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+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 30425 ***
+
+EL MAESTRANTE
+
+NOVELA
+
+POR
+
+D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
+
+MADRID
+
+TIPOGRAFIA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ
+
+IMPRESOR DE LA REAL CASA
+
+Libertad, 16 duplicado.
+
+1893
+
+
+
+
+ÍNDICE
+
+
+ I.--La casa del maestrante
+
+ II.--El hallazgo
+
+ III.--La cita
+
+ IV.--Historia de aquellos amores
+
+ V.--Las bromas de Paco Gómez
+
+ VI.--Las señoritas de Meré
+
+ VII.--El aumento del contingente
+
+VIII.--El vino de Fernanda
+
+ IX.--La mascarada
+
+ X.--Cinco años después
+
+ XI.--La cólera de Amalia
+
+ XII.--La justicia del barón
+
+XIII.--El martirio
+
+ XIV.--La capitulación
+
+ XV.--Josefina duerme
+
+
+
+
+
+I
+
+La casa del maestrante.
+
+
+A las diez de la noche eran, en toda ocasión, contadísimas las personas
+que transitaban por las calles de la noble ciudad de Lancia. En las
+entrañas mismas del invierno, como ahora, y soplando un viento del
+noroeste recio y empapado de lluvia, con dificultad se tropezaba alma
+viviente. No quiere esto decir que todos se hubiesen entregado al sueño.
+Lancia, como capital de provincia, aunque no de las más importantes, es
+población donde ya en 185... se había aprendido a trasnochar. Pero la
+gente se metía desde primera hora en algunas tertulias y sólo salía de
+ellas a las once para cenar y acostarse. A esta hora, pues, solían
+tropezarse algunos grupos resonantes que caminaban a toda prisa
+resguardados por los paraguas; las señoras rebujadas en sendos
+capuchones de lana, alzando las enaguas con la mano que les quedaba
+libre; los caballeros envueltos en sus pañosas o _montecristos_, los
+pantalones enérgicamente arremangados, rompiendo el silencio de la noche
+con el áspero traqueteo de las almadreñas. Porque en aquella época eran
+muy pocos todavía los que desdeñaban este calzado patriótico y
+confortable. Tal cual pollastre que por haber estado en Valladolid
+estudiando medicina se creía por encima de estas ruindades y alguna que
+otra damisela melindrosa que afectaba el no saber andar con ellas.
+
+De coches no había que hablar, pues sólo existían tres en la población,
+el de Quiñones, el de la condesa de Onís y el de Estrada-Rosa. Este
+último era el único que no alcanzaba el medio siglo de antigüedad.
+Cuando cualquiera de las tres carrozas salía a la calle, rodeábala un
+enjambre de chiquillos y seguíanla buen trecho en testimonio de
+incondicional entusiasmo. Los vecinos en lo interior de sus moradas
+distinguían, por el estrépito de las ruedas y el chasquido de las
+herraduras, a cuál de los magnates mencionados pertenecía. Eran, en
+suma, tres instituciones venerandas que los hijos de la ciudad sabían
+amar y respetar. Contra la lluvia que cae sobre ella más de las tres
+cuartas partes del año no se conocían entonces otros preservativos
+naturales que el paraguas y las almadreñas. Poco después vinieron los
+chanclos de goma y recientemente también se introdujeron los
+impermeables con capuchón, que trasforman en ciertos momentos a Lancia
+en vasta comunidad de frailes cartujos.
+
+El viento soplaba más recio en la travesía de Santa Bárbara que en
+ningún otro paraje de la población. Esta vía, abierta entre el palacio
+del obispo y las tapias de un patinejo de la catedral, donde viene a
+caer la cadena del pararrayos, pasa a su terminación por debajo de un
+arco y forma lóbrego recodo en que el huracán se encalleja y clama y se
+lamenta en noches tan infernales como la presente.
+
+Un hombre embozado hasta los ojos atravesó velozmente la plazoleta que
+hay delante de la morada de los obispos y entró en este recodo. La
+fuerza del huracán le detuvo, y la lluvia, penetrando entre el embozo de
+la capa y el sombrero, le privó de la vista. Resistió unos instantes a
+pie firme la violencia de la ráfaga, y en vez de soltar alguna
+interjección enérgica, que nunca fuera más al caso, dejó escapar un
+suspiro de angustia.
+
+--¡Ay, Jesús mío, qué noche!
+
+Se arrimó a la pared, y cuando el viento sosegó sus ímpetus siguió su
+camino. Pasó por debajo del arco que comunica el palacio con la catedral
+y entró en la parte más desahogada y esclarecida de la travesía. Un
+reverbero de aceite engastado en la esquina servía para iluminarla toda.
+El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secundado por la gran mariposa de
+hoja de lata, para enviar alguna claridad a los confines de su
+jurisdicción. Pero, más allá de diez varas en radio, nada hacía
+sospechar su presencia. Sin embargo, a nuestro embozado debió parecerle
+una lámpara Edison de diez mil bujías, a juzgar por el cuidado con que
+se subió aún más el embozo y la prisa con que abandonó la acera para
+caminar ceñido a la tapia del patio en que las sombras se espesaban.
+Salió en esta guisa a la calle de Santa Lucía, echó una rápida mirada a
+un lado y a otro, y corrió de nuevo al sitio más oscuro. La calle de
+Santa Lucía, con ser de las más céntricas, es también de las más
+solitarias. Está cerrada a su terminación por la base de la torre de la
+basílica, esbelta y elegante como pocas en España, y sólo sirve de
+camino ordinariamente a los canónigos que van al coro y a las devotas
+que salen a misa de madrugada.
+
+En esta calle, corta, recta, mal empedrada y de viejo caserío, se alzaba
+el palacio de Quiñones de León. Era una gran fábrica oscura de fachada
+churrigueresca, con balcones salientes de hierro. Tenía dos pisos, y
+sobre el balcón central del primero un enorme escudo labrado toscamente
+y defendido por dos jayanes en alto relieve tan toscos como sus
+cuarteles.
+
+Una de las fachadas laterales caía sobre pequeño jardín húmedo,
+descuidado y triste y cerrado por una tapia de regular elevación; la
+otra sobre una callejuela aún más húmeda y sucia abierta entre la casa y
+la pared negra y descascarillada de la iglesia de San Rafael. Para pasar
+del palacio a la iglesia, donde los Quiñones poseían tribuna reservada,
+existía un puente o corredor cerrado, más pequeño, pero semejante al que
+los obispos tienen sobre la travesía de Santa Bárbara. Por la viva
+claridad que dejaba pasar la rendija de un balcón entreabierto
+advertíase que los dueños de la casa no estaban aún entregados al
+descanso. Y si la claridad no lo acusara, acusábanlo más claramente los
+sones amortiguados de un piano que dentro se dejaban oír cuando los
+latidos furiosos del huracán lo consentían.
+
+Nuestro embozado siguió, con paso rápido y ocultándose en la sombra
+cuanto podía, hasta la puerta del palacio. Allí se detuvo; volvió a
+echar una mirada recelosa a entrambos lados de la calle, y entró
+resueltamente en el portal. Era amplio, con pavimento de guijarro como
+la calle, las paredes lisas y enjalbegadas de mucho tiempo, tristemente
+iluminado por una lámpara de aceite colgada en el centro. El embozado lo
+atravesó velozmente, y sin tirar del cordón de la campana pegó el oído a
+la puerta, y así estuvo inmóvil algunos instantes en escucha. Cerciorado
+de que nadie bajaba, tornó a la puerta de la calle y enfiló otra mirada
+por ella. Al fin resolviose a abrir el embozo y sacó de debajo de la
+capa un bulto que depositó en el suelo con mano temblorosa, cerca de la
+puerta. Era un canastillo. Estaba cubierto con una manta de mujer, lo
+cual impedía observar lo que en él se guardaba, aunque bien se presumía.
+Desde Moisés, los canastillos misteriosos parecen destinados a guardar
+infantes. El rebozado, ya desarrebozado, tiró tres veces del cordón de
+la campana, y al instante, desde arriba, abrieron por medio de otra
+cuerda. Las tres campanadas indicaba que quien entraba en la
+aristocrática mansión de los Quiñones era un noble, un par de los
+señores. Tiempo hacía que se estableciera esta costumbre, sin saber
+cómo. Un menestral, un criado, un inferior, por cualquier concepto, no
+llamaba sino con una campanada; las visitas llamaban con dos; y la media
+docena o poco más de personas que el linajudo señor de Quiñones
+consideraba sus iguales en Lancia, lo hacían con tres, por acuerdo
+tácito o expreso, que eso nunca se averiguó. Murmurábase en la ciudad de
+tal diferencia: los que nunca habían pisado los salones de la casa,
+embromaban a los que a diario los visitaban: respondían éstos negando la
+especie; pero aunque secretamente humillados, respetaban la feudal
+costumbre: nadie era osado a dar las tres campanadas del segundo
+estamento. Sólo Paco Gómez se aventuró una vez a hacerlo por broma o
+fanfarronada; pero al llegar al salón se le recibió con sorpresa y
+frialdad tan despreciativas, que no le quedaron ganas de repetirlo.
+
+El hombre del canastillo se apresuró a entrar y cerrar la puerta;
+atravesó el pórtico y subió por la gran escalera de piedra, en cuyos
+peldaños gastados por el uso se rezumaba constantemente alguna humedad.
+Al llegar al piso principal un criado se acercó a recogerle la capa y el
+sombrero. Y sin aguardar más, como si alguien le persiguiera, lanzose
+con presurosa planta a la puerta del salón y la abrió. La viva luz de
+las arañas y candelabros le ofuscó un instante. Era un hombre alto,
+corpulento, de treinta a treinta y dos años de edad, la fisonomía dulce
+y las facciones correctas: gastaba el pelo cortado a punta de tijera y
+la barba luenga, rubia y sedosa. En aquel momento su rostro estaba
+pálido y revelaba profunda inquietud.
+
+En cuanto alzó los ojos, que la excesiva claridad le obligara a cerrar,
+enderezó la mirada a la señora de la casa, sentada en una butaca. Clavó
+ella a su vez en él otra intensa y ansiosa. Fue un choque que dio
+instantáneo reposo a sus fisonomías, como dos fuerzas iguales que se
+neutralizan. El caballero se detuvo a la puerta esperando que cruzasen
+cinco o seis parejas que venían girando al compás de un vals, y sus
+labios descoloridos se plegaron con sonrisa tan dulce como triste.
+
+--¡Qué tarde! No pensábamos que usted viniera ya--exclamó la señora
+alargándole su mano fina, nerviosa, que se contrajo tres o cuatro veces
+con intensa emoción al chocar con la de él.
+
+Era una mujer de veintiocho a treinta años, menuda de cuerpo, el rostro
+pálido y expresivo, los ojos y el cabello muy negros, boca pequeña y
+nariz ligeramente aguileña.
+
+--¿Cómo se encuentra usted, Amalia?--dijo el caballero, sin responder a
+la exclamación, ocultando bajo una sonrisa la ansiedad que a su pesar se
+le traslucía en lo tembloroso de la voz.
+
+--Estoy mejor... Muchas gracias.
+
+--¿No le hará a usted daño este ruido?
+
+--No... Me aburría mucho en la cama... Además, no quería privar a las
+chicas del único recreo que hoy por hoy tienen en Lancia.
+
+--Muchas gracias, Amalia--exclamó una jovencita que venía bailando y oyó
+las últimas palabras de la dama.
+
+Ésta le dirigió una sonrisa bondadosa.
+
+Otra pareja que venía detrás chocó con el caballero, que continuaba en
+pie.
+
+--¡Usted siempre estorbando, Luis!
+
+--A nadie más que a usted, María Josefa--respondió el joven, riendo con
+afectación para disimular el embarazo que aún sentía.
+
+--¿Está usted seguro de que a mí sola?--preguntó ella alzando al mismo
+tiempo su mirada maliciosa hacia el caballero que la estrechaba en sus
+brazos.
+
+María Josefa Hevia tenía ya por lo menos cuarenta años, y sus quince
+habían sido casi tan feos, pese al refrán, como sus cuarenta. Como no
+poseía tampoco bastante hacienda para restablecer el equilibrio, ningún
+valiente había llegado a redimirla del purgatorio de la soltería. Hasta
+hacía poco tiempo todavía halagaba la esperanza de que, ya que no un
+pollo, por lo menos se arrojase a pedir su mano alguno de los indianos
+solteros que iban llegando a establecerse en Lancia. Fundábala en la
+tendencia que éstos mostraban a contraer matrimonio con las hijas de las
+familias distinguidas de la población, aunque no llevasen dote.
+Pertenecía ella por la línea paterna a una de las más ilustres; como que
+era pariente del señor de Quiñones, en cuya casa nos hallamos. Pero su
+padre había muerto, y vivía con su madre, mujer de baja estofa,
+cocinera antes de subir al tálamo nupcial de su amo. Sea por esto o, lo
+que es más probable, por la bien declarada y proverbial fealdad de su
+figura, tampoco los indianos picaron la carnada del anzuelo. Y eso que,
+con motivo o sin él, solía descotarse más de la cuenta para hacer
+ostensible lo que, según voz pública, tenía de menos malo en su cuerpo.
+El rostro era repulsivo, de facciones incorrectas, hinchado por la
+erisipela y desfigurado amenudo por algunas llamaradas rojizas que le
+subían a las narices. De sus ilusiones femeninas no le quedaba ya más
+que una, la de bailar: era una verdadera pasión: padecía horriblemente
+cada vez que los descuidados pollos de Lancia la dejaban comiendo pavo.
+Pero se vengaba tan lindamente de ellos y ellas, poseía una lengua tan
+acerada, que la mayor parte de los jóvenes le sacrificaban por lo menos
+un baile en todos los saraos: cuando se descuidaban, las mismas
+muchachas se lo recordaban, temiendo las iras de la feroz solterona.
+Bailaba, pues, tanto como la más linda damisela de Lancia, por razón
+opuesta, esto es, por el saludable terror que había logrado inspirar.
+Ella lo sabía, y aunque humillada en el fondo del alma, no dejaba de
+aprovecharse, optando por el que consideraba menor de los males. Poseía
+espíritu sagaz y malicioso; veía muy bien el ridículo de las acciones,
+narraba con gracia y estaba dotada además de un don particular para
+herir a cada persona, cuando se le antojaba, en lo más vivo.
+
+--¿Ha llegado ya el conde?--dijo una voz áspera que salía del gabinete
+contiguo y se sobrepuso al tecleo del piano y a las pisadas de los
+bailarines.
+
+--Sí: aquí estoy, D. Pedro... Voy allá.
+
+El conde dio un paso hacia el gabinete, sin apartar la vista de la
+pálida señora. Ésta le clavó otra mirada intensa donde se leía una
+interrogación. Él cerró los ojos afirmando, y pasó a la inmediata
+estancia. Lo mismo ésta que el salón estaban amueblados sin lujo. Los
+próceres de Lancia desdeñaban esos refinamientos del decorado, hoy tan
+usuales. No por avaricia, sino por entender con razón que su prestigio
+estribaba, más que en la riqueza o suntuosidad de las moradas, en el
+sello de respetable antigüedad que poseían, rechazaban en ellas
+cualquiera innovación, lo mismo interna que externa. Los muebles
+envejecían, se deslustraban; las alfombras y cortinas se iban rayendo.
+Los dueños aparentaban no fijarse en ello. Sobre todo, D. Pedro Quiñones
+mostraba una negligencia en este punto que rayaba en jactancia. Ni los
+ruegos de su señora, ni las indirectas que algún osado, como Paco Gómez,
+solía autorizarse bromeando, le decidían jamás a llamar a los pintores y
+tapiceros. Se adivinaba bien que en esta resolución influía el desdén
+con que miraba el lujo desplegado por algunos indianos en el mobiliario
+de sus casas.
+
+El salón, en lo que toca a las dimensiones, era soberbio, amplio,
+elevadísimo de techo; ocupaba todos los balcones de la calle de Santa
+Lucía, exceptuando el del gabinete. La sillería antigua, pero no
+imitando formas de siglos remotos, como ahora se usa: estaba construida
+en el pasado al gusto de la época, y forrada de terciopelo verde ya
+gastado. La alfombra descubría el tejido por varios sitios. De las
+paredes colgaban algunos tapices magníficos. Éste era el lujo de la
+casa. D. Pedro Quiñones poseía una colección de gran valor. Solía
+exhibirlos una vez al año, colgándolos de los balcones el día del Corpus
+para el paso de la procesión. Decíase que un inglés le había ofrecido
+por ellos un millón de pesetas. Poseía asimismo algunos cuadros antiguos
+de mérito, tan oscurecidos por el tiempo que, si una mano hábil no venía
+pronto a restaurarlos, concluirían por desaparecer. Lo único nuevo que
+en el salón había era el piano, comprado hacía tres años, poco después
+de casarse en segundas nupcias D. Pedro.
+
+El gabinete, también de gran tamaño, con un balcón a la calle de Santa
+Lucía y dos al jardín, estaba peor decorado aún. Grandes cortinones de
+damasco, dos armarios de roble sin espejo, un sofá forrado de seda,
+algunos sillones de vaqueta, una mesa redonda en el centro y algunas
+sillas correspondientes al sofá; todo bien manoseado y marchito. En
+torno de la mesa central, y alumbrados por enorme quinqué de aceite con
+pantalla verde, estaban tres caballeros jugando al tresillo. El dueño de
+la casa era uno de ellos. Tendría de cuarenta y seis a cuarenta y ocho
+años de edad; hacía tres que estaba enteramente imposibilitado para
+moverse, de resultas de un ataque apoplético que le paralizó las dos
+piernas. Era corpulento, rostro moreno y facciones bien acentuadas,
+enérgicas; el cabello y la barba, blanqueando ya por muchos puntos,
+fuertes, abundantes, encrespados; los ojos negros y hundidos de mirar
+imponente. En su fisonomía había una expresión de orgullo y fiereza que
+ni aun la sonrisa amistosa con que acogió al conde de Onís pudo
+extinguir por completo. Estaba reclinado más que sentado en una butaca
+construida adrede para facilitarle el movimiento del tronco y los
+brazos, y arrimada a la mesa de lado a fin de que le fuese posible jugar
+y tener las piernas extendidas. Aunque en la chimenea ardían algunos
+troncos de leña, se abrigaba con una talma de color gris cerrada al
+cuello con broche de oro. Bordada sobre ella, del lado del corazón,
+había una gran cruz roja de la orden de Calatrava. El señor de Quiñones
+prescindía pocas veces de esta talma, que le daba aspecto un poco
+fantástico y teatral.
+
+Siempre había sido extravagante en el vestir. Su orgullo le impulsaba a
+buscar el modo de distinguirse del vulgo. En varias ocasiones se le vio
+de levita cerrada, sombrero de copa y almadreñas: gastaba larga melena,
+como un caballero del siglo diez y siete; vestía amenudo traje de
+terciopelo o pana con botas de montar; usaba botines cuando ya nadie se
+acordaba de ellos, y grandes cuellos de camisa vueltos sobre el chaleco,
+imitando la antigua valona. Nunca se vio hombre más preciado de su
+nobleza ni con más afán de resucitar el prestigio y los privilegios de
+que aquélla gozaba en siglos pasados. El público murmuraba de sus
+extravagancias y muchos se reían de ellas, porque Lancia es una
+población donde abundan los espíritus humorísticos; pero, como siempre
+acontece, este orgullo desmedido y feroz había concluido por imponerse.
+Los que con más gracia se burlaban de las rarezas de don Pedro eran los
+que con mayor sumisión y rendimiento le quitaban el sombrero así que le
+veían de media legua.
+
+Había vivido en la corte algún tiempo durante sus años juveniles, pero
+no echó raíces en ella. Fue gentilhombre con ejercicio y disfrutó de las
+ventajas y preeminencias que su caudal y nacimiento le concedían; pero
+no bastaban a saciar aquel corazón henchido de arrogancia. La extraña
+amalgama de la aristocracia de la sangre con la del dinero le hería y le
+irritaba. El respeto que se concedía a los hombres políticos y que él
+mismo se veía obligado a tributar por razón de su cargo le encendía de
+ira. ¡Un hijo de la nada, un pelagatos pasar por delante de él con la
+cabeza erguida, dirigiéndole una mirada indiferente o desdeñosa! ¡A él,
+descendiente directo de los condes soberanos de Castilla! Por no
+sufrirlo y por el amor que profesaba a Lancia renunció al empleo y vino
+a habitar de nuevo el churrigueresco palacio en que nos hallamos. La
+soberbia, o por ventura su carácter excéntrico, le hicieron cometer, en
+este período de su vida de mayorazgo solterón, mil extravagancias y
+ridiculeces que asombraron y fueron el regocijo de la ciudad mientras no
+llegó a acostumbrarse. D. Pedro no salía jamás a la calle sin ir
+acompañado de un su criado o mayordomo, hombre zafio, que vestía el
+traje del labriego del país, esto es, calzón corto con medias de lana,
+chaqueta de bayeta verde y ancho sombrero calañés. Y no sólo salía con
+Manín (por este nombre era universalmente conocido), sino que le llevaba
+al teatro. Era de ver los dos en un palco principal; él, rígido,
+correcto, paseando su mirada distraída por la sala; el criado, con las
+palmas de las manos apoyadas en la barandilla y la barba sobre las
+manos con la atónita mirada clavada en el escenario, soltando bárbaras,
+ruidosas carcajadas, rascándose el cogote o bostezando a gritos enmedio
+del silencio. Entraba con él en los cafés y hasta le llevaba a los
+bailes. Manín llegó a ser en poco tiempo una institución. D. Pedro, que
+apenas se dignaba hablar con las personas más acaudaladas de Lancia,
+sostenía plática tirada con él y admitía que le contradijese en la forma
+ruda y grosera de que era capaz únicamente.
+
+--Manín, hombre, repara que estás molestando a esas señoras--le decía a
+lo mejor hallándose ambos en cualquier tienda.
+
+--Bueno, bueno; pues si quieren estar a gusto, que traigan de casa un
+jergón y se acuesten--respondía el bárbaro en voz alta.
+
+D. Pedro se mordía los labios para no soltar el trapo, porque le hacían
+extremada gracia tales groserías y brutalidades.
+
+Si entraba en un café, Manín se atracaba de cuarterones de vino tinto
+mientras él solía beber con parquedad una copita de moscatel. Pero
+siempre pedía una botella y la pagaba, aunque la dejase casi llena.
+Mostrando por esta prodigalidad cierta extrañeza un boticario de la
+población con quien alguna vez se dignaba hablar, le respondió con fría
+arrogancia:
+
+--Pago una botella, porque me parece indecoroso que D. Pedro Quiñones
+de León pida una copa como cualquier c...tintas de las oficinas del
+gobierno político.
+
+Causaba asombro también en la ciudad el que al saludar a los clérigos en
+la calle les besase la mano, imitando la costumbre de los nobles en
+otros siglos. Este respeto no era más que un medio de distinguirse y
+acreditar su alta jerarquía, como todo lo demás. Porque al capellán que
+tenía a su servicio, aunque le besaba la mano en público, le trataba
+como a un doméstico en privado. Le guardaba muchas menos consideraciones
+que a Manín. Pero lo que verdaderamente dejó estupefacta a la población
+y se prestó a sin número de comentarios y chufletas fue lo que D. Pedro
+hizo, poco después de llegar de Madrid, en cierta solemnidad religiosa.
+Se presentó en la iglesia con uniforme blanco cuajado de cordones y
+entorchados, que debía de ser el de maestrante de Ronda. Al llegar el
+momento de la consagración en la misa, avanzó con paso solemne hasta el
+medio del templo, que se hallaba libre de gente, desenvainó la espada y
+comenzó a esgrimirla sucesivamente contra los cuatro puntos cardinales,
+dando furiosas estocadas y mandobles al aire. Las mujeres se asustaron,
+los chiquillos corrieron, la mayor parte de los hombres pensó que era un
+acceso de locura. Sólo los más avisados o eruditos entendieron que se
+trataba de una ceremonia simbólica y que aquellos mandobles al aire
+significaban que don Pedro estaba resuelto, como caballero profeso que
+era de una orden militar, a batirse con todos los enemigos de la fe, en
+cualquier paraje del mundo. El único periodiquito que se publicaba
+entonces en Lancia todos los domingos (hoy existen once, seis diarios y
+cinco semanales) le dedicó una gacetilla en que, con no poca gracia, se
+burlaba de él. Sin embargo, tales burlas públicas o privadas, como ya se
+ha indicado, no conseguían amenguar el prestigio de que el ilustre
+prócer gozaba en la ciudad. Quien se considera de buena fe superior a
+los seres que le rodean, tiene mucho adelantado para que éstos se le
+humillen. Además, D. Pedro, apesar de sus ridiculeces, era hombre culto,
+aficionado a la literatura y con pujos de poeta. De vez en cuando, y con
+ocasión de cualquier fausta nueva para la patria o familia real,
+escribía algunas décimas o tercetos en estilo clásico, un poco
+gongorino. Aunque algunas personas trataron de persuadirle a que los
+publicase, nunca esto se pudo acabar con él. Profesaba tan sincero
+desprecio a todo lo que reflejase el movimiento democrático de nuestra
+era y muy especialmente a los periódicos, que prefería tenerlos
+manuscritos, conocidos solamente de un número reducido de amigos. Pasaba
+igualmente por hombre valeroso. En Madrid había tenido algunos duelos y
+en Lancia dejó de efectuarse uno entre él y cierto jefe político que los
+progresistas mandaron a esta provincia, por la intercesión del obispo y
+cabildo catedral.
+
+Al llegar a los cuarenta años, poco más o menos, casó con una señora
+aristócrata también, que habitaba en Sarrió. Murió su esposa al año, a
+consecuencia del parto. Tres años después contrajo de nuevo matrimonio
+con Amalia, dama valenciana algo emparentada con él. Apenas se conocían.
+D. Pedro la había visto en Valencia cuando ella contaba catorce años. El
+matrimonio que se realizó diez años después pactose por medio de cartas,
+previo el cambio de retratos. Se daba por seguro que la voluntad de la
+novia había sido forzada, y aun se decía que durante algunos meses se
+había negado a compartir el tálamo con su marido. Todavía más. Se
+contaba en Lancia con gran lujo de pormenores el viaje que por consejo
+de un canónigo hizo don Pedro con su esposa para inspirarla confianza y
+acortar, entre las peripecias del camino y la descomodidad de las
+posadas, la distancia moral y material que los separaba. Cumplidas las
+profecías del astuto capitular y realizados todos los fines del
+matrimonio, el cielo no quiso sin embargo bendecirlo. Poco tiempo
+después D. Pedro experimentó el terrible ataque apoplético que le
+paralizó de medio cuerpo abajo, y desde entonces no hubo términos
+hábiles para la bendición, aunque la Providencia estuviese animada de
+los mejores deseos.
+
+--Nos hace falta un cuarto--dijo apretando con efusión la mano del
+conde.
+
+--Sí, sí, a ver si cambia la suerte... Moro nos está llevando el dinero
+bravamente--dijo un viejecito de cara redonda, fresca, rasurada, el pelo
+blanco y los ojos claros y tiernos. Tenía marcado acento gallego. Se
+llamaba Saleta y era magistrado de la audiencia y tertulio asiduo de la
+casa de Quiñones.
+
+--¡No tanto, Sr. Saleta, no tanto! Sólo gano doscientos tantos. Faltan
+trescientos para desquitarme de lo que he perdido ayer--manifestó el
+aludido, que era un joven de fisonomía abierta y simpática.
+
+--¿Y por qué no han llamado ustedes a Manín?--preguntó el conde
+dirigiendo una mirada risueña al célebre mayordomo, que, con su calzón
+corto, zapatos claveteados y chaqueta de bayeta verde, dormitaba en una
+butaca.
+
+Las miradas de los tres se volvieron hacia él.
+
+--Porque Manín es un bruto que no sabe jugar más que a la _brisca_--dijo
+D. Pedro riendo.
+
+--Y al _tute_--manifestó el gañán, desperezándose groseramente, abriendo
+una boca de a cuarta.
+
+--Bueno, y al tute.
+
+--Y al _monte_.
+
+--Bien, hombre, y al monte también.
+
+Y se pusieron a jugar sin hacer más caso de él.
+
+Pero al cabo de un momento volvió a decir:
+
+--Y al _parar_.
+
+--¿Al parar también?--preguntó en tono de burla el conde de Onís.
+
+--Sí, señor, y a las _siete y media_.
+
+--¡Vaya! ¡vaya!--exclamó aquél distraídamente, abriendo el abanico de
+cartas y examinándolo atentamente.
+
+Y siguieron jugando con empeño, absortos y silenciosos. El mayordomo les
+interrumpió de nuevo, diciendo:
+
+--Y al _julepe_.
+
+--¡Bueno, Manín, cállate!... No seas majadero--exclamó ásperamente D.
+Pedro.
+
+--¡Manjadero! ¡manjadero!--masculló el aldeano con mal humor.--Otros hay
+tan manjaderos; pero como tienen dinero no hay quien se lo llame.
+
+Y dejó caer de nuevo sus formidables espaldas en el sillón, estiró las
+patas y cerró los ojos para roncar.
+
+Los jugadores levantaron la vista hacia don Pedro con sorpresa e
+inquietud. Este la clavó colérica en su mayordomo; pero, al verle en
+aquella tan sosegada postura, cambió repentinamente, y alzando los
+hombros y convirtiendo de nuevo los ojos a las cartas, exclamó con
+sonrisa, alegre:
+
+--¡Qué bárbaro! ¡Es un verdadero suevo!
+
+--¡Alto, Sr. Quiñones, alto!--dijo Saleta.--Los suevos han acampado
+solamente en Galicia. Ustedes no son más que cántabros... Precisamente
+yo debo saber bien eso...
+
+--¡Claro! ¡Uzté ze lo zabe too!--manifestó un caballero no tan viejo, si
+bien pasaría de los cincuenta, que entraba a la sazón. D. Enrique
+Valero, magistrado de la Audiencia también, hombre de agradable porte,
+de rostro fino y expresivo, aunque extremadamente marchito por la vida
+alegre que había llevado. Como lo denunciaba su acento, de lo más
+cerrado y ceceoso que puede oírse, era andaluz y de la provincia de
+Málaga.
+
+--No lo sé todo, amigo Valero--repuso con calma Saleta;--pero conozco
+perfectamente la historia de mi país y las particularidades referentes a
+mi familia.
+
+--¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo de lo zuevo, compañero?
+
+--Porque mi familia desciende de uno de los caudillos más principales
+que penetraron en la provincia de Pontevedra cuando la irrupción, según
+consta de varios documentos que se conservan en el archivo de mi casa.
+
+Los jugadores cambiaron una risueña mirada de inteligencia con Valero.
+
+--¡Ajá!--exclamó éste entre alegre e irritado.--Ahora rezulta que el
+amigo Zaleta ez un zuevo como una catedral.--¡Quién lo había de penzá,
+tan rebajuelo y tan chiquitín!
+
+--Sí, señor--prosiguió el otro, como si no hubiera oído, hablando con
+lentitud y firmeza.--El caudillo que dio origen a nuestra familia se
+llamaba Rechila. Era hombre al parecer feroz y sanguinario. Gran
+conquistador; extendió sus dominios muchísimo, y hasta me parece que
+llegó en sus correrías hasta Extremadura. Un día, siendo yo niño, se
+encontró su corona enterrada entre los cimientos de la antigua capilla
+de nuestra casa...
+
+--¡Pero, hombre! ¡pero, hombre!--exclamó Valero mirándole fijamente con
+una cómica indignación que hizo soltar la carcajada a los demás.
+
+Saleta prosiguió imperturbable describiendo el hallazgo, la forma, el
+peso, cada uno de los adornos; no se le olvidó un pormenor.
+
+Y Valero mientras tanto no apartaba de él la mirada, sacudiendo la
+cabeza con creciente irritación.
+
+Todas las noches pasaba lo mismo. El descarado mentir de su colega
+provocaba en el magistrado andaluz una indignación a veces fingida,
+otras real, que siempre alegraba a la compañía. Era tan insólito que un
+gallego se atreviese a bravear de exagerado y embustero delante de un
+andaluz, que éste, herido en su amor propio y en los fueros de su país,
+llegaba en ocasiones a enfadarse, dudando si Saleta era un tonto o por
+tales tenía a los que le escuchaban. En realidad el magistrado de
+Pontevedra mentía con tan poca gracia y al mismo tiempo con tal firmeza,
+que era cosa de pensar si sería un pícaro redomado que se gozaba en
+impacientar a sus amigos.
+
+--¿Ha dicho uzté que eze antepazao zuyo ha llegao a
+Eztremadura?--preguntó al fin Valero en tono decidido.
+
+--Sí, señor.
+
+--Pue me parece, compare, que eztá uzté equivocao, porque eze zeñó
+Renchila...
+
+--Rechila.
+
+--Bueno, eze Rechila ha ido máz allá, ha corrío hazta la provincia de
+Málaga; pero allí le zalío al encuentro una partía de vándalos de la
+cual era jefe uno de miz azcendiente, que ze llamaba zi mal no
+recuerdo... ezpere un poco... ze llamaba Matalaoza. Pue bien, ezte
+Matalaoza, que era un tío mu bragao y mu soso, le derrotó completamente,
+le hizo prizionero y le tuvo tirando de una noria hazta que ze murió.
+Todavía ze conzervan en lo zótano de caza alguno peazo de la maquinita.
+
+D. Pedro, Jaime Moro y el conde de Onís habían suspendido el juego y
+reían sin rebozo alguno.
+
+--No puede ser. Rechila no ha pasado de Mérida, que ha conquistado
+después de un corto asedio--manifestó Saleta sin turbarse poco ni mucho.
+
+--Dispenze uzté, amigo; en el archivo de mi caza hay documentoz que
+acreditan que el zeñó Renchila ha entrao una mijita por la provincia e
+Málaga, y que el zeñó Matalaoza, mi abuelo, por la línea de madre, ni pa
+Dioz quizo deharle seguí ma adelante.
+
+--Permítame usted, amigo Valero; me parece que está usted en un error.
+Ese Rechila debe de ser otro. Entre los suevos ha habido varios
+Rechilas...
+
+--No zeñó, no... El Rechila que ha derrotao mi abuelo era el antepazao
+de uzté... Eztoy zeguro... De la provincia de Pontevedra... Ze le
+conocía enzeguidita por el acento.
+
+Y afectaba gran seriedad al proferir estas frases. La alegría de los
+jugadores era cada vez mayor. Saleta, acostumbrado a las burlas de su
+colega, no se amoscaba ni perdía un punto de su irritante flema. La
+desvergüenza de este hombre para mentir y sostener luego sus mentiras
+era inaudita.
+
+Cuando vio la inutilidad de seguir disputando, atendió nuevamente al
+juego. Los demás hicieron lo mismo, aunque de vez en cuando se les
+escapaba por la nariz el flujo de la risa.
+
+Jaime Moro seguía ganando. Y se mostraba alegre y charlatán, comentando
+cada una de las jugadas con prolijidad. Era un guapo joven de barba
+negra recortada, facciones correctas, ojos rasgados sin expresión y tez
+suave y sonrosada. Su padre, administrador diocesano que había sido en
+aquella provincia, se murió el año anterior, dejándole una regular
+hacienda, setenta u ochenta mil duros, según los bien enterados. Este
+capital en Lancia le hacía un verdadero potentado. No hay para qué decir
+que fue el blanco de todos los tiros de las niñas casaderas, su ideal,
+su sueño dorado. Moro parecía poco inclinado al sexo femenino. Amaba
+infinitamente más a Mercurio que a Venus. Su afición al juego, a toda
+clase de juegos, era tan desmedida que bien podía decirse que su vida
+entera estaba consagrada a ella, que había nacido para jugar. Vivía
+solo, con ama de llaves, criado y cocinera. Levantábase de diez a once
+de la mañana, y después de acicalarse se iba a la confitería de D.ª
+Romana, donde hallaba sabrosa compañía que le enteraba de todos los
+cuentos que corrían por la población. Así que echaba a un lado esta
+tarea metíase en la trastienda oscura, grasienta, pringosa, con un olor
+a hojaldre que derribaba, y sentándose a una mesa que correspondía en
+un todo al decorado del recinto, se ponía a jugar la copa de Jerez y los
+pasteles al dominó con su íntimo amigo D. Baltasar Reinoso, uno de los
+muchos propietarios de cuatro o cinco mil pesetas de renta que residían
+en Lancia. A las dos a comer. A las tres al Círculo Mercantil a comenzar
+con tres de los indianos, que formaban el núcleo de aquella sociedad de
+recreo, el clásico chapó, que se prolongaba ordinariamente hasta las
+cinco. Y vamos corriendo a casa del muy ilustre señor deán de la
+catedral basílica, donde nos espera este señor en compañía del
+maestrescuela y del cura de San Rafael para ventilar el tresillo
+cotidiano. Cuando el chapó se prolongaba algo más de lo acostumbrado,
+solía venir un monaguillo al Círculo para avisarle de que sus compañeros
+estaban reunidos. Y entonces Moro se apresuraba a dar los tres o cuatro
+tacazos definitivos, y entre uno y otro se hacía poner el abrigo por el
+mozo para no perder tiempo, y pagando o cobrando con mano nerviosa el
+saldo de su cuenta, corría desalado con la lengua fuera hasta casa del
+deán. El tresillo de éste duraba hasta las ocho. A casa a cenar. A las
+nueve, escapado a la de D. Pedro Quiñones, a empalmarlo. Otras noches a
+la de D. Juan Estrada-Rosa a lo mismo. A las doce al Casino, donde se
+reunían unos cuantos trasnochadores y jugaban al monte o la lotería un
+rato. Por último, a las dos o las tres de la madrugada Jaime Moro caía
+en su lecho rendido de tan laboriosísima jornada, para comenzar al día
+siguiente otra enteramente igual.
+
+Ni se piense que era un joven codicioso. Nada de eso. Su liberalidad era
+conocida y loada por toda la ciudad. No le arrastraba a jugar el ansia
+del dinero, sino una decidida y desinteresada vocación que se había
+sobrepuesto en él a todas las demás aficiones. Era el suyo un
+temperamento excesivamente activo, sin inteligencia ni voluntad para
+darle un fin serio y útil. En sus cortos momentos de ocio aparecía como
+hombre sosegado, indiferente, linfático; pero así que tenía las cartas
+en la mano, o el taco, o las fichas del dominó, adquiría su figura brío
+inusitado, el rostro se le mudaba, las manos se estremecían como potros
+refrenados, los ojos expresaban la energía recóndita de su alma.
+Inspiraba generales simpatías en la población y las cercanías. No había
+hombre más dulce, más inofensivo en su trato. Jamás se le oyó hablar mal
+de nadie. Los que ven siempre la parte negra de las cosas de este mundo
+y el lado flaco de los caracteres, que van siendo cada vez más, por
+desgracia, sostenían que si no murmuraba era porque no sabía, que era
+tan bueno porque no podía ser otra cosa. ¡Como si no hubiera necios
+perversos! Un defecto tenía Moro, hijo de su misma afición. Se
+consideraba insuperable en todos los juegos a que se dedicaba. No se le
+podía negar gran maestría en ellos; pero de aquí a no tener rival hay
+mucha distancia, y Moro la salvaba. De esto procedían los prolijos,
+eternos comentarios con que sazonaba cada jugada, y que ya habían
+llegado a ser proverbiales en Lancia. Daba un tacazo en el billar. Las
+bolas no rodaban como se había propuesto. Se llevaba la mano a la cabeza
+con desesperación.
+
+--¡Un poquito menos de bola, y la mía hubiera entrado por los palos!...
+Pero me veía obligado a tomar mucha bola, para que el mingo bajase;
+porque si no baja el mingo, ¿sabe usted? él me hace villa y se mete en
+casa... ¡Y a mí no me conviene eso!
+
+Si los circunstantes asentían, aunque perdiese todas las mesas no le
+importaba nada. Salvada su honra profesional, el dinero era lo de menos.
+Vuelta a dar otro tacazo, y vuelta a comentarlo. No cesaba de hablar.
+Pues otro tanto pasaba en el tresillo; pero, al revés de lo que suele
+acaecer en este juego, se abstenía de reprender a sus compañeros y de
+mostrarse enojado. Hablaba, sí, y mucho; pero siempre para aclarar o
+glosar cualquier jugada, repitiendo infinitamente los conceptos en tono
+elocuente y persuasivo, que hacía sonreír a los mirones. «Si no me
+hubiera fallado el rey... Si hubiera tenido un triunfito más... No me
+atreví a dar la bola porque me figuré que D. Pedro... ¿Por qué este tres
+de copas no había de ser de oros?... Con dos estuches siempre ha tirado
+una vuelta este cura.» Era un compañero ruidoso, pero muy fino y muy
+desinteresado.
+
+--Oiga uzté, ¿no va uzté a jugar?--le dijo Valero, metiendo la cabeza
+por entre los jugadores y examinándole las cartas.
+
+--¿Cree usted que se puede?--preguntó Moro vacilante.
+
+--A mí me parece que zí.
+
+--Hay poco de esto y demasiado de esto otro--repuso, señalando
+discretamente con el dedo los naipes.
+
+--Zin embargo, zin embargo... yo creo...
+
+--Bueno, bueno, jugaremos--replicó Moro con su finura acostumbrada.
+
+Aquel juego se perdió. Moro dirigió una mirada a sus compañeros y alzó
+los hombros con resignación. En cuanto Valero se apartó un poco,
+apresurose a decir por lo bajo:
+
+--No quise contrariar a D. Enrique; pero aquel juego no se podía ganar.
+
+Vindicada con estas palabras su fama, quedó tan alegre como si les
+hubiera dado una bola.
+
+El conde de Onís, que en un principio se había mostrado jaranero, fue
+quedando poco a poco pensativo y amurriado. Jugaba sin atención alguna;
+de tal modo que sus compañeros le llamaron al orden más de una vez.
+
+--Pero, conde, ¿qué es lo que tiene usted hoy? Le veo muy
+preocupado--dijo al fin D. Pedro.
+
+--En efecto, ze noz ha puezto uzté mu triztón--corroboró Valero.
+
+Viéndose interpelado de este modo brusco, se turbó como si temiera que
+el casco de su cerebro fuese trasparente y leyesen dentro.
+
+--No tiene nada de particular... Me siento bastante molesto de las
+muelas--respondió, apelando a un inocentísimo recurso.
+
+--Mala enfermedá e, compañero--dijo Valero.
+
+Y todos le compadecieron y se informaron con interés de las
+particularidades de la dolencia.
+
+El conde se veía apurado y contestaba vagamente a las preguntas.
+
+--Pues contra ese mal, señor conde--apuntó Saleta,--no hay mejor
+medicina que el hierro. Verá usted... Yo he padecido muchísimo de las
+muelas siendo estudiante. No me atrevía a sacar ninguna; pero la patrona
+que tenía en Santiago me convenció de que, atando un bramante a la muela
+y sujetándolo por el otro cabo al techo, poco a poco iba saliendo sin
+dolor. Me senté en una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muela estaba
+bien amarrada, la huéspeda tira de la silla y me deja colgando. ¡Claro,
+no tenía más remedio que saltar!...
+
+Valero comenzó a sacudir la cabeza de un modo desesperado. Los demás le
+miran y sonríen. Saleta no lo advierte, o finge no advertirlo, y
+continúa con la palabra firme y sosegada y el acento gallego que le
+caracterizaban:
+
+--Después perdí enteramente el miedo. En la Coruña me sacó un dentista
+cinco seguidas. Siendo juez en Allariz, tuve un fuerte dolor, y como no
+había dentista, el promotor me sacó tres con unas tenacillas de rizar el
+pelo su señora. De resultas de eso me atacó una inflamación terrible en
+la boca, ¿sabe usted? Fui a Madrid, y Ludovisi, el dentista de la reina,
+me quemó las encías con un hierro candente y me sacó siete buenas...
+
+--Van quince--murmuró Valero.
+
+--Y me quedé perfectamente, hasta que hace cuatro años, en un
+pueblecillo de la provincia de Burgos, estando de temporada en casa de
+un amigo, me volvió el dolor, ¡qué dolor! No había ni médico, ni
+cirujano, ni nada. Pero llegó casualmente por allí un charlatán que
+sacaba las muelas montado a caballo. Me vi tan apurado, que no tuve más
+remedio que apelar a él; me sacó dos con el rabo de una cuchara.
+
+--¡Compañero, qué rozario!--exclamó Valero en el colmo de la
+indignación.--¿Le quea a uzté todavía algún novenario en la boca?
+
+Con la algazara que se armó despertose Manín, desperezose bárbaramente,
+abrió una bocaza de media vara, dejando escapar un aullido formidable,
+que impresionó al auditorio. Luego volvió el ciclópeo torso de medio
+lado y se dispuso a empalmar el sueño.
+
+--¿A tí no te habrán dolido nunca las muelas, eh, Manín?--preguntó el
+maestrante, que no podía estar un cuarto de hora sin comunicarse con su
+mayordomo.
+
+--¡Quiá!--exclamó el gañán sin abrir los ojos siquiera.
+
+--¡Es una roca!--manifestó el caballero con verdadero entusiasmo.
+
+Pero Manín se incorporó un poco en la butaca y dijo restregándose los
+ojos con los puños:
+
+--Nunca tuve más que un dolor en la paletilla. Me dio cargando un carro
+de hierba y me duró más de un mes. No probaba bocado. Parecía que tenía
+allá dentro una gafura que me iba royendo el cuajo. Se me quebraban las
+costillas, se me hundían los costados, me tiraba a las paredes, daba
+corcovos y regañaba los dientes como un basilisco. Estaba tan amarillo
+como la paja segada. Un día me dijo el señor cura:--Manín, tú careces
+del pecho.--¡Yo carecer del pecho, señor cura! ¡No me conoce usted bien!
+Apalpe aquí por su vida; más recia tengo la entraña de lo que usted
+piensa.--Pues no hay más remedió, Manín, tienes que llamar al
+mélico.--Que no, señor cura, que no quiero yerbatos ni cataplasmas.--Que
+sí, Manín, si no lo llamas tú lo llamo yo.--En fin, después de mucho
+gravitar, aunque yo tiraba siempre pa atrás, allá vino don Rafael, el
+mélico de las minas. Me mandó quitar hasta la camisa y me tumbó de
+espaldas sobre la masera. Enseguida comienza a darme unos golpecicos en
+el pecho con los nudillos, como quien llama a la puerta. Pega aquí, pega
+allá, y ascucha que ascucharás con la oreja arrimada a la carne. ¡Na! Yo
+decía:--¡Gravita, gravita, probiquín! ¡Busca el puzcalabre! Más de media
+hora llamando con los nudillos y ascuchando. Hasta que al fin se cansó
+de no oír na que le emportase...--¡Ay, amigo del alma!--me dijo
+santiguándose,--tienes un pecho ¡líquido! ¡líquido! que en mi vida he
+visto otro igual...--Eso ya lo sabía yo, D. Rafael...
+
+Al llegar aquí se detuvo repentinamente, y paseando una torva mirada por
+el auditorio, masculló sin que le oyesen:
+
+--¿De qué se reirán estos burros?
+
+Y dejando caer de nuevo la cabeza poblada de greñas sobre la butaca,
+cerró los ojos con soberano desprecio.
+
+Los tertulios del maestrante volvieron su atención al juego, sin dejar
+de reír. Pero el conde quedó muy pronto pensativo y distraído otra vez.
+Al cabo, no pudiendo reprimir el desasosiego de sus nervios, levantose
+de la silla.
+
+--Vamos, D. Enrique, ocupe usted mi puesto. Este dolor me molesta mucho
+y necesito moverme.
+
+
+
+
+II
+
+El hallazgo.
+
+
+Cuando el conde puso de nuevo el pie en la sala, justamente se disponían
+los pollos a bailar un rigodón. Una de las chicas del _Jubilado_ estaba
+ya delante del piano. D. Cristóbal Mateo, a quien apodaban de este modo
+en el pueblo, era un antiguo empleado que había servido muchos años en
+Filipinas, y que estaba jubilado hacía ya algunos, con treinta mil
+reales. Tenía porte militar, una figura realmente marcial con sus
+bigotazos blancos, ojos saltones, cejas espesas y velludas manos. Sin
+embargo, en todos los dominios españoles no existía hombre más civil.
+Había hecho su carrera en las oficinas de Hacienda, y toda la vida había
+profesado ideas contrarias al predominio de la milicia. Sostuvo siempre
+que las sanguijuelas del Estado no eran ellos, los empleados, sino el
+ejército y la marina. Para demostrarlo aducía datos, exhibía notas
+sacadas del presupuesto, se perdía en divagaciones burocráticas. Decía
+que el presupuesto de guerra «era la sangría suelta por donde se
+escapaban las fuerzas vivas de la nación,» frasecilla que había leído en
+el _Boletín de Contribuciones Indirectas_, y que había hecho suya con
+extremada fruición. Llamaba vagos a los soldados y profesaba rencor
+inextinguible a los galones y charreteras. Cuando el ayuntamiento de
+Lancia trató de pedir al Gobierno que enviase un regimiento para
+guarnecer la ciudad, se opuso, como concejal, tenaz y enérgicamente a
+ello. ¿A qué traer una caterva de zánganos? En cambio de los beneficios
+que la estancia del regimiento podría reportar, ¡eran tantos los daños!
+El mercado se encarecería: los jefes y oficiales gustaban de tratarse
+bien y llevarse a casa los alimentos más caros (¡para el trabajo que les
+costaba ganarlo!). Luego eran todos jugadores y su mal ejemplo
+contagiaría a los jóvenes de la población, que fuera de la época de
+ferias, se abstenían de los juegos prohibidos. Como estaban siempre
+ociosos (D. Cristóbal creía firmemente que un militar no tiene
+absolutamente nada que hacer), por fuerza habían de pensar en picardías
+y ruindades. En resumen, que el regimiento sería causa de perturbación
+en el pueblo y un elemento corruptor. Prevaleció su deseo, aunque no por
+serlo de él, sino porque al ministro de la Guerra no le plugó mandar
+soldados a Lancia, considerando quizá la condición mansa de sus
+habitantes.
+
+Con los treinta mil reales de pensión viviría desahogadamente en un
+pueblo barato como aquél, si no fuese porque sus hijas estaban dotadas
+de cierta fantasía poética que las impulsaba a preferir los sombreros de
+Madrid a los que hacía Rita, la sombrerera de la calle de San Joaquín, y
+los guantes de ocho botones a los de cuatro. Tal privilegiado
+temperamento era causa de frecuentes crisis en el hogar del Jubilado,
+con su cortejo de lágrimas, violentos portazos, repentina desgana de
+comer, etc. En estos terribles conflictos, hay que confesar que D.
+Cristóbal no siempre se mantenía a la altura de energía y coraje que
+denotaban sus bigotes y sus cejas enmarañadas. Verdad que siempre
+quedaba solo en la pelea. Ni por casualidad se dio el caso de que alguna
+de sus hijas le apoyase. Tratándose de asuntos ajenos a la dirección
+rentística de la casa, muchas veces se partían las opiniones; algunas
+hijas se ponían de parte de papá contra sus hermanas. Mas en cuanto
+asomaba el problema económico, constantemente se veía al Jubilado de un
+lado y a las cuatro hijas de otro. D. Cristóbal, como caudillo
+experimentado, apelaba en estas refriegas a mil ardides para derrotar a
+sus contrarios, o para capitular en buenas condiciones. Un día amanecían
+las chicas inspiradas, y pedían botinas de tafilete semejantes a las que
+habían visto a tal o cual muchacha de la ciudad, generalmente a Fernanda
+Estrada-Rosa. D. Cristóbal se replegaba inmediatamente en sí mismo. Se
+replegaba y meditaba. Por la noche, a la hora de cenar, deslizaba en la
+conversación la noticia de que había estado en _La Innovadora_
+(zapatería de lujo). Le habían dicho que las botas de tafilete daban muy
+mal resultado en Lancia, a causa de la humedad. Por otra parte, D.
+Nicanor (médico de la ciudad), que por casualidad estaba allí, había
+manifestado que el tafilete era funesto en climas tan fríos y lluviosos,
+y que por los pies se pillaban muchísimas veces los catarros que más
+tarde degeneraban en tisis galopantes, etc. Antes, mucho antes de que
+Mateo terminase su diatriba contra el tafilete, se la destripaban sus
+cuatro pimpollos con risas irónicas y pesadísimas palabras que dejaban
+confundido y triste al pobre viejo. En otras ocasiones, la imaginación
+acalorada de las niñas exigía que vinieran de Madrid unos abrigos muy
+lindos, de los cuales les había dado noticia Amalia: D. Cristóbal
+resistía algún tiempo los asaltos, pero viéndose muy apretado,
+capitulaba al fin. Su mente, fecunda en trazas, como la de Ulises, le
+sugería una magnífica para ahorrarse la mitad del dinero por lo menos.
+Se fue a Amalia y le rogó que le diese su abrigo por dos o tres días, a
+fin de que una de las modistas del pueblo le hiciese otros cuatro
+iguales. Exigiole, por supuesto, absoluto secreto, y la señora de
+Quiñones supo guardarlo. Pero ¡ay! no lo guardaron los fementidos
+abrigos, que al llegar muy empaquetaditos de la silla de posta, y al
+ofrecerse a las miradas ansiosas y zahoríes de sus cuatro dueños, lo
+pregonaron muy alto, por lo pobre de la ornamentación y lo chapucero del
+cosido.
+
+--Estos abrigos no están hechos en Madrid--dijo resueltamente Micaela,
+que era la más nerviosa de las cuatro.
+
+--¡Hija, no desbarres, por Dios! Pues ¿dónde habían de estar?--exclama
+D. Cristóbal con afectada sorpresa, sintiendo cierto calorcillo en las
+mejillas.
+
+--No sé; pero desde luego se puede asegurar que no los han hecho en
+Madrid.
+
+Y las cuatro ninfas comienzan a dar vueltas entre sus ebúrneos dedos a
+los abrigos, los estudian, los analizan con atento cuidado que pone en
+suspensión y espanto a su progenitor. Se dirigen miradas significativas,
+sonríen con desprecio, se hablan al oído. Mientras tanto, los feroces
+bigotes del jubilado de Ultramar se erizan, se estremecen con leve
+temblor que se comunica a sus labios y de ahí al resto del organismo.
+
+Por fin, aquellas elegantes criaturas sueltan las prendas con descuido
+escarnecedor sobre las sillas de la sala y corren a encerrarse en el
+gabinete de Jovita. Cerca de media hora estuvieron deliberando
+secretamente. D. Cristóbal aguardaba inquieto y ojeroso, paseando con
+agitación por el corredor como un procesado que espera el veredicto del
+jurado.
+
+Ábrese finalmente la puerta, y el criminal escruta con ansia el
+semblante de los jueces. Éstos guardan actitud reservada, y por sus
+labios descoloridos vaga una sonrisa enigmática. Dos de ellas se ponen
+inmediatamente la mantilla y los guantes y se lanzan a la calle. Al cabo
+de un rato tornan al hogar trémulas, con la faz descompuesta y los ojos
+centellantes. La pluma se resiste a narrar la cruel escena que se
+produjo en la dulce morada del Jubilado. ¡Cuánto grito rabioso! ¡cuánto
+sarcasmo! ¡cuánta carcajada histérica! ¡qué manoteo! ¡qué crujir de
+sillas! ¡qué exclamaciones tan lamentables! Y enmedio de aquel
+espantoso desorden, de aquel fragor, capaz de infundir pavura en el
+corazón más sereno, los cuatro abrigos, causa de tal carnicería,
+desgarrados, convertidos en miserables jirones, arrastrándose con
+ignominia por el suelo en pago de su delito.
+
+Fuera de estos sacudimientos periódicos con que la sabia naturaleza
+vigorizaba los nervios un poco enervados ya del Jubilado, la existencia
+de éste se deslizaba pacífica y suave. Ni le faltaban tampoco muchos y
+esmerados cuidados. Sus hijas se ocupaban a porfía en ponerle todo lo
+necesario a punto y en su sitio: la ropa acepillada; las camisas y los
+calzoncillos oliendo a frescura; las corbatas, hechas de vestidos
+viejos, tan flamantes como si saliesen de la guantería; las zapatillas
+en cuanto entraba en casa; el agua para lavarse los pies, los sábados;
+el cigarro al acostarse; el vaso de agua con limón a la madrugada, etc.,
+etc. Todo marchaba con la regularidad dulce y mecánica que tanto placer
+causa a los viejos. Verdad que entre cuatro bien podían hacerlo sin
+molestarse mucho, sobre todo teniendo presente que las niñas no siempre
+estaban inspiradas. Sólo a la vista de un sombrero caprichoso, o al
+recibir la noticia de la llegada de una compañía dramática, o al
+anunciarse que el Casino daría una reunión de confianza, ardía súbito en
+sus corazones el fuego sagrado de la inspiración, despertábanse sus
+poderosas facultades poéticas, y en arrebatado vuelo salían de casa y se
+lanzaban a la de la modista, a la guantería, a la perfumería, dejando en
+todos los parajes señales de su agitación y alguna parte del peculio
+profecticio. No aliándose bien los arrebatos de la fantasía con la prosa
+de los pormenores de la existencia, éstos sufrían alguna alteración. D.
+Cristóbal en aquellos periodos de crisis echaba menos, con pesadumbre,
+algunos retoques. Mas al poco tiempo sosegaban los espasmos de las
+pitonisas y las cosas volvían a su ser y la vida seguía el mismo curso
+ordenado y tranquilo. El nombre de aquéllas, por orden de edades, era el
+siguiente: Jovita, Micaela, Socorro y Emilita. Eran las cuatro, en
+apariencia, seres insignificantes, ni hermosas ni feas, ni graciosas ni
+desgraciadas, ni muy jóvenes ni viejas, ni tristes ni risueñas. Nada
+había en ellas que fijase la atención. No obstante, en el seno del hogar
+el carácter de cada cual se pronunciaba y adquiría relieve. Jovita era
+sentimental y reservada; Micaela tenía el genio violento; Socorro era la
+más pava, y Emilita la más pizpireta.
+
+Las dos intensas preocupaciones que llenaban la vida espiritual de D.
+Cristóbal Mateo eran la reducción del contingente del ejército y el
+casar a sus cuatro hijas, o por lo menos a dos. Lo primero llevaba buen
+camino: de algún tiempo atrás venían los políticos más conspicuos
+inclinándose a esa opinión. En cuanto a lo segundo, nos duele confesar
+que no tenía verosimilitud de ninguna clase. Ni por sacrificar otras
+comodidades a los trapos, ni por exhibirse sin medida al balcón y en los
+paseos, ni por asistir a los saraos de Quiñones con una constancia digna
+de ser premiada, pudieron lograr hasta la hora presente los dones
+preciados de Himeneo. Cuando algún imprudente tocaba este asunto en
+visita, todas ellas decían que mientras viviese su padre les costaría
+mucha pena el casarse; que les parecía cruel abandonar a un pobre
+anciano que tanto las quería y tanto se sacrificaba por ellas, etc...
+Aquí venía un elogio caluroso de las dotes espirituales de D. Cristóbal.
+Pero éste se encargaba inocentemente de desmentirlas, mostrando tales
+ganas de verse abandonado, un deseo tan vivo de experimentar aquella
+crueldad, que ya era proverbial en Lancia. Como si no bastasen ellas
+solas a ponerse en ridículo, el pobre Mateo las ayudaba eficazmente,
+metiéndoselas por los ojos a todos los jóvenes casaderos de la ciudad.
+
+Las ponderaciones que el buen padre hacía del carácter, de la habilidad,
+de la economía y buen gobierno de sus hijas no tenían fin. Así que
+llegaba un forastero a Lancia, D. Cristóbal no sosegaba hasta trabar
+conocimiento con él, y acto continuo le invitaba a tomar café en su casa
+y le llevaba al teatro a su palco y a merendar al campo y le acompañaba
+a ver las reliquias de la catedral y la torre y el gabinete de historia
+natural; todas las curiosidades, en fin, que encerraba la población. El
+público asistía sonriente, con mirada socarrona a aquel ojeo, que ya se
+había repetido porción de veces sin resultado. La única que logró tener
+novio durante tres o cuatro años fue Jovita. Por eso fue también la que
+se despeñó de más alto. El galán era un estudiante forastero que la
+festejó mientras seguía los últimos cursos de la carrera. Terminada
+ésta, partió a su pueblo y, olvidándose de sus promesas de matrimonio,
+lo contrajo con una paleta rica. Las demás no habían alcanzado este
+grado excelso de la jerarquía amorosa. Inclinaciones vagas, devaneos de
+quince días, algún oseo por la calle; nada entre dos platos. Poco a poco
+se iba apoderando de ellas el frío desengaño. Aunque no hubiesen perdido
+la esperanza, estaban fatigadas. Aquel pensamiento fijo, único, que las
+embargaba hacía ya tanto tiempo, iba convirtiéndose en un clavo doloroso
+en la frente. Pero D. Cristóbal ni se rendía ni se le pasaba por la
+imaginación el capitular. Creía siempre a pie juntillas en el marido de
+sus hijas, y lo anunciaba con la misma seguridad que los profetas del
+Antiguo Testamento la venida del Mesías.
+
+--En cuanto se casen mis hijas, en vez de pasar el verano en Sarrió,
+donde se guardan las mismas etiquetas que en Lancia, me iré a Rodillero
+a respirar aire fresco y a pescar robalizas.--Atiende, Micaela, no seas
+tan viva, mujer... Comprende que a tu marido no le han de gustar esas
+genialidades; querrá que le contestes con razones...
+
+--Mi marido se contentará con lo que le den--respondía la nerviosa niña
+haciendo un gracioso mohín de desdén.
+
+--¿Y si se enfada?--preguntaba en tono malicioso Emilita.
+
+--Tendrá dos trabajos: uno el de enfadarse y otro el de desenfadarse.
+
+--¿Y si te anda con el bulto?
+
+--¡Se guardará muy bien! ¡Sería capaz de envenenarlo!
+
+--¡Jesús, qué horror!--exclamaban riendo las tres nereidas.
+
+Aquel marido hipotético, aquel ser abstracto salía a cada momento en la
+conversación con la misma realidad que si fuera de carne y hueso y
+estuviera en la habitación contigua.
+
+La que comenzaba ahora a teclear en el piano era Emilita, las más
+musical de las cuatro hermanas. Las otras tres estaban ya en pie,
+cogidas a la manga de la levita de otros tantos jóvenes; como si
+dijéramos, en la brecha.
+
+El conde tropezó a los pocos pasos con Fernanda Estrada-Rosa que venía
+de bracero con una amiga. Por lo visto no había querido bailar. Era la
+joven que hacía más viso en la ciudad por su belleza y elegancia y por
+su dote. Hija única de D. Juan Estrada-Rosa, el más rico banquero y
+negociante de la provincia. Alta, metida en carnes, morena oscura,
+facciones correctas y enérgicas, ojos grandes, negrísimos, de mirar
+desdeñoso, imponente; gallarda figura realzada por un atavío lujoso y
+elegante que era el asombro y la envidia de las niñas de la población.
+No parecía indígena, sino dama trasportada de los salones aristocráticos
+de la corte.
+
+--¡Qué elegantísima Fernanda!--exclamó el conde en voz baja,
+inclinándose con afectación.
+
+La bella apenas se dignó sonreír, extendiendo un poco el labio inferior
+con leve mueca de desdén.
+
+--¿Cómo te va, Luis?--dijo alargándole la mano con marcada displicencia.
+
+--No tan bien como a tí... pero, en fin, voy pasando.
+
+--¿Nada más que pasando?... Lo siento. A mí me va perfectísimamente; no
+te has equivocado--repuso en el mismo tono displicente, sin mirarle a la
+cara.
+
+--¿Cómo no, siendo en todas partes donde te presentas la estrella Sirio?
+
+--Dispensa, chico, no entiendo de astronomía.
+
+--Sirio es la estrella más brillante del cielo. Eso lo sabe todo el
+mundo.
+
+--Pues yo no lo sabía... ¡Ya ves, como soy una paleta!
+
+--No es cierto; pero está muy bien la modestia, unida a la hermosura y
+al talento.
+
+--No; si ya sé de sobra que no tengo talento. No te mortifiques en
+decírmelo.
+
+--Hija, te acabo de manifestar lo contrario...
+
+En el tono displicente de Fernanda iba entrando un poco de acritud. En
+el del conde, pausado, ceremonioso, se advertía leve matiz de ironía.
+
+--Vamos, entonces te he entendido al revés.
+
+--Algo de eso ha habido siempre.
+
+--¡Caramba, qué galante!--exclamó la joven empalideciendo.
+
+--Siempre que has pensado que pudiera decirte algo desagradable--se
+apresuró a rectificar el conde, advertido por el cambio de fisonomía de
+la idea que cruzaba por su mente.
+
+--Muchas gracias. Estimo tus palabras como se merecen.
+
+--Harías mal en no estimarlas sinceras... Además, no necesito yo decirte
+lo mucho que vales. Eso lo sabe todo el mundo.
+
+--Gracias, gracias. ¿Te has cansado de jugar?
+
+--Me duelen un poco las muelas.
+
+--Sácatelas.
+
+--¿Todas?
+
+--Las que te duelan, hijo. ¡Ave María!
+
+--¡Con qué indiferencia lo dices! ¿A ti no te importaría nada, por
+supuesto?
+
+--Yo siento siempre los males del prójimo.
+
+--¡El prójimo! ¡Qué horror! No tenía noticia de haber llegado ya a la
+categoría de prójimo.
+
+--Qué quieres, chico; los honores vienen cuando menos se piensa.
+
+Apesar de lo impertinente y hasta agresivo del tono, Fernanda no se
+movía del sitio, teniendo siempre cogida del brazo a la amiguita, que no
+desplegaba los labios. Fijándose un poco, se podría observar que la rica
+heredera estaba muy nerviosa. Con el pie daba golpecitos en el suelo,
+apretaba en su mano con vivas contracciones el pañuelo y sus labios
+temblaban de modo casi imperceptible. Alrededor de los hermosos ojos
+árabes se marcaba un círculo más pálido que de costumbre. Aquel pugilato
+la interesaba.
+
+El conde de Onís había sido de sus novios el que más tiempo había
+durado. Al aparecer Fernanda en sociedad, y aun antes, cuando era una
+zagalita que iba con la criada al colegio, produjo su figura, su
+elegancia y sobre todo la amenaza de los seis millones que iban a caer,
+andando el tiempo, en su regazo, una verdadera explosión de entusiasmo.
+No hubo joven más o menos gallardo o acaudalado que por iniciativa
+propia o por las insinuaciones de su familia no se resolviese a pasearle
+la calle, a esperarla a la salida del colegio, a mandarle cartitas y a
+decirle requiebros en el paseo. De Sarrio, de Nieva y de otras
+poblaciones de la provincia acudieron también, con pretexto de las
+ferias, algunos golosos. La niña, ufana con tanto acatamiento,
+embriagada por el incienso, no se daba punto de reposo tomando y
+soltando novios. Era raro el galán que duraba más de un par de meses en
+su gracia. En realidad ninguno estaba en posición de merecerla. En
+Lancia y en el resto de la provincia no había quien tuviera hacienda
+proporcionada a su dote. Si alguno existía, no estaba por su edad
+habilitado para casarse con tan tierno pimpollo. Sería algún indiano
+averiado por los ardores tropicales, o mayorazgo rústico y solitario de
+los que vivían en sus casas solariegas. Sin necesidad de que su padre se
+lo advirtiese, la niña comprendía admirablemente que ninguno le
+convenía; pero gozaba coqueteando con todos, haciéndose adorar de la
+juventud laciense. Entre ésta existía, sin embargo, un mancebo hacia el
+cual ninguna doncella de la ciudad había osado levantar los ojos hasta
+entonces con anhelos matrimoniales. Era el conde de Onís. Por su alta
+jerarquía, más respetada en provincia donde se tributa a la nobleza un
+culto que delata al villano y al siervo bajo la levita del burgués, por
+su cuantiosa renta, por el apartamiento de su vida y hasta por el
+misterio y silencio de su palacio antiquísimo, parecía habitar en
+atmósfera más elevada, al abrigo de las flechas de todas las beldades
+indígenas.
+
+Pues por ello precisamente nació en el pecho de Fernanda un deseo,
+primero vago, después vivo y anhelante, de rendirle. Esto es muy humano
+y sobre todo muy femenino: no necesita explicación. En el fondo de su
+alma, la hija de Estrada-Rosa sentíase inferior al conde de Onís. Sin
+embargo, tanta era la lisonja que había escuchado en poco tiempo, tan
+refulgente el brillo que esparcía sobre su vida el dinero del papá, que
+bien podía aspirar a hacerle su marido. Si no lo pensaba así, al menos
+figuraba pensarlo hablando del conde, por detrás, con cierta
+displicencia y con afectada familiaridad por delante. En Lancia, como en
+todas las capitales pequeñas, los muchachos y muchachas solían tutearse.
+El conocerse desde niños y haber acaso jugado en el paseo juntos lo
+autorizaba. El conde de Onís jamás había cruzado la palabra con
+Fernanda, aunque la tropezase a cada momento en la calle. Sin embargo,
+cuando se encontraron por primera vez en la tertulia de las de Meré, la
+hermosa le soltó un _tu_ redondo y suprimió el título. Luis aquí, Luis
+allá: parecía que iba a comerle el nombre. A éste le sorprendió un poco
+la confianza, sin desagradarle. A nadie le duele oírse tutear por una
+linda damisela. Apesar de la naturaleza concentrada y tímida del conde y
+de su escasa afición a las mujeres, Fernanda se dio maña para hacerle
+pronto su novio o al menos para hacerle pasar por tal a los ojos del
+público. El cual halló tal noviazgo perfectamente justificado. En Lancia
+no había otro marido para Fernanda ni otra mujer para el conde. La
+distancia que los separaba era retrospectiva; estaba en los antepasados.
+La población creía que, en gracia de la belleza, el dinero y la
+brillante educación de la joven, el conde de Onís se hallaba en el caso
+de olvidar los doscientos gañanes que la habían precedido.
+
+Cerca de un año duraron las relaciones. Los novios se veían en la
+tertulia de las señoritas de Meré. D. Juan Estrada-Rosa, al decir de sus
+íntimos, se hallaba muy complacido. Varias veces se había insinuado con
+el conde para que entrase en la casa; pero éste no le había comprendido
+o había fingido no comprenderle. Fernanda se lo propuso con claridad un
+día. Él se evadió como pudo del compromiso. ¿Era timidez? ¿Era orgullo?
