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diff --git a/30425-0.txt b/30425-0.txt new file mode 100644 index 0000000..f157363 --- /dev/null +++ b/30425-0.txt @@ -0,0 +1,10156 @@ +*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 30425 *** + +EL MAESTRANTE + +NOVELA + +POR + +D. ARMANDO PALACIO VALDÉS + +MADRID + +TIPOGRAFIA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ + +IMPRESOR DE LA REAL CASA + +Libertad, 16 duplicado. + +1893 + + + + +ÍNDICE + + + I.--La casa del maestrante + + II.--El hallazgo + + III.--La cita + + IV.--Historia de aquellos amores + + V.--Las bromas de Paco Gómez + + VI.--Las señoritas de Meré + + VII.--El aumento del contingente + +VIII.--El vino de Fernanda + + IX.--La mascarada + + X.--Cinco años después + + XI.--La cólera de Amalia + + XII.--La justicia del barón + +XIII.--El martirio + + XIV.--La capitulación + + XV.--Josefina duerme + + + + + +I + +La casa del maestrante. + + +A las diez de la noche eran, en toda ocasión, contadísimas las personas +que transitaban por las calles de la noble ciudad de Lancia. En las +entrañas mismas del invierno, como ahora, y soplando un viento del +noroeste recio y empapado de lluvia, con dificultad se tropezaba alma +viviente. No quiere esto decir que todos se hubiesen entregado al sueño. +Lancia, como capital de provincia, aunque no de las más importantes, es +población donde ya en 185... se había aprendido a trasnochar. Pero la +gente se metía desde primera hora en algunas tertulias y sólo salía de +ellas a las once para cenar y acostarse. A esta hora, pues, solían +tropezarse algunos grupos resonantes que caminaban a toda prisa +resguardados por los paraguas; las señoras rebujadas en sendos +capuchones de lana, alzando las enaguas con la mano que les quedaba +libre; los caballeros envueltos en sus pañosas o _montecristos_, los +pantalones enérgicamente arremangados, rompiendo el silencio de la noche +con el áspero traqueteo de las almadreñas. Porque en aquella época eran +muy pocos todavía los que desdeñaban este calzado patriótico y +confortable. Tal cual pollastre que por haber estado en Valladolid +estudiando medicina se creía por encima de estas ruindades y alguna que +otra damisela melindrosa que afectaba el no saber andar con ellas. + +De coches no había que hablar, pues sólo existían tres en la población, +el de Quiñones, el de la condesa de Onís y el de Estrada-Rosa. Este +último era el único que no alcanzaba el medio siglo de antigüedad. +Cuando cualquiera de las tres carrozas salía a la calle, rodeábala un +enjambre de chiquillos y seguíanla buen trecho en testimonio de +incondicional entusiasmo. Los vecinos en lo interior de sus moradas +distinguían, por el estrépito de las ruedas y el chasquido de las +herraduras, a cuál de los magnates mencionados pertenecía. Eran, en +suma, tres instituciones venerandas que los hijos de la ciudad sabían +amar y respetar. Contra la lluvia que cae sobre ella más de las tres +cuartas partes del año no se conocían entonces otros preservativos +naturales que el paraguas y las almadreñas. Poco después vinieron los +chanclos de goma y recientemente también se introdujeron los +impermeables con capuchón, que trasforman en ciertos momentos a Lancia +en vasta comunidad de frailes cartujos. + +El viento soplaba más recio en la travesía de Santa Bárbara que en +ningún otro paraje de la población. Esta vía, abierta entre el palacio +del obispo y las tapias de un patinejo de la catedral, donde viene a +caer la cadena del pararrayos, pasa a su terminación por debajo de un +arco y forma lóbrego recodo en que el huracán se encalleja y clama y se +lamenta en noches tan infernales como la presente. + +Un hombre embozado hasta los ojos atravesó velozmente la plazoleta que +hay delante de la morada de los obispos y entró en este recodo. La +fuerza del huracán le detuvo, y la lluvia, penetrando entre el embozo de +la capa y el sombrero, le privó de la vista. Resistió unos instantes a +pie firme la violencia de la ráfaga, y en vez de soltar alguna +interjección enérgica, que nunca fuera más al caso, dejó escapar un +suspiro de angustia. + +--¡Ay, Jesús mío, qué noche! + +Se arrimó a la pared, y cuando el viento sosegó sus ímpetus siguió su +camino. Pasó por debajo del arco que comunica el palacio con la catedral +y entró en la parte más desahogada y esclarecida de la travesía. Un +reverbero de aceite engastado en la esquina servía para iluminarla toda. +El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secundado por la gran mariposa de +hoja de lata, para enviar alguna claridad a los confines de su +jurisdicción. Pero, más allá de diez varas en radio, nada hacía +sospechar su presencia. Sin embargo, a nuestro embozado debió parecerle +una lámpara Edison de diez mil bujías, a juzgar por el cuidado con que +se subió aún más el embozo y la prisa con que abandonó la acera para +caminar ceñido a la tapia del patio en que las sombras se espesaban. +Salió en esta guisa a la calle de Santa Lucía, echó una rápida mirada a +un lado y a otro, y corrió de nuevo al sitio más oscuro. La calle de +Santa Lucía, con ser de las más céntricas, es también de las más +solitarias. Está cerrada a su terminación por la base de la torre de la +basílica, esbelta y elegante como pocas en España, y sólo sirve de +camino ordinariamente a los canónigos que van al coro y a las devotas +que salen a misa de madrugada. + +En esta calle, corta, recta, mal empedrada y de viejo caserío, se alzaba +el palacio de Quiñones de León. Era una gran fábrica oscura de fachada +churrigueresca, con balcones salientes de hierro. Tenía dos pisos, y +sobre el balcón central del primero un enorme escudo labrado toscamente +y defendido por dos jayanes en alto relieve tan toscos como sus +cuarteles. + +Una de las fachadas laterales caía sobre pequeño jardín húmedo, +descuidado y triste y cerrado por una tapia de regular elevación; la +otra sobre una callejuela aún más húmeda y sucia abierta entre la casa y +la pared negra y descascarillada de la iglesia de San Rafael. Para pasar +del palacio a la iglesia, donde los Quiñones poseían tribuna reservada, +existía un puente o corredor cerrado, más pequeño, pero semejante al que +los obispos tienen sobre la travesía de Santa Bárbara. Por la viva +claridad que dejaba pasar la rendija de un balcón entreabierto +advertíase que los dueños de la casa no estaban aún entregados al +descanso. Y si la claridad no lo acusara, acusábanlo más claramente los +sones amortiguados de un piano que dentro se dejaban oír cuando los +latidos furiosos del huracán lo consentían. + +Nuestro embozado siguió, con paso rápido y ocultándose en la sombra +cuanto podía, hasta la puerta del palacio. Allí se detuvo; volvió a +echar una mirada recelosa a entrambos lados de la calle, y entró +resueltamente en el portal. Era amplio, con pavimento de guijarro como +la calle, las paredes lisas y enjalbegadas de mucho tiempo, tristemente +iluminado por una lámpara de aceite colgada en el centro. El embozado lo +atravesó velozmente, y sin tirar del cordón de la campana pegó el oído a +la puerta, y así estuvo inmóvil algunos instantes en escucha. Cerciorado +de que nadie bajaba, tornó a la puerta de la calle y enfiló otra mirada +por ella. Al fin resolviose a abrir el embozo y sacó de debajo de la +capa un bulto que depositó en el suelo con mano temblorosa, cerca de la +puerta. Era un canastillo. Estaba cubierto con una manta de mujer, lo +cual impedía observar lo que en él se guardaba, aunque bien se presumía. +Desde Moisés, los canastillos misteriosos parecen destinados a guardar +infantes. El rebozado, ya desarrebozado, tiró tres veces del cordón de +la campana, y al instante, desde arriba, abrieron por medio de otra +cuerda. Las tres campanadas indicaba que quien entraba en la +aristocrática mansión de los Quiñones era un noble, un par de los +señores. Tiempo hacía que se estableciera esta costumbre, sin saber +cómo. Un menestral, un criado, un inferior, por cualquier concepto, no +llamaba sino con una campanada; las visitas llamaban con dos; y la media +docena o poco más de personas que el linajudo señor de Quiñones +consideraba sus iguales en Lancia, lo hacían con tres, por acuerdo +tácito o expreso, que eso nunca se averiguó. Murmurábase en la ciudad de +tal diferencia: los que nunca habían pisado los salones de la casa, +embromaban a los que a diario los visitaban: respondían éstos negando la +especie; pero aunque secretamente humillados, respetaban la feudal +costumbre: nadie era osado a dar las tres campanadas del segundo +estamento. Sólo Paco Gómez se aventuró una vez a hacerlo por broma o +fanfarronada; pero al llegar al salón se le recibió con sorpresa y +frialdad tan despreciativas, que no le quedaron ganas de repetirlo. + +El hombre del canastillo se apresuró a entrar y cerrar la puerta; +atravesó el pórtico y subió por la gran escalera de piedra, en cuyos +peldaños gastados por el uso se rezumaba constantemente alguna humedad. +Al llegar al piso principal un criado se acercó a recogerle la capa y el +sombrero. Y sin aguardar más, como si alguien le persiguiera, lanzose +con presurosa planta a la puerta del salón y la abrió. La viva luz de +las arañas y candelabros le ofuscó un instante. Era un hombre alto, +corpulento, de treinta a treinta y dos años de edad, la fisonomía dulce +y las facciones correctas: gastaba el pelo cortado a punta de tijera y +la barba luenga, rubia y sedosa. En aquel momento su rostro estaba +pálido y revelaba profunda inquietud. + +En cuanto alzó los ojos, que la excesiva claridad le obligara a cerrar, +enderezó la mirada a la señora de la casa, sentada en una butaca. Clavó +ella a su vez en él otra intensa y ansiosa. Fue un choque que dio +instantáneo reposo a sus fisonomías, como dos fuerzas iguales que se +neutralizan. El caballero se detuvo a la puerta esperando que cruzasen +cinco o seis parejas que venían girando al compás de un vals, y sus +labios descoloridos se plegaron con sonrisa tan dulce como triste. + +--¡Qué tarde! No pensábamos que usted viniera ya--exclamó la señora +alargándole su mano fina, nerviosa, que se contrajo tres o cuatro veces +con intensa emoción al chocar con la de él. + +Era una mujer de veintiocho a treinta años, menuda de cuerpo, el rostro +pálido y expresivo, los ojos y el cabello muy negros, boca pequeña y +nariz ligeramente aguileña. + +--¿Cómo se encuentra usted, Amalia?--dijo el caballero, sin responder a +la exclamación, ocultando bajo una sonrisa la ansiedad que a su pesar se +le traslucía en lo tembloroso de la voz. + +--Estoy mejor... Muchas gracias. + +--¿No le hará a usted daño este ruido? + +--No... Me aburría mucho en la cama... Además, no quería privar a las +chicas del único recreo que hoy por hoy tienen en Lancia. + +--Muchas gracias, Amalia--exclamó una jovencita que venía bailando y oyó +las últimas palabras de la dama. + +Ésta le dirigió una sonrisa bondadosa. + +Otra pareja que venía detrás chocó con el caballero, que continuaba en +pie. + +--¡Usted siempre estorbando, Luis! + +--A nadie más que a usted, María Josefa--respondió el joven, riendo con +afectación para disimular el embarazo que aún sentía. + +--¿Está usted seguro de que a mí sola?--preguntó ella alzando al mismo +tiempo su mirada maliciosa hacia el caballero que la estrechaba en sus +brazos. + +María Josefa Hevia tenía ya por lo menos cuarenta años, y sus quince +habían sido casi tan feos, pese al refrán, como sus cuarenta. Como no +poseía tampoco bastante hacienda para restablecer el equilibrio, ningún +valiente había llegado a redimirla del purgatorio de la soltería. Hasta +hacía poco tiempo todavía halagaba la esperanza de que, ya que no un +pollo, por lo menos se arrojase a pedir su mano alguno de los indianos +solteros que iban llegando a establecerse en Lancia. Fundábala en la +tendencia que éstos mostraban a contraer matrimonio con las hijas de las +familias distinguidas de la población, aunque no llevasen dote. +Pertenecía ella por la línea paterna a una de las más ilustres; como que +era pariente del señor de Quiñones, en cuya casa nos hallamos. Pero su +padre había muerto, y vivía con su madre, mujer de baja estofa, +cocinera antes de subir al tálamo nupcial de su amo. Sea por esto o, lo +que es más probable, por la bien declarada y proverbial fealdad de su +figura, tampoco los indianos picaron la carnada del anzuelo. Y eso que, +con motivo o sin él, solía descotarse más de la cuenta para hacer +ostensible lo que, según voz pública, tenía de menos malo en su cuerpo. +El rostro era repulsivo, de facciones incorrectas, hinchado por la +erisipela y desfigurado amenudo por algunas llamaradas rojizas que le +subían a las narices. De sus ilusiones femeninas no le quedaba ya más +que una, la de bailar: era una verdadera pasión: padecía horriblemente +cada vez que los descuidados pollos de Lancia la dejaban comiendo pavo. +Pero se vengaba tan lindamente de ellos y ellas, poseía una lengua tan +acerada, que la mayor parte de los jóvenes le sacrificaban por lo menos +un baile en todos los saraos: cuando se descuidaban, las mismas +muchachas se lo recordaban, temiendo las iras de la feroz solterona. +Bailaba, pues, tanto como la más linda damisela de Lancia, por razón +opuesta, esto es, por el saludable terror que había logrado inspirar. +Ella lo sabía, y aunque humillada en el fondo del alma, no dejaba de +aprovecharse, optando por el que consideraba menor de los males. Poseía +espíritu sagaz y malicioso; veía muy bien el ridículo de las acciones, +narraba con gracia y estaba dotada además de un don particular para +herir a cada persona, cuando se le antojaba, en lo más vivo. + +--¿Ha llegado ya el conde?--dijo una voz áspera que salía del gabinete +contiguo y se sobrepuso al tecleo del piano y a las pisadas de los +bailarines. + +--Sí: aquí estoy, D. Pedro... Voy allá. + +El conde dio un paso hacia el gabinete, sin apartar la vista de la +pálida señora. Ésta le clavó otra mirada intensa donde se leía una +interrogación. Él cerró los ojos afirmando, y pasó a la inmediata +estancia. Lo mismo ésta que el salón estaban amueblados sin lujo. Los +próceres de Lancia desdeñaban esos refinamientos del decorado, hoy tan +usuales. No por avaricia, sino por entender con razón que su prestigio +estribaba, más que en la riqueza o suntuosidad de las moradas, en el +sello de respetable antigüedad que poseían, rechazaban en ellas +cualquiera innovación, lo mismo interna que externa. Los muebles +envejecían, se deslustraban; las alfombras y cortinas se iban rayendo. +Los dueños aparentaban no fijarse en ello. Sobre todo, D. Pedro Quiñones +mostraba una negligencia en este punto que rayaba en jactancia. Ni los +ruegos de su señora, ni las indirectas que algún osado, como Paco Gómez, +solía autorizarse bromeando, le decidían jamás a llamar a los pintores y +tapiceros. Se adivinaba bien que en esta resolución influía el desdén +con que miraba el lujo desplegado por algunos indianos en el mobiliario +de sus casas. + +El salón, en lo que toca a las dimensiones, era soberbio, amplio, +elevadísimo de techo; ocupaba todos los balcones de la calle de Santa +Lucía, exceptuando el del gabinete. La sillería antigua, pero no +imitando formas de siglos remotos, como ahora se usa: estaba construida +en el pasado al gusto de la época, y forrada de terciopelo verde ya +gastado. La alfombra descubría el tejido por varios sitios. De las +paredes colgaban algunos tapices magníficos. Éste era el lujo de la +casa. D. Pedro Quiñones poseía una colección de gran valor. Solía +exhibirlos una vez al año, colgándolos de los balcones el día del Corpus +para el paso de la procesión. Decíase que un inglés le había ofrecido +por ellos un millón de pesetas. Poseía asimismo algunos cuadros antiguos +de mérito, tan oscurecidos por el tiempo que, si una mano hábil no venía +pronto a restaurarlos, concluirían por desaparecer. Lo único nuevo que +en el salón había era el piano, comprado hacía tres años, poco después +de casarse en segundas nupcias D. Pedro. + +El gabinete, también de gran tamaño, con un balcón a la calle de Santa +Lucía y dos al jardín, estaba peor decorado aún. Grandes cortinones de +damasco, dos armarios de roble sin espejo, un sofá forrado de seda, +algunos sillones de vaqueta, una mesa redonda en el centro y algunas +sillas correspondientes al sofá; todo bien manoseado y marchito. En +torno de la mesa central, y alumbrados por enorme quinqué de aceite con +pantalla verde, estaban tres caballeros jugando al tresillo. El dueño de +la casa era uno de ellos. Tendría de cuarenta y seis a cuarenta y ocho +años de edad; hacía tres que estaba enteramente imposibilitado para +moverse, de resultas de un ataque apoplético que le paralizó las dos +piernas. Era corpulento, rostro moreno y facciones bien acentuadas, +enérgicas; el cabello y la barba, blanqueando ya por muchos puntos, +fuertes, abundantes, encrespados; los ojos negros y hundidos de mirar +imponente. En su fisonomía había una expresión de orgullo y fiereza que +ni aun la sonrisa amistosa con que acogió al conde de Onís pudo +extinguir por completo. Estaba reclinado más que sentado en una butaca +construida adrede para facilitarle el movimiento del tronco y los +brazos, y arrimada a la mesa de lado a fin de que le fuese posible jugar +y tener las piernas extendidas. Aunque en la chimenea ardían algunos +troncos de leña, se abrigaba con una talma de color gris cerrada al +cuello con broche de oro. Bordada sobre ella, del lado del corazón, +había una gran cruz roja de la orden de Calatrava. El señor de Quiñones +prescindía pocas veces de esta talma, que le daba aspecto un poco +fantástico y teatral. + +Siempre había sido extravagante en el vestir. Su orgullo le impulsaba a +buscar el modo de distinguirse del vulgo. En varias ocasiones se le vio +de levita cerrada, sombrero de copa y almadreñas: gastaba larga melena, +como un caballero del siglo diez y siete; vestía amenudo traje de +terciopelo o pana con botas de montar; usaba botines cuando ya nadie se +acordaba de ellos, y grandes cuellos de camisa vueltos sobre el chaleco, +imitando la antigua valona. Nunca se vio hombre más preciado de su +nobleza ni con más afán de resucitar el prestigio y los privilegios de +que aquélla gozaba en siglos pasados. El público murmuraba de sus +extravagancias y muchos se reían de ellas, porque Lancia es una +población donde abundan los espíritus humorísticos; pero, como siempre +acontece, este orgullo desmedido y feroz había concluido por imponerse. +Los que con más gracia se burlaban de las rarezas de don Pedro eran los +que con mayor sumisión y rendimiento le quitaban el sombrero así que le +veían de media legua. + +Había vivido en la corte algún tiempo durante sus años juveniles, pero +no echó raíces en ella. Fue gentilhombre con ejercicio y disfrutó de las +ventajas y preeminencias que su caudal y nacimiento le concedían; pero +no bastaban a saciar aquel corazón henchido de arrogancia. La extraña +amalgama de la aristocracia de la sangre con la del dinero le hería y le +irritaba. El respeto que se concedía a los hombres políticos y que él +mismo se veía obligado a tributar por razón de su cargo le encendía de +ira. ¡Un hijo de la nada, un pelagatos pasar por delante de él con la +cabeza erguida, dirigiéndole una mirada indiferente o desdeñosa! ¡A él, +descendiente directo de los condes soberanos de Castilla! Por no +sufrirlo y por el amor que profesaba a Lancia renunció al empleo y vino +a habitar de nuevo el churrigueresco palacio en que nos hallamos. La +soberbia, o por ventura su carácter excéntrico, le hicieron cometer, en +este período de su vida de mayorazgo solterón, mil extravagancias y +ridiculeces que asombraron y fueron el regocijo de la ciudad mientras no +llegó a acostumbrarse. D. Pedro no salía jamás a la calle sin ir +acompañado de un su criado o mayordomo, hombre zafio, que vestía el +traje del labriego del país, esto es, calzón corto con medias de lana, +chaqueta de bayeta verde y ancho sombrero calañés. Y no sólo salía con +Manín (por este nombre era universalmente conocido), sino que le llevaba +al teatro. Era de ver los dos en un palco principal; él, rígido, +correcto, paseando su mirada distraída por la sala; el criado, con las +palmas de las manos apoyadas en la barandilla y la barba sobre las +manos con la atónita mirada clavada en el escenario, soltando bárbaras, +ruidosas carcajadas, rascándose el cogote o bostezando a gritos enmedio +del silencio. Entraba con él en los cafés y hasta le llevaba a los +bailes. Manín llegó a ser en poco tiempo una institución. D. Pedro, que +apenas se dignaba hablar con las personas más acaudaladas de Lancia, +sostenía plática tirada con él y admitía que le contradijese en la forma +ruda y grosera de que era capaz únicamente. + +--Manín, hombre, repara que estás molestando a esas señoras--le decía a +lo mejor hallándose ambos en cualquier tienda. + +--Bueno, bueno; pues si quieren estar a gusto, que traigan de casa un +jergón y se acuesten--respondía el bárbaro en voz alta. + +D. Pedro se mordía los labios para no soltar el trapo, porque le hacían +extremada gracia tales groserías y brutalidades. + +Si entraba en un café, Manín se atracaba de cuarterones de vino tinto +mientras él solía beber con parquedad una copita de moscatel. Pero +siempre pedía una botella y la pagaba, aunque la dejase casi llena. +Mostrando por esta prodigalidad cierta extrañeza un boticario de la +población con quien alguna vez se dignaba hablar, le respondió con fría +arrogancia: + +--Pago una botella, porque me parece indecoroso que D. Pedro Quiñones +de León pida una copa como cualquier c...tintas de las oficinas del +gobierno político. + +Causaba asombro también en la ciudad el que al saludar a los clérigos en +la calle les besase la mano, imitando la costumbre de los nobles en +otros siglos. Este respeto no era más que un medio de distinguirse y +acreditar su alta jerarquía, como todo lo demás. Porque al capellán que +tenía a su servicio, aunque le besaba la mano en público, le trataba +como a un doméstico en privado. Le guardaba muchas menos consideraciones +que a Manín. Pero lo que verdaderamente dejó estupefacta a la población +y se prestó a sin número de comentarios y chufletas fue lo que D. Pedro +hizo, poco después de llegar de Madrid, en cierta solemnidad religiosa. +Se presentó en la iglesia con uniforme blanco cuajado de cordones y +entorchados, que debía de ser el de maestrante de Ronda. Al llegar el +momento de la consagración en la misa, avanzó con paso solemne hasta el +medio del templo, que se hallaba libre de gente, desenvainó la espada y +comenzó a esgrimirla sucesivamente contra los cuatro puntos cardinales, +dando furiosas estocadas y mandobles al aire. Las mujeres se asustaron, +los chiquillos corrieron, la mayor parte de los hombres pensó que era un +acceso de locura. Sólo los más avisados o eruditos entendieron que se +trataba de una ceremonia simbólica y que aquellos mandobles al aire +significaban que don Pedro estaba resuelto, como caballero profeso que +era de una orden militar, a batirse con todos los enemigos de la fe, en +cualquier paraje del mundo. El único periodiquito que se publicaba +entonces en Lancia todos los domingos (hoy existen once, seis diarios y +cinco semanales) le dedicó una gacetilla en que, con no poca gracia, se +burlaba de él. Sin embargo, tales burlas públicas o privadas, como ya se +ha indicado, no conseguían amenguar el prestigio de que el ilustre +prócer gozaba en la ciudad. Quien se considera de buena fe superior a +los seres que le rodean, tiene mucho adelantado para que éstos se le +humillen. Además, D. Pedro, apesar de sus ridiculeces, era hombre culto, +aficionado a la literatura y con pujos de poeta. De vez en cuando, y con +ocasión de cualquier fausta nueva para la patria o familia real, +escribía algunas décimas o tercetos en estilo clásico, un poco +gongorino. Aunque algunas personas trataron de persuadirle a que los +publicase, nunca esto se pudo acabar con él. Profesaba tan sincero +desprecio a todo lo que reflejase el movimiento democrático de nuestra +era y muy especialmente a los periódicos, que prefería tenerlos +manuscritos, conocidos solamente de un número reducido de amigos. Pasaba +igualmente por hombre valeroso. En Madrid había tenido algunos duelos y +en Lancia dejó de efectuarse uno entre él y cierto jefe político que los +progresistas mandaron a esta provincia, por la intercesión del obispo y +cabildo catedral. + +Al llegar a los cuarenta años, poco más o menos, casó con una señora +aristócrata también, que habitaba en Sarrió. Murió su esposa al año, a +consecuencia del parto. Tres años después contrajo de nuevo matrimonio +con Amalia, dama valenciana algo emparentada con él. Apenas se conocían. +D. Pedro la había visto en Valencia cuando ella contaba catorce años. El +matrimonio que se realizó diez años después pactose por medio de cartas, +previo el cambio de retratos. Se daba por seguro que la voluntad de la +novia había sido forzada, y aun se decía que durante algunos meses se +había negado a compartir el tálamo con su marido. Todavía más. Se +contaba en Lancia con gran lujo de pormenores el viaje que por consejo +de un canónigo hizo don Pedro con su esposa para inspirarla confianza y +acortar, entre las peripecias del camino y la descomodidad de las +posadas, la distancia moral y material que los separaba. Cumplidas las +profecías del astuto capitular y realizados todos los fines del +matrimonio, el cielo no quiso sin embargo bendecirlo. Poco tiempo +después D. Pedro experimentó el terrible ataque apoplético que le +paralizó de medio cuerpo abajo, y desde entonces no hubo términos +hábiles para la bendición, aunque la Providencia estuviese animada de +los mejores deseos. + +--Nos hace falta un cuarto--dijo apretando con efusión la mano del +conde. + +--Sí, sí, a ver si cambia la suerte... Moro nos está llevando el dinero +bravamente--dijo un viejecito de cara redonda, fresca, rasurada, el pelo +blanco y los ojos claros y tiernos. Tenía marcado acento gallego. Se +llamaba Saleta y era magistrado de la audiencia y tertulio asiduo de la +casa de Quiñones. + +--¡No tanto, Sr. Saleta, no tanto! Sólo gano doscientos tantos. Faltan +trescientos para desquitarme de lo que he perdido ayer--manifestó el +aludido, que era un joven de fisonomía abierta y simpática. + +--¿Y por qué no han llamado ustedes a Manín?--preguntó el conde +dirigiendo una mirada risueña al célebre mayordomo, que, con su calzón +corto, zapatos claveteados y chaqueta de bayeta verde, dormitaba en una +butaca. + +Las miradas de los tres se volvieron hacia él. + +--Porque Manín es un bruto que no sabe jugar más que a la _brisca_--dijo +D. Pedro riendo. + +--Y al _tute_--manifestó el gañán, desperezándose groseramente, abriendo +una boca de a cuarta. + +--Bueno, y al tute. + +--Y al _monte_. + +--Bien, hombre, y al monte también. + +Y se pusieron a jugar sin hacer más caso de él. + +Pero al cabo de un momento volvió a decir: + +--Y al _parar_. + +--¿Al parar también?--preguntó en tono de burla el conde de Onís. + +--Sí, señor, y a las _siete y media_. + +--¡Vaya! ¡vaya!--exclamó aquél distraídamente, abriendo el abanico de +cartas y examinándolo atentamente. + +Y siguieron jugando con empeño, absortos y silenciosos. El mayordomo les +interrumpió de nuevo, diciendo: + +--Y al _julepe_. + +--¡Bueno, Manín, cállate!... No seas majadero--exclamó ásperamente D. +Pedro. + +--¡Manjadero! ¡manjadero!--masculló el aldeano con mal humor.--Otros hay +tan manjaderos; pero como tienen dinero no hay quien se lo llame. + +Y dejó caer de nuevo sus formidables espaldas en el sillón, estiró las +patas y cerró los ojos para roncar. + +Los jugadores levantaron la vista hacia don Pedro con sorpresa e +inquietud. Este la clavó colérica en su mayordomo; pero, al verle en +aquella tan sosegada postura, cambió repentinamente, y alzando los +hombros y convirtiendo de nuevo los ojos a las cartas, exclamó con +sonrisa, alegre: + +--¡Qué bárbaro! ¡Es un verdadero suevo! + +--¡Alto, Sr. Quiñones, alto!--dijo Saleta.--Los suevos han acampado +solamente en Galicia. Ustedes no son más que cántabros... Precisamente +yo debo saber bien eso... + +--¡Claro! ¡Uzté ze lo zabe too!--manifestó un caballero no tan viejo, si +bien pasaría de los cincuenta, que entraba a la sazón. D. Enrique +Valero, magistrado de la Audiencia también, hombre de agradable porte, +de rostro fino y expresivo, aunque extremadamente marchito por la vida +alegre que había llevado. Como lo denunciaba su acento, de lo más +cerrado y ceceoso que puede oírse, era andaluz y de la provincia de +Málaga. + +--No lo sé todo, amigo Valero--repuso con calma Saleta;--pero conozco +perfectamente la historia de mi país y las particularidades referentes a +mi familia. + +--¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo de lo zuevo, compañero? + +--Porque mi familia desciende de uno de los caudillos más principales +que penetraron en la provincia de Pontevedra cuando la irrupción, según +consta de varios documentos que se conservan en el archivo de mi casa. + +Los jugadores cambiaron una risueña mirada de inteligencia con Valero. + +--¡Ajá!--exclamó éste entre alegre e irritado.--Ahora rezulta que el +amigo Zaleta ez un zuevo como una catedral.--¡Quién lo había de penzá, +tan rebajuelo y tan chiquitín! + +--Sí, señor--prosiguió el otro, como si no hubiera oído, hablando con +lentitud y firmeza.--El caudillo que dio origen a nuestra familia se +llamaba Rechila. Era hombre al parecer feroz y sanguinario. Gran +conquistador; extendió sus dominios muchísimo, y hasta me parece que +llegó en sus correrías hasta Extremadura. Un día, siendo yo niño, se +encontró su corona enterrada entre los cimientos de la antigua capilla +de nuestra casa... + +--¡Pero, hombre! ¡pero, hombre!--exclamó Valero mirándole fijamente con +una cómica indignación que hizo soltar la carcajada a los demás. + +Saleta prosiguió imperturbable describiendo el hallazgo, la forma, el +peso, cada uno de los adornos; no se le olvidó un pormenor. + +Y Valero mientras tanto no apartaba de él la mirada, sacudiendo la +cabeza con creciente irritación. + +Todas las noches pasaba lo mismo. El descarado mentir de su colega +provocaba en el magistrado andaluz una indignación a veces fingida, +otras real, que siempre alegraba a la compañía. Era tan insólito que un +gallego se atreviese a bravear de exagerado y embustero delante de un +andaluz, que éste, herido en su amor propio y en los fueros de su país, +llegaba en ocasiones a enfadarse, dudando si Saleta era un tonto o por +tales tenía a los que le escuchaban. En realidad el magistrado de +Pontevedra mentía con tan poca gracia y al mismo tiempo con tal firmeza, +que era cosa de pensar si sería un pícaro redomado que se gozaba en +impacientar a sus amigos. + +--¿Ha dicho uzté que eze antepazao zuyo ha llegao a +Eztremadura?--preguntó al fin Valero en tono decidido. + +--Sí, señor. + +--Pue me parece, compare, que eztá uzté equivocao, porque eze zeñó +Renchila... + +--Rechila. + +--Bueno, eze Rechila ha ido máz allá, ha corrío hazta la provincia de +Málaga; pero allí le zalío al encuentro una partía de vándalos de la +cual era jefe uno de miz azcendiente, que ze llamaba zi mal no +recuerdo... ezpere un poco... ze llamaba Matalaoza. Pue bien, ezte +Matalaoza, que era un tío mu bragao y mu soso, le derrotó completamente, +le hizo prizionero y le tuvo tirando de una noria hazta que ze murió. +Todavía ze conzervan en lo zótano de caza alguno peazo de la maquinita. + +D. Pedro, Jaime Moro y el conde de Onís habían suspendido el juego y +reían sin rebozo alguno. + +--No puede ser. Rechila no ha pasado de Mérida, que ha conquistado +después de un corto asedio--manifestó Saleta sin turbarse poco ni mucho. + +--Dispenze uzté, amigo; en el archivo de mi caza hay documentoz que +acreditan que el zeñó Renchila ha entrao una mijita por la provincia e +Málaga, y que el zeñó Matalaoza, mi abuelo, por la línea de madre, ni pa +Dioz quizo deharle seguí ma adelante. + +--Permítame usted, amigo Valero; me parece que está usted en un error. +Ese Rechila debe de ser otro. Entre los suevos ha habido varios +Rechilas... + +--No zeñó, no... El Rechila que ha derrotao mi abuelo era el antepazao +de uzté... Eztoy zeguro... De la provincia de Pontevedra... Ze le +conocía enzeguidita por el acento. + +Y afectaba gran seriedad al proferir estas frases. La alegría de los +jugadores era cada vez mayor. Saleta, acostumbrado a las burlas de su +colega, no se amoscaba ni perdía un punto de su irritante flema. La +desvergüenza de este hombre para mentir y sostener luego sus mentiras +era inaudita. + +Cuando vio la inutilidad de seguir disputando, atendió nuevamente al +juego. Los demás hicieron lo mismo, aunque de vez en cuando se les +escapaba por la nariz el flujo de la risa. + +Jaime Moro seguía ganando. Y se mostraba alegre y charlatán, comentando +cada una de las jugadas con prolijidad. Era un guapo joven de barba +negra recortada, facciones correctas, ojos rasgados sin expresión y tez +suave y sonrosada. Su padre, administrador diocesano que había sido en +aquella provincia, se murió el año anterior, dejándole una regular +hacienda, setenta u ochenta mil duros, según los bien enterados. Este +capital en Lancia le hacía un verdadero potentado. No hay para qué decir +que fue el blanco de todos los tiros de las niñas casaderas, su ideal, +su sueño dorado. Moro parecía poco inclinado al sexo femenino. Amaba +infinitamente más a Mercurio que a Venus. Su afición al juego, a toda +clase de juegos, era tan desmedida que bien podía decirse que su vida +entera estaba consagrada a ella, que había nacido para jugar. Vivía +solo, con ama de llaves, criado y cocinera. Levantábase de diez a once +de la mañana, y después de acicalarse se iba a la confitería de D.ª +Romana, donde hallaba sabrosa compañía que le enteraba de todos los +cuentos que corrían por la población. Así que echaba a un lado esta +tarea metíase en la trastienda oscura, grasienta, pringosa, con un olor +a hojaldre que derribaba, y sentándose a una mesa que correspondía en +un todo al decorado del recinto, se ponía a jugar la copa de Jerez y los +pasteles al dominó con su íntimo amigo D. Baltasar Reinoso, uno de los +muchos propietarios de cuatro o cinco mil pesetas de renta que residían +en Lancia. A las dos a comer. A las tres al Círculo Mercantil a comenzar +con tres de los indianos, que formaban el núcleo de aquella sociedad de +recreo, el clásico chapó, que se prolongaba ordinariamente hasta las +cinco. Y vamos corriendo a casa del muy ilustre señor deán de la +catedral basílica, donde nos espera este señor en compañía del +maestrescuela y del cura de San Rafael para ventilar el tresillo +cotidiano. Cuando el chapó se prolongaba algo más de lo acostumbrado, +solía venir un monaguillo al Círculo para avisarle de que sus compañeros +estaban reunidos. Y entonces Moro se apresuraba a dar los tres o cuatro +tacazos definitivos, y entre uno y otro se hacía poner el abrigo por el +mozo para no perder tiempo, y pagando o cobrando con mano nerviosa el +saldo de su cuenta, corría desalado con la lengua fuera hasta casa del +deán. El tresillo de éste duraba hasta las ocho. A casa a cenar. A las +nueve, escapado a la de D. Pedro Quiñones, a empalmarlo. Otras noches a +la de D. Juan Estrada-Rosa a lo mismo. A las doce al Casino, donde se +reunían unos cuantos trasnochadores y jugaban al monte o la lotería un +rato. Por último, a las dos o las tres de la madrugada Jaime Moro caía +en su lecho rendido de tan laboriosísima jornada, para comenzar al día +siguiente otra enteramente igual. + +Ni se piense que era un joven codicioso. Nada de eso. Su liberalidad era +conocida y loada por toda la ciudad. No le arrastraba a jugar el ansia +del dinero, sino una decidida y desinteresada vocación que se había +sobrepuesto en él a todas las demás aficiones. Era el suyo un +temperamento excesivamente activo, sin inteligencia ni voluntad para +darle un fin serio y útil. En sus cortos momentos de ocio aparecía como +hombre sosegado, indiferente, linfático; pero así que tenía las cartas +en la mano, o el taco, o las fichas del dominó, adquiría su figura brío +inusitado, el rostro se le mudaba, las manos se estremecían como potros +refrenados, los ojos expresaban la energía recóndita de su alma. +Inspiraba generales simpatías en la población y las cercanías. No había +hombre más dulce, más inofensivo en su trato. Jamás se le oyó hablar mal +de nadie. Los que ven siempre la parte negra de las cosas de este mundo +y el lado flaco de los caracteres, que van siendo cada vez más, por +desgracia, sostenían que si no murmuraba era porque no sabía, que era +tan bueno porque no podía ser otra cosa. ¡Como si no hubiera necios +perversos! Un defecto tenía Moro, hijo de su misma afición. Se +consideraba insuperable en todos los juegos a que se dedicaba. No se le +podía negar gran maestría en ellos; pero de aquí a no tener rival hay +mucha distancia, y Moro la salvaba. De esto procedían los prolijos, +eternos comentarios con que sazonaba cada jugada, y que ya habían +llegado a ser proverbiales en Lancia. Daba un tacazo en el billar. Las +bolas no rodaban como se había propuesto. Se llevaba la mano a la cabeza +con desesperación. + +--¡Un poquito menos de bola, y la mía hubiera entrado por los palos!... +Pero me veía obligado a tomar mucha bola, para que el mingo bajase; +porque si no baja el mingo, ¿sabe usted? él me hace villa y se mete en +casa... ¡Y a mí no me conviene eso! + +Si los circunstantes asentían, aunque perdiese todas las mesas no le +importaba nada. Salvada su honra profesional, el dinero era lo de menos. +Vuelta a dar otro tacazo, y vuelta a comentarlo. No cesaba de hablar. +Pues otro tanto pasaba en el tresillo; pero, al revés de lo que suele +acaecer en este juego, se abstenía de reprender a sus compañeros y de +mostrarse enojado. Hablaba, sí, y mucho; pero siempre para aclarar o +glosar cualquier jugada, repitiendo infinitamente los conceptos en tono +elocuente y persuasivo, que hacía sonreír a los mirones. «Si no me +hubiera fallado el rey... Si hubiera tenido un triunfito más... No me +atreví a dar la bola porque me figuré que D. Pedro... ¿Por qué este tres +de copas no había de ser de oros?... Con dos estuches siempre ha tirado +una vuelta este cura.» Era un compañero ruidoso, pero muy fino y muy +desinteresado. + +--Oiga uzté, ¿no va uzté a jugar?