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-The Project Gutenberg eBook of Bug-Jargal, by Victor Hugo
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Bug-Jargal
-
-Author: Victor Hugo
-
-Translator: D. Alcalá Galiano
-
-Release Date: April 12, 2022 [eBook #67819]
-
-Language: Spanish
-
-Produced by: Carlos Colon, the University of Wisconsin-Madison and the
- Online Distributed Proofreading Team at
- https://www.pgdp.net (This book was produced from images
- made available by the HathiTrust Digital Library.)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK BUG-JARGAL ***
-
-
-
-
-
- COLECCIÓN UNIVERSAL
-
- VICTOR HUGO
-
- Bug-Jargal
-
- NOVELA
-
- Traducción de D. Alcalá Galiano,
- revisada y corregida.
-
- [Illustration]
-
- MADRID-BARCELONA
- MCMXX
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
- Copyright by Calpe, 1920.
-
-
-Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPAÑOLA.
-
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-
-
-_“Estamos aniquilados todos”, decía Alejandro Dumas hablando del autor
-de_ Marion Delorme; _y lo decía sin conocer de él más que este drama,
-estrenado en 1831, seis años después de la aparición de_ Bug-Jargal.
-
-_Por entonces era ya célebre Víctor Hugo. Su popularidad fué creciendo
-tan rápidamente, que poco después desaparecían en breves días las
-copiosas ediciones de sus libros; cualquier trabajo suyo, por
-insignificante que fuera, despertaba general interés; en los últimos
-tiempos de su vida, el pedestal de su fama había alcanzado toda la
-altura que puede soñar un poeta._
-
-_Víctor Hugo nació en 1802. Su existencia fué una lucha constante
-contra todo: contra el teatro clásico, primero; contra la política
-de su tiempo, después. Este proceder agresivo valió al gran
-novelista la hostilidad de una legión de adversarios que combatieron
-encarnizadamente sus ideas y su literatura, acusándolo de pueril y de
-ridículo. El infortunio también se cebó en él: vió morir a sus hijos,
-sufrió miserias y persecuciones, fué desterrado y escarnecido; pero
-siguió trabajando impertérrito hasta vencer todos los obstáculos que
-el Destino y la Envidia pusieron en su camino. Murió el 22 de mayo
-de 1885, cargado de años y de obras, glorificado y aplaudido por sus
-partidarios, cuyo inconsciente entusiasmo le fué, en varias ocasiones,
-tan perjudicial como los ataques de sus enemigos._
-
-_Cuando compuso la novela que publicamos en este tomito, Hugo tenía,
-según él mismo nos dice, diez y seis años. Había apostado con unos
-amigos que escribiría un volumen en dos semanas. Así nació_ Bug-Jargal,
-_relato basado en la insurrección de los esclavos de Santo Domingo,
-en 1791, y lleno, como todos los suyos, de vigor y de vida. Estaba
-destinado a formar parte de una obra de mayor extensión, que no llegó
-a publicar. No es ésta la única que Víctor Hugo dejó en proyecto; lo
-mismo hizo con_ Quiquengrogne, _siempre prometida, nunca comenzada_.
-
-_En esta novela puede verse palpablemente aquella atracción que nuestro
-país ejercía sobre el genial poeta, hija, tal vez, de las impresiones
-recibidas de pequeño durante el viaje que hizo a España en compañía de
-su padre, general del Imperio._
-
-_Conviene notar que tiene cierto parentesco, en nuestra opinión no sólo
-físico, el deforme obí de_ Bug-Jargal _con Han de Islandia, Quasimodo y
-El hombre que ríe. Víctor Hugo, como Velázquez, era aficionado a pintar
-seres monstruosos._
-
-_El lector encontrará noticias más concretas acerca de esta novela en
-los prólogos que el autor puso al frente de su obra._
-
-_La versión que le ofrecemos es la que en 1841 publicó D. Dionisio
-Alcalá Galiano. A pesar de que su estilo resulta algo prolijo, quizá
-por un exceso de purismo, tiene esta traducción el valor de las cosas
-hechas a conciencia. Se ve que Alcalá Galiano trabajó con cariño,
-esforzándose en encontrar el vocablo exacto, la frase adecuada, cosa
-que no siempre ha conseguido. A veces yerra en la interpretación de
-una palabra, emplea giros anticuados, suprime un párrafo u omite una
-nota. Hemos procurado subsanar estos ligeros descuidos y enmendar
-las numerosas erratas y faltas de ortografía de la edición de 1841
-cotejándola con el texto francés._
-
- J. R.
-
-
-
-
-PRIMERA EDICION
-
-
-
-
-ENERO DE 1826
-
-
-El episodio que vais a leer, cuyo fondo está tomado de la rebelión
-de los esclavos de Santo Domingo en 1791, tiene cierto aire de
-circunstancia que hubiese bastado para que el autor no pudiera
-publicarlo. Sin embargo, habiendo sido ya impreso y distribuído un
-corto número de ejemplares de un bosquejo de este opúsculo en 1820, en
-una época en que la política del día se ocupaba muy poco de Haití, es
-evidente que si el asunto que trata ha tomado luego mayor interés, el
-autor no tiene la culpa. Los acontecimientos se han conciliado con el
-libro y no el libro con los acontecimientos.
-
-Sea como sea, el autor no pensaba sacar esta obra de la penumbra en que
-estaba como sepultada; pero al saber que un librero de la capital se
-proponía reimprimir su anónimo boceto, se ha creído en la obligación de
-evitar esta reimpresión poniendo él mismo al día su trabajo revisado y
-en cierto modo rehecho, precaución que ahorra una molestia a su amor
-propio de autor, y al susodicho librero una mala especulación.
-
-Habiendo sabido varias personas distinguidas que, ya como colonos, ya
-como funcionarios, estuvieron interesadas en los disturbios de Santo
-Domingo, la próxima publicación de este episodio, han tenido gusto
-en prestar espontáneamente al autor materiales tanto más preciosos
-cuanto que en su mayoría son inéditos. El autor les atestigua aquí
-su agradecimiento. Tales documentos le han sido de gran utilidad
-para rectificar lo que el relato del capitán d’Auverney presentaba
-de incompleto en lo que se refiere al color local y de falso en lo
-relativo a la verdad histórica.
-
-En fin, debe también advertir a los lectores que la historia de
-_Bug-Jargal_ no es más que un fragmento de una obra más extensa, que
-habría de ser titulada _Contes sous la tente_. El autor supone que,
-durante las guerras de la revolución, varios oficiales franceses
-conciertan entre sí ocupar alternativamente las largas noches del
-vivac en el relato de alguna de sus aventuras. El episodio que aquí se
-publica formaba parte de esta serie de narraciones; puede ser separado
-sin inconveniente; además, la obra de que debía formar parte no está
-terminada, ni lo estará nunca, ni vale la pena de que lo esté.
-
-
-
-
-1832
-
-
-En 1818, el autor de este libro tenía diez y seis años; apostó que
-escribiría un volumen en quince días, e hizo _Bug-Jargal_. A la edad de
-diez y seis años se apuesta por todo y se improvisa sobre todo.
-
-Este libro ha sido, pues, escrito dos años antes que _Han de Islandia_.
-Y aunque siete años después, en 1825, el autor lo haya corregido
-y vuelto a escribir en gran parte, es, por el fondo y por muchos
-detalles, la primera obra del autor, el cual pide perdón a sus lectores
-por hablarle de cosas tan insignificantes.
-
-Pero ha creído que al corto número de personas que gustan de clasificar
-por orden de talla y de nacimiento las obras de un poeta, por
-obscuro que sea, no le sabría mal que le dieran a conocer la edad de
-_Bug-Jargal_; y en cuanto a él, como esos viajeros que se vuelven en
-medio del camino y tratan de descubrir en los brumosos pliegues del
-horizonte el lugar de donde salieron, ha querido dar aquí un recuerdo
-a aquella época de serenidad, de audacia y de confianza, en que
-abordaba de frente un tema tan inmenso: la rebelión de los negros de
-Santo Domingo en 1791, lucha de gigantes; tres mundos interesados en
-la cuestión: Europa y Africa por combatientes, América por campo de
-batalla.
-
- 24 de marzo de 1832.
-
-
-
-
-BUG-JARGAL
-
-
-
-
-I
-
-
-Cuando le llegó su vez al capitán Leopoldo d’Auverney, se quedó un
-tanto espantado, y aseguró a la concurrencia que no sabía de ningún
-incidente de su vida que mereciese llamar la atención.
-
---Pero ¿cómo es eso, capitán--le respondió el teniente Enrique--,
-cuando ha viajado usted tanto y visto tanto el mundo? ¿No ha estado
-usted en las Antillas, en Africa, en España, qué sé yo?... Hola,
-capitán; ahí tiene usted su perro cojo.
-
-D’Auverney se estremeció, dejó caer el cigarro y se volvió de súbito
-hacia la entrada de la tienda de campaña, al tiempo mismo que un enorme
-perrazo venía de carrera, aunque cojeando, hacia él.
-
-El perro, al pasar, pisoteó el cigarro del capitán, y el capitán no
-hizo alto.
-
-El perro le lamió los pies, meneó la cola, ladró, saltó, dió señales
-de alegría en cuanto pudo a su manera, y luego se echó delante de sus
-pies; el capitán le acariciaba maquinalmente con la mano izquierda, y
-moviendo con la otra las carrilleras del casco, decía de vez en cuando:
-
---Vamos, _Rask_, vamos.
-
-Por fin, volviendo en sí, exclamó:
-
---Pero ¿quién te ha traído?
-
---Con licencia, mi capitán...--dijo el sargento Tadeo, que había
-levantado un poco el cortinaje de la tienda, y se mantenía en pie, con
-el brazo derecho cubierto con su capote, y las lágrimas en los ojos
-al contemplar en silencio aquella escena, copiada del desenlace de la
-_Odisea_.
-
-Por fin se aventuró a soltar estas palabras:
-
---Con licencia, mi capitán...
-
-Y D’Auverney levantó la vista.
-
---¡Hola! ¿Eres tú, Tadeo?... ¿Y cómo demonios pudiste...? ¡Pobre perro!
-Yo creía que estaba en el campamento inglés. ¿Adónde le encontraste,
-dime?
-
---Gracias a Dios, mi capitán, aquí estamos todos; y yo tan contento
-como el señorito su sobrino cuando su merced le hacía decir aquella
-relación: “_Cornu_, un cuerno; _cornu_, de un cuerno...”
-
---Pero, vamos, dime: ¿dónde le encontraste?
-
---No le encontré, mi capitán, que le fuí a buscar.
-
-El capitán se puso en pie y le alargó al sargento la mano; pero, en vez
-de hacer lo mismo, el sargento se quedó con la suya metida dentro del
-capote. El capitán ni lo reparó.
-
---La cosa es, mi capitán, que desde que se perdió el pobre _Rask_
-parecía, con licencia, que le faltaba a usted alguna cosa; y, hablando
-claro, la noche que no vino, como solía, a comer conmigo el pan de
-munición, en poco estuvo que el viejo de Tadeo no se pusiera a llorar
-como un chiquillo. Pero no, a Dios gracias, que no me han visto llorar
-sino dos veces en mi vida: la primera, cuando... el día que...--y el
-sargento miró a su amo con sobresalto--; la segunda, el día que al
-pícaro del cabo Baltasar se le ocurrió hacerme pelar un manojo de
-cebollas.
-
---Se me figura, Tadeo--contestó Enrique riéndose--, que se te quedó en
-el tintero el decir por qué lloraste la primera vez.
-
---¿Sin duda sería cuando te dió un abrazo Latour d’Auvergne, el primer
-granadero francés?--preguntó con tono afectuoso el capitán, sin parar
-de hacer caricias al perro.
-
---No, mi capitán; si el sargento Tadeo pudo llorar, usted mismo
-debe confesarnos que no pudo ser sino el día que mandó _fuego_ para
-Bug-Jargal, por otro nombre Pierrot.
-
-Todas las facciones del capitán se anublaron, y acercándose con ímpetu
-al sargento, quiso apretarle la mano; pero, a pesar de tamaño honor, no
-sacó Tadeo el brazo del capote.
-
---Sí, mi capitán--prosiguió, dando algunos pasos atrás, mientras
-D’Auverney le echaba una mirada dolorosa--; aquella vez lloré porque él
-lo merecía. Es verdad que era negro; pero también la pólvora es negra,
-y... y...
-
-El buen sargento hubiese preferido salir con honra del atolladero de su
-comparación, porque había algo que halagaba su fantasía en este símil;
-pero habiendo probado inútilmente a expresarse, y después de embestir,
-por decirlo así, con su idea por todos los frentes, hizo lo que hacer
-suele el general de un ejército delante de alguna fortaleza: levantó
-el sitio y continuó su jornada, sin hacer alto en la sonrisa de los
-oficiales.
-
---Digo, mi capitán, ¡si hubiera usted visto al pobre negro cuando llegó
-a carrera y sin aliento, en el instante mismo que se estaban preparando
-sus diez camaradas! Había sido preciso atarlos, y yo lo hice porque
-mandaba el piquete; ¡y cuando los fué desatando uno por uno con sus
-propias manos, para ponerse en su puesto, aunque ellos se resistían!,
-¡qué firmeza! ¡Aquello era un hombre! ¡Ni el peñón de Gibraltar! ¿Y
-luego, mi capitán, cuando se mantuvo tan derecho como si fuese a entrar
-en un baile? Y cuando su perro, este mismo _Rask_ que tenemos aquí,
-comprendió lo que se iba a hacer y se me abalanzó a la garganta...
-
---Por lo general, Tadeo--le interrumpió el capitán--, no solías dejar
-pasar esta parte de la relación sin hacerle una fiesta a _Rask_; repara
-y cómo te mira.
-
---Tiene su merced razón, mi capitán--respondió Tadeo, algo cortado--;
-el pobre _Rask_ me echa unos ojos que... Pero la vieja Malagrida me ha
-dicho que trae mala suerte el hacer fiestas con la mano izquierda.
-
---Bien, pero ¿para qué sirve la derecha?--preguntó D’Auverney
-sorprendido y reparando por la vez primera en el brazo envuelto entre
-el capote y en la palidez de Tadeo.
-
-La confusión del sargento subió de punto.
-
---Con licencia, mi capitán; el caso es que... que ya tiene usted un
-perro cojo, y mucho me temo que acabe por tener un sargento manco.
-
-El capitán dió un salto desde su asiento.
-
---¡Cómo! ¿Qué es lo que dices, Tadeo? ¡Tú manco! Saca el brazo. ¡Manco,
-Dios mío!
-
-Y D’Auverney temblaba; el sargento fué desliando despacio el envoltorio
-de su capote, y enseñó, por fin, el brazo cubierto con un pañuelo
-ensangrentado.
-
---¡Ah, Dios mío!--tartamudeaba el capitán mientras iba levantando con
-suma precaución el lienzo--. Pero, Tadeo, explícame...
-
---Una cosa muy sencilla. Ya dije que había reparado en su tristeza de
-usted desde que los malditos ingleses nos quitaron al pobre _Rask_, al
-perro de Bug. Así, esta noche me resolví a ir y traérmelo, aun cuando
-me costara el pellejo, para poder cenar con apetito. Por eso, después
-de haber recomendado a Mathelet, su asistente de usted, que cepillase
-con cuidado el uniforme de gala para la gran acción de mañana, me salí
-a la calladita del campamento, sin más arma que mi sable, y me metí
-por entre las cercas, para llegar antes adonde están los ingleses.
-Todavía no había yo llegado ni a la primer línea de parapetos, cuando,
-con licencia, mi capitán, reparé en un corro de casacas coloradas que
-estaban en un bosquecillo, hacia la izquierda. Como no hacían alto en
-mí, me acerqué para ver mejor, y lo primero que descubrí fué a _Rask_,
-atado a un árbol en medio de ellos, mientras dos milores, en cueros
-como los herejes, se estaban repartiendo sobre las costillas unos
-puñetazos que hacían más ruido que la tambora de nuestro regimiento.
-Eran dos señores ingleses, que probablemente se habían desafiado por
-vuestro perro; pero _Rask_, que me conoció, dió de repente un estrechón
-tal, que rompió la cuerda, y en un abrir y cerrar de ojos estaba el
-tunante corriendo tras de mí. Ya puede usted figurarse que los otros
-no se estuvieron quietos. Yo me zambullí entre las matas, y _Rask_
-siguiéndome, mientras alrededor de nosotros silbaba una nube de balas.
-_Rask_ se puso a ladrar en respuesta; pero, por fortuna, no le pudieron
-oír a causa de sus gritos de _french dog_, _french dog_, como si el
-perro no fuera de la casta de Santo Domingo. No importa: ya habíamos
-saltado por encima de los cercados y me creía ya en salvo cuando se
-nos ponen delante dos de los colorados. Con el sable me zafé de uno de
-ellos, y lo mismo hubiera hecho con el otro, a no ser porque traía una
-pistola cargada con bala... Ahí tiene usted mi brazo derecho. Pero no
-importa: el _french dog_ le saltó al pescuezo, como si fuera un amigo
-antiguo, y yo aseguro que el abrazo fué estrecho, porque el inglés vino
-a tierra degollado. ¿Para qué fué tan terco el hombre en seguirnos? Por
-fin, aquí está Tadeo de vuelta al campamento, y _Rask_ con él. Mi única
-pesadumbre es que no quisiera Dios haberme enviado esto en la batalla
-de mañana. Conque... se acabó.
-
-Las facciones del veterano se entristecieron con la idea de no haber
-recibido su herida en una batalla.
-
---¡Tadeo!--exclamó el capitán en tono irritado; y en seguida añadió con
-más blandura--: ¿A qué viene esa tontería de exponerte así por un perro?
-
---No fué por un perro, mi capitán; fué por _Rask_.
-
-El rostro de D’Auverney se inmutó de repente, y el sargento prosiguió
-en su discurso:
-
---Fué por _Rask_, por el perro de Bug...
-
---Basta, basta, Tadeo--dijo el capitán, cubriéndose los ojos con una
-mano--. Vamos--añadió después de un breve silencio--, apóyate sobre mí
-y vamos al hospital.
-
-Después de hacer una respetuosa resistencia, obedeció Tadeo; y el
-perro, que durante toda esta escena se había entretenido, por desfogar
-su alegría, en roer la magnífica piel de oso de su amo, se levantó y
-les fué siguiendo a entrambos.
-
-
-
-
-II
-
-
-Este episodio había despertado en grado sumo la curiosidad de los
-bulliciosos espectadores.
-
-El capitán Leopoldo d’Auverney era uno de aquellos hombres que, sea
-cual fuere el escalón en que el acaso de la suerte o el remolino de
-la sociedad los haya colocado, inspiran siempre cierta especie de
-respeto mezclado de afecto. Quizá nada ofrecía de notable a primera
-vista: sus modales eran fríos y sus miradas indiferentes. El sol de los
-trópicos, aun cuando le tostó el cutis, no le había inspirado aquella
-viveza de gestos y palabras que suele hermanarse en los criollos con
-cierto abandono, a menudo lleno de gracia. D’Auverney hablaba poco,
-escuchaba rarísima vez y siempre se mostraba pronto a obrar. El primero
-en montar a caballo, el postrero en volver al pabellón, parecía como si
-buscase en las fatigas personales un amparo contra sus pensamientos.
-Estos pensamientos, que habían estampado su melancólica y severa
-huella en las precoces arrugas de su frente, no eran de aquella clase
-que se alivian con el desahogo de una confianza, ni eran de aquellos
-tampoco que se evaporan en una frívola conversación y se confunden
-gustosos con las ideas ajenas. Leopoldo d’Auverney, cuyo cuerpo no
-alcanzaban a rendir las penosas tareas de la guerra, manifestaba una
-aversión y cansancio inconcebibles en cuanto suele llamarse ejercicios
-de la fantasía. Huía de las disputas con tanto anhelo como buscaba
-las batallas, y si a veces se dejaba arrastrar hasta tomar parte en
-algún debate, soltaba tres o cuatro palabras llenas de grave juicio
-y profundas razones, y luego, en el momento mismo de convencer a su
-adversario, se paraba, exclamando: “¿De qué sirve...?”, y se salía
-para pedirle al comandante algo en que entretener el tiempo, ínterin
-llegaba la hora de la carga o del asalto.
-
-Sus camaradas excusaban su porte seco, reservado y taciturno, porque en
-toda ocasión le encontraban bueno, valiente y bondadoso. Había salvado
-la vida de muchos, con peligro de la suya propia, y era sabido que, si
-rara vez abría la boca, su bolsa, al menos, nunca estaba cerrada. Era
-querido en el ejército, y hasta le perdonaban el hacerse respetar, por
-decirlo así.
-
-Sin embargo, era aún joven: treinta años aparentaba, y en realidad
-estaba aún lejos de tenerlos. Aun cuando hacía ya algún tiempo que
-combatía en las filas republicanas, todos ignoraban sus aventuras; y el
-único ente que, aparte de _Rask_, podía arrancarle alguna señal de vivo
-interés, era el sargento veterano Tadeo, que había entrado a la par en
-el regimiento, que nunca se le separaba del lado y que solía contar de
-una manera confusa algunas circunstancias de su vida. Sabíase, pues,
-que D’Auverney había experimentado en América grandes desgracias, y
-que, casado en Santo Domingo, había perdido a su mujer y su familia
-entera entre los horrores de la revolución que dió por tierra con
-aquella magnífica colonia. En aquella época, los infortunios de esta
-clase se habían hecho tan comunes que se había formado una especie
-de fondo de compasión general, en que cada uno metía y sacaba su
-parte; de modo que si el capitán D’Auverney excitaba lástima en grado
-algo extraordinario, no tanto era por las pérdidas que había sufrido
-cuanto por su manera de sobrellevarlas. En efecto, al través de su
-glacial indiferencia no fuera difícil rastrear a veces los movimientos
-convulsivos que procedían de una llaga secreta, pero incurable.
-
-Así que principiaba el combate se serenaba su rostro. En la pelea se
-mostraba tan intrépido cual si aspirase a ser general; después de la
-victoria, tan modesto cual si se contentara con ser mero soldado. Sus
-camaradas, al ver semejante desdén de los grados y honores, no podían
-alcanzar por qué antes de la acción parecía desear algo con ansia, y no
-comprendían que, de todos los azares de la guerra, la muerte tan sólo
-era lo que D’Auverney apetecía.
-
-Los representantes del pueblo en el ejército le nombraron un día jefe
-de batallón sobre el campo de batalla; pero rehusó admitirlo porque,
-saliendo de la compañía, le hubiera sido forzoso separarse del sargento
-Tadeo. Algunos días después se ofreció de voluntario para el mando de
-una expedición arriesgada, de donde regresó en salvo contra la creencia
-general y contra sus propios deseos. Entonces se le oyó arrepentirse
-de no haber aceptado el grado ofrecido, porque “los cañones
-enemigos--decía--siempre me respetan; y la guillotina, que hiere a
-cuantos descuellan sobre el común nivel, quizá se hubiese acordado de
-mí”.
-
-
-
-
-III
-
-
-Tal era el carácter del personaje, sobre el cual, al salir de la
-tienda, se entabló la conversación siguiente:
-
---Apostaría--dijo el teniente Enrique, limpiándose sus botas de
-tafilete encarnado, que el perro manchó de lodo al pasar--, apostaría a
-que el capitán no daba la pata coja de su perro por aquella docena de
-canastas de vino de Madera que vimos el otro día en los furgones del
-general...
-
---Vaya, vaya--contestó de broma el ayudante de campo Pascual--; eso
-sería mal negocio, porque las canastas no tienen a la hora esta nada
-dentro, que yo puedo dar testimonio. Por consiguiente--añadió con suma
-seriedad--, ustedes convendrán en que treinta botellas vacías no valen
-la pata del perro, que al fin y al cabo pudiera muy bien servir para
-mango de un cordón de campanilla.
-
-El auditorio soltó la risa por el tono solemne con que el ayudante
-pronunció las últimas palabras; pero Alfredo, el oficial de húsares,
-único que no participó de la broma, tomó un aire de descontento.
-
---No veo, señores--dijo--, qué motivo de risa hay en lo que acaba
-de pasar. Este perro y este sargento, que andan siempre pegados a
-D’Auverney desde que le conozco, me parecen muy capaces de excitar
-interés. Por fin, esta escena...--Pascual, picado tanto de la seriedad
-de Alfredo cuanto de la burla de los restantes, le interrumpió diciendo:
-
---¡Ah! Eso sí: la escena es muy sentimental; pues vaya, ¡encontrar un
-perro y quebrarse el brazo!...
-
---Capitán Pascual, se equivoca usted--le respondió Enrique, arrojando
-fuera de la tienda la botella que acababa de vaciar--; ese Bug, por
-otro nombre Pierrot, me tiene en mucha curiosidad.
-
-Pascual, que iba a enfadarse de veras, se apaciguó reparando en que le
-habían llenado el vaso, y en esto entró D’Auverney y se fué a sentar
-en su antiguo puesto, sin pronunciar palabra; estaba pensativo, pero
-con el semblante menos agitado, y tan distraído, que nada oía de cuanto
-hablaban alrededor suyo. _Rask_, que le acompañaba, se echó a sus pies,
-mirándole con sobresalto.
-
---Mire usted su vaso, capitán D’Auverney; y pruebe éste, que es de lo...
-
---¡Oh! A Dios gracias--contestó el capitán, figurándosele que acertaba
-en responder a Pascual--, la herida no es peligrosa, porque el hueso
-está sano.
-
-Sólo el respeto involuntario que inspiraba el capitán a todos sus
-compañeros contuvo la carcajada que ya asomaba entre los labios de
-Enrique.
-
---Puesto que ya se ha sosegado usted en lo que toca a Tadeo--dijo
-conteniéndose--, y que nos hemos convenido en contar cada cual nuestras
-aventuras para distraer esta noche de vivac, espero, querido, que
-cumplirá usted su empeño contándonos la historia del perro cojo y la de
-Bug... qué sé yo cuántos, aquel peñón de Gibraltar.
-
-A esta pregunta, hecha en tono medio serio, medio de broma, no hubiera
-respondido D’Auverney si todos los demás concurrentes no hubiesen
-reunido sus instancias a las del teniente. Por fin cedió a tantos
-ruegos.
-
---Voy a complacer a ustedes, señores; pero no esperen otra cosa que la
-relación de una anécdota sencilla, en que no represento sino un papel
-muy subalterno. Si las relaciones de cariño que existen entre Tadeo,
-_Rask_ y yo les han hecho esperar algo de extraordinario, desde ahora
-les aviso que se equivocan, y con esto principio.
-
-Reinó entonces de súbito profundo silencio. Pascual se echó de un
-trago la calabaza de aguardiente, y Enrique se embozó en su piel de
-oso, medio roída, para guarecerse del frío, mientras Alfredo cantaba
-medio entre dientes la canción gallega de _La muñeira_. D’Auverney se
-quedó pensativo por unos instantes, como para retraer a la memoria
-el recuerdo de algunos sucesos, ya casi borrados por impresiones más
-recientes, y al fin tomó la palabra lentamente, casi en voz baja y con
-frecuentes pausas.
-
-
-
-
-IV
-
-
---Aunque nací en Francia, desde muy tierna edad me enviaron a Santo
-Domingo, en casa de un tío hacendado, muy rico, de aquella colonia, con
-cuya hija estaba resuelto mi enlace por la familia. La habitación de mi
-tío estaba situada a las inmediaciones del castillo de Galifet, y sus
-fincas se extendían por casi toda la vega del río Acul; y aun cuando el
-relato de tales circunstancias lo tengan ustedes quizá por menudencias
-insignificantes, de ello dimana principalmente la ruina total de mi
-familia.
-
-Ochocientos negros se ocupaban en la labranza de las inmensas fincas de
-mi tío, y debo confesar que los males inherentes a la triste condición
-de esclavos subían aún mucho de punto por la dureza del carácter de
-su amo. Mi tío se contaba entre el número, por fortuna muy escaso, de
-aquellos criollos a quienes la práctica prolongada de un despotismo sin
-límites había llegado a embotar la sensibilidad del ánimo. Acostumbrado
-a verse obedecido al primer indicio de su voluntad o capricho,
-castigaba con sumo rigor la menor tardanza o leve muestra de duda por
-parte de un esclavo, y a menudo las súplicas interpuestas de sus hijos
-servían tan sólo para encender su cólera. Así, pues, teníamos que
-contentarnos las más veces con suavizar en secreto los males que no
-estaba a nuestro alcance el impedir.
-
---¡Vaya, y qué bonito está eso!--dijo a media voz Enrique, inclinándose
-al oído del oficial más vecino--. Espero que el capitán no dejará pasar
-las desdichas de los _ex negros_ sin hacer una disertacioncita acerca
-de los deberes que nos impone la humanidad, etcétera, etcétera. Lo que
-es en la sociedad patriótica de _Massiac_[1] no escapábamos a menos.
-
---Gracias, Enrique, por el aviso, que me excusa ponerme en
-ridículo--respondió con frialdad D’Auverney, que lo había oído, y en
-seguida prosiguió su relación--.
-
-Entre todos sus esclavos, uno solo había conseguido congraciarse
-con mi tío, y éste era un enano español, mulato o de los que llaman
-cuarterón, que le había regalado lord Effingham, gobernador de la
-Jamaica. Mi tío, que había residido por muchos años en el Brasil, había
-contraído los hábitos portugueses y gustaba de rodearse de cierto
-fausto proporcionado a sus riquezas. Numerosos esclavos, adiestrados al
-servicio doméstico como los criados europeos, daban en cierto modo a
-su casa un aire de magnificencia cual la de un gran señor, y para que
-nada faltase, había conferido al esclavo de lord Effingham el título
-de su _bufón_, imitando así a aquellos antiguos barones feudales que
-mantenían un _gracioso_ entre el séquito de su corte. Es preciso en
-este punto confesar que la elección había sido en extremo acertada.
-El mulato Habibrah--que así se llamaba--era uno de aquellos entes
-cuya conformación física es tan extraña, que nos horrorizarían como
-monstruos si no moviesen antes a risa. Este espantoso enano era bajo,
-rechoncho y panzón, y se movía con suma agilidad y rapidez, sostenido
-en un par de piernecillas tan sutiles y diminutas que, cuando al
-sentarse las encogía, se asemejaban a las patas de una araña. Su enorme
-cabeza, macizamente enterrada entre los hombros, estaba cubierta de
-un pelo rojizo y crespo y adornada de tan enormes orejas que solían
-decir sus compañeros le servían de paño para enjugarse las lágrimas.
-Su rostro estaba sin cesar desfigurado por un gesto, sin que jamás
-el mismo se repitiese; extraordinaria movilidad de facciones que por
-lo menos confería a su fealdad el mérito de ser variada. Mi tío se
-le había aficionado a causa de esta poco común deformidad y de su
-inalterable alegría, y así, Habibrah era su favorito. Mientras que los
-esclavos restantes gemían, sobrecargados de trabajo, toda la faena
-de Habibrah estaba reducida a andar detrás de su amo con un inmenso
-abanico de plumas para oxear los mosquitos y demás insectos. Mi tío
-hacía que comiera a sus pies, sentado en una estera de juncos, y solía
-darle en su propio plato los restos de algún manjar preferido. Verdad
-es que en pago se mostraba Habibrah muy agradecido a tales bondades;
-no ejercía sus privilegios de bufón ni su derecho a hacerlo todo y a
-decirlo todo, sino con el objeto de divertir a su amo con mil ridículos
-dichos mezclados con extravagantes contorsiones, y al menor gesto de mi
-tío, acudía volando con la agilidad de un mono y el aspecto sumiso de
-un perro.
-
-Y, sin embargo, yo no podía vencer la repugnancia que me inspiraba
-aquel esclavo. Había algo de demasiado rastrero en su condición servil:
-porque si la esclavitud no deshonra, el servicio doméstico envilece.
-Sentía yo como una especie de benévola compasión hacia aquellos negros,
-a quienes veía trabajar todo el día sin descanso y sin que apenas
-una miserable vestidura encubriese sus grillos; pero el disforme
-saltimbanco, el esclavo holgazán, con su ridículo ropaje, entreverado
-de galones y matices y salpicado de cascabeles, no me inspiraba sino
-desprecio. Además, el enano no aprovechaba como buen compañero el favor
-que le granjeaban sus bajezas. Nunca había implorado un perdón del amo,
-que con tanta frecuencia y severidad castigaba; y aun cierto día que
-se creyó a solas con mi tío, se le oyó exhortarle a que redoblase su
-rigor contra los infelices negros. Con todo, los otros esclavos, que
-hubieran debido mirarle con celos y desconfianza, no le daban muestras
-de odio, sino antes bien les inspiraba una especie de temor respetuoso
-que en nada se asemejaba a enemistad; y cuando le veían pasar por entre
-sus chozas, con su gorra en hechura de cucurucho, adornada en la punta
-de cascabeles y toda pintorreada de estrambóticas figuras trazadas con
-tinta roja, decían entre sí y a media voz: “Es un _obí_[2].”
-
-Estos pormenores, sobre los cuales llamo ahora su atención, señores,
-me ocupaban muy poco en aquella época. Entregado por entero a las
-puras emociones de un amor, a que nada debiera, al parecer, poner
-obstáculo; de un amor nacido desde la infancia, y también desde ella
-correspondido por la mujer que me estaba destinada, apenas concedía
-una mirada indiferente a cuanto no era María. Acostumbrado desde la
-más tierna edad a considerar como mi futura esposa a aquella que en
-cierto modo era ya mi hermana, se había establecido entre nosotros
-una especie de tierno cariño, cuya índole no se podrá comprender aun
-cuando diga que nuestro amor era una mezcla de fraternal abnegación,
-de exaltadas pasiones y de conyugal confianza. Pocos hombres han sido
-más felices que yo en sus primeros años; pocos han sentido abrirse
-el capullo de su alma a las emociones de la vida bajo una atmósfera
-más serena; pocos en tan deliciosa armonía, de placer para el momento
-presente y de halagüeñas esperanzas para el porvenir. Rodeado, casi
-desde la cuna, de cuantos deleites procuran las riquezas y de cuantos
-privilegios confiere un elevado nacimiento en aquellos países donde
-basta con el color del cutis para poseer tal dignidad; pasando mis
-días enteros al lado de la mujer en quien cifraba mi amor; viendo este
-amor mismo favorecido por nuestros deudos, únicos que hubieran podido
-ponerle estorbo; y todo esto en una edad en que la sangre hierve, en
-un país donde el estío es perpetuo, donde la naturaleza es hermosa,
-¿qué más pudiera combinarse para inspirarme ciega confianza en mi feliz
-estrella?, ¿qué más se requiere para poder repetir que pocos hombres
-fueron más felices que lo fuí yo en mis primeros años?
-
-El capitán se detuvo por un instante, cual si le faltase aliento para
-aquellos recuerdos del pasado deleite, y en seguida añadió con acento
-melancólico:
-
---Verdad es que, en cambio, tengo ahora el derecho de afirmar que nadie
-pasará en mayor amargura sus últimos momentos.
-
-Y como si hubiese sacado fuerzas del íntimo convencimiento de sus
-desgracias, continuó con acento sereno.
-
-
-FOOTNOTES:
-
-[1] Nuestros lectores habrán olvidado, sin duda, que el club _Massiac_,
-citado por el teniente Enrique, era una sociedad de _negrófilos_ que se
-instituyó en París a principio de la Revolución, y que provocó la mayor
-parte de las insurrecciones que estallaron entonces en las colonias.
-
-También podrá chocar la ligereza un poco atrevida con que el joven
-teniente se burla de los _filántropos_ que aún reinaban en aquella
-época por la gracia del verdugo. Mas es preciso recordar que antes,
-durante y después del Terror, la libertad de pensar y de hablar se
-había refugiado en los campamentos. Tan noble privilegio costaba de
-cuando en cuando la cabeza a un general, pero libra de todo reproche la
-resplandeciente gloria de aquellos soldados que los denunciantes de la
-Convención llamaban “los _señores_ del ejército del Rhin”.
-
-[2] Hechicero en el dialecto de los negros.--N. del A.
-
-
-
-
-V
-
-
---En medio de tales ilusiones y de tan ciegas esperanzas, llegué a
-los veinte años de mi edad, que debían cumplirse en agosto de 1791,
-para cuya misma época había fijado mi tío la consumación de mi
-enlace con María. Fácil les será a ustedes comprender que la idea de
-una felicidad tan cercana absorbía todos mis pensamientos, y cuán
-vagos, por consiguiente, han de ser los recuerdos que me quedan de
-las discusiones políticas que de dos años a aquella parte estaban
-agitando nuestra colonia. No hablaré, pues, ni del conde de Peinier,
-ni de M. de Blanchelande, ni del desgraciado coronel Mauduit, cuyo
-fin fué tan trágico. No pintaré la rivalidad entre la asamblea
-_provincial_ del Norte y aquella otra asamblea _colonial_ que usurpó
-el título de _general_, juzgando que la palabra _colonial_ olía
-demasiado a esclavitud. Estas mezquindades, que conmovían a la sazón
-todos los ánimos, no despiertan ahora el menor interés, a no ser por
-los infortunios a que dieron margen. En cuanto a mí, si tenía alguna
-opinión tocante a los celos mutuos que reinaban entre el distrito del
-Cabo y el de Puerto Príncipe, debía ser, naturalmente, a favor del
-Cabo, donde residíamos, y asimismo a favor de la asamblea provincial,
-en que mi tío tenía asiento.
-
-Tan sólo una vez me sucedió tomar parte algo activa en los debates
-a que daban origen los asuntos del día, y fué a propósito de aquel
-funesto decreto expedido en 15 de mayo de 1791 por la Asamblea
-Nacional de Francia, por el que se admitía a la libre gente de color
-a la participación de iguales derechos políticos que ejercían los
-blancos. En un baile que dió el gobernador de la ciudad del Cabo,
-muchos criollos jóvenes hablaban con vehemencia contra esta ley, que
-tan profundamente hería el amor propio, quizá fundado, de los blancos.
-No me había mezclado yo aún en la conversación, cuando se acercó al
-corro un hacendado rico, pero a quien los blancos admitían con mucha
-dificultad entre sí y cuyo color equívoco daba que sospechar sobre su
-estirpe. Entonces me adelanté hacia aquel sujeto, y le dije en alta voz:
-
---Siga usted adelante, caballero, porque aquí oiría cosas desagradables
-para los que, como usted, tienen sangre mestiza en sus venas.
-
-Esta acusación le irritó a tal extremo que me llamó a un desafío, en el
-cual ambos quedamos heridos. Confieso que obré mal en provocarle; pero
-lo que se llama las preocupaciones del color no hubieran bastado para
-empujarme a este paso. Mas aquel hombre había manifestado la audacia de
-elevar sus pensamientos hasta mi prima, y en el momento mismo que le
-insulté de manera tan inesperada acababa de bailar con ella.
-
-De todos modos, veía yo con embriaguez adelantarse el momento que
-iba a hacerme dueño de María, y permanecía cada vez más ajeno a la
-efervescencia, siempre en aumento, que hacía delirar a cuantos estaban
-a mi alrededor. Fijos los ojos en mi dicha que se aproximaba, no hice
-alto en los terribles y obscuros nubarrones que iban encapotando todo
-el ámbito de nuestro horizonte político, y cuyo ímpetu debía, al
-descargar, desarraigar todos nuestros destinos. No que aun los ánimos
-más perspicaces e inclinados a augurar mal tuvieran ya serios temores
-de una revolución de los esclavos, pues se despreciaba demasiado a esta
-raza para que inspirase susto; pero existían sí, entre los blancos
-y los mulatos libres, gérmenes de un odio más que suficiente para
-que al estallar este volcán, por tanto espacio de tiempo comprimido,
-envolviese a la colonia entera entre sus escombros.
-
-En los primeros días de aquel mes de agosto, invocado por mis más
-ardientes votos, cierto extraño incidente vino a mezclar una inquietud
-imprevista con mis tranquilas esperanzas.
-
-
-
-
-VI
-
-
-Había mi tío mandado levantar a las orillas de un precioso riachuelo,
-que bañaba sus tierras, una glorieta de enramada en medio de una
-espesa arboleda. Allí solía venir María todas las tardes a respirar la
-pura brisa del mar, que se alza diariamente en Santo Domingo durante
-la estación más calurosa, y cuya frescura aumenta o disminuye con el
-ardor mismo del día; y yo tenía cuidado de adornar todas las mañanas
-este asilo con mis propias manos y de depositar en él las más hermosas
-flores. Un día María corrió hacia mí, llena de susto, para anunciarme
-que, habiendo entrado en la glorieta como de costumbre, encontró,
-con terror y sorpresa, arrancadas y pisoteadas por el suelo cuantas
-flores había yo colocado por la mañana; y en su vez, un gran ramo de
-caléndulas silvestres y recién cogidas puesto en el lugar mismo donde
-solía ella sentarse. No había vuelto aún de su sorpresa cuando oyó el
-sonido de una guitarra entre los árboles vecinos, y después una voz,
-que no era la mía, empezó a entonar con acento suave una canción que le
-había parecido española, pero de la cual su turbación, y quizá el pudor
-virginal, no le habían permitido entender otra cosa que su nombre, con
-frecuencia repetido. Entonces acudió a una huída precipitada, sin que
-por fortuna encontrara estorbo.
-
-Este relato me llenó de indignación y celos. Mis primeras sospechas se
-dirigieron al _mestizo_ con quien acababa de tener tan serio altercado;
-pero en la perplejidad en que me veía, determiné no dar paso alguno
-de ligero, y consolé a la pobre María, prometiéndole vigilar por su
-seguridad sin descanso hasta que llegara el momento, ya próximo, en que
-me fuera lícito protegerla sin disfraz.
-
-Suponiendo, pues, que el atrevido, cuya insolencia había asustado a
-María a tal extremo, no habría de contentarse con aquella primera
-tentativa para declararle lo que adiviné ser su amor, resolví aquella
-misma noche, en cuanto se hubiesen entregado todos al descanso,
-ponerme de acecho junto a la porción del edificio donde descansaba mi
-prometida. Escondido en la espesura de las cañas de azúcar y armado
-de un puñal, me puse en espera y no aguardé largo tiempo en vano.
-Hacia la media noche, un preludio melancólico y mesurado, que turbó
-de repente el silencio, a pocos pasos de mí, fijó desde luego mi
-atención. Semejante ruido obró en el ánimo como una sacudida eléctrica:
-¡era una guitarra y estaba bajo las mismas ventanas de María! Furioso
-y blandiendo el puñal, me lancé hacia el sitio de donde salían los
-sonidos, rompiendo con mis pisadas los frágiles tallos de las cañas,
-cuando de repente me sentí agarrar por una fuerza, a mi parecer
-prodigiosa, y vine a tierra; el puñal me le arrancaron de las manos y
-le vi brillar sobre mis sienes. Al tiempo mismo, dos ojos encendidos
-relumbraron entre la obscuridad pegados a los míos, y dos andanadas
-de dientes, blancos como el marfil, que pude entrever a través de las
-tinieblas, se abrieron para dejar escapar en acento de cólera estas
-palabras: _Te tengo, te tengo_[3].
-
-Más atónito aun que temeroso, forcejeaba yo en vano con mi formidable
-adversario, y ya la punta del puñal penetraba por mis vestiduras,
-cuando María, sobresaltada en su sueño por el sonido de la guitarra
-y el tumulto de nuestros pasos y clamores, apareció de súbito a la
-ventana. Reconoció mi voz, vió brillar un puñal y lanzó un grito de
-dolor y de angustia. Aquel grito penetrante paralizó en cierto modo
-el brazo de mi victorioso antagonista; se contuvo cual si le hubiese
-vuelto estatua algún hechizo; recorrió incierto por algunos instantes
-la superficie de mi pecho con el puñal, y al cabo, arrojándolo de sí,
-exclamó en francés:
-
---No, no, que lloraría ella demasiado.
-
-Al concluír estas palabras, desapareció por entre las cañas, y antes
-que yo, magullado por aquella lucha tan extraña y desigual, tuviese
-tiempo de incorporarme, ningún rumor, ningún vestigio indicaban o su
-presencia o el rastro de sus huellas.
-
-Muy difícil me fuera explicar lo que pasó por mí al volver de mi primer
-asombro entre los brazos de María, para quien me había perdonado la
-existencia el mismo individuo que amenazaba disputarme su tesoro. Más
-que nunca me sentía irritado contra este inesperado rival, y corrido de
-deberle la vida. En el fondo del negocio--me decía mi amor propio--, a
-María es a quien exclusivamente se la debo, pues que el imperio de su
-voz fué lo que hizo caer el puñal; pero, con todo, no podía ocultárseme
-a mis propios ojos que había algo de generoso en el sentimiento que
-movió a mi desconocido rival al perdonarme. Mas ese rival, ¿quién era?
-Me confundía en sospechas, que se desvanecían las unas a las otras.
-No podía ser el mestizo en quien se fijaron primero mis celos, porque
-estaba muy lejos de poseer aquella fuerza extraordinaria, y, además, su
-voz era diferente. El individuo con quien luché se me figuró que iba
-desnudo hasta la cintura, y esta especie de traje no lo usaban en la
-colonia sino los esclavos; pero no podía ser un esclavo. Sentimientos
-cual los que le habían inducido a arrojar el puñal no juzgaba que
-pudiesen pertenecer a un ente de esta clase, y, además, me repugnaba
-bajo todos conceptos la idea de tener a un esclavo por rival. ¿Quién
-sería, pues? Determiné callarme y observar.
-
-
-FOOTNOTES:
-
-[3] Víctor Hugo, que posee y aprecia en cuanto valen el lenguaje y la
-literatura castellana, emplea a menudo en esta obra voces y frases
-en español, a cuya categoría pertenecen las que van aquí en letra
-bastardilla y cuantas de la misma se encuentren más adelante. Sin
-embargo, como hablar un idioma extranjero con propiedad dista mucho
-de ser fácil empresa, el autor suele cometer incorrecciones, según
-es dado al lector reconocer; pero movidos del deseo de conservar a
-la historia su colorido original en cuanto posible fuere, nos hemos
-resuelto a conservar dichas frases excepto en aquellos casos donde la
-irregularidad de expresión era demasiado chocante. Sirva esto de aviso
-en general para lo sucesivo--N. del T.
-
-
-
-
-VII
-
-
-María había despertado a la anciana nodriza, que le había servido
-siempre de madre, a quien perdió en la cuna; así, pasé el resto de la
-noche a su lado, y en cuanto llegó el día, dimos parte a mi tío de
-tan inexplicable acontecimiento. Su asombro fué extremado; pero tanto
-su orgullo como el mío no pudo avenirse con la idea de que fuese un
-esclavo el amante incógnito de su hija. La nodriza recibió órdenes de
-no separarse de María; y como las sesiones de la asamblea provincial,
-la inquietud que inspiraba a los principales hacendados el aspecto,
-cada día más sombrío, de los negocios coloniales; el cuidado, en fin,
-de sus haciendas, no dejaban a mi tío momento alguno de descanso, me
-autorizó para que acompañara a su hija en todos sus paseos, mientras
-llegaba el 22 de agosto, época de nuestro enlace. Al tiempo mismo,
-empeñado en la creencia de que el nuevo adorador había por fuerza de
-ser forastero, mandó que se hiciese guardia por todos los confines
-de sus tierras, de día y de noche, y con mayor vigilancia que jamás
-anteriormente.
-
-Tomadas tales precauciones de concierto con mi tío, quise yo hacer por
-mí un ensayo, y así, me encaminé a la glorieta, arreglé cuanto había
-quedado en desorden la víspera y la adorné con las mismas flores que
-tenía de costumbre ofrecer a María.
-
-Cuando llegó la hora en que ella solía acudir a aquel retiro, cargué
-con bala mi escopeta y propuse a mi prima acompañarla al mismo sitio;
-la nodriza vino con nosotros.
-
-María, sin saber que yo hubiese enmendado los destrozos del día
-anterior, entró primero en la glorieta.
-
---Mira, Leopoldo--me dijo--, todo está aquí en el mismo desorden que
-lo dejamos ayer; mira tu trabajo deshecho, tus flores arrancadas
-y marchitas; pero lo que me asombra--añadió, cogiendo el ramo de
-caléndulas silvestres--, lo que me asombra es que este odioso ramo no
-se haya ajado desde ayer acá; mírale, Leopoldo mío, y dime si no parece
-acabado de coger.
-
-Yo me había quedado inmóvil de cólera y sorpresa, porque, en efecto,
-mi tarea de la mañana estaba allí deshecha delante de mis ojos; y
-aquellas melancólicas y amarillentas flores, cuya frescura extrañaba mi
-pobre María, habían usurpado con insolencia el puesto de las rosas por
-mí colocadas.
-
---Sosiégate--me dijo ella, que percibió mi turbación--; sosiégate, que
-es una cosa ya pasada, y ese insolente no se atreverá, sin duda, a
-volver. Arrojemos tales cuidados como yo hago con este odioso ramo.
-
-Tuve buen cuidado de no disipar sus ilusiones, por temor de asustarla,
-y sin decirle que el que _nunca volvería_ había ya vuelto, le dejé
-pisotear las caléndulas en su inocente indignación; y luego, creyendo
-que era llegada la hora de conocer a mi misterioso rival, la hice
-sentarse en silencio entre su nodriza y yo.
-
-Apenas nos habíamos, en efecto, colocado en nuestro puesto, cuando
-María se llevó de repente el dedo a la boca, porque un leve son,
-debilitado entre el susurro del viento y el murmullo de las aguas,
-acababa de llegar a sus oídos. Púseme a escuchar, y era el mismo
-preludio lento y melancólico que en la noche anterior había despertado
-mi ira. Quise lanzarme del asiento; pero un gesto de María me contuvo.
-
---Detente, Leopoldo--me dijo a media voz--; repara en que va a cantar y
-a decirnos así probablemente quién sea.
-
-Y no se equivocó María, porque una voz armoniosa, cuyos acentos
-respiraban a un tiempo mismo algo de varonil y de lastimero, salió en
-breve de entre lo más espeso de la arboleda y mezcló con los sonoros
-tonos de una guitarra cierta canción española, que bebieron mis oídos
-palabra por palabra, con tal ardor que se quedaron éstas grabadas en mi
-memoria y puedo aun ahora repetir todas sus expresiones[4]:
-
-“¿Por qué huyes de mí, oh, María? ¿Por qué huyes de mí, oh, tierna
-doncella? ¿De dónde nace ese espanto que hiela tu ánimo cuando me
-escuchas? ¡Tan terrible aparezco, yo que sé amarte, padecer y cantar!
-
-“Cuando a través de los erguidos cocoteros y de las frondosas alamedas,
-que baña el río, contemplo deslizarse tus formas puras y aéreas, la
-vista se me empaña, oh, María, cual si mirase pasar alguna visión
-celeste.
-
-“Y si escucho, oh, María, los hechiceros y melodiosos acentos que se
-exhalan de tu boca, juzgo que el corazón acude a latir en mis oídos y
-mezcla un murmullo lastimero con tu voz armoniosa.
-
-“¡Ay! Tu voz es más suave para mí que el canto mismo de los pajarillos
-que vuelan libres por la bóveda de los cielos y que vienen de las
-regiones de mi patria.
-
-“¡De mi patria, donde yo era rey; de mi patria, donde yo era libre!
-
-“¡Libre y rey, oh, doncella! Y todo esto lo olvidaría por ti;
-olvidaríalo todo: ¡trono, familia, deberes y venganza! Sí, hasta la
-venganza; aunque ha llegado el instante de madurar ese fruto amargo y
-delicioso, que tan tardo crece.”
-
-La voz había cantado las estrofas que anteceden, haciendo pausas
-repetidas y melancólicas; mas al llegar a las últimas palabras, cobró
-un acento de terrible energía.
-
-“¡Oh, María! Tú eres como la esbelta palma que a los soplos del aura se
-mece ufana con blando movimiento, y te miras en los ojos de tu amante
-cual la palma se mira en las cristalinas ondas de la fuente.
-
-“¡Pero qué! ¿Tú lo ignoras por ventura? ¿No sabes que suele alzarse en
-el desierto un huracán envidioso al contemplar el bien de la fuente
-preferida? Mírale que llega, y que el aire y la arena se confunden al
-batir de sus espesas alas; mírale que envuelve al árbol y al manantial
-en sus abrasadores remolinos. Y la fuente se agota, y siente la
-palma marchitarse el círculo galano de sus hojas al influjo de aquel
-mortífero aliento, y se ve despojada de su brillante adorno, majestuoso
-cual una real corona y elegante cual una verde caballera.
-
-“¡Tiembla, oh, blanca hija de la Española[5]! ¡Tiembla! ¡No sea que
-todo alrededor tuyo se convierta luego en un huracán y en un páramo
-sombrío! Entonces llorarás el amor que hubiera podido conducirte hacia
-mí como el alegre _kata_, el pájaro de amparo en el desierto, guía
-hasta la cisterna, por los incultos arenales de Africa, al sediento
-peregrino.
-
-“¿Ni por qué has de despreciar mi cariño, oh, María? Yo soy rey, y mis
-sienes descuellan entre todas las frentes humanas. Tú eres blanca, y yo
-soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el
-ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la
-tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.”
-
-
-FOOTNOTES:
-
-[4] Aquí añade Víctor Hugo, en una nota, que le parece inútil copiar
-el romance español que comenzaba: _¿Por qué me huyes, María?_ Como tal
-romance o canción en castellano, por supuesto, no existe, habremos de
-contentarnos con traducir la prosa francesa.--N. del T.
-
-[5] Primer nombre, según sabrán nuestros lectores, que dió Cristóbal
-Colón a la isla de Santo Domingo, en diciembre de 1492, año del
-descubrimiento.--N. del A.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Un prolongado suspiro, que continuó resonando en las cuerdas de la
-guitarra, acompañó a estas últimas palabras. Estaba yo fuera de mí:
-“¡Rey! ¡Negro! ¡Esclavo!” Mil ideas incoherentes, despertadas por
-la inexplicable canción que acabábamos de escuchar, me hervían en
-el cerebro; un ímpetu violento, una necesidad de aniquilar al ser
-desconocido que osaba mezclar el nombre de María con sus cánticos de
-amor y de amenaza, se había apoderado de mi mente. Agarré, frenético,
-la escopeta y me arrojé afuera; y mientras María, atemorizada, alargaba
-los brazos para detenerme, estaba ya metido en lo más espeso de la
-enramada, hacia el punto donde sonó la voz incógnita. Registré la
-arboleda en todas direcciones, metí el cañón de mi arma por entre
-los matorrales, di vuelta a los gruesos troncos, sacudí las crecidas
-hierbas y... en vano; todo, todo en vano. Tan inútil pesquisa, unida a
-vagas reflexiones acerca de la canción, añadieron cierta vergüenza a mi
-cólera. ¡Pues qué!, ¿había siempre de escaparse este insolente rival,
-tanto de mi brazo cuanto a mi comprensión? ¿No podría ni encontrarle,
-ni adivinar su ser?... En este momento, un ruido de cascabeles vino a
-sacarme de mi distracción, y al revolverme con rapidez me encontré al
-lado con el enano Habibrah.
-
---Buenos días, amo mío--me dijo, haciéndome una reverencia con sumo
-respeto; pero en su mirada de reojo, que clavó en mí con disimulo,
-juzgué observar una inexplicable muestra de malicia y un aire de oculto
-gozo al contemplar el desasosiego estampado en mi frente.
-
---Habla--le grité con aspereza--y dime si has visto a alguien en este
-bosque.
-
---A nadie más que a usted, _señor mío_--me respondió con serenidad.
-
---¡Pues qué! ¿No has oído una voz?--le repliqué.
-
-El esclavo se quedó por algún breve espacio como pensando qué
-responderme, y yo, hirviendo en ira, proseguí:
-
---Vamos, respóndeme pronto, infeliz: ¿no has oído por aquí una voz?
-
-Clavó descaradamente en mí sus ojos, redondos como los de un gato
-montés, y contestó:
-
---¿_Qué quiere decir usted_ con eso de una voz, mi amo? Hay voces
-dondequiera y de cualquier especie; hay la voz de los pájaros y la de
-las aguas; hay la voz del viento meciéndose entre las hojas...
-
-Le interrumpí dándole una fuerte sacudida y diciéndole:
-
---¡Miserable bufón! Deja de tomarme por tu juguete o te haré escuchar
-muy de cerca la voz que sale del cañón de una carabina. Respóndeme en
-cuatro palabras: ¿has oído en este bosque a algún hombre cantar una
-canción española?
-
---Sí, señor--me replicó, sin parecer conmovido--; y también oí la letra
-de la música. Atención, amo mío, que voy a contarle cierta cosa. Me
-iba yo paseando por las cercanías de este bosque, escuchando lo que
-me decían al oído los cascabeles de la _gorra_, cuando el viento vino
-de repente a añadir a semejante concierto algunas palabras de esa
-lengua que usted llama el español, la primera que tartamudearon mis
-labios cuando mi edad se contaba, no por años, sino por meses, y cuando
-mi madre me llevaba colgado de su cuello con fajas de bayeta roja y
-amarilla. Yo amo esa lengua porque me recuerda el tiempo en que yo era
-chiquito y aún no era enano, en que era un niño y no un bufón imbécil;
-me acerqué, pues, y escuché el fin de la canción.
-
---¿Y qué?--repuse yo impaciente--. ¿Es eso todo cuanto alcanzas?
-
---Sí, señor, amo _hermoso_; pero si usted quiere, le diré quién era el
-hombre que cantaba.
-
-Creí que iba a abrazar al enano.
-
---¡Habla, habla, Habibrah! ¡Ahí tienes mi bolsa, y diez bolsas aún más
-llenas serán tuyas si me enseñas a ese hombre!
-
-Tomó la bolsa, la abrió y se sonrió.
-
---¡_Diez bolsas_ más llenas que ésta! ¡Qué _demonio_! ¡Eso haría una
-_fanega_ llena de pesos con el retrato _del rey Luis quince_, tantos
-cuantos bastarían para sembrar las tierras del mágico de Granada
-Altornino, que poseía la ciencia de hacer crecer _buenos doblones_!
-Pero, vamos, no se incomode usted, señorito, que allá voy al grano.
-Acuérdese usted, _señor_, de las últimas palabras de la canción: “Tú
-eres blanca y yo soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la
-noche para dar el ser a los rosados matices de la aurora y a los
-dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos que la luz del mismo
-día.” Ahora bien: si la canción dice la verdad, el mulato Habibrah, su
-humilde, esclavo, nacido de un blanco y de una negra, es más hermoso
-que usted mismo, _señorito_. Yo soy el producto de la unión del día
-y de la noche; yo soy la aurora o la tarde de que habla la canción
-española, y usted no es más que la luz del día. Luego yo soy más
-hermoso que usted, _si usted lo quiere_; yo soy más hermoso que un
-blanco...
-
-Y el enano mezclaba con tan extrañas digresiones grandes carcajadas de
-risa. Volví entonces a interrumpirle, diciendo:
-
---¿Adónde vas a parar con tales extravagancias? ¿Acaso nada de lo que
-hablas puede indicarme quién era el hombre que cantaba en el bosque?
-
---Exactamente, mi amo--repuso el bufón con una mirada maliciosa--.
-¡Claro está que el _hombre_ que llegó a cantar tales _extravagancias_,
-como usted las llama, ni podía ser ni es sino un loco como yo! Así me
-gané _las diez bolsas_.
-
-Ya tenía el brazo levantado para castigar la insolente bufonada del
-esclavo emancipado, cuando de repente resonó en el bosque un grito
-agudo hacia el lado de la glorieta: era la voz de María. Me lancé en
-aquella dirección, corrí, volé, soñando en la nueva desgracia que
-pudiera amenazarme, y llegué a la glorieta falto de aliento. Allí, un
-espectáculo horrible me aguardaba. Un enorme caimán, con el cuerpo
-medio escondido entre los juncos de la orilla, asomaba la monstruosa
-cabeza por los arcos de verdes ramas que sostenían el techo del
-cenador. Su boca, entreabierta y medrosa, amenazaba a un negro, joven
-y de estatura colosal, que con un brazo sostenía a la amedrentada
-doncella, mientras con el otro metía con arrojo el hierro de un hacha
-de carpintero entre las aceradas quijadas del monstruo. El caimán
-luchaba enfurecido contra aquella mano audaz y robusta que le tenía
-sujeto. Al instante de aparecer yo en el umbral de la glorieta, soltó
-María un grito de júbilo, se arrancó de los brazos del negro y vino a
-caer a mis plantas, exclamando:
-
---¡Ya estoy salva!
-
-A este movimiento, a estas palabras de María, el negro se volvió con
-ímpetu, cruzó los brazos sobre el hinchado seno y, clavando sobre mi
-esposa prometida una mirada de dolor, se quedó inmóvil y como sin
-apercibirse de que el caimán, cerca de él y desembarazado ya del hacha,
-iba a devorarle. Perdido estaba sin recurso el intrépido negro si,
-poniendo con prontitud a María en brazos de su nodriza, que más muerta
-que viva permanecía sentada en el banco, no me hubiese yo aproximado
-al monstruo y le hubiera descargado en la boca, que tenía abierta, el
-tiro de mi carabina. El animal, herido, abrió y cerró por dos o tres
-veces aún las quijadas llenas de sangre y los ojos empañados; pero esto
-no fué más que un movimiento convulsivo, y de repente se tendió con
-gran estrépito sobre el lomo, estirando sus patas gruesas y escamosas,
-y quedó muerto. El negro, a quien acababa de salvar tan felizmente,
-volvió la cabeza y contempló los últimos estremecimientos del monstruo;
-clavó en seguida los ojos en tierra, y alzándolos despacio hacia María,
-que había acudido a refugiarse en mis brazos para disipar el vestigio
-de sus temores, me dijo, en un tono de voz que indicaba aún más que la
-desesperación:
-
---_¿Por qué le has muerto?_
-
-Y luego se alejó precipitado, sin aguardar mi respuesta, y se ocultó
-entre la espesura de los árboles.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Aquella terrible escena, aquel extraordinario desenlace, las emociones
-de toda especie que habían precedido y acompañado a mis inútiles
-pesquisas en el bosque, se combinaron para lanzar en el caos mi
-fantasía. María estaba aún con los sentidos paralizados por el susto,
-y largo tiempo se pasó antes de que pudiésemos manifestarnos nuestros
-incoherentes pensamientos, a no ser en miradas y abrazos. Al cabo, yo
-rompí el silencio diciendo:
-
---Ven, María; salgamos de este lugar, que tiene algo de funesto.
-
-Ella se levantó con ansia, cual si solo hubiera aguardado mi permiso,
-y, cogiéndome del brazo, nos alejamos de allí. Entonces le pregunté
-cómo le había llegado el socorro milagroso de aquel negro en el momento
-del horroroso peligro que acababa de correr, y si sabía quién fuese
-aquel esclavo, pues el grosero vestido, que apenas tapaba su desnudez,
-anunciaba bien claro su ínfima condición.
-
---Ese hombre--respondió María--es, sin la menor duda, alguno de los
-esclavos de mi padre que estaba trabajando a orillas del río cuando
-apareció el caimán y me hizo arrojar el grito que te dió aviso de mi
-peligro. Lo único que sabré decir es que en aquel mismo instante se
-lanzó del bosque para acudir en mi ayuda.
-
---¿Y de qué lado vino?--le pregunté.
-
---Del opuesto al lado de donde salía la voz un momento antes, y por
-donde acababas tú de meterte entre los árboles.
-
-Esta circunstancia contrariaba el enlace, que no había podido menos
-de buscar mi ánimo, entre las postreras palabras en español que me
-dirigió el negro y la canción en el mismo idioma que cantaba mi rival
-desconocido. Otros puntos de semejanza se me habían ya igualmente
-presentado a la memoria. Aquel negro, de estatura casi gigantesca
-y dotado de fuerzas tan prodigiosas, podía muy bien ser el robusto
-adversario que me venció en la lucha de la noche anterior; la
-circunstancia de estar medio desnudo se convertía así en un indicio
-evidente. El cantor de la selva había dicho: “Yo soy negro...”, nueva
-prueba. Se había anunciado por rey, y éste no era más que un esclavo;
-pero recordé, no sin asombro, el aire de fuerza y majestad grabado
-en sus facciones, en medio de los signos característicos de la raza
-africana; el brillo de sus ojos; la blancura de los dientes, que tanto
-resaltaba en su piel azabachada; lo ancho de su frente prodigiosa,
-sobre todo para un negro; la soberbia desdeñosa que lucía en el espesor
-de sus labios y narices, y que inspiraba a sus facciones tanta fiereza
-y poderío; la nobleza de su porte; la belleza de sus formas, que si
-bien adelgazadas y abatidas con el cansancio de un trabajo cotidiano,
-todavía ostentaban un desarrollo casi hercúleo; recordé, repito, en
-su conjunto grandioso, el aspecto de este esclavo, y conocí que bien
-pudiera convenirle a un rey. Entonces, cavilando sobre esta porción
-de indicios, mis conjeturas se fijaban con ira en el insolente negro
-y quería mandarle buscar para castigarle... y luego todas mis dudas
-renacían. A decir verdad, ¿cuál era el fundamento de mis sospechas?
-Como la isla de Santo Domingo pertenecía en gran parte a España,
-resultaba de aquí que infinitos negros mezclaban en su lenguaje el
-idioma español, ya que hubiesen pertenecido primitivamente a colonos
-de Santo Domingo, ya que hubiesen nacido en su territorio. Y porque
-aquel esclavo me hubiese hablado unas cuantas palabras en la misma
-lengua, ¿era esto suficiente, por ventura, para darle por autor de una
-canción que exigía, a mi entender, un grado de cultura enteramente
-desconocido de los negros? En cuanto a la singular queja que profirió
-porque hubiese yo muerto al caimán, anunciaba, es verdad, hastío de la
-vida; pero nada más fácil de comprender en la condición de un esclavo,
-sin acudir, a buen seguro, a la hipótesis de un amor imposible hacia
-la hija de su propio amo. Su presencia en la arboleda de la glorieta
-pudo muy bien ser casual, y su fuerza y estatura distaban mucho de ser
-señales suficientes para cerciorarme de su identidad con mi antagonista
-nocturno. ¿Y por tan débiles indicios había de cargarle ante mi tío de
-tan terrible acusación y de entregar al implacable encono de su orgullo
-a un mísero esclavo que mostró tanto valor por defender a mi María...?
-En el momento que semejantes ideas iban apaciguando mi cólera, María
-las disipó enteramente diciéndome con aquella voz tan dulce a mis oídos:
-
---¡Leopoldo mío! ¡Cuánta gratitud debemos a ese buen negro! Sin él
-estaba perdida, y hubieras llegado tú demasiado tarde.
-
-Estas pocas palabras tuvieron un efecto decisivo. No alteraron mi
-intento de buscar al negro que había salvado a María; pero cambiaron,
-sí, el objeto de mis pesquisas: antes fuera para imponer castigo;
-ahora, para dar una recompensa.
-
-Mi tío supo de mí que debía a uno de sus esclavos la vida de su hija,
-y me prometió su libertad si lograba reconocerle entre el tropel de
-tantos desgraciados.
-
-
-
-
-X
-
-
-Hasta aquel instante, la índole de mi carácter me había alejado de los
-lugares donde estaban los negros al trabajo, porque me era demasiado
-penoso ver padecer a mis semejantes sin poder aliviarlos; pero cuando,
-a la mañana siguiente, me propuso mi tío acompañarle en su visita de
-ronda, lo acepté con ansia, en la esperanza de encontrar entre los
-trabajadores al libertador de mi adorada María.
-
-En este paseo alcancé a conocer cuán poderosa es la mirada del señor
-sobre su esclavo; pero, al mismo tiempo, ¡cuán caro se compra todo este
-poderío! Los negros, trémulos al aspecto de su amo, redoblaban en
-nuestra presencia su actividad y sus esfuerzos; mas ¡oh, y qué de odio
-no se encubría bajo aquel temor!
-
-De condición irascible, estaba ya mi tío próximo a irritarse de que
-le faltara pretexto para ello, cuando Habibrah, su asiduo compañero,
-le hizo reparar en un negro que, rendido de cansancio, dormía a la
-sombra de unas palmas. Mi tío corrió luego hacia aquel desgraciado, le
-despertó con aspereza y le mandó volver a su tarea sin demora. El negro
-se levantó asustado, y al levantarse dejó ver un rosal de Bengala,
-que mi tío cuidaba con esmero, y sobre el cual se había acostado por
-olvido. El delicado arbusto estaba perdido, y el dueño, ya irritado
-de la pereza, como él decía, del esclavo, se puso furioso con esta
-nueva vista. Frenético, tomó el látigo armado de correas con puntas de
-hierro, que llevaba siempre en sus paseos a la cintura, y alzó el brazo
-contra el infeliz negro, postrado de rodillas. No descargó, empero, el
-golpe; jamás podré olvidar aquel momento. Otra mano robusta detuvo de
-repente la mano del blanco, y un negro--el mismo que yo buscaba--, le
-dijo en francés:
-
---Castígame, pues acabo de ofenderte; pero no hagas daño a mi hermano,
-que tan sólo tocó a tu rosal.
-
-La intervención inesperada del hombre a quien debía yo la salvación
-de María, su gesto, sus miradas, el eco imperioso de su voz, me
-hirieron cual un rayo. Pero su generosa imprudencia, lejos de hacer
-avergonzarse a mi tío, sirvió tan solo de acrecentar su cólera y
-traspasarla del delincuente a su defensor. Exasperado, se soltó de
-brazos del negro gigante, y, colmándole de amenazas, alzó de nuevo el
-látigo para azotarle. Esta vez le arrancaron el látigo de la mano. El
-negro rompió el mango lleno de clavos como puede romperse una paja,
-y holló bajo sus pies aquel vil instrumento de venganza. Estaba yo
-inmóvil de sorpresa, y mi tío, de ira; era para él una cosa inaudita
-el ver su autoridad así menospreciada: los ojos estaban como prontos
-a saltar de su órbita, y los lívidos labios se estremecían con un
-movimiento convulsivo. El esclavo le contempló un instante con sosiego,
-y en seguida, alargando con dignidad una hoz que empuñaba en sus manos:
-
---Blanco--le dijo--, si deseas pegarme, toma siquiera esta hacha.
-
-Mi tío, fuera de sí, hubiera sin duda accedido a la súplica, y se
-precipitaba sobre el instrumento de muerte, cuando yo intervine a mi
-vez. Me apoderé con prontitud de la hoz y la arrojé en el pozo de una
-noria vecina.
-
---¿Qué haces?--preguntó mi tío con arrebato.
-
---Ahorrarle a usted--le respondí--el pesar de injuriar al defensor de
-su hija. Este es el esclavo a quien le debemos la salvación de María, y
-para el que tengo obtenida promesa de libertad.
-
-El momento no era a propósito para recordar promesas semejantes, y mis
-palabras apenas hicieron el menor efecto en el ánimo enconado de su
-autor.
-
---¡Su libertad!--me replicó con aire sombrío--. Sí, merece el término
-de su cautiverio. ¡La libertad! Ya veremos de qué especie es la que le
-concede el consejo de guerra.
-
-Tan fúnebres palabras me helaron de espanto, y en vano María y yo
-reunimos nuestros ruegos. El negro que por su descuido había ocasionado
-esta escena fué azotado, y a su defensor le condujeron a los calabozos
-del castillo de Galifet, inculpado de alzar la mano contra un blanco,
-crimen que del esclavo a su señor trae consigo la pena capital.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Ya podrán ustedes imaginarse, señores, hasta qué grado habían
-avivado mi interés y curiosidad tales circunstancias. Empecé a hacer
-indagaciones respecto del preso, y el resultado me proporcionó
-relaciones a lo sumo extrañas. Dijéronme que todos sus compañeros
-manifestaban el mayor respeto hacia aquel joven, y que esclavo él
-mismo, le bastaba una mínima señal para hacerse obedecer. No había
-nacido en la hacienda, ni se le conocía ni padre ni madre, y aseguraban
-que pocos años atrás había aportado en un buque negrero a las playas
-de Santo Domingo. Esta circunstancia hacía aún más notable el imperio
-que ejercía sobre todos sus compañeros, sin exceptuar siquiera a los
-negros _criollos_, los que, como ustedes sabrán quizá, profesan por lo
-común el más profundo desprecio hacia los negros _congos_, expresión,
-impropia por lo demasiado general, con la que se designaba en la
-colonia a todos esclavos traídos del Africa.
-
-Aun cuando parecía absorto en excesiva melancolía, su fuerza
-extraordinaria, junto a su habilidad maravillosa, le hacían un ente
-inapreciable para las faenas de la finca. Andaba a la noria por más
-tiempo y más de priesa que el mejor caballo y a veces le sucedió
-despachar en un solo día la tarea de diez de sus camaradas, por
-libertarlos del castigo a que estarían sujetos o por indolencia o
-por cansancio. Así es que era adorado por los esclavos; pero la
-veneración que le tributaban, muy diversa del terror supersticioso que
-les infundía el bufón Habibrah, parecía que dimanaba de alguna causa
-secreta: era una especie de culto.
-
---Lo que hay de más extraño--me decían--es el verle tan blando y llano
-de condición con sus iguales, que se glorian de obedecerle, como altivo
-y orgulloso con los _capataces_ de nuestras cuadrillas.
-
-Justo, por otra parte, será el decir que estos esclavos privilegiados,
-eslabones intermedios que en cierto modo ligaban entre sí la cadena
-de la servidumbre y la del despotismo, reuniendo a la ruindad de
-su condición la insolencia de su autoridad, se tomaban un placer
-maligno en colmarle de trabajo y de vejaciones. Parece, sin embargo,
-que no podían dejar de respetar el sentimiento de orgullo que le
-arrastró a cometer el ultraje contra mi tío. Ninguno de ellos había
-osado imponerle castigos humillantes, y si por ventura le habían
-amenazado, veinte negros se levantaban luego para sufrir en su lugar
-la sentencia, y él, inmóvil, presenciaba aplicarles la pena, como si
-en ello no hubiese hecho más que cumplir con sus deberes. Este hombre
-extraordinario era conocido en la hacienda con el nombre de _Pierrot_.
-
-
-
-
-XII
-
-
-Todos estos pormenores exaltaron mi imaginación juvenil, mientras
-María, llena de gratitud y compasión, participaba y aplaudía mi
-entusiasmo; y de tal manera se granjeó Pierrot nuestra simpatía, que me
-determiné a verle y servirle de ayuda. Empecé, pues, a pensar en los
-medios de hablarle.
-
-Aunque en extremo joven, era yo, como sobrino de uno de los hacendados
-más opulentos del Cabo, capitán de milicias en la parroquia del Acul.
-El castillo de Galifet estaba entregado a nuestra custodia y a la de
-un destacamento de dragones amarillos, cuyo jefe, por lo común un
-suboficial, tenía el mando de la fortaleza. Sucedió cabalmente que el
-comandante a la sazón era hermano de un hacendado pobre, a quien tuve
-la fortuna de poder hacerle importantes favores, y pronto, por lo
-tanto, a sacrificarse por mí...
-
-En esto, todo el auditorio interrumpió a D’Auverney, nombrando a Tadeo.
-
---Lo han adivinado, señores--repuso el capitán--; y ahora les será
-fácil comprender que no me costó trabajo lograr que me diera entrada en
-el calabozo del negro. Como capitán de milicias, tenía yo derecho para
-visitar el castillo; pero, a fin de no inspirar sospechas a mi tío,
-encendido aún en cólera, tuve cuidado de ir a la hora en que dormía su
-siesta. Los soldados, también con excepción de los centinelas, estaban
-entregados al sueño, y sin que nadie nos observara, llegué, guiado por
-Tadeo, a la puerta del calabozo. Tadeo la abrió y se retiró, y yo me
-entré adentro.
-
-El negro estaba sentado porque su estatura no le permitía permanecer
-erguido, y no se hallaba solo, pues un enorme perrazo se levantó en
-seguida y vino hacia mí gruñendo.
-
---_¡Rask!_--gritó el negro.
-
-Y el cachorro calló y volvió a echarse a los pies de su amo, donde
-acabó de devorar algunos miserables alimentos.
-
-Yo iba vestido de uniforme, y la luz que difundía en el reducido
-calabozo una claraboya era tan escasa que Pierrot no alcanzaba a
-distinguir quién yo fuese.
-
---Estoy pronto--me dijo con tono sereno.
-
-Y al acabar estas palabras se medio incorporó, y volvió a repetir:
-
---Estoy pronto.
-
---Yo creía--le dije, sorprendido con la soltura de sus movimientos--que
-tenías grillos.
-
-La emoción me puso la voz trémula, y él pareció no reconocerla.
-Entonces empujó con el pie algunos escombros, que dieron un sonido
-metálico, y respondió:
-
---¡Los grillos! Los he roto.
-
-Y había en el acento con que pronunció tales palabras algo como que
-daba a entender: “No he nacido para arrastrar cadenas.”
-
-Yo repuse:
-
---Tampoco me habían dicho que tuvieses un perro.
-
---Yo le he dado entrada--replicó.
-
-A cada paso crecía mi admiración. La puerta del calabozo estaba
-cerrada por la parte exterior con triples cerrojos, y la claraboya,
-que apenas tendría seis pulgadas de ancho, estaba resguardada con dos
-barras de hierro. Pareció como que comprendía mis cavilaciones, porque,
-levantándose en cuanto la bóveda, demasiado baja, se lo permitía,
-movió de su puesto sin esfuerzo un enorme sillar, situado debajo de la
-claraboya; arrancó las rejas, enclavadas en la pared por encima de esta
-piedra, y abrió de esta manera un boquete por donde podían entrar dos
-hombres sin estorbo, y que estaba al andar de una arboleda de plátanos
-y cocoteros, que cubre el morro adonde el fuerte estaba adosado.
-
-La sorpresa me dejó mudo, y, en esto, un rayo de luz, entrando por
-la abertura, iluminó de súbito mi semblante. El preso dió un salto
-como si hubiese puesto por azar el pie sobre una serpiente, y golpeó
-con la frente las piedras de la bóveda. Una mezcla indescifrable de
-mil encontrados afectos, una muestra extraña de odio, de cariño y de
-doloroso asombro, lucieron rápidamente en sus ojos; pero recobrando por
-un esfuerzo repentino el dominio sobre sus pensamientos, la fisonomía,
-cuando más no fuera, volvió en menos de un instante al anterior
-sosiego, y, clavando su vista en la mía, me contempló cara a cara como
-a un desconocido, diciendo:
-
---Puedo vivir aún dos días sin comer.
-
-Hice un gesto de horror al reparar entonces en lo descarnado de su
-aspecto, y él prosiguió:
-
---Mi perro no quiere comer sino de mi mano, y si yo no hubiera
-agrandado la claraboya, se habría muerto de hambre el pobre _Rask_. Más
-vale que sea yo el que muera y no él, porque, al cabo, de cualquier
-modo he de morir.
-
---¡No!--exclamé--. ¡No perecerás tú de hambre!
-
-No me comprendió, y contestó, sonriéndose con amargura:
-
---Verdad es que hubiera podido vivir aún dos días sin comer; pero
-siempre estoy pronto, señor oficial, y mejor es hoy que mañana. Lo que
-pido es que no se le haga daño a _Rask_.
-
-Entonces me apercibí de lo que daba a entender con su frase _estoy
-pronto_. Acusado de un crimen que se castigaba con pena de muerte,
-creyó que yo venía para conducirle al patíbulo, y aquel hombre, dotado
-de fuerzas colosales, le decía sereno a un mero niño _Estoy pronto_,
-cuando todos los medios de huída estaban a su arbitrio.
-
---Que no se le haga daño a _Rask_--repitió de nuevo.
-
-A esto no pude contenerme:
-
---Pues ¿qué--le dije--, no sólo me tomas por tu verdugo, sino que hasta
-dudas de mi humanidad hacia este pobre perro, que ningún mal ha hecho?
-
-Se enterneció y se le alteró la voz al decirme, alargándome la mano:
-
---Perdóname, blanco, porque quiero mucho a mi perro; y los
-tuyos--añadió después de una breve pausa--, los tuyos me han causado
-muchos males.
-
-Le abracé, le apreté la mano, le saqué de su error y le pregunté:
-
---Pues qué, ¿no me conoces?
-
---Sabía que eres un blanco, y para los blancos, por buenos que sean,
-¡es un negro tan poca cosa! Además, no me faltan razones para quejarme
-de ti.
-
---¿En qué?--repuse atónito.
-
---¿Pues no me has conservado por dos veces la vida?
-
-Tan extraña acusación me movió a risa, y, apercibiéndose, añadió con
-amargura:
-
---Sí, debería guardarte rencor. Me has salvado de un caimán y de
-un amo blanco, y, lo que es peor, me has arrebatado el derecho de
-aborrecerte. ¡Oh, soy muy desgraciado!
-
-La singularidad de sus ideas y su lenguaje no me movían ya casi a
-admiración, porque estaban en armonía consigo propio, y sin hacer alto
-en ello, le respondí:
-
---Mucho más te debo de lo que tú a mí, porque te debo la vida de mi
-futura esposa, de María.
-
-Padeció como si fuese una conmoción eléctrica.
-
---¡María!--dijo con voz apagada.
-
-Y dejó caer la cabeza entre las manos, que se retorcían con violencia,
-mientras penosos gemidos querían como reventarle el pecho. Confieso que
-mis amortiguadas sospechas se despertaron, pero sin cólera ni celos.
-Estábamos ambos demasiado próximos, yo a la dicha y él a la muerte,
-para que semejante rival, aun siéndolo, pudiese excitar en mí otras
-ideas que las de afecto y lástima.
-
-Levantó, por fin, la cabeza, y me dijo:
-
---Anda, no me lo agradezcas.
-
-Y después de otra pausa, prosiguió:
-
---¡Y, sin embargo, yo no soy de sangre inferior a la tuya!
-
-Esta frase revelaba un género de ideas que excitó vivamente mi
-curiosidad, y le insté que me manifestase quién era y lo que había
-padecido; pero él se mantuvo en tétrico silencio. Con todo, mi acción
-le había afectado, y mis ofertas de servirle y mis instancias parece
-que vencieron su disgusto hacia la vida, porque salióse y volvió a
-entrar, trayendo en las manos algunos plátanos y un enorme coco, y,
-cerrando en seguida la abertura, se puso a comerlos. Conversando con
-él, noté que hablaba con soltura el francés y el español, y que su
-ingenio no parecía desprovisto de cultura; entre otras cosas, sabía
-algunas canciones españolas, que cantaba con suma expresión. Este
-hombre era tan inexplicable bajo otros mil conceptos, que hasta ahora
-no me había chocado la pureza de su lenguaje; pero cuando traté de
-investigar la causa, permaneció callado. Al fin nos separamos, dejando
-yo orden dada a mi fiel Tadeo para que tuviera con él todos los
-miramientos y atenciones posibles.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Todos los días regresaba a verle a la misma hora; pero su causa me
-inspiraba grandes temores, pues, a pesar de todos nuestros ruegos, mi
-tío se obstinaba en acusarle. No le oculté mis inquietudes a Pierrot,
-pero él me escuchaba siempre con indiferencia.
-
-A menudo entraba _Rask_ mientras estábamos juntos, llevando por collar
-una gran hoja de palma. El negro se la desataba, leía los caracteres
-desconocidos que venían allí grabados y la rompía en seguida. En cuanto
-a mí, estaba ya enseñado por la experiencia a no hacerle preguntas
-ociosas.
-
-Un día que entré sin que, al parecer, hiciese alto en mí, estaba
-vuelto de espaldas hacia la puerta del calabozo, cantando con tono
-melancólico la canción española _Yo, que soy contrabandista_. Cuando
-hubo concluído, se volvió precipitadamente y me dijo:
-
---Hermano, prométeme, si en algún tiempo desconfías de mí, disipar
-todas tus sospechas si me oyes cantar esta tonada.
-
-Su aire era imponente, y sin entender muy a las claras lo que
-significaban tales palabras: _si en algún tiempo desconfías de mí_,
-le juré cuanto apetecía. Tomó entonces la cáscara del coco que cogió
-el día de mi primera visita, y que desde aquel momento conservaba, la
-llenó de vino de palmas, me incitó a llevármela a los labios y luego
-bebió todo el licor de un solo trago. Desde aquel momento ya no me dió
-otro nombre que el de hermano.
-
-Mientras tanto, yo empezaba a concebir algunas esperanzas. Mi tío se
-había apaciguado un tanto, y los regocijos para celebrar mi próximo
-casamiento con su hija le habían inclinado el ánimo a ideas de mayor
-blandura. A cada paso le hacía presente que Pierrot no llevaba
-intenciones de ofenderle, sino de estorbarle un acto de severidad quizá
-excesiva; que ese negro, por su atrevida pelea con el caimán, había
-salvado a María de una muerte segura; que le debíamos ambos, él a su
-hija y yo a mi esposa; que, además, Pierrot era el más vigoroso de
-sus esclavos--porque no soñaba ya en obtener su libertad, sino que se
-contentaba con su vida--; que él, a solas, trabajaba tanto como otros
-diez negros cualesquiera; y, en fin, que sobraba con sus brazos para
-poner en movimiento los cilindros de un molino de azúcar. Mi tío me
-escuchaba y aun me daba a entender que quizá haría desistimiento de la
-queja. Sin embargo, no le hablé al negro de mis esperanzas, queriendo
-gozar del placer de anunciarle su libertad por entero si la conseguía;
-pero lo que causaba admiración era el ver que, creyéndose próximo a la
-muerte, no se aprovechaba de los medios de fuga de que disponía. Cuando
-se lo manifesté, respondió con frialdad:
-
---Juzgarían que tengo miedo.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Una mañana vino hacia mí María inundada de gozo, y lucía en su dulce
-semblante algo de más angelical aun que los contentos del amor más
-puro. Era el pensamiento de una buena acción.
-
---Escucha--me dijo--: dentro de tres días llegarán el 22 de agosto y
-nuestra boda. Pronto...
-
-Yo le interrumpí, contestando:
-
---No digas pronto, María, cuando faltan tres días aún.
-
-Se sonrió, ruborizándose, y prosiguió:
-
---No me turbes, Leopoldo, que me ha venido una idea que te pondrá
-contento. Sabes que ayer fuí a la ciudad con mi padre para comprar los
-tocados para mi casamiento; no que me importen esos brillantes ni esas
-joyas, que no me han de hacer más hermosa a tus ojos, porque yo daría
-todas las perlas del mundo por una de aquellas flores que me quitó el
-tunante del ramo de caléndulas; pero, al fin, mi padre quiere colmarme
-de tales regalos y tengo que aparentar deseo por complacerle. Ayer
-vimos una _basquiña_ floreada de raso de China, metida en un cofrecito
-de palo de olor, que me llamó mucho la atención. Es cosa muy cara, pero
-muy extraña y muy bonita. Mi padre observó lo mucho que yo la miraba,
-y cuando volvimos a casa le pedí que me prometiera concederme una
-súplica, al modo de los antiguos paladines; ya sabes cuánto le gusta
-que se le compare con los caballeros antiguos. Me juró, pues, por su
-honor que me concedería la primera cosa que le pidiera, fuese cual
-fuese, y se figura que será la basquiña de raso de China; pero nada de
-eso, que será la vida de Pierrot. Este será mi regalo de boda.
-
-No pude menos de estrechar a aquel ángel entre mis brazos; y como la
-palabra de mi tío era cosa sagrada, mientras que María iba a reclamar
-su cumplimiento, yo acudí de carrera al castillo de Galifet para
-anunciarle a Pierrot su perdón, ya positivo.
-
---¡Hermano!--le grité al entrar--. ¡Hermano, regocíjate, que tu vida
-está en salvo! María la ha pedido a su padre por regalo de boda.
-
-El esclavo se estremeció.
-
---¡María! ¡Boda! ¡Mi vida! ¿Cómo pueden hermanarse tales cosas?
-
---Es muy sencillo--le respondí--. María, a quien le salvaste la vida
-también, se casa...
-
---¿Con quién?--exclamó el esclavo, y sus miradas eran desatentadas y
-terribles.
-
---¿Pues no lo sabes?--le repliqué con blandura--. Conmigo.
-
-Entonces su formidable rostro volvió a aparecer amistoso y resignado.
-
---¡Sí! Verdad es. ¡Contigo!--me dijo--. ¿Y cuál es el día señalado?
-
---El 22 de agosto.
-
---¡El 22 de agosto! ¿Estás demente?--repuso con expresión de temor y
-congoja.
-
-Aquí se detuvo y le miré atónito. Después de un breve rato de silencio,
-me estrechó la mano con fervor.
-
---Hermano, en cuanto cabe debo mi boca darte un consejo. Créeme: anda,
-ve a la ciudad del Cabo y celebra tu casamiento antes del día 22.
-
-En vano quise averiguar el sentido de aquellas enigmáticas palabras.
-
---Adiós--me dijo con voz solemne--. Quizá ya he dicho demasiado; pero
-aborrezco aún más la ingratitud que el perjurio.
-
-Me separé, pues, de él lleno de indecisión e inquietud, las cuales, sin
-embargo, pronto se disiparon entre las ilusiones de mi ventura.
-
-Aquel mismo día retiró mi tío su querella, y yo volví al castillo
-para dar suelta a Pierrot. Tadeo, sabiendo que estaba libre, entró
-conmigo en el encierro; pero... Pierrot había desaparecido. _Rask_,
-que se encontraba solo, se me acercó haciéndome fiestas, y como reparé
-que traía atada al cuello una hoja de palma, se la quité y leí lo que
-sigue: _Gracias, hermano, porque me has salvado por tercera vez la
-vida. Hermano, no olvides tus promesas._ Y debajo estaban escritas, en
-lugar de firma, las palabras _Yo, que soy contrabandista_.
-
-Tadeo estaba aún más asombrado que yo, porque ignoraba el secreto
-de la abertura en la pared, y se le ocurrió si el negro se habría
-transformado en perro. Yo le dejé creer cuanto se le antojara,
-contentándome con exigirle el secreto sobre lo que había presenciado.
-También quise llevarme a _Rask_; pero al salir del castillo se metió
-por las malezas, y luego le perdí de vista.
-
-
-
-
-XV
-
-
-Mi tío se indignó con la evasión del esclavo. Mandó hacer pesquisas, y
-escribió al gobernador para que pusiesen a su disposición a Pierrot, en
-caso de encontrarlo.
-
-Llegó en esto por fin el 22 de agosto, y mi enlace con María se celebró
-con gran pompa en la parroquia del Acul. ¡Cuán feliz fué aquel día,
-en que iban a tener comienzo mis desgracias! Estaba yo embriagado de
-cierto júbilo, que no sabré explicar a quien no lo haya experimentado,
-y a Pierrot y a sus funestos vaticinios los arrojé del todo de mi
-memoria. Vino, al cabo, la ansiada noche, y mi tierna esposa se retiró
-al aposento nupcial, donde no pude seguirla tan luego como lo apetecía.
-Un deber penoso, pero indispensable, reclamaba antes mi presencia:
-el empleo de capitán de milicias exigía que saliese de ronda por los
-cuerpos de guardia de la vega. Semejante precaución se había hecho en
-aquella época imperiosamente necesaria, de resultas de los disturbios
-de la colonia; de los levantamientos aislados de los negros, tentativas
-que, si bien con facilidad sofocadas, se habían repetido en los meses
-de junio y julio, y aun a los principios de agosto, en las haciendas
-de Thibaud y Lagoscette; y de resultas, en fin, y más principalmente,
-de las pésimas disposiciones de los mulatos libres, agriados y no
-atemorizados con la justicia, aun reciente, del rebelde Ogé. Mi tío
-fué el primero en recordarme mi obligación, y tuve que resignarme a
-cumplirla. Vestí, pues, mi uniforme y salí. Visité los primeros puestos
-sin encontrar motivos de recelo; pero hacia la media noche, cuando
-recorría distraído las baterías a orillas del mar, vi despuntar en el
-horizonte una vislumbre rojiza, que fué creciendo y extendiendo sus
-resplandores por el lado de Limonade y de San Luis de Morin. Al pronto,
-los soldados y yo lo atribuímos todos a algún incendio casual; mas
-un momento después, las llamas se hicieron tan visibles, y el humo,
-empujado por el viento, acrecentó y espesó a tal punto sus remolinos,
-que tomé con rapidez el camino de la fortaleza para dar la alarma y
-enviar socorros. Al pasar por junto las chozas de nuestros negros, me
-quedé admirado de la agitación que reinaba. La mayor parte estaban
-aún en pie y hablaban entre sí con viveza extraordinaria, de modo que
-un nombre extraño, Bug-Jargal, se repetía con frecuencia en medio de
-aquella su ininteligible jerigonza. Logré, sin embargo, coger varias
-palabras cuyo sentido anunciaba, a mi entender, que los negros de la
-llanura del norte estaban en insurrección abierta y entregaban a las
-llamas los plantíos y habitaciones situadas al otro lado de la ciudad
-del Cabo. A la par tropecé con el pie, al atravesar un pantano, en un
-montón de hachas y azadones escondidos entre los juncos y los mangles.
-En zozobra, y no sin causa, hice ponerse al punto sobre las armas a
-todos los milicianos del Acul, y mandé vigilar a los esclavos. Con esto
-volvió todo a entrar en el sosiego de costumbre.
-
-Pero, mientras tanto, parecía como si el estrago creciera a cada
-instante y fuera avecinándose al Limbé; hasta había quien se imaginaba
-oír el estrépito lejano de los cañones y de las descargas de fusilería.
-Hacia las dos de la mañana, mi tío, a quien había despertado, no
-pudiendo calmar su ansiedad, me ordenó dejar en el Acul parte de la
-milicia al mando del teniente, y, obedeciendo a sus preceptos, porque,
-según dejé ya dicho, era diputado de la asamblea provincial, salí con
-el resto de mis soldados en dirección del Cabo, cuando María estaba o
-aguardándome o entregada al sueño.
-
-Jamás olvidaré el aspecto de la ciudad al tiempo de aproximarme.
-Las llamas, que iban ya devorando las haciendas de sus contornos,
-esparcían un lúgubre reflejo, obscurecido por los torrentes de humo,
-que el viento empujaba por las calles. Chorros de chispas encendidas,
-producidas por las leves e inflamadas hojas de la caña y lanzadas con
-violencia por el viento, cual espesos copos de nieve, sobre los techos
-de las habitaciones y la jarcia de los barcos fondeados en la bahía,
-amenazaban a cada instante a la ciudad del Cabo con un incendio no
-menos espantoso del que ardía en sus inmediaciones. Era un espectáculo
-horrible e imponente el ver por una parte a los pálidos vecinos
-exponiendo la vida por disputarle al crudo azote el único asilo que
-de tantas riquezas aún conservaban, mientras por otra los buques,
-temerosos de igual suerte y favorecidos siquiera por aquel viento, tan
-funesto para los infelices habitantes, se alejaban a toda vela por un
-mar teñido por los sanguíneos resplandores del incendio.
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Aturdido con el cañoneo de los fuertes, el clamor de los fugitivos
-y el lejano ruido de los edificios desplomados, no sabía hacia qué
-punto encaminar mi tropa, cuando nos encontramos en la plaza de armas
-con el capitán de los Dragones amarillos, que nos sirvió de guía. No
-me detendré, señores, en describir el cuadro que ofrecía la campiña
-incendiada. Bastantes hay que han pintado estos primeros desastres del
-Cabo, y mi ánimo necesita pasar de ligero por tales recuerdos, que
-encierran en sí fuego y sangre. Me contentaré así con decir que los
-negros insurgentes eran ya dueños del Dondon, de la Madriguera Roja, de
-la aldea de Onanaminte y hasta de los desgraciados plantíos del Limbé,
-lo que me llenó de zozobra, a causa de su proximidad al distrito del
-Acul.
-
-Corrí precipitado al palacio del gobernador, M. de Blanchelande, donde
-todo se hallaba en la mayor confusión, incluso la cabeza del dueño,
-y le pedí órdenes, suplicándole encarecidamente que proveyera a la
-seguridad del Acul, que se tenía ya por amenazado. Estaban con él M.
-De Rouvray, mariscal de campo, y uno de los más ricos hacendados de la
-isla; M. De Touzard, teniente coronel del regimiento del Cabo; algunos
-miembros de ambas asambleas, general y provincial, y muchas personas
-de viso en la colonia, y en el momento de mi entrada, esta especie de
-consejo estaba en deliberación con extraordinario desorden.
-
---Señor gobernador--decía un miembro de la asamblea provincial--,
-demasiado cierto es eso. Son los esclavos y no la gente de color libre.
-Ya hace largo tiempo que lo teníamos anunciado y predicho.
-
---Ustedes lo decían, pero sin creer en ello--respondió agriamente un
-miembro de la asamblea colonial, llamada _general_--. Lo decían para
-ganarse crédito a expensas nuestras; pero tan lejos estaban de creer en
-un levantamiento formal, que las intrigas de su asamblea fueron las que
-desde 1789 inventaron aquella famosa y ridícula rebelión de tres mil
-esclavos en los montes del Cabo, rebelión en la que se redujeron los
-muertos a un guardia nacional, y aun ése murió a manos de sus propios
-compañeros.
-
---Repito--repuso el _provincial_--que vimos más claro, y la causa es
-muy sencilla. Nosotros nos quedamos aquí para observar los negocios
-de la colonia, mientras su asamblea de ustedes se fué a Francia en
-busca de aquella risible pompa, que acabó en una reprimenda de la
-representación nacional; _ridiculus mus_.
-
-El diputado de la asamblea general respondió con amargo desdén:
-
---Todos hemos sido reelectos unánimemente por nuestros conciudadanos.
-
---Ustedes--replicó el otro--han dado causa con sus exageraciones a que
-se paseara por las calles la cabeza del infeliz que entró en un café
-sin la cucarda tricolor, y de que se ahorcara al mulato Lambert con
-pretexto de una petición que empezaba por estas palabras inusitadas:
-“En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”
-
---¡Falso!--exclamó el de la _general_--. Eso proviene de la lucha
-de los principios con los privilegios, de los _jorobados_ y de los
-_torcidos_.
-
---¡Ya me lo tenía yo tragado que usted era un _independiente_!
-
-A semejante apodo del diputado de la asamblea provincial, su adversario
-respondió con aire de triunfo:
-
---Eso es declararse usted un _plumero blanco_, y le felicito por la
-confesión.
-
-Quizá la disputa hubiese pasado aún más adelante si el gobernador no se
-metiera de por medio.
-
---Vamos, señores, ¿qué tiene nada de eso que ver con el peligro
-inminente que nos amenaza? Aconséjenme ustedes en vez de insultarse
-los unos a los otros. He aquí los partes que me han llegado a las
-manos. La rebelión estalló esta noche, a las diez, entre los negros del
-ingenio de Turpin. Los esclavos, acaudillados por un negro inglés, a
-quien llaman Bouckmann, han arrastrado tras sí a los de las fincas de
-Clément, Trémès, Flaville y Noé. Han incendiado todas las haciendas y
-asesinado a los amos, cometiendo crueldades inauditas. Un solo hecho
-bastará para que puedan ustedes comprender de lleno tales horrores: ¡el
-cadáver de un niño ensartado en una lanza les sirve de bandera!
-
-Una exclamación general interrumpió a M. De Blanchelande.
-
---Eso es lo que pasa por las afueras--continuó--. En lo interior de
-la población, todo anda trastornado. Muchos vecinos del Cabo han dado
-muerte a sus esclavos porque el miedo los ha hecho crueles; los más
-compasivos o más valientes se han contentado con encerrarlos bajo
-llave. La población blanca pobre acusa de tales desastres a los pardos
-de color, y varios mulatos estuvieron para caer víctimas del furor
-popular; de modo que, para libertarlos, les he dado a todos por refugio
-una iglesia, donde están custodiados por un batallón. Por fin, ahora,
-para probar que no son cómplices de los negros, los pardos me piden
-armas y que se les señale un punto de defensa.
-
---No se haga tal--prorrumpió una voz, que luego reconocí por la del
-hacendado sobre quien recaían sospechas de no tener muy limpia la
-sangre, y que tuvo poco antes conmigo un desafío--. No se arriesgue
-usted, señor gobernador, a darles armas a los mulatos.
-
---Pues qué, ¿no quiere usted batirse?--le dijo con aspereza uno de los
-concurrentes.
-
-Pero él, no dándose por entendido, prosiguió:
-
---Los mulatos son nuestros peores enemigos, y los únicos de temer.
-Confieso que una rebelión era de esperar; pero de su parte, y no de la
-de los esclavos. ¿Acaso los esclavos son nada de por sí?
-
-El pobre hombre creía, con tales invectivas contra los mulatos,
-destruir en el ánimo de los blancos que le oían la idea de que
-perteneciese a aquella casta tan degradada; pero era demasiado ruin su
-intento para que se le lograse, como lo dió a entender un murmullo de
-desaprobación.
-
---Sí, señor--dijo el anciano general Rouvray--; sí, señor; los
-esclavos son algo, porque son cuarenta contra tres, y en mal lance
-nos veríamos si no tuviéramos para hacer frente a los negros y a los
-mulatos otros blancos que los de su especie de usted.
-
-El hacendado se mordió los labios.
-
---Mi general--repuso el gobernador--, ¿qué opina usted de la petición
-de los mulatos?
-
---Darles armas, señor gobernador, y correr a todo trapo--respondió M.
-De Rouvray.
-
-Y luego, encarándose con el pobre sospechado, añadió:
-
---Ya lo oye usted, caballero, y es tiempo de que vaya a tomar sus armas.
-
-El hacendado, humillado, salió del aposento dando indicios de una ira
-reconcentrada. Mientras tanto, los clamores de angustia que resonaban
-por toda la ciudad se oían crecer de momento en momento en la estancia
-del gobernador y recordaban a los circunstantes el motivo de la
-conferencia. M. De Blanchelande entregó a uno de sus ayudantes una
-orden escrita de prisa con lápiz, y rompió el lúgubre silencio en que
-todos escuchaban aquel espantoso rumor:
-
---Señores, ya se les va a dar armas a los pardos; pero aún nos quedan
-muchas disposiciones por tomar.
-
---Es preciso convocar la asamblea provincial--dijo el diputado de la
-misma, que tenía la palabra en el momento que yo entré.
-
---¡La asamblea provincial!--repuso su antagonista el de la colonial--.
-¿Qué significa tal asamblea?
-
---¡Porque usted es diputado de la asamblea colonial!--repuso el
-_plumero blanco_.
-
-El _independiente_ le interrumpió:
-
---No conozco la _colonial_ mejor que la _provincial_. No hay más
-asamblea que la general, ¿entiende usted, señor?
-
---Pues bien--replicó el plumero blanco--: yo os digo que la asamblea
-nacional de París es la única.