+La misma Fernanda no se daba cuenta de ello. Pero esta reserva
+contribuía a encender su afección y anhelo. De pronto, cuando menos se
+pensaba, cuando ya el público comenzaba a preguntarse por qué se
+retrasaba la boda, cortáronse aquellas relaciones. Se cortaron sin
+escándalo, de un modo diplomático y sigiloso, tanto, que hacía ya más de
+un mes que no existían cuando todavía la población no estaba enterada y
+los amigos les seguían embromando. El hecho produjo fuerte sensación; se
+comentó en todas las tertulias hasta lo infinito. Nunca se pudo
+averiguar qué había habido, ni aun a cuál de los dos correspondió la
+iniciativa de esta ruptura. Si se preguntaba al conde, afirmaba
+rotundamente que Fernanda le había dejado; mas ponía demasiado empeño en
+esta afirmación para que no empezara a dudarse de su sinceridad. La
+heredera de Estrada-Rosa, sin manifestar nada en concreto, corroboró las
+palabras de su novio con el tono desabrido que usó hablando de él, lo
+mismo que al dirigirle la palabra. Porque siguieron tratándose, si no
+con tanta frecuencia, con bastante: ambos acudían a la tertulia donde se
+conocieron. Además, Fernanda, poco tiempo después, comenzó a asistir a
+los saraos de los domingos en casa de Quiñones. Pero nunca más
+reanudaron sus rotas relaciones. Los asistentes suspendían la
+respiración y ponían toda su alma en los ojos siempre que, como ahora,
+los antiguos novios se tropezaban y departían un rato. ¿Volverán a las
+andadas? ¿Habrá, por fin, boda? El desengaño venía inmediatamente al
+observar la indiferencia con que se apartaban.
+
+Cuando iba a contestar a las últimas palabras de la orgullosa heredera,
+los ojos del conde, derramando una mirada distraída por el salón,
+tropezaron con otros que se le clavaron lucientes y celosos. Alargó la
+mano a su amiga y con sonrisa forzada dijo:
+
+--¡Qué mal me estás tratando, Fernanda! Como siempre, por supuesto...
+Yo, sin embargo, ya sabes... el mismo devoto idólatra. Hasta ahora.
+
+--Siento que esa devoción no me cause frío ni calor--replicó ella sin
+dar un paso para apartarse.
+
+El conde lo dio alzando los hombros con resignación y diciendo:
+
+--¡Más lo siento yo!
+
+Sorteando las parejas de baile, que ya habían comenzado el rigodón,
+llegó de nuevo adonde estaba el ama de la casa. Al lado de ésta se
+hallaba en aquel instante el famoso Manuel Antonio, uno de los
+personajes más dignos de mención en la época que estamos historiando. Se
+le conocía tanto por el apodo _el marica de Sierra_ como por su nombre.
+
+Esto basta para que sepamos en cierto modo a qué atenernos respecto a
+sus propiedades morales y físicas. Manuel Antonio no era joven. Frisaría
+en los cincuenta años, disimulados con esfuerzo heroico por toda la
+batería de afeites conocidos entonces en Lancia, que no eran muchos ni
+muy refinados. Una peluca bastante rudimentaria, algunos dientes
+postizos mal montados, un poco de negro en las cejas y de carmín en los
+labios, mucho _patchoulí_ y un traje de fantasía apropiado para realzar
+los residuos de su belleza. Ésta había sido espléndida; una rara
+perfección de rostro y de talle. Alto, delgado, esbelto, facciones
+correctas, diminutas, cabellos rubios, finos, cayendo en graciosos
+bucles, mejillas sonrosadas y voz atiplada. De este conjunto primoroso
+quedaba tan sólo una sombra por donde pudiera adivinarse. La enhiesta
+espalda se había abovedado; los hermosos bucles se habían desvanecido
+como un sueño feliz; algunas arrugas indecorosas surcaban aquella tersa
+frente, y la fila de perlas, que ostentaba su boca, se había
+transformado en carrera de huesos amarillos, desvencijados, que el
+tiempo había quintado y el dentista torpemente sustituido. Por último,
+aquel pequeño bigote sedoso había engrosado notablemente, se hizo
+blanco, cerdoso, indómito; no bastaban el tinte y el cosmético a
+mantenerlo presentable. ¡Qué dolor para el hermoso hermafrodita de
+Lancia y también para los amigos que le habían conocido en el esplendor
+de su gracia!
+
+El espíritu permanecía tan juvenil como a los diez y ocho años. Era el
+mismo ser apasionado y tierno, dulce unas veces, iracundo y terrible
+otras, marchando al soplo de sus caprichos, viviendo en lánguida
+ociosidad. Gozaba tanto las delicias del baño, que lo repetía tres y más
+veces, hasta que el agua quedase cristalina como al salir de la fuente;
+amaba las flores, los pájaros; no tenía más placer que consultar con el
+cristal del espejo los adornos que le sentarían mejor. Los trajes, por
+atracción irresistible, siendo masculinos, se acercaban cuanto era
+posible a la forma femenina. En el invierno gastaba talmita corta con
+broche de oro, y un sombrero tirolés de alas reviradas, que le sentaba
+extremadamente bien. En el verano gustaba de vestirse trajes de franela
+blanca bien ceñidos, que denunciasen las graciosas curvas de sus formas.
+Las corbatas eran casi siempre de gasa, los zapatos descotados, el
+cuello de camisa a la marinera. Por debajo del puño se le veía un
+brazalete. Aunque no fuese más que un sencillo aro de oro, este pormenor
+era lo que más llamaba la atención de sus conciudadanos. En cuanto se
+hablaba de Manuel Antonio salía el dichoso brazalete a relucir; como si
+no hubiese nada en su interesante figura más digno de excitar la
+curiosidad.
+
+Pero si los años no habían logrado modificar en el fondo aquel ser
+amable y creado para el amor, habíanle hecho, sin embargo, más cauto,
+más reservado. Ya no mostraba sus preferencias con la ingenuidad de
+otros tiempos, ni daba suelta a los súbitos arranques de su corazón
+inflamable sino después de poner a prueba la lealtad del objeto de su
+ternura. ¡Había padecido tantos desengaños en la vida! Sobre todo, al
+hacerse viejo, no sólo experimentó la frialdad de sus antiguos amigos,
+de aquellos que le habían dado pruebas inequívocas de cariño, sino, lo
+que es aún más triste, encontrose, sin pensarlo, sirviendo de blanco a
+las chufletas e invectivas de los mozalbetes de la nueva generación. Fue
+el hazmerreír de estos procaces jóvenes. Como no habían sido testigos de
+sus triunfos ni conocieron su radiante belleza, estaban lejos de
+profesarle el respeto que, apesar de todo, guardaba hacia él la antigua
+generación. No perdonaban medio de embromarlo, de vejarlo bárbaramente.
+En cuanto se paraba en la calle de Altavilla o entraba en el café de
+Marañón, ya estaba rodeado de una partida de _guasones_. ¡Cristo, las
+frases que allí se oían! Y como villanos que eran, a menudo del juego de
+palabras pasaban al de manos. Esto era lo que en modo alguno podía
+sufrir Manuel Antonio. Que hablasen lo que quisieran. Tenía bastante
+correa, y además un ingenio vivo y sutil que recogía admirablemente el
+ridículo y sabía dar en rostro con él a sus contrarios. La mayor parte
+de las veces los que iban a «tomarle el pelo» salían muy bien
+trasquilados. Los años, la práctica, le habían adiestrado de tal modo en
+el pugilato de frases incisivas que realmente era temible. Tenía la
+intención de un _miura_. Pero así que aquellos desvergonzados pasaban de
+las palabras a las obras tocándole la cara o pellizcándole, ya estaba
+descompuesto, perdía enteramente los estribos y no decía cosa
+intencionada ni siquiera razonable. Superfluo es añadir que,
+conociéndole el flaco, todas las bromas terminaban en esta forma.
+
+Por lo demás, fuera de aquella maligna intención para herir en lo vivo a
+las personas, en lo cual podía competir y aun creemos que aventajaba a
+María Josefa, era un ser útil y servicial. Su malignidad, al cabo de
+todo, era resultado de la que a él se le mostraba. Sus habilidades
+muchas y varias. Trabajaba el punto de crochet que daba gloria. Las
+colchas que él hacía no tenían rival en Lancia. Arreglaba un altar y
+vestía las imágenes mejor que ningún sacristán. Tapizaba muebles, hacía
+flores primorosas de cera, empapelaba habitaciones, bordaba con pelo,
+pintaba platos. Y cuando alguna de sus muchas amigas necesitaba peinarse
+artísticamente para asistir a cualquier baile, Manuel Antonio se
+prestaba galantemente a arreglarle los cabellos, y lo hacía con la misma
+destreza y gusto que el mejor peluquero de Madrid. ¿Pues y cuando
+cualquiera de sus amigos se ponía enfermo? Entonces era de ver el
+interés, la constancia y la suma diligencia de nuestro viejo Narciso. Se
+constituía inmediatamente a la cabecera del lecho, tomaba cuenta de las
+medicinas, arreglábale la cama, poníale los vejigatorios o las ayudas lo
+mismo que el más diestro practicante. Luego, si la enfermedad por
+desgracia presentaba mal carácter, sabía insinuar como nadie la idea de
+confesión; de tal modo que el enfermo, en vez de asustarse, la aceptaba
+como la cosa más natural y corriente. Y en cuanto le veía convencido,
+empezaba a tomar disposiciones para recibir a Su Divina Majestad: la
+dama más avezada a recibir gente principal en sus salones no le sacaría
+ventaja. El altarcito con el paño almidonado atestado de chirimbolos
+relucientes, la escalera adornada con macetas, el suelo alfombrado de
+hojas de rosas, los criados y deudos esperando a la puerta con hachas
+encendidas y enguantados. No se le olvidaba un pormenor. En estos
+momentos críticos el marica de Sierra se crecía, adoptaba el continente
+de un general al frente de sus tropas. Todos le obedecían y secundaban
+acatándole por jefe. Pues si el enfermo se moría, no hay para qué decir
+que su dictadura se hacía aún más omnipotente. Principiando por
+amortajar el cadáver y concluyendo por sacar del juzgado la partida de
+defunción, nada quedaba en las fúnebres ceremonias que él no mangonease.
+
+Y como quiera que las más veces había enfermos que cuidar, o imágenes
+que vestir, o amigas que peinar o flores que contrahacer, Manuel Antonio
+pasaba la vida bastante atareado. En esto y en ir de casa en casa
+tomando y soltando noticias se le deslizaban los días y los años.
+Habitaba con dos hermanas más viejas que él, las cuales le cuidaban y
+mimaban como a un niño. Para estas buenas señoras no existía el tiempo.
+Ni veían las arrugas, ni la peluca, ni los dientes postizos de su
+hermano. Manuel Antonio era siempre un pollito, un petimetre. Sus
+trajes, sus baños, las horas que empleaba en el tocado les hacían
+sonreír con benevolencia. Mientras ellas se quejaban amargamente de los
+estragos que los años iban causando en su figura y su salud, pensaban
+que su hermano había detenido el curso de las horas, había hallado un
+elixir para mantenerse eternamente joven.
+
+Manuel Antonio era metódico en sus visitas. Había unas cuantas casas a
+las cuales asistía diariamente y siempre a la misma hora. A casa de D.
+Juan Estrada-Rosa iba a las tres, a la hora del café; con la condesa de
+Onís tomaba chocolate todas las tardes; por la noche era tertulio asiduo
+de la señora de Quiñones. Había otras familias que visitaba también con
+mucha frecuencia. A casa de María Josefa Hevia y de las de Mateo solía
+ir por la mañana, sin detenerse mucho, dando una vuelta para enterarles
+de lo que se decía o inspeccionar sus labores. Alguna noche iba también
+a casa de las señoritas de Meré.
+
+--¡Aquí tenemos al conde!--exclamó con su peculiar entonación
+afeminada.--¡Ay, qué condecito tan guasón!
+
+--¿Pues?--preguntó éste acercándose.
+
+--Pregúntaselo a Amalia.
+
+La sonrisa que plegaba los labios del noble se desvaneció
+repentinamente.
+
+--¿Cómo?... ¿Qué tiene que ver?...--dijo con mal disimulada turbación.
+
+También Amalia se turbó. Sus pálidas mejillas se colorearon.
+
+--Hemos estado murmurando de tí. ¡Qué traje te hemos cortado, chico!
+
+--Aquí Manuel Antonio--profirió Amalia--decía que era usted el perro del
+hortelano.
+
+--No; tú eras quien lo decías.
+
+Otra de las particularidades de aquél era el tutear a todo el mundo,
+grandes y chicos, señoras y caballeros.
+
+--¡Yo!--exclamó la dama.
+
+--¿Y por qué soy el perro del hortelano?... Sepamos.
+
+--Pues decía Amalia que ni querías comerte la carne ni permitir que la
+coma D. Santos.
+
+--¡Vamos! ¿Quieres callarte, embustero?--dijo la señora, medio irritada,
+medio risueña, dándole un pellizco.
+
+--¿Qué se habla de D. Santos?--preguntó un caballero muy corto y muy
+ancho, de faz mofletuda y violácea, acercándose al grupo.
+
+El conde y Amalia no supieron qué responder.
+
+--Se decía que D. Santos tenía pensado llevarnos un día a su posesión de
+la Castañeda y darnos un banquete--manifestó Manuel Antonio con
+desparpajo.
+
+--No; no era eso--repuso el hombre rechoncho con forzada sonrisa.
+
+--Sí tal. Amalia sostenía que no eras capaz de llevarnos a pasar un día
+a la Castañeda.
+
+--¡Pero, hombre, tú te has empeñado en ponerme hoy colorada!--dijo
+aquélla.
+
+--Porque soy un buen amigo. Como te veo pálida estos días... Bien puedes
+creerlo, Santos, yo tengo mucha mejor idea de tu esplendidez que la
+mayoría del pueblo... No conocéis bien a D. Santos, les digo muchas
+veces a los que sostienen que a tí te duele gastar el dinero. Si D.
+Santos no gasta, no obsequia a sus amigos, no es por avaricia, sino por
+indolencia, porque no se le presenta ocasión. El hombre es tímido de
+suyo y no es capaz de proponer banquetes ni giras; pero que otro le
+apunte la idea, y veréis con qué gusto la acepta...
+
+--Gracias, gracias, Manuel Antonio--murmuro D. Santos con la risa del
+conejo.
+
+Se le conocía el gran temor y molestia que le embargaban. Como muchos de
+los indianos, apesar de ser inmensamente rico, tenía fama de avariento,
+y no injustificada. Había llegado pocos años hacía de Cuba, donde
+cargando primero cajas de azúcar y luego vendiéndolas se enriqueció.
+Vino hecho un beduino, sin noticia alguna de lo que pasaba en el mundo,
+sin saber saludar, ni proferir correctamente una docena de palabras, ni
+andar siquiera como los demás hombres. Los treinta años que permaneció
+detrás de un mostrador le habían entumecido las piernas. Marchaba
+tambaleándose como un beodo. El color subido de sus mejillas era tan
+característico, que en Lancia, donde pocas personas se escapaban sin
+apodo, lo designaron al poco tiempo de llegar con el de _Granate_.
+Enmedio de su miseria le gustaba dar en rostro con las riquezas que
+poseía. Edificó una casa suntuosísima; trajo mármol de Carrara,
+decoradores de Barcelona, muebles de París, etc. Y, sin embargo, apesar
+de las sumas cuantiosas que en ella gastó, al saldar la cuenta del
+clavero ¡se empeñaba en que descontase del peso el papel y las cuerdas
+en que venían envueltas las puntas de París! Cuidadosamente había ido
+guardando en un rincón tales despojos con ese objeto. Así que terminó la
+casa, ocupó el piso principal y alquiló los otros dos. Y empezó su
+martirio, un martirio lento y terrible. Las criadas y los niños del
+segundo y tercero fueron sus sayones. Si sentía fregar los suelos del
+segundo, poníase de mal humor: la arena desgastaba el entarimado. Si
+veía rayado el estuco de la escalera por la mano bárbara de algún
+chiquillo, se le encendía la cólera y murmuraba palabras siniestras y
+amenazas de muerte. Si escuchaba cerrarse una puerta con violencia,
+aquel golpe repercutía dolorosamente en su corazón: las bisagras se
+desencajaban, todos los pestillos se echaban a perder. En fin, con tal
+sobresalto vivía, que le acometió una pasión de ánimo y comenzó a decaer
+visiblemente. Un su amigo tan miserable como él, pero más vividor, le
+aconsejó que dejase la casa y se trasladase a otra. Así lo hizo,
+tornando a la posada que le había albergado mientras construyó el
+palacio.
+
+Pero faltaba a D. Santos el complemento obligado de todos los que se
+enriquecen cargando cajas de azúcar en América: le faltaba contraer
+matrimonio con una mujer de categoría, joven o vieja, fea o bonita.
+Ninguno de sus colegas aceptó jamás por esposa a una menestrala. Granate
+no podía ser menos que ellos. Al contrario, teniendo más dinero que
+ninguno, lo natural es que les aventajase en anhelos poderosos. Y fue a
+poner sus ojos redondos y encarnizados en la joven más linda, más rica y
+más encopetada de la ciudad: en Fernanda Estrada-Rosa nada menos. El
+suceso causó admiración y risa en el vecindario. Por muy alta idea que
+en Lancia tuviesen del poder del dinero, nadie imaginaba que fuese
+poderoso a realizar semejante empresa. ¡Casar a la joya de la provincia
+con este oso colorado! A la niña le produjo pasmo e indignación. Luego
+lo tomó a broma. Luego volvió a indignarse. Después tornó a reírse. Por
+fin se fue acostumbrando a que Granate la festejase y hasta encontró
+cierta satisfacción de amor propio en recibir sus agasajos y en darle
+toda clase de desprecios. Pero él no cejaba. Con la tenacidad del
+abejorro que se empeña en salir por un cristal y se estrella cien veces
+contra el obstáculo, las calabazas, los desdenes y hasta las burlas no
+le hacían retroceder más que momentáneamente. Al día siguiente volvía
+como si tal cosa a romperse la cabeza contra el desprecio de la
+orgullosa heredera. Pensaba sinceramente que el verdadero obstáculo para
+el logro de sus afanes estaba en el conde de Onís. Confesábase que
+Fernanda sentía algún interés por él, o mejor dicho por su título, y se
+propuso ir a Madrid y comprar a peso de oro otro para ponerse a la
+altura de su rival. Luego le dijeron que el Papa los daba más baratos y
+cambió de proyecto. Mientras tanto se vengaba odiando de muerte al
+gallardo conde, y burlándose, cuando la ocasión se presentaba, de su
+vetusto y deteriorado caserón. El conde poseía una gran riqueza en
+tierras, pero sus rentas no podían compararse a las del opulento
+Granate.
+
+--Y si no, ya veréis el día que se case, ¡qué cambio en la
+población!--prosiguió Manuel Antonio.--Tendremos banquetes a diario y
+bailes y giras campestres...
+
+--¡Pero si a Fernanda no le gustan los bailes!--exclamó Emilita Mateo,
+que bailaba con Paco Gómez y daba la espalda al grupo.
+
+--Yo no he hablado para nada de Fernanda, niña--repuso el marica en tono
+severo.
+
+--Pensé que, tratándose de matrimonio y de D. Santos, eso se
+sobrentendía.
+
+--Pues no sobrentiendas más y aplícate a bailar con Paco, porque, según
+mis cálculos, durará cinco minutos.
+
+Paco Gómez era un joven flaco, flaquísimo, alto hasta tropezar en el
+dintel de las puertas, con una cabecita menuda como una patata, el
+rostro tan macilento que parecía, en efecto, caminar por el mundo con
+permiso del enterrador. Y con estas propiedades corporales el espíritu
+más humorístico de la población.
+
+--¡Ole mi niña!--exclamó poniéndose en jarras frente al marica.--Lo
+único por lo que siento morirme es por no ver más estos seres preciosos,
+encantadores.
+
+Al mismo tiempo le cogió con dos dedos la barba.
+
+Ya sabemos que Manuel Antonio no podía sufrir tales juegos de manos
+delante de gente.
+
+--Vamos, pajalarga, quieto--exclamó poniéndose serio y rechazándole.
+
+--¿Que no eres precioso? Pero, hombre, ¡si eso salta a la vista!...
+¡Miren ustedes qué boca! ¡miren, por Dios, qué caída de ojos!... ¡miren
+qué nacimiento de pelo!
+
+Y quiso de nuevo tocarle la cara; pero Manuel Antonio lo rechazó con
+ímpetu dándole un fuerte empujón.
+
+--¡Caramba, qué severo está hoy Manuel Antonio!--dijo el conde de Onís.
+
+--No importa--repuso Paco Gómez dejando escapar un suspiro.--Manos
+blancas no ofenden.
+
+En aquel momento le tocaba hacer una figura del rigodón y se alejó con
+Emilita.
+
+María Josefa, que bailaba más lejos, se acercó un instante con su
+pareja, que era un teniente del batallón de Pontevedra.
+
+--¡Vamos, D. Santos, no sea usted cruel! ¿Por qué no va usted a hacer
+compañía a Fernanda, que está allí sola?
+
+En efecto, la amiguita de la rica heredera había hallado pareja para el
+baile. Fernanda se sentó y permanecía seria y pensativa.
+
+--Sí, sí; debes ir, Santos--manifestó Manuel Antonio.--Repara que la
+chica ha dejado una silla vacía a su lado... No puede insinuarse de modo
+más claro.
+
+Al decir esto hizo un guiño al conde. Éste confirmó tales palabras.
+
+--Yo creo que es hasta un deber de cortesía...
+
+Granate le echó una mirada torva y preguntó sordamente:
+
+--Pues entonces, ¿por qué no va usted a sentarse a su lado?
+
+--Por la sencilla razón de que ya no tenemos nada que hablar... Pero
+usted es otra cosa.
+
+--Entendido, señor conde... No soy un niño--murmuró con mal humor.
+
+--Aunque no lo sea usted por la edad--dijo Amalia interviniendo
+oportunamente para evitar rozamientos,--lo es por la franqueza y
+espontaneidad de sus sentimientos, por la frescura de corazón que otros
+con menos años no tienen. Los niños aman con más sencillez y vehemencia
+que los hombres.
+
+--Pero los hombres hacen otra cosa más heroica... ¡Se casan!--dijo Paco
+Gómez, que ya estaba de nuevo en su sitio con la pareja.
+
+--Hay ocasiones en que tampoco se casan--manifestó Manuel Antonio
+haciendo una imperceptible mueca por donde Paco pudiese colegir que
+estaba pensando en María Josefa.
+
+--Bueno--replicó aquél dándose por enterado.--Pero hay que convenir en
+que algunas veces se necesita para ello un heroísmo superior a la
+naturaleza humana.
+
+La solterona, que las cogía por el aire, le clavó una mirada rencorosa y
+maligna.
+
+--¡La naturaleza humana!--exclamó con displicencia.--La naturaleza
+humana presenta algunas veces formas tan estrambóticas que hasta el
+heroísmo sería ridículo en ellas.
+
+Paco Gómez, sin desconcertarse, comenzó a palpar su rostro con ademanes
+cómicos, fingiendo una muda resignación que hizo sonreír a los
+presentes. Amalia, para cambiar esta peligrosa conversación, exclamó:
+
+--¡Miren, miren cómo D. Santos se aprovecha de nuestra distracción!
+
+En efecto, el indiano se había levantado en silencio de la silla y,
+sorteando las parejas de baile, fue solapadamente a sentarse al lado de
+Fernanda. Ésta le dirigió una mirada fría y apenas se dignó responder a
+su saludo ceremonioso y ridículo. La faz rubicunda de Granate
+resplandecía, no obstante, como la de un dios seguro de su omnipotencia.
+Con las manazas anchas y cortas apoyadas sobre las rodillas, el cuerpo
+doblado hacia adelante y la cabeza levantada hasta donde le permitía la
+grosura del cerviguillo, sonreía beatamente enseñando una fila de
+dientes grandes y amarillos. Propúsose, como siempre, ser espiritual, y
+dijo:
+
+--¿Ha visto usted qué _ventrisca_ corre?
+
+La joven guardó silencio.
+
+--Ahora no importa nada--prosiguió--porque ya están todos los frutos
+recogidos; pero si hubiera caído antes, no nos deja ni una castaña ni un
+grano de maíz; ¡je, je!
+
+Granate sintiose feliz al emitir esta idea, a juzgar por la expresión de
+placer que brillaba en sus ojos.
+
+--Pero aquí no hace frío, ¿eh?... Yo no lo tengo, ¡je, je!... Al
+contrario, siento un calor... Será porque los ojos de usted son dos
+calofer... caroli...
+
+Otra vez todavía acometió la palabra caloríferos sin lograr dar cima a
+la empresa. Para disimular su impotencia fingió un golpe de tos. Su
+rostro violáceo adquirió cierta semejanza interesante con el de un
+ahorcado.
+
+La hermosa, que tenía los ojos clavados en el vacío, volvió la cabeza
+hacia su adorador, le miró unos instantes con expresión vaga, distraída,
+como si no le viese. Levantose de pronto y se alejó sin decir palabra
+para sentarse enfrente. El indiano quedó con la misma sonrisa
+estereotipada en el rostro; la mueca petrificada de un sátiro. Pero al
+volver la vista al grupo que acababa de dejar, viendo una porción de
+ojos risueños fijos en él, se puso repentinamente serio y mohíno.
+
+--¡Qué partido tiene este Granate entre las chicas bonitas!--exclamó
+Paco Gómez.--Ya se lo decía yo el otro día. «Usted no necesitaba para
+nada ir a América habiendo mujeres ricas en el mundo. Usted tiene la
+fortuna en la fisonomía.»
+
+--Mira, condecito, ahora debes ir tú a sentarte a su lado. Ya verás cómo
+no se levanta entonces--dijo Manuel Antonio.
+
+--Sí, sí, debe usted ir, Luis--apoyó María Josefa.--Vamos a ver una cosa
+curiosa, a decidir si está o no enamorada de usted. ¿Verdad, Amalia, que
+debe ir?
+
+--Sí, me parece que debe usted sentarse a su lado--dijo la dama. Su voz
+salió apagada y temblorosa.
+
+--¿Cree usted?--preguntó el conde, mirándola con fijeza.
+
+--Sí; vaya usted--replicó la dama con perfecta serenidad ya, huyendo su
+mirada.
+
+--Pues usted me permitirá que la desobedezca. No quiero exponerme a un
+desaire.
+
+--¡Qué importan los desaires a un enamorado!... Porque usted, por más
+que diga, está enamorado de Fernanda... Se le conoce a la legua.
+
+--A la legua será, porque, lo que es de cerca ni pizca--manifestó Manuel
+Antonio.
+
+Y María Josefa y Emilita Mateo y Paco Gómez confirmaron con su risa la
+especie.
+
+Amalia insistió. Efectivamente, Luis lo disimulaba bien; pero como, por
+más esfuerzos que se hagan, siempre queda un cabo suelto, un resquicio
+por donde sale la luz, ella había adivinado hacía ya mucho tiempo que el
+conde, en lo profundo de su corazón, guardaba recuerdo muy grato de
+Fernanda.
+
+--Atiendan ustedes: hace algunos días se le ocurrió a Moro decir que
+tenía dos dientes postizos. No pueden ustedes figurarse cómo se puso
+este hombre... Por poco le pega...
+
+--No tanto, no tanto--manifestó el conde sonriendo avergonzado.--Me
+expresé con cierta viveza porque me enfadan siempre las injusticias.
+
+--¡Oh! Las exaltaciones en estos casos son sospechosas. Cuando no se
+siente interés por una persona se la defiende con menos calor...
+¡Caramba! ¡Nunca le vi tan irritado! Ya puede decir esa niña que tiene
+un campeón valiente dispuesto a romper lanzas por ella.
+
+La dama apuró la broma. No se hartaba de apretar al conde, como si
+quisiera dejarle convicto de su amor por Fernanda. Apesar de la sonrisa
+benévola que animaba su rostro, había ciertas extrañas inflexiones en la
+voz que nadie más que una sola persona podía apreciar en aquel momento.
+
+Pero el rigodón había terminado, y el grupo se aumentó considerablemente
+con varias parejas que fueron allegándose. Fuéronse algunos, vinieron
+otros; al cabo, la señora de la casa se halló rodeada de gente nueva.
+Bailose otro vals y otro rigodón. Las doce sonaron al fin en el gran
+reloj de la catedral. Y como los jóvenes se empeñaban en no desbandarse,
+apesar de la costumbre tradicional de la casa, Manín, por orden de D.
+Pedro, apareció en la puerta del salón, abrazado al lío de los abrigos
+de las señoras. Ésta era la señal de despedida que el señor de Quiñones
+daba a sus tertulios. No era muy cortés, pero nadie se enfadaba. Al
+contrario, se recibía siempre con algazara, como una broma graciosa.
+
+Después que todos fueron a estrechar la mano, del maestrante, formose un
+grupo enmedio del salón. Amalia, en el centro de él, despedía a sus
+amigas besándolas cariñosamente. Estaba pálida y sus ojos inciertos
+despedían miradas febriles. Al estrechar la mano del conde volvió la
+cabeza hacia otro lado, fingiendo distracción; se la estrechó con fuerza
+tres o cuatro veces para infundirle ánimo. Bien lo necesitaba el pobre
+caballero. Estaba tan demudado y tembloroso que Amalia pensó que iba a
+caer desmayado.
+
+En apretado haz salieron los tertulios a los pasillos y bajaron la gran
+escalera de piedra sucia y húmeda. Un criado les abrió la puerta de la
+calle.
+
+--¡Ay! ¿Quién habrá dejado aquí este canasto?--dijo Emilita Mateo, que
+tropezó la primera con el estorbo.
+
+--¿Un canasto?--preguntaron varias damas acercándose a él.
+
+--Algún pobre que andará por ahí dormido--manifestó el criado, que aún
+no había cerrado la puerta.
+
+--No se ve a nadie--dijo Manuel Antonio, que rápidamente había
+registrado el portal.
+
+La curiosidad excitó muy pronto a una de las damas a levantar el paño
+que tapaba el canastillo. Inmediatamente dejó escapar el grito
+consabido, el que soltó ya hace tantos siglos la hija de Faraón al ver
+flotando por el río el célebre canastillo de Moisés.
+
+--¡Un niño!
+
+Momento de estupefacción y de curiosidad en los tertulios. Todos se
+abalanzan, todos quieren contemplar al mismo tiempo al expósito. Porque
+nadie duda un momento que aquel niño se hallaba allí expuesto
+intencionalmente. Paco Gómez levantó el canasto, lo destapó por completo
+y fue exhibiendo a sus amigos el infante dormido.
+
+Estalló una tempestad de exclamaciones.
+
+--¡Angelito!--¿Quién habrá sido la infame?...--¡Pobrecito de mi
+alma!--¡Qué corazones de hiena, Dios mío!--¡Miren qué hermoso
+es!--¿Habrá mucho tiempo que lo han expuesto?--Estará aterida la
+criatura.--Paco, déjeme usted tocarlo.
+
+El canasto fue rodando de mano en mano. Las damas, interesadísimas,
+palpitantes de emoción, depositaban tiernos besos en las mejillas del
+recién nacido, de tal modo que al instante consiguieron despertarlo.
+
+De aquel montoncito de carne rosada salió un débil gemido que hizo
+vibrar de lástima a todos los corazones. Algunas señoras vertieron
+lágrimas.
+
+--Subámoslo, por lo pronto, para que se caliente un poco.
+
+--¡Sí, sí, subámoslo!
+
+Y otra vez el resonante grupo se lanzó al patio y a la escalera de la
+mansión de los Quiñones llevando en triunfo el canastillo misterioso.
+
+Amalia estaba enmedio del salón inmóvil y pálida cuando se abrieron de
+nuevo las puertas. D. Pedro había sido trasladado ya a su alcoba por
+Manín y otro criado. Aquella nueva y repentina irrupción pareció
+sorprender mucho a la señora de la casa.
+
+--¿Qué ocurre? ¿qué es esto?--exclamó con voz alterada.
+
+--¡Un niño! ¡un niño!--gritaron varios a un tiempo.
+
+--Acabamos de encontrarlo en el portal--manifestó Manuel Antonio, que ya
+se había apoderado del canasto, presentándolo.
+
+--¿Quién lo ha dejado ahí?
+
+--No sabemos... Es un expósito. ¡Mire usted, por Dios, qué hermoso, es
+Amalia!
+
+La señora le contempló un instante con marcada frialdad y dijo:
+
+--Acaso alguna pobre lo habrá dejado para recogerlo enseguida.
+
+--No, no; hemos registrado el portal. La calle está desierta...
+
+La criatura a todo esto empezaba a chillar, agitando con incierto
+movimiento sus puños crispados, que parecían dos botones de rosa. La
+compasión de las señoras volvió a romper en exclamaciones apasionadas.
+Todas querían besarlo y calentarlo contra su seno. Por fin, María
+Josefa logró apoderarse de él, lo sacó del canasto y envolviéndolo con
+el paño con que venía cubierto, lo acarició tiernamente. Un papel se
+había desprendido de las ropas de la criatura al sacarla y había caído
+al suelo. Manuel Antonio lo recogió.
+
+--¿Lo ves, Amalia? Aquí está la madre del cordero.
+
+El papel decía en gruesos caracteres, trazados al parecer por tosca
+mano: «La madre desdichada de esta niña la encomienda a la caridad de
+los señores de Quiñones. No está bautizada.»
+
+--¡Es una niña!--exclamaron algunas señoras a un tiempo.
+
+Y en el acento con que dejaron escapar estas palabras no era difícil de
+advertir cierto desencanto. Se habían acostumbrado a la idea de que
+fuese varón.
+
+--¿Qué misterio será éste?--preguntó Manuel Antonio, mientras una
+sonrisa maliciosa de curiosidad vagaba por su rostro.
+
+--¿Misterio? Ninguno--manifestó con cierta displicencia Amalia.--Lo que
+se ve claramente es una pobre que quiere que le mantengan a su hija.
+
+--Sin embargo, hay aquí un no sé qué de extraño. Yo apostaría a que son
+personas pudientes los padres de esta niña--replicó el marica.
+
+--¡Adiós! ¡ya se nos va Manuel Antonio al folletín!--exclamó la dama
+con una risita nerviosa.--Las personas pudientes no dejan a sus hijos
+envueltos en estos andrajos.
+
+En efecto, la niña venía cubierta por unos trapos miserables y una manta
+raída y sucia.
+
+--Despacio, Amalia, despacio--apuntó Saleta con su voz clara,
+tranquila.--Yo he recogido en el portal de mi casa, hace ya muchos años,
+hallándome en Madrid, un niño que venía envuelto en muy toscos pañales.
+Al cabo de algún tiempo averiguamos que era hijo de una elevadísima
+persona que no puedo nombrar.
+
+Todos los ojos se volvieron con sorpresa hacia el magistrado gallego.
+
+--Una elevadísima persona; eso es--prosiguió después de una pausa, con
+el mismo sosiego impertinente.--Bien fácil era, por cierto, adivinarlo
+fijando un poco la atención en los rasgos de su fisonomía, enteramente
+borbónicos.
+
+El estupor de los circunstantes fue profundo. Se miraron unos a otros
+con una leve sonrisa burlona que, como de costumbre, Saleta pareció no
+advertir.
+
+--¡Atiza!--exclamó Valero.--¡Abra uzté el paragua, D. Zanto!
+
+--El niño se murió a los dos meses--prosiguió imperturbable Saleta.--Por
+cierto que cuando lo llevamos al cementerio se unió a la comitiva un
+coche que nadie supo a quién pertenecía. Yo lo conocí porque lo había
+visto en las Caballerizas reales, pero me callé.
+
+--¡Ya ezcampa!--murmuró Valero.
+
+--Bien, Saleta, ya nos contará usted de día eso. Por la noche tales
+cosas espeluznan--manifestó el marica de Sierra guiñando el ojo a los
+otros.--Lo que hay que pensar ahora, Amalia, es lo que se va a hacer con
+esta niña.
+
+La dama se encogió de hombros con indiferencia.
+
+--Phs... no sé... La dejaremos esta noche aquí. Mañana le buscaremos una
+nodriza que quiera tenerla en su casa... porque en ésta, a la verdad, es
+un trastorno.
+
+--Si usted no quiere tenerla en casa, yo me encargo con mucho gusto de
+ella, Amalia--dijo María Josefa, que estaba un poco apartada paseando a
+la niña y arrullándola para hacerla callar.
+
+--No he dicho que no quería--manifestó con viveza la dama.--Recogeré esa
+niña, porque tengo más obligación que nadie, ya que me la confían...
+Pero, como usted comprende, para hacerlo necesito contar con mi marido.
+
+Los tertulios aprobaron estas palabras con un murmullo.
+
+Justamente se presentaba Manín preguntando de parte de D. Pedro qué
+significaba aquel ruido. Se le explicó. El señor de Quiñones se hizo
+trasladar de nuevo en su sillón con ruedas a la sala; vio a la niña y se
+interesó extremadamente por ella. Inmediatamente declaró que no saldría
+de su casa, ordenando a un criado que al amanecer fuese en busca de
+nodriza.
+
+Por lo pronto se trajo a la criatura leche y té en un frasco con pezón
+de goma; se la abrigó con más y mejor ropa. Los tertulios presenciaron
+con cariñoso interés estas operaciones. Las señoras lanzaban gritos de
+entusiasmo; se les arrasaban los ojos de lágrimas al ver el ansia con
+que la mamosa niña chupaba el pezón del frasco. Así que se hartó,
+despidiéronse todos de nuevo, no sin depositar antes cada uno un beso en
+las mejillas de la pobrecita expósita.
+
+El conde de Onís no había desplegado los labios en todo este tiempo. Se
+hallaba retraído en tercera o cuarta fila, siguiendo con ojos de susto
+los cuidados que a la criatura se prodigaban. Y trató de irse con
+disimulo sin nueva despedida; pero Amalia le detuvo con alarde de
+audacia que le dejó petrificado.
+
+--¿Qué es eso, conde, no quiere usted dar un beso a mi pupila?
+
+--¡Yo!... Sí, señora... no faltaba más.
+
+Y pálido y trémulo, se aproximó y puso sus labios en la frente de la
+criatura, mientras la dama le contemplaba con sonrisa provocativa y
+triunfal.
+
+
+
+
+III
+
+La cita.
+
+
+Esta fue la tercera noche en que el conde de Onís apenas pudo cerrar los
+ojos. Nada más natural que en las dos anteriores estuviese agitado,
+calenturiento; pero ahora, ¿por qué? Todo se había resuelto como
+apetecía. La empresa se había llevado a cabo con felicidad. No le
+restaba más que dormir tranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, no era
+así. Apesar de su figura robusta y gallarda, poseía el conde un sistema
+nervioso excesivamente impresionable. La más ligera emoción turbaba su
+espíritu, le inquietaba hasta un grado indecible. Tal exquisita
+sensibilidad le venía por herencia y también por educación. Su padre,
+el coronel Campo, había sido un hombre concentrado, sensible, de una
+susceptibilidad tan delicada que le hizo mártir en los últimos años de
+su vida. Todo el mundo recordaba en Lancia el interesante y conmovedor
+episodio que cerró aquella vida caballeresca.
+
+El coronel mandaba las fuerzas de defensa de una plaza en el Perú cuando
+la insurrección de las colonias americanas. La plaza fue tomada por los
+insurrectos de un modo insidioso y por sorpresa. Un malvado denunció al
+coronel ante el gobierno de Madrid como culpable de traición, aseverando
+que se hallaba en connivencia y sobornado por el enemigo. Con harta
+precipitación, sin examen imparcial de los hechos y sin tener presente
+la brillante hoja de servicios del conde de Onís, el rey le privó de su
+empleo en el ejército y de todas las cruces y condecoraciones que
+poseía. Bajo el peso de aquella horrible injusticia, el pundonoroso
+militar quedó anonadado. Sus compañeros le arrancaron la pistola en el
+momento de atentar a su vida. Acompañado de su fiel asistente y de un
+primo se trasladó desde Madrid, adonde había venido a defenderse, a
+Lancia, donde le esperaba su esposa y su hijo de corta edad. La vida de
+familia fue un sedante para la terrible llaga abierta en el corazón del
+soldado. Pero aquel bravo, que tantas veces había desafiado la muerte,
+no tuvo valor para soportar las miradas y la curiosidad de sus
+convecinos. En vez de rebelarse contra la injusticia que se le había
+hecho, en vez de tratar de convencer a sus paisanos de su inocencia, lo
+que no le hubiera costado gran trabajo, porque todos estimaban su
+carácter y conocían su valor, lleno de vergüenza, como si realmente
+fuese criminal, huyó las miradas de la gente, se retrajo a su casa, y
+solo paseaba por la huerta que detrás de ella se extendía, cercada de
+alta y deteriorada tapia.
+
+El palacio de los condes de Onís merece especial mención en esta
+historia. Era un edificio antiquísimo, el más antiguo de la ciudad en
+unión de algunos restos de la primitiva basílica que aún quedaban en
+pie. No se había salvado otra cosa del horroroso incendio que en el
+siglo XIV había destruido la población. Su aspecto más era de fortaleza
+que de mansión. Pocas y estrechas ventanas cortadas por columnas de
+piedra, distribuidas caprichosamente por la fachada; una pared lisa de
+piedra, ennegrecida por los años; algunos agujeros cuadrados cerca del
+techo, a guisa de aspilleras; una gran puerta de medio punto reforzada
+con grandes clavos de acero. Por dentro era inmensa y tenía más alegría.
+El patio ancho, más ancho que la calle. Por la parte trasera la luz del
+mediodía bañaba sus ventanas. Los árboles de la huerta metían las ramas
+por ellas, sirviendo de fresca cortina para templar sus rayos. El
+conjunto de aquel vetusto caserón ofrecía misterio y encanto singulares
+para los lacienses dotados de imaginación, en especial para los niños,
+únicos seres que conservan, en nuestra edad prosaica, la fantasía
+despierta. Su fachada, si es que tal nombre puede darse a aquella lisa
+pared con pequeños huecos tirados a granel, daba a la calle de la
+Misericordia, una de las más céntricas de la ciudad. Una de las
+ventanas, quizá la más ancha, enfilaba la calle de Cerrajerías, y por
+ella se veía la catedral a lo lejos.
+
+Aquí se encerró o se sepultó el ex-coronel Campo, sin que bastasen los
+ruegos de su esposa y de los pocos parientes que frecuentaban su trato
+para hacerle desistir de tal resolución. Su ociosidad fue de provecho
+para la casa. Hizo arreglar la huerta, puso algunos miradores en la
+parte trasera, amuebló varias habitaciones, enlosó el patio, etc. El
+oscuro caserón, sin perder su aspecto vetusto y misterioso, se trasformó
+por dentro en agradable morada. Pero el deshonorado militar se consumía,
+se secaba dentro de ella como un árbol sin luz y sin agua. Una
+melancolía profunda minaba su organismo, le arrugaba la piel, blanqueaba
+sus cabellos, debilitaba sus piernas y ponía trémulas sus manos. A los
+cincuenta y ocho años de edad representaba tener setenta. Dentro de la
+casa no se le sentía. Paseaba por los corredores como un fantasma.
+Trascurrían los días sin que nadie le oyese el metal de la voz. Pero no
+se mostraba adusto con nadie. Una sonrisa dulce y triste vagaba
+constantemente por sus labios. No buscaba las caricias de su hijo, pero
+cuando le tropezaba casualmente por los pasillos le cogía la cabeza, se
+la besaba amorosamente, murmuraba algunas palabras tiernas en su oído y
+repentina y precipitadamente se alejaba, algunas veces con lágrimas en
+los ojos. Pensaba que era una gran desgracia para aquel pequeñuelo,
+rubio y hermoso como un querubín, el haber nacido hijo de un padre
+deshonrado. El infeliz le pedía perdón, con la mirada, de haberle
+engendrado.
+
+Hacia el año 1829, cuatro después de haber llegado de América, el
+coronel era un verdadero espectro. Dormía bien, comía bien, no le dolía
+nada; pero aquella vida se escapaba en efluvios invisibles y constantes,
+en lenta y pavorosa consunción. Su esposa hizo venir un médico, luego
+otro y otro. Todos dijeron lo mismo. Era necesario salir, distraerse,
+cultivar el trato de la gente. Precisamente las únicas medicinas que el
+conde estaba resuelto a no tomar. Poco a poco fue permaneciendo más
+horas en la cama; se levantaba tarde; se acostaba temprano. Perdió el
+gusto para trabajar en la huerta. No salía de las cuatro paredes de la
+casa. Dentro de ella dejó de ocuparse en las cosas que antes le
+entretenían; hacer estuches, cuidar la pajarera y otras obras manuales.
+Las pocas horas que permanecía fuera de la cama pasábalas, bien sentado
+en una butaca, ya paseando por los corredores en silencio. Al cabo dejó
+de levantarse. Todo esto lo recordaba Luis perfectamente. Entraba en su
+cuarto, le veía tendido mirando al techo con extraña y terrible tristeza
+pintada en el rostro. Al entrar su hijo volvía la cabeza, sonreía, le
+llamaba por señas y, después de darle un beso, le empujaba para que se
+fuese.
+
+Un día el niño percibió mucho ir y venir por casa; los criados corrían
+azorados, cambiaban entre sí palabras rápidas; los pocos parientes y
+amigos que visitaban la casa estaban todos allí y tenían unas caras
+largas, largas, que le aterrorizaban. Acercándose al gabinete de su
+padre, vio que levantaban un altar. Preguntó sencillamente lo que
+aquello significaba, y una criada, llevándole a un rincón, le dijo que
+no se asustase, que su papá había deseado confesarse y recibir la
+Comunión, y que su Divina Majestad vendría pronto a visitarle. Esta
+recomendación de no asustarse, hecha repetidas veces, produjo el efecto
+contrario. Comprendió que algo grave pasaba. En efecto, el conde de Onís
+se moría, se iba por la posta, según decían sus deudos. El médico ordenó
+que le dispusiesen.
+
+A las seis de la tarde, cuando ya había oscurecido, las puertas del
+palacio de Onís se abrieron para recibir al sacerdote portador de la
+Sagrada Hostia, que venía en el carruaje de la casa. Los criados y
+parientes esperaban en el portal con hachas encendidas. Una larga fila
+de personas de todas clases venía detrás, también alumbrando. Muchas de
+ellas acudían por verdadera devoción y por la estima que les inspiraba
+el enfermo. Las más, sólo por satisfacer la curiosidad de verle después
+de tanto tiempo, aprovechando aquellas críticas y solemnes
+circunstancias. Penetró hasta la habitación del moribundo todo el que
+quiso. A nadie se puso obstáculo. Pero no pudieron todos cumplir su
+gusto, porque no cabían. Llenose enseguida el gabinete del conde de una
+muchedumbre abigarrada, personas decentes, menestrales, niños, todos
+empinándose para contemplar al prócer caído en la desgracia, y que ahora
+iba a caer en el oscuro seno de la muerte, en el eterno olvido. El deán
+de la catedral, su amigo y confesor, avanzó con la Hostia levantada. Los
+presentes se hincaron de rodillas. Reinó un silencio lúgubre. En aquel
+momento el enfermo, a quien habían incorporado dijo en voz alta,
+dirigiéndose a los circunstantes arrodillados:
+
+--Juro por el Dios Sacramentado, que va a entrar en mi cuerpo, que no he
+sido traidor a mi patria, y que en la guerra de América me he portado
+siempre como un militar honrado y leal.
+
+Su voz, que parecía salir de un cadáver, resonó clara y estridente en la
+cámara. Hubo un murmullo reprimido entre la gente. El deán, con lágrimas
+en los ojos, respondió:
+
+--¡Bienaventurados los que padecen hambre y sed de la justicia!
+
+Y le puso la sagrada partícula en la boca.
+
+La noticia voló por la ciudad. Aquel extraño y terrible juramento, que
+se repetían unos a otros, causó impresión profunda en el público. Los
+parientes y amigos del conde peroraban con exaltación en todos los
+grupos. A uno de aquéllos se le ocurrió dirigir una exposición al rey,
+firmada por todos los vecinos, pidiendo que se revisase de nuevo el
+proceso del coronel. Pero ya se le había adelantado el deán, hombre
+fogoso y elocuente, que logró que el obispo y el cabildo le diesen su
+representación para ir a Madrid a gestionar la rehabilitación de su
+amigo de la infancia. Éste había mejorado un poco: por lo menos, la
+enfermedad se había estacionado. La consunción seguiría, pero al
+exterior no se notaba. No se le dijo nada de lo que se tramaba. El deán
+tuvo tiempo a ir a Madrid, lograr una audiencia del rey, hablarle al
+alma pintándole con elocuencia el solemne juramento que había escuchado,
+recabar de S. M. un real despacho reintegrando al conde en todos sus
+honores, cruces y condecoraciones, y volverse a Lancia loco de ansiedad.
+¡Qué alegría cuando supo que su amigo no había expirado! Desde la galera
+acelerada en que hizo el viaje corrió al palacio de Onís y con las
+debidas precauciones para no impresionarle demasiado le comunicó la
+fausta nueva.
+
+El coronel quedó algunos momentos ensimismado con la cara metida entre
+las manos.
+
+--¿Qué hora es?--preguntó al cabo.
+
+--Las doce acaban de dar.
+
+--¡A ver, pronto, mi uniforme!--exclamó con extraña energía
+incorporándose sin ayuda de nadie.
+
+--¡Rayo de Dios! ¡Enseguida, mi uniforme!--volvió a proferir con más
+violencia, viendo que nadie se movía.
+
+La condesa fue al armario y lo trajo al fin. Se hizo vestir rápidamente,
+se puso sobre el pecho la banda de Carlos III y todas las cruces que
+había ganado. Eran tantas que, no cabiendo en el costado izquierdo,
+tenían que ir algunas al derecho. En esta forma se hizo conducir a la
+ventana que enfilaba la calle de Cerrajerías, y allí se colocó en pie.
+No tardaron en salir los fieles de misa de doce, la más concurrida de
+las que se celebraban los domingos. Todos pudieron contemplar ya desde
+lejos aquella figura extraña, aquel cadáver vestido de gran uniforme. Y
+con un sentimiento de asombro, de respeto y de compasión, todos
+desfilaron en silencio por debajo de la ventana, sin poder separar los
+ojos de ella. Durante tres domingos consecutivos el coronel tuvo fuerzas
+para levantarse y colocarse en el mismo sitio. Allí permanecía media
+hora inmóvil ostentando sus insignias con los ojos extáticos en el
+vacío, sin ver ni oír a la muchedumbre que se agrupaba delante del
+palacio y se lo mostraban unos a otros poseídos de grave y dolorosa
+emoción. Al cuarto quiso hacer lo mismo, se incorporó con violencia para
+que le vistieran, pero volvió a caer al instante sobre las almohadas
+para no levantarse más. Por la noche entregó el alma a Dios aquel bravo
+y pundonoroso soldado.
+
+¡Pobre padre! El conde no podía recordar aquella escena, que había
+quedado profundamente grabada en su cerebro, sin que las lágrimas se le
+agolparan a los ojos. De él había heredado la exquisita delicadeza en el
+sentir, una susceptibilidad que llegaba a ser enfermiza, no la
+serenidad, la iniciativa, la firmeza inquebrantable que realzaban el
+alma del coronel Campo. El actual conde tenía un temperamento
+excesivamente sensible y tierno, un fondo de honradez y de vergüenza que
+era el patrimonio moral de los Campo. Mas estas cualidades se
+contrarrestaban por un carácter débil, fantástico, sombrío, el cual le
+venía, sin duda, de la familia de su madre.
+
+D.ª María Gayoso, condesa viuda de Onís, hija del barón de los Oscos,
+era un ser original, tan excepcionalmente original que rayaba en lo
+inverosímil. En toda su familia, desde tres o cuatro generaciones hasta
+ella por lo menos, había apuntado algo estrambótico que en algunos de
+sus miembros tocaba en las lindes de la locura y en otros entraba de
+lleno dentro. Su abuelo había sido un empedernido ateo partidario de
+Voltaire y la Enciclopedia que a última hora se había entregado a la
+embriaguez, y según la conseja del pueblo fue arrastrado un día por los
+demonios al infierno. En realidad murió de combustión espontánea, lo que
+pudo dar pábulo a semejante fábula. Su padre fue un mentecato a quien su
+madre, mujer de rara energía, tuvo siempre esclavizado hasta la
+degradación. De sus tíos, uno paró en el manicomio, otro fue
+notabilísimo matemático, pero tan excéntrico que sus rarezas se
+guardaban en Lancia como manantial de anécdotas chistosas; otro se metió
+en la aldea, se casó con una labradora y se mató a fuerza de
+aguardiente. No tenía más que un hermano, el actual barón de los Oscos.
+También era un ser original y excéntrico. Al comenzar la guerra civil se
+pasó al bando del Pretendiente e ingresó en su ejército, pero a
+condición de servir como soldado raso. Toda la campaña hizo de esta
+suerte. No fue posible, por más empeño que en ello pusieron los magnates
+que rodeaban a D. Carlos y el mismo rey, obligarle a aceptar el despacho
+de oficial. Fue herido varias veces y una de ellas de tan mala manera,
+en la cara, que le quedó una profunda cicatriz. Como su rostro era ya de
+lo más desgraciado que pudiera verse, aquel surco sinuoso y colorado
+acabó de prestarle una apariencia monstruosa y hasta temible.
+
+Era más joven que su hermana María. No llegaba aún a los cincuenta años.
+Vivía célibe y solo en la casa solariega que los Oscos tenían en la
+calle del Pozo, nada magnífica por cierto. Iba rara vez por casa de su
+hermana, no por antipatía, sino por lo retraído y áspero de su genio.
+Salía poco de casa, sobre todo de día. Tenía contadísimos amigos. El más
+íntimo de todos, el único puede decirse que gozaba de su intimidad, un
+fraile exclaustrado, que antes de ordenarse había servido en las filas
+del ejército como oficial. Fray Diego era su perpetuo camarada. El
+barón, por su carácter sombrío, por sus excentricidades, y sobre todo
+por lo espantable de su rostro, inspiraba general temor en la población.
+Los niños sentían en su presencia un terror pánico. Los padres y las
+niñeras, para reducirlos a la obediencia, les amenazaban con él:--¡Se lo
+voy a decir al barón!--¡Que viene el barón!--Hoy he visto al barón y me
+preguntó si eras obediente, etc. Y el barón, por su gesto,
+constantemente desabrido, por lo bronco y recio de la voz y por la
+brusquedad con que acostumbraba a hablarles, era para las inocentes
+criaturas un verdadero ogro. Iba constantemente armado de un par de
+pistolas; el estoque de su bastón era un verdadero sable. Se decía que
+había disparado sobre un criado sólo porque le había abierto una carta,
+y que en varias ocasiones había cogido a los niños que se atrevían a
+hacerle muecas en la calle, los metía en la cuadra, los desnudaba y los
+azotaba cruelmente con las correas del freno de su caballo. Verdaderos o
+inventados estos cuentos, contribuían a acreditarle entre el elemento
+infantil de Lancia como un monstruo de ferocidad del cual había que
+huir, si el temblor de las piernas lo consentía.
+
+Una de las cosas que más coadyuvaban a infundir el terror en los
+pequeños y cierto respeto, no exento de miedo, en los grandes, era el
+caballo que el barón poseía; un caballo de ojo ardiente y feroz y de
+genio tan furioso que nadie osaba montarle más que él y su amigo Fray
+Diego, que había servido en caballería. Para sacarlo a beber lo llevaban
+siempre del diestro, y aun así el indómito bruto iba tirando saltos y
+coces, poniendo en conmoción a los transeúntes. Cuando el barón lo
+montaba, y dando corcovos y alzándose de brazos salía de casa, la calle
+se estremecía, los vecinos se asomaban a las ventanas, los niños se
+refugiaban en las faldas de sus madres, todos contemplaban atónitos
+aquel centauro temeroso. Realmente el barón de los Oscos en tal momento,
+con su rostro desfigurado, los ojos encarnizados, los grandes bigotes
+empalmados con las patillas, cerdosos y erizados, y el formidable torso
+pegado al caballo, era una figura que infundía espanto. Había que
+remontarse con la fantasía a la irrupción de los bárbaros para hallar
+algo semejante. Ni Alarico, ni Atila, ni Odoacro debían de tener aspecto
+más feo y siniestro ni producir más grima. Júzguese del efecto que
+causaría entre los vecinos tímidos cuando una temporada le dio por salir
+a caballo pasada la medianoche y recorrer las calles de la ciudad
+acompañado de un criado, caballero asimismo en otro corcel.
+
+La condesa de Onís era dentro de su sexo un tipo tan estrafalario, por
+lo menos, como su hermano. Bajita, rechoncha, cara redonda y pálida con
+ojos negros y muertos, el cabello pegado a las sienes con goma de
+membrillo, vestida constantemente con el hábito morado del Nazareno.
+Vivía recluida en su palacio como una monja en el convento. Vivía
+entregada en absoluto a la devoción, pero a una devoción caprichosa,
+fantástica, en nada parecida a la que practican las almas verdaderamente
+místicas. Toda su vida había dado señales de un humor excéntrico, mas
+desde la muerte del conde se había pronunciado tanto que bien podían
+tomarse sus excentricidades como manías, y no de las más leves. Cuando
+joven había mostrado una naturaleza tan púdica que rayaba por su
+exageración en lo ridículo. Sus amigas la embromaban no pocas veces
+afectando cierta libertad en el hablar. Tan castísimos eran los oídos de
+la doncella de los Oscos, que los de una miss inglesa parecerían los de
+un sargento a su lado. No podía sufrir que la ropa interior de su
+hermano fuese en unión con la suya cuando la lavandera la llevaba o la
+traía. Si aquél le entregaba unos pantalones para que le cosiera un
+botón, cumplido el encargo corría a su cuarto y se lavaba bien las
+manos, y aun dicen que se echaba en ellas algunas gotas de agua bendita.
+Apretábase el seno hasta hacerse daño; subía el cuello de los vestidos
+contra las prescripciones de la moda; no se mudaba la camisa sino a
+oscuras, y cuando no tenía los guantes puestos jamás daba la mano a un
+hombre. La historia de su casamiento fue verdaderamente curiosa, llena
+de incidentes cómicos que se repitieron durante mucho tiempo por la
+ciudad. Sobre todo lo que acaeció en la primera noche de novios,
+verdadero o inventado, era muy gracioso y digno de figurar en una novela
+de Paul de Kok.
+
+Durante el matrimonio esta virtud de la castidad templose un poco. Casi
+parece excusado decirlo. Mas luego que quedó viuda volvió a exacerbarse
+de modo notable. Sobre todo, en los últimos años adquirió aspecto de
+locura. Cuando se rezaba el rosario, que era dos veces al día, mandaba
+previamente una criada al gallinero para apartar, mientras durase, al
+gallo de las gallinas; luego la ordenaba separar las cucharas de los
+tenedores y los corchetes machos de las hembras. Por último, la hacía
+situarse en una ventana de la fachada lateral de la casa para impedir
+que ninguno orinara en el rincón donde los transeúntes solían hacerlo.
+Un día vino el cochero a decirle que una de las yeguas estaba en el
+celo. Tanto se indignó que, después de haber reñido ásperamente por la
+osadía de notificarle tal asquerosidad, mandó inmediatamente venderla.
+Una vez que sorprendió al mozo de cuadra dando un beso a la cocinera se
+puso enferma del disgusto. Ambos salieron inmediatamente de la casa.
+
+Le gustaba, no obstante, tener tertulia a primera hora de la noche, pero
+de clérigos solamente. Acostumbraba a sentarse en una butaca, delante de
+la cual, con intención o sin ella, probablemente con intención, colocaba
+dos sillas de suerte que parecía estar detrás de una valla. Poco después
+de entrar los presbíteros y animarse la conversación, la condesa se
+dormía profundamente, y así estaba hasta las nueve en que las sotanas se
+despedían, por supuesto sin darle la mano. Como la casa tenía capilla,
+salía poquísimas veces, y esas en coche. Guardaba todo el oro, que
+llegaba a sus manos, en los parajes más ocultos del desván o de la
+huerta. Algunas veces por esta avaricia, o más propiamente por esta
+manía de urraca, la casa se vio en verdaderos aprietos: consintió en que
+su hijo pidiera a préstamo algunas cantidades antes que desenterrar las
+peluconas. Era además golosa, muy golosa, capaz de comerse una fuente de
+confites sin asomos de indigestión. Pero no habían de ser fabricados por
+las monjas: por extraña contradicción con sus piadosas inclinaciones,
+odiaba todo lo que olía a convento.
+
+Pues por esta mujer estrambótica, bien podemos decir loca, fue educado
+el actual conde de Onís. Su carácter se resintió muchísimo. Para
+contrarrestar aquella excesiva sensibilidad, aquel temperamento débil y
+vacilante y el humor fantástico y sombrío de que daba en ocasiones
+tristes muestras, se hubiera necesitado una educación viril al aire
+libre, un maestro inteligente y enérgico que supiera despertar en su
+organismo el brío y la resolución de los Campo. Sucedió lo contrario
+desgraciadamente. La condesa se empeñó en que no siguiese carrera que le
+apartase de Lancia. Estudió, pues, en la universidad del pueblo la
+carrera de jurisprudencia, que es la capa con que los jóvenes ricos
+tapan su propósito de holgar toda la vida. Mientras duró, y mucho tiempo
+después de terminada, la condesa le tuvo sujeto a su autoridad de un
+modo que resultaba ridículo. Jamás salía de casa sin pedirle permiso, no
+fumaba en su presencia, se recogía al oscurecer, rezaba el rosario,
+confesábase cuando ella lo ordenaba. Mientras su cuerpo se desarrollaba
+prodigiosamente, se trasformaba en un mancebo bizarro y atlético, su
+espíritu continuaba tan infantil y sumiso como si nunca pasara de diez
+años. En esta vida retraída y afeminada agravose la nativa timidez de su
+carácter, su sensibilidad delicada se hizo enfermiza, su genio sombrío y
+receloso. Y lo más lamentable era que, sin ser una lumbrera, estaba
+dotado de clara inteligencia y poseía una penetración frecuente en los
+hombres reservados y tímidos. Carecía de ilustración y de experiencia;
+pero sabía mantener discretamente una conversación y no se le escapaban
+los defectos del prójimo. Como casi todos los seres débiles, gozaba a
+veces malignamente a costa de ellos. Es la venganza que la gente sin
+carácter toma de quienes lo poseen demasiado vigoroso y espontáneo. No
+obstante, estas ráfagas de ironía y malignidad no eran en él frecuentes.
+Aparecía más bien como un joven prudente, reservado, melancólico, de
+trato cortés y caballeroso, de corazón sensible, lleno de cariño y de
+respeto hacia su madre.
+
+Después que concluyó la carrera tuvo sus anhelos y aun proyectos de
+salir de Lancia, de ir a la corte, de viajar durante algún tiempo.
+Bastó, sin embargo, la negativa de la condesa para contenerle y hacerle
+desistir. Prosiguió, pues, su vida de holganza, mayor aún desde que no
+tenía siquiera la obligación de mirar de vez en cuando los libros de
+jurisprudencia.
+
+Sólo la entretenía dedicándose a temporadas al cultivo de ciertos
+oficios manuales, y con la lectura de las obras románticas entonces muy
+en boga. Se hizo hábil ebanista, no tanto como su padre; luego le dio
+por la relojería. Últimamente tomó afición a una finca de labor y recreo
+que poseía en las inmediaciones de la población y comenzó a mejorarla
+notablemente. Denominábase la Granja: distaba poco más de dos kilómetros
+de Lancia: tenía una casa grande y vieja y destartalada: a espaldas de
+ella un hermoso bosque de robles y delante grandes y feraces praderas.
+Comenzó a ir todas las tardes después de comer; crió ganado vacuno y
+también algunos caballos, plantó árboles, abrió canales y levantó
+cercas. En la casa apenas tocó. En esta nueva afición ganó su cuerpo,
+que se hizo más duro y más ágil, y también su carácter. La melancolía,
+que tanto le atormentaba, se fue templando, serenose su espíritu, fue
+adquiriendo más firmeza en el trato de la gente y más seguridad de sí
+mismo, y ciertos accesos de humor negro, de rabia y desesperación que
+sin causa alguna le acometían de raro en raro y le hacían aparecer ante
+los criados como un epiléptico, desaparecieron por completo. De esta
+suerte llegó hasta los veintiocho años, en que comenzó a frecuentar la
+casa de Quiñones, y su vida experimentó profunda trasformación.
+
+Eran las nueve de la mañana cuando el criado le despertó de un sueño
+agitado, incompleto, para entregarle una carta. La dejó caer con
+afectada indiferencia sobre la mesa de noche; mas luego que el criado se
+fue apresurose a cogerla y la abrió con visible agitación. Aunque hacía
+ya cerca de dos años que duraban sus relaciones con Amalia, nunca abría
+carta de ésta sin que le temblasen las manos. Verdad que se escribían
+poquísimas veces. Pero más que la rareza de las cartas contribuía sin
+duda a turbarle el profundo amor que en su naturaleza sensible y tímida
+había arraigado.
+
+«Esta tarde a las tres. Por la tribuna,» decía la carta únicamente. Su
+turbación no se disipó por completo. Las citas como aquélla eran
+extremadamente peligrosas; le causaban, enmedio de su felicidad, una
+impresión de miedo que no podía vencer. Había rogado a Amalia que las
+suprimiese; pero no le hizo caso alguno. Y él se consideraba
+absolutamente incapaz de oponerse a su voluntad. Pasó la mañana
+nervioso, alterado. Para calmarse dio un paseo a caballo; llegó hasta la
+Granja; pero volvió al cabo con la misma intranquilidad que había
+salido.
+
+Cuando llegó la hora señalada salió de casa y tomó la calle de
+Cerrajerías. Era la hora en que apenas se ve un transeúnte. Los vecinos
+de Lancia comen generalmente a las dos. A las tres están, pues, de
+sobremesa o reposando. Al final de Cerrajerías, en la esquina de la
+calle de Santa Lucía, está la iglesia de San Rafael, que tiene su
+entrada principal por aquélla. El conde penetró en el templo, después de
+tomar agua bendita, como el que va a hacer sus oraciones. Estaba
+enteramente solitario, o al menos así le pareció a la primera ojeada. A
+los pocos minutos, acostumbrados ya sus ojos a la oscuridad, percibió
+dos o tres bultos diseminados por él y postrados en oración.
+Arrodillose él también en el fondo oscuro, cerca de la puertecita de la
+escalera que conducía a la tribuna de los Quiñones, y fingió orar unos
+momentos. Aquello le repugnaba profundamente. Era un creyente sincero, y
+la piadosa y severa educación que había tenido le hacía horrorizarse de
+tal sacrilegio. Se le había pegado el fanatismo de su madre: tenía un
+miedo espantoso al infierno. También Amalia era creyente y aun pasaba en
+la población por piadosa; pertenecía a varias cofradías; era protectora
+de algunos asilos; hacía frecuentes regalos a las imágenes y se la veía
+acompañada de clérigos. Pero miraba aquella profanación con la mayor
+indiferencia. La religión era para ella cosa muy respetable, pero más
+respetables aún su voluntad y sus placeres.
+
+Al cabo de unos minutos el conde se levantó cautelosamente y tiró de la
+puertecita, que una mano previsora había ya abierto de antemano. Tornó a
+llegarla y subió por la estrechísima escalera de caracol. La pequeña
+tribuna de la casa Quiñones estaba aún más oscura que la iglesia. Buscó
+a tientas la puerta del pasadizo y la empujó; mas como tenía cierre de
+cristales y podían verle desde la calle, se echó a gatas para
+atravesarlo. En la puerta que comunicaba con la casa estaba Jacoba
+esperándole. Era ésta una mujer de más de cincuenta años, obesa, con un
+vientre colosal, que se movía con trabajo, la respiración anhelante,
+embotada por la grasa y hablando siempre en voz de falsete. La suma
+discreción, la encarnación verdadera del sigilo. Nunca habían tenido
+otro confidente; nadie en el mundo más que ella estaba enterada de sus
+amores, y en el curso de ellos les había servido prodigiosamente; fue su
+centinela, su salvador en muchas ocasiones, su ángel tutelar siempre. No
+era sirviente de la casa, sino protegida de la señora. Dedicábase a
+correr los géneros de las tiendas, a traerlos a las casas, ganando por
+ello pequeñísima comisión. Esto no le bastaba para vivir aunque era ella
+sola y una sobrina. Pero en varias casas le hacían encargos de distinta
+índole y la ayudaban de mil maneras. Sobre todo en la señora de Quiñones
+había encontrado una protectora decidida. Cuando llegó a ser su
+confidente puede decirse que halló una verdadera mina. Amalia pagaba con
+largueza sus servicios que, en realidad, bien merecían recompensa
+extraordinaria.
+
+La medianera se llevó el dedo a los labios recomendando silencio al
+conde, así que éste franqueó la puerta. Recomendación bien excusada por
+cierto, porque hasta la respiración iba conteniendo por no hacer ruido.
+Luego, adelantándose un poco para explorar el terreno, le hizo seña para
+qué la siguiese. Atravesaron un corredor, pasaron por delante de la
+escalera principal sin ascender por ella de miedo a encontrarse con
+algún criado, y fueron a buscar a la biblioteca una escalerita excusada
+que allí había para subir al segundo. El conde avanzaba de puntillas con
+el corazón palpipante. Aunque ya había penetrado otras veces en casa de
+Quiñones de aquella manera, le parecía siempre el colmo de la temeridad
+y maldecía en su interior del atrevimiento y despreocupación de su
+amante. Llegaron al fin al gabinete de la señora. La puerta se abrió sin
+que se viese a nadie. Jacoba empujó suavemente al conde, quedando ella
+fuera. La mano de Amalia, que se presentó de improviso, volvió a cerrar,
+y súbito, con arrebatado ademán, echó los brazos al cuello de su querido
+y le besó con apasionada ternura. Él, cohibido, agitado aún por la
+ascensión y trémulo, permaneció quieto, sin corresponder a tales
+manifestaciones de cariño. La dama le dio un golpecito maternal con la
+palma de la mano en la mejilla.
+
+--Serénate, poltrón, que nadie te come aquí.
+
+Luis hizo un esfuerzo por sonreír y se dejó caer en una marquesita
+forrada de raso azul.
+
+El gabinete de Amalia contrastaba por su lujo coquetón con el abandono
+que reinaba en el resto de la casa. Las paredes cubiertas de tapices
+soberbios, los mejores de la colección que la familia poseía; los
+muebles flamantes, estilo Luis XV, traídos de Madrid con la magnífica
+cama de ébano incrustada de marfil que se veía en la alcoba, en los
+primeros meses del matrimonio, cuando D. Pedro se esforzaba inútilmente
+en ganar el corazón de su joven esposa. Respirábase allí una atmósfera
+perfumada, sensual, que denunciaba los gustos refinados que la dama
+forastera había traído allá de otras tierras a la severa mansión de los
+Quiñones.
