujarme con una puñalada; le huí el cuerpo, y -deslizándosele el pie por el musgo resbaladizo de que estaban cubiertos -los húmedos peñascos, fué rodando por aquella pendiente carcomida por -las olas. Dió un feroz aullido, invocando a los espíritus del infierno, -y cayó en la sima. - -Antes he dicho que asomaban por entre las grietas de la peña, más -abajo del borde de la orilla, las raíces de un anciano tronco. El -enano tropezó en ellas a su caída, y el estrambótico ropaje se le -enredó entre los nudos de la cepa, y, agarrándose a ese postrer -sostén, se quedó asido con energía extraordinaria. El gorro puntiagudo -se desprendió de su cabeza, tuvo que soltar el puñal, y el arma del -asesino y la caperuza del bufón desaparecieron juntas, botando por los -profundos rincones de la catarata. - -Habibrah, colgado sobre el abismo, trató primero de subir al terrado; -pero sus brazuelos no alcanzaban al borde del tajo, y se deshacía las -manos en impotentes esfuerzos por clavar las uñas en las peguntosas -paredes de la sima. El desgraciado bramaba de ira. - -La menor sacudida por mi parte habría bastado para precipitarle; mas -hubiese sido una vileza en que ni soñé siquiera. Esta moderación le -admiró. Dando gracias al cielo por la salvación que me enviaba de una -manera tan inesperada, iba ya a abandonarle a su suerte y me preparaba -a partir de la estancia subterránea, cuando de súbito oí salir de entre -el precipicio la voz del enano en acento de súplica y de duelo: - ---¡Amo, mi amo!--decía--. ¡No os vayáis, por amor del cielo! ¡No -dejéis, en nombre del _bon Giu_, perecer impenitente y culpado a un -ente humano a quien podéis salvar! ¡Ay! Las fuerzas me flaquean, la -raíz se cimbrea y resbala entre mis manos, el peso del cuerpo me -arrastra tras sí; tengo que soltarla o se va a tronchar... ¡Ay, amo -mío! El horrendo pozo hierve bajo mis pies. _¡Santo nombre de Dios!_ -¿No tendréis compasión del pobre bufón? Es muy malo; pero ¿no querréis -demostrarle que los blancos son mejores que los mulatos, los amos que -los esclavos? - -Me acerqué al precipicio, casi conmovido, y la opaca luz que se dejaba -caer por la hendedura me enseñó en el repugnante rostro del enano una -expresión que aun me era allí desconocida: la del ruego y el quebranto. - ---_Señor_ Leopoldo--prosiguió, alentado por un movimiento de lástima -que no pude contener--, ¿será posible que cualquier persona humana -contemple a su semejante en tan horrible posición y que, pudiendo -socorrerle, no lo haga? ¡Ay, amo mío, alargadme la mano! Con un poco de -ayuda bastará para salvarme. ¡Lo que pido es todo para mí y tan poca -cosa para vos! Tirad de mí, por piedad, y mi agradecimiento se igualará -a mis crímenes... - ---¡Desgraciado!--le interrumpí diciendo--. ¿Cómo me traes tal recuerdo -a la memoria? - ---Para aborrecerlo, amo mío. ¡Ah, sed más generoso que yo! ¡El cielo -me ampare, que fallezco! ¡Que caigo! ¡Ay, _desdichado_! ¡La mano! ¡La -mano! ¡Alargadme la mano, por la madre que os crió a sus pechos! - -No alcanzaré a pintar cuán lamentables eran aquellos gritos de dolor -y de angustia. Todo lo olvidé: no era ya a mis ojos un enemigo, un -traidor, un asesino, sino un infeliz a quien un ligero esfuerzo de -mi parte podía arrancar de una muerte espantosa. ¡Me suplicaba tan -lastimeramente! Cualquier palabra, cualquier reprensión, hubiera sido -inútil y ridícula; tan urgente se mostraba la necesidad del socorro. Me -incliné, pues, y arrodillándome al borde del precipicio, con una de mis -manos apoyada en el mismo tronco cuyas raíces sostenían al desgraciado -Habibrah, le alargué la otra... En cuanto estuvo a su alcance se asió -a ella; la agarró con entrambas las suyas y con fuerza prodigiosa, y, -lejos de prestarse al movimiento de ascenso que traté de ofrecerle, -sentí que procuraba arrastrarme consigo al abismo. Si el tronco del -árbol no me hubiese prestado tan sólido punto de apoyo, sin duda -alguna me hubiese arrancado de la orilla la violenta cuanto inesperada -sacudida de aquel malvado. - ---¿Qué intentas hacer, vil?--exclamé. - ---¡Vengarme!--repitió con estrepitosas e infernales carcajadas--. ¡Ah, -te cogí al cabo! ¡Necio! ¡Tú mismo te entregaste! ¡Te cogí! Estabas -en salvo y yo perdido, y por tu capricho te metes de nuevo en la boca -del caimán porque lloró después de haber bramado! ¡Heme ya consolado, -puesto que mi muerte es una venganza! Te cogí en el lazo, _amigo_, y -tendré un compañero humano entre los peces de la sima. - ---¡Ah, traidor!--le dije, esforzándome para resistir a su impulso--. -¿Así me pagas haberte querido sacar del peligro! - ---Sí--me respondió--. Sé que con tu ayuda hubiera podido salvarme; pero -mejor quiero que perezcas conmigo. ¡Antes que mi vida, deseo tu muerte! -Ven. - -Y, al mismo tiempo, ambas sus parduzcas y nervudas manos se crispaban -y adherían a las mías con esfuerzos inauditos; le chispeaban los -ojos y arrojaba espuma por la boca; las fuerzas, de cuya pérdida se -lamentaba, le volvieron exaltadas por el ímpetu de la cólera y la -venganza; apoyaba las rodillas como dos palancas contra los muros -perpendiculares de las rocas, y brincaba cual un tigre sobre la raíz, -que, enredada en su ropaje, le sostenía a pesar suyo, porque hubiera -deseado romperla y con el lleno de su peso arrastrarme más pronto. -Parecía cual el maligno espíritu de aquella caverna luchando por atraer -una víctima al profundo abismo de su tenebrosa morada. - -Por fortuna, se me encajó la rodilla en un hueco de la peña; mi brazo -estaba cual clavado al árbol que me servía de apoyo, y luchaba contra -los esfuerzos del enano con toda aquella energía que puede inspirar -el instinto de la propia conservación en momentos tales. De vez en -cuando tomaba penosamente aliento y gritaba con toda la fuerza de mis -fatigados pulmones: - ---¡Bug-Jargal! - -Pero el bramido de la cascada y su lejanía me daban muy cortas -esperanzas de que mi voz pudiese alcanzarle. - -Mientras tanto, el enano, que no creía hallarse con tal resistencia, -redoblaba sus frenéticas sacudidas, y ya empezaba yo a decaer de mi -vigor, aun cuando esta lucha duró mucho menos tiempo del que tardo -en contarla. Una insoportable tirantez me adormecía el brazo; se me -anublaba la vista; lívidas y dudosas vislumbres cruzaban por delante de -mis ojos; zumbábanme los oídos; oía crujir la raíz, próxima a romperse; -oía reír el monstruo, próximo a precipitarse, y parecíame cual si los -remolinos de la sima se fueran acercando, ansiosos de tragarme entre -sus ondas. - -Antes, empero, de abandonarme al cansancio y a la desesperación, tenté -el último esfuerzo, y recogiendo el resto de mis agotadas fuerzas, -clamé por otra vez aún: - ---¡Bug-Jargal! - -Un ladrido me dió respuesta... Conocí a _Rask_... Alcé los ojos, y -Bug-Jargal y su perro estaban en el borde de la grieta. Ignoro si oyó -mis clamores o si algún temor secreto le hizo volver; pero viendo mi -peligro, me gritó: - ---¡Sostente! - -Habibrah, que temía mi salvación, me dijo a su vez, lleno de rabia: - ---¡Ven, vente conmigo! - -Y reunió todo el resto de su vigor sobrenatural, a fin de apresurar el -desenlace. En este instante mismo, el brazo fatigado se me desprendió -del tronco, y no quedaba ya recurso contra mi suerte, cuando me -sentí asir por la espalda. Era _Rask_, que a una seña de su amo -había saltado de la hendedura a la caverna y me tenía agarrado con -violencia por el cuello del vestido. Este inesperado socorro me salvó. -Habibrah había agotado todo su vigor en aquel esfuerzo postrero, y yo -recobré el suficiente para desasirme de sus manos. Sus dedos, tiesos -y adormecidos, tuvieron al fin que soltar la presa; la raíz, por tan -largo tiempo sacudida, cedió al cabo a su peso, y mientras _Rask_ me -arrastraba hacia atrás con ímpetu, el vil enano se precipitó entre los -copos de espuma de la lóbrega cascada, lanzándome una maldición que no -alcancé a oír, y que fué a perderse, cual su cuerpo, en los recónditos -senos del abismo. Tal fué la suerte del bufón de mi tío. - - - - -LV - - -Tan espantosa escena, tan desesperada lucha, tan terrible desenlace, me -habían postrado, y quedé casi sin fuerza y sin conocimiento. La voz de -Bug-Jargal me reanimó. - ---Hermano--me dijo--, date prisa a salir de ahí, que dentro de media -hora se habrá hundido el sol en el horizonte. Abajo voy a esperarte, y -tú deja que _Rask_ te sirva de guía. - -Estas amistosas palabras me infundieron a la vez esperanzas, vigor y -ánimo. Incorporéme, y siguiendo los ladridos del perro por entre la -obscuridad de la bóveda subterránea, empecé luego a ver despuntar la -luz del cielo, y llegados en fin a la boca de la cueva, respiré con -desembarazo el aire libre. Al salir de aquel paso tenebroso, recordé -la profecía del enano en el momento de entrar: _Dos somos, y uno solo -volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda_. ¡Sus esperanzas -habían quedado burladas; su vaticinio solo había salido verdadero! - - - - -LVI - - -Llegado al valle, encontré a Bug-Jargal, y, arrojándome en sus brazos, -me quedé oprimido de tan violentas sensaciones, con mil preguntas que -dirigirle y sin poder proferir un solo acento. - ---Escucha--me dijo--: tu mujer y mi hermana están en salvo. La entregué -en el campamento de los blancos a uno de tus parientes que mandaba las -avanzadas, y también quise darme por prisionero, no fuese que inmolasen -las diez cabezas que en rehenes responden de la mía. Tu pariente me -aconsejó que huyera y procurara impedir tu suplicio, seguro de que los -diez negros no serían ajusticiados, a menos que tú lo fueses, lo que -debía anunciar Biassou enarbolando una bandera negra en el pico más -elevado de nuestras montañas. Eché entonces a correr, _Rask_ me sirvió -de guía, y, gracias sean dadas al cielo, aun pude llegar a tiempo. Tú -vivirás y yo también viviré. - -Me alargó la mano y añadió: - ---Hermano, ¿estás satisfecho? - -Le estreché de nuevo en mis brazos, le rogué que no se separara jamás -de mí, que permaneciera entre los blancos, y le ofrecí un grado en el -ejército colonial. Aquí me interrumpió, diciendo con aire feroz: - ---Hermano, ¿te he propuesto yo acaso que te alistes entre los míos? - -Callé, conociendo mi yerro, y él prosiguió en tono festivo: - ---Anda, vamos pronto a ver y a consolar a tu mujer. - -Semejante propuesta respondía a una necesidad imperiosa de mi alma; me -levanté, pues, embriagado de júbilo, y empezamos a caminar. El negro, -que conocía la senda, iba delante; _Rask_ nos seguía... - -Aquí se detuvo D’Auverney, y echó una mirada lúgubre en derredor; le -corría el sudor a gruesas gotas por la frente y se cubrió el rostro -entre ambas manos. _Rask_ le estaba mirando con desasosiego. - ---Sí, asimismo me mirabas...--pronunció con voz apagada. - -Y un minuto después, levantándose con ímpetu, se salió de la tienda; el -sargento y el perro le fueron en seguimiento. - - - - -LVII - - ---Apostaría--dijo Enrique--a que nos acercamos al desenlace. De veras -que sentiría cualquier desgracia de Bug-Jargal, que era un hombre de -prueba. - -Pascual se quitó de la boca el frasco forrado en mimbres, y dijo: - ---Doce cajas de botellas de Oporto daría yo por ver el cascarón de coco -que se bebió de un trago. - -Alfredo, que estaba distraído pensando en algún acompañamiento de -guitarra, volvió en sí, y pidiéndole a Enrique que le arreglara los -cordones, añadió: - ---Ese negro me interesa mucho. Solo que tengo curiosidad de -preguntarle a D’Auverney, y no me he atrevido, si sabía la canción de -_La hermosa de Padilla_. - ---Más raro es aquel Biassou--prosiguió Pascual--. Su vino, sabiendo -a pez, no debía de ser muy bueno; pero siquiera ese hombre sabía lo -que era un francés. Si me hubiera cogido prisionero, me habría dejado -crecer el bigote para que me adelantara en prenda unos cuantos pesos, -como dicen que hizo aquel capitán portugués en Goa. ¡Voto a Dios, que -mis acreedores son más duros de corazón que Biassou! - ---Ahora que me acuerdo, capitán, allá van cuatro luises que le -debo--dijo Enrique, alargando su bolsa a Pascual. - -El capitán miró atónito a este deudor generoso, que más derecho hubiese -tenido a llamarse acreedor. Enrique se apresuró a decir: - ---Y vamos, señores, ¿qué les parece a ustedes de la historia que nos -cuenta el capitán? - ---A fe mía--contestó Alfredo--, que no he puesto mucha atención; pero -me aguardaba cosa mejor del melancólico D’Auverney. Además, hay una -canción en prosa, y eso no me gusta. ¿A qué música puede arreglarse? En -conclusión, la historia de Bug-Jargal me fastidia: es demasiado larga. - ---Y mucha razón que lleva--repuso el ayudante Pascual--; es demasiado -larga. A no ser por la pipa y el frasco, habría pasado muy mala -noche. Y luego, reparen ustedes, caballeros, en que tiene muchísimos -disparates. Por ejemplo: ¿quién ha de creerse que ese enanillo brujo, -_Ahí verás_, o como se llame, quiso ahogarse por ahogar a su enemigo? - ---Y, sobre todo, en agua, ¿no es cierto, capitán Pascual?--respondió -Enrique de broma--. A mí lo que me dió más golpe fué reparar en cómo -el perro cojo alzaba la cabeza a cada vez que se repetía el nombre de -Bug-Jargal. - ---En eso--dijo Pascual--, hacía todo al revés de las viejas de Celadas -cuando el padre predicador mentaba a Jesucristo. Yo entré en la iglesia -con una docena de coraceros... - -El ruido del centinela al presentar las armas avisó el regreso de -D’Auverney. Todos callaron, y él continuó por algún rato paseando la -estancia con los brazos cruzados y en silencio. Tadeo, acurrucado como -antes en un rincón, le miraba a hurtadillas, y mientras tanto, hacía -como si acariciase a _Rask_, a fin de que el capitán no reparase en su -sobresalto. - -D’Auverney prosiguió al cabo en su relación. - - - - -LVIII - - ---_Rask_ iba siguiéndonos. Ni aun la más elevada cumbre del valle lucía -ya bañada por los rayos del sol, cuando una fugaz vislumbre de luz -apareció en su cima y pasó luego cual súbito relámpago. El negro se -estremeció y me apretó con violencia la mano. - ---Escucha--dijo--. - -Y, en seguida, un sordo ruido, semejante al estrépito de un cañón, -resonó en las cañadas y perdióse retumbando por los ecos del monte. - ---¡Esa es la señal!--exclamó el negro en lúgubre acento. - -Y luego añadió: - ---¿No ha sido un cañonazo? - -Hice con la cabeza un gesto afirmativo. Él entonces trepó en dos saltos -a una encumbrada loma, y yo le seguí. Llegados arriba, cruzó los brazos -y me preguntó con melancólica sonrisa: - ---¿Lo ves? - -Miré hacia el punto que señalaba, y observé el elevado pico que me -indicó en nuestra entrevista con María, único iluminado aún por los -postreros rayos del astro del día, y en cuyo más empinado risco ondeaba -al viento una negra bandera. - -Aquí, D’Auverney hizo una pausa. - ---Después supe que Biassou, ansioso de ponerse en movimiento y -creyéndome muerto, mandó enarbolar el estandarte sin esperar el regreso -de mis verdugos. - -Allí seguía inmóvil Bug-Jargal, en pie, con los brazos cruzados y -contemplando el lúgubre pendón. De súbito se volvió con ímpetu y dió -algunos pasos como para bajar la ladera. - ---¡Oh, Dios! ¡Eterno Dios! ¡Mis infelices compañeros!... - -Se acercó de nuevo a mí y me preguntó: - ---¿Oíste el cañonazo? - -Yo no repliqué. - ---Pues bien, hermano, era la señal convenida. Ya los sacan... - -E hincó la cabeza sobre el pecho; luego se me aproximó aún más, -diciendo: - ---Hermano, anda a buscar a tu mujer, que _Rask_ te enseñará el camino. - -Y se puso a silbar una canción africana; el perro entonces empezó a -menear la cola y aparentó querer encaminarse hacia un extremo del valle. - -Bug-Jargal me agarró la mano e hizo un esfuerzo por sonreírse; mas era -aquella una sonrisa convulsiva. - ---¡Adiós!--gritó con voz de trueno. - -Y se lanzó a través de la enmarañada espesura de los vecinos árboles. - -Yo me quedé convertido en estatua, porque lo poco que comprendía me -hacía prever mayores desdichas. _Rask_, viendo desaparecer a su amo, se -acercó al borde de la peña, aullando con tono lastimero. En seguida se -vino a mí con los ojos húmedos y la cola baja, me miró con desasosiego, -se volvió hacia el punto por donde había penetrado su amo y empezó a -ladrar repetidas veces. Le comprendí, participé de sus temores y di -algunos pasos hacia él; entonces partió como un rayo, siguiendo las -huellas de Bug-Jargal, y pronto le hubiese perdido de vista, aun cuando -corría con toda la velocidad a que alcanzaban mis fuerzas, si de rato -en rato no se hubiera detenido para darme tiempo de alcanzarle. Así -atravesamos cañadas, y subimos collados, y cruzamos selvas, hasta que -al fin...-- - -Faltóle ahora a D’Auverney el aliento; la más lúgubre desesperación se -retrató en su semblante, y consiguió apenas articular estas palabras: - ---Prosigue, Tadeo, que yo no tengo más fuerza de ánimo que una vieja. - -El sargento veterano no estaba menos conmovido que el capitán; pero, -sin embargo, trató de obedecer el mandato. - ---Con permiso, pues que usted lo ordena, mi capitán. Ahora bien: es el -asunto, señores oficiales, que aun cuando Bug-Jargal, llamado Pierrot, -fuese un negrazo de muy buen genio y muy robusto y de mucho ánimo, -y el hombre más valiente de la tierra después de usted, mi capitán, -no dejaba yo de tenerle mucha tirria, que nunca me lo perdonaré a mí -propio aun cuando el capitán me lo haya perdonado. Así, mi capitán, -cuando supe que se anunciaba su muerte de usted para dentro de dos -días, entré en un arrebato de cólera contra el pobre hombre y tuve un -verdadero gusto infernal en anunciarle que él, o bien, a su falta, diez -de los suyos, irían a servirle a usted de compañía, fusilados por vía -de represalias, como se dice. A esta nueva no dijo nada, sino que dos -horas después se escapó, haciendo un gran agujero... - -D’Auverney hizo un gesto de impaciencia, y Tadeo prosiguió así: - ---¡Pues vamos! Cuando se vió la bandera en la montaña, como él no -había vuelto--lo que, dicho sea con licencia, caballeros, nadie lo -extrañaba--, se disparó el cañonazo de señal y me encargaron a mí que -llevase los diez negros al sitio señalado para el suplicio, que se -llamaba la _Boca Grande del Diablo_, a distancia del campamento como -de... en fin, ¿qué hace al caso? Cuando llegamos allí, claro está que -no era para darles suelta; con que los mandé atar, y estaba arreglando -el piquete, cuando vean ustedes aquí que me encuentro con el negrazo -saliendo del bosque. Me quedé pasmado, y él, acercándose sin aliento, -me dijo: “Buenos días, Tadeo; a tiempo llego.” No, señores; no dijo -nada de eso, sino que corrió a desatar a sus compatriotas. Yo allí me -estaba, atónito, sin saber qué hacer ni qué decir. Entonces empezó una -lucha de generosidad entre él y los negros, ¡que ojalá hubiera durado -un poco más! No importa; sí, yo tengo la culpa de que concluyera tan -pronto. Luego se puso él en lugar de los negros, y en aquel momento -llegó su perrazo, ¡pobre _Rask_!, y se me abalanzó al pescuezo; ¿por -qué no se aguantaría un poco más, mi capitán? Pero Pierrot hizo una -seña y el pobre perro soltó presa, aunque Bug-Jargal no pudo impedir -que se fuera a echar a sus pies. Entonces, mi capitán, yo le creía a -usted muerto... y estaba furioso... y mandé... - -El sargento alargó el brazo, miró al capitán y no supo proferir la -fatal palabra. - ---Cayó Bug-Jargal y una bala le quebró la pata al perro... Desde -entonces acá, caballeros--y meneaba el sargento con dolor la cabeza--, -está cojo. Oí luego quejidos entre las matas vecinas, y cuando acudí -le encontré a usted, mi capitán, ¡que había caído herido cuando se -apresuraba por llegar a salvar al negro! ¡Sí, mi capitán; usted gemía, -pero era por él! ¡Bug-Jargal había muerto! A usted, mi capitán, le -llevamos al campamento, y su herida fué menos grave, porque curó -gracias al cariñoso cuidado de la señorita María. - -Calló el sargento, y D’Auverney repitió en voz solemne y afligida: - ---¡Bug-Jargal había muerto! - -Tadeo inclinó la cabeza. - ---Sí--dijo--. ¡Me había perdonado la vida, y yo fuí quien le maté! - - - - -NOTA - - -Como los lectores tienen, por lo general, costumbre de exigir -explicaciones terminantes sobre el paradero de cuantos personajes -han salido a la palestra con el intento de despertar su interés, nos -hemos dedicado, a fin de satisfacer su loable deseo, a las más activas -pesquisas acerca de la suerte que cupo al capitán Leopoldo d’Auverney, -a su sargento y a su perro. Quizá recordará el lector que su profunda -tristeza dimanaba de dos causas: la muerte de Bug-Jargal, alias -Pierrot, y la pérdida de su adorada María, quien no logró escapar de -las llamas en el castillo de Galifet sino para perecer en breve en el -primer incendio de la ciudad del Cabo. Por lo que al capitán toca, he -aquí cuanto hemos averiguado: - -Al próximo día de una gran batalla, ganada por los soldados de -la república francesa contra el ejército europeo, se hallaba en -su alojamiento el general de división M..., comandante en jefe, -redactando a solas en su tienda, y con arreglo a los apuntes de la -plana mayor, el parte que debía dirigirse a la Convención nacional -acerca de la victoria de la víspera. Un ayudante entró a decirle que -el representante del pueblo, en comisión cerca de él, pedía luego -hablarle. Aborrecía el general a esta especie de embajadores de gorro -colorado, enviados por la Montaña a los campamentos para degradarlos y -diezmarlos, hambrientos delatores a quienes encargaban los verdugos el -servir de espías contra la gloria. Hubiera, sin embargo, sido peligroso -negarse a recibir sus visitas, y hubiéralo sido más aún después de -un triunfo, porque el ídolo sangriento de aquella época prefería las -víctimas ilustres, y los sacrificadores de la plaza de la Revolución se -llenaban de júbilo cuando lograban de un golpe solo echar a tierra una -cabeza y una corona, ya fuese de espinas, como la de Luis XVI, ya de -flores, como la de las doncellas de Verdun; ya, por fin, de laureles, -como las de Andrés Chenier o Custines. Mandó, pues, el general que -entrase sin demora el representante. - -Después de algunas enhorabuenas, ambiguas y llenas de cortapisas, -sobre la victoria reciente de las armas republicanas, acercándose el -representante al general, le dijo a media voz: - ---Pero no es eso todo, ciudadano general: no basta vencer a los -enemigos de afuera, sino que es también preciso exterminar a los -enemigos domésticos. - ---¿Qué queréis decir, ciudadano representante?--respondió el general, -sorprendido. - ---Hay en vuestro ejército--prosiguió con misterio el comisionado de la -Convención--un capitán llamado Leopoldo d’Auverney, que sirve en el -regimiento número 32. ¿Le conocéis, acaso? - ---Y tanto--replicó el general--. Ahora mismo estaba leyendo el parte -del coronel sobre ese mismo sujeto. El regimiento número 32 tenía un -excelente capitán. - ---¡Cómo es eso, ciudadano general!---dijo el representante del pueblo -con altivez--. ¿Por ventura, le habéis dado algún ascenso? - ---No negaré, ciudadano representante, que tales eran mis intenciones... - -En esto, el comisionado interrumpió con enojo al general. - ---La victoria os ciega, general M... Tened cuidado con lo que hacéis -y con lo que digáis. Si fomentáis en vuestro seno a las serpientes -enemigas del pueblo, no extrañéis que el pueblo os aniquile al -exterminarlas. Este Leopoldo d’Auverney es un aristócrata, un -contrarrevolucionario, un realista, un moderado, un girondino. La -vindicta pública le reclama, y hay que entregarle entre mis manos sin -tardanza. - -El general respondió con frialdad: - ---No puede ser. - ---¿Que no puede ser?--repuso el comisionado, cuya ira se acrecentaba--. -¿Ignoráis, general M..., que aquí no existen otras facultades -ilimitadas sino las mías? ¡La república lo ordena, y vos no podéis! -Escuchadme: en consideración a la victoria que habéis obtenido, tendré -la condescendencia de leeros los apuntes que me han entregado acerca -de este tal D’Auverney, y que habré de remitir a manos del fiscal -público a la par que el preso. Es un extracto de cierta lista de -nombres, a la que no querréis obligarme que añada el vuestro. Hela -aquí: Leopoldo Auverney (ex-_de_), capitán en el regimiento número -32, está convicto: _Primo_, de haber contado en un conciliábulo de -conspiradores cierta fingida historia contrarrevolucionaria, encaminada -a poner en ridículo los principios de igualdad y libertad y a ensalzar -las añejas supersticiones intituladas _trono_ y _religión_; _secundo_, -de haberse valido, para caracterizar diversos sucesos memorables, -y entre ellos la emancipación de los _ex negros_ de Santo Domingo, -de voces que desaprueba todo buen descamisado; _tertio_, de haber -empleado siempre en el hilo de su discurso la palabra _señores_, y -nunca la de _ciudadanos_; _quarto_, de haber, por fin, con dicha -relación conspirado abiertamente para subvertir la república, a favor -de la facción de los girondinos y los brisotistas. Por tales crímenes -antipatrióticos merece la muerte. Ahora bien: ¿qué tenéis que decir -a esto, general? ¿Protegeréis aún al traidor? ¿Titubearéis aún en -entregar a este enemigo de la nación para que sufra la pena merecida? - ---Este enemigo de la nación--replicó el general con dignidad--se ha -sacrificado por ella--. A esos apuntes que me habéis leído contestaré -con otros muy diferentes; escuchadme ahora a vuestro turno: Leopoldo -d’Auverney, capitán del regimiento número 32, ha decidido la nueva -victoria conseguida por nuestras armas. Los enemigos, coligados, -tenían establecido un reducto formidable, que era preciso tomar, por -ser la llave de la posición de donde pendía el éxito de la batalla. -La muerte del primer valiente que fuera al asalto era cosa segura: el -capitán D’Auverney se ha sacrificado. Tomó el reducto, conseguimos la -victoria y él murió en la empresa; se han encontrado muertos también, -a sus pies, al sargento Tadeo, del mismo regimiento, y a un perro. -Por lo tanto, propongo a la Convención nacional que se sirva declarar -benemérito de la patria al capitán Leopoldo d’Auverney. Ya veis, -representante--añadió el general con calma--, la gran diferencia de -nuestros cargos. Cada cual enviamos una lista a la Convención, y el -mismo nombre se encuentra en ambas. Pero vos le proclamáis por traidor -y yo por héroe; vos le consignáis a la ignominia; yo, a la gloria; vos -le erigís un cadalso; yo, un trofeo; a cada cual su oficio. ¡Fortuna, -sin embargo, que este valiente ha sabido escapar del suplicio que le -teníais preparado, pereciendo en el campo de batalla! A Dios gracias, -murió la víctima que deseabais inmolar sin querer aguardaros. - -El representante, furioso al ver desvanecerse su conspiración con el -conspirador, prorrumpió entre dientes: - ---¡Ha muerto! ¡Qué lástima! - -El general lo oyó, y repuso indignado: - ---Aún os queda un arbitrio, ciudadano representante del pueblo. -Id y buscad entre los escombros del reducto el cuerpo del capitán -D’Auverney. ¡Quién sabe! ¡Quizá las balas de los cañones enemigos -habrán dejado intacta para la guillotina nacional la cabeza del cadáver! - - (Escrito en 1826.) - - -FIN - - - - -INDICE - - - _Págs._ - - PRIMERA EDICION (enero de 1826) 9 - - 1832 11 - - I 13 - - II 19 - - III 23 - - IV 26 - - V 31 - - VI 34 - - VII 38 - - VIII 43 - - IX 49 - - X 52 - - XI 55 - - XII 57 - - XIII 63 - - XIV 65 - - XV 68 - - XVI 71 - - XVII 83 - - XVIII 86 - - XIX 88 - - XX 91 - - XXI 94 - - XXII 96 - - XXIII 98 - - XXIV 102 - - XXV 104 - - XXVI 107 - - XXVII 113 - - XXVIII 115 - - XXIX 124 - - XXX 129 - - XXXI 131 - - XXXII 145 - - XXXIII 148 - - XXXIV 158 - - XXXV 164 - - XXXVI 170 - - XXXVII 174 - - XXXVIII 176 - - XXXIX 182 - - XL 183 - - XLI 188 - - XLII 192 - - XLIII 198 - - XLIV 202 - - XLV 205 - - XLVI 211 - - XLVII 214 - - XLVIII 217 - - XLIX 221 - - L 222 - - LI 227 - - LII 231 - - LIII 237 - - LIV 241 - - LV 248 - - LVI 248 - - LVII 250 - - LVIII 252 - - NOTA 258 - - - - -[Illustration] - - - - -COLECCIÓN UNIVERSAL - -OBRAS PUBLICADAS - -(Julio de 1919 a enero de 1920.) - - - N.° 1, 2, 3 y 4.--=Poema del Cid.= Texto y traducción por Alfonso - Reyes.--=1,20 ptas.= - - N.° 5 y 6.--LOPE DE VEGA: =Fuente Ovejuna=. Comedia. Edición revisada - por Américo Castro.--=60 cts.= - - N.° 7.--KANT: =La paz perpetua=. Ensayo filosófico. Traducción del - alemán por F. Rivera Pastor.--=30 cts.= - - N.° 8, 9 y 10.--O. GOLDSMITH: =El Vicario de Wakefield=. Novela. - Traducción del inglés por Felipe Villaverde.--=90 cts.= - - N.° 11, 12 y 13.--LA ROCHEFOUCAULD: =Memorias=. Traducción del francés - por Cipriano de Rivas Cherif.--=90 cts.= - - N.° 14 y 15.--J. ORTEGA MUNILLA, de la Real Academia Española: - =Relaciones contemporáneas=. Novelas breves.--=60 cts.= - - N.° 16.--P. MÉRIMÉE: =Doble error=. Novela. Traducción del francés por - A. Sánchez Rivero.--=30 cts.= - - N.° 17, 18, 19 y 20.--STENDHAL: =Rojo y negro=. Novela. Tomo I. - Traducción del francés por Enrique de Mesa.--=1,20 ptas.= - - N.° 21, 22, 23 y 24--STENDHAL: =Rojo y negro=. Novela. Tomo II. - Traducción del francés por Enrique de Mesa.--=1,20 ptas.= - - N.° 25 y 26.--GOETHE: =Las cuitas de Werther=. Novela. Traducción del - alemán por José Mor de Fuentes, revisada y corregida.--=60 cts.= - - N.° 27.--ANTONIO MACHADO: =Soledades, Galerías y otros poemas=. - Segunda edición.--=30 cts.= - - N.° 28 y 29.--CERVANTES: =Novelas ejemplares=. Tomo I. “La Gitanilla” - y “El amante liberal”.--=60 cts.= - - N.° 31, 32 y 33.--L. ANDREIEV: =Sachka Yegulev=. Novela. Traducción - del ruso por N. Tasin.--=90 cts.= - - N.° 34 y 35.--C. CASTELLO-BRANCO: =Dos novelas del Miño=. Traducción - del portugués por P. Blanco Suárez.--=60 cts.= - - N.° 36 y 37.--CICERON: =Cuestiones académicas=. Traducción del latín - por A. Millares.--=60 cts.= - - N.° 38, 39 y 40.--VILLALON: =Viaje de Turquía=. Edición de A. G. - Solalinde. Tomo I.--=90 cts.= - - N.° 41, 42 y 43.--VILLALON: =Viaje de Turquía=. Tomo II. Edición de A. - G. Solalinde.--=90 cts.= - - N.° 44 y 45.--VLADIMIRO KOROLENKO: =El día del juicio=. Traducción del - ruso por N. Tasin.--=60 cts.= - - N.° 46 y 47.--SERAFÍN ESTEBANEZ CALDERÓN “EL SOLITARIO”: =Novelas y - cuentos=.--=60 céntimos.= - - N.° 48.--LEIBNITZ: =Opúsculos filosóficos=. Traducción por Manuel G. - Morente.--=30 cts.= - - N.° 49, 50 y 51.--PLUTARCO: =Vidas paralelas=. Tomo I. Traducción del - griego por Antonio Ranz Romanillos, revisada y corregida.--=90 cts.= - - N.° 52, 53 y 54.--ABATE PREVOST: =Manon Lescaut=. Novela. Traducción - del francés por Enrique de Mesa.--=90 cts.= - - N.° 55 y 56.--RUIZ DE ALARCON: =Los pechos privilegiados=. Comedia. - Edición cuidada por Alfonso Reyes.--=60 cts.= - - N.° 57.--VELEZ DE GUEVARA: =El Diablo Cojuelo=. Novela.--=30 cts.= - - N.° 58, 59 y 60.--GEORGE ELIOT: =Silas Marner=. Novela. Traducción del - inglés por Isabel de Oyarzábal.--=90 cts.= - - N.° 61 y 62.--ALEJANDRO KUPRIN: =El Dios implacable=. Novelas. - Traducción del ruso por N. Tasin.--=60 cts.= - - N.° 63, 64 y 65.--TRINDADE COELHO: =Mis amores=. Cuentos. Traducción - del portugués por P. Blanco Suárez.--=90 cts.= - - N.° 66, 67 y 68.--MADAME DE STAEL: =Diez años de destierro=. Memorias. - Traducción del francés por M. Azaña.--=90 cts.= - - N.° 69 y 70.--TIRSO DE MOLINA: =El condenado por desconfiado=. - Comedia. Edición de Américo Castro.--=60 cts.= - - N.° 71.--KANT: =Lo bello y lo sublime=. Ensayos críticos. Traducción - del alemán por A. Sánchez Rivero.--=30 cts.= - - N.° 72 y 73.--ALFREDO DE MUSSET: =Cuentos=. Tomo I. Traducción del - francés por L. Fernández Ardavín.--=60 cts.= - - N.° 74 y 75.--LEOPOLDO ALAS (CLARIN): =El señor y lo demás son - cuentos=.--=60 cts.= - - N.° 76 y 77.--L. STERNE: =Viaje sentimental=. Traducción del inglés, - por Alfonso Reyes.--=60 cts.= - - N.° 78, 79 y 80.--C. JULIO CESAR: =Comentarios de la guerra de las - Galias=. Traducción del latín, por D. J. Goya y Muniain, revisada y - corregida.--=90 cts.= - - N.° 81 y 82.--A. CHEJOV: =La sala número seis=. Cuentos. Traducción - del ruso por N. Tasin.--=60 cts.= - - N.° 83 y 84.--GARCILASO DE LA VEGA: =Poesías=.--=60 cts.= - - N.° 85.--C. CORNELIO TACITO: =La Germania=. Traducción del latín - por D. Alamos Barrientes, revisada y corregida.--=Diálogo de los - oradores.= Traducción del latín por D. C. Sixto y D. J. Ezquerra, - revisada y corregida.--=30 cts.= - - N.° 86, 87 y 88.--E. ABOUT: =El rey de las montañas=. Novela. - Traducción del francés por A. Sánchez Rivero.--=90 cts.= - - N.° 89 y 90.--A. CARON DE BEAUMARCHAIS: =El barbero de Sevilla=. - Comedia. Traducción del francés por J. I. Alberti y E. López - Alarcón.--=60 cts.= - - N.° 91, 92 y 93.--J. SANDEAU: =La señorita de la Seiglière=. Novela. - Traducción del francés por Pedro Vances.--=90 cts.= - - N.° 94 y 95.--CERVANTES: =Novelas ejemplares=. Tomo II. “La española - inglesa”, “Rinconete y Cortadillo”, “Licenciado Vidriera”.--=60 - céntimos.= - - N.° 96 y 97.--A. DE LAMARTINE: =Graziella=. Novela. Traducción del - francés por Juan José Llovet.--=60 cts.= - - N.° 98, 99 y 100.--M. D’AZEGLIO: =Mis recuerdos=. Tomo I. Memorias. - Traducción del italiano por E. de Echauri.--=90 cts.= - - N.° 101, 102 y 103.--M. D’AZEGLIO: =Mis recuerdos=. Tomo II. Memorias. - Traducción del italiano por E. de Echauri.--=90 cts.= - - N.° 104 y 105.--L. ANDREIEV: =Los espectros=. Novelas breves. - Traducción del ruso por N. Tasin.--=60 cts.= - - N.° 106, 107 y 108.--DANTE ALIGHIERI: =El Convivio=. Traducción del - italiano por Cipriano Rivas Cherif.--=90 cts.= - - N.° 109.--FRANCISCO HERCZEG: =Las hermanas Gyurkovics=. Historia - familiar. Traducción del húngaro por Andrés Révész.--=30 cts.= - - N.° 110, 111, 112 y 113.--JANE AUSTEN: =Persuasión=. Novela. - Traducción del inglés por M. Ortega Gasset.--=1,20 ptas.= - - N.° 114 y 115.--G. FLAUBERT: =Tres cuentos=. Traducción del francés - por Luis Bello.--=60 cts.= - - N.° 116, 117 y 118.--A. CARON DE BEAUMARCHAIS: =El casamiento de - Fígaro=. Comedia. Traducción del francés por E. López Alarcón.--=90 - cts.= - - N.° 119 y 120.--FENELON: =La educación de las niñas=. Traducción del - francés por María Luisa Navarro de Luzuriaga.--=60 cts.= - - N.° 121 y 122.--MÁXIMO GORKI: =Varenka Olesova=. Novela. Traducción - del ruso por N. Tasin.--=60 cts.= - - N.° 123, 124 y 125.--M. D’AZEGLIO: =Mis recuerdos=. Tomo III y último. - Memorias. Traducción del italiano por E. de Echauri.--=90 cts.= - - N.° 126 y 127.--AGUSTÍN MORETO: =El lindo don Diego=. Comedia.--=60 - cts.= - - N.° 128.--ROBERT FILMER: =Patriarcha o El poder natural de los Reyes=. - Tratado político. Traducción del inglés por Pablo de Azcárate.--=30 - cts.= - - N.° 129 y 130.--PLUTARCO: =Vidas paralelas=. Tomo II. Traducción del - griego por Antonio Ranz Romanillos, revisada y corregida.--=60 cts.= - - N.° 131, 132 y 133.--CARLOS NODIER: =El hada de las migajas=. Cuento - fantástico. Traducción del francés por Pedro Vances.--=90 cts.= - - N.° 134, 135, 136 y 137.--GIOVANNI VERGA: =Los Malasangre=. Novela. - Traducción del italiano por Cipriano Rivas Cherif.--=1,20 pesetas.= - - N.° 138 y 139.--CERVANTES: =Novelas ejemplares=. Tomo III. “La fuerza - de la sangre”, “El celoso extremeño” y “La ilustre fregona”.--=60 cts.= - - N.° 140.--TOMAS ARNOLD: =Ensayos sobre Educación=. Traducción del - inglés por Lorenzo Luzuriaga.--=30 cts.= - - - - -Notas - -Se corrigieron errores obvios de puntuación y la ortografía. Se -mantuvieron algunas palabras con o sin acentos como en el texto -original cuando no se redujo la comprensión. (Obvious errors in -punctuation and spelling were fixed. Some improperly accented words -were left as in the original text when it did not impact comprehension.) - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK BUG-JARGAL *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for an eBook, except by following -the terms of the trademark license, including paying royalties for use -of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for -copies of this eBook, complying with the trademark license is very -easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation -of derivative works, reports, performances and research. Project -Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away--you may -do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected -by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the -person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph -1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this -agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm -electronic works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the -Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection -of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual -works in the collection are in the public domain in the United -States. If an individual work is unprotected by copyright law in the -United States and you are located in the United States, we do not -claim a right to prevent you from copying, distributing, performing, -displaying or creating derivative works based on the work as long as -all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope -that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting -free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm -works in compliance with the terms of this agreement for keeping the -Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily -comply with the terms of this agreement by keeping this work in the -same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when -you share it without charge with others. - -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are -in a constant state of change. If you are outside the United States, -check the laws of your country in addition to the terms of this -agreement before downloading, copying, displaying, performing, -distributing or creating derivative works based on this work or any -other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no -representations concerning the copyright status of any work in any -country other than the United States. - -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: - -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other -immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear -prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work -on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the -phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, -performed, viewed, copied or distributed: - - This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and - most other parts of the world at no cost and with almost no - restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it - under the terms of the Project Gutenberg License included with this - eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the - United States, you will have to check the laws of the country where - you are located before using this eBook. - -1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is -derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not -contain a notice indicating that it is posted with permission of the -copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in -the United States without paying any fees or charges. If you are -redistributing or providing access to a work with the phrase "Project -Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply -either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or -obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm -trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any -additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms -will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works -posted with the permission of the copyright holder found at the -beginning of this work. - -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm. - -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License. - -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including -any word processing or hypertext form. However, if you provide access -to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format -other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official -version posted on the official Project Gutenberg-tm website -(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense -to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means -of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain -Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the -full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1. - -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works -provided that: - -* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed - to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has - agreed to donate royalties under this paragraph to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid - within 60 days following each date on which you prepare (or are - legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty - payments should be clearly marked as such and sent to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in - Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg - Literary Archive Foundation." - -* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies - you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he - does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm - License. You must require such a user to return or destroy all - copies of the works possessed in a physical medium and discontinue - all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm - works. - -* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of - any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the - electronic work is discovered and reported to you within 90 days of - receipt of the work. - -* You comply with all other terms of this agreement for free - distribution of Project Gutenberg-tm works. - -1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project -Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than -are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing -from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of -the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the Foundation as set -forth in Section 3 below. - -1.F. - -1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -works not protected by U.S. copyright law in creating the Project -Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm -electronic works, and the medium on which they may be stored, may -contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate -or corrupt data, transcription errors, a copyright or other -intellectual property infringement, a defective or damaged disk or -other medium, a computer virus, or computer codes that damage or -cannot be read by your equipment. - -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right -of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT -LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE -PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE -TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE -LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR -INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH -DAMAGE. - -1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a -defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can -receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a -written explanation to the person you received the work from. If you -received the work on a physical medium, you must return the medium -with your written explanation. The person or entity that provided you -with the defective work may elect to provide a replacement copy in -lieu of a refund. If you received the work electronically, the person -or entity providing it to you may choose to give you a second -opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If -the second copy is also defective, you may demand a refund in writing -without further opportunities to fix the problem. - -1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO -OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT -LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. - -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of -damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement -violates the law of the state applicable to this agreement, the -agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or -limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or -unenforceability of any provision of this agreement shall not void the -remaining provisions. - -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation's website -and official page at www.gutenberg.org/contact - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without -widespread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit www.gutenberg.org/donate - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works - -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our website which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This website includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/67819-0.zip b/old/67819-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index f242542..0000000 --- a/old/67819-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/67819-h.zip b/old/67819-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 7fa26d2..0000000 --- a/old/67819-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/67819-h/67819-h.htm b/old/67819-h/67819-h.htm deleted file mode 100644 index 21f16b5..0000000 --- a/old/67819-h/67819-h.htm +++ /dev/null @@ -1,9035 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=utf-8" /> - <meta http-equiv="Content-Style-Type" content="text/css" /> - <title> - Bug-Jargal, by Victor Hugo—A Project Gutenberg eBook - </title> - <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> - <style type="text/css"> - -body { - margin-left: 10%; - margin-right: 10%; -} - - h1,h2,h3,h4,h5,h6 { - text-align: center; /* all headings centered */ - clear: both; -} - -p { - margin-top: .51em; - text-align: justify; - margin-bottom: .49em; - text-indent: 1em; -} - -.p2 {margin-top: 2em;} -.p4 {margin-top: 4em;} -.p0 {text-indent: 0em;} - -hr { - width: 33%; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; - margin-left: 33.5%; - margin-right: 33.5%; - clear: both; -} - -hr.chap {width: 65%; margin-left: 17.5%; margin-right: 17.5%;} -@media print { hr.chap {display: none; visibility: hidden;} } - -hr.r5 {width: 5%; margin-top: 1em; margin-bottom: 1em; margin-left: 47.5%; margin-right: 47.5%;} - -div.chapter {page-break-before: always;} -h2.nobreak {page-break-before: avoid;} - -table { - margin-left: auto; - margin-right: auto; -} -table.autotable { border-collapse: collapse; width: 60%; font-size: 1.1em;} -table.autotable td, -table.autotable th { padding: 4px; } -.x-ebookmaker table {font-size: 0.9em; width: 95%;} - -.tdl {text-align: left;} -.tdr {text-align: right;} -.page {width: 2em;} - -.pagenum { /* uncomment the next line for invisible page numbers */ - /* visibility: hidden; */ - position: absolute; - left: 92%; - font-size: smaller; - text-align: right; - font-style: normal; - font-weight: normal; - font-variant: normal; -} /* page numbers */ - -.blockquot { - margin-left: 5%; - margin-right: 5%; -} - -.bbox {border: 2px solid;} - -.center {text-align: center; text-indent: 0em;} - -.right {text-align: right; text-indent: 0em;} - -.smcap {font-variant: small-caps;} - -.u {text-decoration: underline;} - -/* Images */ - -img { - max-width: 100%; - height: auto; -} -img.w10 {width: 10%;} -.x-ebookmaker .w10 {width: 15%;} - -.figcenter { - margin: auto; - text-align: center; - page-break-inside: avoid; - max-width: 100%; -} - -/* Footnotes */ -.footnotes {border: 1px dashed; margin-left: 2%; margin-right: 2%; margin-top: 2em;} - -.footnote {margin-left: 10%; margin-right: 10%; font-size: 0.9em;} - -.footnote .label {position: absolute; right: 84%; text-align: right;} - -.fnanchor { - vertical-align: super; - font-size: .8em; - text-decoration: - none; -} - -/* Poetry */ -.poetry {text-align: left; margin-left: 5%; margin-right: 5%;} -/* uncomment the next line for centered poetry in browsers */ -/* .poetry {display: inline-block;} */ -/* large inline blocks don't split well on paged devices */ -@media print { .poetry {display: block;} } -.x-ebookmaker .poetry {display: block;} - -/* Transcriber's notes */ -.transnote {background-color: #E6E6FA; - color: black; - font-size:smaller; - padding:0.5em; - margin-bottom:5em; - font-family:sans-serif, serif; } - -.big {font-size: 1.2em;} -.vbig {font-size: 1.5em;} -.small {font-size: 0.8em;} - - </style> - </head> -<body> -<div lang='en' xml:lang='en'> -<p style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>Bug-Jargal</span>, by Victor Hugo</p> -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you -are not located in the United States, you will have to check the laws of the -country where you are located before using this eBook. -</div> -</div> - -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>Bug-Jargal</span></p> -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Victor Hugo</p> -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Translator: D. Alcalá Galiano</p> -<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: April 12, 2022 [eBook #67819]</p> -<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p> - <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Carlos Colon, the University of Wisconsin-Madison and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from images made available by the HathiTrust Digital Library.)</p> -<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>BUG-JARGAL</span> ***</div> - - -<p class="center vbig u">COLECCIÓN UNIVERSAL</p> - -<p class="center big"> VICTOR HUGO</p> -<hr class="r5" /> -<h1>Bug-Jargal</h1> - -<p class="center small"> NOVELA</p> - -<p class="center small"> Traducción de D. Alcalá Galiano,<br /> - revisada y corregida.</p> - -<p class="center p0 p2"><span class="figcenter" id="img001"> - <img src="images/001.jpg" class="w10" alt="Publisher mark" /> -</span></p> - -<p class="center"> MADRID-BARCELONA<br /> - MCMXX -</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> - - -<p class="center">ES PROPIEDAD<br /> - Copyright by Calpe, 1920. -</p> - -<hr class="r5" /> -<p class="center">Papel fabricado especialmente por <span class="smcap">La Papelera Española</span>.</p> -</div> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_5">[Pg 5]</span></p> - -<p><i>“Estamos aniquilados todos”, decía Alejandro Dumas hablando del -autor de</i> Marion Delorme; <i>y lo decía sin conocer de él más que -este drama, estrenado en 1831, seis años después de la aparición de</i> -Bug-Jargal.</p> -</div> - -<p><i>Por entonces era ya célebre Víctor Hugo. Su popularidad fué -creciendo tan rápidamente, que poco después desaparecían en breves -días las copiosas ediciones de sus libros; cualquier trabajo suyo, por -insignificante que fuera, despertaba general interés; en los últimos -tiempos de su vida, el pedestal de su fama había alcanzado toda la -altura que puede soñar un poeta.</i></p> - -<p><i>Víctor Hugo nació en 1802. Su existencia fué una lucha constante -contra todo: contra el teatro clásico, primero; contra la política -de su tiempo, después. Este proceder agresivo valió al gran -novelista la hostilidad de una legión de adversarios que combatieron -encarnizadamente sus ideas y su literatura, acusándolo de pueril y de -ridículo. El infortunio también se cebó en él: vió morir a sus hijos, -sufrió miserias y persecuciones, fué desterrado y escarnecido; pero -siguió trabajando impertérrito hasta vencer todos los obstáculos que -el Destino y la Envidia pusieron en su camino. Murió el 22 de mayo -de 1885, cargado de años y de obras, glorificado y aplaudido por sus -partidarios, cuyo inconsciente entusiasmo le fué, en varias ocasiones,<span class="pagenum" id="Page_6">[Pg 6]</span> -tan perjudicial como los ataques de sus enemigos.</i></p> - -<p><i>Cuando compuso la novela que publicamos en este tomito, Hugo -tenía, según él mismo nos dice, diez y seis años. Había apostado con -unos amigos que escribiría un volumen en dos semanas. Así nació</i> -Bug-Jargal, <i>relato basado en la insurrección de los esclavos de -Santo Domingo, en 1791, y lleno, como todos los suyos, de vigor y de -vida. Estaba destinado a formar parte de una obra de mayor extensión, -que no llegó a publicar. No es ésta la única que Víctor Hugo dejó en -proyecto; lo mismo hizo con</i> Quiquengrogne, <i>siempre prometida, -nunca comenzada</i>.</p> - -<p><i>En esta novela puede verse palpablemente aquella atracción que -nuestro país ejercía sobre el genial poeta, hija, tal vez, de las -impresiones recibidas de pequeño durante el viaje que hizo a España en -compañía de su padre, general del Imperio.</i></p> - -<p><i>Conviene notar que tiene cierto parentesco, en nuestra opinión no -sólo físico, el deforme obí de</i> Bug-Jargal <i>con Han de Islandia, -Quasimodo y El hombre que ríe. Víctor Hugo, como Velázquez, era -aficionado a pintar seres monstruosos.</i></p> - -<p><i>El lector encontrará noticias más concretas acerca de esta novela en -los prólogos que el autor puso al frente de su obra.</i></p> - -<p><i>La versión que le ofrecemos es la que en 1841 publicó D. Dionisio -Alcalá Galiano. A pesar de que su estilo resulta algo prolijo, quizá -por un exceso de purismo, tiene esta traducción el valor de las<span class="pagenum" id="Page_7">[Pg 7]</span> cosas -hechas a conciencia. Se ve que Alcalá Galiano trabajó con cariño, -esforzándose en encontrar el vocablo exacto, la frase adecuada, cosa -que no siempre ha conseguido. A veces yerra en la interpretación de -una palabra, emplea giros anticuados, suprime un párrafo u omite una -nota. Hemos procurado subsanar estos ligeros descuidos y enmendar -las numerosas erratas y faltas de ortografía de la edición de 1841 -cotejándola con el texto francés.</i></p> - -<p class="right"> -J. R.<br /> -</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_8">[Pg 8]</span></p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_9">[Pg 9]</span></p> - -<h2 class="nobreak" id="PRIMERA_EDICION">PRIMERA EDICION</h2> -</div> -<hr class="r5" /> -<p class="center"><span class="smcap">Enero de 1826</span></p> - - - -<p>El episodio que vais a leer, cuyo fondo está tomado de la rebelión -de los esclavos de Santo Domingo en 1791, tiene cierto aire de -circunstancia que hubiese bastado para que el autor no pudiera -publicarlo. Sin embargo, habiendo sido ya impreso y distribuído un -corto número de ejemplares de un bosquejo de este opúsculo en 1820, en -una época en que la política del día se ocupaba muy poco de Haití, es -evidente que si el asunto que trata ha tomado luego mayor interés, el -autor no tiene la culpa. Los acontecimientos se han conciliado con el -libro y no el libro con los acontecimientos.</p> - -<p>Sea como sea, el autor no pensaba sacar esta obra de la penumbra en que -estaba como sepultada; pero al saber que un librero de la capital se -proponía reimprimir su anónimo boceto, se ha creído en la obligación de -evitar esta reimpresión poniendo él mismo al día su trabajo revisado y -en cierto modo rehecho, precaución que ahorra una molestia a su amor -propio de autor, y al susodicho librero una mala especulación.</p> - -<p>Habiendo sabido varias personas distinguidas<span class="pagenum" id="Page_10">[Pg 10]</span> que, ya como colonos, ya -como funcionarios, estuvieron interesadas en los disturbios de Santo -Domingo, la próxima publicación de este episodio, han tenido gusto -en prestar espontáneamente al autor materiales tanto más preciosos -cuanto que en su mayoría son inéditos. El autor les atestigua aquí -su agradecimiento. Tales documentos le han sido de gran utilidad -para rectificar lo que el relato del capitán d’Auverney presentaba -de incompleto en lo que se refiere al color local y de falso en lo -relativo a la verdad histórica.</p> - -<p>En fin, debe también advertir a los lectores que la historia de -<i>Bug-Jargal</i> no es más que un fragmento de una obra más extensa, -que habría de ser titulada <i lang="fr" xml:lang="fr">Contes sous la tente</i>. El autor supone -que, durante las guerras de la revolución, varios oficiales franceses -conciertan entre sí ocupar alternativamente las largas noches del -vivac en el relato de alguna de sus aventuras. El episodio que aquí se -publica formaba parte de esta serie de narraciones; puede ser separado -sin inconveniente; además, la obra de que debía formar parte no está -terminada, ni lo estará nunca, ni vale la pena de que lo esté.</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_11">[Pg 11]</span></p> - -<h2 class="nobreak" id="ch1832">1832</h2> -</div> - -<hr class="r5" /> -<p>En 1818, el autor de este libro tenía diez y seis años; apostó que -escribiría un volumen en quince días, e hizo <i>Bug-Jargal</i>. A la -edad de diez y seis años se apuesta por todo y se improvisa sobre todo.</p> - -<p>Este libro ha sido, pues, escrito dos años antes que <i>Han de -Islandia</i>. Y aunque siete años después, en 1825, el autor lo haya -corregido y vuelto a escribir en gran parte, es, por el fondo y por -muchos detalles, la primera obra del autor, el cual pide perdón a sus -lectores por hablarle de cosas tan insignificantes.</p> - -<p>Pero ha creído que al corto número de personas que gustan de clasificar -por orden de talla y de nacimiento las obras de un poeta, por -obscuro que sea, no le sabría mal que le dieran a conocer la edad de -<i>Bug-Jargal</i>; y en cuanto a él, como esos viajeros que se vuelven -en medio del camino y tratan de descubrir en los brumosos pliegues -del horizonte el lugar de donde salieron, ha querido dar aquí un -recuerdo a aquella época de serenidad, de audacia y de confianza, en -que abordaba<span class="pagenum" id="Page_12">[Pg 12]</span> de frente un tema tan inmenso: la rebelión de los negros -de Santo Domingo en 1791, lucha de gigantes; tres mundos interesados -en la cuestión: Europa y Africa por combatientes, América por campo de -batalla.