--le dijo Valero, metiendo la cabeza +por entre los jugadores y examinándole las cartas. + +--¿Cree usted que se puede?--preguntó Moro vacilante. + +--A mí me parece que zí. + +--Hay poco de esto y demasiado de esto otro--repuso, señalando +discretamente con el dedo los naipes. + +--Zin embargo, zin embargo... yo creo... + +--Bueno, bueno, jugaremos--replicó Moro con su finura acostumbrada. + +Aquel juego se perdió. Moro dirigió una mirada a sus compañeros y alzó +los hombros con resignación. En cuanto Valero se apartó un poco, +apresurose a decir por lo bajo: + +--No quise contrariar a D. Enrique; pero aquel juego no se podía ganar. + +Vindicada con estas palabras su fama, quedó tan alegre como si les +hubiera dado una bola. + +El conde de Onís, que en un principio se había mostrado jaranero, fue +quedando poco a poco pensativo y amurriado. Jugaba sin atención alguna; +de tal modo que sus compañeros le llamaron al orden más de una vez. + +--Pero, conde, ¿qué es lo que tiene usted hoy? Le veo muy +preocupado--dijo al fin D. Pedro. + +--En efecto, ze noz ha puezto uzté mu triztón--corroboró Valero. + +Viéndose interpelado de este modo brusco, se turbó como si temiera que +el casco de su cerebro fuese trasparente y leyesen dentro. + +--No tiene nada de particular... Me siento bastante molesto de las +muelas--respondió, apelando a un inocentísimo recurso. + +--Mala enfermedá e, compañero--dijo Valero. + +Y todos le compadecieron y se informaron con interés de las +particularidades de la dolencia. + +El conde se veía apurado y contestaba vagamente a las preguntas. + +--Pues contra ese mal, señor conde--apuntó Saleta,--no hay mejor +medicina que el hierro. Verá usted... Yo he padecido muchísimo de las +muelas siendo estudiante. No me atrevía a sacar ninguna; pero la patrona +que tenía en Santiago me convenció de que, atando un bramante a la muela +y sujetándolo por el otro cabo al techo, poco a poco iba saliendo sin +dolor. Me senté en una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muela estaba +bien amarrada, la huéspeda tira de la silla y me deja colgando. ¡Claro, +no tenía más remedio que saltar!... + +Valero comenzó a sacudir la cabeza de un modo desesperado. Los demás le +miran y sonríen. Saleta no lo advierte, o finge no advertirlo, y +continúa con la palabra firme y sosegada y el acento gallego que le +caracterizaban: + +--Después perdí enteramente el miedo. En la Coruña me sacó un dentista +cinco seguidas. Siendo juez en Allariz, tuve un fuerte dolor, y como no +había dentista, el promotor me sacó tres con unas tenacillas de rizar el +pelo su señora. De resultas de eso me atacó una inflamación terrible en +la boca, ¿sabe usted? Fui a Madrid, y Ludovisi, el dentista de la reina, +me quemó las encías con un hierro candente y me sacó siete buenas... + +--Van quince--murmuró Valero. + +--Y me quedé perfectamente, hasta que hace cuatro años, en un +pueblecillo de la provincia de Burgos, estando de temporada en casa de +un amigo, me volvió el dolor, ¡qué dolor! No había ni médico, ni +cirujano, ni nada. Pero llegó casualmente por allí un charlatán que +sacaba las muelas montado a caballo. Me vi tan apurado, que no tuve más +remedio que apelar a él; me sacó dos con el rabo de una cuchara. + +--¡Compañero, qué rozario!--exclamó Valero en el colmo de la +indignación.--¿Le quea a uzté todavía algún novenario en la boca? + +Con la algazara que se armó despertose Manín, desperezose bárbaramente, +abrió una bocaza de media vara, dejando escapar un aullido formidable, +que impresionó al auditorio. Luego volvió el ciclópeo torso de medio +lado y se dispuso a empalmar el sueño. + +--¿A tí no te habrán dolido nunca las muelas, eh, Manín?--preguntó el +maestrante, que no podía estar un cuarto de hora sin comunicarse con su +mayordomo. + +--¡Quiá!--exclamó el gañán sin abrir los ojos siquiera. + +--¡Es una roca!--manifestó el caballero con verdadero entusiasmo. + +Pero Manín se incorporó un poco en la butaca y dijo restregándose los +ojos con los puños: + +--Nunca tuve más que un dolor en la paletilla. Me dio cargando un carro +de hierba y me duró más de un mes. No probaba bocado. Parecía que tenía +allá dentro una gafura que me iba royendo el cuajo. Se me quebraban las +costillas, se me hundían los costados, me tiraba a las paredes, daba +corcovos y regañaba los dientes como un basilisco. Estaba tan amarillo +como la paja segada. Un día me dijo el señor cura:--Manín, tú careces +del pecho.--¡Yo carecer del pecho, señor cura! ¡No me conoce usted bien! +Apalpe aquí por su vida; más recia tengo la entraña de lo que usted +piensa.--Pues no hay más remedió, Manín, tienes que llamar al +mélico.--Que no, señor cura, que no quiero yerbatos ni cataplasmas.--Que +sí, Manín, si no lo llamas tú lo llamo yo.--En fin, después de mucho +gravitar, aunque yo tiraba siempre pa atrás, allá vino don Rafael, el +mélico de las minas. Me mandó quitar hasta la camisa y me tumbó de +espaldas sobre la masera. Enseguida comienza a darme unos golpecicos en +el pecho con los nudillos, como quien llama a la puerta. Pega aquí, pega +allá, y ascucha que ascucharás con la oreja arrimada a la carne. ¡Na! Yo +decía:--¡Gravita, gravita, probiquín! ¡Busca el puzcalabre! Más de media +hora llamando con los nudillos y ascuchando. Hasta que al fin se cansó +de no oír na que le emportase...--¡Ay, amigo del alma!--me dijo +santiguándose,--tienes un pecho ¡líquido! ¡líquido! que en mi vida he +visto otro igual...--Eso ya lo sabía yo, D. Rafael... + +Al llegar aquí se detuvo repentinamente, y paseando una torva mirada por +el auditorio, masculló sin que le oyesen: + +--¿De qué se reirán estos burros? + +Y dejando caer de nuevo la cabeza poblada de greñas sobre la butaca, +cerró los ojos con soberano desprecio. + +Los tertulios del maestrante volvieron su atención al juego, sin dejar +de reír. Pero el conde quedó muy pronto pensativo y distraído otra vez. +Al cabo, no pudiendo reprimir el desasosiego de sus nervios, levantose +de la silla. + +--Vamos, D. Enrique, ocupe usted mi puesto. Este dolor me molesta mucho +y necesito moverme. + + + + +II + +El hallazgo. + + +Cuando el conde puso de nuevo el pie en la sala, justamente se disponían +los pollos a bailar un rigodón. Una de las chicas del _Jubilado_ estaba +ya delante del piano. D. Cristóbal Mateo, a quien apodaban de este modo +en el pueblo, era un antiguo empleado que había servido muchos años en +Filipinas, y que estaba jubilado hacía ya algunos, con treinta mil +reales. Tenía porte militar, una figura realmente marcial con sus +bigotazos blancos, ojos saltones, cejas espesas y velludas manos. Sin +embargo, en todos los dominios españoles no existía hombre más civil. +Había hecho su carrera en las oficinas de Hacienda, y toda la vida había +profesado ideas contrarias al predominio de la milicia. Sostuvo siempre +que las sanguijuelas del Estado no eran ellos, los empleados, sino el +ejército y la marina. Para demostrarlo aducía datos, exhibía notas +sacadas del presupuesto, se perdía en divagaciones burocráticas. Decía +que el presupuesto de guerra «era la sangría suelta por donde se +escapaban las fuerzas vivas de la nación,» frasecilla que había leído en +el _Boletín de Contribuciones Indirectas_, y que había hecho suya con +extremada fruición. Llamaba vagos a los soldados y profesaba rencor +inextinguible a los galones y charreteras. Cuando el ayuntamiento de +Lancia trató de pedir al Gobierno que enviase un regimiento para +guarnecer la ciudad, se opuso, como concejal, tenaz y enérgicamente a +ello. ¿A qué traer una caterva de zánganos? En cambio de los beneficios +que la estancia del regimiento podría reportar, ¡eran tantos los daños! +El mercado se encarecería: los jefes y oficiales gustaban de tratarse +bien y llevarse a casa los alimentos más caros (¡para el trabajo que les +costaba ganarlo!). Luego eran todos jugadores y su mal ejemplo +contagiaría a los jóvenes de la población, que fuera de la época de +ferias, se abstenían de los juegos prohibidos. Como estaban siempre +ociosos (D. Cristóbal creía firmemente que un militar no tiene +absolutamente nada que hacer), por fuerza habían de pensar en picardías +y ruindades. En resumen, que el regimiento sería causa de perturbación +en el pueblo y un elemento corruptor. Prevaleció su deseo, aunque no por +serlo de él, sino porque al ministro de la Guerra no le plugó mandar +soldados a Lancia, considerando quizá la condición mansa de sus +habitantes. + +Con los treinta mil reales de pensión viviría desahogadamente en un +pueblo barato como aquél, si no fuese porque sus hijas estaban dotadas +de cierta fantasía poética que las impulsaba a preferir los sombreros de +Madrid a los que hacía Rita, la sombrerera de la calle de San Joaquín, y +los guantes de ocho botones a los de cuatro. Tal privilegiado +temperamento era causa de frecuentes crisis en el hogar del Jubilado, +con su cortejo de lágrimas, violentos portazos, repentina desgana de +comer, etc. En estos terribles conflictos, hay que confesar que D. +Cristóbal no siempre se mantenía a la altura de energía y coraje que +denotaban sus bigotes y sus cejas enmarañadas. Verdad que siempre +quedaba solo en la pelea. Ni por casualidad se dio el caso de que alguna +de sus hijas le apoyase. Tratándose de asuntos ajenos a la dirección +rentística de la casa, muchas veces se partían las opiniones; algunas +hijas se ponían de parte de papá contra sus hermanas. Mas en cuanto +asomaba el problema económico, constantemente se veía al Jubilado de un +lado y a las cuatro hijas de otro. D. Cristóbal, como caudillo +experimentado, apelaba en estas refriegas a mil ardides para derrotar a +sus contrarios, o para capitular en buenas condiciones. Un día amanecían +las chicas inspiradas, y pedían botinas de tafilete semejantes a las que +habían visto a tal o cual muchacha de la ciudad, generalmente a Fernanda +Estrada-Rosa. D. Cristóbal se replegaba inmediatamente en sí mismo. Se +replegaba y meditaba. Por la noche, a la hora de cenar, deslizaba en la +conversación la noticia de que había estado en _La Innovadora_ +(zapatería de lujo). Le habían dicho que las botas de tafilete daban muy +mal resultado en Lancia, a causa de la humedad. Por otra parte, D. +Nicanor (médico de la ciudad), que por casualidad estaba allí, había +manifestado que el tafilete era funesto en climas tan fríos y lluviosos, +y que por los pies se pillaban muchísimas veces los catarros que más +tarde degeneraban en tisis galopantes, etc. Antes, mucho antes de que +Mateo terminase su diatriba contra el tafilete, se la destripaban sus +cuatro pimpollos con risas irónicas y pesadísimas palabras que dejaban +confundido y triste al pobre viejo. En otras ocasiones, la imaginación +acalorada de las niñas exigía que vinieran de Madrid unos abrigos muy +lindos, de los cuales les había dado noticia Amalia: D. Cristóbal +resistía algún tiempo los asaltos, pero viéndose muy apretado, +capitulaba al fin. Su mente, fecunda en trazas, como la de Ulises, le +sugería una magnífica para ahorrarse la mitad del dinero por lo menos. +Se fue a Amalia y le rogó que le diese su abrigo por dos o tres días, a +fin de que una de las modistas del pueblo le hiciese otros cuatro +iguales. Exigiole, por supuesto, absoluto secreto, y la señora de +Quiñones supo guardarlo. Pero ¡ay! no lo guardaron los fementidos +abrigos, que al llegar muy empaquetaditos de la silla de posta, y al +ofrecerse a las miradas ansiosas y zahoríes de sus cuatro dueños, lo +pregonaron muy alto, por lo pobre de la ornamentación y lo chapucero del +cosido. + +--Estos abrigos no están hechos en Madrid--dijo resueltamente Micaela, +que era la más nerviosa de las cuatro. + +--¡Hija, no desbarres, por Dios! Pues ¿dónde habían de estar?--exclama +D. Cristóbal con afectada sorpresa, sintiendo cierto calorcillo en las +mejillas. + +--No sé; pero desde luego se puede asegurar que no los han hecho en +Madrid. + +Y las cuatro ninfas comienzan a dar vueltas entre sus ebúrneos dedos a +los abrigos, los estudian, los analizan con atento cuidado que pone en +suspensión y espanto a su progenitor. Se dirigen miradas significativas, +sonríen con desprecio, se hablan al oído. Mientras tanto, los feroces +bigotes del jubilado de Ultramar se erizan, se estremecen con leve +temblor que se comunica a sus labios y de ahí al resto del organismo. + +Por fin, aquellas elegantes criaturas sueltan las prendas con descuido +escarnecedor sobre las sillas de la sala y corren a encerrarse en el +gabinete de Jovita. Cerca de media hora estuvieron deliberando +secretamente. D. Cristóbal aguardaba inquieto y ojeroso, paseando con +agitación por el corredor como un procesado que espera el veredicto del +jurado. + +Ábrese finalmente la puerta, y el criminal escruta con ansia el +semblante de los jueces. Éstos guardan actitud reservada, y por sus +labios descoloridos vaga una sonrisa enigmática. Dos de ellas se ponen +inmediatamente la mantilla y los guantes y se lanzan a la calle. Al cabo +de un rato tornan al hogar trémulas, con la faz descompuesta y los ojos +centellantes. La pluma se resiste a narrar la cruel escena que se +produjo en la dulce morada del Jubilado. ¡Cuánto grito rabioso! ¡cuánto +sarcasmo! ¡cuánta carcajada histérica! ¡qué manoteo! ¡qué crujir de +sillas! ¡qué exclamaciones tan lamentables! Y enmedio de aquel +espantoso desorden, de aquel fragor, capaz de infundir pavura en el +corazón más sereno, los cuatro abrigos, causa de tal carnicería, +desgarrados, convertidos en miserables jirones, arrastrándose con +ignominia por el suelo en pago de su delito. + +Fuera de estos sacudimientos periódicos con que la sabia naturaleza +vigorizaba los nervios un poco enervados ya del Jubilado, la existencia +de éste se deslizaba pacífica y suave. Ni le faltaban tampoco muchos y +esmerados cuidados. Sus hijas se ocupaban a porfía en ponerle todo lo +necesario a punto y en su sitio: la ropa acepillada; las camisas y los +calzoncillos oliendo a frescura; las corbatas, hechas de vestidos +viejos, tan flamantes como si saliesen de la guantería; las zapatillas +en cuanto entraba en casa; el agua para lavarse los pies, los sábados; +el cigarro al acostarse; el vaso de agua con limón a la madrugada, etc., +etc. Todo marchaba con la regularidad dulce y mecánica que tanto placer +causa a los viejos. Verdad que entre cuatro bien podían hacerlo sin +molestarse mucho, sobre todo teniendo presente que las niñas no siempre +estaban inspiradas. Sólo a la vista de un sombrero caprichoso, o al +recibir la noticia de la llegada de una compañía dramática, o al +anunciarse que el Casino daría una reunión de confianza, ardía súbito en +sus corazones el fuego sagrado de la inspiración, despertábanse sus +poderosas facultades poéticas, y en arrebatado vuelo salían de casa y se +lanzaban a la de la modista, a la guantería, a la perfumería, dejando en +todos los parajes señales de su agitación y alguna parte del peculio +profecticio. No aliándose bien los arrebatos de la fantasía con la prosa +de los pormenores de la existencia, éstos sufrían alguna alteración. D. +Cristóbal en aquellos periodos de crisis echaba menos, con pesadumbre, +algunos retoques. Mas al poco tiempo sosegaban los espasmos de las +pitonisas y las cosas volvían a su ser y la vida seguía el mismo curso +ordenado y tranquilo. El nombre de aquéllas, por orden de edades, era el +siguiente: Jovita, Micaela, Socorro y Emilita. Eran las cuatro, en +apariencia, seres insignificantes, ni hermosas ni feas, ni graciosas ni +desgraciadas, ni muy jóvenes ni viejas, ni tristes ni risueñas. Nada +había en ellas que fijase la atención. No obstante, en el seno del hogar +el carácter de cada cual se pronunciaba y adquiría relieve. Jovita era +sentimental y reservada; Micaela tenía el genio violento; Socorro era la +más pava, y Emilita la más pizpireta. + +Las dos intensas preocupaciones que llenaban la vida espiritual de D. +Cristóbal Mateo eran la reducción del contingente del ejército y el +casar a sus cuatro hijas, o por lo menos a dos. Lo primero llevaba buen +camino: de algún tiempo atrás venían los políticos más conspicuos +inclinándose a esa opinión. En cuanto a lo segundo, nos duele confesar +que no tenía verosimilitud de ninguna clase. Ni por sacrificar otras +comodidades a los trapos, ni por exhibirse sin medida al balcón y en los +paseos, ni por asistir a los saraos de Quiñones con una constancia digna +de ser premiada, pudieron lograr hasta la hora presente los dones +preciados de Himeneo. Cuando algún imprudente tocaba este asunto en +visita, todas ellas decían que mientras viviese su padre les costaría +mucha pena el casarse; que les parecía cruel abandonar a un pobre +anciano que tanto las quería y tanto se sacrificaba por ellas, etc... +Aquí venía un elogio caluroso de las dotes espirituales de D. Cristóbal. +Pero éste se encargaba inocentemente de desmentirlas, mostrando tales +ganas de verse abandonado, un deseo tan vivo de experimentar aquella +crueldad, que ya era proverbial en Lancia. Como si no bastasen ellas +solas a ponerse en ridículo, el pobre Mateo las ayudaba eficazmente, +metiéndoselas por los ojos a todos los jóvenes casaderos de la ciudad. + +Las ponderaciones que el buen padre hacía del carácter, de la habilidad, +de la economía y buen gobierno de sus hijas no tenían fin. Así que +llegaba un forastero a Lancia, D. Cristóbal no sosegaba hasta trabar +conocimiento con él, y acto continuo le invitaba a tomar café en su casa +y le llevaba al teatro a su palco y a merendar al campo y le acompañaba +a ver las reliquias de la catedral y la torre y el gabinete de historia +natural; todas las curiosidades, en fin, que encerraba la población. El +público asistía sonriente, con mirada socarrona a aquel ojeo, que ya se +había repetido porción de veces sin resultado. La única que logró tener +novio durante tres o cuatro años fue Jovita. Por eso fue también la que +se despeñó de más alto. El galán era un estudiante forastero que la +festejó mientras seguía los últimos cursos de la carrera. Terminada +ésta, partió a su pueblo y, olvidándose de sus promesas de matrimonio, +lo contrajo con una paleta rica. Las demás no habían alcanzado este +grado excelso de la jerarquía amorosa. Inclinaciones vagas, devaneos de +quince días, algún oseo por la calle; nada entre dos platos. Poco a poco +se iba apoderando de ellas el frío desengaño. Aunque no hubiesen perdido +la esperanza, estaban fatigadas. Aquel pensamiento fijo, único, que las +embargaba hacía ya tanto tiempo, iba convirtiéndose en un clavo doloroso +en la frente. Pero D. Cristóbal ni se rendía ni se le pasaba por la +imaginación el capitular. Creía siempre a pie juntillas en el marido de +sus hijas, y lo anunciaba con la misma seguridad que los profetas del +Antiguo Testamento la venida del Mesías. + +--En cuanto se casen mis hijas, en vez de pasar el verano en Sarrió, +donde se guardan las mismas etiquetas que en Lancia, me iré a Rodillero +a respirar aire fresco y a pescar robalizas.--Atiende, Micaela, no seas +tan viva, mujer... Comprende que a tu marido no le han de gustar esas +genialidades; querrá que le contestes con razones... + +--Mi marido se contentará con lo que le den--respondía la nerviosa niña +haciendo un gracioso mohín de desdén. + +--¿Y si se enfada?--preguntaba en tono malicioso Emilita. + +--Tendrá dos trabajos: uno el de enfadarse y otro el de desenfadarse. + +--¿Y si te anda con el bulto? + +--¡Se guardará muy bien! ¡Sería capaz de envenenarlo! + +--¡Jesús, qué horror!--exclamaban riendo las tres nereidas. + +Aquel marido hipotético, aquel ser abstracto salía a cada momento en la +conversación con la misma realidad que si fuera de carne y hueso y +estuviera en la habitación contigua. + +La que comenzaba ahora a teclear en el piano era Emilita, las más +musical de las cuatro hermanas. Las otras tres estaban ya en pie, +cogidas a la manga de la levita de otros tantos jóvenes; como si +dijéramos, en la brecha. + +El conde tropezó a los pocos pasos con Fernanda Estrada-Rosa que venía +de bracero con una amiga. Por lo visto no había querido bailar. Era la +joven que hacía más viso en la ciudad por su belleza y elegancia y por +su dote. Hija única de D. Juan Estrada-Rosa, el más rico banquero y +negociante de la provincia. Alta, metida en carnes, morena oscura, +facciones correctas y enérgicas, ojos grandes, negrísimos, de mirar +desdeñoso, imponente; gallarda figura realzada por un atavío lujoso y +elegante que era el asombro y la envidia de las niñas de la población. +No parecía indígena, sino dama trasportada de los salones aristocráticos +de la corte. + +--¡Qué elegantísima Fernanda!--exclamó el conde en voz baja, +inclinándose con afectación. + +La bella apenas se dignó sonreír, extendiendo un poco el labio inferior +con leve mueca de desdén. + +--¿Cómo te va, Luis?--dijo alargándole la mano con marcada displicencia. + +--No tan bien como a tí... pero, en fin, voy pasando. + +--¿Nada más que pasando?... Lo siento. A mí me va perfectísimamente; no +te has equivocado--repuso en el mismo tono displicente, sin mirarle a la +cara. + +--¿Cómo no, siendo en todas partes donde te presentas la estrella Sirio? + +--Dispensa, chico, no entiendo de astronomía. + +--Sirio es la estrella más brillante del cielo. Eso lo sabe todo el +mundo. + +--Pues yo no lo sabía... ¡Ya ves, como soy una paleta! + +--No es cierto; pero está muy bien la modestia, unida a la hermosura y +al talento. + +--No; si ya sé de sobra que no tengo talento. No te mortifiques en +decírmelo. + +--Hija, te acabo de manifestar lo contrario... + +En el tono displicente de Fernanda iba entrando un poco de acritud. En +el del conde, pausado, ceremonioso, se advertía leve matiz de ironía. + +--Vamos, entonces te he entendido al revés. + +--Algo de eso ha habido siempre. + +--¡Caramba, qué galante!--exclamó la joven empalideciendo. + +--Siempre que has pensado que pudiera decirte algo desagradable--se +apresuró a rectificar el conde, advertido por el cambio de fisonomía de +la idea que cruzaba por su mente. + +--Muchas gracias. Estimo tus palabras como se merecen. + +--Harías mal en no estimarlas sinceras... Además, no necesito yo decirte +lo mucho que vales. Eso lo sabe todo el mundo. + +--Gracias, gracias. ¿Te has cansado de jugar? + +--Me duelen un poco las muelas. + +--Sácatelas. + +--¿Todas? + +--Las que te duelan, hijo. ¡Ave María! + +--¡Con qué indiferencia lo dices! ¿A ti no te importaría nada, por +supuesto? + +--Yo siento siempre los males del prójimo. + +--¡El prójimo! ¡Qué horror! No tenía noticia de haber llegado ya a la +categoría de prójimo. + +--Qué quieres, chico; los honores vienen cuando menos se piensa. + +Apesar de lo impertinente y hasta agresivo del tono, Fernanda no se +movía del sitio, teniendo siempre cogida del brazo a la amiguita, que no +desplegaba los labios. Fijándose un poco, se podría observar que la rica +heredera estaba muy nerviosa. Con el pie daba golpecitos en el suelo, +apretaba en su mano con vivas contracciones el pañuelo y sus labios +temblaban de modo casi imperceptible. Alrededor de los hermosos ojos +árabes se marcaba un círculo más pálido que de costumbre. Aquel pugilato +la interesaba. + +El conde de Onís había sido de sus novios el que más tiempo había +durado. Al aparecer Fernanda en sociedad, y aun antes, cuando era una +zagalita que iba con la criada al colegio, produjo su figura, su +elegancia y sobre todo la amenaza de los seis millones que iban a caer, +andando el tiempo, en su regazo, una verdadera explosión de entusiasmo. +No hubo joven más o menos gallardo o acaudalado que por iniciativa +propia o por las insinuaciones de su familia no se resolviese a pasearle +la calle, a esperarla a la salida del colegio, a mandarle cartitas y a +decirle requiebros en el paseo. De Sarrio, de Nieva y de otras +poblaciones de la provincia acudieron también, con pretexto de las +ferias, algunos golosos. La niña, ufana con tanto acatamiento, +embriagada por el incienso, no se daba punto de reposo tomando y +soltando novios. Era raro el galán que duraba más de un par de meses en +su gracia. En realidad ninguno estaba en posición de merecerla. En +Lancia y en el resto de la provincia no había quien tuviera hacienda +proporcionada a su dote. Si alguno existía, no estaba por su edad +habilitado para casarse con tan tierno pimpollo. Sería algún indiano +averiado por los ardores tropicales, o mayorazgo rústico y solitario de +los que vivían en sus casas solariegas. Sin necesidad de que su padre se +lo advirtiese, la niña comprendía admirablemente que ninguno le +convenía; pero gozaba coqueteando con todos, haciéndose adorar de la +juventud laciense. Entre ésta existía, sin embargo, un mancebo hacia el +cual ninguna doncella de la ciudad había osado levantar los ojos hasta +entonces con anhelos matrimoniales. Era el conde de Onís. Por su alta +jerarquía, más respetada en provincia donde se tributa a la nobleza un +culto que delata al villano y al siervo bajo la levita del burgués, por +su cuantiosa renta, por el apartamiento de su vida y hasta por el +misterio y silencio de su palacio antiquísimo, parecía habitar en +atmósfera más elevada, al abrigo de las flechas de todas las beldades +indígenas. + +Pues por ello precisamente nació en el pecho de Fernanda un deseo, +primero vago, después vivo y anhelante, de rendirle. Esto es muy humano +y sobre todo muy femenino: no necesita explicación. En el fondo de su +alma, la hija de Estrada-Rosa sentíase inferior al conde de Onís. Sin +embargo, tanta era la lisonja que había escuchado en poco tiempo, tan +refulgente el brillo que esparcía sobre su vida el dinero del papá, que +bien podía aspirar a hacerle su marido. Si no lo pensaba así, al menos +figuraba pensarlo hablando del conde, por detrás, con cierta +displicencia y con afectada familiaridad por delante. En Lancia, como en +todas las capitales pequeñas, los muchachos y muchachas solían tutearse. +El conocerse desde niños y haber acaso jugado en el paseo juntos lo +autorizaba. El conde de Onís jamás había cruzado la palabra con +Fernanda, aunque la tropezase a cada momento en la calle. Sin embargo, +cuando se encontraron por primera vez en la tertulia de las de Meré, la +hermosa le soltó un _tu_ redondo y suprimió el título. Luis aquí, Luis +allá: parecía que iba a comerle el nombre. A éste le sorprendió un poco +la confianza, sin desagradarle. A nadie le duele oírse tutear por una +linda damisela. Apesar de la naturaleza concentrada y tímida del conde y +de su escasa afición a las mujeres, Fernanda se dio maña para hacerle +pronto su novio o al menos para hacerle pasar por tal a los ojos del +público. El cual halló tal noviazgo perfectamente justificado. En Lancia +no había otro marido para Fernanda ni otra mujer para el conde. La +distancia que los separaba era retrospectiva; estaba en los antepasados. +La población creía que, en gracia de la belleza, el dinero y la +brillante educación de la joven, el conde de Onís se hallaba en el caso +de olvidar los doscientos gañanes que la habían precedido. + +Cerca de un año duraron las relaciones. Los novios se veían en la +tertulia de las señoritas de Meré. D. Juan Estrada-Rosa, al decir de sus +íntimos, se hallaba muy complacido. Varias veces se había insinuado con +el conde para que entrase en la casa; pero éste no le había comprendido +o había fingido no comprenderle. Fernanda se lo propuso con claridad un +día. Él se evadió como pudo del compromiso. ¿Era timidez? ¿Era orgullo? +La misma Fernanda no se daba cuenta de ello. Pero esta reserva +contribuía a encender su afección y anhelo. De pronto, cuando menos se +pensaba, cuando ya el público comenzaba a preguntarse por qué se +retrasaba la boda, cortáronse aquellas relaciones. Se cortaron sin +escándalo, de un modo diplomático y sigiloso, tanto, que hacía ya más de +un mes que no existían cuando todavía la población no estaba enterada y +los amigos les seguían embromando. El hecho produjo fuerte sensación; se +comentó en todas las tertulias hasta lo infinito. Nunca se pudo +averiguar qué había habido, ni aun a cuál de los dos correspondió la +iniciativa de esta ruptura. Si se preguntaba al conde, afirmaba +rotundamente que Fernanda le había dejado; mas ponía demasiado empeño en +esta afirmación para que no empezara a dudarse de su sinceridad. La +heredera de Estrada-Rosa, sin manifestar nada en concreto, corroboró las +palabras de su novio con el tono desabrido que usó hablando de él, lo +mismo que al dirigirle la palabra. Porque siguieron tratándose, si no +con tanta frecuencia, con bastante: ambos acudían a la tertulia donde se +conocieron. Además, Fernanda, poco tiempo después, comenzó a asistir a +los saraos de los domingos en casa de Quiñones. Pero nunca más +reanudaron sus rotas relaciones. Los asistentes suspendían la +respiración y ponían toda su alma en los ojos siempre que, como ahora, +los antiguos novios se tropezaban y departían un rato. ¿Volverán a las +andadas? ¿Habrá, por fin, boda? El desengaño venía inmediatamente al +observar la indiferencia con que se apartaban. + +Cuando iba a contestar a las últimas palabras de la orgullosa heredera, +los ojos del conde, derramando una mirada distraída por el salón, +tropezaron con otros que se le clavaron lucientes y celosos. Alargó la +mano a su amiga y con sonrisa forzada dijo: + +--¡Qué mal me estás tratando, Fernanda! Como siempre, por supuesto... +Yo, sin embargo, ya sabes... el mismo devoto idólatra. Hasta ahora. + +--Siento que esa devoción no me cause frío ni calor--replicó ella sin +dar un paso para apartarse. + +El conde lo dio alzando los hombros con resignación y diciendo: + +--¡Más lo siento yo! + +Sorteando las parejas de baile, que ya habían comenzado el rigodón, +llegó de nuevo adonde estaba el ama de la casa. Al lado de ésta se +hallaba en aquel instante el famoso Manuel Antonio, uno de los +personajes más dignos de mención en la época que estamos historiando. Se +le conocía tanto por el apodo _el marica de Sierra_ como por su nombre. + +Esto basta para que sepamos en cierto modo a qué atenernos respecto a +sus propiedades morales y físicas. Manuel Antonio no era joven. Frisaría +en los cincuenta años, disimulados con esfuerzo heroico por toda la +batería de afeites conocidos entonces en Lancia, que no eran muchos ni +muy refinados. Una peluca bastante rudimentaria, algunos dientes +postizos mal montados, un poco de negro en las cejas y de carmín en los +labios, mucho _patchoulí_ y un traje de fantasía apropiado para realzar +los residuos de su belleza. Ésta había sido espléndida; una rara +perfección de rostro y de talle. Alto, delgado, esbelto, facciones +correctas, diminutas, cabellos rubios, finos, cayendo en graciosos +bucles, mejillas sonrosadas y voz atiplada. De este conjunto primoroso +quedaba tan sólo una sombra por donde pudiera adivinarse. La enhiesta +espalda se había abovedado; los hermosos bucles se habían desvanecido +como un sueño feliz; algunas arrugas indecorosas surcaban aquella tersa +frente, y la fila de perlas, que ostentaba su boca, se había +transformado en carrera de huesos amarillos, desvencijados, que el +tiempo había quintado y el dentista torpemente sustituido. Por último, +aquel pequeño bigote sedoso había engrosado notablemente, se hizo +blanco, cerdoso, indómito; no bastaban el tinte y el cosmético a +mantenerlo presentable. ¡Qué dolor para el hermoso hermafrodita de +Lancia y también para los amigos que le habían conocido en el esplendor +de su gracia! + +El espíritu permanecía tan juvenil como a los diez y ocho años. Era el +mismo ser apasionado y tierno, dulce unas veces, iracundo y terrible +otras, marchando al soplo de sus caprichos, viviendo en lánguida +ociosidad. Gozaba tanto las delicias del baño, que lo repetía tres y más +veces, hasta que el agua quedase cristalina como al salir de la fuente; +amaba las flores, los pájaros; no tenía más placer que consultar con el +cristal del espejo los adornos que le sentarían mejor. Los trajes, por +atracción irresistible, siendo masculinos, se acercaban cuanto era +posible a la forma femenina. En el invierno gastaba talmita corta con +broche de oro, y un sombrero tirolés de alas reviradas, que le sentaba +extremadamente bien. En el verano gustaba de vestirse trajes de franela +blanca bien ceñidos, que denunciasen las graciosas curvas de sus formas. +Las corbatas eran casi siempre de gasa, los zapatos descotados, el +cuello de camisa a la marinera. Por debajo del puño se le veía un +brazalete. Aunque no fuese más que un sencillo aro de oro, este pormenor +era lo que más llamaba la atención de sus conciudadanos. En cuanto se +hablaba de Manuel Antonio salía el dichoso brazalete a relucir; como si +no hubiese nada en su interesante figura más digno de excitar la +curiosidad. + +Pero si los años no habían logrado modificar en el fondo aquel ser +amable y creado para el amor, habíanle hecho, sin embargo, más cauto, +más reservado. Ya no mostraba sus preferencias con la ingenuidad de +otros tiempos, ni daba suelta a los súbitos arranques de su corazón +inflamable sino después de poner a prueba la lealtad del objeto de su +ternura. ¡Había padecido tantos desengaños en la vida! Sobre todo, al +hacerse viejo, no sólo experimentó la frialdad de sus antiguos amigos, +de aquellos que le habían dado pruebas inequívocas de cariño, sino, lo +que es aún más triste, encontrose, sin pensarlo, sirviendo de blanco a +las chufletas e invectivas de los mozalbetes de la nueva generación. Fue +el hazmerreír de estos procaces jóvenes. Como no habían sido testigos de +sus triunfos ni conocieron su radiante belleza, estaban lejos de +profesarle el respeto que, apesar de todo, guardaba hacia él la antigua +generación. No perdonaban medio de embromarlo, de vejarlo bárbaramente. +En cuanto se paraba en la calle de Altavilla o entraba en el café de +Marañón, ya estaba rodeado de una partida de _guasones_. ¡Cristo, las +frases que allí se oían! Y como villanos que eran, a menudo del juego de +palabras pasaban al de manos. Esto era lo que en modo alguno podía +sufrir Manuel Antonio. Que hablasen lo que quisieran. Tenía bastante +correa, y además un ingenio vivo y sutil que recogía admirablemente el +ridículo y sabía dar en rostro con él a sus contrarios. La mayor parte +de las veces los que iban a «tomarle el pelo» salían muy bien +trasquilados. Los años, la práctica, le habían adiestrado de tal modo en +el pugilato de frases incisivas que realmente era temible. Tenía la +intención de un _miura_. Pero así que aquellos desvergonzados pasaban de +las palabras a las obras tocándole la cara o pellizcándole, ya estaba +descompuesto, perdía enteramente los estribos y no decía cosa +intencionada ni siquiera razonable. Superfluo es añadir que, +conociéndole el flaco, todas las bromas terminaban en esta forma. + +Por lo demás, fuera de aquella maligna intención para herir en lo vivo a +las personas, en lo cual podía competir y aun creemos que aventajaba a +María Josefa, era un ser útil y servicial. Su malignidad, al cabo de +todo, era resultado de la que a él se le mostraba. Sus habilidades +muchas y varias. Trabajaba el punto de crochet que daba gloria. Las +colchas que él hacía no tenían rival en Lancia. Arreglaba un altar y +vestía las imágenes mejor que ningún sacristán. Tapizaba muebles, hacía +flores primorosas de cera, empapelaba habitaciones, bordaba con pelo, +pintaba platos. Y cuando alguna de sus muchas amigas necesitaba peinarse +artísticamente para asistir a cualquier baile, Manuel Antonio se +prestaba galantemente a arreglarle los cabellos, y lo hacía con la misma +destreza y gusto que el mejor peluquero de Madrid. ¿Pues y cuando +cualquiera de sus amigos se ponía enfermo? Entonces era de ver el +interés, la constancia y la suma diligencia de nuestro viejo Narciso. Se +constituía inmediatamente a la cabecera del lecho, tomaba cuenta de las +medicinas, arreglábale la cama, poníale los vejigatorios o las ayudas lo +mismo que el más diestro practicante. Luego, si la enfermedad por +desgracia presentaba mal carácter, sabía insinuar como nadie la idea de +confesión; de tal modo que el enfermo, en vez de asustarse, la aceptaba +como la cosa más natural y corriente. Y en cuanto le veía convencido, +empezaba a tomar disposiciones para recibir a Su Divina Majestad: la +dama más avezada a recibir gente principal en sus salones no le sacaría +ventaja. El altarcito con el paño almidonado atestado de chirimbolos +relucientes, la escalera adornada con macetas, el suelo alfombrado de +hojas de rosas, los criados y deudos esperando a la puerta con hachas +encendidas y enguantados. No se le olvidaba un pormenor. En estos +momentos críticos el marica de Sierra se crecía, adoptaba el continente +de un general al frente de sus tropas. Todos le obedecían y secundaban +acatándole por jefe. Pues si el enfermo se moría, no hay para qué decir +que su dictadura se hacía aún más omnipotente. Principiando por +amortajar el cadáver y concluyendo por sacar del juzgado la partida de +defunción, nada quedaba en las fúnebres ceremonias que él no mangonease. + +Y como quiera que las más veces había enfermos que cuidar, o imágenes +que vestir, o amigas que peinar o flores que contrahacer, Manuel Antonio +pasaba la vida bastante atareado. En esto y en ir de casa en casa +tomando y soltando noticias se le deslizaban los días y los años. +Habitaba con dos hermanas más viejas que él, las cuales le cuidaban y +mimaban como a un niño. Para estas buenas señoras no existía el tiempo. +Ni veían las arrugas, ni la peluca, ni los dientes postizos de su +hermano. Manuel Antonio era siempre un pollito, un petimetre. Sus +trajes, sus baños, las horas que empleaba en el tocado les hacían +sonreír con benevolencia. Mientras ellas se quejaban amargamente de los +estragos que los años iban causando en su figura y su salud, pensaban +que su hermano había detenido el curso de las horas, había hallado un +elixir para mantenerse eternamente joven. + +Manuel Antonio era metódico en sus visitas. Había unas cuantas casas a +las cuales asistía diariamente y siempre a la misma hora. A casa de D. +Juan Estrada-Rosa iba a las tres, a la hora del café; con la condesa de +Onís tomaba chocolate todas las tardes; por la noche era tertulio asiduo +de la señora de Quiñones. Había otras familias que visitaba también con +mucha frecuencia. A casa de María Josefa Hevia y de las de Mateo solía +ir por la mañana, sin detenerse mucho, dando una vuelta para enterarles +de lo que se decía o inspeccionar sus labores. Alguna noche iba también +a casa de las señoritas de Meré. + +--¡Aquí tenemos al conde!