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diff --git a/75739-0.txt b/75739-0.txt new file mode 100644 index 0000000..33d6921 --- /dev/null +++ b/75739-0.txt @@ -0,0 +1,34229 @@ + +*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75739 *** + + + + NOTAS DEL TRANSCRIPTOR + + +En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está encerrado +entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en negritas está marcado +=así= y el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS. + +El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en +general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española +cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector +interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la +Real Academia Española. + +En el siglo XIX, fecha en que se tradujo la presente obra, era una +costumbre muy habitual la utilización de los pronombres enclíticos. +Los pronombres enclíticos son los pronombres personales que aparecen +pospuestos cuando se adjuntan al verbo. En el español actual se +adjuntan sólo a los infinitivos, a los gerundios y a los imperativos +afirmativos. Durante la transcripción de esta obra se respetó la +utilización de los pronombres enclíticos independientemente del modo +verbal, salvo en el caso del pretérito indefinido, modo indicativo, del +verbo "ir" (fue). Se prefirió cambiar "fuese" en este modo verbal por +"se fue" porque "fuese" también es la forma de los verbos "ir" y "ser" +en pretérito, modo subjuntivo, y se consideró que esa circunstancia, +producto de una costumbre no fundada en el uso correcto de la lengua, +podría llegar a generar alguna confusión en la interpretación correcta +del texto. + +Se ha respetado el tilde en las palabras llanas generadas por el uso +de pronombres enclíticos ya que cuando la obra fue publicada dicha +acentuación era correcta según las reglas de la lengua. + +En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas +acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el +acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está +en mayúsculas. + +El traductor ha traducido "sous" (vigésima parte de un franco) del +francés a "sueldo", lo cual es correcto, ya que "sueldo", además de +"salario", en español se refiere a moneda, de distinto valor según los +tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva. + +El Índice y la lista de ilustraciones han sido reubicados al +principio de la obra. + +La lista de las ilustraciones contenidas en la edición impresa de +la obra no coincide con las ilustraciones incluidas en las imágenes +que fueron utilizadas para generar el texto de la presente versión +electrónica. En las ilustraciones incluidas con estas imágenes, en el +frontispicio hay un retrato del autor, que no está listado; mientras +que lo que figura como cubierta en la página 3 de dicha lista +posiblemente sea la cubierta original de la edición impresa. + +Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores +tipográficos y de ortografía. + +La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el +transcriptor y se concede al dominio público. + +El transcriptor quiere expresar su agradecimento a quienes, con sus +opiniones en el foro del proyecto, ayudaron a aclarar algunos puntos +importantes. + + + * * * * * + + + + + LOS MISERABLES + + + [Ilustración: =Víctor Hugo=] + + + [Ilustración: =LOS MISERABLES Por Víctor Hugo=] + + + LOS MISERABLES + + POR + VÍCTOR HUGO + + _Edición adornada con láminas al cromo y + grabados intercalados en el texto_ + + + VERSIÓN ESPAÑOLA + DE + J. A. R. + + TOMO I + + BARCELONA + Casa Editorial «MAUCCI» + 296, CONSEJO DE CIENTO, 296 + 1897 + + + + + ÍNDICE DE LO QUE CONTIENE ESTE PRIMER TOMO + + + PRIMERA PARTE + FANTINA + + LIBRO PRIMERO.--UN JUSTO + + Pág. + + I El señor Myriel 5 + + II El señor Myriel vuélvese monseñor Bienvenido 8 + + III Á buen obispo, mal obispado 12 + + IV Obras como palabras 14 + + V De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado + tiempo sus sotanas 20 + + VI Por quien hacía Su Ilustrísima guardar su casa 22 + + VII Cravatte 27 + + VIII Filosofía después de beber 30 + + IX El hermano explicado por la hermana 33 + + X El obispo en presencia de una luz desconocida 36 + + XI Una restricción 46 + + XII Aislamiento de monseñor Bienvenido 49 + + XIII Sus creencias 52 + + XIV Lo que él pensaba 55 + + + LIBRO SEGUNDO.--LA CAÍDA + + I La tarde de un día de marcha 57 + + II La prudencia aconseja á la sabiduría 67 + + III Heroísmo de la obediencia pasiva 71 + + IV Detalles acerca de las queserías de Pontarlier 75 + + V Calma 78 + + VI Juan Valjean 79 + + VII La desesperación por dentro 83 + + VIII Ola y sombra 89 + + IX Nuevos agravios 91 + + X El hombre desvelado 92 + + XI Lo que hacía 94 + + XII El obispo trabaja 97 + + XIII Gervasillo 100 + + + LIBRO TERCERO.--EN EL AÑO 1817 + + I El año 1817 107 + + II Doble cuarteto 112 + + III Cuatro y cuarto 115 + + IV Tholomyés está tan alegre, que canta una canción + española 118 + + V En casa de Bombarda 120 + + VI Capítulo de amor 122 + + VII Sabiduría de Tholomyés 124 + + VIII Muerte de un caballo 128 + + XI Gracioso fin de la alegría 130 + + + LIBRO CUARTO--CONFIAR ES CASI SIEMPRE ABANDONARSE + + I Una madre que se encuentra con otra 133 + + II Primer esbozo de dos figuras sombrías 140 + + III La alondra 141 + + + LIBRO QUINTO.--DESCENSO + + I Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios + negros 144 + + + II Magdalena 145 + + III Sumas depositadas en casa Laffitte 148 + + IV El señor Magdalena de luto 150 + + V Vagos relámpagos en el horizonte 152 + + VI Fauchelevent 156 + + VII Fauchelevent, jardinero en París 158 + + VIII La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad 159 + + IX Triunfo de la señora Victurnien 162 + + X Prosigue el triunfo 164 + + XI Christus nos liberavit 168 + + XII La ociosidad del señor Bomatabois 169 + + XIII Solución de algunas cuestiones de policía municipal 171 + + + LIBRO SEXTO.--JAVERT + + I Principio del reposo 178 + + II De cómo Juan puede llegar á ser champ 181 + + + LIBRO SÉPTIMO.--LA CAUSA CHAMPMATHIEU + + I Sor Simplicia 189 + + II Perspicacia de Maese Scaufflaire 191 + + III Una tempestad bajo un cráneo 195 + + IV Formas que toma el sufrimiento durante el sueño 210 + + V Los rayos de las ruedas 213 + + VI Sor Simplicia puesta á prueba 222 + + VII El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse 228 + + VIII Entrada de favor 231 + + IX Lugar en el cual van formándose las convicciones 234 + + X El sistema de negativas 239 + + XI Champmathieu más y más asombrado 245 + + + LIBRO OCTAVO.--RETROCESO + + I En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos 249 + + II Fantina dichosa 251 + + III Javert contento 254 + + IV La autoridad recobra sus derechos 257 + + V Tumba apropiada 260 + + + SEGUNDA PARTE + COSETTE + + LIBRO PRIMERO.--WATERLOO + + I Lo que se encuentra viniendo de Nivelles 265 + + II Hougomont 266 + + III El 18 de junio de 1815 272 + + IV A 274 + + V El quid obscurum de las batallas 275 + + VI Cuatro horas después del medio día 278 + + VII Napoleón de buen humor 280 + + VIII El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste 285 + + IX Lo inesperado 287 + + X La meseta de Mont-Saint Jean 290 + + XI Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow 294 + + XII La guardia 295 + + XIII La catástrofe 296 + + XIV El último cuadro 298 + + XV Cambronne 299 + + XVI ¿Quot libras induce? 301 + + XVII ¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo? 305 + + XVIII Recrudescencia del derecho divino 306 + + XIX El campo de batalla por la noche 308 + + + LIBRO SEGUNDO.--EL NAVÍO ORIÓN + + I El número 24601 se trueca en el 9430 313 + + II Donde se leerán dos versos que son tal vez del diablo 316 + + III De por fuerza la cadena del grillete debía haber sufrido + alguna operación preparatoria para romperse de un solo + martillazo 319 + + + LIBRO TERCERO.--CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA + + I La cuestión del agua en Montfermeil 326 + + II Dos retratos completados 329 + + III Los hombres necesitan vino, los caballos agua 333 + + IV Entrada en escena de una muñeca 335 + + V La chiquilla sola 336 + + VI Donde tal vez se pruebe la inteligencia de Boulatruelle 340 + + VII Cosette en la sombra junto al desconocido 344 + + VIII Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez + sea un rico 347 + + IX Thénardier maniobrando 361 + + X Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor 367 + + XI Reaparece el número 9430 y Cosette lo gana á + la lotería 371 + + + LIBRO CUARTO.--LA CASUCHA DE GORBEAU + + I Maese Gorbeau 372 + + II Nido para búho y curruca 377 + + III Dos desgracias mezcladas producen la felicidad 378 + + IV Lo que observó la inquilina principal 381 + + V Una moneda de cinco francos que cae al suelo + hace ruido 383 + + + LIBRO QUINTO.--Á CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA + + I Las sinuosidades de la estrategia 386 + + II Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz + pasen carruajes 388 + + III Véase el plano de París en 1727 390 + + IV Tentativas de evasión 392 + + V Lo que sería imposible con el alumbrado por gas 394 + + VI Principio de un enigma 397 + + VII Continuación del enigma 399 + + VIII Auméntase el enigma 400 + + IX El hambre del cascabel 402 + + X Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente 405 + + + LIBRO SEXTO.--EL PEQUEÑO-PICPUS + + I Callejuela de Picpus, núm. 62 412 + + II La obediencia de Martín Verga 414 + + III Severidades 420 + + IV Alegrías 421 + + V Distracciones 424 + + VI El convento pequeño 428 + + VII Algunas siluetas en aquella sombra 430 + + VIII Post corda lapides 431 + + IX Un siglo bajo una toca 433 + + X Origen de la adoración perpetua 434 + + XI Fin del pequeño Picpus 436 + + + LIBRO SÉPTIMO.--PARÉNTESIS + + I El convento: idea abstracta 437 + + II El convento: hecho histórico 438 + + III Con qué condición puede respetarse lo pasado 440 + + IV El convento bajo el punto de vista de los principios 442 + + V La oración 443 + + VI Bondad absoluta de la oración 444 + + VII Precauciones indispensables para condenar 446 + + VIII Fe, ley 446 + + + LIBRO OCTAVO.--LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA + + I Donde se trata de la manera de entrar en un convento 448 + + II Fauchelevent ante la dificultad 454 + + III La madre Inocente 456 + + IV Donde parece que Juan Valjean había leído á + Agustín Castillejo 464 + + V No basta ser borracho para ser inmortal 469 + + VI Entre cuatro tablas 474 + + VII Donde se verá el origen de la frase: + no pierdas el billete 475 + + VIII Interrogatorio feliz 482 + + IX Clausura 484 + + + TERCERA PARTE + MARIO + + LIBRO PRIMERO.--PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO + + I Parvulus 490 + + II Algunas de sus señas particulares 491 + + III Es divertido 492 + + IV Puede ser útil 492 + + V Sus fronteras 493 + + VI Un poco de historia 495 + + VII El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de + la lucha 496 + + VIII Donde se leerá una buena frase del último rey 498 + + IX El antiguo espíritu de los galos 499 + + X Ecce París, ecce homo 499 + + XI Reir es reinar 502 + + XII El latente porvenir del pueblo 503 + + XIII El niño Gavroche 504 + + + LIBRO SEGUNDO.--EL NOBLE BURGUÉS + + I Noventa años, y treinta y dos dientes 506 + + II Á tal amo, tal casa 508 + + III Lucas Espíritu 509 + + IV Aspirante á centenario 509 + + V Vasco y Nicolasita 510 + + VI Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos 511 + + VII Regla: no recibir á nadie más que de noche 513 + + VIII Las dos no hacen pareja 513 + + + LIBRO TERCERO.--EL ABUELO Y EL NIETO + + I Una tertulia antigua 515 + + II Uno de los espectros rojos de aquel tiempo 518 + + III Requiescant 523 + + IV Fin del bandido 529 + + V Utilidad de ir á misa para hacerse revolucionario 532 + + VI Consecuencias de haber encontrado á un capillero 533 + + VII Algún amorcillo 538 + + VIII Mármol contra granito 542 + + + LIBRO CUARTO.--LOS AMIGOS DEL A B C + + I Un grupo que le ha faltado poco para llegar á + ser histórico 546 + + II Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet 557 + + III Admiraciones de Mario 559 + + IV La sala interior del café Musain 561 + + V Dilatación del horizonte 567 + + VI Res augusta 570 + + + LIBRO QUINTO.--EXCELENCIA DE LA DESGRACIA + + I Mario indigente 572 + + II Mario pobre 574 + + III Mario crecido 576 + + IV El señor Mabeuf 580 + + V Pobreza muy próxima á la miseria 583 + + VI El sustituto 585 + + + LIBRO SEXTO.--LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS + + I El apodo; manera de formar nombres de familia 589 + + II Lux facta est 591 + + III Efecto de primavera 593 + + IV Principio de una grande enfermedad 594 + + V Caen varios rayos sobre la tía Bougón 596 + + VI Aprisionado 597 + + VII Aventuras de la letra U dentro de las conjeturas 599 + + VIII Hasta los inválidos pueden ser felices 600 + + IX Eclipse 602 + + + + + PLANTILLA + Para la Colocación de las Láminas del Tomo 1.º + + Pág. + Víctor Hugo frontis. + + Portada 3 + + El obispo bendijo la mesa 74 + + Thénardier robando á los cadáveres, etc. 312 + + Ya me dormía--dijo Juan Valjean 479 + + + + + PREFACIO + + + _Mientras exista, por la fuerza de las leyes y de las + costumbres el peligroso vicio social de crear infiernos + artificiales en plena civilización, complicando con fatalidad + humanas la divinidad del destino; mientras los problemas + del siglo: la degradación del hombre en el proletariado, la + decadencia de la mujer por el hambre y la atrofia del niño + por las tinieblas, no estén resueltos; mientras sea posible + en ciertas regiones, la asfixia social; ó de otra manera, y + hablando en términos más claros: mientras exista sobre la + tierra ignorancia y miseria, pueden no ser inútiles los libros + de la naturaleza presente._ + + _Víctor Hugo._ + +HAUTEVILLE HOUSE, 1862. + + + [Ilustración] + + + + + PRIMERA PARTE + FANTINA + + + + + LIBRO PRIMERO + UN JUSTO + + [Ilustración] + + + I + =El señor Myriel= + +En 1815 el señor Carlos Francisco Bienvenido Myriel estaba de obispo +en D***. Era este un anciano como de setenta y cinco años y ocupaba el +obispado de D*** desde 1806. + +Por más que semejante detalle no tenga nada que ver con el fondo de +lo que nos proponemos relatar, no estará tal vez fuera del caso, aún +cuando no tenga otro objeto que el de ser verdaderos en todo, al +consignar los rumores y murmuraciones que acerca de su personalidad +habían circulado cuando llegó á tomar posesión de su diócesis. Lo +que de los hombres se dice, verdadero ó falso, ocupa generalmente en +su existencia é influye sobre todo en su porvenir, tanto como lo que +hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del parlamento de +Aix; nobleza de toga. Se decía que su padre, deseando que heredara +su cargo, le había casado siendo aún muy joven, esto es, á los diez +y ocho ó veinte años, siguiendo una costumbre muy generalizada entre +las familias de los magistrados. Carlos Myriel, sin embargo de su +matrimonio, había dado bastante que hablar. Á pesar de su corta +estatura, era de presencia gallarda, elegante, graciosa y espiritual; +la primera parte de su vida perteneció por completo al mundo y á la +galantería. + +Sobrevino la Revolución, precipitáronse los acontecimientos, +dispersáronse, diezmadas por la persecución general, las familias de +la antigua magistratura, y el señor Carlos Myriel, desde las primeras +jornadas de la revolución, emigró á Italia. Su esposa, falleció allí, +de una enfermedad de pecho de la que venía padeciendo hacía mucho +tiempo. No tuvieron hijos. ¿Qué aconteció luego en los destinos del +señor Myriel? El derrumbamiento de la antigua sociedad francesa, la +caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, más +horrorosos sin duda para los emigrados que los miraban de lejos con el +agrandamiento del miedo ¿engendraron tal vez en su alma ideas de retiro +y soledad? Entre alguna de las diversas afecciones ó distracciones +que llenaban su vida, ¿se vió herido de súbito por un golpe terrible +y misterioso, de esos que muchas veces aplastan el corazón del hombre +que las catástrofes públicas no conmovería aún cuando atacasen su +existencia ó su fortuna? No podemos decirlo; sólo sabemos que á su +vuelta de Italia era sacerdote. + +En 1804, el señor Myriel ocupaba el curato de B. (Brignoles). Era ya +viejo y vivía completamente retraído. + +Durante la época de la coronación, cierto insignificante asunto de +su ministerio que no podemos precisar, le llevó á París. Entre otras +personas de valimiento á quienes acudió en bien de sus feligreses +contábase el cardenal Fesch. Un día en que el emperador había ido +á visitar á su tío, el digno cura que esperaba en la antecámara se +encontró al paso con Su Majestad; Napoleón, al observar que el buen +anciano le miraba con cierta curiosidad, volvióse y dijo bruscamente: + +--¿Quién es este buen hombre que me mira? + +--Señor,--dijo el señor Myriel;--vos mirando un buen hombre y yo un +grande hombre, podemos ambos aprovecharnos de ello. + +Aquella misma noche pidió el emperador al cardenal el nombre de aquel +cura, y algún tiempo después fué sorprendido el señor Myriel con el +nombramiento de obispo de D***. + +¿Qué había de verdad, por otra parte entre los cuentos que se +inventaban sobre la primera parte de la vida del señor Myriel? Nadie +lo sabía. Pocas eran las familias que habían conocido á la del señor +Myriel antes de la revolución. + +El señor Myriel debía correr la suerte de todo recién llegado á una +pequeña población, donde se encuentran muchas bocas que hablan y muy +pocas cabezas que piensen. Debía correrla, por más que fuése obispo +y por que era obispo. Sin embargo, las murmuraciones con las que iba +mezclado su nombre no pasaban de murmuraciones, es decir: murmullos, +frases, palabras; menos que palabras, _palabrerías_, como diríamos en +el idioma enérgico del Mediodía. + +Sea como fuere, después de nueve años de episcopado y de residencia +en D*** todos los cuentos, objeto de las conversaciones del primer +momento, en que se ocupan las pequeñas poblaciones y la gente pequeña, +habían caído en el olvido más profundo. No había quien se atreviese á +hablar de ello ni quien osase recordarlo siquiera. + +El señor Myriel había ido á D*** en compañía de una buena señora, la +señorita Batistina, hermana suya, la cual contaba diez años menos que +él. + +No tenían ambos más servidores que una criada de la misma edad que la +señorita Batistina, á quien llamaban señora Magloria, la cual, después +de haber sido _el ama del señor cura_, tomó á la sazón el doble título +de camarera de la señorita y ama de gobierno de su ilustrísima. + +Era la señorita Batistina de corta estatura, delgada, pálida +y bondadosa; la encarnación del ideal expresado en la palabra +«respetable» puesto que parece necesario en una mujer para ser +venerable, el haber sido madre. Jamás había sido bonita; no había +sido su existencia otra cosa que una serie no interrumpida de obras +piadosas, la cual había acabado por derramar sobre ella cierta especie +de blancura diáfana; así es que, al envejecer, había adquirido lo que +podríamos llamar hermosura de la bondad. Lo que en su juventud había +sido flaquedad convirtióse con los años en transparencia, al través +de la cual se adivinaba el ángel. Era mejor que una virgen, un alma. +Parecía su persona hecha de sombra; apenas tenía bastante cuerpo para +encerrar un sexo; un poco de materia conteniendo una luz; dos grandes +ojos fijos siempre en la tierra, esto es, un pretexto para que el alma +viviese en ella. + +La señora Magloria era una viejecilla blanca, rellena, sonrosada, +rechoncha, activa, hacendosa y atareada y sofocada siempre, á causa de +su actividad natural al principio, á causa de su asma después. + +Á su llegada, dieron posesión al señor Myriel de su palacio episcopal, +con los honores decretados por el imperio, según los cuales, se coloca +al obispo inmediatamente después de el mariscal. El alcalde y el +presidente le hicieron la primera visita, y él, por su parte, hizo su +visita primera al general y al prefecto. + +Terminada la instalación, esperó la ciudad á apreciar al obispo por sus +obras. + + + + +II + + =El señor Myriel vuélvese Monseñor Bienvenido= + + +El palacio episcopal de D*** estaba situado junto al hospital. + +Era dicho palacio un grandioso y magnífico edificio labrado en piedra +á principios del último siglo, por monseñor Enrique Puget doctor en +teología de la facultad de París y abad de Simore, el cual fué nombrado +obispo de D*** en 1712. Este palacio era una verdadera morada señorial. +Todo era espléndido en él, las habitaciones del obispo, los salones, +las cámaras interiores, el patio de honor extensísimo con sus galerías +de arcos, y según la antigua costumbre florentina, los jardines +plantados de magníficos árboles. + +En la sala comedor, ancha y soberbia galería situada en el piso bajo +con acceso á los jardines, monseñor Enrique Puget dió en 29 de Julio de +1714 un gran banquete de honor á los eminentes señores Carlos Brulart +de Genlis, arzobispo y príncipe de Embrun; Antonio de Mesgrigny, +capuchino, obispo de Grasse; Felipe de Vendôme, gran prior de Francia y +Abad de San Honorato de Lerins; Francisco de Berton de Crillón, obispo +y barón de Vence; César de Sabran de Forcalquier, obispo y señor de +Glandeve, y Juan Soanen, predicador del rey, capellán del Oratorio, +obispo y señor de Senez. + +Los retratos de estos siete reverendos personajes adornaban la sala, al +par de esta fecha memorable «29 DE JULIO DE 1714» grabada en letras de +oro sobre una lápida de mármol blanco. + +El hospital era una pequeña casa baja, reducida á un solo piso, con un +jardín insignificante. + +Á los tres días de su llegada visitó el obispo el hospital. La visita +terminó rogando al director que se sirviese hacerle otra á su vez en su +palacio. + +Dos días después, el director del hospital sostenía con el obispo el +siguiente diálogo: + +--Señor director del hospital, ¿cuántos enfermos tenéis en este +momento?--le preguntó el obispo. + +--Veintiséis, monseñor. + +--Los mismos que yo había contado. + +--Las camas,--repuso el director,--están casi unidas las unas á las +otras. + +--Esto mismo he notado. + +--Las salas, no son más que cuartos, y el aire se renueva difícilmente +en ellas. + +--Esto me parece. + +--Y luego, cuando viene un rayo de sol, es el jardín demasiado pequeño +para los convalescientes. + +--También lo creo así. + +--En tiempos de epidemia, este año hemos tenido el tifus, y hace dos +años tuvimos la fiebre miliar, más de cien enfermos reunidos dan mucho +que hacer. + +--También pensé yo en ello. + +--¡Cómo ha de ser, monseñor!--exclamó el director del hospital,--es +preciso conformarse. + +Esta conversación tenía lugar en la galería comedor, situada junto al +jardín. + +El obispo permaneció callado unos instantes, después de los cuales +dirigiéndose de súbito al director del hospital le dijo: + +--Señor mío: ¿cuántas camas creéis que caben buenamente en esta sala? + +--¿En la sala comedor de su ilustrísima?--preguntó estupefacto el +director. + +El obispo recorría la sala con su mirada, pareciendo como que tomase +medidas y echase cálculos. + +--Aquí caben perfectamente veinte camas,--decía hablando consigo +mismo;--luego, levantando la voz: + +--Atended, señor director del hospital,--dijo.--Existe aquí un evidente +error. Allí estáis reducidos á cinco ó seis departamentos, veintiséis +personas. Aquí no somos más que tres y tenemos espacio para sesenta. +Hay error, lo repito: vosotros ocupáis mi lugar y yo el vuestro. +Devolvedme por lo tanto mi casa y tomad la que os pertenece. + +Al día siguiente, estaban los veintiséis enfermos pobres instalados en +el palacio del obispo, y el obispo en el hospital. + +Monseñor Myriel carecía de bienes, por haber sido arruinada su +familia por la Revolución. Su hermana percibía una renta vitalicia de +quinientos francos, que satisfacía en el curato sus gastos personales. +Monseñor Myriel cobraba del Estado, como obispo, un sueldo de quince +mil francos. + +El mismo día en que se alojó en el hospital, determinó monseñor Myriel +emplear de una vez para siempre aquella suma en la siguiente forma. +Transcribimos aquí la nota escrita de su propia mano. + + + NOTA PARA REGULAR LOS GASTOS DE MI CASA + + +Para el pequeño seminario Mil quinientas libras. +Congregación de la misión Cien libras. +Para los lazaristas de Montdidier Cien libras. +Seminario de las misiones extranjeras en París Doscientas libras. +Congregación del Espíritu Santo Ciento cincuenta libras. +Establecimientos religiosos de la Tierra Santa Cien libras. +Sociedades de caridad maternal Trescientas libras. +Además, para la de Arlés Cincuenta libras. +Obra para el mejoramiento de cárceles Cuatrocientas libras. +Obra para el alivio y redención de presos Quinientas libras. +Para libertar á los padres de familia presos + por deudas Mil libras. +Suplemento al sueldo de los pobres maestros de + escuela de la diócesis Dos mil libras. +Pósito de los Altos Alpes Cien libras. +Congregación de señoras de D***, de Manosque y + de Sisterón, para la enseñanza gratuita de + niñas indigentes Mil quinientas libras. +Para los pobres Seis mil libras. +Mis gastos personales Mil libras. + + Total Quince mil libras. + + +Durante todo el tiempo que ocupó la sede de D*** monseñor Myriel no +varió en nada esta disposición. Llamábala, como hemos visto, _tener +regulados los gastos de su casa_. + +Este arreglo fué aceptado con sumisión absoluta por la señorita +Batistina. Para esta santa criatura, Monseñor de D***, era á un mismo +tiempo su hermano y su obispo; su amigo por la naturaleza, y su +superior según la Iglesia. Le amaba y veneraba sencillamente. Cuando él +hablaba, asentía inclinándose; cuando obraba, se adhería á sus obras. +Sólo el ama, la señora Magloria, murmuraba un poco. + +El señor obispo, como se habrá comprendido, no se reservaba más que +mil libras, las cuales, unidas á la pensión de la señorita Batistina, +sumaban mil quinientas anuales. Con estas mil quinientas libras vivían +las dos ancianas y el anciano. + +Y cuando algún cura de aldea iba á D***, aún encontraba el señor obispo +con qué agasajarle, gracias á la severa economía de la señora Magloria; +y á la inteligente administración de la señorita Batistina. + +Cierto día, á los tres meses de estar en D***, dijo el obispo: + +--¡Con todo y con esto me encuentro bastante apurado! + +--Ya lo creo,--exclamó la señora Magloria,--como que monseñor no ha +reclamado siquiera la renta que le adeuda el departamento por sus +gastos de carruaje en la ciudad y de visita en la diócesis, según +costumbre de los obispos de otros tiempos. + +--¡Es verdad!--dijo el obispo,--tenéis mucha razón, señora Magloria. + +Y presentó su reclamación. + +Algún tiempo después, el consejo general tomaba en consideración la +solicitud del obispo, votó en su favor una suma anual de tres mil +francos, bajo el siguiente epígrafe: _Asignación al señor obispo, para +gastos de carruaje, postas y visitas pastorales_. + +Esto dió mucho que hablar á la clase media de la localidad, y con tal +motivo, un senador del Imperio, antiguo miembro del Consejo de los +Quinientos, favorable al del diez y ocho Brumario y agraciado por la +ciudad de D*** con una magnífica senaduría, escribió al ministro de +Cultos, señor Bigot de Preamenú, una esquela confidencial irritadísima, +de la cual tomamos las siguientes líneas auténticas: + +«--¿Gastos de carruaje? ¿Á qué objeto en una ciudad de menos de cuatro +mil habitantes? ¿Gastos de viaje? ¿Á qué hacer semejantes viajes? +¿Ni como ha de correr la posta en un país montañoso? Aquí no hay +carreteras, ni se puede viajar más que á caballo. El mismo puente +de Durance en Château-Arnoux, apenas puede sostener las carretas de +bueyes. Estos curas son todos iguales, ambiciosos y avaros. Éste cuando +vino, hizo la del buen apóstol. Ahora ya hace como los demás, necesita +coche y silla de posta. Quiere ya como los antiguos obispos tener lujo. +¡Oh! es mucha clerigalla ésta! Señor conde, las cosas no irán como +deben ir hasta que el emperador no nos libre de solideos. ¡Abajo el +papa! (Entonces andaban embrollados los negocios con Roma). Yo por mi +parte estoy por el César único y solo, etc., etc.». + +En cambio la cosa regocijó mucho á la señora Magloria. + +--Bueno,--dijo ella á la señorita Batistina,--monseñor ha comenzado por +los otros, pero á la postre le ha sido preciso acabar por sí mismo. +Tiene ya arregladas todas sus limosnas. He aquí por lo tanto tres mil +francos para nosotros. ¡Al fin! + +Aquella misma noche, el obispo escribió y entregó á su hermana una +nota, concebida en los siguientes términos: + + + GASTOS DE CARRUAJE Y VISITAS + + Para dar caldo de carne á los enfermos + del hospital Mil quinientas libras. + Para la sociedad de caridad maternal + de Aix Doscientas cincuenta libras. + Para la sociedad de caridad maternal + de Draguignan Doscientas cincuenta libras. + Para los niños expósitos Quinientas libras. + Para los huérfanos Quinientas libras. + + Total Tres mil libras. + +Tal fué el presupuesto de monseñor Myriel. + +En cuanto á los derechos episcopales, dispensa de amonestaciones, +dispensas de parentesco, aspersiones, predicaciones, bendición de +iglesias ó capillas, casamientos, etc., el obispo los cobraba á los +ricos con igual rigor que presteza tenía para darlo á los pobres. + +Al poco tiempo afluyeron las ofrendas en dinero. Los ricos y los pobres +llamaban á la puerta de monseñor Myriel; acudían los unos á recoger la +limosna que iban los otros á depositar. En menos de un año, llegó á ser +el obispo el tesorero de todas las buenas obras, y el cajero de todas +las necesidades. Pasaban por sus manos sumas considerables; pero nada +logró hacerle cambiar en lo más mínimo su género de vida, ni añadir la +menor superfluidad á sus necesidades. + +Lejos de eso, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad +arriba, todo estaba, por así decirlo, repartido antes de recibido; era +como el agua en tierra seca; por mucho dinero que le dieran, nunca lo +tenía. Entonces se despojaba de lo suyo. + +Siendo costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de pila sus +mandatos y letras pastorales, los pobres del país habían escogido con +cierta especie de instinto afectuoso, entre los nombres del obispo, +aquel que ofrecía un significado en relación con su modo de ser, así es +que no le llamaban más que monseñor Bienvenido. Nosotros haremos otro +tanto, y como ellos, le llamaremos así en lo sucesivo. Por lo demás, el +que se le designase con este nombre le complacía. + +--Me agrada el nombre,--decía, Bienvenido;--suaviza el monseñor. + +No pretendemos que el retrato que aquí bosquejamos sea verdadero; nos +concretamos á consignar que es parecido. + + + + +III + + + =Á buen obispo, mal obispado= + + +Aunque el señor obispo había convertido su carruaje en limosnas, no +dejaba por ello de hacer sus visitas pastorales. La diócesis de D*** +es verdaderamente pesada, hay en ella poquísimas llanuras y muchas +montañas; sin caminos casi, como hemos visto, comprende treinta y +dos curatos, cuarenta y un vicariatos y doscientos ochenta y cinco +agregados. Visitar todo eso era penosísimo, sin embargo, el señor +obispo llenaba cumplidamente su misión. Cuando debía visitar un punto +cercano iba á pie, en tartana cuando estaba en la llanura y, como Dios +le daba á entender, en la montaña. Las dos viejecitas le acompañaban +generalmente, pero cuando el camino era demasiado penoso para ellas, +iba solo. + +Un día llegó á Senez, antigua ciudad episcopal, montado en un asno. +Su bolsa, harto escasa á la sazón, no le había permitido tomar otro +vehículo. El alcalde del pueblo salió á recibirle mirándole apearse de +semejante cabalgadura con ojos escandalizados. Varios vecinos reían en +derredor suyo. + +--Señor alcalde,--dijo el obispo,--y señores acompañantes, bien se me +alcanza lo que os escandaliza; creéis que prueba mucho orgullo en un +pobre sacerdote montar una cabalgadura igual á la de Jesucristo. Hágolo +por necesidad y no por vanidad, os lo aseguro. + +En sus visitas era siempre indulgente y bondadoso: predicaba menos +que hablaba. No buscaba nunca raciocinios ni ejemplos remotos. Á los +habitantes de una comarca citaba el ejemplo de otra comarca vecina. En +los lugares donde eran duros para los menesterosos les decía: + +--Ved lo que hacen los de Brianzón. Han dado permiso á los pobres, á +las viudas y á los huérfanos, para que vayan á cortar yerba en sus +prados tres días antes que á ningún otro; y les reparan las casas +gratuitamente cuando están ruinosas. Por eso Dios bendice ese país. En +todo un siglo de cien años no ha habido en su comarca un solo asesino. + +En los pueblos avaros y perezosos, decía: + +--Ved á los de Embrun. Si al tiempo de la cosecha se encuentra un +padre de familia con que sus hijos están en el ejército y sus hijas +sirviendo en la ciudad, y él se encuentra enfermo é impedido, el cura +le recomienda desde el púlpito; y el domingo, después de misa, todas +las gentes del lugar, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre +infeliz, le hacen su siega, y luego llevan á su granero paja y grano. + +Á las familias divididas por cuestión de interés y herencia les decía: + +--Mirad á los montañeses de Devolny, país tan salvaje, que no se oye +cantar en él un ruiseñor en cincuenta años. Pues bien; cuando muere +en una familia el padre, vanse los mozos á probar fortuna, dejando la +hacienda á las muchachas para que puedan encontrar marido. + +En los lugares donde reinaba la afición á pleitos y se arruinaban los +labradores comprando papel sellado, solía decirles: + +--Tomad ejemplo de esos buenos campesinos del valle de Queiras. Existen +allí unas tres mil almas. ¡Bendito sea Dios! es aquello una pequeña +república. Allí no se conoce escribano ni juez. El alcalde lo hace +todo. Él arregla el reparto de la contribución; él fija en conciencia á +cada cual su cuota, juzga gratis toda diferencia, divide las herencias +sin honorarios, da las sentencias sin gastos; y le obedecen, porque es +un hombre justo entre hombres sencillos. + +En los pueblos donde no encontraba maestro de escuela, citaba también +el de Queiras: + +--¿Sabéis lo que hacen?--decía:--Como en los lugares de doce á quince +chozas no se puede sostener siempre un maestro, los tienen pagados +por todo el valle, los cuales recorren las aldeas, pasando ocho días +en una, diez en otra, y así enseñando. Los tales maestros acuden á +las ferias, donde yo los he visto, y se los conoce por las plumas +de escribir que llevan en la cinta del sombrero. Los que únicamente +enseñan á leer llevan solamente una pluma, los que enseñan á leer y +contar, dos; los que enseñan latín además de la lectura y el cálculo, +llevan tres plumas... Estos son los más sabios. ¡Qué vergüenza el ser +ignorantes! Haced, haced lo que hacen los de Queiras. + +De esta manera hablaba, grave y paternalmente; á falta de ejemplos +inventaba parábolas, yendo siempre derecho á su objeto, con pocas +frases y muchas imágenes, que esta era la elocuencia de Jesucristo, +convencida y persuasiva. + + + + + IV + =Obras como palabras= + + +Su conversación era afable y alegre, siempre al alcance de las dos +ancianas que pasaban la vida junto á él; cuando reía, su risa era la de +un estudiante. + +La señora Magloria le trataba siempre de eminencia. Cierto día +levantóse de su sillón, y fué á su biblioteca á buscar un libro. Estaba +el libro en una de las tablas más altas de la estantería, y como el +obispo era de cortísima estatura, no lograba alcanzarle. + +--_Señora Magloria_,--dijo,--_arrimad una silla; mi eminencia no +alcanza á esa tabla._ + +Una de sus parientas de cuarto ó quinto grado, la condesa de Lô, +desperdiciaba raras veces la ocasión de enumerar en presencia suya lo +que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos. Tenía la tal, +muchos ascendientes viejos ya y próximos á morir, de quienes eran sus +hijos herederos naturales. El más joven de los tres debía heredar +de una tía abuela más de cien mil libras de renta; el segundo debía +suceder á un su tío en el título de duque y el mayor á su abuelo en la +dignidad de par. + +El obispo oía silencioso tan inocentes como perdonables alardes +maternales. Una vez, sin embargo, pareció más pensativo que de +costumbre, al repetir la condesa de Lô los pormenores de todas aquellas +sucesiones y «esperanzas». Interrumpióse á sí misma la condesa, +diciendo con cierta impaciencia: + +--¡Dios mío, primo! ¿en qué estáis pensando? + +--Pienso,--contestó el obispo,--en una frase bien singular, que me +parece de San Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel á quien nadie +ha de suceder». + +Otra vez, al recibir una carta en que se le anunciaba la muerte de un +hidalgo del país, en la que iban enumerados en larga fila, además de +las dignidades del difunto, todos los títulos feudales y nobiliarios +de su parentela, exclamó:--¡Qué buenas espaldas tiene la muerte! ¡Qué +carga más admirable de títulos le hacen llevar alegremente, y cuánto +ingenio deben tener los hombres que así llenan la tumba de vanidades! + +Tenía oportunas y suaves salidas satíricas, que encerraban casi siempre +una lección moral. + +Durante una cuaresma, fué á D*** un cura joven, quien predicó en la +catedral. Estuvo bastante elocuente; el objeto de su sermón era la +caridad. Invitó á los ricos á dar á los pobres para evitar el infierno, +que pintó todo lo mas horroroso que supo, y á ganar el cielo, que +presentó halagüeño y seductor. Había entre los oyentes un rico mercader +retirado, un tanto usurero, llamado Geborad, el cual había ganado dos +millones en la fabricación de paños burdos, sargas y bayetas. En su +vida, el señor Geborad, había dado limosna á ningún pobre. Desde el +día de aquel sermón, notóse que daba todos los domingos una moneda de +cinco sueldos á las viejas pobres que mendigaban á las puertas de la +catedral. Eran seis, y tenían que partirse entre todas aquella moneda. + +Vióle un día el obispo dando su limosna, y dijo á su hermana sonriendo: + +--Mira, mira al señor Geborad comprando cinco sueldos de cielo. + +Cuando se trataba de caridad, no se acobardaba jamás ante una negativa, +siempre encontraba palabras con que contrarrestarla. + +Cierto día estaba pidiendo para los pobres en una de las tertulias de +la ciudad; encontrábase en ella el marqués de Champtercier, viejo, rico +y avaro, el cual había sabido encontrar la manera de ser á un tiempo +ultra realista y ultra-volteriano. Es género que ha existido. Llegóse á +él el obispo, y cogiéndole del brazo le dijo: + +--_Señor marqués, es indispensable que deis alguna cosa._ + +Volvióse el marqués, y respondió secamente: + +--_Monseñor, tengo ya mis pobres._ + +--_Pues dádmelos_,--replicó el obispo. + +Un día predicó en la catedral este sermón: + +--«Queridísimos hermanos y amigos míos: existe en Francia un millón +trescientas veinte mil casas de aldeanos que solo tienen tres +aberturas; un millón ochocientas diez y siete mil que solo tienen dos, +la puerta y una ventana; y finalmente, trescientas cuarenta y seis mil +chozas, que no tienen mas que la puerta. Esto es á consecuencia de una +cosa que llaman la contribución de puertas y ventanas. Llenemos de +familias pobres, mujeres viejas y criaturas pequeñas, esas casuchas, +y pronto tendremos calenturas y otras enfermedades. ¡Dios da el aire +á los hombres, y la ley se lo vende! No acuso á la ley, pero bendigo +á Dios. En el Isere, en el Var, en ambos Alpes, Altos y Bajos, los +campesinos no tienen siquiera carretoncillos, teniendo que transportar +el estiércol á cuestas; carecen de velas, y se alumbran con teas +resinosas y pedazos de cuerda embreados. + +«Lo mismo sucede en toda la parte alta del Delfinado. Amasan pan para +seis meses, y lo cuecen con boñiga de vaca seca. En invierno parten á +hachazos ese pan, que tienen que poner veinticuatro horas en remojo +para poder comerle. + +«¡Hermanos míos, sed compasivos! ¡Considerando lo mucho que se padece +en rededor nuestro!» + +Habiendo nacido en la Provenza, se había familiarizado sin esfuerzo +con todos los dialectos del Mediodía. Decía así: _¡Eh bé! moussu, sés +sagé?_ como en el bajo Languedoch.--_¿Onté anaras passa?_ en los bajos +Alpes.--_Puerte un bouen moutou embe un bouen fromage qrase_, en el +alto Delfinado. Esto complacía mucho al pueblo y contribuía no poco +á ganarle simpatías con todo el mundo. Encontrábase en la cabaña, y +aún en medio del monte, como en su casa. Sabía decir las verdades mas +sublimes en los idiomas mas vulgares; hablando en todas las lenguas, +penetraba fácilmente en todas las almas. + +Por lo demás, él era siempre el mismo, así para las gentes del gran +mundo como para las del pueblo. + +Jamás condenaba á nadie ni nada, sin apreciar debidamente las +circunstancias, para lo cual solía decir: veamos el camino por donde ha +pasado la falta. + +Siendo, como se calificaba á sí mismo sonriendo, _un ex pecador_, no +poseía ninguna de las asperezas del rigorismo, estaba siempre mas +elevado, sin preocuparse poco ni mucho del fruncimiento de cejas de +los virtuosos intransigentes; su doctrina podía reasumirse en estos +términos: + +«El hombre lleva sobre sí la carne que es á la vez su carga y su +tentación. La lleva y sucumbe á su peso. + +«Debe guardarla, contenerla y reprimirla, sin sucumbir hasta el postrer +esfuerzo. En este caso puede existir aún falta; pero las faltas de esta +naturaleza no pasan de veniales; son una caída, sí, pero una caída +sobre las rodillas que pueden convertirse en plegaria. + +«Ser santo, es la excepción; ser justo, la regla general. Errad, +desfalleced, pecad, pero sed justos. + +«Pecar lo menos posible, esta es la ley del hombre. No cometer jamás +pecado alguno es sueño de ángeles. Todo lo terrenal está sujeto á +pecar. El pecado es la gravitación». + +Cuando veía á muchos que gritaban fuerte y se indignaban fácilmente +decía sonriendo:--¡Caramba! parece que se trata de un gran crimen +cometido por todo el mundo, y que los hipócritas espantados se +apresuran á protestar para estar á cubierto. + +Era sobre todo indulgente para con las mujeres y los pobres, sobre +quienes gravita con todo su peso la sociedad. Decía él: Las faltas +de las mujeres, de los niños, de los criados, de los débiles, de los +pobres y de los ignorantes, son faltas de los maridos, de los padres, +de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios. + +Decía además:--Á los que ignoran, enseñadles lo más que podáis: la +sociedad es culpable de no dar gratis la instrucción y responsable por +lo tanto, de la obscuridad que ella produce. Si un alma envuelta en +tinieblas comete pecado, no es ella, aunque peque, la culpable, sino +el que produjo las sombras. + +Como se ve, tenía su manera especial de juzgar de las cosas. Supongo +que la había sacado del Evangelio. + +Cierto día oyó hablar en una reunión de un proceso criminal que se +estaba instruyendo y que pronto se debía fallar. Tratábase de un +infeliz quien por amor á una mujer y un hijo, que de la misma había, +y falto de recursos, cometió la torpeza de acuñar moneda falsa. +En aquella época se castigaba todavía con la pena de muerte á los +monederos falsos. La mujer había sido detenida al poner en circulación +la primera moneda fabricada por el hombre. Estaba presa, pero no +existían otras pruebas contra ella; ella solamente podía deponer contra +su amante y perderle confesando. Negó, siguió la causa sosteniéndose +firme en su negativa, hasta que el señor procurador del rey (fiscal) +tuvo la idea de suponer una infidelidad del amante, y con fragmentos de +cartas, diestramente combinados, logró convencer á la desgraciada presa +de que tenía una rival y de que aquel hombre la engañaba. Entonces +exasperada por los celos, denunció al amante, confesando y probándolo +todo. + +Aquel hombre, por lo tanto, estaba perdido. Iba próximamente á ser +juzgado con su cómplice, en Aix. Comentábase el hecho, deshaciéndose +todo el mundo en alabanzas de la destreza y habilidad del fiscal, por +haber sabido hacer entrar los celos en aquel juego, arrancando la +verdad á la cólera, para que surgiese de todo ello la justicia de la +venganza. El obispo escuchó silencioso cuanto se dijo. Cuando todo el +mundo hubo concluido preguntó: + +--¿Dónde van á ser juzgados este hombre y esta mujer? + +--En el tribunal del jurado. + +Y luego repuso: + +--¿Y al señor fiscal, dónde se le juzgará? + +Tuvo lugar en D*** un triste drama. Un hombre fué condenado á muerte +por asesino. Era un desgraciado, no del todo instruido ni ignorante +del todo, que había hecho de titiritero en las ferias y de escribiente +público. Durante el proceso no se hablaba en la ciudad de otra cosa. La +víspera del día en que debía tener lugar la ejecución, se puso enfermo +el cura de la cárcel. Faltaba, por lo tanto, un sacerdote para asistir +al reo en sus últimos momentos. Fueron á buscar uno, el cual rehusó +diciendo: Esto no es de mi incumbencia. Qué tengo yo que hacer ni que +ver con ese saltimbanqui; yo también estoy enfermo, y sobre todo, no es +este mi deber. Esta respuesta fué trasladada al obispo, quien contestó +inmediatamente: _Tiene razón el señor cura, no es suyo este deber, sino +mío._ + +Se fué inmediatamente el obispo á la cárcel, bajó al calabozo donde +estaba el reo, y llamándole por su nombre, le tendió la mano y le +habló. Pasó todo el día junto al condenado, olvidándose del alimento y +del sueño, rogando á Dios por el alma de aquel desgraciado y á este por +la suya propia. Díjole las mayores verdades, que son las más sencillas, +fué padre, hermano y amigo; obispo, para bendecirle únicamente. Supo +hacérselo ver todo de una manera tan clara, que llegó á consolarle y +tranquilizarle. Aquel hombre iba á morir desesperado; la muerte era un +abismo para él. Erguido y estremeciéndose junto al horrible precipicio +de la tumba, retrocedía espantado. No era todo lo ignorante que se +necesita para ser indiferente en absoluto. La sentencia de que era +objeto sacudió profundamente su ser, habiendo roto por diversos puntos +la valla que nos separa de lo misterioso, y á la cual llamamos vida. +Miraba sin cesar más allá de este mundo por aquellas fatales aberturas, +sin ver más que tinieblas. El obispo le hizo ver una luz. + +Al día siguiente, cuando fueron á buscar al reo, estaba allí el obispo. +Acompañóle y presentóse ante la multitud, con sus vestiduras moradas y +su cruz episcopal pendiente del cuello, codeándose con aquel miserable +aherrojado. Subió con él á la carreta, subió con él al catafalco. +El reo, tan triste y abatido la víspera, aparecía radiante; sentía +reconciliada su alma y esperaba en Dios. Abrazóle el obispo, y en el +momento en que iba á bajar la cuchilla, le dijo: + +--«Aquél á quien el hombre mata, resucita en Dios; aquel á quien +rechazan los hermanos, el Padre lo acoge. Ruega, cree, entra en la +vida: el Padre está allí». + +Cuando descendió del tablado, había en su mirada algo que hizo que el +pueblo le abriese respetuoso paso. En verdad, no se sabía que admirar +más, si su palidez ó su serenidad. Al penetrar de nuevo en aquella +humilde morada, que él llamaba sonriendo _su palacio_, dijo á su +hermana: _vengo de oficiar de pontifical_. + +Como las cosas más sublimes son generalmente las menos comprendidas, +no faltaron en la ciudad gentes que dijeron, al comentar la conducta +del obispo: _Es mucha vanidad_. Sin embargo, no pasó ello de cuento +de salón; el pueblo, que no entiende de malicia en cosas santas, +enternecióse y admiró. + +En cuanto al obispo, el haber visto de cerca la guillotina fué para él +un golpe del que tardó mucho en reponerse. + +Realmente, el patíbulo, cuando se le ve levantado y dispuesto, tiene +algo que alucina. Puede sentirse más ó menos indiferencia acerca de la +pena de muerte, no decidirse por una opinión categórica, no decir sí ni +no, mientras no se haya visto con ojos propios una guillotina; pero si +llega uno á tropezarse con ella, la violenta sacudida que se siente, +obliga á pronunciarse y tomar partido en pro ó en contra. + +Los unos la admiran, como de Maistre; los otros la execran, como +Beccaria. La guillotina es la concreción de la ley, y se llama +_vindicta_; no es neutral, ni permite al individuo que lo sea. + +Quien la percibe se estremece con el más misterioso estremecimiento. +Todas las cuestiones sociales escriben su interrogante al rededor de +esa cuchilla. El catafalco es una visión; no es un simple tablado, un +instrumento, una máquina inerte hecha de madera, hierro y cuerda; no. +Parece una especie de ser que tenga cierta sombría iniciativa; diríase +que aquel tablado ve, que aquella máquina oye, que aquel mecanismo +comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas cuerdas tienen +voluntad. En medio de los espantosos desvaríos en que se precipita el +alma á su presencia, surge el terrible catafalco como tomando parte +en lo que hace. El patíbulo es cómplice del verdugo; devora, come +carne y bebe sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez +y el carpintero; un espectro que parece vivir cierta vida abominable, +alimentada por todas las muertes que ha producido. + +Así es que la impresión fué horrible y profunda; al día siguiente +de la ejecución y otros muchos después, apareció el obispo como +anonadado. La serenidad, tal vez violenta, del momento de horror se +había desvanecido, hostigándole de continuo el fantasma de la justicia +social. Él, que de ordinario aparecía satisfecho de todas sus santas +acciones, parecía como que se reprochase algo. Á veces hablaba consigo +mismo, murmurando á media voz monólogos lúgubres. He aquí uno que +cierta noche le oyó, y recordó siempre su hermana: + +--No creía yo que fuése tan monstruoso. No deja de ser una falta el +absorberse en la ley divina, hasta el punto de olvidarse de la humana. +La muerte solo pertenece á Dios. ¿Con qué derecho se atreven los +hombres á lo desconocido? + +Atenuáronse con el tiempo tales impresiones, y tal vez se borraron +también. Observóse, no obstante, que en lo sucesivo evitaba el obispo +pasar por el lugar de las ejecuciones. + +Á cualquiera hora podía llamarse á monseñor Myriel á la cabecera de los +enfermos y moribundos. No ignoraba que era éste su principal deber y +su trabajo más importante. Las viudas ó huérfanas no tenían necesidad +de llamarle jamás; presentábase él mismo oportunamente. Sabía sentarse +y callar largas horas al lado del hombre que había perdido á la mujer +amada ó al de la madre que había perdido á su hijo. + +Y como sabía el momento de callar, sabía también conocer el punto +en que debía hablar. ¡Oh verdadero y admirable consolador! No +intentaba jamás borrar el dolor con el olvido, al contrario, procuraba +engrandecerle y dignificarlo con la esperanza. Él decía: Conviene mucho +fijarse en la manera de recordar los muertos. No penséis en lo que se +pudre. Elevad vuestra mirada á lo alto; fijaos bien, y allá, en el +fondo del cielo, veréis la viviente luz del difunto bien amado. + +Sabía él que la creencia es sana; por eso procuraba aconsejar y calmar +al hombre desesperado, señalándole con el dedo al hombre resignado, +y transformar el dolor que mira á una fosa, mostrándole el dolor que +contempla una estrella. + + + + +V + + =De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo + sus sotanas= + + +La vida privada de monseñor Myriel la llenaban los mismos pensamientos +que su vida pública. Quien hubiese podido verla de cerca, hubiera +saboreado un espectáculo grave y placentero á la vez, en aquella +pobreza voluntaria en que vivía el obispo de D***. + +Como todos los ancianos, y como la mayoría de los pensadores, dormía +poco. Este corto sueño era profundo. Recogido en sí mismo por la +mañana, parecía orar mentalmente durante una hora. Luego decía misa, +unas veces en la catedral, otras en su casa. Después de la misa, se +desayunaba con pan de centeno, mojado en leche de sus vacas. Luego se +ponía á trabajar. + +El cargo de obispo da muchísimo que hacer; es preciso que reciba +diariamente al secretario del obispado, que es de ordinario un +canónigo, y casi también todos los días á sus vicarios particulares. +Tienen congregaciones que revisar, privilegios que conceder, toda +una librería eclesiástica que examinar, devocionarios, catecismos, +rituales, etc.; pastorales que escribir, sermones que autorizar, curas +y alcaldes que poner de acuerdo, su correspondencia clerical y su +correspondencia administrativa; por un lado el Estado, por otro la +Santa Sede; en fin, negocios á millares. + +El tiempo que le dejaban libre estos innumerables negocios, sus +oficios y breviario, lo dedicaba en primer lugar á los necesitados, +á los enfermos y á los afligidos; el tiempo que le dejaban libre los +afligidos, los enfermos y los necesitados, lo dedicaba al trabajo. +Así se entretenía en escabar en su jardín, como en escribir ó leer. +Con una sola palabra designaba estas dos clases de trabajo; llamábalo +_jardinear_. «El espíritu es también jardín», decía él. + +Á eso del medio día, cuando el tiempo se presentaba bien, salía á +pasear al campo ó la ciudad, entrando frecuentemente en las casas +pobres. Veíasele andar solo, entregado á sus meditaciones, bajos los +ojos, apoyado en su largo bastón, vistiendo su ropón morado, calzando +medias moradas también y gruesos zapatos, y cubierto con su sombrero +chato, de cuyos tres canalones pendían bellotas de oro y seda verde. + +Daba carácter de fiesta doquier se presentaba. Hubiérase dicho que su +paso tenía algo de refrigerante y luminoso. Los niños y los viejos +salían al umbral de las puertas para ver al obispo como se sale á +ver el sol. Él los bendecía y ellos le bendecían á él. Todo el mundo +señalaba la casa del obispo á los menesterosos. + +Parábase aquí y allá, hablando á los chiquillos y á las niñas, y +sonriendo á las madres. Visitaba á los pobres mientras tenía dinero, y +cuando lo había acabado visitaba á los ricos. + +Como hacía durar mucho sus sotanas y no quería que esto se notase, +jamás salía por la ciudad sin su esclavina morada, lo cual no dejaba, +en verano, de ser incómodo. + +Al regresar á casa comía. La comida se parecía al almuerzo. + +Por la noche á las ocho y media cenaba acompañado de su hermana: la +señora Magloria, de pie á su espalda, servía á la mesa. Nada más +frugal que esa comida. Si el obispo convidaba algún cura, entonces +aprovechaba la ocasión la señora Magloria para servir á monseñor algún +pescado bueno de los lagos ó alguna pieza escogida del monte. Todo cura +servía de pretexto para mejorar la comida, y el obispo dejaba que así +fuése. Salvo estas excepciones, no se componía su cena ordinaria más +que de legumbres cocidas en agua y sopas de aceite. Así se decía en la +ciudad:--«Cuando el obispo no hace comida de cura, la hace de trapense». + +Después de cenar, hablaba como media hora con la señorita Batistina +y la señora Magloria; luego iba á su cuarto y se ponía á escribir, +ya en cuartillas sueltas ó ya en las márgenes de algún in folio. Era +instruido en letras y bastante erudito. Dejó cinco ó seis manuscritos +muy curiosos; entre otros, una disertación sobre el versículo del +Génesis: _Al principio el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas_. +Confrontóle con tres textos; el versículo árabe que dice: _Soplaban +los vientos de Dios_; el de Flavio Josefo: _Un viento de lo alto se +precipitó sobre la tierra_, y por último, la paráfrasis caldea de +Onkelos que dice: _un viento que venía de Dios soplaba sobre la faz +de las aguas_. En otra disertación examina las obras teológicas de +Hugo, obispo de Tolemaida, tío bisabuelo del que escribe este libro, y +consigna la opinión de que dicho obispo fué el autor de los opúsculos +publicados en el siglo último con el pseudónimo de Barleycourt. + +Á veces, en medio de una de sus lecturas, fuése el que fuere el libro +que tuviese entre las manos, sumergíase de repente en una meditación +profunda, de la que no salía sino para escribir algunas líneas en los +márgenes del mismo. Las tales líneas, por lo general, nada tienen que +ver con el libro que las contiene; así se encuentra una nota escrita +por él en el margen de un volumen en cuarto titulado: _Correspondencia +de lord Germain con los generales Clitón, Cornwallis y los almirantes +de la estación de América. Versalles, librería de Peincot, y París, +librería de Pissot, Muelle de los Agustinos._ + +He aquí la nota: + +--«¡Oh, vos! ¿quién sois? + +«El Eclesiastés os llama Todopoderoso; los Macabeos os dicen Creador; +la Epístola á los Efesios, Libertad; Baruch, Inmensidad; los Psalmos, +Sabiduría y Verdad; Juan, Luz; los Reyes, señor; el Éxodo, Providencia; +el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la Creación os llama Dios, y +el hombre, Padre; pero Salomón, al deciros Misericordia, os da el más +bello de todos vuestros nombres». + +Á eso de las nueve de la noche se retiraban las mujeres á sus +habitaciones del primer piso, dejándole solo, en el piso bajo, hasta el +día siguiente. + +Aquí creemos necesario dar una idea exacta de la morada del señor +obispo de D***. + + + + + VI + =Por quién hacia Su Ilustrísima guardar su casa= + + +La casa del señor obispo se componía como hemos dicho, de planta baja +y un solo piso; tres piezas en los bajos, tres en el primer piso, y +encima un desván. Detrás de la casa había un jardín de una extensión +de un cuarto de yugada. Las dos mujeres ocupaban el piso, el obispo +los bajos. La primera habitación, y que daba á la calle, servía de +comedor, la segunda de dormitorio, y de oratorio la tercera. No podía +salirse del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni salir de éste sin +atravesar el comedor. Al fondo del oratorio había una alcoba cerrada, +con una cama para los huéspedes. El obispo solía ofrecer esta cama +á los curas de aldea, cuyos asuntos ó necesidades parroquiales les +llevaban á D***. + +La que había sido farmacia del hospital, pequeño edificio adosado á la +casa junto al jardín, servía á la sazón de cocina y bodega. + +Había además en el jardín, un establo, que fué cocina del hospicio y +en el que el obispo tenía dos vacas. Fuése la que fuere la cantidad de +leche que diesen las vacas, mandaba diariamente la mitad al hospital. +_Debo pagar este diezmo_, decía. + +La habitación era bastante grande, y por consiguiente difícil de +calentar durante el invierno. Como la leña estaba muy cara en D*** +imaginó y mandó hacer Su Ilustrísima un compartimiento cerrado con +tablas en el mismo establo de las vacas, en el cual se pasaba las +veladas durante la época de los fríos. Llamábale á este departamento su +_salón de invierno_. + +No había en este salón de invierno, como en el comedor, otros muebles, +que, una mesa de madera cuadrada, sin pintar, y cuatro sillas de paja. +El comedor estaba adornado además con un aparador antiguo pintado de +color de rosa. Otro aparador parecido y convenientemente puesto, con +sus manteles blanquísimos, orlados de imitaciones de encaje, servía de +adorno y altar del oratorio. + +Los ricos devotos y las mujeres piadosas de D*** abrían frecuentes +suscripciones para enriquecer con un altar nuevo el oratorio de Su +Ilustrísima; cada vez que esto sucedía, tomaba agradecido el dinero +destinado al objeto repartiéndolo inmediatamente entre los pobres. «El +altar más bello, decía él, es el alma de un pobre elevándose á Dios en +oración de gracias». + +Tenía en su oratorio dos sillas arrodilladeras de paja, y un sillón, +de paja también, en su dormitorio. Cuando por casualidad recibía Su +Ilustrísima siete ú ocho personas á la vez, el prefecto, el general, +la plana mayor del regimiento de guarnición, ó algunos estudiantes +del seminario, veíase obligado á recurrir á las sillas del salón de +invierno del establo, al oratorio por las arrodilladeras y al sillón +del dormitorio; de esta manera alcanzaba reunir hasta once asientos +para los visitantes. Á cada nueva visita tenía que desamueblar una +pieza. + +Cuando llegaba el caso de que los visitantes fueran doce, salía del +paso manteniéndose de pie junto á la chimenea, si era en invierno, ó +paseando por el jardín, si en verano. + +Había además en la alcoba cerrada otra silla, pero estaba casi +despajada y sostenida sólo por tres pies, lo cual quiere decir que no +podía utilizarse sin apoyarla contra la pared. La señorita Batistina +tenía también en su cuarto una gran poltrona cuya madera había sido +dorada en otros tiempos, cubierta de _peskin_ floreado; pero habiendo +sido preciso subir la tal poltrona por la ventana, á causa de la +estrechez de la caja de la escalera, no había medio de utilizarla en +casos apurados. + +Las ambiciones de la señorita Batistina se hubieran satisfecho con +poder comprar una sillería de terciopelo Utrecht amarillo labrado, con +marco de caoba de cuello de cisne, con su canapé. Pero esto hubiera +costado, á lo menos, quinientos francos; viendo pues que no había +podido reunir con las economías de cinco años, más de cuarenta y dos +francos y medio, había acabado por renunciar. ¡Quién llega jamás á su +ideal! + +Nada más fácil de figurarse lo que era el dormitorio del obispo. Una +puerta-vidriera con salida al jardín; enfrente, la cama, una de esas +camas de hierro de hospital con cobertor de sarga verde; en un ángulo +obscuro, entre la cortina y la pared, los utensilios de tocador, +revelando aún los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo; +dos puertas, una junto á la chimenea dando acceso al dormitorio, y +otra cerca del armario biblioteca para salir al comedor. Este armario, +cerrado por grandes vidrieras y lleno de libros en todos sus estantes; +la chimenea, de madera pintada imitando mármol, sin fuego casi siempre, +y en el hogar un par de morillos de hierro, figurando por guirnaldas +florones huecos, con incrustaciones de plata, especie de lujo +episcopal; encima de la chimenea un crucifijo de cobre, que había sido +plateado también, sobre terciopelo negro raído, encuadrado en un marco +de madera desdorado; cerca de la puerta-vidriera, una gran mesa con un +tintero, cargado de papeles en confusión y de tomos in folio. Delante +de la mesa, el sillón de paja. Delante de la cama, un reclinatorio +perteneciente al oratorio. + +Dos retratos, en marcos ovalados, colgaban de la pared á uno y otro +lado de la cama. Las pequeñas inscripciones, doradas en el fondo +perdido del lienzo al lado de las figuras, indicaban que los retratos +representaban, uno al abad de Chaliôt, obispo de San Claudio, el otro +el abad Tourteau, vicario general de Agda; abad de Grand Champ, de la +orden de Citeaux, diócesis de Chartres. Al reemplazar el obispo en +aquella sala á los enfermos del hospital, había encontrado aquellos +retratos, y allí mismo los había dejado. Eran de eclesiásticos, +probablemente de donadores; dos motivos por los cuales él los +respetaba. Lo único que sabía de los tales personajes, es que ambos +habían sido nombrados por el rey, uno para su obispado y el otro para +su beneficio, en un mismo día, el 27 de abril de 1785. Al descolgar +los cuadros la señora Magloria para sacudirles el polvo, encontró el +obispo esa particularidad escrita con tinta descolorida en un pedacito +de papel, enmohecido por el tiempo, pegado con cuatro obleas detrás del +retrato del abad de Gran-Champ. + +Había en la ventana una antigua cortina de tela gruesa de lana, la +cual llegó á tal extremo de vejez, que por no tener que gastar en otra +nueva, vióse obligada la señora Magloria á hacerle un gran zurcido +precisamente en su punto medio. Este remiendo dibujaba una cruz. El +obispo lo hacía notar frecuentemente. ¡Está muy bien! decía. + +Todas las piezas de la casa, así las de la planta baja como las del +principal, sin excepción, estaban blanqueadas con cal, como lo están +generalmente todos los cuarteles y hospitales. + +No obstante, en los últimos años, encontró la señora Magloria, como +veremos luego, bajo el papel enjalbegado, unas pinturas que adornaban +el aposento de la señorita Batistina. Antes de ser hospital, había +sido aquella casa _parlatorio_ público; de ahí semejante decorado. Los +suelos estaban enladrillados de rojo, se lavaban todas las semanas, +con su esterilla de paja junto á todas las camas. Así es que aquella +casita, cuidada por dos mujeres, patentizaba de arriba abajo una +limpieza encantadora. Único lujo que permitía el obispo, quien solía +decir: _Esto no les quita nada á los pobres_. + +Debemos confesar, sin embargo, que le quedaban, de lo que había poseído +en otro tiempo, seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora +Magloria miraba todos los días regocijada brillar espléndidamente sobre +el tupido mantel de hilo blanquísimo. Y como describimos aquí al obispo +de D*** tal cual era, debemos añadir que le había ocurrido decir más de +una vez: + +--Renunciaría difícilmente á comer con cubiertos de plata. + +Debemos añadir á esta plata dos grandes candeleros macizos, que +procedían de la herencia de una tía abuela. Generalmente estaban +colocados sobre la chimenea con sus dos correspondientes velas de cera, +pero cuando había algún convidado, la señora Magloria encendía las +velas y ponía los candeleros sobre la mesa. + +Había en el dormitorio del obispo, y junto á la cabecera de la cama, +una pequeña alhacena, en la cual guardaba todas las noches la señora +Magloria los seis cubiertos y el cucharón. Debemos decir también que +jamás se quitaba la llave. + +El huerto, algo afeado por las construcciones de que hemos hablado +anteriormente, componíase de cuatro calles en cruz, convergentes á un +pozo, y de otra calle que seguía la línea de la tapia blanqueada que le +cercaba. Estas calles dejaban entre sí cuatro cuadrados separados por +bojes. En tres de los cuales, la señora Magloria cultivaba legumbres, y +en el cuarto tenía él miles de flores entre algunos árboles frutales. + +Cierto día la señora Magloria le dijo con cierta intencionada dulzura: + +--Monseñor, vos que sabéis sacar partido de todo, ved ahí, por cierto, +un espacio inútil. ¿No valdría más sacar de él ensaladas que ramos? + +--Señora Magloria--respondió el obispo--estáis en un error. Lo bello es +tan necesario como lo útil.--Añadiendo después de una pausa:--Tal vez +más. + +Aquel cuadrado, compuesto de tres ó cuatro franjas de flores, ocupaba +casi tanto al obispo como sus libros. Pasábase allí entretenido +diariamente una ó dos horas, cortando, escardando ó abriendo su tierra, +aquí y allá, para echar sus semillas. No era tan hostil á los insectos +como hubiese exigido un jardinero. + +Por otra parte, no tenía pretensiones de botánico. Nada sabía de los +grupos y del solidismo; no se curaba ni remotamente de decidir entre +Tournefort, y el método natural; no era partidario de las utrícolas +contra los cotiledones, ni por Jussieu contra Linneo. No estudiaba +las plantas; gustaba de las flores. Si respetaba mucho á los sabios, +respetaba aún más á los ignorantes; y sin faltar nunca á ambos +respetos, regaba sus floridas franjas de verdura todas las noches de +verano con una regadera de lata, pintada de verde. + +No había en la casa puerta alguna que se cerrase con llave. + +La del comedor, de que hemos hablado, daba directamente á la plaza +de la catedral, y en tiempos antiguos había ostentado también sus +cerrojos y cerraduras como las puertas de una cárcel; pero el obispo +había mandado quitar todos aquellos hierros, y así de noche como de +día se cerraba únicamente con un picaporte. El primero que llegase, +á cualquier hora que fuere, no tenía mas que empujar. Al principio +mortificó bastante á las dos mujeres aquella puerta, que nunca se +cerraba, pero el obispo les había dicho: «Si queréis, ponedle cerrojos +á las de vuestros cuartos». Sin embargo, acabaron ambas por participar +de la confianza del obispo, ó de aparentar al menos que participaban. +Á pesar de todo, tenía la señora Magloria de cuando en cuando, sus +temorcillos. + +En cuanto á él, puede apreciarse la explicación de su pensamiento +indicado cuando menos en estas dos líneas, escritas de su puño al +margen de una Biblia: + +«He aquí la diferencia: la puerta del médico no debe estar cerrada +jamás; la del sacerdote debe estar siempre abierta». + +En otro libro, intitulado _Filosofía de la ciencia médica_, había +escrita esta otra observación: + +«¿No soy yo por ventura médico como ellos? Yo también tengo mis +enfermos; en primer lugar los suyos, á quienes llaman ellos enfermos, +en segundo, los míos, á quienes llamo yo desgraciados». + +Había además escrito en otra parte: + +«No pidáis jamás su nombre á quien os demanda asilo. Precisamente quien +mas necesidad tiene de asilo es quien mas apurado se encuentra para +decir su nombre». + +Aconteció que un digno cura, no recuerdo si fué el párroco de +Couloubroux ó el de Pompierry, instigado sin duda por la señora +Magloria, tuvo la ocurrencia de preguntarle un día, si Su Señoría +estaba seguro de no cometer hasta cierto punto una imprudencia dejando +día y noche su puerta abierta á disposición de quien quisiese entrar, +y si no temía que acabase por suceder alguna desgracia en una casa +tan mal guardada. El obispo le tocó en el hombro con dulce gravedad +diciéndole: _Nisi Dominus custodierit domum, in vanum vigilant qui +custodiunt meam_. + +Pasando enseguida á hablar de otra cosa. + +Decía también frecuentemente: «Existe el valor del sacerdote, como el +del coronel de dragones. Solamente, añadía, que el nuestro debe ser +tranquilo». + + + + + VII + =Cravatte= + + +Aquí tiene su lugar natural un hecho que no debemos omitir porque es de +aquellos que demuestran perfectamente que hombre era el señor obispo de +D***. + +Después de la destrucción de la partida de Gaspard Bes, que había +infestado los desfiladeros de Ollioules, uno de sus tenientes, +Cravatte, se refugió en la montaña. Ocultóse por algún tiempo con sus +bandidos, resto de la cuadrilla de Gaspard Bes, en el condado de Niza; +pasó después al Piamonte, súbitamente reapareció en Francia de nuevo +por el lado de Barcelonette. Viósele primero en Jauziers y después en +Tuiles. Escondíase en las cavernas de Joug de-l'Aigle, y desde allí +descendía hacia las aldeas y los lugares por los barrancos de la Ubaye +y de Ubayette. + +Llega un día hasta Embrum, penetra por la noche en la catedral, y roba +cuanto encuentra en la sacristía. Sus fechorías asolaban el país. +Encargóse de su persecución la gendarmería, todo en vano; siempre se +escapaba; á veces resistía á la fuerza. Era miserable y audaz á un +mismo tiempo. + +En medio de todos aquellos horrores, llegó el obispo que estaba +haciendo su visita por el Chastelar. El alcalde le salió al encuentro +para aconsejarle que retrocediera. Cravatte dominaba la montaña hasta +el Arche, y aún mas allá; era peligroso viajar por allí, aunque fuése +escoltado. Era exponer inútilmente tres ó cuatro infelices gendarmes. + +--Por lo mismo,--dijo el obispo,--pienso ir sin escolta. + +--¿Esto piensa Su Ilustrísima?--preguntó el alcalde. + +--Y tanto pienso esto, que no quiero absolutamente ningún gendarme y +voy á salir dentro de una hora. + +--¿Salir? + +--Salir. + +--¿Solo? + +--Solo. + +--¡Monseñor! no haréis lo que decís. + +--Hay allí, en la montaña,--dijo el obispo,--un lugarejo que no he +visitado hace tres años. Son muy amigos míos aquellos pacíficos y +honrados pastores. Poseen los pobres una cabra por cada treinta que +guardan. Tejen muy bonitos cordones de lana de colores variados, y +tocan deliciosos aires pastoriles en flautitas de seis agujeros. +Necesitan que de cuando en cuando se les hable de la bondad de Dios. +¿Qué dirían los pobres de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían si +yo no fuése allí? + +--Pero monseñor, ¿y los ladrones? + +--¡Calle!--dijo el obispo,--ahora recuerdo. Tenéis mucha razón. Puedo +encontrarlos, y precisamente ellos han de tener mucha necesidad de que +se les hable de Dios. + +--¡Monseñor! ¡tened presente que son unos bandidos! ¡una cuadrilla de +lobos! + +--Señor alcalde, quién sabe si es por eso que Jesús me ha hecho su +pastor. ¿Quién sabe las miras de la Providencia? + +--Os van á desvalijar, monseñor. + +--Si no tengo nada. + +--Os matarán. + +--¿Á un pobre sacerdote viejo que pasa murmurando sus oraciones? ¡Bah! +¿Y á qué objeto? + +--¡Ah, señor! ¡si llegáis á encontrarlos! + +--Les pediré limosna para mis pobres. + +--Monseñor, no vayáis. ¡En nombre del cielo! exponéis vuestra vida. + +--Señor alcalde,--dijo el obispo,--¿no es decididamente más que eso? Yo +no estoy en el mundo para guardar mi vida, y sí para guardar almas. + +No hubo más remedio que dejarle hacer. + +Y salió, en efecto, inmediatamente, acompañado sólo de un muchacho +que se ofreció á servirle de guía. Hablóse mucho en la comarca de su +obstinación, causando mucho miedo. + +No quiso llevar consigo ni á su hermana ni á la señora Magloria. +Atravesó la montaña, cabalgando en su mula, sin encontrar á nadie, +llegando sano y salvo á casa de sus buenos amigos, los pastores. +Estuvo por allí quince días, predicando, administrando, enseñando y +moralizando. Al acercarse el día de su partida, resolvió cantar un +_Te-Deum_, de pontifical. Habló de ello al cura. Pero, ¿cómo hacerlo? +careciendo de los ornamentos episcopales. No podía el pobre cura +poner á su disposición más que una miserable sacristía de aldea, con +algunas casullas de damasco, usadas y guarnecidas de galones falsos y +deslucidos. + +--¡Bah!--dijo el obispo.--Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro +_Te Deum_. Y todo se andará. + +Buscóse en las iglesias de los alrededores. Todas las grandezas de +aquellas humildes parroquias reunidas no hubieran sido bastantes á +vestir convenientemente un chantre de catedral. + +Cuando estaban en lo mejor de sus apuros, trajeron y depositaron en +casa del cura, una gran caja con destino al señor obispo, dos jinetes +desconocidos, los cuales volvieron á partir inmediatamente. Abrióse +la caja, encontrándóse en ella una capa de tejido de oro, una mitra +guarnecida de diamantes, una cruz arzobispal, un báculo magnífico; en +una palabra, todas las vestiduras pontificales robadas hacía un mes á +la catedral de Nuestra Señora de Embrun. Dentro de la caja venía un +papel en el cual estaban escritas estas palabras: _Cravatte á monseñor +Bienvenido_. + +--¡Cuando decía yo que todo se arreglaría!--exclamó el obispo. Después +añadió sonriendo:--Al que se contenta con el sobrepelliz de un cura, le +manda Dios una capa de arzobispo. + +--Monseñor,--murmuró el cura encogiéndose de hombros y sonriendo +también:--¡Dios ó el diablo! + +El obispo miró fijamente al cura, reponiendo con autoridad: + +--¡Dios! + +Cuando volvió de nuevo á Chastelar, en toda la extensión del camino +salían á verle por curiosidad. Encontróse en la casa rectoral de +Chastelar á la señorita Batistina y á Magloria que le esperaban, y dijo +á su hermana: + +--¿Qué tal, tenía yo razón? El pobre cura que salió á visitar á los +pobres montañeses con las manos vacías, vuelve acá con las manos +llenas. Partí, llevando únicamente mi esperanza en Dios, y me traigo el +tesoro de una catedral. + +Por la noche, antes de acostarse dijo todavía: + +--No he temido jamás á los ladrones ni á los asesinos. Estos son +los peligros exteriores, es decir, los peligros ligeros. Las +preocupaciones, éstas son los ladrones; los vicios, éstos son los +asesinos. Los grandes peligros residen en nosotros mismos. ¡Qué importa +lo que puede amenazar nuestra cabeza ó nuestro bolsillo! No debemos +preocuparnos sino de lo que amenaza á nuestras almas. + +Luego, dirigiéndose á su hermana, dijo: + +--Hermana mía, el sacerdote jamás debe tomar precauciones contra el +prójimo. Lo que hace el prójimo, Dios lo permite. Concretémonos á +rogar cuando creamos que nos amaga algún peligro. Roguémosle, no por +nosotros, pero sí por nuestros hermanos, á fin de que no cometan falta +por causa nuestra. + +Por lo demás, los sucesos extraordinarios eran rarísimos en su +existencia. Damos cuenta de aquellos que sabemos; pero ordinariamente, +se pasaba su vida haciendo todos los días lo mismo y á las mismas +horas. Un mes de sus años se parecía á una hora de sus días. + +En cuanto á lo que fué «el tesoro» de la catedral de Embrun, nos +veríamos apurados si se nos interrogara sobre ello. Contenía objetos +muy ricos, tentadores y muy á propósito para emplearlos en provecho +de los desgraciados. Robados ya lo estaban, la mitad de la aventura +era por lo tanto una realidad; no faltaba sino cambiar la dirección +del robo, haciéndole dar un rodeo hacia la parte de los pobres. Nada +podemos afirmar, sin embargo, sobre el particular. + +Solamente que se encontró entre los papeles del obispo, una nota +bastante confusa que se refería, tal vez á este particular, concebida +en los siguientes términos: _La cuestión está en si esto debe ser +devuelto á la catedral ó al hospital_. + + + + + VIII + =Filosofía después de beber= + + +El senador de quien antes hemos hablado, era un hombre inteligente, +que había hecho su carrera con una rectitud incapaz de reconocer como +obstáculos esto que llamamos conciencia, fe jurada, justicia y deber; +había caminado siempre directamente á su objetivo, sin separarse un +punto de la recta de su encumbramiento é intereses. Era un antiguo +procurador, enternecido por el éxito, no malo del todo, prestando +cuantos servicios insignificantes podía á sus hijos, á sus yernos, á +sus demás parientes y aun á sus amigos; había tomado sabiamente de la +existencia sólo la parte buena y utilitaria. Todo lo demás le parecía +estúpido. + +Tenía ingenio y había leído lo suficiente para creerse discípulo de +Epicuro, sin ser otra cosa que un simple producto de Pigault-Lebrun. +Reíase de buen grado y alegremente de las cosas eternas é infinitas, +como de las «ocurrencias del buen obispo». Llegando algunas veces, +con cierta condescendiente autoridad, á reirse á las mismas barbas de +Monseñor Myriel de lo que este decía. + +No recuerdo bien con motivo de qué ceremonia medio oficial, el conde*** +(dicho senador) y Monseñor Myriel debieron comer en casa del prefecto. +Á los postres, el senador, un poco alegre, pero digno siempre, exclamó: + +--¡Voto á san...! ¡señor obispo! Charlemos un poco. Un senador y un +obispo se miran raras veces sin guiñar el ojo. Somos dos agoreros. Voy +á seros franco. Tengo mi filosofía. + +--Tenéis mucha razón,--respondió el obispo.--Cuando uno se ocupa de sus +filosofías, uno se acuesta. Y vos, señor senador, os habéis echado en +un lecho de púrpura. + +El senador envalentonado, repuso: + +--Seamos buenos chicos. + +--Ó buenos diablos, lo mismo da,--dijo el obispo. + +--Os confieso--, replicó el senador,--que el marqués de Argens, Pyrrhon, +Hobbes y el señor Naigeon no son unos bolonios. Tengo yo en mi +biblioteca á todos mis filósofos encuadernados y dorados por el canto. + +--Como vos mismo, señor conde,--interrumpió el obispo. + +Prosiguió el senador: + +--Odio á Diderot; es un ideólogo, un declamador y un revolucionario: +en el fondo cree en Dios, es más santurrón que Voltaire. Voltaire se +rió de Needham, y se equivocó: porque las anguilas de Needham prueban +la inutilidad de Dios. + +Una gota de vinagre en una cucharada de pasta de harina, suple +perfectamente al _fiat lux_. Suponed la gota bastante gruesa, y +bastante grande la cucharada, y tenéis el mundo. + +El hombre es la anguila. Entonces, ¿á qué el Padre eterno? + +Señor obispo, la hipótesis de Jehová me fatiga. No sirve más que para +producir gentes débiles que sueñan vaciedades. ¡Abajo ese gran Todo +que nos enreda! ¡Viva Zero que me deja tranquilo! De vos á mí, y por +decirlo de una vez, ó para confesarme á mi pastor, creed que cuando +llega el caso, tengo buen juicio. No estoy loco, ni mucho menos, por +vuestro Jesús que predica, á cielo descubierto y en todas partes, +el desprecio de las riquezas y el sacrificio. Consejo de avaro ó de +pordiosero. Despreciar las riquezas: ¿por qué sacrificarse?: ¿á qué? +Jamás he visto que un lobo se inmole á otro lobo de buena gana. No nos +salgamos pues de la naturaleza. Nos encontramos en la cúspide; tengamos +por lo tanto una filosofía superior. ¿Para qué estar en lo alto, si +no hemos de querer ver más allá de la punta de la nariz de los demás? +Vivamos alegremente. La vida es el todo. + +Que exista para el hombre otro porvenir, en otra cualquier parte, en +lo alto, en lo bajo ó donde se quiera, no creo yo de ello una palabra. +¡Ah! se me recomienda la pobreza y el sacrificio, y debo por lo tanto +tener cuidado de todo cuanto haga; es preciso también que me rompa la +cabeza sobre el bien y el mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre el +_fas_ y el _nefas_. ¿Por qué? Porque he de dar cuenta de mis acciones. +¿Cuándo? Después de muerto. ¡Vaya un sueño! Después de muerto bien haya +quien me pinche. Haced que coja un puñado de ceniza una mano de sombra. +Hablemos en puridad, ya que pertenecemos á los iniciados, y que le +hemos levantado á Isis el guardapié: No existe el bien ni el mal; no +hay más que vegetación. Busquemos lo real. Penetremos por todas partes. +Profundicemos, ¡qué diablos! es preciso orear la verdad, sondear las +profundidades de la tierra y cogerla. Entonces seréis fuerte y podréis +reir. + +Yo soy cuadrado por la base. Señor obispo, la inmortalidad del hombre +es como un «oiga usted». ¡Vaya una promesa! fiad en ella y... Vaya +un documento sólido el de Adán. Uno es alma, y podrá ser ángel, y +podrá tener dos alas azules en los omóplatos. Ayudadme, pues; ¿no fué +Tertuliano quien dijo que los bienaventurados irán de un astro á otro? +Sea. Seremos las langostas de las estrellas. Luego veremos á Dios. Ta +ta ta. ¡Qué tonterías, ni qué paraísos! Dios es un cuento monstruoso. + +Yo no he de decir todo esto en el _Moniteur_, ¡qué diantre! pero +puedo murmurarlo entre amigos. _Inter pocula._ Sacrificar la tierra +al paraíso, es dejar la tajada por la sombra. ¡Ser el escarnio del +infinito! ser un salvaje. Yo no soy nada. Me llamo el señor conde +Nada, senador, ¿era yo antes de mi nacimiento? No. ¿Seré después de +mi muerte? No. ¿Qué soy? un poco de polvo agregado por un organismo. +¿Qué he venido á hacer sobre esta tierra? Tengo la elección: sufrir ó +disfrutar. ¿A dónde me conducirá el sufrimiento? A la nada; pero habré +sufrido. ¿A dónde me conducirá el goce? A la nada; pero habré gozado. +Mi elección está hecha. Es preciso comer ó ser comido. Yo como. Más +vale ser el diente que la yerba. Esta es mi ciencia. Luego que vaya +todo como pueda, el sepulturero está allí, el panteón para nosotros; +todo cae en la fosa común. Fin. _Finis._ Liquidación total. Este es el +término donde todo acaba. La muerte ha muerto, creedme. Si hay alguien +que tenga algo que decir sobre el particular, desde luego me río de +estos sueños. Cuentos de nodrizas. El coco para los niños, Jehová para +los hombres. No; nuestro mañana es de la noche. Detrás de la tumba no +hay sino nadas iguales. Así hayáis sido un Sardanápalo ó un Vicente +de Paul, esto no importa. Ésta es la verdad. Vivid, pues, sobre todo. +Servíos de vuestro _yo_ mientras lo poseáis. En verdad os lo digo, +señor obispo, tengo yo mi filosofía y mis filósofos. Jamás me he dejado +ni me dejaré enredar en estas invenciones. Después de todo, no deja +de ser ello de algún provecho para los pobres que andan por acá con +los pies desnudos, para los ganapanes, y los miserables. Alimentadles +de leyendas, quimeras, alma, inmortalidad, paraíso y estrellas. Ellos +comen eso mezclado con pan seco. Quien nada tiene, puede tener el buen +Dios, que es bien poca cosa. No me opongo á ello, pero guardo para mí á +Noigeón. + +El buen Dios, es bueno para el pueblo. + +El obispo batió palmas. + +--¡Esto es hablar!--exclamó.--¡Qué excelente y maravilloso es este +materialismo! No lo tiene quien quiere. ¡Ah! cuando uno lo posee, +no hay quien le engañe, ni se deja uno desterrar brutalmente como +Catón, ni lapidar como Esteban, ni abrasar vivo como Juana de Arco. +Aquellos que han sabido procurarse tan admirable materialismo, tienen +la incomparable dicha de sentirse irresponsables, y de pensar que +pueden ellos devorarlo todo, sin la menor inquietud; las prebendas, +las dignidades, el poder bien ó mal adquirido, las retractaciones +lucrativas, las traiciones útiles, las sabrosas capitulaciones de +conciencia y que bajarán á la tumba, hecha ya la digestión. ¡Qué +cosa tan rica! Y no digo eso por vos, señor senador. No obstante, me +es imposible dejar de felicitaros. Vosotros, los grandes señores, +tenéis, como habéis dicho, una filosofía particular, hecha por vuestro +gusto y á gusto vuestro, exquisita, refinada, accesible solo á los +ricos, siempre sabrosa y sazonada á vuestro paladar para todas las +necesidades de la vida. Esta filosofía está tomada de las profundidades +y desenterrada por buscadores especiales. Mas como sois príncipes +buenos, no lleváis á mal que la creencia en un buen Dios sea la +filosofía del pueblo, así como, por ejemplo, que el pato guisado con +castañas sea el pavo trufado de los pobres. + + + + + IX + =El hermano explicado por la hermana= + + +Para dar una idea del interior doméstico del señor obispo de D*** +y de la manera como aquellas dos santas mujeres subordinaban sus +acciones, sus pensamientos, hasta sus instintos de mujer, miedosas +por naturaleza, á las costumbres é intenciones del obispo, sin que +él tuviera necesidad de tomarse la pena de hablar para expresarlas, +no podemos hacer otra cosa que transcribir una carta de la señorita +Batistina á la señora vizcondesa de Boischevron, su amiga de la +infancia. Esta carta está en nuestras manos. + +D*** 16 diciembre de 18... + +«Mi buena señora: no se pasa un día, durante el cual no hablemos de +vos. Es ésta ya en nosotros una costumbre, pero existe además otra +razón para ello. Figuraos que al quitar el polvo y al lavar las paredes +y los techos, la señora Magloria ha hecho grandes descubrimientos; +ahora ya nuestros dos aposentos tapizados de papel viejo blanqueado por +la cal, no resultarían indignos de pertenecer á un castillo como el +vuestro. La señora Magloria ha arrancado todo el papel. Debajo había +otras cosas. Mi salón donde no hay muebles, y del que nos servimos +para tender la ropa de la colada, mide quince pies de alto por diez y +ocho de ancho en cuadro, un techo pintado á la antigua, con dorados y +artesonados como vuestra casa. Estaba cubierto por un lienzo desde que +fué convertido en hospital. En fin, que han aparecido ensambladuras del +tiempo de nuestros abuelos. Pero es en mi cuarto donde hay que ver. La +señora Magloria ha descubierto, por bajo de diez papeles por lo menos, +pegados unos sobre otros, pinturas, que sin ser del todo buenas, pueden +muy bien pasar. Está Telémaco, armado caballero por Minerva, está +también en los jardines, cuyo nombre no recuerdo ahora. En fin, allí +donde las damas romanas iban solo una noche. ¿Qué he de deciros más? +Tengo romanos, tengo romanas (_aquí una palabra ininteligible_), y toda +la comitiva. La señora Magloria ha aclarado todo esto, y este verano +piensa reparar algunas pequeñas averías, barnizándolo todo, y mi cuarto +será así un verdadero museo. Ha encontrado igualmente en un rincón del +granero, dos consolas de madera, bastante antiguas. Pidiéronnos dos +escudos de seis libras por volverlas á dorar, pero vale más dárselos á +los pobres; además son bastante feas; yo gustaría más de un velador de +caoba. + +«Yo sigo siendo siempre tan dichosa. Mi hermano es tan bueno. Todo +lo que tiene se lo da á los pobres y á los enfermos. Pasamos mucha +estrechez. En este país es muy crudo el invierno, y es preciso hacer +algo por los que carecen de todo... Nosotros estamos más ó menos +alumbrados y abrigados. Ya veis que son estas grandes comodidades. + +«Mi hermano tiene sus costumbres particulares. Cuando hablamos de ello, +dice que un obispo debe ser así. Figuraos que las puertas de esta casa +no se cierran jamás. Entra el que quiere, y se encuentra en seguida +con mi hermano. No teme nada, nada, ni siquiera de noche. Esa es su +valentía, según él dice. + +«No permite que yo tema por él, ni que la señora Magloria tema tampoco. +Se expone á toda clase de peligros, y no quiere que aparentemos que nos +apercibimos de ello. Es preciso saberle comprender. + +«Sale cuando llueve, camina bajo el agua, y viaja en invierno. No le +asusta la noche, ni los caminos peligrosos, ni los malos encuentros. + +«El año pasado se fué solo á un país de ladrones, sin permitir que le +acompañáramos nosotras. Estuvo ausente unos quince días. Á su vuelta, +nada le había pasado: se le creía muerto, y gozaba de buena salud. +Dijo: «¡Ved cómo me han robado!» y abrió una maleta, llena con todas +las alhajas de la catedral de Embrun que le habían entregado los +ladrones. + +«Esta vez, al volver, no pude menos de regañarle un poco, cuidando, sin +embargo, de hablar mientras metía mucho ruido el carruaje, á fin de que +nadie pudiera enterarse. + +«Al principio me decía yo: no hay peligros que le detengan, es +terrible; ahora he acabado por acostumbrarme. Muchas veces hago señas +á la señora Magloria para que no le contradiga. Él obra y se aventura +como le parece. Me llevo á la señora Magloria y me subo con ella á mi +cuarto, ruego por él y me quedo dormida. Estoy tranquila, porque sé muy +bien que si le sucediera algún percance, sería ello mi fin. Me iría con +el buen Dios en compañía de mi hermano y obispo. La señora Magloria +ha tenido más trabajo que yo para acostumbrarse á lo que ella llamaba +sus imprudencias. Ahora ya estamos resignadas. Rezamos las dos juntas; +las dos tenemos miedo á un tiempo, y á la par nos dormimos. El diablo +podría entrar en casa sin el menor obstáculo. Después de todo, ¿por qué +hemos de temer? Siempre hay con nosotros en nuestra casa alguien que es +más fuerte. Puede el diablo pasar, pero el buen Dios la habita. + +«Esto me basta; mi hermano no tiene ya necesidad de decirme nada. Le +comprendo sin que me hable, y nos abandonamos á la Providencia. + +«Ved cómo hay que tratar á un hombre que tiene su grandeza de espíritu. + +«He preguntado á mi hermano acerca de las noticias que me pedís sobre +la familia de Faux. Ya sabéis que está él muy al corriente, y que +conserva todos sus recuerdos, pues sigue siendo muy buen realista. +Esta familia es una de las más antiguas entre las normandas de la +generalidad de Caen. Hace quinientos años hubo un Raúl de Faux, un +Juan Faux y un Tomás Faux, que eran hidalgos, y uno de ellos señor de +Rochefort. El último fué Guido Esteban Alejandro, maestre de campo, y +no sé qué más en la caballería ligera de Bretaña. Su hija, María Luisa, +casó con Adriano Carlos de Gramont, hijo del duque Luis de Gramont, par +de Francia y coronel de guardias francesas, y teniente general de los +ejércitos. Se escribe Faux, Fauq y Faoucq. + +«Recomendadnos, mi buena señora, á las oraciones de vuestro santo +pariente el señor cardenal. En cuanto á vuestra cara Silvania, ha hecho +bien aprovechando los cortos instantes que pasa á vuestro lado para +escribirme. Está buena, trabaja á gusto vuestro, me quiere siempre; +es todo lo que yo deseo; estoy muy contenta con el recuerdo que por +vos me ha enviado. Mi salud no es del todo mala, y sin embargo, voy +enflaqueciendo diariamente. Adiós, se acaba el papel, y esto me obliga +á despedirme. Tantas cosas á todos. + «BATISTINA. + +«P. S.--Vuestro sobrinillo está precioso. ¿Sabéis que va ya para cinco +años? Ayer vió pasar un caballo al que habían puesto rodilleras, y +dijo: ¿Qué es lo que tiene el pobre en las rodillas?--¡Es una criatura +encantadora! Su hermanito corre ya por la habitación tirando de un palo +de escoba como de un carro, y grita: ¡Au!». + +Como se ve por esta carta, aquellas dos mujeres sabían acomodarse +á la manera de ser del obispo con esa concepción particular de la +mujer que comprende al hombre, mejor que el hombre se comprende á sí +mismo. El obispo de D*** bajo aquel aspecto sereno y cándido que no +desmentía jamás, hacía á veces cosas grandes, atrevidas y magníficas +sin que pareciese advertirlo siquiera. Ellas podían asustarse, pero le +dejaban hacer. Alguna que otra vez la señora Magloria solía mostrar su +oposición antes, pero nunca durante ni después de la acción. Jamás se +le distraía con una sola palabra, ni un gesto siquiera, durante una +obra comenzada. En muchos casos sin que tuviera necesidad de decirlo, +cuando tal vez ni aún conciencia de ello tenía, tanta era su sencillez, +presentían ellas vagamente que obraba como obispo; entonces no eran +ellas más que dos sombras en aquella casa. Servíanle pasivamente, y si +era preciso para obedecer, que desapareciesen, desaparecían. + +Sabían, con admirable delicadeza de instinto, que los excesos de +solicitud pueden ser á veces un estorbo, por lo cual, aún creyéndole +en peligro, pero comprendiendo, no diré su pensamiento, pero sí su +naturaleza, hasta el punto de no velar por él. Confiábanle á Dios. + +Sin embargo, Batistina decía, como acabamos de leer, que el fin de su +hermano sería el suyo. La señora Magloria no lo decía, pero lo sabía. + + + + + X + =El obispo en presencia de una luz desconocida= + + +En una época un tanto posterior á la fecha de la carta citada en las +páginas precedentes, hizo él cierta cosa, que, si hemos de creer lo que +se dijo en toda la ciudad, era más arriesgada aún que su paseo por las +montañas de los bandidos. + +Existía junto á D*** en el campo, un hombre que vivía solitario. +Este hombre, digamos de una vez la gran palabra, era, un antiguo +convencional, llamado G. + +Hablábase del convencional G. entre la gentezuela de D*** con cierto +horror. ¡Un convencional! ¡Quién puede figurárselo! Eso existía en +tiempos en que se tuteaban unos á otros y se llamaban ciudadano. Aquel +hombre venía á ser casi un monstruo. No había votado la muerte del rey, +pero poco le había faltado. Era pues, un casi regicida. Había sido +terrible. ¿Por qué á la vuelta de los príncipes legítimos no habían +hecho comparecer á ese hombre ante un consejo prebostal? No era preciso +cortarle la cabeza, porque era necesario ser clemente; pero al menos se +le podía haber condenado á destierro perpetuo. ¡Hacer un escarmiento! +Además, era un ateo como todas aquellas gentes de entonces. + +Habladurías de gansos sobre el buitre. + +¿Era en realidad un buitre el convencional G.? Sí, á juzgar por lo que +había de esquivo en su soledad. No habiendo votado la muerte del rey, +no estuvo comprendido en los decretos de destierro, y podía permanecer +en Francia. + +Habitaba á tres cuartos de hora de la ciudad, alejado de toda vivienda +y de todo camino; en la perdida quebrada de un valle salvaje. Decíase +que tenía allí una especie de campo, un tabuco, una madriguera. Nada de +vecinos, nada de transeuntes. Desde que moraba en aquel valle, la senda +que á él conducía había desaparecido bajo la yerba. Hablábase de aquel +sitio como de la casa del verdugo. + +Por lo tanto, tenía el obispo fija su idea en lo que de él se decía, y +de tiempo en tiempo miraba al horizonte, hacia el punto donde un grupo +de árboles indicaba el valle del viejo convencional, y decía: «¡Allí +existe un alma que está sola!». + +Y para sus adentros, añadía: «Le debo mi visita». + +Debemos confesar, sin embargo, que semejante idea, tan natural al +principio, le parecía después de un momento de reflexión, como extraña +é imposible, y casi repulsiva, porque en el fondo participaba de la +impresión general, y el convencional le inspiraba, sin que él acertase +á darse cuenta de ello, esa especie de sentimiento que es como la +frontera del odio, y que expresa perfectamente la palabra: despego. + +No obstante, ¿debe la sarna de la oveja hacer retroceder al pastor? No. +¡Pero qué oveja! + +El buen obispo estaba perplejo. Algunas veces se dirigía hacia aquel +punto, pero luego retrocedía. + +Cierto día, por fin, corrió por la ciudad la noticia de que una +especie de pastorcillo que servía al convencional G. en su madriguera, +había ido en busca de un médico; aquel infame viejo se moría, por que +la parálisis aumentaba, y no podía pasar de aquella noche. ¡Á Dios +gracias! añadían algunos. + +El obispo tomó su bastón, púsose su sobretodo á causa de estar su +sotana, como hemos dicho, por demás usada, y además, por guardarse del +aire de la tarde, que no había de tardar en soplar, y partió. + +El sol declinaba y tocaba casi al horizonte cuando llegó el obispo +al sitio excomulgado. Reconoció por los latidos de su corazón que se +encontraba cerca de la madriguera. Saltó una zanja, pasó un seto, +atravesó un puente, entró en un huertecillo descuidado, dió algunos +pasos resueltos, y de pronto, en un fondo erial, detrás de altos +abrojos, percibió la caverna. + +Era una cabaña baja, pobre, pequeña y aseada, cuya fachada cubría un +emparrado. + +Junto á la puerta, sentado en un viejo sillón de ruedas veíase un +hombre de cabellos blancos, que sonreía mirando al sol poniente. + +Junto al viejo sentado, estaba de pie un joven, el pastorcillo, +sirviendo al anciano una taza de leche. + +Mientras le miraba el obispo, el anciano levantó la voz +diciendo:--Gracias, no necesito nada más. Y su sonrisa dejó de fijarse +en el sol para dirigirse al chico. + +Adelantóse el obispo, y al ruido que produjo su andar volvió el viejo +sentado la cabeza, y su semblante expresó toda la sorpresa que se pueda +sentir después de una larga vida. + +--Desde que estoy aquí,--dijo el anciano,--ésta es la vez primera que +un hombre entra en mi casa. ¿Quién sois, señor? + +El obispo respondió: + +--Yo me llamo Bienvenido Myriel. + +--¡Bienvenido Myriel! he oído pronunciar ese nombre. ¿Seríais vos acaso +aquél á quien el pueblo llama monseñor Bienvenido? + +--Yo soy. + +El viejo repuso con ligera sonrisa: + +--En ese caso, ¿sois vos mi obispo? + +--¡Puede! + +--Entrad, señor. + +El convencional tendió la mano al obispo; pero el obispo no se la tomó, +limitándose á decir únicamente: + +--Me alegro de ver que me han engañado. No parece en verdad, que estéis +enfermo. + +--Señor,--respondió el anciano,--voy á curar del todo. + +Hizo una pausa, y dijo: + +--Voy á morir dentro de tres horas. + +Luego repuso: + +--Tengo algo de médico, y sé de qué manera llega la última hora... +Ayer no tenía fríos más que los pies; hoy ha subido el frío á las +rodillas, y estoy sintiendo ahora que alcanza la cintura; cuando +llegue al corazón, me pararé. ¿Verdad que es bello el sol? He hecho +que me arrastren hasta aquí para lanzar mi última mirada sobre las +cosas. Podéis hablarme, la conversación no me fatiga. Habéis hecho muy +bien en venir á ver á un hombre que va á morir. Es bueno que en este +momento haya testigos. Cada uno tiene sus manías; yo hubiera querido +llegar hasta la aurora. Pero sé que me quedan apenas tres horas; será +de noche. En fin, ¡qué importa! Acabar es trabajo sencillo. No hay +necesidad de día para, ello. Sea, moriré á la hora de las estrellas. + +El anciano se volvió hacia el pastor: + +--Y tú, vete á acostar. Has velado toda la noche, y estás cansado. + +El muchacho entró nuevamente en la cabaña. + +El anciano le siguió con la mirada y añadió, como hablando consigo +mismo: + +--Mientras él dormirá, yo moriré. Ambos sueños pueden ser buenos +vecinos. + +El obispo no estaba conmovido como parece que debía estarlo. No creía +él sentir á Dios en aquella manera de morir; digámoslo todo, porque las +pequeñas contradicciones de los corazones grandes deben ser indicadas +como las demás; él, que cuando llegaba el caso se reía de buena fe de +su eminencia, en aquel momento le chocaba algún tanto no oir que se +le llamase monseñor, llegando á estar tentado de replicar: ciudadano. +Ocurriósele el capricho de cierta familiaridad, muy común en médicos y +eclesiásticos, pero que no era habitual en él. Aquel hombre, después de +todo, aquel convencional, aquel representante del pueblo, había sido +un poderoso de la tierra; por la primera vez de su vida tal vez, se +sintió el obispo inclinado á la severidad. + +El convencional, sin embargo, considerábale con modesta cordialidad, en +la cual hubiérase podido distinguir tal vez la humildad que acompaña al +individuo próximo á convertirse en polvo. + +El obispo, por su parte, si bien se abstenía generalmente de toda +curiosidad, la cual, según él, era vecina de la ofensa, no podía +abstenerse de examinar al convencional con una atención, que, no siendo +originada por la simpatía, se la hubiese reprochado sin duda su propia +conciencia con relación á otro hombre cualquiera. Un convencional le +hacía el efecto de estar algo fuera de la ley, inclusa la ley de la +caridad. G., sereno, el busto casi erguido, la voz vibrante, era uno de +esos grandes octogenarios que causan la admiración del fisiólogo. La +Revolución tuvo muchos de esos hombres dignos de su época. Adivinábase +desde luego en aquel anciano al hombre fuerte. Tan próximo como estaba +á su fin, conservaba todas las apariencias de la salud. Había en su +certera mirada, en su enérgico acento, en el robusto movimiento de sus +hombros, un algo, capaz de desconcertar á la muerte. Azrael, el ángel +mahometano del sepulcro, hubiera retrocedido creyendo haber equivocado +la puerta. G. parecía morirse, porque así lo quería. Gozaba de la +libertad, hasta en su misma agonía. Las piernas solamente estaban +inmóviles. Las tinieblas le tenían cogido por ellas. Tenía los pies +muertos y fríos, y la cabeza, viviente con toda la pujanza de la vida, +aparecía erguida y radiante. G. en aquel supremo instante, se asemejaba +al rey del cuento oriental, de carne su parte superior, de mármol su +base. + +Había allí una piedra. El obispo se sentó. El exordio fué _ex-abrupto_. + +--Os felicito,--díjole en tono casi reprensivo.--Vos no habéis votado +nunca la muerte del rey. + +El convencional no pareció fijarse en la significación amarga que +ocultaba la palabra _nunca_. Pero respondió, después de haber +desaparecido de su rostro la menor sombra de sonrisa: + +--No me felicitéis demasiado, señor, porque voté el fin del tirano. + +Era el acento austero ante el tono severo. + +--¿Qué queréis decir?--repuso el obispo. + +--Quiero decir que el hombre tiene un tirano, la ignorancia. Yo voté el +fin de ese tirano. Ese tirano ha engendrado la dignidad real, que es la +autoridad tomada de lo falso, mientras que la ciencia es la autoridad +tomada de lo verdadero. El hombre no debe ser gobernado más que por la +ciencia. + +--Y la conciencia,--añadió el obispo. + +--Es igual. La conciencia es la cantidad de ciencia innata que se +encierra en nosotros. + +Monseñor Bienvenido escuchaba, algo asombrado, este lenguaje +enteramente nuevo para él. + +El convencional prosiguió: + +--Tocante á Luis XVI, dije no. Yo no me creo con derecho para matar +á un hombre; pero siento el deber de exterminar el mal. Yo voté el +fin del tirano, es decir, el fin de la prostitución de la mujer, el +fin de la esclavitud del hombre, el fin de las tinieblas para el +niño. Votando la república, voté todo eso. Yo voté la fraternidad, la +concordia, la aurora. Ayudé á la caída de las preocupaciones y de los +errores. El hundimiento de los errores y de las preocupaciones produce +la luz. Nosotros hicimos caer al viejo mundo; y el viejo mundo, vaso +de miserias, al derramarse sobre el género humano, se ha convertido en +cáliz de alegría. + +--De alegría impura,--dijo el obispo. + +--Podéis decir alegría turbada; y hoy por hoy, después de ese regreso +fatal del pasado que se llama 1814, alegría desvanecida. ¡Ay! La +obra resultó incompleta, convengo en ello; nosotros demolimos el +antiguo régimen en los hechos, no pudiendo suprimirlo del todo en las +ideas. Destruir el abuso no es suficiente, es preciso modificar las +costumbres. El molino no existe, pero prosigue el viento. + +--Vosotros demolisteis. Demoler puede tal vez ser útil; pero yo no me +fío de una demolición mezclada en cólera. + +El derecho encierra su cólera, señor obispo, y la cólera del derecho es +un elemento de progreso. No importa, diga quien quiera lo contrario, +la Revolución francesa es el paso más grande del género humano desde +el advenimiento de Cristo. Incompleto puede ser, pero sublime. Ha +despejado todas las incógnitas sociales, y ha suavizado los espíritus; +ha apaciguado, ha templado é ilustrado, ha hecho infiltrar en la tierra +torrentes de civilización, en una palabra: ha sido buena. La Revolución +francesa es la consagración de la humanidad. + +El obispo no pudo abstenerse de murmurar: + +--¿Sí? ¡93! + +El convencional se incorporó en su silla con una solemnidad casi +lúgubre, y con toda la energía con que pueda contar un moribundo, +exclamó: + +--¡Ah! ¡Vos también! ¡93! Ya esperaba yo esta palabra. Se ha estado +formando una nube durante mil quinientos años. Al fin de quince siglos +ha descargado. ¿Pretendéis acusar por ello al rayo? + +Sintió el obispo, tal vez sin explicárselo, que había sido herido en +algo. Supo contenerse, y respondió: + +--El juez habla en nombre de la justicia; el sacerdote habla en nombre +de la clemencia, que no es sino otra justicia más alta. El trueno no +debe jamás equivocarse. + +Y añadió mirando fijamente al convencional: + +--¿Luis XVII? + +El convencional alargó la mano, y asiendo al obispo del brazo, dijo: + +--¡Luis XVII! Veamos. ¿Á quién lloráis en él? ¿Es al niño inocente? +Entonces, sí, también lloro con vos. ¿Es al infante real? Os suplico +que reflexionéis. Para mí, el hermano de Cartouche, niño inocente, +colgado por los sobacos en la plaza de la Grève hasta que sobreviniese +la muerte, por el solo crimen de ser hermano de Cartouche, no es menos +doloroso que el nieto de Luis XV, niño inocente, martirizado en la +torre del Temple por el solo crimen de haber sido nieto de Luis XV. + +--Señor,--dijo el obispo,--no gusto de esta mezcla de nombres. + +--¿Cartouche? ¿Luis XV? ¿Por cuál de los dos reclamáis? + +Hubo un momento de silencio. El obispo se arrepentía casi de haber ido +allí, y no obstante, se sentía vaga y extrañamente conmovido. + +El convencional repuso: + +--¡Ah! señor cura, no os gustan las crudezas de la verdad; Cristo +gustaba de ellas. Y sabía tomar una vara y limpiar el templo. Su +látigo, de luz refulgente, era un rudo decidor de verdades. Cuando +exclamaba: _Sinite parvulos_... no hacía distinción alguna entre los +niños. Él no se inquietaba en preferir el primogénito de Barrabás +al primogénito de Herodes. Señor, la inocencia tiene en sí misma su +corona. La inocencia ni pierde ni gana siendo alteza. Es igualmente +augusta vistiendo andrajos que flordelisada. + +--Es verdad,--repitió en voz baja el señor obispo. + +--Insisto--continuó el convencional G.--Habéis nombrado á Luis XVII. +Entendámonos. ¿Lloramos por todos los inocentes, por todos los +mártires, por todos los niños, por los de abajo como por los de arriba? +Conformes. Pero ya os lo he dicho; es preciso remontarnos más arriba +del 93, esto es, antes de Luis XVII, donde deben comenzar nuestras +lágrimas. Yo lloraré con vos por los hijos de los reyes, con tal que +vos lloréis conmigo por los hijos del pueblo. + +--Por todos lloro,--dijo el obispo. + +--¡Igualmente!--exclamó G.--Y si debe inclinarse la balanza, que sea +del lado del pueblo. Hace mucho más tiempo que sufre. + +Hubo en nuevo silencio siendo el convencional quien lo rompió. Irguióse +apoyándose sobre un codo, tomó con el pulgar y el índice un pliegue de +su mejilla, como hace maquinalmente el que interroga cuando juzga, é +interpeló al obispo con una mirada llena de todas las energías de la +agonía. Casi fué una explosión. + +--Sí, señor; hace mucho tiempo que el pueblo sufre. Y luego, advertid: +No es esto todo, ¿á que venís vos á preguntarme y hablarme de Luis +XVII? Yo no os conozco ni sé quién sois. Desde que vine á este país, +vivo en este recinto, solo, sin poner jamás los pies afuera, ni ver á +nadie, más que á ese muchacho que me asiste. Vuestro nombre, es verdad, +ha llegado confusamente hasta mí, y debo decirlo, no mal pronunciado; +pero esto nada significa; ¡las gentes hábiles tienen tantas maneras de +hacer que les crea el bueno del pueblo!... Á propósito, no he oído el +ruido de vuestro carruaje; os lo habréis dejado sin duda detrás del +soto, allá abajo en el empalme de la carretera. No os conozco, repito. +Me habíais dicho que erais el obispo, pero esto nada me indica sobre +vuestra personalidad moral. En suma, vuelvo á mi pregunta: «¿Quién +sois?». Sois obispo, es decir, un príncipe de la Iglesia, uno de esos +hombres dorados, blasonados, con grandes rentas, y gruesas prebendas; +el obispo de D*** quince mil francos fijos, diez mil de eventuales; +total, veinticinco mil francos; con buena cocina, buenas libreas, con +buena mesa, comiendo pollos de agua en viernes; pavoneándose entre +lacayos delante y detrás de su berlina de gala, que tiene palacios, +y arrastra coche en nombre de Jesucristo, ¡que andaba descalzo! +Sois un prelado; rentas, palacios, caballos, buena mesa; todas las +sensualidades de la vida, tendréis todo eso como los demás, y como los +demás disfrutáis de ello, está bien; pero esto dice demasiado ó no dice +bastante; esto no me prueba nada sobre el valor intrínseco y esencial, +de quien viene con la pretensión probable de traerme la sabiduría. ¿Á +quién estoy hablando? ¿Quién sois vos? + +El obispo inclinó la frente y respondió: + +--_Vermis sum._ + +--¡Un gusano de tierra en carroza!--refunfuñó el convencional. + +Tocábale el turno al convencional ser altivo y al obispo humilde. + +Éste repuso con dulzura: + +--Sea, señor mío; pero explicadme, como mi coche, que está ahí á dos +pasos detrás de los árboles, como mi buena mesa y los pollos de agua +que yo como en viernes, como mis veinticinco mil francos de renta, como +mi palacio y mis lacayos, prueban que la piedad no es una virtud, que +la clemencia no es un deber, y que el 93 no fué inexorable. + +El convencional pasóse la mano por la frente como para despejar una +nube. + +--Antes de contestaros,--le dijo,--os pido que me perdonéis. Acabo de +cometer un error, señor mío. Estáis en mi casa, sois mi huésped y os +debo cortesía. Discutís mis ideas, y debo limitarme á combatir vuestros +argumentos. Vuestras riquezas y vuestros goces son mis ventajas contra +vos en este debate; pero no es de buen gusto servirse de ellas. Os +prometo no valerme más de las tales. + +--Os doy por ello gracias,--dijo el obispo. + +G. replicó: + +--Volvamos nuevamente á la explicación que me pedíais. ¿Dónde +estábamos? ¿Qué me decíais? ¿Que el 93 fué inexorable? + +--Inexorable, sí,--dijo el obispo.--¿Qué opináis de Marat batiendo +palmas á la guillotina? + +--¿Y qué me decís vos de Bossuet cantando el _Te-Deum_ sobre los +acuchillados? + +La contestación era dura, pero iba derecha al blanco con la rigidez +de una punta de acero. El obispo se estremeció, y no se le ocurrió +respuesta alguna; y luego, le desconcertaba la manera de nombrar á +Bossuet. Los mejores ingenios tienen sus ídolos, y por esto se sienten +vagamente mortificados por sus faltas de respeto á la lógica. + +El convencional empezaba á sentir hipo, el asma de la agonía que se +mezcla á los últimos alientos, le embargaba la voz; no obstante, aún +había en su mirada una perfecta lucidez de alma. Prosiguió: + +--Digamos todavía algunas palabras, puedo aún. Separándonos de +la revolución que, tomada en conjunto, es una inmensa afirmación +humana, 93, ¡ay! es una réplica. Vos la encontráis inexorable; pero +¿y la monarquía, señor cura? Carrier es un bandido; pero ¿qué nombre +le dais á Montrevel? Fouquier-Tainville es un vividor; pero ¿qué +opinión os merece Lamoignon Baville? Maillard es espantoso; pero +¿Saulx-Tavannes qué os parece? El padre Duchesne es feroz; pero ¿qué +epíteto me concedéis para el padre Letellier? Jourdan Corta-Cabezas es +un monstruo; pero no tanto como el marqués de Louvois. Señor, señor, +compadezco á María Antonieta, archiduquesa y reina; pero compadezco +también á aquella pobre mujer hugonote, que, en 1685, bajo el reinado +de Luis el Grande, dando de mamar á su hijo, fué amarrada á un poste, +desnuda hasta la cintura; y arrancándole del pecho la criatura, +colocáronla á cierta distancia; hinchado su seno por la leche y el +corazón de angustia, la hambrienta y pálida criatura miraba muriendo +aquel seno, lleno de vida, y el verdugo decía á la mujer, madre y +nodriza á un tiempo: «¡Abjura!» dándole á escoger entre la muerte de +su hijo y la de su conciencia. ¿Qué me diréis de este suplicio de +Tántalo aplicado á una madre? Señor, guardad bien esto en la memoria: +La Revolución francesa tuvo sus razones. Su cólera será absuelta +indudablemente por la posteridad. Su resultado es el mejoramiento del +mundo. De sus golpes más terribles, surge una caricia para el género +humano. Abrevio, concluyo. Tengo demasiado buen juego. Además, me muero. + +Y dejando de mirar al obispo, el convencional terminó su pensamiento +con estas sencillas palabras: + +--Sí, las brutalidades del progreso se llaman revoluciones. Cuando han +terminado, se reconoce esto: que el género humano ha sido tratado con +dureza, pero que ha marchado. + +El convencional no advertía siquiera que acababa de tomar sucesivamente +una después de otra, todas las trincheras interiores del obispo. Éste +conservaba una todavía, y del supremo recurso de la resistencia de +monseñor Bienvenido, salió esta otra frase reapareciendo casi toda la +rudeza del principio: + +--El progreso debe creer en Dios. El bien no puede tener servidores +impíos. Es un mal conductor del género humano el hombre ateo. + +El antiguo representante del pueblo no respondió. Sintióse estremecido; +miró al cielo, saltándole una lágrima con aquella mirada. Cuando +acabó de llenarse el párpado, la lágrima se deslizó á lo largo de la +descolorida mejilla, y dijo balbuceando por lo bajo y como hablando +consigo mismo, perdida su mirada en lo profundo: + +--¡Oh tú! ¡Oh ideal! ¡Tú sólo existes! + +El obispo sintió una especie de conmoción inexplicable. + +Después de un silencio, el anciano levantó un dedo señalando al cielo, +y dijo: + +--El infinito existe. Allí está. Si el infinito no tuviera un yo, sería +el yo su límite; no sería infinito; ó en otros términos, no sería. Pero +es: luego existe un yo. El yo del infinito que es Dios. + +El moribundo había pronunciado estas últimas palabras en voz alta en +el estremecimiento del éxtasis, como si viera á alguien. Cuando acabó +de hablar se cerraron sus ojos. El esfuerzo le había debilitado por +completo. Era evidente que acababa de vivir en un minuto, las pocas +horas que podían quedarle. Lo que acababa de decir le había aproximado +á la muerte. El supremo instante había llegado. + +Comprendiólo el obispo; apremiaba el tiempo, había ido allí como +sacerdote; de una extremada frialdad había pasado gradualmente á la +emoción extrema; fijó su mirada en aquellos ojos cerrados, tomó aquella +mano rugosa y helada, é inclinándose hacia el moribundo, le dijo: + +--Ésta es la hora de Dios. ¿No os parece que hubiera sido sensible el +habernos encontrado inútilmente? + +El convencional abrió los ojos de nuevo; cierta gravedad, en la que +había algo de sombrío, inundó su semblante. + +--Señor obispo,--dijo con cierta lentitud, que procedía quizá mejor +de la dignidad del alma que del desfallecimiento de sus fuerzas,--he +pasado mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía +yo sesenta años, cuando mi país me llamó y me ordenó mezclarme en +sus asuntos. Yo obedecí. Existían abusos, y los combatí; existían +tiranías, y las destruí; existían derechos y principios, y los proclamé +y confesé. El territorio estaba invadido, y lo defendí; la Francia se +veía amenazada, y le ofrecí mi pecho. No era rico, y soy pobre. Fuí +uno de los dueños del Estado, y cuando las cajas del Tesoro estaban +atestadas de valores, tantos que fué menester apuntalar las paredes del +edificio, próximas á derrumbarse bajo el peso del oro y de la plata, +comía yo en la calle del Arbre-sec á veintidós sueldos el cubierto. He +socorrido á los oprimidos, he aliviado á los enfermos. He rasgado los +manteles del altar, cierto; pero ha sido para vendar las heridas de la +patria. He apoyado siempre la marcha adelante del género humano hacia +la luz, y he resistido más de una vez al progreso despiadado. Hubo +ocasión en que llegué á proteger á mis propios adversarios, á vosotros. +Hay en Peteghem, en Flandes, en el mismo lugar donde los reyes +merovingios tenían su palacio de verano, un convento de urbanistas, la +abadía de Santa Clara de Beaulieu, que yo salvé en 1793. He cumplido +con mi deber según mis fuerzas, haciendo el bien que pude. Después he +sido arrojado, acosado, vejado, perseguido, calumniado, escarnecido, +afrentado, maldecido y proscrito. Después de muchos años y con todos +mis cabellos blancos, veo todavía que hay gentes que se creen con +derecho á despreciarme; tengo para la pobre é ignorante multitud cara +de condenado, y acepto sin odiar yo á nadie, el aislamiento del odio +general. Tengo ahora ochenta y seis años; y voy á morir. ¿Qué venís á +pedirme? + +--_Vuestra bendición_,--dijo el obispo. + +Y se arrodilló. + +Cuando el obispo levantó la cabeza, el rostro del convencional se le +presentó verdaderamente augusto. Acababa de espirar. + +El obispo regresó á su casa profundamente absorbido en inexplicables +pensamientos, y se pasó toda la noche en oración. + +Al día siguiente, algunos curiosos atrevidos, intentaron hablarle del +convencional G.; concretóse á señalar el cielo. + +Desde este momento redobló su ternura y fraternidad para con los +infelices y desvalidos. + +Toda alusión á aquel «desalmado viejo de G.» le sumía en una +preocupación singular. Nadie podría asegurar que el paso de aquel +espíritu ante el suyo, y el reflejo de aquella gran conciencia sobre la +suya, no hubiesen contribuido en su aproximamiento á la perfección. + +Aquella «visita pastoral» fué, naturalmente, objeto de murmuración en +los mezquinos círculos de la localidad. + +--¿Es acaso,--decían ellos,--lugar digno de todo un obispo la cabecera +de semejante moribundo? Era evidente que no había de sacar de allí +conversión ninguna. Todos esos revolucionarios son relapsos. ¿Á qué +ir entonces? ¿Qué podía ver en semejante sitio? No podía ser sino la +curiosidad de ver un alma que se la lleva el diablo. + +Cierto día, una de esas viudas ricas, perteneciente á la impertinente +variedad de las gentes que se creen agudas, le enderezó esta salida: + +--Monseñor, no falta quien pregunta cuándo se pondrá Su Ilustrísima +gorro encarnado. + +--¡Oh! ¡oh! Ése es un gran color,--respondió el obispo.--Puesto que los +que le desprecian en un gorro le veneran en un capelo. + + + + + XI + =Una restricción= + + +Se arriesgaría mucho á equivocarse quien supusiera por lo dicho que +monseñor Bienvenido fuése un «obispo filósofo» ó un «cura patriota». Su +encuentro, que podríamos llamar mejor su conjunción con el convencional +G., le dejó una especie de asombro que vino á aumentar todavía su +benignidad. He aquí todo. + +Por más que monseñor Bienvenido no fuera, ni mucho menos, un hombre +político, quizá sea éste el lugar de indicar ligeramente cuál fué su +actitud en los acontecimientos de entonces, suponiendo que monseñor +Bienvenido hubiese pensado alguna vez en tener actitud alguna. + +Retrocedamos, pues, algunos años. + +Algún tiempo después de la elevación de monseñor Myriel al episcopado, +el emperador le había nombrado barón del imperio, al mismo tiempo que +á otros muchos obispos. El arresto del Papa tuvo lugar, como sabe todo +el mundo, durante la noche del 5 al 6 de julio de 1809, en cuya ocasión +fué llamado monseñor Myriel por Napoleón, al sínodo de los obispos de +Francia é Italia convocado en París. Este sínodo se celebró en Nuestra +Señora, y tuvo la primera sesión el 15 de junio de 1811, bajo la +presidencia del cardenal Fesch. Monseñor Myriel fué uno de los noventa +y cinco obispos que acudieron; pero asintió solamente á una sesión +y á tres ó cuatro conferencias particulares. Obispo de una diócesis +montañesa, viviendo tan cerca de la naturaleza, en la rusticidad y la +desnudez, parecía como que aportase, en medio de aquellos personajes +eminentes, ideas capaces de cambiar el temperamento de la asamblea. +Volvióse, por lo tanto luego á D*** donde, habiéndole interrogado +acerca de su precipitado regreso, respondió: + +--_Mi presencia les molestaba. El aire de fuera les entraba conmigo, +haciéndoles el efecto de una puerta abierta._ + +Otra vez contestó: + +--_¿Qué queréis? Aquellas eminencias eran todos príncipes, y yo no +pasaba de ser un pobre obispo plebeyo._ + +Lo cierto es que les había disgustado. Entre otras cosas extrañas, +habíasele escapado decir cierta noche, en casa de uno de sus colegas +más calificados: + +--¡Los magníficos relojes, los ricos tapices, las brillantes libreas, +todo ello debe ser altamente incómodo! ¡Oh! Yo no querría tener toda +esa superfluidad, molestándome de continuo los oídos con su murmullo: +¡Hay gentes que padecen hambre! ¡las hay que tienen frío! ¡Hay pobres! +¡hay pobres! + +Digamos de pasada, que no sería un odio inteligente el odio contra el +lujo, puesto que implicaría el odio contra las artes. Sin embargo, +en casa de las gentes de Iglesia, salvo la representación y las +ceremonias, el lujo es un error. Parece revelar costumbres poco +caritativas. Un cura opulento es un contrasentido. El cura debe +hallarse cerca de los pobres. ¿Y puede uno estar tocando sin cesar +noche y día todas las necesidades, todos los infortunios y todas las +miserias, sin llevar sobre sí algo de esa santa nobleza, como polvo de +su trabajo? ¿Puede nadie imaginarse un hombre al lado de un brasero +sin sentir calor? ¿Concíbese un obrero que trabaje constantemente en +un horno, sin tener un cabello quemado, ni una uña ennegrecida, ni una +gota de sudor, ni un grano de ceniza en la cara? La primera prueba de +caridad en la casa del cura, en la del obispo sobre todo, es la pobreza. + +Esto era sin duda lo que pensaba el señor obispo de D***. + +No debe creerse, sin embargo, que participase sobre ciertos puntos +delicados, de lo que llamaríamos «ideas del siglo». Enredábase poco +en querellas teológicas de momento, y absteníase de las cuestiones de +compromiso para la Iglesia ó el Estado; pero si se le hubiese instado +mucho, creemos que antes se hubiera inclinado á los ultramontanos que +á los galicanos. Como estamos haciendo un retrato y no queremos, por +lo tanto, ocultar nada, nos vemos obligados á consignar que miró con +frialdad la decadencia de Napoleón. Desde 1813 se adhirió ó aplaudió +todas las manifestaciones hostiles, excusándose de ir á ver al +emperador á su paso de vuelta de la isla de Elba, y absteniéndose de +ordenar en su diócesis las rogativas públicas durante los cien días. + +Además de su hermana la señorita Batistina, tenía dos hermanos; +general el uno y prefecto el otro, á los que escribía con alguna +frecuencia. Tuvo con el primero, durante algún tiempo, cierta tirantez +de relaciones, porque estando éste encargado, en Provenza, de una +comandancia, á la época del desembarque de Cannes, púsose el general á +la cabeza de mil doscientos hombres, persiguiendo al emperador como si +hubiese querido dejar que se escapara. Su correspondencia resulta mucho +más afectuosa con relación al otro hermano, el antiguo prefecto, bello +y digno sujeto, que vivía retirado en París, en la calle de Cassette. + +Monseñor Bienvenido tuvo, pues, como muchos, su hora de espíritu de +partido, su hora de amargura, su nube. La sombra de las pasiones de +momento, obscureció también aquel dulce y grande espíritu ocupado en +asuntos eternos. Y en verdad, que semejante hombre hubiera merecido +no tener opiniones políticas. Es preciso no interpretar mal nuestro +pensamiento, confundiendo lo que se llama vulgarmente «opiniones +políticas» con la grande aspiración al progreso, con la sublime fe +patriótica, democrática y humana que en nuestros tiempos debe ser el +único sentimiento profundo de todas las inteligencias generosas. Sin +profundizar cuestiones que no tocan sino indirectamente el asunto de +este libro, diremos simplemente así: Hubiera sido mejor que monseñor +Bienvenido no hubiese sido realista, y que su vista no se hubiese +separado un punto de aquella contemplación serena, de la cual irradian +distintamente, sobre todas las ficciones y todos los odios terrenales, +sobre todos los vaivenes de los vientos mundanos, las tres luces +purísimas de: la Verdad, la Justicia y la Caridad. + +Á pesar de convenir en que no era para funciones políticas por lo +que había creado Dios á monseñor Bienvenido, hubiéramos comprendido +y admirado su protesta en nombre del derecho y de la libertad, su +oposición enérgica, su resistencia peligrosa y justa á Napoleón +omnipotente. Pero lo que nos place ver frente á frente de los +poderosos, nos desagrada con relación á los caídos. Nos gusta el +combate mientras dura el peligro; y solamente creemos con derecho á +los combatientes de primera hora, de ser los exterminadores en la +última. Quien no ha sido constante acusador durante la prosperidad, +debe guardar silencio ante la desgracia. El denunciador del éxito es el +solo y legítimo juez de la caída. Por nuestra parte, cuando interviene +la Providencia y hiere, la dejamos hacer. 1812 empieza á desarmarnos. +En 1813 la torpe ruptura del silencio de aquel cuerpo legislativo +taciturno, envalentonado por las catástrofes, no era merecedor más que +de la indignación, siendo, por lo tanto, aplaudirle un error; en 1814, +ante aquellos generales traidores; ante aquel Senado, pasando de uno +en otro fango: insultando, después de haber divinizado; ante aquella +idolatría, abandonando y escupiendo al ídolo, era indispensable volver +la cabeza; en 1815, como los supremos desastres estaban en el aire, +como la Francia sentía el estremecimiento de un siniestro próximo, como +se podía ya distinguir vagamente Waterloo, abierto ante Napoleón, la +dolorosa aclamación del pueblo y el ejército al condenado del destino, +nada tenía de risible, y salvando al déspota, un corazón como el del +obispo de D*** no podía desconocer cuánto había de augusto y tierno al +borde del abismo, en el estrecho abrazo de una gran nación y un grande +hombre. + +Después de esto, era y fué siempre el obispo, justo en todo; verdadero, +equitativo, virtuoso, inteligente, humilde y digno; benéfico y +benévolo, lo cual viene á ser otra beneficencia. Era sacerdote, sabio +y hombre. Pero, debemos consignarlo, dentro la misma opinión política +que acabamos de reprocharle, y que estamos dispuestos á juzgar casi +severamente, era él fácil y tolerante, más puede ser, que nosotros +mismos. El portero de aquel municipio había sido colocado en su puesto +por el Emperador. Era un viejo ex sargento de la antigua guardia, +que había hecho la campaña de Austerlitz, más bonapartista que las +mismas águilas. Escapábansele á cada paso, á este pobre diablo, +exclamaciones poco reflexivas, que la ley de entonces calificaba de +_dichos sediciosos_. Desde que el perfil imperial había desaparecido de +la Legión de honor, no se vistió jamás _conforme á ordenanza_, por no +verse, decía, obligado á llevar su cruz. Había arrancado por su mano, +con toda veneración la efigie imperial de la cruz que Napoleón le había +dado; lo cual había dejado en la condecoración un hueco que no había +querido llenar con nada. ¡_Antes morir_, decía él, _que llevar sobre +mi corazón los tres sapos!_ Reíase en voz alta de Luis XVIII. _¡Viejo +gotoso con botines de inglés!_ decía; _que se vaya á Prusia con su +salsifi_: satisfecho de juntar en una misma imprecación las dos cosas +que más detestaba, la Prusia y la Inglaterra. En fin, tanto hizo, que +acabó por perder el empleo. Al verle sin pan en medio de la calle y +rodeado de su mujer é hijos, llamóle el obispo, le riñó dulcemente, y +acabó por nombrarle guardián de la catedral. + +En nueve años, á fuerza de buenas acciones, de sencillas y suaves +maneras, monseñor Bienvenido se había conquistado en toda la ciudad +de D***, una especie de veneración tierna y filial. Su misma conducta +con Napoleón había sido aceptada, y, como tácitamente perdonada por el +pueblo, rebaño bueno y débil que, si bien adoraba á su emperador, amaba +igualmente á su obispo. + + + + + XII + =Aislamiento de monseñor Bienvenido= + + +Existe, casi siempre, en torno de un obispo, un ejército de curitas, +lo mismo que al rededor de un general la correspondiente bandada de +subalternos. Son éstos á los que el seráfico San Francisco de Sales +llama, no se dónde, «curas boquirrubios». Toda carrera tiene sus +aspirantes, cortesanos de los que han llegado á su fin. No hay poder +que no tenga su círculo, ni fortuna que no alimente su corte. Los +buscadores del porvenir caracoleando en torno del espléndido presente. +Toda metrópoli cuenta con su estado mayor. Cualquier obispo algo +influyente se ve cercado de continuo por su patrulla de querubines +seminaristas, que hacen la ronda y mantienen el orden en el palacio +episcopal, montando la guardia junto á las sonrisas de Su Ilustrísima. +Caer en gracia del obispo, es tener el pie en el estribo de un +subdiaconato. Es preciso recorrer el camino, que el apostolado no ha de +despreciar las canonjías. + +Así como tiene la grandeza civil, sus grandes caballeros cubiertos, +tiene también la Iglesia sus grandes mitras. Éstas las llevan los +obispos encopetados, ricos, prebendados, hábiles, admitidos en el gran +mundo, que saben orar sin duda, pero que saben igualmente solicitar; +poco escrupulosos en hacer que haga antesala á su persona toda una +diócesis, punto medio entre la sacristía y la diplomacia, antes +clérigos que sacerdotes, prelados antes que obispos. ¡Dichoso el que á +ellos llega! Influyentes como son, hacen que lluevan á su alrededor, +sobre solicitantes, y favoritos muy especialmente, y sobre toda aquella +juventud que sabe agradarles, las buenas parroquias, las prebendas, +los arcedianatos, las capellanías, y canonjías, como espera de las +dignidades episcopales. Á medida que ellos avanzan, adelantan también +sus satélites; son todo un sistema solar en acción. Sus irradiaciones +empurpuran su séquito. Su prosperidad se desmigaja al volver de la +esquina en muchas pequeñas promociones. Á mayor diócesis para el +prelado, mejor canonjía para el favorito. Y luego, allí está Roma. +Un obispo que sabe alcanzar un arzobispado; un arzobispo que llegue +á cardenal, se os lleva de conclavista; ya estáis en la Rota; ya +tenéis _pallium_, y cataos auditor, camarero y monseñor. Luego, de la +grandeza á la eminencia no hay más que un paso, y entre la eminencia +y la santidad, no media sino el humo de un escrutinio. Cualquier +solideo puede aspirar á la tiara. Es el sacerdote, en nuestros días, el +único hombre que puede llegar á rey regularmente; ¡y qué rey! ¡el rey +supremo! Así se explica el gran semillero de aspirantes de seminario. +¡Cuántos niños de coro radiantes! ¡Cuántos jóvenes presbíteros, +llevando en la cabeza el cántaro de la _Lechera_! ¡Como la ambición se +llama alegremente devoción! ¿quién sabe? de buena fe tal vez, y ella +misma se engaña, por gorrona ó beata. + +Monseñor Bienvenido, humilde, pobre y singular, no entraba en el número +de las grandes mitras. Estaba demostrado claramente por la completa +ausencia de jóvenes presbíteros que se notaba á su alrededor. Ya hemos +visto que en París «no había cuajado». Ni un porvenir siquiera se +acordaba de apoyarse en aquel anciano solitario. Ni una sola ambición +en flor esperaba fructificar á su sombra. Sus canónigos y vicarios +generales, eran ancianos bonachones como él, como él también un tanto +silvestres, y encerrados como él en aquella diócesis sin salida al +cardenalato; los cuales se parecían mucho á su obispo, con la sola +diferencia de que ellos estaban acabados y él estaba completo. Veíase +tan clara la imposibilidad de medrar junto á monseñor Bienvenido, que +apenas salidos del seminario, los jóvenes ordenados por él, se hacían +recomendar á los arzobispos de Aix ó de Auch, marchándose enseguida. +Porque, en fin, lo repetimos, todo el mundo gusta de ascender. Un santo +que viva en un exceso de abnegación, es un vecino peligroso; pues que +podría comunicaros fácilmente por contagio, la pobreza incurable, la +enquilosis de las articulaciones indispensables al medro y, en fin, +mayor cantidad de desprendimiento del que quisiérais; y el hombre se +aparta naturalmente, de esta virtud leprosa. De ahí el aislamiento de +monseñor Bienvenido. Vivimos en una sociedad de sombras. Medrar, he +aquí la enseñanza que mana, desplomada gota á gota, de la corrupción. + +Digámoslo de pasada, el éxito es horroroso. Su falso parecido, al +verdadero mérito, engaña al hombre. Para las muchedumbres, el medro +tiene casi el mismo perfil de la supremacía. El éxito, ese falso +sinónimo del talento, tiene una víctima, la historia. Solamente lo +señalan Juvenal y Tácito. En nuestros días, una filosofía casi oficial, +ha entrado de sirvienta en su casa, viste la librea del éxito, y presta +servicio en su antesala. Medrar: esta es la teoría. Prosperidad: ahí +está la capacidad. Os cae la lotería; he aquí un hombre hábil. Quien +triunfa es venerado. ¡Nacer vestido! esto es todo. Tened suerte, el +resto ya se viene; sed dichoso, y se os creerá grande. Salvo cinco +ó seis excepciones inmensas, que son el esplendor de un siglo, la +admiración contemporánea no es mas que miopía. El oropel es oro. Ser un +advenedizo cualquiera, nada importa; el que llega primero es siempre +el agraciado. El vulgo, es un Narciso viejo que se adora á sí mismo, +aplaudiendo las vulgaridades. La enorme facultad, por la cual el hombre +es un Moisés, un Esquilo, un Dante, un Miguel Ángel ó un Napoleón, +la multitud la concede enseguida, y por aclamación, á quien llega á +su objetivo, sea en lo que fuere. Que un escribano se convierta en +diputado; que un falso Corneille escriba un _Tiridates_; que un eunuco +entre en posesión de un harem; que un Prudhomme militar, gane por +casualidad la batalla decisiva de una época; que un boticario invente +las suelas de cartón para el ejército de Sambre et Meuse, y se gane con +el cartón vendido por suela, una renta de cuatrocientas mil libras; +que un buhonero se case con la usura, y le produzca ella por hijos +siete ú ocho millones de francos; que un predicador llegue á obispo por +gangosear; que el procurador de una gran casa se haga rico, y se le +convierta en ministro de Hacienda... los hombres le llaman á todo eso +Genio, de igual manera que llaman Beldad al retrato de Mousquetón, y +Majestad á la estampa de Claudio. Confundieron las constelaciones del +abismo con las estrellas que imprimen sobre el fango de un pantano las +patas de los gansos. + + + + + XIII + =Sus creencias= + + +Bajo el punto de vista ortodoxo, no tenemos porqué sondear al señor +obispo de D***. Frente á frente de un alma semejante, no sentimos +casi más que respeto. La conciencia del justo debe ser creída bajo +su palabra. Por otra parte, dadas ciertas naturalezas, admitimos el +posible desarrollo de todas las bellezas de la virtud humana, dentro +creencias distintas de la nuestra. + +¿Qué opinaba él de este dogma ó de aquel misterio? Estos son secretos +del fuero interno, no conocidos más que de la tumba, en la que las +almas entran desnudas. De lo que estamos ciertos es, de que jamás las +dificultades de la fe eran resueltas por él con hipocresía. El diamante +no puede corromperse. Creía todo lo que podía. _Credo in Patrem_, +exclamaba frecuentemente. Poniendo además en las buenas obras toda la +cantidad de satisfacción bastante á satisfacer la conciencia, que dice +por lo bajo: Estás con Dios. + +Lo que creemos deber apuntar, es que fuera, por así decirlo, y aún +más allá de su fe, poseía el obispo un tesoro de amor. Por lo cual +_quia multum amavit_, sería que le juzgaban vulnerable los «hombres +serios», las «personas graves» y las «gentes razonables»; locuciones +favoritas de nuestro miserable mundo, en el cual el egoísmo recibe +el santo y seña de la pedantería. ¿En qué consistía aquel exceso de +amor? En una benevolencia serena, superior á los hombres, como ya +hemos indicado antes, que se extendía en casos especiales hasta las +cosas. Vivía sin desdén. Era indulgente con todo lo creado por Dios. +Todo hombre, incluso el mejor, posee cierta dureza irreflexiva que se +la reserva para el animal. El obispo de D*** carecía por completo de +semejante dureza, muy común, sin embargo, en los sacerdotes. Sin llegar +de mucho hasta el brahmismo, parecía haber meditado estas palabras del +Eclesiastés: «¿Sabes á dónde va el alma de los animales?». La fealdad +del aspecto, las deformidades del instinto, no le turbaban ni le +indignaban jamás, muy al contrario, conmovíanle siempre cuando no le +enternecían. Parecía que, pensativo siempre, procuraba buscar, más allá +de la vida aparente, la causa, la explicación, la escusa. Parecía estar +pidiendo á Dios á cada paso por las conmutaciones. Examinaba su cólera +y con el ojo del lingüista que descifra un palimsesto, la cantidad +de caos que reside aún en la naturaleza. Semejantes meditaciones +arrancábanle á veces palabras extrañas. Una mañana, estando en su +jardín, y creyéndose solo, pero seguido de cerca por su hermana, sin +que él lo notara, paróse de súbito, mirando fijamente algo del suelo; +era una grande araña, negra, velluda, horrible. Su hermana oyó que dijo: + +--¡Pobre animal! esto no es culpa suya. + +¿Por qué no hemos de consignar estas niñerías, casi divinas de su +bondad? Puerilidades, tal vez, pero puerilidades sublimes fueron, como +ellas, las de san Francisco de Asís y de Marco Aurelio. Cierto día +sufrió una torcedura por no haber querido pisar una hormiga. + +De esta manera vivía aquel hombre justo. Algunas veces se quedaba +dormido en su jardín, y entonces aparecía verdaderamente venerable. + +Monseñor Bienvenido había sido anteriormente, á creer lo que se decía +sobre su juventud y su misma virilidad, un hombre apasionado, y tal +vez violento. Su mansedumbre universal era menos que un instinto de +la naturaleza, el resultado de grandes convicciones filtradas en su +corazón al través de la vida, lentamente penetradas en él, pensamiento +por pensamiento; porque así un carácter como una roca pueden ser +agujereados por la gota de agua. Semejantes huecos son indelebles; +tales labores son indestructibles. + +En 1815, creemos haberlo dicho ya, contaba nuestro obispo setenta y +cinco años, pero sin aparentar más de sesenta. No era alto; aunque algo +grueso, procuraba combatir esta tendencia física, dando largos paseos +á pie: su paso era firme, y su cuerpo ligeramente encorvado, detalle +del que no pretendemos sacar consecuencia alguna. Gregorio XVI, á los +ochenta años, andaba tieso y sonriente, lo cual no impedía que fuése un +mal obispo. Monseñor Bienvenido tenía lo que se llama vulgarmente «una +cabeza hermosa», pero se hacía querer tanto, que era su belleza lo de +menos. + +Su conversación estaba impregnada de aquella alegría y candidez +infantil que constituía su gracia principal, de que ya hemos hablado, +por la que se sentía uno como atraído por él, pareciendo que de toda +su persona brotaba alegría. Su tez era fresca y sonrosada, todos +sus dientes blancos y bien conservados, y que su sonrisa ponía de +manifiesto, le daban ese aspecto abierto y simpático que hace exclamar +de un hombre: ¡es un buen muchacho! ó de un anciano: ¡Es un buen +hombre! Este fué, si no recordamos mal, el efecto que había hecho á +Napoleón. La primera impresión para aquel que le veía por primera vez, +no era otra, efectivamente, que la de un buen hombre. Pero después de +pasar algunas horas junto á él y por poco que se le viera pensativo, +íbase el buen hombre transfigurando poco á poco, adquiriendo cierto +imponente no sé qué; su frente ancha y serena, augusta por su aureola +de cabellos blancos, lo era igualmente por la meditación; la majestad +se desprendía de aquella bondad, sin que la bondad dejara de irradiar +por ello; producía el contemplarle una emoción especial como la que +debiera causar la vista de un ángel sonriente, que desplegara sus alas +sin dejar su sonrisa. El respeto, respeto inexplicable, que inspiraba, +iba penetrando gradualmente hasta el corazón, y sentíase uno como +absorbido por aquella alma fuerte, experimentada é indulgente, en la +cual el pensamiento era tan elevado, que no podía manar sino dulzura. + +Como se ha visto, la oración, la celebración de los oficios divinos, +la limosna, el consuelo á los afligidos, el cultivo de un pedazo +de tierra, la fraternidad, la frugalidad, la hospitalidad, el +desprendimiento, la confianza, el estudio y el trabajo llenaban uno á +uno los días de su vida. _Llenaban_, ésta es la palabra, puesto que +los días del obispo estaban todos llenos hasta los bordes de buenos +pensamientos, buenas palabras y buenas acciones. Sin embargo, no era +el día completo, si el tiempo lluvioso ó frío le privaba de pasear, +luego que las dos buenas mujeres se habían retirado, una ó dos horas +de la noche en su jardín antes de acostarse. Parecía ser para él como +una especie de rito, el prepararse al sueño por la meditación en +presencia de los grandes espectáculos nocturnos. Otras veces, en hora +muy avanzada de la noche, si las dos ancianas no se habían dormido, le +oían pasear lentamente las calles del jardín. Encontrábase allí solo, +consigo mismo, absorbido, apacible, adorando y comparando la serenidad +de su corazón á la serenidad del éter; emocionado en medio de las +tinieblas por los visibles resplandores de las constelaciones y los +resplandores invisibles de Dios, abriendo su alma á las imaginaciones +que surgen de lo desconocido. Durante aquellos momentos, ofreciendo +su corazón al mismo tiempo que las flores nocturnas ofrecen sus +perfumes, ardiendo como una lámpara en medio de la estrellada noche, +esparciéndose en éxtasis entre la irradiación universal de la creación, +no hubiera podido tal vez él mismo decir de sí lo que pasaba por su +espíritu; sintiendo que algo inexplicable que se desprendía y escapaba +de él, y algo que descendía y penetraba en su interior. ¡Misteriosa +reciprocidad entre los profundos abismos del alma y los abismos +inmensos del universo! + +Pensaba en la grandeza y la presencia de Dios; en la eternidad futura, +misterio incomprensible; en la eternidad pasada, misterio menos +explicable todavía; en todos los infinitos que se agrandaban ante sus +ojos en todos sentidos; y sin tratar de comprender lo incomprensible, +lo admiraba. No estudiaba á Dios; se deslumbraba. Consideraba los +magníficos choques de los átomos que dan forma y aspecto á la materia, +revelando sus fuerzas comprobándolas, creando las individualidades +en la unidad, las porciones en la extensión, lo innumerable en lo +infinito, y produciendo la belleza con la luz. Aquellos choques unen y +desunen átomos y más átomos sin cesar; de ahí la vida y la muerte. + +Sentábase sobre un banco rústico adosado á una parra decrépita, +contemplando los astros al través de las mezquinas y raquíticas +siluetas de los árboles frutales de su jardín. Aquella cuarta de +terreno, miserablemente plantado y lleno de cobertizos y barracas, le +era estimado y suficiente. + +¿Qué necesitaba más aquel anciano que repartía los ocios de su +existencia, bien escasos por cierto, en los trabajos de jardinero +durante el día y en las contemplaciones de la noche? Aquel reducido +cercado, que tenía por techo los cielos, ¿no era lo bastante para +poder adorar á Dios oportunamente en sus obras sublimes? ¿No era +efectivamente todo lo más que podía desear? Un jardincito para pasear, +y la inmensidad para extasiarse en sus pensamientos. Á sus pies aquello +que podía cultivar y recolectar; sobre su cabeza, aquello que brinda á +la meditación y al estudio; algunas flores en la tierra, y todas las +estrellas del cielo. + + + + + XIV + =Lo que él pensaba= + + +La última palabra. + +Como este género de detalles pudieran, sobre todo en el momento en que +nos encontramos, y para servimos de una expresión de moda actualmente, +dar al obispo de D*** cierto carácter «panteísta», y hacer creer, sea +en contra, sea en favor suyo, que poseía una de aquellas filosofías +personales, propias de nuestro siglo, que germinan á veces en los +espíritus solitarios, y se forman y desarrollan hasta el punto de +reemplazar las religiones, debemos insistir asegurando que ni una sola +de cuantas personas conocieron á monseñor Bienvenido, se creyó jamás +autorizada á suponer nada que se pareciese á ello. Lo que brillaba en +aquel hombre, era su corazón. Su sabiduría era hija de la luz que éste +producía. + +Nada de sistemas; mucho de obras. Las consideraciones abstractas +encierran vértigos: nada indica que se atreviese su espíritu en los +apocalipsis. El apóstol puede ser audaz, pero el obispo debe ser +tímido. Él hubiera probablemente sentido escrúpulos de sondear muy á +fondo ciertos problemas reservados por algo á los grandes y extremados +espíritus. Existe cierto horror sagrado bajo los pórticos del enigma; +aquellas aventuras sombrías son precipicios, en los que hay algo que le +dice al pasajero de la vida: «no entres». Desgraciado del que penetre. + +Los genios, en las profundidades inauditas de la abstracción y de +la especulación pura, colocados, por así decirlo, sobre los dogmas, +proponen sus ideas á Dios. Su oración se ofrece valientemente á la +discusión. Su adoración interroga. Ésta es la religión directa, llena +de ansiedades y responsabilidad para quien se atreve á tentar sus +escabrosidades. + +La meditación humana no tiene límite. Á su riesgo y peligro analiza y +escudriña su propio deslumbramiento. Casi podría decirse que por cierta +reacción espléndida deslumbra ella la naturaleza; el mundo misterioso +que nos circunda devuelve lo que recibe, y es muy probable que los +contemplativos sean contemplados. Sea lo que fuere, sobre la tierra +hay hombres,--¿son hombres éstos?--que distinguen perfectamente en el +fondo de los horizontes de la contemplación las alturas de lo absoluto, +y que sienten la terrible visión de la montaña infinita. Monseñor +Bienvenido no tenía nada de estos hombres; monseñor Bienvenido no era +un genio. Hubiera temido semejantes sublimidades, desde las cuales, +algunos muy grandes por cierto, como los mismos Swedenborg y Pascal, se +han precipitado en la locura. Es cierto que tan poderosas imaginaciones +tienen su utilidad moral, y que por tan intrincadas sendas nos vamos +acercando á la perfección ideal. Él tomaba, no obstante, el atajo que +abrevia: el Evangelio. + +No pretendió jamás hacer que tomara su casulla los pliegues del manto +de Elías; no proyectaba un solo rayo del porvenir sobre la tenebrosa +marcha de los acontecimientos, ni pretendía jamás condensar esa llama +al fulgor de las cosas, pues no tenía nada de profeta ni de mago. +Aquella alma humilde amaba: he aquí todo. + +Que dilatase sus oraciones hasta una aspiración sobrehumana, esto es +probable; pero jamás se ora demasiado como no se ama demasiado jamás; +que si llegara á ser una herejía el rogar más allá de los textos, Santa +Teresa y San Jerónimo serían herejes. + +Él se inclinaba siempre hacia los que gemían ó expiaban. El universo +se le antojaba una enfermedad inmensa; sentía en todas partes la +calentura, exploraba en todas partes el sufrimiento, y sin querer +adivinar el enigma, cuidaba de curar la herida. + +El tremendo espectáculo de todo lo creado, desenvolvía en él toda +ternura, y no se ocupaba sino en buscar por sí mismo é inspirar á los +demás la mejor manera de compadecer y aliviar. Cuanto existe, era para +aquel bueno y excepcional presbítero, objeto constante de tristeza que +procuraba consolar. + +Si existen hombres que trabajan en la extracción del oro, él trabajaba +en la extracción de la piedad. La miseria universal era su mina. El +dolor general era para él constante pretexto de bondades. _Amaos los +unos á los otros_; él creía esta máxima completa; no necesitaba más, +y concretaba á ella sola su doctrina. Cierto día aquel hombre, que se +creía «filósofo», aquel senador, ya nombrado, dijo al obispo: + +--Ved el espectáculo del mundo; es la guerra de todos contra todos; +el más fuerte es el que tiene más alma. Vuestro _amaos los unos á los +otros_, es una barbaridad. + +--Bien,--dijo monseñor Bienvenido sin discutir:--_si esto es una +barbaridad, el alma debe encerrarse en ella como la perla en su concha_. + +Encerrábase pues, y vivía absolutamente satisfecho, dejando aparte +las cuestiones prodigiosas que arrastran ó espantan, las insondables +perspectivas de la abstracción, los precipicios de la metafísica; +todas las profundidades convergentes hacia Dios para el apóstol, ó +hacia la nada para el ateo: el destino, el bien y el mal, la lucha de +los seres contra los seres, la conciencia del hombre, el sonambulismo +meditabundo del animal, la transformación de la muerte, el resumen de +las existencias que contiene la tumba, el injerto incomprensible, de +amores sucesivos en el _yo_ persistente, la esencia, la sustancia, el +Nihil y el Ens, el alma, la naturaleza, la libertad y la necesidad; +problemas difíciles, espesuras siniestras, ante las que se inclinan los +gigantescos arcángeles del espíritu humano; formidables abismos que +Lucrecio, Mami, san Pablo y Dante contemplaron con aquella fulgurante +mirada que parece, al fijarse cara á cara con el infinito, que hace que +surjan del mismo las estrellas. + +Monseñor Bienvenido, era sencillamente un hombre que averigüaba +exteriormente las proposiciones misteriosas sin escrutarlas, sin +agitarlas, y sin perturbar su propio espíritu, por sentir en su alma +gran respeto á la sombra. + + + + + LIBRO SEGUNDO + LA CAÍDA + + + I + =La tarde de un día de marcha= + + +En uno de los primeros días del mes de octubre de 1815, como cosa de +una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba á pie, entraba +en la pequeña ciudad de D***. Los pocos habitantes que se encontraban +en aquel momento en las ventanas ó puertas de sus casas, fijábanse +en el viajero con cierta inquietud. Difícil hubiera sido dar con un +transeunte de aspecto más miserable. Era éste un hombre de mediana +estatura, rechoncho y fuerte, en la robustez de su edad. Podía tener +como unos cuarenta y seis ó cuarenta y ocho años. Un casquete con +visera de cuero barnizado cubría una buena parte de sus facciones +tostadas por el sol y el aire, sudando por todos sus poros. Su camisa +de gruesa y amarillenta tela, sujetada al cuello por un pasador de +plata, dejaba ver su velludo pecho; llevaba la corbata retorcida en +cuerda; un pantalón de cutí azul, viejo y usado, blanco en una de las +rodillas y roto en la otra; una blusa vieja que había sido gris, hecha +jirones, remendada por uno de los codos con un pedazo de paño verde +cosido con bramante: llevando á la espalda un morral de soldado, lleno +y muy bien cerrado, completamente nuevo; traía en la mano un enorme y +nudoso palo, y los pies sin medias, calzados en zapatos claveteados, la +cabeza rapada y la barba larga. + +El sudor, el calor, el viajar á pie y el polvo del camino prestaban un +tinte sórdido y siniestro á aquel aspecto destrozado y roto. + +Sus cabellos cortados al rape, estaban erizados en lo que cabía, puesto +que empezaban ya á crecer. + +Nadie le conocía. No era evidentemente más que un pasajero. ¿De dónde +venía? Del Mediodía; de las orillas del mar tal vez, puesto que +hacía su entrada en D*** por la misma calle que siete meses antes +había presenciado la del emperador Napoleón yendo de Cannes á París. +Aquel hombre debía haber andado todo el día. Parecía muy fatigado. +Algunas mujeres del antiguo arrabal de la parte baja de la ciudad, +le habían visto pararse bajo los árboles del boulevard Gassendi y +beber en la fuente situada al extremo del paseo. Había de por fuerza +tener mucha sed, porque los niños que le seguían le vieron pararse +á beber nuevamente, doscientos pasos más arriba, en la fuente de la +plaza-mercado. + +Al llegar á la esquina de la calle Poichevert, tomó por la izquierda +dirigiéndose á la Alcaldía, donde entró; volviendo á salir después de +un cuarto de hora. Un gendarme estaba sentado junto á la puerta, en +el mismo banco de piedra en el que el general Drouot subió el 4 de +marzo, para leer á la espantada multitud de los habitantes de D***, +la proclama del golfo Juan. El hombre llevó la mano á su casquete, +saludando humildemente al gendarme. + +El gendarme, sin contestar al saludo fijó su atención en él, +siguiéndole algún tiempo con los ojos y entrando luego en la casa de la +ciudad. + +Existía á la sazón en D*** una buena posada llamada de _La Cruz de +Colbes_. El dueño de la tal posada se llamaba Joaquín Labarre, muy +considerado en la ciudad por su parentesco con otro Labarre, dueño en +Grenoble de la posada de los _Tres Delfines_, el cual había servido +en los batallones de Guías. Cuando el desembarco del Emperador, había +dado lugar la tal posada á muchas habladurías. Decíase que el general +Bertrand, vestido de carretero, había hecho allí frecuentes viajes +durante el mes de enero, y que había distribuido cruces de honor á +los soldados, y puñados de napoleones á los paisanos. Lo cierto es, +que el Emperador, al entrar en Grenoble, había rehusado instalarse +en el palacio de la perfectura, después de haber dado las gracias al +alcalde, diciendo: _Voy á casa de un bello sujeto á quien ya conozco_: +instalándose en _Los tres Delfines_. Aquella gloria del Labarre de +_Los tres Delfines_ se reflejaba á veinticinco leguas de distancia en +el Labarre de _La cruz de Colbes_. Y se decía de él en la ciudad: _Es +primo del de Grenoble_. + +Dirigióse nuestro hombre hacia dicha posada, que era la mejor de la +comarca. Entró en la cocina, la cual abría una de sus puertas á la +calle. Todos los hornillos estaban encendidos; en la chimenea ardía +alegremente una gran llama. El hostelero, que era al mismo tiempo el +jefe de cocina, iba muy atareado del hogar á las cacerolas, ocupado +en servir una gran comida á unos carreteros, á quienes se oía reir +y hablar á grandes voces en la pieza inmediata. Cualquiera que haya +viajado, sabe que nadie come á mejor precio que los carreteros. Una +gran marmota acompañada de perdices blancas y de pollos silvestres, +volteaban en un largo asador junto á la lumbre; en los hornillos +estaban cociéndose dos grandes carpas del lago de Lauzet, y una trucha +del de Alloz. + +El hostelero, al oir que se abría la puerta y que entraba un nuevo +huésped, dijo sin separar los ojos de sus hornillos: + +--¿Qué se os ofrece? + +--Comer y dormir,--dijo el hombre. + +--Nada más fácil,--contestó el hostelero. En aquel momento volvió +la cabeza, abarcando de una ojeada todo el conjunto del viajero, y +añadió:--En pagándolo... + +El hombre sacó un gran bolsón de cuero de la faltriquera de su blusa y +contestó: + +--Tengo dinero. + +--En este caso, estoy á vuestras órdenes,--dijo el hostelero. + +El hombre volvió á meter su bolsa en el bolsillo; dejó el morral en +tierra junto á la puerta, quedóse con el palo en la mano y fué á +sentarse junto al hogar. D*** está en las montañas y las veladas de +octubre son ya frías. + +Entretanto, yendo y viniendo de una parte á otra iba el posadero +observando al nuevo huésped. + +--¿Comeremos pronto?--preguntó el hombre. + +--Enseguida,--contestó el patrón. + +Mientras el recién llegado se estaba calentando vuelto de espaldas al +posadero, el digno Joaquín Labarre sacó un lápiz de su faltriquera, +luego rasgó un pedazo de un periódico viejo que estaba sobre una mesa +junto á la ventana. Escribió en lo blanco del margen una ó dos líneas, +doblólo sin cerrarlo, y mandó aquel papel por un muchacho que le +servía á la vez de lacayo y marmitón, no sin decirle antes al chico +unas palabras al oído. Éste salió corriendo en dirección á la Alcaldía. + +EL viajero no vió nada de esto. + +Volviendo á preguntar de nuevo: + +--¿Comeremos pronto? + +--Al momento,--repitió el hostelero. + +Volvió el muchacho. Entrególe un papel que el hostelero desdobló +precipitadamente como el que espera ansioso una contestación. Pareció +leerlo con mucha atención, luego meneó la cabeza, y después de estar +como pensativo unos instantes, se dirigió resuelto al viajero, quien +parecía estar sumido en un mar de reflexiones no muy serenas. + +--Señor mío,--le dijo,--no puedo recibiros. + +El hombre se medio incorporó sobre su asiento. + +--¡Cómo! ¿teméis que no os pague? ¿queréis que os adelante el gasto? Ya +os he dicho que tengo dinero. + +--Nada de esto. + +--¿Entonces qué? + +--Tenéis dinero... + +--Sí,--dijo el hombre. + +--Y yo,--dijo el hostelero,--no tengo habitación. + +--Acomodadme en la cuadra,--repuso el hombre tranquilamente. + +--No puedo. + +--¿Por qué? + +--Porque los caballos la tienen ocupada. + +--No importa,--dijo el hombre,--un rincón del granero... sobre un poco +de paja. Ya veremos eso luego de haber comido. + +--Es que tampoco puedo daros de comer. + +Esta declaración, hecha en tono comedido, pero firme, parecióle muy +grave al viajero, quien levantándose dijo: + +--¡Ah! ¡Bah! me estoy muriendo de hambre. He salido al despuntar el +día. He andado doce leguas. Pago. Quiero comer. + +--No tengo qué daros,--dijo el hostelero. + +El hombre lanzó una carcajada, y señalando la chimenea y los hornillos, +exclamó: + +--¡Nada! ¿y todo esto? + +--Es todo de encargo. + +--¿Para quién? + +--Para estos señores arrieros. + +--¿Cuántos son? + +--Doce. + +--Aquí hay comida para veinte. + +--Lo han encargado y pagado anticipadamente. + +El hombre sonrió y dijo sin levantar la voz:--Estoy en la hostería, +tengo hambre y me quedo. + +El hostelero se le acercó entonces y le dijo al oído, con acento que le +hizo estremecer: + +--Salid de aquí. + +El viajero estaba en aquel momento, encorvado; empujando unas brasas +hacia el fuego con la ferrada contera de su bastón, y al volver +la cabeza é ir á abrir la boca para replicar, miróle fijamente el +hostelero, repitiendo en voz baja: + +--Mirad, basta de palabras. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? ¿Os +llamáis Juan Valjean? ¿Queréis además que os diga lo que sois? En +cuanto os he visto entrar ya me he sospechado yo algo parecido; he +mandado á la alcaldía, y he aquí lo que se me ha contestado. ¿Sabéis +leer? + +Y así diciendo, presentaba al viajero el papel desdoblado que acababa +de recorrer el trayecto que iba desde la posada á la alcaldía y +desde la alcaldía á la posada. El hombre le dirigió una mirada, y el +hostelero repuso, después de una pausa: + +--Tengo la costumbre de ser cortés con todo el mundo. Idos enhorabuena. + +El hombre bajó la cabeza, recogió el morral que había dejado en el +suelo y salió. + +Tomó por la calle mayor, caminando al azar, rozando las fachadas de las +casas como hombre humillado y triste, sin volver la cabeza una sola +vez. Si la hubiera vuelto, habría visto al hostelero de _la Cruz de +Colbes_ junto al umbral de la puerta, rodeado de todos los viajeros de +la posada y de todos los transeuntes de la calle, hablando con viveza y +señalándole con el dedo; y en las miradas de desconfianza y horror de +aquel grupo, hubiera adivinado que antes de poco sería su llegada el +acontecimiento de la ciudad. + +Él nada de esto vió. Las personas agobiadas no miran nunca tras de sí. +Están demasiado ciertas de que es la mala suerte quien les sigue. + +Caminó en esta forma un buen espacio, andando siempre á la ventura y +cruzando calles que no conocía, olvidándose de la fatiga, como acontece +á las personas tristes. De súbito, se sintió vivamente aguijoneado por +el hambre. La noche estaba encima, miró á su alrededor en busca de un +asilo cualquiera. + +La rica hostería le había cerrado sus puertas, buscaba pues una humilde +taberna, cualquier miserable figón. + +Precisamente vió brillar una luz al fin de la calle; una rama de pino +colgada de una horquilla de hierro se destacaba sobre los blancos +celajes del crepúsculo. Allá se dirigió. + +Era efectivamente una taberna, la taberna de la calle de Chaffaut. + +El viajero se paró un momento, miró por las vidrieras el interior de +los bajos de la taberna, alumbrados por una lamparilla puesta sobre la +mesa, y por un gran fuego en el hogar. Varios hombres estaban bebiendo. +El tabernero se calentaba. La llama estaba haciendo hervir una marmita +de hierro colgado de las llares. + +Entrábase en la taberna, que tenía al mismo tiempo algo de posada, por +dos puertas. La una daba á la calle y la otra á un pequeño patio lleno +de basura. El viajero no se atrevió á entrar por la puerta de la calle. +Deslizóse por el patio, vaciló todavía un momento; luego, levantó +tímidamente el pestillo y empujó la puerta. + +--¿Quién va?--preguntó el tabernero. + +--Alguien que quisiera cenar y dormir. + +--Está bien. Aquí se cena y se duerme. + +Entró el hombre. Todos los que estaban bebiendo se volvieron. La +lámpara le daba luz por una parte, el fuego por la otra. Todos le +examinaron de arriba abajo, mientras se descargó de su morral. + +Díjole el tabernero: + +--Ahí tenéis fuego. La cena se está cociendo en la marmita. Venid y os +calentareis, camarada. + +Fué á sentarse el hombre junto el patrón, acercando al hogar sus pies +estropeados por la fatiga; un olor agradable salía de la hirviente +marmita. Todo lo que podía distinguirse de su fisonomía bajo su +encasquetada gorra, tomó una vaga apariencia de bienestar, mezclado al +doloroso y punzador aspecto que produce la costumbre del sufrimiento. + +Era, por lo tanto, su semblante, firme, enérgico y triste. Aquella +fisonomía presentaba un compuesto bastante extraño, pues comenzaba por +parecer humilde y acababa por semejar severa. Su mirada brillaba bajo +sus cejas, como debajo de malezas la llama. + +No obstante, uno de los hombres sentados á la mesa era un pescadero +que antes de entrar en la taberna de la calle de Chaffau, había ido á +dejar su caballo en la cuadra de la hostería de Labarre. La casualidad +había querido que aquella misma mañana se hubiese encontrado con +aquel forastero de mala catadura, caminando entre Bras d'Asse y... +(he olvidado el nombre: creo que sería Escoublon). Al encontrarle, el +hombre que parecía ya muy fatigado, le había pedido que le permitiera +subir á la grupa; á lo que el pescadero había contestado redoblando +el paso. El pescadero formaba parte, media hora antes, del grupo que +rodeaba á Joaquín Labarre, y asimismo había contado su desagradable +encuentro de por la mañana á los viajeros de _la Cruz de Colbes_. Hizo +á la sazón, desde su asiento, una seña imperceptible al tabernero. Éste +se le acercó. Cambiáronse entre ambos algunas palabras en voz baja. El +hombre estaba abismado en sus reflexiones. + +El tabernero se acercó de nuevo á la chimenea, puso bruscamente su mano +sobre la espalda del hombre, y le dijo: + +--Vete de aquí. + +El viajero volvió la cabeza y dijo dulcemente: + +--¡Ah! ¿Sabéis vos?... + +--Sí. + +--¿Que me han despedido de otra posada? + +--Como se te echa de ésta. + +--¿Dónde queréis que vaya? + +--Á otra parte. + +El hombre tomó su palo y su morral, y se fué. + +En cuanto salió, algunos muchachos que habían venido siguiéndole desde +_La Cruz de Colbes_ y que parecían esperarle, le tiraron algunas +piedras. Volvió el hombre colérico, sobre sus pasos, amenazándoles con +el palo; los muchachos se dispersaron como una bandada de gorriones. + +Pasó por delante de la cárcel. Á la puerta pendía una cadena de hierro +unida á una campana. Llamó. + +Abrióse un postigo. + +--Señor portero,--dijo quitándose respetuosamente la gorra,--¿queréis +hacer el favor de abrirme y dejarme pasar aquí la noche? + +Una voz respondió: + +--Una cárcel no es una posada; haceos prender y se os abrirá. + +El postigo volvió á cerrarse. + +Penetró entonces en una callejuela á la que dan muchísimos jardines. +Algunos no están cerrados más que por sencillas cercas, lo cual +embellece la calle. En medio de aquellos jardines y cercas, vió una +casita de un solo piso, cuya ventana estaba iluminada. Miró entonces +por entre los cristales como había hecho antes en la taberna. Vió una +grande habitación blanqueada con cal, con una cama cuyo cobertor era de +indiana rameda, una cuna en un ángulo, algunas sillas de madera y una +escopeta de dos cañones colgada de la pared. Una mesa servida ocupaba +el centro de la estancia. Un velón de cobre alumbraba el blanco mantel +de grosera tela, una jarra de estaño, brillante como de plata, y llena +de vino y la humeante sopera de caldo obscuro. Estaban sentados á la +mesa, un hombre de unos cuarenta años, de aspecto abierto y jovial, +haciendo saltar un chiquillo sobre sus rodillas. Junto á él una mujer +muy joven daba de mamar á otra criatura. El padre reía, reía el +muchacho y sonreía la madre. + +El forastero estuvo un momento contemplando aquel espectáculo tierno +y apacible. ¿Qué pasó por él? Él sólo hubiera podido decirlo. Es +muy posible que creyese que aquella alegre morada había de ser +hospitalaria, y que allí donde veía tanta dicha, encontrara, tal vez, +un poco de piedad. + +Dió, para llamar, un ligero golpe con la mano en la vidriera. + +No fué oído. + +Llamó por segunda vez. + +Oyó que decía la mujer: creo que han llamado. + +--No,--contestó el marido. + +Llamó entonces por tercera vez. + +Levantóse el marido, tomó el velón y abrió la puerta. + +Era un hombre de elevada estatura, mitad campesino y menestral; llevaba +un gran delantal de cuero que le subía hasta su hombro izquierdo, +debajo del cual guardaba, marcándose perfectamente el bulto, un +martillo, un pañuelo encarnado, un frasco de pólvora y varios otros +objetos retenidos por la cintura, como dentro de un bolsillo. Volvió, +inmutado, la cabeza hacia atrás; su camisa, muy abierta y desabrochada, +dejaba ver un cuello de toro, blanco y desnudo. Tenía las cejas muy +pobladas y grandes patillas negras; los ojos á flor de frente, y el +resto de la cara formando hocico; y sobre todo esto, tenía el aire +inexplicable de quien se encuentra en su casa. + +--Señor,--dijo el viajero,--perdonad; pero, pagando, ¿podríais darme +un plato de sopa, y dejarme un rincón donde pasar la noche en este +cobertizo del jardín? Decidme: ¿podéis darme, pagando, lo que os pido? + +--¿Quién sois?--preguntó el amo de la casa. + +El hombre contestó: + +--Vengo de Puy Moyssoon. He andado todo el día; he hecho doce horas de +camino. ¿Podéis, como os he dicho, pagando?... + +--Yo no rehusaría,--dijo el menestral,--en dar lo que pedís, pagando. +Pero, ¿porqué no habéis ido á la posada? + +--No hay sitio en ella. + +--¡Bah! Es imposible, no siendo hoy, como no es, día de feria, ni de +mercado. ¿Habéis estado en casa Labarre? + +--Sí. + +--¿Y qué? + +El viajero turbado contestó: + +--No sé, pero no me ha recibido. + +--¿Habéis estado en la taberna de... la calle de Chaffaut? + +La turbación del viajero iba en aumento; entonces balbuceó: + +--Tampoco han querido recibirme. + +La fisonomía del menestral tomó toda la expresión de la desconfianza; +y fijándose en el recién llegado de los pies á la cabeza, exclamó de +súbito como extremecido: + +--¿Seríais por ventura el hombre?... + +Y después de dirigir otra mirada al forastero, retrocedió tres pasos, +dejó el velón sobre la mesa y descolgó su escopeta de la pared. + +Mientras el artesano decía: _¿seriáis por ventura el hombre?_... +habíase levantado la mujer, y tomando en brazos ambas criaturas, se +refugiaba precipitadamente detrás de su marido, mirando al forastero +horrorizada, desnudo el pecho, espantosos los ojos, murmurando por lo +bajo:--_Tso-maraude_[1]. + +Todo esto tuvo lugar en menos tiempo del que es necesario para +figurárselo. Después de haber examinado por algunos instantes al +hombre, como se examina una víbora, el amo de la casa se acercó +nuevamente á la puerta y dijo: + +--Vete. + +--Por favor,--repuso el hombre,--un vaso de agua. + +--¡Un tiro!--exclamó el artesano. + +Luego cerró violentamente la puerta y el hombre oyó como corría dos +grandes cerrojos. Un momento después, cerráronse también las hojas de +la ventana, oyéndose además el ruido de una barra de hierro que las +afirmaba. + +La noche avanzaba. El frío viento de los Alpes soplaba con furia. Á +la luz del expirante día, advirtió el forastero dentro de uno de los +jardines que bordean la calle una especie de barraca que le pareció +hecha de pedazos de césped. Franqueó resueltamente la empalizada y se +encontró en el jardín. Llegóse á la barraca; tenía ésta por puerta una +estrecha abertura, bastante baja, pareciéndose á esas construcciones +que los peones camineros levantan junto á las carreteras. Creyóse en +efecto que era aquella la barraca de algún peón; sentía frío y hambre; +estaba resignado al hambre, pero á lo menos quería aprovechar aquel +abrigo contra el frío. + +Semejantes barracas no acostumbran á estar habitadas por la noche. +Agachóse cuanto pudo, y arrastrándose sobre el suelo logró deslizarse +dentro de la barraca. Estaba caliente y tenía además un buen lecho +de paja. Estuvo unos instantes echado sobre aquel lecho sin poder +hacer un sólo movimiento, tal era su cansancio. Luego, como el morral +entre ambas espaldas le incomodaba y podía por otra parte servirle de +almohada, empezó á desatar una de las correas que le sujetaban. En +aquel momento creyó oir un gruñido feroz. Levantó los ojos. La cabeza +de un enorme perro de presa se dibujó en la sombra de la abertura de la +barraca. Era aquella barraca una perrera. + +El hombre era igualmente vigoroso y fuerte; armóse con su palo, hizo de +su morral broquel, y salió de la perrera como pudo, no sin aumentar los +jirones de su harapiento traje. + +Salió igualmente del jardín, caminando hacia atrás, obligado para tener +el perro á distancia, á recorrer al manejo del palo, que los maestros +en semejante esgrima llaman _el molinete_. + +Cuando hubo no sin trabajo, franqueado de nuevo la empalizada y volvió +á encontrarse otra vez en la calle; sólo, sin cama, sin techo, sin +abrigo, rechazado igualmente de aquel lecho de paja y de aquella +miserable barraca, dejose caer, mejor que se sentó, sobre una piedra, y +parece que no faltó transeunte que le oyó exclamar: + +--¡Soy menos que un perro! + +Luego se levantó de nuevo y echó á andar. Salía de la ciudad en la +esperanza de encontrar algún árbol ó algún pajar del campo, que le +diese abrigo. + +Caminó así, por algún tiempo, siempre con la cabeza baja. Cuando se vió +lejos de toda morada humana, levantó los ojos mirando á su alrededor. +Se encontraba en el campo; levantábase delante de él una de estas +colinas bajas, cubiertas de rastrojo, que parecen, después de la siega, +cabezas rapadas. + +Veía el horizonte completamente negro, no sólo por las sombras de la +noche, sí que también á causa de algunas nubes muy bajas que parecían +apoyarse en la misma colina, y que se elevaban llenando todo el cielo. +No obstante, como iba á salir la luna y flotaba todavía en el zénit un +rayo de luz crepuscular, formaban aquellas nubes en lo alto del cielo +una especie de bóveda blanquecina que lanzaba sobre la tierra cierto +resplandor. + +La tierra resultaba, pues, más iluminada que el cielo, lo cual es de +un efecto particularmente siniestro, y aquella colina de pobres y +mezquinos contornos, se dibujaba vaga y blanquecina sobre el horizonte +tenebroso. Todo aquel conjunto resultaba horroroso, pequeño, lúgubre +y limitado. Nada se veía en el campo ni en la colina mas que un árbol +deforme, que se retorcía como tembloroso á pocos pasos del viajero. + +Aquel hombre se encontraba evidentemente muy lejos de poseer aquellos +delicados hábitos de inteligencia y de espíritu que nos hacen sensibles +á los misteriosos aspectos de las cosas; no obstante, había en aquel +cielo y en aquella colina, en aquella llanura y en aquel árbol, +algo tan profundamente desconsolador, que después de un instante de +inmovilidad y de contemplación, el hombre aquel retrocedió, dejando el +camino bruscamente. Hay momentos en que la misma naturaleza nos parece +hostil. + +Volvió sobre sus pasos. Las puertas de D*** estaban cerradas. D***, +que sostuvo largos sitios durante las guerras religiosas, estaba +todavía circuida en 1815 de antiguas murallas flanqueadas de torreones +cuadrados, que han sido demolidas después. Pasando por una brecha, se +encontró de nuevo en la ciudad. + +Serían como las ocho de la noche. Como las calles le eran desconocidas, +empezó nuevamente su paseo á la ventura. + +Dió, andando así, con la prefectura, después con el seminario. Al pasar +junto á la catedral, mostró á la iglesia su puño cerrado. + +Existe en un ángulo de esta plaza una imprenta. Es en la que fueron +impresas, por primera vez, las proclamas del emperador y de la guardia +imperial al ejército, traídas de la isla de Elba y redactadas por +Napoleón mismo. + +Agobiado por el cansancio y sin esperar nada, acostóse sobre el banco +de piedra que existía junto á la puerta de la imprenta. + +Una anciana que salía en aquel momento de la iglesia, observó á aquel +hombre echado en la sombra. + +--¿Qué hacéis aquí, buen amigo?--le dijo. + +Él contestó rudamente encolerizado: + +--Ya lo veis, buena mujer, me acuesto. + +La buena mujer, bien digna en efecto de tal nombre, era la señora +marquesa de R. + +--¿Sobre este banco?--repuso ella. + +--He dormido durante diez y nueve años en colchón de madera,--dijo el +hombre;--hoy le tengo de piedra. + +--¿Habéis sido soldado? + +--Sí, buena mujer, soldado. + +--¿Por qué no vais á la hostería? + +--Porque no tengo dinero. + +--¡Ay!--exclamó la señora de R.,--no tengo en mi bolsa mas que cuatro +sueldos. + +--Dádmelos. + +El hombre tomó los cuatro sueldos. + +La marquesa de R. continuó: + +--Con tan poco dinero no podréis encontrar alojamiento. ¿Lo habéis +solicitado? Es imposible que paséis así la noche. Sentís indudablemente +frío y hambre. Pudieran haberos alojado por caridad. + +--Ya he llamado á todas las puertas. + +--¿Y qué? + +--De todas me han echado. + +La «buena mujer» tocó el brazo del hombre, y señalando hacia la otra +parte de la plaza una pequeña casa junto al palacio del obispo. + +--¿Habéis,--repuso ella,--llamado á todas las puertas? + +--Sí. + +--¿Habéis llamado á aquélla? + +--No. + +--Llamad pues. + + + II + =La prudencia aconseja á la Sabiduría= + + +Aquella noche, el señor obispo de D***, después de su paseo por la +ciudad, se estuvo hasta muy tarde encerrado en su cuarto. Andaba +ocupado en un gran trabajo acerca de los _Deberes_, el cual quedó +desgraciadamente sin concluir. Consistía en extractar cuidadosamente +todo cuanto los Padres y los Doctores han dicho sobre materia tan +grave. Su libro estaba dividido en dos partes: primeramente trataba +de los deberes de todos, y en segundo lugar, de los deberes de cada +uno, según la clase á la cual pertenezca. Los deberes de todos son los +grandes deberes. Éstos son cuatro. San Mateo los designa así: Deberes +para con Dios (Math., VI), deberes para nosotros mismos (Math., V, 29, +30), deberes para con el prójimo (Math., VII, 12), deberes para con las +criaturas (Math., VI, 20, 25). Para los demás deberes, había el obispo +encontrado indicaciones y prescripciones en diversas partes: para +los soberanos y los súbditos, en la Epístola á los Romanos; para los +magistrados, las esposas, las madres y los jóvenes, en san Pedro; para +los maridos, padres, hijos y servidores, en la Epístola á los Efesios; +para los fieles, en la Epístola á los Hebreos; para las doncellas, +en la Epístola á los Corintios. Estaba haciendo trabajosamente de +todas estas prescripciones reunidas, un conjunto armonioso que quería +presentar á las almas. + +Á las ocho estaba trabajando todavía, escribiendo muy incómodamente +en pequeñas cuartillas de papel, con un gran libro abierto sobre las +rodillas, cuando la señora Magloria entró, según costumbre, para sacar +la plata del armario que había junto á la cama. Un instante después, +comprendiendo el obispo que estaba ya servida la mesa y que su hermana +le estaría esperando tal vez, cerró su libro, dejó su mesa de escribir +y entró en el comedor. + +Era el comedor una pieza oblonga con chimenea, con una puerta en la +calle, como hemos dicho, y ventana al jardín. + +La señora Magloria acababa efectivamente de poner los cubiertos. + +Mientras iba poniendo la mesa conversaba con la señorita Batistina. + +Sobre la mesa había una lámpara; la mesa estaba junto á la chimenea, en +la cual ardía una gran llama. + +Puede uno figurarse fácilmente aquellas dos mujeres que habían ambas +atravesado los sesenta: la señora Magloria, pequeña regordeta, +vivaracha; y la señorita Batistina, dulce, delicada, pálida, un poco +más alta que su hermano, con su vestido de seda marrón, color muy de +moda en 1806, que ella había comprado á la sazón en París y que le +duraba todavía. Por valernos de una locución vulgar, que tiene el +mérito de expresar con una sola palabra una idea para la cual no basta +á veces una página, la señora Magloria tenía el aire de una _mujer_ y +la señorita Batistina el de una _señora_. La señora Magloria llevaba +gorra blanca acanalada; al cuello una crucecita de oro, única joya +de mujer en aquella casa; un pañuelito blanquísimo asomaba debajo de +un vestido de buriel negro de mangas anchas y cortas; un delantal de +tejido de algodón á cuadros encarnados y verdes, sujetado al talle con +una cinta verde, con su pitillo prendido á los hombros con alfileres; +calzaba zapatos gruesos y medias amarillas, como las mujeres de +Marsella. + +El vestido de la señorita Batistina, cortado sobre patrones de 1806, +tenía el talle corto, falda estrecha, mangas de hombreras con picos y +botones. Cubría sus cabellos grises con una peluca de rizos llamada +_de niño_. La señora Magloria tenía el aire inteligente, vivo y +bueno; los dos ángulos de su boca desigualmente levantados, y el +labio superior, algo más grueso que el inferior, le prestaban cierto +carácter testarudo é imperioso. Tanto, que cuando monseñor se callaba, +hablaba ella resueltamente, mezclando al respeto la libertad; pero +desde que monseñor empezaba á hablar, trocábase aquella libertad en una +obediencia pasiva muy parecida á la de la señorita Batistina, sin decir +una palabra más. Ésta se limitaba sencillamente á obedecer y complacer. +Ni aún de joven, había sido bonita; tenía grandes ojos azules al +nivel de la frente y la nariz larga y aplastada, pero el todo de su +fisonomía, toda su persona, ya lo hemos dicho al principio, respiraba +inefable bondad. Siempre había sido como predestinada á la mansedumbre; +pero la fe, la caridad y la esperanza, estas tres virtudes que prestan +dulce calor al alma, habían elevado poco á poco aquella mansedumbre +hasta la santidad. La naturaleza había hecho de ella una simple oveja; +la religión la había elevado á ángel. ¡Pobre y santa mujer! ¡Dulce +recuerdo desvanecido! + +La señorita Batistina ha contado después tantas veces lo que tuvo +lugar aquella noche en casa del obispo, que muchas personas que viven +todavía, recuerdan perfectamente los menores detalles. + +En el momento en que entró el señor obispo, la señora Magloria estaba +hablando con alguna vivacidad. Referíase en su conversación con _la +señorita_ de cierto asunto que le era muy conocido, y del cual estaba +Su Ilustrísima muy enterado. Tratábase del pestillo de la puerta de +entrada. + +Parece que al ir por algunas provisiones para la cena, había oído +hablar de ciertas cosas, en diferentes sitios. Se trataba de un +vagamundo de mala catadura; decíase que este vagamundo sospechoso +acababa de llegar, que había de estar en una parte ú otra de la ciudad, +y que era muy posible tuviese un mal encuentro, cualquiera de los +que aquella noche se viese obligado á retirarse tarde á casa. Que la +policía estaba muy mal atendida; por otra parte, gracias á que el señor +Prefecto y el señor alcalde eran muy poco amigos, buscando perjudicarse +mutuamente con el resultado de los acontecimientos que pudiesen +sobrevenir. Y que debían, por lo tanto, las personas prudentes, cuidar +por sí mismas de lo que descuidaba la policía, guardándose mucho, y +teniendo buen cuidado de echar cerrojos y atrancar _y cerrar bien las +puertas_. + +La señora Magloria marcó mucho la última frase; pero el obispo que +venía de su cuarto, en el que se sentía mucho el frío, se sentó delante +de la chimenea y empezó á calentarse, pensando tal vez en algo muy +distinto. No se fijó pues para nada en la frase que la señora Magloria +acababa de pronunciar. Ésta volvió á repetirla. Entonces la señorita +Batistina, queriendo complacer á la señora Magloria, sin disgustar á su +hermano, se aventuró á decir tímidamente: + +--Hermano mío, ¿has oído lo que dice la señora Magloria? + +--He oído vagamente algo,--respondió el obispo. + +Luego, dando media vuelta á la silla, puestas ambas manos sobre sus +rodillas, y elevando hacia su antigua servidora la mirada con aire +cordial y sencillamente risueño, é iluminado desde abajo por la llama +del hogar: + +--Veamos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro grave? + +Entonces la señora Magloria volvió á repetir la historia exagerándola +algún tanto, sin duda. Parece, según dijo, que un gitano, un +descamisado, una especie de mendigo peligroso, se encontraba á la sazón +en la ciudad. En vano había pretendido alojarse en casa de Juoaquín +Labarre, quien no había querido recibirle. Se le había visto después +por el boulevard Gassendi, y vagar por varias calles al anochecer. Un +hombre de morral y garrote, de horrible catadura. + +--¿De veras?--exclamó el obispo. + +Esta condescendencia en interrogarla alentó á la señora Magloria pues +ello parecía indicarle que el obispo no andaba muy lejos de alarmarse; +prosiguió entonces en ademán triunfante: + +--Sí, monseñor. Como os lo digo. Esta noche va á pasar alguna desgracia +en la ciudad. Todo el mundo lo dice. Además como la policía está tan +descuidada (repetición útil). ¡Vivir en un país montañoso como éste, +y no tener de noche faroles en las calles! Sale uno. ¿Dónde está la +seguridad? Y decía yo, monseñor, y la señorita decía igualmente... + +--Yo,--interrumpió la hermana,--yo no digo nada. Lo que haga mi hermano +es lo bien hecho. + +La señora Magloria prosiguió como si no hubiese oído la protesta: + +--Decíamos nosotras, que no es esta casa muy segura; que si lo permite +monseñor, iré yo misma á decir á Paulino Musebois, el cerrajero, que +venga á poner de nuevo los antiguos cerrojos á la puerta, que están +ahí; es obra de un instante; repito que es preciso reponer los cerrojos +aunque no sea más que por esta noche; porque, digo yo, que una puerta +que puede abrirse desde fuera, con sólo levantar el pestillo, el primer +recién llegado, es muy de temer; y con la costumbre que tiene monseñor +de decir siempre: entrad, y que luego, como á media noche. ¡Dios mío! +no hay necesidad de pedir permiso... + +En aquel momento llamaron á la puerta dando un golpe violento. + +--Adelante,--dijo el obispo. + + + + + III + =Heroísmo de la obediencia pasiva= + + +La puerta se abrió. + +Abrióse vivamente, por completo como si alguien la hubiese empujado con +resolución y energía. + +Entró un hombre. + +Á este hombre lo conocemos ya. Era el viajero á quien hemos visto andar +en busca de un asilo. + +Entró, dió un paso y se quedó parado, dejando tras sí la puerta +abierta. Llevaba su morral á la espalda, el garrote en la mano; su +expresión era ruda, atrevida, fatigada y violenta la mirada. El fuego +de la chimenea le alumbraba. Estaba horrible. Era una siniestra +aparición. + +La señora Magloria no tuvo siquiera la fuerza necesaria para dar un +grito. Estremecióse, quedando inmóvil. + +La señorita Batistina volvió la cabeza, vió al hombre que entraba, y se +levantó medio espantada: después, volviendo poco á poco la cabeza hacia +la chimenea, levantó los ojos mirando á su hermano, tomando entonces su +fisonomía el aspecto de profunda calma y severidad. + +El obispo fijó en el hombre su mirada tranquila. + +Al abrir la boca para preguntar sin duda al recién llegado qué se le +ofrecía, éste, apoyando ambas manos sobre su garrote, dirigió una +mirada alternativa al anciano y á las dos mujeres, y sin atender á que +el obispo hablase, dijo en voz alta y ruda: + +--Heme aquí. Me llamo Juan Valjean. Soy un presidiario. He pasado en +presidio diez y nueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me +dirijo á Pontarlier, donde voy destinado. Cuatro días que camino desde +Tolón acá. Hoy he hecho doce leguas á pie. Esta tarde al llegar á la +población, he estado en una posada de la cual he sido echado á causa de +mi pasaporte amarillo, que había ya presentado á la Alcaldía, como era +mi deber. He ido á otra posada. Se me ha dicho: ¡Vete! En una y otra +parte me han repetido lo mismo. Nadie quiere recibirme. He ido á la +cárcel, el portero no me ha querido abrir. Me he metido en la barraca +de un perro, y el perro me ha mordido y me ha echado, como si fuera +un hombre. Hubiérase dicho que sabía quién yo era. He salido al campo +para dormirme á la luz de las estrellas; no hay estrellas esta noche. +Temiendo que iba á llover y que no hubiese un buen Dios que impidiera +la lluvia, he vuelto á entrar en la ciudad, para buscar el hueco de una +puerta. Allá, en la plaza, íbame á echar sobre una piedra; una buena +mujer me ha enseñado esta casa y me ha dicho: Llamad ahí. He llamado. +¿Qué casa es ésta? ¿una posada? Tengo dinero; el de mis alcances. +Ciento nueve francos y quince sueldos, que he ganado en presidio con +mi trabajo de diez y nueve años. Yo pagaré, no importa, tengo dinero. +Estoy rendido, doce leguas á pie, tengo hambre. ¿Queréis que me quede? + +--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned en la mesa otro cubierto. + +El hombre dió tres pasos, y se acercó á la lámpara que estaba en la +mesa. + +--Mirad,--repuso,--como si no hubiese comprendido bien, esto no es +esto. ¿Me habéis entendido? Soy un presidiario. Un forzado. Vengo de +presidio: Y sacando de su bolsillo un gran pliego de papel amarillo, +que desdobló--ved, dijo, mi pasaporte. Amarillo, como estáis viendo. +Sirve para que se me eche de todas partes. ¿Queréis leer? ¿Yo sé leer +también; he aprendido en presidio. Hay allí una escuela para los que +quieren. Mirad, ved lo que han escrito en mi pasaporte: «Juan Valjean, +presidiario cumplido, natural de...». Esto os es indiferente. «Ha +estado diez y nueve años en presidio. Cinco años por robo con fractura. +Catorce años por haber intentado evadirse cuatro veces distintas. Es +hombre muy peligroso». ¡Ya lo sabéis! Todo el mundo me echa. ¿Queréis +vos recibirme? ¿Es esto una posada? ¿Queréis darme cena y cama? ¿Tenéis +caballerizas? + +--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned sábanas limpias en la cama +de la alcoba. + +Hemos ya explicado qué clase de obediencia era la de aquellas dos +mujeres. + +La señora Magloria salió para cumplir lo que se le había mandado. + +El obispo se volvió hacia el hombre: + +--Amigo mío, sentaos y calentaos. Dentro un momento vamos á cenar, y se +os arreglará la cama mientras... + +El hombre acabó por comprender. La expresión de su rostro, sombría y +dura hasta entonces, impregnóse de estupefacción, de duda, de alegría, +de asombro, tartamudeando como un loco: + +¿Es verdad que me recibís? ¡no esquiváis á un presidiario! ¡me llamáis +amigo! y ¿no me tuteáis? y no me echáis diciendo: ¡Vete, perro! como +me dice todo el mundo. Yo creía que no me recibiríais. Por esto os he +dicho enseguida quién soy. ¡Oh! ¡qué buena mujer la que me ha dirigido +aquí! ¡Voy á cenar! ¡á dormir en cama con sábanas y colchón! ¡como todo +el mundo! ¡una cama! ¡hace diez y nueve años que no he descansado en +ella! ¿queréis de veras que no me vaya? ¡Oh! ¡qué buenos sois! Por lo +demás, ¡tengo dinero! Pagaré bien. Permitidme, señor posadero, ¿cómo +os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un gran hombre. ¿Sois +posadero, no es verdad? + +--Soy,--dijo el obispo,--un cura que vive aquí. + +--¡Un cura!--repuso el hombre.--¡Oh! ¡un gran cura! ¿Entonces no me +pediréis dinero? ¿El párroco, no es verdad? ¿El párroco de esta gran +iglesia? ¡Y es verdad! ¡qué torpe! no me había fijado en vuestro +solideo. + +Así hablando, había dejado su palo y su morral en un rincón, había +vuelto á meterse su pasaporte en el bolsillo, y se había sentado. La +señorita Batistina le contemplaba con cierta dulzura. Él prosiguió: + +--Sois muy humano, señor cura; vos no despreciáis. ¡Qué bueno es un +buen cura! ¿Entonces, no tenéis necesidad de que yo os pague? + +--No,--dijo el obispo.--guardaos vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? Creo +que me habéis dicho ciento nueve francos? + +--Y quince sueldos,--añadió el hombre. + +--Ciento nueve francos y quince sueldoos. ¿Y cuánto tiempo habéis +empleado para ganar eso? + +--Diez y nueve años. + +--¡Diez y nueve años! + +El obispo suspiró profundamente. + +El hombre prosiguió:--Conservo aún todo mi dinero. En cuatro días no he +gastado sino veinte y cinco sueldos, que me gané ayudando á descargar +unos carros en Grasse. Y ya que sois sacerdote, voy á deciros, que +en el presidio teníamos un limosnero. Y luego, un día vi un obispo, +un monseñor, como allí le llaman. Era el obispo de la Mayor de +Marsella. Es el cura que manda á los curas, ¿entendéis? Dispensad si +me equivoco; ¡pero yo entiendo tan poco de eso! ¡Ya os haréis cargo! +Aquel obispo dijo su misa en medio del patio, en un altar, llevaba una +cosa puntiaguda, de oro, en la cabeza. Al sol del medio día brillaba +aquello. Nosotros estábamos colocados en tres filas á los dos lados +y al centro, teniendo los cañones con las mechas caladas frente de +nosotros. No le veíamos muy bien. Habló, pero como lo hizo desde el +fondo, no le entendimos. Ya sabéis lo que es un obispo. + +Mientras hablaba el hombre, el obispo se levantó y entornó la puerta +que había quedado abierta del todo. + +La señora Magloria reapareció. Traía un cubierto que dejó sobre la mesa. + +--Señora Magloria,--dijo el obispo,--colocad este cubierto lo más +cerca posible del fuego.--Y volviéndose á su huésped:--El aire de la +noche es muy crudo en los Alpes. Y vos, señor mío, tendréis necesidad +de calentaros.--Cada vez que el obispo decía la palabra _señor_, con +su acento dulcemente grave y familiar, la fisonomía del hombre se +iluminaba. _Señor_ á un presidiario, esto es dar un vaso de agua á un +náufrago de la _Medusa_. La ignomia está sedienta de consideraciones. + +--He aquí,--dijo el obispo,--una lámpara que no alumbra apenas. + +La señora Magloria entendió enseguida, y fué á buscar, sobre la +chimenea del cuarto de monseñor, los dos candeleros de plata, que +encendió y puso sobre la mesa. + +--Señor cura,--dijo el hombre,--sois muy bueno; no me despreciáis. Me +recibís en vuestra casa. Encendéis estos cirios para mí. Y eso que no +os he ocultado de donde vengo y que yo soy un hombre despreciable. + +El obispo, sentado junto á él, golpeó suavemente su mano.--Podíais +no haberme dicho quien vos erais. Esta no es mi casa, es la casa de +Jesucristo. Aquella puerta no pregunta jamás al que entra por su +nombre, pero sí, si tiene alguna pena. Vos sufrís; vos tenéis hambre +y sed; sed bienvenido. No me debéis gracias, ni digáis que os recibo +en mi casa. Esta casa no es de nadie, sino del que necesita asilo. Yo +os digo, caminante; estáis en vuestra casa estando aquí, mejor que yo +mismo. Todo lo que hay aquí os pertenece. ¿Qué necesidad tengo de saber +vuestro nombre? Y luego que, sin que vos me lo dijeseis, tenéis uno que +ya me lo sabía yo. + +El hombre abrió los ojos admirado. + +--¿De veras? ¿Sabéis cómo me llamo? + +--Sí,--respondió el obispo,--os llamáis mi hermano. + +--¡Caramba, señor cura!--exclamó el hombre,--tenía mucha hambre al +entrar aquí; pero sois tan bueno, que ya no sé ahora lo que tengo. Creo +que se me ha pasado. + +El obispo le miró de nuevo y dijo: + +--¿Habéis sufrido mucho? + +--¡Oh! la chaqueta roja, el grillete al pie, una tarima para dormir, el +calor, el frío, el trabajo, la chusma, los palos, la doble cadena por +cualquier cosa, el calabozo por una palabra, ¡y siempre la cadena aun +en la misma cama estando enfermo! ¡Los perros, los perros son mucho más +felices! ¡Diez y nueve años! tengo cuarenta y seis. Y además pasaporte +amarillo. Ya lo veis. + +--Sí;--repuso el obispo,--salís de un lugar de tristezas. Oídme: existe +más gloria en el cielo por las lágrimas de un pecador, que por la +blanca túnica de cien justos. Si habéis dejado aquel lugar de pena y +de dolor, con propósitos de odio y de cólera contra los hombres, sois +digno de compasión; si habéis salido de él con intenciones benévolas, +de dulzura y de paz, valéis más que cualquiera de nosotros. + +Entretanto, la señora Magloria había servido la cena; una sopa hecha +de agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, +higos, queso tierno y un gran pan de centeno. Habiéndose añadido á la +comida ordinaria del obispo, una botella de vino de Mauves. + +La fisonomía del obispo tomó de pronto esa expresión de alegría +propia de las naturalezas hospitalarias.--¡Á la mesa!--exclamó con +viveza! Como tenía por costumbre siempre que algún forastero cenaba +con él, hizo sentar al hombre á su derecha. La señorita Batistina, +perfectamente apacible y natural, colocóse á su izquierda. + +El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa, +conforme su costumbre. El hombre empezó á comer con avidez. + +[Ilustración: El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la +sopa] + + +De pronto dijo el obispo:--Me parece que falta algo en la mesa. + +La señora Magloria no había puesto en la mesa más que los tres +cubiertos absolutamente indispensables. Según costumbre de la casa, +siempre que tenía el señor obispo algún convidado, se colocaban +sobre el mantel los seis cubiertos de plata; inocente vanidad. Esta +chocante apariencia de lujo, venía á ser una especie de gozo infantil, +verdaderamente encantador, en aquella morada tranquila y severa, que +elevaba la pobreza hasta la dignidad. + +La señora Magloria, comprendiendo desde luego la observación, salió sin +decir una palabra, y un momento después, los tres cubiertos reclamados +por el obispo brillaban ya sobre el mantel, simétricamente colocados +delante de cada uno de los tres comensales. + + + + + IV + =Detalles acerca de las queserías de Pontarlier= + + +Para dar ahora una idea de lo que pasó en aquella mesa, no sabemos +hacer nada mejor que transcribir aquí, un pasaje de cierta carta que +la señorita Batistina dirigió á la señora Boischevron, en la cual la +conversación del presidiario y el obispo está detallada con minuciosa +sencillez: + +«...Aquel hombre no hacía el menor caso de las personas. Comía con +hambrienta voracidad. No obstante, después de cenar, dijo: + +«--Señor cura del Dios bueno, todo esto es todavía demasiado bueno para +mí, pero debo deciros, que los carreteros que no han querido dejarme +comer con ellos, lo hacen mejor que vos. + +«Para entre nosotros, la observación me chocó un poco. Mi hermano le +contestó: + +«--También se cansan más que yo. + +«--No, repuso el hombre, tienen más dinero. Vos sois pobre, se ve desde +luego. Vos, tal vez, ni siquiera sois cura. ¿Lo sois? ¡Ah! ¡segurísimo! +si Dios fuése justo, seríais á lo menos cura-párroco. + +«--Dios es más que justo,--dijo mi hermano. + +«Un instante después añadió: + +«--Señor Juan Valjean, ¿es á Pontarlier que os dirigís? + +«--Con itinerario obligado. + +«Creo que fué esto lo que dijo el hombre. Después continuó: + +«--Es preciso que esté ya nuevamente en camino mañana al rayar el alba. +Es muy cansado el viajar ahora, pues si las noches son frías, son los +días calurosos. + +«--Es allí donde vais,--repuso mi hermano,--un gran país. Durante +la Revolución, y estando mi familia arruinada, me refugié en el +Franco-Condado, á la sazón, donde viví algún tiempo con mi trabajo +manual. Tenía buena voluntad y encontré luego en qué ocuparme. No +había más que escoger, entre las fábricas de papel, las tenerías, +destilatorios, almazaras, fábricas de relojes al por mayor, fundiciones +de acero y de cobre, veinte herrerías, cuando menos, de las cuales las +hay muy importantes en Lods, Châtillon, Audincourt y Beure. + +«Creo no haberme equivocado, y que son estos los nombres citados por mi +hermano; después de lo cual, se interrumpió á sí mismo para dirigirme +la palabra. + +«--Querida hermana, ¿no hemos de tener algunos parientes por allá? + +«Yo le contesté: + +«--Los tenemos, entre otros, el señor de Lucenet, que había sido jefe +de puertas en Pontarlier durante el antiguo régimen. + +«--Sí, repuso mi hermano, pero durante el 93 no había otros parientes +que nuestros brazos. Y yo trabajé. Existe en la comarca de Pontarlier, +donde os dirigís vos, señor Valjean, una industria verdaderamente +patriarcal y de resultado, hermana mía. Me refiero á las queserías ó +fruteras, como allí las llaman. + +«Entonces mi hermano, mientras instaba á comer al hombre, le explicó +muy detalladamente lo que venían á ser las fruteras de Pontarlier, las +cuales se dividen en dos clases:--las _grandes granjas_, que pertenecen +á los ricos, y en las que hay cuarenta ó cincuenta vacas que producen +siete ú ocho mil quesos por verano; y las _fruteras por asociación_, +que son de los pobres, es decir, de los aldeanos de la montaña que +reúnen sus vacas en común, y parten luego sus productos.