-
---Convocar la asamblea provincial--repetía, riendo, el independiente--;
-como si no hubiera sido disuelta desde el momento en que la general
-decidió celebrar sus sesiones aquí.
-
-Una reclamación universal salió del auditorio, fatigado de tan ociosas
-disputas.
-
---Mientras ustedes, señores diputados, se entretienen en pamplinas
-semejantes--dijo un refaccionista--, ¿qué se hace de mi algodonal y el
-plantío de cochinilla?
-
---¿Y de mis cuatrocientas mil matas de añil que tengo en el
-Limbé?--añadió un hacendado.
-
---¿Y de mis esclavos, pagados a treinta pesos, uno con
-otro?--prorrumpió el capitán de un buque negrero.
-
---Cada minuto que se pierde--proseguía otro hacendado--me cuesta, con
-el reloj y el arancel en la mano, diez quintales de azúcar, que, a diez
-y siete pesetas el quintal, hacen ciento treinta libras, y diez sueldos
-en moneda de Francia.
-
---La colonial, a que usted llama general--continuó uno de los
-contendientes, dominando el bullicio a fuerza de pulmones--, es una
-usurpadora. Que se quede en Puerto Príncipe fabricando y expidiendo
-decretos para dos leguas en cuadro de territorio, y que nos deje aquí
-en sosiego. El Cabo está bajo la jurisdicción del Congreso provincial
-del Norte, y de nadie más.
-
---Yo sostengo--respondió el independiente--que su excelencia el
-señor gobernador no goza de derecho para convocar otra asamblea que
-la general de los representantes de la colonia, presidida por M. De
-Cadusch.
-
---Pues ¿adónde está ese presidente?--preguntó el plumero blanco--.
-¿Adónde está su asamblea? Ni cuatro individuos han llegado, mientras la
-provincial entera se halla presente. ¿Querría usted, por casualidad,
-representar en su sola persona a toda una asamblea y a toda una colonia?
-
-Esta rivalidad de entrambos diputados, fieles órganos de sus
-corporaciones respectivas, exigió de nuevo la intervención del
-gobernador.
-
---¿Adónde van ustedes a parar, señores, con sus sempiternas asambleas
-_provincial_, _general_, _colonial_, _nacional_?... ¿Servirá de mucho
-para ilustrar a esta corporación invocar así el nombre de otras tres o
-cuatro?...
-
---¡Voto a Dios!--gritó con voz de trueno el general Rouvray, dando
-una fuerte palmada en la mesa del Consejo--, ¡y qué endemoniados
-parlanchines! ¡Mejor quisiera habérmelas a voces con un cañón de a
-veinticuatro! ¿Qué se nos da de esas dos asambleas que se disputan el
-paso como dos compañías de granaderos al subir a la brecha? Pues bien,
-señor gobernador: lo mejor será convocarlas a ambas, y yo organizaré
-con ellas dos batallones para salir a campaña contra los negros.
-Veremos si hacen tanto ruido con los fusiles como con la lengua.
-
-Después de esta áspera rociada, volviéndose hacia mí, que estaba a su
-lado, me dijo a media voz:
-
---¿Qué quiere usted que haga un gobernador nombrado por el rey entre
-dos asambleas de Santo Domingo que se pretenden soberanas? Los
-habladores y los abogados son quienes lo echan todo a perder aquí,
-como en la metrópoli. Si yo tuviera la honra de ser el señor teniente
-general, pondría de patas en la calle a toda esa canalla, diciéndoles:
-_El rey, reina, y yo mando_; enviaría a Barrabás la responsabilidad
-hacia esos llamados representantes, y con diez cruces de San Luis,
-prometidas a nombre de Su Majestad, encerraría en un abrir y cerrar
-de ojos a todos los rebeldes en la isla de la Tortuga, habitación
-en algún tiempo de otros bandidos semejantes, los piratas. Joven,
-acuérdese usted de lo que le digo. Los _filósofos_ engendraron a los
-_filántropos_, quienes procrearon a su vez a los _negrófilos_, los que
-nos van dando a luz los _matablancos_, que así se llamarán mientras
-se les busca un nombre griego-latino. Esas fingidas ideas liberales
-con que se embriagan en Francia son un veneno bajo la latitud de los
-Trópicos. Convenía tratar a los negros con blandura, pero no llamarlos
-a una emancipación tan repentina. Todos los horrores que se ven hoy
-en Santo Domingo provienen de la sociedad patriótica de Massiac, y la
-insurrección de los esclavos no es más que un golpe de rebote de la
-toma de la Bastilla.
-
-Mientras que el veterano me explicaba sus opiniones políticas,
-respirando franqueza y convencimiento, seguían los tempestuosos
-debates. Un hacendado del corto número que participaba del frenesí
-revolucionario, y que tomaba el título de ciudadano general C...,
-porque había servido de caudillo en algunas escenas de carnicería,
-exclamó:
-
---Antes se necesita dar ejemplos que pelear. Las naciones exigen
-lecciones terribles: atemoricemos, pues, a los negros. Yo soy quien
-apaciguó los levantamientos de junio y julio poniendo en la entrada de
-mi finca cincuenta cabezas de negros clavadas cada cual en una estaca
-y colocadas como árboles a estilo de alameda. Que cada uno dé su cuota
-para la proposición que voy a hacer, y defendamos las murallas del Cabo
-con los negros que aún nos quedan.
-
---¿Cómo?... ¡Qué imprudencia!--empezaron todos a decir.
-
---Ustedes no me comprenden, señores--repuso el _ciudadano general_--.
-Hagamos un cordón con cabezas de negros que rodee la ciudad desde
-el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol, y sus compañeros
-los insurgentes no se atreverán a acercarse. En circunstancias como
-las presentes es menester sacrificarse por el bien general, y yo lo
-haré el primero. Quinientos negros me quedan sumisos, y los pongo a
-disposición de la Junta.
-
-La propuesta se recibió con un movimiento general de horror y voces
-unánimes de “¡Horrible! ¡Abominable!”
-
---Medidas de esa naturaleza son las que lo han arruinado todo--dijo
-otro hacendado--. Si no se hubieran dado tanta prisa en ajusticiar a
-los insurgentes de junio y julio, se habría podido coger el hilo de la
-conspiración, y no que ahora el verdugo lo ha cortado con su hacha.
-
-El ciudadano C... observó por algunos instantes el silencio propio de
-un despechado, y luego empezó a refunfuñar entre dientes:
-
---Pues, con todo, me tenía y me tengo por persona no sospechosa. Soy
-amigo de todos los _negrófilos_ del mundo, y corresponsal de Brissot y
-de Pruneau de Pomme-Gouge en Francia; de Hans Sloane, en Inglaterra; de
-Magaw, en América; de Pezll, en Alemania; de Olivarius, en Dinamarca;
-de Wadstrohm, en Suecia; de Peter Paulus, en Holanda; de Avendaño, en
-España, y del abate Pedro Tamburini, en Italia.
-
-A medida que adelantaba en su catálogo de negrófilos, iba alzando la
-voz, y, por último, concluyó con decir:
-
---¡Pero aquí no se entiende pizca de filosofía!
-
-M. De Blanchelande pidió por tercera vez que se recogieran los votos.
-
---Señor gobernador--dijo una voz--, mi parecer es que nos embarquemos
-todos en el _Leopardo_, que está en la bahía.
-
---Que se pregone la cabeza de Bouckmann--dijo otro.
-
---Que se le envíe un aviso al gobernador de la Jamaica--dijo el tercero.
-
---Sí, para que nos mande otra vez el risible socorro de quinientos
-fusiles--respondió un diputado de la provincial--. Lo mejor será enviar
-una consulta a Francia y aguardar la respuesta.
-
---¡Aguardar!, ¡aguardar!--prorrumpió M. De Rouvray con energía--. Y
-los negros, ¿aguardarán? Y la llama, tan vecina, que va a devorar a la
-ciudad, ¿aguardará también? M. De Touzard, mande usted tocar generala;
-agarre artillería y salga con sus granaderos y cazadores contra el
-grueso de los rebeldes. Usted, señor gobernador, establezca campamentos
-en todas las parroquias de Levante y guardias de observación en
-Trou y en Vallieres, y yo me encargo de las vegas del castillo del
-Delfín. Dirigiré los trabajos; mi abuelo, que era maestre de campo del
-regimiento de Normandía, ha servido a las órdenes del señor mariscal de
-Vauban; yo he estudiado a Folard y Bezont, y tengo un poco de práctica
-en defender un país abierto. Además, como las vegas del fuerte del
-Delfín, rodeadas casi por el mar y las fronteras españolas, parecen una
-península, se defenderán en cierta manera por sí solas. Igual ventaja
-presenta la península del Muelle. En fin, aprovechémonos de todo, y
-manos a la obra.
-
-El lenguaje enérgico y positivo del militar de experiencia acalló
-de repente toda la discordancia de votos y de opiniones. El general
-acertaba, y aquel instinto que cada cual posee para distinguir lo que
-le conviene, reunió todos los pareceres al de M. De Rouvray; y mientras
-el gobernador le manifestaba en un apretón amistoso de la mano cuánto
-agradecía el valor de sus consejos, bien que dados a modo de orden, y
-la importancia de su auxilio, el resto de la concurrencia reclamaba
-la pronta ejecución de dichas medidas. Los únicos dos diputados de
-entrambas asambleas rivales aparentaban disentir del asenso general,
-y cada cual en su rincón hablaba entre dientes de _usurpación de
-facultades por parte del poder ejecutivo, de resoluciones atropelladas_
-y de _exigir la responsabilidad_.
-
-Yo aproveché la coyuntura para arrancarle a M. De Blanchelande las
-órdenes que con tal anhelo solicitaba, y salí, a fin de reunir mi tropa
-y ponerme de nuevo en marcha hacia el Acul, no obstante el cansancio de
-que todos, excepto yo, daban muestras.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Iban ya despuntando los primeros albores de la mañana cuando acudí a
-la plaza de Armas, despertando a los milicianos, que dormían echados
-en sus capotes, mezclados con los Dragones encarnados y amarillos,
-con los fugitivos del llano, con los ganados que mugían y balaban,
-y con los efectos de toda especie introducidos en la ciudad por los
-dueños de haciendas. En medio de tal desorden, iba ya logrando poner mi
-escasa fuerza en orden, cuando vi acudir hacia mí, a escape tendido, un
-dragón amarillo, cubierto de sudor y de polvo, y, adelantándome a su
-encuentro, supe con espanto, a las pocas y entrecortadas palabras que
-pronunció, que mis temores se habían realizado, que la insurrección se
-había propagado por las vegas del Acul y que los negros habían puesto
-sitio al castillo de Galifet, donde se habían refugiado la milicia
-y los hacendados blancos. Y aquí convendrá decir que el castillo de
-Galifet era de muy poca importancia, pues en Santo Domingo se le daba
-aquel pomposo nombre a cualquier fortín de campaña.
-
-No había, pues, ni un momento que perder. Busqué cuantos caballos
-me fué dable para montar mi tropa, y sirviéndome el dragón de guía,
-llegamos a la hacienda de mi tío hacia las diez de la mañana. Apenas
-eché una mirada sobre aquellos magníficos plantíos, convertidos en un
-mar de llamas que despedían de su seno espesas olas de humo, entre las
-cuales cruzaban, arrebatados como leves chispas por el viento, gruesos
-troncos de árboles vomitando fuego. El espantoso crujir del incendio,
-como que respondía a los aullidos lejanos de los negros rebeldes,
-a quienes alcanzaba a oír, aunque no a divisar. Sólo me acusaba un
-pensamiento, del que no podía distraerme la pérdida de tantas riquezas
-de que hubiera sido dueño: ¡el salvar a María! Después de conseguirlo,
-¿qué me importaba el resto? Sabía que estaba encerrada en el castillo,
-y mi única súplica a Dios era la de llegar a tiempo. Sólo esta
-esperanza me alentaba en mis penas y me daba las fuerzas y los bríos de
-un león.
-
-Por fin, a una vuelta del camino, se descubrió el castillo de Galifet,
-con el estandarte tricolor ondeando aún en sus murallas, defendidas por
-un vivo fuego de fusilería. Solté un grito de placer:
-
---¡A galope, amigos; riendas sueltas y meted espuelas!--dije a mis
-compañeros.
-
-Y, redoblando el paso, nos arrojamos a campo a traviesa hacia
-el castillo, a cuyas plantas se veía la habitación de mi tío,
-desmantelada, pero en pie aún e iluminada por los rojizos reflejos del
-incendio, que todavía no había hecho en ella presa, pues el viento
-soplaba de la mar y estaba aislada de cualquier otro edificio.
-
-Una multitud de negros guarecidos en la casa se mostraban a la vez en
-el ventanaje todo y aun en los techos, y sus armas y antorchas relucían
-en medio de los incesantes disparos que hacían al castillo, mientras
-otro y más numeroso tropel de sus camaradas subía, caía y volvía a
-subir de nuevo por los muros de la fortaleza, rodeados de escalas.
-Aquellas oleadas de negros, sin cesar rechazados y sin cesar asomando
-sobre aquellos cenicientos paredones, se asemejaban a un enjambre de
-hormigas que procuran ascender por la concha de una gruesa tortuga, y
-de cuyas molestias se liberta de rato en rato el tardo animal con una
-sacudida.
-
-Tocábamos, por fin, en las obras avanzadas del fuerte, y con la vista
-fija en el asta de bandera, animé a mis soldados, invocando el nombre
-de sus familias, recogidas cual la mía al amparo de aquellos muros, en
-cuyo socorro íbamos. Una aclamación general me respondió, y, formando
-mi reducido escuadrón en columna, estaba pronto a dar la voz de carga
-contra el tropel de los asaltantes. En este momento, un grito agudo
-salió del recinto de la fortaleza; un espeso remolino de humo envolvió
-todo el edificio, extendiendo por algún espacio sus vaporosos pliegues
-en derredor de las murallas, de donde salía un rumor semejante al de
-un horno encendido, y, alzándose luego en el aire, nos dejó ver el
-castillo de Galifet, dominado por una bandera roja, anuncio de la cabal
-catástrofe.
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-No diré lo que por mí pasó a la vista de aquel horrible espectáculo.
-Con vergüenza lo confieso; pero la toma del castillo, la muerte de sus
-defensores, la carnicería de veinte familias, tamaño, en fin, y tan
-universal estrago, no me ocupó ni por un instante. ¡María, perdida
-para mí, arrebatada de mis brazos a las pocas horas de aquella en que
-me había sido confiada para siempre, perdida por mi culpa, pues si no
-la hubiera abandonado la noche anterior para ir al Cabo por orden de
-mi tío, hubiese podido siquiera estar a su lado, y morir junto a ella,
-y con ella y en su defensa, que casi era no perderla! Tales y tan
-amargas ideas hicieron subir mi dolor al punto de frenesí. Había en mi
-desesperación algo de remordimiento.
-
-En esto, mis compañeros clamaron irritados:
-
---¡Venganza!
-
-Y con el sable en la boca y las pistolas empuñadas en ambas manos, nos
-metimos por medio de los rebeldes vencedores. Aun cuando en número muy
-superior, los negros huían al acercarnos; pero delante y detrás, por
-derecha e izquierda, iban asesinando a los blancos y apresurándose a
-incendiar el fuerte; nuestro furor se acrecentaba con su cobardía.
-
-A una puerta del castillo se me presentó Tadeo, cubierto de heridas.
-
---Mi capitán--dijo--: su Pierrot de usted es un hechicero, un _obí_,
-como dicen esos condenados negros, o, cuando menos, un diablo. Nos
-estábamos sosteniendo y ustedes llegaban, con lo que quedaba todo
-remediado, cuando se entró en la fortaleza no sé por dónde, y cate
-usted ahí... En cuanto a su señor tío, y su familia... y la señora...
-
---¿Y María?--le interrumpí--. ¿Dónde está María?
-
-En este momento, un negro de alta estatura salió de entre un parapeto
-incendiado, llevándose una mujer joven, que gritaba y luchaba en sus
-brazos. La joven era María; el negro era Pierrot.
-
---¡Pérfido!--le grité, y le apunté con una de mis pistolas.
-
-Pero otro de los esclavos rebeldes corrió a cubrirle del tiro, y,
-atravesado por la bala, cayó muerto a mis pies.
-
-Pierrot se volvió, y pareció como que me dirigía algunas palabras,
-y luego se escondió con su presa entre una maleza de cañas medio
-abrasadas. Un momento después atravesó un perro, llevando en la boca
-la cuna del hermano menor de María. También reconocí al perro, que era
-_Rask_, y, transportado de ira, le disparé la segunda pistola, pero
-erré la puntería.
-
-Eché a correr como insensato, siguiéndole las huellas; pero mis dos
-viajes en el curso de la noche, tantas horas pasadas sin tomar descanso
-ni alimento, mis temores acerca de María, la súbita mudanza del colmo
-de la fortuna al último grado de las desdichas, tantas violentas
-emociones del ánimo más aun que las fatigas del cuerpo, habían agotado
-mis fuerzas. A los pocos pasos empecé a vacilar, se me anubló la vista
-y di en tierra con un desmayo.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Al volver en mí, me encontré en la habitación arruinada de mi tío y
-entre los brazos de Tadeo, que, lleno de bondad, tenía clavados en mí
-los ansiosos ojos.
-
---¡Victoria!--gritó en cuanto sintió al tacto reanimárseme el pulso--.
-¡Victoria, los negros van de vencida y el capitán ha resucitado!...
-
-Interrumpí su grito de alegría con mi eterna pregunta:
-
---¿Dónde está María?
-
-Yo aún no había coordinado mis pensamientos; conservaba la idea, mas no
-el recuerdo exacto de mis infortunios. Tadeo bajó la cabeza. Recobré
-entonces la memoria, trayendo a la imaginación la horrible noche de mis
-bodas, y la figura de aquel negro gigante arrebatando a María al través
-de las llamas, se me renovó cual visión infernal. El horrendo relámpago
-que acababa de iluminar a la colonia y de enseñar a los blancos un
-enemigo en cada cual de sus esclavos, me hizo reputar a aquel Pierrot
-tan bueno, tan generoso, tan fiel, que me debía tres vidas, por un
-ingrato, un rival y un monstruo. El robo de mi mujer, en la noche de
-nuestro enlace, me confirmaba en las anteriores sospechas, y claramente
-reconocí que el músico incógnito de la glorieta era el mismo execrable
-raptor de María. ¡Cuánta mudanza en tan escasas horas!
-
-Tadeo me dijo que en balde se había afanado en seguir a Pierrot y a
-su perro; que los negros se habían retirado, aunque su número era muy
-suficiente para aniquilar nuestras cortas fuerzas, y que el incendio
-de los bienes de mi familia seguía su curso, sin que fuese posible
-atajarlo.
-
-Le pregunté si sabía del paradero de mi tío, a cuyo aposento me habían
-conducido; me agarró en silencio de la mano, y, llevándome hacia su
-cama, descorrió el cortinaje. Allí yacía mi desgraciado tío, sobre su
-lecho ensangrentado, con un puñal hondamente clavado en el corazón;
-y por el sosiego de las facciones se conocía que le habían herido en
-brazos del sueño. La camilla del enano Habibrah, que acostumbraba
-a dormir a sus pies, también estaba salpicada de sangre, y manchas
-idénticas se veían en el estrambótico ropaje del pobre juglar, arrojado
-en el suelo a corta distancia del lecho. No me quedó, pues, duda de
-que el bufón había sido víctima de su conocida fidelidad a mi tío, y
-que había perecido a manos de sus camaradas, quizá en defensa de su
-señor. Echéme entonces con severidad en cara las preocupaciones que me
-habían hecho concebir juicios tan errados sobre el carácter de Pierrot
-y de Habibrah, y con las lágrimas que me arrancó el fin trágico y
-prematuro de mi tío vinieron a mezclarse algunos recuerdos pesarosos de
-su desdichado enano. Di orden para que se buscara el cuerpo; pero las
-pesquisas fueron vanas, suponiendo yo que los negros habrían cargado
-con él y arrojándolo a las llamas; y en las honras fúnebres que hice
-celebrar a mi padre adoptivo, mandé recitar algunas oraciones por el
-descanso del alma de su fiel Habibrah.
-
-
-
-
-XX
-
-
-El castillo de Galifet quedaba arruinado, nuestras haciendas habían
-desaparecido, y era tan excusado cuanto imposible permanecer por más
-largo tiempo entre aquellos escombros. En la tarde misma regresamos al
-Cabo.
-
-Llegados allí, una fiebre ardiente se apoderó de mí. Los esfuerzos que
-hube intentado para domar mi desesperación eran demasiado violentos, y
-la cuerda, estirada sin mesura, saltó, y caí en un profundo delirio.
-Todas mis esperanzas burladas, mi amor profanado, mi amistad vendida,
-mi porvenir perdido, y, sobre todo, los implacables celos, trastornaron
-mi juicio, y juzgaba sin cesar que veía las llamas circular por mis
-venas. La cabeza se me partía y las furias me desgarraban las entrañas.
-Me representaba a María en poder de otro dueño, de otro amante; en
-poder de un esclavo, de Pierrot. Dicen que en aquellos momentos me
-arrojaba del lecho, y eran necesarios seis hombres para impedir que me
-deshiciera el cráneo contra las paredes. ¡Ah! ¿Por qué no me dejaron
-entonces morir?
-
-La crisis pasó. Los médicos, los cuidados de Tadeo y no sé qué fuerza
-vivificante de la juventud vencieron el mal, aquel mal que hubiera
-podido ser un bien tan grande. Curé al cabo de diez días, y no me
-afligí por ello. Me alegré de poder vivir algún tiempo más para
-vengarme.
-
-Apenas convalecido, fuí a solicitar del señor De Blanchelande que me
-pusiese en servicio activo, y quiso él confiarme la defensa de algún
-punto fortificado; pero yo le supliqué que me agregara en clase de
-voluntario a cualquiera de las columnas volantes que acostumbraban a
-hacer expediciones contra los negros para barrer el país. Mientras
-tanto, se había fortificado de ligero la ciudad del Cabo, y la
-insurrección seguía haciendo espantosos progresos. Los negros de
-Puerto Príncipe empezaban a conmoverse; Biassou hacía de cabeza de
-los del Limbé, el Dondon y el Acul; Juan Francisco se había declarado
-generalísimo de los rebeldes de las vegas de Maribarou; Bouckmann,
-famoso más adelante por su trágico fin, recorría con sus secuaces las
-riberas de la Limonade, y, por último, las bandas de Morne-Rouge habían
-aclamado por caudillo a un negro llamado Bug-Jargal.
-
-El carácter de este último, a dar crédito a lo que de él se decía,
-contrastaba de una manera extraordinaria con la ferocidad de sus
-iguales. Al paso que Bouckmann y Biassou inventaban mil géneros de
-muerte para los prisioneros que caían entre sus garras, Bug-Jargal se
-apresuraba a facilitarles medios para salir de la isla. Los primeros
-celebraban contratos con las lanchas españolas que cruzaban por la
-costa y les vendían de antemano los despojos de los desgraciados a
-quienes precisaban a la fuga; Bug-Jargal, por el contrario, había
-echado a pique varios de estos piratas. M. Colas de Maigné y otros
-ocho hacendados de distinción fueron desatados por su mandato de la
-rueda donde los tenía ya ligados Bouckmann para darles tormento, y se
-contaban de él otros mil actos de generosidad que serían demasiado
-largos de referir.
-
-Sin embargo, mi sed de venganza no parecía próxima a saciarse, pues
-no había vuelto a oír hablar de Pierrot. Los rebeldes, al mando de
-Biassou, seguían hostigando al Cabo, y aun tuvieron una vez el arrojo
-de subir al cerro que domina la ciudad, costando no poco trabajo el
-rechazarlos a los cañones de la ciudadela. Entonces el gobernador
-resolvió acorralarlos hacia lo interior de la isla. La milicia del
-Acul, el Limbé, Ouanaminta y Maribarou, unidas al regimiento del
-Cabo y a las terribles compañías de Dragones amarillos y encarnados,
-formaban nuestro ejército de operaciones. La milicia del Dondon y de
-Quartier-Dauphin, reforzadas con un cuerpo de voluntarios a las órdenes
-del comerciante Poncignon, guarnecían la plaza. El gobernador trató
-primero de desembarazarse de Bug-Jargal, quien le incomodaba en sus
-movimientos y le alarmaba con sus diversiones. Envió, pues, en su busca
-la milicia de Ouanaminta, con un batallón del Cabo; pero la columna
-regresó a los dos días en completa derrota. El gobernador se obstinó en
-destruir a Bug-Jargal, y mandó salir a las mismas tropas con cincuenta
-dragones amarillos y cuatrocientos milicianos de Maribarou de refuerzo.
-Esta segunda expedición quedó más maltratada aún que la primera, y
-Tadeo, que formaba parte, concibió tal despecho, que me juró, ya de
-vuelta, vengarse de Bug-Jargal...
-
-Una lágrima brotó de los párpados de D’Auverney; cruzó los brazos y
-pareció durante algunos minutos como arrobado en dolorosa distracción;
-mas al fin prosiguió así.
-
-
-
-
-XXI
-
-
---Llegó luego la noticia de que Bug-Jargal había salido de Morne-Rouge,
-dirigiéndose con sus tropas camino de la sierra para reunirse con
-Biassou. El gobernador se colmó de gozo, y decía, restregándose las
-manos:
-
---¡Los cogimos!
-
-Al siguiente día, el ejército colonial había avanzado una legua, y
-los insurgentes, abandonando a nuestra aproximación Port-Margot y el
-castillo de Galifet, donde habían establecido un puesto, defendido por
-gruesas piezas de artillería de sitio, procedentes de las baterías de
-la costa, se retiraron a paso acelerado hacia los montes. El gobernador
-estaba no cabe más satisfecho, y así proseguimos en nuestra marcha.
-Cada cual, al pasar por aquellas áridas y asoladas llanuras, trataba
-de saludar por última vez, con una ojeada de pesar, el lugar donde
-existieron sus haciendas, su habitación, sus riquezas, y, a menudo, ni
-aun siquiera nos era dado conocer el sitio.
-
-A veces nos atajaba el paso el fuego que de los plantíos había cundido
-por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo
-está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va
-acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aun antes de verlo, se
-oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos
-de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que
-crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el
-silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el
-aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del
-destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que
-por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente
-hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una
-lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces
-roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del
-bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo; todo arde a la vez y se
-consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los
-ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y
-descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa
-y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente
-fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un
-violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y
-despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo
-espacio va cubriendo la tierra.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-A la tarde del tercer día entramos por las gargantas del Río Grande,
-mientras se calculaba que los negros estarían a veinte leguas de
-distancia entre las sierras. Asentamos nuestros reales en un cerro de
-escasa altura, que, según estaba despojado, parecía haberles servido
-para el mismo fin. La posición no era favorable; pero estábamos ajenos
-de todo recelo. Dominaban al cerro por todos lados peñas tajadas a
-pico y cubiertas de enmarañados bosques, la aspereza de cuyas lomas
-había hecho señalar aquel sitio con el nombre de _Doma-Mulatos_. El
-río Grande corría a espalda del campamento, y, encajonado entre ambas
-orillas, iba por allí estrecho y profundo. Las márgenes, en rápida
-pendiente, estaban salpicadas de malezas y arbustos impenetrables
-a la vista con su espesura, y, a menudo, hasta sus aguas quedaban
-encubiertas por las guirnaldas de bejucos que, colgando del tronco
-de los arces entre sus flores rojizas, enlazaban sus vástagos de la
-una a la otra orilla y, cruzándose en modos miles, formaban sobre la
-corriente inmensos toldos de verdura. A la vista que los contemplaba
-desde lo alto de los vecinos riscos aparecían cual húmedas praderas
-aljofaradas con el rocío de la mañana. Tan sólo el murmullo de las
-aguas o el vuelo inesperado de algún pato silvestre rompiendo por la
-florida cubierta indicaban el curso del río.
-
-Pronto cesó el sol de dorar las puntiagudas cumbres de los lejanos
-montes del Dondon, y poco a poco se fueron tendiendo las sombras por el
-campamento, y sólo el graznido de las grullas vino a turbar el silencio
-universal, o bien el mesurado paso de los centinelas. De repente, el
-himno terrible de _Oua-Nassé_ y del _Campo del Grand-Pré_ resonó sobre
-nuestras cabezas; las palmas y los cedros que coronaban los riscos
-rompieron en llamas, y a las blanquecinas vislumbres del incendio vimos
-cubiertas las próximas alturas de innumerables bandadas de negros y
-mulatos, cuyo cobrizo cutis parecía bermejo a los resplandores del
-fuego. Estas eran las tropas de Biassou.
-
-El peligro era inminente. Los jefes, despiertos con sobresalto, corrían
-a formar sus soldados; las cajas batían generala; las cornetas y
-clarines, el toque de alarma; nuestras líneas se formaban en tumulto, y
-los rebeldes, en vez de aprovechar la confusión en que nos veíamos, nos
-contemplaban inmóviles entonando el cántico de _Oua-Nassé_.
-
-Un negro gigantesco apareció solitario en la cima del más elevado pico
-a la margen del río; una pluma color de fuego ondeaba sobre su frente;
-en la diestra mano empuñaba un hacha, y un rojo pendón en la siniestra.
-Reconocí luego a Pierrot, y si hubiera tenido a mano una carabina,
-quizá la rabia me hubiese inducido a cometer alguna vileza. El negro
-repitió el coro del himno de _Oua-Nassé_, clavó su bandera en la cumbre
-de la peña, arrojó el hacha entre nuestras filas y se sepultó en las
-ondas del río; un vivo pesar sentí en el corazón temiendo que no había
-de morir por mis manos.
-
-Entonces los negros comenzaron a despeñar sobre nuestras columnas
-inmensas moles de piedra, y un granizo de balas y de flechas descargó
-sobre el cerro. Nuestros soldados, furiosos de no poder medirse con
-los asaltantes, expiraban con amarga desesperación, aplastados por
-las peñas, acribillados por las balas o traspasados por las saetas.
-Espantosa confusión reinaba por todo el ejército. De súbito, un rumor
-horrible pareció como que salía del centro de las aguas del río Grande,
-y pasaba allí, en efecto, una extraña escena. Los Dragones amarillos,
-maltratados en lo sumo por los peñascos que los negros nos arrojaban
-desde lo alto de la sierra, concibieron la idea de ponerse al abrigo
-bajo las flexibles bóvedas de bejucos de que estaba cubierto el
-río. Tadeo, que fué el primero en discurrir este medio, a la verdad
-ingenioso...--
-
-Aquí la narración se vió interrumpida de repente.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-Hacía ya más de un cuarto de hora que el sargento Tadeo, con el brazo
-derecho colgando de una banda, se había metido en la tienda sin que
-nadie hiciera alto, y, acurrucado en un rincón, se contentaba con
-expresar por sus gestos lo mucho que se interesaba en la historia del
-capitán, hasta que, llegado el momento en que no le pareció regular
-dejar pasar un elogio tan directo sin dar las gracias a D’Auverney,
-empezó a decir, medio tartamudeando:
-
---Eso es mucha bondad, mi capitán.
-
-Soltaron todos la carcajada, y, volviéndose D’Auverney, le preguntó con
-aspereza:
-
---¿Cómo es eso, Tadeo? ¿A qué tiene usted que venir aquí? ¿Y su brazo?
-
-A un lenguaje tan extraño para sus oídos, las facciones del veterano se
-entristecieron, y tropezando y echando la cabeza hacia detrás como para
-contener las lágrimas que asomaban a sus párpados, respondió por fin en
-voz muy baja:
-
---No creía yo, nunca lo creyera, que mi capitán había de ser tan duro
-con su sargento que le tratara de usted.
-
-El capitán se levantó con precipitación:
-
---Perdóname, amigo, perdóname, que no sé lo que me he dicho. Vamos,
-Tadeo, ¿me perdonas?
-
-Soltó por fin rienda a las lágrimas el sargento, aunque muy a pesar
-suyo, diciendo:
-
---Esta es la tercera vez; pero ahora es llorar de gozo.
-
-La paz estaba ajustada; mas siguióse un breve silencio.
-
---Pero, dime, Tadeo--preguntóle el capitán con blandura--, ¿por qué te
-has salido del hospital para venirte aquí?
-
---Con licencia, mi capitán; pero quería saber si hay que ponerle mañana
-al caballo la mantilla de galones.
-
-Enrique se echó a reír.
-
---Mejor hubieras hecho, Tadeo, en preguntarle al cirujano si habías de
-ponerte dos onzas de hilas en el brazo herido.
-
---O en averiguar--prosiguió Pascual--si podrías beber un poquito de
-vino para refrescarte; por el pronto, aquí está el aguardiente, que por
-fuerza te hará provecho. Vaya un trago, sargento.
-
-Tadeo se adelantó, hizo un respetuoso saludo, dió sus excusas por
-agarrar el vaso con la mano izquierda, y le vació con un brindis a la
-salud de la concurrencia. Esto le infundió bríos.
-
---Estaba usted, mi capitán, en el momento que... que... ya, pues sí,
-yo fuí el que propuse entrarnos por los bejucos para que no muriera a
-pedradas gente cristiana. El oficial, que no sabía nadar y tenía miedo
-de ahogarse, se oponía con empeño, hasta que, con licencia, caballeros,
-vió un canto, que a poco no le estruja, caer en la madre del río, sin
-hundirse en las hierbas. “Más vale--dijo entonces--morir como Faraón
-de Egipto que no como San Esteban, porque nosotros no somos santos,
-y Faraón era militar como cualquiera de nosotros.” Conque así, mi
-oficial, que ya conocerán ustedes que era sujeto de muchas letras, se
-avino a mi parecer a condición que haría yo el primero la prueba. Voy,
-pues, y me bajo por la orilla y salto debajo del toldo, agarrándome
-a las ramas de encima, cuando digo: “Mi capitán, siento que me tiran
-de una pierna”; me resisto, grito por socorro y me empiezan a dar de
-sablazos, cuando vea usted aquí que acuden todos los dragones y se
-meten de mogollón, como diablos, debajo de los bejucos. Sin que nadie
-lo supiera, los negros de Morne Rouge estaban allí agazapados para
-probablemente embestirnos por las espaldas un momento después. ¡Vaya,
-y la que se armaría en el agua! No era buen rato para pescar con caña.
-Cada cual peleaba, juraba y gritaba como mejor y más podía. Ellos, como
-estaban desnudos, andaban más listos; pero nuestros golpes eran más
-duros que los suyos. Se nadaba con un brazo y peleábamos con el otro,
-como siempre se hace en tales casos; y los que no sabían nadar, digo,
-mi capitán, se colgaban por una mano de los bejucos, y los negros les
-tiraban de los pies. En medio de la función, reparé en un negrazo que
-se defendía como Belcebú contra ocho o diez de los míos; me fuí hacia
-allá nadando y conocí a Pierrot, llamado también Bug... Pero esto no
-debe decirse hasta después. ¿Verdad, mi capitán? Reconocí a Pierrot,
-y, como desde la toma del fuerte andábamos peleados, le agarré por
-el pescuezo, y él iba ya a sacudirse de mí con una puñalada, cuando
-me miró a la cara, y, en lugar de matarme, se entregó; que fué una
-lástima, mi capitán, porque si no se hubiera entregado... Pero eso
-queda para más adelante. En cuanto los negros le vieron prisionero,
-se nos echaron todos encima para rescatarle, de modo que también
-los milicianos se venían al agua para darnos socorro; hasta que
-él, conociendo que todos los negros iban a quedarse allí, les dijo
-algunas palabras que serían un exorcismo, porque los puso a todos en
-huída. Se zambulleron, y en un abrir y cerrar de ojos no quedaba uno.
-Aquella batalla debajo del agua tenía algo de agradable, y me hubiera
-entretenido si no hubiera perdido un dedo y mojado diez cartuchos, y
-si... ¡pobrecillo!, ¡pero estaba escrito, mi capitán!
-
-Y el sargento, después de llevarse, en ademán de saludo militar, la
-mano a la gorra de cuartel, la levantó hacia el cielo con gesto de
-inspirado.
-
-D’Auverney parecía entregado a un violento desasosiego.
-
---Sí--dijo--, sí; tienes razón, Tadeo, que aquélla fué una noche
-fatal...
-
-Y se hubiera perdido en sus acostumbradas y melancólicas distracciones
-si la concurrencia no le hubiese instado con empeño para que
-prosiguiera, cual así lo hizo.
-
-
-
-
-XXIV
-
-
-Mientras la escena que Tadeo acaba de pintar...--Tadeo, triunfante,
-fué a colocarse detrás de su capitán--, mientras la escena que Tadeo
-acaba de pintarnos pasaba a espaldas del cerro, yo había conseguido
-trepar de mata en mata con algunos de los míos hasta la cima de un
-pico llamado el _Pavo Real_ por los brillantes reflejos que despedían
-a la luz del sol las peñas de su cumbre. Este pico se hallaba a igual
-altura que las posiciones de los negros, y, mostrado el camino,
-pronto estuvo cubierto de milicianos, con cuyo refuerzo comenzamos
-un fuego muy vivo de fusilería. Los negros, peor armados, no podían
-respondernos con tanto calor, y empezaron a desalentarse, con lo que
-redoblamos nuestros esfuerzos, y pronto tuvieron precisión los rebeldes
-de evacuar las peñas más vecinas, aunque cuidando antes de hacer rodar
-sus muertos sobre el resto del ejército, que estaba aún tendido en
-batalla en la loma. Entonces cortamos y atamos con bejucos algunos
-de aquellos enormes árboles del algodón silvestre de que fabricaban
-los habitantes de la isla canoas para cien remeros. Con ayuda de
-este puente improvisado pudimos cruzar a los riscos abandonados por
-el enemigo, y parte considerable de nuestras fuerzas se encontraron
-en posición ventajosa. Semejante aspecto enfrió el valor de los
-insurgentes al paso que nuestro fuego continuaba. En esto se alzó por
-el ejército de Biassou un rumor lastimoso, en que iba mezclado el
-nombre de Bug-Jargal, y cundió por entre sus filas gran espanto. Varios
-negros de Morne-Rouge aparecieron en lo alto de la peña, adonde ondeaba
-el rojo pendón; se postraron en tierra, arrancaron luego el estandarte
-y se arrojaron con él a los abismos del río. Todo parecía denotar que
-su caudillo estaba o muerto o prisionero.
-
-Nuestro ánimo subió de punto en grado tal, que me resolví a arrojar
-al arma blanca a los rebeldes de los peñascos que todavía ocupaban.
-Hice echar otro puente volante entre el peñón en que estábamos y el
-pico más cercano, y me lancé el primero en medio de los negros. Mis
-soldados iban a seguirme cuando uno de los rebeldes hizo de un hachazo
-volar el puente en astillas, y los troncos, deshechos, cayeron por el
-precipicio, golpeando en las rocas con horroroso estruendo. Al ruido
-volví la cabeza, y en aquel instante mismo me sentí agarrar por seis
-o siete negros que me desarmaron. Luché con toda mi fuerza, cual un
-león; pero ellos me sujetaron, y sin atender a la lluvia de balas
-que mis soldados hacían caer en su alrededor, me ataron con cuerdas
-hechas de la corteza de los árboles. La única cosa capaz de mitigar
-mi desesperación eran los gritos de victoria que escuché resonar un
-momento después, y en seguida vi a los negros y mulatos subir en
-desorden por las más ásperas cuestas, lanzando clamores de terror. Mis
-guardianes imitaron el ejemplo, y, cargándome el más robusto sobre sus
-espaldas, me condujo a los bosques saltando de peña en peña con la
-agilidad de una cabra montés. Pronto cesó de alumbrarnos el resplandor
-de las llamas; pero el débil reflejo de la luna fué para él luz
-suficiente, acortando tan sólo un poco la rapidez de su paso.
-
-
-
-
-XXV
-
-
-Después de atravesar malezas y cruzar torrentes, llegamos a un
-elevado valle, de aspecto en alto grado salvaje, y lugar que me era
-absolutamente desconocido. Este valle, situado en el riñón de la
-sierra que se llama en Santo Domingo _las montañas dobles_, consistía
-en una vasta y verde llanura aprisionada entre paredes de peña viva y
-cubierta de arboledas de pinos, guayacos y palmitos. El frío penetrante
-que siempre reina en aquella región de la isla se hacía sentir aún más
-en el fresco de la madrugada, porque los primeros albores de la aurora
-iban despuntando en la blancura de las cercanas y elevadísimas cumbres,
-y el valle permanecía envuelto en profundas tinieblas o alumbrado tan
-solo por las numerosas hogueras que encendían los negros, pues aquél
-era el punto señalado de reunión donde los miembros dislocados de su
-ejército acudían en desorden. Los negros y los mulatos llegaban por
-momentos en turbas despavoridas, lanzando gritos de dolor o aullidos
-de rabia, y nuevas hogueras, que brillaban entre las sombras del valle
-cual los ojos de un tigre, anunciaban a cada instante cómo se iba
-ensanchando el círculo del campamento.
-
-El negro que me tenía prisionero me puso al pie de una encina, desde
-donde contemplaba con indiferencia aquel extraño espectáculo. El negro
-me ató por la cintura al tronco del árbol en que estaba recostado;
-apretó los espesos nudos, que me impedían todo movimiento; me plantó en
-la cabeza su gorro encarnado, como anuncio quizá de que yo era cosa de
-su pertenencia, y cuando se hubo así asegurado de que ni podía escapar
-ni serle arrebatado por otros, hizo ademán de alejarse. Me resolví
-entonces a dirigirle la palabra, y le pregunté en dialecto criollo si
-pertenecía a la división del Dondon o de Morne-Rouge. Se detuvo, y me
-replicó con gesto de orgullo:
-
---De Morne-Rouge.
-
-Me vino luego a las mientes un pensamiento. Había oído hablar de la
-generosidad del caudillo de estas fuerzas, Bug-Jargal; y aun dispuesto
-sin pena a recibir una muerte término de todas mis desdichas, la idea
-de los tormentos con que vendría acompañada si la recibía de manos
-de Biassou, no dejaba de inspirarme algún espanto. Apetecía morir
-sin pasar por tales suplicios. Tal vez fuera esto en mí un acto de
-flaqueza; pero creo que en semejantes momentos la naturaleza del hombre
-retrocede siempre horrorizada. Imaginéme, pues, que si podía escapar
-de las garras de Biassou, quizá obtendría de Bug-Jargal una muerte sin
-tormentos: la muerte de un soldado. Así le pedí a este negro que me
-condujera a la presencia de su caudillo; se estremeció y repitió el
-nombre de Bug-Jargal golpeándose con desesperación la frente, hasta
-que, pasando con rapidez a expresar la ira en su semblante, me gritó,
-enseñándome el puño cerrado:
-
---¡Biassou, Biassou!
-
-Y, tras este nombre de amenaza, se apartó de mi vista.
-
-La cólera y el dolor del negro me recordaron aquella circunstancia del
-combate que nos hizo imponer la captura o la muerte del caudillo de
-Morne-Rouge, y, ya sin más dudas, me resigné a esperar la venganza de
-Biassou, con la que aparentaba el negro amenazarme.
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-Entre tanto, cubrían aún las tinieblas la cañada, y sin cesar el tropel
-de los negros y el número de las fogatas iban en aumento. Un corro de
-negras llegó en esto a encender una hoguera cerca de mí, y por los
-numerosos brazaletes de cuentas de vidrio azul, encarnado y violeta
-que lucían en sus piernas y brazos, por los gruesos pendientes que
-colgaban de sus orejas, por los anillos sin cuento que adornaban todos
-los dedos de pies y manos, por los amuletos colgados del seno, por el
-_collar de hechizos_ pendiente del cuello, por el delantal de vistosas
-plumas, única cubierta de su desnudez, y, sobre todo, por sus clamores
-acompasados y sus miradas desatentadas y esquivas, conocí desde luego
-que eran las _Griotas_. Quizá ignoren ustedes, señores, que entre las
-tribus de varias comarcas de Africa se hallan ciertos negros dotados de
-no sé qué tosca disposición para la poesía y facilidad de improvisar,
-que tiene semejanza con el estado de demencia. Estos individuos andan
-errantes de región en región, como los antiguos rapsodas, y como en
-la Edad Media los _minstrels_ de Inglaterra, los _minnesinger_ de
-Alemania y los trovadores de Francia. Llevan el nombre de _griotos_.
-Las mujeres, poseídas cual ellos de un espíritu de vértigo, acompañan
-con obscenos bailes las bárbaras canciones de sus esposos y ofrecen una
-grotesca parodia de las _bayaderas_ del Indostán, o de las _almeas_
-egipcias. Algunas, pues, de esta clase de mujeres eran las que acababan
-de sentarse en rueda a algunos pasos de mí, cruzadas de piernas al
-estilo africano y en torno de un inmenso montón de secas ramas, que
-ardía haciendo vacilar los espantosos rostros al incierto resplandor de
-su rojiza lumbre.
-
-Así que hubieron formado el círculo, agarráronse todas de la mano, y
-la más anciana, que tenía una pluma de garza plantada en el cabello,
-comenzó a clamar:
-
---_Ouanga!_
-
-Y conocí que iban a operar el sortilegio a que dan tal nombre.
-Repitieron todas en coro:
-
---_Ouanga!_
-
-Y la vieja, después de un corto rato de solemne silencio, se arrancó
-un mechón de su propio pelo y lo arrojó al fuego, pronunciando estas
-palabras sacramentales:
-
---_Malé o guiab._
-
-Las que en el dialecto de los negros criollos significan: “Me voy con
-el diablo.” Todas las _griotas_, imitando el ejemplo de su decana,
-entregaron a las llamas un rizo de sus cabellos, repitiendo con
-gravedad:
-
---_Malé o guiab._
-
-Tan extraña invocación y los gestos burlescos de que iba acompañada
-me arrancaron aquella especie de involuntaria convulsión que suele
-apoderarse del hombre más serio o traspasado de mayor dolor, y que
-se llama _risa histérica_. En balde fueron todos mis esfuerzos para
-atajarla; estalló al fin, y aquella carcajada en que prorrumpía un
-corazón tan triste provocó una escena singular por lo lúgubre y
-espantosa.
-
-Perturbadas las negras en el cumplimiento de su misterioso rito,
-alzáronse todas a una, cual si despertasen de un sueño en sobresalto.
-Hasta allí no se habían apercibido de mi presencia, y acudieron en
-tumulto, aullando antes que diciendo:
-
---¡Un blanco, un blanco!
-
-Jamás he visto colección de figuras con mayor diversidad horribles
-que lo era aquella caterva de negros semblantes, donde resaltaba la
-blancura de sus dientes y de sus ojos, salpicados éstos de gruesas y
-ensangrentadas venas.
-
-Iban ya a despedazarme, cuando la vieja de la pluma de garza hizo una
-señal y gritó repetidas veces:
-
---_Zoté cordé, zoté cordé._[6]
-
-Las fieras se detuvieron de súbito, y les vi, no sin sorpresa, desatar
-a la vez sus delantales de plumas, arrojarlos sobre la hierba y empezar
-alrededor de mí aquella danza lasciva a que los negros dan el nombre de
-_la chica_.
-
-Este baile, cuyas grotescas actitudes y viveza de gestos no expresan
-sino el placer y la alegría, cobraba aquí, de diversas circunstancias
-accesorias, un carácter siniestro. Las miradas fulminantes de ira
-que me lanzaban las griotas en medio de sus joviales evoluciones;
-el lúgubre acento que infundían a la alegre tonada de _la chica_;
-el agudo y prolongado gemido que de rato en rato arrancaba de su
-_balafo_, especie de flauta compuesta de unas veinte cañas, la
-venerable presidenta de aquel negro sanedrín, y más aún la horrible
-risa que cada bruja desnuda venía en ciertos momentos de descanso
-del baile a mostrarme por turno, pegando casi su rostro contra el
-mío; todo me anunciaba con demasiada certeza cuál era la horrible
-suerte que le tenían prevenida al _blanco_, espectador sacrílego de
-su Ouanga. Recordé la costumbre que tienen muchos pueblos salvajes de
-bailar en torno de sus prisioneros antes de darles muerte, y aguardé
-con paciencia a que se terminara aquel episodio del drama, en cuyo
-desenlace tenía yo señalado tan funesto papel. No pude, con todo, menos
-de estremecerme al notar que, a una señal dada por el _balafo_, cada
-bruja metió en el fuego, o la punta de una hoja de sable, o el hierro
-de un hacha, o el extremo de una larga aguja, o los garfios de unas
-pinzas, o los dientes de una sierra.
-
-El baile iba tocando a su término y los instrumentos del suplicio
-estaban convertidos en ascuas. Entonces, a una señal de la vieja,
-fueron las negras en solemne procesión a sacar en fila alguna de
-aquellas tremendas armas, y a las que no alcanzó a caberles en suerte
-un hierro ardiente, se proveyó cada cual de un tizón encendido.
-Comprendí al cabo el suplicio que me aguardaba y que habría de contar
-en cada bailarina un verdugo. A una señal de su corifeo, empezaron la
-postrer rueda lanzando tremendos gemidos. Cerré los ojos para no ver
-siquiera los gestos de aquellos demonios femeniles, que, sin aliento de
-cansancio y de ira, daban golpes a compás por encima de sus cabezas con
-los hierros hechos ascua, de donde salía un rumor agudo y millares de
-chispas.
-
-Empecé a aguardar, haciendo un esfuerzo, el instante de sentirme
-chirriar las carnes, calcinarse los huesos y retorcerse y saltar los
-músculos entre las ardientes mordeduras de las sierras y tenazas, y un
-estremecimiento nervioso circuló por todo mi cuerpo. ¡Fué aquél, en
-verdad, un momento de horror!
-
-No duró, por fortuna. Apenas el baile de las griotas iba aproximándose
-a su fin, cuando escuché a lo lejos la voz del negro que me aprisionó,
-quien acudía gritando:
-
---¿Qué hacéis, mujeres del demonio? ¿Qué hacéis ahí? Dejad libre a mi
-prisionero.
-
-Volví entonces a abrir los ojos, y era ya de día. El negro dábase
-prisa a llegar con mil ademanes de cólera, y las griotas se habían
-detenido, aunque no tanto al parecer conmovidas por sus amenazas cuanto
-sobrecogidas por la presencia de un ente bastante estrambótico de que
-venía el negro acompañado.
-
-Era éste un hombre muy bajo y rechoncho, especie de enano, que llevaba
-cubierto el rostro con un velo de color blanco, y en él hechas tres
-aberturas para los ojos y boca, al estilo que usan los penitentes. El
-velo, que caía sobre los hombros y cuello, dejaba al descubierto su
-pecho velludo, que, según el color, me pareció de _salto atrás_, donde
-brillaba, colgado de una cadena de oro, el sol de plata arrancado de
-un viril. Por encima del cinto de grana, que sostenía unas faldas o
-enaguas rayadas de verde, amarillo y negro, con franjas que le cubrían
-los pies, grandes e informes, asomaba el mango de un puñal de trabajo
-tosco, hecho en forma de cruz. Los brazos iban desnudos, así como el
-pecho, y empuñaba en su mano una varita blanca; un rosario de cuentas
-de cachumbo le colgaba de la cintura, junto al puñal, y llevaba sobre
-la frente una caperuza puntiaguda, ornada de cascabeles, en la que, no
-sin gran sorpresa, reconocí la _gorra_ de Habibrah. La diferencia única
-consistía en que entre los jeroglíficos de que estaba aquella especie
-de mitra cubierta se notaban ahora manchas de sangre. Sin duda alguna,
-era la del fiel bufón, y aquellos indicios del asesinato los tuve por
-otra prueba de su fin, y despertaron en mi alma un postrer recuerdo.
-
-Al punto mismo que las griotas repararon en este heredero de la
-caperuza de Habibrah, dijeron todas a una voz:
-
---¡El obí!
-
-Y cayeron postradas en tierra, por donde adiviné que sería el
-hechicero del ejército de Biassou.
-
---¡Basta, basta!--dijo al acercarse a ellas en tono de voz grave y
-apagada--. Dejad al prisionero de Biassou.
-
-Todas las negras, alzándose en tumulto, arrojaron los instrumentos de
-muerte de que iban cargadas, volvieron a ceñirse su delantal de plumas
-y desaparecieron a un gesto del obí cual una nube de langostas.
-
-En este instante pareció clavarse en mí la mirada del hechicero, y con
-un estremecimiento en todo su cuerpo, dió un paso atrás y extendió la
-vara hacia las griotas cual para mandarlas regresar. Con todo, después
-de refunfuñar entre sí, oyéndosele tan sólo la palabra _maldito_, dijo
-no sé qué al oído del negro, y se retiró a paso lento, con los brazos
-cruzados y los ademanes de un hombre embebido en profundas meditaciones.
-
-
-FOOTNOTES:
-
-[6] Acordaos, acordaos.--N. del A.
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-En seguida me avisó mi vigía que Biassou deseaba verme y que había de
-prepararme para dentro de una hora a la entrevista con aquel caudillo.
-
-Sin duda, quedábame aún una hora de vida, y mientras transcurría,
-dejé correr mis miradas por el campamento de los rebeldes, cuyo
-singular aspecto me demostraba la luz clara del día hasta en los
-más pequeños pormenores. Quizá en un estado diverso del ánimo no
-hubiese podido contener la risa al contemplar la inepta vanidad de los
-negros sobrecargados, casi sin excepción, de insignias guerreras y
-sacerdotales despojos de sus víctimas. La mayor parte de tales adornos
-no eran otra cosa que algunos andrajos desapareados y sangrientos. No
-era cosa rara el ver una gola sobre una sobrepelliz, o una charretera
-encima de una casulla. Además, sin duda para descansar de las faenas
-a que habían estado su vida entera sujetos, los negros permanecían en
-un estado de inacción absolutamente desconocido por nuestros soldados,
-aun en las horas de descanso. Algunos estaban dormidos al sol, con
-la cabeza cerca de una hoguera ardiente; otros, con el semblante ya
-apático, ya furioso, cantaban con voz monótona, sentados en cuclillas
-a la puerta de sus _ajoupas_, especie de chozas puntiagudas, techadas
-con hojas de plátano y de palma, cuya forma cónica se asemejaba a
-nuestras tiendas de campaña. Las mujeres, negras o pardas, preparaban
-con ayuda de los negrillos el rancho para los combatientes, y yo los
-veía revolver con enormes pinchos el maíz, las patatas, los ñames, los
-plátanos, los guisantes, el coco, la col caribe, que ellos llaman tayo,
-y toda especie de frutos y plantas indígenas, que hervían mezclados con
-los cuartos despedazados de cerdos, de perros y de tortugas, en las
-inmensas calderas robadas de los ingenios. A lo lejos, en los confines
-del campamento, los griotos y las griotas formaban grandes círculos
-alrededor de las hogueras, y el viento me traía a veces algunos
-trozos de sus bárbaras canciones entre la música de las guitarras y
-balafos. Varios centinelas colocados en la cima de los más cercanos
-peñascos vigilaban los alrededores del cuartel general de Biassou, cuya
-única defensa, en caso de ataque, consistía en una línea circular de
-carretones cargados con las municiones y el botín. Aquellos atezados
-centinelas, erguidos sobre la aguzada punta de las pirámides de granito
-de que están erizados los cerros, daban vueltas a menudo, como las
-veletas de los góticos campanarios, y se corrían con toda la fuerza de
-sus pulmones esta palabra, que aseguraba el sosiego del campamento:
-
---Nada, nada.
-
-De tiempo en tiempo se formaba en torno de mi persona un corro de
-negros curiosos, que todos me contemplaban con aire amenazador.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
-Al cabo, un piquete de soldados de color, bastante bien armados, se
-llegó hacia nosotros, y el negro a quien parecía yo pertenecer me
-desató de la encina a que estaba atado y me entregó en manos del
-comandante de la escolta, recibiendo en pago un saco, que abrió sin
-demora, y que estaba lleno de pesos fuertes. Mientras el negro,
-arrodillado sobre la hierba, los iba contando con ansia manifiesta, los
-soldados me separaron de allí. En el camino examiné con curiosidad su
-equipo, que consistía en un uniforme de paño tosco, pardo y amarillo,
-y cortado a la española: una especie de _montera_ castellana, adornada
-de una cucarda encarnada[7], les cubría su pelo de lana. En lugar de
-cartuchera llevaban una especie de morral colgando del costado, y sus
-armas eran un fusil de mucho peso, un sable y un machete. Después supe
-que este uniforme era el de la guardia particular de Biassou.
-
-Después de grandes rodeos entre las filas irregulares de chozas, que
-embarazaban el terreno del campamento, llegamos a la entrada de una
-gruta, labrada por la naturaleza al pie de uno de aquellos inmensos
-lienzos de peña viva de que estaba el valle amurallado. Un gran
-cortinaje de aquella tela tibetana llamada _cachemira_, y que no tanto
-se distingue por lo vivo de sus colores cuanto por la suavidad de su
-trama y lo variado de sus dibujos, escondía a la vista lo interior de
-esta caverna, rodeada por espesas hileras de soldados, todos con igual
-equipo que mis conductores.
-
-Tras dar la seña a los dos centinelas que se paseaban a los umbrales de
-la gruta, el comandante del piquete alzó el cortinaje y me introdujo
-consigo, dejándole caer tras de mí.
-
-Una lámpara de cobre con cinco mecheros, colgada de unas cadenas a
-la bóveda, difundía sus trémulos rayos sobre las húmedas paredes de
-aquella cueva, privada de la luz del día. Entre dos filas de soldados
-mulatos descubrí a un hombre de color, sentado en un grueso tronco de
-caobo, medio encubierto por un tapiz de plumas de papagayo. Este hombre
-pertenecía a la especie de los _salto-atrás_, que no está separada
-de los negros sino por diferencias casi imperceptibles. Su vestido
-era ridículo. Una magnífica faja de red de seda, de donde colgaba una
-cruz de San Luis, le ceñía a la altura del ombligo unos calzoncillos
-azules, de lienzo tosco, y una chupa de cotonía blanca, demasiado
-corta para alcanzarle a la cintura, completaba el resto de su ajuar.
-Llevaba, además, botas grises, un sombrero redondo, coronado con la
-cucarda encarnada, y dos charreteras: la una de oro, con estrellas de
-plata en la pala, cuales usan los mariscales de campo en Francia, y la
-restante, de lana amarilla. Dos estrellas de cobre, que aparentaban
-ser dos acicates de espuela, estaban clavadas en la postrera, sin duda
-para hacerla digna de su brillante compaña. Estas dos charreteras, que
-no tenían sujeción por medio de presillas en su lugar debido, colgaban
-por ambos lados de los hombros sobre el pecho del personaje. Un sable y
-dos pistolas ricamente embutidas estaban a su lado, sobre un tapiz de
-plumas.
-
-Detrás de su asiento, silenciosos e inmóviles, se veían dos niños con
-el vestido de esclavos, y cada uno con un inmenso abanico de plumas
-de pavo real. Estos dos niños eran dos blancos reducidos ahora a
-cautiverio.
-
-Dos cojines de terciopelo carmesí, que parecían sacados de algún
-oratorio, señalaban dos puestos a derecha e izquierda del leño de
-caoba. Uno de ellos, el de la derecha, se hallaba ocupado por el obí
-que me libertó del furor de las griotas. Estaba él sentado, con las
-piernas cruzadas, derecha la varita, inmóvil cual un ídolo de porcelana
-en una pagoda chinesca, tan sólo que a través de las hendeduras del
-velo veía chispearle los ojos, enardecidos y clavados en mí sin
-pestañear.
-
-A cada lado del caudillo había unos haces de pendones, banderas y
-gallardetes de toda especie, entre los cuales reparé en la bandera
-blanca francesa con flores de lis, la bandera tricolor y la bandera
-española; las restantes eran insignias de capricho, incluso un gran
-estandarte de color negro.
-
-A la cabecera de la estancia, por encima del principal personaje,
-otro objeto llamó asimismo mi atención: un retrato del mulato Ogé,
-ajusticiado el año anterior en el Cabo por crimen de rebelión con su
-teniente Juan Bautista Chavanne, y otros veinte cómplices, entre pardos
-y negros. En este retrato, Ogé, hijo de un carnicero del Cabo, estaba
-representado como tenía costumbre de hacerse pintar, es decir, con
-uniforme de teniente coronel, la cruz de San Luis y la orden de mérito
-del León, que había comprado en Europa al príncipe del Limburgo.
-
-El mulato en cuya presencia me veía yo ahora era hombre de mediana
-estatura, y en el semblante presentaba una extraña mezcla de astucia y
-crueldad. Hízome aproximar, me miró por algún tiempo en silencio y, al
-fin, me dijo con risa amarga y sarcástica, parecida a los aullidos de
-una hiena:
-
---Yo soy Biassou.
-
-Aguardaba tal nombre, pero no pude oírle en boca semejante y en medio
-de aquella feroz carcajada sin temblar interiormente. Mi rostro,
-empero, se mantuvo sereno y orgulloso, y ni me digné contestarle.
-
---¿Qué es eso?--repuso en francés menos que mediano--. ¿Te han empalado
-ya de modo que no puedes doblar el espinazo y hacer una cortesía en
-presencia de Juan Biassou, generalísimo del país conquistado y mariscal
-de campo de los Reales Ejércitos de _Su Majestad Católica_?--La táctica
-de los principales caudillos rebeldes consistía en dar a entender que
-obraban a favor, ya del Rey de Francia, ya de la revolución o ya del
-Rey de España--.
-
-Crucé los brazos en el pecho y le miré cara a cara con resolución. El
-volvió a su risa sarcástica, que parece lo tenía por resabio.
-
---¡Hola, hola! _Me pareces hombre de buen ánimo._ Pues bien, escúchame
-lo que voy a decirte: ¿Eres criollo?
-
---No--le repliqué--, soy francés.
-
-Mi firmeza le hizo arquear el entrecejo, y me respondió con su risa
-acostumbrada:
-
---Tanto mejor. Veo por el uniforme que eres oficial. ¿Qué edad tienes?
-
---Veinte años.
-
---¿Cuándo los cumpliste?
-
-A semejante pregunta, que despertaba en mi alma tantos y tan dolorosos
-recuerdos, me quedé absorto en mis ideas; la repitió, empero, con
-empeño, y entonces yo le contesté:
-
---El día que ahorcaron a tu compañero Leogrí.
-
-Sus facciones se contrajeron de ira, y la carcajada duró más aún de lo
-usual; pero al cabo se contuvo, diciendo:
-
---Hace veintitrés días ahora que murió Leogrí, y esta noche irás a
-decirle que le sobreviviste veinticuatro días no más. Quiero dejarte
-hoy todavía en el mundo para que puedas contarle a qué altura se halla
-la libertad de sus hermanos, lo que hayas presenciado en el cuartel
-general de Juan Biassou, mariscal de campo, y cuánta es la autoridad
-que ejerce este generalísimo sobre la _gente del Rey_.
-
-Bajo título semejante, Juan Francisco, quien se hacía apellidar _Gran
-Almirante de Francia_, y su camarada Biassou, designaban sus catervas
-de negros y mulatos rebeldes.
-
-Mandó luego que me hiciesen sentar en un rincón de la cueva, entre dos
-vigilantes, y señalando con el dedo a algunos negros con el disfraz de
-ayudantes de campo, dijo:
-
---Que se toque generala y que venga todo el ejército a las cercanías de
-mi cuartel general, que quiero pasarle revista. Y usted, señor padre
-capellán, revístase de sus hábitos sacerdotales y celebre para mí y
-para mis soldados el santo sacrificio de la misa.
-
-El obí se levantó, hizo delante de Biassou una profunda reverencia
-y le dijo al oído unas cuantas palabras, que interrumpió el general
-prorrumpiendo en alta voz:
-
---¿Dice usted, _señor cura_, que no hay altar? Pero ¿qué tiene eso de
-extraño entre los montes? ¡Ni qué importa! ¿Desde cuándo acá exige el
-_bon Giu_[8] para su culto un magnífico templo ni un altar adornado
-con oro y con encajes? Gedeón y Josué le adoraron ante un montón de
-piedras; hagamos, pues, _bon per_[9], como ellos hicieron, que al _bon
-Giu_ le basta con corazones fervorosos. ¡Que no hay altar! Pues ¿por
-qué no armar uno con la caja grande de azúcar que los soldados del Rey
-cogieron ayer en el ingenio de Dubuisson?
-
-Pronto se puso en planta el mandato de Biassou, y en un abrir y cerrar
-de ojos quedó listo lo interior de la caverna para semejante parodia de
-los divinos misterios. Trajeron un tabernáculo y un copón, robados de
-la iglesia parroquial del Acul, de aquel templo mismo donde mi enlace
-con María recibió del cielo una solemne bendición, tan luego acompañada
-de amargos infortunios, y pusieron por altar una caja de azúcar robada,
-parte del botín de algún ingenio vecino, y cubierta con una sábana a
-guisa de paño, lo que no tapaba el rótulo siguiente, que podía leerse
-en los costados del extraño altar: _Dubuisson y Compañía, en Nantes_.
-
-Cuando los vasos sagrados estuvieron en su lugar, notó el obí que
-faltaba un crucifijo, y, sacando el puñal, cuyo mango estaba en forma
-de cruz, lo clavó en pie ante el tabernáculo, entre el cáliz y el
-viril. En seguida, sin quitarse la caperuza de hechicero ni el velo de
-penitente, se echó sobre los hombros desnudos la capa pluvial, robada
-al vicario del Acul; abrió el misal con manecillas de plata, en que se
-habían leído las oraciones de mi fatal casamiento, y, volviéndose hacia
-Biassou, sentado a pocos pasos de distancia del altar, anunció con un
-profundo saludo que estaba ya listo para la ceremonia.
-
-Al punto, a una señal del caudillo se descorrió el cortinaje de
-cachemira de la entrada y nos mostró el ejército entero de los negros,
-formado en columnas cerradas a la boca de la cueva. Biassou se quitó el
-sombrero redondo, se postró delante del altar y gritó con voz sonora:
-
---¡De rodillas!
-
---¡De rodillas!--repitieron los jefes de batallón.
-
-Sonó un redoble de tambores, y toda la gavilla estaba arrodillada.
-
-Yo solo había quedado inmóvil en mi asiento, escandalizado del
-sacrilegio que iba a cometerse en mi presencia; pero los dos robustos
-mulatos que me tenían bajo su guardia me arrebataron el asiento y,
-empujándome con violencia por los hombros, caí de rodillas cual los
-demás, precisado a tributar un simulacro de respeto a este simulacro de
-culto.
-
-El obí ofició con seriedad; los dos pajecillos blancos de Biassou
-hacían oficio de diácono y sub-diácono, y la turba de los rebeldes,
-doblada siempre la rodilla, asistía a la ceremonia con un aspecto de
-devoción de que daba el generalísimo el primer ejemplo. Al momento de
-la elevación volvióse hacia el ejército el obí, enseñando la hostia, y
-exclamó en su dialecto:
-
---_Zoté coné bon Giu; ce li mo fé zoté voer. Blan touyé li, touyé blan
-yo touté[10]._
-
-A estas palabras, pronunciadas en una voz fuerte, que se me antojó
-haber ya oído en alguna otra parte y otros tiempos, la muchedumbre
-entera lanzó un rugido; hirieron los soldados sus armas una con otra
-por largo espacio, y todo el poder de Biassou fué necesario para
-impedir que aquel siniestro rumor no fuese el anuncio de mi hora
-postrera. Comprendí, empero, a qué exceso de valor y de crueldad podían
-llegar estos hombres, para quienes un puñal era un crucifijo, y en cuyo
-ánimo las emociones eran tan súbitas y profundas.
-
-
-FOOTNOTES:
-
-[7] Ya se sabe que éste es el color de la cucarda española.--N. del A.
-
-[8] El buen Dios.
-
-[9] Buen padre.
-
-[10] “Ya conocéis a Dios y aquí os lo enseño. Los blancos le mataron;
-matad a todos los blancos.” Más adelante, Toussaint-Louverture tenía
-costumbre de dirigir la misma alocución a los negros después de haber
-comulgado.--Nota del autor.
-
-
-
-
-XXIX
-
-
-Concluída la ceremonia, el obí se volvió hacia Biassou con una
-respetuosa reverencia, y entonces, levantándose aquel caudillo, dijo en
-francés, encarándose conmigo:
-
---Nos acusan de no tener religión; pero ya ves tú que eso es una
-calumnia y que somos buenos católicos.
-
-No sé si hablaba irónicamente o de buena fe; mas, al cabo de un
-momento, hizo que le trajesen un vaso de vidrio lleno de maíz negro, y
-puso encima unos cuantos granos de maíz blanco, y en seguida, alzando
-el vaso por encima de su cabeza para que mejor alcanzase a verlo todo
-el ejército, exclamó:
-
---Hermanos, vosotros sois el maíz negro, y vuestros enemigos los
-blancos son el maíz blanco.
-
-En esto meneó el vaso, y cuando casi todos los granos blancos hubieron
-desaparecido escondidos entre los negros, prorrumpió en decir con aire
-de inspiración y triunfo:
-
---_Guette blan si la la[11]._
-
-Otra aclamación, que retumbó en los ecos de la montaña, acogió la
-parábola del caudillo, y Biassou prosiguió, mezclando con frecuencia en
-su mal francés frases o españolas o criollas:
-
---El tiempo de la mansedumbre ha pasado. Por demasiado largo período
-hemos aguantado en paz como los carneros, con cuya lana comparan
-nuestros cabellos los blancos; seamos ahora implacables como los
-jaguares y panteras de la región de donde nos arrancaron. La fuerza
-sola adquiere derechos, que todo le pertenece al que se muestra
-esforzado y sin compasión. San Lobo[12] tiene dos fiestas en el
-almanaque, y el Cordero Pascual no tiene más de una... ¿No es así,
-padre capellán?
-
-El obí hizo una reverencia afirmativa.
-
---Han venido--repuso Biassou--, han venido los enemigos de la
-regeneración de la humanidad, esos blancos, esos hacendados, esos
-dueños, esos hombres de negocios, _verdaderos demonios_ vomitados por
-las furias infernales. _Han venido con insolencia_, cubiertos, ¡gente
-vana!, de armas, de plumajes y de ropajes magníficos a la vista, y nos
-despreciaban porque éramos negros y estábamos desnudos. Pensaban, en su
-orgullo, dispersarnos con tanta facilidad como estas plumas ahuyentan
-esos negros enjambres de mosquitos y maringuinos.
-
-Y, al acabar esta comparación, tomó de manos de un esclavo blanco uno
-de aquellos abanicos que se hacía llevar detrás de sí, y comenzó a
-sacudirlo con mil gestos vehementes; luego continuó:
-
---... Pero, hermanos, nuestro ejército se arrojó sobre ellos como las
-moscas sobre un cadáver; cayeron con sus lucidos uniformes a los golpes
-de estos brazos desnudos, que juzgaron sin bríos, no sabiendo que la
-buena madera está más dura cuando le quitan la corteza. Ahora tiemblan
-esos tiranos aborrecibles: _yo gagné peur_[13].
-
-Un aullido de gozo y de triunfo respondió a este grito de su jefe, y la
-caterva toda siguió repitiendo por largo período:
-
---_Yo gagné peur!_
-
---Negros criollos y congos--añadió Biassou--, venganza y libertad.
-Gente de sangre mixta, no os dejéis ablandar por las seducciones _de
-los diablos blancos_. Vuestros padres están entre sus filas, pero
-vuestras madres están entre las nuestras. Y luego, _hermanos de mi
-alma_, jamás os han tratado como padres, sino como amos; tan esclavos
-erais como los negros. Cuando apenas un miserable harapo cubría
-vuestros miembros abrasados por el Sol, vuestros bárbaros padres se
-pavoneaban con muy _buenos sombreros_ y llevaban chaquetas de mahón
-los días de faena, y los días de fiesta, vestidos de barragán o de
-terciopelo, _a diez y siete cuartos la vara_. ¡Maldecid a esos entes
-desnaturalizados! Pero como los santos mandamientos del _bon Giu_ los
-protegen, no maltratéis a vuestro propio padre; y si le encontráis
-entre los contrarios, nada os estorba, _amigos_, para que no os digáis
-mutuamente: _Touyé papa moé, ma touyé quena toué_[14]. ¡Venganza!
-Gente del Rey: libertad para todos los hombres. Este grito tiene
-eco en todas las islas: nació en _Quisqueya_[15] y resonó en Tabago
-y en Cuba. Un capitán de ciento veinticinco negros cimarrones de las
-Montañas Azules, un negro de Jamaica, Bouckmann, en fin, fué quien
-primero alzó el pendón entre nosotros. Un triunfo ha sido su primer
-acto de fraternidad con los negros de Santo Domingo. Sigamos tan
-glorioso ejemplo, con la tea en una mano y el hacha en la otra. No haya
-compasión para los blancos, para los dueños. Matemos las familias,
-arruinemos sus plantíos, no dejemos en sus haciendas un árbol siquiera
-sin tener las raíces hacia el cielo. ¡Trastornemos la tierra para que
-se trague a los blancos! ¡Animo, pues, hermanos y amigos! Pronto iremos
-a pelear y exterminarlos. Triunfaremos o moriremos en la empresa.
-Vencedores, gozaremos a nuestra vez de todos los deleites de la vida;
-si morimos, iremos al cielo, donde los santos nos esperan; al paraíso,
-donde cada bravo tendrá ración doble de aguardiente y un peso en plata
-al día.
-
-Esta especie de sermón soldadesco, que a ustedes, señores, no les
-parecerá más que risible, produjo entre los rebeldes un efecto
-maravilloso. Verdad es que los extraños gestos de Biassou, el acento
-inspirado de su voz, el extraordinario sarcasmo que cortaba a veces
-sus palabras, infundían a su arenga no sé qué oculto poderío de
-seducción. El arte con que entreveraba con sus declamaciones pormenores
-a propósito calculados para halagar las pasiones o el interés de los
-insurgentes, añadía cierto grado de fuerza a aquella elocuencia, tan
-adecuada para aquel auditorio.
-
-No intentaré pintar qué grado de tétrico entusiasmo se manifestó en el
-ejército tras la alocución de Biassou. Fué un concierto discordante
-de clamores, de aullidos y de lamentos. Golpeábanse unos el pecho,
-sacudían otros sus mazas y sables, muchos permanecían de rodillas
-en actitud de inmóvil éxtasis. Las negras se desgarraban el seno y
-los brazos con las espinas de pescado que les servían para peinar
-sus cabellos. Las guitarras, los timbales, las cajas y los balafos
-mezclaban su estrépito con las descargas de fusilería. Era, por fin,
-aquello una algazara infernal.
-
-Hizo Biassou un gesto con la mano, y el tumulto cesó luego como por
-encanto, y cada negro fuese en silencio a ocupar su puesto. Tan severa
-disciplina a que había doblegado Biassou a sus iguales, por el mero
-ascendiente de su ingenio y voluntad firme, me llenaron, por decirlo
-así, de admiración. Todos los soldados de aquel ejército parecían
-hablar y moverse al impulso del caudillo como las teclas del órgano
-ceden a los dedos del músico.
-
-
-FOOTNOTES:
-
-[11] Mirad lo que son los blancos para con vosotros--N. del A.
-
-[12] Santo francés de quien no creemos que se haga mención en nuestra
-tierra.--N. del T.
-
-[13] Tienen miedo, en dialecto criollo.--N. del A.
-
-[14] _Mata a mi padre y yo mataré al tuyo_, execrables palabras que se
-oyeron, en efecto, en boca de algunos mulatos.--N. del A.
-
-[15] Nombre antiguo de Santo Domingo que significa _Tierra Grande_. Los
-naturales le llamaban también _Haití_.--Nota del autor.
-
-
-
-
-XXX
-
-
-Otro nuevo espectáculo y género nuevo de charlatanismo y alucinamiento
-excitó mi curiosidad; a saber: la curación de los heridos. El obí, que
-ejercía en el ejército el doble cargo de médico para las dolencias
-del alma y del cuerpo, había empezado a visitar los pacientes. Se
-había desnudado de sus atavíos sacerdotales y llevaba junto a sí un
-gran cajón con compartimientos, donde iban sus drogas y herramientas,
-aunque, a decir verdad, poco usaba de sus instrumentos quirúrgicos;
-y excepto una lanceta de espina de pescado, con la que practicaba
-con suma habilidad una sangría, le tuve por muy torpe en el asunto,
-manifestando gran embarazo en manejar las tenazas que le servían de
-pinzas y el cuchillo que hacía de bisturí. La mayor parte del tiempo
-se contentaba con recetar cocimientos de naranjas silvestres, de
-zarzaparrilla o raíz de China, con algunos sorbos de aguardiente de
-cañas añejo. Su remedio favorito y, según él decía, soberano, constaba
-de tres copas de vino tinto mezclado con polvos de nuez moscada y la
-yema de un huevo duro, cocido entre el rescoldo. De este específico se
-servía para curar cualquier especie de llaga o dolencia. Fácil es de
-conocer que semejante medicina era tan irrisoria como el culto divino
-de que se fingía sacerdote, y es de calcular que el muy corto número
-de curas hijas del acaso no le hubieran bastado para conservar la
-confianza de los negros si no hubiera añadido los sortilegios a sus
-drogas y tratado de obrar con tanta más violencia sobre la imaginación
-de sus pacientes cuanto menor era su influjo verdadero sobre los males.
-Así es que ya se contentaba con tocar sus heridas haciendo algunos
-gestos místicos, ya valiéndose con tino de aquel resto de sus antiguas
-supersticiones, que mezclaba con su catolicismo reciente, metía en la
-llaga una piedrecita _fetiche_ envuelta en hilas, y el herido atribuía
-a la piedra los saludables efectos de su cubierta. Si le anunciaban que
-alguno de los heridos bajo su cuidado había muerto, o de las resultas
-del daño original, o aun quizá de su propio desatinado método de cura,
-respondía en tono solemne:
-
---Ya lo tenía yo previsto: era un traidor que en el incendio de tal
-hacienda salvó a un blanco, y su muerte es un castigo.
-
-Entonces, la caterva de atónitos rebeldes le aplaudía, más enconada aún
-en sus sentimientos de odio y de venganza. El charlatán se valió aún de
-otro sistema curativo que me chocó por su extrañeza. Era el paciente
-uno de los jefes negros, herido de bastante gravedad en el postrer
-encuentro, y, después de haber examinado la lesión y de hacer la cura
-lo mejor que pudo, exclamó, subiendo al altar:
-
---Todo esto no vale nada.
-
-Desgarró luego tres o cuatro hojas del misal, las quemó a la luz de los
-cirios robados de la iglesia del Acul y, mezclando estas cenizas del
-papel consagrado con unas cuantas gotas de vino echadas en el cáliz,
-dijo al herido:
-
---Bebe, que aquí va la salud[16].
-
-Bebió el otro, lleno de fe, clavando sus estúpidas miradas en el
-juglar, que tenía elevadas sobre él las manos, cual invocando la
-bendición celeste, y quizá el convencimiento de que estaba ya sano
-contribuyó no poco a lograr la cura.
-
-
-
-
-XXXI
-
-
-Siguióse a esta escena otra en que el velado obí representó aún el
-principal papel: el médico había reemplazado al sacerdote; el zahorí
-reemplazó ahora al médico.
-
---Hombres, escuchad--exclamó el obí, saltando con agilidad increíble
-sobre el altar improvisado, donde vino a caer sentado, con las piernas
-cruzadas bajo sus abotargadas enaguas--. _Escuchad, hombres_; cuantos
-quieran leer en el libro del destino el secreto de su vida, que se
-acerquen y se lo diré: _He estudiado la ciencia de los gitanos_.
-
-Una caterva de negros y de mulatos se acercaron con precipitación.
-
---Uno tras otro--dijo el obí, cuya voz hueca y ronca cobraba a veces
-un acento atiplado y chillón, que me chocaba como un recuerdo--. Si
-venís todos juntos, juntos iréis a la hoya.
-
-Entonces se detuvieron, y, en este instante, un hombre de color,
-vestido al uso de los hacendados ricos, con chaqueta y pantalón blanco
-y un pañuelo atado en la cabeza, se acercó a Biassou; la consternación
-se hallaba retratada en su semblante.
-
---¡Y bien!--dijo el generalísimo en voz baja--, ¿qué es eso?, ¿qué
-tienes, Rigaud?
-
-Era, pues, el caudillo mulato de las gavillas de los _Cayos_, conocido
-más en adelante bajo el nombre del _general Rigaud_, hombre astuto bajo
-apariencia de candidez y cruel bajo la capa de dulzura. Le examiné con
-atención.
-
---Mi general--respondió Rigaud--porque si bien hablaba en tono muy
-bajo, estaba yo tan próximo a Biassou que logré oírles--, a la entrada
-del campamento hay un mensajero de Juan Francisco con la noticia de
-que Bouckmann ha muerto en un encuentro con M. De Touzard, y que los
-blancos han colgado su cabeza en la ciudad por trofeo.
-
---¿No hay más que eso?--contestó Biassou, brillándole los ojos de gozo
-al ver disminuirse el número de los cabecillas y acrecentarse, por
-consiguiente, su importancia.
-
---Además, el emisario de Juan Francisco trae un mensaje para el general.
-
---Bien está--repuso Biassou--; pero amigo Rigaud, no tengas esa cara de
-espanto.
-
---Pues ¿qué, mi general--objetó Rigaud--, la muerte de Bouckmann no
-podrá producir mal efecto en la tropa?
-
---No eres tan sencillo, Rigaud, como aparentas--replicó su jefe--; mas
-ahora vas a juzgar a Biassou. Haz que el mensajero se retarde en entrar
-un cuarto de hora, y eso basta.
-
-Entonces se acercó al obí, que durante esta conversación, escuchada
-por mí tan sólo, había comenzado su oficio de adivino, examinando los
-signos de sus frentes y de la palma de sus manos y repartiéndoles más o
-menos felicidad venidera, según el sonido, el color y el tamaño de la
-moneda que cada cual de ellos echaba a sus pies, en una patena de plata
-dorada. Díjole Biassou unas breves palabras al oído, y el hechicero,
-sin detenerse, continuó sus observaciones de adivinanza.
-
---El que lleva en medio de la frente--decía el obí--, en la arruga del
-sol, una figura pequeña cuadrada o en triángulo, hará una gran fortuna
-sin afán ni trabajos.
-
-La figura de tres S. S. S. juntas, en cualquier lugar de la frente
-que se hallen, es un signo muy funesto. Quien la lleva se ahogará sin
-remedio si no huye del agua con sumo cuidado.
-
-Cuatro líneas que arranquen de la nariz y a pares se arqueen por encima
-de los ojos, anuncian que algún día habrá de caer el sujeto prisionero
-de guerra y de gemir cautivo en manos de los extraños.
-
-Aquí el obí hizo una pausa.
-
---Compañeros--añadió con gravedad--: tenía yo observado este signo en
-el semblante de Bug-Jargal, caudillo de los valientes de Morne-Rouge.
-
-A tales palabras, que me confirmaron aún más el aprisionamiento de
-Bug-Jargal, siguiéronse los lamentos de una gavilla, compuesta de
-negros exclusivamente, y cuyos principales jefes llevaban calzoncillos
-encarnados: era la división de Morne-Rouge.
-
-Sin embargo, el obí prosiguió:
-
---Si tenéis en el lado derecho de la frente, sobre la línea de la luna,
-alguna figura en semejanza de horquilla, temed el estar ociosos o el
-entregaros demasiado a los placeres.
-
-Un signo pequeño, aunque muy importante, que es la figura árabe del
-número 3, sobre la línea del sol anuncia azotes...
-
-Un negro viejo español de Santo Domingo interrumpió al obí, acercándose
-a él implorando socorro. Estaba herido en la frente, y uno de sus ojos,
-arrancado de la órbita, le colgaba chorreando sangre. El obí le había
-dejado olvidado en su revista _médica_, y al momento que le vió, dijo:
-
---Figuras redondas en la región derecha de la frente, sobre la línea de
-la luna, indican dolencias en los ojos. _Hombre_, ese signo está muy
-visible en tu frente; a ver, dame la mano.
-
---¡Ay, excelentísimo señor!--replicó el herido--. Mire usted mi ojo.
-
---¡Vejancón![17]--respondió de mal humor el obí--, ¿qué necesidad
-tengo yo de verte los ojos? Daca la mano, digo.
-
-El desdichado alargó la mano, repitiendo siempre en voz baja:
-
---¡Ay, mi ojo!
-
---Bueno--dijo el zahorí--. Si en la línea de la vida se descubre un
-punto rodeado de un círculo pequeño y de color negro, se quedará tuerta
-la persona, porque este signo anuncia la pérdida de un ojo. Eso es:
-aquí, aquí está el punto, y el círculo, y serás tuerto.
-
---¡Ya lo soy!--respondió el vejancón gimiendo en tono lastimero.
-
-Mas el obí, que no hacía ya de cirujano, le empujó de sí con aspereza,
-y prosiguió, sin atender a los quejidos del pobre tuerto:
-
---Escuchad, hombres. Si las siete líneas de la frente son chicas,
-retorcidas y poco señaladas, anuncian que la vida de aquella persona
-será breve.
-
-Quien tenga en el entrecejo y en la línea de la luna la figura de dos
-flechas cruzadas morirá en una batalla.
-
-Si la línea de la vida que atraviesa la palma de la mano presentare una
-cruz a su extremidad, cerca ya de la coyuntura, anuncia que la persona
-aquella perecerá en un cadalso... Y ahora--añadió el obí--debo decir,
-_hermanos_, que uno de los más firmes puntales de la independencia, el
-valeroso Bouckmann, reune estos tres signos fatales.
-
-A estas palabras, quedáronse los negros todos sin soltar el aliento,
-inmóviles los ojos y clavados en el juglar con aquella especie de
-atención que tanto se asemeja al estupor.
-
---Tan sólo hay--prosiguió el obí--que no sé cómo concuerden ambos
-signos, si el uno presagia a Bouckmann que ha de morir en la batalla y
-el otro le amenaza con un cadalso. Mi ciencia, empero, es infalible.
-
-Se detuvo y echó una ojeada a Biassou, y éste dijo al oído algunas
-palabras a uno de sus ayudantes, quien salió sin tardanza.
-
---La boca abierta y lacia--tornó a decir el obí, volviéndose hacia el
-concurso y con tono bufón y malicioso--, una actitud insignificante,
-los brazos colgando y la mano izquierda vuelta para afuera sin que haya
-motivo, anuncian la necedad natural, la falta de seso y una curiosidad
-embrutecida.
-
-Soltó Biassou su risa sarcástica, cuando en este momento regresó el
-ayudante, trayendo en su compañía a un negro cubierto de polvo y fango,
-y cuyos pies, cortados por los pedernales y abrojos, eran claro indicio
-de que venía de una larga jornada. Este era el mensajero anunciado por
-Rigaud. Traía en una mano un pliego cerrado, y en la otra, desdoblado,
-un pergamino con un sello en figura de corazón inflamado. En el medio
-estaba una cifra compuesta de las letras características M. y N.,
-enlazadas entre sí para designar, sin duda, la unión de los mulatos
-libres y de los negros esclavos. A un lado de la cifra se leía por
-mote: “Las preocupaciones, vencidas; la vara de hierro, rota; _¡viva el
-rey!_” Este pergamino era un pasaporte expedido por Juan Francisco.
-
-El emisario le presentó a Biassou, y, después de humillarse hasta tocar
-la tierra, le entregó el pliego sellado. El generalísimo lo abrió con
-precipitación, recorrió los despachos que contenía, se metió algunos en
-los bolsillos y, estrujando otro entre las manos, exclamó con aspecto
-desconsolado:
-
---¡Tropas del rey!
-
-Los negros hicieron una profunda reverencia.
-
---¡Tropas del rey! He aquí lo que manda decir a Juan Biassou,
-generalísimo del país conquistado y mariscal de campo de los ejércitos
-de Su Majestad Católica, Juan Francisco, gran almirante de Francia y
-teniente general de los ejércitos de su antedicha Majestad el Rey de
-España y de las Indias.
-
-Bouckmann, caudillo de ciento veinte negros de las Montañas Azules de
-Jamaica, reconocidos independientes por el gobernador de Belle-Combe;
-Bouckmann acaba de sucumbir en la gloriosa lucha de la libertad y la
-humanidad contra el despotismo y la barbarie. El generoso caudillo ha
-muerto en un encuentro con los forajidos blancos que manda el infame
-Touzard, y los monstruos le han cortado la cabeza, anunciando que iban
-a colocarla con ignominia en un cadalso en la plaza de Armas de su
-ciudad del Cabo. ¡Venganza!
-
-El lúgubre silencio de un general desaliento siguióse por un instante
-en todas las filas del ejército a esta lectura; pero, mientras tanto,
-el obí se había puesto de pie sobre el altar, sacudiendo su varita
-blanca con gestos triunfantes.
-
---Salomón, Zorobabel, Eleazar Taleb, Cardan, Judas Bowtaricht,
-Averroes, Alberto Magno, Boabdil, Juan de Hagen, Ana Baratro, Daniel
-Ogrumof, Raquel Flintz, Altornino, gracias os doy, maestros. La
-_ciencia_ de los zahorís no me ha engañado. _Hijos, amigos, hermanos,
-muchachos, mozos, madres, y vosotros, todos los que me escucháis aquí_,
-¿no lo había yo vaticinado? _¿Qué había dicho?_ Los signos de la frente
-de Bouckmann me habían anunciado que viviría poco, y que moriría en
-un combate; las líneas de su mano, que aparecería en un cadalso.
-Las profecías de mi ciencia se realizan fielmente, y los sucesos se
-arreglan por sí mismos de manera que encajen aquellas circunstancias
-que no sabíamos conciliar: su muerte en el campo de batalla y su
-aparición en el cadalso. Admiraos, hermanos.
-
-El desaliento de los negros se había tornado durante este discurso
-en una especie de susto y maravilla. Escuchaban al obí con confianza
-mezclada de terror, mientras él, embriagado de sí mismo, se paseaba a
-lo largo de la caja de azúcar, que ofrecía en su superficie espacio
-suficiente para que sus piernecillas pudiesen extenderse muy a sus
-anchuras. Biassou, riendo a su manera, dirigió la palabra al obí:
-
---Señor capellán: puesto que vuestra merced no ignora los sucesos
-venideros, ¿querrá leerme lo que ha de sucederme a mí, Juan Biassou,
-_mariscal de campo_?
-
-El obí se detuvo con aire jactancioso en medio del grotesco altar donde
-la credulidad de los negros le divinizaba, y replicó al _mariscal de
-campo_:
-
---Venga vuestra merced.
-
-En aquel instante, el obí era la persona de mayor importancia en el
-ejército. El poder militar se humilló ante el prestigio del sacerdote,
-y al acercarse Biassou, era fácil de leer en sus miradas algún
-movimiento de enojo.
-
---La mano, mi general--dijo el obí, inclinándose para cogerla--.
-_Empiezo: la línea de la coyuntura_, señalada con igualdad en toda su
-extensión, le promete riquezas y felicidad. _La línea de la vida_,
-larga y distinta, anuncia una existencia libre de males y una vejez
-robusta; estrecha, señala la sabiduría, el espíritu ingenioso y la
-_generosidad_ del corazón; en fin, aquí veo lo que los _nigrománticos_
-llaman el más venturoso de todos los signos: una caterva de ligeras
-arrugas que le dan el aspecto de un árbol cargado de ramas elevándose
-hacia lo alto de la mano, indicio seguro de la opulencia y las
-grandezas. _La línea de la salud_, muy larga, confirma los pronósticos
-de la línea de la vida, y también anuncia valor; encorvada hacia
-el dedo meñique, en forma de garfio, es signo, mi general, de una
-severidad provechosa.
-
-A esta palabra, los ojuelos brillantes del obí se clavaron en mi
-persona al través de los agujeros de su velo, y reparé de nuevo en
-el acento, que me era conocido, y que se disfrazaba en la gravedad
-acostumbrada de la voz; él prosiguió con la misma intención en el gesto
-y tono:
-
---Sembrada de círculos pequeños, la _línea de la salud_ anuncia gran
-cantidad de justicias que debe ordenar, y que son necesarias. Hacia la
-mitad de su curso, se interrumpe para formar un medio círculo, señal
-de que correrá gran peligro con las bestias feroces, es decir, con los
-blancos, si no los extermina. La _línea de la fortuna_, rodeada, como
-su compañera la de la vida, por pequeños ramales que suben hacia la
-parte superior de la mano, confirma el porvenir de poder y supremacía
-a que está llamado; recta y delgada en la parte superior, anuncia el
-talento para gobernar. La quinta línea, la del _triángulo_, que se
-prolonga hasta el arranque del dedo de en medio, promete el más cabal
-éxito en toda empresa. Veamos ahora los dedos. El pulgar, cruzado a lo
-largo por rayas menudas, que van desde la coyuntura a la uña, presagia
-una gran herencia: sin duda que habrá de ser la de la gloria de
-Bouckmann--añadió el obí en voz sonora--. La eminencia que se forma a
-la raíz del índice está cargada de ligeros surcos, apenas perceptibles:
-honores y dignidades. El dedo del centro nada presagia. El dedo anular
-está surcado de líneas cruzadas: caerán todos sus enemigos y rivales,
-porque estas líneas forman cruces de San Andrés, señal de ingenio y
-previsión. La coyuntura que une el dedo meñique a la mano nos presenta
-enmarañados pliegues del cutis: la fortuna le colmará de dones. También
-descubro la figura de un círculo, presagio que añadir a los restantes y
-que anuncia dignidades y poderío.
-
-“_¡Feliz_--dice Eleazar Taleb--_el mortal que lleva tales señales!
-¡El destino está encargado de su prosperidad, y su estrella le dará
-el genio que confiere gloria!_” Ahora, mi general, voy a mirarle la
-frente. “_El que lleva en medio de la frente, sobre el surco del
-sol, una figura cuadrada_--dice Raquel Flintz, la gitana--_o bien un
-triángulo, hará gran fortuna._” Aquí está, y bien señalada. _Si el
-signo está a la derecha, promete una herencia importante._ La misma de
-la gloria de Bouckmann. _El signo de una herradura en el entrecejo,
-por encima del surco de la luna, anuncia que el portador sabrá vengar
-sus injurias y la tiranía que haya sufrido._ Yo tengo este signo, y mi
-general también...--
-
-El modo en que el obí pronunció las palabras _yo tengo este signo_, me
-volvió a chocar por lo extraordinario.
-
---También se le ve--añadió con el mismo tono--en los valientes que
-saben meditar un levantamiento animoso y romper en abierta lid las
-cadenas de su servidumbre. La garra de león que lleva marcada por
-encima de la ceja indica un valor brillante. En fin, mi general Juan
-Biassou, la frente de vuestra merced presenta el más resplandeciente
-de todos los síntomas de prosperidad: una combinación de líneas
-que forman la letra M, la primera en el nombre de la Virgen María.
-En cualquier parte de la frente, en cualquier surco que esta figura
-aparezca, anuncia el genio, la gloria y el poderío. Quien la lleva hará
-siempre triunfar la causa que abrace, y los que sigan sus banderas
-jamás tendrán que lamentar pérdida alguna, porque él solo vale más
-que todos los de su partido. Mi general: vuestra merced es el hombre
-elegido por el destino.
-
---Gracias, señor capellán--dijo Biassou regresando hacia su trono de
-caoba.
-
---Aguárdese, señor general---repuso el obí--, que se me olvidaba otro
-signo. La línea del sol, muy señalada en su frente, prueba conocimiento
-del mundo, deseo de hacer felices, mucha liberalidad y una inclinación
-a la magnificencia.
-
-Biassou comprendió, al parecer, que el olvido era más bien suyo que del
-obí, y sacando una bolsa bien repleta, se la arrojó en el plato, a fin
-de no desmentir a la _línea del sol_.
-
-Mientras tanto, el brillante destino de su caudillo había producido
-entre las tropas el efecto deseado. Todos los rebeldes, con quienes
-tenía la palabra del obí mayor imperio que nunca desde la nueva de
-la muerte de Bouckmann, pasaron del desaliento al entusiasmo, y,
-ciegamente fiados en su infalible adivino y su predestinado general,
-prorrumpieron en gritos de “¡Viva el obí! ¡Viva Biassou!”
-
-El obí y Biassou se miraron, y se me figuró oír la risa contenida, del
-primero respondiendo al sarcasmo del generalísimo.
-
-No sabré explicar por qué; pero este obí me atormentaba el pensamiento,
-y me parecía haber visto u oído de antemano algo que se asemejaba a
-aquel tan extraño ente, a punto que resolví hablarle.
-
---Señor obí, _señor cura_, _doctor_, _médico_, señor capellán, _bon
-per_--le dije.
-
-Volvióse hacia mí con presteza.
-
---Queda aún aquí una persona a quien no le ha dicho su buenaventura, y
-ésa soy yo.
-
-Cruzó los brazos sobre el sol de plata que le cubría el velludo pecho,
-y no me replicó; yo continué:
-
---De buena gana sabría yo lo que augura de mi suerte venidera; pero sus
-honrados camaradas me han privado de mi reloj y mi bolsa, y no juzgo
-que el señor obí sea sujeto para profetizar de balde.
-
-Se acercó junto a mí precipitadamente, y me dijo en voz hueca al oído:
-
---Te equivocas; dame la mano.
-
-Alarguésela, mirándole cara a cara; chispeábanle los ojos y hacía
-ademán de examinarme la mano.
-
---Si la línea de la vida--me dijo--está cortada hacia la mitad por dos
-rayas transversales y visibles, es indicio de muerte próxima. Tu muerte
-está próxima.
-
-Si no se encuentra la línea de la salud en el centro de la mano y
-existen tan sólo las de la vida y la fortuna reunidas en su origen de
-modo que formen un ángulo, no se espere quien tenga tal signo a morir
-de muerte natural. No aguardes, pues, una muerte natural.
-
-Si la faz interior del índice tiene una raya que la atraviesa en todo
-su largo, muere el sujeto de un modo violento.
-
-Había algo de júbilo en aquella voz sepulcral que me anunciaba la
-muerte; pero yo le oí con indiferencia y menosprecio.
-
---Zahorí--le dije con una sonrisa de desdén--, se conoce que eres hábil
-y que pronosticas lo que cualquiera ve que es seguro.
-
-Se me acercó más a esto.
-
---¡Conque dudas de mi ciencia! Pues bien: escúchame de nuevo. La
-interrupción en la línea del sol sobre tu frente me anuncia que tienes
-por enemigo a un amigo, y a un amigo por un enemigo...
-
-El sentido de tales palabras aparentaba aludir al pérfido Pierrot, a
-quien amaba, y que me había sido traidor, y al fiel Habibrah, a quien
-aborrecía, y cuyos ensangrentados vestidos atestiguaban su animosa
-muerte y su constancia.
-
---¿Qué pretendes decir?--exclamé.
-
---Escucha hasta el cabo--prosiguió el obí--. Ya te he hablado del
-porvenir, y ahora toca lo pasado. La línea de la luna presenta una
-curva ligera en la frente: esto significa que te han arrebatado a tu
-mujer.
-
-Me estremecí, y quise lanzarme del asiento; pero los centinelas me
-contuvieron.
-
---¡No tienes paciencia! Oyelo todo--repuso el obí--. La cruz pequeña en
-que remata la curva completa la explicación. Tu mujer te fué arrebatada
-la noche misma de la boda.
-
---¡Miserable!--prorrumpí--, ¿sabes tú dónde está?... ¿Quién eres?
-
-Y probé a soltarme de nuevo y arrancarle el velo; pero me fué preciso
-ceder al número y la fuerza, y vi con rabia alejarse al misterioso obí,
-diciéndome:
-
---¿Me creerás ahora? ¡Prepárate para tu muerte inmediata!
-
-
-FOOTNOTES:
-
-[16] Este remedio se usa todavía con bastante frecuencia en Africa,
-especialmente por los moros de Trípoli, que suelen echar en sus
-brebajes la ceniza de una página del libro de Mahoma. A este filtro
-atribuyen ellos virtudes soberanas. Un viajero inglés, no sé cuál,
-llama a esta bebida _infusión de Alcorán_.
-
-[17] Nombre con que se designaba a un negro viejo fuera de servicio.
-
-
-
-
-XXXII
-
-
-Y para arrancarme un instante a los perplejos pensamientos en que me
-había sumido tan extraña escena, apenas bastó el nuevo drama que se
-siguió en mi presencia a la ridícula farsa representada por Biassou y
-el obí ante sus atónitas gavillas.
-
-Habíase vuelto a colocar Biassou en su asiento de caoba, con el obí a
-su derecha y Rigaud a su izquierda, sobre los dos cojines que hacían
-juego con el trono del principal cabeza. El obí, con los brazos
-cruzados sobre el pecho, parecía absorto en profunda meditación;
-Biassou y Rigaud estaban mascando tabaco, y un ayudante había venido
-a saber del _mariscal de campo_ si se mandaba desfilar al ejército,
-cuando tres corros de negros alborotados llegaron a una a la entrada
-de la cueva con furiosos clamores. Cada cual traía un prisionero, que
-quería entregar a disposición de Biassou, no tanto por saber si le
-acomodaría perdonarles, cuanto para averiguar qué especie de muerte o
-de suplicios era su antojo que padecieran. Demasiado lo anunciaban sus
-siniestros gritos:
-
---_Mort! Mort!_--decían algunos.
-
---¡Mueran! ¡Mueran!--repetían otros; y
-
---_Death! Death!_--respondían algunos negros ingleses, quizá de los
-secuaces de Bouckmann, que habían ya acudido a incorporarse con los
-negros españoles y franceses de Biassou.
-
-El _mariscal de campo_ les impuso silencio, y con un gesto mandó
-adelantar los tres cautivos al umbral de la gruta, y de ellos reconocí
-a dos con viva sorpresa. Era el uno aquel _ciudadano general C..._,
-aquel filántropo corresponsal de todos los negrófilos del universo,
-que había emitido contra los negros un parecer tan cruel en casa del
-gobernador; era el otro aquel blanco hacendado, de dudosa estirpe,
-que manifestaba tal repugnancia hacia los mulatos, entre quienes le
-contaban los blancos; el tercero aparentaba pertenecer a la categoría
-de artesanos blancos y llevaba un mandil de cuero con las mangas
-arremangadas hasta el codo. Los tres habían sido cogidos, cada cual por
-separado, procurando ocultarse en la sierra.
-
-El artesano sufrió primero su interrogatorio:
-
---¿Quién eres?--le dijo Biassou.
-
---Santiago Belin, carpintero del hospital de los Padres Religiosos en
-el Cabo.
-
-Alguna sorpresa, mezclada de vergüenza, asomó en el rostro del
-_generalísimo del país conquistado_.
-
---¡Santiago Belin!--repitió mordiéndose los labios.
-
---Sí--repuso el carpintero--. ¿Pues qué, me desconoces?
-
---Empieza tú--dijo el _mariscal de campo_--por reconocerme y acatarme.