--exclamó con su peculiar entonación +afeminada.--¡Ay, qué condecito tan guasón! + +--¿Pues?--preguntó éste acercándose. + +--Pregúntaselo a Amalia. + +La sonrisa que plegaba los labios del noble se desvaneció +repentinamente. + +--¿Cómo?... ¿Qué tiene que ver?...--dijo con mal disimulada turbación. + +También Amalia se turbó. Sus pálidas mejillas se colorearon. + +--Hemos estado murmurando de tí. ¡Qué traje te hemos cortado, chico! + +--Aquí Manuel Antonio--profirió Amalia--decía que era usted el perro del +hortelano. + +--No; tú eras quien lo decías. + +Otra de las particularidades de aquél era el tutear a todo el mundo, +grandes y chicos, señoras y caballeros. + +--¡Yo!--exclamó la dama. + +--¿Y por qué soy el perro del hortelano?... Sepamos. + +--Pues decía Amalia que ni querías comerte la carne ni permitir que la +coma D. Santos. + +--¡Vamos! ¿Quieres callarte, embustero?--dijo la señora, medio irritada, +medio risueña, dándole un pellizco. + +--¿Qué se habla de D. Santos?--preguntó un caballero muy corto y muy +ancho, de faz mofletuda y violácea, acercándose al grupo. + +El conde y Amalia no supieron qué responder. + +--Se decía que D. Santos tenía pensado llevarnos un día a su posesión de +la Castañeda y darnos un banquete--manifestó Manuel Antonio con +desparpajo. + +--No; no era eso--repuso el hombre rechoncho con forzada sonrisa. + +--Sí tal. Amalia sostenía que no eras capaz de llevarnos a pasar un día +a la Castañeda. + +--¡Pero, hombre, tú te has empeñado en ponerme hoy colorada!--dijo +aquélla. + +--Porque soy un buen amigo. Como te veo pálida estos días... Bien puedes +creerlo, Santos, yo tengo mucha mejor idea de tu esplendidez que la +mayoría del pueblo... No conocéis bien a D. Santos, les digo muchas +veces a los que sostienen que a tí te duele gastar el dinero. Si D. +Santos no gasta, no obsequia a sus amigos, no es por avaricia, sino por +indolencia, porque no se le presenta ocasión. El hombre es tímido de +suyo y no es capaz de proponer banquetes ni giras; pero que otro le +apunte la idea, y veréis con qué gusto la acepta... + +--Gracias, gracias, Manuel Antonio--murmuro D. Santos con la risa del +conejo. + +Se le conocía el gran temor y molestia que le embargaban. Como muchos de +los indianos, apesar de ser inmensamente rico, tenía fama de avariento, +y no injustificada. Había llegado pocos años hacía de Cuba, donde +cargando primero cajas de azúcar y luego vendiéndolas se enriqueció. +Vino hecho un beduino, sin noticia alguna de lo que pasaba en el mundo, +sin saber saludar, ni proferir correctamente una docena de palabras, ni +andar siquiera como los demás hombres. Los treinta años que permaneció +detrás de un mostrador le habían entumecido las piernas. Marchaba +tambaleándose como un beodo. El color subido de sus mejillas era tan +característico, que en Lancia, donde pocas personas se escapaban sin +apodo, lo designaron al poco tiempo de llegar con el de _Granate_. +Enmedio de su miseria le gustaba dar en rostro con las riquezas que +poseía. Edificó una casa suntuosísima; trajo mármol de Carrara, +decoradores de Barcelona, muebles de París, etc. Y, sin embargo, apesar +de las sumas cuantiosas que en ella gastó, al saldar la cuenta del +clavero ¡se empeñaba en que descontase del peso el papel y las cuerdas +en que venían envueltas las puntas de París! Cuidadosamente había ido +guardando en un rincón tales despojos con ese objeto. Así que terminó la +casa, ocupó el piso principal y alquiló los otros dos. Y empezó su +martirio, un martirio lento y terrible. Las criadas y los niños del +segundo y tercero fueron sus sayones. Si sentía fregar los suelos del +segundo, poníase de mal humor: la arena desgastaba el entarimado. Si +veía rayado el estuco de la escalera por la mano bárbara de algún +chiquillo, se le encendía la cólera y murmuraba palabras siniestras y +amenazas de muerte. Si escuchaba cerrarse una puerta con violencia, +aquel golpe repercutía dolorosamente en su corazón: las bisagras se +desencajaban, todos los pestillos se echaban a perder. En fin, con tal +sobresalto vivía, que le acometió una pasión de ánimo y comenzó a decaer +visiblemente. Un su amigo tan miserable como él, pero más vividor, le +aconsejó que dejase la casa y se trasladase a otra. Así lo hizo, +tornando a la posada que le había albergado mientras construyó el +palacio. + +Pero faltaba a D. Santos el complemento obligado de todos los que se +enriquecen cargando cajas de azúcar en América: le faltaba contraer +matrimonio con una mujer de categoría, joven o vieja, fea o bonita. +Ninguno de sus colegas aceptó jamás por esposa a una menestrala. Granate +no podía ser menos que ellos. Al contrario, teniendo más dinero que +ninguno, lo natural es que les aventajase en anhelos poderosos. Y fue a +poner sus ojos redondos y encarnizados en la joven más linda, más rica y +más encopetada de la ciudad: en Fernanda Estrada-Rosa nada menos. El +suceso causó admiración y risa en el vecindario. Por muy alta idea que +en Lancia tuviesen del poder del dinero, nadie imaginaba que fuese +poderoso a realizar semejante empresa. ¡Casar a la joya de la provincia +con este oso colorado! A la niña le produjo pasmo e indignación. Luego +lo tomó a broma. Luego volvió a indignarse. Después tornó a reírse. Por +fin se fue acostumbrando a que Granate la festejase y hasta encontró +cierta satisfacción de amor propio en recibir sus agasajos y en darle +toda clase de desprecios. Pero él no cejaba. Con la tenacidad del +abejorro que se empeña en salir por un cristal y se estrella cien veces +contra el obstáculo, las calabazas, los desdenes y hasta las burlas no +le hacían retroceder más que momentáneamente. Al día siguiente volvía +como si tal cosa a romperse la cabeza contra el desprecio de la +orgullosa heredera. Pensaba sinceramente que el verdadero obstáculo para +el logro de sus afanes estaba en el conde de Onís. Confesábase que +Fernanda sentía algún interés por él, o mejor dicho por su título, y se +propuso ir a Madrid y comprar a peso de oro otro para ponerse a la +altura de su rival. Luego le dijeron que el Papa los daba más baratos y +cambió de proyecto. Mientras tanto se vengaba odiando de muerte al +gallardo conde, y burlándose, cuando la ocasión se presentaba, de su +vetusto y deteriorado caserón. El conde poseía una gran riqueza en +tierras, pero sus rentas no podían compararse a las del opulento +Granate. + +--Y si no, ya veréis el día que se case, ¡qué cambio en la +población!--prosiguió Manuel Antonio.--Tendremos banquetes a diario y +bailes y giras campestres... + +--¡Pero si a Fernanda no le gustan los bailes!--exclamó Emilita Mateo, +que bailaba con Paco Gómez y daba la espalda al grupo. + +--Yo no he hablado para nada de Fernanda, niña--repuso el marica en tono +severo. + +--Pensé que, tratándose de matrimonio y de D. Santos, eso se +sobrentendía. + +--Pues no sobrentiendas más y aplícate a bailar con Paco, porque, según +mis cálculos, durará cinco minutos. + +Paco Gómez era un joven flaco, flaquísimo, alto hasta tropezar en el +dintel de las puertas, con una cabecita menuda como una patata, el +rostro tan macilento que parecía, en efecto, caminar por el mundo con +permiso del enterrador. Y con estas propiedades corporales el espíritu +más humorístico de la población. + +--¡Ole mi niña!--exclamó poniéndose en jarras frente al marica.--Lo +único por lo que siento morirme es por no ver más estos seres preciosos, +encantadores. + +Al mismo tiempo le cogió con dos dedos la barba. + +Ya sabemos que Manuel Antonio no podía sufrir tales juegos de manos +delante de gente. + +--Vamos, pajalarga, quieto--exclamó poniéndose serio y rechazándole. + +--¿Que no eres precioso? Pero, hombre, ¡si eso salta a la vista!... +¡Miren ustedes qué boca! ¡miren, por Dios, qué caída de ojos!... ¡miren +qué nacimiento de pelo! + +Y quiso de nuevo tocarle la cara; pero Manuel Antonio lo rechazó con +ímpetu dándole un fuerte empujón. + +--¡Caramba, qué severo está hoy Manuel Antonio!--dijo el conde de Onís. + +--No importa--repuso Paco Gómez dejando escapar un suspiro.--Manos +blancas no ofenden. + +En aquel momento le tocaba hacer una figura del rigodón y se alejó con +Emilita. + +María Josefa, que bailaba más lejos, se acercó un instante con su +pareja, que era un teniente del batallón de Pontevedra. + +--¡Vamos, D. Santos, no sea usted cruel! ¿Por qué no va usted a hacer +compañía a Fernanda, que está allí sola? + +En efecto, la amiguita de la rica heredera había hallado pareja para el +baile. Fernanda se sentó y permanecía seria y pensativa. + +--Sí, sí; debes ir, Santos--manifestó Manuel Antonio.--Repara que la +chica ha dejado una silla vacía a su lado... No puede insinuarse de modo +más claro. + +Al decir esto hizo un guiño al conde. Éste confirmó tales palabras. + +--Yo creo que es hasta un deber de cortesía... + +Granate le echó una mirada torva y preguntó sordamente: + +--Pues entonces, ¿por qué no va usted a sentarse a su lado? + +--Por la sencilla razón de que ya no tenemos nada que hablar... Pero +usted es otra cosa. + +--Entendido, señor conde... No soy un niño--murmuró con mal humor. + +--Aunque no lo sea usted por la edad--dijo Amalia interviniendo +oportunamente para evitar rozamientos,--lo es por la franqueza y +espontaneidad de sus sentimientos, por la frescura de corazón que otros +con menos años no tienen. Los niños aman con más sencillez y vehemencia +que los hombres. + +--Pero los hombres hacen otra cosa más heroica... ¡Se casan!--dijo Paco +Gómez, que ya estaba de nuevo en su sitio con la pareja. + +--Hay ocasiones en que tampoco se casan--manifestó Manuel Antonio +haciendo una imperceptible mueca por donde Paco pudiese colegir que +estaba pensando en María Josefa. + +--Bueno--replicó aquél dándose por enterado.--Pero hay que convenir en +que algunas veces se necesita para ello un heroísmo superior a la +naturaleza humana. + +La solterona, que las cogía por el aire, le clavó una mirada rencorosa y +maligna. + +--¡La naturaleza humana!--exclamó con displicencia.--La naturaleza +humana presenta algunas veces formas tan estrambóticas que hasta el +heroísmo sería ridículo en ellas. + +Paco Gómez, sin desconcertarse, comenzó a palpar su rostro con ademanes +cómicos, fingiendo una muda resignación que hizo sonreír a los +presentes. Amalia, para cambiar esta peligrosa conversación, exclamó: + +--¡Miren, miren cómo D. Santos se aprovecha de nuestra distracción! + +En efecto, el indiano se había levantado en silencio de la silla y, +sorteando las parejas de baile, fue solapadamente a sentarse al lado de +Fernanda. Ésta le dirigió una mirada fría y apenas se dignó responder a +su saludo ceremonioso y ridículo. La faz rubicunda de Granate +resplandecía, no obstante, como la de un dios seguro de su omnipotencia. +Con las manazas anchas y cortas apoyadas sobre las rodillas, el cuerpo +doblado hacia adelante y la cabeza levantada hasta donde le permitía la +grosura del cerviguillo, sonreía beatamente enseñando una fila de +dientes grandes y amarillos. Propúsose, como siempre, ser espiritual, y +dijo: + +--¿Ha visto usted qué _ventrisca_ corre? + +La joven guardó silencio. + +--Ahora no importa nada--prosiguió--porque ya están todos los frutos +recogidos; pero si hubiera caído antes, no nos deja ni una castaña ni un +grano de maíz; ¡je, je! + +Granate sintiose feliz al emitir esta idea, a juzgar por la expresión de +placer que brillaba en sus ojos. + +--Pero aquí no hace frío, ¿eh?... Yo no lo tengo, ¡je, je!... Al +contrario, siento un calor... Será porque los ojos de usted son dos +calofer... caroli... + +Otra vez todavía acometió la palabra caloríferos sin lograr dar cima a +la empresa. Para disimular su impotencia fingió un golpe de tos. Su +rostro violáceo adquirió cierta semejanza interesante con el de un +ahorcado. + +La hermosa, que tenía los ojos clavados en el vacío, volvió la cabeza +hacia su adorador, le miró unos instantes con expresión vaga, distraída, +como si no le viese. Levantose de pronto y se alejó sin decir palabra +para sentarse enfrente. El indiano quedó con la misma sonrisa +estereotipada en el rostro; la mueca petrificada de un sátiro. Pero al +volver la vista al grupo que acababa de dejar, viendo una porción de +ojos risueños fijos en él, se puso repentinamente serio y mohíno. + +--¡Qué partido tiene este Granate entre las chicas bonitas!--exclamó +Paco Gómez.--Ya se lo decía yo el otro día. «Usted no necesitaba para +nada ir a América habiendo mujeres ricas en el mundo. Usted tiene la +fortuna en la fisonomía.» + +--Mira, condecito, ahora debes ir tú a sentarte a su lado. Ya verás cómo +no se levanta entonces--dijo Manuel Antonio. + +--Sí, sí, debe usted ir, Luis--apoyó María Josefa.--Vamos a ver una cosa +curiosa, a decidir si está o no enamorada de usted. ¿Verdad, Amalia, que +debe ir? + +--Sí, me parece que debe usted sentarse a su lado--dijo la dama. Su voz +salió apagada y temblorosa. + +--¿Cree usted?--preguntó el conde, mirándola con fijeza. + +--Sí; vaya usted--replicó la dama con perfecta serenidad ya, huyendo su +mirada. + +--Pues usted me permitirá que la desobedezca. No quiero exponerme a un +desaire. + +--¡Qué importan los desaires a un enamorado!... Porque usted, por más +que diga, está enamorado de Fernanda... Se le conoce a la legua. + +--A la legua será, porque, lo que es de cerca ni pizca--manifestó Manuel +Antonio. + +Y María Josefa y Emilita Mateo y Paco Gómez confirmaron con su risa la +especie. + +Amalia insistió. Efectivamente, Luis lo disimulaba bien; pero como, por +más esfuerzos que se hagan, siempre queda un cabo suelto, un resquicio +por donde sale la luz, ella había adivinado hacía ya mucho tiempo que el +conde, en lo profundo de su corazón, guardaba recuerdo muy grato de +Fernanda. + +--Atiendan ustedes: hace algunos días se le ocurrió a Moro decir que +tenía dos dientes postizos. No pueden ustedes figurarse cómo se puso +este hombre... Por poco le pega... + +--No tanto, no tanto--manifestó el conde sonriendo avergonzado.--Me +expresé con cierta viveza porque me enfadan siempre las injusticias. + +--¡Oh! Las exaltaciones en estos casos son sospechosas. Cuando no se +siente interés por una persona se la defiende con menos calor... +¡Caramba! ¡Nunca le vi tan irritado! Ya puede decir esa niña que tiene +un campeón valiente dispuesto a romper lanzas por ella. + +La dama apuró la broma. No se hartaba de apretar al conde, como si +quisiera dejarle convicto de su amor por Fernanda. Apesar de la sonrisa +benévola que animaba su rostro, había ciertas extrañas inflexiones en la +voz que nadie más que una sola persona podía apreciar en aquel momento. + +Pero el rigodón había terminado, y el grupo se aumentó considerablemente +con varias parejas que fueron allegándose. Fuéronse algunos, vinieron +otros; al cabo, la señora de la casa se halló rodeada de gente nueva. +Bailose otro vals y otro rigodón. Las doce sonaron al fin en el gran +reloj de la catedral. Y como los jóvenes se empeñaban en no desbandarse, +apesar de la costumbre tradicional de la casa, Manín, por orden de D. +Pedro, apareció en la puerta del salón, abrazado al lío de los abrigos +de las señoras. Ésta era la señal de despedida que el señor de Quiñones +daba a sus tertulios. No era muy cortés, pero nadie se enfadaba. Al +contrario, se recibía siempre con algazara, como una broma graciosa. + +Después que todos fueron a estrechar la mano, del maestrante, formose un +grupo enmedio del salón. Amalia, en el centro de él, despedía a sus +amigas besándolas cariñosamente. Estaba pálida y sus ojos inciertos +despedían miradas febriles. Al estrechar la mano del conde volvió la +cabeza hacia otro lado, fingiendo distracción; se la estrechó con fuerza +tres o cuatro veces para infundirle ánimo. Bien lo necesitaba el pobre +caballero. Estaba tan demudado y tembloroso que Amalia pensó que iba a +caer desmayado. + +En apretado haz salieron los tertulios a los pasillos y bajaron la gran +escalera de piedra sucia y húmeda. Un criado les abrió la puerta de la +calle. + +--¡Ay! ¿Quién habrá dejado aquí este canasto?--dijo Emilita Mateo, que +tropezó la primera con el estorbo. + +--¿Un canasto?--preguntaron varias damas acercándose a él. + +--Algún pobre que andará por ahí dormido--manifestó el criado, que aún +no había cerrado la puerta. + +--No se ve a nadie--dijo Manuel Antonio, que rápidamente había +registrado el portal. + +La curiosidad excitó muy pronto a una de las damas a levantar el paño +que tapaba el canastillo. Inmediatamente dejó escapar el grito +consabido, el que soltó ya hace tantos siglos la hija de Faraón al ver +flotando por el río el célebre canastillo de Moisés. + +--¡Un niño! + +Momento de estupefacción y de curiosidad en los tertulios. Todos se +abalanzan, todos quieren contemplar al mismo tiempo al expósito. Porque +nadie duda un momento que aquel niño se hallaba allí expuesto +intencionalmente. Paco Gómez levantó el canasto, lo destapó por completo +y fue exhibiendo a sus amigos el infante dormido. + +Estalló una tempestad de exclamaciones. + +--¡Angelito!--¿Quién habrá sido la infame?...--¡Pobrecito de mi +alma!--¡Qué corazones de hiena, Dios mío!--¡Miren qué hermoso +es!--¿Habrá mucho tiempo que lo han expuesto?--Estará aterida la +criatura.--Paco, déjeme usted tocarlo. + +El canasto fue rodando de mano en mano. Las damas, interesadísimas, +palpitantes de emoción, depositaban tiernos besos en las mejillas del +recién nacido, de tal modo que al instante consiguieron despertarlo. + +De aquel montoncito de carne rosada salió un débil gemido que hizo +vibrar de lástima a todos los corazones. Algunas señoras vertieron +lágrimas. + +--Subámoslo, por lo pronto, para que se caliente un poco. + +--¡Sí, sí, subámoslo! + +Y otra vez el resonante grupo se lanzó al patio y a la escalera de la +mansión de los Quiñones llevando en triunfo el canastillo misterioso. + +Amalia estaba enmedio del salón inmóvil y pálida cuando se abrieron de +nuevo las puertas. D. Pedro había sido trasladado ya a su alcoba por +Manín y otro criado. Aquella nueva y repentina irrupción pareció +sorprender mucho a la señora de la casa. + +--¿Qué ocurre? ¿qué es esto?--exclamó con voz alterada. + +--¡Un niño! ¡un niño!--gritaron varios a un tiempo. + +--Acabamos de encontrarlo en el portal--manifestó Manuel Antonio, que ya +se había apoderado del canasto, presentándolo. + +--¿Quién lo ha dejado ahí? + +--No sabemos... Es un expósito. ¡Mire usted, por Dios, qué hermoso, es +Amalia! + +La señora le contempló un instante con marcada frialdad y dijo: + +--Acaso alguna pobre lo habrá dejado para recogerlo enseguida. + +--No, no; hemos registrado el portal. La calle está desierta... + +La criatura a todo esto empezaba a chillar, agitando con incierto +movimiento sus puños crispados, que parecían dos botones de rosa. La +compasión de las señoras volvió a romper en exclamaciones apasionadas. +Todas querían besarlo y calentarlo contra su seno. Por fin, María +Josefa logró apoderarse de él, lo sacó del canasto y envolviéndolo con +el paño con que venía cubierto, lo acarició tiernamente. Un papel se +había desprendido de las ropas de la criatura al sacarla y había caído +al suelo. Manuel Antonio lo recogió. + +--¿Lo ves, Amalia? Aquí está la madre del cordero. + +El papel decía en gruesos caracteres, trazados al parecer por tosca +mano: «La madre desdichada de esta niña la encomienda a la caridad de +los señores de Quiñones. No está bautizada.» + +--¡Es una niña!--exclamaron algunas señoras a un tiempo. + +Y en el acento con que dejaron escapar estas palabras no era difícil de +advertir cierto desencanto. Se habían acostumbrado a la idea de que +fuese varón. + +--¿Qué misterio será éste?--preguntó Manuel Antonio, mientras una +sonrisa maliciosa de curiosidad vagaba por su rostro. + +--¿Misterio? Ninguno--manifestó con cierta displicencia Amalia.--Lo que +se ve claramente es una pobre que quiere que le mantengan a su hija. + +--Sin embargo, hay aquí un no sé qué de extraño. Yo apostaría a que son +personas pudientes los padres de esta niña--replicó el marica. + +--¡Adiós! ¡ya se nos va Manuel Antonio al folletín!--exclamó la dama +con una risita nerviosa.--Las personas pudientes no dejan a sus hijos +envueltos en estos andrajos. + +En efecto, la niña venía cubierta por unos trapos miserables y una manta +raída y sucia. + +--Despacio, Amalia, despacio--apuntó Saleta con su voz clara, +tranquila.--Yo he recogido en el portal de mi casa, hace ya muchos años, +hallándome en Madrid, un niño que venía envuelto en muy toscos pañales. +Al cabo de algún tiempo averiguamos que era hijo de una elevadísima +persona que no puedo nombrar. + +Todos los ojos se volvieron con sorpresa hacia el magistrado gallego. + +--Una elevadísima persona; eso es--prosiguió después de una pausa, con +el mismo sosiego impertinente.--Bien fácil era, por cierto, adivinarlo +fijando un poco la atención en los rasgos de su fisonomía, enteramente +borbónicos. + +El estupor de los circunstantes fue profundo. Se miraron unos a otros +con una leve sonrisa burlona que, como de costumbre, Saleta pareció no +advertir. + +--¡Atiza!--exclamó Valero.--¡Abra uzté el paragua, D. Zanto! + +--El niño se murió a los dos meses--prosiguió imperturbable Saleta.--Por +cierto que cuando lo llevamos al cementerio se unió a la comitiva un +coche que nadie supo a quién pertenecía. Yo lo conocí porque lo había +visto en las Caballerizas reales, pero me callé. + +--¡Ya ezcampa!--murmuró Valero. + +--Bien, Saleta, ya nos contará usted de día eso. Por la noche tales +cosas espeluznan--manifestó el marica de Sierra guiñando el ojo a los +otros.--Lo que hay que pensar ahora, Amalia, es lo que se va a hacer con +esta niña. + +La dama se encogió de hombros con indiferencia. + +--Phs... no sé... La dejaremos esta noche aquí. Mañana le buscaremos una +nodriza que quiera tenerla en su casa... porque en ésta, a la verdad, es +un trastorno. + +--Si usted no quiere tenerla en casa, yo me encargo con mucho gusto de +ella, Amalia--dijo María Josefa, que estaba un poco apartada paseando a +la niña y arrullándola para hacerla callar. + +--No he dicho que no quería--manifestó con viveza la dama.--Recogeré esa +niña, porque tengo más obligación que nadie, ya que me la confían... +Pero, como usted comprende, para hacerlo necesito contar con mi marido. + +Los tertulios aprobaron estas palabras con un murmullo. + +Justamente se presentaba Manín preguntando de parte de D. Pedro qué +significaba aquel ruido. Se le explicó. El señor de Quiñones se hizo +trasladar de nuevo en su sillón con ruedas a la sala; vio a la niña y se +interesó extremadamente por ella. Inmediatamente declaró que no saldría +de su casa, ordenando a un criado que al amanecer fuese en busca de +nodriza. + +Por lo pronto se trajo a la criatura leche y té en un frasco con pezón +de goma; se la abrigó con más y mejor ropa. Los tertulios presenciaron +con cariñoso interés estas operaciones. Las señoras lanzaban gritos de +entusiasmo; se les arrasaban los ojos de lágrimas al ver el ansia con +que la mamosa niña chupaba el pezón del frasco. Así que se hartó, +despidiéronse todos de nuevo, no sin depositar antes cada uno un beso en +las mejillas de la pobrecita expósita. + +El conde de Onís no había desplegado los labios en todo este tiempo. Se +hallaba retraído en tercera o cuarta fila, siguiendo con ojos de susto +los cuidados que a la criatura se prodigaban. Y trató de irse con +disimulo sin nueva despedida; pero Amalia le detuvo con alarde de +audacia que le dejó petrificado. + +--¿Qué es eso, conde, no quiere usted dar un beso a mi pupila? + +--¡Yo!... Sí, señora... no faltaba más. + +Y pálido y trémulo, se aproximó y puso sus labios en la frente de la +criatura, mientras la dama le contemplaba con sonrisa provocativa y +triunfal. + + + + +III + +La cita. + + +Esta fue la tercera noche en que el conde de Onís apenas pudo cerrar los +ojos. Nada más natural que en las dos anteriores estuviese agitado, +calenturiento; pero ahora, ¿por qué? Todo se había resuelto como +apetecía. La empresa se había llevado a cabo con felicidad. No le +restaba más que dormir tranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, no era +así. Apesar de su figura robusta y gallarda, poseía el conde un sistema +nervioso excesivamente impresionable. La más ligera emoción turbaba su +espíritu, le inquietaba hasta un grado indecible. Tal exquisita +sensibilidad le venía por herencia y también por educación. Su padre, +el coronel Campo, había sido un hombre concentrado, sensible, de una +susceptibilidad tan delicada que le hizo mártir en los últimos años de +su vida. Todo el mundo recordaba en Lancia el interesante y conmovedor +episodio que cerró aquella vida caballeresca. + +El coronel mandaba las fuerzas de defensa de una plaza en el Perú cuando +la insurrección de las colonias americanas. La plaza fue tomada por los +insurrectos de un modo insidioso y por sorpresa. Un malvado denunció al +coronel ante el gobierno de Madrid como culpable de traición, aseverando +que se hallaba en connivencia y sobornado por el enemigo. Con harta +precipitación, sin examen imparcial de los hechos y sin tener presente +la brillante hoja de servicios del conde de Onís, el rey le privó de su +empleo en el ejército y de todas las cruces y condecoraciones que +poseía. Bajo el peso de aquella horrible injusticia, el pundonoroso +militar quedó anonadado. Sus compañeros le arrancaron la pistola en el +momento de atentar a su vida. Acompañado de su fiel asistente y de un +primo se trasladó desde Madrid, adonde había venido a defenderse, a +Lancia, donde le esperaba su esposa y su hijo de corta edad. La vida de +familia fue un sedante para la terrible llaga abierta en el corazón del +soldado. Pero aquel bravo, que tantas veces había desafiado la muerte, +no tuvo valor para soportar las miradas y la curiosidad de sus +convecinos. En vez de rebelarse contra la injusticia que se le había +hecho, en vez de tratar de convencer a sus paisanos de su inocencia, lo +que no le hubiera costado gran trabajo, porque todos estimaban su +carácter y conocían su valor, lleno de vergüenza, como si realmente +fuese criminal, huyó las miradas de la gente, se retrajo a su casa, y +solo paseaba por la huerta que detrás de ella se extendía, cercada de +alta y deteriorada tapia. + +El palacio de los condes de Onís merece especial mención en esta +historia. Era un edificio antiquísimo, el más antiguo de la ciudad en +unión de algunos restos de la primitiva basílica que aún quedaban en +pie. No se había salvado otra cosa del horroroso incendio que en el +siglo XIV había destruido la población. Su aspecto más era de fortaleza +que de mansión. Pocas y estrechas ventanas cortadas por columnas de +piedra, distribuidas caprichosamente por la fachada; una pared lisa de +piedra, ennegrecida por los años; algunos agujeros cuadrados cerca del +techo, a guisa de aspilleras; una gran puerta de medio punto reforzada +con grandes clavos de acero. Por dentro era inmensa y tenía más alegría. +El patio ancho, más ancho que la calle. Por la parte trasera la luz del +mediodía bañaba sus ventanas. Los árboles de la huerta metían las ramas +por ellas, sirviendo de fresca cortina para templar sus rayos. El +conjunto de aquel vetusto caserón ofrecía misterio y encanto singulares +para los lacienses dotados de imaginación, en especial para los niños, +únicos seres que conservan, en nuestra edad prosaica, la fantasía +despierta. Su fachada, si es que tal nombre puede darse a aquella lisa +pared con pequeños huecos tirados a granel, daba a la calle de la +Misericordia, una de las más céntricas de la ciudad. Una de las +ventanas, quizá la más ancha, enfilaba la calle de Cerrajerías, y por +ella se veía la catedral a lo lejos. + +Aquí se encerró o se sepultó el ex-coronel Campo, sin que bastasen los +ruegos de su esposa y de los pocos parientes que frecuentaban su trato +para hacerle desistir de tal resolución. Su ociosidad fue de provecho +para la casa. Hizo arreglar la huerta, puso algunos miradores en la +parte trasera, amuebló varias habitaciones, enlosó el patio, etc. El +oscuro caserón, sin perder su aspecto vetusto y misterioso, se trasformó +por dentro en agradable morada. Pero el deshonorado militar se consumía, +se secaba dentro de ella como un árbol sin luz y sin agua. Una +melancolía profunda minaba su organismo, le arrugaba la piel, blanqueaba +sus cabellos, debilitaba sus piernas y ponía trémulas sus manos. A los +cincuenta y ocho años de edad representaba tener setenta. Dentro de la +casa no se le sentía. Paseaba por los corredores como un fantasma. +Trascurrían los días sin que nadie le oyese el metal de la voz. Pero no +se mostraba adusto con nadie. Una sonrisa dulce y triste vagaba +constantemente por sus labios. No buscaba las caricias de su hijo, pero +cuando le tropezaba casualmente por los pasillos le cogía la cabeza, se +la besaba amorosamente, murmuraba algunas palabras tiernas en su oído y +repentina y precipitadamente se alejaba, algunas veces con lágrimas en +los ojos. Pensaba que era una gran desgracia para aquel pequeñuelo, +rubio y hermoso como un querubín, el haber nacido hijo de un padre +deshonrado. El infeliz le pedía perdón, con la mirada, de haberle +engendrado. + +Hacia el año 1829, cuatro después de haber llegado de América, el +coronel era un verdadero espectro. Dormía bien, comía bien, no le dolía +nada; pero aquella vida se escapaba en efluvios invisibles y constantes, +en lenta y pavorosa consunción. Su esposa hizo venir un médico, luego +otro y otro. Todos dijeron lo mismo. Era necesario salir, distraerse, +cultivar el trato de la gente. Precisamente las únicas medicinas que el +conde estaba resuelto a no tomar. Poco a poco fue permaneciendo más +horas en la cama; se levantaba tarde; se acostaba temprano. Perdió el +gusto para trabajar en la huerta. No salía de las cuatro paredes de la +casa. Dentro de ella dejó de ocuparse en las cosas que antes le +entretenían; hacer estuches, cuidar la pajarera y otras obras manuales. +Las pocas horas que permanecía fuera de la cama pasábalas, bien sentado +en una butaca, ya paseando por los corredores en silencio. Al cabo dejó +de levantarse. Todo esto lo recordaba Luis perfectamente. Entraba en su +cuarto, le veía tendido mirando al techo con extraña y terrible tristeza +pintada en el rostro. Al entrar su hijo volvía la cabeza, sonreía, le +llamaba por señas y, después de darle un beso, le empujaba para que se +fuese. + +Un día el niño percibió mucho ir y venir por casa; los criados corrían +azorados, cambiaban entre sí palabras rápidas; los pocos parientes y +amigos que visitaban la casa estaban todos allí y tenían unas caras +largas, largas, que le aterrorizaban. Acercándose al gabinete de su +padre, vio que levantaban un altar. Preguntó sencillamente lo que +aquello significaba, y una criada, llevándole a un rincón, le dijo que +no se asustase, que su papá había deseado confesarse y recibir la +Comunión, y que su Divina Majestad vendría pronto a visitarle. Esta +recomendación de no asustarse, hecha repetidas veces, produjo el efecto +contrario. Comprendió que algo grave pasaba. En efecto, el conde de Onís +se moría, se iba por la posta, según decían sus deudos. El médico ordenó +que le dispusiesen. + +A las seis de la tarde, cuando ya había oscurecido, las puertas del +palacio de Onís se abrieron para recibir al sacerdote portador de la +Sagrada Hostia, que venía en el carruaje de la casa. Los criados y +parientes esperaban en el portal con hachas encendidas. Una larga fila +de personas de todas clases venía detrás, también alumbrando. Muchas de +ellas acudían por verdadera devoción y por la estima que les inspiraba +el enfermo. Las más, sólo por satisfacer la curiosidad de verle después +de tanto tiempo, aprovechando aquellas críticas y solemnes +circunstancias. Penetró hasta la habitación del moribundo todo el que +quiso. A nadie se puso obstáculo. Pero no pudieron todos cumplir su +gusto, porque no cabían. Llenose enseguida el gabinete del conde de una +muchedumbre abigarrada, personas decentes, menestrales, niños, todos +empinándose para contemplar al prócer caído en la desgracia, y que ahora +iba a caer en el oscuro seno de la muerte, en el eterno olvido. El deán +de la catedral, su amigo y confesor, avanzó con la Hostia levantada. Los +presentes se hincaron de rodillas. Reinó un silencio lúgubre. En aquel +momento el enfermo, a quien habían incorporado dijo en voz alta, +dirigiéndose a los circunstantes arrodillados: + +--Juro por el Dios Sacramentado, que va a entrar en mi cuerpo, que no he +sido traidor a mi patria, y que en la guerra de América me he portado +siempre como un militar honrado y leal. + +Su voz, que parecía salir de un cadáver, resonó clara y estridente en la +cámara. Hubo un murmullo reprimido entre la gente. El deán, con lágrimas +en los ojos, respondió: + +--¡Bienaventurados los que padecen hambre y sed de la justicia! + +Y le puso la sagrada partícula en la boca. + +La noticia voló por la ciudad. Aquel extraño y terrible juramento, que +se repetían unos a otros, causó impresión profunda en el público. Los +parientes y amigos del conde peroraban con exaltación en todos los +grupos. A uno de aquéllos se le ocurrió dirigir una exposición al rey, +firmada por todos los vecinos, pidiendo que se revisase de nuevo el +proceso del coronel. Pero ya se le había adelantado el deán, hombre +fogoso y elocuente, que logró que el obispo y el cabildo le diesen su +representación para ir a Madrid a gestionar la rehabilitación de su +amigo de la infancia. Éste había mejorado un poco: por lo menos, la +enfermedad se había estacionado. La consunción seguiría, pero al +exterior no se notaba. No se le dijo nada de lo que se tramaba. El deán +tuvo tiempo a ir a Madrid, lograr una audiencia del rey, hablarle al +alma pintándole con elocuencia el solemne juramento que había escuchado, +recabar de S. M. un real despacho reintegrando al conde en todos sus +honores, cruces y condecoraciones, y volverse a Lancia loco de ansiedad. +¡Qué alegría cuando supo que su amigo no había expirado! Desde la galera +acelerada en que hizo el viaje corrió al palacio de Onís y con las +debidas precauciones para no impresionarle demasiado le comunicó la +fausta nueva. + +El coronel quedó algunos momentos ensimismado con la cara metida entre +las manos. + +--¿Qué hora es?--preguntó al cabo. + +--Las doce acaban de dar. + +--¡A ver, pronto, mi uniforme!--exclamó con extraña energía +incorporándose sin ayuda de nadie. + +--¡Rayo de Dios! ¡Enseguida, mi uniforme!--volvió a proferir con más +violencia, viendo que nadie se movía. + +La condesa fue al armario y lo trajo al fin. Se hizo vestir rápidamente, +se puso sobre el pecho la banda de Carlos III y todas las cruces que +había ganado. Eran tantas que, no cabiendo en el costado izquierdo, +tenían que ir algunas al derecho. En esta forma se hizo conducir a la +ventana que enfilaba la calle de Cerrajerías, y allí se colocó en pie. +No tardaron en salir los fieles de misa de doce, la más concurrida de +las que se celebraban los domingos. Todos pudieron contemplar ya desde +lejos aquella figura extraña, aquel cadáver vestido de gran uniforme. Y +con un sentimiento de asombro, de respeto y de compasión, todos +desfilaron en silencio por debajo de la ventana, sin poder separar los +ojos de ella. Durante tres domingos consecutivos el coronel tuvo fuerzas +para levantarse y colocarse en el mismo sitio. Allí permanecía media +hora inmóvil ostentando sus insignias con los ojos extáticos en el +vacío, sin ver ni oír a la muchedumbre que se agrupaba delante del +palacio y se lo mostraban unos a otros poseídos de grave y dolorosa +emoción. Al cuarto quiso hacer lo mismo, se incorporó con violencia para +que le vistieran, pero volvió a caer al instante sobre las almohadas +para no levantarse más. Por la noche entregó el alma a Dios aquel bravo +y pundonoroso soldado. + +¡Pobre padre! El conde no podía recordar aquella escena, que había +quedado profundamente grabada en su cerebro, sin que las lágrimas se le +agolparan a los ojos. De él había heredado la exquisita delicadeza en el +sentir, una susceptibilidad que llegaba a ser enfermiza, no la +serenidad, la iniciativa, la firmeza inquebrantable que realzaban el +alma del coronel Campo. El actual conde tenía un temperamento +excesivamente sensible y tierno, un fondo de honradez y de vergüenza que +era el patrimonio moral de los Campo. Mas estas cualidades se +contrarrestaban por un carácter débil, fantástico, sombrío, el cual le +venía, sin duda, de la familia de su madre. + +D.ª María Gayoso, condesa viuda de Onís, hija del barón de los Oscos, +era un ser original, tan excepcionalmente original que rayaba en lo +inverosímil. En toda su familia, desde tres o cuatro generaciones hasta +ella por lo menos, había apuntado algo estrambótico que en algunos de +sus miembros tocaba en las lindes de la locura y en otros entraba de +lleno dentro. Su abuelo había sido un empedernido ateo partidario de +Voltaire y la Enciclopedia que a última hora se había entregado a la +embriaguez, y según la conseja del pueblo fue arrastrado un día por los +demonios al infierno. En realidad murió de combustión espontánea, lo que +pudo dar pábulo a semejante fábula. Su padre fue un mentecato a quien su +madre, mujer de rara energía, tuvo siempre esclavizado hasta la +degradación. De sus tíos, uno paró en el manicomio, otro fue +notabilísimo matemático, pero tan excéntrico que sus rarezas se +guardaban en Lancia como manantial de anécdotas chistosas; otro se metió +en la aldea, se casó con una labradora y se mató a fuerza de +aguardiente. No tenía más que un hermano, el actual barón de los Oscos. +También era un ser original y excéntrico. Al comenzar la guerra civil se +pasó al bando del Pretendiente e ingresó en su ejército, pero a +condición de servir como soldado raso. Toda la campaña hizo de esta +suerte. No fue posible, por más empeño que en ello pusieron los magnates +que rodeaban a D. Carlos y el mismo rey, obligarle a aceptar el despacho +de oficial. Fue herido varias veces y una de ellas de tan mala manera, +en la cara, que le quedó una profunda cicatriz. Como su rostro era ya de +lo más desgraciado que pudiera verse, aquel surco sinuoso y colorado +acabó de prestarle una apariencia monstruosa y hasta temible. + +Era más joven que su hermana María. No llegaba aún a los cincuenta años. +Vivía célibe y solo en la casa solariega que los Oscos tenían en la +calle del Pozo, nada magnífica por cierto. Iba rara vez por casa de su +hermana, no por antipatía, sino por lo retraído y áspero de su genio. +Salía poco de casa, sobre todo de día. Tenía contadísimos amigos. El más +íntimo de todos, el único puede decirse que gozaba de su intimidad, un +fraile exclaustrado, que antes de ordenarse había servido en las filas +del ejército como oficial. Fray Diego era su perpetuo camarada. El +barón, por su carácter sombrío, por sus excentricidades, y sobre todo +por lo espantable de su rostro, inspiraba general temor en la población. +Los niños sentían en su presencia un terror pánico. Los padres y las +niñeras, para reducirlos a la obediencia, les amenazaban con él:--¡Se lo +voy a decir al barón!