--Toman á +jornal un quesero, al que llaman _grurin_; el grurin recibe la leche de +los asociados, tres veces al día, y marca las cantidades en una doble +tarja; á últimos de abril es cuando empiezan los trabajos de quesería, +hasta mediados de junio, que los queseros vuelven con sus vacas á la +montaña. + +«El hombre se iba reanimando á medida que comía. Mi hermano le hacía +beber de aquel excelente vino de Mauves, del que no bebe él porque +dice que resulta muy caro. Mi hermano le advertía de todos estos +detalles, con aquella sencilla jovialidad que ya conocéís, mezclando á +sus palabras aquella graciosa espresión que le es peculiar, y que yo +comprendía perfectamente. Tuvo expecial cuidado en pintar el lisonjero +modo de ser del _grurin_ como si hubiese querido que aquel hombre +comprendiera sin aconsejárselo directa y claramente, que podía encerrar +aquello un porvenir para él. Una cosa me chocó. Era aquel hombre lo +que os he dicho. Pues bien, mi hermano, ni durante la cena y durante +toda la noche, á escepción de algunas palabras sobre Jesús, al darle +entrada, dijo una sola frase que pudiera recordarle al hombre aquel lo +que había sido, ni que le diera á entender quién era mi hermano. Y, +sin embargo, era aquella una ocasión muy apropósito para echarle un +sermón, y de apoyarse el obispo en el presidiario para imprimir en él +el sello de su paso. Á otro cualquiera le hubiera parecido tal vez, +que dado el caso de tener á mano aquel desgraciado, era conveniente +alimentar su alma al par del cuerpo y de hacerle alguna observación +razonada de moral y de buen consejo, ó bien alguna conmiseración +exhortándole á que mejorase su conducta para el porvenir. Mi hermano +no le preguntó siquiera de dónde procedía, ni cuál era su historia. +Porque en su historia ha de estar su falta; parece que mi hermano tuvo +empeño en alejar todo lo que pudiera recordársela. Tanto, que es cierto +que mi hermano, hablando de los montañeses de Pontarlier que tienen +_un trabajo dulce junto al cielo_, y añadía, _son felices porque son +inocentes_, se paró de súbito, temiendo que no hubiese en esta frase +que se le escapaba, algo que pudiese herir al hombre. Á fuerza de +reflexionar, creo haber entendido lo que pasaba en el corazón de mi +hermano. Él creía, sin duda, que aquel hombre que se llama Juan Valjean +no tenía presente en su espíritu mas que su miseria, que era lo mejor +distraerle de ella y hacerle creer, aunque no fuése más que de momento, +que era una persona como otra cualquiera, siendo todo en él natural y +corriente. ¿No es esto, en efecto, comprender perfectamente la caridad? +¿No hay, señora mía, algo de esencialmente evangélico en la delicadeza +que se abstiene del sermón, de las moralejas y de las alusiones, siendo +mayor la compasión cuando un hombre siente un gran dolor el no tocar el +punto que lo produce? Creo que éste debió ser el pensamiento oculto de +mi hermano. En todo caso, lo que yo puedo decir, es que si realmente +tuvo semejantes ideas, no las dió á conocer; en mi concepto, estuvo, al +parecer, como las demás noches, y de la misma manera, y con la misma +naturalidad cenó con Juan Valjean, que lo hubiera hecho con el señor +Gedeón, el preboste, ó con el señor cura de la parroquia. + +«Al terminar, cuando estábamos comiendo los postres, llamaron á la +puerta; era la buena Gerbaud, con su hijo en brazos. Mi hermano besó +al niño en la frente, y me pidió quince sueldos que yo tenía allí para +dárselos á la tía Gerbaud. El hombre, durante este espacio de tiempo, +no se fijaba al parecer ni decía una sola palabra; parecía fatigado. La +pobre Gerbaud salió, mi hermano rezó las _gracias_; y luego volviéndose +al hombre, le dijo: Tendréis mucha necesidad de ir á la cama. La señora +Magloria levantó la mesa inmediatamente. Comprendiendo ser necesario +que nos retirásemos pronto para dejar dormir al viajero, nos subimos +al piso las dos juntas. Poco después, mandé á la señora Magloria que +bajara y colocara en el lecho del forastero, una piel de corzo de la +Selva Negra que tengo en mi cuarto. Las noches son glaciales y esta +piel conforta. Lástima que sea ya tan vieja; todo el pelo se le cae. Mi +hermano la compró cuando estuvo en Alemania, en Tottlingen, junto á +los orígenes del Danubio, al propio tiempo que mi cuchillito con mango +de marfil, del que me sirvo en la mesa. + +«La señora Magloria volvió á subir inmediatamente, y después de rezar +nuestras oraciones en la sala donde tenemos la ropa blanca, nos fuímos +cada una á nuestro dormitorio sin decir una palabra». + + + + + V + =Calma= + + +Después de haberle dado las buenas noches á su hermana, monseñor +Bienvenido tomó de encima la mesa uno de los dos candeleros de plata, y +entregando el otro á su huésped, le dijo: + +--Señor mío, voy á acompañaros á vuestro cuarto. + +El hombre le siguió. + +Como se ha podido ver en lo que antes hemos dicho, las habitaciones +estaban distribuidas de manera, que para ir al oratorio donde estaba +la alcoba, ó para salir, era indispensable atravesar el dormitorio +del obispo. En el momento en que atravesaban este cuarto, la señora +Magloria estaba guardando la plata en el armario de la cabecera de la +cama. Esta era su última operación cada noche antes de acostarse. + +El obispo instaló á su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia +le estaba esperando. Dejó el hombre su candelero sobre una mesita. + +--Vamos,--dijo el obispo,--que paséis bien la noche. Mañana por la +mañana, antes de emprender de nuevo vuestro viaje, tomareis una taza de +leche de nuestras vacas; calentita. + +--Gracias, señor cura,--dijo el hombre. + +Apenas pronunciadas estas palabras de paz, cuando de súbito y sin +transición, hizo un extraño movimiento, que hubiera llenado de +espanto á las dos buenas mujeres si hubiesen estado presentes. Hoy +mismo nos sería difícil dar cuenta de lo que pasó por él en aquel +momento. ¿Quería hacer una advertencia ó lanzar una amenaza? ¿Obedecía +simplemente á una especie de impulso instintivo y desconocido por él +mismo? Volvióse bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y, +fijando sobre éste una mirada salvaje, exclamó con voz ronca: + +--¡Ah! ya, ¡decididamente! me alojáis vos mismo en vuestra casa, junto +á vos; ¿cómo es eso? + +Interrumpióse á sí mismo un instante, y añadió luego con una sonrisa +especial, en la que se encerraba algo monstruoso: + +--¿Habéis reflexionado bien? ¿quién os ha dicho que no sea yo un +asesino? + +El obispo respondió: + +--Esto basta con que lo sepa Dios. + +Después, gravemente, y moviendo los labios como quien reza ó habla +consigo mismo, levantó los dos dedos de su mano derecha y bendijo al +hombre, quien no se inclinó siquiera, y, sin mover la cabeza, ni mirar +tras sí, entró nuevamente en su cuarto. + +Cuando la alcoba estaba ocupada, una gran cortina de sarga, corrida de +parte á parte del oratorio, cubría el altar. El obispo se arrodilló, al +pasar delante de esta cortina, y oró un momento. + +Poco después estaba ya paseando y meditando en su jardín, absorbida el +alma y la imaginación en los grandes misterios de la noche, que muestra +Dios á los ojos que continúan abiertos. + +En cuanto al hombre, se encontraba, en verdad, tan fatigado, que ni +siquiera trató de aprovechar las blancas sábanas que le esperaban. +Había apagado su vela soplando con la nariz, según acostumbran á +hacerlo los presidiarios, dejándose caer sin desnudarse sobre la cama, +y quedando enseguida profundamente dormido. + +Daba la media noche cuando el obispo volvía del jardín y entraba en su +cuarto. + +Algunos minutos después, dormía todo el mundo en aquella pequeña y +santa casa. + + + + + VI + =Juan Valjean= + + +Á eso de la media noche, Juan Valjean despertó. + +Juan Valjean era hijo de una pobre familia de campesinos de la Brie. +Durante su infancia, nadie cuidó de enseñarle á leer. Cuando empezó +á ser hombre se hizo podador en Faverolles. Su madre se llamaba +Juana Mathieu; su padre se llamaba Juan Valjean ó Vlajean, apodo +probablemente y contracción de _voilà Jean_. + +Juan Valjean tenía el carácter meditabundo sin ser triste, lo cual +es muy común en las naturalezas afectuosas. Era, por lo tanto, +naturalmente taciturno, y al menos en apariencia, indiferente. Había +perdido de muy pequeño á su padre y á su madre. Su madre había muerto +de una fiebre láctea mal cuidada. Su padre, podador como él, murió de +una caída de un árbol. No le quedó á Juan Valjean más que una hermana +mucho mayor que él, viuda y con siete hijos entre varones y hembras. +Esta hermana había criado á Juan, pues mientras vivió su marido le +tuvo en su casa y le dió de comer. El marido murió. El mayor de los +siete hijos tenía ocho años y el más pequeño uno. Juan Valjean iba á +cumplir los veinte y cinco. Reemplazó pues al padre, manteniendo á su +vez á la hermana que le había criado. Hízose esa sustitución como un +simple deber, si bien con cierta caprichosa rudeza por parte de Juan. +Su juventud se iba gastando así en un trabajo duro y mal pagado. Nadie +le conoció jamás una novia en toda la comarca. Es verdad que tampoco le +dejaba su trabajo tiempo para el amor. + +Volvía por la noche fatigado de todo el día, y comía su sopa sin decir +palabra. Su hermana, Juana, mientras él comía, tomaba frecuentemente +de su escudilla, lo mejor de su cena, el pedazo de carne, la lonja de +tocino, el cogollo de la col, para dárselo á alguno de sus hijos; él +comía siempre inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en el +plato, cubriéndolo casi con sus largos cabellos esparcidos alrededor de +su comida y sus ojos. Parecía que nada veía, y dejaba hacer. Había en +Faverolles, no lejos de la casucha de Valjean, á la parte opuesta de +la calle, una vaquera llamada María Claudia; los sobrinos de Valjean, +generalmente necesitados, iban muchas veces á pedir, en nombre de su +madre, una pinta de leche á María Claudia, que bebían luego detrás de +una tapia ó en cualquier rincón de la calle, arrancándose mutuamente +el jarro; y con tal afán, que los más pequeños la derramaban sobre el +delantal y en el arroyo; si la madre hubiese tenido noticia de este +abuso, hubiera corregido severamente á los delincuentes. Juan Valjean, +brusco y regañón, pagaba á espaldas de la madre, las pintas de leche á +María Claudia, y los niños no eran castigados. + +Él ganaba, durante la época de la poda, diez y ocho sueldos diarios, +después se ocupaba en la siega, en guardar bueyes, de jornalero y aun +de peón albañil. Hacía cuanto se le presentaba. Su hermana trabajaba +también por su parte, pero, ¿qué había de hacer con siete hijos? + +Era aquél un tristísimo grupo que la miseria iba rodeando y estrechando +poco á poco. + +Vino un invierno crudísimo. Juan no tenía qué hacer. La familia no tuvo +por lo tanto, pan. ¡Sin pan! ¡Tal como suena! ¡Y siete criaturas! + +Cierto domingo por la noche, Maubert Isabeau, panadero de la plaza de +la Iglesia de Faverolles, se estaba disponiendo á acostarse, cuando +oyó un golpe violento en la ventana vidriera y enrejada de su tienda. +Llegó á tiempo de ver una mano pasando por entre la reja después de +haber abierto un boquete en el cristal de un puñetazo. La mano cogió un +pan, y desapareció. Isabeau salió inmediatamente; el ladrón huía á todo +correr; Isabeau corrió tras él y le alcanzó. El ladrón había tirado el +pan, pero tenía aún la mano ensangrentada. Era Juan Valjean. + +Esto acaeció en 1795. Juan Valjean fué denunciado por los tribunales +de aquel tiempo «por robo con fractura, de noche y en casa habitada». +Juan tenía una escopeta de la cual se servía como el primer tirador del +mundo, pues solía cazar furtivamente; lo cual le perjudicó. Existe +contra los cazadores furtivos cierta legítima prevención. El cazador +furtivo, lo mismo que el contrabandista, anda muy cerca del salteador. +No obstante, debemos decir de paso, que media un abismo entre esta +clase de hombres y el miserable asesino de las ciudades. El cazador +furtivo vive en la selva; el contrabandista vive en la montaña ó en el +mar. Las ciudades producen hombres feroces y crueles, porque producen +hombres corrompidos. Las montañas, el mar y las selvas, producen +sencillamente hombres salvajes, pero sin destruir, por lo general, su +parte humana. + +Juan Valjean fué declarado culpable. Los preceptos del código eran +terminantes. Existe en nuestra civilización horas terribles; son éstas +los momentos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Fúnebre +instante aquél en que la sociedad se aleja y lanza en irreparable +abandono un ser pensador! + +Juan Valjean fué condenado á cinco años de presidio. + +El 22 de abril de 1796, mientras se aclamaba en París la victoria de +Montenotte ganada por el general en jefe del ejército de Italia, que +el mensaje del Directorio de los Quinientos, del 2 de floreal del +año IV, llama Buona Parte, aquel mismo día, repetimos, se remachó en +Bicêtre una larga cadena de presidiarios. Juan Valjean formaba parte +en esta cadena. Un antiguo portero de la cárcel, que cuenta hoy cerca +de noventa años, recuerda todavía perfectamente á aquel desgraciado +cuya cadena fué clavada al extremo del cuarto cordón en el ángulo norte +del patio. Estaba sentado en el suelo como los demás. Parecía no darse +cuenta de nada relativo á su estado, sino que era terrible. Es probable +que entendiera al través de las vagas ideas de un hombre ignorante +del todo, algo excesivo. Mientras remachaban á grandes martillazos +detrás de su cabeza, la bala de su cadena, él lloraba, las lágrimas le +ahogaban, impidiéndole hablar, exclamando solamente de cuando en cuando +con gran pena y dificultad: _Yo era podador en Faverolles_. Después, +sollozando y levantando su mano derecha, la bajó gradualmente como si +tocase sucesivamente siete cabezas desiguales con cuyo gesto parecía +querer indicar que todo lo que había hecho, fuése lo que fuere, lo +había hecho para vestir y alimentar á siete infelices pequeñuelos. + +Fué conducido á Tolón, donde llegó después de un viaje de veinte y +siete días, en una carreta, con la cadena al cuello. En Tolón se le +vistió la chaqueta roja. Todo lo que existía de su vida, incluso su +nombre, fué borrado; ya no fué más Juan Valjean; fué desde entonces el +número 24.601. ¿Qué fué de su hermana? ¿Qué fué de sus siete hijos? +¿Quién había de ocuparse de ellos? ¿Qué es del puñado de hojas del +árbol aserrado por el tronco? + +La historia es siempre la misma. Aquellos pobres seres vivientes, +aquellas pobres criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guía, sin +asilo, quedaron entregadas al azar. ¿Quién sabe? tal vez cada cual +por su parte se fué precipitando poco á poco en el fondo de la fría +bruma que devora los destinos solitarios, negrísimas tinieblas en las +que se envuelven y desaparecen sucesivamente, tantas infortunadas +cabezas durante la sombría marcha del género humano. Lo cierto es que +abandonaron el país. El campanario del que había sido su pueblo les +olvidó; el límite de la que había sido su tierra les olvidó también; +y después de algunos años de estar en presidio, les olvidó á su vez +el mismo Juan Valjean. En aquel corazón y en el lugar en que hubo una +llaga, se hizo una cicatriz. Esto fué todo. Apenas durante todo el +tiempo que estuvo en Tolón, oyó hablar de su hermana una sola vez. +Creo que fué al terminar el cuarto año de su cautiverio. Ignoro de +todo punto por qué conducto llegó hasta él algún indicio. Tal vez +alguien que les había conocido en su pueblo había visto á su hermana. +Ella estaba en París, habitando en una miserable calleja junto á San +Sulpicio, la de Gindre. No tenía consigo más que un muchacho, un niño, +el último. ¿Dónde habían ido á parar los demás? Tal vez ni aún ella +misma lo sabía. Todas las mañanas iba la pobre mujer á una imprenta de +la calle de Sabot, número 3, en la cual estaba empleada de plegadora +y encuadernadora á la rústica. Debía estar allí todos los días á las +seis de la mañana, mucho antes de amanecer, en invierno. En la misma +imprenta había una escuela á la cual mandaba ella á su hijo, que +tenía á la sazón unos siete años. Solamente que como ella entraba en +el taller á las seis, y no se abría la escuela hasta las siete, era +preciso que la criatura esperara en el patio la hora que tardaba en +abrirse la escuela; ¡en invierno, una hora de noche y al aire libre! +No se le permitía al niño entrar en la imprenta porque era un estorbo, +decían. Los obreros veían al pasar, todas las mañanas, aquella pobre +criatura sentada en el suelo, rendida de sueño, dormida muchas veces +entre las sombras y acurrucada en el rincón más sucio. Cuando llovía, +una pobre vieja, la portera, se apiadaba del niño y lo recogía en +su chiribitil, en donde no había más que una pobre cama, un torno +y dos sillas de madera; el pequeñuelo se dormía allí en un rincón, +arrimándose cuanto podía, al gato, por sentir menos frío. Á las siete +se abría la escuela y el niño entraba. + +He aquí lo que le dijeron á Juan Valjean. + +Esto le preocupó un día, fué un instante, un relámpago, como una +ventana abierta bruscamente ante el destino de aquellos seres que él +había amado, volviéndose á cerrar inmediatamente; no volviendo jamás +á oir hablar de ellos una palabra. Nada más de ellos supo, jamás los +volvió á ver, ni les encontró jamás, ni en el doloroso curso de esta +historia llegará á encontrarlos. + +Á últimos de este mismo cuarto año llególe á Juan Valjean el turno de +evadirse. Sus camaradas le ayudaron, como acostumbra á hacerse en aquel +triste lugar. Y se evadió. Vagó dos días libre por el campo; si es +ser libre el andar perseguido, volviendo la cabeza á cada instante, y +al menor ruido, tener miedo de todo; del tejado que humea, del hombre +que pasa, del perro que ladra, del caballo que galopa, de la hora que +suena, del día porque todo se ve, de la noche porque no se ve nada, +del camino, de la senda, de las sombras, del sueño. Al anochecer del +segundo día volvieron á prenderle. Había estado sin comer ni dormir +treinta y seis horas. El tribunal marítimo le condenó por este delito +á tres años más de presidio; total ocho años. El sexto año volvió á +tocarle el turno de evadirse; quiso probarlo, pero no consiguió su +objeto. Faltó á la lista. Después del cañonazo de la puesta de sol, +le encontraron las rondas escondido bajo la quilla de uno de los +buques en construcción; resistióse á los guardias que le prendieron. +Evasión y rebelión. Por este hecho, previsto en el código especial, fué +castigado con un aumento de cinco años, dos de ellos á doble cadena. +Trece años. El décimo año volvió á tocarle el turno, quiso aprovecharlo +también. Tampoco salió mejor librado. Tres años más por esta nueva +tentativa. Diez y seis años. En fin, creo que fué durante el año décimo +tercero, que volvió á probar fortuna nuevamente, y no consiguió sino +que volviesen á prenderle á las cuatro horas. Tres años más por estas +cuatro horas. Diez y nueve años. En octubre de 1815 fué puesto en +libertad; había entrado en presidio en 1796, por haber roto un vidrio y +tomado un pan. + +Necesitamos hacer aquí un corto paréntesis. Ésta es la segunda vez que +en sus estudios acerca de la cuestión penal y sobre la condena legal, +el autor de este libro da cuenta del robo de un pan, como punto de +partida del desastre de un destino. Claudio Gueux robó un pan; Juan +Valjean había robado un pan también; una estadística inglesa prueba que +en Londres, cuatro robos, de cada cinco, son causa inmediata del hambre. + +Juan Valjean había entrado en presidio temblando y sollozando; salió de +allí impasible. Entró desesperado; salió sombrío. + +¿Qué es lo que había pasado por su alma? + + + + + VII + =La desesperación por dentro= + + +Probemos de explicarnos. + +Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que es ella +quien las hace. + +Era Valjean, como tenemos dicho, un ignorante, pero no un imbécil. La +luz natural estaba encendida en él. La desgracia, que también tiene su +luz, aumentó la poca claridad que existía en aquel espíritu. Bajo el +palo, bajo la cadena, en el calabozo, en el trabajo; bajo el ardiente +sol del presidio, en el lecho de tablas del penado, replegóse en sí +mismo y reflexionó. + +Él se constituyó en tribunal. + +Empezó por juzgarse á sí mismo. + +Reconoció que no era un inocente castigado con injusticia. Confesó +haber cometido una acción atrevida y vituperable; que no se le hubiera, +tal vez, negado aquel pan, si lo hubiese pedido; que siempre hubiera +sido mejor esperarlo de la piedad ó del trabajo; que no es siempre un +argumento sin réplica el decir: ¿puede uno esperar cuando tiene hambre? +Que es además rarísimo el caso de que muera alguien literalmente de +hambre; luego que, desgraciada ó afortunadamente, el hombre está hecho +de manera que pueda sufrir largo tiempo y mucho, moral y físicamente, +sin morir; que le faltó pues la paciencia; que el tenerla hubiera sido +más provechoso para aquellas pobres criaturas; que fué un acto de +locura en él, desgraciado y miserable ser, el agarrarse violentamente +al cuello de la sociedad entera y figurarse que podía salvarse de la +miseria en el robo; que es ésta, en todo caso, una mala puerta para +salir de la miseria, puesto que se entra por ella en la infamia; en +fin, que había faltado. + +Luego se preguntó: + +¿Si había sido él sólo el que había cometido falta en tan fatal +historia? Si ante todo no había sido una cosa grave que hubiese quien +como él, trabajador, careciese de trabajo, él, laborioso, careciese +de pan. Sí, luego de cometida y confesada la falta, no había sido el +castigo feroz y exagerado. Si no era mayor el abuso de la ley en la +pena, que el abuso por parte del culpable en la falta. Si no había +exceso de peso en uno de los platillos de la balanza, en el de la +expiación. Si la enmienda de la pena no era bastante á borrar el delito +y no llegaba al extremo de reemplazar la falta del delincuente por la +falta de la represión, en hacer del culpable la víctima, y del deudor +el acreedor, y de colocar definitivamente el derecho en favor del mismo +que lo había violado. Si aquella pena, complicada con agravaciones +sucesivas por las tentativas de evasión, no acababa por ser una +especie de atentado del más fuerte contra el más débil, un crimen de +la sociedad contra el individuo, un crimen que comenzaba de nuevo +diariamente, un crimen que duró diez y nueve años. + +Él se preguntaba, si la sociedad humana puede tener el derecho de hacer +sufrir legalmente á sus miembros, en ciertos casos, su imprevisión +irracional, y en otros su imprevisión cruel: y de apoderarse para +siempre de un desgraciado, cerrándolo entre un defecto y un exceso; +defecto de trabajo, exceso de castigo. + +Si no era por cierto exorbitante, que la sociedad tratase así +precisamente á aquellos sus miembros peor favorecidos en la repartición +de bienes que hace la casualidad, y por consecuencia los más dignos de +conmiseración y respeto. + +Hechas y resueltas semejantes consideraciones, juzgó á la sociedad y la +condenó. + +La condenó á su odio. + +Hízola responsable de su triste suerte, y se dijo que no desistía de +pedirle cuenta más tarde ó más temprano. Se declaró así mismo que no +existía equilibrio entre el daño que él había causado y el daño que se +le causaba á él; concluyendo finalmente, que su castigo no había sido, +en verdad, una injusticia, pero no era indudablemente una iniquidad. + +La cólera puede ser loca y absurda; el hombre puede irritarse por +equivocación; pero jamás se indigna si no le asiste en una parte ó otra +la razón. Juan Valjean estaba verdaderamente indignado. + +Y luego, que la sociedad humana no le había hecho sino daño, jamás +había visto de ella otra cosa que el semblante ceñudo, de lo que llama +ella justicia, y que muestra siempre á los que castiga. Los hombres no +le habían tocado sino para martirizarle. Todo contacto entre ellos y él +había sido un golpe. Nunca, desde su niñez, después de su madre y de su +hermana, nunca, repetimos, había encontrado una voz amiga ni una mirada +de benevolencia. + +De sufrimiento en sufrimiento, había llegado poco á poco á tener la +convicción de que la vida, es una lucha continuada; y de que en esta +lucha él era el vencido. + +No tenía otra arma que su odio. Resolvió aguzarla en presidio, y +llevarla consigo á su salida. + +Había en Tolón una escuela para la chusma, sostenida por los hermanos +_Ignorantinos_, en la cual se enseñaba lo más necesario, á aquellos +desgraciados que tenían mejor voluntad. Él fué del número de estos +hombres de buena voluntad. Comenzó á ir á la escuela á los cuarenta +años, y aprendió á leer, escribir y contar. Al sentir fortificarse su +inteligencia, sintió fortificarse también su odio. En ciertos casos la +instrucción y la luz pueden servir de alimento al mal. + +Es triste confesarlo; después de haber juzgado á la sociedad que había +hecho su desgracia, juzgó á la Providencia que había hecho la sociedad, +condenándola también. + +Así, durante aquellos diez y nueve años de tormento y de esclavitud, +elevóse aquella alma y se precipitó á un tiempo mismo. Penetró la luz +por una parte y las tinieblas por otra. + +Juan Valjean no tenía, como hemos visto, una naturaleza malvada. Era +todavía bueno cuando entró en presidio. Condenó á la sociedad, y sintió +que se volvía malo; condenó á la Providencia sintiendo que se volvía +impío. + +Aquí es casi imposible no meditar un instante. + +¿Puede la naturaleza humana trasformarse por completo? ¿El hombre +bueno creado por Dios puede ser maleado por el hombre? ¿Puede ser +el alma reformada completamente por el destino, y volverse mala +si el destino es malo? ¿El corazón puede deformarse y adquirir +defectos y enfermedades incurables, bajo la presión de una desdicha +desproporcionada, como la columna vertebral bajo una bóveda muy baja? +¿No hay, por ventura, en el alma humana, no había en la de Juan +Valjean particularmente, un primer rayo de luz, un elemento divino, +incorruptible en este mundo é inmortal en el otro, que el bien puede +desarrollar, atizar, engrandecer y hacer que irradie esplendoroso, y +que el mal no pueda jamás, extinguir por completo? + +Graves y tenebrosas cuestiones, detrás de las cuales todo fisiologista +respondería probablemente _no_, y sin tartamudear, si hubiese visto en +Tolón, durante las horas de reposo que eran para Juan Valjean horas +de meditación, sentado y cruzado de brazos sobre la caña de algún +cabrestante, el cabo de su cadena metido en el bolsillo para impedir +que arrastrara; aquel galeote triste, serio, silencioso y pensativo, +paria de las leyes, que contemplaba colérico á los hombres, condenado +de la civilización, que miraba severamente al cielo. + +Es verdad, y no pretendemos nosotros disimularlo; el fisiologista +observador hubiera visto allí una grande é irremediable miseria; +hubiérase dolido tal vez del mal causado por la ley, pero no hubiera +tampoco cuidado de curarlo; hubiera vuelto quizá el rostro separando +la mirada de las cavernas que hubiera entrevisto en aquella alma; y +como Dante, de las puertas del infierno, hubiera borrado de aquella +existencia esta palabra, escrita por el dedo de Dios en la frente de +todos los hombres: _¡Esperanza!_ + +El estado de su alma que hemos intentado analizar, ¿era tan claro y +patente para Juan Valjean, como nosotros hemos procurado pintarlo +para quien nos leyera? ¿Juan Valjean veía distintamente después de +su formación, y había visto también distintamente, á medida que se +formaban todos los elementos de que se componía su miseria moral? Aquel +hombre rudo é ignorante ¿se había dado cuenta clara de la sucesión +de ideas por la cual había ido, grado á grado subiendo y bajando +hasta los lúgubres espacios que formaban desde hacía tantos años el +horizonte interior de su espíritu? ¿Tenía él conciencia completa de +todo lo que había pasado por él, y de cuánto había removido? Esto es +lo que nosotros no nos atrevemos á decir; esto es lo que nosotros no +podemos creer. Había demasiada ignorancia en Juan Valjean, por que, +á pesar de tanta desgracia, no le quedase todavía mucha vaguedad. +Momentos había en los que ignoraba por completo lo que por él pasaba. +Juan Valjean andaba en tinieblas, sufría en tinieblas, y odiaba en +tinieblas; hubiera podido decirse que aborrecía cuanto tenía delante. +Vivía comúnmente en esta sombra, á tientas como un ciego y como un +visionario. Solamente á intervalos sentíase de súbito procedente +de sí mismo y del exterior, sacudido por un rayo de cólera, un +acrecentamiento de dolor, un pálido y breve relámpago que iluminaba su +alma por completo, haciendo aparecer bruscamente á su alrededor, á los +resplandores de una luz espantosa, los horrorosos precipicios y las +sombrías perspectivas de su destino. + +Pasado el relámpago, caía nuevamente la noche; ¿dónde estaba él? lo +ignoraba. + +Es propio de las penas de esta naturaleza, en las cuales domina la +crueldad, es decir, lo que embrutece, el ir trasformando poco á poco +por una especie de transfiguración estúpida, el hombre en un animal +salvaje, muchas veces feroz. Las tentativas de evasión de Juan Valjean, +sucesivas y obstinadas, serían bastantes á probar este extraño trabajo +operado por la ley sobre el alma humana. Juan Valjean hubiera renovado +aquellas tentativas, tan inútiles como locas, tantas veces como se le +hubiera presentado la ocasión, sin soñar un instante en el resultado, +ni en la experiencia de las anteriores. Se escapaba impetuosamente como +el lobo que encuentra abierta la jaula. Decíale el instinto: ¡Sálvate! +La razón le hubiera dicho: ¡Aguarda! Pero ante una tentación violenta, +el raciocinio había desaparecido y no le quedaba más que el instinto. +La bestia únicamente obraba. Cuando le prendían de nuevo, las nuevas +crueldades con que se le afligía, servían solamente para aumentar su +furia. + +Un detalle que no debemos omitir, es el de que poseía una fuerza física +superior á todos sus compañeros de presidio. En el fatigoso trabajo de +arriar un cable, de empujar la palanca de un cabrestante, valía Juan +Valjean por cuatro hombres. Levantaba y sostenía pesos enormes sobre +sus hombros, reemplazando en muchos casos aquel instrumento llamado +vulgarmente _cric_ (gato), conocido antiguamente con el nombre de +_orgueil_ (orgullo), de donde tomó el nombre, sea dicho de paso, la +calle Montorgueil junto á los mercados de París. Sus compañeros le +llamaban de ordinario Juan _gato_. Una vez que se estaba reparando +el balcón de la Casa Consistorial de Tolón, una de las admirables +cariátides de Puget, que le sustentan, se desencajó, é iba á caer; Juan +Valjean, que se encontraba allí, sostuvo sobre sus hombros la cariátide +dando tiempo á que llegasen los obreros para reponerla. + +Su agilidad excedía aún á su vigor. Algunos presidiarios, soñadores +perpetuos de evasiones, acaban por hacer de la fuerza y la destreza +combinadas, una verdadera ciencia. Es la ciencia de la musculatura. +Una completa estática misteriosa, practicada diariamente por los +penados, envidiosos eternos de las moscas y de los pájaros. Trepar por +una vertical y encontrar puntos de apoyo allí donde se veía apenas un +ligero desnivel, era para Juan Valjean cosa de juego. Dado el ángulo de +un muro, con la tensión de la espalda y de las corvas, con los codos y +talones pegados á las asperezas de la piedra, subíase como por magia +hasta un tercer piso. Muchas veces subía de este modo hasta los techos +del penal. + +Hablaba muy poco. No reía jamás. Era indispensable una grande emoción +para arrancarle, una ó dos veces al año, aquella lúgubre risa del +penado, que viene á ser como el eco de una carcajada infernal. + +Al verle parecía preocupado en mirar continuamente algo terrible. + +Estaba efectivamente absorto. + +Al través de las percepciones enfermizas de una naturaleza incompleta +y de una inteligencia agobiada, sentía confusamente que existía algo +monstruoso sobre él. En aquella penumbra obscura é incolora donde se +encaramaba cada vez que volvía la cabeza y que intentaba elevar su +mirada, veía con terror mezclado de rabia, apoyarse, subir y elevarse +hasta perderse de vista sobre él, lleno de escabrosidades horribles, +una especie de espantoso y sombrío castillo de cosas, de leyes, de +precauciones, de hombres y de hechos, cuyos contornos no alcanzaba +á ver, cuya mole le aterrorizaba, y que no era sino la prodigiosa +pirámide que nosotros llamamos civilización. + +Distinguía perfectamente aquí y allá en aquella movediza y deforme +unidad, tan pronto junto á él, como lejos ó sobre alturas inaccesibles, +algún grupo, algún detalle claramente iluminado; aquí el cabo con su +vara; allá el gendarme con su sable; más allá el arzobispo mitrado; +en lo más alto y junto á una especie de sol, el emperador coronado y +radiante. Pareciéndole que estos esplendores lejanos, en vez de disipar +su noche, la tornaban más fúnebre y más negra. Toda aquella movediza +mole de leyes, preocupaciones, hechos, hombres y cosas, iba y venía +sobre su cabeza conforme al movimiento complicado y misterioso que +imprime Dios á la civilización, caminando sobre él y aplastándole con +no sé qué apacibilidad cruel, é inexorable indiferencia. Almas caídas +en el fondo del infortunio posible; hombres desgraciados, perdidos en +lo más bajo de los limbos donde no llega nunca una mirada, en cuyos +senos los réprobos de la ley sienten gravitar con todo su peso sobre +su cabeza esta sociedad humana, tan formidable por quien se encuentra +fuera como implacable con quien está debajo. + +En semejante situación, Juan Valjean meditaba: ¿cuál había de ser la +naturaleza de sus meditaciones? + +Si el grano de mijo, oprimido por la piedra del molino, pudiese pensar, +pensaría sin duda como pensaba Juan Valjean. + +Todas aquellas realidades llenas de espectros, fantasmagorías llenas +de realidades, habían acabado por crear en él una especie de estado +interior, casi inexplicable. Á cada momento, en medio de su trabajo en +el penal, se quedaba parado, meditando. Su razón, cada día más madura +y más turbada que antes, se rebelaba. Todo lo que había pasado por +él le parecía absurdo; todo lo que le rodeaba le parecía imposible. +Decíase él; ¿es esto un sueño? Y veía al cabo de vara de pie á pocos +pasos de él, y el cabo le parecía un fantasma; de pronto aquel fantasma +le pegaba un palo. La naturaleza visible apenas existía para él. No +sería imposible aseverar que no había para Juan Valjean, sol, ni +hermosos días de verano, ni cielo trasparente, ni deliciosas auroras +de abril. Ignoro que día de amargura iluminaba su alma. Reasumiendo +para terminar, lo que pueda reasumirse y ser traducido en resultados +positivos de todo cuanto acabamos de indicar, nos limitaremos á hacer +constar que en diez y nueve años, Juan Valjean, el inofensivo podador +de Faverolles, el terrible penado de Tolón, había llegado á ser +capaz, gracias á la manera que en el presidio se le había tratado, de +dos clases de malas acciones: primera, de una acción mala, rápida, +irreflexible, llena de aturdimiento, todo instinto, especie de +represalia del mal sufrido; y segunda, de una mala acción grave, seria, +calculada conscientemente, y basada en las ideas falsas que pueden +engendrar semejante desdicha. Sus premeditaciones pasaban por las tres +fases sucesivas, que las naturalezas de cierto temple pueden solamente +recorrer: razonamiento, voluntad y obstinación. Tenía por móviles la +indignación habitual, la amargura del alma, el profundo sentimiento de +las iniquidades sufridas, la reacción, igualmente contra los buenos, +los inocentes y los justos, si los hay. + +El punto de partida como el de llegada de todos sus pensamientos, +era el odio á la ley humana; este odio que, si no es detenido en su +desarrollo por cualquier incidente providencial, llega dado un tiempo +determinado, á trocarse en odio á la sociedad, luego en odio al género +humano, después en odio á la creación, traduciéndose en un vago, +incesante y brutal deseo de dañar, sea á quien fuere, con tal de que +sea el objeto de su saña instintiva un ser viviente.--Como hemos visto, +no deja ella de tener su razón de ser, puesto que el pasaporte de Juan +Valjean le calificaba de _hombre muy peligroso_. De año en año, aquella +alma se había ido desecando más y más, lentamente, pero fatalmente. Á +corazón enjuto, ojo seco. Á su salida de presidio, se habían pasado +diez y nueve años desde que vertió la última lágrima. + + + + + VIII + =Ola y sombra= + + +¡Hombre al agua! ¡Qué importa! la nave no por esto se para. Sopla el +viento, la sombría nave tiene trazada su ruta que es preciso seguir. +Y pasa. El hombre desaparece, luego vuelve á aparecer; sumérgese y se +remonta á la superficie; grita, pide auxilio, tiende la mano, nadie +le oye; la nave, temblando impedida por el huracán, atiende sólo á su +maniobra; los marineros ni los pasajeros ven al hombre sumergido; su +miserable cabeza no es mas que un punto en la enormidad del vacío. +Lanza gritos desesperados desde las profundidades. ¡Qué espectro el +de aquella vela que se aleja! Él la mira y la remira frenéticamente. +Ella se aleja, se ofusca, se achica. Él estaba allí hace un momento, +formaba parte de la dotación; él iba y venía sobre el puente como +tantos otros; tenía entre ellos su parte de respiración y de luz; era +un viviente. Ahora ¿qué ha pasado por él? Ha resbalado, ha caído, +ha terminado. Está en los senos del agua monstruosa. No siente bajo +sus pies mas que la huida y el derrumbamiento. Las olas rasgadas y +rotas por el viento le envuelven terriblemente; el espantoso vaivén +del abismo se lo lleva; todos los andrajos del agua se agitan al +rededor de su cabeza, un inmenso populacho de olas escupe sobre él; +mil confusas cavernas le medio devoran; cada vez que se hunde, entrevé +nuevos precipicios llenos de obscuridad; espantosas y desconocidas +vegetaciones le asen y anudan los pies tirando de ellos; él siente +abismarse, formar parte de la espuma; las olas se lo arrojan unas +á otras; bebe la amargura; el lacio océano se goza en ahogarle; la +enormidad juega con su agonía. Parece que toda aquella agua sea odio. + +Él lucha por lo tanto. + +Intenta defenderse, procura sostenerse, se esfuerza, nada, Él, aquella +pobre fuerza agotada en un instante, combate lo inagotable. + +¿Dónde está la nave? Allá á lo lejos. Apenas visible entre las pálidas +tinieblas del horizonte. + +Las ráfagas soplan; todas las espumas le abruman. Levanta los ojos y +no ve más que la palidez de las nubes. Asiste agonizando á la inmensa +demencia de los mares. Es ajusticiado por aquella locura. Oye ruidos +extraños al hombre, que parecen venir de más allá de la tierra y de no +se sabe qué espantosas exterioridades. + +Encuéntranse pájaros en las nubes; de igual manera que ángeles sobre +las miserias humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Esto: volar, +cantar y llorar y él estertorea. + +Siéntese envuelto á un tiempo por esos dos infinitos, el océano y el +cielo; el uno es una tumba y el otro un sudario. + +La noche desciende, cuantas horas que nada, sus fuerzas se agotan; +la nave, aquel punto lejano en que hay hombres, se ha borrado; y él +está solo en el formidable abismo crepuscular; se hunde, se entumece, +se retuerce y siente debajo de él los vagos monstruos del infinito y +exclama: + +--¡No hay ya hombres! ¿Dónde está Dios? + +Y exclama nuevamente: ¡uno! ¡uno cualquiera! ¡cualquiera! y sigue +exclamándose: + +--Nada en el horizonte. Nada en el cielo. + +Implora al espacio, á la honda, al alga, al escollo; todo es sordo á +sus gritos. Suplica á la tempestad misma; la tempestad imperturbable no +obedece más que al infinito. + +Á su alrededor, la obscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto +tempestuoso é incresciente, los pliegues indefinidos de las feroces +olas. En sí mismo el horror y el cansancio. Á sus pies el abismo. Ni +un punto de apoyo. Imagínase el tenebroso acaso del cadáver entre +la ilimitada obscuridad. El frío sin roce le paraliza. Sus manos se +crispan y se cierran apretando la nada. Vientos, nubes, torbellinos, +resoplidos, estrellas, ¡todo inútil! ¿Qué hacer? Abandonarse +desesperado; que ha tomado el partido de morir, y se deja llevar, deja +hacer, suelta la presa; y helo rodando para siempre en las lúgubres +profundidades de la absorción. + +¡Oh marcha implacable de las sociedades humanas! ¡Pérdidas de hombres y +de almas en su carrera! Océano en el cual se precipita todo lo que deja +caer la ley! ¡Desaparición siniestra de todo socorro! ¡Muerte moral! + +El mar es la inexorable noche social en la cual lanza la penalidad sus +condenados. El mar es la miseria inmensa. + +El alma, abandonada á semejante precipicio, puede convertirse en +cadáver. ¿Quién la resucitará? + + + + + IX + =Nuevos agravios= + + +Al llegar la hora de la salida del penal, al oir Juan Valjean junto +á su oído esta extraña frase. _¡Eres libre!_ el momento fué para él +inverosímil, inaudito; un rayo de luz viva, un rayo de la verdadera +luz de los vivientes penetró súbitamente en él. Pero este rayo tardó +bien poco en palidecer. Juan Valjean se había desvanecido con la idea +de la libertad. Había creído en una vida nueva. Pronto pudo ver lo que +venía á ser una libertad á la cual se le da pasaporte amarillo, rodeada +naturalmente de amarguras. Había él calculado que sus alcances, durante +su permanencia en presidio, habían de sumar unos ciento setenta y un +francos. Pero es del caso advertir que se había olvidado de incluir en +sus cálculos el reposo forzoso de los domingos y días festivos que, +en los diez y nueve años acusaban una disminución de veinte y cuatro +francos poco más ó menos. Fuése por lo que fuere, semejantes alcances +habían sido reducidos, por diversas retenciones locales, á la suma de +ciento nueve francos quince sueldos; que le habían sido entregados á su +salida. + +No acertando á explicarse esto, se creyó perjudicado, ó mejor dicho, +robado. + +Al día siguiente de su libertad en Grasse, vió delante de la puerta +de un destilatorio de flores de naranjo, algunos hombres que +descargaban fardos. Ofrecióles sus servicios. El trabajo convenía +y fueron aceptados. Púsose á trabajar. Era inteligente, robusto y +diestro; cumplió perfectamente: el dueño pareció quedar satisfecho. +Mientras estaba trabajando pasó un gendarme, fijóse en él y le pidió +sus papeles. Fuele indispensable mostrar su pasaporte amarillo. +Hecho esto, Juan Valjean emprendió nuevamente su tarea. Poco antes, +había interrogado á uno de sus compañeros para saber cuánto ganaban +diariamente en semejante trabajo, el cual le contestó: _treinta +sueldos_. Llegada la noche y como viniese obligado á proseguir su +marcha al día siguiente, por la mañana presentóse al dueño de la +fábrica rogándole que le pagara. El fabricante de agua de azahar, +no dijo una palabra y le dió quince sueldos. Reclamó él. Pero se le +contestó: _Demasiado es esto para ti_. Insistió. El dueño de la fábrica +le dirigió una mirada amenazadora, diciéndole: _¡Cuidado con la cárcel!_ + +Á pesar de lo cual creyó que se le había robado. + +La sociedad, el Estado, mermándole sus alcances, le habían robado en +grande. Entonces le correspondía su turno al individuo que le robaba, +también, en pequeño. Licenciamiento dista mucho de ser redención. Se +sale del penal, pero sigue la condena. + +Véase lo que le sucedió en Grasse. Ya sabemos de qué manera había sido +recibido en D***. + + + + + X + =El hombre desvelado= + + +Luego que sonaron las dos de la madrugada en el reloj de la catedral +Juan Valjean despertó. + +Lo que le despertó fué el tener la cama demasiado buena. Hacía como +veinte años que no se había acostado en una cama; y, por más que lo +hubiese hecho sin desnudarse, la sensación había sido demasiado nueva +para no turbar su sueño. + +Había dormido más de cuatro horas. El cansancio se le había pasado. +Estaba acostumbrado á no conceder muchas horas al descanso. + +Abrió los ojos y miró un momento en la obscuridad alrededor de sí; +luego volvió á cerrarlos para dormir de nuevo. + +Cuando muchas sensaciones diversas han agitado el día; cuando hay cosas +que preocupan el espíritu, se duerme el hombre, pero no puede volver á +dormirse después de despertar. El sueño viene mucho más fácilmente que +vuelve. En esto se hallaba Juan Valjean. No pudiendo volver á dormirse, +se puso á pensar. + +Estaba en uno de los momentos en que todas las ideas que llenan el +espíritu son vagas. Sentía una especie de obscuro vaivén dentro del +cerebro. Sus antiguos recuerdos y sus recuerdos nuevos flotaban en +él y se cruzaban confusamente, perdiendo sus formas, agrandándose +desmedidamente, y desapareciendo de súbito como dentro el agua agitada +de un lodazal. Muchos eran los pensamientos que se le acudían, pero +había uno sobre todos que se le presentaba de continuo y que alejaba +todos los demás. Este pensamiento, vamos á decirlo enseguida.--Habíase +fijado él, especialmente, en los seis cubiertos y cucharón de plata que +la señora Magloria había puesto sobre la mesa. + +Aquellos seis cubiertos de plata le acosaban. + +--Estaban allí.--Casi á la mano.--Cuando había atravesado el cuarto +contiguo para entrar en el que se encontraba, la antigua sirvienta +los estaba guardando en un pequeño armario junto á la cabecera de la +cama.--Se había fijado mucho en aquel armario.--Á la derecha, entrando +por el comedor.--Eran macizos.--Y de plata vieja.--Con el cucharón, +bien valían al menos doscientos francos.--El doble de lo que él había +ganado en diez y nueve años.--Es verdad que él hubiera ganado mucho más +si «la _Administración_ no le hubiese _robado_». + +Su espíritu osciló por espacio de más de una hora entre fluctuaciones, +en las cuales se mezcló también algo de lucha. Dieron las tres. Abrió +nuevamente los ojos, incorporóse bruscamente sobre la cama, alargó la +mano buscando el morral que había dejado en un rincón de la alcoba, +después dejó caer las piernas y se puso luego de pie á tierra, pero +enseguida, y sin darse cuenta del cómo, se encontró sentado otra vez +sobre el lecho. + +Estuvo un buen rato pensativo en esta actitud, que tenía algo de +siniestro para quien le hubiese observado entre aquellas sombras, solo, +vestido y despierto mientras todo dormía en la casa. De pronto se deja +caer sobre el suelo, descalzóse los zapatos, que dejó cuidadosamente +sobre la esterilla, junto al lecho, tomando después nuevamente +su actitud meditabunda é inmóvil. En medio de aquella meditación +imaginativa, las ideas que venimos indicando removían incesantemente su +cerebro, entrando, saliendo y volviendo á entrar, amontonando sobre él +una especie de peso; y luego recordaba también, sin saber por qué y con +aquella obstinación maquinal del delirante, á un presidiario llamado +Brevet, á quien había conocido en el penal, el cual llevaba sujeto el +pantalón por un solo tirante de randa de algodón. El dibujo, formando +cuadros, de aquel tirante, se le presentaba sin cesar en la imaginación. + +Continuaba en semejante situación, y hubiera tal vez seguido +indefinidamente en ella hasta hacerse de día, si el reloj no hubiese +dado una campanada--el cuarto ó la media.--Pareció que esta campanada +le dijese: ¡Anda! + +Púsose de pie, vaciló un instante, y escuchó; todo era silencio en +la casa; entonces se encaminó directamente, á cortos pasos, hacia la +ventana que vislumbraba. La noche no era del todo obscura; había luna +llena, ante la cual corrían extensas nubes acosadas por el viento. +Esto producía afuera, las naturables alternativas de sombra y luz, de +claridad y eclipse, y por dentro una especie de crepúsculo. Semejante +crepúsculo, suficiente para servir de guía, intermitente á causa de +las nubes, se parecía á la pálida luz que penetra por el respiradero +de una cueva, delante del cual van y vienen los transeuntes. Llegado +á la ventana Juan Valjean, la examinó. Vió desde luego que no tenía +reja, que daba al jardín, y que no estaba cerrada, según costumbre +del país, más que por una insignificante clavija. Abriola, pero como +penetrara bruscamente en la estancia un aire frío y vivo, volvió +á cerrar inmediatamente. Fijó en el jardín una mirada atenta, de +examen más que de contemplación. El jardín estaba cercado por una +pared blanca, bastante baja y fácil de escalar. Al fondo, y á la otra +parte, distinguió las copas de algunos árboles colocados á distancias +regulares, lo cual le indicaba que aquella cerca separaba el jardín de +una alameda ó de una calle arbolada. + +Después de lanzar esta mirada, tomó el ademán de hombre resuelto y se +dirigió á su alcoba, tomó su morral, lo abrió y registró, sacando de él +un objeto que tiró sobre la cama; metióse los zapatos en los bolsillos, +volvió á cerrar el morral, se lo cargó á la espalda, encasquetóse su +gorra cubriéndose los ojos con la visera, tomó su garrote á tientas y +lo colocó en el ángulo de la ventana; después volvió á la cama y cogió +resueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía una barra de +hierro, corta, aguzada por uno de sus extremos como un venablo. + +Hubiera sido difícil distinguir entre aquellas tinieblas á qué empleo +podía estar destinado semejante pedazo de hierro. ¿Era tal vez una +palanqueta? ¿era una clava? + +Á la luz hubiera podido reconocerse que no era otra cosa que una +barrena de cantero. Empleábanse entonces algunas veces los penados en +extraer piedra de las elevadas colinas que rodean á Tolón; no era pues +extraño que tuviese á su disposición útiles de cantero. Las barrenas +de cantero son de hierro macizo, terminando en su extremo inferior en +punta, por medio de la cual se clavan en la roca. + +Tomó la barrena en su mano derecha, y reteniendo el aliento y á paso +quedo, dirigióse á la puerta de la estancia próxima, que era, como +sabemos, la del obispo. + +Llegó á la puerta, y la encontró entornada solamente. El obispo no +había cuidado de cerrarla. + + + + + XI + =Lo que hacía= + + +Juan Valjean escuchó. No oyó el menor ruido. + +Empujó la puerta. + +Empujábala con sólo un dedo, ligeramente, con aquella suavidad furtiva +é inquieta del gato que desea entrar. + +La puerta, cediendo á aquella presión, movióse imperceptiblemente en el +silencio, ensanchando un poco la abertura. + +Esperó un momento, volviendo luego á empujar la puerta por segunda vez, +con mayor fuerza. + +Ésta continuó cediendo silenciosamente. La abertura era ya bastante +grande para darle paso. Pero había junto á la puerta una mesita que +formaba ángulo con la misma, é impedía el paso. + +Juan Valjean reconoció la dificultad. Era indispensable que la abertura +se ensanchara más. + +Resolvióse á ello, y empujó la puerta por tercera vez; con mayor +energía que las otras dos. Entonces un gozne mal engrasado, lanzó de +repente en la obscuridad un chirrido prolongado y ronco. + +Juan Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en su oído +como un eco que tenía algo de formidable y alarmante, como el clarín +del juicio final. + +En los fantásticos temores del primer momento, llegó casi á figurarse +que aquel gozne se iba animando para tomar de súbito una vida terrible, +y que ladraba como un perro, para advertir á todo el mundo y despertar +á los que dormían. + +Detúvose tembloroso y espantado, cayendo de la punta del pie sobre el +talón. Sentía latir en sus sienes las arterias como dos martillos de +fragua, pareciéndole que su aliento salía de su pecho con el ruido del +viento que sale de una caverna. Le parecía imposible que el horrible +clamor de aquel gozne irritado, no hubiese removido toda la casa como +la sacudida de un terremoto; la puerta, empujada por él, se había +alarmado y había llamado; el anciano iba á levantarse, las dos mujeres +iban á gritar, serían auxiliados; y antes de un cuarto de hora, la +población estaría alarmada, y la gendarmería en pie. En aquel momento +se creyó perdido. + +Quedóse donde estaba, petrificado como la estatua de sal, no +atreviéndose á hacer el menor movimiento. Pasáronse algunos minutos. +La puerta estaba completamente abierta. Aventuróse á mirar dentro del +cuarto. Nada se había movido. Aplicó el oído. Nada se movía en la casa. +El ruido del gozne enmohecido no había despertado á nadie. + +El primer peligro había desaparecido, pero conservaba aún dentro de sí +mismo, cierto espantoso encogimiento. Sin embargo, no retrocedió. No +pensaba más que en acabar pronto. Dió un paso y penetró en el cuarto. + +En aquel cuarto reinaba la calma más perfecta. Distinguíanse aquí y +allí algunas formas vagas y confusas, que de día, eran varios papeles +esparcidos sobre una mesa, infolios abiertos, volúmenes apilados sobre +un taburete, un sillón lleno de vestidos y un reclinatorio, pero que +á semejante hora no presentaban más que ángulos tenebrosos y espacios +blanquecinos. Juan Valjean avanzó sigilosamente evitando tropezar +con los muebles. Oía perfectamente en el fondo de la estancia la +respiración tranquila y regular del obispo dormido. + +Paróse de repente. Estaba junto al lecho. Había llegado antes de lo que +creía. + +La naturaleza mezcla algunas veces sus efectos y sus espectáculos +á nuestras acciones, con una especie de oportunismo sombrío é +inteligente, como si quisiera hacer que reflexionásemos. Después de +una media hora, de estar el cielo cubierto por una gran nube, y en el +preciso momento en que Juan Valjean se paró junto al lecho, rasgóse la +nube como hecho á propósito, y un rayo de luna, atravesando la alta +ventana, fué á iluminar de súbito las pálidas y apacibles facciones +del obispo. El venerable anciano dormía tranquilamente. Estaba casi +vestido dentro del lecho, á causa de la crudeza de las noches de +invierno en los Bajos-Alpes, con un traje talar de lana obscura, que le +cubría también los brazos por completo. Su cabeza descansaba sobre la +almohada, en la actitud del abandono natural de reposo; dejando caer +fuera del lecho su mano adornada con el anillo pastoral, y con la que +practicaba tantas y tan buenas obras y acciones. Estaba su semblante +bañado por completo de una vaga expresión y satisfacción, esperanza +y beatitud. Aquella expresión era, más que una sonrisa, una aureola. +Brillaba en su frente la inexplicable transparencia de una luz oculta. +El alma de los justos, durante sus sueños, contempla indudablemente un +cielo misterioso. + +Un reflejo de este cielo brillaba sobre el obispo. + +Era al mismo tiempo una transparencia luminosa, porque aquel cielo +estaba dentro de él; era su conciencia. + +En el mismo instante en que el rayo de luna fué á sobreponerse, por +así decirlo, aquella luz interior, apareció el dormido obispo como +en la gloria, pero, endulzados no obstante, sus resplandores, por +una media luz inefable. Aquella luna en el cielo, aquella naturaleza +adormecida, el jardín sin murmullos, la casa toda en calma, la hora, el +momento y el silencio general, reunían no sé qué de solemne é indecible +al venerable reposo de aquel hombre, envolviendo con una especie de +aureola majestuosa y serena, sus blancos cabellos y sus ojos cerrados; +aquel semblante en el cual todo era esperanza, todo confianza; aquella +cabeza de anciano en el sueño de un niño. + +Había, al parecer, algo de divino en aquel hombre augusto, hasta el +punto de ignorarlo. + +Juan Valjean permanecía en la sombra, con su barrena de hierro en +la mano, de pie, inmóvil, espantado ante aquel anciano venerable +y radiante. Jamás había visto nada parecido. Aquella confianza le +aterraba. El mundo moral no puede presentar un espectáculo más +imponente, que aquél; una conciencia turbada é inquieta, próxima á +cometer una mala acción y contemplando el sueño de un justo. + +Semejante sueño, en aquella soledad, y teniendo quién tenía á su +lado, encerraba algo de sublime, que él sentía vagar en torno suyo +imperiosamente. + +Nadie hubiera acertado á decir lo que en aquel momento pasaba por él. +Para probar de darse cuenta, sería preciso imaginarse lo que pueda +existir de más violento junto á lo más suave. En su misma expresión +no había nada que leer claramente. Manifestaba una especie de asombro +salvaje. Miraba, miraba; y nada más. Pero, ¿qué pensaba? Hubiera sido +imposible adivinarlo. Lo único cierto, es que estaba conmovido y +trastornado. Pero, ¿de qué provenía aquella emoción? + +Su mirada no se separaba del anciano. Lo único que se desprendía +claramente de su actitud y de la expresión de su fisonomía, era una +extraña indecisión. Hubiérase dicho que vacilaba entre dos abismos; era +el uno el de su perdición, y el de su salvación el otro. Ya parecía +dispuesto á romper aquel cráneo, ya á besar aquella mano. + +Después de unos instantes, su mano izquierda se elevó vacilando hasta +la frente, y cogió su gorra, luego volvió á bajar el brazo con igual +lentitud, volviendo nuevamente á su contemplación con la gorra en la +mano izquierda, el hierro en la derecha y erizados los cabellos de su +feroz cabeza. + +El obispo continuaba durmiendo en la paz más profunda, bajo aquella +espantosa mirada. + +Un rayo de luna hacía destacar confusamente sobre la chimenea el +crucifijo que parecía abrir los brazos á los dos, para bendecir al uno +y perdonar al otro. + +De pronto, volvió Juan Valjean á cubrir su cabeza con la gorra, +atravesó precipitadamente la distancia de la cama sin mirar al obispo, +dirigiéndose al armario que vislumbraba junto á la cabecera; levantó +el hierro, como para forzar la cerradura, pero se encontró puesta la +llave, abrió; la primera cosa que encontró fué la canastilla de los +cubiertos; tomola, atravesó la estancia á grandes pasos, y sin curarse +apenas del ruido que pudiera hacer; gana la puerta, entra de nuevo en +el oratorio, abre la ventana, coge su palo, salta por el antepecho, +guarda los cubiertos en su morral, tira la canastilla, atraviesa el +jardín, salta la tapia con la agilidad de un tigre, y huye. + + + + + XII + =El obispo trabaja= + + +Al día siguiente, al salir el sol, estaba monseñor Bienvenido paseando +por el jardín, cuando la señora Magloria fué corriendo hacia él toda +azorada. + +--Monseñor, monseñor,--gritaba ella,--¿sabe Su Ilustrísima, dónde está +la canastilla de los cubiertos? + +--Sí,--dijo el obispo. + +--¡Jesús! ¡Dios sea loado!--repuso ella.--Yo no sabía dónde había ido á +parar. + +El obispo acababa de encontrarse con la canastilla, en uno de los +paseos del jardín. Y se la presentó á la señora Magloria. + +--Aquí está. + +--Es verdad,--dijo ella,--pero vacía. ¿Dónde está la plata? + +--¡Ah!--exclamó el obispo,--¿era la plata lo que os preocupaba? Ignoro +dónde está. + +--¡Gran Dios! ¡ha sido robada! el hombre de ayer noche es quién la ha +robado. + +En un santiamén, con toda la inteligencia de una vieja lista, la señora +Magloria corrió al oratorio, entró en la alcoba y volvió hasta donde +estaba el obispo. Éste acababa de bajarse y examinar, suspirando, una +mata de cochlearia de Guillons que la canastilla había destrozado al +ser arrojada contra la planta. Levantóse á los gritos de la señora +Magloria. + +--¡Monseñor! ¡el hombre no está! ¡la plata ha sido robada! + +Al lanzar esta exclamación, sus ojos se fijaron en uno de los ángulos +del jardín, en el que había señales evidentes de escalamiento. El +cabriol de la cerca había sido arrancado. + +--¡Ved! ¡por allí debe haber salido! ¡Habrá saltado al callejón de +Cochefilet! ¡Qué atrocidad! ¡habernos robado los cubiertos! + +El obispo guardó silencio unos instantes, y levantando luego los ojos, +dijo suavemente, mirando con seriedad á la señora Magloria: + +--¿Es verdad que esta plata era nuestra? + +La señora Magloria se quedó admirada. Hubo otro instante de silencio; +enseguida continuó el obispo: + +--Señora Magloria, yo guardaba injustamente, hace algún tiempo, estos +cubiertos, porque eran de los pobres. ¿Quién era este hombre? Un pobre, +indefectiblemente. + +--¡Ay Dios mío!--dijo la señora Magloria.--No es por mí, ni por la +señorita Batistina, esto nos es igual. Pero por vos. Monseñor. ¿Con qué +vais á comer ahora? + +El obispo se fijó en ella con aire de asombro. + +--¡Ah, ya! ¿no hay por ventura cubiertos de estaño? + +La señora Magloria se encogió de hombros. + +--El estaño despide olor. + +--Entonces, de hierro. + +La señora Magloria hizo un gesto expresivo. + +--El hierro sabe peor. + +--¡Bien!--dijo el obispo,--cubiertos de palo. + +Algunos instantes después, Su Ilustrísima almorzaba en la misma mesa +en que se había sentado Juan Valjean la noche anterior. Durante el +almuerzo, monseñor Bienvenido hizo notar alegremente á su hermana, que +nada decía, y á la señora Magloria, que murmuraba entre dientes, que +no eran de absoluta necesidad las cucharas ni los tenedores, ni aún de +palo, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche. + +--¡Vaya una ocurrencia!--exclamaba la señora Magloria para sus adentros +yendo y viniendo,--¡recibir un hombre como aquél, y hacerle dormir +á su lado, por añadidura! ¡Y gracias á Dios que no ha hecho más que +robar! ¡Ay Dios mío! ¡extremece solamente el pensarlo! + +Cuando iban los dos hermanos á levantarse de la mesa, llamaron á la +puerta. + +--Entrad,--dijo el obispo. + +Abrióse la puerta; un grupo extraño y violento apareció en el umbral. +Tres hombres traían agarrotado á un cuarto. Los tres eran gendarmes: el +cuarto, Juan Valjean. + +El sargento de gendarmería, que parecía mandar el grupo, estaba junto +á la puerta. Entró, adelantándose hasta el obispo, y saludándole +militarmente: + +--Monseñor...--dijo el sargento. + +Á esta palabra, Juan Valjean, que estaba como taciturno y abatido al +parecer, levantó la cabeza con aire admirado. + +--¡Monseñor!--murmuró.--¿No es éste el cura? + +--¡Silencio!--dijo un gendarme.--Es monseñor el obispo. + +Entre tanto, monseñor Bienvenido se había adelantado con toda la prisa +que le permitían sus años. + +--¡Ah! ¡vos aquí!--exclamó mirando á Juan Valjean.--Me alegro de veros. + +Pero yo os había dado también los candeleros, que son de plata como lo +demás, y de los que podréis sacar muy bien doscientos francos. ¿Por qué +no os los habéis llevado con los cubiertos? + +Juan Valjean abrió los ojos mirando al venerable prelado con una +expresión que ninguna lengua humana pudiera pintar. + +--Monseñor,--dijo el jefe de los gendarmes,--¿entonces lo que dice este +hombre es la verdad? Le hemos encontrado. Iba como quien huye. Le hemos +detenido para ver. Llevaba esta plata... + +--Y él os habrá dicho,--interrumpió el obispo sonriendo,--¿que se la +había dado un buen viejo, un cura, en casa del que había pasado la +noche? ¡Ya comprendo! ¿Y le habéis conducido aquí? ¡Caramba! En fin, ha +sido un error. + +--Siendo así,--repuso el sargento,--¿le podemos dejar en libertad? + +--Naturalmente,--respondió el obispo. + +Los gendarmes dejaron á Juan Valjean, quien retrocedió. + +--¿Luego es verdad que se me deja?--dijo él con acento inarticulado y +como en sueños. + +--Sí, se te deja. ¿No lo has entendido?--dijo un gendarme. + +--Amigo mío,--repuso el obispo,--antes de iros, aquí están vuestros +candeleros. Recogedlos. + +Y yendo á la chimenea, tomó los dos candeleros de plata y se los +entregó á Juan Valjean. Las dos mujeres contemplaban aquella acción +sin decir una sola palabra, sin hacer un gesto, sin dar una mirada que +pudiese disgustar al obispo. + +Juan Valjean temblaba de pies á cabeza. Tomó los candeleros +maquinalmente y en ademán dudoso. + +--Ahora,--dijo el obispo, id en paz.--Á propósito,--añadió dirigiéndose +á Juan: Cuando volváis, amigo mío, no tenéis necesidad de pasar por el +jardín. Podéis siempre y á todas horas entrar y salir por la puerta de +la calle. No está cerrada más que por el pestillo, así de noche como de +día. + +Luego, volviéndose á los gendarmes: + +--Señores, os podéis retirar. + +Los gendarmes salieron. + +Juan Valjean estaba como quien va á desmayarse. + +El obispo se le acercó y le dijo en voz baja. + +---No olvidéis nunca jamás que me habéis prometido emplear el valor de +esta plata para haceros bueno y honrado. + +Juan Valjean que no tenía el menor recuerdo de haber prometido nada, +seguía admirado. El obispo había acentuado mucho aquellas palabras al +pronunciarlas. Entonces repuso solemnemente: + +--Juan Valjean, hermano mío, ya no pertenecéis al mal, sino al bien. Es +vuestra alma la que yo compro; yo la separo del espíritu del mal para +entregársela á Dios. + + + + + XIII + =Gervasillo= + + +Juan Valjean salió de la ciudad como escapado. Internóse +precipitadamente por los campos, tomando los caminos y sendas que se +le presentaban, sin advertir que volvía á cada instante sobre sus +pasos. Anduvo errante de este modo toda la mañana, sin comer ni sentir +necesidad. Era presa de un sinnúmero de sensaciones nuevas. Sentía una +especie de cólera, é ignoraba contra quién. No hubiera podido asegurar +si estaba conmovido ó humillado. Sentíase por instantes dominado +por una ternura extraña, que procuraba combatir oponiéndole todo el +endurecimiento de sus últimos veinte años. Semejante situación le +fatigaba. Advertía, no sin inquietud, que se debilitaba á pesar suyo +en su interior la calma espantosa que la injusticia de su desgracia le +había dado. Preguntábase á sí mismo qué era lo que debía reemplazarla. +Á veces hubiera preferido verdaderamente haber sido preso por los +gendarmes, y que no hubieran pasado las cosas de aquella manera; pues, +de seguro, no se hubiera trastornado tanto. Por más que la estación +estuviese ya muy adelantada, había aún entre las enramadas alguna que +otra flor tardía, cuyo olor, que iba él aspirando durante su marcha, +le traía á la memoria sus recuerdos de la infancia. Tales recuerdos le +eran casi insoportables, tanto tiempo hacía que no los había probado. + +Mil pensamientos inexplicables de semejante índole le acosaron durante +todo el día. + +Cuando el sol declinaba ya al poniente, prolongando sobre el suelo la +sombra del más insignificante guijarro, sentóse Juan Valjean detrás de +un matorral sobre una extensa llanura rojiza, absolutamente desierta. +No tenía otro horizonte que los Alpes. Ni siquiera un solo campanario +de aldea próxima ni lejana. Juan Valjean podía estar á la sazón como á +unas tres leguas de D***. Una senda que atravesaba la llanura, pasaba á +pocos pasos del matorral. + +En medio de aquel lugar de meditación, que podía contribuir un poco á +hacer más espantoso con sus harapos, para cualquiera que le hubiese +encontrado, oyó una especie de ruido alegre. + +Volvió la cabeza, y vió venir por la senda un niño saboyano como de +unos diez años, que venía cantando, con su gaita pendiente de un +costado y la caja de su marmota á la espalda. + +Uno de esos tiernos y alegres muchachos que van de un país á otro, +enseñando las rodillas por los rotos del pantalón. + +Sin dejar el canto, interrumpía el chico de cuando en cuando su marcha, +jugando con algunas monedas que llevaba en la mano, toda su fortuna +probablemente. Entre aquellas monedas había una pieza de cuarenta +sueldos[2]. + +El muchacho se paró junto al matorral sin ver á Juan Valjean, tirando +al aire sus monedas, que hasta entonces había venido recibiendo juntas, +con bastante destreza, sobre el dorso de la mano. + +Pero esta vez la pieza de cuarenta sueldos se le escapó, y se fué +rodando entre la hojarasca hasta Juan Valjean. + +Juan Valjean le puso el pie encima. + +Sin embargo, el muchacho, que había seguido la moneda de reojo, vió +perfectamente donde había ido. + +Se fué el niño, sin detenerse, derecho al hombre. + +Era aquel un lugar del todo solitario. Tanto como pudiera extenderse la +mirada, no había una sola persona en la senda ni en la llanura. Sólo +se oía el débil piar de una nube de pájaros que cruzaban el cielo á +grande altura. El muchacho, vuelto de espaldas al sol que entretejía +sus rayos de oro con sus cabellos, y que pintaba de un rojo sangriento +las salvajes facciones de Juan Valjean. + +--Señor,--dijo el chiquillo saboyano, con aquella confianza de la +niñez, mezcla de ignorancia é inocencia,--¡mi pieza! + +--¿Cómo te llamas?--le dijo Juan Valjean. + +--Gervasillo, señor. + +--Vete,--dijo Valjean. + +--Señor,--repuso el chico,--devolvedme mi moneda. + +Juan Valjean bajó la cabeza sin contestar palabra. + +El niño repitió: + +--¡Mi moneda, señor! + +La mirada de Juan Valjean seguía fija en tierra. + +--¡Mi pieza!--gritó el muchacho,--¡mi pieza blanca! ¡mi moneda de plata! + +Parecía que Juan Valjean no entendía una palabra. El niño le cogió del +cuello de la blusa y sacudióle. Al mismo tiempo se esforzaba cuanto +podía para hacer que se separase de donde estaba, el grosero zapato +claveteado que cubría su tesoro. + +--¡Quiero mi moneda! ¡mi moneda de cuarenta sueldos! + +El niño lloraba. Levantó Juan Valjean la cabeza. Permaneció, no +obstante, sentado y sin moverse. Sus ojos estaban velados. Contempló +al muchacho como asombrado, luego alargó la mano hasta su garrote, +gritando con acento terrible: + +--¿Quién anda ahí? + +--Yo, señor,--respondió el muchacho,--¡Gervasillo! ¡yo! ¡yo! +¡Devolvedme mis cuarenta sueldos si os place! + +Después, irritado, pequeño y todo como era y en tono de amenaza: + +--Á ver, quitad el pie de ahí; ¡quitadlo os digo! + +--¡Ah! eres tú todavía,--dijo levantándose bruscamente Juan Valjean y +en tono amenazador, pero sin mover el pie de sobre la moneda, añadiendo: + +--¡Quieres irte de aquí! + +El muchacho le dirigió una mirada de espanto, y luego comenzó á temblar +de pies á cabeza, y después de algunos segundos de estupor, echó á +correr con todas sus fuerzas, sin atreverse á volver la cabeza ni +lanzar un grito. + +No obstante, á no larga distancia la fatiga le obligó á pararse, y Juan +Valjean, al través de sus meditaciones, creyó oirle llorar. + +Después de unos instantes, el muchacho había desaparecido. + +El sol se había puesto. + +Las sombras se aumentaban al rededor de Juan Valjean. No había comido +en todo el día; es muy probable que tuviera fiebre. + +Continuaba todavía en pie sin haber cambiado de actitud, desde que +había desaparecido el muchacho. La respiración agitaba su pecho á +largos y desiguales intervalos. Su mirada, fijada á unes diez ó doce +pasos delante de él, parecía estudiar con profunda atención la forma de +un tiesto viejo de barro pintado de azul que estaba entre la yerba. De +pronto pareció estremecerse; acababa de sentir la impresión del frío de +la noche. + +Encasquetóse su gorro hasta cubrir la frente por completo, buscó +maquinalmente la manera de abrochar su blusa, dió un paso, y se agachó +para tomar su garrote del suelo. + +En aquel momento, vió la moneda de cuarenta sueldos que había medio +hundido en el suelo con su pie, y que brillaba en medio de las piedras. +Esto produjo en él una especie de emoción galvánica. + +--¿Qué es esto?--murmuró entre dientes. Retrocedió tres pasos, +parándose de repente sin poder separar los ojos del punto en que había +sentado la planta hacía un momento, como si aquello que brillaba en +medio de la obscuridad hubiese sido un ojo abierto que le mirase +fijamente. + +Después de unos instantes se precipitó convulsivamente sobre aquella +moneda de plata, tomola, levantándose enseguida, y comenzó á mirar á lo +lejos, por toda la llanura, dirigiendo á un tiempo sus miradas hacia +todos los puntos del horizonte, anhelante y tembloroso como una fiera +que busca un asilo. + +Nada alcanzó ver. La noche estaba encima, la llanura fría y vaga, +algunas grandes brumas violadas acudían entre las luces del crepúsculo. + +--¡Ah!--exclamó de pronto, y se alejó rápidamente en determinada +dirección por allí donde el muchacho había desaparecido. Después de +haber andado unos treinta pasos, paróse nuevamente á mirar, pero nada +vió. + +Entonces gritó con todas sus fuerzas: + +--¡Gervasillo! ¡Gervasillo! + +Callóse y escuchó. + +No le respondió nadie. + +El campo estaba tétrico y desierto. Estaba solo rodeado por la +extensión. No tenía Juan en torno suyo más que sombras, entre las que +se perdía su mirada, y el silencio en el que se perdía también su voz. + +Soplaba un airecillo glacial, que daba á las cosas de su alrededor una +especie de vida lúgubre. Los arbustos agitaban sus desmedradas ramas +con increíble furia. Hubiérase dicho que amenazaban y perseguían á +alguien. + +Volvió á emprender su marcha nuevamente; luego empezó á correr; de +cuando en cuando se paraba para gritar entre aquellas soledades con +una voz que encerraba á la vez la expresión y el tono más formidable y +desolado que puede imaginarse. «¡Gervasillo! ¡Gervasillo!». + +Es bien seguro que si el muchacho hubiese oído aquellas voces, hubiera +guardado de acudir. Pero el muchacho estaba, á no dudarlo, ya muy +lejos. Topóse con un cura que venía á caballo. Acercósele y díjole: + +--Señor cura, ¿habéis visto pasar un muchacho? + +--No,--contestó el clérigo. + +--¿Uno que se llama Gervasillo? + +--No he visto á nadie. + +Entonces sacó dos monedas de cinco francos de su bolsa y se las dió al +cura. + +--Señor cura, esto para los pobres. Señor cura, es un muchacho de unos +diez años, que lleva una marmota, creo, y también una gaita. Iba de +paso. Uno de esos saboyanos, ¿entendéis?... + +--No, no le he visto. + +--¿Gervasillo? ¿No hay algún pueblecillo por aquí? ¿Podéis decírmelo? + +--Si es como vos decís, amigo mío, será uno de tantos chiquillos +extranjeros que atraviesan el país, y á quienes nadie conoce. + +Juan Valjean tomó violentamente otras dos monedas de cinco francos y se +las dió también al cura. + +--Para vuestros pobres,--dijo. + +Después añadió como azorado: + +--Señor cura, haced que me prendan. Soy un ladrón. + +El cura picó á un tiempo ambas espuelas, y huyó despavorido. + +Juan Valjean se puso á correr en la misma dirección que había tomado +antes. + +Caminó así, á la ventura, un buen espacio, mirando, llamando, y +gritando, pero sin encontrar persona alguna. Dos ó tres veces corrió +por la llanura hacia algo que le hizo el efecto de una persona tendida +ó acurrucada; pero veía luego que no eran sino malezas ó rocas á flor +de tierra. Por fin, en un punto en el cual se cruzan tres senderos, se +paró. La luna había salido. Dirigió una mirada á lo lejos, llamando +por última vez: «¡Gervasillo! ¡Gervasillo! ¡Gervasillo!». Sus gritos +se perdieron entre la bruma, sin ni siquiera devolver un eco. Murmuró +todavía: «¡Gervasillo!», pero con voz débil y casi inarticulada. Éste +fué su último esfuerzo; sus piernas vacilaron bruscamente bajo su +peso, como si un poder invisible le anonadara con todo el peso de su +siniestra conciencia; cayendo desvanecido sobre una gran piedra, los +puños entre sus cabellos, y la cabeza entre ambas rodillas, gritando +desolado: + +«¡Soy un miserable!». + +Abrióse á este grito su corazón y rompió á llorar. Fué ésta la primera +vez que lloró después de diez y nueve años. + +Cuando Juan Valjean salió de casa del obispo, como hemos visto, +estaba muy distante de todo cuanto había pensado hasta entonces. No +podía acertar con lo que estaba pasando por él. Resistíase contra +la angelical acción y contra las dulces palabras del anciano. «Me +habéis prometido ser un hombre digno. Yo compro vuestra alma. Yo se +la retiro al espíritu del mal y la entrego al Dios bueno». Esto lo +estaba oyendo sin cesar. Pero oponía á esta celestial indulgencia el +orgullo, que viene á ser en nosotros la fortaleza del mal. Sentía +él clara y distintamente que el perdón de aquel sacerdote, era el +mayor y más formidable ataque allí donde estaba aún abroquelado; que +su endurecimiento sería infinito si alcanzaba á resistir aquella +clemencia; que si cedía le sería forzoso renunciar á aquel odio en el +cual las acciones de los demás hombres habían llenado su alma durante +tantos años, y en el cual se gozaba; que esta vez era preciso vencer +ó ser vencido, y que la lucha, una lucha colosal y definitiva, estaba +entablada entre su maldad y la bondad de aquel hombre. + +En presencia de todas aquellas luces, caminaba él como un hombre +ebrio. Mientras andaba de esta manera, los ojos extraviados, ¿había +en él una percepción distinta de la que podría resultar para el de su +aventura de D***? ¿tenía él todos aquellos murmullos misteriosos que +advierten ó importunan el espíritu en ciertos momentos de la vida? +Una voz le decía al oído que acababa de atravesar el momento solemne +de su destino; que ya no había otro medio para él; que si no era en +lo sucesivo el mejor de los hombres, sería el peor; que era preciso, +por decirlo así, que se elevara á la sazón más alto que el obispo, ó +descendiese más bajo que el presidiario; que si él quería ser bueno, +era preciso que fuése un ángel, y que si quería permanecer malo, era +indispensable que fuése un monstruo. + +Aquí debemos aún volver á interrogar sobre lo que ya lo hemos hecho +otra vez: ¿guardaba, aunque fuése confusamente, alguna sombra de todo +esto en su memoria? Ciertamente, la desgracia, ya lo hemos dicho, educa +la inteligencia; pero es muy de dudar que Juan Valjean estuviese en +estado de comprender todo cuanto dejamos indicado aquí. Si aquellas +ideas se le presentaban, él las entreveía mejor que las veía; y +servían únicamente para producir en él una turbación inexplicable y +casi dolorosa. Al salir de aquel antro negro y deforme que se llama +presidio, el obispo le había herido el alma, como una voz demasiado +viva le hubiera herido los ojos al salir de las tinieblas. La vida +futura, la vida posible que se le presentaba desde luego puro y +radiante, le llenaba de pesadumbre y ansiedad. Él no sabía, en verdad, +dónde se hallaba. Como un mochuelo que viera bruscamente la luz del +sol, el presidiario había sido deslumbrado y cegado por la virtud. + +Lo verdaderamente cierto, y sobre lo cual no tenía la menor duda, era +que había ya dejado de ser el mismo hombre, que todo había cambiado en +él, puesto que no estaba en su mano, hacer que el obispo no le hubiese +hablado ni le hubiese conmovido. + +En semejante estado de ánimo, había encontrado á Gervasillo, y le +había robado aquellos cuarenta sueldos. ¿Por qué? Él no hubiera, de +seguro, alcanzado á explicarlo; ¿había sido un postrer esfuerzo y como +á supremo esfuerzo de la maldad de pensamientos que había aportado +del penal, un resto de impulsión, un resultado de lo que se llama en +estática _fuerza adquirida_? Era esto, y era menos todavía que esto, +tal vez. Digámoslo simplemente, no era él quien había robado; no +había sido el hombre, había sido la bestia que, por costumbre ó por +instinto, había puesto sencillamente el pie sobre la moneda, mientras +la inteligencia luchaba entre innumerables observaciones desconocidas y +nuevas. + +Cuando la inteligencia despertó y comprendió lo brutal de la acción, +Juan Valjean retrocedió angustiado y dió un grito de espanto. + +Y era que por un extraño fenómeno, solamente posible en una situación +como la en que se hallaba, al robar aquel dinero á aquel niño, había +hecho una cosa de la que no era ya capaz. + +Fuése lo que fuere, aquella postrera mala acción produjo en él +un efecto decisivo; atravesó bruscamente el caos que existía en +su inteligencia, disipándolo, separó y puso aparte las espesas +obscuridades, y de otra la luz, agitó su alma, en el estado en que se +hallaba, como agitan ciertos reactivos químicos, una mezcla turbia, +precipitando un elemento y clarificando otro. + +Desde luego, y antes de reflexionar y examinar, desatentado como el +que busca la manera de salvarse, trató de encontrar al muchacho para +devolverle su dinero; cuando hubo reconocido que era aquello inútil é +imposible, detúvose desesperado. En el momento en que exclamaba: «¡soy +un miserable!» acababa de reconocerse tal cual era, estando ya entonces +separado de sí mismo, hasta el punto de figurarse no ser más que un +fantasma que tenía delante de sí, en carne y hueso, con el garrote en +la mano, la blusa andrajosa, el morral lleno de objetos robados á la +espalda, el semblante tétrico y resuelto, con su imaginación llena de +proyectos abominables, al repugnante presidiario Juan Valjean. + +Su excesiva desventura, como hemos dicho, le había hecho un tanto +visionario. Fué esto por consiguiente una visión. Llegó á ver +verdaderamente á Juan Valjean, con su siniestra catadura delante de sí. +Hubo un momento en que quiso preguntar quién era aquel hombre que le +horrorizaba. + +Su cerebro se hallaba en uno de aquellos momentos violentísimos, y sin +embargo, horriblemente tranquilos, en los cuales la ficción imaginativa +es tan profunda que absorbe la realidad. En cuyos momentos no ve uno +lo que tiene delante y junto á sí, y en los que vemos como fuera de +nosotros, las figuras que llenan nuestro espíritu. + +Contemplábase, pues, así mismo, por así decirlo, frente á frente, y +al mismo tiempo, al través de aquella alucinación, estaba viendo, en +ciertas misteriosas profundidades, una especie de luz que llegó á +tomar por una antorcha. Mirando luego con mayor atención aquella luz +que surgía de su conciencia, reconoció que tenía forma humana, y que +aquella antorcha era el obispo. + +Su conciencia comparó á su vez aquellos dos hombres, colocados ante +ella: el obispo y Juan Valjean. Era indispensable que no fuése otro +que el primero para confundir al segundo. Por uno de aquellos efectos +singulares propios de semejante clase de éxtasis, á medida que su +ilusión se prolongaba, iba el obispo agrandándose y resplandeciendo +á sus ojos, y Juan Valjean se achicaba y desvanecía. Llegó un punto +en que no era él más que una sombra. Luego desapareció por completo. +Quedaba sólo el obispo llenando de clarísimos resplandores los espacios +del alma de aquel miserable. + +Juan Valjean, lloró mucho, lloró ardientísimas lágrimas, lloró +sollozando con mayor debilidad que una mujer, y más miedo que un niño. + +Á medida que lloraba, iba produciéndose más y más en su cerebro +una extraordinaria claridad, una claridad maravillosa y terrible á +la vez. Su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su +embrutecimiento exterior, su interior dureza, su misma libertad unida +á sus planes de venganza, lo que le había pasado en casa del obispo, +la última cosa que había hecho, aquel robo de cuarenta sueldos á un +chiquillo, crimen tanto más infame, tanto más monstruoso, cuanto que +había sido cometido después de la absolución del obispo; todo lo cual +se le presentaba claramente en medio de una luz que hasta entonces +jamás había visto. + +Estaba viendo su vida, y le parecía horrible: su alma, espantosa. Sin +embargo, una dulcísima luz se derramaba sobre aquella vida y sobre +aquella alma. Le parecía ver á Satanás á la luz del paraíso. + +¿Cuántas horas estuvo así llorando? ¿Qué hizo después dé haber llorado? +¿Adónde fué? nadie lo ha sabido jamás. Parece solamente averiguado +que, durante aquella misma noche, el carretero, que hacía en aquella +época el servicio de Grenoble y que llegó á D*** á eso de las tres de +la madrugada, vió, al atravesar la calle del Obispado, un hombre en +actitud de orar, arrodillado sobre el pavimento y en la sombra junto á +la puerta de la casa donde vivía monseñor Bienvenido. + + + NOTAS: + +[1] Patuá de los Alpes franceses. _Gato de ladrón._ + +[2] Dos pesetas moneda española. + + + + + LIBRO TERCERO + EN EL AÑO 1817 + + + I + =El año 1817= + + +Éste fué el año que Luis XVIII, con una especie de aplomo real, que no +carecía de vanidad, calificó de vigésimo segundo de su reinado. Fué +también el año de la celebridad del señor Bruguiére de Sorsum. Todas +las tiendas de los peluqueros, esperando el polvo y la vuelta del ave +real, aparecían estucadas de azul y flor delisadas. Era aquélla la +época inocente y cándida en que el conde Lynch sentábase todos los +domingos como mayordomo, en el banco de la obra de San Germán de los +Prados vistiendo el uniforme de par de Francia, con su cordón rojo y +su larga nariz, y aquel majestuoso perfil propio de un hombre que ha +hecho algo famoso. El algo famoso realizado por el señor Lynch fué el +siguiente: haber, siendo alcalde de Burdeos el 12 de marzo de 1814, +entregado la ciudad antes de tiempo al señor duque de Angulema. De +ahí su dignidad de par. En 1817, la moda embutía los niños de cuatro +á seis años en sendas gorras de cordobán con orejeras muy parecidas +á las mitras de los esquimales. El ejército francés fué vestido de +blanco á la austríaca; los regimientos se llamaron legiones, y en lugar +del número correspondiente, tomaron los nombres de los departamentos. +Napoleón se encontraba en Santa Elena, y como Inglaterra le negaba el +paño verde, hizo que fuesen vueltos del revés sus viejos uniformes. + +En 1817, Pellegrini cantaba, la señorita Bigottini bailaba, Potier +reinaba, y Odry no existía aún. La señora Saqui sucedía á Forioso. +Había aún prusianos en Francia. El señor Delalot era un personaje. La +legitimidad acababa de afirmarse cortando la muñeca, y luego la cabeza, +á Pleignier, á Carbonneau y á Tollerón. + +El príncipe de Talleyrand, gran chambelán, y el cura Luis, designado +para ministro de Hacienda, se contemplaban mutuamente riendo como dos +augures; ambos habían celebrado, el 14 de julio de 1790, la misa de la +federación en el campo de Marte; Talleyrand había oficiado de obispo, +Luis le había ayudado como diácono. + +En 1817, en las travesías de las alamedas de aquel mismo campo de Marte +(Marzo), veíanse grandes cilindros de madera, expuestos á la lluvia, +y pudriéndose entre la yerba, pintados de azul, con restos de águilas +y de abejas desdorados. Habían sido las columnas que dos años antes +habían sustentado el solio del emperador en el campo de Mayo. Estaban +esparcidos aquí y allí, y ennegrecidos además por el fuego de los +vivacs, de los austríacos acampados junto á Gros Caillou. Dos ó tres de +aquellas columnas habían desaparecido en las hogueras de los vivacs, +habiendo calentado las grandes manos de los Kaiserlicks. + +El campo de Mayo tenía de notable, que había sido celebrado en el mes +de junio en el campo de _Marzo_. + +Durante el año 1817 se habían popularizado dos cosas: el Voltaire +Touquet, y la tabaquera de la Carta. + +La emoción parisién más reciente había sido el crimen de Dautun, quien +había tirado la cabeza de su hermano al pilón del mercado de las flores. + +Comenzaba á inquietarse el ministro de Marina por no tener noticias +de la desgraciada fragata _Medusa_, que debía cubrir de mengua á +Chaumareix y de gloria á Géricault. El coronel Selves había ido á +Egipto para trocarse en Soliman Pachá. El palacio de las Termas, de la +calle de La Harpe, servía de tienda á un tonelero. Veíase todavía en +la plataforma de la torre octógona del palacio de Cluny, la casilla de +madera que había servido de observatorio á Messier, astrónomo de la +marina de Luis XVI. + +La duquesa de Duras leía á tres ó cuatro amigos, en su gabinete +tapizado de raso azul celeste, la Ourika inédita. Raspábanse las N. +del Louvre. El puente de Austerlitz abdicaba, intitulándose puente +del Jardín del Rey, doble enigma que encerraba á la vez el puente de +Austerlitz y el jardín de Plantas. + +Luis XVIII, preocupado en marcar con la uña en Horacio los héroes que +se hacen emperadores, y los zapateros que se hacen delfines, tenía +además dos inquietudes constantes, Napoleón y Mathurin Bruneau. + +La Academia francesa daba como tema de premio: _la dicha procura +el estudio_. El señor Bellart era elocuente oficialmente. Veíase +germinar á su sombra al futuro abogado general de Broë, entre los +sarcasmos de Pablo-Luis Courier. Había también un falso Chateaubriand +llamado Marchangy, esperando á que saliese un falso Marchangy llamado +Arlincourt. _Clara de Alba y Malek-Adel_ eran grandes obras; la señora +Cottin había sido declarada primer escritor de la época. El Instituto +dejó borrar de su lista al académico Napoleón Bonaparte. Un real +decreto erigía Angulema en escuela de marina, porque siendo el duque +de Angulema gran almirante, era evidente que la ciudad de Angulema +acreditaba de derecho todas las cualidades de puerto de mar, sin lo +cual el principio monárquico hubiera podido menoscabarse. + +Presentóse en consejo de ministros la proposición de averiguar si +debían tolerarse las viñetas que representaban volatines, que adornaban +los carteles de Franconi, porque agrupaban los pilluelos y vagabundos +de las calles. + +El señor Paër, autor de _Inés_, buen hombre, de cara cuadrada, con una +verruga en la mejilla, dirigía los conciertos continuos de la marquesa +de Sassenaye, calle de la Ville l'Evèque. Todas las jóvenes cantaban +_l' Ermite de Saint-Avelle_, letra de Edmundo Géraud. _El enano +amarillo_ se trasformaba en _espejo_. El café Lemblin estaba por el +emperador, con el café Valois que estaba por los Borbones. + +Llegaba el señor duque de Berry de casarse con una princesa de Sicilia, +y ya le venía Louvel pisando la sombra. Hacía un año que había muerto +madama Staël. Los guardias de corps silbaban á la señorita Mars. +Los periódicos grandes se habían trocado en pequeños. El tamaño se +había reducido, pero la libertad era grande. _El Constitucional_ era +constitucional. _La Minerva_ llamaba á Chateaubriand _Chateaubriant_. +Esta _t_ daba mucho que reir á los artesanos acomodados á costa del +gran escritor. + +En periódicos vendidos, había periodistas degradados que insultaban á +los proscritos de 1815; David carecía de talento, Arnault de ingenio y +Carnot de probidad; Soult no había ganado ninguna batalla, es verdad +también que Napoleón carecía de genio. Nadie ignora que es muy raro +que las cartas dirigidas por el correo á los desterrados lleguen á sus +manos; la policía tiene á religioso deber interceptarlas. El hecho no +es nuevo; Descartes, desterrado, se lamenta de ello. Luego, habiendo +David, en un periódico belga, manifestado su disgusto por no recibir +las cartas que se le escribían, hizo ello tanta gracia á los periódicos +realistas, que llegaron á bufonear groseramente con semejante pretexto +al desterrado. + +Decir: _los regicidas_, ó decir: _los votantes_: decir: _los enemigos_, +ó decir: _los aliados_: decir: _Napoleón_, ó decir: _Buonaparte_, +separaba á dos hombres más que un abismo. Las gentes de buen sentido +convenían en que la era de las revoluciones estaba para siempre cerrada +por el rey Luis XVIII, apodado de «inmortal autor de la Carta». En el +terraplén del puente nuevo, se esculpía la palabra: _Redivivus_, en el +pedestal que esperaba la estatua de Enrique IV. El señor Piet esbozaba, +en la calle Thérèse, N.º 4, en conciliábulo para consolidar la +monarquía. Los jefes de la derecha decían al encontrarse en coyunturas +graves: «Es preciso escribir á Bacot». Los señores Canuel, O'Mahony y +de Cheppedelaine, borroneaban, un tanto apoyados por el señor (hermano +y heredero del rey), lo que había de ser más tarde «la conspiración de +Bòrd de l'eau». El alfiler negro conspiraba por su lado. Delaverderie +se inclinaba á Trogoff. El señor Decazes, espíritu hasta cierto punto +liberal, dominaba. + +Chateaubriand, de pie todas las mañanas junto á su ventana del número +27 de la calle Saint Dominique, en mangas de camisa y zapatillas, sus +cabellos grises sujetados por un pañuelo, fijos los ojos en un espejo, +y un estuche completo de cirujano dentista, abierto ante sí, limpiábase +los dientes, que los tenía por cierto muy hermosos, al propio tiempo +que dictaba «_La monarquía según la Carta_» al señor Pilorge, su +secretario. + +La crítica, admitida como autoridad, prefería Lafon á Talma. El señor +de Feletz firmábase A., Hoffmann Z, y Carlos Nodier suscribía _Teresa +Aubert_. El divorcio había sido abolido. Los liceos se llamaban +colegios. Los colegiales, adornando su cuello con una flor de lis, +de oro, se daban de cachetes á propósito del rey de Roma. La contra +policía de palacio denunciaba á Su Alteza real, La Señora (la hermana +del rey), el retrato, expuesto por todas partes, del señor duque +de Orléans, el cual estaba mejor de uniforme de coronel general de +húsares, que el señor duque de Berry de coronel-general de dragones, +gravísimo inconveniente. La ciudad de París hacía dorar nuevamente á su +costa la cúpula de los Inválidos. Los hombres serios se preguntaban qué +es lo que haría en tal ó cual circunstancia el señor de Trinquelague; +el señor Clausel de Mantals divergía en algunos puntos del señor +Clausel de Coussergues: el señor de Salaberry no estaba contento. + +El cómico Picard, que formaba parte de la Academia en la que no +había podido entrar el cómico Molière, hacía representar _Los dos +Filibertos_, en el Odeón, sobre cuyo frontispicio, á pesar de haber +sido arrancadas las letras se leía aún claramente: TEATRO DE LA +EMPERATRIZ. Se formaban partidos en pro y en contra de Cugnet de +Montarlot. Fabvier era faccioso, Bavoux revolucionario. El librero +Pelicier publicaba una edición de Voltaire bajo este título: _Obras de +Voltaire_, de la Academia francesa. «Esto llama á los compradores», +decía aquel infeliz editor. + +Era opinión general que el señor Charles Loyson, iba á ser el genio del +siglo; así es que la envidia comenzaba ya á morderle, signo de gloria; +escribiéndose sobre ello este verso: + + + Por más que Loyson vuele, se echan de ver sus patas. + + +El cardenal Fesch negábase á dimitir. El señor de Pins, arzobispo de +Amasie, administraba la diócesis de Lyon. La cuestión del valle de +Dappes, comenzábase entre Suiza y Francia por una memoria del capitán +Dufour, más tarde general. Saint-Simón, ignorado, meditaba su sublime +teoría. Había en la Academia de ciencias un Fourier célebre que la +posteridad ha olvidado, y no sé en qué buhardilla un Fourier obscuro +de quién se acordará el porvenir. Lord Byron empezaba á despuntar; +una nota de cierto poema de Millevoye lo anunciaba á Francia en estos +términos: _un tal lord Barón_. + +David de Angers ensayaba dar formas al mármol. El abate Carón hablaba +con elogio, en las reuniones íntimas de seminaristas del callejón +(sin salida) de Feullantines, de un presbítero desconocido llamado +Felicité-Robert, que fué más tarde Lamennais. + +Una cosa que humeaba andando fatigosamente por el Sena metiendo el +ruido de un perro que nada, iba y venía bajo las ventanas de las +Tullerías, del puente Real al puente de Luis XV; era una máquina de +poquísima utilidad, por cierto, una especie de juguete, una visión de +un inventor fantástico, una utopía; un buque de vapor: Los parisienses +veían indiferentes semejante inutilidad. + +El señor de Vaublanc, reformador del Instituto por el golpe de Estado, +hornada y decreto á la vez, autor distinguido por varios académicos á +quienes había hecho tales, no podía llegar á serlo. El arrabal de San +Germán y el pabellón Marsan querían para prefecto de policía al señor +Delaveau, á causa de su devoción. Dupoytren y Recamier querellábanse y +discutían en el anfiteatro de la Escuela de Medicina, amenazándose con +los puños con motivo de la divinidad de Jesucristo. + +Couvier, puesto un ojo en el Génesis y otro en la naturaleza, se +esforzaba para complacer á la santurona reacción, en poner los fósiles +de acuerdo con los textos sagrados y en hacer adular á Moisés por los +mastodontes. Francisco de Neufchâteau, loable cultivador de la memoria +de Permantier, hacía mil esfuerzos para que _pomme de terre_ (patata) +se llamase _parmentiere_, sin conseguirlo. El abate Gregoire, antiguo +obispo, antiguo convencional y antiguo senador, llegó á pasar dentro la +polémica realista, al estado «di infame Gregoire». Esta locución que +acabamos de usar, _pasar al estado de_, fué denunciada como neulogismo +por Royer-Collard. + +Podía aún distinguirse por su blancura bajo el tercer arco del puente +de Jena, la piedra nueva con la cual dos años antes se había tapado +el boquete de la mina practicada por Blücher para volar el puente. La +justicia llevaba á la barra un hombre que, al ver entrar al conde de +Artois en Nuestra Señora, había dicho en alta voz: _¡Vive Dios! que +deploro los tiempos en que veía á Bonaparte y á Talma entrar, dándose +el brazo, en Bal Sauvage._ Dicho sedicioso. Seis meses de cárcel. + +Los traidores se presentaban desembozados: hombres que se habían +pasado al enemigo la víspera de una batalla no ocultaban nada de la +recompensa, presentándose impúdicamente en pleno día con el mayor +cinismo haciendo gala de sus riquezas y sus dignidades; desertores de +Ligny y de Quatre Bras, con todo el desenfado de su torpeza pagada, +ostentando al desnudo su abnegación monárquica; olvidados de lo escrito +en Inglaterra, en las paredes interiores de los retretes públicos: +_Please adjust your dress before leaving_. (Sírvase usted abrocharse +antes de salir). + +He aquí, en revuelta confusión, lo que sobresalió más ó menos del año +1817, hoy día olvidado. + +La historia es negligente con semejantes particularidades, porque no +puede hacer otra cosa; la invadiría el infinito. No obstante, estos +detalles, llamados equivocadamente pequeñeces, no hay en la humanidad +pequeños hechos, como no hay en la vegetación hojas pequeñas. De la +fisonomía de los años, se compone la figura de los siglos. + +Durante este año de 1817, cuatro jóvenes parisienses hicieron «una +linda gracia». + + + + + II + =Doble cuarteto= + + +Los tales parisienses eran uno de Toulouse, otro de Limoges, el tercero +de Cahors y el cuarto de Montauban; pero eran estudiantes; y quien dice +estudiante dice parisino: estudiar en París es nacer en París. + +Aquellos jóvenes no tenían significación alguna; todo el mundo les ha +visto alguna vez; cuatro muestras del primero con quien nos topemos; +ni buenos ni malos, ni sabios ni ignorantes, ni genios ni imbéciles; +bellezas del alegre abril que se llama veinte años. Eran cuatro oscares +cualesquiera, porque en aquella época los Arturos no existían aún. +_Quemad para él los perfumes de la Arabia_, dice el romance, _¡Oscar +viene, Oscar, voy á verle!_ Salíamos de Ossian; la elegancia era +escandinava y caledoniana, el género inglés puro no debía prevalecer +hasta más tarde, y el primero de los Arturos Wellington, acababa apenas +de ganar la batalla de Waterloo. + +Estos Oscares, se llamaban el uno Félix Tholomyés, de Toulouse, el +otro Listolier, de Cahors, el tercero Fameuil de Llimoges, y el +último Blachevelle, de Montauban. Naturalmente, cada uno tenía su +damisela. Blachevelle amaba á Favorita, llamada así por haber estado +en Inglaterra; Listolier adoraba á Dalia, la cual había tomado por +nombre de guerra el nombre de una flor; Fameuil idolatraba á Zefina, +contracción de Josefina, y Tholomyés tenía á Fantina, llamada la Rubia, +por sus hermosos cabellos color de sol. + +Favorita, Dalia, Zefina y Fantina, eran cuatro graciosas muchachas +perfumadas y alegres; modisteaban todavía un poco, porque no habían +aún abandonado la aguja del todo, algo distraídas por amorcillos +pasajeros, pero conservando en su aspecto, restos de la serenidad +del trabajo y en el alma aquella flor de la honestidad que en la +mujer sobrevive á la primera caída. Había una de las cuatro á la que +llamaban la joven, porque era la menor; y otra á la que llamaban la +vieja; la vieja tenía veinte y tres años. Para no ocultar nada, diremos +que las tres primeras eran más experimentadas, más indiferentes y más +acostumbradas á volar entre el torbellino de la vida, que Fantina, la +Rubia, que vagaba todavía entre su primera ilusión. + +Dalia, Zefina, y sobre todo Favorita, no hubieran podido asegurar +otro tanto. Había ya más de un episodio que consignar en la leyenda +de su vida apenas comenzada, y el amante llamado Adolfo en el primer +capítulo, resultaba ser Alfonso en el segundo y Gustavo en el tercero. +Pobreza y coquetería son dos consejeras fatales; la una regaña, la otra +lisonjea; y las hermosas jóvenes del pueblo las llevan siempre en su +compañía, hablándoles al oído por lo bajo, una á cada lado. Son almas +mal guardadas. De ahí las caídas que dan, y las piedras que se les +arrojan. Se las agobia con el explendor de cuanto existe inmaculado é +inaccesible. ¡Ay si la joven aristocrática tuviese hambre! + +Favorita; habiendo estado en Inglaterra, tenía por admiradoras á +Zefina y Dalia. Había tenido oportunamente su buena casa. Su padre, +antiguo profesor de matemáticas, brutal y fanfarrón; solterón y vividor +ambulante á pesar de su edad. Este profesor, siendo aún joven, vió +en cierta época el vestido de una doncella de servicio cogido de la +rejilla de una chimenea; y por este accidente se enamoró. De ello +resultó Favorita. Ella encontraba de cuando en cuando á su padre que la +saludaba. Cierta mañana una mujer, ya entrada en años, de apariencia +mística, entró en su casa y le dijo: + +--¿No me conocéis, verdad, señorita? + +--No. + +--Pues soy tu madre. + +Luego abrió la vieja la alacena, comió lo que le pareció bien, hizo +que le trajeran un colchón que tenía y se quedó instalada en la casa. +Aquella madre gruñona y devota jamás le decía una palabra á Favorita, +se pasaba las horas sin hablar; almorzaba, comía y cenaba por cuatro, +descendiendo luego á la tertulia de la portería, hablando de continuo +mal de su hija. + +Lo que había atraído á Dalia hacia Listolier, ó hacia otros tal vez, y +hacia la ociosidad, fué el tener demasiado bonitas y rosadas las uñas. +¿Cómo había de hacer trabajar aquellas uñas? La que quiera ser virtuosa +no puede tenerles piedad á sus manos. En cuanto á Zefina, había +conquistado á Fameuil por su graciosa manera viva y cariñosa de decir: +«sí, señor». + +Los jóvenes eran camaradas, las jóvenes fueron amigas. Semejantes +amores van siempre acompañados de tales amistades. + +Sabio y filósofo son dos cosas distintas, y la prueba está en que, +salvando todas las pequeñeces de detalle, Favorita, Zefina y Dalia, +eran unas muchachas filósofas y Fantina una muchacha sabia. + +¡Sabia! se dirá, ¿y Tholomyés? Salomón contestaría que el amor forma +parte de la sabiduría. Nosotros nos concretamos á decir que el amor de +Fantina era un primer amor, un amor único, un amor fiel. + +Ella era la única de las cuatro á quien no tuteaba más que un hombre. + +Fantina era uno de esos seres que había brotado, por así decirlo, del +fondo del pueblo. Salida de las insondables espesuras de la sombra +social, llevaba en su frente el sello del anónimo y lo desconocido. +Había nacido en M*** sobre M*** ¿de qué padre? ¿Quién sabe? Nadie le +conoció jamás padre ni madre. Se llamaba Fantina. ¿Por qué se llamaba +así? Nadie le conocía por otro nombre. En la época de su nacimiento +existía aún el Directorio. Nada de apellido de familia, como no la +tenía; nada de nombre de pila, puesto que no estaba allí la Iglesia. +Se llamaba, pues como le plugo al primer transeunte que se la encontró +de pequeñita andando descalza por la calle. Recibió aquel nombre, como +recibía el agua de las nubes sobre su frente cuando llovía. Llamábanla +la pequeña Fantina. Nadie sabía más. Aquella criatura humana había +entrado así en la vida. Á los diez años dejó Fantina la ciudad y se +puso á servir en las casas de campo de las cercanías. Á los quince se +fué á París á «probar fortuna». Fantina era hermosa, y fué pura todo +el mayor tiempo que pudo. Era una hermosa rubia de bellísimos dientes. +Traía, pues, el oro y las perlas en dote; pero su oro estaba en su +cabeza y en su boca las perlas. + +Trabajaba para vivir; después, siempre para vivir, porque tiene también +el corazón su hambre, amó. + +Amó á Tholomyés. + +Amorío para él, pasión para ella. Las calles del barrio latino, llenas +por el continuado hormigueo de estudiantes y grisetas, vieron los +principios de aquel delirio. Fantina, en los dédalos de la colina del +Panteón, donde tantas aventuras se enlazan y se rompen, había huido +mucho tiempo de Tholomyés, pero encontrándole cada día de nuevo. Existe +una manera de huir que se parece mucho al buscar. Pronto se realizó la +égloga. + +Blachevelle, Listolier y Fameuil, formaban un grupo del que era +Tholomyés la cabeza. Él era, pues, el alma. + +Tholomyés era el antiguo, el verdadero estudiante; era rico; tenía +cuatro mil francos de renta; cuatro mil francos de renta, explendidez +escandalosa en la montaña de Santa Genoveva. Tholomyés era un vividor +de treinta años, mal conservado, arrugado y mellado; empezaba á +tener calvicie, con motivo de lo cual decía de sí mismo alegremente: +_coronilla á los treinta, rodilla á los cuarenta_. Digería ya +bastante mal, y le lacrimeaba un ojo. Pero á medida que su juventud se +extinguía, iba en aumento su alegría; suplía sus dientes por gestos, +sus cabellos con chistes, su salud con ironías, y el ojo llorón con +risa continuada. Era un montón de ruinas del que brotaban flores por +todas partes. Su juventud, liando el petate antes de tiempo, batíase en +retirada, pero en buen orden, reventando de risa y llena de fuego. Le +habían rechazado una pieza en el Vaudeville. Á cada paso y á cualquier +objeto escribía versos. Por otra parte, dudaba de todo á cierta altura, +lo que da mucha fuerza á los ojos de los débiles. Siendo irónico y +calvo, era el jefe. _Iron_ es una palabra inglesa que quiere decir +hierro. ¿Será de ella que procederá la palabra ironía? + +Cierto día Tholomyés llamó á sí á los otros tres, y haciéndose el +oráculo, les dijo: + +--Hace cerca de un año que Fantina, Dalia, Zefina y Favorita nos +están pidiendo que les demos una sorpresa. Se la tenemos prometida +solemnemente. Siempre nos están hablando de ello, á mí sobre todo. Así +como en Nápoles piden las viejas á san Enero _Faccia gialluta, fa o +miracolo_, «¡cara amarillenta, haz el milagro!» nuestras queridas me +dicen sin cesar: «Tholomyés, ¿cuándo _darás á luz_ tu sorpresa?». Al +mismo tiempo nos escriben nuestras familias. Acosados por todas partes. +Creo que ha llegado el momento. Hablemos. + +Al decir esto, bajó Tholomyés la voz, articuló alguna frase tan +chocante que se manifestó el efecto entusiasta que había producido en +los cuatro, con una carcajada común, al mismo tiempo que exclamaba +Blachevelle: ¡Vaya una idea! + +Hallándose junto á un café lleno de humo, entraron en él, perdiéndose +entre aquella neblina el resto de la conferencia. + +El resultado de aquellas tinieblas fué una brillante partida de campo +que tuvo lugar el domingo siguiente, á la cual los cuatro estudiantes +invitaron á las muchachas. + + + + + III + =Cuatro y cuatro= + + +Lo que era una partida de campo entre estudiantes y grisetas hace +cuarenta años, es muy difícil figurárselo hoy. París no tiene los +mismos alrededores; el aspecto de lo que podría llamarse vida +circumparisien, ha cambiado por completo después de medio siglo; en +lugar del coche está el vagón, y en el de los lanchones el buque de +vapor; decíase entonces Saint Cloud como se dice hoy Fécamp. El París +de 1862 es una ciudad que tiene la Francia entera por alrededores. + +Las cuatro parejas realizaron cumplidamente todas las locuras +campestres posibles en aquellos tiempos. Era al comenzar las +vacaciones, en un caluroso y despejado día de verano. Á la víspera, +Favorita, la única que sabía escribir, había escrito lo siguiente +á Tholomyés, en nombre de las cuatro: «El salir temprano augura un +buen día». Sería por ello que se levantaron á las cinco de la mañana. +Fueron en coche á Saint-Cloud; contemplaron la gran cascada en seco +y exclamaron: ¡Esto ha de ser una gran cosa cuando salta el agua! +Almorzaron en la _Tête Noire_, donde Castaing no había pasado todavía; +jugaron una partida á la sortija en las arboledas del grande estanque; +subieron á la linterna de Diógenes, jugaron barquillos en la ruleta +del puente de Sévres, hicieron ramos con flores cogidas en Puteaux, +compraron silbatos en Neuilly; comieron en todas partes pastelillos de +manzana, en fin, fueron dichosos por completo. + +Las chicas corrían, y chillaban como cotorras escapadas, que era un +delirio. Á cada paso repartían cariñosos pescozones á los muchachos con +regodeo verdaderamente infantil. ¡Oh matinal embriaguez de la vida! +¡Dichosa edad en la que se agita temblorosa y alegre el ala de las +ilusiones! + +¡Oh! quien quiera que seáis, ¿no es verdad que recordáis perfectamente +haber ido alguna vez triscando en la espesura, separando las ramas, +á fin de que pudiese pasar libremente una linda cabeza que sobre un +cuerpo gallardo y airoso os venía siguiendo? Os habréis deslizado +riendo alegremente por alguna cuestecilla recién mojada por la lluvia, +en compañía de una mujer amada, que asiéndose á vuestra mano, os +detiene á lo mejor para exclamar: ¡Ay! ¡mis botitas nuevas, cómo se han +puesto! + +Digamos desde luego; que la alegre contrariedad de un chaparrón no se +presentó á completar la alegría de aquella cuadrilla de buen humor, +por más que Favorita hubiese dicho al salir con acento maternal y +sentencioso: _Las babosas andan por los suelos. Lluvia segura, hijos +míos._ + +Las cuatro estaban locamente hermosas. Un buen anciano, poeta clásico, +en boga á la sazón, un buen hombre que tenía su correspondiente Leonor, +el caballero de Labouïsse, paseante aquel día de los castañares de +Saint-Cloud, les vió pasar á eso de las diez de la mañana y exclamó: +_Hay una demás_, pensando en las (tres) Gracias. Favorita, la amiga de +Blachevelle, aquélla de los veinte y tres años, la vieja, corría ante +todos bajo las grandes ramas verdes, saltando barrancos, traspasando +valerosamente los matorrales, presidiendo la alegría general con el +entusiasmo de una fauna; Zefina y Dalia, á las cuales la casualidad +las había hecho bellas, de modo que aumentaba su hermosura estando +juntas, acercábanse una á otra para contemplarse, sin separarse un +punto, más que por amistad por instinto de coquetería y apoyándose +mutuamente una á otra, tomaban actitudes de gusto inglés. Los primeros +_keepsakes_ acababan de aparecer á la sazón, la melancolía empezaba por +las mujeres, siendo lo que más tarde, el byromismo de los hombres, así +es que los cabellos del sexo débil comenzaban á destrenzarse. Zefina +y Dalia peinaban tirabuzones. Listolier y Femeuil, enredados en una +discusión acerca de sus profesores, querían hacer entender á Fantina la +diferencia que mediaba entre el señor Delvincourt y el señor Blondeau. + +Blachevelle parecía haber sido criado á propósito para llevar del brazo +los domingos, el chal de colores claros é indefinibles de Favorita. + +Venía Tholomyés dominando el grupo. Estaba alegrísimo, pero dejaba +entrever su instinto de mando; encerraba cierto espíritu de dictadura +en su jovialidad; era la prenda principal de su traje un ancho pantalón +de color mahón con travillas de tejido metálico; llevaba en la mano un +magnífico roten de doscientos francos, y, como se lo permitía todo, una +cosa rara llamada cigarro, en la boca. Y como no había para él nada +sagrado fundaba al mismo tiempo. + +--Este Tholomyés es admirable,--decían los otros con cierta +veneración.--¡Qué pantalones!, y ¡qué energía! + +En cuanto á Fantina, era ella la alegría misma. Su espléndida dentadura +había evidentemente recibido de Dios una obligación, la de reir. + +Llevaba en su mano mejor que en la cabeza, su sombrerillo de paja +cosida, con largas cintas blancas; su poblada cabellera rubia, +acostumbrada á flotar y destrenzarse fácilmente, obligándola +continuamente á recogérsela; parecía hecha de intento para representar +la fuga de Galata entre los sauces. Sus labios de rosa charlaban de un +modo encantador; los extremos de su boca, voluptuosamente levantados +como los de los antiguos mascarones de Erígone, parecían animar á +los audaces, pero sus largas pestañas sombreaban discretamente este +atractivo de la parte inferior de su rostro como diciendo, ¡cuidado! +Todo su tocado tenía un no sé qué de encantador y vaporoso. Llevaba +un vestido de bares color de malva, zapatitos acoturnados color +de castaña, sujetados con cintas que subían formando X sobre su +blanquísima y calada media; y aquella especie de pañoleta de muselina, +invención marsellesa, cuyo nombre, canesú, corrupción de la frase +_quinze août_ (quince agosto) pronunciada en la Cannebière, significa +buen tiempo, color y medio día. Las otras tres, menos escrupulosas, +como hemos dicho, iban completamente descotadas, lo cual en verano, +bajo sombreros adornados de flores, resulta siempre gracioso y +atractivo; pero al lado de ese vestir provocativo, el canesú de la +rubia Fantina, con sus transparencias, sus ligeras indiscreciones y +sus reticencias, velando y enseñando á la vez, parecía un hallazgo +incitativo de la decencia, y en el famoso certamen del amor, presidido +por la vizcondesa de Cette, con sus ojos verde-mar, hubiera tal vez +concedido el premio de la coquetería á aquel canesú compitiendo en +nombre de la castidad. Lo más sencillo resulta muchas veces lo mejor. +Es lo lógico. + +Deslumbradora presencia, delicado perfil, ojos de azul perfecto, +grandes párpados, pies elásticos y diminutos, las muñecas y tobillos +admirablemente torneados, la piel blanquísima, dejando ver aquí y +allá las ramificaciones azules de las venas, las mejillas aniñadas y +frescas, el cuello robusto de las Junos eginéticas, la nuca fuerte y +suave, los hombros como modelados por Coustou, teniendo en su centro un +voluptuoso hoyuelo, visible al través de la muselina; un goce velado +por el delirio; belleza, escultural; tal era Fantina; adivinándose +fácilmente bajo aquellos pliegues de muselina y aquellas cintas, una +estatua, y en la estatua un alma. + +Fantina era bella, sin saberlo apenas. Los raros soñadores, sacerdotes +misteriosos de lo bello, que buscan cuidadosamente la perfección en +todo, hubieran encontrado tal vez en aquella joven obrera, al través +de la gracia y transparencia parisién, la antigua, eufonía sagrada. +Aquella hija de las sombras tenía su raza. Era bella bajo ambos +aspectos; el estilo y el ritmo. El estilo es la forma de lo ideal; el +ritmo es el movimiento. + +Hemos dicho que Fantina era la alegría; Fantina era igualmente el pudor. + +Para el observador que la hubiese estudiado detenidamente, lo que +de ella se desprendía al través de toda la embriaguez propia de la +edad, de la estación y de los amoríos, era una invencible expresión +de modesto recato. Siempre estaba como asombrada. Aquél su casto +asombro era la nube que separa á Psiquis de Venus. Fantina tenía los +dedos largos, blancos y finos de la vestal que remueve las cenizas +del fuego sagrado con un alfiler de oro. Por más que no hubiese ella +rehusado nada, como veremos luego, á Tholomyés, su aspecto, en el +reposo, aparecía soberanamente virginal; una especie de dignidad +seria, tal vez austera, la embargaba súbitamente en ciertos momentos, +y nada tan singular y vago, como ver que la alegría y la ternura +se sucedían rápidamente en ella, pasando sin transición aparente, +del recogimiento á la expansión. Aquella gravedad súbita, acentuada +severamente á veces, tenía mucho del desdén de una diosa. Su frente, +su nariz y su barba presentaban un equilibrio de líneas, muy distante +del equilibrio de la proporción, del cual resulta la armonía del +rostro; en el característico espacio que separa la base de la nariz del +labio superior, tenía aquel pliegue imperceptible y gracioso, signo +misterioso de la castidad, que rindió amoroso á Barbarroja á los pies +de una Diana encontrada en las excavaciones de Iconia. + +Si es falta el amor, era Fantina la inocencia sobrenadando en la falta +misma. + + + + + IV + =Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española= + + +Aquel día fué desde el principio al fin una aurora continuada. Toda +la naturaleza parecía saludar y reir. Los parterres de Saint-Cloud +embalsamaban el ambiente, el airecillo del Sena movía vagamente el +follaje; las ramas gesticulando en el viento, las abejas entregadas +al saqueo de los jazmines; toda una _bohemia_ de mariposas se +precipitaban sobre los trebolados y las avenas; habiendo, en el augusto +parque del rey de Francia, una multitud de vagamundos, los pájaros. + +Las cuatro alegres parejas, mezcladas ante el sol, en el campo, entre +las flores y los árboles, resplandecían. + +Y en aquella comunidad de paraíso, hablando, cantando, corriendo, +bailando, cazando mariposas, cogiendo campanillas, mojándose los bajos +con el rocío matinal de las yerbas crecidas, frescas y locas ellas, +recibían sin la menor malicia, donde quiera que fuése, los besos de +ellos, excepción hecha de Fantina, encerrada en la vaga resistencia +meditabunda y esquiva que le era propia. + +--Tú,--le decía Favorita,--tú tienes siempre algo. + +Esto son los placeres. El paso de aquellas alegres parejas era un +llamamiento profundo á la vida y á la naturaleza, haciendo surgir por +do quiera el amor y la luz. Existió en otros tiempos una hada, que +hizo expresamente praderas y árboles para los enamorados. De ahí esa +eterna costumbre de hacer novillos amorosos, que renace incesantemente, +y que durará tanto cuanto existan praderas y estudiantes. De ahí la +popularidad de la primavera entre los pensadores. El patricio y el +ganapán, el duque y el par y el botarate, la gente de la corte como el +populacho, según se decía en otros tiempos, todos están subordinados á +esa hada. + +Se ríe, se busca; ¡existe en el aire una luz de apoteosis, una +transfiguración de amor! Los pasantes de escribano son allí dioses. +Y los chillidos, y las cogidas al vuelo, aquellas ocurrencias que +parecen melodías, aquellas adoraciones que estallan en la manera de +soltar un vocablo, aquellas cerezas arrancadas por una á otra boca, +todo irradia y pasa entre celestiales alegrías. Las muchachas hacen un +grato despilfarro de sí mismas. Se imaginan que aquello no ha de tener +fin. Los filósofos, los poetas, los pintores admiran aquellos éxtasis +sin saber qué hacer, tanto se deslumbran. ¡El rapto de Citerea! exclama +Watteau; Lancret, el pintor de la plebe, contempla sus artesanos +envueltos en lo azul; Diderot tiende los brazos á todos sus amoríos, y +de Urfé los mezcla con los druidas. + +Después de almorzar, las cuatro parejas fueron á ver, allí donde se +conocía á la sazón por Jardín del rey, una planta recién venida de la +India, cuyo nombre no recordamos en este instante, y que en aquella +época atraía á todo París á Saint-Cloud; un caprichoso y bello arbolito +de un tallo, cuyas innumerables ramas, finas como hilos, enmarañadas y +sin hojas, aparecían cubiertas por millares de rositas blancas; lo cual +hacía que el arbolito se pareciese á una cabellera sembrada de flores. +Siempre estaba cercado de admiradores. + +Visto el arbusto, exclamó Tholomyés,--¿demos una carrera en burros?--y +ajustado precio con un burrero, regresaron por Vanvres é Issy. En Issy +tuvieron un incidente. El parque, perteneciente á bienes nacionales, +posesión entonces del asentista Bourguin, estaba por casualidad abierto +de par en par. Atravesaron la verja, visitaron al maniquí anacoreta +en su gruta, gozáronse en los misteriosos efectos del famoso gabinete +de los espejos, lasciva trampa digna de un sátiro hecho millonario, ó +de Turcaret metamorfoseado en Priapo. Sacudieron fuertemente el gran +columpio de mallas sujeto á los dos castaños celebrados por el abate +de Bernis. Al par que columpiaba á las lindas muchachas una tras otra, +lo que hacía, en medio de la risa general, volar los pliegues de las +faldas, en lo cual Greuze hubiera deseado extasiarse, el tolosano +Tholomyés, algo español, puesto que Toulouse es prima-hermana de +Tolosa, cantó en melancólico acento una antigua canción _gallega_, +inspirada probablemente por alguna linda muchacha lanzada á todo vuelo +sobre una cuerda entre dos árboles: + + Soy de Badajoz. + Amor me llama. + Toda mi alma, + Es en mis ojos, + Porque enseñas + Á tuas piernas. + +Fantina solamente, se negó á ser columpiada. + +--No gusto de semejante género,--murmuró agriamente Favorita. + +Al dejar los burros, dieron con una nueva diversión; embarcándose, +siguieron por el Sena hasta Passy, desde cuyo punto fueron á pie hasta +la barrera de la Estrella. Estaban levantados, según ya sabemos, desde +las cinco de la mañana; pero ¡ay! _¿existe por ventura, quien se canse +en domingo_, decía Favorita; _el trabajo del domingo no fatiga._ Á eso +de las tres, las cuatro parejas, azoradas de dicha, precipitábanse por +las montañas rusas, construcción singular que ocupaban entonces las +alturas de Beaujon, cuya línea tortuosa se veía serpentear por cima de +los árboles de los Campos Elíseos. + +De cuando en cuando, Favorita exclamaba: + +--¿Y la sorpresa? Espero la sorpresa. + +--Paciencia,--respondió Tholomyés. + + + + + V + =En casa de Bombarda= + + +Cansados ya de montañas rusas, pensaron en comer, y la radiante octava, +á paso no muy ligero, caminó hasta chocar con el bodegón Bombarda, +sucursal que había establecido en los Campos Elíseos el famoso fondista +Bombarda, cuya muestra brillaba á la sazón en la calle de Rivolí junto +al pasaje Delorme. + +Una pieza grande pero desmantelada, con alcoba y cama al fondo (á +causa de la gran concurrencia dominguera en el figón, les fué preciso +contentarse con semejante albergue); dos ventanas desde las cuales se +podía contemplar, al través de los olmos, el muelle y la corriente; +un magnífico rayo del sol de agosto penetraba por ambas ventanas; dos +mesas, hízose sobre una de ellas una montaña de ramilletes y sombreros +de hombre y de mujer, y en la otra las cuatro parejas sentadas al +rededor de un montón de platos, de bandejas, de vasos y botellas; +jarros de cerveza mezcladas con botellas de vino; poco orden sobre la +mesa, y no escaso desorden debajo: + + Bajo la mesa había + Un barullo de pies que estremecía. + +dijo Molière. + +He aquí el estado, á eso de las cuatro y media de la tarde, de aquella +gira empezada á las cinco de la mañana. El sol declinaba y el apetito +se extinguía. + +Los Campos Elíseos, llenos de sol y de gentío, no eran otra cosa que +luz y polvo, los dos componentes de la gloria. Los caballos de Marly, +aquellos mármoles relinchadores, caracoleaban entre una nube de oro. +Los carruajes iban y venían. Un escuadrón de vistosos guardias de +corps, con su clarín al frente, descendía por la avenida de Neuilly; +la bandera blanca, vagamente coloreada por el sol poniente, flotaba +sobre la cúpula de las Tullerías. La plaza de la Concordia, llamada +nuevamente, á la sazón, plaza de Luis XV, rebosaba de alegres +paseantes. Llevaban muchos la flor de lis, de plata, pendiente de una +cinta blanca moaré que, en 1817, no había todavía desaparecido siquiera +de los ojales. Aquí y allí, entre los paseantes formando corro y +recogiendo aplausos, veíanse grupos de muchachas, dando á los vientos +una canción borbónica, célebre entonces, escrita para atacar los Cien +Días, la cual tenía el siguiente estribillo: + + Devolvednos nuestro padre de Gante; + Devolvednos nuestro padre. + +Muchos habitantes de los arrabales vestidos de fiesta, algunos +igualmente flordelisados como los vecinos del centro, esparcidos entre +el gran cuadro, así como también por el de Marigny, jugaban sortijas +y daban vueltas en los caballos de madera; otros bebían; no faltaban +tampoco algunos aprendices de imprenta, con sus gorras de papel; oíanse +mil carcajadas. Todo aparecía radiante. Era aquél un tiempo de paz +innegable y de profunda seguridad realista; era época en la cual en una +memoria especial é íntima del prefecto de policía Anglés, dirigida al +rey acerca de los arrabales de París, venían escritas al final estas +palabras: + +«Considerándolo todo bien, señor, no hay nada que temer de tales +gentes. Son apáticos é indolentes como gatos. La plebe de provincias +es turbulenta, la de París no. Estos son todos hombrecillos. Señor, se +necesitarían dos de éstos, uno sobre otro, para hacer uno de vuestros +granaderos. No hay, por lo tanto, que temer nada del populacho de la +capital. Es muy de notar lo que la talla ha decrecido en esta población +en los últimos cincuenta años; el pueblo de los arrabales de París es +más desmedrado que antes de la Revolución. No es, pues temible. En +suma, es una canalla bastante buena». + +Que pudiese un gato convertirse en león, es lo que no creían posible +los prefectos de policía; y sin embargo lo es, y es éste el milagro +del pueblo de París. Por otra parte, el gato, tan menospreciado por el +conde de Anglés, era muy estimado de las antiguas repúblicas; encarnaba +á sus ojos la libertad, y como para hacer juego con la Minerva áptera +del Pireo, había en medio de la plaza pública de Corinto, el coloso +de bronce de un gato. La inocente policía de la restauración juzgaba +demasiado «bueno» al pueblo de París. Éste no es, tanto como se creía, +«buena canalla». El parisién es al francés, lo que el ateniense +al griego; no hay quien duerma mejor que él; no hay quien sea más +francamente frívolo y perezoso que él; no hay quien aparente saber +mejor que él, olvidar; no obstante, no hay que fiar en ello; es muy +propenso á toda clase de negligencia; pero, cuando al fin distingue +la gloria, es verdaderamente admirable en su furia. Dadle una pica, y +realizará el 10 de agosto; dadle un fusil, y os dará un Austerlitz. Es +el punto de apoyo de Napoleón y el recurso de Dantón. ¿Se trata de la +patria? se alista; ¿se trata de la libertad? desempiedra. ¡Cuidado! +sus cabellos llenos de cólera son épicos; su blusa se despliega en +clámide. ¡Mucho cuidado! De la primera calle Grenetant que encuentre, +hará horcas caudinas. Si la hora suena, ese hombre de los arrabales se +crecerá, ese hombrecillo se elevará; su mirada será terrible, y de su +soplo surgirá la tempestad, y de sus pobres y débiles pechos, saldrá +bastante aire para trastornar las sinuosidades de los Alpes. Gracias á +estos hombrecillos de los arrabales de París, que la revolución mezcló +en sus ejércitos, conquistó la Europa. Canta, ésta es su alegría. +Adaptad la canción á su naturaleza, y ya veréis. Mientras su canto no +tiene más estribillo que la _Carmañola_, no hace sino derribar á Luis +XVI; pero hacedle cantar _la Marsellesa_, y libertará el mundo. + +Escrita esta observación al margen de la memoria de Anglés, volvamos á +nuestras cuatro parejas. La comida, como hemos ya dicho, terminaba. + + + + + VI + =Capítulo de amor= + + +Proyectos de sobremesa y proyectos de amor; desvanécense unos y otros +con la misma facilidad; los proyectos de amor son nubes, los proyectos +de sobremesa humo. + +Fameuil y Dalia tarareaban; Tholomyés bebía; Zefina reía, y sonreía +Fantina. Listolier soplaba en una trompetilla de madera que había +comprado en Saint-Cloud. Favorita contemplaba tiernamente á +Blachevelle, y le decía: + +--Blachevelle, te adoro. + +Lo cual dió por resultado la siguiente pregunta de Blachevelle: + +--¿Qué es lo que harías, Favorita, si yo dejara de amarte? + +--¡Yo!--exclamó Favorita.--¡Ah! no digas tal cosa, ni aun en broma. Si +dejaras de amarme, te me echaría encima, te agarraría, te arañaría, te +remojaría y te haría prender... + +Blachevelle sonrió con la voluptuosa fatuidad de un hombre halagado en +su amor propio. Favorita repuso: + +--Sí, chillaría, llamaría á la guardia. + +--¡Ah! ¿Creías que iba á acobardarme? ¡Bribón! + +Blachevelle, extasiado, se revolvió en su silla, y cerró orgullosamente +sus ojos. + +Dalia, sin dejar de comer, díjole por lo bajo á Favorita entre el +murmullo: + +--Es decir, ¿que tú idolatras de verdad á tu Blachevelle? + +--¿Yo? le detesto,--respondió Favorita en el mismo tono, cogiendo +nuevamente su tenedor.--Es avaro. Á quien yo amo, es al pequeñín que +vive enfrente de mi casa. Es muy guapo aquel chico; ¿tú le conoces? Se +ve desde luego que tiene trazas de actor. Me agradan mucho los actores. +Siempre, cuando entra en su casa, le dice su madre:--¡Ah, Dios mío! ya +se acabó la tranquilidad. ¡Ay, ay! que va á cantar. Pero, hijo mío, +¿no ves que me estás partiendo la cabeza?--Porque, eso sí, en cuanto +llega á casa, en el desván, en la guardilla, donde quiera que pueda +encaramarse, cuanto más alto mejor. Allí canta, declama, y qué sé yo, +pero tan fuerte, que se le oye desde abajo perfectamente. Se gana ya +veinte sueldos diarios en casa de un abogado copiando enredos. Es hijo +de un antiguo chantre de Saint-Jacques-du-Haut-Pas. ¡Oh! ¡magnífico! +Me quiere tanto, que un día que me vió haciendo masa para un frito, me +dijo: _Señorita, si hacéis buñuelos con vuestros guantes, me los como_. +No hay como los artistas para tener salidas de este jaez. ¡Magnífico! +¿verdad? Temo que voy á volverme loca por este pequeñín. No obstante, +yo digo á Blachevelle que le adoro. ¡Cómo miento! ¿eh? ¡cómo miento! + +Favorita se paró un momento, y prosiguió: + +--Dalia, ¿qué quieres? estoy triste. No ha hecho este verano más +que llover, el viento me excita, el viento no desencoleriza nunca; +Blachevelles no tiene pies ni cabeza; ni siquiera sabe si hay guisantes +en el mercado, así es que una no sabe qué comer; tengo _spleen_, +como dicen los ingleses; ¡la manteca está cara! y luego, ya ves, ¡es +horroroso! estamos comiendo en un lugar donde hay una cama: esto me +hace aborrecer la vida. + + + + + VII + =Sabiduría de Tholomyés= + + +Mientras cantaban algunos, hablaban los otros tumultuosamente, todos +al mismo tiempo; lo cual no era en conjunto más que ruido. Tholomyés +intervino. + +--No hablemos todos sin ton ni son, ni demasiado +aprisa,--exclamaba.--Meditemos antes si queremos deslumbrar. Basta de +improvisaciones, que debilitan brutalmente el espíritu. Cerveza que se +derrama, nada solidifica. Señores, no hay que precipitarse. Mezclemos +la seriedad á la broma; comamos comedidamente, banqueteemos poquito +á poco. Nada de prisas. Ved la primavera; cuando se adelanta está +perdida, es decir, helada. El exceso de celo pierde los melocotones +y los albaricoques. El exceso de celo, quita la alegría y la gracia +de los festines. Nada de celo, señores. Grimod de la Reyniére es del +parecer de Talleyrand. + +Una sorda rebelión recorrió el grupo. + +--¡Tholomyés, déjanos en paz,--dijo Blachevelle. + +--¡Abajo el tirano!--exclamó Fameuil. + +--¡Bombarda[3], Bombance y Baboche!--gritó Listolier. + +--El domingo existe,--repuso Fameuil. + +--Somos todos sobrios,--añadió Listolier. + +--Tholomyés,--observó Blachevelle,--contempla mi calma _(mon calme)_. + +--Eres el marqués de ella,--respondió Tholomyés. + +Este vulgar juego de palabras, hizo el efecto de una piedra arrojada á +un charco. El marqués de _Montcalm_ era un realista célebre á la sazón. +Todas las ranas se quedaron mudas. + +--¡Amigos!--exclamó Tholomyés, con el acento de quien recobra su +imperio,--tranquilizaos. No era necesario tanto estupor para acoger +este equívoco llovido del cielo. Todo lo que así brota de la casualidad +no es necesariamente digno de entusiasmo ni respeto. El equívoco es +el fiemo del ingenio que vuela. Lo lacio cae, no importa donde; pero +el ingenio después de haber soltado una tontería, se eleva y pierde +de vista en el espacio. Una mancha blancucha que se aplasta contra +una roca, no le impide al cóndor cernerse en el espacio. ¡Lejos de +mí insultar el equívoco! Le honro en relación á sus méritos; nada +más. Cuanto ha existido de más augusto, más sublime ó más bello en la +humanidad, y aún tal vez fuera de ella, ha producido sus juegos de +palabras. Jesucristo hizo un equívoco, acerca de San Pedro, Moisés +acerca de Isaac; Esquilo acerca de Polinice; Cleopatra acerca de +Octavio. Y es de advertir, que el equívoco de Cleopatra precedió á la +batalla de Accio y que sin él nadie recordaría la ciudad de Toryne, +palabra griega que significa cucharón. + +Concedido lo dicho, vuelvo á mi exhortación. Hermanos míos, os lo +repito, nada de celo, nada de confusión, nada de excesos; así en +agudezas como en bromas, libertades y juegos de palabras. Atended, yo +reúno á la prudencia de Anfiarao la calvicie de César. Es indispensable +un límite en todo hasta en lo jeroglífico. _Est modus in rebus._ +Siempre es indispensable el límite, aun en las comidas. Gustáis de los +pasteles de manzanas, señoras, no abuséis de ellos. Aun tratándose de +pasteles, es indispensable el arte y el buen sentido. La glotonería +castiga al glotón. _Gula punit Gulam._ Las indigestiones tienen el +encargo divino de moralizar los estómagos. Y tened esto bien presente; +cada una de nuestras pasiones, incluso el amor, tiene su estómago que +es preciso no rellenar. En todo lo mundanal es preciso escribir á +tiempo la palabra _finis_; es preciso saber contenerse cuando aparece +urgente, echar el cerrojo sobre el apetito, aprisionar la fantasía, y +ser uno mismo quien la lleve á la cárcel. El sabio es aquél que sabe, +en momento oportuno, contenerse á sí mismo. Tened alguna confianza +en mí. Porque á menudo yo he estudiado algo el derecho, según rezan +mis exámenes, por más que yo sepa la indiferencia que media entre la +cuestión incoada y la cuestión pendiente, porque yo haya sostenido, en +latín, una tesis sobre la manera con la cual se daba en Roma tormento, +en los tiempos en que Munatius Demens fué cuestor de parricidio, +porque yo voy á ser doctor, según parece, no se sigue de todo ello la +indispensable consecuencia de que sea yo un imbécil. Os recomiendo +la moderación en vuestros deseos. Tan cierto como me llamo yo Félix +Tholomyés, que estoy en lo justo. ¡Dichosos aquéllos que al sonar la +hora de la oportunidad saben tomar el partido heroico de abdicar como +Sila ú Orígenes. + +Favorita escuchaba con profunda atención. + +--¡Félix!--exclamó ella,--¡bonito nombre! Me gusta. Es latino. Quiere +decir Próspero. + +Tholomyés prosiguió: + +--_¡Quirites, gentlemen, mes amis, caballeros!_ ¿Queréis no sentir +ningún aguijón, y prescindir del lecho nupcial riéndoos del amor? Nada +más sencillo. He aquí la receta: limonadas, mucho ejercicio, trabajar +á la fuerza, derrengarse, trajinar piedra, no dormir, velar: tragar en +gran cantidad bebidas nitradas, y tisanas nínfeas: saboread emulsiones +de adormideras y de agnus castus, sazonad todo esto de una dieta +rígida; reventad de hambre: añadid además baños fríos, cinturones de +yerbas, la aplicación de una plancha de plomo, las lociones con licor +de saturno y reparaos con oxicrato. + +--Prefiero una hembra á todo ello,--dijo Listolier. + +--¡Las hembras!--repuso Tholomyés,--no son de fiar. ¡Desgraciado del +que se entrega al mudable corazón de la hembra! La hembra es pérfida +y torcedora. Detesta á la serpiente por celos de su industria. La +serpiente es para ella el tendero de enfrente. + +--Tholomyés,--gritó Blachevelle,--¡tú estás bebido! + +--¡Cáspita!--dijo Tholomyés. + +--Entonces, alégrate,--repuso Blachevelle. + +--¡Consiento!--respondió Tholomyés. + +Y levantóse llenando nuevamente su vaso. + +--¡Gloria al vino! _¡Nunc te, Bacche, canam!_ Con permiso, damiselas, +esto es español. Y la prueba, _señoras_, vedla ahí: Tal pueblo tal +tonel. La arroba de Castilla tiene diez y seis litros, el cántaro de +Alicante doce, el almud de Canarias veinticinco, el cuartal de las +Baleares veintiséis, la bota del zar Pedro, treinta. ¡Viva aquel gran +zar; y viva su bota, que era aún más grande! Señoras, un consejo de +amigo: equivocad la pareja, si os parece, la esencia de los amores +está en el error. El amorcillo no se ha hecho para acurrucarse y +embrutecerse como las criadas inglesas que llegan á encallecerse de +las rodillas. El amorcillo, repito, no se ha hecho para eso, sino +para errar vagamente, entre dulces y ligeros amoríos. Alguien ha +dicho: el error es humano, y yo digo: el error es enamorado. Señoras, +á todas os adoro. ¡Oh Zefina! ¡oh Josefina cara más que achatada; +seríais encantadora á no estar de perfil. Tenéis las trazas de una +hermosa fisonomía, sobre la cual, por equivocación, se hubiese sentado +alguien. En cuanto á Favorita, ¡oh ninfas y musas! un día Blachevelle, +por el arroyo de la calle Guérin-Boiseau, vió una linda muchacha de +medias blancas y ajustadas, que dejaba entrever muy buenas piernas. +Semejante prólogo le agradó, y Blachevelle amó. Aquélla á quien amó, +fué Favorita. ¡Oh, Favorita, la de los labios jónicos! Hubo un pintor +griego llamado Euforión, á quien se daba el nombre de pintor de los +labios. Solamente aquel griego hubiera sido digno de pintar tu boca. +Óyeme: antes que tú, no hubo jamás criatura digna de tal nombre. Tú +has sido hecha para recibir, como Venus, la manzana, ó para comértela +como Eva. La belleza comienza en ti. He hablado de Eva, pero eres +tú quien la creó. Tú mereces el privilegio de invención de la mujer +hermosa. ¡Oh! Favorita, dejo de tutearos porque voy á pasar de la +poesía á la prosa. Hace poco teníais en vuestra linda boca mi nombre. +Esto me ha enternecido; pero sea quien fuere, nadie debe fiarse de su +nombre. Puede uno equivocarse. Yo me llamo Félix, y sin embargo soy +un infeliz. Las palabras son de los mentirosos. No debemos aceptar +jamás sus indicaciones ciegamente. Sería un disparate escribir á Lieja +pidiendo tapones, y á Pau pidiendo guantes. Miss Dalia, yo, á ser de +vos, me llamaría Rosa. Es preciso que la flor huela bien; y que la +mujer sea ingeniosa. De Fantina, nada debo decir; es una soñadora, una +visionaria, una delirante, una sensitiva: es un fantasma, en forma de +ninfa y con el pudor de beata, extraviada en la senda de las grisetas, +pero refugiándose en sus ilusiones; que canta, que reza, que contempla +el cielo sin saber lo que mira ni lo que hace, y que con sus ojos fijos +en el espacio, vaga errante por un jardín, en el cual cree haber más +pájaros que no existen. ¡Oh! ¡Fantina! hazte cargo de lo que voy á +decirte: yo, Tholomyés, soy una ilusión; pero ¡ay que la bellísima +rubia, hija de las quimeras no me entiende! Por lo demás, todo es en +ella frescura, suavidad, juventud, dulcísima luz de la mañana. ¡Oh +Fantina! muchacha digna de llamarse Margarita ó Perla, sois una mujer +del bellísimo Oriente. Señoras, otro consejo: no os caséis jamás; el +casamiento es un injerto, que prende bien ó mal, huid el peligro: +Pero ¡ay! ¿á quién se lo estoy contando? Esto son palabras perdidas. +Las mujeres son todas incurables tratándose de matrimonio; y todo +cuanto podamos decirles, nosotros los sabios, no ha de impedir que +las chalequeras, y las pespunteadoras de borceguíes sueñen en maridos +llenos de diamantes. En fin, sea; pero, hermosas, recordad bien esto: +vosotras coméis demasiado azúcar. Vosotras, no tenéis más que una +sola falta, ¡oh mujeres! la de estar siempre con el dulce en la boca. +¡Oh! sexo roedor, tus hermosos y diminutos dientes blancos, adoran el +azúcar. Pero, atended: el azúcar es una sal. Toda sal es secante, y +es el azúcar la más secante de todas las sales. Absorbe, al través de +las venas, los líquidos de la sangre; de ahí la coagulación y luego la +solidificación de la sangre; de ahí los tubérculos en el pulmón; de +ahí la muerte. He aquí porque la diabetes linda con la tisis. ¡Por lo +tanto, no comer mucho dulce, y á vivir! Ahora me dirijo á los hombres: +señores, haced muchas conquistas. Robaos los unos á los otros, sin el +menor remordimiento, vuestras queridas. Cazad, cruzad. En amor no hay +amigos. Do quiera que exista una mujer hermosa están siempre rotas las +hostilidades. ¡Nada de cuartel, guerra á todo trance! Toda hermosura +femenil es un _casus belli_; toda mujer bella, un flagrante delito. +Todas las invasiones históricas, están señaladas por las faldas. La +mujer es el derecho del hombre. Rómulo se llevó las sabinas, Guillermo +las sajonas, César las romanas. El hombre que no es amado, se cierne +como un buitre sobre las amantes de los demás; y, por mi parte, á todas +las infortunadas que andan en la viudez, lanzo la sublime proclama de +Bonaparte al ejército de Italia: ¡Soldados, estáis faltos de todo. El +enemigo lo tiene». + +Tholomyés se paró un momento. + +--Respira, Tholomyés,--dijo Blachevelle. + +Y al mismo tiempo, Blachevelle, acompañado de Listolier y de Fameuil +entonó sobre un aire lastimero, una de estas canciones de taller, +compuesta con las primeras palabras que se ocurren, bien ó mal rimadas, +vacías de sentido como el movimiento de los árboles y el ruido del +viento, que nacen al calor de las pipas y se elevan y desvanecen como +el calor mismo. + +He aquí la canción con la cual el grupo replicó la arenga de Tholomyés: + + Los pavos padres le dieron + Dinero á un agente + Para hacer, por San Juan, papa + Á Clermont Tonerre. + Pero Clermont no fué papa + Porque no era clérigo; + Y el agente regañando + Devolvió el dinero. + +No fué la canción á propósito para calmar á la improvisación de +Tholomyés; apuró pues su vaso, y volviendo á llenarlo comenzó de nuevo: + +--¡Abajo la sabiduría! olvidad cuanto os he dicho. No seamos ni +poderosos, ni prudentes, ni hombres de pro. Dedico un brindis á la +alegría. ¡Sed alegres! Completamos nuestro curso de derecho con la +locura y el alimento. Indigestión y Digesto. ¡Que sea Justiniano +el varón y Francachela la hembra! ¡Júbilo en los profundos! ¡Rueda +creación! El mundo es un gran diamante. Soy feliz. Los pájaros son +admirables. ¡Cuánta fiesta en todas partes! El ruiseñor es un Elleviou +gratis. ¡Estío, yo te saludo! ¡Oh Luxemburgo! ¡Oh Geórgicas de la +calle Madame y de la Alameda del Observatorio! ¡Oh pollos pensativos! +¡Oh todas aquellas lindas muchachas, que mientras cuidan de guardar +los niños, se entretienen bosquejándolos! Las pampas de América me +complacerían si careciésemos de los arcos del Odeón. Mi alma se eleva +y se extasía en los bosques vírgenes, florestas y praderas. ¡Todo +es bello! Las moscas zumbando entre los rayos del sol. El sol ha +estornudado el colibrí. ¡Abrázame, Fantina! + +Y equivocándose, abrazó á Favorita. + + + VIII + =Muerte de un caballo= + + +--Se come mejor en casa Edón que en casa Bombarda,--dijo Zefina. + +--Yo prefiero Bombarda á Edón,--contestó Blachevelle.--Hay más lujo. Es +más asiático. Ved los comedores de abajo. Tienen espejos en las paredes. + +--Prefiero tenerlos ante mis ojos,--añadió Favorita. + +Blachevelle insistió: + +--Ved los cuchillos: los mangos de los de casa Bombarda son de plata, +y de hueso los de casa Edón. Y la plata es mucho más preciosa que el +hueso. + +--Si exceptuamos á los que tienen de plata la barba,--observó Tholomyés. + +En este instante, tenía puesta la mirada en la cúpula de los inválidos, +visible desde las ventanas de casa Bombarda. + +Hubo una pausa. + +--Tholomyés,--exclamó de repente Fameuil;--Listolier y yo estábamos +discutiendo... + +--Bueno es el discutir,--respondió Tholomyés, pero mejor es reñir. + +--Disputábamos sobre filosofía. + +--¿Y era? + +--Sobre quién tú prefieres, ¿si á Descartes ó á Espinosa? + +--Á Desaugiers,--dijo Tholomyés. + +Dada esta sentencia, bebió y continuó. + +--Yo consiento en vivir. No ha terminado todo aún en la tierra, +puesto que todavía se puede disparatar. Doy pues gracias á los dioses +inmortales. Se miente, pero se ríe. Se afirma, pero se duda. Lo +inesperado surge del silogismo. Esto es magnífico. Existen todavía +aquí abajo seres humanos que saben abrir y cerrar alegremente la caja +de sorpresas de la paradoja. Esto, señoras mías, que estáis bebiendo +con aire tan tranquilo, es vino de Madera; sabedlo, de la cosecha de +Coural das Freiras, que está á trescientas diez y siete toesas sobre el +nivel del mar. ¡Cuidado al beber! ¡trescientas diez y siete toesas! y +el señor Bombarda, espléndido fondista, os da estas trescientas diez y +siete toesas por cuatro francos y cincuenta sueldos. + +Fameuil interrumpió nuevamente: + +--Tholomyés, tus opiniones hacen ley. ¿Cuál es tu autor favorito? + +--Ber... + +--¿Quién? + +--No, Choux. + +Tholomyés prosiguió: + +--¡Honor á Bombarda! él igualaría á Munofis de Elefanta si pudiera +cogerme una almeja, y á Thygelion de Cheronée si pudiera traerme +una hetaira! porque ¡oh señoras! hubo también Bombardas en Grecia y +Egipto. Apuleyo es quien nos lo enseña. ¡Ay! siempre lo mismo, nada +nuevo jamás. ¡Nada hay inédito del Creador, en la creación! _Nil sub +sole novum_, dijo Salomón: _amor omnibus idem_, ha dicho Virgilio; y +Carabine se embarca con Carabin en la barca de Saint-Cloud, como se +embarcaba Aspasia con Pericles en la flota de Samos. La última palabra. +¿Sabéis lo que era Aspasia, señoras? Por más que viviera en tiempo en +que las mujeres no tenían alma todavía, era un alma; un alma de tinte +rosa y púrpura, más ardiente que el fuego, más fresca que la aurora. +Aspasia era una criatura en la cual se encontraban los dos extremos +de la mujer; era la prostituta diosa; Sócrates, más Manón Lescaut. +Aspasia fué creada para el caso de que le hiciese falta una concubina á +Prometeo. + +Tholomyés, engolfado, difícilmente se hubiera parado, si un caballo +no se hubiese caído en la calle en aquel momento. De un solo golpe, +la carreta y el orador quedaron parados. Era una pobre yegua vieja y +flaca, digna por más de un concepto del desolladero, que tiraba de una +carreta harto pesada. Al llegar delante de la casa de Bombarda, el +escuálido animal, extenuadas sus fuerzas, negóse á dar un paso más. El +incidente había atraído multitud de curiosos. Apenas el carretero, +jurando indignado, había tenido tiempo de pronunciar con la energía +acostumbrada la sacramental palabra _¡arre!_ apoyada en un implacable +latigazo, cuando dió la yegua con su cuerpo en el suelo, para no +volverse á levantar. Al ruido de los transeuntes agrupados, el alegre +auditorio de Tholomyés volvió la cabeza, y Tholomyés aprovechó, para +terminar su alocución, la siguiente melancólica estrofa: + + Pertenecía á un mundo que da, en coches y carros + Destino semejante; + Fué rocín, y ha vivido lo que todo caballo, + El espacio de un: «arre». + +--¡Pobre caballo!--suspiró Fantina. + +Y Dalia exclamó: + +--¡He aquí á Fantina compadeciéndose de los caballos! ¡Puede darse +mayor tontería! + +En el mismo instante, Favorita, cruzándose de brazos, echando la cabeza +hacia atrás y dirigiendo una mirada resuelta á Tholomyés, exclamó: + +--¡Bien! ¿Y la sorpresa? + +--Precisamente ha llegado el instante,--respondió Tholomyés.--Señores, +la hora de sorprender á estas señoras ha llegado. Señoras, esperaos un +momento. + +--Esto comienza por un beso,--dijo Blachevelle. + +--En la frente,--añadió Tholomyés. + +Cada uno depositó gravemente un beso en la frente de su querida; luego, +alineados los cuatro y con un dedo en la boca, se dirigieron á la +puerta. + +Favorita palmoteó aplaudiendo aquella salida. + +--Esto es ya divertido,--dijo. + +--No tardéis mucho,--murmuró Fantina.--Quedamos esperando. + + + + + IX + =Gracioso fin de la alegría= + + +Las muchachas, al quedarse solas, acopláronse dos á dos, y apoyándose +en los antepechos de ambas ventanas, sacaban la cabeza y hablaban unas +con otras. + +Vieron salir á los cuatro jóvenes de casa de Bombarda dándose el brazo; +volvieron ellos la cabeza haciendo algunas señas y riéndose, hasta que +desaparecieron entre aquella polvorienta multitud dominguera que invade +semanalmente los Campos Elíseos. + +--¡No tardéis mucho!--gritó Fantina. + +--¿Qué es lo que van á traernos?--dijo Zefina. + +--Va á ser, de seguro, algo bonito,--dijo á su vez Dalia. + +--Yo,--replicó Favorita,--quiero que sea de oro. + +Pronto se distrajeron con el movimiento y barullo del gentío que +circulaba junto al río y que distinguían por entre el follaje de los +grandes árboles, lo cual no dejaba de ser para ellas muy divertido. +Era aquella la hora de salida de correos y diligencias. Casi todas +las mensajerías del Mediodía y del Oeste pasaban entonces por los +Campos Elíseos. La mayor parte seguían por el muelle hasta salir por +la barrera de Passi. Á cada instante, algún gran carruaje pintado de +negro y amarillo, pesadamente cargado, ruidosamente arrastrado, deforme +á fuerza de baúles, maletas, sacos y cajones, lleno de cabezas que +desaparecen inmediatamente, tronchando el empedrado y convirtiendo en +pedernales los adoquines, abríanse paso entre la multitud, en medio del +chisporroteo de una fragua cuyo humo era el polvo y el aliento de una +furia. Aquel estrépito parecía alegrar á las jóvenes, mientras Favorita +exclamaba: + +--¡Vaya un ruido! Cualquiera diría que son montañas de cadenas que el +diablo las lleva. + +Llegó un momento en que uno de aquellos carruajes, que se distinguía +fácilmente por entre la espesura de los olmos, pareció pararse, +volviendo luego á partir al galope. Esto le llamó la atención á Fantina. + +--Es particular,--dijo.--Yo creía que las diligencias no se paraban +jamás. + +Favorita se encogió de hombros. + +--Es admirable esta Fantina. Vale la pena de fijarse en ella por +curiosidad. Se admira de la cosa más sencilla del mundo. Suponte tú que +yo soy un viajero, y le digo al mayoral: sigo adelante, subiré cuando +paséis por el muelle. Pasa la diligencia, me ve, para y subo. Eso se ve +todos los días. Tú no sabes lo que es la vida, querida mía. + +Pasóse así un ratito. De pronto Favorita hizo un movimiento como de +quien despierta. + +--¡Y bien!--exclamó.--¿Y la sorpresa? + +--Tiene razón,--repuso Dalia.--¿Y la famosa sorpresa? + +--¡Hace ya mucho que se han ido! dijo--Fantina. + +Cuando acabó este suspiro, el mozo que había servido la comida entró en +la sala. + +Traía algo en la mano que parecía una carta. + +--¿Qué hay de nuevo?--preguntó Favorita. + +El mozo respondió: + +--Es un papel que han dejado aquellos señores, para las señoras. + +--¿Y por qué no lo habéis traído desde luego? + +---Porque aquellos señores,--repuso el chico,--han encargado que +dejáramos pasar una hora antes de entregarlo. + +Favorita arrancó el papel de las manos del mozo. Era, efectivamente, +una carta. + +--¡Toma!--dijo ella,--va sin dirección; pero ved lo que tiene escrito +en el sobre: + + AQUÍ ESTÁ LA SORPRESA + +Rompió vivamente el sobre de la carta, abrióla y leyó: (sabía leer). + + «¡Amadas nuestras! + + «Sabed que nosotros tenemos familia, vosotras no conocéis + apenas lo que es esto; se llama familia, en primer lugar, según + el código civil, sencillo y honrado, á los padres y madres. + Ahora bien, nuestras familias, es decir, nuestros padres + llorando, estos ancianos nos reclaman, estos buenos hombres + y estas buenas mujeres nos llaman hijos pródigos; esperando + nuestra vuelta, nos ofrecen agasajarnos matando sus mejores + reses. Debemos obedecerles, siendo virtuosos. Á la hora en la + cual leeréis esto, cinco fogosos caballos nos llevarán hacia + donde estén nuestros padres y nuestras madres. Levantamos el + campo, como dice Bossuet. Partimos, ó mejor, hemos partido. + Huimos en brazos de Laffitte, y sobre las alas de Crillard. + La diligencia de Toulouse nos saca del abismo; el abismo sois + vosotras, ¡oh bellísimas chicas! Nosotros volvemos á entrar en + la sociedad, en el deber y en el orden, al trote largo, á razón + de tres leguas por hora. Importa á la patria que seamos como + todo el mundo perfectos padres de familia, guardias rurales ó + consejeros de Estado. Veneradnos. Nosotros nos sacrificamos. + Lloradnos aprisa y reemplazadnos inmediatamente. Si esta carta + os molesta, rompedla. Adiós. + + «Cerca de dos años, os hemos hecho felices. No nos guardéis, + por lo tanto, rencor. + + «Firmado: BLACHEVELLE, FAMEUIL, LISTOLIER, FÉLIX THOLOMYÉS. + + _Post scriptum._--La comida está pagada». + +Las cuatro jóvenes se quedaron mirando. + +Favorita rompió el silencio la primera. + +--¡Y qué! De todas maneras no deja de ser una broma. + +--Muy graciosa,--dijo Zefina. + +--Debe haber sido Blachevelle el autor de la idea,--repuso Favorita. + +Esto hace que le ame de nuevo. Tan presto ido, como querido. Ésta es la +historia. + +--No,--dijo Dalia;--la idea ha sido de Tholomyés. Se conoce desde luego. + +--En tal caso,--replicó Favorita,--¡muera Blachevelle y viva Tholomyés! + +--¡Viva Tholomyés!--exclamaron Dalia y Zefina. + +Y echáronse á reir. + +Fantina rió como las otras. + +Una hora después cuando se encontró nuevamente en su cuarto, lloró. + +Era aquél, como ya hemos dicho, su primer amor; se había entregado á +Tholomyés como á un marido, y la pobre muchacha tenía una hija. + + + NOTAS: + +[3] _Bombance_, comilona. _Bambeche_, títere. + + + + + LIBRO CUARTO + CONFIAR ES, CASI SIEMPRE, ABANDONARSE + + + I + =Una madre que se encuentra con otra= + + +Durante el primer cuarto de este siglo, había en Montfermeil, junto +á París, una especie de bodegón que ya no existe. Aquel bodegón era +propiedad de una familia llamada Thénardier, compuesta de marido y +mujer, y estaba situado en el callejón de Boulanger. Veíase sobre la +puerta una tabla mal clavada en la pared. En dicha tabla había pintado +algo que parecía un hombre llevando á cuestas otro, el cual ostentaba +grandes charreteras de general, doradas, grandes estrellas plateadas, +y grandes manchas rojas figurando sangre; el resto del cuadro era humo +todo, y representaba, probablemente, una batalla. Al pie se leía la +siguiente inscripción: AL SARGENTO DE WATERLOO. + +Nada más común que un carro ó una carreta á la puerta de un mesón. +Sin embargo, el vehículo, ó mejor dicho el fragmento de vehículo que +obstruía la calle, delante el bodegón del Sargento de Waterloo, una +tarde de primavera de 1818, hubiera ciertamente llamado por su conjunto +la atención de cualquier pintor que hubiese acertado á pasar por allí. + +Era la parte delantera de una de esas carretas, de las cuales se sirven +en países montañosos, destinadas al transporte de grandes maderos y +troncos de árboles. Componíase la tal delantera de un macizo eje de +hierro, con el cual encajaba un pesado timón, sostenido por dos ruedas +desmesuradas. Todo aquel conjunto era rechoncho, sólido, pesado, +deforme. Hubiera podido creerse ser el afuste de un cañón gigante. Los +carriles de caminos fangosos habían dado á las ruedas, las llantas, +los cubos, el eje y el timón, una capa de orín y barro amarillento y +sucio, muy parecido al revoque voluntario con que se embadurnan algunas +catedrales. La madera desaparecía bajo el barro, el hierro bajo el +orín. Debajo del eje colgaba una gruesa cadena digna de un esforzado +Goliat. Aquella cadena recordaba, no ya los maderos que tenía el deber +de transportar, pero sí los mastodontes y mamuthes, que hubieran podido +arrastrarla; tenía cierto aire de presidio, pero de presidio ciclópeo y +sobrehumano, parecía como desligada de algún monstruo. Homero hubiera +sujetado con ella á Polifemo, y Shakespeare á Calibau. + +¿Por qué aquel juego delantero de carreta ocupaba aquel lugar en +la calle? En primer lugar, para obstruirla, luego para acabarse +de enmohecer. Hay en el antiguo régimen social un sinnúmero de +instituciones que uno se encuentra al paso de igual manera, y que +no puede ser sino por razones parecidas, por lo que están donde se +encuentran. + +El centro de la cadena colgaba bajo el eje y tocando casi al +suelo, y sobre la curva que describía, como sobre la cuerda de un +columpio, estaban, sentadas y agrupadas aquella tarde, entrelazadas +graciosamente, dos niñas, de como unos dos años y medio la primera, +y de unos diez y ocho meses la otra, en brazos de la mayor la más +pequeña. Un pañuelo previsoramente anudado las guardaba de caerse. Una +madre había visto aquella espantosa cadena y se había dicho:--¡Toma! he +aquí un juguete para mis niñas. + +Las dos criaturas, graciosamente engalanadas y aún con cierto esmero, +irradiaban; podía decirse que de aquel hierro viejo brotaban dos rosas; +sus ojos eran un triunfo, sus frescas mejillas sonreían. La una era +castaña, morena la otra. Sus cándidos rostros eran dos admirables +arrobamientos; un espino florido, que había allí cerca, enviaba á los +transeuntes sus perfumes que parecían manar de ellas; la de diez y ocho +meses enseñaba su desnudo y gracioso vientre con la casta desvergüenza +de la niñez. Por encima y alrededor de aquellas dos delicadas cabezas, +amasadas en la dicha y templadas á la luz, la fachada del bodegón, +negra por el orín, casi terrible, encabestrada por estacas y llena de +ángulos sucios y sombríos, parecía ser algo como el pórtico de una +caverna. Á los pocos pasos, acurrucada en el umbral del bodegón, la +madre, mujer de aspecto poco simpático por otra parte, pero interesante +á la sazón, columpiaba á las dos criaturitas por medio de largo +bramante, protegiéndolas con la mirada de cualquier accidente, con +aquella expresión animosa y celeste á la vez, propia de la maternidad; +á cada vaivén, los horribles eslabones lanzaban un estridente chirrido +que parecía un grito de cólera; las pequeñuelas se extasiaban; el sol +poniente mezclábase en aquella alegría, y nada tan bello como aquel +capricho de la casualidad que había hecho de una cadena de titanes un +columpio de querubines. + +Al compás que mecía las dos criaturitas, entonaba la madre, en voz de +falsete, una canción célebre entonces: + + Ha de ser, dijo, un guerrero + +La canción y el cuidado de sus hijas le privaban de enterarse de lo +demás que pasaba en la calle. + +No obstante, como alguien se le había acercado al comenzar la primera +estrofa de la canción, oyó de repente, á su oído, una voz que le dijo: + +--Allí tenéis dos hermosas criaturas. + + Á la bella y tierna Imogine... + +Respondió la madre continuando la canción; luego volvió la cabeza. + +Una mujer estaba junto á ella á pocos pasos. Aquella mujer tenía +también una criatura que llevaba en brazos. + +Llevaba además, un gran saco de noche que parecía muy pesado. + +La criatura de esta mujer era uno de los seres más divinos que puedan +verse. Era una niña de dos á tres años. Hubiera podido juntarse á +las otras pequeñitas por la coquetería de sus vestidos; veíasele un +cuellecito de lienzo fino, cintas en la chambra y encajes valenciennes +en la gorrita. Levantados los pliegues de la falda, veíase un muslo +blanco, apretado y terso. Estaba admirablemente sonrosada y rebosando +de salud y vida. La hermosa criatura excitaba deseos de morder las +manzanicas de sus mejillas. No podemos decir nada de sus ojos, sino que +habían de ser grandes y que tenían magníficas pestañas. Estaba dormida. + +Dormía aquel sueño de profunda confianza, propio de su edad. Los brazos +de las madres son todo ternura; las criaturas duermen profundamente en +ellos. + +En cuanto á la madre, era de aspecto pobre y triste. Vestía un traje +mixto, que indicaba á la obrera que tiende nuevamente á campesina. Era +joven. ¿Era hermosa? ¡Tal vez! pero con aquel traje no lo parecía. Sus +cabellos de los que escapaba un mechón rubio, parecían muy abundantes, +pero se ocultaban severamente bajo una gorra de beata, fea, apretada, +estrecha y anudada debajo de la barba. La risa muestra siempre los +dientes hermosos cuando se tienen, pero ella no se reía. Sus ojos +parecían no haberse secado en mucho tiempo. Estaba muy pálida, su +aspecto era cansado y enfermizo; miraba á su hija, dormida en sus +brazos, con aquel aire propio de las madres que los han nutrido á +sus pechos. Un gran pañuelo azul como los que usan para sonarse los +inválidos, plegado en forma de pañoleta, cubría rudamente su talle. +Tenía las manos ásperas y salpicadas de manchas rojizas, y el índice +endurecido y picado de la aguja; llevaba un mantón obscuro de grosera +lana, un vestido de percal y zapatos gruesos. Era Fantina. + +Sí, era Fantina en realidad, pero se la reconocía difícilmente. No +obstante, examinándola detalladamente, encerraba todavía su belleza. +Una triste arruga, que parecía un principio de ironía, rizaba +ligeramente su mejilla derecha. En cuanto á su tocado, aquel aéreo +tocado de muselina y cintas, que parecía hecho por la misma alegría, la +locura y la música, lleno de cascabeles y perfumado de lilas, habíase +desvanecido como las brilladoras escarchas, que uno cree diamantes á +la luz del sol, y que, al fundirse en agua, dejan negra la rama que +engalanaran. + +Diez meses se habían pasado desde la famosa «linda gracia». + +¿Qué es lo que había pasado durante este tiempo? Se adivina. + +Después del abandono, el tormento. Fantina había perdido de vista desde +luego á Favorita, Zefina y Dalia; el lazo roto por parte de los hombres +se había deshecho por la de las mujeres; de seguro se hubieran admirado +si quince días después, alguien les hubiese dicho que eran amigas, +lo cual no tenía para ellas razón de ser. Fantina se había quedado +sola. El padre de su hija había partido; semejantes rompimientos son +irrevocables; encontróse ella absolutamente aislada, con la costumbre +de trabajar de menos y el amor á los placeres, de más. Impulsada por +sus relaciones con Tholomyés á desdeñar el único oficio que sabía, +había descuidado los medios de dar salida á su trabajo, y se los +encontró luego cerrados. + +No había remedio para ella, Fantina sabía leer apenas, sin saber +escribir, se la había enseñado solamente cuando niña á poner su firma; +hizo escribir, por un escribiente público, una carta á Tholomyés, +luego otra y más tarde una tercera. Tholomyés no contestó á ninguna. +Cierto día oyó Fantina decir á sus comadres fijándose en su hija:--¡Hay +por ventura quien se tome en serio estas criaturas! Una se encoje de +hombros y nada más.--Entonces pensó ella en que Tholomyés se habría +también encogido de hombros por aquella criatura, y que no iba á tomar +en serio la vida de aquel ser inocente; y su corazón se envolvió en +sombras, en la parte que se refería al hombre aquel. ¿Qué partido tomar +en este caso? Ignoraba á quién dirigirse. Había cometido una falta, +pero en el fondo de su naturaleza, como sabemos bien, se guardaba el +pudor y la virtud. Sentía vagamente que se encontraba en vísperas de +caer en el desfallecimiento y resbalar á lo peor. Era preciso valor; +lo tuvo, y se creció en sí misma. Ocurriósele la idea de volver á su +ciudad natal, á M*** sur M***. Allí tal vez se encontraría con quien la +conociese y la proporcionase trabajo; sí, pero era preciso ocultar su +falta. Y ella entreveía confusamente la necesidad indispensable de una +separación más dolorosa aún que la primera. Su corazón se desgarraba, +pero tomó, no obstante, una resolución. Fantina, como veremos, +poseía el valor fiero de la vida. Había ya renunciado valientemente +al fasto, y se había vestido de percal, habiendo destinado toda su +seda, todos sus perifollos, todas sus cintas y todos sus encajes á +su hija, única vanidad que le restaba, ¡bien santa por cierto! Había +vendido cuanto tenía, lo cual le produjo unos doscientos francos; y +después de satisfechas sus insignificantes deudas vinieron á quedarle +aproximadamente ochenta francos. + +Á los veinte y dos años, y durante una deliciosa mañana de primavera, +dejó París llevándose á su hija sobre la espalda. Cualquiera al verlas +pasar se hubiera apiadado de una y otra. Aquella mujer no tenía en el +mundo más que aquella criatura, y aquella criatura no tenía en el mundo +más que aquella mujer. Fantina había amamantado á su hija, lo cual +había fatigado su pecho y tosía un poco. + +Como no tendremos nueva ocasión de hablar del señor Félix Tholomyés, +concretarémonos á decir, que veinte años después, durante el reinado de +Luis Felipe, era un corpulento abogado de provincia, influyente y rico, +elector, prudente y jurado severísimo; alegre y campechano siempre. + +Á eso del medio día, después de haber, para descansar, caminado á +trechos mediante tres ó cuatro sueldos por legua, en los que se +llamaban á la sazón los cochecitos de los alrededores de París, +encontróse Fantina en Montfermeil, en el callejón de Boulanger. + +Como viese al pasar junto al bodegón Thénardier, las dos pequeñitas, +tan alegres en su monstruoso columpio quedó, hasta cierto punto, +deslumbrada, parándose delante de aquel cuadro de alegría. + +Existen encantamientos. Aquellas dos criaturas lo fueron en verdad para +aquella madre. + +Contemplólas completamente emocionada. La presencia de los ángeles +es siempre un anuncio del paraíso. Creyó ver ella sobre aquel figón +el misterioso aquí de la Providencia. ¡Aquellas dos pequeñuelas eran +evidentemente dichosas! Mirábalas y admirábase ella verdaderamente +enternecida, tanto que en el preciso momento de tomar la madre aliento, +entre dos versos de la canción, no pudo abstenerse de decir la frase +que acabamos de leer: + +--Tenéis allí dos hermosas criaturas. + +Los seres más feroces se sienten desarmados cuando se acaricia á sus +pequeñuelos. + +Irguió la madre la cabeza dando las gracias, é invitó á la transeunte +á que se sentara en el peldaño de la puerta; ella estaba sentada en el +umbral. Entraron en conversación las dos mujeres. + +--Me llamo Thénardier,--dijo la madre de las pequeñuelas.--Somos los +dueños de esta hostería. + +Luego, siguiendo la canción, repuso entre dientes: + + Ha de ser, soy caballero + Y voy á la Palestina. + +Era la señora Thénardier una mujer coloradota, angulosa de carnes +apretadas; el tipo de la mujer del soldado llevado al extremo. Y cosa +rara, tenía cierto aire melancólico debido á las lecturas novelescas. +Era una melindrosa hombruna. Las novelas antiguas, invadiendo las +imaginaciones de los bodegoneros, producen semejantes efectos. Era +joven aún, pues apenas contaba treinta años. Si aquella mujer, que +estaba acurrucada, hubiese estado de pie, su elevada estatura, tal +vez su facha de coloso ambulante, un tanto selvático, hubiera quizá +asustado á la viajera, turbando su confianza y desvaneciendo por lo +tanto lo que debemos referir. Una persona que esté sentada en vez de +estar de pie, influye en el destino. + +La viajera refirió su historia algo modificada. + +Que era obrera; que su marido había muerto; que el trabajo escaseaba en +París, en vista de lo cual iba á buscarlo en su país: que había salido +de París aquella misma mañana, á pie; que, como llevaba á su hija, +sintiéndose fatigada y habiendo encontrado el coche de Villemomble, +había subido en él; que de Villemomble había ido á Montfermel á pie; +que la niña había andado un poco, pero muy poco; que como era tan +tierna, se había fatigado pronto, y le había sido preciso tomarla +nuevamente en brazos y que la tontuela se había dormido. + +Y al decir esto, dió á su hija un apasionado beso que la despertó. La +niña abrió los ojos, dos grandes ojos azules como los de su madre, y +miró, ¿qué? Nada, todo, con aquel aire serio y á veces severo de los +pequeñuelos, que es tal vez un misterio de su luminosa inocencia ante +nuestros crepúsculos de virtud. Diríase que se sienten ángeles y que +nos adivinan hombres. Después la niña se echó á reir, y aunque su madre +procuraba detenerla, se deslizó al suelo con la indomable energía de +un pequeño ser que quiere moverse libremente. Al punto advirtió á las +otras dos del columpio, quedándose parada contemplándolas, sacando la +lengua y torciendo el gesto en señal de admiración. + +La señora Thénardier desató á sus hijas, las hizo bajar del columpio, y +dijo: + +--Ea: jugad las tres. + +Aquellos angelitos se entendieron enseguida, y á vuelta de un minuto, +las niñas Thénardier jugaban con la recién llegada á hacer agujeros en +el suelo, inmenso placer. + +Aquella recién llegada era muy alegre; la bondad de la madre estaba +escrita en la alegría de la hija; había tomado un palito que le servía +de pala, y cavaba enérgicamente una fosa, buena para una mosca. El +mismo trabajo de los enterradores pasa á ser objeto de risa hecho por +una criaturita. + +Las dos mujeres seguían en su conversación. + +--¿Cómo se llama vuestra pequeñita? + +--Cosette. + +Cosette, era Eufrasia. La niña se llama Eufrasia. Pero de Eufrasia la +madre había hecho Cosette, por aquel dulce y gracioso instinto de las +madres y del pueblo que cambia Josefa en Pepita y Francisca en Paca. Es +éste un género de derivados que enreda y desconcierta por completo la +ciencia de los etimologistas. Nosotros conocimos una abuela que había +llegado á hacer de Teodora, Gnon _(ñon)_. + +--¿Qué edad tiene ahora? + +--Va á cumplir tres años. + +--Como la mayor de las mías. + +Entre tanto las tres pequeñuelas se habían agrupado con cierto aire de +profunda ansiedad y beatitud; acababa de realizarse un fenómeno: un +gran gusano acababa de salir de la tierra; les daba miedo, y las tenía +extasiadas. + +Sus frentes radiantes parecían unirse; podía decirse que había tres +cabezas en una aureola solamente. + +--¡Criaturitas!--exclamó la señora Thénardier.--¡Cómo se juntan +enseguida! ¡Vedlas, parecen tres hermanas! + +Esta frase fué la chispa que esperaba probablemente la otra madre. Tomó +entonces la mano de la Thénardier, mirola fijamente, y le dijo: + +--¿Queréis cuidar de mi hija? + +La Thénardier hizo uno de estos movimientos de sorpresa que no son un +consentimiento ni una negativa. + +La madre de Cosette prosiguió: + +--Porque, desgraciadamente, no puedo llevarme mi hija á mi país. El +trabajo no lo consiente. Con una criatura no se encuentra colocación en +ninguna parte. Se encuentra en ello una ridiculez en semejante país. +Sin duda me ha hecho Dios pasar á propósito junto á vuestra hostería. +Cuando he visto estas niñas tan bonitas, tan aseadas y tan satisfechas, +he sentido una conmoción interior. Y he dicho para mí: He aquí el +reflejo de una buena madre. ¿No es verdad? Podrán ser tres hermanas. +Luego yo no tardaré mucho tiempo en volver. ¿Queréis cuidar de mi hija? + +--Será preciso ver,--dijo la Thénardier. + +--Os daré seis francos al mes. + +En este momento una voz de hombre gritó desde el fondo del figón: + +--No puede ser menos de siete francos. Y pagando seis meses adelantados. + +--Seis veces siete cuarenta y dos,--dijo la Thénardier. + +--Os los daré,--dijo la madre. + +--Y quince francos además para los primeros gastos,--añadió la voz de +hombre. + +--Total cincuenta y siete francos,--dijo la señora Thénardier. Y, al +través de estos números, seguía tarareando vagamente: + + Ha de ser, dijo un guerrero. + +--Los daré,--dijo la madre;--tengo ochenta francos. Aún me quedará para +llegar á mi país, si voy á pie. Ya ganaré yo dinero en estando allí y +en cuanto haya recogido un poco, volveré por mi amor. + +La voz de un hombre repuso: + +--¿Tiene la niña ajuar? + +--Es mi marido,--dijo la Thénardier. + +--Sin duda, ¡pues no faltaba sino que no lo tuviera, mi pobre tesoro! +Ya he comprendido que había de ser vuestro marido. ¡Y muy bueno! un +ajuar espléndido, todo por docenas; y vestidos de seda como una señora. +Ahí lo traigo, en mi saco de noche. + +--Debéis dejarlo,--repitió la voz de hombre. + +--¡Pues no faltaba más, vaya si lo dejaré!--dijo la madre.--¡No sería +poco gracioso que dejase desnuda á mi pobre hija! + +La figura del hombre apareció. + +--Está bien,--dijo. + +El negocio quedó hecho. La madre pasó la noche en el bodegón, dió +su dinero, y dejó su criatura; volvió á liar su saco de noche, +desembarazado del ajuar, y á la ligera y desorientada, salió á la +mañana siguiente, creyendo volver antes de poco. ¡Fácilmente se +arreglan separaciones semejantes, que son desesperaciones luego! + +Una vecina de la Thénardier encontró á aquella madre cuando se iba, y +vínose diciendo: + +--Acabo de ver en la calle una mujer llorando que parte el corazón. + +Cuando la madre de Cosette hubo salido, díjole el hombre á la mujer. + +--Esto va á cubrir la obligación de ciento diez francos que vence +mañana. Me faltaban cincuenta francos. ¿Sabes que hubiéramos tenido +aquí el escribano para protestar? Armaste ahí una buena ratonera con +tus niñas. + +--Sin duda,--dijo la mujer. + + + + + II + =Primer esbozo de dos figuras sombrías= + + +El ratón cogido era bien insignificante; pero el gato se alegra sin +embargo aunque el ratón sea flaco. + +¿Qué eran los Thénardier? + +Diremos algo en este momento. Más tarde completaremos el croquis. + +Pertenecían estos seres á aquella clase bastarda compuesta de gentes +groseras que se elevan y de gentes ilustradas en decadencia, que se +encuentra entre la llamada clase media y la clase llamada inferior; la +que asume algunos de los defectos de la segunda con todos los vicios +de la primera, careciendo del generoso aliento del obrero, como del +moderado orden del artesano. + +Eran de aquellas naturalezas raquíticas que, si alguna llama sombría +las caldea por casualidad, se tornan fácilmente monstruosas. Tenía +la mujer un fondo salvaje y el hombre todas las apariencias de un +perdido. Ambos se encontraban en el punto más elevado de susceptible +degradación de la especie del repugnante progreso que recorre la +senda del mal. Existen almas cangrejos que retroceden continuamente +hacia las tinieblas, retrogradando en la vida más que adelantando, +cuya experiencia les sirve únicamente para aumentar su deformidad, +empeorando sin cesar é impregnándose más y más de cierta negrura +creciente. Aquel hombre y aquella mujer poseían almas de esta +naturaleza. + +El marido Thénardier, particularmente, era de fisonomía repulsiva. Los +fisonomistas no tienen más que mirar al rostro á ciertas gentes para +desconfiar de ellas, pues se presentan temibles por ambos extremos. +Resultan inquietos en la sombra y amenazadores frente á frente. +Encierran en sí algo desconocido. Es imposible de todo punto responder +de lo que han hecho ni de lo que harán. La sombra que encierra su +mirada es su denuncia. Cualquier palabra que se les oiga ó cualquier +gesto que se les advierta, deja adivinar secretos sombríos de su +pasado, y sombras misteriosas en su porvenir. + +Dicho Thénardier, á darle crédito á él, había sido soldado; sargento, +decía; habiendo hecho probablemente la campaña de 1815, en la que se +había portado bizarramente al parecer. Más adelante sabremos lo que +había sido. La muestra de su bodegón aludía á uno de aquellos hechos de +armas. Él mismo la había pintado, porque era de los que saben hacerlo +todo; mal. + +Era aquélla la época en que la antigua novela clásica que después de +haber sido _Clélie_, no era más que _Lodoïska_, siempre noble, pero más +vulgar á cada paso, descendiendo desde la señorita Scudéri á la señora +Bournon Malarme, y de la señora de Lafayette á la señora Barthélemy +Hadot, encendiendo el alma amorosa de los porteros de París, sin dejar +de chamuscar una parte de la de las cercanías. La Thénardier poseía la +inteligencia precisa para leer aquella especie de libros. Se alimentaba +de ellos. En ellos anegaba los sesos que tenía; lo cual le había +dado así durante sus primeros años, como luego después, una especie +de actitud meditabunda con relación á su marido, pícaro de ciertos +alcances, rufián literato, con gramática propia, grosero y fino á un +tiempo, pero formando su sentimentalismo con las lecturas de Pigault +Lebrun, y, por «lo que al sexo se refiere», como decía él en su jerga, +ganso del todo sin la menor mezcla. Su esposa tendría como unos doce ó +quince años menos que él. Más tarde, cuando los cabellos novelescamente +llorones empezaron á blanquear, cuando Mégere sustituyó á Pamela, +no fué la Thénardier más que una mujer gruesa y de malos instintos +que había saboreado novelas tontas. Pero no se leen impunemente las +necedades. Resultó de ello que su hija mayor se llamó Eponina; pero la +pequeña ¡pobrecita! estuvo á pique de llamarse Gulnare; debiendo no +sé á qué diversión, resultado de una novela de Ducray Duminil, el no +llamarse más que Azelma. + +Por lo demás, diremos de pasada, no era todo completamente ridículo +y superficial durante aquella curiosa época, á la cual aludimos, y +que podría llamarse la anarquía de los nombres de bautismo. Junto +al elemento novelesco que acabamos de indicar, estaba el síntoma +social. Y hoy no tiene nada de particular que el hijo de un boyero se +llame Arturo, Alfredo ó Alfonso, y que el vizconde--si hay vizcondes +todavía--se llame Tomás, Pedro ó Jaime. La diferencia que establece +el nombre «elegante» sobre el plebeyo, y el nombre aldeano sobre el +aristócrata, no es sino un remolino de igualdad. La irresistible +penetración del soplo nuevo se encuentra en ello como en todo. Bajo esa +aparente discordancia, existe una cosa grande y profunda: la Revolución +francesa. + + + + + III + =La alondra= + + +No es suficiente para medrar ser malo. El figón no daba resultado. + +Gracias á los cincuenta y siete francos de la viajera, Thénardier +había podido evitar un protesto y honrar su firma. El mes siguiente, +necesitaron aún más dinero; la mujer llevó á París y empeñó en el Monte +de piedad el ajuar de Cosette por la cantidad de sesenta francos. Desde +que fué distribuida esta suma, acostumbráronse los Thénardier á no +ver en aquella pobre niña más que una criatura recogida por caridad, +tratándola en consecuencia. Como ya no le quedaba nada de su ajuar, +la vestían con sayas y camisas de desecho de sus hijas, es decir de +harapos. Alimentábanla con las sobras de todo el mundo, algo mejor +que al perro y un poco peor que el gato. El perro y el gato eran +generalmente sus comensales; Cosette comía con ellos debajo de la mesa +en una cazuela de madera igual á la de ellos. + +Su madre, que había fijado su residencia, como veremos luego, en M* sur +M*, escribía, ó por mejor decir, hacía que le escribiesen todos los +meses á fin de tener noticias de su hija. Los Thénardier contestaban +invariablemente: Cosette está muy bien. + +Pasaron los seis primeros meses, mandó la madre los siete francos para +el séptimo mes, continuando exactamente sus remesas mensuales. No había +terminado aún el año cuando dijo Thénardier:--¡Vaya un negocio! ¡Qué +quiere que hagamos con sus siete francos!--y le escribió exigiéndole +doce. La madre, á la cual hacían entender que su hija estaba muy bien y +que crecía mucho, sometióse y mandó los doce francos. + +Ciertas naturalezas no pueden amar por una parte y odiar por otra. La +madre Thénardier amaba apasionadamente á sus dos hijas, lo cual hacía +que detestase á la forastera. Es muy triste pensar que el amor de madre +puede tener alguna parte mala. + +El reducido espacio que Cosette ocupaba en su casa le parecía que se +lo robaba á sus hijas, y que aquella pobre criatura disminuía el aire +que respiraban aquéllas. La tal mujer, como otras muchas de su especie, +tenía una cantidad de caricias y una cantidad de golpes y de injurias +que distribuir diariamente. Si no hubiese tenido en su casa á Cosette, +es segurísimo que sus hijas, idolatradas y todo, hubieran recibido unas +y otros; pero la forastera les hacía el favor de detener los golpes, +recibiéndolos ella. Sus hijas no alcanzaban, por lo tanto, más que las +caricias. + +No podía hacer Cosette un movimiento que no cayese sobre su cabeza una +lluvia de castigos violentos é inmerecidos. + +Dulcísimo y débil ser, que nada debía comprender del mundo ni de +Dios, castigado sin cesar, golpeado, reñido é injuriado, y viendo +continuamente junto á ella dos niñas, como ella también, viviendo como +en un rayo de aurora. + +La Thénardier era mala para Cosette. Eponina y Azelma eran malas +también. Las criaturas, á su edad, no son sino ejemplares de la madre. +Son de menor tamaño, nada más. + +Pasóse un año, luego otro. + +Decíase en el lugar: + +--Estos Thénardier son muy buena gente. ¡No tienen nada de ricos, y +mantienen una pobre criatura que les dejaron abandonada en su casa! + +Se creía á Cosette abandonada, ú olvidada cuando menos, de su +madre. Entre tanto Thénardier, habiendo sabido, quién sabe cómo, +que la criatura era probablemente ilegítima, y que la madre no +podía confesarlo, exigíale quince francos al mes diciéndole que «la +criatura crecía y comía» amenazando enviársela. «¡Que no me encocore +mucho!--exclamaba,--porque le planto allí su monigote entre sus +tapadillos. Debe aumentar la asignación». La madre pagó los quince +francos. + +De año en año fué creciendo la niña y también su miseria. + +Mientras Cosette fué muy pequeña, fué el súfrelo-todo de las otras dos +niñas; desde que creció algo más, es decir, antes de los cinco años, +fué ya la criada de la casa. + +Cinco años, se dirá, esto es inverosímil. ¡Ay! es verdad. Los +sufrimientos sociales empiezan á todas las edades. ¿No hemos visto, +por desgracia, recientemente el proceso de un tal Dumollard, huérfano, +hecho bandido con el tiempo, el cual, desde la edad de cinco años, +según los documentos oficiales, estando solo en el mundo, «trabajaba +para vivir y robaba?». + +Obligóse, pues, á Cosette á hacer mandados, á barrer las habitaciones, +el patio y la calle, á fregar los platos, y aún á llevar fardos. Los +Thénardier se creían tanto más autorizados á obrar así, cuanto que la +madre, que continuaba siempre en M* sur M* empezó á no pagar muy bien, +dejando algún mes en descubierto. + +Si aquella madre hubiese vuelto á Montfermeil al fin de los tres años, +no hubiera, de seguro, reconocido á su hija. Cosette, tan hermosa y +fresca al entrar en aquella casa, estaba entonces pálida y demacrada. +Tenía cierto no sé qué receloso é inquieto. ¡Maula! gritábale á cada +paso la Thénardier. + +La injusticia la había vuelto esquiva, y la miseria la había puesto +fea. No le quedaban más que sus bellos ojos, que daba pena al verlos, +porque, grandes como eran, parecían encerrar mayor cantidad de tristeza. + +Daba grima de ver en invierno aquella pobre criatura, que no había +cumplido todavía seis años, tiritando bajo sus andrajos de percal +agujereados, barrer la calle antes de amanecer con una escoba enorme +entre sus amoratadas manecitas, y una gruesa lágrima en sus grandes +ojos. + +En el lugar le llamaban todo el mundo la Alondra. El pueblo, que +gusta siempre de imágenes, se complacía en dar este nombre á aquel +pequeño ser que no abultaba más que un pájaro; tembloroso, espantado y +tiritando, despertado el primero en aquella casa, y aún en el pueblo; +cada mañana, siempre en la calle ó en el campo, antes del alba. + +Solamente que aquella pobre alondra no cantaba jamás. + + + + + LIBRO QUINTO + DESCENSO + + + I + =Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros= + + +Mientras aquella madre que, al decir de las gentes de Montfermeil, +parecía haber abandonado á su hija, ¿qué había sido de ella? ¿dónde +estaba? ¿qué hacía? + +Después de haber dejado á su pequeña Cosette á los Thénardier, continuó +su camino hasta llegar á M* sur M*. + +Recordemos que esto pasaba en 1818. + +Fantina había dejado su provincia hacía unos diez años. M* sur M* había +cambiado de aspecto. En tanto que Fantina descendía lentamente de +miseria en miseria, su ciudad natal había prosperado. + +Desde hacía unos dos años, había realizado uno de aquellos hechos +industriales que son grandes acontecimientos en lugares pequeños. + +Es un detalle importante que creemos conveniente consignar, y casi +diríamos subrayar. + +De tiempo inmemorial, M* sur M*, poseía como industria especial la +imitación del azabache inglés y de los abalorios negros de Alemania. +Esta industria había vegetado solamente á causa de la carestía de las +materias primas que recaía sobre la mano de obra. Cuando Fantina volvió +á M* sur M* acababa de realizarse una gran transformación en la manera +de producir aquellos «artículos negros». Á fines de 1815, un hombre, +un desconocido, fué á establecerse en la ciudad, habiendo ideado +sustituir en semejante fabricación, la goma laca á la resina, y para +los brazaletes particularmente, los colgantes simplemente ajustados á +la chapa, á los colgantes soldados á la misma. + +Este pequeño cambio había producido una revolución. + +Este pequeño cambio, en efecto, había reducido prodigiosamente el +precio de la materia prima, lo cual había permitido, primeramente, +elevar el precio de la mano de obra en beneficio del país, en segundo +lugar mejoraba la fabricación en provecho del consumidor, y en el +tercero podíase vender más barato, triplicando el beneficio en provecho +del industrial. + +Así es que una idea producía tres resultados. + +En menos de tres años el autor del procedimiento se había hecho rico, +lo cual no dejaba de ser una gran cosa, pero había enriquecido á los +que le rodeaban, lo cual es todavía mucho mejor. Era forastero en el +departamento. De su origen, nada se sabía; de sus principios, muy poca +cosa. + +Decíase que había llegado á la ciudad con muy poco dinero, algunos +centenares de francos todo lo más. + +Pero de aquel mísero capital, puesto al servicio de una idea ingeniosa +fecundada por el método y el cálculo, había sacado una fortuna y la de +la comarca. + +Á su llegada á M* sur M* no poseía más que el traje, las apariencias y +el lenguaje del obrero. + +Parece que el mismo día en que hizo como de escondidas su entrada en +la pequeña ciudad de M* sur M*, al caer de una tarde de diciembre, +el morral á la espalda y el palo de espino en la mano, acababa de +declararse un grande incendio en la casa de la ciudad. Aquel hombre se +precipitó en las llamas, salvando, con peligro de su vida, dos niños, +que resultaron ser luego hijos del capitán de la gendarmería, lo cual +hizo que nadie soñara en pedirle su pasaporte. Después de ello se supo +su nombre. Llamábase el _tío Magdalena_. + + + + + II + =Magdalena= + + +Era hombre de unos cincuenta años escasos, de aire preocupado y buen +sujeto. He aquí todo lo que podía decirse de él. + +Gracias á los progresos rápidos de aquella industria que había +reanimado tan admirablemente, M* sur M* había llegado á ser un centro +de negocios importante. España, que consume mucho azabache negro, +encargaba cada año grandes cantidades. M* sur M*, en semejante +comercio, competía casi con Londres y Berlín. Los beneficios del tío +Magdalena eran tales, que desde el segundo año pudo levantar una gran +fábrica, en la cual había dos vastos talleres, uno para hombres y para +mujeres otro. Cualquiera que tuviese hambre podía presentarse en la +seguridad de encontrar allí trabajo y pan. El tío Magdalena pedía á +los hombres buena voluntad, á las mujeres costumbres puras, y á todos +probidad. Había dividido los talleres á fin de separar los sexos, y +que, así las niñas como las mujeres, pudiesen estar tranquilas. En +este punto era inflexible. En esto sólo se manifestaba intolerante. Y +estaba tanto más fundada semejante severidad, cuanto, siendo M* sur +M* ciudad guarnecida, las ocasiones de corrupción eran frecuentes. +Por lo demás, su llegada había sido un beneficio y su presencia era +providencial. Antes de la llegada del tío Magdalena todo languidecía en +el país; desde ella, todo vivía la saludable vida del trabajo. Un gran +movimiento de circulación daba calor y penetraba en todo. La holganza y +la miseria eran desconocidas. No había allí bolsillo, por obscuro que +fuése, donde no pudiese encontrarse algún dinero, ni casa tan pobre que +no encerrase un poco de alegría. + +El tío Magdalena empleaba á todo el mundo. No exigía más que una cosa: +ser hombre honrado, ser honrada mujer. + +Como hemos dicho, en medio de aquella actividad de la cual era causa +y sostén, el tío Magdalena hacía su fortuna, pero cosa rarísima en un +simple hombre de negocios, no parecía en modo alguno que fuése ello su +principal cuidado. Parecía que se preocupaba mucho más de los otros, +que de sí mismo. En 1820 se sabía que tenía colocado en su nombre, +en casa de Laffitte, un capital de seiscientos treinta mil francos; +pero antes de reservarse estos seiscientos treinta mil francos, había +empleado más de un millón para la ciudad y para los pobres. + +El hospital estaba mal dotado, fundó en él diez camas. M* sur M* está +dividida en población alta y baja. La parte baja, que era en la que él +vivía, no tenía más que una mala escuela, en una casa medio arruinada; +mandó construir dos: una para niñas y otra para niños. Pensionaba de +su bolsillo particular dos profesores con una gratificación doble á +su mezquino sueldo oficial, y cierto día, en que alguien le preguntó +admirado el porqué, dijo él: «Los dos primeros funcionarios del Estado, +son la nodriza y el maestro de escuela». Había creado á su costa una +sala de asilo, cosa desconocida á la sazón en Francia, y una caja de +socorros para los obreros viejos é imposibilitados. Su fábrica era un +centro, un nuevo barrio surgido á su alrededor, en el que no faltaban +familias indigentes; estableció pues allí una farmacia gratuita. + +Al principio, cuando se le vió empezar, decían las buenas almas: «Es un +atrevido que quiere hacerse rico». Cuando se le vió enriquecer al país +antes que enriquecerse á sí propio, las mismas buenas almas dijeron: +«Es un ambicioso». Y esto parecía tanto más probable, cuanto era aquel +hombre religioso, practicando sus actos con cierta regularidad, cosa +muy bien vista en aquella época. Iba regularmente á oir misa todos los +domingos. El diputado local que husmeaba competencias en todas partes, +no tardó en preocuparse de aquella religiosidad. El tal diputado, que +había sido miembro del cuerpo legislativo del imperio, participaba de +las ideas religiosas de un padre del Oratorio; conocido bajo el nombre +de Fouché, duque de Otrante, del que había sido hechura y amigo. Á +puerta cerrada se reía de Dios bonitamente. Pero cuando vió al rico +industrial Magdalena oyendo la misa de las siete de la mañana, entrevió +en él un candidato posible y resolvió superarle, tomando desde luego un +confesor jesuita, asistiendo á vísperas y á misa mayor. La ambición, +en aquellos tiempos, era, en la excepción directa de la palabra, una +_carrera al campanario_. Los pobres aprovecharon de aquel temor, así +como Dios mismo, porque el honorable diputado fundó también dos camas +en el hospital, y fueron ya doce. + +Sin embargo, en 1819, corrió una mañana por la ciudad el rumor de +que, á propuesta del señor prefecto y en consideración á los muchos +servicios prestados al país, el tío Magdalena iba á ser nombrado por el +rey alcalde de la ciudad. Aquéllos que habían tildado de «ambicioso» +al forastero, aprovechaban satisfechos aquella ocasión, deseada por +todos, exclamando: «¡He aquí lo que decíamos nosotros!». Todo el +vecindario se enteró de ello. El rumor era cierto. Algunos días después +apareció el nombramiento en el _Moniteur_. Al día siguiente el tío +Magdalena renunció. + +Durante aquel mismo año 1819, los productos del nuevo procedimiento +inventado por Magdalena figuraron en la exposición de la industria; +fundándose en el informe del jurado, nombró el rey al inventor, +caballero de la Legión de honor. Nuevos rumores en la población. ¡Ah! +ya; ¡era la cruz lo que quería! El tío Magdalena renunció á la cruz. + +Decididamente, era aquel hombre un enigma. Las buenas almas quedaron +satisfechas diciendo: después de todo, no pasa de ser un aventurero. + +Ya lo hemos visto, el país le debía mucho, los pobres se lo debían +todo; era tan útil, que era preciso acabar por venerarle, y tan +cariñoso, que era indispensable acabar por amarle; sus obreros, en +particular, le adoraban, y él admitía semejante adoración con cierta +gravedad melancólica. Cuando se le consideró rico, «las personas de +sociedad» le saludaron y se le llamaba en la ciudad el señor Magdalena; +sus obreros y los chicos siguieron, no obstante, llamándole el _tío +Magdalena_, siendo esto lo único que le hacía sonreir agradablemente. +Á medida que iba encumbrándose, las invitaciones llovían sobre él. +«La sociedad» le reclamaba. Las tertulias _del buen tono_ que había +en la ciudad y, que naturalmente, se hubieran cerrado en los primeros +tiempos al artesano, abríanse de par en par al millonario. Á todas le +invitaban. Á ninguna asistía. + +Tampoco entonces las buenas almas se dieron á partido.--«Es un hombre +ignorante y de poca educación. Quién sabe de dónde ha salido. No sabría +como conducirse en sociedad. Aún no está probado que sepa leer». + +Cuando se le había visto ganar dinero, decíase: es un comerciante. +Cuando se le vió repartir sus riquezas, se dijo: es un ambicioso. +Cuando se le vió renunciar los honores, dijeron: es un aventurero; y +cuando se le vió esquivar el mundo, se le llamó bruto. + +En 1820, cinco años después de su llegada á la población, los servicios +que había prestado al país eran tan notables y tan unánime la opinión +de toda la comarca, que volvió nuevamente el rey á nombrarle alcalde de +la ciudad. Renunció todavía, pero el prefecto no admitió la renuncia; +todos los notables fueron á rogarle; el pueblo en plena calle le +suplicaba; fué tanta la insistencia, que no tuvo más remedio que +aceptar. Parece ser que lo que más le inclinó á semejante aceptación, +fué el apóstrofe casi irritado de una vieja, mujer del pueblo, la cual +exclamó desde el umbral de la puerta con desenfado: _Un buen alcalde es +útil. ¿Quién retrocede ante el bien que puede hacer?_ + +Ésta fué la tercera fase de su ascensión. El tío Magdalena había +llegado á ser el señor Magdalena, el señor Magdalena era el señor +alcalde. + + + + + III + =Sumas depositadas en casa Laffitte= + + +Sin embargo, el señor Magdalena, continuó tan sencillo como el primer +día. Tenía el cabello gris, la mirada seria, el color tostado de un +obrero, el aspecto reflexivo del filósofo. Llevaba de ordinario un +sombrero de alas anchas, y un gabán largo de paño grueso abotonado +hasta la barba. Llenaba sus funciones de alcalde, pero después de ello, +vivía solitario. Hablaba muy poco. Excusaba los cumplimientos: saludaba +de paso y sin detenerse; sonreía para ahorrarse el hablar, pasando por +calles apartadas hasta para excusarse de sonreir. Las mujeres decían de +él: «¡Buen oso!». Su mejor entretenimiento era pasear por el campo. + +Comía siempre solo, con un libro abierto delante, en el cual leía. +Tenía una pequeña pero escogida biblioteca. Gustaba de los libros; los +libros son amigos fríos y seguros. Á medida que aumentaba su tiempo +con su fortuna, parecía que lo aprovechaba para cultivar su espíritu. +Desde que se había establecido en la ciudad, notóse que de año en año +su lenguaje iba puliéndose, siendo cada vez más delicado y suave. + +Llevaba frecuentemente en sus paseos campestres su escopeta, pero raras +veces se servía de ella. Cuando llegaba el caso, por casualidad, su +tiro era inefable. Jamás había matado un animal inofensivo. Jamás había +tirado á un pajarillo. + +Aun cuando no era ya joven, decíase que tenía una fuerza prodigiosa. +Ofrecía siempre su golpe de mano á quien pudiera necesitar de ello; +levantaba un caballo, sacaba una rueda del atolladero y detenía por +los cuernos un toro á la carrera. Llevaba siempre llenos sus bolsillos +al salir, y vacíos al volver. Cuando atravesaba alguna aldea, los +chiquillos harapientos se le acercaban alegremente, rodeándole como una +nube de mosquitos. + +Creíase que había, en otros tiempos, vivido en el campo, porque poseía +toda clase de secretos útiles que revelaba á los campesinos. De él +aprendían á destruir la polilla de los trigos, aspergeando los graneros +é inundando las hendiduras del suelo con una disolución de sal común, y +á extirpar el gorgojo, suspendiendo por todas partes, en las paredes, +en los techos, en los pajares y en las casas, romero en flor. Poseía +«recetas» para extirpar de los campos la nigela, la arvejana, la cola +de zorro, y tantas cuantas yerbas parásitas se comen el trigo. Salvaba +una conejera de los ratones, nada más que con el olor de un marranillo +de Berbería que hacía entrar. + +Un día vió gran número de campesinos ocupados en arrancar +ortigas, fijóse en aquel montón de plantas arrancadas y ya secas +diciendo:--Están muertas. Y no obstante sería de gran provecho si +se supiesen utilizar. Cuando la ortiga es tierna, su hoja es una +legumbre excelente; cuando seca, tiene filamentos y fibras como el +cáñamo y el lino. La tela de ortiga valdría lo que la del cáñamo. +Machacada la ortiga, es buena para la volatería; molida, es buena para +los cornúpetos. La semilla de la ortiga mezclaba con el forraje da +brillantez al pelo de los animales; la raíz mezclada con sal produce un +hermoso color amarillo. Siendo, finalmente, un excelente heno que puede +ser segado dos veces. Y ¿qué necesita la ortiga? Un poco de tierra, +ningún cuidado ni cultivo alguno. Solamente que la semilla va cayendo á +medida que la planta muere, y es algo difícil su recolección. Esto es +todo. Tomándose un poco de trabajo, la ortiga sería de mucha utilidad; +se la descuida y es dañina. Entonces se la mata. ¡Cuántos hombres se +parecen á la ortiga! Añadiendo después de una pausa: Amigos míos, tened +esto muy presente: no hay malas hierbas ni hombres malos. No hay sino +malos cultivadores. + +Los muchachos le amaban igualmente, porque sabía hacer juguetes muy +lindos con paja y cáscaras de coco. + +Cuando veía la puerta de una iglesia colgada de negro, entraba; buscaba +los entierros, como buscan otros los bautizos. La viudez y la desgracia +ajenas le atraían, á causa de su gran benignidad; mezclábase á los +amigos en duelo, á las familias enlutadas, á los sacerdotes plañideros +al rededor de un féretro. Parecía que daba gustoso por texto á sus +pensamientos aquellas salmodias llenas de la vislumbre de otro mundo. +Fija su mirada en el cielo, escuchaba con una especie de aspiración +hacia los misterios de lo infinito, aquellas tristes voces que cantaban +junto al borde del obscuro abismo de la muerte. + +Realizaba gran número de buenas acciones, escondiéndose para ello como +se esconden otros por las malas. Penetraba ocultamente, de noche, en +las casas, y subía furtivamente las escaleras. Más de un pobre diablo +se encontraba, á lo mejor, al volver á su guardilla, con que la puerta +había sido abierta, tal vez forzada, durante su ausencia. ¡El pobre +hombre se creía que había estado allí algún ladrón! Entraba, y lo +primero que veía era una moneda de oro olvidada sobre algún mueble. El +«ladrón» que había estado allí, había sido el tío Magdalena. + +Era afable y triste á la vez. El pueblo decía: «He aquí un rico que no +tiene nada de orgulloso. Un hombre feliz que parece no estar contento». + +Algunos pretendían que fuése un personaje misterioso, afirmando +que no entraba nadie en su cuarto, el cual era una verdadera celda +de anacoreta, ¡llena de relojes de arena alados, y adornada de +tibias puestas en cruz y de calaveras! Esto se decía mucho, si bien +algunas jóvenes elegantes y maliciosas, fueron un día á su casa y le +dijeron:--Señor alcalde, enseñadnos vuestro cuarto. Se cuenta por +ahí que es una gruta.