-
---¡Yo no saludo a mis esclavos!--replicó el carpintero.
-
---¡A tu esclavo! ¡Miserable!, ¿qué dices?--exclamó el _generalísimo_.
-
---Sí--contestó el carpintero--. Yo fuí tu primer amo, aunque ahora
-finjas hacerte desconocido, y acuérdate, Juan Biassou, de que te vendí
-por trece pesos fuertes a un comerciante de Santo Domingo.
-
-Las facciones de Biassou se contrajeron con violento despecho.
-
---Pues qué--prosiguió el blanco--, ¿te avergüenzas ahora de haberme
-servido? ¿No sabes que Juan Biassou debería honrarse de haber
-pertenecido a Santiago Belin? Tu propia madre, ¡loca de vieja!, ha
-barrido muchas veces mi tienda; pero al postre se la vendí al señor
-mayordomo del hospital, y, como estaba tan decrépita, no quiso darme
-más que treinta y dos pesetas. Esta es tu historia y la suya; pero
-parece que a vosotros los negros y mulatos se os han subido los humos
-a la cabeza y que se te ha borrado de la memoria cuando servías de
-rodillas a tu amo Santiago Belin, carpintero en el Cabo.
-
-Biassou le había estado escuchando con aquella risa sarcástica que le
-daba el aspecto de un tigre.
-
---Bien está--dijo.
-
-Y en seguida, encarándose con los negros que habían traído al maestro
-Belin, añadió:
-
---Agarrad dos bancos, dos tablas y una sierra, y llevaos a ese hombre.
-Santiago Belin, carpintero en la ciudad del Cabo, dame las gracias por
-haberte proporcionado una muerte de carpintero.
-
-Y sus carcajadas acabaron de explicar con qué atroces suplicios iba a
-castigar el orgullo de su antiguo dueño. Yo me estremecí; pero Santiago
-Belin ni aun pestañeó, y, volviéndose, le dijo con jactancia:
-
---Sí, debo estarte agradecido de algo, pues te vendí por trece pesos, y
-está visto que saqué de ti mucho más de lo que valías.
-
-Entonces se lo llevaron.
-
-
-
-
-XXXIII
-
-
-Los otros dos presos habían asistido, más muertos que vivos, a
-este espantoso prólogo de su propia tragedia. Su actitud humilde
-y acongojada hacía notable contraste con la entereza, un tanto
-fanfarrona, del carpintero, y temblaban todos sus miembros.
-
-Biassou los miró a uno después de otro, con su aire de raposa, y
-luego, entreteniéndose con prolongar su agonía, entabló con Rigaud una
-conversación sobre las diversas especies de tabaco, asegurando que el
-de la Habana no era bueno sino para fumar en cigarros, y que para tomar
-en polvo no había tabaco como el de España, del que Bouckmann le había
-enviado dos barriles cogidos en casa de M. Lebattu, hacendado en la
-Tortuga. En seguida, dirigiéndose de golpe al ciudadano general C...:
-
---¿Qué te parece?--le preguntó.
-
-Esta consulta inesperada desconcertó al ciudadano, que respondió
-balbuciente:
-
---Mi general; en ese punto, me fío en el parecer de su excelencia.
-
---¡Adulación!--replicó Biassou--. Tu sentir es lo que pretendo
-averiguar, y no el mío. ¿Sabes que haya mejor tabaco de polvo que el de
-M. Lebattu?
-
---Por cierto que no, excelentísimo señor--dijo C..., con cuya turbación
-se divertía Biassou.
-
---_Mi general, su excelencia, excelentísimo señor_--repuso el caudillo
-con apariencias de enojo--. ¿Eres tú acaso un aristócrata?
-
---Nada de eso--exclamó el _ciudadano general_--. Soy patriota de 1791,
-de los puros, y entusiasta negrófilo...
-
---¿Negrófilo?--le interrumpió el generalísimo--. ¿Qué quiere decir eso?
-
---Amigo de los negros--tartamudeó, en respuesta, el ciudadano.
-
---No basta ser amigo de los negros--replicó Biassou con severidad--;
-hay que serlo también de los pardos.
-
-Ya hemos manifestado que Biassou era _salto-atrás_.
-
---De los pardos era lo que quise decir, mi general--repuso humildemente
-el negrófilo--. Yo estoy relacionado con todos los más famosos
-partidarios de los negros y de los mulatos...
-
-Biassou, gozoso de poder humillar a un blanco, le volvió a cortar la
-palabra:
-
---_¡Negros y mulatos!_ ¿Qué significa eso? ¿Quieres venir a insultarnos
-con esos nombres odiosos inventados por el desdén de los blancos? Aquí
-no hay sino negros y pardos, ¿lo entiende usted, señor hacendado blanco?
-
---Es un mal hábito contraído desde la infancia--respondió C...--;
-perdonadme: no he tenido intención de ofender a vuestra excelencia.
-
---Deja tus excelencias, que te repito que no me gustan esas mañas de
-aristócratas.
-
-C... trató de disculparse de nuevo y empezó en tono balbuciente otra
-explicación:
-
---Si me conocieras, ciudadano...
-
---¡Ciudadano! Pues ¿quién te imaginas que soy?--gritó Biassou
-enfurecido--. Aborrezco esa jerigonza de los jacobinos, ¡y quisiera
-saber si eres alguno de ellos! ¡Acuérdate que estás hablando con el
-generalísimo de las tropas del Rey! _¡Ciudadano!_ ¡Vaya, el insolente!
-
-El pobre negrófilo no sabía ya cómo hablarle a una persona que
-tanto desechaba el tratamiento de _excelencia_ cuanto el título
-de _ciudadano_, el lenguaje de los aristócratas cuanto el de los
-patriotas. Estaba aterrado. Biassou, cuya cólera era fingida, se
-divertía sobremanera en contemplar sus ahogos.
-
---¡Ay!--dijo por fin el ciudadano general--, ¡y cuán mal me juzgáis,
-insigne defensor de los imprescriptibles derechos de una mitad del
-linaje humano!...
-
-En el apuro de aplicar ningún dictado sencillo a este encumbrado
-personaje, que aparentaba rehusarlos todos, acudió a una de aquellas
-perífrasis sonoras de que solían valerse con sumo gusto los
-revolucionarios para reemplazo del nombre y título de la persona a
-quien se dirigían.
-
-Biassou le miró de fijo y le preguntó:
-
---¿Conque tanto cariño profesas a los negros y a los pardos de toda
-especie?
-
---¿Si les profeso?--exclamó el ciudadano C...--. Soy corresponsal de
-Brissot y de...
-
-Biassou le interrumpió, soltando su risa acostumbrada.
-
---¡Ja!... ¡ja!... Mucho me regocijo de encontrarme en ti con un amigo
-de nuestra causa. ¡En tal caso, habrás de aborrecer a los inicuos
-hacendados blancos que castigaron nuestra justa insurrección con los
-suplicios más crueles, y pensarás, como nosotros, que no los negros,
-sino antes los blancos, son los verdaderos rebeldes, puesto que se
-ponen en rebeldía contra la humanidad y los dictados naturales! ¡Habrás
-entonces de abominar a tales monstruos!
-
---¡Los abomino!--respondió C...
-
---Pues bien--repuso Biassou--: ¿qué te parecería de un hombre que,
-para sofocar las postreras tentativas de los esclavos, hubiese puesto
-cincuenta cabezas de negro a los costados de la alameda de su hacienda?
-
-La palidez de C... llegó a ser horrible.
-
---¿Qué pensarías de un blanco que hubiese propuesto hacer un cordón
-alrededor de la ciudad del Cabo con cabezas de negros?...
-
---¡Perdón! ¡Perdón!--dijo el ciudadano general aterrorizado.
-
---¿Y en qué te amenazo?--respondió Biassou con suma frialdad--. Déjame
-acabar... ¿Un cordón de cabezas de negros desde el castillo de Picolet
-al cabo Caracol? ¿Qué te parece? ¡Responde!
-
-Las palabras _¿en qué te amenazo?_ habían hecho recobrar alguna
-esperanza a C..., quien pensó que acaso sabría Biassou tales horrores
-sin tener averiguado su autor; y así, respondió luego con alguna
-entereza, a fin de disipar cualquier sospecha que le fuese adversa:
-
---Me parece que son unos crímenes atroces.
-
-Biassou soltó su carcajada.
-
---¡Bueno va! ¿Y qué castigo le impondrías al culpable?
-
-Aquí el desdichado C... titubeó.
-
---Vamos--repuso Biassou---, ¿eres amigo de los negros o no lo eres?
-
-Entre ambas alternativas, prefirió el negrófilo la que menor peligro
-presentaba, al parecer, y no viendo ningún intento hostil contra su
-persona en el semblante de Biassou, contestóle en voz apagada:
-
---Merece la pena de muerte.
-
---Muy bien respondido--dijo Biassou con mucho sosiego, arrojando el
-tabaco que tenía en la boca para mascar.
-
-En esto, su aspecto de indiferencia había infundido algunos ánimos
-al infeliz negrófilo, y haciendo un esfuerzo para desvanecer cuantos
-recelos pudieran abrigarse contra su persona, comenzó una arenga en
-términos tales:
-
---Nadie hace votos más ardientes que los míos por el triunfo de vuestra
-causa. Yo soy corresponsal de Brissot y de Pruneau, de Pomme-Gouge, en
-Francia; de Magaw, en América; de Peter Paulus, en Holanda; del abate
-Tamburini, en Italia...
-
-Y proseguía explayándose en esta letanía filantrópica, que estaba
-pronto siempre a entonar y que le había yo oído recitar en casa del
-gobernador, en circunstancias diversas y con diverso fin, cuando
-Biassou le atajó los vuelos:
-
---¡Y qué se me da a mí de todos tus corresponsales! Dime, y con eso
-sobra, dónde tienes tus almacenes y tus depósitos, porque mi ejército
-necesita abastecerse. Muy ricas han de ser tus haciendas y muy fuerte
-tu casa de comercio si tienes giro con los comerciantes de todo el
-mundo.
-
-El ciudadano C... se atrevió con timidez a hacer una observación:
-
---Héroe de la humanidad, no son comerciantes, sino filósofos,
-filántropos y negrófilos.
-
---¡Vaya!--dijo Biassou moviendo la cabeza--. ¡Cátense ustedes ahí que
-vuelve a esos demonios de palabrotas ininteligibles! Pues bien, hombre:
-si no tienes almacenes ni depósitos que darnos a saquear, ¿para qué
-sirves?
-
-Semejante pregunta mostraba una vislumbre de esperanza, a la que se
-asió C... con ahinco.
-
---Ilustre guerrero--respondió luego--, ¿tenéis en vuestro ejército
-algún economista?
-
---¿Qué cosa es eso?--le preguntó el caudillo.
-
---Es--dijo el prisionero, con tanto énfasis cuanto su terror le
-permitía--, es un hombre necesario por excelencia; el único que sabe
-tasar en su respectivo valor los recursos materiales de un imperio,
-clasificarlos por el orden de su importancia, beneficiarlos y
-acrecentarlos combinando sus orígenes y resultados, y distribuirlos con
-tino cuales otros tantos arroyos fecundantes, que aumentan los caudales
-del río de la utilidad general, el que viene, a su vez, a confundirse
-en el mar de la prosperidad pública.
-
---¡Caramba!--dijo Biassou, inclinándose hacia el obí--. ¿Qué diantres
-quiere decir con esa cáfila de vocablos, ensartados unos detrás de
-otros como las cuentas de tu rosario?
-
-El obí se encogió de hombros en ademán de persona que no entiende y que
-desprecia. Sin embargo, el ciudadano C... proseguía así la relación:
-
---Yo he estudiado... dignaos escucharme, valeroso caudillo de los
-valientes regeneradores de Santo Domingo; yo he estudiado a los grandes
-economistas, a Turgot, a Raynal y a Mirabeau, el amigo del pueblo. He
-puesto su teoría en práctica, y poseo la ciencia indispensable para el
-gobierno de las monarquías o de los Estados cualesquiera.
-
---El economista no es económico en cuanto a palabras--dijo Rigaud con
-su sonrisa suave y burlona.
-
-Biassou exclamó mientras tanto:
-
---Y dime, hablador descomunal, ¿tengo yo Estados que gobernar, por
-ventura?
-
---Todavía no, hombre grande--replicó C...--; pero puede venir el caso,
-y, además, mi ciencia se humilla, sin mengua de su dignidad, a entrar
-en los pormenores necesarios para la administración de un ejército.
-
---Yo no administro mi ejército, señor hacendado, sino lo mando--dijo el
-generalísimo, interrumpiéndole de nuevo con viveza.
-
---Pues está muy bien--expuso el ciudadano--; vos haréis de general y yo
-de intendente militar. Tengo conocimientos especiales en el ramo de la
-cría del ganado vacuno...
-
---¿Y te imaginas tú que nosotros criamos ganados?--replicó Biassou en
-su tono sarcástico--. Cuando se nos acabe el de la colonia francesa,
-cruzaré los cerros de la frontera e iré a recoger los bueyes y carneros
-que se crían en los grandes hatos de los inmensos llanos de Cotuy, de
-la vega, de Santiago y en las márgenes del Yuna, y si necesario fuere,
-también iré a buscar los que pacen, en la península de Samana y en las
-vertientes de la Sierra de Cibos, desde la embocadura del río Neibe
-hasta más allá de Santo Domingo. Además, tendré un gozo verdadero en
-ir a castigar a esos malditos españoles que entregaron a Ogé. Ya ves
-que no ando escaso de víveres ni tengo para qué valerme de tu ciencia,
-_necesaria por excelencia_.
-
-Tan decisiva declaración desconcertó al pobre economista, que se
-agarró, sin embargo, a la postrer tabla de salvación.
-
---Mis estudios--dijo--no se limitan a la cría del ganado, y tengo
-otros varios conocimientos especiales que podrán ser de sumo provecho:
-enseñaré el método de beneficiar el alquitrán y las minas de carbón de
-piedra.
-
---¡Qué me importa eso!--contestó Biassou--. Cuando me hace falta
-carbón, mando quemar tres leguas enteras de monte.
-
---También explicaré para qué objetos es más adecuada cada especie de
-madera--prosiguió el prisionero--. El chicarón y la sabieca, para las
-quillas; las yabas, para los cascos; el níspero, para los palos; los
-guayacos, los cedros...
-
---_¡Que te lleven todos los demonios de los diez y siete
-infiernos!_--exclamó en español Biassou, ya impacientado.
-
---¿Qué se le ofrece a mi bondadoso protector?--dijo, todo trémulo, el
-economista, que no entendía achaque de español.
-
---Escúchame--repuso Biassou--; yo no tengo necesidad de buques, y en
-toda mi comitiva no queda más que un empleo vacante, que no es siquiera
-el de _mayordomo_, sino el de ayuda de cámara. Vea, pues, el _señor
-filósofo_ si le conviene. Estas son las condiciones. Me servirás de
-rodillas, me traerás la pipa y el _calalú_[18] y andarás tras de mí con
-un abanico de plumas de pavo real o de papagayo, como los dos pajes que
-estás viendo. ¿Eh?, responde. ¿Quieres servirme de ayuda de cámara?
-
-El ciudadano C..., que sólo pensaba en salvar la vida, hizo una
-reverencia, inclinándose hasta el suelo con infinitas muestras de
-agradecimiento y gozo.
-
---¿Conque lo aceptas?--preguntó Biassou.
-
---¿Y podía poner siquiera en duda mi generoso amo que yo titubeara un
-momento ante tan insigne favor cual el de servirle en su persona?
-
-A semejante respuesta, el diabólico sarcasmo de Biassou cobró un aire
-de triunfo. Cruzó los brazos, se puso erguido, respirando orgullo, y
-repeliendo con el pie la cabeza del blanco postrado ante sus plantas,
-exclamó en alta voz:
-
---¡Quería probar hasta dónde llega la vileza de los blancos después
-de haber presenciado hasta dónde alcanza su crueldad! A ti, ciudadano
-C..., te debo el doble ejemplo. ¡Bien te conozco! ¿Cómo has podido
-ser tan necio que no lo percibieras? Tú fuiste quien presidió en las
-justicias de junio, julio y agosto; tú, quien plantaste cincuenta
-cabezas de negros en la entrada de tu hacienda; tú, quien quería
-degollar a los quinientos esclavos que después de la rebelión tenías
-aprisionados, y colocar un cordón de cabezas de esclavo en la ciudad,
-desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol. Tú, si
-hubieras podido, habrías hecho un trofeo de mi cabeza, y ahora te
-considerarías por muy dichoso si yo quisiese admitirte de criado.
-No, no; quiero cuidar de tu honor más que lo haces tú mismo, y no te
-impondré tal ultraje. ¡Prepárate para la muerte!
-
-Hizo un gesto, y los negros pusieron junto a mí al desgraciado
-negrófilo, que, sin poder proferir una sola palabra, había caído ante
-sus pies como herido del rayo.
-
-
-FOOTNOTES:
-
-[18] Guiso de los criollos.--N. del A.
-
-
-
-
-XXXIV
-
-
---A ti te toca--dijo el caudillo, volviéndose hacia el último de los
-prisioneros, el hacendado a quien acusaban los blancos de tener la
-sangre no muy limpia, y que me había provocado a desafío por decirle
-tal injuria.
-
-Un clamor general entre los rebeldes ahogó la respuesta del hacendado:
-
---¡Muera, muera! _Mort! Death! Touyé! Touyé!_--gritaban todos, cada
-cual a su manera, rechinando los dientes y amenazando con el puño
-cerrado al infeliz cautivo.
-
---Mi general--dijo un mulato que se expresaba con mayor facilidad que
-el resto--, es un blanco, y es preciso que muera.
-
-El pobre hacendado, a fuerza de gestos y de gritos, logró hacer que le
-oyeran algunas palabras:
-
---No hay tal cosa; no hay tal cosa, señor general; no, hermanos míos,
-¡yo no soy blanco! Eso es una abominable calumnia. Soy mulato, de
-sangre mixta, como vosotros; hijo de una negra, cual vuestras madres y
-vuestras hermanas.
-
---¡Miente, miente!--decían los negros enfurecidos--. Es un blanco, y
-siempre ha aborrecido a los negros y a los pardos.
-
---¡Jamás!--respondió el prisionero--. Los blancos son a quienes
-detesto, porque soy uno de vuestros hermanos y siempre he dicho, como
-vosotros: _Negré ce blan, blan ce negré_[19].
-
---¡Nada de eso, nada de eso!--clamaba la muchedumbre--. _Touyé blan!,
-touyé blan!_[20].
-
-El infeliz respondía, lamentándose de un modo lastimero:
-
---¡Soy mulato! ¡Soy de los vuestros!
-
---¿La prueba?--dijo con frialdad Biassou.
-
---La prueba--respondió el otro, desatentado--, es que siempre me
-despreciaron los blancos.
-
---Eso puede muy bien ser verdad--replicó Biassou--, porque eres un
-insolente.
-
-Un mulato joven dijo con empeño, encarándose con el hacendado:
-
---Tienes razón, los blancos te despreciaban; pero tú, en cambio,
-afectabas despreciar a la gente de color, entre quienes te contaban
-aquéllos, y hasta me han dicho que en cierta ocasión desafiaste a un
-blanco porque te echó en cara pertenecer a nuestra casta.
-
-Un murmullo universal se alzó de entre el indignado concurso, y los
-gritos de muerte sofocaron con redoblada violencia las disculpas del
-acusado, quien, echándome con disimulo una mirada de súplica, repetía
-lloroso:
-
---¡Eso es una calumnia! Yo no tengo más dicha ni más orgullo que el
-pertenecer a los negros. Yo soy mulato.
-
---Si fueses mulato de veras--observó Rigaud con aparente sosiego--, no
-te valdrías de semejante palabra[21].
-
---¡Ay de mí! ¿Acaso sé siquiera lo que me digo?--repuso el
-miserable--. Señor general en jefe, la prueba de que soy de sangre
-mestiza está en esta raya negra alrededor de las uñas[22].
-
-Biassou rechazó la mano que alargaba con súplica.
-
---Yo no poseo la ciencia del señor capellán, que adivina por las manos
-quién o qué sea cualquier persona. Escúchame, pues: los soldados te
-acusan, los unos de ser blanco, los otros de ser hermano traidor, y, si
-tal fuere, en ambos casos deberás morir. Tú afirmas que perteneces a
-nuestra casta y que jamás renegaste de ella. Un medio sólo te queda de
-probar tus asertos y de salvarte.
-
---¿Cuál, mi general? ¿Cuál es?--preguntó el hacendado con suma ansia--.
-Estoy pronto.
-
---Hele aquí--contestó Biassou con frialdad--. Agarra este cuchillo y da
-por tu propia mano de puñaladas a esos dos prisioneros blancos.
-
-Así hablando, señaló hacia nosotros con la mano y con la vista; el
-hacendado se echó atrás ante la daga que Biassou, con sonrisa infernal,
-le ofrecía.
-
---¿Cómo es eso?--dijo el generalísimo--. ¿Conque titubeas? Pues era
-el único medio de probarnos, al ejército y a mí, que no eres blanco,
-sino de los nuestros. Vamos: resuélvete pronto, que me haces perder el
-tiempo.
-
-Tenía el preso los ojos desencajados; dió un paso hacia el puñal, y
-luego se detuvo, dejando caer los brazos y volviendo hacia atrás la
-cabeza, mientras un estremecimiento involuntario le hacía temblar en
-todo su cuerpo.
-
---¡Vamos!--prorrumpió Biassou en tono de impaciencia y cólera--, ¡que
-estoy de prisa! Escoge: o matarlos tú mismo o que te maten con ellos.
-
-El infeliz permanecía inmóvil, como petrificado.
-
---Está muy bien--repuso Biassou volviéndose hacia los negros--; pues
-que no quiere hacer de verdugo, hará el papel de víctima, porque ya
-conozco que es un blanco. Sacadle vosotros de aquí...
-
-Los negros se adelantaron para echarle mano, y este movimiento decidió
-de su suerte entre matar o morir. El exceso de cobardía tiene también
-su especie de valor. Se abalanzó al puñal que le alargaba Biassou, y
-en seguida, sin tomarse tiempo de reflexionar en lo que iba a hacer,
-el miserable le saltó encima, cual un tigre, al ciudadano C..., que se
-hallaba recostado junto a mí.
-
-Comenzó luego una horrenda lucha. El negrófilo, sumido en tétrica y
-estúpida desesperación por el desenlace que tuvo el interrogatorio
-con el cual le había Biassou atormentado, contempló toda la escena
-posterior con la vista fija, y tan embebido en el terror del suplicio
-ya cercano, que aparentaba no haberla comprendido; mas al ver lanzarse
-sobre sí al hacendado y relampaguear el acero por encima de sus sienes,
-lo inminente del peligro le arrancó con sobresalto de su letargo.
-Púsose entonces en pie, y, deteniéndole el brazo a su asesino, dijo en
-tono lastimero:
-
---¡Misericordia! ¡Misericordia! ¿Qué pretende usted conmigo? ¿Qué le he
-hecho para ofenderle?
-
---Llegó la hora de la muerte, caballero--replicó el mestizo, procurando
-soltarse el brazo y clavando sobre su víctima la vista desatentada--.
-No me estorbe usted, que no le haré daño.
-
---¡Morir a manos de usted!--clamaba el economista--. ¿Y por qué?
-¡Perdóneme usted! ¿Me guarda usted rencor porque dije en algún
-tiempo que no era de sangre limpia? Pues déjeme usted la vida, y le
-prometo reconocerle por blanco. Sí, usted es blanco, y lo diré por
-dondequiera... ¡pero misericordia!
-
-El negrófilo había elegido con poco tino sus medios de defensa.
-
---¡Cállate, cállate!--gritó su rival, enfurecido y temeroso de que
-oyesen los negros semejante declaración.
-
-Mas el otro clamaba con toda su fuerza que le conocía por blanco y de
-excelente estirpe. El mulato hizo un postrer esfuerzo para acallarle,
-y apartando con violencia entrambas manos, que le detenían, metió el
-puñal por entre las vestiduras del ciudadano C... Sintió el desdichado
-la punta del acero, y mordió rabioso el brazo que lo clavaba.
-
---¡Monstruo! ¡Malvado! Que me asesinas...--dijo.
-
-Y volviéndose hacia Biassou, añadió:
-
---¡Defendedme, vengador de la humanidad!...
-
-Pero el matador apretó ya frenético la hoja de la daga, y un grueso
-chorro de sangre, que brotó entre sus dedos, vino hasta salpicarle
-el rostro. Dobláronse entonces de súbito las rodillas del negrófilo,
-flaqueáronle los brazos, empañáronse sus ojos, lanzaron sus labios
-un débil gemido y cayó el cuerpo a tierra, convertido ya en exánime
-cadáver.
-
-
-FOOTNOTES:
-
-[19] Proverbio familiar entre los negros rebeldes, que se traduce
-literalmente así: _Los negros son los blancos, los blancos son los
-negros._ Diciendo: _los negros son los dueños y los blancos son los
-esclavos_, se explicaría mejor el sentido.--N. del A.
-
-[20] ¡Matad al blanco! ¡Matad al blanco!--N. del A.
-
-[21] Hay que recordar que los pardos rechazan con ira este nombre,
-inventado, según ellos, por el desdén de los blancos.--N. del A.
-
-[22] Suelen muchos mestizos tener, en efecto, este signo en el
-nacimiento de las uñas, el que se desvanece con los años, pero renace
-en sus hijos.--N. del A.
-
-
-
-
-XXXV
-
-
-Tal escena, y en la que pronto me aguardaba desempeñar un papel,
-me tenía helado de espanto. _El vengador de la humanidad_ había
-presenciado con aspecto impasible la lucha entre sus dos víctimas,
-y cuando hubo concluído, dijo, volviéndose hacia sus aterrorizados
-pajecillos:
-
---Traedme más tabaco.
-
-Y se puso a mascarlo en sosiego. El obí y Rigaud permanecían inmóviles,
-y aun los negros parecían horrorizados del espectáculo que su caudillo
-acababa de ponerles ante los ojos.
-
-Un solo blanco quedaba por despachar aún, y éste era yo; de modo que
-conocí haberme llegado mi vez. Eché, pues, una mirada sobre el asesino
-que iba a ser mi verdugo, y causóme lástima el verle. Tenía los labios
-amoratados y rechinábanle los dientes; un movimiento convulsivo agitaba
-sus trémulos miembros, capaces apenas de sostenerle; pasábase sin
-cesar, y como maquinalmente, la mano por las sienes para limpiar las
-manchas de sangre, y con aire de insensato contemplaba el cuerpo
-humeante que yacía a sus pies, sin apartar de su víctima los espantados
-ojos.
-
-Así aguardaba yo el momento en que diera remate a su tarea con mi
-muerte, y por cierto que mi posición con respecto a aquel hombre era
-bien extraña: una vez había ya estado para matarme por decir yo que no
-era blanco, y ahora, para probar que era mulato, iba a convertirse en
-mi asesino.
-
---Vamos, amigo, estoy satisfecho de ti--le dijo Biassou.
-
-Y luego miróme y añadió:
-
---Por ahora te excuso de acabar con el otro. Anda, que te declaro por
-buen hermano y te confiero el empleo de verdugo de mis ejércitos.
-
-A estas palabras del general salió un negro de entre filas, y, tras
-hacer a Biassou tres humildes reverencias, prosiguió diciendo en su
-jerigonza lo que traduciré para que mejor se entienda:
-
---¿Y a mí, mi general?
-
---Vamos, ¿qué pretendes tú decir?--preguntó Biassou.
-
---¿No haréis nada por mí, mi general?--dijo el negro--. Ahí se le da un
-ascenso a ese perro blanco, que asesina para darse por nuestro, ¿y no
-lo ha de haber para mí también, que soy un negro bueno?
-
-Tan inesperada súplica puso a Biassou en aprieto. Bajóse hacia Rigaud,
-y el caudillo de las catervas de los Cayos le dijo en francés:
-
---No se puede acceder a su demanda, y conviene buscar algún medio de
-eludirla.
-
---¿Conque pretendes un ascenso?--contestó entonces Biassou volviéndose
-hacia el _negro bueno_--. Con mucho gusto lo haré si me dices el grado
-que apeteces.
-
---Quiero ser _oficial_.
-
---¡Oficial!--replicó el generalísimo--. Vamos, dime cuáles son tus
-méritos para pretender las charreteras.
-
---Yo--repuso el negro con ahinco--fuí el que incendió el ingenio
-de Lagoscette desde principios de agosto, y quien mató al hacendado
-Clement, y quien paseó la cabeza de su mayoral en la punta de una pica.
-Yo degollé a diez mujeres blancas y a siete niños, por prueba que uno
-de ellos les sirvió de bandera a las tropas de Bouckmann. Después
-achicharré cuatro familias de los amos blancos en un aposento del
-castillo de Galifet, cerrándolo con llave antes de pegarle fuego. A mi
-padre lo rompieron en la rueda en el Cabo; a mi hermano lo ahorcaron
-en Rocrou, y a mí propio estuvieron para fusilarme. He abrasado tres
-cafetales, seis sembrados de añil y doscientas cuadras de caña; he
-matado a mi amo M. Noé y a su madre...
-
---Pasa por alto tu hoja de servicios--le dijo Rigaud, que encubría en
-su aparente mansedumbre una crueldad positiva, pero que era feroz con
-decoro y no podía sufrir las fanfarronadas del crimen.
-
---Muchos más pudiera alegar--replicó el negro con orgullo--; pero éstos
-juzgo que se tendrán por suficientes para hacer ver que merezco la
-categoría de _oficial_ y llevar al hombro una charretera de oro como
-aquellos compañeros.
-
-Y así diciendo, señaló a los ayudantes y a la plana mayor de Biassou;
-el generalísimo pareció que meditaba por un momento, y después dirigió
-al negro con suma gravedad estas palabras:
-
---Mucho me alegraría de premiarte, porque estoy contento de tus
-servicios; pero todavía se requiere otra circunstancia a más: ¿sabes el
-latín?
-
-El forajido, pasmado, abrió los ojos cuanto pudo, diciendo:
-
---Mi general...
-
---Eso te pregunto--repuso Biassou sin demora--. ¿Sabes el latín?
-
---El... latín...--repitió el negro estupefacto.
-
---¡Sí, sí, sí, el latín! ¿Sabes el latín?--prosiguió el astuto caudillo.
-
-Y desplegando un estandarte en que estaba inscrito el versículo del
-salmo _In exitu Israel de Ægypto_, añadió:
-
---Explícame lo que significan estas palabras.
-
-El negro, en el colmo de su asombro, quedábase inmóvil y mudo,
-restregándose maquinalmente las manos por sus calzoncillos y volviendo
-atónito la vista, ya de la bandera al general y ya del general a la
-bandera.
-
---Vamos, ¿acabarás de responder?--díjole con impaciencia Biassou.
-
-El negro, rascándose la cabeza, abrió y volvió a cerrar repetidas veces
-los labios, y dejó al cabo salir estas palabras confusas:
-
---No entiendo, mi general.
-
-El semblante de Biassou cobró de súbito el aspecto de indignación e ira.
-
---¿Cómo es eso--exclamó--, tunante desvergonzado? ¿Tienes el
-atrevimiento de querer ascender a oficial y no sabes latín?
-
---Pero, mi general...--tartamudeó el negro, trémulo todo y confuso.
-
---Cállate--replicó Biassou, cuyos ímpetus de cólera aparentaban ir
-en aumento--. No sé por qué no te mando fusilar ahora mismo en justo
-castigo de tu presunción. ¿Qué te parece, Rigaud, de este donoso
-oficial, que ni siquiera sabe latín? Escúchame, menguado; ya que
-no comprendes lo que está escrito en esa bandera, voy a darte la
-explicación: _In exitu_, ningún soldado; _Israel_, como no sepa latín;
-_de Ægypto_, puede llegar a oficial. ¿No es así, señor capellán?
-
-El obí hizo un gesto afirmativo, y Biassou continuó:
-
---Ese hermano, a quien acabo de nombrar verdugo del ejército y de quien
-abrigas tantos celos, sabe el latín de corrido--entonces se volvió
-hacia el recién acuñado verdugo--. Dinos, amigo, si no es esto exacto.
-Para probarle a ese burro que sabes más que él, tradúcele lo que quiere
-decir _Dominus vobiscum_.
-
-El desgraciado, saliendo al sonido de aquella terrible voz de la
-tétrica distracción en que estaba sumergido, alzó la cabeza, y aunque
-tenía aún el ánimo todo conmovido con la imagen del cobarde asesinato
-que acababa de cometer, la intensidad misma del terror le movió a
-obediencia. Había algo de extraño en el modo con que aquel hombre
-procuraba, entre sus ideas de espanto y remordimiento, traer a la
-memoria los estudios de su juventud, así como en la manera lúgubre que
-tuvo de proferir esta pueril explicación:
-
---_Dominus vobiscum_... quiere decir... _El Señor sea con vosotros_.
-
---_Et cum spiritu tuo_--añadió solemnemente el misterioso obí.
-
---_Amén_--respondió Biassou.
-
-Y luego, volviendo a sus ademanes airados y mezclando con su cólera
-fingida algunas frases sueltas de pésimo latín--por el estilo del
-_médico a palos_--para convencer al concurso de su ciencia, le gritó al
-negro ambicioso:
-
---Vuelve a entrar en las filas y ponte a la cola de tu compañía.
-_Sursum corda!_ No sueñes otra vez en elevarte al rango de tus jefes
-que saben latín; _orate, fratres_, o te mandaré ahorcar. _Bonus, bona,
-bonum._
-
-El negro, maravillado y atemorizado a un tiempo mismo, volvió a meterse
-entre filas cubierto de vergüenza y con la cabeza baja, en medio de la
-rechifla general de sus compañeros, indignados al ver tan mal fundadas
-pretensiones y fija la vista con admiración en su docto generalísimo.
-
-Había cierto aire burlesco en tal escena, la que acabó de inspirarme
-alto concepto de la habilidad de Biassou. El medio ridículo que había
-empleado con tan cabal éxito[23] para desconcertar las ambiciones
-particulares, siempre tan exageradas entre una turba de rebeldes, me
-dió la medida, tanto de la estupidez de los negros cuanto de la astucia
-de su caudillo.
-
-
-
-
-XXXVI
-
-
-En tanto, había llegado la hora del _almuerzo_ de Biassou, y los
-sirvientes pusieron ante el _mariscal de campo de Su Majestad Católica_
-una gran concha de tortuga llena de una especie de _olla podrida_, en
-que las tajadas del mismo animal hacían el oficio de _carnero_, y las
-batatas, el de _garbanzos_, todo profusamente condimentado con lonjas
-de tocino, mientras una enorme col sobrenadaba en el caldo de aquel
-_puchero_. A entrambos lados de la concha, que servía a la vez de
-marmita y de sopera, había dos cáscaras de coco convertidas en copas y
-llenas de pasas, _sandías_, higos y ñames, que servían de _postres_.
-Un pan de maíz y una bota de vino, con el sabor a pez que le da el
-cuero, completaban el banquete. Sacó luego Biassou un puñado de ajos
-del bolsillo, y restregó con ellos el pan, poniéndose a comer sin
-mandar siquiera que se llevasen el aún tibio cadáver que yacía en su
-presencia, y convidando a Rigaud para que hiciese lo mismo. El apetito
-de Biassou tenía en sí algo de espantoso.
-
-El obí no participó de sus manjares, y comprendí que, cual todos los de
-su calaña, jamás comía en público, para persuadir a los negros que era
-de una esencia sobrenatural y que vivía sin alimento.
-
-Al tiempo propio de almorzar mandó Biassou a uno de sus ayudantes
-que hiciese empezar la revista, y la turba de sus secuaces comenzó
-a desfilar en buen orden por delante de la gruta. Los negros de
-Morne-Rouge pasaron los primeros, en número como de algunos cuatro mil,
-divididos en apiñadas mitades bajo la guía de sus oficiales, quienes
-iban, según ya he dicho, adornados con unos calzoncillos o un cinto
-color de grana. Estos negros, casi todos robustos y de alta estatura,
-llevaban fusiles, hachas y sables, aunque muchos, a falta de otras
-armas, se habían provisto de arcos y flechas y azagayas. No tenían
-cubierta la cabeza y marchaban silenciosos, con aspecto de desconsuelo.
-
-Al desfilar de esta escuadra inclinóse Biassou al oído de Rigaud, y le
-dijo en francés:
-
---¿Cuándo acabará la metralla de los blancos de quitarme el estorbo
-de estos forajidos de Morne-Rouge? ¡Los aborrezco porque casi todos
-son congos! Y, además, no saben matar sino en la pelea, siguiendo el
-ejemplo de su imbécil caudillo, su ídolo Bug-Jargal, ese muchacho
-necio, que quisiera echarla de magnánimo y generoso. ¿Tú no le
-conoces, Rigaud? Pues entonces confío en que te quedarás para siempre
-sin conocerle, porque los blancos le han hecho prisionero, y me
-libertarán de él, así como lo hicieron con Bouckmann.
-
---A propósito de Bouckmann--respondió Rigaud--; ahí vienen los
-cimarrones de Macaya, y veo pasar entre sus filas al negro que envió
-Juan Francisco para anunciarnos su muerte. ¿Sabes que ese hombre
-podría destruir todo el efecto de las profecías del obí acerca del
-fin de aquel jefe si contara que le habían detenido media hora en las
-avanzadas y que me había participado su noticia antes que le mandaras
-entrar?
-
---¡Qué diablo!--dijo Biassou--. ¡Y razón que te sobra, amigo! Es preciso
-buscar un medio de taparle a ese hombre la boca. Aguarda...
-
-Entonces, alzando la voz, llamó a Macaya.
-
-El comandante de los negros cimarrones se aproximó, presentando, en
-señal de acatamiento, su trabuco de boca ancha.
-
---Haz salir de tus filas--repuso Biassou--a aquel negro que va allí y
-que no debiera.
-
-Era el mensajero de Juan Francisco. Macaya le condujo a presencia del
-general, quien cobró de súbito en el semblante aquella expresión de
-cólera que sabía fingir con tanto acierto.
-
---¿Quién eres?--le preguntó al negro sobrecogido.
-
---Mi general, soy un negro.
-
---_¡Caramba!_ ¡Eso ya lo veo! Pero ¿cómo te llamas?
-
---Mi sobrenombre de guerra es Vavelan; mi protector entre los
-bienaventurados es San Sabeo, diácono y mártir, que se conmemora veinte
-días antes de la Natividad...
-
-Biassou le interrumpió:
-
---¿Y con qué cara te atreves a presentarte en la parada, en medio de
-espingardas relucientes y de tahalís blancos, con el sable sin vaina,
-los calzones desgarrados y los pies cubiertos de lodo?...
-
---Mi general--respondió el negro--, no es culpa mía. El gran almirante
-Juan Francisco me encargó de traer el parte de la muerte de Bouckmann,
-comandante de los cimarrones ingleses; y si mis vestidos están
-destrozados y los pies sucios, es porque he corrido, sin descansar ni
-tomar aliento, a fin de llegar antes con la nueva; pero me detuvieron a
-la entrada del campamento, y...
-
-Biassou arrugó el ceño.
-
---¡No se trata de eso, _gabacho_, sino de tu desvergüenza en asistir a
-la revista tan desaliñado! Encomienda el alma a tu santo patrón, San
-Sabeo, diácono y mártir, y anda que te fusilen.
-
-Aquí tuve nueva prueba del poderío moral que ejercía Biassou sobre los
-rebeldes. El infeliz, a quien se ordenaba ser él mismo portador de la
-orden de su muerte, no se atrevió ni aun a dar quejas. Bajó la cabeza,
-cruzó los brazos al pecho, hízole un triple saludo a su implacable
-juez, y, después de haberse arrodillado ante el obí, que le dió una
-absolución compendiada, salióse de la cueva. ¡Algunos minutos después,
-una descarga le anunció a Biassou que el negro había obedecido y había
-muerto!
-
-Libre ya el caudillo de todo recelo, se volvió hacia Rigaud,
-brillándole los ojos de contento, y con una expresión sarcástica de
-triunfo que parecía decir: “¡Admírame!”
-
-
-FOOTNOTES:
-
-[23] Más adelante se valió Toussaint-Louverture de igual recurso,
-obteniendo idéntico ventajoso resultado.--N. del A.
-
-
-
-
-XXXVII
-
-
-Seguía, empero, la revista, y aquel mismo ejército que, en desorden, me
-había presentado pocas horas antes un espectáculo tan extraordinario,
-no parecía menos extravagante ahora y sobre las armas. Eran ya algunos
-negros, completamente desnudos, y pertrechados de mazos, machetes
-y macanas, marchando al compás de un cuerno como los salvajes; ya
-batallones de mulatos equipados a la española y a la inglesa, con
-buenas armas y buena disciplina, arreglando sus pasos al toque de
-los tambores; catervas, luego, de negras y negrillos, con horquillas
-y garfios, o de viejos inútiles cargados con fusiles antiguos e
-inservibles, sin cañón o sin llave; griotas, en fin, con sus vestidos
-de botarga, o griotos con horribles contorsiones y gestos, entonando
-canciones incoherentes, con acompañamiento de guitarra, de balafo o
-de platillos. Interrumpían a veces esta extraña procesión bandadas
-heterogéneas de mulatos, cuarterones, salto-atrás y toda clase de
-mestizos libres; o ya catervas errantes de negros cimarrones, con el
-ademán soberbio y carabinas relucientes, que arrastraban entre filas
-sus carretones henchidos de despojos, o algún cañón arrebatado a los
-blancos, menos cual arma ofensiva que trofeo, cantando a toda voz los
-himnos rebeldes de _Gran-Pré_ y _Oua-Nassé_. Por encima de tanto y
-tan diverso concurso tremolaban banderas de todos colores y con todas
-divisas: blancas, rojas y tricolores, adornadas con flores de lis y con
-el gorro de la libertad, y llevando por lema: _Mueran los sacerdotes
-y los aristócratas_, _¡Viva la religión!_, _¡Libertad e igualdad!_,
-_¡Viva el Rey!_, _¡Muera la metrópoli!_, _¡Viva España!_, _¡No más
-tiranos!_, etcétera, etc.; extraña mescolanza y claro indicio de que
-las fuerzas de los rebeldes eran un tropel sin objeto determinado, y de
-que no menor desorden que en los hombres reinaba en las ideas.
-
-Al pasar, a su vez, por la gruta, las escuadras rendían sus banderas, y
-Biassou devolvía el saludo. A cada batallón le dirigía algunas palabras
-de reprensión o de elogio, y cada palabra severa o halagüeña que caía
-de sus labios era acogida por sus secuaces con fanático respeto y una
-especie de temor supersticioso.
-
-Pasó al cabo aquella inundación de bárbaros, y confieso que, si al
-principio sirvióme de distracción, llegó por último a serme penosa la
-vista de tanto forajido.
-
-Mientras tanto, la tarde declinaba, y, cuando los últimos hombres
-desfilaron, el sol teñía débilmente de un rojo cobrizo la frente
-granítica de las montañas de oriente.
-
-
-
-
-XXXVIII
-
-
-Biassou parecía meditabundo, y cuando, terminada la revista y dadas sus
-órdenes postreras, se retiraron los rebeldes a sus chozas, me dirigió
-al fin la palabra en tales términos:
-
---Ya has podido juzgar a tu despacio, joven, de mi ingenio y poderío, y
-he aquí llegada la hora de que vayas a participárselo a Leogrí.
-
---No ha consistido en mí que tarde tanto--le respondí con indiferencia.
-
---Razón tienes--replicó Biassou.
-
-Y aquí se detuvo un instante, como para observar qué efecto iban a
-producir en mí las siguientes palabras:
-
---Y, además, de ti penderá el que nunca llegue.
-
---¿Cómo es eso?--exclamé pasmado--. ¿Qué quieres tú decir?
-
---Sí--prosiguió Biassou--; en tus propias manos tienes tu vida, y si
-quieres, puedes salvarla.
-
-Este arrebato de clemencia, el primero y el último, sin duda alguna,
-que Biassou haya jamás sentido, me pareció un prodigio. El obí, como
-yo, lleno también de sorpresa, saltó del asiento donde por tan largo
-rato había permanecido inmóvil y en actitud extática, al estilo de los
-_faquires_ indios. Se puso frente a frente del generalísimo y alzó la
-voz lleno de ira:
-
---_¿Qué dice el excelentísimo señor mariscal de campo?_ ¿No se acuerda
-de lo que me ha prometido? Ni él ni el _bon Giu_ pueden ya disponer de
-esta vida, que me pertenece.
-
-En aquel momento, al oír su acento de cólera, juzgué de nuevo tener
-algún recuerdo de aquel maldito hombrecillo; mas fué una sensación vaga
-y pasajera, que no me iluminó el entendimiento.
-
-Biassou, sin alterarse, se levantó, habló con el obí en voz baja,
-señalándole a la bandera negra en que ya había yo reparado, y, tras
-algunos minutos de conversación, meneó el zahorí la cabeza de arriba
-abajo, cual en señal de consentir, y los dos recobraron sus antiguos
-puestos y actitudes.
-
---Escucha--me dijo entonces el generalísimo, sacando del bolsillo los
-otros despachos de Juan Francisco, que tenía allí metidos--. Nuestros
-negocios van mal. Bouckmann acaba de morir en un encuentro; los
-blancos han exterminado en la comarca de Cul-de-Sac a dos mil negros
-levantados; las tropas de la colonia siguen atrincherándose y cubriendo
-todos los llanos de puntos fortificados, y, por culpa nuestra, hemos
-desaprovechado una ocasión de apoderarnos del Cabo, que no se volverá
-a presentar tan de pronto. Por el lado de Levante, el camino principal
-está cortado por un río, y los blancos, para defender el paso, han
-establecido una batería flotante sobre pontones y dos reductos, a cada
-orilla. Al Sur hay otro camino real, que atraviesa ese país montañoso
-llamado el Haut-du-Cap, y lo tienen también cuajado de tropas y de
-artillería. Por la parte de tierra, la posición está asimismo bien
-fortificada, con parapetos en que han trabajado todos los habitantes,
-con añadidura de buenos caballos de frisa. Por consiguiente, el Cabo se
-halla al abrigo de nuestras embestidas. La emboscada en las gargantas
-de Doma-Mulatos no produjo el éxito que nos prometíamos, y a tantos
-reveses se junta la fiebre de Siam, que devasta el campamento de
-Juan Francisco. Así que el gran almirante de Francia opina[24], y yo
-participo de su sentir, que sería conveniente entrar en tratos con el
-gobernador Blanchelande y la Asamblea colonial. He aquí la carta que
-sobre este particular vamos a remitir a la Asamblea; escucha:
-
- “SEÑORES DIPUTADOS:
-
- “Grandes infortunios han afligido a esta rica e importante colonia,
- en los que nos hemos visto nosotros envueltos, y nada más nos queda
- que alegar por excusa. Algún día vendrá en que nos haréis toda la
- justicia que nuestra situación se merece. Debemos quedar comprendidos
- en la amnistía general que el Rey Luis XVI ha proclamado para todos
- indistintamente.
-
- “Si no, como el Rey de España es un Rey bueno, que nos trata muy bien
- y que _nos manifiesta recompensas_[25], seguiremos a su servicio con
- celo y lealtad.
-
- “Vemos que, con arreglo a la ley de 28 de septiembre--de 1791--,
- la Asamblea nacional y el Rey os conceden facultad para decretar
- definitivamente acerca del estado de las personas no libres y de
- la condición política de los hombres libres de color. Nosotros
- defenderemos los decretos de la Asamblea nacional y los vuestros, si
- están revestidos de los requisitos legales, hasta derramar la última
- gota de nuestra sangre. Sería conveniente que _declararíais_ por un
- decreto, sancionado por el señor general, que formáis intento de
- ocuparos en la suerte de los esclavos. En sabiendo, por conducto de
- sus jefes, a quienes daríais noticia de estos trabajos, que son el
- objeto de vuestras tareas, quedarían satisfechos, y en breve tiempo se
- recuperaría el equilibrio roto.
-
- “No contéis, sin embargo, señores representantes, en que consintamos
- en armarnos por el beneplácito de asambleas revolucionarias. Nosotros
- somos súbditos de tres reyes. El Rey del Congo, señor natural de todos
- los negros; el Rey de Francia, que representa a nuestros padres, y
- el Rey de España, que representa a nuestras madres. Estos tres reyes
- son los descendientes de los tres reyes magos que, guiados por una
- estrella, vinieron a adorar el Dios-hombre. Si sirviéramos a las
- Asambleas, tal vez nos veríamos arrastrados a hacer la guerra contra
- nuestros hermanos, los súbditos de estos tres reyes, a quienes hemos
- jurado fidelidad.
-
- “Además, no sabemos lo que se quiere decir por la voluntad de la
- nación, puesto que _desde que el mundo reina_ no hemos ejecutado sino
- la de un rey. El príncipe de Francia nos quiere y el de España no cesa
- de darnos socorro. Les ayudamos y nos ayudan: ésta es la causa de la
- humanidad. Y luego, aun cuando nos faltaran estas Majestades, pronto
- habríamos _tronado un Rey_.
-
- “Tales son nuestras intenciones, mediante las cuales consentiremos
- en hacer la paz[26].--Firmado, _Juan Francisco_, general; _Biassou_,
- mariscal de campo; _Desprez_, _Manzeau_, _Toussaint_, _Aubert_,
- comisionados _ad hoc_.”
-
---Ya ves--añadió Biassou, concluída que fué la lectura de este
-documento de la diplomacia negra, que se me quedó estampado en la
-memoria palabra por palabra--; ya ves, digo, que estamos de paz. Ahora
-bien: esto es lo que pretendo de ti. Ni Juan Francisco ni yo nos hemos
-educado en las escuelas de los blancos, donde se aprende a charlar
-bien; sabemos pelear, pero no escribir, y, sin embargo, no quisiéramos
-que hubiera en nuestra carta a la Asamblea nada que pudiese excitar la
-_burla_ orgullosa de nuestros antiguos dueños. Tú me parece que has
-aprendido esta frívola ciencia que a nosotros nos falta; así, pues,
-corrige en nuestro oficio cuantas faltas hicieran reír a los blancos, y
-a este precio te concedo la vida.
-
-Había en este empleo de corrector de las faltas de ortografía
-diplomática de Biassou algo de demasiado repugnante a mi orgullo para
-que yo titubease un solo momento. Y, además, ¿qué se me daba de la
-vida? Rehusé, pues, su oferta.
-
-Pareció sorprenderse.
-
---¿Cómo es eso?--exclamó--. ¿Prefieres morir a hacer unos cuantos
-garabatos con la pluma en un pedazo de pergamino?
-
---Sí--le repliqué.
-
-Mi determinación pareció como que le desagradaba, y, después de meditar
-por un breve espacio, me dijo:
-
---Escúchame, muchacho atolondrado; quiero ser menos terco que tú y
-te concedo de plazo hasta mañana por la tarde para que te resuelvas
-a obedecerme. Mañana, al ponerse el sol, volverán a traerte a mi
-presencia, y piensa en complacerme. Adiós, que la almohada es fuente de
-buenos consejos. Acuérdate que entre nosotros recibir la muerte es algo
-más que el morir.
-
-El sentido de estas últimas palabras, acompañadas de una horrenda
-carcajada, no era, por cierto, equívoco, y los tormentos que Biassou
-acostumbraba inventar para sus víctimas acababan de explicarlas.
-
---Candi--prosiguió Biassou--, llévate al prisionero y entrégale a la
-custodia de los negros de Morne-Rouge, porque quiero que aún vea
-asomar por una vez el sol, y mis soldados quizá no tendrían tanta
-paciencia como para aguardar que pasasen veinticuatro horas.
-
-El mulato Candi, comandante de sus guardias, me mandó atar los brazos a
-la espalda, y, agarrando un soldado el cabo de la cuerda, nos salimos
-de la cueva.
-
-
-FOOTNOTES:
-
-[24] Ya se ha dicho que Juan Francisco se daba este título.--N. del A.
-
-[25] Esta frase carece a propósito de sentido para dar una idea de
-falta semejante en el original francés.--N. del T.
-
-[26] Parece que, en efecto, se le remitió a la Asamblea esta carta, tan
-ridículamente característica.--N. del A.
-
-
-
-
-XXXIX
-
-
-Cuando acaecimientos extraordinarios, angustias y catástrofes estallan
-de súbito en medio del sosiego de una existencia feliz y deliciosamente
-uniforme, estas inesperadas emociones, estos golpes de fortuna cortan
-atropelladamente el letargo del alma que estaba adormecida en la
-monotonía de su próspero destino. Mas, sin embargo, en los infortunios
-que así llegan no nos parece que despertamos, sino que soñamos. Para
-quien siempre fué feliz, las desdichas empiezan por atontecerle. La
-adversidad imprevista se asemeja a la conmoción eléctrica del torpedo,
-que nos sacude, pero al mismo tiempo nos pasma los miembros, y el
-espantoso resplandor que arroja de súbito ante nuestros ojos nos
-deslumbra, pero no ilumina. Los hombres, los objetos y los sucesos nos
-pasan por delante con un aspecto en cierto modo fantástico, y se mueven
-cual en un ensueño. Todo ha cambiado en el horizonte de nuestra vida:
-la perspectiva y la atmósfera; pero largo tiempo transcurre antes que
-se borre de los ojos aquella cual luminosa imagen de la dicha pasada,
-que nos persigue, y que, interponiéndose entre ellos y la lúgubre
-realidad de lo presente, desfigura los colores y comunica no sé qué
-tinte engañoso a la verdad misma. Entonces, lo que efectivamente es
-nos parece imposible y absurdo, y apenas tenemos fe en nuestra propia
-existencia, porque no encontrando alrededor de nosotros nada de cuanto
-componía nuestro ser, no alcanzamos a concebir cómo todo aquello
-pudo desaparecer sin arrastrarnos consigo y por qué de toda nuestra
-vida nosotros quedamos aislados por único vestigio. Si esta posición
-violenta del alma se prolonga, destruye el equilibrio del pensamiento
-y se torna en demencia, estado quizá de dicha en que la vida es para
-el infeliz una visión tan solo, en la que él mismo aparece cual un
-fantasma.
-
-
-
-
-XL
-
-
-No sé, a decir verdad, señores, a qué expongo semejantes ideas, pues no
-son de aquellas que se comprenden o se explican, sino que es necesario
-haberlas sentido. Yo las probé. Tal era el estado de mi mente en el
-momento en que los guardias de Biassou me entregaron a los negros de
-Morne-Rouge, y como me parecían espectros que me pasaban a manos de
-otros espectros, dejé sin asomo de resistencia que me atasen por la
-cintura al tronco de un árbol. Trajéronme por alimento algunas batatas
-cocidas en agua, y comí por aquella especie de instinto maquinal
-que la bondad divina concede al hombre sumido en la amargura de sus
-pensamientos.
-
-Había, por fin, llegado la noche, y mis guardias se retiraron a
-sus chozas, excepto cinco o seis que permanecieron junto a mí de
-vigilantes, sentados o tendidos alrededor de una hoguera que tenían
-encendida para guarecerse del frío nocturno. Al cabo de algunos breves
-instantes, quedaron todos sumidos en profundo sueño.
-
-La postración física en que me encontraba contribuyó no poco a
-las vagas imágenes que me confundían la mente. Recordaba los días
-tranquilos y siempre idénticos que pocas semanas antes pasaba al
-lado de María, sin entrever siquiera en el porvenir otra posibilidad
-que la de una dicha eterna, y comparábalos entonces con el día que
-acababa de transcurrir, día en que tantas y tan extrañas cosas se
-habían mostrado a mi vista, como para hacerme dudar de la existencia,
-y en que tres veces me vi próximo a morir y escapé, sin tener aún la
-vida en salvo. Meditaba en el porvenir inmediato, comprendido en el
-breve recinto de una mañana, sin más perspectiva que la desgracia y
-una muerte ya próxima, por fortuna, y me parecía lidiar con alguna
-horrenda pesadilla. Preguntábame a mí propio si era posible que
-cuanto había pasado hubiese pasado; que lo que me rodeaba fuese el
-campamento del sanguinario Biassou; que hubiese perdido a María para
-siempre, y que aquel prisionero custodiado por seis bárbaros, atado y
-dispuesto para una muerte segura, aquel prisionero, a quien veía al
-resplandor de una hoguera de forajidos, fuese yo en mi misma persona.
-Y no obstante todos mis esfuerzos para evitar el asedio de una idea,
-mucho más dolorosa aún, mi corazón se tornaba a María. Examinaba con
-angustia su suerte y estirábame entre mis ligaduras como para volar a
-su socorro, confiado siempre en que habría de disiparse el horrible
-sueño y en que Dios no consentiría en derramar sobre el destino del
-ángel que me había concedido por esposa, todos aquellos horrores de
-que la imaginación retrocedía espantada. El doloroso encadenamiento
-de mis ideas me representaba luego a Pierrot, y la rabia me volvía
-insensato: las arterias de las sienes querían reventar con la sangre
-agolpada, y yo me odiaba, me maldecía, me despreciaba a mí propio por
-haber confundido en algún tiempo mi amistad hacia Pierrot con mi amor a
-María, y, sin tratar de explicarme qué motivo le impulsara a lanzarse
-en las corrientes del río Grande, lloraba de no haberle exterminado. Él
-había ya muerto, yo iba también a morir, y lo único que lamentaba en
-esta pérdida de ambas vidas era haber perdido asimismo mi venganza.
-
-Todas estas emociones me agitaban en una especie de letargo, entre
-dormir y velar, en que había caído a efectos del cansancio; y no sé
-cuánto tiempo habría durado, cuando me arrancó de repente de él el eco
-de una voz varonil, que cantaba en acento claro y distinto, pero aún
-lejano: “_Yo, que soy contrabandista._” Abrí los ojos, estremecido;
-pero todo estaba a obscuras, durmiendo los negros y el fuego moribundo.
-Nada más oí, y pensando que fuese una ilusión del sueño, mis pesados
-párpados volvieron a cerrarse. Volvílos a abrir con precipitación,
-porque la voz había empezado de nuevo a resonar, cantando con tristeza,
-y ya más de cerca, esta copla de un romance español:
-
- En los campos de Ocaña
- prisionero caí;
- llévanme a Cotadilla,
- ¡desdichado que fuí!
-
-Ahora ya no cabía sueño: ¡era la voz de Pierrot! Un momento después
-volvió a alzarse entre el silencio de las tinieblas, y repitió a mis
-oídos la conocida canción: “_Yo, que soy contrabandista_”. Un perro
-corrió alegre y juguetón a echarse a mis pies, y este perro era _Rask_.
-Levanté los ojos. Un negro se veía delante de mí, mientras la luz de
-la hoguera arrojaba al lado del perro su sombra colosal, y este negro
-era Pierrot. El ímpetu de venganza me arrebató, y la sorpresa me tenía
-inmóvil y mudo. ¿Velaba por ventura? ¿Se aparecían los muertos? Esto no
-era ya un sueño, sino una aparición. Aparté horrorizado la vista, y a
-este ademán dejó él caer la cabeza sobre el pecho.
-
---Hermano--susurró en voz baja--, me habías prometido no dudar jamás
-de mí cuando me oyeras esta canción; dime, hermano, ¿has olvidado tus
-promesas?
-
-La ira me volvió la palabra.
-
---¡Monstruo!--exclamé--. ¡Te hallé, al fin, verdugo, asesino de mi
-tío, raptor de María!, ¿te atreves a llamarme hermano? ¡Mira, no te me
-acerques!
-
-Y, olvidando que estaba atado sin facultad para hacer casi el menor
-movimiento, bajé como involuntariamente la vista hacia la cintura para
-buscar mi espada. Tan visible intención le lastimó, y, con acento
-conmovido, pero de blandura, me replicó:
-
---No, no me acercaré; eres desgraciado, y me compadezco de ti, aunque
-tú no me tienes lástima a mí, ¡que soy aún más desgraciado!
-
-Encogíme de hombros, y, conociendo él aquella muda queja, prosiguió con
-aspecto melancólico:
-
---¡Sí, tú has perdido mucho; pero yo he perdido más que tú!
-
-En esto, el ruido de su voz despertó a los seis negros que me
-vigilaban, quienes, al ver una persona extraña, se levantaron con
-presura, corriendo a las armas; mas luego que hubieron fijado sus
-miradas en Pierrot, lanzaron un grito de júbilo y sorpresa y cayeron
-postrados en tierra, golpeando el polvo con sus frentes.
-
-Pero ni el homenaje que los negros tributaban a Pierrot, ni las
-caricias que _Rask_ repartía entre su amo y yo, mirándome con
-desasosiego, como sorprendido de mi frío recibimiento, nada me hacía
-impresión en aquel instante. Estaba enteramente entregado a los
-transportes de mi rabia, que las ligaduras hacían impotente.
-
---¡Oh!--exclamé al cabo, llorando de ira, bajo el peso de las trabas
-que me retenían--. ¡Oh, y cuán desgraciado soy! Yo lamentaba que ese
-infame hubiese hecho justicia de sí propio; yo le juzgaba muerto, y
-sentía mi perdida venganza, y hele aquí ahora que viene a mofarse de mí
-con su presencia; hele aquí vivo, ante mis ojos, sin que pueda tener
-el placer de coserle a puñaladas. ¡Oh! ¡Quién me libertaría de estos
-execrables lazos!
-
-Pierrot se volvió hacia los negros, que seguían en adoración a sus
-plantas.
-
---Compañeros--les dijo--, soltad al prisionero.
-
-
-
-
-XLI
-
-
-Pronto quedó obedecido. Los negros, que me custodiaban se apresuraron
-ahora a cortar las cuerdas de mis ligaduras, y me encontré en pie
-y libre; pero quedéme inmóvil, porque el pasmo me tenía a su vez
-encadenado.
-
---No es esto solo--repuso Pierrot arrancándole a uno de los negros su
-cuchillo y ofreciéndomelo--. Puedes cumplir tu deseo. Dios no permita
-que te dispute el derecho de disponer de mi vida. Por tres veces la
-salvaste, y es ya muy tuya; hiere, si quieres herirme.
-
-No había ni amargura ni queja en el tono de su voz, que estaba tan sólo
-triste y resignada.
-
-Aquella inesperada puerta que le abría a mi venganza el ente mismo a
-quien ella se consumía por alcanzar, tenía en sí algo de demasiado
-extraño y demasiado fácil. Conocí que ni todo mi encono contra Pierrot,
-ni todo mi amor hacia María, eran capaces de inducirme a un asesinato;
-y, además, fueran cuales fuesen las apariencias, cierta voz oculta me
-clamaba en lo hondo del corazón que un enemigo y un culpado no habría
-venido a ofrecerse en semejante manera a la venganza y al castigo.
-¿Lo diré, por fin? Había en el imperioso prestigio de que aquel ser
-extraordinario se hallaba cercado cierta cosa que a mí mismo, y a pesar
-mío, me subyugaba en aquel instante. Aparté, pues, el puñal diciendo:
-
---¡Vil! Yo consentiría en matarte en combate, pero no en asesinarte.
-¡Defiéndete!
-
---¡Que me defienda!--replicó asombrado--. ¿Y de quién?
-
---De mí.
-
-Hizo un ademán de pasmo.
-
---¡De ti! Es lo único en que no me cabe obedecerte. ¿Ves tú aquí a
-_Rask_? Puedo degollarle y me dejará que lo haga sin defensa; pero no
-podré forzarle a que pelee contra mí: no lo entendería; y yo, que soy
-para contigo como _Rask_, no te entiendo.
-
-Hizo aquí una breve pausa, y añadió en seguida:
-
---Leo en tus ojos el odio como en algún tiempo pudiste tú leerlo en los
-míos. Sé que has padecido muchos infortunios: te han muerto a tu tío,
-han incendiado tus campos, degollado a tus amigos, saqueado tu morada,
-devastado tus haciendas; pero no he sido yo, sino los míos. Escúchame:
-cierto día te dije que los tuyos me habían causado muchos males, y me
-respondiste que tú no eras; ¿qué hice yo entonces?
-
-Se le despejó el semblante, aguardando que me arrojase en sus brazos;
-yo le miré con ferocidad.
-
---Niegas tu parte en cuanto los tuyos han hecho--díjele enfurecido--, y
-no mientas lo que tú propio hiciste en mi contra.
-
---¿Qué?--me preguntó.
-
-Me acerqué a él con violencia, y mi voz, al hablarle, retumbó cual un
-trueno:
-
---¿Dónde está María? ¿Qué has hecho de María?
-
-A este nombre cruzó una nube por su frente, y pareció un momento como
-desconcertado. Al cabo, rompiendo el silencio, me respondió:
-
---¡María! ¡Sí, tienes razón!... Pero hay demasiados oídos que nos
-escuchen.
-
-Su turbación, y tales palabras como _tienes razón_, encendieron un
-infierno de celos en mi ánimo, e imaginéme que eludía mis preguntas. En
-aquel instante me miró con semblante de franqueza, y dijo con emoción
-profunda:
-
---No sospeches de mí, te lo suplico, y en otro lugar te lo explicaré
-todo: quiéreme como yo te amo, con confianza.
-
-Aquí se detuvo un instante para observar el efecto de sus palabras, y
-añadió enternecido:
-
---¿Puedo llamarte mi hermano?
-
-Pero mi cólera y mis celos habían recobrado todo su ímpetu, y estas
-palabras tan tiernas me parecieron hipócritas y no hicieron sino
-exasperarme.
-
---¡Miserable, ingrato!--exclamé--. ¿Te atreves a recordarme aquellos
-tiempos?
-
-Me interrumpió, diciendo con los ojos arrasados en lágrimas:
-
---¡No soy yo el ingrato!
-
---¡Pues bien--le repliqué arrebatado--, habla!, ¿qué has hecho con
-María?
-
---En otro lugar, en otro lugar--me contestó--; aquí hay otros oídos
-que escucharían nuestras palabras, y, además, no me creerías sin
-darte pruebas, y el tiempo urge. El día va despuntando, y tengo que
-sacarte de aquí. Escucha, todo ha concluído, y pues que recelas de mí,
-bien harías en acabarme con el puñal; mas aguarda un poco antes de
-ejecutar lo que llamas tu venganza, porque primero tengo que ponerte en
-libertad. Vamos a ver a Biassou.
-
-Semejante conducta y tales discursos encubrían algún misterio que no
-alcanzaba a comprender. A pesar de todas mis preocupaciones contra
-aquel hombre, conocía que a su voz me vibraban las fibras del corazón
-y que me dominaba algún inexplicable poderío; me sentí titubear entre
-el deseo de venganza y la compasión, entre los recelos y la más ciega
-confianza, y, por último, me resolví a seguirle.
-
-
-
-
-XLII
-
-
-Salimos del recinto de los negros de Morne-Rouge, y grande era mi
-sorpresa al verme caminar libre por aquel campamento de bárbaros en
-que la víspera ostentaba cada forajido una sed tan rabiosa de mi
-sangre. Lejos, muy lejos de intentar atajarnos el paso, se postraban
-ante nosotros todos los negros y mulatos, entre unánimes exclamaciones
-de asombro, de alegría y de respeto. Ignoraba yo cuál pudiera ser la
-categoría de Pierrot en el ejército de los revoltosos; pero acordándome
-del dominio que ejercía entre sus anteriores compañeros de cautiverio,
-no tuve dificultad en comprender la importancia de que, al parecer,
-gozaba entre los secuaces del levantamiento.
-
-Llegando a la línea de centinelas que vigilaba ante la gruta de
-Biassou, se dirigió hacia nosotros su caudillo, el mulato Candi,
-preguntando desde lejos con amenazas por qué nos atrevíamos a
-aproximarnos así al general; mas cuando llegó a distancia de percibir
-las facciones de Pierrot distintamente, quitóse de súbito la _montera_
-recamada de oro, y, como aterrorizado de su propio atrevimiento, hizo
-una reverencia, humillándose hasta el suelo, y nos introdujo en la
-estancia de Biassou, dando en tono balbuciente mil disculpas, a que
-sólo contestó Pierrot con un gesto de desdén.
-
-Aunque no me había causado sorpresa el respeto de los soldados
-negros hacia Pierrot, al mirar a Candi, uno de sus principales
-jefes, humillarse de tal modo ante el esclavo de mi tío, empecé ya a
-preguntarme a mí propio quién pudiera ser este hombre, cuya autoridad
-tan grande parecía. Y mucho subió de punto tal idea cuando vi al
-generalísimo, que se hallaba solo en el momento de nuestra entrada,
-comiendo con gran sosiego, levantarse precipitadamente al aspecto de
-Pierrot, y, disimulando su inquieta sorpresa y su violento despecho
-bajo la capa de respeto el más profundo, hacer una humilde reverencia
-a mi compañero y ofrecerle su mismo trono de caoba. Pierrot rehusó
-admitir la oferta.
-
---Juan Biassou--le dijo--, no he venido a usurpar tu puesto, sino sólo
-a pedirte una gracia.
-
---Vuestra _Alteza_ sabe--respondió Biassou redoblando sus saludos--que
-puede disponer de cuanto dependa de Juan Biassou, de cuanto Juan
-Biassou posea y aun de su misma persona.
-
-El título de _Alteza_ que confería Biassou a Pierrot aumentó más mi
-asombro.
-
---No quiero tanto--repuso Pierrot con empeño--. No te pido otra cosa
-que la vida y la libertad de este prisionero.
-
-Y, al decir esto, señaló hacia mí. Biassou se quedó por un instante
-como cortado; pero su indecisión fué breve.
-
---Gran pesar me causa Vuestra _Alteza_ pidiéndome lo que con sumo
-dolor no puedo concederle. Este prisionero no es de Juan Biassou, no
-pertenece a Juan Biassou, y Juan Biassou no manda en él.
-
---¿Qué pretendes decir?--preguntó Pierrot con ademán severo--. ¿Pues
-de quién depende? ¿Hay por ventura aquí más autoridad o poder que los
-tuyos?
-
---Sí, _Alteza_; por desgracia.
-
---¿Y cuál?
-
---Mi ejército.
-
-El aire zalamero y astuto con que eludía Biassou las preguntas francas
-y altivas de Pierrot daba claro a entender su resolución de no conceder
-otra cosa a más del respeto a que al parecer se veía obligado.
-
---¿Cómo es eso de tu ejército?--exclamó Pierrot--. Pues qué, ¿no sabes
-hacerte obedecer?
-
-Biassou, conservando su posición ventajosa, aunque sin soltar el aire
-de inferioridad, contestó con aparente franqueza:
-
---¿Y se imagina _Su Alteza_ que se pueda mandar de veras a hombres que
-se han rebelado por no obedecer?
-
-Yo daba demasiado poco precio a la vida para romper el silencio; pero
-la ilimitada autoridad que vi a Biassou ejercer la víspera sobre sus
-secuaces hubiera podido proporcionarme ocasión de desmentirle y poner a
-descubierto su doblez. Pierrot le replicó:
-
---Pues bien: ya que no sabes mandar a tu ejército y que los soldados
-hacen aquí de jefe, ¿qué motivos de odio pueden ellos abrigar contra
-este prisionero?
-
---Las tropas del gobierno acaban de dar muerte a Bouckmann--contestó
-Biassou, cubriendo con un velo de tristeza su feroz y burlona
-fisonomía--, y mis compañeros están resueltos a vengarse en este blanco
-de la pérdida del caudillo de los negros cimarrones de Jamaica; quieren
-alzar trofeo contra trofeo, y que la cabeza de este oficial haga
-balanza a la cabeza de Bouckmann en la medida en que el _bon Giu_ bueno
-pesa a entrambos partidos.
-
---¿Cómo has podido--le dijo Pierrot--adherirte a estas horribles
-represalias? Escúchame atento, Juan Biassou: estas crueldades serán lo
-que arruinen nuestra justa causa. Prisionero en el campamento de los
-blancos, de donde logré fugarme, ignoraba la muerte de Bouckmann, que
-ahora me cuentas, y que es un justo castigo del cielo por sus crímenes.
-En cambio, voy a participarte otra nueva: Jeannot, aquel mismo caudillo
-de los negros que sirvió a los blancos de guía para meterlos en la
-emboscada de _Doma-Mulatos_, Jeannot, también acaba de morir. Ya
-sabes, no me interrumpas, Biassou, que competía en lo sanguinario
-con Bouckmann y contigo; ahora bien, atiéndeme: no es la cólera del
-cielo ni tampoco los blancos los que le han herido, sino el mismo Juan
-Francisco es quien ha hecho este acto de justicia.
-
-Biassou, que estaba escuchando con ademán sombrío de respeto, dejó
-escapársele una exclamación de sorpresa. En este instante entró
-Rigaud, hizo a Pierrot una profunda reverencia y se puso a hablarle en
-secreto al generalísimo, cuando a la par se oía gran estrépito por el
-campamento. Pierrot continuó hablando así:
-
---... Sí, Juan Francisco, cuyo único defecto es un lujo funesto, y la
-ridícula pompa de aquella carroza con seis caballos en que va todos
-los días desde su campamento a oír la misa que le dice el cura de
-Río Grande; Juan Francisco ha castigado los furores de Jeannot. A
-pesar de las cobardes súplicas del forajido, y aunque a los últimos
-momentos se abrazó con tanto terror al cura de la Marmelade, encargado
-de exhortarle a bien morir, que fué preciso arrancarle de por fuerza,
-al fin ayer quedó fusilado el monstruo bajo el mismo árbol, lleno de
-garfios de hierro, de donde colgaba a sus víctimas vivas. Biassou,
-medita en este ejemplo. ¿A qué fin esas matanzas, que obligan a los
-blancos a mostrarse feroces? ¿A qué valerse de artificios para excitar
-aún más el furor de nuestros desgraciados compañeros, ya de por sí
-exasperados en demasía? Hay en Trou-Coffi un charlatán mulato, a quien
-apellidan Romana la Profetisa, que anda fanatizando un tropel de
-negros, profanando sacrílegamente la Santa Misa y haciéndoles creer que
-está en relaciones con la divina Virgen, que le comunica sus oráculos
-cuando introduce la cabeza en el santuario. Así incita a sus secuaces
-a la matanza y al saqueo en nombre de María...
-
-Quizá había una expresión más tierna aún que la del acatamiento
-religioso en el acento con que pronunció esta postrer palabra; y yo no
-sabré decir por qué, pero me sentí ofendido e irritado.
-
---... Pues bien--prosiguió el esclavo--, tenéis aquí en vuestro
-campamento a no sé cuál obí o charlatán semejante a ese Romana la
-Profetisa. No ignoro que, debiendo guiar un ejército compuesto de
-hombres de todos países, de todo origen, de todos colores, es preciso
-enlazarlos por algún vínculo de comunidad; pero ¿acaso no es dable
-encontrarlo sino en un fanatismo feroz y en ridículas supersticiones?
-Créeme, Biassou, que los blancos no son tan crueles como nosotros. A
-menudo he visto a los dueños defender las vidas de sus esclavos, y
-aunque no desconozco que para muchos de ellos, no la vida de un hombre,
-sino una suma de dinero, era el objeto de aprecio, siquiera el egoísmo
-de su propio interés les inspiraba una virtud. No seamos, pues, menos
-clementes, que también nuestro provecho nos lo aconseja. ¿Será más
-santa y más justa nuestra causa por ventura cuando hayamos exterminado
-a las mujeres, degollado las inocentes criaturas, atormentado a los
-ancianos o hecho perecer a nuestros antiguos amos entre las llamas de
-sus mismas habitaciones? ¡Y, sin embargo, tales son nuestras hazañas
-diarias! Respóndeme, Biassou, ¿de qué sirve dejar por testimonio de
-nuestras huellas un rastro de cenizas o un rastro de sangre?
-
-Calló, y el fuego de sus miradas y la energía de sus acentos respiraban
-tal convencimiento y fuerza de mando cuales no alcanzaré a describir.
-Con los ojos bajos y el ademán de un raposo cogido en las garras del
-león, meditaba Biassou el medio de esquivar tamaño poderío, y, mientras
-tanto, el caudillo de las hordas de los Cayos, aquel mismo Rigaud, que
-había presenciado la víspera, y con sereno aspecto, cometerse tales
-horrores, aparentaba indignarse de los atentados que Pierrot tan al
-vivo retrataba, exclamando con hipócrita alarma:
-
---¡Oh, Dios mío, y lo que es un pueblo enfurecido!
-
-
-
-
-XLIII
-
-
-Crecía en esto el estrépito por afuera, y Biassou se mostraba
-desasosegado. Más tarde supe que procedía este rumor de los negros de
-Morne-Rouge, quienes recorrían el campamento anunciando la llegada de
-mi libertador y el intento de sostenerle, fuese cual fuera el motivo de
-su visita a Biassou. Rigaud había venido a participar al generalísimo
-esta circunstancia, y el temor de un funesto rompimiento fué lo que
-indujo al astuto caudillo a hacer, como en efecto hizo, una especie de
-aparente concesión a los deseos de Pierrot.
-
---Si somos algo severos con los blancos--dijo con evidente despecho--,
-Vuestra _Alteza_ lo es bastante con nosotros, y me agravia en
-particular con achacarme el ímpetu del torrente. Pero, al cabo, ¿_qué
-podría hacer ahora_ para satisfacerle?
-
---Ya lo he dicho, _señor_ Biassou--replicó Pierrot--: que me dejen
-llevarme a este cautivo.
-
-Biassou se quedó por unos instantes pensativo, y después exclamó, dando
-a sus facciones cuanta expresión de sinceridad le fué dable.
-
---Vamos, quiero probarle a Vuestra _Alteza_ cuán grande es mi deseo de
-complacerle. Permítame sólo que hable dos palabras con él en secreto, y
-en seguida el prisionero quedará libre.
-
---¿De veras?... Que por eso no quede--replicó Pierrot.
-
-Y su semblante, hasta entonces lleno de altivez y desagrado, se
-encendió de júbilo. Alejóse luego unos pocos pasos, y Biassou,
-llevándome a un rincón apartado de la gruta, me dijo en voz baja:
-
---No puedo concederte la vida sino bajo una condición, y ya la sabes;
-¿consientes?
-
-Y me enseñó el despacho de Juan Francisco. El consentir me hubiera
-parecido ruindad, y así, le contesté:
-
---No, no consiento.
-
---¡Ah!--continuó con su acostumbrado sarcasmo--. ¡Conque sigues siempre
-tan terco! ¡Parece que te confías mucho en tu protector! ¿Sabes quién
-es, por acaso?
-
---Sí--le repliqué con violencia--, es un monstruo como tú, y, además,
-más hipócrita.
-
-Se incorporó con un movimiento de sorpresa, y clavó los ojos en mí como
-para descubrir en los míos si hablaba de veras.
-
---¡Pues qué!--me dijo--, ¿no le conoces?
-
---No reconozco en él--respondí con desprecio--sino a un esclavo de mi
-tío que se llama Pierrot.
-
-Biassou soltó una risa de mofa:
-
---¡Ja... ja...! ¡Vaya un caso curioso! El pide tu vida y tu libertad, y
-tú le das el dictado de _un monstruo como yo_.
-
---¡Qué me importa!--le contesté--. Si disfrutara de un momento de
-libertad, no sería para pedir mi vida, sino la suya.
-
---¿Qué significa esto?--dijo Biassou--. Hablas con aire sincero y no
-supongo que te entretengas en jugar con la existencia. Algo hay aquí
-que no comprendo. Un hombre a quien tú odias, te protege, y cuando él
-implora por tu vida, ¡apeteces su muerte! Al cabo, nada me va en ello.
-Deseas un momento de libertad, y es lo único que puedo concederte; así,
-te permitiré que le acompañes si primero me empeñas tu palabra de honor
-de venir a entregarte en mis manos dos horas antes de ponerse el sol.
-¿No es cierto que eres francés?
-
-¿Lo confesaré, señores? La vida me era una carga, y me repugnaba
-recibirla por don de manos de Pierrot, objeto por tantos motivos de
-mi odio; no sé tampoco si ayudaría a mi resolución la certeza de
-que Biassou no soltaría su presa tan fácilmente ni consentiría en mi
-libertad; en fin, no apetecía sino disponer a mi albedrío de algunas
-horas para acabar de cerciorarme antes de morir del destino de mi
-adorada María y de mi suerte. La palabra que me pedía Biassou, confiado
-en el honor de un francés, era medio seguro y fácil de conseguirlo, y
-mi palabra se la di.
-
-Habiéndome ligado de esta suerte, el general se acercó a Pierrot y dijo
-con tono sumiso:
-
---Señor, el prisionero blanco queda a disposición de Vuestra _Alteza_ y
-en libertad de ir en su compañía.
-
-Jamás había observado pintarse tanto gozo en los ojos de Pierrot.
-
---Gracias, Biassou--exclamó alargándole la mano--; gracias, porque
-acabas de hacerme un servicio que te autoriza de aquí en adelante para
-exigir cuanto de mí apetezcas. Por ahora, sigue disponiendo hasta mi
-vuelta de mis hermanos de Morne-Rouge.
-
-Entonces se volvió hacia mí, diciendo:
-
---Pues que estás libre, ven.
-
-Y me arrastró tras sí con singular energía.
-
-Biassou nos miró salir con un asombro que se distinguía aun al través
-de las muestras de respeto con que despidió a mi compañero.
-
-
-
-
-XLIV
-
-
-Ansiaba yo por quedarme a solas con Pierrot. Su turbación cuando
-le pregunté por la suerte de María, la insolente ternura con que
-osaba pronunciar su nombre, habían arraigado aún más los gérmenes de
-execración y celos que brotaron en mi pecho cuando le vi arrebatar por
-medio de las llamas en el castillo de Galifet a aquella que apenas
-podía aún llamar mi esposa. ¿Qué se me daba, pues, de las generosas
-reconvenciones con que había amonestado al sanguinario Biassou en mi
-presencia, ni del afán que se tomaba por mi vida, ni de aquel sello
-extraordinario que se veía impreso en todas sus acciones y palabras?
-¿Qué se me daba de aquel misterio que le envolvía, que me le presentaba
-vivo ante los ojos cuando había presenciado su muerte, que me le
-ofrecía cautivo de los blancos cuando le vi sepultarse en las aguas
-del Río Grande, que transformaba al esclavo en Alteza y en libertador
-al prisionero? De todo este caos incomprensible, la única cosa para mí
-evidente era el infame rapto de María, un ultraje que vengar, un crimen
-a que imponer castigo. Los extraños sucesos que había ya presenciado,
-apenas bastaban para hacerme suspender un tanto el juicio, y aguardaba
-con impaciencia el momento de obligar a mi rival a explicarse. Este
-momento llegó al fin.
-
-Habíamos cruzado por entre las triples filas de negros, que, postrados
-a nuestro paso, exclamaban con asombro, y sin que yo pudiese entender
-si hablaban de Pierrot o de mí:
-
---¡Milagro! Ya no está prisionero.
-
-Habíamos traspasado los últimos límites del campamento; habíamos
-perdido de vista entre los árboles y peñascos los postreros centinelas
-de Biassou; _Rask_ corría gozoso, adelantándose, y luego volvía a
-nuestro encuentro; Pierrot caminaba con rapidez; yo, por fin, le detuve
-entonces y le dije:
-
---Escúchame ahora, que ya es excusado el ir más lejos. Los oídos
-que temías ya no están a nuestro alcance ni pueden recoger nuestras
-palabras; habla, pues: ¿qué has hecho de María?
-
-Una violenta emoción me ahogaba casi la trémula voz; él me miró con
-dulzura, respondiendo:
-
---¿Siempre lo mismo?
-
---¡Sí, siempre, siempre!--exclamé arrebatado--. Te haré la misma
-pregunta hasta que ambos exhalemos el postrer aliento. ¿Dónde está
-María?
-
---¿Conque nada logra disipar tus dudas de mi buena fe? Pronto lo sabrás.
-
---¡Pronto, monstruo!--le repliqué--. ¡Ahora, ahora mismo quiero
-saberlo! ¿Dónde está María? ¿Dónde está María?... ¿Me oyes? Respóndeme,
-o juega tu vida a trueque de la mía. ¡Defiéndete!
-
---Ya te he dicho que eso no puede ser--prosiguió con tristeza--. El
-torrente no lucha con su manantial, y mi vida, que has salvado por
-tres veces, no puede disputarte a ti la vida. Además, aun cuando yo
-quisiera, es imposible, porque no tenemos más que un cuchillo para los
-dos.
-
-Y, hablando así, sacó un puñal de su cinto, y alargándomelo:
-
---Toma--me dijo.
-
-Estaba fuera de mí. Agarré el puñal y le hice brillar sobre su pecho,
-pero no dió señales de rehuir el golpe.
-
---¡Infame!--exclamé--. No me obligues a un asesinato. Te envainaré en
-el corazón este acero si no me dices luego dónde está mi mujer.
-
-Entonces me respondió sin cólera:
-
---Eres árbitro de hacerlo; pero te suplico de rodillas que me concedas
-una hora más de vida y que vengas tras mí. Desconfías de quien te debe
-tres existencias, del que apellidabas tu hermano; pero atiéndeme: si
-dentro de una hora persistes en tus recelos, eres dueño de matarme;
-siempre estarás a tiempo, pues ves que no trato de defenderme. Te
-lo ruego en nombre de María... de tu esposa--añadió con un penoso
-esfuerzo--; dame una hora más de plazo, y cuando así te imploro, no es
-por mi bien, créelo, sino por el tuyo propio.
-
-Tenían sus acentos una expresión inefable de persuasión y de pesar.
-Algo parecía advertirme en secreto de que quizá era sincero; que el
-apego a la vida no alcanzaba para infundir en su voz aquella penetrante
-ternura, aquella dulzura en sus ruegos. Cedí de nuevo a aquel imperio
-secreto que ejercía sobre mí y que me avergonzaba entonces de confesar.
-
---Vamos--le dije--, te concedo esta hora de prórroga y estoy pronto a
-acompañarte.
-
-Quise devolverle el puñal, pero me respondió:
-
---No, guárdatelo, porque recelas de mí, y sígueme, sin que perdamos más
-tiempo en balde.
-
-
-
-
-XLV
-
-
-Echó con esto de nuevo a andar, y _Rask_, que durante nuestra
-conversación había hecho varias tentativas de proseguir la jornada,
-volviéndose luego para mirarnos y como para preguntar por qué nos
-deteníamos; _Rask_, digo, continuó alegre su camino. Nos enmarañamos a
-través de una selva virgen, y a la media hora tropezamos con una verde
-pradera, bañada por las cristalinas aguas de un manantial que brotaba
-entre las peñas y cercada en torno de frondosos árboles, cuyos gruesos
-y robustos troncos eran el vivo testimonio de los pasados siglos. Una
-gruta, cuya cenicienta boca teñía de verde una multitud de enredaderas,
-clemátides, lianas, jazmines, daba salida al prado; _Rask_ corrió a
-ladrar a la entrada; pero Pierrot le hizo una seña, y, agarrándome por
-la mano, sin pronunciar una sola palabra, me introdujo en la gruta.
-
-Una mujer estaba adentro, con la espalda vuelta a la luz y sentada en
-una estera de juncos; al ruido de nuestros pasos volvió el rostro,
-y... amigos, era mi María.
-
-Llevaba aún, como el día de nuestra boda, un vestido blanco, y adornaba
-todavía sus cabellos la corona de azahar, último tocado virginal de
-la tierna esposa, emblema de pureza que aún no habían desprendido mis
-manos de sus sienes. Me vió, me conoció, lanzó un grito y cayó entre
-mis brazos, moribunda de júbilo y de sorpresa; yo estaba fuera de mí
-mismo.
-
-A este grito, una vieja, llevando un niño en los brazos, acudió de otra
-estancia en lo más profundo de la gruta: era la nodriza de María, con
-el más niño de los hijos de mi desgraciado tío. Mientras tanto, Pierrot
-había ido a buscar agua del manantial, y salpicó con algunas gotas
-el semblante de María, que, al sentir su frescura, volvió en sí, y,
-entreabriendo los ojos:
-
---¡Leopoldo!--dijo--. ¡Leopoldo mío!
-
---¡María!...--le respondí, y el resto de mis palabras se perdió en el
-arrullo de un beso.
-
---¡Oh, siquiera no en mi presencia!--exclamó una voz penetrante.
-
-Alzamos luego la vista, y era Pierrot. Allí estaba, asistiendo a
-nuestras caricias como a un suplicio. Hinchados los pulmones, respiraba
-apenas, temblaban todos sus miembros y gruesas gotas de un sudor helado
-le chorreaban por la frente. De súbito escondió el semblante entre las
-manos, y salióse huyendo de la gruta, repitiendo en acentos terribles:
-
---¡Siquiera no en mi presencia!
-
-María se medio incorporó entre mis brazos, y, siguiéndole con la vista,
-exclamó:
-
---¡Dios eterno! Leopoldo mío, parece como si nuestros amores le
-atormentaran. ¿Me amará, por ventura?
-
-El grito del esclavo me había anunciado que era mi rival; la
-exclamación de María anunciaba que también era mi amigo.
-
---María--le respondí, y un gozo inefable se derramó en mi alma, a la
-vez que una mortal pesadumbre--. ¡María! Pues qué, ¿lo ignorabas?
-
---Y lo ignoro aún--me respondió, cubierta de casto rubor--. ¿De veras?
-¿Me ama? Jamás lo hubiera conocido.
-
-La estreché a mi corazón con delirio, exclamando:
-
---Encuentro a mi esposa y a un amigo; ¡cuán feliz soy y cuán criminal!
-Había sospechado de él.
-
---¡Cómo!--prosiguió María con asombro--. ¿Dudabas de él? ¿De Pierrot?
-¡Ah, sí, eres muy criminal! Por dos veces le debes mi vida, y aun
-quizá--añadió, bajando los ojos--le debes más aún. A no ser por su
-socorro, el caimán del río me habría devorado; a no ser por su socorro,
-los negros... Pierrot fué quien me arrancó de entre sus manos cuando
-iban ya, sin duda, a inmolarme como a mi desgraciado padre.
-
-Aquí suspendió la voz para soltar el llanto.
-
---¿Y por qué razón--le pregunté--no te envió luego Pierrot a la ciudad
-del Cabo, donde estaba tu esposo?
-
---Lo ha intentado--me replicó--; pero no fué posible. Teniendo que
-recelarse tanto de los negros como de los blancos, era dificilísima
-empresa. Además, ignorábamos lo que era de ti. Algunos decían que te
-habían visto caer muerto; pero Pierrot me aseguraba que no era así, y
-no estaba bien convencida, porque, en tal caso, algún indicio secreto
-me lo hubiera avisado, y si la muerte te hubiese alcanzado, también yo
-hubiera muerto en el instante mismo.
-
---¿Y Pierrot te condujo a este lugar?
-
---Sí, Leopoldo mío; él único era sabedor de esta gruta solitaria, y
-como había salvado a la par que a mí a los restos de mi familia, mi
-pobre nodriza y mi hermanito, nos trajo aquí escondidos. Te aseguro
-que es una estancia muy agradable, y si no fuese por los estragos
-de la guerra, para quien no hay asilo secreto, me alegraría ahora,
-que estamos arruinados, de vivir aquí contigo, y Pierrot proveería a
-nuestras necesidades. Venía él a menudo a visitarme; traía una pluma
-rojiza en la cabeza, y siempre me consolaba y me hablaba de ti, y me
-aseguraba que volvería a verte. Con todo, como no le había visto en
-tres días, ya comenzaba a tener inquietud, cuando volvió contigo.
-¡Pobre Pierrot! ¿Conque fué a buscarte?
-
---Sí--le respondí.
-
---Pero, entonces, ¿cómo es dable--repuso ella--que esté enamorado de
-mí? ¿Estás seguro?
-
---¡Ahora lo estoy!--repliqué--. Él es quien, a punto de clavarme el
-puñal, se dejó vencer por el temor de afligirte; él quien te entonaba
-cánticos de amor en la glorieta del río.
-
---¡De veras!--prosiguió María con inocente sorpresa--. ¡Conque es
-tu rival! ¡Aquel tunante de las flores se ha convertido en el buen
-Pierrot! No puedo creerlo. Tenía conmigo un aire tan humilde, tan
-respetuoso, ¡más aún que cuando era esclavo! Verdad es que solía
-mirarme a veces con un aire muy extraño; pero no era más que de
-tristeza, y yo lo atribuía a mis desgracias. ¡Si supieras con qué
-apasionado ardor hablaba de mi Leopoldo! Su amistad era casi tan
-vehemente como mi amor.
-
-Estas explicaciones de María me colmaban a la vez de júbilo y de pena.
-
-Recordé con cuánta crueldad había tratado al generoso Pierrot, y sentí
-toda la fuerza de sus tiernas y mansas quejas: “¡No soy yo el ingrato!”
-
-En este mismo instante volvió a entrar Pierrot; su fisonomía tenía un
-aspecto sombrío y doloroso. Parecía como un reo que le traen del potro,
-pero que regresa triunfante. Se adelantó hacia mí con paso mesurado, y,
-señalándome al puñal que tenía en el cinto, me dijo con acento grave:
-
---Se pasó la hora.
-
---¡La hora! ¿Qué hora?--le pregunté.
-
---La que me habías concedido de plazo, porque la necesitaba para
-conducirte aquí. Entonces te supliqué que me perdonases la vida, y
-ahora imploro de ti que me la arranques.
-
-Las más dulces emociones del corazón, el amor, la amistad, la gratitud,
-se reunían en el momento mismo para destrozarme el pecho, y caí a
-los pies del esclavo sollozando amargamente, sin poder proferir una
-palabra. Él me levantó con precipitación, y
-
---Qué haces?--me dijo.
-
---Tributarte el homenaje que te mereces: ya no soy digno de una amistad
-como la tuya. Tu agradecimiento no puede llegar al colmo de perdonar mi
-ingratitud.
-
-Duró por algún tiempo en sus facciones una expresión de aspereza, y
-parecía como que estaba experimentando una violenta lucha; dió un paso
-hacia mí, y luego echóse atrás; abrió los labios y guardó silencio. Mas
-este intervalo fué breve, y extendió los brazos, diciendo:
-
---¿Puedo ahora llamarte hermano mío?
-
-No le respondí sino estrechándome contra su corazón; él añadió, tras
-una corta pausa:
-
---Tú eres bueno; pero la desdicha te había vuelto injusto.
-
---Encontré a mi hermano--le respondí--, y ya no seré por más tiempo
-desdichado; pero soy muy criminal.
-
---¡Criminal! Hermano, yo lo he sido también, y más que tú. ¡Pero tú ya
-no eres desgraciado, y yo... yo lo seré para siempre!
-
-
-
-
-XLVI
-
-
-El gozo que los primeros transportes de la amistad habían hecho brillar
-en sus mejillas se desvaneció, y su fisonomía cobró un aspecto de
-tristeza tan singular cuanto enérgico.
-
---Escúchame--dijo en tono de frialdad--: mi padre era rey en el
-Kakongo; administraba justicia a sus súbditos en el umbral de su
-morada, y a cada fallo bebía, según es costumbre de los reyes, una copa
-colmada con el vino de sus palmas. Allí vivíamos felices y poderosos.
-Pero vinieron los europeos, y me enseñaron esos fútiles adornos del
-saber que te causaron tal sorpresa. Su caudillo era un capitán español
-que le prometió a mi padre Estados más vastos y mujeres blancas; mi
-padre le siguió con toda su familia... ¡Hermano, nos vendieron!
-
-Se le hinchó al negro el pecho de cólera, y sus ojos brotaban chispas;
-tronchó maquinalmente un tierno arbolillo que estaba a su lado, y
-después continuó, sin parecer ya dirigirse a mí:
-
---El señor del país del Kakongo tuvo un dueño, y su hijo se afanó
-trabajando como esclavo en los surcos de Santo Domingo. Para domarlos
-con mayor facilidad separaron al padre anciano del león mancebo.
-Arrancaron a la esposa del lado de su esposo para sacar más ganancia
-uniéndolos con otros. Las tiernas criaturas buscaban a la madre que
-las crió a sus pechos, al padre que las bañaba en el torrente, y no
-encontraron sino a tiranos y bárbaros, y durmieron revueltas entre los
-perros.
-
-Calló, y sus labios seguían moviéndose sin hablar; sus miradas andaban
-desatentadas. Por fin me agarró del brazo con violencia.
-
---Hermano, ¿lo oyes? Me han vendido, he pasado de un dueño a otro como
-un vil animal. ¿Te acuerdas del suplicio de Ogé? Pues en aquel día
-volví a ver a mi padre, pero entre los martirios de la rueda.
-
-Yo me estremecí, y él prosiguió:
-
---¡Mi esposa la prostituyeron a los blancos! Escucha, hermano: ha
-muerto y me ha pedido venganza. ¿Te lo confesaré?--continuó titubeando
-y bajando los ojos--. He sido criminal: he amado a otra... Pero sigamos
-adelante.
-
-Todos los míos me instaban por que los libertase y me vengara; _Rask_
-era el confidente que me traía sus mensajes.
-
-Yo no podía satisfacerlos, porque también me encontraba en los
-calabozos de tu tío. El día en que obtuviste mi perdón, salí para
-arrancar a mis hijuelos de las garras de un amo feroz; llegué, hermano,
-y el postrero de los descendientes del rey del Kakongo acababa de
-expirar bajo el azote de un blanco; los otros le habían precedido en la
-misma jornada.
-
-Aquí cortó el hilo de su discurso y me preguntó con indiferencia:
-
---Hermano, ¿qué hubieras tú hecho?
-
-Este terrible cuento me había helado de horror y no pude responder a su
-pregunta sino por un gesto de amenaza. Él me comprendió, se sonrió con
-amargura y prosiguió en estos términos:
-
---Sus esclavos se levantaron contra el amo y castigaron el asesinato de
-mis hijos. Me eligieron por cabeza, y ya tú bien sabes los destrozos
-que ocasionó esta rebelión. Supe que los esclavos de tu tío se
-preparaban a seguir el ejemplo, y llegué al Acul la noche misma en que
-la insurrección se aproximaba. Tú estabas ausente; tu tío yacía en su
-lecho cosido a puñaladas; los negros iban ya incendiando las haciendas,
-y no pudiendo aplacar su furor porque creían vengarme quemando la
-morada de tu tío, hube de contentarme con salvar lo que subsistía de
-tu familia. Entré en el castillo por el boquete que tenía dispuesto,
-y entregué a los cuidados de un negro fiel a la nodriza de tu mujer.
-Más afanes pasé por salvar a tu María: había corrido hacia la parte
-incendiada de la fortaleza en busca de su hermano el más niño, único
-que escapó de la matanza, y estaba rodeada de negros próximos a darle
-muerte. Me presenté y les mandé que me dejaran tomar venganza por mis
-propias manos: obedecieron y se retiraron; agarré a tu mujer en los
-brazos, confié el niño a _Rask_ y los conduje a entrambos a esta gruta,
-de cuya existencia y sendero era sabedor yo solo. Hermano, he aquí mi
-crimen.
-
-Más y más penetrado a cada vez de arrepentimiento y de gratitud, quise
-volver a arrojarme a los pies de Pierrot; pero él me contuvo, como
-ofendido.
-
---Vamos--me dijo tras un momento de silencio y agarrándome de la
-mano--; toma a tu mujer y echemos a andar los cinco.
-
-Yo le pregunté con sorpresa adónde quería conducirnos.
-
---Al campamento de los blancos--me respondió--. Este asilo ya no es
-seguro, porque mañana, al amanecer, van a atacar los blancos las
-posiciones de Biassou, y no hay duda de que incendiarán el bosque. Y,
-además, no tenemos un momento que perder, porque diez cabezas están
-pendientes de la mía; podemos darnos prisa, porque tú estás libre; lo
-debemos, porque yo no lo estoy.
-
-Tales palabras acrecentaron mi sorpresa, y le pedí aclaración.
-
---Pues qué--contestó con ademán de impaciencia--, ¿no has oído decir
-que Bug-Jargal estaba prisionero?
-
---Sí; mas ¿qué tienes tú que ver con ese Bug-Jargal?
-
-A su vez pareció sorprendido, y respondió con gravedad:
-
---Yo soy Bug-Jargal.
-
-
-
-
-XLVII
-
-
-Estaba, por decirlo así, acostumbrado a ver y oír prodigios respecto
-de aquel hombre. No sin gran extrañeza acababa de contemplar un
-minuto antes al esclavo Pierrot transformarse en monarca africano, y
-ahora llegó mi admiración a su colmo al reconocer en él al terrible y
-magnánimo Bug-Jargal, cabeza de los rebeldes de Morne-Rouge. Entonces
-comprendí de dónde provenía el homenaje que los negros todos, incluso
-el mismo Biassou, tributaban al caudillo Bug-Jargal, al rey del Kakongo.
-
-Parecía como que no observaba la impresión que en mí hicieron sus
-palabras postreras, y prosiguió hablando:
-
---Me habían dicho que también tú, por tu parte, estabas prisionero en
-el campamento de Biassou, y vine a libertarte.
-
---¿Por qué me decías, pues, que no estabas libre?
-
-Miróme como para tratar de adivinar el motivo de pregunta tan natural,
-y:
-
---Escucha--me dijo--; esta mañana estaba prisionero entre los tuyos,
-cuando oí anunciar que Biassou había declarado su intención de dar
-muerte antes de la puesta del sol a un cautivo joven llamado Leopoldo
-d’Auverney. Entonces reforzaron las guardias de mi prisión, y supe que
-mi suplicio se seguiría al tuyo, y que, en caso de evasión, diez de mis
-compañeros responderían por mí. Ya ves que estoy de prisa.
-
-Volví a detenerle, preguntando:
-
---¿Pero te has escapado?
-
---¿Pues cómo había de estar aquí? ¿No era preciso salvarte? ¿No
-te debía yo la vida? Pero, vamos, sígueme: estamos a una hora de
-distancia, tanto del campamento de los blancos cuanto del de Biassou.
-Mira: la sombra de los cocoteros se va alargando, y su cogollo aparece
-en la hierba del prado cual el enorme huevo de un cóndor. Dentro de
-tres horas, el sol se habrá ya puesto; anda, hermano, que el tiempo nos
-urge.
-
-_Dentro de tres horas, el sol se habrá puesto_; estas sencillas
-palabras me helaron de terror, cual un fúnebre espectro, porque
-me recordaron la fatal promesa que le había hecho a Biassou. ¡Ay!
-¡Volviendo a ver a María había olvidado nuestra separación próxima
-y eterna! Embriagado de júbilo, tantas emociones me arrebataron la
-memoria, ¡y no recordé la muerte en brazos del placer! Las palabras de
-mi amigo me trajeron de súbito la imagen de mi infortunio. _¡Dentro
-de tres horas, el sol se habrá puesto!_ Y necesitaba una entera para
-llegar al campamento de Biassou. Mis deberes estaban imperiosamente
-prescritos: el infame tenía mi palabra, y antes morir mil veces que
-dar a semejante bárbaro derecho para menospreciar la única cosa en
-que, al parecer, tenía aún fe: el honor de un francés. La alternativa
-era terrible, y elegí lo que elegir debía; pero habré de confesarlo,
-señores, que titubeé por un momento. ¿Fuí, acaso, tan de culpar?