--¡Que viene el barón!--Hoy he visto al barón y me +preguntó si eras obediente, etc. Y el barón, por su gesto, +constantemente desabrido, por lo bronco y recio de la voz y por la +brusquedad con que acostumbraba a hablarles, era para las inocentes +criaturas un verdadero ogro. Iba constantemente armado de un par de +pistolas; el estoque de su bastón era un verdadero sable. Se decía que +había disparado sobre un criado sólo porque le había abierto una carta, +y que en varias ocasiones había cogido a los niños que se atrevían a +hacerle muecas en la calle, los metía en la cuadra, los desnudaba y los +azotaba cruelmente con las correas del freno de su caballo. Verdaderos o +inventados estos cuentos, contribuían a acreditarle entre el elemento +infantil de Lancia como un monstruo de ferocidad del cual había que +huir, si el temblor de las piernas lo consentía. + +Una de las cosas que más coadyuvaban a infundir el terror en los +pequeños y cierto respeto, no exento de miedo, en los grandes, era el +caballo que el barón poseía; un caballo de ojo ardiente y feroz y de +genio tan furioso que nadie osaba montarle más que él y su amigo Fray +Diego, que había servido en caballería. Para sacarlo a beber lo llevaban +siempre del diestro, y aun así el indómito bruto iba tirando saltos y +coces, poniendo en conmoción a los transeúntes. Cuando el barón lo +montaba, y dando corcovos y alzándose de brazos salía de casa, la calle +se estremecía, los vecinos se asomaban a las ventanas, los niños se +refugiaban en las faldas de sus madres, todos contemplaban atónitos +aquel centauro temeroso. Realmente el barón de los Oscos en tal momento, +con su rostro desfigurado, los ojos encarnizados, los grandes bigotes +empalmados con las patillas, cerdosos y erizados, y el formidable torso +pegado al caballo, era una figura que infundía espanto. Había que +remontarse con la fantasía a la irrupción de los bárbaros para hallar +algo semejante. Ni Alarico, ni Atila, ni Odoacro debían de tener aspecto +más feo y siniestro ni producir más grima. Júzguese del efecto que +causaría entre los vecinos tímidos cuando una temporada le dio por salir +a caballo pasada la medianoche y recorrer las calles de la ciudad +acompañado de un criado, caballero asimismo en otro corcel. + +La condesa de Onís era dentro de su sexo un tipo tan estrafalario, por +lo menos, como su hermano. Bajita, rechoncha, cara redonda y pálida con +ojos negros y muertos, el cabello pegado a las sienes con goma de +membrillo, vestida constantemente con el hábito morado del Nazareno. +Vivía recluida en su palacio como una monja en el convento. Vivía +entregada en absoluto a la devoción, pero a una devoción caprichosa, +fantástica, en nada parecida a la que practican las almas verdaderamente +místicas. Toda su vida había dado señales de un humor excéntrico, mas +desde la muerte del conde se había pronunciado tanto que bien podían +tomarse sus excentricidades como manías, y no de las más leves. Cuando +joven había mostrado una naturaleza tan púdica que rayaba por su +exageración en lo ridículo. Sus amigas la embromaban no pocas veces +afectando cierta libertad en el hablar. Tan castísimos eran los oídos de +la doncella de los Oscos, que los de una miss inglesa parecerían los de +un sargento a su lado. No podía sufrir que la ropa interior de su +hermano fuese en unión con la suya cuando la lavandera la llevaba o la +traía. Si aquél le entregaba unos pantalones para que le cosiera un +botón, cumplido el encargo corría a su cuarto y se lavaba bien las +manos, y aun dicen que se echaba en ellas algunas gotas de agua bendita. +Apretábase el seno hasta hacerse daño; subía el cuello de los vestidos +contra las prescripciones de la moda; no se mudaba la camisa sino a +oscuras, y cuando no tenía los guantes puestos jamás daba la mano a un +hombre. La historia de su casamiento fue verdaderamente curiosa, llena +de incidentes cómicos que se repitieron durante mucho tiempo por la +ciudad. Sobre todo lo que acaeció en la primera noche de novios, +verdadero o inventado, era muy gracioso y digno de figurar en una novela +de Paul de Kok. + +Durante el matrimonio esta virtud de la castidad templose un poco. Casi +parece excusado decirlo. Mas luego que quedó viuda volvió a exacerbarse +de modo notable. Sobre todo, en los últimos años adquirió aspecto de +locura. Cuando se rezaba el rosario, que era dos veces al día, mandaba +previamente una criada al gallinero para apartar, mientras durase, al +gallo de las gallinas; luego la ordenaba separar las cucharas de los +tenedores y los corchetes machos de las hembras. Por último, la hacía +situarse en una ventana de la fachada lateral de la casa para impedir +que ninguno orinara en el rincón donde los transeúntes solían hacerlo. +Un día vino el cochero a decirle que una de las yeguas estaba en el +celo. Tanto se indignó que, después de haber reñido ásperamente por la +osadía de notificarle tal asquerosidad, mandó inmediatamente venderla. +Una vez que sorprendió al mozo de cuadra dando un beso a la cocinera se +puso enferma del disgusto. Ambos salieron inmediatamente de la casa. + +Le gustaba, no obstante, tener tertulia a primera hora de la noche, pero +de clérigos solamente. Acostumbraba a sentarse en una butaca, delante de +la cual, con intención o sin ella, probablemente con intención, colocaba +dos sillas de suerte que parecía estar detrás de una valla. Poco después +de entrar los presbíteros y animarse la conversación, la condesa se +dormía profundamente, y así estaba hasta las nueve en que las sotanas se +despedían, por supuesto sin darle la mano. Como la casa tenía capilla, +salía poquísimas veces, y esas en coche. Guardaba todo el oro, que +llegaba a sus manos, en los parajes más ocultos del desván o de la +huerta. Algunas veces por esta avaricia, o más propiamente por esta +manía de urraca, la casa se vio en verdaderos aprietos: consintió en que +su hijo pidiera a préstamo algunas cantidades antes que desenterrar las +peluconas. Era además golosa, muy golosa, capaz de comerse una fuente de +confites sin asomos de indigestión. Pero no habían de ser fabricados por +las monjas: por extraña contradicción con sus piadosas inclinaciones, +odiaba todo lo que olía a convento. + +Pues por esta mujer estrambótica, bien podemos decir loca, fue educado +el actual conde de Onís. Su carácter se resintió muchísimo. Para +contrarrestar aquella excesiva sensibilidad, aquel temperamento débil y +vacilante y el humor fantástico y sombrío de que daba en ocasiones +tristes muestras, se hubiera necesitado una educación viril al aire +libre, un maestro inteligente y enérgico que supiera despertar en su +organismo el brío y la resolución de los Campo. Sucedió lo contrario +desgraciadamente. La condesa se empeñó en que no siguiese carrera que le +apartase de Lancia. Estudió, pues, en la universidad del pueblo la +carrera de jurisprudencia, que es la capa con que los jóvenes ricos +tapan su propósito de holgar toda la vida. Mientras duró, y mucho tiempo +después de terminada, la condesa le tuvo sujeto a su autoridad de un +modo que resultaba ridículo. Jamás salía de casa sin pedirle permiso, no +fumaba en su presencia, se recogía al oscurecer, rezaba el rosario, +confesábase cuando ella lo ordenaba. Mientras su cuerpo se desarrollaba +prodigiosamente, se trasformaba en un mancebo bizarro y atlético, su +espíritu continuaba tan infantil y sumiso como si nunca pasara de diez +años. En esta vida retraída y afeminada agravose la nativa timidez de su +carácter, su sensibilidad delicada se hizo enfermiza, su genio sombrío y +receloso. Y lo más lamentable era que, sin ser una lumbrera, estaba +dotado de clara inteligencia y poseía una penetración frecuente en los +hombres reservados y tímidos. Carecía de ilustración y de experiencia; +pero sabía mantener discretamente una conversación y no se le escapaban +los defectos del prójimo. Como casi todos los seres débiles, gozaba a +veces malignamente a costa de ellos. Es la venganza que la gente sin +carácter toma de quienes lo poseen demasiado vigoroso y espontáneo. No +obstante, estas ráfagas de ironía y malignidad no eran en él frecuentes. +Aparecía más bien como un joven prudente, reservado, melancólico, de +trato cortés y caballeroso, de corazón sensible, lleno de cariño y de +respeto hacia su madre. + +Después que concluyó la carrera tuvo sus anhelos y aun proyectos de +salir de Lancia, de ir a la corte, de viajar durante algún tiempo. +Bastó, sin embargo, la negativa de la condesa para contenerle y hacerle +desistir. Prosiguió, pues, su vida de holganza, mayor aún desde que no +tenía siquiera la obligación de mirar de vez en cuando los libros de +jurisprudencia. + +Sólo la entretenía dedicándose a temporadas al cultivo de ciertos +oficios manuales, y con la lectura de las obras románticas entonces muy +en boga. Se hizo hábil ebanista, no tanto como su padre; luego le dio +por la relojería. Últimamente tomó afición a una finca de labor y recreo +que poseía en las inmediaciones de la población y comenzó a mejorarla +notablemente. Denominábase la Granja: distaba poco más de dos kilómetros +de Lancia: tenía una casa grande y vieja y destartalada: a espaldas de +ella un hermoso bosque de robles y delante grandes y feraces praderas. +Comenzó a ir todas las tardes después de comer; crió ganado vacuno y +también algunos caballos, plantó árboles, abrió canales y levantó +cercas. En la casa apenas tocó. En esta nueva afición ganó su cuerpo, +que se hizo más duro y más ágil, y también su carácter. La melancolía, +que tanto le atormentaba, se fue templando, serenose su espíritu, fue +adquiriendo más firmeza en el trato de la gente y más seguridad de sí +mismo, y ciertos accesos de humor negro, de rabia y desesperación que +sin causa alguna le acometían de raro en raro y le hacían aparecer ante +los criados como un epiléptico, desaparecieron por completo. De esta +suerte llegó hasta los veintiocho años, en que comenzó a frecuentar la +casa de Quiñones, y su vida experimentó profunda trasformación. + +Eran las nueve de la mañana cuando el criado le despertó de un sueño +agitado, incompleto, para entregarle una carta. La dejó caer con +afectada indiferencia sobre la mesa de noche; mas luego que el criado se +fue apresurose a cogerla y la abrió con visible agitación. Aunque hacía +ya cerca de dos años que duraban sus relaciones con Amalia, nunca abría +carta de ésta sin que le temblasen las manos. Verdad que se escribían +poquísimas veces. Pero más que la rareza de las cartas contribuía sin +duda a turbarle el profundo amor que en su naturaleza sensible y tímida +había arraigado. + +«Esta tarde a las tres. Por la tribuna,» decía la carta únicamente. Su +turbación no se disipó por completo. Las citas como aquélla eran +extremadamente peligrosas; le causaban, enmedio de su felicidad, una +impresión de miedo que no podía vencer. Había rogado a Amalia que las +suprimiese; pero no le hizo caso alguno. Y él se consideraba +absolutamente incapaz de oponerse a su voluntad. Pasó la mañana +nervioso, alterado. Para calmarse dio un paseo a caballo; llegó hasta la +Granja; pero volvió al cabo con la misma intranquilidad que había +salido. + +Cuando llegó la hora señalada salió de casa y tomó la calle de +Cerrajerías. Era la hora en que apenas se ve un transeúnte. Los vecinos +de Lancia comen generalmente a las dos. A las tres están, pues, de +sobremesa o reposando. Al final de Cerrajerías, en la esquina de la +calle de Santa Lucía, está la iglesia de San Rafael, que tiene su +entrada principal por aquélla. El conde penetró en el templo, después de +tomar agua bendita, como el que va a hacer sus oraciones. Estaba +enteramente solitario, o al menos así le pareció a la primera ojeada. A +los pocos minutos, acostumbrados ya sus ojos a la oscuridad, percibió +dos o tres bultos diseminados por él y postrados en oración. +Arrodillose él también en el fondo oscuro, cerca de la puertecita de la +escalera que conducía a la tribuna de los Quiñones, y fingió orar unos +momentos. Aquello le repugnaba profundamente. Era un creyente sincero, y +la piadosa y severa educación que había tenido le hacía horrorizarse de +tal sacrilegio. Se le había pegado el fanatismo de su madre: tenía un +miedo espantoso al infierno. También Amalia era creyente y aun pasaba en +la población por piadosa; pertenecía a varias cofradías; era protectora +de algunos asilos; hacía frecuentes regalos a las imágenes y se la veía +acompañada de clérigos. Pero miraba aquella profanación con la mayor +indiferencia. La religión era para ella cosa muy respetable, pero más +respetables aún su voluntad y sus placeres. + +Al cabo de unos minutos el conde se levantó cautelosamente y tiró de la +puertecita, que una mano previsora había ya abierto de antemano. Tornó a +llegarla y subió por la estrechísima escalera de caracol. La pequeña +tribuna de la casa Quiñones estaba aún más oscura que la iglesia. Buscó +a tientas la puerta del pasadizo y la empujó; mas como tenía cierre de +cristales y podían verle desde la calle, se echó a gatas para +atravesarlo. En la puerta que comunicaba con la casa estaba Jacoba +esperándole. Era ésta una mujer de más de cincuenta años, obesa, con un +vientre colosal, que se movía con trabajo, la respiración anhelante, +embotada por la grasa y hablando siempre en voz de falsete. La suma +discreción, la encarnación verdadera del sigilo. Nunca habían tenido +otro confidente; nadie en el mundo más que ella estaba enterada de sus +amores, y en el curso de ellos les había servido prodigiosamente; fue su +centinela, su salvador en muchas ocasiones, su ángel tutelar siempre. No +era sirviente de la casa, sino protegida de la señora. Dedicábase a +correr los géneros de las tiendas, a traerlos a las casas, ganando por +ello pequeñísima comisión. Esto no le bastaba para vivir aunque era ella +sola y una sobrina. Pero en varias casas le hacían encargos de distinta +índole y la ayudaban de mil maneras. Sobre todo en la señora de Quiñones +había encontrado una protectora decidida. Cuando llegó a ser su +confidente puede decirse que halló una verdadera mina. Amalia pagaba con +largueza sus servicios que, en realidad, bien merecían recompensa +extraordinaria. + +La medianera se llevó el dedo a los labios recomendando silencio al +conde, así que éste franqueó la puerta. Recomendación bien excusada por +cierto, porque hasta la respiración iba conteniendo por no hacer ruido. +Luego, adelantándose un poco para explorar el terreno, le hizo seña para +qué la siguiese. Atravesaron un corredor, pasaron por delante de la +escalera principal sin ascender por ella de miedo a encontrarse con +algún criado, y fueron a buscar a la biblioteca una escalerita excusada +que allí había para subir al segundo. El conde avanzaba de puntillas con +el corazón palpipante. Aunque ya había penetrado otras veces en casa de +Quiñones de aquella manera, le parecía siempre el colmo de la temeridad +y maldecía en su interior del atrevimiento y despreocupación de su +amante. Llegaron al fin al gabinete de la señora. La puerta se abrió sin +que se viese a nadie. Jacoba empujó suavemente al conde, quedando ella +fuera. La mano de Amalia, que se presentó de improviso, volvió a cerrar, +y súbito, con arrebatado ademán, echó los brazos al cuello de su querido +y le besó con apasionada ternura. Él, cohibido, agitado aún por la +ascensión y trémulo, permaneció quieto, sin corresponder a tales +manifestaciones de cariño. La dama le dio un golpecito maternal con la +palma de la mano en la mejilla. + +--Serénate, poltrón, que nadie te come aquí. + +Luis hizo un esfuerzo por sonreír y se dejó caer en una marquesita +forrada de raso azul. + +El gabinete de Amalia contrastaba por su lujo coquetón con el abandono +que reinaba en el resto de la casa. Las paredes cubiertas de tapices +soberbios, los mejores de la colección que la familia poseía; los +muebles flamantes, estilo Luis XV, traídos de Madrid con la magnífica +cama de ébano incrustada de marfil que se veía en la alcoba, en los +primeros meses del matrimonio, cuando D. Pedro se esforzaba inútilmente +en ganar el corazón de su joven esposa. Respirábase allí una atmósfera +perfumada, sensual, que denunciaba los gustos refinados que la dama +forastera había traído allá de otras tierras a la severa mansión de los +Quiñones. + +Sentose sobre las rodillas del conde, y tirándole de la barba, exclamó +conteniendo a duras penas los gritos, con una alegría reprimida que le +brillaba en los ojos, que estallaba por todos los poros: + +--¿Lo ves? ¿Lo ves como hemos vencido? ¿Lo ves como se han salvado todos +esos obstáculos que se te amontonaban en la cabeza y no te dejaban ver +claro? No ha sido necesario más que un poco de audacia y que Dios nos +ayudase. + +--¡Dios!--murmuró estremeciéndose el conde. + +Ella sintió que había hecho mal en apelar a la divinidad, y se apresuró +a decir con desenfado: + +--Quise decir la suerte... Vamos, no empieces a ponerte cargante y +tristón... Éste es un momento de felicidad para nosotros... Lo estoy +tocando y me parece mentira... Mi hija, la hija de mis amores, viviendo +conmigo, pudiendo verla y besarla a todas horas... ¡Qué hermosa es!... +No pude contemplarla a mi gusto hasta esta mañana; pero hoy me he +saciado bien... Se parece a tí... sobre todo esta parte de aquí arriba, +del entrecejo. Jacoba dice que la boca es mía... No me pesa--añadió +sonriendo con coquetería.--Otra cosa peor pudiera sacar de mí, ¿verdad? + +--Para mí todo es igualmente hermoso. + +--¡Vamos!--exclamó la dama echándose hacia atrás y clavándole una mirada +de burla cariñosa.--Al fin has recobrado el uso de la palabra... Pues +bien--añadió en tono serio,--tú no sabes las vueltas que hemos tenido +que dar esta mañana para buscarle nodriza. Me han traído tres. Ninguna +me ha gustado. Al fin la cuarta se quedó. ¡Y qué lindamente comenzó a +chupar el ángel mío! Me costaba trabajo no saltar de alegría... ¡como me +cuesta ahora!... Pero seamos graves... seamos graves y cargantes como el +señor conde... Dime, fastidioso, ¿cómo te has arreglado para traerla? +Cuéntame. ¡Qué cara tenías ayer noche al abrir la puerta del salón! + +--La cosa no era para menos. A las nueve fui a buscarla a casa de +Jacoba. Ya te lo habrá dicho ella. Me pasé allí cerca de dos horas. Y +como si el diablo quisiera mortificarnos, la criatura chillaba sin +cesar... + +--Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego? + +--¡Qué noche! Los chubascos se repetían sin cesar. Las calles estaban +perdidas, sobre todo por aquellos barrios extraviados. Me remangué los +pantalones casi hasta la rodilla, porque ¿cómo iba a entrar manchado de +barro en tu salón? Quise sostener el canastillo en un brazo y llevar el +paraguas abierto en la otra mano. Fue imposible. A los pocos pasos me +volví y le dejé el paraguas a Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielo santo! +¡Qué angustia! El viento me bajaba a cada instante el embozo de la capa, +la lluvia me azotaba la cara y me entraba por el cuello. Tenía miedo que +me mojase la niña. Además iba temiendo resbalar. ¡Figúrate si caigo en +aquel momento! El viento soplaba a veces tan recio que me impedía dar un +paso. Bien puedes creerme que estuve tentado a dar la vuelta y dejarlo +para otro día. + +--Lo creo sin que me lo jures. Demasiado sé que te ahogas en un plato de +agua. + +Él le dirigió una larga y triste mirada de reconvención. Amalia soltó a +reír y, abrazándole y besándole con efusión, exclamó: + +--No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que no te compadezco? El trance ha +sido bien duro. Te has portado como un héroe. + +El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se ruborizó. La conciencia +le gritaba que no los merecía. Se acordó de la terrible prueba por que +acababa de pasar Amalia, y dijo: + +--¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer! ¿Cómo te encuentras? Ha sido +una imprudencia bajar tan pronto la escalera. + +--¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy una roca. + +--Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tremendos dolores sin exhalar ni +una queja! + +--¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto?--dijo poniéndole una mano en la +boca.--¿Has parido alguna vez? + +--Luego cuatro días solamente en la cama--prosiguió el joven separando +dulcemente aquella mano y besándola al mismo tiempo,--y al quinto bajar +al salón. + +--Pues ya estás viendo que no me ha pasado nada. ¡Oh, si no llego a +bajar ayer, de fijo Quiñones me manda al médico! Ya desde el segundo día +estaba empeñado en que subiese... Pero ¿no sabes? Está enamorado, loco +por la chiquilla. Toda la mañana ha tenido a la nodriza en su cuarto. ¡Y +se le ocurren unas cosas tan peregrinas! Dice que esta niña nos la envía +Dios para consolarnos de no tener familia... + +El conde volvió a ponerse serio, taciturno, mientras en los labios de la +dama se dibujaba una sonrisa de cruel ironía. + +--A todo esto no has preguntado por ella, padre desnaturalizado--dijo +metiendo sus dedos finos y blancos por la gran barba rizosa y bermeja de +su amante.--Porque eres su padre, sí, su padre. ¿A que no lo +niegas?--añadió acercando con mimo su rostro al de él y poniéndole los +labios en el oído.--Voy a traértela. + +--Pero ¿va a venir el ama?--preguntó él con terror. + +--No, hombre, no--replicó riendo.--Vendrá ella solita. Verás qué bien +camina ya. + +El conde abrió los ojos con una expresión estúpida que la hizo reír aún +más. Se puso en pie y abriendo la puerta cuchicheó un instante con +Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo de pocos minutos la obesa +medianera abrió otra vez la puerta cautelosamente y les entregó la niña +dormida. Amalia se sentó, haciéndola descansar en su regazo. Ambos la +contemplaron largo rato en silencio con éxtasis, pendientes del levísimo +soplo que hinchaba y deshinchaba aquel tierno cuerpecito. Fue un +instante feliz. El conde, olvidado de sus temores, se calmó: una sonrisa +de vivo placer se esparció por su fisonomía dulce y melancólica. +Trascurrían los minutos, y ni uno ni otro rompían aquel silencio dichoso +ni se distraían un punto de la atención intensa en que sus espíritus se +confundían. Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel pedacito de carne +rosada se reflejaba igualmente en sus ojos y ataba con hilos invisibles +sus almas y sus vidas. + +--¡Qué hermosa es! Se parece a tí--murmuró el conde con tan blando +acento que apenas si llegó a los oídos de su amante. + +--Aún más a tí--respondió ésta en la misma voz apagada. + +Luego, por un movimiento simultáneo, ambos volvieron la cabeza y se +miraron larga, intensamente, con amor. + +--Te adoro, Amalia--dijo él. + +--Te quiero, Luis--respondió ella. Sus manos se buscaron y se apretaron +tiernamente: sus cabezas se inclinaron para cambiar un beso casto. + + + + +IV + +Historia de aquellos amores. + + +Casto, sí. Quizá el primero en sus ya largos amores. Todo lo que de +tierno y poético se desprendía de ellos, como un perfume, vino de pronto +a embriagarlos, a hacerlos dichosos. Se desvaneció el remordimiento, que +pesaba sin cesar en el alma delicada del conde, la agitación insana que +a ambos atormentaba, el ardor, la violencia, la amargura qué iba oculta +en el fondo de sus deliquios amorosos como el gusano en el cáliz de la +rosa. No quedó más que el amor puro, el amor satisfecho, el amor +consagrado por la santa y misteriosa fuerza de renovación que habita en +el seno de la naturaleza. + +¡Si se hubieran conocido antes! ¡Cuántas veces se habían repetido esta +frase de los adúlteros! Si se hubieran conocido antes, probablemente se +hubieran separado sin sentir el más insignificante movimiento de +atracción. El amor se alimenta principalmente de dificultades, le placen +los terrenos movedizos batidos por la borrasca. El de ellos no pudo +hallar tierra más adecuada ni circunstancias más favorables para su +germinación. + +Como se sospechaba en Lancia, el matrimonio de Amalia con D. Pedro fue +impuesto a aquélla por su familia, que agonizaba de hambre. D. Antonio +Sanchiz, padre de la dama, era un mayorazgo valenciano que había +consumido con el juego y las mujeres las tres cuartas partes de su +hacienda. La cuarta que restaba se encargó de consumirla por los mismos +medios su hijo primogénito, que había heredado idénticos gustos. Amalia +era la última de los cinco hermanos, cuatro hembras y un varón. Su +hermana primera, a quien habían tocado aún algunos rayos débiles del +esplendor de la casa, logró casar ventajosamente con el hijo de un +banquero rico. Nada aprovechó a su familia. Ni D. Antonio ni su hijo +Antoñito pudieron ver el color de las monedas de su yerno y cuñado +respectivamente. Las otras dos también casaron con jóvenes distinguidos, +pero sin dinero. Amalia floreció enmedio de la total ruina de su casa. +Ni su figura graciosa y delicada, ni su clara estirpe le valieron para +llamar la atención de los hombres. El conocido desastre de la casa y la +deplorable reputación de su padre y hermano pusieron en torno de ella +una valla que ninguno se atrevía a saltar. Bien lo echó de ver enseguida +y rehuyó enamorarse de los que, por pasatiempo o galantería, la +festejaban. No era tipo acabado de belleza; faltábale gallardía en la +figura, amplitud de formas, color en las mejillas. Mas apesar de su +cuerpecito menudo y no del todo bien conformado, y de la palidez +constante de su rostro, poseía especial atractivo, que cuantos la veían, +y aún más los que la trataban, se complacían en afirmar. Provenía éste +principalmente de sus grandes ojos negros expresivos: el alma se asomaba +a ellos reflejando las más leves y fugaces emociones; ora ardían con +fuego malicioso revelando la pasión recóndita, insaciable, ora se +aquietaban extáticos, límpidos, en arrobo místico; ahora brillaban +alegres y bulliciosos, enseguida melancólicos, tan pronto secos como +húmedos, tan pronto tiernos como iracundos. Provenía también de su +movilidad, de la agudeza de su ingenio y del metal de su voz simpático e +insinuante. Era, en suma, una mujer graciosa e interesante. + +No se sabe si por orgullo o porque realmente su temperamento ardiente y +borrascoso le solicitase a ello, mostrose desdeñosa con los jóvenes +ricos que galantemente la requebraban sin decidirse a pedir su mano, y +entregó el corazón a un muchacho humilde, a un escribientillo del +gobierno político con cuatro mil reales de sueldo, hijo de un maestro de +escuela. La sangre azul de los Sanchiz brincó de cólera en las venas de +D. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas y hasta en las del banquero, su +cuñado, que no la tenía. Hubo de sufrir activa y feroz persecución. Pero +como no le faltaban ánimos y estaba dotada además de un espíritu +ingenioso y travieso, fértil en toda clase de diabluras, es lo cierto +que se burló de ellos largo tiempo, que de nada valieron los ruegos, las +amenazas, ni la temporada que la tuvieron recluida en un convento. Si el +escribiente no llega a morirse de una tisis que le concluyó en pocos +meses, es casi seguro que la muy noble y necesitada casa de los Sanchiz +sufriera el baldón de emparentar con el hijo de un maestro de escuela. + +Después de esta aventura, Amalia quedó bastante desprestigiada en la +población. Pero ella bien sabía que, aunque hubiera mantenido incólume +su prestigio, sería lo mismo. Los hombres no se casan por el prestigio, +sino por el dinero. No se le ocurrió, pues, sentir remordimientos por lo +pasado. Vivió triste y resignada dos años más, mostrándose indiferente a +los placeres propios de su edad, sin hacer nada para granjearse la +voluntad de los jóvenes y ganar un marido. Cuando ya iba cerca de los +veinticuatro abriles, y podía darse por perdida la esperanza de +matrimonio, fue cuando a D. Pedro Quiñones, su tío tercero o cuarto, se +le ocurrió acordarse de ella. Resistió el casarse con aquel señor, que +sólo había visto de niña dos o tres veces, viudo hacía poco tiempo, y +cuyas extravagancias conocía por oírselas narrar entre carcajadas a su +padre y hermano, ¡los mismos que ahora la apretaban para que le aceptase +por marido! No fue muy tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba tan +desengañada, vivía enmedio de un aburrimiento tan plomizo, de una +indiferencia tan soñolienta, que así que vio a su padre colérico, +después de haberla suplicado con vivas instancias, se dejó arrancar el +sí. Decían todos que aquel matrimonio era la salvación de la familia. No +se metió a averiguar si era verdad o pura ilusión. Después de casada +supo que todo lo que su padre pudo sacar de D. Pedro fue una exigua +pensión, con la cual a duras penas podía comer. + +El noble vástago de los Quiñones de León se enamoró perdidamente de +aquella estatua de hielo. En el viaje que hicieron desde Valencia a +Lancia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspecta y tan cortés al +mismo tiempo, que D. Pedro no osó reclamar ninguno de sus derechos. En +Lancia, ya sabemos por la voz pública, digna de creerse en este caso, lo +que pasó. + +La negativa persistente, los desprecios infinitos con que le regaló por +mucho tiempo, lejos de enfriarle, encendieron más su pasión. Era +Quiñones, como ya sabemos, hombre fogoso, terco, de voluntad indomable. +Los obstáculos le irritaban, llegaban a enloquecerle. Quiso vencer el +corazón de su esposa y no perdonó medio para ello: la colmó de +atenciones, mimó sus gustos más insignificantes, viviendo por varios +meses en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de esperanzas, tan +pronto vivas como muertas. Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la +astucia de su amigo el canónigo. Aquel aconsejado viaje por las +montañas, lleno de sustos y peripecias, le conquistó, si no el amor de +su esposa, por lo menos sus favores. + +En los dos primeros años de matrimonio Amalia hizo una vida retraída, +sin salir apenas del churrigueresco palacio de la calle de Santa Lucía. +Vivía a solas con su aburrimiento, complaciéndose en hacerlo más +insoportable, agitada por una cólera sorda que amenazaba estallar a cada +instante: en la apariencia tranquila, aceptando gustosa su papel, +tratando con superioridad cortés a los que se la acercaban. El +desgraciado accidente sobrevenido a su esposo distrajo un poco su hastío +e infundió en su corazón momentáneo sentimiento de piedad. Durante +algún tiempo se creyó llamada a desempeñar cerca de él los oficios de +hermana de la caridad, a cuidarle con afectado cariño para hacerle menos +insoportable aquel terrible castigo. No tardó mucho en fatigarse. Poco a +poco se fue aficionando a la tertulia que por las noches se formaba en +torno de su esposo, comenzó a interesarse en las conversaciones de +política local y a intervenir en ella más o menos directamente. D. Pedro +era el arbitro de la provincia mientras se hallaba en el poder el +partido moderado. Ahora, que estaba debajo, conservaba no obstante muy +alto prestigio y no poca influencia, en el temor de que no tardaría en +ponerse encima. Para aumentar este prestigio y esta influencia y dar +mayor realce a la riqueza y poderío de la casa, Amalia, que halló aquí +medio de distraerse, abrió sus salones a la sociedad laciense, que hasta +entonces había tenido siempre alejada; algunas visitas de cumplido y +nada más. Dio conciertos, menudeó las reuniones de confianza, y de vez +en cuando, en ciertas solemnidades, organizó grandes bailes de etiqueta. +Con esto recobró su perdida energía, aquella graciosa y simpática +movilidad que la caracterizaba; volvió la sonrisa a sus ojos, la frase +aguda a sus labios. Nadie supo jamás honrar con más amabilidad y más +gracia a sus tertulianos. Fue modelo de gentileza y cortesanía. Se hizo +adorar de la juventud, a quien proporcionó gratísimo recurso para matar +las interminables noches del invierno. + +Fernanda Estrada-Rosa fue uno de los más bellos ornamentos de sus +conciertos y saraos. En pos de ella vino el conde de Onís, su novio. El +conde era visita de la casa de Quiñones, pero sólo iba de tarde en +tarde, con motivo de algún cumpleaños, entrada de año, etc. Sin embargo, +Quiñones alimentaba por él profunda simpatía. Bastaba que perteneciese a +la nobleza para que el linajudo hidalgo le juzgara superior en todos +conceptos a los demás seres de la población. Amalia, que apenas le +conocía, comenzó a observarle con viva curiosidad. Tanto se le había +hablado de él, del cariño y respeto que profesaba a su madre, de su +humor melancólico, de sus habilidades, de su piedad exagerada, que +deseaba tratarle con intimidad; quería penetrar en el alma de aquel +mancebo tan apuesto y tan inocente. No tardó en convencerse de que el +amor aún no había prendido en ella. Observando con atención sus +relaciones con Fernanda, percibió en ellas un dejo de frialdad que no +venía ciertamente de la rica heredera. Conoció que el conde se engañaba +a sí mismo haciendo esfuerzos por quedar enamorado, y aún más por +aparecerlo. Tomaba sus amores como una obligación honrosa que le +exigían sus años y posición. El joven más principal de Lancia debía amar +a la niña más rica y más bella. Por otra parte, parecía como si quisiera +demostrar a la población que no era un extravagante o un maniaco, como +alguna vez había oído insinuar. Por eso se le veía cumpliendo +estrictamente los deberes del perfecto galán, paseando un par de horas +por la mañana en la calle de Altavilla, donde vivía su novia, +acompañándola los domingos en el paseo, sentándose a su lado en la +tertulia de las señoritas de Meré o en la de Quiñones, y bailando con +ella todos los rigodones en los saraos del Casino. Pero al mismo tiempo +Amalia echaba de ver que sus pláticas eran frías, que el conde estaba +taciturno y distraído muchas veces, mientras ella, con visible interés, +hacía el gasto de la conversación y procuraba mantenerla viva. + +Aquellos amores le fueron interesando cada vez más: buscó las +confidencias de ella y también las de él. Al poco tiempo su alma +ardiente, sagaz, voluntariosa, simpatizó con la de Luis, tímida, +infantil, llena de piedad y ternura. Más maestra en el arte de hacerse +amar que la niña de Estrada-Rosa, logró pronto inspirar al conde +confianza y afecto; le envolvió en una malla espesa de confidencias, no +sólo referentes a sus amores, sino de toda la vida. Le confesó tan bien +como el más hábil jesuita. Luis, seducido por tanto interés, le fue +abriendo su pecho dándole cuenta primero de sus costumbres, luego de los +actos de su vida pasada, por último de sus sentimientos más recónditos, +de aquellos que sólo se confiesan a un hermano. A Amalia no le +sorprendían en la apariencia tales originales y morbosas psicologías; +las aceptaba como cosas naturales, daba su opinión acerca de ellas y se +autorizaba cariñosamente el aconsejarle, reprenderle a veces, guiarle en +ciertos asuntos de la vida, cuyo complicado mecanismo ignoraba el conde +por Completo. Alentado por este juego habilísimo, se iba confiando cada +vez más, se entregaba por completo, feliz con desembarazarse de tanto +pensamiento ridículo, con confesar aquella extraña y dolorosa timidez +que le atormentaba. + +Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernanda haciéndose confidente y +protectora decidida de sus amores. Si mantenía ratos larguísimos de +conversación particular y animada con el conde, no menos largos y +animados los gastaba con la chica. Ésta le agradecía profundamente +aquella protección, que se traducía en ocasiones buscadas por la dama +para que los novios pudieran verse y hablarse, para reconciliarlos +cuando estaban reñidos, etc., etc. Mas sin que la inocente niña lo +sospechase, sin que el mismo conde se diese cuenta de ello, la dama +valenciana iba ganando a paso de carga el corazón de éste. Si en +juventud, en hermosura y gallardía era, sin disputa, inferior a la rica +heredera, la aventajaba mucho en la gracia expresiva del rostro, en el +atractivo de su conversación y en la finura de su inteligencia. De +confidencia en confidencia, Luis llegó a mostrarle cuál era el verdadero +estado de su corazón respecto a Fernanda. La astuta señora supo sacar +partido de tales confesiones para hacerle ver que lo que sentía era sólo +admiración de aficionado a las obras bellas de la naturaleza, un deseo +vanidoso de hacerse amar por la joven más linda y más rica de la ciudad, +necesidad de distraer el aburrimiento, cualquier cosa, en suma, menos el +verdadero amor. Éste se alimenta de tristezas negras, de alegrías +inefables, de insomnios, de zozobras, de una agitación dulce y amarga a +la vez que constantemente llevamos dentro del pecho. Luis se convenció +pronto. Pero ella encontraba su frialdad injustificada, no comprendía +cómo un hombre de tan buen gusto no había logrado enamorarse +perdidamente, le reñía, le embromaba, subiendo hasta las nubes las +cualidades de la gentil heredera. + +Mientras esto decía con los labios, sus ojos pregonaban otra cosa. +Aquellas pupilas negras llenas de fuego e inteligencia se clavaban en él +con expresión unas veces lánguida, otras maliciosa, concluyendo por +fascinarle. Al mismo tiempo sus manos breves, delicadas, de aristócrata +aprovechaban cualquier coyuntura para rozar las suyas; al despedirse le +apretaban con tenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinaban ambos para +contemplar cualquier objeto y sus cabezas se tocaban, Amalia no separaba +la suya, dejaba que el conde aspirase la fragancia de ella largo rato +cual si tratase de envenenarle. Se preocupaba de sus trajes y le imponía +sus gustos. No debía ponerse levita; el frac azul le sentaba +admirablemente. ¿Por qué gastaba guantes oscuros? Le prohibió, riendo, +que se los pusiera más. Para las corbatas confesaba que tenía mucho +gusto, pero le sentaban mejor las de lazo que las chalinas. ¿Por qué no +se encargaba a Madrid los sombreros? Los que llegaban a Lancia eran +todos rancios y ridículos. Y el conde obedecía gustoso sus +insinuaciones, se iba dejando dominar por el ascendiente de aquella +mujer tan débil de cuerpo como fuerte de voluntad. + +Una noche en que llegó a casa de Quiñones cuando aún no había nadie, le +dijo la dama bruscamente: + +--¿Quién le ha puesto a usted ese clavel en el ojal, Fernanda? + +El conde, sonriendo ruborizado, hizo signo afirmativo. + +--Pues que me dispense, pero tiene un color muy feo... Verá usted, voy a +ponerle otro más bonito. + +Y diciendo y haciendo, fue derecha a uno de los floreros del salón y, +después de escoger algún tiempo, sacó un magnífico clavel rojo. Volvió +adonde estaba el conde y con gran desenvoltura, con cierta afectación +aún, propia del que pretende mostrar su dominio, le arrancó el clavel +que traía y le puso el nuevo. Sufrió él esta sustitución en silencio, +inquieto y sorprendido. Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se +echó un poco hacia atrás y exclamó con intención: + +--¡Ya lo creo que está mejor! + +Hubo después algunos instantes de silencio embarazoso. Ella se puso a +jugar con el clavel de Fernanda, azotándose las rodillas, mientras +lanzaba frecuentes miradas al conde, que permanecía confuso sin saber +qué decir ni dónde poner los ojos. Por último, los de uno y otro se +encontraron y sonrieron. En los de ella ardió una chispa maliciosa, y +con ademán súbito y desdeñoso arrojó el clavel que tenía en la mano +debajo de las sillas. El conde se puso repentinamente serio; sus +mejillas se colorearon. En aquel momento entró Manuel Antonio. La +conversación se entabló alegre, indiferente. El conde guardaba, sin +embargo, un resto de turbación. Cuando llegó Fernanda y con visible +disgusto, le preguntó por su clavel, se vio en grave aprieto, perdiose +en un laberinto de explicaciones. El chico de su jardinero, a quien fue +a dar un beso, se lo había arrancado, luego en una maceta que había +hallado en el gabinete de su madre había tomado otro. Pero Amalia, +implacable, le puso poco después en un conflicto preguntándole en voz +alta con sonrisa maliciosa: + +--¿Quién le ha dado a usted ese clavel tan lindo, Fernanda? + +--No, yo no--se apresuró a responder ésta. + +Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvió en voz alta a la explicación +que acababa de dar en secreto. Aquella pequeña traición los ató con nudo +más fuerte, estableció entre ellos una relación singular que el conde no +se atrevía a definir en su pensamiento, medroso de resbalar en un +abismo. Siguió festejando con la misma asiduidad, quizá con alguna más, +a la heredera de Estrada-Rosa, pero no podía hablar a la señora de +Quiñones sin sentirse turbado; las miradas que se dirigían eran largas, +intencionadas; sus apretones de manos vivos, impregnados de cariño. +Ambos disimulaban delante de Fernanda como si fuese ya la esposa +ultrajada. ¡Y aún no se habían dicho una palabra de amor! Pero Luis +estaba convencido de que faltaba a su novia, de que era un criminal +hacia D. Pedro, su amigo; no sabía por qué ni cómo, pero lo sentía allá +dentro en el fondo de la conciencia. Sin embargo, reflexionaba algunas +veces que por su parte no había dado un solo paso hacia el crimen, que +se veía enredado en aquellas extrañas relaciones, en las cuales existía +amor; inteligencia, traición, todo tácito, sin saber cómo había sido. + +Trascurrió más de un mes de esta suerte. Amalia no sólo le hablaba de +amor con los ojos, pero le imponía su voluntad, le hacía ejecutar todos +sus caprichos, a veces le reprendía ásperamente. Anunciaba, por ejemplo, +que se iba a marchar: al volver los ojos se encontraba con los de Amalia +que le decían que se quedase, y se quedaba. Trataba de bailar con +Fernanda, y una mirada severa bastaba para retenerle. Un día anunció que +iba a pasar seis u ocho en sus posesiones de Onís: Amalia le hizo signo +negativo con la cabeza, y desistió de su viaje. ¿Por qué? ¿Con qué +derecho contrariaba sus determinaciones, se introducía en su vida y la +gobernaba? No lo sabía, pero experimentaba sensación gratísima al +obedecerla. Vivía en una inquietud dulce, anhelante, esperando algo +hermoso, algo inefable que no quería formularse en su cerebro. Mientras, +ella con su eterna sonrisa misteriosa le observaba tranquilamente, +segura de conocer ese algo y de llegar a él cuando le viniera en +apetencia. + +Una tarde del mes de Junio se hallaba el conde en la Granja +inspeccionando el trabajo de algunos obreros, que tenía ocupados en +abrir una acequia más ancha para el molino. El mozo encargado del ganado +vino a decirle que una señora preguntaba por él. + +--¿Una señora?--exclamó sorprendido.--¿No la conoces? + +El criado le miró estúpidamente, sin contestar. ¿Cómo la había de +conocer, él, que había pasado la vida detrás del ganado, y sólo iba a +Lancia algún día de mercado a comprar o vender una vaca? El conde se +hizo cargo de esto y preguntó enseguida: + +--¿Es bajita? + +--No es muy alta, no, señor. + +--¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿el andar muy suelto y +elegante? + +Y antes de que el criado pudiera contestar a estas preguntas, que no +había entendido, echó a correr en dirección a la casa con el corazón +palpitante, henchido de emoción por el presentimiento de que era _ella_. + +--¿Dónde está?--gritó sin dejar de correr. + +--En la corrada, a la puerta del jardín--le contestó también a gritos. + +Llegó a la corrada sin respiración. Antes de abrirla se detuvo un +instante, avergonzándose de su presunción. ¿Cómo había llegado a +suponer... ¿Pero por qué diablo se le había metido en la cabeza?... Y, +sin embargo, no podía desecharla. Era _ella_, era _ella_; no le cabía +duda alguna. Levantó el pestillo de la gran puerta de madera pintada de +verde, y entró. La corrada era grande. Veíanse arrimados a la pared +varios enseres de labranza. Debajo de un tendejón yacían algunos carros. +En una caseta de madera, toscamente labrada, estaba amarrado un enorme +mastín que quiso romper la cadena dando furiosos saltos por venir a +acariciarle. Allá en el otro extremo, cerca de la puerta enrejada que +comunicaba con el jardín, _la_ vio, en efecto, con la frente pegada a +las rejas, contemplando las flores. Estaba de espalda. Traía vestido +claro de rayas blancas y rojas y llevaba en la cabeza sombrerito de paja +con flores rojas también. Con la mano izquierda se apoyaba en una +sombrilla que hacía juego con el traje y en la derecha apretaba unos +guantes de seda, ¡Qué bien impresos le quedaron estos pormenores! Jamás +en la vida se le borraron de la memoria. + +--¿Usted por aquí?--le preguntó afectando una serenidad que estaba muy +lejos de sentir.--¿Quién había de presumir que fuese usted la señora que +el criado me acaba de anunciar? + +--¿De veras no lo ha presumido usted?--preguntó ella mirándole +fijamente. + +--No, no, señora. + +Y se puso colorado al decirlo. La dama sonrió con benevolencia. + +--Bien, enséñeme usted esas rosas de _malmaison_ de que me ha hablado. + +El conde abrió la puerta del jardín y ambos pasaron adentro. Era muy +grande, y estaba bastante descuidado. Desde que la condesa había dejado +de venir a la Granja casi en absoluto, los criados apenas tocaban en él. +Luis era más dado a hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado, a +desecar terrenos, que a las flores. Así y todo, del tiempo en que su +madre venía todas las tardes y le atendía, existían allí muchas plantas +de flores, grandes arbustos que con el tiempo y con aquel suelo feraz se +iban trasformando en árboles frondosos. + +Mientras recorrían caminos arenosos, de los cuales el césped se iba +apoderando por falta de limpieza, la condesa explicaba en voz alta cómo +había llegado hasta allí. Se le había antojado dar un paseo hasta +Bellavista; pero al pasar por delante de la carreterita que conducía a +la Granja se acordó de las dichosas rosas, y dio orden al cochero de que +siguiese por ella. No había visto nunca la posesión. Aquella +frondosidad, aquel verde tan intenso la entusiasmaban. En su país la +vegetación era más pálida. + +--Pero más fragante... como las mujeres--dijo el conde con galantería. + +La dama se volvió para dirigirle una sonrisa de gracias, y siguió loando +la belleza de los rododendros, de las azaleas, de las camelias +gigantescas que encontraban al paso. + +Luego que vieron los rosales y que el conde le hizo elegir algunos para +mandárselos al día siguiente, tornaron por senderos distintos hacia la +puerta de entrada. + +--¿Usted está seguro de que yo he venido únicamente a ver estos +rosales?--dijo Amalia parándose súbito y mirándole con fijeza. + +Al conde le dio un vuelco el corazón y comenzó a balbucir +lamentablemente: + +--Yo no sé... La verdad que esta visita... Me alegraría que los +rosales... + +Pero la dama, compadecida, no le dejó terminar. + +--Pues, además de los rosales, vengo a ver toda la finca, y +particularmente el bosque. Conque ya puede usted ir enseñándomelo--dijo +agarrándose resueltamente a su brazo. + +El conde volvió a experimentar nueva y violenta emoción, primero de +pena, después, al sentir la mano de la dama en su brazo, de vivísimo +gozo. Y, turbado hasta lo profundo de su ser, fue mostrándole lo digno +de verse que tenía la finca, las grandes y hermosas praderas, las +cuadras, la nueva maquinaria del molino, el bosque por último. Ella le +observaba con el rabillo del ojo. A veces se dibujaba en su rostro una +levísima sonrisa burlona. Se enteraba de todo con interés, loaba los +trabajos que se habían llevado a cabo, proponía otros nuevos. Y al ir y +venir soltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba, despertando en el +alma del conde sensaciones diversas, pero todas vivas y anhelantes. +Cuando observaba que iba adquiriendo aplomo le disparaba repentinamente +alguna maliciosa insinuación que de nuevo lo atortolaba, lo dejaba +confundido y ruborizado. + +--Vamos, conde, a que cuando usted me vio dijo para dentro: «Amalia está +enamorada de mí: no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.» + +--¡Amalia, por Dios!... ¿Qué disparate está usted diciendo?... ¿Cómo me +había de atrever... + +Pero la dama, como si no advirtiera su turbación ni concediera +importancia a sus propias palabras, saltaba inmediatamente a otro +asunto. Parecía que tenía gusto en sofocarle, en mantenerle agitado y +trémulo. Y en las miradas fugaces que de vez en cuando le lanzaba +reflejábase un sentimiento de superioridad, la benévola ironía del que +está jugando a otro una burla que ha de terminar en bien. El conde +presentía algo grave debajo de aquella sonrisa enigmática, comprendía +que estaba haciendo un papel desairado, que se estaban riendo de él y +hacía esfuerzos heroicos para recobrar su sangre fría, sin conseguirlo. + +El bosque admiró y entusiasmó a la dama por encima de todo. Era una masa +de robles añosos donde no penetraba jamás un rayo de sol. El suelo +estaba limpio de abrojos, tapizado de césped que convidaba a reposar. +Ninguna otra finca de recreo de la provincia poseía aquel regalo, +procedente quizá de la primitiva selva donde se había fundado el +monasterio que dio origen a Lancia. Quiso descansar un instante debajo +de aquella bóveda verde por donde la luz se cernía trabajosamente. +Reinaba una paz, un amable sosiego que impresionaba como el silencio y +la luz dormida de una, catedral gótica, pero con emoción más dulce. +Apoyó la espalda en un árbol y paseó largo rato su mirada asombrada por +la espesura. El conde estaba en pie algo más lejos. Ambos permanecieron +mudos largo rato. Por fin el caballero sintió, sin verlo, que los ojos +de la dama estaban posados sobre él. Resistió algunos momentos la +atracción magnética de aquella mirada. Cuando al cabo volvió la suya vio +que en efecto le contemplaba de hito en hito con expresión risueña y +audaz que le hizo bajar la vista. Amalia soltó una alegre carcajada. Él, +sorprendido, confuso, algo irritado sintiéndose en ridículo, viendo que +las carcajadas no cesaban, le preguntó con sonrisa forzada: + +--¿De qué se ríe usted, amiga mía? + +--De nada, de nada--respondió llevándose el pañuelo a la boca.--Lléveme +usted a ver la casa. + +Y se colgó nuevamente de su brazo. + +La casa era un grande y vetusto edificio de piedra amarillenta carcomida +por los años, con dos torrecillas cuadradas a los lados. Todo en ella +estaba podrido o deteriorado. En la escalera faltaban rejas, lo mismo +que en los balcones, la bóveda de las habitaciones descascarillada, los +tabiques resquebrajados, el tillado con agujeros, los cristales, +emplomados a la antigua usanza, tan llenos de polvo que apenas +consentían el ver al través de ellos; las paredes sucias también y de +ellas colgados algunos cuadros oscuros, tan oscuros que no se conocía lo +que el pintor había querido representar; las habitaciones, con pocos y +antiquísimos muebles maltratados por el uso de las generaciones +anteriores. Fueron recorriéndolas todas. A Amalia le placía aquel +aspecto de remota antigüedad. ¡Cuántos seres habrían habitado aquella +casa! ¡Cuánto se habría reído y llorado en aquellas vastísimas +estancias! Cada una tenía su nombre. La una se llamaba _el cuarto del +cardenal_, porque en siglos pasados un cardenal de la familia se alojaba +allí cuando venía a pasar una temporada a la Granja; otra, _el salón de +los retratos_, porque había unos cuantos colgados; otra, _la sala +nueva_, aunque parecía tanto y aún más vieja que las demás. Todo aquello +representaba la vida íntima de una familia al través de los siglos. + +--Éste es _el cuarto de la condesa_--dijo Luis al entrar con su amiga en +una pieza no muy grande, donde por debajo del polvo y los estragos del +tiempo se advertía mayor lujo en el decorado. + +Era una estancia coquetona donde las generaciones habían ido dejando +testimonios más o menos plausibles de su amor a la ornamentación. Un +escritorio _pompadour_, algunas sillas _regencia_, varios retratos al +pastel; en el techo, pintados al óleo, algunos amorcillos nadando en una +atmósfera, azul en otro tiempo. + +--¿Es el cuarto de su mamá?--preguntó Amalia. + +--No--replicó el conde riendo,--mamá dormía en otro lado. Se llama así +desde tiempo inmemorial. Quizá alguna de mis abuelas lo había elegido +para sí. Aquí es donde yo duermo la siesta cuando me canso de andar por +el campo. + +En uno de los ángulos había una soberbia cama de roble tallado y +enteramente negro por los años. Era una de esas camas del siglo XV que +vuelven locos a los anticuarios. Las colgaduras antiquísimas también. +Sobre los colchones estaba extendido un tapiz moderno de damasco. + +--Aquí es donde usted se recoge para pensar más libremente en mí, ¿no es +cierto? + +El conde quedó aturdido como si le hubiesen dado un golpe en la cabeza. + +--¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo? + +Pero súbito, haciendo un gesto de resolución, exclamó: + +--¡Sí, sí, Amalia, dice usted bien! Aquí pienso en usted como pienso en +todos los sitios adonde voy desde hace algún tiempo... Yo no sé lo que +me pasa; vivo en un estado de constante zozobra, y esto, como usted me +decía hace pocos días, es una señal de amor verdadero. Estoy enamorado +de usted como un loco. Comprendo que es una atrocidad, que es un crimen, +pero no puedo remediarlo... Perdóneme usted. + +Y el caballero se dejó caer de rodillas, como uno de sus nobles +antepasados de la Edad Media, a los pies de la dama. + +Ésta se indignó, al oírle, terriblemente. ¿Cómo? ¿No se avergonzaba de +semejante confesión? ¿No comprendía que dirigirle aquellas palabras +dentro de su casa era un insulto? ¿Cómo podía suponer que ella las había +de escuchar con paciencia? ¡Mentira parecía que el conde de Onís, un +caballero tan cumplido, faltase de aquel modo a lo que debía a una dama +y a lo que se debía a sí mismo! + +El conde permaneció aterrado y de rodillas bajo tal granizada de +denuestos. Consideraba graves sus palabras; pero el enojo que producían +en la dama era mayor de lo que había sospechado. + +Amalia guardó al fin silencio. Le contempló con ojos irritadísimos unos +instantes. Mas una sonrisa feliz y burlona comenzó a dilatar su rostro +expresivo. Se acercó lenta y majestuosamente a él, le puso la mano en el +hombro e inclinándose para acercar la boca a su oído le dijo en voz +baja: + +--Hace usted bien en no avergonzarse de nada de eso, porque yo, señor +conde, le quiero a usted tanto por lo menos como usted a mí. + +Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abrazó a sus rodillas +besándolas con frenesí, se desbordó en un mar de palabras apasionadas, +incoherentes, llenas de fuego y de verdad, mientras ella, tan breve, tan +diminuta, contemplaba aquel coloso rendido, con sus ojos misteriosos de +valenciana lucientes de amor y pasión. + +Con este inmenso trabajo conquistó el conde de Onís a la gentil señora +de D. Pedro Quiñones de León. + +Los primeros tiempos de sus relaciones fueron agitadísimos para él, +llenos de punzantes remordimientos y de goces embriagadores. Amalia iba +de vez en cuando a la Granja. Por la noche en la tertulia daba cuenta de +su visita en voz alta. Él se estremecía, se turbaba, sudaba de congoja +mientras con perfecta sangre fría narraba ella todo lo que se podía +narrar, hablaba del jardín, censuraba el abandono en que estaba y lo que +se divertía trayendo a cada visita algunas plantas con la intención de +dejarlo arrasado, ya que a su dueño no le interesaba. Llevaba su audacia +hasta burlarse. + +--Por supuesto que a este señor no hay quien le sufra desde que las +damas le visitan. ¿No advierten ustedes qué impertinente se ha puesto? +Temiendo estoy que el primer día que vaya a la Granja me obligue a hacer +antesala. + +Los tertulios reían. Sí, sí, se le notaba más serio. Fernanda sonreía +clavándole una mirada, cariñosa; el mismo D. Pedro dulcificaba sus ojos, +altivos, feroces y dejaba escapar de su garganta un amago de carcajada. +¡Qué esfuerzo prodigioso le costaba al conde aparecer sereno en estos, +momentos! Le parecía que tenía un abismo abierto a sus pies. Y cuando se +encontraba a solas con Amalia quejábase de su audacia, le rogaba con +palabras fervorosas que fuese más precavida, mientras ella, impasible, +gozándose en sus temeridades, sonreía desdeñosamente con su fina sonrisa +enigmática. + +No pudiendo verse sino rara vez en la Granja, Amalia halló medio de +hacer más frecuentes las entrevistas confiándose a Jacoba. En casa de +ésta se encontraban una o dos veces a la semana. El conde entraba por +una puertecita trasera que daba a cierta calleja, a primera hora de la +tarde, cuando los vecinos estaban comiendo. Esperaba lo menos dos o tres +horas. Amalia llegaba por fin con pretexto de dar alguna orden a su +favorecida. Pero no bastándole esto, todavía ideó la entrada por la +tribuna de la iglesia de San Rafael. Al conde le horrorizaba tal medio; +todos sus escrúpulos religiosos se sublevaban a la vez; además tenía +miedo de que un accidente casual descubriese aquellos amores y aquella +profanación. ¡Qué escándalo! Amalia se reía de sus temores como si las +consecuencias terribles no hubiera de pagarlas ella. Era una mujer que +tenía confianza absoluta en su estrella. Como los buenos toreros se +juzgan más seguros ciñéndose a los cuernos del toro si no pierden la +sangre fría, así ella desafiaba el peligro, iba al encuentro de él +confiando en que sabría salir de cualquier atolladero. Y, en efecto, su +perfecta serenidad, su increíble audacia la salvaron más de una vez. + +El conde de Onís, el coloso de luengas barbas fue un verdadero juguete +en las manos de aquella mujercita temeraria y maligna. Una pasión loca +se apoderó de ambos, sobre todo de ella. Poco a poco se fue +acostumbrando a no vivir sin él, a no pasarse un día sin verle a solas. +Hacía esfuerzos increíbles de ingenio y habilidad para conseguirlo. Y +si las circunstancias rodaban de tal suerte que fuese imposible en tres +o cuatro días gozar una hora de soledad, su espíritu voluntarioso se +exaltaba, botaba dentro del cuerpo como un corcel impaciente, y estaba +dispuesta a arrojarse a la mayor imprudencia. Le apretaba las manos, le +daba pellizcos en plena tertulia, le abrazaba detrás de las puertas +cuando con cualquier pretexto le hacía pasar a otra habitación, y más de +una vez y más de dos en las barbas del mismo maestrante, al volver éste +la cabeza, le estampó un beso en los labios. Luis temblaba, empalidecía, +siempre en espera de una catástrofe. + +Al cabo de pocos meses, sus relaciones con Fernanda, que habían ido +enfriándose paulatinamente, se rompieron por completo. Fue exigencia +ineludible de Amalia. Desde el principio lo venía preparando con +soberano arte, marcándole el tiempo que había de estar al lado de su +novia, las veces que la había de sacar al baile y hasta lo que le había +de decir. Y como lo tenía previsto, la heredera de Estrada-Rosa, que era +orgullosa, no pudiendo soportar la frialdad de su novio, le dejó en +libertad y le devolvió su palabra. La pobre chica desahogaba su pena con +Amalia, la única que sabía a qué atenerse respecto a aquel rompimiento +tan comentado. Mostró ésta gran enojo por la conducta del conde y se +expresó en términos bastante vivos contra él; tomó parte por la joven, +deshaciéndose en elogios de ella; no se hartaba de ponderar sus ojos, su +talle, su discreción y bondad. Hasta dio ostensiblemente algunos pasos +para reconciliarlos. Y en el seno de la confianza, particularmente entre +los amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no se contentaba con decir que +Fernanda valía en todos sentidos más que su ex-novio, sino que +apellidaba a éste con mil epítetos pesados; jayanote, pavo, santurrón, +hipócrita, etc. Y cuando al día siguiente le veía en casa de Jacoba, +decíale abrazándole muerta de risa: + +--¡Cómo te he puesto ayer, querido mío, delante de varios amigos de D. +Juan! ¡Tú no sabes!... Saliste de mis labios que ni con pinzas se te +podía recoger. + +Vivía el conde, por todo esto, y por los remordimientos que sin cesar le +mordían, en un estado de perpetua agitación. ¡Cuán lejos se hallaba de +ser feliz! Pero todo era flores comparado con lo que le esperaba. Cinco +meses después de comenzadas sus relaciones, un día le anunció Amalia que +creía hallarse en cinta. Se lo dijo con la sonrisa en los labios, como +si le noticiase que le había tocado la lotería. Luis sintió un vértigo +de terror, quedó pálido, la vista se le turbó como si fuese a caer. + +--¡Dios mío, qué desgracia!--exclamó llevándose las manos al rostro. + +--¿Desgracia?--preguntó ella con asombro.--¿Por qué? Yo estoy muy +contenta. + +Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos, le explicó riendo que era +feliz con esperar una prenda de sus amores; que no tuviese miedo alguno +porque ella sabría arreglarse para que nada se descubriera. Y, en +efecto, tal maña se dio para apretarse que nadie pudo presumir que +aquella mujer tuviese una criatura en sus entrañas. ¡Qué sustos, qué +congojas las del conde mientras duró el embarazo! Si alguien la miraba +con insistencia, ya estaba temblando; si en el curso de la conversación +un tertulio hacía alusión a algún parto disimulado, se ponía pálido, +pensando que podía ser una indirecta. En todos los rostros creía ver +sonrisas y miradas significativas; en las palabras más inocentes, +profundas y aviesas insinuaciones. + +Mientras tanto ella comía y dormía tranquilamente con una alegría +constante que aterraba y admiraba al mismo tiempo al conde. El tiempo +corría: llegaron los siete meses; los ocho. Por mucho que lo disimulase, +el conde observaba que la cintura de su querida se ensanchaba. Cuando, +lleno de congoja, comunicó con ella esta observación, se echó a reír: + +--Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes. ¿Quién va a sospechar +porque esté un poquito más abultada? Muchas veces le gusta a una llevar +flojo el corsé. + +Cuando llegó el momento crítico mostró una bravura que rayaba en +heroísmo. Luis quería confiarse a un médico: ella se opuso. ¿Para qué? +Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiar tal secreto a otra +persona era peligroso. Le acometieron los primeros síntomas al amanecer, +hallándose en la cama; pero hasta las ocho no mandó llamar a Jacoba, que +con el pretexto de hacer unos colchones dormía desde hacía algunos días +en casa. Se encerraron en el gabinete, donde ya tenían preparadas las +ropas necesarias, y sin un grito, sin un movimiento descompasado, sin la +más leve queja, salió aquella valiente mujer de su cuidado. Jacoba sacó +la criatura con el lío de la ropa, después de haber mandado fuera con +adecuados pretextos a los criados. + +El conde lloró de gozo y admiración al saber este feliz desenlace. +Luego, cuando recibió por Jacoba la orden de llevar la niña al portal de +Quiñones, volvió a sentirse acongojado. El plan de su amante le llenaba +de estupor; pero como estaba acostumbrado a obedecer, hizo lo que le +mandaba. El resultado coronó la audacia de la dama; fue tal como ella +había previsto. + +Y ahora, al contemplar a la criatura segura para siempre, no sólo se +fortalecía su amor y se depuraba, sino que sentían el gozo de la +victoria, del que después de haber corrido fuertes temporales llega por +fin a puerto de salvación. + +En voz muy baja, con las manos enlazadas, inclinando de vez en cuando la +cabeza para rozar con los labios la frente de la niña, hablaron largo +rato, mejor dicho, soñaron despiertos, queriendo penetrar en los abismos +insondables del tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella hermosa +criatura? ¿Cómo se la educaría? Amalia decía que conseguiría educarla +como hija suya, hacerla una verdadera señorita; estaba segura de que D. +Pedro no se opondría a ello. Y como quiera que no tenía hijos, nada más +natural que habiéndola tomado cariño la dejase a su muerte algún legado +importante. El conde hizo un gesto de desdén. La niña no necesitaba de +la hacienda de D. Pedro. Él le dejaría toda la suya. + +--Pero tú puedes casarte y tener hijos--dijo la dama mirándole +maliciosamente. + +Él la tapó la boca. + +--¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oír eso siquiera. Estoy +definitivamente unido a tí. + +Ella le besó con efusión. + +--Sellados, ¿verdad? + +--Sellados--repuso él con firmeza. + +--¿Pero no te haces cargo de que si le dejas tus bienes en testamento, +enseguida nacería la sospecha de que era hija tuya? + +Esta dificultad le abatió por unos instantes. Ambos se ocuparon en +arbitrar algún medio para eludirla. El conde quería dejarlos en +fideicomiso a alguna persona de confianza. Pero esto ofrecía también sus +inconvenientes. Mejor sería ir colocando dinero a su nombre en algún +banco, y al llegar a la mayor edad, fingir una herencia, inventar algún +padre llovido del cielo... + +--En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo a mi cuidado--concluyó diciendo +ella. + +Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando de su imaginación +inagotable, de su voluntad y su audacia. + +Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir volvieron los ojos al +presente. Era necesario bautizar la niña. Habían resuelto que fuese al +día siguiente. + +--Ya hemos convenido en que la madrina fuese yo y el padrino tú. + +--¿Cómo? ¿yo?--exclamó asustado.--Pero, mujer, ¿no comprendes que eso +puede engendrar sospechas? + +La dama se obstinó. Que sí, que había de ser padrino. Si sospechaban, +buen provecho. A ella le tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente +afligido cambió de idea. + +--No te apures, hombre, no te apures--dijo dándole un tironcito a la +barba.--Ha sido una broma. ¡Buena cara ibas a poner cuando la tuvieses +en la pila! No te faltaría más que gritar: ¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí +todos a ver al padre de esta criatura! + +El padrino sería Quiñones, y en su representación D. Enrique Valero. La +madrina ella, representada por María Josefa. El conde se mostró muy +satisfecho. Todo aquello era hábil y prudente y adecuado para asegurar +la suerte de su hija. Pero cuando se manifestaba más contento, un rumor +que vino del pasillo le hizo saltar en la butaca, ponerse lívido. + +--¿Qué tienes, hombre? + +--¡Ese ruido!... + +--Es Jacoba... + +Pero viéndole dudoso, con los ojos espantados aún, se levantó, teniendo +la niña en los brazos, abrió la puerta y cambió algunas palabras con +Jacoba que, en efecto, estaba allí. Después de entregarle la criatura y +cerrar, volvió de nuevo a sentarse. + +--¿Cómo eres tan cobarde, di? + +--No es cobardía--repuso él ruborizado.--Es que estoy siempre +sobresaltado... No sé lo que me pasa... La conciencia quizá... + +--¡Bah! Es que eres un cobarde. Como tienes el cuerpo tan grande se te +pasea el alma dentro de él. + +Y acto continuo, observando la expresión de enojo y tristeza que se +reflejaba en su semblante, tornó a abrazarle con trasportes de +entusiasmo. + +--No, no eres cobarde; pero inocente sí... Por eso te quiero, te quiero +más que a mi vida. ¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya... +Tú eres mi único amor. Yo no soy casada... + +Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus manos finas y pálidas por +el rostro, estampaba en él menudos, infinitos besos, le anudaba los +brazos al cuello, se lo mordía con leves y fugaces mordiscos de ratón. Y +al mismo tiempo, ella, tan grave y silenciosa en visita, hacía fluir de +sus labios un chorro constante de palabritas melosas que le adormecían y +embriagaban. El fuego, que se adivinaba al través de sus grandes ojos +misteriosos y traidores, brotaba ahora con vivas llamaradas. Era el goce +de la sensualidad el que se desprendía de su ser; pero era también el +deleite maligno del capricho cumplido, de la venganza y la traición. + +El conde de Onís se sentía cada día más subyugado. Las caricias de su +amada eran abrasadoras; pero los ojos guardaban siempre, en lo más +hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada. Sentía amor y miedo al +mismo tiempo. Alguna vez su espíritu supersticioso llegaba a imaginar si +un demonio tentador habría venido a alojar en el cuerpecito endeble de +aquella valenciana. + +Después de anunciar tres o cuatro veces que se marchaba, sin llevarlo a +cabo por impedírselo ella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se +levantó de la butaca. La despedida fue larga como siempre. Amalia no le +soltaba hasta que le veía ebrio, intoxicado por la violencia de sus +caricias. Jacoba le esperaba en el corredor. Después de conducirle por +éste y otros varios hasta la estancia donde se hallaba la escalerita +excusada que iba a la biblioteca, le hizo seña de que aguardase y bajó +sola para cerciorarse de que no había nadie en los pasillos. Tornó a +subir para avisarle; el conde descendió, apagando cuanto podía el ruido +de sus botas. A la puerta del pasadizo la medianera le dejó, después de +abrirle la puerta. Bajose otra vez hasta tocar con las manos en el suelo +para no ser advertido de la gente que pasase por la calle, y en esta +forma atravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió la puerta y entró. La +oscuridad le cegó. En cuanto dio algunos pasos sintió un golpe en la +espalda y oyó una voz ronca que decía al mismo tiempo: + +--¡Muere, infame! + +Se heló en sus venas la sangre y dio un salto hacia atrás. Entre las +sombras espesas pudo distinguir un bulto más negro aún. Veloz como un +rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniquilado bajo su enorme +cuerpo si no sintiera una carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz +de Amalia. + +--¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño! + +La sorpresa le dejó mudo unos instantes. + +--¿Pero por dónde has venido?--dijo al cabo. + +--Pues por la escalera principal. Me he echado este capuchón negro +encima y he bajado corriendo. + +Y viéndole frío y disgustado por aquella broma de mal gusto, se empinó +sobre la punta de los pies, colgose rápidamente a su cuello y, después +de apretar los labios larga y apasionadamente contra los suyos, le dijo +con acento zalamero: + +--Ya sabía que no eras cobarde... pero quería comprobarlo. + + + + +V + +Las bromas de Paco Gómez. + + +Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse a que Paco Gómez +procediese de buena fe. Su carácter jocoso, los terribles bromazos que +se le atribuían perjudicábanle en el ánimo del indiano. No bastaba que +adoptase continente grave y mantuviese con él pláticas largas acerca de +la alza o baja de las acciones del Banco, ni que le loase la casa por +encima de todas las fábricas modernas y le diese útiles consejos en el +juego del chapó. De todos modos el gracioso de Lancia observaba allá, en +el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, una nube de recelo que no +podía disipar. En este aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le +había metido en la cabeza una broma chistosa, y antes de renunciar a +ella consentiría en cualquier alianza. + +--Desengáñate, Santos--decía el marica, de acuerdo con Paco, paseando +cierta tarde por el Bombé con Granate,--tú, como te has pasado más de la +mitad de la vida detrás de un mostrador, no entiendes nada de estos +lances. No te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero que anda en +camino de ello lo digo y lo sostengo aquí y en todas partes. Hace ya +tiempo que lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas, +incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana la apetecen y están +dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. Fernanda comenzó +rechazándote... + +--¡Entodavía! ¡entodavía!--manifestó sordamente el indiano. + +--Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa y que no dará jamás su +brazo a torcer. Pero por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará +más que con el conde de Onís o contigo, los dos únicos partidos que hay +en Lancia para ella; el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis es +un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de casarse. Ella está convencida +ya de esto mismo. No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que se +coma la breva... Además, por más que otra cosa digan, a las mujeres les +gustan los hombres como tú, robustos... porque tú eres un roble, +chico--añadió volviendo hacia él la cabeza con admiración. + +Granate dejó escapar un mugido corroborante. El marica le pasó las manos +por el torso, como profundo conocedor de las formas masculinas. + +--¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros! + +--Con estos hombros que aquí ves--dijo el indiano con orgullo--se han +ganado muchos miles de pesos. + +--¿Cómo? ¿Cargando sacos? + +--¡Sacos!--exclamó Granate sonriendo con desprecio.