</p> - -<p class="right"> -24 de marzo de 1832.<br /> -</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_13">[Pg 13]</span></p> -<h2 class="nobreak" id="BUG-JARGAL">BUG-JARGAL</h2> -</div> -<hr class="r5" /> -<h3 class="nobreak" id="I">I</h3> - - -<p>Cuando le llegó su vez al capitán Leopoldo d’Auverney, se quedó un -tanto espantado, y aseguró a la concurrencia que no sabía de ningún -incidente de su vida que mereciese llamar la atención.</p> - -<p>—Pero ¿cómo es eso, capitán—le respondió el teniente Enrique—, -cuando ha viajado usted tanto y visto tanto el mundo? ¿No ha estado -usted en las Antillas, en Africa, en España, qué sé yo?... Hola, -capitán; ahí tiene usted su perro cojo.</p> - -<p>D’Auverney se estremeció, dejó caer el cigarro y se volvió de súbito -hacia la entrada de la tienda de campaña, al tiempo mismo que un enorme -perrazo venía de carrera, aunque cojeando, hacia él.</p> - -<p>El perro, al pasar, pisoteó el cigarro del capitán, y el capitán no -hizo alto.</p> - -<p>El perro le lamió los pies, meneó la cola, ladró, saltó, dió señales -de alegría en cuanto pudo a su manera, y luego se echó delante de sus -pies; el capitán le acariciaba maquinalmente con la mano izquierda, y -moviendo con la otra las carrilleras del casco, decía de vez en cuando:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_14">[Pg 14]</span></p> - -<p>—Vamos, <i>Rask</i>, vamos.</p> - -<p>Por fin, volviendo en sí, exclamó:</p> - -<p>—Pero ¿quién te ha traído?</p> - -<p>—Con licencia, mi capitán...—dijo el sargento Tadeo, que había -levantado un poco el cortinaje de la tienda, y se mantenía en pie, con -el brazo derecho cubierto con su capote, y las lágrimas en los ojos -al contemplar en silencio aquella escena, copiada del desenlace de la -<i>Odisea</i>.</p> - -<p>Por fin se aventuró a soltar estas palabras:</p> - -<p>—Con licencia, mi capitán...</p> - -<p>Y D’Auverney levantó la vista.</p> - -<p>—¡Hola! ¿Eres tú, Tadeo?... ¿Y cómo demonios pudiste...? ¡Pobre perro! -Yo creía que estaba en el campamento inglés. ¿Adónde le encontraste, -dime?</p> - -<p>—Gracias a Dios, mi capitán, aquí estamos todos; y yo tan contento -como el señorito su sobrino cuando su merced le hacía decir aquella -relación: “<i>Cornu</i>, un cuerno; <i>cornu</i>, de un cuerno...”</p> - -<p>—Pero, vamos, dime: ¿dónde le encontraste?</p> - -<p>—No le encontré, mi capitán, que le fuí a buscar.</p> - -<p>El capitán se puso en pie y le alargó al sargento la mano; pero, en vez -de hacer lo mismo, el sargento se quedó con la suya metida dentro del -capote. El capitán ni lo reparó.</p> - -<p>—La cosa es, mi capitán, que desde que se perdió el pobre <i>Rask</i> -parecía, con licencia, que le faltaba a usted alguna cosa; y, hablando -claro, la noche que no vino, como solía, a comer conmigo<span class="pagenum" id="Page_15">[Pg 15]</span> el pan de -munición, en poco estuvo que el viejo de Tadeo no se pusiera a llorar -como un chiquillo. Pero no, a Dios gracias, que no me han visto llorar -sino dos veces en mi vida: la primera, cuando... el día que...—y el -sargento miró a su amo con sobresalto—; la segunda, el día que al -pícaro del cabo Baltasar se le ocurrió hacerme pelar un manojo de -cebollas.</p> - -<p>—Se me figura, Tadeo—contestó Enrique riéndose—, que se te quedó en -el tintero el decir por qué lloraste la primera vez.</p> - -<p>—¿Sin duda sería cuando te dió un abrazo Latour d’Auvergne, el primer -granadero francés?—preguntó con tono afectuoso el capitán, sin parar -de hacer caricias al perro.</p> - -<p>—No, mi capitán; si el sargento Tadeo pudo llorar, usted mismo debe -confesarnos que no pudo ser sino el día que mandó <em>fuego</em> para -Bug-Jargal, por otro nombre Pierrot.</p> - -<p>Todas las facciones del capitán se anublaron, y acercándose con ímpetu -al sargento, quiso apretarle la mano; pero, a pesar de tamaño honor, no -sacó Tadeo el brazo del capote.</p> - -<p>—Sí, mi capitán—prosiguió, dando algunos pasos atrás, mientras -D’Auverney le echaba una mirada dolorosa—; aquella vez lloré porque él -lo merecía. Es verdad que era negro; pero también la pólvora es negra, -y... y...</p> - -<p>El buen sargento hubiese preferido salir con honra del atolladero de su -comparación, porque había algo que halagaba su fantasía en este símil;<span class="pagenum" id="Page_16">[Pg 16]</span> -pero habiendo probado inútilmente a expresarse, y después de embestir, -por decirlo así, con su idea por todos los frentes, hizo lo que hacer -suele el general de un ejército delante de alguna fortaleza: levantó -el sitio y continuó su jornada, sin hacer alto en la sonrisa de los -oficiales.</p> - -<p>—Digo, mi capitán, ¡si hubiera usted visto al pobre negro cuando llegó -a carrera y sin aliento, en el instante mismo que se estaban preparando -sus diez camaradas! Había sido preciso atarlos, y yo lo hice porque -mandaba el piquete; ¡y cuando los fué desatando uno por uno con sus -propias manos, para ponerse en su puesto, aunque ellos se resistían!, -¡qué firmeza! ¡Aquello era un hombre! ¡Ni el peñón de Gibraltar! ¿Y -luego, mi capitán, cuando se mantuvo tan derecho como si fuese a entrar -en un baile? Y cuando su perro, este mismo <i>Rask</i> que tenemos -aquí, comprendió lo que se iba a hacer y se me abalanzó a la garganta...</p> - -<p>—Por lo general, Tadeo—le interrumpió el capitán—, no solías dejar -pasar esta parte de la relación sin hacerle una fiesta a <i>Rask</i>; -repara y cómo te mira.</p> - -<p>—Tiene su merced razón, mi capitán—respondió Tadeo, algo cortado—; -el pobre <i>Rask</i> me echa unos ojos que... Pero la vieja Malagrida -me ha dicho que trae mala suerte el hacer fiestas con la mano izquierda.</p> - -<p>—Bien, pero ¿para qué sirve la derecha?—preguntó D’Auverney -sorprendido y reparando por la<span class="pagenum" id="Page_17">[Pg 17]</span> vez primera en el brazo envuelto entre -el capote y en la palidez de Tadeo.</p> - -<p>La confusión del sargento subió de punto.</p> - -<p>—Con licencia, mi capitán; el caso es que... que ya tiene usted un -perro cojo, y mucho me temo que acabe por tener un sargento manco.</p> - -<p>El capitán dió un salto desde su asiento.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿Qué es lo que dices, Tadeo? ¡Tú manco! Saca el brazo. ¡Manco, -Dios mío!</p> - -<p>Y D’Auverney temblaba; el sargento fué desliando despacio el envoltorio -de su capote, y enseñó, por fin, el brazo cubierto con un pañuelo -ensangrentado.</p> - -<p>—¡Ah, Dios mío!—tartamudeaba el capitán mientras iba levantando con -suma precaución el lienzo—. Pero, Tadeo, explícame...</p> - -<p>—Una cosa muy sencilla. Ya dije que había reparado en su tristeza -de usted desde que los malditos ingleses nos quitaron al pobre -<i>Rask</i>, al perro de Bug. Así, esta noche me resolví a ir y -traérmelo, aun cuando me costara el pellejo, para poder cenar con -apetito. Por eso, después de haber recomendado a Mathelet, su asistente -de usted, que cepillase con cuidado el uniforme de gala para la gran -acción de mañana, me salí a la calladita del campamento, sin más -arma que mi sable, y me metí por entre las cercas, para llegar antes -adonde están los ingleses. Todavía no había yo llegado ni a la primer -línea de parapetos, cuando, con licencia, mi capitán, reparé en un -corro de casacas coloradas que estaban en un bosquecillo,<span class="pagenum" id="Page_18">[Pg 18]</span> hacia la -izquierda. Como no hacían alto en mí, me acerqué para ver mejor, y lo -primero que descubrí fué a <i>Rask</i>, atado a un árbol en medio de -ellos, mientras dos milores, en cueros como los herejes, se estaban -repartiendo sobre las costillas unos puñetazos que hacían más ruido -que la tambora de nuestro regimiento. Eran dos señores ingleses, que -probablemente se habían desafiado por vuestro perro; pero <i>Rask</i>, -que me conoció, dió de repente un estrechón tal, que rompió la cuerda, -y en un abrir y cerrar de ojos estaba el tunante corriendo tras de mí. -Ya puede usted figurarse que los otros no se estuvieron quietos. Yo me -zambullí entre las matas, y <i>Rask</i> siguiéndome, mientras alrededor -de nosotros silbaba una nube de balas. <i>Rask</i> se puso a ladrar en -respuesta; pero, por fortuna, no le pudieron oír a causa de sus gritos -de <i lang="en" xml:lang="en">french dog</i>, <i lang="en" xml:lang="en">french dog</i>, como si el perro no fuera de -la casta de Santo Domingo. No importa: ya habíamos saltado por encima -de los cercados y me creía ya en salvo cuando se nos ponen delante dos -de los colorados. Con el sable me zafé de uno de ellos, y lo mismo -hubiera hecho con el otro, a no ser porque traía una pistola cargada -con bala... Ahí tiene usted mi brazo derecho. Pero no importa: el -<i lang="en" xml:lang="en">french dog</i> le saltó al pescuezo, como si fuera un amigo antiguo, -y yo aseguro que el abrazo fué estrecho, porque el inglés vino a tierra -degollado. ¿Para qué fué tan terco el hombre en seguirnos? Por fin, -aquí está Tadeo de vuelta al campamento, y <i>Rask</i> con él. Mi única -pesadumbre<span class="pagenum" id="Page_19">[Pg 19]</span> es que no quisiera Dios haberme enviado esto en la batalla -de mañana. Conque... se acabó.</p> - -<p>Las facciones del veterano se entristecieron con la idea de no haber -recibido su herida en una batalla.</p> - -<p>—¡Tadeo!—exclamó el capitán en tono irritado; y en seguida añadió con -más blandura—: ¿A qué viene esa tontería de exponerte así por un perro?</p> - -<p>—No fué por un perro, mi capitán; fué por <i>Rask</i>.</p> - -<p>El rostro de D’Auverney se inmutó de repente, y el sargento prosiguió -en su discurso:</p> - -<p>—Fué por <i>Rask</i>, por el perro de Bug...</p> - -<p>—Basta, basta, Tadeo—dijo el capitán, cubriéndose los ojos con una -mano—. Vamos—añadió después de un breve silencio—, apóyate sobre mí -y vamos al hospital.</p> - -<p>Después de hacer una respetuosa resistencia, obedeció Tadeo; y el -perro, que durante toda esta escena se había entretenido, por desfogar -su alegría, en roer la magnífica piel de oso de su amo, se levantó y -les fué siguiendo a entrambos.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="II">II</h3> -</div> - - -<p>Este episodio había despertado en grado sumo la curiosidad de los -bulliciosos espectadores.</p> - -<p>El capitán Leopoldo d’Auverney era uno de aquellos hombres que, sea -cual fuere el escalón en<span class="pagenum" id="Page_20">[Pg 20]</span> que el acaso de la suerte o el remolino de -la sociedad los haya colocado, inspiran siempre cierta especie de -respeto mezclado de afecto. Quizá nada ofrecía de notable a primera -vista: sus modales eran fríos y sus miradas indiferentes. El sol de los -trópicos, aun cuando le tostó el cutis, no le había inspirado aquella -viveza de gestos y palabras que suele hermanarse en los criollos con -cierto abandono, a menudo lleno de gracia. D’Auverney hablaba poco, -escuchaba rarísima vez y siempre se mostraba pronto a obrar. El primero -en montar a caballo, el postrero en volver al pabellón, parecía como si -buscase en las fatigas personales un amparo contra sus pensamientos. -Estos pensamientos, que habían estampado su melancólica y severa -huella en las precoces arrugas de su frente, no eran de aquella clase -que se alivian con el desahogo de una confianza, ni eran de aquellos -tampoco que se evaporan en una frívola conversación y se confunden -gustosos con las ideas ajenas. Leopoldo d’Auverney, cuyo cuerpo no -alcanzaban a rendir las penosas tareas de la guerra, manifestaba una -aversión y cansancio inconcebibles en cuanto suele llamarse ejercicios -de la fantasía. Huía de las disputas con tanto anhelo como buscaba -las batallas, y si a veces se dejaba arrastrar hasta tomar parte en -algún debate, soltaba tres o cuatro palabras llenas de grave juicio -y profundas razones, y luego, en el momento mismo de convencer a su -adversario, se paraba, exclamando: “¿De qué sirve...?”, y se salía -para<span class="pagenum" id="Page_21">[Pg 21]</span> pedirle al comandante algo en que entretener el tiempo, ínterin -llegaba la hora de la carga o del asalto.</p> - -<p>Sus camaradas excusaban su porte seco, reservado y taciturno, porque en -toda ocasión le encontraban bueno, valiente y bondadoso. Había salvado -la vida de muchos, con peligro de la suya propia, y era sabido que, si -rara vez abría la boca, su bolsa, al menos, nunca estaba cerrada. Era -querido en el ejército, y hasta le perdonaban el hacerse respetar, por -decirlo así.</p> - -<p>Sin embargo, era aún joven: treinta años aparentaba, y en realidad -estaba aún lejos de tenerlos. Aun cuando hacía ya algún tiempo que -combatía en las filas republicanas, todos ignoraban sus aventuras; -y el único ente que, aparte de <i>Rask</i>, podía arrancarle alguna -señal de vivo interés, era el sargento veterano Tadeo, que había -entrado a la par en el regimiento, que nunca se le separaba del lado -y que solía contar de una manera confusa algunas circunstancias de su -vida. Sabíase, pues, que D’Auverney había experimentado en América -grandes desgracias, y que, casado en Santo Domingo, había perdido a -su mujer y su familia entera entre los horrores de la revolución que -dió por tierra con aquella magnífica colonia. En aquella época, los -infortunios de esta clase se habían hecho tan comunes que se había -formado una especie de fondo de compasión general, en que cada uno -metía y sacaba su parte; de modo que si el capitán D’Auverney excitaba<span class="pagenum" id="Page_22">[Pg 22]</span> -lástima en grado algo extraordinario, no tanto era por las pérdidas -que había sufrido cuanto por su manera de sobrellevarlas. En efecto, -al través de su glacial indiferencia no fuera difícil rastrear a veces -los movimientos convulsivos que procedían de una llaga secreta, pero -incurable.</p> - -<p>Así que principiaba el combate se serenaba su rostro. En la pelea se -mostraba tan intrépido cual si aspirase a ser general; después de la -victoria, tan modesto cual si se contentara con ser mero soldado. Sus -camaradas, al ver semejante desdén de los grados y honores, no podían -alcanzar por qué antes de la acción parecía desear algo con ansia, y no -comprendían que, de todos los azares de la guerra, la muerte tan sólo -era lo que D’Auverney apetecía.</p> - -<p>Los representantes del pueblo en el ejército le nombraron un día jefe -de batallón sobre el campo de batalla; pero rehusó admitirlo porque, -saliendo de la compañía, le hubiera sido forzoso separarse del sargento -Tadeo. Algunos días después se ofreció de voluntario para el mando de -una expedición arriesgada, de donde regresó en salvo contra la creencia -general y contra sus propios deseos. Entonces se le oyó arrepentirse -de no haber aceptado el grado ofrecido, porque “los cañones -enemigos—decía—siempre me respetan; y la guillotina, que hiere a -cuantos descuellan sobre el común nivel, quizá se hubiese acordado de -mí”.</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_23">[Pg 23]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="III">III</h3> -</div> - - -<p>Tal era el carácter del personaje, sobre el cual, al salir de la -tienda, se entabló la conversación siguiente:</p> - -<p>—Apostaría—dijo el teniente Enrique, limpiándose sus botas de -tafilete encarnado, que el perro manchó de lodo al pasar—, apostaría a -que el capitán no daba la pata coja de su perro por aquella docena de -canastas de vino de Madera que vimos el otro día en los furgones del -general...</p> - -<p>—Vaya, vaya—contestó de broma el ayudante de campo Pascual—; eso -sería mal negocio, porque las canastas no tienen a la hora esta nada -dentro, que yo puedo dar testimonio. Por consiguiente—añadió con suma -seriedad—, ustedes convendrán en que treinta botellas vacías no valen -la pata del perro, que al fin y al cabo pudiera muy bien servir para -mango de un cordón de campanilla.</p> - -<p>El auditorio soltó la risa por el tono solemne con que el ayudante -pronunció las últimas palabras; pero Alfredo, el oficial de húsares, -único que no participó de la broma, tomó un aire de descontento.</p> - -<p>—No veo, señores—dijo—, qué motivo de risa hay en lo que acaba -de pasar. Este perro y este sargento, que andan siempre pegados a -D’Auverney desde que le conozco, me parecen muy capaces de excitar -interés. Por fin, esta escena...—Pascual,<span class="pagenum" id="Page_24">[Pg 24]</span> picado tanto de la seriedad -de Alfredo cuanto de la burla de los restantes, le interrumpió diciendo:</p> - -<p>—¡Ah! Eso sí: la escena es muy sentimental; pues vaya, ¡encontrar un -perro y quebrarse el brazo!...</p> - -<p>—Capitán Pascual, se equivoca usted—le respondió Enrique, arrojando -fuera de la tienda la botella que acababa de vaciar—; ese Bug, por -otro nombre Pierrot, me tiene en mucha curiosidad.</p> - -<p>Pascual, que iba a enfadarse de veras, se apaciguó reparando en que le -habían llenado el vaso, y en esto entró D’Auverney y se fué a sentar -en su antiguo puesto, sin pronunciar palabra; estaba pensativo, pero -con el semblante menos agitado, y tan distraído, que nada oía de cuanto -hablaban alrededor suyo. <i>Rask</i>, que le acompañaba, se echó a sus -pies, mirándole con sobresalto.</p> - -<p>—Mire usted su vaso, capitán D’Auverney; y pruebe éste, que es de lo...</p> - -<p>—¡Oh! A Dios gracias—contestó el capitán, figurándosele que acertaba -en responder a Pascual—, la herida no es peligrosa, porque el hueso -está sano.</p> - -<p>Sólo el respeto involuntario que inspiraba el capitán a todos sus -compañeros contuvo la carcajada que ya asomaba entre los labios de -Enrique.</p> - -<p>—Puesto que ya se ha sosegado usted en lo que toca a Tadeo—dijo -conteniéndose—, y que nos hemos convenido en contar cada cual nuestras -aventuras<span class="pagenum" id="Page_25">[Pg 25]</span> para distraer esta noche de vivac, espero, querido, que -cumplirá usted su empeño contándonos la historia del perro cojo y la de -Bug... qué sé yo cuántos, aquel peñón de Gibraltar.</p> - -<p>A esta pregunta, hecha en tono medio serio, medio de broma, no hubiera -respondido D’Auverney si todos los demás concurrentes no hubiesen -reunido sus instancias a las del teniente. Por fin cedió a tantos -ruegos.</p> - -<p>—Voy a complacer a ustedes, señores; pero no esperen otra cosa que la -relación de una anécdota sencilla, en que no represento sino un papel -muy subalterno. Si las relaciones de cariño que existen entre Tadeo, -<i>Rask</i> y yo les han hecho esperar algo de extraordinario, desde -ahora les aviso que se equivocan, y con esto principio.</p> - -<p>Reinó entonces de súbito profundo silencio. Pascual se echó de un trago -la calabaza de aguardiente, y Enrique se embozó en su piel de oso, -medio roída, para guarecerse del frío, mientras Alfredo cantaba medio -entre dientes la canción gallega de <i>La muñeira</i>. D’Auverney se -quedó pensativo por unos instantes, como para retraer a la memoria -el recuerdo de algunos sucesos, ya casi borrados por impresiones más -recientes, y al fin tomó la palabra lentamente, casi en voz baja y con -frecuentes pausas.</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_26">[Pg 26]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="IV">IV</h3> -</div> - - -<p>—Aunque nací en Francia, desde muy tierna edad me enviaron a Santo -Domingo, en casa de un tío hacendado, muy rico, de aquella colonia, con -cuya hija estaba resuelto mi enlace por la familia. La habitación de mi -tío estaba situada a las inmediaciones del castillo de Galifet, y sus -fincas se extendían por casi toda la vega del río Acul; y aun cuando el -relato de tales circunstancias lo tengan ustedes quizá por menudencias -insignificantes, de ello dimana principalmente la ruina total de mi -familia.</p> - -<p>Ochocientos negros se ocupaban en la labranza de las inmensas fincas de -mi tío, y debo confesar que los males inherentes a la triste condición -de esclavos subían aún mucho de punto por la dureza del carácter de -su amo. Mi tío se contaba entre el número, por fortuna muy escaso, de -aquellos criollos a quienes la práctica prolongada de un despotismo sin -límites había llegado a embotar la sensibilidad del ánimo. Acostumbrado -a verse obedecido al primer indicio de su voluntad o capricho, -castigaba con sumo rigor la menor tardanza o leve muestra de duda por -parte de un esclavo, y a menudo las súplicas interpuestas de sus hijos -servían tan sólo para encender su cólera. Así, pues, teníamos que -contentarnos las más veces con suavizar en secreto los males que no -estaba a nuestro alcance el impedir.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_27">[Pg 27]</span></p> - -<p>—¡Vaya, y qué bonito está eso!—dijo a media voz Enrique, inclinándose -al oído del oficial más vecino—. Espero que el capitán no dejará pasar -las desdichas de los <em>ex negros</em> sin hacer una disertacioncita -acerca de los deberes que nos impone la humanidad, etcétera, etcétera. -Lo que es en la sociedad patriótica de <i>Massiac</i><a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a> no escapábamos -a menos.</p> - -<p>—Gracias, Enrique, por el aviso, que me excusa ponerme en -ridículo—respondió con frialdad D’Auverney, que lo había oído, y en -seguida prosiguió su relación—.</p> - -<p>Entre todos sus esclavos, uno solo había conseguido congraciarse -con mi tío, y éste era un enano español, mulato o de los que llaman -cuarterón, que le había regalado lord Effingham, gobernador de la -Jamaica. Mi tío, que había residido por muchos años en el Brasil, había -contraído los hábitos portugueses y gustaba de rodearse de cierto -fausto proporcionado a sus riquezas. Numerosos esclavos, adiestrados al -servicio doméstico como<span class="pagenum" id="Page_28">[Pg 28]</span> los criados europeos, daban en cierto modo a -su casa un aire de magnificencia cual la de un gran señor, y para que -nada faltase, había conferido al esclavo de lord Effingham el título -de su <em>bufón</em>, imitando así a aquellos antiguos barones feudales -que mantenían un <em>gracioso</em> entre el séquito de su corte. Es -preciso en este punto confesar que la elección había sido en extremo -acertada. El mulato Habibrah—que así se llamaba—era uno de aquellos -entes cuya conformación física es tan extraña, que nos horrorizarían -como monstruos si no moviesen antes a risa. Este espantoso enano era -bajo, rechoncho y panzón, y se movía con suma agilidad y rapidez, -sostenido en un par de piernecillas tan sutiles y diminutas que, cuando -al sentarse las encogía, se asemejaban a las patas de una araña. Su -enorme cabeza, macizamente enterrada entre los hombros, estaba cubierta -de un pelo rojizo y crespo y adornada de tan enormes orejas que solían -decir sus compañeros le servían de paño para enjugarse las lágrimas. -Su rostro estaba sin cesar desfigurado por un gesto, sin que jamás -el mismo se repitiese; extraordinaria movilidad de facciones que por -lo menos confería a su fealdad el mérito de ser variada. Mi tío se -le había aficionado a causa de esta poco común deformidad y de su -inalterable alegría, y así, Habibrah era su favorito. Mientras que los -esclavos restantes gemían, sobrecargados de trabajo, toda la faena -de Habibrah estaba reducida a andar detrás de su amo con un inmenso -abanico de plumas<span class="pagenum" id="Page_29">[Pg 29]</span> para oxear los mosquitos y demás insectos. Mi tío -hacía que comiera a sus pies, sentado en una estera de juncos, y solía -darle en su propio plato los restos de algún manjar preferido. Verdad -es que en pago se mostraba Habibrah muy agradecido a tales bondades; -no ejercía sus privilegios de bufón ni su derecho a hacerlo todo y a -decirlo todo, sino con el objeto de divertir a su amo con mil ridículos -dichos mezclados con extravagantes contorsiones, y al menor gesto de mi -tío, acudía volando con la agilidad de un mono y el aspecto sumiso de -un perro.</p> - -<p>Y, sin embargo, yo no podía vencer la repugnancia que me inspiraba -aquel esclavo. Había algo de demasiado rastrero en su condición servil: -porque si la esclavitud no deshonra, el servicio doméstico envilece. -Sentía yo como una especie de benévola compasión hacia aquellos negros, -a quienes veía trabajar todo el día sin descanso y sin que apenas -una miserable vestidura encubriese sus grillos; pero el disforme -saltimbanco, el esclavo holgazán, con su ridículo ropaje, entreverado -de galones y matices y salpicado de cascabeles, no me inspiraba sino -desprecio. Además, el enano no aprovechaba como buen compañero el favor -que le granjeaban sus bajezas. Nunca había implorado un perdón del amo, -que con tanta frecuencia y severidad castigaba; y aun cierto día que -se creyó a solas con mi tío, se le oyó exhortarle a que redoblase su -rigor contra los infelices negros. Con todo, los otros esclavos, que -hubieran debido mirarle<span class="pagenum" id="Page_30">[Pg 30]</span> con celos y desconfianza, no le daban muestras -de odio, sino antes bien les inspiraba una especie de temor respetuoso -que en nada se asemejaba a enemistad; y cuando le veían pasar por entre -sus chozas, con su gorra en hechura de cucurucho, adornada en la punta -de cascabeles y toda pintorreada de estrambóticas figuras trazadas con -tinta roja, decían entre sí y a media voz: “Es un <em>obí</em><a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" class="fnanchor">[2]</a>.”</p> - -<p>Estos pormenores, sobre los cuales llamo ahora su atención, señores, -me ocupaban muy poco en aquella época. Entregado por entero a las -puras emociones de un amor, a que nada debiera, al parecer, poner -obstáculo; de un amor nacido desde la infancia, y también desde ella -correspondido por la mujer que me estaba destinada, apenas concedía -una mirada indiferente a cuanto no era María. Acostumbrado desde la -más tierna edad a considerar como mi futura esposa a aquella que en -cierto modo era ya mi hermana, se había establecido entre nosotros -una especie de tierno cariño, cuya índole no se podrá comprender aun -cuando diga que nuestro amor era una mezcla de fraternal abnegación, -de exaltadas pasiones y de conyugal confianza. Pocos hombres han sido -más felices que yo en sus primeros años; pocos han sentido abrirse -el capullo de su alma a las emociones de la vida bajo una atmósfera -más serena; pocos en tan deliciosa armonía, de placer para el momento -presente y de halagüeñas esperanzas<span class="pagenum" id="Page_31">[Pg 31]</span> para el porvenir. Rodeado, casi -desde la cuna, de cuantos deleites procuran las riquezas y de cuantos -privilegios confiere un elevado nacimiento en aquellos países donde -basta con el color del cutis para poseer tal dignidad; pasando mis -días enteros al lado de la mujer en quien cifraba mi amor; viendo este -amor mismo favorecido por nuestros deudos, únicos que hubieran podido -ponerle estorbo; y todo esto en una edad en que la sangre hierve, en -un país donde el estío es perpetuo, donde la naturaleza es hermosa, -¿qué más pudiera combinarse para inspirarme ciega confianza en mi feliz -estrella?, ¿qué más se requiere para poder repetir que pocos hombres -fueron más felices que lo fuí yo en mis primeros años?</p> - -<p>El capitán se detuvo por un instante, cual si le faltase aliento para -aquellos recuerdos del pasado deleite, y en seguida añadió con acento -melancólico:</p> - -<p>—Verdad es que, en cambio, tengo ahora el derecho de afirmar que nadie -pasará en mayor amargura sus últimos momentos.</p> - -<p>Y como si hubiese sacado fuerzas del íntimo convencimiento de sus -desgracias, continuó con acento sereno.</p> - - -<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Nuestros lectores habrán olvidado, sin duda, que el club -<i>Massiac</i>, citado por el teniente Enrique, era una sociedad -de <em>negrófilos</em> que se instituyó en París a principio de la -Revolución, y que provocó la mayor parte de las insurrecciones que -estallaron entonces en las colonias.</p> - -<p>También podrá chocar la ligereza un poco atrevida con que el joven -teniente se burla de los <em>filántropos</em> que aún reinaban en aquella -época por la gracia del verdugo. Mas es preciso recordar que antes, -durante y después del Terror, la libertad de pensar y de hablar se -había refugiado en los campamentos. Tan noble privilegio costaba de -cuando en cuando la cabeza a un general, pero libra de todo reproche la -resplandeciente gloria de aquellos soldados que los denunciantes de la -Convención llamaban “los <em>señores</em> del ejército del Rhin”.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Hechicero en el dialecto de los negros.—N. del A.</p> - -</div> -</div> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="V">V</h3> -</div> - - -<p>—En medio de tales ilusiones y de tan ciegas esperanzas, llegué a -los veinte años de mi edad, que debían cumplirse en agosto de 1791, -para<span class="pagenum" id="Page_32">[Pg 32]</span> cuya misma época había fijado mi tío la consumación de mi enlace -con María. Fácil les será a ustedes comprender que la idea de una -felicidad tan cercana absorbía todos mis pensamientos, y cuán vagos, -por consiguiente, han de ser los recuerdos que me quedan de las -discusiones políticas que de dos años a aquella parte estaban agitando -nuestra colonia. No hablaré, pues, ni del conde de Peinier, ni de M. -de Blanchelande, ni del desgraciado coronel Mauduit, cuyo fin fué tan -trágico. No pintaré la rivalidad entre la asamblea <em>provincial</em> -del Norte y aquella otra asamblea <em>colonial</em> que usurpó el título -de <em>general</em>, juzgando que la palabra <em>colonial</em> olía -demasiado a esclavitud. Estas mezquindades, que conmovían a la sazón -todos los ánimos, no despiertan ahora el menor interés, a no ser por -los infortunios a que dieron margen. En cuanto a mí, si tenía alguna -opinión tocante a los celos mutuos que reinaban entre el distrito del -Cabo y el de Puerto Príncipe, debía ser, naturalmente, a favor del -Cabo, donde residíamos, y asimismo a favor de la asamblea provincial, -en que mi tío tenía asiento.</p> - -<p>Tan sólo una vez me sucedió tomar parte algo activa en los debates -a que daban origen los asuntos del día, y fué a propósito de aquel -funesto decreto expedido en 15 de mayo de 1791 por la Asamblea -Nacional de Francia, por el que se admitía a la libre gente de color -a la participación de iguales derechos políticos que ejercían los -blancos. En un baile que dió el gobernador de la ciudad<span class="pagenum" id="Page_33">[Pg 33]</span> del Cabo, -muchos criollos jóvenes hablaban con vehemencia contra esta ley, que -tan profundamente hería el amor propio, quizá fundado, de los blancos. -No me había mezclado yo aún en la conversación, cuando se acercó al -corro un hacendado rico, pero a quien los blancos admitían con mucha -dificultad entre sí y cuyo color equívoco daba que sospechar sobre su -estirpe. Entonces me adelanté hacia aquel sujeto, y le dije en alta voz:</p> - -<p>—Siga usted adelante, caballero, porque aquí oiría cosas desagradables -para los que, como usted, tienen sangre mestiza en sus venas.</p> - -<p>Esta acusación le irritó a tal extremo que me llamó a un desafío, en el -cual ambos quedamos heridos. Confieso que obré mal en provocarle; pero -lo que se llama las preocupaciones del color no hubieran bastado para -empujarme a este paso. Mas aquel hombre había manifestado la audacia de -elevar sus pensamientos hasta mi prima, y en el momento mismo que le -insulté de manera tan inesperada acababa de bailar con ella.</p> - -<p>De todos modos, veía yo con embriaguez adelantarse el momento que -iba a hacerme dueño de María, y permanecía cada vez más ajeno a la -efervescencia, siempre en aumento, que hacía delirar a cuantos estaban -a mi alrededor. Fijos los ojos en mi dicha que se aproximaba, no hice -alto en los terribles y obscuros nubarrones que iban encapotando todo -el ámbito de nuestro horizonte político, y cuyo ímpetu debía, al -descargar, desarraigar<span class="pagenum" id="Page_34">[Pg 34]</span> todos nuestros destinos. No que aun los ánimos -más perspicaces e inclinados a augurar mal tuvieran ya serios temores -de una revolución de los esclavos, pues se despreciaba demasiado a esta -raza para que inspirase susto; pero existían sí, entre los blancos -y los mulatos libres, gérmenes de un odio más que suficiente para -que al estallar este volcán, por tanto espacio de tiempo comprimido, -envolviese a la colonia entera entre sus escombros.</p> - -<p>En los primeros días de aquel mes de agosto, invocado por mis más -ardientes votos, cierto extraño incidente vino a mezclar una inquietud -imprevista con mis tranquilas esperanzas.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="VI">VI</h3> -</div> - - -<p>Había mi tío mandado levantar a las orillas de un precioso riachuelo, -que bañaba sus tierras, una glorieta de enramada en medio de una -espesa arboleda. Allí solía venir María todas las tardes a respirar la -pura brisa del mar, que se alza diariamente en Santo Domingo durante -la estación más calurosa, y cuya frescura aumenta o disminuye con el -ardor mismo del día; y yo tenía cuidado de adornar todas las mañanas -este asilo con mis propias manos y de depositar en él las más hermosas -flores. Un día María corrió hacia mí, llena de susto, para anunciarme -que, habiendo entrado en la glorieta como de costumbre, encontró, -con terror<span class="pagenum" id="Page_35">[Pg 35]</span> y sorpresa, arrancadas y pisoteadas por el suelo cuantas -flores había yo colocado por la mañana; y en su vez, un gran ramo de -caléndulas silvestres y recién cogidas puesto en el lugar mismo donde -solía ella sentarse. No había vuelto aún de su sorpresa cuando oyó el -sonido de una guitarra entre los árboles vecinos, y después una voz, -que no era la mía, empezó a entonar con acento suave una canción que le -había parecido española, pero de la cual su turbación, y quizá el pudor -virginal, no le habían permitido entender otra cosa que su nombre, con -frecuencia repetido. Entonces acudió a una huída precipitada, sin que -por fortuna encontrara estorbo.</p> - -<p>Este relato me llenó de indignación y celos. Mis primeras sospechas -se dirigieron al <em>mestizo</em> con quien acababa de tener tan serio -altercado; pero en la perplejidad en que me veía, determiné no dar paso -alguno de ligero, y consolé a la pobre María, prometiéndole vigilar por -su seguridad sin descanso hasta que llegara el momento, ya próximo, en -que me fuera lícito protegerla sin disfraz.</p> - -<p>Suponiendo, pues, que el atrevido, cuya insolencia había asustado a -María a tal extremo, no habría de contentarse con aquella primera -tentativa para declararle lo que adiviné ser su amor, resolví aquella -misma noche, en cuanto se hubiesen entregado todos al descanso, -ponerme de acecho junto a la porción del edificio donde descansaba mi -prometida. Escondido en la espesura de las cañas de azúcar y armado -de un puñal, me<span class="pagenum" id="Page_36">[Pg 36]</span> puse en espera y no aguardé largo tiempo en vano. -Hacia la media noche, un preludio melancólico y mesurado, que turbó -de repente el silencio, a pocos pasos de mí, fijó desde luego mi -atención. Semejante ruido obró en el ánimo como una sacudida eléctrica: -¡era una guitarra y estaba bajo las mismas ventanas de María! Furioso -y blandiendo el puñal, me lancé hacia el sitio de donde salían los -sonidos, rompiendo con mis pisadas los frágiles tallos de las cañas, -cuando de repente me sentí agarrar por una fuerza, a mi parecer -prodigiosa, y vine a tierra; el puñal me le arrancaron de las manos y -le vi brillar sobre mis sienes. Al tiempo mismo, dos ojos encendidos -relumbraron entre la obscuridad pegados a los míos, y dos andanadas -de dientes, blancos como el marfil, que pude entrever a través de las -tinieblas, se abrieron para dejar escapar en acento de cólera estas -palabras: <em>Te tengo, te tengo</em><a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>.</p> - -<p>Más atónito aun que temeroso, forcejeaba yo en vano con mi formidable -adversario, y ya la punta del puñal penetraba por mis vestiduras,<span class="pagenum" id="Page_37">[Pg 37]</span> -cuando María, sobresaltada en su sueño por el sonido de la guitarra -y el tumulto de nuestros pasos y clamores, apareció de súbito a la -ventana. Reconoció mi voz, vió brillar un puñal y lanzó un grito de -dolor y de angustia. Aquel grito penetrante paralizó en cierto modo -el brazo de mi victorioso antagonista; se contuvo cual si le hubiese -vuelto estatua algún hechizo; recorrió incierto por algunos instantes -la superficie de mi pecho con el puñal, y al cabo, arrojándolo de sí, -exclamó en francés:</p> - -<p>—No, no, que lloraría ella demasiado.</p> - -<p>Al concluír estas palabras, desapareció por entre las cañas, y antes -que yo, magullado por aquella lucha tan extraña y desigual, tuviese -tiempo de incorporarme, ningún rumor, ningún vestigio indicaban o su -presencia o el rastro de sus huellas.</p> - -<p>Muy difícil me fuera explicar lo que pasó por mí al volver de mi primer -asombro entre los brazos de María, para quien me había perdonado la -existencia el mismo individuo que amenazaba disputarme su tesoro. Más -que nunca me sentía irritado contra este inesperado rival, y corrido de -deberle la vida. En el fondo del negocio—me decía mi amor propio—, a -María es a quien exclusivamente se la debo, pues que el imperio de su -voz fué lo que hizo caer el puñal; pero, con todo, no podía ocultárseme -a mis propios ojos que había algo de generoso en el sentimiento que -movió a mi desconocido rival al perdonarme. Mas ese rival, ¿quién era? -Me confundía en sospechas, que<span class="pagenum" id="Page_38">[Pg 38]</span> se desvanecían las unas a las otras. -No podía ser el mestizo en quien se fijaron primero mis celos, porque -estaba muy lejos de poseer aquella fuerza extraordinaria, y, además, su -voz era diferente. El individuo con quien luché se me figuró que iba -desnudo hasta la cintura, y esta especie de traje no lo usaban en la -colonia sino los esclavos; pero no podía ser un esclavo. Sentimientos -cual los que le habían inducido a arrojar el puñal no juzgaba que -pudiesen pertenecer a un ente de esta clase, y, además, me repugnaba -bajo todos conceptos la idea de tener a un esclavo por rival. ¿Quién -sería, pues? Determiné callarme y observar.</p> - - -<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Víctor Hugo, que posee y aprecia en cuanto valen el -lenguaje y la literatura castellana, emplea a menudo en esta obra voces -y frases en español, a cuya categoría pertenecen las que van aquí en -letra bastardilla y cuantas de la misma se encuentren más adelante. Sin -embargo, como hablar un idioma extranjero con propiedad dista mucho -de ser fácil empresa, el autor suele cometer incorrecciones, según -es dado al lector reconocer; pero movidos del deseo de conservar a -la historia su colorido original en cuanto posible fuere, nos hemos -resuelto a conservar dichas frases excepto en aquellos casos donde la -irregularidad de expresión era demasiado chocante. Sirva esto de aviso -en general para lo sucesivo—N. del T.</p> - -</div> -</div> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="VII">VII</h3> -</div> - - -<p>María había despertado a la anciana nodriza, que le había servido -siempre de madre, a quien perdió en la cuna; así, pasé el resto de la -noche a su lado, y en cuanto llegó el día, dimos parte a mi tío de -tan inexplicable acontecimiento. Su asombro fué extremado; pero tanto -su orgullo como el mío no pudo avenirse con la idea de que fuese un -esclavo el amante incógnito de su hija. La nodriza recibió órdenes de -no separarse de María; y como las sesiones de la asamblea provincial, -la inquietud que inspiraba a los principales hacendados el aspecto, -cada día más sombrío, de los negocios coloniales; el cuidado, en fin, -de sus haciendas, no dejaban a mi tío momento alguno de descanso,<span class="pagenum" id="Page_39">[Pg 39]</span> me -autorizó para que acompañara a su hija en todos sus paseos, mientras -llegaba el 22 de agosto, época de nuestro enlace. Al tiempo mismo, -empeñado en la creencia de que el nuevo adorador había por fuerza de -ser forastero, mandó que se hiciese guardia por todos los confines -de sus tierras, de día y de noche, y con mayor vigilancia que jamás -anteriormente.</p> - -<p>Tomadas tales precauciones de concierto con mi tío, quise yo hacer por -mí un ensayo, y así, me encaminé a la glorieta, arreglé cuanto había -quedado en desorden la víspera y la adorné con las mismas flores que -tenía de costumbre ofrecer a María.</p> - -<p>Cuando llegó la hora en que ella solía acudir a aquel retiro, cargué -con bala mi escopeta y propuse a mi prima acompañarla al mismo sitio; -la nodriza vino con nosotros.</p> - -<p>María, sin saber que yo hubiese enmendado los destrozos del día -anterior, entró primero en la glorieta.</p> - -<p>—Mira, Leopoldo—me dijo—, todo está aquí en el mismo desorden que -lo dejamos ayer; mira tu trabajo deshecho, tus flores arrancadas -y marchitas; pero lo que me asombra—añadió, cogiendo el ramo de -caléndulas silvestres—, lo que me asombra es que este odioso ramo no -se haya ajado desde ayer acá; mírale, Leopoldo mío, y dime si no parece -acabado de coger.</p> - -<p>Yo me había quedado inmóvil de cólera y sorpresa, porque, en efecto, -mi tarea de la mañana<span class="pagenum" id="Page_40">[Pg 40]</span> estaba allí deshecha delante de mis ojos; y -aquellas melancólicas y amarillentas flores, cuya frescura extrañaba mi -pobre María, habían usurpado con insolencia el puesto de las rosas por -mí colocadas.</p> - -<p>—Sosiégate—me dijo ella, que percibió mi turbación—; sosiégate, que -es una cosa ya pasada, y ese insolente no se atreverá, sin duda, a -volver. Arrojemos tales cuidados como yo hago con este odioso ramo.</p> - -<p>Tuve buen cuidado de no disipar sus ilusiones, por temor de asustarla, -y sin decirle que el que <em>nunca volvería</em> había ya vuelto, le dejé -pisotear las caléndulas en su inocente indignación; y luego, creyendo -que era llegada la hora de conocer a mi misterioso rival, la hice -sentarse en silencio entre su nodriza y yo.</p> - -<p>Apenas nos habíamos, en efecto, colocado en nuestro puesto, cuando -María se llevó de repente el dedo a la boca, porque un leve son, -debilitado entre el susurro del viento y el murmullo de las aguas, -acababa de llegar a sus oídos. Púseme a escuchar, y era el mismo -preludio lento y melancólico que en la noche anterior había despertado -mi ira. Quise lanzarme del asiento; pero un gesto de María me contuvo.</p> - -<p>—Detente, Leopoldo—me dijo a media voz—; repara en que va a cantar y -a decirnos así probablemente quién sea.</p> - -<p>Y no se equivocó María, porque una voz armoniosa, cuyos acentos -respiraban a un tiempo mismo<span class="pagenum" id="Page_41">[Pg 41]</span> algo de varonil y de lastimero, salió en -breve de entre lo más espeso de la arboleda y mezcló con los sonoros -tonos de una guitarra cierta canción española, que bebieron mis oídos -palabra por palabra, con tal ardor que se quedaron éstas grabadas en mi -memoria y puedo aun ahora repetir todas sus expresiones<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a>:</p> - -<p>“¿Por qué huyes de mí, oh, María? ¿Por qué huyes de mí, oh, tierna -doncella? ¿De dónde nace ese espanto que hiela tu ánimo cuando me -escuchas? ¡Tan terrible aparezco, yo que sé amarte, padecer y cantar!</p> - -<p>“Cuando a través de los erguidos cocoteros y de las frondosas alamedas, -que baña el río, contemplo deslizarse tus formas puras y aéreas, la -vista se me empaña, oh, María, cual si mirase pasar alguna visión -celeste.</p> - -<p>“Y si escucho, oh, María, los hechiceros y melodiosos acentos que se -exhalan de tu boca, juzgo que el corazón acude a latir en mis oídos y -mezcla un murmullo lastimero con tu voz armoniosa.</p> - -<p>“¡Ay! Tu voz es más suave para mí que el canto mismo de los pajarillos -que vuelan libres por la bóveda de los cielos y que vienen de las -regiones de mi patria.</p> - -<p>“¡De mi patria, donde yo era rey; de mi patria, donde yo era libre!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_42">[Pg 42]</span></p> - -<p>“¡Libre y rey, oh, doncella! Y todo esto lo olvidaría por ti; -olvidaríalo todo: ¡trono, familia, deberes y venganza! Sí, hasta la -venganza; aunque ha llegado el instante de madurar ese fruto amargo y -delicioso, que tan tardo crece.”</p> - -<p>La voz había cantado las estrofas que anteceden, haciendo pausas -repetidas y melancólicas; mas al llegar a las últimas palabras, cobró -un acento de terrible energía.</p> - -<p>“¡Oh, María! Tú eres como la esbelta palma que a los soplos del aura se -mece ufana con blando movimiento, y te miras en los ojos de tu amante -cual la palma se mira en las cristalinas ondas de la fuente.</p> - -<p>“¡Pero qué! ¿Tú lo ignoras por ventura? ¿No sabes que suele alzarse en -el desierto un huracán envidioso al contemplar el bien de la fuente -preferida? Mírale que llega, y que el aire y la arena se confunden al -batir de sus espesas alas; mírale que envuelve al árbol y al manantial -en sus abrasadores remolinos. Y la fuente se agota, y siente la -palma marchitarse el círculo galano de sus hojas al influjo de aquel -mortífero aliento, y se ve despojada de su brillante adorno, majestuoso -cual una real corona y elegante cual una verde caballera.</p> - -<p>“¡Tiembla, oh, blanca hija de la Española<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>! ¡Tiembla! ¡No sea que -todo alrededor tuyo se convierta luego en un huracán y en un páramo<span class="pagenum" id="Page_43">[Pg 43]</span> -sombrío! Entonces llorarás el amor que hubiera podido conducirte hacia -mí como el alegre <em>kata</em>, el pájaro de amparo en el desierto, guía -hasta la cisterna, por los incultos arenales de Africa, al sediento -peregrino.</p> - -<p>“¿Ni por qué has de despreciar mi cariño, oh, María? Yo soy rey, y mis -sienes descuellan entre todas las frentes humanas. Tú eres blanca, y yo -soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el -ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la -tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.”</p> - - -<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> Aquí añade Víctor Hugo, en una nota, que le parece -inútil copiar el romance español que comenzaba: <em>¿Por qué me huyes, -María?</em> Como tal romance o canción en castellano, por supuesto, no -existe, habremos de contentarnos con traducir la prosa francesa.—N. -del T.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a> Primer nombre, según sabrán nuestros lectores, que dió -Cristóbal Colón a la isla de Santo Domingo, en diciembre de 1492, año -del descubrimiento.—N. del A.</p> - -</div> -</div> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="VIII">VIII</h3> -</div> - - -<p>Un prolongado suspiro, que continuó resonando en las cuerdas de la -guitarra, acompañó a estas últimas palabras. Estaba yo fuera de mí: -“¡Rey! ¡Negro! ¡Esclavo!” Mil ideas incoherentes, despertadas por -la inexplicable canción que acabábamos de escuchar, me hervían en -el cerebro; un ímpetu violento, una necesidad de aniquilar al ser -desconocido que osaba mezclar el nombre de María con sus cánticos de -amor y de amenaza, se había apoderado de mi mente. Agarré, frenético, -la escopeta y me arrojé afuera; y mientras María, atemorizada, alargaba -los brazos para detenerme, estaba ya metido en lo más espeso de la -enramada, hacia el punto donde sonó la voz incógnita. Registré la -arboleda en todas direcciones, metí el<span class="pagenum" id="Page_44">[Pg 44]</span> cañón de mi arma por entre -los matorrales, di vuelta a los gruesos troncos, sacudí las crecidas -hierbas y... en vano; todo, todo en vano. Tan inútil pesquisa, unida a -vagas reflexiones acerca de la canción, añadieron cierta vergüenza a mi -cólera. ¡Pues qué!, ¿había siempre de escaparse este insolente rival, -tanto de mi brazo cuanto a mi comprensión? ¿No podría ni encontrarle, -ni adivinar su ser?... En este momento, un ruido de cascabeles vino a -sacarme de mi distracción, y al revolverme con rapidez me encontré al -lado con el enano Habibrah.</p> - -<p>—Buenos días, amo mío—me dijo, haciéndome una reverencia con sumo -respeto; pero en su mirada de reojo, que clavó en mí con disimulo, -juzgué observar una inexplicable muestra de malicia y un aire de oculto -gozo al contemplar el desasosiego estampado en mi frente.</p> - -<p>—Habla—le grité con aspereza—y dime si has visto a alguien en este -bosque.</p> - -<p>—A nadie más que a usted, <em>señor mío</em>—me respondió con serenidad.</p> - -<p>—¡Pues qué! ¿No has oído una voz?—le repliqué.</p> - -<p>El esclavo se quedó por algún breve espacio como pensando qué -responderme, y yo, hirviendo en ira, proseguí:</p> - -<p>—Vamos, respóndeme pronto, infeliz: ¿no has oído por aquí una voz?</p> - -<p>Clavó descaradamente en mí sus ojos, redondos como los de un gato -montés, y contestó:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_45">[Pg 45]</span></p> - -<p>—¿<em>Qué quiere decir usted</em> con eso de una voz, mi amo? Hay voces -dondequiera y de cualquier especie; hay la voz de los pájaros y la de -las aguas; hay la voz del viento meciéndose entre las hojas...</p> - -<p>Le interrumpí dándole una fuerte sacudida y diciéndole:</p> - -<p>—¡Miserable bufón! Deja de tomarme por tu juguete o te haré escuchar -muy de cerca la voz que sale del cañón de una carabina. Respóndeme en -cuatro palabras: ¿has oído en este bosque a algún hombre cantar una -canción española?</p> - -<p>—Sí, señor—me replicó, sin parecer conmovido—; y también oí la letra -de la música. Atención, amo mío, que voy a contarle cierta cosa. Me -iba yo paseando por las cercanías de este bosque, escuchando lo que -me decían al oído los cascabeles de la <em>gorra</em>, cuando el viento -vino de repente a añadir a semejante concierto algunas palabras de esa -lengua que usted llama el español, la primera que tartamudearon mis -labios cuando mi edad se contaba, no por años, sino por meses, y cuando -mi madre me llevaba colgado de su cuello con fajas de bayeta roja y -amarilla. Yo amo esa lengua porque me recuerda el tiempo en que yo era -chiquito y aún no era enano, en que era un niño y no un bufón imbécil; -me acerqué, pues, y escuché el fin de la canción.</p> - -<p>—¿Y qué?—repuse yo impaciente—. ¿Es eso todo cuanto alcanzas?</p> - -<p>—Sí, señor, amo <em>hermoso</em>; pero si usted quiere, le diré quién -era el hombre que cantaba.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_46">[Pg 46]</span></p> - -<p>Creí que iba a abrazar al enano.</p> - -<p>—¡Habla, habla, Habibrah! ¡Ahí tienes mi bolsa, y diez bolsas aún más -llenas serán tuyas si me enseñas a ese hombre!</p> - -<p>Tomó la bolsa, la abrió y se sonrió.</p> - -<p>—¡<em>Diez bolsas</em> más llenas que ésta! ¡Qué <em>demonio</em>! ¡Eso -haría una <em>fanega</em> llena de pesos con el retrato <em>del rey Luis -quince</em>, tantos cuantos bastarían para sembrar las tierras del -mágico de Granada Altornino, que poseía la ciencia de hacer crecer -<em>buenos doblones</em>! Pero, vamos, no se incomode usted, señorito, -que allá voy al grano. Acuérdese usted, <em>señor</em>, de las últimas -palabras de la canción: “Tú eres blanca y yo soy negro; pero el día -tiene que hermanarse con la noche para dar el ser a los rosados matices -de la aurora y a los dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos -que la luz del mismo día.” Ahora bien: si la canción dice la verdad, -el mulato Habibrah, su humilde, esclavo, nacido de un blanco y de una -negra, es más hermoso que usted mismo, <em>señorito</em>. Yo soy el -producto de la unión del día y de la noche; yo soy la aurora o la tarde -de que habla la canción española, y usted no es más que la luz del día. -Luego yo soy más hermoso que usted, <em>si usted lo quiere</em>; yo soy -más hermoso que un blanco...</p> - -<p>Y el enano mezclaba con tan extrañas digresiones grandes carcajadas de -risa. Volví entonces a interrumpirle, diciendo:</p> - -<p>—¿Adónde vas a parar con tales extravagancias?<span class="pagenum" id="Page_47">[Pg 47]</span> ¿Acaso nada de lo que -hablas puede indicarme quién era el hombre que cantaba en el bosque?</p> - -<p>—Exactamente, mi amo—repuso el bufón con una mirada maliciosa—. -¡Claro está que el <em>hombre</em> que llegó a cantar tales -<em>extravagancias</em>, como usted las llama, ni podía ser ni es sino un -loco como yo! Así me gané <em>las diez bolsas</em>.</p> - -<p>Ya tenía el brazo levantado para castigar la insolente bufonada del -esclavo emancipado, cuando de repente resonó en el bosque un grito -agudo hacia el lado de la glorieta: era la voz de María. Me lancé en -aquella dirección, corrí, volé, soñando en la nueva desgracia que -pudiera amenazarme, y llegué a la glorieta falto de aliento. Allí, un -espectáculo horrible me aguardaba. Un enorme caimán, con el cuerpo -medio escondido entre los juncos de la orilla, asomaba la monstruosa -cabeza por los arcos de verdes ramas que sostenían el techo del -cenador. Su boca, entreabierta y medrosa, amenazaba a un negro, joven -y de estatura colosal, que con un brazo sostenía a la amedrentada -doncella, mientras con el otro metía con arrojo el hierro de un hacha -de carpintero entre las aceradas quijadas del monstruo. El caimán -luchaba enfurecido contra aquella mano audaz y robusta que le tenía -sujeto. Al instante de aparecer yo en el umbral de la glorieta, soltó -María un grito de júbilo, se arrancó de los brazos del negro y vino a -caer a mis plantas, exclamando:</p> - -<p>—¡Ya estoy salva!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_48">[Pg 48]</span></p> - -<p>A este movimiento, a estas palabras de María, el negro se volvió con -ímpetu, cruzó los brazos sobre el hinchado seno y, clavando sobre mi -esposa prometida una mirada de dolor, se quedó inmóvil y como sin -apercibirse de que el caimán, cerca de él y desembarazado ya del hacha, -iba a devorarle. Perdido estaba sin recurso el intrépido negro si, -poniendo con prontitud a María en brazos de su nodriza, que más muerta -que viva permanecía sentada en el banco, no me hubiese yo aproximado -al monstruo y le hubiera descargado en la boca, que tenía abierta, el -tiro de mi carabina. El animal, herido, abrió y cerró por dos o tres -veces aún las quijadas llenas de sangre y los ojos empañados; pero esto -no fué más que un movimiento convulsivo, y de repente se tendió con -gran estrépito sobre el lomo, estirando sus patas gruesas y escamosas, -y quedó muerto. El negro, a quien acababa de salvar tan felizmente, -volvió la cabeza y contempló los últimos estremecimientos del monstruo; -clavó en seguida los ojos en tierra, y alzándolos despacio hacia María, -que había acudido a refugiarse en mis brazos para disipar el vestigio -de sus temores, me dijo, en un tono de voz que indicaba aún más que la -desesperación:</p> - -<p>—<em>¿Por qué le has muerto?</em></p> - -<p>Y luego se alejó precipitado, sin aguardar mi respuesta, y se ocultó -entre la espesura de los árboles.</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_49">[Pg 49]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="IX">IX</h3> -</div> - - -<p>Aquella terrible escena, aquel extraordinario desenlace, las emociones -de toda especie que habían precedido y acompañado a mis inútiles -pesquisas en el bosque, se combinaron para lanzar en el caos mi -fantasía. María estaba aún con los sentidos paralizados por el susto, -y largo tiempo se pasó antes de que pudiésemos manifestarnos nuestros -incoherentes pensamientos, a no ser en miradas y abrazos. Al cabo, yo -rompí el silencio diciendo:</p> - -<p>—Ven, María; salgamos de este lugar, que tiene algo de funesto.</p> - -<p>Ella se levantó con ansia, cual si solo hubiera aguardado mi permiso, -y, cogiéndome del brazo, nos alejamos de allí. Entonces le pregunté -cómo le había llegado el socorro milagroso de aquel negro en el momento -del horroroso peligro que acababa de correr, y si sabía quién fuese -aquel esclavo, pues el grosero vestido, que apenas tapaba su desnudez, -anunciaba bien claro su ínfima condición.</p> - -<p>—Ese hombre—respondió María—es, sin la menor duda, alguno de los -esclavos de mi padre que estaba trabajando a orillas del río cuando -apareció el caimán y me hizo arrojar el grito que te dió aviso de mi -peligro. Lo único que sabré decir es que en aquel mismo instante se -lanzó del bosque para acudir en mi ayuda.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_50">[Pg 50]</span></p> - -<p>—¿Y de qué lado vino?—le pregunté.</p> - -<p>—Del opuesto al lado de donde salía la voz un momento antes, y por -donde acababas tú de meterte entre los árboles.