-
-
-
-
-XLVIII
-
-
-Al cabo, lanzando un suspiro, agarré con una mano las de Bug-Jargal,
-y con la otra las de mi pobre María, que contemplaba con inquietud el
-sombrío aspecto de mis facciones.
-
---Bug-Jargal--dije haciendo un esfuerzo--; Bug-Jargal, hermano, te
-recomiendo la guardia del único ser en el universo a quien amo más que
-a ti: la guardia de María. ¡Volved sin mí al campamento, porque yo no
-puedo seguiros!
-
---¡Dios eterno!--exclamó María pudiendo respirar apenas--. ¡Alguna
-nueva desdicha!
-
-Bug-Jargal se había estremecido, y una dolorosa sorpresa se pintó en
-sus ojos.
-
---Hermano, ¿qué nos dices?
-
-El terror que oprimía a María a la sola idea de una desdicha que su
-previsor cariño demasiado bien parecía adivinar, me obligó a ocultarle
-la realidad y excusarle tan horrorosa despedida. Inclinéme, pues, al
-oído de Bug-Jargal y le dije en voz baja:
-
---Estoy prisionero. Le he jurado a Biassou entregarme en sus manos dos
-horas antes de terminarse el día: he prometido morir.
-
-Al oírme bramaba de cólera, y su voz cobró un acento terrible:
-
---¡Oh, monstruo! He aquí por qué me pidió hablarte en secreto para
-arrancarte esta promesa. ¡Yo debiera haberme recelado del inicuo
-Biassou! ¿Cómo no me sospeché algún acto de perfidia? ¡Oh! ¡No es
-negro, es un mulato!
-
---¿Qué significa eso? ¿Qué promesa? ¿Qué perfidia? ¿Quién es ese
-Biassou?--dijo María atemorizada.
-
---Cállate, cállate--le repetí en secreto a Bug-Jargal--; cállate, no la
-asustemos.
-
---Pero bien--me preguntó con tono sombrío--, ¿cómo consentiste en hacer
-tal promesa? ¿Por qué se la diste?
-
---Te creía ingrato, creía perdida a mi María; ¿qué me importaba el
-vivir?
-
---Pero una promesa verbal no puede obligarte con ese infame.
-
---Le empeñé mi palabra de honor.
-
-Se quedó recapacitando, como para procurar comprenderme.
-
---¡Tu palabra de honor! ¿Qué es eso? ¿Habéis bebido en la misma copa?
-¿Habéis roto entre los dos un anillo o tronchado una rama de arce con
-sus flores rojizas?
-
---No.
-
---Pues bien, ¿qué es lo que quieres decir? ¿Cómo has podido ligarte?
-
---Mi honor--le repliqué.
-
---No sé lo que eso significa; nada hay que te empeñe con Biassou: ven
-con nosotros.
-
---No puedo, hermano; lo he prometido.
-
---No, no lo has prometido--prorrumpió con arrebato.
-
-Y luego, alzando la voz:
-
---Hermana, júntate a mí e impide que tu marido nos abandone. Quiere
-volverse al campamento de los negros, de donde le he sacado, bajo
-pretexto de que le ha ofrecido morir a su caudillo, a Biassou.
-
---¿Qué has hecho?--exclamé.
-
-Pero era demasiado tarde para cortar este arranque generoso, que le
-llevaba a implorar el socorro de la mujer que amaba para salvarle la
-vida a su mismo rival, y rival favorecido. María se había lanzado a mis
-brazos con un grito de desesperación, y, colgada de mi cuello por sus
-manos entrelazadas, se dejaba caer sobre mi corazón, sin fuerza y sin
-aliento apenas.
-
---¡Oh!--decía sollozando, en voz apagada--. ¿Qué es lo que dice,
-Leopoldo mío? ¿No es verdad que me engaña y que tú, en el momento
-de reunirnos, no quieres volver a alejarte de mi lado y a separarte
-para morir? Respóndeme, o yo seré la que muera. ¡Tú no tienes derecho
-para abandonar tu vida, porque no debes sacrificar la mía! ¿Quieres
-separarte de mí para no volver jamás a verme?
-
---María--contesté--, no le creas; tengo que alejarme, es cierto, pero
-también es preciso, y nos volveremos a encontrar en otros lugares.
-
---¡En otros lugares!--prosiguió ella con espanto--. ¡En otros lugares!
-¿Adónde?...
-
---¡En el cielo!--le respondí, falto de fuerza para engañar a aquel
-ángel.
-
-Se desmayó otra vez; pero ahora era de dolor. El tiempo urgía, y yo la
-coloqué en los brazos de Bug-Jargal, cuyos ojos rebosaban en lágrimas.
-
---¿Y nada puede detenerte?--me dijo--. Nada añadiré a lo que estás
-viendo. ¿Cómo puedes resistir a María? Por una sola de las palabras
-que te ha dirigido le hubiera yo sacrificado el orbe, ¡y tú no quieres
-hacerle el sacrificio de vivir!
-
---¡El honor!--le respondí--. Adiós, hermano; adiós, Bug-Jargal; te la
-encargo.
-
-Me agarró de la mano; estaba pensativo y apenas parecía escucharme.
-
---Hermano, hay en el campamento de los blancos uno de tus parientes, y
-a ése le entregaré a María. Por lo que a mí hace, no cabe aceptar tu
-confianza.
-
-Y señaló a las cumbres de un monte vecino, cuya cima dominaba toda la
-comarca.
-
---¿Ves ese peñón? Cuando la señal de tu muerte aparezca en él, el
-pregón de la mía no tardará en resonar. Adiós.
-
-Sin hacer alto en el sentido incógnito de estas palabras, le abrazé,
-sellé con un beso la pálida frente de María, que, gracias al cuidado
-de su nodriza, empezaba a reanimarse, y eché a huir con precipitación,
-temeroso de que su primera mirada, su primer lamento, desarmasen mi
-fortaleza.
-
-
-
-
-XLIX
-
-
-Eché a huir, repito, y me lancé a través del bosque, siguiendo la
-huella que habíamos dejado y sin atreverme a volver siquiera la vista
-atrás. Como para embotar las ideas que me acosaban, corrí sin descanso
-por entre la espesura, por las praderas y por los collados, hasta que
-al fin, desde lo alto de una roca, el campamento de Biassou, con sus
-enjambres de negros, apareció ante mis ojos. Allí me detuve. Tocaba
-en el fin de mi jornada y de mi existencia. El cansancio y la emoción
-agotaron mis fuerzas; me apoyé a un tronco por sostenerme, y dejé
-espaciarse la vista por el cuadro que en la vega fatal se ostentaba a
-mis pies.
-
-Antes de aquel instante me creía haber apurado todo el cáliz de
-hiel y amargura; pero no conocía aún el mayor de los pesares: el de
-verse obligado por una fuerza moral, superior a los acaecimientos, a
-renunciar voluntariamente vivo a la vida y venturoso a la ventura.
-Pocas horas ha, ¡qué me importaba estar sobre la tierra! Yo no vivía,
-porque el extremo de la desesperación es una especie de muerte que
-nos hace desear la muerte verdadera. Pero aquella desesperación había
-desaparecido: mi perdida María había vuelto a mis brazos; mi felicidad
-difunta había, por decirlo así, de súbito resucitado; mi antiguo ser
-se había convertido en mi porvenir; mis eclipsados ensueños habían
-de nuevo brotado, y ahora más que nunca seductores; la vida, en fin,
-una vida de juventud, de amor y de delicias, me presentaba radiante la
-perspectiva de sus infinitos horizontes. Y esta florida senda de la
-vida podía comenzar a pisarla de nuevo; todo a ello me incitaba, en mi
-ánimo y en los objetos externos; ningún obstáculo material, ninguna
-traba aparente; yo era libre, dichoso, y, sin embargo, ¡me era preciso
-el morir! Apenas había estampado una vez mi huella en aquel paraíso
-de deleites, cuando no sé qué deber, ni glorioso siquiera, me forzaba
-a retroceder hacia un suplicio. La muerte es leve cosa para un alma
-marchita y helada ya por la adversidad; mas, ¡oh, cuán agudo es su
-golpe, cuán glacial es su mano cuando caen sobre un corazón que lozano
-crece, fecundado por los goces de la existencia! Yo lo probé. Por un
-instante salí del sepulcro; me había embriagado en aquel fugaz momento
-con los placeres más puros y más celestiales de la tierra: la amistad,
-la libertad, el amor; y ahora tenía de nuevo que hundirme rápidamente
-en la tumba.
-
-
-
-
-L
-
-
-Cuando la flaqueza del dolor hubo pasado, una especie de rabia se
-apoderó de mí, y corrí precipitado hacia el valle, porque sentía la
-necesidad de abreviar el trago. Me presenté en los puestos avanzados
-de los negros, y, ¡cosa extraña!, rehusaban admitirme, y aun tuve que
-rogárselo. Por fin, dos de entre ellos se apoderaron de mi persona y
-tomaron el cargo de conducirme a la estancia de Biassou.
-
-Entré, pues, en la caverna de aquel caudillo, ocupado en hacer jugar
-los muelles de varias máquinas de tormento que tenía en torno de sí. Al
-ruido que hicieron sus guardias introduciéndome, volvió la cabeza y no
-se manifestó atónito de mi presencia.
-
---¿Ves?--me dijo ostentando el horrible aparato que le rodeaba.
-
-Yo permanecí sosegado, porque conocía al “_héroe_ de la humanidad” y
-estaba resuelto a sufrirlo todo con entereza.
-
---¿No es verdad?--añadió riéndose en tono de escarnio--. ¿No es verdad
-que Leogrí fué muy afortunado en escapar con la horca?
-
-Le miré sin responder y con ademanes de frío desdén.
-
---Que le avisen al señor padre capellán--dijo él entonces, dirigiéndose
-a uno de sus ayudantes.
-
-Por un momento quedamos los dos en silencio, mirándonos cara a cara.
-Yo le observaba; él me espiaba. En este instante entró Rigaud, como
-agitado, y conferenció en secreto con el generalísimo.
-
---Que se mande aviso a todos los jefes de mi ejército--dijo Biassou con
-sosiego.
-
-Y, al cabo de un cuarto de hora, todos los jefes, con sus diversos y
-tan extraños adornos, estaban reunidos delante de la gruta. Entonces,
-Biassou se levantó.
-
---Escuchad, _amigos_; los blancos piensan atacarnos en este punto al
-amanecer, y como la posición es mala, conviene abandonarla. Pongámonos
-todos en movimiento al entrar la noche, y nos acogeremos a la
-frontera española. Tú, Macaya, llevarás la vanguardia con tus negros
-cimarrones; tú, Padrejan, clavarás las piezas tomadas a la artillería
-de Praloto, que no pueden llevarse por la montaña. Los valientes de la
-_Croix-des-Bouquets_ se pondrán en marcha detrás de Macaya. Toussaint
-irá en seguida con los negros de Leogane y de Trou. Si los griotos
-y griotas meten ruido, al verdugo del ejército se los encomiendo.
-El teniente coronel Cloud repartirá los fusiles ingleses recién
-desembarcados en el cabo Cabrón, y guiará a los mestizos ex libres por
-los senderos de la Vista. Si quedan prisioneros, que se degüellen; que
-se masquen las balas; que se envenenen las flechas, y que se arrojen
-tres toneladas de arsénico en el manantial que da abasto de agua para
-el campamento; los coloniales pensarán que es azúcar y se la beberán
-sin recelo. Los batallones del Limbé, del Dondon y del Acul marcharán
-detrás de Cloud y de Toussaint. Que se embaracen con peñas todas las
-entradas de la vega; deshaced los caminos e incendiad los bosques. Tú,
-Rigaud, quédate a mi lado, y tú, Candi, reune a mis guardias. En fin,
-los negros de Morne-Rouge formarán la retaguardia y no evacuarán el
-terreno hasta el despuntar del día.
-
-Y luego, inclinándose al oído de Rigaud, le dijo en voz baja:
-
---Son los negros de Bug-Jargal, y ¡ojalá que los exterminaran aquí!
-_Muerta la tropa, muerto el jefe._
-
---Vamos, _hermanos_--añadió incorporándose--. Candi dará el santo y la
-contraseña.
-
-Los jefes se retiraron.
-
---Mi general--dijo Rigaud--, sería menester enviar los oficios de Juan
-Francisco, porque nuestras cosas van mal y quizá podría entretenerse a
-los blancos.
-
-Biassou los sacó de prisa de su faltriquera.
-
---Tienes razón en recordármelo; pero hay tantas faltas de gramática,
-como ellos dicen, que se burlarán de nosotros.
-
-En seguida me presentó el papel.
-
---Escucha, ¿quieres salvarte la vida? Mi bondad condesciende en
-preguntárselo otra vez más a tu obstinación. Ayúdame a componer esta
-carta; yo dictaré las ideas y tú me las pondrás en _estilo blanco_.
-
-Hice con la cabeza un gesto de negativa, y aparentó impacientarse.
-
---¿Quieres decir que no?--me preguntó.
-
---No; mil veces no--le repliqué.
-
-Volvió a insistir, y me dijo:
-
---Reflexiónalo bien.
-
-Mientras tanto, sus ojos procuraban demostrarme los instrumentos del
-verdugo con que se entretenía.
-
---Porque lo he reflexionado--le contesté--, me niego a ello. Parece
-que tienes temores por ti y los tuyos y que confías en esa carta para
-retardar la venida y la venganza de los blancos. Rehuso, pues, una
-existencia que pudiera quizá servir para salvar la tuya. Manda luego
-que empiecen mis tormentos.
-
---¡Hola, _muchacho_!--respondió Biassou dando un puntapié a los
-instrumentos de tortura--. Creo que te vas familiarizando con esto, y
-de veras que siento en el alma no tener tiempo para hacer una prueba.
-Esta posición es peligrosa, y necesito salir de ella lo más pronto
-posible. ¿Conque no quieres ser mi secretario? Al cabo, no lo yerras,
-porque lo mismo te hubiera sucedido después, pues nadie puede vivir
-sabiendo un secreto de Biassou, y, además, le he dado promesa de tu
-muerte al padre capellán.
-
-Con esto se volvió al obí, que acababa de entrar en el aposento.
-
---_Bon per_, ¿está preparada su escolta? El obí hizo un gesto
-afirmativo con la cabeza.
-
---¿Habéis escogido para el servicio negros de Morne-Rouge? Son los
-únicos del ejército que no están ocupados en los preparativos de marcha.
-
-El obí respondió que sí por otra seña.
-
-Entonces Biassou me señaló la gran bandera negra en que había ya
-reparado, y que estaba en un rincón de la caverna.
-
---He aquí lo que anunciará a los tuyos que pueden darle el ascenso
-de capitán al teniente de tu compañía. Y hablando de eso, una vez
-que vienes de pasearte por el campo, ¿qué tal te han parecido estos
-contornos?
-
---He visto--le respondí con frescura--que hay árboles sobrados para
-ahorcarte a ti y a toda tu gavilla.
-
---Pues mira--replicó con un tono de burla forzado--, hay un sitio
-que sin duda no conoces, y que el bendito _bon per_ se va a tomar la
-molestia de enseñarte. Adiós, señorito capitán; memorias a Leogrí.
-
-Y luego me saludó con aquella carcajada que me recordaba el ruido de
-una serpiente de cascabel; hizo un gesto, me volvió la espalda, y los
-negros me llevaron de allí; el obí nos acompañaba con su velo echado y
-el rosario en la mano.
-
-
-
-
-LI
-
-
-Caminé entre medio de ellos sin tratar de hacer resistencia, que
-hubiera sido enteramente inútil. Subimos a la cima de un cerro situado
-a poniente de la vega, donde descansamos un breve instante, y eché
-la última mirada hacia el astro que iba a sepultarse en las ondas
-para jamás volver a alumbrar mis párpados. Los guías se levantaron, y
-bajamos a un estrecho valle, que me hubiera encantado en cualquier otro
-momento. Un torrente lo atravesaba en todo su ancho, fecundizando con
-su extrema humedad la tierra, y luego, llegado al extremo, se perdía
-en uno de aquellos azules y cristalinos lagos que con tanta frecuencia
-hermosean el interior de las cañadas de Santo Domingo. ¡Cuántas veces,
-en tiempos más felices, me había sentado, para alimentar las ilusiones
-de mi fantasía, a la orilla de aquellos deliciosos lagos en la hora
-del crepúsculo, cuando sus azuladas aguas se iban convirtiendo en un
-manto de plata, salpicado de doradas lentejuelas, donde rielaba en las
-olas el primer resplandor de los nocturnos luceros! Y pronto llegaría
-aquella hora misma; pero antes había yo de desaparecer. ¡Qué hermoso
-me pareció el valle! Allí crecían plátanos con flores de arce, de un
-vigor y lozanía prodigiosos; allí, espesas enramadas de _mauricias_,
-especie de palma que no tolera ninguna otra vegetación bajo su sombra;
-allí, palmas de dátiles; allí, magnolias, con sus enormes flores; allí,
-inmensas catalpas lucían sus recortadas y brillantes hojas entre los
-dorados racimos del ébano falso, entrelazados con las azules aureolas
-de aquella especie de madreselva silvestre que apellidan los negros
-_coalí_. Frescos cortinajes de bejucos escondían entre su verdor los
-descarnados peñascos de las vecinas laderas. El aire estaba impregnado
-de suaves olores, que por dondequiera se exhalaban de este suelo
-virgen, y formaban un delicioso aroma, cual debió respirarle el primer
-hombre entre las rosas primeras del paraíso. Así caminábamos, mientras
-tanto, por un sendero, a lo largo del torrente y contra el curso de
-sus ondas, hasta que, con sorpresa mía, terminó esta senda en un peñón
-tajado, a cuyos pies reparé una abertura en forma de arco, por donde
-brotaban las aguas. Un sordo estruendo y un viento impetuoso salían
-por aquel respiradero natural. Los negros tomaron a la izquierda, por
-un camino desigual y tortuoso, que parecía la rambla de un torrente de
-largo tiempo atrás ya seco. Una bóveda, medio cegada por las zarzas,
-acebos y espinos silvestres, que crecían y se cruzaban a su boca, se
-nos apareció entonces, y bajo la bóveda resonaba un rumor semejante al
-que despedía de sí el arco que vi en el fondo del valle. Los negros
-me empujaron adentro, y al momento de dar el primer paso por el
-subterráneo, se me acercó el obí y me dijo con extraño acento:
-
---He aquí lo que tengo ahora que vaticinarte: dos somos, y sólo uno
-volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda.
-
-Yo desdeñé responderle, y seguimos avanzando por entre las tinieblas.
-El rumor sin cesar crecía, y ya no se escuchaba el ruido de nuestros
-pasos. Supuse que sería el estrépito de una catarata, y no me engañé,
-en efecto.
-
-Después de andar diez minutos por la obscuridad, llegamos a una especie
-de terrado interior formado por la naturaleza en las mismas entrañas
-del monte. La parte principal de este terrado, labrado en forma de
-medio círculo, estaba inundado por las aguas del torrente, que se
-despedían con espantoso rugido de las venas de la montaña.
-
-Como cubierta de esta sala subterránea, la bóveda de piedra formaba
-una especie de cúpula entapizada de hiedra amarillenta, y por encima
-reinaba en casi toda su anchura una grieta, por donde penetraba la luz
-del día, y cuyo borde se coronaba de verdes arbustos, dorados en aquel
-instante por los rayos del sol, ya próximo a su ocaso.
-
-Al extremo norte del terraplén, el torrente se lanzaba con estrépito
-a un abismo, en lo hondo de cuya sima flotaban, en dudosos cambiantes
-y sin vencer la obscuridad, las vagas vislumbres que penetraban por
-la hendedura. Sobre el precipicio se inclinaba un árbol anciano, que
-mezclaba las ramas de su copa con las espumas y el rocío de la cascada,
-y asomaba sus nudosas raíces por entre las peñas, como una vara más
-abajo del borde.
-
-Aquel árbol, bañándose así las sienes en el torrente y alargando, cual
-un brazo descarnado, sus raíces a través del abismo, estaba tan desnudo
-de verdor y de hojas que no era posible conocer su especie.
-
-Ofrecía, en verdad, un fenómeno singular: sólo la humedad, que
-aspiraba sin cesar por el extremo inferior, le impedía perecer, cuando
-la violencia de la catarata tronchaba sin intermitencia los nuevos
-vástagos y le obligaba a conservar perpetuamente los mismos ramos.
-
-
-
-
-LII
-
-
-Los negros se detuvieron en este sitio, y conocí que era llegada la
-hora de morir.
-
-Entonces, próximo a la sima en donde me arrojaba un acto, por decirlo
-así, de mi libre albedrío, la imagen de la ventura, a que había breve
-espacio antes renunciado, vino a acosarme cual un pesar y casi cual un
-remordimiento. Suplicar era indigno de mí; pero dejé escapárseme una
-queja.
-
---Amigos--les dije a los negros que me rodeaban--, ¿sabéis que es cosa
-triste perecer a los veinte años, cuando se está lleno de robustez y de
-vida, cuando se goza el amor de los que amamos y cuando se dejan tras
-sí ojos que no cesarán de llorar hasta cerrarse para siempre?
-
-Una carcajada espantosa acogió mi lamento, saliendo de los labios del
-obí. Aquella especie de espíritu maligno, aquel ente impenetrable, se
-me acercó de súbito.
-
---¡Ja, ja, ja! ¿Conque sientes perder la vida? _¡Alabado sea Dios!_ Mi
-único temor era que no tuvieses miedo a la muerte.
-
-Eran la misma voz, la risa misma que tanto me habían cansado en vanas
-conjeturas.
-
---¿Quién eres, miserable?--le pregunté.
-
---Vas a saberlo--me contestó con acento terrible.
-
-Y apartando el sol de plata que le adornaba el negruzco pecho, añadió:
-
---Mira aquí.
-
-Me incliné hacia él, y en el seno velloso del obí había grabados dos
-nombres en letras blanquecinas, horribles y perpetuas señales que
-imprime un hierro ardiente en el cutis de los esclavos. Uno de estos
-nombres era el de _Effingham_; el otro, el de mi tío, el mío propio:
-_D’Auverney_. Quedé mudo de sorpresa.
-
---Pues bien, Leopoldo d’Auverney--me preguntó el obí--, ¿no te declara
-tu nombre el mío?
-
---No--repliqué, asombrado de oírme llamar así y procurando en vano
-aclarar mis recuerdos--. Esos dos nombres jamás han estado juntos sino
-en el pecho del bufón, y el pobre enano ha muerto. Además, fué fiel a
-nuestra familia; así, ¡tú no puedes ser Habibrah!
-
---¡El mismo soy!--exclamó con una voz espantosa.
-
-Y, levantando la sangrienta _gorra_, se arrancó el velo. El diforme
-rostro del enano doméstico se ofreció a mi vista; mas el aire de sandia
-alegría que le era común se había trocado en una expresión amenazadora
-y siniestra.
-
---¡Dios eterno!--prorrumpí, herido de asombro--. Pues qué, ¿todos los
-muertos reviven? Este es Habibrah, el bufón de mi tío.
-
-El enano llevó la mano al puñal, y dijo en tono sepulcral y apagado:
-
---¡Sí, su bufón y... su homicida!
-
-Retrocedí, lleno de espanto.
-
---¡Su homicida! ¡Infame! ¿Así le pagaste tantas bondades?
-
---¡Bondades! Ultrajes, dirás--me respondió interrumpiéndome.
-
---¿Y tú, infame--proseguí--; tú fuiste quien le dió el golpe mortal?
-
---¡Sí, yo fuí!--replicó, dando una horrible expresión a sus
-facciones--. ¡Yo le clavé el cuchillo tan hondo en el corazón, que
-apenas tuvo tiempo de salir de los brazos del sueño para caer en los de
-la muerte! Clamó en voz débil: “Habibrah, ven”, y ya estaba Habibrah a
-su cabecera.
-
-Su atroz relación, su aún más atroz serenidad, me horrorizaron.
-
---¡Vil! ¡Cobarde asesino! ¿Así habías olvidado los favores que a ti
-solo te dispensaba? Tú, que comías junto a su mesa, que dormías junto a
-su lecho...
-
---¡Como un perro!--dijo Habibrah con ímpetu--. ¡Sí, _como un perro_!
-¡Ah, demasiado me acuerdo de tales favores, que eran otras tantas
-afrentas! Pero me vengué de él, y ahora voy a vengarme de ti.
-Escúchame. ¿Te imaginas acaso que porque sea mulato, enano y feo, no
-soy yo un hombre? ¡Ah! También tengo un alma, y un alma más enérgica
-y más grandiosa que esa alma de tímida doncella que voy a arrancarte
-ahora del cuerpo. Me dieron de regalo a tu tío como un mico, y yo
-servía para sus placeres y para dar pábulo a su desprecio. Me quería,
-sí, ya lo has dicho. Ocupaba yo un lugar en su corazón entre su mona y
-su papagayo, ¡hasta que me abrí otro hueco más espacioso con mi puñal!
-
-Yo me estremecí al escuchar tales palabras, y el enano prosiguió:
-
---¡Sí, yo soy, yo mismo: mírame bien a la cara, Leopoldo d’Auverney!
-Bastantes veces reíste de mí, y ahora puede haber llegado la hora de
-estremecerte. Y dime: ¿tú me recuerdas la vergonzosa predilección
-de tu tío hacia el ente a quien llamaba su bufón? _¡Bon Giu!_ ¡Qué
-predilección! Si entraba en vuestro aposento, me acogían mil risas
-desdeñosas: mi estatura, mi deformidad, mis facciones, mi ridículo
-ropaje, todo, hasta las lastimosas debilidades de mi naturaleza, todo
-era objeto de escarnio y mofa para tu execrable tío y sus execrables
-amigos. Y a mí, ni siquiera me era lícito callarme. _¡Oh, rabia!_
-¡Tenía que mezclar mi risa con las carcajadas que yo excitaba!
-Respóndeme, ¿crees tú que humillaciones semejantes sean un título al
-agradecimiento de criatura alguna humana? ¿No confiesas tú que tanto
-valen como los tormentos de los otros esclavos, como el trabajar sin
-descanso, los ardores del sol, las argollas de hierro y el látigo de
-los capataces? ¿No te imaginas que alcanzan para hacer brotar en el
-corazón de un hombre las simientes de un odio ardiente, implacable,
-eterno, como el sello de infamia que mancilla mi seno? ¡Oh!, para
-tamaño padecer, ¡cuán breve y fugaz fué mi venganza! ¡Oh! ¡Y por qué
-no pude hacerle padecer a mi odioso tirano cuantos tormentos renacían
-para mí a cada hora de cada día que volaba! ¡Por qué no pudo, antes
-de morir, conocer la amargura del orgullo herido y sentir cuán
-abrasadora huella dejan las lágrimas de vergüenza y despecho en un
-rostro condenado a perpetua risa! ¡Ay, y cuán duro es haber estado
-aguardando por tan largo espacio la hora del castigo, y contentarse al
-cabo con una puñalada! ¡Si siquiera hubiese podido saber cuál brazo le
-hería! Pero tenía demasiado anhelo por escuchar su postrer estertor,
-y le clavé demasiado pronto el cuchillo; murió sin conocerme, y el
-ímpetu de mi furor dejó burlada mi venganza. Esta vez, al menos, será
-más completa. Tú me ves, y bien, ¿no es cierto? Verdad que te costará
-trabajo distinguirme bajo el nuevo aspecto en que me presento a tus
-ojos. Siempre me habías visto risueño y satisfecho, y ahora, que
-nada le impide a mi alma retratarse en mis facciones, en nada debo
-asemejarme. Tú no me conocías sino de máscara: ¡he aquí mi rostro!
-
-Y era espantoso.
-
---¡Monstruo!--exclamé--. ¡Te equivocas! ¡Aún queda algo del saltimbanco
-en la atroz fealdad de tu semblante y de tu alma!
-
---¡No hables de atrocidad!--me dijo Habibrah--. Recuerda las crueldades
-de tu tío.
-
---¡Infame!--le contesté indignado--. Aun cuando fuese cruel, ¿éralo,
-por ventura, contigo? Te condueles de la suerte de los infelices
-esclavos; pues ¿por qué ejercías contra tus hermanos el influjo que te
-daba la debilidad hacia ti de tu señor? ¿Por qué no trataste jamás de
-ablandarle en sus arrebatos ni de interceder por los tuyos?
-
---¿Ablandarle? Mucho lo hubiera llorado. ¿Impedirle yo a un blanco que
-se manchara de un crimen? ¡Oh, no, no, a buen seguro! Al contrario,
-le incitaba a redoblar sus malos tratamientos hacia los esclavos,
-para adelantar la hora de la rebelión, para que el exceso de opresión
-provocase al fin la venganza. Aparentando injuriar a mis hermanos, los
-favorecía.
-
-Me quedé atónito al contemplar tan profunda combinación, hija del odio.
-
---Pues bien--añadió el enano--: ¿te parece que he sabido calcular y
-llevar a cabo? ¿Qué juzgas del necio Habibrah, del bufón de tu tío?
-
---Acaba lo que tan bien empezaste--le respondí--. Mátame, pero date
-prisa.
-
-Se puso a pasear por el terrado, restregándose las manos de gozo.
-
---¿Y si no quiero darme prisa? ¿Y si busco saborear a mi despacio
-tus angustias? Mira: cuando te vi prisionero en el campamento de los
-negros, me debía Biassou toda mi parte de botín en el último saqueo, y
-yo no le pedí en pago sino tu vida. Me la concedió gustoso, y ahora me
-pertenece y me entretengo en jugar con ella. No te apures, que pronto
-irás a hacer compañía a las ondas de la cascada en lo profundo de ese
-abismo; pero antes tengo que darte una nueva. He descubierto el asilo
-en que se hallaba escondida tu mujer, y hoy le he sugerido a Biassou la
-idea de incendiar el bosque, que estará ya ardiendo. Así, tu familia
-yace aniquilada. Tu tío pereció a hierro, tú vas a morir en el agua y
-tu María a perecer en el fuego.
-
---¡Infame, infame!--exclamé, haciendo ademán de arrojarme sobre él.
-
-Entonces se volvió a los negros, diciendo:
-
---¡Atadle, pues se adelanta a sí mismo su hora!
-
-Empezaron luego los negros a atarme en silencio, con cuerdas que traían
-prevenidas, cuando de repente se me figuró oír los ladridos lejanos
-de un perro, si bien achaqué el ruido a una ilusión nacida del rugir
-de la cascada. Los negros acabaron de atarme y me acercaron al borde
-de la sima en que iba a hundirme; el enano, con los brazos cruzados,
-me contemplaba rebosando en gozo y triunfo su hórrido semblante, y yo
-levanté los ojos a la grieta en el techo de la caverna para evitar su
-odiosa presencia y para ver por una vez aún la luz pura del cielo. En
-este instante mismo resonó un ladrido más fuerte y más distinto, y la
-enorme cabeza de _Rask_ apareció por la hendedura. Me estremecí; el
-enano gritó:
-
---¡Vamos!
-
-Y los negros, que no habían hecho alto en el ladrido, se prepararon a
-lanzarme en el abismo...
-
-
-
-
-LIII
-
-
---¡Camaradas!--clamó una voz de trueno.
-
-Todos se volvieron: era Bug-Jargal, de pie, erguido al borde de la
-grieta, con una pluma roja ondeándole en la frente.
-
---¡Camaradas!--repitió--. ¡Deteneos!
-
-Los negros se postraron, y él prosiguió:
-
---Yo soy Bug-Jargal.
-
-Los negros golpearon el polvo con sus frentes, lanzando gritos cuyo
-intento y significado era difícil en extremo discernir.
-
---¡Desatad al preso!--gritó el caudillo.
-
-Entonces el enano pareció despertar del estupor en que le había sumido
-tan súbita e inesperada aparición, y detuvo con empeño el brazo de los
-negros, próximos a cortar mis ligaduras.
-
---¿Cómo?--exclamó--. _¿Qué quiere decir eso?_
-
-Y luego, alzando la cabeza hacia Bug-Jargal, le preguntó:
-
---Caudillo de Morne-Rouge, ¿qué te conduce a este lugar?
-
-Bug-Jargal respondió:
-
---Vengo a dar órdenes a mis hermanos.
-
---En efecto--dijo el enano con rabia reconcentrada--, negros de
-Morne-Rouge son los que hay aquí. Mas ¿con qué derecho--añadió--vienes
-a dictar órdenes sobre mi prisionero?
-
-El caudillo repitió:
-
---Yo soy Bug-Jargal.
-
-Y los negros golpearon con sus frentes el pavimento.
-
---Bug-Jargal--repuso Habibrah--no puede deshacer lo que Biassou
-dispone. Biassou me ha regalado este blanco; yo quiero que muera, y
-morirá. _Vosotros_--dijo volviéndose a los negros--obedecedme. Lanzadle
-en el abismo.
-
-A la voz poderosa del obí se incorporaron los negros y dieron un paso
-adelante; en aquel instante vi segura la muerte.
-
---¡Soltad al preso!--exclamó Bug-Jargal.
-
-Y con la rapidez de un relámpago me encontré libre. Mi sorpresa era
-igual a la rabia del obí, que quiso abalanzárseme, pero los negros le
-detuvieron. Entonces desahogó su encono en imprecaciones y amenazas.
-
---_¡Demonio! ¡Rabia! ¡Infierno de mi alma!_ Pues qué, infames,
-¿rehusáis obedecerme, desconocéis mi _voz_? ¡Para qué perdería yo el
-_tiempo_ en hablar con este _maldito_! ¡Debiera haberle arrojado sin
-demora a los peces del _báratro_! Por apetecer una venganza completa,
-¡la pierdo toda! _¡Oh, rabia de Satanás! Escuchadme vosotros_: Si
-no me obedecéis, si no lanzáis a lo hondo de la sima a este blanco
-execrable, yo os hecho mi maldición. El cabello se os volverá blanco;
-los mosquitos y las cucarachas os devorarán en vida; las piernas y los
-brazos se os troncharán como endebles juncos; el aliento os quemará
-la garganta como arena abrasada; os moriréis luego, y después de la
-muerte vuestras almas estarán condenadas a dar vueltas sin descanso a
-una piedra de molino, tamaña cual un monte, allá en la luna, donde hace
-mucho frío.
-
-Semejante escena produjo sobre mí un singular efecto. Unico de mi
-especie en aquella gruta húmeda y sombría, rodeado de aquellos negros,
-que se asemejaban a los demonios; suspendido, por decirlo así, sobre
-un abismo sin fondo; ya amenazado por aquel espantoso enano, cuyos
-extravagantes ropajes apenas podían distinguirse a los inciertos
-reflejos de la luz; ya protegido por aquel otro negro gigante, que
-asomaba en el solo resquicio por donde me era dado descubrir el cielo,
-me parecía estar a las puertas del infierno, aguardando incierto la
-pérdida o la salvación de mi alma y asistiendo a una lucha encarnizada
-entre mi ángel protector y el espíritu maligno.
-
-Los negros se veían amedrentados con las maldiciones del obí, y,
-queriendo aprovecharse de su incertidumbre, exclamó:
-
---¡Quiero que muera este blanco! ¡Me obedeceréis, y morirá!
-
-Bug-Jargal respondió con majestad:
-
---¡El blanco ha de vivir! Yo soy Bug-Jargal; mi padre era rey en la
-tierra de los Kakongos y administraba justicia en el umbral de su
-morada.
-
-Los negros volvieron a postrarse en tierra, y su caudillo prosiguió:
-
---Hermanos, id y decidle a Biassou que no enarbole en la cumbre del
-monte la bandera negra que ha de anunciar a los blancos la muerte de
-este mismo cautivo, porque este cautivo le ha salvado la existencia a
-Bug-Jargal y Bug-Jargal quiere que viva.
-
-Entonces se incorporaron, y Bug-Jargal arrojó su penacho en medio de
-ellos. El principal del piquete cruzó los brazos al pecho, recogió
-luego el penacho con ademanes de respeto y en seguida se alejaron sin
-proferir palabra. El obí desapareció con ellos en las tinieblas de la
-galería subterránea.
-
-No intentaré, señores, pintar la situación en que me encontraba. Clavé
-los ojos humedecidos en Pierrot, que a su vez me contemplaba con
-extrañas muestras de agradecimiento y orgullo.
-
---¡Alabado sea Dios!--dijo al cabo--. ¡Todo se ha salvado! Hermano,
-vuélvete por donde has venido, y abajo me encontrarás en el valle.
-
-Hizo un gesto con la mano y desapareció.
-
-
-
-
-LIV
-
-
-Ansioso por llegar al lugar de la cita y saber qué venturoso milagro
-había traído tan a tiempo a mi libertador, traté de salir de la
-caverna; mas al efectuarlo me aguardaban nuevos peligros. En el momento
-mismo en que me dirigía hacia la galería subterránea, un imprevisto
-obstáculo salió a atajarme la entrada: Habibrah, el rencoroso obí;
-lejos de acompañar a los negros, cual habíame imaginado, estaba
-aguardando un momento más propicio para su venganza. Y ese momento
-había llegado. El enano apareció de súbito, soltando la carcajada,
-mientras yo me encontraba sin armas ni defensa; el mismo puñal que le
-servía de crucifijo brillaba entre sus manos. A su vista, di un paso
-atrás por un movimiento involuntario.
-
---¡Ja, ja, _maldito_! ¿Creías escapárteme? Pero el tonto es menos
-tonto que tú. Ahora te cogí, y esta vez no te haré esperar ni tendrá tu
-amigo Bug-Jargal que aguardarte en vano. ¡Irás a la cita en el valle,
-pero las aguas del torrente se encargarán de hacerte andar el camino!
-
-Y así diciendo, se abalanzó a mí con el puñal enarbolado.
-
---¡Monstruo!--le respondí, echándome a la espalda por el terrado--.
-Hace poco no eras más que un verdugo, y ahora eres un asesino.
-
---¡Me vengo!--replicó, rechinando los dientes.
-
-En aquel instante me hallaba a la orilla del precipicio; se tiró a
-mí con ímpetu para empujarme con una puñalada; le huí el cuerpo, y
-deslizándosele el pie por el musgo resbaladizo de que estaban cubiertos
-los húmedos peñascos, fué rodando por aquella pendiente carcomida por
-las olas. Dió un feroz aullido, invocando a los espíritus del infierno,
-y cayó en la sima.
-
-Antes he dicho que asomaban por entre las grietas de la peña, más
-abajo del borde de la orilla, las raíces de un anciano tronco. El
-enano tropezó en ellas a su caída, y el estrambótico ropaje se le
-enredó entre los nudos de la cepa, y, agarrándose a ese postrer
-sostén, se quedó asido con energía extraordinaria. El gorro puntiagudo
-se desprendió de su cabeza, tuvo que soltar el puñal, y el arma del
-asesino y la caperuza del bufón desaparecieron juntas, botando por los
-profundos rincones de la catarata.
-
-Habibrah, colgado sobre el abismo, trató primero de subir al terrado;
-pero sus brazuelos no alcanzaban al borde del tajo, y se deshacía las
-manos en impotentes esfuerzos por clavar las uñas en las peguntosas
-paredes de la sima. El desgraciado bramaba de ira.
-
-La menor sacudida por mi parte habría bastado para precipitarle; mas
-hubiese sido una vileza en que ni soñé siquiera. Esta moderación le
-admiró. Dando gracias al cielo por la salvación que me enviaba de una
-manera tan inesperada, iba ya a abandonarle a su suerte y me preparaba
-a partir de la estancia subterránea, cuando de súbito oí salir de entre
-el precipicio la voz del enano en acento de súplica y de duelo:
-
---¡Amo, mi amo!--decía--. ¡No os vayáis, por amor del cielo! ¡No
-dejéis, en nombre del _bon Giu_, perecer impenitente y culpado a un
-ente humano a quien podéis salvar! ¡Ay! Las fuerzas me flaquean, la
-raíz se cimbrea y resbala entre mis manos, el peso del cuerpo me
-arrastra tras sí; tengo que soltarla o se va a tronchar... ¡Ay, amo
-mío! El horrendo pozo hierve bajo mis pies. _¡Santo nombre de Dios!_
-¿No tendréis compasión del pobre bufón? Es muy malo; pero ¿no querréis
-demostrarle que los blancos son mejores que los mulatos, los amos que
-los esclavos?
-
-Me acerqué al precipicio, casi conmovido, y la opaca luz que se dejaba
-caer por la hendedura me enseñó en el repugnante rostro del enano una
-expresión que aun me era allí desconocida: la del ruego y el quebranto.
-
---_Señor_ Leopoldo--prosiguió, alentado por un movimiento de lástima
-que no pude contener--, ¿será posible que cualquier persona humana
-contemple a su semejante en tan horrible posición y que, pudiendo
-socorrerle, no lo haga? ¡Ay, amo mío, alargadme la mano! Con un poco de
-ayuda bastará para salvarme. ¡Lo que pido es todo para mí y tan poca
-cosa para vos! Tirad de mí, por piedad, y mi agradecimiento se igualará
-a mis crímenes...
-
---¡Desgraciado!--le interrumpí diciendo--. ¿Cómo me traes tal recuerdo
-a la memoria?
-
---Para aborrecerlo, amo mío. ¡Ah, sed más generoso que yo! ¡El cielo
-me ampare, que fallezco! ¡Que caigo! ¡Ay, _desdichado_! ¡La mano! ¡La
-mano! ¡Alargadme la mano, por la madre que os crió a sus pechos!
-
-No alcanzaré a pintar cuán lamentables eran aquellos gritos de dolor
-y de angustia. Todo lo olvidé: no era ya a mis ojos un enemigo, un
-traidor, un asesino, sino un infeliz a quien un ligero esfuerzo de
-mi parte podía arrancar de una muerte espantosa. ¡Me suplicaba tan
-lastimeramente! Cualquier palabra, cualquier reprensión, hubiera sido
-inútil y ridícula; tan urgente se mostraba la necesidad del socorro. Me
-incliné, pues, y arrodillándome al borde del precipicio, con una de mis
-manos apoyada en el mismo tronco cuyas raíces sostenían al desgraciado
-Habibrah, le alargué la otra... En cuanto estuvo a su alcance se asió
-a ella; la agarró con entrambas las suyas y con fuerza prodigiosa, y,
-lejos de prestarse al movimiento de ascenso que traté de ofrecerle,
-sentí que procuraba arrastrarme consigo al abismo. Si el tronco del
-árbol no me hubiese prestado tan sólido punto de apoyo, sin duda
-alguna me hubiese arrancado de la orilla la violenta cuanto inesperada
-sacudida de aquel malvado.
-
---¿Qué intentas hacer, vil?--exclamé.
-
---¡Vengarme!--repitió con estrepitosas e infernales carcajadas--. ¡Ah,
-te cogí al cabo! ¡Necio! ¡Tú mismo te entregaste! ¡Te cogí! Estabas
-en salvo y yo perdido, y por tu capricho te metes de nuevo en la boca
-del caimán porque lloró después de haber bramado! ¡Heme ya consolado,
-puesto que mi muerte es una venganza! Te cogí en el lazo, _amigo_, y
-tendré un compañero humano entre los peces de la sima.
-
---¡Ah, traidor!--le dije, esforzándome para resistir a su impulso--.
-¿Así me pagas haberte querido sacar del peligro!
-
---Sí--me respondió--. Sé que con tu ayuda hubiera podido salvarme; pero
-mejor quiero que perezcas conmigo. ¡Antes que mi vida, deseo tu muerte!
-Ven.
-
-Y, al mismo tiempo, ambas sus parduzcas y nervudas manos se crispaban
-y adherían a las mías con esfuerzos inauditos; le chispeaban los
-ojos y arrojaba espuma por la boca; las fuerzas, de cuya pérdida se
-lamentaba, le volvieron exaltadas por el ímpetu de la cólera y la
-venganza; apoyaba las rodillas como dos palancas contra los muros
-perpendiculares de las rocas, y brincaba cual un tigre sobre la raíz,
-que, enredada en su ropaje, le sostenía a pesar suyo, porque hubiera
-deseado romperla y con el lleno de su peso arrastrarme más pronto.
-Parecía cual el maligno espíritu de aquella caverna luchando por atraer
-una víctima al profundo abismo de su tenebrosa morada.
-
-Por fortuna, se me encajó la rodilla en un hueco de la peña; mi brazo
-estaba cual clavado al árbol que me servía de apoyo, y luchaba contra
-los esfuerzos del enano con toda aquella energía que puede inspirar
-el instinto de la propia conservación en momentos tales. De vez en
-cuando tomaba penosamente aliento y gritaba con toda la fuerza de mis
-fatigados pulmones:
-
---¡Bug-Jargal!
-
-Pero el bramido de la cascada y su lejanía me daban muy cortas
-esperanzas de que mi voz pudiese alcanzarle.
-
-Mientras tanto, el enano, que no creía hallarse con tal resistencia,
-redoblaba sus frenéticas sacudidas, y ya empezaba yo a decaer de mi
-vigor, aun cuando esta lucha duró mucho menos tiempo del que tardo
-en contarla. Una insoportable tirantez me adormecía el brazo; se me
-anublaba la vista; lívidas y dudosas vislumbres cruzaban por delante de
-mis ojos; zumbábanme los oídos; oía crujir la raíz, próxima a romperse;
-oía reír el monstruo, próximo a precipitarse, y parecíame cual si los
-remolinos de la sima se fueran acercando, ansiosos de tragarme entre
-sus ondas.
-
-Antes, empero, de abandonarme al cansancio y a la desesperación, tenté
-el último esfuerzo, y recogiendo el resto de mis agotadas fuerzas,
-clamé por otra vez aún:
-
---¡Bug-Jargal!
-
-Un ladrido me dió respuesta... Conocí a _Rask_... Alcé los ojos, y
-Bug-Jargal y su perro estaban en el borde de la grieta. Ignoro si oyó
-mis clamores o si algún temor secreto le hizo volver; pero viendo mi
-peligro, me gritó:
-
---¡Sostente!
-
-Habibrah, que temía mi salvación, me dijo a su vez, lleno de rabia:
-
---¡Ven, vente conmigo!
-
-Y reunió todo el resto de su vigor sobrenatural, a fin de apresurar el
-desenlace. En este instante mismo, el brazo fatigado se me desprendió
-del tronco, y no quedaba ya recurso contra mi suerte, cuando me
-sentí asir por la espalda. Era _Rask_, que a una seña de su amo
-había saltado de la hendedura a la caverna y me tenía agarrado con
-violencia por el cuello del vestido. Este inesperado socorro me salvó.
-Habibrah había agotado todo su vigor en aquel esfuerzo postrero, y yo
-recobré el suficiente para desasirme de sus manos. Sus dedos, tiesos
-y adormecidos, tuvieron al fin que soltar la presa; la raíz, por tan
-largo tiempo sacudida, cedió al cabo a su peso, y mientras _Rask_ me
-arrastraba hacia atrás con ímpetu, el vil enano se precipitó entre los
-copos de espuma de la lóbrega cascada, lanzándome una maldición que no
-alcancé a oír, y que fué a perderse, cual su cuerpo, en los recónditos
-senos del abismo. Tal fué la suerte del bufón de mi tío.
-
-
-
-
-LV
-
-
-Tan espantosa escena, tan desesperada lucha, tan terrible desenlace, me
-habían postrado, y quedé casi sin fuerza y sin conocimiento. La voz de
-Bug-Jargal me reanimó.
-
---Hermano--me dijo--, date prisa a salir de ahí, que dentro de media
-hora se habrá hundido el sol en el horizonte. Abajo voy a esperarte, y
-tú deja que _Rask_ te sirva de guía.
-
-Estas amistosas palabras me infundieron a la vez esperanzas, vigor y
-ánimo. Incorporéme, y siguiendo los ladridos del perro por entre la
-obscuridad de la bóveda subterránea, empecé luego a ver despuntar la
-luz del cielo, y llegados en fin a la boca de la cueva, respiré con
-desembarazo el aire libre. Al salir de aquel paso tenebroso, recordé
-la profecía del enano en el momento de entrar: _Dos somos, y uno solo
-volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda_. ¡Sus esperanzas
-habían quedado burladas; su vaticinio solo había salido verdadero!
-
-
-
-
-LVI
-
-
-Llegado al valle, encontré a Bug-Jargal, y, arrojándome en sus brazos,
-me quedé oprimido de tan violentas sensaciones, con mil preguntas que
-dirigirle y sin poder proferir un solo acento.
-
---Escucha--me dijo--: tu mujer y mi hermana están en salvo. La entregué
-en el campamento de los blancos a uno de tus parientes que mandaba las
-avanzadas, y también quise darme por prisionero, no fuese que inmolasen
-las diez cabezas que en rehenes responden de la mía. Tu pariente me
-aconsejó que huyera y procurara impedir tu suplicio, seguro de que los
-diez negros no serían ajusticiados, a menos que tú lo fueses, lo que
-debía anunciar Biassou enarbolando una bandera negra en el pico más
-elevado de nuestras montañas. Eché entonces a correr, _Rask_ me sirvió
-de guía, y, gracias sean dadas al cielo, aun pude llegar a tiempo. Tú
-vivirás y yo también viviré.
-
-Me alargó la mano y añadió:
-
---Hermano, ¿estás satisfecho?
-
-Le estreché de nuevo en mis brazos, le rogué que no se separara jamás
-de mí, que permaneciera entre los blancos, y le ofrecí un grado en el
-ejército colonial. Aquí me interrumpió, diciendo con aire feroz:
-
---Hermano, ¿te he propuesto yo acaso que te alistes entre los míos?
-
-Callé, conociendo mi yerro, y él prosiguió en tono festivo:
-
---Anda, vamos pronto a ver y a consolar a tu mujer.
-
-Semejante propuesta respondía a una necesidad imperiosa de mi alma; me
-levanté, pues, embriagado de júbilo, y empezamos a caminar. El negro,
-que conocía la senda, iba delante; _Rask_ nos seguía...
-
-Aquí se detuvo D’Auverney, y echó una mirada lúgubre en derredor; le
-corría el sudor a gruesas gotas por la frente y se cubrió el rostro
-entre ambas manos. _Rask_ le estaba mirando con desasosiego.
-
---Sí, asimismo me mirabas...--pronunció con voz apagada.
-
-Y un minuto después, levantándose con ímpetu, se salió de la tienda; el
-sargento y el perro le fueron en seguimiento.
-
-
-
-
-LVII
-
-
---Apostaría--dijo Enrique--a que nos acercamos al desenlace. De veras
-que sentiría cualquier desgracia de Bug-Jargal, que era un hombre de
-prueba.
-
-Pascual se quitó de la boca el frasco forrado en mimbres, y dijo:
-
---Doce cajas de botellas de Oporto daría yo por ver el cascarón de coco
-que se bebió de un trago.
-
-Alfredo, que estaba distraído pensando en algún acompañamiento de
-guitarra, volvió en sí, y pidiéndole a Enrique que le arreglara los
-cordones, añadió:
-
---Ese negro me interesa mucho. Solo que tengo curiosidad de
-preguntarle a D’Auverney, y no me he atrevido, si sabía la canción de
-_La hermosa de Padilla_.
-
---Más raro es aquel Biassou--prosiguió Pascual--. Su vino, sabiendo
-a pez, no debía de ser muy bueno; pero siquiera ese hombre sabía lo
-que era un francés. Si me hubiera cogido prisionero, me habría dejado
-crecer el bigote para que me adelantara en prenda unos cuantos pesos,
-como dicen que hizo aquel capitán portugués en Goa. ¡Voto a Dios, que
-mis acreedores son más duros de corazón que Biassou!
-
---Ahora que me acuerdo, capitán, allá van cuatro luises que le
-debo--dijo Enrique, alargando su bolsa a Pascual.
-
-El capitán miró atónito a este deudor generoso, que más derecho hubiese
-tenido a llamarse acreedor. Enrique se apresuró a decir:
-
---Y vamos, señores, ¿qué les parece a ustedes de la historia que nos
-cuenta el capitán?
-
---A fe mía--contestó Alfredo--, que no he puesto mucha atención; pero
-me aguardaba cosa mejor del melancólico D’Auverney. Además, hay una
-canción en prosa, y eso no me gusta. ¿A qué música puede arreglarse? En
-conclusión, la historia de Bug-Jargal me fastidia: es demasiado larga.
-
---Y mucha razón que lleva--repuso el ayudante Pascual--; es demasiado
-larga. A no ser por la pipa y el frasco, habría pasado muy mala
-noche. Y luego, reparen ustedes, caballeros, en que tiene muchísimos
-disparates. Por ejemplo: ¿quién ha de creerse que ese enanillo brujo,
-_Ahí verás_, o como se llame, quiso ahogarse por ahogar a su enemigo?
-
---Y, sobre todo, en agua, ¿no es cierto, capitán Pascual?--respondió
-Enrique de broma--. A mí lo que me dió más golpe fué reparar en cómo
-el perro cojo alzaba la cabeza a cada vez que se repetía el nombre de
-Bug-Jargal.
-
---En eso--dijo Pascual--, hacía todo al revés de las viejas de Celadas
-cuando el padre predicador mentaba a Jesucristo. Yo entré en la iglesia
-con una docena de coraceros...
-
-El ruido del centinela al presentar las armas avisó el regreso de
-D’Auverney. Todos callaron, y él continuó por algún rato paseando la
-estancia con los brazos cruzados y en silencio. Tadeo, acurrucado como
-antes en un rincón, le miraba a hurtadillas, y mientras tanto, hacía
-como si acariciase a _Rask_, a fin de que el capitán no reparase en su
-sobresalto.
-
-D’Auverney prosiguió al cabo en su relación.
-
-
-
-
-LVIII
-
-
---_Rask_ iba siguiéndonos. Ni aun la más elevada cumbre del valle lucía
-ya bañada por los rayos del sol, cuando una fugaz vislumbre de luz
-apareció en su cima y pasó luego cual súbito relámpago. El negro se
-estremeció y me apretó con violencia la mano.
-
---Escucha--dijo--.
-
-Y, en seguida, un sordo ruido, semejante al estrépito de un cañón,
-resonó en las cañadas y perdióse retumbando por los ecos del monte.
-
---¡Esa es la señal!--exclamó el negro en lúgubre acento.
-
-Y luego añadió:
-
---¿No ha sido un cañonazo?
-
-Hice con la cabeza un gesto afirmativo. Él entonces trepó en dos saltos
-a una encumbrada loma, y yo le seguí. Llegados arriba, cruzó los brazos
-y me preguntó con melancólica sonrisa:
-
---¿Lo ves?
-
-Miré hacia el punto que señalaba, y observé el elevado pico que me
-indicó en nuestra entrevista con María, único iluminado aún por los
-postreros rayos del astro del día, y en cuyo más empinado risco ondeaba
-al viento una negra bandera.
-
-Aquí, D’Auverney hizo una pausa.
-
---Después supe que Biassou, ansioso de ponerse en movimiento y
-creyéndome muerto, mandó enarbolar el estandarte sin esperar el regreso
-de mis verdugos.
-
-Allí seguía inmóvil Bug-Jargal, en pie, con los brazos cruzados y
-contemplando el lúgubre pendón. De súbito se volvió con ímpetu y dió
-algunos pasos como para bajar la ladera.
-
---¡Oh, Dios! ¡Eterno Dios! ¡Mis infelices compañeros!...
-
-Se acercó de nuevo a mí y me preguntó:
-
---¿Oíste el cañonazo?
-
-Yo no repliqué.
-
---Pues bien, hermano, era la señal convenida. Ya los sacan...
-
-E hincó la cabeza sobre el pecho; luego se me aproximó aún más,
-diciendo:
-
---Hermano, anda a buscar a tu mujer, que _Rask_ te enseñará el camino.
-
-Y se puso a silbar una canción africana; el perro entonces empezó a
-menear la cola y aparentó querer encaminarse hacia un extremo del valle.
-
-Bug-Jargal me agarró la mano e hizo un esfuerzo por sonreírse; mas era
-aquella una sonrisa convulsiva.
-
---¡Adiós!--gritó con voz de trueno.
-
-Y se lanzó a través de la enmarañada espesura de los vecinos árboles.
-
-Yo me quedé convertido en estatua, porque lo poco que comprendía me
-hacía prever mayores desdichas. _Rask_, viendo desaparecer a su amo, se
-acercó al borde de la peña, aullando con tono lastimero. En seguida se
-vino a mí con los ojos húmedos y la cola baja, me miró con desasosiego,
-se volvió hacia el punto por donde había penetrado su amo y empezó a
-ladrar repetidas veces. Le comprendí, participé de sus temores y di
-algunos pasos hacia él; entonces partió como un rayo, siguiendo las
-huellas de Bug-Jargal, y pronto le hubiese perdido de vista, aun cuando
-corría con toda la velocidad a que alcanzaban mis fuerzas, si de rato
-en rato no se hubiera detenido para darme tiempo de alcanzarle. Así
-atravesamos cañadas, y subimos collados, y cruzamos selvas, hasta que
-al fin...--
-
-Faltóle ahora a D’Auverney el aliento; la más lúgubre desesperación se
-retrató en su semblante, y consiguió apenas articular estas palabras:
-
---Prosigue, Tadeo, que yo no tengo más fuerza de ánimo que una vieja.
-
-El sargento veterano no estaba menos conmovido que el capitán; pero,
-sin embargo, trató de obedecer el mandato.
-
---Con permiso, pues que usted lo ordena, mi capitán. Ahora bien: es el
-asunto, señores oficiales, que aun cuando Bug-Jargal, llamado Pierrot,
-fuese un negrazo de muy buen genio y muy robusto y de mucho ánimo,
-y el hombre más valiente de la tierra después de usted, mi capitán,
-no dejaba yo de tenerle mucha tirria, que nunca me lo perdonaré a mí
-propio aun cuando el capitán me lo haya perdonado. Así, mi capitán,
-cuando supe que se anunciaba su muerte de usted para dentro de dos
-días, entré en un arrebato de cólera contra el pobre hombre y tuve un
-verdadero gusto infernal en anunciarle que él, o bien, a su falta, diez
-de los suyos, irían a servirle a usted de compañía, fusilados por vía
-de represalias, como se dice. A esta nueva no dijo nada, sino que dos
-horas después se escapó, haciendo un gran agujero...
-
-D’Auverney hizo un gesto de impaciencia, y Tadeo prosiguió así:
-
---¡Pues vamos! Cuando se vió la bandera en la montaña, como él no
-había vuelto--lo que, dicho sea con licencia, caballeros, nadie lo
-extrañaba--, se disparó el cañonazo de señal y me encargaron a mí que
-llevase los diez negros al sitio señalado para el suplicio, que se
-llamaba la _Boca Grande del Diablo_, a distancia del campamento como
-de... en fin, ¿qué hace al caso? Cuando llegamos allí, claro está que
-no era para darles suelta; con que los mandé atar, y estaba arreglando
-el piquete, cuando vean ustedes aquí que me encuentro con el negrazo
-saliendo del bosque. Me quedé pasmado, y él, acercándose sin aliento,
-me dijo: “Buenos días, Tadeo; a tiempo llego.” No, señores; no dijo
-nada de eso, sino que corrió a desatar a sus compatriotas. Yo allí me
-estaba, atónito, sin saber qué hacer ni qué decir. Entonces empezó una
-lucha de generosidad entre él y los negros, ¡que ojalá hubiera durado
-un poco más! No importa; sí, yo tengo la culpa de que concluyera tan
-pronto. Luego se puso él en lugar de los negros, y en aquel momento
-llegó su perrazo, ¡pobre _Rask_!, y se me abalanzó al pescuezo; ¿por
-qué no se aguantaría un poco más, mi capitán? Pero Pierrot hizo una
-seña y el pobre perro soltó presa, aunque Bug-Jargal no pudo impedir
-que se fuera a echar a sus pies. Entonces, mi capitán, yo le creía a
-usted muerto... y estaba furioso... y mandé...
-
-El sargento alargó el brazo, miró al capitán y no supo proferir la
-fatal palabra.
-
---Cayó Bug-Jargal y una bala le quebró la pata al perro... Desde
-entonces acá, caballeros--y meneaba el sargento con dolor la cabeza--,
-está cojo. Oí luego quejidos entre las matas vecinas, y cuando acudí
-le encontré a usted, mi capitán, ¡que había caído herido cuando se
-apresuraba por llegar a salvar al negro! ¡Sí, mi capitán; usted gemía,
-pero era por él! ¡Bug-Jargal había muerto! A usted, mi capitán, le
-llevamos al campamento, y su herida fué menos grave, porque curó
-gracias al cariñoso cuidado de la señorita María.
-
-Calló el sargento, y D’Auverney repitió en voz solemne y afligida:
-
---¡Bug-Jargal había muerto!
-
-Tadeo inclinó la cabeza.
-
---Sí--dijo--. ¡Me había perdonado la vida, y yo fuí quien le maté!
-
-
-
-
-NOTA
-
-
-Como los lectores tienen, por lo general, costumbre de exigir
-explicaciones terminantes sobre el paradero de cuantos personajes
-han salido a la palestra con el intento de despertar su interés, nos
-hemos dedicado, a fin de satisfacer su loable deseo, a las más activas
-pesquisas acerca de la suerte que cupo al capitán Leopoldo d’Auverney,
-a su sargento y a su perro. Quizá recordará el lector que su profunda
-tristeza dimanaba de dos causas: la muerte de Bug-Jargal, alias
-Pierrot, y la pérdida de su adorada María, quien no logró escapar de
-las llamas en el castillo de Galifet sino para perecer en breve en el
-primer incendio de la ciudad del Cabo. Por lo que al capitán toca, he
-aquí cuanto hemos averiguado:
-
-Al próximo día de una gran batalla, ganada por los soldados de
-la república francesa contra el ejército europeo, se hallaba en
-su alojamiento el general de división M..., comandante en jefe,
-redactando a solas en su tienda, y con arreglo a los apuntes de la
-plana mayor, el parte que debía dirigirse a la Convención nacional
-acerca de la victoria de la víspera. Un ayudante entró a decirle que
-el representante del pueblo, en comisión cerca de él, pedía luego
-hablarle. Aborrecía el general a esta especie de embajadores de gorro
-colorado, enviados por la Montaña a los campamentos para degradarlos y
-diezmarlos, hambrientos delatores a quienes encargaban los verdugos el
-servir de espías contra la gloria. Hubiera, sin embargo, sido peligroso
-negarse a recibir sus visitas, y hubiéralo sido más aún después de
-un triunfo, porque el ídolo sangriento de aquella época prefería las
-víctimas ilustres, y los sacrificadores de la plaza de la Revolución se
-llenaban de júbilo cuando lograban de un golpe solo echar a tierra una
-cabeza y una corona, ya fuese de espinas, como la de Luis XVI, ya de
-flores, como la de las doncellas de Verdun; ya, por fin, de laureles,
-como las de Andrés Chenier o Custines. Mandó, pues, el general que
-entrase sin demora el representante.
-
-Después de algunas enhorabuenas, ambiguas y llenas de cortapisas,
-sobre la victoria reciente de las armas republicanas, acercándose el
-representante al general, le dijo a media voz:
-
---Pero no es eso todo, ciudadano general: no basta vencer a los
-enemigos de afuera, sino que es también preciso exterminar a los
-enemigos domésticos.
-
---¿Qué queréis decir, ciudadano representante?--respondió el general,
-sorprendido.
-
---Hay en vuestro ejército--prosiguió con misterio el comisionado de la
-Convención--un capitán llamado Leopoldo d’Auverney, que sirve en el
-regimiento número 32. ¿Le conocéis, acaso?
-
---Y tanto--replicó el general--. Ahora mismo estaba leyendo el parte
-del coronel sobre ese mismo sujeto. El regimiento número 32 tenía un
-excelente capitán.
-
---¡Cómo es eso, ciudadano general!---dijo el representante del pueblo
-con altivez--. ¿Por ventura, le habéis dado algún ascenso?
-
---No negaré, ciudadano representante, que tales eran mis intenciones...
-
-En esto, el comisionado interrumpió con enojo al general.
-
---La victoria os ciega, general M... Tened cuidado con lo que hacéis
-y con lo que digáis. Si fomentáis en vuestro seno a las serpientes
-enemigas del pueblo, no extrañéis que el pueblo os aniquile al
-exterminarlas. Este Leopoldo d’Auverney es un aristócrata, un
-contrarrevolucionario, un realista, un moderado, un girondino. La
-vindicta pública le reclama, y hay que entregarle entre mis manos sin
-tardanza.
-
-El general respondió con frialdad:
-
---No puede ser.
-
---¿Que no puede ser?--repuso el comisionado, cuya ira se acrecentaba--.
-¿Ignoráis, general M..., que aquí no existen otras facultades
-ilimitadas sino las mías? ¡La república lo ordena, y vos no podéis!
-Escuchadme: en consideración a la victoria que habéis obtenido, tendré
-la condescendencia de leeros los apuntes que me han entregado acerca
-de este tal D’Auverney, y que habré de remitir a manos del fiscal
-público a la par que el preso. Es un extracto de cierta lista de
-nombres, a la que no querréis obligarme que añada el vuestro. Hela
-aquí: Leopoldo Auverney (ex-_de_), capitán en el regimiento número
-32, está convicto: _Primo_, de haber contado en un conciliábulo de
-conspiradores cierta fingida historia contrarrevolucionaria, encaminada
-a poner en ridículo los principios de igualdad y libertad y a ensalzar
-las añejas supersticiones intituladas _trono_ y _religión_; _secundo_,
-de haberse valido, para caracterizar diversos sucesos memorables,
-y entre ellos la emancipación de los _ex negros_ de Santo Domingo,
-de voces que desaprueba todo buen descamisado; _tertio_, de haber
-empleado siempre en el hilo de su discurso la palabra _señores_, y
-nunca la de _ciudadanos_; _quarto_, de haber, por fin, con dicha
-relación conspirado abiertamente para subvertir la república, a favor
-de la facción de los girondinos y los brisotistas. Por tales crímenes
-antipatrióticos merece la muerte. Ahora bien: ¿qué tenéis que decir
-a esto, general? ¿Protegeréis aún al traidor? ¿Titubearéis aún en
-entregar a este enemigo de la nación para que sufra la pena merecida?
-
---Este enemigo de la nación--replicó el general con dignidad--se ha
-sacrificado por ella--. A esos apuntes que me habéis leído contestaré
-con otros muy diferentes; escuchadme ahora a vuestro turno: Leopoldo
-d’Auverney, capitán del regimiento número 32, ha decidido la nueva
-victoria conseguida por nuestras armas. Los enemigos, coligados,
-tenían establecido un reducto formidable, que era preciso tomar, por
-ser la llave de la posición de donde pendía el éxito de la batalla.
-La muerte del primer valiente que fuera al asalto era cosa segura: el
-capitán D’Auverney se ha sacrificado. Tomó el reducto, conseguimos la
-victoria y él murió en la empresa; se han encontrado muertos también,
-a sus pies, al sargento Tadeo, del mismo regimiento, y a un perro.
-Por lo tanto, propongo a la Convención nacional que se sirva declarar
-benemérito de la patria al capitán Leopoldo d’Auverney. Ya veis,
-representante--añadió el general con calma--, la gran diferencia de
-nuestros cargos. Cada cual enviamos una lista a la Convención, y el
-mismo nombre se encuentra en ambas. Pero vos le proclamáis por traidor
-y yo por héroe; vos le consignáis a la ignominia; yo, a la gloria; vos
-le erigís un cadalso; yo, un trofeo; a cada cual su oficio. ¡Fortuna,
-sin embargo, que este valiente ha sabido escapar del suplicio que le
-teníais preparado, pereciendo en el campo de batalla! A Dios gracias,
-murió la víctima que deseabais inmolar sin querer aguardaros.
-
-El representante, furioso al ver desvanecerse su conspiración con el
-conspirador, prorrumpió entre dientes:
-
---¡Ha muerto! ¡Qué lástima!
-
-El general lo oyó, y repuso indignado:
-
---Aún os queda un arbitrio, ciudadano representante del pueblo.
-Id y buscad entre los escombros del reducto el cuerpo del capitán
-D’Auverney. ¡Quién sabe! ¡Quizá las balas de los cañones enemigos
-habrán dejado intacta para la guillotina nacional la cabeza del cadáver!
-
- (Escrito en 1826.)
-
-
-FIN
-
-
-
-
-INDICE
-
-
- _Págs._
-
- PRIMERA EDICION (enero de 1826) 9
-
- 1832 11
-
- I 13
-
- II 19
-
- III 23
-
- IV 26
-
- V 31
-
- VI 34
-
- VII 38
-
- VIII 43
-
- IX 49
-
- X 52
-
- XI 55
-
- XII 57
-
- XIII 63
-
- XIV 65
-
- XV 68
-
- XVI 71
-
- XVII 83
-
- XVIII 86
-
- XIX 88
-
- XX 91
-
- XXI 94
-
- XXII 96
-
- XXIII 98
-
- XXIV 102
-
- XXV 104
-
- XXVI 107
-
- XXVII 113
-
- XXVIII 115
-
- XXIX 124
-
- XXX 129
-
- XXXI 131
-
- XXXII 145
-
- XXXIII 148
-
- XXXIV 158
-
- XXXV 164
-
- XXXVI 170
-
- XXXVII 174
-
- XXXVIII 176
-
- XXXIX 182
-
- XL 183
-
- XLI 188
-
- XLII 192
-
- XLIII 198
-
- XLIV 202
-
- XLV 205
-
- XLVI 211
-
- XLVII 214
-
- XLVIII 217
-
- XLIX 221
-
- L 222
-
- LI 227
-
- LII 231
-
- LIII 237
-
- LIV 241
-
- LV 248
-
- LVI 248
-
- LVII 250
-
- LVIII 252
-
- NOTA 258
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-COLECCIÓN UNIVERSAL
-
-OBRAS PUBLICADAS
-
-(Julio de 1919 a enero de 1920.)
-
-
- N.° 1, 2, 3 y 4.--=Poema del Cid.= Texto y traducción por Alfonso
- Reyes.--=1,20 ptas.=
-
- N.° 5 y 6.--LOPE DE VEGA: =Fuente Ovejuna=. Comedia. Edición revisada
- por Américo Castro.--=60 cts.=
-
- N.° 7.--KANT: =La paz perpetua=. Ensayo filosófico. Traducción del
- alemán por F. Rivera Pastor.--=30 cts.=
-
- N.° 8, 9 y 10.--O. GOLDSMITH: =El Vicario de Wakefield=. Novela.
- Traducción del inglés por Felipe Villaverde.--=90 cts.=
-
- N.° 11, 12 y 13.--LA ROCHEFOUCAULD: =Memorias=. Traducción del francés
- por Cipriano de Rivas Cherif.--=90 cts.=
-
- N.° 14 y 15.--J. ORTEGA MUNILLA, de la Real Academia Española:
- =Relaciones contemporáneas=. Novelas breves.--=60 cts.=
-
- N.° 16.--P. MÉRIMÉE: =Doble error=. Novela. Traducción del francés por
- A. Sánchez Rivero.--=30 cts.=
-
- N.° 17, 18, 19 y 20.--STENDHAL: =Rojo y negro=. Novela. Tomo I.
- Traducción del francés por Enrique de Mesa.--=1,20 ptas.=
-
- N.° 21, 22, 23 y 24--STENDHAL: =Rojo y negro=. Novela. Tomo II.
- Traducción del francés por Enrique de Mesa.--=1,20 ptas.=
-
- N.° 25 y 26.--GOETHE: =Las cuitas de Werther=. Novela. Traducción del
- alemán por José Mor de Fuentes, revisada y corregida.--=60 cts.=
-
- N.° 27.--ANTONIO MACHADO: =Soledades, Galerías y otros poemas=.
- Segunda edición.--=30 cts.=
-
- N.° 28 y 29.--CERVANTES: =Novelas ejemplares=. Tomo I. “La Gitanilla”
- y “El amante liberal”.--=60 cts.=
-
- N.° 31, 32 y 33.--L. ANDREIEV: =Sachka Yegulev=. Novela. Traducción
- del ruso por N. Tasin.--=90 cts.=
-
- N.° 34 y 35.--C. CASTELLO-BRANCO: =Dos novelas del Miño=. Traducción
- del portugués por P. Blanco Suárez.--=60 cts.=
-
- N.° 36 y 37.--CICERON: =Cuestiones académicas=. Traducción del latín
- por A. Millares.--=60 cts.=
-
- N.° 38, 39 y 40.--VILLALON: =Viaje de Turquía=. Edición de A. G.
- Solalinde. Tomo I.--=90 cts.=
-
- N.° 41, 42 y 43.--VILLALON: =Viaje de Turquía=. Tomo II. Edición de A.
- G. Solalinde.--=90 cts.=
-
- N.° 44 y 45.--VLADIMIRO KOROLENKO: =El día del juicio=. Traducción del
- ruso por N. Tasin.--=60 cts.=
-
- N.° 46 y 47.--SERAFÍN ESTEBANEZ CALDERÓN “EL SOLITARIO”: =Novelas y
- cuentos=.--=60 céntimos.=
-
- N.° 48.--LEIBNITZ: =Opúsculos filosóficos=. Traducción por Manuel G.
- Morente.--=30 cts.=
-
- N.° 49, 50 y 51.--PLUTARCO: =Vidas paralelas=. Tomo I. Traducción del
- griego por Antonio Ranz Romanillos, revisada y corregida.--=90 cts.=
-
- N.° 52, 53 y 54.--ABATE PREVOST: =Manon Lescaut=. Novela. Traducción
- del francés por Enrique de Mesa.--=90 cts.=
-
- N.° 55 y 56.--RUIZ DE ALARCON: =Los pechos privilegiados=. Comedia.
- Edición cuidada por Alfonso Reyes.--=60 cts.=
-
- N.° 57.--VELEZ DE GUEVARA: =El Diablo Cojuelo=. Novela.--=30 cts.=
-
- N.° 58, 59 y 60.--GEORGE ELIOT: =Silas Marner=. Novela. Traducción del
- inglés por Isabel de Oyarzábal.--=90 cts.=
-
- N.° 61 y 62.--ALEJANDRO KUPRIN: =El Dios implacable=. Novelas.
- Traducción del ruso por N. Tasin.--=60 cts.=
-
- N.° 63, 64 y 65.--TRINDADE COELHO: =Mis amores=. Cuentos. Traducción
- del portugués por P. Blanco Suárez.--=90 cts.=
-
- N.° 66, 67 y 68.--MADAME DE STAEL: =Diez años de destierro=. Memorias.
- Traducción del francés por M. Azaña.--=90 cts.=
-
- N.° 69 y 70.--TIRSO DE MOLINA: =El condenado por desconfiado=.
- Comedia. Edición de Américo Castro.--=60 cts.=
-
- N.° 71.--KANT: =Lo bello y lo sublime=. Ensayos críticos. Traducción
- del alemán por A. Sánchez Rivero.--=30 cts.=
-
- N.° 72 y 73.--ALFREDO DE MUSSET: =Cuentos=. Tomo I. Traducción del
- francés por L. Fernández Ardavín.--=60 cts.=
-
- N.° 74 y 75.--LEOPOLDO ALAS (CLARIN): =El señor y lo demás son
- cuentos=.--=60 cts.=
-
- N.° 76 y 77.--L. STERNE: =Viaje sentimental=. Traducción del inglés,
- por Alfonso Reyes.--=60 cts.=
-
- N.° 78, 79 y 80.--C. JULIO CESAR: =Comentarios de la guerra de las
- Galias=. Traducción del latín, por D. J. Goya y Muniain, revisada y
- corregida.--=90 cts.=
-
- N.° 81 y 82.--A. CHEJOV: =La sala número seis=. Cuentos. Traducción
- del ruso por N. Tasin.--=60 cts.=
-
- N.° 83 y 84.--GARCILASO DE LA VEGA: =Poesías=.--=60 cts.=
-
- N.° 85.--C. CORNELIO TACITO: =La Germania=. Traducción del latín
- por D. Alamos Barrientes, revisada y corregida.--=Diálogo de los
- oradores.= Traducción del latín por D. C. Sixto y D. J. Ezquerra,
- revisada y corregida.--=30 cts.=
-
- N.° 86, 87 y 88.--E. ABOUT: =El rey de las montañas=. Novela.
- Traducción del francés por A. Sánchez Rivero.--=90 cts.=
-
- N.° 89 y 90.--A. CARON DE BEAUMARCHAIS: =El barbero de Sevilla=.
- Comedia. Traducción del francés por J. I. Alberti y E. López
- Alarcón.--=60 cts.=
-
- N.° 91, 92 y 93.--J. SANDEAU: =La señorita de la Seiglière=. Novela.
- Traducción del francés por Pedro Vances.--=90 cts.=
-
- N.° 94 y 95.--CERVANTES: =Novelas ejemplares=. Tomo II. “La española
- inglesa”, “Rinconete y Cortadillo”, “Licenciado Vidriera”.--=60
- céntimos.=
-
- N.° 96 y 97.--A. DE LAMARTINE: =Graziella=. Novela. Traducción del
- francés por Juan José Llovet.--=60 cts.=
-
- N.° 98, 99 y 100.--M. D’AZEGLIO: =Mis recuerdos=. Tomo I. Memorias.
- Traducción del italiano por E. de Echauri.--=90 cts.=
-
- N.° 101, 102 y 103.--M. D’AZEGLIO: =Mis recuerdos=. Tomo II. Memorias.
- Traducción del italiano por E. de Echauri.--=90 cts.=
-
- N.° 104 y 105.--L. ANDREIEV: =Los espectros=. Novelas breves.
- Traducción del ruso por N. Tasin.--=60 cts.=
-
- N.° 106, 107 y 108.--DANTE ALIGHIERI: =El Convivio=. Traducción del
- italiano por Cipriano Rivas Cherif.--=90 cts.=
-
- N.° 109.--FRANCISCO HERCZEG: =Las hermanas Gyurkovics=. Historia
- familiar. Traducción del húngaro por Andrés Révész.--=30 cts.=
-
- N.° 110, 111, 112 y 113.--JANE AUSTEN: =Persuasión=. Novela.
- Traducción del inglés por M. Ortega Gasset.--=1,20 ptas.=
-
- N.° 114 y 115.--G. FLAUBERT: =Tres cuentos=. Traducción del francés
- por Luis Bello.--=60 cts.=
-
- N.° 116, 117 y 118.--A. CARON DE BEAUMARCHAIS: =El casamiento de
- Fígaro=. Comedia. Traducción del francés por E. López Alarcón.--=90
- cts.=
-
- N.° 119 y 120.--FENELON: =La educación de las niñas=. Traducción del
- francés por María Luisa Navarro de Luzuriaga.--=60 cts.=
-
- N.° 121 y 122.--MÁXIMO GORKI: =Varenka Olesova=. Novela. Traducción
- del ruso por N. Tasin.--=60 cts.=
-
- N.° 123, 124 y 125.--M. D’AZEGLIO: =Mis recuerdos=. Tomo III y último.
- Memorias. Traducción del italiano por E. de Echauri.--=90 cts.=
-
- N.° 126 y 127.--AGUSTÍN MORETO: =El lindo don Diego=. Comedia.--=60
- cts.=
-
- N.° 128.--ROBERT FILMER: =Patriarcha o El poder natural de los Reyes=.
- Tratado político. Traducción del inglés por Pablo de Azcárate.--=30
- cts.=
-
- N.° 129 y 130.--PLUTARCO: =Vidas paralelas=. Tomo II. Traducción del
- griego por Antonio Ranz Romanillos, revisada y corregida.--=60 cts.=
-
- N.° 131, 132 y 133.--CARLOS NODIER: =El hada de las migajas=. Cuento
- fantástico. Traducción del francés por Pedro Vances.--=90 cts.=
-
- N.° 134, 135, 136 y 137.--GIOVANNI VERGA: =Los Malasangre=. Novela.
- Traducción del italiano por Cipriano Rivas Cherif.--=1,20 pesetas.=
-
- N.° 138 y 139.--CERVANTES: =Novelas ejemplares=. Tomo III. “La fuerza
- de la sangre”, “El celoso extremeño” y “La ilustre fregona”.--=60 cts.=
-
- N.° 140.--TOMAS ARNOLD: =Ensayos sobre Educación=. Traducción del
- inglés por Lorenzo Luzuriaga.--=30 cts.=
-
-
-
-
-Notas
-
-Se corrigieron errores obvios de puntuación y la ortografía. Se
-mantuvieron algunas palabras con o sin acentos como en el texto
-original cuando no se redujo la comprensión. (Obvious errors in
-punctuation and spelling were fixed. Some improperly accented words
-were left as in the original text when it did not impact comprehension.)
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK BUG-JARGAL ***
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- Bug-Jargal, by Victor Hugo&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<p style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>Bug-Jargal</span>, by Victor Hugo</p>
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
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-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>Bug-Jargal</span></p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Victor Hugo</p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Translator: D. Alcalá Galiano</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: April 12, 2022 [eBook #67819]</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p>
- <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Carlos Colon, the University of Wisconsin-Madison and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from images made available by the HathiTrust Digital Library.)</p>
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>BUG-JARGAL</span> ***</div>
-
-
-<p class="center vbig u">COLECCIÓN UNIVERSAL</p>
-
-<p class="center big"> VICTOR HUGO</p>
-<hr class="r5" />
-<h1>Bug-Jargal</h1>
-
-<p class="center small"> NOVELA</p>
-
-<p class="center small"> Traducción de D. Alcalá Galiano,<br />
- revisada y corregida.</p>
-
-<p class="center p0 p2"><span class="figcenter" id="img001">
- <img src="images/001.jpg" class="w10" alt="Publisher mark" />
-</span></p>
-
-<p class="center"> MADRID-BARCELONA<br />
- MCMXX
-</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-
-
-<p class="center">ES PROPIEDAD<br />
- Copyright by Calpe, 1920.
-</p>
-
-<hr class="r5" />
-<p class="center">Papel fabricado especialmente por <span class="smcap">La Papelera Española</span>.</p>
-</div>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_5">[Pg 5]</span></p>
-
-<p><i>“Estamos aniquilados todos”, decía Alejandro Dumas hablando del
-autor de</i> Marion Delorme; <i>y lo decía sin conocer de él más que
-este drama, estrenado en 1831, seis años después de la aparición de</i>
-Bug-Jargal.</p>
-</div>
-
-<p><i>Por entonces era ya célebre Víctor Hugo. Su popularidad fué
-creciendo tan rápidamente, que poco después desaparecían en breves
-días las copiosas ediciones de sus libros; cualquier trabajo suyo, por
-insignificante que fuera, despertaba general interés; en los últimos
-tiempos de su vida, el pedestal de su fama había alcanzado toda la
-altura que puede soñar un poeta.</i></p>
-
-<p><i>Víctor Hugo nació en 1802. Su existencia fué una lucha constante
-contra todo: contra el teatro clásico, primero; contra la política
-de su tiempo, después. Este proceder agresivo valió al gran
-novelista la hostilidad de una legión de adversarios que combatieron
-encarnizadamente sus ideas y su literatura, acusándolo de pueril y de
-ridículo. El infortunio también se cebó en él: vió morir a sus hijos,
-sufrió miserias y persecuciones, fué desterrado y escarnecido; pero
-siguió trabajando impertérrito hasta vencer todos los obstáculos que
-el Destino y la Envidia pusieron en su camino. Murió el 22 de mayo
-de 1885, cargado de años y de obras, glorificado y aplaudido por sus
-partidarios, cuyo inconsciente entusiasmo le fué, en varias ocasiones,<span class="pagenum" id="Page_6">[Pg 6]</span>
-tan perjudicial como los ataques de sus enemigos.</i></p>
-
-<p><i>Cuando compuso la novela que publicamos en este tomito, Hugo
-tenía, según él mismo nos dice, diez y seis años. Había apostado con
-unos amigos que escribiría un volumen en dos semanas. Así nació</i>
-Bug-Jargal, <i>relato basado en la insurrección de los esclavos de
-Santo Domingo, en 1791, y lleno, como todos los suyos, de vigor y de
-vida. Estaba destinado a formar parte de una obra de mayor extensión,
-que no llegó a publicar. No es ésta la única que Víctor Hugo dejó en
-proyecto; lo mismo hizo con</i> Quiquengrogne, <i>siempre prometida,
-nunca comenzada</i>.</p>
-
-<p><i>En esta novela puede verse palpablemente aquella atracción que
-nuestro país ejercía sobre el genial poeta, hija, tal vez, de las
-impresiones recibidas de pequeño durante el viaje que hizo a España en
-compañía de su padre, general del Imperio.</i></p>
-
-<p><i>Conviene notar que tiene cierto parentesco, en nuestra opinión no
-sólo físico, el deforme obí de</i> Bug-Jargal <i>con Han de Islandia,
-Quasimodo y El hombre que ríe. Víctor Hugo, como Velázquez, era
-aficionado a pintar seres monstruosos.</i></p>
-
-<p><i>El lector encontrará noticias más concretas acerca de esta novela en
-los prólogos que el autor puso al frente de su obra.</i></p>
-
-<p><i>La versión que le ofrecemos es la que en 1841 publicó D. Dionisio
-Alcalá Galiano. A pesar de que su estilo resulta algo prolijo, quizá
-por un exceso de purismo, tiene esta traducción el valor de las<span class="pagenum" id="Page_7">[Pg 7]</span> cosas
-hechas a conciencia. Se ve que Alcalá Galiano trabajó con cariño,
-esforzándose en encontrar el vocablo exacto, la frase adecuada, cosa
-que no siempre ha conseguido. A veces yerra en la interpretación de
-una palabra, emplea giros anticuados, suprime un párrafo u omite una
-nota. Hemos procurado subsanar estos ligeros descuidos y enmendar
-las numerosas erratas y faltas de ortografía de la edición de 1841
-cotejándola con el texto francés.</i></p>
-
-<p class="right">
-J. R.<br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_8">[Pg 8]</span></p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_9">[Pg 9]</span></p>
-
-<h2 class="nobreak" id="PRIMERA_EDICION">PRIMERA EDICION</h2>
-</div>
-<hr class="r5" />
-<p class="center"><span class="smcap">Enero de 1826</span></p>
-
-
-
-<p>El episodio que vais a leer, cuyo fondo está tomado de la rebelión
-de los esclavos de Santo Domingo en 1791, tiene cierto aire de
-circunstancia que hubiese bastado para que el autor no pudiera
-publicarlo. Sin embargo, habiendo sido ya impreso y distribuído un
-corto número de ejemplares de un bosquejo de este opúsculo en 1820, en
-una época en que la política del día se ocupaba muy poco de Haití, es
-evidente que si el asunto que trata ha tomado luego mayor interés, el
-autor no tiene la culpa. Los acontecimientos se han conciliado con el
-libro y no el libro con los acontecimientos.</p>
-
-<p>Sea como sea, el autor no pensaba sacar esta obra de la penumbra en que
-estaba como sepultada; pero al saber que un librero de la capital se
-proponía reimprimir su anónimo boceto, se ha creído en la obligación de
-evitar esta reimpresión poniendo él mismo al día su trabajo revisado y
-en cierto modo rehecho, precaución que ahorra una molestia a su amor
-propio de autor, y al susodicho librero una mala especulación.</p>
-
-<p>Habiendo sabido varias personas distinguidas<span class="pagenum" id="Page_10">[Pg 10]</span> que, ya como colonos, ya
-como funcionarios, estuvieron interesadas en los disturbios de Santo
-Domingo, la próxima publicación de este episodio, han tenido gusto
-en prestar espontáneamente al autor materiales tanto más preciosos
-cuanto que en su mayoría son inéditos. El autor les atestigua aquí
-su agradecimiento. Tales documentos le han sido de gran utilidad
-para rectificar lo que el relato del capitán d’Auverney presentaba
-de incompleto en lo que se refiere al color local y de falso en lo
-relativo a la verdad histórica.</p>
-
-<p>En fin, debe también advertir a los lectores que la historia de
-<i>Bug-Jargal</i> no es más que un fragmento de una obra más extensa,
-que habría de ser titulada <i lang="fr" xml:lang="fr">Contes sous la tente</i>. El autor supone
-que, durante las guerras de la revolución, varios oficiales franceses
-conciertan entre sí ocupar alternativamente las largas noches del
-vivac en el relato de alguna de sus aventuras. El episodio que aquí se
-publica formaba parte de esta serie de narraciones; puede ser separado
-sin inconveniente; además, la obra de que debía formar parte no está
-terminada, ni lo estará nunca, ni vale la pena de que lo esté.</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_11">[Pg 11]</span></p>
-
-<h2 class="nobreak" id="ch1832">1832</h2>
-</div>
-
-<hr class="r5" />
-<p>En 1818, el autor de este libro tenía diez y seis años; apostó que
-escribiría un volumen en quince días, e hizo <i>Bug-Jargal</i>. A la
-edad de diez y seis años se apuesta por todo y se improvisa sobre todo.</p>
-
-<p>Este libro ha sido, pues, escrito dos años antes que <i>Han de
-Islandia</i>. Y aunque siete años después, en 1825, el autor lo haya
-corregido y vuelto a escribir en gran parte, es, por el fondo y por
-muchos detalles, la primera obra del autor, el cual pide perdón a sus
-lectores por hablarle de cosas tan insignificantes.</p>
-
-<p>Pero ha creído que al corto número de personas que gustan de clasificar
-por orden de talla y de nacimiento las obras de un poeta, por
-obscuro que sea, no le sabría mal que le dieran a conocer la edad de
-<i>Bug-Jargal</i>; y en cuanto a él, como esos viajeros que se vuelven
-en medio del camino y tratan de descubrir en los brumosos pliegues
-del horizonte el lugar de donde salieron, ha querido dar aquí un
-recuerdo a aquella época de serenidad, de audacia y de confianza, en
-que abordaba<span class="pagenum" id="Page_12">[Pg 12]</span> de frente un tema tan inmenso: la rebelión de los negros
-de Santo Domingo en 1791, lucha de gigantes; tres mundos interesados
-en la cuestión: Europa y Africa por combatientes, América por campo de
-batalla.</p>
-
-<p class="right">
-24 de marzo de 1832.<br />
-</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_13">[Pg 13]</span></p>
-<h2 class="nobreak" id="BUG-JARGAL">BUG-JARGAL</h2>
-</div>
-<hr class="r5" />
-<h3 class="nobreak" id="I">I</h3>
-
-
-<p>Cuando le llegó su vez al capitán Leopoldo d’Auverney, se quedó un
-tanto espantado, y aseguró a la concurrencia que no sabía de ningún
-incidente de su vida que mereciese llamar la atención.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿cómo es eso, capitán&mdash;le respondió el teniente Enrique&mdash;,
-cuando ha viajado usted tanto y visto tanto el mundo? ¿No ha estado
-usted en las Antillas, en Africa, en España, qué sé yo?... Hola,
-capitán; ahí tiene usted su perro cojo.</p>
-
-<p>D’Auverney se estremeció, dejó caer el cigarro y se volvió de súbito
-hacia la entrada de la tienda de campaña, al tiempo mismo que un enorme
-perrazo venía de carrera, aunque cojeando, hacia él.</p>
-
-<p>El perro, al pasar, pisoteó el cigarro del capitán, y el capitán no
-hizo alto.</p>
-
-<p>El perro le lamió los pies, meneó la cola, ladró, saltó, dió señales
-de alegría en cuanto pudo a su manera, y luego se echó delante de sus
-pies; el capitán le acariciaba maquinalmente con la mano izquierda, y
-moviendo con la otra las carrilleras del casco, decía de vez en cuando:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_14">[Pg 14]</span></p>
-
-<p>&mdash;Vamos, <i>Rask</i>, vamos.</p>
-
-<p>Por fin, volviendo en sí, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿quién te ha traído?</p>
-
-<p>&mdash;Con licencia, mi capitán...&mdash;dijo el sargento Tadeo, que había
-levantado un poco el cortinaje de la tienda, y se mantenía en pie, con
-el brazo derecho cubierto con su capote, y las lágrimas en los ojos
-al contemplar en silencio aquella escena, copiada del desenlace de la
-<i>Odisea</i>.</p>
-
-<p>Por fin se aventuró a soltar estas palabras:</p>
-
-<p>&mdash;Con licencia, mi capitán...</p>
-
-<p>Y D’Auverney levantó la vista.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola! ¿Eres tú, Tadeo?... ¿Y cómo demonios pudiste...? ¡Pobre perro!
-Yo creía que estaba en el campamento inglés. ¿Adónde le encontraste,
-dime?</p>
-
-<p>&mdash;Gracias a Dios, mi capitán, aquí estamos todos; y yo tan contento
-como el señorito su sobrino cuando su merced le hacía decir aquella
-relación: “<i>Cornu</i>, un cuerno; <i>cornu</i>, de un cuerno...”</p>
-
-<p>&mdash;Pero, vamos, dime: ¿dónde le encontraste?</p>
-
-<p>&mdash;No le encontré, mi capitán, que le fuí a buscar.</p>
-
-<p>El capitán se puso en pie y le alargó al sargento la mano; pero, en vez
-de hacer lo mismo, el sargento se quedó con la suya metida dentro del
-capote. El capitán ni lo reparó.</p>
-
-<p>&mdash;La cosa es, mi capitán, que desde que se perdió el pobre <i>Rask</i>
-parecía, con licencia, que le faltaba a usted alguna cosa; y, hablando
-claro, la noche que no vino, como solía, a comer conmigo<span class="pagenum" id="Page_15">[Pg 15]</span> el pan de
-munición, en poco estuvo que el viejo de Tadeo no se pusiera a llorar
-como un chiquillo. Pero no, a Dios gracias, que no me han visto llorar
-sino dos veces en mi vida: la primera, cuando... el día que...&mdash;y el
-sargento miró a su amo con sobresalto&mdash;; la segunda, el día que al
-pícaro del cabo Baltasar se le ocurrió hacerme pelar un manojo de
-cebollas.</p>
-
-<p>&mdash;Se me figura, Tadeo&mdash;contestó Enrique riéndose&mdash;, que se te quedó en
-el tintero el decir por qué lloraste la primera vez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sin duda sería cuando te dió un abrazo Latour d’Auvergne, el primer
-granadero francés?&mdash;preguntó con tono afectuoso el capitán, sin parar
-de hacer caricias al perro.</p>
-
-<p>&mdash;No, mi capitán; si el sargento Tadeo pudo llorar, usted mismo debe
-confesarnos que no pudo ser sino el día que mandó <em>fuego</em> para
-Bug-Jargal, por otro nombre Pierrot.</p>
-
-<p>Todas las facciones del capitán se anublaron, y acercándose con ímpetu
-al sargento, quiso apretarle la mano; pero, a pesar de tamaño honor, no
-sacó Tadeo el brazo del capote.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, mi capitán&mdash;prosiguió, dando algunos pasos atrás, mientras
-D’Auverney le echaba una mirada dolorosa&mdash;; aquella vez lloré porque él
-lo merecía. Es verdad que era negro; pero también la pólvora es negra,
-y... y...</p>
-
-<p>El buen sargento hubiese preferido salir con honra del atolladero de su
-comparación, porque había algo que halagaba su fantasía en este símil;<span class="pagenum" id="Page_16">[Pg 16]</span>
-pero habiendo probado inútilmente a expresarse, y después de embestir,
-por decirlo así, con su idea por todos los frentes, hizo lo que hacer
-suele el general de un ejército delante de alguna fortaleza: levantó
-el sitio y continuó su jornada, sin hacer alto en la sonrisa de los
-oficiales.</p>
-
-<p>&mdash;Digo, mi capitán, ¡si hubiera usted visto al pobre negro cuando llegó
-a carrera y sin aliento, en el instante mismo que se estaban preparando
-sus diez camaradas! Había sido preciso atarlos, y yo lo hice porque
-mandaba el piquete; ¡y cuando los fué desatando uno por uno con sus
-propias manos, para ponerse en su puesto, aunque ellos se resistían!,
-¡qué firmeza! ¡Aquello era un hombre! ¡Ni el peñón de Gibraltar! ¿Y
-luego, mi capitán, cuando se mantuvo tan derecho como si fuese a entrar
-en un baile? Y cuando su perro, este mismo <i>Rask</i> que tenemos
-aquí, comprendió lo que se iba a hacer y se me abalanzó a la garganta...</p>
-
-<p>&mdash;Por lo general, Tadeo&mdash;le interrumpió el capitán&mdash;, no solías dejar
-pasar esta parte de la relación sin hacerle una fiesta a <i>Rask</i>;
-repara y cómo te mira.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene su merced razón, mi capitán&mdash;respondió Tadeo, algo cortado&mdash;;
-el pobre <i>Rask</i> me echa unos ojos que... Pero la vieja Malagrida
-me ha dicho que trae mala suerte el hacer fiestas con la mano izquierda.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, pero ¿para qué sirve la derecha?&mdash;preguntó D’Auverney
-sorprendido y reparando por la<span class="pagenum" id="Page_17">[Pg 17]</span> vez primera en el brazo envuelto entre
-el capote y en la palidez de Tadeo.</p>
-
-<p>La confusión del sargento subió de punto.</p>
-
-<p>&mdash;Con licencia, mi capitán; el caso es que... que ya tiene usted un
-perro cojo, y mucho me temo que acabe por tener un sargento manco.</p>
-
-<p>El capitán dió un salto desde su asiento.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿Qué es lo que dices, Tadeo? ¡Tú manco! Saca el brazo. ¡Manco,
-Dios mío!</p>
-
-<p>Y D’Auverney temblaba; el sargento fué desliando despacio el envoltorio
-de su capote, y enseñó, por fin, el brazo cubierto con un pañuelo
-ensangrentado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Dios mío!&mdash;tartamudeaba el capitán mientras iba levantando con
-suma precaución el lienzo&mdash;. Pero, Tadeo, explícame...</p>
-
-<p>&mdash;Una cosa muy sencilla. Ya dije que había reparado en su tristeza
-de usted desde que los malditos ingleses nos quitaron al pobre
-<i>Rask</i>, al perro de Bug. Así, esta noche me resolví a ir y
-traérmelo, aun cuando me costara el pellejo, para poder cenar con
-apetito. Por eso, después de haber recomendado a Mathelet, su asistente
-de usted, que cepillase con cuidado el uniforme de gala para la gran
-acción de mañana, me salí a la calladita del campamento, sin más
-arma que mi sable, y me metí por entre las cercas, para llegar antes
-adonde están los ingleses. Todavía no había yo llegado ni a la primer
-línea de parapetos, cuando, con licencia, mi capitán, reparé en un
-corro de casacas coloradas que estaban en un bosquecillo,<span class="pagenum" id="Page_18">[Pg 18]</span> hacia la
-izquierda. Como no hacían alto en mí, me acerqué para ver mejor, y lo
-primero que descubrí fué a <i>Rask</i>, atado a un árbol en medio de
-ellos, mientras dos milores, en cueros como los herejes, se estaban
-repartiendo sobre las costillas unos puñetazos que hacían más ruido
-que la tambora de nuestro regimiento. Eran dos señores ingleses, que
-probablemente se habían desafiado por vuestro perro; pero <i>Rask</i>,
-que me conoció, dió de repente un estrechón tal, que rompió la cuerda,
-y en un abrir y cerrar de ojos estaba el tunante corriendo tras de mí.
-Ya puede usted figurarse que los otros no se estuvieron quietos. Yo me
-zambullí entre las matas, y <i>Rask</i> siguiéndome, mientras alrededor
-de nosotros silbaba una nube de balas. <i>Rask</i> se puso a ladrar en
-respuesta; pero, por fortuna, no le pudieron oír a causa de sus gritos
-de <i lang="en" xml:lang="en">french dog</i>, <i lang="en" xml:lang="en">french dog</i>, como si el perro no fuera de
-la casta de Santo Domingo. No importa: ya habíamos saltado por encima
-de los cercados y me creía ya en salvo cuando se nos ponen delante dos
-de los colorados. Con el sable me zafé de uno de ellos, y lo mismo
-hubiera hecho con el otro, a no ser porque traía una pistola cargada
-con bala... Ahí tiene usted mi brazo derecho. Pero no importa: el
-<i lang="en" xml:lang="en">french dog</i> le saltó al pescuezo, como si fuera un amigo antiguo,
-y yo aseguro que el abrazo fué estrecho, porque el inglés vino a tierra
-degollado. ¿Para qué fué tan terco el hombre en seguirnos? Por fin,
-aquí está Tadeo de vuelta al campamento, y <i>Rask</i> con él. Mi única
-pesadumbre<span class="pagenum" id="Page_19">[Pg 19]</span> es que no quisiera Dios haberme enviado esto en la batalla
-de mañana. Conque... se acabó.</p>
-
-<p>Las facciones del veterano se entristecieron con la idea de no haber
-recibido su herida en una batalla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tadeo!&mdash;exclamó el capitán en tono irritado; y en seguida añadió con
-más blandura&mdash;: ¿A qué viene esa tontería de exponerte así por un perro?</p>
-
-<p>&mdash;No fué por un perro, mi capitán; fué por <i>Rask</i>.</p>
-
-<p>El rostro de D’Auverney se inmutó de repente, y el sargento prosiguió
-en su discurso:</p>
-
-<p>&mdash;Fué por <i>Rask</i>, por el perro de Bug...</p>
-
-<p>&mdash;Basta, basta, Tadeo&mdash;dijo el capitán, cubriéndose los ojos con una
-mano&mdash;. Vamos&mdash;añadió después de un breve silencio&mdash;, apóyate sobre mí
-y vamos al hospital.</p>
-
-<p>Después de hacer una respetuosa resistencia, obedeció Tadeo; y el
-perro, que durante toda esta escena se había entretenido, por desfogar
-su alegría, en roer la magnífica piel de oso de su amo, se levantó y
-les fué siguiendo a entrambos.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="II">II</h3>
-</div>
-
-
-<p>Este episodio había despertado en grado sumo la curiosidad de los
-bulliciosos espectadores.</p>
-
-<p>El capitán Leopoldo d’Auverney era uno de aquellos hombres que, sea
-cual fuere el escalón en<span class="pagenum" id="Page_20">[Pg 20]</span> que el acaso de la suerte o el remolino de
-la sociedad los haya colocado, inspiran siempre cierta especie de
-respeto mezclado de afecto. Quizá nada ofrecía de notable a primera
-vista: sus modales eran fríos y sus miradas indiferentes. El sol de los
-trópicos, aun cuando le tostó el cutis, no le había inspirado aquella
-viveza de gestos y palabras que suele hermanarse en los criollos con
-cierto abandono, a menudo lleno de gracia. D’Auverney hablaba poco,
-escuchaba rarísima vez y siempre se mostraba pronto a obrar. El primero
-en montar a caballo, el postrero en volver al pabellón, parecía como si
-buscase en las fatigas personales un amparo contra sus pensamientos.