--Eso es pa la +canalla. ¡Cajas de azúcar como vagones! + +El Bombé estaba desierto en aquella hora. Era un paseo amplio en forma +de salón, recién construido en lo alto del famoso bosque de San +Francisco, desde donde se señoreaba todo. Este bosque de robles +corpulentos, añosos, retorcidos, algunos de los cuales pertenecían a la +selva primitiva donde se fundó el monasterio que dio origen a Lancia, +servía de sitio de recreo y esparcimiento a la población, hasta cuyas +primeras casas llegaba. Permaneció siempre en lamentable abandono; pero +la última corporación municipal había llevado a cabo en él magnas +reformas que le habían valido los aplausos de los espíritus innovadores: +un paseo, algunos jardinillos alrededor y una calle enarenada entre los +árboles, que le ponía en fácil comunicación con la ciudad. Los días de +labor no paseaban por él más que algunos clérigos con sus largos manteos +negros y enorme sombrero de teja, llevando algún seglar enmedio, dos o +tres pandillas de indianos disputando en voz alta sobre el precio de los +cambios o el valor de los solares de la calle de Mauregato, recién +abierta, y tal cual valetudinario, que venía a primera hora a tomar el +sol, y se retiraba tosiendo en cuanto sentía la humedad de la tarde. ¿Y +las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sabían perfectamente lo que se +debían a sí mismas y estaban dotadas de un sentimiento harto delicado de +las leyes del buen tono para exhibirse en días que no fuesen feriados. Y +aun en éstos no lo hacían sino tomando las debidas precauciones. Ninguna +dama de Lancia cometía la bajeza de presentarse en el Bombé los domingos +mientras no estuviesen paseando en él algunas otras de su categoría. +Pero esto era de una dificultad insuperable, dada la unanimidad de +pareceres. De aquí que, aderezadas ya desde las tres de la tarde, con el +sombrero y los guantes puestos, aguardasen al pie de los balcones, +espiándose las unas a las otras por detrás de los visillos. «Ya pasan +las de Zamora.» «Ahora vienen las de Mateo.» Sólo entonces se +aventuraban a lanzarse a la calle y subir poco a poco y con la debida +majestad hasta el paseo, donde hacía ya dos horas la banda municipal +ejecutaba diversas fantasías sobre motivos de _Ernani_ o _Nabuco_ para +recreo de las niñeras y algunos apreciables albañiles. Ni se crea, sin +embargo, que la sociedad distinguida de Lancia entraba así de golpe y +porrazo en el arenoso salón. Nada de eso. Antes de poner el pie en él +subían a otro paseíto suplementario que había poco más arriba. Desde +allí exploraban el terreno, observaban «si alguna se había atrevido.» +Por fin, cuando las sombras comenzaban a espesarse ya en las copas de +los añosos robles, a la hora en que la niebla descendía de las montañas +apercibida a fijarse en las narices, en la garganta y en los bronquios +del honrado vecindario, todas las bellezas indígenas acudían casi en +tropel al espacioso paseo. ¡Qué importaba un catarro, un reuma, ni +siquiera una pulmonía, ante la deshonra de presentarse las primeras en +el Bombé! ¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentoso del poder que +en los pechos elevados ejerce el respeto de sí mismo! + +Esta exquisita conciencia de los deberes, que la naturaleza ha escrito +con caracteres indelebles en los corazones dignos, se revelaba aún de +modo más claro y conmovedor con ocasión de los bailes de confianza que +el Casino de Lancia daba cada quince días durante el invierno. Fácil es +de comprender que las dignísimas señoritas que con tal admirable +constancia luchaban un día y otro para no entrar en el paseo mientras +estuviese solitario, no irían a cometer la vileza de presentarse +«primero que las otras» en el salón del Casino. Mas como aquí no había +paseo suplementario desde donde espiarse, ni era fácil por la noche +estar de espera en los balcones, aquellas ingeniosísimas damas, tan +dignas como ingeniosas, hallaron un medio de dejar siempre a salvo su +honra. Poco después de sonar las diez, hora en que daba comienzo el +baile, enviaban hacia allá de descubierta, como caballería ligera, a sus +papas o hermanos. Entraban haciéndose los distraídos, se sentaban un +momento en las butacas, gastaban cuatro bromas con los pollos que allí +aguardaban correctos, impacientes, con la luenga levita cerrada, +abrochándose los guantes los unos a los otros, y al poco rato se +retiraban disimuladamente para ir a noticiar a sus familias que aún no +había llegado nadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos impacientes de la +levita cerrada aguardaron vanamente toda la noche la llegada de sus +hermosas parejas! Las bujías se iban gastando; la orquesta, que había +tocado sin éxito alguno dos o tres bailables, se desmoralizaba; los +músicos charlaban en voz alta o paseaban por el salón y hasta fumaban; +los hujieres y mozos bostezaban, tirándose unos a otros indirectas +referentes a las dulzuras del lecho. Por fin el presidente daba la orden +de apagar, y los pollos se retiraban a sus domicilios respectivos tan +mustios como correctos. ¡Espectáculo consolador el de aquellas heroicas +jóvenes que, apesar de sus vivos deseos de ir al baile, preferían +permanecer en casa a quebrantar los principios fundamentales en que +descansa la dicha y el sosiego de la sociedad! + +--Allí viene Paco con el Jubilado. Lo mismo te dirán que yo--profirió +Manuel Antonio poniéndose la ebúrnea mano sobre las cejas a guisa de +pantalla. + +En efecto, allá a lo lejos se columbraba la figura de Paco como una +percha coronada por un pepino. Todos los sombreros le entraban hasta las +orejas a causa de la inverosímil pequeñez de la cabeza y su disposición +excepcional. A su lado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bigotes +blancos y arrogante figura militar, aunque ya sabemos que era el hombre +más civil que hubiese producido Lancia desde hacía algunos siglos. + +Granate dejó escapar algunos gruñidos destinados a probar el profundo +desprecio que aquellos dos personajes le inspiraban, el uno por su poca +formalidad, y el otro por no tener ni un mal cupón del tres por ciento. + +--Vamos, queridos, hacedme el favor de convencer a este babieca de que +es un buen partido para cualquier muchacha, porque no quiere creerlo. + +--¡Aprieta, pues si D. Santos no es partido con cinco o seis millones de +reales, no sé yo quién lo será!--exclamó Mateo relamiéndose como padre +de cuatro niñas casaderas que no acababan de casarse. + +--¡Suba el cañón, D. Cristóbal, suba el cañón!--dijo el indiano +echándole una mirada torva. + +--¿Cómo? ¿Tiene usted más?... Me alegro... Yo hablo por lo que dice la +gente... + +--Tengo quinientos mil pesos sin quitar un _lápiz_. + +Los tres amigos cambiaron una mirada significativa. Manuel Antonio, no +pudiendo contener la risa, le abrazó exclamando: + +--¡Bien, Santos, bien! Eso del _lápiz_ me enternece. + +Granate era el hombre de los disparates lingüísticos. No tenía +conocimiento de la forma verdadera de una gran parte de las palabras; +las modificaba de modo que resultaba muy cómico. Sin duda dependía de +falta de oído, dado que hacía ya algunos años que había regresado de +América y trataba con personas cultas. Sus bárbaros atentados contra el +idioma eran proverbiales en Lancia. + +--Pues nada, este infeliz se figura--prosiguió el marica, sin hacer caso +de la mirada recelosa que le dirigió--que porque Fernanda Estrada-Rosa +gasta algunos remilgos no le gustan las peluconas como a todo hijo de +vecino... ¡Tonto, tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegaba +palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Si es hija de D. Juan +Estrada-Rosa, el mayor judío que hay en la provincia! + +--Hombre, Fernanda ya es otra cosa--manifestó el Jubilado, que no estaba +en el ajo--Es una chica muy rica y no necesita casarse por el dinero. + +Pero los otros dos cayeron como fieras sobre él. Cuando se tiene dinero +se quiere más. La ambición es insaciable. Fernanda era muy orgullosa y +no pasaría por que ninguna otra chica en Lancia pudiese ostentar tanto +lujo como ella. Si D. Santos elegía esposa en la población, le podría +hacer competencia desastrosa: era una mosca que no se quitaría jamás de +la nariz. El único rival temible para D. Santos era el conde de Onís; +pero éste ya estaba descartado. Su carácter excéntrico, su misticismo y +las extrañas manías en que daba con frecuencia, habían concluido por +aburrir a la muchacha... + +Con estos argumentos y un formidable pisotón de inteligencia que Paco le +dio, el Jubilado entró en razón y se puso de parte de ellos. Los tres +se esforzaron en convencer al indiano de que ni aquélla ni ninguna otra +joven podría resistir mucho tiempo si él se decidía a estrechar el +bloqueo. Paco aludía además de un modo vago y misterioso a cierto dato +que él poseía, el cual demostraba hasta la evidencia que los desdenes de +la chica eran pura comedia, alardes de vanidad para hacerse valer. Pero +era un secreto; no podía revelarlo sin faltar a la amistad y +consideración que debía a la persona que se lo había comunicado. + +Sin embargo, Granate no acababa de rendirse. Como un mastín a quien +rodean los chicos y tratan de congraciársele haciéndole caricias, +echábales miradas recelosas y dejaba escapar de vez en cuando gruñidos +dubitativos. Manuel Antonio agotó el repertorio de sus argumentos +sutiles y femeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas o +pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta lo infinito. Paco le dejaba +decir y hacer echándole de través miradas socarronas, convencido de que +Granate acogía siempre con desconfianza sus palabras. Pero a última hora +intervino para dar el golpe definitivo. Después de hacerse rogar mucho +por sus dos auxiliares, y de suplicar encarecidamente y por los clavos +de Cristo que aquello permaneciese en secreto, sacó al fin del bolsillo +una carta. Era de Fernanda a una amiga de Nieva. Explicó primero de qué +modo casual había venido a su poder, y después leyó en voz baja y con +aparato de misterio el siguiente párrafo: «Lo que me dices de Luis no +tiene fundamento. No he vuelto ni volveré a reanudar mis relaciones con +él por razones muy largas de explicar, algunas de las cuales ya conoces. +Lo de D. Santos, aunque por ahora no hay nada, lleva mejor camino. Es +viejo para mí, pero me parece muy formal y cariñoso. Nada tendría de +particular que al fin cayera con él.» + +Granate atendió con extremada fijeza, abriendo de modo descomunal sus +ojazos. Cuando Paco terminó la lectura dijo con voz profunda, como si +hablara consigo mismo: + +--Esa carta es _ipócrifa_. + +Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posible por contener la risa. +Manuel Antonio aprovechó la ocasión para darle un abrazo más. + +--¡Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñale la carta, Paco... ¿Tú +conoces la letra de Fernanda?... ¿No?... Pues yo sí y aquí D. Cristóbal +también, porque Emilita recibe a cada momento cartas de ella... Tú eres +demasiado modesto, Santos. Yo no te diré que seas un real mozo, pero +tienes cierta gracia y cierto aquel... vamos... + +--¡Ya lo creo que lo tiene!--exclamó Paco.--Bien puede usted fiarse de +Manuel Antonio, que es voto en la materia. + +--Cualquiera puede distinguir, querido--profirió éste, picándose +repentinamente.--Teniendo ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo +que es feo y lo que es mediano. + +Y no quiso emplear más saliva en secundar los planes de Paco. Dejaron, +pues, a Granate en paz, y el marica cambió de conversación. + +--Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal. + +Éste levantó la cabeza y vio venir hacia ellos paseando ocho o diez +militares. Eran oficiales del batallón de Pontevedra, que, a su +despecho, había llegado recientemente de guarnición a la ciudad. Mateo +rechinó un poco los dientes y bufó repetidas veces para indicar todo lo +odioso que le era la fuerza armada. Después exclamó con irónico +retintín: + +--¡Cómo me encantan los guerreros en tiempo de paz! + +--Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal. Los militares no dejan de +ser útiles. + +--¡Útiles!--exclamó el Jubilado encrespándose.--¿Qué utilidad traen, +vamos a ver? ¿En qué son útiles? + +--Hombre, mantienen la paz. + +--La guerra es lo que mantienen. Para librarnos de los ladrones basta la +guardia civil. Ellos son los que fomentan el malestar y la ruina de la +nación. En cuanto ven las escalas paradas se sublevan en uno u otro +sentido, que eso es para ellos lo de menos, y ¡vengan empleos y cruces +pensionadas!... Yo sostengo que mientras existan soldados no habrá +tranquilidad en España. + +--Pero, D. Cristóbal, ¿y si una nación extranjera nos atacase? + +El Jubilado dejó escapar una risita irónica y sacudió algunas veces la +cabeza antes de contestar. + +--Pero ven acá, infeliz, la única nación que puede atacarnos por tierra +es Francia, y si Francia se decidiese a hacerlo, ¿de qué nos servirían +todos esos oficialitos tan guapos y bien uniformados? + +--Además, los soldados son un bien para la población por lo que +consumen. Los comercios ganan, las casas de huéspedes lo mismo... + +Manuel Antonio defendía a la milicia sólo por oír a Mateo y ponerle +fuera de sí. Ahora se observaba un dejo de ironía en sus palabras y +mayor deseo de exacerbarle. + +--¡Eso es!... ¡Ahora sí que me has apabullado! ¿Y de dónde viene ese +dinero que consumen, majadero?... ¡De tí y de mí y del señor, de todos +los que pagamos algo al Estado en una u otra forma!... El resultado +final es que ellos consumen sin producir, que son un mal ejemplo en las +poblaciones, porque la ociosidad en que viven corrompe a los que ya son +un poco propensos a la vagancia... ¿Sabes tú cuál es el gasto del +ejército? Pues entre los ministerios de Guerra y Marina consumen más de +la mitad del presupuesto. ¡Es decir que la administración, la justicia, +la religión, los gastos que ocasionan nuestras relaciones con los demás +países, las obras públicas y el fomento de todos los intereses +materiales no cuestan tanto al contribuyente como esos caballeritos del +pantalón encarnado!... Que las demás naciones de Europa tienen un +ejército poderoso, bueno, ¿y qué? Allá ellas. Las demás se pueden +permitir ese lujo porque tienen dinero. Pero nosotros somos unos +pobretes; no tenemos más que fachada... Además, en otros países hay +complicaciones internacionales, de las cuales por fortuna estamos +libres. La Francia no nos atacará por miedo a la intervención de las +potencias; pero si nos atacase, lo mismo nos conquistaría con ejército +que sin él... + +El Jubilado se repetía, manoteaba para dar nueva fuerza a sus +argumentos, echaba fuego por los ojos. Manuel Antonio le dejaba +irritarse con visible satisfacción. En aquel momento pasó cerca el grupo +de los oficiales, que dieron las buenas tardes cortésmente. Todos +contestaron menos D. Cristóbal, que se hizo el distraído. + +--Yo creo que está usted muy exagerado, don Cristóbal. ¿Qué tiene usted +que decir del capitán Núñez, que acaba de pasar ahora? ¿No es todo un +buen mozo y una persona atenta y fina? + +--Con un azadón en la mano estaría mucho mejor y sería más útil a su +país--murmuró sordamente el Jubilado. + +--Pues no tiene usted más que ponérselo en cuanto sea su yerno, porque, +según cuentan, es novio de su hija Emilia--dijo el marica recalcando las +palabras con extremado gozo. + +Paco y D. Santos rieron. D. Cristóbal quedó anonadado. Apenas pudo +mascullar trabajosamente: + +--¡Quién hace caso de esas boberías! + +Y no volvió a chistar. Aquella noticia le había llegado a lo profundo +del corazón, le ponía en la situación más difícil en que estuvo jamás +hombre alguno. Los demás no dejaron de notar este silencio, y se hacían +guiños y se dirigían sonrisas por detrás de su espalda. + +Pero Paco también estaba preocupado. Cuando se le metía en la cabeza, en +aquella cabeza como un puño, mal amasada, un bromazo como el que tenía +proyectado, andaba inquieto, afanoso, lo mismo que el poeta o el pintor +que tienen una obra entre manos. Después de varios días de machacar por +él logró al fin, casi, casi, decidir al indiano. Se trataba nada menos +de que éste fuese a pedir con toda ceremonia a D. Juan Estrada-Rosa la +mano de su hija Fernanda. Según Paco y los que le secundaban, era el +medio más directo y más adecuado de conseguirla. Todo lo demás, andarse +por las ramas. El día en que D. Juan viese que le entraban diez millones +por la casa andaría de cabeza por convencer a su hija. Y ella misma no +les haría asco. ¿Pues qué, no siendo con el conde de Onís, con quién +mejor podía casar que con un hombre tan rico, tan formal, tan sano y tan +_ilustrado_? Este último epíteto, proferido por Paco con grave +continente, estuvo a punto de echar a perder el asunto, porque no faltó +quien sofocase a duras penas la carcajada. Granate quiso advertirlo, +miró a Paco con recelo y volvió a mostrarse desconfiado y reacio algunos +días. + +Llegó un momento, sin embargo, en que el indiano creyó en sus palabras. +Fue después de haberle oído en el Casino desde una habitación contigua +atacar duramente al conde de Onís. Aquel día se decidió a darle crédito +y convino con él la manera de llevar a cabo la petición que le +aconsejaba. Paco opinó que lo mejor sería no decir nada previamente a la +chica. Así como los buenos generales, para asegurar la victoria, suelen +caer de improviso y con sigilo sobre el ejército enemigo, lo más hábil +en este caso era entrar inopinadamente en la casa, llamar a don Juan a +una conferencia reservada y abordar de frente el negocio. Por el +banquero no había cuidado: se pondría como unas pascuas. La chica +recibiría gran sorpresa, pero esto mismo la aturdiría y la pondría más +blanda. Las cosas graves de la vida se deciden generalmente por una +corazonada. El que no se arriesga no pasa la mar. En resumen, que +Granate se entregó a discreción y comenzaron los preparativos para la +gran solemnidad. Lo primero que se trató fue la hora. Quedó resuelto que +fuese a las doce del día. El traje fue objeto de animadas pláticas. Paco +opinaba que, para presentarse bajo un aspecto más imponente, convendría +vestirse algún uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario de +administración civil. No era difícil conseguir el nombramiento +sacrificando un puñado de oro; pero esto dilataría más de un mes la +realización de la empresa. Se desechó el uniforme y se convino en que +vistiese frac negro y llevase colgada la medalla de concejal. Fijose por +último el día: resultó un lunes. + +Desde mucho antes el traidor había deslizado en la conversación, +hablando con D. Juan Estrada-Rosa, la especie de que Granate se jactaba +de ser deseado y requerido por él para yerno. D. Juan, que era también +rico y tenía su cacho de orgullo, y sobre todo adoraba a su hija y creía +que el día menos pensado vendría un duque de Madrid a pedírsela, se +irritó grandemente, le llamó rústico, podenco, y juró que, antes de ver +a su hija casada con semejante cafre, preferiría que se quedase soltera. + +--Pues tenga cuidado, D. Juan--dijo Paco sonriendo +maliciosamente,--porque el día menos pensado se presenta en casa a +pedirle la mano de Fernanda. + +--No lo hará tal--respondió el banquero.--Demasiado sabe que le echaría +por la escalera abajo. + +Con estos antecedentes el terrible humorista de Lancia marchaba sobre +terreno seguro. Fuera de los tres o cuatro amigos que le ayudaron a +persuadir a D. Santos, a nadie dio parte de la intriga; pero el domingo +por la tarde, víspera del acontecimiento, lo mismo Manuel Antonio que +él, lo fueron pregonando por todos los grupos y citándose para el día +siguiente en el café de Marañón. En provincia, donde son escasos los +medios de divertirse, se toma muy por lo serio esta clase de bromas, se +preparan con fruición, se paladean de antemano. La de Paco fue acogida +con vivo entusiasmo por la juventud laciense. La víctima no era un pobre +diablo, cómo solía acontecer, sino un ricachón. Esto le prestaba doble +atractivo. En el fondo de todos los corazones hay siempre unos granitos +de odio para el que tiene mucho dinero. Corrió por el paseo la voz, y al +día siguiente se presentaron en el café de Marañón más de cincuenta +mancebos. + +Pero no se dieron a luz en tanto que no pasó Granate. El café estaba +situado en un piso principal (por aquel tiempo no se usaban los bajos +para este destino) de la calle de Altavilla, casi enfrente de la casa de +D. Juan Estrada-Rosa. Ésta era grande y suntuosa, aunque no tanto como +la que recientemente había construido don Santos. La del café, vieja y +de ruin apariencia. El local que ocupaban los parroquianos, una sala +donde estaba la mesa del billar y dos gabinetes a los lados con algunas +mesillas de madera para el consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuán +lejos aún los tiempos de que se estableciese en uno de los bajos de +aquella misma calle el magnífico café Británico, con mesas de mármol, +espejos colosales y columnas doradas como los más elegantes de Madrid! + +Espiando por detrás de los visillos aquella florida juventud, ávida de +los goces estéticos, vio pasar a Granate correctamente vestido, +balanceando su torso colosal sobre unas piernas que no lo merecían. Le +vieron entrar en casa de Estrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del +picaporte. Nada más. Inmediatamente se abrieron de par en par los +balcones del café y se llenaron. Los que no tenían sitio se encaramaron +en sillas detrás de sus compañeros. Todos los ojos se clavaron en el +portal de enfrente. Esperaron cerca de un cuarto de hora. + +Al cabo la fisonomía violácea de Granate apareció de nuevo. Daba miedo. +Aquella cara parecía ya un terciopelo como si estuviese ahorcado. Las +orejas tenían el color de la sangre. A su aparición estalló una salva de +toses y estornudos y gritos y aullidos. El indiano alzó la cabeza y +paseó su mirada atónita por aquella muchedumbre descompuesta que le +sonreía, sin comprender la razón. Tardó poco, sin embargo, en darse +cuenta de que era víctima de un bromazo. Sus ojos se clavaron entonces +feroces en el concurso, y exclamó con un desprecio que nada tenía de +fingido: + +--_¡Méndigos!_ + +Y se alejó como un jabalí perseguido por la jauría entre silbidos y +carcajadas, volviendo de vez en cuando la cabeza para escupirles el +mismo esdrújulo injurioso. + + + + +VI + +Las señoritas de Meré. + + +En efecto, Emilita Mateo había logrado hacerse amar de un capitán del +batallón de Pontevedra. Le había costado muchos días de incesante +jugueteo, un número incalculable de miradas provocativas, de carcajadas +sin motivo, de caprichos infantiles, de gestos mimosos y enfados +pasajeros. Había desplegado, en suma, todas sus baterías, mostrándose a +la vez cándida y maliciosa, dulce y arisca, reservada y charlatana, +grave y retozona como una loquilla, como niña ligera e insustancial, +pero adorable. Al fin Núñez, el capitán Núñez, no pudo resistir a tal +graciosa mezcla de inocencia y malicia, y se replegó primeramente, y no +tardó luego en rendirse. Era un hombre de cara larga, bigote y perilla, +flaco, serio, bilioso, con los ojos mortecinos y fatigados, muy exacto +en el cumplimiento de sus deberes y aficionado a dar largos paseos. Esta +clase de hombres silenciosos y disciplinados son los más sensibles a los +encantos de la alegría y la vivacidad. Emilita le hizo suyo llamándole +cazurro y dándole pellizcos por «pícaro y burlón»; ¡a él, a quien había +que sacar las palabras con tirabuzón y en su vida había gastado la más +sencilla chanza! + +Con este memorable suceso, la familia Mateo andaba bastante dislocada. +Jovita, Micaela y Socorro, hermanas legítimas de la afortunada doncella, +sentíanse celosas y lisonjeadas a la vez. Entendían que la preferencia +de un oficial de infantería tan bizarro constituía un honor que +irradiaba sobre toda la familia y las colocaba en situación ventajosa +frente a sus amigas o conocidas. Pero al mismo tiempo consideraban que, +siendo Emilita la última en edad, no le correspondía tener novio y mucho +menos casarse sino después de sus hermanas. Eran prematuros en ella los +noviazgos, no contando más que veinticuatro años de edad. En cuanto a la +idea de que pudiera contraer matrimonio una criatura tan tierna y tan +informal, la misma sonrisa de sorpresa y desdén contraía los labios de +las tres hermanas mayores. Así que, por más que se desbarataban en +elogios del capitán delante de las amigas, haciendo resaltar sus prendas +físicas, prestándole un corazón grande y heroico, certificando de su +riqueza como si se la administrasen y hablando vagamente de ciertas +influencias que le pondrían más tarde o más temprano en la bocamanga los +entorchados de general, lo cierto es que no le perdonaban ni le +perdonaron jamás su delito cronológico. + +Por otra parte, don Cristóbal, padre de aquel ángel travieso y juguetón, +quedó repentinamente en posición tan falsa que quiso volverse loco. +Luchaba su amor de padre ruda batalla con el odio a la milicia. +Avergonzábale el consentir que una hija suya diese oídos a un militar +después de haberlos llamado él tantas veces haraganes, sanguijuelas, y +haber clamado tanto por la reducción del contingente. ¿Con qué cara se +presentaría a sus amigos de allí en adelante? Pasó días bien terribles. +El aborrecimiento al ejército y a la marina se hallaba tan profundamente +arraigado en su corazón, que no podía extinguirse de pronto. Sin +embargo, le era forzoso confesar que la conducta nobilísima del capitán +Núñez lo había mermado poderosamente. El anhelo de casar a sus hijas +gozaba tanta vida en el fondo de su ser como el desprecio de la fuerza +armada. ¡Cuánto le pesaba de haber vociferado tanto contra ésta! En su +tribulación llegaba a deplorar que Núñez perteneciese al arma de +infantería. Si fuese siquiera marino, disminuiría la gravedad del +conflicto. Recordaba que en sus diatribas contra el ejercito hacia la +salvedad de que era necesario conservar algunos barcos para proteger las +colonias. Lo mismo podía decirse si perteneciese a la Guardia civil. En +cuanto a las demás fuerzas de tierra, no cabía disculpa ni había medio +de salir del aprieto. + +En tan terribles circunstancias optó por encerrarse en casa. Cuando +alguna vez salía, andaba receloso y huido. Los amores de su hija se +fueron haciendo más formales y cada vez más públicos. Temía las bromas. +El miedo le hizo claudicar, adoptando un proceder doble y falso, indigno +por completo de su carácter y antecedentes. Es decir que, mientras +públicamente seguía afectando desprecio hacia las fuerzas de tierra, +cuando hablaba con el novio de su hija o entre militares, lo hacía con +agasajo, les preguntaba con interés por su carrera, lo mismo que si +prestasen servicios en cualquier oficina civil del Estado. Nadie +sospecharía al oírle enterarse tan minuciosamente del escalafón, de las +reservas y reemplazos, etc., que aquel hombre les tenía jurado odio +eterno. Pero el Jubilado llegó con el tiempo a una distinción que nunca +se había atrevido a proponer. Como militares no transigía con ellos, +los consideraba una verdadera plaga social... Ahora, «como hombres,» +bien podían ser dignos de estimación, según sus cualidades. + +Los amores de Emilita habían nacido y crecido como otros muchos en casa +de las de Meré. Eran éstas dos señoritas que pasaban de los ochenta y no +llegaban a los cien años. De todos modos, a la entrada del siglo XIX +eran ya maduras. No tenían en Lancia familia alguna. Ninguno de los +vivos recordaba a su padre, que había muerto cuando todavía eran +mocitas. Estuvo empleado en el ramo de Hacienda. Es de suponer, dada su +remota antigüedad, que sería percibidor de alcabalas o de otros pechos +ya extinguidos. Del siglo XVIII, al cual pertenecían, tenían aquellas +interesantes señoritas en primer lugar el traje. Jamás pudieron entrar +por las modas del presente. Una saya de cúbica negra muy escurrida con +plomos por debajo para que se escurriera todavía más, talle muy alto, +manga apretada con bullones, zapatito de tabinete descotado y un tocado +inverosímil de puro extravagante: así se presentaban en todas partes. La +mantilla que usaban no era de velo, sino de sarga con franja de +terciopelo, como las usan ahora solamente las artesanas. Llevaban bastón +para apoyarse. Conservaban además la cortesía exquisita, la ligereza de +carácter, la pasión por la sociedad y una alegría inagotable, +maravillosa a sus años. Lo que no habían traído consigo al siglo +presente era la libertad de costumbres y la malicia que, al decir de los +historiadores, caracterizaba la sociedad del pasado. Imposible imaginar +unas criaturas más sencillas. Como si no hubiesen atravesado por la +vida, todo les sorprendía, en todo creían menos en el mal. Así que, con +frecuencia, eran víctimas de las bromas de sus amigos y tertulianos, sin +que por eso dejase ninguno de profesarles entrañable afecto. Desde +tiempo inmemorial tenían costumbre de recibir en su casa por la noche a +la juventud de Lancia, particularmente a los muchachos que se placían en +asistir por la grandísima libertad que allí disfrutaban. Por acuerdo +tácito todos ellos las tuteaban. Y era en verdad peregrino el oír a los +chicuelos de diez y ocho años hablar con tal familiaridad a unas +viejecitas que pudieran ser sus bisabuelas. Carmelita para aquí, Nuncita +para allá, porque la más anciana se llamaba D.ª Carmen y la más joven +D.ª Anunciación. + +Tres o cuatro generaciones habían pasado por aquella salita de la calle +del Carpio, modesta y aseada, con el pavimento de madera encerada, +sillas de paja, sofá de damasco encarnado, cómoda de caoba atestada de +chirimbolos, espejo con marco de carey y diversos cuadritos al pastel +representando la historia de Romeo y Julieta. La tertulia de las de Meré +era la más antigua de Lancia. Contra lo que acaece generalmente, estas +mujeres que no pudieron hallar marido tenían la manía de casar a todo el +mundo. El número de matrimonios que salieron acordados de aquella salita +es incalculable. En cuanto advertían que un muchacho se acercaba a +cualquier muchacha más que a las otras, ya estaban nuestras señoritas +preparando los hilos para unirlos con lazo indisoluble; ya no consentían +que nadie se sentase en la silla que estaba al lado de Fulanita para que +cuando Menganito viniese la hallase aparejada y no tuviese más que +sentarse. Y vengan a Fulanita elogios desmesurados de Menganito, y vayan +a Menganito relaciones minuciosas de los primores que Fulanita ejecuta +con la aguja y lo económica y hacendosa que es y lo piadosa y lo limpia. +Y escápense más adelante a casa de la mamá de Fulanita para celebrar +conferencias largas, íntimas, trascendentales, y procuren enseguida +tropezarse con el papá de Menganito y desplieguen todas sus dotes +diplomáticas para explorarle el corazón. Y por premio de estos sudores +recibían, al cabo, un cartuchito de dulces el día de la boda. + +Pero todas las madres de niñas casaderas las adoraban, no se hartaban de +bendecirlas y adularlas. Saludábanlas de media legua, y al salir de la +iglesia se apresuraban a ofrecerles el brazo para que se apoyaran. En +cambio, las que tenían algún hijo varón en edad de casarse solían +mirarlas con recelo y antipatía, las llamaban por lo bajo chochas y +entremetidas. No hay necesidad de indicar, por lo tanto, que su pasión +casamentera les costó no pocos disgustos. Cuando algún lechuguino sentía +brotar en su pecho la llama del amor, lo primero que hacía era +mostrársela a las de Meré. + +--Carmelita, estoy enamorado. + +--¿De quién, corazón, de quién?--preguntaba la anciana con vivo interés. + +--De Rosario Calvo. + +--¡Ajá! Buen gusto ha tenido el picarón. No hay chica más guapa ni mejor +educada. Habéis nacido el uno para el otro. + +Y por un rato el zagalillo tenía el placer de escuchar el panegírico de +su adorada. + +--Espero que me protegerás. + +--Todo lo que tú quieras, mi alma. + +Al cabo de pocos días, Rosario Calvo, que no había puesto los pies en su +vida en casa de las de Meré, aparecía por allí y era tertuliana asidua. +¿Cómo se habían arreglado aquéllas para atraérsela? No es fácil +averiguarlo, pero tantas veces habían llevado a término ya empresas +análogas, que de seguro poseían una receta simple y segura. + +Encariñábanse con sus amigos como si fuesen próximos deudos todos. +Contábanse de ellas rasgos de abnegación que las honraba extremadamente. +Durante la furiosa reacción del año 1823, uno de sus tertulios, teniente +de caballería, se refugió, después de cierta intentona abortada, en su +casa. Las señoritas le recibieron y le ocultaron algunos días, y al cabo +lograron que se evadiese disfrazado con el traje de un criado. Pero +teniendo noticia de que iba la policía a registrarles la casa, pensaron +con terror en el uniforme del teniente. ¿Dónde guardarlo que no diesen +con él? Carmelita, en aquellos instantes críticos, tuvo un rasgo de +ingenio y bravura. Se vistió el uniforme debajo de sus ropas de mujer. +Por cierto que este teniente se portó con ellas con bastante ingratitud. +No tuvo en su vida diez minutos para escribirles una carta dándoles las +gracias. + +No fue la única que hubieron de sufrir por parte de sus tertulios. +Acostumbraban éstos aprovecharse de su amabilidad cuanto podían; +recreábanse en su casa, gozaban de la compañía y conversación de las +jóvenes más bellas de Lancia, concertaban algunos su matrimonio, y luego +que lo realizaban, o porque sus negocios o su edad les impedían asistir +a la tertulia, si te vi, no me acuerdo; apenas las saludaban en la +calle. Lo mismo puede decirse de las mamas, tan rendidas y aduladoras +antes de casar a sus hijas, y tan despegadas así que lo conseguían. Pero +tales flaquezas no alteraban el buen humor de aquellas benditas ni +destruían su optimismo. Como se estaban renovando sin cesar los +asistentes a su casa, olvidaban la ingratitud de los antiguos para +pensar tan sólo en el aprecio que les tributaban los nuevos. Además, en +sus corazones no cabía rencor, ni siquiera hostilidad; las bromas no las +ofendían. ¡Y cuidado que algunas eran bien pesadas! La que les dio Paco +Gómez en cierta ocasión hizo raya: aún se cuenta con regocijo en Lancia. + +No todas las noches de invierno iban damas a la tertulia. Generalmente +asistían los sábados y los miércoles. Pero había un grupo de muchachos +que casi nunca dejaban de hacerles un rato de compañía a primera hora, +aunque después se marchasen a otras casas. Uno de ellos era Paco Gómez. +En estas noches de soledad se formaba generalmente un partido de +_brisca_. Paco iba de compañero con Nuncita y el capitán Núñez, o Jaime +Moro, o cualquier otro muchacho con Carmelita. Paco una noche se dolió +de que las señas que se hacían durante el juego fuesen tan vulgares y +conocidas: era imposible hacerlas pasar inadvertidas para los +contrarios. Entonces, de acuerdo con el otro, propuso cambiarlas. Él +enseñaría unas a Nuncita, y el contrario otras a Carmelita. Las nuevas +señas fueron todas ademanes obscenos, de esos que no se ven más que en +las tabernas y lupanares. Aquellas inocentes mujeres las aceptaron sin +saber lo que hacían y se sirvieron de ellas con la mayor desenvoltura. +Así que pasaron algunos días, y estaban perfectamente avezadas a +usarlas, Paco invitó una noche a muchos de los tertulios a presenciar el +juego. Resultó una escena de cómico subido. Cada vez que cualquiera de +las dos señoritas hacía una seña, había una explosión de alegría. Pues +bien, apesar de lo brutal y desvergonzado de la broma, las bondadosas +señoritas, en vez de ponerle de patas en la calle y cerrarle la puerta +para siempre, se contentaron al saberlo con hacerse cruces de sorpresa y +reírse como los demás. + +--¡Santo Cristo bendito de Rodillero, quién lo diría! ¡Tantos pecados +como hemos cometido sin saberlo! + +--Pues yo no los confieso--exclamó Nuncita con resolución. + +--Los confesarás, Niña--expresó gravemente la primera. + +--Que no. + +--¡Niña! + +--Que no quiero. + +--¡Silencio, Niña! Los confesarás y tres más. Mañana mismo te llevaré a +Fray Diego. + +Nuncita protestó todavía sordamente, como una chica mimosa, hasta que +las miradas severas de su Hermana mayor la hicieron callar. Pero todavía +estuvo buen rato enfurruñada. A veces, sin saber por qué, se mostraba +díscola y rebelde en sumo grado. Necesitaba Carmelita hacer gala de toda +su autoridad para someterla. Mas, ordinariamente no sucedía así. Aunque +no le llevase más de tres o cuatro años, Nuncita, por la costumbre +adquirida, por debilidad de carácter, o por ventura porque no le +disgustaba aparecer más joven en presencia de la gente, reconocía la +jefatura de su hermana y la obedecía con una sumisión que envidiarían +las madres para sus hijas. Pocas veces tenía necesidad de reprenderla, +pero cuando lo hacía, Nuncita bajaba la cabeza y al poco rato se la veía +llevarse el pañuelo a los ojos y salir de la sala, mientras Carmelita +seguía sus movimientos con mirada fija, sacudiendo al mismo tiempo la +cabeza severamente. Poco faltaba para que la castigase dejándola sin +postre o mandándola a la cama. Por tales razones y porque Carmelita así +la llamase con frecuencia, D.