--Sonrió, y les abrió inmediatamente la puerta +de su «gruta», lo cual castigó merecidamente su curiosidad. Era una +habitación sencillamente adornada con muebles de caoba bastante feos, +como todos los de este género, tapizada con papel de doce sueldos. Nada +había allí notable, como no fueran dos candeleros de forma antigua, +colocados sobre la chimenea y que tenían todas las trazas de ser de +plata, «pues estaban contrastados». Observación llena de espíritu de +los pueblos pequeños. Á pesar de la visita, no por eso se dijo menos +que nadie penetraba en su cuarto; y que era una especie de caverna de +ermitaño, una cueva, un agujero, una tumba. + +Susurrábase también, que poseía «sumas inmensas» depositadas en casa +Laffitte, con la particularidad de estar siempre á su inmediata +disposición; de tal suerte, añadíase, que el señor Magdalena puede +llegar el mejor día á casa Laffitte, firmar un recibo y llevarse sus +dos ó tres millones, en diez minutos. En realidad, «aquellos dos ó +tres millones» se reducían, como hemos dicho, á seiscientos treinta ó +cuarenta mil francos. + + + + + IV + =El señor Magdalena de luto= + + +Á principios de 1821 los periódicos publicaron la muerte del señor +Myriel, obispo de D***, conocido generalmente por «_monseñor +Bienvenido_», fallecido en olor de santidad á la edad de ochenta y dos +años. + +El obispo de D***, añadiendo aquí un detalle que omitieron los +periódicos, hacía cuando murió, algunos años que estaba ciego, y con +todo y estar ciego, tenía á su hermana junto á él. + +Digámoslo de paso: ser ciego y ser amado, es en efecto, sobre la +tierra, donde no hay nada completo, una de las formas más extrañas +y exquisitas de la felicidad. Tener continuamente á nuestro lado +una mujer, una hija, una hermana, un ser encantador que está junto +á nosotros porque necesitamos de él y porque no puede prescindir de +nosotros, saber que somos indispensables á quien no es necesario, +poder medir incesantemente su afecto por la cantidad de presencia +que nos da, y poder decirnos: puesto que me consagra ella todo su +tiempo, prueba que poseo todo su corazón; ver el pensamiento á falta +de la figura; comprobar la fidelidad de un ser en el total eclipse +del mundo; percibir el roce de un vestido como aleteo, sentirle ir y +venir, salir, volver á entrar, hablar y cantar, y recordar luego que +somos el centro de aquellos pasos, de aquellas palabras y aquellos +cantos; patentizar á cada paso su propia atracción; conocerse uno tanto +más poderoso cuanto más imposibilitado; llegar á ser en la obscuridad +y por la obscuridad el astro en torno del cual gravita aquel ángel, +pocas son las felicidades que igualen á ésta. La suprema dicha de la +vida es la convicción de que uno es amado; amado por sí mismo; decimos +mal, amado á pesar de nosotros mismos; esta convicción la alcanza el +ciego. En semejante desgracia, ser servido es ser acariciado. ¿Falta +algo entonces? No. Que no pierde la luz quien tiene amor. ¡Y qué amor! +¡Un amor compuesto únicamente de virtud! No hay ceguera donde hay +certeza. El alma busca á tientas el alma, y la encuentra. Y aquella +alma encontrada y comprobada es una mujer. Os sostiene una mano, es +la suya; besa vuestra frente una boca, es su boca; sentís junto á +vosotros una respiración, es ella. Todo tenerlo de ella, desde su culto +hasta su piedad: no encontrarse jamás abandonado, tener aquella dulce +debilidad para socorreros, apoyarse en aquella inquebrantable caña, +tocar con nuestras manos la Providencia y poder retenerla en nuestros +brazos como un Dios tangible, ¡qué arrobamiento! El corazón, esa +obscura flor celestial, ábrese á cierta expansión misteriosa. ¡Nadie +cambiaría semejante sombra por toda la luz! El alma ángel está allí, +siempre allí; si se aleja, es para volver; se desvanece como el sueño +y reaparece como la realidad. Siéntese el calor que se aproxima, allí +está. Siéntese un exceso de serenidad, de gozo, de éxtasis, es un rayo +de luz en medio de la noche. Y mil cuidados insignificantes. Nadas +que resultan enormes en aquel vacío. Los más inefables acentos de la +voz femenina empleados en acariciarnos y en suplirnos en el universo +desvanecido. Siéntese así el cariño del alma. Nada se ve, pero se +siente uno adorado. Es un paraíso en las tinieblas. + +Desde este paraíso, pasó al otro, monseñor Bienvenido. La noticia de +su muerte fué reproducida por el diario local de M* sur M*. El señor +Magdalena apareció al día siguiente vestido de negro con gasa en el +sombrero. + +Notóse en el pueblo aquel luto, y se comentó. Parecióles una luz acerca +del origen del señor Magdalena. Acabóse por creer que tenía algún +parentesco con el venerable obispo. _Viste luto por el obispo de D***_, +díjose en las tertulias, lo cual levantó mucho el concepto del señor +Magdalena dándole súbita y repentinamente cierta consideración entre la +nobleza de M* sur M*. El microscópico arrabal de San Germán de aquella +ciudad pensó en levantar la cuarentena impuesta al señor Magdalena, +pariente probable de un obispo. El señor Magdalena comprendió el +adelantamiento que había obtenido en el aumento de reverencias que le +hicieron las señoras mayores, y en las sonrisas más frecuentes que le +dirigieron los jóvenes. Una tarde, cierta decana de aquel pequeño gran +mundo, curiosa por derecho de ancianidad, se permitió preguntarle: + +--Señor alcalde, ¿seríais tal vez primo del difunto señor obispo de +D***? + +Él contestó: + +--No, señora. + +--Pero,--repuso la noble viuda,--¿el luto que vestís es por él? + +Á lo que respondió el señor Magdalena:--Es que durante mi juventud fuí +lacayo de su familia. + +Otra circunstancia debemos consignar todavía, y es que cada vez que +pasaba por la ciudad algún niño saboyano recorriendo el país en busca +de chimeneas que deshollinar, hacíale llamar el señor alcalde, y +después de preguntarle su nombre le daba dinero. Los saboyanitos se lo +decían unos á otros, así es que pasaban muchos. + + + + + V + =Vagos relámpagos en el horizonte= + + +Poco á poco y con el tiempo, todas las oposiciones se desvanecieron. +Había habido en el encumbramiento del señor Magdalena, por esa +especie de ley que subsiste siempre junto á los que se elevan, sus +correspondientes injurias y calumnias, que se trocaron luego en sólo +murmuraciones, más tarde en malicias, desvaneciéndose por último +completamente; la consideración llegó á ser cumplida, unánime, cordial, +y llegó un momento, hacia 1821, en el cual esta frase: _el señor +alcalde_ se pronunciaba en M* sur M* casi con el mismo acento que esta +otra, _el señor obispo_ era pronunciada en D*** en 1815. Muchos eran +los que, de diez leguas á la redonda, iban á consultar á Magdalena. Él +terminaba las diferencias, hacía que cesaran los pleitos y reconciliaba +á los enemigos. Todo el mundo le quería por juez de su derecho. Parecía +encerrar en su espíritu el libro de la ley natural. Era aquello como un +contagio de veneración que, en seis ó siete años progresivamente, llegó +á extenderse por todo el país. + +Sólo un hombre, así en la población como en la comarca, se libró +absolutamente de aquel contagio; é hiciese lo que quisiere Magdalena, +continuaba rebelde, como si algún instinto secreto é imperturbable +le desvelase é inquietase. Parece, efectivamente, que existe en +ciertos hombres un verdadero instinto bestial, puro é íntegro como +todo instinto, que crea las antipatías y las simpatías, que separa +fatalmente una naturaleza de otra naturaleza, que no titubea, que no +se turba, ni guarda silencio, ni se desmiente jamás; claro en medio +de su obscuridad, infalible, imperioso, refractario á todo consejo +de la inteligencia y á todos los disolventes de la razón, y que, de +cualquier manera que se presenten los destinos, advierte secretamente +al hombre-perro de la presencia del hombre-gato, y al hombre-zorro de +la presencia del hombre-león. + +Frecuentemente, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle, +tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, sucedía +que un hombre de elevada estatura, vistiendo una levita color de +plomo obscuro, armado con un grueso bastón y cubierta la cabeza con +un sombrero rebajado, se volvía bruscamente hacia él y le seguía con +la mirada hasta que había desaparecido, cruzado de brazos, moviendo +lentamente la cabeza y levantando el labio superior impulsado por el +inferior hasta la nariz, especie de mueca significativa que podría +traducirse por:--Pero ¿qué es lo que es este hombre?--De fijo yo le he +visto en alguna parte.--En todo caso no ha de engañarme siempre. + +Aquel grave personaje, de gravedad casi amenazadora, era de éstos que, +por rápidamente que se les mire, preocupan al observador. + +Llamábase Javert y era de la policía. + +Desempeñaba en M* sur M* las penosas pero útiles funciones de +inspector. No había visto los principios del señor Magdalena. Javert +debía el puesto que ocupaba á la protección del señor Chabouillet, +secretario del ministro de Estado, conde Anglès, entonces prefecto +de policía de París. Cuando Javert llegó á M* sur M*, la fortuna del +gran industrial era ya un hecho, y el tío Magdalena era ya el señor +Magdalena. + +Muchos agentes de policía tienen una fisonomía especial que se complica +con cierto aire de bajeza mezclado á cierto aire de autoridad. Javert +tenía una de estas fisonomías, pero sin la bajeza. + +Estamos convencidos de que si las almas fuesen visibles á los ojos, +se vería claramente la rareza de que cada uno de los individuos de +la especie humana, corresponde á algunas de las diversas especies de +la creación animal; y entonces podría reconocerse fácilmente esta +verdad, apenas vislumbrada por el pensador, que, desde la ostra +hasta el águila, desde el puerco al tigre, todos los animales están +en el hombre, y que cada uno de ellos está en un hombre. Y á veces, +igualmente, varios de ellos á un mismo tiempo. + +Los animales no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y de +nuestros vicios, errantes ante nuestros ojos; los fantasmas visibles +de nuestras almas. Dios nos los muestra para hacer que reflexionemos. +Solamente que como los animales no son más que sombras, Dios no les +ha hecho educables en toda la extensión de la palabra; ¿para qué? Al +contrario, siendo nuestras almas realidades, y teniendo un fin propio, +Dios les ha dado la inteligencia, es decir, la posibilidad de la +educación. La educación social bien dirigida, puede siempre sacar de un +alma, sea cual fuere, toda la utilidad que en ella se encierre. + +Sea ello dicho y bien entendido, desde el punto de vista terrestre +aparente, y sin prejuzgar la cuestión profunda de la personalidad +anterior ó ulterior de los seres que no son el hombre. El _yo_ visible +no autoriza en ningún caso al pensador para negar el _yo_ latente. + +Hecha esta observación, prosigamos. + +Por lo tanto, si se admite de momento con nosotros, que en todo hombre +se encierra una de las especies animales de la creación, nos será más +fácil decir quién era el inspector Javert. + +Los aldeanos de Asturias están convencidos de que en cada camada de +loba se encuentra un perro al cual mata la madre, á fin de evitar que +en creciendo devore á los pequeños. + +Dadle un rostro humano á este perro, hijo de loba, y éste será Javert. + +Javert había nacido en una cárcel, de una de esas mujeres que echan +la cartas, cuyo marido estaba en presidio. Al ser mayor, vió que se +encontraba fuera de la sociedad, desesperanzado de poder entrar jamás +en ella. Observó que la sociedad mantiene irremisiblemente separados de +ella á dos clases de hombres, los que la atacan y los que la guardan; +no podía elegir más que entre estas dos clases; y al mismo tiempo, +sentíase poseído de no sé qué fondo de rigidez, de regularidad y de +probidad, mezclada con cierto inexplicable odio hacia aquella raza de +gitanos de la cual había nacido. Entró en la policía. Hizo carrera. Á +los cuarenta años era inspector. + +Había estado, durante su juventud, empleado en los presidios del +Mediodía. + +Antes de seguir adelante, expliquemos la frase, rostro humano, que +hemos aplicado hace poco á Javert. + +El rostro humano de Javert consistía en una nariz achatada, con dos +profundas ventanas, desde las cuales subían por los carrillos dos +enormes patillas. Sentíase uno desagradablemente impresionado la +primera vez que veía aquellas dos cavernas. Cuando Javert reía, lo cual +era tan raro como espantoso, sus delgados labios parecían correrse, +dejando ver, no solamente sus dientes, sino también sus encías, y se +formaba al rededor de su nariz una arruga abultada y salvaje como si +fuera el hocico de un animal carnívoro. Javert serio era un perro de +presa; cuando reía, un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha +mandíbula; los cabellos cubrían su frente y le caían sobre las orejas; +entre ambos ojos un ceño central permanente como una estrella de +cólera, la mirada obscura, la boca contraída y temible, y una expresión +de mando feroz. + +Este hombre se componía de dos sentimientos tan sencillos como +relativamente buenos, pero que él hacía casi malos á fuerza de +exagerarlos; el respeto á la autoridad y el odio á la rebeldía; pues á +sus ojos el robo, el asesinato, todos los crímenes, no eran otra cosa +que otras tantas formas de la rebeldía. Envolvía en una especie de fe +ciega y profunda, á todo el que desempeñaba alguna función del Estado, +desde el primer ministro al guarda bosque. Cubriendo igualmente de +desprecio, aversión y desagrado á todo el que había saltado una vez el +dique legal de la maldad. Era absoluto sin admitir excepciones. Por +una parte, decía:--El funcionario no puede engañarse; el magistrado +jamás se equivoca.--De la otra, decía:--Éstos están irremisiblemente +perdidos. Nada de bueno pueden dar.--Era su opinión completamente +partidaria de la de esos espíritus extremados, que atribuyen á la ley +humana no sé qué facultad para hacer, ó, si se quiere, patentizar +demonios, y que ponen una Estigia en la parte baja de la sociedad. +Era estoico, serio, austero; pensador triste; humilde y altivo como +los fanáticos. Su mirada era una barrena, una barrena fría, y así +taladraba. Todo su modo de ser estaba encerrado en estas dos palabras: +velar y vigilar. Había introducido la línea recta en lo que hay en el +mundo más tortuoso; tenía conciencia de su utilidad, la religión de sus +funciones, y era espía como hubiera sido sacerdote. ¡Desdichado del que +caía en sus manos! Hubiera detenido á su padre á intentar escaparse de +presidio y denunciando á su madre al huir de la cárcel. Y lo hubiera +hecho con aquella especie de satisfacción interna que produce la +virtud. Además, su vida era toda privación, aislamiento, abnegación, +castidad; jamás una sola distracción. Era el mismo deber implacable; +la policía comprendida, como los espartanos comprendían á Esparta; una +vigilancia despiadada, una honradez bárbara, un espía de mármol. Bruto +encarnado en Vidocq. + +Todo en la persona de Javert revelaba al hombre que espía y que se +esconde. La escuela mística de José Maistre, la cual, en aquella época, +salpimentaba con su elevada cosmogonía los llamados periódicos ultras, +no hubiera dejado de decir que Javert era un símbolo. No se le veía la +frente, que desaparecía bajo su sombrero; no se le veían los ojos, que +se perdían bajo sus cejas; no se le veía la barba, que se hundía dentro +la corbata; no se veían sus manos, que se quedaban dentro las mangas; +no se le veía el bastón, por llevarlo siempre bajo la levita. Pero en +llegando la ocasión, veíase de súbito salir de aquellas sombras, como +de una emboscada, una frente angulosa y deprimida, una mirada funesta, +una barba amenazadora, unas manos enormes y un rebenque monstruoso. + +En sus momentos de ocio, bien escasos por cierto, á pesar de odiar los +libros, leía; debiéndose á ello que no fuése ignorante del todo. Esto +se reconocía fácilmente en cierto énfasis que había en sus palabras. + +No tenía ningún vicio, ya lo hemos dicho. Cuando estaba satisfecho +de sí mismo, se permitía tomar un polvo de tabaco. Por ahí solamente +estaba unido á la humanidad. + +Comprendíase fácilmente que Javert fuése el terror de toda aquella, +clase de gente que la estadística anual del ministerio de Justicia +designa bajo el epígrafe: _Gentes de oficio desconocido_. Con sólo +pronunciar el nombre de Javert se desbandaban; la figura de Javert +apareciendo, les petrificaba. + +Tal era aquel hombre formidable. + +Javert era como un ojo fijo constantemente sobre el señor Magdalena. +Ojo lleno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena había acabado +por comprenderlo y sin embargo parecía no dar á ello la menor +importancia. Jamás le hizo á Javert la menor pregunta; no le buscaba ni +le evitaba, soportando, sin fijarse, al parecer, aquella mirada pesada +y casi provocadora. Trataba á Javert como á todo el mundo, con sencilla +bondad. + +Por algunas palabras escapadas á Javert, adivinábase que había buscado +secretamente, con la curiosidad propia de la raza, en la cual entran +por igual el instinto y la voluntad, todos los vestigios anteriores +que Magdalena hubiese podido dejar en alguna parte. Parecía saber, y +algunas veces lo dejaba entender, bajo palabras más ó menos veladas, +que alguien había tomado ciertos informes en cierto país, sobre +cierta familia desaparecida. Una vez llegó á decir hablando consigo +mismo:--¡Creo que ya le tengo! Luego estuvo tres días como ensimismado +sin decir una palabra. Parecía que el hilo que se creía haber atrapado +se le hubiese roto. + +Por lo demás, y es éste el correctivo necesario á lo que el sentido +de ciertas frases pudieran presentar de demasiado absoluto, no puede +haber nada verdaderamente infalible en ninguna criatura humana, y es +propio del instinto precisamente el poder ser turbado, despistado, +desorientado. Sin esto resultaría superior á la inteligencia, y el +bruto resultaría entonces mejor iluminado que el hombre. + +Javert estaba evidentemente algo desconcertado, viendo la tranquila +serenidad de Magdalena. + +Cierto día, no obstante, sus extrañas maneras parecieron causar cierta +impresión en Magdalena. + +He aquí el motivo. + + + + + VI + =Fauchelevent= + + +Pasando una mañana el señor Magdalena por una calle sin empedrar de M* +sur M*, oyó un gran barullo y vió un grupo á corta distancia. Acercóse +á ver lo que era, y vió que un viejo, llamado el tío Fauchelevent, +acababa de caer debajo de su carro, cuyo caballo estaba rendido. + +Era Fauchelevent uno de los raros enemigos que tenía aún el señor +Magdalena en aquella época. Cuando Magdalena había llegado á la ciudad, +Fauchelevent, antiguo tabelión y campesino casi letrado, practicaba +cierta clase de negocios que empezaban á irle mal. Fauchelevent había +visto aquel simple obrero que iba enriqueciéndose, mientras, que él, +maestro, se arruinaba. Esto le había llenado de envidia, haciendo +que aprovechara cuantas ocasiones se le presentaran para atacar á +Magdalena. Cuando ya arruinado y viejo, sin quedarle más que un carro y +un caballo, sin familia y sin hijos por otra parte, se hizo carretero +para poder vivir. + +El caballo se había roto, al caer, ambas piernas, y no podía moverse. +El viejo estaba cogido entre las ruedas. La caída había sido +verdaderamente desgraciada, pues todo el peso del carruaje gravitaba +sobre su pecho. El carro estaba completa y pesadamente cargado. El +pobre Fauchelevent lanzaba gritos lastimeros. Habíase probado de +arrancarle de allí, pero inútilmente. Un esfuerzo desordenado, una +ayuda mal dada, una sacudida en falso podían aplastarle. Era imposible +salvarle de otra manera que no fuése levantar el carro por debajo. +Javert, que había aparecido en el momento del accidente, había mandado +á buscar un gato. + +El señor Magdalena llegó. Apartóse respetuosamente todo el mundo. + +--¡Ayudadme!--gritaba el viejo Fauchelevent.--¿No habrá por ahí algún +buen hombre para salvar á este pobre viejo? + +Magdalena volvióse hacia los allí reunidos: + +--¿No hay un gato de albañil? + +--Han ido á buscar uno--contestó un hombre. + +--¿Cuánto tardará en estar aquí? + +--Sí, han ido por el que podía encontrarse más cerca, á Flachot, en +casa el herrero; en fin, sea como fuere, siempre tardará un buen cuarto +de hora. + +--¡Un cuarto de hora!--exclamó Magdalena. + +Á la víspera había llovido, y estaba el suelo empapado, así es que el +carro se iba hundiendo en el suelo, comprimiendo más y más el pecho del +viejo carretero. Era casi seguro que antes de cinco minutos tendría +rotas las costillas. + +--Es imposible esperar un cuarto de hora,--dijo Magdalena á los +artesanos que estaban mirando. + +--¡Y no hay otro medio! + +--Pero no habrá tiempo; ¿no estáis viendo como va hundiéndose el carro? + +--¡Virgen santísima! + +--Oid,--repuso Magdalena,--queda todavía debajo del carro espacio +bastante para que un hombre pueda penetrar y levantarle luego con la +espalda. En medio minuto se arranca del peligro á este pobre hombre. +¿Hay alguien por aquí que tenga fuerza y corazón para ello? ¡Cinco +luises de oro que ganar! + +Nadie de los del grupo contestó. + +--¡Diez luises!--dijo Magdalena. + +Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:--Sería preciso +ser de hierro. ¡Luego es muy fácil quedar aplastado! + +--Á ver,--volvió á decir Magdalena,--¡veinte luises! + +El mismo silencio. + +--No es la buena voluntad lo que hace falta,--dijo una voz. + +El señor Magdalena volvió la cabeza, y reconoció á Javert. No le había +notado al llegar. + +Javert continuó: + +--Se necesita gran fuerza. Sería preciso ser un hombre terrible para +levantar un carro como éste con la espalda. + +Luego, mirando con fijeza á Magdalena, prosiguió acentuando mucho las +palabras que iba pronunciando: + +--Señor Magdalena, no he conocido en mi vida más que un solo hombre +capaz de hacer lo que proponeis. + +Magdalena se estremeció. + +Javert continuó con aire indiferente, pero sin apartar los ojos de +Magdalena: + +--Era un presidiario. + +--¡Ah!--exclamó Magdalena. + +--De Tolón. + +Magdalena palideció. + +Entretanto continuaba el carro hundiéndose poco á poco. El infeliz +Fauchelevent rugía y aullaba. + +--¡Me ahogo! ¡se rompen mis costillas! ¡un gato, una palanca, cualquier +cosa! ¡Ah! + +Magdalena miraba en torno suyo. + +--¿No hay quién se quiera ganar veinte luises y salvar la vida á este +pobre viejo? + +Ninguno de los asistentes se movió: Javert repuso: + +--Yo jamás he conocido otro hombre capaz de reemplazar el gato, que el +presidiario. + +--¡Ah! ¡ved que me aplasta!--exclamaba el viejo. + +Magdalena irguió la cabeza, encontrando la mirada de halcón de Javert +siempre fija sobre él, vió también todos los hombres del corro +inmóviles, y sonrió tristemente. + +Inmediatamente, y sin decir más palabra, doblóse sobre sus rodillas, y +antes que la gente agrupada tuviese tiempo de lanzar un grito, estuvo +ya debajo del carruaje. + +Hubo entonces un momento espantoso de expectación y de silencio. + +Vióse á Magdalena casi aplanado sobre el suelo bajo aquel peso, +intentar por dos veces inútilmente, apoyar los ante-brazos en las +rodillas. Gritábanle: + +--¡Tío Magdalena! ¡retiraos! + +El viejo Fauchelevent mismo exclamó: + +--¡Señor Magdalena, salid de aquí! ¡no tengo más remedio que morir, ya +lo veis! ¡dejadme! ¿Queréis haceros aplastar también? + +Magdalena no dijo una palabra. + +Los del corro alentaban apenas. Las ruedas habían continuado +hundiéndose, y era ya casi imposible que Magdalena pudiese salir de +debajo del carro. + +De pronto se vió como si la enorme masa vacilara, el carro fué +levantándose lentamente, las ruedas acababan de salir del carril. +Oyóse entonces una voz ahogada que exclamaba: Pronto, dadme ayuda. Era +Magdalena que estaba haciendo el último esfuerzo. + +Todo el mundo se precipitó. La resolución de uno solo estaba dando +fuerza y valor á todos. El carro se vió sostenido por veinte brazos. El +viejo Fauchelevent estaba salvado. + +Magdalena se levantó. Estaba pálido, aunque bañado en sudor. Sus +vestidos estaban desgarrados y cubiertos de barro. Todos lloraban. El +viejo besaba sus rodillas y le llamaba su Providencia. Él, manifestaba +en su expresión una especie de sufrimiento dichoso y celestial, fijando +su tranquila mirada sobre Javert, que seguía mirándole sin pestañear. + + + + + VII + =Fauchelevent, Jardinero en París= + + +Fauchelevent se había lesionado la rodilla en la caída. El señor +Magdalena le hizo trasladar á la enfermería que tenía establecida +para sus obreros en el mismo edificio de la fábrica, la cual estaba +servida por dos hermanas de la Caridad. Al día siguiente por la mañana +se encontró el pobre viejo un billete de mil francos en su mesa de +noche, con estas palabras escritas por el propio Magdalena: _Os compro +vuestro carro y vuestro caballo_. El carro estaba roto, el caballo +muerto. Fauchelevent curó, pero la rodilla quedó dislocada. El señor +Magdalena, por recomendación de las hermanas de la Caridad y de su +cura, hizo colocar al buen viejo, de jardinero en un convento de monjas +del cuartel de San Antonio de París. + +Algún tiempo después, el señor Magdalena fué nombrado alcalde. La +primera vez que Javert vió al señor Magdalena revestido con la banda +que le daba el carácter de primera autoridad de la población, sintió +una especie de estremecimiento como el que podría sentir un dogo +olfateando un lobo bajo los vestidos de su dueño. Desde entonces, evitó +el verle cuanto pudo. Cuando las necesidades del servicio lo exigían +imperiosamente y no podía hacer otra cosa que hablar directamente con +el señor alcalde, cumplía su deber con profundo respeto. + +Aquella prosperidad de M* sur M* creada por el tío Magdalena, tenía, +sobre los signos visibles que hemos indicado, otro síntoma que, no por +dejar de ser visible, era menos significativo. Este síntoma no engaña +jamás. Cuando la población sufre, cuando el trabajo falta, cuando el +comercio es nulo, el contribuyente resiste los impuestos por penuria, +apura y deja pasar los plazos, y el Estado sufre grandes pérdidas en +apremios y reembolsos. Cuando el trabajo abunda, cuando el país es +dichoso y rico, los impuestos se pagan fácilmente y cuestan poco al +Estado. Puede decirse que la miseria y la riqueza pública tienen un +termómetro infalible, los gastos de percepción del impuesto. En siete +años habían sido reducidos estos gastos de tres cuartas partes en el +distrito de M* sur M*, lo cual hacía que frecuentemente citase dicho +distrito como modelo entre todos los demás, el señor de Villèle, +ministro de Hacienda á la sazón. + +Tal era la situación de aquel país cuando regresó Fantina. Nadie se +acordaba de ella. Afortunadamente la puerta de la fábrica del señor +Magdalena era lo que una cara conocida. En cuanto se presentó, fué +admitida en el taller de mujeres. Era el oficio enteramente nuevo para +Fantina, y no podía por lo tanto ser diestra en él, por cuya razón +sacaba un jornal bastante escaso; sin embargo, era lo suficiente á sus +principales necesidades; estaba pues resuelto el problema de ganarse la +vida. + + + + + VIII + =La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad= + + +Cuando vió Fantina que podía vivir, tuvo un momento de alegría. +Vivir honestamente del trabajo propio, ¡qué favor del cielo! El +amor al trabajo renació verdaderamente en ella. Compróse un espejo, +regocijándose al ver su juventud, sus hermosos cabellos y sus +bellísimos dientes; olvidóse de muchas cosas para no pensar sino en +Cosette y en las posibilidades del porvenir y fué dichosa. Alquiló +un cuartito que amuebló á crédito de su trabajo futuro, resto de sus +costumbres desordenadas. + +No pudiendo decir que estaba casada, guardóse muy bien, como hemos ya +dejado entrever, de hablar de su hija. + +En sus principios, según se ha visto, pagaba exactamente á los +Thénardier. Como no sabía más que firmar, tuvo necesidad de escribir +por la mediación de un escribiente público. + +Escribía frecuentemente, lo cual se notó, empezándose á decir por lo +bajo en el taller de mujeres, que Fantina «escribía cartas» y que tenía +«ciertos aires». + +Nadie más á propósito para espiar las acciones de las gentes que +aquellas personas con quienes no tienen nada que ver.--¿Por qué este +señor no viene nunca antes de anochecer? ¿Por qué el señor tal no +cuelga los jueves la llave en su lugar? ¿Por qué anda siempre por +callejones? ¿Por qué la señora baja siempre del coche antes de llegar +á la casa? ¿Por qué manda á comprar un cuadernillo de papel de cartas, +teniendo «llena su papelera»?, etc., etc. Existen seres que, por +conocer el objeto de tales enigmas, los cuales les son, por otra parte, +perfectamente indiferentes, emplean más dinero, gastan más tiempo, y +se dan más trabajo del que sería necesario para diez buenas acciones; +y esto gratuitamente, por gusto, sin ser pagada su curiosidad más que +por la curiosidad misma. Seguirán días enteros á éste ó aquél, pasarán +horas y horas de guardia en las esquinas, de noche, entre los árboles, +desafiando lluvias y fríos, sobornarán criados, emborracharán cocheros +y lacayos, comprarán doncellas, harán suyos los porteros. ¿Para qué? +para nada. Por encarnizamiento de ver, de saber y de penetrar. Pura +comezón de murmurar y nada más. Y frecuentemente conocidos semejantes +secretos, tales misterios publicados, expuestos á la luz del día los +enigmas, producen catástrofes, duelos, descréditos, ruinas de familias, +amargando innumerables existencias, por el gran placer de quienes lo +han «descubierto todo» sin interés, sólo por instinto. ¡Triste cosa por +cierto! + +Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Sus +palabras, conversando en la tertulia y charlando en la antecámara, son +como las chimeneas que consumen pronto la leña; les hace falta mucho +combustible, siendo su combustible el prójimo. + +Se observó pues á Fantina. + +Á más de ello, no faltaba quien tuviese envidia de sus rubios cabellos +y de sus dientes blancos. + +Súpose que en el taller, en medio de las otras se volvía frecuentemente +para enjugar una lágrima. Era en los momentos en que recordaba á su +hija, y también, tal vez, el hombre á quien amó. + +Es un trabajo penosísimo el de romper los sombríos nudos del pasado. + +Se averiguó también que escribía, al menos dos veces cada mes, siempre +con la misma dirección, y franqueando las cartas. Se pudo adquirir un +sobre en que se leía: _Al señor Thénardier, hostelero, en Montfermeil_. +Se hizo hablar en la taberna al escribiente, un infeliz viejo que no +conseguía llenar su estómago de vino tinto sin desembarazar su pecho +de secretos. Para abreviar: súpose que Fantina tenía un hijo, «que +debía ser tal vez una hija». Se encontró comadre que hizo el viaje, +á Montfermeil; habló con los Thénardier, y dijo á su vuelta: «Con +los treinta francos que me ha costado el viaje, lo he sacado todo en +limpio. ¡He visto la criatura!». + +La comadre, que tal hizo, era una gorgona llamada señora Victurnien, +guardiana y portera de la virtud de todo el mundo. La señora Victurnien +contaba cincuenta y seis años, y doblaba la máscara de su fealdad con +la máscara de la vejez. Voz temblorosa, espíritu caprichoso. Aquella +vieja había sido joven, parecía mentira. Durante su juventud, en pleno +93, casóse con un fraile escapado del claustro, con gorro encarnado, +pasando de los Bernardinos á los Jacobinos. Era seca, ruda, áspera, +espinosa, venenosa casi; acordándose siempre del fraile de quien +había enviudado y que le había domado y doblegado. Era una ortiga en +la que se notaba desde luego el roce del hábito frailuno. Durante la +restauración se hizo beata, pero con tal energía, que los clericales +le perdonaron su enlace con el fraile. Tenía una pequeña posesión que +había legado ruidosamente á una comunidad religiosa. Estaba pues muy +considerada en el obispado de Arras. Esta Victurnien fué quien estuvo +en Montfermeil, y volvió diciendo: «Yo he visto la criatura». + +Todo esto necesitó su tiempo; Fantina estaba ya, más de un año hacía, +en la fábrica, cuando una mañana la encargada del taller le entregó, +de parte del señor alcalde, cincuenta francos, diciéndole que quedaba +despedida, y que de parte también del propio señor alcalde, se la +invitaba á dejar la población. + +Éste tuvo lugar, precisamente, en el mismo año que los Thénardier, +después de pedirle doce francos en lugar de seis, le estaban exigiendo +quince francos en lugar de doce. + +Fantina quedó aterrada. No podía dejar el pueblo. Estaba debiendo el +alquiler y los muebles. Cincuenta francos no eran suficientes á saldar +estas deudas. Balbuceó algunas frases suplicantes. La encargada le +significó que debía salir inmediatamente del taller. Fantina no era, +por otra parte, más que una obrera mediana. Agobiada de vergüenza más +que de desesperación, salió del taller y se fué á su cuarto. ¡Su falta +era ya conocida de todo el mundo! + +No se juzgaba con fuerzas para decir una palabra. Se le aconsejó que +viera al señor alcalde, á lo que no se atrevió. El alcalde le había +dado cincuenta francos, porque era bueno y la despedía, porque era +justo. Sometióse pues á este mandato. + + + + + IX + =Triunfo de la señora Victurnien= + + +La viuda del fraile fué útil para algo. + +Por otra parte, el señor Magdalena no sabía un palabra de todo aquello. +Tales son las combinaciones de sucesos de que está llena la vida. El +señor Magdalena tenía la costumbre de no entrar casi nunca en el taller +de mujeres. + +Había colocado á la cabeza de dicho taller una vieja solterona que le +habían recomendado, y tenía toda su confianza en esta mujer, persona +verdaderamente respetable, firme, equitativa é íntegra, poseída del +espíritu de caridad, que consiste en dar, pero sin sentir en el mismo +grado el alma de la caridad que vive de la comprensión y que perdona. +El señor Magdalena descansaba en ella. Los mejores hombres se ven +obligados frecuentemente á delegar su autoridad. Así, pues, dentro de +sus plenos poderes y en la convicción de que obraba bien, la celadora +del taller instruyó el proceso, juzgó, condenó, y ejecutó á Fantina. + +En cuanto á los cincuenta francos, ella los había dado sacándolos de +una cantidad que el señor Magdalena le había confiado para limosnas y +socorros de obreras, de la que no daba cuenta. + +Fantina se ofreció á servir de criada, y al efecto fué de puerta en +puerta buscando colocación. Nadie aceptó sus servicios. No había +podido dejar la población. El prendero á quien ella debía sus muebles, +¡qué muebles! le había dicho: «si os marcháis, os haré prender como +ladrona». El propietario, al cual adeudaba el alquiler, díjole: «Sois +joven y bonita, por lo tanto no ha de faltaros con qué pagar». Partió +los cincuenta francos entre el propietario y el prendero; devolvió á +éste las tres cuartas partes de su mobiliario, no quedándose más que +con lo indispensable, y se encontró sin trabajo, sin oficio, sin más +que su cama, y debiendo todavía cerca de cien francos. + +Púsose á coser camisas ordinarias para los soldados de la guarnición, +ganando doce sueldos al día. Su hija le costaba diez. Entonces fué +cuando empezó á no pagar puntualmente á los Thénardier. + +Sin embargo, una pobre vieja, que encendía su luz cuando ella volvía +por la noche, le enseñó el arte de vivir en la miseria. Después de +vivir con poco, viene el vivir con nada: son ello dos cuartos, obscuro +el primero, el segundo negro. + +Fantina aprendió la manera de pasar sin fuego todo un invierno, como se +prescinde del pajarillo que se os comía un sueldo de alpiste cada dos +días, cómo se hace de las sayas cobertor y del cobertor sayas, cómo se +ahorra la vela, cenando á la luz de la ventana de enfrente. ¿Quién es +capaz de acertar todo lo que ciertos seres débiles, que han envejecido +en la indigencia y la honradez, saben sacar de un sueldo? Acaba ello +por ser una ciencia. Fantina llegó á poseerla, y con ella recobró +cierto valor. + +En aquella época, decíale ella á una de sus vecinas: «¡Bah! me digo +yo: no durmiendo más que cinco horas, y dedicando todas las demás á la +costura, podré ganar casi diariamente para pan. Luego cuando se está +triste, se come menos. Así es que con los sufrimientos é inquietudes, +un poco de pan por una parte, y los disgustos por otra, todo en junto +me irá alimentando». + +Dentro esta apurada situación, el tener á su hija junto á ella hubiera +sido una singular dicha. Llegó á pensar en hacerla venir. Pero, ¿por +qué hacerla participar de su desnudez? Luego ¡estaba adeudando á los +Thénardier! ¿cómo saldar su cuenta, y luego, el viaje, cómo pagarlo? + +La vieja que le había dado, lo que podríamos llamar lecciones de la +vida indigente, era una santa mujer llamada Margarita, devota de buena +fe, pobre y caritativa para con los pobres, y aún para con los ricos; +sabía escribir lo bastante para firmar _Margarita_, y creía en Dios que +es la existencia. + +Existen muchas de estas virtudes en lo bajo; un día estarán en lo alto. +Esta vida tiene siempre una mañana. + +Al principio, Fantina estaba tan avergonzada, que apenas se atrevía á +salir. + +Cuando estaba en la calle, adivinaba que las gentes se volvían atrás +para señalarla con el dedo; todo el mundo se fijaba en ella y nadie la +saludaba; el menosprecio acre y frío de los transeuntes penetraba sus +carnes, y aún su alma, como el viento norte. + +En las poblaciones pequeñas, parece que una desgraciada se encuentre +sin abrigo entre el sarcasmo y la curiosidad general. En París, al +menos, nadie les conoce, y semejante obscuridad viene á ser un vestido. +¡Oh! ¡cómo hubiera querido ella volver á París! Era imposible. + +Fué indispensable acostumbrarse al desprecio, como se había +acostumbrado á la miseria. Poco á poco fué ella tomando su partido. +Después de dos ó tres meses, llegó á sacudir sus aprensiones y salir á +la calle como si nada hubiera pasado. «Todo me es igual», díjose. + +Iba pues, y venía, con la cabeza erguida, sonriendo amargamente y +sintiendo que iba perdiendo la vergüenza. + +La señora Victurnien la miraba pasar algunas veces desde su ventana, +advirtiendo la desdicha de «aquella criatura», gracias á ella «colocada +donde debía estar», y se felicitaba. Las gentes malas tienen la dicha +negra. + +El exceso de trabajo fatigaba á Fantina, y la tosecilla seca que tenía +iba en aumento. Algunas veces decía á su vecina Margarita: «Tocad, ved +mis manos como arden». + +No obstante, por la mañana, cuando peinaba con un peine viejo y roto +sus hermosos cabellos, que brillaban como la seda floja, gozaba un +instante de feliz coquetería. + + + + + X + =Prosigue el triunfo= + + +Había sido despedida del taller á fines del invierno; se pasó el +verano, pero volvió el invierno. Días cortos, menos trabajo. El +invierno carece de calor, de luz, de medio día; la tarde va unida á +la mañana, niebla y crepúsculo, la ventana parece empañada, no se ve +claro. El cielo es un tragaluz. El día entero una cueva. El sol tiene +el aspecto de un pobre. ¡El horror impera! El invierno trueca en +piedras el agua del cielo y el corazón del hombre. Sus acreedores la +acosaban. + +Fantina ganaba muy poco. Sus deudas habían crecido. Los Thénardier, +mal pagados, le escribían cartas á cada instante, cuyo contenido la +desolaba al par que sus portes la arruinaban. Cierto día le escribieron +que su pequeña Cosette estaba completamente desnuda con el frío que +hacía, que tenía necesidad de una saya de lana, y que era preciso que +mandase la madre, para ello, diez francos por lo menos. Al recibir la +carta se pasó todo el día estrujándola entre sus manos. Por la noche +entró en casa de un barbero que vivía en un extremo de la calle, y se +quitó el peine que le sujetaba el pelo. Su admirable cabellera rubia se +extendió y cayó hasta las caderas. + +--¡Bonito cabello!--exclamó el barbero. + +--¿Cuánto me daríais por él?--preguntó Fantina. + +--Diez francos. + +--Cortadlos. + +Compró inmediatamente una saya de punto de lana y se la mandó á los +Thénardier. + +Esta saya puso furiosos á los Thénardier. Era el dinero lo que ellos +querían: Dieron pues la saya á su Eponina. La pobre Alondra continuó +tiritando. + +Fantina pensaba:--«Mi hija no tiene ya frío. La he vestido con mis +cabellos».--Púsose entonces una gorrita redonda, ajustada á su cabeza +rapada, con la cual estaba aún graciosa. + +Operóse entonces una evolución tenebrosa en el corazón de Fantina. + +Cuando vió que no podía peinarse, comenzó á sentir odio á todo cuanto +la rodeaba. Había, por largo tiempo, participado de la veneración +general hacia el tío Magdalena, á pesar de lo cual á fuerza de +repetirse que había sido él quien la había despedido, y que era él la +causa de su desgracia, llegó á odiarle á él más que á todos. Cuando +pasaba junto á la fábrica á las horas que los obreros acostumbran á +estar á la puerta, afectaba reir y cantar. + +Una obrera ya vieja, que la observó una vez, mientras cantaba y reía +de aquella manera, exclamó:--He aquí una chica que acabará mal. + +No tardó _la chica_ en tener un amante; el primero que se le acercó, un +hombre á quien no amaba, por despecho, con todo el peso del dolor en el +corazón. Fué un miserable, una especie de músico mendicante, un ocioso, +un perdido; que la maltrataba, y que la dejó como ella le había tomado, +con disgusto. + +Ella adoraba á su hija. + +Cuanto más descendía, más iban creciendo las sombras á su alrededor, +brillando más en el fondo de su alma aquel dulce y tierno ángel de su +corazón. Ella decía: «Cuando seré rica, tendré á mi Cosette conmigo»; y +se reía. La tos no la dejaba, y sentía dolores en la espalda. + +Un día recibió de los Thénardier una carta concebida en los siguientes +términos: «Cosette está enferma de una fiebre generalizada en la +comarca, llamada fiebre miliar. Son precisos medicamentos caros. Esto +nos arruina y no podemos continuar pagándolos. Si no nos mandáis desde +luego cuarenta francos, antes de ocho días habrá muerto la niña». + +Rompió á reir á grandes carcajadas, y dijo, dirigiéndose á su anciana +vecina: + +--¡Buena es ésa! ¡cuarenta francos! esto es: dos napoleones de oro. ¿Y +de dónde quieren que yo los saque? ¡Qué estúpidas son estas gentes! + +Sin embargo, dirigióse á la escalera y junto á una ventana volvió á +leer la carta. + +Luego bajó precipitadamente la escalera, y siguió corriendo, saltando y +riendo siempre. + +Alguien que la encontró la dijo:--¿Qué es lo que os pasa que estáis tan +alegre? + +Ella respondió:--Una barbaridad que acaban de escribirme unos +campesinos. Me piden cuarenta francos. ¡Lugareños habían de ser! + +Como pasase por la plaza, fijóse en un gran grupo de gente que rodeaba +un carruaje de forma caprichosa, sobre el imperial del cual peroraba +un hombre vestido de encarnado. Era un titiritero, sacamuelas en +ejercicio, que ofrecía al público dentaduras completas, opiatas, polvos +y elixires. + +Fantina se mezcló al grupo, riéndose como las demás con aquella arenga, +la cual participaba de germanía para la canalla y de juerga para la +gente corriente.--El sacamuelas fijándose en aquella linda joven, que +se reía, exclamó de súbito:--¡Hermosos dientes! á vos, á vos que os +estáis riendo, lo digo. Si queréis venderme los dos paletos os doy de +cada uno un napoleón de oro. + +--¿Qué es eso? ¿qué son los paletos?--preguntó Fantina. + +--Paletos,--repuso el sacamuelas,--son los dientes centrales de la +mandíbula superior. + +--¡Qué horror!--exclamó Fantina. + +--¡Dos napoleones de oro!--murmuró una vieja sin diente alguno.--¡He +aquí una mujer feliz! + +Fantina se marchó corriendo y tapándose las orejas para no oir la voz +ronca del titiritero que seguía gritando:--¡Pensadlo bien, hermosa! +Dos napoleones de oro no son una bicoca. Si el corazón os lo dicta, +id á verme esta tarde á la hostería del _Tablado de plata_; allí me +encontraréis. + +Fantina entró de nuevo en su cuarto; estaba furiosa, y contó el caso á +su buena vecina Margarita.--¿Comprendéis esto? ¿No es verdad que es un +hombre despreciable? ¿Cómo se permite que recorran el país semejantes +hombres? ¡Arrancarme los dos dientes! ¡Quedaría horrible! ¡El pelo +vuelve á crecer, pero los dientes! ¡Ah, hombre monstruoso! ¡Preferiría +arrojarme sobre el empedrado desde un quinto piso y aplastarme el +cráneo. Ha dicho que estaría esta tarde en el _Tablado de plata_. + +--¿Y cuánto os ha ofrecido?--preguntó Margarita. + +--Dos napoleones de oro. + +--¡Caramba! ¡cuarenta francos! + +--Sí,--dijo Fantina, son cuarenta francos. + +Fantina se quedó meditabunda y se puso á trabajar. Pasado como un +cuarto de hora, dejó el trabajo para leer de nuevo la carta de los +Thénardier en la escalera. + +Y al volver á entrar díjole á Margarita, que trabajaba también junto á +ella: + +--¿Qué es fiebre miliar? ¿lo sabéis? + +--Sí,--respondió la anciana,--una enfermedad. + +--¿Y son necesarios muchos remedios? + +--¡Oh! remedios terribles. + +--¿Y se adquiere fácilmente? + +--Nos coge á lo mejor. + +--¿También á las criaturas? + +--Á las criaturas sobre todo. + +--¿Y mueren muchos? + +--¡Muchísimos!--dijo Margarita. + +Fantina volvió á salir á la escalera para leer nuevamente la carta. + +Por la tarde bajó y se la vió dirigirse hacia la parte de la calle de +París, donde están las posadas. + +Al día siguiente, por la mañana, como entrase Margarita en el cuarto de +Fantina antes de amanecer, pues trabajaban siempre juntas, y de esta +manera no tenían que encender más que una luz para las dos, encontró á +Fantina pálida y helada sentada sobre la cama. No se había acostado. Su +gorra se le había caído sobre las rodillas. La vela había ardido toda +la noche, y estaba casi consumida por completo. + +Margarita se paró en el umbral, petrificada por aquel enorme desorden, +y exclamó: + +--¡Señor, Dios mío! ¡Se ha consumido toda la vela! ¿Qué es lo que +sucede? + +Luego contempló á Fantina que volvió hacia ella su cabeza rapada. + +Fantina durante aquella noche había envejecido diez años. + +--¡Jesús!--dijo Margarita;--¿qué os pasa Fantina? + +--Nada,--contestó Fantina.--Al contrario. Mi hija no morirá ya de la +terrible enfermedad por falta de socorros. ¡Estoy contenta! + +Al hablar así, enseñaba á la vieja dos napoleones de oro que brillaban +sobre la mesa. + +--¡Ah! ¡Jesús, Dios mío!--dijo Margarita.--¿Pero eso es una fortuna? +¿de dónde habéis sacado estos luises de oro? + +--Los he ganado,--contestó Fantina. + +Al mismo tiempo sonrió tristemente. La vela alumbraba su cara. La +sonrisa de Fantina manaba sangre. Una saliva sonrosada señalaba los +bordes de sus labios, y veíase en la boca un agujero negro. + +Los dos dientes se habían arrancado. + +Mandó, pues, los cuarenta francos á Montfermeil. + +Por lo demás, la consabida carta no había sido más que una trampa de +los Thénardier para coger dinero. Cosette no estaba enferma. + +Fantina tiró su espejo por la ventana. Desde mucho tiempo había dejado +su cuartito del segundo piso, por un tabuco cerrado con un pestillo en +la guardilla; una de estas habitaciones en que el techo forma ángulo +con el suelo y en que á cada instante se topa de cabeza. El pobre no +puede penetrar en el fondo de su habitación, como en el fondo de su +destino, sino doblegándose muchísimo. Fantina no tenía ya cama, le +quedaba sólo un pingajo, al que llamaba su cobertor, un mal colchón +sobre el suelo y una silla rota. Un pequeño rosal que tenía se le +había secado, olvidado en un rincón. En el otro lado había un bote que +había sido de manteca, el cual servía para poner el agua que se helaba +en invierno y en la cual se iban marcando los diferentes niveles del +líquido, por círculos de hielo. Había perdido el pudor, luego perdió +también la coquetería. Última señal de decadencia. Salía con gorras +sucias á la calle. Fuése por falta de tiempo ó por indiferencia, no +repasaba siquiera sus vestidos. Á medida que los talones se rompían +iba metiendo las medias en los zapatos. Esto se descubría por algunos +pliegues perpendiculares. Remendaba su corpiño viejo y usado, con +pedazos de percal que se rompían al menor movimiento. Las gentes á +quienes debía, le armaban «escándalos», sin dejarle el menor reposo. Se +encontraba con ellas en la calle como en las escaleras. Pasábase las +noches pensando y llorando. Tenía los ojos muy brillantes, y sentía un +dolor fijo en la espalda debajo del omóplato izquierdo. Tosía mucho. +Odiaba profundamente al tío Magdalena y nunca se quejaba. Cosía diez y +siete horas diarias; pero un contratista del trabajo de las cárceles, +que hacía trabajar con rebaja á las presas, causó de súbito una baja en +los precios, con lo cual se limitó aún más el miserable jornal de las +obreras libres: á nueve sueldos ¡Diez y siete horas de trabajo y nueve +sueldos diarios! Sus acreedores se mostraban entonces implacables como +nunca. El prendero que había recobrado casi todos sus muebles, le decía +continuamente: ¿Cuándo me pagarás, pícara? ¡Qué más querían de ella, +Dios bueno! Encontrábase acorralada, é íbase desarrollando en ella algo +de fiera. También entonces Thénardier le escribió que decididamente +había esperado ya mucho tiempo con demasiada bondad, y que necesitaba +cien francos enseguida, y que si no, pondría á la pequeña Cosette en +la calle, á pesar de estar convaleciente de aquella grave enfermedad, +con el frío y por los caminos á que fuése de ella lo que fuere, aunque +reventase, si así lo quería. + +--Cien francos,--pensó Fantina.--¿Pero dónde encontrar trabajo con el +cual ganar cien sueldos diarios? + +--¡Andando!--exclamó,--vendamos el resto. + +Y la desventurada se hizo mujer pública. + + + + + XI + =Christus nos liberavit= + + +¿Qué significa la historia de Fantina? La sociedad comprando una +esclava. + +¿Á quién? Á la miseria. + +Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, á la desnudez. Venta +dolorosa. Una alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad +acepta. + +La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización, pero no +la penetra aún; dícese que la esclavitud ha desaparecido de la +civilización europea. Es un error. Existe todavía; pero ya no pesa más +que sobre la mujer, y se llama prostitución. + +Pesa sobre la mujer, es decir, sobre la gracia, sobre la debilidad, +sobre la belleza, sobre la maternidad. ¡No es ello una de las menores +ignominias del hombre! + +Al punto de este doloroso drama al cual hemos llegado, nada le quedaba +á Fantina de lo que en otro tiempo había sido. Se había convertido toda +en mármol al lanzarse al lodo. Quién la toca se estremece de frío. Para +ella, os sufre é ignora quién sois; es la imagen deshonrada y severa. +La vida y el orden social le han dicho su última palabra. Le ha pasado +cuanto podía pasarle. Todo lo ha sentido, todo lo ha sobrellevado, todo +lo ha sufrido, todo lo ha experimentado, todo lo ha perdido y lo ha +llorado todo. Está resignada con aquella resignación que se parece á la +indiferencia, como la muerte se parece al sueño. No teme ni evita nada. +Nada cree tampoco. ¡Caiga sobre ella toda la nube y pase sobre ella +todo el océano! ¡Qué le importa! Es ya una esponja empapada en todas +sus amarguras. + +Á lo menos así lo cree ella, pero es un error imaginarse que la suerte +se puede agotar y que pueda tocarse al fondo de lo que fuere. + +¡Ay! ¿qué es lo que son los destinos así empujados de continuo? ¿á +dónde van? ¿por qué han de ser así? + +El que esto sabe, ve en toda obscuridad. + +Es único. Se llama Dios. + + + + + XII + =La ociosidad del señor Bamatabois= + + +Existe en todas las pequeñas poblaciones, y la había en M* sur M* +particularmente, cierta clase de jóvenes que gastan mil quinientas +libras de renta en provincias, como el mismo aire con que sus +semejantes consumen en París doscientos mil francos anuales. Pertenecen +los tales, á la gran raza neutra; impotentes, parásitos, nulos, que +poseen un pedazo de tierra, un poco de tontería y un poco de ingenio, +que serían rústicos en un salón y se creen caballeros en una taberna, +que dicen: Mis prados, mis bosques, mis colonos; que silban á las +actrices en el teatro para probar que son gente de gusto; que disputan +con los oficiales de la guarnición para hacer gala de valentones; +que cazan, fuman, bailan, beben, huelen á tabaco, juegan al billar, +contemplan á los viajeros que vienen en la diligencia, viven en el +café, comen en la posada, tienen su perro para roer los huesos debajo +de la mesa y una querida que pone los platos encima, que regatean +un sueldo, exageran las modas, admiran la tragedia, desprecian las +mujeres, usan botas antiguas, copian á Londres al través de París y +á París al través de Pont-á-Mousson, envejecen aniñados, no trabajan +nunca, no sirven para nada ni hacen gran mal. + +Si Félix Tholomyés hubiese permanecido en su provincia sin haber visto +nunca París, hubiera sido uno de estos hombres. + +Si fuesen más ricos, se diría de ellos: son elegantes. Si fueran más +pobres, se diría: son holgazanes. Tales cuales son, se les llama +sencillamente, desocupados. Entre los tales desocupados, los hay +fastidiosos y fastidiados, visionarios y pillastres más ó menos +graciosos. + +Durante aquella época, un elegante se componía de un gran cuello, una +gran corbata, un reloj con chucherías, tres chalecos sobrepuestos de +colores distintos, el azul y el encarnado interiores, un frac de color +de aceituna, de talle corto y cola de merluza, con doble hilera de +botones de plata, pegados casi los unos á los otros, subiendo hasta +los hombros, y un pantalón del mismo color, pero más claro, guarnecido +en sus dos costuras de un número indeterminado de bandas, pero siempre +impar, variando entre una y once, límite del cual no se pasaba jamás. +Añádase á esto unas botitas con pequeñas herraduras en los tacones, un +sombrero de copa alta y alas estrechas, cabellos peinados con tupé, un +enorme bastón, una conversación realzada por los juegos de palabras de +Potier. Y sobre todo, espuelas y bigotes. En aquella época, los bigotes +significaban paisano y las espuelas peón. + +El elegante provinciano llevaba las espuelas más largas y los bigotes +más marcados que el parisién. + +Era la época de la lucha entre las repúblicas de la América meridional +y el rey de España, de Bolívar contra Morillo. Los sombreros de ala +estrecha eran realistas, y se llamaban morillos; los liberales llevan +sombreros de alas anchas, llamados bolivares. + +Ocho ó diez meses después de lo que hemos narrado en las páginas +precedentes, hacia los primeros días de enero de 1823, una tarde que +había nevado, uno de estos elegantes, uno de estos desocupados, «de +buenas intenciones», pues llevaba morillo, é iba además muy bien +embozado en una gran capa de las que completaban en tiempo de frío el +traje á la moda, divertíase en perseguir á una infeliz que andaba en +traje de baile, descotada y con flores en la cabeza, frente las puertas +del café de los oficiales. Nuestro elegante fumaba porque era ello, +decididamente, de moda. + +Cada vez que aquella pobre mujer pasaba junto á él, lanzábale con +una bocanada de humo de su cigarro, algún apóstrofe, que él creía +ingenioso y agudo, como: ¡Qué fea eres!--¡Quieres marcharte!--No tienes +dientes, etc., etc.--Este personaje se llamaba Bamatabois.--La mujer, +triste sombra vestida que iba y venía caminando sobre la nieve, no +le contestaba ni miraba siquiera, ni dejaba de recorrer en silencio, +por ello, la ruta que se había trazado y que la ponía cada cinco +minutos bajo aquellos sarcasmos, como el soldado condenado á palos +que se revuelve bajo las baquetas. El poco caso que se le hacía, picó +indudablemente al ocioso, quien aprovechando un momento en que la mujer +daba la vuelta, fué se tras ella á paso de lobo, y sofocando la risa, +se bajó, cogió del suelo un puñado de nieve, y se la arrojó bruscamente +entre sus desnudos hombros. La pobre muchacha lanzó un rugido +desgarrador, y volviéndose indignada como una pantera, lanzóse contra +el hombre, clavándole las uñas en la cara, acompañando la acción de las +palabras más duras que puedan oirse en un cuerpo de guardia. Aquellas +injurias vomitadas con voz aguardentosa, salían indignas y asquerosas +de la boca de una mujer, á la cual le faltaban efectivamente los dos +dientes centrales de la mandíbula superior. Era Fantina. + +Al escándalo que se produjo, salieron todos los oficiales del café; +agrupáronse también los transeuntes, formándose un gran corro, que +se divertía azuzando y aplaudiendo alrededor de aquel torbellino, +compuesto de dos seres en el que apenas podían reconocerse un hombre y +una mujer; el hombre, procurando defenderse, con el sombrero rodando +por el suelo; la mujer, pegando sin tino ni concierto con las manos y +los pies, descompuesta, espumeante, sin dientes ni cabellos, lívida por +la cólera, horrible. + +De pronto, un hombre de elevada estatura, adelantándose entre la +multitud, asiendo á la mujer por el corpiño de raso cubierto de barro, +la dijo:--«Sígueme». + +La mujer levantó la cabeza, apagando de súbito su furioso acento. Sus +ojos se pusieron vidriosos; de lívida se tornó pálida y temblando con +el estremecimiento del terror. + +Había reconocido á Javert. + +El elegante había aprovechado la ocasión para escapar. + + + + + XIII + =Solución de algunas cuestiones de policía municipal= + + +Javert apartó á los concurrentes, rompió el círculo y echó á andar +á grandes pasos hacia las oficinas de policía situadas al extremo +de la plaza, arrastrando hacia allí á la miserable. Ella se dejó +conducir maquinalmente. Ni él ni ella decían una palabra. La nube de +espectadores en el paroxismo de la alegría les iba siguiendo con sus +pullas. La suprema miseria es siempre ocasión de obscenidades. + +Al llegar á las oficinas de policía, que estaban en una sala baja +caldeada por una estufa y custodiada por una guardia, con una vidriera +con reja que daba á la calle, abrió Javert la puerta, entrando +con Fantina, y volvió á cerrar inmediatamente tras sí, con gran +descontentamiento de los curiosos, que se empinaban sobre las puntas de +los pies, alargando el cuello cuanto podían, ante la obscura vidriera +del cuerpo de guardia, procurando ver algo. La curiosidad es una +glotonería. Ver es devorar. + +Al entrar, se fué Fantina á un rincón, muda é inmóvil, donde se +acurrucó como un perro espantado. + +El sargento de guardia puso una vela encendida sobre una mesa. Sentóse +Javert, sacó de su bolsillo un pliego de papel sellado y se puso á +escribir. + +Esta clase de mujeres se encuentran completamente abandonadas por +nuestras leyes á la discreción de la policía. Ésta hace de ellas lo +que quiere; las castiga como parece, confiscando á su antojo estas +dos tristes cosas que se llaman su industria y su libertad. Javert +estaba impasible; su cara seria y grave no transparentaba la menor +emoción. Sin embargo, estaba grave y profundamente preocupado. Era +uno de aquellos momentos en que ejercía sin tener quién pudiera +contrariarle, pero con todos los escrúpulos de una conciencia severa, +su tremendo poder discrecional. En aquel instante estaba penetrado +de que su asiento de agente de policía era un tribunal. Y juzgaba. +Juzgaba y condenaba. Procuraba llamar así cuantas ideas podía tener +dentro de su espíritu á propósito para auxiliarle en la gran obra que +ejecutaba. Cuanto más examinaba lo hecho por aquella pobre chica, +más indignado se sentía. Era evidente que acababa de presenciar la +comisión de un crimen. Acababa de ver allí, en medio de la calle, á la +sociedad representada por un elector propietario, insultada y atacada +por una criatura fuera de toda ley. Una prostituta atentando contra un +contribuyente. Él lo había visto, él, Javert. Y escribía en silencio. + +Cuando hubo concluido, firmó, doblé el papel y dijo al sargento de la +guardia entregándoselo:--Tomad tres hombres y acompañad esta mujer á la +cárcel.--Después, volviéndose á Fantina, añadió:--Vas por seis meses. + +La desventurada se estremeció. + +--¡Seis meses! ¡seis meses de cárcel!--exclamaba.--¡Seis meses de ganar +solamente siete sueldos al día! ¿Qué será de mi pobre Cosette? ¡de mi +hija! ¡mi hija! Pero yo debo aún más de cien francos á los Thénardier: +señor inspector ¿sabéis vos esto? + +Fantina se arrastraba sobre las baldosas mojadas por las botas llenas +de barro de aquellos hombres, sin levantarse, caminando de rodillas. + +--Señor Javert,--decía,--os pido perdón. Os aseguro que la culpa no +era mía. Si hubiérais visto el comienzo de la disputa, os hubiérais +persuadido, lo juro por Dios vivo, de que no era mía la culpa. Fué +aquel señor, al cual yo no conozco, quien me echó un puñado de nieve en +la espalda. ¿Es que hay derecho de echarnos nieve á la espalda cuando +seguimos, como seguía yo, tranquilamente por nuestro camino sin causar +daño á nadie? Esto me exasperó. Estoy enferma ¡vedlo! y luego hacía +mucho rato que me estaba echando pullas. «¡Eres fea! decía, ¡no tienes +dientes!». Ya sé yo perfectamente que me faltan dientes. Yo no hacía +ni le decía nada; yo pensaba: Es un señor que se divierte. Estuve muy +prudente con él, no le dije una palabra. Entonces fué, por esto sin +duda, que me arrojó la nieve. Señor Javert, mi buen señor Javert; ¡ah! +señor inspector, ¿no hay quién lo haya visto para atestiguar que es +verdad lo que os digo? Puede que haya hecho mal enfadándome; pero ya +veis, aquella impresión, en el primer momento nadie puede dominarse +aunque quiera. Hay momentos supremos. Y luego sentir una cosa tan fría +inesperadamente sobre la carne. He faltado tirando el sombrero de aquel +señor. Pero, ¿por qué se ha ido? Yo le pediría perdón. ¡Oh, Dios mío! +me sería indiferente pedirle perdón. Perdonadme vos por esta vez, señor +Javert. Advertid, vos tal vez no lo sepáis; en la cárcel no se ganan +más que siete sueldos, esta falta no es del gobierno, pero no se ganan +sino siete sueldos; y haceos cargo de que yo debo pagar cien francos, +ó de no, me mandarían aquí á mi hija. ¡Oh, Dios mío! me es imposible +tenerla conmigo. ¡Es tan humillante lo que yo hago! ¡Oh, mi Cosette! +¡oh, mi angelito de la Virgen! ¡qué sería de ella, pobre criatura! Debo +decíroslo, los Thénardier, los posaderos, los campesinos, no se pagan +con palabras. Les hace falta dinero. ¡No me encarceléis! Atendedme; +tengo una niña á la cual arrojarían en mitad del camino, á la ventura, +en pleno invierno; es preciso tener piedad de esta criatura, mi buen +señor Javert. Si estuviese ya crecida, podría ganarse el pan, pero +no puede el pobre angelito. No, señor, yo en el fondo no soy mala. +No es la holgazanería, ni la glotonería lo que me han hecho lo que +soy. Yo bebo aguardiente, pero es por miseria. No me gusta, pero me +aturde. Cuando yo era más dichosa, no había sino ver mis armarios, para +convencerse de que no era una mujer coqueta; que gusta el desorden. Yo +tenía ropa blanca, mucha ropa blanca. Compadeceos de mí, señor Javert. + +Ella hablaba así, arrodillada, agitada por los sollozos, cegada por las +lágrimas, desnuda la garganta, retorciendo las manos, tosiendo seca y +frecuentemente, balbuceando tristemente con la voz de la agonía. Los +grandes dolores son como un rayo divino y terrible que trasfigura á +los miserables. En aquel momento Fantina aparecía nuevamente bella. +En ciertos momentos se detenía y besaba tiernamente la levita del +inspector. Hubiera podido enternecer un corazón de granito, pero no +lograba enternecer un corazón de palo. + +--Vaya,--dijo Javert,--ya te he oído. ¿Lo has dicho todo? ¡Márchate +ahora á pasar tus seis meses! Al Padre Eterno en persona le sería +imposible hacer nada por ti. + +Á esta frase solemne: _al Padre Eterno en persona le seria imposible +hacer nada por ti_, comprendió ella que estaba dictada la sentencia. +Doblóse anonadada sobre sí misma murmurando:--¡Perdón! + +Javert volvió la espalda. + +Los soldados la cogieron por el brazo. + +Hacía algunos minutos que había penetrado en la sala un hombre, sin +que nadie lo hubiese advertido al parecer. Había cerrado la puerta, +habiéndose aproximado al escuchar los desesperados ruegos de Fantina. + +En el momento en que los soldados ponían sus manos sobre la +desgraciada, que no quería levantarse, adelantó un paso saliendo de +entre la sombra, y dijo: + +--¡Un instante si os place! + +Javert levantó los ojos y reconoció al señor Magdalena. Descubrióse y +saludó con cierta turbación y disgusto. + +--Perdonad, señor alcalde... + +Esta frase, señor alcalde, produjo en Fantina un extraño efecto. +Levantóse rápidamente como un espectro que surgiese de la tierra, +desasiéndose de los soldados que la tenían de los brazos y dirigiéndose +al señor Magdalena sin dar tiempo á que la detuviesen, y mirándole +fijamente, con aire extraviado, exclamó: + +--¡Ah! ¡con que eres tú el señor alcalde! + +Luego lanzó una carcajada y le escupió en la cara. + +El señor Magdalena se limpió y dijo: + +--Inspector Javert, dejad en libertad á esta mujer. + +Javert sintió como si se volviera loco. Sintió en aquellos instantes, +una sobre otra, y casi mezcladas á la vez, las más violentas emociones +que había experimentado en toda su vida. Ver una mujer pública +escupiendo en la cara al señor alcalde, era una cosa tan monstruosa +que, aun dentro las más extrañas suposiciones, hubiera calificado de +sacrilegio su posibilidad. Por otra parte, allá en el fondo de su +imaginación, comparaba confusa y terriblemente lo que era aquella mujer +y lo que podía ser el señor alcalde, y entonces entreveía horrorizado +algo de común en tan prodigioso atentado. Pero al ver al alcalde, al +magistrado, limpiarse tranquilamente el rostro y decir: _Dejad en +libertad á esta mujer_, sintió como un desvanecimiento de estupor, +faltándole el pensamiento y la palabra á un tiempo; el asombro había +traspasado para él los límites de lo posible. Quedóse mudo. + +Aquella frase no había hecho tampoco menos efecto en Fantina. Levantó +ella su brazo desnudo y se agarró á la llave de la estufa como quien +vacila. Sin embargo, miró á su alrededor, y comenzó á hablar en voz +baja, como hablando con ella misma: + +--¡En libertad! ¡que me dejen marchar! ¡que no vaya á la cárcel por +seis meses! ¿Quién ha dicho eso? ¡No es posible que nadie lo haya +dicho! ¡He oído mal! ¡No puede haber sido el monstruo del alcalde! +¿Habréis sido vos, señor Javert, el que ha dicho que me dejen libre? +¡Oh! ¡ya veis! yo me explicaré y me dejaréis marchar. Ese monstruo de +alcalde, ese mal viejo, es quien tiene la culpa de todo. ¡Figuraos, +señor Javert, que me ha despedido por culpa de las habladurías de +unas cuantas chismosas que tiene en el taller! ¡No es esto horroroso! +¡Despedir á una pobre joven que cumple honradamente su deber! No había +yo ganado lo bastante, y toda mi desgracia ha nacido de ello. Es +indispensable una reforma, que los señores de la policía podrían hacer +fácilmente, y sería impedir á los contratistas de las cárceles que +perjudicaran á los pobres. Yo os lo explicaré. + +Vos ganáis, por ejemplo, doce sueldos cosiendo camisas; y se os baja +á nueve sueldos, no hay medio entonces de vivir. Es preciso pues, en +este caso ir por donde se pueda. Yo tenía á mi pequeña Cosette, me he +visto pues obligada á hacerme mujer mala. ¿Comprendéis ahora cómo es +este pícaro alcalde quien ha hecho todo el mal? Después, es verdad que +yo he pisoteado el sombrero de aquel señor delante del café de los +oficiales. Pero él antes me había echado á perder el vestido con la +nieve. Nosotras no tenemos más que un vestido de seda para la noche. +¿Veis como no he hecho el mal intencionadamente? ¿Verdad, señor Javert? +¡Hay, por lo tanto, muchas mujeres peores que yo, que son más felices! +¡Oh, señor Javert! sois vos quien ha dicho que se me deje en libertad, +¿no es verdad? Tomad informes, dirigíos á mi casero; le pago bien, dirá +que soy honrada. ¡Ah, Dios mío! os pido perdón: he tocado sin querer la +llave de la estufa y ha salido el humo. + +El señor Magdalena la escuchaba con profunda atención. Mientras Fantina +hablaba, se había metido los dedos en el bolsillo del chaleco, había +sacado la bolsa y la había abierto; estaba vacía; habíala pues vuelto á +guardar. Entonces dijo á Fantina: + +--¿Cuánto habéis dicho que debéis? + +Fantina, que no miraba más que á Javert, volvióse y dijo: + +--¿Te hablo á ti por ventura? + +Después, dirigiéndose á los soldados: + +--Decid, ¿habéis visto cómo le he escupido á la cara? ¡Ah! viejo y +pícaro alcalde, vienes aquí para meterme miedo, pero no lo lograrás. +¡Yo tengo miedo solamente al señor Javert! + +Y así diciendo, volvióse al inspector: + +--Ya lo veis, señor inspector, es preciso ser justo, y estoy persuadida +de que lo sois... El hecho es muy sencillo; un hombre se entretiene +echando un puñado de nieve al cuello de una mujer, esto ha hecho que +los oficiales se rieran, dispuestos como están siempre á bromear; ¡y +nosotras estamos ahí para los que quieran divertirse! Luego venís vos y +tenéis, naturalmente, el deber de restablecer el orden; os lleváis á la +mujer que ha faltado, pero reflexionáis, y como sois bueno, mandáis que +se me deje libre; esto lo hacéis por mi pobre hija, porque seis meses +de cárcel me impedirían el dar de comer á mi pobre hija. ¡Solamente me +prevenís para que no reincida! ¡Oh no, no reincidiré, señor Javert! Aun +cuando hagan conmigo todo lo que se les antoje, no me moveré. Solamente +que hoy, entendéis, he gritado porque me han hecho daño; no ha tenido +toda la culpa la nieve de aquel señor, sino que, como os he dicho, +estoy enferma, toso y siento en el estómago como una bola que me está +quemando; el médico dice que debo cuidarme. Dadme la mano, tocad, no +temáis. + +Fantina no lloraba ya; su acento era cariñoso, y llevaba á su cuello +blanco y delicado la grosera y ruda mano de Javert, á quien miraba +sonriendo. + +De pronto, arregló vivamente el desorden de sus vestidos, haciendo caer +los pliegues de la falda que se le habían subido á la altura de la +rodilla, y dirigiéndose á la puerta, dijo á media voz á los soldados +con un movimiento de cabeza amistoso: + +--Muchachos, el señor inspector ha dicho que me deja, y yo me voy. + +Puso ella la mano en el pestillo. Un paso más y estaba en la calle. + +Javert, hasta este instante permaneció de pie, inmóvil, la vista fija +en el suelo, colocado en medio de esta escena como una estatua separada +de su asiento que espera ser colocada en otra parte. + +El ruido del pestillo le despertó. Levantó la cabeza con cierta +expresión de soberana autoridad, expresión tanto más terrible cuanto +más baja es la autoridad, feroz en el animal salvaje, atroz en el +hombre de nada. + +--¡Guardia!--exclamó,--¿no estáis viendo que esta pícara va á +marcharse? ¡Quién os ha dicho que la dejéis salir? + +--Yo,--dijo Magdalena. + +Al oir Fantina la voz de Javert, soltó temblorosa el pestillo, como +deja un ladrón el objeto robado. Á la voz del señor Magdalena volvió la +cabeza, y desde este momento, sin decir una palabra más, sin atreverse +á respirar siquiera, paseó su mirada de Magdalena á Javert, de Javert á +Magdalena, según era el uno ó el otro quien hablaba. + +Era evidente que debía estar Javert, como vulgarmente se dice, «fuera +de juicio» para que se permitiese apostrofar al guardia, como acababa +de hacerlo, después de la indicación del alcalde para dejar á Fantina +en libertad. ¿Se le había olvidado que estaba en presencia del alcalde? +¿Había acabado por decirse á sí mismo, que era imposible que una +«autoridad» hubiese dado semejante orden, y que á no dudarlo, el señor +alcalde había dicho, sin querer, una cosa por otra? Ó bien, ¿ante las +enormidades que acababa de ver en dos horas, conocía que debía llegar +á una resolución suprema, que era necesario que el pequeño se hiciese +grande, que el polizonte se transformase en magistrado, que el agente +de policía se hiciese hombre de justicia, y que en tan extremada +situación, el orden, la ley, la moral, el gobierno y la sociedad +entera, estaban personificadas en él, en Javert? + +Fuere por lo que fuése, cuando el señor Magdalena hubo dicho aquel _yo_ +que acababa de oir, vióse al inspector de policía Javert, volverse +hacia el señor alcalde, pálido, frío, azulados los labios, la mirada +desesperada, agitado su cuerpo de un temblor imperceptible, y, cosa, +inaudita, díjole bajando la vista, pero con acento seguro: + +--Señor alcalde, esto es imposible. + +--¿Cómo?--preguntó el señor Magdalena. + +--Esta perdida ha insultado á un señor. + +--Inspector Javert,--repuso el señor Magdalena, con acento tranquilo +y conciliador,--escuchad. Sois un hombre honrado, y no tengo ninguna +dificultad en daros explicaciones. Oid la verdad. Yo atravesaba la +plaza cuando conducíais vos á esta mujer; había aún algunos grupos; me +he informado; lo he sabido todo; el señor aquel es quien ha faltado y +el que, en buena ley de policía debió ser arrestado. + +Javert respondió: + +--Esta miserable acaba de insultar al señor alcalde. + +--Esto es cosa mía,--dijo Magdalena.--Mi injuria me pertenece, y puedo +hacer de ella lo que quiera. + +--Perdonad, señor alcalde, la injuria no se os ha hecho á vos sino á la +justicia. + +--Inspector Javert,--replicó Magdalena,--la principal justicia es la +conciencia. He oído á esta mujer, y sé lo que hago. + +--Y yo, señor alcalde, yo no sé explicarme lo que estoy viendo. + +--Entonces, limitaos á obedecer. + +--Obedezco á mi deber, y mi deber me ordena que encierre á esta mujer +seis meses en la cárcel. + +El señor Magdalena respondió con dulzura: + +--Pues oid bien: No estará encerrada ni un día. + +Á estas palabras decisivas, atrevióse Javert á mirar fijamente al +alcalde y le dijo, pero con acento respetuoso siempre: + +--Tengo el sentimiento de oponerme á lo dicho por el señor alcalde; +es la primera vez de mi vida, pero séame permitido observar que estoy +dentro de los límites de mis atribuciones. Circunscríbome, ya que el +señor alcalde así lo quiere, al solo hecho del señor... que yo he +presenciado. Fué esta mujer quien se arrojó sobre el señor Bamatabois, +elector y propietario de esa hermosa casa de piedra con balcón y tres +pisos, que hace esquina á la explanada. ¡En fin, hay cosas en este +mundo! Pero sea ello lo que fuere, es éste, señor alcalde, un hecho +de policía que ha tenido lugar en la calle, y que, por lo tanto me +corresponde; así es que yo retengo á Fantina. + +Entonces el señor Magdalena se cruzó de brazos y dijo con acento tan +severo que nadie se lo había oído aún en la ciudad: + +--El hecho de que habláis es un hecho de policía municipal. Conforme +á los artículos nueve, once, quince y sesenta y seis del código de +instrucción criminal, yo soy juez. Ordeno por lo tanto que se deje en +libertad á esta mujer. + +Javert quiso todavía hacer el último esfuerzo. + +--Pero, señor alcalde... + +--Debo recordaros el artículo 81 de la ley de 13 de diciembre de 1799, +sobre detención arbitraria. + +--Permitidme, señor alcalde... + +--Ni una palabra más. + +--No obstante... + +--Salid,--dijo el señor Magdalena. + +Javert recibió este golpe enhiesto, de frente, en medio del pecho como +un soldado ruso. Saludó, inclinándose hasta el suelo, al señor alcalde +y salió. + +Fantina se separó un poco de la puerta, para dejarle el paso libre, +mirándole estupefacta pasar ante ella. + +Sin embargo, encontrábase ella anegada en la más extraña emoción. +Acababa de verse, hasta cierto punto, disputada por dos opuestos +poderes. Había visto luchar ante sus ojos á aquellos dos hombres que +tenían en sus manos su libertad, su vida, su alma y su hija; el uno de +aquellos hombres, la arrastraba hacia las tinieblas, el otro, hacia +la luz. En aquella lucha, entreveía al través del agrandamiento del +miedo, á aquellos dos hombres que le parecían dos gigantes; hablando +el uno como el espíritu del mal, y hablando el otro como el ángel de +su guarda. El ángel acababa de vencer al demonio, y lo que la hacía +temblar de pies á cabeza, ¡aquel ángel, su libertador, era precisamente +el hombre á quien aborrecía, el alcalde, al cual había creído por mucho +tiempo autor de todos sus males, el señor Magdalena! ¡Y en el preciso +momento en que ella acababa de insultarle groseramente, él la salvaba! +¿Se había pues equivocado? ¿Debía por lo tanto, cambiar el espíritu que +la alentaba?... Lo ignoraba, pero estaba temblando. Escuchaba aturdida, +miraba azorada, y á cada palabra que decía el señor Magdalena, sentía +desvanecerse y trasformarse en su interior las espantosas tinieblas del +odio, y nacer en su corazón un algo inefable y consolador, que venía á +ser como un sentimiento de alegría, confianza y cariño. + +Cuando hubo salido Javert, el señor Magdalena se le dirigió y hablando +con calma y con cierto dolor, como un hombre grave que no quiere llorar: + +--Os he escuchado. No sabía yo nada de cuanto habéis dicho, y creo que +es verdad. Ignoraba asimismo que hubiéseisida de mis talleres. ¿Por qué +no os dirigisteis á mí? En fin: yo pagaré ahora vuestras deudas, haré +que venga vuestra hija, ó que vayáis vos misma á buscarla. Viviréis +aquí, en París ó donde queráis. Yo me encargo de vuestra hija y de vos. +No trabajaréis más si no queréis. Yo os daré todo el dinero que os haga +falta. Volveréis por lo tanto á ser honrada, siendo dichosa. Y luego, +oídme, yo os lo aseguro desde ahora, si todo ha pasado como habéis +dicho, y yo no dudo, no habéis dejado nunca de ser virtuosa y santa +delante de Dios, ¡oh, desgraciada mujer! + +Era ello mucho más de lo que la pobre Fantina podía soportar. ¡Tener +á Cosette! ¡salir de aquella vida de infamia! ¡vivir libre, rica, +dichosa y honrada, con su Cosette! ¡viendo como surgían de súbito, en +medio de sus miserias todas aquellas realidades celestiales! Miraba +como atontada á aquel hombre que le estaba hablando sin poder hacer +otra cosa que lanzar algunos suspiros: «¡Oh! ¡oh! ¡oh!». Dobláronse sus +piernas, y quedó arrodillada delante del señor Magdalena, y antes que +él tuviese tiempo de impedirlo, sintió que ella le tomaba la mano y que +la llevaba á sus trémulos labios. + +Después, se desmayó. + + + + + LIBRO SEXTO + JAVERT + + + I + =Principio del reposo= + + +El señor Magdalena hizo llevar á Fantina á la enfermería de su propia +casa. Confiola á las hermanas, que la metieron en cama. Le había +sobrevenido una gran calentura. Pasó una parte de la noche delirando y +hablando en alta voz. No obstante, acabó por conciliar el sueño. + +Al día siguiente, á eso del medio día, despertó. Parecióle oir alguien +que respiraba junto á su lecho. Separó la cortina y vió al señor +Magdalena como mirando algo por encima de su cabeza. Aquella mirada +estaba impregnada de piedad, de angustia y de súplica. Siguió ella la +dirección de su mirada, y vió que se dirigía á un crucifijo pendiente +de la pared. + +El señor Magdalena se había transfigurado á los ojos de Fantina. Le +pareció verle envuelto en luz. Estaba absorto sin duda en alguna +oración. Contemplóle un buen espacio sin atreverse á interrumpirle. Por +último, le dijo tímidamente: + +--¿Qué hacéis? + +El señor Magdalena estaba allí hacía una hora. Esperaba que Fantina +despertase. Tomóle la mano, observóle el pulso, y contestó: + +--¿Cómo estáis? + +--Bien, he dormido,--dijo ella,--creo que estoy mejor. Esto no será +nada. + +Y él repuso, como respondiendo á la primera pregunta que ella le había +dirigido, como si la acabase de oir entonces: + +--Estaba rogando al mártir que está en lo alto. + +Añadiendo interiormente:--Por la mártir que está aquí abajo. + +El señor Magdalena había pasado la noche y la mañana informándose. Ya +lo sabía todo. Conociendo ya con todos sus detalles la historia de +Fantina, continuó: + +--Habéis sufrido mucho, pobre madre. ¡Ah, no os quejéis, habéis ganado +el dote de los elegidos! Así es como los hombres hacen ángeles. La +falta no es suya, puesto que no saben hacerlo de otro modo. Mirad, este +infierno del que acabáis de salir, es la faz primera del cielo. Es +preciso empezar por ahí. + +Él suspiró profundamente. Ella al mismo tiempo sonrió, con aquella +sonrisa sublime á la que le faltaban dos dientes. + +Javert, durante aquella noche misma, había escrito una carta. Púsola, á +la mañana siguiente, por sí mismo al correo de M* sur M*. Iba dirigida +á París, con este sobrescrito: _Al señor Chabouillet, secretario del +señor prefecto de policía_. Como el sucedido del cuerpo de guardia +había recorrido la población, la directora de la estafeta y algunas +otras personas que vieron la carta antes de salir y que conocieron la +letra de Javert en la dirección, creyeron que iba en ella la dimisión +de su cargo. + +El señor Magdalena se apresuró á escribir á los Thénardier. Fantina les +debía ciento veinte francos. Él les mandó trescientos, diciéndoles que +se cobrasen de aquella cantidad y que mandasen enseguida la niña á M* +sur M*, donde su madre enferma la reclamaba. + +Esto deslumbró á Thénardier. + +--¡Diablo!--dijo él á su mujer, no debemos soltar la chiquilla. +¡Cuidado que esta alondra nos va á producir lo que una vaca de leche! +¡Ya sé yo lo que es ello! Algún infeliz que se habrá enamorado de la +madre. + +Contestó mandando una cuenta de quinientos francos muy bien hecha. En +esta cuenta figuraban por más de trescientos francos dos documentos +incontestables; una cuenta del médico y otra del boticario, los cuales +habían asistido y medicado, durante dos largas enfermedades, á Eponina +y Azelma. Cosette, ya lo hemos dicho, no había estado enferma. Todo se +redujo á una simple sustitución de nombres. Thénardier escribió al pie +de la cuenta: + +_Recibido á cuenta trescientos francos._ + +El señor Magdalena mandó inmediatamente trescientos francos más y +escribió. «Mandad cuanto antes á Cosette». + +--¡Cristo!--exclamó Thénardier,--no hay que soltar la niña. + +Entretanto Fantina continuaba, sin restablecerse, en la enfermería. + +Las hermanas, por de pronto, no habían recibido ni cuidado á aquella +«chica» sino con repugnancia. Quien haya visto los bajos-relieves +de Reims, recordará la expresión del labio inferior de las vírgenes +prudentes contemplando las vírgenes locas. Aquel antiguo menosprecio de +las vestales por las ebubeyas, es uno de los más profundos instintos de +la dignidad femenina, las hermanas lo sentían también, con el aumento +que agregaba al mismo la religión. Pero, á los pocos días, Fantina las +había desarmado. Empleaba solamente palabras tan tiernas y humildes, +que la madre que en ellas se manifestaba, enternecía. Un día, las +hermanas la oyeron decir al través de la fiebre. + +--He sido una pecadora, pero cuando tenga á mi hija junto á mí, +querrá ello decir que Dios me ha perdonado. Mientras he sido mala, no +he deseado jamás tener á Cosette á mi lado, pues no hubiera podido +soportar su triste admiración. Y era sin embargo, por ella por quien +yo hacía el mal, lo cual hace sin duda que Dios me perdone. Sentiré +las bendiciones del cielo cuando esté aquí Cosette. Yo la contemplaré, +encontrando en su inocencia mi consuelo. Ella no sabe nada. Es un +ángel, ya veis, hermanas mías. Á su edad no se han perdido las alas +todavía. + +El señor Magdalena la visitaba dos veces cada día, y ella le preguntaba +siempre: + +--¿Veré pronto á Cosette? + +Y él contestaba: + +--Puede que mañana por la mañana. Llegará de un momento á otro; la +estoy esperando. + +Y el pálido semblante de la madre, irradiaba. + +--¡Oh!--exclamaba,--¡qué feliz voy á ser! + +Hemos dicho ya que Fantina no se restablecía. Al contrario, su estado +parecía agravarse semanalmente. Aquel puñado de nieve aplicada al +centro de los dos omóplatos, había determinado una supresión súbita de +la traspiración, gracias á lo cual, la enfermedad que venía incubando +hacía algunos años, acabó por manifestarse violentamente. Empezábanse +entonces á seguir para el estudio y tratamiento de las enfermedades +del pecho, las acertadas indicaciones de Laënnec. El médico auscultó á +Fantina, y movió tristemente la cabeza. + +El señor Magdalena preguntó al médico: + +--¿Y bien, doctor, cómo sigue? + +--¿No tiene una hija á quien desea ver?--dijo el médico. + +--Sí. + +--Pues bien, haced que venga luego. + +El señor Magdalena se estremeció. + +Preguntóle Fantina: + +--¿Qué ha dicho el médico? + +El señor Magdalena se esforzó en sonreir. + +--Ha dicho que hiciera venir pronto á vuestra hija. Que esto os +volvería la salud. + +--¡Oh!--dijo ella,--¡tiene razón! pero, ¿qué hacen estos Thénardier, +que no mandan á mi Cosette? ¡Oh! va á venir. ¡Por fin, veré la +felicidad á mi lado! + +Thénardier, sin embargo, no soltaba la niña, buscando para ello mil +pretextos. Que Cosette estaba delicada para ponerse en camino en +invierno. Después, que quedaban algunas pequeñas deudas cuyas cuentas +iba reuniendo, etc., etc. + +--¡Mandaré á cualquiera á buscar á Cosette!--dijo el señor Magdalena, y +si es preciso iré yo mismo. + +Entonces escribió, dictadas por Fantina, las siguientes líneas que le +hizo firmar. + +«Señor Thénardier, + +«Entregad á Cosette al portador. +Os serán pagados todos los picos. +Tengo el honor de saludaros respetuosamente. + + «FANTINA». + +Estando en eso, sobrevino un incidente grave. En vano pretendemos +cortar y pulimentar el misterioso bloque de nuestra existencia; la +negra vena del destino reaparece siempre. + + + + + II + =De cómo Juan puede llegar á ser champ= + + +Cierta mañana, en que estaba el señor Magdalena en su gabinete ocupado +en despachar con tiempo algunos asuntos perentorios de la alcaldía para +el caso de que se decidiese á hacer el viaje á Montfermeil, pasáronle +aviso de que el inspector de policía, Javert, deseaba hablarle. Al oir +pronunciar este nombre, no pudo evitar Magdalena una desagradable +impresión. Desde la aventura de la oficina de policía, Javert le había +excusado más que nunca, y Magdalena no le había vuelto á ver. + +--Hacedle entrar,--dijo. + +Javert entró. + +Magdalena continuó sentado junto á la chimenea con la pluma en la +mano y la mirada fija en un cuaderno que estaba hojeando y anotando, +el cual contenía las actas de algunos procesos verbales de distintas +contravenciones de policía urbana. Prosiguió, no obstante, en su tarea, +sin fijarse en Javert. No podía dejar de preocuparse por la pobre +Fantina, y le pareció conveniente mostrarse glacial. + +Javert saludó respetuosamente al señor alcalde que estaba de espaldas, +y quien, sin volver la cabeza, continuó anotando. + +Javert, dió dos ó tres pasos hacia dentro, parándóse luego sin romper +el silencio. + +Un fisonomista que hubiese estado familiarizado con el modo de ser de +Javert, que hubiese estudiado, por algún tiempo, á aquel salvaje puesto +al servicio de la civilización, aquel compuesto singular de romano y +espartano, de fraile y de cabo de escuadra, aquel espía incapaz de +mentir, aquel moscardón virgen; un fisonomista enterado de su secreta +y antigua aversión al señor Magdalena, de su disgusto con el alcalde +por lo de Fantina, y que hubiese observado á Javert en aquel momento, +se hubiera dicho: ¿Qué habrá pasado? Hubiérale sido evidente porque +habría conocido aquella conciencia recta, clara, sincera, proba, +austera y feroz, que Javert acababa de ser víctima de algún grave é +íntimo suceso. Javert no sentía nada en el alma que no se revelase en +su semblante. Estaba, como todos los caracteres violentos, sujeto á +variaciones bruscas. Jamás había estado su fisonomía tan extrañamente +demudada y tan incomprensible. Al entrar, se había inclinado delante +del alcalde dirigiéndole una mirada en la que no había rencor, ni odio, +ni cólera, ni desconfianza; se había detenido á algunos pasos detrás +del sillón, quedándose firme, de pie, en actitud casi militar, con +la rudeza sencilla y fría del hombre que desconoce la dulzura y que +es de ordinario un seríais pasivo, esperando, sin decir una palabra, +sin hacer un gesto, con verdadera humildad y en la más tranquila +resignación, á que el señor alcalde se volviese; sereno y grave, con el +sombrero en la mano, bajos los ojos, con una expresión que participaba +por igual de la del soldado delante de su oficial y de la del reo +delante del juez. Todos los sentimientos, como todos los recuerdos +que se le pudiesen suponer, habían desaparecido. Nada se veía en su +semblante impenetrable y duro como el granito, más que una tristeza +melancólica. Todo en su persona respiraba firmeza y humildad, y como +cierto abatimiento valeroso. + +Por fin, dejó su pluma el señor alcalde, y se medio volvió: + +--¡Y bien! ¿qué hay? ¿qué es ello, Javert? + +Javert permaneció un instante silencioso aún, como recogiéndose en sí +mismo, luego levantó la voz con cierta triste solemnidad, de la que no +excluyó la sencillez, diciendo: + +--Hay, señor alcalde, que se ha cometido un hecho penable. + +--¿Qué hecho? + +--Un agente inferior de la autoridad ha faltado al respeto debido á un +magistrado, de un modo gravísimo. Yo vengo en cumplimiento de mi deber +á daros conocimiento del hecho. + +--¿Quién es ese agente?--preguntó el señor Magdalena. + +--Yo,--dijo Javert. + +--¿Vos? + +--Yo. + +--¿Y quién es el magistrado ofendido por el agente? + +--Vos, señor alcalde. + +Magdalena se incorporó en su sillón, Javert prosiguió, con aire severo +y los ojos bajos: + +--Señor alcalde, vengo á pediros que os sirváis proponer á la autoridad +mi destitución. + +Magdalena, estupefacto, abrió la boca, Javert le interrumpió. + +--Vos diréis tal vez, que yo hubiera podido presentar mi dimisión, pero +esto no era bastante. Presentar la dimisión es honroso, pero yo he +faltado y debo ser castigado. Es forzoso que se me destituya. + +Y, después de una pausa añadió: + +--Señor alcalde: estuvisteis el otro día muy severo conmigo, +injustamente. Sedlo hoy con justicia. + +--¿Y eso á qué?--exclamó Magdalena.--¿Qué galimatías es éste? ¿qué es +lo que queréis decir? ¿dónde está este acto culpable cometido por vos +contra mí? ¿Qué me habéis hecho? ¿en qué me habéis faltado? ¿Os acusáis +para ser reemplazado?... + +--Separado,--dijo Javert. + +--Separado, sea si es preciso, pero no lo entiendo. + +--Ya lo comprenderéis, señor alcalde. + +Javert suspiró profundamente y repuso, siempre fría y tristemente: + +--Señor alcalde, hace seis semanas, luego de la escena que tuvo lugar +por aquella chica, que, estando yo furioso, os denuncié. + +--¿Me denunciásteis? + +--Á la prefectura de policía de París. + +El señor Magdalena, que no se reía mucho más que Javert, sonrió. + +--¿Como alcalde que se antepone á la policía? + +--Como antiguo presidiario. + +El alcalde palideció. + +Javert, que no había levantado los ojos, continuó: + +--Yo lo creía así. Estuve mucho tiempo con esta idea. Una gran +semejanza, las indagaciones que habéis hecho practicar en Faverolles, +vuestra fuerza muscular, la aventura del viejo Fauchelevent, vuestra +puntería, vuestra pierna un poca coja y, ¿qué sé yo qué más? +¡Barbaridades! en fin, que os tomé por un tal Juan Valjean. + +--¿Un tal?... ¿Cómo habéis dicho? + +--Juan Valjean. Un presidiario á quien conocí hace veinte años, cuando +era yo ayudante de guarda chusma en Tolón. Al salir del penal, ese Juan +Valjean, á lo que parece, robó en casa de un obispo, y luego cometió +otro robo á mano armada y en un camino público contra un niño saboyano. +Ha estado oculto, no sé cómo, unos ocho años, y eso que se le andaba +buscando. Yo llegué á figurarme... En fin, ¡que me atreví á ello! La +cólera me hizo decidir, y os denuncié á la prefectura. + +El señor Magdalena, que había vuelto á hojear el cuaderno, hacía un +momento, repuso con acento de perfecta indiferencia. + +--¿Y qué se os ha contestado? + +--Que estaba loco. + +--¿Y bien? + +--¡Que bien pueden tener razón! + +--¡Bueno es que lo reconozcáis! + +--Es preciso, puesto que el verdadero Juan Valjean ha reaparecido. + +Cayósele de las manos al señor Magdalena el papel que tenía en +ellas, levantó la cabeza, miró fijamente á Javert, y dijo con acento +inexplicable: + +--¡Ah! + +Javert continuó: + +--He aquí lo que ha pasado, señor alcalde. Parece que existía en este +país, hacia la parte de Ailly-le-Haut-Clocher, una especie de buen +hombre á quien llamaban el tío Champmathieu. Era el tal un miserable. +Nadie se había fijado en él. Esta clase de gente ignora todo el mundo +como viven. Últimamente, durante el otoño, el tío Champmathieu, estuvo +preso por un robo de manzanas, cometido en... En fin, el punto es lo +de menos; es el caso que hubo robo, escalamiento y algunas ramas de +árbol desgajadas. Se detuvo á Champmathieu, teniendo todavía una rama +de manzanas en la mano. Metiósele en la cárcel. Hasta aquí no pasaba de +ser ello una ligera falta correccional. Mas ahora ved lo que hay en el +caso de providencial. Estando la cárcel medio arruinada, el señor juez +de instrucción dispuso que fuése trasladado Champmathieu á la cárcel +departamental de Arras. En dicha, cárcel, se hallaba á la sazón, un +antiguo presidiario llamado Brevet, que estaba preso por yo no sé qué y +que hacía de calabocero por su buen comportamiento. Señor alcalde, en +cuanto llegó allí Champmathieu, aún antes de entrar, exclamó enseguida +Brevet: + +--¡Diantre! yo conozco este hombre. Es un _Fagot_[4].--¡Miradme bien, +buen hombre! ¡Vos sois Juan Valjean! + +--¡Juan Valjean! ¿qué Juan Valjean? + +Champmathieu se hacía el admirado. + +No te hagas el desentendido,--dijo Brevet:--eres Juan Valjean y has +estado en el penal de Tolón. Hace veinte años. Estábamos juntos. + +Champmathieu negaba. ¡Está claro! ¿Comprendéis el porqué? Se +profundiza, se indaga. Y así se hizo, hasta que se sacó en limpio lo +siguiente: Que Champmathieu, hace unos treinta años, era jornalero +podador en la comarca, habiendo trabajado en varios puntos, y +particularmente en Faverolles. Aquí se perdió el rastro. Algún tiempo +después se le vió nuevamente en Auvernia, luego en París, donde según +dijo, fué carretero y tuvo una hija lavandera, y aunque esto no está +probado, resulta que por fin se vino por acá. Ahora, pues, antes de ir +á presidio por robo comprobado, ¿qué era Juan Valjean? Podador. ¿Dónde? +En Faverolles. Otro hecho. El Valjean se llamaba por nombre de pila +Juan, y su madre se apellidaba Mathieu. + +¿Qué puede haber de más natural que al salir del presidio tomara para +ocultarse el apellido de su madre y se hiciese llamar desde entonces +Juan Mathieu? Pasa luego á Auvernia, donde el acento del país cambia +el Juan _(Jean)_ en _chan_, y se le llama Chan-Mathieu. Acepta nuestro +hombre este cambio y catadlo transformado en Champmathieu. Vais +comprendiendo, ¿verdad? Se practica una información en Faverolles. +Nada se sabe de la familia de Juan Valjean. Vos no ignoráis que las +familias de esta clase de gente se desvanecen con la mayor facilidad. +Se las busca á lo mejor, y nada se encuentra. Estas gentes, cuando no +son lodo son polvo. Además como el principio de esta historia data +de treinta años, no hay nadie en Faverolles que haya conocido á Juan +Valjean. Se piden informes á Tolón. Á más de Brevet, no hay más que +dos presidiarios que hayan conocido á Juan Valjean. Estos son dos +condenados á cadena perpetua, llamados Cochepaille y Chenildieu. Se +les saca del penal y se les hace venir. Se les carea con el pretendido +Champmathieu. Ninguno de los dos vacila. Para ellos, lo mismo que para +Brevet, es este Juan Valjean. La misma edad, cincuenta y cuatro años, +la misma estatura, el mismo aire, en fin, el mismo hombre. En este +tiempo precisamente mandé yo mi denuncia á la prefectura de París. +Allí se me contestó que yo había perdido el tino y que Juan Valjean +se encuentra en Arras y en poder de la justicia. ¡Comprended si esto +había de asombrarme, á mí, que creía tener aquí al mismo Juan Valjean! +Escribí luego al señor Juez de instrucción, quien me mandó llamar, y me +presentó á Champmathieu... + +--¿Y qué?--interrumpió el señor Magdalena. + +Javert contestó con cara imperturbable y triste: + +--Señor alcalde, la verdad es la verdad. Y aún que sea á pesar mío, +confieso que aquel hombre es Juan Valjean. Yo mismo le reconocí. + +El señor Magdalena le preguntó en voz baja: + +--¿Estáis seguro? + +Javert sonrió de la manera dolorosa con que se acostumbraba á expresar +una profunda convicción. + +--¡Oh! ¡seguro! + +Estuvo unos momentos pensativo, tomando y soltando maquinalmente, +con las puntas de los dedos, polvos de serrín de los que había en la +salvadera de sobre la mesa, y añadió luego: + +--Y ahora, después de haber visto al verdadero Juan Valjean, no acierto +á explicarme cómo pude creer otra cosa. Pídoos, por lo tanto, perdón, +señor alcalde. + +Al dirigir esta frase suplicante y grave, al mismo á quien hacía seis +semanas, le había humillado en pleno cuerpo de guardia diciéndole: +«¡Salid!». Javert, el hombre altivo, se manifestaba á la sazón lleno de +sencilla dignidad. + +El señor Magdalena no contestó á la súplica mas que con esta pregunta +seca: + +--Y, ¿qué dice este hombre? + +--Cáspita, señor alcalde, mal negocio es éste para él. Si es Juan +Valjean hay reincidencia. Saltar un muro, romper una rama, y tomar +unas manzanas, esto, para un muchacho, es una falta correccional; +para un hombre sería ya delito, y para un presidiario resulta un +crimen. Escalamiento y robo, nada le falta. No es, pues, para el caso +de policía correccional, sino competencia del tribunal en lo penal. +Y no será ello cosa de una temporada de cárcel, sino presidio de por +la vida. Y luego existe también el robo del niño saboyano que también +ha de salir. ¡Diantre! Ya le dará que hacer, diréis, ¿no es verdad? +Sí, á otro que no fuera Juan Valjean. Pero Juan Valjean es muy listo. +También en esto yo le reconozco. Otro sentiría ya el calor; se movería, +gritaría, como grita el puchero puesto al fuego; no querría ser de +ninguna manera Juan Valjean, etc. Pero él presentándose como si nada +comprendiera, dice: «¡Yo soy Champmathieu, yo no puedo decir más!». +Parece admirado, ó embrutecido, por decirlo mejor. ¡Oh, el papel está +bien estudiado! pero no importa, las pruebas existen. Le han reconocido +cuatro personas, y el pícaro viejo será condenado. Ha sido trasladado á +la audiencia de Arras. Debo ir allá como testigo. Estoy ya citado para +ello. + +El señor Magdalena se había vuelto otra vez hacia la mesa, tomando de +nuevo su legajo, y lo hojeaba tranquilamente, leyendo y escribiendo á +la vez como hombre atareado. Volviéndose después á Javert, dijo: + +--Basta, Javert. Al fin y á la postre, nada me importan estos detalles. +Estamos perdiendo el tiempo, y hay mucho que hacer y que despachar con +urgencia. Javert, debéis ir inmediatamente á casa de la tía Buseaupied, +que vende hierbas allá en la esquina de la calle Saint-Saulve. Decidle +que presente su queja contra el carretero Pedro Chesnelong. Es éste +un hombre brutal, que por poco aplasta á esta mujer y á su hijo. Es +forzoso que sea castigado. Vais luego á casa de Carcellay, calle de +Montre de Champigny, quien se queja de que una gotera de la casa del +lado que vierte en la suya el agua de lluvia, perjudica los cimientos +de su propiedad. Después os enteraréis de las faltas de policía +denunciadas en la calle de Guiborg, en la casa de la viuda Doris, y +en la calle de Garraud Blanc, en casa de la señora Renata le Bossé, é +instruiréis proceso verbal. Pero os estoy dando mucho que hacer. ¿No +vais á marcharos? ¿No me habéis dicho que debíais pasar á Arras para +este negocio dentro ocho ó diez días? + +--Mucho antes, señor alcalde. + +--¿Qué día entonces? + +--Creo haber dicho al señor alcalde que la causa se veía mañana, y que +yo salgo en la diligencia de esta noche. + +Magdalena hizo un movimiento imperceptible. + +--¿Y cuánto ha de durar esta vista? + +--Á lo más, un día. La sentencia se pronunciará, á más tardar, mañana +por la noche. Pero yo no esperaré el fallo, que no puede faltar; +después de prestada mi declaración, volveré. + +--Está bien,--dijo Magdalena. + +Y entonces despidió á Javert alargando la mano. + +Javert no se movió. + +--Perdonad, señor alcalde,--dijo. + +--¿Hay más?--preguntó Magdalena. + +--Señor alcalde, me falta recordaros una cosa. + +--¿Cuál? + +--Que debo ser destituido. + +El señor Magdalena se levantó. + +--Javert, sois un hombre honrado y os aprecio. Habéis exagerado vuestra +falta. Siendo además ella una ofensa que me concierne á mí únicamente. +Javert, sois digno de ascender más que de bajar. Creo que debéis +conservar vuestro puesto. + +Javert fijó su mirada cándida en el señor Magdalena, en el fondo de la +cual parecía vislumbrarse aquella conciencia no bien despejada, pero +rígida y pura, diciendo con acento tranquilo: + +--Señor alcalde no puedo concederos lo que decís. + +--Y yo os repito,--replicó Magdalena,--que es ello de mi incumbencia. + +Pero Javert, fijo en su única idea, continuó: + +--En cuanto á exagerar, no exagero jamás. Ved cómo razono. He +sospechado de vos injustamente. Esto no significa nada. Estamos en +nuestro derecho sospechando de quien quiera que sea, aún cuando haya +abuso en la sospecha de un superior nuestro. ¡Pero sin pruebas, +cediendo á un exceso de cólera, deseando vengarme, os denuncié como +presidiario, á vos, á un hombre respetable, á un alcalde, á un +magistrado! lo cual no es solamente grave, sino gravísimo. He ofendido +en vuestra persona á la autoridad, yo agente de ella! Si cualquiera de +mis subordinados hubiese hecho lo que he hecho yo, le hubiera declarado +indigno del servicio, y le hubiera destituido. ¡Pues bien! Atended, +señor alcalde, una palabra. Yo generalmente he sido severo. Con los +demás, he sido justo. He obrado bien. Pero ahora, si no fuése severo +conmigo, todo lo que yo he hecho en justicia, resultaría injusto. +¿Debo yo ser distinto de los demás? ¡De ninguna manera! ¡Porque no +hubiera sido bueno sino para castigar á los otros, y no á mí! ¡y sería +yo, por lo tanto, un miserable y cuantos me llamasen: ¡el bribón de +Javert! tendrían razón. Señor alcalde, no deseo de ninguna manera que +me tratéis con benevolencia; vuestra benevolencia me ha requemado la +sangre cuando ha favorecido á los demás, y no puedo quererla para +mí. La bondad que consiste en dar la razón á la mujer pública contra +el propietario, al agente de policía contra el alcalde, á cualquier +inferior contra el superior, á ésta le llamo yo mala voluntad. Con +semejantes bondades se desorganiza la sociedad. ¡Dios mío! Es muy +fácil ser bueno; la dificultad está en ser justo. ¡Vedlo sino! Si vos +hubiérais sido lo que yo creía, no hubiera yo sido bueno para vos. ¡Ya +lo hubiérais visto! Señor alcalde, yo debo tratarme como trataría á +cualquier otro. Cuando yo reprendía á los malhechores, cuando castigaba +á los perdidos, me decía muchas veces á mí mismo: Si delinques, si caes +en falta alguna vez, puedes estar tranquilo! ¡He tropezado, he caído +en falta, tanto peor! Estoy por lo tanto perdido, echado, destituido; +es lo equitativo. Conforme. Tengo brazos, trabajaré en la tierra; +me es igual. Señor alcalde, el buen servicio exige un ejemplo. Pido +sencillamente la destitución del inspector Javert. + +Todo lo dicho, era pronunciado con acento humilde, valeroso, +desesperado y convencido, lo cual daba cierta grandeza particular á +aquel extraño y honrado personaje. + +--Veremos,--dijo el señor Magdalena. Y le tendió la mano. + +Javert retrocedió, y dijo en tono casi salvaje: + +--Perdonad, señor alcalde, pero esto no puede ser. Un alcalde no le da +la mano á un esbirro. + +Y añadió entre dientes: + +--Esbirro, sí; desde el momento en que he abusado de la policía, no soy +más que un esbirro. + +Después saludó profundamente, y se dirigió á la puerta. + +Luego volviendo sobre sus pasos y siempre con los ojos bajos: + +--Señor alcalde,--dijo:--continuaré en mi puesto hasta que se me +reemplace. + +Salió Javert, y el señor Magdalena quedó admirado y pensativo, +escuchando aquel andar firme y seguro que se perdía sobre el pavimento +del corredor. + + + NOTAS: + +[4] _Fagot_, antiguo presidiario. + + + + + LIBRO SÉPTIMO + LA CAUSA CHAMPMATHIEU + + + I + =Sor Simplicia= + + +Los incidentes que vamos á leer no han sido todos conocidos en M* sur +M*. Pero lo poco que se ha sabido de ellos dejó en la población tales +recuerdos, que quedaría en este libro un gran claro si no los diésemos +á conocer en sus menores detalles. + +En los tales detalles encontrará el lector dos ó tres circunstancias +inverosímiles, que respetamos por consideración á la verdad. + +En las primeras horas de la tarde que siguieron á la visita de Javert, +el señor Magdalena fué á ver á Fantina, según costumbre. + +Antes de llegar hasta Fantina, mandó llamar á sor Simplicia. + +Las dos religiosas que tenían á su cargo la enfermería, lazaretistas +como todas las hermanas de la caridad, se llamaban sor Perpetua la una, +y la otra sor Simplicia. + +Sor Perpetua era como si dijéramos el tipo de una aldeana cualquiera; +una hermana de la caridad sencillamente tosca, que se había puesto al +servicio de Dios como en otro cualquiera. Era religiosa como hubiera +sido cocinera. Tipo que no es del todo raro. Las órdenes monásticas +aceptan gustosas este grosero barro provinciano, que toma fácilmente la +forma de capuchina ó de ursulina. Estas rusticidades se aprovechan para +las tareas bastas de la devoción. La transformación de un boyero en +carmelita no es difícil; se pasa de lo uno á lo otro sin gran trabajo; +el fondo común de ignorancia de la aldea y del claustro, viene á ser +una preparación, ya hecha, que introduce á pie enjuto al campesino +en el claustro. Agrandad un poco la blusa y ya tenéis el hábito. Sor +Perpetua era una robusta religiosa de Marines, cerca Pontoise, que +hablaba en _patois_, psalmodiaba y murmuraba, azucarando las tisanas de +conformidad con la devoción ó hipocresía del acogido, brusca con los +enfermos, áspera con los moribundos, dándoles casi con el cristo en la +cara, martirizando á los agonizantes con plegarias coléricas, atrevida, +honrada, robusta y colorada. + +Sor Simplicia era blanca como la cera. Junto á sor Perpetua, era +el cirio al lado de la vela de sebo. Vicente de Paul ha delineado +perfectamente la hermana de la caridad en estas admirables palabras +en las que mezcla tanta libertad como esclavitud: «No tendrán, dice, +más monasterio que las casas de los enfermos, más celda que un cuarto +de alquiler, más capilla que la iglesia parroquial, más claustro que +las calles de la población y las salas del hospital, más clausura +que la obediencia, más rejas que el temor de Dios ni más velo que +la modestia». Este ideal estaba encarnado en sor Simplicia; nadie +hubiera podido fijar la edad de sor Simplicia; jamás había sido joven, +y parecía que no había de ser vieja nunca. Era una persona--no nos +atrevemos á decir una mujer--amable, austera, simpática, delicada, +fría, y que no había mentido jamás. Era tal su amabilidad, que parecía +frágil, siendo, no obstante, más fuerte que el granito. Tocaba á los +desgraciados con sus hermosos, finos é inmaculados dedos. Tenía, por +así decirlo, palabra silenciosa; no hablaba más que lo necesario, y +era su acento tal, que hubiera á la vez edificado en un confesionario +y encantado en un salón. Aquella delicadeza se había amoldado +perfectamente al hábito de estameña encontrando en aquel rudo contacto, +un continuado alerta del cielo y de Dios. Insistimos en este detalle +particular. No había mentido jamás, ni había dicho nunca, por cualquier +interés ni por indiferencia, una cosa que no fuera verdad; la verdad +santa, éste era el rasgo característico de sor Simplicia, éste era +el acento de su virtud. Era casi célebre en la congregación por su +imperturbable veracidad. + +El padre Sicard, hablando de sor Simplicia en una carta al sordomudo +Massieu, dice: Por sinceros y puros que seamos, tenemos todos en +nuestro candor, la mancha de alguna mentirilla inocente. Ella estaba +limpia de semejante mancha. Mentirilla, mentira inocente, ¿existe por +ventura? Mentir, es lo absoluto del mal. Mentir poco, es imposible; el +que miente dice toda la mentira; mentir, es el modo de ser mismo del +demonio; Satán tiene dos nombres, se llama Satán y se llama Mentira. He +aquí lo que ella pensaba. Y como pensaba, así obraba. De ello resultaba +aquella blancura de que hemos hablado, blancura que brillaba igualmente +en sus ojos que en sus labios. Su sonrisa era blanca, su mirada era +blanca también. No había la menor tela de araña, ni un solo grano de +polvo, que empañase el cristal de su conciencia. Al tomar el hábito +de San Vicente de Paul, había adoptado el nombre de Simplicia, por +elección especial. Simplicia de Sicilia, como sabe todo el mundo, es +aquella santa que prefirió dejarse arrancar los pechos que responder, +habiendo nacido en Siracusa, que había nacido en Segesta, mentira que +la hubiera salvado. Semejante modelo se ajustaba perfectamente á esta +alma. + +Sor Simplicia, al entrar en la orden, tenía dos defectos, de los que se +había ido corrigiendo poco á poco; gustaba de manjares delicados, y de +recibir cartas. No leía jamás otro libro que uno de oraciones, impreso +en grandes caracteres y escrito en latín. No sabía el latín, pero +entendía el libro. + +La piadosa hermana había tomado afecto á Fantina, adivinando quizás, +una virtud latente, dedicándose casi exclusivamente á su cuidado. + +El señor Magdalena llamó á parte á sor Simplicia, y le recomendó á +Fantina con singular acento, del que se acordó después la hermana. + +Después de haber hablado á la hermana, se dirigió á Fantina. + +Fantina esperaba diariamente la llegada del señor Magdalena, como se +espera un rayo de calor y de alegría, diciendo á las hermanas: + +--No vivo sino cuando está aquí el señor alcalde. + +Aquel día tenía mucha fiebre. En cuanto vió al señor Magdalena, le +preguntó: + +--¿Y Cosette? + +Él contestó sonriendo: + +--Luego. + +El señor Magdalena estuvo con ella como de ordinario. Solamente que +hizo la visita de una hora, en lugar de media, con gran contentamiento +de Fantina. Hizo mil súplicas á todo el mundo para que nada le faltase +á la enferma. Pudo notarse que hubo un momento en que su semblante +apareció sombrío. Pero esto se explicó al saber que el médico se le +había acercado y dicho al oído:--Pierde muchísimo. + +Volvió luego á la alcaldía, y el chico de la oficina le vió examinar un +mapa, itinerario de Francia, colgado de la pared del gabinete, y luego +escribir con lápiz algunos números en un papel. + + + + + II + =Perspicacia de maese Scaufflaire= + + +De la alcaldía pasó al extremo de la población, á casa de un flamenco, +maese Scaufflaer, afrancesándolo Scaufflaire, quien alquilaba caballos +y «cabriolés á voluntad». + +Para ir á casa de Scaufflaire, el camino más corto era el de tomar +por una calle muy poco frecuentada, en el cual vivía el cura de la +parroquia del señor Magdalena. El cura era, al decir de las gentes +un hombre digno, respetable y sesudo. Al momento en que el señor +Magdalena llegaba frente la casa del cura no había en la calle más +que un transeunte, y este transeunte advirtió lo siguiente: El señor +alcalde, después de haber pasado la casa, se paró de súbito; permaneció +un momento parado; después volviendo sobre sus pasos, deshizo el +camino, hasta la puerta de la vicaría, que era una puerta ordinaria, +con llamador de hierro. Puso vivamente la mano en el picaporte, y lo +levantó; después volvió á pararse nuevamente, quedando como dudoso +y pensativo; y después de algunos segundos, en lugar de dejar caer +bruscamente el llamador, bajólo suavemente, volviendo á emprender su +camino con cierta prisa que no llevaba antes. + +El señor Magdalena encontró á maese Scaufflaire, en casa, ocupado en +recoser un arnés. + +--Maese Scaufflaire,--preguntóle:--¿tenéis un buen caballo? + +--Señor alcalde,--dijo el flamenco,--todos mis caballos son buenos. +¿Qué entendéis vos por un buen caballo? + +--Entiendo por bueno, un caballo que pueda recorrer veinte leguas en un +día. + +--¡Diablo!--exclamó el flamenco,--¡veinte leguas! + +--Sí. + +--¿Arrastrando un cabriolé? + +--Sí. + +--Y ¿cuánto tiempo podrá descansar después de la jornada? + +--Es preciso que pueda, en caso de necesidad, volver al día siguiente. + +--¿Recorriendo la misma distancia? + +--Sí. + +--¡Diablo! ¡diablo! ¿Son veinte leguas? + +El señor Magdalena sacó del bolsillo el papel en el que había escrito +con lápiz algunos números, el cual manifestó al flamenco. Eran éstos: +5, 6, 8-1/2. + +--Veis,--le dijo.--Total diez y nueve y media, que vale tanto como +decir: veinte. + +--Señor alcalde,--respondió el flamenco,--puedo serviros. Mi caballito +blanco, debéis haberlo visto por fuerza pasar alguna vez, una jaca +del bajo Boulogne. Lleno de fuego. En vano se le quiso hacer caballo +de silla. ¡Á él con ésas! Derribaba á cuantos intentaban acercársele. +Creyósele viciado, y cuando no sabían qué hacer de él, lo compré yo. +Púsele al cabriolé. ¡Señor mío! ¡esto era lo que él quería! Es dócil +como una niña, y corre más que el viento. Pero guárdese nadie de +montarle, porque no quiere de ninguna manera ser caballo de silla. Cada +cual tiene sus ambiciones. Tirar, sí llevar no; es preciso creer que +éste es su lema. + +--Pero, ¿hará el trayecto? + +--Recorrerá al trote largo las veinte leguas en menos de ocho horas. +Pero escuchad antes las condiciones. + +--Decid. + +--En primer lugar, dejaréis que descanse una hora á mitad del camino; +le daréis de comer; cuidado de que alguien vigile mientras coma, +evitando que el chico de la posada robe la avena; porque tengo +observado, que en las posadas, suele ser la avena bebida con mayor +frecuencia por los mozos de cuadra, que comida por los caballos. + +--Se vigilará. + +--En segundo lugar... ¿Es para el señor alcalde, el cabriolé? + +--Sí. + +--¿Sabe el señor alcalde guiar?... + +--Sí. + +--Está bien. ¿El señor alcalde viajará solo y sin equipaje, al objeto +de no cargar demasiado el caballo? + +--Convenido. + +--Pero, señor alcalde, no yendo nadie con vos, tendréis que tomaros el +trabajo de vigilar que no se le quite la avena. + +--Por supuesto. + +--Me abonaréis treinta francos por día, incluso los de descanso. Ni un +ochavo menos, corriendo, naturalmente, de cuenta del señor alcalde, la +manutención del caballo. + +El señor Magdalena sacó de su bolsillo tres monedas de oro de veinte +francos, y las dejó sobre la mesa. + +--He aquí dos días adelantados. + +--En cuarto lugar, por una carrera semejante, un cabriolé sería +muy pesado y fatigaría al caballo. Será preciso, por lo tanto, que +consienta el señor alcalde, en viajar en un pequeño tílburi que tengo. + +--Consiento. + +--Es muy ligero, pero está descubierto. + +--Me es igual. + +--¿Ha calculado el señor alcalde que estamos en invierno? + +El señor Magdalena no contestó;--el flamenco repuso: + +--¿Que hace mucho frío? + +El señor Magdalena guardó silencio. + +Maese Scaufflaire continuó: + +--¿Que puede llover? + +El señor Magdalena levantó la cabeza, y dijo: + +--El tílburi y el caballo estarán á la puerta de mi casa mañana á las +cuatro y media de la madrugada. + +--Entendidos, señor alcalde,--dijo Scaufflaire. Después, rascando con +la uña del pulgar una mancha que había en la mesa, repuso con aquel +aire indiferente que los flamencos saben mezclar también á su finura: + +--¿Sabéis en lo que estoy pensando? en que el señor alcalde no me ha +dicho á dónde se dirige... Y... ¿á dónde va el señor alcalde? + +No tenía él en la cabeza otra cosa desde el principio de la +conversación, pero, sin saber por qué, no se había atrevido á hacer la +pregunta. + +--¿Tiene vuestro caballo buenas piernas delanteras?--dijo el señor +Magdalena. + +--Sí, señor alcalde. Le retendréis un poco en las pendientes. ¿Hay +muchas en el camino que vais á recorrer? + +--No olvidéis que debe estar á la puerta de mi casa á las cuatro y +media de la madrugada precisamente,--respondió el señor Magdalena, y +salió. + +El flamenco se quedó hecho un bestia, según decía él de sí mismo +después. + +El señor alcalde había salido hacía cinco ó seis minutos, cuando volvió +á abrirse la puerta; era el señor alcalde. + +Su aire era como antes, impasible y preocupado. + +--Maese Scaufflaire,--dijo,--en cuánto estimáis el caballo y el tílburi +que vais á alquilarme, llevando el uno al otro. + +--Tirando el uno del otro, señor alcalde,--dijo el flamenco soltando +una carcajada. + +--Sea. ¿Cuánto? + +--¿Es que el señor alcalde me los quiere comprar? + +--No, pero, os los quiero garantir á todo evento. Á mi vuelta me +devolveréis la cantidad. ¿En cuánto estimáis el caballo y el tílburi? + +--En quinientos francos, señor alcalde. + +--Aquí están. + +El señor Magdalena dejó sobre la mesa un billete de banco; luego salió, +sin entrar ya de nuevo. + +Maese Scaufflaire se arrepentía en alto grado de no haber dicho mil +francos. Sin embargo, caballo y tílburi juntos no valían más que cien +escudos. + +El flamenco llamó á su mujer, y le explicó el caso. ¿Dónde diablos +querrá ir el señor alcalde? Ambos tuvieron su consejo.--Irá á +París,--dijo la mujer.--No lo creo,--contestó el marido. + +El señor Magdalena se había dejado olvidado sobre la chimenea, el papel +en el cual había escrito algunos números. + +El flamenco tomó el papel, y empezó á calcular.--¡Cinco, seis, ocho +y media! éstos serán los relevos de posta... Volvióse luego á su +mujer.--He dado en ello,--dijo.--¿Cómo?--De aquí á Hesdin median cinco +leguas, seis de Hesdin á Saint-Pol, ocho y media de Saint Pol á Arras. +Va á Arras. + +Entretanto, el señor Magdalena había vuelto á su casa. Para regresar de +casa maese Scaufflaire, había tomado el camino más largo, como si la +puerta de la vicaría fuése para él una tentación, que hubiese querido +evitar. Había subido á su habitación, y se había encerrado en ella, +lo cual no tenía nada de extraño, porque solía recogerse temprano. No +obstante, la portera de la fábrica, que era al mismo tiempo la única +criada del señor Magdalena, observó que su luz se había apagado á las +ocho y media, lo cual participó ella al cajero, cuando entró, añadiendo: + +--¿Está tal vez enfermo el señor alcalde? he advertido en su semblante +algo de nuevo. + +El cajero, habitaba un cuarto, situado precisamente debajo de el del +señor Magdalena. Sin fijarse en las palabras de la portera, acostóse +enseguida, y se durmió. Á eso de media noche, despertó bruscamente; +había oído entre sueños un ruido extraño sobre su cabeza. Púsose á +escuchar. Eran pasos que iban y venían, como si alguien se pasease +en el cuarto de arriba. Fijó más su atención, y reconoció los pasos +del señor Magdalena. Esto llamó su atención; generalmente no se oía +en aquel cuarto el menor ruido antes de la hora en que acostumbraba á +levantarse el alcalde. Un instante después, creyó oir el cajero algo +parecido á un armario que se abre y vuelve á cerrarse. Luego como si +arrastraran un mueble, y pasado un momento de silencio, volviéronse +á oir los pasos nuevamente. El cajero, se sentó sobre la cama, +despertando por completo; observa, mira, y al través de los cristales +de la ventana, vió en la pared de enfrente, el reflejo rojizo de una +ventana iluminada. Por la dirección de los rayos, no podía ser aquella +otra ventana que la del cuarto del señor Magdalena. El reflejo oscilaba +como si procediese antes de una llama que dé una luz. La sombra de +las vidrieras no se advertía, lo cual indicaba que la ventana estaba +abierta de par en par. Dado el frío que hacía, era sorprendente el que +estuviese abierta la ventana. El cajero volvió á dormirse de nuevo. Una +hora ó dos más tarde, despertó otra vez. Los mismos pasos, lentos y +regulares, seguían yendo y viniendo sobre su cabeza. + +El reflejo seguía dibujándose en la pared, pero era entonces pálido y +tranquilo, como el de una lámpara ó bujía. + +La ventana continuaba abierta. + +Vamos á ver ahora lo que pasaba en el cuarto del señor Magdalena. + + + III + =Una tempestad bajo un cráneo= + + +El lector ha, sin duda, adivinado que el señor Magdalena no era otro +que Juan Valjean. + +Hemos ya examinado otra vez las profundidades de aquella conciencia; +ha llegado el momento de examinarlas de nuevo. No lo haremos sin +emocionarnos y sin temblar. No existe nada más terrible que esta clase +de consideraciones. Los ojos del espíritu no pueden encontrar en +ninguna parte, más luz ni más tinieblas, que en las interioridades del +hombre; ni pueden fijarse en cosa alguna que sea más formidable, más +complicado, más misterioso y más infinito. Existe un espectáculo más +grande que el del mar, el del cielo; pero hay otro más grande que el +del cielo, es el del interior del alma. + +Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no sea más que á +propósito de un solo hombre, á propósito del más insignificante de los +hombres, sería fundir todas las epopeyas en una sola epopeya, superior +y definitiva. + +La conciencia, es el caos de todas las quimeras, de todas las +ambiciones, y de las tentaciones todas; el horno de todos los delirios, +el antro de todas las ideas; es el pandemónium del sofisma, el campo de +batalla de todas las pasiones. Penetrad á ciertas horas al través del +lívido semblante de un ser humano que reflexiona, y mirad detrás, mirad +en el interior de aquella alma, en el fondo de aquella obscuridad. Hay +allí, bajo el silencio del exterior, combates de gigantes como los +de Homero, luchas de hidras y dragones y nubes de fantasmas como en +Milton, y espirales ilusorias como en Dante. Nada tan sombrío como el +infinito que lleva todo hombre dentro de sí mismo, y al cual somete +con desesperación, y á su pesar, las voluntades de su cerebro y las +acciones de su vida. + +Alighieri encontró un día cierta puerta siniestra ante la cual dudó. He +aquí igualmente, otra ante nosotros, á cuyos umbrales dudamos también. +Entremos sin embargo. + +No tenemos gran cosa que añadir á lo que le pasó á Juan Valjean después +de la aventura de Gervasillo. Desde aquel momento, como hemos visto, +fué ya otro hombre. Lo que el obispo había querido hacer de él, esto +fué. No fué aquello una transformación, sino una transfiguración. + +Resolvió desaparecer, vendió la plata del obispo, no guardándose +más que los candeleros como recuerdo; deslizándose de población en +población, atravesó la Francia, llegó á M* sur M*, tuvo la idea que +hemos dicho, realizó lo que hemos consignado, logró hacerse inasible +é impenetrable; y establecido desde entonces en M* sur M*, satisfecho +por sentir su conciencia entristecida por el pasado y la primera mitad +de su existencia desmentida por la última, vivió pacífico, sereno y +esperanzado,, no teniendo más que dos pensamientos: ocultar su nombre y +santificar su vida, escaparse á los hombres y encontrar á Dios. + +Estos dos pensamientos, se encontraban tan estrechamente unidos en su +espíritu, que no formaban más que uno solo, siendo ambos por igual +imperiosos y absorbentes, dominando sus acciones más insignificantes. +Ordinariamente estaban de acuerdo para regular la conducta que debía +seguir, ambos le llamaban hacia la obscuridad, haciéndole bueno y +sencillo y aconsejándole lo mismo. Algunas veces había divergencia +entre ellos. En este caso, veíase al hombre que toda la comarca +de M* sur M* llamaba el señor Magdalena, no vacilaba un instante +en sacrificar la primera idea á la segunda, ó sea, su obscuridad +á su virtud. Así, á despecho de toda reserva y de toda prudencia, +había conservado los candeleros del obispo, vestido luto, llamado é +interrogado á cuantos saboyanos había visto pasar, tomado informes de +su familia en Faverolles, y salvado la vida al viejo Fauchelevent, á +pesar de las mortificantes insinuaciones de Javert. Parecíale, como +hemos indicado ya, pensar, á semejanza de los sabios, santos y justos, +que su primer deber no estaba en complacerse á sí mismo. + +No obstante, es preciso decirlo, jamás le había pasado nada parecido á +lo presente. + +Nunca las dos ideas que imperaban en el hombre desgraciado, de cuyos +sufrimientos estamos dando cuenta, habían sostenido una lucha tan +seria. Comprendíalo él confusamente, pero á fondo, desde las primeras +palabras pronunciadas por Javert, al entrar en su gabinete. En cuanto +oyó pronunciar aquel nombre que había sepultado entre las sombras, +quedó sobrecogido de estupor y como desvanecido por aquel inesperado +y siniestro golpe de su destino, y al través de su admiración sintió +el estremecimiento que precede á los grandes sacudimientos; doblóse +como se dobla la encina al aproximarse el huracán, como el soldado al +aproximarse al asalto. Sintiendo venir sobre su cabeza, sombras llenas +de rayos y centellas. Al oir á Javert, lo primero que se le ocurrió +fué correr á Arras, denunciarse, sacar de la cárcel á Champmathieu y +sustituirle; este pensamiento era doloroso y punzante como una incisión +en carne viva, pero pasada la primera impresión, se dijo: ¡Veamos! +¡veamos! Reprimió este primer impulso de su generosidad, y retrocedió +ante el heroísmo. + +Sin duda hubiera sido mejor que después de las santas palabras del +obispo, después de tantos años de arrepentimiento y de abnegación, en +medio de una penitencia admirablemente comenzada, aquel hombre, en +presencia de tan terrible coyuntura, no hubiera dudado un instante y +hubiera continuado andando al mismo paso hacia el precipicio abierto +ante sus ojos y en cuyo fondo se encontraba el cielo; esto hubiera +sido magnífico, tal vez, pero no fué así. Es preciso dar cuenta exacta +de todo cuanto se acumulaba en aquella alma, diciendo lo que era y lo +que en ella había. La primera victoria fué de momento para el espíritu +de conservación; reunió sus ideas; ahogó sus emociones; pensó en la +personalidad de Javert; su gran peligro; retardó toda resolución con la +firmeza del espanto, aturdióse ante lo que venía obligado á realizar, +recobrando luego su calma de igual manera que volvía al gladiador +romano á recoger su escudo. + +El resto del día siguió en el mismo estado, éste era un torbellino en +el interior, la más perfecta calma exteriormente, no hizo otra cosa +que tomar lo que podrían llamarse «medias conservadoras». Todo andaba +aún confuso y chocándose en su cerebro; era tal su turbación, que no +alcanzaba á ver clara la forma de una sola idea, y ni él mismo hubiera +podido decir nada de sí mismo, sino que acababa de recibir un gran +golpe. + +Acercóse, según tenía ya por costumbre, al lecho del dolor de Fantina, +prolongando la visita por instinto de bondad, diciéndose que debía +obrar así, recomendándola mucho á las hermanas por si llegaba el caso +de que tuviese de ausentarse. Presentía vagamente que tendría que +ir tal vez á Arras; y sin estar de mucho decidido á hacer el viaje, +decíase que estando, como estaba, al abrigo de toda sospecha, no podía +haber inconveniente alguno en que fuése testigo de lo que pasase, +y alquiló para ello el tílburi de Scaufflaire, al objeto de estar +prevenido para lo que pudiere sobrevenir. + +Comió con bastante apetito. + +Volvió á su cuarto, y se concentró. + +Examinó la situación; y la encontró inaudita, en grado tan superlativo, +que en medio de sus delirios, por no sé qué impulsión de inexplicable +ansiedad, levantóse de su asiento cerrando la puerta con llave. Y +temiendo que aún pudiese entrar alguien, echó la aldaba, á fin de +parapetarse lo posible. + +Un momento después mató la luz. Le estorbaba. + +Parecíale que aún podían verle. + +¿Quién? + +¡Ay! aquello á lo cual cerraba la puerta, había entrado ya; aquélla que +él quería cegar, le estaba ya mirando: su conciencia. + +Su conciencia, es decir, Dios. + +No obstante, en el primer momento se hizo la ilusión de estar solo y +seguro; bien cerrada la puerta, se creyó inaccesible; apagada la luz, +juzgábase invisible. Entonces tomó él posesión de sí mismo; apoyó los +codos sobre la mesa; dejó caer la cabeza entre sus manos, y empezó á +meditar entre tinieblas. + +¿Dónde estoy? ¿Es cierto que no estoy delirando? ¿Qué es lo que me han +dicho? ¿Es verdad que he visto á Javert y que me ha dicho todo aquello? +¿Quién será ese Champmathieu? ¿Es verdad que se me parece? ¿Es esto +posible? ¡Cuando pienso que ayer yo estaba tan tranquilo, bien ajeno de +dudar de nada! ¿Qué es lo que hacía yo ayer á estas horas? ¿Qué es lo +que se encierra en este incidente? ¿Cómo se desenredará? ¿Qué haré? + +He aquí su tormento. + +Su cerebro había perdido la fuerza necesaria á retener las ideas; éstas +pasaban por él como las olas, á pesar de que procuraba detenerlas +sujetando su frente con ambas manos. + +De aquel tumulto que trastornaba su razón y su voluntad, y entre el +cual buscaba una evidencia y una resolución, nada podía arrancar en +definitiva más que angustias. + +Su cabeza ardía. Acercóse á la ventana, y abrió sus hojas de par en +par. No se veía una estrella en el cielo. Volvió á sentarse junto á la +mesa. + +Así se pasó la hora primera. + +Poco á poco, no obstante, algunas líneas vagas empezaron á fijarse y á +tomar cuerpo en su imaginación, y pudo entrever entonces con los rasgos +de la realidad, no el conjunto de situación, pero sí algunos detalles. +Empezaba á reconocer que por extraordinaria y crítica que fuése su +situación, era, por completo, dueño de ella. + +Su estupor no hizo, con semejante descubrimiento, más que acrecentarse. + +Independientemente del objeto severo y religioso que se propusiera +en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día, no había +sido otra cosa que un hoyo para esconder su nombre. Lo que había +temido siempre en sus horas de recogimiento en sí mismo, en sus +noches de insomnio, era oir pronunciar su nombre; decíase que en +este caso habría terminado todo para él; que el día en que su nombre +reapareciese, se desvanecería en torno de sí su nueva vida, y, quién +sabe si también con ella su nueva alma. Estremecíase á la sola idea +de semejante posibilidad. Y si en tales momentos alguien le hubiese +dicho que llegaría la hora en que su nombre resonaría en sus oídos, +con la odiosa frase «Juan Valjean», saldría súbitamente de entre las +sombras irguiéndose ante él, donde aquella luz formidable creada para +disipar el misterio en que se envolvía resplandecería instantáneamente +sobre su cabeza, y que aquel nombre no le amenazaría ya; que aquella +luz no produciría sino más espesas tinieblas; que aquel velo rasgado +aumentaría el misterio; que aquel temblor de tierra consolidaría su +edificio, y que aquel prodigioso incidente no tendría otro resultado, +si él así lo quería, que el hacer más despejada y más impenetrable su +existencia, y que de su confrontación con el fantasma de Juan Valjean, +el bueno y digno industrial Magdalena resultaría más honrado, más +digno y más considerado que nunca;--si alguien le hubiese dicho esto, +hubiera meneado la cabeza compadeciéndole y teniendo sus palabras por +insensatas. ¡Pues bien! todo ello acababa de realizarse, toda aquella +balumba de imposibles era un hecho, y ¡Dios había permitido que +aquellas locuras se convirtiesen en realidades! + +Su desvanecimiento continuaba despejándose. Íbase, paso á paso, dando +cuenta de su verdadera situación. + +Parecíale que acababa de despertar de un sueño extravagante, y que se +encontraba deslizándose por una pendiente, en plena noche, de pie, +temblando, retrocediendo en vano sobre el peligroso borde de un abismo. +Divisaba perfectamente entre las sombras á un desconocido, un extraño á +quien el destino tomaba por él y le empujaba al precipicio en su lugar. +Era indispensable para cerrarse el precipicio, que alguien cayese en su +fondo, él ó el otro. + +No había sino dejar al tiempo. + +Hízose por completo la luz, y conoció entonces:--Que su puesto estaba +vacío en el presidio; que por más que hiciese cuanto quisiera, le +seguiría aguardando; que el robo de Gervasillo le llamaba allí; que +aquel vacío le estaría esperando y atrayendo hasta que fuése de una +manera fatal é inevitable.--Además, decíase él:--Que en tal momento +había quién le reemplazaba, que parecía ser un tal Champmathieu la +víctima de semejante error, y que mientras le representase en presidio +la persona de Champmathieu y siguiese en la sociedad bajo el nombre de +señor Magdalena, nada tenía que temer si no impedía que los hombres +sellaran sobre la cabeza de Champmathieu la piedra de infamia que, como +la losa del sepulcro, cae una sola vez para no levantarse jamás. + +Era todo esto tan violento y tan extraordinario, que produjo en él una +de estas sacudidas indescriptibles que ningún hombre ha experimentado +más de dos ó tres veces en toda su vida, especie de convulsión de la +conciencia que remueve cuantas dudas encierra el corazón cuyo conjunto +está formado por la ironía, el gozo y la desesperación, y que podría +llamarse un estallido de risa interior. + +Encendió de nuevo y precipitadamente la bujía. + +--¿Y bien?--se preguntó--¿de qué me asusto? ¿Á qué pensar en esto? +¡estoy salvado! ¡todo ha concluido! No veía más que una sola puerta +entreabierta, por la cual mi pasado pudiese penetrar en mi vida; esta +puerta queda ahora tapiada, ¡para siempre jamás! Este Javert que viene +acosándome hace tanto tiempo, ese temible instinto que parecía haberme +adivinado, y ¡que me había adivinado en realidad! que me seguía á todas +partes, este espantoso perro de caza, siempre de parada sobre mí, +está ya derrotado, ocupado en otra parte y completamente despistado! +¡Está satisfecho, y ya me dejará tranquilo, puesto que tiene á su Juan +Valjean! ¡Quién sabe también, y ello es lo más probable, si querrá +alejarse de esta población! ¡Y todo esto se ha hecho sin mí! ¡No he +intervenido para nada! ¡Y luego! ¿qué mal hay en ello? ¡Quiénes así +me vieran, creerían que soy víctima de una catástrofe! Y, sobre todo, +si resulta algún daño para alguien no es á buen seguro por culpa +mía. Es la Providencia quien lo ha hecho todo. ¡Es que quiere que +así sea indudablemente! ¿Tengo yo el derecho de estorbar lo que ella +ordena? ¿Qué es lo que estoy pidiendo? ¿En qué voy á mezclarme? Esto +no es de mi incumbencia. ¿Cómo no estoy contento? ¿Qué es lo que me +falta entonces? El fin á que espiro hace tantos años, el sueño de mis +noches, el objeto de mis oraciones, mi seguridad, ¡yo la espero! Dios +lo quiere. Nada debo hacer contra la voluntad de Dios. ¿Y, por qué +lo querrá Dios? Para que yo prosiga en lo comenzado, para que haga +bien, para que sea yo un poderoso y vivo ejemplo, para que se diga, en +fin, que ha habido su parte de ventura unida á esta penitencia que he +sufrido, y en esta virtud á la que he vuelto. En verdad que no alcanzo +á explicarme porqué he tenido miedo de entrar en casa de este buen cura +y de explicárselo todo como á un confesor, pidiéndole consejo, cuando +es evidente que me hubiera dicho lo mismo. ¡Estoy decidido á dejar que +sigan las cosas su curso natural! ¡Dejemos que obre Dios! + +Hablábase así, allá en las profundidades de su conciencia, inclinado +hacia lo que pudiéramos llamar su propio abismo. Levantóse de su +asiento y se puso á pasear la estancia. Vamos, dijo, no debo pensar más +en ello. ¡Ya tengo hecha mi resolución! Pero no sintió, sin embargo, la +menor alegría. + +Al contrario. + +Pretender que el pensamiento no vuelva á una idea, es como pretender +que el mar no vuelva á la playa. Para el marinero se llama esto marea; +para el culpable se llama remordimiento. Dios agita las almas como el +océano. + +Á los pocos instantes, por más que hizo, volvió nuevamente á su sombrío +diálogo, del cual venía á ser orador y oyente á la vez, diciendo lo +que hubiera querido callar, y oyendo lo que no hubiera querido saber; +cediendo á aquel misterioso poder que le decía: «¡Piensa!», como había +dicho él mismo, hace dos mil años, á otro condenado: «¡Anda!». + +Antes de seguir adelante, y para ser plenamente comprendidos, +insistimos en una observación muy necesaria. + +Es cierto que se habla uno á sí mismo; no existe ningún ser pensador +que no lo haya probado. Puede decirse igualmente que el Verbo nunca +es más grande ni magnífico que cuando recorre el interior del +hombre, desde el pensamiento á la conciencia, y que vuelve luego de +la conciencia al pensamiento. En este sentido, solamente debieran +entenderse las palabras empleadas frecuentemente en este capítulo, +_dijo_, _exclamó_; decíase, hablábase, exclamaba en sí mismo, sin que +el silencio exterior se rompiera. Hay grandes tumultos en que todo +habla en nosotros menos la boca. Las realidades del alma, no por ser +invisibles é impalpables, dejan de ser realidades. + +Preguntábase, pues, en dónde estaba. Interrogábase acerca de su +«resolución irrevocable». Confesóse á sí mismo que aquello que acababa +de ordenar en su espíritu, era monstruoso, que «el dejar correr las +cosas á la voluntad de Dios», era simplemente horroroso. Dejar que +siguiese adelante aquel error del destino y de los hombres, sin +detenerlo, contribuir á él con el silencio, no hacer nada en fin, ¡era +hacerlo todo! era el último rebajamiento de la indignidad hipócrita! +¡Era un crimen bajo, cobarde, miserable, abyecto y repugnante! + +Por la primera vez, después de ocho años, aquel hombre desventurado +acababa de sentir el sabor amargo de un mal pensamiento y de una mala +acción. + +Y lo arrojó con asco. + +Continuó interrogándose. + +Y preguntóse severamente qué era lo que había entendido al dar «por +conseguido su objeto». + +Reconoció que, efectivamente, su vida tenía un objeto. ¿Pero cuál? +¿El de ocultar su nombre? ¿Engañar á la policía? ¿Y era por una cosa +tan insignificante, por lo que había hecho cuanto había hecho? ¿No +existía acaso otro objeto grande y verdadero? ¿Salvar, no su persona, +sino su alma? Ser nuevamente honrado y bueno. ¡Ser un justo! ¿No era +esto, por ventura, y esto sólo, lo que él únicamente había querido, +lo que el obispo le había recomendado? ¿Cerrar la puerta á su pasado? +¡Pero no la cerraba de aquel modo, gran Dios! ¡no la cerraba! volvía á +abrirla, con una acción infame. ¡Volvía á ser ladrón, y el más odioso +de los ladrones! ¡robaba á otro su existencia, su vida, su paz, su +parte de sol! Se convertía en asesino. ¡Mataba, mataba, moralmente á un +miserable; le infería esa muerte espantosa de los vivos, esa muerte á +cielo abierto, que se llama presidio! + +Por el contrario, entregarse, salvar á aquel hombre víctima de tan +funesto error, recobrar su nombre, aparecer otra vez por deber el +presidiario Juan Valjean, eso era verdaderamente llevar á cabo su +resurrección cerrando para siempre el infierno de que salía. ¡Caer +aparentemente en él era en realidad salir de él! Y eso era lo que +convenía hacer, y nada habría hecho no haciéndolo así. Toda su vida +resultaba inútil, toda su penitencia perdida. + +¡Pero qué! ¿Estaba dicho todo? No: sentía que el obispo estaba allí y +que estaba tanto más presente cuanto que había muerto, y que le miraba +fijamente, y que en lo sucesivo el alcalde Magdalena con todas sus +virtudes le sería odioso, y que el presidiario Juan Valjean, sería á +sus ojos admirable y puro. + +Los hombres verían su máscara, pero el obispo veía su rostro; los +hombres podrían ver su vida, pero el obispo veía su conciencia. Era +preciso, pues, ir á Arras, libertar al falso Juan Valjean y denunciar +al verdadero. ¡Ay! Ése era el mayor de los sacrificios, la más dolorosa +de las victorias, el último paso que había que salvar; pero era +preciso. ¡Destino cruel! ¡No poder entrar en la santidad á los ojos de +Dios sin entrar en la infamia á los ojos de los hombres! + +--¡Pues bien!--dijo.--¡Tomemos ese partido, hagamos nuestro deber! +¡Salvemos á ese hombre! + +Pronunció estas palabras claramente, sin advertir que hablaba en alta +voz. + +Tomó sus libros, los comprobó y puso en orden. Arrojó al fuego un +legajo de créditos de pequeños comerciantes atrasados. + +Escribió una carta y la cerró, en cuyo sobre habría podido leer +cualquiera que hubiese estado allí en aquel momento: _Á Monsieur +Laffite, banquero, calle de Artois. París._ Sacó de un secreter una +cartera que contenía algunos billetes de banco y el pasaporte de que se +había servido aquel año para ir á las elecciones. + +Quien le hubiera visto realizar todos aquellos actos en medio de tan +grave meditación, no habría sospechado nada de lo que pasaba por él. +Solamente á intervalos se movían sus labios; otras veces levantaba +pausadamente la cabeza y fijaba su ávida mirada en un punto cualquiera +de la pared, como si hubiera allí precisamente alguna cosa que quisiera +aclarar ó interrogar. + +Concluida la carta al banquero Laffite, metiósela en el bolsillo, lo +mismo que la cartera, volviendo á pasear la estancia. + +Su divagación no había variado. Continuaba viendo claramente su deber +escrito en letras luminosas que resplandecían ante sus ojos y giraban +con su mirada: _¡Anda! ¡di tu nombre! ¡denúnciate!_ + +Veía igualmente, y como si se moviesen delante de él con formas +sensibles, las dos ideas que hasta entonces habían sido la norma de +su vida: ocultar su nombre, santificar su alma. Por primera vez se +le aparecían absolutamente distintas, y comprendía la diferencia que +las separaba. Reconocía que una de aquellas ideas era necesariamente +buena, al paso que la otra podía llegar á ser mala; que aquélla era el +sacrificio y ésta era la personalidad; que la una decía: _el prójimo_, +y la otra decía: _yo_; que la una venía de la luz y procedía la otra de +la noche. + +Ambas se combatían. Él presenciaba ese combate. Á medida que él +reflexionaba, ellas habían crecido á los ojos del espíritu y tenían ya +estaturas colosales; parecíale verlas luchar dentro de sí mismo, dentro +de ese infinito de que hablábamos antes, en medio de las tinieblas, +diosa la una y gigante la otra. + +Estaba lleno de espanto, pero le parecía que la buena salía triunfante. + +Sentía que tocaba en el otro extremo decisivo de su conciencia y de su +destino; que el obispo había marcado la primera fase de su vida nueva, +y que aquel Champmathieu le marcaba la segunda. Después de la gran +crisis, la gran prueba. + +Entretanto, la fiebre, apaciguada por unos instantes, volvía +á invadirle poco á poco. Mil pensamientos le asaltaban, pero +fortificándole más en su resolución. + +Díjose por un momento:--Que tomaba quizá el asunto con demasiado calor; +que después de todo, aquel Champmathieu, no era tan interesante, pues +al fin y al cabo, había robado. + +Y se respondió: Si este hombre, en efecto, ha robado algunas manzanas, +tiene un mes de prisión. Está, pues, muy lejos de presidio. Pero ¿quién +sabe si en efecto ha robado? ¿Está probado por ventura? El nombre de +Juan Valjean le abruma, y parece eximirle de pruebas. ¿Los procuradores +del rey no obran habitualmente así? Le creen ladrón, porque saben que +ha sido presidiario. + +En otro instante se le ocurrió la idea de que cuando se hubiese +denunciado á sí mismo, acaso tendrían en cuenta el heroísmo de su +acción y su vida honrada durante siete años, y cuanto había hecho en +favor del país, y que le harían gracia. + +Pero esta suposición se desvaneció muy pronto, y sonrió amargamente +al pensar que el robo de los dos francos á Gervasillo le hacía +reincidente; que aquel crimen reaparecería de seguro, y que, según los +términos precisos de la ley, incurría en la pena de cadena perpetua. + +Prescindiendo de toda ilusión, iba alejándose más y más de la +tierra, buscando consuelos y fuerzas en otra parte. Díjose que +era indispensable cumplir con su deber; que tal vez no sería tan +desgraciado después de haberlo cumplido, como lo sería eludiéndolo; +que de _dejar correr los sucesos_, y quedándose en M* sur M*, su +consideración, su nombradía, sus buenas obras, la deferencia, la +veneración, su caridad, su riqueza, su popularidad y su virtud estarían +impregnadas de un crimen, y ¿qué sabor habían de tener aquellas cosas +santas unidas á una cosa tan indigna? Mientras que si llevaba á cabo +su sacrificio, con el presidio, el potro, la cadena, el gorro verde, +el trabajo sin descanso, y la vergüenza sin compasión, se mezclaría +siempre una idea celestial. + +En fin, díjose que era una necesidad, que su destino así lo exigía, que +él no era dueño de desarreglar los arreglos de lo alto; que en todo +caso, había que escoger: ó la virtud por fuera y la abominación por +dentro, ó la santidad dentro y la infamia fuera. + +Al remover tantas ideas lúgubres, no desfallecía su ánimo, pero se +fatigaba su cerebro. Y comenzaba á pensar mal de su grado, en otras +cosas; cosas indiferentes. + +Las arterias de sus sienes latían fuertemente. Continuaba yendo y +viniendo arriba y abajo. Dieron luego las doce en el reloj de la +parroquia, y después en el del ayuntamiento. Contó las doce campanadas +en ambos relojes, y comparó el sonido de las campanas. Recordó con este +motivo, que no hacía muchos días había visto en un almacén de hierro +viejo, una campana antigua para vender, en la que había grabado este +nombre: _Antonio Albin de Romainville_. + +Tuvo frío. Encendió un poco de fuego, sin acordarse de cerrar la +ventana. + +Sin embargo, volvió á caer en su estupor, y fuele preciso hacer un gran +esfuerzo para recordar en qué estaba pensando antes de dar las doce. +Recordóle por fin. + +--¡Ah! Sí,--exclamó;--había tomado la resolución de denunciarme. + +Y súbitamente recordó á Fantina. + +--¡Es verdad!--exclamó.--¡Y esa pobre mujer! + +Aquí se reveló una nueva crisis. + +Fantina, aparecióndosele bruscamente en su delirio, fué lo que un rayo +de luz inesperado. Parecióle que todo cambiaba de aspecto en torno +suyo, y exclamó: + +--¡Ah! ¡Sí! ¡Pero hasta ahora yo no he pensado más que en mí! ¡No he +atendido más que á mi conveniencia particular! Si me conviene callar ó +denunciarme,--ocultar mi persona ó salvar mi alma,--ser un magistrado +despreciable y respetado, ó un presidiario infame y venerable,--es +decir yo, nadie más que yo, y siempre yo. ¡Pero, Dios mío, todo ello +no es más que egoísmo! Puede ser en diferentes formas, pero es siempre +egoísmo. ¡Si yo pensase algo en los demás! La primera santidad es +pensar en el prójimo. ¡Veamos, examinemos! + +Exceptuado yo, borrado yo, olvidado yo, ¿qué sucederá? Si yo me +denuncio, me prenden y sueltan á ese Champmathieu, se me vuelve á +presidio, ¿y después? ¿Qué va á pasar aquí? ¡Ah! ¡Aquí hay un país, un +pueblo, fábricas, una industria, obreros, hombres, mujeres, ancianos, +abuelos, niños y desgraciados! Yo he creado todo esto, yo he hecho +vivir todo esto; donde hay una chimenea que arroja humo, yo soy quien +he puesto el tizón en la lumbre y la carne en el puchero; yo he creado +la comodidad, la circulación, el crédito; antes de yo venir, no había +nada; yo he despertado, vivificado, animado, fecundado, estimulado, +enriquecido toda la comarca; faltando yo, faltaría el alma. +Desapareciendo, todo muere. + +¡Y esa mujer que ha sufrido tanto, que tantos merecimientos encierra +en su caída, cuya desgracia causé yo sin querer! ¡Y esa criatura que +quería yo ir á buscar, y que se lo he prometido á la madre! ¿No le debo +yo por ventura algo también á esa mujer, en reparación del mal que le +he causado? Si yo desaparezco, ¿qué sucederá? Muerta la madre, quedará +la niña á la aventura. He aquí lo que sucederá si me denuncio. + +¿Y si no me denuncio? + +Veamos lo que puede suceder. + +Luego de sentada esta cuestión, detúvose, y después de un momento de +vacilación temblorosa, que duró muy poco, respondióse con calma: + +--Y bien; este hombre va á presidio, es cierto; pero ¡qué diablos! ha +robado. Por más que yo pueda imaginarme que no es ladrón, ¡ello es +que ha robado! Me quedo aquí decididamente. En diez años habré ganado +diez millones; los distribuyo en el país, no me guardo nada; ¿para qué +lo quiero? ¡No es por mí por quien hago lo que hago! La prosperidad +de todos va creciendo; las industrias se despiertan y emulan; las +manufacturas y las industrias se multiplican; las familias, ¡cien +familias, mil familias! son felices; la comarca se puebla; nacen +poblaciones donde había granjas; nacen granjas donde no había nada; +desaparece la miseria, y con la miseria desaparece el libertinaje, +la prostitución, el robo, el asesinato, todos los vicios y todos los +crímenes. Esa pobre madre cría á su hija; ¡y he aquí toda una comarca +rica y honrada! ¡Oh! ¡sí! Yo estaba loco, yo soñaba en un absurdo +al tratar de denunciarme. Es preciso reflexionar y no precipitarse. +¡Pues qué! Por habérseme ocurrido el hacer el grande y el generoso... +¡Sensiblerías melodramáticas al fin y al cabo! Porque yo haya pensado +en mí sólo para salvar de un castigo, quizá algo exagerado, pero justo +en el fondo, no se á quién, á un ladrón, á un pícaro evidentemente, ¡ha +de perecer todo un país! ¡ha de morir esa pobre mujer en el hospital! +¡ha de quedar una criaturita abandonada en medio del camino! ¡Como +perros! ¡Ah! ¡Esto es abominable! ¡Sin que la madre haya vuelto á ver +á su hija, ni la hija haya casi conocido á su madre! ¡Y todo ello por +ese pícaro viejo, ladrón de manzanas, que de seguro hubiera merecido ir +á presidio por otra cosa, si no por ésa! ¡Lindos escrúpulos que salvan +á un culpable y sacrifican á muchos inocentes, que salvan á un viejo +vagabundo, que al fin y al cabo apenas tiene algunos años de vida, y +que no será más desgraciado en presidio que en su miseria; escrúpulos +que sacrifican á toda una población, madres, mujeres, niños! ¡Aquella +pobre Cosette que no tiene más que á mí en el mundo, y que sin duda se +halla en este momento tiritando de frío en el tabuco de los Thénardier! +¡He ahí otros nuevos canallas! + +¡Y yo faltaría á mi deber en perjuicio de todos esos pobres seres! ¡Y +yo iría á denunciarme! ¡Á cometer la más solemne tontería! Veámoslo +por la parte peor. Supongamos que al obrar así cometo una mala acción, +y que mi conciencia me lo reprocha algún día; aceptar en bien de otro, +esos reproches que recaen sobre mí únicamente, esa mala acción que sólo +á mi alma compromete, ése sí es sacrificio, ésa sí es virtud. + +Levantóse y volvió á pasear. Esta vez le parecía estar satisfecho. + +Así como los diamantes no se encuentran sino en las tinieblas de la +tierra, no se encuentran las verdades sino en las profundidades del +pensamiento. Parecíale que después de haber descendido á semejantes +profundidades, después de haber andado á tientas por largo tiempo en lo +más negro de aquellas tinieblas, acababa por fin de encontrar uno de +aquellos diamantes, una de aquellas verdades, la cual tenía en su mano +y le estaba deslumbrando al contemplarla. + +--Sí, pensó él entonces. Esto es lo cierto. He dado con la verdad, +tengo la solución. Hay que decidirse, y ya estoy decidido. ¡Dejemos +hacer! No vacilemos, no retrocedamos, que tal es el interés de +todos, aunque no el mío. Yo soy Magdalena, y Magdalena sigo siendo. +¡Desgraciado del que sea Juan Valjean! Yo no lo soy. No conozco á ese +hombre, ni sé quien sea: y si existe al presente algún Juan Valjean, +¡que se arregle! Á mí no me importa. Es un nombre de fatalidad que +flota en la noche; si se para y cae sobre alguna cabeza, ¡tanto peor +para ella! + +Miróse al espejo colocado encima de la chimenea, y dijo: + +--¡Ah! Me alegro de haber tomado una resolución. Ya soy otro. + +Dió todavía algunos pasos y parándose de repente dijo: + +--¡Vamos! No debo vacilar ante ninguna de las consecuencias de la +resolución tomada. Aún hay algunos hilos que me atan á ese Juan +Valjean. Es preciso romperlos. En ese mismo cuarto hay objetos que me +acusarían, testigos mudos; es preciso que desaparezcan. + +Metió la mano en la faltriquera, sacó un bolsillo, le abrió, y tomó de +él una llavecita. + +Introdujo esta llave en una cerradura, cuyo agujero se veía apenas, +disimulado entre los dibujos más oscuros del papel qué tapizaba las +paredes. Abrióse un escondrijo, una especie de armarito practicado +entre el ángulo de la pared y la cubierta de la chimenea. No había en +aquel escondrijo más que harapos: una blusa de tela azul, un pantalón +viejo, un morral viejo, y un garrote de espino con doble contera en sus +extremos. + +Los que hubiesen visto á Juan Valjean en la época en que pasó por D***, +octubre de 1815, habrían conocido fácilmente todas las piezas de aquel +miserable arreo. + +Habíalas conservado él, como había conservado los candeleros de plata, +para recordar siempre su punto de partida; solamente que ocultaba lo +que procedía del presidio, y dejaba á la vista los candeleros que +venían del obispo. + +Dirigió una mirada furtiva á la puerta; como temeroso de que se +abriera á pesar del cerrojo que la guardaba, y luego, con un movimiento +rápido y brusco, de una sola brazada, sin dar siquiera una mirada +á aquellos objetos por tantos años tan religiosa y peligrosamente +guardados, lo cogió todo, andrajos, palo y morral, arrojándolo al fuego. + +Volvió á cerrar el escondrijo, y redoblando sus precauciones, inútiles +ya, puesto que estaba vacío, ocultó la puerta con un mueble, que colocó +delante. + +Después de algunos segundos, el aposento y la pared de enfrente se +iluminaron con un gran resplandor rojizo y tembloroso. Todo ardía, el +garrote chisporroteaba y despedía centellas hasta en medio del cuarto. + +Al consumirse el morral con los inmundos harapos que contenía, +había quedado al descubierto una cosa que brillaba entre la ceniza. +Acercándose á ver, fácilmente se habría distinguido que era una moneda +de plata; sin duda la pieza de cuarenta sueldos robada al niño saboyano. + +Pero él no miraba al fuego, y continuaba yendo y viniendo al mismo paso. + +De repente, fijáronse sus ojos en los dos candeleros de plata, que con +el reflejo de la llama brillaban vagamente sobre la chimenea. + +--¡Ah!--exclamó.--Todo el Juan Valjean está aquí todavía. Es preciso +destruir eso aún. + +Y cogió ambos candeleros. + +Había aún bastante lumbre para desfigurarlos fácilmente y hacer una +especie de lingote sin forma. + +Inclinóse un poco sobre el hogar y se calentó un instante; esto le +produjo un verdadero consuelo. ¡Ah! ¡Qué calor tan agradable! dijo. + +Removió las brasas con uno de los candeleros. + +Un minuto más, y estaban ya en el fuego. + +En aquel instante le pareció oir una voz que gritaba en su interior: +¡Juan Valjean! ¡Juan Valjean! + +Erizáronse sus cabellos, y se quedó como un hombre que escucha algo +terrible. + +--¡Sí, eso es, acaba! decía la voz. ¡Completa tu obra! ¡Destruye esos +candeleros! ¡Aniquila ese recuerdo! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo +todo! Pierde á Champmathieu. ¡Está bien! ¡Alégrate! «¡Conque es +cosa convenida; está resuelto! ¡No hay más que decir! ¡ahí queda +un hombre, un anciano que no sabe lo que se le quiere, que nada ha +hecho, un inocente, tal vez, cuya desgracia es tu nombre, tu nombre +que pesa sobre él como un crimen, que va á ser confundido contigo, +que va á ser condenado, que va á concluir sus días en la abyección y +el horror! ¡está bien! Y tú, hombre honrado. Sigue siendo el señor +alcalde, honorable y venerado, enriquece á la población, alimenta á los +necesitados, educa á los huérfanos, vive feliz, virtuoso y admirado, +y durante todo ese tiempo, mientras tú estés aquí en la alegría y en +la luz, habrá otro que lleve tu chaqueta roja, que lleve tu nombre +ignominioso y que arrastre tu cadena en presidio. ¡Sí, todo estará así +muy bien! ¡Oh! ¡Miserable! + +El sudor inundaba su frente. Fijaba sobre los candeleros una mirada +huraña. Sin embargo, lo que hablaba en él no había aún terminado. La +voz continuó: + +--¡Juan Valjean! Habrá en derredor tuyo muchas voces que harán gran +ruido, que hablarán muy alto, y que te bendecirán y una sola que +nadie oirá, y que te maldecirá en las tinieblas. ¡Pues bien! ¡Oye, +infame! ¡Todas aquellas bendiciones caerán antes de llegar al cielo, y +únicamente la maldición será la que suba hasta Dios! + +Aquella voz, débil al principio, y que se había elevado desde lo más +oscuro de su conciencia, había llegado á ser gradualmente ruidosa y +formidable, y él la oía entonces perfectamente junto á sí. Parecíale +que había salido de él, y que á la sazón le estaba hablando desde fuera. + +Creyó entender las últimas palabras tan claramente, que miró dentro del +cuarto con cierto terror. + +--¿Hay aquí alguien?--preguntó en voz alta y todo azorado. + +Después añadió con una risa que parecía la de un idiota: + +--¡Qué torpe soy! ¡Si no puede haber nadie! + +Alguien había en efecto; pero el que allí estaba no era de los que +pueda ver el ojo humano. + +Dejó los candeleros sobre la chimenea. + +Y volvió á su paseo monótono y lúgubre que, al par que turbaba su +sueño, despertaba sobresaltado al hombre dormido en el aposento +inferior. + +Aquel andar le aliviaba y aturdía al mismo tiempo. Á veces parece que +en las ocasiones supremas se mueve uno para pedir consejo á todo lo que +pueda encontrarse variando de lugar. Al cabo de algunos instantes no +sabía dónde se encontraba. + +Retrocedía á un tiempo con igual espanto ante las dos resoluciones +que había tomado alternativamente. Las dos ideas que le aconsejaban +parecíanle tan funestas la una como la otra. + +¡Qué fatalidad! ¡qué encuentro el de aquel Champmathieu confundido +con él! ¡Verse precipitado justamente por el medio que parecía haber +escogido la Providencia para tranquilizarle! + +Hubo un momento en que pensó en el porvenir. ¡Denunciarse, gran Dios! +¡Entregarse! Comparó con inmensa desesperación todo lo que sería +menester abandonar, y todo lo que sería menester volver á tomar. Era +preciso dar un adiós á aquella existencia tan buena, tan pura, tan +radiante, de aquel respeto de todos, de la honra, de la libertad! ¡Ya +no iría más á pasear el campo, ya no oiría más el canto de los pájaros +en el mes de mayo, ya no daría limosna á los pequeñuelos! ¡Ya no +sentiría la dulzura de las miradas de agradecimiento y cariño fijas en +él! ¡Dejaría aquella casa edificada por él, aquel pequeño cuarto que +habitaba! Todo se le presentaba bello en aquel momento. + +¡Ya no leería más en aquellos libros, ya no escribiría más en aquella +mesita de madera blanca! Su anciana portera, la única sirviente que +tenía, ¡ya no le subiría el café por las mañanas! ¡Gran Dios! En vez de +todo eso, el presidio, la argolla, la chaqueta roja, la cadena al pie, +la fatiga, el calabozo, el cepo, todos aquellos horrores conocidos! +¡Á su edad, después de haber sido lo que era! ¡Si hubiese sido joven! +¡Pero viejo, y ser tuteado por el primer venido, ser registrado por +el guardachusma, ser apaleado por el cabo de vara! ¡Llevar los pies +desnudos en zapatos herrados! ¡Tender y someter su pierna mañana y +tarde al martillo de la ronda que examina los grilletes. ¡Sufrir la +curiosidad de los extraños á quienes se diría: _Ése es el famoso Juan +Valjean, que ha sido alcalde en M* sur M*_! ¡Y por la noche, sudoroso +y abrumado por el cansancio, con el gorro verde sobre los ojos subir +de dos en dos, bajo el látigo del capataz, la escala del pontón +flotante! ¡Oh! ¡Qué miseria! ¿Puede pues el destino ser malo como un +ser inteligente y volverse monstruoso como el corazón humano? + +Y por más que hacía, volvía siempre á caer en el doloroso dilema +que constituía el fondo de su delirio: ¡Permanecer en el paraíso, y +convertirse en demonio! ¡Entrar de nuevo en el infierno, y trocarse en +ángel! + +¡Qué hacer, gran Dios! ¡Qué hacer! + +La tormenta de que creía haberse librado con tanto trabajo, volvía +á desencadenarse en él. Sus ideas comenzaron otra vez á mezclarse, +tomando cierto carácter estúpido y maquinal propio de la desesperación. +El nombre de Romainville se le presentaba sin cesar á la imaginación +junto con dos versos de una canción que había oído en otro tiempo. +Recordaba que Romainville era un bosquecillo junto á París, á donde van +los jóvenes enamorados á coger lilas en abril. + +Vacilaba exterior como interiormente, caminando con la vacilación del +niño que comienza á andar solo. + +Había momentos en que, luchando contra su cansancio, esforzábase +para alcanzar su inteligencia. Trataba de plantear por última vez y +definitivamente, el problema ante el cual había caído en cierto modo +rendido de fatiga. ¿Debía denunciarse? ¿debía callar? No conseguía +sacar nada en limpio. Los vagos contornos de todas las razones +dibujadas por su delirio temblaban y se disipaban unos después de otros +como el humo. Sentía únicamente que cualquiera que fuése el partido +que tomara, por necesidad, y sin poderlo remediar, encerraba algo que +debía morir dentro de él, que entraba en un sepulcro, así fuése por la +derecha, como por la izquierda; siempre era indispensable una agonía, +la agonía de su felicidad, ó la agonía de su virtud. + +¡Ay! Todas aquellas irresoluciones habían vuelto á apoderarse de él. No +había adelantado nada desde el principio. + +Así venía luchando en medio de la mayor angustia aquella alma +desgraciada. Mil ochocientos años antes también, el ser misterioso en +quien se resumen todas las santidades y todos los sufrimientos de la +humanidad, mientras los olivos se agitaban impulsados por el viento +cruel del infinito, rechazó con la mano un buen espacio el espantoso +cáliz que se le aparecía derramando sombras y esparciendo tinieblas por +entre las profundidades llenas de estrellas. + + + + + IV + =Formas que toma el sufrimiento durante el sueño= + +Las tres de la madrugada acababan de dar, y hacía ya cinco horas que +paseaba por su cuarto casi sin interrupción, cuando se dejó caer en una +silla. + +Y así durmió y soñó. + +Aquel sueño, como la mayor parte de los sueños, no se relacionaba con +la situación, sino por algo inexplicable, funesto y doloroso, que le +produjo grande impresión. Aquella pesadilla le hirió tan vivamente, que +la escribió después. Éste es uno de los papeles que dejó escritos de su +puño, y que creemos deber transcribir textualmente. + +Fuése lo que fuere aquel sueño, quedaría incompleta la historia de +aquella noche, si lo omitiésemos. Es la aventura sombría de un alma +enferma. + +Hele aquí. En el sobre había escrito este renglón: _El sueño que tuve +aquella noche_. + +«Estaba en el campo, en un gran campo triste, escueto, sin hierba. No +me parecía que fuése ni de día, ni de noche. + +«Paseábame con mi hermano, el hermano de mi infancia, en el cual, debo +decir, que no pienso nunca, y á quien casi no recuerdo ya. + +«Hablábamos y encontrábamos transeuntes; nos referíamos á una vecina +que tuvimos en otro tiempo, la cual, cuando se mudó á una habitación +que daba á la calle, trabajaba siempre con la ventana abierta. Y +sentíamos frío á causa de estar abierta aquella ventana. + +«No había árboles en el campo. + +«Vimos un hombre pasar junto á nosotros. Era un hombre desnudo, de +color de ceniza, montado en un caballo color de tierra. El hombre no +tenía cabellos; veíasele el cráneo y las venas sobre el cráneo. Llevaba +en la mano una varita flexible como un sarmiento y pesada como el +hierro. Pasó el jinete sin decirnos nada. + +«Mi hermano me dijo: + +«--Tomemos el camino hondo. + +«Había efectivamente un camino hondo, donde no se veía un matorral ni +una brizna de hierba. Todo era de color de tierra, incluso el cielo. +Andados algunos pasos, advertí que no me respondían cuando hablaba. +Volví la cabeza, y vi que mi hermano no estaba ya á mi lado. + +«Entré en un pueblecillo que encontré al paso. Supuse que era +Romainville (¿por qué Romainville?)[5]. + +«La primera calle por donde entré estaba desierta. Entré luego en otra. +Detrás del ángulo que formaban las dos calles, había un hombre de pie, +junto á la pared. Díjele á este hombre:--¿Qué país es éste? ¿Dónde +estoy? El hombre no respondió. + +«Vi la puerta de una casa abierta y entré. + +«La primera habitación estaba desierta. Entré en la segunda. Detrás +de la puerta de la estancia había un hombre de pie junto á la pared. +Pregunté á este hombre:--¿De quién es esta casa? ¿Dónde estoy? El +hombre no respondió tampoco. + +«La casa tenía un jardín. Salí de la casa y entré en el jardín. El +jardín estaba desierto. Detrás del primer árbol vi á un hombre de pie. +Díjele á este hombre:--¿Qué jardín es éste? ¿Dónde estoy? + +«El hombre tampoco respondió. + +«Vagué por la población, advertí que era una ciudad. Todas las calles +estaban desiertas, todas las puertas abiertas. No pasaba un ser +viviente por sus calles, ni se encontraba en sus moradas, ni paseaba +sus jardines. Pero había detrás de cada esquina, detrás de cada puerta, +detrás de cada árbol, un hombre en pie que estaba en silencio. Y no se +veía nunca más que uno solo. Aquellos hombres me miraban pasar. + +«Salí del pueblo y eché á andar por el campo. + +«Poco después, volví la cabeza, y vi una multitud que venía +siguiéndome. Reconocí á todos los que había visto en el pueblo. Tenían +cabezas extrañas. Parecían no andar aprisa, y sin embargo caminaban +más que yo. No hacían ruido alguno al andar. En un instante aquella +multitud me alcanzó y rodeó. Los rostros de aquellos hombres eran de +color de tierra. + +«Entonces el primero, á quien yo había visto é interrogado al entrar en +el pueblo, me preguntó:--¿Á dónde vais? ¿No sabéis por ventura que hace +ya mucho tiempo que estáis muerto? + +«Abrí la boca para responder, y advertí que no había ya nadie junto á +mí». + +Despertóse. Estaba helado. + +Un viento, frío como viento de la mañana, hacía girar en sus goznes las +hojas de la venta abierta. + +El fuego se había extinguido. La bujía tocaba á su fin. La noche era +obscura todavía. + +Levantóse y asomó á la ventana. No se veían estrellas en el cielo. + +Desde la ventana descubríase el patio de la casa y la calle. Un ruido +seco y duro, que resonó de pronto sobre el suelo, le hizo bajar los +ojos. + +Vió debajo de él dos estrellas rojas, cuyos rayos se prolongaban y +recogían caprichosamente en la sombra. + +Como su pensamiento estaba medio sumergido todavía en la bruma de los +sueños, exclamó: + +--¡Calle!--y pensó.--¡No las hay en el cielo, pero sí en la tierra! + +Disipóse, sin embargo, aquella turbación; un ruido semejante al primero +acabó de despertarle; miró, y conoció que aquellas dos estrellas eran +los faroles de un coche. Por la claridad que estos faroles despedían, +pudo distinguir la forma del carruaje. Era un tílburi con un caballo +blanco. El ruido que acababa de oir eran las patadas del caballo sobre +el suelo. + +--¿Qué carruaje es ése?--se preguntó.--¿Quién puede venir tan de mañana? + +En aquel momento llamaron por lo bajo á la puerta de su cuarto. + +Tembló de pies á cabeza, y exclamó en voz terrible: + +--¿Quién llama? + +Alguien dijo: + +--Yo, señor alcalde. + +Reconoció la voz de la vieja portera. + +--¡Y bien! ¿Qué ocurre? + +--Señor alcalde, van á dar las cinco. + +--¿Y qué me importa? + +--Señor alcalde, está ahí el cabriolé. + +--¿Qué cabriolé? + +--El tílburi. + +--¿Qué tílburi? + +--¿No ha encargado el señor alcalde un tílburi? + +--No,--dijo él. + +--El cochero dice que es para el señor alcalde. + +--¿Qué cochero? + +--El cochero de maese Scaufflaire. + +--¿Maese Scaufflaire? + +Este nombre le hizo estremecer, como si un relámpago hubiera cruzado +ante sus ojos. + +--¡Ah! sí,--repuso.--¡Maese Scaufflaire! + +Si la vieja le hubiese podido ver en aquel instante, hubiera quedado +espantada. + +Siguió un prolongado silencio. Examinaba con aire estúpido la llama +de la bujía, entreteniéndose en coger la cera hirviente alrededor +del pábilo, arrollándola con sus dedos. La vieja esperó. Después, +aventurándose á levantar aún la voz: + +--Señor alcalde, ¿qué debo contestar? + +--Que está bien; que bajo. + + + V + =Los rayos de las ruedas= + + +El servicio de postas de Arras á M* sur M* se hacía todavía en +aquella época en pequeñas malas del tiempo del imperio. Estas malas +eran unos cabriolés de dos ruedas, forrados de cuero leonado por +dentro, suspendidos por muelles, sin más que dos asientos, uno para +el conductor y otro para un viajero. Las ruedas estaban armadas de +esos prolongados cubos ofensivos que obligan á los demás carruajes á +mantenerse á distancia, y de los que se ven todavía algunos en los +caminos de Alemania. La mala de la correspondencia, inmensa caja +oblonga, estaba colocada detrás del cabriolé, formando parte de él. +Este cajón estaba pintado de negro y el resto del carruaje de amarillo. + +Dichos carruajes, á los que en nada se parecen los de hoy en día, +presentaban cierto aspecto deforme y jorobado, de manera que cuando se +los veía pasar á lo lejos, y como arrastrándose por alguna carretera en +el horizonte, podían compararse á esos insectos, que creemos se llaman +«termitas», que con un cuerpo muy pequeño arrastran un gran bulto. +Caminaban no obstante, con gran velocidad. + +La mala, que salía de Arras todas las noches á la una, después de pasar +el correo de París, llegaba á M* sur M* poco antes de las cinco de la +madrugada. + +Aquella noche la mala que bajaba á M* sur M* por la carretera de +Hesdin, golpea, al doblar una calle, en el momento en que entraba en la +población, un tílburi pequeño tirado por un caballo blanco, que venía +en sentido inverso, en el cual sólo iba una persona, un hombre envuelto +en su capote. La rueda del tílburi recibió un golpe bastante fuerte. +El conductor gritó á aquel hombre que se parara; pero el viajero no le +hizo caso, y continuó su camino al trote largo. + +--He aquí un hombre endiabladamente apresurado,--dijo el conductor. + +El hombre que así corría era el mismo á quien acabamos de ver luchar +interiormente entre convulsiones dignas de lástima. + +¿Á dónde iba? No hubiera podido decirlo. + +¿Por qué se daba tanta prisa? No lo sabía. Caminaba el azar delante de +él. ¿Á dónde? Á Arras sin duda; pero quizá iba también á otra parte. +Iba conociéndolo por momentos, y se estremecía. Engolfábase en aquella +noche como un remolino de tinieblas. Un algo le empujaba, otro algo le +atraía. + +Lo que por él pasaba nadie hubiera podido decirlo, pero todo el mundo +puede comprenderlo. ¿Qué hombre no ha entrada alguna vez en su vida en +la obscura caverna de lo desconocido? + +Por lo demás, no había él resuelto nada, nada decidido, nada +determinado, nada hecho. Ninguno de los actos de su conciencia había +sido definitivo. Se hallaba, más que nunca, como en el primer momento. + +¿Por qué, pues, iba á Arras? + +Repetíase lo que ya se había dicho al tomar el cabriolé de +Scaufflaire:--que cualquiera que debiese ser el resultado, no había de +haber inconveniente en ver con sus ojos, en juzgar por sí mismo;--que +era ello prudente, pues le convenía saber lo que pasare.--Que no podía +decidirse, sin haber observado y escudriñado;--que de lejos todos los +objetos se nos hacen montañas, y por último, que después de haber visto +al tal Champmatieu, quien sería indudablemente algún miserable, su +conciencia quedaría probablemente muy tranquila dejándole ir á presidio +en lugar suyo;--que en verdad, allí estarían Javert y los antiguos +presidiarios, Brevet, Chenildieu y Cochepaille que le habían conocido, +pero de seguro ya no le reconocerían. Que Javert estaba ya fuera de +toda sospecha. + +Que las conjeturas y las suposiciones se fijaban solamente en aquel +Champmatieu, y no hay nada más tenaz que las suposiciones y las +conjeturas;--y que no había, por lo tanto, peligro alguno. + +Que sin duda era aquél un momento tenebroso, pero que saldría de él; +que, después de todo era dueño de su destino, por malo que fuése. + +Y que, como dueño, podía disponer de él á su antojo. + +Aferrábase á este pensamiento. + +Pero en el fondo si hemos de ser sinceros, hubiera preferido no ir á +Arras. + +Y sin embargo, iba. + +Así pensando, arreaba al caballo que corría con ese trote regular y +sentado que hace dos leguas y media por hora. + +Á medida que el cabriolé avanzaba, sentía en su interior algo que +retrocedía. + +Al rayar el día estaba en campo raso; la población de M* sur M* se +hallaba á larga distancia detrás de él. Miró blanquear el horizonte; +miró sin ver, cómo pasaban delante de sus ojos todas las frías figuras +de una aurora de invierno. + +El alba tiene sus espectros como el crepúsculo, mas él no los veía; +pero sin saberlo, y como por una especie de penetración casi física, +las negras siluetas de árboles y colinas acrecentaban el estado +violento de su alma con algo aún más negro y más siniestro. + +Cada vez que pasaba por delante de alguna de aquellas casas aisladas +que á veces se encuentran junto al camino, se decía:--¡Y aquí hay +gentes que duermen! + +El trote del caballo, los cascabeles del arnés, las ruedas sobre la +carretera, producían un ruido suave y monótono. Esas cosas resultan +agradables cuando uno está alegre, y lúgubres cuando triste. + +Era muy entrada la mañana cuando llegó á Hesdin. Paróse delante de un +mesón, para dejar rehacer el caballo y darle pienso. + +El caballo era, como había dicho Scaufflaire, de esa raza pequeña del +Bolonesado, de gran cabeza, gran vientre y poco cuello, pero de pecho +abierto, ancha grupa, piernas descarnadas y finas, y pie seguro; raza +fea, pero robusta y sana. El excelente bruto había andado cinco leguas +en dos horas, y no tenía encima una sola gota de sudor. + +Él no había bajado del tílburi. El mozo de cuadra, que traía la avena, +se bajó de repente y examinó la rueda izquierda. + +--¿Vais así muy lejos?--preguntó el hombre. + +Él contestó sin salir de sus meditaciones. + +--¿Por qué? + +--¿Venís de lejos?--repuso el mozo. + +--De cinco leguas de aquí. + +--¡Ah! + +--¿Por qué decís: ah? + +El mozo se inclinó de nuevo, permaneció un instante silencioso, +fijándose en la rueda, y después se enderezó, diciendo: + +--Es que veo una rueda que puede haber hecho cinco leguas, no lo dudo; +pero que de seguro no va hacer ahora un cuarto de legua más. + +El viajero saltó del tílburi. + +--¿Qué estáis diciendo, amigo? + +--Estoy diciendo que es un milagro que hayáis hecho cinco leguas sin ir +rodando vos y vuestro caballo en cualquier precipicio del camino real. +Mirad. + +La rueda, en efecto, estaba muy estropeada. El choque de la +silla-correo había roto dos de sus rayos y destrozado el cubo, cuya +matriz había saltado de su centro. + +--Amigo,--dijo al mozo,--¿hay algún carretero por aquí? + +--Sin duda, señor. + +--Hacedme el favor de ir por él. + +--Está aquí á dos pasos... ¡Eh! ¡maese Bourgaillard! + +Maese Bourgaillard, el carretero, estaba en el umbral de su puerta. Se +acercó á examinar la rueda, é hizo el gesto de un cirujano que cree +rota una pierna. + +--¿Podéis componer esta rueda inmediatamente? + +--Sí señor. + +--¿Cuándo podré seguir mi camino? + +--Mañana. + +--¡Mañana! + +--Hay un jornal largo de trabajo. ¿Tenéis mucha prisa? + +--Mucho. Es preciso que vuelva á partir dentro de una hora á lo más. + +--Imposible, señor. + +--Pagaré lo que se quiera. + +--Imposible. + +--¡Pues bien! Dentro de dos horas. + +--Hoy es imposible. Es preciso hacer nuevos los dos rayos y el cubo. No +podéis salir antes de mañana. + +--El caso es que no puedo esperar á mañana. ¿Si en vez de componer esa +rueda se reemplazase con otra?... + +--¿Cómo? + +--¿No sois carretero? + +--¡Sin duda! + +--¿Y no tenéis una rueda que venderme? Así podría partir enseguida. + +--¿Una rueda suelta? + +--Sí. + +--No tengo ninguna á propósito para esta clase de cabriolé. Dos ruedas +constituyen un par, y dos ruedas no se juntan siempre á la ventura. + +--En ese caso, vendedme un par de ruedas. + +--Es que no todas las ruedas se ajustan á todos los ejes. + +--Probadlo. + +--Es por demás. No tengo para vender más que ruedas de carro. Es éste +un país tan pobre. + +--¿Tenéis un cabriolé para alquilarme? + +El maestro carretero, al primer golpe de vista había conocido que era +el tílburi carruaje de alquiler. Y se encogió de hombros. + +--¡Cuidáis bien de los carruajes que se os alquilan! si tuviera yo +alguno no sería quien os lo alquilase. + +--Pero ¿me lo venderíais? + +--No lo tengo. + +--¡Cómo! ¿Ni un carrito ligero? Ya veis que no es difícil contentarme. + +--Es éste un pobrísimo país. Tengo ahí,--añadió el carretero,--una +carretela antigua que es de un señor de la ciudad que me la dió á +guardar, y que se sirve de ella todos los seis y treinta de cada mes. +Ya os la alquilaría, pues no me cuesta nada, pero sería preciso evitar +que la viera su dueño; y luego que es, como os he dicho, una carretela, +y se necesitan dos caballos para tirar de ella. + +--Tomaré dos caballos de posta. + +--¿Á dónde vais? + +--Á Arras. + +--¿Y el señor quiere llegar hoy? + +--Precisamente. + +--¿Con caballos de posta? + +--¿Por qué no? + +--¿Os es igual llegar esta noche á las cuatro de la madrugada? + +--No, ciertamente. + +--Es que, vea usted, hay algo que debe decirse, para encontrar caballos +de posta... ¿Traéis pasaporte? + +--Sí. + +--Pues bien, tomando caballos de posta no llegaréis á Arras antes de +mañana. Éste es un camino transversal. Los relevos se sirven mal, los +caballos están en los campos. Nos encontramos, además, en época de +labranza; se necesitan muchas yuntas, y se toman cuantos caballos se +encuentran, así los de posta como los otros. Tendréis que esperar, á lo +menos, tres ó cuatro horas en cada relevo. Y luego, no podréis andar +sino al paso. Hay que subir tantas cuestas. + +--Entonces iré á caballo. Desenganchad el cabriolé. ¿Se encontrará una +silla en el pueblo? + +--Sin duda, pero ¿sufre la silla este caballo? + +--Es verdad, vos me recordáis que no la sufre. + +--Entonces... + +--¿Pero se encontrará fácilmente en la población, un caballo de +alquiler? + +--¡Un caballo para ir á Arras de una tirada! + +--Sí. + +--Es preciso un caballo como no se encuentran por aquí. Tendríais +que comprarlo, porque no siendo conocido. Pero ¡Ca! ¡ni vendido ni +alquilado, por quinientos ni por mil francos lo encontraréis! + +--¿Qué hacer, entonces? + +--Lo mejor que podéis hacer, y os lo digo á fe de hombre honrado, es +que yo recomponga la rueda, y que dejéis el viaje para mañana. + +--Mañana sería tarde. + +--¡Diantre! + +--¿No pasa por aquí el correo de Arras? + +--¿Á qué hora? + +--Por la noche. Los dos hacen el servicio de noche, así el que sube +como el que baja. + +--¿Y es indispensable emplear todo un día para componer esta rueda? + +--Un día largo; como os he dicho. + +--¿Y poniéndose á trabajar dos oficiales? + +--¡Aún que se pusieran diez! + +--¿Si atáramos los rayos con cuerdas? + +--Los rayos sí, pero no el cubo. La llanta está echada á perder. + +--¿No hay quien alquile coches en el pueblo? + +--No. + +--¿Hay otro carretero? + +El mozo de cuadra y el maestro carretero contestaron á un tiempo +moviendo la cabeza: + +--No. + +El viajero se alegró inmensamente. + +Era que la Providencia le detenía, al parecer, en su camino. Ella había +roto la rueda del tílburi. Sin embargo, no queriendo rendirse al primer +aviso, acababa de hacer todos los esfuerzos posibles para continuar +el viaje; había, leal y escrupulosamente, puesto cuantos medios tenía +á su alcance; no había retrocedido ante los elementos, ante la fatiga +ni los dispendios; nada tenía que reprocharse. Si no adelantaba más, +no era culpa suya. No era suya la falta de su detención; era un hecho +providencial. + +Respiró. Respiró libremente á todo pulmón por vez primera, después de +la visita de Javert. Parecíale que la mano de hierro que le oprimía el +corazón hacía veinte horas, acababa de dejarle en libertad. + +Y pareciéndole que Dios le protegía á sazón, díjose á sí mismo: + +Que habiendo hecho cuanto había podido, no tenía más sino volver +tranquilamente sobre sus pasos. + +Si su conversación con el carretero hubiese tenido lugar en una de las +habitaciones de la posada, si no hubiese habido testigos, si nadie la +hubiese oído, todo habría tal vez terminado allí y es muy probable que +no hubiéramos narrado ninguno de los acontecimientos que se van á leer; +pero la conversación fué tenida en la calle. Todo coloquio en la calle +produce inevitablemente un corro. Hay siempre gentes dispuestas á hacer +de espectadores. Durante su conversación con el carretero, se habían +detenido varios transeuntes alrededor de ellos. Después de haber estado +escuchando algunos minutos, un muchacho, en el cual nadie se había +fijado, se separó del grupo echando á correr. + +En el momento en que el viajero, después de la deliberación interior +que hemos indicado, tomaba la resolución de retroceder, volvió el +muchacho. Venía acompañado de una vieja. + +--Señor,--dijo la vieja,--me ha dicho el chico que queréis alquilar un +cabriolé. + +Estas simples palabras, pronunciadas por una vieja acompañada de un +muchacho, le hicieron trasudar. Creyó ver en las sombras la mano que le +había soltado, dispuesta á cogerle de nuevo. + +Y díjole á la vieja: + +--Sí, buena mujer, necesito alquilar un cabriolé. + +Apresurándose á añadir: + +--¿Pero no hay ninguno en este pueblo? + +--Sí lo hay,--dijo la vieja. + +--¿Dónde está?--repuso el carretero. + +--En mi casa,--replicó la vieja. + +Estaba temblando. La mano fatal le acababa de asir nuevamente. + +La vieja tenía, en efecto, bajo un cobertizo, una especie de calesín +cubierto de mimbre. El carretero y el mozo de la posada, temiendo que +se les escapara el viajero, intervinieron. + +--Es un mal carro;--Apoyado sobre el eje;--Es cierto que los asientos +están suspendidos por correas;--Lloverá dentro de él como bajo una +criba;--Las ruedas tomadas y enmohecidas por la humedad;--No iréis +con él mucho más allá de lo que iríais con el tílburi;--¡Es una +carreta!--¡Pues no se divertiría poco este señor, embarcándose en +él!--etc., etc. + +Todo aquello podía ser verdad, pero aquel carro, aquel calesín, aquella +carreta, ó lo que fuése, tenía dos ruedas con que poder ir á Arras. + +Pagó lo que quisieron, dejó el tílburi para que el carretero se lo +tuviese arreglado á su vuelta, hizo enganchar el caballo blanco al +calesín, y subiendo en él, emprendió nuevamente la ruta que venía +siguiendo desde por la mañana. + +En cuanto se puso en movimiento el calesín, confesóse que había sentido +cierta alegría al pensar que no iría más allá. Examinó entonces aquella +alegría con cierta cólera, y la encontró absurda. ¿Por qué había de +alegrarse de retroceder? Puesto que, después de todo, hacía el viaje +libremente. Nadie le obligaba á ello. + +Y seguramente, nada había de acontecerle que él no quisiera. + +Cuando salía ya de Hesdin, oyó una voz que le gritaba: «¡Deteneos! +¡deteneos!». Detuvo efectivamente el calesín, con un movimiento vivo y +rápido en el que había aún algo de febril y convulsivo, parecido á la +esperanza. + +Era el chico de la vieja. + +--Señor,--le dijo,--yo soy quien os ha proporcionado el calesín. + +--¿Y qué? + +--Que nada me habéis dado. + +Él, que daba á todo el mundo fácilmente, encontró aquella pretensión +exorbitante y odiosa. + +--¡Ah! ¿eres tú perillán? díjole, ¡pues no hay de qué! + +Y arreando el caballo, partió al trote largo. + +Había perdido demasiado tiempo en Hesdin y quería ganarlo. El caballito +era valiente y tiraba por dos; pero corría el mes de febrero, había +llovido, y estaban los caminos perdidos. Además, aquello no era el +tílburi. El calesín era más duro y pesado, y había muchas pendientes +que subir. + +Necesitó cerca de cuatro horas para ir de Hesdin á Saint-Pol. Cuatro +horas para cinco leguas. + +En Saint-Pol desenganchó en la primera posada que encontró, é hizo +conducir el caballo á la cuadra. Como se lo había prometido á +Scaufflaire, se estuvo junto al pesebre mientras comió el caballo. +Pensando en mil cosas tristes y confusas. + +La posadera entró en la cuadra. + +--¿No quiere el señor almorzar?--preguntó. + +--¡Y es verdad!--exclamó él;--tengo buen apetito. + +Siguió á aquella mujer de figura agradable y airosa, que lo condujo á +una sala baja en la que había varias mesas cubiertas de tela encerada +en lugar de manteles. + +--Despachad pronto,--dijo él;--es preciso que emprenda nuevamente la +marcha; llevo mucha prisa. + +Una gruesa muchacha flamenca le puso enseguida cubierto. Admiró en la +joven la verdadera expresión del bienestar. + +--Esto es lo que yo sentía,--pensó;--no haber almorzado. + +Sirviósele, cogió el pan, tomó un bocado, volviendo luego á dejarlo +sobre la mesa sin volverlo á tocar. + +Un carretero estaba comiendo en otra mesa. Díjole nuestro viajero á +este hombre: + +--¿Por qué es tan amargo este pan? + +El carretero, que era alemán, no entendió lo que se le decía. + +El viajero se volvió á la cuadra con su caballo. + +Una hora después había salido de Saint-Pol dirigiéndose á Tinques, que +dista sólo cinco leguas de Arras. + +¿Qué hacía él durante el trayecto? ¿En qué pensaba? Al igual, que la +mañana, miraba pasar los árboles, los techos de las cabañas, los campos +cultivados, y los cambios del paisaje, que variaba á cada curva del +camino. + +Es ésta una contemplación que satisface el alma muchas veces, +disponiéndola á meditar. Ver mil objetos por primera y última vez, +¿puede haber algo más meláncolico y profundo? Viajar, es nacer y morir +á cada instante. Tal vez en la región más vaga de su espíritu, hacía +comparaciones entre aquellos mudables horizontes y la existencia +humana. Todas las cosas de la vida son una huida continuada delante de +nosotros. + +Todas las cosas en la vida huyen perpetuamente ante nosotros. Después +de un deslumbramiento, un eclipse; se mira, se corre, se alargan las +manos para asir lo que pasa; cada evento es una curva del camino, y +de súbito se encuentra uno viejo. Siéntese como una sacudida, todo es +negro; se distingue una puerta obscura. El sombrío caballo de la vida, +que nos arrastra, se para. Y vemos á alguno, velado y desconocido, que +le desengancha en las tinieblas. + +Empezaba á caer el crepúsculo en el momento en que unos muchachos, que +salían de la escuela, vieron entrar al viajero en Tinques. Es verdad +que se estaba todavía en los días cortos del año. No se detuvo en +Tinques. Al salir por el otro extremo de la población, un peón caminero +que engravaba la carretera, levantó la cabeza y dijo: + +--¡Vaya un caballo fatigado! + +El pobre animal, en efecto, no andaba sino al paso. + +--¿Vais tal vez á Arras?--añadió el caminero. + +--Sí. + +--Siguiendo este paso no llegaréis muy temprano. + +Detuvo el caballo y preguntó al caminero: + +--¿Cuánto falta todavía de aquí á Arras? + +--Cerca de siete leguas largas. + +--¡Cómo! La guía de postas no marca más que cinco y cuarto. + +--¡Ah!--respondió el peón.--¿Entonces no sabéis que se está componiendo +el camino? Á un cuarto de legua de aquí le encontraréis cortado. No hay +medio de seguir adelante. + +--¿De veras? + +--Tomad allí por la izquierda, el camino que va á Carency; pasaréis el +río, y al llegar á Camblin, tomáis á la derecha; allí cruza el camino +de Mont-Saint Eloy, que va á Arras. + +--Pero viene la noche y me perderé. + +--¿No sois del país? + +--No. + +--Y además, todo es camino de travesía. Atended, señor,--repuso el +caminero:--¿queréis tomar mi consejo? Vuestro caballo va muy cansado, +quedaos en Tinques; hay muy buena posada. Dormís en ella, y mañana +podréis ir á Arras. + +--Es preciso que llegue allí esta noche. + +--Eso es otra cosa. En este caso, id de todos modos á la posada y tomad +un caballo de refuerzo. El muchacho que le conduzca os servirá de guía. + +Siguió el consejo del peón. Volvióse atrás, y media hora después pasó +por el mismo sitio á trote largo, con un buen caballo que reforzaba al +suyo. + +Un mozo de cuadra, que se titulaba postillón, iba sentado en las varas +del calesín. + +Sin embargo conocía que perdía tiempo. + +Había caído ya por completo la noche. + +Entraron en la travesía. El camino era malísimo. El carruaje saltaba de +un bache á otro. Dijo él al postillón: + +--Siempre al trote, y doble propina. + +En uno de los vaivenes rompióse el balancín. + +--Señor, dijo el postillón, se ha roto el balancín, y no sé cómo +enganchar mi caballo. Esta travesía es muy peligrosa de noche; si +quisiérais volveros á dormir á Tinques esta noche, mañana muy temprano +podríamos estar en Arras. + +Él le respondió: + +--¿Tienes un cabo de cuerda y un cuchillo? + +--Sí, señor. + +Cortó él entonces una rama de árbol é hizo un balancín. + +Esto fué otra pérdida de veinte minutos; pero volvieron á partir al +galope. + +La llanura estaba tenebrosa. Una niebla baja, reducida y negra, parecía +trepar por las colinas, desprendiéndose como el humo. Distinguíanse +puntos blanquecinos entre las nubes. Un fuerte viento, que venía del +mar, producía en todas las cavidades del horizonte un ruido semejante +al de remover muebles. Todo cuanto entreveía se le presentaba +terrorífico. ¡Cuántas cosas tiemblan al impulso de los soplos de la +noche! + +El frío le penetraba. Nada había comido desde la víspera. Recordaba +vagamente su otro viaje nocturno por la gran llanura de las cercanías +de D***, hacía ocho años, y le parecía cosa de ayer. + +Oyó dar horas en un campanario lejano, y le preguntó al mozo: + +--¿Qué hora es ésta? + +--Las siete, señor; á las ocho estaremos en Arras. Ya no nos faltan más +que tres leguas. + +Por primera vez hizo entonces esta reflexión, pareciéndole extraño no +se le hubiese ocurrido antes: + +Que era quizá inútil tanta molestia como se tomaba; que no sabía +siquiera á qué hora se veía la causa, que debería al menos haberse +informado de ello; que era una extravagancia el seguir adelante, sin +saber si aquello serviría para algo.--Después formó confusamente +algunos otros cálculos en su espíritu:--Que ordinariamente las vistas +del tribunal penal comenzaban á las nueve de la mañana; que el proceso +no debía ser largo; que el debate sobre el robo de las manzanas sería +muy corto; que lo más que habría luego sería cuestión de identificar +la persona, cuatro ó cinco declaraciones y algunas breves palabras de +parte de los abogados; ¡que llegaría tal vez cuando ya estaría todo +terminado! + +El postillón arreaba sus caballos. Habían pasado el río y dejado detrás +á Mont Saint Eloy. + +La noche aumentaba más y más su obscuridad. + + + + + VI + =Sor Simplicia puesta á prueba= + + +Sin embargo, en aquel momento mismo, Fantina estaba alegre. + +Había pasado muy mala noche. Tos horrible, recrudecimiento de fiebre, +y delirio. Por la mañana, cuando la visitó el médico la encontró +delirando, éste se alarmó y encargó que le avisasen en cuanto regresara +el señor Magdalena. + +Fantina estuvo triste toda la mañana, habló poco, y se entretuvo +en hacer dobleces en las sábanas, repitiendo cálculos en voz baja +que parecían como cálculos de distancias. Sus ojos estaban hundidos +y fijos. Parecían casi apagados, pero brillaban á intervalos, +resplandeciendo como estrellas. + +Parece que al acercarse cierta hora sombría, la claridad del cielo +inunda á aquéllos á quienes abandona la claridad de la tierra. + +Cada vez que sor Simplicia le preguntaba cómo estaba respondía +invariablemente:--Bien. Yo quisiera ver al señor Magdalena. + +Algunos meses antes, en el momento en que ella acababa de perder el +último resto de pudor, de vergüenza y de alegría, era aún la sombra +de sí misma; á la sazón no era más que su espectro. El mal físico +había completado la obra del mal moral. Aquella criatura de venticinco +años tenía la frente arrugada, las mejillas lacias, la nariz afilada, +los dientes descarnados, el color plomizo, el cuello huesoso, las +clavículas salientes, los miembros demacrados, la piel terrosa, y sus +cabellos rubios mezclados con algunos blancos. ¡Ah! ¡Cómo anticipan la +vejez las enfermedades! + +Al medio día volvió el médico, dió algunas prescripciones, preguntó si +había el señor alcalde vuelto á la enfermería, y movió tristemente la +cabeza. + +El señor Magdalena acostumbraba ir diariamente á las tres á ver á la +enferma; y como la exactitud era entonces bondad, era exactísimo. + +Á eso de las dos y media, comenzó Fantina á manifestarse agitada. En el +espacio de veinte minutos preguntó más de diez veces á la religiosa: + +--¿Hermana mía, qué hora es? + +Dieron las tres. Á la tercera campanada, Fantina se sentó en la cama, +ella que apenas podía moverse dentro el lecho, cruzó convulsivamente +sus descarnadas y amarillentas manos, y la hermana oyó salir de su +pecho uno de esos suspiros profundos que parecen levantar un gran peso +de angustia. Después Fantina se volvió y miró á la puerta. + +Nadie entró; la puerta no se abrió. + +Permaneció así un cuarto de hora, fijos los ojos en la puerta, inmóvil +y como reteniendo el aliento. La hermana no se atrevía á hablarle. El +reloj de la iglesia dió las tres y cuarto. Fantina se dejó caer de +nuevo en su almohada. + +No dijo una palabra, y volvió á hacer dobleces en la sábana. + +Pasóse media hora, pasóse una, y nadie apareció; cada vez que el reloj +sonaba, incorporábase Fantina y miraba hacia la puerta; después volvía +á dejarse caer. + +Adivinábase claramente su pensamiento; pero ella no pronunciaba nombre +alguno, ni se quejaba, ni acusaba á nadie. + +Solamente tosía de una manera lúgubre. Hubiérase dicho que algo obscuro +iba descendiendo sobre de ella. Estaba lívida, y tenía los labios +azulados, sonriendo á cada instante. + +Dieron las cinco. Entonces oyó la hermana cómo decía en voz muy baja y +dulce acento:--¡Ya que me iré mañana, hace mal en no venir hoy! + +La misma sor Simplicia estaba admirada de la tardanza del señor +Magdalena. + +En tanto Fantina miraba al cielo de la cama, pareciendo como que +quisiera recordar algo. + +De repente se puso á cantar con voz débil como un suspiro. La hermana +se puso á escuchar. + +He aquí lo que cantó Fantina: + + Compraremos muchas y muy bellas cosas + Viendo de las calles lo más principal + Azul es el lirio, rosadas las rosas, + Azul es el lirio, que dulce es amar. + La Virgen María con manto bordado + Ayer vino á verme en mi pobre hogar, + Y me dijo:--Mira, bajo el velo traigo + El niño que un día viniste á implorar. + --Á la ciudad pronto, corriendo, volando, + Comprad lienzo, agujas, hilos y dedal. + + Compraremos muchas y muy bellas cosas + Viendo de las calles lo más principal. + + Buena y santa virgen del manto bordado + Arreglé una cuna, con cintas, sin par; + Y aunque Dios la estrella de más vivos rayos + Me diera prefiero lo que tú me das. + --¿De todo este lienzo, señora, qué hago? + --Al recién nacido hacedle el ajuar. + + Azul es el lirio, rosadas las rosas, + Azul es el lirio, que dulce es amar. + + Lavad este lienzo.--¿En dónde?--En el río. + Y haced sin mancharlo, romper, ni arrugar, + Una hermosa falda con su cuerpecito, + Que con muchas flores la quiero bordar. + --¿Qué haremos, señora, faltando aquí el niño? + --Haced mi sudario, llevadme á enterrar. + + Compraremos muchas y muy bellas cosas + Viendo de las calles lo más principal, + Azul es el lirio, rosadas las rosas, + Azul es el lirio, que dulce es amar. + +Esta canción era una antigua romanza de nodriza con que ella +acostumbraba, en otro tiempo, dormir á su pequeña Cosette y que no +había vuelto á presentarse á su imaginación en los cinco años que se +habían pasado sin ver á su hija. + +Cantaba esto con voz tan triste y con tan dulce acento, que era +bastante á hacer llorar á la misma religiosa. La hermana, acostumbrada +á cosas austeras, sintió asomar una lágrima. + +El reloj dió las seis. Fantina pareció no oir, como parecía no prestar +atención á nada de lo que pasaba junto á ella. + +Sor Simplicia envió una criada de la enfermería á preguntar á la +portera de la fábrica si había regresado el señor alcalde y si subiría +luego. La muchacha volvió á los pocos minutos. + +Fantina continuaba inmóvil, y parecía prestar sólo atención á sus ideas. + +La criada contó, muy por lo bajo á sor Simplicia, que el señor alcalde +había salido por la mañana antes de las seis, á pesar del frío que +hacía, en un tílburi tirado por un caballo blanco; que iba solo, sin +cochero; que ignoraba el camino que había tomado; que algunos decían +haberle visto por la carretera de Arras, y otros aseguraban haberle +encontrado en la de París. Que al despedirse había estado tan amable +como siempre, y únicamente había dicho á la portera, que no se le +esperase aquella noche. + +Mientras las dos mujeres, de espaldas á la cama de Fantina, +cuchicheaban, la hermana preguntando y conjeturando la criada, Fantina +con aquella viveza febril propia de ciertas enfermedades orgánicas, que +mezcla los movimientos libres de la salud á la espantosa demacración +de la muerte, se había puesto de rodillas sobre la cama, con las manos +crispadas, apoyándose sobre la almohada, y asomando la cabeza por entre +la abertura de las cortinas; estaba escuchando. De repente exclamó: + +--¡Estáis hablando del señor Magdalena! ¿Por qué habláis tan bajo? ¿Qué +es lo que hace? ¿Por qué no viene? + +Su acento era tan brusco y tan ronca su voz, que las dos mujeres, +creyendo oir una voz de hombre, volviéronse asustadas. + +--¡Respondedme!--exclamó Fantina. + +La criada balbuceó: + +--La portera me ha dicho que no podría venir hoy. + +--Hija mía,--dijo la hermana,--estad tranquila, y volveos á echar. + +Fantina, sin cambiar de actitud, repuso en voz alta, con acento +imperioso y desgarrador á un tiempo: + +--¿No podrá venir? ¿Y por qué? Vosotras sabéis el motivo, lo estabais +cuchicheando entre ambas. Quiero saberlo. + +La criada se apresuró á decirle al oído á la hermana: + +--Decid que está ocupado en asuntos municipales. + +Sor Simplicia se ruborizó ligeramente; lo que la criada le proponía era +una mentira y por otra parte, le parecía que de decir la verdad á la +enferma podría sin duda acarrearle un golpe terrible, lo cual era harto +grave, dado el estado en que se hallaba Fantina. Este rubor duró poco. +La religiosa levantó sobre Fantina sus ojos tristes y serenos, y la +dijo: + +--El señor alcalde se ha ausentado. + +Fantina se incorporó y sentóse sobre sus talones. Sus ojos +centellearon. Una alegría infinita se trasparentó en aquella fisonomía +dolorida. + +--¡Se ha ausentado!--exclamó.--¡Ha ido á buscar á Cosette! + +Luego elevó sus dos manos hacia el cielo, y todo su rostro se mostró +inefable. Sus labios se movían; oraban en voz baja. + +Cuando acabó la oración, dijo á la hermana: + +--¡Hermana mía!--exclamó,--voy á echarme de nuevo, y á hacer todo lo +que me mandéis; ahora mismo he sido mala, he levantado la voz, y os +pido perdón; es muy feo hablar alto, ya lo sé, pero mi buena hermana, +ya lo veis, ¡estoy tan contenta! Dios es bueno, el señor Magdalena es +bueno; figuraos que ha ido á buscar á mi niña, á Cosette á Montfermeil. + +Volvióse á acostar, ayudando á la hermana á arreglar la almohada, y +besó una crucecita de plata que llevaba al cuello, la cual le había +regalado sor Simplicia. + +--Hija mía,--dijo la hermana,--procurad ahora descansar, y no habléis. + +Fantina cogió entre sus manos húmedas la mano de la hermana; ésta +procuraba ocultar la pena que le causaba aquel sudor. + +--Ha salido esta mañana para ir á París. En rigor, no tiene necesidad +de pasar por París. Montfermeil está un poco á la izquierda viniendo +hacia acá. ¿Recordad cómo me decía ayer, cuando yo le hablaba +de Cosette: _Pronto, pronto?_ Es una sorpresa que quiere darme. +¿Entendéis? Él me hizo firmar una carta para sacarla de manos de los +Thénardier. No tendrán nada que decir, ¿no es verdad? Entregarán á +Cosette puesto que se les ha pagado. Las autoridades no permitirían +que se guardaran la criatura habiéndoles pagado. Hermana, no me +hagáis señas para que deje de hablar. Soy tan extremadamente feliz; +ya me siento muy bien, no tengo mal alguno, voy á ver nuevamente á +Cosette; creo que tengo hambre. Hace más de cinco años que no la he +visto. ¡Vos no podéis figuraros cuánto atraen los hijos! Y luego, +¡estará tan hermosa, ya la veréis! ¡Si supiérais, tiene unos dedos +tan lindos y rosados! Ahora tendrá tan bonitas manos. De un año las +tenía tan chiquitas. Ahora estará muy crecida. ¡Tiene ya siete años! +Es una señorita. Yo la llamo Cosette, pero se llama Eufrasia. Mirad, +esta mañana estaba yo mirando el polvo que hay sobre la chimenea, y +se me ha ocurrido la idea de que vería pronto á Cosette. ¡Oh! ¡Dios +mío! ¡Qué triste es dejar pasar los años sin ver una á sus hijos! +¡deberíamos reflexionar que no es la vida eterna! ¡Ay! ¡Qué bien ha +hecho el señor alcalde yendo por ella!... ¿No es verdad que hace mucho +frío? ¿ha llevado, al menos, su capote? Mañana estará de vuelta, ¿no +es verdad? mañana será día de fiesta. Mañana por la mañana, hermana +mía, os acordaréis de hacerme poner mi gorrita guarnecida de encajes. +Montfermeil es un pueblo. He recorrido á pie este camino en otros +tiempos. Es una gran distancia para mí. Pero las diligencias van muy +aprisa. Mañana estará aquí con mi Cosette. ¿Cuánto hay de aquí á +Montfermeil? + +La hermana, que no tenía la menor idea de las distancias, respondió: +--¡Oh! Ya lo creo que podrá estar aquí mañana. + +--¡Mañana! ¡Mañana!--dijo Fantina.--¡Veré á Cosette mañana! Veis, buena +hermana del Dios bueno, ya no estoy mala. Estoy loca. Y creo que si +quisiera, bailaría. + +Cualquiera que la hubiera visto un cuarto de hora antes, no se hubiera +dado cuenta de lo que veía. Estaba sonrosada, hablaba en voz clara y +natural, todo sonreía en ella. Á veces se reía hablando en voz baja. +Alegría de madre, es casi alegría de niño. + +--Bien, bien,--repuso la religiosa;--toda vez que sois dichosa, +obedecedme y no habléis más. + +Fantina dejó caer la cabeza sobre la almohada, y dijo á media voz: + +--Sí, échate, sé prudente, que vas á ver á tu hija. Tiene razón sor +Simplicia. Todos en esta casa tienen razón. + +Después, sin moverse, sin menear la cabeza, se puso á mirar á todas +partes, abiertos sus grandes ojos, con aire complacido y sin decir una +palabra más. + +La hermana corrió las cortinas creyendo que se dormiría. + +Entre siete y ocho llegó el médico. No oyendo el menor ruido, creyó que +Fantina dormía, y entró con cuidado, acercándose de puntillas á la cama. + +Llegó, separó las cortinas, y á la luz de la lamparilla, vió los +grandes y serenos ojos de Fantina que le contemplaban. + +Díjole ella:--Señor, ¿no es verdad que se me permitirá que la acueste á +mi lado en una camita? + +El médico creyó que deliraba. Ella añadió: + +Vedlo, hay justamente el sitio necesario. + +El médico llamó aparte á sor Simplicia, que se lo explicó todo; esto +es, que el señor Magdalena se había ausentado por uno ó dos días, y que +en la duda no habían creído deber desengañar á la enferma, que estaba +en la creencia de que el señor alcalde había ido á Montfermeil, pues +que estaba en lo posible que lo hubiese adivinado. El médico aprobó. Y +al volver á acercarse á la cama, Fantina añadió: + +--Ya veréis, cuando despierte por la mañana le daré los buenos días á +mi pobre niña, y por la noche, como yo no duermo, la veré dormir. Su +tranquila y dulce respiración me hará un gran bien. + +--Dadme la mano,--dijo el médico. + +Alargóle el brazo, y exclamó sonriendo: + +--¡Ah! Es verdad; ¡no lo sabéis! Ya estoy buena. Cosette llega mañana. + +El médico se quedó sorprendido. Estaba mejor. La opresión había +disminuido. El pulso había recobrado fuerza. Una especie de vida +ficticia reanimaba aquel pobre ser desfallecido. + +--Señor doctor,--repuso ella.