</p> - -<p>Esta circunstancia contrariaba el enlace, que no había podido menos -de buscar mi ánimo, entre las postreras palabras en español que me -dirigió el negro y la canción en el mismo idioma que cantaba mi rival -desconocido. Otros puntos de semejanza se me habían ya igualmente -presentado a la memoria. Aquel negro, de estatura casi gigantesca -y dotado de fuerzas tan prodigiosas, podía muy bien ser el robusto -adversario que me venció en la lucha de la noche anterior; la -circunstancia de estar medio desnudo se convertía así en un indicio -evidente. El cantor de la selva había dicho: “Yo soy negro...”, nueva -prueba. Se había anunciado por rey, y éste no era más que un esclavo; -pero recordé, no sin asombro, el aire de fuerza y majestad grabado -en sus facciones, en medio de los signos característicos de la raza -africana; el brillo de sus ojos; la blancura de los dientes, que tanto -resaltaba en su piel azabachada; lo ancho de su frente prodigiosa, -sobre todo para un negro; la soberbia desdeñosa que lucía en el espesor -de sus labios y narices, y que inspiraba a sus facciones tanta fiereza -y poderío; la nobleza de su porte; la belleza de sus formas, que si -bien adelgazadas y abatidas con el cansancio de un trabajo cotidiano, -todavía ostentaban un desarrollo casi hercúleo; recordé, repito, en -su conjunto grandioso,<span class="pagenum" id="Page_51">[Pg 51]</span> el aspecto de este esclavo, y conocí que bien -pudiera convenirle a un rey. Entonces, cavilando sobre esta porción -de indicios, mis conjeturas se fijaban con ira en el insolente negro -y quería mandarle buscar para castigarle... y luego todas mis dudas -renacían. A decir verdad, ¿cuál era el fundamento de mis sospechas? -Como la isla de Santo Domingo pertenecía en gran parte a España, -resultaba de aquí que infinitos negros mezclaban en su lenguaje el -idioma español, ya que hubiesen pertenecido primitivamente a colonos -de Santo Domingo, ya que hubiesen nacido en su territorio. Y porque -aquel esclavo me hubiese hablado unas cuantas palabras en la misma -lengua, ¿era esto suficiente, por ventura, para darle por autor de una -canción que exigía, a mi entender, un grado de cultura enteramente -desconocido de los negros? En cuanto a la singular queja que profirió -porque hubiese yo muerto al caimán, anunciaba, es verdad, hastío de la -vida; pero nada más fácil de comprender en la condición de un esclavo, -sin acudir, a buen seguro, a la hipótesis de un amor imposible hacia -la hija de su propio amo. Su presencia en la arboleda de la glorieta -pudo muy bien ser casual, y su fuerza y estatura distaban mucho de ser -señales suficientes para cerciorarme de su identidad con mi antagonista -nocturno. ¿Y por tan débiles indicios había de cargarle ante mi tío de -tan terrible acusación y de entregar al implacable encono de su orgullo -a un mísero esclavo que mostró tanto valor por defender<span class="pagenum" id="Page_52">[Pg 52]</span> a mi María...? -En el momento que semejantes ideas iban apaciguando mi cólera, María -las disipó enteramente diciéndome con aquella voz tan dulce a mis oídos:</p> - -<p>—¡Leopoldo mío! ¡Cuánta gratitud debemos a ese buen negro! Sin él -estaba perdida, y hubieras llegado tú demasiado tarde.</p> - -<p>Estas pocas palabras tuvieron un efecto decisivo. No alteraron mi -intento de buscar al negro que había salvado a María; pero cambiaron, -sí, el objeto de mis pesquisas: antes fuera para imponer castigo; -ahora, para dar una recompensa.</p> - -<p>Mi tío supo de mí que debía a uno de sus esclavos la vida de su hija, -y me prometió su libertad si lograba reconocerle entre el tropel de -tantos desgraciados.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="X">X</h3> -</div> - - -<p>Hasta aquel instante, la índole de mi carácter me había alejado de los -lugares donde estaban los negros al trabajo, porque me era demasiado -penoso ver padecer a mis semejantes sin poder aliviarlos; pero cuando, -a la mañana siguiente, me propuso mi tío acompañarle en su visita de -ronda, lo acepté con ansia, en la esperanza de encontrar entre los -trabajadores al libertador de mi adorada María.</p> - -<p>En este paseo alcancé a conocer cuán poderosa es la mirada del señor -sobre su esclavo; pero, al mismo tiempo, ¡cuán caro se compra todo este -poderío!<span class="pagenum" id="Page_53">[Pg 53]</span> Los negros, trémulos al aspecto de su amo, redoblaban en -nuestra presencia su actividad y sus esfuerzos; mas ¡oh, y qué de odio -no se encubría bajo aquel temor!</p> - -<p>De condición irascible, estaba ya mi tío próximo a irritarse de que -le faltara pretexto para ello, cuando Habibrah, su asiduo compañero, -le hizo reparar en un negro que, rendido de cansancio, dormía a la -sombra de unas palmas. Mi tío corrió luego hacia aquel desgraciado, le -despertó con aspereza y le mandó volver a su tarea sin demora. El negro -se levantó asustado, y al levantarse dejó ver un rosal de Bengala, -que mi tío cuidaba con esmero, y sobre el cual se había acostado por -olvido. El delicado arbusto estaba perdido, y el dueño, ya irritado -de la pereza, como él decía, del esclavo, se puso furioso con esta -nueva vista. Frenético, tomó el látigo armado de correas con puntas de -hierro, que llevaba siempre en sus paseos a la cintura, y alzó el brazo -contra el infeliz negro, postrado de rodillas. No descargó, empero, el -golpe; jamás podré olvidar aquel momento. Otra mano robusta detuvo de -repente la mano del blanco, y un negro—el mismo que yo buscaba—, le -dijo en francés:</p> - -<p>—Castígame, pues acabo de ofenderte; pero no hagas daño a mi hermano, -que tan sólo tocó a tu rosal.</p> - -<p>La intervención inesperada del hombre a quien debía yo la salvación -de María, su gesto, sus miradas, el eco imperioso de su voz, me -hirieron cual<span class="pagenum" id="Page_54">[Pg 54]</span> un rayo. Pero su generosa imprudencia, lejos de hacer -avergonzarse a mi tío, sirvió tan solo de acrecentar su cólera y -traspasarla del delincuente a su defensor. Exasperado, se soltó de -brazos del negro gigante, y, colmándole de amenazas, alzó de nuevo el -látigo para azotarle. Esta vez le arrancaron el látigo de la mano. El -negro rompió el mango lleno de clavos como puede romperse una paja, -y holló bajo sus pies aquel vil instrumento de venganza. Estaba yo -inmóvil de sorpresa, y mi tío, de ira; era para él una cosa inaudita -el ver su autoridad así menospreciada: los ojos estaban como prontos -a saltar de su órbita, y los lívidos labios se estremecían con un -movimiento convulsivo. El esclavo le contempló un instante con sosiego, -y en seguida, alargando con dignidad una hoz que empuñaba en sus manos:</p> - -<p>—Blanco—le dijo—, si deseas pegarme, toma siquiera esta hacha.</p> - -<p>Mi tío, fuera de sí, hubiera sin duda accedido a la súplica, y se -precipitaba sobre el instrumento de muerte, cuando yo intervine a mi -vez. Me apoderé con prontitud de la hoz y la arrojé en el pozo de una -noria vecina.</p> - -<p>—¿Qué haces?—preguntó mi tío con arrebato.</p> - -<p>—Ahorrarle a usted—le respondí—el pesar de injuriar al defensor de -su hija. Este es el esclavo a quien le debemos la salvación de María, y -para el que tengo obtenida promesa de libertad.</p> - -<p>El momento no era a propósito para recordar promesas semejantes, y mis -palabras apenas hicieron<span class="pagenum" id="Page_55">[Pg 55]</span> el menor efecto en el ánimo enconado de su -autor.</p> - -<p>—¡Su libertad!—me replicó con aire sombrío—. Sí, merece el término -de su cautiverio. ¡La libertad! Ya veremos de qué especie es la que le -concede el consejo de guerra.</p> - -<p>Tan fúnebres palabras me helaron de espanto, y en vano María y yo -reunimos nuestros ruegos. El negro que por su descuido había ocasionado -esta escena fué azotado, y a su defensor le condujeron a los calabozos -del castillo de Galifet, inculpado de alzar la mano contra un blanco, -crimen que del esclavo a su señor trae consigo la pena capital.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XI">XI</h3> -</div> - - -<p>Ya podrán ustedes imaginarse, señores, hasta qué grado habían -avivado mi interés y curiosidad tales circunstancias. Empecé a hacer -indagaciones respecto del preso, y el resultado me proporcionó -relaciones a lo sumo extrañas. Dijéronme que todos sus compañeros -manifestaban el mayor respeto hacia aquel joven, y que esclavo él -mismo, le bastaba una mínima señal para hacerse obedecer. No había -nacido en la hacienda, ni se le conocía ni padre ni madre, y aseguraban -que pocos años atrás había aportado en un buque negrero a las playas -de Santo Domingo. Esta circunstancia hacía aún más notable el imperio -que ejercía sobre todos sus compañeros, sin exceptuar siquiera<span class="pagenum" id="Page_56">[Pg 56]</span> a los -negros <em>criollos</em>, los que, como ustedes sabrán quizá, profesan -por lo común el más profundo desprecio hacia los negros <em>congos</em>, -expresión, impropia por lo demasiado general, con la que se designaba -en la colonia a todos esclavos traídos del Africa.</p> - -<p>Aun cuando parecía absorto en excesiva melancolía, su fuerza -extraordinaria, junto a su habilidad maravillosa, le hacían un ente -inapreciable para las faenas de la finca. Andaba a la noria por más -tiempo y más de priesa que el mejor caballo y a veces le sucedió -despachar en un solo día la tarea de diez de sus camaradas, por -libertarlos del castigo a que estarían sujetos o por indolencia o -por cansancio. Así es que era adorado por los esclavos; pero la -veneración que le tributaban, muy diversa del terror supersticioso que -les infundía el bufón Habibrah, parecía que dimanaba de alguna causa -secreta: era una especie de culto.</p> - -<p>—Lo que hay de más extraño—me decían—es el verle tan blando y llano -de condición con sus iguales, que se glorian de obedecerle, como altivo -y orgulloso con los <em>capataces</em> de nuestras cuadrillas.</p> - -<p>Justo, por otra parte, será el decir que estos esclavos privilegiados, -eslabones intermedios que en cierto modo ligaban entre sí la cadena -de la servidumbre y la del despotismo, reuniendo a la ruindad de -su condición la insolencia de su autoridad, se tomaban un placer -maligno en colmarle de trabajo y de vejaciones. Parece, sin embargo, -que no<span class="pagenum" id="Page_57">[Pg 57]</span> podían dejar de respetar el sentimiento de orgullo que le -arrastró a cometer el ultraje contra mi tío. Ninguno de ellos había -osado imponerle castigos humillantes, y si por ventura le habían -amenazado, veinte negros se levantaban luego para sufrir en su lugar -la sentencia, y él, inmóvil, presenciaba aplicarles la pena, como -si en ello no hubiese hecho más que cumplir con sus deberes. Este -hombre extraordinario era conocido en la hacienda con el nombre de -<i>Pierrot</i>.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XII">XII</h3> -</div> - - -<p>Todos estos pormenores exaltaron mi imaginación juvenil, mientras -María, llena de gratitud y compasión, participaba y aplaudía mi -entusiasmo; y de tal manera se granjeó Pierrot nuestra simpatía, que me -determiné a verle y servirle de ayuda. Empecé, pues, a pensar en los -medios de hablarle.</p> - -<p>Aunque en extremo joven, era yo, como sobrino de uno de los hacendados -más opulentos del Cabo, capitán de milicias en la parroquia del Acul. -El castillo de Galifet estaba entregado a nuestra custodia y a la de -un destacamento de dragones amarillos, cuyo jefe, por lo común un -suboficial, tenía el mando de la fortaleza. Sucedió cabalmente que el -comandante a la sazón era hermano de un hacendado pobre, a quien tuve -la fortuna de<span class="pagenum" id="Page_58">[Pg 58]</span> poder hacerle importantes favores, y pronto, por lo -tanto, a sacrificarse por mí...</p> - -<p>En esto, todo el auditorio interrumpió a D’Auverney, nombrando a Tadeo.</p> - -<p>—Lo han adivinado, señores—repuso el capitán—; y ahora les será -fácil comprender que no me costó trabajo lograr que me diera entrada en -el calabozo del negro. Como capitán de milicias, tenía yo derecho para -visitar el castillo; pero, a fin de no inspirar sospechas a mi tío, -encendido aún en cólera, tuve cuidado de ir a la hora en que dormía su -siesta. Los soldados, también con excepción de los centinelas, estaban -entregados al sueño, y sin que nadie nos observara, llegué, guiado por -Tadeo, a la puerta del calabozo. Tadeo la abrió y se retiró, y yo me -entré adentro.</p> - -<p>El negro estaba sentado porque su estatura no le permitía permanecer -erguido, y no se hallaba solo, pues un enorme perrazo se levantó en -seguida y vino hacia mí gruñendo.</p> - -<p>—<i>¡Rask!</i>—gritó el negro.</p> - -<p>Y el cachorro calló y volvió a echarse a los pies de su amo, donde -acabó de devorar algunos miserables alimentos.</p> - -<p>Yo iba vestido de uniforme, y la luz que difundía en el reducido -calabozo una claraboya era tan escasa que Pierrot no alcanzaba a -distinguir quién yo fuese.</p> - -<p>—Estoy pronto—me dijo con tono sereno.</p> - -<p>Y al acabar estas palabras se medio incorporó, y volvió a repetir:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_59">[Pg 59]</span></p> - -<p>—Estoy pronto.</p> - -<p>—Yo creía—le dije, sorprendido con la soltura de sus movimientos—que -tenías grillos.</p> - -<p>La emoción me puso la voz trémula, y él pareció no reconocerla. -Entonces empujó con el pie algunos escombros, que dieron un sonido -metálico, y respondió:</p> - -<p>—¡Los grillos! Los he roto.</p> - -<p>Y había en el acento con que pronunció tales palabras algo como que -daba a entender: “No he nacido para arrastrar cadenas.”</p> - -<p>Yo repuse:</p> - -<p>—Tampoco me habían dicho que tuvieses un perro.</p> - -<p>—Yo le he dado entrada—replicó.</p> - -<p>A cada paso crecía mi admiración. La puerta del calabozo estaba -cerrada por la parte exterior con triples cerrojos, y la claraboya, -que apenas tendría seis pulgadas de ancho, estaba resguardada con dos -barras de hierro. Pareció como que comprendía mis cavilaciones, porque, -levantándose en cuanto la bóveda, demasiado baja, se lo permitía, -movió de su puesto sin esfuerzo un enorme sillar, situado debajo de la -claraboya; arrancó las rejas, enclavadas en la pared por encima de esta -piedra, y abrió de esta manera un boquete por donde podían entrar dos -hombres sin estorbo, y que estaba al andar de una arboleda de plátanos -y cocoteros, que cubre el morro adonde el fuerte estaba adosado.</p> - -<p>La sorpresa me dejó mudo, y, en esto, un rayo<span class="pagenum" id="Page_60">[Pg 60]</span> de luz, entrando por -la abertura, iluminó de súbito mi semblante. El preso dió un salto -como si hubiese puesto por azar el pie sobre una serpiente, y golpeó -con la frente las piedras de la bóveda. Una mezcla indescifrable de -mil encontrados afectos, una muestra extraña de odio, de cariño y de -doloroso asombro, lucieron rápidamente en sus ojos; pero recobrando por -un esfuerzo repentino el dominio sobre sus pensamientos, la fisonomía, -cuando más no fuera, volvió en menos de un instante al anterior -sosiego, y, clavando su vista en la mía, me contempló cara a cara como -a un desconocido, diciendo:</p> - -<p>—Puedo vivir aún dos días sin comer.</p> - -<p>Hice un gesto de horror al reparar entonces en lo descarnado de su -aspecto, y él prosiguió:</p> - -<p>—Mi perro no quiere comer sino de mi mano, y si yo no hubiera -agrandado la claraboya, se habría muerto de hambre el pobre -<i>Rask</i>. Más vale que sea yo el que muera y no él, porque, al cabo, -de cualquier modo he de morir.</p> - -<p>—¡No!—exclamé—. ¡No perecerás tú de hambre!</p> - -<p>No me comprendió, y contestó, sonriéndose con amargura:</p> - -<p>—Verdad es que hubiera podido vivir aún dos días sin comer; pero -siempre estoy pronto, señor oficial, y mejor es hoy que mañana. Lo que -pido es que no se le haga daño a <i>Rask</i>.</p> - -<p>Entonces me apercibí de lo que daba a entender con su frase <em>estoy -pronto</em>. Acusado de un crimen<span class="pagenum" id="Page_61">[Pg 61]</span> que se castigaba con pena de muerte, -creyó que yo venía para conducirle al patíbulo, y aquel hombre, -dotado de fuerzas colosales, le decía sereno a un mero niño <em>Estoy -pronto</em>, cuando todos los medios de huída estaban a su arbitrio.</p> - -<p>—Que no se le haga daño a <i>Rask</i>—repitió de nuevo.</p> - -<p>A esto no pude contenerme:</p> - -<p>—Pues ¿qué—le dije—, no sólo me tomas por tu verdugo, sino que hasta -dudas de mi humanidad hacia este pobre perro, que ningún mal ha hecho?</p> - -<p>Se enterneció y se le alteró la voz al decirme, alargándome la mano:</p> - -<p>—Perdóname, blanco, porque quiero mucho a mi perro; y los -tuyos—añadió después de una breve pausa—, los tuyos me han causado -muchos males.</p> - -<p>Le abracé, le apreté la mano, le saqué de su error y le pregunté:</p> - -<p>—Pues qué, ¿no me conoces?</p> - -<p>—Sabía que eres un blanco, y para los blancos, por buenos que sean, -¡es un negro tan poca cosa! Además, no me faltan razones para quejarme -de ti.</p> - -<p>—¿En qué?—repuse atónito.</p> - -<p>—¿Pues no me has conservado por dos veces la vida?</p> - -<p>Tan extraña acusación me movió a risa, y, apercibiéndose, añadió con -amargura:</p> - -<p>—Sí, debería guardarte rencor. Me has salvado<span class="pagenum" id="Page_62">[Pg 62]</span> de un caimán y de -un amo blanco, y, lo que es peor, me has arrebatado el derecho de -aborrecerte. ¡Oh, soy muy desgraciado!</p> - -<p>La singularidad de sus ideas y su lenguaje no me movían ya casi a -admiración, porque estaban en armonía consigo propio, y sin hacer alto -en ello, le respondí:</p> - -<p>—Mucho más te debo de lo que tú a mí, porque te debo la vida de mi -futura esposa, de María.</p> - -<p>Padeció como si fuese una conmoción eléctrica.</p> - -<p>—¡María!—dijo con voz apagada.</p> - -<p>Y dejó caer la cabeza entre las manos, que se retorcían con violencia, -mientras penosos gemidos querían como reventarle el pecho. Confieso que -mis amortiguadas sospechas se despertaron, pero sin cólera ni celos. -Estábamos ambos demasiado próximos, yo a la dicha y él a la muerte, -para que semejante rival, aun siéndolo, pudiese excitar en mí otras -ideas que las de afecto y lástima.</p> - -<p>Levantó, por fin, la cabeza, y me dijo:</p> - -<p>—Anda, no me lo agradezcas.</p> - -<p>Y después de otra pausa, prosiguió:</p> - -<p>—¡Y, sin embargo, yo no soy de sangre inferior a la tuya!</p> - -<p>Esta frase revelaba un género de ideas que excitó vivamente mi -curiosidad, y le insté que me manifestase quién era y lo que había -padecido; pero él se mantuvo en tétrico silencio. Con todo, mi acción -le había afectado, y mis ofertas de servirle y mis instancias parece -que vencieron su disgusto hacia la vida, porque salióse y volvió a<span class="pagenum" id="Page_63">[Pg 63]</span> -entrar, trayendo en las manos algunos plátanos y un enorme coco, y, -cerrando en seguida la abertura, se puso a comerlos. Conversando con -él, noté que hablaba con soltura el francés y el español, y que su -ingenio no parecía desprovisto de cultura; entre otras cosas, sabía -algunas canciones españolas, que cantaba con suma expresión. Este -hombre era tan inexplicable bajo otros mil conceptos, que hasta ahora -no me había chocado la pureza de su lenguaje; pero cuando traté de -investigar la causa, permaneció callado. Al fin nos separamos, dejando -yo orden dada a mi fiel Tadeo para que tuviera con él todos los -miramientos y atenciones posibles.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XIII">XIII</h3> -</div> - - -<p>Todos los días regresaba a verle a la misma hora; pero su causa me -inspiraba grandes temores, pues, a pesar de todos nuestros ruegos, mi -tío se obstinaba en acusarle. No le oculté mis inquietudes a Pierrot, -pero él me escuchaba siempre con indiferencia.</p> - -<p>A menudo entraba <i>Rask</i> mientras estábamos juntos, llevando -por collar una gran hoja de palma. El negro se la desataba, leía -los caracteres desconocidos que venían allí grabados y la rompía en -seguida. En cuanto a mí, estaba ya enseñado por la experiencia a no -hacerle preguntas ociosas.</p> - -<p>Un día que entré sin que, al parecer, hiciese alto en mí, estaba -vuelto de espaldas hacia la<span class="pagenum" id="Page_64">[Pg 64]</span> puerta del calabozo, cantando con tono -melancólico la canción española <em>Yo, que soy contrabandista</em>. -Cuando hubo concluído, se volvió precipitadamente y me dijo:</p> - -<p>—Hermano, prométeme, si en algún tiempo desconfías de mí, disipar -todas tus sospechas si me oyes cantar esta tonada.</p> - -<p>Su aire era imponente, y sin entender muy a las claras lo que -significaban tales palabras: <em>si en algún tiempo desconfías de -mí</em>, le juré cuanto apetecía. Tomó entonces la cáscara del coco -que cogió el día de mi primera visita, y que desde aquel momento -conservaba, la llenó de vino de palmas, me incitó a llevármela a los -labios y luego bebió todo el licor de un solo trago. Desde aquel -momento ya no me dió otro nombre que el de hermano.</p> - -<p>Mientras tanto, yo empezaba a concebir algunas esperanzas. Mi tío se -había apaciguado un tanto, y los regocijos para celebrar mi próximo -casamiento con su hija le habían inclinado el ánimo a ideas de mayor -blandura. A cada paso le hacía presente que Pierrot no llevaba -intenciones de ofenderle, sino de estorbarle un acto de severidad quizá -excesiva; que ese negro, por su atrevida pelea con el caimán, había -salvado a María de una muerte segura; que le debíamos ambos, él a su -hija y yo a mi esposa; que, además, Pierrot era el más vigoroso de -sus esclavos—porque no soñaba ya en obtener su libertad, sino que se -contentaba con su vida—; que él, a solas, trabajaba<span class="pagenum" id="Page_65">[Pg 65]</span> tanto como otros -diez negros cualesquiera; y, en fin, que sobraba con sus brazos para -poner en movimiento los cilindros de un molino de azúcar. Mi tío me -escuchaba y aun me daba a entender que quizá haría desistimiento de la -queja. Sin embargo, no le hablé al negro de mis esperanzas, queriendo -gozar del placer de anunciarle su libertad por entero si la conseguía; -pero lo que causaba admiración era el ver que, creyéndose próximo a la -muerte, no se aprovechaba de los medios de fuga de que disponía. Cuando -se lo manifesté, respondió con frialdad:</p> - -<p>—Juzgarían que tengo miedo.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XIV">XIV</h3> -</div> - - -<p>Una mañana vino hacia mí María inundada de gozo, y lucía en su dulce -semblante algo de más angelical aun que los contentos del amor más -puro. Era el pensamiento de una buena acción.</p> - -<p>—Escucha—me dijo—: dentro de tres días llegarán el 22 de agosto y -nuestra boda. Pronto...</p> - -<p>Yo le interrumpí, contestando:</p> - -<p>—No digas pronto, María, cuando faltan tres días aún.</p> - -<p>Se sonrió, ruborizándose, y prosiguió:</p> - -<p>—No me turbes, Leopoldo, que me ha venido una idea que te pondrá -contento. Sabes que ayer fuí a la ciudad con mi padre para comprar -los<span class="pagenum" id="Page_66">[Pg 66]</span> tocados para mi casamiento; no que me importen esos brillantes -ni esas joyas, que no me han de hacer más hermosa a tus ojos, porque -yo daría todas las perlas del mundo por una de aquellas flores que me -quitó el tunante del ramo de caléndulas; pero, al fin, mi padre quiere -colmarme de tales regalos y tengo que aparentar deseo por complacerle. -Ayer vimos una <em>basquiña</em> floreada de raso de China, metida en -un cofrecito de palo de olor, que me llamó mucho la atención. Es cosa -muy cara, pero muy extraña y muy bonita. Mi padre observó lo mucho -que yo la miraba, y cuando volvimos a casa le pedí que me prometiera -concederme una súplica, al modo de los antiguos paladines; ya sabes -cuánto le gusta que se le compare con los caballeros antiguos. Me juró, -pues, por su honor que me concedería la primera cosa que le pidiera, -fuese cual fuese, y se figura que será la basquiña de raso de China; -pero nada de eso, que será la vida de Pierrot. Este será mi regalo de -boda.</p> - -<p>No pude menos de estrechar a aquel ángel entre mis brazos; y como la -palabra de mi tío era cosa sagrada, mientras que María iba a reclamar -su cumplimiento, yo acudí de carrera al castillo de Galifet para -anunciarle a Pierrot su perdón, ya positivo.</p> - -<p>—¡Hermano!—le grité al entrar—. ¡Hermano, regocíjate, que tu vida -está en salvo! María la ha pedido a su padre por regalo de boda.</p> - -<p>El esclavo se estremeció.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_67">[Pg 67]</span></p> - -<p>—¡María! ¡Boda! ¡Mi vida! ¿Cómo pueden hermanarse tales cosas?</p> - -<p>—Es muy sencillo—le respondí—. María, a quien le salvaste la vida -también, se casa...</p> - -<p>—¿Con quién?—exclamó el esclavo, y sus miradas eran desatentadas y -terribles.</p> - -<p>—¿Pues no lo sabes?—le repliqué con blandura—. Conmigo.</p> - -<p>Entonces su formidable rostro volvió a aparecer amistoso y resignado.</p> - -<p>—¡Sí! Verdad es. ¡Contigo!—me dijo—. ¿Y cuál es el día señalado?</p> - -<p>—El 22 de agosto.</p> - -<p>—¡El 22 de agosto! ¿Estás demente?—repuso con expresión de temor y -congoja.</p> - -<p>Aquí se detuvo y le miré atónito. Después de un breve rato de silencio, -me estrechó la mano con fervor.</p> - -<p>—Hermano, en cuanto cabe debo mi boca darte un consejo. Créeme: anda, -ve a la ciudad del Cabo y celebra tu casamiento antes del día 22.</p> - -<p>En vano quise averiguar el sentido de aquellas enigmáticas palabras.</p> - -<p>—Adiós—me dijo con voz solemne—. Quizá ya he dicho demasiado; pero -aborrezco aún más la ingratitud que el perjurio.</p> - -<p>Me separé, pues, de él lleno de indecisión e inquietud, las cuales, sin -embargo, pronto se disiparon entre las ilusiones de mi ventura.</p> - -<p>Aquel mismo día retiró mi tío su querella, y yo volví al castillo para -dar suelta a Pierrot. Tadeo,<span class="pagenum" id="Page_68">[Pg 68]</span> sabiendo que estaba libre, entró conmigo -en el encierro; pero... Pierrot había desaparecido. <i>Rask</i>, que -se encontraba solo, se me acercó haciéndome fiestas, y como reparé -que traía atada al cuello una hoja de palma, se la quité y leí lo que -sigue: <em>Gracias, hermano, porque me has salvado por tercera vez la -vida. Hermano, no olvides tus promesas.</em> Y debajo estaban escritas, -en lugar de firma, las palabras <em>Yo, que soy contrabandista</em>.</p> - -<p>Tadeo estaba aún más asombrado que yo, porque ignoraba el secreto -de la abertura en la pared, y se le ocurrió si el negro se habría -transformado en perro. Yo le dejé creer cuanto se le antojara, -contentándome con exigirle el secreto sobre lo que había presenciado. -También quise llevarme a <i>Rask</i>; pero al salir del castillo se -metió por las malezas, y luego le perdí de vista.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XV">XV</h3> -</div> - - -<p>Mi tío se indignó con la evasión del esclavo. Mandó hacer pesquisas, y -escribió al gobernador para que pusiesen a su disposición a Pierrot, en -caso de encontrarlo.</p> - -<p>Llegó en esto por fin el 22 de agosto, y mi enlace con María se celebró -con gran pompa en la parroquia del Acul. ¡Cuán feliz fué aquel día, -en que iban a tener comienzo mis desgracias! Estaba yo embriagado de -cierto júbilo, que no sabré explicar a quien no lo haya experimentado, -y a<span class="pagenum" id="Page_69">[Pg 69]</span> Pierrot y a sus funestos vaticinios los arrojé del todo de mi -memoria. Vino, al cabo, la ansiada noche, y mi tierna esposa se retiró -al aposento nupcial, donde no pude seguirla tan luego como lo apetecía. -Un deber penoso, pero indispensable, reclamaba antes mi presencia: -el empleo de capitán de milicias exigía que saliese de ronda por los -cuerpos de guardia de la vega. Semejante precaución se había hecho en -aquella época imperiosamente necesaria, de resultas de los disturbios -de la colonia; de los levantamientos aislados de los negros, tentativas -que, si bien con facilidad sofocadas, se habían repetido en los meses -de junio y julio, y aun a los principios de agosto, en las haciendas -de Thibaud y Lagoscette; y de resultas, en fin, y más principalmente, -de las pésimas disposiciones de los mulatos libres, agriados y no -atemorizados con la justicia, aun reciente, del rebelde Ogé. Mi tío -fué el primero en recordarme mi obligación, y tuve que resignarme a -cumplirla. Vestí, pues, mi uniforme y salí. Visité los primeros puestos -sin encontrar motivos de recelo; pero hacia la media noche, cuando -recorría distraído las baterías a orillas del mar, vi despuntar en el -horizonte una vislumbre rojiza, que fué creciendo y extendiendo sus -resplandores por el lado de Limonade y de San Luis de Morin. Al pronto, -los soldados y yo lo atribuímos todos a algún incendio casual; mas -un momento después, las llamas se hicieron tan visibles, y el humo, -empujado por el viento, acrecentó y espesó a tal punto sus remolinos,<span class="pagenum" id="Page_70">[Pg 70]</span> -que tomé con rapidez el camino de la fortaleza para dar la alarma y -enviar socorros. Al pasar por junto las chozas de nuestros negros, me -quedé admirado de la agitación que reinaba. La mayor parte estaban -aún en pie y hablaban entre sí con viveza extraordinaria, de modo que -un nombre extraño, Bug-Jargal, se repetía con frecuencia en medio de -aquella su ininteligible jerigonza. Logré, sin embargo, coger varias -palabras cuyo sentido anunciaba, a mi entender, que los negros de la -llanura del norte estaban en insurrección abierta y entregaban a las -llamas los plantíos y habitaciones situadas al otro lado de la ciudad -del Cabo. A la par tropecé con el pie, al atravesar un pantano, en un -montón de hachas y azadones escondidos entre los juncos y los mangles. -En zozobra, y no sin causa, hice ponerse al punto sobre las armas a -todos los milicianos del Acul, y mandé vigilar a los esclavos. Con esto -volvió todo a entrar en el sosiego de costumbre.</p> - -<p>Pero, mientras tanto, parecía como si el estrago creciera a cada -instante y fuera avecinándose al Limbé; hasta había quien se imaginaba -oír el estrépito lejano de los cañones y de las descargas de fusilería. -Hacia las dos de la mañana, mi tío, a quien había despertado, no -pudiendo calmar su ansiedad, me ordenó dejar en el Acul parte de la -milicia al mando del teniente, y, obedeciendo a sus preceptos, porque, -según dejé ya dicho, era diputado de la asamblea provincial, salí con -el resto de mis soldados en dirección del Cabo, cuando<span class="pagenum" id="Page_71">[Pg 71]</span> María estaba o -aguardándome o entregada al sueño.</p> - -<p>Jamás olvidaré el aspecto de la ciudad al tiempo de aproximarme. -Las llamas, que iban ya devorando las haciendas de sus contornos, -esparcían un lúgubre reflejo, obscurecido por los torrentes de humo, -que el viento empujaba por las calles. Chorros de chispas encendidas, -producidas por las leves e inflamadas hojas de la caña y lanzadas con -violencia por el viento, cual espesos copos de nieve, sobre los techos -de las habitaciones y la jarcia de los barcos fondeados en la bahía, -amenazaban a cada instante a la ciudad del Cabo con un incendio no -menos espantoso del que ardía en sus inmediaciones. Era un espectáculo -horrible e imponente el ver por una parte a los pálidos vecinos -exponiendo la vida por disputarle al crudo azote el único asilo que -de tantas riquezas aún conservaban, mientras por otra los buques, -temerosos de igual suerte y favorecidos siquiera por aquel viento, tan -funesto para los infelices habitantes, se alejaban a toda vela por un -mar teñido por los sanguíneos resplandores del incendio.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XVI">XVI</h3> -</div> - - -<p>Aturdido con el cañoneo de los fuertes, el clamor de los fugitivos -y el lejano ruido de los edificios desplomados, no sabía hacia qué -punto encaminar mi tropa, cuando nos encontramos en la<span class="pagenum" id="Page_72">[Pg 72]</span> plaza de armas -con el capitán de los Dragones amarillos, que nos sirvió de guía. No -me detendré, señores, en describir el cuadro que ofrecía la campiña -incendiada. Bastantes hay que han pintado estos primeros desastres del -Cabo, y mi ánimo necesita pasar de ligero por tales recuerdos, que -encierran en sí fuego y sangre. Me contentaré así con decir que los -negros insurgentes eran ya dueños del Dondon, de la Madriguera Roja, de -la aldea de Onanaminte y hasta de los desgraciados plantíos del Limbé, -lo que me llenó de zozobra, a causa de su proximidad al distrito del -Acul.</p> - -<p>Corrí precipitado al palacio del gobernador, M. de Blanchelande, donde -todo se hallaba en la mayor confusión, incluso la cabeza del dueño, -y le pedí órdenes, suplicándole encarecidamente que proveyera a la -seguridad del Acul, que se tenía ya por amenazado. Estaban con él M. -De Rouvray, mariscal de campo, y uno de los más ricos hacendados de la -isla; M. De Touzard, teniente coronel del regimiento del Cabo; algunos -miembros de ambas asambleas, general y provincial, y muchas personas -de viso en la colonia, y en el momento de mi entrada, esta especie de -consejo estaba en deliberación con extraordinario desorden.</p> - -<p>—Señor gobernador—decía un miembro de la asamblea provincial—, -demasiado cierto es eso. Son los esclavos y no la gente de color libre. -Ya hace largo tiempo que lo teníamos anunciado y predicho.</p> - -<p>—Ustedes lo decían, pero sin creer en ello—respondió<span class="pagenum" id="Page_73">[Pg 73]</span> agriamente un -miembro de la asamblea colonial, llamada <em>general</em>—. Lo decían -para ganarse crédito a expensas nuestras; pero tan lejos estaban de -creer en un levantamiento formal, que las intrigas de su asamblea -fueron las que desde 1789 inventaron aquella famosa y ridícula rebelión -de tres mil esclavos en los montes del Cabo, rebelión en la que se -redujeron los muertos a un guardia nacional, y aun ése murió a manos de -sus propios compañeros.</p> - -<p>—Repito—repuso el <em>provincial</em>—que vimos más claro, y la causa -es muy sencilla. Nosotros nos quedamos aquí para observar los negocios -de la colonia, mientras su asamblea de ustedes se fué a Francia en -busca de aquella risible pompa, que acabó en una reprimenda de la -representación nacional; <i lang="fr" xml:lang="fr">ridiculus mus</i>.</p> - -<p>El diputado de la asamblea general respondió con amargo desdén:</p> - -<p>—Todos hemos sido reelectos unánimemente por nuestros conciudadanos.</p> - -<p>—Ustedes—replicó el otro—han dado causa con sus exageraciones a que -se paseara por las calles la cabeza del infeliz que entró en un café -sin la cucarda tricolor, y de que se ahorcara al mulato Lambert con -pretexto de una petición que empezaba por estas palabras inusitadas: -“En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”</p> - -<p>—¡Falso!—exclamó el de la <em>general</em>—. Eso proviene de la lucha -de los principios con los privilegios, de los <em>jorobados</em> y de los -<em>torcidos</em>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_74">[Pg 74]</span></p> - -<p>—¡Ya me lo tenía yo tragado que usted era un <em>independiente</em>!</p> - -<p>A semejante apodo del diputado de la asamblea provincial, su adversario -respondió con aire de triunfo:</p> - -<p>—Eso es declararse usted un <em>plumero blanco</em>, y le felicito por -la confesión.</p> - -<p>Quizá la disputa hubiese pasado aún más adelante si el gobernador no se -metiera de por medio.</p> - -<p>—Vamos, señores, ¿qué tiene nada de eso que ver con el peligro -inminente que nos amenaza? Aconséjenme ustedes en vez de insultarse -los unos a los otros. He aquí los partes que me han llegado a las -manos. La rebelión estalló esta noche, a las diez, entre los negros del -ingenio de Turpin. Los esclavos, acaudillados por un negro inglés, a -quien llaman Bouckmann, han arrastrado tras sí a los de las fincas de -Clément, Trémès, Flaville y Noé. Han incendiado todas las haciendas y -asesinado a los amos, cometiendo crueldades inauditas. Un solo hecho -bastará para que puedan ustedes comprender de lleno tales horrores: ¡el -cadáver de un niño ensartado en una lanza les sirve de bandera!</p> - -<p>Una exclamación general interrumpió a M. De Blanchelande.</p> - -<p>—Eso es lo que pasa por las afueras—continuó—. En lo interior de -la población, todo anda trastornado. Muchos vecinos del Cabo han dado -muerte a sus esclavos porque el miedo los ha hecho<span class="pagenum" id="Page_75">[Pg 75]</span> crueles; los más -compasivos o más valientes se han contentado con encerrarlos bajo -llave. La población blanca pobre acusa de tales desastres a los pardos -de color, y varios mulatos estuvieron para caer víctimas del furor -popular; de modo que, para libertarlos, les he dado a todos por refugio -una iglesia, donde están custodiados por un batallón. Por fin, ahora, -para probar que no son cómplices de los negros, los pardos me piden -armas y que se les señale un punto de defensa.</p> - -<p>—No se haga tal—prorrumpió una voz, que luego reconocí por la del -hacendado sobre quien recaían sospechas de no tener muy limpia la -sangre, y que tuvo poco antes conmigo un desafío—. No se arriesgue -usted, señor gobernador, a darles armas a los mulatos.</p> - -<p>—Pues qué, ¿no quiere usted batirse?—le dijo con aspereza uno de los -concurrentes.</p> - -<p>Pero él, no dándose por entendido, prosiguió:</p> - -<p>—Los mulatos son nuestros peores enemigos, y los únicos de temer. -Confieso que una rebelión era de esperar; pero de su parte, y no de la -de los esclavos. ¿Acaso los esclavos son nada de por sí?</p> - -<p>El pobre hombre creía, con tales invectivas contra los mulatos, -destruir en el ánimo de los blancos que le oían la idea de que -perteneciese a aquella casta tan degradada; pero era demasiado ruin su -intento para que se le lograse, como lo dió a entender un murmullo de -desaprobación.</p> - -<p>—Sí, señor—dijo el anciano general Rouvray—;<span class="pagenum" id="Page_76">[Pg 76]</span> sí, señor; los -esclavos son algo, porque son cuarenta contra tres, y en mal lance -nos veríamos si no tuviéramos para hacer frente a los negros y a los -mulatos otros blancos que los de su especie de usted.</p> - -<p>El hacendado se mordió los labios.</p> - -<p>—Mi general—repuso el gobernador—, ¿qué opina usted de la petición -de los mulatos?</p> - -<p>—Darles armas, señor gobernador, y correr a todo trapo—respondió M. -De Rouvray.</p> - -<p>Y luego, encarándose con el pobre sospechado, añadió:</p> - -<p>—Ya lo oye usted, caballero, y es tiempo de que vaya a tomar sus armas.</p> - -<p>El hacendado, humillado, salió del aposento dando indicios de una ira -reconcentrada. Mientras tanto, los clamores de angustia que resonaban -por toda la ciudad se oían crecer de momento en momento en la estancia -del gobernador y recordaban a los circunstantes el motivo de la -conferencia. M. De Blanchelande entregó a uno de sus ayudantes una -orden escrita de prisa con lápiz, y rompió el lúgubre silencio en que -todos escuchaban aquel espantoso rumor:</p> - -<p>—Señores, ya se les va a dar armas a los pardos; pero aún nos quedan -muchas disposiciones por tomar.</p> - -<p>—Es preciso convocar la asamblea provincial—dijo el diputado de la -misma, que tenía la palabra en el momento que yo entré.</p> - -<p>—¡La asamblea provincial!—repuso su antagonista<span class="pagenum" id="Page_77">[Pg 77]</span> el de la colonial—. -¿Qué significa tal asamblea?</p> - -<p>—¡Porque usted es diputado de la asamblea colonial!—repuso el -<em>plumero blanco</em>.</p> - -<p>El <em>independiente</em> le interrumpió:</p> - -<p>—No conozco la <em>colonial</em> mejor que la <em>provincial</em>. No hay -más asamblea que la general, ¿entiende usted, señor?</p> - -<p>—Pues bien—replicó el plumero blanco—: yo os digo que la asamblea -nacional de París es la única.</p> - -<p>—Convocar la asamblea provincial—repetía, riendo, el independiente—; -como si no hubiera sido disuelta desde el momento en que la general -decidió celebrar sus sesiones aquí.</p> - -<p>Una reclamación universal salió del auditorio, fatigado de tan ociosas -disputas.</p> - -<p>—Mientras ustedes, señores diputados, se entretienen en pamplinas -semejantes—dijo un refaccionista—, ¿qué se hace de mi algodonal y el -plantío de cochinilla?</p> - -<p>—¿Y de mis cuatrocientas mil matas de añil que tengo en el -Limbé?—añadió un hacendado.</p> - -<p>—¿Y de mis esclavos, pagados a treinta pesos, uno con -otro?—prorrumpió el capitán de un buque negrero.</p> - -<p>—Cada minuto que se pierde—proseguía otro hacendado—me cuesta, con -el reloj y el arancel en la mano, diez quintales de azúcar, que, a diez -y siete pesetas el quintal, hacen ciento treinta libras, y diez sueldos -en moneda de Francia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_78">[Pg 78]</span></p> - -<p>—La colonial, a que usted llama general—continuó uno de los -contendientes, dominando el bullicio a fuerza de pulmones—, es una -usurpadora. Que se quede en Puerto Príncipe fabricando y expidiendo -decretos para dos leguas en cuadro de territorio, y que nos deje aquí -en sosiego. El Cabo está bajo la jurisdicción del Congreso provincial -del Norte, y de nadie más.</p> - -<p>—Yo sostengo—respondió el independiente—que su excelencia el -señor gobernador no goza de derecho para convocar otra asamblea que -la general de los representantes de la colonia, presidida por M. De -Cadusch.</p> - -<p>—Pues ¿adónde está ese presidente?—preguntó el plumero blanco—. -¿Adónde está su asamblea? Ni cuatro individuos han llegado, mientras la -provincial entera se halla presente. ¿Querría usted, por casualidad, -representar en su sola persona a toda una asamblea y a toda una colonia?</p> - -<p>Esta rivalidad de entrambos diputados, fieles órganos de sus -corporaciones respectivas, exigió de nuevo la intervención del -gobernador.</p> - -<p>—¿Adónde van ustedes a parar, señores, con sus sempiternas asambleas -<em>provincial</em>, <em>general</em>, <em>colonial</em>, <em>nacional</em>?... -¿Servirá de mucho para ilustrar a esta corporación invocar así el nombre -de otras tres o cuatro?...</p> - -<p>—¡Voto a Dios!—gritó con voz de trueno el general Rouvray, dando -una fuerte palmada en la mesa del Consejo—, ¡y qué endemoniados -parlanchines! ¡Mejor quisiera habérmelas a voces con<span class="pagenum" id="Page_79">[Pg 79]</span> un cañón de a -veinticuatro! ¿Qué se nos da de esas dos asambleas que se disputan el -paso como dos compañías de granaderos al subir a la brecha? Pues bien, -señor gobernador: lo mejor será convocarlas a ambas, y yo organizaré -con ellas dos batallones para salir a campaña contra los negros. -Veremos si hacen tanto ruido con los fusiles como con la lengua.</p> - -<p>Después de esta áspera rociada, volviéndose hacia mí, que estaba a su -lado, me dijo a media voz:</p> - -<p>—¿Qué quiere usted que haga un gobernador nombrado por el rey -entre dos asambleas de Santo Domingo que se pretenden soberanas? -Los habladores y los abogados son quienes lo echan todo a perder -aquí, como en la metrópoli. Si yo tuviera la honra de ser el señor -teniente general, pondría de patas en la calle a toda esa canalla, -diciéndoles: <em>El rey, reina, y yo mando</em>; enviaría a Barrabás -la responsabilidad hacia esos llamados representantes, y con diez -cruces de San Luis, prometidas a nombre de Su Majestad, encerraría -en un abrir y cerrar de ojos a todos los rebeldes en la isla de la -Tortuga, habitación en algún tiempo de otros bandidos semejantes, los -piratas. Joven, acuérdese usted de lo que le digo. Los <em>filósofos</em> -engendraron a los <em>filántropos</em>, quienes procrearon a su vez a los -<em>negrófilos</em>, los que nos van dando a luz los <em>matablancos</em>, -que así se llamarán mientras se les busca un nombre griego-latino. -Esas fingidas ideas liberales con que se embriagan en Francia son un -veneno bajo la latitud de los Trópicos.<span class="pagenum" id="Page_80">[Pg 80]</span> Convenía tratar a los negros -con blandura, pero no llamarlos a una emancipación tan repentina. Todos -los horrores que se ven hoy en Santo Domingo provienen de la sociedad -patriótica de Massiac, y la insurrección de los esclavos no es más que -un golpe de rebote de la toma de la Bastilla.</p> - -<p>Mientras que el veterano me explicaba sus opiniones políticas, -respirando franqueza y convencimiento, seguían los tempestuosos -debates. Un hacendado del corto número que participaba del frenesí -revolucionario, y que tomaba el título de ciudadano general C..., -porque había servido de caudillo en algunas escenas de carnicería, -exclamó:</p> - -<p>—Antes se necesita dar ejemplos que pelear. Las naciones exigen -lecciones terribles: atemoricemos, pues, a los negros. Yo soy quien -apaciguó los levantamientos de junio y julio poniendo en la entrada de -mi finca cincuenta cabezas de negros clavadas cada cual en una estaca -y colocadas como árboles a estilo de alameda. Que cada uno dé su cuota -para la proposición que voy a hacer, y defendamos las murallas del Cabo -con los negros que aún nos quedan.</p> - -<p>—¿Cómo?... ¡Qué imprudencia!—empezaron todos a decir.</p> - -<p>—Ustedes no me comprenden, señores—repuso el <em>ciudadano -general</em>—. Hagamos un cordón con cabezas de negros que rodee -la ciudad desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol, -y sus compañeros los insurgentes no se atreverán a acercarse. En -circunstancias como las presentes<span class="pagenum" id="Page_81">[Pg 81]</span> es menester sacrificarse por el bien -general, y yo lo haré el primero. Quinientos negros me quedan sumisos, -y los pongo a disposición de la Junta.</p> - -<p>La propuesta se recibió con un movimiento general de horror y voces -unánimes de “¡Horrible! ¡Abominable!”</p> - -<p>—Medidas de esa naturaleza son las que lo han arruinado todo—dijo -otro hacendado—. Si no se hubieran dado tanta prisa en ajusticiar a -los insurgentes de junio y julio, se habría podido coger el hilo de la -conspiración, y no que ahora el verdugo lo ha cortado con su hacha.</p> - -<p>El ciudadano C... observó por algunos instantes el silencio propio de -un despechado, y luego empezó a refunfuñar entre dientes:</p> - -<p>—Pues, con todo, me tenía y me tengo por persona no sospechosa. Soy -amigo de todos los <em>negrófilos</em> del mundo, y corresponsal de -Brissot y de Pruneau de Pomme-Gouge en Francia; de Hans Sloane, en -Inglaterra; de Magaw, en América; de Pezll, en Alemania; de Olivarius, -en Dinamarca; de Wadstrohm, en Suecia; de Peter Paulus, en Holanda; de -Avendaño, en España, y del abate Pedro Tamburini, en Italia.</p> - -<p>A medida que adelantaba en su catálogo de negrófilos, iba alzando la -voz, y, por último, concluyó con decir:</p> - -<p>—¡Pero aquí no se entiende pizca de filosofía!</p> - -<p>M. De Blanchelande pidió por tercera vez que se recogieran los votos.</p> - -<p>—Señor gobernador—dijo una voz—, mi parecer<span class="pagenum" id="Page_82">[Pg 82]</span> es que nos embarquemos -todos en el <i>Leopardo</i>, que está en la bahía.</p> - -<p>—Que se pregone la cabeza de Bouckmann—dijo otro.</p> - -<p>—Que se le envíe un aviso al gobernador de la Jamaica—dijo el tercero.</p> - -<p>—Sí, para que nos mande otra vez el risible socorro de quinientos -fusiles—respondió un diputado de la provincial—. Lo mejor será enviar -una consulta a Francia y aguardar la respuesta.</p> - -<p>—¡Aguardar!, ¡aguardar!—prorrumpió M. De Rouvray con energía—. Y -los negros, ¿aguardarán? Y la llama, tan vecina, que va a devorar a la -ciudad, ¿aguardará también? M. De Touzard, mande usted tocar generala; -agarre artillería y salga con sus granaderos y cazadores contra el -grueso de los rebeldes. Usted, señor gobernador, establezca campamentos -en todas las parroquias de Levante y guardias de observación en -Trou y en Vallieres, y yo me encargo de las vegas del castillo del -Delfín. Dirigiré los trabajos; mi abuelo, que era maestre de campo del -regimiento de Normandía, ha servido a las órdenes del señor mariscal de -Vauban; yo he estudiado a Folard y Bezont, y tengo un poco de práctica -en defender un país abierto. Además, como las vegas del fuerte del -Delfín, rodeadas casi por el mar y las fronteras españolas, parecen una -península, se defenderán en cierta manera por sí solas. Igual ventaja -presenta la península del Muelle. En fin, aprovechémonos de todo, y -manos a la obra.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_83">[Pg 83]</span></p> - -<p>El lenguaje enérgico y positivo del militar de experiencia acalló -de repente toda la discordancia de votos y de opiniones. El general -acertaba, y aquel instinto que cada cual posee para distinguir lo que -le conviene, reunió todos los pareceres al de M. De Rouvray; y mientras -el gobernador le manifestaba en un apretón amistoso de la mano cuánto -agradecía el valor de sus consejos, bien que dados a modo de orden, y -la importancia de su auxilio, el resto de la concurrencia reclamaba -la pronta ejecución de dichas medidas. Los únicos dos diputados de -entrambas asambleas rivales aparentaban disentir del asenso general, -y cada cual en su rincón hablaba entre dientes de <em>usurpación -de facultades por parte del poder ejecutivo, de resoluciones -atropelladas</em> y de <em>exigir la responsabilidad</em>.</p> - -<p>Yo aproveché la coyuntura para arrancarle a M. De Blanchelande las -órdenes que con tal anhelo solicitaba, y salí, a fin de reunir mi tropa -y ponerme de nuevo en marcha hacia el Acul, no obstante el cansancio de -que todos, excepto yo, daban muestras.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XVII">XVII</h3> -</div> - - -<p>Iban ya despuntando los primeros albores de la mañana cuando acudí a -la plaza de Armas, despertando a los milicianos, que dormían echados -en sus capotes, mezclados con los Dragones encarnados y amarillos, -con los fugitivos del llano,<span class="pagenum" id="Page_84">[Pg 84]</span> con los ganados que mugían y balaban, -y con los efectos de toda especie introducidos en la ciudad por los -dueños de haciendas. En medio de tal desorden, iba ya logrando poner mi -escasa fuerza en orden, cuando vi acudir hacia mí, a escape tendido, un -dragón amarillo, cubierto de sudor y de polvo, y, adelantándome a su -encuentro, supe con espanto, a las pocas y entrecortadas palabras que -pronunció, que mis temores se habían realizado, que la insurrección se -había propagado por las vegas del Acul y que los negros habían puesto -sitio al castillo de Galifet, donde se habían refugiado la milicia -y los hacendados blancos. Y aquí convendrá decir que el castillo de -Galifet era de muy poca importancia, pues en Santo Domingo se le daba -aquel pomposo nombre a cualquier fortín de campaña.</p> - -<p>No había, pues, ni un momento que perder. Busqué cuantos caballos -me fué dable para montar mi tropa, y sirviéndome el dragón de guía, -llegamos a la hacienda de mi tío hacia las diez de la mañana. Apenas -eché una mirada sobre aquellos magníficos plantíos, convertidos en un -mar de llamas que despedían de su seno espesas olas de humo, entre las -cuales cruzaban, arrebatados como leves chispas por el viento, gruesos -troncos de árboles vomitando fuego. El espantoso crujir del incendio, -como que respondía a los aullidos lejanos de los negros rebeldes, -a quienes alcanzaba a oír, aunque no a divisar. Sólo me acusaba un -pensamiento, del que no podía distraerme la<span class="pagenum" id="Page_85">[Pg 85]</span> pérdida de tantas riquezas -de que hubiera sido dueño: ¡el salvar a María! Después de conseguirlo, -¿qué me importaba el resto? Sabía que estaba encerrada en el castillo, -y mi única súplica a Dios era la de llegar a tiempo. Sólo esta -esperanza me alentaba en mis penas y me daba las fuerzas y los bríos de -un león.</p> - -<p>Por fin, a una vuelta del camino, se descubrió el castillo de Galifet, -con el estandarte tricolor ondeando aún en sus murallas, defendidas por -un vivo fuego de fusilería. Solté un grito de placer:</p> - -<p>—¡A galope, amigos; riendas sueltas y meted espuelas!—dije a mis -compañeros.</p> - -<p>Y, redoblando el paso, nos arrojamos a campo a traviesa hacia -el castillo, a cuyas plantas se veía la habitación de mi tío, -desmantelada, pero en pie aún e iluminada por los rojizos reflejos del -incendio, que todavía no había hecho en ella presa, pues el viento -soplaba de la mar y estaba aislada de cualquier otro edificio.</p> - -<p>Una multitud de negros guarecidos en la casa se mostraban a la vez en -el ventanaje todo y aun en los techos, y sus armas y antorchas relucían -en medio de los incesantes disparos que hacían al castillo, mientras -otro y más numeroso tropel de sus camaradas subía, caía y volvía a -subir de nuevo por los muros de la fortaleza, rodeados de escalas. -Aquellas oleadas de negros, sin cesar rechazados y sin cesar asomando -sobre aquellos cenicientos paredones, se asemejaban a un enjambre de -hormigas que procuran ascender por la<span class="pagenum" id="Page_86">[Pg 86]</span> concha de una gruesa tortuga, y -de cuyas molestias se liberta de rato en rato el tardo animal con una -sacudida.</p> - -<p>Tocábamos, por fin, en las obras avanzadas del fuerte, y con la vista -fija en el asta de bandera, animé a mis soldados, invocando el nombre -de sus familias, recogidas cual la mía al amparo de aquellos muros, en -cuyo socorro íbamos. Una aclamación general me respondió, y, formando -mi reducido escuadrón en columna, estaba pronto a dar la voz de carga -contra el tropel de los asaltantes. En este momento, un grito agudo -salió del recinto de la fortaleza; un espeso remolino de humo envolvió -todo el edificio, extendiendo por algún espacio sus vaporosos pliegues -en derredor de las murallas, de donde salía un rumor semejante al de -un horno encendido, y, alzándose luego en el aire, nos dejó ver el -castillo de Galifet, dominado por una bandera roja, anuncio de la cabal -catástrofe.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XVIII">XVIII</h3> -</div> - - -<p>No diré lo que por mí pasó a la vista de aquel horrible espectáculo. -Con vergüenza lo confieso; pero la toma del castillo, la muerte de sus -defensores, la carnicería de veinte familias, tamaño, en fin, y tan -universal estrago, no me ocupó ni por un instante. ¡María, perdida -para mí, arrebatada de mis brazos a las pocas horas de aquella en que -me había sido confiada para siempre, perdida por mi culpa, pues si no -la hubiera abandonado<span class="pagenum" id="Page_87">[Pg 87]</span> la noche anterior para ir al Cabo por orden de -mi tío, hubiese podido siquiera estar a su lado, y morir junto a ella, -y con ella y en su defensa, que casi era no perderla! Tales y tan -amargas ideas hicieron subir mi dolor al punto de frenesí. Había en mi -desesperación algo de remordimiento.</p> - -<p>En esto, mis compañeros clamaron irritados:</p> - -<p>—¡Venganza!</p> - -<p>Y con el sable en la boca y las pistolas empuñadas en ambas manos, nos -metimos por medio de los rebeldes vencedores. Aun cuando en número muy -superior, los negros huían al acercarnos; pero delante y detrás, por -derecha e izquierda, iban asesinando a los blancos y apresurándose a -incendiar el fuerte; nuestro furor se acrecentaba con su cobardía.</p> - -<p>A una puerta del castillo se me presentó Tadeo, cubierto de heridas.</p> - -<p>—Mi capitán—dijo—: su Pierrot de usted es un hechicero, un -<em>obí</em>, como dicen esos condenados negros, o, cuando menos, un -diablo. Nos estábamos sosteniendo y ustedes llegaban, con lo que -quedaba todo remediado, cuando se entró en la fortaleza no sé por -dónde, y cate usted ahí... En cuanto a su señor tío, y su familia... y -la señora...</p> - -<p>—¿Y María?—le interrumpí—. ¿Dónde está María?</p> - -<p>En este momento, un negro de alta estatura salió de entre un parapeto -incendiado, llevándose una mujer joven, que gritaba y luchaba en sus -brazos. La joven era María; el negro era Pierrot.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_88">[Pg 88]</span></p> - -<p>—¡Pérfido!—le grité, y le apunté con una de mis pistolas.</p> - -<p>Pero otro de los esclavos rebeldes corrió a cubrirle del tiro, y, -atravesado por la bala, cayó muerto a mis pies.</p> - -<p>Pierrot se volvió, y pareció como que me dirigía algunas palabras, -y luego se escondió con su presa entre una maleza de cañas medio -abrasadas. Un momento después atravesó un perro, llevando en la boca -la cuna del hermano menor de María. También reconocí al perro, que era -<i>Rask</i>, y, transportado de ira, le disparé la segunda pistola, -pero erré la puntería.</p> - -<p>Eché a correr como insensato, siguiéndole las huellas; pero mis dos -viajes en el curso de la noche, tantas horas pasadas sin tomar descanso -ni alimento, mis temores acerca de María, la súbita mudanza del colmo -de la fortuna al último grado de las desdichas, tantas violentas -emociones del ánimo más aun que las fatigas del cuerpo, habían agotado -mis fuerzas. A los pocos pasos empecé a vacilar, se me anubló la vista -y di en tierra con un desmayo.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XIX">XIX</h3> -</div> - - -<p>Al volver en mí, me encontré en la habitación arruinada de mi tío y -entre los brazos de Tadeo, que, lleno de bondad, tenía clavados en mí -los ansiosos ojos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_89">[Pg 89]</span></p> - -<p>—¡Victoria!—gritó en cuanto sintió al tacto reanimárseme el pulso—. -¡Victoria, los negros van de vencida y el capitán ha resucitado!...</p> - -<p>Interrumpí su grito de alegría con mi eterna pregunta:</p> - -<p>—¿Dónde está María?</p> - -<p>Yo aún no había coordinado mis pensamientos; conservaba la idea, mas no -el recuerdo exacto de mis infortunios. Tadeo bajó la cabeza. Recobré -entonces la memoria, trayendo a la imaginación la horrible noche de mis -bodas, y la figura de aquel negro gigante arrebatando a María al través -de las llamas, se me renovó cual visión infernal. El horrendo relámpago -que acababa de iluminar a la colonia y de enseñar a los blancos un -enemigo en cada cual de sus esclavos, me hizo reputar a aquel Pierrot -tan bueno, tan generoso, tan fiel, que me debía tres vidas, por un -ingrato, un rival y un monstruo. El robo de mi mujer, en la noche de -nuestro enlace, me confirmaba en las anteriores sospechas, y claramente -reconocí que el músico incógnito de la glorieta era el mismo execrable -raptor de María. ¡Cuánta mudanza en tan escasas horas!</p> - -<p>Tadeo me dijo que en balde se había afanado en seguir a Pierrot y a -su perro; que los negros se habían retirado, aunque su número era muy -suficiente para aniquilar nuestras cortas fuerzas, y que el incendio -de los bienes de mi familia seguía su curso, sin que fuese posible -atajarlo.