+
+Sentose sobre las rodillas del conde, y tirándole de la barba, exclamó
+conteniendo a duras penas los gritos, con una alegría reprimida que le
+brillaba en los ojos, que estallaba por todos los poros:
+
+--¿Lo ves? ¿Lo ves como hemos vencido? ¿Lo ves como se han salvado todos
+esos obstáculos que se te amontonaban en la cabeza y no te dejaban ver
+claro? No ha sido necesario más que un poco de audacia y que Dios nos
+ayudase.
+
+--¡Dios!--murmuró estremeciéndose el conde.
+
+Ella sintió que había hecho mal en apelar a la divinidad, y se apresuró
+a decir con desenfado:
+
+--Quise decir la suerte... Vamos, no empieces a ponerte cargante y
+tristón... Éste es un momento de felicidad para nosotros... Lo estoy
+tocando y me parece mentira... Mi hija, la hija de mis amores, viviendo
+conmigo, pudiendo verla y besarla a todas horas... ¡Qué hermosa es!...
+No pude contemplarla a mi gusto hasta esta mañana; pero hoy me he
+saciado bien... Se parece a tí... sobre todo esta parte de aquí arriba,
+del entrecejo. Jacoba dice que la boca es mía... No me pesa--añadió
+sonriendo con coquetería.--Otra cosa peor pudiera sacar de mí, ¿verdad?
+
+--Para mí todo es igualmente hermoso.
+
+--¡Vamos!--exclamó la dama echándose hacia atrás y clavándole una mirada
+de burla cariñosa.--Al fin has recobrado el uso de la palabra... Pues
+bien--añadió en tono serio,--tú no sabes las vueltas que hemos tenido
+que dar esta mañana para buscarle nodriza. Me han traído tres. Ninguna
+me ha gustado. Al fin la cuarta se quedó. ¡Y qué lindamente comenzó a
+chupar el ángel mío! Me costaba trabajo no saltar de alegría... ¡como me
+cuesta ahora!... Pero seamos graves... seamos graves y cargantes como el
+señor conde... Dime, fastidioso, ¿cómo te has arreglado para traerla?
+Cuéntame. ¡Qué cara tenías ayer noche al abrir la puerta del salón!
+
+--La cosa no era para menos. A las nueve fui a buscarla a casa de
+Jacoba. Ya te lo habrá dicho ella. Me pasé allí cerca de dos horas. Y
+como si el diablo quisiera mortificarnos, la criatura chillaba sin
+cesar...
+
+--Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego?
+
+--¡Qué noche! Los chubascos se repetían sin cesar. Las calles estaban
+perdidas, sobre todo por aquellos barrios extraviados. Me remangué los
+pantalones casi hasta la rodilla, porque ¿cómo iba a entrar manchado de
+barro en tu salón? Quise sostener el canastillo en un brazo y llevar el
+paraguas abierto en la otra mano. Fue imposible. A los pocos pasos me
+volví y le dejé el paraguas a Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielo santo!
+¡Qué angustia! El viento me bajaba a cada instante el embozo de la capa,
+la lluvia me azotaba la cara y me entraba por el cuello. Tenía miedo que
+me mojase la niña. Además iba temiendo resbalar. ¡Figúrate si caigo en
+aquel momento! El viento soplaba a veces tan recio que me impedía dar un
+paso. Bien puedes creerme que estuve tentado a dar la vuelta y dejarlo
+para otro día.
+
+--Lo creo sin que me lo jures. Demasiado sé que te ahogas en un plato de
+agua.
+
+Él le dirigió una larga y triste mirada de reconvención. Amalia soltó a
+reír y, abrazándole y besándole con efusión, exclamó:
+
+--No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que no te compadezco? El trance ha
+sido bien duro. Te has portado como un héroe.
+
+El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se ruborizó. La conciencia
+le gritaba que no los merecía. Se acordó de la terrible prueba por que
+acababa de pasar Amalia, y dijo:
+
+--¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer! ¿Cómo te encuentras? Ha sido
+una imprudencia bajar tan pronto la escalera.
+
+--¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy una roca.
+
+--Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tremendos dolores sin exhalar ni
+una queja!
+
+--¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto?--dijo poniéndole una mano en la
+boca.--¿Has parido alguna vez?
+
+--Luego cuatro días solamente en la cama--prosiguió el joven separando
+dulcemente aquella mano y besándola al mismo tiempo,--y al quinto bajar
+al salón.
+
+--Pues ya estás viendo que no me ha pasado nada. ¡Oh, si no llego a
+bajar ayer, de fijo Quiñones me manda al médico! Ya desde el segundo día
+estaba empeñado en que subiese... Pero ¿no sabes? Está enamorado, loco
+por la chiquilla. Toda la mañana ha tenido a la nodriza en su cuarto. ¡Y
+se le ocurren unas cosas tan peregrinas! Dice que esta niña nos la envía
+Dios para consolarnos de no tener familia...
+
+El conde volvió a ponerse serio, taciturno, mientras en los labios de la
+dama se dibujaba una sonrisa de cruel ironía.
+
+--A todo esto no has preguntado por ella, padre desnaturalizado--dijo
+metiendo sus dedos finos y blancos por la gran barba rizosa y bermeja de
+su amante.--Porque eres su padre, sí, su padre. ¿A que no lo
+niegas?--añadió acercando con mimo su rostro al de él y poniéndole los
+labios en el oído.--Voy a traértela.
+
+--Pero ¿va a venir el ama?--preguntó él con terror.
+
+--No, hombre, no--replicó riendo.--Vendrá ella solita. Verás qué bien
+camina ya.
+
+El conde abrió los ojos con una expresión estúpida que la hizo reír aún
+más. Se puso en pie y abriendo la puerta cuchicheó un instante con
+Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo de pocos minutos la obesa
+medianera abrió otra vez la puerta cautelosamente y les entregó la niña
+dormida. Amalia se sentó, haciéndola descansar en su regazo. Ambos la
+contemplaron largo rato en silencio con éxtasis, pendientes del levísimo
+soplo que hinchaba y deshinchaba aquel tierno cuerpecito. Fue un
+instante feliz. El conde, olvidado de sus temores, se calmó: una sonrisa
+de vivo placer se esparció por su fisonomía dulce y melancólica.
+Trascurrían los minutos, y ni uno ni otro rompían aquel silencio dichoso
+ni se distraían un punto de la atención intensa en que sus espíritus se
+confundían. Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel pedacito de carne
+rosada se reflejaba igualmente en sus ojos y ataba con hilos invisibles
+sus almas y sus vidas.
+
+--¡Qué hermosa es! Se parece a tí--murmuró el conde con tan blando
+acento que apenas si llegó a los oídos de su amante.
+
+--Aún más a tí--respondió ésta en la misma voz apagada.
+
+Luego, por un movimiento simultáneo, ambos volvieron la cabeza y se
+miraron larga, intensamente, con amor.
+
+--Te adoro, Amalia--dijo él.
+
+--Te quiero, Luis--respondió ella. Sus manos se buscaron y se apretaron
+tiernamente: sus cabezas se inclinaron para cambiar un beso casto.
+
+
+
+
+IV
+
+Historia de aquellos amores.
+
+
+Casto, sí. Quizá el primero en sus ya largos amores. Todo lo que de
+tierno y poético se desprendía de ellos, como un perfume, vino de pronto
+a embriagarlos, a hacerlos dichosos. Se desvaneció el remordimiento, que
+pesaba sin cesar en el alma delicada del conde, la agitación insana que
+a ambos atormentaba, el ardor, la violencia, la amargura qué iba oculta
+en el fondo de sus deliquios amorosos como el gusano en el cáliz de la
+rosa. No quedó más que el amor puro, el amor satisfecho, el amor
+consagrado por la santa y misteriosa fuerza de renovación que habita en
+el seno de la naturaleza.
+
+¡Si se hubieran conocido antes! ¡Cuántas veces se habían repetido esta
+frase de los adúlteros! Si se hubieran conocido antes, probablemente se
+hubieran separado sin sentir el más insignificante movimiento de
+atracción. El amor se alimenta principalmente de dificultades, le placen
+los terrenos movedizos batidos por la borrasca. El de ellos no pudo
+hallar tierra más adecuada ni circunstancias más favorables para su
+germinación.
+
+Como se sospechaba en Lancia, el matrimonio de Amalia con D. Pedro fue
+impuesto a aquélla por su familia, que agonizaba de hambre. D. Antonio
+Sanchiz, padre de la dama, era un mayorazgo valenciano que había
+consumido con el juego y las mujeres las tres cuartas partes de su
+hacienda. La cuarta que restaba se encargó de consumirla por los mismos
+medios su hijo primogénito, que había heredado idénticos gustos. Amalia
+era la última de los cinco hermanos, cuatro hembras y un varón. Su
+hermana primera, a quien habían tocado aún algunos rayos débiles del
+esplendor de la casa, logró casar ventajosamente con el hijo de un
+banquero rico. Nada aprovechó a su familia. Ni D. Antonio ni su hijo
+Antoñito pudieron ver el color de las monedas de su yerno y cuñado
+respectivamente. Las otras dos también casaron con jóvenes distinguidos,
+pero sin dinero. Amalia floreció enmedio de la total ruina de su casa.
+Ni su figura graciosa y delicada, ni su clara estirpe le valieron para
+llamar la atención de los hombres. El conocido desastre de la casa y la
+deplorable reputación de su padre y hermano pusieron en torno de ella
+una valla que ninguno se atrevía a saltar. Bien lo echó de ver enseguida
+y rehuyó enamorarse de los que, por pasatiempo o galantería, la
+festejaban. No era tipo acabado de belleza; faltábale gallardía en la
+figura, amplitud de formas, color en las mejillas. Mas apesar de su
+cuerpecito menudo y no del todo bien conformado, y de la palidez
+constante de su rostro, poseía especial atractivo, que cuantos la veían,
+y aún más los que la trataban, se complacían en afirmar. Provenía éste
+principalmente de sus grandes ojos negros expresivos: el alma se asomaba
+a ellos reflejando las más leves y fugaces emociones; ora ardían con
+fuego malicioso revelando la pasión recóndita, insaciable, ora se
+aquietaban extáticos, límpidos, en arrobo místico; ahora brillaban
+alegres y bulliciosos, enseguida melancólicos, tan pronto secos como
+húmedos, tan pronto tiernos como iracundos. Provenía también de su
+movilidad, de la agudeza de su ingenio y del metal de su voz simpático e
+insinuante. Era, en suma, una mujer graciosa e interesante.
+
+No se sabe si por orgullo o porque realmente su temperamento ardiente y
+borrascoso le solicitase a ello, mostrose desdeñosa con los jóvenes
+ricos que galantemente la requebraban sin decidirse a pedir su mano, y
+entregó el corazón a un muchacho humilde, a un escribientillo del
+gobierno político con cuatro mil reales de sueldo, hijo de un maestro de
+escuela. La sangre azul de los Sanchiz brincó de cólera en las venas de
+D. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas y hasta en las del banquero, su
+cuñado, que no la tenía. Hubo de sufrir activa y feroz persecución. Pero
+como no le faltaban ánimos y estaba dotada además de un espíritu
+ingenioso y travieso, fértil en toda clase de diabluras, es lo cierto
+que se burló de ellos largo tiempo, que de nada valieron los ruegos, las
+amenazas, ni la temporada que la tuvieron recluida en un convento. Si el
+escribiente no llega a morirse de una tisis que le concluyó en pocos
+meses, es casi seguro que la muy noble y necesitada casa de los Sanchiz
+sufriera el baldón de emparentar con el hijo de un maestro de escuela.
+
+Después de esta aventura, Amalia quedó bastante desprestigiada en la
+población. Pero ella bien sabía que, aunque hubiera mantenido incólume
+su prestigio, sería lo mismo. Los hombres no se casan por el prestigio,
+sino por el dinero. No se le ocurrió, pues, sentir remordimientos por lo
+pasado. Vivió triste y resignada dos años más, mostrándose indiferente a
+los placeres propios de su edad, sin hacer nada para granjearse la
+voluntad de los jóvenes y ganar un marido. Cuando ya iba cerca de los
+veinticuatro abriles, y podía darse por perdida la esperanza de
+matrimonio, fue cuando a D. Pedro Quiñones, su tío tercero o cuarto, se
+le ocurrió acordarse de ella. Resistió el casarse con aquel señor, que
+sólo había visto de niña dos o tres veces, viudo hacía poco tiempo, y
+cuyas extravagancias conocía por oírselas narrar entre carcajadas a su
+padre y hermano, ¡los mismos que ahora la apretaban para que le aceptase
+por marido! No fue muy tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba tan
+desengañada, vivía enmedio de un aburrimiento tan plomizo, de una
+indiferencia tan soñolienta, que así que vio a su padre colérico,
+después de haberla suplicado con vivas instancias, se dejó arrancar el
+sí. Decían todos que aquel matrimonio era la salvación de la familia. No
+se metió a averiguar si era verdad o pura ilusión. Después de casada
+supo que todo lo que su padre pudo sacar de D. Pedro fue una exigua
+pensión, con la cual a duras penas podía comer.
+
+El noble vástago de los Quiñones de León se enamoró perdidamente de
+aquella estatua de hielo. En el viaje que hicieron desde Valencia a
+Lancia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspecta y tan cortés al
+mismo tiempo, que D. Pedro no osó reclamar ninguno de sus derechos. En
+Lancia, ya sabemos por la voz pública, digna de creerse en este caso, lo
+que pasó.
+
+La negativa persistente, los desprecios infinitos con que le regaló por
+mucho tiempo, lejos de enfriarle, encendieron más su pasión. Era
+Quiñones, como ya sabemos, hombre fogoso, terco, de voluntad indomable.
+Los obstáculos le irritaban, llegaban a enloquecerle. Quiso vencer el
+corazón de su esposa y no perdonó medio para ello: la colmó de
+atenciones, mimó sus gustos más insignificantes, viviendo por varios
+meses en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de esperanzas, tan
+pronto vivas como muertas. Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la
+astucia de su amigo el canónigo. Aquel aconsejado viaje por las
+montañas, lleno de sustos y peripecias, le conquistó, si no el amor de
+su esposa, por lo menos sus favores.
+
+En los dos primeros años de matrimonio Amalia hizo una vida retraída,
+sin salir apenas del churrigueresco palacio de la calle de Santa Lucía.
+Vivía a solas con su aburrimiento, complaciéndose en hacerlo más
+insoportable, agitada por una cólera sorda que amenazaba estallar a cada
+instante: en la apariencia tranquila, aceptando gustosa su papel,
+tratando con superioridad cortés a los que se la acercaban. El
+desgraciado accidente sobrevenido a su esposo distrajo un poco su hastío
+e infundió en su corazón momentáneo sentimiento de piedad. Durante
+algún tiempo se creyó llamada a desempeñar cerca de él los oficios de
+hermana de la caridad, a cuidarle con afectado cariño para hacerle menos
+insoportable aquel terrible castigo. No tardó mucho en fatigarse. Poco a
+poco se fue aficionando a la tertulia que por las noches se formaba en
+torno de su esposo, comenzó a interesarse en las conversaciones de
+política local y a intervenir en ella más o menos directamente. D. Pedro
+era el arbitro de la provincia mientras se hallaba en el poder el
+partido moderado. Ahora, que estaba debajo, conservaba no obstante muy
+alto prestigio y no poca influencia, en el temor de que no tardaría en
+ponerse encima. Para aumentar este prestigio y esta influencia y dar
+mayor realce a la riqueza y poderío de la casa, Amalia, que halló aquí
+medio de distraerse, abrió sus salones a la sociedad laciense, que hasta
+entonces había tenido siempre alejada; algunas visitas de cumplido y
+nada más. Dio conciertos, menudeó las reuniones de confianza, y de vez
+en cuando, en ciertas solemnidades, organizó grandes bailes de etiqueta.
+Con esto recobró su perdida energía, aquella graciosa y simpática
+movilidad que la caracterizaba; volvió la sonrisa a sus ojos, la frase
+aguda a sus labios. Nadie supo jamás honrar con más amabilidad y más
+gracia a sus tertulianos. Fue modelo de gentileza y cortesanía. Se hizo
+adorar de la juventud, a quien proporcionó gratísimo recurso para matar
+las interminables noches del invierno.
+
+Fernanda Estrada-Rosa fue uno de los más bellos ornamentos de sus
+conciertos y saraos. En pos de ella vino el conde de Onís, su novio. El
+conde era visita de la casa de Quiñones, pero sólo iba de tarde en
+tarde, con motivo de algún cumpleaños, entrada de año, etc. Sin embargo,
+Quiñones alimentaba por él profunda simpatía. Bastaba que perteneciese a
+la nobleza para que el linajudo hidalgo le juzgara superior en todos
+conceptos a los demás seres de la población. Amalia, que apenas le
+conocía, comenzó a observarle con viva curiosidad. Tanto se le había
+hablado de él, del cariño y respeto que profesaba a su madre, de su
+humor melancólico, de sus habilidades, de su piedad exagerada, que
+deseaba tratarle con intimidad; quería penetrar en el alma de aquel
+mancebo tan apuesto y tan inocente. No tardó en convencerse de que el
+amor aún no había prendido en ella. Observando con atención sus
+relaciones con Fernanda, percibió en ellas un dejo de frialdad que no
+venía ciertamente de la rica heredera. Conoció que el conde se engañaba
+a sí mismo haciendo esfuerzos por quedar enamorado, y aún más por
+aparecerlo. Tomaba sus amores como una obligación honrosa que le
+exigían sus años y posición. El joven más principal de Lancia debía amar
+a la niña más rica y más bella. Por otra parte, parecía como si quisiera
+demostrar a la población que no era un extravagante o un maniaco, como
+alguna vez había oído insinuar. Por eso se le veía cumpliendo
+estrictamente los deberes del perfecto galán, paseando un par de horas
+por la mañana en la calle de Altavilla, donde vivía su novia,
+acompañándola los domingos en el paseo, sentándose a su lado en la
+tertulia de las señoritas de Meré o en la de Quiñones, y bailando con
+ella todos los rigodones en los saraos del Casino. Pero al mismo tiempo
+Amalia echaba de ver que sus pláticas eran frías, que el conde estaba
+taciturno y distraído muchas veces, mientras ella, con visible interés,
+hacía el gasto de la conversación y procuraba mantenerla viva.
+
+Aquellos amores le fueron interesando cada vez más: buscó las
+confidencias de ella y también las de él. Al poco tiempo su alma
+ardiente, sagaz, voluntariosa, simpatizó con la de Luis, tímida,
+infantil, llena de piedad y ternura. Más maestra en el arte de hacerse
+amar que la niña de Estrada-Rosa, logró pronto inspirar al conde
+confianza y afecto; le envolvió en una malla espesa de confidencias, no
+sólo referentes a sus amores, sino de toda la vida. Le confesó tan bien
+como el más hábil jesuita. Luis, seducido por tanto interés, le fue
+abriendo su pecho dándole cuenta primero de sus costumbres, luego de los
+actos de su vida pasada, por último de sus sentimientos más recónditos,
+de aquellos que sólo se confiesan a un hermano. A Amalia no le
+sorprendían en la apariencia tales originales y morbosas psicologías;
+las aceptaba como cosas naturales, daba su opinión acerca de ellas y se
+autorizaba cariñosamente el aconsejarle, reprenderle a veces, guiarle en
+ciertos asuntos de la vida, cuyo complicado mecanismo ignoraba el conde
+por Completo. Alentado por este juego habilísimo, se iba confiando cada
+vez más, se entregaba por completo, feliz con desembarazarse de tanto
+pensamiento ridículo, con confesar aquella extraña y dolorosa timidez
+que le atormentaba.
+
+Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernanda haciéndose confidente y
+protectora decidida de sus amores. Si mantenía ratos larguísimos de
+conversación particular y animada con el conde, no menos largos y
+animados los gastaba con la chica. Ésta le agradecía profundamente
+aquella protección, que se traducía en ocasiones buscadas por la dama
+para que los novios pudieran verse y hablarse, para reconciliarlos
+cuando estaban reñidos, etc., etc. Mas sin que la inocente niña lo
+sospechase, sin que el mismo conde se diese cuenta de ello, la dama
+valenciana iba ganando a paso de carga el corazón de éste. Si en
+juventud, en hermosura y gallardía era, sin disputa, inferior a la rica
+heredera, la aventajaba mucho en la gracia expresiva del rostro, en el
+atractivo de su conversación y en la finura de su inteligencia. De
+confidencia en confidencia, Luis llegó a mostrarle cuál era el verdadero
+estado de su corazón respecto a Fernanda. La astuta señora supo sacar
+partido de tales confesiones para hacerle ver que lo que sentía era sólo
+admiración de aficionado a las obras bellas de la naturaleza, un deseo
+vanidoso de hacerse amar por la joven más linda y más rica de la ciudad,
+necesidad de distraer el aburrimiento, cualquier cosa, en suma, menos el
+verdadero amor. Éste se alimenta de tristezas negras, de alegrías
+inefables, de insomnios, de zozobras, de una agitación dulce y amarga a
+la vez que constantemente llevamos dentro del pecho. Luis se convenció
+pronto. Pero ella encontraba su frialdad injustificada, no comprendía
+cómo un hombre de tan buen gusto no había logrado enamorarse
+perdidamente, le reñía, le embromaba, subiendo hasta las nubes las
+cualidades de la gentil heredera.
+
+Mientras esto decía con los labios, sus ojos pregonaban otra cosa.
+Aquellas pupilas negras llenas de fuego e inteligencia se clavaban en él
+con expresión unas veces lánguida, otras maliciosa, concluyendo por
+fascinarle. Al mismo tiempo sus manos breves, delicadas, de aristócrata
+aprovechaban cualquier coyuntura para rozar las suyas; al despedirse le
+apretaban con tenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinaban ambos para
+contemplar cualquier objeto y sus cabezas se tocaban, Amalia no separaba
+la suya, dejaba que el conde aspirase la fragancia de ella largo rato
+cual si tratase de envenenarle. Se preocupaba de sus trajes y le imponía
+sus gustos. No debía ponerse levita; el frac azul le sentaba
+admirablemente. ¿Por qué gastaba guantes oscuros? Le prohibió, riendo,
+que se los pusiera más. Para las corbatas confesaba que tenía mucho
+gusto, pero le sentaban mejor las de lazo que las chalinas. ¿Por qué no
+se encargaba a Madrid los sombreros? Los que llegaban a Lancia eran
+todos rancios y ridículos. Y el conde obedecía gustoso sus
+insinuaciones, se iba dejando dominar por el ascendiente de aquella
+mujer tan débil de cuerpo como fuerte de voluntad.
+
+Una noche en que llegó a casa de Quiñones cuando aún no había nadie, le
+dijo la dama bruscamente:
+
+--¿Quién le ha puesto a usted ese clavel en el ojal, Fernanda?
+
+El conde, sonriendo ruborizado, hizo signo afirmativo.
+
+--Pues que me dispense, pero tiene un color muy feo... Verá usted, voy a
+ponerle otro más bonito.
+
+Y diciendo y haciendo, fue derecha a uno de los floreros del salón y,
+después de escoger algún tiempo, sacó un magnífico clavel rojo. Volvió
+adonde estaba el conde y con gran desenvoltura, con cierta afectación
+aún, propia del que pretende mostrar su dominio, le arrancó el clavel
+que traía y le puso el nuevo. Sufrió él esta sustitución en silencio,
+inquieto y sorprendido. Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se
+echó un poco hacia atrás y exclamó con intención:
+
+--¡Ya lo creo que está mejor!
+
+Hubo después algunos instantes de silencio embarazoso. Ella se puso a
+jugar con el clavel de Fernanda, azotándose las rodillas, mientras
+lanzaba frecuentes miradas al conde, que permanecía confuso sin saber
+qué decir ni dónde poner los ojos. Por último, los de uno y otro se
+encontraron y sonrieron. En los de ella ardió una chispa maliciosa, y
+con ademán súbito y desdeñoso arrojó el clavel que tenía en la mano
+debajo de las sillas. El conde se puso repentinamente serio; sus
+mejillas se colorearon. En aquel momento entró Manuel Antonio. La
+conversación se entabló alegre, indiferente. El conde guardaba, sin
+embargo, un resto de turbación. Cuando llegó Fernanda y con visible
+disgusto, le preguntó por su clavel, se vio en grave aprieto, perdiose
+en un laberinto de explicaciones. El chico de su jardinero, a quien fue
+a dar un beso, se lo había arrancado, luego en una maceta que había
+hallado en el gabinete de su madre había tomado otro. Pero Amalia,
+implacable, le puso poco después en un conflicto preguntándole en voz
+alta con sonrisa maliciosa:
+
+--¿Quién le ha dado a usted ese clavel tan lindo, Fernanda?
+
+--No, yo no--se apresuró a responder ésta.
+
+Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvió en voz alta a la explicación
+que acababa de dar en secreto. Aquella pequeña traición los ató con nudo
+más fuerte, estableció entre ellos una relación singular que el conde no
+se atrevía a definir en su pensamiento, medroso de resbalar en un
+abismo. Siguió festejando con la misma asiduidad, quizá con alguna más,
+a la heredera de Estrada-Rosa, pero no podía hablar a la señora de
+Quiñones sin sentirse turbado; las miradas que se dirigían eran largas,
+intencionadas; sus apretones de manos vivos, impregnados de cariño.
+Ambos disimulaban delante de Fernanda como si fuese ya la esposa
+ultrajada. ¡Y aún no se habían dicho una palabra de amor! Pero Luis
+estaba convencido de que faltaba a su novia, de que era un criminal
+hacia D. Pedro, su amigo; no sabía por qué ni cómo, pero lo sentía allá
+dentro en el fondo de la conciencia. Sin embargo, reflexionaba algunas
+veces que por su parte no había dado un solo paso hacia el crimen, que
+se veía enredado en aquellas extrañas relaciones, en las cuales existía
+amor; inteligencia, traición, todo tácito, sin saber cómo había sido.
+
+Trascurrió más de un mes de esta suerte. Amalia no sólo le hablaba de
+amor con los ojos, pero le imponía su voluntad, le hacía ejecutar todos
+sus caprichos, a veces le reprendía ásperamente. Anunciaba, por ejemplo,
+que se iba a marchar: al volver los ojos se encontraba con los de Amalia
+que le decían que se quedase, y se quedaba. Trataba de bailar con
+Fernanda, y una mirada severa bastaba para retenerle. Un día anunció que
+iba a pasar seis u ocho en sus posesiones de Onís: Amalia le hizo signo
+negativo con la cabeza, y desistió de su viaje. ¿Por qué? ¿Con qué
+derecho contrariaba sus determinaciones, se introducía en su vida y la
+gobernaba? No lo sabía, pero experimentaba sensación gratísima al
+obedecerla. Vivía en una inquietud dulce, anhelante, esperando algo
+hermoso, algo inefable que no quería formularse en su cerebro. Mientras,
+ella con su eterna sonrisa misteriosa le observaba tranquilamente,
+segura de conocer ese algo y de llegar a él cuando le viniera en
+apetencia.
+
+Una tarde del mes de Junio se hallaba el conde en la Granja
+inspeccionando el trabajo de algunos obreros, que tenía ocupados en
+abrir una acequia más ancha para el molino. El mozo encargado del ganado
+vino a decirle que una señora preguntaba por él.
+
+--¿Una señora?--exclamó sorprendido.--¿No la conoces?
+
+El criado le miró estúpidamente, sin contestar. ¿Cómo la había de
+conocer, él, que había pasado la vida detrás del ganado, y sólo iba a
+Lancia algún día de mercado a comprar o vender una vaca? El conde se
+hizo cargo de esto y preguntó enseguida:
+
+--¿Es bajita?
+
+--No es muy alta, no, señor.
+
+--¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿el andar muy suelto y
+elegante?
+
+Y antes de que el criado pudiera contestar a estas preguntas, que no
+había entendido, echó a correr en dirección a la casa con el corazón
+palpitante, henchido de emoción por el presentimiento de que era _ella_.
+
+--¿Dónde está?--gritó sin dejar de correr.
+
+--En la corrada, a la puerta del jardín--le contestó también a gritos.
+
+Llegó a la corrada sin respiración. Antes de abrirla se detuvo un
+instante, avergonzándose de su presunción. ¿Cómo había llegado a
+suponer... ¿Pero por qué diablo se le había metido en la cabeza?... Y,
+sin embargo, no podía desecharla. Era _ella_, era _ella_; no le cabía
+duda alguna. Levantó el pestillo de la gran puerta de madera pintada de
+verde, y entró. La corrada era grande. Veíanse arrimados a la pared
+varios enseres de labranza. Debajo de un tendejón yacían algunos carros.
+En una caseta de madera, toscamente labrada, estaba amarrado un enorme
+mastín que quiso romper la cadena dando furiosos saltos por venir a
+acariciarle. Allá en el otro extremo, cerca de la puerta enrejada que
+comunicaba con el jardín, _la_ vio, en efecto, con la frente pegada a
+las rejas, contemplando las flores. Estaba de espalda. Traía vestido
+claro de rayas blancas y rojas y llevaba en la cabeza sombrerito de paja
+con flores rojas también. Con la mano izquierda se apoyaba en una
+sombrilla que hacía juego con el traje y en la derecha apretaba unos
+guantes de seda, ¡Qué bien impresos le quedaron estos pormenores! Jamás
+en la vida se le borraron de la memoria.
+
+--¿Usted por aquí?--le preguntó afectando una serenidad que estaba muy
+lejos de sentir.--¿Quién había de presumir que fuese usted la señora que
+el criado me acaba de anunciar?
+
+--¿De veras no lo ha presumido usted?--preguntó ella mirándole
+fijamente.
+
+--No, no, señora.
+
+Y se puso colorado al decirlo. La dama sonrió con benevolencia.
+
+--Bien, enséñeme usted esas rosas de _malmaison_ de que me ha hablado.
+
+El conde abrió la puerta del jardín y ambos pasaron adentro. Era muy
+grande, y estaba bastante descuidado. Desde que la condesa había dejado
+de venir a la Granja casi en absoluto, los criados apenas tocaban en él.
+Luis era más dado a hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado, a
+desecar terrenos, que a las flores. Así y todo, del tiempo en que su
+madre venía todas las tardes y le atendía, existían allí muchas plantas
+de flores, grandes arbustos que con el tiempo y con aquel suelo feraz se
+iban trasformando en árboles frondosos.
+
+Mientras recorrían caminos arenosos, de los cuales el césped se iba
+apoderando por falta de limpieza, la condesa explicaba en voz alta cómo
+había llegado hasta allí. Se le había antojado dar un paseo hasta
+Bellavista; pero al pasar por delante de la carreterita que conducía a
+la Granja se acordó de las dichosas rosas, y dio orden al cochero de que
+siguiese por ella. No había visto nunca la posesión. Aquella
+frondosidad, aquel verde tan intenso la entusiasmaban. En su país la
+vegetación era más pálida.
+
+--Pero más fragante... como las mujeres--dijo el conde con galantería.
+
+La dama se volvió para dirigirle una sonrisa de gracias, y siguió loando
+la belleza de los rododendros, de las azaleas, de las camelias
+gigantescas que encontraban al paso.
+
+Luego que vieron los rosales y que el conde le hizo elegir algunos para
+mandárselos al día siguiente, tornaron por senderos distintos hacia la
+puerta de entrada.
+
+--¿Usted está seguro de que yo he venido únicamente a ver estos
+rosales?--dijo Amalia parándose súbito y mirándole con fijeza.
+
+Al conde le dio un vuelco el corazón y comenzó a balbucir
+lamentablemente:
+
+--Yo no sé... La verdad que esta visita... Me alegraría que los
+rosales...
+
+Pero la dama, compadecida, no le dejó terminar.
+
+--Pues, además de los rosales, vengo a ver toda la finca, y
+particularmente el bosque. Conque ya puede usted ir enseñándomelo--dijo
+agarrándose resueltamente a su brazo.
+
+El conde volvió a experimentar nueva y violenta emoción, primero de
+pena, después, al sentir la mano de la dama en su brazo, de vivísimo
+gozo. Y, turbado hasta lo profundo de su ser, fue mostrándole lo digno
+de verse que tenía la finca, las grandes y hermosas praderas, las
+cuadras, la nueva maquinaria del molino, el bosque por último. Ella le
+observaba con el rabillo del ojo. A veces se dibujaba en su rostro una
+levísima sonrisa burlona. Se enteraba de todo con interés, loaba los
+trabajos que se habían llevado a cabo, proponía otros nuevos. Y al ir y
+venir soltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba, despertando en el
+alma del conde sensaciones diversas, pero todas vivas y anhelantes.
+Cuando observaba que iba adquiriendo aplomo le disparaba repentinamente
+alguna maliciosa insinuación que de nuevo lo atortolaba, lo dejaba
+confundido y ruborizado.
+
+--Vamos, conde, a que cuando usted me vio dijo para dentro: «Amalia está
+enamorada de mí: no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.»
+
+--¡Amalia, por Dios!... ¿Qué disparate está usted diciendo?... ¿Cómo me
+había de atrever...
+
+Pero la dama, como si no advirtiera su turbación ni concediera
+importancia a sus propias palabras, saltaba inmediatamente a otro
+asunto. Parecía que tenía gusto en sofocarle, en mantenerle agitado y
+trémulo. Y en las miradas fugaces que de vez en cuando le lanzaba
+reflejábase un sentimiento de superioridad, la benévola ironía del que
+está jugando a otro una burla que ha de terminar en bien. El conde
+presentía algo grave debajo de aquella sonrisa enigmática, comprendía
+que estaba haciendo un papel desairado, que se estaban riendo de él y
+hacía esfuerzos heroicos para recobrar su sangre fría, sin conseguirlo.
+
+El bosque admiró y entusiasmó a la dama por encima de todo. Era una masa
+de robles añosos donde no penetraba jamás un rayo de sol. El suelo
+estaba limpio de abrojos, tapizado de césped que convidaba a reposar.
+Ninguna otra finca de recreo de la provincia poseía aquel regalo,
+procedente quizá de la primitiva selva donde se había fundado el
+monasterio que dio origen a Lancia. Quiso descansar un instante debajo
+de aquella bóveda verde por donde la luz se cernía trabajosamente.
+Reinaba una paz, un amable sosiego que impresionaba como el silencio y
+la luz dormida de una, catedral gótica, pero con emoción más dulce.
+Apoyó la espalda en un árbol y paseó largo rato su mirada asombrada por
+la espesura. El conde estaba en pie algo más lejos. Ambos permanecieron
+mudos largo rato. Por fin el caballero sintió, sin verlo, que los ojos
+de la dama estaban posados sobre él. Resistió algunos momentos la
+atracción magnética de aquella mirada. Cuando al cabo volvió la suya vio
+que en efecto le contemplaba de hito en hito con expresión risueña y
+audaz que le hizo bajar la vista. Amalia soltó una alegre carcajada. Él,
+sorprendido, confuso, algo irritado sintiéndose en ridículo, viendo que
+las carcajadas no cesaban, le preguntó con sonrisa forzada:
+
+--¿De qué se ríe usted, amiga mía?
+
+--De nada, de nada--respondió llevándose el pañuelo a la boca.--Lléveme
+usted a ver la casa.
+
+Y se colgó nuevamente de su brazo.
+
+La casa era un grande y vetusto edificio de piedra amarillenta carcomida
+por los años, con dos torrecillas cuadradas a los lados. Todo en ella
+estaba podrido o deteriorado. En la escalera faltaban rejas, lo mismo
+que en los balcones, la bóveda de las habitaciones descascarillada, los
+tabiques resquebrajados, el tillado con agujeros, los cristales,
+emplomados a la antigua usanza, tan llenos de polvo que apenas
+consentían el ver al través de ellos; las paredes sucias también y de
+ellas colgados algunos cuadros oscuros, tan oscuros que no se conocía lo
+que el pintor había querido representar; las habitaciones, con pocos y
+antiquísimos muebles maltratados por el uso de las generaciones
+anteriores. Fueron recorriéndolas todas. A Amalia le placía aquel
+aspecto de remota antigüedad. ¡Cuántos seres habrían habitado aquella
+casa! ¡Cuánto se habría reído y llorado en aquellas vastísimas
+estancias! Cada una tenía su nombre. La una se llamaba _el cuarto del
+cardenal_, porque en siglos pasados un cardenal de la familia se alojaba
+allí cuando venía a pasar una temporada a la Granja; otra, _el salón de
+los retratos_, porque había unos cuantos colgados; otra, _la sala
+nueva_, aunque parecía tanto y aún más vieja que las demás. Todo aquello
+representaba la vida íntima de una familia al través de los siglos.
+
+--Éste es _el cuarto de la condesa_--dijo Luis al entrar con su amiga en
+una pieza no muy grande, donde por debajo del polvo y los estragos del
+tiempo se advertía mayor lujo en el decorado.
+
+Era una estancia coquetona donde las generaciones habían ido dejando
+testimonios más o menos plausibles de su amor a la ornamentación. Un
+escritorio _pompadour_, algunas sillas _regencia_, varios retratos al
+pastel; en el techo, pintados al óleo, algunos amorcillos nadando en una
+atmósfera, azul en otro tiempo.
+
+--¿Es el cuarto de su mamá?--preguntó Amalia.
+
+--No--replicó el conde riendo,--mamá dormía en otro lado. Se llama así
+desde tiempo inmemorial. Quizá alguna de mis abuelas lo había elegido
+para sí. Aquí es donde yo duermo la siesta cuando me canso de andar por
+el campo.
+
+En uno de los ángulos había una soberbia cama de roble tallado y
+enteramente negro por los años. Era una de esas camas del siglo XV que
+vuelven locos a los anticuarios. Las colgaduras antiquísimas también.
+Sobre los colchones estaba extendido un tapiz moderno de damasco.
+
+--Aquí es donde usted se recoge para pensar más libremente en mí, ¿no es
+cierto?
+
+El conde quedó aturdido como si le hubiesen dado un golpe en la cabeza.
+
+--¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo?
+
+Pero súbito, haciendo un gesto de resolución, exclamó:
+
+--¡Sí, sí, Amalia, dice usted bien! Aquí pienso en usted como pienso en
+todos los sitios adonde voy desde hace algún tiempo... Yo no sé lo que
+me pasa; vivo en un estado de constante zozobra, y esto, como usted me
+decía hace pocos días, es una señal de amor verdadero. Estoy enamorado
+de usted como un loco. Comprendo que es una atrocidad, que es un crimen,
+pero no puedo remediarlo... Perdóneme usted.
+
+Y el caballero se dejó caer de rodillas, como uno de sus nobles
+antepasados de la Edad Media, a los pies de la dama.
+
+Ésta se indignó, al oírle, terriblemente. ¿Cómo? ¿No se avergonzaba de
+semejante confesión? ¿No comprendía que dirigirle aquellas palabras
+dentro de su casa era un insulto? ¿Cómo podía suponer que ella las había
+de escuchar con paciencia? ¡Mentira parecía que el conde de Onís, un
+caballero tan cumplido, faltase de aquel modo a lo que debía a una dama
+y a lo que se debía a sí mismo!
+
+El conde permaneció aterrado y de rodillas bajo tal granizada de
+denuestos. Consideraba graves sus palabras; pero el enojo que producían
+en la dama era mayor de lo que había sospechado.
+
+Amalia guardó al fin silencio. Le contempló con ojos irritadísimos unos
+instantes. Mas una sonrisa feliz y burlona comenzó a dilatar su rostro
+expresivo. Se acercó lenta y majestuosamente a él, le puso la mano en el
+hombro e inclinándose para acercar la boca a su oído le dijo en voz
+baja:
+
+--Hace usted bien en no avergonzarse de nada de eso, porque yo, señor
+conde, le quiero a usted tanto por lo menos como usted a mí.
+
+Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abrazó a sus rodillas
+besándolas con frenesí, se desbordó en un mar de palabras apasionadas,
+incoherentes, llenas de fuego y de verdad, mientras ella, tan breve, tan
+diminuta, contemplaba aquel coloso rendido, con sus ojos misteriosos de
+valenciana lucientes de amor y pasión.
+
+Con este inmenso trabajo conquistó el conde de Onís a la gentil señora
+de D. Pedro Quiñones de León.
+
+Los primeros tiempos de sus relaciones fueron agitadísimos para él,
+llenos de punzantes remordimientos y de goces embriagadores. Amalia iba
+de vez en cuando a la Granja. Por la noche en la tertulia daba cuenta de
+su visita en voz alta. Él se estremecía, se turbaba, sudaba de congoja
+mientras con perfecta sangre fría narraba ella todo lo que se podía
+narrar, hablaba del jardín, censuraba el abandono en que estaba y lo que
+se divertía trayendo a cada visita algunas plantas con la intención de
+dejarlo arrasado, ya que a su dueño no le interesaba. Llevaba su audacia
+hasta burlarse.
+
+--Por supuesto que a este señor no hay quien le sufra desde que las
+damas le visitan. ¿No advierten ustedes qué impertinente se ha puesto?
+Temiendo estoy que el primer día que vaya a la Granja me obligue a hacer
+antesala.
+
+Los tertulios reían. Sí, sí, se le notaba más serio. Fernanda sonreía
+clavándole una mirada, cariñosa; el mismo D. Pedro dulcificaba sus ojos,
+altivos, feroces y dejaba escapar de su garganta un amago de carcajada.
+¡Qué esfuerzo prodigioso le costaba al conde aparecer sereno en estos,
+momentos! Le parecía que tenía un abismo abierto a sus pies. Y cuando se
+encontraba a solas con Amalia quejábase de su audacia, le rogaba con
+palabras fervorosas que fuese más precavida, mientras ella, impasible,
+gozándose en sus temeridades, sonreía desdeñosamente con su fina sonrisa
+enigmática.
+
+No pudiendo verse sino rara vez en la Granja, Amalia halló medio de
+hacer más frecuentes las entrevistas confiándose a Jacoba. En casa de
+ésta se encontraban una o dos veces a la semana. El conde entraba por
+una puertecita trasera que daba a cierta calleja, a primera hora de la
+tarde, cuando los vecinos estaban comiendo. Esperaba lo menos dos o tres
+horas. Amalia llegaba por fin con pretexto de dar alguna orden a su
+favorecida. Pero no bastándole esto, todavía ideó la entrada por la
+tribuna de la iglesia de San Rafael. Al conde le horrorizaba tal medio;
+todos sus escrúpulos religiosos se sublevaban a la vez; además tenía
+miedo de que un accidente casual descubriese aquellos amores y aquella
+profanación. ¡Qué escándalo! Amalia se reía de sus temores como si las
+consecuencias terribles no hubiera de pagarlas ella. Era una mujer que
+tenía confianza absoluta en su estrella. Como los buenos toreros se
+juzgan más seguros ciñéndose a los cuernos del toro si no pierden la
+sangre fría, así ella desafiaba el peligro, iba al encuentro de él
+confiando en que sabría salir de cualquier atolladero. Y, en efecto, su
+perfecta serenidad, su increíble audacia la salvaron más de una vez.
+
+El conde de Onís, el coloso de luengas barbas fue un verdadero juguete
+en las manos de aquella mujercita temeraria y maligna. Una pasión loca
+se apoderó de ambos, sobre todo de ella. Poco a poco se fue
+acostumbrando a no vivir sin él, a no pasarse un día sin verle a solas.
+Hacía esfuerzos increíbles de ingenio y habilidad para conseguirlo. Y
+si las circunstancias rodaban de tal suerte que fuese imposible en tres
+o cuatro días gozar una hora de soledad, su espíritu voluntarioso se
+exaltaba, botaba dentro del cuerpo como un corcel impaciente, y estaba
+dispuesta a arrojarse a la mayor imprudencia. Le apretaba las manos, le
+daba pellizcos en plena tertulia, le abrazaba detrás de las puertas
+cuando con cualquier pretexto le hacía pasar a otra habitación, y más de
+una vez y más de dos en las barbas del mismo maestrante, al volver éste
+la cabeza, le estampó un beso en los labios. Luis temblaba, empalidecía,
+siempre en espera de una catástrofe.
+
+Al cabo de pocos meses, sus relaciones con Fernanda, que habían ido
+enfriándose paulatinamente, se rompieron por completo. Fue exigencia
+ineludible de Amalia. Desde el principio lo venía preparando con
+soberano arte, marcándole el tiempo que había de estar al lado de su
+novia, las veces que la había de sacar al baile y hasta lo que le había
+de decir. Y como lo tenía previsto, la heredera de Estrada-Rosa, que era
+orgullosa, no pudiendo soportar la frialdad de su novio, le dejó en
+libertad y le devolvió su palabra. La pobre chica desahogaba su pena con
+Amalia, la única que sabía a qué atenerse respecto a aquel rompimiento
+tan comentado. Mostró ésta gran enojo por la conducta del conde y se
+expresó en términos bastante vivos contra él; tomó parte por la joven,
+deshaciéndose en elogios de ella; no se hartaba de ponderar sus ojos, su
+talle, su discreción y bondad. Hasta dio ostensiblemente algunos pasos
+para reconciliarlos. Y en el seno de la confianza, particularmente entre
+los amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no se contentaba con decir que
+Fernanda valía en todos sentidos más que su ex-novio, sino que
+apellidaba a éste con mil epítetos pesados; jayanote, pavo, santurrón,
+hipócrita, etc. Y cuando al día siguiente le veía en casa de Jacoba,
+decíale abrazándole muerta de risa:
+
+--¡Cómo te he puesto ayer, querido mío, delante de varios amigos de D.
+Juan! ¡Tú no sabes!... Saliste de mis labios que ni con pinzas se te
+podía recoger.
+
+Vivía el conde, por todo esto, y por los remordimientos que sin cesar le
+mordían, en un estado de perpetua agitación. ¡Cuán lejos se hallaba de
+ser feliz! Pero todo era flores comparado con lo que le esperaba. Cinco
+meses después de comenzadas sus relaciones, un día le anunció Amalia que
+creía hallarse en cinta. Se lo dijo con la sonrisa en los labios, como
+si le noticiase que le había tocado la lotería. Luis sintió un vértigo
+de terror, quedó pálido, la vista se le turbó como si fuese a caer.
+
+--¡Dios mío, qué desgracia!--exclamó llevándose las manos al rostro.
+
+--¿Desgracia?--preguntó ella con asombro.--¿Por qué? Yo estoy muy
+contenta.
+
+Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos, le explicó riendo que era
+feliz con esperar una prenda de sus amores; que no tuviese miedo alguno
+porque ella sabría arreglarse para que nada se descubriera. Y, en
+efecto, tal maña se dio para apretarse que nadie pudo presumir que
+aquella mujer tuviese una criatura en sus entrañas. ¡Qué sustos, qué
+congojas las del conde mientras duró el embarazo! Si alguien la miraba
+con insistencia, ya estaba temblando; si en el curso de la conversación
+un tertulio hacía alusión a algún parto disimulado, se ponía pálido,
+pensando que podía ser una indirecta. En todos los rostros creía ver
+sonrisas y miradas significativas; en las palabras más inocentes,
+profundas y aviesas insinuaciones.
+
+Mientras tanto ella comía y dormía tranquilamente con una alegría
+constante que aterraba y admiraba al mismo tiempo al conde. El tiempo
+corría: llegaron los siete meses; los ocho. Por mucho que lo disimulase,
+el conde observaba que la cintura de su querida se ensanchaba. Cuando,
+lleno de congoja, comunicó con ella esta observación, se echó a reír:
+
+--Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes. ¿Quién va a sospechar
+porque esté un poquito más abultada? Muchas veces le gusta a una llevar
+flojo el corsé.
+
+Cuando llegó el momento crítico mostró una bravura que rayaba en
+heroísmo. Luis quería confiarse a un médico: ella se opuso. ¿Para qué?
+Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiar tal secreto a otra
+persona era peligroso. Le acometieron los primeros síntomas al amanecer,
+hallándose en la cama; pero hasta las ocho no mandó llamar a Jacoba, que
+con el pretexto de hacer unos colchones dormía desde hacía algunos días
+en casa. Se encerraron en el gabinete, donde ya tenían preparadas las
+ropas necesarias, y sin un grito, sin un movimiento descompasado, sin la
+más leve queja, salió aquella valiente mujer de su cuidado. Jacoba sacó
+la criatura con el lío de la ropa, después de haber mandado fuera con
+adecuados pretextos a los criados.
+
+El conde lloró de gozo y admiración al saber este feliz desenlace.
+Luego, cuando recibió por Jacoba la orden de llevar la niña al portal de
+Quiñones, volvió a sentirse acongojado. El plan de su amante le llenaba
+de estupor; pero como estaba acostumbrado a obedecer, hizo lo que le
+mandaba. El resultado coronó la audacia de la dama; fue tal como ella
+había previsto.
+
+Y ahora, al contemplar a la criatura segura para siempre, no sólo se
+fortalecía su amor y se depuraba, sino que sentían el gozo de la
+victoria, del que después de haber corrido fuertes temporales llega por
+fin a puerto de salvación.
+
+En voz muy baja, con las manos enlazadas, inclinando de vez en cuando la
+cabeza para rozar con los labios la frente de la niña, hablaron largo
+rato, mejor dicho, soñaron despiertos, queriendo penetrar en los abismos
+insondables del tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella hermosa
+criatura? ¿Cómo se la educaría? Amalia decía que conseguiría educarla
+como hija suya, hacerla una verdadera señorita; estaba segura de que D.
+Pedro no se opondría a ello. Y como quiera que no tenía hijos, nada más
+natural que habiéndola tomado cariño la dejase a su muerte algún legado
+importante. El conde hizo un gesto de desdén. La niña no necesitaba de
+la hacienda de D. Pedro. Él le dejaría toda la suya.
+
+--Pero tú puedes casarte y tener hijos--dijo la dama mirándole
+maliciosamente.
+
+Él la tapó la boca.
+
+--¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oír eso siquiera. Estoy
+definitivamente unido a tí.
+
+Ella le besó con efusión.
+
+--Sellados, ¿verdad?
+
+--Sellados--repuso él con firmeza.
+
+--¿Pero no te haces cargo de que si le dejas tus bienes en testamento,
+enseguida nacería la sospecha de que era hija tuya?
+
+Esta dificultad le abatió por unos instantes. Ambos se ocuparon en
+arbitrar algún medio para eludirla. El conde quería dejarlos en
+fideicomiso a alguna persona de confianza. Pero esto ofrecía también sus
+inconvenientes. Mejor sería ir colocando dinero a su nombre en algún
+banco, y al llegar a la mayor edad, fingir una herencia, inventar algún
+padre llovido del cielo...
+
+--En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo a mi cuidado--concluyó diciendo
+ella.
+
+Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando de su imaginación
+inagotable, de su voluntad y su audacia.
+
+Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir volvieron los ojos al
+presente. Era necesario bautizar la niña. Habían resuelto que fuese al
+día siguiente.
+
+--Ya hemos convenido en que la madrina fuese yo y el padrino tú.
+
+--¿Cómo? ¿yo?--exclamó asustado.--Pero, mujer, ¿no comprendes que eso
+puede engendrar sospechas?
+
+La dama se obstinó. Que sí, que había de ser padrino. Si sospechaban,
+buen provecho. A ella le tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente
+afligido cambió de idea.
+
+--No te apures, hombre, no te apures--dijo dándole un tironcito a la
+barba.--Ha sido una broma. ¡Buena cara ibas a poner cuando la tuvieses
+en la pila! No te faltaría más que gritar: ¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí
+todos a ver al padre de esta criatura!
+
+El padrino sería Quiñones, y en su representación D. Enrique Valero. La
+madrina ella, representada por María Josefa. El conde se mostró muy
+satisfecho. Todo aquello era hábil y prudente y adecuado para asegurar
+la suerte de su hija. Pero cuando se manifestaba más contento, un rumor
+que vino del pasillo le hizo saltar en la butaca, ponerse lívido.
+
+--¿Qué tienes, hombre?
+
+--¡Ese ruido!...
+
+--Es Jacoba...
+
+Pero viéndole dudoso, con los ojos espantados aún, se levantó, teniendo
+la niña en los brazos, abrió la puerta y cambió algunas palabras con
+Jacoba que, en efecto, estaba allí. Después de entregarle la criatura y
+cerrar, volvió de nuevo a sentarse.
+
+--¿Cómo eres tan cobarde, di?
+
+--No es cobardía--repuso él ruborizado.--Es que estoy siempre
+sobresaltado... No sé lo que me pasa... La conciencia quizá...
+
+--¡Bah! Es que eres un cobarde. Como tienes el cuerpo tan grande se te
+pasea el alma dentro de él.
+
+Y acto continuo, observando la expresión de enojo y tristeza que se
+reflejaba en su semblante, tornó a abrazarle con trasportes de
+entusiasmo.
+
+--No, no eres cobarde; pero inocente sí... Por eso te quiero, te quiero
+más que a mi vida. ¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya...
+Tú eres mi único amor. Yo no soy casada...
+
+Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus manos finas y pálidas por
+el rostro, estampaba en él menudos, infinitos besos, le anudaba los
+brazos al cuello, se lo mordía con leves y fugaces mordiscos de ratón. Y
+al mismo tiempo, ella, tan grave y silenciosa en visita, hacía fluir de
+sus labios un chorro constante de palabritas melosas que le adormecían y
+embriagaban. El fuego, que se adivinaba al través de sus grandes ojos
+misteriosos y traidores, brotaba ahora con vivas llamaradas. Era el goce
+de la sensualidad el que se desprendía de su ser; pero era también el
+deleite maligno del capricho cumplido, de la venganza y la traición.
+
+El conde de Onís se sentía cada día más subyugado. Las caricias de su
+amada eran abrasadoras; pero los ojos guardaban siempre, en lo más
+hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada. Sentía amor y miedo al
+mismo tiempo. Alguna vez su espíritu supersticioso llegaba a imaginar si
+un demonio tentador habría venido a alojar en el cuerpecito endeble de
+aquella valenciana.
+
+Después de anunciar tres o cuatro veces que se marchaba, sin llevarlo a
+cabo por impedírselo ella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se
+levantó de la butaca. La despedida fue larga como siempre. Amalia no le
+soltaba hasta que le veía ebrio, intoxicado por la violencia de sus
+caricias. Jacoba le esperaba en el corredor. Después de conducirle por
+éste y otros varios hasta la estancia donde se hallaba la escalerita
+excusada que iba a la biblioteca, le hizo seña de que aguardase y bajó
+sola para cerciorarse de que no había nadie en los pasillos. Tornó a
+subir para avisarle; el conde descendió, apagando cuanto podía el ruido
+de sus botas. A la puerta del pasadizo la medianera le dejó, después de
+abrirle la puerta. Bajose otra vez hasta tocar con las manos en el suelo
+para no ser advertido de la gente que pasase por la calle, y en esta
+forma atravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió la puerta y entró. La
+oscuridad le cegó. En cuanto dio algunos pasos sintió un golpe en la
+espalda y oyó una voz ronca que decía al mismo tiempo:
+
+--¡Muere, infame!
+
+Se heló en sus venas la sangre y dio un salto hacia atrás. Entre las
+sombras espesas pudo distinguir un bulto más negro aún. Veloz como un
+rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniquilado bajo su enorme
+cuerpo si no sintiera una carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz
+de Amalia.
+
+--¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño!
+
+La sorpresa le dejó mudo unos instantes.
+
+--¿Pero por dónde has venido?--dijo al cabo.
+
+--Pues por la escalera principal. Me he echado este capuchón negro
+encima y he bajado corriendo.
+
+Y viéndole frío y disgustado por aquella broma de mal gusto, se empinó
+sobre la punta de los pies, colgose rápidamente a su cuello y, después
+de apretar los labios larga y apasionadamente contra los suyos, le dijo
+con acento zalamero:
+
+--Ya sabía que no eras cobarde... pero quería comprobarlo.
+
+
+
+
+V
+
+Las bromas de Paco Gómez.
+
+
+Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse a que Paco Gómez
+procediese de buena fe. Su carácter jocoso, los terribles bromazos que
+se le atribuían perjudicábanle en el ánimo del indiano. No bastaba que
+adoptase continente grave y mantuviese con él pláticas largas acerca de
+la alza o baja de las acciones del Banco, ni que le loase la casa por
+encima de todas las fábricas modernas y le diese útiles consejos en el
+juego del chapó. De todos modos el gracioso de Lancia observaba allá, en
+el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, una nube de recelo que no
+podía disipar. En este aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le
+había metido en la cabeza una broma chistosa, y antes de renunciar a
+ella consentiría en cualquier alianza.
+
+--Desengáñate, Santos--decía el marica, de acuerdo con Paco, paseando
+cierta tarde por el Bombé con Granate,--tú, como te has pasado más de la
+mitad de la vida detrás de un mostrador, no entiendes nada de estos
+lances. No te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero que anda en
+camino de ello lo digo y lo sostengo aquí y en todas partes. Hace ya
+tiempo que lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas,
+incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana la apetecen y están
+dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. Fernanda comenzó
+rechazándote...
+
+--¡Entodavía! ¡entodavía!--manifestó sordamente el indiano.
+
+--Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa y que no dará jamás su
+brazo a torcer. Pero por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará
+más que con el conde de Onís o contigo, los dos únicos partidos que hay
+en Lancia para ella; el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis es
+un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de casarse. Ella está convencida
+ya de esto mismo. No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que se
+coma la breva... Además, por más que otra cosa digan, a las mujeres les
+gustan los hombres como tú, robustos... porque tú eres un roble,
+chico--añadió volviendo hacia él la cabeza con admiración.
+
+Granate dejó escapar un mugido corroborante. El marica le pasó las manos
+por el torso, como profundo conocedor de las formas masculinas.
+
+--¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!
+
+--Con estos hombros que aquí ves--dijo el indiano con orgullo--se han
+ganado muchos miles de pesos.
+
+--¿Cómo? ¿Cargando sacos?
+
+--¡Sacos!--exclamó Granate sonriendo con desprecio.--Eso es pa la
+canalla. ¡Cajas de azúcar como vagones!
+
+El Bombé estaba desierto en aquella hora. Era un paseo amplio en forma
+de salón, recién construido en lo alto del famoso bosque de San
+Francisco, desde donde se señoreaba todo. Este bosque de robles
+corpulentos, añosos, retorcidos, algunos de los cuales pertenecían a la
+selva primitiva donde se fundó el monasterio que dio origen a Lancia,
+servía de sitio de recreo y esparcimiento a la población, hasta cuyas
+primeras casas llegaba. Permaneció siempre en lamentable abandono; pero
+la última corporación municipal había llevado a cabo en él magnas
+reformas que le habían valido los aplausos de los espíritus innovadores:
+un paseo, algunos jardinillos alrededor y una calle enarenada entre los
+árboles, que le ponía en fácil comunicación con la ciudad. Los días de
+labor no paseaban por él más que algunos clérigos con sus largos manteos
+negros y enorme sombrero de teja, llevando algún seglar enmedio, dos o
+tres pandillas de indianos disputando en voz alta sobre el precio de los
+cambios o el valor de los solares de la calle de Mauregato, recién
+abierta, y tal cual valetudinario, que venía a primera hora a tomar el
+sol, y se retiraba tosiendo en cuanto sentía la humedad de la tarde. ¿Y
+las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sabían perfectamente lo que se
+debían a sí mismas y estaban dotadas de un sentimiento harto delicado de
+las leyes del buen tono para exhibirse en días que no fuesen feriados. Y
+aun en éstos no lo hacían sino tomando las debidas precauciones. Ninguna
+dama de Lancia cometía la bajeza de presentarse en el Bombé los domingos
+mientras no estuviesen paseando en él algunas otras de su categoría.
+Pero esto era de una dificultad insuperable, dada la unanimidad de
+pareceres. De aquí que, aderezadas ya desde las tres de la tarde, con el
+sombrero y los guantes puestos, aguardasen al pie de los balcones,
+espiándose las unas a las otras por detrás de los visillos. «Ya pasan
+las de Zamora.» «Ahora vienen las de Mateo.» Sólo entonces se
+aventuraban a lanzarse a la calle y subir poco a poco y con la debida
+majestad hasta el paseo, donde hacía ya dos horas la banda municipal
+ejecutaba diversas fantasías sobre motivos de _Ernani_ o _Nabuco_ para
+recreo de las niñeras y algunos apreciables albañiles. Ni se crea, sin
+embargo, que la sociedad distinguida de Lancia entraba así de golpe y
+porrazo en el arenoso salón. Nada de eso. Antes de poner el pie en él
+subían a otro paseíto suplementario que había poco más arriba. Desde
+allí exploraban el terreno, observaban «si alguna se había atrevido.»
+Por fin, cuando las sombras comenzaban a espesarse ya en las copas de
+los añosos robles, a la hora en que la niebla descendía de las montañas
+apercibida a fijarse en las narices, en la garganta y en los bronquios
+del honrado vecindario, todas las bellezas indígenas acudían casi en
+tropel al espacioso paseo. ¡Qué importaba un catarro, un reuma, ni
+siquiera una pulmonía, ante la deshonra de presentarse las primeras en
+el Bombé! ¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentoso del poder que
+en los pechos elevados ejerce el respeto de sí mismo!
+
+Esta exquisita conciencia de los deberes, que la naturaleza ha escrito
+con caracteres indelebles en los corazones dignos, se revelaba aún de
+modo más claro y conmovedor con ocasión de los bailes de confianza que
+el Casino de Lancia daba cada quince días durante el invierno. Fácil es
+de comprender que las dignísimas señoritas que con tal admirable
+constancia luchaban un día y otro para no entrar en el paseo mientras
+estuviese solitario, no irían a cometer la vileza de presentarse
+«primero que las otras» en el salón del Casino. Mas como aquí no había
+paseo suplementario desde donde espiarse, ni era fácil por la noche
+estar de espera en los balcones, aquellas ingeniosísimas damas, tan
+dignas como ingeniosas, hallaron un medio de dejar siempre a salvo su
+honra. Poco después de sonar las diez, hora en que daba comienzo el
+baile, enviaban hacia allá de descubierta, como caballería ligera, a sus
+papas o hermanos. Entraban haciéndose los distraídos, se sentaban un
+momento en las butacas, gastaban cuatro bromas con los pollos que allí
+aguardaban correctos, impacientes, con la luenga levita cerrada,
+abrochándose los guantes los unos a los otros, y al poco rato se
+retiraban disimuladamente para ir a noticiar a sus familias que aún no
+había llegado nadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos impacientes de la
+levita cerrada aguardaron vanamente toda la noche la llegada de sus
+hermosas parejas! Las bujías se iban gastando; la orquesta, que había
+tocado sin éxito alguno dos o tres bailables, se desmoralizaba; los
+músicos charlaban en voz alta o paseaban por el salón y hasta fumaban;
+los hujieres y mozos bostezaban, tirándose unos a otros indirectas
+referentes a las dulzuras del lecho. Por fin el presidente daba la orden
+de apagar, y los pollos se retiraban a sus domicilios respectivos tan
+mustios como correctos. ¡Espectáculo consolador el de aquellas heroicas
+jóvenes que, apesar de sus vivos deseos de ir al baile, preferían
+permanecer en casa a quebrantar los principios fundamentales en que
+descansa la dicha y el sosiego de la sociedad!
+
+--Allí viene Paco con el Jubilado. Lo mismo te dirán que yo--profirió
+Manuel Antonio poniéndose la ebúrnea mano sobre las cejas a guisa de
+pantalla.
+
+En efecto, allá a lo lejos se columbraba la figura de Paco como una
+percha coronada por un pepino. Todos los sombreros le entraban hasta las
+orejas a causa de la inverosímil pequeñez de la cabeza y su disposición
+excepcional. A su lado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bigotes
+blancos y arrogante figura militar, aunque ya sabemos que era el hombre
+más civil que hubiese producido Lancia desde hacía algunos siglos.
+
+Granate dejó escapar algunos gruñidos destinados a probar el profundo
+desprecio que aquellos dos personajes le inspiraban, el uno por su poca
+formalidad, y el otro por no tener ni un mal cupón del tres por ciento.
+
+--Vamos, queridos, hacedme el favor de convencer a este babieca de que
+es un buen partido para cualquier muchacha, porque no quiere creerlo.
+
+--¡Aprieta, pues si D. Santos no es partido con cinco o seis millones de
+reales, no sé yo quién lo será!--exclamó Mateo relamiéndose como padre
+de cuatro niñas casaderas que no acababan de casarse.
+
+--¡Suba el cañón, D. Cristóbal, suba el cañón!--dijo el indiano
+echándole una mirada torva.
+
+--¿Cómo? ¿Tiene usted más?... Me alegro... Yo hablo por lo que dice la
+gente...
+
+--Tengo quinientos mil pesos sin quitar un _lápiz_.
+
+Los tres amigos cambiaron una mirada significativa. Manuel Antonio, no
+pudiendo contener la risa, le abrazó exclamando:
+
+--¡Bien, Santos, bien! Eso del _lápiz_ me enternece.
+
+Granate era el hombre de los disparates lingüísticos. No tenía
+conocimiento de la forma verdadera de una gran parte de las palabras;
+las modificaba de modo que resultaba muy cómico. Sin duda dependía de
+falta de oído, dado que hacía ya algunos años que había regresado de
+América y trataba con personas cultas. Sus bárbaros atentados contra el
+idioma eran proverbiales en Lancia.
+
+--Pues nada, este infeliz se figura--prosiguió el marica, sin hacer caso
+de la mirada recelosa que le dirigió--que porque Fernanda Estrada-Rosa
+gasta algunos remilgos no le gustan las peluconas como a todo hijo de
+vecino... ¡Tonto, tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegaba
+palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Si es hija de D. Juan
+Estrada-Rosa, el mayor judío que hay en la provincia!
+
+--Hombre, Fernanda ya es otra cosa--manifestó el Jubilado, que no estaba
+en el ajo--Es una chica muy rica y no necesita casarse por el dinero.
+
+Pero los otros dos cayeron como fieras sobre él. Cuando se tiene dinero
+se quiere más. La ambición es insaciable. Fernanda era muy orgullosa y
+no pasaría por que ninguna otra chica en Lancia pudiese ostentar tanto
+lujo como ella. Si D. Santos elegía esposa en la población, le podría
+hacer competencia desastrosa: era una mosca que no se quitaría jamás de
+la nariz. El único rival temible para D. Santos era el conde de Onís;
+pero éste ya estaba descartado. Su carácter excéntrico, su misticismo y
+las extrañas manías en que daba con frecuencia, habían concluido por
+aburrir a la muchacha...
+
+Con estos argumentos y un formidable pisotón de inteligencia que Paco le
+dio, el Jubilado entró en razón y se puso de parte de ellos. Los tres
+se esforzaron en convencer al indiano de que ni aquélla ni ninguna otra
+joven podría resistir mucho tiempo si él se decidía a estrechar el
+bloqueo. Paco aludía además de un modo vago y misterioso a cierto dato
+que él poseía, el cual demostraba hasta la evidencia que los desdenes de
+la chica eran pura comedia, alardes de vanidad para hacerse valer. Pero
+era un secreto; no podía revelarlo sin faltar a la amistad y
+consideración que debía a la persona que se lo había comunicado.
+
+Sin embargo, Granate no acababa de rendirse. Como un mastín a quien
+rodean los chicos y tratan de congraciársele haciéndole caricias,
+echábales miradas recelosas y dejaba escapar de vez en cuando gruñidos
+dubitativos. Manuel Antonio agotó el repertorio de sus argumentos
+sutiles y femeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas o
+pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta lo infinito. Paco le dejaba
+decir y hacer echándole de través miradas socarronas, convencido de que
+Granate acogía siempre con desconfianza sus palabras. Pero a última hora
+intervino para dar el golpe definitivo. Después de hacerse rogar mucho
+por sus dos auxiliares, y de suplicar encarecidamente y por los clavos
+de Cristo que aquello permaneciese en secreto, sacó al fin del bolsillo
+una carta. Era de Fernanda a una amiga de Nieva. Explicó primero de qué
+modo casual había venido a su poder, y después leyó en voz baja y con
+aparato de misterio el siguiente párrafo: «Lo que me dices de Luis no
+tiene fundamento. No he vuelto ni volveré a reanudar mis relaciones con
+él por razones muy largas de explicar, algunas de las cuales ya conoces.
+Lo de D. Santos, aunque por ahora no hay nada, lleva mejor camino. Es
+viejo para mí, pero me parece muy formal y cariñoso. Nada tendría de
+particular que al fin cayera con él.»
+
+Granate atendió con extremada fijeza, abriendo de modo descomunal sus
+ojazos. Cuando Paco terminó la lectura dijo con voz profunda, como si
+hablara consigo mismo:
+
+--Esa carta es _ipócrifa_.
+
+Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posible por contener la risa.
+Manuel Antonio aprovechó la ocasión para darle un abrazo más.
+
+--¡Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñale la carta, Paco... ¿Tú
+conoces la letra de Fernanda?... ¿No?... Pues yo sí y aquí D. Cristóbal
+también, porque Emilita recibe a cada momento cartas de ella... Tú eres
+demasiado modesto, Santos. Yo no te diré que seas un real mozo, pero
+tienes cierta gracia y cierto aquel... vamos...
+
+--¡Ya lo creo que lo tiene!--exclamó Paco.--Bien puede usted fiarse de
+Manuel Antonio, que es voto en la materia.
+
+--Cualquiera puede distinguir, querido--profirió éste, picándose
+repentinamente.--Teniendo ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo
+que es feo y lo que es mediano.
+
+Y no quiso emplear más saliva en secundar los planes de Paco. Dejaron,
+pues, a Granate en paz, y el marica cambió de conversación.
+
+--Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal.
+
+Éste levantó la cabeza y vio venir hacia ellos paseando ocho o diez
+militares. Eran oficiales del batallón de Pontevedra, que, a su
+despecho, había llegado recientemente de guarnición a la ciudad. Mateo
+rechinó un poco los dientes y bufó repetidas veces para indicar todo lo
+odioso que le era la fuerza armada. Después exclamó con irónico
+retintín:
+
+--¡Cómo me encantan los guerreros en tiempo de paz!
+
+--Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal. Los militares no dejan de
+ser útiles.
+
+--¡Útiles!--exclamó el Jubilado encrespándose.--¿Qué utilidad traen,
+vamos a ver? ¿En qué son útiles?
+
+--Hombre, mantienen la paz.
+
+--La guerra es lo que mantienen. Para librarnos de los ladrones basta la
+guardia civil. Ellos son los que fomentan el malestar y la ruina de la
+nación. En cuanto ven las escalas paradas se sublevan en uno u otro
+sentido, que eso es para ellos lo de menos, y ¡vengan empleos y cruces
+pensionadas!... Yo sostengo que mientras existan soldados no habrá
+tranquilidad en España.
+
+--Pero, D. Cristóbal, ¿y si una nación extranjera nos atacase?
+
+El Jubilado dejó escapar una risita irónica y sacudió algunas veces la
+cabeza antes de contestar.
+
+--Pero ven acá, infeliz, la única nación que puede atacarnos por tierra
+es Francia, y si Francia se decidiese a hacerlo, ¿de qué nos servirían
+todos esos oficialitos tan guapos y bien uniformados?
+
+--Además, los soldados son un bien para la población por lo que
+consumen. Los comercios ganan, las casas de huéspedes lo mismo...