--¿La hermana os habrá dicho que el señor +alcalde ha ido á buscar el ratoncillo? + +El médico recomendó el silencio, y que se procurase evitar toda emoción +penosa. Prescribió una infusión de quina pura, y para el caso de +repetirse la calentura por la noche, una poción calmante. Al marcharse +dijo á la hermana: + +--Esto va mejor. Si tuviéramos la suerte de que en efecto llegase +mañana el señor alcalde con la niña, ¿quién sabe? Hay crisis tan +asombrosas, se han visto curas producidas por grandes alegrías... y +aunque sé que es ésta una enfermedad orgánica, ya muy adelantada; ¡hay +tanto de misterioso en todo! Que, entra en lo posible que se salve. + + + + + VII + =El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse= + + +Eran cerca de las ocho de la noche cuando el calesín que hemos dejado +en camino, entraba por la puerta-cochera de la casa de Postas de Arras. +El hombre á quien hemos seguido hasta este momento, se apeó, respondió +con aire distraído á las atenciones de los criados de la posada, +despidió al postillón con su caballo de refuerzo, conduciendo por sí +mismo el caballito blanco á la cuadra; después empujó la puerta de una +sala de billar que estaba en el piso bajo, y se sentó, apoyando los +codos sobre una mesa. Había empleado catorce horas en aquel trayecto +que creía recorrer en seis. Hacíase la justicia de creer que no era por +culpa suya, aunque en el fondo no le disgustase. + +Entró la posadera: + +--¿Va á pasar aquí la noche el señor? ¿Va á cenar? + +Él hizo un signo de cabeza negativo. + +--El mozo de cuadra ha dicho que el caballo del señor está muy cansado. + +En esto rompió el silencio: + +--¿Es que no podrá el caballo emprender la vuelta mañana temprano? + +--¡Oh, señor! Necesita á lo menos dos días de descanso. + +Y él preguntó: + +--¿No está aquí la administración de postas? + +--Sí, señor. + +La posadera le acompañó al despacho; manifestó allí su pasaporte y se +informó de si había medio de volverse aquella misma noche á M* sur M* +con el coche correo. Justamente el único asiento al lado del conductor +estaba desocupado; y lo tomó, pagándolo inmediatamente. + +--Caballero,--le dijo el encargado,--no faltéis para salir puntualmente +á la una. + +Hecho esto, salió de la posada y empezó á andar por la ciudad. + +No conocía Arras; las calles estaban obscuras; caminaba al azar. Sin +embargo, parecía obstinarse en no preguntar á los transeuntes. Atravesó +el riachuelo Crinchon, y encontróse en un dédalo de calles estrechas, +en que se perdió. Pasaba un artesano con un farol. Después de vacilar +bastante, decidióse á preguntar al artesano, no sin haber mirado antes +á su alrededor como temeroso de que fuése oído lo que iba á preguntar: + +--Señor,--dijo;--¿el palacio de Justicia, si os place? + +--No sois de la ciudad, señor,--respondió el hombre, que era un buen +anciano.--Seguidme si gustáis. Yo voy también allá, es decir, á la +prefectura, que es donde ahora se reúnen provisionalmente los jueces, +mientras se están reparando las salas de justicia. + +--¿Y es allí,--preguntó,--donde se reúnen también los jurados? + +--Sin duda. Lo que es hoy la prefectura, era el palacio episcopal +antes de la revolución. El señor Conzié, que era obispo en 1782, hizo +construir una gran sala. Y es en esta gran sala donde se juzga. + +Siguiendo su camino, le dijo el artesano: + +--Si se trata de un proceso, es ya algo tarde. Generalmente las vistas +concluyen á las seis. + +Sin embargo, al llegar á la plaza mayor, le enseñó el artesano cuatro +grandes ventanas iluminadas en la fachada de un vasto y tenebroso +edificio. + +--Á fe mía que llegáis á tiempo,--añadió;--habéis tenido suerte. +¿Veis esas cuatro ventanas? Ahí está el tribunal de los jurados. Hay +luz; luego no han concluido todavía. Será negocio largo, y habrá sido +preciso continuar la audiencia de noche. ¿Tenéis interés en la causa? +¿Es tal vez un proceso criminal? ¿sois acaso testigo? + +El forastero respondió: + +--No vengo por causa alguna, tengo sólo que hablar á un abogado. + +--Eso es distinto,--dijo el artesano.--Mirad, señor, la puerta es +aquella ahí donde está el centinela. No tenéis más que subir por la +escalera principal. + +Bastáronle las indicaciones del artesano, y pocos minutos después se +hallaba en una sala donde había mucha gente, y mezclados en los grupos +varios abogados con toga, cuchicheando acá y allá. + +Es siempre una cosa que oprime el corazón, ver esos grupos de hombres +vestidos de negro murmurando entre ellos en voz baja á la puerta de +las salas de justicia. Es muy raro que de todas aquellas bocas salgan +palabras de caridad y lástima. Lo que sí sale con bastante frecuencia +son condenas anticipadas. Semejantes grupos se presentan al observador, +que pasa y raciocina como otras tantas colmenas sombrías, ó como +espíritus zumbadores que fabrican en común toda especie de edificios +tenebrosos. + +Aquella sala, espaciosa y alumbrada por una sola lámpara, era una +antigua galería del palacio episcopal, que servía de antecámara. Una +puerta de dos hojas, cerrada en aquel momento, la separaba de la gran +sala donde estaba reunido el tribunal de jurados. + +La obscuridad era tal, que no temió él dirigirse al primer abogado que +encontró. + +--Caballero,--le dijo;--¿en qué están? + +--Ya han concluido,--respondió el abogado. + +--¡Concluido! + +Esta palabra fué repetida con un acento tan singular, que el abogado se +volvió. + +--Perdonad, señor mío: ¿sois acaso algún pariente? + +--No. No conozco aquí á nadie. ¿Ha habido condena? + +--Sin duda. No podía ser otra cosa. + +--¿Presidio?... + +--Para toda la vida. + +--Y,--repuso él, con voz tan débil que apenas se le oyó:--¿Se ha +probado entonces la identidad? + +--¡Qué identidad!--replicó el abogado.--No había identidad alguna +que probar. El asunto era claro. Esa mujer había matado á su hijo, y +se ha probado el infanticidio. Desechado por el jurado el cargo de +premeditación, ha sido condenada de por vida. + +--¿Pero es una mujer?--dijo él. + +--Ciertamente: la joven Limosin. ¿De qué me habláis entonces? + +--De nada, pero toda vez que han concluido, ¿por qué está todavía la +sala iluminada? + +--Para otro proceso, que ha comenzado hace unas dos horas. + +--¿Qué otro proceso? + +--¡Oh! Es otro proceso muy claro también: un truhán, un reincidente, un +presidiario que ha cometido un robo. No sé á punto fijo su nombre; pero +tiene cara de verdadero criminal. Sólo por tener la cara que tiene, le +mandaba yo á presidio. + +--Señor,--preguntó él.--¿No hay medio de entrar en la sala? + +--No lo creo; hay mucha gente. Sin embargo, se ha suspendido la +audiencia y han salido afuera muchos. Tal vez al volverse á abrir la +puerta podáis penetrar. Probadlo. + +--¿Por dónde se entra? + +--Por esa puerta grande. + +El abogado se separó. + +En algunos instantes, casi á un mismo tiempo, había experimentado +todas las emociones posibles. Las palabras de aquel indiferente le +habían, atravesado alternativamente el corazón como agujas de hielo y +como hojas de fuego. Cuando supo que aún no había terminado la causa, +respiró; pero no hubiera podido decirse si era ello manifestación de +alegría ó de dolor. + +Acercóse á varios grupos para oir qué decían. + +Habiendo gran número de causas pendientes, el presidente del tribunal +había señalado, para aquella noche, dos de las más sencillas y breves. +Se había comenzado por la de infanticidio, y se estaba ahora en la del +presidiario, el reincidente, el «caballo de retorno». Este individuo +había robado unas manzanas; pero no parecía el hecho bien probado, pero +lo que sí lo estaba era que había sido presidiario en Tolón, y ello era +lo que daba mal aspecto á su causa. Había terminado el interrogatorio +y la declaración de testigos; pero faltaban todavía la acusación del +fiscal y la defensa del abogado, lo cual no terminaría antes de las +doce de la noche. El acusado saldría probablemente condenado: el fiscal +era de los buenos, y no se le _escapaba_ ninguno de sus reos; era un +chico de provecho que hacía versos. + +Un ujier estaba de pie junto á la puerta que daba entrada á la sala de +los jurados. El viajero preguntó al ujier: + +--¿Se abrirá pronto la puerta? + +--No se abrirá ya,--dijo el ujier. + +--¿Cómo? ¿No se volverá á abrir cuando continue la audiencia? ¿Pues no +se ha suspendido? + +--Se ha suspendido y ha vuelto á continuar,--respondió el +portero;--pero no se abrirá la puerta. + +--¿Por qué? + +--Porque está llena la sala. + +--¡Y qué! ¿No hay sitio alguno? + +--No, señor. La puerta está cerrada. Nadie puede entrar ya. + +El ujier añadió después de un instante de silencio:--Hay todavía dos ó +tres sitiales detrás del señor presidente; pero no son admitidos allí +sino los funcionarios públicos. + +Y esto diciendo volvió la espalda. + +Retiróse el forastero cabizbajo; atravesó la antecámara y bajó la +escalera lentamente, como vacilando á cada peldaño. Es probable que +tuviese consejo consigo mismo. La lucha violenta que se verificaba en +su interior desde la víspera, no había terminado, y á cada momento +surgía una nueva peripecia. Al llegar á la meseta de la escalera se +arrimó á la baranda y se cruzó de brazos. De pronto desabrochó su +levita, sacó su cartera, tomó el lápiz, arrancó una hoja, y escribió +rápidamente en ella, á la luz del farol, este renglón: _Magdalena +alcalde de M* sur M*_. Volvió á subir después á grandes pasos la +escalera, atravesó la muchedumbre, se dirigió al ujier y le entregó el +papel, diciéndole con autoridad: + +--Entregad esto al señor presidente. + +El ujier tomó el papel, le miró, y obedeció enseguida. + + + + + VIII + =Entrada de favor= + + +Sin él imaginárselo, había adquirido el alcalde de M* sur M* cierta +celebridad. Hacía siete años que su reputación de virtuoso llenaba +todo el bajo Bolonesado, y había acabado por traspasar los límites de +aquella pequeña comarca, extendiéndose por dos ó tres departamentos +vecinos. Además de los grandes servicios que había prestado á la +capital, reformando la industria de los abalorios negros, no había uno +solo de los ciento cuarenta y un municipios de aquel territorio, que no +le debiese algún beneficio, habiendo contribuido también á favorecer +las industrias de otros varios distritos. + +Así es como hubo una época en que sostuvo con su crédito y sus fondos +la fábrica de tules de Bolonia, la de hilatura mecánica de lino de +Frevent, y la manufactura hidráulica de lienzos de Boubers sur Canche. +En todas partes se pronunciaba con veneración el nombre del señor +Magdalena. Arras y Douai, envidiaban su alcalde á la pequeña y dichosa +población de M* sur M*. + +El magistrado del tribunal superior de Douai, que presidía á la sazón +el de los jurados de Arras, conocía, como todo el mundo, aquel nombre +tan profunda y universalmente respetado. Cuando el ujier, abriendo +discretamente la puerta que comunicaba de la sala del consejo con la +de la audiencia, se inclinó detrás del sillón del presidente y le +entregó el papel en que estaba escrito el renglón que acaba de leerse, +añadiendo: _Este señor desea asistir á la audiencia_, el presidente +hizo un vivo ademán de atención, y tomando una pluma, escribió algunas +palabras en el mismo papel, que devolvió al ujier, diciéndole: «Hacedle +entrar». + +El desgraciado personaje cuya historia vamos narrando, había +permanecido junto á la puerta de la sala en el mismo sitio y en la +misma actitud en que el ujier le había dejado, parecióle oir, al través +de sus meditaciones, que alguien le decía:--«Señor, ¿queréis hacerme el +honor de seguirme?». Era el mismo ujier que poco antes le había vuelto +las espaldas, quien le saludaba inclinándose hasta el suelo. El ujier, +al propio tiempo, le entregó el papel. Desdoblólo, y como estaba allí +cerca la lámpara, pudo leer: + +«El presidente del tribunal de los jurados, presenta sus respetos al +señor Magdalena». + +Estrujó el papel entre sus manos, como si aquellas palabras tuviesen +para él un sabor extraordinario y amargo. + +Y siguió al ujier. + +Algunos minutos después se hallaba solo en una especie de gabinete +artesonado, de aspecto severo, alumbrado por dos bujías colocadas +sobre una mesa con tapete verde. Aún resonaban en su oído las últimas +palabras del ujier, que acababa de dejarle diciendo: «Señor, ésta es la +sala del consejo; no tenéis más que dar media vuelta al botón de cobre +de esa puerta, y os hallaréis en la misma sala del tribunal detrás +del sillón del señor presidente». Estas palabras se mezclaban en su +pensamiento á un recuerdo vago de los corredores estrechos y escaleras +obscuras que acababa de recorrer. + +El ujier le había dejado solo. El momento supremo había llegado. +Procuraba recogerse en sí mismo sin poder conseguirlo. Precisamente en +el momento en que más necesidad hay de reunir á las realidades de la +vida todos los hilos del pensamiento, es cuando éstos se rompen dentro +el cerebro. Se encontraba allí mismo donde los jueces deliberan y +condenan. + +Miraba con tranquilidad estúpida aquella cámara silenciosa y temible, +donde tantas existencias habían sido quebrantadas, donde su nombre iba +á resonar en breve, y que su destino atravesaba en aquel instante. +Miraba á las paredes, luego se miraba á sí mismo, asombrándose que +aquéllas fuesen las de aquella cámara, y de que aquel hombre fuése él. + +Hacía veinticuatro horas que no había comido, estaba rendido por las +sacudidas del calesín; pero no lo sentía, parecíale no sentir nada. + +Acercóse á un cuadro negro pendiente de la pared en el que se guardaba +bajo el cristal una antigua carta autógrafa de Juan Nicolás Pache, +alcalde de París y ministro, y fechada, sin duda por equivocación, +el día 9 de junio del año II, y en la cual enviaba Pache, á la +municipalidad, la lista de los ministros y diputados arrestados en sus +propias casas. + +Cualquiera que hubiese podido verle y observarle en aquel momento, +habría imaginado sin duda que aquella carta le interesaba mucho, pues +no apartaba de ella los ojos, y la leyó por dos ó tres veces. Sin +embargo, la leía sin fijarse en ella, y sin propósito alguno. Pensaba +en Fantina y en Cosette. + +Así pensando, volvióse; y sus ojos se fijaron en el botón de cobre +que le separaba de la sala de audiencia. Había casi olvidado aquella +puerta. Su mirada, tranquila al principio, se detuvo y quedó +como clavada en aquel botón; después apareció azorada é inmóvil, +impregnándose poco á poco de espanto. Desprendíanse de entre sus +cabellos, gotas de sudor que inundaban sus sienes. + +Hubo un momento en que hizo con cierta autoridad, mezclada de rebeldía, +ese gesto indescriptible que quiere significar y que dice tan bien: +_¡Pardiez! ¿Quién me obliga á ello?_ Después volvióse vivamente, y vió +delante de sí la puerta por donde había entrado, dirigióse á ella, +abrióla y salió. + +Ya no estaba en aquella cámara; se hallaba fuera: en un corredor +largo, estrecho, cortado por escalones y postigos, que formaban toda +clase de ángulos, alumbrado aquí y allá por algunos faroles parecidos +á lamparillas de enfermo. Era el corredor por donde había entrado. +Respiró, escuchó, no percibió el menor ruido ni delante ni detrás de +sí, y huyó como si alguien le persiguiese. + +Cuando hubo recorrido varios recodos de aquel pasillo, volvió á +escuchar de nuevo. Siempre el mismo silencio y las mismas sombras á su +alrededor. Estaba sofocado, vacilaba, tuvo que apoyarse en la pared. +La piedra estaba fría, el sudor se le había helado en la frente, y se +enderezó temblando. + +Entonces, solo allí, de pie, en la obscuridad, temblando de frío y de +algo más tal vez, meditó. + +Había meditado toda la noche, había meditado todo el día; no oía dentro +de sí mismo mas que una voz que repetía: ¡Ay! + +Así se le pasó un cuarto de hora. Al fin, dobló la cabeza, suspiró con +angustia, dejó caer los brazos, y retrocedió sobre sus pasos. Andaba +lentamente y como abrumado. Parecía que alguien le hubiese alcanzado en +su fuga, y le hiciese volver atrás. + +Entró de nuevo en la cámara del consejo, y lo primero que distinguió +fué el botón de la puerta. Aquel botón redondo de cobre pulimentado, +brillaba para él como una estrella horrible. Mirábale como podría mirar +un cordero el ojo de un tigre. + +Su vista no podía apartarse de él. + +De cuando en cuando daba un paso, y se aproximaba á la puerta. + +Si hubiera escuchado, habría oído como una especie de murmullo confuso, +el ruido de la vecina sala; pero no escuchaba ni oía. + +De pronto, sin saber cómo, encontróse junto á la puerta, cogió +convulsivamente el botón; la puerta se abrió. + +Estaba en la sala de audiencia. + + + + + IX + =Lugar en el cual van formándose las convicciones= + + +Adelantó un paso, cerró maquinalmente la puerta tras sí, y permaneció +de pie, contemplando lo que estaba viendo. + +Era un vasto recinto iluminado apenas; ya silencioso, ya murmurante, +donde se desarrollaba todo el aparato de un proceso criminal, con su +mezquina y lúgubre gravedad, entre la multitud. + +Á un extremo de la sala, en el cual se encontraba él, estaban algunos +jueces con aire distraído, con toga ya usada, mordiéndose las uñas ó +cerrando los párpados; al otro extremo había una muchedumbre andrajosa, +abogados en toda clase de actitudes, soldados de semblante honrado y +duro, entablamentos viejos y manchados, un techo sucio, mesas cubiertas +de sarga, más amarilla que verde, puertas ennegrecidas por las manos; +en clavos, suspendidos en el artesonado, quinqués de taberna, que daban +más humo que claridad; sobre las mesas algunas velas en candeleros de +cobre; la obscuridad, la fealdad, la tristeza; y de todo aquello se +desprendía una impresión austera y augusta, porque se sentía allí esa +gran cosa humana que se llama la ley, y la gran cosa divina llamada +justicia. + +Nadie, entre aquella multitud, se fijó en él. Todas las miradas +convergían hacia un solo punto, hacia un banco de madera inmediato +á una puertecilla, á lo largo de la pared, á la izquierda de la +presidencia. En aquel banco, alumbrado por algunas velas, había un +hombre sentado entre dos gendarmes. + +Este hombre, era el hombre. + +Él no le buscó, pero le vió. Sus ojos se le fueron, naturalmente allí, +como si hubieran sabido de antemano dónde encontrarían aquella figura. + +Creyó verse asimismo, envejecido; no absolutamente parecido en cuanto +al rostro, pero semejante en actitud y aspecto, con sus cabellos +erizados, su pupila fosca é inquieta, con su blusa tal como iba el +día en que entró en D*** lleno de odio y ocultando en el alma aquel +repugnante tesoro de pensamientos horribles que había ido guardándose +por espacio de diez y nueve años, cogidos en los suelos del presidio. + +Y díjose á sí mismo estremeciéndose:--¡Dios mío! ¿debo volver á verme +así? + +El otro parecía tener lo menos sesenta años. Había en su semblante algo +de rudo, estúpido y espantado. + +Al ruido de la puerta, los que allí estaban se habían estrechado para +dejarle sitio, el presidente había vuelto la cabeza, y creyendo que el +personaje que acababa de entrar era el alcalde de M* sur M*, le había +saludado. El fiscal que había visto al señor Magdalena en M* sur M*, +adonde le habían llamado más de una vez las funciones de su ministerio, +le reconoció y saludó igualmente. Sin advertirlo apenas, se hallaba +bajo el peso de cierta alucinación, y sólo veía: + +Los jueces, el escribano, los gendarmes y la multitud de cabezas +cruelmente curiosas; había ya visto otra vez lo mismo, en otro +tiempo,, hacía veintisiete años. Volvía nuevamente á encontrarse con +todas aquellas cosas funestas; que estaban allí, que allí se movían, +que existían allí. No era un esfuerzo de su memoria, un reflejo de +su pensamiento, no; eran verdaderos gendarmes y verdaderos jueces, +verdadera multitud y verdaderos hombres de carne y hueso. El hecho era +evidente; veía aparecer de nuevo y revivir en torno de sí, con todo el +aspecto formidable de la realidad, los monstruosos espectros del pasado. + +Todo aquello estaba palpablemente ante sus ojos. Cerrólos horrorizado, +exclamando para lo más profundo de su alma: ¡Jamás! + +Y por un azar trágico del destino, que hacía temblar todas sus ideas, +volviéndole casi loco, era otro _él_ allí presente: ¡Aquel hombre á +quien juzgaban y á quien todos llamaban Juan Valjean! + +Tenía delante de los ojos «visión inaudita» una especie de +representación del momento más horroroso de su vida, personificada en +un fantasma. + +Todo era lo mismo, el mismo aparato, la misma hora de la noche, +casi las mismas figuras de los jueces, de los soldados y de los +espectadores. Solamente que colocado sobre la cabeza del presidente +había un crucifijo, cosa de que carecían los tribunales del tiempo de +su condena. Cuando se le juzgó, no estaba Dios allí. + +Había una silla detrás de él, en la cual se dejó caer aterrado por la +idea de que pudieran verle. Una vez sentado, se aprovechó de un gran +legajo de papeles que había sobre la mesa de los jueces para ocultar +su rostro á los espectadores. Así podía ver él sin ser visto. Poco á +poco fué recobrando el sentimiento de la realidad, llegando hasta aquel +punto de calma en que es posible oir. + +El señor Bamatabois era del número de los jurados. + +Buscó á Javert, pero no le vió. El banco de los testigos quedaban fuera +de sus miradas por la mesa del escribano. Y luego que, como hemos +dicho, la sala estaba poco alumbrada. + +En el punto en que entró, el abogado del acusado terminaba su defensa. + +La atención del concurso estaba excitada hasta el más alto grado; +hacía tres horas que duraba el debate; tres horas, durante las cuales +la multitud veía doblegarse poco á poco bajo el peso de una semejanza +terrible un hombre, un desconocido, una especie de ser miserable, +perfectamente estúpido ó perfectamente hábil. Era el tal hombre un +vagabundo á quien se había encontrado en un campo, llevando una rama +cargada de manzanas maduras, arrancada de un manzano en un cercado +vecino, conocido con el nombre de cercado Pierrón. ¿Quién era aquel +hombre? De la investigación que había tenido lugar, de los testigos que +acababan de oirse, unánimes todos, de las luces que se desprendían del +debate, tomaba apoyo la acusación. Y la acusación decía: «No tenemos +aquí solamente un ladrón de fruta, un merodeador; tenemos en nuestras +manos un bandido, un relapso, un antiguo presidiario, un criminal +de los más peligrosos, un malhechor llamado Juan Valjean, á quien +la justicia anda buscando hace ya mucho tiempo, y quien, hace ocho +años, al salir del presidio de Tolón, cometió un robo en camino real +á mano armada, en la persona de un niño saboyano llamado Gervasillo, +crimen previsto en el artículo 383 del Código penal, y por el cual nos +reservamos perseguirle ulteriormente, cuando la identidad haya quedado +comprobada judicialmente. Acaba de cometer un nuevo robo, lo cual +prueba su reincidencia. Condenadle por el hecho nuevo, más tarde será +juzgado por el antiguo». Ante esta acusación, ante la unanimidad de los +testigos, el acusado parecía, antes que todo, asombrado. Hacía gestos y +signos que querían decir no, ó levantaba los ojos y miraba al techo. + +Hablaba con trabajo, respondía con embarazo, pero de pies á cabeza era +toda su persona una negativa. Estaba como un idiota en presencia de +todas aquellas inteligencias ordenadas en batalla á su alrededor, era +como un extranjero en medio de aquella sociedad que le asediaba. No +obstante, de allí podía resultar para él el porvenir más amenazador, +y la verosimilitud de ello iba creciendo por minutos, y toda aquella +multitud veía con mayor ansiedad que él mismo, aquella sentencia +llena de calamidades que iba precipitándose sobre su cabeza. Dejábase +entrever, asimismo, una eventualidad; la de que, además del presidio, +era posible la pena de muerte, si llegaba á reconocerse la identidad, +y si el asunto de Gervasillo terminaba más tarde con una condena. +¿Qué es lo que era aquel hombre? ¿Qué clase de apatía era la suya? +¿Era imbecilidad ó astucia? ¿Comprendía demasiado, ó no comprendía +nada absolutamente? cuestión era ésa que dividía á la multitud, y que +parecía igualmente dividir al jurado. + +Había en aquel proceso algo que espantaba, y algo engañoso; el drama no +era solamente sombrío, sino obscuro. + +El defensor había hablado bastante bien en ese lenguaje de provincia +que ha constituido por mucho tiempo la elocuencia del foro, y que +usaban antes todos los abogados, lo mismo en París que en Romorantin +ó Montbrison; pero que hoy día habiéndose hecho clásico, le usan +solamente los oradores oficiales del ministerio público, á quienes +conviene por su grave sonoridad y aire majestuoso; lenguaje por el +cual se le llama al marido _esposo_, y á la mujer, _esposa_; á París, +_el centro de las artes y de la civilización_; al rey, _el monarca_; +á monseñor el obispo, _un santo pontífice_; al fiscal, _el elocuente +intérprete de la vindicta_; á los alegatos, _los acentos que se acaban +de oir_; al siglo de Luis XIV, _el gran siglo_; un teatro, _el templo +de Melpómene_; la familia reinante, _la augusta sangre de nuestros +reyes_; un concierto, _una solemnidad musical_; al señor comandante +general del departamento, _el ilustre guerrero que_, etc.; á los +alumnos del seminario, _esos tiernos levitas_; los errores imputados +á los periódicos, _la impostura que destila su veneno en las columnas +de esos órganos_, etc., etc.--El abogado, pues, había empezado por +hablar del robo de las manzanas--cosa no muy á propósito para ese +elevado estilo; pero el mismo Benigno Bossuet se vió obligado á hacer +alusión á una gallina en lo mejor de una oración fúnebre, y lo hizo +elocuentemente.--El abogado había partido del principio de que el robo +de las manzanas no estaba materialmente probado. Su cliente, á quién en +su calidad de defensor persistía en llamar Champtmathieu no había sido +visto escalando la pared ó arrancando la rama. + +Se le había cogido llevando aquella rama (que el abogado se complacía +en llamar _ramo_), pero que él decía haber encontrado y recogido del +suelo. ¿Dónde estaba la prueba de lo contrario? Indudablemente había +sido aquella rama arrancada y sustraída después del escalamiento, y +arrojada enseguida por el ladrón asustado; había habido, sin duda, +un ladrón. Pero, ¿dónde estaba la prueba de que ese ladrón fuése +Champmathieu? Una sola cosa: su cualidad de antiguo presidiario. El +abogado no negaba que esa cualidad dejase de estar desgraciadamente +bien comprobada; el acusado había residido en Faverolles; el acusado +había sido allí podador; el nombre de Champmathieu podía muy bien +tener por origen el de Juan Mathieu, todo esto era verdad: en fin, +cuatro testigos reconocían sin vacilar y positivamente á Champmathieu +por el presidiario Juan Valjean; á semejantes indicaciones y á tales +testimonios, el abogado no podía oponer sino la negativa de su cliente, +negativa interesada; pero suponiendo que fuése el presidiario Juan +Valjean, ¿probaba esto que fuése el ladrón de las manzanas? Existía, +pues, á todo extremo una presunción, no una prueba. Es verdad que el +acusado, y el defensor «en su buena fe», no dejaba de convenir en +ello, había adoptado «un mal sistema de defensa», obstinándose en +negarlo todo, el robo y su cualidad de presidiario. Una confesión +sobre este último punto habría valido mucho más seguramente, y le +hubiera granjeado tal vez la indulgencia de sus jueces. Así se lo había +aconsejado el abogado; pero el acusado se había negado obstinadamente, +creyendo sin duda salvarlo todo no declarando nada. Era esto un +error; pero, ¿no se había de tener también en cuenta aquella escasez +de inteligencia? Aquel hombre era visiblemente estúpido. Su larga +permanencia en presidio, y su prolongada miseria fuera de él, le habían +embrutecido, etc., etc. Defendíase mal; pero ¿era ésta una razón para +condenarle? En cuanto al asunto de Gervasillo, el abogado no tenía +necesidad de discutirlo, no entrando para nada en la causa. El abogado +concluía suplicando al jurado y al tribunal que si la identidad de +Juan Valjean les parecía evidente, le aplicasen las penas de policía +que corresponden al trasgresor ordinario de un bando, y no el castigo +espantoso que recae sobre el presidiario reincidente. + +El fiscal replicó al defensor. Estuvo violento, y florido, como suelen +serlo generalmente los fiscales. + +Felicitó al defensor por su «lealtad», y se aprovechó hábilmente de esa +lealtad, atacando al acusado con todas las concesiones hechas por su +abogado. El abogado parecía conceder que el acusado era Juan Valjean. +El fiscal tomó de ello acta. Aquel hombre era, pues, Juan Valjean. +Éste era un hecho demostrado para la acusación, y sobre el cual no +cabía ya debate. Y aquí, por una hábil antonomasia, remontándose al +origen y á las causas de la criminalidad, el fiscal tronó contra la +inmoralidad de la escuela romántica, en su aurora á la sazón, bajo el +nombre de _escuela satánica_, que le habían dado los críticos de la +_Quottidienne_ y del _Orifiamme_, atribuyó no sin verosimilitud, á la +influencia de esa literatura perversa, el delito de Champmathieu, ó, +por mejor decir, de Juan Valjean. Agotadas estas consideraciones, pasó +á hablar del mismo Juan Valjean. + +¿Qué es lo que era Juan Valjean? + +Descripción de Juan Valjean: un monstruo vomitado, etc. El modelo de +esta clase de descripciones se halla en la relación de Teramenes, +la cual, si no sirve de nada á la tragedia, presta, cuando menos +diariamente, grandes servicios á la elocuencia forense. El auditorio y +los jurados «temblaron». Terminada la descripción, el fiscal prosiguió, +con un giro oratorio, á propósito para excitar hasta el más alto punto, +al día siguiente, el entusiasmo del periódico de la prefectura. ¡Y +es un hombre semejante, etc., etc., vagabundo, mendigo, sin medios +de subsistencia, etc., etc., acostumbrado por su vida pasada á las +acciones culpables, y poco corregido por su estancia en presidio, +como lo prueba el crimen contra Gervasillo, etc., etc., es tal ese +hombre que, encontrado en la vía pública en fragante delito de robo, +á cortos pasos de un muro escalado, llevando aún en la mano el objeto +robado, niega todavía el delito, el robo, el escalamiento, lo niega +todo, niega hasta su nombre, niega hasta su identidad. Además de cien +otras pruebas, que no hemos de repetir, cuatro testigos le reconocen: +Javert, el íntegro inspector de policía Javert, y tres de sus antiguos +compañeros de ignominia, los presidiarios Brevet, Chenildieu y +Cochepaille. ¿Qué opone él á esa unanimidad fulminante? Su negativa. +¡Qué endurecimiento! Vosotros haréis justicia, señores jurados, etc., +etc.». + +Mientras hablaba así el fiscal, oíale el acusado con la boca abierta, +con una especie de asombro, en el cual había buena parte de admiración. + +Estaba evidentemente sorprendido que un hombre pudiese hablar de +aquella manera. + +De cuando en cuando, en los momentos más «enérgicos» de aquella +requisitoria, en esos momentos en que la elocuencia, que no puede +detenerse, se desborda en un flujo de epítetos sonrojantes y anega +al acusado como un torrente, movía el infeliz lentamente la cabeza +de derecha á izquierda y de izquierda á derecha, especie de protesta +triste y muda con la que se había contentado desde el principio de +la vista. Dos ó tres veces, los espectadores que estaban más cerca +de él le oyeron decir á media voz: ¡Véase lo que resulta de no haber +preguntado al señor Baloup. El fiscal llamó la atención del jurado +sobre aquella actitud atontada, fingida á no dudarlo, y que revelaba, +no la imbecilidad, sino la maña, la astucia, la costumbre de engañar á +la justicia, y que revelaba con toda claridad «la profunda perversidad» +del acusado. Terminó reservándose para ocasión mejor, el asunto de +Gervasillo, y pidiendo una sentencia ejemplar. + +Ésta era, por de pronto, cadena perpetua. + +Levantóse el defensor; empezando por cumplimentar al «ministerio +fiscal» por su «admirable palabra»; después replicó como pudo, pero +ligeramente; el terreno en que estaba su hundía bajo sus pies. + + + + + X + =El sistema de negativas= + + +Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar al +acusado, y le dirigió la pregunta de costumbre. + +--¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa? + +El hombre se levantó, dando vueltas entre sus manos á una mala gorra, +pareciendo no entender lo que se le decía. + +El presidente repitió la pregunta. + +Esta vez el hombre entendió, pareció comprender. Hizo un movimiento +como de quien despierta, paseó la mirada en torno suyo, se fijó en +el público, en los gendarmes, en su abogado, en los jurados, y en el +tribunal; puso su enorme puño sobre la baranda colocada delante de su +banco, volvió á mirar, y de repente, fijándose por fin en la persona +del fiscal, comenzó á hablar. + +Aquello fué una especie de erupción. Parecía según se escapaban de su +boca, las palabras, incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas, +que se apresuraban todas ó la vez para salir á un tiempo mismo. Dijo +así: + +--Tengo que decir. Que he sido carretero de París y que trabajaba en +casa del señor Baloup. Es dura profesión; en el oficio de carretero +hay que trabajar siempre al aire libre, en los patios ó debajo de +algún cobertizo en casa de los buenos maestros, pero nunca en talleres +cerrados, porque, ya veis, se necesita mucho espacio. En invierno se +pasa tanto frío, que se golpea uno con los brazos para calentarse, pero +los maestros no lo consienten, diciendo que así se pierde el tiempo. +Manejar el hierro cuando están heladas las piedras es muy pesado. +Pronto se gasta así un hombre. En este oficio llega uno á viejo siendo +joven. Á los cuarenta años ya no hay hombre. Yo tenía cincuenta y tres, +pero lo pasaba muy mal. Y luego ¡son tan malos los obreros! Cuando un +pobre no es bastante joven, le llaman viejo tonto y topo viejo. Yo no +ganaba más que treinta sueldos diarios; me pagaban lo menos que podían; +los maestros se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía á mi hija, +que era lavandera en el río. Ella ganaba por su lado, y aunque poco, +reuniéndolo todo vivíamos. Su trabajo era muy pesado también. Todo el +día en una banca metida hasta la mitad del cuerpo, con lluvia, con +nieve, con un viento que corta la cara; cuando hiela, es preciso lavar +también; hay personas que no tienen mucha ropa, y que aguardan á la +lavandera para mudarse. Si no se lavara, se perderían los parroquianos. +Las tablas de las bancas están mal ajustadas; entra el agua por todas +partes. Los vestidos se les mojan por fuera y por dentro; la humedad +penetra. Ella lavó también en el lavadero de los Niños Expósitos, donde +el agua llega por medio de caños; allí no hay bancas. Se lava junto +al caño y se aclara en el estanque. Como está cerrado, se tiene menos +frío en el cuerpo. Pero se respira un vaho de agua caliente, que es +terrible y que ataca á los ojos hasta dejaros ciego. Mi hija volvía á +las siete de la tarde, y se acostaba enseguida; estaba muy fatigada. +Su marido la pegaba. Se murió. Fuimos muy desgraciados. Era muy buena +muchacha; no iba al baile; era muy amiga del reposo. Me acuerdo de un +martes de carnaval que se acostó á las ocho. Y ahí tienen ustedes. Digo +la verdad. No tienen más que preguntar. ¡Ay! Sí, preguntar. ¡Qué torpe! +París es un torbellino. ¿Quién conoce allí á Champmathieu? Por esto +cito al señor Baloup. Preguntad en casa del señor Baloup. Después de +eso, no sé qué me queréis. + +El hombre se calló, quedándose de pie. Había dicho aquello con voz +alta, rápida, áspera, dura y ronca, con cierta ingenuidad airada y +salvaje. + +Una vez se había interrumpido para saludar á uno de los concurrentes. +Aquellas afirmaciones que parecía lanzar á la ventura delante de sí, +venían como movimientos de hipo, y á cada una de ellas acompañaba +el gesto de un leñador que hiende un tronco. En cuanto terminó, el +auditorio se echó á reir. Él miró al público, y no comprendiendo por +qué, púsose á reir también. + +¡Aquello era siniestro! + +El presidente, hombre atento y benévolo, habló á su vez. + +Recordó á los «señores jurados» que al señor Baloup antiguo maestro +carretero, en cuya casa decía el acusado haber trabajado, se le había +citado inútilmente. Estaba en quiebra y «no había podido ser habido». +Después, volviéndose hacia el acusado, le aconsejó que oyera bien lo +que iba á decirle, y añadió: + +--Estáis en una situación en que es preciso reflexionar. Pesan +sobre vos las presunciones más graves y que pueden traeros fatales +consecuencias. Acusado, en interés vuestro, os interpelo por la última +vez; explicaos claramente sobre estos dos hechos: Primeramente, +¿habéis saltado, sí ó no, la tapia del cercado Pierrón, tronchado la +rama y robado las manzanas; es decir, cometido el crimen de robo con +escalamiento? Segundo, ¿sois el presidiario cumplido Juan Valjean? ¿sí +ó no? + +El acusado movió la cabeza con aire de inteligencia, como hombre que ha +comprendido bien y que sabe lo que va á responder. Abrió la boca; se +volvió hacia el presidente, y dijo: + +--En primer lugar... + +Después miró su gorra, miró al techo y se calló. + +--Acusado,--repuso el fiscal con voz severa,--estadme atento. No +respondéis á nada de lo que se os pregunta. Vuestra turbación os +condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el +presidiario Juan Valjean, oculto primero bajo el nombre de Juan +Mathieu, que era el apellido de su madre; que estuvisteis en Auvernia; +que nacisteis en Faverolles, donde fuisteis podador. Es evidente que +habéis robado con escalamiento manzanas maduras en el cercado Pierrón. +Los señores jurados apreciarán estos hechos. + +El acusado había acabado por sentarse; pero se levantó rápidamente en +cuanto terminó el fiscal, y exclamó á su vez: + +--¡Vos sois muy malo, señor! He aquí lo que yo quería decir; pero no +se me ocurría al pronto. Yo no he robado nada. Yo soy un hombre que no +come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino después de un +turbión que había asolado el campo, tanto, que los pantanos se habían +desbordado, y de las arenas apenas salía otra cosa que algunas matas +de hierba á orillas de la carretera. Encontré en el suelo una rama +tronchada que tenía algunas manzanas, y la cogí sin saber ni pensar +que me traería un castigo. Tres meses hace que estoy preso, y que me +llevan de aquí para allá, y yo no sé qué decir. Hablan contra mí, y me +dicen: ¡Responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el +codo, y me dice por lo bajo: ¡Responde, hombre! Yo no sé explicarme, no +he hecho estudios, soy un pobre hombre. Y es un gran error no querer +verlo. Yo no he robado, he cogido del suelo una cosa que encontré en +él. Habláis de Juan Valjean, de Juan Mathieu! No conozco á semejantes +hombres; serán tal vez aldeanos. Yo he trabajado en casa del señor +Baloup, en el boulevard del Hospital. Me llamo Champmathieu. + +Sois muy mal intencionados creyendo adivinar dónde nací. Vosotros lo +decís, pero yo lo ignoro. No todos tienen casa dónde venir al mundo. +Muy cómodo sería si así fuése. Creo que mi padre y mi madre eran +gentes que andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era muchacho +me llamaban el Pequeño, ahora me llaman el Viejo; y ésos son todos mis +nombres de bautismo, tomadlo como queráis. + +He estado en Auvernia, he estado en Faverolles. ¡Pardiez! ¿Qué tiene +esto de particular? ¿No se puede haber estado en Auvernia y en +Faverolles sin haber estado en presidio? Os digo que no he robado y que +soy el tío Champmathieu. He trabajado en casa del señor Baloup, y he +estado domiciliado. + +¡Me fastidiáis con vuestras barbaridades! ¿Por qué razón os encarnizáis +todos contra mí? + +El fiscal había permanecido de pie, y dirigiéndose al presidente, dijo: + +--Señor presidente, en vista de las negaciones confusas, pero muy +hábiles, del acusado, que querría pasar por idiota; pero que no lo +logrará--se lo advertimos--os pedimos y requerimos al tribunal para que +se sirva mandar comparezcan de nuevo en este recinto los condenados +Brevet, Cochepaille y Chenildieu, y el inspector de policía Javert, +para que se les interpele por última vez acerca de la identidad del +acusado con la persona del presidiario Juan Valjean. + +--Debo advertir al señor fiscal,--dijo el presidente,--que el inspector +de policía Javert, llamado por sus funciones á la cabeza de partido +de un distrito inmediato, ha salido de esta audiencia, y hasta de la +ciudad, después de prestar su declaración. Le hemos autorizado para +ello, de conformidad con el mismo señor fiscal y el defensor del +acusado. + +--Es verdad, señor presidente,--repuso el fiscal.--Pero en ausencia del +señor Javert, creo deber recordar á los señores jurados lo que él mismo +ha dicho hace pocas horas. Javert es un hombre estimable, que honra, +por su rigurosa y estricta probidad, las funciones que ejerce, si bien +inferiores, muy importantes. Véase en qué términos ha declarado el +señor Javert: + +«No tengo necesidad alguna de presunciones morales ni de pruebas +materiales que desmientan las negativas del acusado. Le reconozco +perfectamente. Ese hombre no se llama Champmathieu, es un antiguo +presidiario muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso +en libertad al terminar su condena con gran temor. Ha sufrido diez +y nueve años de trabajos forzados por robo calificado. Probó cinco +ó seis veces de escaparse. Además del robo de Gervasillo y del robo +de Pierrón, creo que cometió otro robo en casa de su ilustrísima el +difunto obispo de D***. Le veía frecuentemente en la época en que era +yo auxiliar de guardachusma en el presidio de Tolón. Repito que le +reconozco perfectamente». + +Esta declaración tan terminante pareció producir una nueva impresión +así en el público como en el jurado. + +El fiscal terminó insistiendo en que á falta de Javert, los tres +testigos, Brevet, Chenildieu, y Cochepaille, fuesen oídos de nuevo é +interpelados solemnemente. + +El presidente dió la orden á uno de los ujieres, y á poco se abrió la +puerta de la sala de testigos. El ujier, acompañado de un gendarme +dispuesto á auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio +estaba suspenso, y todos los pechos palpitaban como si todos juntos no +tuviesen más que un alma. + +El antiguo presidiario Brevet llevaba el traje negro y ceniciento de +las prisiones centrales. Era un personaje de unos sesenta años, que +tenía cierto aspecto de hombre de negocios, con aire de pícaro, cosas +ambas que van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían +llevado nuevos delitos, había llegado á ser algo como calabocero. Era +hombre de quien decían sus jefes: Procura hacerse útil. Los capellanes +tenían buen concepto de sus costumbres religiosas. Hay que tener +presente que esto pasaba en tiempos de la restauración. + +--Brevet,--dijo el presidente,--habéis sufrido una pena infamante y no +podéis prestar juramento. + +Brevet bajó los ojos. + +--Sin embargo,--repuso el presidente,--aún en el hombre degradado +por la ley, pueden restar, cuando la misericordia divina lo permite, +sentimientos de honor y de equidad. Apelo á estos sentimientos en este +momento decisivo. Si, como espero, existe en vos aún, fijaos por una +parte en ese hombre á quien una palabra vuestra puede perder, y por +otra en la justicia, la cual una palabra vuestra puede esclarecer. El +instante es solemne, y es tiempo todavía de retractarse, si creéis +haberos equivocado. Acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado, +reunid vuestros recuerdos, y decidnos por vuestra alma y conciencia, si +persistís en reconocer á ese hombre por vuestro antiguo compañero de +presidio Juan Valjean. + +Brevet miró al acusado, volviéndose después al tribunal. + +--Sí, señor presidente. Yo soy quien le reconocí primeramente y +persisto en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en Tolón en +1796 y salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de un +bruto, pero puede ser le haya embrutecido la edad; en presidio era muy +taciturno. Le reconozco positivamente. + +--Podéis sentaros,--dijo el presidente.--Acusado, continuad en pie. + +Introdujeron á Chenildieu, condenado á cadena perpetua, como lo +indicaban su chaqueta roja y gorro verde. Cumplía su condena en el +predio de Tolón, de donde le habían sacado para declarar en esta causa. +Era un hombrecillo de unos cincuenta años, vivo, arrugado, feo, pálido, +descarado y nervioso, que en todos sus miembros y en toda su persona +tenía cierta debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa. +Sus compañeros de presidio le habían puesto por mote Niega-á-Dios[6]. + +El presidente le dirigió aproximadamente las mismas palabras que á +Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia le quitaba el +derecho de prestar juramento, Chenildieu levantó la cabeza mirando +descaradamente al público. + +El presidente le indicó que debía reflexionar, y le preguntó, como á +Brevet, si persistía en reconocer al acusado. + +Chenildieu se puso á reir. + +--¡Pues no he de reconocerle! Hemos estado juntos cinco años, atados á +la misma cadena. ¿Te desagrada que lo diga, viejo amigo? + +--Id á sentaros,--dijo el presidente. + +El ujier condujo á Cochepaille, otro condenado á perpetuidad, venido +de presidio y vestido de rojo como Chenildieu, era un campesino de +Lourdes, un medio-oso de los Pirineos. Había guardado rebaños en la +montaña, y de pastor había pasado á bandolero; no era menos salvaje, +y parecía más estúpido aún que el acusado. Era uno de esos infelices +que la naturaleza empieza en bestias feroces, y la sociedad termina en +presidiarios. + +El presidente intentó conmoverle con algunas palabras patéticas y +graves, y le preguntó, como á los otros dos, si persistía, sin vacilar +ni turbarse, en reconocer al hombre que estaba de pie delante de él. + +--Es Juan Valjean,--dijo Cochepaille.--El mismo á quien llamaban Juan +el Gato, por su fuerza extraordinaria. + +Cada una de las afirmaciones de estos tres hombres, evidentemente +sinceras y de buena fe, había suscitado en el auditorio murmullos de +mal agüero para el acusado, murmullos que crecían y se prolongaban +más y más, cada vez que una nueva declaración venía á corroborar la +anterior. El acusado los había oído con el semblante admirado, que, +según la acusación, era su principal medio de defensa. Á la primera, +los gendarmes sentados á su lado, le habían oído murmurar entre +dientes: ¡Bien! ¡ya tenemos uno! Á la segunda, dijo un poco más alto y +con aire satisfecho: ¡Muy bien! Á la tercera exclamó sin contenerse: +¡Famoso! + +El presidente le interpeló: + +--Acusado, ¿habéis oído? ¿Qué tenéis que decir? + +Él respondió: + +--Repito que ¡famoso! + +Estalló en el público cierto rumor, que llegó casi al jurado. Era +evidente que aquel hombre estaba perdido. + +--Ujieres,--dijo el presidente,--imponed silencio. Va á cerrarse el +debate. + +En aquel momento hubo un gran movimiento hacia la presidencia junto á +la cual se oyó una voz que gritaba: + +--¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! Mirad hacia acá. + +Cuantos la oyeron se quedaron como helados, tan lamentable y terrible +era su acento. Volviéronse los ojos hacia el punto de donde había +partido. Un hombre, colocado entre los espectadores de preferencia +sentados detrás del estrado, acababa de levantarse, había empujado la +puertecilla de la baranda que le separaba del tribunal, estaba de pie +en medio de la sala. El presidente, el fiscal, el señor Bamatabois, +veinte personas, le reconocieron y exclamaron á un tiempo: + +--¡El señor Magdalena! + + + XI + =Champmathieu más y más asombrado= + + +Efectivamente era él. La lámpara del escribano iluminaba su rostro. +Tenía el sombrero en la mano, no había el menor desorden en su +traje, su levita estaba perfectamente abotonada. Estaba muy pálido y +ligeramente tembloroso. Sus cabellos, grises todavía al llegar á Arras, +aparecían completamente blancos. Había encanecido en aquella hora de +estar allí. + +Todas las cabezas se levantaron. La sensación fué indescriptible. +Hubo en el auditorio un instante de vacilación. La voz había sido tan +penetrante, el hombre que estaba allí parecía tan sereno, que al primer +momento nadie se explicaba que era aquello. Preguntábanse quién había +gritado. Nadie podía creer que fuera aquel hombre tan tranquilo quien +hubiese dado un grito tan horroroso. + +Aquella indecisión duró solamente algunos segundos. Aún antes de que +el presidente y el fiscal pudieran decir una palabra, antes que los +gendarmes y porteros hubiesen podido hacer un gesto, el hombre, que +en aquel momento seguían todos llamando señor Magdalena, se había +adelantado hacia los testigos Cochepaille, Brevet y Chenildieu. + +--¿No me reconocéis?--les dijo. + +Los tres continuaron admirados, é indicaron con un movimiento de cabeza +que no le reconocían. Cochepaille, intimidado, hizo el saludo militar. +El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y hacia el tribunal, y +dijo con acento tranquilo: + +--Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor +presidente, mandad que se me prenda. El hombre á quien se busca no es +él sino yo. Yo soy Juan Valjean. + +Ni una sola boca respiraba. Á la primera conmoción de asombro había +sucedido un silencio sepulcral. Sentíase en la sala esa especie +de terror religioso que sobrecoge á las multitudes cuando se está +verificando algo grandioso. + +Sin embargo, el rostro del presidente aparecía cubierto de simpatía +y tristeza; había cambiado un signo rápido con el fiscal, y algunas +palabras en voz baja con los jueces asesores. Y dirigiéndose al +público, preguntó con acento que fué comprendido por todo el mundo: + +--¿Hay por aquí algún médico? + +El fiscal tomó la palabra: + +--Señores jurados, el incidente tan extraño como inesperado que +suspende la audiencia, nos inspira, lo mismo que á vosotros, un +sentimiento que no es necesario expresar. Todos vosotros conocéis, al +menos por su fama, al honorable señor Magdalena alcalde de M* sur M*. +Si hay algún médico entre el auditorio, unimos nuestra voz á la del +señor presidente para rogarle se sirva asistir al señor Magdalena y +acompañarle á su domicilio... + +El señor Magdalena no dejó terminar al fiscal, interrumpiéndole con +un acento lleno de mansedumbre y autoridad. He aquí las palabras +que pronunció, trasladadas literalmente, tal cual fueron escritas +inmediatamente después de la audiencia por uno de los testigos de +aquella escena, tales cuales permanecen todavía en el oído de los que +las oyeron hace cuarenta años. + +--Os doy muchas gracias, señor fiscal; pero no estoy loco. Vais á +verlo. Estábais próximos á cometer un gran error, dese libertad á ese +hombre; cumplo con mi deber diciéndoos que yo soy ese desgraciado +criminal. Yo soy el único que ve claro aquí, y digo la verdad. Dios, +que está allá arriba, mira lo que yo hago, y esto basta. Podéis +prenderme, puesto que me tenéis aquí. Yo, sin embargo, he obrado lo +mejor que he podido. Me he ocultado bajo un nombre supuesto: me he +enriquecido, he llegado á ser alcalde; he querido mezclarme entre +las gentes honradas. Pero, por lo visto, esto no es posible. En esto +hay muchas cosas que no puedo decir, pues no he de referir aquí mi +historia; algún día se sabrá. Robé al señor obispo, es verdad; robé +á Gervasillo, es verdad también. Hay razones para decir, como habéis +dicho, que Juan Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea +suya toda la culpa. Atendedme, señores jueces: un hombre tan envilecido +como yo no puede quejarse de la Providencia, ni debe dar consejos á +la sociedad, pero advertid que la infamia, de la cual había procurado +salir, es verdaderamente nociva. El presidio hace al presidiario. +Haceos cargo de esto, si queréis. Antes de ir á presidio, era yo un +infeliz aldeano, muy poco inteligente, casi un idiota; el presidio me +cambió. Era estúpido, me volví perverso; era un leño, me volví tizón. +Más tarde, la indulgencia y la bondad me salvaron, de igual manera +que la severidad me había perdido. Pero perdonadme, pues no podéis +vosotros comprender lo que os estoy diciendo. En mi casa se encontrará, +entre las cenizas de la chimenea, la moneda de cuarenta sueldos que +robé hace siete años á Gervasillo. No tengo nada que añadir. Prendedme. +¡Válgame Dios! El señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: Magdalena +se ha vuelto loco. ¡No se me cree! Lo siento á fe. ¡No condenéis al +menos á ese hombre! ¡Y qué! ¡Estos no me reconocen! Yo quisiera que +estuviese aquí Javert. ¡Él sí que me reconocería! + +No hay palabras con que expresar toda la melancolía benévola y sombría +del acento con que acompañó esta exclamación. + +Volvióse hacia los tres presidiarios, diciendo: + +--¡Pues bien! ¡Yo os reconozco á vosotros! ¡Brevet! ¿No os acordáis?... + +Interrumpióse, vaciló un momento, y luego dijo: + +--¿Te acuerdas de aquellos tirantes de punto, labrados á cuadros, que +llevabas en presidio? + +Brevet experimentó cierta sacudida de admiración, mirándole asombrado +de pies á cabeza. + +Él continuó: + +--Chenildieu, tú que te llamabas á ti mismo Niega-á-Dios, tienes el +hombro derecho quemado profundamente, porque te recostaste un día +sobre un brasero encendido para borrar las tres letras T. F. P. que se +descubren todavía á pesar de ello. Responde: ¿es cierto? + +--Es cierto,--dijo Chenildieu. + +Dirigióse entonces á Cochepaille. + +--Tú, Cochepaille, tienes cerca de la sangría del brazo izquierdo, una +fecha grabada en letras azules con pólvora quemada. Esta fecha es la +del día del desembarco del emperador en Cannes, 1.º de marzo de 1815. +Levántate la manga. + +Cochepaille se arremangó, y todas las miradas se dirigieron para ver +aquel brazo desnudo. Uno de los gendarmes acercó un farol; la fecha se +leía perfectamente. + +El desgraciado volvió la vista hacia el auditorio y hacia los jueces +con una sonrisa, que enternece todavía á los que la presenciaron cuando +la recuerdan. Era, á un tiempo mismo, la sonrisa del triunfo y de la +desesperación. + +--Ya veis,--dijo,--como soy realmente Juan Valjean. + +No había ya en aquel recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no +había mas que ojos fijos y corazones emocionados. Nadie se acordaba +del papel que estaba obligado á representar; el fiscal se olvidaba de +que estaba allí para requerir, el presidente de que estaba allí para +dirigir, el abogado que se estaba allí para defender. Y es por cierto +digno de notarse, que no se hizo pregunta alguna, ni intervino ninguna +autoridad. Es condición de los espectáculos sublimes la de apoderarse +de todos los ánimos, y convertir los testigos en espectadores. Nadie +alcanzaba quizás á darse cuenta de lo que pasaba por él; nadie se +explicaba, de seguro, que estuviese viendo en aquello, una gran luz, y +todos, sin embargo se sentían interiormente deslumbrados. + +Era evidente que tenían delante á Juan Valjean. Esto resplandecía. La +aparición de aquel hombre había bastado para llenar de luz aquella +aventura tan obscura pocos momentos antes. Sin que fuése ya necesaria +otra explicación, toda aquella multitud, como por una especie de +revelación eléctrica, comprendió inmediatamente, y de un solo golpe, +aquella simple y admirable historia de un hombre que se entregaba para +que otro hombre no fuése condenado en su lugar. Los detalles, las +vacilaciones, las pequeñas y naturales dificultades, se perdían en +aquel vasto hecho luminoso. + +Impresión que pasó rápidamente, pero que de momento fué irresistible. + +--No quiero molestar más á la audiencia,--repuso Juan Valjean.--Me voy, +puesto que no se me prende. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe +ya quien yo soy y á donde me dirijo; él hará que me prendan cuando +quiera. + +Dirigióse á la puerta de salida. No se levantó una sola voz, ni se +extendió un brazo para detenerle. Todos se retiraron. Brillaba en +él, en aquel instante, ese algo divino que hace que las muchedumbres +retrocedan y se inclinen delante de un hombre. Atravesó por entre la +multitud á paso lento. No se ha sabido jamás quién le abrió la puerta, +pero es cierto que la puerta estaba abierta cuando él llegó; desde allí +volvióse y dijo: + +--Señor fiscal, estoy á vuestras órdenes. + +Después se dirigió al auditorio: + +--Tantos cuantos estáis aquí me creéis digno de compasión, ¿no es +verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que iba yo á hacer, me creo, en +verdad, digno de envidia. Sin embargo, hubiera preferido que no hubiese +pasado nada de esto. + +Salió, y volvióse á cerrar la puerta, de igual manera que se había +abierto; porque aquellos que hacen algo grande, están siempre seguros +de hallar alguien que les sirva entre la multitud. + +Una hora después, el veredicto del jurado descargaba de toda +culpabilidad al llamado Champmathieu; y Champmathieu puesto +inmediatamente en libertad, marchábase estupefacto, creyendo locos á +todos los hombres, y no explicándose nada de aquella visión. + + + NOTAS: + +[5] Este paréntesis es del propio puño de Juan Valjean. + +[6] _Chenildieu_ y _Je nie Dieu_ (Niego á Dios) tiene, en francés, una +pronunciación casi igual. + + + + + LIBRO OCTAVO + RETROCESO + + + I + =En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos= + + +El día comenzaba á romper. Fantina había pasado una noche de insomnio y +calentura, llena, sin embargo, de imágenes risueñas; quedóse dormida al +amanecer. Sor Simplicia, que la había velado, aprovechó este sueño para +ir á preparar una nueva poción de quina. + +La buena hermana hacía algunos instantes que se hallaba en el +laboratorio de la enfermería con sus drogas y redomas, mirándolas muy +de cerca, á causa de esa especie de bruma que el crepúsculo esparce +sobre los objetos, cuando, volviéndose de repente, dió un ligero +grito. El señor Magdalena estaba delante de ella; acababa de entrar +silenciosamente. + +--¡Sois vos, señor alcalde!--exclamó. + +Y él respondió en voz baja:--¿Cómo sigue esa pobre mujer? + +--No mal, en este instante. Pero ayer estuvimos todas muy inquietas. + +Y le explicó lo que había pasado; cómo Fantina había estado muy mala +la víspera, y cómo entonces seguía mejor, porque creía que el señor +alcalde había ido á buscar á su hija á Montfermeil. La hermana no se +atrevió á interrogar al señor alcalde, pero conoció desde luego que no +era de Montfermeil de donde venía. + +--Está bien,--dijo él;--habéis hecho bien en no desengañarla. + +--Sí,--respondió sor Simplicia; pero ahora cuando os vea sin la niña, +señor alcalde, ¿qué vamos á decirle? + +Permaneció un momento reflexivo y luego: + +--¡Dios nos inspirará!--exclamó. + +--Sin embargo, no podremos mentir,--murmuró á media voz la hermana. + +Era ya completamente de día al entrar en la enfermería; la claridad +daba de lleno en el rostro del señor Magdalena. La casualidad hizo que +la hermana alzase los ojos. + +--¡Dios mío!--exclamó ella.--¿Qué os ha pasado? ¡Todo el pelo se os ha +vuelto blanco! + +--¡Blanco!--repitió él. + +Sor Simplicia no usaba espejo, y no teniéndole, tuvo que buscar en un +estuche de instrumentos, donde había un espejito, de que se servía el +médico de la enfermería para comprobar cuando un enfermo estaba muerto, +que ya no respiraba. + +El señor Magdalena tomó el espejo y mirándose los cabellos, dijo: + +--¡Es verdad! + +Pronunció esta palabra con indiferencia y como si pensase en otra cosa. + +La hermana sintió helársele la sangre por algo desconocido que +entreveía en todo aquello. + +Él preguntó: + +--¿Puedo verla? + +--¿Es que el señor alcalde no le recordará á su hija?--dijo la hermana, +arriesgándose apenas á hacer la pregunta. + +--Sin duda; pero faltan á lo menos dos ó tres días. + +--Si no viera al señor alcalde hasta entonces,--repuso tímidamente la +hermana,--no sabría que estaba de vuelta, y sería fácil inspirarle +paciencia. Cuando llegase la niña, pensaría naturalmente que el señor +alcalde había venido con ella. De este modo no habría necesidad de +mentirle. + +El señor Magdalena pareció reflexionar algunos instantes, y luego dijo +con tranquila gravedad: + +--No, hermana; es preciso que yo la vea. Ta vez lleve yo prisa. + +La hermana no dió muestra de fijarse en estas palabras «tal vez», que +daban un sentido obscuro y singular á la frase del señor alcalde, y +respondió bajando los ojos, con voz respetuosa: + +--En ese caso, está descansando; pero el señor alcalde puede entrar. + +Hizo él algunas observaciones acerca de una puerta que cerraba mal, +y cuyo ruido podía despertar á la enferma, y entró enseguida á donde +estaba Fantina, á cuya cama se acercó entreabriendo las cortinas. +Estaba durmiendo. El aliento salía de su pecho con ese ruido lúgubre +propio de esa clase de enfermedades, que desconsuela á las pobres +madres que velan por la noche á la cabecera de su hijo, desahuciado y +dormitando. Pero aquella respiración fatigosa no turbaba apenas una +especie de serenidad inefable, difundida por su semblante, y que la +transfiguraba en su sueño. Su palidez se había trocado en blancura; sus +mejillas estaban encarnadas. Sus largas pestañas rubias, único rasgo +de belleza que le restaba de su virginidad y juventud, palpitaban á +pesar de estar bajos y cerrados los ojos. Todo su cuerpo parecía como +tembloroso por cierto movimiento de alas, dispuestas á entreabrirse y +llevársela, cuyo aleteo se sentía sin verlas. + +Al mirarla en aquel estado, nadie hubiera podido creer que era una +enferma casi desahuciada. Antes parecía que iba á emprender el vuelo +que á morirse. + +La rama, cuando se acerca una mano para arrancar la flor, tiembla, y +parece como que huye y se ofrezca al mismo tiempo. El cuerpo humano +tiene algo de semejante temblor, cuando llega el instante en que los +dedos misteriosos de la muerte van á coger el alma. + +El señor Magdalena permaneció inmóvil algún tiempo al lado de aquel +lecho, mirando alternativamente á la enferma y al crucifijo, como +cuando dos meses antes, fué á verla por la primera vez en el asilo. +Ambos aparecían en la misma actitud; dormida ella y orando él; pero en +el trascurso de aquellos dos meses, ella tenía los cabellos grises y +él los tenía blancos. + +La hermana no había entrado con él. Estábase el señor Magdalena de pie +junto á la cama, con el dedo sobre los labios, como si hubiese alguien +allí á quien imponer silencio. + +Ella abrió los ojos, le vió, y le dijo apaciblemente con dulce sonrisa: + +--¿Y Cosette? + + + + + II + =Fantina dichosa= + + +No hizo el menor movimiento de sorpresa ni de alegría, puesto que era +la alegría misma. Esta sencilla pregunta: ¿y Cosette? fué hecha con una +fe tan profunda, con tanta certidumbre, con una ausencia tan completa +de inquietud y de duda, que no se le ocurrió á él palabra alguna. Ella +continuó: + +--Ya yo sabía que estabais aquí, aunque dormía, lo estaba viendo. +Y hace ya buen rato que lo veo, puesto que toda la noche os he ido +siguiendo con los ojos. Estábais en medio de una gloria rodeado de toda +clase de figuras celestes. + +Él levantó su mirada hasta el crucifijo. + +--Pero,--repuso ella,--decidme luego: ¿dónde está Cosette? ¿Por qué no +la habéis sentado sobre mi cama para el momento en que yo despertase? + +El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras, que no ha +podido nunca recordar. + +Afortunadamente el médico, á quien se había avisado, llegó á tiempo de +auxiliar al señor Magdalena. + +--Hija mía,--dijo el médico;--calmaos. Vuestra hija está ahí. + +Los ojos de Fantina se iluminaron cubriéndose de claridad todo su +semblante. Juntó ambas manos con una expresión que contenía todo cuanto +puede haber en la oración á un tiempo mismo, dulce y violento. + +--¡Oh!--exclamó.--¡Traédmela! + +¡Tierna ilusión de madre! Cosette era aún para ella la criaturita que +se lleva en brazos. + +--Todavía no,--repuso el médico,--todavía no. Aún tenéis un poco de +fiebre. La vista de vuestra hija os agitaría y podría haceros daño. Lo +primero es curarse. + +Ella le interrumpió impetuosamente: + +--Pero, ¡si ya estoy buena! ¡Os digo que estoy buena! ¡Qué torpeza de +médico! ¡Yo quiero ver á mi hija! + +--¿Veis, veis,--dijo el médico,--cómo os exaltáis? Mientras estéis +así, me opondré á que veáis á vuestra hija. No basta que la veáis, es +preciso vivir para ella. Cuando seáis razonable, yo mismo os la traeré. + +La pobre madre agachó la cabeza: + +--Señor doctor, os pido perdón, os lo pido de veras. En otro tiempo no +habría hablado como ahora, pero me han sucedido tantas desgracias, que +algunas veces no sé lo que me digo. Comprendo que teméis la emoción, y +esperaré cuanto queráis; pero os juro que no me hubiera hecho el menor +daño ver ahora á mi hija. Si la estoy viendo, mis ojos no dejan de +verla desde ayer noche. ¿Entendéis? Si ahora me la trajeran me pondría +á hablar con ella tranquilamente. Nada más. ¿No es muy natural que +tenga deseos de ver á mi hija, á quien han ido á buscar expresamente +á Montfermeil? No estoy enfadada. Sé perfectamente que voy á ser +dichosa. Toda la noche he estado viendo cosas blancas y personas que +me sonreían. Cuando quiera el señor doctor me traerá él mismo á mi +Cosette. Ya no tengo calentura, puesto que estoy curada, conozco bien +que ya no tengo nada, pero voy á hacer como si estuviese enferma, y á +no moverme para complacer á las hermanas. Cuando vean que estoy muy +tranquila, dirán: hay que traerle su hija. + +El señor Magdalena se había sentado en una silla que había junto al +lecho. + +Volvióse Fantina hacia él, haciendo visibles esfuerzos por parecer +serena y «muy juiciosa», según su propia frase, durante aquel +abatimiento de la enfermedad, parecida á la debilidad de la infancia, á +fin de que, viéndola tan calmada, no encontrasen dificultad en llevarle +su Cosette. Sin embargo, al mismo tiempo que se contenía, no podía +menos de dirigir al señor Magdalena algunas preguntas. + +--¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? ¡Oh! ¡Y qué bueno sois en +haber ido á buscarla! Decidme solamente cómo está. ¿Ha resistido bien +el viaje? ¡Ay! ¡Ya no va á conocerme! Después de tanto tiempo, se habrá +olvidado de mí la pobrecita. Las criaturas no tienen memoria, son como +los pájaros. Hoy ven una cosa, mañana otra, y luego no se acuerdan +de nada. ¿Tenía al menos ropa limpia? ¿Los Thénardier la tenían +aseada? ¿Qué le daban de comer? ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido, si supiérais, +haciéndome todas esas preguntas en los tiempos de mi miseria! ¡Ahora +todo ha pasado! ¡Estoy alegre! ¡Oh! ¡Y cómo querría verla! Señor +alcalde, ¿os ha parecido bonita? ¿Verdad que es muy hermosa mi hija? +¿Habréis tenido mucho frío en la diligencia? ¿No me la podrían traer +siquiera un momento? ¡Ya se la volverían á llevar enseguida! ¡Decidlo +vos! ¡Vos que sois el amo! + +Él le tomó la mano, y dijo: + +--Cosette es hermosa, y está buena; pronto la veréis; pero calmaos. +Habláis con demasiada viveza, y sacáis los brazos fuera de la cama, y +esto os hace toser. + +En efecto, accesos de tos interrumpían á Fantina casi á cada palabra. + +Fantina no murmuró siquiera, temiendo haber comprometido con algunas +quejas apasionadas la confianza que quería inspirar, y púsose á hablar +de cosas indiferentes: + +--¿Es muy bonito Montfermeil, no es verdad? Durante el verano se hacen +muchas excursiones de recreo. ¿Hacen negocio los Thénardier? No pasa +mucha gente por su casa. Es una especie de figón la tal posada. + +El señor Magdalena seguía teniéndola cogida la mano y contemplándola +ansioso; era evidente que había ido á decirle cosas, ante las cuales su +mente vacilaba. El médico, terminada la visita, se había retirado. Sor +Simplicia era la única persona que estaba con ellos. + +Entre tanto, en medio de aquel silencio, exclamó Fantina: + +--¡Ya la oigo! ¡Dios mío! ¡Ya la oigo! + +Extendió la mano imponiendo silencio, retuvo el aliento, y se puso á +escuchar como extasiada. + +Había una criatura que estaba jugando en el patio, hija de la portera ó +de alguna operaria. Fué una de esas casualidades que ocurren siempre, +y que parecen formar parte del aparato misterioso de los sucesos +lúgubres. La criatura, que era una niñita, iba, venía, corría para +entrar en calor, reía y cantaba en alta voz. + +¡Ah! ¡En qué no se mezclan los juegos de niños! El canto de aquella +criatura era el que oía Fantina. + +--¡Oh!--exclamó ella.--¡Es mi Cosette! Conozco su voz. + +La chiquilla se alejó tal como había venido; la voz se extinguió. +Fantina siguió escuchando por algún tiempo; después se cubrió de +sombras su semblante, y el señor Magdalena la oyó que decía por lo bajo: + +--¡Qué malo es ese médico, no dejándome ver á mi hija! ¡Mala cara tiene +ese hombre! + +Sin embargo, reapareció el fondo risueño de sus pensamientos, y +continuó hablándose á sí misma, sin levantar la cabeza de la almohada: + +--¡Qué felices vamos á ser! Tendremos en primer lugar un jardinito. Me +lo ha prometido el señor Magdalena. Mi hija jugará en el jardín. Ya +debe saber de seguro, las letras. Yo la haré deletrear. Correrá entre +la yerba detrás de las mariposas. Yo la contemplaré. Luego hará su +primera comunión. ¡Ah! ¿Cuándo debe hacer su primera comunión? + +Púsose á contar con los dedos. + +--...Uno, dos, tres, cuatro... Tiene siete años. Dentro de cinco, +llevará un velo blanco y medias caladas, parecerá una mujercita. ¡Oh, +mi buena hermana, no sabéis lo tonta que yo soy! ¡Pues no estoy ya +pensando en la primera comunión de mi hija! + +Y se puso á reir. + +Él había dejado la mano de Fantina, y oía aquellas palabras como se oye +el viento que sopla, con la vista en el suelo y el espíritu sumido en +reflexiones profundas. De pronto dejó ella de hablar, y esto le hizo á +él levantar maquinalmente la cabeza. Fantina se había puesto horrorosa. + +No hablaba ya, no respiraba; se había medio incorporado sobre la +cama; su hombro descarnado salía por entre la camisa; su rostro, +radiante hacía un momento, estaba descompuesto, parecía fijarse en +algo formidable que estaba ante su vista al otro extremo de la sala, +agrandados sus ojos por el terror. + +--¡Dios mío!--exclamó él.--¿Qué tenéis, Fantina? + +Ella no respondió, ni apartó los ojos del objeto que parecía estar +viendo; tocóle el brazo con una mano, y con la otra le hizo seña de que +mirase detrás de sí. + +Volvióse, y vió á Javert. + + + + + III + =Javert contento= + + +He aquí lo que había pasado. + +Acababan de dar las doce y media, cuando el señor Magdalena salió de +la sala de los jurados de Arras. Había llegado de vuelta á la posada +precisamente á tiempo de partir con la silla correo en el asiento que +recordará el lector que había tomado. + +Poco antes de las seis de la mañana había llegado á M* sur M*, y su +primer cuidado había sido echar al correo su carta dirigida al señor +Laffite, y luego ir á la enfermería á ver á Fantina. + +En el entretanto, y apenas había dejado él la sala de audiencia +del tribunal de los jurados, cuando vuelto en sí el fiscal de su +primera sorpresa, había tomado la palabra para deplorar el acto de +locura del honorable alcalde de M* sur M*, y declarar que no por ese +incidente peregrino, que se aclararía más tarde, se habían modificado +sus convicciones requiriendo por lo tanto, la condena de aquel +Champmathieu, evidentemente verdadero Juan Valjean. La persistencia +del fiscal estaba visiblemente en contradicción con el sentimiento de +todos, así del público, como del tribunal y del jurado. Al defensor +le costó poquísimo trabajo refutar aquella arenga y establecer que, á +consecuencia de las revelaciones del verdadero Juan Valjean, el asunto +había cambiado completamente de aspecto y que el jurado no tenía ya +ante sí más que un inocente. El abogado había proferido con ese motivo +algunas sentencias declamatorias, desgraciadamente poco nuevas, acerca +de los errores judiciales, etc., etc.; el presidente, en su resumen, se +unió al defensor, y el jurado en breves momentos declaró libre de culpa +á Champmathieu. + +Sin embargo, hacía falta un Juan Valjean y el fiscal, no teniendo ya á +Champmathieu, tomó á Magdalena. + +Inmediatamente después de haber sido puesto en libertad Champmathieu, +el fiscal se encerró con el presidente. Ambos conferenciaron acerca «de +la necesidad de apoderarse de la persona del señor alcalde de M* sur +M*». Esta frase, en la que hay muchos de, es del fiscal, escrita toda +de su mano en la minuta de su informe al tribunal superior. Pasada la +primera emoción, el presidente hizo pocas objeciones. Creyó que era +preciso que la justicia siguiese su curso. + +Y luego, para decirlo todo, aunque el presidente fuése hombre de +bien y bastante entendido, era al propio tiempo muy realista, casi +furibundo, y le había chocado que el alcalde de M* sur M*, hablando del +desembarco de Cannes, dijese el _emperador_ y no _Buonaparte_. + +La orden de arresto fué expedida inmediatamente. El fiscal la envió á +M* sur M*, por uno de sus hombres, á uña de caballo, encargándosela al +inspector de policía Javert. + +Ya sabemos que Javert había regresado á M* sur M*, inmediatamente +después de haber prestado su declaración. + +Javert se estaba levantando en el momento en que el enviado del fiscal +le entregó la orden de arresto y mandato de traslación. + +El enviado del fiscal era también un agente de policía muy +experimentado, quien puso en dos palabras á Javert al corriente de lo +sucedido en Arras. La orden de arresto, firmada por el fiscal, estaba +concebida en estos términos: + +«El inspector Javert reducirá á prisión al señor Magdalena, alcalde de +M* sur M*, quien en la audiencia de este día ha sido reconocido por ser +el presidiario cumplido Juan Valjean». + +Quien no conociera á Javert y le hubiese visto en el momento de +penetrar en la antesala de la enfermería, no habría podido adivinar +nada de lo que pasaba, y le habría encontrado el aire más natural del +mundo. Estaba frío, sereno, grave, con su pelo gris perfectamente +alisado sobre las sienes, y acabando de subir la escalera con su +lentitud acostumbrada. Pero quien le hubiese conocido á fondo, +examinándole atentamente, se hubiera estremecido. La hebilla de su +corbatín de cuero, en vez de estar sobre la nuca, estaba junto la oreja +izquierda. Esto revelaba una agitación inaudita. + +Javert era un carácter completo, no permitiéndose el menor pliegue ni +en su deber ni en su traje; metódico con los criminales, rígido con los +botones del vestido. + +Para haberse dejado fuera de lugar la hebilla de su corbatín, menester +era que se verificase en él una de aquellas emociones que podríamos +llamar terremotos interiores. + +Habíase presentado sencillamente, después de haber pedido un cabo y +cuatro soldados en el cuerpo de guardia inmediato, y dejándoles en el +patio había preguntado por el cuarto de Fantina, cuya indicación le +había dado la portera sin la menor desconfianza, acostumbrada como +estaba, á ver gentes armadas preguntando por el señor alcalde. + +Al llegar al cuarto de Fantina alzó el picaporte, empujó la puerta con +la suavidad de un enfermero ó de un espía, y entró. + +Mejor dicho: no entró. Se mantuvo de pie junto á la puerta entreabierta +con el sombrero puesto, y la mano izquierda metida bajo la solapa de +su levitón que llevaba abrochado hasta la barba. En el pliegue del +codo asomaba el puño de plomo de su enorme bastón, el cual desaparecía +detrás de él. + +Permaneció en esta actitud cerca de un minuto, sin que se notase su +presencia. De pronto Fantina alzó los ojos, le vió, é hizo que se +volviese el señor Magdalena. + +En el momento en que la mirada de Magdalena tropezó con la mirada de +Javert, Javert, sin moverse, sin dar un paso, sin adelantarse, apareció +espantoso. Ningún sentimiento humano puede manifestarse tan horrible +como la alegría. + +Fué aquélla la expresión de un demonio que acababa de encontrar á su +condenado. + +La certidumbre de tener por fin á Juan Valjean, hizo aparecer en su +fisonomía todo cuanto se guardaba encerrado en su alma. El fondo +removido subió á la superficie. La humillación de haber perdido +la pista y haberse equivocado durante algunos minutos con aquel +Champmathieu, se borraba bajo el orgullo de haber adivinado tan bien +desde el principio, y tenido por tanto tiempo un instinto certero. El +contento de Javert estalló en su actitud soberana. La deformidad del +triunfo brilló sobre su deprimida frente. Adquirió todo el desarrollo +del horror que pueda caber en un semblante satisfecho. + +Javert en aquel momento estaba en el cielo. Sin que él mismo supiese +darse cuenta exacta de lo que pasaba por él, comprendía, sin embargo, +por una intuición confusa de su deber y de su éxito, que él, Javert, +personificaba la justicia, la luz y la verdad en su función sublime +de aplastar el mal. Tenía detrás de sí y en derredor suyo, á una +profundidad infinita, la autoridad, la razón, la cosa juzgada, la +conciencia legal, la vindicta pública, todas las estrellas. Él protegía +el orden, hacía surgir el rayo de la ley, vengaba á la sociedad, +prestaba su fuerza á lo absoluto; erguíase en medio de su gloria. +Había en su triunfo un resto de provocación y de lucha; en pie, +altanero, radiante, desplegaba á manos llenas en el azulado ambiente, +la bestialidad sobrehumana de un arcángel feroz. La sombra terrible de +la acción que desempeñaba hacía visible en su crispada mano el vago +centelleo de la espada social. Satisfecho é indignado, tenía bajo su +planta el crimen, el vicio, la rebeldía, la perdición, el infierno. +Irradiaba, exterminaba, sonreíase, y no puede negarse que había cierta +grandeza en aquel san Miguel monstruoso. + +Javert, espantoso, no tenía nada de innoble. + +La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del +deber, son cosas que, equivocándose, pueden trocarse en repugnantes; +pero que, repugnantes y todo, permanecen grandes. La majestad propia de +la conciencia humana, persiste en el horror. Son virtudes que tienen +un vicio, el error. La despiadada alegría honrada de un fanático en +plena atrocidad, conserva cierta aureola tristemente venerable. Sin +él advertirlo en medio de su contento formidable, era Javert digno +de lástima, como todo ignorante que triunfa. No puede darse nada tan +doloroso y terrible como aquel semblante, en que se manifestaba lo que +podríamos llamar todo lo malo de lo bueno. + + + + + IV + =La autoridad recobra sus derechos= + + +Fantina no había vuelto á ver á Javert desde el día en que el alcalde +la había librado de sus manos. Su cerebro enfermo no se daba cuenta de +nada; pero se imaginó que iba á buscarla. No pudo, pues, soportar la +vista de aquel semblante horrible; sintióse morir, ocultó el rostro +entre ambas manos, y exclamó angustiada: + +--¡Señor Magdalena, salvadme! + +Juan Valjean--ya no le llamaremos de otro modo en adelante--se había +levantado y dicho á Fantina con acento apacible y sereno: + +--Tranquilizaos, no es por vos por quien viene. + +Después dirigiéndose á Javert, le dijo: + +--Ya sé lo que queréis. + +Javert respondió: + +--¡Vamos pues! + +Hubo en la inflexión con que acompañó estas dos palabras algo, +en verdad, frenético y feroz. Javert no dijo: ¡Vamos pues! sino +_¡Vampués!_ No hay ortografía que pueda expresar el acento con que lo +pronunció. No fué aquello palabra humana; fué un rugido. + +No obró según costumbre, no entró en materia, no presentó la orden de +arresto. Para él Juan Valjean era una especie de enemigo misterioso é +impalpable, un luchador tenebroso, á quien venía atacando hacía cinco +años sin poder derribarle. Aquella prisión no era un principio, sino un +fin. Limitóse por ello á exclamar: + +--¡Vamos, pues! + +Y así diciendo, no adelantó un paso, lanzó solamente sobre Juan +Valjean aquella mirada que él arrojaba como un garfio, y con la cual +acostumbraba á arrastrar violentamente hacia él á los desgraciados. + +Ésta fué la mirada que sintió penetrar Fantina, hasta la médula de sus +huesos, dos meses antes. + +Al grito de Javert, Fantina había vuelto á abrir los ojos. Pero estando +allí el señor alcalde ¿qué había de temer? + +Javert se adelantó hasta el medio de la sala y exclamó: + +--¡Ea! ¿Vienes? + +La infeliz miraba en torno suyo. No había nadie más que la hermana y +el alcalde. ¿Á quién se podía dirigir aquel tuteo abyecto de Javert? Á +ella solamente; y empezó á temblar. + +Entonces vió Fantina una cosa inaudita, de tal modo inaudita, como +nunca jamás se le había aparecido otra alguna, ni en los más espantosos +delirios de su fiebre. + +Vió al repugnante Javert coger por el cuello al señor alcalde, y vió al +señor alcalde bajar la cabeza. Parecióle que se hundía el mundo. + +Javert, en efecto, había cogido por el cuello á Juan Valjean. + +--¡Señor alcalde!--exclamó Fantina. + +Javert se echó á reir con aquella expresión espantosa que descubría +todos sus dientes. + +--¡Ya no hay aquí señor alcalde alguno! + +Juan Valjean no probó siquiera de rechazar la mano que le tenía sujeto +por el cuello de su levita, y dijo solamente: + +--¡Javert!... + +Javert le interrumpió: + +--Llámame señor inspector. + +Señor inspector,--repuso Juan Valjean--quiero deciros una palabra á +solas. + +--¡Alto y claro! Habla alto,--respondió Javert.--Á mí se me habla +siempre en alta voz. + +Juan Valjean continuó bajándola: + +--Es un favor que os pido... + +--Dígote que hables alto. + +--Es cosa que únicamente vos debéis oir... + +--¿Y á mí qué me importa? ¡No escucho nada! + +Juan Valjean se volvió hacia él, y dijo rápidamente muy por lo bajo: + +--¡Concederme tres días! ¡Tres días para ir á buscar la criatura de +esta pobre mujer! ¡Pagaré lo que sea! Podéis acompañarme si queréis. + +--¡Quieres reirte!--exclamó Javert.--¡No te creía yo tan bruto! ¡Me +pides tres días para marcharte! ¡Dices que es para ir á buscar la hija +de esta chica! ¡Ja, ja! ¡Vaya una gracia! + +Fantina se estremeció. + +--¡Mi hija!--exclamó.--¡Ir á buscar á mi hija! ¡Luego no está aquí! +Hermana mía, respondedme: ¿Dónde está Cosette? ¡Yo quiero á mi hija! +¡Señor Magdalena, señor alcalde! + +Javert dió una patada. + +--¡Ahora la otra! ¡Á ver si te callas, buena pieza! ¡Bonito país es +éste donde los presidiarios son magistrados y las mujeres públicas +están cuidadas como condesas! Pero todo ello va á cambiar pronto; ¡ya +era tiempo! + +Y mirando fijamente á Fantina, añadió, cogiendo otra vez por la +corbata, la camisa y el cuello á Juan Valjean: + +--Te digo que no hay aquí ningún señor Magdalena, ni señor alcalde +alguno. No hay sino un ladrón, un bandido, un presidiario llamado Juan +Valjean, que es á quien tengo cogido! ¡Eso es lo que hay! + +Fantina se incorporó de súbito, apoyada en sus brazos débiles y +descarnadas manos; miró á Juan Valjean, miró á Javert, miró á la +hermana, abrió la boca como para hablar, pero salió solamente un +ronquido del fondo de su garganta, y chocaron sus dientes; extendió +después los brazos con angustia, abrió convulsivamente las manos, y +buscando á su alrededor como el que se ahoga, cayóse luego por su +propio peso sobre la almohada. + +Su cabeza chocó contra la cabecera de la cama, doblándose sobre el +pecho; la boca abierta, abiertos los ojos y apagados. + +Estaba muerta. + +Juan Valjean puso su mano sobre la mano de Javert que le tenía asido, y +se la abrió como se abre la mano de un niño, diciéndole: + +--¡Habéis matado á esa mujer! + +--¡Acabaremos!--exclamó furioso Javert.--Yo no estoy aquí para atender +razones. No perdamos el tiempo; la guardia está abajo, vamos enseguida, +ó mando que te aten. + +Había en un rincón de la sala una cama vieja de hierro en bastante mal +estado, que servía para recostarse las hermanas cuando estaban de vela. +Dirigióse á ella Juan Valjean, desencajó en un momento la cabecera, +ya muy quebrantada, cosa facilísima á un hombre de sus fuerzas, y +empuñando la barra principal, lanzó sobre Javert una mirada de alto á +bajo. Javert retrocedió hasta la puerta. + +Juan Valjean, empuñando su barra, llegóse lentamente hasta el lecho de +Fantina y al llegar á él volvióse de frente hacia Javert, diciéndole en +voz apenas perceptible: + +--No os aconsejo que me estorbéis en este momento. + +Es lo cierto que Javert temblaba. + +Tuvo intención de ir á llamar á la guardia, pero Juan Valjean podía +aprovecharse de aquel minuto para huir. Quedóse pues, cogiendo su +bastón por lo más delgado, y reclinándose contra el quicio de la puerta +miraba fijamente á Juan Valjean. + +Juan Valjean apoyó su codo sobre el pomo de la cabecera y la frente +en su mano, contemplando á Fantina inmóvil y tendida, permaneciendo +así, absorto, mudo, y sin pensar seguramente en nada de esta vida. No +se manifestaba en su rostro ni en su actitud mas que una inexplicable +piedad. Después de algunos momentos de semejante meditación, inclinóse +hacia Fantina, y le habló en voz baja. + +¿Qué le dijo? ¿Qué podía decirle aquel hombre considerado réprobo, á +aquella mujer muerta? ¿Qué significaron aquellas palabras? Nadie en la +tierra las oyó. ¿Las oyó la difunta? Hay ilusiones conmovedoras que +son tal vez realidades sublimes. Lo que está fuera de duda es que sor +Simplicia, único testigo de cuanto allí pasó, repitió luego muchas +veces que en el momento en que Juan Valjean habló al oído de Fantina, +vió asomar claramente una inefable sonrisa en aquellos pálidos labios y +en aquellas vagas pupilas, llenas del asombro de la tumba. + +Juan Valjean tomó entre sus manos la cabeza de Fantina y la acomodó en +la almohada, como hubiera podido hacer una madre con su hija; después +le ató el cordón de la camisa y metió sus cabellos en la gorra. Hecho +esto, le cerró los ojos. + +La cara de Fantina en aquel instante parecía extrañamente iluminada. + +La muerte es la entrada en la gran luz. + +La mano de Fantina colgaba fuera de la cama. Juan Valjean se arrodilló +delante de aquella mano, que levantó suavemente, y la besó. + +Después, de pie otra vez, volvióse hacia Javert, diciendo: + +--Ahora estoy á vuestras órdenes. + + + + + V + =Tumba apropiada= + + +Javert encerró á Juan Valjean en la cárcel de la población. + +La prisión del señor Magdalena produjo en M* sur M* una sensación, +ó por mejor decir, una conmoción extraordinaria. Sentimos no poder +disimular, que á la sola exclamación de: _¡Era un presidiario!_ casi +todo el mundo le abandonó. En menos de dos horas, todo el bien que +había hecho fué olvidado, y ya no fué mas que «un presidiario». Justo +es advertir que no se conocían aún los pormenores del suceso de Arras. +Durante todo el día oyéronse en toda la población conversaciones como +esta: + +--¿No lo sabéis? Era un presidiario cumplido. + +--¿Quién? + +--El alcalde. + +--¡Bah! ¿El señor Magdalena? + +--Sí. + +--¿De veras? + +--No se llama Magdalena; tiene un nombre horrible: Bejean, Bojean, +Boujean. + +--¡Ay! ¡Dios mío! + +--Está preso. + +--¡Preso! + +--Sí, en la cárcel de la ciudad hasta que se le traslade. + +--¡Que se traslade! ¿Le van á trasladar? ¿Y adónde? + +--Van á hacerle comparecer ante los jurados por un robo en despoblado +que cometió en otro tiempo. + +--¡Ya me lo sospechaba yo! Era un hombre demasiado bueno, demasiado +perfecto, demasiado confiado. No quería condecoraciones, daba limosna +á todos los pilluelos que encontraba. Siempre creí que debía encerrar +todo esto una mala historia. En las «reuniones del buen tono» +especialmente, dominó esta idea. + +Una vieja señorona, suscriptora de la _Bandera blanca_, hizo esta +reflexión de la cual es casi imposible sondear la profundidad. + +--Me alegro. ¡Así aprenderán los _bonapartistas_! + +Así fué como aquel fantasma que se había llamado señor Magdalena, se +desvaneció en M* sur M*. Tres ó cuatro personas solamente en toda la +población permanecieron fieles á su memoria. La vieja portera que le +había servido fué una de ellas. + +La noche de aquel mismo día, esta buena anciana, estaba sentada en su +cuartito asustada aún y reflexionando tristemente. La fábrica había +estado cerrada todo el día, la puerta cochera tenía echado el cerrojo, +y la calle estaba desierta. No había en la casa más que las dos +hermanas, sor Simplicia y sor Perpetua, que velaban junto al cuerpo de +Fantina. Hacia la hora en que el señor Magdalena acostumbraba á entrar, +la buena de la portera se levantó maquinalmente, sacó de un cajón la +llave del cuarto del señor Magdalena, tomó la palmatoria que le servía +por las noches para subir á su cuarto, y colgó la llave en el clavo de +donde él la solía alcanzar colocando la palmatoria al lado, como si +también le esperase. Luego volvió á sentarse y se puso á reflexionar. +La pobre vieja había hecho todo aquello sin darse cuenta de lo que +hacía. + +Hasta que se pasaron dos horas largas no salió de sus meditaciones, +exclamando: + +--¡Calle! ¡Dios mío Jesucristo! ¡por qué he puesto yo la llave en el +clavo! + +En aquel mismo instante se abrió el ventanillo de la portería, pasó una +mano, cogió la llave y la palmatoria, y encendió la bujía en la vela +que estaba ardiendo. + +La portera levantó los ojos y se quedó asombrada, sin poder lanzar un +grito que ahogó en la garganta. + +Había conocido aquella mano, aquel brazo y aquella manga de levita. + +Era realmente el señor Magdalena. + +Quedóse algunos segundos sin poder hablar, _sobrecogida_, como decía +después ella misma, contando la aventura. + +--¡Dios mío, señor alcalde!--exclamó por fin;--yo os creía... + +Paróse. El final de su frase hubiera sido una falta de respeto al +principio. Juan Valjean continuaba siendo para ella el señor alcalde. + +Éste terminó por sí mismo la frase. + +--En la cárcel,--dijo.--Sí, allí estaba; he roto un barrote de una +ventana, y me he dejado caer desde un tejado, y aquí me tenés. Subo á +mi cuarto; avisad á sor Simplicia. Estará sin duda junto á esa pobre +mujer. + +La vieja obedeció enseguida. + +No le hizo él recomendación ninguna; tan seguro estaba que le guardaría +ella mejor que él mismo. + +Jamás ha podido saberse como logró penetrar en el patio sin hacer abrir +la puerta cochera. Tenía y llevaba siempre consigo una llave maestra +que abría una puertecilla lateral, pero debían haberle registrado y +quitádole esa llave. Este punto no ha sido esclarecido. + +Subió la escalera que conducía á su cuarto. Al llegar arriba dejó la +palmatoria en el último tramo, abrió la puerta sin hacer ruido, y fué +á cerrar á tientas la ventana y postigos; después volvió á tomar la +palmatoria y entró en la habitación. + +La precaución era útil, porque debemos recordar que la ventana podía +ser vista desde la calle. + +Dirigió una mirada á su alrededor, sobre la mesa, sobre la silla, +sobre la cama, que no se había deshecho hacía tres días. No quedaba el +menor vestigio del desorden de la penúltima noche. La portera había +«arreglado el cuarto». Y, al arreglarlo, había recogido de entre la +ceniza, y colocado cuidadosamente sobre la mesa las dos conteras del +palo y la moneda de cuarenta sueldos ennegrecida por el fuego. + +Tomó un pliego de papel, en el cual escribió: «_Éstas son las dos +conteras de mi bastón y la moneda de dos francos robada á Gervasillo, +de que he hablado al tribunal_». Puso sobre dicho papel la moneda de +plata y las dos conteras, de modo, que fuera lo primero que se viese +al entrar á la habitación. Sacó de un armario una camisa vieja, la que +desgarró envolviendo con los pedazos los dos candeleros de plata. No +se dió prisa alguna ni mostró la menor agitación. Y mientras envolvía +los candeleros del obispo, iba mordiendo un pedazo de pan negro. Es +probable que fuera este pan el de la cárcel, que se había llevado +consigo al evadirse. + +Esto fué comprobado por las migajas de pan que se encontraron en +el suelo del aposento, cuando más tarde se hizo en el mismo un +reconocimiento por la justicia. + +Dieron dos golpecitos en la puerta. + +--Adelante,--dijo él. + +Era sor Simplicia. + +Estaba pálida, tenía los ojos enrojecidos, la vela que llevaba vacilaba +en su mano. Las violencias del destino tienen la particularidad de que, +por perfectos y fríos que seamos, nos sacan del fondo de las entrañas +la naturaleza humana, obligándola á mostrarse al exterior. Con las +emociones de aquel día, la religiosa se había convertido nuevamente en +mujer. Había llorado y temblaba. + +Juan Valjean acababa de escribir algunas líneas en un papel, que +entregó á la hermana, diciéndola:--Hermana, mandaréis este papel al +señor cura. + +El papel estaba desdoblado. La hermana fijó en él los ojos. + +--Podéis leerlo,--dijo Juan Valjean. + +La hermana leyó: + +«Ruego al señor cura que cuide sobre todo de lo que dejo aquí. Con +ello se servirá pagar las costas de mi proceso y el entierro de la +mujer que ha muerto hoy. Lo restante será para los pobres». + +La hermana quiso hablar, pero apenas pudo balbucear algunos sonidos +inarticulados. Sin embargo, consiguió decir: + +--¿No desea el señor alcalde volver á ver por última vez á esa pobre +infeliz? + +--No,--respondió él,--me persiguen, y si llegaran á prenderme á su +lado, esto turbaría su reposo. + +No bien había terminado, cuando sonó un gran ruido en la escalera. +Oyóse un tumulto de pasos de gente que subía, y la vieja portera que +decía en voz alta y penetrante: + +--¡Señor mío, os juro por Dios santo, que no ha entrado aquí nadie +durante todo el día, ni durante la noche, porque no me he apartado un +instante de la portería! + +Un hombre respondió: + +--Sin embargo, hay luz en este cuarto. + +Reconocieron la voz de Javert. + +La estancia estaba dispuesta de manera que la puerta, al abrirse, +ocultaba el ángulo de la pared á la derecha. Juan Valjean mató la luz +de un soplo y se quedó en el ángulo. + +Sor Simplicia cayó de rodillas junto á la mesa. + +Abrióse la puerta. + +Entró Javert. + +Oíase el cuchicheo de varios hombres y las protestas de la portera en +el corredor. + +La religiosa no alzó los ojos, estaba orando. + +La vela, recién apagada, estaba sobre la chimenea, dando con el +humeante pábilo escasa claridad. + +Javert entrevió á la hermana y se quedó parado. + +Recuérdese que el verdadero fondo de Javert, su elemento, su centro +respirable, era la veneración á toda autoridad. Homogéneo en su modo de +ser, no admitía objeciones ni restricciones. Según él, era la autoridad +eclesiástica la primera de todas, era _religioso_, _superficial_ y +correcto en este punto, como en todo. + +Un cura, á sus ojos, era un espíritu que no se engaña nunca; una +religiosa, una criatura que no peca jamás. Eran almas muradas, en este +mundo, con sólo una puerta que jamás se abre, sino para dar paso á la +verdad. + +Al entrever la hermana, su primer movimiento fué retirarse. + +Sin embargo, había otro deber que le dominaba é impelía imperiosamente +en sentido inverso. Su segundo movimiento fué permanecer allí y +arriesgar al menos una pregunta. + +Era aquella sor Simplicia, que no había mentido jamás. Javert lo sabía +y la veneraba particularmente por esta razón. + +--Hermana,--le dijo;--¿estáis aquí sola? + +Hubo un momento horrible, durante el cual la pobre portera se sintió +desfallecer. + +La hermana levantó los ojos, y respondió: + +--Sí. + +--Así,--repuso Javert,--dispensadme si insisto, es mi deber: ¿no habéis +visto esta noche una persona, un hombre que se ha escapado, y á quien +vamos buscando, llamado Juan Valjean? ¿No le habéis visto? + +La hermana dijo: No. + +Mintió, y mintió dos veces seguidas una tras otra, sin vacilar, +rápidamente, como quien se presta al sacrificio propio. + +--Perdonadme,--dijo Javert, y se retiró saludando profundamente. + +¡Oh santa mujer! ¡Años hace que no pertenecéis ya á este mundo; que +estáis reunida en el seno de la luz con vuestras hermanas las vírgenes +y con vuestros hermanos los ángeles! ¡Que se os tenga en cuenta en el +paraíso esta mentira! + +La afirmación de la hermana fué para Javert tan decisiva, que ni +siquiera advirtió la singularidad de aquella bujía que acababa de ser +apagada, y que humeaba aún, sobre la mesa. + +Una hora después, un hombre, caminando á través de los árboles y de las +brumas, se alejaba rápidamente de M* sur M* en dirección á París. + +Este hombre era Juan Valjean. + +Hase sabido posteriormente, por el testimonio de dos ó tres arrieros +que le encontraron, que llevaba un paquete y que vestía blusa. ¿De +dónde había sacado aquella blusa? Se ignora. Sin embargo, hacía pocos +días que había fallecido un obrero anciano en la enfermería de la +fábrica sin dejar otra cosa que una blusa. Puede que fuése ésta. + +Una frase final para Fantina. + +Todos tenemos una madre común, la tierra. Fantina fué devuelta á esta +madre. + +El cura creyó hacer bien, y estuvo en lo justo tal vez, reservando, de +lo que Juan Valjean le había dejado, la mayor suma posible con destino +á los pobres. Porque, al fin ¿de quiénes se trataba? De un presidiario +y de una mujer pública. Por esto simplificó el entierro de Fantina +reduciéndolo á lo estrictamente necesario, á lo que se llama la fosa +común. + +Fantina fué, pues, enterrada en el rincón gratuito del cementerio que, +siendo de todos no es de ninguno, y en el cual desaparecen los cuerpos +de los pobres. Afortunadamente, sabe Dios dónde encontrar las almas. +Enterróse á Fantina en las tinieblas, entre los primeros huesos que se +encontraron, sufriendo la promiscuidad de las cenizas. + +Fué arrojada á la fosa pública. Su tumba se parece á su lecho. + + + NOTAS: + +[7] Walter Scott, Lamartine, Vaulabelle, Charras, Quinet y Thiers. + + + + + SEGUNDA PARTE + COSETTE + + + + + LIBRO PRIMERO + WATERLOO + + + I + + =Lo que se encuentra viniendo de Nivelles= + + +El año último, (1861), en una hermosa mañana de mayo, un viajero, el +mismo que refiere esta historia, venía de Nivelles y se dirigía á La +Hulpe. Caminaba á pie. Siguiendo por entre dos hileras de árboles +una calzada ancha y empedrada, ondulando sobre unas colinas que van +sucediéndose una á otra, elevando ó hundiendo la senda como olas +enormes. + +Había ya pasado de Lillois y Bois Seigneur Isaac. Distinguía, al oeste, +el campanario de pizarra de Braine l'Alleud, que tiene la forma de un +vaso boca abajo. + +Acababa de dejar tras sí un bosque sobre una altura, y en el ángulo de +un camino transversal, al lado de una especie de poste carcomido, en el +que se leía esta inscripción: _Barrera antigua, número 4_, un bodegón +en cuya fachada se leía: _Á los cuatro vientos. Echabeau, café de +particular._ + +Medio cuarto de legua más allá de este bodegón, llegó al fondo de un +pequeño valle, donde corre el agua bajo un arco abierto en el terraplén +de la carretera. El ramaje de los escasos, pero verdísimos árboles, +que cubren el valle por el lado de la calzada, se extiende por el otro +en las praderas, prolongándose con cierta gracia, y como en desorden, +hasta Braine l'Alleud. + +Había allí á la derecha, á orilla del camino, una posada, una carreta +de cuatro ruedas delante de la puerta, una gran haz de estacas, +un arado, un montón de ramas secas cerca de un seto vivo, cal que +humeaba en una balsa cuadrada, y una escalera apoyada á lo largo de un +cobertizo cercado de paredes de paja. + +Una muchacha escardaba en un campo, en el cual un gran cartelón +amarillo, probablemente anuncio de alguna función de ferias, era +continuo juguete del viento. En el ángulo de la posada, junto á una +laguna en la que navegaba una flotilla de patos, se encontraba un +sendero mal engravado que se perdía entre malezas. El viajero siguió +por él. + +Al cabo de unos cien pasos, después de haber seguido á lo largo de una +pared del siglo XV, que remataba en una aguda albardilla de ladrillos +encontrados, hallóse delante de una puerta grande de piedra, cintrada, +con imposta rectilínea, del estilo severo de Luis XIV, entre dos +medallones planos. + +Una fachada severa dominaba esta puerta, y una pared perpendicular á la +fachada llegaba casi á tocar la puerta, flanqueándola bruscamente en +ángulo recto. En el prado delantero á la puerta había tres rastrillos, +á través de los cuales brotaban en confusa y caprichosa mezcla todas +las flores que produce mayo. La puerta estaba cerrada; adornaba sus dos +hojas decrépitas, un aldabón viejo y enmohecido. + +El sol era magnífico; las ramas presentaban ese suave estremecimiento +de mayo, que más parece venir de los nidos que del viento. Un hermoso +pajarillo, probablemente enamorado, gorjeaba á más y mejor en un árbol +frondoso. + +El viajero se inclinó y examinó en la piedra de la izquierda, por +bajo de la jamba derecha de la puerta, una ancha excavación circular +parecida al alvéolo de una esfera. En aquel momento abriéronse las +puertas y salió una aldeana. + +Reparó en el viajero, y viendo lo que fijaba su atención: + +--Hizo esto una bala francesa,--dijo ella. + +Y luego añadió: + +--Eso que estáis viendo más arriba en la puerta, junto á un clavo, es +el boquete de una bala de cañón que no pudo traspasar la madera. + +--¿Cómo se llama este lugar?--preguntó el viajero. + +--Hougomont,--dijo la aldeana. + +El viajero se levantó. Dió algunos pasos y fué á mirar por cima de los +setos, viendo en el horizonte al través de los árboles, una especie de +montecillo, y sobre este montecillo algo que, de lejos, parecía un león. + +Encontrábase en el campo de Waterloo. + + + + + II + =Hougomont= + + +Hougomont, fué éste un lugar fúnebre, principio del obstáculo, primera +resistencia que encontró en Waterloo, ese gran leñador de Europa, que +se llamaba Napoleón; primer nudo bajo el filo del hacha. + +Fué un castillo; no es ya más que una granja. Hougomont es para el +anticuario _Hugomons_. Aquella mansión fué erigida por Hugo, señor de +Somerel, el mismo que dotó la sexta capellanía de la abadía de Villiers. + +El viajero empujó la puerta, rozó al cruzar el pórtico con una +carretela antigua, y entró en el patio. + +Lo primero que llamó su atención en aquel lugar fué una puerta del +siglo XVI, que parece el ojo de un puente, estando caído todo lo demás +adjunto al mismo. El aspecto monumental nace frecuentemente de la +ruina. Después del arco se abre en un muro otra puerta con clavos del +tiempo de Enrique IV, dejando ver los árboles de un huerto. Al lado de +esta puerta un hoyo estercolero, picos y palas; algunas carretillas, +un pozo antiguo con su brocal de piedra y su torniquete de hierro, un +potro que salta, un pavo que hace la rueda, una capilla coronada por un +pequeño campanario, un peral en flor tocando en la pared de la capilla, +he aquí el patio, cuya conquista fué uno de los sueños de Napoleón. +Si él hubiera podido tomar aquel rincón de tierra, le habría dado +tal vez el mundo entero. Las gallinas remueven hoy el polvo con sus +picos. Óyese un gruñido, es un gran perro que enseña los dientes y que +reemplaza á los ingleses. + +Los ingleses estuvieron allí admirables. Las cuatro compañías +de guardias de Cooke hicieron frente, durante siete horas, al +encarnizamiento de todo un ejército. + +Hougomont, visto en el mapa, en plano geométrico, comprendiendo +cercados y edificaciones, presenta una especie de rectángulo irregular +con uno de sus ángulos cortado. En este ángulo es donde se halla la +puerta meridional, guardada por aquel muro que la hiere directamente. +Hougomont tiene dos puertas: la meridional, que es la del castillo, y +la septentrional, que es la de la granja. + +Napoleón envió contra Hougomont á su hermano Jerónimo; las divisiones +Guilleminot, Foy y Bachelu se estrellaron allí; casi todo el cuerpo +de Reille fué también empleado en ello inútilmente; las balas de +Kellermann se agotaron contra aquel heroico paredón. Harto fué que la +brigada Bauduin forzase por el Norte á Hougomont, y que la brigada Soye +le acometiera por el Sur, pero sin tomarle. + +Los edificios de la granja limitan el patio por el Sur. Un pedazo de la +puerta del Norte, rota por los franceses, pende colgado del muro. Son +cuatro tablas clavadas sobre dos travesaños, y en las que se patentizan +los destrozos del ataque. + +La puerta septentrional, derribada por los franceses, y á la que se +ha añadido una pieza para sustituir el trozo colgado del muro, se +entreabre al otro extremo del patio; está cortada rectangularmente +en una pared de piedra por lo bajo y ladrillo en la parte superior, +cerrando el patio por el Norte. Es sencillamente una puerta para +carros, como las hay en todas las casas de labranza, compuesta de dos +grandes hojas hechas de tablas rústicas. Á la otra parte se extienden +los prados. La disputa de esta entrada fué terrible. Durante mucho +tiempo se han conservado sobre el montante de la puerta toda clase de +huellas de manos ensangrentadas. Allí fué donde mataron á Bauduin. + +La borrasca del combate parece que todavía suena en aquel patio; el +horror es visible; el trastorno de la terrible lucha se ha quedado +allí petrificado; acá la vida, allá la muerte, es todavía ayer. Los +muros agonizan, las piedras caen, las brechas gritan; los agujeros son +llagas; los árboles inclinados y temblorosos parecen hacer esfuerzos +para huir. + +Aquel patio en 1815 estaba más edificado que hoy día. Varias +construcciones derribadas después, formaban estrellas, ángulos y +recodos fortificados. + +Allí estuvieron parapetados los ingleses; los franceses penetraron al +fin, pero no pudieron sostenerse. Al lado de la capilla, un ala del +castillo, únicos vestigios de la residencia de Hougomont, se mantiene +en pie, y podríamos decir despanzurrada. El palacio sirvió de torreón; +la capilla de fortín, ambos se exterminaron. + +Los franceses, fusilados por todas partes, detrás de las paredes, desde +lo alto de los graneros al fondo de las cuevas, por todas las ventanas, +por todos los respiraderos, por todas las hendiduras de las piedras, +acercaron fajinas prendiendo fuego á los muros y á los hombres: la +metralla fué contestada por el incendio. + +Entrevénse todavía en el ala arruinada, á través de las ventanas +guardadas por barrotes de hierro, los aposentos desmantelados de un +cuerpo de edificio de ladrillo; los guardias ingleses se emboscaron en +esos aposentos; la espiral de la escalera, agrietada desde el piso al +techo, aparece como el interior de un caracol destrozado. La escalera +tiene dos tramos; los ingleses sitiados en ella, y apiñados en los +escalones superiores, habían cortado los inferiores. Estos consistían +en anchas losas de piedra azul, amontonados hoy entre las ortigas. +Unos diez solamente se mantienen adheridos todavía á la pared, en el +primero de los cuales se ve grabada la figura de un tridente. Estos +inaccesibles escalones permanecen sólidos en sus alvéolos. El resto +parece una mandíbula desdentada. Dos árboles viejos están allí todavía; +muerto el uno, herido el otro en el pie, reverdece en abril. Desde 1815 +empezó á brotar al través de la escalera. + +Gran mortandad hubo también en la capilla. El interior, tranquilo +ya, resulta extraño. No ha vuelto á decirse misa en él después de la +matanza. Sin embargo, allí está todavía el altar de madera tosca, +pegado sobre un fondo de piedra sin pulir. Cuatro paredes blanqueadas +de cal, una puerta frontera al altar, dos pequeñas ventanas cintradas, +sobre la puerta un gran crucifijo de madera, encima del crucifijo un +tragaluz cuadrado tapado con un haz de heno, en un rincón del suelo +un bastidor viejo de ventana con todos los vidrios rotos; tal es la +capilla. + +Junto al altar está clavada una imagen de madera de santa Ana, del +siglo XV; la cabeza del niño Jesús se la llevó una bala de cañón. Los +franceses, dueños por un momento de la capilla, y desalojados después, +la incendiaron. Las llamas llenaron su recinto, convirtiéndolo en +horno. Se quemó la puerta, se quemó también el entarimado; el Cristo +de madera no se quemó; el fuego llegó á lamer sus pies cuyos muñones +permanecen ennegrecidos, deteniéndose luego. Esto fué un milagro al +decir de aquellos aldeanos. El niño Jesús decapitado no tuvo la fortuna +del Cristo. + +Las paredes se encuentran cubiertas de inscripciones. Junto á los pies +del Cristo se lee este nombre: _Henquinez_. Luego estos otros: _conde +de Río Mayor, marqués y marquesa de Almagro (Habana)_. Hay nombres +franceses con exclamaciones acentuadas por la cólera. + +Tuvieron que blanquearse de nuevo las paredes en 1849. Allí se +insultaban las naciones mutuamente. + +En la puerta de esta capilla fué donde se recogió un cadáver que tenía +un hacha en la mano. Era el cadáver del subteniente Legros. + +Á la izquierda de la puerta de la capilla se ve un pozo. Hay dos en el +patio. Uno se pregunta: ¿por qué no hay aquí cubo ni garrucha? Es que +ya no se saca agua. + +¿Y por qué no se saca agua? + +Porque está lleno de esqueletos. + +El último que sacó agua de aquel pozo se llamaba Guillermo Van Kylsom. +Era un aldeano que habitaba en Hougomont, de donde era jardinero. El 18 +de junio de 1815, su familia tuvo que huir y ocultarse en los bosques. + +La selva que rodea á la abadía de Villiers abrigó durante muchos días y +muchas noches á todas aquellas desventuradas poblaciones dispersas. Hoy +todavía se encuentran vestigios tales como viejos troncos de árboles +quemados, que señalan el sitio donde aquellos pobres vivaqueadores +tiritaron entre las espesuras de la maleza. + +Guillermo Van Kylsom permaneció en Hougomont «para guardar el castillo» +agazapándose en un rincón de la cueva. Los ingleses le descubrieron. +Sacáronle de su escondite y á sablazos de plano se hicieron servir los +combatientes por aquel hombre aterrado. Tenían sed, y Guillermo les dió +de beber. De aquel pozo sacó el agua. Muchos bebieron allí su último +trago. El pozo del que bebieron tantos muertos, debió morir también. + +Después de la acción, diéronse prisa á enterrar los cadáveres. La +muerte tiene su manera especial de acosar la victoria, haciendo que +la peste siga á la gloria. El tifus es siempre anejo del triunfo. +Aquel pozo era profundo. Fué convertido en sepultura. Lanzáronse en +él trescientos muertos. Tal vez con demasiada precipitación. ¿Estaban +muertos todos? La leyenda dice que no. Parece que la noche que siguió +al enterramiento, oyéronse salir del pozo débiles y tristes voces de +socorro. + +Este pozo está aislado en medio del patio. Tres paredes mitad piedra +y mitad ladrillo, replegadas como las hojas de un biombo simulando +una torrecilla cuadrada, le cierran por tres lados. El cuarto está +descubierto. Por aquí es por donde se sacaba el agua. La pared del +fondo tiene una especie de abertura informe, tal vez el agujero de +obús. Esta torrecilla tenía un techo del que no quedan más que los +maderos. El armazón de sostenimiento del muro de la derecha describe +una cruz. Asomándose al fondo, se pierde la vista en la profundidad +de un cilindro de ladrillo, en el cual se agrupan las tinieblas. El +nacimiento de toda la fábrica de este pozo desaparece entre las ortigas. + +Este pozo no tiene por brocal la gran losa azul que sirve de antepecho +en todos los de Bélgica. La losa azul se halla sustituida por un +travesaño en el cual se apoyan cinco ó seis estacas irregulares de +madera nudosa, y anquilosados, que parecen una grande osamenta. No +existe cubo, ni cadena, ni polea; pero se conserva aún la pila de +piedra que servía de repartidor. El agua de las lluvias se acumula en +ella y, de cuando en cuando, se acerca á beber algún pájaro de las +vecinas selvas, remontándose inmediatamente. + +En esas ruinas existe, habitada todavía, una casa, la casa de labranza, +cuya puerta da al patio. Al lado de una linda placa de cerradura +gótica, hay en dicha puerta un tirador de hierro, en forma de trébol, +colocado oblicuamente. En el momento que el teniente hannoveriano Wilda +cogía ese tirador para refugiarse en la granja, un zapador francés le +cortó la mano de un hachazo. + +La familia que ocupa hoy la casa, tuvo por abuelo al antiguo jardinero +Van Kylsom, muerto hace mucho tiempo. Una mujer de cabellera gris nos +decía: Yo estaba allí. Tenía tres años. Mi hermana, mayor que yo, tenía +miedo y lloraba. Lleváronnos al bosque. Yo iba en brazos de mi madre. +Aplicaban de cuando en cuando el oído sobre el suelo para escuchar. Yo +imitaba el cañón, y hacía _bum, bum_. + +Una puerta del patio, á la izquierda, como hemos ya dicho, daba al +cercado. + +Este cercado es terrible. + +Se divide en tres secciones, casi podríamos decir en tres actos. La +primera es un jardín, la segunda el huerto, la tercera un bosque. Estas +tres partes tienen una cerca común; por el lado de la entrada las +edificaciones del castillo y de la granja, á la izquierda un seto, á +la derecha una tapia de ladrillo, en el fondo otra tapia de piedra. Se +entra desde luego en el jardín, que se extiende en pendiente, plantado +de groselleros, cubierto de vegetaciones silvestres, cerrado por un +malecón monumental de piedra sillería con balustres de doble espesor. +Fué un jardín señorial del primer estilo francés que precedió á _Le +Nôtre_; ruinas y abrojos todo, en la actualidad. Las pilastras terminan +en globos, que parecen balas de piedra. Cuéntanse todavía cuarenta y +tres balustres en pie; los demás yacen tendidos en la yerba. Casi todos +están acribillados por balas de fusil. Un balustre destrozado aparece +sobre el estrave como una pierna rota. + +En este jardín más bajo que el huerto, fué donde penetraron seis +tiradores del 1.º de ligeros, y no pudiendo salir, cogidos y acosados +como osos en guarida, aceptaron el combate con dos compañías +hannoverianas, una de las cuales iba armada de carabinas. Los +hannoverianos coronaban los balustres y disparaban sobre los seis +franceses desde lo alto. Los tiradores, respondiendo desde abajo, seis +contra doscientos, con la mayor intrepidez y sin más abrigo que los +groselleros, tardaron en morir un cuarto de hora. + +Subiendo algunos escalones, se pasa del jardín al huerto. Allí, en el +espacio de pocas toesas cuadradas, murieron mil quinientos hombres en +menos de una hora. El muro parece dispuesto á comenzar nuevamente el +combate. Allí están todavía las treinta y ocho troneras, abiertas por +los ingleses á distintas alturas. Delante de la décima sexta se ven dos +sepulturas inglesas de granito. + +Sólo existen troneras en el muro del Sur, que fué de donde vino el +ataque principal. Ese muro está oculto al exterior por un gran seto +vivo; llegaron los franceses creídos de que no había más que el seto, +saltaron, y se encontraron con el muro, obstáculo y emboscada, con los +guardias ingleses detrás, las treinta y ocho troneras haciendo fuego +á la vez, una tempestad de balas y metralla; allí fué aplastada la +brigada Soye. Así comenzó Waterloo. + +No obstante el huerto fué tomado. No había escalas, pero los franceses +treparon con las uñas. Batiéronse cuerpo á cuerpo bajo los árboles. +Toda aquella yerba se empapó en sangre. Un batallón de Nassau, +setecientos hombres, fué deshecho allí. La parte exterior del muro, +contra el cual se asestaron las dos baterías de Kellermann está +acribillada por la metralla. + +Este cercado es sensible como otro cualquiera al mes de Mayo. Tiene sus +botones de oro y sus margaritas blancas; la yerba es alta; pacen allí +caballos de labor; cuerdas de crin, en las que se seca la ropa, cruzan +los espacios de árbol á árbol, obligando á los transeuntes á bajar +la cabeza; los pies caminan por un erial hundiéndose á lo mejor en +los agujeros de los topos. Encuéntrase en medio de la yerba un tronco +desarraigado, caído y verde aún. El mayor Blachmann se apoyó en él para +espirar. Bajo un gran árbol próximo cayó el general alemán Duplat, +oriundo de una familia francesa refugiada al revocarse el edicto de +Nantes. Contiguo á este árbol se inclina un manzano vetusto, enfermo, +vendado con un apósito de paja y arcilla. Casi todos los manzanos caen +de vejez. No hay uno que no tenga señales de bala ó de metralla. Los +esqueletos de los árboles muertos abundan muchísimo en este cercado. +Los cuervos vuelan entre sus ramas. En el fondo hay un bosque lleno de +violetas. + +Bauduin muerto; Foy herido; el incendio, la matanza, la carnicería; +un río de sangre inglesa, de sangre alemana y de sangre francesa, +furiosamente mezclada; un pozo lleno de cadáveres; el regimiento +de Nassau y el regimiento de Brunswick destruidos; Duplat muerto; +Blackmann muerto, la guardia inglesa mutilada; veinte batallones +franceses, de los cuarenta del cuerpo de Reille, diezmados; tres +mil hombres, en sólo aquellas ruinas de Hougomont, acuchillados, +destrozados, degollados, fusilados, quemados; y todo ello para que un +aldeano pueda decirle hoy á un pasajero: _Señor, dadme tres francos; +si gustáis os explicaré lo de Waterloo_. + + + + + III + =El 18 de junio de 1815= + + +Retrocedamos, que es éste uno de los derechos del narrador, y +trasladémonos al año 1815, y con alguna anterioridad á la época en que +comienza la acción referida en la primera parte de este libro. + +Si no hubiera llovido en la noche del 17 al 18 de junio de 1815, el +porvenir de Europa hubiera sido otro. Algunas gotas de agua de más ó de +menos hicieron desviar á Napoleón. Para que Waterloo fuése el término +de Austerlitz, la Providencia no tuvo necesidad más que de un poco +de lluvia; y una nube, atravesando el cielo contra lo natural de la +estación, bastó para el derrumbamiento de un mundo. + +La batalla de Waterloo, y esto dió tiempo á Blücher para llegar, no +pudo comenzar hasta las once y media. ¿Por qué? Porque la tierra estaba +mojada. Fué preciso aguardar un poco á que se solidara para que la +artillería pudiese maniobrar. + +Napoleón era oficial de artillería, y se resentía de ello. El fondo de +este admirable capitán era el hombre que, en el parte al Directorio +desde Aboukir, decía: _Tal bala de las nuestras mató seis hombres_. +Todos sus planes de batalla están hechos para el proyectil. Hacer +converger la artillería sobre un punto dado; tal era su clave de +victoria. Trataba la estrategia del general enemigo como una ciudadela, +y la batía en brecha. Abrumaba con la metralla el punto débil; ataba y +desataba las batallas con el cañón. Era la puntería parte de su genio. +Romper los cuadros, pulverizar los regimientos, deshacer las líneas, +aplastar y dispersar las masas, todo se encerraba en eso para él; +herir, herir, herir sin tregua ni descanso, y encomendada esta tarea +á las balas. Método temible, y que, unido á su genio, hizo invencible +durante quince años, á aquel sombrío atleta del pugilato de la guerra. + +El 18 de junio de 1815 contaba él tanto más con la artillería, cuanto +que tenía en su favor el número. Wellington no disponía más que de +ciento cincuenta y nueve bocas de fuego; Napoleón tenía doscientas +cuarenta. + +Supongamos la tierra seca y la artillería pudiendo rodar, y la acción +empezando á las seis de la mañana. La batalla se hubiera ganado y +terminado á las dos; tres horas antes de la peripecia prusiana. + +¿Qué culpa hubo por parte de Napoleón en la pérdida de aquella batalla? +¿Es imputable el naufragio al piloto? + +La decadencia física evidente de Napoleón, ¿se complicaba en aquella +época con cierto decaimiento interior? Los veinte años de guerra, +¿habían gastado la hoja como la vaina, el alma como el cuerpo? ¿Se +manifestaban ya los defectos del veterano en el capitán? En una +palabra, aquel genio, como muchos historiadores importantes lo han +creído ¿se eclipsaba ya? ¿Agitábase frenéticamente para disimularse á +sí mismo su debilidad? ¿Empezaba á oscilar bajo el extravío de un soplo +de la aventura? ¿Volvíase, cosa grave en un general, desconocedor del +peligro? En la clase de los grandes hombres materiales, que pueden +llamarse los gigantes de la acción, ¿existe una edad para la miopía +del genio? La vejez no hace mella en los genios de lo ideal; para los +Dante y los Miguel Ángel, envejecer es crecer. Pero para los Aníbal +y Bonaparte ¿es decrecer, ocaso? ¿Había perdido Napoleón el sentido +directo de la victoria? ¿Había llegado á no reconocer ya el escollo, á +no adivinar el lazo, ni discernir el borde resbaladizo de los abismos? +¿Faltábale el olfato de las catástrofes? Él, que antes sabía todos los +senderos del triunfo, y que desde la altura de su carro refulgente de +rayos, los señalaba con su dedo soberano, ¿tenía entonces el siniestro +aturdimiento de conducir al principio su tumultuoso tiro de legiones? +¿Se había apoderado de él, á los cuarenta y seis años, una locura +suprema? Aquel conductor titánico del destino, ¿no era ya más que un +inmenso abismo? + +No lo hemos creído nunca. + +Su plan de batalla, era, al decir de todo el mundo, una obra maestra. +Ir derecho al centro de la línea de los aliados, abrir un claro en el +enemigo, cortarle en dos; empujar la parte británica hacia Hal, y la +parte prusiana hacia Tongres; hacer de Wellington y de Blücher dos +trozos, apoderarse de Mont Saint Jean, tomar á Bruselas, arrojar el +alemán al Rin y el inglés al mar. Todo esto para Napoleón entraba en su +plan de batalla. Después, ya vería. + +Es por demás decir que no pretendemos hacer aquí la historia de +Waterloo; una de las escenas generatrices del drama que vamos contando, +tiene su punto de partida en esa batalla; pero, repetimos, no es su +historia nuestro objeto. Está ya hecha además, y hecha magistralmente +bajo un punto de vista por Napoleón, y bajo otro punto de vista por una +pléyade de historiadores[7]. + +Por nuestra parte, dejamos á los historiadores con sus apreciaciones, +no somos sino un testigo lejano, un pasajero en la llanura, un +investigador inclinado sobre aquella tierra embutida de carne humana, +tomando, quizá, las apariencias por realidades. No tenemos derecho +alguno para hacer frente, en nombre de la ciencia, á un conjunto de +hechos, donde hay sin duda algún espejismo; no tenemos ni la práctica +militar ni la competencia estratégica que autorizan un sistema; según +nosotros un encadenamiento de azares dominó en Waterloo á entrambos +capitanes, y cuando se trata del destino, de este misterioso acusado, +le juzgamos como le juzga el pueblo, juez sencillo y leal. + + + IV + =A= + + +Quien quiera figurarse claramente la batalla de Waterloo, no tiene más +que trazar sobre el suelo con el pensamiento una A mayúscula. La pierna +izquierda de la A es el camino de Nivelles, la pierna derecha es la +carretera de Genappe, el palo trasversal es el camino cubierto de Ohain +á Braine-l'Alleud. El vértice de la A es Mont-Saint Jean, allí está +Wellington; la punta izquierda inferior es Hougomont, allí está Reille +con Jerónimo Bonaparte; la punta derecha inferior es la Belle Allience, +allí está Napoleón. + +Un poco más abajo del punto en que el palo trasversal de la A encuentra +y corta la pierna derecha, está la Haie-Sainte. En el centro de este +palo está el punto preciso donde se dijo la frase final de la batalla. +Allí es donde se colocó el león; símbolo involuntario del supremo +heroísmo de la guardia imperial. + +El triángulo comprendido en el vértice de la A, entre los dos palotes y +la cuerda, es la meseta del Mont-Saint Jean. La disputa de esa meseta +fué toda la batalla. + +Las alas de ambos ejércitos se extendían á derecha é izquierda de los +dos caminos de Genappe y de Nivelles; Erlón frente á frente de Pictón y +Reille frente á frente de Hill. + +Detrás de la punta de la A, detrás de la meseta de Mont-Saint Jean, se +encuentra la selva de Soignes. + +En cuanto á la llanura en sí misma, imagínese un vasto terreno +ondulante, dominando cada pliegue al que le sigue, y todas estas +ondulaciones subiendo hacia Mont Saint Jean, desde donde van á parar á +la selva. + +Dos ejércitos enemigos en un campo de batalla son dos atletas que +luchan á brazo partido. Cada uno procura hacer caer al otro. Agárranse +á todo; un matorral es un punto de apoyo; el ángulo de un muro es un +parapeto; por falta de una bicoca en que guardar la espalda, se pierde +un regimiento. El declive de una llanura, un accidente del terreno, una +senda trasversal á propósito, un bosque, un barranco, pueden detener la +planta de ese coloso que se llama un ejército, é impedirle la retirada. + +El que sale del campo es derrotado. De ahí la necesidad para el jefe +responsable de examinar el menor grupo de árboles y de profundizar el +más pequeño relieve. + +Ambos generales habían estudiado atentamente la llanura de Mont-Saint +Jean, llamada hoy llanura de Waterloo. Desde el año anterior la había +examinado Wellington con sagacidad previsora, como para el caso de una +gran batalla. + +En este terreno, y para aquel duelo, el 18 de junio, tenía Wellington +la parte buena y Napoleón la mala. El ejército inglés ocupaba las +alturas, el francés la llanura. + +Esbozar aquí el aspecto de Napoleón á caballo, con su anteojo en la +mano, sobre la altura de Rossomme, al amanecer del 18 de junio de +1815, estaría de más. Antes de pintárselo, todo el mundo le ha visto. +Aquel perfil sereno bajo el pequeño sombrero de la escuela de Brienne, +aquel uniforme verde, con vueltas blancas ocultando la placa, el +capote tapando las charreteras, el cabo del cordón rojo bajo chaleco, +el calzón de cuero, el caballo blanco con su gualdrapa de terciopelo +púrpura con águilas y NN coronadas en las puntas, sus botas de campana +sobre medias de seda, las espuelas de plata, la espada de Marengo, es +decir, la figura completa del último César, está presente en todas las +imaginaciones, aclamada por unos, mirada por otros severamente. + +Aquella figura ha estado mucho tiempo completamente rodeada de luz; +esto consistía en cierta obscuridad legendaria que se desprende de la +mayor parte de los héroes, y que vela, siempre por más ó menos tiempo +la verdad; pero hoy, ya la historia y la luz han aparecido. + +La luz de la historia es desapiadada; tiene algo de extraordinario +y de divino, que siendo, como es, luz, y precisamente porque lo es, +coloca á veces la sombra allí donde se veían los rayos, haciendo del +mismo hombre dos fantasmas distintos, cada uno de los cuales ataca +al otro, haciéndole justicia, y las tinieblas del déspota luchan con +los fulgores del capitán. De ahí la exacta medida del justo medio en +la apreciación definitiva de los pueblos: Babilonia violada, rebaja á +Alejandro; Roma encadenada, disminuye la grandeza de César; Jerusalén +muerta, empequeñece á Tito. + +La tiranía sigue al tirano. Es una desgracia para el hombre, dejar en +pos de sí la sombra de su forma. + + + + + V + =El quid obscurum de las batallas= + + +Todo el mundo conoce la primera fase de aquella batalla confusa al +principio, incierta, vacilante, amenazadora para ambos ejércitos, más +aún para los ingleses que para los franceses. + +Había llovido toda la noche; la tierra estaba removida por el aguacero, +habiendo charcos y lagunas aquí y allá, en todos los huecos de la +llanura, alcanzando el agua en ciertos puntos, á los ejes de los +furgones del tren; las cinchas de los tiros chorreaban fango líquido. +Si los trigos y centenos derribados por aquel tropel de carros en +marcha, no hubiesen llenado los baches y formado lecho bajo las ruedas, +se hubiera hecho imposible todo movimiento, y particularmente en los +valles de la parte de Papelotte. + +La acción empezó tarde; Napoleón como hemos explicado ya, tenía +la costumbre de tener toda la artillería á mano como una pistola, +apuntando ya á este punto, ya al otro de la batalla, y había querido +esperar á que las baterías enganchadas pudiesen rodar y galopar +libremente; era menester para ello que apareciese el sol y secase la +tierra. Pero el sol no apareció. Ya no le saludaba como en la jornada +de Austerlitz. Cuando sonó el primer cañonazo, el general inglés +Colville miró su reloj; señalaba las once y treinta y cinco minutos. + +La acción comenzó furiosamente, con mayor furia tal vez de la que +hubiese querido el emperador, por el ala izquierda francesa sobre +Hougomont. Al mismo tiempo atacó Napoleón el centro, precipitando +la brigada Quiot sobre la Haie-Sainte, y Ney dirigió el ala derecha +francesa contra el ala izquierda inglesa, que se apoyaba en Papelotte. + +El ataque contra Hougomont, tenía algo de simulado: atraer hacia allí +á Wellington, haciéndole inclinar á la izquierda, éste era el plan. +Y este plan se hubiera realizado si las cuatro compañías de guardias +inglesas y los valientes belgas de la división Perponcher no hubiesen +guardado sólidamente la posición, pues Wellington, en vez de ir á +concentrarse allí, pudo limitarse á enviar, por todo refuerzo, otras +cuatro compañías de guardias y un batallón de Brunswick. + +El ataque del ala derecha francesa sobre Papelotte, era á fondo: +desbaratar la izquierda inglesa, cortar el camino de Bruselas, +interceptar el paso á los prusianos que pudieran acudir, forzar á +Mont Saint-Jean, rechazar á Wellington hacia Hougomont, de allí hacia +Braine l'Alleud de allí sobre Hal; nada más sencillo. Salvo algunos +incidentes, este ataque dió buen resultado, puesto que se tomó +Papelotte y se lanzó de Haie-Sainte al enemigo. + +Un detalle que debe constar. Había en la infantería inglesa, +particularmente en la brigada de Kempt, muchos reclutas. Estos soldados +bisoños, ante nuestra terrible infantería, fueron valientes; su +inexperiencia, salió perfectamente bien del paso; hicieron sobre todo +un excelente servicio de guerrilla; el soldado en guerrilla, entregado +en parte á sí mismo, se convierte, por decirlo así, en general propio; +aquellos reclutas mostraron algo de la inventiva y furia francesas. +Aquella infantería novicia tuvo inspiración propia. Esto desagradó á +Wellington. + +Después de la toma de la Haie Sainte, vaciló la batalla. + +Hubo en esta jornada, desde el medio día á las cuatro, un intervalo +obscuro; la parte media de esta batalla apenas se distingue, pues +participa de la confusión de la riña. Cúbrela el crepúsculo. +Adviértense vastas fluctuaciones en aquella bruma, un espejismo +vertiginoso, el aparato guerrero de entonces, casi desconocido en +nuestros días, las granaderas de llama, los portapliegos flotantes, +las correas cruzadas, las cartucheras de granada, los dolmanes de los +húsares, las botas encarnadas de mil pliegues, los pesados chacós +guarnecidos de cordones, la infantería casi negra de Brunswick mezclada +con la infantería escarlata de Inglaterra, los soldados ingleses +llevando por charreteras grandes rodetes blancos circulares, la +caballería ligera hannoveriana con sus cascos de cuero oblongos con +filetes de cobre y cabelleras de crines rojas, los escoceses con las +piernas desnudas y sus mantas de cuadros, las grandes polainas blancas +de nuestros granaderos; cuadros, no líneas estratégicas, lo conveniente +al pincel de Salvator Rosa, no al de Gribeauval. + +Siempre se mezcla en las batallas cierta parte de tempestad. _Quid +obscurum, quid divinum._ Cada historiador se inclina un poco á trazar +los perfiles que más le agradan entre aquella confusión. Sea cual fuere +la combinación de los generales, el choque de las masas armadas tiene +incalculables reflejos; en toda acción, los dos planes de ambos jefes +penetran uno en otro, y uno á otro se desfiguran. Tal punto del campo +de batalla devora más combatientes que tal otro, como los terrenos más +ó menos esponjosos que absorben más ó menos pronto el agua que se les +arroja. Es pues necesario derramar á veces más soldados de los que se +quisiera. Gastos imprevistos. La línea de batalla flota y serpentea +como un hilo, los regueros de sangre corren ilógicamente, los frentes +de los ejércitos ondulan, los regimientos al entrar ó salir forman +cabos ó golfos, todos esos escollos se agitan continuamente unos +delante de otros; donde estaba la infantería llega la artillería, donde +estaba la artillería acude la caballería; los batallones son humaredas. + +Había algo en tal punto, lo buscáis en vano, ha desaparecido; los +claros cambian de sitio; los pliegues sombríos avanzan y retroceden; +una especie de viento del sepulcro empuja, arrolla, hincha y dispersa +aquellas trágicas multitudes. ¿Qué es una lucha? Una oscilación. +La inmovilidad de un plano matemático expresa un minuto y no una +jornada. Para pintar una batalla, se necesita uno de esos poderosos +pintores cuyos pinceles tienen algo del caos: Rembrant vale más que +Vandermeulen. Vandermeulen, exacto al mediodía, miente á las tres. La +geometría engaña; solamente es veraz el huracán. Esto es lo que da +derecho á Folard para contradecir á Polibio. Añadamos que hay siempre +cierto instante en que la batalla degenera en combate, se particulariza +y se esparce en innumerables hechos de detalle, que, valiéndonos de una +frase de Napoleón, «pertenecen antes á la biografía de los regimientos +que á la historia del ejército». + +El historiador, en este caso, tiene el derecho de resumir. Sólo puede +abarcar los principales contornos de la lucha, y no es dado á ningún +narrador, por concienzudo que sea, el fijar absolutamente la forma de +esa nube horrible que se llama una batalla. + +Y esto, que es verdadero tratándose de todos los grandes hechos de +armas, es particularmente aplicable á Waterloo. + +Sin embargo, después del mediodía, hubo un momento en que pudo +apreciarse la batalla con toda exactitud. + + + + + VI + =Cuatro horas después del mediodía= + + +Á eso de las cuatro de la tarde, la situación del ejército inglés era +grave. El príncipe de Orange mandaba el centro, Hill el ala derecha, +Picton á la izquierda. El príncipe de Orange, desatinado y valiente, +gritaba á los holando-belgas: _¡Nassau! ¡Brunswich! ¡Jamás retroceder!_ +Hill, debilitado, dirigíase á apoyar su retaguardia en Wellington; +Picton había muerto. En el mismo instante en que los ingleses habían +arrebatado á los franceses la bandera del 105 de línea, los franceses +les habían matado á los ingleses al general Picton de un balazo que +le atravesó el cráneo. Para Wellington tenía la batalla dos puntos de +apoyo, Hougomont y la Haie Sainte. Hougomont se sostenía aún, pero +ardiendo. La Haie Sainte había sido tomada. Del batallón alemán que la +defendía, solo cuarenta y dos hombres sobrevivían; todos los oficiales +menos cinco habían sido muertos ó prisioneros. Tres mil combatientes se +habían asesinado en aquella granja. Un sargento de la guardia inglesa, +el primer boxeador de Inglaterra, reputado por sus compañeros como +invulnerable, había sido muerto por un tamborcillo francés. Baring +había sido desalojado, y Alten acuchillado. Habíanse perdido muchas +banderas, entre ellas una de la división Alten, y otra del batallón +de Lunebourg, llevada por un príncipe de la familia de Deux Ponts. +Los escoceses grises ya no existían; los fuertes dragones de Ponsomby +estaban deshechos. Esta valiente caballería había sucumbido bajo el +ímpetu de los lanceros de Bro y de los coraceros de Travers; de mil +doscientos caballos quedaban seiscientos; de tres tenientes coroneles, +dos habían sido derribados. Hamilton herido, Mater muerto. Ponsomby +había caído, atravesado de siete lanzadas. Gordon había muerto, Marsh +también. Dos divisiones, la quinta y la sexta, estaban destruidas. + +Asaltado Hougomont y tomada Haie Sainte, sólo quedaba un nudo, el +centro. Este nudo continuaba resistiendo. Wellington le reforzó. +Llamó á Hill, que estaba en Merle Braine, y á Chassé, que estaba en +Braine-l'Alleud. + +El centro del ejército inglés, un tanto cóncavo, densísimo y compacto, +estaba fuertemente situado. Ocupaba la meseta de Mont Saint-Jean, +teniendo detrás de sí la aldea y delante la pendiente, muy áspera á la +sazón. Apoyaba su espalda en la sólida casa de piedra, que en aquella +época era dominio señorial de Nivelles, y marca la intersección de +los caminos, masa del siglo XVI, tan robusta, que las balas rebotaban +en ella sin mellarla. Al rededor de la meseta, los ingleses habían +cortado aquí y allí los setos, abriendo troneras en los espinos, +poniendo bocas de cañón entre dos troncos cruzados, y aspillerando los +zarzales. Su artillería estaba emboscada entre abrojos. Este trabajo +púnico, incontestablemente autorizado por la guerra, que admite las +estratagemas, estaba tan perfectamente hecho, que Haxo, enviado por +el emperador á las nueve de la mañana para reconocer las baterías +enemigas, no había visto nada, y había vuelto diciendo á Napoleón que +no existía el menor obstáculo, exceptuando las dos barricadas que +obstruían los caminos de Nivelles y de Genappe. Era la época en que las +mieses están crecidas; en las orillas de la meseta hallábase apostado +entre los trigos, un batallón de la brigada Kempt, el 95, armado de +carabinas. + +Así fuerte y bien apoyado, el centro del ejército anglo-holandés estaba +en excelente posición. + +El peligro de aquella posición estaba en la selva de Soignes, contigua +entonces al campo de batalla, y cortada por las lagunas de Groenendael +y de Boitsfort. Un ejército no hubiera podido retroceder allí sin +disolverse; los regimientos hubieran sido disgregados inmediatamente. +La artillería se hubiera perdido en los pantanos. La retirada, según +opinión de muchos inteligentes, aunque rebatida por otros, hubiera sido +una dispersión general. + +Wellington añadió á este centro una brigada de Chassé, separada del ala +derecha, y otra brigada de Vincke, de la izquierda, y á más la división +Clinton. Á sus ingleses, á los regimientos de Halkett, á la brigada de +Mitchell, á los guardias de Maitland, dió como sostén y refuerzo la +infantería de Brunswick, el contingente de Nassau, los hannoverianos +de Kielmansegge y los alemanes de Ompteda. Así tuvo á mano veintiséis +batallones. _El ala derecha_, como dice Charras, _fué replegada detrás +del centro_. Una batería enorme estaba cubierta por sacos de tierra +en el lugar donde se encuentra hoy lo que se llama «el museo de +Waterloo». Wellington tenía además, en un repliegue del terreno, los +guardias-dragones de Sommerset, mil cuatrocientos caballos. Era la otra +mitad de aquella caballería inglesa, tan justamente célebre. Destruido +Ponsomby quedaba Sommerset. + +La batería, que concluida, hubiera sido casi un reducto, estaba +dispuesta detrás de una tapia de jardín muy baja, cubierta +apresuradamente por una capa de sacos de arena y un ancho repecho +de tierra. Esta obra estaba por concluir; había faltado tiempo para +empalizarla. + +Wellington, inquieto, pero impasible, estaba á caballo, y permaneciendo +todo el día en la misma actitud un poco adelantado al antiguo molino +de Mont Saint Jean, que existe todavía, bajo un olmo que más tarde +un inglés, vándalo entusiasta, compró en doscientos francos, y se +lo llevó. Wellington, estuvo allí fríamente heroico. Llovían las +balas. El ayudante de campo Gordon acababa de caer á su lado. Lord +Hilh, señalándole un obús que reventaba, le dijo: Milord, ¿cuáles +son vuestras instrucciones y que órdenes nos dejáis, si os dejáis +matar? _Hacer lo que yo_, respondió Wellington. Á Clinton le dijo +lacónicamente: _Sostenerse aquí hasta el último hombre_. La jornada +iba visiblemente mal. Wellington gritaba á sus antiguos compañeros de +Talavera, Salamanca y Vitoria. + +_Boys_ (muchachos), _¿hay quien pueda pensar en huir? ¡Acordaos de la +vieja Inglaterra!_ + +Á eso de las cuatro, la línea inglesa hizo un movimiento hacia atrás. +De pronto no se vió ya en la cresta de la meseta más que la artillería +y los tiradores, el resto había desaparecido; los regimientos, +arrojados por los obuses y las balas francesas, replegáronse al fondo +que corta hoy todavía el sendero de la granja de Mont Saint Jean, +realizóse un movimiento retrógrado; el frente de batalla inglés +desapareció, Wellington retrocedió. + +--¡Principio de la retirada!--exclamó Napoleón. + + + + + VII + =Napoleón de buen humor= + + +El emperador á caballo, aunque enfermo é incomodado, por un sufrimiento +local, no había estado nunca de tan buen humor como aquel día. Desde +la mañana, sonreíase su impenetrabilidad. El 18 de junio de 1815, +aquella alma profunda, cubierta de mármol, irradiaba en la obscuridad. +El hombre que había estado sombrío en Austerlitz estuvo alegre en +Waterloo. Los más grandes predestinados tienen estas contradicciones. +Nuestras alegrías no son más que sombra. La suprema sonrisa pertenece á +Dios. + +_Ridet Cæsar, Pompeius flebit_, decían los soldados de la legión +Fulminatril. Pompeyo no debía llorar esta vez; pero es lo cierto, que +se reía César. + +Desde la una de la noche anterior, explorando á caballo, bajo el aire y +la lluvia, acompañado de Bertrand, las colinas inmediatas á Rossomme, +satisfecho de ver la larga línea de las fogatas inglesas que iluminaban +por completo el horizonte de Frischemont á Braine l'Alleud, habíale +parecido que el destino emplazado por él á día fijo en el campo de +Waterloo, era exacto á la cita; había detenido su caballo y permanecido +inmóvil algún tiempo viendo los relámpagos, oyendo los truenos, y +se había oído cómo aquel fatalista lanzaba en la sombra esta frase +misteriosa: «Estamos de acuerdo». Napoleón se engañaba. No estaban ya +de acuerdo. + +No se había tomado para dormir un sólo minuto, todos los instantes de +aquella noche habían señalado para él alguna alegría. Había recorrido +toda la línea de las avanzadas de caballería, parándose aquí y allá +á hablar con los centinelas. Á las dos y media, cerca del bosque de +Hougomont, había oído el paso de una columna en marcha; creyó por un +momento en la retirada de Wellington: Entonces dijo: _Es la retaguardia +inglesa que se prepara á levantar el campo. Haré prisioneros á los seis +mil ingleses que acaban de llegar á Ostende._ Estaba expansivo; había +vuelto á encontrar aquella inspirada verbosidad del desembarco de 1.° +de marzo, cuando mostraba al gran Mariscal el aldeano del golfo Juan, +exclamando:--_¡Y bien, Bertrand, he aquí ya un refuerzo!_ La noche del +17 al 18 de junio burlábase de Wellington: _¡Ese inglesillo necesita +una lección!_ dijo el emperador. Hablaba Napoleón, y retumbaba el +trueno, mientras la lluvia arreciaba. + +Á las tres y media de la madrugada había perdido una de sus ilusiones; +los oficiales enviados como exploradores le habían dicho que el enemigo +no hacía movimiento alguno. Nada se movía, ni un solo fuego de vivaque +se había apagado. El ejército inglés dormía. El silencio era profundo +en la tierra; no había más ruido que el del cielo. Á las cuatro, +condujeron á su presencia los exploradores un aldeano que había servido +de guía á una brigada de caballería inglesa, probablemente la brigada +Vivian, que iba á tomar posesión en la aldea de Ohain, á la extrema +izquierda. Á las cinco, dos desertores belgas le habían informado que +acababan de dejar su regimiento, y que el ejército inglés esperaba la +batalla.--_¡Tanto mejor!_--había exclamado Napoleón.--_Prefiero más +bien derribarlos que rechazarlos._ + +Por la mañana, en el ribazo que forma el ángulo del camino de +Plancenoit, había echado pie á tierra en medio del lodo, y había +mandado que le llevaran de la granja de Rossomme una mesa de cocina +y una silla rústica; se había sentado, teniendo un haz de paja por +alfombra, y había desdoblado sobre la mesa el mapa del campo de +batalla, diciendo á Soult: _¡Lindo tablero!_ + +Á consecuencia de la lluvia de la noche, los convoyes de víveres, +atascados en los caminos llenos de baches, no habían podido llegar de +mañana; los soldados no habían dormido, estaban calados y en ayunas, +lo cual no había impedido á Napoleón decir alegremente á Ney: _Tenemos +noventa probabilidades de las ciento_. Á las ocho sirvieron el almuerzo +al emperador. _Tenía convidados muchos generales._ + +Durante el almuerzo se dijo que Wellington estuvo la antevíspera en +el baile de la duquesa de Richmond en Bruselas, y Soult, soldado rudo +con cara de arzobispo, dijo: _El baile es hoy_. El emperador había +contestado con una chanzoneta á Ney, que había dicho: _Wellington no +será tan simple que espere á vuestra majestad_. Era ésta su costumbre. +_Gustábale chancearse_, dice Fleury de Chaboulón. + +_El fondo de su carácter era un humor festivo_, dice también Gourgaud. + +_Abundaba en chanzonetas, más originales que ingeniosas_, dice Benjamín +Constant. + +Estas espontaneidades del gigante valen la pena de que insistamos. Él +fué quien llamó á sus granaderos _los gruñones_, pellizcándoles las +orejas y tirándoles de los bigotes. + +_El emperador no cesaba de hacernos jugarretas_, decía uno de ellos. + +Durante la misteriosa travesía de la isla de Elba á Francia, el 27 +de febrero, en alta mar, el bergantín de guerra francés el _Zephyr_ +encontró al bergantín _Inconstante_, donde Napoleón iba escondido, +y al pedir al _Inconstante_ noticias de Napoleón, el emperador, que +llevaba aún en aquel momento en su sombrero la escarapela blanca y +amaranto sembrada de abejas, adoptada por él en la isla de Elba, había +tomado riendo la bocina y respondido él mismo: _El emperador sigue +bien_. Quien así se ríe, está familiarizado con los sucesos. Napoleón +había tenido muchos accesos de semejante risa durante el almuerzo de +Waterloo. Después de almorzar se quedó pensativo un cuarto de hora, y +luego dos generales se sentaron en el haz de paja, con la pluma en una +mano y un pliego de papel sobre la rodilla: el emperador les dictó la +orden de batalla. + +Á las nueve, en el instante en que el ejército francés, escalonado y +puesto en movimiento en cinco columnas, desplegándose las divisiones en +dos líneas, la artillería entre las brigadas, las bandas de música á +la cabeza, batiendo marcha, con el redoble de los tambores y el sonido +de las trompetas, poderoso, vasto y alegre mar de cascos, sables y +bayonetas en el horizonte, el emperador conmovido había exclamado por +dos veces: ¡Magnífico, magnífico! + +De las nueve á las diez y media, todo el ejército, lo cual parece +increíble, había tomado posiciones y se había ordenado en seis líneas, +formando, para repetir la frase del emperador, «una figura de seis VV». +Algunos instantes después de la formación de la línea de batalla, en +medio de aquel profundo silencio, precursor de la tormenta que precede +á los combates, viendo desfilar las tres baterías de á doce, destacadas +por su orden de los tres cuerpos de Erlón, de Reille y de Lobau, y +destinadas á comenzar la acción, atacando á Mont Saint Jean, donde se +encuentra la intersección de los caminos de Nivelles y de Genappe. Tocó +el emperador en el hombro á Haxo, diciéndole: _He aquí veinticuatro +buenas mozas, general_. + +Seguro del éxito, había alentado con una sonrisa, al pasar delante de +él, á la compañía de zapadores del primer cuerpo, designada por él +mismo para hacerse fuerte en Mont Saint Jean, en cuanto fuése tomada la +aldea. + +Toda aquella serenidad no fué turbada más que por una palabra de altiva +compasión, al ver á su izquierda, en el lugar en que se encuentra hoy +una gran tumba, formar en masa con sus soberbios caballos á aquellos +admirables escoceses grises, dijo: _¡Es lástima!_ + +Después montó á caballo, dirigiéndose hacia Rossomme, y eligió para +observatorio un reducido montecillo de césped á la derecha del camino +de Genappe á Bruselas, que fué su segunda parada durante la batalla. + +Su tercera parada, la de las siete de la tarde, entre la Belle-Alliance +y la Haie-Sainte, es terrible; es un cerrillo bastante elevado que +existe todavía, detrás del cual se había agrupado la guardia en un +declive de la llanura. Al rededor de este cerro rebotaban las balas +sobre el empedrado de la calzada hasta Napoleón. Como en Briene, sentía +sobre su cabeza el silbido de las balas y de las granadas. Hanse +recogido casi en el mismo punto donde puso los pies su caballo, balas +oxidadas, hojas viejas de sable y proyectiles informes y corroídos. +_Scabra rubigine._ Hace algunos años se desenterró un obús de á +sesenta, cargado todavía, cuya espoleta se había roto al ras de la +bomba. En esta última parada fué donde el emperador le dijo á su guía +Lacoste, aldeano hostil, el cual iba atado lleno de miedo á la silla +de un húsar, volviéndose á cada descarga de metralla, y procurando +esconderse detrás de Napoleón: _¡Imbécil! Esto es vergonzoso. Vas á +hacer que te maten por la espalda._ + +El que estas líneas escribe ha encontrado por sí mismo en la movediza +pendiente de aquel cerrillo, ahondando en la arena, los restos del +cuello de una bomba, descompuestos por el óxido de cuarenta y seis +años, y trozos de hierro viejo que se rompían entre sus dedos como +varas de saúco. + +Las ondulaciones de las llanuras distintamente inclinadas, donde se +verificó el combate entre Napoleón y Wellington, no son ya, como +nadie ignora, lo que eran en 18 de junio de 1815. Al tomar de ese +campo fúnebre lo que fué necesario para levantar en él un monumento, +le quitaron su relieve natural, y la historia desconcertada no puede +reconocerlo. + +Para glorificarlo se le ha desfigurado. + +Wellington, al volver á ver dos años después á Waterloo, exclamóse +diciendo: _¡Me han cambiado mi campo de batalla!_ Allí donde está hoy +la gran pirámide de tierra coronada del león, había una cresta que +descendía hacia el camino de Nivelles en rampa practicable, pero que +del lado de la calzada de Genappe era casi escarpado por completo. La +elevación de esta escarpadura puede medirse todavía en la actualidad +por la altura de los dos terraplenes de las dos grandes sepulturas que +encajonan el camino de Genappe á Bruselas: una, la tumba inglesa, á +la izquierda; otra, la tumba alemana, á la derecha. No hay allí tumba +francesa. Para Francia, toda aquella llanura es un sepulcro. Gracias á +las mil y mil carretadas de tierra, empleadas para el promontorio de +ciento cincuenta pies de alto y de casi media milla de circuito, la +meseta de Mont Saint-Jean es hoy día accesible por una cuesta suave; +el día de la batalla, sobre todo por la parte de la Haie-Sainte, era +de acceso áspero y difícil, siendo tan inclinada la vertiente, que los +cañones ingleses no veían por bajo de ellos la granja situada en el +fondo del valle, centro del combate. + +El 18 de junio de 1815, la lluvia había además agrietado profundamente +aquella aspereza, el lodo dificultaba la subida; de manera que no +bastaba trepar, sino que era preciso hundirse en el barro. Á lo largo +de la cresta de la meseta corría una especie de foso imposible de +adivinar para un observador lejano. + +¿Qué foso era aquél? Digámoslo. Braine l'Alleud es una aldea de +Bélgica. Ohain es otra. Estas aldeas, escondidas ambas en las curvas +del terreno, están unidas por un camino de cerca de legua y media, que +atraviesa una llanura ondulante, entrando y hundiéndose muchas veces +como un surco entre las colinas, lo que convierte el camino en barranco +en muchos puntos. En 1815, como hoy mismo, ese camino cortaba la cresta +de la meseta de Mont Saint Jean entre las dos calzadas de Genappe y +de Nivelles; solamente que en la actualidad está al mismo nivel de la +llanura, y entonces era una hondonada, pues sus dos repechos laterales +han servido para el promontorio monumental. + +Este camino era y es todavía una zanja en la mayor parte de su +trayecto; zanja de una profundidad á veces de doce pies, y cuyas +laderas escarpadas se hundían en algunos sitios, sobre todo en +invierno, por la fuerza de los aguaceros. Esto ocasionaba diversos +accidentes. + +El camino resultaba tan estrecho á la entrada de Braine l'Alleud, que +un viajero había sido allí aplastado por un carro, como lo atestigua +una cruz de piedra levantada junto al cementerio, donde se lee el +nombre del muerto, _el señor Bernardo Debrye, mercader de Bruselas_, y +la fecha del accidente, febrero de 1637. + +Dice así la inscripción: + + D. M. O. + + AQUÍ FUÉ APLASTADO DESGRACIADAMENTE + POR UN CARRO + EL SEÑOR BERNARDO DEBRYE, + MERCADER DE BRUSELAS ÉL (ilegible) + + FEBRERO DE 1637 + +Era tan profundo también, en la meseta de Mont Saint Jean, que un +aldeano, Mateo Nicaise, fué igualmente aplastado en 1783 por un +hundimiento del repecho, lo que atestiguaba también otra cruz de +piedra, cuyos brazos desaparecieron al hacerse el desmonte, pero cuyo +pedestal derribado permanece todavía visible en la pendiente del +césped, á la izquierda de la calzada, entre la Haie-Sainte y la granja +de Mont-Saint-Jean. + +En un día de batalla, aquel camino hondo, de cuya existencia nada +daba indicio, cortando la cresta de Mont Saint Jean, formando foso +en la cima de la escarpadura, barranco oculto entre los cerros, era +invisible, es decir, terrible. + + + + + VIII + =El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste= + + +Es lo cierto que, en la mañana de Waterloo, Napoleón estaba contento. + +Y tenía razón; el plan de batalla concebibo por él, según hemos +consignado, era efectivamente admirable. + +Una vez empeñada la batalla, sus diversas peripecias, la resistencia de +Hougomont, la tenacidad de la Haie Sainte, muerto Bauduin, Foy fuera +de combate, el muro inesperado donde fué á estrellarse la brigada +Soye, el fatal aturdimiento de Guilleminot al carecer de petardos y +sacos de pólvora; el atascamiento de las baterías; las quince piezas +sin escolta deshechas por Uxbridge en una hondonada; el poco efecto +de las bombas al caer en las líneas inglesas, hundiéndose en el suelo +empapado de agua por la lluvia levantando solamente volcanes de lodo, +de suerte que la metralla se convertía en salpicadura fangosa; la +inutilidad del ataque simulado de Piré contra Braine l'Alleud, toda esa +caballería, quince escuadrones, casi anulada; el ala derecha inglesa +poco inquietada, mal atacada el ala izquierda, el extraño error de Ney +agrupado en vez de escalonar; las cuatro divisiones del primer cuerpo, +masas compactas de veintisiete filas, y frentes de doscientos hombres, +entregados así á la metralla; los horribles claros causados por las +balas en esas masas; las columnas de ataque desunidas; la batería de +escarpa bruscamente descubierta por su flanco; Bourgeois, Donzelot +y Durutte comprometidos; Quiot rechazado; el teniente Vieux, aquel +hércules procedente de la escuela politécnica, herido en el momento +en que derribaba á hachazos la puerta de la Haie Sainte bajo el fuego +lanzado de lo alto por la barricada inglesa que cortaba el ángulo de la +carretera de Genappe á Bruselas; la división Marcognet, cogida entre la +infantería y la caballería, fusilada á quemarropa entre los trigos por +Best y Pack, acuchillada por Ponsomby, y clavada su batería de siete +piezas; el príncipe de Sajonia Weymar manteniendo y conservando, contra +el conde de Erlón, á Erischemont y Smohain; la bandera del 105 tomada, +y tomada también la del 45; aquel húsar negro prusiano detenido por los +exploradores de la columna volante de trescientos cazadores recorriendo +el terreno entre Wavre y Plancenoit; las noticias poco tranquilizadoras +dadas por este prisionero; la tardanza de Grouchy, los mil quinientos +hombres muertos en menos de una hora en el cercado de Hougomont, +los mil ochocientos caídos en menos tiempo todavía, alrededor de la +Haie-Sainte; todos esos incidentes tempestuosos, pasando como nubes +de la batalla delante de Napoleón, apenas turbaron su mirada sin +haber anublado en modo alguno aquel semblante imperial con la menor +incertidumbre. Napoleón estaba acostumbrado á mirar la guerra en +general: jamás hizo guarismo por guarismo la adición dolorosa del +detalle; los números le importaban poco, mientras le diesen el total +de la Victoria. Aún cuando los principios saliesen equivocados, no se +alarmaba, porque se creía dueño y poseedor del final; sabía esperar, +suponiéndose entonces fuera de la cuestión, trataba al destino de igual +á igual. Parecía decir á la suerte: No creo que te atrevas. + +Dividido en luz y sombra, Napoleón se sentía protegido en el bien y +tolerado en el mal. Tenía, ó creía tener en su favor, una connivencia, +casi podría decirse una complicidad con los sucesos, equivalente á la +antigua invulnerabilidad. + +No obstante, teniendo tras sí Bérésina, Leipzick y Fontainebleau, +parece que podía desconfiarse de Waterloo. Un misterioso fruncimiento +de cejas resultaba visible en el fondo del cielo. + +En el momento en que Wellington retrocedió, estremecióse Napoleón. Vió +desguarnecerse de súbito la meseta de Mont Saint Jean y desaparecer el +frente del ejército inglés. Era que se rehacía, pero ocultándose. El +emperador se medio levantó sobre los estribos. El rayo de la victoria +cruzó ante sus ojos. + +Wellington acorralado en la selva de Soignes y destruido, era el +aniquilamiento definitivo de Inglaterra por Francia; era Crecy, +Poitiers, Malplaquet y Ramillies vengados. El hombre de Marengo borraba +á Azincourt. + +El emperador, meditando entonces aquella terrible peripecia, paseó por +última vez su anteojo sobre todos los puntos del campo de batalla. Su +guardia descansando sobre las armas detrás de él, le observaba desde +abajo con cierta contemplación religiosa. + +Meditaba; examinaba las vertientes, observaba las pendientes, +escudriñaba el grupo de árboles y el cuadro de centeno como el sendero; +parecía cortar uno á uno los matorrales. + +Fijóse en las barricadas inglesas de las dos calzadas, dos anchas talas +de árboles, la de la calzada de Genappe por cima de la Haie Sainte, +armada con dos cañones, únicos de toda la artillería inglesa que +apuntasen al fondo del campo de batalla, y la de la calzada de Nivelles +donde resplandecían las bayonetas holandesas de la brigada Chassé. Vió +junto á aquella barricada la antigua capilla de San Nicolás pintada de +blanco, situada en el ángulo de la travesía hacia Braine l'Alleud. + +Inclinóse sobre el caballo, y habló á media voz al guía Lacoste. El +guía hizo un signo de cabeza negativo, probablemente pérfido. + +Levantóse de nuevo el emperador y reflexionó. + +Wellington había retrocedido. + +Ya no faltaba más que completar aquel retroceso arrollándole de una vez. + +Napoleón, volviéndose bruscamente, expidió una estafeta á todo escape á +París, anunciando que se había ganado la batalla. + +Napoleón era uno de esos genios que producen el trueno. + +Acababa de encontrar el rayo. + +Dió orden á los coraceros de Milhaud de tomar la meseta de Mont-Saint +Jean. + + + + + IX + =Lo inesperado= + + +Eran tres mil quinientos. Presentaban un frente de un cuarto de +legua. Eran hombres gigantes montados en caballos colosales. Eran +veintiséis escuadrones, y tenían detrás, para apoyarles, la división +de Lefebvre-Desnouettes, los ciento seis gendarmes escogidos, los +cazadores de la guardia, mil ciento noventa y siete hombres, y los +lanceros de la guardia, ochocientas ochenta lanzas. Llevaban cascos +sin crines y corazas de hierro batido, pistolas de arzón en las fundas +y largos espada sables. Por la mañana todo el ejército les había +admirado, cuando, á las nueve, tocaban los clarines y entonaban todas +las bandas el himno: _Velemos por la salud del imperio_, habían venido +en columna cerrada, con una de sus baterías al flanco y la otra en +el centro, desplegándose en dos filas entre la calzada de Genappe +y Frischemont, para ocupar su punto de batalla en aquella poderosa +segunda línea, tan sabiamente dispuesta por Napoleón, la cual, teniendo +á su extrema izquierda los coraceros de Kellermann y á su extrema +derecha los coraceros de Milhaud, tenía, por así decirlo, dos alas de +hierro. + +El ayudante de campo Bernard les llevó la orden del emperador. Ney sacó +su espada y se puso á la cabeza. Los escuadrones enormes partieron. + +Entonces se vió un espectáculo formidable. + +Toda aquella caballería, con los sables desenvainados, banderines y +trompetas al viento, formada en columna por divisiones, descendió con +un mismo movimiento y como un solo hombre, con la precisión de un +ariete de bronce que abre una brecha, la colina de la Belle Alliance, +penetrando en la formidable hondonada en donde tantos hombres habían +ya caído, desapareció en medio del humo, saliendo después de entre la +sombra, reapareciendo al lado del valle, siempre compacta y unida, +subiendo al trote largo, al través de una nube de metralla que llovía +sobre ella, la espantosa pendiente de fango de la meseta de Mont +Saint Jean. Subían gravemente, amenazadores, imperturbables; en los +intervalos de la fusilería y de la artillería, oíase aquel pisoteo +colosal de caballos. Siendo dos divisiones, eran dos columnas; la +división Wathier ocupaba la derecha, la división Derlot la izquierda. +Creíase ver de lejos, prolongándose hacia la cresta de la meseta, dos +inmensas culebras de acero atravesando la batalla como un prodigio. + +Nada parecido se había visto desde la toma del gran reducto de Moskowa +por la caballería pesada. Murat faltaba aquí, pero estaba Ney. Parecía +que aquella masa se había convertido en un monstruo, con una sola alma. +Cada escuadrón ondulaba y se dilataba como el anillo de un pólipo, +se les distinguía al través de una vasta humareda, rasgada aquí y +allí. Revuelta y confusa mezcla de cascos, crines, sables, brincos +borrascosos de las grupas de los caballos entre el estampido del cañón +y el sonido de clarines, tumulto disciplinado y terrible; y por cima +de todo, el movedizo brillar de las corazas como las escamas sobre la +hidra. + +Esta narración parece de otros tiempos. Algo parecido á esta visión +aparecía sin duda en las antiguas epopeyas órficas describiendo los +hombres caballos, los antiguos hipántropos, esos titanes de cara +humana y pecho ecuestre que escalaron á galope el Olimpo, horribles, +invulnerables, sublimes; dioses y bestias. + +Extraña coincidencia numérica, veintiséis batallones iban á recibir +á aquellos veintiséis escuadrones. Detrás de la cresta de la meseta, +á la sombra de la batería oculta, la infantería inglesa, formada en +trece cuadros, dos batallones por cuadro, y en dos líneas, siete en +la primera, seis en la segunda, con la culata al hombro, apuntando y +atenta á lo que iba á venir, serena, inmóvil, muda: estaba esperando. +No veía á los coraceros, ni los coraceros la veían á ella. Oía cómo iba +subiendo aquella marea de hombres. Oía cómo crecía el ruido de aquellos +tres mil caballos, el pisoteo alternativo y simétrico de sus cascos al +trote largo, el roce de las corazas, el choque de los sables, y una +especie de resoplido grandioso y feroz. Hubo un momento de silencio +espantoso; después, apareció de súbito por encima de la cresta una +larga fila de brazos levantados blandiendo sables, y los cascos, y las +trompetas, y los banderines; y tres mil cabezas con bigotes grises +gritando: ¡Viva el emperador! Toda aquella caballería desembocando en +la meseta, pareció el principio de un terremoto. + +De repente, cosa trágica, á la izquierda de los ingleses, á nuestra +derecha, la cabeza de la columna de los coraceros se encabritó con +un clamor horrible. Al llegar al punto culminante de la cresta, +desenfrenados, en toda su furia y en su carrera de exterminio, sobre +los cuadros y cañones, los coraceros acababan de ver entre ellos y los +ingleses un foso, una gran zanja. Era la hondonada del camino de Ohain. + +Espantoso momento. El barranco estaba allí, inesperado, abierto á pico +bajo los pies de los caballos, á la profundidad de dos toesas entre +los repechos de ambos lados. La segunda fila empujó á la primera, +y la tercera empujó á la segunda. Los caballos se encabritaban +queriendo volver atrás, caían sobre sus grupas, alzaban al aire sus +cuatro pies, tirando y derrumbando á los jinetes, agrupándose unos +contra otros é imposibilitados de retroceder. Toda la columna no era +más que un solo proyectil, la fuerza adquirida para destruir á los +ingleses aplastó á los franceses. El barranco inexorable no podía ser +vencido sino llenándole; jinetes y caballos rodaron confundidos en él, +atropellándose y mezclados unos á otros, no formando más que una sola +carne en aquel abismo; y cuando aquel foso estuvo ya lleno de hombres +vivos, pasando por encima atravesaron la zanja los demás. Casi una +tercera parte de la brigada Dubois se hundió en aquel abismo. + +Aquí comenzó la pérdida de la batalla. + +Una tradición local, evidentemente exagerada, dice que dos mil caballos +y mil quinientos hombres quedaron sepultados en la hondonada de +Ohain. En este número van verosímilmente comprendidos todos los demás +cadáveres arrojados en el barranco al día siguiente del combate. + +Notaremos de paso que aquella brigada Dubois, tan funestamente +maltratada, era la misma que una hora antes, en carga aparte, había +arrancado su bandera al batallón de Lusebourg. + +Napoleón antes de ordenar la carga de los coraceros de Milhaud, había +examinado el terreno, pero sin haber alcanzado ver ese camino hondo, +que ni siquiera formaba un solo relieve en la superficie de la meseta. +Advertido, sin embargo, y llamada su atención por la capillita blanca +que marca el ángulo del camino con la calzada de Nivelles, había +dirigido, probablemente sobre la eventualidad de un obstáculo, una +pregunta al guía Lacoste. El guía había respondido _no_. + +Casi podría decirse que de aquel movimiento de cabeza de un aldeano +surgió la catástrofe de Napoleón. + +Otras fatalidades debían todavía surgir. + +¿Era posible que Napoleón ganase aquella batalla? Nosotros respondemos +que no. ¿Por qué? ¿Por causa de Wellington? ¿Por causa de Blücker? No. +Por causa de Dios. + +Que venciese Bonaparte en Waterloo, no entraba ya en la ley del siglo +XIX. Preparábase otra serie de hechos, en la cual no tenía cabida +Napoleón. La mala voluntad de los sucesos venía anunciándose de larga +fecha. + +Había llegado ya la época de la caída de aquel hombre inmenso. + +El excesivo peso de aquel hombre en el destino de la humanidad turbaba +el equilibrio. Aquel individuo pesaba más él solo que el grupo +universal. Esta plétora de toda la vitalidad humana concentrada en +una sola cabeza, el mundo subiéndose al cerebro de un hombre, sería +mortal para la civilización, á durar mucho. Había llegado el momento en +que la incorruptible equidad suprema debía advertirlo. Probablemente +se sentían lastimados los principios y los elementos, de los que +dependen las gravitaciones regulares en el orden moral como en el orden +material. La sangre humeante, el rellenamiento de los cementerios, las +madres llorando, son en verdad quejidos temibles. Existen, cuando la +tierra sufre excesivamente sobrecargada, gemidos misteriosos que parten +de la sombra y oye el abismo. + +Napoleón había sido denunciado en el infinito, y estaba decretada su +caída. + +Molestaba á Dios. + +Waterloo no es, por lo tanto, una batalla; es el cambio de frente del +universo. + + + + + X + =La meseta de Mont-Saint-Jean= + + +Al mismo tiempo que el barranco, descubrióse la batería. + +Sesenta cañones y los trece cuadros abrasaron á los coraceros á boca de +jarro. El intrépido general Delort hizo el saludo militar á la batería +inglesa. + +Toda la artillería volante inglesa había entrado al galope dentro de +los cuadros. Los coraceros no tuvieron ni un solo minuto para respirar. +El desastre del barranco les había diezmado, pero no desalentado. Eran +de aquellos hombres que cuanto disminuyen en número lo aumentan en +valor. + +La columna Wathier había sufrido únicamente el desastre; la columna +Delort, á la que Ney había hecho oblicuar á la izquierda, como si +presintiese el engaño, había llegado entera. + +Los coraceros se lanzaron sobre los cuadros ingleses. + +Pegados al cuerpo del caballo, las bridas sueltas, el sable entre los +dientes y pistola en mano, tal fué el ataque. + +Hay momentos en las batallas en que el ánimo endurece al hombre hasta +convertir al soldado en estatua, y en que toda su carne se vuelve +granito. Los batallones ingleses, desesperadamente acometidos, no se +movieron. + +Aquello fué horroroso. + +Todos los frentes de los cuadros ingleses fueron atacados á la vez. Un +torbellino frenético los envolvía. Aquella fría infantería permaneció +impasible. La primera fila, rodilla en tierra, recibió á los coraceros +con las bayonetas, la segunda los fusilaba; detrás de la segunda fila, +los artilleros cargaban los cañones, abríase el frente del cuadro, +dejando pasar una erupción de metralla, y volvía á cerrarse. Los +coraceros respondían aplastando. Sus grandes caballos se encabritaban, +levantando las piernas sobre las filas enemigas, saltando por encima de +las bayonetas y cayendo como gigantes en medio de aquellos cuatro muros +vivientes. Las balas abrían claros en los coraceros, los coraceros +abrían brechas en los cuadros. Filas enteras de hombres desaparecían +deshechas bajo los pies de los caballos. Las bayonetas se hundían en +los vientres de aquellos centauros. De ahí la deformidad de heridas +como no se hayan visto tal vez nunca. + +Mutilados los cuadros por aquella caballería enfurecida, estrechábanse +sin descomponerse. Inagotables en metralla, estallaban en medio de sus +acometedores. La forma de ese combate era monstruosa. Aquellos cuadros +no eran ya batallones, eran cráteres, aquellos coraceros no eran una +caballería, sino una tempestad. Cada cuadro era un volcán atacado por +una nube; la lava combatiendo al rayo. + +El último cuadro de la derecha, el más expuesto de todos por carecer de +apoyo, fué casi aniquilado á los primeros choques. Componíase del 75.º +regimiento de highlanders. El gaitero, colocado en el centro, mientras +se exterminaban á su alrededor, bajando con distracción profunda sus +ojos melancólicos, llenos del reflejo de las selvas y los lagos, +sentado sobre un tambor y su gaita bajo el brazo, tocaba los aires de +sus montañas. Aquellos escoceses morían pensando en Ben Lothian, como +los griegos acordándose de Argos. El sable de un coracero, derribando +de un golpe la gaita y el brazo que la sostenía, acabó con la música, +matando al músico. + +Los coraceros relativamente poco numerosos, y aminorados por la +catástrofe del barranco, tenían en contra suya á casi todo el ejército +inglés; pero se multiplicaban, valiendo cada uno por diez. Así es que +algunos batallones hannoverianos iban ya replegándose. Wellington lo +vió, y pensó en su caballería. Si Napoleón, en aquel mismo instante +hubiese pensado en su infantería, habría ganado la batalla. Este olvido +fué su grande y fatal error. + +De pronto los coraceros acometedores viéronse acometidos. La caballería +inglesa estaba á sus espaldas. Al frente los cuadros, detrás Somerset; +Somerset eran los mil cuatrocientos guardias dragones; Somerset tenía +á su derecha á Dornberg con la caballería ligera de alemanes, y á su +izquierda á Trip con los carabineros belgas; los coraceros, atacados +de frente y retaguardia, á derecha é izquierda, por la infantería y la +caballería, tenían que hacer cara á todas partes. ¿Qué les importaba? +Eran un torbellino. Su bravura rayó en lo inexplicable. + +Además, tenían detrás de sí la batería, tronando sin cesar. Y sólo así +podían ser, tales hombres, heridos por la espalda. Una de sus corazas, +agujereada en el omóplato izquierdo por una bala de cañón, está en la +colección del museo de Waterloo. + +Para tales franceses, eran indispensables ingleses como aquéllos. + +Ya no fué aquello una lucha; fué una sombra, una furia, un arrebato +vertiginoso de ánimo y valor, un huracán de espadas centelleantes. En +un instante los mil cuatrocientos guardias dragones quedaron reducidos +á ochocientos; Fuller, su teniente coronel, cayó muerto. Ney acudió +con los lanceros y cazadores de Lefebvre Desnouettes. La meseta de +Mont-Saint Jean fué tomada, recobrada, y vuelta á tomar. Los coraceros +dejaban la caballería para volverse contra la infantería, ó por mejor +decir, toda aquella confusión formidable se acogotaba, sin soltarse uno +á otro. Los cuadros permanecieron firmes. Hubo doce asaltos. Ney tuvo +cuatro caballos muertos. La mitad de los coraceros quedó en la meseta. +Esta horrorosa lucha duró dos horas. + +El ejército inglés quedó profundamente quebrantado. Es indudable que +si los coraceros no hubiesen sido debilitados en su primer choque por +el desastre de la hondonada, habrían acorralado el centro y decidido +la victoria. Esta caballería extraordinaria petrificó á Clinton, quien +había visto las batallas de Talavera y Badajoz. Wellington, vencido en +sus tres cuartas partes, admirábales heroicamente, exclamando á media +voz: ¡Sublime![8] + +Los coraceros destrozaron siete de los trece cuadros, tomaron ó +clavaron sesenta piezas de artillería, y cogieron á los regimientos +ingleses seis banderas, que tres coraceros y tres cazadores de la +guardia fueron á llevar al emperador delante de la granja de la +Belle-Alliance. + +La situación de Wellington había empeorado. Aquella batalla singular +era como un duelo entre dos heridos encarnizados, que, cada uno por su +parte, al par que combate y se resiste, va perdiendo toda la sangre. +¿Cuál de los dos caerá primero? + +La lucha de la meseta continuaba. + +¿Hasta dónde llegaron los coraceros? Nadie podría decirlo. Lo que +sí es cierto, es que al día siguiente de la batalla fueron hallados +muertos un coracero y su caballo entre la armadura de la báscula de +pesar carruajes en Mont-Saint-Jean, en el punto mismo donde se cruzan +y dividen los cuatro caminos de Nivelles, de Genappe, de La Hulpe y de +Bruselas. Este jinete había atravesado las líneas inglesas. Uno de los +hombres que levantaron su cadáver vive todavía en Mont Saint Jean. Se +llama Dehaze. Tenía á la sazón diez y ocho años. + +Wellington se sentía desfallecer. La crisis era inminente. Los +coraceros no habían conseguido su objeto, puesto que el centro no había +sido destruido. Todos ocupaban la meseta, pero nadie la poseía; sin +embargo dominaban la mayor parte los ingleses. + +Wellington ocupaba la población y la llanura culminante; Ney no tenía +mas que la cresta y la pendiente. Unos y otros parecían haber echado +raíces en aquel suelo fúnebre. + +Pero el decaimiento de los ingleses parecía irremediable. La hemorragia +de su ejército era horrible. Kempt, en el ala izquierda, reclamaba +refuerzo. _No le hay_, respondía Wellington; _¡Que se haga matar!_ Casi +en el mismo instante, coincidencia singular que pinta el abatimiento en +ambos ejércitos, Ney pedía infantería á Napoleón, y Napoleón exclamaba: +_¡Infantería! ¿De dónde quiere que la saque? ¿Quiere que la haga yo?_ + +Sin embargo, el ejército inglés era el más debilitado. Los combates +furiosos de aquellos poderosos escuadrones con corazas de hierro y +pechos de acero, habían aniquilado su infantería. Algunos hombres, +alrededor de una bandera, marcaban el lugar donde hubo un regimiento: +batallones había, mandados únicamente por un capitán ó por un +teniente; la división Alten, tan maltratada ya en la Haie-Sainte, +estaba casi destruida; los intrépidos belgas de la brigada Van Kluze, +cubrían con sus cadáveres los centenos á lo largo del camino de +Nivelles; casi nada quedaba de aquellos granaderos holandeses que en +1811, mezclados en España á nuestras filas, combatieron á Wellington, y +que en 1815, aliados á los ingleses, combatían á Napoleón. La pérdida +de sus oficiales era considerable. Lord Uxbridge, que al día siguiente +hizo enterrar su pierna, tenía la rodilla destrozada. Si, por parte +de los franceses, en las cargas de los coraceros, Delort, l'Héritier, +Colbert, Duop, Travers y Blancard quedaron fuera de combate, por la de +los ingleses, estaba herido Alten, Barne lo estaba también, Delancey +muerto, Van Meeren muerto, Ompteda muerto, y todo el estado mayor de +Wellington fué diezmado, llevando Inglaterra la peor parte en aquel +equilibrio sangriento. El 2.º regimiento de guardias de infantería +había perdido cinco tenientes coroneles, cuatro capitanes y tres +alféreces; el primer batallón del 30.º de infantería había perdido +veinticuatro oficiales y ciento doce soldados; el 79.º de montañeses +tenía veinticuatro oficiales heridos, diez y ocho oficiales muertos, y +cuatrocientos cincuenta soldados también muertos. + +Loa húsares hannoverianos de Comberland, un regimiento entero, con +su coronel Hacke á la cabeza, quien más tarde debía ser juzgado y +destituido, habían vuelto grupas ante la lucha refugiándose en el +bosque de Soignes, sembrando la dispersión hasta Bruselas. Los carros, +los tiros, los bagajes, los furgones llenos de heridos, viendo ganar +terreno á los franceses y acercarse á la selva, precipitáronse en ella; +los holandeses, acuchillados por la caballería francesa, gritaban: ¡Al +arma! + +Desde Vert Coucou hasta Groenendael, en una extensión de cerca dos +leguas en dirección á Bruselas, hubo, al decir de testigos que viven +todavía, una verdadera invasión de fugitivos. El pánico fué tal, que +se comunicó al príncipe de Condé en Malinas y al mismo Luis XVIII +en Gante. Á excepción de la débil reserva escalonada detrás del +hospital de sangre, establecido en la granja de Mont Saint Jean y de +las brigadas Vivian y Vandeleur que flanqueaban el ala izquierda, +Wellington no tenía ya caballería. Gran número de baterías estaban +desmontadas. Estos hechos están confesados por Siborne; y Pringle, +exagerando el desastre, llega á decir que el ejército anglo holandés, +había quedado reducido á treinta y cuatro mil hombres. El duque de +hierro permanecía sereno, pero sus labios estaban blancos. El comisario +austríaco Vincent y el comisario español Álava, testigos de la batalla +en el estado mayor inglés, creyeron al duque ya perdido. Á las cinco +miró Wellington su reloj, y se le oyó murmurar esta frase sombría: +_¡Blücker ó la noche!_ + +Esto fué casi en el mismo instante en que una línea lejana de +bayonetas, brillaba en las alturas del lado de Frischemont. + +Ahí estaba la peripecia de aquel drama gigante. + + + XI + =Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow= + + +Bien conocido es el doloroso error de Napoleón; esperando á Grouchy, +apareció Blücker; la muerte en lugar de la vida. + +El destino tiene estos reveses; cuando se espera el trono del mundo, se +divisa Santa Elena. + +Si el pastorcillo que servía de guía á Bülow, teniente de Blücker, le +hubiese aconsejado dejar la selva por encima de Frischemont mejor que +por encima de Plancenoit, la fisonomía del siglo XIX hubiera sido quizá +diferente. Napoleón hubiera ganado la batalla de Waterloo. + +Por cualquier otro camino más elevado que el de Plancenoit, el ejército +prusiano salía á un barranco infranqueable para la artillería, y Bülow +no podía llegar. + +Pues bien, con una sola hora de retraso, y es el general prusiano +Muffling quien lo dice, Blücker no hubiera encontrado á Wellington de +pie: «la batalla estaba perdida». + +Era ya tiempo, como se ve, de que Bülow llegase. Había á la verdad, +retardado mucho: había pernoctado en Dion-le Mont, de donde había +salido al despuntar el alba. Pero los caminos estaban impracticables, y +sus divisiones se habían atascado. Los carriles que abrían las ruedas +de los cañones en el barro, llegaban hasta los ejes. Además, había sido +preciso pasar el Dyle por el estrecho puente de Wavre; la calle que +conduce al puente, había sido incendiada por los franceses, las cajas y +furgones de artillería no pudiendo pasar por entre dos filas de casas +ardiendo, tuvieron que esperar á que se apagara el incendio. Eran ya +las doce, cuando la vanguardia de Bülow no había podido llegar todavía +á Chapelle-Saint Lambert. + +De haber comenzado la acción dos horas más temprano, hubiese terminado +á las cuatro, y Blücker hubiera caído sobre la batalla ganada por +Napoleón. Tales son esos inmensos azares, proporcionados á un infinito +que está muy por encima de nuestros alcances. + +Desde el medio día, el emperador el primero, con su anteojo de larga +vista, había divisado al extremo del horizonte, algo que le llamó su +atención. Y había dicho: Allá, á lo lejos, veo una nube que me parece +ser de tropas. Luego, preguntó al duque de Dalmacia: + +--Soult, ¿qué es lo que veis hacia Chapelle-Saint-Lambert? El mariscal, +aplicando su anteojo, respondió: Cuatro ó cinco mil hombres, señor. +Evidentemente Grouchy. Sin embargo, aquello continuaba inmóvil en la +bruma. Todos los anteojos del estado mayor habían examinado «la nube» +designada por el emperador. Algunos habían dicho: Son columnas que +hacen alto. La mayor parte decía: Son árboles. La verdad es que la nube +no se movía. El emperador había destacado para reconocer aquel punto +obscuro la división de caballería ligera de Domon. + +Bülow, en efecto, no se había movido. Su vanguardia era muy débil, y +nada podía hacer. Debía esperar al grueso del ejército, y tenía orden +de concentrarse antes de entrar en línea; pero á las cinco, viendo +Blücker el peligro de Wellington, ordenó á Bülow que atacase, y dijo +esta frase notable: «Es preciso dar aire al ejército inglés». + +Poco después, las divisiones, Losthin, Hiller, Hacke y Ryssel, se +desplegaban ante el cuerpo de Lobau; la caballería del príncipe +Guillermo de Prusia salía del bosque de París; Plancenoit estaba +ardiendo, y las balas prusianas comenzaban á llover, llegando hasta las +líneas de la guardia de reserva detrás de Napoleón. + + + + + XII + =La guardia= + + +Cualquiera sabe lo demás: la irrupción de un tercer ejército, la +batalla dislocada, ochenta y seis bocas de fuego tronando de repente, +Pirch llegado de nuevo con Bülow, la caballería de Zieten mandada por +Blücker en persona, los franceses rechazados, Marcognet arrojado de +la meseta de Ohain, Durutte desalojado de Papelotte, Donzelot y Quiot +retrocediendo, Lobau acuchillado, una nueva batalla precipitándose al +caer de la noche sobre los regimientos franceses debilitados, toda la +línea inglesa volviendo á tomar la ofensiva y marchando adelante, la +gigantesca brecha abierta en el ejército francés, la metralla inglesa +y la metralla prusiana auxiliándose, el exterminio, el desastre de +frente, el desastre en los flancos, y la guardia entrando en línea bajo +aquel espantoso derrumbamiento. + +Como ésta presentía que iba á morir, gritó: ¡Viva el emperador! La +historia no registra nada tan conmovedor como aquella agonía estallando +en aclamaciones. + +El cielo había estado cubierto todo el día. De repente, en aquel mismo +instante, las ocho de la tarde, rasgáronse las nubes del horizonte +dejando pasar, al través de los olmos de la carretera de Nivelles, el +grande y siniestro fulgor del sol poniente. Habíasele visto salir en +Austerlitz. + +Para aquel desenlace, cada batallón de la guardia iba mandado por +un general. Friant, Michel, Roguet, Harlet, Mallet y Poret de +Morvan, estaban allí. Cuando aparecieron las elevadas gorras de los +granaderos de la guardia con la ancha placa del águila, y se vieron +éstos, simétricos, alineados y serenos, entre la bruma de aquella +pelea, sintió el enemigo respeto hacia Francia; creyó ver entrar +veinte victorias en el campo de batalla con alas desplegadas, y, los +vencedores, creyéndose vencidos, retrocedieron; pero Wellington gritó: +_¡Arriba, guardias, y buena puntería!_ + +El regimiento encarnado de guardias inglesas, tendido detrás de +los setos, se levantó; una lluvia de metralla acribilló la bandera +tricolor, flotante en medio de nuestras águilas; precipitáronse todos +enseguida unos contra otros, y empezó la suprema matanza. La guardia +imperial sentía entre las sombras cómo el ejército iba cediendo á su +alrededor, y el inmenso estremecimiento de la derrota; oyó el grito de +¡sálvese quien pueda! que había reemplazado al de ¡viva el emperador! +y teniendo la fuga detrás y la muerte delante, continuaba avanzando y +muriendo. No hubo allí vacilantes ni tímidos. Cada soldado de aquella +tropa era tan héroe como el general. Ni uno solo de sus hombres faltó +al suicidio. + +Ney, desatinado, elevándose á toda la altura del que acepta la muerte, +ofrecíase á todos los golpes de aquella tormenta. Allí perdió su quinto +caballo. Empapado en sudor, saltando fuego de sus ojos, espumantes +los labios, desabrochado el uniforme, una de sus charreteras medio +cortada por el sablazo de un jinetes de la guardia inglesa, su placa +de la grande águila abollada por una bala, lleno de sangre y de lodo, +admirable, con una espada rota en la mano, y exclamando; _¡Venid á +ver cómo muere un mariscal de Francia en el campo de batalla!_ Pero +inútilmente; no murió. Aparecía rudo é indignado. Lanzó á Drouet de +Erlón esta pregunta: «_¿Es que no quieres hacerte matar?_». Y seguía +gritando en medio de toda aquella artillería que iba destrozando á un +puñado de hombres: _¿No hay nada para mí? ¡Oh! ¡Quisiera que todas esas +balas inglesas entrasen en mi pecho!_ + +¡Estabas reservado para las balas francesas! ¡desdichado! + + + + + XIII + =La catástrofe= + + +La derrota á espaldas de la guardia fué lúgubre. + +El ejército se replegó bruscamente y á la vez, por todas partes: de +Hougomont, de la Haie Sainte, de Papelotte, de Plancenoit. El grito de: +¡Traición! fué seguido del grito: ¡Sálvese quien pueda! + +Un ejército que se desbanda es un deshielo. Todo cede, se rompe, +estalla, flota, rueda, cae, choca, se empuja y precipita. ¡Destrucción +inaudita! + +Ney toma otro caballo, salta encima, y sin sombrero, sin corbata, sin +espada, se coloca en medio de la calzada de Bruselas, deteniendo á +la vez á ingleses y á franceses. Intenta retener al ejército; llama, +insulta, se aferra á la derrota. Pero es rechazado por ella. Los +soldados se le escapan, gritando: _¡Viva el mariscal Ney!_ + +Dos regimientos de Durutte van y vienen despavoridos y como agitados +entre los sables de los ulanos y el fuego de las brigadas de Kempt, de +Best, de Park y de Rylandt. La peor de las luchas es la derrota; los +amigos se matan entre sí por huir; los escuadrones y los batallones +dispersándose chocando unos contra otros; enorme espuma de la batalla. +Lobau en un extremo y Reille en el otro, son arrollados por aquella +ola. En vano Napoleón forma muralla con lo que le queda de su guardia; +en vano emplea para el último esfuerzo sus escuadrones de servicio. +Quiot retrocede ante Vivian, Kellermann ante Vandeleur, Lobau ante +Bülow, Morand ante Pirch, Domon y Subervic delante del príncipe +Guillermo de Prusia, Guyot, que dirige la carga de los escuadrones +del emperador, cae bajo los pies de los dragones ingleses. Napoleón +recorre al galope la línea de los fugitivos, les arenga, incita, +amenaza y suplica. Todas las bocas que exclamaban por la mañana viva +el emperador, permanecen abiertas y en suspenso; apenas hay allí quien +le conozca. La caballería prusiana, venida de refresco, se precipita, +vuela, acuchilla, corta, hiende, mata, y extermina. Los tiros se +arremolinan, los cañones se vuelcan; los soldados del tren desenganchan +los arcones y toman los caballos para escapar; los furgones volcados +con las ruedas al aire, impiden el tránsito, ocasionando asesinatos; +todos se aplastan, se atropellan, caminando sobre muertos y vivos. +Los brazos se alzan desesperados. Una multitud vertiginosa llena los +caminos, los senderos, los puentes, las llanuras, las colinas, los +valles y los bosques obstruidos por la evasión de cuarenta mil hombres. +Gritos, desesperación, morrales y fusiles arrojados entre los centenos, +paso abierto á estocadas, no hay allí distinciones entre camaradas, +oficiales, ni generales; el espanto es indescriptible. Zieten acuchilla +á la Francia á su placer. Los leones se han convertido en corzos. Tal +fué aquella fuga. + +En Genappe se intentó volver la cara, hacer frente, contener. Lobau +reunió trescientos hombres, y con ellos levantó una barricada á +la entrada de la aldea; pero á la primera descarga de la metralla +prusiana, huyeron todos, y Lobau fué hecho prisionero. Todavía se ve +hoy impresa aquella descarga de metralla en el antiguo paredón de un +edificio de ladrillo, á la derecha del camino, pocos minutos antes de +llegar á Genappe. Los prusianos se lanzaron sobre Genappe, furiosos sin +duda de ser tan fácilmente vencedores. La persecución fué monstruosa. +Blücker ordenó el exterminio. Roguet había ya dado el triste ejemplo +de amenazar de muerte á todo granadero francés que le llevara un +prisionero prusiano. Blücker sobrepujó á Roguet. El general de la +guardia joven, Duhesme, acorralado contra la puerta de una posada en +Genappe, entregó su espada á un húsar de la muerte, quien la tomó, +matando luego al prisionero. La victoria terminó con el asesinato de +los vencidos. Castiguemos, ya que somos la historia; el viejo Blücker +se deshonró. Semejante ferocidad fué el colmo del desastre. La derrota +desesperada atravesó Genappe, atravesó Quatre Bras, atravesó Gosselies, +atravesó Frasnes, atravesó Charleroi, atravesó Thuin, y no paró hasta +la frontera. ¡Ay! ¿Y quién era el que huía de esta suerte? El grande +ejército. + +Este vértigo, este terror, ese derrumbamiento del más alto valor que +jamás ha admirado la historia, ¿deja por ventura de tener su causa? +No. La sombra de una enorme recta se proyectaba sobre Waterloo. Era la +jornada del destino. Una fuerza superior al hombre fué la que trazó la +línea de este día. + +De ahí la espantosa sumisión de todas las frentes; de ahí todas +aquellas almas grandes rindiendo sus espadas. Los que habían vencido á +la Europa cayeron aterrados, sin tener ya nada que hacer ni que decir, +sintiendo en la sombra la presencia de un algo terrible. _Hoc erat in +fatis._ Aquel día cambió la perspectiva del género humano. Waterloo es +el gozne del siglo XIX. La desaparición del grande hombre era necesaria +al advenimiento del gran siglo. Alguien, á quien nadie replica, se +encargó de ello. Así se explica el pánico de aquellos héroes. En la +batalla de Waterloo no hubo sólo una nube, hubo un meteoro. Pasó Dios. + +Al caer de la noche en un campo cercano á Genappe, Bernard y Bertrand +asieron por el faldón de la levita y detuvieron, á un hombre esquivo, +pensativo, siniestro, que arrastrado hasta allí por la corriente de la +derrota, acababa de echar pie á tierra, habiendo pasado el brazo por la +brida de su caballo y, con ojos extraviados, regresaba solo á Waterloo. +Era Napoleón, intentando todavía ir adelante; inmenso sonámbulo de +aquel sueño de gloria anonadada. + + + + + XIV + =El último cuadro= + + +Algunos cuadros de la guardia, inmóviles entre la corriente de la +derrota, como rocas en el agua que pasa, se sostuvieron hasta la noche. +Venía la noche, y con ella la muerte; esperaron esa doble obscuridad, +é inquebrantables, dejáronse envolver por ambas. Cada regimiento, +aislado de los demás, y no teniendo ya lazo alguno que les uniese al +ejército, roto por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado +posiciones para ejecutar esta última acción, los unos sobre las +alturas de Rossomme, los otros en la llanura de Mont-Saint Jean. Allí, +abandonados, vencidos y terribles, aquellos cuadros sombríos agonizaban +formidablemente. Ulm, Wagram, Jena, Friedland, morían en ellos. + +Á la hora del crepúsculo, á eso de las nueve de la noche, en la falda +de la meseta de Mont-Saint Jean, quedaba uno todavía. En ese valle +funesto, al pie de aquella pendiente, trepada antes por los coraceros, +inundada entonces por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes +de la artillería enemiga victoriosa, bajo una espantosa densidad de +proyectiles, aquel cuadro luchaba aún. Mandábalo un oficial llamado +Cambronne. Á cada descarga, el cuadro disminuía y contestaba. Replicaba +á la metralla con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro +lados. De lejos, los fugitivos, parándose algunos momentos para tomar +aliento, oían en las tinieblas aquel tronar sombrío y decreciente. + +Cuando esta legión quedó reducida á un solo puñado de hombres, cuando +su bandera no fué más que un jirón, cuando sus fusiles, agotadas las +balas, no fueron más que palos, cuando el montón de cadáveres fué mayor +que el grupo viviente, hubo entre los vencedores una especie de terror +sagrado, en torno de aquellos moribundos sublimes, y la artillería +inglesa, recobrando el aliento, enmudeció. Fué una especie de tregua. +Aquellos combatientes tenían á su alrededor como un hormigueo de +espectros, siluetas de hombres á caballo, el negro perfil de los +cañones, el cielo blanco, divisado á través de las ruedas y de las +cureñas. La colosal calavera que los héroes entrevén siempre entre +el humo, en el fondo de la batalla, se adelantaba mirándolos, hacia +ellos. Pudieron oir fácilmente entre la sombra crepuscular cómo se +cargaban las piezas; las mechas encendidas, semejantes á ojos de tigre +entre la obscuridad de la noche, formaron un círculo alrededor de sus +cabezas; todos los bota fuegos de las baterías inglesas se acercaron +á los cañones, y entonces, al tener el instante supremo suspendido +sobre aquellos hombres, conmovido un general inglés, Colville según +unos, Maitland según otros, les gritó: ¡Valientes franceses, rendíos! +Cambronne respondió: + +--¡Mierda! + + + + + XV + =Cambronne= + + +El respeto debido á los lectores no puede llegar al extremo de vedar al +historiador la repetición de la palabra, tal vez más adecuada, que ha +dicho un francés. Esto prohibiría la consignación de lo sublime en la +historia. + +Prohibición que infringiríamos nosotros por nuestra cuenta y riesgo. + +Conste, pues, que en medio de aquellos gigantes, hubo un titán: +Cambronne. + +Decir esta palabra y morir enseguida, ¡hay nada más grande! Porque +morir es el querer morir, y no fué culpa suya si después de ametrallado +sobrevivió. + +El hombre que ganó la batalla de Waterloo, no es Napoleón derrotado, no +es Wellington replegándose á las cuatro y desesperado á las cinco; no +es Blücker, que no llegó á batirse; el hombre que ganó la batalla de +Waterloo fué Cambronne. + +Fulminar con semejante palabra el trueno que os mata, es vencer. + +Dar esta respuesta á la catástrofe, decir esto al destino, conceder +esta base al león futuro, arrojar esa réplica á la lluvia de la noche, +al muro traidor de Hougomont, á la hondonada de Ohain, al retraso +de Grouchy, á la llegada de Blücker; ser la ironía en el sepulcro, +saber quedar en pie después de haber caído, ahogar en dos sílabas la +coalición europea, ofrecer á los reyes aquellas letrinas ya conocidas +de los Césares, hacer de la última de las palabras la primera, +mezclando con ella el brillo de la Francia; cerrar insolentemente la +jornada de Waterloo con el martes de Carnaval, completar á Leónidas con +Rabelais, resumir aquella victoria en una palabra suprema, imposible +de pronunciar; perder el terreno y conservar la historia, y después de +aquella matanza conquistarse la risa, es verdaderamente inmenso. + +Es insultar al rayo, es llegar á la grandeza esquiliana. + +La palabra de Cambronne hace el efecto de una fractura. Es la ruptura +del pecho por el desdén: es el desbordamiento de la agonía que estalla. +¿Quién fué el vencedor? ¿Wellington? No. Sin Blücker estaba perdido. +¿Fué Blücker? No. Si Wellington no hubiera comenzado, Blücker no +hubiera podido concluir. Aquel Cambronne, aquel pasajero de última +hora, aquel soldado ignorado, aquel átomo de la guerra, siente que hay +allí una mentira en una catástrofe, doblemente punzante, y en el punto +en que estalla de rabia, le ofrece esta irrisión: ¡la vida! ¿Cómo no +botar? + +Están allí todos los reyes de Europa, los generales afortunados, los +Júpiter tonantes; tienen cien mil soldados victoriosos, y detrás de +los cien mil, un millón; sus cañones, con las mechas encendidas, +están prontos, tienen bajo sus plantas la guardia imperial y al +gran ejército, acaban de aplastar á Napoleón, y no queda ya más que +Cambronne. No queda ya para protestar más que aquel gusano. + +Pero él protestará. Entonces busca él una palabra como se busca una +espada. La espuma se le viene á los labios, y es aquella espuma la +palabra. Ante aquella victoria prodigiosa y medianísima, ante aquella +victoria sin victoriosos, aquel desesperado se levanta; sometiendo á +la enormidad, hace constar su nada; hace más que escupir en ella; y +abrumado bajo el peso del número, la fuerza y la materia, encuentra el +alma, una expresión, el excremento. Lo repetimos, decir esto, hacer +esto, hallar esto, es ser el vencedor. + +El espíritu de los grandes días penetró en este hombre desconocido en +aquel instante fatal. Cambronne dió con la palabra de Waterloo como +Rouget de l'Isle dió con la _Marsellesa_, por la intuición de un soplo +de lo alto. + +Un efluvio del huracán divino se desprende y viene á pasar al través de +estos hombres, los cuales se estremecen, entonando el uno el cántico +supremo, y lanzando el otro el grito terrible. Aquella palabra de +desdén titánico, no la lanzó Cambronne únicamente á Europa en nombre +del imperio; hubiera sido poco; dirigiola al pasado en nombre de la +Revolución. Siéntese y reconócese en Cambronne el alma antigua de los +gigantes. Parece ser Dantón que habla, ó Kleber que ruge. + +Á la palabra de Cambronne, la voz inglesa contestó: ¡Fuego! Las +baterías fulguraron, retembló la colina, de todas aquellas bocas de +bronce salió el postrer vómito de espantosa metralla, levantóse una +vasta humareda, vagamente blanqueada por la luna naciente. Cuando se +hubo disipado el humo, ya no había nada. Aquel resto formidable acababa +de ser aniquilado: la guardia estaba muerta. + +Los cuatro muros del reducto viviente yacían destrozados, apenas se +percibía aquí y allá algún sacudimiento entre los cadáveres. Así fué +cómo las legiones francesas, más grandes que las legiones romanas, +expiraron en Mont Saint Jean, sobre el suelo empapado de agua y sangre, +entre los trigos sombríos, en el mismo lugar por donde pasa ahora á +las cuatro de la madrugada, silbando y fustigando alegremente su +caballo, José, el conductor de la valija-correo de Nivelles. + + + + + XVI + =¿Quot libras in duce?