ª Nuncia, que pasaba algo de los ochenta, +era conocida en Lancia por el sobrenombre de «la Niña.» + +En los amores de Emilita Mateo se portaron ambas hermanas heroicamente. +El capitán Núñez fue bloqueado en toda regla. Por espacio de un mes lo +menos, y hasta que le vieron bien encarrilado, ni una silla le dejaron +libre más que la que estaba próxima a la más joven de las chicas de D. +Cristóbal. En el juego de la lotería, al cual se entregaba con pasión +desordenada aquella sociedad, Nuncita se encargaba, sin que nadie se lo +pidiese, de buscarles cartones que fuesen combinados. Cuando se referían +al oficial de Pontevedra y a Emilita hablaban como de una sola persona. +Tan unidos y compactos los apreciaban ya. + +Servicios a tal extremo importantes los pagaba el Jubilado con una +gratitud que le rebosaba del alma y le salía por los ojos. De buena gana +se prosternaría ante ellas y les besaría la orla del vestido de cúbica. +Pero su dignidad y aquella larga serie de diatribas contra el ejército +que llevaba colgadas a los pies como grilletes, le impedían estas y +otras manifestaciones. Ni siquiera tenía el consuelo de poder mostrarse +alegre cuando aquel pundonoroso militar acompañaba a su niña en el +paseo. Pero ya se sabe que las señoritas se preocupaban muy poco de la +gratitud de sus tertulios. Los casaban por vocación irresistible de su +espíritu, por una necesidad de su organismo, como teje la araña la tela +y cantan los pájaros en el bosque. Una vez enlazados por el vínculo +matrimonial, los tertulios, lo mismo hombres que mujeres, perdían todo +su atractivo para las señoritas de Meré. Su atención se concentraba +inmediatamente en los nuevos pollastres que venían piando a cobijarse +bajo sus alas protectoras. + +Quien les causó una serie de decepciones y amarguras, que a poco dan con +ellas en el sepulcro, fue el conde de Onís. En su vida habían tropezado +con un hombre más incomprensible. ¡Lo que las pobres sudaron para +meterle en vereda, en la florida vereda de Himeneo! Pero aquel diablo se +les resbalaba por entre los dedos como una anguila. Mostrábase durante +algunas noches tierno y amartelado con Fernanda; no se apartaba de ella +el canto de un duro. Las miradas de las dos hermanas se posaban sobre +ellos con visible enternecimiento; procuraban con ahínco que nadie fuese +a interrumpirles; poco les faltaba para mandar a los demás que bajasen +la voz a fin de que no les molestase el ruido. Pues bien, +repentinamente, cuando menos podía pensarse, el conde cometía el absurdo +de alzarse distraídamente de la silla, bostezar y marcharse a hacer +solitarios a un rincón de la mesa. Por su parte Fernanda caía en +idénticas flaquezas, poniéndose a charlar animadamente con el chico del +regente de la audiencia sin dirigir una mirada a su novio. Carmelita y +Nuncita quedaban aterradas cuando esto sucedía, se iban a la cama, presa +de la mayor consternación. + +Después del rompimiento definitivo, y cuando al cabo se convencieron de +que la ventura de realizar tan sublime matrimonio no estaba reservada +para ellas, humillaron un poco su ambición y prestaron auxilio a +Granate, que hacía mucho tiempo lo demandaba con instancia. También por +este lado la suerte impía les hirió cruelmente. Fernanda rechazaba con +irritación cualquier palabra suasoria que le dirigiesen en favor del +indiano. Si observaba que las señoritas tenían dispuestas las sillas de +modo que resultase aquél sentándose a su lado, en un instante destruía +su combinación yéndose con ademán displicente al extremo opuesto. Al +formarse las partidas de _brisca_ o de _tute_ no consentía que se lo +diesen por compañero so pena de renunciar al juego. En fin, que estaba +tan alerta y sobre sí que era imposible atacarla por ningún lado. No +obstante, las de Meré persistían en su proyecto y trabajaban por +llevarlo a cabo con paciencia; que es la garantía más segura para dar +cima a las grandes empresas. + +Algunos días después de la guasa de Paco Gómez se hallaban en la famosa +tertulia, a más de tres o cuatro pollastres, el mismo Paco, Manuel +Antonio, D. Santos, el capitán Núñez, D. Cristóbal, Fernanda, María +Josefa Hevia y dos de las chicas de Mateo. No se pensaba todavía en +jugar. Todos estaban sentados menos Paco, que daba vueltas por la sala +contándoles la broma que había dado la otra noche en el teatro a Manín, +el mayordomo de Quiñones. Desde que éste había quedado paralítico, su +famoso acompañante andaba sin sombra por la ciudad. Mas, por la gran +confianza que su amo le otorgaba, los tertulios de D. Pedro le guardaban +consideraciones, y apesar de la rusticidad de su trato y del traje +campestre que llevaba, cuando le tropezaban en la calle le abrazaban +familiarmente, le convidaban a entrar en el café y a veces le llevaban +al teatro. Manín para aquí, para allá: el grosero aldeano se había hecho +famoso no sólo en Lancia, sino en toda la provincia. Aquel calzón corto, +aquella media blanca de lana con ligas de color, chaqueta de bayeta +verde y sombrero calañés, le daban un aspecto original en la ciudad, +donde por milagro se veía ya un hombre con este arreo. Era una de las +cosas que más sorprendían a los forasteros, sobre todo viéndole alternar +en cierto pie de igualdad con los señores de la población. No sólo por +respeto al maestrante, sino porque les hacía mucha gracia las salidas +brutales de Manín, éstos se perecían por llevarle en su compañía. +Además, Manín era un célebre cazador de osos, con los cuales se decía +que había luchado algunas veces cuerpo a cuerpo. Los aficionados a tal +clase de ejercicio le profesaban por esto respeto y simpatía. Sin +embargo, los enemigos que el mayordomo tenía allá en su aldea +aseguraban, riendo sarcásticamente, que lo de los osos era una farsa, +que en su vida los había visto, cuanto más luchar con ellos. Añadían que +Manín había sido siempre un zampatortas hasta que D. Pedro había tenido +el capricho de sacarle de la oscuridad. La imparcialidad nos obliga a +estampar esta opinión, que desde luego suponemos infundada. Hay que +confesar, no obstante, que la conducta de Manín, ofreciendo repetidas +veces a sus amigos llevarles a cazar el oso, sin que jamás cumpliera la +promesa, la prestaba cierta verosimilitud. Pero el profesar respeto a la +salud e integridad de los osos de su país ¿es acaso motivo suficiente +para arrojar a un hombre a la cara el calificativo de zampatortas? Nadie +osará afirmarlo. Más lógico es suponer que el célebre Manín era, como +todos los hombres que logran sobreponerse a la multitud, víctima de las +asechanzas de la envidia. + +Refería Paco, con el desenfado procaz que le caracterizaba y del que no +prescindía ni aun hallándose entre damas, cómo había llevado a Manín al +palco proscenio que con otros amigos tenía abonado en el teatro. El +mayordomo no había visto jamás bailarinas. Al presentarse éstas en +escena le hizo creer que traían las piernas desnudas. Manín quedó +escandalizado, fijando en ellas sus ojos, donde se pintaba el asombro y +la indignación. «Pues aún no has visto lo mejor; ¡aguarda, aguarda un +poco!» Al comenzar la orquesta a tocar, las bailarinas hacen chasquear +los palillos, y dando una vuelta levantan todas la pierna a la altura de +la cabeza. «¡Sollo!» exclama el pobre tapándose la cara con las manos. +¡Dios sabe lo que pensó que iba a ver! + +Paco narraba el lance con naturalidad, paseando de un cabo de la sala, +la cabeza baja y las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Las +jóvenes tertulianas se creyeron en el caso de ruborizarse. Todos reían +menos Granate, que aún tenía en el corazón la broma del día pasado. +Desde su rincón, donde estaba como un oso aletargado, dirigíale miradas +torvas, agresivas. ¿Qué había pasado en casa de Estrada-Rosa cuando el +indiano fue a ella en demanda de la mano de la señorita? Ni a D. Juan ni +a su hija se les pudo sacar una palabra; pero cierta doncellita enteró a +todo el mundo de que D. Juan había rehusado en términos desdeñosos, que +Granate hizo ostentación de sus millones y aun se autorizó el manifestar +que Fernanda no encontraría un matrimonio más ventajoso. Entonces D. +Juan se incomodó, le llamo zángano y lo despidió con cajas destempladas. +Paco, cada vez que sorprendía una de aquellas miradas furibundas, +sonreía y hacía guiños a Manuel Antonio. + +--Oye, Carmela--dijo parándose frente a un cuadrito pintado al +óleo,--¿dónde habéis comprado este San Juan? + +--¡Jesús! señor--exclamó Carmelita,--no es un San Juan, que es un +Salvador, ¡míralo cómo se ríe el pobrecito! + +--¡Ah! es un Salvador. ¿En qué se distinguen? + +Las señoritas de Meré, al escuchar tal pregunta, quisieron volverse +locas de alegría. Se les caían las lágrimas de risa. + +--¡Ay, qué Paquito! ¡Ay, qué corazón!... ¡No distingue un San Juan de un +Salvador! + +Y ríe y que te ríe. Hacía muchos años que no habían oído nada tan +gracioso. Cuando hubieron sosegado un poco y se limpiaron las lágrimas y +se sonaron estrepitosamente con un pañuelo de hierbas, Paco, que gozaba +viéndolas tan alegres, les preguntó: + +--Pero vamos, ¿cuándo lo habéis comprado, el Salvador, que yo no lo he +visto hasta ahora? + +--Estaba en el cuarto de Nuncia, mi alma; pero allí no estaba bien, +porque tropezaba la cama en él, y lo hemos traído. + +--Se lo regaló a Carmela, cuando vivía papá, un pintor de Madrid que +pasó aquí unos días--dijo Nuncita. + +--¿Eras tú joven?--preguntó gravemente Paco dirigiéndose a Carmelita. + +--Sí, muy jovencita. + +--¿El pintor tenía fama? + +--Mucha. + +--Entonces ya sé quién era, Murillo. + +--No; me parece que no se llamaba así. + +--Entonces sería Velázquez. + +--Ese nombre ya me suena más. Era hombre mozo, muy cortés y muy galán, +¿verdad, Nuncia?... A tí me parece que te hizo algunas carantoñas... + +Nuncita bajó los ojos ruborizada. + +--¿Quién se acuerda de eso ya? + +--Era muy enamoradizo--prosiguió Carmelita;--pero al mismo tiempo bien +criado y bien entendido... + +--¿Enamoradizo dijiste? Justo, no puede ser otro que Velázquez. + +--No se llamaba Velázquez; se llamaba González--apuntó tímidamente +Nuncita. + +Y después de decirlo volvió a ruborizarse. + +--¡Eso es, González!--exclamó su hermana haciendo memoria. + +--Bueno, es igual, sería un contemporáneo suyo, de la buena raza de +pintores del siglo XVII--manifestó Paco sin turbarse por las carcajadas +de los tertulios, que se espantaban de la inocencia de aquellas pobres +mujeres. + +--¿Conque te ha hecho la corte a ti, Niña?--prosiguió cogiendo con dos +dedos cariñosamente la barba de Nuncita.--Me parece que tú debiste de +haber sido muy torerita, ¿verdad, Carmela? + +--Fue un poco tentada de la risa. + +--¡Carmela, por Dios, que estos señores van a creer que he sido una +coqueta!--exclamó con angustia la Niña. + +--No creerían más que la verdad, chica--dijo Paco.--¿Ya no te acuerdas +que has dado oídos a un procurador eclesiástico llamado don Máximo, y +después que éste se iba de tu casa hablabas con el teniente Paniagua por +el balcón? + +Nuncita sonrió con enternecimiento al recuerdo de aquellos tiempos, y +repuso bajando los ojos con graciosa timidez: + +--D. Máximo venía a casa todos los días, pero nunca me requirió de +amores. + +--¡Qué amores ni qué calabazas!--exclamó Paco.--Di tú que quien te +gustaba de verdad era el teniente, y concluirás más pronto. + +--¿Conque ha estado usted enamorada de un militar?--preguntó con +graciosa volubilidad Emilita, dirigiendo al mismo tiempo una mirada +provocativa a Núñez.--Pues ha tenido usted bien mal gusto. + +El Jubilado se puso repentinamente serio y se le erizaron los bigotes de +terror ante aquella salida de su hija; pero se tranquilizó +inmediatamente al observar que el capitán, en vez de darse por ofendido, +la pagaba con una sonrisa amorosa y lo echaba a broma como todos los +demás. + +--No es ella sola la que ha tenido ese mal gusto--expresó con marcada +intención Carmelita, muy alegre de haber encontrado aquel rasgo de +ingenio. + +--Y ¿quién era ese teniente?... Algún trasto... ¡cómo si lo +viera!...--tornó a preguntar Emilita con la misma adorable ligereza. + +--¡Alto, alto, Emilia!--manifestó Paco.--Paniagua era teniente de los +tercios de Flandes y muy bizarro. + +--No, corazón, no--se apresuró a rectificar Nuncita,--que era de la +guardia real. + +--¿No era arcabucero? + +--No, mi alma; de la guardia real te digo. + +D. Cristóbal disimulaba la risa con un flujo de tos. Manuel Antonio y +los pollastres reían descaradamente. + +--Paniagua era hombre muy notable--prosiguió Paco.--Poseía esa decisión +que tan bien sienta a los militares. El mismo día que llegó vio a Nuncia +por la mañana al balcón. Por la tarde le entregó en el pórtico de San +Rafael, al salir de la novena, un billete de declaración, que empezaba: +«Señorita: Entre confuso y medroso, y dudando si en gracia de lo rendido +me perdonará usted lo osado, confieso que mi único delito consiste en +amar a usted...» + +--¡Qué picarón! ¡cómo lo recuerda!--exclamó Nuncita, enternecida de +verdad. + +Lo cierto era que Paco, a quien la Niña, después de muy rogada, había +mostrado las cartas que conservaba de Paniagua, se había aprendido de +memoria aquel originalísimo documento y lo recitaba en todas partes para +regocijo de sus amigos. + +--Eso se llama un hombre resuelto. Así se manifiesta el carácter de la +persona. ¡Qué diferencia de los militares de hoy, que antes de +declararse a una muchacha la pasean un año la calle y luego tardan otro +en decir: «Niña, ¿cuándo nos vamos a la vicaría?» + +Pronunció estas palabras mirando al rincón donde estaban Emilita y el +capitán. Éste recogió la alusión y se puso serio. La chica se hizo la +distraída, pero agradeciendo mucho a Paco en el fondo de su corazón el +capote, mientras el Jubilado se atusaba el bigote con mano temblorosa, +temiendo que Núñez se enfadara, pero alegre al mismo tiempo por la +esperanza de que estos capotazos oportunos le sacaran de su atonía. + +Cansados de platicar, los pollastres propusieron jugar un ratito a las +prendas. Es un juego donde los hombres de criterio siempre pescan algo. +Fernanda consintió en que Granate se sentase a su lado. Los guiños de +Paco, que había sorprendido, le habían hecho mal efecto. Era una +criatura muy orgullosa, pero en la cual se hallaba arraigado el +sentimiento de justicia. No podía sufrir que se burlasen en su +presencia de nadie, aunque fuese del ser más ínfimo y despreciable. +Podía decirse que el sentimiento de la dignidad, que era en ella tan +delicado y vidrioso, la hacía sentir las heridas causadas en la de los +otros con más viveza. Aunque aborrecía a Granate, la molestaba que se le +mortificase en su presencia, sobre todo si era por su causa; sin +perjuicio, por supuesto, de que ella le diese a cada momento +descomunales desaires; pero entendía, y no le faltaba razón, que los +desdenes de la mujer que se ama, si causan dolor, no resqueman como las +burlas. El indiano, que se vio tan honrado, no cabía en sí de gozo, y +comenzó con voluntad excesiva y la ordinariez que le caracterizaba a +prodigarle mil atenciones. Fernanda las recibió con semblante grave, +pero sin repugnancia. + +Y vino, como es natural, aquello de las «tres veces sí y tres veces no,» +el «contentar a todos los presentes,» «un favor y un disfavor,» etc., +etc. La sociedad se recreaba con lo que se habían recreado sus padres y +sus abuelos, y con lo que pensaban que se recrearían sus hijos. +¡Inocentes! Había allí un espíritu, sin embargo, que no merecía este +calificativo. Paco Gómez jugaba con una condescendencia displicente, +como hombre que se adelantaba mucho a su época, cometiendo mil torpezas +y desaciertos que demostraban la distracción que caracteriza a los +seres superiores. En cambio, Núñez tenía puestos los cinco sentidos. No +se vio jamás hombre más erudito en aquellas materias ni que las tratase +con más profundidad. Su inteligencia lúcida había penetrado en todos los +secretos del juego de prendas y sabía sacar de cada uno el partido +posible, extraer todo su jugo, según pedían las circunstancias. Por +ejemplo, cuando una señorita debía contentarle, quedaba sordo +instantáneamente. La joven se veía obligada a inclinarse más y más, +hasta que sus labios de carmín rozaban la oreja del capitán. Si quedaba +condenada a hacer el papel de esquina de la Puerta del Sol y, por +consiguiente, a sufrir que le pegasen carteles en la cara, que se +recostasen contra ella, etc., etc., el profundo Núñez no soltaba la +presa en tanto que no pasease las manos por todas las regiones de su +cuerpo. Pero cuando dio más claras muestras de su talento portentoso y +de los vastos conocimientos que había logrado adquirir en aquel ramo del +saber, fue al proponer que la señorita a quien acertase lo que tenía en +el bolsillo quedase obligada a darle un beso. Tal seguridad tenían todas +de que nada conseguiría, que no vacilaron en aceptar la proposición. +Erró, efectivamente, al vaciar con el pensamiento el bolsillo de +Carmelita, erró con Fernanda, con María Josefa, con Micaela, y ¡miren +qué diablo! fue a acertar precisamente con Emilita. Unas tijeras, un +pañuelo, un dedal y tres caramelos. La niña se puso a gritar batiendo +las palmas, toda nerviosa: ¡Trampa, trampa! El capitán, sereno, +apacible, grandioso como un héroe de la antigüedad, rechazó aquella +imputación y demostró hasta la saciedad que allí no cabía trampa alguna. + +--...A no ser--añadió sonriendo mefistofélicamente--que estuviera usted +convenida conmigo para dejarme ver de antemano lo que tenía en el +bolsillo. + +La niña protestó aún más ruidosamente contra esta hipótesis indecorosa, +se puso agitada hasta un grado incomprensible y, levantándose con +viveza, corrió al extremo opuesto de la sala, lo más lejos posible del +capitán, como si éste fuese a tomar por la fuerza lo que de derecho le +correspondía. Hubo quien se puso de parte de ella (las mujeres) y quien +tomó partido por él (casi todos los hombres). Armose en la sala un +zipizape de mil demonios. Todos hablaban, reían, chillaban sin acabar de +entenderse. Pero la que más gritaba y gesticulaba era, como es fácil de +comprender, la interesada. Sin embargo, don Cristóbal, viendo que +aquello llevaba trazas de no concluir, y queriendo dejar a salvo la +formalidad de su progenie, intervino en la disputa como un dios +majestuoso que extiende la diestra para calmar las olas del mar +embravecido. + +--Emilita--pronunció con firmeza,--juego es juego. Dale un beso a ese +caballero. + +Adviértase que no dijo «al capitán,» ni siquiera «a ese señor oficial.» +Todavía sus labios civiles repugnaban dejar paso a una palabra de orden +exclusivamente militar. + +--¡Pero papá!--exclamó la hija menor, roja ya como una amapola. + +--¡Vamos!...--profirió con la diestra extendida y en la actitud más +imperativa que pudo adoptar jamás un dios jubilado. + +No hubo más remedio. Emilita, confusa y avergonzada, con las mejillas +convertidas en dos brasas, se acercó vacilante al heroico capitán de +Pontevedra, fértil en toda clase de astucias, y le rozó con el carmín de +los labios la tierra amarillenta de sus mejillas. + +Mas hete aquí que, apenas lo hubo efectuado, saltó hecha un basilisco +Micaela, la más irascible de las cuatro nereidas que nadaban en las +profundidades de la morada del Jubilado: + +--¡Qué desvergüenza!... Esos no son juegos decentes, sino suciedades... +No me extraña de Núñez, porque los hombres ¿a qué están? Me extraña de +tí, Emilita... Me parece que un poco más de pudor y vergüenza no te +vendrían mal... Pero ¡cómo la has de tener si los que tienen obligación +de ponértela son los primeros en empujarte a lo malo!... + +Aquella sangrienta diatriba contra el autor de sus días dejó a éste +pálido y clavado al suelo. Hubo un instante de silencio embarazoso. Una +nota tan destemplada les sorprendió. Sin embargo, todos se apresuraron a +defender a Emilita y a protestar de la pureza y la perfecta inocencia de +tales juegos. El argumento que más se repetía, y el que a todos les +parecía incontrastable, era que, no habiendo malicia, aquello no valía +nada, porque lo importante en estos asuntos es la intención. El beso ¿ha +sido dado con intención?--decía uno de los pollastres más +dialécticos.--¿No? Pues entonces como si no se hubiera dado. Núñez +asentía gravemente, un poco amoscado y mirando de reojo a su futura +cuñada. Pero ésta no se rendía a demostraciones tan evidentes y se +obstinaba en pedir, cada vez con mayor violencia y más altas voces, un +poco de vergüenza para su hermana menor y unas migajitas de sentido para +su señor padre. Mas como al cabo nadie se presentaba con estas cosas en +la mano a satisfacer sus votos, no tuvo otro remedio que ir bajando el +diapasón, hasta que al fin sus coléricas protestas se fueron +trasformando poco a poco en murmullo sordo y amenazador como el de los +truenos lejanos. Y la tertulia recobró su dulce sosiego habitual. + +Pero quedó suspendido por aquella noche el juego de prendas. Nuncita, de +quien casi siempre partían las grandes ideas, propuso que se jugase a +_la boba_. No se sabe por qué, pero es lo cierto que este juego poseía +particulares atractivos para la menor de las señoritas de Meré. Es +indecible lo que se placía la ex-novia del teniente Paniagua cuando +lograba encajar _la boba_ a alguna de sus tertulianas, la ansiedad y +desasosiego que se apoderaba de ella cuando la tenía en su poder y no +lograba soltarla. Paco Gómez tomó la baraja y sacó las tres sotas; pero +sabiendo la debilidad de Nuncita y queriendo, según su temperamento, +mortificarla un poco, hizo una señal a la que quedaba, y luego la fue +manifestando al oído a algunos de los tertulios. Resultado de esto fue +que _la boba_ iba casi siempre a parar a manos de la Niña, y allí se +atascaba, sin que apesar de todos sus esfuerzos consiguiese desprenderse +de ella. Con esto, apesar de su apacible natural, se fue impacientando +poco a poco. La tertulia reía y ella también, pero más con los labios +que con el corazón. Al fin, en un momento de cólera echó a rodar las +cartas y declaró que no jugaba más. Carmelita, al ver aquel acto de +descortesía, intervino severamente, como siempre que se desmandaba. + +--¿Qué arrebato es ése? ¿A qué conduce esa tontería? ¿Qué dirán estos +señores?... Dirán, con motivo, que no tienes educación, y que en +nuestra familia no ha habido quien hubiera sabido enseñarte... ¡A ver si +coges las cartas ahora mismo! + +--No quiero. + +--¿Qué, qué dices, necia? ¡Tú, tú, tú eres tonta!... ¿Se habrá visto una +criatura más díscola?... Co... co... coge las cartas enseguida... + +La cólera la hacía tartamudear, saliendo de su boca desprovista de +dientes unos ruidos extraños. + +--¡Hum!--gruñó Nuncita, torciendo el hocico con mueca de mimo. + +--¡Niña, no me enfades!--gritó su hermana mayor. + +--¡No quiero, no quiero!--repitió aquella criatura indómita con +decisión. + +Y al mismo tiempo se levantó de la silla y arrastrando los pies se fue a +refugiar en el gabinete. + +Mas su hermana la siguió inmediatamente en la actitud más severa y +autoritaria que puede nadie imaginarse, dispuesta a corregir aquel +principio de rebelión, que con el tiempo podría traer funestas +consecuencias. Oyose rumor de disputa, sobresaliendo la voz áspera, +irritada, de Carmelita; luego aquella voz se fue dulcificando, +haciéndose persuasiva, razonadora, reprendiendo con suavidad. Llegó +asimismo a los oídos de los tertulios el eco de un sollozo. Por último, +al cabo de buen rato se presentó de nuevo Carmelita, arrastrando los +pies todavía más que su hermana, con los ojos resplandecientes de +autoridad y el ademán majestuoso que conviene a los que necesitan dictar +leyes a los seres que la Providencia les ha confiado. Detrás venía la +Niña avergonzada, sumisa, con las mejillas inflamadas y los ojos +llorosos. Sentose otra vez a la mesa y, sin osar levantar los ojos a su +hermana mayor, que la miraba aún con cierta dureza, tomó humildemente +las cartas y se puso a jugar. Pues bien, este ejemplo conmovedor de +respeto y de sumisión, en vez de impresionar gravemente a los +circunstantes, provocó en casi todos una sonrisa de burla, y en algunos +de ellos algunas inoportunas carcajadas que a duras penas lograron +sofocar. + +Sin embargo, el juego no duró mucho tiempo. Acercábase la hora de +diseminarse aquella escogida sociedad. + +--María Josefa, hoy he visto a tu ahijada en el paseo--dijo Paco Gómez, +mientras barajaba distraídamente las cartas.--La he dado un beso. Está +cada día más guapa... ¿Cuánto tiempo tiene ya? + +--Pues saca la cuenta. La hemos bautizado en Febrero... Dos meses y +medio. + +--¿Iba con su madre?--preguntó Manuel Antonio sonriendo de un modo +particular. + +--No. A su madre la he encontrado después en Altavilla y he echado un +párrafo con ella--respondió gravemente y con afectada naturalidad. + +La mayor parte de los tertulios le miraban sonrientes con expresión de +malicia reservada que sorprendió a Fernanda. Sólo las dos señoritas de +Meré y Granate permanecieron impasibles, sin darse cuenta de lo que se +hablaba. + +--Pero ¿a qué ahijada de usted se refiere, a la niña recogida por los de +Quiñones?--preguntó en voz baja la heredera de Estrada-Rosa a María +Josefa. + +--Sí. + +--¿Entonces?... ¿Cómo hablan de su madre? + +--Porque esos dos tienen una lengua muy mala. ¡Dios nos libre de +ella!--repuso la solterona sonriendo también con alegría maliciosa, +mirando al mismo tiempo a la joven con la benevolencia condescendiente +con que se mira a las criaturas inocentes. + +--Pero ¿quién suponen que es su madre? + +--¿Quién ha de ser? Amalia... ¡Silencio!--dijo apresuradamente, bajando +más la voz. + +Quedó estupefacta. Para ella era la noticia tan nueva, tan sorprendente, +que por unos instantes estuvo mirando con ojos pasmados a su amiga como +si no hubiese oído. En el estupor que le causaba, no oyó las primeras +palabras de Paco. Sólo se hizo cargo al concluir de que estaba loando +con calor la belleza de la niña. + +--Tiene a quien parecerse--murmuró el marica de Sierra con la misma +intención maligna.--Ya ves... su madre... ¡Y su padre!... Su padre se +cae de buen mozo. + +Fernanda, picada repentinamente por vivísima curiosidad, una curiosidad +insana que la puso agitada y anhelante sin saber por qué, se inclinó +otra vez hacia María Josefa, y metiéndole la boca por el oído, le +preguntó con voz alterada: + +--Pero ¿quién es su padre? + +La solterona se volvió hacia ella y le clavó una mirada donde se +traslucía junto con la sorpresa la misma indulgencia compasiva. + +--Pero ¿de veras no sabes?... + +La joven hizo signo negativo. Y al mismo tiempo se sintió embargada por +terrible emoción. Una corriente de aire frío atravesó su ser interior +repentinamente. Quedó pálida, pendiente de los labios de María Josefa, +como si de ellos esperase la salud o la muerte. Aquélla advirtió bien su +turbación, y dijo después de mirarla un instante fijamente: + +--No te lo digo... ¿Para qué?... Acaso sea todo una calumnia. + +Fernanda se repuso instantáneamente. + +--Está bien--respondió haciendo un gesto de displicencia.--Cálleselo. +Después de todo, ¿a mí qué me importa todo eso? + +Este gesto hirió a la solterona, que se apresuró a decir con aguda +sonrisa: + +--Pues precisamente porque a tí te importa es por lo que temo decírtelo. + +--No entiendo... + +María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo: + +--Porque dicen que el padre de la criatura es Luis. + +Como ya antes había sentido la puñalada, Fernanda quedó impasible y +preguntó con indiferencia: + +--¿Qué Luis? + +--El conde, muchacha. + +--¿Y por qué me ha de importar a mí que sea Luis el padre? + +María Josefa quedó un poco desconcertada. + +--Como ha sido tu novio... + +--¡Pero como ya no lo es!--replicó encogiéndose de hombros +desdeñosamente. + +Y se puso a hablar con Granate, que tenía del otro lado. Aquella +indiferencia era pura comedia que su orgullo lograba representar. Una +tristeza inexplicable y penetrante cayó sobre su alma y la invadió por +completo, sin dejarle fuerzas para pensar ni para hacer nada. Si Granate +no fuese un animal, hubiera comprendido enseguida que la sonrisa con que +acogía sus barbarismos y barbaridades era una verdadera mueca sin +expresión alguna, y que los monosílabos y respuestas incoherentes que +dejaba escapar de sus labios denunciaban bien claramente que no le +escuchaba a él, sino a Paco Gómez, Manuel Antonio y los demás que +seguían charlando de la niña expósita. + +¡Con qué interés ardiente recogía todas las palabras que se cambiaban +entre aquellos maldicientes! Y a medida que iban poniéndole en claro el +suceso y que iban acumulando pormenores, entreverando frases burlonas y +reticencias de efecto cómico, su corazón se apretaba, se apretaba poco a +poco, como si todos ellos lo fuesen oprimiendo entre sus manos, uno +después de otro, para hacerle daño. Pero su rostro permanecía impasible. +Ni la más leve contracción acusaba el dolor que la mordía. + +La tertulia se deshizo a las doce, como siempre. Fernanda sintió gran +consuelo al respirar el aire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia de +quedarse a solas con su pensamiento y darse cuenta cabal de lo que +acababa de aprender. + +Había llovido mucho. Las calles, empedradas de grueso guijarro, +resplandecían a la luz de los reverberos. Al salir de la casa unos +tomaron por la calle abajo; otros, entre ellos Fernanda, hacia arriba en +dirección a la plaza. Pocos pasos habían dado cuando sintieron el +estrepitoso trotar de unos caballos que doblaban en aquel instante la +esquina y bajaban hacia ellos. + +--Ahí está el barón y su criado--dijo Manuel Antonio. + +Era la hora, en efecto, en que el excéntrico barón de los Oscos salía a +dar su paseo habitual por las calles de Lancia. Su famoso caballo las +desempedraba haciendo cabriolas, levantando tal estrépito que, aun +siendo el corcel de su criado mucho más paciente, parecía que atravesaba +la ciudad un escuadrón. Al cruzarse con los tertulios, Manuel Antonio, +con el desparpajo que le caracterizaba, gritó: «Buenas noches barón.» +Pero éste volvió hacia ellos el rostro espantable, los miró fijamente +con sus ojos encarnizados y siguió adelante sin contestar. El marica, +corrido, dijo: + +--¡Va borracho, como siempre! + +Todos asintieron burlando. Pero en el fondo sintieron todos, unos más y +otros menos, el mismo estremecimiento al ver aquella figura siniestra. +Fernanda, por mujer y por el estado especial de su alma, se inmutó +visiblemente: después de pasar siguió todavía con ojos de temor a los +dos jinetes hasta que se perdieron entre las sombras. + +Al meterse en la cama, con el corazón apretado, quiso analizar la +emoción que la dominaba; quiso remontarse a la causa. Sintió vergüenza +de ella. Su orgullo le hizo exclamar con rabia y en voz alta: + +--¿A mí que me importan esas picardías? ¿Qué tengo que ver con él ni con +ella? + +Pero acabado de proferir tales palabras sintió las mejillas caldeadas +por el llanto. La heredera de Estrada-Rosa se volvió rápidamente y +hundió el rostro, cubierto de rubor, en las almohadas. + + + + +VII + +El aumento del contingente. + + +Las terribles dificultades que debían de surgir para el matrimonio de +Emilita, a causa de las opiniones antibélicas de su padre, se orillaron +con más facilidad de lo que podía esperarse. La historia no hablará +(aunque mejor razón tendrá que para otros muchos sucesos) de aquel día +solemne en que Núñez fue de uniforme a pedir a D. Cristóbal la mano de +su hija, de aquel abrazo memorable con que éste le recibió, +estrechándole calurosamente contra su pecho civil, de aquella fusión +increíble de dos elementos heterogéneos creados para repelerse, y que +gracias al amor de un ángel dulce y revoltoso se compenetraban y +entendían. Si por casualidad esta página privada fuese objeto de +atención para algún historiador, no tendría más remedio que afirmar la +grandísima importancia de semejante concordia, que hasta entonces se +había juzgado inverosímil, y al mismo tiempo presentar con imparcialidad +el reverso, descubriendo a las futuras generaciones en qué modo el +benemérito patricio D. Cristóbal Mateo fue víctima de una injusticia +social y de la persecución de sus conciudadanos. + +Es de saber, que todo el mundo en Lancia se creía autorizado para dar +cantaleta a este respetable y antiguo funcionario acerca del matrimonio +de su hija. Unas veces directa, otras indirectamente, siempre que +tocaban tal punto aludían a las opiniones contrarias al desenvolvimiento +de las fuerzas de tierra sustentadas por él hasta entonces. Al +matrimonio dio en llamársele «el aumento del contingente,» y algunos +llevaron su procacidad hasta darle tal nombre delante de su futuro +yerno. Fácil es de concebir cuánta saliva habría tenido que tragar antes +de perder, como lo hizo, una molesta y mal entendida vergüenza. + +Pero a despecho de todas las diatribas y murmuraciones de los vecinos, +que reflejaban, en el sentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa, la +envidia que ardía en la mayor parte de los corazones, «el aumento del +contingente» se abría paso. El plazo fijado para realizarlo fue el mes +de Agosto. Cuando llegó el momento había adquirido tal importancia que, +como sucede generalmente en los pueblos pequeños, apenas se hablaba de +otra cosa. Las relaciones del Jubilado y sus cuatro hijas eran +numerosísimas, y todas ellas aspiraban a ser invitadas el día de la +boda. Por otra parte, la misma aspiración alimentaban en su pecho +algunos dignos y pundonorosos oficiales del batallón de Pontevedra +amigos del futuro. No siendo posible reunir tanta gente en el hogar +poético del Jubilado, se pensó en celebrar la boda en el campo. La casa +más a propósito era la de la Granja por su proximidad a la población. D. +Cristóbal se la pidió al conde, con quien tenía extremada confianza, lo +mismo que sus hijas, y éste se apresuró a ponerla a su disposición. + +En la iglesia de San Rafael se consumó de madrugada aquella venturosa +alianza, prenda segura de paz entre el elemento civil y el militar. +Bendíjola fray Diego que, por ser el sacerdote más bizarro y el más +firme bebedor de anisado de la capital, gozaba de gran prestigio entre +la oficialidad. Asistieron al acto más de veinte damas y casi otros +tantos caballeros. En cuanto terminó se trasladaron todos a la Granja +para pasar allí el día. Por hallarse tan cerca de la población no se +necesitaban carruajes. Sin embargo, fueron los del conde de Onís y de +Quiñones para trasportar a los novios y a algunas personas de edad +avanzada, como las dos señoritas de Meré. Entre los invitados estaba +casi toda la tertulia del maestrante, bastantes de la de las de Meré y +un número crecido de oficiales. + +El conde había hecho asear, hasta donde era posible, el vetusto caserón. +Casi todos lo conocían como su propia casa. Era el sitio obligado de las +giras campestres por hallarse tan cerca y por el hermoso bosque que +tenía. Los condes jamás habían negado el permiso. En cuanto llegaron y +gustaron el chocolate, que les esperaba en el vasto salón con pavimento +de ladrillo de la planta baja que servía de comedor, se diseminaron sin +ceremonia por la casa y por la finca dispuestos a matar las horas del +mejor modo posible hasta que sonase la de comer. La novia, con Amalia, +que había sido su madrina, y otras dos señoras se fue a sentar +gravemente en una de las habitaciones. Tenía los ojos brillantes, las +mejillas coloradas y procuraba inútilmente disfrazar con un continente +digno y serio la profunda emoción que la embargaba. Las que la +acompañaban, casadas todas, la acariciaban sin cesar, pasando la mano +por sus cabellos, dándole palmaditas en las mejillas, cogiéndole las +manos y de vez en cuando inclinándose para estampar un beso en su +frente con esa condescendencia, mitad cariñosa, mitad irónica, con que +las veteranas del matrimonio contemplan a las bisoñas. No hay una de +aquéllas que al acercarse a una novia no sienta vibrar en su pecho el +eco de cierta música lejana y divina; viene a sus labios el gusto de la +miel de la remota luna; pero llega ¡ay! con el dejo amarguillo de +algunos años de prosa matrimonial. En toda mujer casada hay un poeta +desengañado de su musa. De aquí la sonrisa baironiana que aparece en su +rostro al observar la dicha que arde en los ojos de una desposada. + +Emilita había cambiado de carácter en un cuarto de hora. Todo lo +juguetona y pizpireta que se había mostrado hasta entonces, aparecía +ahora grave y espetada. Disertaba sabiamente con las matronas, sus +compañeras, acerca de la instalación de la despensa, del servicio +doméstico que todas consideraban en espantosa decadencia, del precio de +la carne. Tan vieja se había hecho en este cuarto de hora, que +sorprendía no ver ya alguna hebra de plata entre sus cabellos de oro. + +En cambio a sus hermanas, por extraño contraste, les habían quitado +algunos años de encima desde que la menor tomara la investidura. Habían +retrocedido hasta la infancia. Como criaturas ávidas de aire y de luz +para desarrollarse, lanzáronse al bosque las tres, animando con sus +gritos e inocentes carcajadas el silencio y la paz que allí reinaba. +¡Virgen del Amparo lo que saltaron, lo que rieron, las diabluras que +llevaron a cabo en poco tiempo aquellas loquillas! Para entregarse a los +juegos inocentes, que exigía el retroceso sensible que habían +experimentado de pronto, se quitan las mantillas y dejan suelto el +cabello, tiran los guantes, el abanico, la sombrilla, todo lo que +pudiera simbolizar la juventud, y se quedan gozosas con los atributos de +la adolescencia. No sólo dejan flotando sobre la espalda su cabellera +angelical, sino que se despojan del reloj, de las pulseras y sortijas +que entregan a su papá, colgándose antes de su cuello para hacerle mil +caricias como niñas sencillas y apasionadas que eran; hecho lo cual y al +observar que algunos dignos oficiales del batallón de Pontevedra las +contemplan, huyen ruborizadas y confusas, se recogen las enaguas con +alfileres hasta dejar descubierto el pie y parte de la pierna, y en la +inocencia de su corazón huyen, huyen siempre por el bosque adelante, +esquivando como las ninfas de Diana las miradas ardientes de la +oficialidad. + +Y cuando llegan a un rincón apartado y solitario donde las sombras se +espesan, donde no llegan los ruidos mundanales ni penetran los ojos +maliciosos de los hombres, llaman con gritos de alegría, como pajaritos +de Dios, a sus compañeras, las invitan a venir a disfrutar de aquella +amable seguridad donde libremente pueden mostrar sus gracias y recrearse +sin peligro de ser sorprendidas. Entonces una propone jugar a la cuerda +y las demás acceden batiendo las palmas. Jovita es la primera. Salta, +salta hasta que queda rendida y se deja caer sobre el césped, llevándose +la mano al corazón, que palpita con la fatiga, no con la agitación +insana de las pasiones juveniles. Luego salta otra, luego otra y otra +hasta que todas se tienden exánimes pero risueñas, reflejando en sus +mejillas sudorosas y en sus ojos entornados la dulce alegría que se +escapa de un pecho inocente. Y en cuanto descansan se propone jugar «al +milano que le dan--cebollita con el pan.» ¡Qué risa! ¡qué algazara! +¡cómo resuena el dormido bosque con las voces argentinas de aquellas +bellas y tiernas criaturas! Cansadas de este juego se diseminan por un +momento. Algunas forman grupo sentadas al pie del tronco de un roble y +se cuentan en voz baja como suave gorjeo mil puerilidades encantadoras; +otras se entregan apasionadamente a la busca de florecillas azules y +hacen con ellas ramilletes que colocan en el pecho; otras se persiguen, +como las golondrinas en el aire, con chillidos penetrantes. Otras, las +más resueltas, dedican sus esfuerzos a la caza de cigarras y otros +bichos temerosos. Pero luego tornan a juntarse porque hay una chica muy +aturdida que apuesta a encaramarse en un árbol si la ayudan, y hay otra +maligna que dice que sí, que ella la ayudará. Manos a la obra. Empezó la +animosa joven, que se llama Consuelo, a poner sus piececitos en las +rugosidades del roble más asequible. La compañera maligna, que no es +otra que Socorro, la tercera sirena del Jubilado, la sostiene. +Encarámase al fin la primera en la cruz de dos ramas; asciende después a +otra; aplauden las ninfas y la alientan con gritos de entusiasmo... + +Mas he aquí que Rubio, el teniente de la tercera, hombre acreditado de +audaz entre sus compañeros de arma y de un genio devastador para el sexo +femenino, se presenta de improviso asomando su cabeza temeraria por +encima de unas matas. Las ninfas, al verle, lanzan un grito y quedan +petrificadas en la actitud en que las sorprende. Consuelo, desde lo alto +del árbol, le apostrofa con violencia. Si en su mano estuviera +trasformaría inmediatamente en ciervo a aquel nuevo Acteón. Acá, para +_inter nos_, es posible que prefiriese trasformarle primeramente en +marido, sin perjuicio de acudir más adelante a la metamorfosis +clásica... Pero Rubio, el teniente de la tercera, conoce perfectamente +el valor de estos gritos y estos apóstrofes. No se inmuta; sonríe +maliciosamente y llama con voz ronca a sus hermanos de armas. ¡Qué +confusión, qué espanto entre aquellas risueñas hijas de los bosques al +aproximarse en columna cerrada los hijos de Marte! Sin recoger las +mantillas, ni los guantes, ni las sombrillas, nada en suma de lo que las +pertenecía, huyen y se desbandan por la floresta lanzando gritos de +terror. Pero los sátiros de pantalón encarnado las persiguen con saña, +las atrapan aquí y allá y las traen cautivas enmedio de risotadas +odiosas. Mientras tanto la pobre Consuelo, encima del árbol y bloqueada +por tres de estos silvanos voluptuosos, se niega terminantemente a bajar +mientras no se alejen por lo menos cincuenta varas. Ellos ¡los crueles! +se niegan. Ruega la ninfa, se irrita, está a punto de llorar; pero ni su +enojo ni sus lágrimas consiguen ablandar el corazón empedernido de los +infames sátiros. Por fin se resigna a descender y, aunque toma muchas y +castas precauciones, éstos logran ver un pie deliciosamente calzado y un +nacimiento de pierna que les hace rugir de gozo. Pero ¿dónde está Rubio? +¿Dónde está el más terrible y feroz de todos ellos? No se sabe, mas al +cabo de mucho tiempo sale de la espesura arrastrando consigo a Socorro, +la más sentimental de las ondinas de D. Cristóbal. En los rasgos crueles +de su fisonomía viene pintada la expresión del triunfo, y en los de ella +la vergüenza y la sumisión de una cautiva. Muchas horas después, en las +últimas de la noche, sentado a una mesa del café de Marañón y rodeado +de ocho o diez de sus colegas, el teniente de la tercera narraba con +sonrisa malévola el vencimiento de la ninfa, calculando lo menos en +veinticinco o treinta los besos que logró robarle en distintos sitios de +su rostro hechicero; y todos los hijos de Marte aplaudían y celebraban +con homéricas carcajadas aquel nuevo triunfo de su heroico compañero. + +Finalmente, los vencedores no se mostraron demasiado tiranos, y el orden +se restableció gracias a la llegada oportuna de las señoritas de Meré, +que venían acompañadas de María Josefa y de Paco Gómez. Las autoras y +únicas responsables de todo aquello habían sacado el fondo del cofre. +Carmelita traía un vestido de alepín de seda negra que sólo salía a +relucir en las grandes ocasiones, al paso que Nuncita, por contar menos +años y respetabilidad, podía lucir un traje claro con flores bordadas, +como sólo se ven en los retratos del siglo pasado. Estaban alegres, +rebosando satisfacción por los ojos; pero las piernas no respondían a +aquella eterna juventud de sus corazones: caminaban apoyándose en sendas +muletas y agarrándose con la mano libre al brazo de sus acompañantes. +Fueron recibidas con vivas y hurras. Se oyeron asimismo algunas frases +harto familiares, de esas que nadie más que las benditas de Meré +consentían y reían. Por eso tenía poco mérito el embromarlas. Jamás se +dio el caso de verlas enfadadas con sus amigos, y eso que algunos se +deslizaban en sus guasas hasta llegar no pocas veces a la grosería. En +cambio eran muy propensas a la guerra intestina, esto es, a irritarse +una con otra; pero ya sabemos en qué paraban siempre estas misas. + +El espíritu temerario del teniente Rubio, apretado por las +circunstancias, engendró una idea felicísima, es a saber: que para mejor +pasar el rato hasta la hora de comer se construyese un columpio, donde +las damas pudieran gozar la dicha de sacudirse el diafragma algunos +instantes, y los caballeros la de proporcionársela moviendo galantemente +el aparato. Dicho y hecho: se buscan cuerdas, se sierra una tabla; en +menos de un cuarto de hora queda todo terminado. Rubio, mientras se +lleva a cabo, no deja de hacer guiños expresivos a sus compañeros, que +comprenden, sonríen, callan, profundamente admirados, como siempre, de +la audacia y penetración del teniente de la tercera. Ya está amarrado el +columpio. ¿Quién es la primera? Todas manifiestan la misma vergüenza, +idéntico rubor colorea sus mejillas. A una se le ocurre malignamente +proponer que lo estrene Nuncita. Las demás aplauden la idea. Nuncita +resiste aterrada. Carmelita ni concede el permiso ni lo niega. Las +instancias se repiten sin cesar. Los mancebos encuentran la idea cada +vez más original. Al fin, casi a viva fuerza, entre los aplausos +frenéticos del corro, Cuervo, el hercúleo alférez de la primera, levanta +en brazos a la Niña y la sienta en la tabla. + +--¡Agárrate bien, Nuncia!