</p> - -<p>Le pregunté si sabía del paradero de mi tío, a<span class="pagenum" id="Page_90">[Pg 90]</span> cuyo aposento me habían -conducido; me agarró en silencio de la mano, y, llevándome hacia su -cama, descorrió el cortinaje. Allí yacía mi desgraciado tío, sobre su -lecho ensangrentado, con un puñal hondamente clavado en el corazón; -y por el sosiego de las facciones se conocía que le habían herido en -brazos del sueño. La camilla del enano Habibrah, que acostumbraba -a dormir a sus pies, también estaba salpicada de sangre, y manchas -idénticas se veían en el estrambótico ropaje del pobre juglar, arrojado -en el suelo a corta distancia del lecho. No me quedó, pues, duda de -que el bufón había sido víctima de su conocida fidelidad a mi tío, y -que había perecido a manos de sus camaradas, quizá en defensa de su -señor. Echéme entonces con severidad en cara las preocupaciones que me -habían hecho concebir juicios tan errados sobre el carácter de Pierrot -y de Habibrah, y con las lágrimas que me arrancó el fin trágico y -prematuro de mi tío vinieron a mezclarse algunos recuerdos pesarosos de -su desdichado enano. Di orden para que se buscara el cuerpo; pero las -pesquisas fueron vanas, suponiendo yo que los negros habrían cargado -con él y arrojándolo a las llamas; y en las honras fúnebres que hice -celebrar a mi padre adoptivo, mandé recitar algunas oraciones por el -descanso del alma de su fiel Habibrah.</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_91">[Pg 91]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="XX">XX</h3> -</div> - - -<p>El castillo de Galifet quedaba arruinado, nuestras haciendas habían -desaparecido, y era tan excusado cuanto imposible permanecer por más -largo tiempo entre aquellos escombros. En la tarde misma regresamos al -Cabo.</p> - -<p>Llegados allí, una fiebre ardiente se apoderó de mí. Los esfuerzos que -hube intentado para domar mi desesperación eran demasiado violentos, y -la cuerda, estirada sin mesura, saltó, y caí en un profundo delirio. -Todas mis esperanzas burladas, mi amor profanado, mi amistad vendida, -mi porvenir perdido, y, sobre todo, los implacables celos, trastornaron -mi juicio, y juzgaba sin cesar que veía las llamas circular por mis -venas. La cabeza se me partía y las furias me desgarraban las entrañas. -Me representaba a María en poder de otro dueño, de otro amante; en -poder de un esclavo, de Pierrot. Dicen que en aquellos momentos me -arrojaba del lecho, y eran necesarios seis hombres para impedir que me -deshiciera el cráneo contra las paredes. ¡Ah! ¿Por qué no me dejaron -entonces morir?</p> - -<p>La crisis pasó. Los médicos, los cuidados de Tadeo y no sé qué fuerza -vivificante de la juventud vencieron el mal, aquel mal que hubiera -podido ser un bien tan grande. Curé al cabo de diez días, y no me -afligí por ello. Me alegré de poder vivir algún tiempo más para -vengarme.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_92">[Pg 92]</span></p> - -<p>Apenas convalecido, fuí a solicitar del señor De Blanchelande que me -pusiese en servicio activo, y quiso él confiarme la defensa de algún -punto fortificado; pero yo le supliqué que me agregara en clase de -voluntario a cualquiera de las columnas volantes que acostumbraban a -hacer expediciones contra los negros para barrer el país. Mientras -tanto, se había fortificado de ligero la ciudad del Cabo, y la -insurrección seguía haciendo espantosos progresos. Los negros de -Puerto Príncipe empezaban a conmoverse; Biassou hacía de cabeza de -los del Limbé, el Dondon y el Acul; Juan Francisco se había declarado -generalísimo de los rebeldes de las vegas de Maribarou; Bouckmann, -famoso más adelante por su trágico fin, recorría con sus secuaces las -riberas de la Limonade, y, por último, las bandas de Morne-Rouge habían -aclamado por caudillo a un negro llamado Bug-Jargal.</p> - -<p>El carácter de este último, a dar crédito a lo que de él se decía, -contrastaba de una manera extraordinaria con la ferocidad de sus -iguales. Al paso que Bouckmann y Biassou inventaban mil géneros de -muerte para los prisioneros que caían entre sus garras, Bug-Jargal se -apresuraba a facilitarles medios para salir de la isla. Los primeros -celebraban contratos con las lanchas españolas que cruzaban por la -costa y les vendían de antemano los despojos de los desgraciados a -quienes precisaban a la fuga; Bug-Jargal, por el contrario, había -echado a pique varios de estos piratas. M. Colas de Maigné y otros -ocho hacendados de<span class="pagenum" id="Page_93">[Pg 93]</span> distinción fueron desatados por su mandato de la -rueda donde los tenía ya ligados Bouckmann para darles tormento, y se -contaban de él otros mil actos de generosidad que serían demasiado -largos de referir.</p> - -<p>Sin embargo, mi sed de venganza no parecía próxima a saciarse, pues -no había vuelto a oír hablar de Pierrot. Los rebeldes, al mando de -Biassou, seguían hostigando al Cabo, y aun tuvieron una vez el arrojo -de subir al cerro que domina la ciudad, costando no poco trabajo el -rechazarlos a los cañones de la ciudadela. Entonces el gobernador -resolvió acorralarlos hacia lo interior de la isla. La milicia del -Acul, el Limbé, Ouanaminta y Maribarou, unidas al regimiento del -Cabo y a las terribles compañías de Dragones amarillos y encarnados, -formaban nuestro ejército de operaciones. La milicia del Dondon y de -Quartier-Dauphin, reforzadas con un cuerpo de voluntarios a las órdenes -del comerciante Poncignon, guarnecían la plaza. El gobernador trató -primero de desembarazarse de Bug-Jargal, quien le incomodaba en sus -movimientos y le alarmaba con sus diversiones. Envió, pues, en su busca -la milicia de Ouanaminta, con un batallón del Cabo; pero la columna -regresó a los dos días en completa derrota. El gobernador se obstinó en -destruir a Bug-Jargal, y mandó salir a las mismas tropas con cincuenta -dragones amarillos y cuatrocientos milicianos de Maribarou de refuerzo. -Esta segunda expedición quedó más maltratada aún que la<span class="pagenum" id="Page_94">[Pg 94]</span> primera, y -Tadeo, que formaba parte, concibió tal despecho, que me juró, ya de -vuelta, vengarse de Bug-Jargal...</p> - -<p>Una lágrima brotó de los párpados de D’Auverney; cruzó los brazos y -pareció durante algunos minutos como arrobado en dolorosa distracción; -mas al fin prosiguió así.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXI">XXI</h3> -</div> - - -<p>—Llegó luego la noticia de que Bug-Jargal había salido de Morne-Rouge, -dirigiéndose con sus tropas camino de la sierra para reunirse con -Biassou. El gobernador se colmó de gozo, y decía, restregándose las -manos:</p> - -<p>—¡Los cogimos!</p> - -<p>Al siguiente día, el ejército colonial había avanzado una legua, y -los insurgentes, abandonando a nuestra aproximación Port-Margot y el -castillo de Galifet, donde habían establecido un puesto, defendido por -gruesas piezas de artillería de sitio, procedentes de las baterías de -la costa, se retiraron a paso acelerado hacia los montes. El gobernador -estaba no cabe más satisfecho, y así proseguimos en nuestra marcha. -Cada cual, al pasar por aquellas áridas y asoladas llanuras, trataba -de saludar por última vez, con una ojeada de pesar, el lugar donde -existieron sus haciendas, su habitación, sus riquezas, y, a menudo, ni -aun siquiera nos era dado conocer el sitio.</p> - -<p>A veces nos atajaba el paso el fuego que de los<span class="pagenum" id="Page_95">[Pg 95]</span> plantíos había cundido -por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo -está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va -acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aun antes de verlo, se -oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos -de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que -crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el -silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el -aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del -destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que -por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente -hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una -lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces -roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del -bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo; todo arde a la vez y se -consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los -ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y -descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa -y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente -fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un -violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y -despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo -espacio va cubriendo la tierra.</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_96">[Pg 96]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="XXII">XXII</h3> -</div> - - -<p>A la tarde del tercer día entramos por las gargantas del Río Grande, -mientras se calculaba que los negros estarían a veinte leguas de -distancia entre las sierras. Asentamos nuestros reales en un cerro de -escasa altura, que, según estaba despojado, parecía haberles servido -para el mismo fin. La posición no era favorable; pero estábamos ajenos -de todo recelo. Dominaban al cerro por todos lados peñas tajadas a pico -y cubiertas de enmarañados bosques, la aspereza de cuyas lomas había -hecho señalar aquel sitio con el nombre de <i>Doma-Mulatos</i>. El -río Grande corría a espalda del campamento, y, encajonado entre ambas -orillas, iba por allí estrecho y profundo. Las márgenes, en rápida -pendiente, estaban salpicadas de malezas y arbustos impenetrables -a la vista con su espesura, y, a menudo, hasta sus aguas quedaban -encubiertas por las guirnaldas de bejucos que, colgando del tronco -de los arces entre sus flores rojizas, enlazaban sus vástagos de la -una a la otra orilla y, cruzándose en modos miles, formaban sobre la -corriente inmensos toldos de verdura. A la vista que los contemplaba -desde lo alto de los vecinos riscos aparecían cual húmedas praderas -aljofaradas con el rocío de la mañana. Tan sólo el murmullo de las -aguas o el vuelo inesperado de algún pato silvestre rompiendo por la -florida cubierta indicaban el curso del río.</p> - -<p>Pronto cesó el sol de dorar las puntiagudas<span class="pagenum" id="Page_97">[Pg 97]</span> cumbres de los lejanos -montes del Dondon, y poco a poco se fueron tendiendo las sombras por el -campamento, y sólo el graznido de las grullas vino a turbar el silencio -universal, o bien el mesurado paso de los centinelas. De repente, el -himno terrible de <i>Oua-Nassé</i> y del <i>Campo del Grand-Pré</i> -resonó sobre nuestras cabezas; las palmas y los cedros que coronaban -los riscos rompieron en llamas, y a las blanquecinas vislumbres -del incendio vimos cubiertas las próximas alturas de innumerables -bandadas de negros y mulatos, cuyo cobrizo cutis parecía bermejo a los -resplandores del fuego. Estas eran las tropas de Biassou.</p> - -<p>El peligro era inminente. Los jefes, despiertos con sobresalto, corrían -a formar sus soldados; las cajas batían generala; las cornetas y -clarines, el toque de alarma; nuestras líneas se formaban en tumulto, y -los rebeldes, en vez de aprovechar la confusión en que nos veíamos, nos -contemplaban inmóviles entonando el cántico de <i>Oua-Nassé</i>.</p> - -<p>Un negro gigantesco apareció solitario en la cima del más elevado pico -a la margen del río; una pluma color de fuego ondeaba sobre su frente; -en la diestra mano empuñaba un hacha, y un rojo pendón en la siniestra. -Reconocí luego a Pierrot, y si hubiera tenido a mano una carabina, -quizá la rabia me hubiese inducido a cometer alguna vileza. El negro -repitió el coro del himno de <i>Oua-Nassé</i>, clavó su bandera en la -cumbre de la peña, arrojó el hacha entre nuestras filas y se sepultó en -las ondas del río; un vivo pesar sentí<span class="pagenum" id="Page_98">[Pg 98]</span> en el corazón temiendo que no -había de morir por mis manos.</p> - -<p>Entonces los negros comenzaron a despeñar sobre nuestras columnas -inmensas moles de piedra, y un granizo de balas y de flechas descargó -sobre el cerro. Nuestros soldados, furiosos de no poder medirse con -los asaltantes, expiraban con amarga desesperación, aplastados por -las peñas, acribillados por las balas o traspasados por las saetas. -Espantosa confusión reinaba por todo el ejército. De súbito, un rumor -horrible pareció como que salía del centro de las aguas del río Grande, -y pasaba allí, en efecto, una extraña escena. Los Dragones amarillos, -maltratados en lo sumo por los peñascos que los negros nos arrojaban -desde lo alto de la sierra, concibieron la idea de ponerse al abrigo -bajo las flexibles bóvedas de bejucos de que estaba cubierto el -río. Tadeo, que fué el primero en discurrir este medio, a la verdad -ingenioso...—</p> - -<p>Aquí la narración se vió interrumpida de repente.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXIII">XXIII</h3> -</div> - - -<p>Hacía ya más de un cuarto de hora que el sargento Tadeo, con el brazo -derecho colgando de una banda, se había metido en la tienda sin que -nadie hiciera alto, y, acurrucado en un rincón, se contentaba con -expresar por sus gestos lo mucho que se interesaba en la historia del -capitán, hasta que, llegado el momento en que no le pareció regular<span class="pagenum" id="Page_99">[Pg 99]</span> -dejar pasar un elogio tan directo sin dar las gracias a D’Auverney, -empezó a decir, medio tartamudeando:</p> - -<p>—Eso es mucha bondad, mi capitán.</p> - -<p>Soltaron todos la carcajada, y, volviéndose D’Auverney, le preguntó con -aspereza:</p> - -<p>—¿Cómo es eso, Tadeo? ¿A qué tiene usted que venir aquí? ¿Y su brazo?</p> - -<p>A un lenguaje tan extraño para sus oídos, las facciones del veterano se -entristecieron, y tropezando y echando la cabeza hacia detrás como para -contener las lágrimas que asomaban a sus párpados, respondió por fin en -voz muy baja:</p> - -<p>—No creía yo, nunca lo creyera, que mi capitán había de ser tan duro -con su sargento que le tratara de usted.</p> - -<p>El capitán se levantó con precipitación:</p> - -<p>—Perdóname, amigo, perdóname, que no sé lo que me he dicho. Vamos, -Tadeo, ¿me perdonas?</p> - -<p>Soltó por fin rienda a las lágrimas el sargento, aunque muy a pesar -suyo, diciendo:</p> - -<p>—Esta es la tercera vez; pero ahora es llorar de gozo.</p> - -<p>La paz estaba ajustada; mas siguióse un breve silencio.</p> - -<p>—Pero, dime, Tadeo—preguntóle el capitán con blandura—, ¿por qué te -has salido del hospital para venirte aquí?</p> - -<p>—Con licencia, mi capitán; pero quería saber si hay que ponerle mañana -al caballo la mantilla de galones.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_100">[Pg 100]</span></p> - -<p>Enrique se echó a reír.</p> - -<p>—Mejor hubieras hecho, Tadeo, en preguntarle al cirujano si habías de -ponerte dos onzas de hilas en el brazo herido.</p> - -<p>—O en averiguar—prosiguió Pascual—si podrías beber un poquito de -vino para refrescarte; por el pronto, aquí está el aguardiente, que por -fuerza te hará provecho. Vaya un trago, sargento.</p> - -<p>Tadeo se adelantó, hizo un respetuoso saludo, dió sus excusas por -agarrar el vaso con la mano izquierda, y le vació con un brindis a la -salud de la concurrencia. Esto le infundió bríos.</p> - -<p>—Estaba usted, mi capitán, en el momento que... que... ya, pues sí, -yo fuí el que propuse entrarnos por los bejucos para que no muriera a -pedradas gente cristiana. El oficial, que no sabía nadar y tenía miedo -de ahogarse, se oponía con empeño, hasta que, con licencia, caballeros, -vió un canto, que a poco no le estruja, caer en la madre del río, sin -hundirse en las hierbas. “Más vale—dijo entonces—morir como Faraón -de Egipto que no como San Esteban, porque nosotros no somos santos, -y Faraón era militar como cualquiera de nosotros.” Conque así, mi -oficial, que ya conocerán ustedes que era sujeto de muchas letras, se -avino a mi parecer a condición que haría yo el primero la prueba. Voy, -pues, y me bajo por la orilla y salto debajo del toldo, agarrándome -a las ramas de encima, cuando digo: “Mi capitán, siento que me tiran -de una pierna”; me resisto,<span class="pagenum" id="Page_101">[Pg 101]</span> grito por socorro y me empiezan a dar de -sablazos, cuando vea usted aquí que acuden todos los dragones y se -meten de mogollón, como diablos, debajo de los bejucos. Sin que nadie -lo supiera, los negros de Morne Rouge estaban allí agazapados para -probablemente embestirnos por las espaldas un momento después. ¡Vaya, -y la que se armaría en el agua! No era buen rato para pescar con caña. -Cada cual peleaba, juraba y gritaba como mejor y más podía. Ellos, como -estaban desnudos, andaban más listos; pero nuestros golpes eran más -duros que los suyos. Se nadaba con un brazo y peleábamos con el otro, -como siempre se hace en tales casos; y los que no sabían nadar, digo, -mi capitán, se colgaban por una mano de los bejucos, y los negros les -tiraban de los pies. En medio de la función, reparé en un negrazo que -se defendía como Belcebú contra ocho o diez de los míos; me fuí hacia -allá nadando y conocí a Pierrot, llamado también Bug... Pero esto no -debe decirse hasta después. ¿Verdad, mi capitán? Reconocí a Pierrot, -y, como desde la toma del fuerte andábamos peleados, le agarré por -el pescuezo, y él iba ya a sacudirse de mí con una puñalada, cuando -me miró a la cara, y, en lugar de matarme, se entregó; que fué una -lástima, mi capitán, porque si no se hubiera entregado... Pero eso -queda para más adelante. En cuanto los negros le vieron prisionero, -se nos echaron todos encima para rescatarle, de modo que también -los milicianos se venían al agua para darnos socorro;<span class="pagenum" id="Page_102">[Pg 102]</span> hasta que -él, conociendo que todos los negros iban a quedarse allí, les dijo -algunas palabras que serían un exorcismo, porque los puso a todos en -huída. Se zambulleron, y en un abrir y cerrar de ojos no quedaba uno. -Aquella batalla debajo del agua tenía algo de agradable, y me hubiera -entretenido si no hubiera perdido un dedo y mojado diez cartuchos, y -si... ¡pobrecillo!, ¡pero estaba escrito, mi capitán!</p> - -<p>Y el sargento, después de llevarse, en ademán de saludo militar, la -mano a la gorra de cuartel, la levantó hacia el cielo con gesto de -inspirado.</p> - -<p>D’Auverney parecía entregado a un violento desasosiego.</p> - -<p>—Sí—dijo—, sí; tienes razón, Tadeo, que aquélla fué una noche -fatal...</p> - -<p>Y se hubiera perdido en sus acostumbradas y melancólicas distracciones -si la concurrencia no le hubiese instado con empeño para que -prosiguiera, cual así lo hizo.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXIV">XXIV</h3> -</div> - - -<p>Mientras la escena que Tadeo acaba de pintar...—Tadeo, triunfante, -fué a colocarse detrás de su capitán—, mientras la escena que Tadeo -acaba de pintarnos pasaba a espaldas del cerro, yo había conseguido -trepar de mata en mata con algunos de los míos hasta la cima de un -pico llamado el <i>Pavo Real</i> por los brillantes reflejos que -despedían a la luz del sol las peñas de su cumbre. Este pico se -hallaba a igual altura que las posiciones<span class="pagenum" id="Page_103">[Pg 103]</span> de los negros, y, mostrado -el camino, pronto estuvo cubierto de milicianos, con cuyo refuerzo -comenzamos un fuego muy vivo de fusilería. Los negros, peor armados, -no podían respondernos con tanto calor, y empezaron a desalentarse, -con lo que redoblamos nuestros esfuerzos, y pronto tuvieron precisión -los rebeldes de evacuar las peñas más vecinas, aunque cuidando antes -de hacer rodar sus muertos sobre el resto del ejército, que estaba -aún tendido en batalla en la loma. Entonces cortamos y atamos con -bejucos algunos de aquellos enormes árboles del algodón silvestre de -que fabricaban los habitantes de la isla canoas para cien remeros. -Con ayuda de este puente improvisado pudimos cruzar a los riscos -abandonados por el enemigo, y parte considerable de nuestras fuerzas se -encontraron en posición ventajosa. Semejante aspecto enfrió el valor de -los insurgentes al paso que nuestro fuego continuaba. En esto se alzó -por el ejército de Biassou un rumor lastimoso, en que iba mezclado el -nombre de Bug-Jargal, y cundió por entre sus filas gran espanto. Varios -negros de Morne-Rouge aparecieron en lo alto de la peña, adonde ondeaba -el rojo pendón; se postraron en tierra, arrancaron luego el estandarte -y se arrojaron con él a los abismos del río. Todo parecía denotar que -su caudillo estaba o muerto o prisionero.</p> - -<p>Nuestro ánimo subió de punto en grado tal, que me resolví a arrojar -al arma blanca a los rebeldes de los peñascos que todavía ocupaban. -Hice<span class="pagenum" id="Page_104">[Pg 104]</span> echar otro puente volante entre el peñón en que estábamos y el -pico más cercano, y me lancé el primero en medio de los negros. Mis -soldados iban a seguirme cuando uno de los rebeldes hizo de un hachazo -volar el puente en astillas, y los troncos, deshechos, cayeron por el -precipicio, golpeando en las rocas con horroroso estruendo. Al ruido -volví la cabeza, y en aquel instante mismo me sentí agarrar por seis -o siete negros que me desarmaron. Luché con toda mi fuerza, cual un -león; pero ellos me sujetaron, y sin atender a la lluvia de balas -que mis soldados hacían caer en su alrededor, me ataron con cuerdas -hechas de la corteza de los árboles. La única cosa capaz de mitigar -mi desesperación eran los gritos de victoria que escuché resonar un -momento después, y en seguida vi a los negros y mulatos subir en -desorden por las más ásperas cuestas, lanzando clamores de terror. Mis -guardianes imitaron el ejemplo, y, cargándome el más robusto sobre sus -espaldas, me condujo a los bosques saltando de peña en peña con la -agilidad de una cabra montés. Pronto cesó de alumbrarnos el resplandor -de las llamas; pero el débil reflejo de la luna fué para él luz -suficiente, acortando tan sólo un poco la rapidez de su paso.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXV">XXV</h3> -</div> - - -<p>Después de atravesar malezas y cruzar torrentes, llegamos a un -elevado valle, de aspecto en alto grado salvaje, y lugar que me era -absolutamente<span class="pagenum" id="Page_105">[Pg 105]</span> desconocido. Este valle, situado en el riñón de la -sierra que se llama en Santo Domingo <em>las montañas dobles</em>, -consistía en una vasta y verde llanura aprisionada entre paredes de -peña viva y cubierta de arboledas de pinos, guayacos y palmitos. El -frío penetrante que siempre reina en aquella región de la isla se -hacía sentir aún más en el fresco de la madrugada, porque los primeros -albores de la aurora iban despuntando en la blancura de las cercanas -y elevadísimas cumbres, y el valle permanecía envuelto en profundas -tinieblas o alumbrado tan solo por las numerosas hogueras que encendían -los negros, pues aquél era el punto señalado de reunión donde los -miembros dislocados de su ejército acudían en desorden. Los negros y -los mulatos llegaban por momentos en turbas despavoridas, lanzando -gritos de dolor o aullidos de rabia, y nuevas hogueras, que brillaban -entre las sombras del valle cual los ojos de un tigre, anunciaban a -cada instante cómo se iba ensanchando el círculo del campamento.</p> - -<p>El negro que me tenía prisionero me puso al pie de una encina, desde -donde contemplaba con indiferencia aquel extraño espectáculo. El negro -me ató por la cintura al tronco del árbol en que estaba recostado; -apretó los espesos nudos, que me impedían todo movimiento; me plantó en -la cabeza su gorro encarnado, como anuncio quizá de que yo era cosa de -su pertenencia, y cuando se hubo así asegurado de que ni podía escapar -ni serle arrebatado por otros, hizo ademán de alejarse. Me resolví<span class="pagenum" id="Page_106">[Pg 106]</span> -entonces a dirigirle la palabra, y le pregunté en dialecto criollo si -pertenecía a la división del Dondon o de Morne-Rouge. Se detuvo, y me -replicó con gesto de orgullo:</p> - -<p>—De Morne-Rouge.</p> - -<p>Me vino luego a las mientes un pensamiento. Había oído hablar de la -generosidad del caudillo de estas fuerzas, Bug-Jargal; y aun dispuesto -sin pena a recibir una muerte término de todas mis desdichas, la idea -de los tormentos con que vendría acompañada si la recibía de manos -de Biassou, no dejaba de inspirarme algún espanto. Apetecía morir -sin pasar por tales suplicios. Tal vez fuera esto en mí un acto de -flaqueza; pero creo que en semejantes momentos la naturaleza del hombre -retrocede siempre horrorizada. Imaginéme, pues, que si podía escapar -de las garras de Biassou, quizá obtendría de Bug-Jargal una muerte sin -tormentos: la muerte de un soldado. Así le pedí a este negro que me -condujera a la presencia de su caudillo; se estremeció y repitió el -nombre de Bug-Jargal golpeándose con desesperación la frente, hasta -que, pasando con rapidez a expresar la ira en su semblante, me gritó, -enseñándome el puño cerrado:</p> - -<p>—¡Biassou, Biassou!</p> - -<p>Y, tras este nombre de amenaza, se apartó de mi vista.</p> - -<p>La cólera y el dolor del negro me recordaron aquella circunstancia del -combate que nos hizo imponer la captura o la muerte del caudillo de<span class="pagenum" id="Page_107">[Pg 107]</span> -Morne-Rouge, y, ya sin más dudas, me resigné a esperar la venganza de -Biassou, con la que aparentaba el negro amenazarme.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXVI">XXVI</h3> -</div> - - -<p>Entre tanto, cubrían aún las tinieblas la cañada, y sin cesar el -tropel de los negros y el número de las fogatas iban en aumento. Un -corro de negras llegó en esto a encender una hoguera cerca de mí, y -por los numerosos brazaletes de cuentas de vidrio azul, encarnado y -violeta que lucían en sus piernas y brazos, por los gruesos pendientes -que colgaban de sus orejas, por los anillos sin cuento que adornaban -todos los dedos de pies y manos, por los amuletos colgados del seno, -por el <em>collar de hechizos</em> pendiente del cuello, por el delantal -de vistosas plumas, única cubierta de su desnudez, y, sobre todo, -por sus clamores acompasados y sus miradas desatentadas y esquivas, -conocí desde luego que eran las <i>Griotas</i>. Quizá ignoren ustedes, -señores, que entre las tribus de varias comarcas de Africa se hallan -ciertos negros dotados de no sé qué tosca disposición para la poesía -y facilidad de improvisar, que tiene semejanza con el estado de -demencia. Estos individuos andan errantes de región en región, como -los antiguos rapsodas, y como en la Edad Media los <i lang="en" xml:lang="en">minstrels</i> -de Inglaterra, los <i lang="de" xml:lang="de">minnesinger</i> de Alemania y los trovadores de -Francia. Llevan el nombre de <em>griotos</em>. Las mujeres, poseídas -cual ellos de un<span class="pagenum" id="Page_108">[Pg 108]</span> espíritu de vértigo, acompañan con obscenos bailes -las bárbaras canciones de sus esposos y ofrecen una grotesca parodia -de las <em>bayaderas</em> del Indostán, o de las <em>almeas</em> egipcias. -Algunas, pues, de esta clase de mujeres eran las que acababan de -sentarse en rueda a algunos pasos de mí, cruzadas de piernas al estilo -africano y en torno de un inmenso montón de secas ramas, que ardía -haciendo vacilar los espantosos rostros al incierto resplandor de su -rojiza lumbre.</p> - -<p>Así que hubieron formado el círculo, agarráronse todas de la mano, y -la más anciana, que tenía una pluma de garza plantada en el cabello, -comenzó a clamar:</p> - -<p>—<em>Ouanga!</em></p> - -<p>Y conocí que iban a operar el sortilegio a que dan tal nombre. -Repitieron todas en coro:</p> - -<p>—<em>Ouanga!</em></p> - -<p>Y la vieja, después de un corto rato de solemne silencio, se arrancó -un mechón de su propio pelo y lo arrojó al fuego, pronunciando estas -palabras sacramentales:</p> - -<p>—<em>Malé o guiab.</em></p> - -<p>Las que en el dialecto de los negros criollos significan: “Me voy -con el diablo.” Todas las <em>griotas</em>, imitando el ejemplo de su -decana, entregaron a las llamas un rizo de sus cabellos, repitiendo con -gravedad:</p> - -<p>—<em>Malé o guiab.</em></p> - -<p>Tan extraña invocación y los gestos burlescos de que iba acompañada -me arrancaron aquella especie<span class="pagenum" id="Page_109">[Pg 109]</span> de involuntaria convulsión que suele -apoderarse del hombre más serio o traspasado de mayor dolor, y que -se llama <em>risa histérica</em>. En balde fueron todos mis esfuerzos -para atajarla; estalló al fin, y aquella carcajada en que prorrumpía -un corazón tan triste provocó una escena singular por lo lúgubre y -espantosa.</p> - -<p>Perturbadas las negras en el cumplimiento de su misterioso rito, -alzáronse todas a una, cual si despertasen de un sueño en sobresalto. -Hasta allí no se habían apercibido de mi presencia, y acudieron en -tumulto, aullando antes que diciendo:</p> - -<p>—¡Un blanco, un blanco!</p> - -<p>Jamás he visto colección de figuras con mayor diversidad horribles -que lo era aquella caterva de negros semblantes, donde resaltaba la -blancura de sus dientes y de sus ojos, salpicados éstos de gruesas y -ensangrentadas venas.</p> - -<p>Iban ya a despedazarme, cuando la vieja de la pluma de garza hizo una -señal y gritó repetidas veces:</p> - -<p>—<i lang="fr" xml:lang="fr">Zoté cordé, zoté cordé.</i><a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a></p> - -<p>Las fieras se detuvieron de súbito, y les vi, no sin sorpresa, desatar -a la vez sus delantales de plumas, arrojarlos sobre la hierba y empezar -alrededor de mí aquella danza lasciva a que los negros dan el nombre de -<em>la chica</em>.</p> - -<p>Este baile, cuyas grotescas actitudes y viveza de gestos no expresan -sino el placer y la alegría, cobraba aquí, de diversas circunstancias -accesorias,<span class="pagenum" id="Page_110">[Pg 110]</span> un carácter siniestro. Las miradas fulminantes de ira -que me lanzaban las griotas en medio de sus joviales evoluciones; el -lúgubre acento que infundían a la alegre tonada de <em>la chica</em>; -el agudo y prolongado gemido que de rato en rato arrancaba de su -<em>balafo</em>, especie de flauta compuesta de unas veinte cañas, la -venerable presidenta de aquel negro sanedrín, y más aún la horrible -risa que cada bruja desnuda venía en ciertos momentos de descanso del -baile a mostrarme por turno, pegando casi su rostro contra el mío; -todo me anunciaba con demasiada certeza cuál era la horrible suerte -que le tenían prevenida al <em>blanco</em>, espectador sacrílego de su -Ouanga. Recordé la costumbre que tienen muchos pueblos salvajes de -bailar en torno de sus prisioneros antes de darles muerte, y aguardé -con paciencia a que se terminara aquel episodio del drama, en cuyo -desenlace tenía yo señalado tan funesto papel. No pude, con todo, menos -de estremecerme al notar que, a una señal dada por el <em>balafo</em>, -cada bruja metió en el fuego, o la punta de una hoja de sable, o el -hierro de un hacha, o el extremo de una larga aguja, o los garfios de -unas pinzas, o los dientes de una sierra.</p> - -<p>El baile iba tocando a su término y los instrumentos del suplicio -estaban convertidos en ascuas. Entonces, a una señal de la vieja, -fueron las negras en solemne procesión a sacar en fila alguna de -aquellas tremendas armas, y a las que no alcanzó a caberles en suerte -un hierro ardiente,<span class="pagenum" id="Page_111">[Pg 111]</span> se proveyó cada cual de un tizón encendido. -Comprendí al cabo el suplicio que me aguardaba y que habría de contar -en cada bailarina un verdugo. A una señal de su corifeo, empezaron la -postrer rueda lanzando tremendos gemidos. Cerré los ojos para no ver -siquiera los gestos de aquellos demonios femeniles, que, sin aliento de -cansancio y de ira, daban golpes a compás por encima de sus cabezas con -los hierros hechos ascua, de donde salía un rumor agudo y millares de -chispas.</p> - -<p>Empecé a aguardar, haciendo un esfuerzo, el instante de sentirme -chirriar las carnes, calcinarse los huesos y retorcerse y saltar los -músculos entre las ardientes mordeduras de las sierras y tenazas, y un -estremecimiento nervioso circuló por todo mi cuerpo. ¡Fué aquél, en -verdad, un momento de horror!</p> - -<p>No duró, por fortuna. Apenas el baile de las griotas iba aproximándose -a su fin, cuando escuché a lo lejos la voz del negro que me aprisionó, -quien acudía gritando:</p> - -<p>—¿Qué hacéis, mujeres del demonio? ¿Qué hacéis ahí? Dejad libre a mi -prisionero.</p> - -<p>Volví entonces a abrir los ojos, y era ya de día. El negro dábase -prisa a llegar con mil ademanes de cólera, y las griotas se habían -detenido, aunque no tanto al parecer conmovidas por sus amenazas cuanto -sobrecogidas por la presencia de un ente bastante estrambótico de que -venía el negro acompañado.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_112">[Pg 112]</span></p> - -<p>Era éste un hombre muy bajo y rechoncho, especie de enano, que llevaba -cubierto el rostro con un velo de color blanco, y en él hechas tres -aberturas para los ojos y boca, al estilo que usan los penitentes. El -velo, que caía sobre los hombros y cuello, dejaba al descubierto su -pecho velludo, que, según el color, me pareció de <em>salto atrás</em>, -donde brillaba, colgado de una cadena de oro, el sol de plata arrancado -de un viril. Por encima del cinto de grana, que sostenía unas faldas o -enaguas rayadas de verde, amarillo y negro, con franjas que le cubrían -los pies, grandes e informes, asomaba el mango de un puñal de trabajo -tosco, hecho en forma de cruz. Los brazos iban desnudos, así como el -pecho, y empuñaba en su mano una varita blanca; un rosario de cuentas -de cachumbo le colgaba de la cintura, junto al puñal, y llevaba sobre -la frente una caperuza puntiaguda, ornada de cascabeles, en la que, no -sin gran sorpresa, reconocí la <em>gorra</em> de Habibrah. La diferencia -única consistía en que entre los jeroglíficos de que estaba aquella -especie de mitra cubierta se notaban ahora manchas de sangre. Sin duda -alguna, era la del fiel bufón, y aquellos indicios del asesinato los -tuve por otra prueba de su fin, y despertaron en mi alma un postrer -recuerdo.</p> - -<p>Al punto mismo que las griotas repararon en este heredero de la -caperuza de Habibrah, dijeron todas a una voz:</p> - -<p>—¡El obí!</p> - -<p>Y cayeron postradas en tierra, por donde adiviné<span class="pagenum" id="Page_113">[Pg 113]</span> que sería el -hechicero del ejército de Biassou.</p> - -<p>—¡Basta, basta!—dijo al acercarse a ellas en tono de voz grave y -apagada—. Dejad al prisionero de Biassou.</p> - -<p>Todas las negras, alzándose en tumulto, arrojaron los instrumentos de -muerte de que iban cargadas, volvieron a ceñirse su delantal de plumas -y desaparecieron a un gesto del obí cual una nube de langostas.</p> - -<p>En este instante pareció clavarse en mí la mirada del hechicero, y con -un estremecimiento en todo su cuerpo, dió un paso atrás y extendió la -vara hacia las griotas cual para mandarlas regresar. Con todo, después -de refunfuñar entre sí, oyéndosele tan sólo la palabra <em>maldito</em>, -dijo no sé qué al oído del negro, y se retiró a paso lento, con los -brazos cruzados y los ademanes de un hombre embebido en profundas -meditaciones.</p> - - -<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_6" href="#FNanchor_6" class="label">[6]</a> Acordaos, acordaos.—N. del A.</p> - -</div> -</div> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXVII">XXVII</h3> -</div> - - -<p>En seguida me avisó mi vigía que Biassou deseaba verme y que había de -prepararme para dentro de una hora a la entrevista con aquel caudillo.</p> - -<p>Sin duda, quedábame aún una hora de vida, y mientras transcurría, -dejé correr mis miradas por el campamento de los rebeldes, cuyo -singular aspecto me demostraba la luz clara del día hasta en los -más pequeños pormenores. Quizá en un estado<span class="pagenum" id="Page_114">[Pg 114]</span> diverso del ánimo no -hubiese podido contener la risa al contemplar la inepta vanidad de los -negros sobrecargados, casi sin excepción, de insignias guerreras y -sacerdotales despojos de sus víctimas. La mayor parte de tales adornos -no eran otra cosa que algunos andrajos desapareados y sangrientos. No -era cosa rara el ver una gola sobre una sobrepelliz, o una charretera -encima de una casulla. Además, sin duda para descansar de las faenas -a que habían estado su vida entera sujetos, los negros permanecían en -un estado de inacción absolutamente desconocido por nuestros soldados, -aun en las horas de descanso. Algunos estaban dormidos al sol, con -la cabeza cerca de una hoguera ardiente; otros, con el semblante ya -apático, ya furioso, cantaban con voz monótona, sentados en cuclillas -a la puerta de sus <em>ajoupas</em>, especie de chozas puntiagudas, -techadas con hojas de plátano y de palma, cuya forma cónica se -asemejaba a nuestras tiendas de campaña. Las mujeres, negras o pardas, -preparaban con ayuda de los negrillos el rancho para los combatientes, -y yo los veía revolver con enormes pinchos el maíz, las patatas, los -ñames, los plátanos, los guisantes, el coco, la col caribe, que ellos -llaman tayo, y toda especie de frutos y plantas indígenas, que hervían -mezclados con los cuartos despedazados de cerdos, de perros y de -tortugas, en las inmensas calderas robadas de los ingenios. A lo lejos, -en los confines del campamento, los griotos y las griotas formaban -grandes círculos alrededor de<span class="pagenum" id="Page_115">[Pg 115]</span> las hogueras, y el viento me traía a -veces algunos trozos de sus bárbaras canciones entre la música de las -guitarras y balafos. Varios centinelas colocados en la cima de los más -cercanos peñascos vigilaban los alrededores del cuartel general de -Biassou, cuya única defensa, en caso de ataque, consistía en una línea -circular de carretones cargados con las municiones y el botín. Aquellos -atezados centinelas, erguidos sobre la aguzada punta de las pirámides -de granito de que están erizados los cerros, daban vueltas a menudo, -como las veletas de los góticos campanarios, y se corrían con toda -la fuerza de sus pulmones esta palabra, que aseguraba el sosiego del -campamento:</p> - -<p>—Nada, nada.</p> - -<p>De tiempo en tiempo se formaba en torno de mi persona un corro de -negros curiosos, que todos me contemplaban con aire amenazador.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXVIII">XXVIII</h3> -</div> - - -<p>Al cabo, un piquete de soldados de color, bastante bien armados, se -llegó hacia nosotros, y el negro a quien parecía yo pertenecer me -desató de la encina a que estaba atado y me entregó en manos del -comandante de la escolta, recibiendo en pago un saco, que abrió sin -demora, y que estaba lleno de pesos fuertes. Mientras el negro, -arrodillado sobre la hierba, los iba contando con ansia manifiesta, los -soldados me separaron de allí. En<span class="pagenum" id="Page_116">[Pg 116]</span> el camino examiné con curiosidad su -equipo, que consistía en un uniforme de paño tosco, pardo y amarillo, -y cortado a la española: una especie de <em>montera</em> castellana, -adornada de una cucarda encarnada<a id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>, les cubría su pelo de lana. -En lugar de cartuchera llevaban una especie de morral colgando del -costado, y sus armas eran un fusil de mucho peso, un sable y un -machete. Después supe que este uniforme era el de la guardia particular -de Biassou.</p> - -<p>Después de grandes rodeos entre las filas irregulares de chozas, que -embarazaban el terreno del campamento, llegamos a la entrada de una -gruta, labrada por la naturaleza al pie de uno de aquellos inmensos -lienzos de peña viva de que estaba el valle amurallado. Un gran -cortinaje de aquella tela tibetana llamada <em>cachemira</em>, y que no -tanto se distingue por lo vivo de sus colores cuanto por la suavidad de -su trama y lo variado de sus dibujos, escondía a la vista lo interior -de esta caverna, rodeada por espesas hileras de soldados, todos con -igual equipo que mis conductores.</p> - -<p>Tras dar la seña a los dos centinelas que se paseaban a los umbrales de -la gruta, el comandante del piquete alzó el cortinaje y me introdujo -consigo, dejándole caer tras de mí.</p> - -<p>Una lámpara de cobre con cinco mecheros, colgada de unas cadenas a -la bóveda, difundía sus trémulos rayos sobre las húmedas paredes de<span class="pagenum" id="Page_117">[Pg 117]</span> -aquella cueva, privada de la luz del día. Entre dos filas de soldados -mulatos descubrí a un hombre de color, sentado en un grueso tronco de -caobo, medio encubierto por un tapiz de plumas de papagayo. Este hombre -pertenecía a la especie de los <em>salto-atrás</em>, que no está separada -de los negros sino por diferencias casi imperceptibles. Su vestido -era ridículo. Una magnífica faja de red de seda, de donde colgaba una -cruz de San Luis, le ceñía a la altura del ombligo unos calzoncillos -azules, de lienzo tosco, y una chupa de cotonía blanca, demasiado -corta para alcanzarle a la cintura, completaba el resto de su ajuar. -Llevaba, además, botas grises, un sombrero redondo, coronado con la -cucarda encarnada, y dos charreteras: la una de oro, con estrellas de -plata en la pala, cuales usan los mariscales de campo en Francia, y la -restante, de lana amarilla. Dos estrellas de cobre, que aparentaban -ser dos acicates de espuela, estaban clavadas en la postrera, sin duda -para hacerla digna de su brillante compaña. Estas dos charreteras, que -no tenían sujeción por medio de presillas en su lugar debido, colgaban -por ambos lados de los hombros sobre el pecho del personaje. Un sable y -dos pistolas ricamente embutidas estaban a su lado, sobre un tapiz de -plumas.</p> - -<p>Detrás de su asiento, silenciosos e inmóviles, se veían dos niños con -el vestido de esclavos, y cada uno con un inmenso abanico de plumas -de pavo real. Estos dos niños eran dos blancos reducidos ahora a -cautiverio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_118">[Pg 118]</span></p> - -<p>Dos cojines de terciopelo carmesí, que parecían sacados de algún -oratorio, señalaban dos puestos a derecha e izquierda del leño de -caoba. Uno de ellos, el de la derecha, se hallaba ocupado por el obí -que me libertó del furor de las griotas. Estaba él sentado, con las -piernas cruzadas, derecha la varita, inmóvil cual un ídolo de porcelana -en una pagoda chinesca, tan sólo que a través de las hendeduras del -velo veía chispearle los ojos, enardecidos y clavados en mí sin -pestañear.</p> - -<p>A cada lado del caudillo había unos haces de pendones, banderas y -gallardetes de toda especie, entre los cuales reparé en la bandera -blanca francesa con flores de lis, la bandera tricolor y la bandera -española; las restantes eran insignias de capricho, incluso un gran -estandarte de color negro.</p> - -<p>A la cabecera de la estancia, por encima del principal personaje, -otro objeto llamó asimismo mi atención: un retrato del mulato Ogé, -ajusticiado el año anterior en el Cabo por crimen de rebelión con su -teniente Juan Bautista Chavanne, y otros veinte cómplices, entre pardos -y negros. En este retrato, Ogé, hijo de un carnicero del Cabo, estaba -representado como tenía costumbre de hacerse pintar, es decir, con -uniforme de teniente coronel, la cruz de San Luis y la orden de mérito -del León, que había comprado en Europa al príncipe del Limburgo.</p> - -<p>El mulato en cuya presencia me veía yo ahora era hombre de mediana -estatura, y en el semblante presentaba una extraña mezcla de astucia<span class="pagenum" id="Page_119">[Pg 119]</span> y -crueldad. Hízome aproximar, me miró por algún tiempo en silencio y, al -fin, me dijo con risa amarga y sarcástica, parecida a los aullidos de -una hiena:</p> - -<p>—Yo soy Biassou.</p> - -<p>Aguardaba tal nombre, pero no pude oírle en boca semejante y en medio -de aquella feroz carcajada sin temblar interiormente. Mi rostro, -empero, se mantuvo sereno y orgulloso, y ni me digné contestarle.</p> - -<p>—¿Qué es eso?—repuso en francés menos que mediano—. ¿Te han empalado -ya de modo que no puedes doblar el espinazo y hacer una cortesía en -presencia de Juan Biassou, generalísimo del país conquistado y mariscal -de campo de los Reales Ejércitos de <i>Su Majestad Católica</i>?—La -táctica de los principales caudillos rebeldes consistía en dar -a entender que obraban a favor, ya del Rey de Francia, ya de la -revolución o ya del Rey de España—.</p> - -<p>Crucé los brazos en el pecho y le miré cara a cara con resolución. El -volvió a su risa sarcástica, que parece lo tenía por resabio.</p> - -<p>—¡Hola, hola! <em>Me pareces hombre de buen ánimo.</em> Pues bien, -escúchame lo que voy a decirte: ¿Eres criollo?</p> - -<p>—No—le repliqué—, soy francés.</p> - -<p>Mi firmeza le hizo arquear el entrecejo, y me respondió con su risa -acostumbrada:</p> - -<p>—Tanto mejor. Veo por el uniforme que eres oficial. ¿Qué edad tienes?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_120">[Pg 120]</span></p> - -<p>—Veinte años.</p> - -<p>—¿Cuándo los cumpliste?</p> - -<p>A semejante pregunta, que despertaba en mi alma tantos y tan dolorosos -recuerdos, me quedé absorto en mis ideas; la repitió, empero, con -empeño, y entonces yo le contesté:</p> - -<p>—El día que ahorcaron a tu compañero Leogrí.</p> - -<p>Sus facciones se contrajeron de ira, y la carcajada duró más aún de lo -usual; pero al cabo se contuvo, diciendo:</p> - -<p>—Hace veintitrés días ahora que murió Leogrí, y esta noche irás a -decirle que le sobreviviste veinticuatro días no más. Quiero dejarte -hoy todavía en el mundo para que puedas contarle a qué altura se halla -la libertad de sus hermanos, lo que hayas presenciado en el cuartel -general de Juan Biassou, mariscal de campo, y cuánta es la autoridad -que ejerce este generalísimo sobre la <em>gente del Rey</em>.</p> - -<p>Bajo título semejante, Juan Francisco, quien se hacía apellidar <i>Gran -Almirante de Francia</i>, y su camarada Biassou, designaban sus -catervas de negros y mulatos rebeldes.</p> - -<p>Mandó luego que me hiciesen sentar en un rincón de la cueva, entre dos -vigilantes, y señalando con el dedo a algunos negros con el disfraz de -ayudantes de campo, dijo:</p> - -<p>—Que se toque generala y que venga todo el ejército a las cercanías de -mi cuartel general, que quiero pasarle revista. Y usted, señor padre -capellán, revístase de sus hábitos sacerdotales y celebre<span class="pagenum" id="Page_121">[Pg 121]</span> para mí y -para mis soldados el santo sacrificio de la misa.</p> - -<p>El obí se levantó, hizo delante de Biassou una profunda reverencia -y le dijo al oído unas cuantas palabras, que interrumpió el general -prorrumpiendo en alta voz:</p> - -<p>—¿Dice usted, <em>señor cura</em>, que no hay altar? Pero ¿qué tiene -eso de extraño entre los montes? ¡Ni qué importa! ¿Desde cuándo acá -exige el <i lang="it" xml:lang="it">bon Giu</i><a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a> para su culto un magnífico templo ni un -altar adornado con oro y con encajes? Gedeón y Josué le adoraron ante -un montón de piedras; hagamos, pues, <i lang="it" xml:lang="it">bon per</i><a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>, como ellos -hicieron, que al <i lang="it" xml:lang="it">bon Giu</i> le basta con corazones fervorosos. ¡Que -no hay altar! Pues ¿por qué no armar uno con la caja grande de azúcar -que los soldados del Rey cogieron ayer en el ingenio de Dubuisson?</p> - -<p>Pronto se puso en planta el mandato de Biassou, y en un abrir y cerrar -de ojos quedó listo lo interior de la caverna para semejante parodia de -los divinos misterios. Trajeron un tabernáculo y un copón, robados de -la iglesia parroquial del Acul, de aquel templo mismo donde mi enlace -con María recibió del cielo una solemne bendición, tan luego acompañada -de amargos infortunios, y pusieron por altar una caja de azúcar robada, -parte del botín de algún ingenio vecino, y cubierta con una sábana -a guisa de paño, lo que no tapaba el rótulo siguiente, que podía -leerse en los<span class="pagenum" id="Page_122">[Pg 122]</span> costados del extraño altar: <i>Dubuisson y Compañía, en -Nantes</i>.</p> - -<p>Cuando los vasos sagrados estuvieron en su lugar, notó el obí que -faltaba un crucifijo, y, sacando el puñal, cuyo mango estaba en forma -de cruz, lo clavó en pie ante el tabernáculo, entre el cáliz y el -viril. En seguida, sin quitarse la caperuza de hechicero ni el velo de -penitente, se echó sobre los hombros desnudos la capa pluvial, robada -al vicario del Acul; abrió el misal con manecillas de plata, en que se -habían leído las oraciones de mi fatal casamiento, y, volviéndose hacia -Biassou, sentado a pocos pasos de distancia del altar, anunció con un -profundo saludo que estaba ya listo para la ceremonia.</p> - -<p>Al punto, a una señal del caudillo se descorrió el cortinaje de -cachemira de la entrada y nos mostró el ejército entero de los negros, -formado en columnas cerradas a la boca de la cueva. Biassou se quitó el -sombrero redondo, se postró delante del altar y gritó con voz sonora:</p> - -<p>—¡De rodillas!</p> - -<p>—¡De rodillas!—repitieron los jefes de batallón.</p> - -<p>Sonó un redoble de tambores, y toda la gavilla estaba arrodillada.</p> - -<p>Yo solo había quedado inmóvil en mi asiento, escandalizado del -sacrilegio que iba a cometerse en mi presencia; pero los dos robustos -mulatos que me tenían bajo su guardia me arrebataron el asiento y, -empujándome con violencia por los<span class="pagenum" id="Page_123">[Pg 123]</span> hombros, caí de rodillas cual los -demás, precisado a tributar un simulacro de respeto a este simulacro de -culto.</p> - -<p>El obí ofició con seriedad; los dos pajecillos blancos de Biassou -hacían oficio de diácono y sub-diácono, y la turba de los rebeldes, -doblada siempre la rodilla, asistía a la ceremonia con un aspecto de -devoción de que daba el generalísimo el primer ejemplo. Al momento de -la elevación volvióse hacia el ejército el obí, enseñando la hostia, y -exclamó en su dialecto:</p> - -<p>—<i lang="fr" xml:lang="fr">Zoté coné bon Giu; ce li mo fé zoté voer. Blan touyé li, touyé -blan yo touté<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" class="fnanchor">[10]</a>.</i></p> - -<p>A estas palabras, pronunciadas en una voz fuerte, que se me antojó -haber ya oído en alguna otra parte y otros tiempos, la muchedumbre -entera lanzó un rugido; hirieron los soldados sus armas una con otra -por largo espacio, y todo el poder de Biassou fué necesario para -impedir que aquel siniestro rumor no fuese el anuncio de mi hora -postrera. Comprendí, empero, a qué exceso de valor y de crueldad podían -llegar estos hombres, para quienes un puñal era un crucifijo, y en cuyo -ánimo las emociones eran tan súbitas y profundas.</p> - - -<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_7" href="#FNanchor_7" class="label">[7]</a> Ya se sabe que éste es el color de la cucarda -española.—N. del A.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_8" href="#FNanchor_8" class="label">[8]</a> El buen Dios.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_9" href="#FNanchor_9" class="label">[9]</a> Buen padre.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_10" href="#FNanchor_10" class="label">[10]</a> “Ya conocéis a Dios y aquí os lo enseño. Los blancos le -mataron; matad a todos los blancos.” Más adelante, Toussaint-Louverture -tenía costumbre de dirigir la misma alocución a los negros después de -haber comulgado.—Nota del autor.</p> - -</div> -</div> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_124">[Pg 124]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="XXIX">XXIX</h3> -</div> - - -<p>Concluída la ceremonia, el obí se volvió hacia Biassou con una -respetuosa reverencia, y entonces, levantándose aquel caudillo, dijo en -francés, encarándose conmigo:</p> - -<p>—Nos acusan de no tener religión; pero ya ves tú que eso es una -calumnia y que somos buenos católicos.</p> - -<p>No sé si hablaba irónicamente o de buena fe; mas, al cabo de un -momento, hizo que le trajesen un vaso de vidrio lleno de maíz negro, y -puso encima unos cuantos granos de maíz blanco, y en seguida, alzando -el vaso por encima de su cabeza para que mejor alcanzase a verlo todo -el ejército, exclamó:</p> - -<p>—Hermanos, vosotros sois el maíz negro, y vuestros enemigos los -blancos son el maíz blanco.</p> - -<p>En esto meneó el vaso, y cuando casi todos los granos blancos hubieron -desaparecido escondidos entre los negros, prorrumpió en decir con aire -de inspiración y triunfo:</p> - -<p>—<i lang="fr" xml:lang="fr">Guette blan si la la<a id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a>.</i></p> - -<p>Otra aclamación, que retumbó en los ecos de la montaña, acogió la -parábola del caudillo, y Biassou prosiguió, mezclando con frecuencia en -su mal francés frases o españolas o criollas:</p> - -<p>—El tiempo de la mansedumbre ha pasado. Por<span class="pagenum" id="Page_125">[Pg 125]</span> demasiado largo período -hemos aguantado en paz como los carneros, con cuya lana comparan -nuestros cabellos los blancos; seamos ahora implacables como los -jaguares y panteras de la región de donde nos arrancaron. La fuerza -sola adquiere derechos, que todo le pertenece al que se muestra -esforzado y sin compasión. San Lobo<a id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a> tiene dos fiestas en el -almanaque, y el Cordero Pascual no tiene más de una... ¿No es así, -padre capellán?</p> - -<p>El obí hizo una reverencia afirmativa.</p> - -<p>—Han venido—repuso Biassou—, han venido los enemigos de la -regeneración de la humanidad, esos blancos, esos hacendados, esos -dueños, esos hombres de negocios, <em>verdaderos demonios</em> vomitados -por las furias infernales. <em>Han venido con insolencia</em>, cubiertos, -¡gente vana!, de armas, de plumajes y de ropajes magníficos a la vista, -y nos despreciaban porque éramos negros y estábamos desnudos. Pensaban, -en su orgullo, dispersarnos con tanta facilidad como estas plumas -ahuyentan esos negros enjambres de mosquitos y maringuinos.</p> - -<p>Y, al acabar esta comparación, tomó de manos de un esclavo blanco uno -de aquellos abanicos que se hacía llevar detrás de sí, y comenzó a -sacudirlo con mil gestos vehementes; luego continuó:</p> - -<p>—... Pero, hermanos, nuestro ejército se arrojó sobre ellos como las -moscas sobre un cadáver; cayeron con sus lucidos uniformes a los golpes -de<span class="pagenum" id="Page_126">[Pg 126]</span> estos brazos desnudos, que juzgaron sin bríos, no sabiendo que la -buena madera está más dura cuando le quitan la corteza. Ahora tiemblan -esos tiranos aborrecibles: <em>yo gagné peur</em><a id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>.</p> - -<p>Un aullido de gozo y de triunfo respondió a este grito de su jefe, y la -caterva toda siguió repitiendo por largo período:</p> - -<p>—<em>Yo gagné peur!</em></p> - -<p>—Negros criollos y congos—añadió Biassou—, venganza y libertad. -Gente de sangre mixta, no os dejéis ablandar por las seducciones <em>de -los diablos blancos</em>. Vuestros padres están entre sus filas, pero -vuestras madres están entre las nuestras. Y luego, <em>hermanos de -mi alma</em>, jamás os han tratado como padres, sino como amos; tan -esclavos erais como los negros. Cuando apenas un miserable harapo -cubría vuestros miembros abrasados por el Sol, vuestros bárbaros padres -se pavoneaban con muy <em>buenos sombreros</em> y llevaban chaquetas de -mahón los días de faena, y los días de fiesta, vestidos de barragán -o de terciopelo, <em>a diez y siete cuartos la vara</em>. ¡Maldecid -a esos entes desnaturalizados! Pero como los santos mandamientos -del <i lang="it" xml:lang="it">bon Giu</i> los protegen, no maltratéis a vuestro propio -padre; y si le encontráis entre los contrarios, nada os estorba, -<em>amigos</em>, para que no os digáis mutuamente: <i lang="fr" xml:lang="fr">Touyé papa moé, -ma touyé quena toué</i><a id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a>. ¡Venganza! Gente del Rey: libertad<span class="pagenum" id="Page_127">[Pg 127]</span> para -todos los hombres. Este grito tiene eco en todas las islas: nació -en <i>Quisqueya</i><a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" class="fnanchor">[15]</a> y resonó en Tabago y en Cuba. Un capitán de -ciento veinticinco negros cimarrones de las Montañas Azules, un negro -de Jamaica, Bouckmann, en fin, fué quien primero alzó el pendón entre -nosotros. Un triunfo ha sido su primer acto de fraternidad con los -negros de Santo Domingo. Sigamos tan glorioso ejemplo, con la tea en -una mano y el hacha en la otra. No haya compasión para los blancos, -para los dueños. Matemos las familias, arruinemos sus plantíos, no -dejemos en sus haciendas un árbol siquiera sin tener las raíces -hacia el cielo. ¡Trastornemos la tierra para que se trague a los -blancos! ¡Animo, pues, hermanos y amigos! Pronto iremos a pelear y -exterminarlos. Triunfaremos o moriremos en la empresa. Vencedores, -gozaremos a nuestra vez de todos los deleites de la vida; si morimos, -iremos al cielo, donde los santos nos esperan; al paraíso, donde cada -bravo tendrá ración doble de aguardiente y un peso en plata al día.</p> - -<p>Esta especie de sermón soldadesco, que a ustedes, señores, no les -parecerá más que risible, produjo entre los rebeldes un efecto -maravilloso. Verdad es que los extraños gestos de Biassou, el acento -inspirado de su voz, el extraordinario sarcasmo que cortaba a veces -sus palabras, infundían a<span class="pagenum" id="Page_128">[Pg 128]</span> su arenga no sé qué oculto poderío de -seducción. El arte con que entreveraba con sus declamaciones pormenores -a propósito calculados para halagar las pasiones o el interés de los -insurgentes, añadía cierto grado de fuerza a aquella elocuencia, tan -adecuada para aquel auditorio.