= + + +La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la +ganaron como para quien la perdió. Para Napoleón fué un pánico[9]. +Blücker no vió en ella sino fuego; Wellington no entendió nada. +Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios +embrollados. Éstos balbucean, aquéllos tartamudean. + +Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la +corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos +diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero +golpe de vista las principales y características líneas de aquella +catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los +demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de +su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto, +derrumbamiento de la monarquía militar que, con gran estupor de los +reyes, arrastró á ella á todos los reinos; caída de la fuerza, derrota +de la guerra. + +En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana, +la parte de los hombres es nula. + +Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á +Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta +Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, +los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de +la espada. + +Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior +de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un +choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania á Schiller, y sobre +Wellington tiene Inglaterra á Byron. Un vasto nacimiento de ideas es +el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen, +así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son +majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas +á la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas +mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo +XIX no tiene nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los +pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es +la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los +pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se +elevan ni rebajan con la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso +específico en el género humano es resultado de algo más que un combate. +Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no +son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan +poner á la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida, +significa progreso conquistado. Á menos gloria mayor libertad. Calla el +tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde. + +Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al +azar lo que es del azar, y á Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo? +¿Una victoria? No. Un quinterno. + +Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia. + +No valía, de mucho, la pena de poner allí un león. + +Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la +historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios. +Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más +sorprendente ni confrontación más extraordinaria. + +Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia, +la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría +pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha +el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza +tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado +voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección +absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho +militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé +qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso +dentro una impetuosidad desdeñosa; todos los misterios de un alma +profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque, +la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota +llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fe en su estrella +mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á +un tiempo. Wellington era el Barême de la guerra, Napoleón el Miguel +Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo. + +Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quien +salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington +esperaba á Blücker, y acudió. + +Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en +su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La +vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica, +no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel +corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido +que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin +municiones, sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado +de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa +coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles? + +¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y +con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después +de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando +á Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre +Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra +con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar +le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del +viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada +flamígera, y del tablero contra el genio. + +El 18 de junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y +debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y +de Arcole, escribió: Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las +mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se +encontró ante Wurmser joven. + +Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos +á Wellington. + +Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de +segundo. + +Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza +inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que +Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma. +No fué su capitán, fué su ejército. + +Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord +Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de junio de +1815, era un «ejército detestable». ¿Qué pensará de ello esa sombría +confusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo? + +La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan +grande á Wellington, es empequeñecerse. + +Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos +escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos +de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt, +aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses +tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt, +aquellos reclutas enteramente bisoños, que apenas sabían manejar el +fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo +grande. Wellington fué tenaz, éste es su mérito, y nosotros no se lo +hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus jinetes fué +tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de +hierro. + +Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al +ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra. +La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un +hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo. + +Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella +conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal, +porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual +ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como +nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y +toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que +le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento, +que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por +lord Raglan, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un +parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial. + +Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de +Waterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro +de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo al cañón, el guía de +Napoleón que le engaña y el de Bülow que le dirige bien; todo este +cataclismo aparece maravillosamente conducido. + +En suma, debemos decir, que hubo en Waterloo más matanza que lucha. + +Es Waterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea +de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de +Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington, +con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración +vino la matanza. + +Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente: +pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento; +rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento. + +En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce. + +En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y +cuatro. + +En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce. + +En Waterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y +uno. Total para Waterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento cuarenta y +cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos. + +Hoy día el campo de Waterloo presenta la calma que pertenece á la +tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras. + +De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si +algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio +en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe +le domina. El horrible 18 de junio revive, la falsa colina monumental +desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su +realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos +cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables, +el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre +cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el +fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas +sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel +esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no +existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen, +y se estremecen los árboles, y están enfurecidas hasta las nubes: y +en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont-Saint +Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit, aparecen +confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan. + + + XVII + =¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo?= + + +Existe una escuela liberal muy respetable que no odia en lo más mínimo +á Waterloo. Nosotros no pertenecemos á ella. Para nosotros, Waterloo no +es más que la fecha asombrada de la libertad. Que tal águila nazca de +semejante huevo, eso es seguramente lo inesperado. + +Waterloo mirado desde el punto de vista culminante de la cuestión, +es intencionalmente una victoria contra-revolucionaria. Es la Europa +contra la Francia; es Petersburgo, Berlín y Viena contra París; es el +_statu quo_ contra la iniciativa; es el 14 de julio de 1789 atacado al +través del 20 de marzo de 1815; es el zafarrancho de las monarquías +contra el indomable tumulto francés. + +Apagar, por fin, este vasto pueblo en erupción desde hacía veintiséis +años; tal era el proyecto. Solidaridad de los Brunswick, de los +Nassau, de los Romanoff, de los Hohenzollern, de los Hapsburgo con +los Borbones. Waterloo lleva á la grupa el derecho divino. Es verdad +también, que habiendo sido el imperio despótico, la realeza, en virtud +de la reacción natural de las cosas, debía forzosamente ser liberal, y +de ahí que de rechazo naciera de Waterloo, un régimen constitucional, +con gran disgusto de los vencedores. Es que la Revolución no puede +ser verdaderamente vencida, y que siendo providencial y absolutamente +fatal, reaparece siempre; antes de Waterloo, en Bonaparte derribando +los tronos caducos, después de Waterloo, en Luis XVIII otorgando y +sometiéndose á la Carta. Bonaparte sienta un postillón en el trono de +Nápoles, y un sargento en el trono de Suecia, empleando la desigualdad +para demostrar la igualdad; Luis XVIII en Saint Ouen rubrica la +declaración de los derechos del hombre. ¿Queréis daros cuenta de lo que +es la Revolución? Llamadle Progreso. ¿Queréis daros cuenta de lo que es +el progreso? Llamadle Mañana. El mañana hace siempre irresistiblemente +su tarea, y la hace desde hoy; y siempre llega á su fin, de un modo +extraño. + +Se sirve de Wellington para hacer de Foy un orador, cuando no era +éste más que un soldado. Foy caído en Hougomont, vuelve á levantarse +en la tribuna. Así procede el progreso. No hay instrumento malo para +tal obrero. Ajusta á su trabajo divino, sin desconcertarse, al hombre +que ha atravesado los Alpes, como al buen anciano enfermo y vacilante +del padre Eliseo. Sírvese del gotoso como del conquistador; del +conquistador fuera, del gotoso dentro. + +Waterloo deteniendo con la espada la demolición de los tronos europeos, +no ha producido otro efecto que el de hacer continuar la obra +revolucionaria por otro lado. Concluyeron los acuchilladores, y empezó +el turno de los pensadores. El siglo que Waterloo quería detener le ha +pasado por encima y continuado su camino. Aquella siniestra victoria ha +sido vencida por la libertad. + +En suma, é incontestablemente, lo que triunfaba en Waterloo, lo que +sonreía detrás de Wellington, lo que le llevaba todos los bastones de +mariscal de Europa, incluso, se ha dicho, el de mariscal de Francia, lo +que hacía rodar alegremente los carretones de tierra llenos de huesos +para elevar el terreno del león, lo que escribió en son de triunfo +sobre aquel pedestal esta fecha, _18 de junio de 1815_, lo que alentaba +á Blücker acuchillando la derrota, lo que de lo alto de la meseta de +Mont Saint-Jean se inclinaba sobre Francia como sobre su presa, era +la contrarrevolución. Que fué la contrarrevolución quien murmuró esta +infame palabra: _Desmembración_. + +Al llegar á París vió el cráter de cerca, sintió que aquella ceniza +abrasaba sus pies, y mudó de consejo, llegando á tartamudear una +constitución. + +No veamos en Waterloo más de lo que hay en Waterloo. Libertad +intencional, ninguna. La contrarrevolución era involuntariamente +liberal, lo mismo que, por un fenómeno relativo, era Napoleón +involuntariamente revolucionario. + +El 18 de junio de 1815, Robespierre á caballo fué desmontado. + + + + + XVIII + =Recrudescencia del derecho divino= + + +Concluye la dictadura. Todo un sistema europeo se derrumba. + +El imperio se hundió en sombras parecidas á las del mundo romano +agonizante. Volvióse á ver el abismo como en los tiempos bárbaros. +Sólo que la barbarie de 1815, á la que debemos llamar por su apodo +la contrarrevolución, tenía escaso aliento, se fatigó enseguida y se +detuvo. El imperio, confesémoslo, fué llorado, y llorado por ojos +heroicos. Si la gloria consiste en la espada convertida en cetro, el +imperio fué la gloria misma. Había derramado sobre la tierra toda la +luz que la tiranía puede dar; luz sombría. Digamos más: luz obscura. +Comparada al día verdadero, es la de la noche. Esta desaparición de la +noche produjo el efecto de una eclipse. + +Luis XVIII regresó á París. Los bailes del 8 de julio borraron +los entusiasmos del 20 de marzo. El corso se trocó en antítesis +del bearnés. La bandera de la cúpula de las Tullerías fué blanca. +Entronizóse el destierro. La mesa de pino de Hartwell colocóse delante +del sillón flordelisado de Luis XIV. Hablóse de Bouvines y de Fontenoy +como de ayer, habiendo envejecido Austerlitz. El altar y el trono +fraternizaron majestuosamente, una de las formas menos disputadas de +la salud de la sociedad del siglo XIX establecióse en Francia y en el +continente. La Europa tomó la escarapela blanca. Trestaillon se hizo +célebre. + +La divisa _non pluribus impar_ reapareció entre rayos de piedra, +figurando un sol, sobre la fachada del cuartel del muelle de Orsay. +Donde había habido una guardia imperial, hubo una casa roja. El arco +de _carrousel_, cargado de victorias ya insoportables, extrañas +entre aquellas novedades, algo avergonzado tal vez de Marengo y de +Arcola, salió del compromiso con la estatua del duque de Anguleme. El +cementerio de la Magdalena, terrible fosa común del 93, cubrióse de +mármoles y de jaspes, los huesos de Luis XVI y de María Antonieta están +entre aquel polvo. En el foso de Vincennes, un cipo sepulcral saliendo +de la tierra, recuerda que el duque de Enghien murió en el mismo mes +en que Napoleón fué coronado. El papa Pío VII, que había consagrado +esta coronación casi al mismo tiempo de aquella muerte, bendijo +tranquilamente la caída como había bendecido la elevación. Hubo en +Schoenbrunn la sombra de un niño de cuatro años, al cual fué sedicioso +llamar el rey de Roma. Y se hicieron todas esas cosas, y aquellos reyes +recobraron sus tronos, y el dueño de Europa fué encerrado en una jaula, +y el antiguo régimen volvió á ser el nuevo, y toda la sombra y toda la +luz de la tierra cambiaron de lugar, porque en la tarde de un día de +verano, un pastor le dijo á un prusiano dentro un bosque: ¡Pasad por +aquí y no por allí! + +El 1815 fué una especie de abril lúgubre. Las antiguas realidades +perjudiciales y venenosas se cubrieron de apariencias nuevas. La +mentira se deposó en 1789, el derecho divino se enmascaró con una +carta, las ficciones se hicieron constitucionales, las preocupaciones, +las supersticiones y las intenciones, embozadas con el artículo 14 +en el corazón, se barnizaron de liberalismo. Cambiaron de piel las +serpientes. + +El hombre había sido engrandecido y rebajado á un tiempo por Napoleón. +Lo ideal, bajo el reinado de la materia espléndida, había recibido el +extraño nombre de ideología. ¡Grave imprudencia de un grande hombre, +ridiculizar el porvenir! Los pueblos sin embargo, esta carne de cañón +tan enamorada del ametrallador, le buscaban con la mirada. ¿Dónde está? +¿Qué hace? + +--Napoleón ha muerto:--decía un transeunte á un inválido de Marengo y +Waterloo. + +--_¡Él muerto!_--exclamaba irónicamente el soldado.--_¡Le conocéis +bien!_ + +Las imaginaciones, deificaban aquel hombre caído. El fondo de Europa, +después de Waterloo, fué tenebroso. Algo grande permaneció vacío largo +tiempo por haber desaparecido Napoleón. + +Colocáronse los reyes en este vacío. La vieja Europa se aprovechó de +ello para reformarse. Hubo una Santa Alianza. _¡Bella Alianza!_ había +ya dicho anticipadamente el campo fatal de Waterloo. + +En presencia y al frente de la antigua Europa rehecha, dibujáronse los +perfiles de una Francia nueva. El porvenir, zaherido por el emperador, +hizo su entrada, llevando sobre la frente esta estrella: Libertad. +Los ojos de las generaciones nuevas, volviéronse hacia él y ¡cosa +singular! enamoráronse á un tiempo mismo del porvenir, Libertad; y del +pasado, Napoleón. La derrota había hecho grande al vencido. Bonaparte +caído parecía más alto que Napoleón de pie. Los que habían triunfado se +espantaron. Inglaterra le hizo guardar por Hadson Lowe, y Francia le +hizo espiar por Montchenu. Aquellos brazos cruzados fueron la inquietud +de los tronos. Alejandro le llamaba, mi insomnio. Esta alarma procedía +de la cantidad de revolución que se encerraba en él, y esto es lo que +explica y escusa el liberalismo bonapartista. Aquel fantasma hacía +temblar al viejo mundo. Los reyes reinaron con zozobra mientras la roca +de Santa Elena permaneció en su horizonte. + +Mientras Napoleón agonizaba en Longwood, los sesenta mil hombres caídos +en el campo de Waterloo pudriéronse tranquilamente, y algo de aquella +triste paz se esparció por el mundo. El congreso de Viena hizo sus +tratados de 1815, y la Europa llamó á esto Restauración. + +Y ahí tenéis lo que fué Waterloo. + +Pero ¿qué le importa al infinito? Toda aquella tempestad, toda aquella +nube, aquella guerra, y luego aquella paz; todas aquellas sombras no +turbaron un momento la luz del ojo inmenso, ante el cual, un pulgón +saltando de uno á otro tallo de la yerba, es igual al águila volando de +campanario á campanario de las torres de Nuestra Señora. + + + + + XIX + =El campo de batalla por la noche= + + +Volvamos, pues es una necesidad de este libro, á este fatal campo de +batalla. + +El 18 de junio de 1815 era de luna llena. Aquella claridad favoreció +la persecución feroz de Blücker, denunciando las huellas de los +fugitivos, entregó aquellas masas desastradas á la encarnizada +caballería prusiana, contribuyendo á la matanza. Existen á veces en las +catástrofes esas trágicas complacencias de la noche. + +Después del último cañonazo, la llanura de Mont Saint-Jean quedó +desierta. + +Los ingleses ocuparon el campamento de los franceses: es la +comprobación general de la victoria; acostarse en el lecho del vencido. +Establecieron su campamento á la otra parte de Rossomme. + +Los prusianos, lanzados sobre la derrota, siguieron adelante. +Wellington fué á la aldea de Waterloo á redactar el parte á lord +Bathurst. + +Si alguna vez el _sic vos non vobis_ ha sido aplicable, es seguramente +á la aldea de Waterloo. + +Waterloo no hizo nada, pues dista una media legua del lugar de la +acción. Mont Saint-Jean fué cañoneado, Hougomont fué incendiado, +Papelotte fué incendiado, Plancenoit fué incendiado, la Haie Sainte fué +tomada por asalto, la Belle Alliance presenció el abrazo de los dos +vencedores, y apenas se conocen sus nombres, mientras Waterloo, que +para nada figuró en la batalla, se ha llevado todo el honor. + +No somos de los que adulan á la guerra; cuando llega el caso le decimos +claramente las verdades. Tiene la guerra bellezas horribles, que no +hemos tratado de ocultar; pero convengamos también en que tiene sus +fealdades, entre las cuales es una de las más sorprendentes el despojo +inmediato de los muertos después de la victoria. El alba que sigue á +una batalla, se levanta siempre sobre cadáveres desnudos. + +¿Quién hace esto? ¿Quién mancha así el triunfo? ¿Cuál es la repugnante +y furtiva mano que se desliza dentro del bolsillo de la victoria? +¿Quiénes son los rateros que asestan sus golpes detrás de la gloria? +Varios filósofos, y entre ellos Voltaire, afirman que son precisamente +los mismos que han conquistado la gloria. Son los mismos, dicen, no +cabe sustitución; los que quedan en pie saquean á los caídos. El héroe +del día es el vampiro de la noche. Y casi hay derecho, después de todo, +de saquear más ó menos los cadáveres de que se es autor. Por nuestra +parte no opinamos así. Recoger laureles y robarles los zapatos á un +muerto, nos parece imposible que pueda hacerlo una misma mano. + +Lo que sí es cierto, que generalmente detrás de los vencedores siguen +los ladrones. Pero coloquemos al soldado, sobre todo, al soldado +contemporáneo, fuera de duda. + +Todo ejército lleva su cola, y ésa es á la que hay que acusar. Hombres +murciélagos, entre bandidos y servidores, todas las especies de aves +nocturnas que engendra ese crepúsculo que llaman la guerra, portadores +de uniforme que no combaten, enfermos supuestos, estropeados temibles, +cantineros contrabandistas, acompañados á veces de sus mujeres, andando +en sus carritos y robando lo que revenden; mendigos que se ofrecen por +guías á los oficiales, granujas, merodeadores... todo eso llevaban +en pos de sí los ejércitos en marcha, en otros tiempos, no hablamos +del presente, de manera que, en la lengua especial, se les llamaba +«los rezagados». Ningún ejército ni nación alguna eran responsables +de semejantes seres; cosmopolitas indefinibles, hablaban italiano, y +seguían á los alemanes; hablaban francés, y seguían á los ingleses. +Uno de estos miserables, rezagado español que hablaba francés, mató á +traición y robó en el mismo campo de batalla al marqués de Fervacques, +quien le tomó por compatriota á causa de su acento y modismos picardos, +en la noche siguiente á la victoria de Cesiroles. Del merodeo nacía el +merodeador. La detestable máxima: _Vivir á costa del enemigo_, producía +esta lepra, que sólo una disciplina muy severa podía curar. Hay +celebridades que engañan; no se sabe siempre por qué ciertos generales, +grandes por otra parte, han sido tan populares. Turena era adorado de +sus soldados, porque toleraba el pillaje; el mal permitido forma parte +de la bondad: Turena era tan bueno, que dejó pasar á fuego y sangre el +Palatinado. + +Veíanse á la cola de los ejércitos, más ó menos merodeadores, según +era el jefe más ó menos severo. Hoche y Marceau no llevaban nunca +rezagados; Wellington, hacémosle gustosos esta justicia, llevaba pocos. + +No obstante, en la noche del 18 al 19 de junio se despojó á los +muertos. Wellington fué rígido, ordenó pasar por las armas á quien +quiera que fuése cogido en flagrante delito; pero la rapiña es tenaz. +Los merodeadores robaban en uno de los extremos del campo de batalla, +mientras se los fusilaba en el otro. + +La luna era siniestra en aquella llanura. + +Á eso de media noche rondaba un hombre, ó mejor, se arrastraba por +la parte del barranco de Ohain. Era, según todas las apariencias, +uno de esos que acabamos de caracterizar, ni inglés, ni francés, ni +paisano, ni soldado; menos hombre que hiena, atraído por el olor de los +muertos, teniendo por victoria el robo, acudía á desvalijar á Waterloo. +Vestía una blusa algo parecida ó una esclavina ceñida, iba inquieto +y atrevido, marchaba adelante y mirando atrás. ¿Qué era ese hombre? +La noche probablemente sabía más acerca de él que el día. No llevaba +morral, pero sí evidentemente grandes bolsillos debajo de su esclavina. +De cuando en cuando parábase, examinando la llanura á su alrededor, +como para ver si se le observaba, inclinábase bruscamente, removía por +tierra algo silencioso é inmóvil, después se levantaba y desaparecía. +Su manera de deslizarse, sus actitudes, su gesto rápido y misterioso, +le hacían parecer á esas larvas crepusculares que frecuentan las +ruinas, y que las antiguas leyendas normandas llaman los _Andantes_. + +Ciertas aves nocturnas describen en los pantanos siluetas parecidas. + +Una mirada que hubiese sondeado atentamente todas aquellas brumas, +hubiera podido ver á cierta distancia, parado y como oculto detrás +de la casucha, á orilla de la calzada de Nivelles, en el ángulo del +camino de Mont Saint-Jeant á Braine-l'Alleud, una especie de carrito +de vivandero con toldo de mimbre embreado, al que iba enganchado un +rocín hambriento paciendo las ortigas al través del freno, y dentro +del carrito, una especie de mujer sentada sobre cajas y fardos. Quizá +existía algún lazo de unión entre aquel carrito y el rondador. + +La obscuridad era serena. Ni una nube en el cénit. Qué importa que la +tierra esté roja, la luna sigue siendo blanca. Ésas son indiferencias +del cielo. + +En la pradera, las ramas de los árboles destrozadas por la metralla, +pero no caídas, y retenidas por la corteza, mecíanse suavemente +agitadas por el aire de la noche. + +Un aliento, casi una respiración, movía las malezas. Había temblores en +la yerba, que parecían exhalaciones de almas. + +Oíase vagamente á lo lejos el ir y venir de las patrullas y rondas +mayores del campamento inglés. + +Hougemont y la Haie-Sainte continuaban ardiendo, formando al oeste y +al este, dos grandes llamas, á las que iba á juntarse como un collar +desatado de rubíes con dos carbunclos á sus extremos, el cordón de +hogueras del ejército inglés, extendido en inmenso semicírculo por las +colinas del horizonte. + +Hemos referido la catástrofe del camino de Ohain. Lo que había sido la +muerte para tantos valientes, horroriza sólo imaginarlo. + +Si hay algo pavoroso, si existe una realidad que traspase los límites +del sueño, es ésta: vivir, ver el sol, estar en plena posesión de la +fuerza viril, disfrutar de salud y alegría, reir valientemente, correr +hacia una gloria que se tiene delante brillando con todo su explendor; +sentir dentro del pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una +voluntad que raciocina; hablar, pensar, esperar, amar, tener madre, +tener mujer, tener hijos, tener la luz, y de repente, en lo que dura +un grito, en menos de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar, +aplastar, ser aplastado, ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas, +no poder agarrarse á nada; empuñar un sable inútil, tener hombres +debajo y caballos encima, luchar inútilmente, rotos los huesos por +alguna coz recibida en las tinieblas; sentir un tacón que os revienta +un ojo, morder rabiosamente herraduras de caballo, ahogarse, aullar, +retorcerse, estar en el fondo y decirse: ¡Hace un instante era yo un +ser viviente! + +Allí donde había rugido todo aquel lamentable desastre, reinaba á la +sazón completo silencio. La caja del camino hondo estaba llena de +caballos y jinetes inexplicablemente amontonados. Horrible confusión. +Ya no había zanja; los muertos nivelaban el camino con la llanura, +llegando al ras del borde como una medida de trigo bien colmada. Un +montón de cadáveres en la parte alta, un arroyo de sangre en la baja: +tal era aquel camino la noche del 18 de junio de 1815. La sangre corría +hasta la calzada misma de Nivelles, y allí se convertía en ancho lago +delante de la barrera de árboles tallados que cortaban el paso en la +calzada, en un punto que enseñan aún hoy día. + +Esto fué, como ya sabemos, en el lugar opuesto, hacia la calzada de +Genappe, donde tuvo lugar el hundimiento de los coraceros. El espesor +de los cadáveres era proporcionado á la profundidad del camino. Hacia +el centro, en el sitio en que estaba llano, por donde había pasado la +división Delort, el lecho de muertos disminuía. + +El rondador nocturno que acabamos de hacer entrever al lector, iba por +este lado. Iba huroneando la inmensa tumba. Miraba receloso, y seguía +pasando su asquerosa revista de muertos. Andaba de pies dentro la +sangre. + +De pronto se detuvo. + +Á pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto en que concluía +el montón de cadáveres, por debajo de aquella confusión de hombres y +caballos, asomaba una mano abierta y alumbrada por la luna. + +Aquella mano tenía en el dedo algo que brillaba, era un anillo de oro. + +El hombre se inclinó, permaneció un instante agachado, y al levantarse +ya no brillaba el anillo en aquella mano. + +No se levantó precisamente; se quedó en una actitud entre medrosa y +fiera, volviendo la espalda al montón de cadáveres, escudriñando el +horizonte, de rodillas, la parte delantera del cuerpo apoyada sobre +el suelo con ambos índices, asomando la cabeza por encima del borde +del camino hondo. Las cuatro patas del chacal son útiles para ciertas +acciones. + +Después, tomando una resolución, se levantó. + +En aquel instante tuvo un sobresalto. Sintió que le agarraban por +detrás. + +Volvióse; era la mano abierta que se había cerrado y que le había asido +por la falda del capote. + +Un hombre honrado hubiera tenido miedo; él se echó á reir. + +--¡Calle,--exclamó,--es el muerto! Prefiero un aparecido á un gendarme. + +Sin embargo, la mano desfallecida le soltó. Los esfuerzos mueren pronto +en la tumba. + +--¡Hola!--repuso el merodeador.--¿Está vivo esté muerto? Vamos á ver. + +Inclinóse de nuevo, registró en el montón, apartó lo que le estorbaba, +cogió la mano, empuñó el brazo, desenredó la cabeza, sacó el cuerpo; y +unos instantes después, arrastraba en la sombra del camino hondo, á un +hombre inanimado, ó desmayado al menos. Era un coracero, un oficial, y +oficial de cierto rango, salíale una gran charretera de oro de debajo +de la coraza. Este oficial no tenía casco. Un fuerte sablazo le partía +el rostro, donde no se veía más que sangre. + +Por lo demás, no parecía que tuviese miembro alguno roto, y por alguna +feliz casualidad, si es aquí posible esta palabra, los muertos habían +formado arco por encima de él, de manera, que le habían librado de ser +aplastado. Tenía los ojos cerrados. + +Llevaba sobre la coraza la cruz de plata de la Legión de honor. + +El vagabundo arrancó la cruz, que desapareció en uno de los escondrijos +interiores de su capote. + +Hecho esto, tentó la faltriquera del oficial, en la que palpitaba +un reloj, y lo tomó igualmente. Después registró el chaleco, donde +encontró un bolsillo, que también se guardó. + +Al llegar á este punto del socorro que prestaba á aquel moribundo, el +oficial abrió los ojos. + +--Gracias.,--le dijo débilmente. + +Lo brusco de los movimientos del hombre que así le manoseaba, el fresco +de la noche, y el aire respirado libremente, le habían sacado de su +letargo. + +El vagabundo no respondió. Levantó sólo la cabeza. + + +[Ilustración: =Thénardier robando á los cadáveres después de la batalla + de Waterloo=] + + +Oyóse ruido de pasos en la llanura; probablemente alguna patrulla que +se acercaba. + +El oficial murmuró, que aún tenía su voz acentos de agonía: + +--¿Quién ha ganado la batalla? + +--Los ingleses,--respondió el vagabundo. + +El oficial repuso: + +--Buscad en mis bolsillos, y encontraréis una bolsa y un reloj. +Tomadlos. + +Ya lo había hecho. + +El vagabundo hizo como que ejecutaba lo que se le pedía, y dijo: + +--No hay nada. + +--Me han robado,--replicó el oficial,--lo siento: hubiera sido para vos. + +Los pasos de la patrulla eran por momentos más perceptibles. + +--Alguien se acerca,--dijo el vagabundo, haciendo el movimiento de un +hombre que se va. + +El oficial, levantando penosamente el brazo, le detuvo. + +--Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois? + +El vagabundo respondió precipitadamente por lo bajo: + +--Pertenecía, como vos, al ejército francés. Es menester que os deje. +Si me cogieran me fusilarían. Yo os he salvado la vida. Ahora procurad +hacer lo que podáis. + +--¿Qué graduación es la vuestra? + +--Sargento. + +--¿Cómo os llamáis? + +--Thénardier. + +--No olvidaré este nombre jamás,--dijo el oficial.--Y vos acordaos del +mío. Me llamo Pontmercy. + + + NOTAS: + +[8] _¡Splendid!_ palabra textual. + +[9] «Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas +reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió +por un instante de terror pánico». (_Napoleón, Memorias de Santa +Elena._) + + + + + LIBRO SEGUNDO + EL NAVÍO ORIÓN + + + I + + =El número 24601 se trueca en 9430= + + +Juan Valjean había sido preso nuevamente. + +Séanos permitido pasar sólo rápidamente sobre detalles dolorosos. Nos +concretaremos á transcribir dos sueltos publicados por los periódicos +de aquella época, algunos meses después de los sorprendentes sucesos +acaecidos en M* sur M*. + +Estos artículos son bastante concretos. Es sabido que entonces no +existía aún la _Gaceta de los Tribunales_. + +Tomamos el primero de la _Bandera blanca_. Lleva la fecha del 25 de +julio de 1823: + +«Uno de los distritos del Pas-de-Calais acaba de ser teatro de un +acontecimiento poco común. Un hombre forastero al departamento, +llamado Magdalena, había realzado en pocos años, gracias á nuevos +procedimientos, una antigua industria local, la fabricación de +azabaches y abalorios negros. Así había hecho su fortuna, y digámoslo +también, la del propio distrito. En recompensa de sus servicios +habíanle nombrado alcalde. La policía ha descubierto que el tal +Magdalena no era otro que un antiguo presidiario escapado del penal +y, condenado por robo en 1796, llamado Juan Valjean. Juan Valjean ha +sido reinstalado en presidio. Parece que antes de su prisión había +conseguido retirar de la casa Laffite una suma de más de medio millón +que tenía allí colocada y que, por otra parte, se asegura había ganado +legítimamente en su negocio. No ha podido averigüarse dónde Juan +Valjean ocultó dicha suma al ingresar de nuevo en el presidio de Tolón». + +El segundo artículo, un poco más detallado, está extraído del _Diario +de París_, de igual fecha: + +«Un antiguo presidiario cumplido, llamado Juan Valjean, acaba de +comparecer ante el tribunal de los jurados del Var con circunstancias +dignas de llamar la atención. Este criminal había llegado á burlar la +vigilancia de la policía. Había cambiado de nombre, logrando hacerse +elegir alcalde de una de las pequeñas poblaciones del departamento +del Norte. Había establecido en esta población un comercio bastante +considerable. Ha sido, por fin, desenmascarado y detenido, gracias +al celo infatigable del ministerio público. Tenía por concubina una +mujer pública, que murió del susto en el momento de su detención. Este +miserable, que está dotado de fuerzas hercúleas, había encontrado medio +de evadirse; pero, tres ó cuatro días después de su evasión, la policía +le echó mano de nuevo, en París mismo, en el instante en que subía á +uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital al +pueblecillo de Montfermeil (Sei-ne et-Oise.) + +«Dícese que había aprovechado el intervalo de esos tres ó cuatro días +de libertad para retirar una suma considerable colocada por él en casa +de uno de nuestros principales banqueros. Esta suma se hace ascender á +unos seiscientos ó setecientos mil francos. Según el acta de acusación, +debe haberla enterrado en un sitio por él sólo conocido, así es que no +se ha podido dar con ella. Sea como fuése, es lo cierto que el llamado +Juan Valjean acaba de comparecer ante los jurados del departamento de +Var, acusado de un robo en camino público á mano armada, hace cerca de +ocho años, cometido en la persona de uno de esos honrados niños que, +como ha dicho el patriarca de Ferney en versos inmortales: + + «Todos los años llegan de Saboya + Para deshollinar con mano diestra + Los largos tubos de las chimeneas». + +«Este bandido ha renunciado á su defensa. Ha sido probado por el hábil +y elocuente órgano del ministerio público, que el robo había sido +perpetrado de complicidad, y que Juan Valjean formaba parte de una +cuadrilla de ladrones del Mediodía. En consecuencia, Juan Valjean, +declarado culpable, ha sido condenado á la pena de muerte. Este +criminal se había negado á entablar recurso de casación. El rey, en su +inagotable clemencia, se ha dignado conmutarle la pena por la de cadena +perpetua. Juan Valjean ha sido conducido inmediatamente al penal de +Tolón». + +No se habrá olvidado que Juan Valjean tenía en M* sur M* costumbres +religiosas. Algunos periódicos, entre ellos _El Constitucional_, +presentaron esa conmutación como un triunfo del partido clerical. + +Juan Valjean cambió de número en presidio. Llamóse 9.430. + +Por lo demás, digámoslo para no tener que repetirlo, con el señor +Magdalena desapareció la prosperidad de M* sur M*. Todo cuanto él había +previsto durante aquella noche de fiebre y vacilación, se realizó; +faltando él, _faltó el alma_ en el pueblo. Después de su caída, +verificóse en M* sur M* la división egoísta que sucede á las grandes +existencias caídas, el fatal desmembramiento de las cosas florecientes +que se realiza todos los días en las obscuridades de la comunidad +humana, y que la historia no ha consignado más que una vez porque se +efectuó á consecuencia de la muerte de Alejandro. + +Los lugartenientes se coronan reyes; los mayordomos se improvisaron +fabricantes. Surgieron las rivalidades envidiosas. Los vastos talleres +del señor Magdalena se cerraron, cayeron en ruinas los edificios, +dispersáronse los obreros. Dejaron los unos el país, dejaron los otros +el oficio. Todo se hizo desde entonces en pequeño, en vez de hacerse +en grande; por el lucro, en vez de hacerse para el bien. No hubo ya +centro; por todas partes competencia y encarnizamiento. El señor +Magdalena lo dominaba y dirigía todo. Caído él, cada cual tiró para sí; +el espíritu de lucha sucedió al espíritu de organización; la aspereza á +la cordialidad; el odio de unos á otros, á la benevolencia del fundador +para todos; los hilos anudados por el señor Magdalena se enredaron +y rompieron; falsificáronse los procedimientos; envileciéronse los +productos; matóse la confianza; disminuyeron las ventas; hubo menos +pedidos, redujéronse los jornales; holgaron los talleres; vino la +quiebra. Y luego, nada para los pobres. Todo se desvaneció. + +El mismo Estado llegó á entender que alguien había sido arruinado en +alguna parte. No habían transcurrido aún cuatro años desde que la +sentencia del Tribunal Penal comprobó la identidad del señor Magdalena +con la de Juan Valjean que lo llevó á presidio, cuando ya los gastos +de recaudación del impuesto eran dobles en el distrito de M* sur M*, y +el ministro señor de Villèle lo manifestó así en la tribuna en el mes +de febrero de 1827. + + + + + II + =Donde se leerán dos versos, que son tal vez del diablo= + + +Antes de ir más adelante, es del caso referir con algunos detalles un +hecho singular que pasó hacia la misma época en Montfermeil, y que no +deja de tener su coincidencia con ciertas conjeturas del ministerio +público. + +Existe en la comarca de Montfermeil una superstición antiquísima, +tanto más curiosa y preciosa, cuanto que una superstición popular de +las cercanías de París es como un aloe en Siberia. Nosotros somos de +aquéllos que respetan todo lo que está en estado de planta rara. He +aquí, pues, la superstición de Montfermeil. + +Créese allí que el diablo, desde tiempo inmemorial, tiene escogida +aquella selva para ocultar en ella sus tesoros. Las buenas mujeres +afirman que no es raro encontrar, á la caída de la tarde, en los sitios +apartados del bosque, un hombre negro, con aspecto de carretero ó +leñador, calzando zuecos, vestido con un pantalón y saco de lienzo, +y fácil de conocer, porque en vez de gorra ó sombrero, tiene dos +cuernos inmensos en la cabeza. Esto debe hacer que en efecto pueda +reconocérsele fácilmente. Á este hombre se le ve generalmente ocupado +en ahondar un hoyo. Hay tres maneras distintas de sacar partido de +semejante encuentro. La primera es dirigirse al hombre y hablarle. +Entonces se advierte que es el tal sencillamente un aldeano, y que +el parecer negro consiste en el crepúsculo; que no hace ningún hoyo, +sino que corta hierba para sus vacas, y que lo que se había tomado por +cuernos no es otra cosa que una horquilla para remover el estiércol, +la cual lleva entre ambas espaldas, y cuyos colmillos, gracias á la +perspectiva de la noche, parecen salirle de la cabeza. Vuelve uno á +casa y se muere dentro de la semana. + +La segunda manera consiste en observarle, esperar á que haya concluido +su hoyo, que lo vaya rellenando, y se haya ido; correr enseguida allí +donde hizo el hoyo, destaparle y sacar el «tesoro» que el hombre negro +ha depositado necesariamente en él. En este caso muérese uno dentro del +mes. + +En fin, la tercera manera consiste en no hablarle al hombre negro una +palabra, no mirarle, y echar á correr á todo escape. + +Haciéndolo así, le queda á uno todo el año para morirse. + +Como las tres maneras tienen sus inconvenientes, la segunda, que ofrece +al menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro, aunque +no sea más que por un mes, es la más generalmente aceptada. + +Los hombres atrevidos, á quienes tientan todas las empresas +aventuradas, han abierto frecuentemente, según se asegura, los hoyos +cavados por el hombre negro, y tratado de robar al diablo. Pero parece +que el resultado de la operación ha sido muy mediocre, al menos si se +ha de dar crédito á la tradición, y particularmente á los dos versos +enigmáticos que en latín bárbaro dejó escritos sobre este asunto un +mal fraile normando, medio hechicero, llamado Trifón. Este Trifón está +enterrado en la abadía de San Jorge de Bocherville, cerca de Rouen, de +cuya tumba nacen sapos. + +Hácense, por lo tanto, esfuerzos enormes; los tales hoyos, son +ordinariamente muy profundos. Se suda, se escarba, se trabaja toda la +noche, porque es de noche cuando esto se hace. Moja uno la camisa, +gasta su vela, mella su piqueta, y cuando se llega por fin al fondo +del hoyo, cuando se pone la mano sobre el «tesoro», ¿qué se encuentra? +¿qué viene á ser el tesoro del diablo? Un sueldo, á veces un escudo, +una piedra, un esqueleto, un cadáver ensangrentado; algunas veces +un espectro doblado en cuatro como una hoja de papel dentro de una +cartera, y otras muchas, nada. + +Así aparecen anunciarlo á los curiosos indiscretos los versos de Trifón: + + Fodit, et in fossa thesauros condit opaca + As, nummos, lapides, cadaver, simulacra, nihilque. + +Parece que en nuestros días se encuentra igualmente, ya un frasco de +pólvora con balas, ya un juego de naipes, grasiento y chamuscado, +que ha servido evidentemente al diablo. Trifón no menciona estos dos +hallazgos, en atención tal vez á que vivió en el siglo XII, y no parece +que el diablo tuviese el ingenio de inventar la pólvora antes de Roger +Bacon, ni las cartas antes de Carlos VI. + +Por lo demás, si alguien juega con aquellas cartas, puede estar seguro +de perder cuanto posea; y respecto á la pólvora que está en el frasco, +tiene la propiedad de hacer reventar el fusil á la cara de quien se +sirve de ella. + +Ahora bien; poco tiempo después de la época en que le pareció al +ministerio público que el presidiario liberado Juan Valjean, durante +su evasión de algunos días, había rondado en torno de Montfermeil, +observóse en la misma población que un antiguo peón caminero, llamado +Boulatruelle, andaba «dando paseos» por el bosque. + +Creíase saber en el país que el tal Boulatruelle había estado en +presidio; estaba sometido á cierta vigilancia de la policía, y como no +encontraba trabajo en ninguna parte, la administración le empleaba, con +rebaja de jornal, de peón caminero en la carretera de Gagny á Lagny. + +El tal Boulatruelle era mirado de reojo por las gentes de la comarca; +pero él siempre respetuoso, siempre humilde, harto pronto á quitarse +la gorra á todo el mundo, temblando y sonriendo ante los gendarmes, +probablemente afiliado á alguna partida, según decían, sospechando que +solía ponerse en emboscada al caer de la noche en algún rincón de la +espesura. No tenía en su abono sino el ser borracho. + +He aquí lo que creían haber notado: + +Hacía algún tiempo que Boulatruelle dejaba muy temprano su trabajo +de reparar la vía, y se internaba en el bosque con su piqueta. Á la +caída de la tarde encontrábasele en los claros más desiertos, en las +malezas más selváticas en ademán de buscar alguna cosa, y algunas +veces abriendo hoyos. Las buenas mujeres que pasaban tomábanle por +Belcebú, y aunque reconocían luego á Boulatruelle, no se tranquilizaban +sin embargo. Estos encuentros parecían contrariar en alto grado á +Boulatruelle. Era visible que procuraba recatarse, y que había algo de +misterioso en lo que hacía. + +Decían en la aldea: + +--Es claro que el diablo ha hecho alguna aparición. Boulatruelle le ha +visto, y busca. En verdad que es bastante estrafalario para atraparle +el gato á Lucifer. Los volterianos añadían: ¿Será Boulatruelle quien +atrape al diablo, ó el diablo á Boulatruelle? Las viejas no sabían sino +hacerse cruces. + +Sin embargo, las idas de Boulatruelle al bosque cesaron, y volvió luego +á regularizar sus trabajos de caminero. Hablóse de otra cosa. + +No obstante, hubo algunas personas curiosas que pensaron que había en +aquello probablemente, sino los tesoros fabulosos de las leyendas, +algo bueno más serio y positivo que los billetes de banco del diablo, +y cuyo secreto había medio sorprendido sin duda el caminero. Los más +«empeñados» eran el maestro de escuela y el bodegonero Thénardier, el +cual era amigo de todo el mundo, y no se había desdeñado de estar en +tratos con Boulatruelle. + +--Ha estado en presidio,--decía Thénardier.--¡Ay! ¡Dios mío! Nadie sabe +quién va, ni quién ha de ir. + +Una noche el maestro de escuela afirmaba que en otros tiempos la +justicia hubiera inquirido lo que Boulatruelle iba á hacer en el bosque +y que le habría obligado á hablar, y que Boulatruelle de seguro no +habría resistido por ejemplo, en el tormento, la prueba del agua. + +--Sometámosle á la del vino,--dijo Thénardier. + +Y desde luego pusieron manos á la obra, é hicieron beber al viejo +caminero. Boulatruelle bebió muchísimo y habló muy poco. Combinó con +arte admirable y en proporción magistral la sed de un hambriento con la +discreción de un juez. Sin embargo, á fuerza de volver á la carga, y de +compaginar y apurar las pocas palabras obscuras que se le escaparon, he +aquí lo que Thénardier y el maestro de escuela creyeron entender. + +Yendo Boulatruelle, cierta mañana, al despuntar el alba á su trabajo, +quedóse sorprendido de ver en un rincón del bosque una pala y un +pico, _como si dijéramos escondidos_. Sin embargo, pensó que serían +probablemente la pala y el pico, del tío Six Fours, el aguador, y no +volvió á acordarse más de ello. Pero la noche de aquel mismo día vió, +sin que pudieran verle á él, por estar oculto tras un árbol corpulento, +á «cierto individuo forastero que se dirigía desde el camino á lo más +espeso del bosque, y á quien él, Boulatruelle, conocía perfectamente». +Esto, traducido por Thénardier, quería decir que era un _compañero +de presidio_. Boulatruelle se había negado obstinadamente á decir su +nombre. El tal individuo llevaba un lío, de forma casi cuadrada, á +modo de caja ó cofrecillo. Sorpresa de Boulatruelle. Hasta pasados +siete ú ocho minutos no se le ocurrió, sin embargo, la idea de seguir +«al individuo». Pero era ya tarde; el hombre se había internado en la +espesura, había ya anochecido por completo, y Boulatruelle no pudo +alcanzarle. Entonces tomó el partido de observar estando á la vista +de la ladera del bosque. «Hacía luna». Dos ó tres horas después, +Boulatruelle vió salir al individuo de la espesura, llevando, no ya +el cofrecillo, pero sí una pala y un pico. Boulatruelle dejó pasar al +individuo sin ocurrírsele la idea de acercársele, porque calculó antes, +que el otro era tres veces más fuerte que él, y armado con su pico le +hubiera aplastado probablemente al conocerle y verse reconocido. Tierna +efusión de dos antiguos camaradas que vuelven á encontrarse. Pero la +pala y el pico fueron un rayo de luz para Boulatruelle; corrió, pues, +al zarzal por la mañana, y ya no encontró allí pico ni pala. De esto +dedujo que el individuo entró en el bosque, é hizo un hoyo con el pico, +enterró el cofre, y lo cubrió luego de tierra con la pala. + +Pues bien; el cofre era demasiado pequeño para contener un cadáver; +debía pues contener dinero. De ahí sus pesquisas. Boulatruelle había +explorado, sondeado y huroneado todo el bosque; había registrado todos +los sitios donde le pareció ver tierra recientemente removida, pero +inútilmente. + +No pudo «pescar» nada. Nadie volvió á acordarse de ello en Montfermeil. +Hubo solamente algunas buenas comadres que dijeron: + +--Tened por seguro que el caminero de Gagny no ha armado todo este +enredo para nada; es seguro que ha venido el diablo. + + + + + III + =De por fuerza la cadena del grillete debió haber sufrido alguna + operación preparatoria para romperse de un solo martillazo= + + +Á fines de octubre de aquel mismo año de 1823, vieron los habitantes +de Tolón entrar de nuevo en su puerto, á consecuencia de un temporal, +y para reparar algunas averías, el navío _Orión_, que más tarde fué +utilizado en Brest como navío escuela, el cual, formaba á la sazón, +parte de la escuadra del Mediterráneo. + +Este buque, estropeado del todo como estaba, pues el mar, lo había +echado á perder, hizo su efecto al entrar en la rada. Llevaba no sé +qué pabellón, que le valió el saludo reglamentario de once cañonazos, +contestados por él uno tras otro; total, veintidós. + +Se ha calculado que en salvas, galas reales y militares, cambios +de ruidos corteses, señales de etiqueta, formalidades de radas y +ciudadelas, salidas y puestas de sol, saludadas diariamente por todas +las fortalezas y todos los buques de guerra, apertura y cierre de +puertas, etc., etc., el mundo civilizado tiraba con pólvora por toda +la tierra, cada veinticuatro horas, ciento cincuenta mil cañonazos +inútiles. Á seis pesetas por cañonazo, importa ello novecientas mil +pesetas diarias, ó sean trescientos millones al año, que se van en +humo. Esto no es más que un simple detalle. Durante el mismo tiempo se +mueren de hambre muchos pobres. + +El año 1823 era lo que ha llamado la Restauración «época de la guerra +de España». + +Esta guerra encerraba muchos sucesos en uno solo, con muchísimas +singularidades. Un gran asunto de familia para la casa de Borbón; +la rama de Francia socorriendo y protegiendo á la de Madrid, es +decir, realizando un acto de primogenitura; una vuelta aparente á +las tradiciones nacionales, complicada con servidumbre y sujeción +á los gabinetes del norte; el señor duque de Anguleme, llamado por +los periódicos liberales _él héroe de Andújar_, comprimiendo, dentro +cierta actitud triunfal, algo contrariada por su aire apacible, el +viejo terrorismo, demasiado real del Santo Oficio, en lucha con el +quimérico terrorismo de los liberales; los _sans culottes_ resucitados, +con grandísimo honor de las viejas aristócratas, bajo el nombre de +_descamisados_; el monarquismo poniendo obstáculos al progreso, +calificado de anarquía; las teorías del '89 bruscamente interrumpidas +en sus trabajos de zapa; un ¡alto! europeo intimado á la idea francesa, +dando la vuelta al mundo; al lado del hijo de Francia, generalísimo, +el príncipe de Carignon, después Carlos Alberto, alistándose en +aquella cruzada de reyes contra los pueblos, como voluntario entre los +granaderos de charreteras de lana encarnada; los soldados del imperio +volviendo á entrar en campaña, pero después de ocho años de reposo, +viejos y tristes, bajo la escarapela blanca; la bandera tricolor +agitada en el extranjero por un heroico puñado de franceses, como lo +había sido la bandera blanca, en Coblenza treinta años antes; los +frailes mezclándose á nuestros soldados; el espíritu de la libertad y +de lo nuevo restringido por las bayonetas; los principios humillados +á cañonazos; la Francia deshaciendo con las armas lo que antes había +hecho con su genio. Por lo demás, los jefes enemigos vendidos, los +soldados vacilantes y las ciudades sitiadas por los millones. Ningún +peligro militar, y sin embargo, explosiones posibles, como en toda mina +sorprendida é invadida; poca sangre vertida, poca honra conquistada, +vergüenza para algunos, gloria para nadie. Tal fué aquella guerra, +hecha por príncipes que descendían de Luis XIV; y conducida por +generales procedentes de Napoleón. Cúpoles la triste suerte de no +recordar ni la gran guerra ni la gran política. + +Algunos hechos de armas resultaron serios; la toma del Trocadero, entre +otros, fué una buena acción militar; pero en suma, lo repetimos, las +trompetas de aquella guerra producen un sonido cascado, el conjunto +fué sospechoso, la historia aprueba á la Francia las dificultades que +mostró para la aceptación de aquel falso triunfo. + +Parece evidente que algunos oficiales españoles encargados de la +resistencia, cedían fácilmente; la idea de la corrupción desprendíase +de muchas victorias; pareció que se habían ganado antes generales +que batallas, y el soldado vencedor regresó humillado. Guerra que +humillaba, en realidad y por la que se podía leer _Banco de Francia_ en +los pliegues de su bandera. + +Soldados de la guerra de 1808, sobre los cuales se había desplomado +formidablemente Zaragoza, fruncían el entrecejo en 1823 ante la fácil +apertura de las ciudadelas, y echaban de menos á Palafox. Que es +preferible al ardimiento de la Francia, tener ante sí á un Rostopchine +mejor que á un Ballesteros. + +Bajo un punto de vista más grave aún, y en el cual conviene que +insistamos también, aquella guerra, que ofendía en Francia el espíritu +militar, indignaba al mismo tiempo al espíritu democrático. Era una +empresa de esclavizamiento. En esta campaña, el objeto del soldado +francés, hijo de la democracia era la conquista de un yugo por otro +yugo. Repugnante contrasentido. La Francia se hizo para despertar +el alma de los pueblos, no para ahogarlos. Desde 1792, todas las +revoluciones de Europa son la revolución francesa; la libertad irradia +de Francia. Es un hecho solar; que es preciso estar ciego para no +verlo, como ha dicho muy bien Bonaparte. + +La guerra de 1823, atentado contra la generosa nación española, fué +pues, al mismo tiempo, un atentado contra la revolución francesa. +Esta monstruosa agresión era la Francia, quien la cometía á la fuerza +porque, salvo las guerras libertadoras, todo lo que hacen los ejércitos +lo hacen por fuerza. La palabra _obediencia pasiva_ lo indica bien. Un +ejército es una rara obra maestra de combinación, cuya fuerza resulta +de una suma enorme de impotencia. Así se explica la guerra, hecha por +la humanidad contra la humanidad, y á pesar de la humanidad. + +En cuanto á los Borbones, la guerra de 1823 les fué fatal. Tomáronla +ellos por un triunfo. No vieron el peligro que había en hacer matar +una idea por una consigna. Equivocáronse en su candidez, hasta el +punto de introducir en su establecimiento, como elemento de fuerza, la +inmensa debilidad de un crimen. Fué parte de su política el espíritu de +asechanza. 1830 germinó en 1823. La guerra de España vino á ser en sus +consejos un argumento en favor de los golpes de fuerza y en favor de +las aventuras de derecho divino. La Francia restableciendo en España +_el rey neto_, bien podía restablecer en su casa el rey absoluto. +Cayeron en el fatal error de tomar la obediencia del soldado por el +consentimiento de la nación. Semejante confianza pierde los tronos. No +es bueno dormirse á la sombra de un manzanillo, ni á la de un ejército. + +Volvamos al navío _Orión_. + +Durante las operaciones del ejército mandado por el príncipe +generalísimo, cruzaba una escuadra el Mediterráneo. Hemos dicho ya +que el _Orión_ pertenecía á esta escuadra y que fué devuelto, por +desperfectos marinos, al puerto de Tolón. + +La presencia de un buque de guerra en un puerto tiene siempre algo +inexplicable que preocupa á la multitud. Será porque es cosa grande y +porque la multitud ama lo grande siempre. + +Un navío de línea es uno de los hallazgos más admirables del ingenio +humano con el poder de la naturaleza. + +Un navío de línea se compone á la vez de lo que hay más pesado y de lo +que hay más ligero, porque tiene que luchar á un mismo tiempo con las +tres formas de la sustancia: lo sólido, lo líquido y lo fluido. Tiene +once garras de hierro para asir el granito en el fondo del mar, y más +alas y entenas que un coleóptero para tomar el viento de las nubes. Su +aliento sale por sus ciento veinte cañones como por enormes clarines, +y responde fieramente al rayo. El océano procura extraviarle entre +la espantosa semejanza de sus ondas, pero el navío tiene su alma, su +brújula que le aconseja y le muestra siempre el norte. En las noches +obscuras, sus faroles suplen á las estrellas. Así pues, contra el +viento tiene el cable y la lona, contra el agua la madera, contra la +roca el hierro, el cobre y el plomo, contra la sombra la luz, contra la +inmensidad una aguja. + +Si se quiere tener una idea de todas las proporciones gigantescas, cuyo +conjunto constituye el navío de línea, no hay más que entrar bajo una +de las calas cubiertas, de seis pisos, en los puertos de Brest ó de +Tolón. Los buques en construcción están allí, por así decirlo, bajo +campana. Esa viga colosal es una verga; esa gran columna de madera +echada en tierra hasta perderse de vista, es el palo mayor. Midiéndole +desde su raíz en la cala, hasta su cima entre las nubes, tiene la +longitud de sesenta toesas, y tres pies de diámetro su base. El palo +mayor inglés se eleva á doscientos diez y siete pies sobre la línea de +flotación. La marina de nuestros padres empleaba los cables, la nuestra +emplea cadenas. El simple montón de cadenas de un buque de cien cañones +tiene cuatro pies de alto, veinte de ancho y ocho de profundidad. Y +para hacer un navío semejante, ¿cuánta madera se necesita? Tres mil +metros cúbicos. Un bosque flotante. + +Además, debemos tener en cuenta que no se trata aquí sino del buque +de guerra de hace cuarenta años, del simple buque de vela; el vapor, +entonces en la infancia, ha añadido luego nuevos milagros á ese +prodigio que se llama fragata de guerra. Hoy, por ejemplo, el buque +mixto de hélice es una máquina sorprendente, arrastrada por un velamen +de tres mil metros cuadrados de superficie, y por una caldera de la +fuerza de dos mil quinientos caballos. + +Sin hablar de estas nuevas maravillas, la antigua nave de Cristóbal +Colón y de Ruyter, es una de las grandes obras maestras del hombre. +Inagotable en fuerza como en soplos el infinito, almacena el viento en +su vela, manteniéndose fija en la inmensa difusión de las olas sobre +las cuales flota y reina. + +Llega, sin embargo, un instante en que la ráfaga rompe como una paja +aquella verga de sesenta pies de longitud, en que el viento doblega +como un junco aquel mástil de cuatrocientos pies de alto, en que el +ancla, que pesa diez mil libras se tuerce en la garganta de la ola, +como el anzuelo del pescador en la quijada de un sollo, en que aquellos +monstruosos cañones lanzan rugidos plañideros é inútiles, que arrastra +el huracán en el vacío y la obscuridad, y en que todo aquel poder +y toda aquella majestad, se abisman en otro poder y otra majestad +superiores. + +Cuantas veces se despliega una fuerza inmensa para acabar en una +inmensa debilidad, da ello que pensar á los hombres. De ahí que abunden +los curiosos en los puertos, sin que ellos se expliquen á sí mismos +perfectamente el por qué de acudir en derredor de esas maravillosas +máquinas de guerra y navegación. + +Todos los días, pues, desde la mañana á la noche, los muelles, los +diques y escolleras del puerto de Tolón estaban llenos de una multitud +de ociosos y bobos, como dicen en París, cuyo trabajo consistía en +contemplar el _Orión_. + +El _Orión_ era un buque estropeado de hacía mucho tiempo. En sus +navegaciones anteriores habíanse amontonado sobre su quilla espesas +capas de mariscos, al extremo de hacerle perder la mitad de su marcha. +Se le había dejado en seco el año anterior para rasparle los mariscos, +y luego se le había botado al agua nuevamente. Á la altura de las +Baleares el bordaje inferior se había fatigado y abierto; y como +el forrado no se hacía entonces con chapa metálica, el buque hacía +agua. Sobrevino un violento golpe de equinoccio que desfondó á babor +la roda y una portañola, y deterioró el porta-obenques de mesana. Á +consecuencia de esas averías, el _Orión_ tuvo que regresar á Tolón. + +Estaba fondeado junto al arsenal, donde se le armaba y reparaba. +El casco no había sufrido nada á estribor, pero según costumbre, +desclávanse aquí y allí algunos listones de los costados, para dejar +penetrar el aire en el armazón. + +Una mañana, la muchedumbre que lo contemplaba, fué testigo de un +accidente. + +La dotación estaba ocupada en envergar las velas. El gaviero encargado +de tomar el mastelero de gavia por la parte de estribor, perdió el +equilibrio. Se le vió vacilar, y la multitud agrupada en el muelle +del arsenal, lanzó un grito; la cabeza se le fué tras el cuerpo; el +hombre giró en torno de la verga, con las manos extendidas hacia el +abismo, asiéndose al pasar al estribo, con una mano primero, y luego +con la otra, y quedó suspendido de él. Tenía el mar debajo de sí á una +profundidad vertiginosa. El sacudimiento de la caída había impreso +al estribo un brusco movimiento de columpio. El hombre iba y venía +agarrado al extremo de aquella cuerda como la piedra de una honda. + +Ir á socorrerle era correr un riesgo horrible. Ninguno de los +marineros, pescadores todos de la costa recientemente ingresados en el +servicio, se atrevía á aventurarse á ello. Entre tanto, el desgraciado +gaviero se fatigaba; y aunque no podía vérsele la angustia en el +rostro, se distinguía en todos sus miembros el desfallecimiento. Sus +brazos se retorcían en una horrible tirantez. Cada esfuerzo que hacía +para remontarse, no servía más que para aumentar las oscilaciones +del estribo. No gritaba, temeroso de malgastar las fuerzas. Ya nadie +esperaba más que el momento en que soltase la cuerda, y á cada instante +volvían todos la cabeza por no verle caer. Hay momentos en que un cabo +de cuerda, un palo, la rama de un árbol, es la vida misma, y es en +verdad cosa terrible, ver como un ser viviente se desprende y cae como +fruto maduro. + +De pronto vióse trepar un hombre por el aparejo con la agilidad del +tigre. Este hombre iba vestido de rojo, luego era un presidiario; +llevaba gorro verde, era, pues, un condenado á cadena perpetua. + +Al llegar á la altura de la gavia, un soplo del viento se le llevó el +gorro, dejando ver una cabeza enteramente blanca; no era, pues, un +joven. Efectivamente, un presidiario empleado á bordo, perteneciente á +una cuerda de penados, había acudido desde el primer momento al oficial +de guardia, y en medio de la turbación é incertidumbre general de la +tripulación, mientras todos los marineros temblaban y retrocedían, le +había pedido licencia para arriesgarse á salvar al gaviero. + +Después de un signo afirmativo del oficial, rompía de un martillazo +la cadena soldada á la argolla del grillete; después había tomado una +cuerda y lanzádose á los obenques. Nadie echó de ver en aquel momento +la facilidad con que fué rota la cadena. Hasta después nadie tuvo +presente esta circunstancia. + +En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga. Se detuvo algunos +segundos, como si la midiese con la vista. Estos segundos, durante +los cuales el viento columpiaba al gaviero en la punta de un hilo, +les parecieron siglos á los que miraban. Por fin, el presidiario alzó +los ojos al cielo, y adelantó un paso. La multitud respiró. Viósele +recorrer ligeramente la verga, y llegado á la punta atar un cabo de +la cuerda, que llevaba, dejando pendiente el otro, y descendiendo +enseguida, valiéndose de las manos, por aquella cuerda. Reinó entonces +una indefinible angustia, cuando en lugar de un hombre suspendido +sobre el abismo, vióse que había dos. + +Hubiérase podido decir que era una araña corriendo á apoderarse de una +mosca; sólo que aquí la araña llevaba la vida, y no la muerte. Diez +mil miradas se fijaban á un tiempo en aquel grupo. Ni un grito, ni una +palabra; el mismo extremecimiento hacía fruncir todos los entrecejos. +Todas las bocas contenían su aliento, como temerosas de añadir el menor +soplo al viento que sacudía á aquellos desgraciados. + +Entretanto, el presidiario había conseguido acercarse al marinero. +Era ya tiempo; un minuto más, y el hombre, aniquilado y desesperado, +se dejaba caer en el abismo. El presidiario lo amarró sólidamente á +la cuerda en que se sostenía con una mano, mientras trabajaba con la +otra. En fin, viósele remontar nuevamente la verga, y tirando, subir +hasta ella al marinero; sostúvole un instante para dejar que recobrara +fuerzas, después le tomó en brazos y le llevó andando sobre la verga +hasta el tamborete, y de allí á la gavia, donde le dejó en manos de sus +camaradas. + +Entonces aplaudió la multitud, hubo entre la chusma ancianos que +lloraron, las mujeres se abrazaban unas á otras en el muelle, y +oyéronse voces de todas partes gritando con cierto enternecimiento +furioso: ¡El indulto! ¡indulto para ese hombre! + +Él, entre tanto, se había preparado para descender á unirse con sus +compañeros de cuerda. Para llegar más pronto, deslizóse por el aparejo, +y echó á correr sobre una verga baja. Seguíanle todos los ojos. Hubo +un momento en que los espectadores se asustaron, fuése que estuviera +fatigado, ó que le diese vueltas la cabeza, creyeron que vacilaba +y se bamboleaba. De pronto lanzó la multitud un grito horrible, el +presidiario acababa de caer al agua. + +La caída era peligrosa. La fragata _Algeciras_ estaba fondeada junto al +_Orión_, y el pobre presidiario había caído entre ambos buques, siendo +de temer que hubiese ido á parar debajo del uno, si no del otro. Cuatro +hombres saltaron enseguida en un bote. La multitud los alentaba, la +ansiedad reinaba nuevamente en todas las almas. El hombre no subía á +la superficie; había desaparecido en el mar, sin dejar huella alguna +sobre el agua, como si hubiese caído en un barril de aceite. Sondaron, +bucearon; pero en vano. Buscaron hasta venir la noche; ni siquiera el +cuerpo se encontró. + +Al día siguiente, el diario de Tolón estampaba estas líneas: + +«18 de noviembre de 1823. Ayer un presidiario que estaba trabajando á +bordo del _Orión_, al acabar de prestar socorro á un marinero, cayó al +agua y se ahogó. No ha podido encontrarse el cadáver. Se presume que +habrá quedado enredado entre las estacas de la punta del arsenal. Este +hombre estaba inscrito en el registro con el número 9.430, y se llamaba +Juan Valjean». + + + + + LIBRO TERCERO + CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA + + + I + =La cuestión del agua en Montfermeil= + + +Montfermeil está situado entre Livry y Chelles, en el lindero +meridional de la alta meseta que separa el Ourcq del Marne. + +Hoy día es una gran población adornada todo el año de quintas +construidas de yeso, y el domingo, de artesanos alegres y expansivos. +En 1823 no había en Montfermeil, ni tantas casas blancas, ni tantos +artesanos satisfechos: no era más que una aldea en el bosque. +Veíanse aquí y allá algunas casas de recreo del último siglo, que se +distinguían por su gran aspecto, sus balcones de hierro retorcido y +sus altas ventanas, cuyos vidrios pequeños formaban sobre lo blanco de +los postigos cerrados, toda clase de matices de verdes distintos. Pero +Montfermeil no pasaba por ello de ser una aldea. Los tenderos retirados +y los aficionados á veranear no le habían aún descubierto. Era un sitio +agradable y delicioso, que no era de paso para ninguna parte, y en el +cual se pasaba económicamente esa vida del campo tan abundante y fácil. +Solamente se sentía escasez de agua, á causa de la elevación de la +meseta. + +Era preciso irla á buscar bastante lejos. El extremo de la población +que está junto á Gagny, se surtía de agua en los magníficos estanques +que hay en el bosque; el otro extremo, que rodea la iglesia situada en +la parte de Chelles, no encontraba agua potable más que en un pequeño +manantial situado á mitad de la cuesta, junto al camino de Chelles, á +un cuarto de hora de Montfermeil. + +Era, pues, tarea harto ruda para cada vecino, la de tener que proveerse +de agua. Las casas grandes, la aristocracia, entre las que figuraba el +bodegón Thénardier, pagaban medio céntimo por cubo de agua á un pobre +hombre que lo había tomado por oficio, y en cuya empresa del agua de +Montfermeil ganaba escasamente dos reales diarios, pero este buen +hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta las +cinco en invierno, y una vez entrada la noche, una vez cerradas las +ventanas bajas, el que no tenía agua que beber, iba á buscarla ó se +pasaba sin ella. + +Esto era lo que aterraba á la pobre criatura, de la cual no puede +haberse olvidado el lector, á la pequeña Cosette. + +Téngase presente que Cosette era útil á los Thénardier de dos maneras, +pues se hacían pagar por la madre, haciéndose servir de la hija. Así +es, que cuando la madre dejó de pagarles del todo, ya hemos leído +el por qué en los capítulos precedentes, los Thénardier siguieron +conservando á Cosette, en su poder. Les hacía las veces de criada. +Y en esta cualidad, ella era quien iba á buscar el agua cuando hacía +falta. Por eso la criatura, asustada con la idea de tener que ir de +noche á la fuente, tenía buen cuidado de que no faltase nunca agua en +la casa. + +La Navidad del año 1823 fué brillantísima, particularmente en +Montfermeil. El principio del invierno había sido benigno, no había +helado ni nevado aún. Titiriteros, llegados de París, habían obtenido +del señor alcalde permiso para colocar sus barracas en la calle +principal de la aldea, y una banda de mercaderes ambulantes, con igual +permiso, había construido sus barracones en la plaza de la Iglesia, y +hasta en la misma callejuela de Boulanger, donde estaba situado, como +sabemos, el bodegón de los Thénardier. Toda aquella gente llenaba las +hosterías y tabernas, dando á aquella población tan tranquila, cierta +vida bulliciosa y alegre. Debemos decir igualmente, para ser fieles +historiadores, que entre las curiosidades expuestas en la plaza, había +una barraca de diversos animales, en la cual unos feísimos payasos, +vestidos de harapos y venidos de Dios sabe dónde, enseñaban en 1823 +á los aldeanos de Montfermeil, uno de aquellos horribles buitres del +Brasil, que nuestro Museo Real no poseyó antes de 1845, y que tienen +por ojo una escarapela tricolor. Los naturalistas llaman, según creo, á +ese pájaro, Caracara Poliborus; pertenece al orden de los apicidas y á +la familia de los falcónidos. Algunos antiguos soldados bonapartistas +retirados en la aldea, iban á ver aquella ave con cierta devoción. Los +charlatanes presentaban aquella escarapela tricolor como un fenómeno +único, y hecho expresamente por el buen Dios para su colección de +animales raros. + +En la noche misma de Navidad muchos hombres, carreteros y trajineros, +estaban sentados bebiendo alrededor de las mesas, alumbradas por +cuatro ó cinco velas de sebo, en la sala baja del bodegón Thénardier. +Esta sala se parecía á todas las salas de taberna: mesas, jarras de +estaño, botellas, bebedores, fumadores; poca luz y mucho ruido. La +fecha del año 1823 estaba, por lo tanto, indicada por los dos objetos +en moda á la sazón entre la clase media, los cuales estaban sobre una +mesa, á saber; un caleidoscopo y una lámpara labrada de hoja de lata. +La Thénardier vigilaba la cena, que se estaba asando á buen fuego, +mientras el marido bebía con los huéspedes y hablaba de política. + +Además de las disertaciones políticas, cuyo objeto principal era la +guerra de España y el señor duque de Anguleme, oíanse, en medio del +bullicio, paréntesis puramente locales, como éste: + +--Por la parte de Nanterre y de Suresnes ha dado mucho el vino. Donde +se calculaban diez medidas se han conseguido doce. Se ha sacado de +los lagares más jugo de lo que se esperaba.--¿Pero la uva no estaría +madura?--En este país no conviene vendimiar maduro; porque el vino se +tuerce en cuanto llega la primavera.--¿Entonces se saca solamente +vinillo?--Son vinillos más ligeros que los de por acá. Hay que +vendimiar en agraz. + +Etc... + +Ó bien, era un molinero el que exclamaba: + +--¿Acaso somos responsables nosotros de lo que va en los sacos? Se +encuentran en ellos una porción de granos que no podemos entretenernos +en limpiar y que es preciso dejar pasar por las piedras: como la +cizaña, el añublo, el tizón, la algarroba, el cañamón, la cola de +zorra, y otro sinnúmero de drogas, sin contar las arenillas que abundan +mucho en ciertos trigos, sobre todo en los trigos bretones. No es +ciertamente nada gustoso moler trigo bretón, como no lo es para los +serradores de largo aserrar vigas que tengan clavos. Calcúlese el +maldito polvo que de todo esto resulta después. Y luego se quejan sin +razón de la harina. Si la harina es mala, no es nuestra la culpa. + +En el espacio entre dos ventanas, un segador, sentado á una mesa con un +propietario que ajustaba precio para segar un prado en primavera, decía: + +--No importa que la hierba esté mojada. Así se corta mejor. El rocío es +bueno, señor. De todos modos, vuestra hierba es temprana y muy difícil +de segar. ¡Que por aquí es tierna, que allí se dobla contra la hoz!... + +Etc... + +Cosette ocupaba su puesto acostumbrado, sentada sobre el travesaño de +la mesa de cocina, junto al hogar; mal vestida de harapos, los pies +desnudos metidos en los zuecos, haciendo, al resplandor del fuego, +calcetines de lana para las niñas de Thénardier. Un gatito joven jugaba +debajo de las sillas. + +Oíanse reir y charlar en la pieza inmediata dos voces frescas é +infantiles; eran las de Eponine y Azelma. + +En un rincón de la chimenea había un martinete colgado de un clavo. + +Á intervalos, penetraban por entre el ruido de la taberna, los +chillidos de una criatura de corta edad, que estaría en otra parte +en la casa. Era un niño que la Thénardier había tenido en uno de los +inviernos anteriores, «sin saber por qué, decía ella: efecto del frío», +y que contaría unos tres años. La madre se lo había criado ella misma, +pero no le tenía cariño. Cuando el encarnizado clamor del chiquillo +resultaba demasiado importuno, tu hijo chilla, decíale Thénardier á la +madre, ve á ver lo que quiere. ¡Bah!--respondía ella.--Me fastidia. + +Y el chiquillo abandonado continuaba desgañitándose en las tinieblas. + + + + + II + =Dos retratos completados= + + +No han aparecido todavía en este libro los Thénardier más que de +perfil; ha llegado el momento de dar la vuelta alrededor de este grupo, +y contemplarlo por todas sus fases. + +Thénardier acababa de cumplir los cincuenta años; su mujer rayaba en +los cuarenta, que es la cincuentena femenina; de manera que había +equilibrio de edad entre la mujer y el marido. + +Los lectores conservan tal vez algún recuerdo de la primera aparición +de aquella Thénardier, alta, rubia, colorada, gruesa, membruda, +cuadrada, enorme y ágil; tenía, como ya hemos dicho, algo de la raza de +esas salvajes colosales que en las ferias levantan del suelo grandes +piedras con su cabellera. + +Ella lo hacía todo dentro de la casa: las camas, los cuartos, la +colada, la cocina, la lluvia, el buen tiempo y el diablo. Tenía por +única sirvienta á Cosette; un ratoncillo al servicio de un elefante. +Todo temblaba al eco de su voz: los vidrios, los muebles y las gentes. +Su ancho rostro, cribado de pecas rojizas, tenía el aspecto de una +espumadera. Tenía también barbas. Era el ideal de un terne de plazuela +vestido de mujer. Juraba que era un primor, y se jactaba de partir +una nuez de un puñetazo. Á no ser por las novelas que había leído, y +que á veces hacían aparecer de extravagante manera la remilgada bajo +el marimacho, jamás se le hubiera ocurrido á nadie decir de ella: Es +una mujer. La tal Thénardier era como el producto del injerto de una +señorita en una verdulera. Cuando se la oía hablar, exclamaba uno: Es +un gendarme; cuando se la veía beber, decíase: Es un carretero; cuando +se la veía manosear á Cosette, decíase uno: Es un verdugo. Al dormir le +salía de la boca un diente. + +Thénardier era un hombre pequeño, flaco, pálido, anguloso, huesoso, +endeble, de aspecto enfermizo, gozando de buena salud; en lo cual +estribaba su maulería. Sonreíase habitualmente por precaución, y era +atento casi con todo el mundo, hasta con el mendigo á quien negaba un +ochavo. Tenía la mirada del zorro y el fondo del letrado. Se parecía +mucho á los retratos del presbítero Delille. Su coquetería consistía +en beber con los trajineros. Nadie había podido jamás emborracharle. +Fumaba en una gran pipa. Llevaba blusa, y bajo de la blusa un antiguo +frac negro. Tenía pretensiones de literato y materialista, y sabía +nombres que pronunciaba frecuentemente para apoyar cualquier cosa de +las que decía, como: Voltaire, Raynal, Parny y, cosa rara, san Agustín. +Afirmaba tener «un sistema». Por lo demás, era un grande estafador +filósofo. Este matiz existe. + +Se recordará que pretendía haber servido; contaba, con cierto lujo, que +siendo sargento en Waterloo, en un 6.º ó 9.º de ligeros cualquiera, +había él solo, contra todo un escuadrón de húsares de la muerte, +cubierto con su cuerpo y salvado á través de la metralla «á un general +peligrosamente herido». De ahí provenía sobre su puerta la flamante +muestra, y el nombre dado en el país á su figón de «posada del sargento +de Waterloo». Era liberal, clásico y bonapartista. Se había suscripto +para el campo de Asilo. Decíase en la aldea que había estudiado para +cura. + +Nosotros creemos que había sencillamente estudiado en Holanda para +posadero. Este tunante del orden compuesto era, según todas las +probabilidades, algún flamenco de Lila en Flandes, francés en París, +belga en Bruselas, montado cómodamente sobre dos fronteras. Su proeza +de Waterloo, ya la conocemos; y como se ve, la exageraba un poco. El +flujo y el reflujo, lo tortuoso, lo aventurero, eran el elemento de su +existencia; conciencia desgarrada supone naturalmente vida descosida; +y verosímilmente en la tormentosa época del 18 de junio de 1815, +Thénardier pertenecía á aquella variedad de cantineros merodeadores +de que hemos hablado, recorriendo los caminos, vendiendo á unos, +robando á otros, y rodando en familia, marido, mujer é hijos, en algún +desvencijado calesín á la cola de las tropas en marcha, con el instinto +de unirse siempre al ejército victorioso. + +Terminada la campaña, y teniendo, como él decía, _cum quibus_, había +ido á establecer su bodegón en Montfermeil. + +Este _quibus_ compuesto de las bolsas y relojes, de las sortijas de +oro y de las cruces de plata, cosechadas al tiempo de la siega en los +surcos sembrados de cadáveres, no sumaba por cierto un gran total, ni +había hecho adelantar gran cosa á aquel vivandero trocado en bodegonero. + +Thénardier tenía en el gesto ese algo rectilíneo inexplicable, que con +un juramento recuerda el cuartel, y con la señal de la cruz recuerda +el seminario. Era muy hablador, y dejaba que le creyeran sabio. Sin +embargo el maestro de escuela había notado que cometía errores. +Extendía las cuentas de los pasajeros con superioridad; pero no +faltaban ojos ejercitados que encontraban á veces faltas de ortografía. +Thénardier era cazurro glotón, gandul y listo. No desdeñaba á las +criadas, lo cual era causa de que su mujer no tuviese ninguna. Aquella +gigante era celosa. Parecíale que aquel hombrecillo flaco y descolorido +debía ser objeto de concupiscencia universal. + +Thénardier, hombre de astucia y equilibrio, era ante todo un bribón del +género templado. Esto es, de la peor especie, por la hipocresía que +entra en ella. + +No es que Thénardier no fuése en ocasiones capaz de encolerizarse, al +menos tanto como su mujer; pero esto era rarísimo, y en tales momentos, +como aborrecía por completo al género humano, como había dentro de +él un horno profundísimo de odio, como era de esas gentes que se +están vengando perpetuamente, que acusan á todo cuanto pasa delante +de ellos como causa de todo lo que cae encima de ellos, y que están +siempre dispuestos á arrojar sobre el primero que llegue, como legítimo +agravio, el total de las decepciones, bancarrotas y calamidades de su +vida, y como toda esta levadura fermentaba en él y bullía en su boca y +en sus ojos, se ponía espantoso. ¡Desdichado del que pasase entonces +bajo su furor! + +Aparte de todas sus otras cualidades, era Thénardier, atento y +penetrante, callado ó hablador según los casos, y siempre con elevada +inteligencia. Tenía algo en su mirada de los marinos acostumbrados á +mirar con anteojos de larga vista. Thénardier era un hombre de Estado. + +Todo recién llegado que entraba en el bodegón, al ver á la mujer +Thénardier, exclamaba: ¡He aquí el amo de la casa! Error, no era +siquiera el ama. Amo y ama, lo era el marido. Ella hacía, él creaba. +Ella lo dirigía todo por una especie de acción magnética, invisible +y continua. Una palabra le bastaba á él, muchas veces un signo, el +mastodonte hembra obedecía. Thénardier era para su mujer, sin que ella +se explicase el por qué, una especie de ser particular y soberano. +Tenía ella las virtudes de su modo de ser; nunca, jamás, aunque hubiese +disentido sobre algún detalle con el «señor Thénardier», hipótesis, por +otra parte inadmisible, no le hubiera quitado la razón en público á su +marido, sobre ningún asunto fuése el que fuere. Nunca jamás hubiera +cometido delante de extraños esa falta que cometen con tanta frecuencia +las mujeres y que se llama en lenguaje parlamentario descubrir la +corona. Aún cuando semejante acuerdo no diese otro resultado que el +mal, había algo contemplativo en esa sumisión de la Thénardier á su +marido. Aquella montaña de ruido y carne, movíase debajo el dedo +meñique de aquel frágil déspota. Visto ello por su lado raquítico y +grotesco, patentizábase la gran cosa universal: la adoración de la +materia hacia el espíritu; porque hay ciertas fealdades, cuya razón +de ser está en las profundidades mismas de la belleza eterna. Había +en Thénardier algo de lo desconocido, y de ahí provenía el imperio +absoluto de este hombre sobre su mujer. En ciertos momentos le veía +ella como una vela encendida; en otros, le sentía como una garra. + +Aquella mujer era una criatura formidable, que no amaba más que á sus +hijos, y sólo temía á su marido. Era madre, porque era mamífera. Por +lo demás, su maternidad se limitaba á sus hijas, pues como se verá más +adelante, no alcanzaba á los varones. El hombre, sólo tenía una idea: +enriquecerse. Y no lo conseguía. Faltábale un teatro digno de su gran +talento. Thénardier en Montfermeil se arruinaba, si la ruina cabe bajo +cero. En Suiza ó en los Pirineos, este hombre sin un cuarto se habría +hecho millonario. Pero donde la suerte enclava al posadero, allí es +menester que viva. + +Ya se comprende que la palabra _posadero_, está aquí empleada en +sentido limitado, y que no se extiende á la clase entera. + +Ese mismo año, 1823, Thénardier tenía una deuda de unos mil quinientos +francos, una deuda apremiante, que le preocupaba. + +Cualquiera que fuése para con él la injusticia persistente del destino, +Thénardier era uno de esos hombres que comprendían mejor, con más +profundidad y del modo más moderno, esta cosa que es una virtud en +los pueblos bárbaros, y una mercancía en los pueblos civilizados: La +hospitalidad. Por otra parte, era un cazador furtivo y admirable, +citado por su certera puntería. Poseía cierta risita fría y apacible, +que era particularmente peligrosa. + +Sus teorías de posadero brotaban de él algunas veces como relámpagos. +Empleaba ciertos aforismos de su profesión que procuraba inculcar +en el espíritu de su mujer. El deber de posadero le decía una vez +violentamente y en voz baja, es vender al primero que llega, comida, +descanso, luz, fuego, sábanas sucias, muchacha, pulgas y sonrisas; +detener al pasajero, vaciar los bolsillos pequeños, aligerar +honradamente los grandes, dar albergue con respeto á las familias en +viaje, desollar al hombre, desplumar á la mujer, limpiar al chiquillo; +poner precio á la ventana abierta, á la ventana cerrada, al rincón +de la chimenea, al sillón, á la silla, al taburete, al escabel, al +lecho de pluma, al colchón y al haz de paja; saber cuándo se sirven +del espejo, con la imagen del que se mira en él tarifárselo; y, con +quinientos mil diablos, hacérselo pagar todo al viajero, incluso las +moscas que se come su perro. + +El tal hombre y la tal mujer eran la astucia y la rabia unidas, +maridaje repugnante y terrible. + +Mientras el marido calculaba y combinaba, la Thénardier no pensaba +en los acreedores ausentes, ni se preocupaba del ayer ni del mañana, +viviendo exclusivamente al día. + +Tales eran estos seres. Cosette estaba entre ellos, sufriendo la doble +presión de uno y otro, como una criatura que fuése á la vez triturada +por una piedra de molino y destrozada por unas tenazas. + +El hombre y la mujer tenían, cada cual, su manera distinta de +martirizarla; si Cosette estaba amoratada á golpes era cosa de la +mujer; si iba con los pies desnudos en invierno, era cosa del marido. + +Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, fregaba, barría, andaba, +corría, se fatigaba, removía las cosas más pesadas y, débil como era, +hacía todo lo más pesado. No había piedad para ella; una ama feroz, +un amo venenoso. El bodegón de Thénardier era como una red en que +Cosette se hallaba cogida y temblorosa. El ideal de la opresión estaba +realizado en aquella domesticidad siniestra. Era algo como la mosca +sirviendo á las arañas. + +La pobre criatura, pasiva, se callaba. + +Cuando así se encuentran, desde su aurora, desnudas y desamparadas +entre los hombres, ¿qué pasa en esas almas que acaban de dejar el seno +de Dios? + + + + + III + =Los hombres necesitan vino, los caballos agua= + + +Habían llegado cuatro nuevos viajeros. + +Cosette meditaba tristemente; pues aún cuando no tenía más que ocho +años, había ya sufrido tanto, que se ensimismaba en el aire lúgubre de +una vieja. + +Tenía un párpado amoratado á consecuencia de un puñetazo que la +Thénardier le había sacudido, lo cual hacía decir á la propia +Thénardier de cuando en cuando: + +--¡Está bien fea con su cardenal en el ojo! + +Cosette pensaba, pues, que era de noche, muy de noche; que había sido +menester llenar de improviso las jarras y vasijas de los cuartos de los +viajeros recién llegados, y que no había ya más agua en el depósito. + +Lo que la tranquilizaba un poco, era que no se bebía mucha agua en casa +Thénardier. Es verdad que no faltaban gentes que tuviesen sed; pero era +de esa sed que mejor se dirige al jarro que al cántaro. Quien hubiese +pedido un vaso de agua, entre aquellos vasos de vino, hubiera parecido +un salvaje á todos aquellos hombres. Hubo un momento, sin embargo, +en que la muchacha tembló; la Thénardier levantó la tapadera de una +cacerola que hervía en el hornillo, después cogió un vaso y se acercó +al depósito. Dió vuelta al grifo. Cosette había levantado la cabeza y +seguía todos sus movimientos. Un delgadísimo hilo de agua, llenó apenas +la mitad del vaso. + +--¡Mira,--dijo la mujer,--no hay más agua! + +--Siguió un instante de silencio. La criatura no respiraba. + +--¡Bah!--repuso la Thénardier, examinando el vaso medio lleno.--Con +ésta habrá bastante. + +Cosette se volvió á su trabajo; pero durante un buen cuarto de hora, +sintió saltar el corazón precipitadamente dentro el pecho. + +Contaba los minutos que iban pasando, deseando estar ya al día +siguiente. + +De cuando en cuando, uno de los bebedores miraba á la calle y exclamaba: + +--¡Está obscuro como boca de lobo! + +Ó decía otro: + +--¡Es preciso ser gato para salir á la calle sin farol! + +Cosette se estremecía. + +De pronto, uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el bodegón +entró, y dijo con acento rudo: + +--No habéis dado de beber á mi caballo. + +--Sí, por cierto,--dijo la Thénardier. + +--Yo os digo que no,--repuso el mercader. + +Cosette había salido de debajo de la mesa: + +--¡Oh! ¡Sí, señor!--dijo.--El caballo ha bebido, ha bebido en el cubo, +en el cubo lleno, y yo misma soy quien le he dado de beber y le he +hablado. + +Esto no era verdad. La niña mentía. + +--He aquí otra, que no es mayor que un puño, y miente como una +casa,--exclamó el mercader.--¡Yo te digo que no ha bebido, bribonzuela! +Tiene un modo de resollar, cuando no ha bebido, que se lo conozco +perfectamente. + +Cosette insistió, añadiendo con voz enronquecida por la angustia y que +se oía apenas: + +--¡Y mucho que ha bebido! + +--¡Ea,--repuso el mercader en tono colérico,--no hay que hablar de eso; +que se le dé de beber á mi caballo, y acabemos! + +Cosette volvió á meterse debajo de la mesa. + +--En efecto: nada hay más justo,--dijo la Thénardier;--si el animal no +ha bebido, es preciso que beba. + +Luego mirando en torno suyo exclamó: + +--¡Y bien! ¿Dónde está ésa? + +Bajóse, y vió á Cosette agazapada al otro extremo de la mesa, metida +casi debajo de los pies de los bebedores. + +--¿Quieres salir de ahí?--gritó la Thénardier. + +Cosette salió de la especie de agujero donde se había escondido. La +Thénardier repuso: + +--Señorita doña Perra sin nombre, vaya á dar de beber al caballo. + +--Pero, señora,--dijo Cosette toda temblorosa,--¡es que no hay agua! + +La Thénardier abrió de par en par la puerta de la calle. + +--¡Pues ir á buscarla! + +Cosette bajó la cabeza, y fué á tomar un cubo vacío que estaba en el +rincón de la chimenea. + +Este cubo abultaba más que ella, tanto, que la muchacha hubiera podido +sentarse dentro y estar ancha. + +La Thénardier se volvió á sus hornillas, y probó con una cuchara de +palo lo que había en una cacerola, gruñendo al mismo tiempo: + +--En la fuente la hay; todas las dificultades fuesen como ésta. Creo +que hubiera sido mejor preparar las cebollas. + +Púsose luego á buscar en un cajón donde había dinero, ajos y pimienta. + +--Toma, señorita Renacuajo,--añadió;--de vuelta tomarás un pan en la +panadería. Aquí tienes una moneda de quince sueldos. + +Cosette tenía una faltriquera pequeña en un lado del delantal; tomó la +moneda sin decir una palabra, y la guardó en el bolsillo. + +Después se quedó inmóvil con el cubo en la mano, y la puerta abierta +delante de ella. Parecía esperar que alguien fuése en su ayuda. + +--¡Aprisa!--gritó la Thénardier. + +Cosette salió. La puerta se volvió á cerrar. + + + + + IV + =Entrada en escena de una muñeca= + + +La hilera de puestos de venta al aire libre que partía de la iglesia, +se extendía, como hemos dicho, hasta la posada Thénardier. Dichos +puestos, esperando que pasara luego gente que debía ir á la misa de +media noche, estaban iluminados todos con velas, que ardían dentro +de cucuruchos de papel, lo cual, como decía el maestro de escuela de +Montfermeil, sentado en aquel momento á una de las mesas de la taberna +Thénardier, producía «un efecto mágico». + +En cambio no se veía una sola estrella en el cielo. + +El último de estos puestos, establecido precisamente enfrente de la +puerta de los Thénardier, estaba lleno de juguetes de todas clases, +y ostentaba mil objetos de oropel, vidrio de colores y otras cosas +magníficas de hoja de lata. En la primera fila, y en lugar preferente, +había colocado el mercader, sobre un fondo de servilletas blancas, una +inmensa muñeca de casi dos pies de altura, vestida con traje de crespón +color de rosa, con espigas de oro en la cabeza, pelo verdadero y ojos +de esmalte. Todo el día había estado expuesta aquella maravilla á la +admiración de los transeuntes de menos de diez años, sin que hubiese +habido en Montfermeil una madre bastante rica ó bastante pródiga para +comprársela á su hija. Eponine y Azelma se habían pasado contemplándola +horas enteras, y Cosette misma furtivamente, por supuesto, había osado +mirarla también. + +En el momento en que salió Cosette, con su cubo en la mano, por triste +y disgustada que estuviese, no pudo dejar de levantar los ojos hasta la +prodigiosa muñeca, hasta _la señora_, como ella la llamaba. La pobre +niña se quedó petrificada. No había visto aún tan de cerca la tal +muñeca. Toda la barraca le parecía un palacio; y aquella muñeca no era +muñeca, era una visión. Era la alegría, el explendor, la riqueza, la +dicha que aparecía en una especie de irradiación quimérica ante aquel +pequeño y desgraciado ser, tan profundamente envuelto por una miseria +fúnebre y helada. Cosette medía con la sagacidad triste y sincera de +la infancia, el abismo que la separaba de aquella muñeca. Decíase +ella que era menester ser reina, ó al menos princesa, para poseer +una «cosa» como aquélla. Contemplaba aquel lindo vestido de color de +rosa, aquellos hermosos y bien peinados cabellos, pensando y diciendo +¡qué feliz debe ser esa muñeca! Sus ojos no podían apartarse de aquel +puesto fantástico. Cuanto más miraba, más se embelesaba. Creía estar +viendo el paraíso. Veía otras muñecas, detrás de «la grande», que le +parecían hadas y genios. El mercader que se movía, allá en el fondo del +barracón, le producía cierto efecto de Padre eterno. + +En aquella adoración, se olvidaba de todo, hasta del encargo que se le +había hecho. De súbito, la áspera voz de la Thénardier la hizo volver +en sí. + +--¡Cómo! ¿Aún estás aquí bachillera? ¡Aguarda, allá voy yo! ¿Qué tiene +que hacer ahí ese monstruo? + +La Thénardier había dado una mirada á la calle, y había visto á Cosette +extasiada. + +Cosette se escapó, cargando con el cubo y alargando los pasos cuanto +pudo. + + + + + V + =La chiquilla sola= + + +Como la taberna Thénardier estaba en aquella parte de la población +inmediata á la iglesia, era la fuente del bosque, de la parte de +Chelles, á donde Cosette debía ir por el agua. + +Ya no volvió á mirar ningún otro puesto de la feria. Mientras estuvo +en la callejuela de Boulanger y en los alrededores de la iglesia, +las tiendecillas iluminadas alumbraban el camino; pero muy pronto +desapareció el último resplandor del último barracón. La pobre criatura +se encontró pues en la obscuridad. Penetró en ella. Pero sintiendo que +se apoderaba de su espíritu cierta emoción; á medida que iba caminando +iba agitando cuanto podía el asa del cubo. El ruido que producía con +ello, le servía de compañía. + +Cuanto más andaba, más espesas se iban volviendo las tinieblas. No +había ya en las calles persona alguna. Sin embargo, tropezó con una +mujer, que se volvió al verla y que permaneció inmóvil, murmurando +entre dientes: + +--¿Adónde puede ir esta muchacha? ¿Si será algún duende?--Luego la +mujer reconoció á Cosette, y exclamó:--¡Mira! ¡si es la Alondra! + +Así atravesó Cosette el laberinto de calles tortuosas y desiertas +en que termina por la parte de Chelles la población de Montfermeil. +Mientras hubo casas y aún sólo paredes por ambos lados del camino, +anduvo bastante animosa. De cuando en cuando veía la claridad de una +vela á través de las rendijas de una ventana; era luz y vida; allí +había gente, y esto la alentaba. Sin embargo, á medida que adelantaba, +sus pasos iban acortándose maquinalmente. Cuando hubo pasado el +ángulo de la última casa, Cosette se paró. Ir más allá de la última +tienda había sido difícil; ir más allá de la última casa, se le hacía +imposible. Dejó el cubo en el suelo, llevóse la mano á la cabeza, +y púsose á rascarse lentamente, actitud propia de las criaturas +aterradas é indecisas. Ya no estaba en Montfermeil, puesto que se +encontraba en medio del campo. Tenía únicamente ante ella el espacio +negro y desierto. Contempló desesperada aquella obscuridad, donde no +había nadie, donde había solamente animales, y donde había tal vez +aparecidos. Miró bien, y creyó oir las bestias que andaban por entre +la yerba, y ver claramente los aparecidos que se movían entre los +árboles. Entonces volvió á coger su cubo, el miedo le dió audacia. + +--¡Bah!--exclamó ella,--diré que ya no había agua. + +Y volvió á entrar resueltamente en Montfermeil. + +Apenas había andado cien pasos, se paró nuevamente y volvió á rascarse +la cabeza. Entonces fué la Thénardier quien se le apareció; la +Thénardier, amenazadora, con su boca de hiena y destellando cólera +sus ojos. La muchacha lanzó una triste mirada en torno suyo. ¿Qué +hacer? ¿Cómo salir del paso? ¿Adónde ir? Delante tenía el espectro de +la Thénardier, detrás todos los fantasmas de la noche y del bosque. Á +pesar de todo, retrocedió ante la Thénardier. Emprendió otra vez el +camino de la fuente y echó á correr. Salió corriendo de la población, +entró corriendo en el bosque, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su +curso hasta faltarle la respiración; pero no interrumpió su marcha. Iba +avanzando como desvanecida. + +Iba corriendo con ganas de llorar. + +El estremecimiento nocturno de la selva la envolvía por completo. No +pensaba, no veía ya; la inmensidad de la noche estaba frente á frente +de aquel pequeño ser. Por una parte, todo sombras; por otro, un átomo. + +No había más que unos siete ú ocho minutos de la orilla del bosque +al manantial. Cosette conocía el camino por haberle recorrido de día +muchas veces. ¡Cosa extraña! No se extravió. Un resto de instinto la +conducía vagamente. Sin embargo, no dirigía los ojos ni á la derecha +ni á la izquierda, temerosa de ver cosas entre las ramas y entre la +maleza. Así llegó á la fuente. + +Era un estrecho pozo natural, formado por el agua en un suelo +arcilloso, á la profundidad de unos dos pies, rodeado de musgo y +de esas grandes yerbas rizadas llamadas gorgueras de Enrique IV, y +enlosado con grandes piedras, del cual salía un arroyuelo, produciendo +un ruido escaso y tranquilo. + +Cosette no se tomó ni aún el tiempo indispensable para respirar. Estaba +la noche obscurísima; pero ella tenía ya costumbre de ir á aquella +fuente. Buscó con la mano izquierda, entre la obscuridad, una encinilla +inclinada sobre el manantial, la que le servía ordinariamente de punto +de apoyo; encontró una rama, se agarró á ella, se inclinó y sumergió +el cubo en el agua. Se encontraba en un estado tan violento, que sus +fuerzas se habían triplicado. Mientras estaba así inclinada, no echó de +ver que la faltriquera de su delantal se vaciaba en la fuente, y que la +moneda de quince sueldos se le cayó en el agua. Cosette no vió ni oyó +caer nada. Retiró el cubo casi lleno, y lo dejó sobre la yerba. + +Hecho esto, advirtió que estaba abrumada de cansancio. Bien hubiera +querido partir enseguida; pero el esfuerzo de llenar el cubo había +sido tal, que le fué imposible dar un paso. Vióse, por lo tanto, +obligada á sentarse, y dejándose caer sobre la yerba, se quedó +acurrucada. + +Cerraba los ojos, volviéndolos á abrir luego sin saber por qué, pero no +pudiendo hacer otra cosa. Á su lado tenía el cubo, cuya agua agitada +formaba círculos á manera de serpientes de fuego blanco. + +Encima de su cabeza, el cielo aparecía cubierto de extensas nubes +negras, que eran como masas de humo. La trágica máscara de la sombra +parecía ir cayendo vagamente sobre aquella criatura. + +Júpiter se envolvía en las profundidades. + +La pobre criatura miraba con ojos extraviados esta grande estrella, +que no conocía y que le daba miedo. El planeta se hallaba en realidad +en aquel momento cerca del horizonte, y atravesaba una espesa capa de +niebla que le daba un tinte rojizo horrible. La bruma, lúgubremente +teñida de púrpura, agrandaba el astro, dándole el aspecto de una llaga +luminosa. + +Un viento frío soplaba de la llanura. El bosque estaba tenebroso, +sin ningún rozamiento de hojas, sin ninguna de aquellas vagas +y suaves claridades de estío. Alzábanse horriblemente grandes +ramajes; agitábanse en los claros deformes y espantosos matorrales. +Extremecíanse con el cierzo las altas yerbas como anguilas; las zarzas +retorcíanse como largos brazos armados de garras para coger su presa. +Algunas malezas secas, sacudidas por el viento, pasaban rápidamente +como huyendo espantadas de algún objeto que las persiguiese. En todas +partes no se advertía más que extensiones lúgubres. + +La obscuridad es vertiginosa. El hombre necesita claridad; quien +penetra en lo opuesto á la luz, se siente oprimido el corazón. Cuando +el ojo ve negro, el espíritu ve turbio. En el eclipse, en la noche, en +la opacidad fuliginosa, hay ansiedad hasta para los más fuertes. Nadie +atraviesa solo de noche por las obscuridades de un bosque sin temblar. +Sombras y árboles, son dos espesuras temibles. Una realidad quimérica +aparece en la profundidad indistinta. Lo inconcebible se bosqueja á +pocos pasos de nosotros con claridad espectral. Vemos flotar, en el +espacio ó en nuestro propio cerebro, algo vago é impalpable como los +sueños de flores dormidas. Hay en el horizonte actitudes feroces, +aspiramos los efluvios del gran vacío obscuro. Tenemos á un tiempo +miedo y deseo de mirar atrás. + +Las cavidades de la noche, las cosas convertidas en objetos espantosos, +perfiles taciturnos que se van disipando á medida que vamos adelante, +cabelleras sueltas flotando en la obscuridad, espesuras irritadas, +charcos lívidos; lo lúgubre reflejándose en lo fúnebre, la inmensidad +sepulcral del silencio; los seres desconocidos posibles, ramas +misteriosamente doblegadas, torsos horribles de árboles, prolongadas +ráfagas de yerbas temblorosas, no existe defensa contra todo eso. No +hay valor que no tiemble y no sienta la proximidad de la angustia. Se +experimenta algo horroroso, como si el alma se confundiese con la +sombra. Esta penetración íntima de las tinieblas, es inexplicablemente +siniestra en los niños. + +Las selvas son apocalipsis, y el simple batir de alas de un alma +infantil, produce cierto ruido de agonía bajo su bóveda monstruosa. + +Sin darse cuenta á sí misma de lo que experimentaba, Cosette se sentía +sobrecogida por aquella obscura enormidad de la naturaleza. No era +únicamente terror lo que la impresionaba, era algo más terrible que el +terror mismo. Temblaba. No hay expresiones para manifestar lo que tenía +de extraño aquel temblor que la helaba hasta el fondo de su corazón. +Su mirada se había vuelto esquiva. Creía sentir que tal vez no podría +evitar al día siguiente, el volver allí á la misma hora. + +Entonces, movida por cierto instinto, para salir de aquel estado +singular que ella no comprendía, pero que la asustaba, púsose á contar +en alta voz uno, dos, tres, cuatro, hasta diez, y cuando concluía +empezaba á contar otra vez de nuevo. Esto le devolvió la clara +percepción de los objetos que la rodeaban. Sintió frío en sus manos, +que se habían mojado al sacar el agua. Levantóse volviendo nuevamente +al miedo, un miedo natural é invencible. No tuvo ya más que un +pensamiento, huir; huir á todo correr, al través del bosque, al través +del campo, hasta dar con las casas, con las ventanas, con las velas +encendidas. Su mirada tropezó con el cubo que tenía delante. + +Era tal el horror que la inspiraba la Thénardier, que no se atrevió á +huir sin el cubo de agua. Cogióle por el asa con ambas manos, y no sin +gran trabajo alcanzó levantarlo. + +Caminó difícilmente unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno y era +tan pesado, que se vió obligada á dejarle nuevamente en el suelo. +Respiró un instante, cogiéndolo de nuevo, y echó á andar; avanzando +esta vez más largo trecho. Pero fuele preciso descansar aún; después +de algunos segundos de reposo, prosiguió. Caminaba inclinada hacia +adelante, con la cabeza baja, como una vieja; el peso del cubo estiraba +y entumecía sus débiles brazos. El asa de hierro acababa de entorpecer +y helar sus manecitas húmedas; de cuando en cuando se veía obligada á +pararse, y cada vez que lo hacía, el agua helada que se desbordaba del +cubo, caía sobre sus desnudas piernas. Esto le acontecía en el fondo de +un bosque, de noche, en invierno, lejos de toda mirada humana, á una +niña de ocho años; Dios solamente podía ver una cosa tan triste, en tan +triste momento. + +Y sin duda su madre también, ¡ay! + +Porque hay cosas capaces de hacer abrir los ojos á los muertos dentro +de sus tumbas. + +Respiraba la pobre con cierto doloroso estertor; los sollozos oprimían +su garganta, pero no se atrevía á llorar, tanto era el miedo que +le infundía, aun de lejos, la Thénardier. Tenía la costumbre de +imaginarse siempre presente á la posadera. + +Á pesar de todo, no podía adelantar mucho camino de aquella manera, y +proseguía lentamente. Por más que acortaba la duración de las paradas +y caminaba de una á otra cuanto podía, calculaba angustiada que le +faltaba más de una hora para llegar así á Montfermeil, y que la +Thénardier la pegaría. Á semejante angustia se mezclaba el espanto de +verse sola, de noche y en el bosque. Estaba abrumada de fatiga, y no +había aún salido de la selva. Al llegar junto á un viejo castaño que +ya conocía, hizo una última parada más larga que las anteriores, para +tomar mayor descanso; reunió después todas sus fuerzas, cogió de nuevo +el cubo, y echó á andar otra vez valerosamente. + +Sin embargo, la pobre criatura, desesperada, no pudo evitar esta +exclamación: ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! + +En aquel momento, sintió de súbito que el cubo no le pesaba ya. Una +mano, que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba +vigorosamente. Levantó Cossette la cabeza. Un gran bulto negro enhiesto +y alto, caminaba á su lado en la obscuridad. Era un hombre que había +llegado detrás de ella, y á quien no había oído venir. Aquel hombre, +sin decir una palabra, había empuñado el asa del cubo que ella podía +levantar apenas. + +Hay instintos para todos los acontecimientos de la vida. + +La niña no tuvo entonces miedo. + + + + + VI + =Donde tal vez se prueba la inteligencia de Boulatruelle= + + +En la tarde del mismo día de Navidad de 1823, estuvo paseando un hombre +largo tiempo la parte más desierta del boulevard del Hospital en París. +Este hombre tenía el aspecto del que busca dónde alojarse, y se detenía +preferentemente ante las casas de más modesta apariencia de aquel +ruinoso extremo del arrabal de San Marcelo. + +Luego veremos cómo aquel hombre había alquilado, efectivamente, un +cuarto en este aislado barrio. + +Aquel hombre, así en su traje como en toda su persona, presentaba +el tipo de lo que podría llamarse el mendigo de buena sociedad: la +extremada miseria combinada con el extremado aseo. Es ello una mezcla +bastante rara, que inspira á los corazones inteligentes el doble +respeto que se siente por quien es muy pobre y por quien es muy digno. +Llevaba un sombrero redondo muy viejo y muy cepillado, una levita hasta +descubrir los hilos, de paño común color de ocre, color que no tenía +nada de particular en aquella época, un gran chaleco con bolsillos +de forma secular, calzón corto negro, pero que mostraba haberse +descolorido hasta el gris por las rodillas, medias de lana negra y +gruesos zapatos con hebillas de cobre. Hubiérase dicho que era un +antiguo preceptor de casa grande, recién llegado de la emigración. Por +sus cabellos blancos, por las arrugas de su frente, por lo lívido de +sus labios, por su rostro en que todo respiraba abatimiento y cansancio +de la vida, se le hubieran supuesto más de sesenta años. Por su paso +firme, aunque lento, y por el vigor singular impreso en todos sus +movimientos, apenas se le hubieran concedido cincuenta. + +Las arrugas de su frente estaban bien colocadas, y hubieran prevenido +en favor suyo á cualquiera que le hubiese observado atentamente. +Sus labios se contraían con un pliegue particular, que parecía +severo siendo humilde. Había en el fondo de su mirada cierta lúgubre +serenidad. Llevaba en la mano izquierda un paquetito envuelto en un +pañuelo, apoyando la derecha en una especie de bastón cortado de un +seto. Este bastón había sido labrado con cierto esmero, y no tenía un +mal aspecto; habían sacado partido de los nudos, y le habían figurado +un puño de coral con lacre encarnado; era un palo, que se parecía á un +bastón. + +Poca es la gente que pasa por aquel boulevard, sobre todo en invierno. +Aquel hombre, no obstante, aunque sin afectación, más parecía evitarla +que buscarla. + +En aquella época, el rey Luis XVIII iba casi todos los días á +Chois-le-Roy. Era uno de sus paseos favoritos. Á eso de las dos, casi +invariablemente, se veía el coche con la escolta real pasar á todo +escape por el boulevard del Hospital. + +Esto hacía las veces de reloj á los pobres del barrio, que decían: las +dos; pues ya se vuelve á las Tullerías. + +Y los unos acudían y los otros se alineaban para esperarle; porque el +paso de un rey, es siempre tumultuoso. Por lo demás la aparición y +desaparición de Luis XVIII, producía cierto efecto en las calles de +París. Era rápido, pero majestuoso. Aquel rey impotente gustaba de +ir al galope; no pudiendo andar, quería correr; ese inválido hubiera +deseado de buena gana ser conducido por el relámpago. Pasaba pacífico y +severo en medio de los sables desnudos. Su berlina maciza, enteramente +dorada, con gruesas ramas de lirio pintadas en los costados, rodaba +estrepitosamente. Apenas había tiempo bastante para dirigirle una +mirada. Veíase en el ángulo del fondo, á la derecha, sobre almohadones +de raso blanco, una cara ancha, firme y colorada, una frente recién +empolvada, una mirada altiva, dura y fina, una sonrisa de letrado, dos +grandes charreteras con canalones flotantes sobre un frac de paisano, +el Toisón de oro, la cruz de San Luis, la cruz de la Legión de Honor, +la placa de plata del Santo Espíritu, un gran vientre y un grueso +cordón azul: esto era el rey. Fuera de París colocaba su sombrero +con plumas blancas sobre sus rodillas envueltas en altas polainas +inglesas, y cuando entraba de nuevo en la población, se lo ponía en la +cabeza, saludando poco. Miraba fríamente al pueblo, que le correspondía +perfectamente. Cuando apareció por primera vez en el barrio de San +Marcelo, todo el éxito que obtuvo fué esta frase de uno de los vecinos +á otro vecino: «Ese gordo que va ahí es el gobierno». + +Este paso infalible del rey á la misma hora, era, pues, el +acontecimiento cotidiano del boulevard del Hospital. + +El paseante de la levita amarilla, no era evidentemente del barrio, ni +de París tampoco probablemente, puesto que ignoraba esta circunstancia. +Así es que cuando al dar las dos vió el coche real, rodeado de un +escuadrón de guardias de Corps galoneados de plata, desembocar en +el boulevard, después de dar la vuelta á la Salpêtrière, se quedó +sorprendido y casi aterrado. No había nadie más que él en la calle de +árboles, y se arrimó vivamente contra un ángulo de la tapia de cerca, +lo que no impidió que le viese el señor duque de Havré. El señor duque +de Havré, como capitán de guardias de servicio aquel día, iba sentado +en el coche frente á frente del rey, y dijo á su majestad: + +--¡He aquí un hombre de bien mala traza! Varios agentes de policía, +apostados para vigilar en la carrera que seguía el rey, se fijaron +también en aquel hombre, y uno de ellos recibió orden de seguirle. Pero +el hombre se internó en las callejuelas solitarias del arrabal, y como +el día empezaba á declinar, el agente perdió la pista, según resulta +de un parte dirigido aquella misma noche al conde Anglès, ministro de +Estado y prefecto de policía. + +Cuando el hombre de la levita amarilla hubo hecho perder la pista +al agente, redobló el paso, no sin haberse vuelto muchas veces para +cerciorarse de que no le seguían. Á las cuatro y cuarto, es decir, +cerrada ya la noche, pasaba por delante del teatro de la puerta +de San Martín, donde se representaba aquel día el drama _Los dos +presidiarios_. El cartel, alumbrado por los faroles del teatro, debió +chocarle, porque aún cuando caminaba deprisa se paró á leerle. Poco +después estaba en el callejón de la Planchette, y entraba en el _Plato +de estaño_, donde estaba entonces la administración de diligencias de +Lagny. + +El coche partía á las cuatro y media. Los caballos estaban enganchados, +y los viajeros, llamados por el mayoral, se encaramaban á toda prisa +por el alto peldaño de hierro del vehículo. + +El hombre preguntó: + +--¿Hay asiento? + +--Uno solo, á mi lado, en el pescante,--contestó el mayoral. + +--Le tomo. + +--Subid. + +Sin embargo, antes de partir, el conductor dirigió una mirada al traje +nada lujoso del viajero, y á su pequeño lío, é hizo que se lo pagase. + +--¿Vais hasta Lagny?--le preguntó el cochero. + +--Sí,--dijo el hombre. + +Y el viajero pagó hasta Lagny. + +Partieron enseguida. + +Cuando hubieron atravesado la barrera; el mayoral procuró anudar +la conversación; pero viendo que el viajero sólo contestaba por +monosílabos, tomó el partido de silbar y jurar contra los caballos. + +Envolvióse el conductor en su manta. Hacía frío. El hombre no parecía +acordarse de ello. Así atravesaron Gournay y Neuilly-sur-Marne. + +Á eso de las seis de la noche estaban en Chelles. El mayoral se paró +para dar aliento á los caballos delante de la posada de trajineros, +establecida en los viejos edificios de la abadía real. + +--Yo bajo aquí,--dijo el hombre. + +Cogió su lío y su bastón, y saltó del carruaje. + +Un instante después había desaparecido. + +No había entrado en la posada. + +Cuando después de algunos minutos la diligencia volvió á emprender la +marcha para Lagny, no le encontró en toda la calle mayor de Chelles. + +El mayoral se volvió hacia los viajeros del interior, diciendo: + +--Aquel hombre no es de aquí, pues yo no le conozco. Tiene cara de no +llevar un céntimo, y sin embargo no se preocupa mucho del dinero, pues +ha pagado hasta Lagny y no pasa de Chelles. Es de noche, todas las +casas están cerradas, no entra en la posada, y no se le vuelve á ver. +Se le ha de haber tragado la tierra. + +No había sido el hombre tragado por la tierra, sino que había cruzado +á grandes pasos entre la obscuridad la calle mayor de Chelles, después +había tomado á la izquierda, y antes de llegar á la iglesia, el camino +vecinal que conduce á Montfermeil, como cualquiera conocedor del país +que hubiese ya transitado por él. + +Siguió rápidamente este camino. En el lugar donde cruza la alameda +antigua que va de Gagny á Lagny, oyó venir gente; ocultóse +precipitadamente en una zanja, y esperó á que los que pasaban se +hubiesen alejado. La precaución era por otra parte casi superflua; +porque, como hemos dicho, era una noche de diciembre obscurísima. +Apenas se veían dos ó tres estrellas en el cielo. + +Estaba donde empieza la subida de la colina. El hombre no volvió á +entrar en el camino de Montfermeil; tomó á la derecha, al través de los +campos, y se internó en el bosque apresuradamente. + +Cuando se encontró ya en el bosque, acortó el paso, y empezó á mirar +atentamente todos los árboles, avanzando poco á poco, como si buscase +ó siguiera una senda misteriosa conocida por él únicamente. Hubo un +momento en que pareció haberse perdido y se detuvo indeciso. Por fin, +tentando aquí y allá, llegó á encontrar un claro en que había un montón +de piedras grandes y blanquizcas. Dirigióse vivamente donde estaban las +piedras y las examinó con atención, al través de la bruma de la noche, +como si las revisara. + +Un gran árbol, cubierto de esas excrecencias, que son como las verrugas +de la vegetación, estaba á pocos pasos de aquellas piedras. Acercóse +al árbol, paseando la mano sobre la corteza del tronco, como si +quisiera reconocer y contar todas las verrugas. + +Frente á ese árbol, que era un fresno, había un castaño, enfermo de +una descortezadura, al cual habían puesto por vendaje una tira de zinc +clavada. Levantóse de puntillas, y tocó aquella venda de zinc. + +Después anduvo tentando el suelo con los pies, todo el espacio +comprendido entre el árbol y las piedras, como pretendiendo cerciorarse +de que la tierra no había sido recientemente removida. + +Hecho lo cual, se orientó nuevamente, y emprendió su marcha á través +del bosque. + +Éste era el hombre que acababa de encontrar á Cosette. + +Caminando por la espesura en dirección á Montfermeil, había distinguido +aquella pequeña sombra que se movía gimiendo, que dejaba un peso en el +suelo, que lo levantaba otra vez y volvía á moverse. Acercósele, y vió +que era una pobre criatura cargada con un enorme cubo de agua. Entonces +se llegó á la niña, cogiendo silenciosamente el asa del cubo. + + + + + VII + =Cosette en la sombra junto al desconocido= + + +Cosette, ya lo hemos dicho, no había tenido miedo. + +El hombre le dirigió la palabra. Hablábale en voz grave y casi baja. + +--Hija mía, es muy pesado para ti eso que llevas. + +Cosette levantó la cabeza, y respondió: + +--Sí, señor. + +--Dame,--repuso el hombre,--yo voy á llevártelo. + +Cosette soltó el cubo. El hombre se puso á caminar junto á ella. + +--Mucho pesa, en efecto,--dijo entre dientes; y añadió luego: + +--Chiquilla, ¿qué edad tienes? + +--Ocho años, señor. + +--¿Y vienes con eso de muy lejos? + +De la fuente que está en el bosque. + +--¿Y vas muy lejos ahora? + +--Á un cuarto de hora largo de aquí. + +El hombre permaneció un momento sin hablar; luego preguntó bruscamente: + +--¿No tienes madre? + +--No lo sé,--respondió la chiquilla. + +Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo de tomar nuevamente la +palabra, añadió: + +--No lo creo. Las otras sí tienen, pero yo no. + +Y después de una pausa, prosiguió: + +--Creo que nunca la he tenido. + +Detúvose el hombre, dejó el cubo en el suelo, se inclinó, y poniendo +ambas manos sobre los dos hombros de la niña, hizo un esfuerzo por +mirarla y ver su rostro en la obscuridad. + +El flaco y escuálido semblante de Cosette, se dibujaba vagamente á la +pálida luz del cielo. + +--¿Cómo te llamas?--preguntó el hombre. + +--Cosette. + +El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Mirola nuevamente, separó +después sus manos de los hombros de Cosette, volvió á coger el cubo, y +echó á andar. + +Después de unos instantes, preguntó: + +--Chiquilla, ¿dónde vives? + +--En Montfermeil, sabéis... + +--¿Es allí dónde vamos? + +--Sí, señor. + +Hizo otra pausa todavía, y volvió á preguntar: + +--¿Y quién es el que así te manda á buscar agua al bosque á estas horas? + +--La señora Thénardier. + +El hombre replicó con un sonido de voz que esforzaba, para darle el +tono de indiferente, pero en el que se notaba, sin embargo, un temblor +singular. + +--¿Qué es lo que hace esta señora Thénardier? + +--Es mi ama,--dijo la niña.--Es la dueña de la posada. + +--¿De la posada?--dijo el hombre.--Pues bien; allá voy á pasar esta +noche. Acompáñame. + +--Vamos allá,--dijo la niña. + +El hombre andaba bastante de prisa. Cosette le seguía sin dificultad. +No sentía la menor fatiga. De cuando en cuando levantaba los ojos +hacia aquel hombre, con cierta expresión de tranquilidad y confianza +inexplicable. Jamás le había enseñado nadie á dirigirse á la +Providencia y orar. No obstante, sentía ella dentro de sí misma, algo +que se parecía á la esperanza y á la alegría, y que se elevaba hasta +los cielos. + +Pasáronse algunos minutos. El hombre repuso: + +--Pero, ¿no hay criada en casa de la señora Thénardier? + +--No, señor. + +--¿Luego estás tú sola? + +--Sí, señor. + +Hubo todavía otra interrupción. Cosette levantó la voz: + +--Es decir, hay dos niñas. + +--¿Dos niñas? + +--Ponine y Zelma. + +La muchacha simplificaba en esta forma aquellos nombres novelescos tan +agradables á la Thénardier. + +--¿Quiénes son estas Ponine y Zelma? + +--Son las niñas de la señora Thénardier, es decir, sus hijas. + +--Y, ¿qué hacen estas niñas? + +--¡Oh!--dijo Cosette.--Tienen muñecas muy bonitas, tienen cosas en que +hay oro, mucho con que entretenerse, y ellas juegan, se divierten... + +--¿Todo el día? + +--Sí, señor. + +--¿Y tú? + +--Yo, trabajo. + +--¿Todo el día? + +La niña alzó sus grandes ojos, en los que había una lágrima, que á +causa de la obscuridad no podía verse, y respondió dulcemente: + +--Sí, señor. + +Y prosiguiendo, después de un intervalo silencioso: + +--Á veces, cuando he concluido mi tarea, y me lo permiten, me divierto +también. + +--Y ¿cómo te diviertes tú? + +--Como puedo. Me dejan; pero yo no tengo muchos juguetes. Ponine y +Zelma no quieren que yo juegue con sus muñecas. Tengo solamente un +sable muy pequeñito de plomo, que no es mayor que esto. + +Y la muchacha levantaba su dedo meñique. + +--¿Y que no corta? + +--Sí, señor,--dijo la niña,--corta ensalada y cabezas de mosca. + +Llegaron á la población. Cosette guió al forastero por las calles. +Pasaron por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del +pan que debía llevar. El hombre había cesado de hacerle preguntas, +guardando entonces un silencio sombrío. Cuando hubieron dejado tras +sí la iglesia, viendo el hombre todos aquellos puestos al aire libre, +preguntó á Cosette: + +--¿Hay feria aquí? + +--No, señor; es Navidad. + +Cuando estuvieron cerca de la posada, Cosette le tocó en el brazo +tímidamente: + +--¿Señor? + +--¿Qué hay, hija mía? + +--Enseguida estaremos en la casa. + +--¿Y qué? + +--¿Que si queréis dejarme otra vez el cubo? + +--¿Por qué? + +--Porque si viese el ama que me lo han traído, me pegaría. + +El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban á la puerta +del bodegón. + + + + + VIII + =Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico= + + +Cosette no pudo evitar una mirada oblicua hacia la muñeca grande que +continuaba expuesta en la tienda de juguetes, y llamó enseguida. + +Abrióse la puerta; apareció la Thénardier con una vela en la mano. + +--¡Ah! ¡eres tú, holgazana! ¡Gracias á Dios! ¡Pues no has malgastado el +tiempo que digamos! ¡Se habrá estado divirtiendo la sinvergüenza! + +--Señora,--dijo Cosette temblorosa,--aquí hay un señor que desea +hospedaje. + +La Thénardier reemplazó enseguida su expresión hocicuda por una +mueca amable, cambio tan visible como propio de posaderos, buscando +ávidamente con la mirada al recién llegado. + +--¿Es este señor?--dijo ella. + +--Sí, señora,--respondió el hombre, llevándose la mano al sombrero. + +Los viajeros ricos no son tan corteses. Este ademán, y la inspección +del traje y equipaje del forastero, á que la Thénardier pasó revista +de una ojeada, borraron la expresión amable de su gesto, y volviendo á +poner la cara hocicuda, replicó entonces secamente: + +--Entrad, buen hombre. + +Entró el «buen hombre». La Thénardier le echó una segunda mirada, +examinó particularmente su levita raída por completo, y su sombrero +algún tanto abollado, y consultó con un movimiento de cabeza, un +fruncimiento de nariz y un guiño de ojos á su marido, quien continuaba +bebiendo con los trajineros. El marido respondió con aquella +imperceptible agitación del índice que, sostenida por el inflamiento de +los labios, significaba entonces: «pobre de solemnidad». Partiendo de +este supuesto, dijo la Thénardier: + +--Buen hombre, aunque lo siento mucho, no hay cuarto disponible. + +--Ponedme donde queráis--dijo el hombre;--en el granero ó en la cuadra. +Pagaré como si me diérais cuarto. + +--Cuarenta sueldos. + +--¿Cuarenta sueldos? Bien. + +--Corriente. + +--¡Cuarenta sueldos!--dijo por lo bajo un trajinero á la +Thénardier.--¡Si no son más que veinte! + +--Cuarenta para él,--replicó la Thénardier en el mismo tono.--Yo no +admito pobres á menos precio. + +--Es verdad,--añadió el marido con dulzura,--es un perjuicio para los +establecimientos el recibir gente de esta clase. + +Entre tanto el hombre, después de haber dejado sobre un banco su +envoltorio y su bastón, se había sentado á una mesa sobre la que +Cosette se había apresurado á poner una botella de vino y un vaso. El +mercader que había pedido el cubo de agua se lo llevó él mismo á su +caballo. Cosette había vuelto á ocupar su lugar debajo de la mesa de +cocina y tomado su calceta. + +El hombre, que apenas había mojado sus labios en el vaso de vino que se +había servido, contemplaba á la niña con atención particular. + +Cosette era fea. Dichosa, hubiera sido bonita tal vez. + +Hemos ya bosquejado aquella figurita sombría. Cosette estaba flaca y +descolorida; tenía cerca de ocho años, y apenas aparentaba seis. Sus +grandes ojos, hundidos en una especie de sombra, estaban casi apagados +á fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa especie de +curvatura de la angustia habitual, que se advierte en los condenados y +en los enfermos deshauciados. Sus manos estaban, como había adivinado +su madre, «perdidas de sabañones». El fuego que la iluminaba en aquel +momento hacía resaltar los ángulos de sus huesos, y ponía horriblemente +de manifiesto su demacración. Como siempre estaba tiritando de frío, +había tomado la costumbre de apretar las rodillas una contra otra. +Todo su vestido no era más que un harapo, que hubiera dado lástima +en verano y horrorizaba en invierno. No tenía sobre sí más que ropa +agujereada, ni siquiera un mal pañuelo de lana. Se le veía la piel por +varias partes, distinguiéndose en muchas de ellas manchas azules ó +negras, que indicaban los sitios donde la Thénardier la había golpeado. +Sus piernas desnudas eran delgadísimas y amoratadas. Lo hundido de +sus clavículas hacía llorar. Toda la persona de aquella criatura, su +porte, su actitud, el sonido de su voz, los intervalos entre palabra y +palabra, su mirada, su silencio, su gesto más insignificante expresaban +y traducían una sola idea: el temor. + +El temor se había posado sobre ella; la cubría, por así decirlo; el +temor la hacía recoger los codos sobre sus caderas, esconder los +talones debajo la falda, ocupar el menor sitio posible, sin dejarla +respirar más que lo necesario, convirtiéndola en lo que podría llamarse +su vicio corporal, sin otra variación posible que la de aumentar. Había +en el fondo de su pupila un rincón sombrío, donde se anidaba el terror. + +Era tal su miedo, que al llegar, mojada y todo como estaba, no se había +atrevido á ir á secarse al fuego, y se había vuelto silenciosamente á +su tarea. + +La expresión de la mirada de aquella criatura de ocho años era de +ordinario tan triste, y á veces tan trágica, que en ciertos momentos +parecía tener trazas de volverse idiota ó demonio. + +Jamás, hemos dicho, había sabido lo que era rezar; jamás había puesto +el pie en una iglesia. ¿Acaso tenía tiempo? decía la Thénardier. + +El hombre de la levita amarilla no apartaba los ojos de Cosette. + +De repente la Thénardier, exclamó: + +--¡Á propósito! ¿Y el pan? + +Cosette, según su costumbre, cada vez que la Thénardier levantaba la +voz, salía inmediatamente de debajo de la mesa. + +Habíase olvidado por completo del pan. Recurrió entonces al expediente +sempiterno de los niños asustados. Mintió. + +--Señora, el panadero tenía cerrado. + +--¡Haber llamado! + +--Ya llamé, señora. + +--¿Y bien? + +--No abrieron. + +--Mañana sabré yo si eso es verdad--dijo la Thénardier;--y si mientes, +verás la danza que te espera. Entre tanto, devuélveme la moneda de +quince sueldos. + +Cosette metió la mano en el bolsillo del delantal, y se puso verde. La +moneda de quince sueldos había desaparecido. + +--¡Ea!--dijo la Thénardier--¿Me has oído? + +Cosette volvió el bolsillo del revés; no había nada. ¿Qué podía haberse +hecho aquel dinero? La pobre criatura no encontraba una palabra que +contestar. Estaba petrificada. + +--¿Es que has perdido la moneda de quince sueldos?--dijo aullando la +Thénardier.--¿Ó es que quieres robármela? + +Al mismo tiempo alargó el brazo hacia el martinete, colgado en el +rincón de la chimenea. + +Este ademán amenazador, dió á Cosette fuerzas para gritar: + +--¡Perdón, señora! ¡Señora, no lo volveré á hacer! + +La Thénardier descolgó el martinete. + +Entre tanto el hombre de la levita amarilla había metido los dedos +en el bolsillo de su chaleco, sin que nadie hubiese advertido este +movimiento. + +Por otra parte, los demás viajeros bebían ó jugaban á las cartas, sin +fijarse en nada más. + +Cosette haciéndose un ovillo, llena de angustias en el rincón de +la chimenea, procuraba encoger y esconder sus pobres miembros casi +desnudos. La Thénardier levantó el brazo. + +--Permitidme, señora,--dijo el hombre;--pero acabo de ver una cosa que +ha caído del bolsillo del delantal de esa niña, y que ha rodado. Puede +que sea esto. + +Y así diciendo, se bajó, é hizo ademán de buscar por el suelo un +instante. + +--Aquí está precisamente,--añadió levantándose. + +Y entregó una moneda de plata á la Thénardier. + +--Sí, ésta es,--dijo ella. + +No era tal, porque era una pieza de veinte sueldos, pero la Thénardier +salía beneficiosa. Guardó, pues, la moneda en su faltriquera, y se +contentó con lanzar una mirada feroz á la pobre muchacha, diciéndole: + +--¡Cuidado con que te vuelva á suceder! + +Cosette volvió á entrar en lo que la Thénardier llamaba «su nicho», +y sus grandes ojos, fijos en el desconocido viajero, comenzaron á +tomar una expresión que nunca había tenido. No era más que un horrible +asombro, al cual se mezclaba una especie de confianza estupefacta. + +--Á propósito, ¿queréis cenar?--preguntó la Thénardier al viajero. + +Éste no respondió. Parecía meditar profundamente. + +--¿Quién será este hombre?--dijo ella entre dientes.--Algún pobre +asqueroso. No tiene de seguro con qué cenar. ¿Me pagará siquiera la +posada? Gracias que se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que +estaba en el suelo. + +Entre tanto se había abierto una puerta, y habían entrado Eponine y +Azelma. + +Eran en verdad, dos hermosas niñas, que más parecían señoritas que +lugareñas, muy graciosillas; una con sus trenzas color de castaña, muy +lustrosas, y otra con sus largos cabellos negros, que le caían sobre la +espalda, las dos vivarachas, aseadas, gorditas, frescas y sanas, que +daba gusto el verlas. Vestían ambas ropas de abrigo, pero con tanto +arte maternal, que lo grueso de la tela no quitaba nada á la coquetería +del conjunto. Estaba previsto el invierno sin que desapareciera la +primavera. Ambas criaturas irradiaban. Además eran reinas. En su +tocado, en su alegría, en el ruido que hacían, tenían algo de soberanas. + +Cuando entraron, la Thénardier les dijo en tono de reprobación, lleno +de adoración:--¡Ah! ¿sois vosotras? + +Después, colocándolas entre sus rodillas una después de otra, +acariciando sus cabellos, rehaciendo sus lazos, y dejándolas luego con +la tierna manera de soltar, propia de las madres, exclamó: + +--¡Vais de cualquier manera! + +Fueron á sentarse junto al hogar. Tenían una muñeca que volvían y +revolvían sobre sus rodillas entre diversos y alegres arrullos. De +cuando en cuando, Cosette desviaba los ojos de su calceta y mirábalas +jugar con aire triste. + +Eponine y Azelma no se fijaban para nada en Cosette. Era para ellas +como el perro. Las tres criaturas, que no sumaban en junto veinticuatro +años, representaban ya toda la sociedad humana: por una parte la +envidia, por otra el desdén. + +La muñeca de las hermanas Thénardier estaba muy estropeada, sucia y +rota; pero no por eso dejaba de parecer admirable á Cosette, quien en +su vida había tenido una muñeca, _una verdadera muñeca_, para servirnos +de una frase que todos los niños comprenderán. + +De pronto, la Thénardier, que continuaba yendo y viniendo por la sala, +advirtió que Cosette se distraía, y que en vez de trabajar se ocupaba +de las niñas que estaban jugando. + +--¡Ah! ¡Ya te estoy viendo yo ahora!--exclamó ella.--¿Es así como tú +trabajas? Ya te haré yo trabajar zurrándote. + +El forastero sin levantarse de la silla, se volvió hacia la Thénardier, +y sonriendo, con un aire casi temeroso, la dijo: + +--¡Vaya! ¡Dejadle que juegue! + +De parte de cualquier otro viajero que hubiese estado comiendo una +ración de carne y bebiendo dos botellas para cenar, y que no hubiese +tenido aquel aire de _pobre asqueroso_, semejante ruego habría sido +una orden. Pero un hombre que tenía aquel sombrero se permitiese tener +un deseo, y que un hombre que vestía aquella levita se permitiese +manifestar una voluntad, era cosa que la Thénardier no creía deber +tolerar. Replicó pues agriamente: + +--Es preciso que trabaje, puesto que come. Yo no la mantengo para que +no haga nada. + +--¿Y qué es lo que está haciendo?--repuso el forastero con esa voz +dulce que contrastaba extrañamente con su aspecto de mendigo y sus +hombros de cargador. + +La Thénardier se dignó contestar: + +--Medias, señor. Medias para mis niñas, que no tienen como quien dice, +y que van á quedarse con los pies desnudos. + +El hombre miró los pies amoratados de la pobre Cosette, y continuó: + +--¿Y cuándo habrá concluido esas medias? + +--Tiene lo menos para tres ó cuatro días, la perezosa. + +--¿Y cuánto puede valer ese par de medias una vez concluido? + +La Thénardier le dirigió una mirada despreciativa. + +--Treinta sueldos al menos. + +--¿Lo daríais por cinco francos?--repuso el hombre. + +--¡Pardiez!--exclamó dando una risotada cierto trajinero que estaba +oyendo.--¡Cinco francos! ¡ya lo creo! ¡pues no que no! ¡Cinco morlacos! + +Thénardier creyó deber tomar la palabra. + +--Sí, señor, si es ello un capricho, os daré el par de medias por cinco +francos. Nosotros no sabemos negar nada á los viajeros. + +--Pero sería preciso pagar enseguida,--dijo la Thénardier con su manera +breve y perentoria. + +--Compro ese par de medias,--respondió el hombre,--y...--añadió sacando +del bolsillo una moneda de cinco francos que puso sobre la mesa,--lo +pago. + +Después se volvió hacia Cosette: + +--Anda á jugar, chiquilla, tu trabajo corre de mi cuenta. + +El trajinero se conmovió tanto al ver la moneda, que dejó su vaso +adelantándose á recogerla. + +--¡Y es verdad!--exclamó examinándola.--¡Una verdadera rueda trasera! +¡Y que no es falsa! + +Thénardier se acercó y guardó silenciosamente la moneda en su bolsillo. + +La Thénardier no teniendo nada que replicar, se mordió los labios. Su +rostro tomó una expresión de odio. + +Sin embargo, Cosette temblaba. Aventuróse á preguntar: + +--Señora, ¿es esto verdad? ¿Puedo ir á jugar? + +--¡Juega!--dijo la Thénardier con voz terrible. + +--Gracias, señora,--dijo Cosette. + +Y mientras su boca daba gracias á la Thénardier, toda su alma infantil +se las daba al viajero. + +Thénardier había vuelto á ponerse á beber. Su mujer le dijo al oído: + +--¿Quién sabe lo que puede ser, tal vez, este hombre amarillo? + +--He visto,--respondió en tono soberano Thénardier,--millonarios +vistiendo levitas como la suya. + +Cosette había dejado su media, pero no había salido de su sitio. +Movíase siempre lo menos posible. Tomó de una caja detrás de ella +algunos trapos viejos y su pequeño sable de plomo. + +Eponine y Azelma no prestaban la menor atención á lo que pasaba. +Acababan de ejecutar una operación muy importante; se habían apoderado +del gato. Habían arrojado su muñeca al suelo, y Eponine, que era la +mayor, fajaba al gatito, á pesar de sus maullidos y contorsiones, con +una porción de retazos y harapos encarnados y azules. Mientras hacía +esta obra grave y difícil, le decía á su hermana en ese lenguaje dulce +y adorable de las criaturas, cuya gracia, semejante al explendor de las +alas de una mariposa, se pierde cuando se la quiere fijar: + +--Ves, hermanita mía, esta muñeca es más divertida que la otra. Se +mueve, chilla, tiene calor. ¿Quieres, hermanita, que juguemos con ella? +Ésta sería mi hijita. Yo sería una señora. Yo vendría á verte, y tú la +mirarías. Poco á poco verías sus bigotes, y esto te admiraría. Y luego +le verías las orejas, y luego la cola; y esto te asombraría. Y tú me +dirías ¡Ay! ¡Dios mío!... Y yo te diría: Sí, señora; es una hijita que +yo tengo, y así es mi hijita. Todas las niñas pequeñas son así ahora. + +Azelma escuchaba á Eponine toda admirada. + +Entretanto, los bebedores se habían puesto á cantar una canción +obscena, con la que reían hasta hacer temblar el techo. Thénardier les +animaba y acompañaba. + +Así como los pájaros hacen con todo su nido, las criaturas hacen una +muñeca con lo primero que les viene á mano. Mientras Eponine y Azelma +envolvían al gato, Cosette por su parte había envuelto el sable, hecho +lo cual, hacía como que quería dormirle en sus brazos y cantaba para +ello dulcemente. + +La muñeca es una de las necesidades más imperiosas y al mismo tiempo +uno de los más bellos instintos de la infancia femenina. Cuidar, +levantar, adornar, vestir, desnudar, volver á vestir, enseñar, regañar +un poco, mecer, mimar, hacer dormir, figurarse que algo es alguien: +ahí está todo el porvenir de la mujer. Así fantaseando y charlando, +haciendo pequeños ajuares, pañalitos y mantillitas, cosiendo vestidos, +y chambritas, la niña se vuelve jovencita, la jovencita llega á joven +casadera, la joven casadera se trueca en mujer casada. El primer hijo +es la continuación de la última muñeca. + +Una niña sin muñeca, es casi tan desgraciada y tan imposible, como una +mujer sin hijos. + +Cosette se había hecho, pues, una muñeca con el sable. + +La Thénardier se había acercado al _hombre amarillo_. Mi marido tiene +razón, pensaba ella; quién sabe si es el señor Laffitte. ¡Hay ricos tan +especiales! + +Llegóse hasta apoyar los codos en su mesa. + +--Señor,--le dijo. + +Al oir la palabra _señor_, volvióse el hombre. La Thénardier no le +había llamado todavía más que _buen hombre_. + +--Ya veis, señor,--prosiguió ella, tomando su aire meloso, que era más +repugnante aún que su aire feroz;--yo gusto también de que la niña +juegue, no me opongo; pero esto es bueno por una vez, porque vos sois +generoso. Ya veis, como no tiene nada, y es preciso que trabaje: + +--¿Entonces esta niña no es hija vuestra?--preguntó el hombre. + +--¡Oh! ¡Dios mío! No señor. Es una pobrecilla que hemos recogido por +caridad, especie de criatura imbécil. Yo creo que tiene agua en la +cabeza; pues tiene, como veis, la cabeza gorda. Hacemos por ella todo +lo que podemos, pues no somos ricos. Hemos escrito á su país, y en más +de seis meses nadie nos contesta. Hemos de creer que su madre habrá +muerto. + +--¡Ah!--exclamó el hombre volviendo á su ensimismamiento. + +--Valía su madre bien poca cosa,--añadió la Thénardier.--¡Eso de +abandonar á su hija! + +Durante toda esta conversación, Cosette, como si por instinto hubiese +adivinado que hablaban de ella, no había apartado los ojos de la +Thénardier. Escuchaba vagamente. Entendía algunas frases sueltas. + +Entretanto los bebedores, casi todos borrachos, repetían su estribillo +inmundo con mayor algazara y alegría. Era una canción licenciosa de +color muy subido, en que andaban mezclados la Virgen y el niño Jesús. +La Thénardier había ido á tomar su parte en las risotadas. Cosette, +debajo de la mesa, contemplando el fuego que se reverberaba en su +mirada fija, había vuelto á mecer la especie de muñeca que había hecho, +y mientras le iba meciendo cantaba en voz baja: ¡Mi madre ha muerto! +¡Mi madre ha muerto! ¡Mi madre ha muerto! + +Á las muchas instancias de la patrona, el hombre amarillo, «el +millonario», consintió finalmente en cenar. + +--¿Qué quiere tomar el señor? + +--Pan y queso,--dijo el hombre. + +--Decididamente, es un miserable,--pensó la Thénardier. + +Los borrachos continuaban entonando su canción, y la niña, debajo de la +mesa, seguía también cantando la suya. + +De repente dejó Cosette de cantar. Acababa de volverse y ver en el +suelo la muñeca de las hijas de la Thénardier, que la habían dejado por +jugar con el gato, y estaba á pocos pasos de la mesa de cocina. + +Entonces ella dejó caer el sable fajado, que sólo la satisfacía á +medias, y paseó lentamente la mirada en derredor de la sala. La +Thénardier hablaba bajo con su marido, contando dinero; Eponine y +Azelma jugaban con el gato, los viajeros comían, ó bebían, ó cantaban; +ninguna mirada estaba fija en ella. No había momento que perder. Salió +de debajo de la mesa arrastrándose sobre las rodillas y las manos, +cercioróse otra vez aún de que nadie la espiaba, deslizándose luego +vivamente hasta la muñeca y la cogió. Un momento después se encontraba +en su sitio, sentada, inmóvil, vuelta únicamente de modo que hiciese +sombra sobre la muñeca, que tenía en sus brazos. Aquella felicidad de +jugar con una muñeca era, en verdad, tan rara para ella, que encerraba +toda la violencia de un deleite. + +Nadie la había visto, excepción hecha del viajero, que comía lentamente +su frugal cena. + +Aquella felicidad duró cerca de un cuarto de hora. + +Pero por mucha precaución que tuviera Cosette, no advirtió que uno de +los pies de la muñeca _sobresalía_, y que el fuego de la chimenea le +alumbraba con toda claridad. Aquel pie rosado y brillante que salía +de la sombra, atrajo de repente la mirada de Azelma, quien dijo á +Eponine:--¡Mira, hermana mía! + +Las dos chiquillas se quedaron paradas, estupefactas: ¡Cosette se había +atrevido á coger la muñeca! + +Eponine se levantó, y sin soltar el gatito, se fué hacia su madre y +empezó á tirarla de la falda. + +--¡Déjame, hija!--dijo la madre.--¿Qué quieres? + +--¡Mira!--dijo la niña,--¿no ves? + +Y señalaba con el dedo á Cosette. + +Cosette, entregada completamente á los éxtasis de su posesión, no veía +ni oía nada. + +El rostro de la Thénardier tomó esa expresión particular que se compone +de lo terrible mezclado á las fruslerías de la vida, y que hace que se +designe á esa especie de mujeres con el nombre de «megeras». + +Esta vez, el orgullo herido exasperaba doblemente su cólera. Cosette +había traspasado todos los límites; Cosette había agredido á la muñeca +de «aquellas señoritas». Una czarina viendo á un mujik probándose el +gran cordón azul de su imperial hijo, no hubiera puesto otra cara. + +Gritóle pues con voz enronquecida por la indignación: + +--¡Cosette! + +Cosette, temblando como si la tierra se hubiese abierto debajo de ella, +volvió la cabeza. + +--¡Cosette!--repitió la Thénardier. + +Cosette tomó la muñeca y la puso suavemente en el suelo con cierta +veneración mezclada de dolor. Y entonces, sin apartar de ella los ojos +juntó las manos, y horror causa el decirlo tratándose de una niña de +su edad, se las retorció; después, lo que no había podido arrancarle +ninguna de las emociones de aquel día: ni la ida al bosque, ni el peso +del cubo de agua, ni la pérdida del dinero, ni la vista del martinete, +ni aún las sombrías palabras que había oído decir á la Thénardier... +lloró. Rompió á llorar. + +Entretanto, el viajero se había levantado. + +--¿Qué es ello?--dijo á la Thénardier. + +--¿No lo veis?--dijo la Thénardier señalando con el dedo el cuerpo del +delito, que yacía á los pies de Cosette. + +--Sí: ¿y qué?--repuso el hombre. + +--¡Esa miserable que se ha permitido tocar á la muñeca de mis hijas! + +--¡Tanto ruido para eso! ¿Y aún cuando hubiera jugado con la muñeca? + +--¡La ha tocado con sus manos sucias!--prosiguió la Thénardier.--¡Con +sus asquerosas manos! + +Aquí Cosette redobló su llanto. + +--¡Quieres callar!--gritó la Thénardier. + +El hombre se dirigió á la puerta de la calle, abrióla y salió. + +En cuanto hubo salido, aprovechó la Thénardier su ausencia para dar por +debajo de la mesa, un tremendo puntapié á la pobre Cosette, que le hizo +levantar aún más el grito. + +Abrióse nuevamente la puerta, y apareció otra vez el hombre, llevando +entre sus manos la muñeca fabulosa de que hemos hablado, y que todos +los chiquillos del pueblo habían estado contemplando desde por la +mañana y poniéndola de pie junto á Cosette, díjole: + +--Tómala, para ti. + +Es de creer que durante la hora que hacía que estaba allí, en medio +de sus meditaciones, debió haber notado confusamente aquel puesto de +juguetes alumbrado con velas y candilejas, tan espléndidamente, que +aparecía á través de los vidrios de la taberna, como una iluminación. + +Cosette levantó los ojos, había visto al hombre ir hacia ella con +aquella muñeca como si hubiese visto venir al sol, oyó aquellas +palabras inauditas: _Para ti_; le miró, miró á la muñeca, retrocediendo +luego poco á poco fué á esconderse al último extremo debajo de la mesa +en el rincón de la pared. + +Ya no lloraba, ni gritaba; pero tenía el aire de no atreverse á +respirar. + +La Thénardier, Eponine y Azelma, eran otras tantas estatuas. Los mismos +bebedores se habían suspendido. Reinó un silencio solemnísimo en todo +el bodegón. + +La Thénardier, petrificada y muda, volvía de nuevo á sus conjeturas: +¿Quién será este viejo? ¿Un pobre? ¿un millonario? Quizá sea ambas +cosas, es decir: un ladrón. + +La cara del tabernero Thénardier presentó aquella expresiva arruga +que acentúa la expresión humana cada vez que el instinto dominante +aparece en ella con todo su brutal poder. El tabernero se fijaba +alternativamente en la muñeca y en el viajero; parecíale olfatear en +aquel hombre algo como de cuando se olfatea una talega de dinero. Esto +sólo duró lo que un relámpago. Acercóse á su mujer, diciéndole por lo +bajo: + +--Esa máquina cuesta lo menos treinta francos. Nada de tonterías. ¡Es +preciso humillarse ante ese hombre! + +Las naturalezas groseras se asemejan á las naturalezas sencillas en que +no hay en ellas transiciones. + +--Y bien, Cosette,--dijo la Thénardier con cierto acento que quería ser +dulce y que se componía sencillamente de esa miel agria propia de las +mujeres perversas,--¿no tomas tu muñeca? + +Cosette se arriesgó á salir de su escondite. + +Mi querida niña,--repuso la Thénardier con ademán cariñoso,--este señor +te regala la muñeca. Tómala. Es tuya. + +Cosette consideraba la muñeca maravillosa con cierta especie de +terror. Su rostro estaba todavía inundado de lágrimas, pero sus ojos +empezaban á llenarse, como el cielo en el crepúsculo de la mañana, de +las extrañas irradiaciones de la alegría. Lo que ella experimentaba +en aquel momento era bastante parecido á lo que hubiera sentido si le +hubiesen dicho de improviso: «Muchacha, eres la reina de Francia». + +Parecíale que si tocaba á aquella muñeca saldría de ella el trueno. + +Lo que era verdad hasta cierto punto, porque ella pensaba que la +Thénardier regañaría y le pegaría. + +Sin embargo, la atracción pudo más. Acabó por acercarse, y murmuró +tímidamente dirigiéndose á la Thénardier. + +--¿Es verdad que puedo, señora? + +Ninguna expresión alcanzaría á pintar aquel ademán de desesperación, de +espanto y de arrebato á un tiempo. + +--¡Pardiez!--dijo la Thénardier.--¡Si es tuya, puesto que el señor te +la regala! + +--¿De veras, señor?--preguntó Cosette.--¿Es ello verdad? ¿La señora es +mía? + +El forastero parecía tener los ojos arrasados en lágrimas. Parecía +haber llegado á aquel punto de emoción en que hablamos para no llorar. +Hizo un signo afirmativo de cabeza dirigiéndose á Cosette, y puso la +mano de «la señora» en sus manecitas. + +Cosette retiró vivamente su mano como si la de _la señora_ la quemase, +y fijó los ojos en el suelo. + +Estamos obligados á añadir que en aquel instante sacaba la lengua de un +modo desmesurado. + +Volvióse de repente, y cogiendo la muñeca con violencia: + +--La llamaré Catalina,--dijo. + +Fué un gran momento aquel en que los harapos de Cosette tropezaron y +estrecharon las cintas y espléndidas muselinas de color de rosa de la +muñeca. + +--Señora,--preguntó ella,--¿puedo ponerla sobre una silla? + +--Sí, hija mía,--respondió la Thénardier. + +Ahora eran Eponine y Azelma las que miraban á Cosette con envidia. + +Cosette puso á Catalina sobre una silla, después sentóse en el suelo +delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir palabra, en actitud +contemplativa. + +--Juega, pues, Cosette,--dijo el forastero. + +--¡Oh! Ya estoy jugando,--respondió la niña. + +Aquel forastero, aquel desconocido que tenía el aspecto de una visita +que la Providencia hacía á Cosette, era en aquel momento lo que la +Thénardier aborrecía más en este mundo. No obstante, le era preciso +contenerse, por más que fuesen aquellas emociones mayores que las que +podía soportar, por acostumbrada que estuviese al disimulo, procurando +copiar á su marido en todas sus acciones. Apresuróse á enviar sus hijas +á acostarse; después pidió _permiso_ al hombre amarillo para enviar +también á Cosette, _que se había cansado mucho aquel día_, añadió con +aire maternal. Cosette se fué á acostar, llevando su Catalina en brazos. + +La Thénardier iba á cada instante al otro extremo de la sala, donde +estaba su marido, _para ensanchar el espíritu_, decía ella. Cambiaba +con él algunas palabras, tanto más furiosas cuanto que no se atrevía á +expresarlas en alta voz. + +--¡Maldito viejo! ¿Qué capricho le ha dado? ¡Venir aquí á enredar! +¡Querer que juegue ese pequeño monstruo! ¡Darle muñecas! ¡Regalar +muñecas de cuarenta francos á una perra que yo vendería en cuarenta +sueldos! ¡Á poco más, la llama «vuestra majestad» como á la duquesa de +Berry! ¿Dónde tendrá el juicio? ¡De por fuerza debe estar loco este +viejo misterioso! + +--¿Y por qué? Es muy sencillo,--replicábale el marido.--¡Si eso le +divierte! Á ti te divierte que la niña trabaje, y á él le divierte que +juegue. Está en su derecho. Un viajero hace lo que quiere cuando paga. +Si ese viejo es un filántropo, ¿qué te importa? Si es un imbécil, no es +cosa que te incumba; ¿de qué te quejas ya que tiene dinero? + +Lenguaje de amo y razonamiento de posadero, que no admitían réplica uno +ni otro. + +El hombre se había puesto de codos sobre la mesa, y había vuelto á su +actitud meditabunda. Todos los demás viajeros, mercaderes y trajineros +se habían separado un poco, y ya no cantaban. Observábanle á cierta +distancia, con una especie de temor respetuoso. Aquel particular tan +pobremente vestido, que sacaba de su bolsillo las _ruedas traseras_ +con tanta facilidad, y que prodigaba muñecas gigantescas á niñas +andrajosas, era ciertamente un buen hombre magnífico y temible. + +Pasáronse algunas horas. La misa de media noche se había celebrado ya; +la Nochebuena había concluido, los bebedores se habían ido, la posada +estaba cerrada, la sala baja desierta; el fuego apagado, y el forastero +continuaba siempre en el mismo sitio y en la misma actitud. De cuando +en cuando cambiaba el codo en el cual se apoyaba, nada más. Pero no +había vuelto á decir una palabra desde que Cosette se había ido. + +Los dos Thénardier solamente, por cumplido y curiosidad, continuaban en +la sala. + +--¿Es capaz de pasar así la noche?--gruñía entre dientes la mujer. + +Pero al oir que daban las dos, se dió por vencida y dijo á su marido: + +--Me voy á acostar. Haz lo que quieras. + +El marido se sentó en un rincón junto á una mesa, encendió una vela, y +se puso á leer el _Correo francés_. + +Pasóse así una hora larga. El digno posadero había leído á lo menos +tres veces el periódico, desde la fecha del número hasta el nombre del +impresor. El forastero no se movía. + +Thénardier se revolvía, tosía, escupía, sonóse dos ó tres veces, hizo +ruido con la silla, y á todo eso el forastero sin hacer el menor +movimiento.--¿Estará dormido?--pensó Thénardier. El hombre no dormía; +pero nada podía despertarle. + +En fin, Thénardier, después de descubrirse, se le acercó suavemente, y +se permitió decir: + +--¿El señor no va á descansar? + +_No va á acostarse_ habría aparecido excesivamente familiar. +_Descansar_ sabía á lujo, y mostraba respeto. Semejantes palabras +tienen la propiedad misteriosa y admirable de aumentar al día siguiente +la cuenta de gastos. Un cuarto en que uno se _acuesta_, cuesta veinte +centécimos; un cuarto en que uno _descansa_, cuesta veinte francos. + +--¡Calle!--dijo el forastero.--Tenéis razón. ¿Dónde está la cuadra? + +--¡Señor!--exclamó Thénardier sonriendo.--Voy á acompañaros. + +Tomó Thénardier el candelero, y el hombre su lío y su bastón; y el +posadero condujo al huésped á un cuarto en el piso principal, que era +de un raro esplendor, con muebles de caoba, cama, esquife y colgaduras +de percal encarnado. + +--¿Qué significa esto?--preguntó el viajero. + +--Es nuestra cámara nupcial,--dijo el posadero.--Ocupamos otra mi +esposa y yo. Aquí no entramos más que tres ó cuatro veces al año. + +--Habría estado mejor en la cuadra,--dijo el forastero bruscamente. + +Thénardier hizo como que no entendía aquella reflexión poco lisonjera. + +Encendió dos bujías de cera sin estrenar, que figuraban sobre la +chimenea. Un magnífico fuego ardía en el hogar. + +Sobre la repisa de la misma chimenea, bajo un fanal, había un adorno de +cabeza de mujer de hilo de plata y flores de azahar. + +--Y esto--¿qué significa?--repuso el viajero. + +--Señor,--dijo Thénardier,--el sombrero de boda de mi mujer. + +El viajero miró el objeto con una mirada que parecía decir: ¿Ha habido +pues, un momento en que ese monstruo fué una virgen? + +Por lo demás, Thénardier mentía. Cuando tomó en arrendamiento aquella +casucha para convertirla en figón, había encontrado aquel cuarto +alhajado así, y había comprado los muebles y las flores de azahar, +pensando que aquello prestaría cierta sombra de gracia á «su esposa», +de lo que resultaría, para el establecimiento, lo que los ingleses +llaman respetabilidad. + +Cuando el viajero se volvió, el posadero había desaparecido. Habíase +eclipsado discretamente, sin atreverse á dar las buenas noches, no +queriendo tratar con cordialidad irrespetuosa á un hombre á quien se +proponía desollar regiamente á la mañana siguiente. + +Thénardier se retiró á su cuarto. Su mujer estaba ya acostada; pero no +dormía. Cuando oyó los pasos de su marido, volvióse y le dijo: + +--¿Sabes que mañana pongo á Cosette en medio de la calle? + +Thénardier respondió fríamente: + +--¡Cómo te alteras! + +No cambiaron otras palabras, y algunos instantes después estaba apagada +la luz. + +Por su parte, el viajero había dejado en un rincón su palo y su +paquete. Fuera ya el hostelero, sentóse en un sillón, y permaneció +algún tiempo pensativo. Quitóse después los zapatos, tomó una de las +dos bujías, sopló la otra, empujó la puerta y salió del cuarto, mirando +en torno suyo como quien busca algo. Atravesó un corredor, y llegó á +la escalera. Allí oyó un ligerísimo ruido que parecía la respiración +de una criatura. Dejóse conducir por aquel ruido, y se encontró en +una especie de hueco triangular abierto debajo de la escalera, ó por +mejor decir, formado por la escalera misma. Este hueco no era otra cosa +que la parte inferior del armazón que sostenía los escalones. Allí, +en medio de toda clase de cestos, trastos viejos y rotos, entre el +polvo y las telarañas, había un lecho, si es que puede llamarse así un +jergón agujereado hasta descubrir la paja, y una manta agujereada hasta +descubrir el jergón. Nada de sábanas. Esto tendido en tierra sobre los +ladrillos. En este lecho dormía Cosette con su _señora_. + +El hombre se acercó y la contempló. + +Cosette dormía profundamente; estaba totalmente. En invierno no se +desnudaba para no tener frío. + +Tenía abrazada contra su corazón su muñeca, cuyos grandes ojos +abiertos, brillaban en la obscuridad. De cuando en cuando lanzaba +profundos suspiros como si fuera á despertarse, y apretaba la muñeca +entre sus brazos, casi convulsivamente. No tenía al lado de su cama más +que uno de sus zuecos. + +Una puerta abierta junto al desván de Cosette dejaba ver un cuarto +obscuro, bastante grande. El forastero entró. En el fondo, al través de +una puerta vidriera, veíanse dos camitas iguales, blancas y limpias. +Eran las de Azelma y Eponine. Detrás de ambas camas, se medio ocultaba +una cuna de mimbre sin cortinas, donde dormía el chiquillo que había +estado llorando toda la noche. + +El forastero conjeturó que este cuarto comunicaba con el de los esposos +Thénardier. Iba á retirarse, cuando su mirada reparó en la chimenea; +una de esas vastas chimeneas de posada donde hay siempre tan poco +fuego, cuando le hay, y que dan frío al verlas. No había fuego en ella, +ni siquiera ceniza; pero sí algo que llamó la atención del viajero. +Eran dos zapatitos de criatura de forma elegante y desigual tamaño; +recordó el viajero la graciosa é inmemorial costumbre de los niños, que +colocan su calzado en la chimenea la víspera de Navidad para esperar +allí en las tinieblas algún brillante regalo de su hada buena. Eponine +y Azelma no habían faltado á esa costumbre, y habían puesto cada una de +ellas uno de sus zapatos en la chimenea. + +Inclinóse el viajero. + +La hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita, y se veía +brillar en cada zapatito una hermosa moneda de diez sueldos enteramente +nueva. + +El hombre se levantó de nuevo, é iba ya á salir, cuando distinguió en +el fondo, aparte, en el rincón más obscuro del hogar, otro objeto. Miró +y reconoció ser un zueco, un horrible zueco de la madera más común, +medio roto, y completamente cubierto de ceniza y barro seco. Era el +zueco de Cosette. Cosette, con aquella tierna confianza de los niños +que puede ser engañada siempre sin desanimarse jamás, había puesto +también su zueco en la chimenea. + +Es una cosa por cierto sublime y dulce, la esperanza en una criatura +que nunca ha conocido más que la desesperación. + +No había nada en aquel zueco. + +El forastero buscó en el bolsillo del chaleco, se inclinó, y puso en el +zueco de Cosette un luis de oro. + +Después volvióse á su habitación á paso de lobo. + + + + + IX + =Thénardier maniobrando= + + +Al día siguiente por la mañana, dos horas á lo menos antes del alba, +Thénardier, sentado á una mesa de la sala baja del bodegón, y alumbrado +por una vela, estaba arreglando la cuenta del viajero de la levita +amarilla. + +La mujer, de pie, medio inclinada sobre él, le seguía con los ojos. No +cruzaban una sola palabra. Por una parte, era aquello una meditación +profunda; por otra, la admiración religiosa con la cual se mira nacer y +desarrollarse una maravilla del espíritu humano. Oíase un ruido en la +casa; era la Alondra que barría la escalera. + +Después de un buen cuarto de hora y algunas raspaduras produjo +Thénardier esta obra maestra: + + + CUENTA DEL SEÑOR DEL NÚM. 1 + + Cena 3 francos + Cuarto 10 » + Bujías 5 » + Fuego 4 » + Servicio 1 » + ---------- + Total 23 » + +Servicio estaba escrito _cervisio_. + +--¡Veintitrés francos!--exclamó la mujer con un entusiasmo mezclado +de cierta vacilación. + +Como todos los grandes artistas, Thénardier no estaba satisfecho. + +--¡Psch!--dijo. + +Era el acento de Castlereagh redactando en el congreso de Viena la +cuenta que debía pagar la Francia. + +--Señor Thénardier, tienes razón, bien debe eso,--murmuró la mujer, +pensando en la muñeca regalada á Cosette en presencia de sus hijas.--Es +justo, pero demasiado. No querrá pagarlo. + +Thénardier rióse fríamente, diciendo: + +--Pagará. + +Aquella risa era la significación suprema de la certeza de la +autoridad. Lo que estaba dicho debía ser. La mujer no insistió. Púsose +en seguida á arreglar las mesas; el marido se paseaba arriba y abajo de +la sala. Después de un momento, éste añadió: + +--¡Y yo debo mil quinientos francos! + +Thénardier fué á sentarse á un rincón de la chimenea meditando, y +puestos los pies sobre la ceniza caliente. + +--¡Ah!--repuso la mujer.--No olvides que hoy planto á Cosette en la +calle. ¡Dichoso monstruo! ¡Se me come el corazón con su muñeca! ¡Antes +me casaría con Luis XVIII, que tenerla un día más en casa! + +El marido encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas: + +--Entregarás esta cuenta al hombre. + +Y después salió. + +Apenas había salido de la sala, cuando entró el viajero. + +Thénardier volvió á aparecer inmediatamente detrás de él, permaneciendo +inmóvil en el umbral de la puerta entreabierta, visible únicamente para +su mujer. + +El hombre amarillo llevaba en la mano su bastón y su lío. + +--¡Cómo! ¡Levantado tan temprano!--exclamó la Thénardier.--¿Acaso nos +deja ya el señor? + +Y hablando así daba vueltas con ademán embarazoso á la cuenta que tenía +entre manos haciéndole pliegues con las uñas. Su rostro duro presentaba +una expresión que no le era habitual, de timidez y escrúpulo. + +Presentar semejante cuenta á un hombre que tenía todas las apariencias +«de un pobre», se le resistía. + +El viajero parecía preocupado y distraído, y respondió: + +--Sí, señora; me voy. + +--El señor,--repuso ella,--¿no tiene pues negocios en Montfermeil? + +--No, paso sencillamente por aquí. Señora,--añadió,--¿qué es lo que +debo? + +La Thénardier, sin responder, le entregó la cuenta doblada. + +El hombre desplegó el papel y le miró: pero su atención estaba +visiblemente en otra parte. + +--Señora,--repuso,--¿hacéis buenos negocios en Montfermeil? + +--Así, así, señor,--contestó la Thénardier estupefacta de no ver otra +explosión distinta. + +Y prosiguió ella con acento elegíaco y lastimero: + +--¡Oh, señor! ¡Los tiempos están muy malos! ¡Y luego, tenemos tan pocos +burgueses por acá! Todo es gente menuda. ¡Si no viniesen de cuando +en cuando algunos viajeros generosos y ricos como su merced! Tenemos +tantas cargas... Ved, esa chiquilla nos cuesta un ojo de la cara. + +--¿Qué chiquilla? + +--Ya sabéis. ¡La niña! ¡Cosette! ¡La Alondra, como la llaman en el +lugar! + +--¡Ah!--exclamó el hombre. + +Ella continuó: + +--¡Qué bárbaros son estos lugareños con sus apodos! ¡Mejor tiene aire +de murciélago que de alondra! Ya veis, señor; no pedimos limosna, pero +no podemos darla. No ganamos nada, y tenemos mucho que pagar. ¡La +patente, las contribuciones, las puertas y ventanas, los céntimos! +¡Sabéis, señor, que el gobierno pide mucho dinero! Y luego, yo tengo +mis hijas propias; no he de ir á mantener hijos ajenos. + +El hombre repuso, con aquel acento que se esforzaba en hacer que +pareciese indiferente, y en el cual había cierto temblor: + +--¿Y si os desembarazase de ella? + +--¿De quién? ¿De Cosette? + +--Sí. + +La cara colorada y violenta de la tabernera se iluminó con una +expresión repugnante. + +--¡Ah! ¡Señor, mi buen señor! ¡Tomadla, guardáosla, lleváosla, +azucaradla, trufadla, bebéosla, coméosla y andad, bendito de la +santísima Virgen y de todos los santos del cielo! + +--Está dicho. + +--¡De veras! ¿Os la lleváis? + +--Me la llevo. + +--¿Ahora mismo? + +--Ahora mismo. Llamadla. + +--¡Cosette!--gritó la Thénardier. + +--Entretanto, prosiguió el hombre, voy á pagaros de todas maneras mi +hospedaje. ¿Cuánto es? + +Dió una mirada á la cuenta y no pudo reprimir un movimiento de sorpresa: + +--¡Veintitrés francos! + +Miró á la tabernera y repitió: + +--¿Veintitrés francos? + +Había en la pronunciación de estas dos palabras así repetidas, el +acento que separa la admiración del interrogante. + +La Thénardier había tenido tiempo de prepararse para el choque. +Respondió por lo tanto con aplomo: + +--¡Oh; sí, señor! Son veintitrés francos. + +El forastero puso cinco monedas de cinco francos sobre la mesa. + +--Id por la chica,--dijo. + +En este momento Thénardier apareció en medio de la sala, y dijo: + +--El señor debe veintiséis sueldos. + +--¡Veintiséis sueldos!--exclamó la mujer. + +--Veinte sueldos por el cuarto,--repuso fríamente Thénardier,--y seis +sueldos por la cena. En cuanto á la chica, necesito hablar un poco con +el señor. Déjanos solos. + +La Thénardier tuvo uno de estos desvanecimientos que deslumbran, +producidos por los imprevistos destellos del talento. Sintió que el +gran actor entraba en escena; no replicó una sola palabra y salió. + +En cuanto quedaron solos, Thénardier ofreció una silla al viajero. Éste +se sentó. Thénardier continuó de pie: su semblante tomó una expresión +de hombría de bien y sencillez. + +--Señor,--dijo,--no puedo negároslo, adoro á esta niña. + +El forastero le miró fijamente: + +--¿Qué niña? + +Thénardier continuó: + +--¡Es tan graciosa, que uno se apega! ¿Qué significa todo este dinero? +Recoged vuestras piezas de cien sueldds. Es una criatura que adoro. + +--¿Pero quién es?--preguntó el forastero. + +--¡Quién ha de ser! nuestra pequeña Cosette. ¿No queréis llevárosla? +Pues bien, os hablo francamente; como sois vos un hombre honrado, +no puedo consentirlo. Me haría mucha falta esta niña. ¡La he visto +tan pequeñita! Es verdad que nos cuesta dinero, verdad es que tiene +defectos, verdad es que no somos ricos, como es verdad que he pagado +más de cuatrocientos francos de drogas, ¡solamente para una de sus +enfermedades! Pero algo debemos hacer por Dios; no tiene padre ni +madre; yo la he criado. Tengo pan para ella y para mí. En fin, estoy +encariñado con la chiquilla. Comprenderéis perfectamente que uno se +encariñe; soy un papanatas, es verdad; no sé discurrir; quiero á la +chica; mi mujer es viva de genio, pero también la quiere. Mirad, es ya +como hija nuestra. Yo necesito oírla hablar en casa. + +El forastero seguía mirándole fijamente. Él continuó: + +--Omitid mis razones y perdonad, señor; pero no se da así un hijo al +primero que pasa. ¿No es verdad que tengo razón? Después de todo digo +yo que vos sois rico, tenéis las apariencias de un buen sujeto... ¡Si +fuera para su felicidad! Pero es preciso saber. ¿Entendéis? Supongamos +que yo la dejara ir y que me sacrificase; querría saber naturalmente +adónde iba, no querría perderla de vista, para poder verla de cuando +en cuando, para que supiera que el buen padre que la ha criado velaba +por ella. En fin, hay cosas que no son posibles. Yo ni siquiera sé cuál +es vuestro nombre. Os la llevaríais y yo diría: ¡Hola! ¿Y la Alondra? +¿Adónde ha ido Cosette? Convendría cuando menos ver algún papel, un +pedazo siquiera de vuestro pasaporte, ¡cualquier cosa! + +El forastero, sin dejar de mirarle con aquella mirada que penetra, por +así decirlo, hasta el fondo de la conciencia, le respondió con acento +grave y firme: + +--Señor Thénardier, no se saca pasaporte para venir á cinco leguas de +París. Si me llevo á Cosette, me la llevaré, y nada más. Vos no sabréis +mi nombre, ni sabréis mi domicilio, ni dónde está, y mi intención es +que no vuelva á veros en toda su vida. Yo rompo la cuerda que lleva +atada al pie, y ella se va. ¿Os conviene esto? ¿Sí, ó no?... + +Así como los demonios y los genios reconocían por ciertos signos la +presencia de un Dios superior, Thénardier comprendió de igual manera +que tenía que habérselas con alguien muy fuerte. Esto fué como por +intuición; lo comprendió con su golpe de vista límpido y sagaz. +Durante la víspera, mientras estaba bebiendo con los trajineros, +fumando y cantando coplas alegres, no había dejado de observar un sólo +instante al forastero, acechándole como un gato, estudiándole como un +matemático. Habíale espiado á la vez por cuenta propia, por gusto y +por instinto, y espiado como si le hubiesen pagado para ello. No se +le había escapado un gesto ni un movimiento del hombre del levitón +amarillo. Aun antes que el desconocido manifestase tan claramente +su interés por Cosette, Thénardier se lo había adivinado. Había +sorprendido las miradas profundas de aquel viejo, que refluían siempre +en la muchacha. ¿Por qué aquel interés? ¿Quién era aquel hombre? ¿Por +qué, con tanto dinero en el bolsillo, vestía tan miserablemente? +Preguntas que á sí mismo se hacía sin poder contestarlas, y que le +irritaban. Había estado pensando en ello toda la noche. ¿No podía ser +el padre de Cosette? ¿Era tal vez algún abuelo? ¿Entonces por qué no +darse á conocer enseguida? Cuando se tiene un derecho se manifiesta. +Aquel hombre no tenía evidentemente derecho alguno sobre Cosette. +Entonces ¿quién era? Thénardier se perdía en suposiciones. Entreveíalo +todo, pero nada veía. + +De cualquier modo que fuése, al entrar en conversación con aquel +hombre, persuadido de que había un secreto en todo aquello, persuadido +de que el hombre estaba interesado en permanecer en la sombra, sentíase +fuerte; pero con la respuesta clara y firme del forastero, con ver +que aquel personaje misterioso era misterioso simplemente, se sintió +débil. No esperaba resultado semejante. Esto fué la derrota de sus +conjeturas. Reunió sus ideas, pesólo todo en un segundo. Thénardier era +de esos hombres que de una mirada juzgan una situación. Calculó que +era el momento de ir derecho y rápido. Hizo como los grandes capitanes +en el instante supremo y decisivo que solamente ellos saben reconocer: +descubrió bruscamente sus baterías. + +--Señor,--dijo,--me hacen falta mil quinientos francos. + +El forastero sacó de uno de sus bolsillos una cartera de cuero negro, +abrióla, tomando de ella tres billetes de banco, que dejó sobre la +mesa. Después apoyó su ancho pulgar sobre aquellos billetes, y dijo al +tabernero: + +--Haced venir á Cosette. + +Mientras esto pasaba, ¿qué hacía Cosette? + +Cosette al despertarse había corrido á ver su zueco. Había encontrado +la moneda de oro. No era un Napoleón, era una de esas piezas de veinte +francos nuevecitas, de la Restauración, sobre cuya efigie la coleta +prusiana había reemplazado á la corona de laurel. Cosette quedó +deslumbrada. Su destino comenzaba á embriagarla. Ignoraba lo que era +una moneda do oro: jamás había visto ninguna, guardola apresuradamente +en su bolsillo como si la hubiese robado. Sin embargo, conocía +perfectamente que aquello era bien suyo, adivinaba igualmente de dónde +le venía; pero experimentaba un especie de alegría llena de miedo. +Estaba contenta; estaba sobre todo estupefacta. + +Aquellas cosas tan magníficas y bellas no le parecían reales. La muñeca +le daba miedo, la moneda de oro se lo daba también. Temblaba vagamente +ante aquellas magnificencias. El forastero únicamente no le daba +miedo; al contrario, la tranquilizaba. Desde la víspera, al través de +sus admiraciones, al través de su sueño, pensaba en su imaginación +de niña en aquel hombre que tenía las apariencias de viejo, pobre y +triste; que era tan rico y tan bueno. Desde que había encontrado en el +bosque á aquel buen hombre todo estaba para ella como cambiado. + +Cosette, menos dichosa que la última golondrina del cielo, no había +sabido nunca lo que era refugiarse á la sombra y debajo las alas de su +madre. Cinco años hacía, es decir, todo lo que podían remontarse sus +recuerdos, que la infeliz criatura no había conocido más que temblor +y frío. Siempre desnuda bajo la ruda brisa del infortunio, parecíale +entonces que estaba vestida. Antes su alma tenía frío, ahora sentía +calor. + +Cosette no tenía ya tanto miedo á la Thénardier. No estaba ya sola; +alguien se interesaba por ella. Habíase puesto inmediatamente á su +trabajo de todas las mañanas. Aquel luis que llevaba encima, en el +mismo bolsillo de su delantal de donde se le había caído la víspera la +moneda de quince sueldos, le proporcionaba distracción. No se atrevía á +tocarla; pero pasaba á veces cinco minutos seguidos contemplándola y, +debemos decirlo también, sacando la lengua. Mientras iba barriendo la +escalera, parábase y permanecía así inmóvil, olvidándose de su escoba +como del universo entero, tan ocupada estaba en ver brillar aquella +estrella en el fondo de su bolsillo. + +Creo que fué durante una de esas contemplaciones cuando se le acercó la +Thénardier. + +Por orden expresa de su marido había ido á buscarla; y cosa inaudita, +no le dió porrazo alguno ni le dirigió la más pequeña injuria. + +--Cosette,--díjole casi dulcemente,--ven enseguida. + +Un instante después entraba Cosette en la sala baja. + +El forastero tomó el paquete que había llevado y lo desató. Aquel +paquete contenía un vestido de lana, un delantal, una almilla de +fustán, un jubón, un pañuelo, medias de estambre, zapatos, en fin: un +traje completo para una niña de siete años; todo era negro. + +--Hija mía,--dijo el hombre,--toma esto y vete á vestir enseguida. + +Apenas asomaba el día cuando los habitantes de Montfermeil, que +empezaban á abrir sus puertas, vieron pasar por la calle de París un +buen hombre pobremente vestido, dando la mano á una niña vestida de +luto, que llevaba en brazos una muñeca de color de rosa. Dirigíanse +hacia Livry. + +Eran nuestro hombre y Cosette. + +Nadie conocía al hombre; y como Cosette no iba ya andrajosa, muchos no +la conocieron tampoco. + +Cosette se iba pues. ¿Con quién? Lo ignoraba. ¿Adónde? No lo sabía. +Comprendía únicamente que dejaba tras sí el bodegón Thénardier. + +Nadie había pensado en despedirse de ella, ni ella en despedirse de +nadie. Salía de aquella casa odiada y odiando. + +¡Pobre ser dulcísimo, cuyo corazón hasta entonces no había sentido más +que opresión! + +Cosette caminaba gravemente, abriendo sus grandes ojos y contemplando +el cielo. Habíase guardado su luis en el bolsillo del delantal nuevo. +De cuando en cuando se inclinaba y le dirigía una mirada; después se +fijaba en el buen hombre. Parecía sentir algo como si estuviera junto +al Dios bueno. + + + + + X + =Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor= + + +La Thénardier, según su costumbre, había dejado obrar á su marido. +Esperaba grandes acontecimientos. Cuando el hombre y Cosette se +hubieron ido, Thénardier dejó pasar un cuarto de hora largo, y después, +llamándole aparte, le enseñó los mil quinientos francos. + +--¡Nada más!--dijo ella. + +Era la primera vez, desde su instalación, que se atrevía á criticar un +acto del dueño. + +El golpe fué acertado. + +--Efectivamente, tienes razón,--dijo él;--soy un imbécil. Dame el +sombrero. + +Dobló los tres billetes de banco, los metió en su bolsillo, y salió +aceleradamente; pero se equivocó, tomando primero por la derecha. +Algunos vecinos á quienes preguntó le indicaron la equivocación por +haber visto á la Alondra y al hombre en dirección á Livry. Siguió la +indicación, marchando á paso largo y monologando. + +--Ese hombre es evidentemente un millonario vestido de amarillo, y yo +soy un animal. Primero dió un franco, después cinco, luego cincuenta, +últimamente mil quinientos, y siempre con igual facilidad. Lo mismo +habría dado quince mil. Pero yo le atraparé de nuevo. + +Y luego, aquel paquete de ropa preparada de antemano para la niña, todo +esto era muy singular; muchos misterios se encerraban en ello. No se +sueltan tan fácilmente los misterios cuando se poseen. Los secretos +de los ricos son esponjas empapadas en oro, que es menester saber +exprimir. Todos estos pensamientos giraban agitados en su cerebro. Soy +un animal, repetía. + +Al salir de Montfermeil junto al recodo que forma el camino que va á +Livry, vese desenvolver este camino hasta muy lejos en el llano. Una +vez allí, calculó que debía ver al hombre y á la niña. Miró tan lejos +cuanto pudo alcanzar con la vista, y no vió nada. Preguntó nuevamente. +Entre tanto iba perdiendo el tiempo. Unos transeuntes le dijeron que el +hombre y la niña que buscaba se habían internado en el bosque por la +parte de Gagny. Apresuróse á tomar esta dirección. + +Le llevaban mucha ventaja, pero una criatura anda despacio y él +caminaba de prisa. Además, el país le era muy conocido. + +De repente se quedó parado dándose una palmada en la frente como hombre +que ha olvidado lo esencial, y que está dispuesto á volver sobre sus +pasos. + +--¡Debería haber tomado mi fusil!--exclamó. + +Thénardier era una de esas naturalezas dobles que pasan algunas veces +junto á nosotros sin echarlo de ver, y que desaparecen sin haberlas +conocido, porque el destino no nos las ha mostrado más que por un lado. +La suerte de muchos hombres es la de vivir así, medio sumergidos. En +una situación tranquila y despejada, Thénardier tenía todo lo que era +menester para formar, no decimos para ser, lo que se ha convenido +en llamar un comerciante honrado, un buen burgués. Al mismo tiempo, +dadas ciertas circunstancias, verificados ciertos sacudimientos +que conmoviesen interiormente su naturaleza, tenía todo lo que se +necesitaba para ser un malvado. Era un tendero en el cual se encerraba +algo monstruoso. Satanás debía á veces acurrucarse en algún rincón +del tabuco en que vivía Thénardier, reflexionando sobre aquella obra +maestra de deformidad. + +Después de una corta vacilación: + +--¡Bah!--pensó él.--¡Tendrían tiempo de escaparse! + +Y continuó su camino, avanzando rápidamente y casi en ademán de +certidumbre, con la sagacidad del zorro olfateando una banda de +perdices. + +Efectivamente, en cuanto hubo pasado los estanques y atravesado +oblicuamente el gran claro situado á la derecha de la alameda de +Bellevue, cuando llegaba á la calle de Céspedes que da casi la vuelta +á la colina, divisó por encima de una maleza, un sombrero, sobre el +cual había ya aventurado muchas conjeturas. Era aquél, el sombrero +del hombre. La maleza era baja. Thénardier reconoció que el hombre y +Cosette estaban sentados allí. No se veía á la muchacha á causa de su +corta estatura pero se distinguía la cabeza de la muñeca. + +Thénardier no se equivocaba. El hombre se había sentado allí para dejar +descansar á Cosette. + +El tabernero dió la vuelta á la maleza y apareció de súbito á las +miradas de los que buscaba. + +--Dispensadme y perdonad, señor,--dijo casi sofocado por el +cansancio,--pero aquí tenéis vuestros mil quinientos francos. + +Hablando así, ofrecíale de nuevo sus tres billetes de banco. + +El hombre alzó los ojos. + +--¿Qué significa esto? + +Thénardier respondió respetuosamente: + +--Significa, señor, que me vuelvo á quedar con Cosette. + +Cosette se estremeció arrimándose al hombre cuanto pudo. + +Éste contestó mirando á Thénardier en el fondo de los ojos, y marcando +mucho todas las sílabas. + +--¿Volveréis á que-da-ros-con-Cosette? + +--Sí señor; me quedo con ella nuevamente. Me explicaré: he +reflexionado. En realidad, no tengo derecho para dárosla. Yo soy un +hombre honrado como veis. Esta chica no es mía, sino de su madre. Su +madre me la confió, y yo no puedo entregarla sino á su madre. Vos +diréis: «Pero la madre ha muerto». Bueno, en ese caso no puedo entregar +la criatura sino á la persona que me traiga un escrito firmado por la +madre, en que se me mande entregar la niña á la tal persona. Esto es +evidente. + +El hombre, sin responder, registró su bolsillo, y Thénardier vió +reaparecer la cartera de los billetes de banco. + +--¡Bien!--exclamó para sí.--Procuremos sostenernos. ¡Va á corromperme! + +Antes de abrir la cartera, el viajero lanzó una mirada escudriñadora +en torno suyo. El lugar estaba absolutamente desierto. No había un +alma en el bosque ni en el valle. El hombre abrió la cartera y sacó, +no el puñado de billetes de banco que esperaba Thénardier, sino un +simple papelito que desdobló y presentó abierto del todo al posadero, +diciéndole: + +--Tenéis razón. Leed. + +Thénardier tomó el papel y leyó: + +M-sur-M, 25 marzo de 1823. + +«Señor Thénardier: + +«Entregaréis á Cosette al portador. +Os serán pagados todos los picos. +Tengo el honor de saludaros respetuosamente. + + «FANTINA». + +--¿Conocéis esta firma?--repuso el hombre. + +Era, en efecto, la firma de Fantina. Thénardier la reconoció. + +No tenía nada que replicar. Sintió dos violentos despechos, el de +renunciar á la corrupción que esperaba y el de ser vencido. El hombre +añadió: + +--Podéis guardar este papel para descargo vuestro. + +Thénardier se replegó en buen orden. + +--Esta firma está bastante bien imitada,--murmuró entre dientes.--¡En +fin, sea! + +É intentando un esfuerzo desesperado, añadió: + +--Está bien, señor mío, puesto que sois el portador. Pero es preciso +pagarme «los picos pendientes», que son una buena deuda. + +El hombre se puso de pie, y dijo sacudiéndose á papirotazos el polvo de +sus raídas mangas: + +--Señor Thénardier: en enero la madre contaba deberos ciento veinte +francos; en febrero le mandásteis una cuenta de quinientos; recibisteis +trescientos francos á fines de febrero y otros trescientos á principios +de marzo. Han pasado después nueve meses, que á razón de quince +francos, precio convenido, hacen ciento treinta y cinco. Resulta que +habiendo recibido de más cien francos entonces, ahora sólo os restaban +treinta y cinco francos. Y acabo de daros mil quinientos. + +Thénardier sintió lo que siente el lobo en el momento de verse mordido +y cogido por los dientes de acero de la trampa. + +--¿Quién es este diablo de hombre?--pensó. + +Y haciendo lo que el lobo, dió una sacudida. La audacia le había ya +dado otra vez buen resultado. + +--Señor cuyo nombre ignoro,--dijo resueltamente y dejando aparte toda +ceremonia respetuosa,--me volveré á llevar á Cosette, ó me daréis antes +mil escudos. + +El forastero dijo tranquilamente: + +--Ven, Cosette. + +Tomó á la niña con la mano izquierda y recogió con la derecha el bastón +que estaba en el suelo. + +Thénardier advirtió lo enorme del garrote y la soledad del sitio. + +El hombre se internó en el bosque con la niña, dejando al tabernero +vacilante é inmóvil. + +Á medida que se iban alejando, Thénardier examinaba aquellas anchas +espaldas algo encorvadas y aquellos grandes puños. + +Luego, sus ojos, volviéndose á sí mismo, fijábanse en sus desmesurados +brazos y débiles manos.--Preciso es que yo sea muy bestia,--pensaba +él,--para no haber tomado mi escopeta, puesto que iba de caza. + +Sin embargo, el posadero no abandonó su presa. + +--Quiero saber á dónde va,--se dijo. Y se puso á seguirlos desde cierta +distancia. + +Quedábanle dos cosas en la mano: una ironía en el papel firmado +_Fantina_, y un consuelo en los mil quinientos francos. + +El hombre se llevaba á Cosette en dirección á Livry y Bondy. Caminaba +lentamente, baja la cabeza, en una actitud reflexiva y triste. El +invierno había dejado el bosque tan claro y desnudo, que Thénardier +podía no perderlos de vista, desde mucha distancia. De cuando en +cuando volvía el hombre la cabeza y miraba si le seguían. De repente +distinguió á Thénardier. Entró bruscamente con Cosette en una espesura +donde ambos podían ocultarse. + +--¡Diantre!--exclamó Thénardier, redoblando el paso. + +La espesura del ramaje le había obligado á acercarse á ellos; pero +cuando estaba el hombre en lo más intrincado, volvióse, y por mucho +que Thénardier procuraba ocultarse en la espesura, no pudo evitar el +ser visto. El hombre le dirigió una mirada inquieta, después meneó +la cabeza y continuó su camino. El tabernero continuó siguiéndole. +Anduvieron así dos ó trescientos pasos. De pronto el hombre volvióse +de nuevo, viendo todavía al posadero. Esta vez le miró con aire tan +sombrío, que Thénardier juzgando «inútil» ir más allá, retrocedió, +deshaciendo el camino. + + + + + XI + =Reaparece el número 9430, y Cosette lo gana á la lotería= + + +Juan Valjean no había muerto. + +Al caer al mar, ó más bien al arrojarse, iba, como se ha visto, sin el +grillete. Nadando entre dos aguas llegó hasta un buque anclado, al que +estaba amarrado un bote, en el cual encontró la manera de esconderse +hasta la noche. Entrada ya la noche, arrojóse de nuevo al agua, +ganando á nado la costa á poca distancia del cabo Brun. Allí como no +le faltaba dinero, pudo procurarse ropa en un figón de los alrededores +de Balaguier, que era á la sazón el vestuario de los presidiarios +escapados; especialidad bastante lucrativa. Después, Juan Valjean, como +todos los tristes fugitivos que procuran burlar la vigilancia de la ley +y la fatalidad social, siguió un itinerario obscuro y vago. + +Encontró primeramente asilo en Pradeaux, junto á Beausset. Luego se +dirigió hacia Grand Villard junto á Briançon, en los Altos-Alpes. Huida +vacilante é inquieta, camino de topo, cuyas ramificaciones nadie sabe. +Más tarde ha podido encontrarse algún vestigio de su paso por Ain en el +territorio de Civrieux, por los Pirineos en Accons, en el lugar llamado +Grange de Doumecq, junto al caserío de Chavailles, de los alrededores +de Périgueux, en Brunies, distrito de la Chapelle Gonaguet. + +Estuvo en París y le acabamos de ver ahora en Montfermeil. + +Su primer cuidado al llegar á París, fué comprar vestidos de luto para +una niña de siete á ocho años, y procurarse luego alojamiento. Hecho +esto se dirigió á Montfermeil. + +Como se recordará, ya en su anterior evasión, había hecho allí mismo, +ó en los alrededores, un viaje misterioso, del que la Justicia había +tenido algún indicio. + +Por lo demás, se le creía muerto, y esto aumentaba la obscuridad que +se había formado en torno suyo. En París llegó á sus manos uno de los +periódicos que consignaban el hecho. Con esto se sintió tranquilo y +casi en paz, como si en realidad hubiese muerto. + +La misma tarde del día en que Juan Valjean había sacado á Cosette de +las garras de los Thénardier, entraba en París. Entró al anochecer, +acompañado de la niña por la barrera Monceaux. Subió en un cabriolé que +le llevó á la explanada del Observatorio. Bajóse allí, pagó al cochero, +tomó á Cosette de la mano, y los dos, entre las sombras de la noche, +atravesaron las desiertas calles inmediatas á la Ourcine y la Glacière, +dirigiéndose al boulevard del Hospital. + +El día había sido extraño y henchido de emociones para Cosette; habían +comido detrás de los vallados pan y queso comprados en los ventorrillos +que se encontraron; habían cambiado frecuentemente de carruaje; habían +andado á pie diversos trechos, y ella no se había quejado, pero estaba +cansada, y Juan Valjean lo advirtió fácilmente puesto que iba tirando +más y más de su mano á cada paso. Entonces cargó con ella á cuestas; +Cosette, sin soltar á su Catalina, dejó caer su cabeza sobre el hombro +de Juan Valjean, y se quedó dormida. + + + + + LIBRO CUARTO + LA CASUCHA DE GORBEAU + + + I + =Maese Gorbeau= + + +Hace cuarenta años, el transeunte solitario que se aventuraba entre +los extraviados barrios de la Salpêtrière y que subía por el boulevard +hasta la barrera de Italia, llegaba á donde se hubiera podido decir que +París desaparecía. No era por la soledad, puesto que había transeuntes; +no era por el campo, puesto que había casas y calles; no era aquello +una ciudad, pues las calles tenían baches como las carreteras, y la +yerba nacía en ellas; no era una aldea, pues las casas eran demasiado +altas. ¿Qué era pues? Era un lugar habitado donde no había nadie; era +un lugar desierto donde había alguien; era un boulevard de la gran +población, una calle de París, más espantosa de noche que una selva, +más triste de día que un cementerio. + +Era el antiguo barrio del Mercado de Caballos. + +Si el transeunte se arriesgaba á ir más allá de las cuatro paredes +ruinosas del Mercado de Caballos, si consentía siquiera en pasar de +la calle del Petit Banquier, después de haber dejado á su derecha un +corral cercado de elevadas tapias, y un prado en que se levantaban +montones de casas de tenería parecidas á chozas de castores +gigantescas, y una cerca llena de pilas de madera de construcción, al +lado de montones de troncos, aserraduras y virutas, sobre las cuales +ladraba un gran perrazo, y una larga pared, baja, ruinosa, con una +puertecita negra y enlutada, cubierta de musgo que se llenaba de flores +en primavera; luego en el sitio más desierto un horrible y decrépito +edificio en cuya fachada leíase en grandes y gruesas letras: SE PROHÍBE +PONER CARTELES, aquel paseante aventurero llegaba al ángulo de la calle +de Vignes Saint-Marcel, latitudes casi desconocidas. Allí, junto á +una fábrica y entre dos tapias de jardín, se veía en aquel tiempo una +casucha, que, al primer golpe de vista, parecía pequeña como una choza, +y que era en realidad grande como una catedral. Presentábase á la vía +pública de lado, por un cubo angular, y de ahí su aparente exigüedad. +Casi todo el edificio estaba oculto, y no se veía más que la puerta y +una ventana. + +Esta casucha no tenía más que un solo piso. + +Al examinarla, el detalle que chocaba desde luego, era que aquella +puerta no había podido ser nunca más que la puerta de un tabuco, +mientras que aquella ventana, si hubiera sido de piedra de sillería en +vez de piedra bruta, habría podido ser la ventana de un palacio. + +La puerta no era otra cosa que un conjunto de tablas carcomidas, +groseramente unidas por travesaños parecidos á troncos mal igualados. +Daba esta puerta acceso inmediato á una escalera áspera de altos +peldaños, llenos de lodo, yeso y polvo, del mismo ancho que la puerta, +y que se veían desde la calle empinarse derechos como una escala, y +desaparecer en la obscuridad entre dos paredes. Lo alto de la abertura +informe que cerraba aquella puerta estaba cubierta con una tablilla +estrecha, en medio de la cual habían aserrado un agujero triangular, +que servía al propio tiempo de tragaluz y ventanillo cuando la puerta +estaba cerrada. Sobre la hoja de esta última, un pincel mojado en +tinta, había trazado de dos brochazos el número 52, y por encima de la +tablilla el mismo pincel había borroneado el número 50; de suerte que +nacía esta duda: ¿Dónde se está? La parte superior de la puerta dice: +en el 50; la inferior replica: no, en el 52. Varios trapos de color de +polvo colgaban como cortinajes del postiguillo triangular. + +La ventana era ancha, suficientemente elevada, provista de persianas y +hojas vidrieras con grandes cristales; sólo que estos grandes cristales +tenían varias heridas, ocultas á la vez y descubiertas por un ingenioso +vendaje de papel; y las persianas, desunidas y desencajadas, mejor +amenazaban á los transeuntes que resguardaban á los habitantes. + +Las tabletas horizontales que faltaban, estaban cándidamente +reemplazadas con tablas clavadas á lo largo, tanto, que lo que +comenzaba por persiana acababa por postigo. + +Aquella puerta, de aspecto inmundo, y aquella ventana, de aspecto +decente, aunque deteriorada, vistas así en la misma casa, producían el +efecto de dos mendigos desaparejados, que fueran juntos y caminaran +codo á codo, con dos caras distintas bajo iguales andrajos, habiendo +sido el uno siempre mendigo y el otro, en otros tiempos, un hidalgo. + +La escalera conducía á un cuerpo de edificio vastísimo, que se parecía +á un cobertizo convertido en casa. + +Este edificio tenía por tubo intestinal un largo corredor, en el cual +se abrían, á derecha é izquierda, aposentos ó compartimientos de varias +dimensiones difícilmente habitables, puesto que mejor parecían barracas +que celdas. Estas habitaciones recibían la luz de los solares baldíos +de los alrededores. + +Todo aquello era obscuro, incómodo, apagado, melancólico, sepulcral; +cruzado, según estaban las rendijas en el techo ó en la puerta, por +ráfagas frías ó corrientes heladas. La particularidad interesante y +pintoresca de esta clase de viviendas, es la enormidad de las arañas. + +Á izquierda de la puerta de entrada, dando al boulevard, á la altura +de un hombre, un tragaluz que estaba tapiado, dejaba un hueco ó nicho +cuadrado, lleno siempre de piedras que arrojaban los muchachos al pasar +por allí. + +Una parte de este edificio ha sido demolida últimamente; mas por lo +que resta todavía puede aún formarse idea de lo que fué. El todo, +en conjunto, apenas cuenta un siglo. Cien años son la juventud de +una iglesia y la vejez de una casa. Parece que el asilo del hombre +participa de su brevedad, y el asilo de Dios de su eternidad. + +Los carteros llamaban á aquella casucha el número 50-52; pero era +conocida en el barrio por el nombre de la Casa de Gorbeau. + +Explicaremos el origen de este nombre. + +Los colectores de pequeños hechos que se convierten en herborizantes +de anécdotas y que fijan con un alfiler en su memoria las fechas +fugaces, saben que hubo en París, en el último siglo, hacia 1770, dos +procuradores en el Chatelet, llamados Corbeau (Cuervo) el uno, y Renard +(Zorro) el otro: dos nombres previstos por Lafontaine. La coincidencia +era harto graciosa para que no sirviese de alegre divertimiento á la +gente de golilla. Recorrió inmediatamente la parodia, en versos algo +cojos, las galerías del palacio de Justicia. + + De un proceso en la rama, + muy ufano y contento, + ejecutoria en pico + estaba el señor Cuervo. + Del olor atraído + un Zorro muy maestro, + etc...[10] + +Los dos honrados curiales, incomodados por los epigramas y mortificada +su dignidad por las carcajadas que les seguían á todas partes, +resolvieron desembarazarse de sus apellidos tomando el partido de +dirigirse al rey. La súplica fué presentada á Luis XV el día mismo en +que el nuncio del papa por un lado y el cardenal de La Roche Aymon +por otro, devotamente arrodillados ambos, calzaron, en presencia de +Su Majestad, cada uno con una chinela, los pies desnudos de madama +Du-Barry al salir de la cama. El rey, que reía, continuó riendo; pasó +alegremente de los dos obispos á los dos procuradores, é hizo á estos +golillas gracia de su nombre ó poco menos. + +Y por S. M. el rey fuéle permitido á maese Corbeau añadir un rabillo á +su inicial y llamarse Gorbeau; pero maese Renaud fué menos afortunado, +porque sólo pudo obtener agregar una P delante de la R y llamarse +Prenard; tanto, que el segundo nombre, con ser á la vista una +antítesis del primero, no dejaba de parecer en sustancia lo mismo. + +Ahora bien: según la tradición local, este maese Gorbeau había sido +propietario del edificio numerado 50-52 del boulevard del Hospital, +siendo él mismo el autor de la monumental ventana. + +De ahí el ser conocida aquella casucha con el nombre de casa Gorbeau. + +Frente al número 50-52 descollaba, entre los árboles del boulevard, un +gran olmo, muerto en sus tres cuartas partes; casi enfrente empezaba +la calle de la barrera de los Gobelinos, calle entonces sin casas, sin +empedrar, plantada de árboles raquíticos, verde ó llena de barro según +la estación, la cual iba á parar precisamente á la muralla que cercaba +á París. El olor de caparrosa salía á bocanadas de los tejados de una +fábrica vecina. + +La barrera estaba allí mismo. En 1823 el muro de circunvalación existía +aún. + +Esta misma barrera llenaba el espíritu de figuras siniestras. Era el +camino de Bicêtre. + +Era por allí, donde en tiempo del Imperio y de la Restauración, +entraban en París los condenados á muerte el día de la ejecución. Allí +fué donde se cometió hacia 1829 aquel misterioso asesinato llamado +«del portillo de Fontainebleau», cuyos autores no pudo descubrir la +Justicia, problema fúnebre que no ha podido aclararse, enigma pavoroso +que no se ha descifrado. Dando algunos pasos, se encuentra la fatal +calle de Croulebarbe, donde Ulbach dió de puñaladas á la cabrera de +Ivry entre el ruido de los truenos como en un melodrama. Algunos pasos +más adelante, se llega á los abominables olmos descabezados de la +barrera de Saint Jacques, el expediente de los filántropos para ocultar +el suplicio, la mezquina y vergonzosa plaza de Grève de una sociedad +mercachifle, que retrocedió ante la pena de muerte, sin atreverse á +abolirla con grandeza ni á mantenerla con autoridad. + +Hace treinta y siete años, al dejar á un lado esa plaza Saint-Jacques, +que estaba predestinada y que ha sido siempre horrible, el punto más +triste tal vez de todo este triste boulevard era, el punto tan poco +atractivo aún hoy mismo, donde se encontraba la casucha 50-52. + +Las casas regulares de la clase media no han comenzado á aparecer allí +sino veinticinco años más tarde. El sitio era melancólico. Por las +ideas fúnebres que inspiraba, conocía cualquiera que se hallaba entre +el hospital de la Salpêtrière, cuya cúpula se divisaba, y la cárcel de +Bicêtre, que tocaba al portillo; es decir, entre la locura de la mujer +y la locura del hombre. En todo lo que la vista podía extenderse, no se +distinguían más que los mataderos, el muro de circunvalación y algunas +raras fachadas de fábricas, parecidas á cuarteles ó á conventos; por +todas partes barracas y casuchas de tapia, viejos muros negros como +mortajas, ó hileras de árboles paralelos, edificios tirados á cordel, +construcciones monótonas, líneas frías y prolongadas, la tristeza +lúgubre de los ángulos rectos. Ni un accidente de terreno, ni un +capricho de arquitectura, ni un solo pliegue; era aquello un conjunto +glacial, regular, feo. Nada oprime tanto el corazón como la simetría. Y +es que la simetría es el pesar, y el pesar es el fondo mismo del duelo. +La desesperación bosteza. + +Si pudiera soñarse algo más horrible que el infierno en que se sufre, +sería el infierno en que se fastidiara uno. De existir semejante +infierno, su entrada habría podido ser ese trozo del boulevard del +Hospital. + +Así pues, al caer de la noche, en el momento en que la claridad +desaparece, sobre todo en invierno, á la hora en que el cierzo +crepuscular arranca á los olmos sus postreras y tostadas hojas, +cuando la obscuridad es profunda y sin estrellas, ó cuando la luna y +el viento clarean las nubes, este boulevard resultaba espantoso. Las +líneas negras se hundían y perdíanse en las tinieblas como pedazos +del infinito. El transeunte no podía abstenerse de recordar las +innumerables tradiciones patibularias del lugar. + +Aquella soledad, en la que se habían cometido tantos crímenes, +tenía algo de horrible. Creía uno presentir lazos tendidos en +aquella obscuridad; todas las formas confusas de la sombra parecían +sospechosas; y los largos huecos cuadrados que se distinguían entre los +árboles parecían tumbas abiertas. De día era aquello feo; por la tarde +lúgubre; de noche siniestro. + +En verano, á la hora del crepúsculo, veíanse aquí y allí algunas +viejas, sentadas al pie de los olmos en bancos enmohecidos por las +lluvias. Aquellas buenas viejas pedían limosna cuando pasaba alguien. + +Por lo demás, aquel barrio, que más bien tenía el aire de envejecido +que de antiguo, propendía ya desde aquella fecha á trasformarse. Ya +entonces, quien hubiera querido verle debía apresurarse. Cada día iban +desapareciendo detalles de aquel conjunto. En la actualidad, y desde +hace veinte años, la estación del ferrocarril de Orléans está allí +junto al viejo arrabal y le va acorralando. Doquiera que se levante en +el límite de una capital una estación de ferrocarril, resulta la muerte +de un arrabal y el nacimiento de una ciudad. Parece que alrededor de +esos grandes centros del movimiento de los pueblos, con el rodar de las +poderosas máquinas, con el respirar de los monstruosos caballos de la +civilización, que comen carbón y vomitan fuego, tiembla la tierra llena +de gérmenes y se abre para tragarse las antiguas moradas de los hombres +para dejar paso franco á las nuevas. Las casas viejas se derrumban y +las nuevas se elevan. + +Desde que la estación del ferrocarril de Orléans ha invadido los +terrenos de la Salpêtrière, las antiguas calles estrechas, inmediatas +á los fosos de Saint Victor y al Jardín Botánico, se conmueven +violentamente cruzadas tres ó cuatro veces al día por esas corrientes +de diligencias, coches y ómnibus que, en un tiempo dado, hacen +retroceder las casas á derecha é izquierda; pues hay cosas que parecen +peregrinas cuando se anuncian, que son rigurosamente exactas. Y así +como puede decirse en verdad, que en las grandes ciudades el sol hace +vegetar y crecer las fachadas de las casas al medio día, también es +cierto que el paso frecuente de carruajes hace ensanchar las calles. +Los síntomas de una vida nueva son evidentes. En aquel antiguo barrio +provinciano, en los recodos más salvajes aparece el empedrado, +comienzan á extenderse, y prolongarse aceras, hasta allí mismo donde +no transita nadie todavía. Una mañana, mañana memorable, en un día de +julio de 1845, viéronse de repente humear allí las negras calderas de +asfalto; aquel día puede decirse que llegó la civilización á la calle +de la Oarcine, y que París entró en el arrabal de San Marcelo. + + + II + =Nido para búho y curruca= + + +Delante de la casucha de Gorbeau fué donde Juan Valjean se detuvo. Como +las aves selváticas, había elegido aquel lugar desierto para hacer su +nido. + +Buscó en el bolsillo, y sacó una especie de llave maestra, abrió la +puerta, entró, la cerró después con cuidado, y subió la escalera, +siempre con Cosette en brazos. + +En lo alto de la escalera sacó del bolsillo otra llave, con la cual +abrió otra puerta. El cuarto en que entró, y que cerró inmediatamente, +era una especie de desván bastante espacioso, amueblado con un colchón +puesto en el suelo, una mesa y algunas sillas. Una estufa encendida, +cuyas ascuas se veían, estaba en un rincón. + +El farol del boulevard alumbraba vagamente aquel pobre interior. En el +fondo había un gabinete con una cama de tijera. Juan Valjean dejó la +niña en aquella cama, colocándola en ella sin despertarla. + +Echó yescas, y encendió una vela; todo esto estaba preparado de +antemano; y del mismo modo que lo había hecho la víspera, púsose á +contemplar á Cosette con una mirada llena de éxtasis, en la que la +expresión de la bondad y del enternecimiento llegaba casi al extravío. +La pequeñuela, con aquella confianza tranquila que no pertenece sino á +la fuerza extrema, ó á la extrema debilidad, se había dormido sin saber +con quién iba, y continuaba durmiendo sin saber dónde estaba. + +Juan Valjean se inclinó y besó la mano de aquella criatura. + +Nueve meses antes había besado la mano de la madre, cuando también +acababa de dormirse. + +El mismo sentimiento de dolor, religioso y punzante, llenaba su corazón. + +Arrodillóse junto al lecho de Cosette. + +Ya era muy entrado el día, y la niña seguía durmiendo. + +Un pálido rayo del sol de diciembre atravesaba la ventana del desván, +esparciendo por el techo largas ráfagas de sombra y luz. De repente, +una carreta de cantero, pesadamente cargada, que pasaba por la +calzada del boulevard, conmovió la casucha como un trueno prolongado, +haciéndola temblar de arriba abajo. + +--¡Sí! ¡Señora!--gritó Cosette, despertándose sobresaltada.--¡Allá voy! +¡Allá voy! + +Y arrojándose del lecho, con los párpados medio cerrados todavía por la +pesadez del sueño, extendió el brazo hacia el ángulo de la pared. + +--¡Ay Dios mío! ¡Y mi escoba!