-Estos pensamientos, que habían estampado su melancólica y severa
-huella en las precoces arrugas de su frente, no eran de aquella clase
-que se alivian con el desahogo de una confianza, ni eran de aquellos
-tampoco que se evaporan en una frívola conversación y se confunden
-gustosos con las ideas ajenas. Leopoldo d’Auverney, cuyo cuerpo no
-alcanzaban a rendir las penosas tareas de la guerra, manifestaba una
-aversión y cansancio inconcebibles en cuanto suele llamarse ejercicios
-de la fantasía. Huía de las disputas con tanto anhelo como buscaba
-las batallas, y si a veces se dejaba arrastrar hasta tomar parte en
-algún debate, soltaba tres o cuatro palabras llenas de grave juicio
-y profundas razones, y luego, en el momento mismo de convencer a su
-adversario, se paraba, exclamando: “¿De qué sirve...?”, y se salía
-para<span class="pagenum" id="Page_21">[Pg 21]</span> pedirle al comandante algo en que entretener el tiempo, ínterin
-llegaba la hora de la carga o del asalto.</p>
-
-<p>Sus camaradas excusaban su porte seco, reservado y taciturno, porque en
-toda ocasión le encontraban bueno, valiente y bondadoso. Había salvado
-la vida de muchos, con peligro de la suya propia, y era sabido que, si
-rara vez abría la boca, su bolsa, al menos, nunca estaba cerrada. Era
-querido en el ejército, y hasta le perdonaban el hacerse respetar, por
-decirlo así.</p>
-
-<p>Sin embargo, era aún joven: treinta años aparentaba, y en realidad
-estaba aún lejos de tenerlos. Aun cuando hacía ya algún tiempo que
-combatía en las filas republicanas, todos ignoraban sus aventuras;
-y el único ente que, aparte de <i>Rask</i>, podía arrancarle alguna
-señal de vivo interés, era el sargento veterano Tadeo, que había
-entrado a la par en el regimiento, que nunca se le separaba del lado
-y que solía contar de una manera confusa algunas circunstancias de su
-vida. Sabíase, pues, que D’Auverney había experimentado en América
-grandes desgracias, y que, casado en Santo Domingo, había perdido a
-su mujer y su familia entera entre los horrores de la revolución que
-dió por tierra con aquella magnífica colonia. En aquella época, los
-infortunios de esta clase se habían hecho tan comunes que se había
-formado una especie de fondo de compasión general, en que cada uno
-metía y sacaba su parte; de modo que si el capitán D’Auverney excitaba<span class="pagenum" id="Page_22">[Pg 22]</span>
-lástima en grado algo extraordinario, no tanto era por las pérdidas
-que había sufrido cuanto por su manera de sobrellevarlas. En efecto,
-al través de su glacial indiferencia no fuera difícil rastrear a veces
-los movimientos convulsivos que procedían de una llaga secreta, pero
-incurable.</p>
-
-<p>Así que principiaba el combate se serenaba su rostro. En la pelea se
-mostraba tan intrépido cual si aspirase a ser general; después de la
-victoria, tan modesto cual si se contentara con ser mero soldado. Sus
-camaradas, al ver semejante desdén de los grados y honores, no podían
-alcanzar por qué antes de la acción parecía desear algo con ansia, y no
-comprendían que, de todos los azares de la guerra, la muerte tan sólo
-era lo que D’Auverney apetecía.</p>
-
-<p>Los representantes del pueblo en el ejército le nombraron un día jefe
-de batallón sobre el campo de batalla; pero rehusó admitirlo porque,
-saliendo de la compañía, le hubiera sido forzoso separarse del sargento
-Tadeo. Algunos días después se ofreció de voluntario para el mando de
-una expedición arriesgada, de donde regresó en salvo contra la creencia
-general y contra sus propios deseos. Entonces se le oyó arrepentirse
-de no haber aceptado el grado ofrecido, porque “los cañones
-enemigos&mdash;decía&mdash;siempre me respetan; y la guillotina, que hiere a
-cuantos descuellan sobre el común nivel, quizá se hubiese acordado de
-mí”.</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_23">[Pg 23]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="III">III</h3>
-</div>
-
-
-<p>Tal era el carácter del personaje, sobre el cual, al salir de la
-tienda, se entabló la conversación siguiente:</p>
-
-<p>&mdash;Apostaría&mdash;dijo el teniente Enrique, limpiándose sus botas de
-tafilete encarnado, que el perro manchó de lodo al pasar&mdash;, apostaría a
-que el capitán no daba la pata coja de su perro por aquella docena de
-canastas de vino de Madera que vimos el otro día en los furgones del
-general...</p>
-
-<p>&mdash;Vaya, vaya&mdash;contestó de broma el ayudante de campo Pascual&mdash;; eso
-sería mal negocio, porque las canastas no tienen a la hora esta nada
-dentro, que yo puedo dar testimonio. Por consiguiente&mdash;añadió con suma
-seriedad&mdash;, ustedes convendrán en que treinta botellas vacías no valen
-la pata del perro, que al fin y al cabo pudiera muy bien servir para
-mango de un cordón de campanilla.</p>
-
-<p>El auditorio soltó la risa por el tono solemne con que el ayudante
-pronunció las últimas palabras; pero Alfredo, el oficial de húsares,
-único que no participó de la broma, tomó un aire de descontento.</p>
-
-<p>&mdash;No veo, señores&mdash;dijo&mdash;, qué motivo de risa hay en lo que acaba
-de pasar. Este perro y este sargento, que andan siempre pegados a
-D’Auverney desde que le conozco, me parecen muy capaces de excitar
-interés. Por fin, esta escena...&mdash;Pascual,<span class="pagenum" id="Page_24">[Pg 24]</span> picado tanto de la seriedad
-de Alfredo cuanto de la burla de los restantes, le interrumpió diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Eso sí: la escena es muy sentimental; pues vaya, ¡encontrar un
-perro y quebrarse el brazo!...</p>
-
-<p>&mdash;Capitán Pascual, se equivoca usted&mdash;le respondió Enrique, arrojando
-fuera de la tienda la botella que acababa de vaciar&mdash;; ese Bug, por
-otro nombre Pierrot, me tiene en mucha curiosidad.</p>
-
-<p>Pascual, que iba a enfadarse de veras, se apaciguó reparando en que le
-habían llenado el vaso, y en esto entró D’Auverney y se fué a sentar
-en su antiguo puesto, sin pronunciar palabra; estaba pensativo, pero
-con el semblante menos agitado, y tan distraído, que nada oía de cuanto
-hablaban alrededor suyo. <i>Rask</i>, que le acompañaba, se echó a sus
-pies, mirándole con sobresalto.</p>
-
-<p>&mdash;Mire usted su vaso, capitán D’Auverney; y pruebe éste, que es de lo...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! A Dios gracias&mdash;contestó el capitán, figurándosele que acertaba
-en responder a Pascual&mdash;, la herida no es peligrosa, porque el hueso
-está sano.</p>
-
-<p>Sólo el respeto involuntario que inspiraba el capitán a todos sus
-compañeros contuvo la carcajada que ya asomaba entre los labios de
-Enrique.</p>
-
-<p>&mdash;Puesto que ya se ha sosegado usted en lo que toca a Tadeo&mdash;dijo
-conteniéndose&mdash;, y que nos hemos convenido en contar cada cual nuestras
-aventuras<span class="pagenum" id="Page_25">[Pg 25]</span> para distraer esta noche de vivac, espero, querido, que
-cumplirá usted su empeño contándonos la historia del perro cojo y la de
-Bug... qué sé yo cuántos, aquel peñón de Gibraltar.</p>
-
-<p>A esta pregunta, hecha en tono medio serio, medio de broma, no hubiera
-respondido D’Auverney si todos los demás concurrentes no hubiesen
-reunido sus instancias a las del teniente. Por fin cedió a tantos
-ruegos.</p>
-
-<p>&mdash;Voy a complacer a ustedes, señores; pero no esperen otra cosa que la
-relación de una anécdota sencilla, en que no represento sino un papel
-muy subalterno. Si las relaciones de cariño que existen entre Tadeo,
-<i>Rask</i> y yo les han hecho esperar algo de extraordinario, desde
-ahora les aviso que se equivocan, y con esto principio.</p>
-
-<p>Reinó entonces de súbito profundo silencio. Pascual se echó de un trago
-la calabaza de aguardiente, y Enrique se embozó en su piel de oso,
-medio roída, para guarecerse del frío, mientras Alfredo cantaba medio
-entre dientes la canción gallega de <i>La muñeira</i>. D’Auverney se
-quedó pensativo por unos instantes, como para retraer a la memoria
-el recuerdo de algunos sucesos, ya casi borrados por impresiones más
-recientes, y al fin tomó la palabra lentamente, casi en voz baja y con
-frecuentes pausas.</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_26">[Pg 26]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="IV">IV</h3>
-</div>
-
-
-<p>&mdash;Aunque nací en Francia, desde muy tierna edad me enviaron a Santo
-Domingo, en casa de un tío hacendado, muy rico, de aquella colonia, con
-cuya hija estaba resuelto mi enlace por la familia. La habitación de mi
-tío estaba situada a las inmediaciones del castillo de Galifet, y sus
-fincas se extendían por casi toda la vega del río Acul; y aun cuando el
-relato de tales circunstancias lo tengan ustedes quizá por menudencias
-insignificantes, de ello dimana principalmente la ruina total de mi
-familia.</p>
-
-<p>Ochocientos negros se ocupaban en la labranza de las inmensas fincas de
-mi tío, y debo confesar que los males inherentes a la triste condición
-de esclavos subían aún mucho de punto por la dureza del carácter de
-su amo. Mi tío se contaba entre el número, por fortuna muy escaso, de
-aquellos criollos a quienes la práctica prolongada de un despotismo sin
-límites había llegado a embotar la sensibilidad del ánimo. Acostumbrado
-a verse obedecido al primer indicio de su voluntad o capricho,
-castigaba con sumo rigor la menor tardanza o leve muestra de duda por
-parte de un esclavo, y a menudo las súplicas interpuestas de sus hijos
-servían tan sólo para encender su cólera. Así, pues, teníamos que
-contentarnos las más veces con suavizar en secreto los males que no
-estaba a nuestro alcance el impedir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_27">[Pg 27]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya, y qué bonito está eso!&mdash;dijo a media voz Enrique, inclinándose
-al oído del oficial más vecino&mdash;. Espero que el capitán no dejará pasar
-las desdichas de los <em>ex negros</em> sin hacer una disertacioncita
-acerca de los deberes que nos impone la humanidad, etcétera, etcétera.
-Lo que es en la sociedad patriótica de <i>Massiac</i><a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a> no escapábamos
-a menos.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, Enrique, por el aviso, que me excusa ponerme en
-ridículo&mdash;respondió con frialdad D’Auverney, que lo había oído, y en
-seguida prosiguió su relación&mdash;.</p>
-
-<p>Entre todos sus esclavos, uno solo había conseguido congraciarse
-con mi tío, y éste era un enano español, mulato o de los que llaman
-cuarterón, que le había regalado lord Effingham, gobernador de la
-Jamaica. Mi tío, que había residido por muchos años en el Brasil, había
-contraído los hábitos portugueses y gustaba de rodearse de cierto
-fausto proporcionado a sus riquezas. Numerosos esclavos, adiestrados al
-servicio doméstico como<span class="pagenum" id="Page_28">[Pg 28]</span> los criados europeos, daban en cierto modo a
-su casa un aire de magnificencia cual la de un gran señor, y para que
-nada faltase, había conferido al esclavo de lord Effingham el título
-de su <em>bufón</em>, imitando así a aquellos antiguos barones feudales
-que mantenían un <em>gracioso</em> entre el séquito de su corte. Es
-preciso en este punto confesar que la elección había sido en extremo
-acertada. El mulato Habibrah&mdash;que así se llamaba&mdash;era uno de aquellos
-entes cuya conformación física es tan extraña, que nos horrorizarían
-como monstruos si no moviesen antes a risa. Este espantoso enano era
-bajo, rechoncho y panzón, y se movía con suma agilidad y rapidez,
-sostenido en un par de piernecillas tan sutiles y diminutas que, cuando
-al sentarse las encogía, se asemejaban a las patas de una araña. Su
-enorme cabeza, macizamente enterrada entre los hombros, estaba cubierta
-de un pelo rojizo y crespo y adornada de tan enormes orejas que solían
-decir sus compañeros le servían de paño para enjugarse las lágrimas.
-Su rostro estaba sin cesar desfigurado por un gesto, sin que jamás
-el mismo se repitiese; extraordinaria movilidad de facciones que por
-lo menos confería a su fealdad el mérito de ser variada. Mi tío se
-le había aficionado a causa de esta poco común deformidad y de su
-inalterable alegría, y así, Habibrah era su favorito. Mientras que los
-esclavos restantes gemían, sobrecargados de trabajo, toda la faena
-de Habibrah estaba reducida a andar detrás de su amo con un inmenso
-abanico de plumas<span class="pagenum" id="Page_29">[Pg 29]</span> para oxear los mosquitos y demás insectos. Mi tío
-hacía que comiera a sus pies, sentado en una estera de juncos, y solía
-darle en su propio plato los restos de algún manjar preferido. Verdad
-es que en pago se mostraba Habibrah muy agradecido a tales bondades;
-no ejercía sus privilegios de bufón ni su derecho a hacerlo todo y a
-decirlo todo, sino con el objeto de divertir a su amo con mil ridículos
-dichos mezclados con extravagantes contorsiones, y al menor gesto de mi
-tío, acudía volando con la agilidad de un mono y el aspecto sumiso de
-un perro.</p>
-
-<p>Y, sin embargo, yo no podía vencer la repugnancia que me inspiraba
-aquel esclavo. Había algo de demasiado rastrero en su condición servil:
-porque si la esclavitud no deshonra, el servicio doméstico envilece.
-Sentía yo como una especie de benévola compasión hacia aquellos negros,
-a quienes veía trabajar todo el día sin descanso y sin que apenas
-una miserable vestidura encubriese sus grillos; pero el disforme
-saltimbanco, el esclavo holgazán, con su ridículo ropaje, entreverado
-de galones y matices y salpicado de cascabeles, no me inspiraba sino
-desprecio. Además, el enano no aprovechaba como buen compañero el favor
-que le granjeaban sus bajezas. Nunca había implorado un perdón del amo,
-que con tanta frecuencia y severidad castigaba; y aun cierto día que
-se creyó a solas con mi tío, se le oyó exhortarle a que redoblase su
-rigor contra los infelices negros. Con todo, los otros esclavos, que
-hubieran debido mirarle<span class="pagenum" id="Page_30">[Pg 30]</span> con celos y desconfianza, no le daban muestras
-de odio, sino antes bien les inspiraba una especie de temor respetuoso
-que en nada se asemejaba a enemistad; y cuando le veían pasar por entre
-sus chozas, con su gorra en hechura de cucurucho, adornada en la punta
-de cascabeles y toda pintorreada de estrambóticas figuras trazadas con
-tinta roja, decían entre sí y a media voz: “Es un <em>obí</em><a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" class="fnanchor">[2]</a>.”</p>
-
-<p>Estos pormenores, sobre los cuales llamo ahora su atención, señores,
-me ocupaban muy poco en aquella época. Entregado por entero a las
-puras emociones de un amor, a que nada debiera, al parecer, poner
-obstáculo; de un amor nacido desde la infancia, y también desde ella
-correspondido por la mujer que me estaba destinada, apenas concedía
-una mirada indiferente a cuanto no era María. Acostumbrado desde la
-más tierna edad a considerar como mi futura esposa a aquella que en
-cierto modo era ya mi hermana, se había establecido entre nosotros
-una especie de tierno cariño, cuya índole no se podrá comprender aun
-cuando diga que nuestro amor era una mezcla de fraternal abnegación,
-de exaltadas pasiones y de conyugal confianza. Pocos hombres han sido
-más felices que yo en sus primeros años; pocos han sentido abrirse
-el capullo de su alma a las emociones de la vida bajo una atmósfera
-más serena; pocos en tan deliciosa armonía, de placer para el momento
-presente y de halagüeñas esperanzas<span class="pagenum" id="Page_31">[Pg 31]</span> para el porvenir. Rodeado, casi
-desde la cuna, de cuantos deleites procuran las riquezas y de cuantos
-privilegios confiere un elevado nacimiento en aquellos países donde
-basta con el color del cutis para poseer tal dignidad; pasando mis
-días enteros al lado de la mujer en quien cifraba mi amor; viendo este
-amor mismo favorecido por nuestros deudos, únicos que hubieran podido
-ponerle estorbo; y todo esto en una edad en que la sangre hierve, en
-un país donde el estío es perpetuo, donde la naturaleza es hermosa,
-¿qué más pudiera combinarse para inspirarme ciega confianza en mi feliz
-estrella?, ¿qué más se requiere para poder repetir que pocos hombres
-fueron más felices que lo fuí yo en mis primeros años?</p>
-
-<p>El capitán se detuvo por un instante, cual si le faltase aliento para
-aquellos recuerdos del pasado deleite, y en seguida añadió con acento
-melancólico:</p>
-
-<p>&mdash;Verdad es que, en cambio, tengo ahora el derecho de afirmar que nadie
-pasará en mayor amargura sus últimos momentos.</p>
-
-<p>Y como si hubiese sacado fuerzas del íntimo convencimiento de sus
-desgracias, continuó con acento sereno.</p>
-
-
-<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Nuestros lectores habrán olvidado, sin duda, que el club
-<i>Massiac</i>, citado por el teniente Enrique, era una sociedad
-de <em>negrófilos</em> que se instituyó en París a principio de la
-Revolución, y que provocó la mayor parte de las insurrecciones que
-estallaron entonces en las colonias.</p>
-
-<p>También podrá chocar la ligereza un poco atrevida con que el joven
-teniente se burla de los <em>filántropos</em> que aún reinaban en aquella
-época por la gracia del verdugo. Mas es preciso recordar que antes,
-durante y después del Terror, la libertad de pensar y de hablar se
-había refugiado en los campamentos. Tan noble privilegio costaba de
-cuando en cuando la cabeza a un general, pero libra de todo reproche la
-resplandeciente gloria de aquellos soldados que los denunciantes de la
-Convención llamaban “los <em>señores</em> del ejército del Rhin”.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Hechicero en el dialecto de los negros.&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="V">V</h3>
-</div>
-
-
-<p>&mdash;En medio de tales ilusiones y de tan ciegas esperanzas, llegué a
-los veinte años de mi edad, que debían cumplirse en agosto de 1791,
-para<span class="pagenum" id="Page_32">[Pg 32]</span> cuya misma época había fijado mi tío la consumación de mi enlace
-con María. Fácil les será a ustedes comprender que la idea de una
-felicidad tan cercana absorbía todos mis pensamientos, y cuán vagos,
-por consiguiente, han de ser los recuerdos que me quedan de las
-discusiones políticas que de dos años a aquella parte estaban agitando
-nuestra colonia. No hablaré, pues, ni del conde de Peinier, ni de M.
-de Blanchelande, ni del desgraciado coronel Mauduit, cuyo fin fué tan
-trágico. No pintaré la rivalidad entre la asamblea <em>provincial</em>
-del Norte y aquella otra asamblea <em>colonial</em> que usurpó el título
-de <em>general</em>, juzgando que la palabra <em>colonial</em> olía
-demasiado a esclavitud. Estas mezquindades, que conmovían a la sazón
-todos los ánimos, no despiertan ahora el menor interés, a no ser por
-los infortunios a que dieron margen. En cuanto a mí, si tenía alguna
-opinión tocante a los celos mutuos que reinaban entre el distrito del
-Cabo y el de Puerto Príncipe, debía ser, naturalmente, a favor del
-Cabo, donde residíamos, y asimismo a favor de la asamblea provincial,
-en que mi tío tenía asiento.</p>
-
-<p>Tan sólo una vez me sucedió tomar parte algo activa en los debates
-a que daban origen los asuntos del día, y fué a propósito de aquel
-funesto decreto expedido en 15 de mayo de 1791 por la Asamblea
-Nacional de Francia, por el que se admitía a la libre gente de color
-a la participación de iguales derechos políticos que ejercían los
-blancos. En un baile que dió el gobernador de la ciudad<span class="pagenum" id="Page_33">[Pg 33]</span> del Cabo,
-muchos criollos jóvenes hablaban con vehemencia contra esta ley, que
-tan profundamente hería el amor propio, quizá fundado, de los blancos.
-No me había mezclado yo aún en la conversación, cuando se acercó al
-corro un hacendado rico, pero a quien los blancos admitían con mucha
-dificultad entre sí y cuyo color equívoco daba que sospechar sobre su
-estirpe. Entonces me adelanté hacia aquel sujeto, y le dije en alta voz:</p>
-
-<p>&mdash;Siga usted adelante, caballero, porque aquí oiría cosas desagradables
-para los que, como usted, tienen sangre mestiza en sus venas.</p>
-
-<p>Esta acusación le irritó a tal extremo que me llamó a un desafío, en el
-cual ambos quedamos heridos. Confieso que obré mal en provocarle; pero
-lo que se llama las preocupaciones del color no hubieran bastado para
-empujarme a este paso. Mas aquel hombre había manifestado la audacia de
-elevar sus pensamientos hasta mi prima, y en el momento mismo que le
-insulté de manera tan inesperada acababa de bailar con ella.</p>
-
-<p>De todos modos, veía yo con embriaguez adelantarse el momento que
-iba a hacerme dueño de María, y permanecía cada vez más ajeno a la
-efervescencia, siempre en aumento, que hacía delirar a cuantos estaban
-a mi alrededor. Fijos los ojos en mi dicha que se aproximaba, no hice
-alto en los terribles y obscuros nubarrones que iban encapotando todo
-el ámbito de nuestro horizonte político, y cuyo ímpetu debía, al
-descargar, desarraigar<span class="pagenum" id="Page_34">[Pg 34]</span> todos nuestros destinos. No que aun los ánimos
-más perspicaces e inclinados a augurar mal tuvieran ya serios temores
-de una revolución de los esclavos, pues se despreciaba demasiado a esta
-raza para que inspirase susto; pero existían sí, entre los blancos
-y los mulatos libres, gérmenes de un odio más que suficiente para
-que al estallar este volcán, por tanto espacio de tiempo comprimido,
-envolviese a la colonia entera entre sus escombros.</p>
-
-<p>En los primeros días de aquel mes de agosto, invocado por mis más
-ardientes votos, cierto extraño incidente vino a mezclar una inquietud
-imprevista con mis tranquilas esperanzas.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="VI">VI</h3>
-</div>
-
-
-<p>Había mi tío mandado levantar a las orillas de un precioso riachuelo,
-que bañaba sus tierras, una glorieta de enramada en medio de una
-espesa arboleda. Allí solía venir María todas las tardes a respirar la
-pura brisa del mar, que se alza diariamente en Santo Domingo durante
-la estación más calurosa, y cuya frescura aumenta o disminuye con el
-ardor mismo del día; y yo tenía cuidado de adornar todas las mañanas
-este asilo con mis propias manos y de depositar en él las más hermosas
-flores. Un día María corrió hacia mí, llena de susto, para anunciarme
-que, habiendo entrado en la glorieta como de costumbre, encontró,
-con terror<span class="pagenum" id="Page_35">[Pg 35]</span> y sorpresa, arrancadas y pisoteadas por el suelo cuantas
-flores había yo colocado por la mañana; y en su vez, un gran ramo de
-caléndulas silvestres y recién cogidas puesto en el lugar mismo donde
-solía ella sentarse. No había vuelto aún de su sorpresa cuando oyó el
-sonido de una guitarra entre los árboles vecinos, y después una voz,
-que no era la mía, empezó a entonar con acento suave una canción que le
-había parecido española, pero de la cual su turbación, y quizá el pudor
-virginal, no le habían permitido entender otra cosa que su nombre, con
-frecuencia repetido. Entonces acudió a una huída precipitada, sin que
-por fortuna encontrara estorbo.</p>
-
-<p>Este relato me llenó de indignación y celos. Mis primeras sospechas
-se dirigieron al <em>mestizo</em> con quien acababa de tener tan serio
-altercado; pero en la perplejidad en que me veía, determiné no dar paso
-alguno de ligero, y consolé a la pobre María, prometiéndole vigilar por
-su seguridad sin descanso hasta que llegara el momento, ya próximo, en
-que me fuera lícito protegerla sin disfraz.</p>
-
-<p>Suponiendo, pues, que el atrevido, cuya insolencia había asustado a
-María a tal extremo, no habría de contentarse con aquella primera
-tentativa para declararle lo que adiviné ser su amor, resolví aquella
-misma noche, en cuanto se hubiesen entregado todos al descanso,
-ponerme de acecho junto a la porción del edificio donde descansaba mi
-prometida. Escondido en la espesura de las cañas de azúcar y armado
-de un puñal, me<span class="pagenum" id="Page_36">[Pg 36]</span> puse en espera y no aguardé largo tiempo en vano.
-Hacia la media noche, un preludio melancólico y mesurado, que turbó
-de repente el silencio, a pocos pasos de mí, fijó desde luego mi
-atención. Semejante ruido obró en el ánimo como una sacudida eléctrica:
-¡era una guitarra y estaba bajo las mismas ventanas de María! Furioso
-y blandiendo el puñal, me lancé hacia el sitio de donde salían los
-sonidos, rompiendo con mis pisadas los frágiles tallos de las cañas,
-cuando de repente me sentí agarrar por una fuerza, a mi parecer
-prodigiosa, y vine a tierra; el puñal me le arrancaron de las manos y
-le vi brillar sobre mis sienes. Al tiempo mismo, dos ojos encendidos
-relumbraron entre la obscuridad pegados a los míos, y dos andanadas
-de dientes, blancos como el marfil, que pude entrever a través de las
-tinieblas, se abrieron para dejar escapar en acento de cólera estas
-palabras: <em>Te tengo, te tengo</em><a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>.</p>
-
-<p>Más atónito aun que temeroso, forcejeaba yo en vano con mi formidable
-adversario, y ya la punta del puñal penetraba por mis vestiduras,<span class="pagenum" id="Page_37">[Pg 37]</span>
-cuando María, sobresaltada en su sueño por el sonido de la guitarra
-y el tumulto de nuestros pasos y clamores, apareció de súbito a la
-ventana. Reconoció mi voz, vió brillar un puñal y lanzó un grito de
-dolor y de angustia. Aquel grito penetrante paralizó en cierto modo
-el brazo de mi victorioso antagonista; se contuvo cual si le hubiese
-vuelto estatua algún hechizo; recorrió incierto por algunos instantes
-la superficie de mi pecho con el puñal, y al cabo, arrojándolo de sí,
-exclamó en francés:</p>
-
-<p>&mdash;No, no, que lloraría ella demasiado.</p>
-
-<p>Al concluír estas palabras, desapareció por entre las cañas, y antes
-que yo, magullado por aquella lucha tan extraña y desigual, tuviese
-tiempo de incorporarme, ningún rumor, ningún vestigio indicaban o su
-presencia o el rastro de sus huellas.</p>
-
-<p>Muy difícil me fuera explicar lo que pasó por mí al volver de mi primer
-asombro entre los brazos de María, para quien me había perdonado la
-existencia el mismo individuo que amenazaba disputarme su tesoro. Más
-que nunca me sentía irritado contra este inesperado rival, y corrido de
-deberle la vida. En el fondo del negocio&mdash;me decía mi amor propio&mdash;, a
-María es a quien exclusivamente se la debo, pues que el imperio de su
-voz fué lo que hizo caer el puñal; pero, con todo, no podía ocultárseme
-a mis propios ojos que había algo de generoso en el sentimiento que
-movió a mi desconocido rival al perdonarme. Mas ese rival, ¿quién era?
-Me confundía en sospechas, que<span class="pagenum" id="Page_38">[Pg 38]</span> se desvanecían las unas a las otras.
-No podía ser el mestizo en quien se fijaron primero mis celos, porque
-estaba muy lejos de poseer aquella fuerza extraordinaria, y, además, su
-voz era diferente. El individuo con quien luché se me figuró que iba
-desnudo hasta la cintura, y esta especie de traje no lo usaban en la
-colonia sino los esclavos; pero no podía ser un esclavo. Sentimientos
-cual los que le habían inducido a arrojar el puñal no juzgaba que
-pudiesen pertenecer a un ente de esta clase, y, además, me repugnaba
-bajo todos conceptos la idea de tener a un esclavo por rival. ¿Quién
-sería, pues? Determiné callarme y observar.</p>
-
-
-<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Víctor Hugo, que posee y aprecia en cuanto valen el
-lenguaje y la literatura castellana, emplea a menudo en esta obra voces
-y frases en español, a cuya categoría pertenecen las que van aquí en
-letra bastardilla y cuantas de la misma se encuentren más adelante. Sin
-embargo, como hablar un idioma extranjero con propiedad dista mucho
-de ser fácil empresa, el autor suele cometer incorrecciones, según
-es dado al lector reconocer; pero movidos del deseo de conservar a
-la historia su colorido original en cuanto posible fuere, nos hemos
-resuelto a conservar dichas frases excepto en aquellos casos donde la
-irregularidad de expresión era demasiado chocante. Sirva esto de aviso
-en general para lo sucesivo&mdash;N. del T.</p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="VII">VII</h3>
-</div>
-
-
-<p>María había despertado a la anciana nodriza, que le había servido
-siempre de madre, a quien perdió en la cuna; así, pasé el resto de la
-noche a su lado, y en cuanto llegó el día, dimos parte a mi tío de
-tan inexplicable acontecimiento. Su asombro fué extremado; pero tanto
-su orgullo como el mío no pudo avenirse con la idea de que fuese un
-esclavo el amante incógnito de su hija. La nodriza recibió órdenes de
-no separarse de María; y como las sesiones de la asamblea provincial,
-la inquietud que inspiraba a los principales hacendados el aspecto,
-cada día más sombrío, de los negocios coloniales; el cuidado, en fin,
-de sus haciendas, no dejaban a mi tío momento alguno de descanso,<span class="pagenum" id="Page_39">[Pg 39]</span> me
-autorizó para que acompañara a su hija en todos sus paseos, mientras
-llegaba el 22 de agosto, época de nuestro enlace. Al tiempo mismo,
-empeñado en la creencia de que el nuevo adorador había por fuerza de
-ser forastero, mandó que se hiciese guardia por todos los confines
-de sus tierras, de día y de noche, y con mayor vigilancia que jamás
-anteriormente.</p>
-
-<p>Tomadas tales precauciones de concierto con mi tío, quise yo hacer por
-mí un ensayo, y así, me encaminé a la glorieta, arreglé cuanto había
-quedado en desorden la víspera y la adorné con las mismas flores que
-tenía de costumbre ofrecer a María.</p>
-
-<p>Cuando llegó la hora en que ella solía acudir a aquel retiro, cargué
-con bala mi escopeta y propuse a mi prima acompañarla al mismo sitio;
-la nodriza vino con nosotros.</p>
-
-<p>María, sin saber que yo hubiese enmendado los destrozos del día
-anterior, entró primero en la glorieta.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, Leopoldo&mdash;me dijo&mdash;, todo está aquí en el mismo desorden que
-lo dejamos ayer; mira tu trabajo deshecho, tus flores arrancadas
-y marchitas; pero lo que me asombra&mdash;añadió, cogiendo el ramo de
-caléndulas silvestres&mdash;, lo que me asombra es que este odioso ramo no
-se haya ajado desde ayer acá; mírale, Leopoldo mío, y dime si no parece
-acabado de coger.</p>
-
-<p>Yo me había quedado inmóvil de cólera y sorpresa, porque, en efecto,
-mi tarea de la mañana<span class="pagenum" id="Page_40">[Pg 40]</span> estaba allí deshecha delante de mis ojos; y
-aquellas melancólicas y amarillentas flores, cuya frescura extrañaba mi
-pobre María, habían usurpado con insolencia el puesto de las rosas por
-mí colocadas.</p>
-
-<p>&mdash;Sosiégate&mdash;me dijo ella, que percibió mi turbación&mdash;; sosiégate, que
-es una cosa ya pasada, y ese insolente no se atreverá, sin duda, a
-volver. Arrojemos tales cuidados como yo hago con este odioso ramo.</p>
-
-<p>Tuve buen cuidado de no disipar sus ilusiones, por temor de asustarla,
-y sin decirle que el que <em>nunca volvería</em> había ya vuelto, le dejé
-pisotear las caléndulas en su inocente indignación; y luego, creyendo
-que era llegada la hora de conocer a mi misterioso rival, la hice
-sentarse en silencio entre su nodriza y yo.</p>
-
-<p>Apenas nos habíamos, en efecto, colocado en nuestro puesto, cuando
-María se llevó de repente el dedo a la boca, porque un leve son,
-debilitado entre el susurro del viento y el murmullo de las aguas,
-acababa de llegar a sus oídos. Púseme a escuchar, y era el mismo
-preludio lento y melancólico que en la noche anterior había despertado
-mi ira. Quise lanzarme del asiento; pero un gesto de María me contuvo.</p>
-
-<p>&mdash;Detente, Leopoldo&mdash;me dijo a media voz&mdash;; repara en que va a cantar y
-a decirnos así probablemente quién sea.</p>
-
-<p>Y no se equivocó María, porque una voz armoniosa, cuyos acentos
-respiraban a un tiempo mismo<span class="pagenum" id="Page_41">[Pg 41]</span> algo de varonil y de lastimero, salió en
-breve de entre lo más espeso de la arboleda y mezcló con los sonoros
-tonos de una guitarra cierta canción española, que bebieron mis oídos
-palabra por palabra, con tal ardor que se quedaron éstas grabadas en mi
-memoria y puedo aun ahora repetir todas sus expresiones<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a>:</p>
-
-<p>“¿Por qué huyes de mí, oh, María? ¿Por qué huyes de mí, oh, tierna
-doncella? ¿De dónde nace ese espanto que hiela tu ánimo cuando me
-escuchas? ¡Tan terrible aparezco, yo que sé amarte, padecer y cantar!</p>
-
-<p>“Cuando a través de los erguidos cocoteros y de las frondosas alamedas,
-que baña el río, contemplo deslizarse tus formas puras y aéreas, la
-vista se me empaña, oh, María, cual si mirase pasar alguna visión
-celeste.</p>
-
-<p>“Y si escucho, oh, María, los hechiceros y melodiosos acentos que se
-exhalan de tu boca, juzgo que el corazón acude a latir en mis oídos y
-mezcla un murmullo lastimero con tu voz armoniosa.</p>
-
-<p>“¡Ay! Tu voz es más suave para mí que el canto mismo de los pajarillos
-que vuelan libres por la bóveda de los cielos y que vienen de las
-regiones de mi patria.</p>
-
-<p>“¡De mi patria, donde yo era rey; de mi patria, donde yo era libre!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_42">[Pg 42]</span></p>
-
-<p>“¡Libre y rey, oh, doncella! Y todo esto lo olvidaría por ti;
-olvidaríalo todo: ¡trono, familia, deberes y venganza! Sí, hasta la
-venganza; aunque ha llegado el instante de madurar ese fruto amargo y
-delicioso, que tan tardo crece.”</p>
-
-<p>La voz había cantado las estrofas que anteceden, haciendo pausas
-repetidas y melancólicas; mas al llegar a las últimas palabras, cobró
-un acento de terrible energía.</p>
-
-<p>“¡Oh, María! Tú eres como la esbelta palma que a los soplos del aura se
-mece ufana con blando movimiento, y te miras en los ojos de tu amante
-cual la palma se mira en las cristalinas ondas de la fuente.</p>
-
-<p>“¡Pero qué! ¿Tú lo ignoras por ventura? ¿No sabes que suele alzarse en
-el desierto un huracán envidioso al contemplar el bien de la fuente
-preferida? Mírale que llega, y que el aire y la arena se confunden al
-batir de sus espesas alas; mírale que envuelve al árbol y al manantial
-en sus abrasadores remolinos. Y la fuente se agota, y siente la
-palma marchitarse el círculo galano de sus hojas al influjo de aquel
-mortífero aliento, y se ve despojada de su brillante adorno, majestuoso
-cual una real corona y elegante cual una verde caballera.</p>
-
-<p>“¡Tiembla, oh, blanca hija de la Española<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>! ¡Tiembla! ¡No sea que
-todo alrededor tuyo se convierta luego en un huracán y en un páramo<span class="pagenum" id="Page_43">[Pg 43]</span>
-sombrío! Entonces llorarás el amor que hubiera podido conducirte hacia
-mí como el alegre <em>kata</em>, el pájaro de amparo en el desierto, guía
-hasta la cisterna, por los incultos arenales de Africa, al sediento
-peregrino.</p>
-
-<p>“¿Ni por qué has de despreciar mi cariño, oh, María? Yo soy rey, y mis
-sienes descuellan entre todas las frentes humanas. Tú eres blanca, y yo
-soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el
-ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la
-tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.”</p>
-
-
-<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> Aquí añade Víctor Hugo, en una nota, que le parece
-inútil copiar el romance español que comenzaba: <em>¿Por qué me huyes,
-María?</em> Como tal romance o canción en castellano, por supuesto, no
-existe, habremos de contentarnos con traducir la prosa francesa.&mdash;N.
-del T.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a> Primer nombre, según sabrán nuestros lectores, que dió
-Cristóbal Colón a la isla de Santo Domingo, en diciembre de 1492, año
-del descubrimiento.&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="VIII">VIII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Un prolongado suspiro, que continuó resonando en las cuerdas de la
-guitarra, acompañó a estas últimas palabras. Estaba yo fuera de mí:
-“¡Rey! ¡Negro! ¡Esclavo!” Mil ideas incoherentes, despertadas por
-la inexplicable canción que acabábamos de escuchar, me hervían en
-el cerebro; un ímpetu violento, una necesidad de aniquilar al ser
-desconocido que osaba mezclar el nombre de María con sus cánticos de
-amor y de amenaza, se había apoderado de mi mente. Agarré, frenético,
-la escopeta y me arrojé afuera; y mientras María, atemorizada, alargaba
-los brazos para detenerme, estaba ya metido en lo más espeso de la
-enramada, hacia el punto donde sonó la voz incógnita. Registré la
-arboleda en todas direcciones, metí el<span class="pagenum" id="Page_44">[Pg 44]</span> cañón de mi arma por entre
-los matorrales, di vuelta a los gruesos troncos, sacudí las crecidas
-hierbas y... en vano; todo, todo en vano. Tan inútil pesquisa, unida a
-vagas reflexiones acerca de la canción, añadieron cierta vergüenza a mi
-cólera. ¡Pues qué!, ¿había siempre de escaparse este insolente rival,
-tanto de mi brazo cuanto a mi comprensión? ¿No podría ni encontrarle,
-ni adivinar su ser?... En este momento, un ruido de cascabeles vino a
-sacarme de mi distracción, y al revolverme con rapidez me encontré al
-lado con el enano Habibrah.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, amo mío&mdash;me dijo, haciéndome una reverencia con sumo
-respeto; pero en su mirada de reojo, que clavó en mí con disimulo,
-juzgué observar una inexplicable muestra de malicia y un aire de oculto
-gozo al contemplar el desasosiego estampado en mi frente.</p>
-
-<p>&mdash;Habla&mdash;le grité con aspereza&mdash;y dime si has visto a alguien en este
-bosque.</p>
-
-<p>&mdash;A nadie más que a usted, <em>señor mío</em>&mdash;me respondió con serenidad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues qué! ¿No has oído una voz?&mdash;le repliqué.</p>
-
-<p>El esclavo se quedó por algún breve espacio como pensando qué
-responderme, y yo, hirviendo en ira, proseguí:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, respóndeme pronto, infeliz: ¿no has oído por aquí una voz?</p>
-
-<p>Clavó descaradamente en mí sus ojos, redondos como los de un gato
-montés, y contestó:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_45">[Pg 45]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿<em>Qué quiere decir usted</em> con eso de una voz, mi amo? Hay voces
-dondequiera y de cualquier especie; hay la voz de los pájaros y la de
-las aguas; hay la voz del viento meciéndose entre las hojas...</p>
-
-<p>Le interrumpí dándole una fuerte sacudida y diciéndole:</p>
-
-<p>&mdash;¡Miserable bufón! Deja de tomarme por tu juguete o te haré escuchar
-muy de cerca la voz que sale del cañón de una carabina. Respóndeme en
-cuatro palabras: ¿has oído en este bosque a algún hombre cantar una
-canción española?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor&mdash;me replicó, sin parecer conmovido&mdash;; y también oí la letra
-de la música. Atención, amo mío, que voy a contarle cierta cosa. Me
-iba yo paseando por las cercanías de este bosque, escuchando lo que
-me decían al oído los cascabeles de la <em>gorra</em>, cuando el viento
-vino de repente a añadir a semejante concierto algunas palabras de esa
-lengua que usted llama el español, la primera que tartamudearon mis
-labios cuando mi edad se contaba, no por años, sino por meses, y cuando
-mi madre me llevaba colgado de su cuello con fajas de bayeta roja y
-amarilla. Yo amo esa lengua porque me recuerda el tiempo en que yo era
-chiquito y aún no era enano, en que era un niño y no un bufón imbécil;
-me acerqué, pues, y escuché el fin de la canción.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?&mdash;repuse yo impaciente&mdash;. ¿Es eso todo cuanto alcanzas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor, amo <em>hermoso</em>; pero si usted quiere, le diré quién
-era el hombre que cantaba.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_46">[Pg 46]</span></p>
-
-<p>Creí que iba a abrazar al enano.</p>
-
-<p>&mdash;¡Habla, habla, Habibrah! ¡Ahí tienes mi bolsa, y diez bolsas aún más
-llenas serán tuyas si me enseñas a ese hombre!</p>
-
-<p>Tomó la bolsa, la abrió y se sonrió.</p>
-
-<p>&mdash;¡<em>Diez bolsas</em> más llenas que ésta! ¡Qué <em>demonio</em>! ¡Eso
-haría una <em>fanega</em> llena de pesos con el retrato <em>del rey Luis
-quince</em>, tantos cuantos bastarían para sembrar las tierras del
-mágico de Granada Altornino, que poseía la ciencia de hacer crecer
-<em>buenos doblones</em>! Pero, vamos, no se incomode usted, señorito,
-que allá voy al grano. Acuérdese usted, <em>señor</em>, de las últimas
-palabras de la canción: “Tú eres blanca y yo soy negro; pero el día
-tiene que hermanarse con la noche para dar el ser a los rosados matices
-de la aurora y a los dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos
-que la luz del mismo día.” Ahora bien: si la canción dice la verdad,
-el mulato Habibrah, su humilde, esclavo, nacido de un blanco y de una
-negra, es más hermoso que usted mismo, <em>señorito</em>. Yo soy el
-producto de la unión del día y de la noche; yo soy la aurora o la tarde
-de que habla la canción española, y usted no es más que la luz del día.
-Luego yo soy más hermoso que usted, <em>si usted lo quiere</em>; yo soy
-más hermoso que un blanco...</p>
-
-<p>Y el enano mezclaba con tan extrañas digresiones grandes carcajadas de
-risa. Volví entonces a interrumpirle, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde vas a parar con tales extravagancias?<span class="pagenum" id="Page_47">[Pg 47]</span> ¿Acaso nada de lo que
-hablas puede indicarme quién era el hombre que cantaba en el bosque?</p>
-
-<p>&mdash;Exactamente, mi amo&mdash;repuso el bufón con una mirada maliciosa&mdash;.
-¡Claro está que el <em>hombre</em> que llegó a cantar tales
-<em>extravagancias</em>, como usted las llama, ni podía ser ni es sino un
-loco como yo! Así me gané <em>las diez bolsas</em>.</p>
-
-<p>Ya tenía el brazo levantado para castigar la insolente bufonada del
-esclavo emancipado, cuando de repente resonó en el bosque un grito
-agudo hacia el lado de la glorieta: era la voz de María. Me lancé en
-aquella dirección, corrí, volé, soñando en la nueva desgracia que
-pudiera amenazarme, y llegué a la glorieta falto de aliento. Allí, un
-espectáculo horrible me aguardaba. Un enorme caimán, con el cuerpo
-medio escondido entre los juncos de la orilla, asomaba la monstruosa
-cabeza por los arcos de verdes ramas que sostenían el techo del
-cenador. Su boca, entreabierta y medrosa, amenazaba a un negro, joven
-y de estatura colosal, que con un brazo sostenía a la amedrentada
-doncella, mientras con el otro metía con arrojo el hierro de un hacha
-de carpintero entre las aceradas quijadas del monstruo. El caimán
-luchaba enfurecido contra aquella mano audaz y robusta que le tenía
-sujeto. Al instante de aparecer yo en el umbral de la glorieta, soltó
-María un grito de júbilo, se arrancó de los brazos del negro y vino a
-caer a mis plantas, exclamando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya estoy salva!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_48">[Pg 48]</span></p>
-
-<p>A este movimiento, a estas palabras de María, el negro se volvió con
-ímpetu, cruzó los brazos sobre el hinchado seno y, clavando sobre mi
-esposa prometida una mirada de dolor, se quedó inmóvil y como sin
-apercibirse de que el caimán, cerca de él y desembarazado ya del hacha,
-iba a devorarle. Perdido estaba sin recurso el intrépido negro si,
-poniendo con prontitud a María en brazos de su nodriza, que más muerta
-que viva permanecía sentada en el banco, no me hubiese yo aproximado
-al monstruo y le hubiera descargado en la boca, que tenía abierta, el
-tiro de mi carabina. El animal, herido, abrió y cerró por dos o tres
-veces aún las quijadas llenas de sangre y los ojos empañados; pero esto
-no fué más que un movimiento convulsivo, y de repente se tendió con
-gran estrépito sobre el lomo, estirando sus patas gruesas y escamosas,
-y quedó muerto. El negro, a quien acababa de salvar tan felizmente,
-volvió la cabeza y contempló los últimos estremecimientos del monstruo;
-clavó en seguida los ojos en tierra, y alzándolos despacio hacia María,
-que había acudido a refugiarse en mis brazos para disipar el vestigio
-de sus temores, me dijo, en un tono de voz que indicaba aún más que la
-desesperación:</p>
-
-<p>&mdash;<em>¿Por qué le has muerto?</em></p>
-
-<p>Y luego se alejó precipitado, sin aguardar mi respuesta, y se ocultó
-entre la espesura de los árboles.</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_49">[Pg 49]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="IX">IX</h3>
-</div>
-
-
-<p>Aquella terrible escena, aquel extraordinario desenlace, las emociones
-de toda especie que habían precedido y acompañado a mis inútiles
-pesquisas en el bosque, se combinaron para lanzar en el caos mi
-fantasía. María estaba aún con los sentidos paralizados por el susto,
-y largo tiempo se pasó antes de que pudiésemos manifestarnos nuestros
-incoherentes pensamientos, a no ser en miradas y abrazos. Al cabo, yo
-rompí el silencio diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Ven, María; salgamos de este lugar, que tiene algo de funesto.</p>
-
-<p>Ella se levantó con ansia, cual si solo hubiera aguardado mi permiso,
-y, cogiéndome del brazo, nos alejamos de allí. Entonces le pregunté
-cómo le había llegado el socorro milagroso de aquel negro en el momento
-del horroroso peligro que acababa de correr, y si sabía quién fuese
-aquel esclavo, pues el grosero vestido, que apenas tapaba su desnudez,
-anunciaba bien claro su ínfima condición.</p>
-
-<p>&mdash;Ese hombre&mdash;respondió María&mdash;es, sin la menor duda, alguno de los
-esclavos de mi padre que estaba trabajando a orillas del río cuando
-apareció el caimán y me hizo arrojar el grito que te dió aviso de mi
-peligro. Lo único que sabré decir es que en aquel mismo instante se
-lanzó del bosque para acudir en mi ayuda.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_50">[Pg 50]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y de qué lado vino?&mdash;le pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;Del opuesto al lado de donde salía la voz un momento antes, y por
-donde acababas tú de meterte entre los árboles.</p>
-
-<p>Esta circunstancia contrariaba el enlace, que no había podido menos
-de buscar mi ánimo, entre las postreras palabras en español que me
-dirigió el negro y la canción en el mismo idioma que cantaba mi rival
-desconocido. Otros puntos de semejanza se me habían ya igualmente
-presentado a la memoria. Aquel negro, de estatura casi gigantesca
-y dotado de fuerzas tan prodigiosas, podía muy bien ser el robusto
-adversario que me venció en la lucha de la noche anterior; la
-circunstancia de estar medio desnudo se convertía así en un indicio
-evidente. El cantor de la selva había dicho: “Yo soy negro...”, nueva
-prueba. Se había anunciado por rey, y éste no era más que un esclavo;
-pero recordé, no sin asombro, el aire de fuerza y majestad grabado
-en sus facciones, en medio de los signos característicos de la raza
-africana; el brillo de sus ojos; la blancura de los dientes, que tanto
-resaltaba en su piel azabachada; lo ancho de su frente prodigiosa,
-sobre todo para un negro; la soberbia desdeñosa que lucía en el espesor
-de sus labios y narices, y que inspiraba a sus facciones tanta fiereza
-y poderío; la nobleza de su porte; la belleza de sus formas, que si
-bien adelgazadas y abatidas con el cansancio de un trabajo cotidiano,
-todavía ostentaban un desarrollo casi hercúleo; recordé, repito, en
-su conjunto grandioso,<span class="pagenum" id="Page_51">[Pg 51]</span> el aspecto de este esclavo, y conocí que bien
-pudiera convenirle a un rey. Entonces, cavilando sobre esta porción
-de indicios, mis conjeturas se fijaban con ira en el insolente negro
-y quería mandarle buscar para castigarle... y luego todas mis dudas
-renacían. A decir verdad, ¿cuál era el fundamento de mis sospechas?
-Como la isla de Santo Domingo pertenecía en gran parte a España,
-resultaba de aquí que infinitos negros mezclaban en su lenguaje el
-idioma español, ya que hubiesen pertenecido primitivamente a colonos
-de Santo Domingo, ya que hubiesen nacido en su territorio. Y porque
-aquel esclavo me hubiese hablado unas cuantas palabras en la misma
-lengua, ¿era esto suficiente, por ventura, para darle por autor de una
-canción que exigía, a mi entender, un grado de cultura enteramente
-desconocido de los negros? En cuanto a la singular queja que profirió
-porque hubiese yo muerto al caimán, anunciaba, es verdad, hastío de la
-vida; pero nada más fácil de comprender en la condición de un esclavo,
-sin acudir, a buen seguro, a la hipótesis de un amor imposible hacia
-la hija de su propio amo. Su presencia en la arboleda de la glorieta
-pudo muy bien ser casual, y su fuerza y estatura distaban mucho de ser
-señales suficientes para cerciorarme de su identidad con mi antagonista
-nocturno. ¿Y por tan débiles indicios había de cargarle ante mi tío de
-tan terrible acusación y de entregar al implacable encono de su orgullo
-a un mísero esclavo que mostró tanto valor por defender<span class="pagenum" id="Page_52">[Pg 52]</span> a mi María...?
-En el momento que semejantes ideas iban apaciguando mi cólera, María
-las disipó enteramente diciéndome con aquella voz tan dulce a mis oídos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Leopoldo mío! ¡Cuánta gratitud debemos a ese buen negro! Sin él
-estaba perdida, y hubieras llegado tú demasiado tarde.</p>
-
-<p>Estas pocas palabras tuvieron un efecto decisivo. No alteraron mi
-intento de buscar al negro que había salvado a María; pero cambiaron,
-sí, el objeto de mis pesquisas: antes fuera para imponer castigo;
-ahora, para dar una recompensa.</p>
-
-<p>Mi tío supo de mí que debía a uno de sus esclavos la vida de su hija,
-y me prometió su libertad si lograba reconocerle entre el tropel de
-tantos desgraciados.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="X">X</h3>
-</div>
-
-
-<p>Hasta aquel instante, la índole de mi carácter me había alejado de los
-lugares donde estaban los negros al trabajo, porque me era demasiado
-penoso ver padecer a mis semejantes sin poder aliviarlos; pero cuando,
-a la mañana siguiente, me propuso mi tío acompañarle en su visita de
-ronda, lo acepté con ansia, en la esperanza de encontrar entre los
-trabajadores al libertador de mi adorada María.</p>
-
-<p>En este paseo alcancé a conocer cuán poderosa es la mirada del señor
-sobre su esclavo; pero, al mismo tiempo, ¡cuán caro se compra todo este
-poderío!<span class="pagenum" id="Page_53">[Pg 53]</span> Los negros, trémulos al aspecto de su amo, redoblaban en
-nuestra presencia su actividad y sus esfuerzos; mas ¡oh, y qué de odio
-no se encubría bajo aquel temor!</p>
-
-<p>De condición irascible, estaba ya mi tío próximo a irritarse de que
-le faltara pretexto para ello, cuando Habibrah, su asiduo compañero,
-le hizo reparar en un negro que, rendido de cansancio, dormía a la
-sombra de unas palmas. Mi tío corrió luego hacia aquel desgraciado, le
-despertó con aspereza y le mandó volver a su tarea sin demora. El negro
-se levantó asustado, y al levantarse dejó ver un rosal de Bengala,
-que mi tío cuidaba con esmero, y sobre el cual se había acostado por
-olvido. El delicado arbusto estaba perdido, y el dueño, ya irritado
-de la pereza, como él decía, del esclavo, se puso furioso con esta
-nueva vista. Frenético, tomó el látigo armado de correas con puntas de
-hierro, que llevaba siempre en sus paseos a la cintura, y alzó el brazo
-contra el infeliz negro, postrado de rodillas. No descargó, empero, el
-golpe; jamás podré olvidar aquel momento. Otra mano robusta detuvo de
-repente la mano del blanco, y un negro&mdash;el mismo que yo buscaba&mdash;, le
-dijo en francés:</p>
-
-<p>&mdash;Castígame, pues acabo de ofenderte; pero no hagas daño a mi hermano,
-que tan sólo tocó a tu rosal.</p>
-
-<p>La intervención inesperada del hombre a quien debía yo la salvación
-de María, su gesto, sus miradas, el eco imperioso de su voz, me
-hirieron cual<span class="pagenum" id="Page_54">[Pg 54]</span> un rayo. Pero su generosa imprudencia, lejos de hacer
-avergonzarse a mi tío, sirvió tan solo de acrecentar su cólera y
-traspasarla del delincuente a su defensor. Exasperado, se soltó de
-brazos del negro gigante, y, colmándole de amenazas, alzó de nuevo el
-látigo para azotarle. Esta vez le arrancaron el látigo de la mano. El
-negro rompió el mango lleno de clavos como puede romperse una paja,
-y holló bajo sus pies aquel vil instrumento de venganza. Estaba yo
-inmóvil de sorpresa, y mi tío, de ira; era para él una cosa inaudita
-el ver su autoridad así menospreciada: los ojos estaban como prontos
-a saltar de su órbita, y los lívidos labios se estremecían con un
-movimiento convulsivo. El esclavo le contempló un instante con sosiego,
-y en seguida, alargando con dignidad una hoz que empuñaba en sus manos:</p>
-
-<p>&mdash;Blanco&mdash;le dijo&mdash;, si deseas pegarme, toma siquiera esta hacha.</p>
-
-<p>Mi tío, fuera de sí, hubiera sin duda accedido a la súplica, y se
-precipitaba sobre el instrumento de muerte, cuando yo intervine a mi
-vez. Me apoderé con prontitud de la hoz y la arrojé en el pozo de una
-noria vecina.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haces?&mdash;preguntó mi tío con arrebato.</p>
-
-<p>&mdash;Ahorrarle a usted&mdash;le respondí&mdash;el pesar de injuriar al defensor de
-su hija. Este es el esclavo a quien le debemos la salvación de María, y
-para el que tengo obtenida promesa de libertad.</p>
-
-<p>El momento no era a propósito para recordar promesas semejantes, y mis
-palabras apenas hicieron<span class="pagenum" id="Page_55">[Pg 55]</span> el menor efecto en el ánimo enconado de su
-autor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Su libertad!&mdash;me replicó con aire sombrío&mdash;. Sí, merece el término
-de su cautiverio. ¡La libertad! Ya veremos de qué especie es la que le
-concede el consejo de guerra.</p>
-
-<p>Tan fúnebres palabras me helaron de espanto, y en vano María y yo
-reunimos nuestros ruegos. El negro que por su descuido había ocasionado
-esta escena fué azotado, y a su defensor le condujeron a los calabozos
-del castillo de Galifet, inculpado de alzar la mano contra un blanco,
-crimen que del esclavo a su señor trae consigo la pena capital.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XI">XI</h3>
-</div>
-
-
-<p>Ya podrán ustedes imaginarse, señores, hasta qué grado habían
-avivado mi interés y curiosidad tales circunstancias. Empecé a hacer
-indagaciones respecto del preso, y el resultado me proporcionó
-relaciones a lo sumo extrañas. Dijéronme que todos sus compañeros
-manifestaban el mayor respeto hacia aquel joven, y que esclavo él
-mismo, le bastaba una mínima señal para hacerse obedecer. No había
-nacido en la hacienda, ni se le conocía ni padre ni madre, y aseguraban
-que pocos años atrás había aportado en un buque negrero a las playas
-de Santo Domingo. Esta circunstancia hacía aún más notable el imperio
-que ejercía sobre todos sus compañeros, sin exceptuar siquiera<span class="pagenum" id="Page_56">[Pg 56]</span> a los
-negros <em>criollos</em>, los que, como ustedes sabrán quizá, profesan
-por lo común el más profundo desprecio hacia los negros <em>congos</em>,
-expresión, impropia por lo demasiado general, con la que se designaba
-en la colonia a todos esclavos traídos del Africa.</p>
-
-<p>Aun cuando parecía absorto en excesiva melancolía, su fuerza
-extraordinaria, junto a su habilidad maravillosa, le hacían un ente
-inapreciable para las faenas de la finca. Andaba a la noria por más
-tiempo y más de priesa que el mejor caballo y a veces le sucedió
-despachar en un solo día la tarea de diez de sus camaradas, por
-libertarlos del castigo a que estarían sujetos o por indolencia o
-por cansancio. Así es que era adorado por los esclavos; pero la
-veneración que le tributaban, muy diversa del terror supersticioso que
-les infundía el bufón Habibrah, parecía que dimanaba de alguna causa
-secreta: era una especie de culto.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que hay de más extraño&mdash;me decían&mdash;es el verle tan blando y llano
-de condición con sus iguales, que se glorian de obedecerle, como altivo
-y orgulloso con los <em>capataces</em> de nuestras cuadrillas.</p>
-
-<p>Justo, por otra parte, será el decir que estos esclavos privilegiados,
-eslabones intermedios que en cierto modo ligaban entre sí la cadena
-de la servidumbre y la del despotismo, reuniendo a la ruindad de
-su condición la insolencia de su autoridad, se tomaban un placer
-maligno en colmarle de trabajo y de vejaciones. Parece, sin embargo,
-que no<span class="pagenum" id="Page_57">[Pg 57]</span> podían dejar de respetar el sentimiento de orgullo que le
-arrastró a cometer el ultraje contra mi tío. Ninguno de ellos había
-osado imponerle castigos humillantes, y si por ventura le habían
-amenazado, veinte negros se levantaban luego para sufrir en su lugar
-la sentencia, y él, inmóvil, presenciaba aplicarles la pena, como
-si en ello no hubiese hecho más que cumplir con sus deberes. Este
-hombre extraordinario era conocido en la hacienda con el nombre de
-<i>Pierrot</i>.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XII">XII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Todos estos pormenores exaltaron mi imaginación juvenil, mientras
-María, llena de gratitud y compasión, participaba y aplaudía mi
-entusiasmo; y de tal manera se granjeó Pierrot nuestra simpatía, que me
-determiné a verle y servirle de ayuda. Empecé, pues, a pensar en los
-medios de hablarle.</p>
-
-<p>Aunque en extremo joven, era yo, como sobrino de uno de los hacendados
-más opulentos del Cabo, capitán de milicias en la parroquia del Acul.
-El castillo de Galifet estaba entregado a nuestra custodia y a la de
-un destacamento de dragones amarillos, cuyo jefe, por lo común un
-suboficial, tenía el mando de la fortaleza. Sucedió cabalmente que el
-comandante a la sazón era hermano de un hacendado pobre, a quien tuve
-la fortuna de<span class="pagenum" id="Page_58">[Pg 58]</span> poder hacerle importantes favores, y pronto, por lo
-tanto, a sacrificarse por mí...</p>
-
-<p>En esto, todo el auditorio interrumpió a D’Auverney, nombrando a Tadeo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo han adivinado, señores&mdash;repuso el capitán&mdash;; y ahora les será
-fácil comprender que no me costó trabajo lograr que me diera entrada en
-el calabozo del negro. Como capitán de milicias, tenía yo derecho para
-visitar el castillo; pero, a fin de no inspirar sospechas a mi tío,
-encendido aún en cólera, tuve cuidado de ir a la hora en que dormía su
-siesta. Los soldados, también con excepción de los centinelas, estaban
-entregados al sueño, y sin que nadie nos observara, llegué, guiado por
-Tadeo, a la puerta del calabozo. Tadeo la abrió y se retiró, y yo me
-entré adentro.</p>
-
-<p>El negro estaba sentado porque su estatura no le permitía permanecer
-erguido, y no se hallaba solo, pues un enorme perrazo se levantó en
-seguida y vino hacia mí gruñendo.</p>
-
-<p>&mdash;<i>¡Rask!</i>&mdash;gritó el negro.</p>
-
-<p>Y el cachorro calló y volvió a echarse a los pies de su amo, donde
-acabó de devorar algunos miserables alimentos.</p>
-
-<p>Yo iba vestido de uniforme, y la luz que difundía en el reducido
-calabozo una claraboya era tan escasa que Pierrot no alcanzaba a
-distinguir quién yo fuese.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy pronto&mdash;me dijo con tono sereno.</p>
-
-<p>Y al acabar estas palabras se medio incorporó, y volvió a repetir:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_59">[Pg 59]</span></p>
-
-<p>&mdash;Estoy pronto.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creía&mdash;le dije, sorprendido con la soltura de sus movimientos&mdash;que
-tenías grillos.</p>
-
-<p>La emoción me puso la voz trémula, y él pareció no reconocerla.
-Entonces empujó con el pie algunos escombros, que dieron un sonido
-metálico, y respondió:</p>
-
-<p>&mdash;¡Los grillos! Los he roto.</p>
-
-<p>Y había en el acento con que pronunció tales palabras algo como que
-daba a entender: “No he nacido para arrastrar cadenas.”</p>
-
-<p>Yo repuse:</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco me habían dicho que tuvieses un perro.</p>
-
-<p>&mdash;Yo le he dado entrada&mdash;replicó.</p>
-
-<p>A cada paso crecía mi admiración. La puerta del calabozo estaba
-cerrada por la parte exterior con triples cerrojos, y la claraboya,
-que apenas tendría seis pulgadas de ancho, estaba resguardada con dos
-barras de hierro. Pareció como que comprendía mis cavilaciones, porque,
-levantándose en cuanto la bóveda, demasiado baja, se lo permitía,
-movió de su puesto sin esfuerzo un enorme sillar, situado debajo de la
-claraboya; arrancó las rejas, enclavadas en la pared por encima de esta
-piedra, y abrió de esta manera un boquete por donde podían entrar dos
-hombres sin estorbo, y que estaba al andar de una arboleda de plátanos
-y cocoteros, que cubre el morro adonde el fuerte estaba adosado.</p>
-
-<p>La sorpresa me dejó mudo, y, en esto, un rayo<span class="pagenum" id="Page_60">[Pg 60]</span> de luz, entrando por
-la abertura, iluminó de súbito mi semblante. El preso dió un salto
-como si hubiese puesto por azar el pie sobre una serpiente, y golpeó
-con la frente las piedras de la bóveda. Una mezcla indescifrable de
-mil encontrados afectos, una muestra extraña de odio, de cariño y de
-doloroso asombro, lucieron rápidamente en sus ojos; pero recobrando por
-un esfuerzo repentino el dominio sobre sus pensamientos, la fisonomía,
-cuando más no fuera, volvió en menos de un instante al anterior
-sosiego, y, clavando su vista en la mía, me contempló cara a cara como
-a un desconocido, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Puedo vivir aún dos días sin comer.</p>
-
-<p>Hice un gesto de horror al reparar entonces en lo descarnado de su
-aspecto, y él prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Mi perro no quiere comer sino de mi mano, y si yo no hubiera
-agrandado la claraboya, se habría muerto de hambre el pobre
-<i>Rask</i>. Más vale que sea yo el que muera y no él, porque, al cabo,
-de cualquier modo he de morir.</p>
-
-<p>&mdash;¡No!&mdash;exclamé&mdash;. ¡No perecerás tú de hambre!</p>
-
-<p>No me comprendió, y contestó, sonriéndose con amargura:</p>
-
-<p>&mdash;Verdad es que hubiera podido vivir aún dos días sin comer; pero
-siempre estoy pronto, señor oficial, y mejor es hoy que mañana. Lo que
-pido es que no se le haga daño a <i>Rask</i>.</p>
-
-<p>Entonces me apercibí de lo que daba a entender con su frase <em>estoy
-pronto</em>. Acusado de un crimen<span class="pagenum" id="Page_61">[Pg 61]</span> que se castigaba con pena de muerte,
-creyó que yo venía para conducirle al patíbulo, y aquel hombre,
-dotado de fuerzas colosales, le decía sereno a un mero niño <em>Estoy
-pronto</em>, cuando todos los medios de huída estaban a su arbitrio.</p>
-
-<p>&mdash;Que no se le haga daño a <i>Rask</i>&mdash;repitió de nuevo.</p>
-
-<p>A esto no pude contenerme:</p>
-
-<p>&mdash;Pues ¿qué&mdash;le dije&mdash;, no sólo me tomas por tu verdugo, sino que hasta
-dudas de mi humanidad hacia este pobre perro, que ningún mal ha hecho?</p>
-
-<p>Se enterneció y se le alteró la voz al decirme, alargándome la mano:</p>
-
-<p>&mdash;Perdóname, blanco, porque quiero mucho a mi perro; y los
-tuyos&mdash;añadió después de una breve pausa&mdash;, los tuyos me han causado
-muchos males.</p>
-
-<p>Le abracé, le apreté la mano, le saqué de su error y le pregunté:</p>
-
-<p>&mdash;Pues qué, ¿no me conoces?</p>
-
-<p>&mdash;Sabía que eres un blanco, y para los blancos, por buenos que sean,
-¡es un negro tan poca cosa! Además, no me faltan razones para quejarme
-de ti.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué?&mdash;repuse atónito.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues no me has conservado por dos veces la vida?</p>
-
-<p>Tan extraña acusación me movió a risa, y, apercibiéndose, añadió con
-amargura:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, debería guardarte rencor. Me has salvado<span class="pagenum" id="Page_62">[Pg 62]</span> de un caimán y de
-un amo blanco, y, lo que es peor, me has arrebatado el derecho de
-aborrecerte. ¡Oh, soy muy desgraciado!</p>
-
-<p>La singularidad de sus ideas y su lenguaje no me movían ya casi a
-admiración, porque estaban en armonía consigo propio, y sin hacer alto
-en ello, le respondí:</p>
-
-<p>&mdash;Mucho más te debo de lo que tú a mí, porque te debo la vida de mi
-futura esposa, de María.</p>
-
-<p>Padeció como si fuese una conmoción eléctrica.</p>
-
-<p>&mdash;¡María!&mdash;dijo con voz apagada.</p>
-
-<p>Y dejó caer la cabeza entre las manos, que se retorcían con violencia,
-mientras penosos gemidos querían como reventarle el pecho. Confieso que
-mis amortiguadas sospechas se despertaron, pero sin cólera ni celos.
-Estábamos ambos demasiado próximos, yo a la dicha y él a la muerte,
-para que semejante rival, aun siéndolo, pudiese excitar en mí otras
-ideas que las de afecto y lástima.</p>
-
-<p>Levantó, por fin, la cabeza, y me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Anda, no me lo agradezcas.</p>
-
-<p>Y después de otra pausa, prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;¡Y, sin embargo, yo no soy de sangre inferior a la tuya!</p>
-
-<p>Esta frase revelaba un género de ideas que excitó vivamente mi
-curiosidad, y le insté que me manifestase quién era y lo que había
-padecido; pero él se mantuvo en tétrico silencio. Con todo, mi acción
-le había afectado, y mis ofertas de servirle y mis instancias parece
-que vencieron su disgusto hacia la vida, porque salióse y volvió a<span class="pagenum" id="Page_63">[Pg 63]</span>
-entrar, trayendo en las manos algunos plátanos y un enorme coco, y,
-cerrando en seguida la abertura, se puso a comerlos. Conversando con
-él, noté que hablaba con soltura el francés y el español, y que su
-ingenio no parecía desprovisto de cultura; entre otras cosas, sabía
-algunas canciones españolas, que cantaba con suma expresión. Este
-hombre era tan inexplicable bajo otros mil conceptos, que hasta ahora
-no me había chocado la pureza de su lenguaje; pero cuando traté de
-investigar la causa, permaneció callado. Al fin nos separamos, dejando
-yo orden dada a mi fiel Tadeo para que tuviera con él todos los
-miramientos y atenciones posibles.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XIII">XIII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Todos los días regresaba a verle a la misma hora; pero su causa me
-inspiraba grandes temores, pues, a pesar de todos nuestros ruegos, mi
-tío se obstinaba en acusarle. No le oculté mis inquietudes a Pierrot,
-pero él me escuchaba siempre con indiferencia.</p>
-
-<p>A menudo entraba <i>Rask</i> mientras estábamos juntos, llevando
-por collar una gran hoja de palma. El negro se la desataba, leía
-los caracteres desconocidos que venían allí grabados y la rompía en
-seguida. En cuanto a mí, estaba ya enseñado por la experiencia a no
-hacerle preguntas ociosas.</p>
-
-<p>Un día que entré sin que, al parecer, hiciese alto en mí, estaba
-vuelto de espaldas hacia la<span class="pagenum" id="Page_64">[Pg 64]</span> puerta del calabozo, cantando con tono
-melancólico la canción española <em>Yo, que soy contrabandista</em>.
-Cuando hubo concluído, se volvió precipitadamente y me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Hermano, prométeme, si en algún tiempo desconfías de mí, disipar
-todas tus sospechas si me oyes cantar esta tonada.</p>
-
-<p>Su aire era imponente, y sin entender muy a las claras lo que
-significaban tales palabras: <em>si en algún tiempo desconfías de
-mí</em>, le juré cuanto apetecía. Tomó entonces la cáscara del coco
-que cogió el día de mi primera visita, y que desde aquel momento
-conservaba, la llenó de vino de palmas, me incitó a llevármela a los
-labios y luego bebió todo el licor de un solo trago. Desde aquel
-momento ya no me dió otro nombre que el de hermano.</p>
-
-<p>Mientras tanto, yo empezaba a concebir algunas esperanzas. Mi tío se
-había apaciguado un tanto, y los regocijos para celebrar mi próximo
-casamiento con su hija le habían inclinado el ánimo a ideas de mayor
-blandura. A cada paso le hacía presente que Pierrot no llevaba
-intenciones de ofenderle, sino de estorbarle un acto de severidad quizá
-excesiva; que ese negro, por su atrevida pelea con el caimán, había
-salvado a María de una muerte segura; que le debíamos ambos, él a su
-hija y yo a mi esposa; que, además, Pierrot era el más vigoroso de
-sus esclavos&mdash;porque no soñaba ya en obtener su libertad, sino que se
-contentaba con su vida&mdash;; que él, a solas, trabajaba<span class="pagenum" id="Page_65">[Pg 65]</span> tanto como otros
-diez negros cualesquiera; y, en fin, que sobraba con sus brazos para
-poner en movimiento los cilindros de un molino de azúcar. Mi tío me
-escuchaba y aun me daba a entender que quizá haría desistimiento de la
-queja. Sin embargo, no le hablé al negro de mis esperanzas, queriendo
-gozar del placer de anunciarle su libertad por entero si la conseguía;
-pero lo que causaba admiración era el ver que, creyéndose próximo a la
-muerte, no se aprovechaba de los medios de fuga de que disponía. Cuando
-se lo manifesté, respondió con frialdad:</p>
-
-<p>&mdash;Juzgarían que tengo miedo.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XIV">XIV</h3>
-</div>
-
-
-<p>Una mañana vino hacia mí María inundada de gozo, y lucía en su dulce
-semblante algo de más angelical aun que los contentos del amor más
-puro. Era el pensamiento de una buena acción.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha&mdash;me dijo&mdash;: dentro de tres días llegarán el 22 de agosto y
-nuestra boda. Pronto...</p>
-
-<p>Yo le interrumpí, contestando:</p>
-
-<p>&mdash;No digas pronto, María, cuando faltan tres días aún.</p>
-
-<p>Se sonrió, ruborizándose, y prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;No me turbes, Leopoldo, que me ha venido una idea que te pondrá
-contento. Sabes que ayer fuí a la ciudad con mi padre para comprar
-los<span class="pagenum" id="Page_66">[Pg 66]</span> tocados para mi casamiento; no que me importen esos brillantes
-ni esas joyas, que no me han de hacer más hermosa a tus ojos, porque
-yo daría todas las perlas del mundo por una de aquellas flores que me
-quitó el tunante del ramo de caléndulas; pero, al fin, mi padre quiere
-colmarme de tales regalos y tengo que aparentar deseo por complacerle.
-Ayer vimos una <em>basquiña</em> floreada de raso de China, metida en
-un cofrecito de palo de olor, que me llamó mucho la atención. Es cosa
-muy cara, pero muy extraña y muy bonita. Mi padre observó lo mucho
-que yo la miraba, y cuando volvimos a casa le pedí que me prometiera
-concederme una súplica, al modo de los antiguos paladines; ya sabes
-cuánto le gusta que se le compare con los caballeros antiguos. Me juró,
-pues, por su honor que me concedería la primera cosa que le pidiera,
-fuese cual fuese, y se figura que será la basquiña de raso de China;
-pero nada de eso, que será la vida de Pierrot. Este será mi regalo de
-boda.</p>
-
-<p>No pude menos de estrechar a aquel ángel entre mis brazos; y como la
-palabra de mi tío era cosa sagrada, mientras que María iba a reclamar
-su cumplimiento, yo acudí de carrera al castillo de Galifet para
-anunciarle a Pierrot su perdón, ya positivo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hermano!&mdash;le grité al entrar&mdash;. ¡Hermano, regocíjate, que tu vida
-está en salvo! María la ha pedido a su padre por regalo de boda.</p>
-
-<p>El esclavo se estremeció.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_67">[Pg 67]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡María! ¡Boda! ¡Mi vida! ¿Cómo pueden hermanarse tales cosas?</p>
-
-<p>&mdash;Es muy sencillo&mdash;le respondí&mdash;. María, a quien le salvaste la vida
-también, se casa...</p>
-
-<p>&mdash;¿Con quién?&mdash;exclamó el esclavo, y sus miradas eran desatentadas y
-terribles.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues no lo sabes?&mdash;le repliqué con blandura&mdash;. Conmigo.</p>
-
-<p>Entonces su formidable rostro volvió a aparecer amistoso y resignado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí! Verdad es. ¡Contigo!&mdash;me dijo&mdash;. ¿Y cuál es el día señalado?</p>
-
-<p>&mdash;El 22 de agosto.</p>
-
-<p>&mdash;¡El 22 de agosto! ¿Estás demente?&mdash;repuso con expresión de temor y
-congoja.</p>
-
-<p>Aquí se detuvo y le miré atónito. Después de un breve rato de silencio,
-me estrechó la mano con fervor.</p>
-
-<p>&mdash;Hermano, en cuanto cabe debo mi boca darte un consejo. Créeme: anda,
-ve a la ciudad del Cabo y celebra tu casamiento antes del día 22.</p>
-
-<p>En vano quise averiguar el sentido de aquellas enigmáticas palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós&mdash;me dijo con voz solemne&mdash;. Quizá ya he dicho demasiado; pero
-aborrezco aún más la ingratitud que el perjurio.</p>
-
-<p>Me separé, pues, de él lleno de indecisión e inquietud, las cuales, sin
-embargo, pronto se disiparon entre las ilusiones de mi ventura.</p>
-
-<p>Aquel mismo día retiró mi tío su querella, y yo volví al castillo para
-dar suelta a Pierrot. Tadeo,<span class="pagenum" id="Page_68">[Pg 68]</span> sabiendo que estaba libre, entró conmigo
-en el encierro; pero... Pierrot había desaparecido. <i>Rask</i>, que
-se encontraba solo, se me acercó haciéndome fiestas, y como reparé
-que traía atada al cuello una hoja de palma, se la quité y leí lo que
-sigue: <em>Gracias, hermano, porque me has salvado por tercera vez la
-vida. Hermano, no olvides tus promesas.</em> Y debajo estaban escritas,
-en lugar de firma, las palabras <em>Yo, que soy contrabandista</em>.</p>
-
-<p>Tadeo estaba aún más asombrado que yo, porque ignoraba el secreto
-de la abertura en la pared, y se le ocurrió si el negro se habría
-transformado en perro. Yo le dejé creer cuanto se le antojara,
-contentándome con exigirle el secreto sobre lo que había presenciado.
-También quise llevarme a <i>Rask</i>; pero al salir del castillo se
-metió por las malezas, y luego le perdí de vista.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XV">XV</h3>
-</div>
-
-
-<p>Mi tío se indignó con la evasión del esclavo. Mandó hacer pesquisas, y
-escribió al gobernador para que pusiesen a su disposición a Pierrot, en
-caso de encontrarlo.</p>
-
-<p>Llegó en esto por fin el 22 de agosto, y mi enlace con María se celebró
-con gran pompa en la parroquia del Acul. ¡Cuán feliz fué aquel día,
-en que iban a tener comienzo mis desgracias! Estaba yo embriagado de
-cierto júbilo, que no sabré explicar a quien no lo haya experimentado,
-y a<span class="pagenum" id="Page_69">[Pg 69]</span> Pierrot y a sus funestos vaticinios los arrojé del todo de mi
-memoria. Vino, al cabo, la ansiada noche, y mi tierna esposa se retiró
-al aposento nupcial, donde no pude seguirla tan luego como lo apetecía.
-Un deber penoso, pero indispensable, reclamaba antes mi presencia:
-el empleo de capitán de milicias exigía que saliese de ronda por los
-cuerpos de guardia de la vega. Semejante precaución se había hecho en
-aquella época imperiosamente necesaria, de resultas de los disturbios
-de la colonia; de los levantamientos aislados de los negros, tentativas
-que, si bien con facilidad sofocadas, se habían repetido en los meses
-de junio y julio, y aun a los principios de agosto, en las haciendas
-de Thibaud y Lagoscette; y de resultas, en fin, y más principalmente,
-de las pésimas disposiciones de los mulatos libres, agriados y no
-atemorizados con la justicia, aun reciente, del rebelde Ogé. Mi tío
-fué el primero en recordarme mi obligación, y tuve que resignarme a
-cumplirla. Vestí, pues, mi uniforme y salí. Visité los primeros puestos
-sin encontrar motivos de recelo; pero hacia la media noche, cuando
-recorría distraído las baterías a orillas del mar, vi despuntar en el
-horizonte una vislumbre rojiza, que fué creciendo y extendiendo sus
-resplandores por el lado de Limonade y de San Luis de Morin. Al pronto,
-los soldados y yo lo atribuímos todos a algún incendio casual; mas
-un momento después, las llamas se hicieron tan visibles, y el humo,
-empujado por el viento, acrecentó y espesó a tal punto sus remolinos,<span class="pagenum" id="Page_70">[Pg 70]</span>
-que tomé con rapidez el camino de la fortaleza para dar la alarma y
-enviar socorros. Al pasar por junto las chozas de nuestros negros, me
-quedé admirado de la agitación que reinaba. La mayor parte estaban
-aún en pie y hablaban entre sí con viveza extraordinaria, de modo que
-un nombre extraño, Bug-Jargal, se repetía con frecuencia en medio de
-aquella su ininteligible jerigonza. Logré, sin embargo, coger varias
-palabras cuyo sentido anunciaba, a mi entender, que los negros de la
-llanura del norte estaban en insurrección abierta y entregaban a las
-llamas los plantíos y habitaciones situadas al otro lado de la ciudad
-del Cabo. A la par tropecé con el pie, al atravesar un pantano, en un
-montón de hachas y azadones escondidos entre los juncos y los mangles.
-En zozobra, y no sin causa, hice ponerse al punto sobre las armas a
-todos los milicianos del Acul, y mandé vigilar a los esclavos. Con esto
-volvió todo a entrar en el sosiego de costumbre.</p>
-
-<p>Pero, mientras tanto, parecía como si el estrago creciera a cada
-instante y fuera avecinándose al Limbé; hasta había quien se imaginaba
-oír el estrépito lejano de los cañones y de las descargas de fusilería.
-Hacia las dos de la mañana, mi tío, a quien había despertado, no
-pudiendo calmar su ansiedad, me ordenó dejar en el Acul parte de la
-milicia al mando del teniente, y, obedeciendo a sus preceptos, porque,
-según dejé ya dicho, era diputado de la asamblea provincial, salí con
-el resto de mis soldados en dirección del Cabo, cuando<span class="pagenum" id="Page_71">[Pg 71]</span> María estaba o
-aguardándome o entregada al sueño.</p>
-
-<p>Jamás olvidaré el aspecto de la ciudad al tiempo de aproximarme.
-Las llamas, que iban ya devorando las haciendas de sus contornos,
-esparcían un lúgubre reflejo, obscurecido por los torrentes de humo,
-que el viento empujaba por las calles. Chorros de chispas encendidas,
-producidas por las leves e inflamadas hojas de la caña y lanzadas con
-violencia por el viento, cual espesos copos de nieve, sobre los techos
-de las habitaciones y la jarcia de los barcos fondeados en la bahía,
-amenazaban a cada instante a la ciudad del Cabo con un incendio no
-menos espantoso del que ardía en sus inmediaciones. Era un espectáculo
-horrible e imponente el ver por una parte a los pálidos vecinos
-exponiendo la vida por disputarle al crudo azote el único asilo que
-de tantas riquezas aún conservaban, mientras por otra los buques,
-temerosos de igual suerte y favorecidos siquiera por aquel viento, tan
-funesto para los infelices habitantes, se alejaban a toda vela por un
-mar teñido por los sanguíneos resplandores del incendio.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XVI">XVI</h3>
-</div>
-
-
-<p>Aturdido con el cañoneo de los fuertes, el clamor de los fugitivos
-y el lejano ruido de los edificios desplomados, no sabía hacia qué
-punto encaminar mi tropa, cuando nos encontramos en la<span class="pagenum" id="Page_72">[Pg 72]</span> plaza de armas
-con el capitán de los Dragones amarillos, que nos sirvió de guía. No
-me detendré, señores, en describir el cuadro que ofrecía la campiña
-incendiada. Bastantes hay que han pintado estos primeros desastres del
-Cabo, y mi ánimo necesita pasar de ligero por tales recuerdos, que
-encierran en sí fuego y sangre. Me contentaré así con decir que los
-negros insurgentes eran ya dueños del Dondon, de la Madriguera Roja, de
-la aldea de Onanaminte y hasta de los desgraciados plantíos del Limbé,
-lo que me llenó de zozobra, a causa de su proximidad al distrito del
-Acul.</p>
-
-<p>Corrí precipitado al palacio del gobernador, M. de Blanchelande, donde
-todo se hallaba en la mayor confusión, incluso la cabeza del dueño,
-y le pedí órdenes, suplicándole encarecidamente que proveyera a la
-seguridad del Acul, que se tenía ya por amenazado. Estaban con él M.
-De Rouvray, mariscal de campo, y uno de los más ricos hacendados de la
-isla; M. De Touzard, teniente coronel del regimiento del Cabo; algunos
-miembros de ambas asambleas, general y provincial, y muchas personas
-de viso en la colonia, y en el momento de mi entrada, esta especie de
-consejo estaba en deliberación con extraordinario desorden.</p>
-
-<p>&mdash;Señor gobernador&mdash;decía un miembro de la asamblea provincial&mdash;,
-demasiado cierto es eso. Son los esclavos y no la gente de color libre.
-Ya hace largo tiempo que lo teníamos anunciado y predicho.</p>
-
-<p>&mdash;Ustedes lo decían, pero sin creer en ello&mdash;respondió<span class="pagenum" id="Page_73">[Pg 73]</span> agriamente un
-miembro de la asamblea colonial, llamada <em>general</em>&mdash;. Lo decían
-para ganarse crédito a expensas nuestras; pero tan lejos estaban de
-creer en un levantamiento formal, que las intrigas de su asamblea
-fueron las que desde 1789 inventaron aquella famosa y ridícula rebelión
-de tres mil esclavos en los montes del Cabo, rebelión en la que se
-redujeron los muertos a un guardia nacional, y aun ése murió a manos de
-sus propios compañeros.</p>
-
-<p>&mdash;Repito&mdash;repuso el <em>provincial</em>&mdash;que vimos más claro, y la causa
-es muy sencilla. Nosotros nos quedamos aquí para observar los negocios
-de la colonia, mientras su asamblea de ustedes se fué a Francia en
-busca de aquella risible pompa, que acabó en una reprimenda de la
-representación nacional; <i lang="fr" xml:lang="fr">ridiculus mus</i>.</p>
-
-<p>El diputado de la asamblea general respondió con amargo desdén:</p>
-
-<p>&mdash;Todos hemos sido reelectos unánimemente por nuestros conciudadanos.</p>
-
-<p>&mdash;Ustedes&mdash;replicó el otro&mdash;han dado causa con sus exageraciones a que
-se paseara por las calles la cabeza del infeliz que entró en un café
-sin la cucarda tricolor, y de que se ahorcara al mulato Lambert con
-pretexto de una petición que empezaba por estas palabras inusitadas:
-“En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”</p>
-
-<p>&mdash;¡Falso!&mdash;exclamó el de la <em>general</em>&mdash;. Eso proviene de la lucha
-de los principios con los privilegios, de los <em>jorobados</em> y de los
-<em>torcidos</em>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_74">[Pg 74]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Ya me lo tenía yo tragado que usted era un <em>independiente</em>!</p>
-
-<p>A semejante apodo del diputado de la asamblea provincial, su adversario
-respondió con aire de triunfo:</p>
-
-<p>&mdash;Eso es declararse usted un <em>plumero blanco</em>, y le felicito por
-la confesión.</p>
-
-<p>Quizá la disputa hubiese pasado aún más adelante si el gobernador no se
-metiera de por medio.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, señores, ¿qué tiene nada de eso que ver con el peligro
-inminente que nos amenaza? Aconséjenme ustedes en vez de insultarse
-los unos a los otros. He aquí los partes que me han llegado a las
-manos. La rebelión estalló esta noche, a las diez, entre los negros del
-ingenio de Turpin. Los esclavos, acaudillados por un negro inglés, a
-quien llaman Bouckmann, han arrastrado tras sí a los de las fincas de
-Clément, Trémès, Flaville y Noé. Han incendiado todas las haciendas y
-asesinado a los amos, cometiendo crueldades inauditas. Un solo hecho
-bastará para que puedan ustedes comprender de lleno tales horrores: ¡el
-cadáver de un niño ensartado en una lanza les sirve de bandera!</p>
-
-<p>Una exclamación general interrumpió a M. De Blanchelande.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es lo que pasa por las afueras&mdash;continuó&mdash;. En lo interior de
-la población, todo anda trastornado. Muchos vecinos del Cabo han dado
-muerte a sus esclavos porque el miedo los ha hecho<span class="pagenum" id="Page_75">[Pg 75]</span> crueles; los más
-compasivos o más valientes se han contentado con encerrarlos bajo
-llave. La población blanca pobre acusa de tales desastres a los pardos
-de color, y varios mulatos estuvieron para caer víctimas del furor
-popular; de modo que, para libertarlos, les he dado a todos por refugio
-una iglesia, donde están custodiados por un batallón. Por fin, ahora,
-para probar que no son cómplices de los negros, los pardos me piden
-armas y que se les señale un punto de defensa.</p>
-
-<p>&mdash;No se haga tal&mdash;prorrumpió una voz, que luego reconocí por la del
-hacendado sobre quien recaían sospechas de no tener muy limpia la
-sangre, y que tuvo poco antes conmigo un desafío&mdash;. No se arriesgue
-usted, señor gobernador, a darles armas a los mulatos.</p>
-
-<p>&mdash;Pues qué, ¿no quiere usted batirse?&mdash;le dijo con aspereza uno de los
-concurrentes.</p>
-
-<p>Pero él, no dándose por entendido, prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Los mulatos son nuestros peores enemigos, y los únicos de temer.
-Confieso que una rebelión era de esperar; pero de su parte, y no de la
-de los esclavos. ¿Acaso los esclavos son nada de por sí?</p>
-
-<p>El pobre hombre creía, con tales invectivas contra los mulatos,
-destruir en el ánimo de los blancos que le oían la idea de que
-perteneciese a aquella casta tan degradada; pero era demasiado ruin su
-intento para que se le lograse, como lo dió a entender un murmullo de
-desaprobación.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor&mdash;dijo el anciano general Rouvray&mdash;;<span class="pagenum" id="Page_76">[Pg 76]</span> sí, señor; los
-esclavos son algo, porque son cuarenta contra tres, y en mal lance
-nos veríamos si no tuviéramos para hacer frente a los negros y a los
-mulatos otros blancos que los de su especie de usted.</p>
-
-<p>El hacendado se mordió los labios.</p>
-
-<p>&mdash;Mi general&mdash;repuso el gobernador&mdash;, ¿qué opina usted de la petición
-de los mulatos?</p>
-
-<p>&mdash;Darles armas, señor gobernador, y correr a todo trapo&mdash;respondió M.
-De Rouvray.</p>
-
-<p>Y luego, encarándose con el pobre sospechado, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo oye usted, caballero, y es tiempo de que vaya a tomar sus armas.</p>
-
-<p>El hacendado, humillado, salió del aposento dando indicios de una ira
-reconcentrada. Mientras tanto, los clamores de angustia que resonaban
-por toda la ciudad se oían crecer de momento en momento en la estancia
-del gobernador y recordaban a los circunstantes el motivo de la
-conferencia. M. De Blanchelande entregó a uno de sus ayudantes una
-orden escrita de prisa con lápiz, y rompió el lúgubre silencio en que
-todos escuchaban aquel espantoso rumor:</p>
-
-<p>&mdash;Señores, ya se les va a dar armas a los pardos; pero aún nos quedan
-muchas disposiciones por tomar.</p>
-
-<p>&mdash;Es preciso convocar la asamblea provincial&mdash;dijo el diputado de la
-misma, que tenía la palabra en el momento que yo entré.</p>
-
-<p>&mdash;¡La asamblea provincial!&mdash;repuso su antagonista<span class="pagenum" id="Page_77">[Pg 77]</span> el de la colonial&mdash;.
-¿Qué significa tal asamblea?</p>
-
-<p>&mdash;¡Porque usted es diputado de la asamblea colonial!&mdash;repuso el
-<em>plumero blanco</em>.</p>
-
-<p>El <em>independiente</em> le interrumpió:</p>
-
-<p>&mdash;No conozco la <em>colonial</em> mejor que la <em>provincial</em>. No hay
-más asamblea que la general, ¿entiende usted, señor?</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien&mdash;replicó el plumero blanco&mdash;: yo os digo que la asamblea
-nacional de París es la única.</p>
-
-<p>&mdash;Convocar la asamblea provincial&mdash;repetía, riendo, el independiente&mdash;;
-como si no hubiera sido disuelta desde el momento en que la general
-decidió celebrar sus sesiones aquí.</p>
-
-<p>Una reclamación universal salió del auditorio, fatigado de tan ociosas
-disputas.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras ustedes, señores diputados, se entretienen en pamplinas
-semejantes&mdash;dijo un refaccionista&mdash;, ¿qué se hace de mi algodonal y el
-plantío de cochinilla?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de mis cuatrocientas mil matas de añil que tengo en el
-Limbé?&mdash;añadió un hacendado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de mis esclavos, pagados a treinta pesos, uno con
-otro?&mdash;prorrumpió el capitán de un buque negrero.</p>
-
-<p>&mdash;Cada minuto que se pierde&mdash;proseguía otro hacendado&mdash;me cuesta, con
-el reloj y el arancel en la mano, diez quintales de azúcar, que, a diez
-y siete pesetas el quintal, hacen ciento treinta libras, y diez sueldos
-en moneda de Francia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_78">[Pg 78]</span></p>
-
-<p>&mdash;La colonial, a que usted llama general&mdash;continuó uno de los
-contendientes, dominando el bullicio a fuerza de pulmones&mdash;, es una
-usurpadora. Que se quede en Puerto Príncipe fabricando y expidiendo
-decretos para dos leguas en cuadro de territorio, y que nos deje aquí
-en sosiego. El Cabo está bajo la jurisdicción del Congreso provincial
-del Norte, y de nadie más.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sostengo&mdash;respondió el independiente&mdash;que su excelencia el
-señor gobernador no goza de derecho para convocar otra asamblea que
-la general de los representantes de la colonia, presidida por M. De
-Cadusch.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ¿adónde está ese presidente?&mdash;preguntó el plumero blanco&mdash;.
-¿Adónde está su asamblea? Ni cuatro individuos han llegado, mientras la
-provincial entera se halla presente. ¿Querría usted, por casualidad,
-representar en su sola persona a toda una asamblea y a toda una colonia?</p>
-
-<p>Esta rivalidad de entrambos diputados, fieles órganos de sus
-corporaciones respectivas, exigió de nuevo la intervención del
-gobernador.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde van ustedes a parar, señores, con sus sempiternas asambleas
-<em>provincial</em>, <em>general</em>, <em>colonial</em>, <em>nacional</em>?...
-¿Servirá de mucho para ilustrar a esta corporación invocar así el nombre
-de otras tres o cuatro?...</p>
-
-<p>&mdash;¡Voto a Dios!&mdash;gritó con voz de trueno el general Rouvray, dando
-una fuerte palmada en la mesa del Consejo&mdash;, ¡y qué endemoniados
-parlanchines! ¡Mejor quisiera habérmelas a voces con<span class="pagenum" id="Page_79">[Pg 79]</span> un cañón de a
-veinticuatro! ¿Qué se nos da de esas dos asambleas que se disputan el
-paso como dos compañías de granaderos al subir a la brecha? Pues bien,
-señor gobernador: lo mejor será convocarlas a ambas, y yo organizaré
-con ellas dos batallones para salir a campaña contra los negros.
-Veremos si hacen tanto ruido con los fusiles como con la lengua.</p>
-
-<p>Después de esta áspera rociada, volviéndose hacia mí, que estaba a su
-lado, me dijo a media voz:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted que haga un gobernador nombrado por el rey
-entre dos asambleas de Santo Domingo que se pretenden soberanas?
-Los habladores y los abogados son quienes lo echan todo a perder
-aquí, como en la metrópoli. Si yo tuviera la honra de ser el señor
-teniente general, pondría de patas en la calle a toda esa canalla,
-diciéndoles: <em>El rey, reina, y yo mando</em>; enviaría a Barrabás
-la responsabilidad hacia esos llamados representantes, y con diez
-cruces de San Luis, prometidas a nombre de Su Majestad, encerraría
-en un abrir y cerrar de ojos a todos los rebeldes en la isla de la
-Tortuga, habitación en algún tiempo de otros bandidos semejantes, los
-piratas. Joven, acuérdese usted de lo que le digo. Los <em>filósofos</em>
-engendraron a los <em>filántropos</em>, quienes procrearon a su vez a los
-<em>negrófilos</em>, los que nos van dando a luz los <em>matablancos</em>,
-que así se llamarán mientras se les busca un nombre griego-latino.
-Esas fingidas ideas liberales con que se embriagan en Francia son un
-veneno bajo la latitud de los Trópicos.<span class="pagenum" id="Page_80">[Pg 80]</span> Convenía tratar a los negros
-con blandura, pero no llamarlos a una emancipación tan repentina. Todos
-los horrores que se ven hoy en Santo Domingo provienen de la sociedad
-patriótica de Massiac, y la insurrección de los esclavos no es más que
-un golpe de rebote de la toma de la Bastilla.</p>
-
-<p>Mientras que el veterano me explicaba sus opiniones políticas,
-respirando franqueza y convencimiento, seguían los tempestuosos
-debates. Un hacendado del corto número que participaba del frenesí
-revolucionario, y que tomaba el título de ciudadano general C...,
-porque había servido de caudillo en algunas escenas de carnicería,
-exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Antes se necesita dar ejemplos que pelear. Las naciones exigen
-lecciones terribles: atemoricemos, pues, a los negros. Yo soy quien
-apaciguó los levantamientos de junio y julio poniendo en la entrada de
-mi finca cincuenta cabezas de negros clavadas cada cual en una estaca
-y colocadas como árboles a estilo de alameda. Que cada uno dé su cuota
-para la proposición que voy a hacer, y defendamos las murallas del Cabo
-con los negros que aún nos quedan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?... ¡Qué imprudencia!&mdash;empezaron todos a decir.</p>
-
-<p>&mdash;Ustedes no me comprenden, señores&mdash;repuso el <em>ciudadano
-general</em>&mdash;. Hagamos un cordón con cabezas de negros que rodee
-la ciudad desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol,
-y sus compañeros los insurgentes no se atreverán a acercarse. En
-circunstancias como las presentes<span class="pagenum" id="Page_81">[Pg 81]</span> es menester sacrificarse por el bien
-general, y yo lo haré el primero. Quinientos negros me quedan sumisos,
-y los pongo a disposición de la Junta.</p>
-
-<p>La propuesta se recibió con un movimiento general de horror y voces
-unánimes de “¡Horrible! ¡Abominable!”</p>
-
-<p>&mdash;Medidas de esa naturaleza son las que lo han arruinado todo&mdash;dijo
-otro hacendado&mdash;. Si no se hubieran dado tanta prisa en ajusticiar a
-los insurgentes de junio y julio, se habría podido coger el hilo de la
-conspiración, y no que ahora el verdugo lo ha cortado con su hacha.</p>
-
-<p>El ciudadano C... observó por algunos instantes el silencio propio de
-un despechado, y luego empezó a refunfuñar entre dientes:</p>
-
-<p>&mdash;Pues, con todo, me tenía y me tengo por persona no sospechosa. Soy
-amigo de todos los <em>negrófilos</em> del mundo, y corresponsal de
-Brissot y de Pruneau de Pomme-Gouge en Francia; de Hans Sloane, en
-Inglaterra; de Magaw, en América; de Pezll, en Alemania; de Olivarius,
-en Dinamarca; de Wadstrohm, en Suecia; de Peter Paulus, en Holanda; de
-Avendaño, en España, y del abate Pedro Tamburini, en Italia.</p>
-
-<p>A medida que adelantaba en su catálogo de negrófilos, iba alzando la
-voz, y, por último, concluyó con decir:</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero aquí no se entiende pizca de filosofía!</p>
-
-<p>M. De Blanchelande pidió por tercera vez que se recogieran los votos.</p>
-
-<p>&mdash;Señor gobernador&mdash;dijo una voz&mdash;, mi parecer<span class="pagenum" id="Page_82">[Pg 82]</span> es que nos embarquemos
-todos en el <i>Leopardo</i>, que está en la bahía.</p>
-
-<p>&mdash;Que se pregone la cabeza de Bouckmann&mdash;dijo otro.</p>
-
-<p>&mdash;Que se le envíe un aviso al gobernador de la Jamaica&mdash;dijo el tercero.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, para que nos mande otra vez el risible socorro de quinientos
-fusiles&mdash;respondió un diputado de la provincial&mdash;. Lo mejor será enviar
-una consulta a Francia y aguardar la respuesta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aguardar!, ¡aguardar!&mdash;prorrumpió M. De Rouvray con energía&mdash;. Y
-los negros, ¿aguardarán? Y la llama, tan vecina, que va a devorar a la
-ciudad, ¿aguardará también? M. De Touzard, mande usted tocar generala;
-agarre artillería y salga con sus granaderos y cazadores contra el
-grueso de los rebeldes. Usted, señor gobernador, establezca campamentos
-en todas las parroquias de Levante y guardias de observación en
-Trou y en Vallieres, y yo me encargo de las vegas del castillo del
-Delfín. Dirigiré los trabajos; mi abuelo, que era maestre de campo del
-regimiento de Normandía, ha servido a las órdenes del señor mariscal de
-Vauban; yo he estudiado a Folard y Bezont, y tengo un poco de práctica
-en defender un país abierto. Además, como las vegas del fuerte del
-Delfín, rodeadas casi por el mar y las fronteras españolas, parecen una
-península, se defenderán en cierta manera por sí solas. Igual ventaja
-presenta la península del Muelle. En fin, aprovechémonos de todo, y
-manos a la obra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_83">[Pg 83]</span></p>
-
-<p>El lenguaje enérgico y positivo del militar de experiencia acalló
-de repente toda la discordancia de votos y de opiniones. El general
-acertaba, y aquel instinto que cada cual posee para distinguir lo que
-le conviene, reunió todos los pareceres al de M. De Rouvray; y mientras
-el gobernador le manifestaba en un apretón amistoso de la mano cuánto
-agradecía el valor de sus consejos, bien que dados a modo de orden, y
-la importancia de su auxilio, el resto de la concurrencia reclamaba
-la pronta ejecución de dichas medidas. Los únicos dos diputados de
-entrambas asambleas rivales aparentaban disentir del asenso general,
-y cada cual en su rincón hablaba entre dientes de <em>usurpación
-de facultades por parte del poder ejecutivo, de resoluciones
-atropelladas</em> y de <em>exigir la responsabilidad</em>.</p>
-
-<p>Yo aproveché la coyuntura para arrancarle a M. De Blanchelande las
-órdenes que con tal anhelo solicitaba, y salí, a fin de reunir mi tropa
-y ponerme de nuevo en marcha hacia el Acul, no obstante el cansancio de
-que todos, excepto yo, daban muestras.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XVII">XVII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Iban ya despuntando los primeros albores de la mañana cuando acudí a
-la plaza de Armas, despertando a los milicianos, que dormían echados
-en sus capotes, mezclados con los Dragones encarnados y amarillos,
-con los fugitivos del llano,<span class="pagenum" id="Page_84">[Pg 84]</span> con los ganados que mugían y balaban,
-y con los efectos de toda especie introducidos en la ciudad por los
-dueños de haciendas. En medio de tal desorden, iba ya logrando poner mi
-escasa fuerza en orden, cuando vi acudir hacia mí, a escape tendido, un
-dragón amarillo, cubierto de sudor y de polvo, y, adelantándome a su
-encuentro, supe con espanto, a las pocas y entrecortadas palabras que
-pronunció, que mis temores se habían realizado, que la insurrección se
-había propagado por las vegas del Acul y que los negros habían puesto
-sitio al castillo de Galifet, donde se habían refugiado la milicia
-y los hacendados blancos. Y aquí convendrá decir que el castillo de
-Galifet era de muy poca importancia, pues en Santo Domingo se le daba
-aquel pomposo nombre a cualquier fortín de campaña.</p>
-
-<p>No había, pues, ni un momento que perder. Busqué cuantos caballos
-me fué dable para montar mi tropa, y sirviéndome el dragón de guía,
-llegamos a la hacienda de mi tío hacia las diez de la mañana. Apenas
-eché una mirada sobre aquellos magníficos plantíos, convertidos en un
-mar de llamas que despedían de su seno espesas olas de humo, entre las
-cuales cruzaban, arrebatados como leves chispas por el viento, gruesos
-troncos de árboles vomitando fuego. El espantoso crujir del incendio,
-como que respondía a los aullidos lejanos de los negros rebeldes,
-a quienes alcanzaba a oír, aunque no a divisar. Sólo me acusaba un
-pensamiento, del que no podía distraerme la<span class="pagenum" id="Page_85">[Pg 85]</span> pérdida de tantas riquezas
-de que hubiera sido dueño: ¡el salvar a María! Después de conseguirlo,
-¿qué me importaba el resto? Sabía que estaba encerrada en el castillo,
-y mi única súplica a Dios era la de llegar a tiempo. Sólo esta
-esperanza me alentaba en mis penas y me daba las fuerzas y los bríos de
-un león.</p>
-
-<p>Por fin, a una vuelta del camino, se descubrió el castillo de Galifet,
-con el estandarte tricolor ondeando aún en sus murallas, defendidas por
-un vivo fuego de fusilería. Solté un grito de placer:</p>
-
-<p>&mdash;¡A galope, amigos; riendas sueltas y meted espuelas!&mdash;dije a mis
-compañeros.</p>
-
-<p>Y, redoblando el paso, nos arrojamos a campo a traviesa hacia
-el castillo, a cuyas plantas se veía la habitación de mi tío,
-desmantelada, pero en pie aún e iluminada por los rojizos reflejos del
-incendio, que todavía no había hecho en ella presa, pues el viento
-soplaba de la mar y estaba aislada de cualquier otro edificio.</p>
-
-<p>Una multitud de negros guarecidos en la casa se mostraban a la vez en
-el ventanaje todo y aun en los techos, y sus armas y antorchas relucían
-en medio de los incesantes disparos que hacían al castillo, mientras
-otro y más numeroso tropel de sus camaradas subía, caía y volvía a
-subir de nuevo por los muros de la fortaleza, rodeados de escalas.