+
+Manuel Antonio defendía a la milicia sólo por oír a Mateo y ponerle
+fuera de sí. Ahora se observaba un dejo de ironía en sus palabras y
+mayor deseo de exacerbarle.
+
+--¡Eso es!... ¡Ahora sí que me has apabullado! ¿Y de dónde viene ese
+dinero que consumen, majadero?... ¡De tí y de mí y del señor, de todos
+los que pagamos algo al Estado en una u otra forma!... El resultado
+final es que ellos consumen sin producir, que son un mal ejemplo en las
+poblaciones, porque la ociosidad en que viven corrompe a los que ya son
+un poco propensos a la vagancia... ¿Sabes tú cuál es el gasto del
+ejército? Pues entre los ministerios de Guerra y Marina consumen más de
+la mitad del presupuesto. ¡Es decir que la administración, la justicia,
+la religión, los gastos que ocasionan nuestras relaciones con los demás
+países, las obras públicas y el fomento de todos los intereses
+materiales no cuestan tanto al contribuyente como esos caballeritos del
+pantalón encarnado!... Que las demás naciones de Europa tienen un
+ejército poderoso, bueno, ¿y qué? Allá ellas. Las demás se pueden
+permitir ese lujo porque tienen dinero. Pero nosotros somos unos
+pobretes; no tenemos más que fachada... Además, en otros países hay
+complicaciones internacionales, de las cuales por fortuna estamos
+libres. La Francia no nos atacará por miedo a la intervención de las
+potencias; pero si nos atacase, lo mismo nos conquistaría con ejército
+que sin él...
+
+El Jubilado se repetía, manoteaba para dar nueva fuerza a sus
+argumentos, echaba fuego por los ojos. Manuel Antonio le dejaba
+irritarse con visible satisfacción. En aquel momento pasó cerca el grupo
+de los oficiales, que dieron las buenas tardes cortésmente. Todos
+contestaron menos D. Cristóbal, que se hizo el distraído.
+
+--Yo creo que está usted muy exagerado, don Cristóbal. ¿Qué tiene usted
+que decir del capitán Núñez, que acaba de pasar ahora? ¿No es todo un
+buen mozo y una persona atenta y fina?
+
+--Con un azadón en la mano estaría mucho mejor y sería más útil a su
+país--murmuró sordamente el Jubilado.
+
+--Pues no tiene usted más que ponérselo en cuanto sea su yerno, porque,
+según cuentan, es novio de su hija Emilia--dijo el marica recalcando las
+palabras con extremado gozo.
+
+Paco y D. Santos rieron. D. Cristóbal quedó anonadado. Apenas pudo
+mascullar trabajosamente:
+
+--¡Quién hace caso de esas boberías!
+
+Y no volvió a chistar. Aquella noticia le había llegado a lo profundo
+del corazón, le ponía en la situación más difícil en que estuvo jamás
+hombre alguno. Los demás no dejaron de notar este silencio, y se hacían
+guiños y se dirigían sonrisas por detrás de su espalda.
+
+Pero Paco también estaba preocupado. Cuando se le metía en la cabeza, en
+aquella cabeza como un puño, mal amasada, un bromazo como el que tenía
+proyectado, andaba inquieto, afanoso, lo mismo que el poeta o el pintor
+que tienen una obra entre manos. Después de varios días de machacar por
+él logró al fin, casi, casi, decidir al indiano. Se trataba nada menos
+de que éste fuese a pedir con toda ceremonia a D. Juan Estrada-Rosa la
+mano de su hija Fernanda. Según Paco y los que le secundaban, era el
+medio más directo y más adecuado de conseguirla. Todo lo demás, andarse
+por las ramas. El día en que D. Juan viese que le entraban diez millones
+por la casa andaría de cabeza por convencer a su hija. Y ella misma no
+les haría asco. ¿Pues qué, no siendo con el conde de Onís, con quién
+mejor podía casar que con un hombre tan rico, tan formal, tan sano y tan
+_ilustrado_? Este último epíteto, proferido por Paco con grave
+continente, estuvo a punto de echar a perder el asunto, porque no faltó
+quien sofocase a duras penas la carcajada. Granate quiso advertirlo,
+miró a Paco con recelo y volvió a mostrarse desconfiado y reacio algunos
+días.
+
+Llegó un momento, sin embargo, en que el indiano creyó en sus palabras.
+Fue después de haberle oído en el Casino desde una habitación contigua
+atacar duramente al conde de Onís. Aquel día se decidió a darle crédito
+y convino con él la manera de llevar a cabo la petición que le
+aconsejaba. Paco opinó que lo mejor sería no decir nada previamente a la
+chica. Así como los buenos generales, para asegurar la victoria, suelen
+caer de improviso y con sigilo sobre el ejército enemigo, lo más hábil
+en este caso era entrar inopinadamente en la casa, llamar a don Juan a
+una conferencia reservada y abordar de frente el negocio. Por el
+banquero no había cuidado: se pondría como unas pascuas. La chica
+recibiría gran sorpresa, pero esto mismo la aturdiría y la pondría más
+blanda. Las cosas graves de la vida se deciden generalmente por una
+corazonada. El que no se arriesga no pasa la mar. En resumen, que
+Granate se entregó a discreción y comenzaron los preparativos para la
+gran solemnidad. Lo primero que se trató fue la hora. Quedó resuelto que
+fuese a las doce del día. El traje fue objeto de animadas pláticas. Paco
+opinaba que, para presentarse bajo un aspecto más imponente, convendría
+vestirse algún uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario de
+administración civil. No era difícil conseguir el nombramiento
+sacrificando un puñado de oro; pero esto dilataría más de un mes la
+realización de la empresa. Se desechó el uniforme y se convino en que
+vistiese frac negro y llevase colgada la medalla de concejal. Fijose por
+último el día: resultó un lunes.
+
+Desde mucho antes el traidor había deslizado en la conversación,
+hablando con D. Juan Estrada-Rosa, la especie de que Granate se jactaba
+de ser deseado y requerido por él para yerno. D. Juan, que era también
+rico y tenía su cacho de orgullo, y sobre todo adoraba a su hija y creía
+que el día menos pensado vendría un duque de Madrid a pedírsela, se
+irritó grandemente, le llamó rústico, podenco, y juró que, antes de ver
+a su hija casada con semejante cafre, preferiría que se quedase soltera.
+
+--Pues tenga cuidado, D. Juan--dijo Paco sonriendo
+maliciosamente,--porque el día menos pensado se presenta en casa a
+pedirle la mano de Fernanda.
+
+--No lo hará tal--respondió el banquero.--Demasiado sabe que le echaría
+por la escalera abajo.
+
+Con estos antecedentes el terrible humorista de Lancia marchaba sobre
+terreno seguro. Fuera de los tres o cuatro amigos que le ayudaron a
+persuadir a D. Santos, a nadie dio parte de la intriga; pero el domingo
+por la tarde, víspera del acontecimiento, lo mismo Manuel Antonio que
+él, lo fueron pregonando por todos los grupos y citándose para el día
+siguiente en el café de Marañón. En provincia, donde son escasos los
+medios de divertirse, se toma muy por lo serio esta clase de bromas, se
+preparan con fruición, se paladean de antemano. La de Paco fue acogida
+con vivo entusiasmo por la juventud laciense. La víctima no era un pobre
+diablo, cómo solía acontecer, sino un ricachón. Esto le prestaba doble
+atractivo. En el fondo de todos los corazones hay siempre unos granitos
+de odio para el que tiene mucho dinero. Corrió por el paseo la voz, y al
+día siguiente se presentaron en el café de Marañón más de cincuenta
+mancebos.
+
+Pero no se dieron a luz en tanto que no pasó Granate. El café estaba
+situado en un piso principal (por aquel tiempo no se usaban los bajos
+para este destino) de la calle de Altavilla, casi enfrente de la casa de
+D. Juan Estrada-Rosa. Ésta era grande y suntuosa, aunque no tanto como
+la que recientemente había construido don Santos. La del café, vieja y
+de ruin apariencia. El local que ocupaban los parroquianos, una sala
+donde estaba la mesa del billar y dos gabinetes a los lados con algunas
+mesillas de madera para el consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuán
+lejos aún los tiempos de que se estableciese en uno de los bajos de
+aquella misma calle el magnífico café Británico, con mesas de mármol,
+espejos colosales y columnas doradas como los más elegantes de Madrid!
+
+Espiando por detrás de los visillos aquella florida juventud, ávida de
+los goces estéticos, vio pasar a Granate correctamente vestido,
+balanceando su torso colosal sobre unas piernas que no lo merecían. Le
+vieron entrar en casa de Estrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del
+picaporte. Nada más. Inmediatamente se abrieron de par en par los
+balcones del café y se llenaron. Los que no tenían sitio se encaramaron
+en sillas detrás de sus compañeros. Todos los ojos se clavaron en el
+portal de enfrente. Esperaron cerca de un cuarto de hora.
+
+Al cabo la fisonomía violácea de Granate apareció de nuevo. Daba miedo.
+Aquella cara parecía ya un terciopelo como si estuviese ahorcado. Las
+orejas tenían el color de la sangre. A su aparición estalló una salva de
+toses y estornudos y gritos y aullidos. El indiano alzó la cabeza y
+paseó su mirada atónita por aquella muchedumbre descompuesta que le
+sonreía, sin comprender la razón. Tardó poco, sin embargo, en darse
+cuenta de que era víctima de un bromazo. Sus ojos se clavaron entonces
+feroces en el concurso, y exclamó con un desprecio que nada tenía de
+fingido:
+
+--_¡Méndigos!_
+
+Y se alejó como un jabalí perseguido por la jauría entre silbidos y
+carcajadas, volviendo de vez en cuando la cabeza para escupirles el
+mismo esdrújulo injurioso.
+
+
+
+
+VI
+
+Las señoritas de Meré.
+
+
+En efecto, Emilita Mateo había logrado hacerse amar de un capitán del
+batallón de Pontevedra. Le había costado muchos días de incesante
+jugueteo, un número incalculable de miradas provocativas, de carcajadas
+sin motivo, de caprichos infantiles, de gestos mimosos y enfados
+pasajeros. Había desplegado, en suma, todas sus baterías, mostrándose a
+la vez cándida y maliciosa, dulce y arisca, reservada y charlatana,
+grave y retozona como una loquilla, como niña ligera e insustancial,
+pero adorable. Al fin Núñez, el capitán Núñez, no pudo resistir a tal
+graciosa mezcla de inocencia y malicia, y se replegó primeramente, y no
+tardó luego en rendirse. Era un hombre de cara larga, bigote y perilla,
+flaco, serio, bilioso, con los ojos mortecinos y fatigados, muy exacto
+en el cumplimiento de sus deberes y aficionado a dar largos paseos. Esta
+clase de hombres silenciosos y disciplinados son los más sensibles a los
+encantos de la alegría y la vivacidad. Emilita le hizo suyo llamándole
+cazurro y dándole pellizcos por «pícaro y burlón»; ¡a él, a quien había
+que sacar las palabras con tirabuzón y en su vida había gastado la más
+sencilla chanza!
+
+Con este memorable suceso, la familia Mateo andaba bastante dislocada.
+Jovita, Micaela y Socorro, hermanas legítimas de la afortunada doncella,
+sentíanse celosas y lisonjeadas a la vez. Entendían que la preferencia
+de un oficial de infantería tan bizarro constituía un honor que
+irradiaba sobre toda la familia y las colocaba en situación ventajosa
+frente a sus amigas o conocidas. Pero al mismo tiempo consideraban que,
+siendo Emilita la última en edad, no le correspondía tener novio y mucho
+menos casarse sino después de sus hermanas. Eran prematuros en ella los
+noviazgos, no contando más que veinticuatro años de edad. En cuanto a la
+idea de que pudiera contraer matrimonio una criatura tan tierna y tan
+informal, la misma sonrisa de sorpresa y desdén contraía los labios de
+las tres hermanas mayores. Así que, por más que se desbarataban en
+elogios del capitán delante de las amigas, haciendo resaltar sus prendas
+físicas, prestándole un corazón grande y heroico, certificando de su
+riqueza como si se la administrasen y hablando vagamente de ciertas
+influencias que le pondrían más tarde o más temprano en la bocamanga los
+entorchados de general, lo cierto es que no le perdonaban ni le
+perdonaron jamás su delito cronológico.
+
+Por otra parte, don Cristóbal, padre de aquel ángel travieso y juguetón,
+quedó repentinamente en posición tan falsa que quiso volverse loco.
+Luchaba su amor de padre ruda batalla con el odio a la milicia.
+Avergonzábale el consentir que una hija suya diese oídos a un militar
+después de haberlos llamado él tantas veces haraganes, sanguijuelas, y
+haber clamado tanto por la reducción del contingente. ¿Con qué cara se
+presentaría a sus amigos de allí en adelante? Pasó días bien terribles.
+El aborrecimiento al ejército y a la marina se hallaba tan profundamente
+arraigado en su corazón, que no podía extinguirse de pronto. Sin
+embargo, le era forzoso confesar que la conducta nobilísima del capitán
+Núñez lo había mermado poderosamente. El anhelo de casar a sus hijas
+gozaba tanta vida en el fondo de su ser como el desprecio de la fuerza
+armada. ¡Cuánto le pesaba de haber vociferado tanto contra ésta! En su
+tribulación llegaba a deplorar que Núñez perteneciese al arma de
+infantería. Si fuese siquiera marino, disminuiría la gravedad del
+conflicto. Recordaba que en sus diatribas contra el ejercito hacia la
+salvedad de que era necesario conservar algunos barcos para proteger las
+colonias. Lo mismo podía decirse si perteneciese a la Guardia civil. En
+cuanto a las demás fuerzas de tierra, no cabía disculpa ni había medio
+de salir del aprieto.
+
+En tan terribles circunstancias optó por encerrarse en casa. Cuando
+alguna vez salía, andaba receloso y huido. Los amores de su hija se
+fueron haciendo más formales y cada vez más públicos. Temía las bromas.
+El miedo le hizo claudicar, adoptando un proceder doble y falso, indigno
+por completo de su carácter y antecedentes. Es decir que, mientras
+públicamente seguía afectando desprecio hacia las fuerzas de tierra,
+cuando hablaba con el novio de su hija o entre militares, lo hacía con
+agasajo, les preguntaba con interés por su carrera, lo mismo que si
+prestasen servicios en cualquier oficina civil del Estado. Nadie
+sospecharía al oírle enterarse tan minuciosamente del escalafón, de las
+reservas y reemplazos, etc., que aquel hombre les tenía jurado odio
+eterno. Pero el Jubilado llegó con el tiempo a una distinción que nunca
+se había atrevido a proponer. Como militares no transigía con ellos,
+los consideraba una verdadera plaga social... Ahora, «como hombres,»
+bien podían ser dignos de estimación, según sus cualidades.
+
+Los amores de Emilita habían nacido y crecido como otros muchos en casa
+de las de Meré. Eran éstas dos señoritas que pasaban de los ochenta y no
+llegaban a los cien años. De todos modos, a la entrada del siglo XIX
+eran ya maduras. No tenían en Lancia familia alguna. Ninguno de los
+vivos recordaba a su padre, que había muerto cuando todavía eran
+mocitas. Estuvo empleado en el ramo de Hacienda. Es de suponer, dada su
+remota antigüedad, que sería percibidor de alcabalas o de otros pechos
+ya extinguidos. Del siglo XVIII, al cual pertenecían, tenían aquellas
+interesantes señoritas en primer lugar el traje. Jamás pudieron entrar
+por las modas del presente. Una saya de cúbica negra muy escurrida con
+plomos por debajo para que se escurriera todavía más, talle muy alto,
+manga apretada con bullones, zapatito de tabinete descotado y un tocado
+inverosímil de puro extravagante: así se presentaban en todas partes. La
+mantilla que usaban no era de velo, sino de sarga con franja de
+terciopelo, como las usan ahora solamente las artesanas. Llevaban bastón
+para apoyarse. Conservaban además la cortesía exquisita, la ligereza de
+carácter, la pasión por la sociedad y una alegría inagotable,
+maravillosa a sus años. Lo que no habían traído consigo al siglo
+presente era la libertad de costumbres y la malicia que, al decir de los
+historiadores, caracterizaba la sociedad del pasado. Imposible imaginar
+unas criaturas más sencillas. Como si no hubiesen atravesado por la
+vida, todo les sorprendía, en todo creían menos en el mal. Así que, con
+frecuencia, eran víctimas de las bromas de sus amigos y tertulianos, sin
+que por eso dejase ninguno de profesarles entrañable afecto. Desde
+tiempo inmemorial tenían costumbre de recibir en su casa por la noche a
+la juventud de Lancia, particularmente a los muchachos que se placían en
+asistir por la grandísima libertad que allí disfrutaban. Por acuerdo
+tácito todos ellos las tuteaban. Y era en verdad peregrino el oír a los
+chicuelos de diez y ocho años hablar con tal familiaridad a unas
+viejecitas que pudieran ser sus bisabuelas. Carmelita para aquí, Nuncita
+para allá, porque la más anciana se llamaba D.ª Carmen y la más joven
+D.ª Anunciación.
+
+Tres o cuatro generaciones habían pasado por aquella salita de la calle
+del Carpio, modesta y aseada, con el pavimento de madera encerada,
+sillas de paja, sofá de damasco encarnado, cómoda de caoba atestada de
+chirimbolos, espejo con marco de carey y diversos cuadritos al pastel
+representando la historia de Romeo y Julieta. La tertulia de las de Meré
+era la más antigua de Lancia. Contra lo que acaece generalmente, estas
+mujeres que no pudieron hallar marido tenían la manía de casar a todo el
+mundo. El número de matrimonios que salieron acordados de aquella salita
+es incalculable. En cuanto advertían que un muchacho se acercaba a
+cualquier muchacha más que a las otras, ya estaban nuestras señoritas
+preparando los hilos para unirlos con lazo indisoluble; ya no consentían
+que nadie se sentase en la silla que estaba al lado de Fulanita para que
+cuando Menganito viniese la hallase aparejada y no tuviese más que
+sentarse. Y vengan a Fulanita elogios desmesurados de Menganito, y vayan
+a Menganito relaciones minuciosas de los primores que Fulanita ejecuta
+con la aguja y lo económica y hacendosa que es y lo piadosa y lo limpia.
+Y escápense más adelante a casa de la mamá de Fulanita para celebrar
+conferencias largas, íntimas, trascendentales, y procuren enseguida
+tropezarse con el papá de Menganito y desplieguen todas sus dotes
+diplomáticas para explorarle el corazón. Y por premio de estos sudores
+recibían, al cabo, un cartuchito de dulces el día de la boda.
+
+Pero todas las madres de niñas casaderas las adoraban, no se hartaban de
+bendecirlas y adularlas. Saludábanlas de media legua, y al salir de la
+iglesia se apresuraban a ofrecerles el brazo para que se apoyaran. En
+cambio, las que tenían algún hijo varón en edad de casarse solían
+mirarlas con recelo y antipatía, las llamaban por lo bajo chochas y
+entremetidas. No hay necesidad de indicar, por lo tanto, que su pasión
+casamentera les costó no pocos disgustos. Cuando algún lechuguino sentía
+brotar en su pecho la llama del amor, lo primero que hacía era
+mostrársela a las de Meré.
+
+--Carmelita, estoy enamorado.
+
+--¿De quién, corazón, de quién?--preguntaba la anciana con vivo interés.
+
+--De Rosario Calvo.
+
+--¡Ajá! Buen gusto ha tenido el picarón. No hay chica más guapa ni mejor
+educada. Habéis nacido el uno para el otro.
+
+Y por un rato el zagalillo tenía el placer de escuchar el panegírico de
+su adorada.
+
+--Espero que me protegerás.
+
+--Todo lo que tú quieras, mi alma.
+
+Al cabo de pocos días, Rosario Calvo, que no había puesto los pies en su
+vida en casa de las de Meré, aparecía por allí y era tertuliana asidua.
+¿Cómo se habían arreglado aquéllas para atraérsela? No es fácil
+averiguarlo, pero tantas veces habían llevado a término ya empresas
+análogas, que de seguro poseían una receta simple y segura.
+
+Encariñábanse con sus amigos como si fuesen próximos deudos todos.
+Contábanse de ellas rasgos de abnegación que las honraba extremadamente.
+Durante la furiosa reacción del año 1823, uno de sus tertulios, teniente
+de caballería, se refugió, después de cierta intentona abortada, en su
+casa. Las señoritas le recibieron y le ocultaron algunos días, y al cabo
+lograron que se evadiese disfrazado con el traje de un criado. Pero
+teniendo noticia de que iba la policía a registrarles la casa, pensaron
+con terror en el uniforme del teniente. ¿Dónde guardarlo que no diesen
+con él? Carmelita, en aquellos instantes críticos, tuvo un rasgo de
+ingenio y bravura. Se vistió el uniforme debajo de sus ropas de mujer.
+Por cierto que este teniente se portó con ellas con bastante ingratitud.
+No tuvo en su vida diez minutos para escribirles una carta dándoles las
+gracias.
+
+No fue la única que hubieron de sufrir por parte de sus tertulios.
+Acostumbraban éstos aprovecharse de su amabilidad cuanto podían;
+recreábanse en su casa, gozaban de la compañía y conversación de las
+jóvenes más bellas de Lancia, concertaban algunos su matrimonio, y luego
+que lo realizaban, o porque sus negocios o su edad les impedían asistir
+a la tertulia, si te vi, no me acuerdo; apenas las saludaban en la
+calle. Lo mismo puede decirse de las mamas, tan rendidas y aduladoras
+antes de casar a sus hijas, y tan despegadas así que lo conseguían. Pero
+tales flaquezas no alteraban el buen humor de aquellas benditas ni
+destruían su optimismo. Como se estaban renovando sin cesar los
+asistentes a su casa, olvidaban la ingratitud de los antiguos para
+pensar tan sólo en el aprecio que les tributaban los nuevos. Además, en
+sus corazones no cabía rencor, ni siquiera hostilidad; las bromas no las
+ofendían. ¡Y cuidado que algunas eran bien pesadas! La que les dio Paco
+Gómez en cierta ocasión hizo raya: aún se cuenta con regocijo en Lancia.
+
+No todas las noches de invierno iban damas a la tertulia. Generalmente
+asistían los sábados y los miércoles. Pero había un grupo de muchachos
+que casi nunca dejaban de hacerles un rato de compañía a primera hora,
+aunque después se marchasen a otras casas. Uno de ellos era Paco Gómez.
+En estas noches de soledad se formaba generalmente un partido de
+_brisca_. Paco iba de compañero con Nuncita y el capitán Núñez, o Jaime
+Moro, o cualquier otro muchacho con Carmelita. Paco una noche se dolió
+de que las señas que se hacían durante el juego fuesen tan vulgares y
+conocidas: era imposible hacerlas pasar inadvertidas para los
+contrarios. Entonces, de acuerdo con el otro, propuso cambiarlas. Él
+enseñaría unas a Nuncita, y el contrario otras a Carmelita. Las nuevas
+señas fueron todas ademanes obscenos, de esos que no se ven más que en
+las tabernas y lupanares. Aquellas inocentes mujeres las aceptaron sin
+saber lo que hacían y se sirvieron de ellas con la mayor desenvoltura.
+Así que pasaron algunos días, y estaban perfectamente avezadas a
+usarlas, Paco invitó una noche a muchos de los tertulios a presenciar el
+juego. Resultó una escena de cómico subido. Cada vez que cualquiera de
+las dos señoritas hacía una seña, había una explosión de alegría. Pues
+bien, apesar de lo brutal y desvergonzado de la broma, las bondadosas
+señoritas, en vez de ponerle de patas en la calle y cerrarle la puerta
+para siempre, se contentaron al saberlo con hacerse cruces de sorpresa y
+reírse como los demás.
+
+--¡Santo Cristo bendito de Rodillero, quién lo diría! ¡Tantos pecados
+como hemos cometido sin saberlo!
+
+--Pues yo no los confieso--exclamó Nuncita con resolución.
+
+--Los confesarás, Niña--expresó gravemente la primera.
+
+--Que no.
+
+--¡Niña!
+
+--Que no quiero.
+
+--¡Silencio, Niña! Los confesarás y tres más. Mañana mismo te llevaré a
+Fray Diego.
+
+Nuncita protestó todavía sordamente, como una chica mimosa, hasta que
+las miradas severas de su Hermana mayor la hicieron callar. Pero todavía
+estuvo buen rato enfurruñada. A veces, sin saber por qué, se mostraba
+díscola y rebelde en sumo grado. Necesitaba Carmelita hacer gala de toda
+su autoridad para someterla. Mas, ordinariamente no sucedía así. Aunque
+no le llevase más de tres o cuatro años, Nuncita, por la costumbre
+adquirida, por debilidad de carácter, o por ventura porque no le
+disgustaba aparecer más joven en presencia de la gente, reconocía la
+jefatura de su hermana y la obedecía con una sumisión que envidiarían
+las madres para sus hijas. Pocas veces tenía necesidad de reprenderla,
+pero cuando lo hacía, Nuncita bajaba la cabeza y al poco rato se la veía
+llevarse el pañuelo a los ojos y salir de la sala, mientras Carmelita
+seguía sus movimientos con mirada fija, sacudiendo al mismo tiempo la
+cabeza severamente. Poco faltaba para que la castigase dejándola sin
+postre o mandándola a la cama. Por tales razones y porque Carmelita así
+la llamase con frecuencia, D.ª Nuncia, que pasaba algo de los ochenta,
+era conocida en Lancia por el sobrenombre de «la Niña.»
+
+En los amores de Emilita Mateo se portaron ambas hermanas heroicamente.
+El capitán Núñez fue bloqueado en toda regla. Por espacio de un mes lo
+menos, y hasta que le vieron bien encarrilado, ni una silla le dejaron
+libre más que la que estaba próxima a la más joven de las chicas de D.
+Cristóbal. En el juego de la lotería, al cual se entregaba con pasión
+desordenada aquella sociedad, Nuncita se encargaba, sin que nadie se lo
+pidiese, de buscarles cartones que fuesen combinados. Cuando se referían
+al oficial de Pontevedra y a Emilita hablaban como de una sola persona.
+Tan unidos y compactos los apreciaban ya.
+
+Servicios a tal extremo importantes los pagaba el Jubilado con una
+gratitud que le rebosaba del alma y le salía por los ojos. De buena gana
+se prosternaría ante ellas y les besaría la orla del vestido de cúbica.
+Pero su dignidad y aquella larga serie de diatribas contra el ejército
+que llevaba colgadas a los pies como grilletes, le impedían estas y
+otras manifestaciones. Ni siquiera tenía el consuelo de poder mostrarse
+alegre cuando aquel pundonoroso militar acompañaba a su niña en el
+paseo. Pero ya se sabe que las señoritas se preocupaban muy poco de la
+gratitud de sus tertulios. Los casaban por vocación irresistible de su
+espíritu, por una necesidad de su organismo, como teje la araña la tela
+y cantan los pájaros en el bosque. Una vez enlazados por el vínculo
+matrimonial, los tertulios, lo mismo hombres que mujeres, perdían todo
+su atractivo para las señoritas de Meré. Su atención se concentraba
+inmediatamente en los nuevos pollastres que venían piando a cobijarse
+bajo sus alas protectoras.
+
+Quien les causó una serie de decepciones y amarguras, que a poco dan con
+ellas en el sepulcro, fue el conde de Onís. En su vida habían tropezado
+con un hombre más incomprensible. ¡Lo que las pobres sudaron para
+meterle en vereda, en la florida vereda de Himeneo! Pero aquel diablo se
+les resbalaba por entre los dedos como una anguila. Mostrábase durante
+algunas noches tierno y amartelado con Fernanda; no se apartaba de ella
+el canto de un duro. Las miradas de las dos hermanas se posaban sobre
+ellos con visible enternecimiento; procuraban con ahínco que nadie fuese
+a interrumpirles; poco les faltaba para mandar a los demás que bajasen
+la voz a fin de que no les molestase el ruido. Pues bien,
+repentinamente, cuando menos podía pensarse, el conde cometía el absurdo
+de alzarse distraídamente de la silla, bostezar y marcharse a hacer
+solitarios a un rincón de la mesa. Por su parte Fernanda caía en
+idénticas flaquezas, poniéndose a charlar animadamente con el chico del
+regente de la audiencia sin dirigir una mirada a su novio. Carmelita y
+Nuncita quedaban aterradas cuando esto sucedía, se iban a la cama, presa
+de la mayor consternación.
+
+Después del rompimiento definitivo, y cuando al cabo se convencieron de
+que la ventura de realizar tan sublime matrimonio no estaba reservada
+para ellas, humillaron un poco su ambición y prestaron auxilio a
+Granate, que hacía mucho tiempo lo demandaba con instancia. También por
+este lado la suerte impía les hirió cruelmente. Fernanda rechazaba con
+irritación cualquier palabra suasoria que le dirigiesen en favor del
+indiano. Si observaba que las señoritas tenían dispuestas las sillas de
+modo que resultase aquél sentándose a su lado, en un instante destruía
+su combinación yéndose con ademán displicente al extremo opuesto. Al
+formarse las partidas de _brisca_ o de _tute_ no consentía que se lo
+diesen por compañero so pena de renunciar al juego. En fin, que estaba
+tan alerta y sobre sí que era imposible atacarla por ningún lado. No
+obstante, las de Meré persistían en su proyecto y trabajaban por
+llevarlo a cabo con paciencia; que es la garantía más segura para dar
+cima a las grandes empresas.
+
+Algunos días después de la guasa de Paco Gómez se hallaban en la famosa
+tertulia, a más de tres o cuatro pollastres, el mismo Paco, Manuel
+Antonio, D. Santos, el capitán Núñez, D. Cristóbal, Fernanda, María
+Josefa Hevia y dos de las chicas de Mateo. No se pensaba todavía en
+jugar. Todos estaban sentados menos Paco, que daba vueltas por la sala
+contándoles la broma que había dado la otra noche en el teatro a Manín,
+el mayordomo de Quiñones. Desde que éste había quedado paralítico, su
+famoso acompañante andaba sin sombra por la ciudad. Mas, por la gran
+confianza que su amo le otorgaba, los tertulios de D. Pedro le guardaban
+consideraciones, y apesar de la rusticidad de su trato y del traje
+campestre que llevaba, cuando le tropezaban en la calle le abrazaban
+familiarmente, le convidaban a entrar en el café y a veces le llevaban
+al teatro. Manín para aquí, para allá: el grosero aldeano se había hecho
+famoso no sólo en Lancia, sino en toda la provincia. Aquel calzón corto,
+aquella media blanca de lana con ligas de color, chaqueta de bayeta
+verde y sombrero calañés, le daban un aspecto original en la ciudad,
+donde por milagro se veía ya un hombre con este arreo. Era una de las
+cosas que más sorprendían a los forasteros, sobre todo viéndole alternar
+en cierto pie de igualdad con los señores de la población. No sólo por
+respeto al maestrante, sino porque les hacía mucha gracia las salidas
+brutales de Manín, éstos se perecían por llevarle en su compañía.
+Además, Manín era un célebre cazador de osos, con los cuales se decía
+que había luchado algunas veces cuerpo a cuerpo. Los aficionados a tal
+clase de ejercicio le profesaban por esto respeto y simpatía. Sin
+embargo, los enemigos que el mayordomo tenía allá en su aldea
+aseguraban, riendo sarcásticamente, que lo de los osos era una farsa,
+que en su vida los había visto, cuanto más luchar con ellos. Añadían que
+Manín había sido siempre un zampatortas hasta que D. Pedro había tenido
+el capricho de sacarle de la oscuridad. La imparcialidad nos obliga a
+estampar esta opinión, que desde luego suponemos infundada. Hay que
+confesar, no obstante, que la conducta de Manín, ofreciendo repetidas
+veces a sus amigos llevarles a cazar el oso, sin que jamás cumpliera la
+promesa, la prestaba cierta verosimilitud. Pero el profesar respeto a la
+salud e integridad de los osos de su país ¿es acaso motivo suficiente
+para arrojar a un hombre a la cara el calificativo de zampatortas? Nadie
+osará afirmarlo. Más lógico es suponer que el célebre Manín era, como
+todos los hombres que logran sobreponerse a la multitud, víctima de las
+asechanzas de la envidia.
+
+Refería Paco, con el desenfado procaz que le caracterizaba y del que no
+prescindía ni aun hallándose entre damas, cómo había llevado a Manín al
+palco proscenio que con otros amigos tenía abonado en el teatro. El
+mayordomo no había visto jamás bailarinas. Al presentarse éstas en
+escena le hizo creer que traían las piernas desnudas. Manín quedó
+escandalizado, fijando en ellas sus ojos, donde se pintaba el asombro y
+la indignación. «Pues aún no has visto lo mejor; ¡aguarda, aguarda un
+poco!» Al comenzar la orquesta a tocar, las bailarinas hacen chasquear
+los palillos, y dando una vuelta levantan todas la pierna a la altura de
+la cabeza. «¡Sollo!» exclama el pobre tapándose la cara con las manos.
+¡Dios sabe lo que pensó que iba a ver!
+
+Paco narraba el lance con naturalidad, paseando de un cabo de la sala,
+la cabeza baja y las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Las
+jóvenes tertulianas se creyeron en el caso de ruborizarse. Todos reían
+menos Granate, que aún tenía en el corazón la broma del día pasado.
+Desde su rincón, donde estaba como un oso aletargado, dirigíale miradas
+torvas, agresivas. ¿Qué había pasado en casa de Estrada-Rosa cuando el
+indiano fue a ella en demanda de la mano de la señorita? Ni a D. Juan ni
+a su hija se les pudo sacar una palabra; pero cierta doncellita enteró a
+todo el mundo de que D. Juan había rehusado en términos desdeñosos, que
+Granate hizo ostentación de sus millones y aun se autorizó el manifestar
+que Fernanda no encontraría un matrimonio más ventajoso. Entonces D.
+Juan se incomodó, le llamo zángano y lo despidió con cajas destempladas.
+Paco, cada vez que sorprendía una de aquellas miradas furibundas,
+sonreía y hacía guiños a Manuel Antonio.
+
+--Oye, Carmela--dijo parándose frente a un cuadrito pintado al
+óleo,--¿dónde habéis comprado este San Juan?
+
+--¡Jesús! señor--exclamó Carmelita,--no es un San Juan, que es un
+Salvador, ¡míralo cómo se ríe el pobrecito!
+
+--¡Ah! es un Salvador. ¿En qué se distinguen?
+
+Las señoritas de Meré, al escuchar tal pregunta, quisieron volverse
+locas de alegría. Se les caían las lágrimas de risa.
+
+--¡Ay, qué Paquito! ¡Ay, qué corazón!... ¡No distingue un San Juan de un
+Salvador!
+
+Y ríe y que te ríe. Hacía muchos años que no habían oído nada tan
+gracioso. Cuando hubieron sosegado un poco y se limpiaron las lágrimas y
+se sonaron estrepitosamente con un pañuelo de hierbas, Paco, que gozaba
+viéndolas tan alegres, les preguntó:
+
+--Pero vamos, ¿cuándo lo habéis comprado, el Salvador, que yo no lo he
+visto hasta ahora?
+
+--Estaba en el cuarto de Nuncia, mi alma; pero allí no estaba bien,
+porque tropezaba la cama en él, y lo hemos traído.
+
+--Se lo regaló a Carmela, cuando vivía papá, un pintor de Madrid que
+pasó aquí unos días--dijo Nuncita.
+
+--¿Eras tú joven?--preguntó gravemente Paco dirigiéndose a Carmelita.
+
+--Sí, muy jovencita.
+
+--¿El pintor tenía fama?
+
+--Mucha.
+
+--Entonces ya sé quién era, Murillo.
+
+--No; me parece que no se llamaba así.
+
+--Entonces sería Velázquez.
+
+--Ese nombre ya me suena más. Era hombre mozo, muy cortés y muy galán,
+¿verdad, Nuncia?... A tí me parece que te hizo algunas carantoñas...
+
+Nuncita bajó los ojos ruborizada.
+
+--¿Quién se acuerda de eso ya?
+
+--Era muy enamoradizo--prosiguió Carmelita;--pero al mismo tiempo bien
+criado y bien entendido...
+
+--¿Enamoradizo dijiste? Justo, no puede ser otro que Velázquez.
+
+--No se llamaba Velázquez; se llamaba González--apuntó tímidamente
+Nuncita.
+
+Y después de decirlo volvió a ruborizarse.
+
+--¡Eso es, González!--exclamó su hermana haciendo memoria.
+
+--Bueno, es igual, sería un contemporáneo suyo, de la buena raza de
+pintores del siglo XVII--manifestó Paco sin turbarse por las carcajadas
+de los tertulios, que se espantaban de la inocencia de aquellas pobres
+mujeres.
+
+--¿Conque te ha hecho la corte a ti, Niña?--prosiguió cogiendo con dos
+dedos cariñosamente la barba de Nuncita.--Me parece que tú debiste de
+haber sido muy torerita, ¿verdad, Carmela?
+
+--Fue un poco tentada de la risa.
+
+--¡Carmela, por Dios, que estos señores van a creer que he sido una
+coqueta!--exclamó con angustia la Niña.
+
+--No creerían más que la verdad, chica--dijo Paco.--¿Ya no te acuerdas
+que has dado oídos a un procurador eclesiástico llamado don Máximo, y
+después que éste se iba de tu casa hablabas con el teniente Paniagua por
+el balcón?
+
+Nuncita sonrió con enternecimiento al recuerdo de aquellos tiempos, y
+repuso bajando los ojos con graciosa timidez:
+
+--D. Máximo venía a casa todos los días, pero nunca me requirió de
+amores.
+
+--¡Qué amores ni qué calabazas!--exclamó Paco.--Di tú que quien te
+gustaba de verdad era el teniente, y concluirás más pronto.
+
+--¿Conque ha estado usted enamorada de un militar?--preguntó con
+graciosa volubilidad Emilita, dirigiendo al mismo tiempo una mirada
+provocativa a Núñez.--Pues ha tenido usted bien mal gusto.
+
+El Jubilado se puso repentinamente serio y se le erizaron los bigotes de
+terror ante aquella salida de su hija; pero se tranquilizó
+inmediatamente al observar que el capitán, en vez de darse por ofendido,
+la pagaba con una sonrisa amorosa y lo echaba a broma como todos los
+demás.
+
+--No es ella sola la que ha tenido ese mal gusto--expresó con marcada
+intención Carmelita, muy alegre de haber encontrado aquel rasgo de
+ingenio.
+
+--Y ¿quién era ese teniente?... Algún trasto... ¡cómo si lo
+viera!...--tornó a preguntar Emilita con la misma adorable ligereza.
+
+--¡Alto, alto, Emilia!--manifestó Paco.--Paniagua era teniente de los
+tercios de Flandes y muy bizarro.
+
+--No, corazón, no--se apresuró a rectificar Nuncita,--que era de la
+guardia real.
+
+--¿No era arcabucero?
+
+--No, mi alma; de la guardia real te digo.
+
+D. Cristóbal disimulaba la risa con un flujo de tos. Manuel Antonio y
+los pollastres reían descaradamente.
+
+--Paniagua era hombre muy notable--prosiguió Paco.--Poseía esa decisión
+que tan bien sienta a los militares. El mismo día que llegó vio a Nuncia
+por la mañana al balcón. Por la tarde le entregó en el pórtico de San
+Rafael, al salir de la novena, un billete de declaración, que empezaba:
+«Señorita: Entre confuso y medroso, y dudando si en gracia de lo rendido
+me perdonará usted lo osado, confieso que mi único delito consiste en
+amar a usted...»
+
+--¡Qué picarón! ¡cómo lo recuerda!--exclamó Nuncita, enternecida de
+verdad.
+
+Lo cierto era que Paco, a quien la Niña, después de muy rogada, había
+mostrado las cartas que conservaba de Paniagua, se había aprendido de
+memoria aquel originalísimo documento y lo recitaba en todas partes para
+regocijo de sus amigos.
+
+--Eso se llama un hombre resuelto. Así se manifiesta el carácter de la
+persona. ¡Qué diferencia de los militares de hoy, que antes de
+declararse a una muchacha la pasean un año la calle y luego tardan otro
+en decir: «Niña, ¿cuándo nos vamos a la vicaría?»
+
+Pronunció estas palabras mirando al rincón donde estaban Emilita y el
+capitán. Éste recogió la alusión y se puso serio. La chica se hizo la
+distraída, pero agradeciendo mucho a Paco en el fondo de su corazón el
+capote, mientras el Jubilado se atusaba el bigote con mano temblorosa,
+temiendo que Núñez se enfadara, pero alegre al mismo tiempo por la
+esperanza de que estos capotazos oportunos le sacaran de su atonía.
+
+Cansados de platicar, los pollastres propusieron jugar un ratito a las
+prendas. Es un juego donde los hombres de criterio siempre pescan algo.
+Fernanda consintió en que Granate se sentase a su lado. Los guiños de
+Paco, que había sorprendido, le habían hecho mal efecto. Era una
+criatura muy orgullosa, pero en la cual se hallaba arraigado el
+sentimiento de justicia. No podía sufrir que se burlasen en su
+presencia de nadie, aunque fuese del ser más ínfimo y despreciable.
+Podía decirse que el sentimiento de la dignidad, que era en ella tan
+delicado y vidrioso, la hacía sentir las heridas causadas en la de los
+otros con más viveza. Aunque aborrecía a Granate, la molestaba que se le
+mortificase en su presencia, sobre todo si era por su causa; sin
+perjuicio, por supuesto, de que ella le diese a cada momento
+descomunales desaires; pero entendía, y no le faltaba razón, que los
+desdenes de la mujer que se ama, si causan dolor, no resqueman como las
+burlas. El indiano, que se vio tan honrado, no cabía en sí de gozo, y
+comenzó con voluntad excesiva y la ordinariez que le caracterizaba a
+prodigarle mil atenciones. Fernanda las recibió con semblante grave,
+pero sin repugnancia.
+
+Y vino, como es natural, aquello de las «tres veces sí y tres veces no,»
+el «contentar a todos los presentes,» «un favor y un disfavor,» etc.,
+etc. La sociedad se recreaba con lo que se habían recreado sus padres y
+sus abuelos, y con lo que pensaban que se recrearían sus hijos.
+¡Inocentes! Había allí un espíritu, sin embargo, que no merecía este
+calificativo. Paco Gómez jugaba con una condescendencia displicente,
+como hombre que se adelantaba mucho a su época, cometiendo mil torpezas
+y desaciertos que demostraban la distracción que caracteriza a los
+seres superiores. En cambio, Núñez tenía puestos los cinco sentidos. No
+se vio jamás hombre más erudito en aquellas materias ni que las tratase
+con más profundidad. Su inteligencia lúcida había penetrado en todos los
+secretos del juego de prendas y sabía sacar de cada uno el partido
+posible, extraer todo su jugo, según pedían las circunstancias. Por
+ejemplo, cuando una señorita debía contentarle, quedaba sordo
+instantáneamente. La joven se veía obligada a inclinarse más y más,
+hasta que sus labios de carmín rozaban la oreja del capitán. Si quedaba
+condenada a hacer el papel de esquina de la Puerta del Sol y, por
+consiguiente, a sufrir que le pegasen carteles en la cara, que se
+recostasen contra ella, etc., etc., el profundo Núñez no soltaba la
+presa en tanto que no pasease las manos por todas las regiones de su
+cuerpo. Pero cuando dio más claras muestras de su talento portentoso y
+de los vastos conocimientos que había logrado adquirir en aquel ramo del
+saber, fue al proponer que la señorita a quien acertase lo que tenía en
+el bolsillo quedase obligada a darle un beso. Tal seguridad tenían todas
+de que nada conseguiría, que no vacilaron en aceptar la proposición.
+Erró, efectivamente, al vaciar con el pensamiento el bolsillo de
+Carmelita, erró con Fernanda, con María Josefa, con Micaela, y ¡miren
+qué diablo! fue a acertar precisamente con Emilita. Unas tijeras, un
+pañuelo, un dedal y tres caramelos. La niña se puso a gritar batiendo
+las palmas, toda nerviosa: ¡Trampa, trampa! El capitán, sereno,
+apacible, grandioso como un héroe de la antigüedad, rechazó aquella
+imputación y demostró hasta la saciedad que allí no cabía trampa alguna.
+
+--...A no ser--añadió sonriendo mefistofélicamente--que estuviera usted
+convenida conmigo para dejarme ver de antemano lo que tenía en el
+bolsillo.
+
+La niña protestó aún más ruidosamente contra esta hipótesis indecorosa,
+se puso agitada hasta un grado incomprensible y, levantándose con
+viveza, corrió al extremo opuesto de la sala, lo más lejos posible del
+capitán, como si éste fuese a tomar por la fuerza lo que de derecho le
+correspondía. Hubo quien se puso de parte de ella (las mujeres) y quien
+tomó partido por él (casi todos los hombres). Armose en la sala un
+zipizape de mil demonios. Todos hablaban, reían, chillaban sin acabar de
+entenderse. Pero la que más gritaba y gesticulaba era, como es fácil de
+comprender, la interesada. Sin embargo, don Cristóbal, viendo que
+aquello llevaba trazas de no concluir, y queriendo dejar a salvo la
+formalidad de su progenie, intervino en la disputa como un dios
+majestuoso que extiende la diestra para calmar las olas del mar
+embravecido.
+
+--Emilita--pronunció con firmeza,--juego es juego. Dale un beso a ese
+caballero.
+
+Adviértase que no dijo «al capitán,» ni siquiera «a ese señor oficial.»
+Todavía sus labios civiles repugnaban dejar paso a una palabra de orden
+exclusivamente militar.
+
+--¡Pero papá!--exclamó la hija menor, roja ya como una amapola.
+
+--¡Vamos!...--profirió con la diestra extendida y en la actitud más
+imperativa que pudo adoptar jamás un dios jubilado.
+
+No hubo más remedio. Emilita, confusa y avergonzada, con las mejillas
+convertidas en dos brasas, se acercó vacilante al heroico capitán de
+Pontevedra, fértil en toda clase de astucias, y le rozó con el carmín de
+los labios la tierra amarillenta de sus mejillas.
+
+Mas hete aquí que, apenas lo hubo efectuado, saltó hecha un basilisco
+Micaela, la más irascible de las cuatro nereidas que nadaban en las
+profundidades de la morada del Jubilado:
+
+--¡Qué desvergüenza!... Esos no son juegos decentes, sino suciedades...
+No me extraña de Núñez, porque los hombres ¿a qué están? Me extraña de
+tí, Emilita... Me parece que un poco más de pudor y vergüenza no te
+vendrían mal... Pero ¡cómo la has de tener si los que tienen obligación
+de ponértela son los primeros en empujarte a lo malo!...
+
+Aquella sangrienta diatriba contra el autor de sus días dejó a éste
+pálido y clavado al suelo. Hubo un instante de silencio embarazoso. Una
+nota tan destemplada les sorprendió. Sin embargo, todos se apresuraron a
+defender a Emilita y a protestar de la pureza y la perfecta inocencia de
+tales juegos. El argumento que más se repetía, y el que a todos les
+parecía incontrastable, era que, no habiendo malicia, aquello no valía
+nada, porque lo importante en estos asuntos es la intención. El beso ¿ha
+sido dado con intención?--decía uno de los pollastres más
+dialécticos.--¿No? Pues entonces como si no se hubiera dado. Núñez
+asentía gravemente, un poco amoscado y mirando de reojo a su futura
+cuñada. Pero ésta no se rendía a demostraciones tan evidentes y se
+obstinaba en pedir, cada vez con mayor violencia y más altas voces, un
+poco de vergüenza para su hermana menor y unas migajitas de sentido para
+su señor padre. Mas como al cabo nadie se presentaba con estas cosas en
+la mano a satisfacer sus votos, no tuvo otro remedio que ir bajando el
+diapasón, hasta que al fin sus coléricas protestas se fueron
+trasformando poco a poco en murmullo sordo y amenazador como el de los
+truenos lejanos. Y la tertulia recobró su dulce sosiego habitual.
+
+Pero quedó suspendido por aquella noche el juego de prendas. Nuncita, de
+quien casi siempre partían las grandes ideas, propuso que se jugase a
+_la boba_. No se sabe por qué, pero es lo cierto que este juego poseía
+particulares atractivos para la menor de las señoritas de Meré. Es
+indecible lo que se placía la ex-novia del teniente Paniagua cuando
+lograba encajar _la boba_ a alguna de sus tertulianas, la ansiedad y
+desasosiego que se apoderaba de ella cuando la tenía en su poder y no
+lograba soltarla. Paco Gómez tomó la baraja y sacó las tres sotas; pero
+sabiendo la debilidad de Nuncita y queriendo, según su temperamento,
+mortificarla un poco, hizo una señal a la que quedaba, y luego la fue
+manifestando al oído a algunos de los tertulios. Resultado de esto fue
+que _la boba_ iba casi siempre a parar a manos de la Niña, y allí se
+atascaba, sin que apesar de todos sus esfuerzos consiguiese desprenderse
+de ella. Con esto, apesar de su apacible natural, se fue impacientando
+poco a poco. La tertulia reía y ella también, pero más con los labios
+que con el corazón. Al fin, en un momento de cólera echó a rodar las
+cartas y declaró que no jugaba más. Carmelita, al ver aquel acto de
+descortesía, intervino severamente, como siempre que se desmandaba.
+
+--¿Qué arrebato es ése? ¿A qué conduce esa tontería? ¿Qué dirán estos
+señores?... Dirán, con motivo, que no tienes educación, y que en
+nuestra familia no ha habido quien hubiera sabido enseñarte... ¡A ver si
+coges las cartas ahora mismo!
+
+--No quiero.
+
+--¿Qué, qué dices, necia? ¡Tú, tú, tú eres tonta!... ¿Se habrá visto una
+criatura más díscola?... Co... co... coge las cartas enseguida...
+
+La cólera la hacía tartamudear, saliendo de su boca desprovista de
+dientes unos ruidos extraños.
+
+--¡Hum!--gruñó Nuncita, torciendo el hocico con mueca de mimo.
+
+--¡Niña, no me enfades!--gritó su hermana mayor.
+
+--¡No quiero, no quiero!--repitió aquella criatura indómita con
+decisión.
+
+Y al mismo tiempo se levantó de la silla y arrastrando los pies se fue a
+refugiar en el gabinete.
+
+Mas su hermana la siguió inmediatamente en la actitud más severa y
+autoritaria que puede nadie imaginarse, dispuesta a corregir aquel
+principio de rebelión, que con el tiempo podría traer funestas
+consecuencias. Oyose rumor de disputa, sobresaliendo la voz áspera,
+irritada, de Carmelita; luego aquella voz se fue dulcificando,
+haciéndose persuasiva, razonadora, reprendiendo con suavidad. Llegó
+asimismo a los oídos de los tertulios el eco de un sollozo. Por último,
+al cabo de buen rato se presentó de nuevo Carmelita, arrastrando los
+pies todavía más que su hermana, con los ojos resplandecientes de
+autoridad y el ademán majestuoso que conviene a los que necesitan dictar
+leyes a los seres que la Providencia les ha confiado. Detrás venía la
+Niña avergonzada, sumisa, con las mejillas inflamadas y los ojos
+llorosos. Sentose otra vez a la mesa y, sin osar levantar los ojos a su
+hermana mayor, que la miraba aún con cierta dureza, tomó humildemente
+las cartas y se puso a jugar. Pues bien, este ejemplo conmovedor de
+respeto y de sumisión, en vez de impresionar gravemente a los
+circunstantes, provocó en casi todos una sonrisa de burla, y en algunos
+de ellos algunas inoportunas carcajadas que a duras penas lograron
+sofocar.
+
+Sin embargo, el juego no duró mucho tiempo. Acercábase la hora de
+diseminarse aquella escogida sociedad.
+
+--María Josefa, hoy he visto a tu ahijada en el paseo--dijo Paco Gómez,
+mientras barajaba distraídamente las cartas.--La he dado un beso. Está
+cada día más guapa... ¿Cuánto tiempo tiene ya?
+
+--Pues saca la cuenta. La hemos bautizado en Febrero... Dos meses y
+medio.
+
+--¿Iba con su madre?--preguntó Manuel Antonio sonriendo de un modo
+particular.
+
+--No. A su madre la he encontrado después en Altavilla y he echado un
+párrafo con ella--respondió gravemente y con afectada naturalidad.
+
+La mayor parte de los tertulios le miraban sonrientes con expresión de
+malicia reservada que sorprendió a Fernanda. Sólo las dos señoritas de
+Meré y Granate permanecieron impasibles, sin darse cuenta de lo que se
+hablaba.
+
+--Pero ¿a qué ahijada de usted se refiere, a la niña recogida por los de
+Quiñones?--preguntó en voz baja la heredera de Estrada-Rosa a María
+Josefa.
+
+--Sí.
+
+--¿Entonces?... ¿Cómo hablan de su madre?
+
+--Porque esos dos tienen una lengua muy mala. ¡Dios nos libre de
+ella!--repuso la solterona sonriendo también con alegría maliciosa,
+mirando al mismo tiempo a la joven con la benevolencia condescendiente
+con que se mira a las criaturas inocentes.
+
+--Pero ¿quién suponen que es su madre?
+
+--¿Quién ha de ser? Amalia... ¡Silencio!--dijo apresuradamente, bajando
+más la voz.
+
+Quedó estupefacta. Para ella era la noticia tan nueva, tan sorprendente,
+que por unos instantes estuvo mirando con ojos pasmados a su amiga como
+si no hubiese oído. En el estupor que le causaba, no oyó las primeras
+palabras de Paco. Sólo se hizo cargo al concluir de que estaba loando
+con calor la belleza de la niña.
+
+--Tiene a quien parecerse--murmuró el marica de Sierra con la misma
+intención maligna.--Ya ves... su madre... ¡Y su padre!... Su padre se
+cae de buen mozo.
+
+Fernanda, picada repentinamente por vivísima curiosidad, una curiosidad
+insana que la puso agitada y anhelante sin saber por qué, se inclinó
+otra vez hacia María Josefa, y metiéndole la boca por el oído, le
+preguntó con voz alterada:
+
+--Pero ¿quién es su padre?
+
+La solterona se volvió hacia ella y le clavó una mirada donde se
+traslucía junto con la sorpresa la misma indulgencia compasiva.
+
+--Pero ¿de veras no sabes?...
+
+La joven hizo signo negativo. Y al mismo tiempo se sintió embargada por
+terrible emoción. Una corriente de aire frío atravesó su ser interior
+repentinamente. Quedó pálida, pendiente de los labios de María Josefa,
+como si de ellos esperase la salud o la muerte. Aquélla advirtió bien su
+turbación, y dijo después de mirarla un instante fijamente:
+
+--No te lo digo... ¿Para qué?... Acaso sea todo una calumnia.
+
+Fernanda se repuso instantáneamente.
+
+--Está bien--respondió haciendo un gesto de displicencia.--Cálleselo.
+Después de todo, ¿a mí qué me importa todo eso?
+
+Este gesto hirió a la solterona, que se apresuró a decir con aguda
+sonrisa:
+
+--Pues precisamente porque a tí te importa es por lo que temo decírtelo.
+
+--No entiendo...
+
+María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo:
+
+--Porque dicen que el padre de la criatura es Luis.
+
+Como ya antes había sentido la puñalada, Fernanda quedó impasible y
+preguntó con indiferencia:
+
+--¿Qué Luis?
+
+--El conde, muchacha.
+
+--¿Y por qué me ha de importar a mí que sea Luis el padre?
+
+María Josefa quedó un poco desconcertada.
+
+--Como ha sido tu novio...
+
+--¡Pero como ya no lo es!--replicó encogiéndose de hombros
+desdeñosamente.
+
+Y se puso a hablar con Granate, que tenía del otro lado. Aquella
+indiferencia era pura comedia que su orgullo lograba representar. Una
+tristeza inexplicable y penetrante cayó sobre su alma y la invadió por
+completo, sin dejarle fuerzas para pensar ni para hacer nada. Si Granate
+no fuese un animal, hubiera comprendido enseguida que la sonrisa con que
+acogía sus barbarismos y barbaridades era una verdadera mueca sin
+expresión alguna, y que los monosílabos y respuestas incoherentes que
+dejaba escapar de sus labios denunciaban bien claramente que no le
+escuchaba a él, sino a Paco Gómez, Manuel Antonio y los demás que
+seguían charlando de la niña expósita.
+
+¡Con qué interés ardiente recogía todas las palabras que se cambiaban
+entre aquellos maldicientes! Y a medida que iban poniéndole en claro el
+suceso y que iban acumulando pormenores, entreverando frases burlonas y
+reticencias de efecto cómico, su corazón se apretaba, se apretaba poco a
+poco, como si todos ellos lo fuesen oprimiendo entre sus manos, uno
+después de otro, para hacerle daño. Pero su rostro permanecía impasible.
+Ni la más leve contracción acusaba el dolor que la mordía.
+
+La tertulia se deshizo a las doce, como siempre. Fernanda sintió gran
+consuelo al respirar el aire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia de
+quedarse a solas con su pensamiento y darse cuenta cabal de lo que
+acababa de aprender.
+
+Había llovido mucho. Las calles, empedradas de grueso guijarro,
+resplandecían a la luz de los reverberos. Al salir de la casa unos
+tomaron por la calle abajo; otros, entre ellos Fernanda, hacia arriba en
+dirección a la plaza. Pocos pasos habían dado cuando sintieron el
+estrepitoso trotar de unos caballos que doblaban en aquel instante la
+esquina y bajaban hacia ellos.
+
+--Ahí está el barón y su criado--dijo Manuel Antonio.
+
+Era la hora, en efecto, en que el excéntrico barón de los Oscos salía a
+dar su paseo habitual por las calles de Lancia. Su famoso caballo las
+desempedraba haciendo cabriolas, levantando tal estrépito que, aun
+siendo el corcel de su criado mucho más paciente, parecía que atravesaba
+la ciudad un escuadrón. Al cruzarse con los tertulios, Manuel Antonio,
+con el desparpajo que le caracterizaba, gritó: «Buenas noches barón.»
+Pero éste volvió hacia ellos el rostro espantable, los miró fijamente
+con sus ojos encarnizados y siguió adelante sin contestar. El marica,
+corrido, dijo:
+
+--¡Va borracho, como siempre!
+
+Todos asintieron burlando. Pero en el fondo sintieron todos, unos más y
+otros menos, el mismo estremecimiento al ver aquella figura siniestra.
+Fernanda, por mujer y por el estado especial de su alma, se inmutó
+visiblemente: después de pasar siguió todavía con ojos de temor a los
+dos jinetes hasta que se perdieron entre las sombras.
+
+Al meterse en la cama, con el corazón apretado, quiso analizar la
+emoción que la dominaba; quiso remontarse a la causa. Sintió vergüenza
+de ella. Su orgullo le hizo exclamar con rabia y en voz alta:
+
+--¿A mí que me importan esas picardías? ¿Qué tengo que ver con él ni con
+ella?
+
+Pero acabado de proferir tales palabras sintió las mejillas caldeadas
+por el llanto. La heredera de Estrada-Rosa se volvió rápidamente y
+hundió el rostro, cubierto de rubor, en las almohadas.
+
+
+
+
+VII
+
+El aumento del contingente.
+
+
+Las terribles dificultades que debían de surgir para el matrimonio de
+Emilita, a causa de las opiniones antibélicas de su padre, se orillaron
+con más facilidad de lo que podía esperarse. La historia no hablará
+(aunque mejor razón tendrá que para otros muchos sucesos) de aquel día
+solemne en que Núñez fue de uniforme a pedir a D. Cristóbal la mano de
+su hija, de aquel abrazo memorable con que éste le recibió,
+estrechándole calurosamente contra su pecho civil, de aquella fusión
+increíble de dos elementos heterogéneos creados para repelerse, y que
+gracias al amor de un ángel dulce y revoltoso se compenetraban y
+entendían. Si por casualidad esta página privada fuese objeto de
+atención para algún historiador, no tendría más remedio que afirmar la
+grandísima importancia de semejante concordia, que hasta entonces se
+había juzgado inverosímil, y al mismo tiempo presentar con imparcialidad
+el reverso, descubriendo a las futuras generaciones en qué modo el
+benemérito patricio D. Cristóbal Mateo fue víctima de una injusticia
+social y de la persecución de sus conciudadanos.
+
+Es de saber, que todo el mundo en Lancia se creía autorizado para dar
+cantaleta a este respetable y antiguo funcionario acerca del matrimonio
+de su hija. Unas veces directa, otras indirectamente, siempre que
+tocaban tal punto aludían a las opiniones contrarias al desenvolvimiento
+de las fuerzas de tierra sustentadas por él hasta entonces. Al
+matrimonio dio en llamársele «el aumento del contingente,» y algunos
+llevaron su procacidad hasta darle tal nombre delante de su futuro
+yerno. Fácil es de concebir cuánta saliva habría tenido que tragar antes
+de perder, como lo hizo, una molesta y mal entendida vergüenza.
+
+Pero a despecho de todas las diatribas y murmuraciones de los vecinos,
+que reflejaban, en el sentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa, la
+envidia que ardía en la mayor parte de los corazones, «el aumento del
+contingente» se abría paso. El plazo fijado para realizarlo fue el mes
+de Agosto. Cuando llegó el momento había adquirido tal importancia que,
+como sucede generalmente en los pueblos pequeños, apenas se hablaba de
+otra cosa. Las relaciones del Jubilado y sus cuatro hijas eran
+numerosísimas, y todas ellas aspiraban a ser invitadas el día de la
+boda. Por otra parte, la misma aspiración alimentaban en su pecho
+algunos dignos y pundonorosos oficiales del batallón de Pontevedra
+amigos del futuro. No siendo posible reunir tanta gente en el hogar
+poético del Jubilado, se pensó en celebrar la boda en el campo. La casa
+más a propósito era la de la Granja por su proximidad a la población. D.
+Cristóbal se la pidió al conde, con quien tenía extremada confianza, lo
+mismo que sus hijas, y éste se apresuró a ponerla a su disposición.
+
+En la iglesia de San Rafael se consumó de madrugada aquella venturosa
+alianza, prenda segura de paz entre el elemento civil y el militar.
+Bendíjola fray Diego que, por ser el sacerdote más bizarro y el más
+firme bebedor de anisado de la capital, gozaba de gran prestigio entre
+la oficialidad. Asistieron al acto más de veinte damas y casi otros
+tantos caballeros. En cuanto terminó se trasladaron todos a la Granja
+para pasar allí el día. Por hallarse tan cerca de la población no se
+necesitaban carruajes. Sin embargo, fueron los del conde de Onís y de
+Quiñones para trasportar a los novios y a algunas personas de edad
+avanzada, como las dos señoritas de Meré. Entre los invitados estaba
+casi toda la tertulia del maestrante, bastantes de la de las de Meré y
+un número crecido de oficiales.
+
+El conde había hecho asear, hasta donde era posible, el vetusto caserón.
+Casi todos lo conocían como su propia casa. Era el sitio obligado de las
+giras campestres por hallarse tan cerca y por el hermoso bosque que
+tenía. Los condes jamás habían negado el permiso. En cuanto llegaron y
+gustaron el chocolate, que les esperaba en el vasto salón con pavimento
+de ladrillo de la planta baja que servía de comedor, se diseminaron sin
+ceremonia por la casa y por la finca dispuestos a matar las horas del
+mejor modo posible hasta que sonase la de comer. La novia, con Amalia,
+que había sido su madrina, y otras dos señoras se fue a sentar
+gravemente en una de las habitaciones. Tenía los ojos brillantes, las
+mejillas coloradas y procuraba inútilmente disfrazar con un continente
+digno y serio la profunda emoción que la embargaba. Las que la
+acompañaban, casadas todas, la acariciaban sin cesar, pasando la mano
+por sus cabellos, dándole palmaditas en las mejillas, cogiéndole las
+manos y de vez en cuando inclinándose para estampar un beso en su
+frente con esa condescendencia, mitad cariñosa, mitad irónica, con que
+las veteranas del matrimonio contemplan a las bisoñas. No hay una de
+aquéllas que al acercarse a una novia no sienta vibrar en su pecho el
+eco de cierta música lejana y divina; viene a sus labios el gusto de la
+miel de la remota luna; pero llega ¡ay! con el dejo amarguillo de
+algunos años de prosa matrimonial. En toda mujer casada hay un poeta
+desengañado de su musa. De aquí la sonrisa baironiana que aparece en su
+rostro al observar la dicha que arde en los ojos de una desposada.
+
+Emilita había cambiado de carácter en un cuarto de hora. Todo lo
+juguetona y pizpireta que se había mostrado hasta entonces, aparecía
+ahora grave y espetada. Disertaba sabiamente con las matronas, sus
+compañeras, acerca de la instalación de la despensa, del servicio
+doméstico que todas consideraban en espantosa decadencia, del precio de
+la carne. Tan vieja se había hecho en este cuarto de hora, que
+sorprendía no ver ya alguna hebra de plata entre sus cabellos de oro.
+
+En cambio a sus hermanas, por extraño contraste, les habían quitado
+algunos años de encima desde que la menor tomara la investidura. Habían
+retrocedido hasta la infancia. Como criaturas ávidas de aire y de luz
+para desarrollarse, lanzáronse al bosque las tres, animando con sus
+gritos e inocentes carcajadas el silencio y la paz que allí reinaba.
+¡Virgen del Amparo lo que saltaron, lo que rieron, las diabluras que
+llevaron a cabo en poco tiempo aquellas loquillas! Para entregarse a los
+juegos inocentes, que exigía el retroceso sensible que habían
+experimentado de pronto, se quitan las mantillas y dejan suelto el
+cabello, tiran los guantes, el abanico, la sombrilla, todo lo que
+pudiera simbolizar la juventud, y se quedan gozosas con los atributos de
+la adolescencia. No sólo dejan flotando sobre la espalda su cabellera
+angelical, sino que se despojan del reloj, de las pulseras y sortijas
+que entregan a su papá, colgándose antes de su cuello para hacerle mil
+caricias como niñas sencillas y apasionadas que eran; hecho lo cual y al
+observar que algunos dignos oficiales del batallón de Pontevedra las
+contemplan, huyen ruborizadas y confusas, se recogen las enaguas con
+alfileres hasta dejar descubierto el pie y parte de la pierna, y en la
+inocencia de su corazón huyen, huyen siempre por el bosque adelante,
+esquivando como las ninfas de Diana las miradas ardientes de la
+oficialidad.
+
+Y cuando llegan a un rincón apartado y solitario donde las sombras se
+espesan, donde no llegan los ruidos mundanales ni penetran los ojos
+maliciosos de los hombres, llaman con gritos de alegría, como pajaritos
+de Dios, a sus compañeras, las invitan a venir a disfrutar de aquella
+amable seguridad donde libremente pueden mostrar sus gracias y recrearse
+sin peligro de ser sorprendidas. Entonces una propone jugar a la cuerda
+y las demás acceden batiendo las palmas. Jovita es la primera. Salta,
+salta hasta que queda rendida y se deja caer sobre el césped, llevándose
+la mano al corazón, que palpita con la fatiga, no con la agitación
+insana de las pasiones juveniles. Luego salta otra, luego otra y otra
+hasta que todas se tienden exánimes pero risueñas, reflejando en sus
+mejillas sudorosas y en sus ojos entornados la dulce alegría que se
+escapa de un pecho inocente. Y en cuanto descansan se propone jugar «al
+milano que le dan--cebollita con el pan.» ¡Qué risa! ¡qué algazara!
+¡cómo resuena el dormido bosque con las voces argentinas de aquellas
+bellas y tiernas criaturas! Cansadas de este juego se diseminan por un
+momento. Algunas forman grupo sentadas al pie del tronco de un roble y
+se cuentan en voz baja como suave gorjeo mil puerilidades encantadoras;
+otras se entregan apasionadamente a la busca de florecillas azules y
+hacen con ellas ramilletes que colocan en el pecho; otras se persiguen,
+como las golondrinas en el aire, con chillidos penetrantes. Otras, las
+más resueltas, dedican sus esfuerzos a la caza de cigarras y otros
+bichos temerosos. Pero luego tornan a juntarse porque hay una chica muy
+aturdida que apuesta a encaramarse en un árbol si la ayudan, y hay otra
+maligna que dice que sí, que ella la ayudará. Manos a la obra. Empezó la
+animosa joven, que se llama Consuelo, a poner sus piececitos en las
+rugosidades del roble más asequible. La compañera maligna, que no es
+otra que Socorro, la tercera sirena del Jubilado, la sostiene.
+Encarámase al fin la primera en la cruz de dos ramas; asciende después a
+otra; aplauden las ninfas y la alientan con gritos de entusiasmo...
+
+Mas he aquí que Rubio, el teniente de la tercera, hombre acreditado de
+audaz entre sus compañeros de arma y de un genio devastador para el sexo
+femenino, se presenta de improviso asomando su cabeza temeraria por
+encima de unas matas. Las ninfas, al verle, lanzan un grito y quedan
+petrificadas en la actitud en que las sorprende. Consuelo, desde lo alto
+del árbol, le apostrofa con violencia. Si en su mano estuviera
+trasformaría inmediatamente en ciervo a aquel nuevo Acteón. Acá, para
+_inter nos_, es posible que prefiriese trasformarle primeramente en
+marido, sin perjuicio de acudir más adelante a la metamorfosis
+clásica... Pero Rubio, el teniente de la tercera, conoce perfectamente
+el valor de estos gritos y estos apóstrofes. No se inmuta; sonríe
+maliciosamente y llama con voz ronca a sus hermanos de armas. ¡Qué
+confusión, qué espanto entre aquellas risueñas hijas de los bosques al
+aproximarse en columna cerrada los hijos de Marte! Sin recoger las
+mantillas, ni los guantes, ni las sombrillas, nada en suma de lo que las
+pertenecía, huyen y se desbandan por la floresta lanzando gritos de
+terror. Pero los sátiros de pantalón encarnado las persiguen con saña,
+las atrapan aquí y allá y las traen cautivas enmedio de risotadas
+odiosas. Mientras tanto la pobre Consuelo, encima del árbol y bloqueada
+por tres de estos silvanos voluptuosos, se niega terminantemente a bajar
+mientras no se alejen por lo menos cincuenta varas. Ellos ¡los crueles!
+se niegan. Ruega la ninfa, se irrita, está a punto de llorar; pero ni su
+enojo ni sus lágrimas consiguen ablandar el corazón empedernido de los
+infames sátiros. Por fin se resigna a descender y, aunque toma muchas y
+castas precauciones, éstos logran ver un pie deliciosamente calzado y un
+nacimiento de pierna que les hace rugir de gozo. Pero ¿dónde está Rubio?