--dijo. + +Abrió entonces del todo los ojos, y vió el semblante risueño de Juan +Valjean. + +--¡Ah! ¡Calle! ¡Es verdad!--exclamó la niña.--Buenos días, señor. + +Los niños aceptan, y se familiarizan inmediatamente con la alegría y la +felicidad, siendo como son ellos naturalmente felicidad y alegría. + +Cosette vió á Catalina á los pies de su cama, se apoderó de ella, y +empezó á jugar. Y estando jugando, todo se le volvía hacer preguntas +á Juan Valjean: ¿Dónde estaba?... ¿Era grande París?... ¿Estaba bien +lejos la Thénardier?... ¿No volvería á verla? etc., etc. De pronto +exclamó: + +--¡Qué bonito es esto! + +Era una horrible buhardilla; pero ella se sentía libre. + +--¿Tengo que barrer?--preguntó por último. + +--Juega, le dijo Juan Valjean. + +Así se pasó el día. Cosette, sin inquietarse por comprender nada, se +consideraba inexplicablemente feliz entre aquella muñeca y aquel buen +hombre. + + + + + III + =Dos desgracias mezcladas producen la felicidad= + + +Á la mañana siguiente al rayar el día, Juan Valjean estaba todavía al +lado de la cama de Cosette. Esperó allí, inmóvil, y la vió despertarse. + +Algo de nuevo penetraba en su alma. + +Juan Valjean no había amado nunca nada. Hacía veinticinco años que +estaba sólo en el mundo. No había sido nunca padre, amante, marido ni +amigo. En presidio era malo, sombrío, casto, ignorante y feroz. El +corazón de aquel antiguo presidiario estaba lleno de virginidades. +Su hermana y los hijos de su hermana no le habían dejado más que +un recuerdo vago y lejano, que había acabado por extinguirse casi +enteramente. Había hecho cuantos esfuerzos había podido para +encontrarlos, y no habiéndolo conseguido, los había olvidado. La +naturaleza humana es así. Las demás tiernas emociones de su juventud, +si es que las tuvo, habían caído en un abismo. + +Cuando vió á Cosette, cuando la tuvo consigo, la llevó y la libertó, +sintió removérsele las entrañas. Todo lo que de pasión y afecto habían +en su alma, se despertó y precipitó hacia aquella criatura. Acercábase +á la cama en que ella dormía, y temblaba de gozo; experimentaba +arranques de madre, y no sabía lo que eran; porque es cosa muy obscura +y dulcísima ese grande y extraño movimiento que se efectúa en un +corazón que empieza á amar. ¡Pobre corazón, viejo y nuevo á la vez! + +Solamente que, como él tenía cincuenta y cinco años y Cosette ocho, +todo el amor que él hubiera podido tener en toda su vida se fundió +en una especie de claridad inefable. Era la segunda aparición pura y +diáfana que encontraba. El obispo había hecho alzar en su horizonte el +alba de la virtud. Cosette hacía levantar en el mismo, el alba del amor. + +Los primeros días se pasaron en este deslumbramiento. + +Por su parte, Cosette, también se volvía otra sin ella saberlo. ¡Pobre +criatura! Era tan pequeñita cuando su madre la dejó, que ya no se +acordaba de ella. Como todos los niños, semejantes á los renuevos de +la vid que se agarra á todo, había procurado amar y no había podido +conseguirlo. Todos la habían rechazado: los Thénardier, sus niñas y +otros niños. Había amado al perro que murió, después de lo cual, nada +ni nadie había querido amarla. + +Triste cosa es decirlo, como hemos ya indicado, á los ocho años tenía +frío el corazón. No era culpa suya, no era la facultad de amar la que +le faltaba: ¡ay! era la posibilidad. Por eso desde el primer día, todo +cuanto sentía y pensaba en ella se empleó en amar á aquel buen hombre. +Experimentaba lo que nunca había conocido, una sensación expansiva. + +El buen hombre no le hacía el efecto de viejo ni de pobre. Parecíale +Juan Valjean tan hermoso como linda le había parecido la buhardilla. + +Son ésos los efectos de la aurora, de la infancia, de la juventud, de +la alegría. La novedad de la tierra y de la vida tienen en ello buena +parte. Nada es tan risueño como el reflejo vivificante de la dicha +en una buhardilla. Todos hemos tenido en nuestro pasado algún desván +poético. + +La naturaleza y cincuenta años de intervalo habían marcado una +separación profunda entre Juan Valjean y Cosette; esta separación +la llenó el destino. El destino unió, y enlazó con su irresistible +poder, aquellas dos existencias desarraigadas, distintas por la +edad, semejantes por el duelo. La una, efectivamente, completaba á +la otra. El instinto de Cosette buscaba el padre como el instinto de +Juan Valjean buscaba un hijo. Verse, fué encontrarse. En el momento +misterioso en que sus dos manos se trocaron, quedaron unidas. Cuando +aquellas dos almas se divisaron mutuamente, se reconocieron como +necesarias una á otra, y se abrazaron estrechamente. + +Tomando las palabras en su sentido más comprensible y absoluto, podría +decirse que, separados de todo por muros sepulcrales, Juan Valjean era +el viudo, como era la huérfana Cosette. Esta situación hizo que Juan +Valjean viniese á ser de un modo providencial el padre de Cosette. + +Y en verdad, la impresión misteriosa producida en Cosette en el fondo +del bosque de Chelles, por la mano de Juan Valjean cogiendo la suya en +la obscuridad, no era una ilusión, sino una realidad. La entrada de +aquel hombre en el destino de aquella criatura había sido la llegada de +Dios. + +Por lo demás, Juan Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí en +una seguridad que podía parecer completa. + +El cuarto con gabinete que ocupaba con Cosette era aquél cuya ventana +daba al boulevard. Siendo única esta ventana en la casa, no había que +temer miradas de vecinos, de lado ni de frente. + +El piso bajo del número 50-52, especie de cobertizo derruido, servía +de cuadra á hortelanos, y no tenía ninguna comunicación con el +principal. Estaba separado de él por el suelo, que no tenía ni trampas +ni escalera, y que venía á ser el diafragma de la casa. El primer piso +contenía, como hemos dicho, muchos cuartos y algunos desvanes, de los +cuales solamente uno estaba ocupado por una vieja que cuidaba de la +habitación de Juan Valjean. El resto estaba desocupado. + +Aquella vieja era quien, adornada con el nombre de _inquilina +principal_, y en realidad encargada de las funciones de portera, le +había alquilado aquel aposento el día de Nochebuena. + +Se le había él dado á conocer como un rentista arruinado por los bonos +de España, que se iba á vivir ahí con su nieta. Había pagado seis meses +adelantados y encargado á la vieja de amueblar el cuarto y el gabinete +como se ha visto. Fué esta buena mujer quien encendió la estufa y lo +preparó todo la noche de su llegada. + +Pasaban las semanas. Aquellos dos seres llevaban en aquel miserable +tabuco una existencia feliz. + +Desde el amanecer, Cosette reía, charlaba y cantaba. Los niños tienen +su canto matinal como los pájaros. + +Sucedía á veces que Juan Valjean tomaba sus manecitas, enrojecidas y +acribilladas de sabañones, y se las besaba. La pobre niña, acostumbrada +á llevar golpes, no sabía lo que esto quería decir, y se retiraba toda +avergonzada. + +Á veces se ponía seria contemplando su vestido negro. Cosette no +llevaba ya andrajos, llevaba luto. Salía de la miseria y entraba en la +vida. + +Juan Valjean se había propuesto enseñarle á leer. + +Á veces, mientras hacía deletrear á la niña, recordaba que había sido +con el propósito de hacer daño con el que él había aprendido á leer en +presidio. Y aquel propósito se había convertido en el fin de enseñar á +leer á una niña. Entonces el viejo presidiario sonreía, con la sonrisa +meditabunda de los ángeles. + +Tenía el sentimiento de que era ello una premeditación del cielo, una +voluntad de alguien que no es el hombre, y se perdía en meditaciones. +Los buenos pensamientos tienen sus abismos como los malos. + +Enseñar á leer á Cosette y dejarle jugar, á eso se reducía casi toda la +vida de Juan Valjean. Después le hablaba de su madre, y la hacía rezar. + +Ella le llamaba _padre_ sin saber ni conocerle otro nombre. + +Él se pasaba horas enteras contemplándola cómo vestía y desnudaba su +muñeca, oyéndola gorjear. La vida le parecía ya en lo sucesivo llena de +interés, los hombres parecíanle ya buenos y justos; en su imaginación +no reprochaba ya nada á nadie, no veía, por lo tanto, razón alguna +para no envejecer mucho, toda vez que aquella criatura le amaba. +Veía para sí todo un porvenir iluminado por Cosette como por una luz +simpática. El hombre mejor no está exento del todo de egoísmo; á veces +reflexionaba con cierta alegría que Cosette sería fea. + +Esto no pasa de ser una opinión personal; pero para decir todo lo que +pensamos al punto á que había llegado Juan Valjean cuando se puso á +amar á Cosette, nada nos prueba que no le fuera ello menester para +mejor perseverar en el bien. Acababa de ver bajo nuevos aspectos +la maldad de los hombres y las miserias de la sociedad, aspectos +incompletos y que no mostraban fatalmente sino una parte de lo +verdadero, la suerte de la mujer resumida en Fantina, la autoridad +pública personificada en Javert; él había vuelto á presidio últimamente +por haber hecho el bien; nuevas amarguras le habían abrumado; el +disgusto y la fatiga apoderábanse nuevamente de él; el recuerdo mismo +del obispo llegaba quizás á eclipsarse algunos momentos, salvo empero +su reaparición luminosa y triunfante; pero sea como fuere, es lo cierto +que aquel recuerdo sagrado se iba debilitando. ¿Quién sabe si Juan +Valjean no estaba en vísperas de descorazonarse y recaer? Pero amó, +volvió á ser fuerte. ¡Ay! era bien poco menos débil que Cosette. Él la +protegió y ella le fortaleció. Gracias á él, ella pudo seguir el curso +de la vida; gracias á ella, pudo él continuar en la virtud. Él fué +sostén de la niña aquella, y aquella niña fué su punto de apoyo. ¡Oh +misterio insondable y divino de los equilibrios del destino! + + + + + IV + =Lo que observó la inquilina principal= + + +Juan Valjean tenía la precaución de no salir jamás de día. Todas las +tardes, al obscurecer, se paseaba una hora ó dos, algunas veces solo, +frecuentemente con Cosette, buscando los extremos retirados de los +boulevares más solitarios y entrando en las iglesias á la caída de +la noche. Iba gustoso á San Medardo, que era la iglesia más cercana. +Cuando no acompañaba á Cosette, ésta se quedaba con la vieja; pero era +la alegría de la niña salir con el buen hombre. Prefería una hora de ir +con él, á sus mismas conversaciones con Catalina. Él la conducía de la +mano dirigiéndole palabras dulces. + +Así es que Cosette estaba muy contenta. + +La vieja cuidaba de la casa y de la cocina, é iba por las provisiones. + +Vivían sobriamente, teniendo siempre un poco de fuego, pero como gentes +necesitadas. Juan Valjean no había cambiado nada del mobiliario del +primer día; únicamente había sustituido por una puerta toda de madera +la vidriera del gabinete de Cosette. + +Llevaba siempre su levitón amarillo, sus calzones negros y su sombrero +viejo. En la calle le tomaban por un pobre. Sucedía á veces que alguna +buena mujer se volvía y le dada un céntimo. Juan Valjean recibía el +céntimo y saludaba profundamente. Sucedía también otras veces que +encontraba á algún pobre pidiendo limosna, y entonces miraba detrás +de sí por si le veía alguien, se acercaba furtivamente al infeliz, +le ponía en la mano una moneda, generalmente de plata, y se alejaba +rápidamente. Esto tenía sus inconvenientes. Empezaba á conocérsele +en el barrio por el nombre de _el mendigo que da limosna_. La vieja +_inquilina principal_, mujer ceñuda, poseída con respecto al prójimo de +la atención de los envidiosos, examinaba mucho á Juan Valjean, sin que +él lo sospechase. Era un poco sorda, y esto la hacía ser muy habladora. +Quedábanle dos dientes de su pasado, uno arriba y otro abajo, que se +tropezaban continuamente. Había hecho diversas preguntas á Cosette, +la que, no sabiendo nada, nada había podido decir, sino que venía de +Montfermeil. Una mañana, acechando como siempre á Juan Valjean, le vió +entrar en uno de los cuartos deshabitados de la casucha, con cierto +aire que le pareció singular. Siguióle á paso de gata vieja, y pudo +observar sin ser vista, por la rendija de la puerta de otro cuarto que +venía enfrente. Juan Vadean, para mayor precaución sin duda, estaba de +espaldas á esta puerta. Entonces vió la vieja cómo sacaba él de sus +bolsillos un estuche con hilo y tijeras, y se ponía á descoser el forro +de uno de los faldones de su levita, de cuya abertura sacó un pedazo +de papel amarillo que desdobló. La vieja reconoció asombrada que era +un billete de mil francos. Era el segundo ó tercero que había visto en +toda su vida. Huyó toda asustada. + +Poco después se acercó á ella Juan Valjean, rogándole que fuése á +cambiar aquel billete de mil francos, añadiendo que era el semestre de +su renta que había cobrado á la víspera. + +--¿Dónde?--pensó la vieja. No salió hasta las seis de la tarde, y la +caja del gobierno no está por cierto abierta á semejantes horas. La +vieja fué á cambiar el billete haciendo naturalmente sus conjeturas. +Aquel billete de mil francos, comentado y multiplicado, produjo +infinidad de conversaciones y aspavientos entre las comadres de la +calle de Vignes-Saint Marcel. + +Después de algunos días sucedió que Juan Valjean, en mangas de camisa, +aserró unos maderos en el corredor. + +La vieja estaba dentro arreglando el cuarto, y se hallaba sola, +porque Cosette se había puesto á contemplar la madera aserrada; +la vieja advirtió entonces la levita colgada de un clavo, y la +escudriñó. El forro había sido cosido de nuevo. La buena mujer la +palpó cuidadosamente, y creyó sentir entre los faldones y entre las +escotaduras de las mangas el tacto de buen número de papeles doblados. +¡Otros billetes de mil francos sin duda! + +Observó además que había muchas otras cosas en los bolsillos; no sólo +las agujas, hilo y tijeras que había visto, sino una cartera abultada, +una gran navaja, y, detalle sospechoso, algunas pelucas de colores +varios. Cada faltriquera de aquel levitón parecía tener su destino +particular en el caso de acontecimientos imprevistos. + +Los habitantes de la casucha alcanzaron así los últimos días del +invierno. + + + + + V + =Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace ruido= + + +Había cerca de San Medardo un pobre que se acurrucaba en el brocal de +un pozo de vecindad, cegado, y á quien Juan Valjean hacía limosna de +muy buena fe. Apenas pasaba nunca por delante de él sin darle algunos +sueldos. Á veces le hablaba también. Los envidiosos decían de este +mendigo que era _de la policía_. Era un antiguo bedel de sesenta y +cinco años que siempre estaba murmurando oraciones. + +Una noche que Juan Valjean pasaba por allí y no llevaba á Cosette +consigo, vió el mendigo en su puesto ordinario bajo el farol que +acababan de encender. Aquel hombre, según su costumbre, parecía rezar, +y estaba completamente encorvado. Juan Valjean se le acercó poniendo +en su mano la limosna acostumbrada. El mendigo alzó bruscamente los +ojos, miró fijamente á Juan Valjean, bajando rápidamente la cabeza. +Aquel movimiento fué como un relámpago; Juan Valjean sufrió un +extremecimiento. Parecíale que acababa de entrever á la luz del farol, +no el semblante plácido y santurrón del antiguo bedel, sino un rostro +espantoso y conocido. Experimentó la impresión que sentiría cualquiera +que se encontrase de repente en la sombra, cara á cara con un tigre. + +Retrocedió aterrado y petrificado, no atreviéndose ni á respirar, ni +á hablar, ni á huir, ni estarse quieto, contemplando al mendigo, que +había bajado su cabeza cubierta con un harapo, y pareciendo no darse +cuenta de que estuviera allí. En aquel extraño momento un instinto, +quizá el instante misterioso de la conservación, hizo que Juan Valjean +no pronunciase una sola palabra. El mendigo tenía la misma estatura, +los mismos andrajos, y la misma apariencia de todos los días. ¡Bah! +dijo Juan Valjean. ¡Estoy loco! ¡Yo sueño!... ¡Imposible! Y entró +nuevamente en su casa profundamente turbado. + +Apenas se atrevía á confesarse á sí propio que aquel rostro que había +creído ver era el de Javert. + +Pensando en ello toda la noche, le pesaba no haber interrogado al +hombre para obligarle á levantar la cabeza segunda vez. + +Al día siguiente, al caer la noche, volvió. El mendigo estaba en su +puesto. + +--Guardeos Dios, buen hombre--dijo resueltamente Juan Valjean, +dándole un céntimo. El mendigo levantó la cabeza respondiendo con voz +lastimera:--Gracias mi buen señor.--Era realmente el antiguo bedel. + +Juan Valjean se sintió completamente tranquilizado. Echóse á +reir.--¿Dónde diablos había ido yo á ver á Javert?--pensó para sus +adentros.--¿Iré yo ahora á tener visiones?--Y no pensó en ello más. + +Algunos días después, serían como las ocho de la noche, cuando estando +en su cuarto haciendo deletrear á Cosette en alta voz, oyó abrir y +después volver á cerrar la puerta de la casucha. Esto le pareció +singular. La vieja, única persona que habitaba con él la casa, se +acostaba siempre al anochecer para no gastar vela. Juan Valjean, hizo +seña á Cosette para que se callara, y oyó que subían la escalera. En +rigor, bien podría ser que la vieja se hubiese puesto mala y hubiese +ido á la botica. Juan Valjean escuchó. + +Las pisadas eran pesadas y sonaban como las de un hombre; pero la vieja +usaba zapatos gruesos, y nada se parece tanto al paso de un hombre como +al paso de una mujer vieja. Sin embargo, Juan Valjean dió un soplo á su +luz. + +Había mandado á Cosette á la cama, diciéndole muy por lo bajo: + +--Acuéstate muy quedito;--y mientras la besaba en la frente se +detuvieron las pisadas. + +Juan Valjean permaneció en silencio, inmóvil, vuelto de espaldas á la +puerta, sentado en una silla, de la que no se había movido, reteniendo +su respiración en la obscuridad. + +Después de un buen rato, no oyendo ya nada, volvióse sin hacer ruido, +y al dirigir los ojos hacia la puerta de su cuarto, vió una luz por el +ojo de la llave. Aquella luz dibujaba una especie de estrella siniestra +en lo negro de la puerta y de la pared. Evidentemente había allí +alguien que tenía una luz en la mano y estaba escuchando. + +Pasaron así algunos minutos, y desapareció la luz. Solamente que no oyó +ningún ruido de pasos, lo cual parecía indicar que el que había venido +á escuchar á la puerta se había quitado los zapatos. + +Juan Valjean se echó completamente vestido sobre su colchón, no +pudiendo cerrar los ojos en toda la noche. + +Al despuntar el día, cuando comenzaba á dormitar rendido de fatiga +despertóle el rechinar de una puerta que se abría en alguna buhardilla +del fondo del corredor; después oyó los mismos pasos de un hombre +que habían subido la escalera durante la víspera. Los pasos se iban +acercando. + +Levantóse de su cama, y aplicó un ojo al agujero de la cerradura, que +era bastante grande, esperando ver al cruzar, cualquiera que fuése, el +ser que se había introducido por la noche en la casucha y escuchado á +su puerta. + +Era, en efecto, un hombre, que pasó esta vez sin pararse por delante +del cuarto de Juan Valjean. El corredor estaba todavía muy obscuro +para poder distinguir sus facciones, pero cuando llegó el hombre á la +escalera, un rayo de luz de afuera hizo resaltar su opaca silueta, y +Juan Valjean le vió de espaldas completamente. El hombre era de elevada +estatura, vestido con un largo levitón, y un grueso palo bajo el brazo. +Era la formidable facha de Javert. + +Juan Valjean habría podido intentar verle de nuevo por la ventana que +daba al boulevard. Pero para ello era menester abrirla, y no se atrevió. + +Era evidente que aquel hombre había entrado con una llave y como en su +casa. ¿Quién le había dado la llave? ¿Qué es lo que aquello significaba? + +Á las siete de la mañana, cuando la vieja entró para arreglar la +habitación, Juan Valjean le dirigió una mirada penetrante, pero sin +interrogarla. La buena mujer estuvo como de ordinario. + +Mientras iba barriendo, dijo: + +--¿Habéis tal vez oído entrar alguien esta noche? + +En aquella época y en aquel boulevard, las ocho de la noche era noche +cerrada. + +--Á propósito, es verdad,--respondió él con el acento más +natural.--¿Quién era? + +--Es un nuevo inquilino,--dijo la vieja,--que tenemos en la casa. + +--¿Y que se llama?... + +--No sé bien si Dumont ó Daumont. Un nombre así. + +--¿Y qué es ese señor Dumont? + +--Un rentista como vos. + +Ella tal vez dijo estas palabras sin doble intención, pero Juan Valjean +creyó descubrir alguna. + +Cuando hubo salido la vieja, hizo él un rollo de un centenar de +francos que tenía en un armario, y se lo metió en el bolsillo. Por +mucho cuidado que pusiera en aquella operación para que no se le oyera +remover dinero, escapósele de las manos una moneda de cien sueldos, que +fué rodando ruidosamente por el suelo. + +Al anochecer, bajó y miró atentamente arriba y abajo del boulevard. + +No vió á nadie. El boulevard parecía absolutamente desierto. Es verdad +que podía cualquiera ocultarse detrás de los árboles. + +Volvió á subir. + +--Ven,--dijo á Cosette. + +Y tomándola de la mano, salieron los dos. + + + NOTAS: + +[10] Traducción de Samaniego. + + + + + LIBRO QUINTO + Á LA CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA + + + I + =Las sinuosidades de la estrategia= + + +Aquí, con respecto á las páginas que van á leerse y á otras que vendrán +después, es indispensable una observación. + +Hace ya muchos años que el autor de este libro, forzado á pesar suyo +á hablar de sí mismo, se halla ausente de París. Desde que le dejó, +París se ha transformado. Ha surgido una ciudad nueva, que le es +hasta cierto punto desconocida. No tiene necesidad de decir que ama +á París; París es la ciudad natal de su espíritu. Á consecuencia de +los derribos y reedificaciones, el París de su juventud, aquel París +que se llevó religiosamente en su memoria, es á estas horas el París +de otros tiempos. Permítasele hablar de este París como si existiera +todavía. Es posible que allí donde va el autor á conducir á los +lectores, diciéndoles: «En tal calle hay tal casa», no exista hoy día +casa ni calle. Los lectores lo comprobarán, si quieren tomarse el +trabajo de hacerlo. En cuanto á él, desconoce el París nuevo, y escribe +con el París antiguo delante de los ojos, en medio de la ilusión más +agradable. Es una satisfacción para él soñar que queda algo tras de sí +de lo que veía cuando estaba en su país, y que no se ha desvanecido +todo aún. + +Mientras uno va y viene por su país natal, créese que las calles le +son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada +significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles no son +más que árboles; que las casas donde no entra le son inútiles; que el +empedrado por donde anda son simplemente piedras. + +Pero más tarde, cuando se encuentra fuera, advierte que aquellas calles +le son queridas; que aquellos tejados, aquellas ventanas y aquellas +puertas le hacen falta; que aquellas paredes le son necesarias; que +aquellos árboles le son amados; que aquellas casas donde él no entraba, +había quien entraba en ellas todos los días, y que ha dejado parte de +sus entrañas, de su corazón y de su sangre en aquellas piedras. Todos +aquellos sitios que ya no vemos y que quizá no volveremos á ver jamás, +y cuya imagen hemos conservado, adquieren cierto encanto doloroso, +se nos presentan con la melancolía de una aparición, nos hacen +visible la tierra santa, y son, por decirlo así, la forma misma de la +patria; y los amamos y los evocamos tales como son, tales como eran, +obstinándonos en ello, y no queremos cambiar nada de ellos, porque +estamos apegados á la forma de nuestra patria como á las facciones de +nuestra madre. + +Séanos, pues, permitido hablar del pasado en el presente. Dicho esto, +suplicamos al lector que lo tenga en cuenta, y continuamos. + +Juan Valjean había dejado enseguida el boulevard y se había engolfado +en las calles, haciendo cuantas líneas quebradas podía, volviendo +algunas veces sobre sus propios pasos para cerciorarse de que no le +seguían. + +Es ésta una maniobra natural en el ciervo hostigado. En los terrenos en +que puede quedar impresa la huella, esa maniobra tiene, entre otras, la +ventaja de engañar á los cazadores y á los perros con el contrapié. Es +lo que en montería se llama _emboscada falsa_. + +Era una noche de luna llena. Á Juan Valjean no le disgustaba. La luna, +muy cerca todavía del horizonte, marcaba en las calles grandes espacios +de luz y sombra. Juan Valjean podía escurrirse á lo largo de las casas +y paredes del lado sombrío, y observar el claro. No reflexionaba quizá +bastante que el lado obscuro se le esparcía, sin embargo, en todas las +callejuelas que rodean á la calle de Polibeau, y creyó estar seguro de +que nadie iba tras él. + +Cosette andaba sin preguntar. Los sufrimientos de los seis primeros +años de su vida habían introducido cierta pasividad á su naturaleza. +Por otra parte, y ésta es una observación que tendremos que tener +en cuenta más de una vez, estaba ella acostumbrada, sin darse muy +exacta cuenta del porqué, á las singularidades del buen hombre y á las +extravagancias del destino. Además se sentía segura junto á él. + +Juan Valjean no sabía mejor que Cosette adónde iba. Confiaba en +Dios como ella confiaba en él. Parecíale que alguien superior á él +le llevaba también de la mano; creía sentir un ser invisible que le +conducía. Por lo demás, no tenía idea alguna decidida, ningún plan, +ningún proyecto. Ni siquiera estaba seguro del todo de que aquel +Javert, pudiendo también ser Javert, sin que supiese que él era Juan +Valjean. ¿No iba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo, +hacía algunos días que le pasaban cosas que parecían singulares. No +necesitaba más. Estaba resuelto á no volver á entrar en la casa de +Gorbeau. Como el animal arrojado de su guarida, buscaba un hueco donde +esconderse, mientras encontraba donde alojarse. + +Juan Valjean describió gran número de laberintos en el barrio +Montfetard, que yacía dormido como si estuviera todavía bajo la +disciplina de la Edad Media, al yugo de la queda; combinó de diversas +maneras, en hábiles estrategias, la calle Censier y la calle Copeau, la +calle del Battoir-Saint-Victor y la calle del Puits l'Ermite. Hay por +allí casas-posadas, pero ni siquiera entraba en ellas, no encontrando +lo que le convenía. Es decir, dudaba que si por casualidad le buscaban, +hubiesen perdido la pista. + +Al dar las once de Saint-Etienne-du-Mont, atravesaba la calle de +Pontoise, delante de la comisaría de policía, que está en el número +14. Algunos instantes después, el instinto de que hablábamos más +arriba hizo que se volviese. En cuyo momento vió claramente, gracias +al farol de la comisaría que los descubría, á tres hombres que le +seguían de bastante cerca, pasar sucesivamente bajo aquel farol por la +parte obscura de la calle. Uno de aquellos tres hombres entró en el +portal de la casa del comisario. El que marchaba al frente se le hizo +decididamente sospechoso. + +--Ven, hija mía,--díjole á Cosette. Y se apresuró á dejar la calle de +Pontoise. + +Describió un circuito, dió la vuelta al pasaje de los Patriarcas, que +estaba cerrado á causa de la hora, cruzó á grandes pasos la calle de la +Epée-de-Bois y la de la Arbalete, y penetró en la de Postas. + +Hay allí una encrucijada, donde existe hoy el colegio Rollin y adonde +va á empalmar la calle Nueva de Santa Genoveva. + +Es por demás decir que la calle Nueva de Santa Genoveva es una calle +vieja, y que por la calle de Postas no pasa apenas en diez años una +silla de posta. Dicha calle de Postas estaba habitada en el siglo VIII +por alfareros, y su verdadero nombre era calle de los Potes. + +La luna arrojaba sus clarísimos rayos en la encrucijada. Juan Valjean +se escondió en el hueco de una puerta, calculando que si aquellos +hombres le seguían todavía, no podría dejar de verlos muy bien cuando +atravesasen por aquella claridad. + +En efecto, aún no habían trascurrido tres minutos cuando aparecieron +los hombres. Entonces eran cuatro; todos de elevada estatura, vestidos +con largos levitones obscuros, con sombreros redondos, y gruesos +bastones en la mano. No eran menos sospechosos por su elevada estatura +y grandes puños, que por su marcha siniestra en las tinieblas. Se les +podía tomar por cuatro espectros disfrazados de paisano. + +Detuviéronse en medio de la encrucijada, y se agruparon como para +consultar. Parecían estar indecisos. El que guiaba, volvióse de repente +señalando con la mano derecha la dirección que había tomado Juan +Valjean; otro de los del grupo parecía indicar con cierta persistencia +la dirección contraria. En el instante en que se volvió el primero, la +luna iluminó por completo su rostro, Juan Valjean reconoció claramente +á Javert. + + + + + II + =Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes= + + +Cesó la incertidumbre para Juan Valjean; afortunadamente duraba todavía +para aquellos hombres. Aprovechóse él de su vacilación. Ellos perdían +tiempo, y él lo ganaba. Salió del hueco de la puerta en que se había +escondido avanzando por la calle de Postas, hacia al lado del Jardín +Botánico. Cosette empezaba á fatigarse; tomola entonces él en brazos +y así la llevó. No pasaba nadie por allí y no se habían encendido los +faroles á causa de la luna. + +Dobló el paso. + +En pocas zancadas llegó á la alfarería de Goblet, en cuya fachada la +claridad de la luna hacía perfectamente legible la antigua inscripción: + + De Goblet el hijo, está aquí la fábrica, + Venid á escoger floreros y cántaros, + Cantarillas, tiestos, ladrillos y jarras, + Que todo se vende, ya en fino y en basto. + +Dejó tras de sí la calle de la Clef, después la fuente de San Víctor, +bordeó el Jardín Botánico por las calles bajas, y llegó al muelle. +Volvió la cabeza al estar allí. El muelle se encontraba desierto; las +calles también. Nadie iba detrás de él. Respiró. + +Llegó al puente de Austerlitz. + +Todavía se pagaba peaje en aquella época. + +Acercóse al ventanillo del peajero y dió un céntimo. + +--Son dos sueldos,--dijo el inválido del puente.--Lleváis una criatura +que puede andar. Debéis pues pagar dos. + +Pagó, contrariado de que su paso hubiese dado lugar á una observación. +Toda fuga debe pasar inadvertida. + +Un gran carro atravesaba el Sena al propio tiempo que iba él también +hacia la orilla derecha. Esto le favoreció mucho, puesto que pudo +atravesar todo el puente á la sombra de aquel carro. + +Hacia la mitad del puente, teniendo Cosette los pies entumecidos, quiso +andar. Él la puso en el suelo y volviola á tomar de la mano. + +Salvado ya el puente, distinguió en frente de él, hacia la derecha, +unos depósitos de madera. Dirigióse allí; pero para llegar era preciso +atravesar un ancho espacio descubierto é iluminado. No vaciló. Los que +le perseguían estaban evidentemente despistados, y Juan Valjean se +creía fuera de peligro. Buscado sí, pero no seguido. + +Abríase entre dos de aquellos depósitos, cercados de tapia, una +callejuela, la del Chemin Vert Saint Antoine. Era la tal, estrecha, +obscura y como hecha á propósito para él. Antes de entrar miró tras de +sí. + +Desde allí donde estaba, veía en toda su longitud el puente de +Austerlitz. + +Cuatro sombras acababan de entrar en el puente. + +Esas sombras volvían la espalda al Jardín Botánico dirigiéndose hacia +la orilla derecha. + +Aquellas cuatro sombras eran los cuatro hombres. + +Juan Valjean sintió el estremecimiento de la fiera descubierta. + +Quedábale una esperanza, y era que quizá aquellos cuatro hombres no +habían entrado aún en el puente y no le habrían distinguido en el +momento en que él había atravesado, con Cosette de la mano, el gran +espacio iluminado. + +En este caso, penetrando por la callejuela delante de la cual se +encontraba, logrando llegar á los depósitos, huertas, sembrados y +terrenos baldíos, podía escapar fácilmente. + +Pareciéndole que podía confiar en aquella callejuela silenciosa, entró +en la misma. + + + + + III + =Véase el plano de París de 1727= + + +Á cosa de unos trescientos pasos, llegó á un punto en que la calle +bifurcaba. Dividíase oblicuamente en dos, una á la izquierda y otra á +la derecha. Juan Valjean tenía delante de sí como los dos brazos de +una. Y. ¿Cuál debía seguir? + +No vaciló un momento, y tomó por la derecha. + +¿Por qué? + +Porque la izquierda se dirigía hacia el arrabal, es decir, á los +sitios habitados, y la derecha hacia el campo, es decir, á los lugares +desiertos. + +Entre tanto, no andaba muy aprisa. El paso de Cosette acortaba el de +Juan Valjean. + +Volvió á tomarla en brazos. Cosette apoyaba su cabeza sobre el hombro +de su buen conductor sin decir una sola palabra. + +Volvíase de cuando en cuando para mirar teniendo buen cuidado de ir por +el lado sombrío de la calle. La calle seguía recta detrás de él, y las +dos ó tres primeras veces que volvió la cabeza no vió nada; el silencio +era profundo; continuó pues su marcha algo tranquilizado. De pronto, +en cierto momento, al volverse, parecióle divisar, por la parte de la +calle que acababa de pasar, á lo lejos, entre la obscuridad, algo que +se movía. + +Precipitóse adelante, mejor que anduvo, esperando encontrar alguna +callejuela lateral, y huir por ella, haciendo perder una vez más su +pista. + +Pero encontró una tapia. + +Aquella tapia, sin embargo, no era un obstáculo para seguir adelante; +era una pared que costeaba una callejuela transversal, en la cual +terminaba la calle que venía siguiendo Juan Valjean. + +Era allí preciso tomar nuevamente por la derecha ó por la izquierda. + +Miró á la derecha. La callejuela se prolongaba á trozos entre +construcciones, que eran cobertizos ó granjas, pero no tenían salida. +Veíase claramente el fondo cerrado por una gran pared blanca. + +Miró á la izquierda. La callejuela por este lado estaba abierta, y á +distancia como de doscientos pasos, penetraba en otra calle de la que +era afluente. Por aquella parte estaba su salvación. + +En el momento en que Juan Valjean pensaba tomar por la izquierda, á fin +de llegar hasta la calle que se divisaba al extremo de la callejuela, +observó en el ángulo formado con la otra, á la cual se dirigía, una +especie de estatua negra, inmóvil. + +Era evidentemente un hombre apostado allí que esperaba para cortarle el +paso. + +Juan Valjean retrocedió. + +El punto de París en que se encontraba Juan Valjean, situado entre +el arrabal Saint Antoine y la Râpée, es uno de los que han sido +completamente reformados por obras recientes, afeándole, según unos, +transfigurándole según otros. Los cultivos, los almacenes y los +edificios viejos, han desaparecido. Hoy existen en su lugar grandes +calles modernas, anfiteatros, circos, hipódromos, estaciones de +caminos de hierro, una cárcel, Mazas; el progreso, como se ve, con su +correctivo. + +Hace medio siglo, en la lengua usual popular, compuesta toda ella +de tradiciones, que se obstina en llamar al Instituto _las Cuatro +Naciones_, y á la Ópera Cómica _Feydeau_, el preciso lugar adonde +había llegado Juan Valjean se llamaba _Le Petit Picpus_. La puerta de +Saint Jacques, la puerta de París, la barrera de los Sargentos, los +Porcherons, la Galiota, los Celestinos, los Capuchinos, el Mail, la +Bourbe, el árbol de Cracovia, la Pequeña Polonia, el Pequeño Picpus, +son nombres del París antiguo que sobrenadan en el nuevo. La memoria +del pueblo flota sobre los residuos del pasado. + +El Pequeño Picpus, que por lo demás apenas ha existido y nunca pasó de +ser la sombra de un barrio, tenía casi el aspecto monacal de una ciudad +española[11]. Los senderos estaban apenas apisonados, las calles poco +edificadas. Á excepción de las dos ó tres de las que vamos á hablar, +todo eran tapias y soledad. Ni una tienda, ni un carruaje; apenas aquí +y allá alguna luz encendida en las ventanas; siendo todas apagadas á +las diez. Jardines, conventos, depósitos de maderas, huertas, algunas, +pocas, casas bajas, y grandes tapias tan elevadas como las casas. + +Tal era aquel barrio en el último siglo. La Revolución lo había ya +maltratado. La municipalidad republicana lo había demolido, atravesado +y agujereado. Habíanse establecido allí depósitos de cascotes. En +treinta años ha ido desapareciendo este cuartel bajo el rasero de las +nuevas construcciones. Hoy no queda ya el menor vestigio. + +El Pequeño Picpus del que no guarda indicio ninguno de los planos +actuales, está bastante bien indicado en el plano de 1727, publicado en +París por la casa Denis Thierry, calle de Saint Jacques, frente á la de +Platre, y en Lyon en casa Juan Girin, calle Mercière, en la Prudence. +El Pequeño Picpus dibujaba lo que acabamos de llamar una Y de calles, +formada por la del Chemin Vert Saint Antoine, separándose en dos ramas; +tomando la izquierda el nombre de callejuela de Picpus, y la derecha +el de calle de Polonceau. Las dos ramas de la Y estaban reunidas en +su parte superior como por una barra. Esta barra se llamaba calle del +Droit-Mur. La calle de Polonceau desembocaba en ella; la callejuela de +Picpus seguía más allá, y avanzaba hacia el mercado Lenoir. Subiendo +del Sena, los que llegaban al extremo de la calle de Polonceau tenían á +su izquierda la calle Droit-Mur, volviendo bruscamente en ángulo recto, +en frente la tapia de esta última, y á su derecha una prolongación +truncada de la misma calle Droit-Mur, sin salida, llamada el callejón +Genrot. + +Éste era el punto donde se encontraba Juan Valjean. + +Como hemos dicho ya, al distinguir la negra silueta del espía en el +ángulo de la calle Droit-Mur y la callejuela de Picpus, retrocedió. No +cabía duda; estaba siendo objeto de la vigilancia de aquel fantasma. + +¿Qué hacer? + +No estaba ya á tiempo de retroceder. Lo que había visto moverse en la +sombra á alguna distancia detrás de él un momento antes era, sin duda, +Javert y su ronda. Javert estaba ya probablemente á la embocadura de la +calle, en cuyo extremo se hallaba Juan Valjean. Javert, según todas las +apariencias, conocía perfectamente aquel pequeño dédalo y había tomado +sus precauciones, enviando á uno de sus hombres á guardar la salida. +Estas conjeturas, tan parecidas á la evidencia, se arremolinaron +enseguida como un puñado de polvo que hace girar una ráfaga súbita +de viento, en el dolorido cerebro de Juan Valjean. Examinó éste el +callejón sin salida llamado Genrot; allí estaba la valla. Examinó +después la callejuela Picpus; allí el centinela. Veía esta figura +sombría destacarse en negro sobre el blanco suelo inundado de luz por +la luna. Avanzar, era caer en manos de aquel hombre. Retroceder era +lanzarse en brazos de Javert. Juan Valjean se sentía cogido como por un +lazo que fuera estrechándose lentamente. + +Miró al cielo con desesperación. + + + IV + =Tentativas de evasión= + +Para comprender lo que vamos á decir, es preciso figurarse de una +manera exacta la calleja Droit-Mur, y en particular el ángulo que +quedaba á la izquierda, al salir de la calle Polonceau para entrar en +ella. La calleja de Droit-Mur estaba casi enteramente á la derecha, +hasta la callejuela de Picpus, formada por casas de pobre apariencia; +á la izquierda por un solo edificio de aspecto severo, compuesto de +varios cuerpos, que iba aumentando gradualmente uno ó dos pisos á +medida que se aproximaban á la callejuela de Picpus, de suerte que ese +edificio, muy elevado por esta última calle, resultaba muy bajo por +la de Polonceau. Aquí, en la parte del ángulo de que hemos hablado, +descendía hasta el extremo de no ser más que una sencilla tapia, la +cual no terminaba en la recta de la calle, sino que formaba un chaflán +muy rebajado, oculto por sus dos esquinas á dos observadores que +estuviesen, el uno en la calle Polonceau y el otro en la de Droit-Mur. + +Á partir de los dos ángulos del chaflán, la pared se prolongaba por +la calle Polonceau hasta una casa señalada con el número 49, y por la +calle Droit-Mur, donde su extensión era mucho menor, hasta el edificio +sombrío de que hemos hablado, y cuyo primer trozo de fachada cortaba +lateralmente, formando así en la calle un nuevo ángulo entrante. Esta +parte de la fachada era de triste aspecto; no se veía en ella más que +una ventana, ó por mejor decir, dos postigos, cubiertos por una plancha +de cinc, siempre cerrados. + +La manera de ser de los lugares que describimos es rigurosamente +exacta y despertará de seguro recuerdos fidelísimos en la mente de los +antiguos moradores del barrio. + +El chaflán estaba enteramente ocupado por una cosa que se parecía á una +puerta colosal y miserable. Era una vasta é informe unión de tablas +perpendiculares más anchas las de arriba que las de abajo, enlazadas +por largas tiras de hierro trasversales. Al lado había una puerta +cochera de dimensiones comunes, cuya construcción no se remontaba +evidentemente más allá de cincuenta años. + +Un tilo mostraba su ramaje por cima del chaflán, y la pared estaba +cubierta de hiedra por el lado de la calle Polonceau. + +Dado el inminente peligro que corría Juan Valjean, tenía este edificio +sombrío cierta apariencia de inhabitado y solitario que le atraía. +Recorrióle rápidamente con la vista. Diciéndose que si lograba penetrar +en él, quizá se salvaría; tuvo, pues, de pronto, una idea y una +esperanza. + +En la parte media de la fachada de aquel edificio por la calle +Droit-Mur, había en todas las ventanas de los diversos pisos antiguas +vertedoras de embudo hechas de plomo. Los diversos empalmes de estos +conductos que iban á parar de las cubetas al conducto central, +dibujaban sobre la fachada una especie de árbol. Dicha ramificación de +tubos con sus cien codos, imitaban perfectamente las parras deshojadas +que se extienden retorcidas por las paredes de las antiguas granjas. + +Aquella caprichosa espaldera de ramas de plomo y hoja de lata, fué el +primer objeto que llamó la atención de Juan Valjean. Sentó á Cosette +de espaldas contra un guardacantón, recomendándola el silencio, y +corrió al sitio en que el canalón principal llegaba al suelo. Quizá +hubiese medio de trepar por allí y entrar en la casa. Pero el conducto +estaba destrozado é inservible, pudiéndose sostener apenas donde +estaba. Además, todas las ventanas de aquella morada silenciosa estaban +guardadas por espesas rejas de hierro, hasta las de las buhardillas +de la techumbre. Y luego, la luna alumbraba de lleno la fachada, y +el hombre que observaba á Juan Valjean desde el extremo de la calle, +hubiera podido ver si la escalaba. Finalmente ¿qué hacer de Cosette? +¿Cómo subirla á lo alto de una casa de tres pisos? Renunció, pues, á +trepar por el canalón, subiendo á lo largo de la pared para entrar de +nuevo en la calle de Polonceau. + +Cuando llegó al chaflán donde había dejado á Cosette, advirtió que +nadie podía verle. Y como acabamos de decir, escapábase á todas las +miradas de cualquier lado que viniesen. Además estaba en la sombra. +En fin, había dos puertas; quizá podría forzarlas. La tapia sobre la +cual se veía el tilo y la hiedra, daba evidentemente á un jardín, donde +podría al menos esconderse, aun cuando los árboles no tenían hoja +todavía, pasando así el resto de la noche. + +Corría el tiempo; era preciso correr igualmente. + +Tentó la puerta cochera, y reconoció desde luego que estaba condenada +por dentro como por fuera. + +Llegóse á la otra puerta grande más esperanzado. Estaba atrozmente +desvencijada, su misma extensión la hacía menos sólida, las tablas +estaban podridas, y las ligaduras de hierro, que eran sólo tres, +estaban enmohecidas. Parecía posible taladrar aquella barrera carcomida. + +Al examinarla, vió que lo que creía puerta no era tal puerta. No tenía +goznes, ni pernios, ni cerradura, ni partición en medio. Las barras de +hierro la atravesaban de parte á parte sin solución de continuidad. Por +las hendiduras de las tablas divisó cascotes y guijarros groseramente +cimentados, que los transeuntes podían ver todavía hace diez años. Le +fué preciso reconocer tristemente que aquella apariencia de puerta era +simplemente el paramento de madera de una tapia á que estaba pegado. +Era muy fácil arrancar una tabla, pero se encontraría frente á frente +con una pared. + + + + + V + =Lo que sería imposible con el alumbrado por gas= + + +En aquel momento un ruido sordo y acompasado empezó á dejarse oir á +cierta distancia. Juan Valjean arriesgóse á mirar cautelosamente por +fuera de la esquina de la calle. Siete ú ocho soldados, formados en +pelotón, acababan de desembocar en la calle Polonceau. Vió brillar las +bayonetas. Aquello se dirigía hacia él. + +Dichos soldados al frente de los cuales distinguía la elevada figura +de Javert, avanzaban lentamente y con precaución. Parábanse con mucha +frecuencia. Era indudable que exploraban todos los rincones de las +paredes y todos los huecos de puertas y pasadizos. + +No cabía ya la menor equivocación ni conjetura; aquélla era una +patrulla que Javert había encontrado, y á la que había pedido auxilio. + +Los dos acólitos de Javert venían en las filas. + +El paso que llevaban y con las paradas que hacían, necesitaban un +cuarto de hora para llegar al sitio en que se encontraba Juan Valjean. +Fué aquél un instante terrible. Pocos minutos separaban á Juan Valjean +de aquel espantoso precipicio que se abría delante de él por la tercera +vez. Y el presidio no era ya solamente el presidio, era Cosette perdida +para siempre; es decir, una vida parecida al interior de una tumba. + +No había más que una cosa posible. + +Juan Valjean tenía una particularidad; podía decirse que llevaba dos +alforjas: en la una guardaba loa pensamientos de un santo, en la otra +los terribles talentos de un presidiario. Buscaba en una ó en otra, +según el caso. + +Entre otros recursos, gracias á sus numerosas evasiones del penal +de Tolón, recuérdese que era maestro consumado en el arte increíble +de elevarse sin escala, sin garfios, con sólo la fuerza muscular, +apoyándose en la nuca, en los hombros, en las caderas y en las +rodillas, ayudándose en los más insignificantes relieves de las +piedras, por el ángulo derecho de un muro, hasta la altura de un sexto +piso si era menester: arte que ha hecho tan terrible como célebre el +rincón del patio de la Conserjería de París por donde se escapó, hace +unos veinte años, el condenado Battemolle. + +Juan Valjean midió con los ojos el muro, sobre del cual asomaba el +tilo. Tendría unos diez y ocho pies de altura. El ángulo que formaba +con la fachada lateral del gran edificio estaba relleno en su parte +inferior con un macizo de manpostería de forma triangular, destinado +probablemente á preservar aquel harto cómodo rincón, de las paradas de +esos estercoleros que llamamos transeuntes. Este relleno preventivo de +los rincones de pared está muy generalizado en París. + +Aquel macizo tendría unos cinco pies de altura. Desde su parte +superior, el espacio que había que salvar hasta colocarse sobre la +tapia apenas llegaba á catorce pies. + +El muro estaba coronado de piedra lisa, sin cabrio. + +La dificultad estribaba en Cosette. En Cosette que no sabía escalar +un muro. ¿Abandonarla? Juan Valjean no podía soñar con ello. Subirla +consigo era imposible. Todas las fuerzas de un hombre le son +indispensables para llevar á cabo semejantes ascensiones. El menor peso +trastornaría su centro de gravedad y le precipitaría. + +Faltábale una cuerda. Juan Valjean no la tenía ¡Dónde encontrar una +cuerda, á media noche, en la calle Polonceau? Seguramente que en aquel +instante, si Juan Valjean hubiera poseído un reino, lo habría dado +gustoso por una cuerda. + +Todas las situaciones extremas tienen sus destellos, que así nos +deslumbran como nos iluminan. + +La mirada desesperada de Juan Valjean dió con el sustentáculo del farol +del callejón Genrot. + +En aquella época, no estaban aún iluminadas por el gas las calles de +París. Al anochecer se encendían faroles de reverbero, colocados de +trecho en trecho, los cuales subían y bajaban por medio de una cuerda +que atravesaba la calle de parte á parte, y que se ajustaba en la +ranura de una palomilla. El torniquete en el cual se arrollaba la +cuerda, estaba empotrado en la pared, más abajo del farol, dentro de +un pequeño armario de hierro cuya llave tenía el farolero, y hasta la +misma cuerda estaba protegida por un tubo de metal. + +Juan Valjean, con la energía de una lucha suprema, cruzó la calle de +una zancada, entró en un callejón é hizo saltar el pasador del armario +con la punta de su navaja: poco después estaba nuevamente junto á +Cosette. Tenía ya la cuerda. Son muy listos en sus maniobras esos +sombríos descubridores de expedientes, luchando con la fatalidad. + +Hemos dicho que los faroles no habían sido encendidos aquella noche. El +farol del callejón Genrot estaba, pues, naturalmente, apagado como los +demás; y podíase pasar junto al mismo sin notar siquiera que no estaba +en su sitio. + +Mientras tanto, la hora, el lugar, la obscuridad, la preocupación de +Juan Valjean, sus gestos singulares, sus idas y venidas, todo eso +empezaba á inquietar á Cosette. Cualquiera otra criatura que ella, +hubiera ya gritado hacía rato. Limitóse á tirar á Juan Valjean del +faldón de la levita. Seguía oyéndose cada vez más claro el ruido de la +patrulla que se acercaba. + +--Padre,--dijo ella por lo bajo,--tengo miedo. ¿Quién viene ahí? + +--¡Chist!--respondió el pobre hombre.--Es la Thénardier. + +Cosette se estremeció. Él añadió: + +--No digas nada. Déjame hacer á mí. Si gritas, si lloras, la Thénardier +te descubre. Viene para llevarte. + +Entonces, sin preocuparse, pero sin perder tiempo, con una precisión +firme y resuelta, tanto más de notar en semejante caso, ya que la +patrulla y Javert podían aparecer de un instante á otro, quitóse +su corbata, pasola alrededor del cuerpo de Cosette por bajo de los +sobacos, teniendo cuidado de no lastimarla, ató la corbata á un cabo de +la cuerda por medio de un nudo, llamado de golondrina por las gentes +de mar, tomó el otro cabo de la cuerda entre los dientes, quitóse los +zapatos y las medias, que arrojó á la otra parte de la tapia, subió +sobre el macizo de mampostería, y empezó á elevarse entre el ángulo +del muro y de la fachada, con tanta seguridad y aplomo como si hubiese +tenido escalones en que apoyar las plantas y los codos. Aún no se había +pasado medio minuto estaba ya de rodillas sobre la tapia. + +Cosette le miraba con estupor, sin decir una sola palabra. El encargo +de Juan Valjean y el nombre de la Thénardier la habían helado. + +De súbito oyó la voz de Juan Valjean que le gritaba, pero en voz muy +baja. + +--Arrímate á la tapia. + +Ella obedeció. + +--No hables ni tengas miedo,--repuso Juan Valjean. + +Y ella sintió elevarse del suelo. + +Antes de que hubiese tenido tiempo de darse cuenta de lo que le +sucedía, estaba ya también en lo alto del muro. + +Juan Valjean la cogió, cargó con ella á cuestas asiendo sus manecitas +con su mano izquierda, echóse boca abajo, y arrastrándose por el corte +del muro, llegó hasta el chaflán. Como se había creído, había allí +un cobertizo, cuyo tejado partía de lo alto del cierre de tablas, y +descendiendo así hasta el suelo, seguía un plano inclinado muy suave +rozando con el tilo. Circunstancia feliz, porque la tapia era mucho más +alta por este lado que por el de la calle. Juan Valjean no distinguía +el suelo debajo de él, sino á mucha profundidad. + +Acababa de llegar al plano indicado del tejado, y no había dejado aún +la cresta del muro, cuando un murmullo violento anunció la llegada de +la patrulla. Oyóse la voz tonante de Javert: + +--¡Regístrese el callejón! La calle Droit-Mur está guardada, la +callejuela Picpus también. ¡Yo respondo de que está en el callejón! + +Los soldados se precipitaron en aquel callejón sin salida. + +Juan Valjean se deslizó fácilmente á lo largo del tejado, llevando +consigo á Cosette, y al llegar al tilo, saltó á tierra. Fuése miedo ó +valor, Cosette no había respirado. Tenía las manos algo desolladas. + + + + + VI + =Principio de un enigma= + + +Juan Valjean se hallaba en una especie de jardín vastísimo, de aspecto +singular; uno de aquellos jardines tristes que parecen hechos para ser +vistos de noche y en invierno. Era el tal jardín de forma oblonga con +una calle de grandes álamos en el fondo, con arbolado bastante alto en +los lados, y un espacio sin sombra en medio, donde se distinguía un +árbol corpulento, aislado: después algunos árboles frutales, torcidos +y erizados como gruesos matorrales, cuadros de legumbres, un melonar +cuyas campanas de vidrio para resguardarle del frío brillaban á la luz +de la luna, y un pozo antiguo. Había aquí y allá bancos de piedra, que +parecían negros por el musgo. Las calles estaban bordeadas de pequeños +arbustos, sombríos y rectos. La hierba invadía la mitad, y cierto moho +verde cubría el resto. + +Juan Valjean tenía á su lado el cobertizo cuyo tejado le había servido +para bajar, un montón de haces de leña, y detrás, junto á la pared, +una estatua de piedra, cuyo semblante mutilado no era ya más que una +máscara informe que aparecía vagamente en la obscuridad. + +El cobertizo era una especie de ruina donde se distinguían algunas +habitaciones desmanteladas, de las cuales una, llena por completo de +trastos, parecía ser la única que cumplía su objeto. + +El gran edificio de la calle Droit-Mur, que daba la vuelta á la +callejuela Picpus, presentaba sobre dicho jardín dos fachadas á +escuadra. Estas fachadas interiores eran más lúgubres aún que las +exteriores. Todas las ventanas tenían rejas. No se entreveía luz +en ninguna. En los pisos superiores había tragaluces como en las +cárceles. Una de aquellas fachadas proyectaba su sombra sobre la otra, +descendiendo hasta el jardín como un inmenso manto negro. + +No se veía otra casa alguna. En el fondo del jardín se perdía entre la +bruma y la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente algo como +tapias cruzándose entre sí, indicando que había más allá otros huertos, +y los tejados bajos de la calle Polonceau. + +No puede imaginarse nada más aterrador y solitario que aquel jardín. No +había nadie, lo que era muy natural dada la hora; pero no parecía que +aquel sitio fuése á propósito para que nadie anduviera por él, ni aún +en medio de la luz del día. + +El primer cuidado de Juan Valjean fué el de buscar y calzarse sus +zapatos, entrando luego en el cobertizo con Cosette. Quien huye no +se cree jamás bastante escondido. La niña pensando siempre en la +Thénardier, participaba del mismo instinto de ocultarse todo lo posible. + +Cosette temblaba y se pegaba á él. Oíase el ruido tumultuoso de la +patrulla que registraba el callejón y la calle, los culatazos contra +las piedras, las voces de Javert llamando á los espías que tenía +apostados, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que no se +entendían claramente. + +Después de un cuarto de hora, pareció que aquella especie de zumbido +borrascoso comenzaba á alejarse; Juan Valjean no respiraba apenas. + +Había puesto suavemente su mano sobre la boca de Cosette. + +Por lo demás, aquella soledad era tan extrañamente tranquila, que aquel +barullo horrible, tan furioso y cercano, no producía en él la menor +sombra de turbación. Parecía que aquellos muros estuviesen elevados con +las piedras sordas de que nos habla la Escritura. + +De pronto, en medio de aquella profunda calma levantóse un ruido +nuevo, ruido celeste, divino, inefable, tan embelesador como era el +otro horroroso. Era un himno suspendido de las tinieblas, un fulgor de +súplica y de armonía en el obscuro y terrorífico silencio de la noche; +voces de mujeres, pero voces compuestas á la vez del acento puro de las +vírgenes y del sencillo acento de las niñas; de voces que no son de la +tierra y que se parecen á las que los recién nacidos oyen todavía y +los moribundos oyen ya. Aquel cántico venía del edificio sombrío que +dominaba el jardín. En el instante en que el ruido de los demonios se +alejaba, podía decirse que era un coro de ángeles aproximándose en la +sombra. + +Cosette y Juan Valjean cayeron de rodillas. + +No sabían lo que era aquello; no sabían dónde estaban; pero ambos +comprendían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que +debían estar de rodillas. + +Aquellas voces tenían de extraño que no impedían que el edificio +pareciese desierto. Era aquello como un canto sobrenatural en una +morada deshabitada. + +Mientras cantaban las voces, Juan Valjean no pensaba ya en nada. +No veía la noche, veía un cielo azul. Parecíale sentir cómo se le +desplegaban las alas que todos tenemos dentro de nosotros. + +El canto se apagó. Había tal vez durado largo tiempo. Juan Valjean no +hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis no son nunca más que de un +minuto. + +Todo había vuelto al silencio. Ningún ruido en la calle; ningún +ruido en el jardín. Lo amenazador, como lo tranquilizador, se había +desvanecido por completo. El viento rozaba sobre la cresta de la tapia +algunas yerbas secas, que producían un murmullo suave y lúgubre. + + + + + VII + =Continuación del enigma= + + +Soplaba ya la brisa de la noche, la cual indicaba que debía ser la una +ó las dos de la madrugada. La pobre Cosette no decía nada. Como se +había sentado al lado de Juan Valjean, y apoyaba en él su cabeza, creyó +éste que se había dormido. Inclinóse y la miró. + +La niña tenía los ojos desmedidamente abiertos, y cierto aire pensativo +que apenó á Juan Valjean. + +Además seguía temblando. + +--¿Tienes sueño?--le dijo Juan Valjean. + +--Tengo mucho frío,--respondió ella. + +Un momento después le preguntó: + +--¿Está ahí todavía? + +--¿Quién?--dijo Juan Valjean. + +--La señora Thénardier. + +Juan Valjean había ya olvidado el medio de que se había valido para +imponer silencio á Cosette. + +--¡Ah!--prorrumpió él.--Se ha ido. No temas ya nada. + +La criatura suspiró como si le quitaran del pecho un grave peso. + +La tierra estaba húmeda y el cobertizo abierto por todas partes; la +brisa era más fresca á cada instante. El buen hombre se quitó el +levitón, envolviendo con él á Cosette. + +--¿Tienes así menos frío? le preguntó. + +--¡Oh! ¡Sí, padre! + +--Pues bien, espérate un instante. Vuelvo enseguida. + +Salió de las ruinas, y empezó á correr á lo largo del gran edificio, +buscando donde cobijarse mejor. Encontró puertas, pero estaban +cerradas. Las ventanas del piso bajo todas tenían reja. + +Cuando hubo pasado el ángulo interior del edificio, notó que se iba +acercando á unas ventanas cintradas, distinguiendo en ellas alguna +claridad. Levantóse de puntillas y miró por una de aquellas ventanas. +Daban todas á una sala vastísima, embaldosadas con grandes losas, +cortada por arcos y pilares, donde no se distinguía nada más que +una débil luz y grandes sombras. La luz provenía de una lamparilla +encendida en un rincón. Aquella sala estaba desierta, y nada se movía +en ella. Sin embargo, á fuerza de mirar, creyó ver en tierra, sobre +las losas del pavimento, algo que parecía cubierto por un sudario que +aparentaba tener forma humana. Estaba boca abajo, la cara contra el +enlosado, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte. Hubiérase +dicho que era una especie de serpiente arrastrándose por el suelo, y +que aquella forma siniestra tenía el cordel al cuello. + +Toda la sala estaba inundada por aquella bruma de los sitios apenas +alumbrados, que aumenta sus horrores. + +Juan Valjean ha dicho después distintas veces, que aun cuando había +visto durante su vida muchos espectáculos fúnebres, nunca había +presenciado nada más glacial y terrible que aquella figura enigmática, +cumpliendo, quien sabe qué misterio desconocido, en aquel lugar sombrío +y así entrevisto en plena noche. Da grima suponer que aquello pudiese +ser algún muerto, y más aun todavía pensar que fuése acaso un vivo. + +Tuvo el valor de pegar su frente al vidrio y observar si aquello se +movería; pero por mucho que así permaneció durante un espacio que le +pareció larguísimo, la forma extendida no hizo el menor movimiento. De +pronto se sintió sobrecogido por cierto indescriptible terror y huyó. +Echó á correr hacia el cobertizo sin atreverse á volver la vista atrás. +Parecíale que, si volvía la cabeza, vería la figura corriendo detrás de +él agitando los brazos. + +Llegó jadeante á las ruinas. Doblábansele las rodillas, y el sudor +corría por todo su cuerpo. + +¿Dónde estaba? ¿Quién habría podido imaginar jamás nada semejante á +aquella especie de sepulcro en medio de París? ¿Qué venía á ser aquella +extraña mansión? ¡Edificio lleno de misterio nocturno, llamando á las +almas en la sombra con la voz de los ángeles, y cuando acuden, les +ofrece bruscamente aquella espantosa visión; prometiendo abrir las +puertas radiantes del cielo y no abriendo más que aquella horrible +puerta de la tumba! ¡Y aquello era realmente un edificio, una casa que +tenía su número en una calle! ¡No era un sueño! Necesitaba para creerlo +tocar las piedras. + +El frío, la ansiedad, la inquietud, las emociones de la noche le habían +producido una verdadera fiebre, y todas estas ideas chocábanse entre sí +dentro de su cerebro. + +Acercóse á Cosette. Estaba durmiendo. + + + + + VIII + =Auméntase el enigma= + + +La niña había colocado su cabeza sobre una piedra, y se había dormido. + +Sentóse él junto á ella, y púsose á contemplarla. Poco á poco, á +medida que la miraba, se iba calmando y recobrando la posesión de su +libertad de espíritu. + +Explicábase claramente esta verdad, fondo de su vida para lo sucesivo, +esto es: que mientras ella existiera, mientras ella estuviese cerca de +él, no tendría él necesidad de nada sino para ella, ni miedo de nada +sino por ella. Ni sentía siquiera que tenía mucho frío, habiéndose +quitado su levitón para abrigarla á ella. + +Sin embargo, al través de la meditación en que había caído, oía hacía +algún rato un ruido singular. Era como de un cascabel que se agitara. +Aquel ruido estaba en el jardín. Oíale claro, aunque débilmente. +Parecíase á la vaga y débil música que producen los cencerros de los +ganados pastando por la noche en los prados. + +Aquel ruido hizo que se volviese Juan Valjean. + +Miró, y vió que había alguien en el jardín. + +Un ser que tenía apariencias de hombre, andaba por entre las campanas +del melonar, levantándose, bajándose, parándose con movimientos +regulares, como si arrastrase ó extendiese alguna cosa por tierra. +Aquél ser parecía cojear. + +Juan Valjean se estremecía con aquel temblor continuo de los +desgraciados, á quienes todo es hostil y sospechoso. Desconfían del +día porque ayuda á verlos, y de la noche porque ayuda á que se les +sorprenda. Hacía poco, temblaba de que el jardín estuviese desierto, y +entonces se estremecía de que hubiese alguien. + +Volvió otra vez de los terrores quiméricos á los terrores reales. +Creyó que Javert y los polizontes no se habían marchado tal vez, y que +sin duda había quedado gente de observación en la calle; que si aquel +hombre le descubría en el jardín, gritaría ladrones, y le entregaría. +Cogió entonces suavemente á Cosette dormida entre sus brazos, +llevándosela detrás de un montón de muebles y trastos viejos, al rincón +más oculto del cobertizo. Cosette no se movió. + +Desde allí observó los ademanes del ser que estaba en el melonar. Lo +que le parecía extraordinario era que el ruido del cascabel seguía +todos los movimientos de aquel hombre. Cuando el hombre se aproximaba, +el ruido se aproximaba también, cuando se alejaba, se alejaba el ruido +igualmente; si hacía algún gesto precipitado, un _trémolo_ acompañaba +el gesto; cuando se paraba, cesaba el ruido al mismo tiempo. Parecía, +por lo tanto, evidentemente que el cascabel estaba unido al hombre; +pero ¿qué podía significar aquello? ¿Quién podía ser aquel individuo +que llevaba colgando una campanilla como un carnero ó como un buey? + +Haciéndose estas reflexiones, tocó las manos de Cosette. Estaban +heladas. + +--¡Ay, Dios mío!--exclamó. + +Y la llamó en voz baja: + +--¡Cosette! + +Ella no abrió los ojos. + +Sacudiola vivamente. + +No despertó. + +--¡Estará muerta!--dijo para sí; y se levantó, temblando de pies á +cabeza. + +Las ideas más horribles atravesaron su espíritu confusamente. Hay +momentos en que nos asaltan las suposiciones más horrendas como un +escuadrón de furias, forzando violentamente las paredes de nuestro +cerebro. Cuando se trata de aquellos á quienes amamos, nuestra +prudencia inventa todas las locuras. Recordó que el sueño puede ser +mortal al contacto del aire de una noche fría. + +Cosette, pálida, estaba tendida en tierra á sus pies, sin hacer el +menor movimiento. + +Escuchó su respiración; respiraba, es verdad, pero á su parecer tan +débilmente, que pensó se extinguía. + +¿Cómo reanimarla? ¿Cómo despertarla? Todo lo que no era esto se borró +de su mente. Salió desatentado de entre las ruinas. + +Era absolutamente necesario que antes de un cuarto de hora estuviese +Cosette delante de la lumbre, y en la cama. + + + + + IX + =El hombre del cascabel= + + +Se fué derecho al hombre que veía en el jardín, llevando en la mano el +paquete de dinero que sacó del bolsillo de su chaleco. + +Aquel hombre tenía inclinada la cabeza, y no le vió acercarse. En pocos +pasos Juan Valjean se puso á su lado, y dirigiéndose al hombre exclamó +por todo saludo: + +--¡Cien francos! + +Sobresaltóse el hombre y levantó los ojos: + +---¡Cien francos á ganar,--repitió Juan Valjean,--si me dais asilo por +esta noche! + +La luna iluminaba de lleno el asustado semblante de Juan Valjean. + +--¡Vaya! ¡Sois vos señor Magdalena!--exclamó el hombre. + +Este nombre, pronunciado á aquella hora sombría, en aquel lugar +solitario, por aquel hombre desconocido, hizo retroceder á Juan Valjean. + +Todo se lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo, cojo +y encorvado, vestido casi como un aldeano, que llevaba en la pierna +izquierda una rodillera de cuero, de la que pendía un gran cascabel. No +se distinguía su semblante por estar en la sombra. + +Entre tanto el hombre se había descubierto y exclamaba temblando: + +--¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis +entrado? ¡Jesús! ¡Dios mío! ¿Habéis caído del cielo? Pero no lo +extraño; si caéis alguna vez, del cielo caeréis... Pero ¿cómo es esto? +¿Vos sin corbata, ni sombrero, ni levita? ¿Sabéis que hubiérais dado +miedo á quien no os hubiese conocido?... ¡Sin levita! ¡Señor Dios mío! +Pero ¿es que los santos se han vuelto locos hoy?... Pero ¿cómo habéis +entrado aquí? + +Una palabra no esperaba la otra. El buen viejo hablaba con una +volubilidad en que no se descubría inquietud alguna; decía todo esto +con cierta mezcla de asombro y sencilla honradez. + +--¿Quién sois vos? ¿Qué casa es ésta?--preguntó Juan Valjean. + +--¡Ah! ¡Pardiez! ¡Eso sí que es gracioso!--exclamó el viejo.--Estoy +aquí colocado por vos; y es esta casa la casa en que me colocasteis. +¡Cómo! ¿No me conocéis? + +--No,--dijo Juan Valjean.--¿Cómo me conocéis vos á mí? + +--Me habéis salvado la vida,--dijo el hombre. + +Entonces se volvió, y á la luz de un rayo de luna reconoció Juan +Valjean al tío Fauchelevent. + +--¡Ah!--dijo Juan Valjean.--Sí, os reconozco. + +--¡Me alegro!--dijo el viejo en tono de reconvención. + +--¿Y qué hacéis aquí?--preguntó Valjean. + +--¡Vaya! Estoy cubriendo mis melones. + +En efecto; el tío Fauchelevent tenía en la mano, en el momento en que +Juan Valjean se le acercó, uno de los serones que iba extendiendo sobre +el melonar, y había ya colocado muchos otros en una hora que hacía que +estaba en el jardín. Era esta operación lo que le obligaba á hacer los +movimientos particulares que había observado Juan Valjean desde el +cobertizo. El hombre continuó: + +--Yo me he dicho: la luna es muy brillante, va á helar; pues voy á +ponerles el carric á mis melones para que no se constipen.--Y añadió, +mirando á Juan Valjean y riéndose:--¡Habríais hecho muy bien en hacer +vos lo mismo! ¿Pero cómo os veo así? + +Juan Valjean, viendo que este hombre le conocía, á lo menos por señor +Magdalena no adelantaba sino cautelosamente. Él multiplicaba las +preguntas. + +¡Cosa rara! ¡Los papeles parecían trocados! El intruso era quien +interrogaba. + +--¿Y qué campanilla es ésa que lleváis en la pierna? + +--Eso,--dijo Fauchelevent,--es para que eviten mi presencia. + +--¡Cómo! ¿Para que eviten vuestra presencia? + +El viejo Fauchelevent guiñó el ojo de un modo inexplicable. + +--¡Virgen santa! En esta casa no hay más que mujeres, hay muchas +jóvenes, y parece que es peligrosa mi presencia. El cascabel las avisa +y cuando yo me acerco ellas se alejan. + +--¿Pues qué casa es ésta? + +--¡Toma! Bien debéis saberlo. + +--No, ¡qué he de saber! + +--¿Pues no me habéis hecho colocar aquí de jardinero? + +--Respondedme como si nada supiera. + +--Pues bien: éste es el convento del pequeño Picpus. + +Juan Valjean iba coordinando sus recuerdos. La casualidad, es decir, la +Providencia, le había arrojado precisamente en el convento del barrio +de San Antonio, en que por recomendación suya había sido admitido hacía +dos años el tío Fauchelevent, inutilizado de resultas de la caída de su +carreta. + +Repitió, pues, como hablando consigo mismo: + +--¡El convento del pequeño Picpus! + +--Pero al hecho,--dijo Fauchelevent.--¿Cómo diablos habéis entrado +aquí, señor Magdalena? Por más que podéis ser muy bien un santo, sois +un hombre, y los hombres no pueden entrar aquí. + +--Pues, ¿no estáis vos? + +--No hay nadie más que yo. + +--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--es preciso que yo me quede aquí. + +--¡Ay, Dios mío!--exclamó Fauchelevent. + +Juan Valjean se aproximó al buen viejo, y le dijo con acento grave: + +--Tío Fauchelevent, yo os salvé la vida. + +--Yo he sido el primero en recordarlo,--respondió Fauchelevent. + +--Pues bien; hoy podéis hacer por mí lo que yo hice por vos en otra +ocasión. + +Fauchelevent tomó entre sus arrugadas y temblorosas manos las dos +robustas de Juan Valjean, y permaneció algunos momentos como si no +pudiese hablar. + +Por fin exclamó: + +--¡Oh, sería una bendición del Dios bueno que yo pudiera hacer algo por +vos! ¡Yo salvaros la vida!... Señor alcalde, disponed de este pobre +anciano. + +Su rostro se había como transfigurado por un sentimiento de admirable +alegría; parecía irradiar. + +--¿Qué queréis que haga?--preguntó. + +--Ya os lo explicaré. ¿Tenéis aquí dentro habitación? + +Tengo una choza aislada, allá detrás de las ruinas del antiguo +convento, en un rincón oculto á todo el mundo. Allí hay tres cuartitos. + +La barraca estaba, efectivamente, tan oculta detrás de las ruinas, y +tan bien dispuesta para que nadie la viese, que Juan Valjean tampoco la +había visto. + +--Bien,--dijo Juan Valjean.--Ahora tengo que pediros dos cosas. + +--¿Cuáles, señor alcalde? + +--La primera es que no digáis á nadie lo que sabéis de mí. La segunda +que no tratéis de saber más. + +--Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno, y que +siempre seréis un hombre de bien... Además, vos me habéis empleado +aquí; soy vuestro, estoy á vuestras órdenes. + +--Está bien. Ahora venid conmigo. Vamos por la niña. + +--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--¡Hay una niña! + +Sin añadir una palabra más, siguió á Juan Valjean como sigue á su amo +un perro. + +Habría pasado como media hora, cuando Cosette, iluminada por la llama +de una buena hoguera, dormía en la casa del jardinero. Juan Valjean se +había vuelto á poner la corbata y el levitón, y había encontrado el +sombrero arrojado por encima de la tapia. Mientras que Juan Valjean +se ponía la levita, Fauchelevent se había quitado la rodillera con el +cascabel, que, colgada de un clavo cerca de un canasto, era una especie +de adorno de la pared. Los dos hombres se calentaban apoyados los codos +sobre una mesa, en que Fauchelevent había puesto un pedazo de queso, +pan moreno, una botella de vino y dos vasos. El viejo decía á Juan +Valjean, poniéndole la mano en la rodilla:--¡Ay, señor Magdalena! ¡No +me habéis conocido enseguida! ¡Salváis la vida á la gente, y después +la olvidáis! ¡Oh! ¡Eso está muy mal! ¡Ellos sin embargo se acuerdan de +vos! ¡Sois un ingrato! + + + + + X + =Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente= + + +Los acontecimientos que acabamos de describir en orden inverso, por así +decirlo, habían tenido lugar en las condiciones más sencillas. + +Cuando Juan Valjean, en la noche del mismo día en que Javert le +prendió al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel +municipal de M* sur M*, la policía supuso que se habría dirigido á +París. París es un embrollo donde todo se pierde, y todo desaparece en +el seno de su mundo, como en el seno de la mar. No hay espesura que +oculte á un hombre como aquella multitud. Los fugitivos de toda especie +lo saben muy bien, y van á París como á un abismo; hay abismos que +salvan. + +La policía lo sabe igualmente, y así es que busca en París lo que +ha perdido en otra parte. Allí buscó pues, al ex-alcalde de M* sur +M*. Javert fué llamado á París para auxiliar á la policía en la +persecución, y el celoso inspector ayudó en efecto poderosamente á la +captura de Juan Valjean. El celo é inteligencia de Javert en aquella +ocasión fueron mencionados por el señor Chabouillet, secretario de la +prefectura en tiempo del conde Anglès, quien por lo tanto habiendo +ya protegido á Javert, consiguió que el inspector de M* sur M* fuése +incorporado á la policía de París. Ya en ella, Javert se hizo varias +veces, y lo diremos aunque la frase parezca impropia de semejantes +trabajos, honrosamente útil. + +Ya no se acordaba de Juan Valjean: estos perros, siempre en acecho +olvidan el lobo de ayer por el lobo de hoy: cuando en diciembre de 1823 +leyó un periódico, cosa que no acostumbraba, pero como monárquico, +quiso saber los detalles de la entrada triunfal del «príncipe +generalísimo» en Bayona. Cuando acabó el artículo, objeto de su +interés, llamó su atención en lo último de la página un nombre, el +nombre de Juan Valjean. El periódico anunciaba que el presidiario Juan +Valjean había muerto, y publicaba la noticia en términos tan formales, +que á Javert no le cupo la menor duda; limitóse á decir: _Es ése el +registro mejor_. Después dejó el periódico, sin acordarse más. + +Algún tiempo después, una nota trasmitida por la prefectura del Sena +Oise á la prefectura de París, advertía el robo de una niña, según +decía, verificado con circunstancias particulares, en el término +municipal de Montfermeil. Una niña de siete á ocho años, decía la nota, +que había sido confiada por su madre á un posadero de la población, +había sido robada por un desconocido. Aquella niña respondía al nombre +de Cosette, y era hija de una mujer llamada Fantina, muerta en un +hospital de no se sabía dónde ni cuándo. Esta nota pasó por las manos +de Javert, y le dió que pensar. + +El nombre de Fantina le era muy conocido; y recordaba que Juan Valjean +le había hecho reir, pidiéndole un plazo de tres días para ir á buscar +á la hija de la enferma. Recordó que Juan Valjean fué detenido en +París en el momento en que subía en la diligencia de Montfermeil. +Ciertos indicios habían hecho creer que era la segunda vez que subía +en aquel carruaje, y que el día antes había hecho una excursión por +los alrededores de Montfermeil, puesto que no había sido visto en +el pueblo. ¿Qué tenía que hacer en Montfermeil? Nadie había podido +averiguarlo, pero Javert lo adivinó entonces. Allí estaba la hija de +Fantina, Juan Valjean iba á buscarla. Aquella niña acababa de ser +robada por un desconocido. ¿Quién podía ser el desconocido? ¿Sería tal +vez Juan Valjean? Pero Juan Valjean había muerto. + +Javert, sin decir nada á nadie, tomó el carruaje del «Plato de estaño», +en el callejón de la Planchette, é hizo un viaje á Montfermeil. + +Creyendo encontrar allí una gran luz, encontró solamente obscuridad. + +Durante los primeros días, los Thénardier, desesperados, habían +charlado. La desaparición de la Alondra había hecho ruido en la +población, habiéndose dado mil versiones á la historia, que había +acabado por presentarse como la del rapto de una niña. De ahí la nota +de la policía. Sin embargo, pasada la primera impresión, Thénardier, +con su admirable instinto, había comprendido enseguida que no era +conveniente llamar mucho la atención del procurador del rey, y que sus +quejas sobre el _rapto_ de Cosette tendría por primer resultado atraer +sobre sí, y sobre muchos negocios que tenía, la penetrante mirada de +la justicia. Lo primero que los búhos rechazan, es la proximidad de la +luz. ¿Cómo se justificaría de los mil quinientos francos que había +recibido? Dió, pues, vuelta al asunto, amordazó á su mujer, haciéndose +el asombrado cuando le hablaba alguien _de la niña robada_. + +No sabía de qué se hablaba. Es verdad que se había quejado en el +instante preciso en que «le quitaban» tan pronto su niña querida; que +hubiera deseado tenerla consigo siquiera dos ó tres días más; pero como +era «su abuelo» quien había ido á buscarla, nada más natural en el +mundo. Había añadido, que el abuelo hizo bien. Ésta fué la historia que +oyó Javert cuando llegó á Montfermeil. El abuelo desvanecía para él á +Juan Valjean. + +Javert, sin embargo, introdujo algunas preguntas á manera de sondas +en la historia de Thénardier. ¿Quién era y cómo se llamaba el abuelo? +Thénardier respondió sencillamente: + +--Es un labrador rico. He visto su pasaporte, y me parece que se llama +Guillermo Lambert. + +Lambert era nombre de hombre de bien y tranquilizador. Javert se volvió +á París. + +--Juan Valjean está bien muerto,--díjose á sí mismo;--¡qué torpe soy! + +Comenzaba ya á olvidar toda aquella historia, cuando en marzo de 1824 +oyó hablar de un extraño personaje que vivía en la parroquia de San +Medardo, conocido por «el mendigo que daba limosna». Este personaje +era, según se decía, un rentista de quien nadie sabía el nombre, que +vivía solo con una niña de ocho años, que tampoco sabía más sino que +había venido de Montfermeil. ¡Montfermeil! Este nombre, sonado de nuevo +á los oídos de Javert, llamó su atención. Un viejo mendigo, polizonte, +que había sido bedel, al cual daba limosna el desconocido, dió otros +varios detalles. El rentista era un hombre muy huraño; no salía más +que de noche; no hablaba á nadie; á los pobres alguna que otra vez; no +permitía que nadie se le acercase. + +Llevaba un feo y viejo levitón amarillo, que valía muchos millones, +por estar forrado de billetes de banco. Esto picó decididamente la +curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca á aquel hombre +extraordinario sin asustarle, se puso un día el traje del pordiosero, +y ocupó el lugar en que el soplón se acurrucaba todas las tardes, +murmurando oraciones y espiando al través de su rezo. + +«El individuo sospechoso» llegóse en efecto á Javert disfrazado, y +le dió limosna; en aquel momento Javert levantó la cabeza, y Juan +Valjean recibió la misma impresión al reconocer á Javert, que Javert al +reconocer á Juan Valjean. + +Sin embargo, la obscuridad hubiera podido engañarle; la muerte de Juan +Valjean era oficial. Quedaban, pues, á Javert graves dudas, y en la +duda, Javert, el hombre escrupuloso, no ponía su mano encima de nadie. + +Siguió á su hombre hasta la casa de Gorbeau, é hizo «hablar á la vieja», +lo cual no era difícil. La vieja confirmó lo del levitón forrado de +millones, contándole el episodio del billete de mil francos. ¡Ella le +había visto! ¡Ella le había tocado! Javert alquiló un cuarto, en el +cual se instaló aquella misma noche. Púsose á escuchar á la puerta +del misterioso huésped, esperando oir el sonido de su voz; pero Juan +Valjean vió su luz por la cerradura, y chasqueó al espía, guardando +silencio. + +Al día siguiente Juan Valjean se marchó. Pero el ruido de la moneda +de cinco francos que dejó caer fué notado por la vieja, quien, oyendo +sonar dinero conoció que se iba á mudar, y se apresuró á avisar á +Javert. Por la noche, cuando salió Juan Valjean, le estaba esperando +Javert detrás de los árboles del boulevard en compañía de dos hombres. + +Javert había pedido auxilio á la prefectura, pero no había dicho el +nombre del individuo á quien pensaba prender. Éste era su secreto, +que se había guardado por tres razones: en primer lugar, por la menor +indiscreción podía despertar las sospechas de Juan Valjean; luego, +porque echar mano á un antiguo presidiario escapado y tenido por +muerto, á un condenado clasificado para siempre por la Justicia _entre +los malhechores de peor condición_, era un gran servicio, que de seguro +los antiguos polizontes de París no abandonarían á un novato como +Javert, y temía que le arrebatasen su ex-presidiario; y finalmente, +porque Javert era artista, y gustaba de lo imprevisto. Odiaba los +sucesos anunciados, que pierden su mérito con lo que se habla de ellos +antes de tiempo. Gustábale elaborar en la sombra sus grandes obras, y +desenvolverlas después bruscamente. + +Javert había seguido á Juan Valjean de árbol en árbol, luego de esquina +en esquina, y no le había perdido de vista un solo instante, ni aún en +los momentos en que Juan Valjean se creía en mayor seguridad. Pero ¿por +qué Javert no detenía á Juan Valjean? Porque dudaba aún. + +Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda +libertad; la prensa libre la tenía á raya. Algunas detenciones +arbitrarias denunciadas por los periódicos, habían resonado en las +Cámaras é intimidado á la Prefectura. Atentar á la libertad individual +era un hecho grave. + +Los agentes temían equivocarse, porque el prefecto les hacía +responsables á ellos, y un error importaba una destitución. Figurémonos +el efecto que hubiera producido en París este breve suelto, reproducido +por veinte periódicos: + +«Ayer un anciano de cabellos blancos, respetable rentista, que paseaba +acompañado de una niña de ocho años, nieta suya, fué detenido y +conducido al depósito de la Prefectura como desertor de presidio». + +Debemos repetir también, que Javert tenía sus escrúpulos; las +prevenciones de su conciencia se unían á las prevenciones del prefecto. +Dudaba en realidad. + +Juan Valjean volvía la espalda, y marchaba en la obscuridad. + +La tristeza, la inquietud, la ansiedad, el cansancio, el nuevo disgusto +de verse obligado á huir de noche y buscar á la ventura un asilo en +París para Cosette y para él, la necesidad de regular un paso al de +una niña, todo esto había cambiado el modo de andar de Juan Valjean é +impreso en su cuerpo tal aire de senectud, que la policía, encarnada en +Javert, podía engañarse, y se engañó. La imposibilidad de aproximársele +mucho, un traje de preceptor emigrado, la declaración de Thénardier que +le hacía abuelo, y finalmente la creencia de su muerte en el penal, +aumentaba la incertidumbre que iba acrecentándose en el espíritu de +Javert. + +Tuvo por un momento intención de detener bruscamente á Juan Valjean y +pedirle sus documentos. Pero si aquel hombre no era Juan Valjean, y si +no era el viejo y honrado rentista, podía seguramente ser algún bribón +profunda y hábilmente mezclado en la obscura trama de los crímenes de +París, algún jefe de partida peligroso, que daba limosna para ocultar +sus mañas, costumbre ya generalizada. Tendría sin duda compañeros, +cómplices, y lugares á propósito para ocultarse. Todas aquellas vueltas +y revueltas que daba parecían indicar que no era simplemente un buen +hombre. Detenerle de súbito, era «matar la gallina de los huevos de +oro». Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert +estaba seguro de que no se le escaparía. + +Le seguía, pues, bastante perplejo, é interrogándose cien veces acerca +de aquel personaje enigmático. + +Hasta que llegó á la calle Pontoise, gracias á la viva luz que salía +de una taberna, no reconoció sin la menor duda á Juan Valjean. Existen +en el mundo dos seres que se estremecen profundamente: la madre cuando +encuentra á su hijo perdido, y el tigre cuando encuentra á su presa. +Javert experimentó entonces ese estremecimiento profundo. Desde que +tuvo la seguridad de que aquel hombre era Juan Valjean, el terrible +presidiario, advirtió que en su persecución no le acompañaban mas que +dos agentes, y pidió auxilio al comisario de policía de la calle de +Pontoise. Para coger una vara de espino, hay que ponerse guantes. + +El tiempo que advirtió para ello, y un minuto que se paró en la +encrucijada Rollin para dar instrucciones á su agente, le hicieron +perder la pista. No obstante, conoció enseguida que Juan Valjean +trataría de poner el río entre él y sus perseguidores. Recogió la +cabeza y reflexionó un momento como un sabueso que olfatea la tierra +para descubrir el rastro. Javert, con su poderosa rectitud de instinto, +se fué derecho al puente de Austerlitz. Una frase del peajero le puso +al corriente: + +--¿Habéis visto un hombre con una niña? + +--Le he cobrado dos sueldos,--dijo el peajero. + +Javert entró en el puente en el momento preciso de estar Juan Valjean +al otro lado del río, atravesando, con Cosette de la mano, el espacio +iluminado por la luna. Le vió entrar en la calle de Chemin ver +Saint-Antoine; recordó el callejón Genrot que no tiene salida, situado +allí como una trampa, y la única salida de la calle de Droit-Mur á la +calle de Picpus. _Le cogió las vueltas_, como dicen los cazadores, +y envió inmediatamente uno de sus agentes para que guardase aquella +salida. Vió una patrulla que volvía al cuerpo de guardia del Arsenal; +pidió auxilio, y se hizo acompañar por ella. En tales partidas, +soldados son triunfos, para todo sirven. Para cercar al jabalí se +necesita conocer la montería y tener muchos perros. Combinadas tales +disposiciones, teniendo á Juan Valjean cogido entre el callejón por la +derecha, su agente por la izquierda y él por detrás, tomó un polvo de +tabaco. + +Después empezó á obrar. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó ir su +presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura, deseando +retardar todo lo posible el instante de echarle mano, gozándose en +tenerle cogido y verle marchar libre, pero cubriéndole con esa cruel +y voluptuosa mirada de la araña, que deja volar la mosca, y del gato +que deja que corra el ratón. La uña y la garra tienen una sensualidad +monstruosa que se deleita con los movimientos confusos de la bestia +aprisionada en su tenaza. ¡Cuánta delicia encierra aquella opresión! + +Javert gozaba. Las mallas de su red estaban sólidamente unidas. Estaba +seguro del triunfo; ya no tenía que hacer otra cosa que cerrar la mano. + +Acompañado como iba, era imposible toda idea de resistencia, +cualesquiera que fuesen la energía, vigor y desesperación de Juan +Valjean. + +Javert se adelantó, pues, poco á poco, mirando y registrando al paso +todos los rincones de la calle, como los bolsillos de un ladrón. + +Cuando llegó al centro de la red no encontró el pájaro. + +Calcúlese su exasperación. + +Interrogó al centinela de las calles Droit-Mur y Picpus; este polizonte +que había permanecido inmóvil en su puesto, no había visto pasar á +nadie. + +Acontece en montería muchas veces, que un ciervo se escapa, +aún teniendo la jauría sobre él, y entonces los cazadores más +experimentados no saben qué decir; Duvivier, Ligniville y Desprez se +quedan parados. En uno de semejantes casos Artogne exclamó: _Esto no es +un ciervo, es un brujo_. + +Javert hubiera de buena gana exclamado lo mismo. + +Aquel chasco le produjo un momento de desesperación y de furor. + +Es cierto que Napoleón cometió errores en la guerra de Rusia, Alejandro +en la de la India, César en la de África, Ciro en la de Escitia, como +lo es que los cometió Javert en esta campaña contra Juan Valjean. +Erró tal vez en dudar que fuése Juan Valjean; hubiera debido bastarle +la primera ojeada. Hizo mal en no echarle sencillamente mano en la +casucha. Hizo mal en no prenderle cuando positivamente le reconoció +en la calle de Pontoise. Hizo mal en no concertarse con sus auxiliares +en la encrucijada Rollin á la luz de la luna. Los consejos son útiles, +y es muy útil conocer y pedir los de los sabuesos de muestra; pero el +cazador no tomará demasiadas precauciones cuando ojea animales tan +astutos como el lobo y el presidiario. Javert, empleando demasiado +tiempo y cuidado en apostar los sabuesos, espantó á la fiera, dándole +viento de cara, y la ahuyentó. Equivocóse especialmente cuando, +habiendo hallado la pista en el puente de Austerlitz, emprendió el +juego formidable y pueril de tener á un hombre semejante, sujeto de un +hilo. + +Imaginóse él que valía mucho más, creyó poder jugar á los ratones +con un león, y al mismo tiempo se creyó demasiado débil cuando pidió +el refuerzo. Precaución fatal, pérdida de un tiempo precioso. Javert +cometió todas esas faltas, á pesar de ser uno de los espías más astutos +y prudentes que han existido. Era, propiamente hablando, lo que en +montería se llama _perro viejo_. Pero ¿quién es perfecto? + +Los grandes estratégicos tienen sus eclipses. + +Las grandes necedades se hacen muchas veces como las cuerdas gruesas, +con muchos cabos. Tomad un cable hilo á hilo, tomad separadamente los +motivos determinantes, los romperéis muy fácilmente uno tras otro, y +diréis: ¡Esto no vale nada! Trenzad y torced luego los mismos hilos, y +resultará una resistencia enorme; es Atila, que duda entre Marcio en +Oriente y Valentiniano en Occidente; es Aníbal, que descansa en Cápua; +es Dantón, que se duerme en Arcis del-Aube. + +Sea como fuere, en el mismo instante en que Javert conoció que se +le escapaba Juan Valjean, no se aturdió. Estando seguro de que el +presidiario escapado no podía hallarse muy lejos, puso vigías, organizó +ratoneras y emboscadas, y dando una batida por el barrio, de toda la +noche, lo primero que vió fué el desperfecto del farol, y la cuerda +rota, indicio precioso, pero que le extravió más, puesto que le hizo +dirigir sus investigaciones al callejón Genrot. Había en el callejón +algunas tapias bastante bajas que daban á jardines, cuyas cercas +terminaban en inmensos terrenos baldíos. Juan Valjean debía haber +escapado evidentemente por allí. El hecho era que de haber penetrado un +poco más adelante en el callejón, lo hubiera hecho tal vez y se habría +perdido, porque Javert registró aquellos jardines y aquellos terrenos, +como quien anda buscando una aguja. + +Al despuntar el día dejó dos hombres de confianza en observación, +volviendo á la prefectura de policía, avergonzado como un polizonte que +se hubiera dejado prender por un ladrón. + + + NOTAS: + +[11] El aspecto de las ciudades españolas ha cambiado mucho desde la +época en que Víctor Hugo las visitó; el progreso ha penetrado en ellas +á pesar de la oposición clerical. (N. del T.) + + + + + LIBRO SEXTO + EL PEQUEÑO PICPUS + + + I + =Callejuela de Picpus, número 62= + + +Nada se parecía más, hace medio siglo, á cualquier puerta cochera como +la puerta cochera del número 62 de la callejuela de Picpus. Aquella +puerta, generalmente entreabierta del modo más halagüeño, dejaba ver +dos cosas nada fúnebres: un patio rodeado de tapias cubiertas de +vides, y el semblante de un portero ocioso. Por encima de la pared del +fondo se descubrían grandes árboles. Cuando un rayo de sol alegraba el +patio, cuando un vaso de vino alegraba el portero, era difícil pasar +por delante el número 62 de la calle de Picpus sin llevarse una idea +risueña. Era, no obstante, lo que se entreveía un lugar sombrío. + +El sol se reía; la casa rezaba y lloraba. + +Si se conseguía pasar de la portería, lo cual no era fácil, y aun puede +decirse casi imposible para casi todos, porque había un _¡Sésamo, +ábrete!_ que era preciso saber; si pasada la portería, se entraba á +la derecha en un pequeño vestíbulo, al que daba una escalera oprimida +entre dos paredes, y tan estrecha, que no podía pasar por ella más que +una sola persona; si no se dejaba uno asustar por el embadurnamiento +amarillo con zócalo color de chocolate que cubría aquella escalerilla; +si se aventuraba uno á subir, se pasaba un primer descansillo, después +otro, y se llegaba al primer piso, á un corredor en que la pintura +amarilla y el plinto chocolate continuaban persiguiéndole con pacífico +encarnizamiento. Escalera y corredor estaban alumbrados por dos +magníficas ventanas. El corredor formaba recodo, que quedaba obscuro. +Al doblar este cabo, después de dar algunos pasos, se encontraba +una puerta, tanto más misteriosa, cuanto que no estaba cerrada. +Empujándola, se encontraba uno en una pequeña habitación de unos +seis pies cuadrados, embaldosada, lavada, limpia, fría, cubierta de +papel color de marrón, con florecillas verdes, de quince sueldos la +pieza. Una luz blanca y mate penetraba por una gran ventana de vidrios +pequeños, situada á la izquierda de toda la anchura de la habitación. + +Si se miraba, no se veía á nadie. Si se escuchaba, no se oía una +pisada, ni un murmullo humano. Las paredes estaban desnudas; el cuarto +no estaba amueblado; no había ni una silla. + +Mirándolo de nuevo, se descubría en la pared, frente á la puerta, un +agujero cuadrangular, como de un pie cuadrado, con una reja de hierro +de barras cruzadas, negras, nudosas, fuertes, formando cuadrados; +mejor diremos, mallas de menos de pulgada y media de diagonal. Las +florecillas verdes del papel amarillo llegaban en orden á las +barras de hierro, sin que este contacto fúnebre las asustase, ni las +hiciera estremecer. Suponiendo que un ser viviente hubiese sido tan +excesivamente delgado que hubiera intentado entrar ó salir por aquel +agujero cuadrado, la reja se lo habría impedido. Aquella reja no dejaba +pasar el cuerpo; pero dejaba pasar los ojos, es decir, el espíritu. +Parecía que hasta en esto se había pensado, porque estaba forrada +de una plancha de hoja de lata introducida en la pared un poco más +adentro, picada por mil agujeritos más microscópicos que los de una +espumadera. Por debajo de esta plancha había una abertura, muy parecida +á la de un buzón de correos. Una cinta de hilo atada á un torniquete de +campanilla, colgaba á la derecha del agujero enrejado. + +Si se tiraba aquella cinta, sonaba la campanilla, y se oía una voz muy +cercana que hacía temblar. + +--¿Quién va?--preguntaba la voz. + +Era una voz de mujer, una voz dulce, tan dulce como lúgubre. + +Aquí era también preciso saber una palabra mágica. Si no se sabía, la +voz se callaba y la pared volvía á su silencio; como si del otro lado +estuviese la aterradora obscuridad del sepulcro. + +Si se sabía la palabra, la voz respondía: + +--Entrad por la derecha. + +Entonces se veía á la derecha una puerta vidriera, coronada de una +ventana-vidriera también, y pintada de gris. Levantábase el picaporte, +pasábase la puerta, y se experimentaba absolutamente la misma impresión +que cuando en un teatro se entra en un palco con celosía, antes de que +ésta se haya bajado y se haya encendido la araña. Entrábase, en efecto, +en una especie de palco de teatro, iluminado apenas por la luz de la +puerta-vidriera, estrecho, amueblado con dos sillas viejas y una estera +destrozada, verdadero palco con su barandilla á regular altura, que +tenía una tablita de madera negra. Aquel palco estaba enrejado, pero no +con una reja dorada como en la Ópera, sino con un monstruoso enverjado +de barras de hierro horriblemente entrelazadas, y empotradas en la +pared con enormes soldaduras, que parecían puños cerrados. + +Pasados los primeros momentos, cuando la vista había empezado á +acostumbrarse á la media luz de aquel aposento y trataba de atravesar +la verja, no podía pasar más allá de seis pulgadas. Allí se tropezaba +con una barrera de postigos negros, asegurados y reforzados por +traviesas de madera, pintadas de amarillo obscuro. Aquellos postigos +estaban formados por largas hojas y planchas delgadas que se doblaban +unas sobre otras; pero juntas entre sí ocultando toda la verja. Siempre +estaban cerrados. + +Al cabo de algunos instantes oíase una voz que llamaba por detrás de +los postigos, diciendo: + +--Aquí estoy. ¿Qué me queréis? + +Era una voz amada, muchas veces una voz adorada. No se veía á nadie. +Apenas se oía el ruido de la respiración. + +Parecía que fuése aquello una evocación que hablase al través de la +losa de la tumba. + +Si el que llegaba poseía ciertas condiciones exigidas, rarísimas por +cierto, se abría la estrecha hoja de un postigo, y la evocación se +convertía en aparición. Detrás de la reja y detrás del postigo sé +veía, tanto como permitía verlo el enrejado, una cabeza, de la cual +sólo se descubría la boca y el mentón; lo demás estaba cubierto por un +velo negro: Entreveíase una toca negra y una forma apenas perceptible, +cubierta por un sudario negro. + +Aquella cabeza hablaba; pero no miraba ni sonreía jamás. + +La luz que entraba por detrás estaba dispuesta de tal modo, que el +visitante veía blanca la aparición y ella veía negro al visitante. +Aquella luz era un símbolo. + +Los ojos, sin embargo, penetraban ávidamente por aquella abertura hecha +en aquel sitio cerrada á todas las miradas. Una vaguedad impenetrable +rodeaba aquella figura vestida de luto. Los ojos escudriñaban aquella +vaguedad, tratando de separarla de la aparición. Al poco tiempo se +conocía que no se veía nadie, porque lo que se veía era la noche, el +vacío, las tinieblas, una bruma de invierno mezclada al vapor de la +tumba, una especie de paz horrorosa, un silencio en que no se recogía +nada, ni aún los suspiros; una sombra en que no se distinguía nada, ni +aún los fantasmas. + +Lo que se veía era el interior de un claustro. + +Era el interior de aquella casa triste y severa que se llamaba el +convento de las bernardas de la Adoración perpetua. Aquel palco era el +locutorio. La voz que había hablado primero era la voz de la tornera, +que estaba siempre sentada inmóvil y silenciosa, al otro lado de la +pared, cerca de la abertura cuadrada, defendida por la verja de hierro +y por la placa de mil agujeros como por una doble visera. + +La obscuridad provenía de que el locutorio tenía una ventana del lado +del mundo, y no tenía ninguna del lado del convento. Los ojos profanos +no debían ver nada de aquel lugar sagrado. + +Pero había de haber algo más allá de aquella sombra; había una luz: +había pues una vida en aquella muerte. Aunque aquel convento era el +más resguardado de todos, vamos á probar de penetrar en él y de hacer +penetrar al lector, diciéndole, sin olvidar la discreción, cosas que +los narradores no han visto, y que por consiguiente jamás se han dicho. + + + + + II + =La obediencia de Martín Verga= + + +Este convento, que en 1824 existía desde muchos años en la callejuela +Picpus, era una comunidad de bernardas de la obediencia de Martín +Verga. + +Las tales bernardas dependían, pues, no de Claraval, como los +bernardos, sino del Císter, como los benedictinos. Ó en otros términos: +seguían la regla, no de San Bernardo, sino de San Benito. + +Cualquiera que haya ojeado algunos infolios, sabe que Martín Verga +fundó en 1425 una congregación de bernardas benedictinas, que tenía por +capital de la orden á Salamanca, y por sucursal Alcalá. + +Esta congregación había extendido sus raíces en todos los países +católicos de Europa. + +Estos injertos de una orden en otra, no tienen nada de nuevo en la +Iglesia latina. Para no hablar más que de la orden de San Benito, +diremos que pertenecían á ella, sin contar la obediencia de Martín +Verga, cuatro congregaciones: dos en Italia, la de Montecasino y Santa +Justina de Padua; dos en Francia; Cluny y San Mauro, y nueve órdenes, +Valombrosa, Gramont, los Celestinos, los Camaldulenses, los Cartujos, +los Humillados, los del Olivo, los Silvestrinos y, por último, los +Cistercienses, porque Císter mismo, aunque tronco de otras órdenes, no +era más que una rama de San Benito. Císter fué fundado por San Roberto, +abad de Molesme, en la diócesis de Langres, en 1098. Ahora bien; en 529 +fué cuando el diablo, que se había retirado al desierto de Subiaco (era +ya viejo; ¿se habría hecho ermitaño?), fué arrojado del antiguo templo +de Apolo, donde vivía, por San Benito, que tenía entonces diez y siete +años. + +Después de la regla de las carmelitas, las cuales iban descalzas con +una áspera esterilla de mimbre al cuello y no se sentaban nunca, es la +más dura la de las bernardas-benedictinas de Martín Verga. Van vestidas +de negro, con una pechera, que, según la prescripción expresa de San +Benito, sube hasta la barba. Una túnica de sarga de mangas anchas, un +gran velo de lana, la pechera que sube hasta la barba, cortada en forma +cuadrangular sobre el pecho y la toca que baja hasta los ojos; he aquí +el hábito. Todo es negro, excepto la toca, que es blanca. + +Las novicias llevan el mismo hábito todo blanco. Las profesas llevan +además un rosario al lado. + +Las bernardas-benedictinas de Martín Verga practican la adoración +perpetua como las benedictinas llamadas señoras del Santo Sacramento, +las cuales al principio de este siglo tenían en París dos casas, una +en el Temple y otra en la calle de Santa Genoveva. Por lo demás las +bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus, de las cuales hablamos, +eran una orden completamente distinta de la que seguían las señoras +del Sacramento que vivían en la calle nueva de Santa Genoveva y en el +temple. Había muchas diferencias en la regla como en el hábito. Las +bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus llevaban la pechera negra, y +las benedictinas del Sacramento de la calle Nueva de Santa Genoveva la +llevaban blanca; y además, en el pecho, un Santísimo Sacramento de unas +tres pulgadas de alto, de plata sobredorada ó cobre. Las religiosas del +Pequeño Picpus no llevaban el Santísimo Sacramento. La Adoración +perpetua común al Pequeño Picpus y al convento del Temple, dejaba, sin +embargo, que fuesen completamente distintas las dos órdenes. + +Había únicamente semejanza en esa práctica entre las señoras del +Sacramento y las bernardas de Martín Verga, de igual manera que la +había en el estudio y glorificación de todos los misterios relativos á +la infancia, á la vida y á la muerte de Jesucristo y de la Virgen entre +otras dos órdenes separadas, y aún enemigas á veces: la del oratorio de +Italia, establecida en Florencia por Felipe de Neri, y la del oratorio +de Francia, fundada en París por Pedro Bérulle. El oratorio de París +pretendía la primacía, porque Felipe de Neri, no era más que santo +cuando Bérulle era cardenal. + +Volvamos á la severa regla española de Martín Verga. + +Las bernardas-benedictinas de esta regla comen de viernes todo el año, +ayunan toda la cuaresma y otros muchos días especiales, se levantan +en el primer sueño, desde la una de la madrugada hasta las tres, para +leer el breviario y cantar maitines; se acuestan en sábanas de jerga en +todas las estaciones y sobre paja, no toman baños ni encienden nunca +lumbre, se azotan todos los viernes, observan la regla del silencio, no +se hablan más que en las horas de recreo, que son muy pocas, y llevan +camisa de buriel durante seis meses, desde el 14 de septiembre, que +es la Exaltación de la Santa Cruz, hasta la Pascua. Estos seis meses +son una gracia, la regla dice todo el año; pero la camisa de buriel +insoportable en el rigor del verano, ocasionaba fiebres y espasmos +nerviosos, y fué preciso limitar su uso. Á pesar de esta modificación +el 14 de septiembre, cuando las religiosas se ponen esta camisa, tienen +tres ó cuatro días de calentura. Obediencia, pobreza, castidad y +estabilidad en el claustro; tales son sus votos altamente agravados por +la regla. + +La priora es elegida cada tres años por las madres que se llaman +_madres vocales_, porque tienen voz en el capítulo. + +Una priora no puede ser reelegida más de dos veces, lo cual fija en +nueve años el mando más duradero de una priora. + +No ven jamás al sacerdote celebrante, que permanece oculto por una +cortina de nueve pies de alto. Durante los sermones, cuando el +predicador está en el púlpito, bajan el velo, cubriéndose el rostro. +Deben hablar siempre en voz baja, andar mirando al suelo y con la +cabeza inclinada. + +Sólo un hombre puede entrar en el convento, el arzobispo diocesano. + +Hay otro que puede entrar también, que es el jardinero, pero siempre +es un viejo; y al objeto de que esté constantemente solo en el jardín, +y de que las religiosas puedan evitar su presencia, lleva un cascabel +atado en la rodilla. + +Están sometidas á la priora con una sumisión absoluta y pasiva: es +la sujeción canónica en toda su abnegación. Como la voz de Cristo, +_ut voci Christi_; al gesto, al primer signo, _ad nutum_, _ad primum +signum_; inmediatamente, con alegría, con perseverancia, con cierta +obediencia ciega, _prompte_, _hilariter_, _perseveranter et cœca quadam +obedientia_; como la lima en mano del artífice, _quasi lima in manibus +fabri_; no pueden ni leer, ni escribir nada sin permiso especial, +_legere vel scribere non addiscerit sine expressa superioris licentia_. + +Turnan todas en lo que llaman ellas _la reparación_. + +La reparación es el ruego por todos los pecados, por todas las faltas, +por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las +iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la tierra. +Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las +cuatro de la mañana, ó desde las cuatro de la mañana hasta las cuatro +de la tarde, la hermana que está de _reparación_ permanece de rodillas +sobre las piedras ante el Santísimo Sacramento con las manos juntas y +una soga al cuello. Cuando el cansancio se le hace insoportable, se +prosterna extendida con el rostro en tierra y los brazos en cruz: éste +es todo su descanso. En esa actitud ruega por todos los culpables del +universo. Esto es grande, casi sublime. + +Como este acto se practica ante un poste, sobre el cual arde un cirio, +se dice indistintamente _estar de reparación ó estar en el poste_. +Las religiosas prefieren, para mayor humildad, esta última frase que +encierra mejor la idea de suplicio ó humillación. + +_Estar de reparación_ es un acto en el cual se absorbe toda el alma. +La hermana del poste no volvería la cabeza aunque cayera un rayo á sus +espaldas. + +Además, hay siempre otra monja de rodillas delante del Santísimo +Sacramento. Esta estación dura una hora y se relevan como los soldados +de centinela. Ésta es la Adoración perpetua. + +Las prioras y las madres llevan siempre nombres de una gravedad +particular, tomados por lo general, no de los santos y mártires, sino +de los momentos de la vida de Jesucristo, como: la madre Natividad, la +madre Concepción, la madre Presentación, la madre Pasión. Sin embargo, +no están prohibidos los nombres de santos. + +Cuando se ven no puede vérseles más que la boca. + +Todas tienen los dientes amarillos. Jamás ha entrado en el convento un +cepillo para los dientes. Limpiarse los dientes es el extremo de una +escala después de la cual viene la perdición del alma. + +Ellas no dicen nunca de nada _mío_, ni _mi_ porque no tienen nada +suyo, ni deben tener afecto á nada. Dicen siempre _nuestro_, como +nuestro velo, nuestro rosario; y si hablasen de su camisa, dirían +indudablemente _nuestra camisa_. Algunas veces se aficionan á cualquier +objeto insignificante, á un libro de rezo, á una reliquia, á una +medalla bendita; pero en cuanto advierten que empiezan á aficionarse +á ese objeto, deben darlo inmediatamente. Recuerdan las palabras de +santa Teresa, á quien dijo una gran señora al entrar en su orden: +«Permítame, madre, que vaya á buscar una santa Biblia que aprecio en +mucho». ¡Ah! _¡Apreciáis todavía algo! Entonces no entréis en nuestra +casa._ + +Les está prohibido encerrarse y tener un _mi cuarto_, una _mi celda_. +Viven en celdas abiertas. Cuando se encuentran, dice una: _Bendito y +alabado sea el Santísimo Sacramento del altar_. Y responde la otra: +_Por siempre jamás_. Esta ceremonia se repite cuando una llama á la +puerta de otra. Apenas ha tocado la puerta, cuando por dentro se +oye una voz dulce, que dice: _Por siempre jamás_... Como todas las +prácticas, se hace ésta maquinalmente con la costumbre, así es que á +veces dice una: _Por siempre_, antes que la otra haya tenido tiempo de +decir lo que es algo más largo: _Bendito y alabado sea el Santísimo +Sacramento del altar_. + +En los conventos de la Visitación, dice la que entra: _Ave María_, y la +que está dentro responde: _Gratia plena_. Éste es un saludo, que está +en efecto «lleno de gracia». + +Á cada hora del día da tres golpes supletorios la campana de la +iglesia del convento. Á esta señal, priora, madres vocales, profesas, +conversas, novicias y postulantes interrumpen lo que dicen ó lo que +hacen, ó lo que piensan, y dicen todas á la vez, si son las cinco, +por ejemplo: _Á las cinco y á todas horas bendito y alabado sea el +Santísimo Sacramento del altar_. Si son las ocho: _Á las ocho y á todas +horas_, etc.; y así siempre, según la hora que da. + +Esta costumbre cuyo objeto es interrumpir el pensamiento y dirigirse á +Dios, existe en muchas comunidades; sólo varía en la fórmula. Así, en +la del Niño Jesús se dice: _Á esta hora y á cualquier otra, el amor de +Jesús inflame mi corazón_. + +Las benedictinas-bernardas de Martín Verga, claustradas hace cincuenta +años en el Pequeño Picpus, cantaban los oficios salmodiando gravemente +en canto llano puro, y siempre á toda voz mientras duraba el oficio. Al +encontrar un asterisco en el misal, hacían una pausa, diciendo por lo +bajo: _Jesús, María y José_. En el oficio de difuntos tomaban un tono +tan bajo, que parecía imposible que pudiese descender tanto la voz de +mujer; lo cual producía un efecto conmovedor y trágico. + +Las del Pequeño Picpus habían mandado abrir una fosa debajo del altar +mayor para sepultura de la comunidad. El _Gobierno_, como decían ellas, +no permitía que se depositasen allí los ataúdes. Debían, pues salir +del convento cuando morían; lo cual las afligía y consternaba como una +infracción. + +Pero en cambio habían conseguido ser enterradas á una hora especial, y +en un rincón especial del antiguo cementerio de Vaugirard, que ocupaba +un terreno que se decía había sido de la comunidad. + +Los jueves asistían estas religiosas á la misa mayor, vísperas y demás +oficios, como los domingos. Observan escrupulosamente todas las +demás fiestas menores desconocidas de los mundanos, que la Iglesia +prodigaba antiguamente en Francia y prodiga aún en España é Italia. +El tiempo que pasan en la capilla es interminable. Con relación al +número y duración de sus rezos, no podemos dar mejor idea que citando +estas frases candorosas de una de ellas: _Los rezos de las postulantes +son horrorosos, los de las novicias lo son más todavía, y los de las +profesas aún son peores_. + +Una vez por semana el capítulo se reúne, presídelo la priora, y asisten +á él las madres vocales. Cada hermana se arrodilla á su vez en la +piedra, y confiesa en alta voz, á presencia de todas, las faltas y +pecados que ha cometido durante la semana. Las madres vocales deliberan +públicamente después de cada confesión, é imponen también en alta voz +la penitencia. + +Sobre la confesión en alta voz, para la cual se reservan todas las +faltas un poco graves, tienen para las faltas veniales lo que llaman +_la culpa_. Hacer la culpa es prosternarse durante la misa boca abajo +delante de la priora, hasta que ésta, á quien no llaman nunca más +que _nuestra madre_, avisa á la paciente que puede levantarse dando +un golpecito en el brazo de su sillón. Se hace la culpa por cosas +insignificantes: por romper un vaso, por rasgar un velo, por retardar +involuntariamente algunos segundos al ir á misa, por cantar mal una +nota en la iglesia, etc.; esto es bastante para hacer la culpa. La +culpa es enteramente voluntaria; la _culpable_ (esta palabra está usada +aquí etimológicamente) se juzga y castiga á sí misma. Los días de +fiesta y domingos, hay cuatro madres cantoras que salmodian los oficios +ante un gran facistol de cuatro pupitres. Cierto día, una madre cantora +entonó un salmo que empezaba por _Ecce_, y en vez de _Ecce_ dijo en +alta voz estas tres notas: _do, si, sol_. Por su distracción, hizo una +culpa que duró toda la función. Lo que agravó enormemente la culpa fué +que el capítulo se había reído. + +Cuando llaman al locutorio á una de las monjas, aunque sea la priora, +se baja el velo de manera, según ya hemos dicho, que sólo deja ver la +boca. + +La priora es la única que puede hablar con los extraños; las demás no +pueden ver más que á su familia, pocas y raras veces. Si por casualidad +quiere alguien ver á una monja á quien ha conocido ó amado en el mundo, +tiene que formar casi un expediente. Si es una mujer puede en algunas +veces concedérsele la autorización; la monja va al locutorio y habla +por entre los postigos, que sólo se abren por una madre ó una hermana. +No hay para qué decir que este permiso se niega siempre á los hombres. + +Tal es la regla de san Benito, rigorizada por Martín Verga. + +Aquellas monjas no estaban alegres, sonrosadas y frescas como lo están +frecuentemente las de otras muchas órdenes. Estaban pálidas y graves. +Desde 1825 á 1830, tres se volvieron locas. + + + + + III + =Severidades= + + +Se ha de ser por lo menos dos años postulante, generalmente cuatro, +y otros cuatro novicia. Es muy raro que los votos definitivos puedan +pronunciarse antes de los veintitrés ó veinticuatro años. Las +bernardas-benedictinas de Martín Verga no admiten bajo ningún concepto +viudas en su orden. + +Entréganse en sus celdas á muchas maceraciones desconocidas, de las +cuales no deben hablar nunca. + +El día en que profesa una novicia se la viste con sus más hermosos +atavíos, se cubre su cabeza con blancas rosas, se perfuman y rizan sus +cabellos, y después se prosterna; extiéndese sobre ella un gran velo +negro, y se canta el oficio de difuntos. Entonces las religiosas se +dividen en dos filas, y mientras pasa junto á ella una de estas filas, +diciendo con lastimero acento: _Nuestra hermana ha muerto_, responde la +otra: _Vive en Jesucristo_. + +En la época en que pasó esta historia, había anexo al convento un +colegio de niñas nobles, ricas la mayor parte, entre las cuales se +distinguían las señoritas Sainte-Aularie y de Belissen, y una inglesa +que llevaba el ilustre nombre católico de Talbot. Estas jóvenes, +educadas por las religiosas, entre cuatro paredes, crecían en el horror +al mundo y al siglo. Una de ellas nos decía un día: _Ver el empedrado +de la calle me hacía estremecer de pies á cabeza_. Iban vestidas de +azul con un gorro blanco, y un Espíritu Santo de plata sobredorada, +ó de cobre, en el pecho. En ciertos días de gran festividad, y +particularmente en el de santa Marta, se les concedía, como un gran +favor y felicidad suprema, vestirse de monjas y cumplir las prácticas +de san Benito durante todo el día. Al principio las religiosas les +prestaban sus vestidos negros; pero después, pareciendo esto una +profanación, fué prohibido por la priora. Sólo se permitió desde +entonces hacer este préstamo á las novicias. Es muy notable que estas +representaciones, toleradas sin duda y alentadas en el convento por +un secreto espíritu de proselitismo, y para dar á las niñas cierto +anticipado goce del santo hábito, fuése un placer real y una verdadera +diversión para las educandas. Éstas se entretenían simplemente, puesto +que se trataba _de una cosa nueva, de un cambio_. Cándidas razones de +la infancia, que no logran hacer comprender á los mundanos el placer de +tener un hisopo en las manos, y estarse de pie horas enteras cantando á +coro ante un facistol. + +Las educandas, excepción hecha de la austeridad, se conformaban con +todas las prácticas del convento. + +Hubo joven, que habiendo vuelto al mundo, aún muchos años después +de casada, no logró dejar la costumbre de decir en alta voz cada +vez que llamaban á la puerta: _¡Por siempre jamás!_ Las educandas, +como las monjas, sólo veían á sus familias en el locutorio. ¡Ni sus +mismas madres podían abrazarlas! Véase hasta qué punto se llevaba la +severidad. Cierto día, fué una de las jóvenes visitada por su madre +acompañada de una hermanita de tres años. La pequeña lloraba porque +quería abrazar á su hermana. Imposible. Suplicóse que á lo menos +se permitiera á la niña pasar la manita por entre los hierros para +besársela. También fué negada esta petición, casi con escándalo. + + + + + IV + =Alegrías= + + +Aquellas niñas no dejaron por esto de llenar de encantadores recuerdos +aquella rígida morada. Había horas en las que resplandecía la infancia +en aquella clausura. En cuanto sonaba la de recreo, abríase una puerta, +y los pájaros decían: ¡Bueno! ¡Aquí están las niñas! Un torrente +de juventud inundaba aquel jardín cortado por una cruz como una +mortaja. Fisonomías radiantes, frentes blancas, ojos inocentes llenos +de alegre luz, auroras de toda especie se esparcían entre aquellas +tinieblas. Después de los salmos, de las campanas, de los toques, de +los lamentos y de los oficios, estallaba de repente el ruido que hacían +las niñas, ruido más dulce que el de las abejas. Abríase la colmena +de la alegría, y cada una llevaba su miel. Jugaban, se llamaban, se +agrupaban, corrían; bellísimos y diminutos dientes blancos charlaban +en todos los rincones, los velos desde lejos vigilaban las risas, las +sombras vigilaban los rayos; pero ¡qué importaba! Brillaban y reían. +Aquellas cuatro lúgubres tapias tenían su minuto de alegría y asistían, +vagamente iluminadas por el reflejo de tanto placer, á todos esos +dulces susurros del enjambre infantil. Venía á ser como una lluvia de +rosas en medio de aquel luto. Las niñas loqueaban bajo los ojos de +las religiosas; la mirada de la impecabilidad no puede incomodar á la +inocencia. Gracias á aquellas niñas, entre tantas horas de austeridad, +había una de desahogo. Saltaban las pequeñas, y las grandes bailaban. +En aquel claustro el juego andaba mezclado con el cielo. Nada tan +tierno y augusto á la vez como aquellas almas inocentes entregadas á la +expansión. Homero habría venido á reirse allí con Perrault, y en aquel +negro jardín había juventud, salud, ruido, algarabía, aturdimiento, +placer y felicidad bastante para desarrugar el ceño de todas las +ancianidades, así de la epopeya como del cuento, así del trono como de +la cabaña: desde Hécuba hasta la abuela. + +En tal casa se han oído, más que en ninguna otra parte quizás, esas +_ocurrencias infantiles_ tan graciosas y que hacen reir y meditar á un +tiempo. Entre aquellas cuatro fúnebres paredes exclamó cierto día una +niña de cinco años: «¡Madre mía! acaba de decirme una de las grandes +que ya no tengo que estar aquí más que nueve años y diez meses. ¡Qué +alegría!». + +Fué allí también donde se oyó este memorable diálogo: + +UNA MADRE VOCAL.--¿Por qué lloráis, hija mía? + +LA NIÑA (de seis años) sollozando.--He dicho á Alicia que sabía yo la +historia de Francia, y ella me ha dicho que no la sabía, ¡y la sé! + +ALICIA, la grande (de nueve años).--No, no la sabes. + +LA MADRE.--¿Cómo es eso, hija mía? + +ALICIA.--Me ha dicho que abriese el libro al azar y que le hiciese una +pregunta de lo que trae el libro, y ella me respondería. + +¿Y qué? + +Que no ha contestado. + +--Veamos: ¿qué le habéis preguntado? + +--He abierto el libro al azar, como ella decía, y le he hecho la +primera pregunta que ha salido. + +--¿Y cuál ha sido la pregunta? + +--Ésta: _¿qué sucedió después?_ + +También se hizo allí esta observación profunda sobre una cotorra un +poco golosa que pertenecía á una señora pensionista: + +«--¡Es muy graciosa! ¡Se come la manteca de las tostadas como una +persona!». + +Fué sobre una de las losas de aquel convento, donde se recogió esta +confesión, escrita de antemano para no olvidarla, por una pecadora de +siete años: + +«--Acúsome, padre, de haber sido _avara_. + +«--Acúsome, padre, de haber sido _adúltera_. + +«--Acúsome, padre, de haber dirigido miradas á los hombres». + +En uno de los bancos de césped de aquel jardín, fué improvisado por una +boca de rosa de seis años este cuento, escuchado por ojos azules de +cuatro y cinco: + +«--Éranse que se eran tres pollitos que vivían en un país donde había +muchas flores; cogieron las flores y se las metieron en el bolsillo, +y después las hojas, y las pusieron en sus juguetes. Y había un lobo +en aquella tierra, y muchos bosques; el lobo estaba en el bosque, y se +comió los pollitos». + +Y este otro poema: + +«--Sucedió que dieron un palo. + +«Y fué Polichinela quien se lo dió al gato. + +«Y no hízole bien sino mal. + +«Entonces una señora metió á Polichinela en la cárcel». + +Allí también dijo una niña abandonada, recogida por el convento y +educada por caridad, esta frase tierna y dolorosa, oyendo hablar á las +demás de sus madres, murmurando la pobre en un rincón: + +«--Mi madre no estaba allí cuando nací yo». + +Había una tornera muy gruesa que andaba siempre atareada por los +corredores con su manojo de llaves, y que se llamaba sor Ágata. Las +_grandes_--de más de diez años--la llamaban _Ágatocles_. + +El refectorio era una gran sala rectangular que sólo recibía la luz por +un claustro de arquivoltas al nivel del jardín; era obscuro y húmedo +y como decían las niñas, «estaba lleno de bichos». Todos los sitios +contiguos le suministraban su contingente de insectos. + +Cada uno de los cuatro ángulos había recibido, en el lenguaje de las +educandas, un nombre particular y expresivo. Había el rincón de las +arañas, el rincón de las orugas, el rincón de las cucarachas y el +rincón de los grillos. + +El rincón de los grillos estaba cerca de la cocina, y era el más +apreciado, porque allí hacía menos frío que en los demás. Del +refectorio habían pasado los nombres al colegio y servían para +distinguir, como en el antiguo colegio de Mazarino, cuatro naciones. +Cada educanda pertenecía á una de las cuatro naciones, según el rincón +del refectorio en que se sentaba á la hora de comer. Un día el señor +arzobispo, haciendo la visita pastoral, vió entrar en la clase, por +donde pasaba, una niña muy coloradita de hermosos cabellos rubios, y +preguntó á otra educanda, linda y morenita de frescas mejillas, que +estaba á su lado: + +--¿Quién es ésa? + +--Es una araña, monseñor. + +--¡Bah! ¿Y esta otra? + +--Ésta es un grillo. + +--¿Y aquélla? + +--Una oruga. + +--¡De veras! ¿Y tú? + +--Yo soy una cucaracha, monseñor. + +Cada casa de este género tiene sus particularidades. Á principios del +siglo, Ecouen era uno de esos lugares encantadores y severos en los que +se desarrolla, en una sombra casi augusta, la infancia de las niñas. +En Ecouen, para tomar puesto en la procesión del Corpus, se hacía +distinción entre las vírgenes y las floristas. Había igualmente «palios +é incensarios»; las unas llevaban los cordones del palio, y las otras +incensaban al Santísimo Sacramento. Las flores correspondían de derecho +á las floristas. Cuatro «vírgenes» abrían la marcha. Durante la mañana +de este gran día, no era raro oir preguntar en el dormitorio: + +--¿Quién es virgen? + +Madama Campan cita este dicho de una «pequeña» de siete años, +dirigiéndose á una «grande» de diez y seis que iba á la cabeza de la +procesión, mientras que ella, la pequeña, se quedaba á la cola: + +--¡Ah, tú eres virgen! Y ¡yo no lo soy! + + + + + V + =Distracciones= + + +Sobre la puerta del refectorio estaba escrita en grandes letras negras +la siguiente oración, llamada el _Pater Noster blanco_, la cual tenía +la virtud de conducir las gentes directamente al cielo. + + «_Pequeño Padre nuestro blanco, que Dios hizo, que Dios dijo, + que Dios puso en el paraíso. Por la noche, al acostarme, tres + ángeles me encontré acostados en mi cama, uno á los pies, + dos á la cabecera, y en medio á la Virgen Santa, que me dijo + me acostase y de nada me cuidase. Dios bueno es mi padre, la + Santa Virgen mi madre, los tres apóstoles mis hermanos y las + tres vírgenes mis hermanas. La camisa en que Dios nació éste + mi cuerpo envolvió; la cruz de santa Margarita en mi pecho + tengo escrita. Nuestra Señora la Virgen por los campos va + caminando, á su hijo querido llorando, y con el señor san Juan + se ha encontrado.--Señor san Juan ¿de dónde venís?--Vengo del_ + AVE SALUS.--_¿Habéis visto si está allí Dios?--En el árbol de + la Cruz, pendientes tiene los pies, clavadas tiene las manos, + lleva sobre la cabeza corona de espinos blancos._ + + «_Quien rezare esta oración tres veces por la mañana y otras + tantas por la noche, ganará el cielo á la postre_». + +En 1827 había desaparecido de la pared esta oración tan característica, +bajo una triple capa de pintura. Hoy acaba de borrarse también de +la memoria de algunas niñas, jóvenes de entonces, señoras ancianas +actualmente. + +Un gran crucifijo colgado de la pared completaba la decoración del +refectorio, cuya única puerta, como creemos haber dicho, daba al +jardín. Dos mesas estrechas, con dos bancos á lo largo de cada una, +formaban dos líneas paralelas desde uno á otro extremo del refectorio. +Las paredes eran blancas, las mesas negras; colores ambos de luto, +variedad única de los conventos. Las comidas eran frugales, y aún el +régimen de las niñas muy severo. Un solo plato de carne y legumbres +mezcladas, ó de pescado salado, era todo su lujo. Este plato ordinario, +reservado solamente á las educandas, era, sin embargo, una excepción. +Las niñas comían y callaban bajo la vigilancia de la madre de semana, +que de cuando en cuando abría y cerraba ruidosamente un libro de madera +siempre que alguna mosca trataba de volar ó zumbar contra la regla. El +silencio iba sazonado con algún trozo de la vida de los Santos, leído +en alta voz desde un púlpito con atril, colocado al pie del crucifijo. +La lectora era una de las educandas de más edad, que estaba de semana. +En la mesa había colocados á distancia regular lebrillos barnizados, +en donde las educandas lavaban por sí mismas su vaso y su cubierto, y +algunas veces arrojaban también los desperdicios de carne dura ó de +pescado pasado: esto se castigaba. Los tales lebrillos se llamaban los +_círculos de agua_. + +La niña que rompía el silencio «hacía una cruz con la lengua». +¿Dónde? En la tierra. Lamía el suelo. El polvo, este fin de todas las +alegrías, se encargaba de castigar á aquellas pobres hojas de rosa, +culpadas de murmullo. + +Había en el convento un libro, del cual no se había impreso más que un +_ejemplar único_, y que estaba prohibido leer. Éste era la regla de san +Benito, arcano que no debía penetrar ningún ojo profano. «Nemo regulas, +seu constitutiones nostras, externis communicabit». + +Las educandas consiguieron un día coger el libro, y se pusieron á leer +naturalmente, interrumpiendo con frecuencia la lectura por el temor de +ser sorprendidas, lo cual les hacía cerrar el libro precipitadamente. +De todo aquel gran miedo no sacaron más que un placer muy mediano. + +Algunas páginas ininteligibles acerca de los pecados de los muchachos. +Esto fué lo «más interesante». + +Las colegialas jugaban en una alameda de desmedrados árboles frutales. +Á pesar de la extremada vigilancia y de la severidad de los castigos, +cuando el viento había sacudido los árboles, algunas de ellas recogían +furtivamente del suelo una manzana verde, ó un albaricoque macado, ó +una pera roída de gusanos. Aquí dejaremos hablar por nosotros una carta +que tenemos á la vista, escrita hace veinticinco años por una antigua +educanda, hoy marquesa de***, y una de las mujeres más elegantes de +París. La copia es textual. + +«Se guarda una su pera ó su manzana como puede, y cuando se sube á +dejar el velo encima de la cama, y á esperar la hora de cenar, se la +esconde debajo de la almohada, y por la noche se la come estando en la +cama: y cuando ni aún esto es posible, se come en el excusado». Era +ésta una de sus mayores delicias. + +Una vez, al pasar la visita el señor arzobispo, una de las educandas, +la señorita Bouchard, que tenía algunas relaciones de parentesco con +los Montmorency, apostó á que le pediría un día de asueto, atrevimiento +enorme, tratándose de una comunidad tan austera. La apuesta fué +aceptada; pero ninguna de las que habían apostado creían en que se +hiciera la petición. + +Llegó el momento, y al pasar el señor arzobispo por delante de las +educandas, la señorita Bouchard, con indescriptible admiración de todas +sus compañeras, salió de la fila y dijo: «Monseñor, un día de asueto». + +La señorita Bouchard era fresca y crecida, y tenía además la carita +de rosa más linda del mundo. Monseñor de Quélen se sonrió, y dijo: +«¡Cómo, querida hija mía, un día de asueto! Tres días, si gustáis. Os +concedo tres días». La priora nada podía hacer, había hablado el señor +arzobispo. Qué escándalo para el convento, y qué alegría en el colegio. +Júzguese del efecto. + +Este claustro tan severo no estaba, sin embargo, tan amurallado +que la vida de las pasiones del mundo, el drama y aún la novela no +penetrasen en él. Para probarlo nos limitaremos á consignar aquí, y á +indicar brevemente un hecho real é incontestable, que por otra parte +nada tiene que ver con la historia que vamos refiriendo. Citaremos +simplemente el hecho para completar la fisonomía del convento. + +Hacia dicha época pues, había en el convento una mujer misteriosa, +que sin ser monja, era tratada con gran respeto; se llamaba «señora +Albertina». No se sabía de ella sino que estaba loca, y que pasaba por +muerta en el mundo. Tenía, según se decía, encerrados en la historia, +arreglos de fortuna indispensables á un gran casamiento. + +Esta mujer, que apenas contaba treinta años, morena y hermosa, miraba +vagamente con sus negros y grandes ojos. ¿Veía? No se sabía de cierto. + +Se deslizaba más bien que andaba; no hablaba nunca, y no era cosa +segura si respiraba ó no. Tenía las ventanas de la nariz contraídas y +lívidas, como después de lanzar el último suspiro; tocar su mano era +tocar la nieve. Mostraba cierta gracia especial de espectro. Donde ella +entraba se sentía frío. Un día, una de las hermanas al verla pasar, +díjole á otra:--Pasa por muerta.--Puede que lo esté,--respondió la +segunda. + +Hacíanse sobre la señora Albertina mil diversas suposiciones. Era el +objeto eterno de la curiosidad de las educandas. Había en la capilla +una tribuna, que se llamaba del _Ojo de buey_. Esta tribuna sólo tenía +un ojo redondo por ventana, una claraboya, desde la cual la señora +Albertina asistía á los actos del culto. Generalmente estaba siempre +sola allí, porque situada la tribuna en el primer piso, podía verse +perfectamente al predicador y al celebrante, lo cual estaba prohibido +á las religiosas. Un día ocupaba el púlpito un clérigo joven de +elevada alcurnia, el señor duque de Rohan, par de Francia, oficial +de mosqueteros rojos en 1815, cuando era príncipe de León, muriendo +después en 1830 de cardenal-arzobispo de Besanzón. + +Era la primera vez que el señor de Rohan predicaba en el convento del +Pequeño Picpus. La señora Albertina asistía generalmente á los sermones +y á los oficios en la mayor calma y en la más completa inmovilidad. +Aquel día, en cuanto vió al duque de Rohan, se medio levantó, y dijo +en voz alta, en medio del silencio de la capilla: _¡Calla, Augusto!_ +Toda la comunidad, asombrada, volvió la cabeza; el predicador levantó +los ojos; pero la señora Albertina había ya vuelto á su natural +inmovilidad. Un soplo del mundo exterior, un rayo de vida pasó +instantáneamente por aquella figura marchita y helada; después todo se +desvaneció, y la loca volvió á ser nuevamente un cadáver. + +Aquellas dos palabras, sin embargo, dieron que hablar á todo lo que +podía hablar en el convento. + +¡Qué de misterios, qué de revelaciones! en aquel _¡Calla, Augusto!_ +El duque de Rohan se llamaba efectivamente Augusto. Era evidente que +la señora Albertina había salido del gran mundo, puesto que conocía +al duque de Rohan; que había ella ocupado en el siglo alta posición, +porque hablaba familiarmente á tan gran señor, y que tenía con él +relaciones de parentesco tal vez, y muy íntimas seguramente, cuando le +llamaba por su nombre de pila. + +Dos duquesas muy severas, las de Choiseul y de Sérent, visitaban con +frecuencia á la Comunidad, en la cual penetraban sin duda en virtud del +privilegio _Magnates mulieres_, dando mucho miedo á las colegialas. +Cuando pasaban las dos viejas, todas las educandas temblaban y bajaban +los ojos. + +El duque de Rohan era, por otra parte, sin saberlo él, objeto de la +atención general de aquellas jóvenes. Acababa de ser nombrado, como +aspirante al episcopado, vicario general del arzobispado de París, y +tenía por costumbre ir á cantar los oficios en las funciones de la +capilla del Pequeño Picpus. Ninguna de las jóvenes reclusas podía verle +á causa de la cortina de sarga; pero tenía una voz dulce y un tanto +aguda, que ya conocían y distinguían todas perfectamente. Había sido +mosquetero; se decía que era muy pulcro, que peinaba con gran esmero +sus hermosos cabellos castaños, formando bucles alrededor de la frente, +que llevaba un ancho cinturón de magnífico moaré, y que su sotana negra +estaba cortada elegantísimamente. Así es que llevaba toda la atención +de aquellas imaginaciones de diez y seis años. + +Ningún ruido exterior penetraba en el interior del convento. + +Sin embargo, hubo un año en que se oyó el sonido de una flauta. Fué +éste un acontecimiento del que se acuerdan todavía las educandas de +aquel tiempo. Era una flauta tocada indudablemente por algún vecino, +que siempre repetía el mismo aire, un aire muy antiguo: _Zetulbé mía, +ven á reinar en mi alma_, el cual se oía dos ó tres veces diariamente. +Las muchachas se pasaban las horas escuchando, las madres vocales +estaban indignadas, las imaginaciones trabajaban, llovían los castigos. +Esto duró muchos meses. Las educandas estaban todas más ó menos +enamoradas del músico desconocido. Cada cual se creía otra Zetulbé. El +sonido venía del lado de la calle Droit-Mur. Todas lo hubieran dado +todo, lo hubieran comprometido é intentado todo, por ver, siquiera +por un segundo, por entrever, por vislumbrar solamente al «gallardo +joven» que tañía tan deliciosamente la flauta, y que sin imaginárselo, +conmovía á un mismo tiempo todas aquellas almas. Las hubo que se +escaparon por una puerta excusada y subieron al tercer piso de la calle +Droit-Mur para tratar de ver por los respiraderos. Imposible. Una de +ellas llegó hasta el punto de pasar el brazo por cima de la cabeza al +través de los hierros, agitando su pañuelo blanco. Otras dos fueron más +osadas aún. Encontraron medio de trepar hasta el tejado, arriesgándose +por él, hasta que por fin consiguieron ver al «gallardo joven». + +Era un viejo hidalgo emigrado, ciego y arruinado, que se entretenía en +su buhardilla, tocando la flauta para consolarse. + + + + + VI + =El convento pequeño= + + +Había en el recinto del Pequeño Picpus tres edificios completamente +distintos: el convento grande, que habitaban las religiosas; el colegio +en que estaban las educandas, y el convento pequeño. Era éste un +departamento con jardín, donde vivían en común toda clase de antiguas +religiosas de distintas órdenes, restos de los claustros destruidos +por la revolución; una abigarrada mezcla de todos los hábitos negros, +grises y blancos, de todas las comunidades, y de todas las variedades +posibles. Era lo que puede llamarse, si se nos permite semejante +combinación de palabras, un convento arlequín. + +Desde el Imperio se había permitido á aquellas infelices, dispersas y +desterradas, acogerse bajo la protección de las benedictinas-bernardas, +donde recibían una corta pensión del Gobierno. Las religiosas del +Pequeño Picpus las habían acogido muy bien. Era, pues, aquello una +mezcla chocante. Cada una seguía su regla. Algunas veces se permitía +á las educandas, como gran concesión, hacerles una visita; y estas +jóvenes han conservado, entre otros recuerdos, los de la madre santa +Basilia, de la madre santa Escolástica, y de la madre Jacob. + +Una de estas refugiadas se hallaba reinstalada como en su casa. Era una +religiosa de Santa Aura, y era también la única que sobrevivía de su +comunidad. El antiguo convento de monjas de Santa Aura ocupaba, desde +principios del siglo XVIII, precisamente la misma casa del Pequeño +Picpus, que perteneció después á las benedictinas de Martín Verga. Esta +santa monja, demasiado pobre para poder llevar el magnífico hábito de +su orden, que era un manto blanco con escapulario escarlata, había +vestido piadosamente con él un pequeño maniquí, que enseñaba á todo el +mundo con satisfacción, y que legó al convento cuando murió. En 1824 no +quedaba de aquella orden más que una religiosa; hoy día no queda más +que una muñeca. + +Además de estas dignas madres, había algunas viejas del siglo, que +habían obtenido permiso de la priora, como la señora Albertina, para +retirarse al convento pequeño. + +Pertenecían á este número, la señora de Beauford de Hatpoul y la +marquesa Dufresne. + +Otra había también que era sólo conocida en el convento por el gran +ruido que hacía al limpiarse las narices. Las educandas la llamaban la +señora Batahola. + +Hacia 1820 ó 1821, la señora de Genlis, que publicaba en dicha época un +periódico, titulado el _Intrépido_, pidió para entrar de pensionista +en el convento del Pequeño Picpus, por recomendación del señor duque +de Orléans. Esto alborotó la colmena; las madres vocales temblaban; +la señora de Genlis había escrito novelas, pero declaró que era la +primera en condenarlas. Además, había llegado al punto en que la +devoción se vuelve insociable. Por fin, con la ayuda de Dios y la del +príncipe, entró en el convento, pero se marchó á los seis ú ocho meses, +dando por toda razón que el jardín carecía de sombra. Las religiosas se +alegraron muchísimo. La señora de Genlis, aunque ya vieja, tocaba aún +el arpa bastante bien. + +Al marcharse dejó el sello de su estancia en la celda. Era +supersticiosa y latinista. Estas dos palabras expresan gráficamente su +perfil. Hace algunos años se encontraban aún pegados en lo interior de +un armarito de su celda donde guardaba el dinero y las alhajas, estos +cinco versos latinos, escritos por su propia mano con tinta roja en +papel amarillo, y que, en su opinión, tenían la virtud de espantar á +los ladrones: + + + Imparibus meritis pendent tria corpora ramis; + Dismas et Gesmas, media est divina potestas; + Alta petit Dismas, infelix, infima, Gesmas, + Nos et res nostras conservet summa potestas. + Hos versus dicas, ne tu furto tua perdas. + +Estos versos, en latín del siglo VI, agitan la cuestión de si los +dos ladrones del Calvario se llamaban, como se cree comúnmente, +Dimas y Gestas, ó Dismas y Gesmas. Esta diferencia ortográfica, por +insignificante que parezca, hubiera podido contrariar las pretensiones +que tenía en el siglo pasado el vizconde de Gestas de descender del mal +ladrón. Por lo demás, la virtud benéfica atribuida á estos versos es +verdadero artículo de fe en la orden de las hospitalarias. + +La iglesia de la casa, construida de manera que formaba un corte de +separación entre el convento grande y el colegio, era común, sin +embargo, al colegio, al convento grande y al pequeño; y en ella se +admitía también al público por una especie de entrada de lazareto que +conducía á la calle. + +Pero todo estaba dispuesto de modo que ninguna de las habitantes del +claustro pudiese ver un rostro de afuera. Imagínese el lector una +iglesia cuyo coro hubiera sido cogido por la mano de un gigante, y +doblado de manera que formase, no ya, como en todas las iglesias, una +prolongación detrás del altar, sino una especie de sala ó caverna +obscura á la derecha del celebrante; supóngase esta sala cerrada por la +cortina de siete pies de altura de que ya hemos hablado; amontónense +allí á la sombra de esa cortina, en sitiales de madera, las religiosas +del coro á la izquierda, las educandas á la derecha, las conversas y +las novicias en el centro, y se tendrá una idea de cómo las religiosas +del Pequeño Picpus asistían al culto divino. Esta caverna, que se +llamaba el coro, se comunicaba con el claustro por un pasadizo. La +iglesia tomaba la luz del jardín. Cuando las religiosas asistían á +las funciones en que su regla prevenía el silencio, el público sólo +se enteraba de su presencia por el choque de las tablillas de los +sitiales, que se levantaban y bajaban ruidosamente. + + + + + VII + =Algunas siluetas de aquella sombra= + + +Durante los seis años que median desde 1819 á 1825, había sido priora +del Pequeño Picpus la señorita Blemeur, que en religión se llamaba la +madre Inocente. Pertenecía á la familia de Margarita de Blemeur, autora +de la _Vida de los Santos de la orden de san Benito_. + +Había sido reelegida en su cargo. Era mujer de unos sesenta años, baja, +gruesa, «que cantaba como un puchero cascado», dice la carta citada +anteriormente. Por lo demás, era excelente mujer; la única alegre del +convento, y por esto era estimada de todas. + +La madre Inocente se parecía en algo á su ascendiente Margarita, la +Dacier de la orden. + +Era literata, erudita, sabia, competente, historiadora, curiosa, +rellena de latín, repleta de griego y henchida de hebreo, y más +benedictino que benedictina. + +La vice-priora era una religiosa española muy anciana y casi ciega, la +madre Cineres. + +Las más de notar, entre las madres vocales, eran la madre santa +Honorina, tesorera; la madre santa Gertrudis, primera maestra de +novicias; la madre santo Ángel, segunda maestra; la madre Asunción, +sacristana; la madre san Agustín, enfermera, la única que era mala en +el convento; después la madre, santa Mechtilde (señorita Gauvain) muy +joven, con admirable voz; la madre Ángeles (señorita Drouet), que había +estado en el convento de las Hijas de Dios y en el convento del Tesoro, +entre Gisors y Magny; la madre san José (señorita Cogolludo); la madre +santa Adelaida (señorita de Auverney); la madre Misericordia (señorita +de Cifuentes, que no pudo resistir tanta austeridad); la madre +Compasión (señorita de Miltière, que entró en el convento á los sesenta +años, á pesar de no permitirlo la regla, pero muy rica); la madre +Providencia (señorita de Laudinière): la madre Presentación (señorita +de Sigüenza), que fué priora en 1847; y por fin, la madre santa Celina +(hermana del escultor Ceracchi), que se volvió loca; la madre santa +Chantal (señorita de Suzón), loca igualmente. + +Había además, entre las más bellas, una linda joven de veintitrés años, +que procedía de la isla de Borbón, descendiente del caballero Roze, que +se llamaba señorita Roze y se hizo llamar madre Asunción. + +La madre santa Mechtilde, encargada del canto y del coro, enseñaba +muy satisfecha á las educandas. Tomaba de entre ellas diariamente una +gama completa, es decir, siete educandas desde diez años á diez y seis +inclusive, de voces y estaturas variadas, á quienes hacía cantar de +pie, alineadas en fila por edades, desde la menor á la mayor, lo cual +ofrecía el caprichoso aspecto de un flautado de jóvenes, especie de +flauta viviente del dios Pan, formada de ángeles. + +Las hermanas conversas á quienes querían más las educandas eran sor +santa Eufrasia, sor santa Margarita, sor santa Marta, ya chocha, y sor +san Miguel, cuya larga nariz era objeto de risa. + +Todas estas mujeres eran amables para las niñas; sólo eran rígidas para +ellas mismas. + +No se encendía lumbre más que en el colegio, y el alimento, comparado +con el del convento, era escogido. Además, tenían por las educandas mil +cuidados; sólo que, cuando una niña pasaba junto á una religiosa y le +hablaba, la monja no respondía nunca. + +La regla del silencio había producido el efecto singular de que en +todo el convento se negaba la palabra á las criaturas humanas cuando +se concedía á los objetos inanimados. Á veces hablaba la campana de la +iglesia, otras el cascabel del jardinero. Un timbre muy sonoro, que la +tornera tenía á su lado y que se oía en toda la casa, indicaba con sus +variados toques que venía á ser una especie de telegrafía acústica, +todos los actos de la vida material que debían ejecutarse, llamando al +locutorio, cuando había necesidad, á tal ó cual habitante de la casa. +Cada persona y cada cosa tenía sus toques: la priora uno y uno; la +vice-priora uno y dos; seis con cinco llamaban á clase; de modo que +las educandas no decían nunca entrar en clase, sino ir á las seis con +cinco. Cuatro con cuatro era el toque á que respondía la señora de +Genlis, el cual se oía con mucha frecuencia. _Es el diablo á cuatro_, +decían las que tenían poca caridad. Diez con nueve toques anunciaban un +gran acontecimiento. Era éste la apertura de la _puerta de clausura_, +enorme plancha de hierro erizada de cerrojos, que no giraba sobre sus +goznes sino á presencia del arzobispo. + +Éste y el jardinero, como hemos ya dicho, eran los únicos hombres +que entraban en el convento. Las educandas veían á otros dos; el uno +el capellán que era el presbítero Banés, viejo y feo, á quién podían +contemplar desde el coro al través de una reja; y el otro el profesor +de dibujo, señor Ansiaux, llamado en la carta de que hemos copiado +algunas líneas _señor Anciot_ y calificado de _viejo horrible y +jorobado_. + +Como se ve, todos los hombres eran escogidos. + +Tal era aquella curiosa morada. + + + + + VIII + =Post corda lapides= + + +Después de haber delineado la figura moral del convento, no estará de +más indicar en breves palabras la configuración material: el lector +tiene ya de ella alguna idea. + +El convento del Pequeño Picpus de San Antonio, ocupaba casi +completamente el vasto trapecio que formaban las intersecciones de +las calles Polonceau, Droit-Mur, la callejuela Pequeño Picpus y el +callejón sin salida llamado en los antiguos planos calle Aumarais. +Estas cuatro calles rodeaban el trapecio, como un foso. El convento se +componía de varios edificios y un jardín. El edificio principal, tomado +en conjunto, era un compuesto de construcciones híbridas, que miradas á +vista de pájaro dibujaban con bastante exactitud una horca colocada en +tierra. + +El brazo mayor de esta horca, ocupaba todo el trozo de la calle +Droit-Mur, comprendido entre la callejuela Picpus y la calle Polonceau; +el brazo pequeño era una fachada alta, cenicienta, severa y enrejada, +que daba frente á la callejuela Picpus, cuya extremidad designaba la +puerta cochera número 62. Casi en medio de esta fachada, el polvo y la +ceniza blanqueaban una puertecita vieja, cintrada, en que las arañas +tejían su tela, y que sólo se abría una ó dos horas los domingos, y +en las raras ocasiones en que salía del convento el ataúd de alguna +religiosa. + +Era la entrada pública de la iglesia. El codo de la horca la formaba +una sala cuadrada con destino al servicio de la cocina, y á la que +las religiosas llamaban _la despensa_. En el gran brazo estaban las +celdas de las madres y de las hermanas, y el noviciado; en el otro +brazo las cocinas, el refectorio rodeado del claustro y la iglesia. +Entre la puerta número 62 y el ángulo del callejón sin salida Aumarais, +estaba el colegio, que no se veía desde fuera. El resto del trapecio +formaba el jardín, que estaba mucho más bajo que el nivel de la calle +Polonceau, lo que hacía que la cerca rematase mucho más alta por dentro +que por fuera. El jardín, ligeramente convexo, tenía en el centro, +en una pequeña altura, un hermoso abeto agudo y cónico, del cual +arrancaban, como de la punta central de una rodela, cuatro grandes +calles, y otras ocho menores, colocadas dos á dos entre las primeras, +de tal manera, que si el recinto hubiese sido circular, el plano +geométrico de estas calles hubiera parecido una cruz colocada sobre una +rueda. Todas las calles iban á terminar en las tapias irregulares del +jardín, y por lo tanto, eran desiguales en longitud. + +Estaban bordeadas de groselleros. En el fondo, una calle de elevados +álamos iba desde las ruinas del antiguo convento, que estaban en +el ángulo de la calle Droit-Mur, á la casa del convento pequeño, +situado en el ángulo de la callejuela Aumarais. Antes de llegar al +convento pequeño se encontraba lo que llamaban el jardinillo. Añádase +á este conjunto un patio, muchos ángulos desiguales formados por las +habitaciones interiores, paredes de cárcel, y por toda perspectiva y +vecindad la negra y extensa línea de tejados que corría al otro lado de +la calle Polonceau, y se tendrá una imagen completa de lo que era hace +cuarenta y cinco años el convento de bernardinas del Pequeño Picpus. +Esta santa casa se había construido precisamente en el sitio que ocupó +un famoso juego de pelota, desde el siglo XIV al XVI, al cual llamaban +el _trinquete de los once mil diablos_. + +Todas aquellas calles eran de las más antiguas de París. Los nombres de +Droit-Mur y Aumarais son antiquísimos; pero las calles que los llevaban +eran más antiguas todavía. + +La calleja Aumarais se había llamado calleja de Maugout, y la calle +Droit-Mur se llamó anteriormente calle de los Rosales Silvestres, +porque Dios abrió las flores antes que el hombre tallase las piedras. + + + + + IX + =Un siglo bajo una toca= + + +Ya que estamos puestos á dar pormenores de lo que fué en otro tiempo +el convento del Pequeño Picpus, y que hemos osado abrir una ventana +en este discreto asilo, permítanos el lector todavía otra ligera +digresión, ajena al fondo de este libro, pero característica y +útil para dar á conocer que aún en el mismo claustro existen tipos +originales. + +Había en el convento pequeño una mujer centenaria que había ido allí +procedente de la abadía de Fontevrault. + +Antes de la revolución había pertenecido al mundo. + +Hablaba mucho del señor de Miromesnil, guarda-sellos de Luis XIV, y de +una tal Duplat, presidenta, á quienes había conocido mucho. Toda su +vanidad, todo su placer, consistía en recordar estos nombres á cada +paso. Contaba maravillas de la abadía de Fontevrault, que parecía una +ciudad, pues tenía sus calles dentro del monasterio. + +Hablaba con cierto acento picardo, que provocaba la risa de las +educandas. Cada año renovaba solemnemente sus votos, y en el momento de +hacer juramento, decía al sacerdote: monseñor san Francisco le prestó +en manos de monseñor san Julián; monseñor san Julián le prestó en manos +de monseñor san Eusebio; monseñor san Eusebio en manos de monseñor san +Procopio, etc., etc.; así yo le presto en vuestras manos padre. Y las +educandas reían, no so capa, sino so velo; encantadoras y sofocadas +sonrisas que hacían fruncir el ceño á las madres vocales. + +Otras veces, la centenaria contaba historias. Decía que «en su juventud +los bernardinos no les iban en zaga á los mosqueteros». Era un siglo +hablando; pero era el siglo XVIII. Narraba la costumbre de los cuatro +vinos en Champagne y Bourgogne, antes de la revolución. Siempre que +un gran personaje, un mariscal de Francia, un príncipe, un duque ó un +par pasaba por alguna de las ciudades de Bourgogne ó Champagne, el +Ayuntamiento le arengaba y presentaba cuatro copas de plata llenas de +cuatro vinos diferentes. En la primera copa se leía esta inscripción: +«vino del mono»; en la segunda, «vino del león»; en la tercera «vino +del carnero»; en la cuarta, «vino del cerdo». Aquellos cuatro letreros +expresaban los cuatro grados por que desciende la embriaguez: la +primera embriaguez es la que alegra, la segunda la que irrita, la +tercera la que atonta y la última en fin la que embrutece. + +Guardaba dentro de un armario, bajo llave, un objeto misterioso, +que estimaba en mucho. La regla de Fontevrault no se lo prohibía, +pero ella no quería enseñar aquel objeto á nadie. Se encerraba en +la celda, lo que también permitía su regla, ocultándose siempre que +quería contemplarle. Si oía pasos en el corredor, cerraba el armario +tan precipitadamente cuanto podían sus trémulas manos. Cuando se le +hablaba de aquello, se callaba siempre, siendo como era tan amiga de +hablar. Las más curiosas se encontraban chasqueadas por su silencio, +y las más tenaces por su obstinación. Era, pues, su objeto, motivo de +los comentarios de todas las personas desocupadas ó fastidiadas del +convento. + +¿Qué podía ser aquel tan precioso, tan guardado, tesoro de la +centenaria? ¿Sería algún libro santo? ¿Algún rosario único? ¿Alguna +reliquia eficaz y probada? Todas se perdían en conjeturas. + +Á la muerte de la pobre anciana corrieron todas al armario, más de +prisa tal vez de lo que hubiese convenido, y le abrieron. Encontróse el +objeto envuelto en un triple lienzo, como patena bendita. + +Era un plato de Faënza, en el cual había pintados unos amorcillos +volando en fuga, perseguidos por unos mancebos de botica armados de +enormes jeringas. La persecución abundaba en gestos y posturas cómicas. +Uno de los graciosos amorcillos aparece ya ensartado; en vano agita sus +alas, y trata de volar; el matachín se ríe de sus esfuerzos con risa +satánica. + +Moraleja: el amor vencido por el cólico. + +Aquel plato, por otra parte muy curioso y que tuvo quizá el mérito de +sugerir una idea á Molière, existía aún en septiembre de 1845 de venta +en una prendería del boulevard Beaumarchais. + +Aquella buena vieja no quería recibir ninguna visita de fuera del +convento, _porque_, según decía, «el locutorio era demasiado triste». + + + + + X + =Origen de la adoración perpetua= + + +Por lo demás, aquel locutorio casi sepulcral del que hemos procurado +dar una idea, es un hecho puramente local, que no tenía semejante +severidad en los otros conventos. En el de la calle del Temple, +que en verdad era de otra orden, los postiguillos negros estaban +reemplazados por cortinas obscuras, y el locutorio mismo era un salón +bien entarimado, cuyas ventanas tenían cortinillas de muselina blanca, +y cuyas paredes admitían toda clase de cuadros: el retrato de una +benedictina con la cara descubierta, floreros pintados, y hasta una +cabeza de turco. + +En el jardín del convento de la calle del Temple, estaba aquel castaño +de Indias que pasaba por el más hermoso y más grande de Francia, y que +tenía fama, entre el pueblo bonachón del siglo XVIII, de ser «el padre +de todos los castaños del reino». + +Hemos dicho ya que el convento del Temple estaba ocupado por las +benedictinas de la Adoración perpetua, distintas de las que dependían +de Císter. La orden de la Adoración perpetua no es muy antigua; cuenta +sólo doscientos años. En 1649 el Santísimo Sacramento fué profanado +dos veces, con pocos días de diferencia, en dos iglesias de París: en +San Sulpicio y en San Juan de Grève, espantoso y raro sacrilegio que +conmovió toda la población. El prior, vicario mayor de San Germán de +los Prados, dispuso una procesión solemne de todo su clero, oficiando +el nuncio del papa. Pero semejante expiación no pareció suficiente á +dos dignas mujeres, la señora Courtin, marquesa de Boucs, y la condesa +de Chateauvieux. Aquel ultraje inferido «al augusto Sacramento del +altar», aunque pasajero, no se borraba del alma de aquellas dos santas +mujeres, que creyeron que no podía ser reparado sino por una «adoración +perpetua» en algún convento de monjas. Y ambas á dos, la una en 1652 y +otra en 1653, hicieron donación de grandes sumas á la madre Catalina +de Bar, llamada del Santísimo Sacramento, religiosa benedictina, para +fundar con este fin piadoso, un monasterio de la orden de San Benito. +El primer permiso para esta fundación fué concedido á la madre Catalina +de Bar por el señor de Metz, abad de San Germán, «á condición de que no +pudiera ser recibida ninguna joven que no llevase trescientas libras de +renta, que suponen seis mil libras de capital». Después del abad de San +Germán, el rey concedió las reales cédulas; y reunidas las licencias +abaciales y las reales, fué registrado en 1664 en el Tribunal de +Cuentas y en el Parlamento. + +Tal es el origen y la consagración legal del establecimiento de las +benedictinas de la Adoración perpetua del Santísimo Sacramento en +París. Su primer convento se «edificó de nueva planta» en la calle de +Casette, con el dinero de las señoras de Boucs y de Chateauvieux. + +Esta orden, era pues, como se ve, distinta de las que seguían las +benedictinas llamadas del Císter y dependía del abad de San Germán de +los Prados; de igual manera que las monjas del Sagrado Corazón dependen +del general de los jesuitas, y las hermanas de la Caridad del general +de los lazaristas. + +Era también totalmente distinta de la de las bernardas del +Pequeño-Picpus cuyo interior acabamos de manifestar. En 1657, el +papa Alejandro VII autorizó por breve especial á las bernardas +del Pequeño-Picpus para practicar la adoración perpetua como las +benedictinas del Santísimo Sacramento. Pero las dos órdenes no fueron +por eso menos distintas. + + + + + XI + =Fin del Pequeño-Picpus= + + +Desde el principio de la restauración, el convento del Pequeño-Picpus +iba muy á menos, lo cual era parte de la muerte general de la orden, +que iba desapareciendo como todas las demás órdenes religiosas desde el +siglo XVII. La contemplación es, lo mismo que la oración, una necesidad +humana; pero se transformará como todo lo que ha tocado la revolución, +y de enigma del progreso social, se convertirá en favorable. + +La casa del Pequeño-Picpus se despoblaba rápidamente. En 1840 el +convento pequeño había desaparecido, el colegio también; no había ya +viejas ni jóvenes; las unas habían muerto, las otras se habían ido. +_Volaverunt._ + +La regla de la Adoración perpetua es de una rigidez tal, que asombra; +las vocaciones retroceden, la orden no se renueva. En 1845 entraban +aún de acá y de allá algunas, pocas, religiosas conversas, pero ni una +de coro. Hace cuarenta años había unas cien religiosas: hace quince +no había más que veintiocho. ¿Cuántas quedan hoy? En 1847 la priora +era joven, aún no tenía cuarenta años, prueba de que la elección se +hacía en un círculo muy reducido. Á medida que disminuye el número, +aumenta el trabajo; el servicio de cada una se hace más duro. Veíase +desde entonces llegar el momento en que ya no serían sino una docena +de espaldas doloridas y encorvadas á soportar la pesada regla de San +Benito. La carga es pesadísima, y sigue siempre la misma para pocas +como para muchas; el mucho peso aplasta. Por eso mueren. + +En el tiempo en que el autor de este libro vivía todavía en París, +murieron dos. La una tenía veinticinco años, la otra veintitrés. Ésta +pudo decir como Julia Alpinula: _Hic jaceo. Vixi annos viginti et +tres._ Á causa de semejante decadencia, es por lo que el convento ha +renunciado á la educación de niñas. + +No hemos podido pasar por delante de aquella casa extraordinaria, +desconocida, obscura, sin entrar y sin hacer entrar en ella los +espíritus que nos acompañan y nos oyen referir, para utilidad de +algunos quizá, la historia melancólica de Juan Valjean. Hemos penetrado +en aquella comunidad enteramente llena de antiguas prácticas, que +parecen tan nuevas á la fecha. Es el jardín cerrado; _Hortus conclusus_. + +Hemos hablado de aquel sitio singular con alguna minuciosidad, pero con +respeto, al menos con todo lo que son compatibles respeto y detalle. +No nos lo explicamos todo, pero no insultamos nada. Estamos á la misma +distancia del himno laudatorio de José de Maistre, que lleva á la +coronación del verdugo, que de la ironía de Voltaire, que llega hasta +reirse del crucifijo. + +Ilogismo de Voltaire, sea dicho de paso; porque Voltaire hubiera +defendido á Jesús como defendía á Calás; y para aquellos mismos que +niegan las encarnaciones sobrehumanas, ¿qué representa el crucifijo? El +asesinato de la sabiduría. + +En el siglo XIX, la idea religiosa está pasando por una grave crisis. +Se olvidan ciertas cosas, y está bien hecho, con tal que al olvidar +aquello se aprenda esto. + +Nada de vacío en el corazón humano. Si se hacen ciertas demoliciones, +y si es bueno que se hagan, ha de ser á condición de que sigan á ellas +las reconstrucciones. + +Entre tanto, estudiemos las cosas que dejaron de ser. Es necesario +conocerlas, aunque no sea más que para evitarlas. Las falsificaciones +del pasado toman falsos nombres, y se llaman á sí mismas porvenir. + +Este reaparecido, el pasado, está expuesto á la debilidad de falsificar +su pasaporte. Averigüemos el ardid: desconfiemos. Seamos cautos. + +Lo pasado tiene su fisonomía, la superstición; y un antifaz, la +hipocresía. Denunciemos el rostro y arranquemos la máscara. + +En cuanto á los conventos, nos ofrecen una cuestión compleja. La +civilización los condena; los protege la libertad. + + + + + LIBRO SÉPTIMO + PARÉNTESIS + + + I + =El convento: idea abstracta= + + +Este libro es un drama, cuyo primer personaje es el infinito. + +El hombre es el segundo. + +Siendo así y habiéndose encontrado un convento en nuestro camino, hemos +debido penetrar en él. ¿Por qué? + +Porque el convento, que es propio así del Oriente como del Occidente, +de la antigüedad como de los tiempos modernos, propio del paganismo, +del budismo, del mahometismo, como del cristianismo, es uno de los +instrumentos ópticos dirigidos por el hombre al infinito. + +No es éste lugar de desenvolver desmedidamente ciertas ideas; sin +embargo, aún manteniendo absolutamente nuestras reservas, nuestras +restricciones, y hasta nuestras indignaciones, debemos decirlo: +siempre que hallamos en el hombre el infinito, bien ó mal comprendido, +nos sentimos sobrecogidos de respeto. Hay en la sinagoga, hay en la +mezquita, en la pagoda, en el wigwam, la parte repugnante que execramos +y la parte sublime que adoramos. ¡Qué contemplación para el espíritu y +que infinidad de meditaciones! El reflejo de Dios dando la muralla de +la humanidad. + + + + + II + =El convento: hecho histórico= + + +Bajo el punto de vista de la historia, de la razón y de la verdad, +queda el monaquismo condenado. + +Los monasterios, cuando abundan en una nación, son obstáculos de la +circulación, establecimientos embarazosos, centros de pereza allí donde +son necesarios centros de trabajo. Las comunidades monásticas son á +la gran comunidad social, lo que el muérdago es á la encina, lo que +la verruga al cuerpo humano. Su prosperidad y crecimiento significan +la miseria del país. El régimen monacal, bueno al nacer de las +civilizaciones, útil para producir la reducción de la brutalidad por +medio de lo espiritual, es perjudicial á la virilidad de los pueblos. +Además, cuando se relaja y entra en su período de desarreglo, como +continúa dando ejemplo, se vuelve nocivo por las mismas razones que le +hacían saludable en su período de pureza. + +La clausura ha tenido su tiempo. Los claustros, útiles en la primera +educación de la civilización moderna, han sido perjudiciales á su +crecimiento y dañosos á su desarrollo. Como institución y como manera +de formar el hombre, fueron los monasterios, buenos en el siglo décimo, +discutibles en el décimoquinto y son detestables en el décimonono. +La lepra monacal ha corroído casi hasta el esqueleto dos admirables +naciones: la Italia y la España: luz una y esplendor la otra de Europa, +durante algunos siglos; y en la época en que vivimos, esos dos pueblos +ilustres no comienzan á curar sino gracias á la vigorosa higiene de +1789. + +El convento, el antiguo convento de mujeres particularmente, como +aparece todavía á principios del siglo actual así en Italia, como en +Austria y España, es una de las más sombrías concreciones de la Edad +Media. El claustro, ese claustro citado, es el punto de intersección +de los terrores. El claustro católico, propiamente dicho, está +completamente lleno de las negras irradiaciones de la muerte. + +El convento español, sobre todo, es fúnebre. Allí, en la obscuridad, +bajo bóvedas llenas de bruma, bajo cúpulas vagas á fuerza de sombra, +se elevan altares babélicos macizos, altos como catedrales; allí, +pendientes de cadenas, entre las tinieblas, inmensos crucifijos +blancos; allí se ostentan desnudos, sobre el ébano, grandes Cristos de +marfil; más que ensangrentados, sanguinolentos, horribles y magníficos, +los codos mostrando los huesos, las rótulas mostrando los tegumentos, +las llagas mostrando las carnes; coronados de espinas de plata, +clavados con clavos de oro, rubíes por gotas de sangre en la frente, +y diamantes por lágrimas en los ojos. Los diamantes y rubíes parecen +mojados y hacen llorar, abajo en la sombra, á seres velados, que tienen +las costillas maceradas por el cilicio y por las disciplinas ferradas, +los pechos aplastados por pleitas de esparto, las rodillas desolladas +por la oración, mujeres que se creen esposas, espectros que se creen +serafines. ¿Piensan esas mujeres? No. ¿Quieren? No. ¿Aman? No. ¿Viven? +No. + +Sus nervios se han convertido en huesos; sus huesos se han trocado +en piedras. Su velo es un tejido tenebroso, y bajo aquel velo, su +aliento se parece á no se sabe qué trágica respiración de la muerte. +La abadesa, una larva, las santifica y aterra. Allí está lo inmaculado +espantoso. Tales son los antiguos monasterios de España; madrigueras de +devoción terrible, antros de vírgenes, lugares feroces. + +La España católica ha sido más romana que la misma Roma. El convento +español ha sido, por excelencia, el convento católico. Sentíase allí +el Oriente. El arzobispo, kislar-agá del cielo, tenía bajo cerrojos +y espiaba aquel serrallo de almas reservado á Dios. La monja era la +odalisca, el sacerdote el eunuco. Las fervientes eran escogidas en +sueños, y poseían á Cristo. De noche, el hermoso mancebo, desnudo, +descendía de la cruz para el éxtasis de la celda. Altos muros guardaban +de toda distracción viviente á la sultana mística que tenía al +crucificado por sultán. Una mirada al exterior era una infidelidad. +El _in pace_ reemplazaba al saco de cuero. Lo que de los harenes en +Oriente se arrojaba al mar, era arrojado á la tierra en los conventos +de Occidente. Allí, como aquí, había mujeres que retorcían sus brazos; +para las unas la ola, para las otras la fosa; ahogadas aquéllas, +enterradas éstas. ¡Monstruoso paralelismo! + +Hoy día, los defensores del pasado, no pudiendo negar estas cosas, han +tomado el partido de sonreir. Se ha puesto en moda una manera cómoda y +extraña de suprimir las revelaciones de la historia, de invalidar los +comentarios de la filosofía, y de eludir todos los hechos embarazosos +y todas las cuestiones sombrías. _Materia para declamar_, dicen los +hábiles. Declamaciones, repiten los necios. Juan Jacobo, declamador; +Diderot, declamador; Voltaire hablando de Calás, Labarre y Sirven, +declamadores. No sé quién ha descubierto últimamente que Tácito era +un declamador, que Nerón fué una víctima, y decididamente debía +compadecerse á «este pobre Holofernes». + +Los hechos, sin embargo, son difíciles de desbaratar, porque se +obstinan en ser lo que son. El autor de este libro ha visto por sus +ojos, á ocho leguas de Bruselas, un recuerdo existente de la Edad +Media que está al alcance de todo el mundo, en la abadía de Villers; +es éste el agujero de los olvidados en medio del prado, que fué patio +del claustro, y á orillas del Thil; cuatro calabozos de piedra, mitad +bajo el suelo, mitad bajo el agua. Son lo que llamaban el _in pace_. +Cada uno de aquellos calabozos conserva todavía un trozo de puerta de +hierro, una letrina y un tragaluz enrejado, que, por fuera, está á +dos pies más alto que el río, y por dentro, á seis pies bajo el piso. +Cuatro pies de río pasan exteriormente á lo largo del muro. El suelo +está siempre mojado. El habitante del _in pace_ tenía por lecho aquella +tierra mojada. En uno de los calabozos se ve un pedazo de argolla +sujeta al muro; en otro se encuentra una especie de caja cuadrada hecha +con cuatro losas de granito, demasiado corta para tenderse en ella, +demasiado baja para incorporarse. Metíase allí dentro un ser humano +cubriéndolo con otra piedra. Esto existe. Esto se ve y se toca. + +Este _in pace_, estos calabozos, estos goznes de hierro, estas +argollas, este elevado tragaluz al nivel del cual corre el río, esta +caja de piedra cerrada con una tapa de granito como una tumba, con la +diferencia de que el muerto era un vivo, este suelo que es lodo, este +agujero de letrina, estos muros que rezuman, ¡vaya unos declamadores! + + + + + III + =Con qué condición puede respetarse lo pasado= + + +El monaquismo, tal cual existía en España y tal como existe en el +Tíber, es para la civilización una especie de tisis. Detiene la vida. +Despuebla simplemente. Claustración, es como castración. Ha sido el +azote de Europa. Agréguese á ello la violencia frecuentemente hecha á +la conciencia, las vocaciones forzadas, la feudalidad apoyándose en el +claustro, la primogenitura vertiendo en el monaquismo el exceso de los +nacidos en la familia, las atrocidades de que hemos hablado, los _in +pace_, las bocas cerradas, los cerebros tapiados, tantas inteligencias +infortunadas encerradas en el calabozo de los votos eternos, la toma +de hábito, entierro de almas llenas de vida. Añadid los suplicios +individuales á las degradaciones nacionales, y quien quiera que seáis, +os estremeceréis indudablemente ante la cogulla y el velo, esos dos +sudarios de invención humana. + +Y todavía, sobre ciertos puntos y en ciertos lugares, á despecho de +la filosofía y del progreso, el espíritu claustral persiste en pleno +siglo XIX, y una peregrina recrudescencia ascética, asombra hoy al +mundo civilizado. La terquedad de las instituciones envejecidas, +en perpetuarse, se parece á la obstinación del perfume rancio que +reclamase el derecho de aromatizar nuestros cabellos, ó á la pretensión +del pescado pasado que quisiere ser comido, ó á la persecución del +traje del niño que quisiera seguir vistiendo al hombre, ó á la ternura +de los cadáveres que volvieran para abrazar á los vivos. + +¡Ingratos! dice el vestido. Yo os he guardado del mal tiempo. ¿Por qué +me rechazáis ahora? Vengo de la pleamar, dice el pescado. Yo he sido +rosa, dice el perfume. Yo os amé, dice el cadáver. Yo os civilicé, dice +el convento. + +Á todo ello basta una sola respuesta: Antiguamente. + +Pensar en la prolongación indefinida de las cosas muertas y en el +gobierno de los hombres por embalsamamiento, restaurar los dogmas +deteriorados, dorar de nuevo los tabernáculos, revocar nuevamente +los claustros, volver á bendecir los relicarios, rehabilitar las +supersticiones, alimentar de nuevo los fanatismos, echar mangos +nuevos á los hisopos y á los sables, reconstituir el monaquismo y el +militarismo, creer en la salvación de la sociedad por la multiplicación +de los parásitos, imponer el pasado al presente, parece, en verdad, +cosa extravagante. + +Y existen, no obstante, teóricos para semejantes teorías. Los tales +teóricos, gente de talento por otra parte, usan un procedimiento muy +sencillo: aplican sobre el pasado cierto barniz que llaman orden +social, derecho divino, moral, familia, respeto á la ancianidad, +autoridad antigua, tradición santa, legitimidad, religión; y van +gritando: ¡Mirad, atended! Ahí va eso, gentes honradas. Esta lógica era +ya conocida de los antiguos. Los arúspices la practicaban. Frotaban con +tiza una becerra negra, y exclamaban: Es blanca. _Bon cretatus._ + +Por nuestra parte, respetamos eso y lo otro, y en todos terrenos +perdonamos lo pasado, con tal que consienta en estar muerto. Si quiere +vivir todavía, le atacamos, procurando matarle. + +Supersticiones, hipocresías, mojigaterías y preocupaciones, todas esas +larvas, que, como larvas que son, se agarran tenazmente á la vida: +tienen dientes y uñas entre sus nebulosidades y es preciso acorralarlas +cuerpo á cuerpo y hacerles la guerra, y hacérsela sin tregua; porque es +una de las fatalidades de la humanidad la de estar condenada á combatir +fantasmas eternamente. + +Es muy difícil coger á la sombra por el cogote y derribarla. + +Un convento en Francia, en plena luz del siglo XIX, es un corro +de búhos encarándose con el sol. Un claustro, en flagrante delito +de ascetismo, en medio de la ciudad de 1789, de 1830 y 1848; Roma +floreciendo dentro de París, es un anacronismo. En tiempos normales, +para disolver un anacronismo y desvanecerlo, no hay más que apelar al +milésimo. Pero no estamos en tiempos normales. + +Combatamos. + +Combatamos, pero distingamos. Es propio de la verdad no ser nunca +excesiva. ¡Qué necesidad tiene de exagerar! Existe lo que es preciso +destruir, y lo que buenamente se debe aclarar y examinar. El examen +benévolo y grave, ¡cuánta fuerza da! No llevemos, por lo tanto, la +llama allí donde alcanza la luz. + +Dado pues el siglo XIX, somos contrarios, en tesis general y respecto á +todos los pueblos, en Asia como en Europa, en la India como en Turquía, +á las claustraciones ascéticas. Quien dice convento dice pantano. Su +putridez es evidente, su estancamiento malsano, su fermentación produce +calenturas á los pueblos y los marchita, su multiplicación atrae las +plagas de Egipto. No podemos pensar sin horror en esos países en que +los faquires, los bonzos, los santones, los caloyos, los morabitos, los +talapuinos y los derviches pululan y hormiguean como gusanos. + +Dicho esto, la cuestión religiosa subsiste. Esta cuestión tiene ciertos +lados misteriosos, temibles casi; seanos permitido observarla bien. + + + + + IV + =El convento bajo el punto de vista de los principios= + + +Reúnense varios hombres y habitan en común. ¿En virtud de qué derecho? +En virtud del derecho de asociación. + +Se encierran en su casa. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del +derecho que tiene todo hombre de abrir ó cerrar su puerta. + +No salen. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de ir y +venir, que implica el derecho de estarse en su casa. + +Y allí, en su casa, ¿qué hacen? + +Hablan quedo; bajan los ojos; trabajan. Renuncian al mundo, á las +ciudades, á la sensualidad, á los placeres, á las vanidades, al +orgullo, á los intereses. + +Visten tosca lana ó grosera tela. Ninguno de ellos posee cosa alguna en +propiedad. Al entrar allí, el que era rico se hace pobre. Lo da todo +á todos. El que era lo que se llama noble, hidalgo y señor, es igual +al que era simple campesino. La celda es idéntica para todos. Todos se +someten á la misma tonsura, llevan el mismo sayal, comen el mismo pan +negro, duermen sobre la misma paja, mueren sobre la misma ceniza. La +misma cogulla á la espalda, la misma cuerda á la cintura. + +Si la regla manda ir con los pies desnudos, con los pies desnudos andan +todos. Entre ellos podrá haber un príncipe; pero este príncipe será una +sombra como los demás. + +Nada de títulos. Hasta los mismos apellidos desaparecen; sólo son +conocidos por el nombre. Todos están encorvados bajo la igualdad del +nombre de pila. Han disuelto la familia carnal y constituido en su +comunidad una familia espiritual. Sus parientes son todos los hombres. +Socorren á la humanidad y cuidan á los enfermos. + +Eligen á aquellos á quienes han de obedecer, y al nombrar uno á otro, +le llama: hermano. + +Aquí se me interrumpirá diciendo: ¡Pero ése es el convento ideal! Basta +que sea el convento posible, para que sea el que yo tenga en cuenta. + +De esto procede que en el libro anterior haya hablado de un convento +en tono respetuoso. Descartándonos de la Edad Media y del Asia, y +reservándonos la cuestión histórica y política bajo el punto de vista +estrictamente filosófico, fuera de la esfera de la polémica militante, +y con la condición de que la vida monástica sea absolutamente +voluntaria, y sólo entren en ella los que tengan vocación, miraremos +siempre la comunidad claustral con esta atenta gravedad, y hasta con +diferencia en ciertos casos. Donde hay comunidad hay asociación; donde +hay asociación hay derecho. El monasterio es el producto de la fórmula: +Igualdad, Fraternidad. + +¡Oh! ¡Cuán grande es la libertad! ¡Qué transfiguración más espléndida! +La libertad bastándose á sí misma para convertir en república el +monasterio. + +Prosigamos. + +Pero estos hombres ó estas mujeres que viven encerrados entre cuatro +paredes, que se visten de buriel, que son iguales, que se llaman +hermanos, ¿hacen todavía algo más? + +Sí. + +¿Qué? + +Contemplan la sombra; se arrodillan y juntan las manos. + +¿Y esto, qué significa? + + + + + V + =La oración= + + +Ruegan. + +¿Á quién? + +Á Dios. + +Rogar á Dios; ¿qué quiere decir esta palabra? + +¿Hay un infinito después de nosotros? ¿Es este infinito uno, inmanente, +permanente, necesariamente sustancial, puesto que es infinito, y que, +si la materia le faltase, allí estaría su límite; necesariamente +inteligente, puesto que es infinito, y que, si la inteligencia le +faltase, allí terminaría? Este infinito ¿despierta en nosotros la idea +de la esencia, en tanto que no podemos atribuirnos á nosotros mismos +más que la idea de la existencia? En otros términos: ¿no es el absoluto +respecto del cual somos nosotros lo relativo? + +Al mismo tiempo que hay un infinito fuera de nosotros, ¿no hay dentro +de nosotros otro infinito? Estos dos infinitos (¡plural espeluznante!) +¿se superponen tal vez el uno al otro? El segundo infinito, ¿no es, por +así decirlo, subyacente al primero? ¿No es su espejo, su reflejo, su +eco, abismo concéntrico de otro abismo? + +¿Ese segundo infinito es inteligente también? ¿Piensa? ¿Ama? ¿Quiere? +Si ambos infinitos son inteligentes, cada uno de ellos tiene un +principio volente, en cada uno hay un yo, así en el infinito superior +como en el infinito inferior. El yo de abajo es el alma; el yo de +arriba, Dios. + +Poner en contacto por mediación del pensamiento, el infinito de abajo +con el infinito de arriba, se llama orar. + +No le quitemos nada al espíritu humano; suprimir siempre es malo. Lo +necesario es reformar y transformar. Ciertas facultades del hombre se +dirigen á lo Desconocido; el pensamiento, la meditación, la oración. Lo +desconocido es un océano. ¿Qué viene á ser la conciencia? La brújula de +lo Desconocido. Pensamiento, meditación, oración: son éstos, grandes +fulgores misteriosos. Respetémoslos. ¿Adónde van esas irradiaciones del +alma? Á la sombra; es decir, á la luz. + +La grandeza de la democracia consiste en no negar nada, ni renegar de +nada de la humanidad. Junto al derecho del hombre, al menos á su lado, +está el derecho del alma. + +Destruir los fanatismos y venerar lo infinito; ésta es la ley. No +debemos limitarnos á caer de rodillas bajo el árbol Creación, y á +contemplar su inmenso ramaje lleno de estrellas. Tenemos un deber: +trabajar en pro del alma humana; defender el misterio contra el +milagro, adorar lo incomprensible, y rechazar lo absurdo; no admitir +como inexplicable más de lo necesario; sanear la creencia; separar las +supersticiones de la religión; limpiar de gusanos la idea de Dios. + + + + + VI + =Bondad absoluta de la oración= + + +En cuanto al modo de orar, todos son buenos, siendo sinceros. Cerrad +todo libro y penetrad en lo infinito. + +Sabemos que existe una filosofía que niega el infinito; pero también +hay una filosofía clasificada patológicamente, que niega el sol. Esta +filosofía se llama ceguedad. + +Erigir un sentido de que carecemos en origen de verdad, es ciertamente +una razón de ciego. + +Lo curioso es el tono altivo, de superioridad y de compasión que toma +para con la filosofía que ve á Dios, esa filosofía que anda á ciegas. +Nos parece oir á un topo exclamando: ¡Me dan lástima con su sol! + +Sabemos que hay ilustres y poderosos ateos; pero en el fondo, +encaminados á la verdad por su mismo poder, no tienen la seguridad de +su ateísmo; para ellos la cuestión viene á ser casi de nombre; y en +todo caso, si no creen en Dios, con ser hombres de talento prueban que +existe. + +Nosotros saludamos en ellos á los filósofos, al par que calificamos +inexorablemente su filosofía. + +Continuemos. + +Lo igualmente admirable es la facilidad con que muchos se pagan de +palabras. Una escuela metafísica del Norte, algo cargada de neblina, ha +creído que hacía una revolución en el entendimiento humano reemplazando +la palabra Fuerza por la palabra Voluntad. + +Decir: la planta quiere, en lugar de la planta crece, sería en efecto +una frase fecunda, si se añadiese: el Universo quiere. ¿Por qué? Porque +de ahí se deduciría que si la planta quiere, es que hay un yo; el +Universo quiere, hay pues un Dios. + +Por nuestra parte, que en contraposición á semejante escuela no +rechazamos nada _á priori_, creemos que, admitir en la planta una +voluntad, como dicha escuela admite, es mucho más difícil que admitir +la voluntad en el Universo, que ella niega. + +Negar la voluntad del infinito, es decir, Dios, no puede hacerse sino +negando el infinito mismo. Ya lo hemos demostrado. + +La negación del infinito conduce directamente al nihilismo. Todo se +convierte en «concepción del espíritu». + +Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilista es +lógico, duda de que su interlocutor exista, sin estar seguro de que +exista él mismo. + +Desde su punto de vista, es posible que no sea él para sí mismo más que +«una concepción de su espíritu». + +Pero no advierte que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo +pronunciar la palabra: espíritu. + +En suma, no ha abierto todavía ninguna senda al pensamiento, esa +filosofía que quiere terminarlo todo con este monosílabo: No. + +Al No, no hay más que una respuesta: Sí. + +El nihilismo no tiene trascendencia. + +No existe la nada. El cero no existe. Todo es algo. La nada es nada. + +El hombre vive de la afirmación más que de pan. + +Ver y mostrar no es suficiente. La filosofía debe ser una energía; +debe tener por esfuerzo y por efecto, mejorar al hombre. Sócrates debe +entrar en Adán y producir á Marco Aurelio; ó en otros términos, hacer +salir del hombre de la felicidad el hombre de la sabiduría. Transformar +el Edén en Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Gozar! ¡Qué triste +fin! ¡Qué ambición más mezquina! Los brutos gozan. ¡Pensar! he aquí el +verdadero triunfo del alma. + +Hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles +á todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente la conciencia +y la ciencia, y hacerles justos por medio de este misterioso enlace. +Tal es la misión de la filosofía verdadera. La moral es una expansión +de verdades. La contemplación lleva á la acción. Lo absoluto debe ser +práctico. Es preciso que el ideal sea respirable, potable y comestible +para el espíritu humano. Sólo lo ideal tiene derecho á decir: _Tomad, +ésta es mi carne; bebed, ésta es mi sangre_. La sabiduría es una +comunión sagrada. Bajo esta sola condición deja de ser un amor estéril +de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la unión +humana; y de filosofía se eleva á religión. + +La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para +mirarle fácilmente, sin más resultado que un objeto de curiosidad. + +Nosotros, y dejando para otra ocasión el desarrollo de nuestro +pensamiento; nos limitaremos á decir que no comprendemos, ni el hombre +como punto de partida, ni el progreso como fin, sin estas dos fuerzas, +que son los dos motores: creer y amar. + +El progreso es el fin; lo ideal es el tipo. + +¿Qué es lo ideal? Dios. + +Ideal, absoluto, perfección, infinito; palabras idénticas. + + + + + VII + =Precauciones indispensables para condenar= + + +La historia y la filosofía tienen deberes eternos, que son al mismo +tiempo simples deberes: combatir á Caifás obispo, á Dracón juez, á +Trimalción, legislador, á Tiberio emperador; esto es claro, directo, +explícito, y no ofrece el menor inconveniente. Pero el derecho de vivir +aparte, aún con sus inconvenientes y sus abusos, debe ser reconocido y +respetado. El cenobitismo es un problema humano. + +Cuando se habla de los conventos, de esos lugares de error, pero de +inocencia; de extravío, pero de buena voluntad; de ignorancia, pero de +devoción; de suplicio, pero de martirio, es preciso casi siempre decir +sí y no. + +Un convento es una contradicción. Su fin es la salvación; su medio, el +sacrificio. El convento es el supremo egoísmo dando por resultado la +abnegación suprema. + +Abdicar para reinar: ésta parece ser la divisa del monaquismo. + +En el claustro se sufre para gozar. Se gira una letra de cambio sobre +la muerte. Se descuenta en noche terrena la luz celestial. En el +claustro se acepta el infierno como herencia anticipada sobre el cielo. + +La toma del velo ó de la cogulla es un suicidio que se paga con la +eternidad. + +No nos parece, pues, que semejante asunto sea cosa de burla. Todo es en +ello serio, así el bien como el mal. + +El hombre justo frunce el entrecejo, pero no sonríe con maligna sonrisa. + +Comprendemos la cólera, no la malignidad. + + + + + VIII + =Fe, ley= + + +Algunas palabras todavía. + +Censuramos la Iglesia cuando está saturada de intrigas; despreciamos +la aspereza espiritual opuesta á la temporal; pero honramos en todas +partes al hombre pensativo. + +Saludamos al que se arrodilla. + +Una fe, es necesaria para el hombre. ¡Desgraciado del que nada cree! + +El hombre no está desocupado cuando está absorbido. Existe el trabajo +visible y el invisible. + +Contemplar, es trabajar; pensar, es producir. + +Los brazos cruzados trabajan; las manos juntas hacen. La mirada al +cielo es una obra. + +Thales estuvo cuatro años inmóvil, y fundó la filosofía. + +Para nosotros, ni los cenobitas están ociosos, ni son los solitarios +holgazanes. + +Pensar en la Sombra es una cosa seria. + +Sin invalidar en nada cuanto hemos dicho, creemos que conviene á los +vivos un perpetuo recuerdo de la tumba. Sobre este punto el sacerdote y +el filósofo están de acuerdo. + +_Morir habemos_, replica á Horacio el fundador de la Trapa. + +Mezclar á la vida algo de la muerte, es la ley del sabio; pero es +también la ley del asceta. Sobre este punto el asceta y el sabio +convergen. + +Existe el crecimiento material, y le queremos; pero existe también el +engrandecimiento moral, que respetamos. + +Los espíritus irreflexivos y ligeros dicen: + +--¿Qué objeto tienen esas figuras inmóviles contemplando el misterio? +¿Para qué sirven? ¿Qué hacen? + +¡Ay! En presencia de la obscuridad que nos rodea y nos espera, sin +saber lo que hará de nosotros la dispersión inmensa, les respondemos: + +--No hay tal vez cosa más sublime que la que hacen esas almas. Y +añadimos: No hay tal vez en el mundo trabajo más útil. + +Es preciso que haya los que oran siempre, por los que nunca oran. + +Para nosotros, todo consiste en la cantidad de pensamiento que entra en +la oración. + +Leibnitz orando, es grande; Voltaire adorando, magnífico. _Deo erexit +Voltaire._ + +Estamos por la religión contra las religiones. + +Somos de los que creen en la miseria del rezo y en la sublimidad de la +oración. + +Por lo demás, durante el minuto que cruzamos por el mundo, minuto que +afortunadamente no imprimirá su sello al siglo XIX; en esta hora en +que tantos hombres tienen la frente baja y el alma poco elevada; entre +tantos vivientes que tienen por regla de moral el gozar, y se ocupan de +las cosas perecederas y deformes de la materia; aquél que se destierra +á sí propio nos parece venerable. + +El monasterio es un gran destierro. El sacrificio que da en lo falso no +deja de ser un sacrificio. Tomar por deber un error severo, no deja de +tener su grandeza. + +Considerado en sí mismo é idealmente, y mirándole bajo todos sus +aspectos para llegar al examen imparcial de la verdad, el monasterio y, +sobre todo el convento de monjas, porque en nuestra sociedad la mujer +padece más, y su destierro en el claustro es una especie de protesta; +el convento de monjas, decimos, tiene incontestablemente cierta +majestad. + +La vida del claustro, tan austera y tan monótona, de la que acabamos +de bosquejar algunas líneas, no es la vida, porque no es la libertad; +no es la tumba, porque no es la plenitud: es el lugar extraño desde +donde se descubre, como desde la cima de una alta montaña, á un lado +el abismo en que vivimos, y al otro el abismo en que iremos á parar; +es la estrecha y tortuosa frontera que separa, dos mundos, iluminado +y obscurecido á un tiempo por los dos, y donde se confunden el rayo +debilitado de la vida y el rayo ténue de la muerte; es la penumbra de +la tumba. + +En cuanto á nosotros, que no creemos lo que esas mujeres creen, pero +que vivimos como ellas por la fe, no hemos podido pensar nunca, sin +cierto terror religioso y tierno, sin cierta piedad llena de envidia, +en esas criaturas resignadas, trémulas y confiadas; en esas almas +humildes y augustas que se atreven á vivir en el borde mismo del +misterio, esperando, entre el mundo que les está cerrado y el cielo +que no se les ha abierto, volviéndose hacia la caridad invisible; pero +consolándose con la idea de saber dónde está, aspirando al abismo +y á lo desconocido, con la mirada fija en la inmóvil obscuridad, +arrodilladas, desvanecidas, estupefactas, esperanzadas, y casi elevadas +á ciertas horas por el soplo profundo de la eternidad. + + + + + LIBRO OCTAVO + LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA + + + I + =Donde se trata de la manera de entrar en un convento= + + +En esta casa fué donde Juan Valjean había, según dijo Fauchelevent, +«caído del cielo». + +Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la calle +Polonceau. Aquel himno de ángeles que había oído en medio de la noche, +era el canto de maitines de las monjas; la sala que había visto en la +obscuridad, era la capilla; la fantasma que vió tendida en tierra, +era la hermana del poste en el acto del desagravio; la campanilla +cuyo extraño ruido le había sorprendido tanto, era el cascabel del +jardinero, atado á la pierna del tío Fauchelevent. + +Acostada Cosette, Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado, como +hemos dicho, un pedazo de queso y un vaso de vino al amor de una buena +hoguera chispeante; y como la única cama que había, estaba ocupada por +Cosette, se habían echado cada uno sobre un haz de paja. + +Juan Valjean antes de cerrar los ojos, había dicho: «Es preciso que me +quede aquí». Esta frase había estado dando vueltas todo la noche en el +cerebro de Fauchelevent. + +Á decir verdad, ninguno de los dos durmió. + +Juan Valjean, viéndose descubierto y perseguido por Javert, comprendía +que tanto Cosette como él, estaban perdidos si entraban de nuevo en +las calles de París. Puesto que la nueva ráfaga de viento que le +impeliera le había arrojado á aquel claustro, ya no tenía Juan Valjean +más que una idea: quedarse allí. Para un desgraciado en su posición, +era el convento á la vez que el refugio más peligroso, el más seguro; +el más peligroso, porque no pudiendo entrar allí ningún hombre, si +era descubierto, lo sería en flagrante delito, y no tendría que +esperar para ir á la cárcel; el más seguro, porque si conseguía que le +admitiesen y se quedaba, ¿quién había de ir á buscarle allí? Habitar en +un lugar imposible, era su salvación. + +Fauchelevent, por su parte, se devanaba los sesos, acabando por conocer +que nada comprendía. + +¿Cómo se encontraba allí el señor Magdalena dadas las tapias del +jardín? Las paredes de un claustro no se traspasan. + +¿Cómo estaba allí llevando aquella niña? Una pared vertical no se +escala llevando en brazos una criatura. + +¿Quién era aquella niña? ¿De dónde venían ambos? Desde que Fauchelevent +entró en el convento no había oído hablar más de M* sur M* y no +sabía nada de lo que allí había pasado. El señor Magdalena tenía ese +aspecto que desanima á los curiosos; y además, Fauchelevent se decía +á sí mismo: Á un santo no se le interroga. El señor Magdalena había +conservado para él todo su prestigio. Solamente por ciertas palabras +escapadas á Juan Valjean el jardinero creyó poder deducir que el +señor Magdalena había podido quebrar, á causa de las dificultades de +la época, y que le perseguían sus acreedores, ó bien que se había +comprometido en algún negocio político y debía ocultarse, lo cual no +repugnaba á Fauchelevent, quien, como casi todos los campesinos del +Norte, tenía un antiguo fondo bonapartista. Ocultándose, pues, el señor +Magdalena, había buscado un asilo en el convento, y era natural que +quisiese permanecer en él. Pero lo inexplicable, y en lo cual devanaba +inútilmente sus sesos Fauchelevent, era en el cómo había entrado allí +el señor Magdalena, y entrado además con la niña. Fauchelevent los +veía, los tocaba, les hablaba, y no podía creerlo. Lo incomprensible +acababa de hacer su entrada en el tabuco de Fauchelevent, que andaba á +tientas en medio de mil diversas conjeturas, y no veía claro sino esto: +Que el señor Magdalena le había salvado la vida. + +Esta única certidumbre le bastaba para decidirse. Díjose para sí: +Ha llegado mi turno. Y añadió en conciencia: El señor Magdalena no +deliberó tanto cuando se metió debajo de la carreta para sacarme de +allí. Y decidió salvar al señor Magdalena. + +Esto no obstante se hizo algunas preguntas dándose las correspondientes +respuestas: Después de lo que hizo por mí, si fuera un ladrón ¿le +salvaría? Sin duda alguna. Si fuera un asesino, ¿le salvaría? +Igualmente. Entonces siendo un santo, ¿le salvaré? no hay duda. + +Pero hacer que se quede en el convento, ¡ahí está la dificultad! + +Ante esta tentativa, casi quimérica, no retrocedió Fauchelevent; aquel +pobre campesino picardo, sin más medios que su buena intención y +voluntad, y algo de esa proverbial astucia del lugareño, puesta á la +sazón al servicio de una intención generosa, propúsose escalar las +imposibilidades del claustro y las duras escabrosidades de la regla de +San Benito. El tío Fauchelevent era un viejo que había sido egoísta +toda su vida, y que al fin de sus últimos días, cojo, enfermo y sin +vínculo alguno en el mundo, encontró un placer en el agradecimiento; y +viendo que podía hacer una buena acción se arrojó como un hombre que en +el momento de la muerte, se encontrase en la mano un vaso de buen vino +del que jamás hubiese catado, y se lo bebiese con avidez. + +Puede añadirse también, que el aire que respiraba hacía algún tiempo en +aquel convento había destruido su personalidad, habiendo acabado por +hacerle necesaria una buena acción, cualquiera que fuése. + +Tomó, pues, la resolución de consagrarse al señor Magdalena. + +Acabamos de calificarle de _pobre campesino picardo_. La calificación +es justa, pero incompleta. En el punto á que hemos llegado de +esta historia, es conveniente dar alguna idea fisiológica del tío +Fauchelevent. Era aldeano; pero había sido escribiente, lo cual añadía +la astucia curialesca á su astucia natural, y cierta penetración á su +sencillez. Habiéndole salido mal sus negocios, por diferentes causas, +pasó de curial á carretero y bracero. + +Sin embargo, á despecho de los juramentos y los latigazos, que +necesitan, al parecer, los caballos, había seguido interiormente siendo +curial. Tenía cierto talento natural: no decía _j'ons_ ni _j'avons_; +sostenía una conversación, cosa rara en una aldea; y sus paisanos +decían de él: habla casi como un señor de sombrero. Fauchelevent +pertenecía efectivamente á la clase que el vocabulario impertinente y +superficial del último siglo llamaba: «entre burgués y rústico»; y que +las metáforas que iban del palacio á la cabaña, calificaban de «medio +villano, y medio cortesano; sal y pimienta». + +Fauchelevent, aunque muy probado y aún gastado por la suerte, especie +de pobre y gastado ánimo, cuya trama se veía claramente, era hombre de +primer impulso y muy espontáneo; preciosa cualidad que impide siempre +ser malo. Sus defectos y sus vicios, porque los había tenido, eran +superficiales; en suma, su fisonomía era de las que simpatizan desde +luego con el observador. Su rostro no tenía ninguna de aquellas arrugas +siniestras en lo alto de la frente, que indican perversión ó brutalidad. + +Al amanecer, después de haber meditado muchísimo, el tío Fauchelevent +abrió los ojos y vió al señor Magdalena, que sentado sobre un haz de +paja, contemplaba á Cosette dormida. Fauchelevent se incorporó y le +dijo: + +--Y ahora que estáis aquí, ¿como vais á componeros para salir? + +Esta frase resumía la situación, sacando á Juan Valjean de sus +meditaciones. + +Los dos buenos hombres celebraron consejo. + +Tenéis que empezar,--dijo Fauchelevent,--por no poner los pies fuera de +este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería. + +--Naturalmente. + +--Señor Magdalena,--continuó Fauchelevent,--habéis llegado en muy buen +momento, quiero decir, muy malo; hay una de estas señoras muy enferma. +Esto hará que no vengan á mirar mucho por aquí. + +Parece que se muere. Están rezando las cuarenta horas. Toda la +comunidad está en el aire, ya no piensa más que en eso. La moribunda +es una santa; y no es extraño, porque aquí somos santos todos. La +diferencia entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen: nuestra +celda, y yo digo: mi choza. Ahora van á rezar la oración de los +agonizantes, y luego la de los muertos. Por hoy podemos estar aquí +tranquilos; pero no respondo de mañana. + +--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--esta choza está en un recodo de la +pared; está además oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se la +ve desde el convento. + +--Y yo añado que las religiosas no se acercan nunca por aquí. + +--¿Entonces?--dijo Juan Valjean. + +Este «entonces» acentuado por un interrogante, significaba: Me parece +que podemos permanecer aquí escondidos. Á esto respondió Fauchelevent: + +--Pero están las niñas. + +--¿Qué niñas?--interrogó Juan Valjean. + +Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de +decir, se oyó una campanada. + +--La religiosa ha muerto,--dijo.--Éste es el toque. + +É hizo una seña á Juan Valjean para que escuchara. + +Sonó otra campanada. + +--Es el toque, señor Magdalena. La campana seguirá tocando de minuto +en minuto, durante veinticuatro horas, hasta la salida del cuerpo de +la iglesia. Ya veis, las niñas juegan. En las horas de recreo basta +que una pelota ruede un poco más para que llegue hasta aquí, á pesar +de las prohibiciones, y vengan á buscar y recorrer todo esto. Son unos +diablillos esos querubines. + +--¿Quiénes?--preguntó Juan Valjean. + +Las niñas. Os descubrirían enseguida, y gritarían: ¡un hombre! Por hoy +no hay cuidado, porque no hay recreo. El día se va á ir en rezos. ¿Oís +la campana? Como os he dicho, dará un golpe cada minuto. Es el toque. + +Ya entiendo, tío Fauchelevent; hay colegialas. + +Juan Valjean pensó para sí: + +--¡Sería la educación de Cosette finalmente encontrada! + +Fauchelevent exclamó: + +--¡Pardiez! ¡Si hay colegialas! ¡Y que no chillarían al veros! ¡Y que +no huirían! Porque aquí ser hombre es estar apestado. Ya veis que á mí +me hacen llevar una campanilla en la pata como una fiera. + +Juan Valjean continuaba meditando cada vez más profundamente. «Este +convento podrá ser nuestra salvación», murmuró. Luego levantó la voz +diciendo: + +--Sí, lo difícil es quedarse. + +--No, dijo Fauchelevent;--lo difícil es salir. + +Juan Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón. + +--¡Salir! + +--Sí, señor Magdalena; para volver á entrar es preciso salir. + +Y después de haber dejado pasar una campanada de duelo, continuó: + +--Así no podéis continuar aquí. ¿De dónde venís? para mí habéis caído +del cielo, porque os conozco; pero para las religiosas es menester +haber entrado por la puerta. + +Oyóse en este momento un toque bastante complicado de otra campana. + +--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--Llaman á las madres vocales al capítulo. +Siempre que muere alguna celebran capítulo. Ha muerto al amanecer; es +la hora en que se suele morir. + +Pero ¿no podríais salir por donde habéis entrado? Veamos, yo no lo digo +por preguntar: ¿por dónde habéis entrado? + +Juan Valjean se puso pálido. La sola idea de volver á bajar aquella +temible calle le hacía temblar. Salir de una selva de tigres, y estando +ya fuera, pensad en el efecto que os haría el consejo de un amigo que +os invitara á entrar otra vez. Juan Valjean se figuraba ver á toda la +policía recorriendo el barrio, á los agentes en observación, centinelas +por todas partes, horribles garras extendidas hacia su cuello, y al +mismo Javert quizá en el centro de la encrucijada. + +--¡Imposible!