</p> - -<p>No intentaré pintar qué grado de tétrico entusiasmo se manifestó en el -ejército tras la alocución de Biassou. Fué un concierto discordante -de clamores, de aullidos y de lamentos. Golpeábanse unos el pecho, -sacudían otros sus mazas y sables, muchos permanecían de rodillas -en actitud de inmóvil éxtasis. Las negras se desgarraban el seno y -los brazos con las espinas de pescado que les servían para peinar -sus cabellos. Las guitarras, los timbales, las cajas y los balafos -mezclaban su estrépito con las descargas de fusilería. Era, por fin, -aquello una algazara infernal.</p> - -<p>Hizo Biassou un gesto con la mano, y el tumulto cesó luego como por -encanto, y cada negro fuese en silencio a ocupar su puesto. Tan severa -disciplina a que había doblegado Biassou a sus iguales, por el mero -ascendiente de su ingenio y voluntad firme, me llenaron, por decirlo -así, de admiración. Todos los soldados de aquel ejército parecían -hablar y moverse al impulso del caudillo como las teclas del órgano -ceden a los dedos del músico.</p> - - -<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_11" href="#FNanchor_11" class="label">[11]</a> Mirad lo que son los blancos para con vosotros—N. del A.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_12" href="#FNanchor_12" class="label">[12]</a> Santo francés de quien no creemos que se haga mención en -nuestra tierra.—N. del T.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_13" href="#FNanchor_13" class="label">[13]</a> Tienen miedo, en dialecto criollo.—N. del A.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_14" href="#FNanchor_14" class="label">[14]</a> <em>Mata a mi padre y yo mataré al tuyo</em>, execrables -palabras que se oyeron, en efecto, en boca de algunos mulatos.—N. del -A.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_15" href="#FNanchor_15" class="label">[15]</a> Nombre antiguo de Santo Domingo que significa <i>Tierra -Grande</i>. Los naturales le llamaban también <i>Haití</i>.—Nota del -autor.</p> - -</div> -</div> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_129">[Pg 129]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="XXX">XXX</h3> -</div> - - -<p>Otro nuevo espectáculo y género nuevo de charlatanismo y alucinamiento -excitó mi curiosidad; a saber: la curación de los heridos. El obí, que -ejercía en el ejército el doble cargo de médico para las dolencias -del alma y del cuerpo, había empezado a visitar los pacientes. Se -había desnudado de sus atavíos sacerdotales y llevaba junto a sí un -gran cajón con compartimientos, donde iban sus drogas y herramientas, -aunque, a decir verdad, poco usaba de sus instrumentos quirúrgicos; -y excepto una lanceta de espina de pescado, con la que practicaba -con suma habilidad una sangría, le tuve por muy torpe en el asunto, -manifestando gran embarazo en manejar las tenazas que le servían de -pinzas y el cuchillo que hacía de bisturí. La mayor parte del tiempo -se contentaba con recetar cocimientos de naranjas silvestres, de -zarzaparrilla o raíz de China, con algunos sorbos de aguardiente de -cañas añejo. Su remedio favorito y, según él decía, soberano, constaba -de tres copas de vino tinto mezclado con polvos de nuez moscada y la -yema de un huevo duro, cocido entre el rescoldo. De este específico se -servía para curar cualquier especie de llaga o dolencia. Fácil es de -conocer que semejante medicina era tan irrisoria como el culto divino -de que se fingía sacerdote, y es de calcular que el muy corto número -de curas hijas del acaso no le hubieran bastado para conservar<span class="pagenum" id="Page_130">[Pg 130]</span> la -confianza de los negros si no hubiera añadido los sortilegios a sus -drogas y tratado de obrar con tanta más violencia sobre la imaginación -de sus pacientes cuanto menor era su influjo verdadero sobre los males. -Así es que ya se contentaba con tocar sus heridas haciendo algunos -gestos místicos, ya valiéndose con tino de aquel resto de sus antiguas -supersticiones, que mezclaba con su catolicismo reciente, metía en la -llaga una piedrecita <em>fetiche</em> envuelta en hilas, y el herido -atribuía a la piedra los saludables efectos de su cubierta. Si le -anunciaban que alguno de los heridos bajo su cuidado había muerto, o -de las resultas del daño original, o aun quizá de su propio desatinado -método de cura, respondía en tono solemne:</p> - -<p>—Ya lo tenía yo previsto: era un traidor que en el incendio de tal -hacienda salvó a un blanco, y su muerte es un castigo.</p> - -<p>Entonces, la caterva de atónitos rebeldes le aplaudía, más enconada aún -en sus sentimientos de odio y de venganza. El charlatán se valió aún de -otro sistema curativo que me chocó por su extrañeza. Era el paciente -uno de los jefes negros, herido de bastante gravedad en el postrer -encuentro, y, después de haber examinado la lesión y de hacer la cura -lo mejor que pudo, exclamó, subiendo al altar:</p> - -<p>—Todo esto no vale nada.</p> - -<p>Desgarró luego tres o cuatro hojas del misal, las quemó a la luz de los -cirios robados de la iglesia<span class="pagenum" id="Page_131">[Pg 131]</span> del Acul y, mezclando estas cenizas del -papel consagrado con unas cuantas gotas de vino echadas en el cáliz, -dijo al herido:</p> - -<p>—Bebe, que aquí va la salud<a id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a>.</p> - -<p>Bebió el otro, lleno de fe, clavando sus estúpidas miradas en el -juglar, que tenía elevadas sobre él las manos, cual invocando la -bendición celeste, y quizá el convencimiento de que estaba ya sano -contribuyó no poco a lograr la cura.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXXI">XXXI</h3> -</div> - - -<p>Siguióse a esta escena otra en que el velado obí representó aún el -principal papel: el médico había reemplazado al sacerdote; el zahorí -reemplazó ahora al médico.</p> - -<p>—Hombres, escuchad—exclamó el obí, saltando con agilidad increíble -sobre el altar improvisado, donde vino a caer sentado, con las piernas -cruzadas bajo sus abotargadas enaguas—. <em>Escuchad, hombres</em>; -cuantos quieran leer en el libro del destino el secreto de su vida, que -se acerquen y se lo diré: <em>He estudiado la ciencia de los gitanos</em>.</p> - -<p>Una caterva de negros y de mulatos se acercaron con precipitación.</p> - -<p>—Uno tras otro—dijo el obí, cuya voz hueca y<span class="pagenum" id="Page_132">[Pg 132]</span> ronca cobraba a veces -un acento atiplado y chillón, que me chocaba como un recuerdo—. Si -venís todos juntos, juntos iréis a la hoya.</p> - -<p>Entonces se detuvieron, y, en este instante, un hombre de color, -vestido al uso de los hacendados ricos, con chaqueta y pantalón blanco -y un pañuelo atado en la cabeza, se acercó a Biassou; la consternación -se hallaba retratada en su semblante.</p> - -<p>—¡Y bien!—dijo el generalísimo en voz baja—, ¿qué es eso?, ¿qué -tienes, Rigaud?</p> - -<p>Era, pues, el caudillo mulato de las gavillas de los <i>Cayos</i>, -conocido más en adelante bajo el nombre del <i>general Rigaud</i>, -hombre astuto bajo apariencia de candidez y cruel bajo la capa de -dulzura. Le examiné con atención.</p> - -<p>—Mi general—respondió Rigaud—porque si bien hablaba en tono muy -bajo, estaba yo tan próximo a Biassou que logré oírles—, a la entrada -del campamento hay un mensajero de Juan Francisco con la noticia de -que Bouckmann ha muerto en un encuentro con M. De Touzard, y que los -blancos han colgado su cabeza en la ciudad por trofeo.</p> - -<p>—¿No hay más que eso?—contestó Biassou, brillándole los ojos de gozo -al ver disminuirse el número de los cabecillas y acrecentarse, por -consiguiente, su importancia.</p> - -<p>—Además, el emisario de Juan Francisco trae un mensaje para el general.</p> - -<p>—Bien está—repuso Biassou—; pero amigo Rigaud, no tengas esa cara de -espanto.</p> - -<p>—Pues ¿qué, mi general—objetó Rigaud—, la<span class="pagenum" id="Page_133">[Pg 133]</span> muerte de Bouckmann no -podrá producir mal efecto en la tropa?</p> - -<p>—No eres tan sencillo, Rigaud, como aparentas—replicó su jefe—; mas -ahora vas a juzgar a Biassou. Haz que el mensajero se retarde en entrar -un cuarto de hora, y eso basta.</p> - -<p>Entonces se acercó al obí, que durante esta conversación, escuchada -por mí tan sólo, había comenzado su oficio de adivino, examinando los -signos de sus frentes y de la palma de sus manos y repartiéndoles más o -menos felicidad venidera, según el sonido, el color y el tamaño de la -moneda que cada cual de ellos echaba a sus pies, en una patena de plata -dorada. Díjole Biassou unas breves palabras al oído, y el hechicero, -sin detenerse, continuó sus observaciones de adivinanza.</p> - -<p>—El que lleva en medio de la frente—decía el obí—, en la arruga del -sol, una figura pequeña cuadrada o en triángulo, hará una gran fortuna -sin afán ni trabajos.</p> - -<p>La figura de tres S. S. S. juntas, en cualquier lugar de la frente -que se hallen, es un signo muy funesto. Quien la lleva se ahogará sin -remedio si no huye del agua con sumo cuidado.</p> - -<p>Cuatro líneas que arranquen de la nariz y a pares se arqueen por encima -de los ojos, anuncian que algún día habrá de caer el sujeto prisionero -de guerra y de gemir cautivo en manos de los extraños.</p> - -<p>Aquí el obí hizo una pausa.</p> - -<p>—Compañeros—añadió con gravedad—: tenía<span class="pagenum" id="Page_134">[Pg 134]</span> yo observado este signo en -el semblante de Bug-Jargal, caudillo de los valientes de Morne-Rouge.</p> - -<p>A tales palabras, que me confirmaron aún más el aprisionamiento de -Bug-Jargal, siguiéronse los lamentos de una gavilla, compuesta de -negros exclusivamente, y cuyos principales jefes llevaban calzoncillos -encarnados: era la división de Morne-Rouge.</p> - -<p>Sin embargo, el obí prosiguió:</p> - -<p>—Si tenéis en el lado derecho de la frente, sobre la línea de la luna, -alguna figura en semejanza de horquilla, temed el estar ociosos o el -entregaros demasiado a los placeres.</p> - -<p>Un signo pequeño, aunque muy importante, que es la figura árabe del -número 3, sobre la línea del sol anuncia azotes...</p> - -<p>Un negro viejo español de Santo Domingo interrumpió al obí, acercándose -a él implorando socorro. Estaba herido en la frente, y uno de sus ojos, -arrancado de la órbita, le colgaba chorreando sangre. El obí le había -dejado olvidado en su revista <em>médica</em>, y al momento que le vió, -dijo:</p> - -<p>—Figuras redondas en la región derecha de la frente, sobre la línea de -la luna, indican dolencias en los ojos. <em>Hombre</em>, ese signo está -muy visible en tu frente; a ver, dame la mano.</p> - -<p>—¡Ay, excelentísimo señor!—replicó el herido—. Mire usted mi ojo.</p> - -<p>—¡Vejancón!<a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" class="fnanchor">[17]</a>—respondió de mal humor el<span class="pagenum" id="Page_135">[Pg 135]</span> obí—, ¿qué necesidad -tengo yo de verte los ojos? Daca la mano, digo.</p> - -<p>El desdichado alargó la mano, repitiendo siempre en voz baja:</p> - -<p>—¡Ay, mi ojo!</p> - -<p>—Bueno—dijo el zahorí—. Si en la línea de la vida se descubre un -punto rodeado de un círculo pequeño y de color negro, se quedará tuerta -la persona, porque este signo anuncia la pérdida de un ojo. Eso es: -aquí, aquí está el punto, y el círculo, y serás tuerto.</p> - -<p>—¡Ya lo soy!—respondió el vejancón gimiendo en tono lastimero.</p> - -<p>Mas el obí, que no hacía ya de cirujano, le empujó de sí con aspereza, -y prosiguió, sin atender a los quejidos del pobre tuerto:</p> - -<p>—Escuchad, hombres. Si las siete líneas de la frente son chicas, -retorcidas y poco señaladas, anuncian que la vida de aquella persona -será breve.</p> - -<p>Quien tenga en el entrecejo y en la línea de la luna la figura de dos -flechas cruzadas morirá en una batalla.</p> - -<p>Si la línea de la vida que atraviesa la palma de la mano presentare -una cruz a su extremidad, cerca ya de la coyuntura, anuncia que la -persona aquella perecerá en un cadalso... Y ahora—añadió el obí—debo -decir, <em>hermanos</em>, que uno de los más firmes puntales de la -independencia, el valeroso Bouckmann, reune estos tres signos fatales.</p> - -<p>A estas palabras, quedáronse los negros todos<span class="pagenum" id="Page_136">[Pg 136]</span> sin soltar el aliento, -inmóviles los ojos y clavados en el juglar con aquella especie de -atención que tanto se asemeja al estupor.</p> - -<p>—Tan sólo hay—prosiguió el obí—que no sé cómo concuerden ambos -signos, si el uno presagia a Bouckmann que ha de morir en la batalla y -el otro le amenaza con un cadalso. Mi ciencia, empero, es infalible.</p> - -<p>Se detuvo y echó una ojeada a Biassou, y éste dijo al oído algunas -palabras a uno de sus ayudantes, quien salió sin tardanza.</p> - -<p>—La boca abierta y lacia—tornó a decir el obí, volviéndose hacia el -concurso y con tono bufón y malicioso—, una actitud insignificante, -los brazos colgando y la mano izquierda vuelta para afuera sin que haya -motivo, anuncian la necedad natural, la falta de seso y una curiosidad -embrutecida.</p> - -<p>Soltó Biassou su risa sarcástica, cuando en este momento regresó el -ayudante, trayendo en su compañía a un negro cubierto de polvo y fango, -y cuyos pies, cortados por los pedernales y abrojos, eran claro indicio -de que venía de una larga jornada. Este era el mensajero anunciado -por Rigaud. Traía en una mano un pliego cerrado, y en la otra, -desdoblado, un pergamino con un sello en figura de corazón inflamado. -En el medio estaba una cifra compuesta de las letras características -M. y N., enlazadas entre sí para designar, sin duda, la unión de los -mulatos libres y de los negros esclavos. A un lado de la cifra se leía -por<span class="pagenum" id="Page_137">[Pg 137]</span> mote: “Las preocupaciones, vencidas; la vara de hierro, rota; -<em>¡viva el rey!</em>” Este pergamino era un pasaporte expedido por Juan -Francisco.</p> - -<p>El emisario le presentó a Biassou, y, después de humillarse hasta tocar -la tierra, le entregó el pliego sellado. El generalísimo lo abrió con -precipitación, recorrió los despachos que contenía, se metió algunos en -los bolsillos y, estrujando otro entre las manos, exclamó con aspecto -desconsolado:</p> - -<p>—¡Tropas del rey!</p> - -<p>Los negros hicieron una profunda reverencia.</p> - -<p>—¡Tropas del rey! He aquí lo que manda decir a Juan Biassou, -generalísimo del país conquistado y mariscal de campo de los ejércitos -de Su Majestad Católica, Juan Francisco, gran almirante de Francia y -teniente general de los ejércitos de su antedicha Majestad el Rey de -España y de las Indias.</p> - -<p>Bouckmann, caudillo de ciento veinte negros de las Montañas Azules de -Jamaica, reconocidos independientes por el gobernador de Belle-Combe; -Bouckmann acaba de sucumbir en la gloriosa lucha de la libertad y la -humanidad contra el despotismo y la barbarie. El generoso caudillo ha -muerto en un encuentro con los forajidos blancos que manda el infame -Touzard, y los monstruos le han cortado la cabeza, anunciando que iban -a colocarla con ignominia en un cadalso en la plaza de Armas de su -ciudad del Cabo. ¡Venganza!</p> - -<p>El lúgubre silencio de un general desaliento siguióse<span class="pagenum" id="Page_138">[Pg 138]</span> por un instante -en todas las filas del ejército a esta lectura; pero, mientras tanto, -el obí se había puesto de pie sobre el altar, sacudiendo su varita -blanca con gestos triunfantes.</p> - -<p>—Salomón, Zorobabel, Eleazar Taleb, Cardan, Judas Bowtaricht, -Averroes, Alberto Magno, Boabdil, Juan de Hagen, Ana Baratro, Daniel -Ogrumof, Raquel Flintz, Altornino, gracias os doy, maestros. La -<em>ciencia</em> de los zahorís no me ha engañado. <em>Hijos, amigos, -hermanos, muchachos, mozos, madres, y vosotros, todos los que me -escucháis aquí</em>, ¿no lo había yo vaticinado? <em>¿Qué había -dicho?</em> Los signos de la frente de Bouckmann me habían anunciado -que viviría poco, y que moriría en un combate; las líneas de su mano, -que aparecería en un cadalso. Las profecías de mi ciencia se realizan -fielmente, y los sucesos se arreglan por sí mismos de manera que -encajen aquellas circunstancias que no sabíamos conciliar: su muerte en -el campo de batalla y su aparición en el cadalso. Admiraos, hermanos.</p> - -<p>El desaliento de los negros se había tornado durante este discurso -en una especie de susto y maravilla. Escuchaban al obí con confianza -mezclada de terror, mientras él, embriagado de sí mismo, se paseaba a -lo largo de la caja de azúcar, que ofrecía en su superficie espacio -suficiente para que sus piernecillas pudiesen extenderse muy a sus -anchuras. Biassou, riendo a su manera, dirigió la palabra al obí:</p> - -<p>—Señor capellán: puesto que vuestra merced<span class="pagenum" id="Page_139">[Pg 139]</span> no ignora los sucesos -venideros, ¿querrá leerme lo que ha de sucederme a mí, Juan Biassou, -<em>mariscal de campo</em>?</p> - -<p>El obí se detuvo con aire jactancioso en medio del grotesco altar donde -la credulidad de los negros le divinizaba, y replicó al <em>mariscal de -campo</em>:</p> - -<p>—Venga vuestra merced.</p> - -<p>En aquel instante, el obí era la persona de mayor importancia en el -ejército. El poder militar se humilló ante el prestigio del sacerdote, -y al acercarse Biassou, era fácil de leer en sus miradas algún -movimiento de enojo.</p> - -<p>—La mano, mi general—dijo el obí, inclinándose para cogerla—. -<em>Empiezo: la línea de la coyuntura</em>, señalada con igualdad en -toda su extensión, le promete riquezas y felicidad. <em>La línea de la -vida</em>, larga y distinta, anuncia una existencia libre de males y una -vejez robusta; estrecha, señala la sabiduría, el espíritu ingenioso -y la <em>generosidad</em> del corazón; en fin, aquí veo lo que los -<em>nigrománticos</em> llaman el más venturoso de todos los signos: una -caterva de ligeras arrugas que le dan el aspecto de un árbol cargado -de ramas elevándose hacia lo alto de la mano, indicio seguro de la -opulencia y las grandezas. <em>La línea de la salud</em>, muy larga, -confirma los pronósticos de la línea de la vida, y también anuncia -valor; encorvada hacia el dedo meñique, en forma de garfio, es signo, -mi general, de una severidad provechosa.</p> - -<p>A esta palabra, los ojuelos brillantes del obí se clavaron en mi -persona al través de los agujeros<span class="pagenum" id="Page_140">[Pg 140]</span> de su velo, y reparé de nuevo en -el acento, que me era conocido, y que se disfrazaba en la gravedad -acostumbrada de la voz; él prosiguió con la misma intención en el gesto -y tono:</p> - -<p>—Sembrada de círculos pequeños, la <em>línea de la salud</em> anuncia -gran cantidad de justicias que debe ordenar, y que son necesarias. -Hacia la mitad de su curso, se interrumpe para formar un medio círculo, -señal de que correrá gran peligro con las bestias feroces, es decir, -con los blancos, si no los extermina. La <em>línea de la fortuna</em>, -rodeada, como su compañera la de la vida, por pequeños ramales que -suben hacia la parte superior de la mano, confirma el porvenir de -poder y supremacía a que está llamado; recta y delgada en la parte -superior, anuncia el talento para gobernar. La quinta línea, la del -<em>triángulo</em>, que se prolonga hasta el arranque del dedo de en -medio, promete el más cabal éxito en toda empresa. Veamos ahora los -dedos. El pulgar, cruzado a lo largo por rayas menudas, que van desde -la coyuntura a la uña, presagia una gran herencia: sin duda que habrá -de ser la de la gloria de Bouckmann—añadió el obí en voz sonora—. La -eminencia que se forma a la raíz del índice está cargada de ligeros -surcos, apenas perceptibles: honores y dignidades. El dedo del centro -nada presagia. El dedo anular está surcado de líneas cruzadas: caerán -todos sus enemigos y rivales, porque estas líneas forman cruces de San -Andrés, señal de ingenio y previsión. La coyuntura que une el dedo -meñique a la<span class="pagenum" id="Page_141">[Pg 141]</span> mano nos presenta enmarañados pliegues del cutis: la -fortuna le colmará de dones. También descubro la figura de un círculo, -presagio que añadir a los restantes y que anuncia dignidades y poderío.</p> - -<p>“<em>¡Feliz</em>—dice Eleazar Taleb—<em>el mortal que lleva tales -señales! ¡El destino está encargado de su prosperidad, y su estrella -le dará el genio que confiere gloria!</em>” Ahora, mi general, voy -a mirarle la frente. “<em>El que lleva en medio de la frente, sobre -el surco del sol, una figura cuadrada</em>—dice Raquel Flintz, la -gitana—<em>o bien un triángulo, hará gran fortuna.</em>” Aquí está, y -bien señalada. <em>Si el signo está a la derecha, promete una herencia -importante.</em> La misma de la gloria de Bouckmann. <em>El signo de una -herradura en el entrecejo, por encima del surco de la luna, anuncia -que el portador sabrá vengar sus injurias y la tiranía que haya -sufrido.</em> Yo tengo este signo, y mi general también...—</p> - -<p>El modo en que el obí pronunció las palabras <em>yo tengo este -signo</em>, me volvió a chocar por lo extraordinario.</p> - -<p>—También se le ve—añadió con el mismo tono—en los valientes que -saben meditar un levantamiento animoso y romper en abierta lid las -cadenas de su servidumbre. La garra de león que lleva marcada por -encima de la ceja indica un valor brillante. En fin, mi general Juan -Biassou, la frente de vuestra merced presenta el más resplandeciente -de todos los síntomas de prosperidad:<span class="pagenum" id="Page_142">[Pg 142]</span> una combinación de líneas -que forman la letra M, la primera en el nombre de la Virgen María. -En cualquier parte de la frente, en cualquier surco que esta figura -aparezca, anuncia el genio, la gloria y el poderío. Quien la lleva hará -siempre triunfar la causa que abrace, y los que sigan sus banderas -jamás tendrán que lamentar pérdida alguna, porque él solo vale más -que todos los de su partido. Mi general: vuestra merced es el hombre -elegido por el destino.</p> - -<p>—Gracias, señor capellán—dijo Biassou regresando hacia su trono de -caoba.</p> - -<p>—Aguárdese, señor general—-repuso el obí—, que se me olvidaba otro -signo. La línea del sol, muy señalada en su frente, prueba conocimiento -del mundo, deseo de hacer felices, mucha liberalidad y una inclinación -a la magnificencia.</p> - -<p>Biassou comprendió, al parecer, que el olvido era más bien suyo que del -obí, y sacando una bolsa bien repleta, se la arrojó en el plato, a fin -de no desmentir a la <em>línea del sol</em>.</p> - -<p>Mientras tanto, el brillante destino de su caudillo había producido -entre las tropas el efecto deseado. Todos los rebeldes, con quienes -tenía la palabra del obí mayor imperio que nunca desde la nueva de -la muerte de Bouckmann, pasaron del desaliento al entusiasmo, y, -ciegamente fiados en su infalible adivino y su predestinado general, -prorrumpieron en gritos de “¡Viva el obí! ¡Viva Biassou!”</p> - -<p>El obí y Biassou se miraron, y se me figuró oír<span class="pagenum" id="Page_143">[Pg 143]</span> la risa contenida, del -primero respondiendo al sarcasmo del generalísimo.</p> - -<p>No sabré explicar por qué; pero este obí me atormentaba el pensamiento, -y me parecía haber visto u oído de antemano algo que se asemejaba a -aquel tan extraño ente, a punto que resolví hablarle.</p> - -<p>—Señor obí, <em>señor cura</em>, <em>doctor</em>, <em>médico</em>, señor -capellán, <i lang="it" xml:lang="it">bon per</i>—le dije.</p> - -<p>Volvióse hacia mí con presteza.</p> - -<p>—Queda aún aquí una persona a quien no le ha dicho su buenaventura, y -ésa soy yo.</p> - -<p>Cruzó los brazos sobre el sol de plata que le cubría el velludo pecho, -y no me replicó; yo continué:</p> - -<p>—De buena gana sabría yo lo que augura de mi suerte venidera; pero sus -honrados camaradas me han privado de mi reloj y mi bolsa, y no juzgo -que el señor obí sea sujeto para profetizar de balde.</p> - -<p>Se acercó junto a mí precipitadamente, y me dijo en voz hueca al oído:</p> - -<p>—Te equivocas; dame la mano.</p> - -<p>Alarguésela, mirándole cara a cara; chispeábanle los ojos y hacía -ademán de examinarme la mano.</p> - -<p>—Si la línea de la vida—me dijo—está cortada hacia la mitad por dos -rayas transversales y visibles, es indicio de muerte próxima. Tu muerte -está próxima.</p> - -<p>Si no se encuentra la línea de la salud en el<span class="pagenum" id="Page_144">[Pg 144]</span> centro de la mano y -existen tan sólo las de la vida y la fortuna reunidas en su origen de -modo que formen un ángulo, no se espere quien tenga tal signo a morir -de muerte natural. No aguardes, pues, una muerte natural.</p> - -<p>Si la faz interior del índice tiene una raya que la atraviesa en todo -su largo, muere el sujeto de un modo violento.</p> - -<p>Había algo de júbilo en aquella voz sepulcral que me anunciaba la -muerte; pero yo le oí con indiferencia y menosprecio.</p> - -<p>—Zahorí—le dije con una sonrisa de desdén—, se conoce que eres hábil -y que pronosticas lo que cualquiera ve que es seguro.</p> - -<p>Se me acercó más a esto.</p> - -<p>—¡Conque dudas de mi ciencia! Pues bien: escúchame de nuevo. La -interrupción en la línea del sol sobre tu frente me anuncia que tienes -por enemigo a un amigo, y a un amigo por un enemigo...</p> - -<p>El sentido de tales palabras aparentaba aludir al pérfido Pierrot, a -quien amaba, y que me había sido traidor, y al fiel Habibrah, a quien -aborrecía, y cuyos ensangrentados vestidos atestiguaban su animosa -muerte y su constancia.</p> - -<p>—¿Qué pretendes decir?—exclamé.</p> - -<p>—Escucha hasta el cabo—prosiguió el obí—. Ya te he hablado del -porvenir, y ahora toca lo pasado. La línea de la luna presenta una -curva ligera en la frente: esto significa que te han arrebatado a tu -mujer.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_145">[Pg 145]</span></p> - -<p>Me estremecí, y quise lanzarme del asiento; pero los centinelas me -contuvieron.</p> - -<p>—¡No tienes paciencia! Oyelo todo—repuso el obí—. La cruz pequeña en -que remata la curva completa la explicación. Tu mujer te fué arrebatada -la noche misma de la boda.</p> - -<p>—¡Miserable!—prorrumpí—, ¿sabes tú dónde está?... ¿Quién eres?</p> - -<p>Y probé a soltarme de nuevo y arrancarle el velo; pero me fué preciso -ceder al número y la fuerza, y vi con rabia alejarse al misterioso obí, -diciéndome:</p> - -<p>—¿Me creerás ahora? ¡Prepárate para tu muerte inmediata!</p> - - -<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_16" href="#FNanchor_16" class="label">[16]</a> Este remedio se usa todavía con bastante frecuencia en -Africa, especialmente por los moros de Trípoli, que suelen echar en sus -brebajes la ceniza de una página del libro de Mahoma. A este filtro -atribuyen ellos virtudes soberanas. Un viajero inglés, no sé cuál, -llama a esta bebida <em>infusión de Alcorán</em>.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_17" href="#FNanchor_17" class="label">[17]</a> Nombre con que se designaba a un negro viejo fuera de -servicio.</p> - -</div> -</div> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXXII">XXXII</h3> -</div> - - -<p>Y para arrancarme un instante a los perplejos pensamientos en que me -había sumido tan extraña escena, apenas bastó el nuevo drama que se -siguió en mi presencia a la ridícula farsa representada por Biassou y -el obí ante sus atónitas gavillas.</p> - -<p>Habíase vuelto a colocar Biassou en su asiento de caoba, con el obí a -su derecha y Rigaud a su izquierda, sobre los dos cojines que hacían -juego con el trono del principal cabeza. El obí, con los brazos -cruzados sobre el pecho, parecía absorto en profunda meditación; -Biassou y Rigaud estaban mascando tabaco, y un ayudante había venido a -saber del <em>mariscal de campo</em> si se mandaba<span class="pagenum" id="Page_146">[Pg 146]</span> desfilar al ejército, -cuando tres corros de negros alborotados llegaron a una a la entrada -de la cueva con furiosos clamores. Cada cual traía un prisionero, que -quería entregar a disposición de Biassou, no tanto por saber si le -acomodaría perdonarles, cuanto para averiguar qué especie de muerte o -de suplicios era su antojo que padecieran. Demasiado lo anunciaban sus -siniestros gritos:</p> - -<p>—<i lang="fr" xml:lang="fr">Mort! Mort!</i>—decían algunos.</p> - -<p>—¡Mueran! ¡Mueran!—repetían otros; y</p> - -<p>—<i lang="en" xml:lang="en">Death! Death!</i>—respondían algunos negros ingleses, quizá de -los secuaces de Bouckmann, que habían ya acudido a incorporarse con los -negros españoles y franceses de Biassou.</p> - -<p>El <em>mariscal de campo</em> les impuso silencio, y con un gesto -mandó adelantar los tres cautivos al umbral de la gruta, y de ellos -reconocí a dos con viva sorpresa. Era el uno aquel <em>ciudadano general -C...</em>, aquel filántropo corresponsal de todos los negrófilos del -universo, que había emitido contra los negros un parecer tan cruel en -casa del gobernador; era el otro aquel blanco hacendado, de dudosa -estirpe, que manifestaba tal repugnancia hacia los mulatos, entre -quienes le contaban los blancos; el tercero aparentaba pertenecer a la -categoría de artesanos blancos y llevaba un mandil de cuero con las -mangas arremangadas hasta el codo. Los tres habían sido cogidos, cada -cual por separado, procurando ocultarse en la sierra.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_147">[Pg 147]</span></p> - -<p>El artesano sufrió primero su interrogatorio:</p> - -<p>—¿Quién eres?—le dijo Biassou.</p> - -<p>—Santiago Belin, carpintero del hospital de los Padres Religiosos en -el Cabo.</p> - -<p>Alguna sorpresa, mezclada de vergüenza, asomó en el rostro del -<em>generalísimo del país conquistado</em>.</p> - -<p>—¡Santiago Belin!—repitió mordiéndose los labios.</p> - -<p>—Sí—repuso el carpintero—. ¿Pues qué, me desconoces?</p> - -<p>—Empieza tú—dijo el <em>mariscal de campo</em>—por reconocerme y -acatarme.</p> - -<p>—¡Yo no saludo a mis esclavos!—replicó el carpintero.</p> - -<p>—¡A tu esclavo! ¡Miserable!, ¿qué dices?—exclamó el -<em>generalísimo</em>.</p> - -<p>—Sí—contestó el carpintero—. Yo fuí tu primer amo, aunque ahora -finjas hacerte desconocido, y acuérdate, Juan Biassou, de que te vendí -por trece pesos fuertes a un comerciante de Santo Domingo.</p> - -<p>Las facciones de Biassou se contrajeron con violento despecho.</p> - -<p>—Pues qué—prosiguió el blanco—, ¿te avergüenzas ahora de haberme -servido? ¿No sabes que Juan Biassou debería honrarse de haber -pertenecido a Santiago Belin? Tu propia madre, ¡loca de vieja!, ha -barrido muchas veces mi tienda; pero al postre se la vendí al señor -mayordomo del hospital, y, como estaba tan decrépita, no quiso<span class="pagenum" id="Page_148">[Pg 148]</span> darme -más que treinta y dos pesetas. Esta es tu historia y la suya; pero -parece que a vosotros los negros y mulatos se os han subido los humos -a la cabeza y que se te ha borrado de la memoria cuando servías de -rodillas a tu amo Santiago Belin, carpintero en el Cabo.</p> - -<p>Biassou le había estado escuchando con aquella risa sarcástica que le -daba el aspecto de un tigre.</p> - -<p>—Bien está—dijo.</p> - -<p>Y en seguida, encarándose con los negros que habían traído al maestro -Belin, añadió:</p> - -<p>—Agarrad dos bancos, dos tablas y una sierra, y llevaos a ese hombre. -Santiago Belin, carpintero en la ciudad del Cabo, dame las gracias por -haberte proporcionado una muerte de carpintero.</p> - -<p>Y sus carcajadas acabaron de explicar con qué atroces suplicios iba a -castigar el orgullo de su antiguo dueño. Yo me estremecí; pero Santiago -Belin ni aun pestañeó, y, volviéndose, le dijo con jactancia:</p> - -<p>—Sí, debo estarte agradecido de algo, pues te vendí por trece pesos, y -está visto que saqué de ti mucho más de lo que valías.</p> - -<p>Entonces se lo llevaron.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXXIII">XXXIII</h3> -</div> - - -<p>Los otros dos presos habían asistido, más muertos que vivos, a -este espantoso prólogo de su propia tragedia. Su actitud humilde -y acongojada hacía<span class="pagenum" id="Page_149">[Pg 149]</span> notable contraste con la entereza, un tanto -fanfarrona, del carpintero, y temblaban todos sus miembros.</p> - -<p>Biassou los miró a uno después de otro, con su aire de raposa, y -luego, entreteniéndose con prolongar su agonía, entabló con Rigaud una -conversación sobre las diversas especies de tabaco, asegurando que el -de la Habana no era bueno sino para fumar en cigarros, y que para tomar -en polvo no había tabaco como el de España, del que Bouckmann le había -enviado dos barriles cogidos en casa de M. Lebattu, hacendado en la -Tortuga. En seguida, dirigiéndose de golpe al ciudadano general C...:</p> - -<p>—¿Qué te parece?—le preguntó.</p> - -<p>Esta consulta inesperada desconcertó al ciudadano, que respondió -balbuciente:</p> - -<p>—Mi general; en ese punto, me fío en el parecer de su excelencia.</p> - -<p>—¡Adulación!—replicó Biassou—. Tu sentir es lo que pretendo -averiguar, y no el mío. ¿Sabes que haya mejor tabaco de polvo que el de -M. Lebattu?</p> - -<p>—Por cierto que no, excelentísimo señor—dijo C..., con cuya turbación -se divertía Biassou.</p> - -<p>—<em>Mi general, su excelencia, excelentísimo señor</em>—repuso el -caudillo con apariencias de enojo—. ¿Eres tú acaso un aristócrata?</p> - -<p>—Nada de eso—exclamó el <em>ciudadano general</em>—. Soy patriota de -1791, de los puros, y entusiasta negrófilo...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_150">[Pg 150]</span></p> - -<p>—¿Negrófilo?—le interrumpió el generalísimo—. ¿Qué quiere decir eso?</p> - -<p>—Amigo de los negros—tartamudeó, en respuesta, el ciudadano.</p> - -<p>—No basta ser amigo de los negros—replicó Biassou con severidad—; -hay que serlo también de los pardos.</p> - -<p>Ya hemos manifestado que Biassou era <em>salto-atrás</em>.</p> - -<p>—De los pardos era lo que quise decir, mi general—repuso humildemente -el negrófilo—. Yo estoy relacionado con todos los más famosos -partidarios de los negros y de los mulatos...</p> - -<p>Biassou, gozoso de poder humillar a un blanco, le volvió a cortar la -palabra:</p> - -<p>—<em>¡Negros y mulatos!</em> ¿Qué significa eso? ¿Quieres venir a -insultarnos con esos nombres odiosos inventados por el desdén de los -blancos? Aquí no hay sino negros y pardos, ¿lo entiende usted, señor -hacendado blanco?</p> - -<p>—Es un mal hábito contraído desde la infancia—respondió C...—; -perdonadme: no he tenido intención de ofender a vuestra excelencia.</p> - -<p>—Deja tus excelencias, que te repito que no me gustan esas mañas de -aristócratas.</p> - -<p>C... trató de disculparse de nuevo y empezó en tono balbuciente otra -explicación:</p> - -<p>—Si me conocieras, ciudadano...</p> - -<p>—¡Ciudadano! Pues ¿quién te imaginas que soy?—gritó Biassou -enfurecido—. Aborrezco esa jerigonza de los jacobinos, ¡y quisiera -saber si<span class="pagenum" id="Page_151">[Pg 151]</span> eres alguno de ellos! ¡Acuérdate que estás hablando con -el generalísimo de las tropas del Rey! <em>¡Ciudadano!</em> ¡Vaya, el -insolente!</p> - -<p>El pobre negrófilo no sabía ya cómo hablarle a una persona que tanto -desechaba el tratamiento de <em>excelencia</em> cuanto el título de -<em>ciudadano</em>, el lenguaje de los aristócratas cuanto el de los -patriotas. Estaba aterrado. Biassou, cuya cólera era fingida, se -divertía sobremanera en contemplar sus ahogos.</p> - -<p>—¡Ay!—dijo por fin el ciudadano general—, ¡y cuán mal me juzgáis, -insigne defensor de los imprescriptibles derechos de una mitad del -linaje humano!...</p> - -<p>En el apuro de aplicar ningún dictado sencillo a este encumbrado -personaje, que aparentaba rehusarlos todos, acudió a una de aquellas -perífrasis sonoras de que solían valerse con sumo gusto los -revolucionarios para reemplazo del nombre y título de la persona a -quien se dirigían.</p> - -<p>Biassou le miró de fijo y le preguntó:</p> - -<p>—¿Conque tanto cariño profesas a los negros y a los pardos de toda -especie?</p> - -<p>—¿Si les profeso?—exclamó el ciudadano C...—. Soy corresponsal de -Brissot y de...</p> - -<p>Biassou le interrumpió, soltando su risa acostumbrada.</p> - -<p>—¡Ja!... ¡ja!... Mucho me regocijo de encontrarme en ti con un amigo -de nuestra causa. ¡En tal caso, habrás de aborrecer a los inicuos -hacendados blancos que castigaron nuestra justa insurrección<span class="pagenum" id="Page_152">[Pg 152]</span> con los -suplicios más crueles, y pensarás, como nosotros, que no los negros, -sino antes los blancos, son los verdaderos rebeldes, puesto que se -ponen en rebeldía contra la humanidad y los dictados naturales! ¡Habrás -entonces de abominar a tales monstruos!</p> - -<p>—¡Los abomino!—respondió C...</p> - -<p>—Pues bien—repuso Biassou—: ¿qué te parecería de un hombre que, -para sofocar las postreras tentativas de los esclavos, hubiese puesto -cincuenta cabezas de negro a los costados de la alameda de su hacienda?</p> - -<p>La palidez de C... llegó a ser horrible.</p> - -<p>—¿Qué pensarías de un blanco que hubiese propuesto hacer un cordón -alrededor de la ciudad del Cabo con cabezas de negros?...</p> - -<p>—¡Perdón! ¡Perdón!—dijo el ciudadano general aterrorizado.</p> - -<p>—¿Y en qué te amenazo?—respondió Biassou con suma frialdad—. Déjame -acabar... ¿Un cordón de cabezas de negros desde el castillo de Picolet -al cabo Caracol? ¿Qué te parece? ¡Responde!</p> - -<p>Las palabras <em>¿en qué te amenazo?</em> habían hecho recobrar alguna -esperanza a C..., quien pensó que acaso sabría Biassou tales horrores -sin tener averiguado su autor; y así, respondió luego con alguna -entereza, a fin de disipar cualquier sospecha que le fuese adversa:</p> - -<p>—Me parece que son unos crímenes atroces.</p> - -<p>Biassou soltó su carcajada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_153">[Pg 153]</span></p> - -<p>—¡Bueno va! ¿Y qué castigo le impondrías al culpable?</p> - -<p>Aquí el desdichado C... titubeó.</p> - -<p>—Vamos—repuso Biassou—-, ¿eres amigo de los negros o no lo eres?</p> - -<p>Entre ambas alternativas, prefirió el negrófilo la que menor peligro -presentaba, al parecer, y no viendo ningún intento hostil contra su -persona en el semblante de Biassou, contestóle en voz apagada:</p> - -<p>—Merece la pena de muerte.</p> - -<p>—Muy bien respondido—dijo Biassou con mucho sosiego, arrojando el -tabaco que tenía en la boca para mascar.</p> - -<p>En esto, su aspecto de indiferencia había infundido algunos ánimos -al infeliz negrófilo, y haciendo un esfuerzo para desvanecer cuantos -recelos pudieran abrigarse contra su persona, comenzó una arenga en -términos tales:</p> - -<p>—Nadie hace votos más ardientes que los míos por el triunfo de vuestra -causa. Yo soy corresponsal de Brissot y de Pruneau, de Pomme-Gouge, en -Francia; de Magaw, en América; de Peter Paulus, en Holanda; del abate -Tamburini, en Italia...</p> - -<p>Y proseguía explayándose en esta letanía filantrópica, que estaba -pronto siempre a entonar y que le había yo oído recitar en casa del -gobernador, en circunstancias diversas y con diverso fin, cuando -Biassou le atajó los vuelos:</p> - -<p>—¡Y qué se me da a mí de todos tus corresponsales!<span class="pagenum" id="Page_154">[Pg 154]</span> Dime, y con eso -sobra, dónde tienes tus almacenes y tus depósitos, porque mi ejército -necesita abastecerse. Muy ricas han de ser tus haciendas y muy fuerte -tu casa de comercio si tienes giro con los comerciantes de todo el -mundo.</p> - -<p>El ciudadano C... se atrevió con timidez a hacer una observación:</p> - -<p>—Héroe de la humanidad, no son comerciantes, sino filósofos, -filántropos y negrófilos.</p> - -<p>—¡Vaya!—dijo Biassou moviendo la cabeza—. ¡Cátense ustedes ahí que -vuelve a esos demonios de palabrotas ininteligibles! Pues bien, hombre: -si no tienes almacenes ni depósitos que darnos a saquear, ¿para qué -sirves?</p> - -<p>Semejante pregunta mostraba una vislumbre de esperanza, a la que se -asió C... con ahinco.</p> - -<p>—Ilustre guerrero—respondió luego—, ¿tenéis en vuestro ejército -algún economista?</p> - -<p>—¿Qué cosa es eso?—le preguntó el caudillo.</p> - -<p>—Es—dijo el prisionero, con tanto énfasis cuanto su terror le -permitía—, es un hombre necesario por excelencia; el único que sabe -tasar en su respectivo valor los recursos materiales de un imperio, -clasificarlos por el orden de su importancia, beneficiarlos y -acrecentarlos combinando sus orígenes y resultados, y distribuirlos con -tino cuales otros tantos arroyos fecundantes, que aumentan los caudales -del río de la utilidad general, el que viene, a su vez, a confundirse -en el mar de la prosperidad pública.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_155">[Pg 155]</span></p> - -<p>—¡Caramba!—dijo Biassou, inclinándose hacia el obí—. ¿Qué diantres -quiere decir con esa cáfila de vocablos, ensartados unos detrás de -otros como las cuentas de tu rosario?</p> - -<p>El obí se encogió de hombros en ademán de persona que no entiende y que -desprecia. Sin embargo, el ciudadano C... proseguía así la relación:</p> - -<p>—Yo he estudiado... dignaos escucharme, valeroso caudillo de los -valientes regeneradores de Santo Domingo; yo he estudiado a los grandes -economistas, a Turgot, a Raynal y a Mirabeau, el amigo del pueblo. He -puesto su teoría en práctica, y poseo la ciencia indispensable para el -gobierno de las monarquías o de los Estados cualesquiera.</p> - -<p>—El economista no es económico en cuanto a palabras—dijo Rigaud con -su sonrisa suave y burlona.</p> - -<p>Biassou exclamó mientras tanto:</p> - -<p>—Y dime, hablador descomunal, ¿tengo yo Estados que gobernar, por -ventura?</p> - -<p>—Todavía no, hombre grande—replicó C...—; pero puede venir el caso, -y, además, mi ciencia se humilla, sin mengua de su dignidad, a entrar -en los pormenores necesarios para la administración de un ejército.</p> - -<p>—Yo no administro mi ejército, señor hacendado, sino lo mando—dijo el -generalísimo, interrumpiéndole de nuevo con viveza.</p> - -<p>—Pues está muy bien—expuso el ciudadano—; vos haréis de general y yo -de intendente militar.<span class="pagenum" id="Page_156">[Pg 156]</span> Tengo conocimientos especiales en el ramo de la -cría del ganado vacuno...</p> - -<p>—¿Y te imaginas tú que nosotros criamos ganados?—replicó Biassou en -su tono sarcástico—. Cuando se nos acabe el de la colonia francesa, -cruzaré los cerros de la frontera e iré a recoger los bueyes y carneros -que se crían en los grandes hatos de los inmensos llanos de Cotuy, de -la vega, de Santiago y en las márgenes del Yuna, y si necesario fuere, -también iré a buscar los que pacen, en la península de Samana y en las -vertientes de la Sierra de Cibos, desde la embocadura del río Neibe -hasta más allá de Santo Domingo. Además, tendré un gozo verdadero en -ir a castigar a esos malditos españoles que entregaron a Ogé. Ya ves -que no ando escaso de víveres ni tengo para qué valerme de tu ciencia, -<em>necesaria por excelencia</em>.</p> - -<p>Tan decisiva declaración desconcertó al pobre economista, que se -agarró, sin embargo, a la postrer tabla de salvación.</p> - -<p>—Mis estudios—dijo—no se limitan a la cría del ganado, y tengo -otros varios conocimientos especiales que podrán ser de sumo provecho: -enseñaré el método de beneficiar el alquitrán y las minas de carbón de -piedra.</p> - -<p>—¡Qué me importa eso!—contestó Biassou—. Cuando me hace falta -carbón, mando quemar tres leguas enteras de monte.</p> - -<p>—También explicaré para qué objetos es más adecuada cada especie de -madera—prosiguió el<span class="pagenum" id="Page_157">[Pg 157]</span> prisionero—. El chicarón y la sabieca, para las -quillas; las yabas, para los cascos; el níspero, para los palos; los -guayacos, los cedros...</p> - -<p>—<em>¡Que te lleven todos los demonios de los diez y siete -infiernos!</em>—exclamó en español Biassou, ya impacientado.</p> - -<p>—¿Qué se le ofrece a mi bondadoso protector?—dijo, todo trémulo, el -economista, que no entendía achaque de español.</p> - -<p>—Escúchame—repuso Biassou—; yo no tengo necesidad de buques, y en -toda mi comitiva no queda más que un empleo vacante, que no es siquiera -el de <em>mayordomo</em>, sino el de ayuda de cámara. Vea, pues, el -<em>señor filósofo</em> si le conviene. Estas son las condiciones. Me -servirás de rodillas, me traerás la pipa y el <i>calalú</i><a id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a> y -andarás tras de mí con un abanico de plumas de pavo real o de papagayo, -como los dos pajes que estás viendo. ¿Eh?, responde. ¿Quieres servirme -de ayuda de cámara?</p> - -<p>El ciudadano C..., que sólo pensaba en salvar la vida, hizo una -reverencia, inclinándose hasta el suelo con infinitas muestras de -agradecimiento y gozo.</p> - -<p>—¿Conque lo aceptas?—preguntó Biassou.</p> - -<p>—¿Y podía poner siquiera en duda mi generoso amo que yo titubeara un -momento ante tan insigne favor cual el de servirle en su persona?</p> - -<p>A semejante respuesta, el diabólico sarcasmo de Biassou cobró un aire -de triunfo. Cruzó los brazos,<span class="pagenum" id="Page_158">[Pg 158]</span> se puso erguido, respirando orgullo, y -repeliendo con el pie la cabeza del blanco postrado ante sus plantas, -exclamó en alta voz:</p> - -<p>—¡Quería probar hasta dónde llega la vileza de los blancos después -de haber presenciado hasta dónde alcanza su crueldad! A ti, ciudadano -C..., te debo el doble ejemplo. ¡Bien te conozco! ¿Cómo has podido -ser tan necio que no lo percibieras? Tú fuiste quien presidió en las -justicias de junio, julio y agosto; tú, quien plantaste cincuenta -cabezas de negros en la entrada de tu hacienda; tú, quien quería -degollar a los quinientos esclavos que después de la rebelión tenías -aprisionados, y colocar un cordón de cabezas de esclavo en la ciudad, -desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol. Tú, si -hubieras podido, habrías hecho un trofeo de mi cabeza, y ahora te -considerarías por muy dichoso si yo quisiese admitirte de criado. -No, no; quiero cuidar de tu honor más que lo haces tú mismo, y no te -impondré tal ultraje. ¡Prepárate para la muerte!</p> - -<p>Hizo un gesto, y los negros pusieron junto a mí al desgraciado -negrófilo, que, sin poder proferir una sola palabra, había caído ante -sus pies como herido del rayo.</p> - - -<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_18" href="#FNanchor_18" class="label">[18]</a> Guiso de los criollos.—N. del A.</p> - -</div> -</div> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXXIV">XXXIV</h3> -</div> - - -<p>—A ti te toca—dijo el caudillo, volviéndose hacia el último de los -prisioneros, el hacendado a quien acusaban los blancos de tener la -sangre no<span class="pagenum" id="Page_159">[Pg 159]</span> muy limpia, y que me había provocado a desafío por decirle -tal injuria.</p> - -<p>Un clamor general entre los rebeldes ahogó la respuesta del hacendado:</p> - -<p>—¡Muera, muera! <i lang="fr" xml:lang="fr">Mort! Death! Touyé! Touyé!</i>—gritaban todos, -cada cual a su manera, rechinando los dientes y amenazando con el puño -cerrado al infeliz cautivo.</p> - -<p>—Mi general—dijo un mulato que se expresaba con mayor facilidad que -el resto—, es un blanco, y es preciso que muera.</p> - -<p>El pobre hacendado, a fuerza de gestos y de gritos, logró hacer que le -oyeran algunas palabras:</p> - -<p>—No hay tal cosa; no hay tal cosa, señor general; no, hermanos míos, -¡yo no soy blanco! Eso es una abominable calumnia. Soy mulato, de -sangre mixta, como vosotros; hijo de una negra, cual vuestras madres y -vuestras hermanas.</p> - -<p>—¡Miente, miente!—decían los negros enfurecidos—. Es un blanco, y -siempre ha aborrecido a los negros y a los pardos.</p> - -<p>—¡Jamás!—respondió el prisionero—. Los blancos son a quienes -detesto, porque soy uno de vuestros hermanos y siempre he dicho, como -vosotros: <i lang="fr" xml:lang="fr">Negré ce blan, blan ce negré</i><a id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a>.</p> - -<p>—¡Nada de eso, nada de eso!—clamaba la muchedumbre—. <i lang="fr" xml:lang="fr">Touyé blan!, -touyé blan!</i><a id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_160">[Pg 160]</span></p> - -<p>El infeliz respondía, lamentándose de un modo lastimero:</p> - -<p>—¡Soy mulato! ¡Soy de los vuestros!</p> - -<p>—¿La prueba?—dijo con frialdad Biassou.</p> - -<p>—La prueba—respondió el otro, desatentado—, es que siempre me -despreciaron los blancos.</p> - -<p>—Eso puede muy bien ser verdad—replicó Biassou—, porque eres un -insolente.</p> - -<p>Un mulato joven dijo con empeño, encarándose con el hacendado:</p> - -<p>—Tienes razón, los blancos te despreciaban; pero tú, en cambio, -afectabas despreciar a la gente de color, entre quienes te contaban -aquéllos, y hasta me han dicho que en cierta ocasión desafiaste a un -blanco porque te echó en cara pertenecer a nuestra casta.</p> - -<p>Un murmullo universal se alzó de entre el indignado concurso, y los -gritos de muerte sofocaron con redoblada violencia las disculpas del -acusado, quien, echándome con disimulo una mirada de súplica, repetía -lloroso:</p> - -<p>—¡Eso es una calumnia! Yo no tengo más dicha ni más orgullo que el -pertenecer a los negros. Yo soy mulato.</p> - -<p>—Si fueses mulato de veras—observó Rigaud con aparente sosiego—, no -te valdrías de semejante palabra<a id="FNanchor_21" href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a>.</p> - -<p>—¡Ay de mí! ¿Acaso sé siquiera lo que me digo?—repuso<span class="pagenum" id="Page_161">[Pg 161]</span> el -miserable—. Señor general en jefe, la prueba de que soy de sangre -mestiza está en esta raya negra alrededor de las uñas<a id="FNanchor_22" href="#Footnote_22" class="fnanchor">[22]</a>.</p> - -<p>Biassou rechazó la mano que alargaba con súplica.</p> - -<p>—Yo no poseo la ciencia del señor capellán, que adivina por las manos -quién o qué sea cualquier persona. Escúchame, pues: los soldados te -acusan, los unos de ser blanco, los otros de ser hermano traidor, y, si -tal fuere, en ambos casos deberás morir. Tú afirmas que perteneces a -nuestra casta y que jamás renegaste de ella. Un medio sólo te queda de -probar tus asertos y de salvarte.</p> - -<p>—¿Cuál, mi general? ¿Cuál es?—preguntó el hacendado con suma ansia—. -Estoy pronto.</p> - -<p>—Hele aquí—contestó Biassou con frialdad—. Agarra este cuchillo y da -por tu propia mano de puñaladas a esos dos prisioneros blancos.</p> - -<p>Así hablando, señaló hacia nosotros con la mano y con la vista; el -hacendado se echó atrás ante la daga que Biassou, con sonrisa infernal, -le ofrecía.</p> - -<p>—¿Cómo es eso?—dijo el generalísimo—. ¿Conque titubeas? Pues era -el único medio de probarnos, al ejército y a mí, que no eres blanco, -sino de los nuestros. Vamos: resuélvete pronto, que me haces perder el -tiempo.</p> - -<p>Tenía el preso los ojos desencajados; dió un<span class="pagenum" id="Page_162">[Pg 162]</span> paso hacia el puñal, y -luego se detuvo, dejando caer los brazos y volviendo hacia atrás la -cabeza, mientras un estremecimiento involuntario le hacía temblar en -todo su cuerpo.</p> - -<p>—¡Vamos!—prorrumpió Biassou en tono de impaciencia y cólera—, ¡que -estoy de prisa! Escoge: o matarlos tú mismo o que te maten con ellos.</p> - -<p>El infeliz permanecía inmóvil, como petrificado.</p> - -<p>—Está muy bien—repuso Biassou volviéndose hacia los negros—; pues -que no quiere hacer de verdugo, hará el papel de víctima, porque ya -conozco que es un blanco. Sacadle vosotros de aquí...</p> - -<p>Los negros se adelantaron para echarle mano, y este movimiento decidió -de su suerte entre matar o morir. El exceso de cobardía tiene también -su especie de valor. Se abalanzó al puñal que le alargaba Biassou, y -en seguida, sin tomarse tiempo de reflexionar en lo que iba a hacer, -el miserable le saltó encima, cual un tigre, al ciudadano C..., que se -hallaba recostado junto a mí.</p> - -<p>Comenzó luego una horrenda lucha. El negrófilo, sumido en tétrica y -estúpida desesperación por el desenlace que tuvo el interrogatorio -con el cual le había Biassou atormentado, contempló toda la escena -posterior con la vista fija, y tan embebido en el terror del suplicio -ya cercano, que aparentaba no haberla comprendido; mas al ver lanzarse -sobre sí al hacendado y relampaguear el acero por encima de sus sienes, -lo inminente del peligro le arrancó con sobresalto de su letargo.<span class="pagenum" id="Page_163">[Pg 163]</span> -Púsose entonces en pie, y, deteniéndole el brazo a su asesino, dijo en -tono lastimero:</p> - -<p>—¡Misericordia! ¡Misericordia! ¿Qué pretende usted conmigo? ¿Qué le he -hecho para ofenderle?</p> - -<p>—Llegó la hora de la muerte, caballero—replicó el mestizo, procurando -soltarse el brazo y clavando sobre su víctima la vista desatentada—. -No me estorbe usted, que no le haré daño.</p> - -<p>—¡Morir a manos de usted!—clamaba el economista—. ¿Y por qué? -¡Perdóneme usted! ¿Me guarda usted rencor porque dije en algún -tiempo que no era de sangre limpia? Pues déjeme usted la vida, y le -prometo reconocerle por blanco. Sí, usted es blanco, y lo diré por -dondequiera... ¡pero misericordia!</p> - -<p>El negrófilo había elegido con poco tino sus medios de defensa.</p> - -<p>—¡Cállate, cállate!—gritó su rival, enfurecido y temeroso de que -oyesen los negros semejante declaración.</p> - -<p>Mas el otro clamaba con toda su fuerza que le conocía por blanco y de -excelente estirpe. El mulato hizo un postrer esfuerzo para acallarle, -y apartando con violencia entrambas manos, que le detenían, metió el -puñal por entre las vestiduras del ciudadano C... Sintió el desdichado -la punta del acero, y mordió rabioso el brazo que lo clavaba.</p> - -<p>—¡Monstruo! ¡Malvado! Que me asesinas...—dijo.</p> - -<p>Y volviéndose hacia Biassou, añadió:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_164">[Pg 164]</span></p> - -<p>—¡Defendedme, vengador de la humanidad!...</p> - -<p>Pero el matador apretó ya frenético la hoja de la daga, y un grueso -chorro de sangre, que brotó entre sus dedos, vino hasta salpicarle -el rostro. Dobláronse entonces de súbito las rodillas del negrófilo, -flaqueáronle los brazos, empañáronse sus ojos, lanzaron sus labios -un débil gemido y cayó el cuerpo a tierra, convertido ya en exánime -cadáver.</p> - - -<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_19" href="#FNanchor_19" class="label">[19]</a> Proverbio familiar entre los negros rebeldes, que se -traduce literalmente así: <em>Los negros son los blancos, los blancos -son los negros.</em> Diciendo: <em>los negros son los dueños y los -blancos son los esclavos</em>, se explicaría mejor el sentido.—N. del -A.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_20" href="#FNanchor_20" class="label">[20]</a> ¡Matad al blanco! ¡Matad al blanco!—N. del A.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_21" href="#FNanchor_21" class="label">[21]</a> Hay que recordar que los pardos rechazan con ira este -nombre, inventado, según ellos, por el desdén de los blancos.—N. del -A.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_22" href="#FNanchor_22" class="label">[22]</a> Suelen muchos mestizos tener, en efecto, este signo en el -nacimiento de las uñas, el que se desvanece con los años, pero renace -en sus hijos.—N. del A.</p> - -</div> -</div> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXXV">XXXV</h3> -</div> - - -<p>Tal escena, y en la que pronto me aguardaba desempeñar un papel, me -tenía helado de espanto. <em>El vengador de la humanidad</em> había -presenciado con aspecto impasible la lucha entre sus dos víctimas, -y cuando hubo concluído, dijo, volviéndose hacia sus aterrorizados -pajecillos:</p> - -<p>—Traedme más tabaco.</p> - -<p>Y se puso a mascarlo en sosiego. El obí y Rigaud permanecían inmóviles, -y aun los negros parecían horrorizados del espectáculo que su caudillo -acababa de ponerles ante los ojos.</p> - -<p>Un solo blanco quedaba por despachar aún, y éste era yo; de modo que -conocí haberme llegado mi vez. Eché, pues, una mirada sobre el asesino -que iba a ser mi verdugo, y causóme lástima el verle. Tenía los labios -amoratados y rechinábanle los dientes; un movimiento convulsivo agitaba -sus trémulos miembros, capaces apenas de sostenerle; pasábase sin -cesar, y como maquinalmente, la mano por las sienes para limpiar las -manchas de<span class="pagenum" id="Page_165">[Pg 165]</span> sangre, y con aire de insensato contemplaba el cuerpo -humeante que yacía a sus pies, sin apartar de su víctima los espantados -ojos.</p> - -<p>Así aguardaba yo el momento en que diera remate a su tarea con mi -muerte, y por cierto que mi posición con respecto a aquel hombre era -bien extraña: una vez había ya estado para matarme por decir yo que no -era blanco, y ahora, para probar que era mulato, iba a convertirse en -mi asesino.</p> - -<p>—Vamos, amigo, estoy satisfecho de ti—le dijo Biassou.</p> - -<p>Y luego miróme y añadió:</p> - -<p>—Por ahora te excuso de acabar con el otro. Anda, que te declaro por -buen hermano y te confiero el empleo de verdugo de mis ejércitos.</p> - -<p>A estas palabras del general salió un negro de entre filas, y, tras -hacer a Biassou tres humildes reverencias, prosiguió diciendo en su -jerigonza lo que traduciré para que mejor se entienda:</p> - -<p>—¿Y a mí, mi general?</p> - -<p>—Vamos, ¿qué pretendes tú decir?—preguntó Biassou.</p> - -<p>—¿No haréis nada por mí, mi general?—dijo el negro—. Ahí se le da un -ascenso a ese perro blanco, que asesina para darse por nuestro, ¿y no -lo ha de haber para mí también, que soy un negro bueno?</p> - -<p>Tan inesperada súplica puso a Biassou en aprieto. Bajóse hacia Rigaud, -y el caudillo de las catervas de los Cayos le dijo en francés:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_166">[Pg 166]</span></p> - -<p>—No se puede acceder a su demanda, y conviene buscar algún medio de -eludirla.</p> - -<p>—¿Conque pretendes un ascenso?