+¿Dónde está el más terrible y feroz de todos ellos? No se sabe, mas al
+cabo de mucho tiempo sale de la espesura arrastrando consigo a Socorro,
+la más sentimental de las ondinas de D. Cristóbal. En los rasgos crueles
+de su fisonomía viene pintada la expresión del triunfo, y en los de ella
+la vergüenza y la sumisión de una cautiva. Muchas horas después, en las
+últimas de la noche, sentado a una mesa del café de Marañón y rodeado
+de ocho o diez de sus colegas, el teniente de la tercera narraba con
+sonrisa malévola el vencimiento de la ninfa, calculando lo menos en
+veinticinco o treinta los besos que logró robarle en distintos sitios de
+su rostro hechicero; y todos los hijos de Marte aplaudían y celebraban
+con homéricas carcajadas aquel nuevo triunfo de su heroico compañero.
+
+Finalmente, los vencedores no se mostraron demasiado tiranos, y el orden
+se restableció gracias a la llegada oportuna de las señoritas de Meré,
+que venían acompañadas de María Josefa y de Paco Gómez. Las autoras y
+únicas responsables de todo aquello habían sacado el fondo del cofre.
+Carmelita traía un vestido de alepín de seda negra que sólo salía a
+relucir en las grandes ocasiones, al paso que Nuncita, por contar menos
+años y respetabilidad, podía lucir un traje claro con flores bordadas,
+como sólo se ven en los retratos del siglo pasado. Estaban alegres,
+rebosando satisfacción por los ojos; pero las piernas no respondían a
+aquella eterna juventud de sus corazones: caminaban apoyándose en sendas
+muletas y agarrándose con la mano libre al brazo de sus acompañantes.
+Fueron recibidas con vivas y hurras. Se oyeron asimismo algunas frases
+harto familiares, de esas que nadie más que las benditas de Meré
+consentían y reían. Por eso tenía poco mérito el embromarlas. Jamás se
+dio el caso de verlas enfadadas con sus amigos, y eso que algunos se
+deslizaban en sus guasas hasta llegar no pocas veces a la grosería. En
+cambio eran muy propensas a la guerra intestina, esto es, a irritarse
+una con otra; pero ya sabemos en qué paraban siempre estas misas.
+
+El espíritu temerario del teniente Rubio, apretado por las
+circunstancias, engendró una idea felicísima, es a saber: que para mejor
+pasar el rato hasta la hora de comer se construyese un columpio, donde
+las damas pudieran gozar la dicha de sacudirse el diafragma algunos
+instantes, y los caballeros la de proporcionársela moviendo galantemente
+el aparato. Dicho y hecho: se buscan cuerdas, se sierra una tabla; en
+menos de un cuarto de hora queda todo terminado. Rubio, mientras se
+lleva a cabo, no deja de hacer guiños expresivos a sus compañeros, que
+comprenden, sonríen, callan, profundamente admirados, como siempre, de
+la audacia y penetración del teniente de la tercera. Ya está amarrado el
+columpio. ¿Quién es la primera? Todas manifiestan la misma vergüenza,
+idéntico rubor colorea sus mejillas. A una se le ocurre malignamente
+proponer que lo estrene Nuncita. Las demás aplauden la idea. Nuncita
+resiste aterrada. Carmelita ni concede el permiso ni lo niega. Las
+instancias se repiten sin cesar. Los mancebos encuentran la idea cada
+vez más original. Al fin, casi a viva fuerza, entre los aplausos
+frenéticos del corro, Cuervo, el hercúleo alférez de la primera, levanta
+en brazos a la Niña y la sienta en la tabla.
+
+--¡Agárrate bien, Nuncia!--le grita Paco Gómez, mientras el citado
+alférez y algunos otros amigos empiezan a mecerla.
+
+--¡Suave, suave!--exclama Carmelita.
+
+No hay cuidado; así lo hacen, porque temen dar con ella en tierra. Pero
+aun moviendo el columpio con parsimonia, el aire consigue levantar, al
+poco tiempo, las enaguas de la antigua doncella. Los oficiales ríen y
+empujan el columpio para que se vea más.
+
+--¡Fuerte, fuerte, que algo se pesca!--les grita Paco Gómez.
+
+Las muchachas, entre risueñas y avergonzadas, se tapan la cara y se
+abrazan unas a otras diciéndose palabritas al oído.
+
+--¡Alto, alto!--exclama Carmelita.--¡Paren ustedes!
+
+Nadie hace caso. Las ropas de la Niña van subiendo, subiendo: no se sabe
+dónde se van a detener.
+
+--¡Alto, alto! ¡Por Dios, señor alférez!
+
+--¡Anda con ella!--rugen los militares.
+
+Y el columpio sigue cada vez más vivo. Nuncita está tan asustada que no
+tiene tiempo a pensar en el pudor.
+
+--¡Señor alférez! ¡Señor capitán!--grita Carmelita toda temblorosa,
+agitando los brazos, la mandíbula inferior, desdentada, batiendo contra
+la superior, desdentada también, con un estremecimiento
+particular.--¡Señor capitán, téngase por Dios! ¡Por la Virgen del Amor
+Hermoso!... ¡Pare! ¡pare!... ¡pare!
+
+--¡Sooó!--exclama Paco.
+
+Pero el capitán es sueco y sigue apretando. Las enaguas de Nuncita se
+encuentran ya en la más alta cúspide adonde pueden llegar. Las jóvenes
+se vuelven de espaldas; algunas corren riendo a ocultarse entre los
+árboles. Sólo cuando hubieron consumado su obra de desvergüenza se
+consiguió que los oficiales aplacasen y permitiesen a Nuncita tomar
+tierra. Su hermana, en vez de enojarse con los culpables, la emprende
+con ella llena de furor, vibrando rayos por los ojos.
+
+--¡Bájate, picarona! ¡Escandalosa! ¿Es ésa la educación que has
+aprendido de tus padres? ¿Es eso lo que te aconseja el confesor?
+
+Nuncita, aterrada, empieza a hacer pucheros y suelta la llave de las
+lágrimas. La juventud masculina, lo mismo que la femenina, tratan de
+calmar a la enfurecida Carmelita. El capitán y el alférez echan sobre sí
+toda la culpa. Es en vano. La cólera no se apaga hasta que no se
+descarga de palabras bien ofensivas y pesadas. La pobre Niña, sentada en
+el suelo, sollozando, con la cara oculta entre las manos, excita la
+compasión de todos los presentes, que no cesan de interceder por ella.
+
+Se trata de saber cuál es la que ha de subirse al columpio después.
+Ninguna quiere: es natural. ¿Cómo han de dejarse columpiar por hombres
+tan atrevidos y desvergonzados? Es en vano que militares y paisanos
+expliquen su conducta en el suceso anterior y hagan juramento de no
+reincidir y estar comedidos y prudentes y siempre a las órdenes de las
+damas. Éstas no se fían. Sobre todo el teniente Rubio les inspira un
+terror pánico considerándolo, y no sin razón, como el alma de todas
+aquellas intrigas libidinosas.
+
+Pero cuando más desesperanzados estaban, he aquí que Consuelo, aquella
+niña aturdida y resuelta que hacía poco se había encaramado en un árbol,
+habla al oído a una compañera y luego se adelanta y dice, con espanto de
+sus compañeras:
+
+--Yo me subo. Ayúdenme ustedes.
+
+Un grito de entusiasmo acogió estas sencillas palabras. Por algunos
+instantes no se oyó más que ¡viva Consuelo! ¡viva Consuelo! entre la
+muchedumbre frenética. No hay quien no quiera ayudarla y quien no la
+colme de flores y agasajos. El alférez atlético, con ademán
+caballeresco, pone una rodilla en tierra y la invita a que afiance el
+pie sobre su muslo. La intrépida joven no se hace de rogar y lo
+ejecuta, sentándose de un salto en la tabla. Lo mismo militares que
+paisanos se las prometen muy felices y cambian entre sí miradas de
+inteligencia, decididos a faltar a su palabra y a pagar la confianza de
+la niña con la más negra traición. Mas cuando ya se disponían a dar
+comienzo a su obra maléfica empujando el aparato, Consuelo hace seña a
+su compañera. Se adelanta ésta con un puñado de alfileres y en un
+instante le prende las enaguas por debajo, de tal manera que no hay
+forma de que se le vea ni la punta del pie aunque echen a vuelo el
+columpio. El sexo femenino aplaude con entusiasmo loco.
+
+--¡Bien, Consuelo! ¡bien!
+
+El masculino, enfadado y mohíno, no se atreve, sin embargo, a protestar
+ruidosamente, pero murmura de aquella falta de confianza, mientras la
+interesada, orgullosa de su ocurrencia, los contempla con sonrisa
+burlona. La desgracia fue completa. Los alfileritos obtuvieron un éxito
+tan lisonjero que no hubo niña que se subiese al aparato que no se
+hiciese coser la ropa previamente con ellos.
+
+Mientras tales memorables escenas se efectuaban en el bosque, Jaime
+Moro, desdeñando los placeres campestres, había logrado catequizar a
+Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa para echar un tresillito. Se aburría
+en la iglesia, se aburría en el bosque, en la ciudad y en la campiña.
+Tan sólo recobraba la serenidad de espíritu y renacía en él la calma y
+la alegría cuando tomaba las cartas en la mano. La suerte quiso serle
+aciaga. No había naipes en la casa. Pero no se arredra por eso. Baja a
+la cocina, llama aparte a un criado, al que le pareció más ligero y
+musculoso, y dándole una propina le encarga que a todo correr vaya a la
+ciudad y traiga un par de barajitas. Mientras tanto, para que no se le
+escapen, hace esfuerzos portentosos por entretener a sus compañeros,
+hablándoles de lo que más puede interesarles, sobre todo a don Juan, que
+manifestaba tendencias muy señaladas a desertar, seducido por la idea
+absurda de dar un paseo por la quinta y hacer una visita al molino como
+otros de los invitados. Moro sudaba de congoja temiendo no poder
+resistir hasta la vuelta del criado. Felizmente éste llegó a tiempo. En
+cuanto tuvo en su poder las anheladas barajas ya fue otro hombre. Seguro
+de la victoria los arrastra a una de las salas retiradas del caserón, se
+hace traer una mesa adecuada, bujías, cerveza, cigarros y ¡vamos
+allá!... Después de haber estado a dos dedos de perderla, Jaime Moro
+gozaba de aquella felicidad con una ruidosa alegría que causaba envidia.
+
+Un buen golpe de gente ridícula, sin imaginación bastante para
+comprender ni gustar las dulzuras del tresillo, se había ido, con el
+Jubilado a la cabeza, a recorrer la posesión y visitar después el molino
+de nuevo sistema que el conde había montado hacía poco tiempo. Formaban
+la comitiva, entre otros, el novio, el propio capitán Núñez, con
+aquellos de sus compañeros menos propicios al sexo femenino, Granate, D.
+Enrique Valero, Saleta, Manín y otros pocos. Al conde no se le pudo
+arrastrar porque no se le halló. Se dijo que estaba dando órdenes a los
+criados y vigilando algunas obras allá lejos, pero no se le halló
+tampoco en ellas. Uno que hacía allí de capataz o medio mayordomo se
+brindó a servirles de guía.
+
+La finca estaba situada en la pendiente de la misma suave colina donde
+está asentada Lancia. A espaldas de la casa se encuentra el bosque, que
+le priva de la vista de la ciudad. Así que con hallarse tan próxima
+parece que se está a cien leguas de ella, en la amable soledad del
+campo. Al mismo tiempo la protege contra los vientos del Norte y del
+Oeste, dejándola solamente abierta a las templadas y benéficas
+corrientes que vienen del Mediodía y del Este. No llegan hasta allí los
+ruidos de la población. Tan sólo las campanas de la catedral suenan a
+ciertas horas del día dulcemente amortiguadas por la distancia. La
+carretera general va por detrás del bosque. Otra pequeñita, que arranca
+de ella, la pone en comunicación con la quinta. No hay en ésta, como ya
+sabemos, ningún parque a la inglesa o a la francesa, ni jardincitos, ni
+cascadas, ni grutas artificiales. Es una finca mitad de recreo, mitad de
+labor. Primero el bosque, luego la casa con su corrada; después un
+jardín vasto y abandonado; enseguida praderas inmensas que se extienden
+por la falda de la colina y llegan hasta el río y aun lo salvan y se
+dilatan por la opuesta orilla. Por estas praderas se ve pastando el
+ganado, se oyen sus esquilas y los ladridos de los perros. Es fácil
+forjarse la ilusión de que se está en el seno de la naturaleza
+solitaria. La paz es profunda y sólo la interrumpe el canto de un pájaro
+o el mugido de una vaca.
+
+Los excursionistas recorrieron las cuadras, que estaban bien cuidadas,
+pues el conde tenía afición a la ganadería. Sin embargo, Saleta afirmó
+que las había visto en Holanda mucho mejores.
+
+--Figúrense ustedes, señores--manifestó con su característico acento
+gallego,--que allí a las vacas les atan el rabo con una cuerda, ¿saben?
+y lo tienen suspendido para que cuando les da la gana de proveerse lo
+puedan hacer sin ensuciárselo.
+
+Esta noticia, rigorosamente exacta, hace soltar la carcajada a los
+presentes.
+
+--¡Pero este D. Ramón cuándo se cansará de inventar patrañas!--se
+decían los unos a los otros por lo bajo, todo por causa de aquella
+maldita reputación de embustero que había adquirido.
+
+--Pue eztán bien atrazaiyo en Holanda, amigo Zaleta--manifestó Valero,
+que no le dejaba pasar una.--En Málaga, cuando a alguna vaca le da la
+gana de ezo, ze le zienta en un inodoro y ze la limpia depué con papel
+higiénico.
+
+Saleta no se dio por ofendido. Estaba tan avezado a la incredulidad de
+sus oyentes, que aunque ahora reventase con la verdad no le impacientaba
+que no se le creyese.
+
+Cuando hubieron recorrido las cuadras tomaron el camino de los prados a
+campo traviesa, y descendieron hasta el río guarnecido, por entrambas
+orillas, de alisos, álamos y mimbreras, los cuales formaban a trechos
+una mata espesa por debajo de la cual corría oscuro y tétrico. El río
+Lora es uno de los menos caudalosos y al mismo tiempo de los más
+originales de España. Antes de llegar al mar, «que es el morir,» como
+dijo el poeta, se arregla para dar infinidad de vueltas como un viejo
+marrullero que pretende burlarse de la ley común a los seres creados.
+Imposible imaginarse un cauce más extravagante. Sale de cualquier
+población muy resuelto y boyante; parece que va a tragarse las leguas y
+marchar impávido hasta el océano. Pero al cuarto de legua se arrepiente,
+da la vuelta y retorna lento y cabizbajo cerca del punto de partida, lo
+cual hace pensar a algunos, no sin fundamento, que camina cuesta arriba.
+Sale de nuevo, no por voluntad, sino apretado por las circunstancias;
+esta vez se pierde de vista; todo el mundo cree que se va de veras para
+no volver. No es así, sin embargo. El gran zorro, cuando entiende que ya
+no le ven desde el pueblo, revuelve muy solapadamente y trata de meterse
+otra vez por él, pero le da vergüenza, y antes de llegar se aparta un
+poco y va a parar a alguna aldea próxima del mismo concejo. Jamás siguió
+una carrera franca y abierta. Como todos los caracteres rebajados,
+repugna la luz, aprovecha cualquier coyuntura para deslizarse debajo de
+alguna peña o una mata y ocultarse a las miradas de los hombres y
+permanecer allí estancado, corrompiéndose en degradante ociosidad. Nadie
+se fíe de él. Con sus apariencias de viejo inválido y reumático, incapaz
+de dar un paso, ha engañado a muchos zagales. Los invita a bañarse
+haciéndoles pensar que no tiene media vara de fondo, y luego los
+estrangula miserablemente entre sus aguas verdes. No se hallarán dentro
+náyades de celestial hermosura quebrando al nadar con sus brazos de
+alabastro los frágiles cristales, ni saldrán de noche a jugar sobre su
+linfa las graciosas ondinas, de cabellera blonda. El río Lora es
+taciturno, enemigo de toda idealidad poética. Nada de seres
+fantásticos. Lo único que alimenta con verdadero cariño es un enjambre
+de ranas, tan grande que causa vértigo el pensar qué número de ellas
+vivirá bajo su amparo. Ellas son las que se encargan de alegrar con su
+voz armoniosa los parajes que recorre.
+
+Ellas fueron también las que impidieron con ruido atronador que Saleta
+pudiese afirmar, como afirmó después que se vieron lejos, que estando a
+orillas del Yumurí cierta tarde, había tenido la suerte de matar de una
+pedrada un cocodrilo. Verdad que bajo la mirada insistente de su colega
+Valero se apresuró a rectificar haciendo constar que el cocodrilo era
+todavía cachorro y no tenía más que una carrera de dientes.
+
+Siguieron buen trecho la margen sombría del Lora y lo atravesaron por un
+puente rústico en el sitio donde el conde lo había desangrado, por medio
+de una acequia, para dar movimiento a su molino. Mas en aquel punto, a
+los amigos del novio, representantes genuinos del elemento más vigoroso
+y masculino del batallón, se les despierta repentinamente el sentimiento
+de su fuerza y del poder muscular de sus piernas. Un teniente salta la
+acequia. Un capitán, por no ser menos que el subalterno, también lo
+hace, pero se moja los pies. Excitado el amor propio, se despoja de la
+levita y vuelve a saltar con felicidad. Los demás le imitan. Al
+instante toma aquello el aspecto de los juegos olímpicos y todavía más
+de la gran batuda americana. Pero Núñez es un eminente saltarín. Así
+estaba de antiguo reconocido en todo el ejército y más particularmente
+en el arma de infantería. Saltó tres o cuatro veces con gran facilidad;
+mas, queriendo, como es lógico, sobreponerse a sus compañeros y dar
+prueba gallarda de su destreza, afirma en tono desdeñoso que «aquello no
+vale nada» y que él es capaz de saltar la acequia volviéndose de
+espalda. Estas palabras fueron acogidas con respeto por sus colegas,
+pero también con un silencio que al capitán se le antojó dubitativo. Y
+sin aguardar más resuelve confundirlos. No se despoja de una sola prenda
+del uniforme, que esto queda para los neófitos; toma vuelo, y al llegar
+al borde del agua se vuelve y da el salto, pero con tan mala fortuna que
+los pies se le enredan en unos juncos y cae de espaldas tan largo como
+era enmedio del arroyo. Se oculta a las miradas de sus amigos por un
+momento, y sale al fin bufando y chapoteando como un verdadero tritón,
+diciendo que no es nada y que va a saltar otra vez para que se vea. Pero
+su padre político no lo consiente. Le pasea las manos por el cuerpo para
+cerciorarse de que está calado (¡cómo había de estar!) y, presa de
+insana agitación, él, que hacía poco tiempo hubiera exterminado en
+pleno a toda la milicia, comienza a gritar:
+
+--¡Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!... ¡Una pulmonía!...
+¡Mudarse!... ¡Fricciones!... ¡Una fiebre reumática!
+
+Y otras exclamaciones más o menos coherentes, que daban testimonio del
+profundo interés que la salud del oficial le inspiraba.
+
+Núñez, aunque guerrero, cede a sus instancias y vuelve hacia la casa con
+semblante fiero y ceñudo, enteramente resuelto a quitarse hasta los
+calcetines y a meterse en la cama mientras se manda propio a Lancia por
+una muda. Todos sus amigos le rodean, y así llegan hasta la casa.
+Emilita, que está al balcón, al verlos de aquella guisa, pregunta con
+sorpresa:
+
+--¿Qué es eso?
+
+--Nada--le grita su papá,--que Núñez se ha caído a la acequia.
+
+Naturalmente al oír esto Emilita lanza un grito desgarrador y cae
+desmayada en brazos de varias damas. Núñez, hecho un héroe, despreciando
+su propia salud, corre a socorrerla. En pocos momentos se llena la
+habitación de vasos de agua y salen a relucir también dos o tres frascos
+de antiespasmódico. Cuando empieza a recobrar el conocimiento y llega el
+momento crítico de las lágrimas, su hermana Micaela no puede contenerse;
+increpa violentamente a su papá.
+
+--¡Esto ha sido una verdadera barbarie! ¿Se ha figurado usted que su
+hija tiene el corazón de bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesita
+para herir de este modo a una pobre criatura!...
+
+La pobre criatura le paga aquella defensa con una mirada cariñosa de sus
+ojos húmedos, apretándole al mismo tiempo la mano. El Jubilado se
+encuentra en el último grado del abatimiento y apenas se atreve a
+murmurar «que viendo a Núñez vivo a su lado no había razón para tanto
+susto.» Las señoras juzgan que Micaela ha estado irrespetuosa con su
+padre, pero al mismo tiempo no pueden menos de convenir en que aquello
+ha sido un escopetazo, y manifiestan a la desgraciada esposa una
+ardiente simpatía.
+
+
+
+
+VIII
+
+El vino de Fernanda.
+
+
+Fernanda no había presenciado nada de esto. Estuvo a primera hora en el
+bosque, haciendo de ninfa pudorosa como sus compañeras; pero cansada
+pronto del papel, se apartó de ellas y comenzó a discurrir por los
+lugares más solitarios. Su cabeza, tan erguida siempre, se doblaba bajo
+el peso del tedio o la preocupación; su talle flexible, ondulante, se
+movía sin compás girando a un lado y a otro como el cuerpo de un beodo;
+arrastraba los ojos por el suelo, aquellos hermosos ojos africanos que
+eran el más preciado ornamento de la noble ciudad de Lancia, y por su
+frente pálida cruzaba una arruga bien profunda, signo de pensamiento
+fijo y doloroso. ¡Cuánto le había atormentado desde hacía dos meses! La
+impresión que los amores del conde habían dejado en su alma, sofocada al
+principio por el orgullo, por la esperanza de volver a ellos, se había
+dilatado de pronto al conocer el secreto de su desvío, había hecho
+irrupción en ella, la había llenado toda y la abrasaba de amor y de
+celos. Eran tanto más ásperos éstos cuanto que vio claramente que Luis
+la había estado engañando mucho tiempo, le había fingido cariño cuando
+amaba ya a otra. La miserable traición de Amalia la sublevaba, le
+inspiraba horror y repugnancia; pero la del conde, tenía que
+confesárselo, la traspasaba de dolor y acrecía su pasión
+desmesuradamente.
+
+Supo, no obstante, mantener su dignidad a flote. Siguió frecuentando el
+trato de Amalia y mantuvo con ella en apariencia las mismas relaciones
+amistosas, mas a despecho suyo, sin darse ella misma cuenta, había unas
+veces en su actitud, otras en sus ojos, otras en su acento, un leve dejo
+amargo y desdeñoso que no pasó inadvertido para la penetrante
+valenciana. Con su ex-novio se mostró circunspecta, dejó aquel tono
+agresivo que con él acostumbraba a emplear y se hizo más suave y formal;
+pero también, con gran disgusto suyo, la emoción que sentía al hablarle
+se le traslucía no pocas veces en una leve alteración de la voz y en
+palideces o rubores enfadosos. Su vida interna, durante aquellos seis
+meses, había sido devorada por una actividad febril, ansiosa, mareante,
+disimulada con esfuerzo bajo actitud tranquila y altiva. A veces la
+sorda irritación que la minaba no podía resistir tanta presión, y
+estallaba en un flujo de palabras candentes, injuriosas, que pronunciaba
+en voz baja, al advertir algún signo de inteligencia entre los
+traidores. Su naturaleza ardiente, orgullosa, lisonjeada por un padre
+que llegaría hasta el crimen por darle gusto, y por un enjambre de
+adoradores postrados a sus pies, botaba ante aquel obstáculo, el primero
+con que había tropezado en su vida, como un potro salvaje.
+
+En estos frenesíes de cólera ideaba vengarse. Escribió varios anónimos a
+D. Pedro, pero ninguno llegó a su destino. Antes de echarlos al correo
+los rompía. El gran fondo de dignidad que había en su carácter se
+sublevaba ante un proceder tan bajo; los rompía vertiendo lágrimas de
+despecho. Después de hacer trizas el último que escribió, tuvo ocasión
+de alegrarse, pues supo casualmente aquella noche que ninguna carta
+llegaba a poder de Quiñones sin pasar por las manos de su esposa. Otras
+veces no podía más; se rendía a la pesadumbre de su pena y se dejaba
+caer en una butaca, y pasaba largo rato con los ojos extáticos en
+meditación intensa y dolorosa. Acometíanle, en estos momentos, súbitos
+arranques de ternura; se confesaba sin rubor, con gozo voluptuoso, el
+amor que sentía; perdonaba a Luis de todo corazón y se prometía amarle
+toda la vida en silencio, no ser jamás de ningún otro hombre. Según
+trascurrían los días este sentimiento se irritaba, se trasformaba en
+deseo enfermizo, irracional. La excitación de los sentidos, que al fin
+despertaban en ella de un modo violento, juntábase al cosquilleo del
+amor propio herido, para mantener vivo este deseo. Poco le faltaba,
+cuando veía a Luis a su lado, para abrirle su pecho y confesarle la
+abrasadora pasión que sentía.
+
+Sin conciencia clara de lo que hacía, Fernanda buscaba a su ex-novio por
+la finca. Todo lo que allí había le interesaba profundamente, el bosque,
+la casa, los criados, hasta los animales que pastaban en la pradera;
+sobre todo esparcía una mirada simpática, brillante de emoción. ¡Cuan
+amable le parecía aquel caserón estropeado, roído por la humedad y los
+ratones! Después de vagar por las regiones más solitarias del bosque
+largo rato, entró distraídamente por los prados; descendió lentamente
+hasta cierto sitio donde había algunos obreros abriendo una zanja
+profunda para desecar el terreno. Allí supo, sin preguntarlo, que el
+conde, después de estar un rato mirando la obra, se había marchado.
+Esperó algún tiempo para disimular, y al cabo se apartó con lento paso,
+arrastrando la sombrilla, como quien no sabe adónde enderezarse.
+
+En efecto, no lo sabía. Pero no por falta de objetivo, sino porque
+ignoraba dónde estuviera éste. Una idea cruel flotaba en su cerebro sin
+determinarse con claridad; la de que Luis pudiera hallarse a solas en
+aquel momento con Amalia. Poco a poco, a medida que marchaba por el
+campo, esta idea fue adquiriendo relieve. Y según se precisaba, le roía
+el corazón, se lo llenaba de despecho y de cólera. ¿Por qué? ¿No conocía
+perfectamente sus relaciones adúlteras? Pues, con todo, le causaba viva
+irritación, le parecía que no debía sufrirlo, que tenía derecho a
+impedir que se juntasen. Sin darse cuenta de lo que hacía apretó el
+paso. Sus nervios se iban alterando. Cuando llegó a la corrada estaba
+enteramente persuadida que los adúlteros se hallaban juntos y solos.
+Entró en la casa y, como quien la visita por curiosidad, la recorrió
+toda, escudriñó hasta las más apartadas estancias. No logró verlos; pero
+la circunstancia de no hallar a Amalia por ningún sitio la confirmó aún
+más en su sospecha. Fatigada de tanto buscar, inflamada de anhelo,
+nerviosa, salió de nuevo al aire libre. Evitó el encuentro de las
+personas que pudieran detenerla y se dirigió al jardín. En cuanto puso
+el pie en él despertó vigorosamente en su espíritu la esperanza de
+encontrarlos. Aquel rincón de verdura donde los arbustos, creciendo a su
+antojo, se entrelazaban hasta formar una masa impenetrable, era a
+propósito para las confidencias amorosas. Avanzó con precaución, sin
+hacer ruido, por sus senderos casi desaparecidos, tapizados de hierba,
+invadidos en muchos parajes por las ramas de los arbustos y la maleza. A
+veces, un montoncito de lirios le cortaba el paso, y se veía precisada a
+saltar sobre ellos; otras, un rododendro extendía sus ramas para abrazar
+a la camelia de enfrente y formaba bóveda tan baja que necesitaba
+doblarse mucho para pasar. Antes de llegar creyó sentir leve rumor de
+voces. Quedó inmóvil y esperó algunos instantes. Volvió a percibirlo y
+se dirigió hacia el sitio de donde partía.
+
+¡Eran ellos! Sí, eran ellos. Mucho antes de oír su voz claramente los
+había adivinado. Se paseaban por una calle más ancha y despejada que las
+otras, resguardada de un lado por el muro, del otro por alto seto de
+boj. Amalia se colgaba del brazo del conde con imperio y negligencia y
+hablaba mirando al suelo, mientras él se inclinaba hacia ella risueño,
+sumiso, metiéndole las palabras por el oído. Los contempló desde lejos
+al través del follaje. La emoción la dejó clavada al suelo algunos
+instantes. Por encima del sentimiento de dolor y de ira que la
+embargaba asomó su cabeza el orgullo de mujer. Después de examinar con
+ojos ansiosos la figura de Amalia no pudo menos de murmurar con
+amargura:
+
+--¿De qué se habrá enamorado ese hombre? ¡Si es una gata disecada!
+
+Después pensó:
+
+--¿Qué se dirán?
+
+Acometiole un deseo vivo de escuchar su plática, y sin reflexionar sobre
+el peligro que corría, fuese acercando poco a poco al seto, doblando el
+cuerpo para no ser vista. Buscó el paraje más sombrío y seguro, y
+escuchó. Sólo se les oía cuando cruzaban cerca. En cuanto se alejaban
+unos cuantos pasos no se percibía palabra alguna. No pudo recoger más
+que retazos de conversación, que resultaban incoherentes.
+
+--Se le rozan mucho los muslos. ¡Si vieras cómo va engordando! Ni con
+polvos de almidón ni con los de rosa se consigue suavizar la irritación
+de la piel--decía la dama.
+
+--Hablan de la niña--pensó Fernanda.
+
+--No la he visto nunca en el baño. ¡Cuánto daría por asistir a él un
+día!
+
+--Es porque no quieres.
+
+--No, no quiero, exponiéndote a tí a un peligro y a que concluya de ese
+modo...
+
+No oyó más. Tuvo que aguardar a que llegasen al final de la calle y
+diesen la vuelta.
+
+--Di que has estado en casa de esas viejas chochas y no mientas--oyó
+decir a Amalia, al acercarse de nuevo.
+
+--Te aseguro que estuve en el Casino. Nos hemos reunido los individuos
+de la junta para ver si se ha de decorar nuevamente el salón. Creí que
+podría salir a las diez, pero hasta las doce no nos separamos. ¿No
+conoces el carácter disputón y minucioso de D. Juan? A casa de las de
+Meré hace un siglo que no voy. Tanto, que algunos empiezan a...
+
+Otra vez se perdieron las palabras. ¿Aquel D. Juan sería su padre?
+Procuraría enterarse. Cuando volvieron, el conde acariciaba tiernamente
+la mano de su querida y sonreía, al hablar, con arrobada expresión de
+felicidad.
+
+--Muchas veces me he propuesto dejar de verte. Por la noche, estando a
+solas en la cama, me entran terribles remordimientos. Entonces me digo:
+«Es necesario que esto concluya. Los dos nos condenamos
+irremisiblemente.» Y resuelvo marcharme de Lancia y hasta compongo todo
+un plan de vida; viajo con la imaginación por toda Europa; me olvido de
+tí; vuelvo al cabo de algunos años, y en vez del amor antiguo se renueva
+en mi corazón una amistad tierna y honesta, en la cual podemos descansar
+tranquilos sin temor al castigo del Cielo... Pero así que amanece, estas
+resoluciones se disipan, sucumbo a la tentación, voy a tu casa, y en
+cuanto te veo, en cuanto oigo tu voz adorada...
+
+Fernanda se agarró con mano crispada al tronco de una magnolia.
+
+A la vuelta era Amalia quien hablaba.
+
+--No es verdad eso. Ya te he dicho que para mí siempre hay un punto
+negro. Por más que pretendo forjarme la ilusión de ser la primera...
+
+--¡La primera y la última! Yo no amaré a otra mujer más que a ti.
+
+--No sabes los celos que tengo del pasado. Cada día más. Di la verdad:
+¿la has querido o no?
+
+--No.
+
+--Entonces, ¿cómo eras capaz de...
+
+No oyó más. Fue bastante para hacer brotar de sus ojos una lágrima.
+Trató de huir. Cuando iba a hacerlo observó que los traidores se habían
+detenido al extremo de la calle.
+
+Amalia echa los brazos al cuello a su amante, le pone los labios en la
+boca y le da un beso que se prolonga, se prolonga una eternidad.
+Fernanda cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo ve que se alejan
+cogidos de la mano.
+
+Los deja salir del jardín. Los sigue inmediatamente. ¿Adónde irán? Una
+vez en la corrada, observa que se sueltan y se dirigen a la casa. Entra
+en su seguimiento, pero ya habían desaparecido y no sabe en qué
+habitación hallarlos. Las recorre todas imprudentemente, cegada por
+emoción extraña que no acierta a reprimir, acometida de un deseo vivo,
+anhelante, de espiarlos.
+
+--¿Adónde va usted, Fernanda?--le pregunta un joven.
+
+--Ando en busca de la novia.
+
+--Pues va usted mal. Está en el otro extremo de la casa, en una de las
+salas que miran al Norte.
+
+Se vuelve para disimular; pero inmediatamente emprende de nuevo la
+batida. Llega, por fin, a cierto gabinete cerrado, que no es otro que el
+célebre _cuarto de la condesa_. Va a levantar el pestillo, como ha hecho
+en otros, pero se queda inmóvil al escuchar un rumor levísimo. Aplica el
+oído. ¡Son ellos!
+
+Se aparta de allí, corre como si la persiguieran, se mete por el bosque
+y, cuando se encuentra en paraje solitario, se sienta al pie de un árbol
+y apoya en su tronco la cabeza. El rostro triste y demudado, los ojos
+extáticos, las manos cruzadas sosteniendo una rodilla, expresa su
+actitud una agonía desesperada y muda.
+
+Llegó la hora de comer. Se habían colocado en el gran salón de la planta
+baja de la casa dos mesas paralelas. Aquella sociedad diseminada se
+reunió instantáneamente a la palabra santa de «a comer» lanzada a los
+cuatro vientos de la finca por la ruda voz de Manín y por la argentina
+de Manuel Antonio. Los sentimientos poéticos, cuando se desenvuelven al
+aire libre y enmedio de los bosques, son excelentes para facilitar la
+secreción del jugo gástrico. Por eso tanto ninfas como faunos asaltan
+con bríos, antes de sentarse a la mesa, las aceitunas, los pepinos, las
+rajas de salchichón. Por voto unánime de la milicia y del clero,
+representado dignamente por Fray Diego, se cometió a la novia el encargo
+de designar sitio a cada cual. La festiva y revoltosa Emilita,
+trasformada súbito en severísima matrona, llenó su cometido con tacto y
+amabilidad que le valieron el aplauso del concurso. A cada niña iba
+dando por compañero y servidor aquel mancebito que era más de su agrado,
+y a cada persona mayor aquella otra con quien más congeniaba por su
+humor y aficiones. Pero cuando llegó al delirio el palmoteo fue cuando
+colocó al teniente Rubio entre las dos señoritas de Meré. Había dejado
+para lo último este donaire, que no le hizo maldita la gracia al
+interesado. Viéndose oprimido por tales vejestorios, el injusto forzador
+quedó amoscado y estuvo a punto de protestar contra la designación de
+Emilita y faltar a todas las reglas de la galantería, pero se contuvo.
+Al tiempo de sentarse se le ocurrió exclamar mirando a entrambos lados y
+parodiando a Napoleón:
+
+--Desde lo alto de estas dos sillas, cuarenta siglos me contemplan.
+
+La ocurrencia se celebró mucho y esto volvió el humor a aquel dañino
+animal. Supo contestar tan bien a la vaya que le daban sus amiguitas,
+que aquella tarde ganó fama imperecedera de cazurro y de pícaro.
+
+Moro se sentó al lado del conde, y mientras comían no cesó de inculcar
+en su alma la ventaja de traer al palacio de Granja una mesa de billar.
+Conocía todas las fábricas, pero la mejor sin disputa era la de Tutau,
+de Barcelona. Elogió el artículo como si fuese, un viajante de la casa.
+A Luis se le conocía en la cara el hastío y el pesar de no hallarse
+sentado al lado de Amalia. Pero Emilita no se atrevió a colocarlo en
+esta forma, ni tampoco junto a Fernanda. Lo primero sería un escándalo.
+Lo segundo, una molestia para ambos.
+
+Se comió como en un banquete de la Iliada. Pero el Aquiles de esta
+formidable pelea fue Manín, el bárbaro Manín, que, al decir de los que
+estaban a su lado, se comió once calabacines rellenos. Verdaderamente
+Manín era digno de ser llamado, si no suevo, ya que esto ofendía al
+señor Saleta, por lo menos longobardo. Se habló y se gritó como en una
+plazuela. Las tres hadas del Jubilado, que tanto habían ganado desde que
+Fray Diego echó la bendición a su hermana en inocencia y gracia
+infantil, tiraban bolitas de pan a los oficiales. Éstos echaban miradas
+a la novia, haciendo después guiños a su compañero Núñez, y murmuraban
+palabras espantosas que les hacían prorrumpir en carcajadas más
+espantosas aún. Paco Gómez se peleaba con María Josefa. No se sabe cuál
+de los dos era peor intencionado, de quién partían las flechas más
+agudas y envenenadas. Saleta, que tenía a su compañero y censor D.
+Enrique Valero lejos, se despachaba a su gusto, contando a D. Juan
+Estrada-Rosa y a otros dos caballeros cómo se había arreglado para
+seducir a cierta inglesa, esposa de un cónsul que había conocido en
+Oncón, yendo desterrado a Filipinas. El barco no se detenía allí más que
+veinticuatro horas. En este breve espacio la enamoró y logró que se
+escapase con él. Pero tuvo que separarse de ella al instante, porque
+aquel lance fue objeto de una reclamación diplomática por parte de la
+Gran Bretaña. Manuel Antonio, atacado súbitamente de viva simpatía por
+un alférez rubio que tenía a su lado, le abrumaba a cuidados y delicadas
+atenciones.
+
+--Federico... una aceitunita... No tome tanta mostaza, criatura, que le
+puede hacer daño. Resérvese para las perdices. Me consta que están
+riquísimas. ¿Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me encargo de traerlo...
+
+Y se levantaba solícito, daba la vuelta a la mesa y traía un par de
+botellas que colocaba delante del mancebo.
+
+--Se ha puesto usted muy bueno en Lancia. Cuando vino usted hace seis
+meses era usted delgadito y pálido. Yo decía: ¡qué lástima de joven, tan
+guapo y tan simpático! Porque creía que se iba usted a dañar del pecho.
+Se conoce que llevaba usted mala vida allá en Barcelona... ¿No? Pues
+mire usted, cualquiera lo pensaría. Me acuerdo que cuando usted llegó
+traía una gabardina de color de ala de mosca muy bien hecha y chalina
+azul celeste muy linda... Reconozco que le sienta a usted bien el traje
+de paisano, pero a mí me gusta usted más de uniforme. Será un capricho,
+pero no lo puedo remediar. ¡Vamos, que de uniforme y con esos bigotes a
+la borgoñona está usted del todo simpático!
+
+Algunas toses significativas de los oficiales, que se sentaban enfrente,
+le paralizaron de pronto. Pero no se corrió ni mucho menos. Era incapaz
+de avergonzarse por nada. El que quedó amoscado y se puso muy serio y
+ceñudo fue el alférez.
+
+Cuando el banquete daba a su fin, algunos caballeros, favorecidos de las
+musas, se levantaron a brindar en verso o cosa parecida. Y los que no lo
+hicieron en verso felicitaron en prosa a los desposados, resultando que
+lo mismo unos que otros coincidieron en desearles «una eterna luna de
+miel.» Y lo mismo el periódico local que al día siguiente dio la
+noticia. De todos aquellos brindis el más original e interesante fue el
+del padre de la novia, D. Cristóbal Mateo. ¿No había de ser original oír
+a este sañudo enemigo de la fuerza armada cantar sus glorias y
+declararse partidario frenético del aumento del contingente y del sueldo
+a los oficiales? A las pocas palabras que pronunció se mostró tan
+enternecido, que algunas lágrimas rodaron precipitadamente por sus
+mejillas. No faltó quien dijo que lloraba el vino que había bebido; pero
+estamos lejos de dar crédito a esta insinuación malévola, primeramente
+porque es un absurdo que se llore vino, y después porque su acento era
+tan sincero, su ademán tan patético, que nadie podía dudar de que sus
+palabras salían del fondo del corazón.
+
+--...Es un consuelo, sí, es un consuelo que Dios me haya dejado ver a mi
+hija casada con un pundonoroso militar... Bien que decir militar en
+España es decir pundonoroso... Porque el ejército es la escuela del
+honor, como dijo cierto filósofo... Levantar el ejército, honrar el
+ejército, es levantar, es honrar el honor de la nación... Levantar el
+ejército es levantar el poderío y la prosperidad del país... Levantar el
+ejército es colocarnos al nivel de las naciones más grandes de
+Europa... Levantar el ejército es vivir respetados por todo el mundo...
+Levantar el ejército es levantarnos nosotros mismos... Levantar el
+ejército...
+
+--Que se levante el ejército, pero que se siente don Cristóbal--gritó
+uno.
+
+El Jubilado quedó parado en firme, echó una mirada de triste
+reconvención hacia el sitio de donde había partido la voz, se llevó el
+pañuelo a los ojos para enjugarse las lágrimas, bebió con calma lo que
+restaba de vino en la copa y se sentó gravemente entre el aplauso y la
+risa de los comensales.
+
+Fernanda no había despegado los labios durante la comida. Todos los
+esfuerzos de Granate, a quien la amabilidad de Emilita había colocado
+cerca de su apetecido dueño, resultaron infructuosos. Ni por hablarle de
+la zafra y describirle cómo se recoge el tabaco y hacer cálculos exactos
+de lo que se gana en cada caja de azúcar y lo que se ganaría si se
+rebajasen los derechos, ni por contar los cien pormenores interesantes
+sobre la importación de las carnes saladas de la República Argentina y
+del bacalao de Terranova, logró Romeo que su Julieta emitiese más que
+secos monosílabos. Lo único que hacía era alargarle de vez en cuando la
+copa, diciendo con imperio:
+
+--Eche usted vino.
+
+El indiano se apresuraba a cumplimentar la orden. La joven la apuraba de
+un trago, la ponía sobre la mesa y paseaba sus ojos altivos por los
+comensales, deteniéndose con insistencia en Amalia. Poco a poco aquellos
+ojos iban adquiriendo expresión más sombría, los párpados se le caían,
+se ponían encendidos y se movían a un lado y a otro con más dificultad.
+D. Santos, a quien sorprendía aquella manera de beber, se atrevió a
+decir:
+
+--Fernandita, bebe usted como un sumidero. ¡Porra! Tengo miedo que le dé
+a usted un torozón.
+
+--Eche usted vino--respondió Fernanda lanzándole al mismo tiempo una
+mirada torva que le desconcertó.
+
+Ya que se hubo brindado, voceado y disparatado bien, el alegre concurso
+volvió a diseminarse. Sólo permanecieron en sus puestos el Jubilado y
+los oficiales refractarios al amor. Quedaron discutiendo la forma más
+adecuada de aumentar, sin gravar mucho al Tesoro, ocho duros mensuales a
+los capitanes, cinco a los tenientes y tres a los alféreces. Sin esta
+reforma declaraban explícitamente los interesados que se operaría muy
+pronto una completa disolución en el ejército, y por lo tanto, dejando
+de ser la escuela del honor, ni lo habría en el país, ni nos
+levantaríamos jamás a la altura de otras naciones, ni habría
+prosperidad ni poderío ni pundonor en toda la vida. Jaime Moro volvió a
+trincar a Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa y los arrastró hasta la
+mesa del tresillo. D. Juan había perdido y se mostraba reacio, pero el
+simpático mancebo logró convencerle con astucia de que, si no le había
+dado el naipe por la mañana, era porque él, Moro, nunca había perdido a
+esa hora. Cuando le venía la mala era por la tarde. Capaz sería de
+dejarse ganar con tal de retenerlos.
+
+Manín, sentado a un extremo de la mesa, sin intervenir en la
+conversación de los oficiales, cortaba con su navaja rebanadas de pan y
+las comía cachazudamente formando bulto en el carrillo, remojándolas con
+largos tragos del Burdeos que había quedado en las botellas. No estaba
+conforme con la comida que les sirvió Marañón, el dueño del café de
+Altavilla. Después de haberse hartado como un salvaje, decía que todos
+aquellos platos eran _perfumerías_, y que donde estaba una fuente de
+judías con morcilla, longaniza y huesos de marrano deben callarse los
+macarrones. Hay que advertir que para Manín se llamaban macarrones todos
+los manjares que no conocía, lo cual caía muy en gracia al maestrante.
+
+Mientras terminaba tan dignamente aquella comida indecorosa no cesaba de
+murmurar pestes contra ella, haciendo responsable en parte a D.
+Cristóbal, a quien dirigía de vez en cuando desde un rincón largas
+miradas de rencor.
+
+De pronto se abren con estrépito las puertas del salón y penetran en él
+cuatro muchachas en un estado de agitación que impresionó vivamente a
+los circunstantes. Sin hacer caso de los otros se dirigen todas al
+mayordomo de Quiñones:
+
+--¡Manín, un oso! ¡Manín, un oso!
+
+--¿Dónde?--pregunta aquél sin inmutarse.
+
+--En el bosque.
+
+--¿Quién lo ha traído?
+
+Ante esta pregunta extravagante quedan las cuatro estupefactas y
+suspensas. Una de ellas se atrevió al fin a apuntar tímidamente:
+
+--Ha venido él solo.
+
+--¡Bah, bah, bah!--exclamó rudamente el mayordomo.
+
+Y vuelve a las tajadas de pan con más ardor que antes, dando quizá con
+esto la razón a los envidiosos de la aldea, que no querían oír hablar de
+los osos que había matado y se emperraban en llamarle zampatortas.
+
+--Vamos, niña, di cómo lo has visto--manifiesta la simpática Consuelo,
+que venía en la diputación.
+
+Una, que estaba más pálida que las otras, avanzó y exclamó con trabajo:
+
+--¡Qué miedo! ¡Madre mía, qué miedo! Creí que me moría... porque mire
+usted, el oso... ¡el oso era horrible!
+
+En tal estado de sobresalto se hallaba, que no pudo articular más que
+palabras incoherentes. Entonces la resuelta Consuelo avanzó a su vez y
+dijo con voz firme:
+
+--Verá usted, Manín. Esta niña se encontraba con nosotras en la parte
+más espesa del bosque, allá muy lejos. Oyó cantar un pájaro, un malvís,
+según creo. ¿No era un malvís?... Bueno, pues oyó cantar un tordo y se
+dirigió al sitio donde sonaba. Se alejó bastante y no pudo dar con él.
+Cuando se volvía, sale de unas matas el oso, la acomete, la tira al
+suelo y sin hacerla daño, no sabemos por qué, huye y desaparece.
+
+El famoso cazador de osos se levanta pausadamente y dice con el acento
+firme y sosegado de los héroes:
+
+--Vamos a ver qué es eso.
+
+Pidió una escopeta arriba, y seguido de lejos por las pálidas doncellas,
+dio una batida al bosque. Lo único que halló fue un cerdo alemán de la
+pareja que el conde había traído para encastar. La hembra había muerto y
+el macho vagaba triste y solitario por la espesura mientras se efectuaba
+su metamorfosis en morcillas y chuletas. Hubo sospechas vehementes de
+que el autor de la agresión fuese este cerdo viudo, pero la joven de la
+aventura juraba y perjuraba que había sido un oso quien la había
+acometido, y que no le dijeran cómo era este animal, porque lo había
+visto muchas veces disecado en el gabinete de zoología de la
+universidad.
+
+Fernanda se había marchado mucho antes seguida de Granate. Estuvieron en
+el jardín. Allí la joven se le colgó del brazo y dieron algunas vueltas
+por la misma calle en que había visto pasear al conde con Amalia.
+
+--Usted está muy enamorado de mí, ¿verdad?--le preguntó bruscamente.
+
+El indiano, sorprendido, murmuró:
+
+--¡Oh, sí! Dicen que estoy como un burro, y es verdad.
+
+--¿Y qué siente usted, vamos a ver; qué siente usted? Explíquese.
+
+--¿Yo?... ¿Cómo?--exclamó sorprendido.
+
+--Sí. ¿Qué siente usted cuando me ve? ¿Qué siente cuando otro hombre se
+acerca a mí, el conde, pongo por caso? ¿Qué siente usted en este momento
+en que va oprimiendo mi brazo? Descríbame usted sus sensaciones, lo que
+le pasa por dentro...
+
+--Yo, señorita... no sé qué decirla... La tengo tanta ley como si fuese
+de la familia... Y a don Juan, su padre, aunque sea un poco
+cascarrabias, lo mismo... Que sea cascarrabias o no, ¿a mí qué me
+importa?... Si me casara con usted, tengo casa, gracias a Dios... Y no
+es porque yo lo diga, pero mi casa vale más que la suya, eso bien lo
+sabe usted... Pero antes nos iríamos a viajear por Francia, por Italia,
+por Ingalaterra, por donde usted quisiera... Y si echábamos abajo cinco
+mil duros, ¡que los echáramos!
+
+Granate siguió desbarrando un buen rato en esta forma. Fernanda no le
+oía. Al fin le enfadó aquel ruido molesto y dijo con acento colérico:
+
+--¿Se quiere usted callar, hombre? ¿Qué sarta de estupideces está usted
+ahí soltando?
+
+El pobre D. Santos quedó anonadado. Pasearon en silencio algún tiempo.
+
+--¡Qué feo es todo esto!--exclamó al cabo la joven.
+
+--_¿Cuálo?_
+
+--¡Todo! La casa, el bosque, los prados, el jardín... Mire usted qué
+horrible es esta magnolia.
+
+--La casa muy fea y muy antigua, siempre lo he dicho... Si la dieran tan
+siquiera un revoque y me pintaran los balcones, todavía... El bosque no
+vale para nada, no trae utilidad, está ocupando un sitio precioso para
+hortaliza o espalera de fruta o lo que le manden.
+
+Fernanda soltó una carcajada.
+
+--Usted padeció alguna vez de melancolía, D. Santos.
+
+--¿De tristeza? Nunca. Yo siempre de buen humor. Tan sólo hace un año,
+que me comió un bribón ocho mil y pico de duros, tomé un berrenchín que
+me duró dos días.
+
+--¡Qué feo está el sol ahora, visto por entre las ramas de los árboles!
+
+--¿Quiere usted que nos volvamos a casa?
+
+--No, lléveme usted hacia el río. Tengo la cara ardiendo y quiero
+refrescarla un poco con agua.
+
+Bajaron por los prados, llegaron al río, y allí la heredera de
+Estrada-Rosa, contra las prescripciones de D. Santos, se echó agua al
+rostro por largo rato. Después que se hubo secado ascendieron de nuevo
+lentamente hacia la casa.
+
+--¿Cómo estoy ahora? Bien, ¿eh?... ¡Si viera usted cómo me aburro aquí!
+No puedo más; todo esto me fatiga. Yo no nací para andar por los prados
+como las vacas. A mí me gustan las ciudades, los salones, el lujo.
+Quisiera viajear, como usted dice, por París, por Londres, por Viena.
+Qué aburrido es Lancia, ¿verdad? ¡Aquellos eternos paseos del Bombé!
+¡Aquel campo de San Francisco! ¡Aquella torre de la catedral tan negra y
+tan triste! Luego siempre las mismas caras. La única persona divertida
+de Lancia es usted... En cuanto le veo se me suelta la risa sin poderlo
+remediar. ¿Por qué le llaman a usted Granate? Yo creo que el color de
+usted más se parece al lapislázuli... ¿Usted habrá tenido esclavos allá
+en América?... ¡Oh, cómo me gustaría a mí tener esclavos! ¡Es tan
+fastidioso eso de pedir las cosas por favor! Pero no, en América, no;
+hay fiebre amarilla... Preferiría ir a China.
+
+A medida que hablaba se iba exaltando, se emborrachaba con sus propias
+palabras. Los pensamientos salían cada vez más incoherentes. D. Santos
+trató de decir algo, pero se lo impidió ella tapándole la boca con la
+mano.
+
+--Déjame hablar, hombre. ¿Te lo quieres decir todo tú?
+
+El indiano empezó a inquietarse. La exaltación de la joven iba en
+aumento. Hablaba por los codos y le tuteaba rudamente.
+
+--Dame un cigarro.
+
+--¡Fernandita!... ¡Un cigarro!... Se va a usted a marear.
+
+--¡Silencio! ¿Qué dices ahí, tonto? ¡Marearme! Tú no sabes ya qué
+inventar para fastidiarme. Dame un cigarro o te dejo ahí plantado.
+
+El indiano sacó la petaca: la gentil heredera tomó de ella una breva, le
+arrancó con sus dientes etiópicos la punta y pidió por señas un fósforo.
+Granate se lo ofreció encendido, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en
+señal de disgusto.
+
+Cuando hubo dado dos o tres chupadas, puso un gesto avinagrado y
+exclamó:
+
+--¡Qué cigarros tan infames! Mira, fúmatelo tú.
+
+Y se lo puso en la boca.
+
+No fue, no, avinagrado el gesto de Granate al chuparlo.
+
+--¡Ya lo creo que me lo fumaré!--exclamó sonriendo beatamente.--Me salen
+a doscientos pesos el millar... Pero ahora, después de chuparlo usted,
+vale un millón...
+
+--Vamos, no empieces a decir brutalidades. Llévame a casa... Esta luz me
+marea.
+
+Llegaron hasta la corrada cogidos del brazo. Allí un pollastre les dijo
+desde lejos:
+
+--¿Dónde van ustedes? La gente está en el bosque.
+
+--Dígale usted a la gente que me río de ella--respondió Fernanda con
+gesto furioso que hizo sonreír al muchacho.
+
+--¿Tú no conoces la casa?--añadió bajando la voz y dirigiéndose a D.
+Santos.--Pues voy a enseñártela toda. Verás.
+
+Subieron la mohosa y estropeada escalera. Fernanda, sin cerrar boca, fue
+recorriendo todas las habitaciones del caserón y mostrándolas al
+indiano.
+
+--¡Aquí está el célebre _cuarto de la condesa_!--exclamó con singular
+entonación al llegar a él.--Vamos a entrar. Estoy cansada.
+
+Entraron y la joven cerró la puerta.
+
+--¿Qué hermoso, eh?... Éste es el cuarto más hermoso y más pícaro de la
+casa. Si estos muebles se pusieran a contar secretos divertidos, no
+concluirían nunca... Mira, dime pronto algo que me haga reír, porque si
+no vas a ver cómo empiezo a llorar lo mismo que una colegiala... ¿Lo
+ves? Ya estoy llorando... Siéntate ahí, gaznápiro... ¡Qué bonito chaleco
+traes! ¡Qué bien dibuja la redondez de la panza!... Contempla esa cama.
+Es grande, ¿eh? es ancha, es hermosa, es artística. Pues mira, yo la
+quemaría... Por no sentarme en ella, voy a sentarme sobre tus
+rodillas...
+
+Y así lo hizo. Granate al sentir aquella carga tan dulce quedó
+enajenado, y con increíble audacia le pasó un brazo por la cintura. La
+joven se alzó como si la hubiera pinchado.
+
+--¿Qué haces, bruto? ¿Crees que estamos en la manigua y soy alguna negra
+cimarrona?
+
+Después de contemplarle un rato con ojos coléricos, su fisonomía se fue
+serenando, sus labios se dilataron con sonrisa dulce.
+
+--¿Me quieres mucho?
+
+--¡Casi na!--dijo el indiano con acento picarón.
+
+--Pues vas a ser feliz un momento. Mira, te voy a permitir que me des un
+beso... uno solo, ¿lo entiendes? Pero me has de jurar que no lo ha de
+saber nadie...
+
+El indiano hizo un juramento espantoso.
+
+--Bueno, basta. Ahora, dame el beso aquí en la sien. El primero y el
+último que me has de dar en tu vida... Espera un poco--añadió alzándose
+otra vez.--Por este beso yo te he de dar cincuenta bofetadas en esos
+carrillos azules... ¿Admites el trato?
+
+Granate consintió inmediatamente. La niña volvió a sentarse sobre sus
+rodillas e inclinó la cabeza para recibir el beso.
+
+--¡Bueno, ahora llega mi turno!--exclamó con infantil
+alegría.--Prepárate a recibir los bofetones... ¡Qué carrillos, Dios mío,
+tan magníficos! ¿Ves que son azules?... Pues te los voy a poner
+verdes... ¡Atención!... ¡Una!... La primera... ¡Dos!... La segunda...
+¡Tres!... La tercera... ¡Cuatro!... ¡Cinco!
+
+La mano breve y torneada de la hermosa chasqueaba ruidosamente en las
+carnosas mejillas del indiano. Los ojos de éste comenzaron a ponerse
+encendidos y encarnizados, como los de un lobo, su sangre llameó
+repentinamente y con brusco ademán la sujetó brutalmente por la cintura.
+
+Fernanda dejó escapar un grito ahogado.
+
+--¿Qué tienes?... ¿Por qué te enfadas?... ¡Déjame!... ¡Déjame, bruto!
+
+Luchó, forcejeó con desesperación, pero no logró desasirse...
+
+Al apartarse, la embriaguez había desaparecido por completo. Dirigió una
+mirada vaga, extraviada, al indiano. Pero esta mirada adquirió súbito
+expresión de espanto, se fijó en él como en un animal extraño que la
+viniese a acometer.
+
+--¿Qué hace usted aquí?... ¡Ah, sí!--exclamó llevándose la mano a la
+frente.--¡Dios mío! ¿Qué me pasa? ¿Estoy soñando?...
+
+Y volviendo a clavarle sus ojos irritados, amenazadores, le gritó con
+rabia:
+
+--¿Qué hace usted ahí plantado? ¡Salga usted inmediatamente! ¡Salga
+usted! ¡salga usted!--repitió con grito cada vez más alto.
+
+Pero cuando el indiano retrocedía ya hacia la puerta ella se lanza de
+pronto fuera, sale disparada por los pasillos y, al llegar cerca de la
+escalera, cae atacada de un síncope.
+
+La levantaron, la prodigaron mil cuidados. Al recobrar el sentido brotó
+de sus ojos un raudal de lágrimas; no cesó de llorar en toda la tarde.
+Cuando la comitiva se puso de nuevo en marcha hacia la población aún
+seguía llorando.
+
+--¿Han visto ustedes qué vino más llorón tiene esta niña de
+Estrada-Rosa?--decía riendo el capitán Núñez.
+
+
+
+
+IX
+
+La mascarada.
+
+
+Momentos antes de que la rosada aurora abriese de par en par las
+ventanas del Oriente, Satanás, que amaneció de humor campechano, envió a
+Lancia al más travieso y juguetón de los demonios con encargo de
+despertarla. Batió sus negras alas el ministro de Averno sobre la ciudad
+y lanzó una carcajada horrísona, estridente, que logró arrancar de las
+profundidades del sueño a todos sus habitantes. Despertaron con unas
+ganas atroces de reír, de alborotar, de burlarse de la autoridad
+gubernativa, improvisar coplas y decir barbaridades.
+
+Uno de ellos, imaginamos que haya sido Jaime Moro, lo primero que hizo
+al saltar de la cama fue llamar al criado y preguntarle con semblante
+risueño si D. Nicanor, el bajo de la catedral, le había prestado al fin
+su figle. El criado, sin responder, saliose un momento del cuarto y no
+tardó en aparecer con un descomunal serpentón entre las manos. Y sin
+respeto alguno a su amo aplicó los labios a la boquilla y produjo un
+ruido temeroso semejante al rugido de un león. Moro, en calzoncillos
+como estaba, hizo una pirueta y tres o cuatro zapatetas en señal de
+íntimo regocijo, como si aquel ruido bárbaro hubiese tocado las fibras
+más delicadas de su corazón. Después de probar por sí mismo a producir
+idéntico rugido y cerciorarse de que era bien capaz, se vistió, se aliñó
+y, tomando apresuradamente el desayuno, se salió a la calle liado en su
+capa y debajo de ella el artefacto musical que tan gozoso le había
+puesto. A cuantos encontraba detenía con guiño misterioso, y metiéndose
+en el portal más próximo les mostraba, lleno de emoción, el contrabando
+que traía oculto. Ninguno preguntaba lo que iba a hacer con él.
+Sonreían, le apretaban la mano significativamente y solían preguntarle
+al oído:
+
+--¿Para cuándo?
+
+--Esto para la noche, pero a las doce sale la carroza.
+
+--¿Se escaparán?
+
+--¡Ca! Están bien tomadas las medidas.
+
+Y seguía su camino, embozado hasta los ojos, porque hacía un frío de dos
+mil diablos.
+
+Otros no se limitaban a sonreír y apretarle la mano, sino que en justa
+correspondencia a su confianza sacaban con mano temblorosa de los
+bolsillos del gabán o de lo interior de la gabardina algún instrumento
+resonante también de menor categoría, una trompeta, un cuerno de caza,
+una matraca. Moro aplaudía, alababa el instrumento sin hacer alarde de
+su superioridad. Y proseguía con marcha oblicua y trabajosa, no hacia la
+confitería de D.ª Romana, que era el término glorioso de sus
+expediciones matinales, sino hacia casa de Paco Gómez.
+
+Resonaba ésta ya con los pasos agitados y el vocerío de una muchedumbre
+de jóvenes diligentes. Todos ellos trabajaban con verdadero afán, con
+ahínco que rara vez se ve en los talleres. Unos cortaban estandartes,
+otros moldeaban caretas de cartón; quiénes pegaban letras negras a los
+trasparentes de un farol; quiénes vestían primorosamente dos grandes
+muñecos; quiénes, en fin, se ocupaban en desatascar las boquillas de
+varios bombardinos y serpentones semejantes al que Moro llevaba. La
+estancia era una inmensa sala destartalada. Paco Gómez habitaba el
+palacio de un marqués que jamás había puesto los pies en Lancia, del
+cual su padre era mayordomo. El implacable bromista presidía vigilante y
+solícito los trabajos de sus compañeros, acudiendo a todas partes,
+saliendo a cada momento para dar órdenes a los criados o para recibir
+los mensajes que le enviaban. Nunca se le había visto tan afanoso.
+Generalmente era displicente, y hasta en las bromas más premeditadas
+mostraba cierta actitud desdeñosa, sincera o fingida, que le hacía más
+temible. Ahora echaba todo el cuerpo fuera. Es que se trataba de la
+farsa más estupenda y regocijada que había presenciado jamás la ciudad
+de Lancia desde que los monjes de San Vicente habían venido a fundarla.
+El motivo era que se casaba... (apenas si la pluma se atreve a
+estamparlo) Fernanda Estrada-Rosa... se casaba... (vamos, que cuesta
+trabajo decirlo) ¡se casaba con Granate!
+
+Desde la memorable escena de la Granja, Fernanda vivió en estupor
+doloroso, en un abatimiento de alma y de cuerpo que alarmó a su padre.
+Hizo llamar al médico. Éste no halló más que un desequilibrio nervioso;
+se curaría con algún viajecito a la corte, con paseos y distracciones.
+La niña se negó en absoluto a curarse por estos medios. Ni paseos, ni
+teatro, ni tertulias, ni mucho menos pensar en hacer viaje alguno. Desde
+su gabinete al comedor, desde aquí al cuarto de su padre, donde solía
+permanecer breves instantes. No tenía fuerzas para subir al piso segundo
+ni humor para enterarse de los trabajos de los criados y dirigirlos.
+Cerrada en su habitación tampoco lo tenía para seguir labor alguna. Se
+dejaba caer en una silla y permanecía larguísimo rato inmóvil con las
+manos sobre las rodillas y los ojos extáticos. Algunas veces se ponía a
+leer y, observando que no se hacía cargo de lo que el libro decía,
+concluía por arrojarlo. Otras se asomaba al balcón y permanecía de
+bruces sobre la baranda horas enteras con la vista fija en el espacio o
+en un punto de la calle, sin ver a los transeúntes ni contestar al
+saludo que muchos le dirigían, ni advertir siquiera la curiosidad de que
+era blanco por parte de las vecinas.
+
+Mas he aquí que repentinamente se le antoja marcharse a Madrid. Fue
+necesario preparar el viaje instantáneamente. Manifestó su deseo por la
+mañana. Por la noche montaban padre e hija en la diligencia: con tal
+ímpetu y palabras extremosas exigió la niña el viaje. Una vez en la
+corte, cambió radicalmente su humor. Entregose con rabia, con pasión
+desenfrenada a los placeres que brinda Madrid a una joven forastera,
+rica y hermosa. Vivió dos meses en la embriaguez de los teatros, de los
+paseos en coche, de los grandes saraos y conciertos. Acometida súbito
+de una alegría nerviosa, parecía feliz enmedio del ruido y el tumulto de
+la sociedad, donde empezó a conocérsela por el sobrenombre de _la
+Africana_.
+
+Para que su vida fuese aún más alegre y aturdida le placía comer por los
+_cafés_ y _restaurants_, como un mancebo disipado. D. Juan fluctuaba
+entre el gozo de verla contenta y la incomodidad aguda que le producía
+aquella vida desordenada, tan contraria a sus hábitos y edad.
+
+Una tarde, regresando del paseo del Prado, Fernanda estalló
+repentinamente en sollozos. D. Juan quedó estupefacto, aterrado; en toda
+la tarde no había cesado de reír aquella locuela burlándose de cierto
+mancebito que seguía pertinazmente su coche.
+
+--¿Qué te pasa?... ¡Fernanda! ¡Hija mía!
+
+La niña no respondió. Con el pañuelo en los ojos, el cuerpo sacudido por
+fuertes estremecimientos, lloraba cada vez más perdidamente.
+
+--¡Fernanda, por Dios, que la gente se está fijando!
+
+El llanto se iba convirtiendo en ataque de nervios. D. Juan ordenó al
+cochero partir a escape a casa. Mas antes de llegar a ella, la joven
+cesó de llorar y, levantando la cabeza con resolución, exclamó:
+
+--¡Papá, quiero marcharme a Lancia!
+
+--Bien, hija; nos iremos mañana.
+
+--No, no; quiero que nos vayamos ahora mismo.
+
+--Considera que no falta más que una hora para salir el tren.
+
+--Sobra tiempo.
+
+No hubo más remedio que meter apresuradamente la ropa en los baúles y
+salir disparados a la estación. Sólo cuando el silbido de la locomotora
+anunció la salida y comenzaron a correr por las llanuras áridas que
+rodean a Madrid se calmaron un poco los nervios de la excitada niña.
+
+Al día siguiente de llegar a Lancia no fue a dar los buenos días a su
+padre ni a tomar chocolate con él, como tenía por costumbre. Cuando ya
+se disponía el viejo a llamarla, entra de repente en su habitación una
+doméstica pálida y agitada.
+
+--¡La señorita se ha puesto muy mala!
+
+Corrió D. Juan al gabinete y la halló desencajada; lívida, por los
+esfuerzos que unas violentísimas náuseas la obligaban a hacer.
+
+--¡Pronto! ¡A buscar el médico!--gritó el pobre padre.
+
+Fernanda hizo un gesto negativo y articuló débilmente:
+
+--No, que llamen al penitenciario.
+
+No hizo caso. Vino el médico y, después de examinarla detenidamente,
+llamó a D. Juan aparte y le dijo:
+
+--Su hija de usted ha tomado una cantidad extraordinaria de láudano.
+
+--¿Para qué?--preguntó sin comprender.
+
+--Pues... para lo que se toman siempre esas cantidades... para
+envenenarse.
+
+--¡Hija de mi alma! ¿qué has hecho?--gritó el desgraciado; y quiso
+lanzarse de nuevo a la habitación de la joven. El médico le detuvo.
+
+--No corre peligro alguno. Ha devuelto todo el veneno, y con el
+medicamento que voy a recetar quedará completamente tranquila. Lo que
+importa ahora es que no repita.
+
+--¡Oh, no! Yo me encargo.
+
+Y corrió al cuarto de su hija. Pero no pudo arrancarle una palabra. La
+niña se obstinaba en que viniese su confesor. Al fin fue por sí mismo a
+llamarlo, y no tardó en aparecer con él.
+
+Mientras duró la confesión, D. Juan paseaba agitadamente por el amplio
+corredor de la casa en espera, devorado por curiosidad ardiente, presa
+de vagos y tristísimos presentimientos. Salió al fin el penitenciario,
+quien sin responder a la muda interrogación que le dirigía con la vista,
+tomole gravemente de la mano y le llevó en silencio hasta su propia
+habitación, donde se encerraron. Cuando al cabo de una hora salieron, el
+anciano banquero tenía las mejillas inflamadas, los blancos cabellos en
+desorden y en los ojos señales de haber llorado. Despidió al canónigo
+en la escalera y tornó a encerrarse en su despacho. Allí permaneció todo
+el día y toda la noche, sin hacer caso de los recados que su hija le
+mandó para que se llegase a verla.
+
+Fue el propio penitenciario quien se ofreció a hablar con Granate y
+seguir las negociaciones. El indiano relinchó de gozo al saber de lo que
+se trataba. Pero su naturaleza de aldeano astuto y la pasión de la
+avaricia, que era la que hasta entonces le había dominado, alzaron la
+cabeza. Cuando al otro día fue el canónigo a hablarle hallolo cambiado:
+cerdeaba, gruñía, sacudía la cabeza, hablaba con palabras entrecortadas
+del lujo con que habían criado a Fernanda, de los grandes gastos que el
+matrimonio trae consigo. En resumidas cuentas, pedía una dote. El
+penitenciario, que era hombre justificado y de genio vivo, no pudo
+contenerse ante tal vileza y le llenó de denuestos. Pero esto era lo que
+menos importaba a aquel rústico. Seguro de tener a D. Juan bajo sus
+tacones, reía como un bestia, se rascaba la cabeza y dejaba escapar
+algún dicharacho grosero que ponía aún más fuera de sí al canónigo.
+
+Cuando, haciendo grandes rodeos, éste enteró a D. Juan de lo que
+ocurría, el desgraciado padre quiso volverse loco de desesperación e
+ira. Se arrancaba los cabellos, vomitaba injurias atroces y hablaba de
+dar un tiro a su hija y darse él otro enseguida. A duras penas logró
+calmarle un poco. Entró, al fin, en razón, siguieron las negociaciones y
+después de disputar como mercaderes el tanto y el cuanto de la dote, se
+fijó al fin lo que había de ser, y Granate consintió en dar su mano de
+sapo a la niña más preciosa que Lancia guardaba por aquella época.
+
+Pero faltaba la más negra. Faltaba decírselo a ella. Cuando le
+anunciaron que se preparase a unir su suerte en plazo breve a la de D.