--dijo.--Tío Fauchelevent, suponed que he caído del cielo. + +--Si yo lo creo, por mí lo creo,--respondió Fauchelevent.--No tenéis +necesidad de decírmelo. Dios os habrá cogido con la mano para veros de +cerca, y después os habrá soltado. Sólo que sin duda quería llevaros á +un convento de hombres, y se ha equivocado. + +¿Otro toque? ¡Ah! es para decir al portero que vaya á avisar á la +municipalidad, para que ordene al médico de los muertos á que venga á +ver el cadáver. Todo esto es la ceremonia de cuando se muere; pero á +estas señoras no les gusta mucho esa visita. Un médico no cree en nada. +Viene, levanta el velo, y algunas veces otra cosa también. ¡Qué prisa +han tenido esta vez para avisar al médico! ¿Qué será ello? + +Vuestra niña duerme. ¿Cómo se llama? + +--Cosette. + +--¿Es hija vuestra? Ó lo que es igual ¿sois su abuelo? + +--Sí. + +--Á ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta excusada que da +al patio. Llamo, el portero abre, yo llevo mi cesto al hombro, la niña +va dentro, y salgo. El tío Fauchelevent sale con su cesto; esto es muy +sencillo. + +Diréis á la niña que esté quietecita debajo de la tapa. Después la +deposito el tiempo necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía, +sorda, que vive en la calle de Chemin Vert, donde tiene una camita. Le +gritaré al oído, que es una sobrina mía que la tenga allí hasta mañana; +y luego la niña entrará con vos, pues yo os facilitaré la entrada. Será +preciso. Pero vos, ¿cómo vais á salir? + +Juan Valjean meneó la cabeza. + +--Todo consiste en que nadie me vea, tío Fauchelevent. Buscad un medio +de que salga como Cosette, en un cesto y bajo una tapa. + +Fauchelevent se rascó la punta de la oreja con el dedo medio de la mano +izquierda, señal evidente de grave apuro. + +Oyóse un tercer toque. + +--El médico de los muertos se va,--dijo Fauchelevent.--Habrá mirado y +dicho: Bien; está muerta. Cuando el médico ha visado el pasaporte para +el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd. Si +se trata de una madre, la amortajan las madres; si de una hermana, la +amortajan las hermanas. Después clavo yo la caja. Esto forma parte de +mis obligaciones de jardinería. Por lo visto, un jardinero tiene algo +de sepulturero. Se deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia, +que da á la calle, y en la que no puede entrar ningún hombre más que el +médico de los muertos, pues no cuento como hombres á los sepultureros +ni á mí. En dicha sala es donde clavo yo la caja. Los sepultureros +vienen por ella, y ¡arrea, cochero! Así es cómo se va á los cielos. +Traen una caja donde no hay nada, y se la llevan con algo dentro. Y he +ahí lo que es un entierro. _De profundis._ + +Un rayo de sol horizontal iluminaba el rostro de Cosette dormida, que +abría vagamente los labios. Parecía un ángel bebiendo la luz. Juan +Valjean se puso á contemplarla. No escuchaba ya á Fauchelevent. + +El no ser escuchado no es razón para callarse. El buen jardinero +continuó pacíficamente su charla: + +--Se abre la fosa en el cementerio de Vaugirard, que según dicen, +va á ser suprimido. Es un cementerio antiguo que está fuera de las +ordenanzas, que no tiene uniforme y va á tomar el retiro. Es lástima, +porque es muy cómodo. Tengo allí un amigo, el tío Mestienne, el +sepulturero. Estas monjas tienen el privilegio de ser enterradas al +caer de la noche. Existe un decreto de la prefectura dado expresamente +para ellas. + +¡Qué de acontecimientos desde ayer! Ha muerto la madre Crucifixión, y +el señor Magdalena ha... + +--Sido enterrado,--dijo Juan Valjean, sonriendo tristemente. + +Fauchelevent hizo rebotar la palabra. + +--¡Diablo! Si estuviérais aquí en realidad, sería ello un verdadero +entierro. + +Oyóse un cuarto toque. Fauchelevent descolgó precipitadamente del clavo +la rodillera con el cascabel, y se la puso en la pierna. + +--Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Bueno, me +he pinchado con la punta de la hebilla. Señor Magdalena, no os mováis +de aquí, esperadme. Algo de nuevo ocurre. Si tenéis necesidad, ahí +encontraréis vino, pan y queso. + +Y salió del cuchitril diciendo:--¡Allá voy, allá voy! + +Juan Valjean le vió atravesar el jardín tan deprisa cuanto lo permitía +su pierna torcida, mirando de pasada su melonar. + +Antes de diez minutos el tío Fauchelevent, cuya campanilla dispersaba +á su paso las religiosas, llamaba suavemente á una puerta, y una voz +dulce respondía: _Por siempre jamás. Por siempre jamás_, es decir: +_Adelante_. + +Aquella puerta era la del locutorio reservado al jardinero para las +necesidades del servicio, el cual estaba contiguo á la sala capitular. +La priora, sentada en la única silla del locutorio, esperaba á +Fauchelevent. + + + + + II + =Fauchelevent ante la dificultad= + + +El aire agitado y grave es peculiar en ocasiones críticas á ciertos +caracteres y ciertas profesiones, y especialmente á los curas y +frailes. En el momento en que entró Fauchelevent, estaba impreso este +doble signo de la preocupación en la fisonomía de la priora, que +era aquella buena é ilustrada señorita de Bleumeur, madre Inocente, +generalmente alegre. + +El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda. +La priora, que estaba pasando las cuentas de su rosario, levantó los +ojos y le dijo: + +--¡Ah! ¿Sois vos, tío Fauvent? + +Tal era la abreviación adoptada en el convento. + +Fauchelevent repitió el saludo. + +--Tío Fauvent, os he mandado llamar. + +--Aquí me tenéis, reverenda madre. + +--Tengo que hablaros. + +--Y yo por mi parte,--dijo Fauchelevent con un valor que le asustaba +interiormente,--tengo también algo que decir á la reverendísima madre. + +La priora le miró. + +--¡Ah! ¿Tenéis que comunicarme algo? + +--Una súplica. + +--Está bien, hablad. + +El buen Fauchelevent, ex-escribiente, pertenecía á la categoría de los +aldeanos que tienen mucho aplomo. Cierta hábil ignorancia es una gran +fuerza; no se desconfía de ella, y engaña. En los dos años largos que +Fauchelevent llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de +la comunidad. Siempre solitario y siempre dedicado á su jardín, no +tenía realmente otro que hacer que ser curioso. Á la distancia que +estaba de todas aquellas mujeres, que iban y venían cubiertas con su +velo, no veía delante de sí más que una agitación de sombras. Á fuerza +de atención y penetración había llegado á reponer la carne en todas +aquellas fantasmas, así es que aquellas muertas vivían para él. Era +como un sordo cuya vista se alarga, ó como un ciego cuyo oído se aguza. +Se había dedicado á estudiar y explicarse la significación de los +diversos toques de campana, y lo había conseguido, de modo que aquel +claustro enigmático y taciturno no tenía misterios para él, aquella +esfinge le decía al oído todos sus secretos. Fauchelevent, sabiéndolo +todo, lo ocultaba todo. Éste era su arte. Todo el convento le creía +estúpido; gran mérito en religión. Las madres vocales le hacían caso. +Era un mudo curioso. Y así inspiraba confianza. + +Luego lo hacía todo con mucha regularidad, y no salía nunca más +que para sus necesidades naturales de hortelano y jardinero. Esta +discreción de salidas se le tenía muy en cuenta. + +No por eso había dejado de hacer hablar á dos hombres: en el convento +al portero, por cuyo medio sabía las particularidades del locutorio; y +en el cementerio al enterrador, con lo cual sabía las particularidades +de la sepultura; de manera, que tenía respecto de las religiosas una +doble luz, así sobre la vida como sobre la muerte. Pero de nada abusaba. + +La congregación le apreciaba. + +Viejo, cojo, casi ciego, probablemente algo sordo, ¡qué de cualidades! +Difícilmente se le hubiera podido reemplazar. + +El buen hombre, con la seguridad del que se ve apreciado, entabló, +frente á frente con la reverenda priora, una arenga de aldeano +bastante difusa y muy profunda. Habló largamente de su edad, de +sus enfermedades, del peso de los años, contándolos dobles, de las +exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las +noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido +que cubrir con estera los melones resguardándolos de los efectos de +la luna, acabando por decir: que tenía un hermano (la priora hizo un +movimiento), un hermano no joven (segundo movimiento de la priora, +pero movimiento de tranquilidad), que si se le permitía podría su +hermano vivir con él y ayudarle; que era un excelente jardinero; que la +comunidad podría utilizar sus buenos servicios, mejores que los suyos; +que de no ser admitido su hermano, él, que era el mayor, sintiéndose +cascado é inútil para el trabajo, se vería bien á pesar suyo, obligado +á marcharse; y que su hermano tenía una niña, que llevaría consigo y se +educaría en Dios en la casa, y podría, ¿quién sabe? llegar á monja. + +Cuando hubo terminado, la priora interrumpió el recorrido de las +cuentas de su rosario entre los dedos, y le dijo: + +--¿Podríais procuraros de aquí á la noche una barra fuerte de hierro? + +--¿Para hacer? + +--Una palanca. + +--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent. + +La priora, sin decir una palabra más se levantó y entró en el cuarto +inmediato, que era la sala capitular, donde estaban reunidas, +probablemente, las madres vocales. + +Fauchelevent, quedó solo. + + + + + III + =La madre Inocente= + + +Trascurrió próximamente un cuarto de hora. La priora entró de nuevo +sentándose otra vez en la silla. + +Los dos interlocutores parecían preocupados. Trascribiremos lo mejor +que podamos el diálogo que se empeñó: + +--¿Tío Fauvent? + +--¿Madre reverenda? + +--¿Conocéis bien la capilla? + +--Tengo en ella un pequeño rincón para oir misa y asistir á los oficios. + +--¿Habéis entrado en el coro alguna vez? + +--Dos ó tres. + +--Es preciso levantar una piedra. + +--¿Pesada? + +--La losa del suelo que está junto al altar. + +--¿La piedra que cierra la bóveda? + +--Sí. + +--Es obra para la que se necesitan dos hombres. + +--La madre Ascensión, que es fuerte como un hombre, os ayudará. + +--Una mujer no es nunca un hombre. + +--No tenemos más que una mujer para ayudaros. Cada uno hace lo que +puede. Porque Mabillón dé cuatrocientas diez y siete epístolas de san +Bernardo, y Merlonus Horstius no dé más que trescientas sesenta y +siete, no he de despreciar á Merlonus Horstius. + +--Ni yo tampoco. + +--El mérito consiste en trabajar según nuestras fuerzas. Un claustro no +es un taller. + +--Ni una mujer un hombre. ¡Mi hermano sí que es fuerte! + +--Además, tendréis una palanca. + +--Ésta es la única llave que va bien á semejantes puertas. + +--La piedra tiene una argolla. + +--Pasaré por ella la palanca. + +--La piedra está colocada de modo que pueda girar. + +--Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda. + +--Las cuatro madres cantoras os ayudarán. + +--¿Y cuando la bóveda esté abierta? + +--Será preciso volverla á cerrar. + +--¿Es esto todo? + +--No. + +--Dadme vuestras órdenes, madre reverendísima. + +--Fauvent, tenemos confianza en vos. + +--Estoy aquí para lo que se ofrezca. + +--Y para callar. + +--Sí, reverenda madre. + +--Cuando esté abierta la bóveda... + +--La cerraré de nuevo. + +--Pero antes... + +--¿Qué, reverenda madre? + +--Será preciso bajar algo. + +Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un movimiento +con el labio inferior que parecía indicar cierta duda, lo rompió: + +--¿Tío Fauvent? + +--¿Reverenda madre? + +--¿Sabéis que esta mañana ha fallecido una madre? + +--No. + +--¿No habéis oído la campana. + +--En el fondo del jardín no se oye nada. + +--¿De veras? + +--Apenas distingo yo mi toque. + +--Ha muerto al amanecer. + +--Además, esta mañana el viento soplaba de la parte contraria. + +--Es la madre Crucifixión. ¡Una bienaventurada! + +La priora se calló, moviendo un momento los labios como haciendo +oración mental, y continuó: + +--Hace tres años, que sólo por haber visto rezar á la madre +Crucifixión, una jansenista, la señora de Béthune, se hizo ortodoxa. + +--¡Ah! Sí; ahora oigo el toque, reverenda madre. + +--Las madres la han llevado al departamento de las difuntas que da á la +iglesia. + +--Ya sé. + +--Ningún hombre más que vos puede y debe entrar en dicho departamento; +vigilad bien. ¡Tendría que ver que un hombre entrase en el depósito de +los muertos! + +--¡Con más frecuencia! + +--¿Eh? + +--¡Con más frecuencia! + +--¿Qué es lo que decís? + +--Que con más frecuencia. + +--¿Con más frecuencia que qué? + +--Reverenda madre, no digo con más frecuencia que qué, digo +sencillamente con más frecuencia. + +--No os comprendo. ¿Por qué decís con más frecuencia? + +--Por decir lo que vos, reverenda madre. + +--Pero yo no he dicho con más frecuencia. + +--No lo habéis dicho; pero lo he dicho yo para decir lo que vos. + +En este momento dieron las nueve. + +--Á las nueve de la mañana, y á todas horas, alabado y adorado sea el +Santísimo Sacramento del altar,--dijo la priora. + +--Amén,--contestó Fauchelevent. + +La hora sonó muy oportunamente, cortando el «con más frecuencia». Es +muy probable que sin esta interrupción la priora y Fauchelevent no +hubiesen desenredado nunca aquella madeja. + +Fauchelevent se enjugó la frente. + +La priora murmuró de nuevo por lo bajo, rezando sin duda, y dijo +después levantando la voz: + +--Durante su vida hizo la madre Crucifixión muchas conversiones; +después de muerta hará milagros. + +--¡Los hará!--contestó Fauchelevent afirmándose en su terreno, y +esforzándose para no volver á tropezar. + +--Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión. +Sin duda no es dado á todo el mundo morir como el cardenal de Bérulle +celebrando la santa misa, y exhalar el alma hacia Dios pronunciando +estas palabras: _Hanc igitur oblationem_. Pero sin alcanzar tanta +dicha, la madre Crucifixión ha tenido una buena muerte. Ha conservado +el conocimiento hasta el postrer instante. Nos hablaba á nosotras, y +luego hablaba á los ángeles. Nos ha hecho sus últimos encargos. Si +tuviérais un poco más de fe, y hubiérais podido estar en su celda, +os habríais curado la pierna con sólo tocarla. Sonreía de continuo. +Sentíase que iba á resucitar en Dios. Adivinábase en su muerte el +paraíso. + +Fauchelevent creyendo que terminaba una oración, dijo: + +--Amén. + +--Tío Fauvent, es preciso cumplir las disposiciones de los muertos. + +La priora recorrió algunas cuentas de su rosario. Fauchelevent continuó +callado. + +Ella prosiguió: + +--He consultado sobre este punto á varios eclesiásticos trabajadores en +la viña del Señor, que se ocupan en los ejercicios de la vida clerical +recogiendo admirables frutos. + +--Reverenda madre, desde aquí se oyen los toques mucho mejor que desde +el jardín. + +--Y luego, que más que una difunta, es una santa. + +--Como vos, madre reverenda. + +--Dormía en su ataúd desde hace veinte años, por concesión expresa de +nuestro santo padre Pío VII. + +--El que coronó al emp... Buonaparte. + +Para un hombre hábil como Fauchelevent, semejante recuerdo era una +torpeza. Afortunadamente la priora, entregada á sus meditaciones, no le +entendió. + +--¿Tío Fauvent? + +--¿Reverenda madre? + +--San Diódoro, arzobispo de Capadocia, quiso que en su sepultura se +escribiese sólo esta palabra: _Acarus_, que significa gusano de tierra, +y así se hizo. ¿No es verdad? + +--Sí, reverenda madre. + +--El bienaventurado Mezzocane, abad de Aquila, quiso ser inhumado bajo +la horca, y se hizo así. + +--Es verdad. + +--San Terencio, obispo de Porto, en la desembocadura del Tíber, pidió +que se grabase en la losa de su sepulcro el signo que se ponía en la +losa de los parricidas, con el deseo de que los transeuntes escupiesen +sobre su tumba. Y así se hizo también. Que es preciso obedecer á los +muertos. + +--Así sea. + +--El cuerpo de Bernardo Guidonis nacido en Francia cerca de Roche +Abeille, fué, según había dispuesto, y á pesar del Rey de Castilla, +conducido á la iglesia de los dominicos de Limoges, por más que +Bernardo Guidonis hubiese sido obispo de Tuy en España. ¿Puede decirse +lo contrario? + +--No, reverenda madre. + +--El hecho está atestiguado por Plantavit de la Fosse. + +Volvieron á correr en silencio las cuentas del rosario. + +La priora continuó: + +--Tío Fauvent, la madre Crucifixión será enterrada en el ataúd en que +ha dormido por espacio de veinte años. + +--Es justo. + +--Es una continuación del sueño. + +--¿Tendré, pues, que clavarla en ese ataúd? + +--Sí. + +--¿Y prescindiremos de la caja de las pompas fúnebres? + +--Naturalmente. + +--Estoy á las órdenes de la reverendísima comunidad. + +--Las cuatro madres cantoras os ayudarán + +--¿Á clavar la caja? No hay necesidad. + +--No; á bajarla. + +--¿Adónde? + +--Á la bóveda. + +--¿Qué bóveda? + +--Debajo del altar. + +Fauchelevent dió un brinco. + +--¿En la bóveda debajo del altar? + +--Debajo del altar. + +--Pero... + +--Llevaréis una barra de hierro. + +--Sí; pero... + +--¡Levantaréis la piedra introduciendo la barra en el anillo! + +--Pero... + +--Debemos obedecer á los muertos. El deseo supremo de la madre +Crucifixión ha sido ser enterrada en la bóveda debajo del altar de la +capilla, no descansar en tierra profana; continuar muerta en el mismo +sitio en que ha rezado viva. Así nos lo ha pedido, es decir, mandado. + +--Pero eso está prohibido. + +--Prohibido por los hombres; mandado por Dios. + +--¿Y si llega á saberse? + +--Confiamos en vos. + +--¡Oh! Yo soy una piedra de estas paredes. + +--Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales á quienes acabo de +consultar, y que están aún deliberando, han decidido que la madre +Crucifixión sea, según su orden, enterrada en su ataúd, debajo del +altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen á hacerse aquí milagros! +¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de las tumbas. + +--Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad... + +--San Benito II, en materia de sepulturas, resistió á Constantino +Pogonates. + +--No obstante, el comisario de policía... + +--Chonodemaro, uno de los siete reyes alemanes que entraron en las +Galias, bajo el imperio de Constancio, reconoce expresamente el derecho +de los religiosos á ser enterrados en religión, es decir, debajo del +altar. + +--Pero el inspector de la prefectura... + +--El mundo no significa nada ante la cruz. Martín, undécimo general +de los cartujos, dió esta divisa á su orden: _Stat crux dum volvitur +orbis_. + +--Amén,--dijo Fauchelevent, que seguía imperturbablemente su costumbre +de salir del paso siempre que oía hablar en latín. + +Un auditorio cualquiera le basta á quien se ha estado callado mucho +tiempo. El día en que el retórico Gymnastoras salió de la cárcel, +llevando el cuerpo lleno de dilemas y silogismos reprimidos, se paró +ante el primer árbol que encontró, arengándole y haciendo grandes +esfuerzos para convencerle. La priora, habitualmente sujeta al +dique del silencio, tenía demasiado lleno el depósito, y se levantó, +exclamando con una locuacidad propia de una compuerta que se levanta: + +--Tengo á mi derecha á Benito y á mi izquierda á Bernardo. ¿Quién es +Bernardo? El primer abad de Claraval. Fontaines, en Borgoña es el país +bendito por haberle visto nacer. Su padre se llamaba Tecelino y su +madre Aletha. Principió en Císter para llegar á Claraval; fué ordenado +de presbítero por el obispo de Chalón del Saona Guillermo de Champeaux; +tuvo setecientos novicios, y fundó ciento sesenta monasterios; él fué +quien derribó á Abelardo en el concilio de Sens en 1140, como á Pedro +de Bruys y Enrique su discípulo, y á otra secta de extraviados, que se +llamaban los apostólicos; confundió á Arnoldo de Brescia; anonadó al +monje Raoul, el matador de judíos; dominó en 1148 el concilio de Reims; +hizo condenar á Gilberto de la Porée, obispo de Poitiers, y á Éon de +l'Etoile; intervino en las diligencias de los príncipes; iluminó al rey +Luis el Joven; aconsejó al papa Eugenio III; arregló el Temple; predicó +la Cruzada; hizo doscientos cincuenta milagros durante su vida, y hasta +treinta y nueve en sólo un día. + +¿Quién es Benito? Es el patriarca de Montecasino, es el segundo +fundador de la Santidad Claustral, el Basilio de Occidente. Su orden ha +producido cuarenta papas, doscientos cardenales, cincuenta patriarcas, +mil seiscientos arzobispos, cuatro mil seiscientos obispos, cuatro +emperadores, doce emperatrices, cuarenta y seis reyes, cuarenta y +una reinas, tres mil seiscientos santos canonizados, y subsiste aún, +después de mil cuatrocientos años. + +¡De un lado San Bernardo, de otro el encargado de la salubridad! ¡De +un lado San Benito, de otro el inspector de vialidad! El Estado, la +vialidad, las pompas fúnebres, los reglamentos, la administración, +¿qué tenemos nosotras que ver con eso? Cualquiera se indignaría al +ver cómo se nos trata. ¡Ni aun tendremos el derecho de dar nuestras +cenizas á Jesucristo! La salubridad es una invención revolucionaria. +Dios subordinado al comisario de policía: ése es el siglo. ¡Silencio, +Fauvent! + +Fauchelevent, bajo semejante ducha, no estaba, en verdad, muy á su +gusto. La priora continuó: + +--El derecho del monasterio á la sepultura no es dudoso para nadie. +No pueden negarlo más que los fanáticos y los ilusos. Vivimos en unos +tiempos de confusión terrible. Se ignora lo que se debe saber, y se +sabe lo que se debe ignorar. Dominan la ignorancia y la impiedad. +Hay gentes en esta época que no hacen distinción entre el grandísimo +San Bernardo y el Bernardo llamado de los Pobres Católicos, un buen +eclesiástico que vivía en el siglo XIII. Otros blasfeman hasta el punto +de comparar el cadalso de Luis XVI con la cruz de Jesucristo. Luis XVI +no era más que un rey. ¡Tengamos, pues, en cuenta á Dios! + +No hay ya nada justo ni injusto. Se sabe el nombre de Voltaire, y +se ignora el de César de Bus. Y sin embargo, César de Bus es un +bienaventurado, y Voltaire un infeliz. El último arzobispo, el cardenal +de Périgord, ni aun sabía que Carlos de Gondren sucedió á Bérulle, y +Francisco Bourgoin, á Gondren, y Juan Francisco Senault á Bourgoin, +y el padre Santa Marta á Juan Francisco Senault. Se sabe el nombre +del padre Cotón, no porque fuése uno de los tres que contribuyeron +á la fundación del Oratorio, sino porque dió motivo para uno de sus +juramentos exclamatorios al rey hugonote Enrique VI. + +Lo que hace á san Francisco de Sales simpático á las gentes del mundo, +es que hacía fullerías en el juego. + +¡Y luego se ataca á la religión! ¿Por qué? Porque ha habido malos +sacerdotes; porque Sagitario, Obispo de Gap, era hermano de Salone, +obispo de Embrun, y que ambos siguieron á Mommol. ¿Y eso qué importa? +¿Impide por ventura que Martín de Tours sea un santo, y de que diera +la mitad de su capa á un pobre? Se persigue á los santos; se cierran +los ojos á la verdad; se acostumbra el hombre á las tinieblas. Los +animales más feroces son los ciegos. Nadie se acuerda del infierno para +nada. ¡Ah pueblo pervertido! En nombre del rey significa hoy lo mismo +que en nombre de la revolución. No se sabe lo que se debe á los vivos +ni á los muertos. Está prohibido morir santamente. El sepulcro es un +negocio civil. Esto es horroroso. San León II escribió expresamente +dos cartas, la una á Pedro Notaire y la otra al rey de los visigodos, +para combatir y rechazar en las cuestiones que se relacionan con +los muertos, la autoridad del exarca, y la supremacía del emperador +Gauthier, obispo de Châlons, se las tuvo tiesas en esta materia á Otón, +duque de Borgoña. La antigua magistratura estaba en esto conforme. En +otros tiempos teníamos nosotras voz en el capítulo, aun en las cosas +del siglo. El abad de Císter, general de la orden, era consejero nato +del parlamento de Borgoña. Podíamos hacer de nuestros muertos lo que +queríamos. Pues qué, el mismo cuerpo de san Benito, ¿no está en Francia +en la abadía de Fleury, llamada de San Benito del Loira, aunque murió +en Italia en Montecasino, el sábado 21 de marzo del año 543? Todo esto +es incontestable. Aborrezco á los intrusos; odio á los herejes, pero +odiaría más aún á quién me sostuviese lo contrario. No hay más que leer +á Arnaldo Wion, á Gabriel Bucelin, á Tritemo, á Maurólico y á Lucas de +Achery. + +La priora tomó aliento, volviéndose luego á Fauchelevent: + +--Tío Fauvent, ¿está dicho? + +--Está dicho, reverenda madre. + +--¿Se puede contar con vos? + +--Obedeceré. + +--Está bien. + +--Estoy completamente consagrado al convento. + +--Quedamos entendidos. Cerrareis el ataúd; las hermanas le llevarán á +la capilla y se rezará el oficio de difuntos. Después se volverán al +claustro. Á las once y media vendréis con la barra de hierro, y todo +se hará con el mayor sigilo. No habrá en la capilla nadie más que las +cuatro madres cantoras, la madre Ascensión y vos. + +--Y la hermana que esté en el poste. + +--No se volverá. + +--Pero oirá. + +--No escuchará. Además, lo que el claustro sabe lo ignora el mundo. + +Hubo todavía otra pausa: la priora continuó: + +--Dejaréis vuestro cascabel. Es inútil que la hermana que esté en el +poste advierta que estáis allí. + +--¿Reverenda madre? + +--¿Qué, tío Fauvent? + +--¿Ha venido ya el médico de los muertos? + +--Vendrá hoy á las cuatro. Ha sonado ya el toque que manda llamarle. +¿Pero vos no oís ningún toque? + +--No me fijo más que en el mío. + +--Muy bien hecho, tío Fauvent. + +--Reverenda madre, se necesita una palanca lo menos de seis pies. + +--¿De dónde la sacaréis? + +--Donde no faltan rejas no pueden faltar barras de hierro. Tengo un +montón de hierro viejo allá en el fondo del jardín. + +--Tres cuartos de hora antes de la media noche; no lo olvidéis. + +--¿Reverenda madre? + +--¿Qué? + +--Si otra vez tuviérais que hacer obras como ésta, mi hermano sí que es +fuerte. ¡Un verdadero turco! + +--Despacharéis lo antes posible. + +--No por ganas podré ir más aprisa. Estoy tan delicado; no me vendría +mal un buen auxiliar. Cojeo. + +--El ser cojo no es una desgracia, es tal vez una bendición. El +emperador Enrique II, que combatió al antipapa Gregorio y restableció á +Benito VIII, tiene dos sobrenombres: el Santo y el Cojo. + +--Es muy bueno eso de tener dos sobretodos,--murmuró Fauchelevent,--que +en realidad tenía el oído un poco duro. + +--Tío Fauvent, estoy pensando en que debemos tomarnos una hora entera. +Y no será demasiado. Estaréis junto al altar mayor con la barra de +hierro á las once. El oficio empezará á las doce, y es menester que +todo esté concluido un cuarto de hora antes. + +--Todo lo haré para probar mi celo por la comunidad. Está dicho. +Clavaré el ataúd. Á las once en punto estaré en la capilla. Estarán ya +allí las madres cantoras y la madre Ascensión. Dos hombres valdrían +mucho más. En fin, ¡no importa! Llevaré mi palanca. Abriremos la +bóveda, bajaremos el ataúd, volveremos á cerrar. Y punto concluido; no +va á quedar el menor rastro. El Gobierno nada sospechará. Reverenda +madre, ¿todo quedará así arreglado como queréis? + +--No. + +--¿Hay más que hacer? + +--Sobre la caja vacía... + +Esto produjo un momento de silencio. Fauchelevent meditaba. La priora +meditaba igualmente. + +--Tío Fauvent. ¿Qué haremos del ataúd? + +--Le enterraremos. + +--¿Vacío? + +Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda esa especie de +gesto que parece dar por terminada una cuestión enojosa. + +--Reverenda madre, soy yo quien he de clavar la caja en el depósito de +la iglesia; nadie puede entrar allí más que yo; yo cubriré el ataúd con +el paño mortuorio. + +--Sí, pero los mozos al llevarle al carro, y al bajarle á la fosa, +conocerán fácilmente que no tiene nada dentro. + +--¡Ah, _di_...!--exclamó Fauchelevent. + +La priora empezó á santiguarse, y miró fijamente al jardinero. El +_ablo_ se le quedó atascado en la garganta. + +Apresuróse á inventar una salida para hacer olvidar el juramento. + +--Reverenda madre, llenaré de tierra la caja y hará el mismo efecto que +si llevara dentro un cuerpo. + +--Tenéis razón. La tierra es lo mismo que el hombre. ¿De modo que +llenaréis así el vacío del ataúd? + +--Queda á mi cargo. + +El semblante de la priora, hasta entonces turbado y sombrío, se serenó. +Hizo al jardinero la señal del superior que despide al inferior. +Fauchelevent se dirigió á la puerta. Cuando ya iba á salir, la priora +levantó dulcemente la voz. + +--Tío Fauvent, estoy satisfecha de vos. Mañana, después del entierro, +acompañad á vuestro hermano, decidle que lleve también la niña. + + + + + IV + =Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo= + + +Los pasos de un cojo son como las miradas de un tuerto: no llegan +fácilmente adonde se dirigen. Por otra parte, Fauchelevent estaba +perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar á la barraca del +jardín. Cosette había despertado; Juan Valjean la había sentado cerca +de la lumbre, y cuando entró Fauchelevent le estaba enseñando el cesto +del jardinero, pendiente de la pared, y diciéndole: + +--Oye bien, hijita. Es preciso que salgamos de esta casa; pero +volveremos y estaremos muy bien en ella. Este buen hombre que vive +aquí te llevará á cuestas ahí dentro. Tú me esperarás en casa de una +señora, adonde iré á buscarte. ¡Si no quieres que te coja otra vez la +Thénardier, obedece y no digas otra palabra! + +Cosette hizo un movimiento de cabeza con aire grave. + +Al ruido de Fauchelevent abriendo la puerta, se volvió Juan Valjean. + +--¿Y qué? + +--Todo está arreglado, y nada se ha hecho,--contestó +Fauchelevent.--Tengo yo permiso para haceros entrar; pero antes es +preciso salir. Aquí está el atolladero de la carreta. En cuanto á la +niña, es cosa fácil. + +--¿La llevaréis? + +--¿Se estará callada? + +--Yo respondo. + +--Pero ¿y vos, señor Magdalena? + +Y después de un silencio lleno de ansiedad, exclamó Fauchelevent: + +--¡Pero salid por donde habéis entrado! + +Juan Valjean, como la primera vez, se limitó á contestar: + +--¡Imposible! + +Fauchelevent, hablando más bien consigo mismo que con Juan Valjean, +murmuró: + +--Hay otra cosa que me atormenta. He dicho que la llenaré de tierra, y +ahora se me ocurre que, llevando tierra en vez de un cuerpo, no tendrá +semejanza verdadera. Se moverá, se correrá, los hombres lo conocerán. + +¿Comprendéis, señor Magdalena? y el Gobierno se apercibirá. + +Juan Valjean le miró atentamente, creyendo que deliraba. + +Fauchelevent continuó: + +--¿Cómo di...antres vais á salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho +mañana! Porque mañana os he de presentar. La priora os espera. + +Entonces explicó á Juan Valjean que esto era en recompensa de un +servicio que él, Fauchelevent, prestaba á la comunidad. Que en sus +atribuciones entraba algo de sepulturero; que clavaba el ataúd y +ayudaba al enterrador del cementerio. Que la religiosa que había muerto +aquella mañana había pedido ser enterrada en el ataúd que le servía de +cama, y sepultada en la bóveda debajo del altar de la capilla. Que esto +estaba prohibido por los reglamentos de policía; pero que la religiosa +era una de esas muertas á quienes nada se puede negar. Que la priora y +las madres vocales creían que debían cumplir lo mandado por la difunta. +Y que tanto peor para el Gobierno. Que, él, Fauchelevent, clavaría +el ataúd en la celda, levantaría la losa de la capilla y bajaría el +cadáver á la bóveda. Y que para recompensárselo, la priora admitiría +á su hermano de jardinero y á su sobrina de educanda. Que su hermano +sería el señor Magdalena y su sobrina Cosette. Que la priora le había +dicho que llevase á su hermano el día siguiente por la tarde después +del entierro simulado en el cementerio. Pero no podía traer de afuera +al señor Magdalena, si el señor Magdalena no estaba afuera antes. Ésta +es la primera dificultad. Después había otra: el ataúd vacío. + +--¿Qué es eso del ataúd vacío?--preguntó Juan Valjean. + +Fauchelevent respondió: + +--El ataúd de la administración. + +--¿Qué ataúd? ¿Y qué administración? + +--Cuando una religiosa muere, viene el médico de la municipalidad +y dice: Ha muerto una monja. El Gobierno envía el ataúd, y al día +siguiente envía un carro fúnebre y sepultureros, que cargan el ataúd +y se lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros, levantarán la +caja, y no habrá nada dentro. + +--Pues meted cualquier cosa. + +--¿Un muerto? No le tengo. + +--No. + +--¿Pues qué? + +--Un vivo. + +--¿Qué vivo? + +--Yo,--dijo Juan Valjean. + +Fauchelevent, que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado +un petardo debajo de su silla. + +--¿Vos? + +--¿Y por qué no? + +Juan Valjean dejó escapar una de esas sonrisas parecidas á un relámpago +en un cielo de invierno. + +--Sabéis, Fauchelevent, que habéis dicho: la madre Crucifixión ha +muerto, y que yo añadí: y el señor Magdalena está enterrado. Pues ahí +tenéis. + +--¡Ah! os reís; no habláis formalmente. + +--Hablo formalmente. ¿No es preciso salir de aquí? + +--Sin duda. + +--¿No os dije que buscarais también para mí un cesto y una tapa? + +--¿Y qué? + +--Que el cesto será de pino, y la tapa un paño negro. + +--No; un paño blanco. Á las religiosas las entierran vestidas de blanco. + +--Vaya por el paño blanco. + +--Vos no sois un hombre como los demás, señor Magdalena. + +Al oir Fauchelevent semejantes ocurrencias, que no eran otra cosa que +las salvajes y temerarias invenciones del presidio, surgiendo de las +cosas apacibles que le rodeaban, y mezclándose, con lo que él llamaba +«la marcha regular del convento», sentía un estupor comparable al de un +transeunte que viera á una gaviota metiendo el pico para pescar en el +arroyo de la estrecha calle de San Dionisio. + +Juan Valjean prosiguió: + +--Se trata de salir de aquí sin ser visto; pues no deja de ser éste un +medio. Pero antes instruidme. ¿Qué pasos se han de dar? ¿Dónde está ese +ataúd? + +--¿El vacío? + +--Sí. + +--Abajo, en la llamada sala de los muertos. Sobre dos caballetes y +debajo del paño mortuorio. + +--¿Cuál es la longitud de la caja? + +--Seis pies. + +--¿Y dónde está la sala de los muertos? + +--Es una pieza del piso bajo que tiene una ventana con reja al jardín, +la cual se cierra por fuera con un postigo, y dos puertas, una que da +al convento, y otra á la iglesia. + +--¿Á qué iglesia? + +--Á la iglesia de la calle, la iglesia pública. + +--¿Tenéis las llaves de ambas puertas? + +--No. Tengo la de la puerta que da al convento, y el portero tiene la +de la puerta que da á la iglesia. + +--¿Y cuándo abre esa puerta el portero? + +--Solamente para dar entrada á los sepultureros cuando vienen á buscar +el ataúd. Cuando el ataúd sale, vuelve á cerrarse la puerta. + +--¿Quién clava el ataúd? + +--Yo. + +--¿Quién pone el paño encima? + +--Yo. + +--¿Vos solo? + +--Ningún otro hombre, excepto el médico de la policía, puede entrar en +la sala de los muertos. Así está escrito en la pared. + +--¿Y podríais esta noche, cuando todos duerman en el convento, +ocultarme en dicha sala? + +--No; pero puedo ocultaros en un cuartito obscuro que da á la propia +sala de los muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave +tengo en mi poder. + +--¿Á qué hora vendrá el carro mañana por el ataúd? + +--Á eso de las tres de la tarde. El entierro se verificará en el +Cementerio de Vaugirard poco antes de anochecer. No está muy cerca. + +--Bien; estaré escondido en el cuartito de vuestras herramientas toda +la noche y toda la mañana. ¿Y para comer? Porque tendré hambre. + +--Yo os llevaré que comer. + +--Podréis ir á encerrarme en el ataúd á las dos. + +Fauchelevent retrocedió, haciendo chasquear los dedos. + +--¡Pero es imposible! + +--¡Bah! ¿Coger un martillo y clavar unos clavos en una tabla? + +Lo que le parecía altamente difícil á Fauchelevent, era sencillísimo +para Juan Valjean, quien había atravesado peores dificultades. El que +ha estado en presidio sabe el arte de encogerse según el diámetro de +las evasiones. El preso está sujeto á la fuga como el enfermo á la +crisis que le salva ó le pierde. Una evasión es una curación. ¿Y qué es +lo que no se acepta para curar? Dejarse encerrar y conducir en un cajón +como un bulto, vivir largo tiempo en una caja, encontrar aire donde no +le hay, economizar la respiración horas enteras, saber asfixiarse sin +morir, todo ello era uno de los sombríos talentos de Juan Valjean. + +Por lo demás, un ataúd dentro del cual va un ser viviente, si es +estratagema de presidiario, lo es también de emperador. Si hemos de dar +crédito al monje Agustín Castillejo, este fué el medio de que se valió +Carlos V, al querer después de su adjudicación, ver por última vez á la +Blomberg, para hacerla entrar y salir en el monasterio de Yuste. + +Fauchelevent, algo tranquilizado, preguntó: + +--Pero ¿cómo lo haréis para respirar? + +--Respirando. + +--¡Dentro de aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo. + +--Tendréis una barrena, está claro; haced unos agujeritos en rededor de +la boca, y clavad luego sin apretar la tapa. + +--¡Bueno! ¿Y si se os ocurre toser ó estornudar? + +--El que se evade no tose ni estornuda jamás. + +Y Juan Valjean añadió: + +--Tío Fauchelevent, es preciso decidirse: ó ser aquí descubierto, ó +salir en el carro de los muertos. + +Todo el mundo conocerá la afición de los gatos á pararse y juguetear +entre las hojas de una puerta entreabierta. ¿Quién no le ha dicho á un +gato: pero entra de una vez? Hay hombres que cuando tienen un incidente +abierto ante sus ojos, tienen también inclinación á permanecer +indecisos entre dos resoluciones, á riesgo de hacerse aplastar por el +destino cerrando bruscamente la aventura. Los más prudentes, por más +gatos que sean, y porque gatos son precisamente, corren alguna vez +mayor peligro que los audaces. Fauchelevent era naturalmente indeciso. +Sin embargo, la sangre fría de Juan Valjean le dominó á pesar suyo, y +murmuró: + +--La verdad es que no hay otro medio. + +Juan Valjean replicó: + +--Lo único que me preocupa es lo que sucede en el cementerio. + +--Pues eso es lo que á mí no me apura,--exclamó Fauchelevent.--Si +tenéis seguridad de salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la +fosa. El enterrador es un borrachín amigo mío, el tío Mestienne, un +viejo de cepa secular. El enterrador mete los muertos en la fosa, y +yo meto al enterrador en mi bolsillo. Voy á deciros lo que sucederá. +Llegaremos un poco antes de anochecer; tres cuartos de hora antes del +cierre de la verja del cementerio. El carro llegará hasta la fosa, y +yo le seguiré, porque éste es mi deber. Llevaré un martillo, escoplo +y tenazas en el bolsillo. Se detendrá el carro; los mozos atarán +una cuerda al ataúd, y os bajarán al hoyo. El capellán recitará las +oraciones, hará la señal de la cruz, echará agua bendita y se retirará. +Entonces quedaré yo sólo con el tío Mestienne, que es mi amigo, como os +he dicho. Y sucederá una de dos: ó que esté borracho, ó que no lo esté. +Si no está borracho, le diré: vente á echar un trago, mientras está +abierto aún el _Buen Membrillo_. Me lo llevo y le emborracho: no cuesta +mucho emborrachar al tío Mestienne, porque siempre está resbaladizo. +Le dejo bajo la mesa, le cojo su tarjeta para volver á entrar en el +cementerio, y entro de nuevo solo. Entonces ya no tenéis que habéroslas +sino conmigo. Si no está borracho, le digo: anda, yo haré tu trabajo. +Se va, y os saco del agujero. + +Juan Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó á tomársela +con toda la tierna efusión de que puede ser susceptible un campesino. + +--Está convenido, tío Fauchelevent. Todo saldrá bien. + +--Con tal que nada se descomponga,--pensó Fauchelevent.--¡Sería +terrible! + + + + + V + =No basta ser borracho para ser inmortal= + + +Al día siguiente, cuando declinaba el sol, los escasos transeuntes de +la calle ancha del Maine se quitaban el sombrero al paso de un carro +fúnebre de antiguo modelo, adornado de calaveras, tibias y lágrimas. +Este carro conducía un ataúd cubierto por un paño blanco, sobre el que +se destacaba una cruz negra, semejante á un gran cadáver con los brazos +colgando. Un coche enlutado, en el que iban un cura con sobrepelliz y +un monaguillo con sotana roja, seguía al carro; á derecha é izquierda +de él marchaban dos sepultureros de uniforme gris con adornos negros. +Detrás iba un viejo cojeando y en traje de artesano. El cortejo se +dirigía al cementerio de Vaugirard. + +Del bolsillo del hombre se veían salir al mango de un martillo, la hoja +de un escoplo y las puntas de unas tenazas. + +El cementerio de Vaugirard era una excepción entre los cementerios de +París. Tenía, por así decirlo, sus costumbres particulares, lo mismo +que tenía su puerta cochera y su puerta pequeña, llamadas en el barrio +por los viejos, siempre apegados á los dichos antiguos, la puerta de +los caballeros y la puerta plebeya. Las bernardas-benedictinas del +Pequeño-Picpus habían obtenido, según ya hemos dicho, el privilegio de +ser enterradas en sitio aparte y por la tarde, en un terreno que había +pertenecido á su comunidad. Los sepultureros estaban también sujetos á +una disciplina particular, por lo que debían prestar ese servicio en el +cementerio por la tarde en verano, y de noche en invierno. Las puertas +de los cementerios de París se cerraban en aquella época al ponerse +el sol; y siendo ésta una medida municipal, estaba sometido á ella +el cementerio de Vaugirard lo mismo que todos los demás. La puerta de +caballeros y la puerta de peatones eran dos verjas contiguas, situadas +á los lados de un pabellón construido por el arquitecto Perronet, y +habitado por el portero del cementerio. Estas verjas giraban por lo +tanto inexorablemente sobre sus goznes en el momento en que el sol +desaparecía por detrás de la cúpula de los Inválidos. + +Si algún sepulturero al cerrarse las verjas se había quedado dentro, +no tenía otro medio para salir, que presentar su nombramiento de +enterrador, expedido por la administración de pompas fúnebres. En un +postigo de la casa del guarda había una especie de buzón como los de +correos. El sepulturero echaba en él su tarjeta; el guarda la oía +caer, tiraba de una cuerda, y se abría la puerta de peatones. Si el +sepulturero no llevaba su tarjeta, decía su nombre, y el guarda, que +solía haberse acostado y dormido, se levantaba, le examinaba, y abría +la puerta con la llave. El sepulturero salía, pero pagaba quince +francos de multa. + +Aquel cementerio, que con sus privilegios especiales rompía la simetría +administrativa, fué suprimido poco después de 1830. El cementerio de +Mont-Parnasse, llamado del Este, le sucedió, y heredó la famosa taberna +medianera con el cementerio de Vaugirard, que tenía una muestra con un +membrillo pintado, y formaba ángulo por un lado hacia las mesas de los +bebedores, y por otro hacia las sepulturas, con esta inscripción: _Al +Buen Membrillo_. + +El cementerio de Vaugirard era lo que podía llamarse un cementerio +en decadencia. Había caído en desuso. Le invadía la yerba, y le +abandonaban las flores; los burgueses gustaban poco de que les +enterrasen en Vaugirard; olía á pobre. El cementerio del Padre Lachaise +¡ya era otra cosa! Ser enterrado en él, era como tener muebles de +caoba. En esto se conocía la elegancia. El cementerio de Vaugirard era +un cercado venerable, plantado como los antiguos jardines franceses, +con calles rectas, bojes, tuyas, acebos, sepulcros á la sombra de +algunos tejos, y la yerba muy crecida. La noche era allí imponente. +Presentaba líneas verdaderamente lúgubres. + +Aún no se había puesto el sol, cuando el carro fúnebre del paño blanco +con la cruz negra entró en la alameda del cementerio de Vaugirard. El +cojo que le seguía era Fauchelevent. + +El entierro de la madre Crucifixión en la bóveda debajo del altar, +la salida de Cosette, la entrada de Juan Valjean en la sala de los +muertos, todo se había llevado á cabo sin el menor obstáculo; nada +había salido mal. + +Digamos, como de pasada, que la inhumación de la madre Crucifixión +debajo del altar es para nosotros una falta perfectamente venial. Es +una de esas culpas que se parecen á un deber. Las religiosas lo habían +hecho, no solamente sin turbación, sino con aplauso de su propia +conciencia. En el claustro, lo que se llama «el gobierno» no es más +que una intrusión en la autoridad, intrusión siempre discutible. Lo +importante es la regla; en cuanto al Código, ya se verá. Hombres, haced +cuantas leyes queráis; pero guardadlas para vosotros. El tributo que se +paga al César, no es nunca más que el resto del tributo que se paga á +Dios. Un príncipe no significa nada ante un principio. + +Fauchelevent andaba renqueando muy satisfecho detrás del carro. + +Sus dos conspiraciones juntas, una con las religiosas y otra con el +señor Magdalena; una en pro del convento y contra el convento la otra, +habían sido afortunadas por igual. La serenidad de Juan Valjean era una +de esas tranquilidades potentes que se comunican. + +Fauchelevent no dudaba del éxito. Lo que faltaba hacer ya no tenía la +menor importancia. En dos años había emborrachado ya diez veces al +sepulturero, al excelente tío Mestienne, que era un hombre tan bueno +como mofletudo. Hacía de él lo que se le antojaba. Le encasquetaba +el gorro á medida de su gusto; y la cabeza de Mestienne se ajuntaba +perfectamente á la de Fauchelevent. Su confianza era, por lo tanto, +completa. + +Cuando el cortejo fúnebre entró en el camino que conducía directamente +al cementerio, Fauchelevent, lleno de satisfacción, miró al carro, y +dijo á media voz frotándose sus grandes manos: + +--¡Vaya una farsa! + +Paróse súbitamente el carro: había llegado á la verja. Como era +preciso enseñar la licencia para el entierro, el encargado de las +pompas fúnebres se adelantó y habló un momento con el portero. Durante +este coloquio, que produjo una detención de dos ó tres minutos, +apareció un desconocido y fué á colocarse detrás del carro, al lado +de Fauchelevent: parecía un trabajador; llevaba una blusa con grandes +bolsillos, y un azadón al brazo. + +Fauchelevent miró á ese desconocido. + +--¿Quién sois?--le preguntó. + +El hombre le respondió: + +--El sepulturero. + +Si á Fauchelevent le hubiese cogido de lleno una bala de cañón, no +hubiera hecho un movimiento más expresivo. + +--¡El sepulturero! + +--Sí. + +--¡Vos! + +--Yo. + +--El sepulturero es el tío Mestienne. + +--Ha sido. + +--¿Cómo... ha sido! + +--Porque ha muerto. + +Fauchelevent lo había previsto todo, menos que pudiera morirse un +enterrador. + +Y sin embargo es cierto; también se mueren los enterradores: á fuerza +de cavar fosas ajenas, van abriendo la propia. + +Fauchelevent se quedó con la boca abierta. Apenas tuvo aliento para +tartamudear: + +--¡Pero esto no es posible! + +--Pues lo es. + +--Pero,--repitió todavía débilmente,--el enterrador es el tío Mestienne. + +--Después de Napoleón vino Luis XVIII; después de Mestienne vino +Gribier. Compadre, yo me llamo Gribier. + +Fauchelevent palideció por completo y empezó á examinar á Gribier. + +Era éste un hombre alto, flaco, lívido, enteramente fúnebre. Parecía un +médico desacreditado convertido en enterrador. + +Fauchelevent se echó á reir. + +--¡Ah! ¡Qué cosas suceden en este pícaro mundo! ¡Murió el tío +Mestienne! ¡Pues viva el tío Lenoir! ¿Sabéis quién es el tío Lenoir? +Es la bota del tinto de á doce; es la bota de Surenne; ¡caramba! el +verdadero Surenne de París. ¡Ah! ¡Murió el pobre Mestienne! Lo siento; +era un buen bebedor; pero vos también lo sois. ¿No es verdad, camarada? +Iremos juntos á probar unas copas, enseguida. + +El hombre respondió: + +--He estudiado; he estudiado hasta el cuarto año, y no bebo nunca. + +El carro fúnebre se había vuelto á poner en marcha, y seguía por la +calle principal del cementerio. + +Fauchelevent había acortado el paso; cojeaba más de ansiedad que de +necesidad. + +El enterrador iba delante. + +Fauchelevent examinó de nuevo al inesperado compañero Gribier. + +Era uno de esos hombres que, siendo jóvenes, parecen viejos, y que, +siendo flacos, son muy fuertes. + +--¡Camarada!--gritó Fauchelevent. + +El hombre se volvió. + +--Soy el sepulturero del convento. + +--Mi colega,--dijo el hombre. + +Fauchelevent, sin letras, pero muy agudo, conoció que tenía que +habérselas con un hombre temible, con un buen hablista. Entonces +murmuró: + +--¿Conque murió el tío Mestienne? + +El hombre contestó: + +--Completamente. Dios consultó su cuaderno de vencimientos y como le +hubiese llegado el turno al tío Mestienne, tuvo el tío Mestienne que +morir. + +Fauchelevent repitió maquinalmente: + +--Conque Dios... + +--Dios,---dijo el enterrador con autoridad.--Dios, que es para los +filósofos el Padre eterno, y para los jacobinos el Ser Supremo. + +--¿Y no nos entenderemos?--balbuceó Fauchelevent. + +--Desde luego. Vos sois provinciano y yo parisién. + +--No puede haber inteligencia hasta no haber bebido en compañía. El que +vacía su vaso vacía su corazón. Veníos á beber conmigo. Á esto nadie se +niega entre gentes de buena voluntad. + +--Primero es el deber. + +--Estoy perdido,--pensó para sí Fauchelevent. + +Sólo faltaban ya algunas pasos para llegar á la senda que conducía al +apartado de las monjas. + +El sepulturero añadió: + +--Camarada, tengo que dar pan á siete bocas, y como es menester que +coman, no puedo yo beber. + +Y prosiguiendo con la satisfacción del hombre serio que formula una +máxima: + +--Su hambre es enemiga de mi sed,--dijo. + +El carro dió la vuelta á un grupo de cipreses, dejó la calle principal, +atravesó otra más estrecha, entró en el terreno inculto y luego en +la maleza. Esto indicaba la proximidad inmediata de la sepultura. +Fauchelevent acortó aún más el paso pero no podía acortar el del +carro. Afortunadamente la tierra, removida y mojada por las lluvias de +invierno, se pegaba á las ruedas y entorpecía la marcha. + +Fauchelevent se aproximó al enterrador. + +--¡Hay un vinillo tan bueno de Argenteuil!--murmuró á su oído. + +--Rústico,--respondió el hombre,--yo no debía ser enterrador. Mi padre +era portero en el Pritaneo. Me dedicaba á la literatura; pero llovieron +sobre él muchas desgracias; tuvo pérdidas en la Bolsa, y yo he tenido +que renunciar á ser autor. Sin embargo, todavía soy escritor público. + +--¿Luego no sois enterrador?--prorrumpió Fauchelevent, agarrándose á +esta rama, demasiado débil en verdad. + +--Lo uno no impide lo otro. + +Fauchelevent no entendió esta frase. + +--Vamos á beber,--dijo. + +Aquí es indispensable una observación. + +Fauchelevent, por más inquieto que estuviese, convidaba á beber; pero +no se había fijado en un punto: ¿Quién había de pagar? Casi siempre +convidaba él, pero pagaba el tío Mestienne. Su convite de entonces +era evidentemente un resultado de la nueva situación creada por el +nuevo enterrador, le era necesario el convite; pero el viejo jardinero +dejaba en la sombra, no sin intención, el proverbial cuarto de hora +de san Martín. Fauchelevent, á pesar de su emoción, no se acordaba de +pagar. + +El enterrador contestó con una sonrisa de superioridad: + +--Es indispensable comer. He aceptado el cargo de sucesor del tío +Mestienne. Cuando uno ha concluido casi sus estudios, es filósofo. +Al trabajo de la mano he añadido el del brazo, y tengo mi biombo +de memorialista en la calle de Sêvres. ¿Sabéis? El mercado de los +paraguas. Todas las cocineras de la Cruz Roja vienen á mí; y yo les +compongo sus declaraciones á los novios. Por la mañana escribo cartas +amorosas, y por la tarde abro hoyos de muerto. Ésta es la vida, +compadre. + +El carro avanzaba. Fauchelevent, en el colmo de la inquietud, miraba á +todas partes; gruesas gotas de sudor caían de su frente. + +--Pero,--continuó el enterrador,--no se puede servir á dos señores; y +tengo que elegir entre la pluma y el azadón. El azadón me estropea las +manos. + +El carro fúnebre se detuvo. + +El monaguillo bajó del coche enlutado, luego el cura. + +Una de las ruedas delanteras del carro subía un poco sobre un montón de +tierra, detrás del cual se veía una fosa abierta. + +--¡Vaya una farsa!--repitió consternado Fauchelevent. + + + + + VI + =Entre cuatro tablas= + + +¿Quién estaba en el ataúd? ya lo sabíamos, Juan Valjean. + +Juan Valjean que se las había arreglado para vivir allí dentro, y +apenas podía respirar. + +Es ciertamente extraño calcular hasta qué punto nos da seguridad en +todo la seguridad de la conciencia. La combinación ideada por Juan +Valjean iba adelante, y marchaba perfectamente desde la víspera. +Contaba él, como Fauchelevent, con el tío Mestienne, y no le cabía la +menor duda acerca del final. No puede darse situación más crítica ni +calma más completa. + +De las cuatro tablas del ataúd se desprendía cierta horrible paz. La +tranquilidad de Juan Valjean tenía mucho del reposo de la muerte. + +Desde el fondo del ataúd había podido seguir, y seguía, todas las fases +del terrible drama que estaba representando con la muerte. + +Poco después de haber clavado Fauchelevent la tapa del ataúd, sintió +Juan Valjean que le llevaban y luego que rodaba. Conoció también, por +la suavidad del movimiento, que pasaba del empedrado á la arena, es +decir, que salía de las calles y entraba en el paseo. Al oir un ruido +sordo adivinó que atravesaba el puente de Austerlitz. Por la primera +parada comprendió que entraba en el cementerio. Á la segunda se dijo: +aquí está la fosa. + +Sintió que cogían bruscamente la caja, y oyó un áspero rozamiento en +las tablas; conoció que ataban una cuerda al ataúd para bajarle al hoyo. + +Después tuvo una especie de vértigo. + +Probablemente los sepultureros y el enterrador habían hecho oscilar el +ataúd, y había bajado la cabeza antes que los pies. Volvió pronto en su +acuerdo, y vió que estaba horizontal é inmóvil. Había llegado al fondo +del hoyo. Sintió una especie de frío. + +Oyó resonar sobre él una voz glacial y solemne y oyó como pasaban, tan +claramente que podían distinguirlas una tras otra, palabras latinas que +no comprendía: + +--_Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt; alii in vitam æternam, +et alii in opprobrium, ut videant semper._ + +Una voz infantil contestó: + +--_De profundis._ + +La voz grave volvió á oirse diciendo: + +--_Requiem æternam dona ei Domine._ + +La voz infantil respondió: + +--_Et lux perpetua luceat ei._ + +Sintió sobre la tapa del ataúd algo como el débil choque de algunas +gotas de ligera lluvia. Era probablemente el agua bendita. + +Entonces calculó: Ya esto se acaba. Tengamos todavía un poco de +paciencia. Ahora se irá el cura; Fauchelevent se llevará á beber á +Mestienne, y me dejarán. Después vendrá sólo Fauchelevent y yo saldré +de aquí. Es cosa de una hora. + +La voz grave repitió: + +--_Requiescat in pace._ + +Y la voz de niño dijo: + +--_Amén._ + +Juan Valjean, siempre atento al oído, sintió como un ruido de pasos que +se alejaban. + +--Ya se alejan,--pensó.--Estoy ya solo. + +Pero de repente oyó sobre su cabeza un ruido que le pareció el del +trueno que despide el rayo. + +Era una paletada de tierra que caía sobre el ataúd. + +Una segunda paletada de tierra sucedió á la primera. + +Uno de los agujeros por donde respiraba quedó obstruido. + +Cayó otra paletada. Después otra. + +Hay cosas más fuertes que el hombre más fuerte. Juan Valjean perdió el +conocimiento. + + + + + VII + =Donde se verá el origen de la frase: no pierdas el billete= + + +He aquí lo que había pasado sobre el ataúd en que estaba encerrado Juan +Valjean. + +Cuando el carro se hubo alejado, y el capellán y el monaguillo subieron +en el coche y partieron también, Fauchelevent, que no apartaba los ojos +del enterrador, le vió inclinarse y coger la pala, que estaba clavada +en el montón de tierra. + +Entonces Fauchelevent tomó una resolución suprema. + +Colocóse entre la fosa y el enterrador, cruzó los brazos, y exclamó: + +--¡Yo soy quien paga! + +Y el enterrador le miró asombrado, y respondió: + +--¿El qué? + +Fauchelevent repitió: + +--¡Yo pago! + +--¿El qué? + +--El vino. + +--¿Qué vino? + +--El de Argenteuil. + +--¿Dónde está ese Argenteuil? + +--En el _Buen Membrillo_. + +--¡Vete al diablo!--dijo el sepulturero. + +Y arrojó una paletada de tierra sobre el ataúd: la caja despidió un +sonido ronco. + +Fauchelevent se sintió vacilar á punto de caer á la fosa, y gritó con +una voz en que tenía algo de la opresión de la agonía: + +--Camarada, ¡antes de que cierren el _Buen Membrillo_! + +El enterrador llenó nuevamente su pala. + +Fauchelevent continuó: + +--¡Yo pago! + +Y asió del brazo al sepulturero. + +--Oídme, camarada,--le dijo;--soy el sepulturero del convento, y vengo +para ayudaros. Esta faena podemos hacerla de noche. Empecemos por beber +un trago. + +Y así diciendo y aferrándose á su desesperada insistencia, hacíase esta +reflexión lúgubre: + +--¡Y aún cuando beba! ¿Se emborrachará? + +--Provinciano,--dijo el enterrador,--ya que absolutamente lo queréis, +consiento. Beberemos, pero después del trabajo; antes, de ningún modo. + +Y empujó su pala. Fauchelevent le detuvo. + +--¡Argenteuil de á seis! + +--¡Ah! ¡ya!--dijo el enterrador.--Sois campanero. Din, don, din don; no +sabéis decir otra cosa. Id pues á repicar. + +Y arrojó á la fosa la segunda paletada. + +Fauchelevent llegó al extremo en que ya no sabe el hombre lo que se +dice: + +--¿Venís ó no venís á beber?--gritó;--pues que soy yo quien paga. + +--En cuanto hayamos enterrado á la chica,--dijo el sepulturero. + +Y echó la tercera paletada. + +Después, clavando la pala en tierra, añadió: + +--Advertid que va á hacer frío esta noche, y la muerta se vendría +gritando tras nosotros que la dejamos sin ropa. + +En este momento, mientras llenaba la pala, se encorvaba, apareciendo +entreabierto el bolsillo de la blusa. + +La mirada vaga de Fauchelevent cayó maquinalmente sobre este bolsillo, +y se detuvo. + +El sol no se había ocultado todavía en el horizonte; había luz bastante +para que pudiese distinguirse una cosa blanca en el fondo de aquel +bolsillo abierto. + +La pupila de Fauchelevent despidió todo el fuego que pueden despedir +los ojos de un aldeano picardo. Acababa de ocurrirle una idea. + +Sin que el sepulturero, ocupado solamente en llenar la pala, lo +advirtiera, Fauchelevent le metió por detrás la mano en el bolsillo, +sacando la cosa blanca que estaba en el fondo. + +El enterrador arrojó en la fosa la cuarta paletada. + +En el instante en que se volvía para coger la quinta, Fauchelevent le +miró con cierta profunda calma diciéndole: + +--Á propósito, novel sepulturero, ¿tenéis vuestra credencial? + +El enterrador se detuvo. + +--¿Qué? + +--Que va á ponerse el sol. + +--¿Y qué? Se pondrá su gorro de dormir. + +--Que se va á cerrar la verja del cementerio. + +--¿Y qué? + +--¿Tenéis la tarjeta? + +--¡Ah! ¡Mi tarjeta!--dijo el enterrador. + +Y buscó en sus bolsillos. + +Después de registrar el primero registró el segundo; luego pasó á los +dos del chaleco, uno después de otro. + +--No,--dijo;--no tengo la tarjeta. La habré olvidado. + +--Tres duros de multa,--dijo Fauchelevent. + +El sepulturero se puso verde. El verde es la palidez de los rostros +lívidos. + +--Ay, Jesús-Dios-mío-la-pata-coja-hasta-la-luna!--exclamó.--¡Quince +francos de multa! + +--Tres piezas de cien sueldos,--dijo Fauchelevent. + +El enterrador dejó caer la pala. + +Habíale llegado su turno á Fauchelevent. + +--¡Ah novato!--dijo Fauchelevent.--No hay que desesperarse; no es cosa +de suicidarse, ni de aprovechar este hoyo. Quince francos son quince +francos, y todavía podéis no pagarlos. Vos sois nuevo en esto; yo +soy viejo y conozco todos los trastrueques. Voy á daros un consejo +de amigo. Sobre todo hay una cosa cierta, y es que el sol se pone, +que toca ya en la cúpula de los Inválidos, y que el cementerio va á +cerrarse dentro de cinco minutos. + +--Es verdad,--dijo el enterrador. + +--En cinco minutos no tenéis tiempo para llenar la fosa, que es +profunda como un diablo, y llegar á tiempo antes de que cierren la +verja. + +--Es verdad. + +--En ese caso, pagaréis quince francos de multa. + +--¡Quince francos! + +--Pero os queda tiempo para... ¿Dónde vivís? + +--Á dos pasos del portillo, á un cuarto de hora de aquí; en la calle de +Vaugirard, número 87. + +--Pero no os faltará tiempo, echándoos las zancas á cuestas, para salir +inmediatamente. + +--Es verdad. + +--Una vez fuera de la verja, galopáis hasta vuestra casa, cogéis la +tarjeta, volvéis, y el guarda os abre; llevando tarjeta no se paga +multa. Así enterraréis vuestro muerto. En el entretanto yo me quedo +guardándole para que no se escape. + +--Os debo la vida, provinciano. + +--Largaos presto,--dijo Fauchelevent. + +El sepulturero, conmovido por el agradecimiento, le apretó la mano y +partió corriendo. + +En cuanto hubo desaparecido en la maleza, Fauchelevent escuchó sus +pasos hasta que se perdió el ruido; después se inclinó sobre la fosa, y +dijo en voz baja: + +--¡Señor Magdalena! + +Nadie respondió. + +Fauchelevent sintió un temblor. Se dejó caer en la fosa más bien que +bajó, echándose sobre el ataúd, y gritó: + +--¿Estáis ahí? + +Continuó el silencio en el ataúd. + +Fauchelevent, sin respirar apenas á fuerza de temblar, sacó el escoplo +y el martillo, é hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Juan +Valjean apareció á la luz del crepúsculo pálido y cerrados los ojos. + +Los cabellos de Fauchelevent se erizaron; levantóse de súbito, y +apoyándose de espaldas en la pared de la fosa, para no caer sobre el +ataúd. Miraba á Juan Valjean. + +Juan Valjean yacía descolorido é inmóvil. + +Fauchelevent murmuró en voz baja como suspirando: + +--¡Está muerto! + +É irguiéndose cuanto pudo, cruzó los brazos tan violentamente, que se +golpeó la espalda con ambos puños, y exclamó: + + + [Ilustración: =--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean. Y se incorporó + quedándose sentado=] + + +--¡Éste ha sido mi modo de salvarle! + +Entonces el buen hombre empezó á sollozar y á hablar consigo mismo. Es +un error creer que el monólogo no existe en la naturaleza. Las grandes +emociones hablan en voz alta frecuentemente. + +--La culpa es del tío Mestienne. ¿Porqué se había de morir ese imbécil? +¿Qué necesidad tenía de morirse haciendo falta? Él es quien ha ha +muerto al señor Magdalena. ¡Señor Magdalena! Está en el ataúd, y en el +cementerio. Todo ha terminado. ¡Ah! ¿Es esto tener sentido común? ¡Ay! +¡Dios mío! ¡Está muerto! ¿Y qué voy á hacer yo ahora de la niña? ¿Qué +va á decir la frutera? + +¿Pero es posible, Dios mío, que un hombre como éste muera así? ¡Cuando +recuerdo cómo se metió debajo de mi carreta! ¡Señor Magdalena! ¡Señor +Magdalena! ¡Pardiez! Se ha asfixiado; ya se lo dije yo, pero no quiso +creerme. ¡Vaya una linda picardía! ¡Ha muerto este buen hombre, el +mejor hombre que había entre los buenos de Dios! ¡Y su niña! ¡Ay! ¡No +vuelvo yo ahora allá abajo! Me quedo aquí. ¡Haber hecho una cosa como +la que hemos hecho! ¡Valía la pena de llegar á viejos para ser locos! +Pero ¿cómo se las arregló para entrar en el convento? Por aquí empezó. +Hay cosas que no deben hacerse. ¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! +¡Tío Magdalena! ¡Magdalena! ¡Señor Alcalde! No me oye. ¡Qué voy á hacer +ahora! + +Y se arrancaba los cabellos. + +Oyóse entonces á lo lejos por entre los árboles, un agudo chirrido. Era +la verja del cementerio que se cerraba. + +Fauchelevent se inclinó sobre Juan Valjean, retrocediendo bruscamente +todo lo que se puede retroceder en una sepultura. Juan Valjean, con los +ojos abiertos le estaba mirando. + +Ver una muerte es una cosa horrible; pero ver una resurrección no lo es +menos. Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, trastornado +por el exceso de emociones, é ignorando si tenía que habérselas con un +muerto ó con un vivo, mirando como le miraba Juan Valjean. + +--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean. + +Y se incorporó quedándose sentado. + +Fauchelevent cayó de rodillas. + +--¡Virgen Santa!--exclamó.--¡Me habéis dado un susto! + +Después se levantó diciendo: + +--¡Gracias, señor Magdalena! + +Juan Valjean no estaba más que desvanecido. El aire libre le había +vuelto en sí. + +La alegría es el reflejo del terror. Fauchelevent tuvo que hacer casi +tanto como Juan Valjean para reponerse. + +--¡Entonces no habéis muerto! ¡Oh, cuánto ánimo tenéis! Tanto os he +llamado, que habéis despertado. Cuando os vi con los ojos cerrados +dije: bien, se ha asfixiado. ¡Oh! Me hubiera vuelto loco, pero loco +furioso, loco de atar; me hubieran llevado á Bicêtre. ¿Qué había yo +de hacer si hubiérais muerto? ¡Y vuestra niña! ¡La frutera no habría +comprendido nada! ¡Se deja la niña diciendo, el abuelo ha muerto! ¡Qué +historia, santos cielos! ¡Ah! Pero vos vivís. Éste es el verdadero fin +de fiesta. + +--Siento frío,--dijo Juan Valjean. + +Estas palabras recordaron á Fauchelevent la urgencia de la realidad. +Aquellos dos hombres, aunque vueltos en sí, tenían, sin saber por qué, +turbado el espíritu; sentían algo extraño, que era la impresión natural +y siniestra del lugar. + +--Salgamos pronto de aquí,--dijo Fauchelevent. + +Buscó en su faltriquera y sacó una calabacita de que venía provisto. + +--Antes de todo un trago,--dijo. + +La calabaza terminó lo que el aire había comenzado. Juan Valjean bebió +un sorbo de aguardiente, recobrando la plena posesión de sí mismo. + +Salió del ataúd, y ayudó al jardinero á clavar la tapa. + +Tres minutos después había salido de la fosa. + +Por lo demás, Fauchelevent estaba ya tranquilo. Tomóse pues el tiempo +necesario. El cementerio estaba cerrado, y no era de temer la llegada +del sepulturero Gribier. El «bisoño» estaría en su casa buscando la +tarjeta, sin encontrarla, puesto que la tenía Fauchelevent en el +bolsillo. Y sin la tarjeta no podía entrar en el cementerio. + +Fauchelevent tomó la pala y Juan Valjean el azadón, y ambos enterraron +el ataúd vacío. + +Cuando la fosa estuvo llena, dijo Fauchelevent á Juan Valjean: + +--Vámonos. Yo llevo la pala, llevad el azadón. + +Cerraba ya la noche. + +Juan Valjean encontró alguna dificultad para moverse y para andar; +en el ataúd había tomado algo de la rigidez de los cadáveres. La +anquilosis de la muerte le había cogido entre cuatro tablas; y le fué +necesario, por así decirlo, sacudir el hielo del sepulcro. + +--Estáis yerto,--dijo Fauchelevent;--lástima que sea yo patizambo; +moveríamos un poco los talones. + +--¡Bah!--dijo Juan Valjean.--Cuatro pasos me bastan para dar fuerza á +las piernas. + +Fuéronse por el mismo camino que había seguido el carro fúnebre. +Cuando llegaron á la verja, cerrada ya, y al pabellón del portero, +Fauchelevent, que llevaba en la mano la tarjeta del enterrador, la echó +en la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron +los dos. + +--¡Qué bien sale todo!--dijo.--¡Habéis tenido una idea magnífica, señor +Magdalena! + +Atravesaron la barrera Vaugirard con la mayor facilidad del mundo. En +las cercanías de un cementerio una pala y un azadón son dos pasaportes. +La calle de Vaugirard estaba desierta. + +--Señor Magdalena,--dijo Fauchelevent, sin dejar de andar y alzando la +vista hacia las casas,--vos que tenéis mejor vista que yo, indicadme el +número 87. + +--Aquí está precisamente,--dijo Valjean. + +--No hay nadie en la calle,--repuso Fauchelevent.--Dadme el azadón, y +esperadme dos minutos. + +Fauchelevent entró en el número 87. Subió al último piso, guiado por +el instinto que lleva siempre al pobre hacia el tejado, y llamó en la +obscuridad á la puerta de una buhardilla. + +Respondióle una voz. + +--Entrad. + +Era la voz de Gribier. + +Fauchelevent empujó la puerta. El cuarto del sepulturero era, como +todas esas infelices viviendas, un desván desamueblado y lleno de +trastos. Un cajón--un ataúd quizá--servía de cómoda; una orza de +manteca hacía las veces de tinaja; un jergón de paja era la única cama; +el suelo servía de silla y de mesa. En un rincón, sobre un harapo, +que era un viejo pedazo de alfombra, estaba sentada una mujer flaca, +formando un triste grupo con muchas criaturas. Toda aquella pobre +vivienda daba indicios de un gran trastorno. Parecía que se había +efectuado un temblor de tierra «para uno solo». Las tapas estaban +levantadas, los harapos esparcidos, el cántaro roto, la madre había +llorado, los hijos habían sido zurrados probablemente; huellas todas de +un registro riguroso y obstinado. Conocíase que el sepulturero había +buscado inútilmente su credencial, y hecho responsable de la pérdida á +todo lo existente en la casa, desde el cántaro hasta su mujer. Gribier +parecía desesperado. + +Pero Fauchelevent tenía harta prisa de dar fin á la aventura para +fijarse en este lado triste de su triunfo. + +Entró, pues, y dijo: + +--Os traigo vuestra pala y vuestro azadón. + +Gribier le miró estupefacto. + +--¿Sois vos, provinciano? + +--Y mañana encontraréis vuestra tarjeta en la casilla del guarda del +cementerio. + +Y dejó en el suelo la pala y el azadón. + +--¿Qué quiere decir esto?--preguntó Gribier. + +--Quiere decir que habéis dejado caer la tarjeta del bolsillo; que +la encontré en el suelo después que os marchasteis; que he enterrado +al muerto y rellenado la fosa; que he hecho yo vuestra tarea; que +el portero os dará vuestra credencial, y que no pagaréis los quince +francos. Esto es lo que hay, recluta. + +--¡Gracias, provinciano!--exclamó admirado Gribier.--Al primer +enterramiento seré yo quien pague de beber. + + + + + VIII + =Interrogatorio feliz= + + +Una hora después, ya cerrada la noche, dos hombres y una niña se +presentaron en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de +aquellos hombres levantó el picaporte y llamó. + +Eran Fauchelevent, Juan Valjean y Cosette. + +Los dos hombres habían ido á buscar á Cosette, en casa de la frutera +de la calle del Chemin Vert, donde á la víspera la había dejado +Fauchelevent. Cosette había pasado aquellas veinticuatro horas sin +comprender nada, y temblando silenciosamente. Temblaba tanto, que no +había llorado. No había comido ni dormido tampoco. La buena frutera le +había hecho mil preguntas, sin conseguir otra respuesta que una mirada +triste, siempre igual. Cosette no había dejado traslucir nada de lo +que había oído y visto en los dos días últimos. Adivinaba que estaba +atravesando una crisis, y conocía que era necesario ser «prudente». +¡Quién no ha experimentado el soberano poder de estas tres palabras +pronunciadas con cierto tono al oído de una criatura aterrada: _¡No +digas nada!_ El miedo es mudo. Además, ¿qué persona guarda los secretos +como un niño? + +Sólo después de aquellas veinticuatro horas había vuelto á ver á Juan +Valjean y lanzado un grito de alegría; fué tal este grito, que el +hombre menos suspicaz hubiera adivinado en aquel grito la salida de un +abismo. + +Fauchelevent era de la casa, y sabía las palabras de pase. Todas las +puertas se abrieron. + +Así se había resuelto el doble y difícil problema: de salir y entrar. + +El portero, que tenía ya sus instrucciones, abrió la puertecita que +ponía en comunicación el patio y el jardín, y que hace veinte años se +veía aún desde la calle, en la pared del fondo del patio, enfrente de +la puerta cochera. + +El portero introdujo á los tres por aquella puerta, y desde allí +pasaron al locutorio reservado donde el día anterior había recibido +Fauchelevent las órdenes de la priora. + +La priora, con su rosario en la mano, los estaba esperando. Á su lado, +cubierta con el velo, estaba de pie una madre vocal. + +Una discreta vela alumbraba, ó mejor, hacía que alumbraba el locutorio + +La priora pasó revista á Juan Valjean. Nada escudriña tanto como unos +ojos bajos. + +Después le interrogó: + +--¿Sois el hermano? + +--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent. + +--¿Cómo os llamáis? + +Fauchelevent respondió: + +--Último Fauchelevent. + +Éste había tenido, en efecto, un hermano, llamado Último, que había +muerto. + +--¿De dónde sois? + +Fauchelevent respondió: + +--De Picquigny, cerca de Amiens. + +--¿Qué edad tenéis? + +--Cincuenta años. + +--¿Qué oficio es el vuestro? + +Fauchelevent respondió: + +--Jardinero. + +--¿Sois buen cristiano? + +Fauchelevent respondió: + +--Todos los somos en nuestra familia. + +--¿Es vuestra esta niña? + +Fauchelevent respondió: + +--Sí, reverenda madre. + +--¿Sois su padre? + +Fauchelevent respondió: + +--Su abuelo. + +La madre vocal dijo á la priora á media voz: + +--Responde bien. + +Juan Valjean no había pronunciado una palabra. + +La priora fijóse en Cosette atentamente y dijo á media voz á la madre +vocal: + +--Será fea. + +Las dos madres hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del +locutorio, y después volvióse la priora y dijo: + +--Tío Fauvent, procuraos otra rodillera con cascabel. Ahora se +necesitan dos. + +En efecto, al día siguiente se oían dos cascabeles en el jardín, y +las religiosas no podían resistirse al deseo de levantar una punta +del velo. Viendo así en el fondo del jardín, y bajo de los árboles, á +dos hombres que cavaban juntos Fauvent y otro. Raro acontecimiento. +Rompióse el silencio, llegando á decirse: es un ayudante del jardinero. + +Es un hermano del tío Fauvent, añadían las madres vocales. + +Juan Valjean estaba ya instalado formalmente; tenía su rodillera de +cuero y su cascabel; era ya oficial su cargo y su nombre de Último +Fauchelevent. La principal causa de su admisión había sido esta +observación de la priora refiriéndose á Cosette: _Será fea_. + +Pronunciado este pronóstico, la priora se hizo amiga de Cosette, +admitiéndola en el colegio como educanda de caridad. + +Es todo ello altamente lógico. + +Por más que no haya espejos en el convento, las mujeres tienen la +conciencia de su fisonomía; y las jóvenes que se creen bonitas no se +dejan convencer fácilmente para monjas. La vocación voluntaria está en +razón inversa de la belleza, y por esto se espera más de las feas que +de las hermosas. De ahí la gran afición á las fealdades. + +Toda aquella aventura enalteció al buen viejo Fauchelevent, por +haber conseguido un triple triunfo: cerca de Juan Valjean, á quien +salvó y dió un asilo; cerca del sepulturero Gribier, que se decía: +me ha librado de pagar la multa; cerca del convento, que, gracias +á él, conservando el cuerpo de la madre Crucifixión, había podido +eludir al César satisfaciendo á Dios. Hubo un ataúd con cadáver en el +Pequeño-Picpus, y un ataúd sin cadáver en el cementerio de Vaugirard; +el orden público se turbó indudablemente con ello, pero nadie lo +advirtió. + +En cuanto al convento, su gratitud para con Fauchelevent fué +grandísima. Hasta el punto de ser el mejor de los criados y el mejor +de los jardineros. En la primera visita del arzobispo, la priora contó +lo acaecido á su Ilustrísima, como confesándose y envaneciéndose un +poco. El arzobispo, al salir del convento, habló de ello con elogio y +en secreto al señor de Latín, confesor del hermano del rey, que fué +después arzobispo de Reims y cardenal. La fama de Fauchelevent corrió +tierras y tierras hasta llegar á Roma. Hemos visto una carta dirigida +por el papa reinante entonces, León XII, á uno de sus parientes de la +nunciatura de París, llamado como él Della-Genga, en la cual se lee +lo siguiente: «Parece que hay en un convento de París un excelente +jardinero, que es un santo varón llamado Fauvent». Pero ninguna noticia +de este triunfo llegó á la barraca de Fauchelevent, quien siguió +injertando, escardando y cubriendo sus melones, sin tener la menor +idea de su excelencia ni de su santidad. No tuvo jamás su gloria otra +noticia que la que alcanzó el buey de Durham ó de Surrey, cuyo retrato +se publicó en el _Illustrated London News_ con esta inscripción: _Buey +que ha ganado el premio en la exposición de animales de cuernos_. + + + + + IX + =Clausura= + + +Cosette en el convento continuó guardando silencio. + +Cosette se creía sencillamente hija de Juan Valjean; y como por otra +parte nada sabía, nada podía decir, y aún en este caso nada hubiera +dicho. Hemos ya indicado que nada enseña el silencio á los niños como +la desgracia; y Cosette había padecido tanto, que todo lo temía, +hasta su voz y su respiración. ¡Cuántas veces una palabra sola había +precipitado sobre ella una tormenta! Apenas había principiado á +tranquilizarse desde que estaba con Juan Valjean. Acostumbróse luego á +la vida del convento. Solamente echaba de menos á su Catalina, pero no +se atrevía á decirlo. No obstante díjole un día á Juan Valjean: + +--Padre, si lo hubiera sabido, la habría traído conmigo. + +Cosette, al entrar de educanda, tuvo que vestir el uniforme de las +colegialas de la casa. Juan Valjean consiguió que le volviesen los +vestidos que dejó, es decir, el mismo traje de luto con que la vistió +al dejar la taberna Thénardier que no estaba aún muy usado; guardóse +Juan Valjean el vestido, las medias de lana y los zapatos, con mucho +alcanfor y otros varios aromas, de los que abundan en los conventos, en +un baulito que pudo procurarse; colocó el baulito sobre una silla al +lado de su cama llevando siempre la llave consigo. Padre,--le preguntó +un día Cosette,--¿qué tiene esta caja que huele tan bien? + +El tío Fauchelevent, además de la gloria que acabamos de decir, y que +él ignoró, fué recompensado por su buena acción. Por de pronto tuvo la +satisfacción de su conciencia, y bastante menos trabajo dividiéndole. +Y luego que como le gustaba mucho el polvo de tabaco, estando al lado +del señor Magdalena tomaba triple cantidad que antes, y saboreándolo +mucho más, porque pagaba el señor Magdalena. Las monjas no adoptaron el +nombre de Último, y llamaron á Juan Valjean el _otro Fauvent_. + +Si aquellas santas mujeres hubieran tenido algo de la perspicacia de +Javert, habrían acabado por fijarse en que, cuando había necesidad de +salir fuera para las necesidades del jardín, era siempre Fauchelevent +el mayor, el viejo, el delicado, el patizambo, y nunca el otro; pero ya +fuése porque los ojos siempre fijos en Dios no saben espiar, ó porque +estuviesen ocupadas en espiarse unas á otras, lo cierto es que no llamó +aquello su atención. Por lo demás, Juan Valjean hizo perfectamente en +estarse quieto y no moverse, porque Javert vigiló el barrio por espacio +de mucho más de un mes. + +Aquel convento venía á ser para Juan Valjean como una isla rodeada de +abismos; aquellas cuatro paredes encerraban el mundo para él. Veía el +cielo suficiente para estar tranquilo, y á hacer á Cosette bastante +feliz. Empezó, pues, para él una vida agradable. + +Habitaba con el tío Fauchelevent la barraca del jardín. Aquella +casucha hecha de cascote viejo que existía aún en 1845, y se componía, +como hemos dicho, de tres piezas completamente desnudas, con sólo +las paredes. La principal había sido cedida quieras que no, al señor +[Ilustración] Magdalena, por más que Juan Valjean se opusiese á ello, +por el tío Fauchelevent. La pared de este cuarto, además del clavo +destinado á colgar la rodillera y el cesto, estaba adornada con un +papel moneda realista de 1793, pegado á la pared sobre la chimenea, +cuyo exacto facsímile reproducimos[12]: + +Este asignado vendeano había sido pegado allí por el jardinero +precedente, antiguo chuan que murió en el convento, y á quien reemplazó +Fauchelevent. + +Juan Valjean trabajaba diariamente en el jardín, y era utilísimo. +Había sido, como ya sabemos, podador, y no era extraño á la jardinería. + +Recuérdese además que conocía todo género de recetas y de secretos +del cultivo, de lo que sacó mucho partido. Casi todos los árboles del +jardín eran silvestres; él los injertó y les hizo producir excelentes +frutas. + +Cosette tenía permiso de pasar todos los días una hora á su lado. + +Como las hermanas estaban siempre tristes, y Juan Valjean era tan +bondadoso, la niña comparaba y le adoraba. Á la hora prefijada corría +á la barraca. Cuando entraba en la pequeña choza la llenaba con su +presencia de alegría. + +Juan Valjean se explayaba y sentía aumentar su dicha con la de Cosette. +La alegría que inspiramos tiene el doble encanto de que lejos de +debilitarse como todo reflejo, vuelve á nosotros más radiante. Durante +las horas de recreo, miraba desde lejos Juan Valjean cómo Cosette +jugaba y reía, distinguiendo su risa de entre las risas de los demás. + +Porque entonces Cosette ya reía. + +El semblante de Cosette había cambiado en cierto modo, puesto que había +desaparecido la parte sombría. El reir es el sol de invierno; disipa +las nubes del rostro humano. + +Terminadas las horas de recreo, cuando se volvía Cosette al convento, +Juan Valjean miraba á las ventanas de la clase; y por la noche se +levantaba para mirar las ventanas del dormitorio. + +Dios tiene sus senderos. El convento contribuyó, al par de Cosette, +á mantener y completar, en Juan Valjean la obra del obispo. Es +cierto que la virtud llega por una parte hasta el orgullo, del que +está separado solamente por un puentecillo hecho por el diablo. Juan +Valjean no estaba quizá lejos de esta parte y de este puente, cuando la +Providencia le llevó al pequeño Picpus. Mientras no se había comparado +sino con el obispo, se había creído indigno y sido humilde; pero desde +que hacía algún tiempo se comparaba con los hombres, principiaba á +nacer en él el orgullo. ¿Quién sabe si tal vez, y poco á poco, habría +concluido por volver al odio? + +El convento le detuvo en aquella pendiente. + +Era aquel el segundo lugar de cautiverio que veía. En su juventud, +en lo que había sido para él el principio de la vida, y después, +recientemente aún, había visto otro lugar horroroso, terrible, cuyos +rigores había considerado como la iniquidad de la justicia, y el crimen +de la ley. Á la sazón, después del presidio, veía el claustro, y +pensando en que había estado en el presidio, y que era espectador del +claustro, los comparaba con ansiedad en su imaginación. + +Algunas veces, apoyándose en la pala, descendía lentamente por las +espirales sin fin de meditación. + +Recordaba á sus antiguos compañeros, y cuánta era su miseria, quienes +se levantaban al amanecer y trabajaban hasta la noche; que apenas +les dejaban dormir; se acostaban en camas de campaña, y sólo se les +toleraba un colchón de dos pulgadas de grueso, en salas que no tenían +lumbre sino en los meses más crudos del año; vestían una horrible +chaqueta roja, y se les permitía usar, por gracia, un pantalón de tela +en los grandes calores, y una manta de lana en los fríos excesivos; +no bebían vino ni comían carne sino cuando trabajaban de «fatiga». +Vivían sin nombre, designados solamente por números, y estaban casi +convertidos en cifras, bajos los ojos, baja la voz, el pelo cortado, +sumisos á la vara en la vergüenza. + +Después su espíritu se volvía hacia los seres que tenía á la vista. + +Estos seres vivían igualmente con los cabellos cortados, los ojos +bajos, la voz baja, no en la vergüenza, pero sí en medio del escarnio +del mundo; no con la espalda acardenalada por el látigo, pero sí +azotada por las disciplinas. También éstos habían perdido su nombre +entre los hombres; eran conocidos solamente por austeros apelativos. +No comían carne nunca ni bebían vino jamás, y frecuentemente estaban +en ayunas hasta la noche. Vestían éstos, no una chaqueta roja, sino +un sudario negro de lana, pesado en el verano, ligero en el invierno, +y no podían quitársele ni añadirle nada; no tenían ni aun el recurso +de la tela ó de la lana conforme á las estaciones; y llevaban seis +meses del año camisas de burriel, que les producían calentura. Vivían, +no en salas caldeadas únicamente los días de riguroso frío, sino en +celdas en las que nunca se encendía lumbre; dormían, no en colchones +de dos pulgadas de grueso, sino sobre paja. Finalmente, ni aun les +era permitido dormir; todas las noches, después de un día de trabajo, +era preciso despertar en el abatimiento del primer sueño; y cuando +empezaban á dormir y á entrar apenas en calor, debían levantarse y +rezar en una capilla helada y sombría, de rodillas sobre la piedra. + +En días determinados cada uno de aquellos seres, por riguroso turno, +permanecía doce horas seguidas arrodillado sobre el mármol, ó +prosternado de cara al suelo y los brazos en cruz. + +Los primeros eran hombres; éstos, mujeres. + +¿Qué habían hecho aquellos hombres? + +Habían robado, violado, saqueado, herido, matado, asesinado. Eran +bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas. + +¿Qué habían hecho estas mujeres? + +Nada. + +Por una parte, el bandolerismo, el fraude, el dolo, la violencia, la +lubricidad, el homicidio, todas las manifestaciones del sacrilegio, +todas las variedades del atentado; por la otra, una sola cosa: la +inocencia. + +La inocencia perfecta, casi elevada hasta una misteriosa asunción, +unida á la tierra por la virtud, y al cielo por la santidad. + +De un lado, confidencias de crímenes que se hacen en voz baja; del +otro, la confesión de faltas hechas en alta voz. + +¡Y qué crímenes! ¡Y qué faltas! + +Por un lado miasmas, por el otro inefable perfume. + +Por una parte, peste moral con guardas de vista, cercada por cañones, y +devorando lentamente á sus apestados; por la otra un casto abrasamiento +de todas las almas en el mismo foco. Allí, las tinieblas; aquí, la +sombra; pero una sombra llena de luz, y una luz llena de fulgores. + +Dos lugares de esclavitud; pero en el primero era posible la redención; +tenía un límite legal siempre esperado, y además la evasión. En el +segundo, solamente la perpetuidad; y por toda esperanza, al extremo +lejano del porvenir, aquella luz de libertad á que los hombres llaman +muerte. + +En el primero no se está encadenado más que por cadenas; en el segundo +por la fe. + +¿Qué salía del primero? Una maldición inmensa, rechinamiento de +dientes, el odio y la perversidad desesperado, un grito de rabia contra +la sociedad humana, un sarcasmo al cielo. + +¿Qué del segundo? Bendiciones y amor. + +Y en aquellos dos lugares tan parecidos y tan diversos, estas dos +clases de seres realizaban lo mismo: la expiación. + +Juan Valjean comprendía perfectamente la expiación de los primeros, la +expiación personal, la expiación por sí mismo. Pero no se explicaba +la otra, la de aquellas criaturas sin reproche ni mancilla, y se +preguntaba temblando: ¿Expiación de qué? ¿Qué expiación? + +Y respondíale una voz en el fondo de su conciencia: la más divina de +las generosidades humanas: la expiación ajena. + +Aquí nos reservamos toda teoría personal; no somos más que narradores; +nos colocamos en el mismo punto de vista que Juan Valjean, y traducimos +sus impresiones. + +Tenía él ante sus ojos el vértice sublime de la abnegación, la cumbre +más elevada de la virtud, la inocencia que perdona las faltas de los +hombres y las expía en su lugar; la servidumbre practicada, la tortura +aceptada, el suplicio reclamado por las almas que no han pecado, +para librar de él á las que han delinquido; el amor de la humanidad +abismándose en el amor de Dios, pero continuando distinto y suplicante: +débiles seres, que unen la miseria de los condenados á la sonrisa de +los escogidos. + +¡Y entonces recordaba que había osado quejarse! + +Frecuentemente, á mitad de la noche, se levantaba para escuchar +el canto de gracias de aquellas criaturas inocentes y abrumadas +de rigores, y sentía frío en las venas al pensar que los que eran +castigados con justicia no elevaban la voz hacia el cielo más que para +blasfemar; y que él, miserable, había enseñado sus puños á Dios. + +¡Cosa extravagante que le hacía meditar mucho, como una advertencia +en voz baja hecha por la misma Providencia! Todos los esfuerzos que +había hecho para salir del otro lugar de expiación, el escalamiento, la +ruptura de prisiones, el peligro aceptado hasta la muerte, la ascensión +difícil y brusca, los había tenido que hacer igualmente para entrar en +este segundo lugar. ¿Era éste tal vez el símbolo de su destino? + +Aquella casa era también una cárcel; y se parecía lúgubremente á la +otra de que había huido; y sin embargo, nunca se le había ocurrido tal +semejanza. + +Veía allí rejas, cerrojos, barras de hierro. ¿Para qué? Para guardar +ángeles. + +Aquellas altas murallas que había visto cercando tigres, las estaba +viendo cercando corderos. + +Era un lugar de expiación y no de castigo; pero sin embargo era más +austero, más tétrico y más inexorable que el otro. Aquellas vírgenes +vivían más oprimidas que los presidiarios. + +Un viento frío y rudo, el viento que había helado su juventud, +atravesaba el foso enverjado y embarrotado de los buitres; una brisa +más áspera y más dolorosa todavía soplaba en la jaula de las palomas. + +¿Por qué? + +Cuando pensaba en tales cosas, se abismaba su espíritu ante el misterio +de la sublimidad. + +En tales meditaciones el orgullo se desvanece. + +Daba toda clase de vueltas sobre sí mismo, sintiendo su propia +perversidad, y lloró muchas veces. Todo lo que había pasado por él +hacía seis meses, le conducía nuevamente á las santas inducciones del +obispo; Cosette por el amor, el convento por la humildad. + +Algunas veces, á la caída de la tarde, en el crepúsculo, á la hora en +que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del +paseo que costeaba la capilla, junto á la ventana por donde había +mirado la primera noche, de cara al sitio en que sabía estaba la +hermana que hacía el desagravio orando prosternada. Rezaba arrodillado +ante aquella religiosa. + +Parecía que no osaba arrodillarse directamente delante de Dios. + +Todo cuanto le rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores +embalsamadas, aquellas niñas gritando de alegría, aquellas mujeres +graves y sencillas, aquel claustro silencioso, le penetraban +lentamente; y poco á poco su alma iba llenándose de silencio como +el claustro, de perfume como las flores, de paz como el jardín, de +ingenuidad como las monjas, y de alegría como las niñas. Después +reflexionaba que precisamente dos casas de Dios le habían sucesivamente +acogido en los momentos críticos de su vida; la primera, cuando todas +las puertas se le cerraban y le rechazaba la sociedad humana; la +segunda, cuando la sociedad humana volvía á perseguirle, y el presidio +volvía á solicitarle. Sin la primera, hubiera vuelto á precipitarse en +el crimen; sin la segunda, en el suplicio. + +Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más y más. + +Se pasaron así bastantes años; Cosette fué creciendo. + + + NOTAS: + +[12] Ejército Católico y Real.--En nombre del Rey.--Bono negociable +de diez libras por objetos suministrados al ejército, reembolsable al +hacerse la paz.--Serie 3.--N.º 10390.--Stofflet. + + + + + TERCERA PARTE + MARIO + + + + + LIBRO PRIMERO + PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO + + + I + =Parvulus= + + +París tiene un hijo, y el bosque un pájaro; el pájaro se llama gorrión, +el hijo pilluelo. + +Asociad estas dos ideas, que contienen, la una todo el fuego, la otra +toda la aurora; chocad estas chispas, París y la infancia, y resulta un +pequeño ser. _Homuncio_, como diría Plauto. + +Este pequeño ser es siempre alegre. No todos los días come, pero va +al teatro, si le place, todas las noches. No lleva camisa sobre sus +carnes, ni zapatos en los pies, ni tiene tejado bajo el cual guarecer +su cabeza: es como los pájaros del aire, que nada de eso tienen. Cuenta +de siete á trece años, vive en bandadas, trisca por el empedrado, se +hospeda al aire libre, lleva un pantalón viejo de su padre que le pasa +de los talones, un sombrero viejo de cualquier tío, que le entra hasta +las orejas y un solo tirante orillado de amarillo; corre, acecha, +inquiere, pierde el tiempo, encalzona pipas, jura como un condenado, +frecuenta la taberna, conoce á los ladrones, tutea á las mujerzuelas, +habla el caló y canta canciones obscenas, sin que tenga su corazón +nada de malo. Y es que tiene en su alma una perla, la inocencia; y las +perlas no se disuelven en el fango. Mientras el hombre es niño, Dios +quiere que sea inocente. + +Si se preguntase á la enorme ciudad: ¿Quién es este muchacho? +respondería: Es mi pequeñín. + + + + + II + =Algunas de sus señas particulares= + + +El chico de París es el enano del gigante. + +No exageramos; este querubín del arroyo tiene algunas veces camisa, +pero en tal caso no es más que una; tiene alguna vez zapatos, pero +generalmente sin suelas; tiene alguna vez casa, á la que profesa +cariño, porque en ella encuentra á su madre, pero prefiere la calle, +porque en ella encuentra la libertad. Tiene sus juegos propios, su +malicia propia, cuyo fondo es el odio á los burgueses. Tiene sus +metáforas especiales: al morir, le llama él: _comer dientes de león por +la raíz_; sus ocupaciones son: proporcionar coches de alquiler, bajar +el estribo de los carruajes, establecer paso de una acera á otra de la +calle en los días de mucha lluvia, á lo cual llama hacer _puentes de +las artes_; pregonar los discursos de la autoridad en favor del pueblo +francés; escarbar los intersticios del empedrado; tiene su moneda +propia, que se compone de todos los pedazos de cobre que encuentra en +la calle. Esta curiosa moneda, que toma el nombre de _arambeles_, tiene +un curso invariable y muy bien arreglado entre aquella pequeña bohemia +de chiquillos. + +En fin, tiene también su fauna, que estudia cuidadosamente en los +rincones: la bestia de Dios, el pulgón cabeza de muerto, la zancuda, +el «diablo», insecto negro que amenaza torciendo su cola, armado de +dos cuernos. Tiene su monstruo fabuloso con escamas en el vientre, y +no es un lagarto, con pústulas en el lomo; y no es un sapo, que habita +en los agujeros de los hornos viejos de cal y de los pozos secos; +negro, velludo, viscoso, rampante; tan pronto ligero, como pesado, que +no grita, pero mira; tan terrible, que nadie le ha visto jamás. Y á +este monstruo le llaman «la salamandra». Buscar salamandras entre las +piedras es un gran placer. Es otro placer extraordinario levantar el +empedrado y ver las cucarachas. Cada región de París es célebre por los +descubrimientos interesantes que pueden hacerse. Hay tijeretas en los +leñeros de las Ursulinas; en el Panteón, cien-pies; en los fosos del +campo de Marte, renacuajos. + +En cuanto á los dichos, los tiene el pilluelo tan propios como +Talleyrand; no cede á éste en cinismo, pero le gana en honradez. Está +dotado de cierta jovialidad imprevista; desconcierta á los tenderos +con su loco reir. Su diapasón recorre todos los tonos, desde el drama +elevado hasta la farsa. + +Pasa un entierro. Entre los que acompañan al muerto se ve un médico: +¡Calla!--grita un pilluelo.--¿Desde cuándo los médicos van en persona á +entregar su obra? + +Otras veces, en medio de la multitud, un hombre grave, adornado de +anteojos y dijes, se vuelve indignado exclamando: + +--Bribón, acabas de coger «el talle» á mi mujer. + +--¡Yo, señor! Registradme. + + + + + III + =Es divertido= + + +Por la noche, gracias á algunos sueldos que siempre encuentra medio +de procurarse, el _homuncio_ entra en un teatro. En cuanto atraviesa +aquel umbral mágico, se transfigura: el pilluelo se convierte en tití. +Los teatros son una especie de navíos volcados, que tienen la cala +en lo alto. En esta cala es donde se eleva el tití. El tití es al +pilluelo lo que la mariposa á la oruga: es el mismo ser, pero volando y +cerniéndose. Basta que él esté allí con su irradiación de dicha, con su +poder de entusiasmo y alegría, con su batir de palmas parecido al batir +de unas alas para que aquella cala estrecha, fétida, obscura, sórdida, +malsana, repugnante y abominable se llame Paraíso. + +Dad á un ser lo inútil y quitadle lo necesario, y tendréis al pilluelo. + +El pilluelo no carece de cierta intuición literaria. Su tendencia, lo +decimos con todo el pesar conveniente, no sería el gusto clásico. Es +por naturaleza poco académico. Así por ejemplo, la popularidad de la +señorita Mars, entre aquel pequeño público de chinos turbulentos, iba +sazonada con sus puntas de ironía. El pilluelo la llamaba señorita +_Muche_. + +Este ser alborota, apostrofa, se burla y lucha; va envuelto en trapos +como un rorro, y en andrajos como un filósofo; pesca en los albañales, +caza en las cloacas, saca alegría de la inmundicia, fustiga las +encrucijadas con su locuacidad, husmea y muerde, silva y canta, aclama +y se desgañita, entona la Aleluya por Matanturlurette, salmodia todos +los ritmos, desde el _De profundis_ hasta las Carnestolendas; encuentra +sin buscar, sabe lo que ignora, es espartano hasta el fraude, loco +hasta la sabiduría, lírico hasta la obscenidad; se acurrucaría en el +Olimpo, se revuelca en el estiércol y sale cubierto de estrellas. El +pilluelo de París es Rabelais en pequeño. + +No está satisfecho de sus pantalones si no tienen bolsillo de reloj. + +Se admira poco, se asusta aún menos, saca coplas á las supersticiones, +deshincha las exageraciones, desmiente los misterios, saca la lengua +á los aparecidos, despoetiza lo encumbrado, mete la caricatura en las +hinchazones épicas. Esto no quiere decir que sea prosaico, lejos de +eso; pero reemplaza la visión solemne con la fantasmagoría de la farsa. +Si se le presentase Adamastón, le diría el pilluelo: ¡Anda, espantajo! + + + + + IV + =Puede ser útil= + + +París empieza en el papamoscas y acaba en el pilluelo; dos seres que no +puede tener ninguna otra ciudad: la aceptación pasiva que se satisface +mirando, y la iniciativa inagotable: Proudhomme y Fouillon. París +únicamente tiene esos tipos en su historia natural. + +Toda la monarquía, se encierra en el papamoscas; toda la anarquía en el +pilluelo. + +Este pálido hijo de los arrabales de París vive y se desarrolla, se +anuda y _desnuda_ en el sufrimiento; en presencia de las realidades +sociales y de las cosas humanas, como testigo meditabundo. Él mismo +se cree indiferente, y no lo es. Observa dispuesto siempre á reir, +pero dispuesto igualmente á otras cosas. Quien quiera que se llame +Preocupación, Abuso, Ignominia, Opresión, Iniquidad, Despotismo, +Injusticia, Fanatismo, Tiranía, guárdese del pilluelo bobalicón. + +Este niño crecerá. + +¿De qué barro está hecho? Del primer lodo que se ha encontrado. Un +puñado de barro, un soplo, y surgió Adán. Basta que pase un Dios; y +siempre pasó un Dios por el pilluelo. La fortuna trabaja este pequeño +ser. Por «fortuna» entendemos nosotros la ventura. Este pigmeo, amasado +con grosera tierra común, ignorante, sin letras, aturdido, vulgar y +populachero, ¿será un genio ó un beocio? + +Esperad; _currit rota_, el espíritu de París, ese demonio que crea los +hijos del azar y los hombres del destino, al revés del alfarero latino, +hace del cántaro un ánfora. + + + + + V + =Sus fronteras= + + +El pilluelo ama el poblado y ama también la soledad, tiene mucho de +sabio. _Urbis amator_, como Fusco; _ruris amator_, como Flaco. + +Errar soñando; es decir, vagabundear, es un buen modo de emplear el +tiempo para los filósofos, particularmente en esa especie de campiña +bastarda, bastante fea pero extraña y compuesta de dos naturalezas, +que rodea á ciertas grandes poblaciones y muy particularmente París. +Observar los alrededores es observar un anfibio. + +Acábanse los árboles y empiezan los tejados; acábase la yerba y empieza +el empedrado; termina el surco y empiezan las tiendas; terminan +los carriles y empiezan las pasiones; acaba el murmullo divino y +empiezan los rumores humanos; y de todo ello junto nace un interés +extraordinario. + +De ahí los paseos, sin objeto al parecer, del soñador, por esos lugares +poco atractivos y continuamente designados por el transeunte con el +epíteto de _tristes_. + +El que esto escribe ha sido mucho tiempo rondador de las barreras de +París, fuentes para él de profundos recuerdos. Aquel césped cortado, +aquellos senderos pedregosos, aquella creta, aquellas margas, aquellos +yesos, aquella áspera monotonía de eriales y barbechos, los plantíos +de frutas y hortalizas tempranas que se descubren de súbito en el +fondo, aquella mezcolanza de salvaje y urbano, aquellos vastos +rincones desiertos, donde los tambores de la guarnición establecen su +ruidosa escuela y tartamudean en cierto modo el tronar de las batallas, +aquéllas de día y madrigueras de noche; el molino destartalado que gira +con el viento, las ruedas de extracción de las canteras, los figones en +las esquinas de los cementerios, el encanto misterioso de las grandes +y sombrías tapias, cortando á cuadros inmensos y vagos, terrenos +inundados de sol y llenos de mariposas; todo eso le atraía. + +Casi no hay en la tierra quien conozca aquellos sitios singulares, la +Glacière, la Cunette, el horroroso muro de Grenelle tigrado de balazos, +el Mont Parnasse, la Fosse aux-Loups, los Aubiers en la pradera del +Marne, Mont Souris, la Tombe Issoire, la Pièrre-Plate de Chatillón, +donde hay una antigua cantera agotada, que sirve únicamente para criar +hongos, y cerrada á flor de tierra por una trampa de tablas podridas. +La campiña de Roma es una idea, las afueras de París otra; no ver +en lo que nos ofrece un horizonte más que campos, casas ó árboles, +es quedarse en la superficie; en el aspecto de todas las cosas está +el pensamiento de Dios. El lugar en que una llanura se junta á una +ciudad, está siempre impregnado de cierta melancolía penetrante. Allí +la naturaleza y la humanidad nos hablan á la vez. Las originalidades +locales aparecen allí. + +Quien haya errado como nosotros por aquellas soledades contiguas á +nuestros arrabales á las que pueden llamarse limbos de París, habrá +descubierto aquí y allá en el punto más abandonado, en el momento +más inesperado, detrás de un débil valladar ó en el ángulo de una +lúgubre tapia, muchachos agrupados tumultuosamente, fétidos, llenos +de polvo y lodo, haraposos, despeluznados, jugando al chito coronados +de florecillas: son los niños escapados de las familias. El boulevard +exterior es su centro respirable; los alrededores les pertenecen, y +en ellos establecen su escuela silvestre; allí cantan ingenuamente +su repertorio de canciones obscenas. Allí están, ó por mejor decir, +allí existen lejos de toda mirada, bajo la dulce luz de mayo ó junio, +arrodillados alrededor de un agujero abierto en la tierra, jugando +á las chinas disputando por un ochavo; irresponsables, escapados, +sueltos, felices; y apenas os distinguen, se acuerdan de que tienen +una industria, y que les es preciso ganarse la vida, y os ofrecen en +venta una media vieja de lana llena de saltones ó un manojo de lilas. +El encuentro de estos chiquillos extraños, es una de las gracias +halagüeñas, al par que dolorosas de los alrededores de París. + +Á veces entre aquel montón de chicos se encuentran algunas chiquillas, +sus hermanas tal vez, casi ya mozas, flacas, fibrosas, atezadas por el +ambiente, pecadas de rojo, coronadas de espigas y amapolas, alegres, +hurañas y descalzas. Vense á veces cogiendo cerezas entre los trigos; +de noche se las oye reir. Esos grupos, vivamente iluminados por la luz +del mediodía ó adivinados en el crepúsculo, ocupan mucho tiempo al +pensador; mezclando estas visiones á sus raciocinios. + +París, centro; los alrededores, circunferencia; he aquí para tales +muchachos toda la tierra. Jamás se aventuran á ir más allá. No pueden +salirse de la atmósfera parisién, como no pueden los peces salir del +agua. Para ellos, á dos leguas de las barreras no hay nada más: Ivry, +Gentilly, Arcueil, Belleville, Aubervilliers, Menilmontant, Choisy-le +Roi, Billancourt, Meudon, Issy, Vanvre, Sèvres, Puteaux, Neuilly, +Gennevilliers, Colombes, Romainville, Chatou, Asnières, Bougival, +Nanterre, Enghien, Noissy-le Sec, Nogent, Gournay, Drancy, Gonesse; son +los puntos donde termina el mundo. + + + + + VI + =Un poco de historia= + + +En la época, casi contemporánea, en que se desarrolla la acción de +este libro, no había, como en la actualidad, un agente municipal en +cada bocacalle (beneficio que no es del caso discutir); los muchachos +vagabundos abundaban bastante en París. + +Las estadísticas arrojan un promedio de doscientas sesenta criaturas +sin domicilio, recogidas entonces anualmente por las rondas de policía +en los terrenos abiertos, las casas en construcción, y bajo los arcos +de los puentes. Uno de estos nidos, de famosa recordación, produjo +las golondrinas del puente de Arcole. Éste es, por otra parte el más +desastroso de los síntomas sociales. Todos los crímenes del hombre +empiezan en la vagancia del muchacho. + +Exceptuemos, sin embargo, á París. Hasta cierto punto relativo, y á +pesar del recuerdo que acabamos de evocar, la excepción es justa. +Mientras que en cualquier otra gran ciudad un muchacho vagabundo es un +hombre perdido; mientras que casi en todas partes el niño entregado +á sí mismo está consagrado y abandonado en cierto modo á una especie +de inmersión fatal en los vicios públicos, la cual devora en él la +conciencia y la honradez; el pilluelo de París, lo repetimos, tan +descompuesto y corrompido en la superficie, se halla interiormente casi +intacto. Grande y magnífica cualidad que debemos hacer constar aquí, +y que brilla entre la espléndida probidad de nuestras revoluciones +populares, es la especial incorruptibilidad resultante de la idea, +que está en la atmósfera de París como la sal en el agua del océano. +Respirar el aire de París, conserva el alma. + +Pero lo que decimos, no se opone en manera alguna al dolor que siente +el corazón cada vez que nos encontramos con una de esas criaturas, en +cuyo derredor parece que se ven flotar los hilos rotos de la familia. +En la civilización actual, tan incompleta aún, no es muy anormal esa +ruptura de la familia perdiéndose en la sombra, ignorando lo que se han +hecho los hijos, y dejando caer los pedazos de sus entrañas en la vía +pública. De ahí los destinos obscuros, lo cual se llama, porque tiene +su triste locución «ser tirado en medio del arroyo de París». + +Sea dicho de paso: este abandono de criaturas no encontraba gran +oposición en la antigua monarquía. Algo de Egipto y de Bohemia en +las bajas regiones, era conveniente á las altas esferas y facilitaba +el negocio de los poderosos. El odio á la enseñanza de los hijos del +pueblo era un dogma. ¿De qué sirven «las medias luces?». Tal era la +consigna. Que el niño vagabundo, es el corolario de niño ignorante. + +Por otra parte, la monarquía tenía á veces necesidad de muchachos, y +entonces espumaba las calles. + +En tiempos de Luis XIV, sin ir más lejos, el rey quería, con razón, +crear una escuadra. La idea era buena; pero veamos el medio. No hay +escuadra posible, si al lado del buque de vela, juguete del viento, no +va para remolcarle, en caso necesario, el buque que puede ir donde se +quiere, ya á fuerza de remos, ya de vapor; las galeras eran entonces +en la marina lo que hoy los vapores; faltaban, pues, galeras, y como +las galeras no se mueven sin galeotes, hacían falta, por lo tanto, +galeotes. Colbert hacía que por medio de los intendentes de provincia +y los tribunales, hubiese de repuesto el mayor número posible de +galeotes. La magistratura se prestaba á ello con la mayor complacencia. +Conservaba cualquiera el sombrero puesto durante el paso de una +procesión; actitud de hugonote; á galeras. + +Se encontraba un muchacho en la calle; como tuviese quince años, y no +supiese dónde acostarse, se le enviaba á galeras. Gran reinado; gran +siglo. + +En tiempos de Luis XV, los muchachos desaparecían de París; la policía +los arrebataba, se ignora para qué misterioso objeto. Cuchicheábase con +horror, haciendo monstruosas conjeturas sobre los baños de púrpura del +rey. + +Barbier habla sencillamente de ello. Llegaba el caso que los exentos +encargados de la leva de chicos cogían algunos que tenían padres. +Éstos, desesperados, perseguían y recurrían á los exentos. Intervenía +entonces el tribunal, y mandaba ahorcar, ¿á quién? ¿Á los exentos? No, +á los padres. + + + + + VII + =El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de la India= + + +La _gaminería_ parisién es casi una casta. Pudiera decirse: para serlo +no basta quererlo. + +La palabra francesa _gamín_, que traducimos no muy propiamente en la de +pilluelo, se imprimió por primera vez, y pasó del lenguaje popular al +literario. En 1834 apareció en un opúsculo titulado _Claudio Gueux_. +Fué grande el escándalo, y la palabra pasó. + +Los elementos que constituyen la consideración de los pilluelos entre +sí son muy variados. Hemos conocido y tratado á uno que era muy +respetado y admirado, por haber visto caer un hombre desde lo alto de +las torres de Nuestra Señora; otro por haber conseguido penetrar en el +patio interior donde estaban interinamente depositadas las estatuas de +la cúpula de los Inválidos, y haber «robado» un poco de plomo; otro por +haber visto volcar una diligencia; otro porque «conocía» á un soldado +que por poco le saca un ojo á un paisano. + +Esto explica perfectamente la siguiente exclamación de un pilluelo +parisiense, epifonema profundo de que se ríe el vulgo sin comprenderle: +_Dios de Dios; ¡tendré yo desgracia! ¡Decir que todavía no he visto +caerse á nadie de un quinto piso!_ + +También es notable esta otra frase de campesino: «Tío Fulano, vuestra +mujer ha muerto de su enfermedad; ¿por qué no me mandásteis llamar al +médico? Qué queréis, señor; nosotros los pobres _nos morimos solos_». +Pero si toda la posibilidad del lugareño se encierra en dicha frase, +descúbrese indudablemente en la siguiente, la anarquía librepensadora +del pilluelo de los arrabales. Un condenado á muerte ya en la carreta, +oye á su confesor. El hijo de París lo ve, y exclama: _¡Habla el +clerizonte! ¡Qué hipócrita!_ + +Cierta audacia en materia religiosa, realza mucho al pilluelo; ser +espíritu fuerte, es lo importante. + +Asistir á las ejecuciones es para ellos un deber. Se enseñan unos á +otros la guillotina y se ríen. Danle diversos nombres:--Fin de la +sopa.--Gruñona.--La tía de lo azul (del cielo).--La última boqueada, +etc., etcétera. Para no perder nada del espectáculo, escala las +paredes, trepa á los balcones, sube á los árboles, se suspende en las +rejas, se abraza á las chimeneas. El pilluelo nace pizarrero, como +nace marino. Un tejado no le asusta más que un mástil. No hay fiesta +que iguale á la de la Grève (plaza de los ajusticiados). Sansón (el +verdugo) y el padre Montes (capellán de la cárcel) son verdaderos +nombres populares. Azuzan al paciente para darle valor. Á veces le +admiran. Lacenaire, siendo pilluelo, al ver morir con valor al terrible +Dautun, dijo esta frase que encierra un porvenir: _Le tengo envidia_. + +En la pillería no se conoce á Voltaire, pero se conoce á Papavoine. +Confúndese en la misma leyenda á los «políticos» y á los asesinos. +Consérvase por tradición el recuerdo del último vestido de cada uno. +Saben que Tollerón llevaba un gorro de chispero; Abril un casquete de +nutria; Louvel un sombrero redondo; que el viejo Delaporte era calvo, é +iba sin nada en la cabeza; que Castaing era sonrosado y muy guapo; que +Bories llevaba una perilla romántica; que Juan Martín conservaba los +tirantes y que Lecouffé y su madre iban riñendo.--_No os tiréis á la +cara el cesto_, les gritó un pilluelo. Otro por ver pasar á Debaker, y +siendo demasiado pequeñito, vió la farola del muelle y se encaramó en +ella. Un gendarme, que estaba allí, frunció el entrecejo. + +--Déjeme subir, señor gendarme,--dijo el pilluelo. Y para ablandar á la +autoridad, añadió:--No me caeré. + +--Y que me importa á mí que te caigas,--respondió el gendarme. + +Entre la pillería, se tiene en mucho un accidente memorable. Se +llega á la cúspide de la consideración, si sucede que uno se corta +profundamente «hasta el hueso». + +Los puños no son los peores elementos de respeto; una de las cosas que +el pilluelo dice con más satisfacción es: _¡Yo soy más fuerte, vaya!_ +Ser zurdo es cosa envidiable, y muy considerada el ser bizco. + + + + + VIII + =Donde se leerá una buena frase del último rey= + + +Durante el verano, se metamorfosea en rana; y por la tarde, cuando cae +la noche, delante de los puentes de Austerlitz y de Jena, desde lo alto +de las barcas de carbón y de las barracas de las lavanderas, se arroja +de cabeza en el Sena, infringiendo admirablemente todas las leyes del +pudor y de la policía. + +Sin embargo, como los municipales vigilan, resulta de ello una +situación muy dramática, que dió lugar una vez á un grito fraternal y +memorable; grito que fué célebre en 1830, y es un aviso estratégico de +pilluelo á pilluelo; se mide como un verso de Homero con una notación +casi tan inexplicable como la melopea eleusiaca de las Panateneas, +hallándose reproducida en él la antigua Evohé. Hele aquí: + +--«¡Eh, Tití, he, que hay moros en la costa; cuidado no te trinquen: +coge la ropa y huye; huye enseguida, escápate por la alcantarilla». +Algunas veces, este moscardón, como se califica él á sí mismo, sabe +leer, otras sabe escribir, pero siempre sabe pintarrajear. No vacila un +punto en adquirir, por medio de una misteriosa enseñanza mutua todas +las habilidades que pueden ser útiles á la cosa pública: de 1815 á 1830 +imitaba el graznido del pavo; de 1830 á 1848 garabateaba una pera en +las paredes. Una tarde de verano, volviendo Luis Felipe de paseo á pie, +vió á uno de aquellos chiquitines que sudaba y se empinaba para trazar +con un carbón una pera gigantesca en uno de los pilares de la verja de +Neuilly; el rey, con aquella bonachonería heredada de Enrique IV, ayudó +al pilluelo, acabó de dibujar la pera, y dándole después un luis de +oro, le dijo: _ahí también hay una pera_. Al pilluelo le gusta mucho la +bulla, le agrada cierto estado violento. Detesta á «los curas». Cierto +día, en la calle de la Universidad, uno de esos bribonzuelos le estaba +haciendo un gesto grotesco de manos y nariz á la puerta-cochera del +número 69. ¿Por qué haces eso á esa puerta? le preguntó un transeunte. +El niño respondió: Porque vive ahí un cura. En efecto; allí vive el +nuncio. + +No obstante, cualquiera que sea el volterianismo del pilluelo, si se le +presenta ocasión de hacerse monaguillo, casi siempre acepta, y entonces +ayuda á misa debidamente. Hay dos cosas en que se parece á Tántalo, y +que desea siempre sin conseguirlas nunca: derribar al gobierno y que le +cosan el pantalón. + +El pilluelo, en el estado perfecto, señala á todos los agentes de +policía de París, y sabe siempre cuando encuentra á alguno darle +su mote, pues los tiene presentes y los conoce á todos al dedillo. +Estudia sus costumbres y tiene notas especiales sobre cada uno; lee +como un libro abierto en las almas de la policía. Así os podrá decir +inmediatamente y sin titubear: «Fulano es un _traidor_, Zutano es _muy +malo_; éste es _grande_, aquél _ridículo_»; (y todas esas palabras, +traidor, malo, grande, ridículo, tienen en sus labios una aceptación +particular); «éste se figura que el Puente Nuevo es suyo, y prohíbe _á +la gente_ pasearse por la cornisa fuera del parapeto; el otro tiene la +manía de tirar de las orejas á las _gentes_, etc., etc». + + + + + IX + =El antiguo espíritu de los Galos= + + +Se encuentran también muchachos de éstos en Poquelin, hijo de los +mercados; y los hay también en Beaumarchais. La _pilluelería_ es una +vanidad, un matiz del espíritu galo. Asociada al buen sentido, le +da fuerza, como el alcohol al vino. Á veces es un defecto. Homero +se repite, es verdad; también puede decirse que Voltaire hacía +travesuras. Camilo Desmoulins era de los arrabales. Championnet, que +tan brutalmente desenmascaraba los milagros, había salido de las calles +de París; de pequeño había _inundado los pórticos_ de San Juan de +Beauvais y de San Esteban del Monte; había tuteado mucho la urna de +Santa Genoveva, para después dar órdenes á la redoma de San Genaro. + +El pilluelo de París es respetuoso, irónico é insolente. Tiene los +dientes feos, porque está mal alimentado, y su estómago sufre; pero +buenos ojos, porque es ingenioso. Delante de Jehová saltaría á la pata +coja las gradas del paraíso. Es fuerte en jugar el zapato. Todos los +crecimientos le son posibles. Juega en el arroyo y se levanta en los +motines; su tenacidad persiste ante la metralla; era un mocoso, y es un +héroe; como el pequeño Tebano, sacude la piel del león. El tambor Barra +era un pilluelo de París; grita: _¡Adelante!_ como el caballo de la +Escritura dice: _¡Va!_ y en un minuto pasa de rapazuelo á gigante. + +Es hijo del fango como del ideal; distancia que media desde Molière á +Barra. + +En suma, y para compendiarlo todo en una palabra, el pilluelo es un ser +que se distrae, porque es desgraciado. + + + + + X + =Ecce París, ecce homo= + + +Para resumir todavía más, diremos que el pilluelo de París, hoy, como +en otros tiempos el _græculus_ de Roma, es el pueblo niño que lleva en +su frente las arrugas del mundo viejo. + +El pilluelo es una gracia de la nación al mismo tiempo que una +enfermedad; enfermedad que es preciso curar; ¿de qué modo? con la luz. + +La luz sanea. + +La luz alumbra. + +Todas las generosas irradiaciones sociales parten de la ciencia, de las +letras, de las artes, de la enseñanza. Haced hombres, haced hombres. +Iluminadlos para que os calienten. + +Tarde ó temprano, el gran problema de la instrucción universal se +establecerá con la irresistible autoridad de la verdad absoluta, y +entonces los que gobiernen, bajo la protección de la idea francesa, +tendrán que elegir entre los hijos de Francia ó los pilluelos de París; +entre las llamas en la luz, ó los fuegos fatuos en las tinieblas. + +El pilluelo representa á París, y París representa al mundo. + +Porque París es un total: es la cúpula del género humano. Es la +prodigiosa ciudad, compendio de todas las costumbres vivas y muertas. +Quien ve á París, cree ver lo profundo de toda la historia con su cielo +y constelaciones en los intervalos. París tiene un Capitolio, la Casa +de la Villa; un Partenón, Nuestra Señora; un monte Aventino, el barrio +de San Antonio; un Asinario, la Sorbona; un Panteón, el Panteón; una +Vía Sacra, el boulevard de los Italianos; una torre de los Vientos, la +opinión; y ha reemplazado las gemonías con el ridículo. Su _majo_ se +llama majadero, su _transtiverino_ se llama arrabalero; su _hammal_ +se llama matón de plazuela; su _lazzarone_ se llama pillastre; su +_cockney_ se llama vago. Todo lo que se halla en cualquiera otra parte +se encuentra en París. + +La verdulera de Dumarsais puede competir con la vendedora de yerbas +de Eurípides; el discóbolo Veyano revive en el bailarín de cuerda +Furioso; Terapontigono Miles estaría muy bien del brazo con el +granadero Vadeboncœur; Damasipo el buhonero, viviría feliz entre +prenderos; Vincennes pondría la mano sobre Sócrates, del mismo modo +que Agora encajonaría á Diderot; Grimod de la Reynière ha descubierto +la manera de hacer el roastbeef con sebo, como Curtilo inventó el +erizo asado. Vemos reaparecer bajo el globo del arco de la Estrella +el trapecio de Plauto; el traga-espadas de Pœcilo encontrado por +Apuleyo, es el engulle-sables del Puente-Nuevo; el sobrino de Rameau y +Curculión el parásito, corren parejas; Ergasilo podría ser presentado +en casa de Cambaceres por Aigrefeuille. Los cuatro petimetres de Roma, +Alcesimarco, Phedromo, Diabolo y Argyripo bajan de la Courtille en +la silla de posta de Labatut; Aulo Gelio no se detenía más tiempo +ante Congrio, que Carlos Nodier ante Polichinela; Martón no es tigre, +como ni tampoco Pardalisca era dragón. Pantolabio el bufón, recuerda +en el café Inglés á Nomentano el vividor; Hermógenes es tenor en los +Campos Elíseos, y en derredor suyo pide Trasio el mendigo, vestido de +Arandela. El importuno que os detiene en las Tullerías por el botón de +la levita, os hace repetir después de dos mil años el apóstrofe del +Thesprion: _quis properantem me prehendit pallio?_ El vino de Surenne +parodia el vino de Alba; el tinto del viñedo de Desaugiers corre +parejas con la gran copa de Balatron. + +El cementerio del padre Lachaise exhala con las lluvias nocturnas los +mismos resplandores que las Esquilias, y la fosa del pobre comprada por +cinco años, equivale al ataúd alquilado del esclavo. + +Buscad alguna cosa que París no tenga. La cuba de Trofonio no contiene +nada que no se encuentre en la cubeta de Mesmer; Ergafilao resucita en +Cagliostro; el bracman Vasafanta se encarna en el conde de San Germán; +el cementerio de San Medardo hace tan buenos milagros como la mezquita +Uumoumié de Damasco. + +París tiene un Esopo, que es Mayeux; y una Canidia, que es la señorita +Lenormand. Agítase como Delfos en las fulgurantes realidades de la +visión; hace girar las mesas como Dodona los trípodes. Sienta la +griseta en el trono, como sentaba Roma á la cortesana; y en suma, si +Luis XV es peor que Claudio, la señora Dubarry supera á Mesalina. París +combina en un tipo inaudito, que ha existido, y con el cual nos hemos +codeado, la desnudez griega, la úlcera hebraica y el equívoco gascón. +Mezcla á Diógenes, á Job y á Paillasse; engalana un espectro con +números viejos del _Constitucional_ y crea á Chodruc Duclós. + +Por más que Plutarco diga: _el tirano no envejece_, Roma, en tiempo +de Sila como de Domiciano, se resignaba mezclando de buen grado agua +en su vino. El Tíber fué un Leteo si ha de creerse el elogio un tanto +doctrinario que hizo de él Vario Vibisco: _Contra Gracchos Tiberim +habemus. Bibere Tiberim, id est, seditionem oblivisci._ París bebe un +millón de litros de agua diarios; pero esto no le impide, cuando llega +el caso, de tocar generala y somatén. + +Por lo demás, París es un buen chico; realmente, lo acepta todo, y no +es escrupuloso en la elección de Venus; su Calipiga es hotentota; con +tal de reirse, todo lo absuelve; la fealdad le alegra, la deformidad le +entretiene, el vicio le distrae; decid gracias, y seréis gracioso; ni +aún la hipocresía, ese cinismo supremo, le incomoda; es tan literario, +que no se tapa la nariz ante Basilio, ni se escandaliza más del ruego +de Tartufo, que Horacio del «hipo» de Priapo. No falta en París ninguno +de los rasgos de la fisonomía universal. El baile de Mabille no es la +danza polymnia del Janículo; pero la revendedora de tocados, atrae con +sus miradas á la _loreta_, de igual manera que la encubridora Estafila +acechaba á la virgen Planesia. La barrera del Combate no es un coliseo; +pero hay allí tanta ferocidad como si lo presenciase el César. + +La hospedera siríaca es más graciosa que la tía Saguet; pero si +Virgilio frecuentaba la taberna romana, David de Angers, Balzac y +Charlet se han sentado en la mesa del figón parisién. París reina; los +genios brillan en su recinto; los colarojas prosperan en él. Adonai +pasa por él en su carro de doce ruedas de truenos y relámpagos; Sileno +hace su entrada montado en su asno; Sileno, léase, Ramponneau. + +París es sinónimo de Cosmos; París es Atenas, Roma, Sibaris, Jerusalén, +Pantin. Todas las civilizaciones están compendiadas en él, como también +todas las barbaries. París sentiría mucho carecer de guillotina. + +Un poco de plaza de Grève es bueno. ¿Qué sería toda aquella fiesta +eternal sin esta salsa? Nuestras leyes son sabiamente previsoras y, +gracias á ellas, la sangrienta cuchilla gotea continuamente sobre este +prolongado carnaval. + + + + + XI + =Reir es reinar= + + +París no tiene límites. Ninguna otra ciudad ha ejercido esa dominación +que se ríe á veces de los que subyuga. _¡Complaceros, oh atenienses!_ +exclamaba Alejandro. París hace algo más que la ley, hace la moda; y +hace más que la moda, la rutina. + +Puede hacer el tonto si le parece, y alguna vez se permite este lujo; +pero en tal caso todo el mundo hace el tonto con él. Pero luego vuelve +París en sí, se restrega los ojos y exclama. ¡Soy un estúpido! Y suelta +la carcajada á las barbas del género humano. ¡Qué admirable ciudad! +¡Cuán extraño parece que lo grandioso y lo burlesco hagan tan buen +consorcio, que toda su majestad no resulte empañada por la parodia, y +que la misma boca pueda soplar un día en la trompeta del juicio final y +otro en el silbato de un tallo de cebolla! París tiene una jovialidad +soberana. Su alegría es el rayo, su farsa lleva un cetro, sus huracanes +surgen muchas veces de una mueca. Sus explosiones, sus jornadas, sus +obras maestras, sus prodigios, sus epopeyas, llegan al fin del mundo +como sus despropósitos. Su risa es la boca de un volcán que salpica +toda la tierra; sus bufonadas son chispas. Impone á los pueblos sus +caricaturas, como sus ideales; los más encumbrados monumentos de la +civilización humana aceptan sus ironías, prestando su eternidad á su +truhanería. + +Es soberbio: con su prodigioso 14 de julio liberta al mundo y obliga á +todas las naciones á repetir el juramento del juego de pelota; su noche +del 4 de agosto destruye en tres horas mil años de feudalismo; hace de +su lógica el músculo de la voluntad unánime; se multiplica bajo todas +las formas de lo sublime; llena con sus resplandores á Washington, á +Kosciusko, á Bolívar, á Botzaris, á Riego, á Bem, á Manin, á López, á +Juan Browu, á Garibaldi. Está en todas partes donde el porvenir brilla, +en Boston en 1779: en la isla de León en 1820; en Pesth en 1848; en +Palermo en 1860; murmura la poderosa consigna: _libertad_, al oído +de los abolicionistas americanos agrupados en la barca de Harpers's +Ferry, y al oído de los patriotas de Ancona reunidos á la sombra en los +Arcos, ante la posada Gozzi, á orillas del mar; crea á Canaris; crea á +Quiroga; crea á Pisacane; irradia todo lo grande sobre la tierra, yendo +allí donde su soplo los empuja; muere Byron en Missolonghi, y Masset +en Barcelona. + +Es tribuno bajo los pies de Mirabeau y cráter bajo los de Robespierre; +sus libros, su teatro, sus artes, sus ciencias, su literatura, su +filosofía, son los manuales del género humano. Tiene á Pascal, á +Regnier, á Corneille, á Descartes, á Rousseau, á Voltaire para cada +minuto, á Molière para todos los siglos. Hace hablar su lengua á la +boca universal, y esta lengua llega á ser el verbo. Construye en todos +los espíritus la idea del progreso; los dogmas libertadores que forja +son para las generaciones espadas flameantes, y con la inspiración de +sus pensadores y poetas se han formado desde 1789 todos los héroes de +todos los pueblos. Esto no le impide, sin embargo, hacer chiquilladas. +Y este genio enorme que se llama París, transfigurando el mundo con su +luz, dibuja con carbón la nariz de Bouginier en la pared del templo de +Teseo, y escribe _Credeville ladrón_ en las pirámides. + +París enseña de continuo los dientes; cuando no gruñe, ríe. + +Tal es París. Las columnas de humo de sus tejados son las ideas del +universo. Montón de barro; piedras, si se quiere; pero por cima de todo +es un ser moral; es más que grande; es inmenso. ¿Porqué? Porque es +audaz. + +La audacia es el precio del progreso. + +Todas las conquistas sublimes son, en más ó en menos el premio del +atrevimiento. Para que la revolución sea, no basta que la presienta +Montesquieu, ni que Diderot la predique, que Beaumarchais la anuncie, +que Condorcet la calcule, que Arout la prepare, ni que Rousseau la +premedite; es preciso que Dantón se atreva. + +El grito _¡Audacia!_ es un _Fiat lux_. + +Es indispensable para el progreso del género humano, que haya sobre +las cumbres permanentes altivas lecciones de valor. Las temeridades +deslumbran la historia, y son, para el hombre, una gran luz. La aurora +es audaz cuando aparece. + +Intentar, desafiar, persistir, perseverar, ser fiel á sí mismo, luchar +cuerpo á cuerpo con el destino, asombrar á la catástrofe con el poco +miedo que nos produce, así afrontando á los poderes injustos, como +insultando á la victoria ebria, tener razón y fuerza: he ahí los +ejemplos que necesitan los pueblos; he ahí el fuego que les electriza. +El mismo formidable relámpago enciende la antorcha de Prometeo que el +botafuego de Cambronne. + + + + + XII + =El latente porvenir del pueblo= + + +En cuanto al pueblo parisién, aun cuando sea un hombre hecho, es +siempre el pilluelo; pintar el muchacho es pintar la ciudad; por esto +hemos estudiado el águila en el gorrión libre. + +En los arrabales sobre todo, es donde aparece la raza parisién; allí +conserva su pureza de sangre; allí está su verdadera fisonomía; allí el +pueblo trabaja y sufre, y el sufrimiento y el trabajo son las dos faces +del hombre. Allí existen cantidades inmensas de seres desconocidos, +en que hormiguean los tipos más extraños, desde el descargador de la +Râpée hasta el descuartizador de Montfaucon. _Fex urbis_, exclama +Cicerón; _mob_, añade Burke indignado; turba, multitud, populacho. +Palabras son éstas que se dicen muy pronto. Enhorabuena; pero ¿qué +importa? ¿Qué tiene que ver que anden con los pies descalzos? ¿Que no +sepan leer? Tanto peor. ¿Se les abandonará por esto? ¿Se hará de su +desgracia una maldición? ¿Acaso no puede la luz penetrar en esas masas? +Volvamos á nuestra exclamación: ¡Luz! y obstinémonos en ella; ¡luz, +luz! ¿Quién sabe si esos seres opacos no se volverán transparentes? Las +revoluciones, ¿no son por ventura transfiguraciones? + +Andad, filósofos, enseñad, ilustrad, iluminad, pensad alto, hablad +alto, corred alegres hacia el vivo sol, fraternizad en las plazas +públicas, anunciad la buena nueva, prodigad los alfabetos, proclamad +los derechos, cantad la marsellesa, sembrad el entusiasmo, arrancad +verdes ramas de la encina. Haced de la idea un torbellino. Esta +multitud puede llegar á ser sublime. + +Sepamos ser útiles á esa vasta hoguera de principios y virtudes +que chisporrotea, estalla y se conmueve á ciertas horas. Esos pies +descalzos, esos brazos desnudos, esos andrajos, esa ignorancia, esa +abyección, esas tinieblas, pueden emplearse en conquistar lo ideal. +Mirad á través del pueblo, y descubriréis la verdad. + +La vil arena que oprimís con los pies, la echáis en el horno, y se +funde, y cuece, para trocarse en brillante cristal; y gracias á él, +Galileo y Newton descubren los astros. + + + + + XIII + =El niño Gavroche= + + +Ocho ó nueve años próximamente, después de los acontecimientos que +hemos referido en la segunda parte de esta historia, veíase en el +boulevard del Temple, y en las regiones del Chateau d'Eau, un chicuelo +de once á doce años, que habría realizado perfectamente el ideal del +pilluelo que hemos bosquejado más arriba, si con la sonrisa propia de +su edad en los labios no hubiera tenido el corazón absolutamente vacío +y opaco. Este muchacho aparecía como envuelto en un pantalón de hombre, +que no era de su padre, y en una camisa de mujer, que tampoco era de su +madre. + +Algunas personas caritativas le habían socorrido con harapos, y sin +embargo, tenía un padre y una madre; pero su madre no pensaba en él, ni +su madre le amaba. Era una de esas criaturas dignas de lástima entre +todos los que teniendo padre y madre, resultan huérfanos. + +Este muchacho no se encontraba en ninguna parte tan bien como en la +calle. El empedrado era menos duro que el corazón de su madre. + +Sus padres le habían lanzado al mundo de un puntapié. + +Había empezado por sí mismo á volar. + +Era un chiquillo amigo de bulla, descolorido, listo, despierto, +chancero, de aire vivo y enfermizo. Iba, venía, cantaba, jugaba al +chito, escarbaba en los arroyos; robaba un poco, pero como los gatos y +los gorriones, alegremente; se reía cuando le llamaban galopín, y se +incomodaba cuando le llamaban granuja. No tenía casa, ni pan, ni hogar, +ni cariño, pero estaba contento porque era libre. + +Cuando estos pobres seres son ya hombres, casi siempre la rueda del +orden social los encuentra y los pulveriza, pero mientras son muchachos +se escapan, porque son pequeños. El menor hueco los salva. + +Sin embargo, por muy abandonado que estuviese este muchacho, alguna que +otra vez, cada dos ó tres meses, exclamaba: ¡Calla! ¡Voy á ver á mi +madre! Entonces dejaba el boulevard, el Circo, la Puerta de San Martín; +bajaba al muelle, atravesaba los puentes, entraba en el arrabal, +llegaba á la Salpêtrière, y se paraba ¿dónde? precisamente ante el +número duplicado 50-52, que el lector conoce ya, en la casa de Gorbeau. + +En aquella época, la casa del número 50-52, generalmente desierta, y +adornada siempre con el letrero: «Cuartos desalquilados», estaba, cosa +rara, habitada por ciertos individuos, que, como sucede siempre en +París, no tenían ningún vínculo ni relación entre unos y otros. Todos +pertenecían á esa clase indigente que principia en el último burgués +entrampado, prolongándose de miseria en miseria por las últimas capas +de la sociedad, hasta esos dos seres en que vienen á parar todas las +cosas materiales de la civilización, á saber, el barrendero, que limpia +el fango de la vía pública, y el trapero, que recoge los harapos. + +La «inquilina principal» del tiempo de Juan Valjean había muerto, +habiéndola reemplazado otra por el estilo. No sé qué filósofo ha dicho: +Nunca faltarán mujeres viejas. + +Esta nueva vieja se llamaba la señora Burgón, sin tener nada notable +en su vida, más que una dinastía de tres papagayos que habían reinado +sucesivamente en su alma. + +Los más miserables entre los habitantes de la casucha, eran una familia +de cuatro personas, padre, madre, y dos hijas, ya bastante crecidas, +los cuatro se alojaban en un mismo desván, ó sea en una de aquellas +celdas de que hemos hablado anteriormente. + +Aquella familia no ofrecía al pronto nada de particular, más que su +extremada desnudez; el padre al alquilar el cuarto, dijo llamarse +Jondrette. + +Algún tiempo después de su instalación, semejante por cierto, según una +frase memorable de la inquilina principal _á la entrada de la nada_, +el Jondrette había dicho á la vieja, la cual, como su antecesora, era +portera al mismo tiempo y barría la escalera: Tía Fulana, si viniese +alguien por casualidad á preguntar por un polaco, ó por un italiano, ó +tal vez por un español, ése seré yo. + +Esta familia, era la familia del alegre pilluelo. Llegaba allí, +encontraba los apuros, y lo más triste aún, no veía una sola sonrisa; +el frío en el hogar, el frío en los corazones. Cuando entraba le +preguntaban: + +--¿De dónde vienes?--Y respondía:--De la calle. + +Cuando se iba le preguntaban: + +--¿Adónde vas?--Y respondía:--Á la calle. + +Su madre le decía: + +--¿Pues qué vienes á hacer aquí? + +Aquel muchacho vivía en la más completa carencia de afectos, como esas +yerbas descoloridas que se crían en las cuevas; pero el ser así no le +molestaba, ni quería tampoco mal á nadie. No tenía idea cabal de lo que +debían ser un padre y una madre. + +Por lo demás, su madre amaba á sus hermanas. + +Nos hemos olvidado de decir que en el boulevard del Temple le llamaban +á este muchacho el pequeño Gavroche. ¿Por qué le llamaban Gavroche? + +Probablemente por lo mismo que á su padre le llamaban Jondrette. + +Parece ser instinto de ciertas familias miserables el romper los hilos +que unen á sus individuos. + +El cuarto que los Jondrette ocupaban en la casa del Gorbeau, era el +último al extremo del corredor. + +La celda contigua la ocupaba un joven pobrísimo, que se llamaba Mario. + +Digamos ahora quién era este Mario. + + + + + LIBRO SEGUNDO + EL NOBLE BURGUÉS + + + I + =Noventa años y treinta y dos dientes= + + +En las calles de Boucherat, de Normandía y de Saintonge, existen aún +algunos vecinos antiguos, que han conservado el recuerdo de un buen +señor llamado Gillenormand, de quien hablan todavía con placer. Este +buen señor era viejo cuando ellos eran jóvenes. Su perfil, contemplado +por los que miran melancólicamente ese vago movimiento de sombras que +se llama pasado, no ha desaparecido todavía del laberinto de calles +inmediatas al Temple, á las cuales se dieron en tiempo de Luis XIV, +los nombres de todas las provincias de Francia, de igual manera que en +nuestros días se están dando á las calles del nuevo barrio de Tívoli, +los nombres de todas las capitales de Europa; progresión, sea dicho de +paso, en que se patentiza el progreso. + +El señor Gillenormand, quien vivía aún en 1831, era uno de esos hombres +á quienes es curioso ver únicamente porque han vivido mucho, y que +son raros, porque fueron antes como todo el mundo, y después no se +parecen á nadie. Era un viejo particular, y verdaderamente el tipo de +otra edad, el verdadero y completo burgués, un tanto orgulloso, del +siglo XVIII, que ostentaba su antigua burguesía con la misma altivez +que podía ostentar un marqués su marquesado. Había cumplido noventa +años, y andaba derecho, hablaba alto, veía claro, bebía de lo rancio, +comía, dormía y roncaba. Conservaba sus treinta y dos dientes. No se +ponía anteojos más que para leer. Era aficionado á los amoríos; pero +decía que hacía una docena de años había renunciado decididamente á +las mujeres. Decía que ya no podía agradar; pero no añadía: Soy muy +viejo, sino: Soy muy pobre. Diciendo también: ¡Oh, si no estuviera +arruinado!... ¡Ay! ¡ay! ¡ay! No le quedaba, en efecto, más que una +renta de unos quince mil francos. Su sueño dorado era heredar una renta +de cien mil francos para tener queridas. No pertenecía, pues, como se +ve, á esa variedad enclenque de octogenarios que, como Voltaire, han +estado moribundos toda su vida; no era una longevidad cascada la suya; +este gallardo viejo había estado bueno siempre. + +Era superficial, de genio vivo é iracundo. Enfadábase por cualquier +cosa, y frecuentemente contra el buen sentido. Cuando alguien le +contradecía levantaba el bastón, y pegaba á las gentes como en el +gran siglo. Tenía una hija de más de cincuenta años, soltera, á la +que golpeaba á su placer cuando se encolerizaba, y á la que hubiera +de buena gana dado azotes. La trataba como si tuviera ocho años. +Abofeteaba enérgicamente á sus criadas, diciéndoles: ¡Ah, perdidas! +Uno de sus juramentos era: _¡Por el pantuflo de la pantuflada!_ Tenía +otras gracias singulares. Se hacía afeitar diariamente por un barbero +que había estado loco, y que le odiaba, celoso del señor Gillenormand +por culpa de su mujer, linda y coqueta barbera. Gillenormand admiraba +su propio discernimiento en todo y por todo, teniéndose por muy sagaz; +he aquí uno de sus dichos: «Tengo en verdad cierta penetración; puedo +decir, cuando me pica una pulga, de qué mujer viene». Las palabras +que más frecuentemente pronunciaba, eran: _el hombre sensible_ y _la +naturaleza_. Pero no daba á esta última palabra la gran acepción que le +ha concedido nuestra época; la hacía entrar á su manera en las pequeñas +sátiras domésticas. + +La naturaleza, decía, para que la civilización tenga un poco de todo, +le da hasta el espécimen de una barbarie entretenida. Europa tiene +tipos de muestra del Asia y del África, en miniatura. El gato es un +tigre de salón, el lagarto es un cocodrilo de bolsillo. Las bailarinas +de la Ópera son salvajes de color de rosa. No se comen, por cierto, +á los hombres, pero los aniquilan; ó bien, con sus artes mágicas, +los convierten en ostras y se los tragan. Los caribes no dejan más +que los huesos; ellas no dejan más que la concha. Tales son nuestras +costumbres. No devoramos, es verdad, pero roemos; no exterminamos +tampoco, pero arañamos. + + + + + II + =Á tal amo, tal casa= + + +Vivía en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en casa +propia. Esta casa ha sido ya demolida y reedificada después; su número +habrá cambiado también con la revolución de números que sufren las +calles de París. + +Ocupaba nuestro Gillenormand un antiguo y grande primer piso, situado +entre la calle y unos jardines, y adornado hasta el techo de tapices de +los Gobelinos y de Beauvais que representaban asuntos pastoriles; los +dibujos del techo y de los entrepaños, estaban repetidos en pequeño en +los sillones. Tenía la cama cerrada por un gran biombo de nueve hojas +de laca, de Coromandel. + +Anchos y holgados cortinajes pendían de las ventanas, formando al caer +grandes y magníficos pliegues quebrados. El jardín, situado al pie de +estas ventanas, comunicaba con la que estaba en el ángulo por medio de +una escalera de doce ó quince peldaños, que subía y bajaba alegremente +el buen señor. Además de una biblioteca contigua á su cuarto, tenía un +gabinetito, del que gustaba mucho; retiro galante, tapizado con una +colgadura color de paja flordelisada y tejida de flores, fabricada en +las galeras de Luis XIV, por encargo especial del señor de Vivonne +hecho á los galeotes, con destino á su querida. + +Gillenormand la había heredado de una esquiva hermana de su abuelo +materno, que había muerto centenaria. El señor Gillenormand había +tenido dos mujeres. Sus modales venían á ser un término medio entre el +palaciego, que nunca lo había sido, y el hombre de toga, que hubiera +podido ser. Era alegre y cariñoso cuando quería. + +En su juventud había sido de aquellos hombres á quienes engaña siempre +su mujer, y no engaña nunca la querida, porque son al mismo tiempo +que los maridos más bruscos, los amantes más finos que existen. Era +entendido en pintura. Tenía en su habitación un magnífico retrato que +no sabía de quién era, pintado por Jordaens, hecho á grandes brochazos, +con multitud de detalles, amontonados y como cogidos al acaso. + +Su traje no era el de Luis XV, ni el de Luis XVI: era el traje de los +_increíbles_ del Directorio. Se había creído joven hasta entonces, y +había seguido aquellas modas. Su frac era de paño fino con grandes +solapas, faldón de cola de bacalao, y grandes botones de acero; calzón +corto y zapatos de hebilla. Llevaba siempre las manos metidas en las +faltriqueras, diciendo con cierta autoridad: _La revolución francesa es +una gavilla de salteadores_. + + + + + III + =Lucas-Espíritu= + + +Á la edad de diez y seis años, una noche, en la Ópera, había tenido +el honor de que le dirigiesen sus anteojos á un tiempo, dos bellezas, +entonces ya maduras, y célebres, cantadas por Voltaire, la Camargo y la +Sallé. + +Cogido entre dos fuegos, había hecho una retirada heroica hacia una +bailarina de última fila, llamada Nahenry, joven de diez y seis años +como él, arisca como un gato, y de la cual estaba enamorado. Conservaba +grandes recuerdos, y se admiraba diciendo: + +--¡Qué linda estaba la Guimard Guimardin Guimardinette la última vez +que la vi en Longchamps, rizada á lo _sentimental_, con _ven á verme_ +de turquesas, vestido de color de _recién llegado_, y con su manguito +de _agitación_! + +Había llevado durante su adolescencia una chupa de Nain Loudrin, de +la cual hablaba con entusiasmo y efusión. Estaba yo vestido como +un turco de Levante levantino, decía él: La Señora de Boufflers le +vió por casualidad cuando tenía veinte años, y le calificó de «loco +encantador». Se escandalizaba de todos los nombres que oía sonar en +la política y en el poder, hallándoles bajos y vulgares. Leía los +periódicos, _los papeles de noticias, las gacetas_, como los llamaba +él, reventando de risa. + +--¡Oh!--exclamaba.--¡Qué gentes son éstas! ¡Corbière! ¡Humann! +¡Casimiro Perier! ¿Y esto son ministros? Figúrome leer en un periódico: +¡Gillenormand, ministro! Esto sí que sería comedia. ¡Y vaya! Serían +tan tontos que pasaría.--Llamaba alegremente todas las cosas por su +verdadero nombre, decente ó indecente, y no se recataba delante de +las señoras. Decía groserías, obscenidades y porquerías con cierta +tranquilidad é indiferencia, que venían á ser su elegancia. Tal era +la sin aprensión de su siglo. Hagamos notar aquí que el tiempo de las +perífrasis en verso, ha sido el tiempo del lenguaje crudo en prosa. + +Su padrino de bautismo había predicho que sería un hombre de genio, y +le había puesto estos dos nombres significativos: Lucas Espíritu. + + + + + IV + =Aspirante á Centenario= + + +Había ganado premios durante su niñez en el colegio de Moulins, que era +su patria, y sido coronado por mano del duque de Nivernais, á quien +llamaba el duque de Nevers. Ni la Convención, ni la muerte de Luis XVI +ni Napoleón, ni la vuelta de los Borbones, nada había podido desvanecer +el recuerdo de su coronación. _El duque de Nevers_ era para él la gran +figura del siglo. ¡Qué gran señor más amable!--decía--¡Qué bien le +sentaba el cordón azul! Á los ojos de Gillenormand, Catalina II había +reparado el crimen de la repartición de Polonia, comprando en tres mil +rublos, el secreto del elixir de oro á Bestuchef. + +Esto, sobre todo, le entusiasmaba. El elixir de oro, exclamaba, la +tintura amarilla de Bestuchef, las gotas del general Lamotte, valían +en el siglo XVIII un luis el frasco de una media onza, el gran remedio +para las catástrofes del amor, la panacea contra Venus. Luis XV mandó +doscientos frascos al papa. Se le habría exasperado y sacado de quicio, +diciéndole que el elixir de oro no es otra cosa que el percloruro de +hierro. Gillenormand adoraba á los Borbones, y tenía horror á 1789; +repetía sin cesar de qué manera se había salvado durante el Terror, y +cómo había necesitado mucha serenidad y mucho ingenio para que no le +cortasen la cabeza. Si á cualquier joven se le ocurría delante de él +elogiar á la República, se ponía azul, irritándose hasta desmayarse. +Algunas veces, aludiendo á sus noventa años de edad, decía: _estoy +seguro de que no veré dos veces el noventa y tres_. + +Otras veces indicaba que creía vivir hasta cien años. + + + + + V + =Vasco y Nicolasita= + + +Tenía sus teorías particulares. He aquí una de ellas: + +«Cuando un hombre ama apasionadamente á las mujeres, y tiene mujer +propia, de quien cuida poco, fea, adusta, legítima, llena de derechos, +que cita á cada paso el código, y celosa por añadidura, no hay más que +un medio para librarse de ella y vivir en paz: poner en sus manos los +cordones de la bolsa. Esta abdicación le hace libre. + +«La mujer se halla entonces ocupada, lleva hasta la pasión el manejo de +todo; se mancha los dedos de cardenillo; toma, á su cargo la educación +de los mozos de labranza y la enseñanza de los colonos; convoca á los +procuradores, preside á los notarios, arenga á los curiales, visita á +los magistrados, sigue los pleitos, repasa las escrituras, dicta los +contratos; se cree soberana: vende, compra, arregla, manda, promete +y compromete, ata y desata, cede, concede y retrocede, arregla y +desarregla, atesora y prodiga, hace disparates; gracia magistral y +particular: esto la consuela. Mientras el marido la desdeña, tiene ella +la satisfacción de arruinarle». + +Esta teoría, Gillenormand se la había aplicado á sí mismo, acabando +por su propia historia. Su segunda mujer había administrado sus bienes +de tal modo que, el día feliz en que se quedó viudo, sólo tenía lo +estrictamente necesario para vivir: colocándolo todo á renta vitalicia, +unos quince mil francos anuales, cuyas tres cuartas partes debían +extinguirse con él. + +No dudó en hacerlo, preocupándose muy poco de dejar herencia alguna. +Además, había visto que los patrimonios corrían sus peligros, como por +ejemplo, el de trocarse _en bienes nacionales_; había asistido á las +conversiones del tercio consolidado, y creía poco en el gran libro, por +lo que decía: _todo eso irá á parar á la calle Quincampoix_ (esto es, +al trapero). + +La casa de la calle de las Hijas del Calvario en que vivía era suya, +como ya hemos dicho. Tenía dos criados, «un macho y una hembra». Cuando +entraba en su casa un criado, Gillenormand le rebautizaba. Daba á +los hombres el nombre de su provincia: Nimes, Comtaense, Poitevinés, +Picardo. Su último lacayo era un hombre gordo, pesado y asmático, de +cincuenta y cinco años, incapaz de correr veinte pasos; pero como era +natural de Bayona, el señor Gillenormand le llamaba Vasco. En cuanto +á las criadas, todas se llamaban Nicolasitas (hasta la Magnón, de que +hablaremos más adelante). Un día se presentó á pretender, una arrogante +cocinera, de cordón azul, perteneciente á la encopetada raza de los +conserjes. ¿Cuánto queréis ganar de salario mensual?--le preguntó el +señor Gillenormand. + +--Treinta francos. + +--¿Cómo os llamáis? + +--Olimpia. + +--Pues ganareis cincuenta y os llamareis Nicolasita. + + + + + VI + =Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos= + + +En casa de Gillenormand el dolor se traducía en cólera; estaba furioso +de estar desesperado. Tomaba todas las preocupaciones, y se permitía +todas las licencias. Uno de los puntos salientes de su exterior y +origen de su satisfacción íntima era, según acabamos de indicar, el +de aparecer verde galanteador y que se le tuviera realmente por tal; +á lo que él llamaba «tener regia fama». Pero la fama regia le hacía +alguna vez objeto de raras aventuras. Un día llevaron á su casa en +una cestilla, lo mismo que las banastas de ostras, un robusto infante +recién nacido, chillando como un diablo y muy envuelto en mantillas, +que una criada, echada de su casa hacía seis meses, le atribuía. + +El señor Gillenormand tenía entonces sus ochenta años cumplidos. +Levantóse en torno suyo un clamor general de indignación. ¿Á quién +quería hacer creer aquello la pícara criada? ¡Qué atrevimiento! ¡Qué +abominable calumnia! Pero el señor Gillenormand no aparentó la menor +cólera. Miró al chiquillo con la amable sonrisa de un hombre adulado +por la calumnia, y dijo que pudiese oirle todo el mundo:--Bien, ¿y +qué? ¿Qué es ello? ¿Qué hay? ¿Qué tiene ello de particular? Vaya una +admiración de gentes ignorantes. El señor duque de Anguleme, bastardo +de su majestad Carlos IX, se casó á los ochenta y cinco años con una +de quince; el señor Virginal, marqués de Alluye, hermano del cardenal +de Sourdis, arzobispo de Burdeos, tuvo á los ochenta y tres años de +una camarista de la presidenta Jacquin, un hijo, un verdadero hijo del +amor, que fué caballero de Malta y consejero de Estado de espada; uno +de los grandes hombres de este siglo, el presbítero Tabaraud, es hijo +de un hombre de ochenta y siete años. Ya veis como no tiene esto nada +de extraordinario. ¿Y la Biblia entonces? + +«Con todo, declaro que este señorito no es mío. Pero que se le cuide, +puesto que él no tiene la culpa». + +Este proceder era muy humanitario, y la muchacha, que se llamaba +Magnón, le hizo un segundo envío al año siguiente. También era un niño. +Ante este golpe, Gillenormand capituló. Devolvió á la madre los dos +chiquillos, comprometiéndose á pagar para su educación ochenta francos +al mes, bajo la expresa condición de que la madre no volviera á las +andadas, y añadiendo: quiero que su madre los trate bien, y yo iré á +verlos de cuando en cuando. + +Y así lo hizo. + +Tuvo un hermano clérigo que fué rector de la Academia de Poitiers +treinta y tres años, y había muerto á los setenta y nueve. _Le he +perdido joven_, decía. + +Este hermano, de quien apenas queda memoria, era un avaro pacífico, que +por ser clérigo se creía obligado á dar limosna á cuantos pobres se +encontraba; pero nunca les daba más que monedas falsas ó de circulación +prohibida, encontrando así el medio de ir al infierno por el camino del +cielo. + +En cuanto al señor Gillenormand mayor, no comerciaba con la limosna, +la daba con gusto y noblemente. Era benévolo, brusco, caritativo; y si +hubiera sido rico, su inclinación hubiera sido la esplendidez. Quería +que todo á su alrededor se hiciera en grande, hasta las picardías. Un +día fué robado en una testamentaría por un agente de negocios de una +manera grosera y visible, y lanzó esta solemne exclamación: + +--¡Oh! ¡Qué torpemente hecho! ¡Me avergüenzan en verdad esas +porquerías! Todo ha degenerado en este siglo, hasta los pícaros. +¡Caracoles! No es éste el modo de robar á un hombre como yo. He sido +robado como en un bosque, pero de mala manera. _¡Silvæ sint consule +dignæ!_ + +Ya hemos dicho que había tenido dos mujeres: la primera le dió una +hija, que permaneció soltera, y la segunda otra que murió á los treinta +años, y había casado por amor, por azar ó por otra causa, con un +soldado de fortuna, que había servido en los ejércitos de la República +y del Imperio, que había ganado la cruz en Austerlitz, y recibido el +grado de coronel en Waterloo. Es _la deshonra de mi familia_, decía el +viejo burgués. + +Tomaba mucho tabaco y tenía una gracia especial en sacudirse la +chorrera de encaje con el revés de la mano. Creía poco en Dios. + + + + + VII + =Regla: no recibir á nadie más que de noche= + + +Tal era el señor Lucas Espíritu Gillenormand, quien no había aún +perdido sus cabellos, más grises que blancos, é iba peinado siempre +en forma de orejas de perro. Sin embargo y á pesar de lo cual, era +venerable. + +Tenía algo del siglo XVIII: frívolo y grande. + +En 1814, y durante los primeros años de la Restauración, Gillenormand, +que era joven aún, no tenía más que setenta y cuatro años; había vivido +en el barrio de San Germán, calle Servandoni, junto á San Sulpicio. No +se había retirado al Marais sino al salir del mundo, después de haber +ya cumplido los ochenta años. + +Al salir del mundo se había encerrado en sus antiguas costumbres. La +principal y más invariable era la de tener la puerta absolutamente +cerrada durante el día, y no recibir á nadie fuése por lo que fuere, +sino de noche. Comía á las cinco, después de lo cual abría su puerta. +Era la moda de su siglo, y no quería faltar á ella. El día es canalla, +decía, y no merece sino los postigos cerrados. Las personas de arraigo +encienden su espíritu cuando el cénit enciende sus estrellas. Y se +cerraba para todo el mundo, aunque fuése por el mismo rey. + +Antigua elegancia de su tiempo. + + + + + VIII + =Las dos no hacen pareja= + + +Las dos hijas del señor Gillenormand de que acabamos de hablar, habían +nacido con diez años de intervalo. Durante su juventud se habían +parecido muy poco, y tanto por carácter como por fisonomía, habían sido +lo menos hermanas que podían ser. La menor era un alma encantadora, +amando siempre todo lo que era luz, ocupada siempre en flores, versos y +música, remontándose por los espacios de la gloria, entusiasta, etérea, +unida desde la infancia en el ideal á una vaga figura heroica. La mayor +tenía también su quimera; veía allá en lo azul, un asentista, cualquier +acaudalado proveedor, un marido espléndidamente tonto, un millón hecho +hombre, ó algún gobernador; las recepciones del gobierno, los ujieres +de antecámara con la cadena al cuello, los bailes oficiales, las +arengas de los alcaldes; ser la señora gobernadora: esto agitaba de +continuo su imaginación. Las dos hermanas se alucinaban, pues, cada una +en su sueño respectivo, cuando eran jóvenes. Ambas tenían alas; la una +como un ángel, como un ganso la otra. + +Pero ninguna ambición se realiza plenamente en este bajo mundo; en +nuestra época no se hace terrenal ningún paraíso. La menor casó con el +hombre que había soñado, pero murió la pobre. + +La mayor no pudo llegar al matrimonio. + +En el momento en que hace ésta su entrada en la historia que venimos +narrando, era una virtud vieja, una mojigata incombustible, una de +las narices más puntiagudas y uno de los talentos más obtusos que +pueden verse. Detalle característico: fuera del reducido círculo de +su familia, nadie había sabido nunca su nombre de pila. Llamábanla la +_Señorita Gillenormand mayor_. + +En materia de recato, la señorita Gillenormand mayor hubiera dado +puntos á una _miss_. Era el pudor pasando de castaño obscuro. Tenía un +recuerdo horrible en su vida; un día le había visto un hombre la liga. + +La edad no había hecho más que aumentar este pudor intransigente. Su +pechera no era jamás demasiado opaca, ni subía demasiado; multiplicaba +los corchetes y los alfileres allí donde á nadie podía ocurrírsele el +mirar. Es propio de la mojigatería poner tantos más centinelas cuanto +menos amenazada está la fortaleza. + +Sin embargo, explique quien pueda estos antiguos misterios de la +inocencia: se dejaba abrazar sin repugnancia por un oficial de +lanceros, sobrino segundo suyo, que se llamaba Teódulo. + +Prescindiendo de este favorecido lancero, la etiqueta de _Mojigata_ +con que la hemos clasificado, le sentaba perfectamente. La señorita +Gillenormand era una especie de alma crepuscular. La mojigatería es una +medio virtud y medio vicio. + +Añadía á la mojigatería la gazmoñería, que es su forro adecuado. Era de +la cofradía de la Virgen, y llevaba en ciertas fiestas un velo blanco, +murmuraba oraciones especiales, adoraba «la sangre santa», veneraba +el «sagrado corazón», se pasaba las horas en contemplación ante un +altar churrigueresco-jesuítico, en una capilla cerrada al común de los +fieles, y allí dejaba elevarse al alma entre pequeñas nubes de mármol y +al través de grandes rayos de madera dorada. + +Tenía una compañera de oración, virgen vieja como ella, llamada señora +Vaubois, enteramente boba, á cuyo lado la señora Gillenormand tenía el +gusto de ser un águila. + +Después del _Agnus Dei_ y del _Ave María_, la señora Vaubois, perfecta +en su género, era el armiño de la estupidez, sin una sola mancha de +inteligencia. + +Digámoslo también: la Gillenormand había ganado más bien que perdido +al envejecer, como sucede siempre con las naturalezas pasivas. No +había sido mala nunca, lo que es una bondad relativa; además los años +desgastan los ángulos, y había ya adquirido la suavidad de la duración. +Estaba siempre triste; su tristeza era obscura, hasta el punto que +ni ella misma poseía el secreto. En toda su persona se descubría el +estupor de una vida que terminaba sin haber empezado. + +Dirigía la casa de su padre. El señor Gillenormand la tenía á su lado +del mismo modo que hemos visto que tenía monseñor Bienvenido á su +hermana. Estas asociaciones domésticas de un viejo y una solterona +no son raras, y presentan el espectáculo, siempre tierno, de dos +debilidades que se apoyan mutuamente. + +Había además en la casa, entre aquella solterona y aquel viejo, +un niño, un muchacho siempre temeroso y mudo, delante del señor +Gillenormand, que no hablaba nunca á este niño sino con voz severa, y á +veces con el bastón levantado: + +--_¡Aquí, caballerito!... Perdido, truhán, acercaos... Responded +tunante... ¡Que os vea yo la cara, holgazán!_... etc., etc. Le +idolatraba. Era su nieto. + +Ya veremos nuevamente á este joven. + + + + + LIBRO TERCERO + EL ABUELO Y EL NIETO + + + I + =Una tertulia antigua= + + +Cuando el señor Gillenormand vivía en la calle Servandoni frecuentaba +distintas reuniones muy encopetadas y muy nobles, en las cuales se le +admitía, aunque no pasaba de burgués. Como tenía dos clases de talento, +primero el que en realidad poseía, y luego el que le prestaban, era +hasta solicitado y agasajado. No iba á ninguna parte sino con la +condición de dominar. Hay personas que quieren á toda costa tener +influencia y que se ocupen de ellos; donde no pueden ser oráculos, son +bufones. Gillenormand no era de esta naturaleza; el dominio que ejercía +en los salones realistas que frecuentaba, no le costaba nada en propio +respeto. + +En todas partes era oráculo. Había llegado á tenérselas tiesas con +Bonald, y con el mismo Bengy Puy Vallee. + +Hacia 1817 pasaba invariablemente dos tardes por semana en una casa +de su vecindad, calle de Fárou, en la de la baronesa de T., digna y +respetable señora, cuyo marido había sido, en tiempos de Luis XVI, +embajador de Francia en Berlín. El barón de T., quien durante su vida +fué muy aficionado á los éxtasis y á las visiones magnéticas, había +muerto arruinado en la emigración, dejando por toda herencia diez +volúmenes manuscritos, encuadernados en tafilete encarnado y con cantos +dorados, de memorias muy curiosas sobre Mesmer y su cubeta. La señora +de T. no había publicado las memorias por dignidad, y vivía de una +corta renta que se había salvado sin saber cómo. Vivía retirada de la +corte, _sociedad muy mezclada_, decía ella, en un aislamiento noble, +altivo y pobre. Algunos amigos se reunían dos veces por semana junto á +su hogar de viuda, formando una tertulia puramente realista. Tomaban +su té, y según les impulsaba el viento á la elegía ó al ditirambo, +daban gemidos ó gritos de horror sobre el siglo, sobre la Carta, +sobre los bonapartistas, sobre la prostitución del cordón azul en los +burgueses, sobre el jacobinismo de Luis XVIII; y se hablaba muy por lo +bajo de las esperanzas que dejaba concebir el _señor_, hermano del rey, +más tarde Carlos X. + +Acogíanse con transportes de alegría las canciones populacheras, en que +á Napoleón se le llamaba _Nicolás_. Las duquesas más delicadas y las +mujeres más encantadoras del mundo, se extasiaban oyendo coplas como +ésta, dirigida á los «federados»: + + Recoged en los calzones + la camisa que se sale, + no digan que los patriotas + levantan bandera blanca. + +Entreteníanse en juegos de palabras, que creían terribles, equívocos +inocentes, que suponían venenosos, en cuartetas y aún dísticos, como +éste contra el gabinete moderado Desolles, Desuelos, de que formaban +parte los ministros _Decazes_, Decasa, y _Deserre_, Destufa: + + Para afirmar el trono removido en su planta + hay que cambiar de suelos, de estufas y de casa. + +Arreglaban también la lista de la cámara de los Pares, «cámara +abominablemente jacobina», combinando sus nombres de manera que +resultaban frases como ésta: _Damas Sabran, Gouvion-Saint Cyr_. Todo +alegremente. + +En aquella tertulia parodiábase la revolución. Reinaba cierta manía, +para aguzar la misma cólera en sentido inverso. Así que también +cantaban su _Ça ira_: + + ¡Ya irán, ya irán, ya irán + los bonapartistas del farol á colgar! + +Las canciones son como la guillotina, cortan indistintamente, hoy esta +cabeza, mañana aquélla. Es una de sus variedades. + +En el proceso Fualdés, que ocurrió en aquella época, 1816, se tomaba +partido por Bastide y Jausion, porque Fualdés era «bonapartista». +Calificaban á los liberales de _hermanos y amigos_, lo cual se tenía +por el último extremo de la injuria. + +Como ciertos campanarios, la tertulia de la baronesa de T. tenía dos +gallos. + +El uno era el señor Gillenormand, y el otro el conde de Lamothe Valois, +del cual se decía por lo bajo con cierto respeto _¿No lo sabéis? Es el +Lamothe del asunto del collar._ Los partidos tienen estas amnistías +singulares. + +Añadamos aquí que en la clase media, ciertas posiciones honrosas +pierden importancia manteniendo relaciones demasiado fáciles; es +preciso tener cuidado con quien se trata, porque así como hay pérdida +de calórico en la proximidad de un cuerpo frío, así también se pierde +consideración con el trato de las gentes menospreciadas. La parte +encopetada de la sociedad antigua prescindía de esa ley, como de todas +las demás. Marigny, hermano de la Pompadour, entraba libremente en casa +del príncipe de Soubise. ¿Á pesar de lo que era? No, sino precisamente +por lo que era. Du Barry, padrino de la Vaubernier, era muy bien +recibido en casa del señor mariscal de Richelieu. Semejante sociedad es +el Olimpo. Mercurio y el príncipe de Guémenee están como en su casa. Se +admite á los ladrones con tal que sean dioses. + +El conde Lamothe, que en 1815 era un viejo de setenta y cinco años, no +tenía de notable más que su aspecto reservado y sentencioso, su rostro +anguloso y frío, sus maneras perfectamente distinguidas, su traje +abotonado hasta la corbata, y sus largas piernas, siempre cruzadas y +metidas en un ancho pantalón sin gracia alguna, de color de barro de +Sienne cocido. Su cara era del mismo color del pantalón. + +Este señor de Lomothe «era muy considerado» en aquella tertulia á causa +de su «celebridad» y, cosa extraña por cierto, á causa también de su +nombre de Valois. + +En cuanto al señor Gillenormand, la consideración de que disfrutaba era +absolutamente de buen género. Tenía autoridad. + +Á pesar de su ligereza, y sin que se perjudicare en lo más mínimo su +jovialidad, tenía un modo de ser imponente, digno, noble y modestamente +altivo, que venía aumentando su respetable edad. No se cuenta +impunemente un siglo. Los años acaban por rodear la cabeza de una +venerable aureola. + +Tenía además esos dichos que son el reflejo de la escuela rancia. +Así es que cuando el rey de Prusia, después de haber restaurado á +Luis XVIII, fué á visitarle bajo el nombre de conde de Ruppin, y +fué recibido por el descendiente de Luis XIV casi como marqués de +Brandeburgo y con la impertinencia más delicada; Gillenormand lo +aprobó. _Todos los reyes que no son el rey de Francia_, dijo él, +_no pasan de reyes de provincia_. Un día oyó esta pregunta y esta +respuesta. ¿Á qué ha sido condenado el redactor del _Correo Francés_? Á +ser suspendido. El _sus_ está de más,[13] observó Gillenormand. Dichos +de este género fundan una situación. + +En un _Te Deum_, aniversario de la vuelta de los Borbones, vió pasar al +príncipe de Talleyrand, y dijo: + +--_He ahí á su Excelencia el Mal._ + +Digamos también, que no siempre esos dichos estaban al alcance de +todos, y que muchas veces era tan aguda la malicia ó tan fina la +intención, que sólo los muy inteligentes la percibían; pero bastaba que +uno de estos hábiles aplaudiera, para que los demás reconociesen la +superioridad del viejo hidalgo. + +Gillenormand iba generalmente acompañado de su hija, aquella +_prolongada_ señorita que á la sazón pasaba de los cuarenta años y +representaba cincuenta, y de un hermoso niño de siete años, blanco, +sonrosado, fresco, de alegres é inocentes ojos, el cual no entraba +jamás en la sala sin oir murmurar á su alrededor estas exclamaciones: +¡Qué guapo es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño! Este niño era el mismo de +quien hemos hablado hace poco. Se le llamaba «pobre niño», porque su +padre era «un bandido del Loira». + +Este bandido del Loira era el yerno del señor Gillenormand, de quien +hemos ya hecho mención y á quien calificaba de «deshonra de la familia». + + + II + =Uno de los espectros rojos de aquel tiempo= + + +Todo el que pasara en aquella época por la pequeña aldea de Vernón, +y se parase un momento en aquel hermoso puente monumental, que será +sustituido probablemente antes de poco por algún feo puente de +alambre, habría podido observar, dirigiendo su vista desde lo alto del +parapeto, á un hombre de unos cincuenta años, con gorra de badana, +vistiendo pantalón y chaquetón de grosero paño gris, en el cual llevaba +cosida una cosa amarilla, que en su tiempo había sido una cinta roja, +calzando zuecos, tostado por el sol, la cara casi negra y el pelo +casi blanco, con una gran cicatriz que se corría desde la frente á +la mejilla, encorvado, doblado, envejecido antes de tiempo, paseando +casi diariamente con una azadilla y una podadera en la mano, por uno +de aquellos espacios encerrados entre tapias inmediato al puente, que +se extienden como una cadena de terrados costeando la orilla izquierda +del Sena; lindos cercados llenos de flores, de los que podría decirse +si fueran mucho mayores: son jardines; y si fueran algo más pequeños: +son ramilletes. Todos aquellos cercados terminan por un lado en el río, +y por el otro en una casa. El hombre del chaquetón y los zuecos vivía +en 1817 en el más pequeño de dichos cercados, y en la más humilde de +aquellas casas. Vivía solo y solitario, silenciosa y pobremente, con +una criada que no era ni joven ni vieja, ni bonita ni fea, ni señora ni +lugareña. + +El cuadrado de tierra que él llamaba su jardín, era famoso en el pueblo +por la belleza de las flores que cultivaba; pues las flores eran toda +su ocupación. + +Á fuerza de trabajo, perseverancia, de cuidado y de cubos de agua, +había conseguido crear, después del creador, é inventado ciertas +dalias y ciertos tulipanes que parecían haber sido olvidados por la +naturaleza. Era ingenioso, y se había anticipado á Soulange Bodin en la +formación de pequeños terraplenes de brezo para cultivar los arbustos +raros y preciosos de América y de China. En verano, apenas despuntaba +el día, ya estaba en su jardín, cavando, cortando, escardando, regando, +andando por medio de sus flores con cierto aspecto de bondad, de +tristeza y dulzura; muchas veces pensativo é inmóvil pasaba horas +enteras escuchando el canto de un pájaro en un árbol, ó el chillar de +algún niño en alguna casa, ó bien con los ojos fijos sobre la punta de +una hojita de yerba, en alguna gota de rocío convertida por los rayos +del sol en brillante carbunclo. Comía frugalmente, y bebía más leche +que vino. Un muchacho le hacía ceder, y le regañaba su criada. Era +tímido hasta parecer arisco; salía muy poco, y no veía á nadie más que +á los pobres que llamaban á su ventana, y al cura párroco, el Señor +Mabeuf, un buen anciano. + +Sin embargo, si algún convecino ó forastero llamaba á su puerta deseoso +de ver sus tulipanes y sus rosas, abríala inmediatamente sonriendo. +Éste era el bandido del Loire. + +El que hubiera leído por aquel tiempo las memorias militares, las +biografías, el _Monitor_ y los boletines del gran ejército, hubiera +podido notar el nombre, repetido frecuentemente, de Jorge Pontmercy. +Muy joven aún el Jorge Pontmercy, fué soldado en el regimiento de +Saintonge. Cuando estalló la revolución, el regimiento de Saintonge +fué agregado al ejército del Rin, pues los antiguos regimientos de la +monarquía conservaron sus nombres de provincia, aún después de la caída +del trono, y no fueron reformados hasta 1794. Pontmercy peleó en Spira, +en Worms, en Neustadt, en Turkeim, en Alzey, en Maguncia, siendo uno +de los doscientos que formaban la retaguardia de Houchard. Fué también +otro de aquellos doce que pelearon contra el ejército del príncipe de +Hesse, detrás del antiguo baluarte de Andernach, y no se replegó sobre +el grueso del ejército, sino cuando el cañón enemigo abrió la brecha +desde el cordón del parapeto hasta la misma escarpa. Estuvo con Kleber +en Marchiennes, y en la acción de Monte Palissel, donde sacó el brazo +roto de un balazo. + +Después pasó á la frontera de Italia, siendo uno de los treinta +granaderos que defendieron el desfiladero de Tende con Joubert. Joubert +fué nombrado entonces ayudante general, y Pontmercy subteniente. +Pontmercy estuvo al lado de Berthier, en medio de la metralla, en +aquella jornada de Lodi que hizo decir á Bonaparte: _Berthier ha sido +artillero, soldado de á caballo y granadero_. En Novi vió caer á su +antiguo general Joubert, en el momento en que, levantado el sable, +gritaba: ¡Adelante! Habiéndose embarcado con su compañía para asuntos +del servicio en un barquichuelo que iba de Génova á no se qué puerto +de la costa, cayó en una emboscada de siete ú ocho velas inglesas. +El capitán del barco quería arrojar los cañones al mar, ocultar los +soldados en el entrepuente, y escurrirse en la sombra como un buque +mercante; pero Pontmercy hizo brillar los colores nacionales en la +driza del mástil del pabellón, y atravesó orgulloso bajo los cañones de +las fragatas británicas. + +Veinte leguas más adelante, creciendo siempre su audacia, atacó y +apresó con su barquichuelo un gran transporte inglés, que llevaba +tropas á Sicilia, tan cargado de hombres y caballos, que iba +atestado hasta los topes. En 1805 formó parte de la división Malher, +que se apoderó de Gunzburgo contra el archiduque Fernando. En +Weltingen recibió en sus brazos, en medio de una lluvia de balas, al +coronel Maupetit, herido mortalmente al frente del 9.º de dragones, +distinguiéndose en Austerlitz en aquella admirable marcha escalonada, +verificada bajo el fuego del enemigo. Cuando la caballería de la +guardia imperial rusa destruyó un batallón del cuarto regimiento de +línea, Pontmercy fué de los que se vengaron, arrollando á aquella +tropa. El emperador le concedió la cruz. Pontmercy vió sucesivamente +caer prisioneros á Wurmser en Mantua, á Melas en Alejandría, y á Mack +en Ulm. Formó parte del octavo cuerpo del gran ejército mandado por +Mortier, y que conquistó Hamburgo. Después pasó al regimiento 55 de +línea, que llevaba antiguamente el nombre de Flandes. En Eylau estuvo +en el cementerio donde el heroico capitán Luis Hugo, tío del autor +de este libro, sostuvo solo con su compañía, compuesta de ochenta y +tres hombres, durante dos horas, todo el empuje del ejército enemigo. +Pontmercy fué uno de los tres que salieron vivos de aquel cementerio. +Estuvo también en Friedland; luego en Moscú, después en la Berésina, +y en Lutzen, Bautzen, Dresde, Wachau, Leipzick y en los desfiladeros +de Gelenhausen; después en Montmirail, Chateau Tierry, Craon, en las +orillas del Marne, en las riberas del Aisne y en la terrible posición +de Laón. En Arnay le Duc, siendo capitán, acuchilló á diez cosacos, +y salvó, no á su general, sino á su cabo. Fué también acuchillado él +en este encuentro, y hubo que extraerle veintisiete esquirlas del +brazo izquierdo. Ocho días antes de la capitulación de París, acababa +de permutar con un compañero, y de entrar en la caballería, pues +tenía lo que en el antiguo régimen se llamaba «doble mano», es decir, +igual aptitud para manejar como soldado el sable ó el fusil, y como +oficial un escuadrón ó un batallón. De esta aptitud, perfeccionada +por la educación militar, han nacido ciertos cuerpos especiales, +como por ejemplo, los dragones, que son á un mismo tiempo jinetes +é infantes. Acompañó á Napoleón á la isla de Elba. En Waterloo era +jefe de un escuadrón de coraceros de la brigada Dubois. Él fué quien +cogió la bandera del batallón de Luxemburgo, y fué á ponerla á los +pies del emperador. Estaba cubierto de sangre, pues había recibido, +al apoderarse de la bandera, un sablazo que le cruzó la frente. El +emperador, satisfecho, le dijo: + +«--Eres coronel, barón y oficial de la Legión de honor». + +Pontmercy respondió: + +--Señor, os lo agradezco por vida mía. + +Una hora después caía en el barranco de Ohain. ¿Y quién era este Jorge +Pontmercy? Era aquel mismo bandido del Loire. + +Ya hemos visto algo de su historia. Pues bien; después de Waterloo, +sacado Pontmercy, como dijimos, del barranco, consiguió unirse +al ejército y fué llevado de ambulancia en ambulancia hasta los +acantonamientos del Loire. + +La Restauración le dejó á media paga, después le mandó de cuartel; es +decir, sujeto á vigilancia, á Vernón. El rey Luis XVIII, considerando +como no sucedido, nada de lo hecho durante los cien días, no le +reconoció ni la gracia de oficial de la Legión de honor, ni su grado de +coronel, ni su título de barón; pero él no dejaba de firmarse siempre +«el coronel barón de Pontmercy». No tenía mas que una vieja casaca +azul, y no salía nunca sin colocar en ella la roseta de oficial de +la Legión de honor. El fiscal de su majestad le hizo advertir por un +intermediario oficioso que se le perseguiría por uso «ilegal» de esta +condecoración; y cuando lo supo Pontmercy respondió con amarga sonrisa: +ó yo no entiendo el francés, ó vos no le habláis; la verdad es que no +os entiendo. Después salió ocho días seguidos con su roseta; nadie se +atrevió á inquietarle. Dos ó tres veces el ministro de la Guerra y el +comandante general del departamento le escribieron con este sobre: «al +señor comandante Pontmercy». + +Devolvióles las cartas sin abrirlas. + +En aquella misma época Napoleón hacía lo propio en Santa Elena con las +cartas de sir Hudson Lowe, dirigidas _al general Bonaparte_. Pontmercy +había acabado, permítasenos la frase, por tener en la boca la misma +saliva que su emperador. + +En Roma hubo también prisioneros cartagineses que se negaban á saludar +á Flaminio, por tener algo del alma de Aníbal. + +Una mañana encontró al fiscal de su majestad en una de las calles de +Vernón, y dirigiéndose á él, le dijo:--Señor procurador del rey, ¿me es +permitido llevar mi cicatriz? + +No tenía más que su mezquina media paga de jefe de escuadrón. Había +alquilado en Vernón la casa más pequeña que encontró, y en ella +vivía solo, como acabamos de ver. En tiempo del imperio, y entre dos +campañas, tuvo tiempo para casarse con la señorita Gillenormand. El +viejo burgués, aunque disgustado interiormente, había consentido en +ello suspirando y diciendo: «Las familias más principales se ven +obligadas igualmente á ello. En 1815 murió la señora Pontmercy, mujer +por otra parte admirable, de sentimientos elevados y nada vulgar, +digna por todos conceptos de su marido, dejándole un niño. Este niño +hubiera sido la felicidad del coronel en su soledad, pero el abuelo +había reclamado imperiosamente á su nieto, declarando que si no se lo +entregaban le desheredaría. + +El padre cedió por interés del niño, y no pudiendo tener á su hijo al +lado, dedicó su cariño á las flores. + +Había por otra parte, renunciado á todo: no se movía, ni conspiraba. +Dividía su pensamiento entre las cosas inocentes que hacía y las +grandes cosas que había hecho; pasaba el tiempo esperando un clavel, ó +acordándose de Austerlitz. + +El señor Gillenormand no tenía relación alguna con su yerno. El coronel +era para él «un bandido», y él era para el coronel un «majadero». +Gillenormand no hablaba nunca del coronel, sino para hacer alguna +alusión satírica á su «baronía». Habían convenido expresamente en que +Pontmercy no trataría nunca de ver ni hablar á su hijo, so pena de ser +éste expulsado y desheredado. Por los Gillenormand era Pontmercy como +un apestado. Querían educar al niño á su manera. El coronel obró mal +quizá, al aceptar semejantes condiciones; pero pasó por ellas, creyendo +obrar bien, sacrificándose únicamente él. + +La herencia del anciano Gillenormand era poca cosa; pero la de la +señorita Gillenormand mayor era considerable, porque su madre había +sido muy rica; y habiendo ella permanecido soltera, el hijo de su +hermana era su heredero natural. El niño, que se llamaba Mario, sabía +que tenía un padre, pero nada más. Nadie abría la boca para hablarle +de él; pero la gente con quien le hacía tratar su abuelo, por sus +cuchicheos, sus medias palabras y sus guiños, había llegado á llamar la +atención del muchacho, quien había acabado por comprender algo; y como +naturalmente iba tomando por una especie de infiltración y penetración +lenta, las ideas y las opiniones que formaban á su alrededor, por así +decirlo, una atmósfera respirable, llegó poco á poco á no pensar en su +padre, sino avergonzándose con el corazón oprimido. + +Mientras iba Mario creciendo así, cada dos ó tres meses se escapaba el +coronel é iba furtivamente á París como un perseguido por la justicia +que ha roto sus cadenas, y se apostaba en San Sulpicio, á la hora en +que la señora Gillenormand llevaba á Mario á misa. Allí temeroso de +que la tía volviese la cabeza, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin +atreverse á respirar, contemplaba á su hijo. Aquel hombre, lleno de +cicatrices, tenía miedo de aquella solterona. + +De eso mismo provenían sus relaciones con el párroco de Vernón, el +señor Mabeuf. + +Este digno cura tenía un hermano capillero en San Sulpicio, que había +visto muchas veces á aquel hombre, contemplando á su hijo, y había +fijado su atención en la cicatriz que le cruzaba el carrillo, y la +gruesa lágrima que tenía en sus ojos. Aquel hombre que, si era de +varonil aspecto, lloraba como una mujer, había chocado al capillero; +su rostro le había impresionado. Un día que fué á Vernón á ver á su +hermano, se encontró en el puente al coronel Pontmercy, y reconoció en +él al hombre de San Sulpicio. El hermano habló de él al cura, y ambos, +bajo un pretexto cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que +trajo tras sí luego otras muchas. + +El coronel, muy reservado al principio, concluyó por abrir su corazón. +El cura y el capillero llegaron á saber toda la historia, y como +Pontmercy sacrificaba su felicidad por el porvenir de su hijo. Esto +hizo que el cura le mirase con veneración y ternura, y que el coronel +cobrase afecto al cura. Por lo demás, cuando por casualidad son ambos +sinceros y buenos, nadie se penetra y amalgama más fácilmente como un +viejo cura y un soldado viejo. Los dos en el fondo son una misma cosa; +el uno se sacrifica por la patria de abajo, y el otro por la patria de +arriba; no hay otra diferencia. + +Dos veces al año, el primero de enero y el día de San Jorge, escribía +Mario á su padre cartas de atención que le dictaba su tía, y que +parecían copiadas de algún formulario; esto era lo único que toleraba +el señor Gillenormand; el padre respondía en cartas tiernísimas que el +abuelo se guardaba en el bolsillo sin leer. + + + + + III + =Requiescant= + + +La tertulia de la baronesa de T. era todo lo que Mario Pontmercy +conocía del mundo. Era la única abertura por donde podía mirar á la +vida. Aquella abertura era sombría, y le daba más frío que calor, más +tinieblas que luz. Aquel niño, que era todo alegría y claridad, al +entrar en aquel mundo extraño volvióse al poco tiempo triste, y lo que +aún era más impropio de sus años, grave. Rodeado de todas aquellas +personas imponentes y singulares, miraba seriamente asombrado en torno +suyo. Todo contribuía á aumentar en él este estupor. + +Á esta tertulia concurrían algunas viejas nobles venerabilísimas, que +se llamaban Mathan, Noé, Lévis, que se pronunciaba Leví, y Cambis, +que se pronunciaba Cambyse. Aquellas caras antiguas y sus nombres +bíblicos, se mezclaban en la imaginación del niño con el antiguo +Testamento que aprendía de memoria, y cuando estaban todas sentadas +en círculo, alrededor de un fuego moribundo, iluminadas apenas por +una lámpara de pantalla verde, con sus perfiles severos, sus cabellos +grises ó blancos, sus luengos vestidos de otros tiempos, en los que +no se distinguían más que colores lúgubres, dejando caer á intervalos +palabras majestuosas y severas á un tiempo, el niño Mario las +contemplaba con ojos azorados, creyendo ver en ellas, no mujeres, sino +patriarcas y magas; no seres reales, sino fantasmas. + +Á estos fantasmas se agregaban varios clérigos que frecuentaban aquella +tertulia, y algunos nobles; el marqués de Sass****, secretario de +órdenes de la señora de Berry; el vizconde de Val***, que publicaba +bajo el seudónimo de _Carlos Antonio_ odas de una sola rima; el +príncipe de Beauf*******, que siendo aún joven tenía los cabellos +grises y una mujer bonita y de talento, cuyos trajes de terciopelo +escarlata con trencillas de oro, muy escotados, eran el escándalo de +aquella casa sombría; el marqués de C***** de E******, que sabía mejor +que nadie en Francia «la urbanidad proporcionada»; el conde de Am*****, +buen hombre de benévolo semblante, y el caballero de Port de Guy, +columna de la biblioteca del Louvre, llamada el gabinete del rey. El +señor Port-de-Guy, calvo, y más envejecido que viejo, contaba que en +1793, cuando tenía diez y seis años, había sido condenado á presidio +por refractario, y atado á la misma cadena que un octogenario, el +obispo de Mirepoix, refractario igualmente, pero como eclesiástico, +mientras que él lo era como soldado. + +Estaban en Tolón. Su obligación era ir á recoger del cadalso, durante +la noche, las cabezas y los cuerpos de los guillotinados de día; +llevaban á cuestas aquellos troncos destilando sangre, de modo que +sus rojos capotes de presidiario tenían por bajo de la nuca una +costra de sangre, seca por la mañana y húmeda por la noche. En la +tertulia de la baronesa de T. abundaban las narraciones trágicas, +y á fuerza de maldecir á Marat, se aplaudía á Trestaillon. Algunos +diputados del género _inhallable_ jugaban al wist; el señor Tribord +de Chalard, el señor Lemarchant de Gomicourt, y el célebre chancero +de la derecha, Cornet Dincourt. El baile de Ferrete, con su calzón +corto y sus demacradas pantorrillas, entraba de paso alguna vez en +aquella tertulia, al ir á casa de Talleyrand. Había sido camarada de +devaneos del conde de Artois, y al revés de Aristóteles, acurrucado +debajo de Campaspe, había hecho andar á la Guimard de cuatro pies, y +por consiguiente había demostrado á los siglos cómo puede vengar á un +filósofo un baile. + +Respecto á los clérigos, eran éstos el abate Halma, el mismo á quien +Larose, su colaborador en el _Rayo_, decía: «¡Bah! _¿Quién no tiene +cincuenta años? Algunos boquirubios solamente_»; el abate Letourneur, +predicador del rey; el abate Frayssinous, que no era todavía ni conde, +ni obispo, ni ministro, ni par, y que llevaba una sotana vieja sin +botones; y el presbítero Keravenant, cura de San Germán de los Prados; +además el nuncio del papa, que era entonces monseñor Macchi, arzobispo +de Nisibi, luego cardenal, notable por su larga nariz pensativa; y +otro monseñor, que se titulaba abate Palmieri, prelado doméstico, uno +de los siete protonotarios participantes de la santa sede, canónigo de +la insigne basílica liberiana, abogado de los santos, _postulatore di +santi_, lo cual se refiere á los asuntos de canonización, y significa +poco más ó menos, procurador de memoriales de la sección del paraíso; y +por último, dos cardenales, el señor de la Luzerne y el señor Cl****** +T*******. + +El señor cardenal de la Luzerne era escritor, y tuvo algunos años +después el honor de firmar al lado de Chateaubriand algunos artículos +en el _Conservador_; el señor de Cl****** T******* era arzobispo de +Toul***, y solía ir con frecuencia á París á pasar una temporada en +casa de su sobrino el marqués de T*******, que fué ministro de Guerra y +Marina. El cardenal arzobispo de Toul***, era un viejecillo alegre, que +enseñaba sus medias rojas bajo la sotana arremangada; su especialidad +era odiar la enciclopedia, y jugar perdidamente al billar. En aquella +época, las gentes que pasaban durante las noches de verano, por la +calle M*****, donde estaba entonces el palacio de Cl****** T*******, +se paraban á escuchar el choque de las bolas, y la voz chillona del +cardenal que gritaba á su conclavista, monseñor Cottret, obispo _in +partibus_ de Caryste: «apunta, capellán, otra carambola». + +El cardenal arzobispo había sido presentado en casa de M. de T. por +su más íntimo amigo el señor de Roquelaure, antiguo obispo de Senlís, +y uno de los cuarenta académicos. El señor de Roquelaure era notable +por su elevada estatura y por su asiduidad en la Academia. Al través +de la puerta vidriera de la sala contigua á la biblioteca, donde la +Academia francesa celebraba entonces sus sesiones, los curiosos podían +ver todos los jueves al antiguo obispo de Senlís, casi siempre en pie, +recién empolvado el pelo, con medias moradas, de espaldas á la puerta, +sin duda para dejar ver mejor su alzacuello. Todos estos eclesiásticos, +aún cuando eran tan cortesanos como hombres de iglesia, aumentaban la +gravedad de la tertulia de la baronesa T. cinco pares de Francia, el +marqués de Vib****, el marqués de Tal***, el marqués de Herb*******, +el vizconde de Damb*** y el duque de Val******* acentuando el aspecto +señorial. Este duque, aún cuando era príncipe de Mon***, es decir, +príncipe soberano extranjero, tenía formada tan elevada idea de Francia +y de la dignidad de par, que todo lo veía al través de ellas, y solía +decir: «Los cardenales son los pares de Francia de Roma; los lores son +los pares de Francia de Inglaterra». Por lo demás, como la revolución +en este siglo debe entrar en todas partes, aquel salón feudal estaba, +según hemos dicho, dominado por un hombre de la clase media. El señor +Gillenormand reinaba allí. + +Aquélla era la esencia y la quinta esencia de la sociedad parisiense +de la bandera blanca; allí se ponía en cuarentena todas las famas, +aún cuando fueran realistas, puesto que en toda fama hay algo de +anárquico. Chateaubriand entrando allí hubiera producido el efecto +del padre Duchesne. Sin embargo, en esta sociedad ortodoxa, entraban +por tolerancia, algunos arrepentidos. El conde Beug*** fué admitido á +título de corrección. + +Las tertulias «nobles» de hoy día, no se parecen á aquéllas en nada. El +barrio de San Germán moderno, huele á hereje, y los realistas de ahora +son demagogos; digámoslo en elogio suyo. + +En casa de la baronesa de T., como la tertulia se componía de lo más +superior, dominaba un gusto exquisito y altanero bajo la flor de una +urbanidad refinada. Los hábitos y modales llevaban consigo toda clase +de refinamientos involuntarios, que pertenecían al antiguo régimen +enterrado, pero vivo. Algunas de aquellas maneras, en el lenguaje sobre +todo, eran muy caprichosas; los observadores superficiales habrían +tomado por provincialismo lo que no era más que antigualla. Llamábase +á una dama «la señora generala»; y no era del todo inusitado llamar á +otra «señora coronela». La simpática señora de León, en memoria sin +duda, de las duquesas de Lougueville y de Chevreuse, prefería ese +apelativo á su título de princesa. La marquesa de Créquy se había +llamado también «señora coronela». Fué en este «gran mundo» quien +inventó el refinamiento de decir siempre en las Tullerías, hablando +al rey en intimidad, _el rey_ en tercera persona, y no decir nunca +«vuestra majestad», había sido «profanado por el usurpador». + +Juzgábanse los hechos y los hombres; burlábanse del siglo, con lo +cual quedaban dispensados de comprenderle; auxiliábanse en estas +admiraciones y se comunicaban mutuamente la cantidad de luz que +cada uno poseía. Matusalén enseñaba á Epiménides; el sordo ponía al +corriente al ciego. Declarábase como no pasado el tiempo transcurrido +desde Coblenza, y así como Luis XVIII estaba por la gracia de Dios en +el vigésimo quinto año de su reinado, los emigrados se encontraban de +derecho en el vigésimo quinto año de su adolescencia. + +Todo era relativo; nada había vivido demasiado; la palabra era +apenas un soplo; el periódico, de conformidad con la tertulia, +parecía un papiro. No faltaban jóvenes, pero estaban casi muertos. +En la antecámara, las libreas eran anticuadas; aquellos personajes, +completamente pasados de moda, tenían criados de su época. Todo parecía +que había vivido demasiado tiempo, luchando obstinadamente con el +sepulcro. + +Conservar, Conservación, Conservador. He aquí poco más ó menos todo su +diccionario; _oler bien_ era lo importante. Y en efecto; las opiniones +de aquellos grupos venerables estaban amortizadas; sus ideas olían á +nardo de embalsamar. Era aquél un mundo amomiado. Los amos estaban +embalsamados, los criados rellenos de paja. + +Una vieja y digna marquesa, recién llegada de la emigración y +arruinada, no tenía más que una sirvienta y seguía diciendo: «Mis +criados». + +¿Qué hacían en la tertulia de la baronesa de T.? Eran ultras. + +Ser ultra no tiene hoy significación, aunque lo que representa no haya +desaparecido. Expliquémonos: + +Ser ultra, es ir más allá; es hacer la guerra al cetro en nombre +del trono, y á la mitra en nombre del altar; es maltratar lo que se +arrastra; es arrear al tiro; es denigrar la hoguera por su decadencia +en tostar herejes; es reprochar al ídolo su poca idolatría: es insultar +por exceso de respeto; es no hallar en el papa bastante papismo, en +el rey bastante realeza, y hallar demasiada luz en la noche; es estar +descontento del alabastro, de la nieve, del cisne y de la azucena en +nombre de la blancura; es ser partidario de las cosas hasta el punto de +hacerse su enemigo; es llevar el pro hasta la contra. + +El espíritu ultra caracteriza especialmente la primera fase de las +Restauraciones. + +No hay nada en la historia parecido al cuarto de hora que empieza en +1814 y termina en 1820, al advenimiento de Villèle, el hombre práctico +de la derecha. + +Estos seis años fueron un momento extraordinario, brillante y opaco +al mismo tiempo, risueño y sombrío, iluminado como por la claridad del +alba, y cubierto á la vez por las tinieblas de las grandes catástrofes +que llenaban aún el horizonte, perdiéndose lentamente en lo pasado. +Hubo allí, en aquella luz y en aquella sombra, un pequeño mundo nuevo +y viejo, bufón y triste, juvenil y senil, restregándose los ojos, que +nada se parece tanto al despertar como la vuelta de una emigración; +grupo que miraba á Francia con recelo, y era mirado por Francia con +ironía; viejos búhos aristócratas llenando las calles, los que aparecen +y los aparecidos, «en lo antiguo» estupefactos de todo, valientes y +nobles hidalgos que se sonreían de estar en Francia, y lloraban también +sorprendidos de volverla á ver, desesperados por no encontrar ya su +monarquía; la nobleza de las cruzadas, despreciando á la nobleza del +Imperio, es decir, á la nobleza de la espada; las razas históricas +que habían perdido la significación de la historia; los hijos de los +compañeros de Carlo Magno, menospreciando á los compañeros de Napoleón. +Las espadas, como acabamos de decir, se enviaban recíprocamente el +insulto; la espada de Fontenoy era objeto de risa, y estaba cubierta de +orín; la espada de Marengo era odiosa, y no se veía en ella más que un +sable. El _Antiguamente_ desconociendo el _Ayer_. + +No se tenía el sentimiento de lo grande ni el sentimiento de lo +ridículo, y hubo quien llamó Scapin á Bonaparte. Aquel mundo no +existe ya; nada queda de él. Cuando por casualidad sacamos de él +alguna figura, y tratamos de hacerla revivir en la imaginación, nos +parece tan extraña como un mundo antidiluviano; y es que, en efecto, +ha sido sumergida también por un diluvio. Ha desaparecido bajo dos +revoluciones. ¡Qué olas tan poderosas son las ideas! ¡Cómo cubren +rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en cumplimiento de su +misión; y que pronto abren terribles profundidades! + +Tal era la fisonomía de las tertulias de aquellos tiempos lejanos y +cándidos en que Martainville tenía más ingenio que Voltaire. + +Aquellas tertulias tenían una literatura y una política propias. +Creíase en Fiévée; Agier imponía la ley; comentábase á Colnet, +publicista que vendía libros viejos en el muelle Malaquais. Napoleón +era reconocido solamente por el ogro de Córcega. Más tarde fué una +concesión al espíritu del siglo el introducir en la historia al señor +de Bonaparte, teniente general de los ejércitos del rey. + +Aquellas tertulias no se conservaron mucho tiempo puras. Desde 1818 +empezaron á germinar en ellas algunos doctrinarios, matiz sospechoso +que tenía por sistema ser realista, disculpándose de serlo. Los +doctrinarios estaban avergonzados donde los ultras triunfaban. +Tenían talento, y guardaban silencio; su dogma político estaba +convenientemente aderezado de gravedad; debían por lo tanto, triunfar. +Hacían, por otra parte, útiles excesos de corbata blanca y frac +abotonado. El error ó la desgracia del partido doctrinario ha sido +crear una juventud envejecida. Tomaban actitudes de sabios; soñaban +en injertar en el principio absoluto y excesivo, un poder templado. +Oponían, y á veces con rara inteligencia, al liberalismo demoledor un +liberalismo conservador, y se les oía decir: + +«Perdón para el realismo: nos ha hecho más de un beneficio. Nos ha +traído de nuevo la tradición, el culto, la religión, el respeto; es +fiel, valiente, caballeresco, amante y rendido. Viene á mezclar, +no sin pesar, las nuevas grandezas de la nación con las grandezas +seculares de la monarquía. Tiene la desgracia de no comprender la +Revolución, el Imperio, la gloria, la libertad, las nuevas ideas, las +nuevas generaciones, el siglo. Pero este defecto que tiene respecto de +nosotros, ¿no le tenemos nosotros algunas veces también respecto de +él? La Revolución de la que somos herederos, debe tener conocimiento +de todo. El contrasentido del liberalismo es atacar al realismo. ¡Qué +falta! ¡Qué ceguera! + +«La Francia revolucionaria no respeta á la Francia histórica; es decir, +á su madre; esto es, á sí misma. Desde el 5 de septiembre se trata +á la nobleza de la monarquía como desde el 8 de julio se trataba á +la nobleza del Imperio. Ellos han sido injustos para con el águila; +nosotros lo somos para con la flor de lis. ¡Se desea, pues, tener +siempre algo que proscribir! ¿Desdorar la corona de Luis XIV, raspar el +escudo de Enrique IV es útil por ventura? ¡Nos burlamos de Vaublauc, +que borraba las NN. del puente del Jena! ¿Y qué hacía? Lo que hacemos +nosotros. Bouvines nos pertenece lo mismo que Marengo; y las flores de +lis lo mismo que las NN. Éste es nuestro patrimonio. ¿Por qué mermarlo? +No debemos renegar de la patria por lo pasado ni por lo presente. ¿Por +qué no hemos de admitir toda la historia? ¿Por qué no hemos de amar á +toda la Francia?» + +De este modo criticaban y protegían los doctrinarios el realismo: +descontentos porque le criticaban, furiosos porque le protegían. + +Los ultras señalaron la primera época del realismo; la congregación +caracterizó la segunda. Á la pasión sucedía la habilidad. Terminemos +aquí nuestro bosquejo. + +En el curso de esta narración, el autor de este libro ha encontrado +en su camino ese punto curioso de la historia contemporánea; y +al pasar, ha debido dirigirle una mirada, y trazar alguno de los +perfiles singulares de aquella sociedad desconocida hoy. Pero lo hace +rápidamente, y sin ninguna idea amarga ó irrisoria. Algunos recuerdos +afectuosos y respetuosos, pues que se refieren á su madre, le unen á +ese pasado. Por otra parte, debemos consignarlo, aquel pequeño mundo +tenía su grandeza. Podemos sonreirnos; pero no despreciarle ni odiarle. +Era la Francia de otros tiempos. + +Mario Pontmercy hizo, como todos los niños, ciertos estudios. Al salir +de las manos de su tío Gillenormand, su abuelo le entregó á un digno +profesor de la más pura inocencia clásica, y aquella alma joven que +empezaba á abrirse, pasó de una mojigata á un pedante. Mario pasó los +años de colegio para entrar luego en la escuela de jurisprudencia. Era +realista, fanático y austero. Amaba poco á su abuelo, cuya alegría y +cinismo le desagradaban, y era sombrío con respecto á su padre. + +Por lo demás, era un mozo entusiasta y frío, noble, generoso, altivo, +religioso, exaltado, digno hasta la dureza, puro hasta el salvajismo. + + + + + IV + =Fin del bandido= + + +La terminación de los estudios clásicos de Mario coincidió con la +despedida de la sociedad del señor Gillenormand. El viejo dió un adiós +al barrio de San Germán y á las reuniones de la baronesa de T., yendo +á establecerse en el Marais en su casa de la calle de las Hijas del +Calvario. Allí tenía por criados, además del portero, á la doncella +Nicolasita, que había sucedido á la Magnón, y á aquel vasco finchado y +cansino, de que hemos hablado anteriormente. + +En 1827 Mario acababa de cumplir diez y siete años. Un día, al volver á +su casa, vió á su abuelo con una carta en la mano. + +--Mario,--dijo el señor Gillenormand,--mañana saldrás para Vernón. + +--¿Para qué?--preguntó Mario. + +--Para ver á tu padre. + +Mario se estremeció. + +En todo había pensado, menos en que podría llegar un día en que tuviese +que ver á su padre. No podía ocurrirle nada más inesperado, más +sorprendente, y digámoslo también, más desagradable. Era la antipatía +obligada á convertirse en simpatía; no era un disgusto, pero sí un +trabajo pesado. + +Mario, además de sus motivos de antipatía política, estaba convencido +de que su padre, el acuchillador, como le llamaba Gillenormand en sus +días de mayor afabilidad, no le amaba; esto era evidente, puesto que +así le había abandonado y entregado á otras manos. Creyendo que no era +amado, no amaba. Nada más natural, se decía á sí mismo. + +Se quedó tan estupefacto, que no preguntó nada al señor Gillenormand. +El abuelo añadió: + +--Parece que está enfermo, y te manda llamar. + +Y después de un rato de silencio añadió: + +--Saldrás mañana por la mañana. Creo que hay en la plazuela de las +Fuentes una diligencia que sale á las seis y llega por la noche. Toma +billete. Dice que corre prisa. + +Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo. Mario hubiera +podido partir aquella misma noche y estar al lado de su padre al día +siguiente por la mañana, porque salía entonces de la calle Bouloy una +diligencia que iba de noche á Ruán, pasando por Vernón. + +Pero ni el señor Gillenormand ni Mario pensaron en informarse. + +Al día siguiente al anochecer llegaba Mario á Vernón. Principiaban á +encenderse las luces. Preguntó al primer transeunte: «¿La casa del +señor Pontmercy?...». + +Porque interiormente profesaba las ideas de la Restauración, no +reconocía por lo tanto en su padre al barón ni al coronel. + +Se le indicó la casa. Llamó; fué á abrir una mujer con una lamparilla +en la mano. + +--¿El señor Pontmercy?