-Aquellas oleadas de negros, sin cesar rechazados y sin cesar asomando
-sobre aquellos cenicientos paredones, se asemejaban a un enjambre de
-hormigas que procuran ascender por la<span class="pagenum" id="Page_86">[Pg 86]</span> concha de una gruesa tortuga, y
-de cuyas molestias se liberta de rato en rato el tardo animal con una
-sacudida.</p>
-
-<p>Tocábamos, por fin, en las obras avanzadas del fuerte, y con la vista
-fija en el asta de bandera, animé a mis soldados, invocando el nombre
-de sus familias, recogidas cual la mía al amparo de aquellos muros, en
-cuyo socorro íbamos. Una aclamación general me respondió, y, formando
-mi reducido escuadrón en columna, estaba pronto a dar la voz de carga
-contra el tropel de los asaltantes. En este momento, un grito agudo
-salió del recinto de la fortaleza; un espeso remolino de humo envolvió
-todo el edificio, extendiendo por algún espacio sus vaporosos pliegues
-en derredor de las murallas, de donde salía un rumor semejante al de
-un horno encendido, y, alzándose luego en el aire, nos dejó ver el
-castillo de Galifet, dominado por una bandera roja, anuncio de la cabal
-catástrofe.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XVIII">XVIII</h3>
-</div>
-
-
-<p>No diré lo que por mí pasó a la vista de aquel horrible espectáculo.
-Con vergüenza lo confieso; pero la toma del castillo, la muerte de sus
-defensores, la carnicería de veinte familias, tamaño, en fin, y tan
-universal estrago, no me ocupó ni por un instante. ¡María, perdida
-para mí, arrebatada de mis brazos a las pocas horas de aquella en que
-me había sido confiada para siempre, perdida por mi culpa, pues si no
-la hubiera abandonado<span class="pagenum" id="Page_87">[Pg 87]</span> la noche anterior para ir al Cabo por orden de
-mi tío, hubiese podido siquiera estar a su lado, y morir junto a ella,
-y con ella y en su defensa, que casi era no perderla! Tales y tan
-amargas ideas hicieron subir mi dolor al punto de frenesí. Había en mi
-desesperación algo de remordimiento.</p>
-
-<p>En esto, mis compañeros clamaron irritados:</p>
-
-<p>&mdash;¡Venganza!</p>
-
-<p>Y con el sable en la boca y las pistolas empuñadas en ambas manos, nos
-metimos por medio de los rebeldes vencedores. Aun cuando en número muy
-superior, los negros huían al acercarnos; pero delante y detrás, por
-derecha e izquierda, iban asesinando a los blancos y apresurándose a
-incendiar el fuerte; nuestro furor se acrecentaba con su cobardía.</p>
-
-<p>A una puerta del castillo se me presentó Tadeo, cubierto de heridas.</p>
-
-<p>&mdash;Mi capitán&mdash;dijo&mdash;: su Pierrot de usted es un hechicero, un
-<em>obí</em>, como dicen esos condenados negros, o, cuando menos, un
-diablo. Nos estábamos sosteniendo y ustedes llegaban, con lo que
-quedaba todo remediado, cuando se entró en la fortaleza no sé por
-dónde, y cate usted ahí... En cuanto a su señor tío, y su familia... y
-la señora...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y María?&mdash;le interrumpí&mdash;. ¿Dónde está María?</p>
-
-<p>En este momento, un negro de alta estatura salió de entre un parapeto
-incendiado, llevándose una mujer joven, que gritaba y luchaba en sus
-brazos. La joven era María; el negro era Pierrot.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_88">[Pg 88]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Pérfido!&mdash;le grité, y le apunté con una de mis pistolas.</p>
-
-<p>Pero otro de los esclavos rebeldes corrió a cubrirle del tiro, y,
-atravesado por la bala, cayó muerto a mis pies.</p>
-
-<p>Pierrot se volvió, y pareció como que me dirigía algunas palabras,
-y luego se escondió con su presa entre una maleza de cañas medio
-abrasadas. Un momento después atravesó un perro, llevando en la boca
-la cuna del hermano menor de María. También reconocí al perro, que era
-<i>Rask</i>, y, transportado de ira, le disparé la segunda pistola,
-pero erré la puntería.</p>
-
-<p>Eché a correr como insensato, siguiéndole las huellas; pero mis dos
-viajes en el curso de la noche, tantas horas pasadas sin tomar descanso
-ni alimento, mis temores acerca de María, la súbita mudanza del colmo
-de la fortuna al último grado de las desdichas, tantas violentas
-emociones del ánimo más aun que las fatigas del cuerpo, habían agotado
-mis fuerzas. A los pocos pasos empecé a vacilar, se me anubló la vista
-y di en tierra con un desmayo.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XIX">XIX</h3>
-</div>
-
-
-<p>Al volver en mí, me encontré en la habitación arruinada de mi tío y
-entre los brazos de Tadeo, que, lleno de bondad, tenía clavados en mí
-los ansiosos ojos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_89">[Pg 89]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Victoria!&mdash;gritó en cuanto sintió al tacto reanimárseme el pulso&mdash;.
-¡Victoria, los negros van de vencida y el capitán ha resucitado!...</p>
-
-<p>Interrumpí su grito de alegría con mi eterna pregunta:</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está María?</p>
-
-<p>Yo aún no había coordinado mis pensamientos; conservaba la idea, mas no
-el recuerdo exacto de mis infortunios. Tadeo bajó la cabeza. Recobré
-entonces la memoria, trayendo a la imaginación la horrible noche de mis
-bodas, y la figura de aquel negro gigante arrebatando a María al través
-de las llamas, se me renovó cual visión infernal. El horrendo relámpago
-que acababa de iluminar a la colonia y de enseñar a los blancos un
-enemigo en cada cual de sus esclavos, me hizo reputar a aquel Pierrot
-tan bueno, tan generoso, tan fiel, que me debía tres vidas, por un
-ingrato, un rival y un monstruo. El robo de mi mujer, en la noche de
-nuestro enlace, me confirmaba en las anteriores sospechas, y claramente
-reconocí que el músico incógnito de la glorieta era el mismo execrable
-raptor de María. ¡Cuánta mudanza en tan escasas horas!</p>
-
-<p>Tadeo me dijo que en balde se había afanado en seguir a Pierrot y a
-su perro; que los negros se habían retirado, aunque su número era muy
-suficiente para aniquilar nuestras cortas fuerzas, y que el incendio
-de los bienes de mi familia seguía su curso, sin que fuese posible
-atajarlo.</p>
-
-<p>Le pregunté si sabía del paradero de mi tío, a<span class="pagenum" id="Page_90">[Pg 90]</span> cuyo aposento me habían
-conducido; me agarró en silencio de la mano, y, llevándome hacia su
-cama, descorrió el cortinaje. Allí yacía mi desgraciado tío, sobre su
-lecho ensangrentado, con un puñal hondamente clavado en el corazón;
-y por el sosiego de las facciones se conocía que le habían herido en
-brazos del sueño. La camilla del enano Habibrah, que acostumbraba
-a dormir a sus pies, también estaba salpicada de sangre, y manchas
-idénticas se veían en el estrambótico ropaje del pobre juglar, arrojado
-en el suelo a corta distancia del lecho. No me quedó, pues, duda de
-que el bufón había sido víctima de su conocida fidelidad a mi tío, y
-que había perecido a manos de sus camaradas, quizá en defensa de su
-señor. Echéme entonces con severidad en cara las preocupaciones que me
-habían hecho concebir juicios tan errados sobre el carácter de Pierrot
-y de Habibrah, y con las lágrimas que me arrancó el fin trágico y
-prematuro de mi tío vinieron a mezclarse algunos recuerdos pesarosos de
-su desdichado enano. Di orden para que se buscara el cuerpo; pero las
-pesquisas fueron vanas, suponiendo yo que los negros habrían cargado
-con él y arrojándolo a las llamas; y en las honras fúnebres que hice
-celebrar a mi padre adoptivo, mandé recitar algunas oraciones por el
-descanso del alma de su fiel Habibrah.</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_91">[Pg 91]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="XX">XX</h3>
-</div>
-
-
-<p>El castillo de Galifet quedaba arruinado, nuestras haciendas habían
-desaparecido, y era tan excusado cuanto imposible permanecer por más
-largo tiempo entre aquellos escombros. En la tarde misma regresamos al
-Cabo.</p>
-
-<p>Llegados allí, una fiebre ardiente se apoderó de mí. Los esfuerzos que
-hube intentado para domar mi desesperación eran demasiado violentos, y
-la cuerda, estirada sin mesura, saltó, y caí en un profundo delirio.
-Todas mis esperanzas burladas, mi amor profanado, mi amistad vendida,
-mi porvenir perdido, y, sobre todo, los implacables celos, trastornaron
-mi juicio, y juzgaba sin cesar que veía las llamas circular por mis
-venas. La cabeza se me partía y las furias me desgarraban las entrañas.
-Me representaba a María en poder de otro dueño, de otro amante; en
-poder de un esclavo, de Pierrot. Dicen que en aquellos momentos me
-arrojaba del lecho, y eran necesarios seis hombres para impedir que me
-deshiciera el cráneo contra las paredes. ¡Ah! ¿Por qué no me dejaron
-entonces morir?</p>
-
-<p>La crisis pasó. Los médicos, los cuidados de Tadeo y no sé qué fuerza
-vivificante de la juventud vencieron el mal, aquel mal que hubiera
-podido ser un bien tan grande. Curé al cabo de diez días, y no me
-afligí por ello. Me alegré de poder vivir algún tiempo más para
-vengarme.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_92">[Pg 92]</span></p>
-
-<p>Apenas convalecido, fuí a solicitar del señor De Blanchelande que me
-pusiese en servicio activo, y quiso él confiarme la defensa de algún
-punto fortificado; pero yo le supliqué que me agregara en clase de
-voluntario a cualquiera de las columnas volantes que acostumbraban a
-hacer expediciones contra los negros para barrer el país. Mientras
-tanto, se había fortificado de ligero la ciudad del Cabo, y la
-insurrección seguía haciendo espantosos progresos. Los negros de
-Puerto Príncipe empezaban a conmoverse; Biassou hacía de cabeza de
-los del Limbé, el Dondon y el Acul; Juan Francisco se había declarado
-generalísimo de los rebeldes de las vegas de Maribarou; Bouckmann,
-famoso más adelante por su trágico fin, recorría con sus secuaces las
-riberas de la Limonade, y, por último, las bandas de Morne-Rouge habían
-aclamado por caudillo a un negro llamado Bug-Jargal.</p>
-
-<p>El carácter de este último, a dar crédito a lo que de él se decía,
-contrastaba de una manera extraordinaria con la ferocidad de sus
-iguales. Al paso que Bouckmann y Biassou inventaban mil géneros de
-muerte para los prisioneros que caían entre sus garras, Bug-Jargal se
-apresuraba a facilitarles medios para salir de la isla. Los primeros
-celebraban contratos con las lanchas españolas que cruzaban por la
-costa y les vendían de antemano los despojos de los desgraciados a
-quienes precisaban a la fuga; Bug-Jargal, por el contrario, había
-echado a pique varios de estos piratas. M. Colas de Maigné y otros
-ocho hacendados de<span class="pagenum" id="Page_93">[Pg 93]</span> distinción fueron desatados por su mandato de la
-rueda donde los tenía ya ligados Bouckmann para darles tormento, y se
-contaban de él otros mil actos de generosidad que serían demasiado
-largos de referir.</p>
-
-<p>Sin embargo, mi sed de venganza no parecía próxima a saciarse, pues
-no había vuelto a oír hablar de Pierrot. Los rebeldes, al mando de
-Biassou, seguían hostigando al Cabo, y aun tuvieron una vez el arrojo
-de subir al cerro que domina la ciudad, costando no poco trabajo el
-rechazarlos a los cañones de la ciudadela. Entonces el gobernador
-resolvió acorralarlos hacia lo interior de la isla. La milicia del
-Acul, el Limbé, Ouanaminta y Maribarou, unidas al regimiento del
-Cabo y a las terribles compañías de Dragones amarillos y encarnados,
-formaban nuestro ejército de operaciones. La milicia del Dondon y de
-Quartier-Dauphin, reforzadas con un cuerpo de voluntarios a las órdenes
-del comerciante Poncignon, guarnecían la plaza. El gobernador trató
-primero de desembarazarse de Bug-Jargal, quien le incomodaba en sus
-movimientos y le alarmaba con sus diversiones. Envió, pues, en su busca
-la milicia de Ouanaminta, con un batallón del Cabo; pero la columna
-regresó a los dos días en completa derrota. El gobernador se obstinó en
-destruir a Bug-Jargal, y mandó salir a las mismas tropas con cincuenta
-dragones amarillos y cuatrocientos milicianos de Maribarou de refuerzo.
-Esta segunda expedición quedó más maltratada aún que la<span class="pagenum" id="Page_94">[Pg 94]</span> primera, y
-Tadeo, que formaba parte, concibió tal despecho, que me juró, ya de
-vuelta, vengarse de Bug-Jargal...</p>
-
-<p>Una lágrima brotó de los párpados de D’Auverney; cruzó los brazos y
-pareció durante algunos minutos como arrobado en dolorosa distracción;
-mas al fin prosiguió así.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXI">XXI</h3>
-</div>
-
-
-<p>&mdash;Llegó luego la noticia de que Bug-Jargal había salido de Morne-Rouge,
-dirigiéndose con sus tropas camino de la sierra para reunirse con
-Biassou. El gobernador se colmó de gozo, y decía, restregándose las
-manos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Los cogimos!</p>
-
-<p>Al siguiente día, el ejército colonial había avanzado una legua, y
-los insurgentes, abandonando a nuestra aproximación Port-Margot y el
-castillo de Galifet, donde habían establecido un puesto, defendido por
-gruesas piezas de artillería de sitio, procedentes de las baterías de
-la costa, se retiraron a paso acelerado hacia los montes. El gobernador
-estaba no cabe más satisfecho, y así proseguimos en nuestra marcha.
-Cada cual, al pasar por aquellas áridas y asoladas llanuras, trataba
-de saludar por última vez, con una ojeada de pesar, el lugar donde
-existieron sus haciendas, su habitación, sus riquezas, y, a menudo, ni
-aun siquiera nos era dado conocer el sitio.</p>
-
-<p>A veces nos atajaba el paso el fuego que de los<span class="pagenum" id="Page_95">[Pg 95]</span> plantíos había cundido
-por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo
-está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va
-acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aun antes de verlo, se
-oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos
-de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que
-crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el
-silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el
-aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del
-destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que
-por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente
-hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una
-lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces
-roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del
-bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo; todo arde a la vez y se
-consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los
-ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y
-descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa
-y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente
-fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un
-violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y
-despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo
-espacio va cubriendo la tierra.</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_96">[Pg 96]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="XXII">XXII</h3>
-</div>
-
-
-<p>A la tarde del tercer día entramos por las gargantas del Río Grande,
-mientras se calculaba que los negros estarían a veinte leguas de
-distancia entre las sierras. Asentamos nuestros reales en un cerro de
-escasa altura, que, según estaba despojado, parecía haberles servido
-para el mismo fin. La posición no era favorable; pero estábamos ajenos
-de todo recelo. Dominaban al cerro por todos lados peñas tajadas a pico
-y cubiertas de enmarañados bosques, la aspereza de cuyas lomas había
-hecho señalar aquel sitio con el nombre de <i>Doma-Mulatos</i>. El
-río Grande corría a espalda del campamento, y, encajonado entre ambas
-orillas, iba por allí estrecho y profundo. Las márgenes, en rápida
-pendiente, estaban salpicadas de malezas y arbustos impenetrables
-a la vista con su espesura, y, a menudo, hasta sus aguas quedaban
-encubiertas por las guirnaldas de bejucos que, colgando del tronco
-de los arces entre sus flores rojizas, enlazaban sus vástagos de la
-una a la otra orilla y, cruzándose en modos miles, formaban sobre la
-corriente inmensos toldos de verdura. A la vista que los contemplaba
-desde lo alto de los vecinos riscos aparecían cual húmedas praderas
-aljofaradas con el rocío de la mañana. Tan sólo el murmullo de las
-aguas o el vuelo inesperado de algún pato silvestre rompiendo por la
-florida cubierta indicaban el curso del río.</p>
-
-<p>Pronto cesó el sol de dorar las puntiagudas<span class="pagenum" id="Page_97">[Pg 97]</span> cumbres de los lejanos
-montes del Dondon, y poco a poco se fueron tendiendo las sombras por el
-campamento, y sólo el graznido de las grullas vino a turbar el silencio
-universal, o bien el mesurado paso de los centinelas. De repente, el
-himno terrible de <i>Oua-Nassé</i> y del <i>Campo del Grand-Pré</i>
-resonó sobre nuestras cabezas; las palmas y los cedros que coronaban
-los riscos rompieron en llamas, y a las blanquecinas vislumbres
-del incendio vimos cubiertas las próximas alturas de innumerables
-bandadas de negros y mulatos, cuyo cobrizo cutis parecía bermejo a los
-resplandores del fuego. Estas eran las tropas de Biassou.</p>
-
-<p>El peligro era inminente. Los jefes, despiertos con sobresalto, corrían
-a formar sus soldados; las cajas batían generala; las cornetas y
-clarines, el toque de alarma; nuestras líneas se formaban en tumulto, y
-los rebeldes, en vez de aprovechar la confusión en que nos veíamos, nos
-contemplaban inmóviles entonando el cántico de <i>Oua-Nassé</i>.</p>
-
-<p>Un negro gigantesco apareció solitario en la cima del más elevado pico
-a la margen del río; una pluma color de fuego ondeaba sobre su frente;
-en la diestra mano empuñaba un hacha, y un rojo pendón en la siniestra.
-Reconocí luego a Pierrot, y si hubiera tenido a mano una carabina,
-quizá la rabia me hubiese inducido a cometer alguna vileza. El negro
-repitió el coro del himno de <i>Oua-Nassé</i>, clavó su bandera en la
-cumbre de la peña, arrojó el hacha entre nuestras filas y se sepultó en
-las ondas del río; un vivo pesar sentí<span class="pagenum" id="Page_98">[Pg 98]</span> en el corazón temiendo que no
-había de morir por mis manos.</p>
-
-<p>Entonces los negros comenzaron a despeñar sobre nuestras columnas
-inmensas moles de piedra, y un granizo de balas y de flechas descargó
-sobre el cerro. Nuestros soldados, furiosos de no poder medirse con
-los asaltantes, expiraban con amarga desesperación, aplastados por
-las peñas, acribillados por las balas o traspasados por las saetas.
-Espantosa confusión reinaba por todo el ejército. De súbito, un rumor
-horrible pareció como que salía del centro de las aguas del río Grande,
-y pasaba allí, en efecto, una extraña escena. Los Dragones amarillos,
-maltratados en lo sumo por los peñascos que los negros nos arrojaban
-desde lo alto de la sierra, concibieron la idea de ponerse al abrigo
-bajo las flexibles bóvedas de bejucos de que estaba cubierto el
-río. Tadeo, que fué el primero en discurrir este medio, a la verdad
-ingenioso...&mdash;</p>
-
-<p>Aquí la narración se vió interrumpida de repente.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXIII">XXIII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Hacía ya más de un cuarto de hora que el sargento Tadeo, con el brazo
-derecho colgando de una banda, se había metido en la tienda sin que
-nadie hiciera alto, y, acurrucado en un rincón, se contentaba con
-expresar por sus gestos lo mucho que se interesaba en la historia del
-capitán, hasta que, llegado el momento en que no le pareció regular<span class="pagenum" id="Page_99">[Pg 99]</span>
-dejar pasar un elogio tan directo sin dar las gracias a D’Auverney,
-empezó a decir, medio tartamudeando:</p>
-
-<p>&mdash;Eso es mucha bondad, mi capitán.</p>
-
-<p>Soltaron todos la carcajada, y, volviéndose D’Auverney, le preguntó con
-aspereza:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo es eso, Tadeo? ¿A qué tiene usted que venir aquí? ¿Y su brazo?</p>
-
-<p>A un lenguaje tan extraño para sus oídos, las facciones del veterano se
-entristecieron, y tropezando y echando la cabeza hacia detrás como para
-contener las lágrimas que asomaban a sus párpados, respondió por fin en
-voz muy baja:</p>
-
-<p>&mdash;No creía yo, nunca lo creyera, que mi capitán había de ser tan duro
-con su sargento que le tratara de usted.</p>
-
-<p>El capitán se levantó con precipitación:</p>
-
-<p>&mdash;Perdóname, amigo, perdóname, que no sé lo que me he dicho. Vamos,
-Tadeo, ¿me perdonas?</p>
-
-<p>Soltó por fin rienda a las lágrimas el sargento, aunque muy a pesar
-suyo, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Esta es la tercera vez; pero ahora es llorar de gozo.</p>
-
-<p>La paz estaba ajustada; mas siguióse un breve silencio.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, dime, Tadeo&mdash;preguntóle el capitán con blandura&mdash;, ¿por qué te
-has salido del hospital para venirte aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Con licencia, mi capitán; pero quería saber si hay que ponerle mañana
-al caballo la mantilla de galones.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_100">[Pg 100]</span></p>
-
-<p>Enrique se echó a reír.</p>
-
-<p>&mdash;Mejor hubieras hecho, Tadeo, en preguntarle al cirujano si habías de
-ponerte dos onzas de hilas en el brazo herido.</p>
-
-<p>&mdash;O en averiguar&mdash;prosiguió Pascual&mdash;si podrías beber un poquito de
-vino para refrescarte; por el pronto, aquí está el aguardiente, que por
-fuerza te hará provecho. Vaya un trago, sargento.</p>
-
-<p>Tadeo se adelantó, hizo un respetuoso saludo, dió sus excusas por
-agarrar el vaso con la mano izquierda, y le vació con un brindis a la
-salud de la concurrencia. Esto le infundió bríos.</p>
-
-<p>&mdash;Estaba usted, mi capitán, en el momento que... que... ya, pues sí,
-yo fuí el que propuse entrarnos por los bejucos para que no muriera a
-pedradas gente cristiana. El oficial, que no sabía nadar y tenía miedo
-de ahogarse, se oponía con empeño, hasta que, con licencia, caballeros,
-vió un canto, que a poco no le estruja, caer en la madre del río, sin
-hundirse en las hierbas. “Más vale&mdash;dijo entonces&mdash;morir como Faraón
-de Egipto que no como San Esteban, porque nosotros no somos santos,
-y Faraón era militar como cualquiera de nosotros.” Conque así, mi
-oficial, que ya conocerán ustedes que era sujeto de muchas letras, se
-avino a mi parecer a condición que haría yo el primero la prueba. Voy,
-pues, y me bajo por la orilla y salto debajo del toldo, agarrándome
-a las ramas de encima, cuando digo: “Mi capitán, siento que me tiran
-de una pierna”; me resisto,<span class="pagenum" id="Page_101">[Pg 101]</span> grito por socorro y me empiezan a dar de
-sablazos, cuando vea usted aquí que acuden todos los dragones y se
-meten de mogollón, como diablos, debajo de los bejucos. Sin que nadie
-lo supiera, los negros de Morne Rouge estaban allí agazapados para
-probablemente embestirnos por las espaldas un momento después. ¡Vaya,
-y la que se armaría en el agua! No era buen rato para pescar con caña.
-Cada cual peleaba, juraba y gritaba como mejor y más podía. Ellos, como
-estaban desnudos, andaban más listos; pero nuestros golpes eran más
-duros que los suyos. Se nadaba con un brazo y peleábamos con el otro,
-como siempre se hace en tales casos; y los que no sabían nadar, digo,
-mi capitán, se colgaban por una mano de los bejucos, y los negros les
-tiraban de los pies. En medio de la función, reparé en un negrazo que
-se defendía como Belcebú contra ocho o diez de los míos; me fuí hacia
-allá nadando y conocí a Pierrot, llamado también Bug... Pero esto no
-debe decirse hasta después. ¿Verdad, mi capitán? Reconocí a Pierrot,
-y, como desde la toma del fuerte andábamos peleados, le agarré por
-el pescuezo, y él iba ya a sacudirse de mí con una puñalada, cuando
-me miró a la cara, y, en lugar de matarme, se entregó; que fué una
-lástima, mi capitán, porque si no se hubiera entregado... Pero eso
-queda para más adelante. En cuanto los negros le vieron prisionero,
-se nos echaron todos encima para rescatarle, de modo que también
-los milicianos se venían al agua para darnos socorro;<span class="pagenum" id="Page_102">[Pg 102]</span> hasta que
-él, conociendo que todos los negros iban a quedarse allí, les dijo
-algunas palabras que serían un exorcismo, porque los puso a todos en
-huída. Se zambulleron, y en un abrir y cerrar de ojos no quedaba uno.
-Aquella batalla debajo del agua tenía algo de agradable, y me hubiera
-entretenido si no hubiera perdido un dedo y mojado diez cartuchos, y
-si... ¡pobrecillo!, ¡pero estaba escrito, mi capitán!</p>
-
-<p>Y el sargento, después de llevarse, en ademán de saludo militar, la
-mano a la gorra de cuartel, la levantó hacia el cielo con gesto de
-inspirado.</p>
-
-<p>D’Auverney parecía entregado a un violento desasosiego.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;dijo&mdash;, sí; tienes razón, Tadeo, que aquélla fué una noche
-fatal...</p>
-
-<p>Y se hubiera perdido en sus acostumbradas y melancólicas distracciones
-si la concurrencia no le hubiese instado con empeño para que
-prosiguiera, cual así lo hizo.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXIV">XXIV</h3>
-</div>
-
-
-<p>Mientras la escena que Tadeo acaba de pintar...&mdash;Tadeo, triunfante,
-fué a colocarse detrás de su capitán&mdash;, mientras la escena que Tadeo
-acaba de pintarnos pasaba a espaldas del cerro, yo había conseguido
-trepar de mata en mata con algunos de los míos hasta la cima de un
-pico llamado el <i>Pavo Real</i> por los brillantes reflejos que
-despedían a la luz del sol las peñas de su cumbre. Este pico se
-hallaba a igual altura que las posiciones<span class="pagenum" id="Page_103">[Pg 103]</span> de los negros, y, mostrado
-el camino, pronto estuvo cubierto de milicianos, con cuyo refuerzo
-comenzamos un fuego muy vivo de fusilería. Los negros, peor armados,
-no podían respondernos con tanto calor, y empezaron a desalentarse,
-con lo que redoblamos nuestros esfuerzos, y pronto tuvieron precisión
-los rebeldes de evacuar las peñas más vecinas, aunque cuidando antes
-de hacer rodar sus muertos sobre el resto del ejército, que estaba
-aún tendido en batalla en la loma. Entonces cortamos y atamos con
-bejucos algunos de aquellos enormes árboles del algodón silvestre de
-que fabricaban los habitantes de la isla canoas para cien remeros.
-Con ayuda de este puente improvisado pudimos cruzar a los riscos
-abandonados por el enemigo, y parte considerable de nuestras fuerzas se
-encontraron en posición ventajosa. Semejante aspecto enfrió el valor de
-los insurgentes al paso que nuestro fuego continuaba. En esto se alzó
-por el ejército de Biassou un rumor lastimoso, en que iba mezclado el
-nombre de Bug-Jargal, y cundió por entre sus filas gran espanto. Varios
-negros de Morne-Rouge aparecieron en lo alto de la peña, adonde ondeaba
-el rojo pendón; se postraron en tierra, arrancaron luego el estandarte
-y se arrojaron con él a los abismos del río. Todo parecía denotar que
-su caudillo estaba o muerto o prisionero.</p>
-
-<p>Nuestro ánimo subió de punto en grado tal, que me resolví a arrojar
-al arma blanca a los rebeldes de los peñascos que todavía ocupaban.
-Hice<span class="pagenum" id="Page_104">[Pg 104]</span> echar otro puente volante entre el peñón en que estábamos y el
-pico más cercano, y me lancé el primero en medio de los negros. Mis
-soldados iban a seguirme cuando uno de los rebeldes hizo de un hachazo
-volar el puente en astillas, y los troncos, deshechos, cayeron por el
-precipicio, golpeando en las rocas con horroroso estruendo. Al ruido
-volví la cabeza, y en aquel instante mismo me sentí agarrar por seis
-o siete negros que me desarmaron. Luché con toda mi fuerza, cual un
-león; pero ellos me sujetaron, y sin atender a la lluvia de balas
-que mis soldados hacían caer en su alrededor, me ataron con cuerdas
-hechas de la corteza de los árboles. La única cosa capaz de mitigar
-mi desesperación eran los gritos de victoria que escuché resonar un
-momento después, y en seguida vi a los negros y mulatos subir en
-desorden por las más ásperas cuestas, lanzando clamores de terror. Mis
-guardianes imitaron el ejemplo, y, cargándome el más robusto sobre sus
-espaldas, me condujo a los bosques saltando de peña en peña con la
-agilidad de una cabra montés. Pronto cesó de alumbrarnos el resplandor
-de las llamas; pero el débil reflejo de la luna fué para él luz
-suficiente, acortando tan sólo un poco la rapidez de su paso.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXV">XXV</h3>
-</div>
-
-
-<p>Después de atravesar malezas y cruzar torrentes, llegamos a un
-elevado valle, de aspecto en alto grado salvaje, y lugar que me era
-absolutamente<span class="pagenum" id="Page_105">[Pg 105]</span> desconocido. Este valle, situado en el riñón de la
-sierra que se llama en Santo Domingo <em>las montañas dobles</em>,
-consistía en una vasta y verde llanura aprisionada entre paredes de
-peña viva y cubierta de arboledas de pinos, guayacos y palmitos. El
-frío penetrante que siempre reina en aquella región de la isla se
-hacía sentir aún más en el fresco de la madrugada, porque los primeros
-albores de la aurora iban despuntando en la blancura de las cercanas
-y elevadísimas cumbres, y el valle permanecía envuelto en profundas
-tinieblas o alumbrado tan solo por las numerosas hogueras que encendían
-los negros, pues aquél era el punto señalado de reunión donde los
-miembros dislocados de su ejército acudían en desorden. Los negros y
-los mulatos llegaban por momentos en turbas despavoridas, lanzando
-gritos de dolor o aullidos de rabia, y nuevas hogueras, que brillaban
-entre las sombras del valle cual los ojos de un tigre, anunciaban a
-cada instante cómo se iba ensanchando el círculo del campamento.</p>
-
-<p>El negro que me tenía prisionero me puso al pie de una encina, desde
-donde contemplaba con indiferencia aquel extraño espectáculo. El negro
-me ató por la cintura al tronco del árbol en que estaba recostado;
-apretó los espesos nudos, que me impedían todo movimiento; me plantó en
-la cabeza su gorro encarnado, como anuncio quizá de que yo era cosa de
-su pertenencia, y cuando se hubo así asegurado de que ni podía escapar
-ni serle arrebatado por otros, hizo ademán de alejarse. Me resolví<span class="pagenum" id="Page_106">[Pg 106]</span>
-entonces a dirigirle la palabra, y le pregunté en dialecto criollo si
-pertenecía a la división del Dondon o de Morne-Rouge. Se detuvo, y me
-replicó con gesto de orgullo:</p>
-
-<p>&mdash;De Morne-Rouge.</p>
-
-<p>Me vino luego a las mientes un pensamiento. Había oído hablar de la
-generosidad del caudillo de estas fuerzas, Bug-Jargal; y aun dispuesto
-sin pena a recibir una muerte término de todas mis desdichas, la idea
-de los tormentos con que vendría acompañada si la recibía de manos
-de Biassou, no dejaba de inspirarme algún espanto. Apetecía morir
-sin pasar por tales suplicios. Tal vez fuera esto en mí un acto de
-flaqueza; pero creo que en semejantes momentos la naturaleza del hombre
-retrocede siempre horrorizada. Imaginéme, pues, que si podía escapar
-de las garras de Biassou, quizá obtendría de Bug-Jargal una muerte sin
-tormentos: la muerte de un soldado. Así le pedí a este negro que me
-condujera a la presencia de su caudillo; se estremeció y repitió el
-nombre de Bug-Jargal golpeándose con desesperación la frente, hasta
-que, pasando con rapidez a expresar la ira en su semblante, me gritó,
-enseñándome el puño cerrado:</p>
-
-<p>&mdash;¡Biassou, Biassou!</p>
-
-<p>Y, tras este nombre de amenaza, se apartó de mi vista.</p>
-
-<p>La cólera y el dolor del negro me recordaron aquella circunstancia del
-combate que nos hizo imponer la captura o la muerte del caudillo de<span class="pagenum" id="Page_107">[Pg 107]</span>
-Morne-Rouge, y, ya sin más dudas, me resigné a esperar la venganza de
-Biassou, con la que aparentaba el negro amenazarme.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXVI">XXVI</h3>
-</div>
-
-
-<p>Entre tanto, cubrían aún las tinieblas la cañada, y sin cesar el
-tropel de los negros y el número de las fogatas iban en aumento. Un
-corro de negras llegó en esto a encender una hoguera cerca de mí, y
-por los numerosos brazaletes de cuentas de vidrio azul, encarnado y
-violeta que lucían en sus piernas y brazos, por los gruesos pendientes
-que colgaban de sus orejas, por los anillos sin cuento que adornaban
-todos los dedos de pies y manos, por los amuletos colgados del seno,
-por el <em>collar de hechizos</em> pendiente del cuello, por el delantal
-de vistosas plumas, única cubierta de su desnudez, y, sobre todo,
-por sus clamores acompasados y sus miradas desatentadas y esquivas,
-conocí desde luego que eran las <i>Griotas</i>. Quizá ignoren ustedes,
-señores, que entre las tribus de varias comarcas de Africa se hallan
-ciertos negros dotados de no sé qué tosca disposición para la poesía
-y facilidad de improvisar, que tiene semejanza con el estado de
-demencia. Estos individuos andan errantes de región en región, como
-los antiguos rapsodas, y como en la Edad Media los <i lang="en" xml:lang="en">minstrels</i>
-de Inglaterra, los <i lang="de" xml:lang="de">minnesinger</i> de Alemania y los trovadores de
-Francia. Llevan el nombre de <em>griotos</em>. Las mujeres, poseídas
-cual ellos de un<span class="pagenum" id="Page_108">[Pg 108]</span> espíritu de vértigo, acompañan con obscenos bailes
-las bárbaras canciones de sus esposos y ofrecen una grotesca parodia
-de las <em>bayaderas</em> del Indostán, o de las <em>almeas</em> egipcias.
-Algunas, pues, de esta clase de mujeres eran las que acababan de
-sentarse en rueda a algunos pasos de mí, cruzadas de piernas al estilo
-africano y en torno de un inmenso montón de secas ramas, que ardía
-haciendo vacilar los espantosos rostros al incierto resplandor de su
-rojiza lumbre.</p>
-
-<p>Así que hubieron formado el círculo, agarráronse todas de la mano, y
-la más anciana, que tenía una pluma de garza plantada en el cabello,
-comenzó a clamar:</p>
-
-<p>&mdash;<em>Ouanga!</em></p>
-
-<p>Y conocí que iban a operar el sortilegio a que dan tal nombre.
-Repitieron todas en coro:</p>
-
-<p>&mdash;<em>Ouanga!</em></p>
-
-<p>Y la vieja, después de un corto rato de solemne silencio, se arrancó
-un mechón de su propio pelo y lo arrojó al fuego, pronunciando estas
-palabras sacramentales:</p>
-
-<p>&mdash;<em>Malé o guiab.</em></p>
-
-<p>Las que en el dialecto de los negros criollos significan: “Me voy
-con el diablo.” Todas las <em>griotas</em>, imitando el ejemplo de su
-decana, entregaron a las llamas un rizo de sus cabellos, repitiendo con
-gravedad:</p>
-
-<p>&mdash;<em>Malé o guiab.</em></p>
-
-<p>Tan extraña invocación y los gestos burlescos de que iba acompañada
-me arrancaron aquella especie<span class="pagenum" id="Page_109">[Pg 109]</span> de involuntaria convulsión que suele
-apoderarse del hombre más serio o traspasado de mayor dolor, y que
-se llama <em>risa histérica</em>. En balde fueron todos mis esfuerzos
-para atajarla; estalló al fin, y aquella carcajada en que prorrumpía
-un corazón tan triste provocó una escena singular por lo lúgubre y
-espantosa.</p>
-
-<p>Perturbadas las negras en el cumplimiento de su misterioso rito,
-alzáronse todas a una, cual si despertasen de un sueño en sobresalto.
-Hasta allí no se habían apercibido de mi presencia, y acudieron en
-tumulto, aullando antes que diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Un blanco, un blanco!</p>
-
-<p>Jamás he visto colección de figuras con mayor diversidad horribles
-que lo era aquella caterva de negros semblantes, donde resaltaba la
-blancura de sus dientes y de sus ojos, salpicados éstos de gruesas y
-ensangrentadas venas.</p>
-
-<p>Iban ya a despedazarme, cuando la vieja de la pluma de garza hizo una
-señal y gritó repetidas veces:</p>
-
-<p>&mdash;<i lang="fr" xml:lang="fr">Zoté cordé, zoté cordé.</i><a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a></p>
-
-<p>Las fieras se detuvieron de súbito, y les vi, no sin sorpresa, desatar
-a la vez sus delantales de plumas, arrojarlos sobre la hierba y empezar
-alrededor de mí aquella danza lasciva a que los negros dan el nombre de
-<em>la chica</em>.</p>
-
-<p>Este baile, cuyas grotescas actitudes y viveza de gestos no expresan
-sino el placer y la alegría, cobraba aquí, de diversas circunstancias
-accesorias,<span class="pagenum" id="Page_110">[Pg 110]</span> un carácter siniestro. Las miradas fulminantes de ira
-que me lanzaban las griotas en medio de sus joviales evoluciones; el
-lúgubre acento que infundían a la alegre tonada de <em>la chica</em>;
-el agudo y prolongado gemido que de rato en rato arrancaba de su
-<em>balafo</em>, especie de flauta compuesta de unas veinte cañas, la
-venerable presidenta de aquel negro sanedrín, y más aún la horrible
-risa que cada bruja desnuda venía en ciertos momentos de descanso del
-baile a mostrarme por turno, pegando casi su rostro contra el mío;
-todo me anunciaba con demasiada certeza cuál era la horrible suerte
-que le tenían prevenida al <em>blanco</em>, espectador sacrílego de su
-Ouanga. Recordé la costumbre que tienen muchos pueblos salvajes de
-bailar en torno de sus prisioneros antes de darles muerte, y aguardé
-con paciencia a que se terminara aquel episodio del drama, en cuyo
-desenlace tenía yo señalado tan funesto papel. No pude, con todo, menos
-de estremecerme al notar que, a una señal dada por el <em>balafo</em>,
-cada bruja metió en el fuego, o la punta de una hoja de sable, o el
-hierro de un hacha, o el extremo de una larga aguja, o los garfios de
-unas pinzas, o los dientes de una sierra.</p>
-
-<p>El baile iba tocando a su término y los instrumentos del suplicio
-estaban convertidos en ascuas. Entonces, a una señal de la vieja,
-fueron las negras en solemne procesión a sacar en fila alguna de
-aquellas tremendas armas, y a las que no alcanzó a caberles en suerte
-un hierro ardiente,<span class="pagenum" id="Page_111">[Pg 111]</span> se proveyó cada cual de un tizón encendido.
-Comprendí al cabo el suplicio que me aguardaba y que habría de contar
-en cada bailarina un verdugo. A una señal de su corifeo, empezaron la
-postrer rueda lanzando tremendos gemidos. Cerré los ojos para no ver
-siquiera los gestos de aquellos demonios femeniles, que, sin aliento de
-cansancio y de ira, daban golpes a compás por encima de sus cabezas con
-los hierros hechos ascua, de donde salía un rumor agudo y millares de
-chispas.</p>
-
-<p>Empecé a aguardar, haciendo un esfuerzo, el instante de sentirme
-chirriar las carnes, calcinarse los huesos y retorcerse y saltar los
-músculos entre las ardientes mordeduras de las sierras y tenazas, y un
-estremecimiento nervioso circuló por todo mi cuerpo. ¡Fué aquél, en
-verdad, un momento de horror!</p>
-
-<p>No duró, por fortuna. Apenas el baile de las griotas iba aproximándose
-a su fin, cuando escuché a lo lejos la voz del negro que me aprisionó,
-quien acudía gritando:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacéis, mujeres del demonio? ¿Qué hacéis ahí? Dejad libre a mi
-prisionero.</p>
-
-<p>Volví entonces a abrir los ojos, y era ya de día. El negro dábase
-prisa a llegar con mil ademanes de cólera, y las griotas se habían
-detenido, aunque no tanto al parecer conmovidas por sus amenazas cuanto
-sobrecogidas por la presencia de un ente bastante estrambótico de que
-venía el negro acompañado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_112">[Pg 112]</span></p>
-
-<p>Era éste un hombre muy bajo y rechoncho, especie de enano, que llevaba
-cubierto el rostro con un velo de color blanco, y en él hechas tres
-aberturas para los ojos y boca, al estilo que usan los penitentes. El
-velo, que caía sobre los hombros y cuello, dejaba al descubierto su
-pecho velludo, que, según el color, me pareció de <em>salto atrás</em>,
-donde brillaba, colgado de una cadena de oro, el sol de plata arrancado
-de un viril. Por encima del cinto de grana, que sostenía unas faldas o
-enaguas rayadas de verde, amarillo y negro, con franjas que le cubrían
-los pies, grandes e informes, asomaba el mango de un puñal de trabajo
-tosco, hecho en forma de cruz. Los brazos iban desnudos, así como el
-pecho, y empuñaba en su mano una varita blanca; un rosario de cuentas
-de cachumbo le colgaba de la cintura, junto al puñal, y llevaba sobre
-la frente una caperuza puntiaguda, ornada de cascabeles, en la que, no
-sin gran sorpresa, reconocí la <em>gorra</em> de Habibrah. La diferencia
-única consistía en que entre los jeroglíficos de que estaba aquella
-especie de mitra cubierta se notaban ahora manchas de sangre. Sin duda
-alguna, era la del fiel bufón, y aquellos indicios del asesinato los
-tuve por otra prueba de su fin, y despertaron en mi alma un postrer
-recuerdo.</p>
-
-<p>Al punto mismo que las griotas repararon en este heredero de la
-caperuza de Habibrah, dijeron todas a una voz:</p>
-
-<p>&mdash;¡El obí!</p>
-
-<p>Y cayeron postradas en tierra, por donde adiviné<span class="pagenum" id="Page_113">[Pg 113]</span> que sería el
-hechicero del ejército de Biassou.</p>
-
-<p>&mdash;¡Basta, basta!&mdash;dijo al acercarse a ellas en tono de voz grave y
-apagada&mdash;. Dejad al prisionero de Biassou.</p>
-
-<p>Todas las negras, alzándose en tumulto, arrojaron los instrumentos de
-muerte de que iban cargadas, volvieron a ceñirse su delantal de plumas
-y desaparecieron a un gesto del obí cual una nube de langostas.</p>
-
-<p>En este instante pareció clavarse en mí la mirada del hechicero, y con
-un estremecimiento en todo su cuerpo, dió un paso atrás y extendió la
-vara hacia las griotas cual para mandarlas regresar. Con todo, después
-de refunfuñar entre sí, oyéndosele tan sólo la palabra <em>maldito</em>,
-dijo no sé qué al oído del negro, y se retiró a paso lento, con los
-brazos cruzados y los ademanes de un hombre embebido en profundas
-meditaciones.</p>
-
-
-<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_6" href="#FNanchor_6" class="label">[6]</a> Acordaos, acordaos.&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXVII">XXVII</h3>
-</div>
-
-
-<p>En seguida me avisó mi vigía que Biassou deseaba verme y que había de
-prepararme para dentro de una hora a la entrevista con aquel caudillo.</p>
-
-<p>Sin duda, quedábame aún una hora de vida, y mientras transcurría,
-dejé correr mis miradas por el campamento de los rebeldes, cuyo
-singular aspecto me demostraba la luz clara del día hasta en los
-más pequeños pormenores. Quizá en un estado<span class="pagenum" id="Page_114">[Pg 114]</span> diverso del ánimo no
-hubiese podido contener la risa al contemplar la inepta vanidad de los
-negros sobrecargados, casi sin excepción, de insignias guerreras y
-sacerdotales despojos de sus víctimas. La mayor parte de tales adornos
-no eran otra cosa que algunos andrajos desapareados y sangrientos. No
-era cosa rara el ver una gola sobre una sobrepelliz, o una charretera
-encima de una casulla. Además, sin duda para descansar de las faenas
-a que habían estado su vida entera sujetos, los negros permanecían en
-un estado de inacción absolutamente desconocido por nuestros soldados,
-aun en las horas de descanso. Algunos estaban dormidos al sol, con
-la cabeza cerca de una hoguera ardiente; otros, con el semblante ya
-apático, ya furioso, cantaban con voz monótona, sentados en cuclillas
-a la puerta de sus <em>ajoupas</em>, especie de chozas puntiagudas,
-techadas con hojas de plátano y de palma, cuya forma cónica se
-asemejaba a nuestras tiendas de campaña. Las mujeres, negras o pardas,
-preparaban con ayuda de los negrillos el rancho para los combatientes,
-y yo los veía revolver con enormes pinchos el maíz, las patatas, los
-ñames, los plátanos, los guisantes, el coco, la col caribe, que ellos
-llaman tayo, y toda especie de frutos y plantas indígenas, que hervían
-mezclados con los cuartos despedazados de cerdos, de perros y de
-tortugas, en las inmensas calderas robadas de los ingenios. A lo lejos,
-en los confines del campamento, los griotos y las griotas formaban
-grandes círculos alrededor de<span class="pagenum" id="Page_115">[Pg 115]</span> las hogueras, y el viento me traía a
-veces algunos trozos de sus bárbaras canciones entre la música de las
-guitarras y balafos. Varios centinelas colocados en la cima de los más
-cercanos peñascos vigilaban los alrededores del cuartel general de
-Biassou, cuya única defensa, en caso de ataque, consistía en una línea
-circular de carretones cargados con las municiones y el botín. Aquellos
-atezados centinelas, erguidos sobre la aguzada punta de las pirámides
-de granito de que están erizados los cerros, daban vueltas a menudo,
-como las veletas de los góticos campanarios, y se corrían con toda
-la fuerza de sus pulmones esta palabra, que aseguraba el sosiego del
-campamento:</p>
-
-<p>&mdash;Nada, nada.</p>
-
-<p>De tiempo en tiempo se formaba en torno de mi persona un corro de
-negros curiosos, que todos me contemplaban con aire amenazador.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXVIII">XXVIII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Al cabo, un piquete de soldados de color, bastante bien armados, se
-llegó hacia nosotros, y el negro a quien parecía yo pertenecer me
-desató de la encina a que estaba atado y me entregó en manos del
-comandante de la escolta, recibiendo en pago un saco, que abrió sin
-demora, y que estaba lleno de pesos fuertes. Mientras el negro,
-arrodillado sobre la hierba, los iba contando con ansia manifiesta, los
-soldados me separaron de allí. En<span class="pagenum" id="Page_116">[Pg 116]</span> el camino examiné con curiosidad su
-equipo, que consistía en un uniforme de paño tosco, pardo y amarillo,
-y cortado a la española: una especie de <em>montera</em> castellana,
-adornada de una cucarda encarnada<a id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>, les cubría su pelo de lana.
-En lugar de cartuchera llevaban una especie de morral colgando del
-costado, y sus armas eran un fusil de mucho peso, un sable y un
-machete. Después supe que este uniforme era el de la guardia particular
-de Biassou.</p>
-
-<p>Después de grandes rodeos entre las filas irregulares de chozas, que
-embarazaban el terreno del campamento, llegamos a la entrada de una
-gruta, labrada por la naturaleza al pie de uno de aquellos inmensos
-lienzos de peña viva de que estaba el valle amurallado. Un gran
-cortinaje de aquella tela tibetana llamada <em>cachemira</em>, y que no
-tanto se distingue por lo vivo de sus colores cuanto por la suavidad de
-su trama y lo variado de sus dibujos, escondía a la vista lo interior
-de esta caverna, rodeada por espesas hileras de soldados, todos con
-igual equipo que mis conductores.</p>
-
-<p>Tras dar la seña a los dos centinelas que se paseaban a los umbrales de
-la gruta, el comandante del piquete alzó el cortinaje y me introdujo
-consigo, dejándole caer tras de mí.</p>
-
-<p>Una lámpara de cobre con cinco mecheros, colgada de unas cadenas a
-la bóveda, difundía sus trémulos rayos sobre las húmedas paredes de<span class="pagenum" id="Page_117">[Pg 117]</span>
-aquella cueva, privada de la luz del día. Entre dos filas de soldados
-mulatos descubrí a un hombre de color, sentado en un grueso tronco de
-caobo, medio encubierto por un tapiz de plumas de papagayo. Este hombre
-pertenecía a la especie de los <em>salto-atrás</em>, que no está separada
-de los negros sino por diferencias casi imperceptibles. Su vestido
-era ridículo. Una magnífica faja de red de seda, de donde colgaba una
-cruz de San Luis, le ceñía a la altura del ombligo unos calzoncillos
-azules, de lienzo tosco, y una chupa de cotonía blanca, demasiado
-corta para alcanzarle a la cintura, completaba el resto de su ajuar.
-Llevaba, además, botas grises, un sombrero redondo, coronado con la
-cucarda encarnada, y dos charreteras: la una de oro, con estrellas de
-plata en la pala, cuales usan los mariscales de campo en Francia, y la
-restante, de lana amarilla. Dos estrellas de cobre, que aparentaban
-ser dos acicates de espuela, estaban clavadas en la postrera, sin duda
-para hacerla digna de su brillante compaña. Estas dos charreteras, que
-no tenían sujeción por medio de presillas en su lugar debido, colgaban
-por ambos lados de los hombros sobre el pecho del personaje. Un sable y
-dos pistolas ricamente embutidas estaban a su lado, sobre un tapiz de
-plumas.</p>
-
-<p>Detrás de su asiento, silenciosos e inmóviles, se veían dos niños con
-el vestido de esclavos, y cada uno con un inmenso abanico de plumas
-de pavo real. Estos dos niños eran dos blancos reducidos ahora a
-cautiverio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_118">[Pg 118]</span></p>
-
-<p>Dos cojines de terciopelo carmesí, que parecían sacados de algún
-oratorio, señalaban dos puestos a derecha e izquierda del leño de
-caoba. Uno de ellos, el de la derecha, se hallaba ocupado por el obí
-que me libertó del furor de las griotas. Estaba él sentado, con las
-piernas cruzadas, derecha la varita, inmóvil cual un ídolo de porcelana
-en una pagoda chinesca, tan sólo que a través de las hendeduras del
-velo veía chispearle los ojos, enardecidos y clavados en mí sin
-pestañear.</p>
-
-<p>A cada lado del caudillo había unos haces de pendones, banderas y
-gallardetes de toda especie, entre los cuales reparé en la bandera
-blanca francesa con flores de lis, la bandera tricolor y la bandera
-española; las restantes eran insignias de capricho, incluso un gran
-estandarte de color negro.</p>
-
-<p>A la cabecera de la estancia, por encima del principal personaje,
-otro objeto llamó asimismo mi atención: un retrato del mulato Ogé,
-ajusticiado el año anterior en el Cabo por crimen de rebelión con su
-teniente Juan Bautista Chavanne, y otros veinte cómplices, entre pardos
-y negros. En este retrato, Ogé, hijo de un carnicero del Cabo, estaba
-representado como tenía costumbre de hacerse pintar, es decir, con
-uniforme de teniente coronel, la cruz de San Luis y la orden de mérito
-del León, que había comprado en Europa al príncipe del Limburgo.</p>
-
-<p>El mulato en cuya presencia me veía yo ahora era hombre de mediana
-estatura, y en el semblante presentaba una extraña mezcla de astucia<span class="pagenum" id="Page_119">[Pg 119]</span> y
-crueldad. Hízome aproximar, me miró por algún tiempo en silencio y, al
-fin, me dijo con risa amarga y sarcástica, parecida a los aullidos de
-una hiena:</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy Biassou.</p>
-
-<p>Aguardaba tal nombre, pero no pude oírle en boca semejante y en medio
-de aquella feroz carcajada sin temblar interiormente. Mi rostro,
-empero, se mantuvo sereno y orgulloso, y ni me digné contestarle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso?&mdash;repuso en francés menos que mediano&mdash;. ¿Te han empalado
-ya de modo que no puedes doblar el espinazo y hacer una cortesía en
-presencia de Juan Biassou, generalísimo del país conquistado y mariscal
-de campo de los Reales Ejércitos de <i>Su Majestad Católica</i>?&mdash;La
-táctica de los principales caudillos rebeldes consistía en dar
-a entender que obraban a favor, ya del Rey de Francia, ya de la
-revolución o ya del Rey de España&mdash;.</p>
-
-<p>Crucé los brazos en el pecho y le miré cara a cara con resolución. El
-volvió a su risa sarcástica, que parece lo tenía por resabio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, hola! <em>Me pareces hombre de buen ánimo.</em> Pues bien,
-escúchame lo que voy a decirte: ¿Eres criollo?</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;le repliqué&mdash;, soy francés.</p>
-
-<p>Mi firmeza le hizo arquear el entrecejo, y me respondió con su risa
-acostumbrada:</p>
-
-<p>&mdash;Tanto mejor. Veo por el uniforme que eres oficial. ¿Qué edad tienes?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_120">[Pg 120]</span></p>
-
-<p>&mdash;Veinte años.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo los cumpliste?</p>
-
-<p>A semejante pregunta, que despertaba en mi alma tantos y tan dolorosos
-recuerdos, me quedé absorto en mis ideas; la repitió, empero, con
-empeño, y entonces yo le contesté:</p>
-
-<p>&mdash;El día que ahorcaron a tu compañero Leogrí.</p>
-
-<p>Sus facciones se contrajeron de ira, y la carcajada duró más aún de lo
-usual; pero al cabo se contuvo, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Hace veintitrés días ahora que murió Leogrí, y esta noche irás a
-decirle que le sobreviviste veinticuatro días no más. Quiero dejarte
-hoy todavía en el mundo para que puedas contarle a qué altura se halla
-la libertad de sus hermanos, lo que hayas presenciado en el cuartel
-general de Juan Biassou, mariscal de campo, y cuánta es la autoridad
-que ejerce este generalísimo sobre la <em>gente del Rey</em>.</p>
-
-<p>Bajo título semejante, Juan Francisco, quien se hacía apellidar <i>Gran
-Almirante de Francia</i>, y su camarada Biassou, designaban sus
-catervas de negros y mulatos rebeldes.</p>
-
-<p>Mandó luego que me hiciesen sentar en un rincón de la cueva, entre dos
-vigilantes, y señalando con el dedo a algunos negros con el disfraz de
-ayudantes de campo, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Que se toque generala y que venga todo el ejército a las cercanías de
-mi cuartel general, que quiero pasarle revista. Y usted, señor padre
-capellán, revístase de sus hábitos sacerdotales y celebre<span class="pagenum" id="Page_121">[Pg 121]</span> para mí y
-para mis soldados el santo sacrificio de la misa.</p>
-
-<p>El obí se levantó, hizo delante de Biassou una profunda reverencia
-y le dijo al oído unas cuantas palabras, que interrumpió el general
-prorrumpiendo en alta voz:</p>
-
-<p>&mdash;¿Dice usted, <em>señor cura</em>, que no hay altar? Pero ¿qué tiene
-eso de extraño entre los montes? ¡Ni qué importa! ¿Desde cuándo acá
-exige el <i lang="it" xml:lang="it">bon Giu</i><a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a> para su culto un magnífico templo ni un
-altar adornado con oro y con encajes? Gedeón y Josué le adoraron ante
-un montón de piedras; hagamos, pues, <i lang="it" xml:lang="it">bon per</i><a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>, como ellos
-hicieron, que al <i lang="it" xml:lang="it">bon Giu</i> le basta con corazones fervorosos. ¡Que
-no hay altar! Pues ¿por qué no armar uno con la caja grande de azúcar
-que los soldados del Rey cogieron ayer en el ingenio de Dubuisson?</p>
-
-<p>Pronto se puso en planta el mandato de Biassou, y en un abrir y cerrar
-de ojos quedó listo lo interior de la caverna para semejante parodia de
-los divinos misterios. Trajeron un tabernáculo y un copón, robados de
-la iglesia parroquial del Acul, de aquel templo mismo donde mi enlace
-con María recibió del cielo una solemne bendición, tan luego acompañada
-de amargos infortunios, y pusieron por altar una caja de azúcar robada,
-parte del botín de algún ingenio vecino, y cubierta con una sábana
-a guisa de paño, lo que no tapaba el rótulo siguiente, que podía
-leerse en los<span class="pagenum" id="Page_122">[Pg 122]</span> costados del extraño altar: <i>Dubuisson y Compañía, en
-Nantes</i>.</p>
-
-<p>Cuando los vasos sagrados estuvieron en su lugar, notó el obí que
-faltaba un crucifijo, y, sacando el puñal, cuyo mango estaba en forma
-de cruz, lo clavó en pie ante el tabernáculo, entre el cáliz y el
-viril. En seguida, sin quitarse la caperuza de hechicero ni el velo de
-penitente, se echó sobre los hombros desnudos la capa pluvial, robada
-al vicario del Acul; abrió el misal con manecillas de plata, en que se
-habían leído las oraciones de mi fatal casamiento, y, volviéndose hacia
-Biassou, sentado a pocos pasos de distancia del altar, anunció con un
-profundo saludo que estaba ya listo para la ceremonia.</p>
-
-<p>Al punto, a una señal del caudillo se descorrió el cortinaje de
-cachemira de la entrada y nos mostró el ejército entero de los negros,
-formado en columnas cerradas a la boca de la cueva. Biassou se quitó el
-sombrero redondo, se postró delante del altar y gritó con voz sonora:</p>
-
-<p>&mdash;¡De rodillas!</p>
-
-<p>&mdash;¡De rodillas!&mdash;repitieron los jefes de batallón.</p>
-
-<p>Sonó un redoble de tambores, y toda la gavilla estaba arrodillada.</p>
-
-<p>Yo solo había quedado inmóvil en mi asiento, escandalizado del
-sacrilegio que iba a cometerse en mi presencia; pero los dos robustos
-mulatos que me tenían bajo su guardia me arrebataron el asiento y,
-empujándome con violencia por los<span class="pagenum" id="Page_123">[Pg 123]</span> hombros, caí de rodillas cual los
-demás, precisado a tributar un simulacro de respeto a este simulacro de
-culto.</p>
-
-<p>El obí ofició con seriedad; los dos pajecillos blancos de Biassou
-hacían oficio de diácono y sub-diácono, y la turba de los rebeldes,
-doblada siempre la rodilla, asistía a la ceremonia con un aspecto de
-devoción de que daba el generalísimo el primer ejemplo. Al momento de
-la elevación volvióse hacia el ejército el obí, enseñando la hostia, y
-exclamó en su dialecto:</p>
-
-<p>&mdash;<i lang="fr" xml:lang="fr">Zoté coné bon Giu; ce li mo fé zoté voer. Blan touyé li, touyé
-blan yo touté<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" class="fnanchor">[10]</a>.</i></p>
-
-<p>A estas palabras, pronunciadas en una voz fuerte, que se me antojó
-haber ya oído en alguna otra parte y otros tiempos, la muchedumbre
-entera lanzó un rugido; hirieron los soldados sus armas una con otra
-por largo espacio, y todo el poder de Biassou fué necesario para
-impedir que aquel siniestro rumor no fuese el anuncio de mi hora
-postrera. Comprendí, empero, a qué exceso de valor y de crueldad podían
-llegar estos hombres, para quienes un puñal era un crucifijo, y en cuyo
-ánimo las emociones eran tan súbitas y profundas.</p>
-
-
-<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_7" href="#FNanchor_7" class="label">[7]</a> Ya se sabe que éste es el color de la cucarda
-española.&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_8" href="#FNanchor_8" class="label">[8]</a> El buen Dios.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_9" href="#FNanchor_9" class="label">[9]</a> Buen padre.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_10" href="#FNanchor_10" class="label">[10]</a> “Ya conocéis a Dios y aquí os lo enseño. Los blancos le
-mataron; matad a todos los blancos.” Más adelante, Toussaint-Louverture
-tenía costumbre de dirigir la misma alocución a los negros después de
-haber comulgado.&mdash;Nota del autor.</p>
-
-</div>
-</div>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_124">[Pg 124]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="XXIX">XXIX</h3>
-</div>
-
-
-<p>Concluída la ceremonia, el obí se volvió hacia Biassou con una
-respetuosa reverencia, y entonces, levantándose aquel caudillo, dijo en
-francés, encarándose conmigo:</p>
-
-<p>&mdash;Nos acusan de no tener religión; pero ya ves tú que eso es una
-calumnia y que somos buenos católicos.</p>
-
-<p>No sé si hablaba irónicamente o de buena fe; mas, al cabo de un
-momento, hizo que le trajesen un vaso de vidrio lleno de maíz negro, y
-puso encima unos cuantos granos de maíz blanco, y en seguida, alzando
-el vaso por encima de su cabeza para que mejor alcanzase a verlo todo
-el ejército, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Hermanos, vosotros sois el maíz negro, y vuestros enemigos los
-blancos son el maíz blanco.</p>
-
-<p>En esto meneó el vaso, y cuando casi todos los granos blancos hubieron
-desaparecido escondidos entre los negros, prorrumpió en decir con aire
-de inspiración y triunfo:</p>
-
-<p>&mdash;<i lang="fr" xml:lang="fr">Guette blan si la la<a id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a>.</i></p>
-
-<p>Otra aclamación, que retumbó en los ecos de la montaña, acogió la
-parábola del caudillo, y Biassou prosiguió, mezclando con frecuencia en
-su mal francés frases o españolas o criollas:</p>
-
-<p>&mdash;El tiempo de la mansedumbre ha pasado. Por<span class="pagenum" id="Page_125">[Pg 125]</span> demasiado largo período
-hemos aguantado en paz como los carneros, con cuya lana comparan
-nuestros cabellos los blancos; seamos ahora implacables como los
-jaguares y panteras de la región de donde nos arrancaron. La fuerza
-sola adquiere derechos, que todo le pertenece al que se muestra
-esforzado y sin compasión. San Lobo<a id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a> tiene dos fiestas en el
-almanaque, y el Cordero Pascual no tiene más de una... ¿No es así,
-padre capellán?</p>
-
-<p>El obí hizo una reverencia afirmativa.</p>
-
-<p>&mdash;Han venido&mdash;repuso Biassou&mdash;, han venido los enemigos de la
-regeneración de la humanidad, esos blancos, esos hacendados, esos
-dueños, esos hombres de negocios, <em>verdaderos demonios</em> vomitados
-por las furias infernales. <em>Han venido con insolencia</em>, cubiertos,
-¡gente vana!, de armas, de plumajes y de ropajes magníficos a la vista,
-y nos despreciaban porque éramos negros y estábamos desnudos. Pensaban,
-en su orgullo, dispersarnos con tanta facilidad como estas plumas
-ahuyentan esos negros enjambres de mosquitos y maringuinos.</p>
-
-<p>Y, al acabar esta comparación, tomó de manos de un esclavo blanco uno
-de aquellos abanicos que se hacía llevar detrás de sí, y comenzó a
-sacudirlo con mil gestos vehementes; luego continuó:</p>
-
-<p>&mdash;... Pero, hermanos, nuestro ejército se arrojó sobre ellos como las
-moscas sobre un cadáver; cayeron con sus lucidos uniformes a los golpes
-de<span class="pagenum" id="Page_126">[Pg 126]</span> estos brazos desnudos, que juzgaron sin bríos, no sabiendo que la
-buena madera está más dura cuando le quitan la corteza. Ahora tiemblan
-esos tiranos aborrecibles: <em>yo gagné peur</em><a id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>.</p>
-
-<p>Un aullido de gozo y de triunfo respondió a este grito de su jefe, y la
-caterva toda siguió repitiendo por largo período:</p>
-
-<p>&mdash;<em>Yo gagné peur!</em></p>
-
-<p>&mdash;Negros criollos y congos&mdash;añadió Biassou&mdash;, venganza y libertad.
-Gente de sangre mixta, no os dejéis ablandar por las seducciones <em>de
-los diablos blancos</em>. Vuestros padres están entre sus filas, pero
-vuestras madres están entre las nuestras. Y luego, <em>hermanos de
-mi alma</em>, jamás os han tratado como padres, sino como amos; tan
-esclavos erais como los negros. Cuando apenas un miserable harapo
-cubría vuestros miembros abrasados por el Sol, vuestros bárbaros padres
-se pavoneaban con muy <em>buenos sombreros</em> y llevaban chaquetas de
-mahón los días de faena, y los días de fiesta, vestidos de barragán
-o de terciopelo, <em>a diez y siete cuartos la vara</em>. ¡Maldecid
-a esos entes desnaturalizados! Pero como los santos mandamientos
-del <i lang="it" xml:lang="it">bon Giu</i> los protegen, no maltratéis a vuestro propio
-padre; y si le encontráis entre los contrarios, nada os estorba,
-<em>amigos</em>, para que no os digáis mutuamente: <i lang="fr" xml:lang="fr">Touyé papa moé,
-ma touyé quena toué</i><a id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a>. ¡Venganza! Gente del Rey: libertad<span class="pagenum" id="Page_127">[Pg 127]</span> para
-todos los hombres. Este grito tiene eco en todas las islas: nació
-en <i>Quisqueya</i><a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" class="fnanchor">[15]</a> y resonó en Tabago y en Cuba. Un capitán de
-ciento veinticinco negros cimarrones de las Montañas Azules, un negro
-de Jamaica, Bouckmann, en fin, fué quien primero alzó el pendón entre
-nosotros. Un triunfo ha sido su primer acto de fraternidad con los
-negros de Santo Domingo. Sigamos tan glorioso ejemplo, con la tea en
-una mano y el hacha en la otra. No haya compasión para los blancos,
-para los dueños. Matemos las familias, arruinemos sus plantíos, no
-dejemos en sus haciendas un árbol siquiera sin tener las raíces
-hacia el cielo. ¡Trastornemos la tierra para que se trague a los
-blancos! ¡Animo, pues, hermanos y amigos! Pronto iremos a pelear y
-exterminarlos. Triunfaremos o moriremos en la empresa. Vencedores,
-gozaremos a nuestra vez de todos los deleites de la vida; si morimos,
-iremos al cielo, donde los santos nos esperan; al paraíso, donde cada
-bravo tendrá ración doble de aguardiente y un peso en plata al día.</p>
-
-<p>Esta especie de sermón soldadesco, que a ustedes, señores, no les
-parecerá más que risible, produjo entre los rebeldes un efecto
-maravilloso. Verdad es que los extraños gestos de Biassou, el acento
-inspirado de su voz, el extraordinario sarcasmo que cortaba a veces
-sus palabras, infundían a<span class="pagenum" id="Page_128">[Pg 128]</span> su arenga no sé qué oculto poderío de
-seducción. El arte con que entreveraba con sus declamaciones pormenores
-a propósito calculados para halagar las pasiones o el interés de los
-insurgentes, añadía cierto grado de fuerza a aquella elocuencia, tan
-adecuada para aquel auditorio.</p>
-
-<p>No intentaré pintar qué grado de tétrico entusiasmo se manifestó en el
-ejército tras la alocución de Biassou. Fué un concierto discordante
-de clamores, de aullidos y de lamentos. Golpeábanse unos el pecho,
-sacudían otros sus mazas y sables, muchos permanecían de rodillas
-en actitud de inmóvil éxtasis. Las negras se desgarraban el seno y
-los brazos con las espinas de pescado que les servían para peinar
-sus cabellos. Las guitarras, los timbales, las cajas y los balafos
-mezclaban su estrépito con las descargas de fusilería. Era, por fin,
-aquello una algazara infernal.</p>
-
-<p>Hizo Biassou un gesto con la mano, y el tumulto cesó luego como por
-encanto, y cada negro fuese en silencio a ocupar su puesto. Tan severa
-disciplina a que había doblegado Biassou a sus iguales, por el mero
-ascendiente de su ingenio y voluntad firme, me llenaron, por decirlo
-así, de admiración. Todos los soldados de aquel ejército parecían
-hablar y moverse al impulso del caudillo como las teclas del órgano
-ceden a los dedos del músico.</p>
-
-
-<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_11" href="#FNanchor_11" class="label">[11]</a> Mirad lo que son los blancos para con vosotros&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_12" href="#FNanchor_12" class="label">[12]</a> Santo francés de quien no creemos que se haga mención en
-nuestra tierra.&mdash;N. del T.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_13" href="#FNanchor_13" class="label">[13]</a> Tienen miedo, en dialecto criollo.&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_14" href="#FNanchor_14" class="label">[14]</a> <em>Mata a mi padre y yo mataré al tuyo</em>, execrables
-palabras que se oyeron, en efecto, en boca de algunos mulatos.&mdash;N. del
-A.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_15" href="#FNanchor_15" class="label">[15]</a> Nombre antiguo de Santo Domingo que significa <i>Tierra
-Grande</i>. Los naturales le llamaban también <i>Haití</i>.&mdash;Nota del
-autor.</p>
-
-</div>
-</div>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_129">[Pg 129]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="XXX">XXX</h3>
-</div>
-
-
-<p>Otro nuevo espectáculo y género nuevo de charlatanismo y alucinamiento
-excitó mi curiosidad; a saber: la curación de los heridos. El obí, que
-ejercía en el ejército el doble cargo de médico para las dolencias
-del alma y del cuerpo, había empezado a visitar los pacientes. Se
-había desnudado de sus atavíos sacerdotales y llevaba junto a sí un
-gran cajón con compartimientos, donde iban sus drogas y herramientas,
-aunque, a decir verdad, poco usaba de sus instrumentos quirúrgicos;
-y excepto una lanceta de espina de pescado, con la que practicaba
-con suma habilidad una sangría, le tuve por muy torpe en el asunto,
-manifestando gran embarazo en manejar las tenazas que le servían de
-pinzas y el cuchillo que hacía de bisturí. La mayor parte del tiempo
-se contentaba con recetar cocimientos de naranjas silvestres, de
-zarzaparrilla o raíz de China, con algunos sorbos de aguardiente de
-cañas añejo. Su remedio favorito y, según él decía, soberano, constaba
-de tres copas de vino tinto mezclado con polvos de nuez moscada y la
-yema de un huevo duro, cocido entre el rescoldo. De este específico se
-servía para curar cualquier especie de llaga o dolencia. Fácil es de
-conocer que semejante medicina era tan irrisoria como el culto divino
-de que se fingía sacerdote, y es de calcular que el muy corto número
-de curas hijas del acaso no le hubieran bastado para conservar<span class="pagenum" id="Page_130">[Pg 130]</span> la
-confianza de los negros si no hubiera añadido los sortilegios a sus
-drogas y tratado de obrar con tanta más violencia sobre la imaginación
-de sus pacientes cuanto menor era su influjo verdadero sobre los males.
-Así es que ya se contentaba con tocar sus heridas haciendo algunos
-gestos místicos, ya valiéndose con tino de aquel resto de sus antiguas
-supersticiones, que mezclaba con su catolicismo reciente, metía en la
-llaga una piedrecita <em>fetiche</em> envuelta en hilas, y el herido
-atribuía a la piedra los saludables efectos de su cubierta. Si le
-anunciaban que alguno de los heridos bajo su cuidado había muerto, o
-de las resultas del daño original, o aun quizá de su propio desatinado
-método de cura, respondía en tono solemne:</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo tenía yo previsto: era un traidor que en el incendio de tal
-hacienda salvó a un blanco, y su muerte es un castigo.</p>
-
-<p>Entonces, la caterva de atónitos rebeldes le aplaudía, más enconada aún
-en sus sentimientos de odio y de venganza. El charlatán se valió aún de
-otro sistema curativo que me chocó por su extrañeza. Era el paciente
-uno de los jefes negros, herido de bastante gravedad en el postrer
-encuentro, y, después de haber examinado la lesión y de hacer la cura
-lo mejor que pudo, exclamó, subiendo al altar:</p>
-
-<p>&mdash;Todo esto no vale nada.</p>
-
-<p>Desgarró luego tres o cuatro hojas del misal, las quemó a la luz de los
-cirios robados de la iglesia<span class="pagenum" id="Page_131">[Pg 131]</span> del Acul y, mezclando estas cenizas del
-papel consagrado con unas cuantas gotas de vino echadas en el cáliz,
-dijo al herido:</p>
-
-<p>&mdash;Bebe, que aquí va la salud<a id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a>.</p>
-
-<p>Bebió el otro, lleno de fe, clavando sus estúpidas miradas en el
-juglar, que tenía elevadas sobre él las manos, cual invocando la
-bendición celeste, y quizá el convencimiento de que estaba ya sano
-contribuyó no poco a lograr la cura.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXXI">XXXI</h3>
-</div>
-
-
-<p>Siguióse a esta escena otra en que el velado obí representó aún el
-principal papel: el médico había reemplazado al sacerdote; el zahorí
-reemplazó ahora al médico.</p>
-
-<p>&mdash;Hombres, escuchad&mdash;exclamó el obí, saltando con agilidad increíble
-sobre el altar improvisado, donde vino a caer sentado, con las piernas
-cruzadas bajo sus abotargadas enaguas&mdash;. <em>Escuchad, hombres</em>;
-cuantos quieran leer en el libro del destino el secreto de su vida, que
-se acerquen y se lo diré: <em>He estudiado la ciencia de los gitanos</em>.</p>
-
-<p>Una caterva de negros y de mulatos se acercaron con precipitación.</p>
-
-<p>&mdash;Uno tras otro&mdash;dijo el obí, cuya voz hueca y<span class="pagenum" id="Page_132">[Pg 132]</span> ronca cobraba a veces
-un acento atiplado y chillón, que me chocaba como un recuerdo&mdash;. Si
-venís todos juntos, juntos iréis a la hoya.</p>
-
-<p>Entonces se detuvieron, y, en este instante, un hombre de color,
-vestido al uso de los hacendados ricos, con chaqueta y pantalón blanco
-y un pañuelo atado en la cabeza, se acercó a Biassou; la consternación
-se hallaba retratada en su semblante.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y bien!&mdash;dijo el generalísimo en voz baja&mdash;, ¿qué es eso?, ¿qué
-tienes, Rigaud?</p>
-
-<p>Era, pues, el caudillo mulato de las gavillas de los <i>Cayos</i>,
-conocido más en adelante bajo el nombre del <i>general Rigaud</i>,
-hombre astuto bajo apariencia de candidez y cruel bajo la capa de
-dulzura. Le examiné con atención.</p>
-
-<p>&mdash;Mi general&mdash;respondió Rigaud&mdash;porque si bien hablaba en tono muy
-bajo, estaba yo tan próximo a Biassou que logré oírles&mdash;, a la entrada
-del campamento hay un mensajero de Juan Francisco con la noticia de
-que Bouckmann ha muerto en un encuentro con M. De Touzard, y que los
-blancos han colgado su cabeza en la ciudad por trofeo.</p>
-
-<p>&mdash;¿No hay más que eso?&mdash;contestó Biassou, brillándole los ojos de gozo
-al ver disminuirse el número de los cabecillas y acrecentarse, por
-consiguiente, su importancia.</p>
-
-<p>&mdash;Además, el emisario de Juan Francisco trae un mensaje para el general.</p>
-
-<p>&mdash;Bien está&mdash;repuso Biassou&mdash;; pero amigo Rigaud, no tengas esa cara de
-espanto.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ¿qué, mi general&mdash;objetó Rigaud&mdash;, la<span class="pagenum" id="Page_133">[Pg 133]</span> muerte de Bouckmann no
-podrá producir mal efecto en la tropa?</p>
-
-<p>&mdash;No eres tan sencillo, Rigaud, como aparentas&mdash;replicó su jefe&mdash;; mas
-ahora vas a juzgar a Biassou. Haz que el mensajero se retarde en entrar
-un cuarto de hora, y eso basta.</p>
-
-<p>Entonces se acercó al obí, que durante esta conversación, escuchada
-por mí tan sólo, había comenzado su oficio de adivino, examinando los
-signos de sus frentes y de la palma de sus manos y repartiéndoles más o
-menos felicidad venidera, según el sonido, el color y el tamaño de la
-moneda que cada cual de ellos echaba a sus pies, en una patena de plata
-dorada. Díjole Biassou unas breves palabras al oído, y el hechicero,
-sin detenerse, continuó sus observaciones de adivinanza.</p>
-
-<p>&mdash;El que lleva en medio de la frente&mdash;decía el obí&mdash;, en la arruga del
-sol, una figura pequeña cuadrada o en triángulo, hará una gran fortuna
-sin afán ni trabajos.</p>
-
-<p>La figura de tres S. S. S. juntas, en cualquier lugar de la frente
-que se hallen, es un signo muy funesto. Quien la lleva se ahogará sin
-remedio si no huye del agua con sumo cuidado.</p>
-
-<p>Cuatro líneas que arranquen de la nariz y a pares se arqueen por encima
-de los ojos, anuncian que algún día habrá de caer el sujeto prisionero
-de guerra y de gemir cautivo en manos de los extraños.</p>
-
-<p>Aquí el obí hizo una pausa.</p>
-
-<p>&mdash;Compañeros&mdash;añadió con gravedad&mdash;: tenía<span class="pagenum" id="Page_134">[Pg 134]</span> yo observado este signo en
-el semblante de Bug-Jargal, caudillo de los valientes de Morne-Rouge.</p>
-
-<p>A tales palabras, que me confirmaron aún más el aprisionamiento de
-Bug-Jargal, siguiéronse los lamentos de una gavilla, compuesta de
-negros exclusivamente, y cuyos principales jefes llevaban calzoncillos
-encarnados: era la división de Morne-Rouge.</p>
-
-<p>Sin embargo, el obí prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Si tenéis en el lado derecho de la frente, sobre la línea de la luna,
-alguna figura en semejanza de horquilla, temed el estar ociosos o el
-entregaros demasiado a los placeres.</p>
-
-<p>Un signo pequeño, aunque muy importante, que es la figura árabe del
-número 3, sobre la línea del sol anuncia azotes...</p>
-
-<p>Un negro viejo español de Santo Domingo interrumpió al obí, acercándose
-a él implorando socorro. Estaba herido en la frente, y uno de sus ojos,
-arrancado de la órbita, le colgaba chorreando sangre. El obí le había
-dejado olvidado en su revista <em>médica</em>, y al momento que le vió,
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Figuras redondas en la región derecha de la frente, sobre la línea de
-la luna, indican dolencias en los ojos. <em>Hombre</em>, ese signo está
-muy visible en tu frente; a ver, dame la mano.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, excelentísimo señor!&mdash;replicó el herido&mdash;. Mire usted mi ojo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vejancón!<a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" class="fnanchor">[17]</a>&mdash;respondió de mal humor el<span class="pagenum" id="Page_135">[Pg 135]</span> obí&mdash;, ¿qué necesidad
-tengo yo de verte los ojos? Daca la mano, digo.</p>
-
-<p>El desdichado alargó la mano, repitiendo siempre en voz baja:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, mi ojo!</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;dijo el zahorí&mdash;. Si en la línea de la vida se descubre un
-punto rodeado de un círculo pequeño y de color negro, se quedará tuerta
-la persona, porque este signo anuncia la pérdida de un ojo. Eso es:
-aquí, aquí está el punto, y el círculo, y serás tuerto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo soy!&mdash;respondió el vejancón gimiendo en tono lastimero.</p>
-
-<p>Mas el obí, que no hacía ya de cirujano, le empujó de sí con aspereza,
-y prosiguió, sin atender a los quejidos del pobre tuerto:</p>
-
-<p>&mdash;Escuchad, hombres. Si las siete líneas de la frente son chicas,
-retorcidas y poco señaladas, anuncian que la vida de aquella persona
-será breve.</p>
-
-<p>Quien tenga en el entrecejo y en la línea de la luna la figura de dos
-flechas cruzadas morirá en una batalla.</p>
-
-<p>Si la línea de la vida que atraviesa la palma de la mano presentare
-una cruz a su extremidad, cerca ya de la coyuntura, anuncia que la
-persona aquella perecerá en un cadalso... Y ahora&mdash;añadió el obí&mdash;debo
-decir, <em>hermanos</em>, que uno de los más firmes puntales de la
-independencia, el valeroso Bouckmann, reune estos tres signos fatales.</p>
-
-<p>A estas palabras, quedáronse los negros todos<span class="pagenum" id="Page_136">[Pg 136]</span> sin soltar el aliento,
-inmóviles los ojos y clavados en el juglar con aquella especie de
-atención que tanto se asemeja al estupor.</p>
-
-<p>&mdash;Tan sólo hay&mdash;prosiguió el obí&mdash;que no sé cómo concuerden ambos
-signos, si el uno presagia a Bouckmann que ha de morir en la batalla y
-el otro le amenaza con un cadalso. Mi ciencia, empero, es infalible.</p>
-
-<p>Se detuvo y echó una ojeada a Biassou, y éste dijo al oído algunas
-palabras a uno de sus ayudantes, quien salió sin tardanza.</p>
-
-<p>&mdash;La boca abierta y lacia&mdash;tornó a decir el obí, volviéndose hacia el
-concurso y con tono bufón y malicioso&mdash;, una actitud insignificante,
-los brazos colgando y la mano izquierda vuelta para afuera sin que haya
-motivo, anuncian la necedad natural, la falta de seso y una curiosidad
-embrutecida.</p>
-
-<p>Soltó Biassou su risa sarcástica, cuando en este momento regresó el
-ayudante, trayendo en su compañía a un negro cubierto de polvo y fango,
-y cuyos pies, cortados por los pedernales y abrojos, eran claro indicio
-de que venía de una larga jornada. Este era el mensajero anunciado
-por Rigaud. Traía en una mano un pliego cerrado, y en la otra,
-desdoblado, un pergamino con un sello en figura de corazón inflamado.
-En el medio estaba una cifra compuesta de las letras características
-M. y N., enlazadas entre sí para designar, sin duda, la unión de los
-mulatos libres y de los negros esclavos. A un lado de la cifra se leía
-por<span class="pagenum" id="Page_137">[Pg 137]</span> mote: “Las preocupaciones, vencidas; la vara de hierro, rota;
-<em>¡viva el rey!</em>” Este pergamino era un pasaporte expedido por Juan
-Francisco.</p>
-
-<p>El emisario le presentó a Biassou, y, después de humillarse hasta tocar
-la tierra, le entregó el pliego sellado. El generalísimo lo abrió con
-precipitación, recorrió los despachos que contenía, se metió algunos en
-los bolsillos y, estrujando otro entre las manos, exclamó con aspecto
-desconsolado:</p>
-
-<p>&mdash;¡Tropas del rey!</p>
-
-<p>Los negros hicieron una profunda reverencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tropas del rey! He aquí lo que manda decir a Juan Biassou,
-generalísimo del país conquistado y mariscal de campo de los ejércitos
-de Su Majestad Católica, Juan Francisco, gran almirante de Francia y
-teniente general de los ejércitos de su antedicha Majestad el Rey de
-España y de las Indias.</p>
-
-<p>Bouckmann, caudillo de ciento veinte negros de las Montañas Azules de
-Jamaica, reconocidos independientes por el gobernador de Belle-Combe;
-Bouckmann acaba de sucumbir en la gloriosa lucha de la libertad y la
-humanidad contra el despotismo y la barbarie. El generoso caudillo ha
-muerto en un encuentro con los forajidos blancos que manda el infame
-Touzard, y los monstruos le han cortado la cabeza, anunciando que iban
-a colocarla con ignominia en un cadalso en la plaza de Armas de su
-ciudad del Cabo. ¡Venganza!</p>
-
-<p>El lúgubre silencio de un general desaliento siguióse<span class="pagenum" id="Page_138">[Pg 138]</span> por un instante
-en todas las filas del ejército a esta lectura; pero, mientras tanto,
-el obí se había puesto de pie sobre el altar, sacudiendo su varita
-blanca con gestos triunfantes.</p>
-
-<p>&mdash;Salomón, Zorobabel, Eleazar Taleb, Cardan, Judas Bowtaricht,
-Averroes, Alberto Magno, Boabdil, Juan de Hagen, Ana Baratro, Daniel
-Ogrumof, Raquel Flintz, Altornino, gracias os doy, maestros. La
-<em>ciencia</em> de los zahorís no me ha engañado. <em>Hijos, amigos,
-hermanos, muchachos, mozos, madres, y vosotros, todos los que me
-escucháis aquí</em>, ¿no lo había yo vaticinado? <em>¿Qué había
-dicho?</em> Los signos de la frente de Bouckmann me habían anunciado
-que viviría poco, y que moriría en un combate; las líneas de su mano,
-que aparecería en un cadalso. Las profecías de mi ciencia se realizan
-fielmente, y los sucesos se arreglan por sí mismos de manera que
-encajen aquellas circunstancias que no sabíamos conciliar: su muerte en
-el campo de batalla y su aparición en el cadalso. Admiraos, hermanos.</p>
-
-<p>El desaliento de los negros se había tornado durante este discurso
-en una especie de susto y maravilla. Escuchaban al obí con confianza
-mezclada de terror, mientras él, embriagado de sí mismo, se paseaba a
-lo largo de la caja de azúcar, que ofrecía en su superficie espacio
-suficiente para que sus piernecillas pudiesen extenderse muy a sus
-anchuras. Biassou, riendo a su manera, dirigió la palabra al obí:</p>
-
-<p>&mdash;Señor capellán: puesto que vuestra merced<span class="pagenum" id="Page_139">[Pg 139]</span> no ignora los sucesos
-venideros, ¿querrá leerme lo que ha de sucederme a mí, Juan Biassou,
-<em>mariscal de campo</em>?</p>
-
-<p>El obí se detuvo con aire jactancioso en medio del grotesco altar donde
-la credulidad de los negros le divinizaba, y replicó al <em>mariscal de
-campo</em>:</p>
-
-<p>&mdash;Venga vuestra merced.</p>
-
-<p>En aquel instante, el obí era la persona de mayor importancia en el
-ejército. El poder militar se humilló ante el prestigio del sacerdote,
-y al acercarse Biassou, era fácil de leer en sus miradas algún
-movimiento de enojo.</p>
-
-<p>&mdash;La mano, mi general&mdash;dijo el obí, inclinándose para cogerla&mdash;.
-<em>Empiezo: la línea de la coyuntura</em>, señalada con igualdad en
-toda su extensión, le promete riquezas y felicidad. <em>La línea de la
-vida</em>, larga y distinta, anuncia una existencia libre de males y una
-vejez robusta; estrecha, señala la sabiduría, el espíritu ingenioso
-y la <em>generosidad</em> del corazón; en fin, aquí veo lo que los
-<em>nigrománticos</em> llaman el más venturoso de todos los signos: una
-caterva de ligeras arrugas que le dan el aspecto de un árbol cargado
-de ramas elevándose hacia lo alto de la mano, indicio seguro de la
-opulencia y las grandezas. <em>La línea de la salud</em>, muy larga,
-confirma los pronósticos de la línea de la vida, y también anuncia
-valor; encorvada hacia el dedo meñique, en forma de garfio, es signo,
-mi general, de una severidad provechosa.</p>
-
-<p>A esta palabra, los ojuelos brillantes del obí se clavaron en mi
-persona al través de los agujeros<span class="pagenum" id="Page_140">[Pg 140]</span> de su velo, y reparé de nuevo en
-el acento, que me era conocido, y que se disfrazaba en la gravedad
-acostumbrada de la voz; él prosiguió con la misma intención en el gesto
-y tono:</p>
-
-<p>&mdash;Sembrada de círculos pequeños, la <em>línea de la salud</em> anuncia
-gran cantidad de justicias que debe ordenar, y que son necesarias.
-Hacia la mitad de su curso, se interrumpe para formar un medio círculo,
-señal de que correrá gran peligro con las bestias feroces, es decir,
-con los blancos, si no los extermina. La <em>línea de la fortuna</em>,
-rodeada, como su compañera la de la vida, por pequeños ramales que
-suben hacia la parte superior de la mano, confirma el porvenir de
-poder y supremacía a que está llamado; recta y delgada en la parte
-superior, anuncia el talento para gobernar. La quinta línea, la del
-<em>triángulo</em>, que se prolonga hasta el arranque del dedo de en
-medio, promete el más cabal éxito en toda empresa. Veamos ahora los
-dedos. El pulgar, cruzado a lo largo por rayas menudas, que van desde
-la coyuntura a la uña, presagia una gran herencia: sin duda que habrá
-de ser la de la gloria de Bouckmann&mdash;añadió el obí en voz sonora&mdash;. La
-eminencia que se forma a la raíz del índice está cargada de ligeros
-surcos, apenas perceptibles: honores y dignidades. El dedo del centro
-nada presagia. El dedo anular está surcado de líneas cruzadas: caerán
-todos sus enemigos y rivales, porque estas líneas forman cruces de San
-Andrés, señal de ingenio y previsión. La coyuntura que une el dedo
-meñique a la<span class="pagenum" id="Page_141">[Pg 141]</span> mano nos presenta enmarañados pliegues del cutis: la
-fortuna le colmará de dones. También descubro la figura de un círculo,
-presagio que añadir a los restantes y que anuncia dignidades y poderío.</p>
-
-<p>“<em>¡Feliz</em>&mdash;dice Eleazar Taleb&mdash;<em>el mortal que lleva tales
-señales! ¡El destino está encargado de su prosperidad, y su estrella
-le dará el genio que confiere gloria!</em>” Ahora, mi general, voy
-a mirarle la frente. “<em>El que lleva en medio de la frente, sobre
-el surco del sol, una figura cuadrada</em>&mdash;dice Raquel Flintz, la
-gitana&mdash;<em>o bien un triángulo, hará gran fortuna.</em>” Aquí está, y
-bien señalada. <em>Si el signo está a la derecha, promete una herencia
-importante.</em> La misma de la gloria de Bouckmann. <em>El signo de una
-herradura en el entrecejo, por encima del surco de la luna, anuncia
-que el portador sabrá vengar sus injurias y la tiranía que haya
-sufrido.</em> Yo tengo este signo, y mi general también...&mdash;</p>
-
-<p>El modo en que el obí pronunció las palabras <em>yo tengo este
-signo</em>, me volvió a chocar por lo extraordinario.</p>
-
-<p>&mdash;También se le ve&mdash;añadió con el mismo tono&mdash;en los valientes que
-saben meditar un levantamiento animoso y romper en abierta lid las
-cadenas de su servidumbre. La garra de león que lleva marcada por
-encima de la ceja indica un valor brillante. En fin, mi general Juan
-Biassou, la frente de vuestra merced presenta el más resplandeciente
-de todos los síntomas de prosperidad:<span class="pagenum" id="Page_142">[Pg 142]</span> una combinación de líneas
-que forman la letra M, la primera en el nombre de la Virgen María.
-En cualquier parte de la frente, en cualquier surco que esta figura
-aparezca, anuncia el genio, la gloria y el poderío. Quien la lleva hará
-siempre triunfar la causa que abrace, y los que sigan sus banderas
-jamás tendrán que lamentar pérdida alguna, porque él solo vale más
-que todos los de su partido. Mi general: vuestra merced es el hombre
-elegido por el destino.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, señor capellán&mdash;dijo Biassou regresando hacia su trono de
-caoba.</p>
-
-<p>&mdash;Aguárdese, señor general&mdash;-repuso el obí&mdash;, que se me olvidaba otro
-signo. La línea del sol, muy señalada en su frente, prueba conocimiento
-del mundo, deseo de hacer felices, mucha liberalidad y una inclinación
-a la magnificencia.</p>
-
-<p>Biassou comprendió, al parecer, que el olvido era más bien suyo que del
-obí, y sacando una bolsa bien repleta, se la arrojó en el plato, a fin
-de no desmentir a la <em>línea del sol</em>.</p>
-
-<p>Mientras tanto, el brillante destino de su caudillo había producido
-entre las tropas el efecto deseado. Todos los rebeldes, con quienes
-tenía la palabra del obí mayor imperio que nunca desde la nueva de
-la muerte de Bouckmann, pasaron del desaliento al entusiasmo, y,
-ciegamente fiados en su infalible adivino y su predestinado general,
-prorrumpieron en gritos de “¡Viva el obí! ¡Viva Biassou!”</p>
-
-<p>El obí y Biassou se miraron, y se me figuró oír<span class="pagenum" id="Page_143">[Pg 143]</span> la risa contenida, del
-primero respondiendo al sarcasmo del generalísimo.</p>
-
-<p>No sabré explicar por qué; pero este obí me atormentaba el pensamiento,
-y me parecía haber visto u oído de antemano algo que se asemejaba a
-aquel tan extraño ente, a punto que resolví hablarle.</p>
-
-<p>&mdash;Señor obí, <em>señor cura</em>, <em>doctor</em>, <em>médico</em>, señor
-capellán, <i lang="it" xml:lang="it">bon per</i>&mdash;le dije.</p>
-
-<p>Volvióse hacia mí con presteza.</p>
-
-<p>&mdash;Queda aún aquí una persona a quien no le ha dicho su buenaventura, y
-ésa soy yo.</p>
-
-<p>Cruzó los brazos sobre el sol de plata que le cubría el velludo pecho,
-y no me replicó; yo continué:</p>
-
-<p>&mdash;De buena gana sabría yo lo que augura de mi suerte venidera; pero sus
-honrados camaradas me han privado de mi reloj y mi bolsa, y no juzgo
-que el señor obí sea sujeto para profetizar de balde.</p>
-
-<p>Se acercó junto a mí precipitadamente, y me dijo en voz hueca al oído:</p>
-
-<p>&mdash;Te equivocas; dame la mano.</p>
-
-<p>Alarguésela, mirándole cara a cara; chispeábanle los ojos y hacía
-ademán de examinarme la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Si la línea de la vida&mdash;me dijo&mdash;está cortada hacia la mitad por dos
-rayas transversales y visibles, es indicio de muerte próxima. Tu muerte
-está próxima.</p>
-
-<p>Si no se encuentra la línea de la salud en el<span class="pagenum" id="Page_144">[Pg 144]</span> centro de la mano y
-existen tan sólo las de la vida y la fortuna reunidas en su origen de
-modo que formen un ángulo, no se espere quien tenga tal signo a morir
-de muerte natural. No aguardes, pues, una muerte natural.</p>
-
-<p>Si la faz interior del índice tiene una raya que la atraviesa en todo
-su largo, muere el sujeto de un modo violento.</p>
-
-<p>Había algo de júbilo en aquella voz sepulcral que me anunciaba la
-muerte; pero yo le oí con indiferencia y menosprecio.</p>
-
-<p>&mdash;Zahorí&mdash;le dije con una sonrisa de desdén&mdash;, se conoce que eres hábil
-y que pronosticas lo que cualquiera ve que es seguro.</p>
-
-<p>Se me acercó más a esto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Conque dudas de mi ciencia! Pues bien: escúchame de nuevo. La
-interrupción en la línea del sol sobre tu frente me anuncia que tienes
-por enemigo a un amigo, y a un amigo por un enemigo...</p>
-
-<p>El sentido de tales palabras aparentaba aludir al pérfido Pierrot, a
-quien amaba, y que me había sido traidor, y al fiel Habibrah, a quien
-aborrecía, y cuyos ensangrentados vestidos atestiguaban su animosa
-muerte y su constancia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pretendes decir?&mdash;exclamé.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha hasta el cabo&mdash;prosiguió el obí&mdash;. Ya te he hablado del
-porvenir, y ahora toca lo pasado. La línea de la luna presenta una
-curva ligera en la frente: esto significa que te han arrebatado a tu
-mujer.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_145">[Pg 145]</span></p>
-
-<p>Me estremecí, y quise lanzarme del asiento; pero los centinelas me
-contuvieron.</p>
-
-<p>&mdash;¡No tienes paciencia! Oyelo todo&mdash;repuso el obí&mdash;. La cruz pequeña en
-que remata la curva completa la explicación. Tu mujer te fué arrebatada
-la noche misma de la boda.</p>
-
-<p>&mdash;¡Miserable!&mdash;prorrumpí&mdash;, ¿sabes tú dónde está?... ¿Quién eres?</p>
-
-<p>Y probé a soltarme de nuevo y arrancarle el velo; pero me fué preciso
-ceder al número y la fuerza, y vi con rabia alejarse al misterioso obí,
-diciéndome:</p>
-
-<p>&mdash;¿Me creerás ahora? ¡Prepárate para tu muerte inmediata!</p>
-
-
-<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_16" href="#FNanchor_16" class="label">[16]</a> Este remedio se usa todavía con bastante frecuencia en
-Africa, especialmente por los moros de Trípoli, que suelen echar en sus
-brebajes la ceniza de una página del libro de Mahoma. A este filtro
-atribuyen ellos virtudes soberanas. Un viajero inglés, no sé cuál,
-llama a esta bebida <em>infusión de Alcorán</em>.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_17" href="#FNanchor_17" class="label">[17]</a> Nombre con que se designaba a un negro viejo fuera de
-servicio.</p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXXII">XXXII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Y para arrancarme un instante a los perplejos pensamientos en que me
-había sumido tan extraña escena, apenas bastó el nuevo drama que se
-siguió en mi presencia a la ridícula farsa representada por Biassou y
-el obí ante sus atónitas gavillas.</p>
-
-<p>Habíase vuelto a colocar Biassou en su asiento de caoba, con el obí a
-su derecha y Rigaud a su izquierda, sobre los dos cojines que hacían
-juego con el trono del principal cabeza. El obí, con los brazos
-cruzados sobre el pecho, parecía absorto en profunda meditación;
-Biassou y Rigaud estaban mascando tabaco, y un ayudante había venido a
-saber del <em>mariscal de campo</em> si se mandaba<span class="pagenum" id="Page_146">[Pg 146]</span> desfilar al ejército,
-cuando tres corros de negros alborotados llegaron a una a la entrada
-de la cueva con furiosos clamores. Cada cual traía un prisionero, que
-quería entregar a disposición de Biassou, no tanto por saber si le
-acomodaría perdonarles, cuanto para averiguar qué especie de muerte o
-de suplicios era su antojo que padecieran. Demasiado lo anunciaban sus
-siniestros gritos:</p>
-
-<p>&mdash;<i lang="fr" xml:lang="fr">Mort! Mort!</i>&mdash;decían algunos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mueran! ¡Mueran!&mdash;repetían otros; y</p>
-
-<p>&mdash;<i lang="en" xml:lang="en">Death! Death!</i>&mdash;respondían algunos negros ingleses, quizá de
-los secuaces de Bouckmann, que habían ya acudido a incorporarse con los
-negros españoles y franceses de Biassou.</p>
-
-<p>El <em>mariscal de campo</em> les impuso silencio, y con un gesto
-mandó adelantar los tres cautivos al umbral de la gruta, y de ellos
-reconocí a dos con viva sorpresa. Era el uno aquel <em>ciudadano general
-C...</em>, aquel filántropo corresponsal de todos los negrófilos del
-universo, que había emitido contra los negros un parecer tan cruel en
-casa del gobernador; era el otro aquel blanco hacendado, de dudosa
-estirpe, que manifestaba tal repugnancia hacia los mulatos, entre
-quienes le contaban los blancos; el tercero aparentaba pertenecer a la
-categoría de artesanos blancos y llevaba un mandil de cuero con las
-mangas arremangadas hasta el codo. Los tres habían sido cogidos, cada
-cual por separado, procurando ocultarse en la sierra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_147">[Pg 147]</span></p>
-
-<p>El artesano sufrió primero su interrogatorio:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién eres?&mdash;le dijo Biassou.</p>
-
-<p>&mdash;Santiago Belin, carpintero del hospital de los Padres Religiosos en
-el Cabo.</p>
-
-<p>Alguna sorpresa, mezclada de vergüenza, asomó en el rostro del
-<em>generalísimo del país conquistado</em>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Santiago Belin!&mdash;repitió mordiéndose los labios.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;repuso el carpintero&mdash;. ¿Pues qué, me desconoces?</p>
-
-<p>&mdash;Empieza tú&mdash;dijo el <em>mariscal de campo</em>&mdash;por reconocerme y
-acatarme.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo no saludo a mis esclavos!&mdash;replicó el carpintero.</p>
-
-<p>&mdash;¡A tu esclavo! ¡Miserable!, ¿qué dices?&mdash;exclamó el
-<em>generalísimo</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;contestó el carpintero&mdash;. Yo fuí tu primer amo, aunque ahora
-finjas hacerte desconocido, y acuérdate, Juan Biassou, de que te vendí
-por trece pesos fuertes a un comerciante de Santo Domingo.</p>
-
-<p>Las facciones de Biassou se contrajeron con violento despecho.</p>
-
-<p>&mdash;Pues qué&mdash;prosiguió el blanco&mdash;, ¿te avergüenzas ahora de haberme
-servido? ¿No sabes que Juan Biassou debería honrarse de haber
-pertenecido a Santiago Belin? Tu propia madre, ¡loca de vieja!, ha
-barrido muchas veces mi tienda; pero al postre se la vendí al señor
-mayordomo del hospital, y, como estaba tan decrépita, no quiso<span class="pagenum" id="Page_148">[Pg 148]</span> darme
-más que treinta y dos pesetas. Esta es tu historia y la suya; pero
-parece que a vosotros los negros y mulatos se os han subido los humos
-a la cabeza y que se te ha borrado de la memoria cuando servías de
-rodillas a tu amo Santiago Belin, carpintero en el Cabo.</p>
-
-<p>Biassou le había estado escuchando con aquella risa sarcástica que le
-daba el aspecto de un tigre.</p>
-
-<p>&mdash;Bien está&mdash;dijo.</p>
-
-<p>Y en seguida, encarándose con los negros que habían traído al maestro
-Belin, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Agarrad dos bancos, dos tablas y una sierra, y llevaos a ese hombre.