—contestó entonces Biassou volviéndose -hacia el <em>negro bueno</em>—. Con mucho gusto lo haré si me dices el -grado que apeteces.</p> - -<p>—Quiero ser <em>oficial</em>.</p> - -<p>—¡Oficial!—replicó el generalísimo—. Vamos, dime cuáles son tus -méritos para pretender las charreteras.</p> - -<p>—Yo—repuso el negro con ahinco—fuí el que incendió el ingenio -de Lagoscette desde principios de agosto, y quien mató al hacendado -Clement, y quien paseó la cabeza de su mayoral en la punta de una pica. -Yo degollé a diez mujeres blancas y a siete niños, por prueba que uno -de ellos les sirvió de bandera a las tropas de Bouckmann. Después -achicharré cuatro familias de los amos blancos en un aposento del -castillo de Galifet, cerrándolo con llave antes de pegarle fuego. A mi -padre lo rompieron en la rueda en el Cabo; a mi hermano lo ahorcaron -en Rocrou, y a mí propio estuvieron para fusilarme. He abrasado tres -cafetales, seis sembrados de añil y doscientas cuadras de caña; he -matado a mi amo M. Noé y a su madre...</p> - -<p>—Pasa por alto tu hoja de servicios—le dijo Rigaud, que encubría en -su aparente mansedumbre una crueldad positiva, pero que era feroz con -decoro y no podía sufrir las fanfarronadas del crimen.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_167">[Pg 167]</span></p> - -<p>—Muchos más pudiera alegar—replicó el negro con orgullo—; pero éstos -juzgo que se tendrán por suficientes para hacer ver que merezco la -categoría de <em>oficial</em> y llevar al hombro una charretera de oro -como aquellos compañeros.</p> - -<p>Y así diciendo, señaló a los ayudantes y a la plana mayor de Biassou; -el generalísimo pareció que meditaba por un momento, y después dirigió -al negro con suma gravedad estas palabras:</p> - -<p>—Mucho me alegraría de premiarte, porque estoy contento de tus -servicios; pero todavía se requiere otra circunstancia a más: ¿sabes el -latín?</p> - -<p>El forajido, pasmado, abrió los ojos cuanto pudo, diciendo:</p> - -<p>—Mi general...</p> - -<p>—Eso te pregunto—repuso Biassou sin demora—. ¿Sabes el latín?</p> - -<p>—El... latín...—repitió el negro estupefacto.</p> - -<p>—¡Sí, sí, sí, el latín! ¿Sabes el latín?—prosiguió el astuto caudillo.</p> - -<p>Y desplegando un estandarte en que estaba inscrito el versículo del -salmo <i>In exitu Israel de Ægypto</i>, añadió:</p> - -<p>—Explícame lo que significan estas palabras.</p> - -<p>El negro, en el colmo de su asombro, quedábase inmóvil y mudo, -restregándose maquinalmente las manos por sus calzoncillos y volviendo -atónito la vista, ya de la bandera al general y ya del general a la -bandera.</p> - -<p>—Vamos, ¿acabarás de responder?—díjole con impaciencia Biassou.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_168">[Pg 168]</span></p> - -<p>El negro, rascándose la cabeza, abrió y volvió a cerrar repetidas veces -los labios, y dejó al cabo salir estas palabras confusas:</p> - -<p>—No entiendo, mi general.</p> - -<p>El semblante de Biassou cobró de súbito el aspecto de indignación e ira.</p> - -<p>—¿Cómo es eso—exclamó—, tunante desvergonzado? ¿Tienes el -atrevimiento de querer ascender a oficial y no sabes latín?</p> - -<p>—Pero, mi general...—tartamudeó el negro, trémulo todo y confuso.</p> - -<p>—Cállate—replicó Biassou, cuyos ímpetus de cólera aparentaban ir -en aumento—. No sé por qué no te mando fusilar ahora mismo en justo -castigo de tu presunción. ¿Qué te parece, Rigaud, de este donoso -oficial, que ni siquiera sabe latín? Escúchame, menguado; ya que -no comprendes lo que está escrito en esa bandera, voy a darte la -explicación: <i>In exitu</i>, ningún soldado; <i>Israel</i>, como no -sepa latín; <em>de Ægypto</em>, puede llegar a oficial. ¿No es así, señor -capellán?</p> - -<p>El obí hizo un gesto afirmativo, y Biassou continuó:</p> - -<p>—Ese hermano, a quien acabo de nombrar verdugo del ejército y de quien -abrigas tantos celos, sabe el latín de corrido—entonces se volvió -hacia el recién acuñado verdugo—. Dinos, amigo, si no es esto exacto. -Para probarle a ese burro que sabes más que él, tradúcele lo que quiere -decir <i lang="la" xml:lang="la">Dominus vobiscum</i>.</p> - -<p>El desgraciado, saliendo al sonido de aquella<span class="pagenum" id="Page_169">[Pg 169]</span> terrible voz de la -tétrica distracción en que estaba sumergido, alzó la cabeza, y aunque -tenía aún el ánimo todo conmovido con la imagen del cobarde asesinato -que acababa de cometer, la intensidad misma del terror le movió a -obediencia. Había algo de extraño en el modo con que aquel hombre -procuraba, entre sus ideas de espanto y remordimiento, traer a la -memoria los estudios de su juventud, así como en la manera lúgubre que -tuvo de proferir esta pueril explicación:</p> - -<p>—<i lang="la" xml:lang="la">Dominus vobiscum</i>... quiere decir... <em>El Señor sea con -vosotros</em>.</p> - -<p>—<i lang="la" xml:lang="la">Et cum spiritu tuo</i>—añadió solemnemente el misterioso obí.</p> - -<p>—<em>Amén</em>—respondió Biassou.</p> - -<p>Y luego, volviendo a sus ademanes airados y mezclando con su cólera -fingida algunas frases sueltas de pésimo latín—por el estilo del -<em>médico a palos</em>—para convencer al concurso de su ciencia, le -gritó al negro ambicioso:</p> - -<p>—Vuelve a entrar en las filas y ponte a la cola de tu compañía. -<i lang="la" xml:lang="la">Sursum corda!</i> No sueñes otra vez en elevarte al rango de tus -jefes que saben latín; <i lang="la" xml:lang="la">orate, fratres</i>, o te mandaré ahorcar. -<i lang="la" xml:lang="la">Bonus, bona, bonum.</i></p> - -<p>El negro, maravillado y atemorizado a un tiempo mismo, volvió a meterse -entre filas cubierto de vergüenza y con la cabeza baja, en medio de la -rechifla general de sus compañeros, indignados al ver tan mal fundadas -pretensiones y fija la vista con admiración en su docto generalísimo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_170">[Pg 170]</span></p> - -<p>Había cierto aire burlesco en tal escena, la que acabó de inspirarme -alto concepto de la habilidad de Biassou. El medio ridículo que había -empleado con tan cabal éxito<a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23" class="fnanchor">[23]</a> para desconcertar las ambiciones -particulares, siempre tan exageradas entre una turba de rebeldes, me -dió la medida, tanto de la estupidez de los negros cuanto de la astucia -de su caudillo.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXXVI">XXXVI</h3> -</div> - - -<p>En tanto, había llegado la hora del <em>almuerzo</em> de Biassou, y -los sirvientes pusieron ante el <em>mariscal de campo de Su Majestad -Católica</em> una gran concha de tortuga llena de una especie de -<em>olla podrida</em>, en que las tajadas del mismo animal hacían el -oficio de <em>carnero</em>, y las batatas, el de <em>garbanzos</em>, todo -profusamente condimentado con lonjas de tocino, mientras una enorme -col sobrenadaba en el caldo de aquel <em>puchero</em>. A entrambos -lados de la concha, que servía a la vez de marmita y de sopera, -había dos cáscaras de coco convertidas en copas y llenas de pasas, -<em>sandías</em>, higos y ñames, que servían de <em>postres</em>. Un pan -de maíz y una bota de vino, con el sabor a pez que le da el cuero, -completaban el banquete. Sacó luego Biassou un puñado de ajos del -bolsillo, y restregó con ellos el pan, poniéndose a comer sin mandar -siquiera que se llevasen el aún tibio cadáver que yacía en<span class="pagenum" id="Page_171">[Pg 171]</span> su -presencia, y convidando a Rigaud para que hiciese lo mismo. El apetito -de Biassou tenía en sí algo de espantoso.</p> - -<p>El obí no participó de sus manjares, y comprendí que, cual todos los de -su calaña, jamás comía en público, para persuadir a los negros que era -de una esencia sobrenatural y que vivía sin alimento.</p> - -<p>Al tiempo propio de almorzar mandó Biassou a uno de sus ayudantes -que hiciese empezar la revista, y la turba de sus secuaces comenzó -a desfilar en buen orden por delante de la gruta. Los negros de -Morne-Rouge pasaron los primeros, en número como de algunos cuatro mil, -divididos en apiñadas mitades bajo la guía de sus oficiales, quienes -iban, según ya he dicho, adornados con unos calzoncillos o un cinto -color de grana. Estos negros, casi todos robustos y de alta estatura, -llevaban fusiles, hachas y sables, aunque muchos, a falta de otras -armas, se habían provisto de arcos y flechas y azagayas. No tenían -cubierta la cabeza y marchaban silenciosos, con aspecto de desconsuelo.</p> - -<p>Al desfilar de esta escuadra inclinóse Biassou al oído de Rigaud, y le -dijo en francés:</p> - -<p>—¿Cuándo acabará la metralla de los blancos de quitarme el estorbo -de estos forajidos de Morne-Rouge? ¡Los aborrezco porque casi todos -son congos! Y, además, no saben matar sino en la pelea, siguiendo el -ejemplo de su imbécil caudillo, su ídolo Bug-Jargal, ese muchacho -necio, que quisiera<span class="pagenum" id="Page_172">[Pg 172]</span> echarla de magnánimo y generoso. ¿Tú no le -conoces, Rigaud? Pues entonces confío en que te quedarás para siempre -sin conocerle, porque los blancos le han hecho prisionero, y me -libertarán de él, así como lo hicieron con Bouckmann.</p> - -<p>—A propósito de Bouckmann—respondió Rigaud—; ahí vienen los -cimarrones de Macaya, y veo pasar entre sus filas al negro que envió -Juan Francisco para anunciarnos su muerte. ¿Sabes que ese hombre -podría destruir todo el efecto de las profecías del obí acerca del -fin de aquel jefe si contara que le habían detenido media hora en las -avanzadas y que me había participado su noticia antes que le mandaras -entrar?</p> - -<p>—¡Qué diablo!—dijo Biassou—. ¡Y razón que te sobra, amigo! Es preciso -buscar un medio de taparle a ese hombre la boca. Aguarda...</p> - -<p>Entonces, alzando la voz, llamó a Macaya.</p> - -<p>El comandante de los negros cimarrones se aproximó, presentando, en -señal de acatamiento, su trabuco de boca ancha.</p> - -<p>—Haz salir de tus filas—repuso Biassou—a aquel negro que va allí y -que no debiera.</p> - -<p>Era el mensajero de Juan Francisco. Macaya le condujo a presencia del -general, quien cobró de súbito en el semblante aquella expresión de -cólera que sabía fingir con tanto acierto.</p> - -<p>—¿Quién eres?—le preguntó al negro sobrecogido.</p> - -<p>—Mi general, soy un negro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_173">[Pg 173]</span></p> - -<p>—<em>¡Caramba!</em> ¡Eso ya lo veo! Pero ¿cómo te llamas?</p> - -<p>—Mi sobrenombre de guerra es Vavelan; mi protector entre los -bienaventurados es San Sabeo, diácono y mártir, que se conmemora veinte -días antes de la Natividad...</p> - -<p>Biassou le interrumpió:</p> - -<p>—¿Y con qué cara te atreves a presentarte en la parada, en medio de -espingardas relucientes y de tahalís blancos, con el sable sin vaina, -los calzones desgarrados y los pies cubiertos de lodo?...</p> - -<p>—Mi general—respondió el negro—, no es culpa mía. El gran almirante -Juan Francisco me encargó de traer el parte de la muerte de Bouckmann, -comandante de los cimarrones ingleses; y si mis vestidos están -destrozados y los pies sucios, es porque he corrido, sin descansar ni -tomar aliento, a fin de llegar antes con la nueva; pero me detuvieron a -la entrada del campamento, y...</p> - -<p>Biassou arrugó el ceño.</p> - -<p>—¡No se trata de eso, <em>gabacho</em>, sino de tu desvergüenza en -asistir a la revista tan desaliñado! Encomienda el alma a tu santo -patrón, San Sabeo, diácono y mártir, y anda que te fusilen.</p> - -<p>Aquí tuve nueva prueba del poderío moral que ejercía Biassou sobre los -rebeldes. El infeliz, a quien se ordenaba ser él mismo portador de la -orden de su muerte, no se atrevió ni aun a dar quejas. Bajó la cabeza, -cruzó los brazos al pecho, hízole un triple saludo a su implacable -juez, y, después de haberse arrodillado ante el obí, que le<span class="pagenum" id="Page_174">[Pg 174]</span> dió una -absolución compendiada, salióse de la cueva. ¡Algunos minutos después, -una descarga le anunció a Biassou que el negro había obedecido y había -muerto!</p> - -<p>Libre ya el caudillo de todo recelo, se volvió hacia Rigaud, -brillándole los ojos de contento, y con una expresión sarcástica de -triunfo que parecía decir: “¡Admírame!”</p> - - -<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_23" href="#FNanchor_23" class="label">[23]</a> Más adelante se valió Toussaint-Louverture de igual -recurso, obteniendo idéntico ventajoso resultado.—N. del A.</p> - -</div> -</div> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXXVII">XXXVII</h3> -</div> - - -<p>Seguía, empero, la revista, y aquel mismo ejército que, en desorden, me -había presentado pocas horas antes un espectáculo tan extraordinario, -no parecía menos extravagante ahora y sobre las armas. Eran ya algunos -negros, completamente desnudos, y pertrechados de mazos, machetes -y macanas, marchando al compás de un cuerno como los salvajes; ya -batallones de mulatos equipados a la española y a la inglesa, con -buenas armas y buena disciplina, arreglando sus pasos al toque de -los tambores; catervas, luego, de negras y negrillos, con horquillas -y garfios, o de viejos inútiles cargados con fusiles antiguos e -inservibles, sin cañón o sin llave; griotas, en fin, con sus vestidos -de botarga, o griotos con horribles contorsiones y gestos, entonando -canciones incoherentes, con acompañamiento de guitarra, de balafo o -de platillos. Interrumpían a veces esta extraña procesión bandadas -heterogéneas de mulatos, cuarterones,<span class="pagenum" id="Page_175">[Pg 175]</span> salto-atrás y toda clase de -mestizos libres; o ya catervas errantes de negros cimarrones, con el -ademán soberbio y carabinas relucientes, que arrastraban entre filas -sus carretones henchidos de despojos, o algún cañón arrebatado a los -blancos, menos cual arma ofensiva que trofeo, cantando a toda voz los -himnos rebeldes de <i>Gran-Pré</i> y <i>Oua-Nassé</i>. Por encima de -tanto y tan diverso concurso tremolaban banderas de todos colores y -con todas divisas: blancas, rojas y tricolores, adornadas con flores -de lis y con el gorro de la libertad, y llevando por lema: <em>Mueran -los sacerdotes y los aristócratas</em>, <em>¡Viva la religión!</em>, -<em>¡Libertad e igualdad!</em>, <em>¡Viva el Rey!</em>, <em>¡Muera la -metrópoli!</em>, <em>¡Viva España!</em>, <em>¡No más tiranos!</em>, -etcétera, etc.; extraña mescolanza y claro indicio de que las fuerzas -de los rebeldes eran un tropel sin objeto determinado, y de que no -menor desorden que en los hombres reinaba en las ideas.</p> - -<p>Al pasar, a su vez, por la gruta, las escuadras rendían sus banderas, y -Biassou devolvía el saludo. A cada batallón le dirigía algunas palabras -de reprensión o de elogio, y cada palabra severa o halagüeña que caía -de sus labios era acogida por sus secuaces con fanático respeto y una -especie de temor supersticioso.</p> - -<p>Pasó al cabo aquella inundación de bárbaros, y confieso que, si al -principio sirvióme de distracción, llegó por último a serme penosa la -vista de tanto forajido.</p> - -<p>Mientras tanto, la tarde declinaba, y, cuando<span class="pagenum" id="Page_176">[Pg 176]</span> los últimos hombres -desfilaron, el sol teñía débilmente de un rojo cobrizo la frente -granítica de las montañas de oriente.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXXVIII">XXXVIII</h3> -</div> - - -<p>Biassou parecía meditabundo, y cuando, terminada la revista y dadas sus -órdenes postreras, se retiraron los rebeldes a sus chozas, me dirigió -al fin la palabra en tales términos:</p> - -<p>—Ya has podido juzgar a tu despacio, joven, de mi ingenio y poderío, y -he aquí llegada la hora de que vayas a participárselo a Leogrí.</p> - -<p>—No ha consistido en mí que tarde tanto—le respondí con indiferencia.</p> - -<p>—Razón tienes—replicó Biassou.</p> - -<p>Y aquí se detuvo un instante, como para observar qué efecto iban a -producir en mí las siguientes palabras:</p> - -<p>—Y, además, de ti penderá el que nunca llegue.</p> - -<p>—¿Cómo es eso?—exclamé pasmado—. ¿Qué quieres tú decir?</p> - -<p>—Sí—prosiguió Biassou—; en tus propias manos tienes tu vida, y si -quieres, puedes salvarla.</p> - -<p>Este arrebato de clemencia, el primero y el último, sin duda alguna, -que Biassou haya jamás sentido, me pareció un prodigio. El obí, como -yo, lleno también de sorpresa, saltó del asiento donde por tan largo -rato había permanecido inmóvil y en actitud extática, al estilo de los -<em>faquires</em> indios.<span class="pagenum" id="Page_177">[Pg 177]</span> Se puso frente a frente del generalísimo y -alzó la voz lleno de ira:</p> - -<p>—<em>¿Qué dice el excelentísimo señor mariscal de campo?</em> ¿No se -acuerda de lo que me ha prometido? Ni él ni el <i lang="fr" xml:lang="fr">bon Giu</i> pueden ya -disponer de esta vida, que me pertenece.</p> - -<p>En aquel momento, al oír su acento de cólera, juzgué de nuevo tener -algún recuerdo de aquel maldito hombrecillo; mas fué una sensación vaga -y pasajera, que no me iluminó el entendimiento.</p> - -<p>Biassou, sin alterarse, se levantó, habló con el obí en voz baja, -señalándole a la bandera negra en que ya había yo reparado, y, tras -algunos minutos de conversación, meneó el zahorí la cabeza de arriba -abajo, cual en señal de consentir, y los dos recobraron sus antiguos -puestos y actitudes.</p> - -<p>—Escucha—me dijo entonces el generalísimo, sacando del bolsillo los -otros despachos de Juan Francisco, que tenía allí metidos—. Nuestros -negocios van mal. Bouckmann acaba de morir en un encuentro; los -blancos han exterminado en la comarca de Cul-de-Sac a dos mil negros -levantados; las tropas de la colonia siguen atrincherándose y cubriendo -todos los llanos de puntos fortificados, y, por culpa nuestra, hemos -desaprovechado una ocasión de apoderarnos del Cabo, que no se volverá -a presentar tan de pronto. Por el lado de Levante, el camino principal -está cortado por un río, y los blancos, para defender el paso, han -establecido una batería flotante sobre pontones<span class="pagenum" id="Page_178">[Pg 178]</span> y dos reductos, a cada -orilla. Al Sur hay otro camino real, que atraviesa ese país montañoso -llamado el Haut-du-Cap, y lo tienen también cuajado de tropas y de -artillería. Por la parte de tierra, la posición está asimismo bien -fortificada, con parapetos en que han trabajado todos los habitantes, -con añadidura de buenos caballos de frisa. Por consiguiente, el Cabo se -halla al abrigo de nuestras embestidas. La emboscada en las gargantas -de Doma-Mulatos no produjo el éxito que nos prometíamos, y a tantos -reveses se junta la fiebre de Siam, que devasta el campamento de -Juan Francisco. Así que el gran almirante de Francia opina<a id="FNanchor_24" href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>, y yo -participo de su sentir, que sería conveniente entrar en tratos con el -gobernador Blanchelande y la Asamblea colonial. He aquí la carta que -sobre este particular vamos a remitir a la Asamblea; escucha:</p> - -<div class="blockquot"> - -<p> - -“<span class="smcap">Señores diputados</span>:<br /> -</p> - -<p>“Grandes infortunios han afligido a esta rica e importante colonia, -en los que nos hemos visto nosotros envueltos, y nada más nos queda -que alegar por excusa. Algún día vendrá en que nos haréis toda la -justicia que nuestra situación se merece. Debemos quedar comprendidos -en la amnistía general que el Rey Luis XVI ha proclamado para todos -indistintamente.</p> - -<p>“Si no, como el Rey de España es un Rey bueno,<span class="pagenum" id="Page_179">[Pg 179]</span> que nos trata muy bien -y que <em>nos manifiesta recompensas</em><a id="FNanchor_25" href="#Footnote_25" class="fnanchor">[25]</a>, seguiremos a su servicio -con celo y lealtad.</p> - -<p>“Vemos que, con arreglo a la ley de 28 de septiembre—de 1791—, -la Asamblea nacional y el Rey os conceden facultad para decretar -definitivamente acerca del estado de las personas no libres y de -la condición política de los hombres libres de color. Nosotros -defenderemos los decretos de la Asamblea nacional y los vuestros, si -están revestidos de los requisitos legales, hasta derramar la última -gota de nuestra sangre. Sería conveniente que <em>declararíais</em> por -un decreto, sancionado por el señor general, que formáis intento de -ocuparos en la suerte de los esclavos. En sabiendo, por conducto de -sus jefes, a quienes daríais noticia de estos trabajos, que son el -objeto de vuestras tareas, quedarían satisfechos, y en breve tiempo se -recuperaría el equilibrio roto.</p> - -<p>“No contéis, sin embargo, señores representantes, en que consintamos -en armarnos por el beneplácito de asambleas revolucionarias. Nosotros -somos súbditos de tres reyes. El Rey del Congo, señor natural de todos -los negros; el Rey de Francia, que representa a nuestros padres, y -el Rey de España, que representa a nuestras madres. Estos tres reyes -son los descendientes de los tres reyes magos que, guiados por una -estrella, vinieron a adorar el Dios-hombre. Si sirviéramos a las<span class="pagenum" id="Page_180">[Pg 180]</span> -Asambleas, tal vez nos veríamos arrastrados a hacer la guerra contra -nuestros hermanos, los súbditos de estos tres reyes, a quienes hemos -jurado fidelidad.</p> - -<p>“Además, no sabemos lo que se quiere decir por la voluntad de la -nación, puesto que <em>desde que el mundo reina</em> no hemos ejecutado -sino la de un rey. El príncipe de Francia nos quiere y el de España no -cesa de darnos socorro. Les ayudamos y nos ayudan: ésta es la causa -de la humanidad. Y luego, aun cuando nos faltaran estas Majestades, -pronto habríamos <em>tronado un Rey</em>.</p> - -<p>“Tales son nuestras intenciones, mediante las cuales consentiremos -en hacer la paz<a id="FNanchor_26" href="#Footnote_26" class="fnanchor">[26]</a>.—Firmado, <i>Juan Francisco</i>, general; -<i>Biassou</i>, mariscal de campo; <i>Desprez</i>, <i>Manzeau</i>, -<i>Toussaint</i>, <i>Aubert</i>, comisionados <i lang="la" xml:lang="la">ad hoc</i>.”</p> -</div> - -<p>—Ya ves—añadió Biassou, concluída que fué la lectura de este -documento de la diplomacia negra, que se me quedó estampado en la -memoria palabra por palabra—; ya ves, digo, que estamos de paz. Ahora -bien: esto es lo que pretendo de ti. Ni Juan Francisco ni yo nos hemos -educado en las escuelas de los blancos, donde se aprende a charlar -bien; sabemos pelear, pero no escribir, y, sin embargo, no quisiéramos -que hubiera en nuestra carta a la Asamblea nada que pudiese excitar -la <em>burla</em> orgullosa de nuestros antiguos dueños. Tú me parece -que has aprendido esta frívola ciencia<span class="pagenum" id="Page_181">[Pg 181]</span> que a nosotros nos falta; así, -pues, corrige en nuestro oficio cuantas faltas hicieran reír a los -blancos, y a este precio te concedo la vida.</p> - -<p>Había en este empleo de corrector de las faltas de ortografía -diplomática de Biassou algo de demasiado repugnante a mi orgullo para -que yo titubease un solo momento. Y, además, ¿qué se me daba de la -vida? Rehusé, pues, su oferta.</p> - -<p>Pareció sorprenderse.</p> - -<p>—¿Cómo es eso?—exclamó—. ¿Prefieres morir a hacer unos cuantos -garabatos con la pluma en un pedazo de pergamino?</p> - -<p>—Sí—le repliqué.</p> - -<p>Mi determinación pareció como que le desagradaba, y, después de meditar -por un breve espacio, me dijo:</p> - -<p>—Escúchame, muchacho atolondrado; quiero ser menos terco que tú y -te concedo de plazo hasta mañana por la tarde para que te resuelvas -a obedecerme. Mañana, al ponerse el sol, volverán a traerte a mi -presencia, y piensa en complacerme. Adiós, que la almohada es fuente de -buenos consejos. Acuérdate que entre nosotros recibir la muerte es algo -más que el morir.</p> - -<p>El sentido de estas últimas palabras, acompañadas de una horrenda -carcajada, no era, por cierto, equívoco, y los tormentos que Biassou -acostumbraba inventar para sus víctimas acababan de explicarlas.</p> - -<p>—Candi—prosiguió Biassou—, llévate al prisionero y entrégale a la -custodia de los negros de<span class="pagenum" id="Page_182">[Pg 182]</span> Morne-Rouge, porque quiero que aún vea -asomar por una vez el sol, y mis soldados quizá no tendrían tanta -paciencia como para aguardar que pasasen veinticuatro horas.</p> - -<p>El mulato Candi, comandante de sus guardias, me mandó atar los brazos a -la espalda, y, agarrando un soldado el cabo de la cuerda, nos salimos -de la cueva.</p> - - -<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_24" href="#FNanchor_24" class="label">[24]</a> Ya se ha dicho que Juan Francisco se daba este -título.—N. del A.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_25" href="#FNanchor_25" class="label">[25]</a> Esta frase carece a propósito de sentido para dar una -idea de falta semejante en el original francés.—N. del T.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_26" href="#FNanchor_26" class="label">[26]</a> Parece que, en efecto, se le remitió a la Asamblea esta -carta, tan ridículamente característica.—N. del A.</p> - -</div> -</div> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XXXIX">XXXIX</h3> -</div> - - -<p>Cuando acaecimientos extraordinarios, angustias y catástrofes estallan -de súbito en medio del sosiego de una existencia feliz y deliciosamente -uniforme, estas inesperadas emociones, estos golpes de fortuna cortan -atropelladamente el letargo del alma que estaba adormecida en la -monotonía de su próspero destino. Mas, sin embargo, en los infortunios -que así llegan no nos parece que despertamos, sino que soñamos. Para -quien siempre fué feliz, las desdichas empiezan por atontecerle. La -adversidad imprevista se asemeja a la conmoción eléctrica del torpedo, -que nos sacude, pero al mismo tiempo nos pasma los miembros, y el -espantoso resplandor que arroja de súbito ante nuestros ojos nos -deslumbra, pero no ilumina. Los hombres, los objetos y los sucesos nos -pasan por delante con un aspecto en cierto modo fantástico, y se mueven -cual en un ensueño. Todo ha cambiado en el horizonte de nuestra vida: -la<span class="pagenum" id="Page_183">[Pg 183]</span> perspectiva y la atmósfera; pero largo tiempo transcurre antes que -se borre de los ojos aquella cual luminosa imagen de la dicha pasada, -que nos persigue, y que, interponiéndose entre ellos y la lúgubre -realidad de lo presente, desfigura los colores y comunica no sé qué -tinte engañoso a la verdad misma. Entonces, lo que efectivamente es -nos parece imposible y absurdo, y apenas tenemos fe en nuestra propia -existencia, porque no encontrando alrededor de nosotros nada de cuanto -componía nuestro ser, no alcanzamos a concebir cómo todo aquello -pudo desaparecer sin arrastrarnos consigo y por qué de toda nuestra -vida nosotros quedamos aislados por único vestigio. Si esta posición -violenta del alma se prolonga, destruye el equilibrio del pensamiento -y se torna en demencia, estado quizá de dicha en que la vida es para -el infeliz una visión tan solo, en la que él mismo aparece cual un -fantasma.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XL">XL</h3> -</div> - - -<p>No sé, a decir verdad, señores, a qué expongo semejantes ideas, pues no -son de aquellas que se comprenden o se explican, sino que es necesario -haberlas sentido. Yo las probé. Tal era el estado de mi mente en el -momento en que los guardias de Biassou me entregaron a los negros de -Morne-Rouge, y como me parecían espectros que me pasaban a manos de -otros espectros, dejé sin asomo<span class="pagenum" id="Page_184">[Pg 184]</span> de resistencia que me atasen por la -cintura al tronco de un árbol. Trajéronme por alimento algunas batatas -cocidas en agua, y comí por aquella especie de instinto maquinal -que la bondad divina concede al hombre sumido en la amargura de sus -pensamientos.</p> - -<p>Había, por fin, llegado la noche, y mis guardias se retiraron a -sus chozas, excepto cinco o seis que permanecieron junto a mí de -vigilantes, sentados o tendidos alrededor de una hoguera que tenían -encendida para guarecerse del frío nocturno. Al cabo de algunos breves -instantes, quedaron todos sumidos en profundo sueño.</p> - -<p>La postración física en que me encontraba contribuyó no poco a -las vagas imágenes que me confundían la mente. Recordaba los días -tranquilos y siempre idénticos que pocas semanas antes pasaba al -lado de María, sin entrever siquiera en el porvenir otra posibilidad -que la de una dicha eterna, y comparábalos entonces con el día que -acababa de transcurrir, día en que tantas y tan extrañas cosas se -habían mostrado a mi vista, como para hacerme dudar de la existencia, -y en que tres veces me vi próximo a morir y escapé, sin tener aún la -vida en salvo. Meditaba en el porvenir inmediato, comprendido en el -breve recinto de una mañana, sin más perspectiva que la desgracia y -una muerte ya próxima, por fortuna, y me parecía lidiar con alguna -horrenda pesadilla. Preguntábame a mí propio si era posible que -cuanto había pasado hubiese pasado; que lo que me rodeaba<span class="pagenum" id="Page_185">[Pg 185]</span> fuese el -campamento del sanguinario Biassou; que hubiese perdido a María para -siempre, y que aquel prisionero custodiado por seis bárbaros, atado y -dispuesto para una muerte segura, aquel prisionero, a quien veía al -resplandor de una hoguera de forajidos, fuese yo en mi misma persona. -Y no obstante todos mis esfuerzos para evitar el asedio de una idea, -mucho más dolorosa aún, mi corazón se tornaba a María. Examinaba con -angustia su suerte y estirábame entre mis ligaduras como para volar a -su socorro, confiado siempre en que habría de disiparse el horrible -sueño y en que Dios no consentiría en derramar sobre el destino del -ángel que me había concedido por esposa, todos aquellos horrores de -que la imaginación retrocedía espantada. El doloroso encadenamiento -de mis ideas me representaba luego a Pierrot, y la rabia me volvía -insensato: las arterias de las sienes querían reventar con la sangre -agolpada, y yo me odiaba, me maldecía, me despreciaba a mí propio por -haber confundido en algún tiempo mi amistad hacia Pierrot con mi amor a -María, y, sin tratar de explicarme qué motivo le impulsara a lanzarse -en las corrientes del río Grande, lloraba de no haberle exterminado. Él -había ya muerto, yo iba también a morir, y lo único que lamentaba en -esta pérdida de ambas vidas era haber perdido asimismo mi venganza.</p> - -<p>Todas estas emociones me agitaban en una especie de letargo, entre -dormir y velar, en que había caído a efectos del cansancio; y no sé -cuánto<span class="pagenum" id="Page_186">[Pg 186]</span> tiempo habría durado, cuando me arrancó de repente de él -el eco de una voz varonil, que cantaba en acento claro y distinto, -pero aún lejano: “<em>Yo, que soy contrabandista.</em>” Abrí los ojos, -estremecido; pero todo estaba a obscuras, durmiendo los negros y el -fuego moribundo. Nada más oí, y pensando que fuese una ilusión del -sueño, mis pesados párpados volvieron a cerrarse. Volvílos a abrir -con precipitación, porque la voz había empezado de nuevo a resonar, -cantando con tristeza, y ya más de cerca, esta copla de un romance -español:</p> - -<p class="poetry p0"> -<span style="margin-left: 2em;">En los campos de Ocaña</span><br /> -<span style="margin-left: 1em;">prisionero caí;</span><br /> -<span style="margin-left: 1em;">llévanme a Cotadilla,</span><br /> -<span style="margin-left: 1em;">¡desdichado que fuí!</span><br /> -</p> - -<p>Ahora ya no cabía sueño: ¡era la voz de Pierrot! Un momento después -volvió a alzarse entre el silencio de las tinieblas, y repitió a mis -oídos la conocida canción: “<em>Yo, que soy contrabandista</em>”. Un -perro corrió alegre y juguetón a echarse a mis pies, y este perro era -<i>Rask</i>. Levanté los ojos. Un negro se veía delante de mí, mientras -la luz de la hoguera arrojaba al lado del perro su sombra colosal, -y este negro era Pierrot. El ímpetu de venganza me arrebató, y la -sorpresa me tenía inmóvil y mudo. ¿Velaba por ventura? ¿Se aparecían -los muertos? Esto no era ya un sueño, sino una aparición. Aparté -horrorizado la vista, y a este ademán dejó él caer la cabeza sobre el -pecho.</p> - -<p>—Hermano—susurró en voz baja—, me habías prometido no dudar jamás -de mí cuando me oyeras<span class="pagenum" id="Page_187">[Pg 187]</span> esta canción; dime, hermano, ¿has olvidado tus -promesas?</p> - -<p>La ira me volvió la palabra.</p> - -<p>—¡Monstruo!—exclamé—. ¡Te hallé, al fin, verdugo, asesino de mi -tío, raptor de María!, ¿te atreves a llamarme hermano? ¡Mira, no te me -acerques!</p> - -<p>Y, olvidando que estaba atado sin facultad para hacer casi el menor -movimiento, bajé como involuntariamente la vista hacia la cintura para -buscar mi espada. Tan visible intención le lastimó, y, con acento -conmovido, pero de blandura, me replicó:</p> - -<p>—No, no me acercaré; eres desgraciado, y me compadezco de ti, aunque -tú no me tienes lástima a mí, ¡que soy aún más desgraciado!</p> - -<p>Encogíme de hombros, y, conociendo él aquella muda queja, prosiguió con -aspecto melancólico:</p> - -<p>—¡Sí, tú has perdido mucho; pero yo he perdido más que tú!</p> - -<p>En esto, el ruido de su voz despertó a los seis negros que me -vigilaban, quienes, al ver una persona extraña, se levantaron con -presura, corriendo a las armas; mas luego que hubieron fijado sus -miradas en Pierrot, lanzaron un grito de júbilo y sorpresa y cayeron -postrados en tierra, golpeando el polvo con sus frentes.</p> - -<p>Pero ni el homenaje que los negros tributaban a Pierrot, ni las -caricias que <i>Rask</i> repartía entre su amo y yo, mirándome con -desasosiego, como sorprendido de mi frío recibimiento, nada me hacía<span class="pagenum" id="Page_188">[Pg 188]</span> -impresión en aquel instante. Estaba enteramente entregado a los -transportes de mi rabia, que las ligaduras hacían impotente.</p> - -<p>—¡Oh!—exclamé al cabo, llorando de ira, bajo el peso de las trabas -que me retenían—. ¡Oh, y cuán desgraciado soy! Yo lamentaba que ese -infame hubiese hecho justicia de sí propio; yo le juzgaba muerto, y -sentía mi perdida venganza, y hele aquí ahora que viene a mofarse de mí -con su presencia; hele aquí vivo, ante mis ojos, sin que pueda tener -el placer de coserle a puñaladas. ¡Oh! ¡Quién me libertaría de estos -execrables lazos!</p> - -<p>Pierrot se volvió hacia los negros, que seguían en adoración a sus -plantas.</p> - -<p>—Compañeros—les dijo—, soltad al prisionero.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XLI">XLI</h3> -</div> - - -<p>Pronto quedó obedecido. Los negros, que me custodiaban se apresuraron -ahora a cortar las cuerdas de mis ligaduras, y me encontré en pie -y libre; pero quedéme inmóvil, porque el pasmo me tenía a su vez -encadenado.</p> - -<p>—No es esto solo—repuso Pierrot arrancándole a uno de los negros su -cuchillo y ofreciéndomelo—. Puedes cumplir tu deseo. Dios no permita -que te dispute el derecho de disponer de mi vida. Por tres veces la -salvaste, y es ya muy tuya; hiere, si quieres herirme.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_189">[Pg 189]</span></p> - -<p>No había ni amargura ni queja en el tono de su voz, que estaba tan sólo -triste y resignada.</p> - -<p>Aquella inesperada puerta que le abría a mi venganza el ente mismo a -quien ella se consumía por alcanzar, tenía en sí algo de demasiado -extraño y demasiado fácil. Conocí que ni todo mi encono contra Pierrot, -ni todo mi amor hacia María, eran capaces de inducirme a un asesinato; -y, además, fueran cuales fuesen las apariencias, cierta voz oculta me -clamaba en lo hondo del corazón que un enemigo y un culpado no habría -venido a ofrecerse en semejante manera a la venganza y al castigo. -¿Lo diré, por fin? Había en el imperioso prestigio de que aquel ser -extraordinario se hallaba cercado cierta cosa que a mí mismo, y a pesar -mío, me subyugaba en aquel instante. Aparté, pues, el puñal diciendo:</p> - -<p>—¡Vil! Yo consentiría en matarte en combate, pero no en asesinarte. -¡Defiéndete!</p> - -<p>—¡Que me defienda!—replicó asombrado—. ¿Y de quién?</p> - -<p>—De mí.</p> - -<p>Hizo un ademán de pasmo.</p> - -<p>—¡De ti! Es lo único en que no me cabe obedecerte. ¿Ves tú aquí a -<i>Rask</i>? Puedo degollarle y me dejará que lo haga sin defensa; pero -no podré forzarle a que pelee contra mí: no lo entendería; y yo, que -soy para contigo como <i>Rask</i>, no te entiendo.</p> - -<p>Hizo aquí una breve pausa, y añadió en seguida:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_190">[Pg 190]</span></p> - -<p>—Leo en tus ojos el odio como en algún tiempo pudiste tú leerlo en los -míos. Sé que has padecido muchos infortunios: te han muerto a tu tío, -han incendiado tus campos, degollado a tus amigos, saqueado tu morada, -devastado tus haciendas; pero no he sido yo, sino los míos. Escúchame: -cierto día te dije que los tuyos me habían causado muchos males, y me -respondiste que tú no eras; ¿qué hice yo entonces?</p> - -<p>Se le despejó el semblante, aguardando que me arrojase en sus brazos; -yo le miré con ferocidad.</p> - -<p>—Niegas tu parte en cuanto los tuyos han hecho—díjele enfurecido—, y -no mientas lo que tú propio hiciste en mi contra.</p> - -<p>—¿Qué?—me preguntó.</p> - -<p>Me acerqué a él con violencia, y mi voz, al hablarle, retumbó cual un -trueno:</p> - -<p>—¿Dónde está María? ¿Qué has hecho de María?</p> - -<p>A este nombre cruzó una nube por su frente, y pareció un momento como -desconcertado. Al cabo, rompiendo el silencio, me respondió:</p> - -<p>—¡María! ¡Sí, tienes razón!... Pero hay demasiados oídos que nos -escuchen.</p> - -<p>Su turbación, y tales palabras como <em>tienes razón</em>, encendieron un -infierno de celos en mi ánimo, e imaginéme que eludía mis preguntas. En -aquel instante me miró con semblante de franqueza, y dijo con emoción -profunda:</p> - -<p>—No sospeches de mí, te lo suplico, y en otro<span class="pagenum" id="Page_191">[Pg 191]</span> lugar te lo explicaré -todo: quiéreme como yo te amo, con confianza.</p> - -<p>Aquí se detuvo un instante para observar el efecto de sus palabras, y -añadió enternecido:</p> - -<p>—¿Puedo llamarte mi hermano?</p> - -<p>Pero mi cólera y mis celos habían recobrado todo su ímpetu, y estas -palabras tan tiernas me parecieron hipócritas y no hicieron sino -exasperarme.</p> - -<p>—¡Miserable, ingrato!—exclamé—. ¿Te atreves a recordarme aquellos -tiempos?</p> - -<p>Me interrumpió, diciendo con los ojos arrasados en lágrimas:</p> - -<p>—¡No soy yo el ingrato!</p> - -<p>—¡Pues bien—le repliqué arrebatado—, habla!, ¿qué has hecho con -María?</p> - -<p>—En otro lugar, en otro lugar—me contestó—; aquí hay otros oídos -que escucharían nuestras palabras, y, además, no me creerías sin -darte pruebas, y el tiempo urge. El día va despuntando, y tengo que -sacarte de aquí. Escucha, todo ha concluído, y pues que recelas de mí, -bien harías en acabarme con el puñal; mas aguarda un poco antes de -ejecutar lo que llamas tu venganza, porque primero tengo que ponerte en -libertad. Vamos a ver a Biassou.</p> - -<p>Semejante conducta y tales discursos encubrían algún misterio que no -alcanzaba a comprender. A pesar de todas mis preocupaciones contra -aquel hombre, conocía que a su voz me vibraban las fibras del corazón -y que me dominaba algún inexplicable<span class="pagenum" id="Page_192">[Pg 192]</span> poderío; me sentí titubear entre -el deseo de venganza y la compasión, entre los recelos y la más ciega -confianza, y, por último, me resolví a seguirle.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XLII">XLII</h3> -</div> - - -<p>Salimos del recinto de los negros de Morne-Rouge, y grande era mi -sorpresa al verme caminar libre por aquel campamento de bárbaros en -que la víspera ostentaba cada forajido una sed tan rabiosa de mi -sangre. Lejos, muy lejos de intentar atajarnos el paso, se postraban -ante nosotros todos los negros y mulatos, entre unánimes exclamaciones -de asombro, de alegría y de respeto. Ignoraba yo cuál pudiera ser la -categoría de Pierrot en el ejército de los revoltosos; pero acordándome -del dominio que ejercía entre sus anteriores compañeros de cautiverio, -no tuve dificultad en comprender la importancia de que, al parecer, -gozaba entre los secuaces del levantamiento.</p> - -<p>Llegando a la línea de centinelas que vigilaba ante la gruta de -Biassou, se dirigió hacia nosotros su caudillo, el mulato Candi, -preguntando desde lejos con amenazas por qué nos atrevíamos a -aproximarnos así al general; mas cuando llegó a distancia de -percibir las facciones de Pierrot distintamente, quitóse de súbito -la <em>montera</em> recamada de oro, y, como aterrorizado de su propio -atrevimiento, hizo una reverencia, humillándose hasta el suelo, y nos -introdujo en la estancia de Biassou,<span class="pagenum" id="Page_193">[Pg 193]</span> dando en tono balbuciente mil -disculpas, a que sólo contestó Pierrot con un gesto de desdén.</p> - -<p>Aunque no me había causado sorpresa el respeto de los soldados -negros hacia Pierrot, al mirar a Candi, uno de sus principales -jefes, humillarse de tal modo ante el esclavo de mi tío, empecé ya a -preguntarme a mí propio quién pudiera ser este hombre, cuya autoridad -tan grande parecía. Y mucho subió de punto tal idea cuando vi al -generalísimo, que se hallaba solo en el momento de nuestra entrada, -comiendo con gran sosiego, levantarse precipitadamente al aspecto de -Pierrot, y, disimulando su inquieta sorpresa y su violento despecho -bajo la capa de respeto el más profundo, hacer una humilde reverencia -a mi compañero y ofrecerle su mismo trono de caoba. Pierrot rehusó -admitir la oferta.</p> - -<p>—Juan Biassou—le dijo—, no he venido a usurpar tu puesto, sino sólo -a pedirte una gracia.</p> - -<p>—Vuestra <i>Alteza</i> sabe—respondió Biassou redoblando sus -saludos—que puede disponer de cuanto dependa de Juan Biassou, de -cuanto Juan Biassou posea y aun de su misma persona.</p> - -<p>El título de <i>Alteza</i> que confería Biassou a Pierrot aumentó más -mi asombro.</p> - -<p>—No quiero tanto—repuso Pierrot con empeño—. No te pido otra cosa -que la vida y la libertad de este prisionero.</p> - -<p>Y, al decir esto, señaló hacia mí. Biassou se quedó por un instante -como cortado; pero su indecisión fué breve.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_194">[Pg 194]</span></p> - -<p>—Gran pesar me causa Vuestra <i>Alteza</i> pidiéndome lo que con sumo -dolor no puedo concederle. Este prisionero no es de Juan Biassou, no -pertenece a Juan Biassou, y Juan Biassou no manda en él.</p> - -<p>—¿Qué pretendes decir?—preguntó Pierrot con ademán severo—. ¿Pues -de quién depende? ¿Hay por ventura aquí más autoridad o poder que los -tuyos?</p> - -<p>—Sí, <i>Alteza</i>; por desgracia.</p> - -<p>—¿Y cuál?</p> - -<p>—Mi ejército.</p> - -<p>El aire zalamero y astuto con que eludía Biassou las preguntas francas -y altivas de Pierrot daba claro a entender su resolución de no conceder -otra cosa a más del respeto a que al parecer se veía obligado.</p> - -<p>—¿Cómo es eso de tu ejército?—exclamó Pierrot—. Pues qué, ¿no sabes -hacerte obedecer?</p> - -<p>Biassou, conservando su posición ventajosa, aunque sin soltar el aire -de inferioridad, contestó con aparente franqueza:</p> - -<p>—¿Y se imagina <i>Su Alteza</i> que se pueda mandar de veras a hombres -que se han rebelado por no obedecer?</p> - -<p>Yo daba demasiado poco precio a la vida para romper el silencio; pero -la ilimitada autoridad que vi a Biassou ejercer la víspera sobre sus -secuaces hubiera podido proporcionarme ocasión de desmentirle y poner a -descubierto su doblez. Pierrot le replicó:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_195">[Pg 195]</span></p> - -<p>—Pues bien: ya que no sabes mandar a tu ejército y que los soldados -hacen aquí de jefe, ¿qué motivos de odio pueden ellos abrigar contra -este prisionero?</p> - -<p>—Las tropas del gobierno acaban de dar muerte a Bouckmann—contestó -Biassou, cubriendo con un velo de tristeza su feroz y burlona -fisonomía—, y mis compañeros están resueltos a vengarse en este blanco -de la pérdida del caudillo de los negros cimarrones de Jamaica; quieren -alzar trofeo contra trofeo, y que la cabeza de este oficial haga -balanza a la cabeza de Bouckmann en la medida en que el <i lang="fr" xml:lang="fr">bon Giu</i> -bueno pesa a entrambos partidos.</p> - -<p>—¿Cómo has podido—le dijo Pierrot—adherirte a estas horribles -represalias? Escúchame atento, Juan Biassou: estas crueldades serán lo -que arruinen nuestra justa causa. Prisionero en el campamento de los -blancos, de donde logré fugarme, ignoraba la muerte de Bouckmann, que -ahora me cuentas, y que es un justo castigo del cielo por sus crímenes. -En cambio, voy a participarte otra nueva: Jeannot, aquel mismo caudillo -de los negros que sirvió a los blancos de guía para meterlos en la -emboscada de <i>Doma-Mulatos</i>, Jeannot, también acaba de morir. -Ya sabes, no me interrumpas, Biassou, que competía en lo sanguinario -con Bouckmann y contigo; ahora bien, atiéndeme: no es la cólera del -cielo ni tampoco los blancos los que le han herido, sino el mismo Juan -Francisco es quien ha hecho este acto de justicia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_196">[Pg 196]</span></p> - -<p>Biassou, que estaba escuchando con ademán sombrío de respeto, dejó -escapársele una exclamación de sorpresa. En este instante entró -Rigaud, hizo a Pierrot una profunda reverencia y se puso a hablarle en -secreto al generalísimo, cuando a la par se oía gran estrépito por el -campamento. Pierrot continuó hablando así:</p> - -<p>—... Sí, Juan Francisco, cuyo único defecto es un lujo funesto, y la -ridícula pompa de aquella carroza con seis caballos en que va todos -los días desde su campamento a oír la misa que le dice el cura de -Río Grande; Juan Francisco ha castigado los furores de Jeannot. A -pesar de las cobardes súplicas del forajido, y aunque a los últimos -momentos se abrazó con tanto terror al cura de la Marmelade, encargado -de exhortarle a bien morir, que fué preciso arrancarle de por fuerza, -al fin ayer quedó fusilado el monstruo bajo el mismo árbol, lleno de -garfios de hierro, de donde colgaba a sus víctimas vivas. Biassou, -medita en este ejemplo. ¿A qué fin esas matanzas, que obligan a los -blancos a mostrarse feroces? ¿A qué valerse de artificios para excitar -aún más el furor de nuestros desgraciados compañeros, ya de por sí -exasperados en demasía? Hay en Trou-Coffi un charlatán mulato, a quien -apellidan Romana la Profetisa, que anda fanatizando un tropel de -negros, profanando sacrílegamente la Santa Misa y haciéndoles creer que -está en relaciones con la divina Virgen, que le comunica sus oráculos -cuando introduce la cabeza en el santuario. Así incita<span class="pagenum" id="Page_197">[Pg 197]</span> a sus secuaces -a la matanza y al saqueo en nombre de María...</p> - -<p>Quizá había una expresión más tierna aún que la del acatamiento -religioso en el acento con que pronunció esta postrer palabra; y yo no -sabré decir por qué, pero me sentí ofendido e irritado.</p> - -<p>—... Pues bien—prosiguió el esclavo—, tenéis aquí en vuestro -campamento a no sé cuál obí o charlatán semejante a ese Romana la -Profetisa. No ignoro que, debiendo guiar un ejército compuesto de -hombres de todos países, de todo origen, de todos colores, es preciso -enlazarlos por algún vínculo de comunidad; pero ¿acaso no es dable -encontrarlo sino en un fanatismo feroz y en ridículas supersticiones? -Créeme, Biassou, que los blancos no son tan crueles como nosotros. A -menudo he visto a los dueños defender las vidas de sus esclavos, y -aunque no desconozco que para muchos de ellos, no la vida de un hombre, -sino una suma de dinero, era el objeto de aprecio, siquiera el egoísmo -de su propio interés les inspiraba una virtud. No seamos, pues, menos -clementes, que también nuestro provecho nos lo aconseja. ¿Será más -santa y más justa nuestra causa por ventura cuando hayamos exterminado -a las mujeres, degollado las inocentes criaturas, atormentado a los -ancianos o hecho perecer a nuestros antiguos amos entre las llamas de -sus mismas habitaciones? ¡Y, sin embargo, tales son nuestras hazañas -diarias! Respóndeme, Biassou, ¿de qué sirve dejar por testimonio de -nuestras<span class="pagenum" id="Page_198">[Pg 198]</span> huellas un rastro de cenizas o un rastro de sangre?</p> - -<p>Calló, y el fuego de sus miradas y la energía de sus acentos respiraban -tal convencimiento y fuerza de mando cuales no alcanzaré a describir. -Con los ojos bajos y el ademán de un raposo cogido en las garras del -león, meditaba Biassou el medio de esquivar tamaño poderío, y, mientras -tanto, el caudillo de las hordas de los Cayos, aquel mismo Rigaud, que -había presenciado la víspera, y con sereno aspecto, cometerse tales -horrores, aparentaba indignarse de los atentados que Pierrot tan al -vivo retrataba, exclamando con hipócrita alarma:</p> - -<p>—¡Oh, Dios mío, y lo que es un pueblo enfurecido!</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XLIII">XLIII</h3> -</div> - - -<p>Crecía en esto el estrépito por afuera, y Biassou se mostraba -desasosegado. Más tarde supe que procedía este rumor de los negros de -Morne-Rouge, quienes recorrían el campamento anunciando la llegada de -mi libertador y el intento de sostenerle, fuese cual fuera el motivo de -su visita a Biassou. Rigaud había venido a participar al generalísimo -esta circunstancia, y el temor de un funesto rompimiento fué lo que -indujo al astuto caudillo a hacer, como en efecto hizo, una especie de -aparente concesión a los deseos de Pierrot.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_199">[Pg 199]</span></p> - -<p>—Si somos algo severos con los blancos—dijo con evidente despecho—, -Vuestra <i>Alteza</i> lo es bastante con nosotros, y me agravia en -particular con achacarme el ímpetu del torrente. Pero, al cabo, ¿<em>qué -podría hacer ahora</em> para satisfacerle?</p> - -<p>—Ya lo he dicho, <em>señor</em> Biassou—replicó Pierrot—: que me dejen -llevarme a este cautivo.</p> - -<p>Biassou se quedó por unos instantes pensativo, y después exclamó, dando -a sus facciones cuanta expresión de sinceridad le fué dable.</p> - -<p>—Vamos, quiero probarle a Vuestra <i>Alteza</i> cuán grande es mi -deseo de complacerle. Permítame sólo que hable dos palabras con él en -secreto, y en seguida el prisionero quedará libre.</p> - -<p>—¿De veras?... Que por eso no quede—replicó Pierrot.</p> - -<p>Y su semblante, hasta entonces lleno de altivez y desagrado, se -encendió de júbilo. Alejóse luego unos pocos pasos, y Biassou, -llevándome a un rincón apartado de la gruta, me dijo en voz baja:</p> - -<p>—No puedo concederte la vida sino bajo una condición, y ya la sabes; -¿consientes?</p> - -<p>Y me enseñó el despacho de Juan Francisco. El consentir me hubiera -parecido ruindad, y así, le contesté:</p> - -<p>—No, no consiento.</p> - -<p>—¡Ah!—continuó con su acostumbrado sarcasmo—. ¡Conque sigues siempre -tan terco! ¡Parece que te confías mucho en tu protector! ¿Sabes quién -es, por acaso?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_200">[Pg 200]</span></p> - -<p>—Sí—le repliqué con violencia—, es un monstruo como tú, y, además, -más hipócrita.</p> - -<p>Se incorporó con un movimiento de sorpresa, y clavó los ojos en mí como -para descubrir en los míos si hablaba de veras.</p> - -<p>—¡Pues qué!—me dijo—, ¿no le conoces?</p> - -<p>—No reconozco en él—respondí con desprecio—sino a un esclavo de mi -tío que se llama Pierrot.</p> - -<p>Biassou soltó una risa de mofa:</p> - -<p>—¡Ja... ja...! ¡Vaya un caso curioso! El pide tu vida y tu libertad, y -tú le das el dictado de <em>un monstruo como yo</em>.</p> - -<p>—¡Qué me importa!—le contesté—. Si disfrutara de un momento de -libertad, no sería para pedir mi vida, sino la suya.</p> - -<p>—¿Qué significa esto?—dijo Biassou—. Hablas con aire sincero y no -supongo que te entretengas en jugar con la existencia. Algo hay aquí -que no comprendo. Un hombre a quien tú odias, te protege, y cuando él -implora por tu vida, ¡apeteces su muerte! Al cabo, nada me va en ello. -Deseas un momento de libertad, y es lo único que puedo concederte; así, -te permitiré que le acompañes si primero me empeñas tu palabra de honor -de venir a entregarte en mis manos dos horas antes de ponerse el sol. -¿No es cierto que eres francés?</p> - -<p>¿Lo confesaré, señores? La vida me era una carga, y me repugnaba -recibirla por don de manos de Pierrot, objeto por tantos motivos de -mi odio; no sé tampoco si ayudaría a mi resolución<span class="pagenum" id="Page_201">[Pg 201]</span> la certeza de -que Biassou no soltaría su presa tan fácilmente ni consentiría en mi -libertad; en fin, no apetecía sino disponer a mi albedrío de algunas -horas para acabar de cerciorarme antes de morir del destino de mi -adorada María y de mi suerte. La palabra que me pedía Biassou, confiado -en el honor de un francés, era medio seguro y fácil de conseguirlo, y -mi palabra se la di.</p> - -<p>Habiéndome ligado de esta suerte, el general se acercó a Pierrot y dijo -con tono sumiso:</p> - -<p>—Señor, el prisionero blanco queda a disposición de Vuestra -<i>Alteza</i> y en libertad de ir en su compañía.</p> - -<p>Jamás había observado pintarse tanto gozo en los ojos de Pierrot.</p> - -<p>—Gracias, Biassou—exclamó alargándole la mano—; gracias, porque -acabas de hacerme un servicio que te autoriza de aquí en adelante para -exigir cuanto de mí apetezcas. Por ahora, sigue disponiendo hasta mi -vuelta de mis hermanos de Morne-Rouge.</p> - -<p>Entonces se volvió hacia mí, diciendo:</p> - -<p>—Pues que estás libre, ven.</p> - -<p>Y me arrastró tras sí con singular energía.</p> - -<p>Biassou nos miró salir con un asombro que se distinguía aun al través -de las muestras de respeto con que despidió a mi compañero.</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_202">[Pg 202]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="XLIV">XLIV</h3> -</div> - - -<p>Ansiaba yo por quedarme a solas con Pierrot. Su turbación cuando -le pregunté por la suerte de María, la insolente ternura con que -osaba pronunciar su nombre, habían arraigado aún más los gérmenes de -execración y celos que brotaron en mi pecho cuando le vi arrebatar por -medio de las llamas en el castillo de Galifet a aquella que apenas -podía aún llamar mi esposa. ¿Qué se me daba, pues, de las generosas -reconvenciones con que había amonestado al sanguinario Biassou en mi -presencia, ni del afán que se tomaba por mi vida, ni de aquel sello -extraordinario que se veía impreso en todas sus acciones y palabras? -¿Qué se me daba de aquel misterio que le envolvía, que me le presentaba -vivo ante los ojos cuando había presenciado su muerte, que me le -ofrecía cautivo de los blancos cuando le vi sepultarse en las aguas -del Río Grande, que transformaba al esclavo en Alteza y en libertador -al prisionero? De todo este caos incomprensible, la única cosa para mí -evidente era el infame rapto de María, un ultraje que vengar, un crimen -a que imponer castigo. Los extraños sucesos que había ya presenciado, -apenas bastaban para hacerme suspender un tanto el juicio, y aguardaba -con impaciencia el momento de obligar a mi rival a explicarse. Este -momento llegó al fin.</p> - -<p>Habíamos cruzado por entre las triples filas de<span class="pagenum" id="Page_203">[Pg 203]</span> negros, que, postrados -a nuestro paso, exclamaban con asombro, y sin que yo pudiese entender -si hablaban de Pierrot o de mí:</p> - -<p>—¡Milagro! Ya no está prisionero.</p> - -<p>Habíamos traspasado los últimos límites del campamento; habíamos -perdido de vista entre los árboles y peñascos los postreros centinelas -de Biassou; <i>Rask</i> corría gozoso, adelantándose, y luego volvía a -nuestro encuentro; Pierrot caminaba con rapidez; yo, por fin, le detuve -entonces y le dije:</p> - -<p>—Escúchame ahora, que ya es excusado el ir más lejos. Los oídos -que temías ya no están a nuestro alcance ni pueden recoger nuestras -palabras; habla, pues: ¿qué has hecho de María?</p> - -<p>Una violenta emoción me ahogaba casi la trémula voz; él me miró con -dulzura, respondiendo:</p> - -<p>—¿Siempre lo mismo?</p> - -<p>—¡Sí, siempre, siempre!—exclamé arrebatado—. Te haré la misma -pregunta hasta que ambos exhalemos el postrer aliento. ¿Dónde está -María?</p> - -<p>—¿Conque nada logra disipar tus dudas de mi buena fe? Pronto lo sabrás.</p> - -<p>—¡Pronto, monstruo!—le repliqué—. ¡Ahora, ahora mismo quiero -saberlo! ¿Dónde está María? ¿Dónde está María?... ¿Me oyes? Respóndeme, -o juega tu vida a trueque de la mía. ¡Defiéndete!</p> - -<p>—Ya te he dicho que eso no puede ser—prosiguió con tristeza—. El -torrente no lucha con su manantial, y mi vida, que has salvado por -tres<span class="pagenum" id="Page_204">[Pg 204]</span> veces, no puede disputarte a ti la vida. Además, aun cuando yo -quisiera, es imposible, porque no tenemos más que un cuchillo para los -dos.</p> - -<p>Y, hablando así, sacó un puñal de su cinto, y alargándomelo:</p> - -<p>—Toma—me dijo.</p> - -<p>Estaba fuera de mí. Agarré el puñal y le hice brillar sobre su pecho, -pero no dió señales de rehuir el golpe.</p> - -<p>—¡Infame!—exclamé—. No me obligues a un asesinato. Te envainaré en -el corazón este acero si no me dices luego dónde está mi mujer.</p> - -<p>Entonces me respondió sin cólera:</p> - -<p>—Eres árbitro de hacerlo; pero te suplico de rodillas que me concedas -una hora más de vida y que vengas tras mí. Desconfías de quien te debe -tres existencias, del que apellidabas tu hermano; pero atiéndeme: si -dentro de una hora persistes en tus recelos, eres dueño de matarme; -siempre estarás a tiempo, pues ves que no trato de defenderme. Te -lo ruego en nombre de María... de tu esposa—añadió con un penoso -esfuerzo—; dame una hora más de plazo, y cuando así te imploro, no es -por mi bien, créelo, sino por el tuyo propio.