--preguntó Mario. + +La mujer permaneció inmóvil. + +--¿Está aquí?--preguntó Mario. + +La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo. + +--¿Puedo hablarle? + +La mujer hizo un signo negativo. + +--¡Es que soy su hijo!--dijo Mario.--Me espera. + +--Ya no os espera,--dijo la mujer. + +Mario observó entonces que la mujer lloraba. + +Ésta le señaló con el dedo la puerta de una sala baja, donde entró. + +En aquella sala, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la +chimenea, había tres hombres; uno de pie, otro de rodillas y otro en +camisa y tendido sobre los ladrillos. + +Éste era el coronel. + +Los dos primeros eran un médico el uno, y un sacerdote que estaba +orando el otro. + +El coronel había sido atacado hacía tres días por una fiebre cerebral; +al principio de la enfermedad tuvo un presentimiento fatal, y escribió +al señor Gillenormand llamando á su hijo. + +El mal había ido en aumento; y el día mismo de la llegada de Mario á +Vernón, el coronel había tenido un acceso de delirio. Habíase levantado +del lecho y á pesar de los esfuerzos de la criada, gritando: ¡Mi hijo +no viene! ¡Voy á buscarle! Había salido de su cuarto, cayendo sobre los +ladrillos de la antesala. Acababa de espirar. + +Habían sido llamados el médico y el cura; pero así el médico como el +cura llegaron tarde. + +También había llegado tarde el hijo. + +Á la luz crepuscular de la vela se distinguía en la mejilla del +yaciente y pálido coronel, una gruesa lágrima que había salido de los +ojos del muerto. Su mirada se había apagado, pero la lágrima no se +había secado aún. Aquella lágrima era la tardanza de su hijo. + +Mario contempló á aquel hombre, á quien veía por primera y última vez; +aquella fisonomía venerable y varonil, aquellos ojos abiertos que no +miraban, aquellos cabellos blancos, aquellos miembros robustos, en los +que se veían en distintos puntos líneas obscuras que eran sablazos, +y unas como estrellas rosadas, que eran agujeros de balas. Contempló +aquella enorme cicatriz que imprimía un sello de heroísmo en aquella +frente, marcada por Dios con el sello de la bondad. Pensaba en que +aquel hombre era su padre, y en que estaba muerto; y él permaneció frío. + +La tristeza que experimentó fué la misma que hubiera sentido ante otro +cualquier muerto. + +Y sin embargo, en aquella sala se respiraba un profundo dolor. La +criada sollozaba en un rincón, el cura rezaba y se le oía sollozar +también, el médico se secaba las lágrimas, el cadáver lloraba +igualmente. + +Aquel médico, aquel cura y aquella mujer miraban á Mario al través de +su aflicción sin decir una palabra. Él era allí el extraño. + +Mario, escasamente conmovido, avergonzado, y en una situación +embarazosa, tenía el sombrero en la mano, y le dejó caer al suelo para +hacer creer que el dolor le quitaba la fuerza necesaria para sostenerle. + +Al mismo tiempo sentía como un remordimiento, y se avergonzaba de obrar +así. Pero ¿era suya la culpa? No amaba á su padre. ¡Y qué! + +El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas pagaba el +entierro. + +La criada encontró un pedazo de papel, que entregó á Mario, en el cual +estaba escrito lo siguiente, de mano del coronel: + +«_Para mi hijo._--El emperador me hizo barón en el campo de batalla de +Waterloo. La Restauración me niega este título que he comprado con mi +sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno +de él». Á la vuelta, el coronel había añadido: + +«En la misma batalla de Waterloo, un sargento me salvó la vida: se +llamaba Thénardier. Creo que últimamente tenía una posada en un pueblo +de los alrededores de París, en Chelles ó en Montfermeil. Si mi hijo le +encuentra, haga en su favor todo cuanto pueda». + +No por veneración á su padre, sino por ese vago respeto á la muerte, +que tan imperiosamente vive en el corazón del hombre, Mario tomó el +papel y se lo guardó. + +Nada quedaba del coronel. El señor Gillenormand mandó vender á un +prendero su espada y su uniforme. Los vecinos devastaron el jardín y +saquearon las flores más raras; las demás plantas se convirtieron en +abrojos y maleza, y murieron. + +Mario, sólo permaneció cuarenta y ocho horas en Vernón. Después del +entierro volvió á París, y se entregó de nuevo al estudio de las leyes, +sin pensar más en su padre, como si jamás hubiera existido. + +Á los dos días estaba enterrado el coronel, y á los tres olvidado. + +Mario llevaba una gasa en el sombrero. Esto fué todo. + + + + + V + =Utilidad del ir á misa para hacerse revolucionario= + + +Mario había conservado las costumbres religiosas de su infancia. Un +domingo que fué á oir misa á San Sulpicio, á la misma capilla de la +Virgen á que le llevaba su tía cuando era pequeño, estaba distraído +y más pensativo que de costumbre; se había colocado detrás de un +pilar, arrodillándose, sin advertirlo, sobre una silla de terciopelo +de Utrech, en cuyo respaldo estaba escrito este nombre: _Mabeuf, +capillero_. + +En cuanto comenzó la misa, se presentó un anciano y dijo á Mario: + +--Caballero, éste es mi sitio. + +Mario se levantó enseguida, y el viejo se sentó en su silla. + +Acabada la misa, Mario permanecía reflexivo á algunos pasos de +distancia; el viejo se le acercó otra vez y le dijo: + +--Os pido perdón, caballero, por haberos distraído antes y de +distraeros todavía un momento; pero tal vez me habréis creído +impertinente, y debo daros una explicación. + +--Es inútil, caballero,--dijo Mario. + +--¡Oh!--contestó el viejo.--No quiero que forméis mal concepto de mí. +Este sitio es el mío. Me parece que desde él encuentro la misa mejor. +¿Por qué? Voy á decíroslo. Á este mismo sitio he visto venir por +espacio de diez años, cada dos ó tres meses regularmente, á un pobre +padre que no tenía otro medio ni otra oportunidad de ver á su hijo, +porque se lo impedían cuestiones de familia. Venía á la hora en que +sabía que acompañaban á su hijo á misa. El niño no sabía que su padre +estaba aquí; ni aún sabía tal vez el inocente que tuviese un padre. El +padre se ponía detrás de una columna para que no le viesen; contemplaba +á su hijo y lloraba. ¡Cuánto adoraba al niño aquel pobre hombre! Yo +lo veía. Ese sitio resulta como santificado para mí, y he tomado la +costumbre de oir misa en él. Le prefiero al banco de obra, que tengo +derecho á ocupar. Traté un poco al caballero de quien os hablo. Tenía +un suegro y una tía rica, y parientes que creo amenazaban desheredar +al hijo si veía á su padre. Y él se sacrificaba, porque su hijo +fuése algún día rico y feliz. Les separaban opiniones políticas. No +desapruebo yo el que se tengan opiniones políticas; pero hay personas +que no saben contenerse prudentemente. ¡Dios mío! Porque un hombre haya +estado en Waterloo, no es un monstruo; por esto no se debe separar á +un padre de su hijo. Era un coronel de Bonaparte, que ha muerto, según +creo. Vivía en Vernón, donde tengo un hermano cura; se llamaba algo así +como Pontmarle ó Montpercy. Tenía, por cierto, una gran cicatriz de un +sablazo. + +--Pontmercy,--dijo Mario, palideciendo. + +--Precisamente, Pontmercy. ¿Le habéis conocido? + +--Caballero,--dijo Mario,--era mi padre. + +El anciano obrero juntó las manos y exclamó: + +--¡Ah, sois vos su hijo! Sí, esto es, ahora debe ser un hombre ya. Pues +bien; podéis decir que habéis tenido un padre que os quiso mucho. + +Mario ofreció su brazo al anciano, y le acompañó hasta su casa. + +Al día siguiente dijo al señor Gillenormand: + +--Hemos arreglado con algunos amigos una partida de caza. ¿Permitís que +me ausente por tres días? + +--¡Por cuatro!--respondió el abuelo.--Anda, diviértete. + +Y guiñando el ojo, dijo en voz baja á su hija: + +--¡Algún amorcillo! + + + + + VI + =Consecuencias de haber encontrado á un capillero= + + +Á dónde fué Mario, más adelante se verá. + +Mario estuvo tres días ausente; después volvió á París, se fué +directamente á la biblioteca de la escuela de Jurisprudencia, y pidió +la colección del _Monitor_. + +Leyó el _Monitor_; leyó la historia de la República y del Imperio, el +_Memorial de Santa Elena_, todas las memorias, todos los periódicos, +todos los boletines, todas las proclamas, todo lo devoró. La primera +vez que encontró el nombre de su padre en los boletines del gran +ejército, tuvo calentura toda una semana. Visitó á los generales á +cuyas órdenes había servido Jorge Pontmercy, y entre otros al conde H. +El capillero Mabeuf, á quien fué á ver también, le contó la vida de +Vernón, el retiro del coronel, sus flores, su soledad. Mario llegó á +conocer perfectamente á aquel hombre raro, sublime y amable, á aquella +especie de león-cordero, que había sido su padre. + +Mientras estaba ocupado en este estudio, que consumía todo su tiempo y +todos sus pensamientos, casi no veía á los Gillenormand. + +Á las horas de comer aparecía; después, si se le buscaba, no estaba en +casa. La tía murmuraba. El abuelo Gillenormand se sonreía: + +--¡Bah! ¡bah! ¡Es la edad de los amoríos!--Algunas veces añadía el +viejo: + +--¡Diablo! Creía que era ello un galanteo, pero voy viendo que es una +pasión. + +Era efectivamente una pasión; Mario iba adorando á su padre. + +Al propio tiempo se verificaba un cambio extraordinario en sus ideas. +Las fases de este cambio fueron numerosas y sucesivas. Como es ésta +la historia de muchos espíritus de nuestra época, creemos útil seguir +estas frases paso á paso, é indicarlas todas. + +Aquella historia en que había fijado los ojos le azoraba. + +El primer efecto fué un deslumbramiento. + +La República y el Imperio no habían sido para él hasta entonces +más que palabras monstruosas. La República, una guillotina entre +crepúsculos; el Imperio, un sable en plena noche. Pero acababa de +ver ambas cosas, y donde no esperaba encontrar más que un caos de +tinieblas, había visto, con cierta sorpresa inaudita, mezclada de +temor y alegría, brillar astros como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just, +Robespierre, Camille Desmoulins, Dantón, y despuntar un sol: Napoleón. +No sabía dónde estaba y retrocedía ciego ante tanta luz. Poco á poco +fué pasando el asombro, acostumbróse á aquel esplendor, consideró los +actos sin pasión, examinó á los hombres sin terror; la Revolución y el +Imperio aparecieron luminosamente en perspectiva ante sus ojos, y vió +á cada uno de aquellos dos grupos de sucesos y de hombres reunirse en +dos grandes hechos; la República en la soberanía del derecho cívico +restituido á las masas; el Imperio en la soberanía de la idea francesa +impuesta á Europa; y vió salir de la Revolución la gran figura del +pueblo, y del Imperio la gran figura de la Francia. Y declaró en su +conciencia que todo aquello había sido bueno. + +Lo que pasó desapercibido á su deslumbramiento en esta primera +apreciación demasiado sintética, no creemos del caso consignarlo aquí. +Lo que pintamos es el estado de un espíritu en marcha; y los progresos +no se hacen en una etapa. Dicho esto de una vez para siempre, así por +lo precedente como para lo sucesivo, continuemos. + +Entonces conoció que hasta aquel momento no había comprendido ni á su +patria ni á su padre. No había conocido á la una ni al otro; había +tenido una especie de velo voluntario ante los ojos. + +Ahora veía claro; y por una parte admiraba y adoraba por otra. + +Estaba agobiado de pesares y de remordimientos; pensaba desesperado que +no podía decir todo lo que tenía en el alma sino á una tumba. ¡Oh! si +su padre hubiera vivido, si le tuviera todavía: si Dios, compadecido +y bondadoso, hubiera permitido que viviese aún, ¡cómo habría corrido, +cómo se habría precipitado, cómo habría gritado á su padre!: ¡Padre! +¡Mírame! ¡Soy yo! ¡Yo, que tengo tu mismo corazón! ¡Soy tu hijo! +¡Cómo habría abrazado su encanecida frente, inundado sus cabellos de +lágrimas, contemplado su cicatriz, estrechado sus manos, adorado sus +vestidos, besado sus plantas! ¡Oh! ¡Por qué había muerto su padre tan +pronto, antes de tiempo, antes de la justificación, antes del amor de +su hijo! Mario tenía un eterno sollozo en su corazón, que exhalaba á +cada instante un ¡ay! Al mismo tiempo se hacía más formal, más grave; +se afirmaba en su fe y en su modo de pensar. Á cada momento venía un +nuevo rayo de luz de la verdad á completar su razón; verificábase en él +como un crecimiento interior. Sentía una especie de engrandecimiento +natural, producido por dos cosas nuevas para él: su patria y su padre. + +Como sucede cuando se posee una clave, todo se abría para él; se +explicaba lo que había odiado, y penetraba en lo que había aborrecido. +Veía claramente el sentido providencial, divino y humano de las grandes +cosas que le habían inducido á detestar, y de los grandes hombres á +quienes le habían enseñado á maldecir. Cuando pensaba en sus antiguas +ideas, que no eran más que de ayer, y que sin embargo le parecían +rancias, se indignaba y sonreía. + +De la rehabilitación de su padre había pasado, naturalmente, á la +rehabilitación de Napoleón. + +Sin embargo, debemos decir, que ésta no se había verificado sin +esfuerzo. + +Desde la infancia se le había imbuido de las opiniones que el partido +de 1814 había formado de Bonaparte. Ahora bien; todas las precauciones +de la Restauración, sus intereses y sus instintos tendían á desfigurar +á Napoleón. Le execraba más todavía que á Robespierre; se había +explotado hábilmente el cansancio de la nación y el odio de las madres. +Bonaparte había llegado á ser una especie de monstruo casi fabuloso, y +para presentarle á la imaginación del pueblo, que, como hemos indicado +hace poco, se parece á la imaginación de los niños, el partido de 1814 +hacía aparecer sucesivamente espantosos todos los disfraces, desde lo +terrible, sin dejar de ser grandioso, hasta lo terrible que llega á ser +grotesco; desde Tiberio al Coco. + +Así es, que hablando de Bonaparte, cada uno podía libremente llorar ó +reventar de risa, con tal que le odiase. Mario no había tenido nunca +acerca de _aquel hombre_--como le llamaban--otras ideas que ésas, las +cuales se habían combinado en su espíritu con la tenacidad propia de su +carácter. Había realmente en su interior otro pisaverde testarudo que +odiaba á Napoleón. + +Pero leyendo la historia, estudiándola en los documentos y en los +materiales, se fué rasgando poco á poco el velo que cubría á Napoleón á +los ojos de Mario. + +Entrevió primero algo inmenso, y sospechó que se había engañado acerca +de Bonaparte como en lo demás; cada día veía más claro, y empezó á +subir lentamente, paso á paso, primero casi con sentimiento, y después +con embriaguez y como atraído por una fascinación irresistible, los +escalones sombríos, luego los alumbrados vagamente, y por último los +luminosos y espléndidos del entusiasmo. + +Una noche estaba solo en su cuartito, junto al tejado. La vela estaba +encendida; leía, apoyado de codos en la mesa, al lado de la ventana +abierta. Una multitud de pensamientos surgiendo del espacio, iban á +mezclarse con sus ideas. ¡Qué espectáculo es la noche! + +Óyense ruidos sordos sin saber de dónde vienen; se ve resplandecer +como un ascua entre cenizas á Júpiter, que es mil doscientas veces +más grande que la tierra; el azul es negro, las estrellas brillan; es +imponente. + +Leía los boletines del gran ejército, aquellas estrofas homéricas +escritas sobre el campo de batalla; veía en ellos por intervalos el +nombre de su padre, y siempre el nombre del emperador; aparecía á +sus ojos todo el gran imperio, sentía como una marea que se elevase +en su interior; en algunos momentos le parecía que pasaba su padre +á su lado como un soplo y le hablaba al oído; íbase abstrayendo +poco á poco; creía oir los tambores, el cañón, las cornetas, el paso +regular de los batallones, el galope sordo y lejano de la caballería; +de cuando en cuando sus ojos se elevaban al cielo, y veía brillar en +las profundidades sin fondo las constelaciones colosales; bajábalos +después al libro, viendo moverse confusamente otras cosas colosales. +Tenía el corazón oprimido. Estaba transportado, tembloroso, anhelante. +De pronto, sin saber él mismo lo que por él pasaba, ni á qué fuerza +secreta obedecía, se levantó, extendiendo ambos brazos fuera de +la ventana, miró fijamente á la sombra, al silencio, al tenebroso +infinito, á la inmensidad eterna, y gritó: ¡Viva el emperador! + +Desde aquel momento todo estaba dicho: el ogro de Córcega,--el +usurpador,--el tirano,--el monstruo, que había sido amante de sus +hermanas--el histrión, que recibía lecciones de Talma,--el envenenador +de Jafa,--el tigre,--Buonaparte,--todo esto se desvaneció abriendo +campo en su espíritu á un vago y luciente fulgor, que alumbraba hasta +una altura inaccesible el pálido fantasma de mármol de César. El +emperador no había sido para su padre sino el querido capitán á quien +admiraba, y por quien se sacrificaba el soldado; para Mario fué algo +más; fué el constructor predestinado del grupo francés, sucediendo +al grupo romano en la dominación del universo; fué el prodigioso +arquitecto de un cataclismo, el continuador de Carlo-Magno, de Luis +XI, de Enrique VI, de Richelieu, de Luis XVI y del comité de Salvación +pública; teniendo sin duda sus defectos, sus faltas, sus crímenes, es +decir, siendo hombre: pero augusto en sus faltas, brillante en sus +defectos, poderoso en sus crímenes. + +Fué el hombre predestinado que obligó á todas las naciones á +decir:--la gran nación;--fué más todavía, fué la encarnación de +Francia, conquistando la Europa con la espada, y el mundo con la luz +que despedía. Mario vió en Bonaparte el espectro deslumbrador que se +levantará siempre en la frontera y guardará el porvenir. Déspota, pero +dictador; déspota resultante de una república, y simbolizando una +revolución: Bonaparte fué para él, el hombre pueblo, así como es Jesús +el Hombre-Dios. + +Vese, pues, que, al igual de todos los recién convertidos á una +religión, su conversión le embriagaba; le precipitaba y llevaba +quizá demasiado lejos su adhesión. Su índole era ésta; puesto en una +pendiente le era casi imposible detenerse. El fanatismo por el sable +le arrebataba; y se complicaba en su espíritu con el entusiasmo por la +idea. No conocía que con el genio admiraba juntamente la fuerza, es +decir, que instalaba en los dos recintos de su idolatría lo divino y lo +brutal. Bajo diversos conceptos, habíase equivocado nuevamente. + +Todo lo admitía. Tal es el modo de encontrar el error en el camino por +donde se busca la verdad. Tenía cierta buena fe violenta, que todo lo +abrazaba en conjunto. Así en la nueva vía en que había entrado, al +juzgar los errores del antiguo régimen, lo mismo que al medir la gloria +de Napoleón, despreciaba las circunstancias atenuantes. + +Sea como fuere, Mario había dado un gran paso. Donde viera antes +la caída de la monarquía, veía ahora el porvenir de Francia. Había +cambiado de orientación. Lo que había sido el Ocaso era el Levante. Dió +una vuelta en redondo. + +Verificábanse en él todas estas revoluciones sin que su familia lo +sospechase. + +Cuando en esta misteriosa tarea hubo perdido del todo su antigua piel +de borbónico y de ultra; cuando se despojó del traje de aristócrata, +de jacobino y de realista; cuando fué completamente revolucionario, +profundamente demócrata y casi republicano, fué á casa de un grabador +de la calle de Orfêvres y mandó hacer cien tarjetas con su nombre, en +que se leía: «El barón Mario de Pontmercy». + +Lo cual era una consecuencia lógica del cambio que se había operado en +él; cambio en que todo gravitaba al rededor de su padre. + +Solamente que como no conocía á nadie, y no podía dejar las tarjetas en +ninguna portería, se las guardó en el bolsillo. + +Por otra consecuencia natural, á medida que se aproximaba á su padre, +á su memoria, á las cosas por las que el coronel había peleado +veinticinco años, se iba alejando de su abuelo. Ya lo hemos dicho, +desde muy antiguo no gustaba del carácter del viejo Gillenormand. Entre +ambos había ya todas las disonancias que puede haber entre un joven +grave y un viejo frívolo. La alegría de Geronte choca y exaspera á +la melancolía de Werther. Mientras habían sido comunes en ellos las +opiniones políticas y las ideas, Mario se había encontrado como en un +puente con el señor Gillenormand; mas cuando ese puente se hundió, +los separó el abismo. Además, Mario sentía inexplicables impulsos +de rebelión cuando recordaba que el señor Gillenormand, por motivos +estúpidos, le había apartado sin piedad del coronel, privando al hijo +del padre y al padre del hijo. + +Á fuerza de lástima por su padre, había casi llegado á tener aversión á +su abuelo. + +Pero nada de esto, como hemos dicho, se traslucía exteriormente. Tan +sólo se mostraba más frío de día en día, más lacónico en la mesa, y +con más frecuencia se ausentaba de la casa. Cuando su tía le reprendía +era muy respetuoso, y daba por pretexto sus estudios, el curso, los +exámenes, las conferencias, etc. + +El abuelo no salía de su infalible diagnóstico:--¡Enamorado! Ya conozco +eso. + +Mario hacía de cuando en cuando algunas escapatorias. + +--Pero ¿adónde va?--preguntaba la tía. + +En uno de estos viajes, siempre cortos, fué á Montfermeil para cumplir +la indicación que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento +de Waterloo, al posadero Thénardier. Thénardier había quebrado; la +posada estaba cerrada, y nadie sabía qué había sido de él. Mario, con +motivo de estas investigaciones, estuvo cuatro días fuera de su casa. + +--Decididamente,--dijo el abuelo,--se extravía. + +Habíase creído adivinar que llevaba bajo la camisa, y sobre el pecho, +algo sujeto con una cinta negra que pendía del cuello. + + + + + VII + =Algún amorcillo= + + +Hemos hablado de un lancero. + +Era un tercer sobrino del señor Gillenormand por parte de padre, el +cual llevaba, lejos de la familia y del hogar doméstico, la vida +de guarnición. El teniente Teódulo Gillenormand tenía todas las +condiciones necesarias para ser lo que se llama un lindo oficial. +Tenía «el talle de una señorita», cierto modo de arrastrar el sable, y +llevaba el bigote retorcido. Iba raras veces á París, tanto, que Mario +no le había visto nunca. Los dos primos sólo se conocían de nombre. + +Teódulo era, según creemos haber dicho ya, el favorito de la tía +Gillenormand, que le prefería; porque no le veía. No ver á las gentes +permite suponerles todas las perfecciones. Una mañana la señorita +Gillenormand mayor entró en su cuarto tan conmovida como podía estarlo +su placidez. Mario acababa de pedir á su abuelo permiso para hacer un +viaje, diciendo que pensaba partir aquella misma noche. ¡Anda! le había +respondido el abuelo. Y Gillenormand había añadido aparte, arqueando +las cejas hacia lo alto de la frente: ¡Duerme fuera y reincide! La +señorita Gillenormand había subido á su cuarto muy cavilosa, dejando +escapar en la escalera esta exclamación:--«¡Es ya mucho!». Y esta +interrogación:--«¿Pero adónde va?». Entreveía alguna aventura de +corazón más ó menos ilícita, alguna mujer en la sombra, una cita, un +misterio, y no le hubiera disgustado haberle podido echar el lente. +Gustar un misterio es como alcanzar las primicias de un escándalo: +y esto no lo detestan las almas más santas. Hay en los secretos +receptáculos de la mojigatería, cierta curiosidad por el escándalo. + +Veíase, pues, dominada por el vago apetito de saber una historia. + +Para distraerse de esta curiosidad, que la agitaba un poco más de lo +acostumbrado, había echado mano de sus habilidades, y se había puesto +á festonear con algodón, y sobre algodón, uno de esos bordados del +Imperio y de la Restauración, en que se ven muchas ruedas de cabriolé. +Obra chabacana, obrera ruda. Estaba hacía algunas horas sentada en su +silla, cuando se abrió la puerta. La señorita Gillenormand levantó la +nariz; el teniente Teódulo estaba en su presencia, haciéndole el saludo +de ordenanza. Lanzó ella un grito de alegría. Se puede ser vieja, +mojigata, devota y tía; pero no hay mujer que no se alegre el ver +entrar en su cuarto un lancero. + +--¡Tú aquí, Teódulo!--exclamó. + +--De paso, tía. + +--¡Pero, abrázame! + +--¡Ya está!--dijo Teódulo. + +Y la abrazó. La tía Gillenormand fué á su secreter, y lo abrió. + +--¿Te quedarás con nosotros una semana al menos? + +--Tía mía, parto de nuevo esta misma tarde. + +--¡No es posible! + +--Matemáticamente. + +--Quédate, Teodulito; yo te lo ruego. + +--El corazón dice sí; pero la consigna contesta que no. La historia es +muy sencilla. Nos mudan de guarnición; estábamos en Melún, y nos llevan +á Gaillón. Para ir de la antigua guarnición á la nueva hay que pasar +por París, y he dicho: «Voy á ver á mi tía». + +--Toma por la molestia. + +Y le puso diez luises de oro en la mano. + +--Por la satisfacción querréis decir, querida tía. + +Teódulo la abrazó por segunda vez, y ella tuvo el gusto de rozar un +poco el cuello con los cordones del uniforme. + +--¿Haces el viaje á caballo con tu regimiento?--le preguntó ella. + +--No, tía. He querido visitaros, y he sacado para ello un permiso +especial. El asistente lleva mi caballo, y yo iré en la diligencia. Y á +propósito, tengo que preguntaros una cosa. + +--¿Cuál? + +--¿Está de viaje también mi primo Mario Pontmercy? + +--¿Cómo sabes tú eso?--dijo la tía, excitada súbitamente en lo más vivo +de su curiosidad. + +--Al llegar he ido á tomar mi billete de berlina en la diligencia. + +--¿Y qué? + +--Que había ya ido un viajero á tomar un asiento del imperial, y he +visto su nombre en la hoja de la administración. + +--¿Qué nombre? + +--Mario Pontmercy. + +--¡Ah, pícaro!--exclamó la tía.--Tu primo no es muchacho juicioso como +tú. ¡Decir que va á pasar la noche en diligencia! + +--Como yo. + +--Pero tú es por obligación, y él por desorden. + +--¡Caracoles!--prorrumpió Teódulo. + +En esto se le ocurrió una idea á la señorita Gillenormand mayor. +Si hubiera sido hombre, se habría dado una palmada en la frente. Y +dirigiéndose bruscamente á Teódulo le dijo: + +--¿Sabes que tu primo no te conoce? + +--No. Yo por mi parte le he visto; pero él nunca se ha dignado fijarse +en mí. + +--¿Y vais á viajar juntos? + +--Él en el imperial y yo en la berlina. + +--¿Adónde va esa diligencia? + +--Á los Andelys. + +--¿Y va allí Mario? + +--Sí, á no ser que haga lo que yo, y se quede en el trayecto. Yo bajo +en Vernón para tomar el coche de Gaillón. Ignoro el itinerario de Mario. + +--¡Mario! ¡Qué nombre tan feo! ¡Qué ocurrencia la de ponerle Mario! +¡Pero tú al menos te llamas Teódulo! + +--Preferiría llamarme Alfredo,--dijo el oficial. + +--Oye, Teódulo. + +--Ya oigo, tía. + +--Préstame atención. + +--Estoy atento... + +--¿Estás? + +--Estoy. + +--Pues bien; Mario hace escapatorias. + +--¡Eh! ¡Eh! + +--Viaja. + +--¡Ah! ¡Ah! + +--Duerme fuera de casa. + +--¡Oh! ¡Oh! + +--Quisiéramos saber la causa. + +Teódulo respondió con la calma de un hombre curtido: + +--Cuestión de faldas. + +Y con esa risita entre cuero y carne que demuestra la certeza, añadió: + +--Alguna muchacha. + +--Es evidente,--dijo la tía, que creyó oir hablar al señor +Gillenormand, y que sintió salir irresistiblemente su convicción de la +palabra _muchacha_ acentuada casi de la misma manera por el tío y el +sobrino. Y añadió: + +--Haznos un favor. Sigue un poco á Mario; esto te será fácil, porque no +te conoce; y supuesto que hay muchacha de por medio, haz por conocerla. +Nos escribirás la historieta, y se divertirá el abuelo. + +Á Teódulo no le gustaba mucho este género de espionaje; pero habíanle +conmovido los diez luises, y creía que podrían traer otros detrás de +sí. Aceptó, pues, la comisión y dijo: + +--Como usted quiera, tía. + +Añadiendo para sí: + +--Ya estoy convertido en chaperona. + +La tía Gillenormand lo abrazó. + +--No harías tú nunca esas extravagancias, Teódulo. Tú obedeces á la +disciplina, eres esclavo de la consigna, eres hombre escrupuloso y +fiel á tus deberes, y no abandonarías á tu familia por ir á ver á una +muchachuela. + +El lancero hizo una mueca de satisfacción parecida á la del ladrón +Cartouche, elogiado por su probidad. + +La noche que siguió á este diálogo, Mario subió á la diligencia sin +sospechar que se le vigilaba. En cuanto al vigilante, lo primero que +hizo fué dormirse. El sueño fué completo y concienzudo. Argos pasó +roncando toda la noche. + +Al despuntar el día, el mayoral de la diligencia gritó:--¡Vernón! +¡Relevo de Vernón! ¡Los viajeros de Vernón! Y el teniente Teódulo +despertó. + +--¡Bueno!--murmuró medio dormido aún;--aquí es donde me bajo. + +Después empezó á despejársele la memoria poco á poco, y se acordó de su +tía, de los diez luises, y de la promesa que había hecho de contar los +hechos y los gestos de Mario. Esto le hizo reir. + +--Ya no estará tal vez en el coche, pensó para sí abotonándose el +levitín. Puede haberse quedado en Poissy y ha podido quedarse también +en Triel; si no ha bajado en Meulán, puede haber bajado en Nantes á +menos que no se haya apeado en Rolleboise, ó que no haya avanzado hasta +Pacy, con la facultad de torcer allí á la izquierda hacia Evreux, ó á +la derecha hacia Laroche-Guyón. Ya puede mi tía echarle un galgo. ¿Qué +diablos voy á escribirle ahora á la buena vieja? + +En este momento un pantalón negro que descendía del imperial apareció +en la vidriera de la berlina. + +--¿Mario será éste?--dijo el teniente. + +En efecto, era Mario. + +Al pie del coche, y mezclada con los caballos y los postillones, una +muchachuela del lugar ofrecía flores á los viajeros, gritando: + +--Flores para las señoras, caballeros. + +Mario se acercó á la muchacha, y escogió las flores más hermosas de su +cesta. + +--Por de pronto,--dijo Teódulo, saltando de la berlina,--ya pica esto +mi curiosidad. ¿Á quién diablos va á llevar esas flores? Preciso es que +sea muy buena moza para que merezca tan lindo ramo. Quiero conocerla. + +Y no tanto por mandato como por curiosidad particular, á semejanza de +los perros que cazan por su cuenta, empezó á seguir á Mario. + +Éste no fijó la atención en Teódulo. Bajaron de la diligencia algunas +mujeres elegantes; Mario no las miró siquiera, parecía que no veía nada +á su alrededor. + +--¡Está enamorado!--pensó Teódulo. + +Mario se dirigió hacia la iglesia. + +--¡Perfectamente!--dijo Teódulo.--¡La iglesia! Esto es, Las citas +sazonadas con un poco de misa son mejores. Nada tan exquisito como una +mirada pasando por encima de Dios. + +Mario llegó á la iglesia, pero no entró; dió la vuelta al exterior, y +desapareció en el ángulo de uno de los estribos del ábside. + +--La cita es fuera,--dijo.--Veremos la muchacha. + +Y se adelantó de puntillas hacia el ángulo por donde había dado la +vuelta Mario. + +Al llegar allí, se quedó estupefacto. + +Mario, con la frente entre ambas manos, estaba arrodillado sobre la +yerba, junto á una tumba. Había deshojado el ramo. En el extremo de la +fosa, en un relleno que indicaba la cabecera, había una cruz de madera +negra con este nombre escrito en letras blancas: EL CORONEL BARÓN DE +PONTMERCY. Oíase sollozar á Mario. + +La chica era una tumba. + + + + + VIII + =Mármol contra granito= + + +Allí era donde había ido Mario la primera vez que se ausentó de París. +Allí iba cada vez que el señor Gillenormand decía: «Duerme fuera». + +El teniente se quedó completamente desconcertado con el inesperado +encuentro de un sepulcro; experimentó una sensación desagradable y +singular, que le era imposible analizar, compuesta del respeto que +inspira una tumba mezclado al respeto debido á un coronel. Retrocedió, +pues, dejando á Mario solo en el cementerio, habiendo en su retirada +algo de la disciplina. Presentósele la muerte con grandes charreteras, +y casi le hizo el saludo militar. No sabiendo qué escribir á la tía, +tomó el partido de no decirle nada; y probablemente no hubiera tenido +consecuencia alguna el descubrimiento de Teódulo acerca de los amores +de Mario, si por una de esas coincidencias misteriosas, tan frecuentes +en la casualidad, la escena de Vernón no hubiese tenido, por decirlo +así, una especie de resonancia en París. + +Mario volvió de Vernón tres días después muy de mañana, llegó á casa +de su abuelo, y cansado de las dos noches que había pasado en la +diligencia, conociendo la necesidad de reparar su insomnio con una hora +de escuela de natación, subió rápidamente á su cuarto, y sin emplear +más tiempo que el necesario para quitarse el levitón de viaje y el +cordón negro que llevaba al cuello, se fué á tomar el baño. + +El señor Gillenormand se levantó temprano, como todos los viejos +fuertes; le oyó entrar, y se apresuró á subir lo más pronto que pudo +con sus viejas piernas la escalera del cuarto de Mario, al objeto de +abrazarle é interrogarle al mismo tiempo para traslucir de dónde venía. + +Pero el adolescente había empleado menos tiempo en bajar que el +octogenario en subir, y cuando el abuelo Gillenormand entró en la +buhardilla, ya Mario había salido. + +La cama estaba sin tocar, viéndose sobre ella el levitón y el cordón +negro. + +--Prefiero esto,--dijo Gillenormand. + +Y un momento después entró en la sala en que estaba sentada la señorita +Gillenormand bordando sus ruedas de cabriolé. + +La entrada fué triunfal. + +El señor Gillenormand llevaba en una mano el levitón, y el cordón en la +otra. + +--¡Victoria!--exclamó.--¡Vamos á penetrar el misterio! ¡Vamos á saber +lo fino del fin! Vamos á palpar el libertinismo de nuestro cazurro! ¡Ya +tenemos aquí la novela! Tengo el retrato. + +En efecto; del cordón pendía una cajita de tafilete negro, muy +semejante á un medallón. + +El viejo tomó esta caja, y la contempló algunos momentos sin abrirla, +con ese aire de voluptuosidad, enajenamiento y cólera de un pobre +diablo hambriento al oler una comida espléndidamente que no fuése para +él. + +--Porque esto, evidentemente es un retrato. Yo no me engaño. Esto se +lleva tiernamente sobre el corazón. ¡Qué tontos son! ¡Algún espantoso +mascarón, que hará temblar probablemente! ¡Los jóvenes tienen hoy tan +mal gusto!... + +--Veámosle, padre,--dijo la vieja solterona. + +La caja se abrió apretando un resorte, pero no encontraron en ella más +que un papel cuidadosamente doblado. + +--_De ella á él_,--dijo Gillenormand echándose á reir.--Ya sé lo que +es; ¡un billete amoroso! + +--¡Ah, ya! ¡Leámosle!--dijo la tía. Y se puso los anteojos. + +Desdoblaron el papel y leyeron esto: + +--«_Para mi hijo._ El emperador me hizo barón en el campo de batalla de +Waterloo. La restauración me niega este título que he comprado con mi +sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno +de él». + +Lo que el padre y la hija sintieron entonces, no es para dicho. Se +quedaron helados como por el soplo de una calavera. No cambiaron ni una +palabra. + +Solamente Gillenormand dijo en voz baja, y como hablando consigo mismo: + +--Es la letra de aquel acuchillador. + +La tía examinó el papel, le volvió en todos sentidos, colocándolo de +nuevo en la cajita. + +En aquel momento cayó al suelo, del bolsillo de la levita, un paquetito +oblongo envuelto en un papel azul. La señorita Gillenormand le recogió, +y desdobló el papel azul; eran las cien tarjetas de Mario. + +Cogió una y se la dió al señor Gillenormand, que leyó. _El barón Mario +de Pontmercy._ + +El viejo llamó, y acudió Nicolasita. + +Gillenormand cogió el cordón, la caja y la levita, lo tiró al suelo en +medio de la sala, y dijo: + +--Llévate esos arreos. + +Pasó una hora larga de profundo silencio. + +El viejo y la solterona se habían sentado de espaldas, uno á otro, +pensando cada uno por su parte probablemente lo mismo. Al cabo de la +hora, dijo la tía Gillenormand: + +--¡Magnífico! + +Algunos minutos después apareció Mario. + +Estaba de vuelta. + +Antes de haber atravesado el umbral del salón, distinguió á su abuelo +que tenía en la mano una de sus tarjetas, quien, al verle, exclamó con +su aire de superioridad plebeya y satírica, un tanto abrumadora: + +--¡Vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te doy la enhorabuena. ¿Qué +quiere decir esto? + +Mario ruborizándose ligeramente, respondió: + +--Esto quiere decir que soy hijo de mi padre. + +Gillenormand dejó de reirse, y dijo duramente: + +--Tu padre soy yo. + +--Mi padre,--repuso Mario con los ojos bajos y aire reposado,--era un +hombre modesto y heroico, que sirvió gloriosamente á la República y á +la Francia; que fué grande en la historia más grande que hayan podido +hacer los hombres; que vivió un cuarto de siglo en el campo de batalla; +de día, bajo la metralla y las balas, y de noche entre la nieve, en +el lodo y bajo la lluvia; que tomó dos banderas; que recibió veinte +heridas; que ha muerto en el olvido y en el abandono, y que no cometió +en su vida más que una falta: amar demasiado á dos ingratos, á su país +y á mí. + +Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oir. Á la palabra +_República_ se había levantado, ó por mejor decir, se había erguido +repentinamente. + +Cada una de las palabras que Mario acababa de pronunciar, había hecho +en el rostro del viejo realista, el efecto del soplo de un fuelle de +fragua sobre un tizón ardiente. + +De sombrío había pasado á rojo, de rojo á purpúreo y de purpúreo á +resplandeciente. + +--¡Mario!--exclamó.--¡Abominable criatura! ¡Yo no sé lo que era tu +padre! ¡No quiero saberlo! ¡No sé nada! ¡No lo sé! ¡Pero lo que sé es +que entre esas gentes nunca hubo más que miserables; que todos ellos +son unos perdidos, asesinos, gorros rojos, ladrones! ¡Digo que todos! +¡y lo repito; todos! ¡Yo no conozco á ninguno! ¡Repito que á ninguno! +¡Lo oyes Mario! Ya lo ves; eres tan barón como mi zapatilla. ¡Fueron +todos bandidos, al servicio de Robespierre! ¡Forajidos, al servicio de +Bu-o-na-parte! ¡Todos traidores, que vendieron, vendieron, vendieron á +su rey legítimo! ¡Todos cobardes, que huyeron ante los prusianos y los +ingleses en Waterloo! Esto es lo que sé. Si vuestro padre fué uno de +ellos, lo ignoro, lo siento; tanto peor, servidor vuestro. + +Á su vez fué Mario el tizón y Gillenormand el fuelle. Mario temblaba de +pies á cabeza, no sabía qué hacer, ardía su cabeza. Era el sacerdote +que ve arrojar al viento todas sus hostias, el faquir que ve á un +pasajero escupir á su ídolo. Era imposible que se hubieran dicho tales +cosas delante de él impunemente. ¿Pero qué hacer? Su padre acababa de +ser pisoteado y humillado en su presencia; pero ¿por quién? Por su +abuelo. ¿Cómo vengar el uno sin ultrajar al otro? + +Le era igualmente imposible insultar al abuelo y dejar de vengar á su +padre. De un lado una tumba sagrada; de otro unos cabellos blancos. + +Estuvo unos instantes aturdido y vacilante, con aquel torbellino dentro +de la cabeza; después levantó los ojos, y mirando fijamente á su +abuelo, gritó con voz tonante: + +--¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII! + +Luis XVIII había muerto hacía cuatro años, pero á Mario esto le era +indiferente. + +El rostro del anciano pasó de escarlata al blanco, á un blanco +superior al de sus cabellos. Y volviéndose hacia un busto del duque +de Berry que estaba encima de la chimenea, le saludó respetuosamente +con cierta majestad singular. Después pasó dos veces lentamente y en +silencio desde la chimenea á la ventana, y de la ventana á la chimenea, +atravesando toda la sala, y haciendo resonar el pavimento como una +estatua de piedra andando. Á la segunda vez se inclinó ante su hija, +que asistía á esta escena con el estupor de una oveja, y le dijo +sonriéndose, con una sonrisa casi serena: + +--Un barón como este caballero y un burgués como yo, no pueden +continuar bajo un mismo techo. + +Y enderezándose de súbito, pálido, tembloroso, aterrador, la frente +ensanchada por la terrible irradiación de la cólera, extendió el brazo +hacia Mario gritándole: + +--¡Vete! + +Mario dejó la casa. + +Al día siguiente el señor Gillenormand dijo á su hija: + +--Mandad cada seis meses sesenta doblones á ese bebedor de sangre, y +nunca más volváis á hablarme de él. + +Y como le quedaba todavía una gran cantidad de furor que no sabía en +qué emplear, siguió llamando de vos á su hija por espacio de más de +tres meses. + +Mario, por su parte, había salido indignado. + +Una circunstancia, que debemos consignar, agravó aún su exasperación. +Existe siempre alguna pequeña fatalidad que complica los dramas +domésticos y aumenta los motivos de queja, aunque no aumente los +verdaderos agravios. Al llevar precipitadamente por orden del abuelo +los «arreos» de Mario á su cuarto, Nicolasita había dejado caer, sin +repararlo, y probablemente en la escalera de la buhardilla, que era +obscura, el medallón de tafilete negro que contenía el papel escrito +por el coronel. Ni el papel ni el medallón pudieron encontrarse; y +Mario quedó convencido de que el señor Gillenormand,--desde aquel día +no llamó de otra manera á su abuelo,--había arrojado al fuego «el +testamento de su padre». Sabía de memoria las pocas líneas escritas por +el coronel, y por consiguiente nada se había perdido con aquella fatal +desaparición. Pero el papel, la escritura, aquella reliquia sagrada, +todo esto formaba su propio corazón. ¿Qué habían hecho de él? + +Mario se había ido, sin decir ni saber adónde, con treinta francos en +el bolsillo, su reloj, y alguna ropa en un saco de noche. Subió á un +coche de alquiler, le tomó por horas y se dirigió á la ventura hacia el +barrio latino. + +¿Qué iba á ser de Mario? + + + NOTAS: + +[13] _pendu_, ahorcado. + + + + + LIBRO CUARTO + LOS AMIGOS DEL A B C + + + I + =Un grupo que le ha faltado poco para llegar á ser histórico= + + +En aquella época, indiferente en apariencia, corría vagamente cierta +calentura revolucionaria. Emanaciones que salían de las profundidades +de 1789 y 92 impregnaban el aire. La juventud, permítasenos la frase, +estaba de muda. Se transformaba, casi sin saberlo, por el propio +movimiento del tiempo. La aguja que recorre el cuadrante marcha +igualmente en las almas. Cada uno daba hacia adelante el paso que +debía dar. Los realistas se trocaban en liberales: los liberales en +demócratas. Era aquello una especie de marea creciente, complicada +con mil reflujos; y como es propio del reflujo mezclarlo todo, de ahí +resultaban combinaciones de ideas singularísimas; se adoraba á la vez á +Napoleón y á la libertad. + +Nosotros escribimos historia pura. Tales eran los aspectos de aquel +tiempo. Las opiniones tienen sus fases. El realismo volteriano, +variedad extravagante, tuvo un contrapeso no menos extraño: el +liberalismo bonapartista. + +Otros grupos razonadores eran más serios. Ya se sondaba el principio; +ya se aferraban en el derecho. Se apasionaban por lo absoluto; se +entreveían las realizaciones infinitas; lo absoluto por su misma +rigidez impulsa el ánimo hacia lo etéreo, y le hace flotar en +los espacios ilimitados. Nada hay como el dogma para producir la +meditación; y nada hay como la meditación para engendrar el porvenir. +La utopía de hoy es la carne y hueso del mañana. + +Las opiniones avanzadas tenían doble fondo. Un principio de misterio +amenazaba al «orden establecido», el cual era suspicaz y receloso, +signo altamente revolucionario. La intención oculta del poder, tropieza +en la zapa con la intención oculta del pueblo. La incubación de las +insurrecciones es la réplica á la premeditación de los golpes de Estado. + +No había entonces todavía en Francia esas vastas organizaciones +subterráneas, como el _tugenbund_ alemán y el carbonarismo italiano; +pero acá y acullá se iban ya ramificando algunas minas obscuras. +La _cougourde_ se esbozaba en Aix; y había en París, entre otras +afiliaciones de este género, la sociedad de los amigos del A B C. + +¿Qué era eso de los amigos del A B C? Una sociedad que tenía por +objeto, en apariencia, la educación de los niños, y en realidad el +mejoramiento de los hombres. + +Declarábanse amigos del A B C[14]. El Abaissé, era el pueblo. Se le +quería realzar. Retruécano del que haríamos mal en reirnos, porque +estos retruécanos son muchas veces cosa grave en política; dígalo el +_Castratus ad castra_, que hizo de Narsés un general de ejército; +dígalo el _Barbari et Barberini_; dígalo también el _Fueros_ y _Fuegos_ +como el _Tu es Petrus et super hanc Petram_, etc., etc. + +Los amigos del A B C eran pocos; era una sociedad secreta en embrión; +casi podríamos decir una pandilla, si las pandillas pudiesen producir +héroes. Reuníanse en París en dos puntos: junto á los Mercados, en una +taberna llamada de _Corinto_, de que hablaremos después, y cerca del +Panteón, en un cafetucho de la plaza de San Miguel, llamado el _Café +Musain_, hoy derribado; el primero de estos centros de reunión estaba +en el barrio de los jornaleros, y el segundo en el de los estudiantes. + +Los conciliábulos habituales de los amigos del A B C se celebraban en +una sala interior del café Musain. + +Esta sala, bastante separada del café, con el cual se comunicaba por un +largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con escalera secreta, +que daba á la callejuela de Gres. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y +se reía. Se hablaba de todo en alta voz, y de algo en voz baja. + +En la pared estaba clavado un antiguo mapa de Francia del tiempo de +la República, indicio bastante para avivar el olfato de un agente de +policía. + +La mayor parte de los amigos del A B C eran estudiantes, en cordial +inteligencia con algunos obreros. He aquí los nombres principales que +pertenecen, en cierto modo, á la historia: Enjolrás, Combeferre, +Juan Prouvaire, Feuilly, Courfeyrac, Bahorel, Lesgle ó Laigle, Joly, +Grantaire. + +Estos jóvenes componían una especie de familia, á fuerza de amistad. +Todos, excepto Laigle, eran del Mediodía. + +Este grupo, que fué notable, se ha desvanecido ya en las profundidades +invisibles que están detrás de nosotros. + +Al punto á que hemos llegado de este drama, no estará tal vez de más +hacer penetrar un rayo de luz en aquella reunión de jóvenes, antes de +que el lector los vea sumergirse en las sombras de una aventura trágica. + +Enjolrás, á quién hemos nombrado el primero por la razón que se verá +después, era hijo único y rico; mozo simpático, capaz de ser terrible, +y angelicalmente hermoso; era Antinoo furioso. Hubiérase dicho, al ver +la pensativa reverberación de su mirada, que había ya atravesado en +alguna existencia anterior el apocalipsis revolucionario. Poseía la +tradición como un testigo. Sabía todos los pormenores de la gran cosa. +Era una naturaleza pontifical y guerrera, extraña en un adolescente; +era celebrante y militante; bajo el punto de vista inmediato, soldado +de la democracia, y por encima del movimiento contemporáneo, sacerdote +de lo ideal. Tenía la pupila profunda, los párpados algo encarnados, +el labio inferior grueso y dispuesto á expresar el desdén; la frente +espaciosa. Mucha frente en un rostro, es lo mismo que mucho cielo en un +horizonte. Como ciertos jóvenes de principios de este siglo y fines del +pasado que han adquirido celebridad muy pronto, tenía él una mocedad +excesiva, fresca como la de las muchachas, con sus correspondientes +horas de palidez. Era ya hombre, y parecía niño todavía. Sus veintidós +años aparentaban diez y siete; era grave, y parecía ignorar que hubiese +en la tierra un ser llamado mujer. No tenía más que una pasión, el +derecho; y un pensamiento, destruir obstáculos. En el monte Aventino +hubiera sido un Graco, y en la Convención, Saint Just. + +Apenas veía las rosas; desconocía la primavera; no oía cantar á los +pájaros; la garganta desnuda de Evadné no le habría conmovido más que +á Aristógiton; para él, como para Anmodio, las flores sólo servían +para ocultar la espada. Era severo en las alegrías, y ante todo lo +que no era la república bajaba castamente los ojos. Era el amante de +mármol de la libertad. Su palabra era ásperamente inspirada, y tenía la +vibración del himno. Á veces desplegaba sus alas de un modo inesperado. +¡Desgraciado el amorío que se hubiese atrevido á pasar por su lado! +Si alguna griseta de la plaza de Cambrai ó de la calle de San Juan de +Beauvais, al ver aquella fisonomía que parecía escapada del colegio, +aquella figura de paje, aquellas prolongadas cejas rubias, aquellos +ojos azules, aquella cabellera tumultuosamente entregada al viento, +aquellas mejillas sonrosadas, aquellos labios vírgenes, aquellos +dientes perfectos, hubiese sentido apetito por toda aquella aurora y +tratado de probar los efectos de su belleza en Enjolrás, una mirada +sorprendente y terrible le habría mostrado bruscamente el abismo, y +enseñado á no confundir el querubín galanteador de Beaumarchais con el +querubín formidable de Ezequiel. + +Al lado de Enjolrás, que representaba la lógica de la revolución, +Combeferre representaba su filosofía. Entre la lógica y la filosofía +de la revolución hay esta diferencia: que la lógica puede ir á parar +á la guerra, mientras que la filosofía no puede tener por última +consecuencia más que la paz. Combeferre completaba y rectificaba +á Enjolrás. Era más bajo y más grueso. Quería que se imbuyesen en +los ánimos los principios extensos de ideas generales: revolución, +decía, pero también civilización; y en derredor de la montaña abría +á pico el vasto horizonte azul. De ahí, que en todas las teorías de +Combeferre hubiese algo de accesible y practicable. La revolución era +más respirable con él que con Enjolrás. Éste expresaba el derecho +divino, y Combeferre el derecho natural. El primero se encadenaba con +Robespierre, el segundo confinaba con Condorcet. Combeferre vivía más +que Enjolrás la vida de todo el mundo. Si hubiera sido dado á estos +dos jóvenes llegar á la historia, el uno hubiera sido el justo, el +otro el sabio. Enjolrás era más viril, Combeferre más humano. _Homo_ y +_Vir_; estas palabras los calificaban perfectamente. Combeferre, era +tan dulce como severo Enjolrás, por candidez natural. Le gustaba la +palabra ciudadano; pero prefería la palabra _homme_; y de buena gana +hubiese dicho _Hombre_, como los españoles. Todo lo leía, iba á los +teatros, seguía los cursos públicos, aprendía de Arago la polarización +de la luz, se apasionaba por una lección en que Geoffroy Saint Hilaire +había explicado la doble función de la arteria carótida externa, y de +la arteria carótida interna; la una que constituye el rostro, y la +otra que constituye el cerebro; estaba al corriente de todo lo que +era estudio; seguía la ciencia paso á paso; confrontaba á San Simón +con Fourier; descifraba los jeroglíficos; partía los guijarros que +encontraba y discurría sobre geología; pintaba de memoria una mariposa +_bombix_; señalaba las faltas de lenguaje en el diccionario de la +Academia; estudiaba á Puységur y Deleuze; no afirmaba nada, ni siquiera +los milagros; no negaba nada, ni aún las apariciones; hojeaba la +colección del _Monitor_; meditaba. Decía que el porvenir está en manos +del maestro de escuela, y se preocupaba mucho por las cuestiones de +educación. + +Quería que la sociedad trabajase sin descanso en la elevación del +nivel intelectual y moral, en la monetización de la ciencia, en la +circulación de las ideas, en el crecimiento de la inteligencia en +la juventud, y temía que la pobreza de los sistemas actuales, la +estrechez del punto de vista literario, limitado á dos ó tres siglos +llamados clásicos, el dogmatismo tiránico de los pedantes oficiales, +las preocupaciones escolásticas y la rutina, acabasen por hacer de +nuestros colegios criaderos de ostras artificiales. Era sabio, +purista, preciso, politécnico, trabajador, y al mismo tiempo pensativo +«hasta la quimera», según decían sus amigos. Creía en todos los sueños: +como, caminos de hierro, supresión del dolor en las operaciones +quirúrgicas, fijación de la imagen en la cámara obscura, telégrafo +eléctrico, dirección de los globos; y por otra parte le espantaban +poco las ciudadelas levantadas en todas partes contra el género humano +por la superstición, el despotismo y las preocupaciones. Era de los +que piensan que la ciencia acabará por enseñorearse de todas las +posiciones. Enjolrás era un jefe; Combeferre un guía. Se deseaba pelear +con uno y marchar con el otro. Y no porque Combeferre no fuése capaz +de pelear ni se negase á luchar cuerpo á cuerpo con el obstáculo y +atacarle á viva fuerza y por explosión, sino porque prefería emplear la +enseñanza de los axiomas y la promulgación de las leyes positivas, para +ir poniendo poco á poco al género humano de acuerdo con sus destinos; +y entre dos llamas, prefería la que iluminaba á la que abrasaba. Un +incendio puede producir indudablemente una aurora; pero ¿por qué no se +ha de esperar la salida del sol? Un volcán alumbra, pero alumbra mucho +mejor el alba. + +Combeferre prefería tal vez la blancura de lo bello á la brillantez de +lo sublime. Una claridad turbada por el humo, un progreso comprado con +la violencia, sólo satisfacían á medias su tierno y grave espíritu. La +precipitación de un pueblo desde la cumbre al fondo de la verdad, un +93, le asustaba; sin embargo, el estancamiento le repugnaba más, porque +veía en él la putrefacción y la muerte; y á todo trance prefería la +espuma al miasma, el torrente á la cloaca, la caída del Niágara al lago +de Montfaucon. En suma, no quería pararse ni precipitarse. + +Mientras que sus bulliciosos amigos, caballerosamente prendados +de lo absoluto, adoraban é invocaban las espléndidas aventuras +revolucionarias, Combeferre se inclinaba á dejar obrar al progreso, +al progreso verdadero, frío tal vez, pero puro; metódico, pero +irreprensible; flemático, pero irreprochable. Combeferre se habría +arrodillado, habría pedido, plegadas las manos, la llegada del porvenir +con todo su candor, y que nada turbase la inmensa y virtuosa evolución +de los pueblos. «Es preciso que el bien sea inocente», repetía de +continuo. Y en efecto, si la grandeza de la revolución consiste en +mirar fijamente al deslumbrador ideal, y volar al través de los rayos, +llevando en las garras sangre y fuego, la belleza del progreso consiste +en carecer de toda mancha. Entre Washington que representa lo uno, y +Dantón que encarna lo otro, hay la misma diferencia que separa al ángel +de alas de cisne del ángel con alas de águila. + +Juan Prouvaire era un tipo más templado aún que Combeferre. Se llamaba +Johan por un capricho pasajero que se mezclaba á ese poderoso y +profundo movimiento, de donde ha salido el estudio tan necesario de +la edad media. Juan Prouvaire era cariñoso, cultivaba un tiesto de +flores, tocaba la flauta, hacía versos, amaba al pueblo, se compadecía +de la mujer, lloraba por los niños, confundía en la misma esperanza +el porvenir y Dios, y censuraba á la revolución por haber derribado +una cabeza real, la de Andrés Chenier. Tenía la voz generalmente +delicada, pero á veces viril. Era hombre de letras hasta la erudición, +y casi orientalista. Era principalmente bueno, prefiriendo en poesía +lo inmenso; lo cual se comprende fácilmente para quien sabe cuanto +se hermanan la bondad y la grandeza. Sabía el italiano, el latín, el +griego y el hebreo, lo cual le servía para no leer más que cuatro +poetas: Dante, Juvenal, Esquilo é Isaías. En francés prefería Corneille +á Racine, y á Agrippa d'Aubigné á Corneille. Le gustaba pasear á la +ventura por los campos de avena silvestre y campanillas, y se ocupaba +casi tanto de las nubes como de los acontecimientos. Su espíritu solía +tener dos actitudes, una de parte del hombre, otra de la de Dios; +estudiaba ó contemplaba. De día profundizaba las cuestiones sociales: +el salario, el capital, el crédito, el matrimonio, la religión, la +libertad de pensar, la libertad de amar, la educación, la penalidad, la +miseria, la asociación, la propiedad, la producción y la repartición, +el enigma de aquí abajo que cubre de sombra el hormiguero humano, y por +la noche contemplaba los astros; esos seres enormes. Como Enjolrás, +era rico é hijo único. Hablaba despacio, inclinaba la cabeza, bajaba +los ojos, sonreía con dificultad, vestía sin aliño, era desmañado, se +sonrojaba por nada, era también muy tímido; pero intrépido, por demás. + +Feuilly era un oficial abaniquero, huérfano de padre y madre, que +ganaba penosamente tres francos diarios, y que no tenía más que un +pensamiento: emancipar el mundo. Tenía otra preocupación: instruirse, á +lo cual llamaba también emanciparse. Había aprendido por sí sólo á leer +y escribir; todo lo que sabía se lo había aprendido él mismo. Tenía el +corazón generoso, y quería abrazar la inmensidad. Este huérfano había +hecho hijos adoptivos suyos á los pueblos. + +Faltándole una madre, había pensado en la patria, y no quería que +hubiese en la tierra un hombre sin patria. Alimentaba en sí mismo, con +la adivinación profunda del hombre del pueblo, lo que hoy llamamos +_la idea de las nacionalidades_. Había estudiado expresamente la +historia, tan sólo para indignarse con conocimiento de causa. En aquel +cenáculo juvenil de utopistas, ocupados principalmente de Francia, él +representaba el exterior. Su especialidad era la Grecia, la Polonia, la +Hungría, la Rumania y la Italia. Pronunciaba sin cesar estos nombres, +á propósito y fuera de propósito, con la tenacidad del derecho. La +Turquía sobre la Grecia y Tesalia, la Rusia sobre Varsovia, el Austria +sobre Venecia; estas violaciones le exasperaban; pero entre todas la +gran violencia de 1772 le sublevaba. + +La verdad en la indignación, es la elocuencia más soberana, y él era +elocuente con esa elocuencia. + +Era interminable, siempre que se trataba de la fecha infame de 1772, +del noble y valiente pueblo suprimido por la traición, de aquel crimen +de tres, de aquella asechanza monstruosa, prototipo y patrón de todas +esas horribles supresiones de Estados, que después han venido á caer +sobre varias nobles naciones, borrando, por decirlo así, su partida de +bautismo. Todos los atentados sociales contemporáneos derivan de la +repartición de Polonia. La repartición de Polonia es un teorema, cuyos +corolarios son los actuales crímenes políticos. No hay un déspota ni +un traidor desde hace un siglo que no haya visado, probado, firmado y +rubricado, _ne varietur_, la repartición de Polonia. Cuando se examina +el legajo de las traiciones modernas, ésa aparece la primera. El +congreso de Viena consultó este crimen antes de consumar el suyo. 1772 +es el grito. 1815 la consecuencia. Tal era el tema constante de Feuilly. + +Ese pobre obrero se había hecho el tutor de la justicia, y ella +le recompensaba haciéndole grande; porque, en efecto, algo hay de +eternidad en el derecho. Varsovia no puede ser tártara, así como +Venecia no puede ser tudesca: los reyes perderán el tiempo y el honor +en esta empresa. Tarde ó temprano, la patria sumergida reaparece y +flota en la superficie. La Grecia vuelve á ser Grecia y la Italia +vuelve á ser Italia. La protesta del derecho contra el hecho persiste +siempre; el robo de un pueblo no prescribe jamás. Estas grandes estafas +no tienen porvenir; que no se borra la marca de una nación como se +borra la de un pañuelo. + +Courfeyrac tenía un padre que se llamaba el señor de Courfeyrac. Una de +las falsas ideas de la clase media de la Restauración, en materia de +aristocracia y de nobleza, era creer en la partícula _de_; y sabido es +que la tal partícula no tiene significación alguna. Pero la clase media +del tiempo de _la Minerva_ estimaba tanto este pobre _de_, que se creía +obligada á abdicarle. El señor de Chauvelin se hacía llamar Chauvelin; +el señor de Caumartin, Caumartin; el señor de Constant de Rebecque, +Benjamín Constant; el señor de Lafayette, Lafayette. Courfeyrac no +quiso quedarse rezagado, y se llamaba Courfeyrac á secas. + +Podríamos detenernos aquí en lo referente á Courfeyrac, limitándonos á +decir: Courfeyrac, véase Tholomyés. + +Courfeyrac tenía, en efecto, esa verbosidad de joven, que podría +llamarse la belleza del diablo del espíritu. Esta gracia se pierde +después como la gracia del gatito, y va á parar, cuando tiene dos pies +al burgués, y cuando tiene cuatro patas al gato padre. + +Las generaciones que atraviesan las escuelas y las promociones +sucesivas de la juventud, se trasmiten ese género de numen, pasándosele +de mano en mano, _quasi cursores_, y casi siempre el mismo; de modo +que, como acabamos de indicar, cualquiera que hubiese oído á Courfeyrac +en 1828, habría creído oir á Tholomyés en 1817; solo que Courfeyrac +era un buen muchacho. Bajo las aparentes semejanzas exteriores, la +diferencia entre Tholomyés y él era grande. El hombre latente que +existía en ellos era en el primero distinto del segundo. En Tholomyés +se adivinaba un curial; en Courfeyrac un paladín. + +Enjolrás era el jefe, Combeferre el guía, Courfeyrac el centro. Los +otros daban más luz, él daba más calor; tenía todas las cualidades de +un centro, la redondez y la irradiación. + +Bahorel había figurado en el tumulto sangriento de junio de 1822, con +motivo del entierro del joven Lallemand. + +Bahorel era un individuo de buen humor y de mala compañía, bravo, +maniroto, pródigo hasta la generosidad, hablado hasta la elocuencia, +atrevido hasta el descaro; la mejor pasta de diablo que pueda +encontrarse; llevaba chalecos _temerarios_, y tenía opiniones de +_escarlata_; era pendenciero en grande, es decir, nada le gustaba tanto +como una riña, á no ser un motín; y nada tanto como un motín, á no ser +una revolución; estaba siempre dispuesto á romper una vidriera, luego á +desempedrar una calle, después á derribar un gobierno, sólo para ver el +efecto. Llevaba once años de estudiar leyes, y aún no había llegado al +tercero. Olfateaba el derecho, pero no lo aspiraba; tenía por divisa: +_abogado nunca_, y por escudo una mesa de noche, sobre la cual se veía +un gorro cuadrado. Siempre que pasaba por delante de la Escuela de +Jurisprudencia, lo que sucedía pocas veces, se abotonaba la levita, +pues todavía no se había inventado el gabán, y tomaba precauciones +higiénicas. + +Decía de la fachada de la escuela: ¡qué hermoso viejo! Y del decano +señor Delvincourt: ¡qué monumento! Veía en los cursos asunto para +canciones, y en los profesores objetos para la caricatura. Gastaba en +no hacer nada una gran pensión, una suma casi de tres mil francos al +año. + +Sus padres eran unos lugareños, á quienes había sabido inculcar el +respeto hacia su hijo. Decía de ellos: «Son lugareños y no ciudadanos; +por eso tienen entendimiento». + +Bahorel, hombre caprichoso, concurría sin fijeza á varios cafés; los +demás tenían sus costumbres; él no tenía ninguna. Vagaba al azar. +El andar errante es propio de todos los humanos; pero el vagar á la +ventura es muy parisiense. En el fondo, sin embargo, era un talento +penetrante, y pensador más de lo que parecía. + +Servía de lazo entre los amigos del A B C y otros grupos todavía +informes, pero que debían acabar de delinearse más adelante. + +Había además en aquel cónclave de jóvenes una cabeza calva. + +El marqués de Avaray, á quien Luis XVIII hizo duque por haberle ayudado +á subir en un coche de alquiler el día en que emigró; contaba que en +1814, á su vuelta á Francia, cuando el rey desembarcó en Calais, le +presentó un hombre un memorial. ¿Qué pedís?--dijo el rey.--Señor, una +administración de correos. ¿Cómo os llamáis? L'Aigle (el Águila). + +El rey frunció el entrecejo, miró la firma del memorial, y vió el +nombre escrito así: _Lesgle_. + +Esta ortografía poco bonapartista tranquilizó al rey, y le hizo +sonreir.--Señor, continuó el hombre del memorial, tengo entre mis +antepasados un perrero, á quien llamaban Lesgueules (Bocaza). De este +mote viene mi nombre. De Lesgueules han hecho por contracción Lesgle, +y por corrupción L'Aigle. Esto hizo que el rey acabara de sonreirse; y +por fin, le dió la administración de correos de Meaux, no sabemos si +por inadvertencia ó á propósito. + +El individuo calvo del grupo era hijo de este Lesgle ó Legle, y se +firmaba Legle de Meaux. Sus camaradas, para abreviar, le llamaban +Bossuet; pues sabido es que al gran obispo Bossuet se le apellidaba de +esa suerte, _L'Aigle (el Águila) de Meaux_. + +Bossuet era un guapo chico, que tenía desgracia en todo. Su +especialidad consistía en que nada le saliese bien; pero él se reía +de todo. Á los veinticinco años era calvo. Su padre había conseguido +comprar una casa y un campo; pero él por nada había tenido tanta prisa +como por perder en una falsa especulación el campo y la casita; y no le +había quedado nada. Tenía ciencia y talento, pero sus planes abortaban. + +En todo fracasaba, en todo se engañaba; cuanto levantaba se venía abajo +aplastándole. Si partía leña se cortaba un dedo; si tenía una querida, +le salía enseguida un rival. Á cada paso le sucedía una desgracia; de +ahí su jovialidad. Solía decir: «_Vivo debajo del tejado cuyas tejas +se caen_». Se admiraba muy poco, porque para él el accidente era cosa +prevista; recibía con serenidad la mala suerte, y se reía de los +reveses del destino como quien oye llover. Era pobre, pero su bolsillo +de buen humor era inagotable. Llegaba con facilidad á su último +céntimo, pero nunca á su última carcajada. Cuando la adversidad entraba +en su casa, la saludaba cordialmente como á un amigo antiguo; daba +cariñosas palmadas á la catástrofe; tenía franqueza con la fatalidad +hasta el punto de llamarla por su nombre familiar: «Buenos días, Mala +suerte!» le decía. + +Estas persecuciones de la fortuna le habían dado cierta inventiva, +abundante en recursos. No tenía dinero; pero encontraba medio de hacer +despilfarros cuando le parecía bien. Una noche llegó á devorar cien +francos en una cena con una cotorrera, lo cual le inspiró en medio +de la orgía esta frase memorable: «_Hija de cinco luises, sácame las +botas_». + +Bossuet se encaminaba lentamente hacia la profesión de abogado; +estudiaba el derecho como Bahorel. No tenía domicilio, y á veces +ni lecho. Vivía, ya en casa de uno, ya en casa de otro; y con más +frecuencia con Joly, que estudiaba medicina, y tenía dos años menos que +Bossuet. + +Joly era el joven enfermo de aprensión. Lo único que había conseguido +estudiando medicina, era hacerse más enfermo que médico. Á los +veintitrés años se creía valetudinario, y pasaba la vida mirándose la +lengua en el espejo. Afirmaba que el hombre se imanta como una aguja, y +ponía la cama en su alcoba con la cabecera al Mediodía y los pies al +Norte, para que durante la noche no contrariase la circulación de la +sangre la gran corriente magnética del globo; y cuando había tempestad, +se tomaba el pulso. Por lo demás, era el más alegre de la compañía. +Todas estas incoherencias, de mozo, de maníaco, de aprensivo y de buen +humor, se avenían perfectamente juntas, y formaban un ser excéntrico +y divertido á quien sus camaradas, pródigos de consonantes aladas, +llamaban Jolllly. «Puedes volar en cuatro L», le decía Juan Prouvaire. + +Joly tenía la costumbre de tocarse las narices con el puño del bastón, +lo cual es indicio de espíritu sagaz. + +Todos estos jóvenes tan diferentes, y de los cuales no puede hablarse +en suma, sino seriamente, tenían una misma religión: el Progreso. + +Todos eran hijos directos de la revolución francesa. Los más frívolos, +llegaban á ser solemnes cuando se pronunciaba esta fecha: 89. Sus +padres, según la carne, eran ó habían sido fuldenses, realistas, +doctrinarios; importaba poco. Esta mezcla anterior á ellos, que eran +jóvenes, no les concernía para nada; por sus venas corría en toda su +pureza la sangre de los principios. Consagrábanse sin intermisión +alguna al derecho incorruptible y al deber absoluto. + +Afiliados é iniciados, bosquejaban subterráneamente el ideal. + +En medio de todos aquellos corazones apasionados, y de todos aquellos +espíritus llenos de convicción, había un escéptico. ¿Cómo se encontraba +allí? Por juxtaposición. Este escéptico se llamaba Grantaire, y se +firmaba habitualmente con este jeroglífico: R.--Era un hombre que se +guardaba bien de creer en nada, y uno de los estudiantes que más habían +aprendido durante sus cursos en París. Sabía que el mejor café era el +del café Cemblin, y el mejor billar el del café Voltaire; que había +buenos bizcochos y buenas chicas en el Ermitage del boulevard del +Maine, pollos con salsa picante en casa de la tía Saguet, excelentes +pasteles de pescado en el portillo de la Cunette, y cierto vinillo +blanco en la puerta del Combate. Sabía los buenos sitios para todo; +además, conocía algo el baile y el manejo de la chancleta y del zapato, +lo mismo que el del palo; y siendo por contera, gran bebedor. Era +además desmesuradamente feo. + +La pespunteadora de botinas más linda de aquel tiempo, Irma Boissy, +indignada de su fealdad, había dicho esta sentencia: _Grantaire es +imposible_; pero la fatuidad de Grantaire no se desconcertaba. Miraba +tierna y fijamente á todas las mujeres, como diciéndolas: _¡Si yo +quisiera!_ y trataba de hacer creer á sus compañeros que se veía +generalmente solicitado. + +Todas estas palabras: derechos del pueblo, derechos del hombre, +contrato social, revolución francesa, república, democracia, humanidad, +civilización, religión, progreso, carecían, para Grantaire, casi +completamente de significación. Se reía de ellas. El escepticismo, esa +carie de la inteligencia, no le había dejado ni una idea entera en +la cabeza. Vivía con ironía, y su axioma era éste: «No hay más que +una certidumbre: mi vaso, lleno». Se burlaba de todos los sacrificios +en todos los partidos; lo mismo del hermano que del padre; lo mismo +de Robespierre joven, que de Loizerolles: «¡Bastante han adelantado +con haber muerto!» exclamaba. Decía del crucifijo: «He ahí una horca +que ha triunfado». Trasnochador, jugador, libertino, embriagado con +frecuencia, disgustaba á aquellos jóvenes pensadores, cantando sin +cesar: _Me gustan las muchachas: me gusta el vino_, con el tono del +«Viva Enrique IV». + +No obstante tenía este escéptico un fanatismo; fanatismo que no era +ni una idea, ni un dogma, ni un arte, ni una ciencia; era un hombre: +Enjolrás. Grantaire admiraba, amaba y veneraba á Enjolrás. ¿Á quién +se avenía aquel incrédulo anarquista en aquella falange de espíritus +absolutos? Al más absoluto. ¿De qué modo le subyugaba Enjolrás? ¿Por +las ideas? No; por el carácter. Fenómeno observado frecuentemente. Un +escéptico uniéndose á un creyente, es una cosa tan sencilla como la ley +de los colores complementarios. Siempre nos atrae lo que nos falta; +nadie ama la luz como el ciego; los enanos adoran al tambor mayor; el +sapo tiene siempre los ojos en el cielo; ¿para qué? Para ver volar á +los pájaros. Grantaire, en quien se arrastraba la duda, se complacía +en ver cernerse la fe en Enjolrás. Tenía necesidad de Enjolrás. Sin +explicárselo, y aún sin tratar de averiguarlo, aquella naturaleza +casta, sana, firme, recta, dura, cándida, le atraía. Admiraba +instintivamente á su contrario. + +Sus ideas débiles, flexibles, dislocadas, enfermas, deformes, se +adherían á Enjolrás como á una espina dorsal. Su raquitismo moral se +apoyaba en aquella firmeza. Grantaire al lado de Enjolrás era alguien. +Además, estaba compuesto de dos elementos, en apariencia incompatibles. +Era irónico y cordial. Su indiferencia era cariñosa; su mente podía +pasarse sin creencias, pero su corazón no podía prescindir de la +amistad. Contradicción profunda, porque un efecto es una convicción; +pero así era su naturaleza. Hay hombres que parecen nacidos para ser +el verso, el anverso y el reverso; que son al mismo tiempo Polux y +Patroclo, Niso y Eudamidas, Efestión y Pechmeya. Sólo viven á condición +de estar unidos á otro; su nombre es una continuación, y sólo se +escribe precedido de la conjunción _y_; su existencia no les pertenece; +es el otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de +estos hombres; era el revés de Enjolrás. + +Casi podría decirse que las afinidades principian con las letras del +alfabeto. En esa serie, la O y la P son inseparables. + +Podéis á vuestro gusto pronunciar O y P, ó sea Orestes y Pilades. + +Grantaire, verdadero satélite de Enjolrás, frecuentaba aquel círculo +de jóvenes; allí vivía, allí gozaba, y los seguía á todas partes. Su +placer consistía en verlos ir y venir como sombras entre los vapores +del vino. Le toleraban por su buen humor. + +Enjolrás, creyente y sobrio, despreciaba á este escéptico y á este +borracho; sólo le concedía un poco de piedad altanera. Grantaire +era un Pilades no aceptado. Tratado siempre duramente por Enjolrás, +rechazado y alejado bruscamente, volvía sin cesar, y decía de Enjolrás: +¡Qué hermoso mármol! + + + II + =Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet= + + +Una tarde que tenía, como vamos á ver, alguna coincidencia con +los sucesos que hemos relatado más arriba, Laigle de Meaux estaba +sensualmente recostado en las jambas de la puerta del café Musain. +Tenía el aspecto de una cariátide en vacaciones. No llevaba consigo +más que sus ensueños, y estaba mirando á la plaza de San Miguel. Estar +recostado es una manera de estar echado de pie, que no es impropia de +los soñadores. Laigle de Meaux pensaba sin melancolía en un percance +que le había sucedido el día anterior en la Escuela de Derecho, y que +modificaba sus proyectos personales para el porvenir; proyectos, por +otra parte, bastante vagos. + +La meditación no se opone á que pase un cabriolé, ni á que el que +medita se fije en él. Laigle de Meaux, cuya vista erraba en una especie +de difusa vagancia, vió, al través de su sonambulismo, un vehículo de +dos ruedas que andaba por la plaza al paso y como indeciso. ¿Á quién +pertenecía aquel cabriolé? ¿Por qué iba al paso? Laigle le observó. Iba +dentro, al lado del cochero, un joven, y delante del joven un abultado +saco de noche. El saco dejaba ver á los transeuntes este nombre escrito +con gruesas letras negras en un papel cosido á la tela: MARIO PONTMERCY. + +Este nombre hizo cambiar de posición á Laigle. Se enderezó y gritó al +joven del cabriolé: + +--¡Señor Mario Pontmercy! + +El cabriolé interpelado se detuvo. + +El joven, que también parecía ir meditando, levantó los ojos. + +--¡Eh!--dijo. + +--¿Sois el señor Mario Pontmercy? + +--Sin duda. + +--Os buscaba,--repuso Laigle de Meaux. + +--¿Cómo es eso?--preguntó Mario, porque era él, en efecto, quien salía +de casa de su abuelo y tenía delante de sí un rostro que no había visto +nunca.--No os conozco. + +--Tampoco os conozco yo,--dijo Laigle. + +Mario creyó haberse topado con un burlón, y al principio de una +broma en medio de la calle; y no estaba por cierto de humor para +ello en aquel momento. Frunció el entrecejo; pero Laigle de Meaux, +imperturbable, prosiguió: + +--¿No estabais anteayer en la cátedra? + +--Es posible. + +--Es cierto. + +--¿Sois estudiante?--preguntó Mario. + +--Sí, señor, como vos. Anteayer fuí á cátedra por casualidad; ya +comprendéis que alguna vez le da á uno esa idea. El profesor estaba +pasando lista, y no ignoráis cuán ridículos son todos los profesores en +tal momento. Á las tres faltas le borran á uno de la matrícula; sesenta +francos perdidos. + +Mario empezó á escuchar. Laigle continuó: + +--Era Blondeau quien pasaba lista. Ya le conocéis; tiene una nariz +muy puntiaguda y muy maliciosa, con la que olfatea á su sabor los +que faltan á clase. Principió socarronamente por la letra P. Yo no +escuchaba, porque no estaba comprometido en esa letra. La cosa no iba +mal; no había raya que poner; el universo entero estaba presente. +Blondeau estaba triste, y yo me decía: Blondeau, amor mío, hoy no harás +ninguna ejecución. Pero de repente llama á _Mario Pontmercy_. Nadie +responde. Blondeau, lleno de esperanza, repite más fuerte: _Mario +Pontmercy_, y coge la pluma. Señor mío, yo tengo corazón y me dije +rápidamente. Ése es un buen muchacho, á quien van á borrar de la lista. +Atención. Es un verdadero vividor, y es poco exacto; no es un buen +discípulo, posaderas de plomo, estudiante que estudia, barbilampiño +pedante, profundo en ciencias, letras, teología y sapiencia; uno +de esos talentos rudos, prendido con cuatro alfileres á alfiler +por facultad. Es un respetable perezoso que anda vagando, que hace +novillos, que cultiva las modistas, que corteja las bellas, y que +quizá en este momento esté en casa de mi querida. Salvémosle. ¡Muera +Blondeau! En aquel instante, mojaba Blondeau en el tintero su negra +pluma de faltas, paseó su mal intencionada pupila por el auditorio, y +repitió por tercera vez: _¡Mario Pontmercy!_ Yo respondí: _¡presente!_ +Y esto hizo que no se os tildara. + +--¡Caballero!...--dijo Mario. + +--Y que el tildado fuése yo,--añadió Laigle de Meaux. + +--No os entiendo,--dijo Mario. + +Laigle continuó: + +--Nada más sencillo. Yo estaba cerca de la cátedra para responder, +y cerca de la puerta para escapar. El profesor me miraba con cierta +fijeza. De repente Blondeau, que es indudablemente la maligna nariz de +que habla Boileau, salta á la letra L. La L es mi letra, porque soy de +Meaux, y me llamo Lesgle. + +--¡L'Aigle!--interrumpió Mario.--¡Bonito nombre! + +--Caballero, el tal Blondeau llega á este bonito nombre, y grita: +_¡Laigle!_ Yo respondo: _¡Presente!_ Entonces Blondeau me mira con la +benevolencia del tigre, se sonríe, y me dice: Sois vos Pontmercy, no es +Laigle (el Águila). Frase que parece no muy cortés para vos, pero era +muy lúgubre para mí. Dicho esto, se sirvió borrarme. + +Mario exclamó: + +--¡Siento muchísimo!... + +--Ante todo--dijo Laigle--deseo embalsamar á Blondeau con algunas +frases de sentido elogio. Le supongo muerto; para lo cual no había +mucho que cambiar en su flacura, en su palidez, en su frialdad, en su +rigidez y en su fetidez. Y yo digo: _Erudimini qui judicatis terram_. +Aquí yace Blondeau le Blondeau Nariz, el Blondeau Nasica, el buey de la +disciplina, _bos disciplinæ_, el perro de la consigna, el ángel de la +lista: que fué recto, cuadrado, exacto, rígido, honrado y repugnante. +Dios le borró como él me borró á mí. + +Mario repitió: + +--Siento mucho... + +--Joven, le dijo Laigle de Meaux, sírvaos esto de lección. Sed más +puntual en lo sucesivo. + +--Os pido mil perdones.... + +--No os expongáis á que borren á vuestro prójimo. + +--Lo siento en verdad... + +Laigle soltó una carcajada. + +--Y yo muy satisfecho. Estaba á punto de ser abogado, y esta raya me +salva. Renuncio á los triunfos del foro. No defenderé á la viuda, ni +atacaré al huérfano. Nada de toga, nada de estrados. Ya he obtenido que +me borren; y es á vos á quien os lo debo, señor Pontmercy. Debo haceros +solemnemente una visita de reconocimiento. ¿Dónde vivís? + +--En este cabriolé,--dijo Mario. + +--Señal de opulencia,--respondió Laigle con calma.--Os doy mi parabién. +Pagáis un alquiler de nueve mil francos anuales. + +En este momento salía Courfeyrac del café. + +Mario sonrió tristemente. + +--Estoy pagando este alquiler desde hace dos horas, y aspiro á dejarlo +luego; pero esto es una historia, y no sé adónde ir. + +--Caballero,--dijo Courfeyrac,--veníos á mi casa. + +--Tengo la prioridad,--observó Laigle;--pero no tengo casa. + +--Cállate, Bossuet,--repuso Courfeyrac. + +--Bossuet,--prorrumpió Mario,--creía que os llamabais Laigle (el +Águila). + +--De Meaux,--respondió Laigle,--y por metáfora, Bossuet. + +Courfeyrac subió al cabriolé. + +--Cochero,--dijo,--fonda de la Puerta de Santiago. + +Y aquella misma tarde se instaló Mario en uno de los cuartos de la +fonda de la Puerta de Santiago, contiguo al de Courfeyrac. + + + + + III + =Admiraciones de Mario= + + +En pocos días se hizo Mario amigo de Courfeyrac. La juventud es la +época de soldaduras fáciles y de las cicatrizaciones rápidas. Mario, +junto á Courfeyrac, respiraba libremente, cosa novísima para él. +Courfeyrac no le interrogaba; ni siquiera soñaba en ello. Á su edad, la +expresión del rostro lo dice todo; y no hay necesidad de la palabra. + +Hay jóvenes de los cuales podría decirse que tienen una fisonomía +charlatana. Se les mira y conoce desde luego. + +Sin embargo, una mañana le dirigió bruscamente esta pregunta: + +--Á propósito: ¿tenéis opinión política? + +--¡Pues no he de tenerla!--dijo Mario,--casi ofendido de la pregunta. + +--¿Qué sois? + +--Demócrata bonapartista. + +--Matiz gris de ratón, asegurado,--dijo Courfeyrac. + +Al día siguiente, Courfeyrac acompañó á Mario al café Musain, +murmurando á su oído: Es preciso que os introduzca en la revolución. +Condújole á la sala de los amigos del A B C, y le presentó á sus +camaradas, diciendo, á media voz, esta sencilla frase que Mario no +comprendió: un discípulo. + +Mario acababa de caer en un avispero de talentos, pero aunque +silencioso y grave, no era el menos alado ni el peor armado. + +Mario, hasta entonces grave y aficionado al monólogo y al aparte, +por costumbre ó por inclinación, se quedó como amilanado por aquella +bandada de jóvenes que le rodeaba. Todas aquellas iniciativas le +llamaban y atraían á un tiempo en diversos sentidos. El tumultuoso +vaivén de todos aquellos espíritus libres en acción, envolvían sus +ideas como un torbellino, tanto, que en medio de su turbación se +llevaba tan lejos alguna de ellas, que le costaba trabajo recogerlas. +Oía hablar de filosofía, de literatura, de artes, de historia y de +religión de una manera inesperada. Vislumbraba extraños aspectos, y +como no los colocaba en perspectiva, no estaba seguro de no encontrar +el caos. Al dejar las opiniones de su abuelo por las de su padre, +había creído adquirir ideas fijas; pero entonces llegó á suponer +con inquietud, y sin atreverse á asegurarlo, que no las tenía. El +prisma desde el cual lo veía todo empezaba de nuevo á moverse. +Ciertas oscilaciones conmovían todo el horizonte de su cerebro. Raro +batiburrillo interior que en realidad le mortificaba. + +Parecía que para aquellos jóvenes no «había nada sagrado». Mario oía, +en primer lugar, un lenguaje singular, que mortificaba su espíritu +tímido todavía. + +Se le presentaba un cartel de teatro, adornado con un título de +tragedia del antiguo repertorio llamado clásico:--¡Abajo la tragedia +favorita de los burgueses!--exclamaba Bahorel. Y Mario oía cómo +Combeferre replicaba: + +--Te equivocas, Bahorel; los burgueses gustan de la tragedia, y debemos +en este punto dejarlos tranquilos. La tragedia de peluca tiene su +razón de ser, y yo no soy de los que, á nombre de Esquilo, le disputan +el derecho á la vida. En la naturaleza hay esbozos, como hay en la +creación parodias hechas y derechas; un pico que no es pico, alas que +no son alas, aletas que no son aletas, patas que no son patas, y un +grito doloroso que mueve á risa: tal es el pato. Pero, supuesto que la +volatería existe al lado del ave, no veo la razón por que la tragedia +clásica no pueda vivir frente á frente de la tragedia antigua. + +Y quiso la casualidad que Mario pasase por la calle de Juan Jacobo +Rousseau entre Enjolrás y Courfeyrac. + +Courfeyrac le tomó del brazo diciéndole:--Oye bien. Ésta es la calle +Plâtrière, llamada hoy de Juan Jacobo Rousseau, por haber vivido en +ella una familia muy original, hace unos sesenta años. Esta familia se +componía de Juan Jacobo y Teresa. De cuando en cuando nacía aquí alguna +criatura, Teresa los daba á luz y Juan Jacobo los iluminaba. + +Y Enjolrás respondía á Courfeyrac: + +--¡Silencio ante Juan Jacobo! ¡Es hombre á quien admiro! Renegó de sus +hijos, es verdad, pero prohijó al pueblo. + +Ninguno de aquellos jóvenes pronunciaba esta palabra: el emperador. +Juan Prouvaire solamente decía alguna vez: Napoleón; todos los demás +decían Bonaparte, y Enjolrás pronunciaba _Buonaparte._ + +Mario se admiraba vagamente. _Initium sapientiæ._ + + + + + IV + =La sala interior del café Musain= + + +Una de las conversaciones entre aquellos jóvenes, conversaciones á las +cuales asistía Mario, tomando en ellas parte alguna vez, produjo un +verdadero sacudimiento en su espíritu. + +Pasaban estas escenas en la sala interior del café Musain. Casi todos +los amigos del A B C se encontraban aquella noche reunidos allí. El +quinqué era la única luz de la sala. Se hablaba de unas cosas y de +otras, pero sin pasión y con ruido. Excepto Enjolrás y Mario que se +callaban, cada cual echaba su discursejo. Las conversaciones entre +camaradas son muchas veces pacíficamente tumultuosas. Era aquello +tanto como una conversación, un juego y una confusión. Lanzábanse unos +á otros frases que eran inmediatamente recogidas. Se hablaba en los +cuatro extremos. + +Ninguna mujer podía ser admitida en aquella sala interior, como no +fuése Luisita, la fregona de la vajilla del café, que de cuando en +cuando la cruzaba para ir del fregadero al «laboratorio». + +Grantaire, completamente ebrio, ensordecía el rincón del que se había +apoderado, razonando y anterazonando á toda voz, decía: + +--Tengo sed. Mortales, esto es un sueño: estoy soñando que el tonel de +Heidelberg sufre un ataque apoplético, y que yo soy una sanguijuela +de la docena que van á aplicarle. Quisiera beber. Deseo olvidar la +vida. La vida es una invención repugnante de no sé quién. Es una cosa +que no vale nada ni nada dura, por dura que sea, y á pesar de ello se +cansa uno viviendo. La vida es una decoración muy poco practicable. La +felicidad es solamente una ventana antigua pintada sólo por un lado. El +Eclesiastés dice: Todo es vanidad, y yo pienso como este buen hombre +que, tal vez, no ha existido jamás. El cero, no queriendo ir desnudo, +se ha vestido de vanidad. ¡Oh vanidad, que todo lo revistes de palabras +grandes! Una cocina es un laboratorio; un bailarín, un profesor; un +saltimbanqui, un gimnasta; un boxeador es un pugilista; un boticario, +un químico; un peluquero, un artista; un albañil, un arquitecto; un +jockey, un sportman; un escarabajo, un pterobranquio. La vanidad tiene +derecho y revés; el derecho es tonto, es el negro con sus chucherías; +el revés es necio, es el filósofo con sus andrajos. Lloro por el uno +y me río del otro. Los que se llaman honores y dignidades, como la +dignidad y el honor mismos, son generalmente oropeles. Los reyes juegan +con el orgullo humano. Calígula hizo cónsul á un caballo; Carlos II +hizo caballero á un filete de vaca. Enorgulleceos pues ahora entre el +cónsul Incitatus y el barón Roastbeef. Tampoco el valor intrínseco de +las personas es más respetable. Oid el panegírico que hace el vecino +del vecino. Lo blanco contra lo blanco es cosa horrible; si la azucena +hablare, ¡cómo saldría de su lengua la paloma! Una mojigata, hablando +de una devota, es más virulenta que el áspid y que el bungarus azul. +Lástima que yo sea un ignorante, porque os haría una porción de citas; +pero no sé nada. Siempre he tenido ingenio; por ejemplo, cuando era +discípulo de Gros, en vez de embadurnar cuadritos, pasaba el tiempo +robando manzanas; rapaz es el masculino de rapiña. Esto en cuanto á +mí. En cuanto á vosotros valéis otro tanto. Yo me río de vuestras +perfecciones, excelencias y cualidades. Toda cualidad se hunde en un +defecto; la economía linda con la avaricia; la generosidad con la +prodigalidad; el valor con la fanfarronería; mucha piedad equivale á +fanatismo: hay tantos viejos en la virtud como agujeros en el manto +de Diógenes. ¿Á quién admiráis, al matador ó al muerto? ¿Á César +ó á Bruto? Generalmente al matador. ¡Viva Bruto! puesto que mató. +Ésta es la virtud. Virtud, sí, pero también locura. Estos grandes +hombres tienen faltas muy especiales. El Bruto que mató á César estaba +enamorado de la estatua de un niño. Esta estatua era del escultor +griego Estrongilión, que había modelado igualmente aquella figura de +amazona llamada Bella Pierna, Eucnemos, que Nerón llevaba consigo en +sus viajes. Estrongilión no dejó más que dos estatuas que pusieron de +acuerdo á Bruto y á Nerón. Bruto se enamoró de una y Nerón de otra. La +Historia no es sino una repetición continuada. Un siglo plagia á otro. +La batalla de Marengo es copia de la Pydna; el Tolbiac de Clodoveo y +el Austerlitz de Napoleón, se parecen como dos gotas de sangre. Yo doy +poca importancia á la victoria. No hay nada tan estúpido como vencer; +la verdadera gloria está en convencer. Pero ¡tratad de probarme alguna +cosa! Os contentáis con el éxito: ¡qué medianías! Con la conquista, +¡qué miseria! ¡Ah! Vileza y vanidad en todo. Todo obedece al éxito, +incluso la gramática: _Si volet usus_, dice Horacio. Por lo tanto, +desprecio al género humano. ¿Descenderé ahora del todo á la parte? +¿Queréis que admire á los pueblos? ¿Qué pueblo queréis? ¿Grecia? Los +atenienses; es decir, los parisienses de entonces, mataban á Foción, +como si dijéramos Coligny, y adulaban á los tiranos hasta el punto +de que Anacéforo dijera de Pisístrato: su orín atrae las abejas. El +hombre más notable de Grecia, en el espacio de cincuenta años, fué el +gramático Filetas, que era tan diminuto, que tenía que ponerse plomo en +los zapatos para que no se lo llevase el viento. En la gran plaza de +Corinto había una estatua esculpida por Silarión, y citada por Plinio +en su catálogo; representaba á Epístato. ¿Y qué había hecho Epístato? +Había inventado la zancadilla. Esto resume la Grecia y la gloria. +Pasemos á otros pueblos. ¿Admiraré á Inglaterra? ¿Admiraré á Francia? +¡Á Francia! ¿Y por qué? ¿Porque tiene un París? Acabo de deciros mi +opinión con respecto á Atenas. ¿Á Inglaterra? ¿Y por qué? ¿Porque tiene +un Londres? Odio á Cartago. Además, Londres, metrópoli del lujo, es +capital de la miseria. Solamente en la parroquia de Charing Cross, +mueren anualmente cien personas de hambre. + +Tal es la Albión. Y para terminar, añado, que he visto bailar á una +inglesa con corona de rosas y anteojos azules. Así pues, ¡una higa para +Inglaterra! Si no admiro á John Bull, ¿admiraré á su hermano Jonathan? +Me hace muy poca gracia este hermano que tiene esclavos. Salvo el +_Time is money_, ¿qué queda de Inglaterra? Salvo el _cotton is King_, +¿qué queda de América? Alemania es la linfa: Italia la bilis. ¿Nos +extasiaremos ante Rusia? Voltaire la admiraba; pero también admiraba +la China. Convengo en que Rusia tiene sus bellezas, entre otras, +un gran despotismo; pero compadezco á los déspotas: son delicados +de salud. Un Alejo decapitado, un Pedro asesinado á puñaladas, un +Pablo estrangulado, otro Pablo aplastado á trancazos, varios Juanes, +muchos Nicolases y Basilios envenenados; todo lo cual indica que el +palacio de los emperadores de Rusia está en flagrantes condiciones de +insalubridad. Todos los pueblos civilizados ofrecen á la meditación +del pensador un hecho: la guerra. Pero la guerra civilizada agota y +generaliza todas las formas del bandolerismo: desde el asalto del +ladrón de trabuco, en las gargantas del monte Jaxa, hasta el merodeo +de los indios Comanches en Paso Dudoso. ¡Bah! me diréis: Europa vale +más que Asia. Convengo en que Asia es una farsa; pero no sé por qué +os reís del gran lema; vosotros, pueblos de occidente, que habéis +mezclado con vuestras modas y vuestra elegancia, todas las inmundicias +complicadas de la majestad, desde la camisa sucia de la reina Isabel, +hasta la silla retrete del Delfín. Señores humanos, yo os lo digo: +¡Naranjas! Bruselas es el pueblo que consume más cerveza, Estocolmo +más aguardiente, Madrid más chocolate, Amsterdam más ginebra, Londres +más vino, Constantinopla más café, y París más ajenjo. Á esto quedan +reducidas todas las naciones más útiles: París sobresale. En París, +hasta los traperos son sibaritas; Diógenes hubiera preferido ser +trapero de la plaza Maubert, á filósofo del Pireo. Ahora debéis +saber aún más: las tabernas de los traperos se llaman _bibinas_; las +más célebres son la _Cacerola_ y el _Matadero_. Pero ¡oh! figones, +bodegones, tapones y tabernas; Chiscones, cachimares, bibinas de +traperos, caravanserrallos de los califas, yo os pongo por testigos: yo +soy voluptuoso; como en casa Richard á cuarenta sueldos el cubierto, +y quiero tapices de Persia, y que sean dignos de que ruede por ellos +Cleopatra desnuda. ¿Dónde está Cleopatra? ¡Ah! eres tú, Luisita. Buenos +días. + +Así se deshacía en palabras, abrazando á la fregona de la vajilla, en +su rincón de la sala interior del café Musain, nuestro Grantaire, algo +más que _bebido_. + +Bossuet extendió la mano hacia él, probando de imponerle silencio, pero +Grantaire continuó en su valeroso entusiasmo: + +--Águila de Meaux, ¡abajo esas patas! No me hace el menor efecto +tu ademán de Hipócrates rechazando los presentes de Artajerjes. Te +dispenso de calmarme. Además estoy triste. ¡Qué queréis que os diga! +el hombre es malo, es deforme; la mariposa es un ser completo; el +hombre fracasó. Dios la erró al hacer este animal. Una multitud es +una colección de fealdades. El primer recién llegado es un miserable. +_Femme_ rima con _infame_. Sí, tengo spleen complicado con melancolía, +con nostalgia, con hipocondría. Me desespero, rabio, se me abre la +boca, me fastidio, me incomodo, me aburro, me vuelvo loco. ¡Qué sabe +Dios de dónde está el diablo! + +--¡Silencio pues R mayúscula!--dijo Bossuet que estaba discutiendo un +punto de derecho con otros, y que se había metido hasta medio cuerpo en +una frase de la jerga forense, cuyo fin era el siguiente: + +--...En cuanto á mí, que apenas soy legista y á lo más puedo pasar +por procurador de afición, sostengo, que conforme á la costumbre +de Normandía, el día de san Miguel, y cada año, debería pagarse un +equivalente al señor, salvo los demás derechos, por todos y cada +uno, tanto propietarios como herederos, por todos los enfiteusis, +arrendamientos, alodios, contratos periciales hipotecarios é +hipotecables... + +--Ecos, ninfas plañideras,--murmuró Grantaire. + +Junto á éste, y en una mesa casi silenciosa, un pliego de papel, +un tintero y una pluma entre dos vasos, anunciaban que se estaba +bosquejando un vaudeville. + +Este importante negocio se trataba en voz baja, rozándose las dos +cabezas trabajadoras: + +--Empecemos por buscar los nombres. Cuando se tienen los nombres se +encuentra el asunto. + +--Es verdad; dicta: ya escribo, + +--¿Señor Dorimón? + +--¿Rentista? + +--Naturalmente. + +--Su hija Celestina. + +--...tina. ¿Y luego? + +--¿El coronel Sainval? + +--Sainval es muy gastado: yo le llamaría Valsain. + +Al lado de los aspirantes á vaudevillistas, había otro grupo que +aprovechaba también el ruido para hablar bajo; concertaban un duelo. +Un viejo de treinta años aconsejando á un joven de diez y ocho, le +explicaba con qué especie de adversario tenía que habérselas. + +--¡Diablo! No os fiéis. Es un gran espadachín. Juega muy limpio. Conoce +el ataque; no pierde golpe; tiene puño, impetuosidad y golpe de vista; +presto al quite, y contestación matemática. ¡Vive Dios! y es zurdo. + +En el ángulo opuesto á Grantaire, estaban Joly y Bahorel jugando al +dominó, y hablando de amores. + +--Eres feliz,--decía Joly.--Tienes una querida que siempre se ríe. + +--Pues no deja de ser una falta,--respondió Bahorel.--Las queridas +hacen mal en reirse. Esto da valor para engañarlas. Verlas alegres +quita el remordimiento; al revés de si uno las ve tristes, entonces +parece caso de conciencia. + +--¡Ingrato! ¡Es tan buena una mujer que se ríe! ¡Y nunca os peleáis! + +--Esto depende del trato que tenemos hecho. Al hacer nuestra santa +alianza, nos hemos designado los términos de nuestras respectivas +fronteras, que no pasamos nunca. La que está situada al cierzo, +pertenece á Vaud; y la que está de la parte del viento, á Gex. De aquí +la paz. + +--La paz es la satisfacción de la digestión. + +--Y tú, Jolllly, ¿cómo van tus desavenencias con la damisela?... ¿Sabes +á quién aludo? + +--Me rechaza con una paciencia verdaderamente cruel. + +--Y sin embargo, eres un enamorado tierno y débil. + +--¡Ah! + +--Yo en tu lugar la plantaba. + +--Esto es muy fácil de decir. + +--Y de hacer. Se llama Musichetta, ¿no es eso? + +--Sí. ¡Ah! pobre Bahorel; es una soberbia chica, muy leída, de pies +pequeños, y diminutas manos, apuesta, blanca, torneada, con unos ojos +más gitanos. ¡Me tiene loco! + +--Pues, amigo mío, no hay más remedio que complacerla, ser elegante, y +producir efectos de rótulo. Cómprate en casa Staub un buen pantalón de +cuero, de lana. Esto da carácter. + +--¿Á qué precio?--gritó Grantaire. + +En el tercer rincón se discutía sobre poética. La mitología pagana +disputaba con la teología. Se trataba del Olimpo, y lo defendía Juan +Prouvaire por romanticismo. + +Juan Prouvaire solamente era tímido en los momentos de calma. Una +vez excitado, estallaba; cierto sello de satisfacción acentuaba su +entusiasmo, siendo á un tiempo lírico y risueño. + +--No insultemos á los dioses,--decía.--Los dioses no se han ido tal +vez. Júpiter dista mucho de causarme el efecto de un muerto. Los dioses +son sueños, decís vosotros. Pues bien, en la misma naturaleza, tal +como es hoy, después de la desaparición de aquellos sueños, se hallan +de nuevo todos los antiguos mitos del paganismo. Una montaña con las +apariencias de ciudadela, como Viquemale, por ejemplo, es todavía, +para mí, el peinado de Cibeles; no hay quien me haya probado que Pan +no venga por la noche á soplar en los troncos huecos de los sauces, +tapando á su vez con los dedos los agujeros; y he creído siempre que +para algo está en la cascada de Pissevache. + +En el último rincón se hablaba de política. Se maltrataba la Carta +otorgada. Combeferre la defendía débilmente, y Courfeyrac la atacaba +con dureza y energía. Estaba sobre la mesa un malhadado ejemplar de +la famosa Carta Touquet. Courfeyrac la había cogido y la sacudía, +mezclando á sus argumentos, el ruidoso temblor del papel. + +--En primer lugar, yo no quiero reyes; aunque no sea más que desde +el punto de vista económico, no los quiero; un rey es un parásito. +No existen reyes gratis. Atended: carestía de los reyes. Al morir +Francisco I, la deuda pública en Francia era de treinta mil libras +de renta; á la muerte de Luis XIV, ascendía á dos mil seiscientos +millones, á veintiocho libras el marco, lo que equivaldría en 1760, +según Desmarets, á cuatro mil quinientos millones, llegando hoy á doce +mil millones. En segundo lugar, con permiso de Combeferre, una Carta +otorgada es un pobre expediente de civilización. Salvar la transición, +dulcificar el pase, amortiguar la sacudida, trasladar insensiblemente +la nación, de la monarquía á la democracia, por lo práctica de las +ficciones constitucionales, son razones muy poco apreciables. ¡No, y +mil veces no! ¡No alumbremos nunca al pueblo con la luz falsa. Los +principios se debilitan y amortiguan en vuestra bodega constitucional. +Nada de bastardías, nada de compromisos, nada de concesiones del rey +al pueblo. Todas estas concesiones tienen su artículo 14. Al lado de +la mano que da, aparece la garra que arrebata. Rechazo vuestra Carta. +Una Carta es una máscara, detrás de la cual se esconde la mentira. Un +pueblo que acepta una Carta, abdica. El derecho debe ser siempre el +derecho, de lo contrario, deja de ser tal derecho. ¡No! ¡Nada de Carta! + +Era en invierno; dos leños chispeaban en la chimenea. Ésta fué la +irresistible tentación de Courfeyrac. Estrujó entre sus manos la +desdichada Carta-Touquet, y la echó al fuego. El papel produjo llama; +Combeferre contempló filosóficamente cómo ardía la obra maestra de Luis +XVIII, limitándose á decir: + +--La Carta metamorfoseada en llama. + +Y los sarcasmos, las ocurrencias, los equívocos, y esta cosa francesa +llamaba _entrain_, como la cosa inglesa llamada _humour_, el bueno +y el mal gusto, las buenas razones y las malas, los locos chispazos +del diálogo, creciendo á cada paso, y cruzándose en la sala por mil +encontradas direcciones, formaban sobre las cabezas allí reunidas una +especie de alegre bombardeo. + + + + + V + =Dilatación del horizonte= + + +El choque de los ingenios entre mozos, ofrece la admirable +particularidad de que no se puede nunca prever la chispa, ni adivinar +el relámpago. ¿Qué va á brotar en un momento dado? Nadie lo sabe. La +carcajada parte de la ternura; la gravedad surge de una bufonada. Los +impulsos provienen de la primera palabra que se oye. La vena de cada +uno es soberana. Un chiste basta para abrir campo á lo inesperado. +Estas conversaciones son, pues, entretenimientos mudables en que la +perspectiva varía de súbito. La casualidad es el maquinista de tales +conversaciones. + +Un pensamiento severo que surgió caprichosamente de un juego de +palabras, atravesó de pronto aquella escaramuza de frases en que +se tiroteaban confusamente Grantaire, Bahorel, Prouvaire, Bossuet, +Combeferre y Courfeyrac. + +¿De qué modo brota una frase en un diálogo? ¿Cuál es la causa de que +quede escrita con letra bastardilla en la imaginación de los que la +oyen? Ya lo hemos dicho: nadie lo sabe. En medio del ruido, Bossuet +terminó uno de sus apóstrofes, dirigido á Combeferre, con esta fecha: + +--18 de junio de 1815: Waterloo. + +Al nombre de Waterloo, Mario, apoyado de codos en una mesa, y cerca +de un vaso de agua, se quitó el puño de la barba, y empezó á mirar +fijamente al auditorio. + +--¡Vive Dios!--exclamó Courfeyrac (_Pardiez_ iba estando en desuso +en aquellos tiempos),--¡que es extraña la tal cifra 18! y me choca. +Es el número fatal de Bonaparte. Poned á Luis delante y á brumario +detrás, y tendréis todo el destino del hombre, con la particularidad +significativa de que el principio es pisoteado por el fin. + +Enjolrás, que hasta entonces había permanecido callado, rompió el +silencio, dirigiendo esta frase á Courfeyrac: + +--Tú quieres decir el crimen por la expiación. + +Esta palabra _crimen_ pasaba los límites de lo que podía tolerar Mario, +muy conmovido ya por la brusca evocación de Waterloo. + +Levantóse, dirigiéndose lentamente hacia el mapa de Francia que colgaba +de la pared, en cuya parte inferior se veía una isla en un cuadrito +separado, y poniendo el dedo en aquel cuadrito dijo: + +--Córcega, isla pequeña, que ha engrandecido á la Francia. + +Fué esto un soplo de aire helado. Todos se interrumpían. Conocíase que +iba á empezar algo. + +Bahorel, replicando á Bossuet, estaba disponiéndose á tomar una actitud +de torso, muy de su agrado; pero renunció á ella para oir. + +Enjolrás, cuyos ojos azules en nadie se fijaban, pareciendo contemplar +el vacío, respondió sin dirigirse á Mario: + +--Francia no ha menester de ninguna Córcega para ser grande. Francia es +grande porque es Francia. _Quia nominor leo._ + +Á Mario no se le ocurrió siquiera que pudiese retroceder. Volvióse +hacia Enjolrás, dejando oir su voz con una vibración proveniente del +extremecimiento de sus entrañas: + +--No quiera Dios que yo deprima á la Francia. Pero no es deprimirla +asociarla á Napoleón. ¡Vamos á ver! Discutamos: yo soy nuevo entre +vosotros, pero os confieso que me asombráis. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes +somos? ¿Quiénes sois? ¿Quién soy yo? Hablemos del emperador. Os oigo +decir Buonaparte acentuando la _u_ como los realistas; y os advierto +que mi abuelo la acentúa mejor aún, pues dice ¡Buonaparte! Yo os +creía jóvenes. ¿Dónde colocáis el entusiasmo? ¿Qué hacéis de él? ¿Qué +admiráis, sino admiráis al emperador? ¿Qué más necesitáis? Si no +consideráis grande á éste, ¿qué grandes hombres deseáis? + +«Napoleón lo tenía todo. Era un ser completo. Su cerebro era el cubo +de las facultades humanas. Hacía códigos como Justiniano; dictaba +como César; en su conversación mezclaba el relámpago de Pascal con el +rayo de Tácito; hacía la historia y la escribía; sus boletines son +Ilíadas; combinaba las cifras de Newton con las metáforas de Mahoma; +dejaba detrás de él, en Oriente, palabras grandes como las pirámides; +en Tilsit enseñaba la majestad á los emperadores; en la Academia de +Ciencias replicaba á Laplace; en el consejo de Estado se hombreaba con +Merlín; daba alma á la geometría de los unos y á la argucia de los +otros; era legista con los procuradores, y sideral con los astrónomos, +como Cromwell, apagando una vela de dos, é iba al Temple á regatear +unas borlas de cortina; todo lo veía, todo lo sabía; y esto no le +impedía sonreir como el padre más bonachón al lado de la cuna de su +hijo. Y de súbito, la Europa asustada escuchaba: Poníanse en marcha los +ejércitos; rodaban los parques de artillería; puentes de barcas cubrían +los ríos; nubes de caballería galopaban en el huracán; por todas partes +gritos, trompetas, temblor de tronos; oscilaban las fronteras de los +reinos en el mapa; se oía el ruido de una espada sobrehumana salir de +la vaina; veíasele á él elevándose sobre el horizonte con una llama en +la mano, y un fulgor en los ojos, desplegando en medio del trueno sus +dos alas, es decir, el grande ejército y la guardia veterana. ¡Era el +arcángel de la guerra!». + +Todos callaban, y Enjolrás bajaba la cabeza. El silencio produce +siempre alguna aquiescencia, ó por lo menos una especie de tregua. +Mario, casi sin tomar aliento, continuó con un entusiasmo creciente: + +--¡Seamos justos, amigos míos! ¡Qué brillante destino el de un pueblo, +ser el imperio de semejante emperador, cuando ese pueblo es Francia, y +asocia su genio al genio del grande hombre! Aparecer y reinar, marchar +y triunfar, tener por etapas todas las capitales, hacer reyes de sus +granaderos, decretar caídas de dinastías, transfigurar la Europa á +paso de carga; que sientan, cuando amenazáis, que ponéis la mano en +el pomo de la espada de Dios; seguir en un solo hombre á Aníbal, á +César y á Carlo Magno; ser el pueblo de un hombre que mezcla en todas +vuestras auroras la noticia deslumbrante de una victoria, tener por +despertador el cañón de los Inválidos; arrojar en abismos de luz +palabras prodigiosas que han de brillar siempre: Marengo, Arcole, +Austerlitz, Jena, Wagram; hacer á cada instante aparecer en el zénit de +los siglos constelaciones de nuevos triunfos, dar el imperio francés +por contrapeso al imperio romano; ser la gran nación y producir el +gran ejército; hacer volar las legiones por todos los pueblos, así +como una montaña envía á todas partes sus águilas; vencer, dominar, +fulminar; ser en medio de Europa, una especie de pueblo dorado á fuerza +de gloria; tocar al través de la historia un redoble de titanes; +conquistar el mundo dos veces, por conquista y deslumbramiento; esto es +sublime. ¿Hay algo más grande? + +--Ser libre,--dijo Combeferre. + +Mario bajó á su vez la cabeza; esta palabra sencilla y fría, atravesó +como una hoja de acero su épica efusión, y la sintió desvanecerse +dentro de sí. Cuando alzó los ojos, Combeferre ya no estaba allí. +Satisfecho indudablemente de su réplica á la apoteosis, acababa de +salir, y todos, excepto Enjolrás, le habían seguido. + +La sala se quedó vacía. Enjolrás, á solas con Mario, le miraba +gravemente. Mario, sin embargo, habiendo ordenado un poco sus ideas, +no se daba por vencido. Había en él un resto de entusiasmo que iba á +traducirse sin duda, en silogismos desplegados contra Enjolrás, cuando +se oyó cantar en la escalera á uno que se retiraba. Era Combeferre, y +he aquí lo que cantaba: + + Si César me hubiera dado + La gloria de las batallas, + Obligándome á dejarle + El cariño de mi madre, + Le hubiera dicho al gran César: + Recoge el cetro y el carro, + Que yo prefiero mi gusto, + Como prefiero á mi madre. + +El tierno y severo acento con que cantaba Combeferre, daba á su canción +cierta grandeza particular. Mario, pensativo, mirando al techo, repitió +casi maquinalmente: ¡Mi madre!... + +En este momento sintió sobre el hombro la mano de Enjolrás. + +--Ciudadano,--le dijo Enjolrás,--mi madre es la república. + + + + + VI + =Res augusta= + + +Aquella velada produjo en Mario una sacudida profunda y una obscuridad +triste en su alma. Experimentó lo que tal vez experimenta la tierra en +el instante que la abre el hierro para depositar en ella el grano de +trigo; sólo siente la herida; la sacudida del germen y el placer del +fruto, vienen más tarde. + +Mario se quedó sombrío. ¿Acababa apenas de abrazar una fe y debía +rechazarla? Díjose resueltamente á sí mismo que no. Declaróse que no +quería dudar; pero comenzaba á dudar á pesar suyo. Vivir entre dos +religiones, no habiendo dejado todavía la una ni entrado aún en la +otra, es insoportable. Y los crepúsculos sólo agradan á las almas de +murciélago. Mario tenía abiertas sus pupilas y necesitaba la verdadera +luz. La media luz de la duda le hacía daño. Por más deseos que tenía +de quedarse donde estaba, y de permanecer firme, se veía obligado +irresistiblemente á avanzar, á examinar, á pensar, á ir más adelante, +sin cesar ni cejar. ¿Adónde debía esto llevarle? Temía, después de +haber dado tantos pasos que le habían aproximado á su padre, dar +otros nuevos que le alejasen de él. Aumentábase su malestar con todas +las reflexiones que se le ocurrían. Todo se le hacía escarpado á su +alrededor. Ya no estaba de acuerdo ni con su abuelo ni con sus amigos; +temerario para el uno, retrógrado para los otros, vióse doblemente +aislado por el lado de la vejez y por el de la juventud. Dejó de ir al +café Musain. + +En esta turbación de su conciencia, apenas pensaba en ciertos detalles +serios de la existencia; pero las realidades de la vida no se dejan +olvidar, y fueron á acometerle bruscamente. + +Una mañana, entró en su cuarto el amo de la fonda, y le dijo: + +--El señor Courfeyrac ha respondido por vos. + +--Sí. + +--Pues me hace falta dinero. + +--Decid al señor Courfeyrac que me haga el favor de venir; tengo que +hablarle,--dijo Mario. + +Al entrar Courfeyrac, el patrón los dejó solos. + +Mario le refirió lo que no había pensado decirle todavía, esto es, que +estaba como solo en el mundo y sin parientes. + +--¿Y qué va á ser de vos?--dijo Courfeyrac. + +--No lo sé,--respondió Mario. + +--¿Qué pensáis hacer? + +--No lo sé. + +--¿Tenéis dinero? + +--Quince francos. + +--¿Queréis que os preste? + +--Jamás. + +--¿Tenéis ropa? + +--Ésta. + +--¿Y alhajas? + +--Un reloj. + +--¿De plata? + +--De oro. Éste. + +--Yo sé de un prendero que os comprará la levita y un pantalón. + +--Corriente. + +--No os quedará más que un pantalón, un chaleco, un sombrero y un frac. + +--Y las botas. + +--¡Cómo! ¿No habéis de ir con los pies descalzos? ¡Qué opulencia! + +--Tendré bastante. + +--Conozco un relojero que os comprará el reloj. + +--Bueno. + +--No, no es bueno. ¿Qué haréis después? + +--Lo que fuere menester. Todo lo que sea honrado al menos. + +--¿Sabéis inglés? + +--No. + +--¿Sabéis alemán? + +--No. + +--Tanto peor. + +--¿Por qué? + +--Porque un librero amigo mío está publicando una especie de +enciclopedia, para la cual podríais traducir artículos alemanes ó +ingleses. Lo paga mal, pero se vive. + +--Aprenderé el inglés y el alemán. + +--¿Y entretanto? + +--Entretanto me comeré mi ropa y mi reloj. + +Llamaron al prendero, y le compró la ropa en veinte francos. + +Fueron á casa del relojero, y les compró por cuarenta y cinco francos +el reloj. + +--Esto no va mal,--decía Mario á Courfeyrac al entrar de vuelta ya en +la fonda;--con los quince francos que tenía reúno ochenta. + +--¿Y la cuenta del patrón?--observó Courfeyrac. + +--Es verdad; la olvidaba ya,--dijo Mario. + +El patrón presentó su cuenta, y hubo que pagársela enseguida. Ascendía +á setenta francos. + +--Me quedan diez francos,--dijo Mario. + +--¡Diablo!--exclamó Courfeyrac.--Os comeréis cinco francos mientras +aprendáis el inglés, y otros cinco mientras aprendáis el alemán. Esto +será tragar una lengua muy pronto, ó gastar una moneda de cien sueldos +muy lentamente. + +En el entretanto, su tía Gillenormand, bastante buena en el fondo en +los momentos tristes, había concluido por averiguar la morada de Mario. + +Una mañana, cuando Mario volvía de clase, se encontró con una carta de +su tía y las _sesenta pistolas_, es decir, seiscientos francos en oro, +en una cajita cerrada. + +Mario devolvió los treinta luises á su tía acompañados de una carta +muy respetuosa, en la cual le declaraba que tenía medios de existencia +suficientes para atender á sus necesidades. En aquel momento le +quedaban tres francos. + +La tía no dijo nada de aquella devolución al abuelo por miedo de +acabarle de exasperar. Además, ¿no había dicho que no le hablasen nunca +de aquel bebedor de sangre? + +Mario dejó la fonda de la puerta de Santiago, no queriendo contraer +deudas. + + + NOTAS: + +[14] A B C suena en francés como _Abaissé_ = rebajado, inferior. + + + + + LIBRO QUINTO + EXCELENCIA DE LA DESGRACIA + + + I + =Mario indigente= + + +La vida comenzó á ser difícil para Mario. Comerse la ropa y el reloj no +era nada; pero se vió reducido á aquella situación inexplicable, que se +llama _comerse los codos_, cosa horrible, que quiere decir: días sin +pan, noches sin sueño y sin luz, hogar sin fuego, semanas sin trabajo, +porvenir sin esperanza; la levita rota por las mangas, el sombrero +viejo, dando que reir á las muchachas, la puerta que se encuentra +cerrada de noche, porque no se paga á la patrona, la insolencia del +portero y del hostelero, las risitas burlonas de los vecinos, las +humillaciones, la dignidad ultrajada, la ocupación de cualquier clase +aceptada, los disgustos, la amargura, el abatimiento. Mario aprendió á +tragar todo eso, y á no tener que tragar muchas veces más que eso sólo. +En aquel momento de la existencia en que el hombre tiene necesidad +de orgullo, porque tiene necesidad de amor, se vió burlado porque +andaba mal vestido, y ridículo porque era pobre. Á la edad en que la +juventud os inflama el corazón con imperial altivez, bajó más de una +vez sus miradas hasta los agujeros de sus botas, y conoció la injusta +vergüenza, el punzador bochorno de la miseria. Prueba terrible y +admirable de la que los débiles salen infames, y los fuertes sublimes; +crisol en que el destino arroja al hombre cuando quiere convertirle en +un ser despreciable, ó en un semidiós. + +Porque se producen muchas acciones grandes en esas luchas pequeñas. Hay +valientes, tercos é ignorados, que se defienden palmo á palmo en la +sombra, contra la fatal invasión de las necesidades y de la ignominia. +Hay nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada, que ninguna +fama recompensa, que ningún clarín saluda. La vida, la desgracia, el +aislamiento, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen +sus héroes, héroes obscuros, pero mas grandes á veces que los héroes +ilustres. + +Hay naturalezas firmes y raras que han sido así creadas, porque la +miseria, que es casi siempre madrastra, es, á veces, madre; la desnudez +engendra el vigor del alma y del talento; el desamparo engendra la +altivez; el infortunio es una buena leche para los magnánimos. + +Hubo una época en la vida de Mario en que él mismo barría su miserable +cuarto, en que él mismo iba á comprar un sueldo de queso de Brie á la +tienda de la frutera, ó que, esperando para ello la obscuridad del +crepúsculo, entraba en la panadería á comprar un panecillo, que llevaba +furtivamente á su buhardilla, como si lo hubiese robado. Alguna vez se +veía deslizar en la carnicería de la esquina, por entre las bulliciosas +cocineras que le codeaban, á un joven desmañado con sus libros bajo +el brazo, y cierto aire tímido y furioso, que al entrar se quitaba +el sombrero, dejando ver el sudor que corría por su frente; hacía un +profundo saludo á la carnicera sorprendida, otro al mancebo de la +carnicería; pedía después una chuleta de carnero, la pagaba con seis ó +siete sueldos, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre +dos libros, y se iba. Aquel joven era Mario. Con aquella chuleta, que +asaba él mismo, vivía tres días. + +El primer día comía la carne, el segundo se bebía el caldo, y el +tercero roía el hueso. Muchas otras veces su tía Gillenormand intentó +nuevamente enviarle los sesenta escudos. Mario se los devolvió +constantemente, diciendo que nada necesitaba. + +Aún llevaba luto por su padre, cuando se verificó en él la revolución +que hemos descrito; desde entonces no había abandonado el traje negro; +pero el traje negro le abandonó á él. Vino un día en que no tuvo frac; +pero aún podía durarle el pantalón. ¿Qué hacer? Courfeyrac, á quién +había hecho algunos favores, le dió un frac viejo. Mario hizo que se le +volviera del revés por seis reales un portero cualquiera, y se encontró +con un frac que tenía todo el aspecto de nuevo. Pero era un frac verde: +Mario desde entonces no salió sino después de caer el día, con lo cual +hacía que su frac apareciese negro. Queriendo vestir siempre de luto, +lo hacía con las tinieblas de la noche. + +Á través de todo esto, llegó á tomar el grado y á recibirse de abogado. +Creíase que habitaba en el aposento de Courfeyrac, que era decente, y +donde, cierto número de obras viejas de jurisprudencia, sostenidas y +completadas con tomos de novelas descabaladas, figuraban la biblioteca +exigida por los reglamentos. + +Hacía que se le dirigiese la correspondencia á casa de Courfeyrac. + +Una vez ya abogado, dió Mario parte de ello á su abuelo por medio de +una carta fría, pero llena de respeto y sumisión. El señor Gillenormand +tomó la carta con cierto temblor, la leyó presuroso, la hizo cuatro +pedazos y la arrojó al cesto. + +Dos ó tres días después, la señorita Gillenormand oyó á su padre que +estaba solo en su cuarto y hablaba en voz alta. Esto le acontecía +siempre que se sentía muy agitado. Aplicó el oído; decía el viejo: + +--Si no fueras un imbécil, sabrías que no se puede ser á un tiempo +abogado y barón. + + + + + II + =Mario pobre= + + +Pasa con la miseria como con todo. Llega á hacerse posible; acaba por +tomar una forma y se acomoda. Vegeta uno, es decir, se desarrolla de +cierta manera mezquina, pero suficiente á la vida. He aquí de que modo +arregló Mario Pontmercy su existencia. + +Había pasado lo más estrecho; el desfiladero se iba ensanchando delante +de él. Á fuerza de trabajo, de ánimo, de perseverancia y voluntad, +había conseguido sacar de su trabajo unos setecientos francos anuales. +Había aprendido el alemán y el inglés; y gracias á Courfeyrac, que le +había puesto en relaciones con su amigo el librero, desempeñaba en la +literatura librera, el modesto papel de _utilidad_. Hacía prospectos, +traducía periódicos, anotaba ediciones, compilaba biografías, etc.; +producto neto, año bueno con malo, setecientos francos. Con ellos +vivía. ¿Cómo? No mal. Vamos á decirlo. + +Ocupaba Mario en la casucha de Gorbeau, mediante el precio anual de +treinta francos, un tabuco sin chimenea, calificado de gabinete, donde +no había, en materia de muebles, sino lo indispensable. Los muebles +eran suyos. Daba tres francos al mes á la vieja, principal inquilina, +para que le barriese el tabuco y le llevase todas las mañanas un poco +de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de un sueldo. Con +este pan y este huevo almorzaba. Su almuerzo variaba de dos á cuatro +sueldos, según estaban los huevos baratos ó caros. Á las seis de la +tarde bajaba por la calle de Santiago á comer en casa de Rousseau, +frente al mercader de estampas Basset, esquina á la calle de Mathurins. +No comía sopa. Tomaba una ración de carne de á seis sueldos, media +ración de legumbres por tres, y un postre por tres más. Y finalmente, +por otros tres sueldos le daban pan á discreción. En cuanto á +vino, bebía agua. Al pagar en el mostrador donde estaba sentada +majestuosamente la señora Rousseau, en aquella época, gorda siempre y +todavía fresca, daba un céntimo para el mozo, la señora Rousseau le +devolvía una sonrisa, y él se iba. Así era como por dieciséis sueldos +tenía comida y sonrisa. + +El _restaurant_ Rousseau, en el que se desocupaban tan pocas botellas y +tantas tinajas, era un _calmante_ mejor que un _restaurante_. + +Ya no existe. El dueño tenía un apodo chocante; llamábanle _Rousseau +el acuático_. Así es que, almorzando por cuatro sueldos y comiendo por +diez y seis, le salía el alimento en veinte sueldos diarios, esto es, +en trescientos sesenta y cinco francos al año. Agréguense los treinta +de alquiler, y los treinta y seis á la vieja, más algunos gastos +menores, resulta que por cuatrocientos cincuenta francos, Mario estaba +alimentado, alojado y servido. El vestido le costaba cien francos, la +ropa blanca cincuenta, y el lavado y planchado cincuenta más, el total +no pasaba de seiscientos cincuenta, así es que todavía le quedaban +cincuenta. Era rico. Prestaba, cuando llegaba el caso, diez francos á +un amigo; Courfeyrac llegó á tomarle un préstamo de sesenta francos. En +cuanto á fuego para calentarse, no teniendo como no tenía chimenea, le +había «suprimido». + +Mario tenía siempre dos trajes completos; uno viejo, «para todos los +días», y otro nuevo para las ocasiones. Ambos eran negros. No tenía más +que tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y otra en casa de la +lavandera. Renovábalas á medida que se usaban, y estando casi siempre +rotas, se abotonaba el frac hasta la barba. + +Para llegar Mario á esa situación floreciente había necesitado años: +años rudos, difíciles de atravesar los unos, de salvar los otros; pero +Mario no había flaqueado un solo día. Todo lo había sufrido en materia +de pobreza; todo lo había hecho, á excepción de contraer deudas. Dábase +testimonio á sí propio de no haber debido nunca un céntimo á nadie. En +su concepto, una deuda era el principio de la esclavitud. Llegaba á +decir que un acreedor es peor que un amo; porque un amo no posee más +que la persona, mientras que el acreedor posee la dignidad, y puede +abofetearla. + +Antes que pedir prestado prefería no comer. Había ayunado muchos +días. Conociendo que todos los extremos se tocan y que, si no se pone +cuidado, la baja en la fortuna puede conducir á la bajeza del alma, +vigilaba celosamente por su altivez. Tal fórmula ó tal paso que, en +otra situación, le hubiese parecido deferencia, considerábala ahora +rebajamiento, y alzaba su frente. No arriesgaba nada por no querer +retroceder. Veíase en su semblante una especie de rubor severo. Era +tímido hasta la aspereza. + +En todas sus pruebas se sentía alentado, y algunas veces arrastrado por +una fuerza secreta que había en su interior. El alma ayuda al cuerpo, y +hay momentos en que le sostiene. Es el único pájaro que puede sostener +su jaula. + +Al lado del nombre de su padre, otro nombre estaba grabado en el +corazón de Mario, el de Thénardier. Mario, con su temperamento +entusiasta y grave, rodeaba de una especie de aureola al hombre á +quien, á su entender, debía la vida de su padre, aquel intrépido +sargento que había salvado la vida al coronel entre las balas y la +metralla de Waterloo. Nunca separaba el recuerdo de aquel hombre del +recuerdo de su padre, y los asociaba juntos en su veneración. Era +una especie de culto de dos grados, el altar mayor para el coronel, +y el otro menor para Thénardier. Lo que redoblaba la ternura de su +agradecimiento era la idea del infortunio en que suponía caído y +abismado á Thénardier. Mario había sabido en Montfermeil la ruina +y quiebra del infeliz posadero. Desde entonces había hecho grandes +esfuerzos para descubrir sus huellas y procurar llegar á él, en aquel +tenebroso abismo de miseria en que había desaparecido. + +Mario había recorrido todo el país: había estado en Chelles, en Bondy, +en Gournay, en Nogent, en Lagny. Durante tres años se había obstinado +sin tregua, gastando en sus exploraciones el poco dinero de sus +ahorros. Nadie había podido darle noticias de Thénardier; creíanle +ausente, en país extranjero. Sus acreedores le habían buscado también, +con menos amor que Mario, pero con tanta obstinación, sin haber +conseguido echarle mano. Mario se acusaba, y casi se reprendía, el poco +acierto de sus pesquisas. + +Era la única deuda que le había dejado el coronel, y cifraba su honra +en cancelarla. ¡Cómo! pensaba para sí. Cuando mi padre yacía moribundo +en el campo de batalla, Thénardier supo dar con él al través del humo y +de la metralla, y llevarle sobre sus espaldas; sin embargo, él nada le +debía, y yo, que debo tanto á Thénardier, ¡no he de saber encontrarle +en la sombra en que agoniza, y llevarle á mi vez, de la muerte á la +vida! ¡Oh, yo le encontraré! Por encontrar á Thénardier, en efecto, +Mario habría dado un brazo, y por arrancarle de la miseria, toda su +sangre. Ver á Thénardier, hacerle un servicio cualquiera, decirle: «¿No +me conocéis? ¡Pues yo sí os conozco! Aquí estoy, disponed de mí»; tal +era el más dulce y magnífico de los sueños de Mario. + + + + + III + =Mario crecido= + + +En aquella época, Mario tenía veinte años. Hacía tres que había dejado +á su abuelo. De una y otra parte habían quedado sumidos en los mismos +términos, sin intentar aproximarse ni tratar de verse. Por otro lado, +volver á verse, ¿con qué fin? ¿Para chocar? ¿Quién de ambos habría +llevado la razón sobre el otro? Mario era el vaso de bronce, pero el +abuelo Gillenormand era la olla de hierro. + +Debemos decirlo: Mario se había equivocado con respecto al corazón +de su abuelo. Habíase figurado que el señor Gillenormand no le había +tenido nunca cariño, y que aquel buen hombre, breve, duro y risueño, +que juraba, gritaba, echaba pestes y levantaba el bastón, no le +profesaba á todo extremo, más que ese afecto leve á un tiempo y severo +de los padres gruñones de comedia. Mario se engañaba. Hay padres que no +aman á sus hijos; pero no hay abuelo que no adore á su nieto. Como ya +hemos dicho, en el fondo, el señor Gillenormand idolatraba á Mario. +Idolatrábale á su modo, con acompañamiento de empujones y hasta de +cachetes; pero una vez fuera de su vista el chico, sintió un negro +vacío en su corazón; exigió que no le hablaran de él, lamentando por +lo bajo de ser tan exactamente obedecido. Al principio esperó que +volviera aquel buonapartista, aquel jacobino, aquel terrorista, aquel +setembrista. Pero pasaron las semanas, pasaron los meses, pasaron los +años, y con gran desesperación de Gillenormand, el bebedor de sangre +no volvió.--Yo no podía menos de echarle de casa,--se decía el abuelo, +y se preguntaba:--Si volviera á pasar lo mismo, ¿volvería yo á obrar +del mismo modo?--Su orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su +blanca cabeza, que movía en silencio, respondía tristemente que no. +Tenía sus horas de abatimiento. Faltábale Mario, y los viejos tienen +tanta necesidad de cariño como del sol. Para ellos el afecto también +es calor. Por más fuerte que fuése su naturaleza, la ausencia de Mario +había producido cierto cambio en él. Por nada del mundo hubiera querido +dar un paso hacia «aquel picaruelo»; pero sufría. Nunca preguntaba por +él, pero nunca pensaba en otra cosa. Vivía cada vez más retirado en +el Marais. Era aún, como en otros tiempos, alegre y violento; pero su +alegría tenía una dureza convulsiva, como si contuviese dolor y cólera, +y sus violencias terminaban siempre con una especie de abatimiento +dulce y sombrío. Estas alternativas se repetían á menudo. Decía algunas +veces:--¡Oh! ¡Si volviera, qué cachete se llevaría! + +En cuanto á la tía, pensaba harto poco para amar mucho; Mario no era +para ella más que una especie de contorno negro y vago, y había acabado +por cuidarse de él mucho menos que del gato ó del loro, que ella +probablemente tuviese. Lo que acrecentaba el sufrimiento interior del +señor Gillenormand, era que se lo guardaba íntegro sin dejar adivinar +nada. Su pesadumbre era como uno de esos hornillos de nueva invención +que queman su mismo humo. Ocurría á veces que llegaba algún oficioso +importuno, y hablándole de Mario, le preguntaba: ¿Qué hace, ó qué le +ha pasado á vuestro nieto? El viejo respondía suspirando, si estaba +triste, ó sacudiéndose las chorreras, si quería parecer alegre: «El +señor barón de Pontmercy hace de abogadillo en algún rincón». + +Mientras el abuelo se lamentaba, Mario se aplaudía á sí mismo. Como +á todos los buenos corazones, la desgracia le había hecho perder la +amargura. Sólo pensaba en el señor Gillenormand con dulzura; pero +se había propuesto no recibir nada del hombre _que había sido malo +para su padre_. Era aquello como la traducción mitigada de su primera +indignación. Por otra parte, se creía dichoso por haber sufrido, y +por sufrir aún, porque lo hacía por su padre. La dureza de su vida le +satisfacía y le agradaba. + +Decíase, con cierta alegría, que _aquello era lo menos_, que era una +expiación; que sin esto habría sido castigado de otro modo y más tarde, +por su impía indiferencia hacia su padre, un padre como el suyo; que +no habría sido justo que su padre sobrellevase tantos sufrimientos +y él ninguno. Por otra parte, ¿qué eran sus trabajos y su desnudez +comparados con la vida heroica del coronel? Y en fin, el único medio +de acercarse y asemejarse á su padre era ser tan valiente contra la +indigencia como el coronel lo había sido contra el enemigo; y esto era +sin duda lo que el coronel había querido decir con estas palabras: +_será digno de ello_. Palabras que Mario seguía llevando, no sobre su +pecho, porque había desaparecido el escrito del coronel, sino en su +corazón. + +Además, el día en que su abuelo le había expulsado no era más que un +niño; pero á la sazón era ya un hombre, y así lo sentía. La miseria, +repetimos, había sido buena para él. La pobreza en la juventud, cuando +acierta á salir adelante, tiene un resultado magnífico, cual es el +de dirigir toda la voluntad hacia el esfuerzo, y toda el alma hacia +la aspiración. La pobreza pone luego de manifiesto la vida material +en toda su desnudez, y la hace horrible; de ahí provienen esos +inexplicables impulsos hacia la vida ideal. El joven rico tiene cien +distracciones, brillantes y groseras: las carreras de caballos, la +caza, los perros, el tabaco, el juego, los banquetes y todo lo demás; +ocupaciones de las regiones bajas del alma, á costa de las regiones más +altas y delicadas. El joven pobre encuentra gran dificultad en ganar su +pan; come, y cuando ha comido, no le queda más que el divagar y soñar. +Asiste gratis á los espectáculos que da Dios; contempla el cielo, el +espacio, los astros, las flores, los niños, la humanidad entre la que +sufre, la creación en la que resplandece. Mira tanto á la humanidad, +que llega á ver el alma; mira tanto á la creación, que ve á Dios. +Medita, y conoce que es grande; medita más, y conoce que es sensible. + +Del egoísmo del hombre que sufre, pasa á la compasión del hombre que +medita. Un admirable sentimiento brota en él, el olvido de sí mismo +y la piedad para todos. Al pensar en los goces sin número que la +naturaleza ofrece, da y prodiga á las almas abiertas, y niega á las +almas cerradas; llega á compadecer, millonario de la inteligencia, +á los millonarios del dinero. De su corazón va borrándose el odio á +medida que va penetrando toda la claridad en su espíritu. Por otra +parte, ¿es acaso desgraciado? No; la miseria de un joven no es nunca +miserable. Cualquier joven, por pobre que sea, con su salud, su fuerza, +su andar vivo, sus ojos brillantes, su sangre que circula ardorosa, +sus cabellos negros, sus mejillas frescas, sus labios sonrosados, sus +dientes blancos, su aliento puro, dará siempre envidia á un viejo, +aunque este sea un emperador. Cada día por la mañana se pone á ganar el +sustento, y mientras sus manos ganan el pan, su espina dorsal adquiere +gallardía, su cerebro ideas; y cuando concluye el trabajo, vuelve á los +éxtasis inefables, á la contemplación, á los goces; vive con los pies +en la aflicción, en los obstáculos, en el suelo, en los abrojos, y á +veces en el lodo, y con la cabeza en la luz. Es firme, sereno, dulce, +pacífico, atento, grave; está satisfecho con muy poco, y benévolo; +bendice á Dios que le ha dado dos riquezas de las que carecen muchos +ricos; el trabajo que le hace libre, y la inteligencia que le hace +digno. + +Esto era lo que había pasado por Mario quien, para decirlo todo, +se había inclinado tal vez demasiado del lado de la contemplación. +Desde el día en que había podido ganar su vida casi con seguridad, se +había estacionado, encontrando buena la pobreza, y descontando algo +del trabajo, para dárselo al pensamiento; es decir, que pasaba días +enteros meditando, sumergido y abstraído como un visionario en las +mudas voluptuosidades del éxtasis y de la irradiación interior. Había +planteado de este modo el problema de la vida: dar el menor tiempo +posible al trabajo material, para dar el mayor tiempo posible al +trabajo impalpable; ó en otros términos, dedicar algunas horas á la +vida real, y el resto al infinito. No advertía, pareciéndole no carecer +de nada, que la contemplación así comprendida acaba por ser una de las +formas de la pereza; que se había satisfecho con dominar las primeras +necesidades de la vida, y que se entregaba al descanso demasiado pronto. + +Era evidente que para aquella naturaleza enérgica y vigorosa, ese no +podía ser más que un estado transitorio, y que al primer choque con las +inevitables complicaciones del destino, Mario despertaría. + +En tanto, y aunque fuése ya abogado, y á pesar de lo que pensaba el +señor Gillenormand, no defendía pleitos, no hacía ni siquiera el +abogadillo. La meditación le había alejado de la abogacía. Tratar con +los procuradores, ir á la audiencia, buscar causas; esto le fatigaba. +¿Y para qué había de hacerlo? Ninguna razón veía para cambiar de modo +de vivir. Aquel librero mercantil y obscuro le daba ya trabajo seguro, +trabajo poco penoso y que, como acabamos de decir, le bastaba. + +Uno de los libreros para quienes trabajaba, creo que el señor Magimel, +le había ofrecido emplearle en su casa, alojarle bien, darle un trabajo +regular y mil quinientos francos al año. ¡Estar bien alojado! ¡Mil +quinientos francos! Es verdad; pero ¡renunciar á la libertad! ¡Estar +asalariado! ¡Ser una especie de literato hortera! En el pensamiento de +Mario, de aceptar, su posición mejoraba y empeoraba al mismo tiempo; +ganaba en bienestar y perdía en dignidad; era una desgracia completa y +bella, que se cambiaba en una comodidad fea y ridícula; una cosa así +como un ciego convertido en tuerto. Y rehusó. + +Mario vivía solitario. Á causa de la afición que tenía á permanecer +extraño á todo, y también por haberse espantado demasiado, no había +entrado decididamente en el grupo presidido por Enjolrás. Habían +quedado como buenos amigos; estaban dispuestos á ayudarse mutuamente +cuando llegara el caso y de todas las maneras posibles; pero nada más. +Mario tenía dos amigos: uno joven, Courfeyrac, y otro viejo el señor +Mabeuf. Inclinábase al viejo, porque en primer lugar, le debía la +revolución que en su interior se había verificado, y en segundo, por +haber conocido y amado á su padre. + +_Me ha hecho la operación de la catarata_, decía. + +Y ciertamente, la intervención de aquel obrero había sido decisiva. + +Con todo, Mabeuf no había sido en aquella ocasión más que el agente +tranquilo é impasible de la Providencia. Había iluminado á Mario por +casualidad y sin saberlo, como hace una vela que lleva cualquiera; él +había sido la vela, no el cualquiera. + +En cuanto á la revolución política interior de Mario, Mabeuf era +incapaz de comprenderla, de quererla y dirigirla. + +Como más adelante hemos de encontrar á Mabeuf, no estará de más que +digamos sobre él algunas palabras. + + + + + IV + =El señor Mabeuf= + + +El día en que Mabeuf le decía á Mario: _ciertamente, yo apruebo las +opiniones políticas_, expresaba el verdadero estado de su ánimo. +Todas las opiniones políticas le eran indiferentes, aprobándolas +todas sin distinción, con tal que le dejasen tranquilo, del mismo +modo que los griegos llamaban á las Furias: «las bellas, las buenas, +las encantadoras», Bonaparte _las Eumenides_. La opinión política del +señor Mabeuf consistía en amar apasionadamente las plantas, y sobre +todo los libros. Tenía, como todo el mundo, su terminación en _ista_, +sin la cual nadie hubiera podido vivir en aquel tiempo; pero no era ni +realista, ni bonapartista, ni carlista, ni orleanista, ni anarquista: +era _bouquiniste_[15]. + +No comprendía que los hombres se ocupasen en odiarse mutuamente por +tonterías, como la Carta, la democracia, la legitimidad, la monarquía, +la república, etc., cuando hay en este mundo tantas clases de musgo, +de yerbas y de arbustos que poder contemplar, y montones de libros +en folio, y aun en treintaidosavo que poder hojear. Guardábase mucho +de ser inútil; el tener libros no le impedía leer, y el ser botánico +no le impedía ser jardinero. Cuando conoció á Pontmercy, nació entre +el coronel y él la simpatía de que, lo que el coronel hacía por las +flores, lo hacía él por las frutas. Mabeuf había llegado á conseguir +peras de semilla, tan sabrosas como las de San Germán; de una de estas +combinaciones ha nacido, á lo que parece, el mirabel de octubre, tan +célebre hoy día, y no menos aromático que el mirabel de estío. Iba +á misa más bien por bondad que por devoción y porque, gustando del +semblante de los hombres, pero odiando su ruido, los veía reunidos y +silenciosos sólo en la iglesia. Comprendiendo que todos debemos ser +algo en el Estado, había escogido la ocupación de capillero. Por lo +demás, no había conseguido nunca amar á ninguna mujer, tanto como á +una cebolla de tulipán; ni á un hombre tanto como á un elzevir. Había +cumplido hacía ya tiempo sesenta años, cuando cierto día le preguntó +alguien: + +--¿Pero no habéis estado casado nunca? + +--Lo he olvidado,--contestó. Cuando le ocurría alguna vez ¿á quién no +le ocurre? decir: «¡Oh, si yo fuése rico!» no lo decía nunca echando el +lente á una muchacha bonita, como el señor Gillenormand, sino fijándose +en algún libro antiguo. Vivía solo, con una ama vieja. Padecía de gota +en las manos, y cuando dormía, sus viejos dedos, entorpecidos por el +reuma, se enredaban en los pliegues de las sábanas. Había escrito +y publicado una _Flora de las cercanías de Cauterets_ con láminas +iluminadas; obra bastante apreciada, cuyas planchas poseía, y vendía +por sí mismo. Dos ó tres veces al día llamaban á su puerta de la calle +Mezières con ese objeto. Así sacaba muy bien unos dos mil francos +al año. En esto consistía casi toda su fortuna. Aunque pobre, había +tenido ingenio para hacerse, á fuerza de paciencia, de privaciones y +de tiempo, con una colección preciosa de ejemplares raros de todos +géneros. Nunca salía sin llevar un libro bajo el brazo, y casi siempre +volvía con dos. El único adorno de las cuatro habitaciones del piso +bajo que, con un pequeño jardín, componían su vivienda, eran unos +herbarios en cuadros y grabados de antiguos maestros. La vista de un +sable ó de un fusil le helaba la sangre; en su vida se había acercado +á un cañón, ni aun al del cuartel de los Inválidos. Tenía un estómago +regular, un hermano cura, el cabello enteramente blanco, nada de +dientes en la boca ni en el espíritu, temblor general, acento picardo, +risa infantil, fácil al miedo, y el aire de un carnero viejo. Después +de eso, no tenía otra amistad ni trato con los vivos, que la de un +librero viejo de la Puerta de Santiago, llamado Royol. Era su gran +ideal la aclimatación del añil en Francia. + +Su criada era igualmente una variedad de la inocencia. La buena vieja +era virgen. Sultán, su gato, que hubiera podido maullar el miserere +de Allegri en la Capilla Sixtina, había llenado su corazón, y llenaba +perfectamente la cantidad de pasión que había en ella. Ninguno de sus +pensamientos había llegado hasta el hombre; no había podido ir más allá +de su gato, y tenía, como éste, bigotes. Su gloria se cifraba en sus +papalinas siempre blancas. Empleaba el tiempo los domingos, después de +misa, en contar la ropa blanca en su baúl y en extender sobre su cama +vestidos en corte, que compraba y no se hacía nunca. Sabía leer. Mabeuf +la llamaba _la tía Plutarco_. + +Mabeuf había simpatizado con Mario, porque siendo Mario joven y +agradable, templaba su ancianidad sin asustar su timidez. La juventud +amable produce en los viejos el efecto del sol sin viento. Cuando Mario +estaba saturado de gloria militar, de pólvora de cañón, de marchas y +había dado y recibido tantos sablazos, se iba á ver al señor Mabeuf, y +éste le hablaba del héroe bajo el punto de vista de las flores. + +Hacia 1830, su hermano el cura había muerto; y casi de repente, como +cuando llega la noche, todo el horizonte se había obscurecido para +el señor Mabeuf. La quiebra de un procurador le hizo perder una suma +de diez mil francos, que era todo lo que poseía de la herencia de su +hermano y de su patrimonio. La Revolución de Julio produjo una crisis +en el comercio de libros. En tiempos revueltos lo primero que deja de +venderse es una _Flora_; y la _Flora de las cercanías de Cauterets_ +se quedó sin venta, pasándose semanas enteras sin presentarse un +comprador. Alguna vez el señor Mabeuf se estremecía al oir la +campanilla. Señor, le decía tristemente la tía Plutarco, es el aguador. + +Pronto el señor Mabeuf abandonó la calle Mezières, abdicó las funciones +de capillero, renunció á San Sulpicio, vendió una parte, no de sus +libros, sino de sus estampas, que apreciaba menos, y fué á instalarse +en una casita del boulevard Montparnasse, donde no vivió más que un +trimestre, por dos razones, primera, porque el piso bajo y el jardín +costaban trescientos francos, y no se atrevía á pagar más de doscientos +de alquiler; y segunda, porque la casa estaba próxima al tiro de Fatou, +y oía el ruido de los pistoletazos, lo cual le era insoportable. + +Llevóse, pues, su _Flora_, sus planchas, sus herbarios, sus carteras +y sus libros, y se estableció junto á la Salpêtrière, en una especie +de cabaña del puente de Austerlitz, donde por cincuenta escudos al año +tenía tres piezas, un jardín cerrado por un seto, y pozo. Se aprovechó +de esta mudanza para vender casi todos sus muebles. El día que entró en +esta nueva habitación estuvo muy alegre, y clavó él mismo los clavos +para colgar los cuadros y los herbarios, cavó en el jardín el resto +del día, y por la noche, viendo que la tía Plutarco aparecía triste y +pensativa, le dió un golpecito en el hombro, y la dijo sonriéndose: ¡ya +tenemos el añil! + +Sólo dos visitantes, el librero de la Puerta de Santiago y Mario, eran +admitidos en su choza de Austerlitz, nombre algo guerrero, y que, á +decir verdad, no le agradaba mucho. + +Por lo demás, como hemos indicado ya, los cerebros absorbidos por +una sabia meditación, ó en alguna locura, ó lo que sucede con mayor +frecuencia, en ambas cosas á un tiempo, no son sino lentamente +sensibles á las realidades de la vida. Su mismo destino se les presenta +lejano. Resulta de esas concentraciones una pasividad que si fuése +razonada, se parecería á la filosofía. Así es que declinan, descienden, +se deslizan y aún se desploman, sin apercibirse de ello. Concluyen, es +verdad, por despertar; pero tardíamente. Entretanto, parece que son +extraños á la partida entablada entre su felicidad y su desgracia. Son +la puesta, y miran la partida con indiferencia. + +Así es que al través de la obscuridad, que se formaba á su alrededor, +todas sus esperanzas morían una tras otra, y sin embargo, el señor +Mabeuf permanecía sereno, con alguna puerilidad, es cierto, pero +profundamente. Sus hábitos intelectuales tenían la oscilación de un +péndulo. Una vez impelido por una ilusión, seguía andando por mucho +tiempo, aun cuando la ilusión hubiese desaparecido. Un reloj no se +detiene nunca en el preciso momento de perder la llave. + +El señor Mabeuf tenía placeres inocentes. Estos placeres eran poco +costosos é inesperados; la menor casualidad se los proporcionaba. Un +día, la tía Plutarco estaba leyendo una novela en un rincón del cuarto; +leía en voz alta, creyendo que así lo entendía mejor. Leer alto es +afirmarse á sí mismo en la lectura. Hay personas que leen muy alto, y +que parecen darse palabra de honor de lo que leen. + +La tía Plutarco leía, pues, con esa energía, la novela que tenía en las +manos. El señor Mabeuf la oía sin escuchar. + +Así leyendo, la tía Plutarco llegó á esta frase; tratábase de un +oficial de dragones y de una bella. + +«...La bella (_bouda_)[16] se amoscó y el dragón...». + +Aquí se interrumpió para limpiar los anteojos. + +--Boudda y el dragón,--repitió á media voz el señor Mabeuf.--Sí, es +verdad; había un dragón, que desde el fondo de su caverna arrojaba +llamas por la boca abrasando el cielo. Ya habían sido incendiadas +muchas estrellas por aquel monstruo, que tenía además garras de tigre. +Boudda fué á la caverna, y logró convertir al dragón. Es un buen libro +ése que estáis leyendo, tía Plutarco. No hay otra leyenda como ésta. + +Y el señor Mabeuf se dejó caer en una deliciosa meditación. + + + V + =Pobreza muy próxima á la miseria= + + +Mario tenía simpatías por aquel anciano cándido que se veía lentamente +cogido por la indigencia, y que se iba asustando poco á poco, mas +sin entristecerse todavía. Mario encontraba á Courfeyrac y buscaba á +Mabeuf, pero raras veces, una ó dos, á lo sumo, cada mes. + +El gran placer de Mario consistía en dar largos paseos solo, por los +boulevares exteriores, ó por el campo de Marte, ó por las alamedas +menos frecuentadas del Luxemburgo. Algunas veces pasaba la mitad del +día contemplando un huerto, los cuadros de lechugas, las gallinas entre +el estiércol, ó el caballo dando vueltas á una noria. Los transeuntes +le miraban con sorpresa, y algunos veían en él algo sospechoso y una +fisonomía siniestra, cuando no era más que un joven pobre, meditando +sin objeto. + +En uno de aquellos paseos había descubierto la casucha de Gorbeau, y +habiéndole tentado el aislamiento y la baratura, se instaló en ella. No +se le conocía allí más que por el señor Mario. + +Algunos de los antiguos generales ó camaradas de su padre le invitaron, +cuando le conocieron, á que fuése á visitarlos; y Mario no había +rehusado, porque en aquellas visitas tenía otras tantas ocasiones de +hablar de su padre. Así es que iba de cuando en cuando á casa del conde +Pajol, á casa del general Bellavesne, á casa del general Fririon, en +los Inválidos. Allí se tocaba y se bailaba, y en aquellas noches Mario +se ponía su frac nuevo; pero no iba nunca á tales reuniones ni á tales +bailes, sino los días en que helaba mucho, porque no podía pagar coche, +y no quería llegar sino con las botas brillantes como espejos. + +Decía algunas veces, pero sin amargura:--Los hombres están constituidos +de tal modo, que se puede entrar en una reunión cubierto de lodo por +todas partes, excepto en las botas. No se os pregunta para recibiros +más que por una cosa irreprochable: ¿por la conciencia? No, por las +botas. + +Todas las pasiones que no proceden del corazón, se disipan meditando. +La fiebre política de Mario se había desvanecido. La revolución +de 1830, satisfaciéndole y calmándole, le había ayudado. Era, +pues, el mismo hombre, excepto en la cólera. Conservaba las mismas +opiniones, pero algo dulcificadas. Propiamente hablando, no tenía +ya opiniones, tenía simpatías. ¿Y por cuál partido las sentía? Por +el de la humanidad; y entre la humanidad escogía la Francia; entre +la nación escogía el pueblo, y entre el pueblo, la mujer. Á ésta se +dirigía principalmente su piedad. Prefería una idea á un hecho, un +poeta á un héroe, y admiraba más algún libro, como el de Job, que +un acontecimiento como el de Marengo. Cuando después de un día de +meditación se iba por la noche á los paseos, y al través de las ramas +de los árboles descubría el espacio sin fondo, los resplandores sin +nombre, el abismo, la sombra, el misterio, le parecía muy pequeño todo +lo humano. + +Creía haber llegado, y era tal vez cierto, á la verdad de la vida y de +la filosofía humana, y había concluido por no mirar casi más que al +cielo, única cosa que puede ver la verdad desde el fondo de su pozo. + +Esto no le impedía multiplicar los planes, las combinaciones, los +castillos en el aire, los proyectos para el porvenir. En aquel estado +fantástico, si algún ojo hubiera podido penetrar en el interior de +Mario, se habría deslumbrado ante la pureza de aquella alma. En +efecto; si fuése dado á nuestros ojos carnales ver en la conciencia de +otro, se juzgaría con más acierto á un hombre por lo que sueñe en su +imaginación, que por lo que piensa. En el pensamiento hay voluntad; en +el sueño no la hay. Este sueño, cuando es espontáneo, toma y conserva, +aun en lo gigantesco é ideal, el carácter de nuestro espíritu. Nada +sale más directamente ni más sinceramente del fondo de nuestra alma, +que esas aspiraciones irreflexivas y desmesuradas hacia los esplendores +del destino. En ellas, más que en las ideas modificadas, razonadas +y coordinadas, puede hallarse el verdadero carácter de cada hombre. +Nuestras quimeras son los objetos que más se nos parecen. Cada cual +sueña lo desconocido y lo imposible con relación á su naturaleza. + +Hacia mediados del citado año de 1831, la vieja que servía á Mario +le contó que iban á poner en la calle á sus vecinos, á la miserable +familia Jondrette. Mario, que pasaba casi todo el día fuera de casa, +apenas sabía que tuviese vecinos. + +--¿Y por qué los despiden?--preguntó. + +--Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos. + +--¿Y cuánto es? + +--Veinte francos,--dijo la vieja. + +Mario tenía treinta francos guardados en un cajón. + +--Tomad,--dijo á la vieja;--ahí tenéis veinticinco francos. Pagad por +esa pobre gente; dadles cinco francos, no digáis que he sido yo. + + + VI + =El sustituto= + +La casualidad hizo que el regimiento de que era teniente Teódulo fuése +de guarnición á París; lo cual dió ocasión á que se le ocurriese una +segunda idea á la tía Gillenormand. Había pensado la primera vez hacer +vigilar á Mario por Teódulo, y ahora armó un complot para hacer á +Teódulo sucesor de Mario. + +Á todo evento, y para el caso de que el abuelo tuviera la vaga +necesidad de ver una fisonomía joven en casa, porque los rayos de +aurora son algunas veces gratos á las ruinas, era conveniente buscar +otro Mario. + +Pues sea, dijo ella; esto es como una simple errata de las que veo á +veces en los libros; donde dice Mario, léase Teódulo. + +Un sobrino segundo es casi un nieto; y á falta de un abogado, se toma +un lancero. + +Una mañana en que el señor Gillenormand estaba leyendo algo como _la +Quotidiana_, entró su hija, y le dijo con la voz más dulce que supo +encontrar, porque se trataba de su favorito: + +--Padre mío, Teódulo va á venir esta mañana para saludaros. + +--¿Qué Teódulo? + +--Vuestro sobrino. + +--¡Ah!--dijo el abuelo. + +Y siguió leyendo sin pensar más en el sobrino, que no era sino un +Teódulo cualquiera. No tardó mucho en tener mal humor, lo que le +sucedía casi siempre que leía. El «papel» que leía, realista como era +de esperar, anunciaba para el día siguiente, sin amenidad ninguna, uno +de los sucesos diarios de escasa importancia del París de entonces, +esto es: Que los alumnos de las escuelas de Derecho y de Medicina +debían reunirse en la plaza del Panteón al medio día «para deliberar». +Se trataba de una de las cuestiones del momento; de la artillería de +la Guardia Nacional, y de un conflicto entre el ministro de la Guerra +y la «Milicia ciudadana» con motivo de los cañones depositados en la +plaza del Louvre. Los estudiantes debían deliberar sobre esto. No se +necesitaba más para enfurecer al señor Gillenormand. + +Pensó en Mario, que era estudiante, y que probablemente iría como los +demás á deliberar, al medio día, en la plaza del Panteón. + +Cuando estaba pensando tristemente en esto, entró el teniente Teódulo +vestido de paisano, lo que era hábil, siendo discretamente introducido +por la señorita Gillenormand. El lancero había hecho este razonamiento: +«El viejo druida no lo ha colocado todo á renta vitalicia; y esto bien +vale que uno se disfrace de paisano de cuando en cuando». + +La señorita Gillenormand dijo en voz alta á su padre: + +--Teódulo, vuestro sobrino. + +Y en voz baja al teniente: + +--Apruébalo todo. + +Y se retiró. + +El teniente, poco acostumbrado á encuentros tan venerables, balbuceó +con cierta timidez: + +--Buenos días, tío.--É hizo un saludo mixto, compuesto del bosquejo +involuntario y maquinal del saludo militar, terminado por un saludo de +paisano. + +--¡Ah! ¿Sois vos? Está bien. Sentaos,--dijo el abuelo. + +Y dicho esto, se olvidó por completo del lancero. + +Teódulo se sentó, y el señor Gillenormand se levantó, poniéndose á +pasear de un lado á otro de la sala, con las manos en los bolsillos, +hablando alto, y dando tormento con sus viejos é irritados dedos, á los +dos relojes de ambos bolsillos relojeros. + +--¡Ese puñado de mocosos! ¡Y eso se convoca en la plaza del Panteón! +¡Por vida de los chiquillos! ¡Galopines, que estaban ayer mamando! +¡Si les apretaran la nariz aún saldría leche! ¡Y ésos van á deliberar +mañana al medio día! ¿Adónde vamos á parar? ¿Adónde? Es claro que +vamos á un abismo; ¡esto nos lleva á los descamisados! ¡La artillería +ciudadana! ¡Deliberar sobre la artillería ciudadana! ¡Ir á charlar á +las doce acerca de las pedorreras de la Guardia Nacional! ¿Y con quién +van á encontrarse allí? ¡Véase adónde conduce el jacobinismo! Apuesto +todo lo que se quiera, un millón contra cualquier cosa, á que no habrá +allí más que encausados y presidiarios cumplidos. Los republicanos y +los presidiarios no son más que una nariz y un pañuelo. Cornet decía: +¿Adónde quieres que vaya, traidor? Y Fouché respondía: Adonde quieras, +imbécil. Éstos son los republicanos. + +--Es verdad,--dijo Teódulo. + +El señor Gillenormand medio volvió la cabeza, vió á Teódulo, y continuó: + +--¡Cuando pienso que este tunante ha hecho la picardía de hacerse +carbonario! ¿Por qué has abandonado tu casa? Por hacerte republicano. +En primer lugar, el pueblo no quiere tu república; no la quiere, porque +tiene buen juicio, y sabe bien que siempre ha habido reyes, y que los +habrá siempre; sabe bien que el pueblo, después de todo, no es más que +el pueblo, y se burla de tu república. ¿Lo oyes, tonto? + +¿No es bastante horrible semejante capricho? ¡Enamorarse del padre +Duchesne, poner buena cara á la guillotina, cantar romances y tocar la +guitarra debajo del balcón del 93! Vamos, merecen que se les escupa +por tontos. Todos son lo mismo; ni uno se exceptúa. Basta respirar el +aire que corre por la calle para ser insensato; el siglo XIX es un +veneno. Cualquier perdido se deja crecer la barba de chivo, se cree un +verdadero personaje, y deja plantados á sus ancianos padres. Esto es +lo romántico. ¿Y qué significa esto de romántico? Hacedme el favor de +decir qué viene á ser esto. Todas las locuras posibles. Hace un año que +el ser romántico era ir á ver el _Hernani_. Ahora pregunto yo: ¿qué es +_Hernani_? ¡Antítesis! ¡Abominaciones que ni siquiera están escritas en +francés! Y luego se ponen cañones en la plaza del Louvre. ¡Tales son +las barbaridades de estos tiempos! + +--Tenéis razón, tío,--dijo Teódulo. + +El señor Gillenormand continuó: + +--¡Cañones en el patio del museo! ¿Y para qué? Cañón, ¿qué me quieres? +¿Queréis ametrallar el Apolo del Belvedere? ¿Qué tienen que hacer +vuestros cartuchos con la Venus de Médicis? ¡Oh! ¡Estos jóvenes de +ahora son todos unos ganapanes! ¡Qué gran cosa es su Benjamín Constant! +Y los que no son malvados, son necios. Hacen todo lo que pueden para +estar feos; visten mal, tienen miedo de las mujeres, se están alrededor +de las faldas con un aire de mendicantes capaz de hacer reir á las +piedras; en verdad, que se les puede bien llamar pobres vergonzantes +del amor. Son deformes, y completan su deformidad con la estupidez; +repiten los retruécanos de Tiercelin y de Potier; usan levisacos, +chalecos de palafrenero, camisas ordinarias, pantalones de paño burdo, +botas de mal becerro, y su lenguaje se parece al plumaje. Podría uno +servirse de su jerga para remendar sus zapatos. ¡Y toda esa inepta +muchachería tiene opiniones políticas! Debería estar severamente +prohibido el tener opiniones políticas. Fabrican sistemas, refunden +la sociedad, demuelen la monarquía, echan por los suelos toda la +legislación, ponen el granero en el lugar de la cueva, y á mi portero +en el lugar del rey; trastornan la Europa de arriba abajo, reedifican +el mundo, y se tienen por dichosos viendo maliciosamente las piernas de +las lavanderas que suben en sus carros. + +¡Ah! ¡Mario! ¡Ah! ¡vagabundo! ¡Ir á vociferar en la plaza pública! +¡Discutir, debatir, tomar medidas! ¡Á esto le llaman medidas, vive +Dios! El desorden se empequeñece hasta la estupidez. He visto el caos, +y ahora veo los atolladeros. ¡Unos escolares deliberar sobre la Guardia +Nacional! Esto no se vería, ni en el país de las Ogibbewas, ni en el +de los Cadodaches. Los salvajes que andan en cueros, con el testuz +adornado de un volante de jugar á la pelota y una maza en la pata, son +menos brutos que estos bachilleres. ¡Monigotes de á cuatro sueldos, +haciéndose los entendidos y los graves! ¡Deliberar y racionalizar! +Este es el fin del mundo. Es evidentemente el fin de este miserable +globo terráqueo; se necesitaba un estrépito final, y la Francia lo +proporciona. + +«¡Deliberad, pilletes! Todo esto sucederá mientras se vaya á leer +periódicos bajo los arcos del Odeón. Esto les cuesta un sueldo, y +el sentido común, y la inteligencia, y el corazón, y el alma, y +el talento. Salen de allí, y se separan de su familia. Todos los +periódicos son una peste; todos, incluso _La Bandera blanca_, porqué +en el fondo Martainville era un jacobino. ¡Ah, justo cielo! Podrás +vanagloriarte de haber desesperado á tu abuelo! + +--Es evidente,--dijo Teódulo. + +Y aprovechando el momento en que el señor Gillenormand tomaba aliento, +el lancero añadió magistralmente: + +--No debería haber otro periódico que el _Monitor_, ni otro libro que +el _Anuario militar_. + +Gillenormand prosiguió: + +--¡Lo mismo que su Sieyés! ¡Un regicida que llegó á senador! Porque +siempre acaban así. Se hieren el rostro con su tuteamiento ciudadano +para llegar á hacer que se les llame el señor conde. El señor conde, +en caracteres como el brazo, de los camorristas de septiembre. ¡El +filósofo Sieyés! Me hago la justicia de que no he hecho nunca mas +caso de las filosofías de estos filósofos, que de los anteojos del +gesticulador de Tívoli. Vi un día á los senadores que pasaban por el +muelle Malaquais con mantos de terciopelo morado salpicados de abejas, +con sombreros á lo Enrique IV. Estaban horribles; parecían los monos +de la corte del tigre. Ciudadanos, os declaro que vuestro progreso +es una locura, vuestra humanidad un delirio, vuestra revolución un +crimen, vuestra república un monstruo, y que vuestra joven Francia +virgen, sale de un lupanar; y os lo sostengo á todos, quien quiera que +seáis, aunque fueseis publicistas, aunque fueseis economistas, aunque +fueseis legistas, aunque fueseis más conocedores en libertad, igualdad +y fraternidad, que la cuchilla de la guillotina. Os lo declaro, señores +míos. + +--Pardiez,--exclamó el teniente,--todo eso es admirablemente cierto. + +El señor Gillenormand, interrumpiendo un gesto que Teódulo había +empezado, se volvió, miró fijamente al lancero frunciendo el ceño, y +dijo: + +--Sois un imbécil. + + + NOTAS: + +[15] Bouquiniste: aficionado á comprar y leer libros viejos. + +[16] _Bouda_, se amoscó ó incomodó; se pronuncia en francés como +_Bouddha_, el dios Buda. + + + + + LIBRO SEXTO + LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS + + + I + =El apodo: manera de formar nombres de familia= + + +Mario, era en aquella época un hermoso joven de mediana estatura, +cabellos muy espesos y negros; frente ancha é inteligente; las ventanas +de la nariz abiertas y apasionadas; aspecto sincero y tranquilo, y +sobre todo, se reflejaba en su rostro ese no sé qué, que denota á un +mismo tiempo altivez, reflexión é inocencia. Su perfil, cuyas líneas +eran todas contorneadas, sin dejar de ser firmes, tenía esa dulzura +germánica que ha penetrado en la fisonomía francesa por Alsacia y +Lorena, y aquella absoluta carencia de ángulos, que hacía reconocer tan +fácilmente á los sicambros entre los romanos, y que distingue á la raza +leonina de la raza equilina. Hallábase en la época de la vida en que +la imaginación de los hombres pensadores se compone, casi en iguales +proporciones, de profundidad y sencillez. Dada una situación grave, +tenía cuanto era menester para ser estúpido; un paso más, y podía ser +sublime. Sus maneras eran reservadas, frías, políticas y poco francas. +Como su boca era muy graciosa, sus labios lo más encarnado, y sus +dientes lo más blanco del mundo, su sonrisa corregía toda la severidad +de su fisonomía. Había momentos en que formaban singular contraste +aquella frente casta y aquella sonrisa voluptuosa. Tenía pequeños los +ojos y grande la mirada. + +En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las muchachas se +volvían á mirarle cuando pasaba, lo cual era causa de que huyese ó se +ocultase con la muerte en el alma. Creía que le miraban por su traje +raído, y que se reían de él; lo cierto es que le miraban por su gracia, +y que no faltaba alguna que soñase en ella. + +Aquella mala inteligencia muda, entre él y las lindas transeuntes, le +había vuelto esquivo. No eligió ninguna, por la sencilla razón de que +huía de todas. Así es que vivía indefinidamente; bestialmente, como +decía Courfeyrac. + +Courfeyrac solía decir también: No aspires á ser venerable. Se tuteaban +(ya se sabe que el tuteamiento es el sello de las amistades jóvenes). + +--Querido, un consejo. No leas tanto en los libros, y mira un poco más +á las faldas. Siempre hay algo de bueno en ellas; ¡oh Mario! Á fuerza +de huir y de sonrojarte, te embrutecerás. + +Otras veces Courfeyrac le encontraba, y le decía:--Buenos días, señor +abate. + +Siempre que Courfeyrac le dirigía alguna frase de este género, Mario +estaba ocho días huyendo más que nunca de las mujeres, y procuraba á +todo trance no encontrarse con Courfeyrac. + +Había, sin embargo, en la inmensa creación, dos mujeres de que Mario +no huía, y contra las cuales no tomaba precaución alguna. Verdad es +que hubiese sido extremada su admiración, si le hubieran dicho que +eran dos mujeres. Una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y +de la cual decía Courfeyrac: «Al ver que su criada se deja la barba, +Mario no se deja la suya». La otra era cierta jovencita, á quien veía +frecuentemente, pero sin mirarla nunca. + +Hacía ya más de un año que Mario observaba de continuo en una alameda +desierta del Luxemburgo, la que costea el parapeto del vivero, á un +hombre y á una niña, casi siempre sentados uno al lado del otro en el +mismo banco, en el extremo más solitario del paseo, por la parte de +la calle del Oeste. Cada vez que esta casualidad, que se entromete en +los paseos de las personas meditabundas, llevaba á Mario por aquella +calle, y esto sucedía casi todos los días, se encontraba con la pareja. +El hombre podría tener unos sesenta años; parecía triste y grave; toda +su persona presentaba el aspecto robusto y fatigado de los militares +retirados. Si hubiera llevado alguna condecoración, Mario habría dicho: +es un antigua oficial. Tenía buen aspecto, pero inabordable; y nunca +fijaba su mirada en la mirada de nadie. + +Vestía pantalón azul, levitón también azul, y un sombrero de anchas +alas, traje que parecía siempre nuevo, corbata negra y camisa de +cuáquero, es decir, deslumbrante de blancura, pero de tela gruesa. +Al pasar cierto día una griseta junto á él, exclamó: «¡Vaya un viejo +aseado!». Tenía el pelo completamente blanco. + +La primera vez que la joven que le acompañaba fué á sentarse con él +en el banco, que parecía habían adoptado, era una muchacha de trece +ó catorce años, flaca, hasta el extremo de ser casi fea, encogida, +insignificante, que prometía tener algún día buenos ojos. Sólo que los +tenía siempre levantados con una especie de seguridad desapacible. +Tenía el ademán aviejado é infantil á la vez, de las colegialas de +convento, y vestía un traje mal cortado de merino negro y ordinario. +Parecían ser padre é hija. + +Mario examinó durante dos ó tres días á aquel viejo, que no era todavía +un anciano, y á aquella niña, que no era todavía una joven; y después +no fijó más la atención en ellos. Éstos, por su parte, parecía que +ni siquiera le veían. Hablaban entre sí con ese aire tranquilo é +indiferente. La joven charlaba sin cesar, alegremente; el viejo hablaba +poco, pero á cada momento fijaba en ella sus ojos, llenos de inefable +ternura paternal. + +Mario había contraído maquinalmente la costumbre de pasearse por +aquella alameda, en la cual los encontraba invariablemente todos los +días. + +Véase lo que pasaba. + +Mario llegaba ordinariamente por el extremo de la calle opuesta á +su banco, la recorría á lo largo y pasaba por delante de la pareja; +después volvía y recorría de nuevo el paseo hasta el extremo por donde +había entrado, y volvía á empezar. Repetía este recorrido cinco ó +seis veces cada día, y el paseo otras cinco ó seis veces por semana, +sin que, á pesar de tanto encuentro, aquellas personas y él hubieran +llegado á cambiar un saludo. Aquel hombre y aquella niña, aunque +parecían evitar las miradas, y quizá porque parecían evitarlas, habían +llamado naturalmente la atención de cinco ó seis estudiantes, que de +cuando en cuando se paseaban por el vivero; los estudiosos después de +sus clases, los otros después de su partida de billar. Courfeyrac, que +pertenecía á estos últimos, los observó algún tiempo; pero pareciéndole +fea la muchacha, tuvo buen cuidado de alejarse pronto. Había huido +como un Parto, lanzándoles en vez de dardo, un apodo. Habiéndole +chocado principalmente el traje de la joven y los cabellos del viejo, +llamó á la joven _la señorita Lanoire_ (La Negra), y al padre el señor +_Leblanc_, (El blanco) y con tal suerte, que no conociéndolos nadie, é +ignorando su verdadero nombre, el apodo ocupó su lugar, haciendo las +veces de tal. Los estudiantes decían: «¡Ah! Ya está en su banco el +señor _Leblanc_», y Mario como los demás, halló muy cómodo llamar por +lo tanto á aquel desconocido el señor Leblanc. + +Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de Leblanc, para mayor +facilidad del relato. + +Mario continuó así, viéndolos casi todos los días á la misma hora +durante el primer año. + +El hombre le agradaba, pero la muchacha le parecía algo desapacible. + + + + + II + =Lux facta est= + + +El segundo año, precisamente en el punto de esta historia á que +ha llegado el lector, interrumpióse la costumbre de pasear por el +Luxemburgo, y sin que el mismo Mario supiera por qué, estuvo cerca de +seis meses sin poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió +allí; era una hermosa mañana de verano, y Mario estaba alegre, como se +suele estar cuando hace buen tiempo. Parecíale llevar en su corazón +todos los cantos de los pájaros que oía y todo el cielo azul que veía +al través de la enramada. + +Se fué directamente á «su paseo», y cuando estuvo al extremo de +la alameda, divisó siempre en el mismo banco, la conocida pareja. +Solamente que cuando se acercó vió que el hombre continuaba siendo +el mismo; pero le pareció que la joven era otra. La persona que á la +sazón veía era una hermosa y alta niña, con las más encantadoras formas +de mujer, en el momento preciso en que se armonizan todavía con las +gracias más cándidas de la infancia; momento purísimo y fugaz, que sólo +puede traducirse en estas dos palabras: quince años. Tenía admirables +cabellos castaños, matizados con reflejos de oro; una frente que +parecía hecha de mármol; mejillas como hojas de rosa; un matiz pálido; +una blancura que revelaba cierta emoción interior; una boca de forma +exquisita, de la cual surgía la sonrisa como una luz y la palabra como +una música; una cabeza que Rafael hubiera dado á María, colocada sobre +una garganta que Juan Goujon hubiera dado á Venus. Y en fin, para que +nada faltase á aquellas facciones encantadoras, la nariz no era bella, +era bonita; ni recta ni aguileña, ni italiana, ni griega; era la nariz +parisiense; es decir, algo espiritual, fina, irregular y pura, que es, +á un tiempo, desesperación de pintores y encanto de poetas. + +Cuando Mario pasó junto á ella, no pudo ver sus ojos, que tenía +constantemente bajos. Vió solamente sus largas pestañas de color +castaño, llenas de sombra y de pudor. + +Esto no impedía que la hermosa joven se sonriese escuchando al hombre +de cabellos blancos que la hablaba, y nada tan arrebatador como aquella +fresca sonrisa con los ojos bajos. + +En el primer momento creyó Mario que podía ser otra hija del mismo +hombre, hermana sin duda de la primera. Pero cuando la costumbre le +llevó por segunda vez cerca del banco y la hubo examinado con atención, +conoció que era la misma. En seis meses la niña se había hecho mujer; +he aquí todo. Y nada más frecuente que ese fenómeno. Llega un momento +en que las niñas, en un abrir y cerrar los ojos, pasan de capullo á +rosa. Se las deja niñas á la víspera, y se las encuentra seductoras al +día siguiente. + +Ésta, no sólo había crecido, sino que se había idealizado. Así como +bastan tres días de abril para que ciertos árboles se cubran de flores, +seis meses habían bastado para vestirla á ella de belleza. Su abril +había llegado. + +Se ve algunas veces á personas pobres y mezquinas que parecen +despertar, pasando súbitamente de la indigencia al fausto, hacer +gastos de todo género, y aparecer de pronto deslumbradoras, pródigas +y magníficas. Consiste esto en una fortuna improvisada, en un plazo á +cobrar vencido. La joven había cobrado su semestre. + +No era ya la colegiala con su sombrero anticuado; su traje de +merino, sus zapatos rusos y sus manos amoratadas. El buen gusto se +había desarrollado en ella al propio tiempo que su hermosura. Era +una señorita simpática, vestida con elegante y rica sencillez, sin +afectaciones de ninguna especie. + +Llevaba un vestido de damasco negro, una manteleta de la misma tela +y una capota de crespón blanco. Sus guantes claros hacía resaltar la +forma de su mano, que jugaba con el mango de marfil chinesco de una +sombrilla, y su botita de seda, dibujaba su pequeño y bien formado +pie. Al pasar junto á ella se absorbía cierta penetrante fragancia de +juventud procedente de su tocado. + +El hombre, seguía siendo el mismo. + +La segunda vez que Mario llegó cerca de ella, la joven levantó los +párpados; sus ojos eran de un profundo azul celeste; pero en aquel azul +velado no había aún más que la mirada de una niña. Miró á Mario con +indiferencia, como hubiera podido mirar á cualquier chiquillo jugando +á la sombra de los sicómoros, ó el jarrón de mármol que proyectaba su +sombra sobre el banco. Mientras Mario, por su parte, continuaba el +paseo, pensando en otras cosas. + +Pasó todavía cuatro ó cinco veces junto al banco donde estaba la joven, +pero sin volver nunca los ojos para verla. + +Los días siguientes volvió, como de ordinario, al Luxemburgo; y como +de ordinario halló «al padre y á la hija», pero no se fijó tampoco en +ellos. No pensó más en aquella joven cuando la vió hermosa, de lo que +había pensado cuando fea. Pasaba, sí, muy arrimado al banco donde ella +estaba; porque era ésta su costumbre. + + + + + III + =Efecto de primavera= + + +Cierto día, en que el aire era tibio, el Luxemburgo inundado de sombra +y de sol, el cielo puro como si los ángeles lo hubiesen lavado por la +mañana, los pajarillos cantaban alegremente posados en el ramaje de los +castaños; Mario tenía abierta toda su alma á la naturaleza, en nada +pensaba; vivía y respiraba. Pasó cerca del banco; la joven alzó los +ojos, y sus dos miradas se encontraron. + +¿Qué había entonces en la mirada de aquella joven? Mario no hubiera +podido decirlo. No había nada, y lo había todo. Fué un relámpago +extraño. + +Ella bajó los ojos; él prosiguió su camino. + +Lo que acababa de ver no era la mirada ingenua y sencilla de una niña; +era una sima misteriosa que se había entreabierto y cerrado luego +bruscamente. + +Llega un día en que miran así todas las jóvenes. ¡Desgraciado del que +se encuentra allí! + +Aquella mirada primera de un alma que no se conoce todavía á sí misma, +es como el alba en el cielo. Es el despertar de un algo radiante +y desconocido. Nada puede pintar el encanto peligroso de aquella +inesperada luz que ilumina vagamente de súbito, tinieblas adorables, +compuesta de toda la inocencia del presente y de toda la pasión +del porvenir. Es una especie de ternura indecisa que se revela por +casualidad, y que espera. Es un lazo que la inocencia tiende á pesar +suyo, y en el cual aprisiona los corazones sin saberlo ni quererlo. Es +una virgen que mira como una mujer. + +Es muy raro que no produzca una meditación profunda donde quiera que +caiga semejante mirada. Toda clase de purezas y toda suerte de candores +se encuentran reunidos en aquel rayo celeste y fatal, que tiene, más +aún que las miradas mejor elaboradas de las coquetas, el mágico poder +de hacer brotar de súbito en el fondo del alma la flor sombría llena de +perfumes y venenos, que se llama amor. + +Por la tarde, al volver á su desván, fijó Mario la vista en sus +vestidos, notó por primera vez que no eran bastante aseados y la +inaudita estupidez é inconveniencia de irse á pasear al Luxemburgo +con su vestido de «todos los días»; es decir, con un sombrero roto +por el ala, con botinas gruesas como de carretero, un pantalón negro +emblanquecido por las rodillas, y una levita negra, pálida por los +codos. + + + + + IV + =Principio de una grande enfermedad= + + +Al día siguiente, á la hora acostumbrada, Mario sacó de su armario su +frac nuevo, su pantalón nuevo, su sombrero nuevo y sus botas nuevas. +Revistióse de esta panoplia completa, calzóse guantes, lujo prodigioso, +y se fué al Luxemburgo. + +En el camino se encontró á Courfeyrac, y fingió no verle. Courfeyrac, +al volver á su casa, dijo á sus amigos: + +--Acabo de encontrarme el sombrero nuevo y el frac nuevo de Mario, +y á Mario dentro. Sin duda iba á dar un examen, porque su aire era +completamente estúpido. + +Llegado Mario al Luxemburgo, dió la vuelta al estanque, miró los +cisnes, luego permaneció largo rato contemplando una estatua que tenía +la cabeza enteramente negra de moho, y á la cual faltaba una cadera. +Cerca del estanque había un caballero como de cuarenta años y abdomen +prominente, que llevaba de la mano un niño de cinco años, y le decía: +evita los excesos. Mantente, hijo mío, á igual distancia del despotismo +y de la anarquía. Mario escuchó á aquel hombre; luego dió todavía +otra vuelta al estanque; y por fin se encaminó hacia «su alameda» +lentamente, y como á su pesar. Hubiérase dicho que se veía á un tiempo +obligado y retenido por impulsos contrarios. Él no se daba cuenta de +todo aquello, y creía hacer lo que los otros días. + +Al desembocar en la alameda, divisó al otro extremo «en su banco» al +señor Leblanc y la joven. Abotonóse el frac de arriba abajo, le estiró +por el pecho y espalda para que no hiciese arrugas, examinó con cierta +complacencia los reflejos lustrosos de su pantalón, y se dirigió al +banco. Había algo de ataque en aquella marcha, y hasta cierto aire de +conquista. Digo, pues, que se dirigió al banco, como podría decir: +Aníbal marchaba sobre Roma. + +Por lo demás, todos sus movimientos eran maquinales, y las ocupaciones +habituales de su imaginación y de sus trabajos no habían sufrido +interrupción alguna. Pensaba, en aquel momento, que el _Manual del +bachillerato_ era un libro estúpido, y que era preciso que le hubiesen +compuesto personas extremadamente sandías, para que en él se analicen +como obras maestras del espíritu humano, tres tragedias de Racine, y +sólo una comedia de Molière. Silbábanle fuertemente los oídos; y al +acercarse al banco, volvió á estirar las arrugas de su frac, y sus +ojos se fijaron en la joven, pareciéndole que llenaba de una vaga luz +azulada toda la extremidad de la alameda. + +Á medida que se acercaba, iba acortando el paso. Llegado que hubo +á cierta distancia del banco, mucho antes de estar al final de la +alameda, se detuvo, y ni él mismo pudo darse cuenta de cómo fué; pero +es lo cierto que retrocedió en dirección opuesta á la que llevaba. Ni +aún advirtió siquiera que no recorría todo el paseo. La joven apenas +pudo verle de lejos, y hacerse cargo del buen efecto que producía con +su vestido nuevo. Sin embargo, él caminaba muy tieso para tener buena +apariencia, si por casualidad le mirase alguien que estuviese detrás. + +Llegó al extremo opuesto, luego volvió; pero esta vez se acercó un +poco más al banco. Aproximóse hasta la distancia de tres intervalos de +árboles; pero allí sintió cierta imposibilidad de seguir adelante, y +vaciló. Creyó ver el rostro de la joven volverse hacia él; sin embargo, +hizo un esfuerzo enérgico y violento, dominó su vacilación, y continuó +avanzando. Algunos segundos después pasaba por delante del banco, tieso +y firme, encarnado hasta las orejas, sin atreverse á mirar ni á la +derecha ni á la izquierda, con la mano metida entre los botones del +frac, como un hombre de Estado. Al pasar bajo los fuegos de la plaza, +sintió latirle fuertemente el corazón. Ella vestía, como la víspera, +su lindo traje de damasco y su sombrero de crespón. Mario oyó una voz +inefable, que debió ser «su voz». Hablaba tranquilamente. Estaba muy +hermosa. Él lo conocía, aunque no procuraba verlo.--No podría ella +dejar de estimarme y considerarme, pensaba Mario, si supiese que soy +yo el verdadero autor de la disertación sobre el escudero Marcos de +Obregón, que Francisco de Neufchâteau ha puesto, como de su cosecha, al +frente de su edición del _Gil Blas_. + +Pasó el banco, llegó hasta el extremo de la alameda, que estaba muy +próximo, después volvió y cruzó nuevamente por delante de la linda +joven. Esta vez estaba muy pálido. Por lo demás, todo cuanto sentía le +era desagradable. Alejóse del banco y de la joven, y como, aún vuelto +de espaldas, creía que le miraba, esto le hacía tropezar. + +No trató de acercarse nuevamente al banco; detúvose á la mitad de la +calle, y allí, cosa que nunca hacía, se sentó, dando miradas de reojo +á un lado y otro, y pensando en las mas recónditas profundidades de +su espíritu, que al fin y á la postre era difícil que la persona +cuyo sombrero blanco y vestido negro admiraba, fuése absolutamente +insensible á su lustroso pantalón y á su frac nuevo. + +Al cabo de un cuarto de hora se levantó como si fuera á comenzar de +nuevo su paseo en dirección á aquel banco, que aparecía rodeado de una +aureola. Quedóse, sin embargo, plantado é inmóvil. + +Por la primera vez desde hacía quince meses, se dijo á sí mismo que +aquel señor, que se sentaba allí todos los días con su hija, habría +reparado sin duda en él, y que le habría parecido probablemente extraña +su asiduidad. + +Por la primera vez también conoció que era algo irrespetuoso designar á +aquel desconocido, aún en el secreto de su pensamiento, con el apodo de +Leblanc. + +Permaneció, pues, algunos minutos con la cabeza baja, haciendo dibujos +en la arena con una varita que tenía en la mano. + +Después se volvió bruscamente al lado opuesto al banco del señor +Leblanc y de su hija, marchándose á casa. + +Aquel día se olvidó de ir á comer. Á las ocho de la noche se acordó de +ello; y siendo ya muy tarde para bajar á la calle de Santiago, ¡bah! +exclamó, y comióse un pedazo de pan. + +No se acostó sino después de haber cepillado su traje y de haberle +doblado cuidadosamente. + + + + + V + =Caen varios rayos sobre la tía Bougón= + + +Al día siguiente, la tía Bougón, pues así llamaba Courfeyrac á la +portera, inquilina principal y criada de la casucha de Gorbeau (en +realidad se llamaba la tía Bourgón, como ya hemos dicho; pero el +tarambana de Courfeyrac nada respetaba), la tía Bougón, decimos, +observó estupefacta que el señorito Mario salía otra vez con su vestido +nuevo. + +Volvió al Luxemburgo, pero no pasó del banco que estaba á la mitad de +la alameda. Sentóse allí, como la víspera, meditando de lejos y viendo +distintamente el sombrero blanco, el traje negro, y sobre todo, la +claridad azulada. No se movió de allí, y no volvió á su casa hasta que +se cerraron las puertas del Luxemburgo. No viendo retirarse al señor +Leblanc y á su hija, dedujo de ello que habían salido del jardín por la +verja de la calle del Oeste. Posteriormente, algunas semanas después, +cuando lo recordaba, no pudo nunca hacer memoria donde había comido +aquella tarde. + +Al día siguiente, era el tercero, la tía Bougón quedó deslumbrada +nuevamente; Mario salió con su vestido nuevo.--¡Tres días +seguidos!-exclamó la portera. + +Y trató de seguirle; pero Mario andaba muy deprisa y á grandes pasos; +era pues aquello como si un hipopótamo tratase de seguir á un corzo. +Perdióle de vista á los dos minutos, volviéndose sofocada, casi +asfixiada por su asma, y furiosa.--¡Habráse visto!--exclamaba.--¡Hay +valor para ponerse la ropa nueva todos los días y hacer correr así á +las gentes! + +Mario se había dirigido al Luxemburgo. La joven estaba allí con el +señor Leblanc. Mario se acercó lo más que pudo, aparentando leer en un +libro, pero permaneció todavía muy lejos; luego volvió á sentarse en +su banco, donde pasó cuatro horas mirando saltar en la alameda á los +bulliciosos gorriones, que le parecía que se burlaban de él. + +Así se pasaron quince días. Mario iba al Luxemburgo, no para pasear, +sino para sentarse siempre en el mismo sitio; y sin saber por qué, +luego que llegaba allí no se movía. Todas las mañanas se ponía su +vestido nuevo para no dejarse ver, y al día siguiente repetía la +operación. + +Decididamente, era ella una hermosura maravillosa. La única observación +que pudiera hacerse, parecida á una crítica, es que la contradicción +que existía entre su mirada, que era triste, y su sonrisa, que era +alegre, daba á su rostro un aspecto como extraviado, lo cual hacía que +en ciertos momentos aquella dulce fisonomía pareciese extraña sin dejar +de ser admirable. + + + + + VI + =Aprisionado= + + +Uno de los últimos días de la segunda semana, Mario estaba, como de +costumbre, sentado en su banco, teniendo en la mano un libro abierto, +del cual hacía dos horas que no había vuelto una hoja. De repente se +estremeció; al final de la alameda se verificaba un acontecimiento. + +El señor Leblanc y su hija acababan de levantarse; la hija había tomado +el brazo del padre, y ambos se dirigieron lentamente hacia el medio del +paseo, donde estaba Mario. Éste cerró su libro, luego le abrió de nuevo +y procuró leer; temblaba; la aureola iba recta hacia él. ¡Ay, Dios mío! +pensaba. No me va á dar tiempo para tomar una postura conveniente. +En tanto, el hombre de los cabellos blancos y la joven continuaban +avanzando. Parecíale que aquello duraba siglos, cuando en realidad sólo +habían pasado algunos segundos. ¿Qué vendrán á hacer? se preguntaba. +¡Cómo! ¿Va á venir por aquí? ¿Sus pies van á pisar esta arena, en esta +calle, á dos pasos de mí? Estaba completamente trastornado; hubiera +querido en aquel instante ser hermoso, y ostentar alguna condecoración. +Oía aproximarse el ruido dulce y mesurado de sus pasos. Figurábase +que el señor Leblanc le dirigía miradas irritadas. «¿Irá á hablarme +este caballero?» pensaba. Bajó la cabeza. Cuando la levantó, estaban +enteramente junto á él. La joven pasó, y al pasar le miró. Le miró +fijamente con cierta dulzura reflexiva, que hizo estremecer á Mario +de la cabeza á los pies. Parecióle que le reconvenía por haber estado +tanto tiempo sin acercársele, y que le decía: «Yo soy quien viene». +Mario quedó deslumbrado ante aquellas pupilas llenas de rayos y de +abismos. + +Sentía arder una hoguera en su cerebro. Ella se le había acercado; +¡qué alegría! Y luego, ¡cómo le había mirado! Le pareció más bella que +nunca. Bella, con una hermosura á la par femenil y angélica; con una +belleza completa que hubiera hecho cantar al Petrarca y arrodillar al +Dante. Le parecía estar nadando en pleno cielo azul. Al mismo tiempo +estaba horriblemente contrariado, porque tenía empolvadas las botas. + +Creía estar seguro de que ella había visto también sus botas. + +La siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido. Luego se puso +á pasear por el Luxemburgo como un loco. Es probable que á ratos se +riera solo, y hablase en voz alta. Pasaba tan ensimismado junto á las +niñeras, que cada una le creía enamorado de ella. + +Salió del Luxemburgo, esperando encontrarla en alguna calle. + +Cruzóse con Courfeyrac bajo los arcos del Odeón, y le dijo:--Vente á +comer conmigo.--Fuéronse á casa Rousseau y gastaron seis francos. Mario +comió como un buitre, y dió seis sueldos de propina al mozo. Á los +postres dijo á Courfeyrac:--¿Has leído el diario? ¡Qué buen discurso ha +hecho Audry de Puyraveau! + +Estaba perdidamente enamorado. + +Después de comer dijo á Courfeyrac:--Te convido al teatro.--Y se fueron +á la Puerta de San Martín á ver á Federico Lemaitre en _el Castillo de +San Alberto_. + +Mario se divirtió muchísimo. + +Al mismo tiempo redoblóse en alto grado su esquivez. Al salir del +teatro se negó á mirarle la liga á una modistilla que saltaba un +arroyuelo, y Courfeyrac diciendo: _De buena gana aumentaría mi +colección con esta chica_. Llegó á horrorizarle. + +Courfeyrac le había convidado á almorzar al día siguiente en el +café Voltaire. Mario aceptó, y comió aun más que en la víspera. +Estuvo á un mismo tiempo reflexivo y alegrísimo. Hubiérase dicho que +aprovechaba todas las ocasiones de reir á carcajadas, llegando á +abrazar tiernamente á un provinciano cualquiera que le presentaron. +Habíase formado en torno de la mesa un círculo de estudiantes; se había +hablado de las tonterías pagadas por el Estado, que se arrojan desde la +cátedra en la Sorbona; luego la conversación recayó sobre las faltas y +vacíos de los diccionarios y prosodias de Quicherat. Mario interrumpió +la discusión para exclamar: Sin embargo, es muy agradable tener una +condecoración. + +--¡Es gracioso!--dijo Courfeyrac por lo bajo á Juan Prouvaire. + +--No,--respondió Juan Prouvaire;--al contrario, es serio. + +Y era serio en efecto. Mario se hallaba en aquella primera hora +violenta y encantadora en que comienzan las grandes pasiones. + +Una mirada había causado todo aquello. + +Cuando la mina está cargada, cuando el combustible está pronto, nada +hay más sencillo. Una mirada es una chispa. + +La suerte estaba echada. Mario amaba á una mujer; su destino entraba en +lo desconocido. + +La mirada de las mujeres se parece á ciertos rodajes, tranquilos en +la apariencia, pero formidables. Pasamos á su lado todos los días +tranquila é impunemente y sin la menor sospecha. Llega un momento en +que hasta nos olvidamos de que aquello está allí. Se va, se viene, se +sueña, se habla, se ríe. ¡De pronto nos sentimos cogidos! Todo acabó. +La rueda nos detiene; la mirada nos ha hecho prisioneros. + +Nos ha cogido, no importa por dónde, ni cómo, por una parte cualquiera +de nuestro pensamiento que vagaba sin objeto; por una distracción +que hemos sufrido. Estamos perdidos. Recorreremos por completo toda +la máquina, se apodera de nosotros un encadenamiento de fuerzas +misteriosas, y luchamos en vano. No hay socorro humano posible. Vamos +á caer de engranaje en engranaje, de angustia en angustia, de tortura +en tortura, nosotros, nuestra imaginación, nuestra fortuna, nuestro +porvenir, nuestra alma; y según que nos hallemos en poder de una +criatura malvada ó de un corazón noble, no saldremos de la espantosa +máquina sino desfigurados por la vergüenza, ó trasfiguradas por la +pasión. + + + + + VII + =Aventuras de la letra U dentro las conjeturas= + + +El aislamiento, el desapego de todo, la altivez, la independencia, la +inclinación á las bellezas naturales, la falta de actividad cotidiana +y material, la vida retraída, las luchas secretas de la castidad y el +éxtasis benévolo ante la creación entera, habían preparado á Mario +para ser poseído de ese espíritu que se llama la pasión. El culto por +su padre había llegado poco á poco á ser una religión, y como toda +religión, se había retirado al fondo de su alma. Faltaba algo en primer +término, y vino el amor. + +Pasó un mes largo, durante el cual Mario fué todos los días al +Luxemburgo. Al llegar la hora nada bastaba á detenerle. «Está de +servicio», decía Courfeyrac. Mario vivía en continuo éxtasis; es verdad +que la joven le miraba. + +Había acabado por atreverse, y se aproximaba al banco. Sin embargo no +pasaba por delante, obedeciendo á la vez al instinto de timidez y al +instinto de prudencia propios de los enamorados. Creía conveniente +no llamar «la atención del padre». Combinaba sus paradas detrás de +los árboles y de los pedestales de las estatuas con un maquiavelismo +profundo, para mostrarse todo lo posible á la joven y dejarse ver lo +menos que podía del hombre de los cabellos blancos. Á veces permanecía +inmóvil más de una hora á la sombra de Leónidas ó de un Espartaco +cualquiera, teniendo en la mano un libro, por encima del cual sus ojos, +tiernamente levantados, iban á buscar á la hermosa joven, la cual, +por su parte, volvía hacia él con vaga sonrisa su perfil encantador. +Hablando lo más natural y lo más tranquilamente del mundo con el +hombre de los cabellos blancos, lanzaba sobre Mario los misteriosos +rayos de una mirada virginal y apasionada. Antiquísima é inmemorial +maña que tuvo Eva desde el primer día del mundo, y que toda mujer posee +desde el primer día de su vida. Su boca contestaba al uno, y su mirada +al otro. + +Es preciso creer, sin embargo, que el señor Leblanc había acabado +por notar algo porque frecuentemente, al ver á Mario, se levantaba +prosiguiendo el paseo. + +Había abandonado su sitio acostumbrado, escogiendo al extremo opuesto +de la alameda el banco inmediato al Gladiador, como para ver si Mario +les seguiría también. Mario no comprendió aquel juego, y cometió esa +falta. «El padre» empezó á no ser tan puntual como antes al paseo, y +á no llevar consigo todos los días á su hija. Algunas veces iba solo; +entonces Mario se marchaba. Otra falta. + +Mario no se fijaba en aquellos síntomas. De la fase de la timidez había +pasado, progreso natural y fatal, á la fase de la ceguedad. Su amor +iba creciendo; soñaba con él todas las noches; y además había tenido +una dicha inesperada, que fué como aceite sobre fuego, redoblando las +tinieblas en derredor de sus ojos. Una tarde, al anochecer, había +hallado en el banco que «el señor Leblanc y su hija» acababan de +abandonar un pañuelo; un pañuelo sencillo y sin bordados, pero blanco, +fino, y que le pareció que exhalaba inefables perfumes. Apoderóse de él +con transporte. Este pañuelo estaba marcado con las letras U. F. Mario +no sabía nada de aquella hermosa joven, ni de su familia, ni su nombre, +ni su casa; estas dos letras eran la primera noticia que de ella tenía; +adorables iniciales sobre las que comenzó inmediatamente á formar +conjeturas. U era evidentemente la inicial del nombre. ¡Úrsula! pensó. +¡Qué nombre más hermoso! Besó el pañuelo, le aspiró, le puso sobre su +corazón, sobre su carne durante el día, y por la noche bajo sus labios +para dormirse. + +--¡Siento palpitar en él toda su alma!--exclamaba. + +Aquel pañuelo era sencillamente del anciano, que se le había caído del +bolsillo. + +Los días que siguieron á este hallazgo, Mario se presentó en el +Luxemburgo besando el pañuelo y estrechándole contra su corazón. +La hermosa joven nada comprendía de aquella pantomima, y así se lo +manifestaba por medio de señas imperceptibles. + +--¡Oh pudor!--decía Mario. + + + + + VIII + =Hasta los inválidos pueden ser felices= + + +Ya que hemos pronunciado la palabra pudor, y ya que nada ocultamos, +debemos decir que cierta vez, sin embargo, á través de sus éxtasis, +experimentó Mario de parte de «su Úrsula» una ofensa muy seria. Fué +uno de esos días en que la joven hacía levantar al señor Leblanc y +pasear por la alameda. + +Una fresca brisa de mayo agitaba las copas de los plátanos. El padre y +la hija, cogidos del brazo, acababan de pasar por delante del banco de +Mario, el cual, levantándose enseguida, los siguió con la vista de una +manera correspondiente á la apasionada situación de su ánimo. + +De pronto una ráfaga de viento, algo más juguetona que las otras, +encargada sin duda de los negocios de la primavera, levantó el vuelo +desde el vivero, abatióse sobre la alameda, envolviendo á la joven en +un encantador estremecimiento digno de las ninfas de Virgilio y de los +faunos de Teócrito, atreviéndose á levantar su vestido, aquel vestido +más sagrado que la túnica de Isis, casi hasta la altura de la liga, +dejando instantáneamente al descubierto, una pierna de forma exquisita. +Mario la vió. Aquel espectáculo le exasperó y puso fuera de sí. + +La joven bajó rápidamente el vestido con un movimiento de espanto +encantador; pero no por eso se indignó menos Mario. Estaba sólo en la +alameda, es verdad, pero podía haber habido alguien. ¿Y si hubiera +habido alguno? ¿Compréndese algo parecido? Era horrible lo que acababa +de hacer la joven. ¡Ay! La pobre nada había hecho; no había más que un +culpable, era el viento. Pero Mario, en quien rugía confusamente el +Bartolo que hay en Querubín, estaba determinado á disgustarse, y sentía +celos hasta de su sombra. Así es cómo se despiertan en el corazón +humano, y se imponen, aún sin derecho, los acres y extraños celos de +la carne. Por lo demás, y aún prescindiendo de los celos, la vista de +aquella graciosa pierna no había tenido para él nada de agradable; +la media blanca de la primera mujer que hubiese encontrado le habría +causado mayor placer. + +Cuando «su Úrsula», después de haber llegado al extremo de la alameda, +volvió á pasar acompañada del señor Leblanc por delante del banco donde +se había sentado de nuevo Mario, éste le dirigió una mirada irritada y +feroz. La joven se encogió de hombros y arqueó ligeramente las cejas, +con esa expresión que significa: «¡Qué tendrá!». + +Éste fué «su primer disgusto». + +Apenas acababa Mario de tener con ella esta escena de miradas, cuando +una persona atravesó la alameda. Era un inválido encorvado, arrugado y +encanecido, con uniforme del tiempo de Luis XV, que llevaba al pecho la +pequeña placa ovalada de paño encarnado, con espadas cruzadas, cruz de +San Luis del soldado, é iba adornado además de una manga de uniforme +sin brazo dentro, una barba de plata y una pierna de palo. Mario creyó +notar que aquel ser tenía el aire extremadamente satisfecho. Hasta le +pareció que el tal viejo cínico, al pasar cojeando junto á él, le había +dirigido un guiño demasiado familiar y gozoso, como si una casualidad +cualquiera hubiera hecho que estuviesen de inteligencia, así tan +contento aquel resto de Marte? ¿Qué había pasado entre aquella pierna +de palo y la otra? Mario llegó al colmo de los celos. ¡Tal vez estaba +ahí! dijo. ¡Y tal vez ha visto! Y le entraron ganas de exterminar al +inválido. Andando el tiempo todo se olvida; la cólera de Mario contra +«Úrsula» por justa y por legítima que fuése, pasó. Acabó por perdonar; +pero tuvo que hacer un grande esfuerzo, y se manifestó irritado durante +tres días. Sin embargo, al través de todo aquello, y á causa de todo lo +demás, la pasión crecía, llegando á la locura. + + + + + IX + =Eclipse= + + +Acabamos de ver cómo Mario había descubierto, ó creído descubrir, que +ella se llamaba Úrsula. + +Comiendo se abre el apetito. Saber que se llamaba Úrsula había sido +mucho, y ya era poco. Mario en tres ó cuatro semanas devoró aquella +felicidad; deseó otra, y quiso saber dónde vivía. + +Había cometido su primera falta: caer en la emboscada del banco del +Gladiador. Había cometido la segunda: no permanecer en el Luxemburgo +cuando iba solo el señor Leblanc. Cometió la tercera, que fué inmensa: +siguió á Úrsula. Vivía en la calle del Oeste, en el sitio menos +frecuentado, en una casa nueva de tres pisos, de modesta apariencia. +Desde aquel momento, Mario añadió á su dicha de verla en el Luxemburgo, +la de seguirla hasta su casa. Su hambre iba en aumento. Sabía cómo se +llamaba, á lo menos de nombre; nombre lindísimo, verdadero nombre de +mujer. Sabía también dónde vivía; quiso saber quién era. + +Una noche, después de seguir al padre y á la hija hasta su casa, luego +que los vió desaparecer tras de la puerta cochera, entróse siguiéndolos +y preguntó muy resuelto al portero: + +--¿Es el señor del piso principal el que acaba de entrar? + +--No,--respondió el portero.--Es el inquilino del tercero. + +Había ya dado otro paso; este triunfo, fácilmente conseguido, alentó á +Mario. + +--¿Interior ó exterior?--preguntó. + +--La casa no tiene más que vistas á la calle,--contestó el portero. + +--¿Y cuál es la profesión de ese caballero?--repuso Mario. + +--Es rentista, caballero; hombre bueno, si los hay, y muy caritativo, +que hace mucho bien á los pobres, aún cuando no es rico. + +--¿Cómo se llama?--interrogó Mario. + +El portero alzó la cabeza, y dijo: + +--¿Sois acaso de la policía? + +Mario se fué algo amoscado, pero contentísimo. Adelantaba. + +--Bueno,--pensó;--sé que se llama Úrsula, que es hija de un rentista, y +que vive aquí, en el piso tercero, calle del Oeste. + +Al día siguiente, el señor Leblanc y su hija sólo dieron un paseo +cortísimo por el Luxemburgo; todavía era muy temprano cuando +se retiraron. Mario los siguió á la calle del Oeste como tenía +acostumbrado. Al llegar á la puerta cochera, el señor Leblanc hizo +pasar primero á su hija, luego se detuvo antes de atravesar el umbral, +se volvió, y miró fijamente á Mario. Al otro día ya no fueron al +Luxemburgo, y Mario esperó en balde toda la tarde. + +Entrada la noche, fué á la calle del Oeste, vió luz en las ventanas del +tercer piso, y se estuvo paseando por la calle hasta que se apagó la +luz. + +Al siguiente día tampoco fueron al Luxemburgo. Mario esperó toda la +tarde, y luego fué á ponerse de centinela nocturno bajo las ventanas. +Esto le entretenía hasta las diez de la noche. Su comida no tenía ni +período ni sustancia fija. La fiebre alimenta al enfermo, y el amor +al enamorado. Así se pasaron ocho días. El señor Leblanc y su hija +no volvieron á parecer por el Luxemburgo. Mario, formando tristes +conjeturas, no se atrevía á espiar la puerta cochera durante el día. +Contentábase con ir de noche á contemplar la claridad rojiza de los +cristales. Veía de cuando en cuando pasar algunas sombras y le latía el +corazón. + +Al octavo día, cuando llegó al pie de las ventanas no había luz en +ellas. ¡Calla! exclamó. Todavía no han encendido luz, y sin embargo, es +ya muy de noche. ¿Habrán salido? Esperó hasta las diez, hasta las doce, +hasta la una, pero no se encendió ninguna luz detrás de las vidrieras +del tercer piso, ni entró nadie en la casa. Se fué, pues, tristísimo. + +Á la mañana siguiente (porque no vivía sino de mañanas sucesivas, ni +había, por así decirlo, hoy para él), al día siguiente, no vió á nadie +en el Luxemburgo, aunque lo esperaba. Al anochecer se fué á la casa. + +No se veía luz en las ventanas; las persianas estaban cerradas; el piso +estaba completamente á oscuras. + +Mario llamó á la puerta cochera, entró, y dijo al portero: + +--¿El señor del piso tercero? + +--Ha desocupado,--contestó el portero. + +Mario vaciló, y preguntó débilmente: + +--¿Desde cuándo? + +--Desde ayer. + +--¿Adónde ha ido á parar? + +--No lo sé. + +--¿No ha dejado su nueva dirección? + +--No. + +Y el portero, levantando la nariz y reconociendo á Mario: + +--¡Calle!--dijo.--¡Sois vos! ¿Es decir que decididamente sois de +policía? + + + FIN DEL TOMO PRIMERO + + + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75739 *** |