-Santiago Belin, carpintero en la ciudad del Cabo, dame las gracias por
-haberte proporcionado una muerte de carpintero.</p>
-
-<p>Y sus carcajadas acabaron de explicar con qué atroces suplicios iba a
-castigar el orgullo de su antiguo dueño. Yo me estremecí; pero Santiago
-Belin ni aun pestañeó, y, volviéndose, le dijo con jactancia:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, debo estarte agradecido de algo, pues te vendí por trece pesos, y
-está visto que saqué de ti mucho más de lo que valías.</p>
-
-<p>Entonces se lo llevaron.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXXIII">XXXIII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Los otros dos presos habían asistido, más muertos que vivos, a
-este espantoso prólogo de su propia tragedia. Su actitud humilde
-y acongojada hacía<span class="pagenum" id="Page_149">[Pg 149]</span> notable contraste con la entereza, un tanto
-fanfarrona, del carpintero, y temblaban todos sus miembros.</p>
-
-<p>Biassou los miró a uno después de otro, con su aire de raposa, y
-luego, entreteniéndose con prolongar su agonía, entabló con Rigaud una
-conversación sobre las diversas especies de tabaco, asegurando que el
-de la Habana no era bueno sino para fumar en cigarros, y que para tomar
-en polvo no había tabaco como el de España, del que Bouckmann le había
-enviado dos barriles cogidos en casa de M. Lebattu, hacendado en la
-Tortuga. En seguida, dirigiéndose de golpe al ciudadano general C...:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te parece?&mdash;le preguntó.</p>
-
-<p>Esta consulta inesperada desconcertó al ciudadano, que respondió
-balbuciente:</p>
-
-<p>&mdash;Mi general; en ese punto, me fío en el parecer de su excelencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adulación!&mdash;replicó Biassou&mdash;. Tu sentir es lo que pretendo
-averiguar, y no el mío. ¿Sabes que haya mejor tabaco de polvo que el de
-M. Lebattu?</p>
-
-<p>&mdash;Por cierto que no, excelentísimo señor&mdash;dijo C..., con cuya turbación
-se divertía Biassou.</p>
-
-<p>&mdash;<em>Mi general, su excelencia, excelentísimo señor</em>&mdash;repuso el
-caudillo con apariencias de enojo&mdash;. ¿Eres tú acaso un aristócrata?</p>
-
-<p>&mdash;Nada de eso&mdash;exclamó el <em>ciudadano general</em>&mdash;. Soy patriota de
-1791, de los puros, y entusiasta negrófilo...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_150">[Pg 150]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Negrófilo?&mdash;le interrumpió el generalísimo&mdash;. ¿Qué quiere decir eso?</p>
-
-<p>&mdash;Amigo de los negros&mdash;tartamudeó, en respuesta, el ciudadano.</p>
-
-<p>&mdash;No basta ser amigo de los negros&mdash;replicó Biassou con severidad&mdash;;
-hay que serlo también de los pardos.</p>
-
-<p>Ya hemos manifestado que Biassou era <em>salto-atrás</em>.</p>
-
-<p>&mdash;De los pardos era lo que quise decir, mi general&mdash;repuso humildemente
-el negrófilo&mdash;. Yo estoy relacionado con todos los más famosos
-partidarios de los negros y de los mulatos...</p>
-
-<p>Biassou, gozoso de poder humillar a un blanco, le volvió a cortar la
-palabra:</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Negros y mulatos!</em> ¿Qué significa eso? ¿Quieres venir a
-insultarnos con esos nombres odiosos inventados por el desdén de los
-blancos? Aquí no hay sino negros y pardos, ¿lo entiende usted, señor
-hacendado blanco?</p>
-
-<p>&mdash;Es un mal hábito contraído desde la infancia&mdash;respondió C...&mdash;;
-perdonadme: no he tenido intención de ofender a vuestra excelencia.</p>
-
-<p>&mdash;Deja tus excelencias, que te repito que no me gustan esas mañas de
-aristócratas.</p>
-
-<p>C... trató de disculparse de nuevo y empezó en tono balbuciente otra
-explicación:</p>
-
-<p>&mdash;Si me conocieras, ciudadano...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ciudadano! Pues ¿quién te imaginas que soy?&mdash;gritó Biassou
-enfurecido&mdash;. Aborrezco esa jerigonza de los jacobinos, ¡y quisiera
-saber si<span class="pagenum" id="Page_151">[Pg 151]</span> eres alguno de ellos! ¡Acuérdate que estás hablando con
-el generalísimo de las tropas del Rey! <em>¡Ciudadano!</em> ¡Vaya, el
-insolente!</p>
-
-<p>El pobre negrófilo no sabía ya cómo hablarle a una persona que tanto
-desechaba el tratamiento de <em>excelencia</em> cuanto el título de
-<em>ciudadano</em>, el lenguaje de los aristócratas cuanto el de los
-patriotas. Estaba aterrado. Biassou, cuya cólera era fingida, se
-divertía sobremanera en contemplar sus ahogos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay!&mdash;dijo por fin el ciudadano general&mdash;, ¡y cuán mal me juzgáis,
-insigne defensor de los imprescriptibles derechos de una mitad del
-linaje humano!...</p>
-
-<p>En el apuro de aplicar ningún dictado sencillo a este encumbrado
-personaje, que aparentaba rehusarlos todos, acudió a una de aquellas
-perífrasis sonoras de que solían valerse con sumo gusto los
-revolucionarios para reemplazo del nombre y título de la persona a
-quien se dirigían.</p>
-
-<p>Biassou le miró de fijo y le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Conque tanto cariño profesas a los negros y a los pardos de toda
-especie?</p>
-
-<p>&mdash;¿Si les profeso?&mdash;exclamó el ciudadano C...&mdash;. Soy corresponsal de
-Brissot y de...</p>
-
-<p>Biassou le interrumpió, soltando su risa acostumbrada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ja!... ¡ja!... Mucho me regocijo de encontrarme en ti con un amigo
-de nuestra causa. ¡En tal caso, habrás de aborrecer a los inicuos
-hacendados blancos que castigaron nuestra justa insurrección<span class="pagenum" id="Page_152">[Pg 152]</span> con los
-suplicios más crueles, y pensarás, como nosotros, que no los negros,
-sino antes los blancos, son los verdaderos rebeldes, puesto que se
-ponen en rebeldía contra la humanidad y los dictados naturales! ¡Habrás
-entonces de abominar a tales monstruos!</p>
-
-<p>&mdash;¡Los abomino!&mdash;respondió C...</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien&mdash;repuso Biassou&mdash;: ¿qué te parecería de un hombre que,
-para sofocar las postreras tentativas de los esclavos, hubiese puesto
-cincuenta cabezas de negro a los costados de la alameda de su hacienda?</p>
-
-<p>La palidez de C... llegó a ser horrible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pensarías de un blanco que hubiese propuesto hacer un cordón
-alrededor de la ciudad del Cabo con cabezas de negros?...</p>
-
-<p>&mdash;¡Perdón! ¡Perdón!&mdash;dijo el ciudadano general aterrorizado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y en qué te amenazo?&mdash;respondió Biassou con suma frialdad&mdash;. Déjame
-acabar... ¿Un cordón de cabezas de negros desde el castillo de Picolet
-al cabo Caracol? ¿Qué te parece? ¡Responde!</p>
-
-<p>Las palabras <em>¿en qué te amenazo?</em> habían hecho recobrar alguna
-esperanza a C..., quien pensó que acaso sabría Biassou tales horrores
-sin tener averiguado su autor; y así, respondió luego con alguna
-entereza, a fin de disipar cualquier sospecha que le fuese adversa:</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que son unos crímenes atroces.</p>
-
-<p>Biassou soltó su carcajada.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_153">[Pg 153]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno va! ¿Y qué castigo le impondrías al culpable?</p>
-
-<p>Aquí el desdichado C... titubeó.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos&mdash;repuso Biassou&mdash;-, ¿eres amigo de los negros o no lo eres?</p>
-
-<p>Entre ambas alternativas, prefirió el negrófilo la que menor peligro
-presentaba, al parecer, y no viendo ningún intento hostil contra su
-persona en el semblante de Biassou, contestóle en voz apagada:</p>
-
-<p>&mdash;Merece la pena de muerte.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien respondido&mdash;dijo Biassou con mucho sosiego, arrojando el
-tabaco que tenía en la boca para mascar.</p>
-
-<p>En esto, su aspecto de indiferencia había infundido algunos ánimos
-al infeliz negrófilo, y haciendo un esfuerzo para desvanecer cuantos
-recelos pudieran abrigarse contra su persona, comenzó una arenga en
-términos tales:</p>
-
-<p>&mdash;Nadie hace votos más ardientes que los míos por el triunfo de vuestra
-causa. Yo soy corresponsal de Brissot y de Pruneau, de Pomme-Gouge, en
-Francia; de Magaw, en América; de Peter Paulus, en Holanda; del abate
-Tamburini, en Italia...</p>
-
-<p>Y proseguía explayándose en esta letanía filantrópica, que estaba
-pronto siempre a entonar y que le había yo oído recitar en casa del
-gobernador, en circunstancias diversas y con diverso fin, cuando
-Biassou le atajó los vuelos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Y qué se me da a mí de todos tus corresponsales!<span class="pagenum" id="Page_154">[Pg 154]</span> Dime, y con eso
-sobra, dónde tienes tus almacenes y tus depósitos, porque mi ejército
-necesita abastecerse. Muy ricas han de ser tus haciendas y muy fuerte
-tu casa de comercio si tienes giro con los comerciantes de todo el
-mundo.</p>
-
-<p>El ciudadano C... se atrevió con timidez a hacer una observación:</p>
-
-<p>&mdash;Héroe de la humanidad, no son comerciantes, sino filósofos,
-filántropos y negrófilos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya!&mdash;dijo Biassou moviendo la cabeza&mdash;. ¡Cátense ustedes ahí que
-vuelve a esos demonios de palabrotas ininteligibles! Pues bien, hombre:
-si no tienes almacenes ni depósitos que darnos a saquear, ¿para qué
-sirves?</p>
-
-<p>Semejante pregunta mostraba una vislumbre de esperanza, a la que se
-asió C... con ahinco.</p>
-
-<p>&mdash;Ilustre guerrero&mdash;respondió luego&mdash;, ¿tenéis en vuestro ejército
-algún economista?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué cosa es eso?&mdash;le preguntó el caudillo.</p>
-
-<p>&mdash;Es&mdash;dijo el prisionero, con tanto énfasis cuanto su terror le
-permitía&mdash;, es un hombre necesario por excelencia; el único que sabe
-tasar en su respectivo valor los recursos materiales de un imperio,
-clasificarlos por el orden de su importancia, beneficiarlos y
-acrecentarlos combinando sus orígenes y resultados, y distribuirlos con
-tino cuales otros tantos arroyos fecundantes, que aumentan los caudales
-del río de la utilidad general, el que viene, a su vez, a confundirse
-en el mar de la prosperidad pública.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_155">[Pg 155]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Caramba!&mdash;dijo Biassou, inclinándose hacia el obí&mdash;. ¿Qué diantres
-quiere decir con esa cáfila de vocablos, ensartados unos detrás de
-otros como las cuentas de tu rosario?</p>
-
-<p>El obí se encogió de hombros en ademán de persona que no entiende y que
-desprecia. Sin embargo, el ciudadano C... proseguía así la relación:</p>
-
-<p>&mdash;Yo he estudiado... dignaos escucharme, valeroso caudillo de los
-valientes regeneradores de Santo Domingo; yo he estudiado a los grandes
-economistas, a Turgot, a Raynal y a Mirabeau, el amigo del pueblo. He
-puesto su teoría en práctica, y poseo la ciencia indispensable para el
-gobierno de las monarquías o de los Estados cualesquiera.</p>
-
-<p>&mdash;El economista no es económico en cuanto a palabras&mdash;dijo Rigaud con
-su sonrisa suave y burlona.</p>
-
-<p>Biassou exclamó mientras tanto:</p>
-
-<p>&mdash;Y dime, hablador descomunal, ¿tengo yo Estados que gobernar, por
-ventura?</p>
-
-<p>&mdash;Todavía no, hombre grande&mdash;replicó C...&mdash;; pero puede venir el caso,
-y, además, mi ciencia se humilla, sin mengua de su dignidad, a entrar
-en los pormenores necesarios para la administración de un ejército.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no administro mi ejército, señor hacendado, sino lo mando&mdash;dijo el
-generalísimo, interrumpiéndole de nuevo con viveza.</p>
-
-<p>&mdash;Pues está muy bien&mdash;expuso el ciudadano&mdash;; vos haréis de general y yo
-de intendente militar.<span class="pagenum" id="Page_156">[Pg 156]</span> Tengo conocimientos especiales en el ramo de la
-cría del ganado vacuno...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y te imaginas tú que nosotros criamos ganados?&mdash;replicó Biassou en
-su tono sarcástico&mdash;. Cuando se nos acabe el de la colonia francesa,
-cruzaré los cerros de la frontera e iré a recoger los bueyes y carneros
-que se crían en los grandes hatos de los inmensos llanos de Cotuy, de
-la vega, de Santiago y en las márgenes del Yuna, y si necesario fuere,
-también iré a buscar los que pacen, en la península de Samana y en las
-vertientes de la Sierra de Cibos, desde la embocadura del río Neibe
-hasta más allá de Santo Domingo. Además, tendré un gozo verdadero en
-ir a castigar a esos malditos españoles que entregaron a Ogé. Ya ves
-que no ando escaso de víveres ni tengo para qué valerme de tu ciencia,
-<em>necesaria por excelencia</em>.</p>
-
-<p>Tan decisiva declaración desconcertó al pobre economista, que se
-agarró, sin embargo, a la postrer tabla de salvación.</p>
-
-<p>&mdash;Mis estudios&mdash;dijo&mdash;no se limitan a la cría del ganado, y tengo
-otros varios conocimientos especiales que podrán ser de sumo provecho:
-enseñaré el método de beneficiar el alquitrán y las minas de carbón de
-piedra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué me importa eso!&mdash;contestó Biassou&mdash;. Cuando me hace falta
-carbón, mando quemar tres leguas enteras de monte.</p>
-
-<p>&mdash;También explicaré para qué objetos es más adecuada cada especie de
-madera&mdash;prosiguió el<span class="pagenum" id="Page_157">[Pg 157]</span> prisionero&mdash;. El chicarón y la sabieca, para las
-quillas; las yabas, para los cascos; el níspero, para los palos; los
-guayacos, los cedros...</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Que te lleven todos los demonios de los diez y siete
-infiernos!</em>&mdash;exclamó en español Biassou, ya impacientado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué se le ofrece a mi bondadoso protector?&mdash;dijo, todo trémulo, el
-economista, que no entendía achaque de español.</p>
-
-<p>&mdash;Escúchame&mdash;repuso Biassou&mdash;; yo no tengo necesidad de buques, y en
-toda mi comitiva no queda más que un empleo vacante, que no es siquiera
-el de <em>mayordomo</em>, sino el de ayuda de cámara. Vea, pues, el
-<em>señor filósofo</em> si le conviene. Estas son las condiciones. Me
-servirás de rodillas, me traerás la pipa y el <i>calalú</i><a id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a> y
-andarás tras de mí con un abanico de plumas de pavo real o de papagayo,
-como los dos pajes que estás viendo. ¿Eh?, responde. ¿Quieres servirme
-de ayuda de cámara?</p>
-
-<p>El ciudadano C..., que sólo pensaba en salvar la vida, hizo una
-reverencia, inclinándose hasta el suelo con infinitas muestras de
-agradecimiento y gozo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conque lo aceptas?&mdash;preguntó Biassou.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y podía poner siquiera en duda mi generoso amo que yo titubeara un
-momento ante tan insigne favor cual el de servirle en su persona?</p>
-
-<p>A semejante respuesta, el diabólico sarcasmo de Biassou cobró un aire
-de triunfo. Cruzó los brazos,<span class="pagenum" id="Page_158">[Pg 158]</span> se puso erguido, respirando orgullo, y
-repeliendo con el pie la cabeza del blanco postrado ante sus plantas,
-exclamó en alta voz:</p>
-
-<p>&mdash;¡Quería probar hasta dónde llega la vileza de los blancos después
-de haber presenciado hasta dónde alcanza su crueldad! A ti, ciudadano
-C..., te debo el doble ejemplo. ¡Bien te conozco! ¿Cómo has podido
-ser tan necio que no lo percibieras? Tú fuiste quien presidió en las
-justicias de junio, julio y agosto; tú, quien plantaste cincuenta
-cabezas de negros en la entrada de tu hacienda; tú, quien quería
-degollar a los quinientos esclavos que después de la rebelión tenías
-aprisionados, y colocar un cordón de cabezas de esclavo en la ciudad,
-desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol. Tú, si
-hubieras podido, habrías hecho un trofeo de mi cabeza, y ahora te
-considerarías por muy dichoso si yo quisiese admitirte de criado.
-No, no; quiero cuidar de tu honor más que lo haces tú mismo, y no te
-impondré tal ultraje. ¡Prepárate para la muerte!</p>
-
-<p>Hizo un gesto, y los negros pusieron junto a mí al desgraciado
-negrófilo, que, sin poder proferir una sola palabra, había caído ante
-sus pies como herido del rayo.</p>
-
-
-<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_18" href="#FNanchor_18" class="label">[18]</a> Guiso de los criollos.&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXXIV">XXXIV</h3>
-</div>
-
-
-<p>&mdash;A ti te toca&mdash;dijo el caudillo, volviéndose hacia el último de los
-prisioneros, el hacendado a quien acusaban los blancos de tener la
-sangre no<span class="pagenum" id="Page_159">[Pg 159]</span> muy limpia, y que me había provocado a desafío por decirle
-tal injuria.</p>
-
-<p>Un clamor general entre los rebeldes ahogó la respuesta del hacendado:</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera, muera! <i lang="fr" xml:lang="fr">Mort! Death! Touyé! Touyé!</i>&mdash;gritaban todos,
-cada cual a su manera, rechinando los dientes y amenazando con el puño
-cerrado al infeliz cautivo.</p>
-
-<p>&mdash;Mi general&mdash;dijo un mulato que se expresaba con mayor facilidad que
-el resto&mdash;, es un blanco, y es preciso que muera.</p>
-
-<p>El pobre hacendado, a fuerza de gestos y de gritos, logró hacer que le
-oyeran algunas palabras:</p>
-
-<p>&mdash;No hay tal cosa; no hay tal cosa, señor general; no, hermanos míos,
-¡yo no soy blanco! Eso es una abominable calumnia. Soy mulato, de
-sangre mixta, como vosotros; hijo de una negra, cual vuestras madres y
-vuestras hermanas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Miente, miente!&mdash;decían los negros enfurecidos&mdash;. Es un blanco, y
-siempre ha aborrecido a los negros y a los pardos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Jamás!&mdash;respondió el prisionero&mdash;. Los blancos son a quienes
-detesto, porque soy uno de vuestros hermanos y siempre he dicho, como
-vosotros: <i lang="fr" xml:lang="fr">Negré ce blan, blan ce negré</i><a id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Nada de eso, nada de eso!&mdash;clamaba la muchedumbre&mdash;. <i lang="fr" xml:lang="fr">Touyé blan!,
-touyé blan!</i><a id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_160">[Pg 160]</span></p>
-
-<p>El infeliz respondía, lamentándose de un modo lastimero:</p>
-
-<p>&mdash;¡Soy mulato! ¡Soy de los vuestros!</p>
-
-<p>&mdash;¿La prueba?&mdash;dijo con frialdad Biassou.</p>
-
-<p>&mdash;La prueba&mdash;respondió el otro, desatentado&mdash;, es que siempre me
-despreciaron los blancos.</p>
-
-<p>&mdash;Eso puede muy bien ser verdad&mdash;replicó Biassou&mdash;, porque eres un
-insolente.</p>
-
-<p>Un mulato joven dijo con empeño, encarándose con el hacendado:</p>
-
-<p>&mdash;Tienes razón, los blancos te despreciaban; pero tú, en cambio,
-afectabas despreciar a la gente de color, entre quienes te contaban
-aquéllos, y hasta me han dicho que en cierta ocasión desafiaste a un
-blanco porque te echó en cara pertenecer a nuestra casta.</p>
-
-<p>Un murmullo universal se alzó de entre el indignado concurso, y los
-gritos de muerte sofocaron con redoblada violencia las disculpas del
-acusado, quien, echándome con disimulo una mirada de súplica, repetía
-lloroso:</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso es una calumnia! Yo no tengo más dicha ni más orgullo que el
-pertenecer a los negros. Yo soy mulato.</p>
-
-<p>&mdash;Si fueses mulato de veras&mdash;observó Rigaud con aparente sosiego&mdash;, no
-te valdrías de semejante palabra<a id="FNanchor_21" href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay de mí! ¿Acaso sé siquiera lo que me digo?&mdash;repuso<span class="pagenum" id="Page_161">[Pg 161]</span> el
-miserable&mdash;. Señor general en jefe, la prueba de que soy de sangre
-mestiza está en esta raya negra alrededor de las uñas<a id="FNanchor_22" href="#Footnote_22" class="fnanchor">[22]</a>.</p>
-
-<p>Biassou rechazó la mano que alargaba con súplica.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no poseo la ciencia del señor capellán, que adivina por las manos
-quién o qué sea cualquier persona. Escúchame, pues: los soldados te
-acusan, los unos de ser blanco, los otros de ser hermano traidor, y, si
-tal fuere, en ambos casos deberás morir. Tú afirmas que perteneces a
-nuestra casta y que jamás renegaste de ella. Un medio sólo te queda de
-probar tus asertos y de salvarte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuál, mi general? ¿Cuál es?&mdash;preguntó el hacendado con suma ansia&mdash;.
-Estoy pronto.</p>
-
-<p>&mdash;Hele aquí&mdash;contestó Biassou con frialdad&mdash;. Agarra este cuchillo y da
-por tu propia mano de puñaladas a esos dos prisioneros blancos.</p>
-
-<p>Así hablando, señaló hacia nosotros con la mano y con la vista; el
-hacendado se echó atrás ante la daga que Biassou, con sonrisa infernal,
-le ofrecía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo es eso?&mdash;dijo el generalísimo&mdash;. ¿Conque titubeas? Pues era
-el único medio de probarnos, al ejército y a mí, que no eres blanco,
-sino de los nuestros. Vamos: resuélvete pronto, que me haces perder el
-tiempo.</p>
-
-<p>Tenía el preso los ojos desencajados; dió un<span class="pagenum" id="Page_162">[Pg 162]</span> paso hacia el puñal, y
-luego se detuvo, dejando caer los brazos y volviendo hacia atrás la
-cabeza, mientras un estremecimiento involuntario le hacía temblar en
-todo su cuerpo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos!&mdash;prorrumpió Biassou en tono de impaciencia y cólera&mdash;, ¡que
-estoy de prisa! Escoge: o matarlos tú mismo o que te maten con ellos.</p>
-
-<p>El infeliz permanecía inmóvil, como petrificado.</p>
-
-<p>&mdash;Está muy bien&mdash;repuso Biassou volviéndose hacia los negros&mdash;; pues
-que no quiere hacer de verdugo, hará el papel de víctima, porque ya
-conozco que es un blanco. Sacadle vosotros de aquí...</p>
-
-<p>Los negros se adelantaron para echarle mano, y este movimiento decidió
-de su suerte entre matar o morir. El exceso de cobardía tiene también
-su especie de valor. Se abalanzó al puñal que le alargaba Biassou, y
-en seguida, sin tomarse tiempo de reflexionar en lo que iba a hacer,
-el miserable le saltó encima, cual un tigre, al ciudadano C..., que se
-hallaba recostado junto a mí.</p>
-
-<p>Comenzó luego una horrenda lucha. El negrófilo, sumido en tétrica y
-estúpida desesperación por el desenlace que tuvo el interrogatorio
-con el cual le había Biassou atormentado, contempló toda la escena
-posterior con la vista fija, y tan embebido en el terror del suplicio
-ya cercano, que aparentaba no haberla comprendido; mas al ver lanzarse
-sobre sí al hacendado y relampaguear el acero por encima de sus sienes,
-lo inminente del peligro le arrancó con sobresalto de su letargo.<span class="pagenum" id="Page_163">[Pg 163]</span>
-Púsose entonces en pie, y, deteniéndole el brazo a su asesino, dijo en
-tono lastimero:</p>
-
-<p>&mdash;¡Misericordia! ¡Misericordia! ¿Qué pretende usted conmigo? ¿Qué le he
-hecho para ofenderle?</p>
-
-<p>&mdash;Llegó la hora de la muerte, caballero&mdash;replicó el mestizo, procurando
-soltarse el brazo y clavando sobre su víctima la vista desatentada&mdash;.
-No me estorbe usted, que no le haré daño.</p>
-
-<p>&mdash;¡Morir a manos de usted!&mdash;clamaba el economista&mdash;. ¿Y por qué?
-¡Perdóneme usted! ¿Me guarda usted rencor porque dije en algún
-tiempo que no era de sangre limpia? Pues déjeme usted la vida, y le
-prometo reconocerle por blanco. Sí, usted es blanco, y lo diré por
-dondequiera... ¡pero misericordia!</p>
-
-<p>El negrófilo había elegido con poco tino sus medios de defensa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cállate, cállate!&mdash;gritó su rival, enfurecido y temeroso de que
-oyesen los negros semejante declaración.</p>
-
-<p>Mas el otro clamaba con toda su fuerza que le conocía por blanco y de
-excelente estirpe. El mulato hizo un postrer esfuerzo para acallarle,
-y apartando con violencia entrambas manos, que le detenían, metió el
-puñal por entre las vestiduras del ciudadano C... Sintió el desdichado
-la punta del acero, y mordió rabioso el brazo que lo clavaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Monstruo! ¡Malvado! Que me asesinas...&mdash;dijo.</p>
-
-<p>Y volviéndose hacia Biassou, añadió:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_164">[Pg 164]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Defendedme, vengador de la humanidad!...</p>
-
-<p>Pero el matador apretó ya frenético la hoja de la daga, y un grueso
-chorro de sangre, que brotó entre sus dedos, vino hasta salpicarle
-el rostro. Dobláronse entonces de súbito las rodillas del negrófilo,
-flaqueáronle los brazos, empañáronse sus ojos, lanzaron sus labios
-un débil gemido y cayó el cuerpo a tierra, convertido ya en exánime
-cadáver.</p>
-
-
-<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_19" href="#FNanchor_19" class="label">[19]</a> Proverbio familiar entre los negros rebeldes, que se
-traduce literalmente así: <em>Los negros son los blancos, los blancos
-son los negros.</em> Diciendo: <em>los negros son los dueños y los
-blancos son los esclavos</em>, se explicaría mejor el sentido.&mdash;N. del
-A.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_20" href="#FNanchor_20" class="label">[20]</a> ¡Matad al blanco! ¡Matad al blanco!&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_21" href="#FNanchor_21" class="label">[21]</a> Hay que recordar que los pardos rechazan con ira este
-nombre, inventado, según ellos, por el desdén de los blancos.&mdash;N. del
-A.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_22" href="#FNanchor_22" class="label">[22]</a> Suelen muchos mestizos tener, en efecto, este signo en el
-nacimiento de las uñas, el que se desvanece con los años, pero renace
-en sus hijos.&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXXV">XXXV</h3>
-</div>
-
-
-<p>Tal escena, y en la que pronto me aguardaba desempeñar un papel, me
-tenía helado de espanto. <em>El vengador de la humanidad</em> había
-presenciado con aspecto impasible la lucha entre sus dos víctimas,
-y cuando hubo concluído, dijo, volviéndose hacia sus aterrorizados
-pajecillos:</p>
-
-<p>&mdash;Traedme más tabaco.</p>
-
-<p>Y se puso a mascarlo en sosiego. El obí y Rigaud permanecían inmóviles,
-y aun los negros parecían horrorizados del espectáculo que su caudillo
-acababa de ponerles ante los ojos.</p>
-
-<p>Un solo blanco quedaba por despachar aún, y éste era yo; de modo que
-conocí haberme llegado mi vez. Eché, pues, una mirada sobre el asesino
-que iba a ser mi verdugo, y causóme lástima el verle. Tenía los labios
-amoratados y rechinábanle los dientes; un movimiento convulsivo agitaba
-sus trémulos miembros, capaces apenas de sostenerle; pasábase sin
-cesar, y como maquinalmente, la mano por las sienes para limpiar las
-manchas de<span class="pagenum" id="Page_165">[Pg 165]</span> sangre, y con aire de insensato contemplaba el cuerpo
-humeante que yacía a sus pies, sin apartar de su víctima los espantados
-ojos.</p>
-
-<p>Así aguardaba yo el momento en que diera remate a su tarea con mi
-muerte, y por cierto que mi posición con respecto a aquel hombre era
-bien extraña: una vez había ya estado para matarme por decir yo que no
-era blanco, y ahora, para probar que era mulato, iba a convertirse en
-mi asesino.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, amigo, estoy satisfecho de ti&mdash;le dijo Biassou.</p>
-
-<p>Y luego miróme y añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Por ahora te excuso de acabar con el otro. Anda, que te declaro por
-buen hermano y te confiero el empleo de verdugo de mis ejércitos.</p>
-
-<p>A estas palabras del general salió un negro de entre filas, y, tras
-hacer a Biassou tres humildes reverencias, prosiguió diciendo en su
-jerigonza lo que traduciré para que mejor se entienda:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y a mí, mi general?</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, ¿qué pretendes tú decir?&mdash;preguntó Biassou.</p>
-
-<p>&mdash;¿No haréis nada por mí, mi general?&mdash;dijo el negro&mdash;. Ahí se le da un
-ascenso a ese perro blanco, que asesina para darse por nuestro, ¿y no
-lo ha de haber para mí también, que soy un negro bueno?</p>
-
-<p>Tan inesperada súplica puso a Biassou en aprieto. Bajóse hacia Rigaud,
-y el caudillo de las catervas de los Cayos le dijo en francés:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_166">[Pg 166]</span></p>
-
-<p>&mdash;No se puede acceder a su demanda, y conviene buscar algún medio de
-eludirla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conque pretendes un ascenso?&mdash;contestó entonces Biassou volviéndose
-hacia el <em>negro bueno</em>&mdash;. Con mucho gusto lo haré si me dices el
-grado que apeteces.</p>
-
-<p>&mdash;Quiero ser <em>oficial</em>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oficial!&mdash;replicó el generalísimo&mdash;. Vamos, dime cuáles son tus
-méritos para pretender las charreteras.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;repuso el negro con ahinco&mdash;fuí el que incendió el ingenio
-de Lagoscette desde principios de agosto, y quien mató al hacendado
-Clement, y quien paseó la cabeza de su mayoral en la punta de una pica.
-Yo degollé a diez mujeres blancas y a siete niños, por prueba que uno
-de ellos les sirvió de bandera a las tropas de Bouckmann. Después
-achicharré cuatro familias de los amos blancos en un aposento del
-castillo de Galifet, cerrándolo con llave antes de pegarle fuego. A mi
-padre lo rompieron en la rueda en el Cabo; a mi hermano lo ahorcaron
-en Rocrou, y a mí propio estuvieron para fusilarme. He abrasado tres
-cafetales, seis sembrados de añil y doscientas cuadras de caña; he
-matado a mi amo M. Noé y a su madre...</p>
-
-<p>&mdash;Pasa por alto tu hoja de servicios&mdash;le dijo Rigaud, que encubría en
-su aparente mansedumbre una crueldad positiva, pero que era feroz con
-decoro y no podía sufrir las fanfarronadas del crimen.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_167">[Pg 167]</span></p>
-
-<p>&mdash;Muchos más pudiera alegar&mdash;replicó el negro con orgullo&mdash;; pero éstos
-juzgo que se tendrán por suficientes para hacer ver que merezco la
-categoría de <em>oficial</em> y llevar al hombro una charretera de oro
-como aquellos compañeros.</p>
-
-<p>Y así diciendo, señaló a los ayudantes y a la plana mayor de Biassou;
-el generalísimo pareció que meditaba por un momento, y después dirigió
-al negro con suma gravedad estas palabras:</p>
-
-<p>&mdash;Mucho me alegraría de premiarte, porque estoy contento de tus
-servicios; pero todavía se requiere otra circunstancia a más: ¿sabes el
-latín?</p>
-
-<p>El forajido, pasmado, abrió los ojos cuanto pudo, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Mi general...</p>
-
-<p>&mdash;Eso te pregunto&mdash;repuso Biassou sin demora&mdash;. ¿Sabes el latín?</p>
-
-<p>&mdash;El... latín...&mdash;repitió el negro estupefacto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, sí, sí, el latín! ¿Sabes el latín?&mdash;prosiguió el astuto caudillo.</p>
-
-<p>Y desplegando un estandarte en que estaba inscrito el versículo del
-salmo <i>In exitu Israel de Ægypto</i>, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Explícame lo que significan estas palabras.</p>
-
-<p>El negro, en el colmo de su asombro, quedábase inmóvil y mudo,
-restregándose maquinalmente las manos por sus calzoncillos y volviendo
-atónito la vista, ya de la bandera al general y ya del general a la
-bandera.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, ¿acabarás de responder?&mdash;díjole con impaciencia Biassou.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_168">[Pg 168]</span></p>
-
-<p>El negro, rascándose la cabeza, abrió y volvió a cerrar repetidas veces
-los labios, y dejó al cabo salir estas palabras confusas:</p>
-
-<p>&mdash;No entiendo, mi general.</p>
-
-<p>El semblante de Biassou cobró de súbito el aspecto de indignación e ira.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo es eso&mdash;exclamó&mdash;, tunante desvergonzado? ¿Tienes el
-atrevimiento de querer ascender a oficial y no sabes latín?</p>
-
-<p>&mdash;Pero, mi general...&mdash;tartamudeó el negro, trémulo todo y confuso.</p>
-
-<p>&mdash;Cállate&mdash;replicó Biassou, cuyos ímpetus de cólera aparentaban ir
-en aumento&mdash;. No sé por qué no te mando fusilar ahora mismo en justo
-castigo de tu presunción. ¿Qué te parece, Rigaud, de este donoso
-oficial, que ni siquiera sabe latín? Escúchame, menguado; ya que
-no comprendes lo que está escrito en esa bandera, voy a darte la
-explicación: <i>In exitu</i>, ningún soldado; <i>Israel</i>, como no
-sepa latín; <em>de Ægypto</em>, puede llegar a oficial. ¿No es así, señor
-capellán?</p>
-
-<p>El obí hizo un gesto afirmativo, y Biassou continuó:</p>
-
-<p>&mdash;Ese hermano, a quien acabo de nombrar verdugo del ejército y de quien
-abrigas tantos celos, sabe el latín de corrido&mdash;entonces se volvió
-hacia el recién acuñado verdugo&mdash;. Dinos, amigo, si no es esto exacto.
-Para probarle a ese burro que sabes más que él, tradúcele lo que quiere
-decir <i lang="la" xml:lang="la">Dominus vobiscum</i>.</p>
-
-<p>El desgraciado, saliendo al sonido de aquella<span class="pagenum" id="Page_169">[Pg 169]</span> terrible voz de la
-tétrica distracción en que estaba sumergido, alzó la cabeza, y aunque
-tenía aún el ánimo todo conmovido con la imagen del cobarde asesinato
-que acababa de cometer, la intensidad misma del terror le movió a
-obediencia. Había algo de extraño en el modo con que aquel hombre
-procuraba, entre sus ideas de espanto y remordimiento, traer a la
-memoria los estudios de su juventud, así como en la manera lúgubre que
-tuvo de proferir esta pueril explicación:</p>
-
-<p>&mdash;<i lang="la" xml:lang="la">Dominus vobiscum</i>... quiere decir... <em>El Señor sea con
-vosotros</em>.</p>
-
-<p>&mdash;<i lang="la" xml:lang="la">Et cum spiritu tuo</i>&mdash;añadió solemnemente el misterioso obí.</p>
-
-<p>&mdash;<em>Amén</em>&mdash;respondió Biassou.</p>
-
-<p>Y luego, volviendo a sus ademanes airados y mezclando con su cólera
-fingida algunas frases sueltas de pésimo latín&mdash;por el estilo del
-<em>médico a palos</em>&mdash;para convencer al concurso de su ciencia, le
-gritó al negro ambicioso:</p>
-
-<p>&mdash;Vuelve a entrar en las filas y ponte a la cola de tu compañía.
-<i lang="la" xml:lang="la">Sursum corda!</i> No sueñes otra vez en elevarte al rango de tus
-jefes que saben latín; <i lang="la" xml:lang="la">orate, fratres</i>, o te mandaré ahorcar.
-<i lang="la" xml:lang="la">Bonus, bona, bonum.</i></p>
-
-<p>El negro, maravillado y atemorizado a un tiempo mismo, volvió a meterse
-entre filas cubierto de vergüenza y con la cabeza baja, en medio de la
-rechifla general de sus compañeros, indignados al ver tan mal fundadas
-pretensiones y fija la vista con admiración en su docto generalísimo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_170">[Pg 170]</span></p>
-
-<p>Había cierto aire burlesco en tal escena, la que acabó de inspirarme
-alto concepto de la habilidad de Biassou. El medio ridículo que había
-empleado con tan cabal éxito<a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23" class="fnanchor">[23]</a> para desconcertar las ambiciones
-particulares, siempre tan exageradas entre una turba de rebeldes, me
-dió la medida, tanto de la estupidez de los negros cuanto de la astucia
-de su caudillo.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXXVI">XXXVI</h3>
-</div>
-
-
-<p>En tanto, había llegado la hora del <em>almuerzo</em> de Biassou, y
-los sirvientes pusieron ante el <em>mariscal de campo de Su Majestad
-Católica</em> una gran concha de tortuga llena de una especie de
-<em>olla podrida</em>, en que las tajadas del mismo animal hacían el
-oficio de <em>carnero</em>, y las batatas, el de <em>garbanzos</em>, todo
-profusamente condimentado con lonjas de tocino, mientras una enorme
-col sobrenadaba en el caldo de aquel <em>puchero</em>. A entrambos
-lados de la concha, que servía a la vez de marmita y de sopera,
-había dos cáscaras de coco convertidas en copas y llenas de pasas,
-<em>sandías</em>, higos y ñames, que servían de <em>postres</em>. Un pan
-de maíz y una bota de vino, con el sabor a pez que le da el cuero,
-completaban el banquete. Sacó luego Biassou un puñado de ajos del
-bolsillo, y restregó con ellos el pan, poniéndose a comer sin mandar
-siquiera que se llevasen el aún tibio cadáver que yacía en<span class="pagenum" id="Page_171">[Pg 171]</span> su
-presencia, y convidando a Rigaud para que hiciese lo mismo. El apetito
-de Biassou tenía en sí algo de espantoso.</p>
-
-<p>El obí no participó de sus manjares, y comprendí que, cual todos los de
-su calaña, jamás comía en público, para persuadir a los negros que era
-de una esencia sobrenatural y que vivía sin alimento.</p>
-
-<p>Al tiempo propio de almorzar mandó Biassou a uno de sus ayudantes
-que hiciese empezar la revista, y la turba de sus secuaces comenzó
-a desfilar en buen orden por delante de la gruta. Los negros de
-Morne-Rouge pasaron los primeros, en número como de algunos cuatro mil,
-divididos en apiñadas mitades bajo la guía de sus oficiales, quienes
-iban, según ya he dicho, adornados con unos calzoncillos o un cinto
-color de grana. Estos negros, casi todos robustos y de alta estatura,
-llevaban fusiles, hachas y sables, aunque muchos, a falta de otras
-armas, se habían provisto de arcos y flechas y azagayas. No tenían
-cubierta la cabeza y marchaban silenciosos, con aspecto de desconsuelo.</p>
-
-<p>Al desfilar de esta escuadra inclinóse Biassou al oído de Rigaud, y le
-dijo en francés:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo acabará la metralla de los blancos de quitarme el estorbo
-de estos forajidos de Morne-Rouge? ¡Los aborrezco porque casi todos
-son congos! Y, además, no saben matar sino en la pelea, siguiendo el
-ejemplo de su imbécil caudillo, su ídolo Bug-Jargal, ese muchacho
-necio, que quisiera<span class="pagenum" id="Page_172">[Pg 172]</span> echarla de magnánimo y generoso. ¿Tú no le
-conoces, Rigaud? Pues entonces confío en que te quedarás para siempre
-sin conocerle, porque los blancos le han hecho prisionero, y me
-libertarán de él, así como lo hicieron con Bouckmann.</p>
-
-<p>&mdash;A propósito de Bouckmann&mdash;respondió Rigaud&mdash;; ahí vienen los
-cimarrones de Macaya, y veo pasar entre sus filas al negro que envió
-Juan Francisco para anunciarnos su muerte. ¿Sabes que ese hombre
-podría destruir todo el efecto de las profecías del obí acerca del
-fin de aquel jefe si contara que le habían detenido media hora en las
-avanzadas y que me había participado su noticia antes que le mandaras
-entrar?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué diablo!&mdash;dijo Biassou&mdash;. ¡Y razón que te sobra, amigo! Es preciso
-buscar un medio de taparle a ese hombre la boca. Aguarda...</p>
-
-<p>Entonces, alzando la voz, llamó a Macaya.</p>
-
-<p>El comandante de los negros cimarrones se aproximó, presentando, en
-señal de acatamiento, su trabuco de boca ancha.</p>
-
-<p>&mdash;Haz salir de tus filas&mdash;repuso Biassou&mdash;a aquel negro que va allí y
-que no debiera.</p>
-
-<p>Era el mensajero de Juan Francisco. Macaya le condujo a presencia del
-general, quien cobró de súbito en el semblante aquella expresión de
-cólera que sabía fingir con tanto acierto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién eres?&mdash;le preguntó al negro sobrecogido.</p>
-
-<p>&mdash;Mi general, soy un negro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_173">[Pg 173]</span></p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Caramba!</em> ¡Eso ya lo veo! Pero ¿cómo te llamas?</p>
-
-<p>&mdash;Mi sobrenombre de guerra es Vavelan; mi protector entre los
-bienaventurados es San Sabeo, diácono y mártir, que se conmemora veinte
-días antes de la Natividad...</p>
-
-<p>Biassou le interrumpió:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y con qué cara te atreves a presentarte en la parada, en medio de
-espingardas relucientes y de tahalís blancos, con el sable sin vaina,
-los calzones desgarrados y los pies cubiertos de lodo?...</p>
-
-<p>&mdash;Mi general&mdash;respondió el negro&mdash;, no es culpa mía. El gran almirante
-Juan Francisco me encargó de traer el parte de la muerte de Bouckmann,
-comandante de los cimarrones ingleses; y si mis vestidos están
-destrozados y los pies sucios, es porque he corrido, sin descansar ni
-tomar aliento, a fin de llegar antes con la nueva; pero me detuvieron a
-la entrada del campamento, y...</p>
-
-<p>Biassou arrugó el ceño.</p>
-
-<p>&mdash;¡No se trata de eso, <em>gabacho</em>, sino de tu desvergüenza en
-asistir a la revista tan desaliñado! Encomienda el alma a tu santo
-patrón, San Sabeo, diácono y mártir, y anda que te fusilen.</p>
-
-<p>Aquí tuve nueva prueba del poderío moral que ejercía Biassou sobre los
-rebeldes. El infeliz, a quien se ordenaba ser él mismo portador de la
-orden de su muerte, no se atrevió ni aun a dar quejas. Bajó la cabeza,
-cruzó los brazos al pecho, hízole un triple saludo a su implacable
-juez, y, después de haberse arrodillado ante el obí, que le<span class="pagenum" id="Page_174">[Pg 174]</span> dió una
-absolución compendiada, salióse de la cueva. ¡Algunos minutos después,
-una descarga le anunció a Biassou que el negro había obedecido y había
-muerto!</p>
-
-<p>Libre ya el caudillo de todo recelo, se volvió hacia Rigaud,
-brillándole los ojos de contento, y con una expresión sarcástica de
-triunfo que parecía decir: “¡Admírame!”</p>
-
-
-<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_23" href="#FNanchor_23" class="label">[23]</a> Más adelante se valió Toussaint-Louverture de igual
-recurso, obteniendo idéntico ventajoso resultado.&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXXVII">XXXVII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Seguía, empero, la revista, y aquel mismo ejército que, en desorden, me
-había presentado pocas horas antes un espectáculo tan extraordinario,
-no parecía menos extravagante ahora y sobre las armas. Eran ya algunos
-negros, completamente desnudos, y pertrechados de mazos, machetes
-y macanas, marchando al compás de un cuerno como los salvajes; ya
-batallones de mulatos equipados a la española y a la inglesa, con
-buenas armas y buena disciplina, arreglando sus pasos al toque de
-los tambores; catervas, luego, de negras y negrillos, con horquillas
-y garfios, o de viejos inútiles cargados con fusiles antiguos e
-inservibles, sin cañón o sin llave; griotas, en fin, con sus vestidos
-de botarga, o griotos con horribles contorsiones y gestos, entonando
-canciones incoherentes, con acompañamiento de guitarra, de balafo o
-de platillos. Interrumpían a veces esta extraña procesión bandadas
-heterogéneas de mulatos, cuarterones,<span class="pagenum" id="Page_175">[Pg 175]</span> salto-atrás y toda clase de
-mestizos libres; o ya catervas errantes de negros cimarrones, con el
-ademán soberbio y carabinas relucientes, que arrastraban entre filas
-sus carretones henchidos de despojos, o algún cañón arrebatado a los
-blancos, menos cual arma ofensiva que trofeo, cantando a toda voz los
-himnos rebeldes de <i>Gran-Pré</i> y <i>Oua-Nassé</i>. Por encima de
-tanto y tan diverso concurso tremolaban banderas de todos colores y
-con todas divisas: blancas, rojas y tricolores, adornadas con flores
-de lis y con el gorro de la libertad, y llevando por lema: <em>Mueran
-los sacerdotes y los aristócratas</em>, <em>¡Viva la religión!</em>,
-<em>¡Libertad e igualdad!</em>, <em>¡Viva el Rey!</em>, <em>¡Muera la
-metrópoli!</em>, <em>¡Viva España!</em>, <em>¡No más tiranos!</em>,
-etcétera, etc.; extraña mescolanza y claro indicio de que las fuerzas
-de los rebeldes eran un tropel sin objeto determinado, y de que no
-menor desorden que en los hombres reinaba en las ideas.</p>
-
-<p>Al pasar, a su vez, por la gruta, las escuadras rendían sus banderas, y
-Biassou devolvía el saludo. A cada batallón le dirigía algunas palabras
-de reprensión o de elogio, y cada palabra severa o halagüeña que caía
-de sus labios era acogida por sus secuaces con fanático respeto y una
-especie de temor supersticioso.</p>
-
-<p>Pasó al cabo aquella inundación de bárbaros, y confieso que, si al
-principio sirvióme de distracción, llegó por último a serme penosa la
-vista de tanto forajido.</p>
-
-<p>Mientras tanto, la tarde declinaba, y, cuando<span class="pagenum" id="Page_176">[Pg 176]</span> los últimos hombres
-desfilaron, el sol teñía débilmente de un rojo cobrizo la frente
-granítica de las montañas de oriente.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXXVIII">XXXVIII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Biassou parecía meditabundo, y cuando, terminada la revista y dadas sus
-órdenes postreras, se retiraron los rebeldes a sus chozas, me dirigió
-al fin la palabra en tales términos:</p>
-
-<p>&mdash;Ya has podido juzgar a tu despacio, joven, de mi ingenio y poderío, y
-he aquí llegada la hora de que vayas a participárselo a Leogrí.</p>
-
-<p>&mdash;No ha consistido en mí que tarde tanto&mdash;le respondí con indiferencia.</p>
-
-<p>&mdash;Razón tienes&mdash;replicó Biassou.</p>
-
-<p>Y aquí se detuvo un instante, como para observar qué efecto iban a
-producir en mí las siguientes palabras:</p>
-
-<p>&mdash;Y, además, de ti penderá el que nunca llegue.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo es eso?&mdash;exclamé pasmado&mdash;. ¿Qué quieres tú decir?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;prosiguió Biassou&mdash;; en tus propias manos tienes tu vida, y si
-quieres, puedes salvarla.</p>
-
-<p>Este arrebato de clemencia, el primero y el último, sin duda alguna,
-que Biassou haya jamás sentido, me pareció un prodigio. El obí, como
-yo, lleno también de sorpresa, saltó del asiento donde por tan largo
-rato había permanecido inmóvil y en actitud extática, al estilo de los
-<em>faquires</em> indios.<span class="pagenum" id="Page_177">[Pg 177]</span> Se puso frente a frente del generalísimo y
-alzó la voz lleno de ira:</p>
-
-<p>&mdash;<em>¿Qué dice el excelentísimo señor mariscal de campo?</em> ¿No se
-acuerda de lo que me ha prometido? Ni él ni el <i lang="fr" xml:lang="fr">bon Giu</i> pueden ya
-disponer de esta vida, que me pertenece.</p>
-
-<p>En aquel momento, al oír su acento de cólera, juzgué de nuevo tener
-algún recuerdo de aquel maldito hombrecillo; mas fué una sensación vaga
-y pasajera, que no me iluminó el entendimiento.</p>
-
-<p>Biassou, sin alterarse, se levantó, habló con el obí en voz baja,
-señalándole a la bandera negra en que ya había yo reparado, y, tras
-algunos minutos de conversación, meneó el zahorí la cabeza de arriba
-abajo, cual en señal de consentir, y los dos recobraron sus antiguos
-puestos y actitudes.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha&mdash;me dijo entonces el generalísimo, sacando del bolsillo los
-otros despachos de Juan Francisco, que tenía allí metidos&mdash;. Nuestros
-negocios van mal. Bouckmann acaba de morir en un encuentro; los
-blancos han exterminado en la comarca de Cul-de-Sac a dos mil negros
-levantados; las tropas de la colonia siguen atrincherándose y cubriendo
-todos los llanos de puntos fortificados, y, por culpa nuestra, hemos
-desaprovechado una ocasión de apoderarnos del Cabo, que no se volverá
-a presentar tan de pronto. Por el lado de Levante, el camino principal
-está cortado por un río, y los blancos, para defender el paso, han
-establecido una batería flotante sobre pontones<span class="pagenum" id="Page_178">[Pg 178]</span> y dos reductos, a cada
-orilla. Al Sur hay otro camino real, que atraviesa ese país montañoso
-llamado el Haut-du-Cap, y lo tienen también cuajado de tropas y de
-artillería. Por la parte de tierra, la posición está asimismo bien
-fortificada, con parapetos en que han trabajado todos los habitantes,
-con añadidura de buenos caballos de frisa. Por consiguiente, el Cabo se
-halla al abrigo de nuestras embestidas. La emboscada en las gargantas
-de Doma-Mulatos no produjo el éxito que nos prometíamos, y a tantos
-reveses se junta la fiebre de Siam, que devasta el campamento de
-Juan Francisco. Así que el gran almirante de Francia opina<a id="FNanchor_24" href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>, y yo
-participo de su sentir, que sería conveniente entrar en tratos con el
-gobernador Blanchelande y la Asamblea colonial. He aquí la carta que
-sobre este particular vamos a remitir a la Asamblea; escucha:</p>
-
-<div class="blockquot">
-
-<p>
-
-“<span class="smcap">Señores diputados</span>:<br />
-</p>
-
-<p>“Grandes infortunios han afligido a esta rica e importante colonia,
-en los que nos hemos visto nosotros envueltos, y nada más nos queda
-que alegar por excusa. Algún día vendrá en que nos haréis toda la
-justicia que nuestra situación se merece. Debemos quedar comprendidos
-en la amnistía general que el Rey Luis XVI ha proclamado para todos
-indistintamente.</p>
-
-<p>“Si no, como el Rey de España es un Rey bueno,<span class="pagenum" id="Page_179">[Pg 179]</span> que nos trata muy bien
-y que <em>nos manifiesta recompensas</em><a id="FNanchor_25" href="#Footnote_25" class="fnanchor">[25]</a>, seguiremos a su servicio
-con celo y lealtad.</p>
-
-<p>“Vemos que, con arreglo a la ley de 28 de septiembre&mdash;de 1791&mdash;,
-la Asamblea nacional y el Rey os conceden facultad para decretar
-definitivamente acerca del estado de las personas no libres y de
-la condición política de los hombres libres de color. Nosotros
-defenderemos los decretos de la Asamblea nacional y los vuestros, si
-están revestidos de los requisitos legales, hasta derramar la última
-gota de nuestra sangre. Sería conveniente que <em>declararíais</em> por
-un decreto, sancionado por el señor general, que formáis intento de
-ocuparos en la suerte de los esclavos. En sabiendo, por conducto de
-sus jefes, a quienes daríais noticia de estos trabajos, que son el
-objeto de vuestras tareas, quedarían satisfechos, y en breve tiempo se
-recuperaría el equilibrio roto.</p>
-
-<p>“No contéis, sin embargo, señores representantes, en que consintamos
-en armarnos por el beneplácito de asambleas revolucionarias. Nosotros
-somos súbditos de tres reyes. El Rey del Congo, señor natural de todos
-los negros; el Rey de Francia, que representa a nuestros padres, y
-el Rey de España, que representa a nuestras madres. Estos tres reyes
-son los descendientes de los tres reyes magos que, guiados por una
-estrella, vinieron a adorar el Dios-hombre. Si sirviéramos a las<span class="pagenum" id="Page_180">[Pg 180]</span>
-Asambleas, tal vez nos veríamos arrastrados a hacer la guerra contra
-nuestros hermanos, los súbditos de estos tres reyes, a quienes hemos
-jurado fidelidad.</p>
-
-<p>“Además, no sabemos lo que se quiere decir por la voluntad de la
-nación, puesto que <em>desde que el mundo reina</em> no hemos ejecutado
-sino la de un rey. El príncipe de Francia nos quiere y el de España no
-cesa de darnos socorro. Les ayudamos y nos ayudan: ésta es la causa
-de la humanidad. Y luego, aun cuando nos faltaran estas Majestades,
-pronto habríamos <em>tronado un Rey</em>.</p>
-
-<p>“Tales son nuestras intenciones, mediante las cuales consentiremos
-en hacer la paz<a id="FNanchor_26" href="#Footnote_26" class="fnanchor">[26]</a>.&mdash;Firmado, <i>Juan Francisco</i>, general;
-<i>Biassou</i>, mariscal de campo; <i>Desprez</i>, <i>Manzeau</i>,
-<i>Toussaint</i>, <i>Aubert</i>, comisionados <i lang="la" xml:lang="la">ad hoc</i>.”</p>
-</div>
-
-<p>&mdash;Ya ves&mdash;añadió Biassou, concluída que fué la lectura de este
-documento de la diplomacia negra, que se me quedó estampado en la
-memoria palabra por palabra&mdash;; ya ves, digo, que estamos de paz. Ahora
-bien: esto es lo que pretendo de ti. Ni Juan Francisco ni yo nos hemos
-educado en las escuelas de los blancos, donde se aprende a charlar
-bien; sabemos pelear, pero no escribir, y, sin embargo, no quisiéramos
-que hubiera en nuestra carta a la Asamblea nada que pudiese excitar
-la <em>burla</em> orgullosa de nuestros antiguos dueños. Tú me parece
-que has aprendido esta frívola ciencia<span class="pagenum" id="Page_181">[Pg 181]</span> que a nosotros nos falta; así,
-pues, corrige en nuestro oficio cuantas faltas hicieran reír a los
-blancos, y a este precio te concedo la vida.</p>
-
-<p>Había en este empleo de corrector de las faltas de ortografía
-diplomática de Biassou algo de demasiado repugnante a mi orgullo para
-que yo titubease un solo momento. Y, además, ¿qué se me daba de la
-vida? Rehusé, pues, su oferta.</p>
-
-<p>Pareció sorprenderse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo es eso?&mdash;exclamó&mdash;. ¿Prefieres morir a hacer unos cuantos
-garabatos con la pluma en un pedazo de pergamino?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;le repliqué.</p>
-
-<p>Mi determinación pareció como que le desagradaba, y, después de meditar
-por un breve espacio, me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Escúchame, muchacho atolondrado; quiero ser menos terco que tú y
-te concedo de plazo hasta mañana por la tarde para que te resuelvas
-a obedecerme. Mañana, al ponerse el sol, volverán a traerte a mi
-presencia, y piensa en complacerme. Adiós, que la almohada es fuente de
-buenos consejos. Acuérdate que entre nosotros recibir la muerte es algo
-más que el morir.</p>
-
-<p>El sentido de estas últimas palabras, acompañadas de una horrenda
-carcajada, no era, por cierto, equívoco, y los tormentos que Biassou
-acostumbraba inventar para sus víctimas acababan de explicarlas.</p>
-
-<p>&mdash;Candi&mdash;prosiguió Biassou&mdash;, llévate al prisionero y entrégale a la
-custodia de los negros de<span class="pagenum" id="Page_182">[Pg 182]</span> Morne-Rouge, porque quiero que aún vea
-asomar por una vez el sol, y mis soldados quizá no tendrían tanta
-paciencia como para aguardar que pasasen veinticuatro horas.</p>
-
-<p>El mulato Candi, comandante de sus guardias, me mandó atar los brazos a
-la espalda, y, agarrando un soldado el cabo de la cuerda, nos salimos
-de la cueva.</p>
-
-
-<div class="footnotes"><h4>FOOTNOTES:</h4>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_24" href="#FNanchor_24" class="label">[24]</a> Ya se ha dicho que Juan Francisco se daba este
-título.&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_25" href="#FNanchor_25" class="label">[25]</a> Esta frase carece a propósito de sentido para dar una
-idea de falta semejante en el original francés.&mdash;N. del T.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_26" href="#FNanchor_26" class="label">[26]</a> Parece que, en efecto, se le remitió a la Asamblea esta
-carta, tan ridículamente característica.&mdash;N. del A.</p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XXXIX">XXXIX</h3>
-</div>
-
-
-<p>Cuando acaecimientos extraordinarios, angustias y catástrofes estallan
-de súbito en medio del sosiego de una existencia feliz y deliciosamente
-uniforme, estas inesperadas emociones, estos golpes de fortuna cortan
-atropelladamente el letargo del alma que estaba adormecida en la
-monotonía de su próspero destino. Mas, sin embargo, en los infortunios
-que así llegan no nos parece que despertamos, sino que soñamos. Para
-quien siempre fué feliz, las desdichas empiezan por atontecerle. La
-adversidad imprevista se asemeja a la conmoción eléctrica del torpedo,
-que nos sacude, pero al mismo tiempo nos pasma los miembros, y el
-espantoso resplandor que arroja de súbito ante nuestros ojos nos
-deslumbra, pero no ilumina. Los hombres, los objetos y los sucesos nos
-pasan por delante con un aspecto en cierto modo fantástico, y se mueven
-cual en un ensueño. Todo ha cambiado en el horizonte de nuestra vida:
-la<span class="pagenum" id="Page_183">[Pg 183]</span> perspectiva y la atmósfera; pero largo tiempo transcurre antes que
-se borre de los ojos aquella cual luminosa imagen de la dicha pasada,
-que nos persigue, y que, interponiéndose entre ellos y la lúgubre
-realidad de lo presente, desfigura los colores y comunica no sé qué
-tinte engañoso a la verdad misma. Entonces, lo que efectivamente es
-nos parece imposible y absurdo, y apenas tenemos fe en nuestra propia
-existencia, porque no encontrando alrededor de nosotros nada de cuanto
-componía nuestro ser, no alcanzamos a concebir cómo todo aquello
-pudo desaparecer sin arrastrarnos consigo y por qué de toda nuestra
-vida nosotros quedamos aislados por único vestigio. Si esta posición
-violenta del alma se prolonga, destruye el equilibrio del pensamiento
-y se torna en demencia, estado quizá de dicha en que la vida es para
-el infeliz una visión tan solo, en la que él mismo aparece cual un
-fantasma.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XL">XL</h3>
-</div>
-
-
-<p>No sé, a decir verdad, señores, a qué expongo semejantes ideas, pues no
-son de aquellas que se comprenden o se explican, sino que es necesario
-haberlas sentido. Yo las probé. Tal era el estado de mi mente en el
-momento en que los guardias de Biassou me entregaron a los negros de
-Morne-Rouge, y como me parecían espectros que me pasaban a manos de
-otros espectros, dejé sin asomo<span class="pagenum" id="Page_184">[Pg 184]</span> de resistencia que me atasen por la
-cintura al tronco de un árbol. Trajéronme por alimento algunas batatas
-cocidas en agua, y comí por aquella especie de instinto maquinal
-que la bondad divina concede al hombre sumido en la amargura de sus
-pensamientos.</p>
-
-<p>Había, por fin, llegado la noche, y mis guardias se retiraron a
-sus chozas, excepto cinco o seis que permanecieron junto a mí de
-vigilantes, sentados o tendidos alrededor de una hoguera que tenían
-encendida para guarecerse del frío nocturno. Al cabo de algunos breves
-instantes, quedaron todos sumidos en profundo sueño.</p>
-
-<p>La postración física en que me encontraba contribuyó no poco a
-las vagas imágenes que me confundían la mente. Recordaba los días
-tranquilos y siempre idénticos que pocas semanas antes pasaba al
-lado de María, sin entrever siquiera en el porvenir otra posibilidad
-que la de una dicha eterna, y comparábalos entonces con el día que
-acababa de transcurrir, día en que tantas y tan extrañas cosas se
-habían mostrado a mi vista, como para hacerme dudar de la existencia,
-y en que tres veces me vi próximo a morir y escapé, sin tener aún la
-vida en salvo. Meditaba en el porvenir inmediato, comprendido en el
-breve recinto de una mañana, sin más perspectiva que la desgracia y
-una muerte ya próxima, por fortuna, y me parecía lidiar con alguna
-horrenda pesadilla. Preguntábame a mí propio si era posible que
-cuanto había pasado hubiese pasado; que lo que me rodeaba<span class="pagenum" id="Page_185">[Pg 185]</span> fuese el
-campamento del sanguinario Biassou; que hubiese perdido a María para
-siempre, y que aquel prisionero custodiado por seis bárbaros, atado y
-dispuesto para una muerte segura, aquel prisionero, a quien veía al
-resplandor de una hoguera de forajidos, fuese yo en mi misma persona.
-Y no obstante todos mis esfuerzos para evitar el asedio de una idea,
-mucho más dolorosa aún, mi corazón se tornaba a María. Examinaba con
-angustia su suerte y estirábame entre mis ligaduras como para volar a
-su socorro, confiado siempre en que habría de disiparse el horrible
-sueño y en que Dios no consentiría en derramar sobre el destino del
-ángel que me había concedido por esposa, todos aquellos horrores de
-que la imaginación retrocedía espantada. El doloroso encadenamiento
-de mis ideas me representaba luego a Pierrot, y la rabia me volvía
-insensato: las arterias de las sienes querían reventar con la sangre
-agolpada, y yo me odiaba, me maldecía, me despreciaba a mí propio por
-haber confundido en algún tiempo mi amistad hacia Pierrot con mi amor a
-María, y, sin tratar de explicarme qué motivo le impulsara a lanzarse
-en las corrientes del río Grande, lloraba de no haberle exterminado. Él
-había ya muerto, yo iba también a morir, y lo único que lamentaba en
-esta pérdida de ambas vidas era haber perdido asimismo mi venganza.</p>
-
-<p>Todas estas emociones me agitaban en una especie de letargo, entre
-dormir y velar, en que había caído a efectos del cansancio; y no sé
-cuánto<span class="pagenum" id="Page_186">[Pg 186]</span> tiempo habría durado, cuando me arrancó de repente de él
-el eco de una voz varonil, que cantaba en acento claro y distinto,
-pero aún lejano: “<em>Yo, que soy contrabandista.</em>” Abrí los ojos,
-estremecido; pero todo estaba a obscuras, durmiendo los negros y el
-fuego moribundo. Nada más oí, y pensando que fuese una ilusión del
-sueño, mis pesados párpados volvieron a cerrarse. Volvílos a abrir
-con precipitación, porque la voz había empezado de nuevo a resonar,
-cantando con tristeza, y ya más de cerca, esta copla de un romance
-español:</p>
-
-<p class="poetry p0">
-<span style="margin-left: 2em;">En los campos de Ocaña</span><br />
-<span style="margin-left: 1em;">prisionero caí;</span><br />
-<span style="margin-left: 1em;">llévanme a Cotadilla,</span><br />
-<span style="margin-left: 1em;">¡desdichado que fuí!</span><br />
-</p>
-
-<p>Ahora ya no cabía sueño: ¡era la voz de Pierrot! Un momento después
-volvió a alzarse entre el silencio de las tinieblas, y repitió a mis
-oídos la conocida canción: “<em>Yo, que soy contrabandista</em>”. Un
-perro corrió alegre y juguetón a echarse a mis pies, y este perro era
-<i>Rask</i>. Levanté los ojos. Un negro se veía delante de mí, mientras
-la luz de la hoguera arrojaba al lado del perro su sombra colosal,
-y este negro era Pierrot. El ímpetu de venganza me arrebató, y la
-sorpresa me tenía inmóvil y mudo. ¿Velaba por ventura? ¿Se aparecían
-los muertos? Esto no era ya un sueño, sino una aparición. Aparté
-horrorizado la vista, y a este ademán dejó él caer la cabeza sobre el
-pecho.</p>
-
-<p>&mdash;Hermano&mdash;susurró en voz baja&mdash;, me habías prometido no dudar jamás
-de mí cuando me oyeras<span class="pagenum" id="Page_187">[Pg 187]</span> esta canción; dime, hermano, ¿has olvidado tus
-promesas?</p>
-
-<p>La ira me volvió la palabra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Monstruo!&mdash;exclamé&mdash;. ¡Te hallé, al fin, verdugo, asesino de mi
-tío, raptor de María!, ¿te atreves a llamarme hermano? ¡Mira, no te me
-acerques!</p>
-
-<p>Y, olvidando que estaba atado sin facultad para hacer casi el menor
-movimiento, bajé como involuntariamente la vista hacia la cintura para
-buscar mi espada. Tan visible intención le lastimó, y, con acento
-conmovido, pero de blandura, me replicó:</p>
-
-<p>&mdash;No, no me acercaré; eres desgraciado, y me compadezco de ti, aunque
-tú no me tienes lástima a mí, ¡que soy aún más desgraciado!</p>
-
-<p>Encogíme de hombros, y, conociendo él aquella muda queja, prosiguió con
-aspecto melancólico:</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, tú has perdido mucho; pero yo he perdido más que tú!</p>
-
-<p>En esto, el ruido de su voz despertó a los seis negros que me
-vigilaban, quienes, al ver una persona extraña, se levantaron con
-presura, corriendo a las armas; mas luego que hubieron fijado sus
-miradas en Pierrot, lanzaron un grito de júbilo y sorpresa y cayeron
-postrados en tierra, golpeando el polvo con sus frentes.</p>
-
-<p>Pero ni el homenaje que los negros tributaban a Pierrot, ni las
-caricias que <i>Rask</i> repartía entre su amo y yo, mirándome con
-desasosiego, como sorprendido de mi frío recibimiento, nada me hacía<span class="pagenum" id="Page_188">[Pg 188]</span>
-impresión en aquel instante. Estaba enteramente entregado a los
-transportes de mi rabia, que las ligaduras hacían impotente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh!&mdash;exclamé al cabo, llorando de ira, bajo el peso de las trabas
-que me retenían&mdash;. ¡Oh, y cuán desgraciado soy! Yo lamentaba que ese
-infame hubiese hecho justicia de sí propio; yo le juzgaba muerto, y
-sentía mi perdida venganza, y hele aquí ahora que viene a mofarse de mí
-con su presencia; hele aquí vivo, ante mis ojos, sin que pueda tener
-el placer de coserle a puñaladas. ¡Oh! ¡Quién me libertaría de estos
-execrables lazos!</p>
-
-<p>Pierrot se volvió hacia los negros, que seguían en adoración a sus
-plantas.</p>
-
-<p>&mdash;Compañeros&mdash;les dijo&mdash;, soltad al prisionero.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XLI">XLI</h3>
-</div>
-
-
-<p>Pronto quedó obedecido. Los negros, que me custodiaban se apresuraron
-ahora a cortar las cuerdas de mis ligaduras, y me encontré en pie
-y libre; pero quedéme inmóvil, porque el pasmo me tenía a su vez
-encadenado.</p>
-
-<p>&mdash;No es esto solo&mdash;repuso Pierrot arrancándole a uno de los negros su
-cuchillo y ofreciéndomelo&mdash;. Puedes cumplir tu deseo. Dios no permita
-que te dispute el derecho de disponer de mi vida. Por tres veces la
-salvaste, y es ya muy tuya; hiere, si quieres herirme.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_189">[Pg 189]</span></p>
-
-<p>No había ni amargura ni queja en el tono de su voz, que estaba tan sólo
-triste y resignada.</p>
-
-<p>Aquella inesperada puerta que le abría a mi venganza el ente mismo a
-quien ella se consumía por alcanzar, tenía en sí algo de demasiado
-extraño y demasiado fácil. Conocí que ni todo mi encono contra Pierrot,
-ni todo mi amor hacia María, eran capaces de inducirme a un asesinato;
-y, además, fueran cuales fuesen las apariencias, cierta voz oculta me
-clamaba en lo hondo del corazón que un enemigo y un culpado no habría
-venido a ofrecerse en semejante manera a la venganza y al castigo.
-¿Lo diré, por fin? Había en el imperioso prestigio de que aquel ser
-extraordinario se hallaba cercado cierta cosa que a mí mismo, y a pesar
-mío, me subyugaba en aquel instante. Aparté, pues, el puñal diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vil! Yo consentiría en matarte en combate, pero no en asesinarte.
-¡Defiéndete!</p>
-
-<p>&mdash;¡Que me defienda!&mdash;replicó asombrado&mdash;. ¿Y de quién?</p>
-
-<p>&mdash;De mí.</p>
-
-<p>Hizo un ademán de pasmo.</p>
-
-<p>&mdash;¡De ti! Es lo único en que no me cabe obedecerte. ¿Ves tú aquí a
-<i>Rask</i>? Puedo degollarle y me dejará que lo haga sin defensa; pero
-no podré forzarle a que pelee contra mí: no lo entendería; y yo, que
-soy para contigo como <i>Rask</i>, no te entiendo.</p>
-
-<p>Hizo aquí una breve pausa, y añadió en seguida:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_190">[Pg 190]</span></p>
-
-<p>&mdash;Leo en tus ojos el odio como en algún tiempo pudiste tú leerlo en los
-míos. Sé que has padecido muchos infortunios: te han muerto a tu tío,
-han incendiado tus campos, degollado a tus amigos, saqueado tu morada,
-devastado tus haciendas; pero no he sido yo, sino los míos. Escúchame:
-cierto día te dije que los tuyos me habían causado muchos males, y me
-respondiste que tú no eras; ¿qué hice yo entonces?</p>
-
-<p>Se le despejó el semblante, aguardando que me arrojase en sus brazos;
-yo le miré con ferocidad.</p>
-
-<p>&mdash;Niegas tu parte en cuanto los tuyos han hecho&mdash;díjele enfurecido&mdash;, y
-no mientas lo que tú propio hiciste en mi contra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?&mdash;me preguntó.</p>
-
-<p>Me acerqué a él con violencia, y mi voz, al hablarle, retumbó cual un
-trueno:</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está María? ¿Qué has hecho de María?</p>
-
-<p>A este nombre cruzó una nube por su frente, y pareció un momento como
-desconcertado. Al cabo, rompiendo el silencio, me respondió:</p>
-
-<p>&mdash;¡María! ¡Sí, tienes razón!... Pero hay demasiados oídos que nos
-escuchen.</p>
-
-<p>Su turbación, y tales palabras como <em>tienes razón</em>, encendieron un
-infierno de celos en mi ánimo, e imaginéme que eludía mis preguntas. En
-aquel instante me miró con semblante de franqueza, y dijo con emoción
-profunda:</p>
-
-<p>&mdash;No sospeches de mí, te lo suplico, y en otro<span class="pagenum" id="Page_191">[Pg 191]</span> lugar te lo explicaré
-todo: quiéreme como yo te amo, con confianza.</p>
-
-<p>Aquí se detuvo un instante para observar el efecto de sus palabras, y
-añadió enternecido:</p>
-
-<p>&mdash;¿Puedo llamarte mi hermano?</p>
-
-<p>Pero mi cólera y mis celos habían recobrado todo su ímpetu, y estas
-palabras tan tiernas me parecieron hipócritas y no hicieron sino
-exasperarme.</p>
-
-<p>&mdash;¡Miserable, ingrato!&mdash;exclamé&mdash;. ¿Te atreves a recordarme aquellos
-tiempos?</p>
-
-<p>Me interrumpió, diciendo con los ojos arrasados en lágrimas:</p>
-
-<p>&mdash;¡No soy yo el ingrato!</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues bien&mdash;le repliqué arrebatado&mdash;, habla!, ¿qué has hecho con
-María?</p>
-
-<p>&mdash;En otro lugar, en otro lugar&mdash;me contestó&mdash;; aquí hay otros oídos
-que escucharían nuestras palabras, y, además, no me creerías sin
-darte pruebas, y el tiempo urge. El día va despuntando, y tengo que
-sacarte de aquí. Escucha, todo ha concluído, y pues que recelas de mí,
-bien harías en acabarme con el puñal; mas aguarda un poco antes de
-ejecutar lo que llamas tu venganza, porque primero tengo que ponerte en
-libertad. Vamos a ver a Biassou.</p>
-
-<p>Semejante conducta y tales discursos encubrían algún misterio que no
-alcanzaba a comprender. A pesar de todas mis preocupaciones contra
-aquel hombre, conocía que a su voz me vibraban las fibras del corazón
-y que me dominaba algún inexplicable<span class="pagenum" id="Page_192">[Pg 192]</span> poderío; me sentí titubear entre
-el deseo de venganza y la compasión, entre los recelos y la más ciega
-confianza, y, por último, me resolví a seguirle.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XLII">XLII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Salimos del recinto de los negros de Morne-Rouge, y grande era mi
-sorpresa al verme caminar libre por aquel campamento de bárbaros en
-que la víspera ostentaba cada forajido una sed tan rabiosa de mi
-sangre. Lejos, muy lejos de intentar atajarnos el paso, se postraban
-ante nosotros todos los negros y mulatos, entre unánimes exclamaciones
-de asombro, de alegría y de respeto. Ignoraba yo cuál pudiera ser la
-categoría de Pierrot en el ejército de los revoltosos; pero acordándome
-del dominio que ejercía entre sus anteriores compañeros de cautiverio,
-no tuve dificultad en comprender la importancia de que, al parecer,
-gozaba entre los secuaces del levantamiento.</p>
-
-<p>Llegando a la línea de centinelas que vigilaba ante la gruta de
-Biassou, se dirigió hacia nosotros su caudillo, el mulato Candi,
-preguntando desde lejos con amenazas por qué nos atrevíamos a
-aproximarnos así al general; mas cuando llegó a distancia de
-percibir las facciones de Pierrot distintamente, quitóse de súbito
-la <em>montera</em> recamada de oro, y, como aterrorizado de su propio
-atrevimiento, hizo una reverencia, humillándose hasta el suelo, y nos
-introdujo en la estancia de Biassou,<span class="pagenum" id="Page_193">[Pg 193]</span> dando en tono balbuciente mil
-disculpas, a que sólo contestó Pierrot con un gesto de desdén.</p>
-
-<p>Aunque no me había causado sorpresa el respeto de los soldados
-negros hacia Pierrot, al mirar a Candi, uno de sus principales
-jefes, humillarse de tal modo ante el esclavo de mi tío, empecé ya a
-preguntarme a mí propio quién pudiera ser este hombre, cuya autoridad
-tan grande parecía. Y mucho subió de punto tal idea cuando vi al
-generalísimo, que se hallaba solo en el momento de nuestra entrada,
-comiendo con gran sosiego, levantarse precipitadamente al aspecto de
-Pierrot, y, disimulando su inquieta sorpresa y su violento despecho
-bajo la capa de respeto el más profundo, hacer una humilde reverencia
-a mi compañero y ofrecerle su mismo trono de caoba. Pierrot rehusó
-admitir la oferta.</p>
-
-<p>&mdash;Juan Biassou&mdash;le dijo&mdash;, no he venido a usurpar tu puesto, sino sólo
-a pedirte una gracia.</p>
-
-<p>&mdash;Vuestra <i>Alteza</i> sabe&mdash;respondió Biassou redoblando sus
-saludos&mdash;que puede disponer de cuanto dependa de Juan Biassou, de
-cuanto Juan Biassou posea y aun de su misma persona.</p>
-
-<p>El título de <i>Alteza</i> que confería Biassou a Pierrot aumentó más
-mi asombro.</p>
-
-<p>&mdash;No quiero tanto&mdash;repuso Pierrot con empeño&mdash;. No te pido otra cosa
-que la vida y la libertad de este prisionero.</p>
-
-<p>Y, al decir esto, señaló hacia mí. Biassou se quedó por un instante
-como cortado; pero su indecisión fué breve.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_194">[Pg 194]</span></p>
-
-<p>&mdash;Gran pesar me causa Vuestra <i>Alteza</i> pidiéndome lo que con sumo
-dolor no puedo concederle. Este prisionero no es de Juan Biassou, no
-pertenece a Juan Biassou, y Juan Biassou no manda en él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pretendes decir?&mdash;preguntó Pierrot con ademán severo&mdash;. ¿Pues
-de quién depende? ¿Hay por ventura aquí más autoridad o poder que los
-tuyos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, <i>Alteza</i>; por desgracia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cuál?</p>
-
-<p>&mdash;Mi ejército.</p>
-
-<p>El aire zalamero y astuto con que eludía Biassou las preguntas francas
-y altivas de Pierrot daba claro a entender su resolución de no conceder
-otra cosa a más del respeto a que al parecer se veía obligado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo es eso de tu ejército?&mdash;exclamó Pierrot&mdash;. Pues qué, ¿no sabes
-hacerte obedecer?</p>
-
-<p>Biassou, conservando su posición ventajosa, aunque sin soltar el aire
-de inferioridad, contestó con aparente franqueza:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y se imagina <i>Su Alteza</i> que se pueda mandar de veras a hombres
-que se han rebelado por no obedecer?</p>
-
-<p>Yo daba demasiado poco precio a la vida para romper el silencio; pero
-la ilimitada autoridad que vi a Biassou ejercer la víspera sobre sus
-secuaces hubiera podido proporcionarme ocasión de desmentirle y poner a
-descubierto su doblez. Pierrot le replicó:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_195">[Pg 195]</span></p>
-
-<p>&mdash;Pues bien: ya que no sabes mandar a tu ejército y que los soldados
-hacen aquí de jefe, ¿qué motivos de odio pueden ellos abrigar contra
-este prisionero?</p>
-
-<p>&mdash;Las tropas del gobierno acaban de dar muerte a Bouckmann&mdash;contestó
-Biassou, cubriendo con un velo de tristeza su feroz y burlona
-fisonomía&mdash;, y mis compañeros están resueltos a vengarse en este blanco
-de la pérdida del caudillo de los negros cimarrones de Jamaica; quieren
-alzar trofeo contra trofeo, y que la cabeza de este oficial haga
-balanza a la cabeza de Bouckmann en la medida en que el <i lang="fr" xml:lang="fr">bon Giu</i>
-bueno pesa a entrambos partidos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo has podido&mdash;le dijo Pierrot&mdash;adherirte a estas horribles
-represalias? Escúchame atento, Juan Biassou: estas crueldades serán lo
-que arruinen nuestra justa causa. Prisionero en el campamento de los
-blancos, de donde logré fugarme, ignoraba la muerte de Bouckmann, que
-ahora me cuentas, y que es un justo castigo del cielo por sus crímenes.
-En cambio, voy a participarte otra nueva: Jeannot, aquel mismo caudillo
-de los negros que sirvió a los blancos de guía para meterlos en la
-emboscada de <i>Doma-Mulatos</i>, Jeannot, también acaba de morir.
-Ya sabes, no me interrumpas, Biassou, que competía en lo sanguinario
-con Bouckmann y contigo; ahora bien, atiéndeme: no es la cólera del
-cielo ni tampoco los blancos los que le han herido, sino el mismo Juan
-Francisco es quien ha hecho este acto de justicia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_196">[Pg 196]</span></p>
-
-<p>Biassou, que estaba escuchando con ademán sombrío de respeto, dejó
-escapársele una exclamación de sorpresa. En este instante entró
-Rigaud, hizo a Pierrot una profunda reverencia y se puso a hablarle en
-secreto al generalísimo, cuando a la par se oía gran estrépito por el
-campamento. Pierrot continuó hablando así:</p>
-
-<p>&mdash;... Sí, Juan Francisco, cuyo único defecto es un lujo funesto, y la
-ridícula pompa de aquella carroza con seis caballos en que va todos
-los días desde su campamento a oír la misa que le dice el cura de
-Río Grande; Juan Francisco ha castigado los furores de Jeannot. A
-pesar de las cobardes súplicas del forajido, y aunque a los últimos
-momentos se abrazó con tanto terror al cura de la Marmelade, encargado
-de exhortarle a bien morir, que fué preciso arrancarle de por fuerza,
-al fin ayer quedó fusilado el monstruo bajo el mismo árbol, lleno de
-garfios de hierro, de donde colgaba a sus víctimas vivas. Biassou,
-medita en este ejemplo. ¿A qué fin esas matanzas, que obligan a los
-blancos a mostrarse feroces? ¿A qué valerse de artificios para excitar
-aún más el furor de nuestros desgraciados compañeros, ya de por sí
-exasperados en demasía? Hay en Trou-Coffi un charlatán mulato, a quien
-apellidan Romana la Profetisa, que anda fanatizando un tropel de
-negros, profanando sacrílegamente la Santa Misa y haciéndoles creer que
-está en relaciones con la divina Virgen, que le comunica sus oráculos
-cuando introduce la cabeza en el santuario. Así incita<span class="pagenum" id="Page_197">[Pg 197]</span> a sus secuaces
-a la matanza y al saqueo en nombre de María...</p>
-
-<p>Quizá había una expresión más tierna aún que la del acatamiento
-religioso en el acento con que pronunció esta postrer palabra; y yo no
-sabré decir por qué, pero me sentí ofendido e irritado.</p>
-
-<p>&mdash;... Pues bien&mdash;prosiguió el esclavo&mdash;, tenéis aquí en vuestro
-campamento a no sé cuál obí o charlatán semejante a ese Romana la
-Profetisa. No ignoro que, debiendo guiar un ejército compuesto de
-hombres de todos países, de todo origen, de todos colores, es preciso
-enlazarlos por algún vínculo de comunidad; pero ¿acaso no es dable
-encontrarlo sino en un fanatismo feroz y en ridículas supersticiones?
-Créeme, Biassou, que los blancos no son tan crueles como nosotros. A
-menudo he visto a los dueños defender las vidas de sus esclavos, y
-aunque no desconozco que para muchos de ellos, no la vida de un hombre,
-sino una suma de dinero, era el objeto de aprecio, siquiera el egoísmo
-de su propio interés les inspiraba una virtud. No seamos, pues, menos
-clementes, que también nuestro provecho nos lo aconseja. ¿Será más
-santa y más justa nuestra causa por ventura cuando hayamos exterminado
-a las mujeres, degollado las inocentes criaturas, atormentado a los
-ancianos o hecho perecer a nuestros antiguos amos entre las llamas de
-sus mismas habitaciones? ¡Y, sin embargo, tales son nuestras hazañas
-diarias! Respóndeme, Biassou, ¿de qué sirve dejar por testimonio de
-nuestras<span class="pagenum" id="Page_198">[Pg 198]</span> huellas un rastro de cenizas o un rastro de sangre?</p>
-
-<p>Calló, y el fuego de sus miradas y la energía de sus acentos respiraban
-tal convencimiento y fuerza de mando cuales no alcanzaré a describir.
-Con los ojos bajos y el ademán de un raposo cogido en las garras del
-león, meditaba Biassou el medio de esquivar tamaño poderío, y, mientras
-tanto, el caudillo de las hordas de los Cayos, aquel mismo Rigaud, que
-había presenciado la víspera, y con sereno aspecto, cometerse tales
-horrores, aparentaba indignarse de los atentados que Pierrot tan al
-vivo retrataba, exclamando con hipócrita alarma:</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, Dios mío, y lo que es un pueblo enfurecido!</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XLIII">XLIII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Crecía en esto el estrépito por afuera, y Biassou se mostraba
-desasosegado. Más tarde supe que procedía este rumor de los negros de
-Morne-Rouge, quienes recorrían el campamento anunciando la llegada de
-mi libertador y el intento de sostenerle, fuese cual fuera el motivo de
-su visita a Biassou. Rigaud había venido a participar al generalísimo
-esta circunstancia, y el temor de un funesto rompimiento fué lo que
-indujo al astuto caudillo a hacer, como en efecto hizo, una especie de
-aparente concesión a los deseos de Pierrot.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_199">[Pg 199]</span></p>
-
-<p>&mdash;Si somos algo severos con los blancos&mdash;dijo con evidente despecho&mdash;,
-Vuestra <i>Alteza</i> lo es bastante con nosotros, y me agravia en
-particular con achacarme el ímpetu del torrente. Pero, al cabo, ¿<em>qué
-podría hacer ahora</em> para satisfacerle?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo he dicho, <em>señor</em> Biassou&mdash;replicó Pierrot&mdash;: que me dejen
-llevarme a este cautivo.</p>
-
-<p>Biassou se quedó por unos instantes pensativo, y después exclamó, dando
-a sus facciones cuanta expresión de sinceridad le fué dable.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, quiero probarle a Vuestra <i>Alteza</i> cuán grande es mi
-deseo de complacerle. Permítame sólo que hable dos palabras con él en
-secreto, y en seguida el prisionero quedará libre.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?... Que por eso no quede&mdash;replicó Pierrot.</p>
-
-<p>Y su semblante, hasta entonces lleno de altivez y desagrado, se
-encendió de júbilo. Alejóse luego unos pocos pasos, y Biassou,
-llevándome a un rincón apartado de la gruta, me dijo en voz baja:</p>
-
-<p>&mdash;No puedo concederte la vida sino bajo una condición, y ya la sabes;
-¿consientes?</p>
-
-<p>Y me enseñó el despacho de Juan Francisco. El consentir me hubiera
-parecido ruindad, y así, le contesté:</p>
-
-<p>&mdash;No, no consiento.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!&mdash;continuó con su acostumbrado sarcasmo&mdash;. ¡Conque sigues siempre
-tan terco! ¡Parece que te confías mucho en tu protector! ¿Sabes quién
-es, por acaso?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_200">[Pg 200]</span></p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;le repliqué con violencia&mdash;, es un monstruo como tú, y, además,
-más hipócrita.</p>
-
-<p>Se incorporó con un movimiento de sorpresa, y clavó los ojos en mí como
-para descubrir en los míos si hablaba de veras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues qué!&mdash;me dijo&mdash;, ¿no le conoces?</p>
-
-<p>&mdash;No reconozco en él&mdash;respondí con desprecio&mdash;sino a un esclavo de mi
-tío que se llama Pierrot.</p>
-
-<p>Biassou soltó una risa de mofa:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ja... ja...! ¡Vaya un caso curioso! El pide tu vida y tu libertad, y
-tú le das el dictado de <em>un monstruo como yo</em>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué me importa!&mdash;le contesté&mdash;. Si disfrutara de un momento de
-libertad, no sería para pedir mi vida, sino la suya.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué significa esto?&mdash;dijo Biassou&mdash;. Hablas con aire sincero y no
-supongo que te entretengas en jugar con la existencia. Algo hay aquí
-que no comprendo. Un hombre a quien tú odias, te protege, y cuando él
-implora por tu vida, ¡apeteces su muerte! Al cabo, nada me va en ello.
-Deseas un momento de libertad, y es lo único que puedo concederte; así,
-te permitiré que le acompañes si primero me empeñas tu palabra de honor
-de venir a entregarte en mis manos dos horas antes de ponerse el sol.
-¿No es cierto que eres francés?</p>
-
-<p>¿Lo confesaré, señores? La vida me era una carga, y me repugnaba
-recibirla por don de manos de Pierrot, objeto por tantos motivos de
-mi odio; no sé tampoco si ayudaría a mi resolución<span class="pagenum" id="Page_201">[Pg 201]</span> la certeza de
-que Biassou no soltaría su presa tan fácilmente ni consentiría en mi
-libertad; en fin, no apetecía sino disponer a mi albedrío de algunas
-horas para acabar de cerciorarme antes de morir del destino de mi
-adorada María y de mi suerte. La palabra que me pedía Biassou, confiado
-en el honor de un francés, era medio seguro y fácil de conseguirlo, y
-mi palabra se la di.</p>
-
-<p>Habiéndome ligado de esta suerte, el general se acercó a Pierrot y dijo
-con tono sumiso:</p>
-
-<p>&mdash;Señor, el prisionero blanco queda a disposición de Vuestra
-<i>Alteza</i> y en libertad de ir en su compañía.</p>
-
-<p>Jamás había observado pintarse tanto gozo en los ojos de Pierrot.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, Biassou&mdash;exclamó alargándole la mano&mdash;; gracias, porque
-acabas de hacerme un servicio que te autoriza de aquí en adelante para
-exigir cuanto de mí apetezcas. Por ahora, sigue disponiendo hasta mi
-vuelta de mis hermanos de Morne-Rouge.</p>
-
-<p>Entonces se volvió hacia mí, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Pues que estás libre, ven.</p>
-
-<p>Y me arrastró tras sí con singular energía.</p>
-
-<p>Biassou nos miró salir con un asombro que se distinguía aun al través
-de las muestras de respeto con que despidió a mi compañero.</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_202">[Pg 202]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="XLIV">XLIV</h3>
-</div>
-
-
-<p>Ansiaba yo por quedarme a solas con Pierrot. Su turbación cuando
-le pregunté por la suerte de María, la insolente ternura con que
-osaba pronunciar su nombre, habían arraigado aún más los gérmenes de
-execración y celos que brotaron en mi pecho cuando le vi arrebatar por
-medio de las llamas en el castillo de Galifet a aquella que apenas
-podía aún llamar mi esposa. ¿Qué se me daba, pues, de las generosas
-reconvenciones con que había amonestado al sanguinario Biassou en mi
-presencia, ni del afán que se tomaba por mi vida, ni de aquel sello
-extraordinario que se veía impreso en todas sus acciones y palabras?
-¿Qué se me daba de aquel misterio que le envolvía, que me le presentaba
-vivo ante los ojos cuando había presenciado su muerte, que me le
-ofrecía cautivo de los blancos cuando le vi sepultarse en las aguas
-del Río Grande, que transformaba al esclavo en Alteza y en libertador
-al prisionero? De todo este caos incomprensible, la única cosa para mí
-evidente era el infame rapto de María, un ultraje que vengar, un crimen
-a que imponer castigo. Los extraños sucesos que había ya presenciado,
-apenas bastaban para hacerme suspender un tanto el juicio, y aguardaba
-con impaciencia el momento de obligar a mi rival a explicarse. Este
-momento llegó al fin.</p>
-
-<p>Habíamos cruzado por entre las triples filas de<span class="pagenum" id="Page_203">[Pg 203]</span> negros, que, postrados
-a nuestro paso, exclamaban con asombro, y sin que yo pudiese entender
-si hablaban de Pierrot o de mí:</p>
-
-<p>&mdash;¡Milagro! Ya no está prisionero.</p>
-
-<p>Habíamos traspasado los últimos límites del campamento; habíamos
-perdido de vista entre los árboles y peñascos los postreros centinelas
-de Biassou; <i>Rask</i> corría gozoso, adelantándose, y luego volvía a
-nuestro encuentro; Pierrot caminaba con rapidez; yo, por fin, le detuve
-entonces y le dije:</p>
-
-<p>&mdash;Escúchame ahora, que ya es excusado el ir más lejos. Los oídos
-que temías ya no están a nuestro alcance ni pueden recoger nuestras
-palabras; habla, pues: ¿qué has hecho de María?</p>
-
-<p>Una violenta emoción me ahogaba casi la trémula voz; él me miró con
-dulzura, respondiendo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Siempre lo mismo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, siempre, siempre!&mdash;exclamé arrebatado&mdash;. Te haré la misma
-pregunta hasta que ambos exhalemos el postrer aliento. ¿Dónde está
-María?</p>
-
-<p>&mdash;¿Conque nada logra disipar tus dudas de mi buena fe? Pronto lo sabrás.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pronto, monstruo!&mdash;le repliqué&mdash;. ¡Ahora, ahora mismo quiero
-saberlo! ¿Dónde está María? ¿Dónde está María?... ¿Me oyes? Respóndeme,
-o juega tu vida a trueque de la mía. ¡Defiéndete!</p>
-
-<p>&mdash;Ya te he dicho que eso no puede ser&mdash;prosiguió con tristeza&mdash;. El
-torrente no lucha con su manantial, y mi vida, que has salvado por
-tres<span class="pagenum" id="Page_204">[Pg 204]</span> veces, no puede disputarte a ti la vida. Además, aun cuando yo
-quisiera, es imposible, porque no tenemos más que un cuchillo para los
-dos.</p>
-
-<p>Y, hablando así, sacó un puñal de su cinto, y alargándomelo:</p>
-
-<p>&mdash;Toma&mdash;me dijo.</p>
-
-<p>Estaba fuera de mí. Agarré el puñal y le hice brillar sobre su pecho,
-pero no dió señales de rehuir el golpe.</p>
-
-<p>&mdash;¡Infame!&mdash;exclamé&mdash;. No me obligues a un asesinato. Te envainaré en
-el corazón este acero si no me dices luego dónde está mi mujer.</p>
-
-<p>Entonces me respondió sin cólera:</p>
-
-<p>&mdash;Eres árbitro de hacerlo; pero te suplico de rodillas que me concedas
-una hora más de vida y que vengas tras mí. Desconfías de quien te debe
-tres existencias, del que apellidabas tu hermano; pero atiéndeme: si
-dentro de una hora persistes en tus recelos, eres dueño de matarme;
-siempre estarás a tiempo, pues ves que no trato de defenderme. Te
-lo ruego en nombre de María... de tu esposa&mdash;añadió con un penoso
-esfuerzo&mdash;; dame una hora más de plazo, y cuando así te imploro, no es
-por mi bien, créelo, sino por el tuyo propio.</p>
-
-<p>Tenían sus acentos una expresión inefable de persuasión y de pesar.
-Algo parecía advertirme en secreto de que quizá era sincero; que el
-apego a la vida no alcanzaba para infundir en su voz aquella penetrante
-ternura, aquella dulzura en sus ruegos. Cedí de nuevo a aquel imperio
-secreto<span class="pagenum" id="Page_205">[Pg 205]</span> que ejercía sobre mí y que me avergonzaba entonces de confesar.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos&mdash;le dije&mdash;, te concedo esta hora de prórroga y estoy pronto a
-acompañarte.</p>
-
-<p>Quise devolverle el puñal, pero me respondió:</p>
-
-<p>&mdash;No, guárdatelo, porque recelas de mí, y sígueme, sin que perdamos más
-tiempo en balde.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XLV">XLV</h3>
-</div>
-
-
-<p>Echó con esto de nuevo a andar, y <i>Rask</i>, que durante nuestra
-conversación había hecho varias tentativas de proseguir la jornada,
-volviéndose luego para mirarnos y como para preguntar por qué nos
-deteníamos; <i>Rask</i>, digo, continuó alegre su camino. Nos
-enmarañamos a través de una selva virgen, y a la media hora tropezamos
-con una verde pradera, bañada por las cristalinas aguas de un manantial
-que brotaba entre las peñas y cercada en torno de frondosos árboles,
-cuyos gruesos y robustos troncos eran el vivo testimonio de los pasados
-siglos. Una gruta, cuya cenicienta boca teñía de verde una multitud
-de enredaderas, clemátides, lianas, jazmines, daba salida al prado;
-<i>Rask</i> corrió a ladrar a la entrada; pero Pierrot le hizo una
-seña, y, agarrándome por la mano, sin pronunciar una sola palabra, me
-introdujo en la gruta.</p>
-
-<p>Una mujer estaba adentro, con la espalda vuelta a la luz y sentada en
-una estera de juncos; al<span class="pagenum" id="Page_206">[Pg 206]</span> ruido de nuestros pasos volvió el rostro,
-y... amigos, era mi María.</p>
-
-<p>Llevaba aún, como el día de nuestra boda, un vestido blanco, y adornaba
-todavía sus cabellos la corona de azahar, último tocado virginal de
-la tierna esposa, emblema de pureza que aún no habían desprendido mis
-manos de sus sienes. Me vió, me conoció, lanzó un grito y cayó entre
-mis brazos, moribunda de júbilo y de sorpresa; yo estaba fuera de mí
-mismo.</p>
-
-<p>A este grito, una vieja, llevando un niño en los brazos, acudió de otra
-estancia en lo más profundo de la gruta: era la nodriza de María, con
-el más niño de los hijos de mi desgraciado tío. Mientras tanto, Pierrot
-había ido a buscar agua del manantial, y salpicó con algunas gotas
-el semblante de María, que, al sentir su frescura, volvió en sí, y,
-entreabriendo los ojos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Leopoldo!&mdash;dijo&mdash;. ¡Leopoldo mío!</p>
-
-<p>&mdash;¡María!...&mdash;le respondí, y el resto de mis palabras se perdió en el
-arrullo de un beso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, siquiera no en mi presencia!&mdash;exclamó una voz penetrante.</p>
-
-<p>Alzamos luego la vista, y era Pierrot. Allí estaba, asistiendo a
-nuestras caricias como a un suplicio. Hinchados los pulmones, respiraba
-apenas, temblaban todos sus miembros y gruesas gotas de un sudor helado
-le chorreaban por la frente. De súbito escondió el semblante entre las
-manos, y salióse huyendo de la gruta, repitiendo en acentos terribles:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_207">[Pg 207]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Siquiera no en mi presencia!</p>
-
-<p>María se medio incorporó entre mis brazos, y, siguiéndole con la vista,
-exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios eterno! Leopoldo mío, parece como si nuestros amores le
-atormentaran. ¿Me amará, por ventura?</p>
-
-<p>El grito del esclavo me había anunciado que era mi rival; la
-exclamación de María anunciaba que también era mi amigo.</p>
-
-<p>&mdash;María&mdash;le respondí, y un gozo inefable se derramó en mi alma, a la
-vez que una mortal pesadumbre&mdash;. ¡María! Pues qué, ¿lo ignorabas?</p>
-
-<p>&mdash;Y lo ignoro aún&mdash;me respondió, cubierta de casto rubor&mdash;. ¿De veras?
-¿Me ama? Jamás lo hubiera conocido.</p>
-
-<p>La estreché a mi corazón con delirio, exclamando:</p>
-
-<p>&mdash;Encuentro a mi esposa y a un amigo; ¡cuán feliz soy y cuán criminal!
-Había sospechado de él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo!&mdash;prosiguió María con asombro&mdash;. ¿Dudabas de él? ¿De Pierrot?
-¡Ah, sí, eres muy criminal! Por dos veces le debes mi vida, y aun
-quizá&mdash;añadió, bajando los ojos&mdash;le debes más aún. A no ser por su
-socorro, el caimán del río me habría devorado; a no ser por su socorro,
-los negros... Pierrot fué quien me arrancó de entre sus manos cuando
-iban ya, sin duda, a inmolarme como a mi desgraciado padre.</p>
-
-<p>Aquí suspendió la voz para soltar el llanto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué razón&mdash;le pregunté&mdash;no te envió<span class="pagenum" id="Page_208">[Pg 208]</span> luego Pierrot a la ciudad
-del Cabo, donde estaba tu esposo?</p>
-
-<p>&mdash;Lo ha intentado&mdash;me replicó&mdash;; pero no fué posible. Teniendo que
-recelarse tanto de los negros como de los blancos, era dificilísima
-empresa. Además, ignorábamos lo que era de ti. Algunos decían que te
-habían visto caer muerto; pero Pierrot me aseguraba que no era así, y
-no estaba bien convencida, porque, en tal caso, algún indicio secreto
-me lo hubiera avisado, y si la muerte te hubiese alcanzado, también yo
-hubiera muerto en el instante mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Pierrot te condujo a este lugar?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, Leopoldo mío; él único era sabedor de esta gruta solitaria, y
-como había salvado a la par que a mí a los restos de mi familia, mi
-pobre nodriza y mi hermanito, nos trajo aquí escondidos. Te aseguro
-que es una estancia muy agradable, y si no fuese por los estragos
-de la guerra, para quien no hay asilo secreto, me alegraría ahora,
-que estamos arruinados, de vivir aquí contigo, y Pierrot proveería a
-nuestras necesidades. Venía él a menudo a visitarme; traía una pluma
-rojiza en la cabeza, y siempre me consolaba y me hablaba de ti, y me
-aseguraba que volvería a verte. Con todo, como no le había visto en
-tres días, ya comenzaba a tener inquietud, cuando volvió contigo.