+Santos, cayó presa de fuerte desmayo. Al salir de él declaró
+rotundamente que no lo haría aunque la desollaran viva. Ni las
+reflexiones de su confesor, ni la perspectiva de la deshonra, ni las
+lágrimas de su padre consiguieron ablandarla. Sólo cuando vio a éste
+frenético llevarse el cañón de un revólver a la sien para arrancarse la
+vida se arrojó a detenerlo prometiendo hacer cuanto le mandase. Y he
+aquí cómo quedó concertado en principio aquel matrimonio horrendo.
+
+Al tener noticia los nobles hijos de Lancia de tal concierto, el mismo
+sentimiento de vergüenza se apoderó de todos ellos. Una ola inmensa de
+rubor invadió las mejillas de aquel generoso vecindario. Esta ola solía
+venir a Lancia y hacer los mismos estragos siempre que la suerte
+favorecía a algún laciense más de lo justo. Si a uno le tocaba la
+lotería, si a otro le daban un buen empleo, si el de más allá se casaba
+con una mujer rica o adquiría gran caudal con su industria, o se hacía
+famoso por su talento, la delicadeza exquisita de los habitantes de
+Lancia se sobresaltaba y procuraba, rebajando el dinero, el talento, la
+instrucción o la industria de su vecino, poner las cosas en su verdadero
+sitio. Tal sentimiento puede equivocarse fácilmente con el de la
+envidia. El verdadero observador comprendería, no obstante, al oírlos
+disertar en las tertulias de las tiendas y en los corrillos de la calle,
+que sólo el amor, acaso demasiado ardiente, a la justicia les obligaba a
+minorar los méritos de su convecino y renunciar de este modo
+generosamente a la parte de gloria que en ellos pudiera refluir por este
+concepto.
+
+El matrimonio de Granate causó profundo estupor. Siguió al estupor un
+grito de indignación. Nunca se colorearon tan vivamente las mejillas de
+los lacienses como en aquel momento; ni siquiera cuando la prensa de
+Madrid vino elogiando cierta comedia escrita por un hijo de la
+población. ¡Qué de improperios, primero contra Granate, luego contra D.
+Juan, después contra Fernanda! Singularmente los pollos se agitaban
+convulsos, frenéticos; encontraban deficiente la legislación, que no
+contenía medios de prohibir semejantes monstruosidades. Resultado de
+todo fue que, para dar expansión a las fogosas emociones que la noticia
+había despertado en su alma y para dar claro testimonio al mundo entero
+del profundo disgusto que un matrimonio tan extravagante les causaba, la
+juventud laciense dispuso una soberana farsa a cuyos comienzos
+asistimos.
+
+Los interesados tuvieron noticia de ella y quisieron evadir el golpe,
+primero ocultando el día en que se había de celebrar el matrimonio,
+después celebrándolo fuera de la población. Pero no les valieron de nada
+sus precauciones. Los pollos olfatearon que la ceremonia se celebraría
+en los primeros días de Febrero, en la posesión que Estrada-Rosa poseía
+a media legua de Lancia. Se colocaron espías en la calle de Altavilla y
+en las inmediaciones de casa de Granate a fin de que no se escaparan;
+sobornose a los criados; se trazaron por las cabezas más fecundas de la
+ciudad mil planes ingeniosos para vejar a los novios. Como coincidió con
+estos preparativos el Carnaval, resolvieron aprovecharlo para dar el
+primer golpe con una gran mascarada burlesca, que salió el domingo a las
+doce de casa de Paco Gómez recorriendo las calles. En una carroza tirada
+por cuatro bueyes vestidos con percalina roja, sus cuernos adornados con
+ramaje, venían tres máscaras, queriendo figurar una a Fernanda
+Estrada-Rosa, otra a su padre y otra a Granate. Este último traía un
+sombrero de cuernos. De vez en cuando se paraba la carroza y ejecutaban
+una farsa ridícula y grosera que hacía bramar de regocijo a los curiosos
+que en torno se reunían. Fernanda besaba con trasportes de entusiasmo a
+Granate; éste, como más pequeño, la abrazaba por más abajo de la
+cintura, y mientras tanto D. Juan hacía sonar riendo una bolsa de
+dinero. De vez en cuando, del fondo de la carroza salía rápidamente otro
+máscara que quería representar al conde de Onís, daba un beso a
+Fernanda, se lo devolvía ésta a espaldas de Granate, y tornaba a
+ocultarse con la misma celeridad.
+
+Como quiera que esta payasada se ejecutó en la calle de Altavilla,
+delante de la misma casa de Estrada-Rosa, el escándalo fue enorme, el
+gentío que la presenciaba inmenso. D. Juan, en el paroxismo de la ira,
+dio parte al gobernador, grande amigo suyo, y resolvió partir al día
+siguiente con Fernanda. Los jóvenes maleantes, que prevían esta
+determinación, ya tenían urdido el medio de hacerla ineficaz,
+preparando, como hemos visto, una grandiosa cencerrada para la noche.
+Era anticipada porque aún no se habían casado, pero de ningún modo
+querían que se escapasen sin ella. Armados, pues, de cuantos
+instrumentos ruidosos pudieron haber, con grandes trasparentes, donde
+aparecían pintadas las mismas grotescas figuras de la carroza con
+bestiales leyendas debajo, y teas en las manos, se congregaron más de
+trescientos muchachos en Altavilla, y alrededor de ellos media
+población que los alentaba con sus carcajadas. El estruendo era
+horrísono. De vez en cuando cesaba y una voz lanzaba al aire alguna
+copla indecente, que era celebrada con rugidos de alegría, creciendo
+tanto y tanto la algazara, que el mundo se venía abajo. El teniente
+Rubio, siempre original, trepó por las cornisas de la capilla de San
+Fructuoso, situada casi enfrente de la casa de Estrada-Rosa, y comenzó a
+repicar la campana. Paco Gómez iba solapadamente de uno en otro grupo
+apuntando las coplitas más dañinas para que las repitiese en alta voz el
+que la tuviese más recia. Moro hacía sonar su famoso serpentón hasta
+echar los pulmones, mientras el marica de Sierra, que había sido uno de
+los más activos promovedores de la cencerrada, se metía traidoramente en
+casa de D. Juan, vendiéndose como amigo fiel, para espiar en realidad lo
+que allí pasaba.
+
+Pero el jefe político de la provincia pensó que era ya hora de oficiar
+de Neptuno y componer las olas irritadas. Cuando la cencerrada se
+hallaba en su período álgido, envió a Altavilla a Ñola, cabo de los
+guardias municipales, acompañado de dos números, que resultaron ser
+Lucas el Florón y Pepe la Mota, con encargo de apaciguar el escándalo y
+despejar la calle. Los lacienses estaban avezados de antiguo a no
+reconocer el origen divino de la autoridad cuando Ñola, el Florón o
+Pepe la Mota se empeñaban en representarla. Y no sólo ponían en duda su
+legitimidad, sino que en cuanto de lejos los columbraban, soplaba en su
+espíritu el viento de la rebelión y lo encrespaba. ¿Consistía esto en
+que los lacienses estuviesen predestinados por los ciegos impulsos de su
+naturaleza a conspirar contra el orden establecido? No es verosímil.
+Ninguno de los historiadores de Lancia han señalado como carácter
+distintivo de aquella raza la oposición a las instituciones. Es más
+natural suponer que lo que les indignaba tan profundamente y les
+inclinaba a la conjuración era la nariz de Ñola, del tamaño de un botón
+de timbre eléctrico, la voz aguardentosa de Lucas el Florón y las
+piernas monstruosamente arqueadas de Pepe la Mota.
+
+De sobra conocían estos respetables agentes del poder gubernativo las
+tendencias anárquicas que algunas veces manifestaba el vecindario de
+Lancia. Pero lo que no sospechaban siquiera al introducirse incautamente
+entre la muchedumbre, de Altavilla fue que habían de salir de allí sin
+bastón, sin sable, sin kepis y con las mejillas abofeteadas. Así estaba
+escrito, sin embargo.
+
+El jefe político no quiso conformarse con los inescrutables fallos de
+Dios, y montando en cólera hizo llamar inmediatamente al teniente de la
+guardia civil y le envió a vengar con ocho números a los infortunados
+Ñola, Lucas el Florón y Pepe la Mota.
+
+Envalentonados con la victoria pasada los graciosos de Altavilla,
+trataron de resistir. Entonces el teniente, a quien devoraba el fuego de
+la guerra, mandó desenvainar los sables, y sonriendo ferozmente, cargó
+sobre la muchedumbre como un jabalí indomable.
+
+Al verlo, un vivo estremecimiento corrió por los miembros de cada uno de
+los lacienses. Hubo tendencias a retirarse del campo de batalla; pero no
+faltó en aquel momento quien animase su corazón intrépido ofreciéndoles
+la perspectiva engañosa de la victoria.
+
+--¡Fuera los civiles! ¡Abajo los tricornios! ¡Muera el patatero!
+
+Tales fueron los gritos sediciosos que se escaparon de los pechos de
+aquella juventud temeraria.
+
+Y en el mismo punto volaron algunas piedras. Los trompones, los
+bombardinos, los cornetines de pistón cuya voz armoniosa tantas mazurkas
+habían cantado en el seno de la paz, trasformados repentinamente en
+instrumentos de guerra, brillaron siniestros a la luz de las antorchas.
+El tricornio del teniente cayó vergonzosamente al suelo a impulso de uno
+de ellos. Lo recoge. Su corazón de guerrero se estremece, un círculo de
+espuma se forma en torno de sus labios y se lanza al combate con los
+ojos inflamados, respirando exterminio.
+
+Entonces, bajo el imperio de su fuerza incontrastable, los jóvenes
+héroes de Lancia se replegaron dando fuertes gritos amenazadores. Los
+sables de los civiles comenzaron a sonar de plano en las espaldas de
+algunos. La retirada se convirtió en huida muy pronto. Tal como un
+rebaño de ciervos huye y se desbanda perseguido por los chacales, así
+los hijos generosos de Lancia huyeron aquella noche memorable,
+perseguidos por los civiles sedientos de sangre. El suelo quedó sembrado
+de instrumentos de bronce, testigos de la afrenta. El indomable teniente
+paseó largo rato su furor por las calles, animando con vivas
+interjecciones a sus huestes, lanzándolas en persecución de los rebeldes
+como un cazador lanza su jauría en persecución de un venado. Así fue
+como Paco Gómez, seguido tenazmente por los tricornios, se vio en la
+precisión, para escapar a un cintarazo, de meterse por el escaparate de
+la confitería de D.ª Romana, cayendo de bruces sobre una fuente de
+huevos moles y destruyendo por completo una magnífica tarta de borraja
+destinada al chantre de la catedral. Así fue también como Jaime Moro,
+después de perder en la refriega el serpentón de don Nicanor, estuvo a
+punto de ser inmolado por el sable resplandeciente de un civil. Sólo por
+haber tomado la precaución de bajar la cabeza cuando éste le tiró el
+golpe evitó la efusión de sangre. El sable fue a chocar con la pared de
+una casa, haciendo no poco estrago en ella. Meses después, Moro enseñaba
+el trozo descascarillado como un trofeo a los amigos forasteros que
+venían a Lancia; y al recordar sus proezas y peligros en aquella noche
+gloriosa, una suave alegría descendía a su corazón heroico.
+
+Otros muchos miembros de aquella juventud magnánima experimentaron
+desperfectos de consideración en su economía, unos por el influjo de los
+sables, los más por las caídas y los choques que resultaron de la
+desbandada. La victoria no fue, sin embargo, gratuita para los agentes
+del gobierno. Aparte del fracaso del tricornio del teniente y de algunas
+contusiones de sus subordinados, el poder constituido sufrió un
+importante revés en la persona de uno de sus más antiguos
+representantes, en la persona de Ñola, cabo de municipales. Ya sabemos
+que este personaje, enteramente impopular en Lancia, a causa de la
+cortedad, y aún más de la redondez excesiva de su nariz, había perdido
+en la primera escaramuza el kepis, el sable y el honor de sus mejillas.
+La cólera y la venganza se enseñorearon de su corazón. Nada podía hacer,
+sin embargo, para apagarlas, porque se hallaba privado de todo medio
+coercitivo. Pero en vez de retirarse prudentemente al soportal de las
+Consistoriales, como hicieron sus compañeros Lucas el Florón y Pepe la
+Mota, quedose enmedio de la calle contemplando con ansiedad la batalla.
+Al ver que se decidía en favor de las instituciones que él representaba,
+la alegría se desbordó ruidosamente de su pecho municipal.
+
+--¡Bien por los guardias! ¡Duro en ellos! ¡Rajarme esa canalla! ¡A ver
+si escarmienta de una vez esa pillería!
+
+Tales eran los gritos belicosos que salían de su garganta. Sin embargo,
+cuando menos podía esperarse, dado que los enemigos huían en completo
+desorden, vino a estrellarse contra el botón de su nariz un cuerpo duro
+de superficie lisa y compacta que resultó ser un trozo de cal
+hidráulica. Todos los timbres de su cerebro sonaron a un tiempo. No
+pudiendo sufrir tanto estrépito, vino al suelo privado de conocimiento.
+Su pecho magnánimo sólo tuvo fuerzas para exhalar una queja melancólica.
+
+--¡Recongrio, me han escuaernao esos sinvergüenzas!
+
+Así cayó aquel baluarte poderoso del orden, aquel varón esforzado que en
+sus luchas incesantes con la pillería de los arrabales tantas veces
+había caminado por la senda de la victoria. Levantáronlo y lo metieron
+en la botica de don Matías, que estaba próxima. Desde allí lo condujeron
+poco después al hospital. La ciudad perdió por algunos días su escudo
+protector. Porque ni Lucas el Florón ni Pepe la Mota podían competir en
+energía con Ñola.
+
+Mientras tales sucesos se efectuaban en Altavilla y en las calles
+adyacentes, D. Juan Estrada-Rosa, presa de irritación indescriptible, se
+paseaba agitadamente por su gabinete mesándose los cabellos. Los
+consuelos hipócritas del marica de Sierra no lograban calmarle. Hablaba
+de salir a la calle y arrojarse sobre la insolente muchedumbre.
+
+--¡Qué les habrá hecho mi pobre hija!--exclamaba con voz temblorosa,
+próximo a sollozar.
+
+Fernanda se había retirado a su habitación temprano y se había metido en
+la cama. Si la sorprendió la algazara que sonaba en la calle o contaba
+ya con ella, no es fácil saberlo. Cuando D. Juan, después de adoptar una
+violenta resolución, subió a despertarla, al encender la luz hallola con
+los ojos secos y brillantes, sin apariencias de haber dormido ni de
+haber llorado. Hizo que se vistiese a toda prisa, y dando orden a los
+criados para que tuviesen encendidas todas las luces de la casa a fin de
+engañar a los de afuera, salió con ella por la puerta de la cochera,
+que daba a un callejón solitario. Los acompañaba únicamente Manuel
+Antonio. Dirigiéronse por las calles más extraviadas a casa del
+Jubilado. Una vez allí, se pasó un recado a don Santos para que se
+presentase inmediatamente; otro al penitenciario. Cuando ambos
+acudieron, el padre, la hija y estos dos señores, Manuel Antonio y
+Jovita Mateo salieron ocultamente de Lancia por la carretera de
+Castilla. Después de caminar un rato esperaron el coche que don Juan
+había mandado venir. Acomodáronse los seis como pudieron en la
+carretela, echando a Manuel Antonio al pescante. Media hora después
+estaban en la posesión del banquero. Alzose apresuradamente un altarcito
+en el salón principal de la casa, y antes de que amaneciese, el
+penitenciario bendijo la unión de los prometidos.
+
+Fernanda no había despegado los labios durante el camino. El mismo
+silencio cuando se hacían los preparativos para la solemnidad. Parecía
+tranquila, en un estado de indiferencia absoluta o, por mejor decir, de
+soñolencia, como la persona a quien se arranca violentamente del sueño y
+tarda en darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Pero tal estado
+letárgico continuó después de pronunciar el sí ante el altar. Ni la
+plática afectuosa y elocuente del penitenciario, ni las bromas
+incesantes de Manuel Antonio mientras tomaban el desayuno, ni las
+caricias de Jovita, ni la alegría afectada, ruidosa, de su padre
+lograban sacarla de su extraña distracción. Clareaba el día, un día
+triste, nublado, que se filtraba melancólicamente por los cristales.
+Todos hacían esfuerzos por parecer alegres; se hablaba en voz alta, se
+reía comentando la torpeza del criado, el miedo de Manuel Antonio a
+volcar.
+
+Traslucíase, no obstante, una gran tristeza. Cuando la conversación se
+interrumpía, las frentes se arrugaban, los semblantes se oscurecían. Al
+entablarla de nuevo, las palabras resonaban lúgubremente en el lujoso
+comedor.
+
+La novia se retiró para cambiar de traje. Poco después apareció de
+nuevo, con el mismo semblante impasible. Según los planes de D. Juan,
+debían irse inmediatamente para tomar en un pueblo próximo la silla de
+posta. Los indecentes de Lancia quedarían de este modo chasqueados.
+Cuando bajaron al jardín, donde esperaba el coche, caía una lluvia
+menuda y fría. Fernanda besó a su padre y entró en el coche. El pobre
+anciano, al recibir aquel beso en la mejilla, pensó que una corriente de
+aire frío entraba por ella paralizando sus miembros y helándole el
+corazón.
+
+El látigo chasquea. «Adiós, Fernanda; abrígate, Fernanda. Adiós, Santos.
+Que vengan ustedes pronto.» Ya están en camino. Antes de una hora
+llegan a Meres, esperan la diligencia y suben en ella. El mismo silencio
+obstinado por parte de Fernanda. Las atenciones de Granate no le
+arrancan ni una sonrisa ni una palabra de gracias; sus ademanes
+grotescos y los desatinos que de vez en cuando deja escapar tampoco
+hacen surgir en el semblante marmóreo de la joven un gesto de fatiga o
+disgusto. A ratos dormita, a ratos contempla con ojos atónitos el
+paisaje. Cuando llegaron a las inmediaciones de León era ya noche.
+
+Pero ¿qué ocurre en León? Al llegar a la plazoleta donde cambia el tiro
+la diligencia descubren gran golpe de gente, escuchan voces desaforadas,
+ruido desacordado de instrumentos de música, tañido de cencerros. Y ven
+alzarse sobre la muchedumbre algunos trasparentes pintados.
+
+Paco Gómez, fecundo en trazas más que Ulises, había escrito a algunos
+amigos de León tiempo atrás invitándoles a disponer una cencerrada para
+cuando Granate y su esposa pasasen por allí. La colonia de Lancia, que
+es numerosa en León, secundó admirablemente los planes de su paisano.
+Todo lo tenían preparado. Sin embargo, estos preparativos no hubieran
+servido de nada sin la traición de Manuel Antonio, que al llegar a
+Lancia notició secretamente a Paco lo que pasaba. Éste aprovechó el
+telégrafo, recién instalado, y se puso en comunicación con sus
+secuaces.
+
+Fernanda tardó en darse cuenta de que aquella algazara iba contra ella.
+Cuando, por algunos gritos que llegaron a sus oídos, vino en
+conocimiento de ello, empalideció, sus ojos se dilataron y, dando un
+grito, precipitose a la ventanilla para arrojarse fuera. Granate la
+detuvo sujetándola por la cintura. La joven luchó algunos momentos con
+furor; pero no pudiendo desprenderse de aquellos brazos cortos y
+membrudos de oso, se dejó caer al fin en el asiento, llevose las manos a
+la cara y rompió a sollozar.
+
+--¡Dios mío, ha sido grande el pecado, pero qué castigo tan terrible!
+
+
+
+
+X
+
+Cinco años después.
+
+
+Trascurrieron cinco años. La noble ciudad de Lancia ha cambiado poco en
+su exterior y menos aún en sus costumbres. Unas cuantas casas-grilleras
+con adornos de mazapán alzadas por el oro indiano en las inmediaciones
+del parque de San Francisco; varios trozos de acera en calles que jamás
+la poseyeran; tres faroles más en la plaza de la Constitución; un
+guardia municipal suplementario, que debe su existencia no tanto a las
+necesidades del servicio como a las pasiones del alcalde, varón de
+excelsos pensamientos, consagrados casi enteramente a Venus, que premia
+las condescendencias de Vulcano con el presupuesto municipal; en el
+paseo del Bombé algunas estatuas de bronce con el ropaje caído, que
+produjeron grave escándalo a su erección, haciendo pregonar al
+magistrado Saleta en la tertulia del maestrante que «la media desnudez
+era cien veces más incitante que la completa;» en las cabezas de
+nuestros maduros conocidos algunas hebras de plata, y en el semblante
+radioso como el arco iris de Manuel Antonio, el más seductor de los
+hijos de la ínclita ciudad, signos ya evidentes de que su belleza pronto
+se desvanecerá como un sueño feliz al soplo glacial de la mañana, como
+los copos de nieve que caen suavemente en el silencio de un día triste
+de invierno.
+
+La misma vida vegetativa, brumosa, soñolienta; las mismas tertulias en
+las trastiendas libando con deleite la miel de la murmuración. Los
+apodos soeces pesando siempre como losa de plomo sobre la felicidad de
+algunas respetables familias. En el Bombé, las tardes de sol, los mismos
+grupos de clérigos y militares paseando desplegados en ala. Las enormes
+campanas de la basílica tañendo invariablemente a horas fijas. Las
+viejas devotas caminando con planta presurosa al rosario o a la novena.
+El canto monótono de los canónigos resonando profundamente en la soledad
+de las altas bóvedas. En Altavilla, a la hora del crepúsculo, los
+eternos corros de jóvenes alegres, riendo mucho, hablando alto y
+abriéndose amenudo para dejar paso a alguna costurera espiritual o
+criada de carnes opulentas a quienes rinden homenaje con los ojos, con
+la palabra y no pocas veces con las manos. Y allá, en lo alto del
+firmamento, iguales corros de nubes pardas y tristes amontonándose en
+silencio sobre la vetusta catedral, para escuchar en las noches
+melancólicas de otoño los lamentos del viento al cruzar la alta flecha
+calada de la torre.
+
+Estamos en Noviembre. El conde de Onís acostumbra a pasear a caballo lo
+mismo en los días claros que en los oscuros. Cada vez menos le place la
+compañía de los hombres. Su carácter se ha hecho más receloso y
+melancólico. El pecado aniquiló los débiles gérmenes de alegría que la
+naturaleza había depositado en su corazón. El temperamento sombrío,
+extravagante, fanático de los Gayoso se ha ido exaltando en él poco a
+poco con el roer incesante del remordimiento; ha trastornado su
+imaginación, ha enervado su escasa actividad y ennegrecido su
+existencia.
+
+Le molestan los hombres. En todas las miradas piensa ver hostilidad; en
+las frases más inocentes, alguna aviesa intención que hace hervir su
+sangre de coraje. No osa entrar en los templos, ni siquiera se deja
+caer de rodillas, como antes, frente al sangriento crucifijo del cuarto
+de su madre. Si oye hablar del infierno se estremece y huye. Envía
+cuantiosas limosnas a las iglesias; encarga misas que no oye; pone
+cirios a las imágenes, y en el secreto de su habitación se entretiene a
+veces puerilmente en preguntar a la suerte, echando una moneda al aire,
+si se condenará eternamente o irá tan sólo al purgatorio. Cuando llega a
+sus oídos el canto de los sacerdotes que acompañan a un entierro,
+empalidece, tiembla y se tapa los oídos. Por la noche se despierta
+amenudo sobresaltado, con un sudor frío, gritando miserablemente: «¡Hay
+que morir! ¡hay que morir!»
+
+Por largo tiempo vivió casi en absoluto retirado, sin salir más que
+cuando se lo ordenaba aquella voluntad que había logrado señorear la
+suya. Después, como sufriese demasiado, temiendo que sus negros
+pensamientos acabasen con su razón, le dio por recorrer los contornos a
+pie o a caballo, hasta fatigarse. El cansancio corporal prestaba
+descanso a su espíritu; el espectáculo de la naturaleza serenaba su
+atormentada imaginación.
+
+Era un tarde fría y oscura. Las nubes pesan amontonadas sobre las
+colinas que cierran el horizonte por el Norte, y ocultan las altas
+montañas de Lorrín que se extienden como una cortina lejana por el
+Oeste. Han caído fuertes chubascos que convirtieron en laguna la parte
+baja de la ciudad y en lodazales las carreteras que de ella parten.
+Apesar de esto el conde manda ensillar su caballo, sale de Lancia por la
+carretera de Castilla, y galopa entre torbellinos de lodo al través de
+las praderas y los bosques de castaños. Las hojas amarillentas de los
+árboles, lavadas por la lluvia, brillan como monedas de oro; mil
+arroyuelos serpean vacilantes por la falda de la colina y van a
+depositar sus aguas en la llanura, que se dilata verde y mojada con
+suaves ondulaciones. Una franja más oscura señala el cauce del Lora, que
+se oculta misterioso bajo sus mimbreras y espesas filas de alisos.
+
+El conde, con la cabeza, echada hacia atrás, los ojos medio cerrados,
+aspiraba con delicia el fresco húmedo de la tarde. La carretera
+flanqueaba la colina en suave declive. Antes de trasponerla y perder de
+vista la ciudad, detuvo el caballo y echó una mirada atrás. Lancia era
+un montón, no grande, de techos rojos, sobre los que resaltaba la flecha
+oscura de la catedral. Debajo percibió una mancha amarilla, el bosque de
+robles de la Granja. Más abajo las torrecillas anaranjadas de su casa
+solariega.
+
+La lluvia ha cesado. Un viento frío barre las nubes y las precipita
+detrás de los montes. El firmamento se despliega trasparente con el
+pálido azul de los días de otoño. Algunas estrellas apuntan ya como
+diamantes en el horizonte. Los árboles, las montañas, los arroyos, el
+valle cubierto de su verde tapiz brillan indecisos bajo la tenue
+claridad del crepúsculo.
+
+El conde pone de nuevo su caballo al galope y desciende velozmente por
+el flanco de la colina que oculta a Lancia. El viento oprime sus sienes,
+zumba en sus oídos produciéndole una dulce embriaguez que disipa las
+negras nubes de su imaginación. Por la enlodada carretera no encuentra
+sino algún hato de ganado, algún trajinante con su recua, o carro tirado
+pausadamente por bueyes, en el fondo del cual duerme descuidadamente el
+carretero. Mas antes de trasponer un recodo, cree escuchar rumor lejano
+de ruedas y campanillas. Es la silla de posta que llega al anochecer a
+Lancia. Al cruzar a su lado dirige una mirada distraída al fondo, y
+chocan sus ojos con otros grandes y lucientes. Siente un estremecimiento
+eléctrico, vuelve la cabeza con presteza, pero sólo percibe ya la
+trasera de la silla que se aleja. Tira de las riendas al caballo y la
+sigue: a los pocos momentos se detiene avergonzado y prosigue su marcha.
+
+¿Sería Fernanda? Una sensación fugaz, pero muy clara, se lo decía. Sin
+embargo, pudo haberse equivocado. Ninguna noticia tenía de su llegada.
+Sabía que se quedara viuda hacía unos meses. Granate había rodado al
+fin como un buey bajo el golpe de la apoplejía. Pero al mismo tiempo era
+válida la voz de que la viuda del indiano aborrecía de muerte a Lancia
+desde la humillante farsa con que sus compatriotas la habían regalado al
+casarse. El hecho de no haber venido cuando la muerte de su padre,
+acaecida el año anterior, lo dejaba bien probado.
+
+El conde pensó algunos momentos en esto; al cabo se le borró de la
+mente; le distrajo una nube violada y espesa que avanzaba hacia el zenit
+presagiando nuevo chubasco. Pero en el fondo de su espíritu quedó algo
+indeterminado y dulce que le puso de buen humor. Revolvió el caballo y
+llegó a Lancia ya bien de noche, chorreando y cubierto de lodo, pero el
+corazón ligero y alegre sin saber por qué.
+
+Fernanda no vaciló un instante. Lo vio y lo conoció tan claramente que
+pudo hasta advertir las señales que el tiempo y los cuidados habían
+impreso en su semblante. Le pareció más viejo; creyó ver en su luenga
+barba rubia algunos mechones plateados. Al mismo tiempo en sus ojos,
+posados un instante sobre ella, adivinó el sufrimiento, el hastío, algo
+triste, que le impresionó alegremente. El recuerdo de su antiguo novio
+había vivido siempre en el fondo de su pecho. Ni la traición, ni el
+desdén, ni las mil distracciones a que se arrojó en la vida frívola y
+bulliciosa de París, habían logrado arrancarlo de allí. Si le hubiera
+hallado satisfecho, en la plenitud de su fuerza y salud, no habría
+sentido aquel soplo dulce que la acarició un instante. En tal alegría
+maligna había el rencor inextinguible de la mujer desdeñada, pero
+también algo alado, sonoro, vaporoso, como la esperanza, que cantó y rió
+en su alma y disipó los negros pensamientos que se acumulaban sobre su
+frente.
+
+La necesidad, no su querer, la obligaban a volver a Lancia, donde había
+jurado no poner los pies nunca más. Su marido tenía hecho testamento a
+su favor. Los hermanos de aquél lo impugnaban. Se había entablado un
+pleito, que ganó en primera instancia. Venía acompañada de una antigua
+sirviente de su padre, trasformada en dama de compañía, y de un
+mayordomo. Desde Madrid había telegrafiado a una prima, y ésta, en unión
+con Manuel Antonio, dos de las niñas de Mateo y algunas amigas más, la
+esperaban en la mal empedrada plazoleta del Correo, donde paraba la
+diligencia. Y vengan de abrazos y achuchones y besos, y vayan de
+preguntas y exclamaciones y lágrimas. La ofendida heredera de
+Estrada-Rosa no había imaginado sentir tal alegría al poner la planta en
+su pueblo natal.
+
+Sus amigas la llevaron abrazada, casi en volandas, hasta casa. Allí se
+despidieron todas, menos Emilita Mateo, a quien Fernanda hizo una seña
+para que se quedase. Las dos amigas ascendieron lentamente, cogidas por
+la cintura, aquella escalera, amplia, encerada, que tantas veces sus
+pies menudos de niña habían pisado. No tardaron en encerrarse en el
+antiguo gabinete de la hija de Estrada-Rosa para saborear la hora de las
+dulces confidencias. Entre besos y sonrisas y protestas de fiel amistad
+se contaron su vida durante aquellos cinco años. Fernanda hablaba de su
+difunto marido con una compasión que quería ser triste y resultaba
+altamente despreciativa. Vivió con él en una suerte de antagonismo de
+ideas, de gustos y deseos, que los mantuvo constantemente alejados. Ni
+fue feliz ni desgraciada. Fueron cinco años de aturdimiento en que
+desfilaron ante su vista calles populosas, teatros resplandecientes,
+hoteles magníficos, salones de baile, trajes deslumbradores, muchos
+conocidos y ningún amigo. Su marido se plegaba a sus caprichos a la
+fuerza, como un oso indómito que obedeciese gruñendo al palo del
+domador. Habían tenido una niña, que se murió a los cuatro meses.
+
+La juguetona Emilia fue muy desgraciada en su matrimonio. Núñez había
+salido un _perdis_. Ya lo sabía Fernanda, pero vagamente. En cartas no
+es fácil descender a ciertos significativos pormenores. Al principio muy
+bien, pero luego las malas compañías le habían echado a perder. Le dio
+por el juego primero, después por la bebida, últimamente por las
+mujeres. Esto último era lo que más sentía Emilia. Todo se lo perdonaba
+de buen grado: que viniese borracho a las tantas de la madrugada, que le
+empeñase los pendientes, los cubiertos, hasta el capuchón de abrigo; lo
+que no podía sufrir era que se le viese entrar en casa de una perdida
+que vivía en la calle de Cerrajerías. Al decir esto la hija del Jubilado
+soltaba un torrente de lágrimas. Apenaba más verla llorar, por la
+alegría revoltosa que siempre fue el distintivo de su carácter. Fernanda
+la acariciaba tiernamente y compartía sus lágrimas. Al cabo de un rato
+de silencio le preguntó:
+
+--Pero ¿tú le sigues queriendo?
+
+--¡Sí, hija, sí!--exclamó con rabia.--No lo puedo remediar. Cada vez
+estoy más ciega por él.
+
+--¡Vaya por Dios! Tu pobre padre estará también disgustadísimo.
+
+--¡Figúrate!... Y lo peor es--añadió llorando amargamente--que ahora
+volvió a su manía antigua contra el ejército... Dice cosas horribles de
+los militares... ¡Sí, sí, horribles!... En cuanto yo entro por casa
+empieza a disparatar, nada más que por mortificarme... Mis hermanas le
+apoyan... Nos llaman holgazanes y dicen... dicen que se debe reducir el
+contingente...
+
+Al llegar aquí, los sollozos rompían el tierno pecho de la esposa de
+Núñez. Fernanda, que también lloraba viéndola tan afligida, no pudo
+menos de sonreír.
+
+--¡Tus hermanas también!
+
+--¡Ya lo creo!... ¡Todos, todos desean que se reduzca!...
+
+Cuando la hija de Estrada-Rosa le hubo demostrado que no era tan fácil
+como parecía la reducción de las fuerzas de tierra, su espíritu se
+serenó al fin poco a poco. Luego concertaron ambas dar una sorpresa a la
+sociedad laciense. Fernanda se presentaría aquella noche sin previo
+anuncio en la tertulia de Quiñones. Una alegría infantil se apoderó de
+ambas con este proyecto. Así que le dieron forma, despidiose Emilita,
+prometiendo volver enseguida a buscar a su amiga.
+
+Eran las diez de la noche cuando subían ambas los peldaños de piedra,
+que rezumaban siempre por la humedad, de la vasta escalera señorial de
+los Quiñones.
+
+Al llegar arriba Emilita prohibió al criado que las anunciase. Ella
+misma abrió la puerta del salón y empujó a Fernanda hacia adentro.
+
+Fue una aparición que dejó extáticos por un instante a los tertulios. La
+hija de Estrada-Rosa, lucía un traje elegantísimo recién salido del
+taller de una de las más afamadas modistas de París. Su belleza, de la
+cual sus compatriotas no conocían más que el delicado botón, se había
+convertido en rosa espléndida en los cinco años de vida refinada y
+elegante. Maravillosa por la arrogancia de su talle, por el brillo de
+sus grandes ojos africanos, por la delicadeza de su cutis, la hermosura
+de Fernanda había adquirido en París su complemento necesario, la
+gracia, el noble y sencillo ademán, el gusto para vestirse, la suprema
+distinción que en Lancia no hubiera logrado jamás. Su traje negro de
+seda dejaba descubiertos pecho y espalda. Algunas carreras de perlas
+tejidas entre los cabellos componían todo el adorno de su cabeza.
+
+Amalia fue la primera que la vio, y su sangre fluyó de repente al
+corazón. Repuesta inmediatamente, corrió a saludarla.
+
+--¡Oh! Ya sabía que usted había llegado; pero no imaginé que fuese tan
+amable...
+
+Ambas se miraron a los ojos y se declararon, con un chispazo, el odio
+que ardía en el fondo de sus almas. Pero habían cambiado las
+circunstancias. Amalia era cinco años atrás la dama más elegante y
+distinguida de la población, la única cuyo porte y refinamiento de
+costumbres trascendía a otra esfera más culta y espiritual. Fernanda la
+aventajaba ahora infinitamente. Aquélla había envejecido de modo
+ostensible. Entre sus cabellos se veían ya bastantes hebras plateadas;
+su tez, siempre pálida, había perdido toda su frescura; además, había
+perdido el deseo y el gusto para vestirse, se había ido plegando poco a
+poco bajo la presión de la sociedad ordinaria y cursi que la rodeaba,
+adaptándose a ella y descuidándose más y más de su persona. El contraste
+era, por lo tanto, más vivo. Bien lo advirtió la noble esposa del
+maestrante y se sintió humillada hasta el fondo de su ser. Una sonrisa
+de despecho contrajo sus labios mientras cambiaba con Fernanda los
+obligados saludos. Ésta gozaba de su triunfo con grave y serena alegría.
+
+Las damas rodeáronla inmediatamente. Fue un diluvio de besos y abrazos
+acompañados de vivas exclamaciones de gozo. Los hombres, que formaban
+círculo detrás, avanzaron también sus manos y estrecharon con efusión la
+de la hermosa viajera. Y entre tanto pláceme y tanta frase
+congratulatoria, o por olvido o por vergüenza, nadie osaba hacer alusión
+a la desgracia que la joven había experimentado algunos meses atrás; ni
+el más mínimo recuerdo para el oso colorado que dormía su sueño eterno
+en un cementerio de París. Tan sólo cuando la efervescencia de los
+saludos hubo calmado, Amalia la cogió sonriente las manos y exclamó
+mirándola de arriba abajo:
+
+--¡Sabe usted que son muy elegantes los trajes de duelo en París!
+
+Fernanda hizo una mueca de desdén.
+
+--Poco importa el vestido si se lleva el duelo en el corazón--apuntó
+María Josefa, que en los cinco años trascurridos había aguzado
+prodigiosamente el filo, el contrafilo y la punta de su lengua.
+
+Las mejillas de Fernanda se tiñeron de carmín. Se avergonzó como si
+fuese un delito no sentir la pérdida de _Granate_. Luego, irritada por
+aquella hostilidad, estuvo a punto de mostrar violentamente su enojo.
+Volvió la espalda y se puso a hablar con otras damas.
+
+En aquel momento el conde de Onís salió del gabinete y vino a saludarla.
+Le tendió la mano con afectuosa sonrisa. Ella le entregó la suya de un
+modo glacial, separando rápidamente la mirada. Sin embargo, pudo
+advertirse alrededor de sus ojos un círculo pálido que denunciaba la
+emoción. Para disimularla se encaminó al gabinete, diciendo con afectada
+ligereza que la dejasen libre, que a quien tenía más gana de ver era a
+D. Pedro.
+
+El noble maestrante yacía en su sillón con los naipes en la mano. Sus
+cabellos y su barba estaban más blancos, pero tan erizados e indómitos.
+Sus facciones enérgicas parecían más acentuadas; sus ojos hundidos
+brillaban con fulgor más delirante. Al mover con trabajo aquel gran
+torso atlético desprovisto de base los rasgos de su fisonomía se
+contraían con expresión de feroz impotencia que inspiraba tristeza y
+miedo. Pero si su cuerpo se abatía a ojos vistas, alzábase su orgullo
+cada vez con más brío. Todos los días crecía un poco el respeto que se
+consagraba a sí mismo por llamarse Quiñones de León y el desprecio a los
+demás por haber nacido bajo el estigma de otro nombre cualquiera.
+Agradeciendo profundamente al cielo la dicha con que había querido
+favorecerle, tendría a pecado quejarse de su suerte y envidiar a los
+otros hombres la facultad de usar de sus piernas. ¿Qué importa que Juan
+Fernández pueda andar, correr y saltar, si al fin y al cabo se llama
+Juan Fernández? Lo único que le preocupaba algunas veces era si
+convendría a la dignidad de un Quiñones poseer unas extremidades
+enteramente inertes, y si no sería preferible que viviesen para
+participar de la gloria del resto del organismo. Pronto desechaba, sin
+embargo, tales inquietudes pensando justamente que vivas o muertas
+aquellas extremidades ocupaban un rango superior en la sociedad. Cuando
+Fernanda entró en el gabinete alzó los ojos y clavó en ella una mirada
+penetrante que la abrazó de la cabeza a los pies. Ni la hermosura ni el
+porte, singularmente elegante, de la joven debieron dejarle satisfecho,
+porque la convirtió inmediatamente a los naipes y exclamó con insolente
+protección:
+
+--¡Hola, pequeña! ¿Eres tú? ¿Cuándo has llegado?
+
+Apesar de sentirse mortificada por aquel tono, Fernanda le saludó
+afectuosamente.
+
+--Me alegro de verte tan buena, querida, y aprovecho la ocasión para
+darte el pésame. Ya sabes que yo no escribo cartas hace años. He sentido
+mucho a Santos... Oiga usted, Moro: ¿se propone usted no darme en su
+vida una carta decente?... Era un buen sujeto, un vecino excelente,
+incapaz de hacer daño a nadie. No hallarás otro marido como él. Tenía
+una cualidad que se encuentra muy difícilmente: la modestia. Apesar del
+dinero que había logrado juntar, no pretendía salirse de su esfera;
+siempre se manifestó respetuoso con los superiores. ¿Verdad, Saleta, que
+no era como esos piojos resucitados, que así que les suenan algunas
+monedas en el bolsillo olvidan las judías y el centeno, como si en su
+vida los hubiesen probado?... Valero, siéntese usted, y diga pronto si
+es vuelta eso que tiene... ¿Vienes a establecerte aquí, chiquita, o te
+vuelves a ver a los _franchutes_?
+
+Fernanda, que sintió perfectamente toda la hiel de aquel discurso,
+respondió fríamente, y después de pocas palabras más se volvió al salón.
+
+A D. Pedro le había molestado el tufillo de elegancia y distinción que
+despedía la hija de Estrada-Rosa. Le irritaba que alguien se alzase en
+torno suyo, siquiera fuese solamente algunas pulgadas. Aborrecía todo lo
+extranjero, y muy particularmente aquel París, donde imaginaba que los
+Quiñones de León no tenían influencia muy decisiva. Hasta sospechaba
+vagamente, con horror, que eran desconocidos. Por supuesto que procuraba
+apartar la mente de tan disparatada idea. Si llegase a penetrar por
+completo en su espíritu, ¿qué le restaba al noble caballero? Morir, y
+nada más.
+
+Haciéndole la partida de tresillo están los mismos personajes que ya
+conocemos. Saleta, el gran Saleta, cuyas mentiras siguen fluyendo de su
+boca suaves y almibaradas, lo cual le obligaba a relamerse amenudo.
+Faltó poco para que Lancia se viese privada para siempre de este
+magnánimo y divertido varón. Jubilado hacía tres años, fue a
+establecerse a su país, donde permaneció uno solamente. La nostalgia de
+Lancia, de la tertulia de Quiñones, y sobre todo de las burlas de su
+colega Valero, le impulsaron a dejar la patria gallega para venir de
+nuevo a habitar entre los lacienses. Valero, ascendido a presidente de
+sala, más ajado cada día, más jaranero y ceceoso, se sienta a la
+izquierda del prócer. Enfrente está Moro, ideal inaccesible de todas las
+niñas casaderas, cuya cabeza infatigable soporta fácilmente doce horas
+de tresillo sin mareo ni turbación alguna. De todas las instituciones
+creadas por los hombres, la más firme, la más respetable es ésta; el
+tresillo. Por su inquebrantable solidez puede compararse muy bien a las
+leyes inmutables de la naturaleza. Para Moro es tan verdad que la
+_espada_ vale más que el _basto_, como que los cuerpos al caer siguen un
+movimiento uniformemente acelerado. Y allá en el fondo oscuro de la
+cámara dormita en la misma butaca el glorioso Manín con su calzón corto,
+chaqueta de bayeta verde y fuertes zapatos claveteados. Tiene el pelo
+gris, casi blanco. Pero no es esto lo peor para él. Lo verdaderamente
+triste es que el pueblo no le considera ya como un cazador feroz
+envejecido en la lucha con los osos de las montañas. Aquella leyenda se
+ha ido disipando poco a poco. Sus compatriotas tenían razón. Manín no
+era más que un zampatortas. En Lancia se ríen también de sus proezas y
+le miran como un viejo bufón del loco y heráldico señor de Quiñones.
+
+Fernanda consiguió al fin sustraerse a los plácemes de sus amigos y fue
+a sentarse en un rincón apartado. Estaba triste. La hostilidad de los
+dueños de la casa le había impresionado. Pero no era esto lo principal,
+aunque ella hiciese por creerlo. El motivo recóndito, que se avergonzaba
+de confesar a sí misma, era Luis. El saludo afectuoso de su antiguo
+novio había despertado súbito todos sus recuerdos, todas sus ilusiones,
+las penas y las dichas de otro tiempo que dormían en el fondo de su alma
+como pajarillos entre las hojas del árbol. La agitación interior era
+intensísima, pero nada o muy poco se traslucía en su continente grave y
+frío. Sin embargo, sintió un fuerte estremecimiento al escuchar muy
+cerca de su oído estas palabras:
+
+--¡Qué hermosa te has puesto, Fernanda!
+
+Se hallaba tan distraída que no advirtió que el conde se había sentado a
+su lado. Involuntariamente se llevó la mano al sitio del corazón.
+Repuesta inmediatamente, sonrió diciendo:
+
+--¿Te parece?
+
+--Sí... Y yo qué viejo, ¿verdad?
+
+Hizo un esfuerzo y le miró a la cara con fijeza.
+
+--No; algunas canas en la barba... y el aspecto un poco fatigado.
+
+El temblor de su voz contrastaba con la aparente indiferencia que quiso
+dar a sus palabras.
+
+El conde se puso repentinamente serio, llevose la mano a la frente y
+replicó al cabo de unos momentos con acento sombrío y como si se hablase
+a sí mismo:
+
+--Fatigado, sí; ésa es la verdadera palabra... ¡Muy fatigado!... La
+fatiga me sale por los poros.
+
+Guardaron ambos silencio. El conde quedó entregado a una intensa
+meditación que trazó en su frente arruga profunda. Al cabo dijo,
+entablando nuevamente conversación:
+
+--Ya te había visto antes de venir aquí.
+
+--¿Dónde?--preguntó ella afectando sorpresa.
+
+--En la carretera. Salí esta tarde a dar un paseo a caballo y me crucé
+con la silla de posta. Te conocí perfectamente.
+
+--Pues yo no te he visto... Recuerdo que encontramos dos o tres jinetes
+antes de llegar a Lancia, pero no he conocido a ninguno.
+
+Al decir esto no pudo impedir que una ola de carmín tiñese de nuevo sus
+mejillas. Volvió, para disimular, la cabeza. Sus ojos tropezaron con los
+de Amalia, que se posaban sobre ellos lucientes, acerados.
+Contempláronse un instante. La boca felina de la valenciana se contrajo
+con una sonrisa. Fernanda quiso corresponder con otra tan falsa, pero no
+pudo. Volviose de nuevo hacia el conde y hablaron de cosas indiferentes,
+de teatros, de música, de proyectos de viaje.
+
+Sin embargo, aquél se mostraba más y más preocupado. Iba perdiendo el
+aplomo y hablaba equivocándose, como si su pensamiento anduviese lejos.
+Guardaba silencio algunos momentos, pugnaba por decir algo, movíanse sus
+labios, pero en vez de articular lo que quería, expresaban otra cosa
+distinta, algo trivial y ridículo que le avergonzaba en cuanto salía de
+ellos. Fernanda le observaba con atención, ganando la serenidad y la
+calma que él perdía rápidamente. Parecía embebida por completo en la
+conversación, describiendo con naturalidad sus impresiones de viaje,
+expresando sus opiniones con la misma indiferencia que si no mediase
+entre ellos más que una antigua y tranquila amistad. Luis concluyó por
+ponerse taciturno. Al fin tuvo resolución para decir, aprovechando un
+instante de silencio:
+
+--Cuando me acerqué a tí estabas muy distraída. ¿En qué pensabas?
+
+--No me acuerdo... ¿En qué querrías tú que pensase?
+
+El conde vaciló un momento; pero animado por la graciosa sonrisa de su
+ex-novia se atrevió a articular:
+
+--En mí.
+
+Fernanda le miró en silencio, con curiosidad burlona bajo la cual
+chispeaba una alegría imposible de ocultar. El conde se puso colorado
+hasta las orejas, y las hubiera entregado seguramente a las tijeras por
+no haber pronunciado aquellos dos fatales monosílabos.
+
+--Bien...--dijo la joven alzándose de la silla.--Hasta luego. Me alegro
+de verte bueno.
+
+--¡Escucha!
+
+--¿Qué hay?--dijo retrocediendo el paso que había dado para alejarse y
+posando en él unos ojos sonrientes y maliciosos que concluyeron de
+fascinarle.
+
+--Perdona si mis palabras te han ofendido.
+
+Fernanda hizo una mueca de desdén y se alejó exclamando:
+
+--¡Arrepiéntete, pecador, que el infierno tienes delante!
+
+¡El infierno! Esta palabra, soltada a la ligera, como broma, hizo dar un
+vuelco a su corazón; despertó la preocupación constante de su existencia
+desde hacía algún tiempo. Todos los Gayoso habían vivido bajo la
+influencia de esta idea funesta. Pero el terror de sus abuelos parecía
+dilatarse en su espíritu, atormentándolo, enloqueciéndolo. Amalia
+necesitaba luchar heroicamente para distraerle por poco tiempo de sus
+escrúpulos. Por eso ahora, cuando le hizo seña para que se acercase, le
+vio alzarse tétrico de la silla y aproximarse lentamente como si le
+arrastrasen. Tenía ella demasiado talento y orgullo para mostrarse
+herida de la corta plática que acababa de tener con su antigua novia. Le
+acogió con la misma sonrisa, dirigiole la palabra con su habitual y
+afectada ligereza, y no se acordó ni del nombre de Fernanda. Pero sus
+labios pálidos se contraían de coraje cada vez que le veía volver los
+ojos hacia aquélla. Y el incauto lo hacía amenudo.
+
+Una hermosa niña de ojos azules y flotante cabellera dorada apareció en
+la puerta, conducida por una doméstica.
+
+--¡Oh, qué tarde!--exclamó la señora de Quiñones.--¿Por qué ha tardado
+usted tanto en traerla, Paula?--añadió severamente.
+
+Ésta contestó que la niña se había entretenido jugando _al milano que le
+dan_, y que lloraba cada vez que la querían acostar.
+
+--¿No tienes sueño aún, rica mía?--dijo la dama trayéndola hacia sí y
+pasándole la mano tiernamente por los bucles de su cabellera.
+
+Los tertulios se interesaron vivamente por la criatura. Fue de uno a
+otro recibiendo caricias y pagándolas con afectuosos besos de despedida.
+
+--Buenas noches, Josefina.--Hasta mañana, rica.--¿Has sido buena
+hoy?--¿Te ha comprado tu madrina la muñeca que cierra los ojos?
+
+El conde la miraba con los ojos húmedos, haciendo esfuerzos increíbles
+para dominar su emoción. La sentía siempre que se ofrecía a su vista
+aquella niña. Cuando le tocó la vez no hizo más que rozar con los labios
+su rostro cándido. Pero Josefina, con el admirable instinto que los
+niños tienen para saber quién los ama, se colgó a su cuello dándole
+pruebas de particular cariño.
+
+Fernanda también la contemplaba con vivo interés, con una intensa
+curiosidad que le hacía abrir extremadamente los ojos. Josefina tenía
+seis años, la tez nacarada, los ojos de una dulzura infinita, azules y
+melancólicos; algo de triste y enfermizo en toda su diminuta persona. El
+parecido con el conde saltaba a la vista.
+
+Cuando la niña le dejó, los ojos de aquél chocaron con los de Fernanda.
+Sintiose turbado: fue a sentarse más lejos.
+
+Josefina vestía con elegancia. Los señores de Quiñones la criaban con
+mimo, como hija adoptiva. Por mucho tiempo éste fue el asunto preferido
+de las murmuraciones de Lancia. Se averiguaba con vivo interés el coste
+de sus sombreritos; se comentaba el número de juguetes que le compraban;
+hacíanse cálculos sobre la cantidad en que la dotarían al casarse. Pero
+ya se habían fatigado de tanto comentario. Tan sólo cuando venía rodada
+se dejaba escapar alguna alusión mordaz, o se noticiaba al oído algún
+nuevo descubrimiento.
+
+La niña fue a parar a un grupo donde estaban María Josefa, la doncella
+de la lengua devastadora, y Manuel Antonio, bello siempre como el primer
+rayo de la mañana.
+
+--Oyes, Josefina: ¿a quién quieres más, a tu madrina o a tu
+padrino?--preguntole aquél.
+
+--A madrina--respondió la niña sin vacilar.
+
+--Y a quién quieres más, ¿a tu padrino o al conde?
+
+La niña le miró sorprendida con sus grandes ojos azules. Pasó por ellos
+una ráfaga de desconfianza y respondió frunciendo su hermoso entrecejo:
+
+--A mi padrino.
+
+--¿Pero el conde no te trae muchos juguetes? ¿no te lleva en coche a la
+Granja? ¿no te ha comprado el trajecito de charra?
+
+--Sí... pero no es mi padrino.
+
+Los del grupo acogieron con risa esta respuesta. Comprendían que la niña
+mentía. Don Pedro no era hombre para inspirar afecto muy vivo a nadie.
+
+--Pues yo creo que el conde también es tu pa...drino.
+
+--No tal; yo no tengo más que un padrino--manifestó la chica, cada vez
+más recelosa.
+
+Y se alejó del grupo.
+
+Fue donde estaba Amalia; se le puso delante cruzando sus bracitos sobre
+el pecho y dijo haciendo una reverencia:
+
+--Madrina, la bendición.
+
+La dama le entregó su mano, que la niña besó con respetuoso cariño.
+Luego, cogiéndola en sus brazos, la besó en la frente.
+
+--Que descanses, hija mía. Ve a pedir la bendición a tu padrino.
+
+La niña se dirigió al gabinete. Estas prácticas del tiempo pasado
+placían mucho al señor de Quiñones.
+
+Josefina se acercó a él con timidez. Aquel gran señor paralítico le
+infundía siempre miedo, aunque procuraba disimularlo porque así se lo
+había ordenado su madrina.
+
+--Señor, la bendición--dijo con voz apagada.
+
+El alto y poderoso maestrante no hizo caso. Fijo en las cartas que tenía
+en la mano, envuelto en su talma gris con la cruz roja en el pecho, iba
+creciendo por momentos ante los ojos turbados de la pobre Josefina. No
+comprendía que hubiese en el mundo nada más grande, más imponente y
+digno de respeto que aquel noble señor. De esta misma opinión
+participaba D. Pedro. Por eso hacía tiempo que había resuelto confundir
+a todos los seres que le rodeaban en una masa caótica, en la cual sólo
+dos o tres aparecían con algún carácter individual.
+
+La niña aguardó con sus bracitos cruzados cerca de un cuarto de hora. Al
+fin el señor de Quiñones, después de jugar una entrada con fortuna, se
+dignó clavar en ella una mirada severa que la hizo empalidecer. Alargó
+su aristocrática mano con ademán digno de su tocayo Pedro el Grande de
+Rusia, y Josefina posó sobre ella sus labios temblorosos y se fue.
+
+No estaba muy conforme aquel varón excelso con que su esposa criase con
+tal mimo a una expósita, pero lo consentía porque lisonjeaba su
+vanidad. Amalia le había dicho, sabiendo dónde le dolía:
+
+--Criarla para doméstica lo haría cualquiera en Lancia. Nosotros debemos
+hacer las cosas de otro modo.
+
+D. Pedro no pudo menos de sentir el peso de aquella verdad innegable.
+
+Josefina cruzó el salón para ir a acostarse. Al pasar rozando con
+Fernanda, que estaba sentada y sola, ésta la pilló al vuelo por un
+bracito y la atrajo. Toda la alegría, toda la ternura que en aquel
+momento rebosaba de su corazón, desbordose con violencia sobre la
+criatura, a quien cubrió de besos. No se acordó para nada de su rival, a
+quien adivinaba vencida. Sólo pensó en que era hija de _él_, su sangre,
+su misma imagen. Y besó con éxtasis aquellos ojos azules profundos,
+melancólicos, aquella tez nacarada, aquellos bucles dorados que circuían
+su rostro como un nimbo de luz.
+
+--¡Oh, qué hermoso pelo! ¡Qué cosa tan hermosa, Dios mío!
+
+Y apretaba sus labios contra él y hasta sumergía el rostro entre sus
+hebras con tanta voluptuosidad y ternura que estaba a punto de llorar.
+
+En aquel momento una voz estridente, imperiosa, sonó en sus oídos.
+
+--¡Todavía no te has ido a acostar, arrapiezo!
+
+Y al levantar los ojos vio a Amalia, con el rostro pálido, los labios
+apretados, que cogió a la niña con violencia por el brazo dándole una
+fuerte sacudida y la arrastró hacia la puerta.
+
+
+
+
+XI
+
+La cólera de Amalia.
+
+
+A la mañana siguiente, Paula, por orden de su señora, llevó a la niña al
+cuarto de la plancha, la sentó en una silla alta y pidió las tijeras a
+la doncella, que cosía al pie del balcón.
+
+--¿Qué vas a hacer?--preguntó Josefina.
+
+--Cortarte el pelo.
+
+--¿Por qué?... Yo no quiero que me cortes el pelo.
+
+Y se bajó resueltamente de la silla. Paula tornó a alzarla.
+
+--¡Quieta!--le dijo severamente.
+
+--¡Yo no quiero!... ¡no quiero!--exclamó con graciosa resolución.
+
+--La verdad es que da lástima cortar un pelo tan hermoso--dijo otra de
+las doncellas, que estaba planchando.
+
+--¿Qué quieres, hija? Quien manda, manda.
+
+Y tomando uno de los preciosos bucles de la cabellera, lo separó de un
+tijeretazo.
+
+--¡Déjame, Paula!--gritó la niña.--¡Lo voy a decir a madrina!
+
+--¿Sí, preciosa? ¿Vas a decírselo a madrina de veras?... Bueno, ya se lo
+dirás cuando terminemos.
+
+Y sin hacer más caso de sus protestas, dejando caer las palabras con
+zumba, prosiguió imperturbable su tarea. Pero la niña se bajó de nuevo,
+irritada, furiosa. Entonces Paula pidió auxilio a Concha, la costurera,
+y mientras ésta la tenía sujeta a la silla, aquélla la fue despojando
+uno a uno de todos sus bucles. Después arregló como mejor pudo los
+cabellos que quedaban.
+
+--¡Qué lástima!--volvió a exclamar la planchadora.
+
+--Hija, no está mal así tampoco--repuso Paula peinándola con esmero.
+
+En aquel momento apareció la señora en el cuadro de la puerta.
+
+--¡Madrina! ¡ven, madrina!... Mira, Paula y Concha me han cortado el
+pelo.
+
+Amalia avanzó algunos pasos por la estancia y, evitando la mirada de la
+niña, fijó los ojos severos en su cabeza, y dijo con imperio y frialdad:
+
+--No está bien así. Córtelo usted al rape.
+
+Y se alejó con la frente fruncida. Josefina, atónita, la siguió con los
+ojos. Jamás había visto en el semblante de su madrina tanta frialdad y
+dureza. Quedó asombrada, pensativa y dejó ya, sin hacer el más leve
+movimiento, que Paula cumpliese el mandato.
+
+Pronto quedó la cabecita rubia mondada como un melocotón. Las domésticas
+prorrumpieron en carcajadas.
+
+--¡Hija de mi alma, que retefeísima te han puesto!--exclamó María la
+planchadora con acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa.
+
+--No digas eso, mujer--repuso Concha con dejillo amargo.--¡Si está
+preciosa!
+
+Era una mujer de veinticinco años o más, extremadamente pequeña, casi
+tan pequeña como Josefina, de ojos hundidos y ariscos, a quien todos los
+criados de la casa temían.
+
+Paula reía también pasando y repasando sus manos por la cabeza de la
+criatura.
+
+--Cuando haga falta un perulero para el aceite, ya sabéis dónde lo
+habéis de hallar--prosiguió Concha.
+
+Disipada la lástima, adivinando que la chiquita había caído en
+desgracia, las criadas se entregaban a la alegría cambiando bromas sin
+gracia, pero que las hacían reír perdidamente. Josefina había
+permanecido quieta, silenciosa, con la cabeza baja. Las burlas lograron
+al fin hacer su efecto. Dos lágrimas asomaron rezumando por sus largas
+pestañas. Concha se incomodó:
+
+--¿Lloras por el pelito?.. ¡Qué lástima de azotes!... No tienes tú la
+culpa, sino los que te crían como una princesita siendo tanto como
+nosotras... digo, menos que nosotras--añadió por lo bajo,--que al fin
+tenemos padres.
+
+--¡Vamos, Concha, déjala!... No hagas caso, monina, que pronto tendrás
+pelo otra vez--dijo María con acento maternal.
+
+La niña, impresionada por la caricia, comenzó a sollozar y salió de la
+estancia.
+
+Cuando por la noche se presentó en el salón, de aquella forma, el conde
+no pudo reprimir un gesto de cólera y clavó una mirada interrogante en
+Amalia. Ésta contestó a aquel gesto y a aquella mirada con sonrisa
+provocativa. Y en alta voz dijo que le había mandado cortar el pelo
+porque había notado que la niña empezaba a presumir.
+
+--¡Claro! ¡Tanto la adulan ustedes que se ha puesto inaguantable!
+
+El conde, irritado, buscó al instante ocasión de acercarse a Fernanda y
+anudaron la plática de la noche anterior. Estuvieron locuaces,
+afectuosos. Fernanda contó con pormenores su vida de París. Luis se
+mostró singularmente expansivo, no ocultando la alegría de su corazón,
+hablando animadamente bajo la mirada iracunda de Amalia posada sobre él.
+En una pausa Fernanda alzó los ojos sonrientes hacia su ex-novio y le
+preguntó, no sin ruborizarse un poco:
+
+--¿A que no sabes por qué le han cortado el pelo a la niña?
+
+El conde la miró sin contestar.
+
+--Ayer lo elogié yo mucho y me permití besarlo.
+
+Era la primera vez que Fernanda se daba por enterada de su secreto.
+Experimentó una fuerte sacudida. Sus mejillas se enrojecieron. Las de
+ella también. En largo rato no hallaron palabras que decirse.
+
+En los días siguientes, el conde comenzó a dar repetidos paseos por la
+calle de Altavilla y a pasar largos ratos en el café de Marañón. La
+sociedad laciense se sintió conmovida hasta sus cimientos ante tamaño
+acontecimiento. Desde entonces más de trescientos pares de ojos le
+espiaron sin cesar. Dejó de ir todos los días a casa de Quiñones y
+asistió una que otra vez a la tertulia exigua de las de Meré, como se
+seguía diciendo en Lancia, aunque en realidad ya no hubiese en el mundo
+más que una. Carmelita había muerto hacía lo menos tres años. No quedaba
+más que Nuncia, la menor, y ésa casi totalmente paralítica. Del sillón
+a la cama y de la cama al sillón: era todo lo que andaba con trabajo.
+Moralmente también se hallaba privada de movimiento, falta del impulso
+protector que le prestaba su hermana. Desde que ésta bajara al sepulcro,
+no tenía ya quien la sujetase. Esto, lejos de alegrarla, la sumía en una
+melancolía profunda. Al pasar repentinamente a la categoría de persona
+_sui juris_, la pobre Niña había experimentado desazón increíble: todo
+le asustaba, todo era conflictos de los cuales le parecía imposible
+salir; echaba menos aquellas ásperas reprensiones que, si la hacían
+derramar abundantes lágrimas, habían reprimido saludablemente sus
+juveniles arranques y cortado los funestos resultados que pudiera
+acarrear su inexperiencia.
+
+Eran sus tertulios asiduos algunos pollastres nuevos, varios gallos
+conocidos y un número bastante mayor de lindas y feas damiselas que
+acudían a la casa sedientas de marido. Porque la Niña, en esto como en
+todo, mantenía religiosamente las tradiciones legadas por su hermana.
+Era la protectora decidida de todos los noviazgos que se iniciaban en
+Lancia, por desatinados que fuesen. La pequeña casa de la calle del
+Carpio continuaba siendo la fragua donde se forjaba la dicha conyugal de
+los honrados vecinos de Lancia.
+
+El que acudía con más constancia era Paco Gómez. La razón, que le habían
+arrojado de casa de Quiñones a consecuencia de una frase de las suyas.
+Preguntaba cierto forastero en un corro de Altavilla cómo había quedado
+paralítico el maestrante. «En realidad no está paralítico--repuso
+Paco,--porque no tiene lesión alguna; sólo que las piernas no pueden con
+la heráldica que se le ha subido a la cabeza, y se le doblan en cuanto
+da un paso.» Lo supo Quiñones por un traidor y dio orden de que no se le
+recibiese.
+
+Era el alma y el regocijo de la tertulia de la Niña. La vaya incesante
+con que mortificaba a ésta los tenía a todos en continuo espasmo de
+risa.
+
+--Vamos, Nuncia, ¡mucho ojo! No hables demasiado, porque ya sabes que te
+he visto las pantorrillas y... y... y...
+
+La pobre octogenaria se ruborizaba como una niña de quince. Nada la
+sofocaba tanto como este recuerdo importuno de la tarde del columpio.
+
+Luis y Fernanda comenzaron a verse aquí una o dos veces por semana.
+Lejos de la mirada fulgurante de Amalia, aquél se encontraba a gusto,
+recobraba su serenidad. Hablaban larguísimos ratos en voz baja, sin que
+nadie les molestase; al contrario, la Niña tenía buen cuidado de
+proporcionarles ocasión y espacio suficientes. Asistía, no obstante, a
+casa de Quiñones; veía a Amalia en secreto cuando se lo exigía, pero iba
+apareciendo más frío, más esquivo. Ella, advirtiéndolo perfectamente, no
+daba su brazo a torcer, no le hablaba palabra de su ex-novia. Sin
+embargo, un día no pudo contenerse:
+
+--Sé que te entretienes largos ratos en casa de las de Meré hablando con
+Fernanda.
+
+Lo negó cobardemente.
+
+--Ten cuidado con lo que haces--prosiguió, clavando en él sus ojos
+siniestros,--porque una traición pudiera salirte cara.
+
+Estaba tan acostumbrado al dominio de aquella terrible mujer, que sintió
+un estremecimiento de frío, como si algo aciago se cerniese ya sobre su
+cabeza. Pero en cuanto salió a la calle, fuera de la influencia
+magnética de aquellos ojos que le turbaban, sintiose invadido por una
+sorda irritación: «Después de todo, ¿por qué me amenaza? ¿Es mi esposa?
+¿Qué derechos tiene sobre mí? Lo que estamos haciendo es un pecado
+grave, es un crimen. ¿Quién puede privarme del arrepentimiento, de
+reconciliarme con Dios y ser bueno?» El arrepentimiento había sido en
+los últimos tiempos un vago deseo, gracias a la fatiga de su amor y aún
+más al miedo desapoderado que el infierno le inspiraba. Ahora se
+convirtió en verdadero anhelo. Verdad que ofrecía mayores atractivos.
+Rechazar el pecado valerosamente, purificarse, librarse del fuego
+eterno... y además poseer a Fernanda.
+
+Hacía tiempo que sus relaciones criminales no tenían más que un punto
+luminoso, Josefina. Si no fuese por ella, se hubiera marchado de Lancia.
+Esta criatura, blanca y silenciosa como un copo de nieve, que poseía la
+fragancia de los lirios, la inocencia de las palomas, la dulzura
+melancólica de una noche de luna, esparcía sobre su alma, atormentada
+por el remordimiento, un bálsamo que la refrescaba deliciosamente.
+¡Cuántas veces, teniéndola entre sus brazos, se preguntaba sorprendido
+cómo un ser tan inocente, tan puro, tan divino, pudiera ser hijo del
+pecado! Pero aun aquella misma niña era ocasión de nuevos y crueles
+tormentos. No verla a solas sino de tarde en tarde; hallarse obligado a
+disimular sus sentimientos, a besarla fríamente como los demás, más
+fríamente que los demás; no poder llamarla hija del corazón, no sentirla
+gorjear el tierno nombre de padre, le entristecía y en ciertos momentos
+le desesperaba. Desquitábase cuando una que otra vez, muy rara, le
+consentían llevarla a la Granja. Allí se pasaba las horas en éxtasis,
+teniéndola sobre sus rodillas, acariciándola frenéticamente.
+
+La niña se había acostumbrado a estas violentas expresiones de cariño y
+las agradecía. A veces sentía su cabecita blonda mojada por las lágrimas
+de su amigo. Alzaba los ojos sorprendida, pero viéndole sonreír, sonreía
+también y alargaba sus labios de coral para darle un beso.
+
+--¿Por qué lloras, Luis? ¿Tienes pupa?
+
+Josefina no entendía que hubiese motivo más grave en el mundo para
+llorar. Amaba a Luis tiernamente, y eso que le chocaba y entristecía la
+frialdad que con ella usaba ordinariamente. Poco a poco había ido
+adivinando, con precoz instinto, que el conde la quería más que los
+otros y que disimulaba. Ella también adoptaba, siguiendo el ejemplo, una
+actitud indiferente cuando se acercaba a él en público. Pero cuando
+estaban solos, entregábase con el mismo entusiasmo a las expansiones del
+cariño, y esto sin saber por qué, sin darse cuenta de lo que hacía.
+
+Desde el día en que su madrina ordenó que le cortasen el pelo, Josefina
+pudo notar que había caído en desgracia. Ya no la besaban con trasporte,
+ya no satisfacían sus mínimos antojos, ya no era la preocupación
+constante de la casa. Amalia comenzó a contrariarla, a usar con ella un
+tono frío y displicente; y las criadas siguieron el ejemplo de su
+señora. La pobre niña, sin comprender qué significaba aquel cambio,
+sintió su pequeño corazón apretarse; exploraba con sus bellos ojos
+profundos los semblantes y trataba de descifrar el enigma que guardaban.
+Se hizo más grave, más recelosa, más tímida. Y como viera que le negaban
+los juguetes o las golosinas que antes le otorgaban a manos llenas, se
+abstuvo de pedirlos.
+
+Amalia, en vez de gozar como antes con sus gracias infantiles, parecía
+huirlas. Dio orden de que no se la llevasen por la mañana a la cama,
+según costumbre. Cuando la tropezaba casualmente en los pasillos, pasaba
+de largo evitando mirarla. A todo más se acercaba preguntándole con
+acento displicente:
+
+--¿No te has lavado todavía? Anda, ve a que te arreglen. O bien: «Me han
+dicho que no has sabido la lección de catecismo. Te vas haciendo muy
+holgazana. Cuidado que seas buena, porque si no, te encierro en la cueva
+de los ratones.»
+
+Antes se ocupaba ella en tomarle las lecciones, en ponerle la aguja en
+la mano y guiar sus diminutos dedos. Ahora abandonaba casi siempre esta
+tarea a las doncellas. Vivía en un estado de preocupación sombría que no
+pasaba desadvertida a los criados. Josefina también la adivinaba; veía
+que su madrina estaba cambiada, no sólo con respecto a ella, sino en
+todo su modo de ser. Y allá, vagamente, en los limbos oscuros de su
+pensamiento se engendraba la idea de que estaba triste, que padecía y
+que ésta era la causa de su mal humor.
+
+Un día estaba la dama sola en su gabinete. Se había dejado caer en una
+butaca. Inmóvil, con la cabeza echada hacia atrás y las manos
+pendientes, parecía dormida. Sin embargo, Josefina, que rondaba el
+gabinete, se atrevió a mirar por la rendija de la puerta y observó que
+tenía los ojos abiertos, muy abiertos, y que su frente estaba
+temerosamente fruncida. Sin saber lo que se hacía, con esa ciega
+confianza que los niños tienen en sí mismos, empujó la puerta y penetró
+en la estancia. Acercose silenciosamente a la señora, y echándose
+repentinamente sobre su regazo, le dijo, clavando en ella una mirada de
+tímido afecto:
+
+--Dame un beso, madrina.