</p> - -<p>Tenían sus acentos una expresión inefable de persuasión y de pesar. -Algo parecía advertirme en secreto de que quizá era sincero; que el -apego a la vida no alcanzaba para infundir en su voz aquella penetrante -ternura, aquella dulzura en sus ruegos. Cedí de nuevo a aquel imperio -secreto<span class="pagenum" id="Page_205">[Pg 205]</span> que ejercía sobre mí y que me avergonzaba entonces de confesar.</p> - -<p>—Vamos—le dije—, te concedo esta hora de prórroga y estoy pronto a -acompañarte.</p> - -<p>Quise devolverle el puñal, pero me respondió:</p> - -<p>—No, guárdatelo, porque recelas de mí, y sígueme, sin que perdamos más -tiempo en balde.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XLV">XLV</h3> -</div> - - -<p>Echó con esto de nuevo a andar, y <i>Rask</i>, que durante nuestra -conversación había hecho varias tentativas de proseguir la jornada, -volviéndose luego para mirarnos y como para preguntar por qué nos -deteníamos; <i>Rask</i>, digo, continuó alegre su camino. Nos -enmarañamos a través de una selva virgen, y a la media hora tropezamos -con una verde pradera, bañada por las cristalinas aguas de un manantial -que brotaba entre las peñas y cercada en torno de frondosos árboles, -cuyos gruesos y robustos troncos eran el vivo testimonio de los pasados -siglos. Una gruta, cuya cenicienta boca teñía de verde una multitud -de enredaderas, clemátides, lianas, jazmines, daba salida al prado; -<i>Rask</i> corrió a ladrar a la entrada; pero Pierrot le hizo una -seña, y, agarrándome por la mano, sin pronunciar una sola palabra, me -introdujo en la gruta.</p> - -<p>Una mujer estaba adentro, con la espalda vuelta a la luz y sentada en -una estera de juncos; al<span class="pagenum" id="Page_206">[Pg 206]</span> ruido de nuestros pasos volvió el rostro, -y... amigos, era mi María.</p> - -<p>Llevaba aún, como el día de nuestra boda, un vestido blanco, y adornaba -todavía sus cabellos la corona de azahar, último tocado virginal de -la tierna esposa, emblema de pureza que aún no habían desprendido mis -manos de sus sienes. Me vió, me conoció, lanzó un grito y cayó entre -mis brazos, moribunda de júbilo y de sorpresa; yo estaba fuera de mí -mismo.</p> - -<p>A este grito, una vieja, llevando un niño en los brazos, acudió de otra -estancia en lo más profundo de la gruta: era la nodriza de María, con -el más niño de los hijos de mi desgraciado tío. Mientras tanto, Pierrot -había ido a buscar agua del manantial, y salpicó con algunas gotas -el semblante de María, que, al sentir su frescura, volvió en sí, y, -entreabriendo los ojos:</p> - -<p>—¡Leopoldo!—dijo—. ¡Leopoldo mío!</p> - -<p>—¡María!...—le respondí, y el resto de mis palabras se perdió en el -arrullo de un beso.</p> - -<p>—¡Oh, siquiera no en mi presencia!—exclamó una voz penetrante.</p> - -<p>Alzamos luego la vista, y era Pierrot. Allí estaba, asistiendo a -nuestras caricias como a un suplicio. Hinchados los pulmones, respiraba -apenas, temblaban todos sus miembros y gruesas gotas de un sudor helado -le chorreaban por la frente. De súbito escondió el semblante entre las -manos, y salióse huyendo de la gruta, repitiendo en acentos terribles:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_207">[Pg 207]</span></p> - -<p>—¡Siquiera no en mi presencia!</p> - -<p>María se medio incorporó entre mis brazos, y, siguiéndole con la vista, -exclamó:</p> - -<p>—¡Dios eterno! Leopoldo mío, parece como si nuestros amores le -atormentaran. ¿Me amará, por ventura?</p> - -<p>El grito del esclavo me había anunciado que era mi rival; la -exclamación de María anunciaba que también era mi amigo.</p> - -<p>—María—le respondí, y un gozo inefable se derramó en mi alma, a la -vez que una mortal pesadumbre—. ¡María! Pues qué, ¿lo ignorabas?</p> - -<p>—Y lo ignoro aún—me respondió, cubierta de casto rubor—. ¿De veras? -¿Me ama? Jamás lo hubiera conocido.</p> - -<p>La estreché a mi corazón con delirio, exclamando:</p> - -<p>—Encuentro a mi esposa y a un amigo; ¡cuán feliz soy y cuán criminal! -Había sospechado de él.</p> - -<p>—¡Cómo!—prosiguió María con asombro—. ¿Dudabas de él? ¿De Pierrot? -¡Ah, sí, eres muy criminal! Por dos veces le debes mi vida, y aun -quizá—añadió, bajando los ojos—le debes más aún. A no ser por su -socorro, el caimán del río me habría devorado; a no ser por su socorro, -los negros... Pierrot fué quien me arrancó de entre sus manos cuando -iban ya, sin duda, a inmolarme como a mi desgraciado padre.</p> - -<p>Aquí suspendió la voz para soltar el llanto.</p> - -<p>—¿Y por qué razón—le pregunté—no te envió<span class="pagenum" id="Page_208">[Pg 208]</span> luego Pierrot a la ciudad -del Cabo, donde estaba tu esposo?</p> - -<p>—Lo ha intentado—me replicó—; pero no fué posible. Teniendo que -recelarse tanto de los negros como de los blancos, era dificilísima -empresa. Además, ignorábamos lo que era de ti. Algunos decían que te -habían visto caer muerto; pero Pierrot me aseguraba que no era así, y -no estaba bien convencida, porque, en tal caso, algún indicio secreto -me lo hubiera avisado, y si la muerte te hubiese alcanzado, también yo -hubiera muerto en el instante mismo.</p> - -<p>—¿Y Pierrot te condujo a este lugar?</p> - -<p>—Sí, Leopoldo mío; él único era sabedor de esta gruta solitaria, y -como había salvado a la par que a mí a los restos de mi familia, mi -pobre nodriza y mi hermanito, nos trajo aquí escondidos. Te aseguro -que es una estancia muy agradable, y si no fuese por los estragos -de la guerra, para quien no hay asilo secreto, me alegraría ahora, -que estamos arruinados, de vivir aquí contigo, y Pierrot proveería a -nuestras necesidades. Venía él a menudo a visitarme; traía una pluma -rojiza en la cabeza, y siempre me consolaba y me hablaba de ti, y me -aseguraba que volvería a verte. Con todo, como no le había visto en -tres días, ya comenzaba a tener inquietud, cuando volvió contigo. -¡Pobre Pierrot! ¿Conque fué a buscarte?</p> - -<p>—Sí—le respondí.</p> - -<p>—Pero, entonces, ¿cómo es dable—repuso ella—que esté enamorado de -mí? ¿Estás seguro?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_209">[Pg 209]</span></p> - -<p>—¡Ahora lo estoy!—repliqué—. Él es quien, a punto de clavarme el -puñal, se dejó vencer por el temor de afligirte; él quien te entonaba -cánticos de amor en la glorieta del río.</p> - -<p>—¡De veras!—prosiguió María con inocente sorpresa—. ¡Conque es -tu rival! ¡Aquel tunante de las flores se ha convertido en el buen -Pierrot! No puedo creerlo. Tenía conmigo un aire tan humilde, tan -respetuoso, ¡más aún que cuando era esclavo! Verdad es que solía -mirarme a veces con un aire muy extraño; pero no era más que de -tristeza, y yo lo atribuía a mis desgracias. ¡Si supieras con qué -apasionado ardor hablaba de mi Leopoldo! Su amistad era casi tan -vehemente como mi amor.</p> - -<p>Estas explicaciones de María me colmaban a la vez de júbilo y de pena.</p> - -<p>Recordé con cuánta crueldad había tratado al generoso Pierrot, y sentí -toda la fuerza de sus tiernas y mansas quejas: “¡No soy yo el ingrato!”</p> - -<p>En este mismo instante volvió a entrar Pierrot; su fisonomía tenía un -aspecto sombrío y doloroso. Parecía como un reo que le traen del potro, -pero que regresa triunfante. Se adelantó hacia mí con paso mesurado, y, -señalándome al puñal que tenía en el cinto, me dijo con acento grave:</p> - -<p>—Se pasó la hora.</p> - -<p>—¡La hora! ¿Qué hora?—le pregunté.</p> - -<p>—La que me habías concedido de plazo, porque la necesitaba para -conducirte aquí. Entonces te<span class="pagenum" id="Page_210">[Pg 210]</span> supliqué que me perdonases la vida, y -ahora imploro de ti que me la arranques.</p> - -<p>Las más dulces emociones del corazón, el amor, la amistad, la gratitud, -se reunían en el momento mismo para destrozarme el pecho, y caí a -los pies del esclavo sollozando amargamente, sin poder proferir una -palabra. Él me levantó con precipitación, y</p> - -<p>—Qué haces?—me dijo.</p> - -<p>—Tributarte el homenaje que te mereces: ya no soy digno de una amistad -como la tuya. Tu agradecimiento no puede llegar al colmo de perdonar mi -ingratitud.</p> - -<p>Duró por algún tiempo en sus facciones una expresión de aspereza, y -parecía como que estaba experimentando una violenta lucha; dió un paso -hacia mí, y luego echóse atrás; abrió los labios y guardó silencio. Mas -este intervalo fué breve, y extendió los brazos, diciendo:</p> - -<p>—¿Puedo ahora llamarte hermano mío?</p> - -<p>No le respondí sino estrechándome contra su corazón; él añadió, tras -una corta pausa:</p> - -<p>—Tú eres bueno; pero la desdicha te había vuelto injusto.</p> - -<p>—Encontré a mi hermano—le respondí—, y ya no seré por más tiempo -desdichado; pero soy muy criminal.</p> - -<p>—¡Criminal! Hermano, yo lo he sido también, y más que tú. ¡Pero tú ya -no eres desgraciado, y yo... yo lo seré para siempre!</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_211">[Pg 211]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="XLVI">XLVI</h3> -</div> - - -<p>El gozo que los primeros transportes de la amistad habían hecho brillar -en sus mejillas se desvaneció, y su fisonomía cobró un aspecto de -tristeza tan singular cuanto enérgico.</p> - -<p>—Escúchame—dijo en tono de frialdad—: mi padre era rey en el -Kakongo; administraba justicia a sus súbditos en el umbral de su -morada, y a cada fallo bebía, según es costumbre de los reyes, una copa -colmada con el vino de sus palmas. Allí vivíamos felices y poderosos. -Pero vinieron los europeos, y me enseñaron esos fútiles adornos del -saber que te causaron tal sorpresa. Su caudillo era un capitán español -que le prometió a mi padre Estados más vastos y mujeres blancas; mi -padre le siguió con toda su familia... ¡Hermano, nos vendieron!</p> - -<p>Se le hinchó al negro el pecho de cólera, y sus ojos brotaban chispas; -tronchó maquinalmente un tierno arbolillo que estaba a su lado, y -después continuó, sin parecer ya dirigirse a mí:</p> - -<p>—El señor del país del Kakongo tuvo un dueño, y su hijo se afanó -trabajando como esclavo en los surcos de Santo Domingo. Para domarlos -con mayor facilidad separaron al padre anciano del león mancebo. -Arrancaron a la esposa del lado de su esposo para sacar más ganancia -uniéndolos con otros. Las tiernas criaturas buscaban a la madre que -las crió a sus pechos, al padre que las bañaba<span class="pagenum" id="Page_212">[Pg 212]</span> en el torrente, y no -encontraron sino a tiranos y bárbaros, y durmieron revueltas entre los -perros.</p> - -<p>Calló, y sus labios seguían moviéndose sin hablar; sus miradas andaban -desatentadas. Por fin me agarró del brazo con violencia.</p> - -<p>—Hermano, ¿lo oyes? Me han vendido, he pasado de un dueño a otro como -un vil animal. ¿Te acuerdas del suplicio de Ogé? Pues en aquel día -volví a ver a mi padre, pero entre los martirios de la rueda.</p> - -<p>Yo me estremecí, y él prosiguió:</p> - -<p>—¡Mi esposa la prostituyeron a los blancos! Escucha, hermano: ha -muerto y me ha pedido venganza. ¿Te lo confesaré?—continuó titubeando -y bajando los ojos—. He sido criminal: he amado a otra... Pero sigamos -adelante.</p> - -<p>Todos los míos me instaban por que los libertase y me vengara; -<i>Rask</i> era el confidente que me traía sus mensajes.</p> - -<p>Yo no podía satisfacerlos, porque también me encontraba en los -calabozos de tu tío. El día en que obtuviste mi perdón, salí para -arrancar a mis hijuelos de las garras de un amo feroz; llegué, hermano, -y el postrero de los descendientes del rey del Kakongo acababa de -expirar bajo el azote de un blanco; los otros le habían precedido en la -misma jornada.</p> - -<p>Aquí cortó el hilo de su discurso y me preguntó con indiferencia:</p> - -<p>—Hermano, ¿qué hubieras tú hecho?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_213">[Pg 213]</span></p> - -<p>Este terrible cuento me había helado de horror y no pude responder a su -pregunta sino por un gesto de amenaza. Él me comprendió, se sonrió con -amargura y prosiguió en estos términos:</p> - -<p>—Sus esclavos se levantaron contra el amo y castigaron el asesinato de -mis hijos. Me eligieron por cabeza, y ya tú bien sabes los destrozos -que ocasionó esta rebelión. Supe que los esclavos de tu tío se -preparaban a seguir el ejemplo, y llegué al Acul la noche misma en que -la insurrección se aproximaba. Tú estabas ausente; tu tío yacía en su -lecho cosido a puñaladas; los negros iban ya incendiando las haciendas, -y no pudiendo aplacar su furor porque creían vengarme quemando la -morada de tu tío, hube de contentarme con salvar lo que subsistía de -tu familia. Entré en el castillo por el boquete que tenía dispuesto, -y entregué a los cuidados de un negro fiel a la nodriza de tu mujer. -Más afanes pasé por salvar a tu María: había corrido hacia la parte -incendiada de la fortaleza en busca de su hermano el más niño, único -que escapó de la matanza, y estaba rodeada de negros próximos a darle -muerte. Me presenté y les mandé que me dejaran tomar venganza por mis -propias manos: obedecieron y se retiraron; agarré a tu mujer en los -brazos, confié el niño a <i>Rask</i> y los conduje a entrambos a esta -gruta, de cuya existencia y sendero era sabedor yo solo. Hermano, he -aquí mi crimen.</p> - -<p>Más y más penetrado a cada vez de arrepentimiento y de gratitud, quise -volver a arrojarme a<span class="pagenum" id="Page_214">[Pg 214]</span> los pies de Pierrot; pero él me contuvo, como -ofendido.</p> - -<p>—Vamos—me dijo tras un momento de silencio y agarrándome de la -mano—; toma a tu mujer y echemos a andar los cinco.</p> - -<p>Yo le pregunté con sorpresa adónde quería conducirnos.</p> - -<p>—Al campamento de los blancos—me respondió—. Este asilo ya no es -seguro, porque mañana, al amanecer, van a atacar los blancos las -posiciones de Biassou, y no hay duda de que incendiarán el bosque. Y, -además, no tenemos un momento que perder, porque diez cabezas están -pendientes de la mía; podemos darnos prisa, porque tú estás libre; lo -debemos, porque yo no lo estoy.</p> - -<p>Tales palabras acrecentaron mi sorpresa, y le pedí aclaración.</p> - -<p>—Pues qué—contestó con ademán de impaciencia—, ¿no has oído decir -que Bug-Jargal estaba prisionero?</p> - -<p>—Sí; mas ¿qué tienes tú que ver con ese Bug-Jargal?</p> - -<p>A su vez pareció sorprendido, y respondió con gravedad:</p> - -<p>—Yo soy Bug-Jargal.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="XLVII">XLVII</h3> -</div> - - -<p>Estaba, por decirlo así, acostumbrado a ver y oír prodigios respecto -de aquel hombre. No sin gran extrañeza acababa de contemplar un -minuto<span class="pagenum" id="Page_215">[Pg 215]</span> antes al esclavo Pierrot transformarse en monarca africano, y -ahora llegó mi admiración a su colmo al reconocer en él al terrible y -magnánimo Bug-Jargal, cabeza de los rebeldes de Morne-Rouge. Entonces -comprendí de dónde provenía el homenaje que los negros todos, incluso -el mismo Biassou, tributaban al caudillo Bug-Jargal, al rey del Kakongo.</p> - -<p>Parecía como que no observaba la impresión que en mí hicieron sus -palabras postreras, y prosiguió hablando:</p> - -<p>—Me habían dicho que también tú, por tu parte, estabas prisionero en -el campamento de Biassou, y vine a libertarte.</p> - -<p>—¿Por qué me decías, pues, que no estabas libre?</p> - -<p>Miróme como para tratar de adivinar el motivo de pregunta tan natural, y:</p> - -<p>—Escucha—me dijo—; esta mañana estaba prisionero entre los tuyos, -cuando oí anunciar que Biassou había declarado su intención de dar -muerte antes de la puesta del sol a un cautivo joven llamado Leopoldo -d’Auverney. Entonces reforzaron las guardias de mi prisión, y supe que -mi suplicio se seguiría al tuyo, y que, en caso de evasión, diez de mis -compañeros responderían por mí. Ya ves que estoy de prisa.</p> - -<p>Volví a detenerle, preguntando:</p> - -<p>—¿Pero te has escapado?</p> - -<p>—¿Pues cómo había de estar aquí? ¿No era preciso salvarte? ¿No -te debía yo la vida? Pero,<span class="pagenum" id="Page_216">[Pg 216]</span> vamos, sígueme: estamos a una hora de -distancia, tanto del campamento de los blancos cuanto del de Biassou. -Mira: la sombra de los cocoteros se va alargando, y su cogollo aparece -en la hierba del prado cual el enorme huevo de un cóndor. Dentro de -tres horas, el sol se habrá ya puesto; anda, hermano, que el tiempo nos -urge.</p> - -<p><em>Dentro de tres horas, el sol se habrá puesto</em>; estas sencillas -palabras me helaron de terror, cual un fúnebre espectro, porque -me recordaron la fatal promesa que le había hecho a Biassou. ¡Ay! -¡Volviendo a ver a María había olvidado nuestra separación próxima -y eterna! Embriagado de júbilo, tantas emociones me arrebataron la -memoria, ¡y no recordé la muerte en brazos del placer! Las palabras de -mi amigo me trajeron de súbito la imagen de mi infortunio. <em>¡Dentro -de tres horas, el sol se habrá puesto!</em> Y necesitaba una entera para -llegar al campamento de Biassou. Mis deberes estaban imperiosamente -prescritos: el infame tenía mi palabra, y antes morir mil veces que -dar a semejante bárbaro derecho para menospreciar la única cosa en -que, al parecer, tenía aún fe: el honor de un francés. La alternativa -era terrible, y elegí lo que elegir debía; pero habré de confesarlo, -señores, que titubeé por un momento. ¿Fuí, acaso, tan de culpar?</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_217">[Pg 217]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="XLVIII">XLVIII</h3> -</div> - - -<p>Al cabo, lanzando un suspiro, agarré con una mano las de Bug-Jargal, -y con la otra las de mi pobre María, que contemplaba con inquietud el -sombrío aspecto de mis facciones.</p> - -<p>—Bug-Jargal—dije haciendo un esfuerzo—; Bug-Jargal, hermano, te -recomiendo la guardia del único ser en el universo a quien amo más que -a ti: la guardia de María. ¡Volved sin mí al campamento, porque yo no -puedo seguiros!</p> - -<p>—¡Dios eterno!—exclamó María pudiendo respirar apenas—. ¡Alguna -nueva desdicha!</p> - -<p>Bug-Jargal se había estremecido, y una dolorosa sorpresa se pintó en -sus ojos.</p> - -<p>—Hermano, ¿qué nos dices?</p> - -<p>El terror que oprimía a María a la sola idea de una desdicha que su -previsor cariño demasiado bien parecía adivinar, me obligó a ocultarle -la realidad y excusarle tan horrorosa despedida. Inclinéme, pues, al -oído de Bug-Jargal y le dije en voz baja:</p> - -<p>—Estoy prisionero. Le he jurado a Biassou entregarme en sus manos dos -horas antes de terminarse el día: he prometido morir.</p> - -<p>Al oírme bramaba de cólera, y su voz cobró un acento terrible:</p> - -<p>—¡Oh, monstruo! He aquí por qué me pidió hablarte en secreto para -arrancarte esta promesa. ¡Yo debiera haberme recelado del inicuo -Biassou!<span class="pagenum" id="Page_218">[Pg 218]</span> ¿Cómo no me sospeché algún acto de perfidia? ¡Oh! ¡No es -negro, es un mulato!</p> - -<p>—¿Qué significa eso? ¿Qué promesa? ¿Qué perfidia? ¿Quién es ese -Biassou?—dijo María atemorizada.</p> - -<p>—Cállate, cállate—le repetí en secreto a Bug-Jargal—; cállate, no la -asustemos.</p> - -<p>—Pero bien—me preguntó con tono sombrío—, ¿cómo consentiste en hacer -tal promesa? ¿Por qué se la diste?</p> - -<p>—Te creía ingrato, creía perdida a mi María; ¿qué me importaba el -vivir?</p> - -<p>—Pero una promesa verbal no puede obligarte con ese infame.</p> - -<p>—Le empeñé mi palabra de honor.</p> - -<p>Se quedó recapacitando, como para procurar comprenderme.</p> - -<p>—¡Tu palabra de honor! ¿Qué es eso? ¿Habéis bebido en la misma copa? -¿Habéis roto entre los dos un anillo o tronchado una rama de arce con -sus flores rojizas?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues bien, ¿qué es lo que quieres decir? ¿Cómo has podido ligarte?</p> - -<p>—Mi honor—le repliqué.</p> - -<p>—No sé lo que eso significa; nada hay que te empeñe con Biassou: ven -con nosotros.</p> - -<p>—No puedo, hermano; lo he prometido.</p> - -<p>—No, no lo has prometido—prorrumpió con arrebato.</p> - -<p>Y luego, alzando la voz:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_219">[Pg 219]</span></p> - -<p>—Hermana, júntate a mí e impide que tu marido nos abandone. Quiere -volverse al campamento de los negros, de donde le he sacado, bajo -pretexto de que le ha ofrecido morir a su caudillo, a Biassou.</p> - -<p>—¿Qué has hecho?—exclamé.</p> - -<p>Pero era demasiado tarde para cortar este arranque generoso, que le -llevaba a implorar el socorro de la mujer que amaba para salvarle la -vida a su mismo rival, y rival favorecido. María se había lanzado a mis -brazos con un grito de desesperación, y, colgada de mi cuello por sus -manos entrelazadas, se dejaba caer sobre mi corazón, sin fuerza y sin -aliento apenas.</p> - -<p>—¡Oh!—decía sollozando, en voz apagada—. ¿Qué es lo que dice, -Leopoldo mío? ¿No es verdad que me engaña y que tú, en el momento -de reunirnos, no quieres volver a alejarte de mi lado y a separarte -para morir? Respóndeme, o yo seré la que muera. ¡Tú no tienes derecho -para abandonar tu vida, porque no debes sacrificar la mía! ¿Quieres -separarte de mí para no volver jamás a verme?</p> - -<p>—María—contesté—, no le creas; tengo que alejarme, es cierto, pero -también es preciso, y nos volveremos a encontrar en otros lugares.</p> - -<p>—¡En otros lugares!—prosiguió ella con espanto—. ¡En otros lugares! -¿Adónde?...</p> - -<p>—¡En el cielo!—le respondí, falto de fuerza para engañar a aquel -ángel.</p> - -<p>Se desmayó otra vez; pero ahora era de dolor.<span class="pagenum" id="Page_220">[Pg 220]</span> El tiempo urgía, y yo la -coloqué en los brazos de Bug-Jargal, cuyos ojos rebosaban en lágrimas.</p> - -<p>—¿Y nada puede detenerte?—me dijo—. Nada añadiré a lo que estás -viendo. ¿Cómo puedes resistir a María? Por una sola de las palabras -que te ha dirigido le hubiera yo sacrificado el orbe, ¡y tú no quieres -hacerle el sacrificio de vivir!</p> - -<p>—¡El honor!—le respondí—. Adiós, hermano; adiós, Bug-Jargal; te la -encargo.</p> - -<p>Me agarró de la mano; estaba pensativo y apenas parecía escucharme.</p> - -<p>—Hermano, hay en el campamento de los blancos uno de tus parientes, y -a ése le entregaré a María. Por lo que a mí hace, no cabe aceptar tu -confianza.</p> - -<p>Y señaló a las cumbres de un monte vecino, cuya cima dominaba toda la -comarca.</p> - -<p>—¿Ves ese peñón? Cuando la señal de tu muerte aparezca en él, el -pregón de la mía no tardará en resonar. Adiós.</p> - -<p>Sin hacer alto en el sentido incógnito de estas palabras, le abrazé, -sellé con un beso la pálida frente de María, que, gracias al cuidado -de su nodriza, empezaba a reanimarse, y eché a huir con precipitación, -temeroso de que su primera mirada, su primer lamento, desarmasen mi -fortaleza.</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_221">[Pg 221]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="XLIX">XLIX</h3> -</div> - - -<p>Eché a huir, repito, y me lancé a través del bosque, siguiendo la -huella que habíamos dejado y sin atreverme a volver siquiera la vista -atrás. Como para embotar las ideas que me acosaban, corrí sin descanso -por entre la espesura, por las praderas y por los collados, hasta que -al fin, desde lo alto de una roca, el campamento de Biassou, con sus -enjambres de negros, apareció ante mis ojos. Allí me detuve. Tocaba -en el fin de mi jornada y de mi existencia. El cansancio y la emoción -agotaron mis fuerzas; me apoyé a un tronco por sostenerme, y dejé -espaciarse la vista por el cuadro que en la vega fatal se ostentaba a -mis pies.</p> - -<p>Antes de aquel instante me creía haber apurado todo el cáliz de -hiel y amargura; pero no conocía aún el mayor de los pesares: el de -verse obligado por una fuerza moral, superior a los acaecimientos, a -renunciar voluntariamente vivo a la vida y venturoso a la ventura. -Pocas horas ha, ¡qué me importaba estar sobre la tierra! Yo no vivía, -porque el extremo de la desesperación es una especie de muerte que -nos hace desear la muerte verdadera. Pero aquella desesperación había -desaparecido: mi perdida María había vuelto a mis brazos; mi felicidad -difunta había, por decirlo así, de súbito resucitado; mi antiguo ser -se había convertido en mi porvenir; mis eclipsados<span class="pagenum" id="Page_222">[Pg 222]</span> ensueños habían -de nuevo brotado, y ahora más que nunca seductores; la vida, en fin, -una vida de juventud, de amor y de delicias, me presentaba radiante la -perspectiva de sus infinitos horizontes. Y esta florida senda de la -vida podía comenzar a pisarla de nuevo; todo a ello me incitaba, en mi -ánimo y en los objetos externos; ningún obstáculo material, ninguna -traba aparente; yo era libre, dichoso, y, sin embargo, ¡me era preciso -el morir! Apenas había estampado una vez mi huella en aquel paraíso -de deleites, cuando no sé qué deber, ni glorioso siquiera, me forzaba -a retroceder hacia un suplicio. La muerte es leve cosa para un alma -marchita y helada ya por la adversidad; mas, ¡oh, cuán agudo es su -golpe, cuán glacial es su mano cuando caen sobre un corazón que lozano -crece, fecundado por los goces de la existencia! Yo lo probé. Por un -instante salí del sepulcro; me había embriagado en aquel fugaz momento -con los placeres más puros y más celestiales de la tierra: la amistad, -la libertad, el amor; y ahora tenía de nuevo que hundirme rápidamente -en la tumba.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="L">L</h3> -</div> - - -<p>Cuando la flaqueza del dolor hubo pasado, una especie de rabia se -apoderó de mí, y corrí precipitado hacia el valle, porque sentía la -necesidad de abreviar el trago. Me presenté en los puestos avanzados -de los negros, y, ¡cosa extraña!, rehusaban<span class="pagenum" id="Page_223">[Pg 223]</span> admitirme, y aun tuve que -rogárselo. Por fin, dos de entre ellos se apoderaron de mi persona y -tomaron el cargo de conducirme a la estancia de Biassou.</p> - -<p>Entré, pues, en la caverna de aquel caudillo, ocupado en hacer jugar -los muelles de varias máquinas de tormento que tenía en torno de sí. Al -ruido que hicieron sus guardias introduciéndome, volvió la cabeza y no -se manifestó atónito de mi presencia.</p> - -<p>—¿Ves?—me dijo ostentando el horrible aparato que le rodeaba.</p> - -<p>Yo permanecí sosegado, porque conocía al “<em>héroe</em> de la humanidad” -y estaba resuelto a sufrirlo todo con entereza.</p> - -<p>—¿No es verdad?—añadió riéndose en tono de escarnio—. ¿No es verdad -que Leogrí fué muy afortunado en escapar con la horca?</p> - -<p>Le miré sin responder y con ademanes de frío desdén.</p> - -<p>—Que le avisen al señor padre capellán—dijo él entonces, dirigiéndose -a uno de sus ayudantes.</p> - -<p>Por un momento quedamos los dos en silencio, mirándonos cara a cara. -Yo le observaba; él me espiaba. En este instante entró Rigaud, como -agitado, y conferenció en secreto con el generalísimo.</p> - -<p>—Que se mande aviso a todos los jefes de mi ejército—dijo Biassou con -sosiego.</p> - -<p>Y, al cabo de un cuarto de hora, todos los jefes,<span class="pagenum" id="Page_224">[Pg 224]</span> con sus diversos y -tan extraños adornos, estaban reunidos delante de la gruta. Entonces, -Biassou se levantó.</p> - -<p>—Escuchad, <em>amigos</em>; los blancos piensan atacarnos en este -punto al amanecer, y como la posición es mala, conviene abandonarla. -Pongámonos todos en movimiento al entrar la noche, y nos acogeremos a -la frontera española. Tú, Macaya, llevarás la vanguardia con tus negros -cimarrones; tú, Padrejan, clavarás las piezas tomadas a la artillería -de Praloto, que no pueden llevarse por la montaña. Los valientes de -la <i lang="fr" xml:lang="fr">Croix-des-Bouquets</i> se pondrán en marcha detrás de Macaya. -Toussaint irá en seguida con los negros de Leogane y de Trou. Si -los griotos y griotas meten ruido, al verdugo del ejército se los -encomiendo. El teniente coronel Cloud repartirá los fusiles ingleses -recién desembarcados en el cabo Cabrón, y guiará a los mestizos ex -libres por los senderos de la Vista. Si quedan prisioneros, que se -degüellen; que se masquen las balas; que se envenenen las flechas, y -que se arrojen tres toneladas de arsénico en el manantial que da abasto -de agua para el campamento; los coloniales pensarán que es azúcar y -se la beberán sin recelo. Los batallones del Limbé, del Dondon y del -Acul marcharán detrás de Cloud y de Toussaint. Que se embaracen con -peñas todas las entradas de la vega; deshaced los caminos e incendiad -los bosques. Tú, Rigaud, quédate a mi lado, y tú, Candi, reune a mis -guardias. En fin, los negros de Morne-Rouge<span class="pagenum" id="Page_225">[Pg 225]</span> formarán la retaguardia y -no evacuarán el terreno hasta el despuntar del día.</p> - -<p>Y luego, inclinándose al oído de Rigaud, le dijo en voz baja:</p> - -<p>—Son los negros de Bug-Jargal, y ¡ojalá que los exterminaran aquí! -<em>Muerta la tropa, muerto el jefe.</em></p> - -<p>—Vamos, <em>hermanos</em>—añadió incorporándose—. Candi dará el santo -y la contraseña.</p> - -<p>Los jefes se retiraron.</p> - -<p>—Mi general—dijo Rigaud—, sería menester enviar los oficios de Juan -Francisco, porque nuestras cosas van mal y quizá podría entretenerse a -los blancos.</p> - -<p>Biassou los sacó de prisa de su faltriquera.</p> - -<p>—Tienes razón en recordármelo; pero hay tantas faltas de gramática, -como ellos dicen, que se burlarán de nosotros.</p> - -<p>En seguida me presentó el papel.</p> - -<p>—Escucha, ¿quieres salvarte la vida? Mi bondad condesciende en -preguntárselo otra vez más a tu obstinación. Ayúdame a componer esta -carta; yo dictaré las ideas y tú me las pondrás en <em>estilo blanco</em>.</p> - -<p>Hice con la cabeza un gesto de negativa, y aparentó impacientarse.</p> - -<p>—¿Quieres decir que no?—me preguntó.</p> - -<p>—No; mil veces no—le repliqué.</p> - -<p>Volvió a insistir, y me dijo:</p> - -<p>—Reflexiónalo bien.</p> - -<p>Mientras tanto, sus ojos procuraban demostrarme<span class="pagenum" id="Page_226">[Pg 226]</span> los instrumentos del -verdugo con que se entretenía.</p> - -<p>—Porque lo he reflexionado—le contesté—, me niego a ello. Parece -que tienes temores por ti y los tuyos y que confías en esa carta para -retardar la venida y la venganza de los blancos. Rehuso, pues, una -existencia que pudiera quizá servir para salvar la tuya. Manda luego -que empiecen mis tormentos.</p> - -<p>—¡Hola, <em>muchacho</em>!—respondió Biassou dando un puntapié a los -instrumentos de tortura—. Creo que te vas familiarizando con esto, y -de veras que siento en el alma no tener tiempo para hacer una prueba. -Esta posición es peligrosa, y necesito salir de ella lo más pronto -posible. ¿Conque no quieres ser mi secretario? Al cabo, no lo yerras, -porque lo mismo te hubiera sucedido después, pues nadie puede vivir -sabiendo un secreto de Biassou, y, además, le he dado promesa de tu -muerte al padre capellán.</p> - -<p>Con esto se volvió al obí, que acababa de entrar en el aposento.</p> - -<p>—<i lang="fr" xml:lang="fr">Bon per</i>, ¿está preparada su escolta? El obí hizo un gesto -afirmativo con la cabeza.</p> - -<p>—¿Habéis escogido para el servicio negros de Morne-Rouge? Son los -únicos del ejército que no están ocupados en los preparativos de marcha.</p> - -<p>El obí respondió que sí por otra seña.</p> - -<p>Entonces Biassou me señaló la gran bandera negra en que había ya -reparado, y que estaba en un rincón de la caverna.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_227">[Pg 227]</span></p> - -<p>—He aquí lo que anunciará a los tuyos que pueden darle el ascenso -de capitán al teniente de tu compañía. Y hablando de eso, una vez -que vienes de pasearte por el campo, ¿qué tal te han parecido estos -contornos?</p> - -<p>—He visto—le respondí con frescura—que hay árboles sobrados para -ahorcarte a ti y a toda tu gavilla.</p> - -<p>—Pues mira—replicó con un tono de burla forzado—, hay un sitio que -sin duda no conoces, y que el bendito <i lang="fr" xml:lang="fr">bon per</i> se va a tomar la -molestia de enseñarte. Adiós, señorito capitán; memorias a Leogrí.</p> - -<p>Y luego me saludó con aquella carcajada que me recordaba el ruido de -una serpiente de cascabel; hizo un gesto, me volvió la espalda, y los -negros me llevaron de allí; el obí nos acompañaba con su velo echado y -el rosario en la mano.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="LI">LI</h3> -</div> - - -<p>Caminé entre medio de ellos sin tratar de hacer resistencia, que -hubiera sido enteramente inútil. Subimos a la cima de un cerro situado -a poniente de la vega, donde descansamos un breve instante, y eché -la última mirada hacia el astro que iba a sepultarse en las ondas -para jamás volver a alumbrar mis párpados. Los guías se levantaron, y -bajamos a un estrecho valle, que me hubiera encantado en cualquier otro -momento. Un torrente lo<span class="pagenum" id="Page_228">[Pg 228]</span> atravesaba en todo su ancho, fecundizando con -su extrema humedad la tierra, y luego, llegado al extremo, se perdía -en uno de aquellos azules y cristalinos lagos que con tanta frecuencia -hermosean el interior de las cañadas de Santo Domingo. ¡Cuántas veces, -en tiempos más felices, me había sentado, para alimentar las ilusiones -de mi fantasía, a la orilla de aquellos deliciosos lagos en la hora -del crepúsculo, cuando sus azuladas aguas se iban convirtiendo en un -manto de plata, salpicado de doradas lentejuelas, donde rielaba en las -olas el primer resplandor de los nocturnos luceros! Y pronto llegaría -aquella hora misma; pero antes había yo de desaparecer. ¡Qué hermoso me -pareció el valle! Allí crecían plátanos con flores de arce, de un vigor -y lozanía prodigiosos; allí, espesas enramadas de <i>mauricias</i>, -especie de palma que no tolera ninguna otra vegetación bajo su sombra; -allí, palmas de dátiles; allí, magnolias, con sus enormes flores; -allí, inmensas catalpas lucían sus recortadas y brillantes hojas entre -los dorados racimos del ébano falso, entrelazados con las azules -aureolas de aquella especie de madreselva silvestre que apellidan los -negros <i>coalí</i>. Frescos cortinajes de bejucos escondían entre su -verdor los descarnados peñascos de las vecinas laderas. El aire estaba -impregnado de suaves olores, que por dondequiera se exhalaban de este -suelo virgen, y formaban un delicioso aroma, cual debió respirarle el -primer hombre entre las rosas primeras del paraíso. Así caminábamos, -mientras<span class="pagenum" id="Page_229">[Pg 229]</span> tanto, por un sendero, a lo largo del torrente y contra el -curso de sus ondas, hasta que, con sorpresa mía, terminó esta senda -en un peñón tajado, a cuyos pies reparé una abertura en forma de -arco, por donde brotaban las aguas. Un sordo estruendo y un viento -impetuoso salían por aquel respiradero natural. Los negros tomaron a -la izquierda, por un camino desigual y tortuoso, que parecía la rambla -de un torrente de largo tiempo atrás ya seco. Una bóveda, medio cegada -por las zarzas, acebos y espinos silvestres, que crecían y se cruzaban -a su boca, se nos apareció entonces, y bajo la bóveda resonaba un rumor -semejante al que despedía de sí el arco que vi en el fondo del valle. -Los negros me empujaron adentro, y al momento de dar el primer paso por -el subterráneo, se me acercó el obí y me dijo con extraño acento:</p> - -<p>—He aquí lo que tengo ahora que vaticinarte: dos somos, y sólo uno -volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda.</p> - -<p>Yo desdeñé responderle, y seguimos avanzando por entre las tinieblas. -El rumor sin cesar crecía, y ya no se escuchaba el ruido de nuestros -pasos. Supuse que sería el estrépito de una catarata, y no me engañé, -en efecto.</p> - -<p>Después de andar diez minutos por la obscuridad, llegamos a una especie -de terrado interior formado por la naturaleza en las mismas entrañas -del monte. La parte principal de este terrado, labrado en forma de -medio círculo, estaba inundado por las aguas del torrente, que se -despedían<span class="pagenum" id="Page_230">[Pg 230]</span> con espantoso rugido de las venas de la montaña.</p> - -<p>Como cubierta de esta sala subterránea, la bóveda de piedra formaba -una especie de cúpula entapizada de hiedra amarillenta, y por encima -reinaba en casi toda su anchura una grieta, por donde penetraba la luz -del día, y cuyo borde se coronaba de verdes arbustos, dorados en aquel -instante por los rayos del sol, ya próximo a su ocaso.</p> - -<p>Al extremo norte del terraplén, el torrente se lanzaba con estrépito -a un abismo, en lo hondo de cuya sima flotaban, en dudosos cambiantes -y sin vencer la obscuridad, las vagas vislumbres que penetraban por -la hendedura. Sobre el precipicio se inclinaba un árbol anciano, que -mezclaba las ramas de su copa con las espumas y el rocío de la cascada, -y asomaba sus nudosas raíces por entre las peñas, como una vara más -abajo del borde.</p> - -<p>Aquel árbol, bañándose así las sienes en el torrente y alargando, cual -un brazo descarnado, sus raíces a través del abismo, estaba tan desnudo -de verdor y de hojas que no era posible conocer su especie.</p> - -<p>Ofrecía, en verdad, un fenómeno singular: sólo la humedad, que -aspiraba sin cesar por el extremo inferior, le impedía perecer, cuando -la violencia de la catarata tronchaba sin intermitencia los nuevos -vástagos y le obligaba a conservar perpetuamente los mismos ramos.</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_231">[Pg 231]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="LII">LII</h3> -</div> - - -<p>Los negros se detuvieron en este sitio, y conocí que era llegada la -hora de morir.</p> - -<p>Entonces, próximo a la sima en donde me arrojaba un acto, por decirlo -así, de mi libre albedrío, la imagen de la ventura, a que había breve -espacio antes renunciado, vino a acosarme cual un pesar y casi cual un -remordimiento. Suplicar era indigno de mí; pero dejé escapárseme una -queja.</p> - -<p>—Amigos—les dije a los negros que me rodeaban—, ¿sabéis que es cosa -triste perecer a los veinte años, cuando se está lleno de robustez y de -vida, cuando se goza el amor de los que amamos y cuando se dejan tras -sí ojos que no cesarán de llorar hasta cerrarse para siempre?</p> - -<p>Una carcajada espantosa acogió mi lamento, saliendo de los labios del -obí. Aquella especie de espíritu maligno, aquel ente impenetrable, se -me acercó de súbito.</p> - -<p>—¡Ja, ja, ja! ¿Conque sientes perder la vida? <em>¡Alabado sea -Dios!</em> Mi único temor era que no tuvieses miedo a la muerte.</p> - -<p>Eran la misma voz, la risa misma que tanto me habían cansado en vanas -conjeturas.</p> - -<p>—¿Quién eres, miserable?—le pregunté.</p> - -<p>—Vas a saberlo—me contestó con acento terrible.</p> - -<p>Y apartando el sol de plata que le adornaba el negruzco pecho, añadió:</p> - -<p>—Mira aquí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_232">[Pg 232]</span></p> - -<p>Me incliné hacia él, y en el seno velloso del obí había grabados dos -nombres en letras blanquecinas, horribles y perpetuas señales que -imprime un hierro ardiente en el cutis de los esclavos. Uno de estos -nombres era el de <i>Effingham</i>; el otro, el de mi tío, el mío -propio: <i>D’Auverney</i>. Quedé mudo de sorpresa.</p> - -<p>—Pues bien, Leopoldo d’Auverney—me preguntó el obí—, ¿no te declara -tu nombre el mío?</p> - -<p>—No—repliqué, asombrado de oírme llamar así y procurando en vano -aclarar mis recuerdos—. Esos dos nombres jamás han estado juntos sino -en el pecho del bufón, y el pobre enano ha muerto. Además, fué fiel a -nuestra familia; así, ¡tú no puedes ser Habibrah!</p> - -<p>—¡El mismo soy!—exclamó con una voz espantosa.</p> - -<p>Y, levantando la sangrienta <em>gorra</em>, se arrancó el velo. El -diforme rostro del enano doméstico se ofreció a mi vista; mas el aire -de sandia alegría que le era común se había trocado en una expresión -amenazadora y siniestra.</p> - -<p>—¡Dios eterno!—prorrumpí, herido de asombro—. Pues qué, ¿todos los -muertos reviven? Este es Habibrah, el bufón de mi tío.</p> - -<p>El enano llevó la mano al puñal, y dijo en tono sepulcral y apagado:</p> - -<p>—¡Sí, su bufón y... su homicida!</p> - -<p>Retrocedí, lleno de espanto.</p> - -<p>—¡Su homicida! ¡Infame! ¿Así le pagaste tantas bondades?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_233">[Pg 233]</span></p> - -<p>—¡Bondades! Ultrajes, dirás—me respondió interrumpiéndome.</p> - -<p>—¿Y tú, infame—proseguí—; tú fuiste quien le dió el golpe mortal?</p> - -<p>—¡Sí, yo fuí!—replicó, dando una horrible expresión a sus -facciones—. ¡Yo le clavé el cuchillo tan hondo en el corazón, que -apenas tuvo tiempo de salir de los brazos del sueño para caer en los de -la muerte! Clamó en voz débil: “Habibrah, ven”, y ya estaba Habibrah a -su cabecera.</p> - -<p>Su atroz relación, su aún más atroz serenidad, me horrorizaron.</p> - -<p>—¡Vil! ¡Cobarde asesino! ¿Así habías olvidado los favores que a ti -solo te dispensaba? Tú, que comías junto a su mesa, que dormías junto a -su lecho...</p> - -<p>—¡Como un perro!—dijo Habibrah con ímpetu—. ¡Sí, <em>como un -perro</em>! ¡Ah, demasiado me acuerdo de tales favores, que eran otras -tantas afrentas! Pero me vengué de él, y ahora voy a vengarme de ti. -Escúchame. ¿Te imaginas acaso que porque sea mulato, enano y feo, no -soy yo un hombre? ¡Ah! También tengo un alma, y un alma más enérgica -y más grandiosa que esa alma de tímida doncella que voy a arrancarte -ahora del cuerpo. Me dieron de regalo a tu tío como un mico, y yo -servía para sus placeres y para dar pábulo a su desprecio. Me quería, -sí, ya lo has dicho. Ocupaba yo un lugar en su corazón entre su mona y -su papagayo, ¡hasta que me abrí otro hueco más espacioso con mi puñal!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_234">[Pg 234]</span></p> - -<p>Yo me estremecí al escuchar tales palabras, y el enano prosiguió:</p> - -<p>—¡Sí, yo soy, yo mismo: mírame bien a la cara, Leopoldo d’Auverney! -Bastantes veces reíste de mí, y ahora puede haber llegado la hora de -estremecerte. Y dime: ¿tú me recuerdas la vergonzosa predilección de -tu tío hacia el ente a quien llamaba su bufón? <i lang="fr" xml:lang="fr">¡Bon Giu!</i> ¡Qué -predilección! Si entraba en vuestro aposento, me acogían mil risas -desdeñosas: mi estatura, mi deformidad, mis facciones, mi ridículo -ropaje, todo, hasta las lastimosas debilidades de mi naturaleza, todo -era objeto de escarnio y mofa para tu execrable tío y sus execrables -amigos. Y a mí, ni siquiera me era lícito callarme. <em>¡Oh, rabia!</em> -¡Tenía que mezclar mi risa con las carcajadas que yo excitaba! -Respóndeme, ¿crees tú que humillaciones semejantes sean un título al -agradecimiento de criatura alguna humana? ¿No confiesas tú que tanto -valen como los tormentos de los otros esclavos, como el trabajar sin -descanso, los ardores del sol, las argollas de hierro y el látigo de -los capataces? ¿No te imaginas que alcanzan para hacer brotar en el -corazón de un hombre las simientes de un odio ardiente, implacable, -eterno, como el sello de infamia que mancilla mi seno? ¡Oh!, para -tamaño padecer, ¡cuán breve y fugaz fué mi venganza! ¡Oh! ¡Y por qué -no pude hacerle padecer a mi odioso tirano cuantos tormentos renacían -para mí a cada hora de cada día que volaba! ¡Por qué no pudo, antes -de morir, conocer la amargura del<span class="pagenum" id="Page_235">[Pg 235]</span> orgullo herido y sentir cuán -abrasadora huella dejan las lágrimas de vergüenza y despecho en un -rostro condenado a perpetua risa! ¡Ay, y cuán duro es haber estado -aguardando por tan largo espacio la hora del castigo, y contentarse al -cabo con una puñalada! ¡Si siquiera hubiese podido saber cuál brazo le -hería! Pero tenía demasiado anhelo por escuchar su postrer estertor, -y le clavé demasiado pronto el cuchillo; murió sin conocerme, y el -ímpetu de mi furor dejó burlada mi venganza. Esta vez, al menos, será -más completa. Tú me ves, y bien, ¿no es cierto? Verdad que te costará -trabajo distinguirme bajo el nuevo aspecto en que me presento a tus -ojos. Siempre me habías visto risueño y satisfecho, y ahora, que -nada le impide a mi alma retratarse en mis facciones, en nada debo -asemejarme. Tú no me conocías sino de máscara: ¡he aquí mi rostro!</p> - -<p>Y era espantoso.</p> - -<p>—¡Monstruo!—exclamé—. ¡Te equivocas! ¡Aún queda algo del saltimbanco -en la atroz fealdad de tu semblante y de tu alma!</p> - -<p>—¡No hables de atrocidad!—me dijo Habibrah—. Recuerda las crueldades -de tu tío.</p> - -<p>—¡Infame!—le contesté indignado—. Aun cuando fuese cruel, ¿éralo, -por ventura, contigo? Te condueles de la suerte de los infelices -esclavos; pues ¿por qué ejercías contra tus hermanos el influjo que te -daba la debilidad hacia ti de tu señor? ¿Por qué no trataste jamás de -ablandarle en sus arrebatos ni de interceder por los tuyos?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_236">[Pg 236]</span></p> - -<p>—¿Ablandarle? Mucho lo hubiera llorado. ¿Impedirle yo a un blanco que -se manchara de un crimen? ¡Oh, no, no, a buen seguro! Al contrario, -le incitaba a redoblar sus malos tratamientos hacia los esclavos, -para adelantar la hora de la rebelión, para que el exceso de opresión -provocase al fin la venganza. Aparentando injuriar a mis hermanos, los -favorecía.</p> - -<p>Me quedé atónito al contemplar tan profunda combinación, hija del odio.</p> - -<p>—Pues bien—añadió el enano—: ¿te parece que he sabido calcular y -llevar a cabo? ¿Qué juzgas del necio Habibrah, del bufón de tu tío?</p> - -<p>—Acaba lo que tan bien empezaste—le respondí—. Mátame, pero date -prisa.</p> - -<p>Se puso a pasear por el terrado, restregándose las manos de gozo.</p> - -<p>—¿Y si no quiero darme prisa? ¿Y si busco saborear a mi despacio -tus angustias? Mira: cuando te vi prisionero en el campamento de los -negros, me debía Biassou toda mi parte de botín en el último saqueo, y -yo no le pedí en pago sino tu vida. Me la concedió gustoso, y ahora me -pertenece y me entretengo en jugar con ella. No te apures, que pronto -irás a hacer compañía a las ondas de la cascada en lo profundo de ese -abismo; pero antes tengo que darte una nueva. He descubierto el asilo -en que se hallaba escondida tu mujer, y hoy le he sugerido a Biassou la -idea de incendiar el bosque, que estará ya ardiendo. Así, tu familia -yace aniquilada. Tu tío pereció a<span class="pagenum" id="Page_237">[Pg 237]</span> hierro, tú vas a morir en el agua y -tu María a perecer en el fuego.</p> - -<p>—¡Infame, infame!—exclamé, haciendo ademán de arrojarme sobre él.</p> - -<p>Entonces se volvió a los negros, diciendo:</p> - -<p>—¡Atadle, pues se adelanta a sí mismo su hora!</p> - -<p>Empezaron luego los negros a atarme en silencio, con cuerdas que traían -prevenidas, cuando de repente se me figuró oír los ladridos lejanos -de un perro, si bien achaqué el ruido a una ilusión nacida del rugir -de la cascada. Los negros acabaron de atarme y me acercaron al borde -de la sima en que iba a hundirme; el enano, con los brazos cruzados, -me contemplaba rebosando en gozo y triunfo su hórrido semblante, y yo -levanté los ojos a la grieta en el techo de la caverna para evitar su -odiosa presencia y para ver por una vez aún la luz pura del cielo. En -este instante mismo resonó un ladrido más fuerte y más distinto, y la -enorme cabeza de <i>Rask</i> apareció por la hendedura. Me estremecí; -el enano gritó:</p> - -<p>—¡Vamos!</p> - -<p>Y los negros, que no habían hecho alto en el ladrido, se prepararon a -lanzarme en el abismo...</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="LIII">LIII</h3> -</div> - - -<p>—¡Camaradas!—clamó una voz de trueno.</p> - -<p>Todos se volvieron: era Bug-Jargal, de pie, erguido al borde de la -grieta, con una pluma roja ondeándole en la frente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_238">[Pg 238]</span></p> - -<p>—¡Camaradas!—repitió—. ¡Deteneos!</p> - -<p>Los negros se postraron, y él prosiguió:</p> - -<p>—Yo soy Bug-Jargal.</p> - -<p>Los negros golpearon el polvo con sus frentes, lanzando gritos cuyo -intento y significado era difícil en extremo discernir.</p> - -<p>—¡Desatad al preso!—gritó el caudillo.</p> - -<p>Entonces el enano pareció despertar del estupor en que le había sumido -tan súbita e inesperada aparición, y detuvo con empeño el brazo de los -negros, próximos a cortar mis ligaduras.</p> - -<p>—¿Cómo?—exclamó—. <em>¿Qué quiere decir eso?</em></p> - -<p>Y luego, alzando la cabeza hacia Bug-Jargal, le preguntó:</p> - -<p>—Caudillo de Morne-Rouge, ¿qué te conduce a este lugar?</p> - -<p>Bug-Jargal respondió:</p> - -<p>—Vengo a dar órdenes a mis hermanos.</p> - -<p>—En efecto—dijo el enano con rabia reconcentrada—, negros de -Morne-Rouge son los que hay aquí. Mas ¿con qué derecho—añadió—vienes -a dictar órdenes sobre mi prisionero?</p> - -<p>El caudillo repitió:</p> - -<p>—Yo soy Bug-Jargal.</p> - -<p>Y los negros golpearon con sus frentes el pavimento.</p> - -<p>—Bug-Jargal—repuso Habibrah—no puede deshacer lo que Biassou -dispone. Biassou me ha regalado este blanco; yo quiero que muera, y -morirá. <em>Vosotros</em>—dijo volviéndose a los negros—obedecedme. -Lanzadle en el abismo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_239">[Pg 239]</span></p> - -<p>A la voz poderosa del obí se incorporaron los negros y dieron un paso -adelante; en aquel instante vi segura la muerte.</p> - -<p>—¡Soltad al preso!—exclamó Bug-Jargal.</p> - -<p>Y con la rapidez de un relámpago me encontré libre. Mi sorpresa era -igual a la rabia del obí, que quiso abalanzárseme, pero los negros le -detuvieron. Entonces desahogó su encono en imprecaciones y amenazas.</p> - -<p>—<em>¡Demonio! ¡Rabia! ¡Infierno de mi alma!</em> Pues qué, infames, -¿rehusáis obedecerme, desconocéis mi <em>voz</em>? ¡Para qué perdería yo -el <em>tiempo</em> en hablar con este <em>maldito</em>! ¡Debiera haberle -arrojado sin demora a los peces del <em>báratro</em>! Por apetecer -una venganza completa, ¡la pierdo toda! <em>¡Oh, rabia de Satanás! -Escuchadme vosotros</em>: Si no me obedecéis, si no lanzáis a lo -hondo de la sima a este blanco execrable, yo os hecho mi maldición. -El cabello se os volverá blanco; los mosquitos y las cucarachas os -devorarán en vida; las piernas y los brazos se os troncharán como -endebles juncos; el aliento os quemará la garganta como arena abrasada; -os moriréis luego, y después de la muerte vuestras almas estarán -condenadas a dar vueltas sin descanso a una piedra de molino, tamaña -cual un monte, allá en la luna, donde hace mucho frío.</p> - -<p>Semejante escena produjo sobre mí un singular efecto. Unico de mi -especie en aquella gruta húmeda y sombría, rodeado de aquellos negros, -que se asemejaban a los demonios; suspendido,<span class="pagenum" id="Page_240">[Pg 240]</span> por decirlo así, sobre -un abismo sin fondo; ya amenazado por aquel espantoso enano, cuyos -extravagantes ropajes apenas podían distinguirse a los inciertos -reflejos de la luz; ya protegido por aquel otro negro gigante, que -asomaba en el solo resquicio por donde me era dado descubrir el cielo, -me parecía estar a las puertas del infierno, aguardando incierto la -pérdida o la salvación de mi alma y asistiendo a una lucha encarnizada -entre mi ángel protector y el espíritu maligno.</p> - -<p>Los negros se veían amedrentados con las maldiciones del obí, y, -queriendo aprovecharse de su incertidumbre, exclamó:</p> - -<p>—¡Quiero que muera este blanco! ¡Me obedeceréis, y morirá!</p> - -<p>Bug-Jargal respondió con majestad:</p> - -<p>—¡El blanco ha de vivir! Yo soy Bug-Jargal; mi padre era rey en la -tierra de los Kakongos y administraba justicia en el umbral de su -morada.</p> - -<p>Los negros volvieron a postrarse en tierra, y su caudillo prosiguió:</p> - -<p>—Hermanos, id y decidle a Biassou que no enarbole en la cumbre del -monte la bandera negra que ha de anunciar a los blancos la muerte de -este mismo cautivo, porque este cautivo le ha salvado la existencia a -Bug-Jargal y Bug-Jargal quiere que viva.</p> - -<p>Entonces se incorporaron, y Bug-Jargal arrojó su penacho en medio de -ellos. El principal del piquete cruzó los brazos al pecho, recogió -luego el<span class="pagenum" id="Page_241">[Pg 241]</span> penacho con ademanes de respeto y en seguida se alejaron sin -proferir palabra. El obí desapareció con ellos en las tinieblas de la -galería subterránea.</p> - -<p>No intentaré, señores, pintar la situación en que me encontraba. Clavé -los ojos humedecidos en Pierrot, que a su vez me contemplaba con -extrañas muestras de agradecimiento y orgullo.</p> - -<p>—¡Alabado sea Dios!—dijo al cabo—. ¡Todo se ha salvado! Hermano, -vuélvete por donde has venido, y abajo me encontrarás en el valle.</p> - -<p>Hizo un gesto con la mano y desapareció.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="LIV">LIV</h3> -</div> - - -<p>Ansioso por llegar al lugar de la cita y saber qué venturoso milagro -había traído tan a tiempo a mi libertador, traté de salir de la -caverna; mas al efectuarlo me aguardaban nuevos peligros. En el momento -mismo en que me dirigía hacia la galería subterránea, un imprevisto -obstáculo salió a atajarme la entrada: Habibrah, el rencoroso obí; -lejos de acompañar a los negros, cual habíame imaginado, estaba -aguardando un momento más propicio para su venganza. Y ese momento -había llegado. El enano apareció de súbito, soltando la carcajada, -mientras yo me encontraba sin armas ni defensa; el mismo puñal que le -servía de crucifijo brillaba entre sus manos. A su vista, di un paso -atrás por un movimiento involuntario.</p> - -<p>—¡Ja, ja, <em>maldito</em>! ¿Creías escapárteme? Pero<span class="pagenum" id="Page_242">[Pg 242]</span> el tonto es menos -tonto que tú. Ahora te cogí, y esta vez no te haré esperar ni tendrá tu -amigo Bug-Jargal que aguardarte en vano. ¡Irás a la cita en el valle, -pero las aguas del torrente se encargarán de hacerte andar el camino!</p> - -<p>Y así diciendo, se abalanzó a mí con el puñal enarbolado.</p> - -<p>—¡Monstruo!—le respondí, echándome a la espalda por el terrado—. -Hace poco no eras más que un verdugo, y ahora eres un asesino.</p> - -<p>—¡Me vengo!—replicó, rechinando los dientes.</p> - -<p>En aquel instante me hallaba a la orilla del precipicio; se tiró a -mí con ímpetu para empujarme con una puñalada; le huí el cuerpo, y -deslizándosele el pie por el musgo resbaladizo de que estaban cubiertos -los húmedos peñascos, fué rodando por aquella pendiente carcomida por -las olas. Dió un feroz aullido, invocando a los espíritus del infierno, -y cayó en la sima.</p> - -<p>Antes he dicho que asomaban por entre las grietas de la peña, más -abajo del borde de la orilla, las raíces de un anciano tronco. El -enano tropezó en ellas a su caída, y el estrambótico ropaje se le -enredó entre los nudos de la cepa, y, agarrándose a ese postrer -sostén, se quedó asido con energía extraordinaria. El gorro puntiagudo -se desprendió de su cabeza, tuvo que soltar el puñal, y el arma del -asesino y la caperuza del bufón desaparecieron juntas, botando por los -profundos rincones de la catarata.</p> - -<p>Habibrah, colgado sobre el abismo, trató primero<span class="pagenum" id="Page_243">[Pg 243]</span> de subir al terrado; -pero sus brazuelos no alcanzaban al borde del tajo, y se deshacía las -manos en impotentes esfuerzos por clavar las uñas en las peguntosas -paredes de la sima. El desgraciado bramaba de ira.</p> - -<p>La menor sacudida por mi parte habría bastado para precipitarle; mas -hubiese sido una vileza en que ni soñé siquiera. Esta moderación le -admiró. Dando gracias al cielo por la salvación que me enviaba de una -manera tan inesperada, iba ya a abandonarle a su suerte y me preparaba -a partir de la estancia subterránea, cuando de súbito oí salir de entre -el precipicio la voz del enano en acento de súplica y de duelo:</p> - -<p>—¡Amo, mi amo!—decía—. ¡No os vayáis, por amor del cielo! ¡No -dejéis, en nombre del <i lang="fr" xml:lang="fr">bon Giu</i>, perecer impenitente y culpado a -un ente humano a quien podéis salvar! ¡Ay! Las fuerzas me flaquean, -la raíz se cimbrea y resbala entre mis manos, el peso del cuerpo -me arrastra tras sí; tengo que soltarla o se va a tronchar... ¡Ay, -amo mío! El horrendo pozo hierve bajo mis pies. <em>¡Santo nombre de -Dios!</em> ¿No tendréis compasión del pobre bufón? Es muy malo; pero ¿no -querréis demostrarle que los blancos son mejores que los mulatos, los -amos que los esclavos?</p> - -<p>Me acerqué al precipicio, casi conmovido, y la opaca luz que se dejaba -caer por la hendedura me enseñó en el repugnante rostro del enano una -expresión que aun me era allí desconocida: la del ruego y el quebranto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_244">[Pg 244]</span></p> - -<p>—<em>Señor</em> Leopoldo—prosiguió, alentado por un movimiento de -lástima que no pude contener—, ¿será posible que cualquier persona -humana contemple a su semejante en tan horrible posición y que, -pudiendo socorrerle, no lo haga? ¡Ay, amo mío, alargadme la mano! Con -un poco de ayuda bastará para salvarme. ¡Lo que pido es todo para mí y -tan poca cosa para vos! Tirad de mí, por piedad, y mi agradecimiento se -igualará a mis crímenes...</p> - -<p>—¡Desgraciado!—le interrumpí diciendo—. ¿Cómo me traes tal recuerdo -a la memoria?</p> - -<p>—Para aborrecerlo, amo mío. ¡Ah, sed más generoso que yo! ¡El cielo me -ampare, que fallezco! ¡Que caigo! ¡Ay, <em>desdichado</em>! ¡La mano! ¡La -mano! ¡Alargadme la mano, por la madre que os crió a sus pechos!