-¡Pobre Pierrot! ¿Conque fué a buscarte?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;le respondí.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, entonces, ¿cómo es dable&mdash;repuso ella&mdash;que esté enamorado de
-mí? ¿Estás seguro?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_209">[Pg 209]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Ahora lo estoy!&mdash;repliqué&mdash;. Él es quien, a punto de clavarme el
-puñal, se dejó vencer por el temor de afligirte; él quien te entonaba
-cánticos de amor en la glorieta del río.</p>
-
-<p>&mdash;¡De veras!&mdash;prosiguió María con inocente sorpresa&mdash;. ¡Conque es
-tu rival! ¡Aquel tunante de las flores se ha convertido en el buen
-Pierrot! No puedo creerlo. Tenía conmigo un aire tan humilde, tan
-respetuoso, ¡más aún que cuando era esclavo! Verdad es que solía
-mirarme a veces con un aire muy extraño; pero no era más que de
-tristeza, y yo lo atribuía a mis desgracias. ¡Si supieras con qué
-apasionado ardor hablaba de mi Leopoldo! Su amistad era casi tan
-vehemente como mi amor.</p>
-
-<p>Estas explicaciones de María me colmaban a la vez de júbilo y de pena.</p>
-
-<p>Recordé con cuánta crueldad había tratado al generoso Pierrot, y sentí
-toda la fuerza de sus tiernas y mansas quejas: “¡No soy yo el ingrato!”</p>
-
-<p>En este mismo instante volvió a entrar Pierrot; su fisonomía tenía un
-aspecto sombrío y doloroso. Parecía como un reo que le traen del potro,
-pero que regresa triunfante. Se adelantó hacia mí con paso mesurado, y,
-señalándome al puñal que tenía en el cinto, me dijo con acento grave:</p>
-
-<p>&mdash;Se pasó la hora.</p>
-
-<p>&mdash;¡La hora! ¿Qué hora?&mdash;le pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;La que me habías concedido de plazo, porque la necesitaba para
-conducirte aquí. Entonces te<span class="pagenum" id="Page_210">[Pg 210]</span> supliqué que me perdonases la vida, y
-ahora imploro de ti que me la arranques.</p>
-
-<p>Las más dulces emociones del corazón, el amor, la amistad, la gratitud,
-se reunían en el momento mismo para destrozarme el pecho, y caí a
-los pies del esclavo sollozando amargamente, sin poder proferir una
-palabra. Él me levantó con precipitación, y</p>
-
-<p>&mdash;Qué haces?&mdash;me dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Tributarte el homenaje que te mereces: ya no soy digno de una amistad
-como la tuya. Tu agradecimiento no puede llegar al colmo de perdonar mi
-ingratitud.</p>
-
-<p>Duró por algún tiempo en sus facciones una expresión de aspereza, y
-parecía como que estaba experimentando una violenta lucha; dió un paso
-hacia mí, y luego echóse atrás; abrió los labios y guardó silencio. Mas
-este intervalo fué breve, y extendió los brazos, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Puedo ahora llamarte hermano mío?</p>
-
-<p>No le respondí sino estrechándome contra su corazón; él añadió, tras
-una corta pausa:</p>
-
-<p>&mdash;Tú eres bueno; pero la desdicha te había vuelto injusto.</p>
-
-<p>&mdash;Encontré a mi hermano&mdash;le respondí&mdash;, y ya no seré por más tiempo
-desdichado; pero soy muy criminal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Criminal! Hermano, yo lo he sido también, y más que tú. ¡Pero tú ya
-no eres desgraciado, y yo... yo lo seré para siempre!</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_211">[Pg 211]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="XLVI">XLVI</h3>
-</div>
-
-
-<p>El gozo que los primeros transportes de la amistad habían hecho brillar
-en sus mejillas se desvaneció, y su fisonomía cobró un aspecto de
-tristeza tan singular cuanto enérgico.</p>
-
-<p>&mdash;Escúchame&mdash;dijo en tono de frialdad&mdash;: mi padre era rey en el
-Kakongo; administraba justicia a sus súbditos en el umbral de su
-morada, y a cada fallo bebía, según es costumbre de los reyes, una copa
-colmada con el vino de sus palmas. Allí vivíamos felices y poderosos.
-Pero vinieron los europeos, y me enseñaron esos fútiles adornos del
-saber que te causaron tal sorpresa. Su caudillo era un capitán español
-que le prometió a mi padre Estados más vastos y mujeres blancas; mi
-padre le siguió con toda su familia... ¡Hermano, nos vendieron!</p>
-
-<p>Se le hinchó al negro el pecho de cólera, y sus ojos brotaban chispas;
-tronchó maquinalmente un tierno arbolillo que estaba a su lado, y
-después continuó, sin parecer ya dirigirse a mí:</p>
-
-<p>&mdash;El señor del país del Kakongo tuvo un dueño, y su hijo se afanó
-trabajando como esclavo en los surcos de Santo Domingo. Para domarlos
-con mayor facilidad separaron al padre anciano del león mancebo.
-Arrancaron a la esposa del lado de su esposo para sacar más ganancia
-uniéndolos con otros. Las tiernas criaturas buscaban a la madre que
-las crió a sus pechos, al padre que las bañaba<span class="pagenum" id="Page_212">[Pg 212]</span> en el torrente, y no
-encontraron sino a tiranos y bárbaros, y durmieron revueltas entre los
-perros.</p>
-
-<p>Calló, y sus labios seguían moviéndose sin hablar; sus miradas andaban
-desatentadas. Por fin me agarró del brazo con violencia.</p>
-
-<p>&mdash;Hermano, ¿lo oyes? Me han vendido, he pasado de un dueño a otro como
-un vil animal. ¿Te acuerdas del suplicio de Ogé? Pues en aquel día
-volví a ver a mi padre, pero entre los martirios de la rueda.</p>
-
-<p>Yo me estremecí, y él prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mi esposa la prostituyeron a los blancos! Escucha, hermano: ha
-muerto y me ha pedido venganza. ¿Te lo confesaré?&mdash;continuó titubeando
-y bajando los ojos&mdash;. He sido criminal: he amado a otra... Pero sigamos
-adelante.</p>
-
-<p>Todos los míos me instaban por que los libertase y me vengara;
-<i>Rask</i> era el confidente que me traía sus mensajes.</p>
-
-<p>Yo no podía satisfacerlos, porque también me encontraba en los
-calabozos de tu tío. El día en que obtuviste mi perdón, salí para
-arrancar a mis hijuelos de las garras de un amo feroz; llegué, hermano,
-y el postrero de los descendientes del rey del Kakongo acababa de
-expirar bajo el azote de un blanco; los otros le habían precedido en la
-misma jornada.</p>
-
-<p>Aquí cortó el hilo de su discurso y me preguntó con indiferencia:</p>
-
-<p>&mdash;Hermano, ¿qué hubieras tú hecho?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_213">[Pg 213]</span></p>
-
-<p>Este terrible cuento me había helado de horror y no pude responder a su
-pregunta sino por un gesto de amenaza. Él me comprendió, se sonrió con
-amargura y prosiguió en estos términos:</p>
-
-<p>&mdash;Sus esclavos se levantaron contra el amo y castigaron el asesinato de
-mis hijos. Me eligieron por cabeza, y ya tú bien sabes los destrozos
-que ocasionó esta rebelión. Supe que los esclavos de tu tío se
-preparaban a seguir el ejemplo, y llegué al Acul la noche misma en que
-la insurrección se aproximaba. Tú estabas ausente; tu tío yacía en su
-lecho cosido a puñaladas; los negros iban ya incendiando las haciendas,
-y no pudiendo aplacar su furor porque creían vengarme quemando la
-morada de tu tío, hube de contentarme con salvar lo que subsistía de
-tu familia. Entré en el castillo por el boquete que tenía dispuesto,
-y entregué a los cuidados de un negro fiel a la nodriza de tu mujer.
-Más afanes pasé por salvar a tu María: había corrido hacia la parte
-incendiada de la fortaleza en busca de su hermano el más niño, único
-que escapó de la matanza, y estaba rodeada de negros próximos a darle
-muerte. Me presenté y les mandé que me dejaran tomar venganza por mis
-propias manos: obedecieron y se retiraron; agarré a tu mujer en los
-brazos, confié el niño a <i>Rask</i> y los conduje a entrambos a esta
-gruta, de cuya existencia y sendero era sabedor yo solo. Hermano, he
-aquí mi crimen.</p>
-
-<p>Más y más penetrado a cada vez de arrepentimiento y de gratitud, quise
-volver a arrojarme a<span class="pagenum" id="Page_214">[Pg 214]</span> los pies de Pierrot; pero él me contuvo, como
-ofendido.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos&mdash;me dijo tras un momento de silencio y agarrándome de la
-mano&mdash;; toma a tu mujer y echemos a andar los cinco.</p>
-
-<p>Yo le pregunté con sorpresa adónde quería conducirnos.</p>
-
-<p>&mdash;Al campamento de los blancos&mdash;me respondió&mdash;. Este asilo ya no es
-seguro, porque mañana, al amanecer, van a atacar los blancos las
-posiciones de Biassou, y no hay duda de que incendiarán el bosque. Y,
-además, no tenemos un momento que perder, porque diez cabezas están
-pendientes de la mía; podemos darnos prisa, porque tú estás libre; lo
-debemos, porque yo no lo estoy.</p>
-
-<p>Tales palabras acrecentaron mi sorpresa, y le pedí aclaración.</p>
-
-<p>&mdash;Pues qué&mdash;contestó con ademán de impaciencia&mdash;, ¿no has oído decir
-que Bug-Jargal estaba prisionero?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; mas ¿qué tienes tú que ver con ese Bug-Jargal?</p>
-
-<p>A su vez pareció sorprendido, y respondió con gravedad:</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy Bug-Jargal.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="XLVII">XLVII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Estaba, por decirlo así, acostumbrado a ver y oír prodigios respecto
-de aquel hombre. No sin gran extrañeza acababa de contemplar un
-minuto<span class="pagenum" id="Page_215">[Pg 215]</span> antes al esclavo Pierrot transformarse en monarca africano, y
-ahora llegó mi admiración a su colmo al reconocer en él al terrible y
-magnánimo Bug-Jargal, cabeza de los rebeldes de Morne-Rouge. Entonces
-comprendí de dónde provenía el homenaje que los negros todos, incluso
-el mismo Biassou, tributaban al caudillo Bug-Jargal, al rey del Kakongo.</p>
-
-<p>Parecía como que no observaba la impresión que en mí hicieron sus
-palabras postreras, y prosiguió hablando:</p>
-
-<p>&mdash;Me habían dicho que también tú, por tu parte, estabas prisionero en
-el campamento de Biassou, y vine a libertarte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué me decías, pues, que no estabas libre?</p>
-
-<p>Miróme como para tratar de adivinar el motivo de pregunta tan natural, y:</p>
-
-<p>&mdash;Escucha&mdash;me dijo&mdash;; esta mañana estaba prisionero entre los tuyos,
-cuando oí anunciar que Biassou había declarado su intención de dar
-muerte antes de la puesta del sol a un cautivo joven llamado Leopoldo
-d’Auverney. Entonces reforzaron las guardias de mi prisión, y supe que
-mi suplicio se seguiría al tuyo, y que, en caso de evasión, diez de mis
-compañeros responderían por mí. Ya ves que estoy de prisa.</p>
-
-<p>Volví a detenerle, preguntando:</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero te has escapado?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues cómo había de estar aquí? ¿No era preciso salvarte? ¿No
-te debía yo la vida? Pero,<span class="pagenum" id="Page_216">[Pg 216]</span> vamos, sígueme: estamos a una hora de
-distancia, tanto del campamento de los blancos cuanto del de Biassou.
-Mira: la sombra de los cocoteros se va alargando, y su cogollo aparece
-en la hierba del prado cual el enorme huevo de un cóndor. Dentro de
-tres horas, el sol se habrá ya puesto; anda, hermano, que el tiempo nos
-urge.</p>
-
-<p><em>Dentro de tres horas, el sol se habrá puesto</em>; estas sencillas
-palabras me helaron de terror, cual un fúnebre espectro, porque
-me recordaron la fatal promesa que le había hecho a Biassou. ¡Ay!
-¡Volviendo a ver a María había olvidado nuestra separación próxima
-y eterna! Embriagado de júbilo, tantas emociones me arrebataron la
-memoria, ¡y no recordé la muerte en brazos del placer! Las palabras de
-mi amigo me trajeron de súbito la imagen de mi infortunio. <em>¡Dentro
-de tres horas, el sol se habrá puesto!</em> Y necesitaba una entera para
-llegar al campamento de Biassou. Mis deberes estaban imperiosamente
-prescritos: el infame tenía mi palabra, y antes morir mil veces que
-dar a semejante bárbaro derecho para menospreciar la única cosa en
-que, al parecer, tenía aún fe: el honor de un francés. La alternativa
-era terrible, y elegí lo que elegir debía; pero habré de confesarlo,
-señores, que titubeé por un momento. ¿Fuí, acaso, tan de culpar?</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_217">[Pg 217]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="XLVIII">XLVIII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Al cabo, lanzando un suspiro, agarré con una mano las de Bug-Jargal,
-y con la otra las de mi pobre María, que contemplaba con inquietud el
-sombrío aspecto de mis facciones.</p>
-
-<p>&mdash;Bug-Jargal&mdash;dije haciendo un esfuerzo&mdash;; Bug-Jargal, hermano, te
-recomiendo la guardia del único ser en el universo a quien amo más que
-a ti: la guardia de María. ¡Volved sin mí al campamento, porque yo no
-puedo seguiros!</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios eterno!&mdash;exclamó María pudiendo respirar apenas&mdash;. ¡Alguna
-nueva desdicha!</p>
-
-<p>Bug-Jargal se había estremecido, y una dolorosa sorpresa se pintó en
-sus ojos.</p>
-
-<p>&mdash;Hermano, ¿qué nos dices?</p>
-
-<p>El terror que oprimía a María a la sola idea de una desdicha que su
-previsor cariño demasiado bien parecía adivinar, me obligó a ocultarle
-la realidad y excusarle tan horrorosa despedida. Inclinéme, pues, al
-oído de Bug-Jargal y le dije en voz baja:</p>
-
-<p>&mdash;Estoy prisionero. Le he jurado a Biassou entregarme en sus manos dos
-horas antes de terminarse el día: he prometido morir.</p>
-
-<p>Al oírme bramaba de cólera, y su voz cobró un acento terrible:</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, monstruo! He aquí por qué me pidió hablarte en secreto para
-arrancarte esta promesa. ¡Yo debiera haberme recelado del inicuo
-Biassou!<span class="pagenum" id="Page_218">[Pg 218]</span> ¿Cómo no me sospeché algún acto de perfidia? ¡Oh! ¡No es
-negro, es un mulato!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué significa eso? ¿Qué promesa? ¿Qué perfidia? ¿Quién es ese
-Biassou?&mdash;dijo María atemorizada.</p>
-
-<p>&mdash;Cállate, cállate&mdash;le repetí en secreto a Bug-Jargal&mdash;; cállate, no la
-asustemos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero bien&mdash;me preguntó con tono sombrío&mdash;, ¿cómo consentiste en hacer
-tal promesa? ¿Por qué se la diste?</p>
-
-<p>&mdash;Te creía ingrato, creía perdida a mi María; ¿qué me importaba el
-vivir?</p>
-
-<p>&mdash;Pero una promesa verbal no puede obligarte con ese infame.</p>
-
-<p>&mdash;Le empeñé mi palabra de honor.</p>
-
-<p>Se quedó recapacitando, como para procurar comprenderme.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tu palabra de honor! ¿Qué es eso? ¿Habéis bebido en la misma copa?
-¿Habéis roto entre los dos un anillo o tronchado una rama de arce con
-sus flores rojizas?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, ¿qué es lo que quieres decir? ¿Cómo has podido ligarte?</p>
-
-<p>&mdash;Mi honor&mdash;le repliqué.</p>
-
-<p>&mdash;No sé lo que eso significa; nada hay que te empeñe con Biassou: ven
-con nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo, hermano; lo he prometido.</p>
-
-<p>&mdash;No, no lo has prometido&mdash;prorrumpió con arrebato.</p>
-
-<p>Y luego, alzando la voz:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_219">[Pg 219]</span></p>
-
-<p>&mdash;Hermana, júntate a mí e impide que tu marido nos abandone. Quiere
-volverse al campamento de los negros, de donde le he sacado, bajo
-pretexto de que le ha ofrecido morir a su caudillo, a Biassou.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué has hecho?&mdash;exclamé.</p>
-
-<p>Pero era demasiado tarde para cortar este arranque generoso, que le
-llevaba a implorar el socorro de la mujer que amaba para salvarle la
-vida a su mismo rival, y rival favorecido. María se había lanzado a mis
-brazos con un grito de desesperación, y, colgada de mi cuello por sus
-manos entrelazadas, se dejaba caer sobre mi corazón, sin fuerza y sin
-aliento apenas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh!&mdash;decía sollozando, en voz apagada&mdash;. ¿Qué es lo que dice,
-Leopoldo mío? ¿No es verdad que me engaña y que tú, en el momento
-de reunirnos, no quieres volver a alejarte de mi lado y a separarte
-para morir? Respóndeme, o yo seré la que muera. ¡Tú no tienes derecho
-para abandonar tu vida, porque no debes sacrificar la mía! ¿Quieres
-separarte de mí para no volver jamás a verme?</p>
-
-<p>&mdash;María&mdash;contesté&mdash;, no le creas; tengo que alejarme, es cierto, pero
-también es preciso, y nos volveremos a encontrar en otros lugares.</p>
-
-<p>&mdash;¡En otros lugares!&mdash;prosiguió ella con espanto&mdash;. ¡En otros lugares!
-¿Adónde?...</p>
-
-<p>&mdash;¡En el cielo!&mdash;le respondí, falto de fuerza para engañar a aquel
-ángel.</p>
-
-<p>Se desmayó otra vez; pero ahora era de dolor.<span class="pagenum" id="Page_220">[Pg 220]</span> El tiempo urgía, y yo la
-coloqué en los brazos de Bug-Jargal, cuyos ojos rebosaban en lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y nada puede detenerte?&mdash;me dijo&mdash;. Nada añadiré a lo que estás
-viendo. ¿Cómo puedes resistir a María? Por una sola de las palabras
-que te ha dirigido le hubiera yo sacrificado el orbe, ¡y tú no quieres
-hacerle el sacrificio de vivir!</p>
-
-<p>&mdash;¡El honor!&mdash;le respondí&mdash;. Adiós, hermano; adiós, Bug-Jargal; te la
-encargo.</p>
-
-<p>Me agarró de la mano; estaba pensativo y apenas parecía escucharme.</p>
-
-<p>&mdash;Hermano, hay en el campamento de los blancos uno de tus parientes, y
-a ése le entregaré a María. Por lo que a mí hace, no cabe aceptar tu
-confianza.</p>
-
-<p>Y señaló a las cumbres de un monte vecino, cuya cima dominaba toda la
-comarca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ves ese peñón? Cuando la señal de tu muerte aparezca en él, el
-pregón de la mía no tardará en resonar. Adiós.</p>
-
-<p>Sin hacer alto en el sentido incógnito de estas palabras, le abrazé,
-sellé con un beso la pálida frente de María, que, gracias al cuidado
-de su nodriza, empezaba a reanimarse, y eché a huir con precipitación,
-temeroso de que su primera mirada, su primer lamento, desarmasen mi
-fortaleza.</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_221">[Pg 221]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="XLIX">XLIX</h3>
-</div>
-
-
-<p>Eché a huir, repito, y me lancé a través del bosque, siguiendo la
-huella que habíamos dejado y sin atreverme a volver siquiera la vista
-atrás. Como para embotar las ideas que me acosaban, corrí sin descanso
-por entre la espesura, por las praderas y por los collados, hasta que
-al fin, desde lo alto de una roca, el campamento de Biassou, con sus
-enjambres de negros, apareció ante mis ojos. Allí me detuve. Tocaba
-en el fin de mi jornada y de mi existencia. El cansancio y la emoción
-agotaron mis fuerzas; me apoyé a un tronco por sostenerme, y dejé
-espaciarse la vista por el cuadro que en la vega fatal se ostentaba a
-mis pies.</p>
-
-<p>Antes de aquel instante me creía haber apurado todo el cáliz de
-hiel y amargura; pero no conocía aún el mayor de los pesares: el de
-verse obligado por una fuerza moral, superior a los acaecimientos, a
-renunciar voluntariamente vivo a la vida y venturoso a la ventura.
-Pocas horas ha, ¡qué me importaba estar sobre la tierra! Yo no vivía,
-porque el extremo de la desesperación es una especie de muerte que
-nos hace desear la muerte verdadera. Pero aquella desesperación había
-desaparecido: mi perdida María había vuelto a mis brazos; mi felicidad
-difunta había, por decirlo así, de súbito resucitado; mi antiguo ser
-se había convertido en mi porvenir; mis eclipsados<span class="pagenum" id="Page_222">[Pg 222]</span> ensueños habían
-de nuevo brotado, y ahora más que nunca seductores; la vida, en fin,
-una vida de juventud, de amor y de delicias, me presentaba radiante la
-perspectiva de sus infinitos horizontes. Y esta florida senda de la
-vida podía comenzar a pisarla de nuevo; todo a ello me incitaba, en mi
-ánimo y en los objetos externos; ningún obstáculo material, ninguna
-traba aparente; yo era libre, dichoso, y, sin embargo, ¡me era preciso
-el morir! Apenas había estampado una vez mi huella en aquel paraíso
-de deleites, cuando no sé qué deber, ni glorioso siquiera, me forzaba
-a retroceder hacia un suplicio. La muerte es leve cosa para un alma
-marchita y helada ya por la adversidad; mas, ¡oh, cuán agudo es su
-golpe, cuán glacial es su mano cuando caen sobre un corazón que lozano
-crece, fecundado por los goces de la existencia! Yo lo probé. Por un
-instante salí del sepulcro; me había embriagado en aquel fugaz momento
-con los placeres más puros y más celestiales de la tierra: la amistad,
-la libertad, el amor; y ahora tenía de nuevo que hundirme rápidamente
-en la tumba.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="L">L</h3>
-</div>
-
-
-<p>Cuando la flaqueza del dolor hubo pasado, una especie de rabia se
-apoderó de mí, y corrí precipitado hacia el valle, porque sentía la
-necesidad de abreviar el trago. Me presenté en los puestos avanzados
-de los negros, y, ¡cosa extraña!, rehusaban<span class="pagenum" id="Page_223">[Pg 223]</span> admitirme, y aun tuve que
-rogárselo. Por fin, dos de entre ellos se apoderaron de mi persona y
-tomaron el cargo de conducirme a la estancia de Biassou.</p>
-
-<p>Entré, pues, en la caverna de aquel caudillo, ocupado en hacer jugar
-los muelles de varias máquinas de tormento que tenía en torno de sí. Al
-ruido que hicieron sus guardias introduciéndome, volvió la cabeza y no
-se manifestó atónito de mi presencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ves?&mdash;me dijo ostentando el horrible aparato que le rodeaba.</p>
-
-<p>Yo permanecí sosegado, porque conocía al “<em>héroe</em> de la humanidad”
-y estaba resuelto a sufrirlo todo con entereza.</p>
-
-<p>&mdash;¿No es verdad?&mdash;añadió riéndose en tono de escarnio&mdash;. ¿No es verdad
-que Leogrí fué muy afortunado en escapar con la horca?</p>
-
-<p>Le miré sin responder y con ademanes de frío desdén.</p>
-
-<p>&mdash;Que le avisen al señor padre capellán&mdash;dijo él entonces, dirigiéndose
-a uno de sus ayudantes.</p>
-
-<p>Por un momento quedamos los dos en silencio, mirándonos cara a cara.
-Yo le observaba; él me espiaba. En este instante entró Rigaud, como
-agitado, y conferenció en secreto con el generalísimo.</p>
-
-<p>&mdash;Que se mande aviso a todos los jefes de mi ejército&mdash;dijo Biassou con
-sosiego.</p>
-
-<p>Y, al cabo de un cuarto de hora, todos los jefes,<span class="pagenum" id="Page_224">[Pg 224]</span> con sus diversos y
-tan extraños adornos, estaban reunidos delante de la gruta. Entonces,
-Biassou se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;Escuchad, <em>amigos</em>; los blancos piensan atacarnos en este
-punto al amanecer, y como la posición es mala, conviene abandonarla.
-Pongámonos todos en movimiento al entrar la noche, y nos acogeremos a
-la frontera española. Tú, Macaya, llevarás la vanguardia con tus negros
-cimarrones; tú, Padrejan, clavarás las piezas tomadas a la artillería
-de Praloto, que no pueden llevarse por la montaña. Los valientes de
-la <i lang="fr" xml:lang="fr">Croix-des-Bouquets</i> se pondrán en marcha detrás de Macaya.
-Toussaint irá en seguida con los negros de Leogane y de Trou. Si
-los griotos y griotas meten ruido, al verdugo del ejército se los
-encomiendo. El teniente coronel Cloud repartirá los fusiles ingleses
-recién desembarcados en el cabo Cabrón, y guiará a los mestizos ex
-libres por los senderos de la Vista. Si quedan prisioneros, que se
-degüellen; que se masquen las balas; que se envenenen las flechas, y
-que se arrojen tres toneladas de arsénico en el manantial que da abasto
-de agua para el campamento; los coloniales pensarán que es azúcar y
-se la beberán sin recelo. Los batallones del Limbé, del Dondon y del
-Acul marcharán detrás de Cloud y de Toussaint. Que se embaracen con
-peñas todas las entradas de la vega; deshaced los caminos e incendiad
-los bosques. Tú, Rigaud, quédate a mi lado, y tú, Candi, reune a mis
-guardias. En fin, los negros de Morne-Rouge<span class="pagenum" id="Page_225">[Pg 225]</span> formarán la retaguardia y
-no evacuarán el terreno hasta el despuntar del día.</p>
-
-<p>Y luego, inclinándose al oído de Rigaud, le dijo en voz baja:</p>
-
-<p>&mdash;Son los negros de Bug-Jargal, y ¡ojalá que los exterminaran aquí!
-<em>Muerta la tropa, muerto el jefe.</em></p>
-
-<p>&mdash;Vamos, <em>hermanos</em>&mdash;añadió incorporándose&mdash;. Candi dará el santo
-y la contraseña.</p>
-
-<p>Los jefes se retiraron.</p>
-
-<p>&mdash;Mi general&mdash;dijo Rigaud&mdash;, sería menester enviar los oficios de Juan
-Francisco, porque nuestras cosas van mal y quizá podría entretenerse a
-los blancos.</p>
-
-<p>Biassou los sacó de prisa de su faltriquera.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes razón en recordármelo; pero hay tantas faltas de gramática,
-como ellos dicen, que se burlarán de nosotros.</p>
-
-<p>En seguida me presentó el papel.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha, ¿quieres salvarte la vida? Mi bondad condesciende en
-preguntárselo otra vez más a tu obstinación. Ayúdame a componer esta
-carta; yo dictaré las ideas y tú me las pondrás en <em>estilo blanco</em>.</p>
-
-<p>Hice con la cabeza un gesto de negativa, y aparentó impacientarse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres decir que no?&mdash;me preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;No; mil veces no&mdash;le repliqué.</p>
-
-<p>Volvió a insistir, y me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Reflexiónalo bien.</p>
-
-<p>Mientras tanto, sus ojos procuraban demostrarme<span class="pagenum" id="Page_226">[Pg 226]</span> los instrumentos del
-verdugo con que se entretenía.</p>
-
-<p>&mdash;Porque lo he reflexionado&mdash;le contesté&mdash;, me niego a ello. Parece
-que tienes temores por ti y los tuyos y que confías en esa carta para
-retardar la venida y la venganza de los blancos. Rehuso, pues, una
-existencia que pudiera quizá servir para salvar la tuya. Manda luego
-que empiecen mis tormentos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, <em>muchacho</em>!&mdash;respondió Biassou dando un puntapié a los
-instrumentos de tortura&mdash;. Creo que te vas familiarizando con esto, y
-de veras que siento en el alma no tener tiempo para hacer una prueba.
-Esta posición es peligrosa, y necesito salir de ella lo más pronto
-posible. ¿Conque no quieres ser mi secretario? Al cabo, no lo yerras,
-porque lo mismo te hubiera sucedido después, pues nadie puede vivir
-sabiendo un secreto de Biassou, y, además, le he dado promesa de tu
-muerte al padre capellán.</p>
-
-<p>Con esto se volvió al obí, que acababa de entrar en el aposento.</p>
-
-<p>&mdash;<i lang="fr" xml:lang="fr">Bon per</i>, ¿está preparada su escolta? El obí hizo un gesto
-afirmativo con la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habéis escogido para el servicio negros de Morne-Rouge? Son los
-únicos del ejército que no están ocupados en los preparativos de marcha.</p>
-
-<p>El obí respondió que sí por otra seña.</p>
-
-<p>Entonces Biassou me señaló la gran bandera negra en que había ya
-reparado, y que estaba en un rincón de la caverna.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_227">[Pg 227]</span></p>
-
-<p>&mdash;He aquí lo que anunciará a los tuyos que pueden darle el ascenso
-de capitán al teniente de tu compañía. Y hablando de eso, una vez
-que vienes de pasearte por el campo, ¿qué tal te han parecido estos
-contornos?</p>
-
-<p>&mdash;He visto&mdash;le respondí con frescura&mdash;que hay árboles sobrados para
-ahorcarte a ti y a toda tu gavilla.</p>
-
-<p>&mdash;Pues mira&mdash;replicó con un tono de burla forzado&mdash;, hay un sitio que
-sin duda no conoces, y que el bendito <i lang="fr" xml:lang="fr">bon per</i> se va a tomar la
-molestia de enseñarte. Adiós, señorito capitán; memorias a Leogrí.</p>
-
-<p>Y luego me saludó con aquella carcajada que me recordaba el ruido de
-una serpiente de cascabel; hizo un gesto, me volvió la espalda, y los
-negros me llevaron de allí; el obí nos acompañaba con su velo echado y
-el rosario en la mano.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="LI">LI</h3>
-</div>
-
-
-<p>Caminé entre medio de ellos sin tratar de hacer resistencia, que
-hubiera sido enteramente inútil. Subimos a la cima de un cerro situado
-a poniente de la vega, donde descansamos un breve instante, y eché
-la última mirada hacia el astro que iba a sepultarse en las ondas
-para jamás volver a alumbrar mis párpados. Los guías se levantaron, y
-bajamos a un estrecho valle, que me hubiera encantado en cualquier otro
-momento. Un torrente lo<span class="pagenum" id="Page_228">[Pg 228]</span> atravesaba en todo su ancho, fecundizando con
-su extrema humedad la tierra, y luego, llegado al extremo, se perdía
-en uno de aquellos azules y cristalinos lagos que con tanta frecuencia
-hermosean el interior de las cañadas de Santo Domingo. ¡Cuántas veces,
-en tiempos más felices, me había sentado, para alimentar las ilusiones
-de mi fantasía, a la orilla de aquellos deliciosos lagos en la hora
-del crepúsculo, cuando sus azuladas aguas se iban convirtiendo en un
-manto de plata, salpicado de doradas lentejuelas, donde rielaba en las
-olas el primer resplandor de los nocturnos luceros! Y pronto llegaría
-aquella hora misma; pero antes había yo de desaparecer. ¡Qué hermoso me
-pareció el valle! Allí crecían plátanos con flores de arce, de un vigor
-y lozanía prodigiosos; allí, espesas enramadas de <i>mauricias</i>,
-especie de palma que no tolera ninguna otra vegetación bajo su sombra;
-allí, palmas de dátiles; allí, magnolias, con sus enormes flores;
-allí, inmensas catalpas lucían sus recortadas y brillantes hojas entre
-los dorados racimos del ébano falso, entrelazados con las azules
-aureolas de aquella especie de madreselva silvestre que apellidan los
-negros <i>coalí</i>. Frescos cortinajes de bejucos escondían entre su
-verdor los descarnados peñascos de las vecinas laderas. El aire estaba
-impregnado de suaves olores, que por dondequiera se exhalaban de este
-suelo virgen, y formaban un delicioso aroma, cual debió respirarle el
-primer hombre entre las rosas primeras del paraíso. Así caminábamos,
-mientras<span class="pagenum" id="Page_229">[Pg 229]</span> tanto, por un sendero, a lo largo del torrente y contra el
-curso de sus ondas, hasta que, con sorpresa mía, terminó esta senda
-en un peñón tajado, a cuyos pies reparé una abertura en forma de
-arco, por donde brotaban las aguas. Un sordo estruendo y un viento
-impetuoso salían por aquel respiradero natural. Los negros tomaron a
-la izquierda, por un camino desigual y tortuoso, que parecía la rambla
-de un torrente de largo tiempo atrás ya seco. Una bóveda, medio cegada
-por las zarzas, acebos y espinos silvestres, que crecían y se cruzaban
-a su boca, se nos apareció entonces, y bajo la bóveda resonaba un rumor
-semejante al que despedía de sí el arco que vi en el fondo del valle.
-Los negros me empujaron adentro, y al momento de dar el primer paso por
-el subterráneo, se me acercó el obí y me dijo con extraño acento:</p>
-
-<p>&mdash;He aquí lo que tengo ahora que vaticinarte: dos somos, y sólo uno
-volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda.</p>
-
-<p>Yo desdeñé responderle, y seguimos avanzando por entre las tinieblas.
-El rumor sin cesar crecía, y ya no se escuchaba el ruido de nuestros
-pasos. Supuse que sería el estrépito de una catarata, y no me engañé,
-en efecto.</p>
-
-<p>Después de andar diez minutos por la obscuridad, llegamos a una especie
-de terrado interior formado por la naturaleza en las mismas entrañas
-del monte. La parte principal de este terrado, labrado en forma de
-medio círculo, estaba inundado por las aguas del torrente, que se
-despedían<span class="pagenum" id="Page_230">[Pg 230]</span> con espantoso rugido de las venas de la montaña.</p>
-
-<p>Como cubierta de esta sala subterránea, la bóveda de piedra formaba
-una especie de cúpula entapizada de hiedra amarillenta, y por encima
-reinaba en casi toda su anchura una grieta, por donde penetraba la luz
-del día, y cuyo borde se coronaba de verdes arbustos, dorados en aquel
-instante por los rayos del sol, ya próximo a su ocaso.</p>
-
-<p>Al extremo norte del terraplén, el torrente se lanzaba con estrépito
-a un abismo, en lo hondo de cuya sima flotaban, en dudosos cambiantes
-y sin vencer la obscuridad, las vagas vislumbres que penetraban por
-la hendedura. Sobre el precipicio se inclinaba un árbol anciano, que
-mezclaba las ramas de su copa con las espumas y el rocío de la cascada,
-y asomaba sus nudosas raíces por entre las peñas, como una vara más
-abajo del borde.</p>
-
-<p>Aquel árbol, bañándose así las sienes en el torrente y alargando, cual
-un brazo descarnado, sus raíces a través del abismo, estaba tan desnudo
-de verdor y de hojas que no era posible conocer su especie.</p>
-
-<p>Ofrecía, en verdad, un fenómeno singular: sólo la humedad, que
-aspiraba sin cesar por el extremo inferior, le impedía perecer, cuando
-la violencia de la catarata tronchaba sin intermitencia los nuevos
-vástagos y le obligaba a conservar perpetuamente los mismos ramos.</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_231">[Pg 231]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="LII">LII</h3>
-</div>
-
-
-<p>Los negros se detuvieron en este sitio, y conocí que era llegada la
-hora de morir.</p>
-
-<p>Entonces, próximo a la sima en donde me arrojaba un acto, por decirlo
-así, de mi libre albedrío, la imagen de la ventura, a que había breve
-espacio antes renunciado, vino a acosarme cual un pesar y casi cual un
-remordimiento. Suplicar era indigno de mí; pero dejé escapárseme una
-queja.</p>
-
-<p>&mdash;Amigos&mdash;les dije a los negros que me rodeaban&mdash;, ¿sabéis que es cosa
-triste perecer a los veinte años, cuando se está lleno de robustez y de
-vida, cuando se goza el amor de los que amamos y cuando se dejan tras
-sí ojos que no cesarán de llorar hasta cerrarse para siempre?</p>
-
-<p>Una carcajada espantosa acogió mi lamento, saliendo de los labios del
-obí. Aquella especie de espíritu maligno, aquel ente impenetrable, se
-me acercó de súbito.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ja, ja, ja! ¿Conque sientes perder la vida? <em>¡Alabado sea
-Dios!</em> Mi único temor era que no tuvieses miedo a la muerte.</p>
-
-<p>Eran la misma voz, la risa misma que tanto me habían cansado en vanas
-conjeturas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién eres, miserable?&mdash;le pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;Vas a saberlo&mdash;me contestó con acento terrible.</p>
-
-<p>Y apartando el sol de plata que le adornaba el negruzco pecho, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Mira aquí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_232">[Pg 232]</span></p>
-
-<p>Me incliné hacia él, y en el seno velloso del obí había grabados dos
-nombres en letras blanquecinas, horribles y perpetuas señales que
-imprime un hierro ardiente en el cutis de los esclavos. Uno de estos
-nombres era el de <i>Effingham</i>; el otro, el de mi tío, el mío
-propio: <i>D’Auverney</i>. Quedé mudo de sorpresa.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, Leopoldo d’Auverney&mdash;me preguntó el obí&mdash;, ¿no te declara
-tu nombre el mío?</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;repliqué, asombrado de oírme llamar así y procurando en vano
-aclarar mis recuerdos&mdash;. Esos dos nombres jamás han estado juntos sino
-en el pecho del bufón, y el pobre enano ha muerto. Además, fué fiel a
-nuestra familia; así, ¡tú no puedes ser Habibrah!</p>
-
-<p>&mdash;¡El mismo soy!&mdash;exclamó con una voz espantosa.</p>
-
-<p>Y, levantando la sangrienta <em>gorra</em>, se arrancó el velo. El
-diforme rostro del enano doméstico se ofreció a mi vista; mas el aire
-de sandia alegría que le era común se había trocado en una expresión
-amenazadora y siniestra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios eterno!&mdash;prorrumpí, herido de asombro&mdash;. Pues qué, ¿todos los
-muertos reviven? Este es Habibrah, el bufón de mi tío.</p>
-
-<p>El enano llevó la mano al puñal, y dijo en tono sepulcral y apagado:</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, su bufón y... su homicida!</p>
-
-<p>Retrocedí, lleno de espanto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Su homicida! ¡Infame! ¿Así le pagaste tantas bondades?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_233">[Pg 233]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Bondades! Ultrajes, dirás&mdash;me respondió interrumpiéndome.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú, infame&mdash;proseguí&mdash;; tú fuiste quien le dió el golpe mortal?</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, yo fuí!&mdash;replicó, dando una horrible expresión a sus
-facciones&mdash;. ¡Yo le clavé el cuchillo tan hondo en el corazón, que
-apenas tuvo tiempo de salir de los brazos del sueño para caer en los de
-la muerte! Clamó en voz débil: “Habibrah, ven”, y ya estaba Habibrah a
-su cabecera.</p>
-
-<p>Su atroz relación, su aún más atroz serenidad, me horrorizaron.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vil! ¡Cobarde asesino! ¿Así habías olvidado los favores que a ti
-solo te dispensaba? Tú, que comías junto a su mesa, que dormías junto a
-su lecho...</p>
-
-<p>&mdash;¡Como un perro!&mdash;dijo Habibrah con ímpetu&mdash;. ¡Sí, <em>como un
-perro</em>! ¡Ah, demasiado me acuerdo de tales favores, que eran otras
-tantas afrentas! Pero me vengué de él, y ahora voy a vengarme de ti.
-Escúchame. ¿Te imaginas acaso que porque sea mulato, enano y feo, no
-soy yo un hombre? ¡Ah! También tengo un alma, y un alma más enérgica
-y más grandiosa que esa alma de tímida doncella que voy a arrancarte
-ahora del cuerpo. Me dieron de regalo a tu tío como un mico, y yo
-servía para sus placeres y para dar pábulo a su desprecio. Me quería,
-sí, ya lo has dicho. Ocupaba yo un lugar en su corazón entre su mona y
-su papagayo, ¡hasta que me abrí otro hueco más espacioso con mi puñal!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_234">[Pg 234]</span></p>
-
-<p>Yo me estremecí al escuchar tales palabras, y el enano prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, yo soy, yo mismo: mírame bien a la cara, Leopoldo d’Auverney!
-Bastantes veces reíste de mí, y ahora puede haber llegado la hora de
-estremecerte. Y dime: ¿tú me recuerdas la vergonzosa predilección de
-tu tío hacia el ente a quien llamaba su bufón? <i lang="fr" xml:lang="fr">¡Bon Giu!</i> ¡Qué
-predilección! Si entraba en vuestro aposento, me acogían mil risas
-desdeñosas: mi estatura, mi deformidad, mis facciones, mi ridículo
-ropaje, todo, hasta las lastimosas debilidades de mi naturaleza, todo
-era objeto de escarnio y mofa para tu execrable tío y sus execrables
-amigos. Y a mí, ni siquiera me era lícito callarme. <em>¡Oh, rabia!</em>
-¡Tenía que mezclar mi risa con las carcajadas que yo excitaba!
-Respóndeme, ¿crees tú que humillaciones semejantes sean un título al
-agradecimiento de criatura alguna humana? ¿No confiesas tú que tanto
-valen como los tormentos de los otros esclavos, como el trabajar sin
-descanso, los ardores del sol, las argollas de hierro y el látigo de
-los capataces? ¿No te imaginas que alcanzan para hacer brotar en el
-corazón de un hombre las simientes de un odio ardiente, implacable,
-eterno, como el sello de infamia que mancilla mi seno? ¡Oh!, para
-tamaño padecer, ¡cuán breve y fugaz fué mi venganza! ¡Oh! ¡Y por qué
-no pude hacerle padecer a mi odioso tirano cuantos tormentos renacían
-para mí a cada hora de cada día que volaba! ¡Por qué no pudo, antes
-de morir, conocer la amargura del<span class="pagenum" id="Page_235">[Pg 235]</span> orgullo herido y sentir cuán
-abrasadora huella dejan las lágrimas de vergüenza y despecho en un
-rostro condenado a perpetua risa! ¡Ay, y cuán duro es haber estado
-aguardando por tan largo espacio la hora del castigo, y contentarse al
-cabo con una puñalada! ¡Si siquiera hubiese podido saber cuál brazo le
-hería! Pero tenía demasiado anhelo por escuchar su postrer estertor,
-y le clavé demasiado pronto el cuchillo; murió sin conocerme, y el
-ímpetu de mi furor dejó burlada mi venganza. Esta vez, al menos, será
-más completa. Tú me ves, y bien, ¿no es cierto? Verdad que te costará
-trabajo distinguirme bajo el nuevo aspecto en que me presento a tus
-ojos. Siempre me habías visto risueño y satisfecho, y ahora, que
-nada le impide a mi alma retratarse en mis facciones, en nada debo
-asemejarme. Tú no me conocías sino de máscara: ¡he aquí mi rostro!</p>
-
-<p>Y era espantoso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Monstruo!&mdash;exclamé&mdash;. ¡Te equivocas! ¡Aún queda algo del saltimbanco
-en la atroz fealdad de tu semblante y de tu alma!</p>
-
-<p>&mdash;¡No hables de atrocidad!&mdash;me dijo Habibrah&mdash;. Recuerda las crueldades
-de tu tío.</p>
-
-<p>&mdash;¡Infame!&mdash;le contesté indignado&mdash;. Aun cuando fuese cruel, ¿éralo,
-por ventura, contigo? Te condueles de la suerte de los infelices
-esclavos; pues ¿por qué ejercías contra tus hermanos el influjo que te
-daba la debilidad hacia ti de tu señor? ¿Por qué no trataste jamás de
-ablandarle en sus arrebatos ni de interceder por los tuyos?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_236">[Pg 236]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Ablandarle? Mucho lo hubiera llorado. ¿Impedirle yo a un blanco que
-se manchara de un crimen? ¡Oh, no, no, a buen seguro! Al contrario,
-le incitaba a redoblar sus malos tratamientos hacia los esclavos,
-para adelantar la hora de la rebelión, para que el exceso de opresión
-provocase al fin la venganza. Aparentando injuriar a mis hermanos, los
-favorecía.</p>
-
-<p>Me quedé atónito al contemplar tan profunda combinación, hija del odio.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien&mdash;añadió el enano&mdash;: ¿te parece que he sabido calcular y
-llevar a cabo? ¿Qué juzgas del necio Habibrah, del bufón de tu tío?</p>
-
-<p>&mdash;Acaba lo que tan bien empezaste&mdash;le respondí&mdash;. Mátame, pero date
-prisa.</p>
-
-<p>Se puso a pasear por el terrado, restregándose las manos de gozo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si no quiero darme prisa? ¿Y si busco saborear a mi despacio
-tus angustias? Mira: cuando te vi prisionero en el campamento de los
-negros, me debía Biassou toda mi parte de botín en el último saqueo, y
-yo no le pedí en pago sino tu vida. Me la concedió gustoso, y ahora me
-pertenece y me entretengo en jugar con ella. No te apures, que pronto
-irás a hacer compañía a las ondas de la cascada en lo profundo de ese
-abismo; pero antes tengo que darte una nueva. He descubierto el asilo
-en que se hallaba escondida tu mujer, y hoy le he sugerido a Biassou la
-idea de incendiar el bosque, que estará ya ardiendo. Así, tu familia
-yace aniquilada. Tu tío pereció a<span class="pagenum" id="Page_237">[Pg 237]</span> hierro, tú vas a morir en el agua y
-tu María a perecer en el fuego.</p>
-
-<p>&mdash;¡Infame, infame!&mdash;exclamé, haciendo ademán de arrojarme sobre él.</p>
-
-<p>Entonces se volvió a los negros, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Atadle, pues se adelanta a sí mismo su hora!</p>
-
-<p>Empezaron luego los negros a atarme en silencio, con cuerdas que traían
-prevenidas, cuando de repente se me figuró oír los ladridos lejanos
-de un perro, si bien achaqué el ruido a una ilusión nacida del rugir
-de la cascada. Los negros acabaron de atarme y me acercaron al borde
-de la sima en que iba a hundirme; el enano, con los brazos cruzados,
-me contemplaba rebosando en gozo y triunfo su hórrido semblante, y yo
-levanté los ojos a la grieta en el techo de la caverna para evitar su
-odiosa presencia y para ver por una vez aún la luz pura del cielo. En
-este instante mismo resonó un ladrido más fuerte y más distinto, y la
-enorme cabeza de <i>Rask</i> apareció por la hendedura. Me estremecí;
-el enano gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos!</p>
-
-<p>Y los negros, que no habían hecho alto en el ladrido, se prepararon a
-lanzarme en el abismo...</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="LIII">LIII</h3>
-</div>
-
-
-<p>&mdash;¡Camaradas!&mdash;clamó una voz de trueno.</p>
-
-<p>Todos se volvieron: era Bug-Jargal, de pie, erguido al borde de la
-grieta, con una pluma roja ondeándole en la frente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_238">[Pg 238]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Camaradas!&mdash;repitió&mdash;. ¡Deteneos!</p>
-
-<p>Los negros se postraron, y él prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy Bug-Jargal.</p>
-
-<p>Los negros golpearon el polvo con sus frentes, lanzando gritos cuyo
-intento y significado era difícil en extremo discernir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Desatad al preso!&mdash;gritó el caudillo.</p>
-
-<p>Entonces el enano pareció despertar del estupor en que le había sumido
-tan súbita e inesperada aparición, y detuvo con empeño el brazo de los
-negros, próximos a cortar mis ligaduras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?&mdash;exclamó&mdash;. <em>¿Qué quiere decir eso?</em></p>
-
-<p>Y luego, alzando la cabeza hacia Bug-Jargal, le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;Caudillo de Morne-Rouge, ¿qué te conduce a este lugar?</p>
-
-<p>Bug-Jargal respondió:</p>
-
-<p>&mdash;Vengo a dar órdenes a mis hermanos.</p>
-
-<p>&mdash;En efecto&mdash;dijo el enano con rabia reconcentrada&mdash;, negros de
-Morne-Rouge son los que hay aquí. Mas ¿con qué derecho&mdash;añadió&mdash;vienes
-a dictar órdenes sobre mi prisionero?</p>
-
-<p>El caudillo repitió:</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy Bug-Jargal.</p>
-
-<p>Y los negros golpearon con sus frentes el pavimento.</p>
-
-<p>&mdash;Bug-Jargal&mdash;repuso Habibrah&mdash;no puede deshacer lo que Biassou
-dispone. Biassou me ha regalado este blanco; yo quiero que muera, y
-morirá. <em>Vosotros</em>&mdash;dijo volviéndose a los negros&mdash;obedecedme.
-Lanzadle en el abismo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_239">[Pg 239]</span></p>
-
-<p>A la voz poderosa del obí se incorporaron los negros y dieron un paso
-adelante; en aquel instante vi segura la muerte.</p>
-
-<p>&mdash;¡Soltad al preso!&mdash;exclamó Bug-Jargal.</p>
-
-<p>Y con la rapidez de un relámpago me encontré libre. Mi sorpresa era
-igual a la rabia del obí, que quiso abalanzárseme, pero los negros le
-detuvieron. Entonces desahogó su encono en imprecaciones y amenazas.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Demonio! ¡Rabia! ¡Infierno de mi alma!</em> Pues qué, infames,
-¿rehusáis obedecerme, desconocéis mi <em>voz</em>? ¡Para qué perdería yo
-el <em>tiempo</em> en hablar con este <em>maldito</em>! ¡Debiera haberle
-arrojado sin demora a los peces del <em>báratro</em>! Por apetecer
-una venganza completa, ¡la pierdo toda! <em>¡Oh, rabia de Satanás!
-Escuchadme vosotros</em>: Si no me obedecéis, si no lanzáis a lo
-hondo de la sima a este blanco execrable, yo os hecho mi maldición.
-El cabello se os volverá blanco; los mosquitos y las cucarachas os
-devorarán en vida; las piernas y los brazos se os troncharán como
-endebles juncos; el aliento os quemará la garganta como arena abrasada;
-os moriréis luego, y después de la muerte vuestras almas estarán
-condenadas a dar vueltas sin descanso a una piedra de molino, tamaña
-cual un monte, allá en la luna, donde hace mucho frío.</p>
-
-<p>Semejante escena produjo sobre mí un singular efecto. Unico de mi
-especie en aquella gruta húmeda y sombría, rodeado de aquellos negros,
-que se asemejaban a los demonios; suspendido,<span class="pagenum" id="Page_240">[Pg 240]</span> por decirlo así, sobre
-un abismo sin fondo; ya amenazado por aquel espantoso enano, cuyos
-extravagantes ropajes apenas podían distinguirse a los inciertos
-reflejos de la luz; ya protegido por aquel otro negro gigante, que
-asomaba en el solo resquicio por donde me era dado descubrir el cielo,
-me parecía estar a las puertas del infierno, aguardando incierto la
-pérdida o la salvación de mi alma y asistiendo a una lucha encarnizada
-entre mi ángel protector y el espíritu maligno.</p>
-
-<p>Los negros se veían amedrentados con las maldiciones del obí, y,
-queriendo aprovecharse de su incertidumbre, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Quiero que muera este blanco! ¡Me obedeceréis, y morirá!</p>
-
-<p>Bug-Jargal respondió con majestad:</p>
-
-<p>&mdash;¡El blanco ha de vivir! Yo soy Bug-Jargal; mi padre era rey en la
-tierra de los Kakongos y administraba justicia en el umbral de su
-morada.</p>
-
-<p>Los negros volvieron a postrarse en tierra, y su caudillo prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Hermanos, id y decidle a Biassou que no enarbole en la cumbre del
-monte la bandera negra que ha de anunciar a los blancos la muerte de
-este mismo cautivo, porque este cautivo le ha salvado la existencia a
-Bug-Jargal y Bug-Jargal quiere que viva.</p>
-
-<p>Entonces se incorporaron, y Bug-Jargal arrojó su penacho en medio de
-ellos. El principal del piquete cruzó los brazos al pecho, recogió
-luego el<span class="pagenum" id="Page_241">[Pg 241]</span> penacho con ademanes de respeto y en seguida se alejaron sin
-proferir palabra. El obí desapareció con ellos en las tinieblas de la
-galería subterránea.</p>
-
-<p>No intentaré, señores, pintar la situación en que me encontraba. Clavé
-los ojos humedecidos en Pierrot, que a su vez me contemplaba con
-extrañas muestras de agradecimiento y orgullo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Alabado sea Dios!&mdash;dijo al cabo&mdash;. ¡Todo se ha salvado! Hermano,
-vuélvete por donde has venido, y abajo me encontrarás en el valle.</p>
-
-<p>Hizo un gesto con la mano y desapareció.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="LIV">LIV</h3>
-</div>
-
-
-<p>Ansioso por llegar al lugar de la cita y saber qué venturoso milagro
-había traído tan a tiempo a mi libertador, traté de salir de la
-caverna; mas al efectuarlo me aguardaban nuevos peligros. En el momento
-mismo en que me dirigía hacia la galería subterránea, un imprevisto
-obstáculo salió a atajarme la entrada: Habibrah, el rencoroso obí;
-lejos de acompañar a los negros, cual habíame imaginado, estaba
-aguardando un momento más propicio para su venganza. Y ese momento
-había llegado. El enano apareció de súbito, soltando la carcajada,
-mientras yo me encontraba sin armas ni defensa; el mismo puñal que le
-servía de crucifijo brillaba entre sus manos. A su vista, di un paso
-atrás por un movimiento involuntario.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ja, ja, <em>maldito</em>! ¿Creías escapárteme? Pero<span class="pagenum" id="Page_242">[Pg 242]</span> el tonto es menos
-tonto que tú. Ahora te cogí, y esta vez no te haré esperar ni tendrá tu
-amigo Bug-Jargal que aguardarte en vano. ¡Irás a la cita en el valle,
-pero las aguas del torrente se encargarán de hacerte andar el camino!</p>
-
-<p>Y así diciendo, se abalanzó a mí con el puñal enarbolado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Monstruo!&mdash;le respondí, echándome a la espalda por el terrado&mdash;.
-Hace poco no eras más que un verdugo, y ahora eres un asesino.</p>
-
-<p>&mdash;¡Me vengo!&mdash;replicó, rechinando los dientes.</p>
-
-<p>En aquel instante me hallaba a la orilla del precipicio; se tiró a
-mí con ímpetu para empujarme con una puñalada; le huí el cuerpo, y
-deslizándosele el pie por el musgo resbaladizo de que estaban cubiertos
-los húmedos peñascos, fué rodando por aquella pendiente carcomida por
-las olas. Dió un feroz aullido, invocando a los espíritus del infierno,
-y cayó en la sima.</p>
-
-<p>Antes he dicho que asomaban por entre las grietas de la peña, más
-abajo del borde de la orilla, las raíces de un anciano tronco. El
-enano tropezó en ellas a su caída, y el estrambótico ropaje se le
-enredó entre los nudos de la cepa, y, agarrándose a ese postrer
-sostén, se quedó asido con energía extraordinaria. El gorro puntiagudo
-se desprendió de su cabeza, tuvo que soltar el puñal, y el arma del
-asesino y la caperuza del bufón desaparecieron juntas, botando por los
-profundos rincones de la catarata.</p>
-
-<p>Habibrah, colgado sobre el abismo, trató primero<span class="pagenum" id="Page_243">[Pg 243]</span> de subir al terrado;
-pero sus brazuelos no alcanzaban al borde del tajo, y se deshacía las
-manos en impotentes esfuerzos por clavar las uñas en las peguntosas
-paredes de la sima. El desgraciado bramaba de ira.</p>
-
-<p>La menor sacudida por mi parte habría bastado para precipitarle; mas
-hubiese sido una vileza en que ni soñé siquiera. Esta moderación le
-admiró. Dando gracias al cielo por la salvación que me enviaba de una
-manera tan inesperada, iba ya a abandonarle a su suerte y me preparaba
-a partir de la estancia subterránea, cuando de súbito oí salir de entre
-el precipicio la voz del enano en acento de súplica y de duelo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Amo, mi amo!&mdash;decía&mdash;. ¡No os vayáis, por amor del cielo! ¡No
-dejéis, en nombre del <i lang="fr" xml:lang="fr">bon Giu</i>, perecer impenitente y culpado a
-un ente humano a quien podéis salvar! ¡Ay! Las fuerzas me flaquean,
-la raíz se cimbrea y resbala entre mis manos, el peso del cuerpo
-me arrastra tras sí; tengo que soltarla o se va a tronchar... ¡Ay,
-amo mío! El horrendo pozo hierve bajo mis pies. <em>¡Santo nombre de
-Dios!</em> ¿No tendréis compasión del pobre bufón? Es muy malo; pero ¿no
-querréis demostrarle que los blancos son mejores que los mulatos, los
-amos que los esclavos?</p>
-
-<p>Me acerqué al precipicio, casi conmovido, y la opaca luz que se dejaba
-caer por la hendedura me enseñó en el repugnante rostro del enano una
-expresión que aun me era allí desconocida: la del ruego y el quebranto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_244">[Pg 244]</span></p>
-
-<p>&mdash;<em>Señor</em> Leopoldo&mdash;prosiguió, alentado por un movimiento de
-lástima que no pude contener&mdash;, ¿será posible que cualquier persona
-humana contemple a su semejante en tan horrible posición y que,
-pudiendo socorrerle, no lo haga? ¡Ay, amo mío, alargadme la mano! Con
-un poco de ayuda bastará para salvarme. ¡Lo que pido es todo para mí y
-tan poca cosa para vos! Tirad de mí, por piedad, y mi agradecimiento se
-igualará a mis crímenes...</p>
-
-<p>&mdash;¡Desgraciado!&mdash;le interrumpí diciendo&mdash;. ¿Cómo me traes tal recuerdo
-a la memoria?</p>
-
-<p>&mdash;Para aborrecerlo, amo mío. ¡Ah, sed más generoso que yo! ¡El cielo me
-ampare, que fallezco! ¡Que caigo! ¡Ay, <em>desdichado</em>! ¡La mano! ¡La
-mano! ¡Alargadme la mano, por la madre que os crió a sus pechos!</p>
-
-<p>No alcanzaré a pintar cuán lamentables eran aquellos gritos de dolor
-y de angustia. Todo lo olvidé: no era ya a mis ojos un enemigo, un
-traidor, un asesino, sino un infeliz a quien un ligero esfuerzo de
-mi parte podía arrancar de una muerte espantosa. ¡Me suplicaba tan
-lastimeramente! Cualquier palabra, cualquier reprensión, hubiera sido
-inútil y ridícula; tan urgente se mostraba la necesidad del socorro. Me
-incliné, pues, y arrodillándome al borde del precipicio, con una de mis
-manos apoyada en el mismo tronco cuyas raíces sostenían al desgraciado
-Habibrah, le alargué la otra... En cuanto estuvo a su alcance se asió
-a ella; la agarró con entrambas las suyas y con<span class="pagenum" id="Page_245">[Pg 245]</span> fuerza prodigiosa, y,
-lejos de prestarse al movimiento de ascenso que traté de ofrecerle,
-sentí que procuraba arrastrarme consigo al abismo. Si el tronco del
-árbol no me hubiese prestado tan sólido punto de apoyo, sin duda
-alguna me hubiese arrancado de la orilla la violenta cuanto inesperada
-sacudida de aquel malvado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué intentas hacer, vil?&mdash;exclamé.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vengarme!&mdash;repitió con estrepitosas e infernales carcajadas&mdash;. ¡Ah,
-te cogí al cabo! ¡Necio! ¡Tú mismo te entregaste! ¡Te cogí! Estabas
-en salvo y yo perdido, y por tu capricho te metes de nuevo en la boca
-del caimán porque lloró después de haber bramado! ¡Heme ya consolado,
-puesto que mi muerte es una venganza! Te cogí en el lazo, <em>amigo</em>,
-y tendré un compañero humano entre los peces de la sima.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, traidor!&mdash;le dije, esforzándome para resistir a su impulso&mdash;.
-¿Así me pagas haberte querido sacar del peligro!</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;me respondió&mdash;. Sé que con tu ayuda hubiera podido salvarme; pero
-mejor quiero que perezcas conmigo. ¡Antes que mi vida, deseo tu muerte!
-Ven.</p>
-
-<p>Y, al mismo tiempo, ambas sus parduzcas y nervudas manos se crispaban
-y adherían a las mías con esfuerzos inauditos; le chispeaban los
-ojos y arrojaba espuma por la boca; las fuerzas, de cuya pérdida se
-lamentaba, le volvieron exaltadas por el ímpetu de la cólera y la
-venganza; apoyaba las rodillas como dos palancas contra los<span class="pagenum" id="Page_246">[Pg 246]</span> muros
-perpendiculares de las rocas, y brincaba cual un tigre sobre la raíz,
-que, enredada en su ropaje, le sostenía a pesar suyo, porque hubiera
-deseado romperla y con el lleno de su peso arrastrarme más pronto.
-Parecía cual el maligno espíritu de aquella caverna luchando por atraer
-una víctima al profundo abismo de su tenebrosa morada.</p>
-
-<p>Por fortuna, se me encajó la rodilla en un hueco de la peña; mi brazo
-estaba cual clavado al árbol que me servía de apoyo, y luchaba contra
-los esfuerzos del enano con toda aquella energía que puede inspirar
-el instinto de la propia conservación en momentos tales. De vez en
-cuando tomaba penosamente aliento y gritaba con toda la fuerza de mis
-fatigados pulmones:</p>
-
-<p>&mdash;¡Bug-Jargal!</p>
-
-<p>Pero el bramido de la cascada y su lejanía me daban muy cortas
-esperanzas de que mi voz pudiese alcanzarle.</p>
-
-<p>Mientras tanto, el enano, que no creía hallarse con tal resistencia,
-redoblaba sus frenéticas sacudidas, y ya empezaba yo a decaer de mi
-vigor, aun cuando esta lucha duró mucho menos tiempo del que tardo
-en contarla. Una insoportable tirantez me adormecía el brazo; se me
-anublaba la vista; lívidas y dudosas vislumbres cruzaban por delante de
-mis ojos; zumbábanme los oídos; oía crujir la raíz, próxima a romperse;
-oía reír el monstruo, próximo a precipitarse, y parecíame cual si los
-remolinos de la sima se fueran acercando, ansiosos de tragarme entre
-sus ondas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_247">[Pg 247]</span></p>
-
-<p>Antes, empero, de abandonarme al cansancio y a la desesperación, tenté
-el último esfuerzo, y recogiendo el resto de mis agotadas fuerzas,
-clamé por otra vez aún:</p>
-
-<p>&mdash;¡Bug-Jargal!</p>
-
-<p>Un ladrido me dió respuesta... Conocí a <i>Rask</i>... Alcé los ojos, y
-Bug-Jargal y su perro estaban en el borde de la grieta. Ignoro si oyó
-mis clamores o si algún temor secreto le hizo volver; pero viendo mi
-peligro, me gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Sostente!</p>
-
-<p>Habibrah, que temía mi salvación, me dijo a su vez, lleno de rabia:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ven, vente conmigo!</p>
-
-<p>Y reunió todo el resto de su vigor sobrenatural, a fin de apresurar el
-desenlace. En este instante mismo, el brazo fatigado se me desprendió
-del tronco, y no quedaba ya recurso contra mi suerte, cuando me
-sentí asir por la espalda. Era <i>Rask</i>, que a una seña de su amo
-había saltado de la hendedura a la caverna y me tenía agarrado con
-violencia por el cuello del vestido. Este inesperado socorro me salvó.
-Habibrah había agotado todo su vigor en aquel esfuerzo postrero, y yo
-recobré el suficiente para desasirme de sus manos. Sus dedos, tiesos
-y adormecidos, tuvieron al fin que soltar la presa; la raíz, por tan
-largo tiempo sacudida, cedió al cabo a su peso, y mientras <i>Rask</i>
-me arrastraba hacia atrás con ímpetu, el vil enano se precipitó entre
-los copos de espuma de la lóbrega cascada, lanzándome una maldición
-que<span class="pagenum" id="Page_248">[Pg 248]</span> no alcancé a oír, y que fué a perderse, cual su cuerpo, en los
-recónditos senos del abismo. Tal fué la suerte del bufón de mi tío.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="LV">LV</h3>
-</div>
-
-
-<p>Tan espantosa escena, tan desesperada lucha, tan terrible desenlace, me
-habían postrado, y quedé casi sin fuerza y sin conocimiento. La voz de
-Bug-Jargal me reanimó.</p>
-
-<p>&mdash;Hermano&mdash;me dijo&mdash;, date prisa a salir de ahí, que dentro de media
-hora se habrá hundido el sol en el horizonte. Abajo voy a esperarte, y
-tú deja que <i>Rask</i> te sirva de guía.</p>
-
-<p>Estas amistosas palabras me infundieron a la vez esperanzas, vigor y
-ánimo. Incorporéme, y siguiendo los ladridos del perro por entre la
-obscuridad de la bóveda subterránea, empecé luego a ver despuntar la
-luz del cielo, y llegados en fin a la boca de la cueva, respiré con
-desembarazo el aire libre. Al salir de aquel paso tenebroso, recordé
-la profecía del enano en el momento de entrar: <em>Dos somos, y uno
-solo volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda</em>. ¡Sus
-esperanzas habían quedado burladas; su vaticinio solo había salido
-verdadero!</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="LVI">LVI</h3>
-</div>
-
-
-<p>Llegado al valle, encontré a Bug-Jargal, y, arrojándome en sus brazos,
-me quedé oprimido de<span class="pagenum" id="Page_249">[Pg 249]</span> tan violentas sensaciones, con mil preguntas que
-dirigirle y sin poder proferir un solo acento.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha&mdash;me dijo&mdash;: tu mujer y mi hermana están en salvo. La entregué
-en el campamento de los blancos a uno de tus parientes que mandaba las
-avanzadas, y también quise darme por prisionero, no fuese que inmolasen
-las diez cabezas que en rehenes responden de la mía. Tu pariente me
-aconsejó que huyera y procurara impedir tu suplicio, seguro de que
-los diez negros no serían ajusticiados, a menos que tú lo fueses, lo
-que debía anunciar Biassou enarbolando una bandera negra en el pico
-más elevado de nuestras montañas. Eché entonces a correr, <i>Rask</i>
-me sirvió de guía, y, gracias sean dadas al cielo, aun pude llegar a
-tiempo. Tú vivirás y yo también viviré.</p>
-
-<p>Me alargó la mano y añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Hermano, ¿estás satisfecho?</p>
-
-<p>Le estreché de nuevo en mis brazos, le rogué que no se separara jamás
-de mí, que permaneciera entre los blancos, y le ofrecí un grado en el
-ejército colonial. Aquí me interrumpió, diciendo con aire feroz:</p>
-
-<p>&mdash;Hermano, ¿te he propuesto yo acaso que te alistes entre los míos?</p>
-
-<p>Callé, conociendo mi yerro, y él prosiguió en tono festivo:</p>
-
-<p>&mdash;Anda, vamos pronto a ver y a consolar a tu mujer.</p>
-
-<p>Semejante propuesta respondía a una necesidad imperiosa de mi alma; me
-levanté, pues, embriagado<span class="pagenum" id="Page_250">[Pg 250]</span> de júbilo, y empezamos a caminar. El negro,
-que conocía la senda, iba delante; <i>Rask</i> nos seguía...</p>
-
-<p>Aquí se detuvo D’Auverney, y echó una mirada lúgubre en derredor; le
-corría el sudor a gruesas gotas por la frente y se cubrió el rostro
-entre ambas manos. <i>Rask</i> le estaba mirando con desasosiego.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, asimismo me mirabas...&mdash;pronunció con voz apagada.</p>
-
-<p>Y un minuto después, levantándose con ímpetu, se salió de la tienda; el
-sargento y el perro le fueron en seguimiento.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="LVII">LVII</h3>
-</div>
-
-
-<p>&mdash;Apostaría&mdash;dijo Enrique&mdash;a que nos acercamos al desenlace. De veras
-que sentiría cualquier desgracia de Bug-Jargal, que era un hombre de
-prueba.</p>
-
-<p>Pascual se quitó de la boca el frasco forrado en mimbres, y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Doce cajas de botellas de Oporto daría yo por ver el cascarón de coco
-que se bebió de un trago.</p>
-
-<p>Alfredo, que estaba distraído pensando en algún acompañamiento de
-guitarra, volvió en sí, y pidiéndole a Enrique que le arreglara los
-cordones, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Ese negro me interesa mucho. Solo que tengo<span class="pagenum" id="Page_251">[Pg 251]</span> curiosidad de
-preguntarle a D’Auverney, y no me he atrevido, si sabía la canción de
-<i>La hermosa de Padilla</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Más raro es aquel Biassou&mdash;prosiguió Pascual&mdash;. Su vino, sabiendo
-a pez, no debía de ser muy bueno; pero siquiera ese hombre sabía lo
-que era un francés. Si me hubiera cogido prisionero, me habría dejado
-crecer el bigote para que me adelantara en prenda unos cuantos pesos,
-como dicen que hizo aquel capitán portugués en Goa. ¡Voto a Dios, que
-mis acreedores son más duros de corazón que Biassou!</p>
-
-<p>&mdash;Ahora que me acuerdo, capitán, allá van cuatro luises que le
-debo&mdash;dijo Enrique, alargando su bolsa a Pascual.</p>
-
-<p>El capitán miró atónito a este deudor generoso, que más derecho hubiese
-tenido a llamarse acreedor. Enrique se apresuró a decir:</p>
-
-<p>&mdash;Y vamos, señores, ¿qué les parece a ustedes de la historia que nos
-cuenta el capitán?</p>
-
-<p>&mdash;A fe mía&mdash;contestó Alfredo&mdash;, que no he puesto mucha atención; pero
-me aguardaba cosa mejor del melancólico D’Auverney. Además, hay una
-canción en prosa, y eso no me gusta. ¿A qué música puede arreglarse? En
-conclusión, la historia de Bug-Jargal me fastidia: es demasiado larga.</p>
-
-<p>&mdash;Y mucha razón que lleva&mdash;repuso el ayudante Pascual&mdash;; es demasiado
-larga. A no ser por la pipa y el frasco, habría pasado muy mala
-noche. Y luego, reparen ustedes, caballeros, en que tiene muchísimos
-disparates. Por ejemplo: ¿quién<span class="pagenum" id="Page_252">[Pg 252]</span> ha de creerse que ese enanillo brujo,
-<em>Ahí verás</em>, o como se llame, quiso ahogarse por ahogar a su
-enemigo?</p>
-
-<p>&mdash;Y, sobre todo, en agua, ¿no es cierto, capitán Pascual?&mdash;respondió
-Enrique de broma&mdash;. A mí lo que me dió más golpe fué reparar en cómo
-el perro cojo alzaba la cabeza a cada vez que se repetía el nombre de
-Bug-Jargal.</p>
-
-<p>&mdash;En eso&mdash;dijo Pascual&mdash;, hacía todo al revés de las viejas de Celadas
-cuando el padre predicador mentaba a Jesucristo. Yo entré en la iglesia
-con una docena de coraceros...</p>
-
-<p>El ruido del centinela al presentar las armas avisó el regreso de
-D’Auverney. Todos callaron, y él continuó por algún rato paseando la
-estancia con los brazos cruzados y en silencio. Tadeo, acurrucado como
-antes en un rincón, le miraba a hurtadillas, y mientras tanto, hacía
-como si acariciase a <i>Rask</i>, a fin de que el capitán no reparase
-en su sobresalto.</p>
-
-<p>D’Auverney prosiguió al cabo en su relación.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak" id="LVIII">LVIII</h3>
-</div>
-
-
-<p>&mdash;<i>Rask</i> iba siguiéndonos. Ni aun la más elevada cumbre del valle
-lucía ya bañada por los rayos del sol, cuando una fugaz vislumbre de
-luz apareció en su cima y pasó luego cual súbito relámpago. El negro se
-estremeció y me apretó con violencia la mano.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_253">[Pg 253]</span></p>
-
-<p>&mdash;Escucha&mdash;dijo&mdash;.</p>
-
-<p>Y, en seguida, un sordo ruido, semejante al estrépito de un cañón,
-resonó en las cañadas y perdióse retumbando por los ecos del monte.</p>
-
-<p>&mdash;¡Esa es la señal!&mdash;exclamó el negro en lúgubre acento.</p>
-
-<p>Y luego añadió:</p>
-
-<p>&mdash;¿No ha sido un cañonazo?</p>
-
-<p>Hice con la cabeza un gesto afirmativo. Él entonces trepó en dos saltos
-a una encumbrada loma, y yo le seguí. Llegados arriba, cruzó los brazos
-y me preguntó con melancólica sonrisa:</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo ves?</p>
-
-<p>Miré hacia el punto que señalaba, y observé el elevado pico que me
-indicó en nuestra entrevista con María, único iluminado aún por los
-postreros rayos del astro del día, y en cuyo más empinado risco ondeaba
-al viento una negra bandera.</p>
-
-<p>Aquí, D’Auverney hizo una pausa.</p>
-
-<p>&mdash;Después supe que Biassou, ansioso de ponerse en movimiento y
-creyéndome muerto, mandó enarbolar el estandarte sin esperar el regreso
-de mis verdugos.</p>
-
-<p>Allí seguía inmóvil Bug-Jargal, en pie, con los brazos cruzados y
-contemplando el lúgubre pendón. De súbito se volvió con ímpetu y dió
-algunos pasos como para bajar la ladera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, Dios! ¡Eterno Dios! ¡Mis infelices compañeros!...</p>
-
-<p>Se acercó de nuevo a mí y me preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Oíste el cañonazo?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_254">[Pg 254]</span></p>
-
-<p>Yo no repliqué.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, hermano, era la señal convenida. Ya los sacan...</p>
-
-<p>E hincó la cabeza sobre el pecho; luego se me aproximó aún más,
-diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Hermano, anda a buscar a tu mujer, que <i>Rask</i> te enseñará el
-camino.</p>
-
-<p>Y se puso a silbar una canción africana; el perro entonces empezó a
-menear la cola y aparentó querer encaminarse hacia un extremo del valle.</p>
-
-<p>Bug-Jargal me agarró la mano e hizo un esfuerzo por sonreírse; mas era
-aquella una sonrisa convulsiva.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós!&mdash;gritó con voz de trueno.</p>
-
-<p>Y se lanzó a través de la enmarañada espesura de los vecinos árboles.</p>
-
-<p>Yo me quedé convertido en estatua, porque lo poco que comprendía me
-hacía prever mayores desdichas. <i>Rask</i>, viendo desaparecer a su
-amo, se acercó al borde de la peña, aullando con tono lastimero. En
-seguida se vino a mí con los ojos húmedos y la cola baja, me miró con
-desasosiego, se volvió hacia el punto por donde había penetrado su
-amo y empezó a ladrar repetidas veces. Le comprendí, participé de sus
-temores y di algunos pasos hacia él; entonces partió como un rayo,
-siguiendo las huellas de Bug-Jargal, y pronto le hubiese perdido de
-vista, aun cuando corría con toda la velocidad a que alcanzaban mis
-fuerzas, si de rato en rato no se hubiera detenido para darme tiempo de
-alcanzarle. Así atravesamos cañadas,<span class="pagenum" id="Page_255">[Pg 255]</span> y subimos collados, y cruzamos
-selvas, hasta que al fin...&mdash;</p>
-
-<p>Faltóle ahora a D’Auverney el aliento; la más lúgubre desesperación se
-retrató en su semblante, y consiguió apenas articular estas palabras:</p>
-
-<p>&mdash;Prosigue, Tadeo, que yo no tengo más fuerza de ánimo que una vieja.</p>
-
-<p>El sargento veterano no estaba menos conmovido que el capitán; pero,
-sin embargo, trató de obedecer el mandato.</p>
-
-<p>&mdash;Con permiso, pues que usted lo ordena, mi capitán. Ahora bien: es el
-asunto, señores oficiales, que aun cuando Bug-Jargal, llamado Pierrot,
-fuese un negrazo de muy buen genio y muy robusto y de mucho ánimo,
-y el hombre más valiente de la tierra después de usted, mi capitán,
-no dejaba yo de tenerle mucha tirria, que nunca me lo perdonaré a mí
-propio aun cuando el capitán me lo haya perdonado. Así, mi capitán,
-cuando supe que se anunciaba su muerte de usted para dentro de dos
-días, entré en un arrebato de cólera contra el pobre hombre y tuve un
-verdadero gusto infernal en anunciarle que él, o bien, a su falta, diez
-de los suyos, irían a servirle a usted de compañía, fusilados por vía
-de represalias, como se dice. A esta nueva no dijo nada, sino que dos
-horas después se escapó, haciendo un gran agujero...</p>
-
-<p>D’Auverney hizo un gesto de impaciencia, y Tadeo prosiguió así:</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues vamos! Cuando se vió la bandera en la<span class="pagenum" id="Page_256">[Pg 256]</span> montaña, como él no
-había vuelto&mdash;lo que, dicho sea con licencia, caballeros, nadie lo
-extrañaba&mdash;, se disparó el cañonazo de señal y me encargaron a mí que
-llevase los diez negros al sitio señalado para el suplicio, que se
-llamaba la <i>Boca Grande del Diablo</i>, a distancia del campamento
-como de... en fin, ¿qué hace al caso? Cuando llegamos allí, claro
-está que no era para darles suelta; con que los mandé atar, y estaba
-arreglando el piquete, cuando vean ustedes aquí que me encuentro con el
-negrazo saliendo del bosque. Me quedé pasmado, y él, acercándose sin
-aliento, me dijo: “Buenos días, Tadeo; a tiempo llego.” No, señores;
-no dijo nada de eso, sino que corrió a desatar a sus compatriotas. Yo
-allí me estaba, atónito, sin saber qué hacer ni qué decir. Entonces
-empezó una lucha de generosidad entre él y los negros, ¡que ojalá
-hubiera durado un poco más! No importa; sí, yo tengo la culpa de que
-concluyera tan pronto. Luego se puso él en lugar de los negros, y en
-aquel momento llegó su perrazo, ¡pobre <i>Rask</i>!, y se me abalanzó
-al pescuezo; ¿por qué no se aguantaría un poco más, mi capitán? Pero
-Pierrot hizo una seña y el pobre perro soltó presa, aunque Bug-Jargal
-no pudo impedir que se fuera a echar a sus pies. Entonces, mi capitán,
-yo le creía a usted muerto... y estaba furioso... y mandé...</p>
-
-<p>El sargento alargó el brazo, miró al capitán y no supo proferir la
-fatal palabra.</p>
-
-<p>&mdash;Cayó Bug-Jargal y una bala le quebró la pata al perro... Desde
-entonces acá, caballeros&mdash;y<span class="pagenum" id="Page_257">[Pg 257]</span> meneaba el sargento con dolor la cabeza&mdash;,
-está cojo. Oí luego quejidos entre las matas vecinas, y cuando acudí
-le encontré a usted, mi capitán, ¡que había caído herido cuando se
-apresuraba por llegar a salvar al negro! ¡Sí, mi capitán; usted gemía,
-pero era por él! ¡Bug-Jargal había muerto! A usted, mi capitán, le
-llevamos al campamento, y su herida fué menos grave, porque curó
-gracias al cariñoso cuidado de la señorita María.</p>
-
-<p>Calló el sargento, y D’Auverney repitió en voz solemne y afligida:</p>
-
-<p>&mdash;¡Bug-Jargal había muerto!</p>
-
-<p>Tadeo inclinó la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;dijo&mdash;. ¡Me había perdonado la vida, y yo fuí quien le maté!</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_258">[Pg 258]</span></p>
-
-<h3 class="nobreak" id="NOTA">NOTA</h3>
-</div>
-
-
-<p>Como los lectores tienen, por lo general, costumbre de exigir
-explicaciones terminantes sobre el paradero de cuantos personajes
-han salido a la palestra con el intento de despertar su interés, nos
-hemos dedicado, a fin de satisfacer su loable deseo, a las más activas
-pesquisas acerca de la suerte que cupo al capitán Leopoldo d’Auverney,
-a su sargento y a su perro. Quizá recordará el lector que su profunda
-tristeza dimanaba de dos causas: la muerte de Bug-Jargal, alias
-Pierrot, y la pérdida de su adorada María, quien no logró escapar de
-las llamas en el castillo de Galifet sino para perecer en breve en el
-primer incendio de la ciudad del Cabo. Por lo que al capitán toca, he
-aquí cuanto hemos averiguado:</p>
-
-<p>Al próximo día de una gran batalla, ganada por los soldados de
-la república francesa contra el ejército europeo, se hallaba en
-su alojamiento el general de división M..., comandante en jefe,
-redactando a solas en su tienda, y con arreglo a los apuntes de la
-plana mayor, el parte que debía dirigirse a la Convención nacional
-acerca de la victoria de la víspera. Un ayudante entró a decirle<span class="pagenum" id="Page_259">[Pg 259]</span> que
-el representante del pueblo, en comisión cerca de él, pedía luego
-hablarle. Aborrecía el general a esta especie de embajadores de gorro
-colorado, enviados por la Montaña a los campamentos para degradarlos y
-diezmarlos, hambrientos delatores a quienes encargaban los verdugos el
-servir de espías contra la gloria. Hubiera, sin embargo, sido peligroso
-negarse a recibir sus visitas, y hubiéralo sido más aún después de
-un triunfo, porque el ídolo sangriento de aquella época prefería las
-víctimas ilustres, y los sacrificadores de la plaza de la Revolución se
-llenaban de júbilo cuando lograban de un golpe solo echar a tierra una
-cabeza y una corona, ya fuese de espinas, como la de Luis XVI, ya de
-flores, como la de las doncellas de Verdun; ya, por fin, de laureles,
-como las de Andrés Chenier o Custines. Mandó, pues, el general que
-entrase sin demora el representante.</p>
-
-<p>Después de algunas enhorabuenas, ambiguas y llenas de cortapisas,
-sobre la victoria reciente de las armas republicanas, acercándose el
-representante al general, le dijo a media voz:</p>
-
-<p>&mdash;Pero no es eso todo, ciudadano general: no basta vencer a los
-enemigos de afuera, sino que es también preciso exterminar a los
-enemigos domésticos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué queréis decir, ciudadano representante?&mdash;respondió el general,
-sorprendido.</p>
-
-<p>&mdash;Hay en vuestro ejército&mdash;prosiguió con misterio el comisionado de la
-Convención&mdash;un capitán<span class="pagenum" id="Page_260">[Pg 260]</span> llamado Leopoldo d’Auverney, que sirve en el
-regimiento número 32. ¿Le conocéis, acaso?</p>
-
-<p>&mdash;Y tanto&mdash;replicó el general&mdash;. Ahora mismo estaba leyendo el parte
-del coronel sobre ese mismo sujeto. El regimiento número 32 tenía un
-excelente capitán.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo es eso, ciudadano general!&mdash;-dijo el representante del pueblo
-con altivez&mdash;. ¿Por ventura, le habéis dado algún ascenso?</p>
-
-<p>&mdash;No negaré, ciudadano representante, que tales eran mis intenciones...</p>
-
-<p>En esto, el comisionado interrumpió con enojo al general.</p>
-
-<p>&mdash;La victoria os ciega, general M... Tened cuidado con lo que hacéis
-y con lo que digáis. Si fomentáis en vuestro seno a las serpientes
-enemigas del pueblo, no extrañéis que el pueblo os aniquile al
-exterminarlas. Este Leopoldo d’Auverney es un aristócrata, un
-contrarrevolucionario, un realista, un moderado, un girondino. La
-vindicta pública le reclama, y hay que entregarle entre mis manos sin
-tardanza.</p>
-
-<p>El general respondió con frialdad:</p>
-
-<p>&mdash;No puede ser.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que no puede ser?&mdash;repuso el comisionado, cuya ira se acrecentaba&mdash;.
-¿Ignoráis, general M..., que aquí no existen otras facultades
-ilimitadas sino las mías? ¡La república lo ordena, y vos no podéis!
-Escuchadme: en consideración a la victoria que habéis obtenido, tendré
-la condescendencia de leeros los apuntes que me han entregado<span class="pagenum" id="Page_261">[Pg 261]</span> acerca
-de este tal D’Auverney, y que habré de remitir a manos del fiscal
-público a la par que el preso. Es un extracto de cierta lista de
-nombres, a la que no querréis obligarme que añada el vuestro. Hela
-aquí: Leopoldo Auverney (ex-<em>de</em>), capitán en el regimiento número
-32, está convicto: <em>Primo</em>, de haber contado en un conciliábulo de
-conspiradores cierta fingida historia contrarrevolucionaria, encaminada
-a poner en ridículo los principios de igualdad y libertad y a ensalzar
-las añejas supersticiones intituladas <em>trono</em> y <em>religión</em>;
-<em>secundo</em>, de haberse valido, para caracterizar diversos sucesos
-memorables, y entre ellos la emancipación de los <em>ex negros</em>
-de Santo Domingo, de voces que desaprueba todo buen descamisado;
-<em>tertio</em>, de haber empleado siempre en el hilo de su discurso la
-palabra <em>señores</em>, y nunca la de <em>ciudadanos</em>; <em>quarto</em>,
-de haber, por fin, con dicha relación conspirado abiertamente para
-subvertir la república, a favor de la facción de los girondinos y los
-brisotistas. Por tales crímenes antipatrióticos merece la muerte.
-Ahora bien: ¿qué tenéis que decir a esto, general? ¿Protegeréis aún al
-traidor? ¿Titubearéis aún en entregar a este enemigo de la nación para
-que sufra la pena merecida?</p>
-
-<p>&mdash;Este enemigo de la nación&mdash;replicó el general con dignidad&mdash;se ha
-sacrificado por ella&mdash;. A esos apuntes que me habéis leído contestaré
-con otros muy diferentes; escuchadme ahora a vuestro turno: Leopoldo
-d’Auverney, capitán del regimiento<span class="pagenum" id="Page_262">[Pg 262]</span> número 32, ha decidido la nueva
-victoria conseguida por nuestras armas. Los enemigos, coligados,
-tenían establecido un reducto formidable, que era preciso tomar, por
-ser la llave de la posición de donde pendía el éxito de la batalla.
-La muerte del primer valiente que fuera al asalto era cosa segura: el
-capitán D’Auverney se ha sacrificado. Tomó el reducto, conseguimos la
-victoria y él murió en la empresa; se han encontrado muertos también,
-a sus pies, al sargento Tadeo, del mismo regimiento, y a un perro.
-Por lo tanto, propongo a la Convención nacional que se sirva declarar
-benemérito de la patria al capitán Leopoldo d’Auverney. Ya veis,
-representante&mdash;añadió el general con calma&mdash;, la gran diferencia de
-nuestros cargos. Cada cual enviamos una lista a la Convención, y el
-mismo nombre se encuentra en ambas. Pero vos le proclamáis por traidor
-y yo por héroe; vos le consignáis a la ignominia; yo, a la gloria; vos
-le erigís un cadalso; yo, un trofeo; a cada cual su oficio. ¡Fortuna,
-sin embargo, que este valiente ha sabido escapar del suplicio que le
-teníais preparado, pereciendo en el campo de batalla! A Dios gracias,
-murió la víctima que deseabais inmolar sin querer aguardaros.</p>
-
-<p>El representante, furioso al ver desvanecerse su conspiración con el
-conspirador, prorrumpió entre dientes:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ha muerto! ¡Qué lástima!</p>
-
-<p>El general lo oyó, y repuso indignado:</p>
-
-<p>&mdash;Aún os queda un arbitrio, ciudadano representante<span class="pagenum" id="Page_263">[Pg 263]</span> del pueblo.
-Id y buscad entre los escombros del reducto el cuerpo del capitán
-D’Auverney. ¡Quién sabe! ¡Quizá las balas de los cañones enemigos
-habrán dejado intacta para la guillotina nacional la cabeza del cadáver!</p>
-
-<p class="right">
-(Escrito en 1826.)<br />
-</p>
-
-
-<p class="center p4">FIN</p>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_265">[Pg 265]</span></p>
-
-<h2 class="nobreak" id="INDICE">INDICE</h2>
-</div>
-
-
-<table class="autotable">
-<tr>
-<th colspan="2" class="tdr page">
-<i>Págs.</i>
-</th>
-</tr>
-<tr>
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-<a href="#PRIMERA_EDICION"><span class="smcap">Primera edicion</span> (enero de 1826)</a>
-</td>
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-<tr>
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-<td class="tdr page">
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-</td>
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-<tr>
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-</tr>
-<tr>
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-</tr>
-<tr>
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-<tr>
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-<tr>
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-</tr>
-<tr>
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-</td>
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-</td>
-</tr>
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#NOTA"><span class="smcap">Nota</span></a>
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-</td>
-</tr>
-</table>
-<p><span class="pagenum" id="Page_267">[Pg 267]</span></p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter bbox">
-<p class="center p0 p2"><span class="figcenter" id="img002">
- <img src="images/001.jpg" class="w10" alt="COLECCION UNIVERSAL" />
-</span></p>
-<h2 class="nobreak" id="COLECCION_UNIVERSAL">COLECCIÓN UNIVERSAL</h2>
-
-
-<p class="center big"><strong>OBRAS PUBLICADAS</strong></p>
-
-<p class="center"><strong>(Julio de 1919 a enero de 1920.)</strong></p>
-
-
-<div class="blockquot">
-
-<p>N.° 1, 2, 3 y 4.&mdash;<b>Poema del Cid.</b> Texto y traducción por Alfonso
-Reyes.&mdash;<b>1,20 ptas.</b></p>
-
-<p>N.° 5 y 6.&mdash;<span class="smcap">Lope de Vega</span>: <b>Fuente Ovejuna</b>. Comedia.
-Edición revisada por Américo Castro.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 7.&mdash;<span class="smcap">Kant</span>: <b>La paz perpetua</b>. Ensayo filosófico.
-Traducción del alemán por F. Rivera Pastor.&mdash;<b>30 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 8, 9 y 10.&mdash;<span class="smcap">O. Goldsmith</span>: <b>El Vicario de Wakefield</b>.
-Novela. Traducción del inglés por Felipe Villaverde.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 11, 12 y 13.&mdash;<span class="smcap">La Rochefoucauld</span>: <b>Memorias</b>.
-Traducción del francés por Cipriano de Rivas Cherif.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 14 y 15.&mdash;<span class="smcap">J. Ortega Munilla</span>, de la Real Academia
-Española: <b>Relaciones contemporáneas</b>. Novelas breves.&mdash;<b>60
-cts.</b></p>
-
-<p>N.° 16.&mdash;<span class="smcap">P. Mérimée</span>: <b>Doble error</b>. Novela. Traducción
-del francés por A. Sánchez Rivero.&mdash;<b>30 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 17, 18, 19 y 20.&mdash;<span class="smcap">Stendhal</span>: <b>Rojo y negro</b>. Novela.
-Tomo I. Traducción del francés por Enrique de Mesa.&mdash;<b>1,20 ptas.</b></p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_268">[Pg 268]</span></p>
-
-<p>N.° 21, 22, 23 y 24&mdash;<span class="smcap">Stendhal</span>: <b>Rojo y negro</b>. Novela.
-Tomo II. Traducción del francés por Enrique de Mesa.&mdash;<b>1,20 ptas.</b></p>
-
-<p>N.° 25 y 26.&mdash;<span class="smcap">Goethe</span>: <b>Las cuitas de Werther</b>.
-Novela. Traducción del alemán por José Mor de Fuentes, revisada y
-corregida.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 27.&mdash;<span class="smcap">Antonio Machado</span>: <b>Soledades, Galerías y otros
-poemas</b>. Segunda edición.&mdash;<b>30 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 28 y 29.&mdash;<span class="smcap">Cervantes</span>: <b>Novelas ejemplares</b>. Tomo I.
-“La Gitanilla” y “El amante liberal”.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 31, 32 y 33.&mdash;<span class="smcap">L. Andreiev</span>: <b>Sachka Yegulev</b>. Novela.
-Traducción del ruso por N. Tasin.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 34 y 35.&mdash;<span class="smcap">C. Castello-Branco</span>: <b>Dos novelas del
-Miño</b>. Traducción del portugués por P. Blanco Suárez.&mdash;<b>60
-cts.</b></p>
-
-<p>N.° 36 y 37.&mdash;<span class="smcap">Ciceron</span>: <b>Cuestiones académicas</b>.
-Traducción del latín por A. Millares.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 38, 39 y 40.&mdash;<span class="smcap">Villalon</span>: <b>Viaje de Turquía</b>. Edición
-de A. G. Solalinde. Tomo I.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 41, 42 y 43.&mdash;<span class="smcap">Villalon</span>: <b>Viaje de Turquía</b>. Tomo II.
-Edición de A. G. Solalinde.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 44 y 45.&mdash;<span class="smcap">Vladimiro Korolenko</span>: <b>El día del juicio</b>.
-Traducción del ruso por N. Tasin.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 46 y 47.&mdash;<span class="smcap">Serafín Estebanez Calderón “El Solitario”</span>:
-<b>Novelas y cuentos</b>.&mdash;<b>60 céntimos.</b></p>
-
-<p>N.° 48.&mdash;<span class="smcap">Leibnitz</span>: <b>Opúsculos filosóficos</b>. Traducción
-por Manuel G. Morente.&mdash;<b>30 cts.</b></p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_269">[Pg 269]</span></p>
-
-<p>N.° 49, 50 y 51.&mdash;<span class="smcap">Plutarco</span>: <b>Vidas paralelas</b>. Tomo
-I. Traducción del griego por Antonio Ranz Romanillos, revisada y
-corregida.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 52, 53 y 54.&mdash;<span class="smcap">Abate Prevost</span>: <b>Manon Lescaut</b>.
-Novela. Traducción del francés por Enrique de Mesa.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 55 y 56.&mdash;<span class="smcap">Ruiz de Alarcon</span>: <b>Los pechos
-privilegiados</b>. Comedia. Edición cuidada por Alfonso Reyes.&mdash;<b>60
-cts.</b></p>
-
-<p>N.° 57.&mdash;<span class="smcap">Velez de Guevara</span>: <b>El Diablo Cojuelo</b>.
-Novela.&mdash;<b>30 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 58, 59 y 60.&mdash;<span class="smcap">George Eliot</span>: <b>Silas Marner</b>. Novela.
-Traducción del inglés por Isabel de Oyarzábal.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 61 y 62.&mdash;<span class="smcap">Alejandro Kuprin</span>: <b>El Dios implacable</b>.
-Novelas. Traducción del ruso por N. Tasin.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 63, 64 y 65.&mdash;<span class="smcap">Trindade Coelho</span>: <b>Mis amores</b>.
-Cuentos. Traducción del portugués por P. Blanco Suárez.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 66, 67 y 68.&mdash;<span class="smcap">Madame de Stael</span>: <b>Diez años de
-destierro</b>. Memorias. Traducción del francés por M. Azaña.&mdash;<b>90
-cts.</b></p>
-
-<p>N.° 69 y 70.&mdash;<span class="smcap">Tirso de Molina</span>: <b>El condenado por
-desconfiado</b>. Comedia. Edición de Américo Castro.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 71.&mdash;<span class="smcap">Kant</span>: <b>Lo bello y lo sublime</b>. Ensayos
-críticos. Traducción del alemán por A. Sánchez Rivero.&mdash;<b>30 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 72 y 73.&mdash;<span class="smcap">Alfredo de Musset</span>: <b>Cuentos</b>. Tomo I.
-Traducción del francés por L. Fernández Ardavín.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 74 y 75.&mdash;<span class="smcap">Leopoldo Alas (Clarin)</span>: <b>El señor y lo demás
-son cuentos</b>.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 76 y 77.&mdash;<span class="smcap">L. Sterne</span>: <b>Viaje sentimental</b>.<span class="pagenum" id="Page_270">[Pg 270]</span>
-Traducción del inglés, por Alfonso Reyes.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 78, 79 y 80.&mdash;<span class="smcap">C. Julio Cesar</span>: <b>Comentarios de la guerra
-de las Galias</b>. Traducción del latín, por D. J. Goya y Muniain,
-revisada y corregida.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 81 y 82.&mdash;<span class="smcap">A. Chejov</span>: <b>La sala número seis</b>. Cuentos.
-Traducción del ruso por N. Tasin.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 83 y 84.&mdash;<span class="smcap">Garcilaso de la Vega</span>: <b>Poesías</b>.&mdash;<b>60
-cts.</b></p>
-
-<p>N.° 85.&mdash;<span class="smcap">C. Cornelio Tacito</span>: <b>La Germania</b>. Traducción
-del latín por D. Alamos Barrientes, revisada y corregida.&mdash;<b>Diálogo
-de los oradores.</b> Traducción del latín por D. C. Sixto y D. J.
-Ezquerra, revisada y corregida.&mdash;<b>30 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 86, 87 y 88.&mdash;<span class="smcap">E. About</span>: <b>El rey de las montañas</b>.
-Novela. Traducción del francés por A. Sánchez Rivero.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 89 y 90.&mdash;<span class="smcap">A. Caron de Beaumarchais</span>: <b>El barbero de
-Sevilla</b>. Comedia. Traducción del francés por J. I. Alberti y E.
-López Alarcón.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 91, 92 y 93.&mdash;<span class="smcap">J. Sandeau</span>: <b>La señorita de la
-Seiglière</b>. Novela. Traducción del francés por Pedro Vances.&mdash;<b>90
-cts.</b></p>
-
-<p>N.° 94 y 95.&mdash;<span class="smcap">Cervantes</span>: <b>Novelas ejemplares</b>. Tomo
-II. “La española inglesa”, “Rinconete y Cortadillo”, “Licenciado
-Vidriera”.&mdash;<b>60 céntimos.</b></p>
-
-<p>N.° 96 y 97.&mdash;<span class="smcap">A. de Lamartine</span>: <b>Graziella</b>. Novela.
-Traducción del francés por Juan José Llovet.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 98, 99 y 100.&mdash;<span class="smcap">M. d’Azeglio</span>: <b>Mis recuerdos</b>.
-Tomo I. Memorias. Traducción del italiano por E. de Echauri.&mdash;<b>90
-cts.</b></p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_271">[Pg 271]</span></p>
-
-<p>N.° 101, 102 y 103.&mdash;<span class="smcap">M. d’Azeglio</span>: <b>Mis recuerdos</b>.
-Tomo II. Memorias. Traducción del italiano por E. de Echauri.&mdash;<b>90
-cts.</b></p>
-
-<p>N.° 104 y 105.&mdash;<span class="smcap">L. Andreiev</span>: <b>Los espectros</b>. Novelas
-breves. Traducción del ruso por N. Tasin.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 106, 107 y 108.&mdash;<span class="smcap">Dante Alighieri</span>: <b>El Convivio</b>.
-Traducción del italiano por Cipriano Rivas Cherif.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 109.&mdash;<span class="smcap">Francisco Herczeg</span>: <b>Las hermanas Gyurkovics</b>.
-Historia familiar. Traducción del húngaro por Andrés Révész.&mdash;<b>30
-cts.</b></p>
-
-<p>N.° 110, 111, 112 y 113.&mdash;<span class="smcap">Jane Austen</span>: <b>Persuasión</b>.
-Novela. Traducción del inglés por M. Ortega Gasset.&mdash;<b>1,20 ptas.</b></p>
-
-<p>N.° 114 y 115.&mdash;<span class="smcap">G. Flaubert</span>: <b>Tres cuentos</b>. Traducción
-del francés por Luis Bello.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 116, 117 y 118.&mdash;<span class="smcap">A. Caron de Beaumarchais</span>: <b>El
-casamiento de Fígaro</b>. Comedia. Traducción del francés por E. López
-Alarcón.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 119 y 120.&mdash;<span class="smcap">Fenelon</span>: <b>La educación de las niñas</b>.
-Traducción del francés por María Luisa Navarro de Luzuriaga.&mdash;<b>60
-cts.</b></p>
-
-<p>N.° 121 y 122.&mdash;<span class="smcap">Máximo Gorki</span>: <b>Varenka Olesova</b>. Novela.
-Traducción del ruso por N. Tasin.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 123, 124 y 125.&mdash;<span class="smcap">M. d’Azeglio</span>: <b>Mis recuerdos</b>.
-Tomo III y último. Memorias. Traducción del italiano por E. de
-Echauri.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 126 y 127.&mdash;<span class="smcap">Agustín Moreto</span>: <b>El lindo don Diego</b>.
-Comedia.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 128.&mdash;<span class="smcap">Robert Filmer</span>: <b>Patriarcha o El poder natural de
-los Reyes</b>. Tratado político.<span class="pagenum" id="Page_272">[Pg 272]</span> Traducción del inglés por Pablo de
-Azcárate.&mdash;<b>30 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 129 y 130.&mdash;<span class="smcap">Plutarco</span>: <b>Vidas paralelas</b>. Tomo
-II. Traducción del griego por Antonio Ranz Romanillos, revisada y
-corregida.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 131, 132 y 133.&mdash;<span class="smcap">Carlos Nodier</span>: <b>El hada de las
-migajas</b>. Cuento fantástico. Traducción del francés por Pedro
-Vances.&mdash;<b>90 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 134, 135, 136 y 137.&mdash;<span class="smcap">Giovanni Verga</span>: <b>Los
-Malasangre</b>. Novela. Traducción del italiano por Cipriano Rivas
-Cherif.&mdash;<b>1,20 pesetas.</b></p>
-
-<p>N.° 138 y 139.&mdash;<span class="smcap">Cervantes</span>: <b>Novelas ejemplares</b>. Tomo
-III. “La fuerza de la sangre”, “El celoso extremeño” y “La ilustre
-fregona”.&mdash;<b>60 cts.</b></p>
-
-<p>N.° 140.&mdash;<span class="smcap">Tomas Arnold</span>: <b>Ensayos sobre Educación</b>.
-Traducción del inglés por Lorenzo Luzuriaga.&mdash;<b>30 cts.</b><br /></p>
-</div>
-
-</div>
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-<div class="chapter transnote">
-<h2 class="nobreak" id="Notas">Notas</h2>
-
-
-<p>Se corrigieron errores obvios de puntuación y la ortografía. Se
-mantuvieron algunas palabras con o sin acentos como en el texto
-original cuando no se redujo la comprensión. (Obvious errors in
-punctuation and spelling were fixed. Some improperly accented words
-were left as in the original text when it did not impact comprehension.)</p>
-</div>
-
-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>BUG-JARGAL</span> ***</div>
-<div style='text-align:left'>
-
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-Updated editions will replace the previous one&#8212;the old editions will
-be renamed.
-</div>
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-</div>
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-</div>
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-</div>
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-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg&#8482;&#8217;s
-goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg&#8482; and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
-visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Most people start at our website which has the main PG search
-facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This website includes information about Project Gutenberg&#8482;,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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