+
+La dama se estremeció.
+
+--¿Cómo estás aquí? ¿Quién te ha dado permiso para entrar? ¿No te han
+dicho que no subas sin que te llamen?--preguntó frunciendo aún más el
+ceño.
+
+--Quería darte un beso--dijo con voz apagada Josefina.
+
+--Déjame de besos. Anda, y cuidado con subir otra vez sin mi permiso.
+
+Pero la niña, embargada por la emoción, no sabiendo a qué atribuir
+aquel despego y queriendo vencerlo a toda costa, próxima a llorar, se
+echó aún más sobre el regazo y trató de subirse para alcanzar su rostro.
+
+--Dame un beso, madrina.
+
+--¡Quita! ¡Déjame!--replicó la dama impidiéndola alzarse.
+
+La niña se obstinó.
+
+--¿No me quieres? Dame un beso.
+
+--¡Que te quites, chicuela!--gritó enfurecida.--¡Lárgate ahora mismo!
+
+Al mismo tiempo le dio un fuerte empujón. Josefina, después de
+tambalearse, rodó por el suelo, dando con la cabeza en el pie de una
+silla.
+
+Alzose llevando la mano al sitio dolorido, pero no lloró. Un sentimiento
+de dignidad, que muchas veces se aloja con fuerza en los corazones
+infantiles, le prestó fortaleza para resistir el llanto que brotaba a
+los ojos. Dirigió a su madrina una mirada de indefinible tristeza y
+salió corriendo de la estancia. Cuando llegó a la escalera se dejó caer
+sobre un peldaño y rompió a sollozar.
+
+Las espinas de la vida comenzaron a clavarse cruelmente en las carnes
+delicadas de aquella niña, que hasta entonces sólo flores había hallado
+en su camino. El despego de Amalia fue creciendo de día en día. A la par
+crecía también la reserva y la timidez de su hija. Pero como al fin era
+niña, esta tristeza disipábase a veces al impulso de un capricho.
+Entonces era cuando realmente se mostraba la frialdad y ojeriza de la
+dama.
+
+--Señora, Josefina no quiere ponerse el vestido verde.
+
+--¿Pues?
+
+--Dice que está sucio.
+
+Amalia se levantó, fue al cuarto de la niña y, cogiéndola por un brazo y
+sacudiéndola rudamente, le dijo:
+
+--¿Qué orgullo es ése? ¿No sabes, muñeca, que en esta casa no eres
+nadie? ¿Que estás aquí por misericordia? Ten cuidado no enfadarme,
+porque el día menos pensado te planto en la calle, de donde te he
+recogido.
+
+Las criadas escucharon estas palabras y las tuvieron bien presentes.
+Josefina hasta entonces había sido tratada como hija de los señores: en
+adelante se la consideró como una hija postiza: más tarde, como
+advenediza. La servidumbre se vengaba con placer de los minuciosos
+cuidados que antes se veía obligada a prodigarle, de aquellas ásperas
+reprensiones que recibían por su causa. En particular Concha, la
+microscópica doncella, experimentaba una alegría indecible, propia de su
+carácter maligno y rencoroso, cada vez que la señora mostraba de algún
+modo su desdén por la niña recogida.
+
+Ésta ocupaba una habitación que daba al jardín, alegre y espaciosa.
+Concha, aunque primera doncella y costurera de la casa, alojábase en un
+cuartucho lóbrego, con ventana al patio, que compartía con María. El
+gabinete de Josefina había sido siempre para ella objeto de envidia. Más
+de una vez la había expresado con palabras bien pesadas para aquélla.
+Aprovechándose de la disposición de su ama, obtuvo permiso para dormir
+también en este gabinete, a pretexto de que Paula, que ocupaba una
+alcoba contigua, tenía el sueño pesado. Instalose cómodamente, hizo uso
+del tocador y de los enseres de la niña. Pocos días después la mandó a
+dormir con María en su antiguo cuarto, sin decir una palabra a su ama.
+Cuando ésta lo supo, ya había pasado algún tiempo: la reprendió sin
+aspereza por no haberle dado parte, pero no modificó los hechos
+consumados.
+
+Más adelante se le ocurrió degradarla de otra manera. Josefina comía a
+la mesa con los señores. El alto y poderoso maestrante no había
+consentido en ello al principio: importunado por su esposa, cedió al
+fin, no sin repugnancia. Concha, penetrada de la ojeriza de su señora,
+comenzó a intrigar para privar de este honor a la recogida. Exagerando
+lo que daba que hacer, lo mucho que se manchaba y lo que perturbaba el
+servicio de la mesa, logró a la postre que no se sentase a ella y sí en
+una pequeñita que se le puso en el cuarto de la plancha, próximo a la
+cocina. A los pocos días la misma Amalia, en un acceso de mal humor,
+dijo que aquel doble servicio no podía ser tolerado y que se la llevasen
+a la cocina a comer con los criados.
+
+Concha la sentó en un taburete, le puso un plato de barro y una cuchara
+de madera en la mano y le dijo:
+
+--Come.
+
+La niña levantó la cabeza estupefacta; pero al ver la sonrisa maligna
+que brillaba en los ojos de la doncella, bajola de nuevo y se puso a
+comer sin protesta alguna. Concha no quedó satisfecha; deseaba que se
+rebelase; verla llorar.
+
+--¿Qué es eso? ¿No te gusta la cuchara?... Pues, hija, come con ella,
+que también cómo yo y soy tan buena como tú... ¡Qué te creías,
+bobalicona! ¿Pensabas que porque te ponían el sombrerito y la camisa de
+batista eras una señorita... Las señoritas no vienen metidas en un cesto
+entre trapos sucios...
+
+Y por ahí continuó soltando a chorros sarcasmos e insultos, hasta que al
+fin la pobre Josefina rompió a llorar. Las demás criadas, menos
+malévolas, se veían, no obstante, lisonjeadas por aquella humillación.
+Al fin se pusieron de su parte, trataron de consolarla, mientras
+Concha, despiadada, más dura y más fría que el mármol, siguió
+persiguiéndola largo rato con rechifla sangrienta.
+
+Pocos días después, al cruzar Josefina por el cuarto de la plancha para
+ir al comedor, oyó a Concha decir dirigiéndose a María:
+
+--Di, chica, ¿has planchado ya la ropa de la hospiciana?
+
+Se detuvo, sin saber a quién se refería, y paseó su mirada recelosa de
+una a otra doméstica, hasta que una carcajada, que ambas soltaron a la
+vez, le hizo comprender que se trataba de ella.
+
+--¿Por qué me llamáis hospiciana?--exclamó la inocente pugnando para no
+llorar.--Lo voy a decir a mi madrina.
+
+--¡Alza; corre a decírselo!--replicó Concha empujándola a la puerta.
+
+Desde entonces no se le dio otro nombre entre la servidumbre.
+
+Amalia prohibió que la llevasen por la noche al salón. El conde, que ya
+no veía a su hija mas que este momento, pidió explicaciones. La dama
+manifestó que, debiendo levantarse temprano para estudiar sus lecciones,
+necesitaba más sueño. No se dio aquél por convencido. Comprendía que se
+trataba de una ruin venganza; pero tuvo la prudencia de callar, temiendo
+mayor daño.
+
+A Amalia se le ocurrió entonces herirle de modo más directo. La niña, a
+quien había privado no sólo de sus caricias, sino de todas sus
+preeminencias en la casa, iba camino de ser una criadita más. En un
+instante quedó trasformada por completo. La señora dio orden de que se
+le guardasen todos los sombreros y vestidos y se le pusiese el más pobre
+y más viejo del guardarropa; que se le hiciesen delantales como a las
+demás criadas y se la emplease en los menesteres de la cocina que
+pudiese ejecutar.
+
+Los amores del conde y Fernanda eran cada día más notorios. Aunque en
+casa de Quiñones se guardaban de hablarse con intimidad, a la celosa
+valenciana no se le ocultaba lo que entre ellos existía. Sus ojos
+traspasaban como dos rayos de luz el cerebro de su amante y leían con
+claridad dentro de él. Luis estaba enamorado de su antigua novia. Las
+relaciones adúlteras le pesaban en el alma como una losa de piedra.
+Ella, la amada, la preferida de otros días, le parecía ahora vieja y
+marchita frente aquella espléndida rosa que acababa de abrirse por
+completo. Si no la había abandonado ya, era por debilidad de carácter,
+por el ascendiente poderoso que en siete años de relaciones había
+logrado adquirir sobre él. Pero no apetecía otra cosa. Lo leía
+perfectamente en sus miradas huidas; en la preocupación sombría que
+pesaba sobre él, rota algunas veces por súbita y extravagante alegría;
+en el temor y en el servilismo, cada vez mayores, con que se acercaba a
+ella.
+
+Una noche el conde pidió un vaso de agua. Los ojos de Amalia brillaron
+repentinamente. Había llegado el momento ansiado. Tiró de la campanilla
+y dijo con singular inflexión a la doncella que acudió:
+
+--Paula, que traigan un vaso de agua.
+
+Pocos instantes después se presentó Josefina, pobremente vestida, con un
+mandilito de tela burda, calzados los pies con toscos zapatos,
+soportando trabajosamente entre sus pequeñas manos una bandeja con vaso
+de agua y azucarillo. Los tertulios quedaron estupefactos. Luis
+empalideció. Avanzó la niña hasta el medio del salón, mirando
+tímidamente a su madrina. Esta le hizo seña de que se acercase al conde.
+
+Vaciló el caballero como si estuviese distraído; pero viendo a la
+criatura plantada delante de él, se apresuró a tomar el vaso y se lo
+llevó con mano temblorosa a los labios. Los ojos de Amalia se mostraban
+en tanto fríos, indiferentes; pero en sus labios había imperceptibles
+estremecimientos que revelaban el gozo cruel que sentía. En la tertulia
+reinó, mientras se efectuaba esta escena, un significativo silencio.
+
+Luego que Josefina hubo salido, la señora de Quiñones explicó a sus
+tertulios con naturalidad aquella mudanza. Se trataba de un castigo
+necesario al orgullo que la niña empezaba a mostrar con los criados. No
+duraría mucho. Sin embargo, necesitaba vencer a todas horas la voluntad
+de Quiñones, que se oponía a que fuese educada con tanto mimo.
+
+--La verdad es--concluyó diciendo con acento tan natural, que ninguna
+actriz lo hallaría más adecuado a la ocasión,--la verdad es que algunas
+veces no puedo menos de darle la razón en mi interior. ¿Qué bien le
+hacemos a esta pobre niña colocándola en una situación donde no ha de
+poder sostenerse? Mañana, que nosotros nos muramos, la pobre necesitará
+buscarse el sustento trabajando, si antes no encuentra un marido... ¿Y
+qué marido le vamos a dar a una muchacha con necesidades y sin dinero?
+
+Los tertulios no cayeron en la trampa. En realidad tampoco ella lo
+pretendía. Todo aquello venía a reducirse a puro convencionalismo, pues
+a nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco después, no pudiendo
+dominar la molestia que sentía, el conde se despidió.
+
+--Este negocio de Luis no se presenta nada bien--decía a última hora
+Manuel Antonio en un grupo que se retiraba por la calle de Altavilla,
+donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jovita.--El matrimonio
+con Fernanda, si es que lo llega a realizar, le ha de costar muchos
+disgustos.
+
+--¿Crees tú?...--preguntó María Josefa para tirarle de la lengua.
+
+--¡Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces a Amalia como yo?
+
+--¿Y qué tiene que partir Amalia en el matrimonio de Luis?--preguntó
+Jovita, que en su calidad de soltera, aunque hubiese cumplido los
+treinta y dos, le convenía hacer patente su candor.
+
+--¡Ay! Es verdad que teníamos aquí esta _fanciullina_--exclamó, haciendo
+cómicos ademanes de susto, el marica.--¡No me hacía cargo!... Nada,
+monina, nada; sigue adelante, que son cosas de los grandes...
+
+La hija del Jubilado se volvió iracunda al sentir el alfilerazo y
+replicó con una frase insolente. Pagole Manuel Antonio con otra, y se
+entabló animada disputa rebosando de palabras amargas e intencionadas
+que se prolongó hasta casa del Jubilado, no sin que éste hubiese hecho
+algunos vanos esfuerzos para poner paz entre ellos. La mejor parte la
+llevó, como siempre, el marica, que poseía para lanzar sus frases el
+vigor de los hombres y la sutil intención de las hembras.
+
+Al día siguiente el conde logró una entrevista con Amalia y le dio sus
+quejas por la escena de la noche anterior. La dama se manifestó amable,
+condescendiente, justificó su conducta por el bien de la niña. Luis
+observó, sin embargo, que hablaba de un modo particular: creyó percibir
+en la miel de sus palabras un dejo de amargura e ironía que le
+sobresaltó. Salió preocupado, inquieto: en algunos días no pudo quitar
+de sí el malestar de aquella entrevista.
+
+Pero el amor prendía fuego rápidamente en todos los aposentos de su alma
+y consumió al fin aquel último resto de preocupación. Estaba
+profundamente enamorado. Y como siempre acaece, a la par que crecía su
+amor aumentaba también su timidez. Al principio, en sus largas
+conversaciones con Fernanda, aparecía sereno, galante, no perdonaba
+medio de demostrar a su ex-novia su admiración y rendimiento. De repente
+comenzó a perder el aplomo, a huir todo asunto relacionado con sus
+propios sentimientos, a evitar las frases galantes. Fernanda no se
+equivocó. Ahora es cuando había llegado aquel amor, tras del cual tanto
+tiempo había corrido, que tantas lágrimas le había costado.
+
+Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indiferentes, tenían un sabor
+delicado, exquisito. Hablaban horas y horas, sin cansarse, de las cosas
+más insignificantes, por el placer de verse tan cerca, de escucharse.
+
+Fernanda charlaba con toda la alegría de su corazón, sin curarse de la
+timidez de su adorador, al contrario, gozando al ver el empeño pueril
+con que evitaba el confesar su amor, sabiendo que en cuanto ella diese
+la señal se entregaría atado de pies y manos.
+
+El momento llegó al fin. Un día la hermosa viuda se resolvió _a
+declararse ella_. Hablaban del matrimonio; de las segundas nupcias. Luis
+comenzó a sobresaltarse, a emitir sus opiniones con voz temblorosa, a
+tratar de huir la conversación. Fernanda dijo de repente con perfecta
+calma y en tono resuelto:
+
+--Yo no volveré a casarme segunda vez.
+
+Se puso pálido. La cara se le entristeció de tal manera que la joven,
+reprimiendo a duras penas una sonrisa, repitió con más resolución aún:
+
+--No volveré a casarme segunda vez... a no ser contigo.
+
+El conde la contempló desencajado.
+
+--¿Es de veras eso?--preguntó al fin con voz temblorosa.
+
+--¡Y tan de veras!--repuso ella mirándole sonriente.
+
+--Dame esa mano, Fernanda.
+
+--Tómala, Luis.
+
+Se las estrecharon fuertemente por unos momentos. El conde se levantó
+sin decir otra palabra. Cuando llegó a casa, le escribió una larga carta
+de seis pliegos pintándole con los más vivos colores su pasión, dándole
+fervorosas gracias, llamándose indigno gusano tres o cuatro veces.
+
+El matrimonio quedó concertado para cuando terminase el año de luto.
+Faltaban dos meses. Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia no
+se celebrase tampoco en Lancia. Unos días antes del prefijado saldría
+ella para Madrid; poco después se le juntaría él, y en la corte
+quedarían unidos para siempre.
+
+En los pueblos es muy difícil ocultar cualquier cosa: un proyecto de
+boda, imposible. Por la intensidad de la mirada cada par de ojos se
+convierte en cien pares; por su virtud acústica, cada oído en cien
+oídos. En sus pasos, en sus miradas, en el modo de saludarse y
+despedirse los ingeniosos lacienses adivinaban como verdaderos magos lo
+que pensaban, medían exactamente el progreso de aquellas relaciones que
+les tocaba en lo más vivo del corazón.
+
+Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante de la tétrica morada del
+conde, vio salir a la doncella con una caja de cartón en las manos. El
+marica sintió en la nariz olor de caza, tomó vientos un instante, y la
+siguió.
+
+--Adiós, Laura--dijo pasando delante de ella.
+
+Y volviéndose de repente le preguntó en tono indiferente:
+
+--¿Cómo sigue tu amo?
+
+--El señor conde no está malo.
+
+--¡Ah! Pues me dijeron... Como no le veo hace dos días... ¿Vas de
+compras para la señora?
+
+--Son camisetas para el señor conde.
+
+--¿De casa de Ramiro?... Déjame verlas, yo también tengo que comprar.
+
+La doncella abrió la caja y el marica se puso a examinar el contenido.
+
+--Son muy finas. Esto es demasiado caro para mí, hija.
+
+--Sí, señor, son caras. Pues el señor conde todavía no las encuentra
+buenas. Quiere a toda costa que sean de seda, y por más que anduve todos
+los comercios, no las hay. No tiene más remedio que encargarlas.
+
+--¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va a casar.
+
+--Yo no sé nada de eso, señorito--se apresuró a replicar la criada con
+señales de turbación.
+
+--¡Quita allá, hipocritona!--exclamó riendo.--Tú lo sabes como yo y como
+todo el mundo... ¿Y para cuando?
+
+--Le digo que no sé nada.
+
+Pero el marica insistió tanto, se mostró tan expresivo y familiar que al
+cabo de un rato la criada desembuchó lo que tenía dentro.
+
+--Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo lo que hay, pero creo que
+se casa y pronto. El otro día oí unas palabras a la señora condesa...
+
+--¿Qué palabras?
+
+--Decía al ama de llaves que, en cuanto su hijo se fuese, iría a pasar
+una temporada a la Granja. Después, mirando por el agujero de la llave,
+la vi llorar. Además, Fray Diego estuvo anteayer en casa... pero no sé
+si debo decirle...
+
+--Vamos, mujer, ¿qué importa? ¿Te figuras que yo soy una gaceta?
+
+--Pues le oí decir al tiempo de despedirse: «Nada, nada; tienen mucha
+razón; es mucho mejor que lo hagan en Madrid. Éste es un pueblo muy
+envidioso...»
+
+El gozo que sintió Colón al descubrir la tierra del Nuevo Mundo no fue
+nada en comparación con el de nuestro marica. No sólo sabía sin género
+de duda que se casaban, sino dónde había de efectuarse la ceremonia.
+Embarazado por noticia tan capital y queriendo aliviarse enseguida de
+aquel peso, se puso a imaginar sobre quién haría más efecto. Su
+pensamiento fue derecho a Amalia. Hacia el palacio de Quiñones enderezó,
+pues, sus menudos y graciosos pasos.
+
+Era la hora del oscurecer. Halló a la señora sentada en su gabinete, sin
+luz, entregada sin duda a una de esas intensas y dolorosas meditaciones
+que desde hacía algún tiempo la embargaban. Manuel Antonio se mostró
+jovial y decidor, trató de alegrarla cuanto pudo, atrayendo de nuevo la
+sangre a aquel corazón ulcerado para que la puñalada fuese más dolorosa.
+Pidió chocolate, lo tomaron jaraneando lindamente: Amalia llegó a
+olvidarse de sus preocupaciones. Y cuándo más olvidada estaba ¡zas! la
+bomba. Pero dejada caer suavemente, con arte infinito, el arte que sólo
+posee una mujer, reforzado por el ingenio masculino.
+
+Lo único que sintió fue no poder verle la cara. El gabinete estaba ya
+casi en tinieblas. Pero advirtió bien claramente el destrozo de la
+explosión en el sonido de la voz, en la frialdad de la mano al
+despedirse.
+
+Amalia quedó en pie, rígida, inmóvil, largo rato. Apoyose en la cortina
+de crespón para mirar a la calle y la destrozó. Trató de abrir su
+escritorio para tomar el pomo de esencia, pero dio demasiada vuelta a la
+llave y estropeó la cerradura.
+
+Salió de la estancia y vagó, por los pasillos oscuros y escaleras, con
+incierta planta, como un fantasma. Allá a lo lejos vio un punto luminoso
+y se dirigió hacia él involuntariamente como una mariposa. Era el
+comedor, que ya estaba alumbrado. Sentada a la mesa, armando unos
+pastorcitos de barro, restos de su pasada riqueza, estaba Josefina. La
+pantalla de la lámpara proyectaba viva luz sobre su cabecita monda y
+dorada como una naranja. Amalia se detuvo un instante y la contempló con
+ardiente mirada, devorando con los ojos aquel semblante grave y
+melancólico que tan fielmente reflejaba el de Luis. Dio un paso y la
+niña volvió la cabeza. La mirada de sus ojos azules era igualmente
+dulce y triste; el movimiento de las pestañas, idéntico. La esposa del
+maestrante salvó de dos pasos la distancia que la separaba y cayó sobre
+ella como un tigre hambriento. Golpeó, mordió, desgarró. Sus uñas
+dejaron al instante surcos morados en aquel rostro cándido. La sangre
+comenzó a brotar. La niña, loca de terror, lanzaba chillidos
+penetrantes. Apenas tuvo tiempo a ver a su madrina. No sabía qué era
+aquello. Amalia, insaciable, golpeaba, hería sin cesar. Los gritos de la
+víctima hacían crecer su furor. Se detuvo rendida al fin.
+
+--Madrina, ¿qué hice?--exclamó la pobre niña huyendo hacia un rincón.
+
+Esta pregunta, la mirada de angustia con que la acompañó, enfurecieron
+de nuevo a la dama. Volvió a golpearla despiadadamente. La criatura se
+tapaba el rostro con las manos. Entonces le cogía las orejas, las
+estrujaba hasta arrancarlas. No satisfecha todavía, irritada de no poder
+herirla en la cara, tomó un plumero que había sobre la mesa, y con el
+mango comenzó a sacudirle sobre las manos, dejándolas cubiertas de
+cardenales.
+
+Al fin consiguió salvarse. Las criadas, que habían acudido y
+presenciaban atónitas la escena, dejáronla paso y huyó por los pasillos
+y tomó por la escalera. La puerta de la calle estaba abierta. El
+cochero, al llevar los caballos al agua, la había dejado así. Josefina
+salió de la casa y corrió desalada por la calle de Santa Lucía, penetró
+en la travesía de Santa Bárbara, atravesó la plazuela del Obispo y,
+bajando por la calle de la Sastrería, salió por la puerta de San Joaquín
+a la carretera de Sarrió.
+
+Había cerrado ya la noche. Caía suavemente una lluvia menuda, pero
+espesísima, que en poco tiempo la caló hasta los huesos. La desgraciada
+criatura corrió todavía algún tiempo y al fin se detuvo jadeante. El
+pretil de la carretera estaba bajo en aquel sitio y se sentó. Entonces
+fue cuando sintió el dolor de los golpes. Llevose las manos a la cabeza,
+después a la cara, por donde sentía correrle un líquido caliente, que al
+principió pensó sería la lluvia.
+
+Pronto se convenció de que era sangre. ¡Sangre! ¡La cosa en el mundo a
+que ella tenía más terror! Dominada aún por el susto, no se quejó.
+Levantó la falda de su vestidito y se secó, o por mejor decir, se lavó
+la cara, porque el vestido estaba mojado.
+
+Pero lo que más sentía, lo que le dolía de un modo horrible eran las
+manos. No sabiendo qué hacer para aliviarse, comenzó a soplarlas. Luego
+las chupó. Pero el dolor era tan recio que exclamó al fin sollozando:
+
+--¡Ay mis manos!
+
+En aquel momento se alzaron ante ella entre las sombras de la noche dos
+enormes figuras que la dejaron helada de espanto. Una de ellas se
+abalanzó y la cogió por un brazo.
+
+--¿Qué haces ahí?--dijo con voz bronca.
+
+
+
+
+XII
+
+La justicia del barón.
+
+
+En una gran sala de la casa solariega de los Oscos, amueblada con cuatro
+trastos viejos, tapizada con dos dedos de polvo, se encuentran sentados
+a una antigua mesa de roble dos conocidos personajes de esta historia.
+Uno es el propio barón, dueño de la casa. El otro, su amigo Fray Diego.
+Tienen delante un tarro de ginebra vacío, otro a medio vaciar y sendas
+copas. Ni mantel, ni tapete, ni bandeja; el único adorno de la mesa son
+las manchas caprichosas que el vino y la ginebra en feliz consorcio con
+el polvo han ido dejando con el trascurso de los meses y los años. La
+estancia es lóbrega, porque la calle del Pozo lo es y porque los
+cristales emplomados, hace años ya que no se han limpiado, y porque la
+tarde está declinando.
+
+A la poca luz que allí consigue penetrar puede verse la faz de ambos
+excesivamente roja, tan roja que parece imposible no brote la sangre de
+sus ojos encarnizados. La del barón ha llegado al límite de su fiera y
+espantable fealdad. Aquella cicatriz sangrienta que le surca el rostro
+se destaca ahora con todas sus rugosidades, tan áspera y negra que da
+grima verla. Sus bigotes cerdosos, unidos a las patillas, son ya más
+blancos que negros. Viste zamarra negra y cubre su cabeza una gran boina
+roja cuya borla cae arremolinada, unas veces sobre las orejas, otras
+sobre las narices, según los movimientos que imprime a su torso de ogro.
+
+Hace largo rato que guardan silencio. Fray Diego de vez en cuando lleva
+la mano al tarro de la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la
+suya, y gravemente la apura de un trago. El barón no es tan expedito:
+toma su copa, la sube a la altura de los ojos y hace frente ella una
+serie de muecas a cual más horrorosa; después la toca con el borde de
+los labios, vuelve a las muecas, vuelve a tocarla; por fin, después de
+largos ensayos y vacilaciones, se decide a apurarla.
+
+De esta manera grave y prudente se solazan los dos antiguos soldados de
+D. Carlos casi todas las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay entre
+sus jocosos habitantes entabladas varias apuestas sobre cuál de los dos
+moriría primero de apoplejía.
+
+Fray Diego había servido también en las filas del Pretendiente. Luego se
+había ordenado, se hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se
+secularizó y vivía en Lancia como capellán suelto. Mientras la guerra no
+se habían conocido. Cuando se encontraron en Lancia quedaron unidos con
+indisoluble amistad por la identidad de ideas, por el recuerdo de las
+gloriosas batallas a que asistieron... y por la ginebra.
+
+--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--exclamó
+después de largo silencio, en que ambos parecían dormitar, Fray Diego.
+Al mismo tiempo dio un tremendo puñetazo sobre la mesa que hizo bailar
+los tarros y las copas.
+
+El barón no se conmovió poco ni mucho. Siguió haciendo guiños a la copa
+que tenía delante y, después de apurarla muy reposadamente y chasquear
+tres o cuatro veces la lengua, dijo:
+
+--Despacio, despacio, Fray Diego; usted no sabe todavía lo que son los
+papas.
+
+--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--volvió a
+exclamar el cura, dando otro puñetazo más fuerte.
+
+--Cuidado, Fray Diego, que los papas han sido siempre muy ambiciosos.
+
+--¡Señor barón!--exclamó el clérigo con voz enfática de cómico de la
+legua.--¡Tiene usted el alma tan fea como el rostro!
+
+El barón quedó tan sosegado ante aquel insulto. Después de un rato dijo
+con perfecta tranquilidad:
+
+--No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver mi cara en estos asuntos? Yo
+soy católico, apostólico, romano; pero si mañana el rey, nuestro señor
+(llevose la mano a la boina al decir esto), me manda con un destacamento
+a Roma, voy a allá como el condestable de Borbón, la saqueo y prendo al
+pontífice.
+
+--Y yo digo que si Su Santidad me mandase meter una cuarta de bayoneta
+por el ombligo a ese condestable, tenga usted por seguro que le metía
+dos.
+
+--No.
+
+--¿Cómo no?--rugió el capellán poniéndose carmesí.
+
+--Porque el condestable ha muerto hace tres siglos.
+
+--Me alegro. Tres siglos hace que arde en los infiernos.
+
+--Todo eso está muy bien, _pater_, pero el rey siempre arriba, ¿estamos?
+y los demás a callar y obedecer.
+
+--¡El papa no calla nunca, señor barón!
+
+--Pues se le pone una mordaza.
+
+--¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces porra! quién se la
+ponía estando cerca Fray Diego de Areces!--gritó el clérigo alzándose
+convulso y echando fuego por los ojos.
+
+--Siéntese, _pater_, y cálmese y escancie otra copita, que Fray Diego de
+Areces no es más que un cazuela.
+
+El capellán se serenó repentinamente, vertió delicadamente el licor en
+las dos copas y apuró la suya con deleite, después de lo cual dejó caer
+la cabeza sobre el pecho, los párpados se le bajaron y se puso a
+dormitar. El barón, radiante de alegría, le contemplaba fijamente con
+ojos socarrones, aprovechándose de su ausencia temporal para escanciarse
+otra copita, «de nones,» como él decía.
+
+Era constante particularidad de aquellas dulces sesiones el que la
+ginebra trocase el carácter de ambos. El genio irascible, impetuoso del
+barón se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase, mientras duraba la
+benéfica influencia del alcohol, alegre, comunicativo, conciliador;
+ninguna palabra le molestaba, nada le parecía suficiente motivo para
+encolerizarse. En cambio, Fray Diego, que en estado normal era un
+bendito, siempre jovial y chancero, tornábase un diablo disputador y
+quisquilloso, adquiría de pronto humor guerrero que nadie sospecharía
+bajo su rostro redondo y plácido de beata ajamonada.
+
+Despabilose al cabo de pocos minutos, miró al barón algunos momentos
+fijamente con extraña ferocidad y profirió estropajosamente:
+
+--Quisiera, señor barón, que me explicase usted qué entiende por
+cazuela.
+
+--¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A usted qué le importa que
+signifique uno u otro?
+
+--Es que yo quisiera... ¡entendámonos!
+
+--Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos cuartillos de ginebra entre
+pecho y espalda y yo otros dos... o algo más--añadió haciendo un número
+prodigioso de guiños.
+
+--¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Entendámonos de una vez, porra!
+
+--Aquí ya no hay barones ni frailes--exclamó el noble en un arrebato de
+buen humor alzándose de la silla.--Aquí sólo quedan el tío Francisco,
+que soy yo, y el tío Diego; que eres tú, ¿estamos?... Vengan esos
+cinco...
+
+Al avanzar con la mano extendida dio algunos traspiés, pero se mantuvo
+firme.
+
+--¡Vengan esos cinco, valiente!
+
+El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos.
+
+--Ahora un abrazo por el rey legítimo de las Españas.
+
+--¡No me hable usted de abrazos!...--gritó el clérigo enfoscándose de
+nuevo.--Me acuerdo del abrazo de Vergara, y ¡porra!...
+
+--No te apures, compadre, que ya nos la pagarán.
+
+ _¡Ay, ay, ay! mutilá_
+ _Chapelen gorriá._
+
+Y se puso a cantar roncamente el himno carlista; pero interrumpiéndose
+de pronto:
+
+--¡Eh, tío Diego, a cantar! Dejémonos ahora de lágrimas...
+
+En efecto, su amigo lloraba en aquel momento lágrimas como avellanas,
+recordando la traición de Vergara.
+
+--¡Arriba, coracero! ¿A que no te pesaría de que bebiésemos una copita
+por el exterminio de todos los _negros_?
+
+Fray Diego se declaró, con un movimiento de cabeza, partidario en
+principio de este brindis consolador, pero no se movió de la silla.
+
+Bebieron otra copa, y su efecto fue tan prodigioso en el alma
+tradicional del barón, que se puso inmediatamente a bailar el zapateado
+inglés sobre la mesa, sin que Fray Diego dejase por ello de verter
+abundantes lágrimas.
+
+--¡Hum! No me gusta este baile de _extranjis_--manifestó al fin
+bajándose de un salto;--prefiero la _danza prima_. Ven acá, tío Diego...
+
+Y a la fuerza, cogiéndole por las manos, lo alzó de la silla y se puso
+a dar vueltas con él, entonando uno de los cantos largos y monótonos del
+país. Fray Diego se sintió rejuvenecido. Recordaba sus tiempos de
+mastuerzo allá en la aldea, cuando su tío el cura de Areces le molía a
+palos porque saltaba de noche por la ventana para ir a cortejar las
+mozas de los pueblos vecinos.
+
+--Oye, Diego--dijo el barón parándose repentinamente.--¿No te parece que
+antes de seguir bebamos una copita por el alma de nuestros mayores?
+
+Asintió el fraile de buen grado; pero las copas yacían rotas por el
+suelo y los tarros vacíos. El barón abrió un armario y sacó de él nuevos
+elementos de _vida espiritual_. Esta copa funeraria le inspiró una idea
+felicísima; la de cubrir la cabeza del capellán con su boina y adornarse
+él con el canalón de éste, que descansaba sobre una silla. Así vestidos
+volvieron a la danza, haciendo dos figuras realmente interesantes.
+
+El barón dio un traspié y cayó.
+
+--Alza, tío Diego.
+
+El fraile le cogió de nuevo las manos que había soltado y tiró con
+fuerza hacia arriba. Pero el peso del noble le doblegó y rodaron los dos
+por el suelo.
+
+--¡Alza, tío Diego!
+
+--¡Alza, tío Francisco!
+
+Ambos se revolcaban soltando bárbaras carcajadas. El barón logró al fin
+ponerse en pie. El capellán le imitó al cabo de un rato. Pero su alma,
+iluminada un momento por los recuerdos de la juventud, cayó otra vez
+repentinamente en la sangre y el exterminio. Se dirigió ferozmente a su
+amigo.
+
+--Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me ha llamado usted cazuela
+hace poco? ¿eh? ¿eh? ¿por qué?
+
+--Te lo explicaré enseguida, hombre--repuso el barón con calma;--pero
+antes beberemos una copa por la congregación de todos los fieles
+cristianos, cuya cabeza visible es el papa... digo, si te parece.
+
+El capellán no puso obstáculo.
+
+--Pues te he llamado cazuela--prosiguió chasqueando la lengua--porque
+una cazuela, ¿sabes tú? una cazuela sirve para que la llenen de patatas
+guisadas.
+
+Dicho esto, el barón cayó en un espasmo de alegría tan violento que por
+poco se ahoga. Mientras tanto, los ojos saltones de su camarada le
+miraban con tal expresión amenazadora que parecía que iban a brincar de
+las órbitas y lanzarse sobre él; crecían por momentos como los de una
+langosta.
+
+--¿Y por qué de patatas guisadas? Yo tengo tantos hígados como usted,
+¡porra! y lo he probado en la acción de Orduña y en la de Unzá, y por
+algo tengo en mi casa seis cruces.
+
+--¿Tú? ¿tú?--dijo el caballero sin poder sosegar la risa.--Tú nunca has
+servido más que para hacer el rancho al escuadrón.
+
+El furor del fraile no tuvo límites al escuchar esto. Gritó, pateó, dio
+espantosos puñetazos sobre la mesa. Por último, lanzose hacia la puerta
+y desde su marco comenzó con descompuestos ademanes a apostrofarle.
+
+--¡Eso lo dice usted porque está usted en su casa! ¡Salga usted fuera a
+decirlo! ¡Salga usted conmigo!
+
+El barón le miraba con risueña curiosidad.
+
+--Calma, calma, tío Diego.
+
+--¡Salga usted a matarse conmigo!... Con sable, con pistola, con lo que
+usted quiera...
+
+--Bien, hombre, bien; saldremos a matarnos... pero sólo por darle a
+usted gusto...
+
+Fue con paso vacilante hacia la alcoba y a tientas, porque ya la
+oscuridad era completa, metió las manos en el armero y sacó dos grandes
+sables de caballería.
+
+--Toma--dijo alargando uno al capellán.
+
+Éste lo sacó de la vaina y se puso a esgrimirlo. Mientras llevaba a cabo
+la prueba, D. Francisco le contemplaba rebosando de satisfacción.
+
+--Bueno, vamos ya--dijo el fraile envainando.--En marcha.
+
+Y tomando el canalón, que andaba por el suelo, y ocultando el sable
+debajo de los manteos, salió por la puerta. El barón cogió la boina, se
+puso un grueso montecristo de abrigo y le siguió.
+
+--¡Alto!--exclamó antes de que hubiera dado cuatro pasos.--¿No te parece
+que echemos la espuela?
+
+Fray Diego dejó escapar un gruñido afirmativo.
+
+Entraron otra vez en la sala y, tentando el suelo, tropezaron con el
+tarro de la ginebra, que no estaba agotado por completo. Dieron con las
+copas y se escanciaron todo lo que había. Acto continuo salieron a la
+calle.
+
+El pavimento de gruesos guijarros estaba mojado. Caía una lluvia
+menudísima, tan espesa que en poco tiempo calaba la ropa como el más
+fuerte aguacero. La noche había cerrado casi por completo. Y como, según
+las prácticas municipales, faltaba todavía un buen cuarto de hora para
+encender los famosos reverberos de aceite, las tinieblas envolvían a la
+empapada ciudad.
+
+Los dos héroes, animados por el espíritu de la guerra, caminaron con
+decisión por la calle del Pozo, el clérigo delante, el noble detrás,
+ambos embozados hasta los ojos y apretando bajo el brazo el instrumento
+de muerte que cada cual llevaba. Entraron en la calle de las Hogueras,
+pasaron por bajo los muros de la Fortaleza y salieron a la vía que ciñe
+la antigua muralla de la población. A medida que el agua, filtrándose al
+través de los abrigos, refrescaba sus carnes, se iban paulatinamente
+equilibrando sus humores. El de Fray Diego tendía visiblemente a
+serenarse, arrojaba uno a uno los negros velos que le oprimían. Pero
+estos velos los recogía todos el barón y envolvía con ellos su espíritu
+altivo y cruel. Ambos avanzaban impávidos al través de la noche y la
+lluvia, presagiando la muerte.
+
+Siguieron un buen trecho a lo largo de la muralla y al llegar a la
+carretera de Sarrió tomaron por ella. No habían andado cinco minutos
+cuando oyeron cerca un gemido. Pararon en firme, y acercándose al pretil
+distinguieron un bulto; se aproximaron un poco más y vieron sentada una
+niña.
+
+--¿Qué haces ahí?--dijo el barón, agarrándola por un brazo.
+
+--¡Perdón!--exclamó Josefina en el colmo del terror.--¡Por Dios, no me
+pegue usted, señor! Ya me pegaron mucho.
+
+La mano del caballero se aflojó repentinamente y, cambiando de voz y de
+tono, dijo:
+
+--No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo estás aquí a estas horas?
+
+--Me ha pegado mucho mi madrina y me escapé de casa.
+
+--¿No tienes padres?
+
+--No, señor.
+
+--¿Vives en Lancia?
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Quién es tu madrina?
+
+--Una señora.
+
+--¿Cómo se llama?
+
+--Amalia.
+
+--¡Porra!--exclamó Fray Diego, dándose una palmada en la frente.--Es la
+niña recogida por D. Pedro Quiñones.
+
+--¿Es verdad que se llama D. Pedro el marido de tu madrina?
+
+--Sí, señor.
+
+--Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás bien. Vente con nosotros.
+
+--¡Oh, no, por Dios! ¡No me lleven a mi madrina!
+
+--No, no iremos allí. ¡Estás mojada, criatura!--añadió palpando su
+ropa.--Anda, anda.
+
+Los dos héroes habían depositado los sables sobre el pretil. Cuando
+echaron a andar hacia Lancia, llevando a la niña en el medio, allí los
+dejaron olvidados sin reparar en que la humedad desluce y enmohece el
+acero.
+
+--¿Y por qué te ha pegado tu madrina?--preguntaba Fray Diego mientras
+caminaban despacito para acomodarse al paso de la niña.
+
+--Porque estaba jugando con los pastores.
+
+--¡Los pastores!... ¿Pero los pastores de don Pedro vienen a dormir a
+casa?
+
+--Sí, señor; duermen en la caja de cartón.
+
+--A ver, a ver, chica, ¿qué estas diciendo ahí?--profirió el capellán
+deteniéndose.
+
+De la investigación entablada inmediatamente resultó que los pastores
+eran de barro. Fray Diego emprendió nuevamente la marcha, resguardando
+con sus manteos el frágil cuerpo de la criatura.
+
+Pero al ponerle una de las veces la mano en la cara observó, con
+sorpresa, que la humedad que le mojó los dedos era caliente. Comunicada
+esta observación con su antagonista, y como quiera que ya habían llegado
+a las primeras casas de la ciudad, metieron a la niña en un portal,
+encendió el barón un fósforo y la reconocieron. Tenía todo el rostro
+bañado de sangre, que manaba de algunos profundos arañazos, las manos
+cubiertas de cardenales. Los dos héroes se miraron aterrados, y la misma
+ola de indignación encendió sus mejillas. El barón dejó escapar una
+serie de imprecaciones fulminantes. Éstas y su feo rostro espantable
+hicieron tal impresión en Josefina, que huyó gritando a un rincón.
+Consiguieron, no sin trabajo, tranquilizarla, y después de secarle el
+rostro con un pañuelo, Fray Diego la cogió en brazos (el barón lo había
+intentado en vano), tapola bien con sus manteos y emprendieron la
+marcha hacia la casa solariega de los Oscos.
+
+Allí le hicieron la primera cura. El barón, que en la campaña había
+adquirido algunos conocimientos de cirugía, le lavó cuidadosamente las
+heridas, las cerró con aglutinante y curó las contusiones con cierto
+ungüento eficaz que poseía. Las manos rudas de aquellos veteranos
+parecían de seda al tocar la piel de la niña. Una mujer no la hubiera
+curado con más delicadeza, con tal atención y esmero.
+
+Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel señor tan feo no era malo. Se
+atrevió a pedir agua. El barón respondió que no se estilaba en aquella
+casa, y que lo mejor que le vendría ahora para quitar el susto era una
+copita de Jerez. Hízola traer, y luego que la niña la hubo bebido, los
+dos campeones del rey legítimo se retiraron a un rincón de la sala a
+deliberar.
+
+Resolvieron que lo práctico en aquel momento era llevar la niña a casa
+de Quiñones. El barón se encargaba de entregarla. Antes calentaría muy
+bien las orejas a su madrina; le diría que era una indigna mujerzuela,
+una criatura vil y perversa, y que si otra vez osaba maltratar a aquella
+pobre niña desvalida, iría a su casa a cortarle las orejas y atarla
+después por el moño a la cola de su caballo y arrastrarla así por toda
+la ciudad. Fray Diego no estaba conforme con tanta crueldad, pero el
+barón ni por Dios vivo quiso alterar poco ni mucho aquel plan siniestro
+de terrible ejemplaridad.
+
+Costó trabajo persuadir a Josefina a que viniese con ellos.
+Consiguiéronlo después de prometerle que su madrina no volvería a
+pegarla y que sería para ella muy buena de allí en adelante. ¡No faltaba
+más! Como se atreviera a tocarla siquiera en un pelo, ¡rayo de Dios! le
+retorcía el pescuezo como a una gallina, la desollaba viva a correazos
+con el freno de su caballo. El rostro de aquel señor era tan espantoso
+al proferir tales amenazas, que la niña no dudó un instante de su
+cumplimiento.
+
+Mientras caminaban hacia la mansión de los Quiñones, el barón no cesó de
+vomitar injurias y amenazas de muerte contra la esposa del maestrante.
+Fray Diego procuraba inútilmente calmarle. Sus instintos sanguinarios se
+iban exacerbando de tal modo, que el ex-fraile, temiendo una catástrofe,
+se despidió al llegar a la puerta del palacio.
+
+El barón tiró de la campana. Como no sabía la costumbre feudal de la
+casa, no tiró más que una vez. Tardaron en abrirle juzgándole plebeyo.
+La sorpresa del criado fue grande al ver a aquel terrible señor, que
+tanto respeto infundía en la ciudad, y se apresuró a pedir perdón de no
+haber acudido más a tiempo a abrirle. El barón preguntó por don Pedro
+Quiñones. Le hicieron pasar y el criado subió delante por la gran
+escalera de piedra. Al llegar al piso principal le rogó que aguardase
+mientras le anunciaba.
+
+Pocos momentos después se presentó Amalia. Dirigió una penetrante mirada
+de rencor a la niña, que el barón tenía de la mano, y dijo dirigiéndose
+a éste con frialdad y altivez:
+
+--¿Qué deseaba usted?
+
+--Venía a entregar esta niña que he recogido en la calle... y al mismo
+tiempo a hablar con don Pedro o con usted cuatro palabras.
+
+Al proferir esta última, la voz del barón se alteró de un modo
+perceptible.
+
+--¿No me conoce usted?--añadió, viendo que la dama le miraba fijamente
+sin contestar.
+
+En los pueblos casi todos se conocen, sobre todo las personas de viso,
+aunque no se traten. Sin embargo, Amalia replicó descaradamente:
+
+--No tengo ese honor.
+
+--Soy el barón de los Oscos.
+
+La dama hizo una inclinación de cabeza.
+
+--Paula--dijo dirigiéndose a una criada que había acudido,--llévate esa
+chica. Tú, Pepe, enciende las lámparas del gabinete azul.
+
+Cuando estuvieron solos, la señora se sentó, invitó con majestuoso
+ademán al barón para que hiciese lo mismo, y esperó mirándole con
+extremada curiosidad, pero sin asomo de temor.
+
+--Señora--comenzó el barón,--he hallado a esa niña en la carretera de
+Sarrió cubierta de sangre y llena de cardenales. Le he preguntado quién
+la había puesto así, y me respondió que su madrina. Yo no puedo creer...
+
+--Puede usted creerlo, porque es exacto--dijo Amalia interrumpiéndole.
+
+El barón quedó parado y confuso. Al cabo prosiguió:
+
+--Es posible que usted tuviera razón para castigarla, pero me duele en
+el alma...
+
+Amalia volvió a interrumpirle:
+
+--Y a mí me duele mucho ese dolor que usted siente.
+
+--Mi objeto al venir aquí--manifestó el barón, que por momentos iba
+perdiendo su aplomo,--era prevenir a usted...
+
+--¿Cómo?
+
+--Era rogarle que, ya que ha tenido la caridad, según me han
+manifestado, de recoger esa desgraciada criatura expósita, continuase su
+buena obra protegiéndola, amparándola, educándola... y cuando tuviese
+necesidad de castigarla lo hiciese con clemencia, pues la pobre es una
+criaturita tierna y débil, y los golpes pudieran concluir con su vida...
+
+--¿Es eso todo lo que usted tenía que decirme?--preguntó fríamente la
+dama.
+
+La faz temerosa del barón se congestionó súbito al escuchar esta
+pregunta, inyectáronse sus ojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran
+relieve sobre la superficie del rostro en virtud sin duda de algunos
+movimientos volcánicos de lo interior. Escucháronse allá en la garganta
+ruidos formidables, sordos estampidos, presagio de violenta erupción.
+Pero al cabo aquellos ruidos se apagaron, cesaron los movimientos de
+trepidación, y el cráter, en vez de despedir una corriente de lava
+fundida, como era de temer, rocas, cenizas y otras materias volcánicas
+en ebullición, dejó escapar débilmente estas dos palabras:
+
+--Sí, señora.
+
+--Bien, pues agradezco a usted mucho el interés que se toma en este
+asunto, y aprovecho la ocasión para decirle en nombre de Quiñones y en
+el mío que tiene usted aquí su casa.
+
+Al mismo tiempo tiró del cordón de la campanilla y se levantó. Alzose
+también el barón mascullando las gracias y ofreciéndose.
+
+--Pepe, acompañe usted al señor barón.
+
+Hizo éste una profunda reverencia. Contestó Amalia con otra más leve. El
+caballero giró sobre los talones y salió.
+
+Al bajar por la escalera con las orejas gachas, el semblante encendido y
+los ojos extraviados, otra vez se presentaron ante su imaginación con
+vigoroso relieve el descuartizamiento, la pérdida de los ojos, la cola
+del caballo y otros fieros suplicios de la época visigótica, a la cual
+pertenecía por su bárbara traza y corazón indomable y crudelísimo.
+
+
+
+
+XIII
+
+El martirio.
+
+
+Apenas se había cerrado la puerta tras el barón, Amalia hizo traer la
+niña a su presencia.
+
+--¡Venga usted acá, señorita, venga usted acá! ¡Cuánto tiempo ya que no
+nos hemos visto! ¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido a usted bien? El
+barón es muy galante con las damas, ¿verdad?
+
+La niña lanzó un grito penetrante.
+
+--¡Ay mi oreja!
+
+--¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque no vale nada lo que he hecho por
+ti! ¿Ya me enseñas los dientes antes de concluir de mamar? De rodillas,
+picaruela, ¡malvada!
+
+Josefina fue a caer acurrucada en un rincón del gabinete. Amalia mantuvo
+sobre ella largo rato su mirada fulgurante. Separándola al fin, preguntó
+a Concha y a Paula, que habían traído a la delincuente, en qué forma se
+había escapado. La culpa era del cochero. Improperios contra el cochero,
+que era un borracho, y amenazas de despedirle si volvía a caer en
+descuido semejante. Luego comentarios infinitos sobre el encuentro del
+barón. ¿Qué hacía aquel bruto a tales horas por la carretera de Sarrió?
+¿Quién era el cura que le acompañaba? Después consideraciones
+tristísimas sobre la ingratitud y maldad de aquella niña que huía de la
+casa donde se la había dado albergue y ponía en ridículo a su
+protectora. Las domésticas convinieron en que merecía un castigo
+ejemplar.
+
+Despidiolas al cabo la dama, deteniéndolas con ademán imperioso cuando
+trataban de llevarse a la expósita. Una vez solas, Amalia tomó un libro
+y se puso a leer tranquilamente a la luz de un quinqué, mientras su
+hija, de rodillas en el ángulo más oscuro, sollozaba apagadamente. Tres
+o cuatro veces levantó aquélla la cabeza, dirigiendo su mirada colérica
+a las tinieblas del rincón, esperando que la chica gimiese más fuerte
+para lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora, hora y media. Cerró al
+fin el libro: salió y volvió a los pocos momentos. Comenzó a desnudarse
+lentamente: cuando estaba medio desnuda tomó el quinqué, y acercándolo a
+la niña la obligó a levantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo
+mostrándole el suelo:
+
+--Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida.
+
+Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo con voz débil:
+
+--Perdóname, madrina; no volveré a hacerlo.
+
+Pero ella no quiso oír estas palabras. Se metió en la cama y apagó la
+luz. Sus ojos quedaron abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con
+sus cuartos y medias melancólicamente en el reloj de la catedral vecina,
+no consiguieron cerrarlos. Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban
+luz hacia dentro, alumbrando mil cosas siniestras y punzantes. Bajo
+aquella pequeña frente se atropellaban, se estrujaban las ideas
+sombrías, los deseos feroces. El matrimonio de Luis era una abominable
+traición. Sin recordar la suya hacia el pobre viejo paralítico que Dios
+le había dado por esposo, ni pensar en que su falta había truncado la
+vida del conde, amenazado de morir en la soledad, sin familia que
+endulzara sus últimos días, hacía pesar sobre él toda la responsabilidad
+del delito y toda la amargura que ahora sentía al desprenderse del único
+placer que la acariciaba en aquella lúgubre y monótona existencia. ¡El
+único placer! No merecía otro nombre su amor. En aquel espíritu
+ardiente, despótico, atormentado, no había entrado jamás la ternura;
+ignoraba por completo las cosas deliciosas y poéticas que ennoblecen la
+pasión y la hacen perdonable. Su vida se había deslizado en una
+agitación insana, atormentada por el deseo de ser feliz a toda costa. En
+los últimos siete años vivió bajo el imperio de su torpe apetito
+insaciable. Jamás un pensamiento melancólico de remordimiento vino a
+acusar en aquella ruin naturaleza la presencia del sentido moral. Cada
+vez más exacerbada su ansia de goces la arrastraba últimamente a mil
+pasos extravagantes y peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en su
+casa a la juventud laciense y bailar de vez en cuando por
+condescendencia. Era menester, para alegrarla, que todos los días
+hubiese jarana, giras de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase sin
+cesar hasta caer rendida como una zagala de quince años: necesitaba
+menudear las entrevistas secretas con su amante a las horas más
+extraordinarias y en las ocasiones más impensadas. Sus anhelos
+enfermizos la impulsaban a desafiar la opinión pública, despreciando por
+gusto toda precaución. Si el conde le hacía alguna advertencia
+irritábase, se revolvía como una fiera. Más perdía ella que él; las
+murmuraciones no se cebarían en el hombre seguramente, sino en la mujer.
+La deshonra era para ésta. Pero ella se reía a más no poder de estas
+murmuraciones y de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz de
+pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese más gente. El conde se
+sentía cada vez más desligado de esta mujer, que turbaba todas sus ideas
+morales, teológicas y sociales. Llegaba a inspirarle miedo.
+
+Éste se convirtió en terror, en malestar insufrible, que le hizo
+apetecer con ansia la libertad, desde cierta revelación que, sonriendo,
+le hizo Amalia.
+
+--¿No sabes, querido? Esta mañana estuve a punto de hacer una locura,
+una locura muy grande. Quiñones me mandó ponerle las gotas de arsénico
+que toma hace tiempo. Cogí el frasco y de repente, como si una mano
+invisible me levantase el codo, vertí en el vaso la mitad del
+contenido... ¡No tiembles, cobarde, que no hay motivo!... Jamás me había
+pasado nada semejante. Te juro que mi voluntad no tenía arte ni parte en
+ello. Obraba por una fuerza superior que me arrastraba a pesar mío. Dejé
+el vaso sobre la mesa, lo contemplé un instante con sorpresa, lo levanté
+para mirarlo al trasluz... Nada, ni el más mínimo signo que denotase que
+allí estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y me encaminé con él
+hacia el gabinete sin darme cuenta de lo que hacía. Pero enmedio del
+pasillo me estremecí como si saliese de una pesadilla, vi repentinamente
+el disparate que iba a hacer, y dejé caer el vaso al suelo.
+
+--No era un disparate, era un crimen horrible el que ibas a
+cometer--dijo sordamente el conde, que sudaba de congoja.
+
+--Bueno, crimen o disparate... o lo que sea, era una estupidez de todos
+modos, ¿sabes? porque enseguida se comprendería, por los síntomas, que
+se trataba de un envenenamiento.
+
+Aquellas palabras, pronunciadas con afectada ligereza, impresionaron aún
+más al conde que las anteriores. Desde entonces no podía acercarse a
+ella sin experimentar una extraña sensación de repugnancia.
+
+Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fernanda, Amalia no había pensado
+en ello. No teniendo rivales en Lancia, había puesto menos diligencia
+cada día en el cuidado de su persona, dejó del todo aquella plausible
+coquetería que sirve a la mujer para perpetuar el encanto de su persona.
+Sólo al ver la espléndida hermosura de la hija de Estrada-Rosa se dignó
+echar una mirada a sí misma. Comenzó a preocuparse del aliño de su
+cuerpo, se procuró toda clase de afeites, envió por vestidos a Madrid,
+aprovechó todos los recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel mísero
+cuerpo abandonado, marchito por los años y la anemia, no recobró
+frescura ni gracia.
+
+Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y dolorosa vigilia. ¡No
+volver a inspirar amor, ser vieja, causar repugnancia! Mil garfios le
+arrancaban las entrañas. Luis se casaba. ¿Por qué? ¿No le había
+sacrificado su juventud, su honor, su salvación, si después de esta vida
+había más que tinieblas? ¡Qué valía esto! La primera señal de ruina que
+había aparecido en su rostro desvaneció como un sueño todos los
+juramentos; los siete años de amor se habían hundido en el abismo del
+tiempo sin dejar la más insignificante huella... Pero ella no tenía
+arrugas todavía; no era tan vieja; treinta y cinco años nada más.
+Bruscamente llevó la mano a la mesa de noche, encendió la bujía y saltó
+de la cama: acercose al espejo y se contempló largamente, repasando con
+el dedo todos los rincones del rostro para cerciorarse de que no
+existían las temidas arrugas.
+
+Un gemido que sonó detrás le hizo volver la cabeza. Levantó la bujía y
+clavó una mirada recelosa en su hija, tendida en el suelo y tiritando.
+La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron con angustia en ella,
+sus labios murmuraron otra vez «¡Perdón!» Sin hacer caso alguno, la
+esposa de D. Pedro se metió de nuevo en la cama y apagó la luz.
+
+Los rayos del sol matinal, penetrando por las rendijas del balcón,
+alumbraron aquellos dos insomnios. Con la luz de Dios comenzó el bárbaro
+suplicio de una criatura inocente. La fecunda, diabólica fantasía de
+Amalia se puso a inventar tormentos con que saciar el odio que la
+devoraba. Necesitaba ver sufrir. Josefina fue enviada descalza abajo con
+una misiva escrita en lápiz para Concha. El papel decía: «Concha, ahí te
+envío a esa picaruela. Castígala como mejor te parezca.»
+
+Amalia había adivinado, en su doncella, al verdugo. Y en efecto, al
+recibir ésta el papelito experimentó satisfacción, lisonjeada en su
+vanidad y en sus instintos.
+
+--¿Sabes lo que dice este papel?--le preguntó relamiéndose.
+
+Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía mal el manuscrito, sobre
+todo escribiendo tan descuidadamente como lo había hecho la señora. La
+costurera le obligó a deletrear aquellas palabras hasta que se enteró
+bien de ellas.
+
+--Ya ves que me manda castigarte por lo que has hecho ayer.
+
+Al decir esto sonreía dulcemente, como si le noticiase que le iba a
+regalar alguna golosina. Josefina la miró sorprendida.
+
+--¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dormir en el suelo.
+
+--No importa, eso es poco para maldad tan grande como escaparse de casa.
+Habrá que darte algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nunca has
+recibido este castigo y te va a doler mucho. Las señoritas tenéis la
+carne delicada, no sois como nosotras, que estamos acostumbradas desde
+muy chiquitinas a la intemperie y a los golpes. ¡Ven acá!...
+
+Al mismo tiempo sacó del corsé una de las formidables ballenas, que
+entonces solían usarse. La niña retrocedió asustada, pero la costurera
+la atrapó por el brazo.
+
+--No intentes escapar, porque entonces será doble la ración.
+
+Josefina se cogió a su mano llorando angustiosamente.
+
+--¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes que me ha pegado mucho
+madrina ayer... Mira, mira cómo tengo las manos... Me duele también la
+cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te quiero mucho... no te he
+acusado nunca a madrina...:
+
+--¡Suelta, suelta!--repuso la costurera tratando de desasirse suavemente
+de sus pequeñas manos.--No tengo más remedio que obedecer. La señora lo
+manda.
+
+--¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios!--respondía entre sollozos la
+criatura.--Te quiero mucho... y a madrina también... Si no me pegas te
+he de dar mi caja de muñecas...
+
+--¿De veras?--dijo dulcificándose.
+
+--Sí, ahora mismo si la quieres.
+
+--¿Y el estuche de costura?
+
+--También.
+
+--¿Y el armarito de espejo?
+
+--Sí, el armarito también.
+
+Concha hizo ademán de vacilar. La niña la miraba con ojos ansiosos.
+
+--¿Y me prometes ser buena siempre?
+
+Sí, le prometía ser buena siempre.
+
+--¿Nunca más escaparte?
+
+--Nunca.
+
+--Bueno--dijo con tono cariñoso y condescendiente;--pues si prometes ser
+buena y formal, y no se lo dices a la señorita, y me das además todo eso
+que dices, entonces... entonces... ¡arrea, chico!
+
+En un instante le alzó la ropa y comenzó a azotarla despiadadamente,
+riendo como una loca del engaño.
+
+Los alaridos de la niña subieron hasta el piso segundo. La esposa del
+maestrante estaba frente al espejo, arreglándose provisionalmente el
+pelo. Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió por su carne, cierta
+emoción indefinible y vaga, semejante a un cosquilleo, que no podría
+decir con seguridad si era de placer o de dolor. De todos modos, algo
+que refrescaba aquel ardor insufrible que los vapores de la ira habían
+levantado en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que los gritos cesaron.
+Los ojos brillaban, el pulso latía con más celeridad. Así se dice que el
+corazón de la fiera palpita a la vista de su víctima.
+
+Fue el comienzo de los martirios de la niña. Con los pretextos más
+fútiles comenzó a infligirle castigos crudelísimos, demostrando tan rica
+fantasía que para sí la hubieran querido los sayones del Santo Oficio.
+No sólo la golpeaba bárbaramente por los motivos más inocentes, y la
+pellizcaba y la mordía, sino que se gozaba en tenerla en continuo
+sobresalto bajo el temor de espantosos suplicios, en hacerle padecer de
+día y de noche. Obligábala a salir descalza por el jardín en las mañanas
+más crudas para buscarle una flor, o bien la tenía con la cabeza al sol
+horas enteras, haciendo la guardia, para que los pájaros no picasen una
+planta de grosella. Hacíala dormir en el suelo al lado de su cama, y
+varias veces durante la noche le mandaba levantarse y bajar a la cocina
+por agua. Reducíala a comer los manjares que sabía no le gustaban y la
+privaba de los que apetecía.
+
+A medida que corrían los días su saña y crueldad iban en aumento. Al
+principio tomaba pretexto de cualquier descuido de la niña para
+atormentarla. Luego no se fijó en esto: lo hacía cuando tropezaba con
+ella o cuando el cuerpo se lo pedía. Uno de los martirios de su
+exclusiva invención fue pincharla las manos con un alfiler, y tanto le
+gustó que en pocos días las tuvo llenas de picaduras: apenas había sitio
+donde poner otra. Esta tarea ferocísima solía encargarla a su verdugo
+de órdenes, Concha, quien la desempeñaba a conciencia. Obligábala a
+estudiar de memoria largos trozos del catecismo a sabiendas de que era
+superior a sus fuerzas. En cuanto tropezaba tres veces le decía:
+
+--Ve a pedir un beso a Concha.
+
+Ésta era la frase que por irrisión había inventado para que la criatura
+fuese a recibir el castigo del alfiler.
+
+No la consentía mudarse la ropa interior. Al poco tiempo la miseria
+comenzó a roer la piel delicada de la niña. Viéndola rascarse, Concha se
+enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la arrojaba a empellones de la
+estancia. Todavía más. La microscópica doncella, con anuencia de su ama,
+le obligaba a ponerse zapatos antiguos que le estaban chicos y que le
+producían llagas y vivos dolores.
+
+Uno de los más terribles martirios que la niña padecía era cuando Amalia
+se encaprichaba en que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y gemir
+bajo los golpes: parecía que se gozaba en las lágrimas de la criatura,
+en oír sus ardientes súplicas repetidas entre sollozos; pero en
+ocasiones se empeñaba en que sufriese en silencio. Como esto no podía
+ser, se exasperaba, se ponía loca como una fiera hambrienta.
+
+--¡Calla!
+
+La niña no podía; dejaba escapar un gemido.
+
+--¡Calla!--repetía, acompañando la orden de algunos golpes.
+
+Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos desesperados por
+conseguirlo; pero la respiración ansiosa se escapaba a su pesar,
+produciendo un gemido. Más golpes.
+
+--¡Calla o te mato!
+
+La criatura apretaba con toda su fuerza la boca, suspendía el aliento,
+se ponía lívida, y algunas veces caía privada de sentido. Aquel tierno
+corazón se rompía falto de desahogo.
+
+En estos momentos Amalia experimentaba una sensación diabólica, mezcla
+de placer y de dolor, algo semejante a lo que sentimos cuando nos sajan
+una postema. Su postema era aquella desalmada pasión, mezcla de amor, de
+lubricidad, de soberbia y de rabiosos celos. No pudiendo devolver a su
+ex-querido tanta cruel mordedura como desgarraba su pecho, saciaba el
+apetito de venganza en el fruto de sus amores. Cuando tenía la niña a
+sus pies ensangrentada y temblorosa, en sus miradas de angustia, en sus
+gestos, en el timbre de su voz creía ver al amante humillado y
+suplicante, y sentía un áspero goce que hacía brillar sus ojos y
+dilataba las ventanas de su nariz. Josefina era un retrato en miniatura
+de Luis. Mientras fue dichosa, su fisonomía movible y risueña, el alegre
+brillo de sus ojos hacía que no se pareciese tanto; pero ahora la
+desgracia y el dolor habían impreso en su mirada una melancolía profunda
+y en los rasgos de su rostro cierta expresión de fatiga, que eran las
+dos cosas que caracterizaban principalmente el semblante del conde de
+Onís. Cuando aquellos hermosos ojos azules se volvían hacia ella dulces
+y resignados, cuando aquellos labios rojos se plegaban demandando
+perdón, la valenciana sentía correr por su cuerpo marchito un
+estremecimiento de voluptuosidad, algo que le recordaba los goces que su
+amor adúltero le había hecho experimentar.
+
+Después de todo, en ella no había envejecido nada, nada más que aquel
+rostro que se empeñaba en ajarse y aquella cabeza que producía con
+horrible feracidad cabellos blancos. La carne de su cuerpo, su pecho,
+sus brazos, sus espaldas, conservaban la misma tersura de alabastro, el
+mismo brillo adorable, sello de una raza fina y hermosa. Palpábase,
+buscando consuelo, con sus manos secas y hallaba la misma suavidad y
+frescura. Aquella carne no se había marchitado. Bajo ella palpitaba la
+juventud, circulaba una sangre ardiente, ávida de goces, devorada por la
+creciente necesidad de las embriagueces del amor.
+
+Y sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas se habían huido para
+siempre; la novela de su vida, la que había embellecido su existencia
+sombría en los últimos años, había llegado al último capítulo. ¡Era una
+vieja! Asunto concluido. A este pensamiento, que se le introducía en el
+cerebro como un hierro candente, sentíase acometida por una necesidad
+animal de gritar, de rugir, de destrozar. Era en tales momentos cuando
+la niña padecía los más crueles castigos, cuando su frágil existencia
+corría verdadero peligro.
+
+El miedo fue otro de los padecimientos que le infligía a menudo. En las
+altas horas de la noche hacíala levantarse y la enviaba a las
+habitaciones extremas de la casa en busca de cualquier objeto. La niña
+tornaba pálida, temblorosa, sudando de angustia. A veces era tanto su
+temor, que dejaba caer la palmatoria y volvía corriendo arrojando
+gritos. Amalia se enfurecía entonces, la pellizcaba, la golpeaba,
+pretendiendo que fuese otra vez al sitio designado. La criatura se
+dejaba martirizar y se hubiera dejado matar antes de hacerlo. En una de
+estas ocasiones le dijo sonriendo ferozmente:
+
+--¡Ah! ¿Conque la señorita es tan medrosa? Está bien, yo me encargo de
+curarte la enfermedad.
+
+Se acordaba de la impresionabilidad extraordinaria, de los terrores
+nocturnos que avergonzado le había confesado Luis en momentos de
+expansión. Principió a darle sustos terribles. Tan pronto se escondía
+detrás de una puerta y le gritaba fuertemente al pasar, como la cogía
+descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras veces tomaba un cuchillo
+y le decía que iba a morir, le ordenaba que se bajase la camisa para
+degollarla mejor. Esto último no producía tanto efecto como pensaba.
+Josefina inconscientemente apetecía la muerte, que la libertaría de
+tanto martirio. Para mejor «quitarla el miedo,» entre Concha y ella
+inventaron una siniestra farsa capaz de aterrar a un hombre valeroso,
+cuanto más a una niña de seis años. Vistiéronse ambas con sábanas,
+dejaron la habitación a media luz mientras la niña dormía, pusiéronse
+unas caretas de calavera, y a media noche entraron dando gritos
+lastimeros como almas del otro mundo. Al despertarse la criatura y ver
+aquellos fantasmas, quedó paralizada por el terror, tapose luego los
+ojos con las manos y un sudor copioso y frío bañó su cuerpo. Su corazón
+comenzó a dar tan fuertes golpes que se oían a distancia, dejó escapar
+algunos gritos ahogados y roncos; por último, llevándose las manos al
+pecho, se revolcó por el suelo sin sentido, presa de espantosas
+convulsiones.
+
+No se le curó el miedo; en cambio le quedó desde entonces una propensión
+fatal a los síncopes y a los terrores nocturnos. Despertábase de
+improviso con señales de gran espanto, mirando fijamente a un punto del
+espacio, como si tuviera delante algún fantasma. El corazón le palpitaba
+vivamente, la frente se le cubría de sudor. En tales momentos perdía por
+completo la conciencia. Amalia la llamaba en vano. Sólo cuando ponía las
+manos sobre ella la niña lanzaba un grito de terror y metía la cabeza
+por el pecho.
+
+Entre Concha y María la planchadora habían estallado, a propósito de
+estos castigos, serias reyertas. María era de natural compasivo y le
+dolían los martirios de la niña, aunque no los conocía todos, porque
+Amalia procuraba guardarse de los criados, exceptuando Concha. Si no era
+suelta de lengua, no se la mordía tampoco para censurar en la cocina la
+conducta de su señora.
+
+--Querida, esto es peor que la Inquisición. No parece que estamos entre
+cristianos, sino entre perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía, y
+ahora, de súpito, tratan a este angelito peor que a una bestia. ¡Dígote
+que la cosa pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta maldad!
+
+--Cállate, tontona, entrometida--saltó Concha.--¿Quién te da vela a ti
+en este entierro? Si la señora quiere enseñar a esa niña como es justo,
+¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer? ¿Sabes tú tan siquiera lo
+que es educar niños? ¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que así
+la hará una mujer trabajadora y honrada! Algún día le dará las gracias.
+
+--¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las dará. De un mes a esta
+parte la niña está desconocida.
+
+--Bueno; ¿y a tí qué te va ni qué te viene en esto? ¿Eres tú su madre?
+
+Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte, llevando siempre la ventaja
+por su desvergüenza y mala intención la microscópica costurera. Al cabo,
+María, no pudiendo sufrir con paciencia aquel espectáculo, tomó la
+resolución de marcharse. Se presentó un día a la señora, y con la
+disculpa de que la plancha le hacía daño pidió la cuenta. No se le
+ocultó a Amalia la verdadera razón, pues tenía conocimiento de sus
+murmuraciones. Disimuló, sin embargo.
+
+--Sí, hija, comprendo que el planchado te aburra. Tú no gozas de mucha
+salud. También yo ando malucha hace días. Tengo el sistema nervioso
+alterado. ¡Pelear toda la vida con un enfermo, y ahora, para rematar la
+fiesta, salirme esa chicuela, en quien tenía fundadas mis esperanzas,
+tan ingrata y perversa! No sé cómo tengo paciencia.
+
+María vaciló un instante.
+
+--Ya ve usted, señora... los niños son niños.
+
+La esposa del maestrante comprendió que, si proseguía en el tema, la
+planchadora iba a decir algo desagradable y se apresuró a cortar la
+plática, pagándole su cuenta y despidiéndola con afabilidad.