</p> - -<p>No alcanzaré a pintar cuán lamentables eran aquellos gritos de dolor -y de angustia. Todo lo olvidé: no era ya a mis ojos un enemigo, un -traidor, un asesino, sino un infeliz a quien un ligero esfuerzo de -mi parte podía arrancar de una muerte espantosa. ¡Me suplicaba tan -lastimeramente! Cualquier palabra, cualquier reprensión, hubiera sido -inútil y ridícula; tan urgente se mostraba la necesidad del socorro. Me -incliné, pues, y arrodillándome al borde del precipicio, con una de mis -manos apoyada en el mismo tronco cuyas raíces sostenían al desgraciado -Habibrah, le alargué la otra... En cuanto estuvo a su alcance se asió -a ella; la agarró con entrambas las suyas y con<span class="pagenum" id="Page_245">[Pg 245]</span> fuerza prodigiosa, y, -lejos de prestarse al movimiento de ascenso que traté de ofrecerle, -sentí que procuraba arrastrarme consigo al abismo. Si el tronco del -árbol no me hubiese prestado tan sólido punto de apoyo, sin duda -alguna me hubiese arrancado de la orilla la violenta cuanto inesperada -sacudida de aquel malvado.</p> - -<p>—¿Qué intentas hacer, vil?—exclamé.</p> - -<p>—¡Vengarme!—repitió con estrepitosas e infernales carcajadas—. ¡Ah, -te cogí al cabo! ¡Necio! ¡Tú mismo te entregaste! ¡Te cogí! Estabas -en salvo y yo perdido, y por tu capricho te metes de nuevo en la boca -del caimán porque lloró después de haber bramado! ¡Heme ya consolado, -puesto que mi muerte es una venganza! Te cogí en el lazo, <em>amigo</em>, -y tendré un compañero humano entre los peces de la sima.</p> - -<p>—¡Ah, traidor!—le dije, esforzándome para resistir a su impulso—. -¿Así me pagas haberte querido sacar del peligro!</p> - -<p>—Sí—me respondió—. Sé que con tu ayuda hubiera podido salvarme; pero -mejor quiero que perezcas conmigo. ¡Antes que mi vida, deseo tu muerte! -Ven.</p> - -<p>Y, al mismo tiempo, ambas sus parduzcas y nervudas manos se crispaban -y adherían a las mías con esfuerzos inauditos; le chispeaban los -ojos y arrojaba espuma por la boca; las fuerzas, de cuya pérdida se -lamentaba, le volvieron exaltadas por el ímpetu de la cólera y la -venganza; apoyaba las rodillas como dos palancas contra los<span class="pagenum" id="Page_246">[Pg 246]</span> muros -perpendiculares de las rocas, y brincaba cual un tigre sobre la raíz, -que, enredada en su ropaje, le sostenía a pesar suyo, porque hubiera -deseado romperla y con el lleno de su peso arrastrarme más pronto. -Parecía cual el maligno espíritu de aquella caverna luchando por atraer -una víctima al profundo abismo de su tenebrosa morada.</p> - -<p>Por fortuna, se me encajó la rodilla en un hueco de la peña; mi brazo -estaba cual clavado al árbol que me servía de apoyo, y luchaba contra -los esfuerzos del enano con toda aquella energía que puede inspirar -el instinto de la propia conservación en momentos tales. De vez en -cuando tomaba penosamente aliento y gritaba con toda la fuerza de mis -fatigados pulmones:</p> - -<p>—¡Bug-Jargal!</p> - -<p>Pero el bramido de la cascada y su lejanía me daban muy cortas -esperanzas de que mi voz pudiese alcanzarle.</p> - -<p>Mientras tanto, el enano, que no creía hallarse con tal resistencia, -redoblaba sus frenéticas sacudidas, y ya empezaba yo a decaer de mi -vigor, aun cuando esta lucha duró mucho menos tiempo del que tardo -en contarla. Una insoportable tirantez me adormecía el brazo; se me -anublaba la vista; lívidas y dudosas vislumbres cruzaban por delante de -mis ojos; zumbábanme los oídos; oía crujir la raíz, próxima a romperse; -oía reír el monstruo, próximo a precipitarse, y parecíame cual si los -remolinos de la sima se fueran acercando, ansiosos de tragarme entre -sus ondas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_247">[Pg 247]</span></p> - -<p>Antes, empero, de abandonarme al cansancio y a la desesperación, tenté -el último esfuerzo, y recogiendo el resto de mis agotadas fuerzas, -clamé por otra vez aún:</p> - -<p>—¡Bug-Jargal!</p> - -<p>Un ladrido me dió respuesta... Conocí a <i>Rask</i>... Alcé los ojos, y -Bug-Jargal y su perro estaban en el borde de la grieta. Ignoro si oyó -mis clamores o si algún temor secreto le hizo volver; pero viendo mi -peligro, me gritó:</p> - -<p>—¡Sostente!</p> - -<p>Habibrah, que temía mi salvación, me dijo a su vez, lleno de rabia:</p> - -<p>—¡Ven, vente conmigo!</p> - -<p>Y reunió todo el resto de su vigor sobrenatural, a fin de apresurar el -desenlace. En este instante mismo, el brazo fatigado se me desprendió -del tronco, y no quedaba ya recurso contra mi suerte, cuando me -sentí asir por la espalda. Era <i>Rask</i>, que a una seña de su amo -había saltado de la hendedura a la caverna y me tenía agarrado con -violencia por el cuello del vestido. Este inesperado socorro me salvó. -Habibrah había agotado todo su vigor en aquel esfuerzo postrero, y yo -recobré el suficiente para desasirme de sus manos. Sus dedos, tiesos -y adormecidos, tuvieron al fin que soltar la presa; la raíz, por tan -largo tiempo sacudida, cedió al cabo a su peso, y mientras <i>Rask</i> -me arrastraba hacia atrás con ímpetu, el vil enano se precipitó entre -los copos de espuma de la lóbrega cascada, lanzándome una maldición -que<span class="pagenum" id="Page_248">[Pg 248]</span> no alcancé a oír, y que fué a perderse, cual su cuerpo, en los -recónditos senos del abismo. Tal fué la suerte del bufón de mi tío.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="LV">LV</h3> -</div> - - -<p>Tan espantosa escena, tan desesperada lucha, tan terrible desenlace, me -habían postrado, y quedé casi sin fuerza y sin conocimiento. La voz de -Bug-Jargal me reanimó.</p> - -<p>—Hermano—me dijo—, date prisa a salir de ahí, que dentro de media -hora se habrá hundido el sol en el horizonte. Abajo voy a esperarte, y -tú deja que <i>Rask</i> te sirva de guía.</p> - -<p>Estas amistosas palabras me infundieron a la vez esperanzas, vigor y -ánimo. Incorporéme, y siguiendo los ladridos del perro por entre la -obscuridad de la bóveda subterránea, empecé luego a ver despuntar la -luz del cielo, y llegados en fin a la boca de la cueva, respiré con -desembarazo el aire libre. Al salir de aquel paso tenebroso, recordé -la profecía del enano en el momento de entrar: <em>Dos somos, y uno -solo volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda</em>. ¡Sus -esperanzas habían quedado burladas; su vaticinio solo había salido -verdadero!</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="LVI">LVI</h3> -</div> - - -<p>Llegado al valle, encontré a Bug-Jargal, y, arrojándome en sus brazos, -me quedé oprimido de<span class="pagenum" id="Page_249">[Pg 249]</span> tan violentas sensaciones, con mil preguntas que -dirigirle y sin poder proferir un solo acento.</p> - -<p>—Escucha—me dijo—: tu mujer y mi hermana están en salvo. La entregué -en el campamento de los blancos a uno de tus parientes que mandaba las -avanzadas, y también quise darme por prisionero, no fuese que inmolasen -las diez cabezas que en rehenes responden de la mía. Tu pariente me -aconsejó que huyera y procurara impedir tu suplicio, seguro de que -los diez negros no serían ajusticiados, a menos que tú lo fueses, lo -que debía anunciar Biassou enarbolando una bandera negra en el pico -más elevado de nuestras montañas. Eché entonces a correr, <i>Rask</i> -me sirvió de guía, y, gracias sean dadas al cielo, aun pude llegar a -tiempo. Tú vivirás y yo también viviré.</p> - -<p>Me alargó la mano y añadió:</p> - -<p>—Hermano, ¿estás satisfecho?</p> - -<p>Le estreché de nuevo en mis brazos, le rogué que no se separara jamás -de mí, que permaneciera entre los blancos, y le ofrecí un grado en el -ejército colonial. Aquí me interrumpió, diciendo con aire feroz:</p> - -<p>—Hermano, ¿te he propuesto yo acaso que te alistes entre los míos?</p> - -<p>Callé, conociendo mi yerro, y él prosiguió en tono festivo:</p> - -<p>—Anda, vamos pronto a ver y a consolar a tu mujer.</p> - -<p>Semejante propuesta respondía a una necesidad imperiosa de mi alma; me -levanté, pues, embriagado<span class="pagenum" id="Page_250">[Pg 250]</span> de júbilo, y empezamos a caminar. El negro, -que conocía la senda, iba delante; <i>Rask</i> nos seguía...</p> - -<p>Aquí se detuvo D’Auverney, y echó una mirada lúgubre en derredor; le -corría el sudor a gruesas gotas por la frente y se cubrió el rostro -entre ambas manos. <i>Rask</i> le estaba mirando con desasosiego.</p> - -<p>—Sí, asimismo me mirabas...—pronunció con voz apagada.</p> - -<p>Y un minuto después, levantándose con ímpetu, se salió de la tienda; el -sargento y el perro le fueron en seguimiento.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="LVII">LVII</h3> -</div> - - -<p>—Apostaría—dijo Enrique—a que nos acercamos al desenlace. De veras -que sentiría cualquier desgracia de Bug-Jargal, que era un hombre de -prueba.</p> - -<p>Pascual se quitó de la boca el frasco forrado en mimbres, y dijo:</p> - -<p>—Doce cajas de botellas de Oporto daría yo por ver el cascarón de coco -que se bebió de un trago.</p> - -<p>Alfredo, que estaba distraído pensando en algún acompañamiento de -guitarra, volvió en sí, y pidiéndole a Enrique que le arreglara los -cordones, añadió:</p> - -<p>—Ese negro me interesa mucho. Solo que tengo<span class="pagenum" id="Page_251">[Pg 251]</span> curiosidad de -preguntarle a D’Auverney, y no me he atrevido, si sabía la canción de -<i>La hermosa de Padilla</i>.</p> - -<p>—Más raro es aquel Biassou—prosiguió Pascual—. Su vino, sabiendo -a pez, no debía de ser muy bueno; pero siquiera ese hombre sabía lo -que era un francés. Si me hubiera cogido prisionero, me habría dejado -crecer el bigote para que me adelantara en prenda unos cuantos pesos, -como dicen que hizo aquel capitán portugués en Goa. ¡Voto a Dios, que -mis acreedores son más duros de corazón que Biassou!</p> - -<p>—Ahora que me acuerdo, capitán, allá van cuatro luises que le -debo—dijo Enrique, alargando su bolsa a Pascual.</p> - -<p>El capitán miró atónito a este deudor generoso, que más derecho hubiese -tenido a llamarse acreedor. Enrique se apresuró a decir:</p> - -<p>—Y vamos, señores, ¿qué les parece a ustedes de la historia que nos -cuenta el capitán?</p> - -<p>—A fe mía—contestó Alfredo—, que no he puesto mucha atención; pero -me aguardaba cosa mejor del melancólico D’Auverney. Además, hay una -canción en prosa, y eso no me gusta. ¿A qué música puede arreglarse? En -conclusión, la historia de Bug-Jargal me fastidia: es demasiado larga.</p> - -<p>—Y mucha razón que lleva—repuso el ayudante Pascual—; es demasiado -larga. A no ser por la pipa y el frasco, habría pasado muy mala -noche. Y luego, reparen ustedes, caballeros, en que tiene muchísimos -disparates. Por ejemplo: ¿quién<span class="pagenum" id="Page_252">[Pg 252]</span> ha de creerse que ese enanillo brujo, -<em>Ahí verás</em>, o como se llame, quiso ahogarse por ahogar a su -enemigo?</p> - -<p>—Y, sobre todo, en agua, ¿no es cierto, capitán Pascual?—respondió -Enrique de broma—. A mí lo que me dió más golpe fué reparar en cómo -el perro cojo alzaba la cabeza a cada vez que se repetía el nombre de -Bug-Jargal.</p> - -<p>—En eso—dijo Pascual—, hacía todo al revés de las viejas de Celadas -cuando el padre predicador mentaba a Jesucristo. Yo entré en la iglesia -con una docena de coraceros...</p> - -<p>El ruido del centinela al presentar las armas avisó el regreso de -D’Auverney. Todos callaron, y él continuó por algún rato paseando la -estancia con los brazos cruzados y en silencio. Tadeo, acurrucado como -antes en un rincón, le miraba a hurtadillas, y mientras tanto, hacía -como si acariciase a <i>Rask</i>, a fin de que el capitán no reparase -en su sobresalto.</p> - -<p>D’Auverney prosiguió al cabo en su relación.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak" id="LVIII">LVIII</h3> -</div> - - -<p>—<i>Rask</i> iba siguiéndonos. Ni aun la más elevada cumbre del valle -lucía ya bañada por los rayos del sol, cuando una fugaz vislumbre de -luz apareció en su cima y pasó luego cual súbito relámpago. El negro se -estremeció y me apretó con violencia la mano.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_253">[Pg 253]</span></p> - -<p>—Escucha—dijo—.</p> - -<p>Y, en seguida, un sordo ruido, semejante al estrépito de un cañón, -resonó en las cañadas y perdióse retumbando por los ecos del monte.</p> - -<p>—¡Esa es la señal!—exclamó el negro en lúgubre acento.</p> - -<p>Y luego añadió:</p> - -<p>—¿No ha sido un cañonazo?</p> - -<p>Hice con la cabeza un gesto afirmativo. Él entonces trepó en dos saltos -a una encumbrada loma, y yo le seguí. Llegados arriba, cruzó los brazos -y me preguntó con melancólica sonrisa:</p> - -<p>—¿Lo ves?</p> - -<p>Miré hacia el punto que señalaba, y observé el elevado pico que me -indicó en nuestra entrevista con María, único iluminado aún por los -postreros rayos del astro del día, y en cuyo más empinado risco ondeaba -al viento una negra bandera.</p> - -<p>Aquí, D’Auverney hizo una pausa.</p> - -<p>—Después supe que Biassou, ansioso de ponerse en movimiento y -creyéndome muerto, mandó enarbolar el estandarte sin esperar el regreso -de mis verdugos.</p> - -<p>Allí seguía inmóvil Bug-Jargal, en pie, con los brazos cruzados y -contemplando el lúgubre pendón. De súbito se volvió con ímpetu y dió -algunos pasos como para bajar la ladera.</p> - -<p>—¡Oh, Dios! ¡Eterno Dios! ¡Mis infelices compañeros!...</p> - -<p>Se acercó de nuevo a mí y me preguntó:</p> - -<p>—¿Oíste el cañonazo?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_254">[Pg 254]</span></p> - -<p>Yo no repliqué.</p> - -<p>—Pues bien, hermano, era la señal convenida. Ya los sacan...</p> - -<p>E hincó la cabeza sobre el pecho; luego se me aproximó aún más, -diciendo:</p> - -<p>—Hermano, anda a buscar a tu mujer, que <i>Rask</i> te enseñará el -camino.</p> - -<p>Y se puso a silbar una canción africana; el perro entonces empezó a -menear la cola y aparentó querer encaminarse hacia un extremo del valle.</p> - -<p>Bug-Jargal me agarró la mano e hizo un esfuerzo por sonreírse; mas era -aquella una sonrisa convulsiva.</p> - -<p>—¡Adiós!—gritó con voz de trueno.</p> - -<p>Y se lanzó a través de la enmarañada espesura de los vecinos árboles.</p> - -<p>Yo me quedé convertido en estatua, porque lo poco que comprendía me -hacía prever mayores desdichas. <i>Rask</i>, viendo desaparecer a su -amo, se acercó al borde de la peña, aullando con tono lastimero. En -seguida se vino a mí con los ojos húmedos y la cola baja, me miró con -desasosiego, se volvió hacia el punto por donde había penetrado su -amo y empezó a ladrar repetidas veces. Le comprendí, participé de sus -temores y di algunos pasos hacia él; entonces partió como un rayo, -siguiendo las huellas de Bug-Jargal, y pronto le hubiese perdido de -vista, aun cuando corría con toda la velocidad a que alcanzaban mis -fuerzas, si de rato en rato no se hubiera detenido para darme tiempo de -alcanzarle. Así atravesamos cañadas,<span class="pagenum" id="Page_255">[Pg 255]</span> y subimos collados, y cruzamos -selvas, hasta que al fin...—</p> - -<p>Faltóle ahora a D’Auverney el aliento; la más lúgubre desesperación se -retrató en su semblante, y consiguió apenas articular estas palabras:</p> - -<p>—Prosigue, Tadeo, que yo no tengo más fuerza de ánimo que una vieja.</p> - -<p>El sargento veterano no estaba menos conmovido que el capitán; pero, -sin embargo, trató de obedecer el mandato.</p> - -<p>—Con permiso, pues que usted lo ordena, mi capitán. Ahora bien: es el -asunto, señores oficiales, que aun cuando Bug-Jargal, llamado Pierrot, -fuese un negrazo de muy buen genio y muy robusto y de mucho ánimo, -y el hombre más valiente de la tierra después de usted, mi capitán, -no dejaba yo de tenerle mucha tirria, que nunca me lo perdonaré a mí -propio aun cuando el capitán me lo haya perdonado. Así, mi capitán, -cuando supe que se anunciaba su muerte de usted para dentro de dos -días, entré en un arrebato de cólera contra el pobre hombre y tuve un -verdadero gusto infernal en anunciarle que él, o bien, a su falta, diez -de los suyos, irían a servirle a usted de compañía, fusilados por vía -de represalias, como se dice. A esta nueva no dijo nada, sino que dos -horas después se escapó, haciendo un gran agujero...</p> - -<p>D’Auverney hizo un gesto de impaciencia, y Tadeo prosiguió así:</p> - -<p>—¡Pues vamos! Cuando se vió la bandera en la<span class="pagenum" id="Page_256">[Pg 256]</span> montaña, como él no -había vuelto—lo que, dicho sea con licencia, caballeros, nadie lo -extrañaba—, se disparó el cañonazo de señal y me encargaron a mí que -llevase los diez negros al sitio señalado para el suplicio, que se -llamaba la <i>Boca Grande del Diablo</i>, a distancia del campamento -como de... en fin, ¿qué hace al caso? Cuando llegamos allí, claro -está que no era para darles suelta; con que los mandé atar, y estaba -arreglando el piquete, cuando vean ustedes aquí que me encuentro con el -negrazo saliendo del bosque. Me quedé pasmado, y él, acercándose sin -aliento, me dijo: “Buenos días, Tadeo; a tiempo llego.” No, señores; -no dijo nada de eso, sino que corrió a desatar a sus compatriotas. Yo -allí me estaba, atónito, sin saber qué hacer ni qué decir. Entonces -empezó una lucha de generosidad entre él y los negros, ¡que ojalá -hubiera durado un poco más! No importa; sí, yo tengo la culpa de que -concluyera tan pronto. Luego se puso él en lugar de los negros, y en -aquel momento llegó su perrazo, ¡pobre <i>Rask</i>!, y se me abalanzó -al pescuezo; ¿por qué no se aguantaría un poco más, mi capitán? Pero -Pierrot hizo una seña y el pobre perro soltó presa, aunque Bug-Jargal -no pudo impedir que se fuera a echar a sus pies. Entonces, mi capitán, -yo le creía a usted muerto... y estaba furioso... y mandé...</p> - -<p>El sargento alargó el brazo, miró al capitán y no supo proferir la -fatal palabra.</p> - -<p>—Cayó Bug-Jargal y una bala le quebró la pata al perro... Desde -entonces acá, caballeros—y<span class="pagenum" id="Page_257">[Pg 257]</span> meneaba el sargento con dolor la cabeza—, -está cojo. Oí luego quejidos entre las matas vecinas, y cuando acudí -le encontré a usted, mi capitán, ¡que había caído herido cuando se -apresuraba por llegar a salvar al negro! ¡Sí, mi capitán; usted gemía, -pero era por él! ¡Bug-Jargal había muerto! A usted, mi capitán, le -llevamos al campamento, y su herida fué menos grave, porque curó -gracias al cariñoso cuidado de la señorita María.</p> - -<p>Calló el sargento, y D’Auverney repitió en voz solemne y afligida:</p> - -<p>—¡Bug-Jargal había muerto!</p> - -<p>Tadeo inclinó la cabeza.</p> - -<p>—Sí—dijo—. ¡Me había perdonado la vida, y yo fuí quien le maté!</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_258">[Pg 258]</span></p> - -<h3 class="nobreak" id="NOTA">NOTA</h3> -</div> - - -<p>Como los lectores tienen, por lo general, costumbre de exigir -explicaciones terminantes sobre el paradero de cuantos personajes -han salido a la palestra con el intento de despertar su interés, nos -hemos dedicado, a fin de satisfacer su loable deseo, a las más activas -pesquisas acerca de la suerte que cupo al capitán Leopoldo d’Auverney, -a su sargento y a su perro. Quizá recordará el lector que su profunda -tristeza dimanaba de dos causas: la muerte de Bug-Jargal, alias -Pierrot, y la pérdida de su adorada María, quien no logró escapar de -las llamas en el castillo de Galifet sino para perecer en breve en el -primer incendio de la ciudad del Cabo. Por lo que al capitán toca, he -aquí cuanto hemos averiguado:</p> - -<p>Al próximo día de una gran batalla, ganada por los soldados de -la república francesa contra el ejército europeo, se hallaba en -su alojamiento el general de división M..., comandante en jefe, -redactando a solas en su tienda, y con arreglo a los apuntes de la -plana mayor, el parte que debía dirigirse a la Convención nacional -acerca de la victoria de la víspera. Un ayudante entró a decirle<span class="pagenum" id="Page_259">[Pg 259]</span> que -el representante del pueblo, en comisión cerca de él, pedía luego -hablarle. Aborrecía el general a esta especie de embajadores de gorro -colorado, enviados por la Montaña a los campamentos para degradarlos y -diezmarlos, hambrientos delatores a quienes encargaban los verdugos el -servir de espías contra la gloria. Hubiera, sin embargo, sido peligroso -negarse a recibir sus visitas, y hubiéralo sido más aún después de -un triunfo, porque el ídolo sangriento de aquella época prefería las -víctimas ilustres, y los sacrificadores de la plaza de la Revolución se -llenaban de júbilo cuando lograban de un golpe solo echar a tierra una -cabeza y una corona, ya fuese de espinas, como la de Luis XVI, ya de -flores, como la de las doncellas de Verdun; ya, por fin, de laureles, -como las de Andrés Chenier o Custines. Mandó, pues, el general que -entrase sin demora el representante.</p> - -<p>Después de algunas enhorabuenas, ambiguas y llenas de cortapisas, -sobre la victoria reciente de las armas republicanas, acercándose el -representante al general, le dijo a media voz:</p> - -<p>—Pero no es eso todo, ciudadano general: no basta vencer a los -enemigos de afuera, sino que es también preciso exterminar a los -enemigos domésticos.</p> - -<p>—¿Qué queréis decir, ciudadano representante?—respondió el general, -sorprendido.</p> - -<p>—Hay en vuestro ejército—prosiguió con misterio el comisionado de la -Convención—un capitán<span class="pagenum" id="Page_260">[Pg 260]</span> llamado Leopoldo d’Auverney, que sirve en el -regimiento número 32. ¿Le conocéis, acaso?</p> - -<p>—Y tanto—replicó el general—. Ahora mismo estaba leyendo el parte -del coronel sobre ese mismo sujeto. El regimiento número 32 tenía un -excelente capitán.</p> - -<p>—¡Cómo es eso, ciudadano general!—-dijo el representante del pueblo -con altivez—. ¿Por ventura, le habéis dado algún ascenso?</p> - -<p>—No negaré, ciudadano representante, que tales eran mis intenciones...</p> - -<p>En esto, el comisionado interrumpió con enojo al general.</p> - -<p>—La victoria os ciega, general M... Tened cuidado con lo que hacéis -y con lo que digáis. Si fomentáis en vuestro seno a las serpientes -enemigas del pueblo, no extrañéis que el pueblo os aniquile al -exterminarlas. Este Leopoldo d’Auverney es un aristócrata, un -contrarrevolucionario, un realista, un moderado, un girondino. La -vindicta pública le reclama, y hay que entregarle entre mis manos sin -tardanza.</p> - -<p>El general respondió con frialdad:</p> - -<p>—No puede ser.</p> - -<p>—¿Que no puede ser?—repuso el comisionado, cuya ira se acrecentaba—. -¿Ignoráis, general M..., que aquí no existen otras facultades -ilimitadas sino las mías? ¡La república lo ordena, y vos no podéis! -Escuchadme: en consideración a la victoria que habéis obtenido, tendré -la condescendencia de leeros los apuntes que me han entregado<span class="pagenum" id="Page_261">[Pg 261]</span> acerca -de este tal D’Auverney, y que habré de remitir a manos del fiscal -público a la par que el preso. Es un extracto de cierta lista de -nombres, a la que no querréis obligarme que añada el vuestro. Hela -aquí: Leopoldo Auverney (ex-<em>de</em>), capitán en el regimiento número -32, está convicto: <em>Primo</em>, de haber contado en un conciliábulo de -conspiradores cierta fingida historia contrarrevolucionaria, encaminada -a poner en ridículo los principios de igualdad y libertad y a ensalzar -las añejas supersticiones intituladas <em>trono</em> y <em>religión</em>; -<em>secundo</em>, de haberse valido, para caracterizar diversos sucesos -memorables, y entre ellos la emancipación de los <em>ex negros</em> -de Santo Domingo, de voces que desaprueba todo buen descamisado; -<em>tertio</em>, de haber empleado siempre en el hilo de su discurso la -palabra <em>señores</em>, y nunca la de <em>ciudadanos</em>; <em>quarto</em>, -de haber, por fin, con dicha relación conspirado abiertamente para -subvertir la república, a favor de la facción de los girondinos y los -brisotistas. Por tales crímenes antipatrióticos merece la muerte. -Ahora bien: ¿qué tenéis que decir a esto, general? ¿Protegeréis aún al -traidor? ¿Titubearéis aún en entregar a este enemigo de la nación para -que sufra la pena merecida?</p> - -<p>—Este enemigo de la nación—replicó el general con dignidad—se ha -sacrificado por ella—. A esos apuntes que me habéis leído contestaré -con otros muy diferentes; escuchadme ahora a vuestro turno: Leopoldo -d’Auverney, capitán del regimiento<span class="pagenum" id="Page_262">[Pg 262]</span> número 32, ha decidido la nueva -victoria conseguida por nuestras armas. Los enemigos, coligados, -tenían establecido un reducto formidable, que era preciso tomar, por -ser la llave de la posición de donde pendía el éxito de la batalla. -La muerte del primer valiente que fuera al asalto era cosa segura: el -capitán D’Auverney se ha sacrificado. Tomó el reducto, conseguimos la -victoria y él murió en la empresa; se han encontrado muertos también, -a sus pies, al sargento Tadeo, del mismo regimiento, y a un perro. -Por lo tanto, propongo a la Convención nacional que se sirva declarar -benemérito de la patria al capitán Leopoldo d’Auverney. Ya veis, -representante—añadió el general con calma—, la gran diferencia de -nuestros cargos. Cada cual enviamos una lista a la Convención, y el -mismo nombre se encuentra en ambas. Pero vos le proclamáis por traidor -y yo por héroe; vos le consignáis a la ignominia; yo, a la gloria; vos -le erigís un cadalso; yo, un trofeo; a cada cual su oficio. ¡Fortuna, -sin embargo, que este valiente ha sabido escapar del suplicio que le -teníais preparado, pereciendo en el campo de batalla! A Dios gracias, -murió la víctima que deseabais inmolar sin querer aguardaros.</p> - -<p>El representante, furioso al ver desvanecerse su conspiración con el -conspirador, prorrumpió entre dientes:</p> - -<p>—¡Ha muerto! ¡Qué lástima!</p> - -<p>El general lo oyó, y repuso indignado:</p> - -<p>—Aún os queda un arbitrio, ciudadano representante<span class="pagenum" id="Page_263">[Pg 263]</span> del pueblo. -Id y buscad entre los escombros del reducto el cuerpo del capitán -D’Auverney. ¡Quién sabe! ¡Quizá las balas de los cañones enemigos -habrán dejado intacta para la guillotina nacional la cabeza del cadáver!</p> - -<p class="right"> -(Escrito en 1826.)<br /> -</p> - - -<p class="center p4">FIN</p> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_265">[Pg 265]</span></p> - -<h2 class="nobreak" id="INDICE">INDICE</h2> -</div> - - -<table class="autotable"> -<tr> -<th colspan="2" class="tdr page"> -<i>Págs.</i> -</th> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#PRIMERA_EDICION"><span class="smcap">Primera edicion</span> (enero de 1826)</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_9">9</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#ch1832">1832</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_11">11</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I">I</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_13">13</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#II">II</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_19">19</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III">III</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_23">23</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV">IV</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_26">26</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V">V</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_31">31</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#VI">VI</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_34">34</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#VII">VII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_38">38</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#VIII">VIII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_43">43</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IX">IX</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_49">49</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#X">X</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_52">52</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XI">XI</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_55">55</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XII">XII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_57">57</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XIII">XIII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_63">63</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XIV">XIV</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_65">65</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XV">XV</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_68">68</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XVI">XVI</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_71">71</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XVII">XVII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_83">83</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XVIII">XVIII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_86">86</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XIX">XIX</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_88">88</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XX">XX</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_91">91</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXI">XXI</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_94">94</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXII">XXII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_96">96</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXIII">XXIII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_98">98</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXIV">XXIV</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_102">102</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXV">XXV</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_104">104</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXVI">XXVI</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_107">107</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXVII">XXVII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_113">113</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXVIII">XXVIII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_115">115</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXIX">XXIX</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_124">124</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXX">XXX</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_129">129</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXXI">XXXI</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_131">131</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXXII">XXXII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_145">145</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXXIII">XXXIII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_148">148</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXXIV">XXXIV</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_158">158</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXXV">XXXV</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_164">164</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXXVI">XXXVI</a> <span class="pagenum" id="Page_266">[Pg 266]</span> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_170">170</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXXVII">XXXVII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_174">174</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXXVIII">XXXVIII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_176">176</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XXXIX">XXXIX</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_182">182</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XL">XL</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_183">183</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XLI">XLI</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_188">188</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XLII">XLII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_192">192</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XLIII">XLIII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_198">198</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XLIV">XLIV</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_202">202</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XLV">XLV</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_205">205</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XLVI">XLVI</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_211">211</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XLVII">XLVII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_214">214</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XLVIII">XLVIII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_217">217</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#XLIX">XLIX</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_221">221</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#L">L</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_222">222</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#LI">LI</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_227">227</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#LII">LII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_231">231</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#LIII">LIII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_237">237</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#LIV">LIV</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_241">241</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#LV">LV</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_248">248</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#LVI">LVI</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_248">248</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#LVII">LVII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_250">250</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#LVIII">LVIII</a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_252">252</a> -</td> -</tr> -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#NOTA"><span class="smcap">Nota</span></a> -</td> -<td class="tdr page"> -<a href="#Page_258">258</a> -</td> -</tr> -</table> -<p><span class="pagenum" id="Page_267">[Pg 267]</span></p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter bbox"> -<p class="center p0 p2"><span class="figcenter" id="img002"> - <img src="images/001.jpg" class="w10" alt="COLECCION UNIVERSAL" /> -</span></p> -<h2 class="nobreak" id="COLECCION_UNIVERSAL">COLECCIÓN UNIVERSAL</h2> - - -<p class="center big"><strong>OBRAS PUBLICADAS</strong></p> - -<p class="center"><strong>(Julio de 1919 a enero de 1920.)</strong></p> - - -<div class="blockquot"> - -<p>N.° 1, 2, 3 y 4.—<b>Poema del Cid.</b> Texto y traducción por Alfonso -Reyes.—<b>1,20 ptas.</b></p> - -<p>N.° 5 y 6.—<span class="smcap">Lope de Vega</span>: <b>Fuente Ovejuna</b>. Comedia. -Edición revisada por Américo Castro.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 7.—<span class="smcap">Kant</span>: <b>La paz perpetua</b>. Ensayo filosófico. -Traducción del alemán por F. Rivera Pastor.—<b>30 cts.</b></p> - -<p>N.° 8, 9 y 10.—<span class="smcap">O. Goldsmith</span>: <b>El Vicario de Wakefield</b>. -Novela. Traducción del inglés por Felipe Villaverde.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 11, 12 y 13.—<span class="smcap">La Rochefoucauld</span>: <b>Memorias</b>. -Traducción del francés por Cipriano de Rivas Cherif.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 14 y 15.—<span class="smcap">J. Ortega Munilla</span>, de la Real Academia -Española: <b>Relaciones contemporáneas</b>. Novelas breves.—<b>60 -cts.</b></p> - -<p>N.° 16.—<span class="smcap">P. Mérimée</span>: <b>Doble error</b>. Novela. Traducción -del francés por A. Sánchez Rivero.—<b>30 cts.</b></p> - -<p>N.° 17, 18, 19 y 20.—<span class="smcap">Stendhal</span>: <b>Rojo y negro</b>. Novela. -Tomo I. Traducción del francés por Enrique de Mesa.—<b>1,20 ptas.</b></p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_268">[Pg 268]</span></p> - -<p>N.° 21, 22, 23 y 24—<span class="smcap">Stendhal</span>: <b>Rojo y negro</b>. Novela. -Tomo II. Traducción del francés por Enrique de Mesa.—<b>1,20 ptas.</b></p> - -<p>N.° 25 y 26.—<span class="smcap">Goethe</span>: <b>Las cuitas de Werther</b>. -Novela. Traducción del alemán por José Mor de Fuentes, revisada y -corregida.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 27.—<span class="smcap">Antonio Machado</span>: <b>Soledades, Galerías y otros -poemas</b>. Segunda edición.—<b>30 cts.</b></p> - -<p>N.° 28 y 29.—<span class="smcap">Cervantes</span>: <b>Novelas ejemplares</b>. Tomo I. -“La Gitanilla” y “El amante liberal”.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 31, 32 y 33.—<span class="smcap">L. Andreiev</span>: <b>Sachka Yegulev</b>. Novela. -Traducción del ruso por N. Tasin.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 34 y 35.—<span class="smcap">C. Castello-Branco</span>: <b>Dos novelas del -Miño</b>. Traducción del portugués por P. Blanco Suárez.—<b>60 -cts.</b></p> - -<p>N.° 36 y 37.—<span class="smcap">Ciceron</span>: <b>Cuestiones académicas</b>. -Traducción del latín por A. Millares.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 38, 39 y 40.—<span class="smcap">Villalon</span>: <b>Viaje de Turquía</b>. Edición -de A. G. Solalinde. Tomo I.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 41, 42 y 43.—<span class="smcap">Villalon</span>: <b>Viaje de Turquía</b>. Tomo II. -Edición de A. G. Solalinde.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 44 y 45.—<span class="smcap">Vladimiro Korolenko</span>: <b>El día del juicio</b>. -Traducción del ruso por N. Tasin.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 46 y 47.—<span class="smcap">Serafín Estebanez Calderón “El Solitario”</span>: -<b>Novelas y cuentos</b>.—<b>60 céntimos.</b></p> - -<p>N.° 48.—<span class="smcap">Leibnitz</span>: <b>Opúsculos filosóficos</b>. Traducción -por Manuel G. Morente.—<b>30 cts.</b></p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_269">[Pg 269]</span></p> - -<p>N.° 49, 50 y 51.—<span class="smcap">Plutarco</span>: <b>Vidas paralelas</b>. Tomo -I. Traducción del griego por Antonio Ranz Romanillos, revisada y -corregida.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 52, 53 y 54.—<span class="smcap">Abate Prevost</span>: <b>Manon Lescaut</b>. -Novela. Traducción del francés por Enrique de Mesa.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 55 y 56.—<span class="smcap">Ruiz de Alarcon</span>: <b>Los pechos -privilegiados</b>. Comedia. Edición cuidada por Alfonso Reyes.—<b>60 -cts.</b></p> - -<p>N.° 57.—<span class="smcap">Velez de Guevara</span>: <b>El Diablo Cojuelo</b>. -Novela.—<b>30 cts.</b></p> - -<p>N.° 58, 59 y 60.—<span class="smcap">George Eliot</span>: <b>Silas Marner</b>. Novela. -Traducción del inglés por Isabel de Oyarzábal.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 61 y 62.—<span class="smcap">Alejandro Kuprin</span>: <b>El Dios implacable</b>. -Novelas. Traducción del ruso por N. Tasin.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 63, 64 y 65.—<span class="smcap">Trindade Coelho</span>: <b>Mis amores</b>. -Cuentos. Traducción del portugués por P. Blanco Suárez.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 66, 67 y 68.—<span class="smcap">Madame de Stael</span>: <b>Diez años de -destierro</b>. Memorias. Traducción del francés por M. Azaña.—<b>90 -cts.</b></p> - -<p>N.° 69 y 70.—<span class="smcap">Tirso de Molina</span>: <b>El condenado por -desconfiado</b>. Comedia. Edición de Américo Castro.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 71.—<span class="smcap">Kant</span>: <b>Lo bello y lo sublime</b>. Ensayos -críticos. Traducción del alemán por A. Sánchez Rivero.—<b>30 cts.</b></p> - -<p>N.° 72 y 73.—<span class="smcap">Alfredo de Musset</span>: <b>Cuentos</b>. Tomo I. -Traducción del francés por L. Fernández Ardavín.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 74 y 75.—<span class="smcap">Leopoldo Alas (Clarin)</span>: <b>El señor y lo demás -son cuentos</b>.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 76 y 77.—<span class="smcap">L. Sterne</span>: <b>Viaje sentimental</b>.<span class="pagenum" id="Page_270">[Pg 270]</span> -Traducción del inglés, por Alfonso Reyes.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 78, 79 y 80.—<span class="smcap">C. Julio Cesar</span>: <b>Comentarios de la guerra -de las Galias</b>. Traducción del latín, por D. J. Goya y Muniain, -revisada y corregida.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 81 y 82.—<span class="smcap">A. Chejov</span>: <b>La sala número seis</b>. Cuentos. -Traducción del ruso por N. Tasin.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 83 y 84.—<span class="smcap">Garcilaso de la Vega</span>: <b>Poesías</b>.—<b>60 -cts.</b></p> - -<p>N.° 85.—<span class="smcap">C. Cornelio Tacito</span>: <b>La Germania</b>. Traducción -del latín por D. Alamos Barrientes, revisada y corregida.—<b>Diálogo -de los oradores.</b> Traducción del latín por D. C. Sixto y D. J. -Ezquerra, revisada y corregida.—<b>30 cts.</b></p> - -<p>N.° 86, 87 y 88.—<span class="smcap">E. About</span>: <b>El rey de las montañas</b>. -Novela. Traducción del francés por A. Sánchez Rivero.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 89 y 90.—<span class="smcap">A. Caron de Beaumarchais</span>: <b>El barbero de -Sevilla</b>. Comedia. Traducción del francés por J. I. Alberti y E. -López Alarcón.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 91, 92 y 93.—<span class="smcap">J. Sandeau</span>: <b>La señorita de la -Seiglière</b>. Novela. Traducción del francés por Pedro Vances.—<b>90 -cts.</b></p> - -<p>N.° 94 y 95.—<span class="smcap">Cervantes</span>: <b>Novelas ejemplares</b>. Tomo -II. “La española inglesa”, “Rinconete y Cortadillo”, “Licenciado -Vidriera”.—<b>60 céntimos.</b></p> - -<p>N.° 96 y 97.—<span class="smcap">A. de Lamartine</span>: <b>Graziella</b>. Novela. -Traducción del francés por Juan José Llovet.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 98, 99 y 100.—<span class="smcap">M. d’Azeglio</span>: <b>Mis recuerdos</b>. -Tomo I. Memorias. Traducción del italiano por E. de Echauri.—<b>90 -cts.</b></p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_271">[Pg 271]</span></p> - -<p>N.° 101, 102 y 103.—<span class="smcap">M. d’Azeglio</span>: <b>Mis recuerdos</b>. -Tomo II. Memorias. Traducción del italiano por E. de Echauri.—<b>90 -cts.</b></p> - -<p>N.° 104 y 105.—<span class="smcap">L. Andreiev</span>: <b>Los espectros</b>. Novelas -breves. Traducción del ruso por N. Tasin.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 106, 107 y 108.—<span class="smcap">Dante Alighieri</span>: <b>El Convivio</b>. -Traducción del italiano por Cipriano Rivas Cherif.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 109.—<span class="smcap">Francisco Herczeg</span>: <b>Las hermanas Gyurkovics</b>. -Historia familiar. Traducción del húngaro por Andrés Révész.—<b>30 -cts.</b></p> - -<p>N.° 110, 111, 112 y 113.—<span class="smcap">Jane Austen</span>: <b>Persuasión</b>. -Novela. Traducción del inglés por M. Ortega Gasset.—<b>1,20 ptas.</b></p> - -<p>N.° 114 y 115.—<span class="smcap">G. Flaubert</span>: <b>Tres cuentos</b>. Traducción -del francés por Luis Bello.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 116, 117 y 118.—<span class="smcap">A. Caron de Beaumarchais</span>: <b>El -casamiento de Fígaro</b>. Comedia. Traducción del francés por E. López -Alarcón.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 119 y 120.—<span class="smcap">Fenelon</span>: <b>La educación de las niñas</b>. -Traducción del francés por María Luisa Navarro de Luzuriaga.—<b>60 -cts.</b></p> - -<p>N.° 121 y 122.—<span class="smcap">Máximo Gorki</span>: <b>Varenka Olesova</b>. Novela. -Traducción del ruso por N. Tasin.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 123, 124 y 125.—<span class="smcap">M. d’Azeglio</span>: <b>Mis recuerdos</b>. -Tomo III y último. Memorias. Traducción del italiano por E. de -Echauri.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 126 y 127.—<span class="smcap">Agustín Moreto</span>: <b>El lindo don Diego</b>. -Comedia.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 128.—<span class="smcap">Robert Filmer</span>: <b>Patriarcha o El poder natural de -los Reyes</b>. Tratado político.<span class="pagenum" id="Page_272">[Pg 272]</span> Traducción del inglés por Pablo de -Azcárate.—<b>30 cts.</b></p> - -<p>N.° 129 y 130.—<span class="smcap">Plutarco</span>: <b>Vidas paralelas</b>. Tomo -II. Traducción del griego por Antonio Ranz Romanillos, revisada y -corregida.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 131, 132 y 133.—<span class="smcap">Carlos Nodier</span>: <b>El hada de las -migajas</b>. Cuento fantástico. Traducción del francés por Pedro -Vances.—<b>90 cts.</b></p> - -<p>N.° 134, 135, 136 y 137.—<span class="smcap">Giovanni Verga</span>: <b>Los -Malasangre</b>. Novela. Traducción del italiano por Cipriano Rivas -Cherif.—<b>1,20 pesetas.</b></p> - -<p>N.° 138 y 139.—<span class="smcap">Cervantes</span>: <b>Novelas ejemplares</b>. Tomo -III. “La fuerza de la sangre”, “El celoso extremeño” y “La ilustre -fregona”.—<b>60 cts.</b></p> - -<p>N.° 140.—<span class="smcap">Tomas Arnold</span>: <b>Ensayos sobre Educación</b>. -Traducción del inglés por Lorenzo Luzuriaga.—<b>30 cts.</b><br /></p> -</div> - -</div> -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter transnote"> -<h2 class="nobreak" id="Notas">Notas</h2> - - -<p>Se corrigieron errores obvios de puntuación y la ortografía. Se -mantuvieron algunas palabras con o sin acentos como en el texto -original cuando no se redujo la comprensión. (Obvious errors in -punctuation and spelling were fixed. Some improperly accented words -were left as in the original text when it did not impact comprehension.)</p> -</div> - -<div lang='en' xml:lang='en'> -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>BUG-JARGAL</span> ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg™ electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG™ -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for an eBook, except by following -the terms of the trademark license, including paying royalties for use -of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for -copies of this eBook, complying with the trademark license is very -easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation -of derivative works, reports, performances and research. Project -Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away—you may -do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected -by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin-top:1em; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE</div> -<div style='text-align:center;font-size:0.9em'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE</div> -<div style='text-align:center;font-size:0.9em'>PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg™ -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg™ electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg™ electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the person -or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.B. “Project Gutenberg” is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg™ electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg™ electronic works if you follow the terms of this -agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg™ -electronic works. See paragraph 1.E below. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation (“the -Foundation” or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection -of Project Gutenberg™ electronic works. Nearly all the individual -works in the collection are in the public domain in the United -States. If an individual work is unprotected by copyright law in the -United States and you are located in the United States, we do not -claim a right to prevent you from copying, distributing, performing, -displaying or creating derivative works based on the work as long as -all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope -that you will support the Project Gutenberg™ mission of promoting -free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg™ -works in compliance with the terms of this agreement for keeping the -Project Gutenberg™ name associated with the work. You can easily -comply with the terms of this agreement by keeping this work in the -same format with its attached full Project Gutenberg™ License when -you share it without charge with others. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are -in a constant state of change. If you are outside the United States, -check the laws of your country in addition to the terms of this -agreement before downloading, copying, displaying, performing, -distributing or creating derivative works based on this work or any -other Project Gutenberg™ work. The Foundation makes no -representations concerning the copyright status of any work in any -country other than the United States. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other -immediate access to, the full Project Gutenberg™ License must appear -prominently whenever any copy of a Project Gutenberg™ work (any work -on which the phrase “Project Gutenberg” appears, or with which the -phrase “Project Gutenberg” is associated) is accessed, displayed, -performed, viewed, copied or distributed: -</div> - -<blockquote> - <div style='display:block; margin:1em 0'> - This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most - other parts of the world at no cost and with almost no restrictions - whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms - of the Project Gutenberg License included with this eBook or online - at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you - are not located in the United States, you will have to check the laws - of the country where you are located before using this eBook. - </div> -</blockquote> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.2. If an individual Project Gutenberg™ electronic work is -derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not -contain a notice indicating that it is posted with permission of the -copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in -the United States without paying any fees or charges. If you are -redistributing or providing access to a work with the phrase “Project -Gutenberg” associated with or appearing on the work, you must comply -either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or -obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg™ -trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.3. If an individual Project Gutenberg™ electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any -additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms -will be linked to the Project Gutenberg™ License for all works -posted with the permission of the copyright holder found at the -beginning of this work. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg™ -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg™. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg™ License. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including -any word processing or hypertext form. However, if you provide access -to or distribute copies of a Project Gutenberg™ work in a format -other than “Plain Vanilla ASCII” or other format used in the official -version posted on the official Project Gutenberg™ website -(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense -to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means -of obtaining a copy upon request, of the work in its original “Plain -Vanilla ASCII” or other form. Any alternate format must include the -full Project Gutenberg™ License as specified in paragraph 1.E.1. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg™ works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg™ electronic works -provided that: -</div> - -<div style='margin-left:0.7em;'> - <div style='text-indent:-0.7em'> - • You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg™ works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed - to the owner of the Project Gutenberg™ trademark, but he has - agreed to donate royalties under this paragraph to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid - within 60 days following each date on which you prepare (or are - legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty - payments should be clearly marked as such and sent to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in - Section 4, “Information about donations to the Project Gutenberg - Literary Archive Foundation.” - </div> - - <div style='text-indent:-0.7em'> - • You provide a full refund of any money paid by a user who notifies - you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he - does not agree to the terms of the full Project Gutenberg™ - License. You must require such a user to return or destroy all - copies of the works possessed in a physical medium and discontinue - all use of and all access to other copies of Project Gutenberg™ - works. - </div> - - <div style='text-indent:-0.7em'> - • You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of - any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the - electronic work is discovered and reported to you within 90 days of - receipt of the work. - </div> - - <div style='text-indent:-0.7em'> - • You comply with all other terms of this agreement for free - distribution of Project Gutenberg™ works. - </div> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project -Gutenberg™ electronic work or group of works on different terms than -are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing -from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of -the Project Gutenberg™ trademark. Contact the Foundation as set -forth in Section 3 below. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -works not protected by U.S. copyright law in creating the Project -Gutenberg™ collection. Despite these efforts, Project Gutenberg™ -electronic works, and the medium on which they may be stored, may -contain “Defects,” such as, but not limited to, incomplete, inaccurate -or corrupt data, transcription errors, a copyright or other -intellectual property infringement, a defective or damaged disk or -other medium, a computer virus, or computer codes that damage or -cannot be read by your equipment. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the “Right -of Replacement or Refund” described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg™ trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg™ electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT -LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE -PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE -TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE -LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR -INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH -DAMAGE. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a -defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can -receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a -written explanation to the person you received the work from. If you -received the work on a physical medium, you must return the medium -with your written explanation. The person or entity that provided you -with the defective work may elect to provide a replacement copy in -lieu of a refund. If you received the work electronically, the person -or entity providing it to you may choose to give you a second -opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If -the second copy is also defective, you may demand a refund in writing -without further opportunities to fix the problem. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you ‘AS-IS’, WITH NO -OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT -LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of -damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement -violates the law of the state applicable to this agreement, the -agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or -limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or -unenforceability of any provision of this agreement shall not void the -remaining provisions. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg™ electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg™ -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg™ work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg™ work, and (c) any -Defect you cause. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg™ -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s -goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg™ and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state’s laws. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation’s website -and official page at www.gutenberg.org/contact -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread -public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state -visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Please check the Project Gutenberg web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 5. General Information About Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of -volunteer support. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Most people start at our website which has the main PG search -facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This website includes information about Project Gutenberg™, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. -</div> - -</div> -</div> -</body> -</html> diff --git a/old/67819-h/images/001.jpg b/old/67819-h/images/001.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 62a9073..0000000 --- a/old/67819-h/images/001.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67819-h/images/cover.jpg b/old/67819-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index d2199e5..0000000 --- a/old/67819-h/images/cover.jpg +++ /dev/null |