+
+No impidió esto para que la doméstica dijese en confianza, en cierta
+casa donde fue a servir, lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se
+fue trasmitiendo en confianza, igualmente, de unos a otros. Al poco
+tiempo fueron bastantes las personas que tenían conocimiento de las
+crueldades que con la niña se cometían.
+
+El conde de Onís, para huir la curiosidad del público, que le molestaba
+sobremanera, y aún más para librarse de Amalia, se había trasladado, sin
+decir nada a ésta, hacía ya cerca de un mes a la Granja. Su madre le
+había acompañado. No había escrito a su ex-querida, aunque todos los
+días pensaba hacerlo, para darle cuenta de su resolución. Tanto era el
+temor que la valenciana había llegado a inspirarle, que la pluma caía de
+sus manos cada vez que la tomaba para noticiarle su matrimonio. Y dejaba
+pasar los días en continua vacilación, pensando con inquietud en la ira
+que de ella se apoderaría, esperando, como todos los débiles, en que
+algún acontecimiento imprevisto le sacase del compromiso. Aquel modo de
+romper las relaciones, sin riña, sin convenio, sin explicación alguna,
+era realmente original, pero muy propio de su carácter. Nada sabía de
+los martirios de su hija. No obstante, cuando pensaba en ella sentía
+repentino desasosiego, alterábanse sus nervios, y se ponía a dar vueltas
+por la estancia con visible agitación. Un vago y triste presentimiento
+le oprimía el corazón. El amor frenético que consiguió inspirarle
+Fernanda le había hecho olvidarse un poco de Josefina. En ciertos
+momentos se reprendía a sí mismo con amargura; pensaba que aun casado
+con Fernanda no alcanzaría la felicidad si no podía ver a su hija todos
+los días. Bien entendía que era esto imposible continuando en poder de
+Amalia. Por eso soñaba con arrebatársela: imaginaba con placer
+desatinados proyectos de rapto: huir con ella y con Fernanda a cualquier
+rincón del mundo tranquilo y ameno.
+
+Acaeció que en uno de estos días de vacilaciones para el conde, fue por
+la mañana a casa de Quiñones Micaela, la más nerviosa y violenta de las
+cuatro ondinas del Jubilado. Fue con objeto de pedir consejo a Amalia
+acerca de un vestido que tenía en proyecto para el próximo baile del
+casino. Apesar de sus treinta y pico, aún seguía tendiendo redes al sexo
+masculino. Las visitas a estas horas eran raras; pero como la noble
+familia del Jubilado mantenía tan íntima relación con la señora, no
+vaciló la criada en pasarla al gabinete de arriba, donde aquélla se
+hallaba.
+
+--Qué importuna, ¿verdad? Querida, es la hora en que se la puede a usted
+pillar sola--entró diciendo con la graciosa volubilidad que
+caracterizaba a los juveniles vástagos de Mateo.
+
+Amalia la recibió cordialmente, pero mostrando cierta sorpresa e
+inquietud que Micaela no observó. Entraron en materia enseguida. La
+cuestión de trapos embargó por completo sus espíritus. Amalia llevó a su
+amiguita hacia el balcón. Pero no habían hablado muchas palabras, cuando
+ésta creyó percibir un débil gemido en la misma estancia. Volvió la
+cabeza y vio allá en un rincón a Josefina de rodillas y amarrada codo
+con codo al tocador, de tal suerte que le sería imposible levantarse sin
+alzar el pesado mueble, cosa muy superior a sus fuerzas.
+
+Amalia se apresuró a dar una explicación.
+
+--Esta chiquilla se está haciendo tan mala, que me veo precisada a
+atarla para que se esté quieta. Ayer ha mordido un dedo a la costurera;
+ahora acaba de romper un espejo. ¡No hay paciencia para sufrirla!
+
+Micaela, a quien aquel castigo repugnaba, calló. Siguió la esposa de
+Quiñones hablándole con afectada indiferencia de su vestido; mas apesar
+de lo mucho que el tema debía de interesarla, la joven se mostraba
+bastante distraída y lanzaba frecuentes ojeadas a la niña.
+
+Dejó ésta escapar otro gemido. Su madrina se volvió con mal reprimida
+cólera.
+
+--¿Quieres callar, eh? ¿quieres callarte?
+
+Y la miró un buen rato con extraordinaria fijeza.
+
+Volvió a anudar la plática, pero en su voz se notaba leve alteración.
+Micaela estaba más y más distraída. La indignación le iba subiendo hacia
+la garganta, y hubiera concluido por hacer alguna desagradable
+advertencia a su amiga si la chica no se hubiera quejado de nuevo.
+
+--Vaya, está visto que no nos has de dejar en paz--dijo la dama haciendo
+esfuerzos por sonreír.--Habrá que darte suelta.
+
+Fue allá y la desató, empleando en ello bastante tiempo; la cuerda daba
+tantas vueltas alrededor de su pequeño cuerpo como si fuese un baúl
+liado. Mas al tiempo de levantarse la niña, no pudo. Sin duda hacía
+algunas horas que estaba en aquella dolorosa postura; los músculos, se
+habían anquilosado.
+
+--¡Arriba zancas!--dijo bromeando, mientras la ayudaba a levantarse.
+
+Micaela observaba la escena con estupor; relámpagos de ira cruzaban por
+sus ojos.
+
+--No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija mía, si quieres no volver
+a ella hay que ser buena y obediente, ¿verdad, Micaela?
+
+Ésta no despegó los labios, cada vez más fosca, apesar de la sonrisa
+melosa que contraía el semblante de la valenciana.
+
+--Bueno--prosiguió, acariciando la rubia cabeza de la niña,--ya estás
+perdonada, pero ¡cuidado con hacer maldades! Vete abajo y pídele un beso
+a Concha.
+
+La niña, al oír estas palabras, se puso densamente pálida, permaneció
+inmóvil algunos momentos, y al fin se dirigió a la puerta con paso
+vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la seguía atentamente
+con la vista, observó que llevaba los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia
+reanudó la conversación de trapos.
+
+No se habían pasado tres minutos cuando llegaron al gabinete, lejanos y
+apagados, los gritos de la niña. Micaela se estremeció; inclinó la
+cabeza hacia la puerta para escuchar mejor. Amalia alzose vivamente de
+la silla y fue a cerrar la puerta. Los gritos dejaron de oírse, pero la
+nerviosa joven tampoco oyó ya las palabras de Amalia. Un gran
+desasosiego se apoderó de ella; subíanle vapores a la cara y al
+pensamiento atroces deseos de desvergonzarse con aquella malvada, de
+llamarla judía, bribona, infame. Todo lo que pasaba en aquella casa se
+le representó de golpe. Los celos primero, después la noticia del
+matrimonio de Luis cayendo como una bomba, luego la venganza miserable,
+en la hija, del abandono del padre. Conocía bien el carácter rencoroso
+de la valenciana. Pero ¿qué adelantaría con injuriarla en aquel momento?
+Producir un grave escándalo y que la arrojasen de la casa. Micaela,
+apesar de su temperamento violento, tenía un corazón compasivo. Lo que
+más la preocupó fue el hacer algo en favor de la infeliz criatura. Y
+tuvo serenidad suficiente para disimular un poco y pensar que el mejor
+partido era decírselo todo inmediatamente al conde, quien seguramente
+ignoraría tan ruin venganza. Procuró terminar cuanto más pronto y se
+despidió sin poder ocultar enteramente su turbación.
+
+Cuando se vio en la calle sintió la necesidad de desahogar su pecho.
+Pensó en María Josefa, que vivía allí cerca y que profesaba a la niña
+expósita tierno cariño. Entró en su casa agitada, trémula, y antes de
+pronunciar palabra dejose caer en un sofá, dándose aire con la punta de
+la mantilla.
+
+--¡Uf! Me ahogo... ¡No sabes lo que me acaba de pasar! ¡Es una infame,
+una malvada que tiene que arder en los infiernos! Siempre lo he dicho y
+las tontas de mis hermanas no quieren creerme. ¡Es muy perversa esa
+tísica! Tiene el corazón de una hiena.
+
+--¿Pero qué hay?--preguntó con asombro, muerta de curiosidad, la sagaz
+jamona.
+
+Entonces la nerviosísima hija del Jubilado le relató, tartamudeando por
+la ira, la situación en que había hallado a Josefina, la palidez de la
+niña después de la extraña invitación de su madrina, los gritos que
+había escuchado como si la estuvieran dando tormento. María Josefa unió
+inmediatamente sus imprecaciones a las de la joven. Sacaron a relucir
+todos los testimonios de maldad que conocían de la esposa del maestrante
+y resolvieron dar parte de lo que ocurría al conde, aunque averiguándolo
+antes con más pormenores. Para ello, aquella misma tarde, se pusieron al
+habla con María la planchadora, que hacía algunos días había salido de
+casa de Quiñones. Al principio ésta, por temor a las consecuencias, se
+manifestó reservada. Concluyó, no obstante, por dar suelta a la lengua y
+referirles las mil iniquidades que la señora de Quiñones cometía con la
+niña recogida. Quedaron horrorizadas. Pensaron en dar parte al juzgado,
+pero sobre enemistarse por completo con la fiera valenciana (lo que,
+dicho sea en honor suyo, no les preocupaba gran cosa en tales momentos),
+comprendían que sería de escaso o ningún resultado. Los Quiñones eran la
+gente más poderosa de la población; D. Pedro, jefe del partido
+gobernante, en la provincia; las autoridades, hechura suya o sometidas a
+su influencia. Todo se taparía enseguida y quedaría como antes. Lo mejor
+era dirigirse al conde. Pero éste se hallaba a la sazón en la Granja.
+Además, aunque todos, o casi todos, supiesen el secreto de la niña, no
+era posible darse por enterados. Después de algunos debates decidieron
+escribirle la siguiente carta, firmada solamente por María Josefa: «Sr.
+Conde de Onís. Mi estimado amigo: Con la debida reserva le comunico que
+la niña recogida por nuestros amigos los señores de Quiñones, y por
+quien tanto nos interesamos todos, es objeto en aquella casa de crueles
+tratamientos. Creo que tenemos el deber de intervenir para que cesen.
+Usted me dirá lo que debe hacerse y que a mí como mujer no se me
+alcanza. Si quiere conocer los pormenores del martirio de la criatura
+diríjase a la criada María que hace algunos días dejó de servir en casa
+de D. Pedro. Suya afectísima amiga, _María Josefa Hevia_.»
+
+Luis arrugó la carta entre sus manos crispadas. Toda la sangre se le
+agolpó a la cara. Sin darse cuenta de lo que hacía salió de casa y casi
+a la carrera tomó la carretera de Lancia, llegando a ésta en pocos
+minutos. Aquel vago y terrible presentimiento que sentía realizábase al
+fin. Amalia se vengaba ferozmente. El sentido oculto de la carta era
+ése: se dirigían a él como padre de Josefina y causa de su desdicha. No
+sabiendo qué partido tomar, fue a su casa para reflexionar. Sólo había
+en ella una criada vieja cuidándola. De ésta se valió para averiguar
+dónde estaba María y pasarle un recado a fin de que viniese a verle. No
+se equivocó la planchadora sobre el objeto de tal llamamiento. En
+cuanto le fue posible acudió a la cita, y después de hacerle prometer
+que no haría uso de su nombre para nada, le dio cuenta circunstanciada
+de los trabajos que estaba pasando la inocente niña. Escuchábala pálido,
+desencajado, sin poder reprimir los violentos y frecuentes golpes de su
+corazón. Cuando llegó a narrarle ciertos odiosos y terribles pormenores,
+el conde principió a dar vueltas por la estancia como fiera enjaulada, a
+mesarse los cabellos, a arañarse la cara, lanzando rugidos de coraje.
+
+Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas, se le atropellaron en la
+mente. Quería entrar a viva fuerza en casa de Quiñones y llevarse a su
+hija; quería retorcer el cuello a aquella vil mujer; quería decírselo
+todo a D. Pedro; quería dar parte al juez y meter en un calabozo a la
+infame. Afortunadamente sus accesos eran tan violentos como cortos. Vino
+el abatimiento, el llanto. Corrió a casa de su prometida y le contó
+sollozando lo que ocurría; se confesó con ella por vez primera. La buena
+Fernanda unió sus lágrimas a las de él, enternecida por la suerte de la
+infeliz criatura y por el dolor de su amado. Larguísimo rato pasaron
+comentando los terribles sucesos y buscando medios de conjurar aquella
+ruin venganza. Fernanda logró, al fin, persuadirle a que apelara a
+medios suaves. Pensar en conseguir algo por la fuerza era insensato. El
+conde, ni aun confesando su falta, tenía derecho alguno sobre la niña.
+Provocar un escándalo era inútil. Acudir a los tribunales, lo mismo.
+Ningún criado se atrevería a declarar contra su ama, y las cosas
+quedarían peor que antes. Al fin el conde se decidió a escribir una
+carta a su antigua amante.
+
+«En este momento acaban de decirme que nuestra Josefina, nuestra adorada
+Josefina, está padeciendo martirios increíbles de tu mano. Creo que es
+una vil calumnia. Conozco tu genio, que es vivo y fogoso, pero noble. No
+puedo atribuirte semejante cobardía. Te escribo solamente para
+cerciorarme de que esta angelical criatura sigue siendo el encanto de tu
+vida. Si no fuese así, dímelo y buscaremos un medio de que pase a mi
+poder. Te supongo enterada del paso que voy a dar. No quiero decirte
+nada. Era inevitable más tarde o más temprano. De todos modos puedes
+estar segura de que mi remordimiento está endulzado por el recuerdo
+dulcísimo de los años que te he amado. Adiós. Escríbeme alguna palabra
+amable.»
+
+
+
+
+XIV
+
+La capitulación.
+
+
+Josefina se demacraba. Sus mejillas tenían la palidez de la cera. En sus
+ojos, de mirar suave y apacible, se notaba constantemente el extravío
+del terror; en torno de ellos el sufrimiento había trazado un círculo
+violáceo. Hablaba muy poco, no reía jamás. Cuando la dejaban en paz,
+sentábase en cualquier rincón y permanecía inmóvil mirando a un punto
+fijo, o bien se acercaba al balcón y escribía en los cristales con el
+dedo.
+
+A veces, a despecho de tanto dolor, la naturaleza infantil revindicaba
+sus derechos. Veía al gato acercarse lentamente a ella con el rabo
+derecho, el espinazo arqueado, solicitando sus caricias con débil
+ronquido. Dejábase caer en el suelo, le llamaba, le traía hacia sí y
+principiaba a pasearle las manos por el lomo, a rascarle la cabeza y
+hacerle cosquillas debajo del cuello, murmurándole al mismo tiempo en el
+oído palabras de cariño, un gorjeo mimoso que el animal acogía con
+espasmos de voluptuosidad. «Te quiero, te quiero. Tú eres muy bueno.
+¿Verdad que eres bueno? Ya no me arañas como antes. ¿A quién quieres más
+en la casa? ¿Di, rico? ¿Quién te ha dado una sardina ayer? ¿Quién te
+pone el platito con leche todos los días? Y si pudiese darte siempre
+pescado también te lo daría, porque sé que es lo que más te gusta,
+¿verdad, rico mío? Pero no has de robar nada; ya sabes que te pegan. No
+orines más en la cama de Manín. Mira que te va a matar; lo ha dicho el
+otro día en la cocina. Y coge muchos ratones para que madrina te quiera
+y no te echen de casa.»
+
+El gato, extasiado, susurraba allá en el fondo de la garganta mil síes
+complacientes, y se frotaba contra ella cada vez más acaramelado y
+pegajoso. Tendíase la niña boca arriba llevándole abrazado, le apretaba
+contra su pecho, le besaba, y a veces, olvidada de sus martirios,
+derramaba lágrimas de ternura. Pero cualquier rumor en la habitación
+contigua le hacía levantarse sobresaltada con el espanto en los ojos,
+arrojaba el gato lejos de sí y esperaba inmóvil lo que viniera. Casi
+siempre algún castigo cruel.
+
+--¡Pícara, así ensucias los vestidos arrastrándote por el suelo!
+¡Aguarda aguarda!
+
+Por efecto de los continuos miedos que experimentaba contraíase con
+fuertes movimientos irregulares su vejiga y hacía que involuntariamente
+se le escapase en muchas ocasiones la orina. Esto era lo que ponía fuera
+de sí a la irascible Concha. Si notaba en el suelo (porque la ropa sólo
+muy rara vez se la veía) signos de aquella debilidad, encrespábase como
+una hiena.
+
+--¡Gorrina, indecente! Parece mentira que la señora mantenga en su casa
+este bicho asqueroso. Si fueses cosa mía, te desollaba viva.
+
+Pero aunque no era cosa suya, procedía como si lo fuese: la desollaba a
+azotes. Una vez su furor fue tan grande que, cogiéndola por las orejas,
+le higo lamer el suelo mojado.
+
+La hora más terrible para la criatura era la de las lecciones. Amalia se
+las señalaba por la mañana temprano; grandes trozos de la historia
+sagrada y de la gramática. Josefina se retiraba a un rincón y hacía
+esfuerzos desesperados por retenerlos en la memoria. Un poco antes de
+comer, Concha, que era la encargada de tomárselas, se sentaba en una
+silla, sacaba la famosa ballena y, con ella en una mano y el libro en
+la otra, daba comienzo a sus funciones pedagógicas. Cada tropiezo, cada
+palabra que la niña olvidaba costábale un ballenazo en la cara, en el
+cuello o en las manos. Y como su memoria no era bastante fuerte, y por
+otra parte el miedo se la obstruía, aquello era un incesante machaqueo.
+
+Aún peor si se las tomaba su madrina. Concha era fríamente cruel; no
+levantaba la mano sino cuando cometía la falta, como una máquina de
+castigar. Pero Amalia a los pocos momentos se ponía nerviosa, el llanto
+de la niña excitaba sus sentidos, entraba en furor como una pantera
+hambrienta, y concluía por golpear frenéticamente hasta que la dejaba
+trémula y ensangrentada a sus pies.
+
+Desde la carta del conde había aumentado, si era posible, su odio a la
+criatura; la trataba aún más despiadadamente. Herida en lo más vivo de
+su orgullo por aquella diplomacia fría, protectora, insultante que en su
+sentir respiraban las palabras de su antiguo amante, vomitaba la rabia
+de su corazón sobre la hija. Además, la idea de que Luis tenía noticia
+de aquellos martirios, y le dolían vivamente era aliciente mayor para
+prodigarlos. ¡Que sufriese ella, que sufriese él, el vil, el pérfido,
+que había gozado de su juventud, y cuando la halló vieja la arrojó como
+un trapo sucio a la barredura!
+
+En uno de estos días de profunda y rugiente cólera la vida de Josefina
+corrió inminente peligro. A la hora de costumbre fue llamada al comedor
+para dar sus lecciones. Concha se acomodó en su silla y con no
+disimulado regodeo sacó del pecho la fatal ballena. Aquel día le pedía
+el cuerpo un razonable desahogo de golpes. La niña se acercó a ella
+temblando como siempre y le entregó los libros. Y ya comenzaba a recitar
+con labio balbuciente un capítulo de la historia sagrada cuando vino a
+interrumpirlas Manín. Entró con su eterna chaqueta verde, calzones
+cortos, su gran calañés mugriento, haciendo temblar el piso con los
+zapatones claveteados. A esta indumentaria, arcaica ya en la provincia,
+debía gran parte de su notoriedad y la fama de terrible cazador de osos
+que había tenido. Entró con la cabeza gacha como siempre y,
+espatarrándose bajo el dintel de la puerta, preguntó:
+
+--Concha, ¿no habrá _de qué_, que comer, por ahí?
+
+--¿Tanto te aprieta la _gazuza_, Manín?--respondió la costurera riendo.
+
+El aldeano abrió desmesuradamente la boca para reír también.
+
+--Así Dios me salve, no puedo aguantar un menuto más. Toos parecéis
+frailes descalzos en esta casa; no vos entra la gana más que cuando
+suena la hora.
+
+--Voy, voy allá, grandísimo tragón, roedor--dijo Concha posando sobre la
+silla el libro y la ballena y dirgiéndose con paso petulante hacia el
+aparador.
+
+Se entendían admirablemente. La costurera era arisca, cruel, intratable;
+pero el mayordomo sabía recabar de ella las pocas migajas de buen humor
+que tenía en el cuerpo. La requebraba brutalmente, la pellizcaba al
+pasar, le decía mil groseras desvergüenzas para que las comprendiera al
+revés. Y la microscópica doncella, que no era gentil ni bonita y en
+quien las asperezas del carácter habían sofocado todo germen de
+coquetería, trasformándola en sacerdotisa del dolor, en una euménida
+fatal y despiadada, se dejaba festejar complacientemente por aquel
+bruto. Le hacía gracia su osadía, su rudeza, su glotonería y el modo
+insolente y despreocupado que tenía de tratar a todo el mundo, incluso
+al alto y poderoso señor de Quiñones. Manín era un solemnísimo bellaco.
+Con aquella grosería soez, el porte de atrevido cazador de fieras y su
+estrafalario arreo había sabido vivir muy regaladamente en este mundo,
+sin encallecer las manos, ni quebrarse los lomos allá en su aldea con
+las faenas de la labranza.
+
+Sacó la costurera un plato de carne fiambre y lo puso sobre el hule de
+la mesa, sin servilleta ni cosa que lo valga; después cortó a la mitad
+un pan y lo dejó, con la imprescindible botella de vino blanco y el
+vaso, al lado de la carne. El cazador de osos comenzó a devorar. Concha
+sentose de nuevo, y la niña, acercándose, repitió las palabras que ya
+había pronunciado. A los pocos momentos ¡zas! un ballenazo y un grito de
+dolor. Inmediatamente otro golpe y otro grito. Y así sucesivamente. La
+costurera estaba encantada al notar que la chiquilla tropezaba más que
+otras veces. Manín engullía en silencio, volviendo sólo de vez en cuando
+los ojos con marcada indiferencia hacia aquella triste escena. Al poco
+tiempo, como por máquina, principió a murmurar a cada golpe: «¡Dale!
+¡Atiza! ¡Buena fue ésa! ¡Vaya una mano!...» y otras semejantes
+exclamaciones.
+
+Terminó la lección de historia sagrada. Antes de tomar la de gramática
+hubo un respiro. La costurera se puso a bromear alegremente con el
+mayordomo. Estaba de un humor angelical.
+
+--¿Qué tal la carne?
+
+--Rica, ¡rica de verdad!
+
+--Lo peor es que te va a quitar el apetito para la hora de comer.
+
+Retembló la estancia con la risotada del gañán.
+
+--¡Eso sí! ¡A mí cualquier cosa me quita la gana! Vas a tener que
+meterme un hierro caliente en el agua como a la señora.
+
+--Por la panza te lo había de meter, gran puerco.
+
+--Mira, Concha, no me busques las cosquillas, porque aunque eres una
+mocita de sandunga y tienes los ojos muy picarones, y la boca como una
+cereza, un día te encuentras, sin saber por dónde vino, con un revés que
+te arrancará de cuajo esa carrerita de perlas que me estás enseñando.
+
+--¡Calla, calla, viejote, zapalastrón! ¡Bueno estás ya para reveses! ¡Si
+no puedes con los calzones! ¡Si estás descuajaringado!
+
+--Eso no lo dices tú con el corazón; por eso se te estima. Bien sabes
+que hay aquí dentro mucha entraña todavía (y se daba rudos puñetazos en
+el pecho). ¡Si te cogiera en un maizal!
+
+--¡Como si me cogieras en la plaza del mercado! Na. Ya no tienes más que
+quijadas y palique.
+
+--Y manos para apalpar la gracia de Dios--repuso el bárbaro tomando con
+su manaza velluda la barba de la costurera.
+
+--¡Quita, quita! ¡Gorrinazo!
+
+Y le pegó con la ballena un golpecito en los dedos. Volvió el gandulote
+a embestirla y ella a defenderse de la misma manera. Trató de agarrarla
+por la cintura. La doncella se levantó y corrió por la estancia,
+haciéndose la enojada.
+
+--¡No me toques, Manín! Mira que llamo a la señora.
+
+Pero él no hacía caso. La perseguía lanzando gruñidos y risotadas;
+abrazábala aquí, soltábala allá, recibiendo en sus carrillos, ásperos y
+duros como la piel de un elefante, las bofetadas de la doméstica, sin
+manifestar sentirlas. Crujían los muebles, retemblaba el piso,
+campanilleaba la vajilla de los aparadores. Y él sin cejar. Cada vez más
+falso y zalamerón. Sabía el pícaro que aquella mujerzuela irascible y
+endemoniada tenía despierta la vanidad, como todos los seres humanos, y
+que era de capital interés para su panza tenerla contenta. Por último,
+lanzando un verdadero mugido de buey, consiguió agarrarla por la cintura
+y alzarla en vilo. Mantúvola en alto sin esfuerzo alguno, como si fuera
+un chiquito de tres años.
+
+--¿Y ahora? ¿Qué dices ahora, Zapaquilda? ¿Dónde están esos hígados?
+¿Dónde esas manos? Anda, bruja, pide perdón; si no, te dejo caer como
+una rana--bramaba el cazurrón, zarandeándola en el aire.
+
+--¡Déjame, Manín! ¡Déjame, burro! ¡Habrá cochinazo! ¡Mira que grito!
+
+Al fin la puso delicadamente en el suelo. La doncella, jadeante,
+desgreñada, frunciendo mucho las cejas para aparecer más enfadada, decía
+con voz anhelante:
+
+--No tienes vergüenza, Manín. Si no fuera mirando a la casa donde
+estamos, te tiraba este quinqué a las narices y te las rompía, por
+bruto y por insolentón. A lo mejor están los criados oyendo todo esto, y
+¿qué dirán? ¡Quita, quita allá! No me vuelvas a decir palabra, porque no
+te contesto.
+
+--¡Eso! Grita ahora, fachendosa, después que te hice ver a Dios--roncaba
+Manín con sorna, mirándola de reojo y sobándose la barba.
+
+--¡Si no te quitas de mi vista, baldragote!...--exclamaba la diminuta
+criada, pasándole a su despecho relámpagos de risa por los ojos.
+
+Manín se sentó de nuevo para engullir el pan que quedaba y beber otro
+vaso de lo blanco. Josefina mientras tanto sollozaba en un rincón,
+llevándose las manos heridas a la boca, palpándose las mejillas
+acardenaladas por los ballenatos. Manín se dignó echar hacia ella una
+mirada.
+
+--No llores, tontina, que el dolor de los zurriagazos pasará y la
+ciencia te quedará en la mollera para siempre--dijo cortando con su
+navaja un pedazo del pan y metiéndolo en la boca.--Si quieres saber mi
+dictamen, cuanto más te peguen más contenta debes de estar. ¿Qué serías
+tú si Concha no tuviese la misericordia de castigarte duro? Una
+chafandina que no valdría un celemín de bellotas, una bestia, salva sea
+la comparanza. Y ahora ¿qué serás? Una mujer pa too lo que se la pida.
+(Pausa mientras se corta otro pedazo de pan y lo muele, levantando un
+bulto como el puño en el carrillo derecho)... Anda, que si yo hubiera
+tenido como tú maestros que me alzasen el pellejo a correazos, no sería
+un burro, no me llamarían Manín, sino don Manuel, y en vez de ser un
+mísero súdito, andaría por ahí dándome importancia, paseando por
+Altavilla con las manos atrás como los señores y leyendo las gacetas en
+el casino. (Otra pausa y otra amputación del zoquete)... Ponte en lo
+justo si tienes caletre para ello. ¿Cómo quieres aprender esas cosas tan
+enrevesadas sin algunos lampreazos? ¿Quién aprendió _daqué_ nunca sin
+azotes? Nadie. ¡Pues entonces! Si tuvieras conocimiento, criatura,
+darías gracias a Dios por haberte puesto una maestra que es como una
+gloria. Para too sirve la endina, para too tiene las manos finas y los
+pies listos, ¿verdá, tú?
+
+Concha se había puesto grave otra vez, sentándose y haciendo un gesto
+imperioso a la niña para que se acercase. Tocábale el turno a la
+gramática. Aquí andaba peor todavía que en la historia, séase por la
+falta de memoria o porque el miedo la turbase. Comenzó el vapuleo: un
+ballenazo ahora y otro después y otro y otro. Manín, fiel a sus
+convicciones pedagógicas, aplaudía con la boca llena, cortando grave,
+esmeradamente, en figuras geométricas los pedazos del pan antes de
+conducirlos con toda solemnidad a los labios. Las faltas fueron muchas;
+los golpes fueron otros tantos. Pero al terminar la lección, Concha
+consideró que a más del castigo correspondiente a cada falta, teniendo
+en cuenta lo mal que la niña lo había hecho, convenía terminar con un
+vapuleo general que las comprendiese todas. La alzó de la silla y,
+blandiendo la formidable ballena, exclamó:
+
+--Ahora, para que estudies mejor y se te despierten los sentidos, ¡toma!
+
+Tantos y tan recios fueron los golpes, que la criatura, tratando de huir
+aquel martirio, se agarró con las manos crispadas a las sayas de su
+verdugo. Sin saber cómo, tal vez por haberse colgado inconscientemente a
+ellas, la cinta que las sujetaba se rompió y vinieron al suelo, dejando
+a la costurera solamente con la camisa. Dio un grito de vergüenza y se
+apresuró a levantarlas. Pero sin pararse a atar otra vez la cinta,
+echando una mirada de profundo rencor a la chica, salió de la estancia
+sujetándolas con las manos.
+
+--¡Buena la has hecho, buena, buena, buena!--exclamó Manín, tallando con
+primor el bocado que iba a llevar a la boca.
+
+La criatura, paralizada de terror, no lloraba. No le dolían siquiera las
+heridas. Al cabo de pocos momentos se presentó de nuevo Concha
+acompañada de la señora. Ésta venía sonriendo sarcásticamente.
+
+--Por lo visto, a la señorita le gusta ahora desnudar a las doncellas
+delante de los hombres. Estará usted contenta, señorita, ¿no es cierto?
+Manín habrá visto bien por todos lados a Concha. ¿Verdad, Manín, que la
+has visto cómodamente?
+
+Avanzó unos pasos. La niña retrocedió asustada.
+
+--No tenga miedo, señorita. Tranquilícese usted, señorita. Yo no vengo
+aquí a azotarla. Eso de los azotes es muy antiguo. ¡Quién se acuerda ya
+de azotes! Sólo vengo a invitar a usted para que dé una vuelta por la
+cueva... la cueva de los ratones... ya sabe usted. Allí se puede
+entretener en desnudar alguna rata de las muchas que vendrán a
+visitarla... Vamos, deme usted la mano para que la conduzca con toda
+ceremonia.
+
+La niña fue a ponerse detrás de una silla; desde allí, perseguida por
+Amalia y por Concha, corrió alrededor de la mesa; por último, se refugió
+detrás del mayordomo.
+
+--¡Manín! ¡Manín, por Dios me escondas!
+
+Pero éste la sujetó por un brazo y la entregó a la señora. Tomáronla
+cada una por una mano y la arrastraron, apesar de sus gritos
+penetrantes.
+
+--¡A la cueva no! ¡A la cueva no! ¡Madrina, perdón! Mátame primero.
+¡Mira que tengo mucho miedo! ¡A la cueva no, que me comen los ratones!
+
+Los criados salieron al pasillo y presenciaban mudos y graves aquella
+escena. Los gritos de la niña se fueron perdiendo en la oscura y
+tortuosa escalera que conducía al sótano.
+
+Amalia abrió la puerta de la terrible cueva y empujó a su hija hacia el
+interior. Cerró con furia; pero la niña había corrido hacia la salida, y
+la puerta le cogió la mano. Oyose un grito desgarrador. La valenciana
+abrió otra vez la puerta, dio un fuerte empujón a la criatura que la
+hizo caer al suelo, y echó la llave.
+
+La cueva era un calabozo húmedo y negro donde sólo penetraban algunos
+tenues rayos de luz por un ojo de buey abierto en lo alto. Sirvió en
+otro tiempo para bodega de vinos. Ahora no había allí más que botellas
+vacías.
+
+La niña apenas quedó sola se incorporó, miró a todos lados loca de
+terror, quiso gritar y la voz se le anudó en la garganta; por último,
+extendiendo las manos, acometida de un fuerte temblor, cayó desvanecida.
+
+Al cabo de media hora el mozo de cuadra, que había presenciado el
+encierro, movido de compasión, acercose a la puerta y miró por el ojo de
+la cerradura. Nada pudo ver. Llamó muy quedo.
+
+--Josefina.
+
+La chica no respondió. Llamó más fuerte. El mismo silencio. Asustado,
+gritó y golpeó en la puerta con todas sus fuerzas sin obtener
+contestación. Entonces apresurose a subir para dar parte de lo que
+pasaba, a riesgo de perder su empleo. Amalia mandó a Concha con la llave
+para ver lo que ocurría. Entre ella y Paula subieron a la criatura
+privada de sentido, fría y rígida, con los caracteres de la muerte
+impresos en el rostro. Temerosa de las complicaciones que con esto
+pudieran sobrevenir, la esposa del maestrante se apresuró a meterla en
+la cama. Tardó poco la pequeña en volver en sí, pero inmediatamente se
+declaró una fuerte calentura. Llamose al médico. Encontrola bastante
+mal. Para explicar la herida de la mano y los cardenales que presentaba,
+Amalia, fértil en mentiras, inventó una historia que el doctor creyó o
+fingió creer.
+
+Estuvo entre la vida y la muerte algunos días. Amalia seguía con ojos
+inquietos el curso de la enfermedad. No le dolía la pérdida de aquel ser
+sobre el cual había vertido las hieles amargas de su corazón; pero le
+agitaba la idea de perder de una vez su venganza. Justamente al tercer
+día de hallarse en cama Josefina, tuvo noticia de que en la noche
+anterior había salido Fernanda en la silla de posta para Madrid, y que
+Luis sólo tardaría cuatro o cinco días en reunirse con ella. Experimentó
+violenta sacudida. Una ola hirviente de bilis inundó su pecho. Aquella
+noche tuvo fiebre también. ¡Se le escapaban! No había posible venganza
+para aquel traidor. Iría a Madrid, se casaría; tal vez allí recibiría la
+noticia de la muerte de su hija; lloraría un poco; al cabo las caricias
+de su adorada esposa se la harían olvidar. De aquellos amores tan
+largos, tan vivos, no quedaría más que un hombre paseando su dicha por
+Europa, y en Lancia una pobre mujer vieja y triste sirviendo de befa a
+los corrillos de Altavilla. Sus carnes fláccidas temblaron. Los
+instintos vengativos de su raza gritaron furiosos, avasalladores. ¡No,
+no podía ser! Antes arrojarle su hija muerta a los pies, antes clavarle
+un puñal en el corazón.
+
+Ocurriosele una idea singular y terrible: contárselo todo a su marido.
+Ignoraba lo que esto daría de sí, pero por lo pronto provocaría un
+escándalo. D. Pedro era violento, gozaba de gran poder y prestigio.
+¿Quién sabe el destrozo que la bomba podía causar? Cierto que estaba
+paralítico y no podía tomar venganza por su mano; pero ¿no se le
+ocurrirían a aquel hombre tan altivo y puntilloso medios de volver el
+mal que le causaran? Ella caería entre las ruinas, pero caería con gusto
+si el traidor pagaba de algún modo su perfidia.
+
+Después de mucho batallar con este pensamiento, no arriesgándose a hacer
+la confesión de palabra ni a escribirla bajo su firma, remitió a D.
+Pedro, disfrazando la letra, una carta anónima. «La niña que usted ha
+recogido hace seis años es hija de su esposa y de un caballero que
+frecuenta su casa y a quien usted llama su amigo. No le digo a usted el
+nombre. Busque usted y no tardará en hallar al traidor.--_Un amigo
+leal._» Echola al correo y esperó con ansia el efecto que producía.
+
+D. Pedro la recibió delante de ella y la leyó. Su rostro se contrajo
+fuertemente y se cubrió de palidez cadavérica.
+
+--¿Quién te escribe?--preguntó ella con naturalidad.
+
+El maestrante se repuso inmediatamente y, doblando la carta y
+guardándola, respondió haciendo esfuerzos por asegurar su voz, que
+temblaba:
+
+--Nada, un recomendado mío que se queja de que le han dejado cesante...
+¡Ese gobernador! No tiene memoria ni formalidad ninguna.
+
+Inquieta ya y esperando con ansia los acontecimientos se retiró a su
+gabinete. Por la tarde llegó Jacoba con misterio y le entregó un billete
+de parte del conde.
+
+--¿Qué quiere de mí ese hombre?--preguntó sorprendida y en tono
+despreciativo.
+
+--No lo sé, señorita. Escribió la carta en mi casa y allí espera
+contestación.
+
+El billete del conde decía:
+
+«Amalia, sé que nuestra hija se halla en peligro de muerte. Por lo que
+más quieras en este mundo, por la salvación de tu alma, concédeme una
+entrevista. Necesito hablarte. Si esta tarde ya no puede ser, ven mañana
+por la mañana a casa de Jacoba.--Tuyo, _Luis_.»
+
+--¡Tuyo! ¡tuyo!--murmuró con amarga sonrisa.--Has sido mío, sí, pero has
+cambiado de dueño. Te costará caro.
+
+--¿Llevo contestación, señorita?
+
+Quedó pensativa unos momentos; dio algunas vueltas por la estancia,
+completamente abstraída; se acercó al balcón y miró por los cristales.
+Al fin dijo, volviéndose a medias y con gran sequedad:
+
+--Bueno, iré mañana a la hora de misa.
+
+--Me ha preguntado con grandísimo interés por la niña.
+
+--Dile que sigue lo mismo.
+
+Marchose la entremetida, y ella permaneció largo rato mirando a la
+calle, al través de los cristales, sin verla.
+
+Desde las siete de la mañana del día siguiente estaba Luis aguardándola
+en la casucha de Jacoba. No había allí más que una cocina en la planta
+baja y una salita arriba con alcoba, tan bajas de techo que el conde con
+sombrero tocaba en el cielo raso. En esta salita daba paseos furiosos
+con las manos en los bolsillos, mirando con precaución a cada momento
+por los visillos de la única ventana que tenía. Hasta las nueve no
+acudió la dama. La vio llegar con la mantilla echada por los ojos, el
+devocionario en la mano y el rosario colgado de la muñeca, con el paso
+firme y sosegado, como si viniese a dar algunos encargos a su antigua
+protegida. Cuando oyó su voz en la cocina, le dio un vuelco el corazón,
+se puso a temblar como un azogado y se le borraron por completo las
+palabras que tenía preparadas.
+
+--¿Cómo está usted, conde?--dijo ella con gran naturalidad al entrar,
+tendiéndole una mano.
+
+--Bien, ¿y tú?
+
+Levantó la cabeza como sorprendida de oírse tutear y respondió mirándole
+fijamente:
+
+--Perfectamente.
+
+--¿Y la niña?
+
+--Algo mejor.
+
+Despejose al oír esto la fisonomía del caballero. Brilló un rayo de
+alegría en sus ojos y dijo tomando de la mano a su ex-querida y
+atrayéndola hacia el pobre sofá de paja que allí había.
+
+--Sentémonos, Amalia. Aunque sea un atrevimiento por mi parte, te ruego
+que me permitas seguir tuteándote cuando estemos solos... Yo no olvido,
+no podré olvidar jamás cuántas horas de dicha te debo, cuánta felicidad
+has vertido en mi vida triste y monótona. Tú me has revelado lo más
+dulce y más íntimo que existía en mi corazón sin que yo lo sospechase
+siquiera. Para tí han sido los primeros impulsos de mi alma. Sólo tú has
+penetrado hasta ahora en ella, la has sondeado y conoces sus
+melancolías, sus flaquezas, y sus ternura. Si me separo de ti, si digo
+adiós a nuestro amor, no creas que es porque he dejado de estimarlo:
+obedezco solamente a una ley de la naturaleza que nos empuja a todos a
+crear una familia. No tengo en el mundo más que a mi madre, una pobre
+anciana que muy pronto me dejará solo... No debe parecerte mal que
+quiera formar un hogar y poseer un heredero de mi nombre y mis
+títulos... Además, el grito de la conciencia me perseguía...
+
+El conde, regocijado con la mejoría de la niña, se mostraba expansivo y
+más locuaz que de costumbre, sin poder ocultar la felicidad que le
+embargaba, pensando que todo estaba arreglado a medida de sus deseos.
+Josefina dichosa al lado de su madre; él dichoso al lado de Fernanda;
+Amalia resignada y tributándole siempre un cariño dulce y cada día más
+acendrado.
+
+Ésta le miraba con cierta curiosidad burlona. Cuando terminó, dijo
+sonriendo benévolamente:
+
+--Sobre todo desde la noche en que viste a Fernanda con aquel precioso
+vestido descotado, ese grito debió de hacerse insoportable.
+
+El conde sonrió también, avergonzado.
+
+--No lo creas, Amalia; siempre he sentido remordimientos. Claro está que
+al hacerse uno viejo ve las cosas con más claridad. Mi barba ya blanquea
+por varios sitios, como estás observando. Lo que en un joven puede
+disculparse como locura, como expansión irremediable del fuego que corre
+por las venas, en un viejo se llama crimen. El amor, a la edad en que yo
+estoy, no debe tapar con sus alas la luz de la razón, y si la tapa
+merezco el calificativo de insensato. Mi resolución podrá sernos amarga
+a los dos. A mí me lo es mucho; me cuesta trabajo desprenderme de una
+pasión que a fuerza de tiempo casi se ha convertido en costumbre.
+Existe, además, por desgracia, entre los dos un lazo imposible de romper
+por completo. El Destino ha hecho nacer del fango de nuestro pecado una
+flor hermosa, una cándida azucena. Apartemos el crimen de su frente: ya
+que ha sido engendrada por un amor ilegítimo, no la manchemos con
+nuestra conducta vituperable. Hagámonos dignos de ella viviendo como
+cristianos.
+
+--Está muy bien todo eso. Sólo siento que ese curso de doctrina
+cristiana haya venido tan tarde y haya coincidido con la llegada a esta
+población de tu antigua novia. Porque parece así como si tuvieras
+olvidado por completo el catecismo, y ella viniese a refrescarte la
+memoria. Pero, en fin, en eso no debo meterme porque no me concierne.
+El resultado es que te casas. Haces bien. El hombre está mal solo, y
+cuando halla una compañera digna, como tú has hallado, no debe perder la
+ocasión. Fernanda es una buena muchacha; segura estoy de que te hará
+feliz. Tendréis muchos hijos y, después de una vida larga y dichosa,
+iréis al cielo.
+
+Sorprendiole a Luis aquella resignación y no pudo menos de sentir alguna
+inquietud.
+
+--¿Y tú serás también feliz?--le preguntó tímidamente.
+
+--¿Yo?... ¡Qué importa que yo sea feliz o desgraciada!--dijo alzando los
+hombros con ademán desdeñoso.
+
+--¡No digas eso, Amalia! La felicidad no es la locura a que nos
+entregamos durante siete años. Había un dejo amargo en ella que yo
+percibía hace tiempo, y que tú no tardarías en percibir. Una vida pura y
+digna, la tranquilidad de la conciencia, la estimación de las personas
+honradas te darán más contento que la pasión culpable... Además, tienes
+lo que yo no tengo... tienes a tu lado un ángel, un lirio tierno y
+fragante que embalsamará tu existencia.
+
+--¡Ah, sí, Josefina!... Efectivamente, ella será la que me ha de
+proporcionar los únicos buenos ratos que pasaré en adelante.
+
+Lo dijo con una inflexión de voz tan extraña, tan aguda y estridente,
+que Luis sintió un escalofrío.
+
+--¿Qué quieres decir con eso?
+
+--Lo que he dicho; que por fortuna tengo a Josefina para resarcirme.
+
+--¡Es que lo dices de un modo tan raro!
+
+La valenciana dejó escapar una risita singular que salía allá del fondo
+de la garganta y sonaba de modo siniestro. Luis la miraba fijamente,
+cada vez más inquieto.
+
+--¡Pero qué tonto eres, Luis! ¡pero qué retontísimo! El egoísmo ha
+puesto tales cataratas en tus ojos que no ves ni lo que tienes delante.
+Si tuvieses veinte años, esa inocencia podría quizás inspirarme lástima;
+a tu edad no me inspira más que risa y desprecio. Pensar en que cuatro
+palabrillas insolentes sobre la moral y la conciencia bastarían a
+obligarme a aceptar satisfecha la humillación que me impones; suponer
+que yo, a quien si no conoces debieras conocer, voy a consentir que me
+arrojes como un trapo sucio, que me arrastres como una cautiva enamorada
+a los pies de Fernanda para que le sirva de almohadón cuando suba a tu
+lecho, es el colmo de la estupidez y la fanfarronería. ¿Por qué no me
+pides también que sea tu madrina de boda?
+
+El conde la contemplaba con los ojos dilatados, expresando la ansiedad y
+el espanto.
+
+--De modo que lo que me han dicho de los martirios que haces pasar a
+nuestra hija ¿es cierto?
+
+--¡Y tan exacto! Y aún no los sabes por completo... Mira, voy a
+referírtelos todos para que no te llames a engaño...
+
+Y con palabra breve, incisiva, con una cruel satisfacción que se le
+traslucía en la voz, puso delante de su vista el cuadro espantoso de las
+miserias y dolores que la desgraciada criatura había padecido en los
+últimos meses. Aquel cuadro era infinitamente más aterrador que el que
+le había exhibido María la planchadora. El conde, pálido, desencajado,
+sin hacer el más leve movimiento, parecía la estatua de la
+desesperación. Al poco rato se tapó la cara con las manos y así escuchó
+hasta el fin.
+
+--¡Oh, qué infame! ¡oh, qué infame!--murmuró sordamente.
+
+--Sí, muy infame, pero aún espero serlo más. ¿Has oído todas estas
+infamias? Pues no son nada en comparación con las que haré.
+
+--¡No las harás tal, malvada!--profirió Luis levantándose y
+abalanzándose a ella.--Antes te ahogaré con mis manos.
+
+La valenciana se escapó hacia la puerta.
+
+--¡Si das un paso más, grito!
+
+--¡Oh, infame, infame!--volvió a exclamar con voz profunda el conde.--¡Y
+Dios consiente sobre la tierra estos monstruos!
+
+Dio unos pasos atrás y se dejó caer nuevamente sobre el sofá. Apoyó los
+codos sobre las rodillas y metió la cabeza entre las manos. Al cabo de
+largo silencio la levantó diciendo:
+
+--Bueno, ¿y qué exiges de mí?
+
+Amalia dio un paso para acercarse.
+
+--Lo que ya debes de suponer, si es que te queda un poco de sentido
+común. No exijo que nuestras relaciones continúen, porque a los términos
+a que hemos llegado no es posible: sería tanto como mendigar tu amor, y
+tengo demasiado orgullo para ello. Pero no quiero que ni tú ni esa mujer
+os quedéis riendo de mí; no quiero servir de befa a los que conocen
+nuestras relaciones, que son todos los que frecuentan la casa. Exijo,
+pues, como condición para que la niña vuelva a ser lo que era que rompas
+inmediatamente con Fernanda y no te acuerdes más de ella.
+
+--¡Pero Amalia!--exclamó con acento dolorido.--Bien comprendes que es
+imposible. Mi boda está concertada; lo sabe ya todo Lancia: Fernanda me
+espera en Madrid; faltan muy pocos días...
+
+--Aunque faltase un minuto. Esa boda no se celebrará. Si te casas con
+Fernanda, tu hija pagará el agravio en la forma que ya sabes.
+
+--¡Oh! Yo lo impediré. Daré parte a la autoridad. Pediré el depósito de
+la niña.
+
+--Eso es hablar por hablar, Luis--replicó con calma y sonriendo
+Amalia.--Las autoridades de Lancia son hechura de Quiñones. Nadie osará
+declarar una palabra contra mí.
+
+--Se lo referiré todo a D. Pedro.
+
+--No te creerá; y si te creyese, ¿qué adelantarías? En vez de impedir mi
+venganza, como es la suya también, me ayudará.
+
+Hubo un largo silencio. El conde meditaba con la frente apoyada en la
+mano. De pronto se alzó violentamente y se puso a dar agitados paseos
+murmurando:
+
+--¡No puede ser! ¡no puede ser!
+
+La valenciana le seguía con la vista. Al cabo, dijo dando un paso hacia
+la puerta:
+
+--Adiós.
+
+El conde la detuvo con un gesto.
+
+--Espera.
+
+Amalia permaneció inmóvil, con la mano en el marco de la puerta,
+clavándole una mirada penetrante.
+
+El conde siguió paseando todavía algunos momentos sin hacer caso de
+ella.
+
+--Está bien--dijo con voz enronquecida, parándose;--no se efectuará el
+matrimonio. Tú me dirás lo que debo hacer.
+
+Su rostro demudado revelaba la calma de la desesperación.
+
+--Es necesario que escribas una carta a Fernanda despidiéndote.
+
+--La escribiré.
+
+--Ahora mismo.
+
+--Ahora mismo.
+
+Amalia se asomó a la escalera y pidió a Jacoba recado de escribir. Como
+no había allí mesa, lo puso sobre la cómoda. El conde se acercó y se
+dispuso a escribir de pie. Amalia también se acercó.
+
+--Es esto lo que quiero que le escribas--dijo presentándole un papel.
+
+Era el borrador de la carta. El conde pasó la vista por él.
+
+«Mi buena amiga Fernanda:--decía--He querido que te fueses para decirte
+por escrito lo que de palabra sería superior a mis fuerzas. No puedo ser
+tuyo. No necesito explicarte las razones porque tú las adivinarás.
+Quisiera amarte bastante para sobreponerme a todo y huir contigo. Por
+desgracia o por fortuna, hay cosas que pesan en mi corazón más que tu
+amor. Perdóname el haberte engañado y procura ser feliz, como lo desea
+tu mejor amigo--_Luis_.»
+
+Trazó los renglones de esta carta con mano trémula. Antes de terminar,
+algunas lágrimas asomaron a sus ojos.
+
+
+
+
+XV
+
+Josefina duerme.
+
+
+El noble maestrante fácilmente dio con el autor de su deshonra. Así que
+leyó el anónimo y se recobró del susto, sus sospechas fueron a parar al
+conde de Onís. No otra cosa le empujó a ello que el parecido, que ahora
+advertía claramente, entre éste y la niña recogida. Por lo demás, o
+porque su excesivo orgullo le vendase los ojos, o porque Amalia había
+sabido tenerle engañado, jamás advirtió entre ellos más que una fría y
+ceremoniosa amistad que nada tenía de ofensiva. El mismo orgullo detuvo
+el curso de sus pensamientos amargos con esta consideración: ¿Por qué
+dar asenso a lo que el anónimo decía? ¿Por qué no suponer que se
+trataba de una vil calumnia con que algún enemigo quería envenenar su
+existencia? Mas el dardo había entrado tan profundamente en su corazón
+que no podía arrancárselo. Todas las consideraciones que su deseo le
+sugería no bastaban a destruir la gran certidumbre que, sin saber cómo,
+se le había colado de rondón en el cerebro. Algunos pormenores, que
+habían pasado para él inadvertidos, adquirieron de pronto alto relieve,
+se alzaron como antorchas encendidas para guiarle. El principal de todos
+era, como es natural, la enfermedad de su esposa coincidiendo con la
+aparición de la niña. Recordaba la extraña tenacidad con que se opuso a
+que subiese médico alguno a verla; luego el mimo, los cuidados
+exquisitos que se prodigaron a la criatura. Acudieron también a su
+memoria aquellas visitas que en otro tiempo hizo su esposa a la Granja
+con pretexto de escoger algunas plantas. Ninguna circunstancia quedó,
+referente a la amistad del conde y al hallazgo de la niña, que no
+revolviese y pesase en su pensamiento.
+
+Tornose silencioso y meditabundo. La mirada dura de sus ojos hundidos se
+posaba con insistencia en Amalia siempre que ésta entraba en su
+habitación. En diferentes ocasiones se hizo traer la niña con cualquier
+pretexto y la contempló largamente, tratando de descifrar en los rasgos
+de su fisonomía el enigma de su existencia. Amalia observaba todo esto,
+y leía tan perfectamente en el cerebro de su esposo como en un libro
+abierto.
+
+--¿Cuándo se casa Luis?--le preguntó un día en tono afectadamente
+distraído el maestrante.
+
+--Dicen que aún tardará algún tiempo. Necesita arreglar no sé qué
+asuntos antes de irse a Madrid--respondió con la mayor tranquilidad.
+
+--¿Continúa en la Granja?
+
+--Siempre. No viene más que alguna que otra vez por la tarde, según me
+ha dicho un día que le hallé en la tienda de Barrosa.
+
+Justamente a la noche siguiente apareció en la tertulia el conde.
+
+--¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado ya de la Granja?--le preguntó D.
+Pedro, clavándole una mirada penetrante.
+
+--Definitivamente, no. Tengo el coche abajo, y me vuelvo a dormir.
+
+--Se aburre usted allí, ¿verdad?--le preguntó D. Cristóbal Mateo.
+
+--Por el día no. Estoy muy entretenido con los trabajos del campo, el
+molino, los bichos, etc. ¡Pero las noches se hacen tan largas!...
+
+Luis venía solamente por ver a su hija. Amalia no se lo permitió hasta
+que la niña estuvo medianamente repuesta. Volvió a vestirla como antes
+y le devolvió los fueros que tenía. Pero no el cariño. El encanto se
+había roto.
+
+Porque Luis la aborrecía: estaba sometido a la fuerza. Con aquella
+pasión ardorosa, con aquel amor lleno de misterio y placer se había
+unido también la afición a la criatura. Pero los martirios que su cólera
+insensata le había hecho padecer abrió entre ellas un abismo. Josefina
+jamás amaría a su verdugo. La pobre niña, vestida con ricos trajes,
+vagaba sola por el palacio de Quiñones, sin hallar en nadie ternura.
+Amalia huía, de ella. Los criados, avergonzados de sus malos tratos y
+pesarosos de aquel repentino cambio, que elevaba de nuevo a la expósita
+sobre ellos, no le dirigían la palabra. El largo martirio sufrido y la
+terrible enfermedad con que terminó habían dejado huellas profundas en
+su semblante. Su rostro pálido se trasparentaba como el nácar. En torno
+de los ojos persistía aquel círculo oscuro, negro, de agitación y dolor.
+El conde sentía apretarse su corazón cada vez que la veía. Costábale
+trabajo retener las lágrimas.
+
+Amalia no dio noticia a su amante del imprudente anónimo que había
+dirigido a Quiñones. Temiendo, por la actitud de éste, algún grave
+acontecimiento, resolviose a despistarle, ya que volverle la calma no
+era posible. El partido que mejor le pareció fue apartar las sospechas
+de Luis y encaminarlas hacia Jaime Moro. Era el único que por su edad,
+figura y posición podía aparecer como un amante verosímil. Principió por
+tratarle, en presencia de D. Pedro, con particular afecto,
+distinguiéndole de los demás tertulios de modo harto visible. Dirigíale
+miradas y sonrisas significativas; gustaba de ponerse detrás de su silla
+cuando estaba jugando al tresillo, y embromarle; llamábale a cada
+instante con cualquier pretexto y le retenía a su lado largos ratos
+hablándole en secreto, acercando más de la cuenta el rostro al suyo. No
+era tan fácil como puede parecer seducir a Moro, aunque sólo fuese en la
+apariencia. Nada tenía de arisco; al contrario, gozaba justa fama de
+caballeroso y galante con las damas. Pero cuando las damas se hacían
+incompatibles con el billar o el tresillo no lo había más grosero y
+cerril en seis leguas a la redonda. Amalia le mortificaba infinitamente
+reteniéndole cuando los tresillistas le aguardaban. Entonces no
+respondía acorde a sus preguntas, sonreía por máquina y dirigía
+frecuentes y codiciosas miradas a la mesa donde sus compañeros gozaban
+ya las dulzuras de alguna vuelta con palo de favor.
+
+--Moro, siéntese usted aquí; vamos a charlar un rato.
+
+Moro temblaba: se le venía el mundo encima. Tomaba asiento al lado de la
+dama con una cara larga, larga, que no daba idea cabal de la pasión que
+debía arder en su pecho.
+
+El maestrante había hecho poco caso de aquellos apartes, de las
+preferencias y las sonrisas insinuantes de su esposa. Les miraba con
+ojos distraídos, sin venírsele a la mente ninguna sospecha, preocupado
+enteramente con la verdadera pista. Sin embargo, al cabo de algunos
+días, tanto insistió Amalia y tan buena maña se dio, que el noble
+caballero principió a fijarse en aquellos signos y a darles algún valor.
+La valenciana sintió el placer del triunfo. Sus cálculos iban camino de
+realizarse. Y para dar impulso poderoso y decisivo a su enredo,
+ocurriosele en el momento una treta peregrina. Se hallaba sentada en un
+rincón, teniendo a su lado a Jaime Moro, bien a la vista de D. Pedro.
+Moro, distraído como siempre. La esposa de Quiñones necesitaba hacer
+prodigios de habilidad para sostener la conversación, le sonreía, le
+mimaba, le envolvía en una red de palabras melosas, que acentuaba
+fuertemente con la sonrisa a fin de llamar la atención de D. Pedro.
+
+--¿Qué es eso? ¿Está usted mirando mi brazalete?
+
+Moro no había reparado en él.
+
+--Es muy lindo--se apresuró a decir por complacencia.
+
+--Ha pertenecido a mi madre. Tiene más mérito de lo que parece. Este
+retrato, que es el de mi abuela, está hecho de mosaico... vea usted.
+
+Al mismo tiempo levantó la mano. Moro lo contempló con afectada
+admiración.
+
+--Repárelo usted bien.
+
+Y la alzó aún más, poniéndosela cerca de los ojos. Observando con el
+rabillo del ojo que don Pedro la miraba, todavía la alzó un poquito,
+hasta rozar con ella los labios del joven. Pero en aquel instante la
+retiró bruscamente con vivo ademán. Moro quedó estupefacto.
+Involuntariamente dirigió la vista hacia D. Pedro, y notando que éste le
+clavaba una mirada fría y penetrante, se puso colorado hasta las orejas.
+Amalia se levantó y se fue al salón, como si quisiera disimular su
+turbación.
+
+Fue grande la que se apoderó del orgulloso maestrante con el secreto que
+pensó sorprender. Sus ideas experimentaron violenta sacudida. Agitado
+por mil sospechas contrarias, dominado por una cólera furiosa, movía
+entre sus trémulas manos las cartas, sin pensar en ellas, imaginando
+horribles venganzas contra su esposa y contra el...
+
+¿Contra quién? ¿Cuál era el traidor? La duda encendía aún más su rabia.
+
+Lo que había visto era bien concluyente. Y, sin embargo, su pensamiento
+no podía apartarse del conde de Onís. Contra el testimonio de sus
+propios ojos alegaba el instinto, una voz interior que le señalaba sin
+cesar a su enemigo.
+
+Apareció éste en la tertulia. Saludó fríamente a Amalia y se fue derecho
+al gabinete; pero Manuel Antonio le retuvo tirándole por el faldón del
+frac.
+
+--¿Dónde vas, Luis? Ven aquí, muchacho; no te nos enfrasques tan pronto
+en el juego. Mira, aquí María Josefa y Jovita han estado disputando toda
+la noche sobre la fecha de tu matrimonio. Yo les he dicho: «No disputéis
+más. Si viene hoy Luis, es tan amable que de seguro os lo ha de decir.»
+
+--Pues las has engañado--respondió el conde aproximándose al grupo.
+
+--¿Tan grosero te has vuelto?
+
+--No es grosería, es ignorancia. Estas señoritas saben muy bien que las
+cosas no se realizan nunca como y cuando queremos. Si yo les dijese
+ahora una época y resultase otra, pensarían que había tratado de
+burlarme de ellas.
+
+Apesar de los esfuerzos que hacía por sonreír, el semblante del conde
+reflejaba tristeza infinita. Su voz salía apagada y enronquecida.
+
+--¡No, no! ¡Nada de eso!--exclamó riendo Jovita.--Díganos usted un día
+cualquiera, que aunque luego resulte otro, pensaremos que no ha sido por
+su voluntad.
+
+--Bueno, pues mañana.
+
+--¡Eso tampoco!--gritaron ambas solteronas alborozadas.
+
+--No son ustedes fáciles de contentar. ¿Qué día quieren que me case?
+Señálenlo ustedes.
+
+El conde no había dicho una palabra a nadie de la ruptura de su
+matrimonio. La innata debilidad de su carácter le obligaba a callar una
+noticia que muy pronto había de difundirse. Tenía miedo a la curiosidad
+pública, a las preguntas, a que en el rostro le adivinasen las causas de
+tal resolución. Y temblaba y se entristecía profundamente cada vez que,
+como ahora, le tocaban este punto.
+
+Hasta entonces no se había traslucido nada. Creíase en la ciudad que de
+un día a otro se iría a Madrid a reunirse con su futura. Sin embargo,
+Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de todos sus contemporáneos,
+había olido algo. Y con la tenacidad y el disimulo de una Isabel de
+Inglaterra, principió a recoger noticias y a atar cabos de tal modo que
+a la hora presente andaba muy cerca de la verdad.
+
+--Muy triste te veo estos días, Luisito--le dijo bruscamente.--Más que
+de matrimonio tienes cara de testamento.
+
+El conde se turbó y no supo más que contestar sonriendo forzadamente:
+
+--El matrimonio es un paso muy serio.
+
+Trató de marcharse, pero Manuel Antonio volvió a retenerlo. A todo
+trance quería dar con la clave del enigma, saber de un modo positivo lo
+que sospechaba. Y ayudándose de María Josefa, que sabía mejor que él a
+qué atenerse, mantuvo alerta la conversación algún tiempo sobre el
+escabroso tema. Luis estaba en brasas. Dirigía frecuentes miradas hacia
+el sitio de Amalia, como reclamando lo que estaba obligada a concederle.
+Levantose al fin la dama, se asomó a la puerta y tornó a sentarse. A los
+pocos momentos apareció el rostro pálido y suave de Josefina. Paseó sus
+ojos tristes por la sala, y a una seña de su madrina dirigió sus pasos
+al gabinete. Al cruzar por detrás del conde, volviose éste a medias y le
+echó una mirada rápida y ansiosa, que no pasó inadvertida a la sagacidad
+de sus interlocutores. La niña levantó sus ojos hacia él, brillando con
+sonrisa feliz. Fue un choque magnético que hizo arder súbito toda la
+alegría de su corazón infantil. Los tertulios la llamaron, trataron de
+retenerla; pero ella, obedeciendo la orden de su madrina, siguió hasta
+el gabinete. Pocos momentos después se oyó la voz áspera de Quiñones.
+
+--¿No está el conde de Onís por ahí? ¿Cómo no entra?
+
+--Allá voy, D. Pedro--se apresuró a responder Luis, contento de
+separarse de aquel enfadoso grupo.
+
+Al entrar en el gabinete se produjo, en menos tiempo del que puede
+tardarse en referirla, una terrible escena que puso en conmoción y
+espanto a toda la tertulia. D. Pedro estaba con las cartas en la mano y
+lo mismo Jaime Moro y D. Enrique Valero. Saleta, que hacía el cuarto,
+hablaba con el capellán sentado detrás de él. En torno de la mesa había
+tres o cuatro personas de pie mirando el juego. Cerca del noble
+maestrante se hallaba Josefina con los bracitos cruzados esperando su
+bendición para irse a la cama.
+
+Al entrar el conde, Quiñones le lanzó una rápida mirada escrutadora,
+clavó enseguida otra de profundo odio en la niña y dijo con sonrisa
+sarcástica:
+
+--Ah, ¿quieres la bendición?... Toma la bendición.
+
+Y le dio de revés un tremendo bofetón que la hizo rodar por el suelo,
+soltando sangre por boca y narices. Luis sintió aquella bofetada en sus
+mejillas. Huyó repentinamente de ellas toda la sangre y quedó densamente
+pálido. Y por un impulso ciego, superior a su voluntad, gritó fuera de
+sí:
+
+--¡Eso es una vileza! ¡Una cobardía!
+
+Y aun trató de lanzarse sobre él. Pero le detuvieron. D. Pedro gritaba
+mientras tanto a grandes voces, loco de furor:
+
+--¡Por fin caíste! ¡Por fin caíste, perro!
+
+Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del asiento y lanzarse sobre el
+ladrón de su honra, consiguiolo a medias, y cayó al fin de nuevo,
+privado de sentido, torciendo la boca.
+
+Los tertulios se habían levantado todos y acudieron al gabinete. Las
+señoras gritaban aterradas. Los hombres preguntaban a los de dentro lo
+que ocurría. El conde de Onís paseó una mirada de extravío por ellos, se
+dirigió al sitio donde yacía Josefina, alzola del suelo y, con ella en
+brazos, trató de abrirse paso. Amalia se le puso delante.
+
+--¿Adónde va usted?
+
+Y quiso arrancarle la niña. Pero Luis extendió la mano, agarró a la
+valenciana por los cabellos y, después de sacudirla tres o cuatro veces
+con fuerza, la arrojó lejos de sí y se lanzó a la puerta del salón.
+
+Bajó la escalera a saltos, salió a la calle, donde esperaba el coche, y
+brincando en él con su preciosa carga dijo al cochero:
+
+--¡A escape, a la Granja!
+
+El pesado vehículo rodó con estrépito por las calles mal empedradas. No
+tardó en salir a la carretera.
+
+La luna brillaba en lo alto del firmamento. De vez en cuando, grandes
+nubes espesas, flotantes tapaban su disco, pero al instante volvía a
+lucir. En las regiones superiores de la atmósfera soplaba un viento
+huracanado. Abajo parecían reinar el silencio y la paz.
+
+Josefina no salía de su desmayo. El conde le limpiaba con su pañuelo la
+sangre. Después trataba de reanimarla imprimiendo largos, apasionados
+besos en su rostro de alabastro.
+
+Al fin se entreabrieron sus ojos, contempló con extraña fijeza al conde
+y relampagueó en ellos una dulce sonrisa.
+
+--¿Eres tú, Luis?
+
+--Sí, vida mía, yo soy.
+
+--¿Adónde me llevas?
+
+--Donde tú quieras.
+
+--Llévame lejos, ¡muy lejos!... Llévame a tu casa... Llévame aunque no
+me des de comer. Estando contigo no me importa morir.
+
+El conde la apretó contra su seno y la cubrió de besos.
+
+--Sí, sí, a mi casa vas--exclamó mientras las lágrimas bañaban sus
+mejillas.--De allí no saldrás ya nunca, porque para arrancarte
+necesitarán antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina, voy a decirte
+una cosa. Procura entenderla. Haz un esfuerzo y lo conseguirás... Yo soy
+tu padre... Los señores de Quiñones te han recogido en su casa... pero
+yo soy tu padre... ¿lo entiendes?
+
+--Sí, Luis, te entiendo.
+
+--Te han recogido, porque yo soy tan malo que te he entregado a ellos
+en vez de tenerte conmigo.
+
+--Ahora no te entiendo, Luis. Tú no eres malo. Tú eres bueno y me
+quieres.
+
+--Sí, hija de mi alma, te quiero más que a mi vida... Perdóname.
+
+--Yo también te quiero a tí... ¡A ellos no! Antes quería a madrina, pero
+ahora no... ¡Me ha pegado tanto! ¡Si supieras!... Me mordía, me arañaba,
+me arrastraba por el suelo, mandaba a Concha que me azotase con la
+ballena, me ataba con una cuerda como a los perros...
+
+--¡Calla, calla, que me matas!--profirió Luis sollozando.
+
+--¡No llores, Luis, no llores!... ¿Ves cómo eres bueno? Estás llorando
+por mí.
+
+--¡No he de llorar por tí si eres mi hija! Llámame padre... ¡Yo soy tu
+padre! ¿Lo sabes, lo sabes?
+
+--Sí, lo sé... Tú eres mi padre y yo soy tu hija... Tengo sueño...
+Déjame dormir sobre tu pecho.
+
+Y dejó caer sobre él la cabecita blonda. Inclinó la suya el conde para
+darle un beso en la frente y sintió sus labios abrasados por el calor de
+la fiebre.
+
+Gozó la criatura algunos momentos de sueño letárgico. Corrían de vez en
+cuando por su tierno cuerpo vivos estremecimientos. Despertó al fin
+dando un grito.
+
+--¡Luis, que me llevan!... ¡Míralos, míralos... ahí están!
+
+Sus ojos expresaban un terror pánico.
+
+--No, hija, no; son los árboles del camino que extienden sus ramas hacia
+nosotros.
+
+--¿No ves a D. Pedro que me amenaza? ¿No oyes lo que me está diciendo?
+
+--Sosiégate, mi alma; es el mugido del viento.
+
+--Tienes razón. Ya se fueron. ¡Mira cómo brilla la luna! ¡Mira qué
+campos tan hermosos y cuántas flores!... Un palacio de cristal...
+Delante hay una niña jugando con un gatito blanco... ¡Qué precioso!...
+Es más bonito que el Rojo... Déjame jugar con ella, Luis...
+
+--Jugarás cuanto quieras, y te compraré un gatito y una palomita blanca
+que venga a comer a tu mano.
+
+--No, no quiero que gastes dinero. Estoy contenta con que no me separes
+de ti.
+
+--Nunca ya. Vivirás conmigo siempre, porque eres mi hija. Duerme, mi
+vida.
+
+--¡Otra vez la oscuridad!... ¡Ya vuelve! ¡Échalos, Luis, échalos, por
+Dios! ¡Que me agarran!
+
+--No temas; estás conmigo... Mira la luna otra vez... ¿Ves cuánta
+luz?... Duérmete, corazón.
+
+--Es verdad... ya veo los campos llenos de flores... ya veo el gatito
+blanco... La niña no está... ¿Dónde se fue, Luis?
+
+--Está en mi casa, esperándote para jugar. Estamos muy cerca ya.
+Duérmete.
+
+--Sí, Luis, voy a dormir. Tú me lo mandas, ¿no es cierto? Yo debo
+obedecerte porque soy tu hija... Tengo frío... Apriétame más.
+
+Apretola más y más contra su pecho. Josefina se durmió al fin. El
+carruaje rodaba por la carretera desierta al través de los campos
+esclarecidos por la luz de la luna. Las nubes volaban también dispersas
+por los aires. El viento mugía sordamente a lo lejos. Los árboles
+comenzaban a agitar sus penachos.
+
+Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis inclinó la cabeza para
+despertar a la niña; pero al darla un beso sintió en sus labios el frío
+de la muerte. Alzola vivamente, sacudiola con fuerza varias veces,
+llamándola a gritos.
+
+--¡Josefina!... ¡Hija! ¡hija! ¡hija!... ¡Despierta!
+
+La blonda cabeza de la niña se doblaba a un lado y a otro como una
+azucena que tuviese quebrado el tallo.
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of El maestrante, by Armando Palacio Valdés
+
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 30425 ***