--le grita Paco Gómez, mientras el citado +alférez y algunos otros amigos empiezan a mecerla. + +--¡Suave, suave!--exclama Carmelita. + +No hay cuidado; así lo hacen, porque temen dar con ella en tierra. Pero +aun moviendo el columpio con parsimonia, el aire consigue levantar, al +poco tiempo, las enaguas de la antigua doncella. Los oficiales ríen y +empujan el columpio para que se vea más. + +--¡Fuerte, fuerte, que algo se pesca!--les grita Paco Gómez. + +Las muchachas, entre risueñas y avergonzadas, se tapan la cara y se +abrazan unas a otras diciéndose palabritas al oído. + +--¡Alto, alto!--exclama Carmelita.--¡Paren ustedes! + +Nadie hace caso. Las ropas de la Niña van subiendo, subiendo: no se sabe +dónde se van a detener. + +--¡Alto, alto! ¡Por Dios, señor alférez! + +--¡Anda con ella!--rugen los militares. + +Y el columpio sigue cada vez más vivo. Nuncita está tan asustada que no +tiene tiempo a pensar en el pudor. + +--¡Señor alférez! ¡Señor capitán!--grita Carmelita toda temblorosa, +agitando los brazos, la mandíbula inferior, desdentada, batiendo contra +la superior, desdentada también, con un estremecimiento +particular.--¡Señor capitán, téngase por Dios! ¡Por la Virgen del Amor +Hermoso!... ¡Pare! ¡pare!... ¡pare! + +--¡Sooó!--exclama Paco. + +Pero el capitán es sueco y sigue apretando. Las enaguas de Nuncita se +encuentran ya en la más alta cúspide adonde pueden llegar. Las jóvenes +se vuelven de espaldas; algunas corren riendo a ocultarse entre los +árboles. Sólo cuando hubieron consumado su obra de desvergüenza se +consiguió que los oficiales aplacasen y permitiesen a Nuncita tomar +tierra. Su hermana, en vez de enojarse con los culpables, la emprende +con ella llena de furor, vibrando rayos por los ojos. + +--¡Bájate, picarona! ¡Escandalosa! ¿Es ésa la educación que has +aprendido de tus padres? ¿Es eso lo que te aconseja el confesor? + +Nuncita, aterrada, empieza a hacer pucheros y suelta la llave de las +lágrimas. La juventud masculina, lo mismo que la femenina, tratan de +calmar a la enfurecida Carmelita. El capitán y el alférez echan sobre sí +toda la culpa. Es en vano. La cólera no se apaga hasta que no se +descarga de palabras bien ofensivas y pesadas. La pobre Niña, sentada en +el suelo, sollozando, con la cara oculta entre las manos, excita la +compasión de todos los presentes, que no cesan de interceder por ella. + +Se trata de saber cuál es la que ha de subirse al columpio después. +Ninguna quiere: es natural. ¿Cómo han de dejarse columpiar por hombres +tan atrevidos y desvergonzados? Es en vano que militares y paisanos +expliquen su conducta en el suceso anterior y hagan juramento de no +reincidir y estar comedidos y prudentes y siempre a las órdenes de las +damas. Éstas no se fían. Sobre todo el teniente Rubio les inspira un +terror pánico considerándolo, y no sin razón, como el alma de todas +aquellas intrigas libidinosas. + +Pero cuando más desesperanzados estaban, he aquí que Consuelo, aquella +niña aturdida y resuelta que hacía poco se había encaramado en un árbol, +habla al oído a una compañera y luego se adelanta y dice, con espanto de +sus compañeras: + +--Yo me subo. Ayúdenme ustedes. + +Un grito de entusiasmo acogió estas sencillas palabras. Por algunos +instantes no se oyó más que ¡viva Consuelo! ¡viva Consuelo! entre la +muchedumbre frenética. No hay quien no quiera ayudarla y quien no la +colme de flores y agasajos. El alférez atlético, con ademán +caballeresco, pone una rodilla en tierra y la invita a que afiance el +pie sobre su muslo. La intrépida joven no se hace de rogar y lo +ejecuta, sentándose de un salto en la tabla. Lo mismo militares que +paisanos se las prometen muy felices y cambian entre sí miradas de +inteligencia, decididos a faltar a su palabra y a pagar la confianza de +la niña con la más negra traición. Mas cuando ya se disponían a dar +comienzo a su obra maléfica empujando el aparato, Consuelo hace seña a +su compañera. Se adelanta ésta con un puñado de alfileres y en un +instante le prende las enaguas por debajo, de tal manera que no hay +forma de que se le vea ni la punta del pie aunque echen a vuelo el +columpio. El sexo femenino aplaude con entusiasmo loco. + +--¡Bien, Consuelo! ¡bien! + +El masculino, enfadado y mohíno, no se atreve, sin embargo, a protestar +ruidosamente, pero murmura de aquella falta de confianza, mientras la +interesada, orgullosa de su ocurrencia, los contempla con sonrisa +burlona. La desgracia fue completa. Los alfileritos obtuvieron un éxito +tan lisonjero que no hubo niña que se subiese al aparato que no se +hiciese coser la ropa previamente con ellos. + +Mientras tales memorables escenas se efectuaban en el bosque, Jaime +Moro, desdeñando los placeres campestres, había logrado catequizar a +Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa para echar un tresillito. Se aburría +en la iglesia, se aburría en el bosque, en la ciudad y en la campiña. +Tan sólo recobraba la serenidad de espíritu y renacía en él la calma y +la alegría cuando tomaba las cartas en la mano. La suerte quiso serle +aciaga. No había naipes en la casa. Pero no se arredra por eso. Baja a +la cocina, llama aparte a un criado, al que le pareció más ligero y +musculoso, y dándole una propina le encarga que a todo correr vaya a la +ciudad y traiga un par de barajitas. Mientras tanto, para que no se le +escapen, hace esfuerzos portentosos por entretener a sus compañeros, +hablándoles de lo que más puede interesarles, sobre todo a don Juan, que +manifestaba tendencias muy señaladas a desertar, seducido por la idea +absurda de dar un paseo por la quinta y hacer una visita al molino como +otros de los invitados. Moro sudaba de congoja temiendo no poder +resistir hasta la vuelta del criado. Felizmente éste llegó a tiempo. En +cuanto tuvo en su poder las anheladas barajas ya fue otro hombre. Seguro +de la victoria los arrastra a una de las salas retiradas del caserón, se +hace traer una mesa adecuada, bujías, cerveza, cigarros y ¡vamos +allá!... Después de haber estado a dos dedos de perderla, Jaime Moro +gozaba de aquella felicidad con una ruidosa alegría que causaba envidia. + +Un buen golpe de gente ridícula, sin imaginación bastante para +comprender ni gustar las dulzuras del tresillo, se había ido, con el +Jubilado a la cabeza, a recorrer la posesión y visitar después el molino +de nuevo sistema que el conde había montado hacía poco tiempo. Formaban +la comitiva, entre otros, el novio, el propio capitán Núñez, con +aquellos de sus compañeros menos propicios al sexo femenino, Granate, D. +Enrique Valero, Saleta, Manín y otros pocos. Al conde no se le pudo +arrastrar porque no se le halló. Se dijo que estaba dando órdenes a los +criados y vigilando algunas obras allá lejos, pero no se le halló +tampoco en ellas. Uno que hacía allí de capataz o medio mayordomo se +brindó a servirles de guía. + +La finca estaba situada en la pendiente de la misma suave colina donde +está asentada Lancia. A espaldas de la casa se encuentra el bosque, que +le priva de la vista de la ciudad. Así que con hallarse tan próxima +parece que se está a cien leguas de ella, en la amable soledad del +campo. Al mismo tiempo la protege contra los vientos del Norte y del +Oeste, dejándola solamente abierta a las templadas y benéficas +corrientes que vienen del Mediodía y del Este. No llegan hasta allí los +ruidos de la población. Tan sólo las campanas de la catedral suenan a +ciertas horas del día dulcemente amortiguadas por la distancia. La +carretera general va por detrás del bosque. Otra pequeñita, que arranca +de ella, la pone en comunicación con la quinta. No hay en ésta, como ya +sabemos, ningún parque a la inglesa o a la francesa, ni jardincitos, ni +cascadas, ni grutas artificiales. Es una finca mitad de recreo, mitad de +labor. Primero el bosque, luego la casa con su corrada; después un +jardín vasto y abandonado; enseguida praderas inmensas que se extienden +por la falda de la colina y llegan hasta el río y aun lo salvan y se +dilatan por la opuesta orilla. Por estas praderas se ve pastando el +ganado, se oyen sus esquilas y los ladridos de los perros. Es fácil +forjarse la ilusión de que se está en el seno de la naturaleza +solitaria. La paz es profunda y sólo la interrumpe el canto de un pájaro +o el mugido de una vaca. + +Los excursionistas recorrieron las cuadras, que estaban bien cuidadas, +pues el conde tenía afición a la ganadería. Sin embargo, Saleta afirmó +que las había visto en Holanda mucho mejores. + +--Figúrense ustedes, señores--manifestó con su característico acento +gallego,--que allí a las vacas les atan el rabo con una cuerda, ¿saben? +y lo tienen suspendido para que cuando les da la gana de proveerse lo +puedan hacer sin ensuciárselo. + +Esta noticia, rigorosamente exacta, hace soltar la carcajada a los +presentes. + +--¡Pero este D. Ramón cuándo se cansará de inventar patrañas!--se +decían los unos a los otros por lo bajo, todo por causa de aquella +maldita reputación de embustero que había adquirido. + +--Pue eztán bien atrazaiyo en Holanda, amigo Zaleta--manifestó Valero, +que no le dejaba pasar una.--En Málaga, cuando a alguna vaca le da la +gana de ezo, ze le zienta en un inodoro y ze la limpia depué con papel +higiénico. + +Saleta no se dio por ofendido. Estaba tan avezado a la incredulidad de +sus oyentes, que aunque ahora reventase con la verdad no le impacientaba +que no se le creyese. + +Cuando hubieron recorrido las cuadras tomaron el camino de los prados a +campo traviesa, y descendieron hasta el río guarnecido, por entrambas +orillas, de alisos, álamos y mimbreras, los cuales formaban a trechos +una mata espesa por debajo de la cual corría oscuro y tétrico. El río +Lora es uno de los menos caudalosos y al mismo tiempo de los más +originales de España. Antes de llegar al mar, «que es el morir,» como +dijo el poeta, se arregla para dar infinidad de vueltas como un viejo +marrullero que pretende burlarse de la ley común a los seres creados. +Imposible imaginarse un cauce más extravagante. Sale de cualquier +población muy resuelto y boyante; parece que va a tragarse las leguas y +marchar impávido hasta el océano. Pero al cuarto de legua se arrepiente, +da la vuelta y retorna lento y cabizbajo cerca del punto de partida, lo +cual hace pensar a algunos, no sin fundamento, que camina cuesta arriba. +Sale de nuevo, no por voluntad, sino apretado por las circunstancias; +esta vez se pierde de vista; todo el mundo cree que se va de veras para +no volver. No es así, sin embargo. El gran zorro, cuando entiende que ya +no le ven desde el pueblo, revuelve muy solapadamente y trata de meterse +otra vez por él, pero le da vergüenza, y antes de llegar se aparta un +poco y va a parar a alguna aldea próxima del mismo concejo. Jamás siguió +una carrera franca y abierta. Como todos los caracteres rebajados, +repugna la luz, aprovecha cualquier coyuntura para deslizarse debajo de +alguna peña o una mata y ocultarse a las miradas de los hombres y +permanecer allí estancado, corrompiéndose en degradante ociosidad. Nadie +se fíe de él. Con sus apariencias de viejo inválido y reumático, incapaz +de dar un paso, ha engañado a muchos zagales. Los invita a bañarse +haciéndoles pensar que no tiene media vara de fondo, y luego los +estrangula miserablemente entre sus aguas verdes. No se hallarán dentro +náyades de celestial hermosura quebrando al nadar con sus brazos de +alabastro los frágiles cristales, ni saldrán de noche a jugar sobre su +linfa las graciosas ondinas, de cabellera blonda. El río Lora es +taciturno, enemigo de toda idealidad poética. Nada de seres +fantásticos. Lo único que alimenta con verdadero cariño es un enjambre +de ranas, tan grande que causa vértigo el pensar qué número de ellas +vivirá bajo su amparo. Ellas son las que se encargan de alegrar con su +voz armoniosa los parajes que recorre. + +Ellas fueron también las que impidieron con ruido atronador que Saleta +pudiese afirmar, como afirmó después que se vieron lejos, que estando a +orillas del Yumurí cierta tarde, había tenido la suerte de matar de una +pedrada un cocodrilo. Verdad que bajo la mirada insistente de su colega +Valero se apresuró a rectificar haciendo constar que el cocodrilo era +todavía cachorro y no tenía más que una carrera de dientes. + +Siguieron buen trecho la margen sombría del Lora y lo atravesaron por un +puente rústico en el sitio donde el conde lo había desangrado, por medio +de una acequia, para dar movimiento a su molino. Mas en aquel punto, a +los amigos del novio, representantes genuinos del elemento más vigoroso +y masculino del batallón, se les despierta repentinamente el sentimiento +de su fuerza y del poder muscular de sus piernas. Un teniente salta la +acequia. Un capitán, por no ser menos que el subalterno, también lo +hace, pero se moja los pies. Excitado el amor propio, se despoja de la +levita y vuelve a saltar con felicidad. Los demás le imitan. Al +instante toma aquello el aspecto de los juegos olímpicos y todavía más +de la gran batuda americana. Pero Núñez es un eminente saltarín. Así +estaba de antiguo reconocido en todo el ejército y más particularmente +en el arma de infantería. Saltó tres o cuatro veces con gran facilidad; +mas, queriendo, como es lógico, sobreponerse a sus compañeros y dar +prueba gallarda de su destreza, afirma en tono desdeñoso que «aquello no +vale nada» y que él es capaz de saltar la acequia volviéndose de +espalda. Estas palabras fueron acogidas con respeto por sus colegas, +pero también con un silencio que al capitán se le antojó dubitativo. Y +sin aguardar más resuelve confundirlos. No se despoja de una sola prenda +del uniforme, que esto queda para los neófitos; toma vuelo, y al llegar +al borde del agua se vuelve y da el salto, pero con tan mala fortuna que +los pies se le enredan en unos juncos y cae de espaldas tan largo como +era enmedio del arroyo. Se oculta a las miradas de sus amigos por un +momento, y sale al fin bufando y chapoteando como un verdadero tritón, +diciendo que no es nada y que va a saltar otra vez para que se vea. Pero +su padre político no lo consiente. Le pasea las manos por el cuerpo para +cerciorarse de que está calado (¡cómo había de estar!) y, presa de +insana agitación, él, que hacía poco tiempo hubiera exterminado en +pleno a toda la milicia, comienza a gritar: + +--¡Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!... ¡Una pulmonía!... +¡Mudarse!... ¡Fricciones!... ¡Una fiebre reumática! + +Y otras exclamaciones más o menos coherentes, que daban testimonio del +profundo interés que la salud del oficial le inspiraba. + +Núñez, aunque guerrero, cede a sus instancias y vuelve hacia la casa con +semblante fiero y ceñudo, enteramente resuelto a quitarse hasta los +calcetines y a meterse en la cama mientras se manda propio a Lancia por +una muda. Todos sus amigos le rodean, y así llegan hasta la casa. +Emilita, que está al balcón, al verlos de aquella guisa, pregunta con +sorpresa: + +--¿Qué es eso? + +--Nada--le grita su papá,--que Núñez se ha caído a la acequia. + +Naturalmente al oír esto Emilita lanza un grito desgarrador y cae +desmayada en brazos de varias damas. Núñez, hecho un héroe, despreciando +su propia salud, corre a socorrerla. En pocos momentos se llena la +habitación de vasos de agua y salen a relucir también dos o tres frascos +de antiespasmódico. Cuando empieza a recobrar el conocimiento y llega el +momento crítico de las lágrimas, su hermana Micaela no puede contenerse; +increpa violentamente a su papá. + +--¡Esto ha sido una verdadera barbarie! ¿Se ha figurado usted que su +hija tiene el corazón de bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesita +para herir de este modo a una pobre criatura!... + +La pobre criatura le paga aquella defensa con una mirada cariñosa de sus +ojos húmedos, apretándole al mismo tiempo la mano. El Jubilado se +encuentra en el último grado del abatimiento y apenas se atreve a +murmurar «que viendo a Núñez vivo a su lado no había razón para tanto +susto.» Las señoras juzgan que Micaela ha estado irrespetuosa con su +padre, pero al mismo tiempo no pueden menos de convenir en que aquello +ha sido un escopetazo, y manifiestan a la desgraciada esposa una +ardiente simpatía. + + + + +VIII + +El vino de Fernanda. + + +Fernanda no había presenciado nada de esto. Estuvo a primera hora en el +bosque, haciendo de ninfa pudorosa como sus compañeras; pero cansada +pronto del papel, se apartó de ellas y comenzó a discurrir por los +lugares más solitarios. Su cabeza, tan erguida siempre, se doblaba bajo +el peso del tedio o la preocupación; su talle flexible, ondulante, se +movía sin compás girando a un lado y a otro como el cuerpo de un beodo; +arrastraba los ojos por el suelo, aquellos hermosos ojos africanos que +eran el más preciado ornamento de la noble ciudad de Lancia, y por su +frente pálida cruzaba una arruga bien profunda, signo de pensamiento +fijo y doloroso. ¡Cuánto le había atormentado desde hacía dos meses! La +impresión que los amores del conde habían dejado en su alma, sofocada al +principio por el orgullo, por la esperanza de volver a ellos, se había +dilatado de pronto al conocer el secreto de su desvío, había hecho +irrupción en ella, la había llenado toda y la abrasaba de amor y de +celos. Eran tanto más ásperos éstos cuanto que vio claramente que Luis +la había estado engañando mucho tiempo, le había fingido cariño cuando +amaba ya a otra. La miserable traición de Amalia la sublevaba, le +inspiraba horror y repugnancia; pero la del conde, tenía que +confesárselo, la traspasaba de dolor y acrecía su pasión +desmesuradamente. + +Supo, no obstante, mantener su dignidad a flote. Siguió frecuentando el +trato de Amalia y mantuvo con ella en apariencia las mismas relaciones +amistosas, mas a despecho suyo, sin darse ella misma cuenta, había unas +veces en su actitud, otras en sus ojos, otras en su acento, un leve dejo +amargo y desdeñoso que no pasó inadvertido para la penetrante +valenciana. Con su ex-novio se mostró circunspecta, dejó aquel tono +agresivo que con él acostumbraba a emplear y se hizo más suave y formal; +pero también, con gran disgusto suyo, la emoción que sentía al hablarle +se le traslucía no pocas veces en una leve alteración de la voz y en +palideces o rubores enfadosos. Su vida interna, durante aquellos seis +meses, había sido devorada por una actividad febril, ansiosa, mareante, +disimulada con esfuerzo bajo actitud tranquila y altiva. A veces la +sorda irritación que la minaba no podía resistir tanta presión, y +estallaba en un flujo de palabras candentes, injuriosas, que pronunciaba +en voz baja, al advertir algún signo de inteligencia entre los +traidores. Su naturaleza ardiente, orgullosa, lisonjeada por un padre +que llegaría hasta el crimen por darle gusto, y por un enjambre de +adoradores postrados a sus pies, botaba ante aquel obstáculo, el primero +con que había tropezado en su vida, como un potro salvaje. + +En estos frenesíes de cólera ideaba vengarse. Escribió varios anónimos a +D. Pedro, pero ninguno llegó a su destino. Antes de echarlos al correo +los rompía. El gran fondo de dignidad que había en su carácter se +sublevaba ante un proceder tan bajo; los rompía vertiendo lágrimas de +despecho. Después de hacer trizas el último que escribió, tuvo ocasión +de alegrarse, pues supo casualmente aquella noche que ninguna carta +llegaba a poder de Quiñones sin pasar por las manos de su esposa. Otras +veces no podía más; se rendía a la pesadumbre de su pena y se dejaba +caer en una butaca, y pasaba largo rato con los ojos extáticos en +meditación intensa y dolorosa. Acometíanle, en estos momentos, súbitos +arranques de ternura; se confesaba sin rubor, con gozo voluptuoso, el +amor que sentía; perdonaba a Luis de todo corazón y se prometía amarle +toda la vida en silencio, no ser jamás de ningún otro hombre. Según +trascurrían los días este sentimiento se irritaba, se trasformaba en +deseo enfermizo, irracional. La excitación de los sentidos, que al fin +despertaban en ella de un modo violento, juntábase al cosquilleo del +amor propio herido, para mantener vivo este deseo. Poco le faltaba, +cuando veía a Luis a su lado, para abrirle su pecho y confesarle la +abrasadora pasión que sentía. + +Sin conciencia clara de lo que hacía, Fernanda buscaba a su ex-novio por +la finca. Todo lo que allí había le interesaba profundamente, el bosque, +la casa, los criados, hasta los animales que pastaban en la pradera; +sobre todo esparcía una mirada simpática, brillante de emoción. ¡Cuan +amable le parecía aquel caserón estropeado, roído por la humedad y los +ratones! Después de vagar por las regiones más solitarias del bosque +largo rato, entró distraídamente por los prados; descendió lentamente +hasta cierto sitio donde había algunos obreros abriendo una zanja +profunda para desecar el terreno. Allí supo, sin preguntarlo, que el +conde, después de estar un rato mirando la obra, se había marchado. +Esperó algún tiempo para disimular, y al cabo se apartó con lento paso, +arrastrando la sombrilla, como quien no sabe adónde enderezarse. + +En efecto, no lo sabía. Pero no por falta de objetivo, sino porque +ignoraba dónde estuviera éste. Una idea cruel flotaba en su cerebro sin +determinarse con claridad; la de que Luis pudiera hallarse a solas en +aquel momento con Amalia. Poco a poco, a medida que marchaba por el +campo, esta idea fue adquiriendo relieve. Y según se precisaba, le roía +el corazón, se lo llenaba de despecho y de cólera. ¿Por qué? ¿No conocía +perfectamente sus relaciones adúlteras? Pues, con todo, le causaba viva +irritación, le parecía que no debía sufrirlo, que tenía derecho a +impedir que se juntasen. Sin darse cuenta de lo que hacía apretó el +paso. Sus nervios se iban alterando. Cuando llegó a la corrada estaba +enteramente persuadida que los adúlteros se hallaban juntos y solos. +Entró en la casa y, como quien la visita por curiosidad, la recorrió +toda, escudriñó hasta las más apartadas estancias. No logró verlos; pero +la circunstancia de no hallar a Amalia por ningún sitio la confirmó aún +más en su sospecha. Fatigada de tanto buscar, inflamada de anhelo, +nerviosa, salió de nuevo al aire libre. Evitó el encuentro de las +personas que pudieran detenerla y se dirigió al jardín. En cuanto puso +el pie en él despertó vigorosamente en su espíritu la esperanza de +encontrarlos. Aquel rincón de verdura donde los arbustos, creciendo a su +antojo, se entrelazaban hasta formar una masa impenetrable, era a +propósito para las confidencias amorosas. Avanzó con precaución, sin +hacer ruido, por sus senderos casi desaparecidos, tapizados de hierba, +invadidos en muchos parajes por las ramas de los arbustos y la maleza. A +veces, un montoncito de lirios le cortaba el paso, y se veía precisada a +saltar sobre ellos; otras, un rododendro extendía sus ramas para abrazar +a la camelia de enfrente y formaba bóveda tan baja que necesitaba +doblarse mucho para pasar. Antes de llegar creyó sentir leve rumor de +voces. Quedó inmóvil y esperó algunos instantes. Volvió a percibirlo y +se dirigió hacia el sitio de donde partía. + +¡Eran ellos! Sí, eran ellos. Mucho antes de oír su voz claramente los +había adivinado. Se paseaban por una calle más ancha y despejada que las +otras, resguardada de un lado por el muro, del otro por alto seto de +boj. Amalia se colgaba del brazo del conde con imperio y negligencia y +hablaba mirando al suelo, mientras él se inclinaba hacia ella risueño, +sumiso, metiéndole las palabras por el oído. Los contempló desde lejos +al través del follaje. La emoción la dejó clavada al suelo algunos +instantes. Por encima del sentimiento de dolor y de ira que la +embargaba asomó su cabeza el orgullo de mujer. Después de examinar con +ojos ansiosos la figura de Amalia no pudo menos de murmurar con +amargura: + +--¿De qué se habrá enamorado ese hombre? ¡Si es una gata disecada! + +Después pensó: + +--¿Qué se dirán? + +Acometiole un deseo vivo de escuchar su plática, y sin reflexionar sobre +el peligro que corría, fuese acercando poco a poco al seto, doblando el +cuerpo para no ser vista. Buscó el paraje más sombrío y seguro, y +escuchó. Sólo se les oía cuando cruzaban cerca. En cuanto se alejaban +unos cuantos pasos no se percibía palabra alguna. No pudo recoger más +que retazos de conversación, que resultaban incoherentes. + +--Se le rozan mucho los muslos. ¡Si vieras cómo va engordando! Ni con +polvos de almidón ni con los de rosa se consigue suavizar la irritación +de la piel--decía la dama. + +--Hablan de la niña--pensó Fernanda. + +--No la he visto nunca en el baño. ¡Cuánto daría por asistir a él un +día! + +--Es porque no quieres. + +--No, no quiero, exponiéndote a tí a un peligro y a que concluya de ese +modo... + +No oyó más. Tuvo que aguardar a que llegasen al final de la calle y +diesen la vuelta. + +--Di que has estado en casa de esas viejas chochas y no mientas--oyó +decir a Amalia, al acercarse de nuevo. + +--Te aseguro que estuve en el Casino. Nos hemos reunido los individuos +de la junta para ver si se ha de decorar nuevamente el salón. Creí que +podría salir a las diez, pero hasta las doce no nos separamos. ¿No +conoces el carácter disputón y minucioso de D. Juan? A casa de las de +Meré hace un siglo que no voy. Tanto, que algunos empiezan a... + +Otra vez se perdieron las palabras. ¿Aquel D. Juan sería su padre? +Procuraría enterarse. Cuando volvieron, el conde acariciaba tiernamente +la mano de su querida y sonreía, al hablar, con arrobada expresión de +felicidad. + +--Muchas veces me he propuesto dejar de verte. Por la noche, estando a +solas en la cama, me entran terribles remordimientos. Entonces me digo: +«Es necesario que esto concluya. Los dos nos condenamos +irremisiblemente.» Y resuelvo marcharme de Lancia y hasta compongo todo +un plan de vida; viajo con la imaginación por toda Europa; me olvido de +tí; vuelvo al cabo de algunos años, y en vez del amor antiguo se renueva +en mi corazón una amistad tierna y honesta, en la cual podemos descansar +tranquilos sin temor al castigo del Cielo... Pero así que amanece, estas +resoluciones se disipan, sucumbo a la tentación, voy a tu casa, y en +cuanto te veo, en cuanto oigo tu voz adorada... + +Fernanda se agarró con mano crispada al tronco de una magnolia. + +A la vuelta era Amalia quien hablaba. + +--No es verdad eso. Ya te he dicho que para mí siempre hay un punto +negro. Por más que pretendo forjarme la ilusión de ser la primera... + +--¡La primera y la última! Yo no amaré a otra mujer más que a ti. + +--No sabes los celos que tengo del pasado. Cada día más. Di la verdad: +¿la has querido o no? + +--No. + +--Entonces, ¿cómo eras capaz de... + +No oyó más. Fue bastante para hacer brotar de sus ojos una lágrima. +Trató de huir. Cuando iba a hacerlo observó que los traidores se habían +detenido al extremo de la calle. + +Amalia echa los brazos al cuello a su amante, le pone los labios en la +boca y le da un beso que se prolonga, se prolonga una eternidad. +Fernanda cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo ve que se alejan +cogidos de la mano. + +Los deja salir del jardín. Los sigue inmediatamente. ¿Adónde irán? Una +vez en la corrada, observa que se sueltan y se dirigen a la casa. Entra +en su seguimiento, pero ya habían desaparecido y no sabe en qué +habitación hallarlos. Las recorre todas imprudentemente, cegada por +emoción extraña que no acierta a reprimir, acometida de un deseo vivo, +anhelante, de espiarlos. + +--¿Adónde va usted, Fernanda?--le pregunta un joven. + +--Ando en busca de la novia. + +--Pues va usted mal. Está en el otro extremo de la casa, en una de las +salas que miran al Norte. + +Se vuelve para disimular; pero inmediatamente emprende de nuevo la +batida. Llega, por fin, a cierto gabinete cerrado, que no es otro que el +célebre _cuarto de la condesa_. Va a levantar el pestillo, como ha hecho +en otros, pero se queda inmóvil al escuchar un rumor levísimo. Aplica el +oído. ¡Son ellos! + +Se aparta de allí, corre como si la persiguieran, se mete por el bosque +y, cuando se encuentra en paraje solitario, se sienta al pie de un árbol +y apoya en su tronco la cabeza. El rostro triste y demudado, los ojos +extáticos, las manos cruzadas sosteniendo una rodilla, expresa su +actitud una agonía desesperada y muda. + +Llegó la hora de comer. Se habían colocado en el gran salón de la planta +baja de la casa dos mesas paralelas. Aquella sociedad diseminada se +reunió instantáneamente a la palabra santa de «a comer» lanzada a los +cuatro vientos de la finca por la ruda voz de Manín y por la argentina +de Manuel Antonio. Los sentimientos poéticos, cuando se desenvuelven al +aire libre y enmedio de los bosques, son excelentes para facilitar la +secreción del jugo gástrico. Por eso tanto ninfas como faunos asaltan +con bríos, antes de sentarse a la mesa, las aceitunas, los pepinos, las +rajas de salchichón. Por voto unánime de la milicia y del clero, +representado dignamente por Fray Diego, se cometió a la novia el encargo +de designar sitio a cada cual. La festiva y revoltosa Emilita, +trasformada súbito en severísima matrona, llenó su cometido con tacto y +amabilidad que le valieron el aplauso del concurso. A cada niña iba +dando por compañero y servidor aquel mancebito que era más de su agrado, +y a cada persona mayor aquella otra con quien más congeniaba por su +humor y aficiones. Pero cuando llegó al delirio el palmoteo fue cuando +colocó al teniente Rubio entre las dos señoritas de Meré. Había dejado +para lo último este donaire, que no le hizo maldita la gracia al +interesado. Viéndose oprimido por tales vejestorios, el injusto forzador +quedó amoscado y estuvo a punto de protestar contra la designación de +Emilita y faltar a todas las reglas de la galantería, pero se contuvo. +Al tiempo de sentarse se le ocurrió exclamar mirando a entrambos lados y +parodiando a Napoleón: + +--Desde lo alto de estas dos sillas, cuarenta siglos me contemplan. + +La ocurrencia se celebró mucho y esto volvió el humor a aquel dañino +animal. Supo contestar tan bien a la vaya que le daban sus amiguitas, +que aquella tarde ganó fama imperecedera de cazurro y de pícaro. + +Moro se sentó al lado del conde, y mientras comían no cesó de inculcar +en su alma la ventaja de traer al palacio de Granja una mesa de billar. +Conocía todas las fábricas, pero la mejor sin disputa era la de Tutau, +de Barcelona. Elogió el artículo como si fuese, un viajante de la casa. +A Luis se le conocía en la cara el hastío y el pesar de no hallarse +sentado al lado de Amalia. Pero Emilita no se atrevió a colocarlo en +esta forma, ni tampoco junto a Fernanda. Lo primero sería un escándalo. +Lo segundo, una molestia para ambos. + +Se comió como en un banquete de la Iliada. Pero el Aquiles de esta +formidable pelea fue Manín, el bárbaro Manín, que, al decir de los que +estaban a su lado, se comió once calabacines rellenos. Verdaderamente +Manín era digno de ser llamado, si no suevo, ya que esto ofendía al +señor Saleta, por lo menos longobardo. Se habló y se gritó como en una +plazuela. Las tres hadas del Jubilado, que tanto habían ganado desde que +Fray Diego echó la bendición a su hermana en inocencia y gracia +infantil, tiraban bolitas de pan a los oficiales. Éstos echaban miradas +a la novia, haciendo después guiños a su compañero Núñez, y murmuraban +palabras espantosas que les hacían prorrumpir en carcajadas más +espantosas aún. Paco Gómez se peleaba con María Josefa. No se sabe cuál +de los dos era peor intencionado, de quién partían las flechas más +agudas y envenenadas. Saleta, que tenía a su compañero y censor D. +Enrique Valero lejos, se despachaba a su gusto, contando a D. Juan +Estrada-Rosa y a otros dos caballeros cómo se había arreglado para +seducir a cierta inglesa, esposa de un cónsul que había conocido en +Oncón, yendo desterrado a Filipinas. El barco no se detenía allí más que +veinticuatro horas. En este breve espacio la enamoró y logró que se +escapase con él. Pero tuvo que separarse de ella al instante, porque +aquel lance fue objeto de una reclamación diplomática por parte de la +Gran Bretaña. Manuel Antonio, atacado súbitamente de viva simpatía por +un alférez rubio que tenía a su lado, le abrumaba a cuidados y delicadas +atenciones. + +--Federico... una aceitunita... No tome tanta mostaza, criatura, que le +puede hacer daño. Resérvese para las perdices. Me consta que están +riquísimas. ¿Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me encargo de traerlo... + +Y se levantaba solícito, daba la vuelta a la mesa y traía un par de +botellas que colocaba delante del mancebo. + +--Se ha puesto usted muy bueno en Lancia. Cuando vino usted hace seis +meses era usted delgadito y pálido. Yo decía: ¡qué lástima de joven, tan +guapo y tan simpático! Porque creía que se iba usted a dañar del pecho. +Se conoce que llevaba usted mala vida allá en Barcelona... ¿No? Pues +mire usted, cualquiera lo pensaría. Me acuerdo que cuando usted llegó +traía una gabardina de color de ala de mosca muy bien hecha y chalina +azul celeste muy linda... Reconozco que le sienta a usted bien el traje +de paisano, pero a mí me gusta usted más de uniforme. Será un capricho, +pero no lo puedo remediar. ¡Vamos, que de uniforme y con esos bigotes a +la borgoñona está usted del todo simpático! + +Algunas toses significativas de los oficiales, que se sentaban enfrente, +le paralizaron de pronto. Pero no se corrió ni mucho menos. Era incapaz +de avergonzarse por nada. El que quedó amoscado y se puso muy serio y +ceñudo fue el alférez. + +Cuando el banquete daba a su fin, algunos caballeros, favorecidos de las +musas, se levantaron a brindar en verso o cosa parecida. Y los que no lo +hicieron en verso felicitaron en prosa a los desposados, resultando que +lo mismo unos que otros coincidieron en desearles «una eterna luna de +miel.» Y lo mismo el periódico local que al día siguiente dio la +noticia. De todos aquellos brindis el más original e interesante fue el +del padre de la novia, D. Cristóbal Mateo. ¿No había de ser original oír +a este sañudo enemigo de la fuerza armada cantar sus glorias y +declararse partidario frenético del aumento del contingente y del sueldo +a los oficiales? A las pocas palabras que pronunció se mostró tan +enternecido, que algunas lágrimas rodaron precipitadamente por sus +mejillas. No faltó quien dijo que lloraba el vino que había bebido; pero +estamos lejos de dar crédito a esta insinuación malévola, primeramente +porque es un absurdo que se llore vino, y después porque su acento era +tan sincero, su ademán tan patético, que nadie podía dudar de que sus +palabras salían del fondo del corazón. + +--...Es un consuelo, sí, es un consuelo que Dios me haya dejado ver a mi +hija casada con un pundonoroso militar... Bien que decir militar en +España es decir pundonoroso... Porque el ejército es la escuela del +honor, como dijo cierto filósofo... Levantar el ejército, honrar el +ejército, es levantar, es honrar el honor de la nación... Levantar el +ejército es levantar el poderío y la prosperidad del país... Levantar el +ejército es colocarnos al nivel de las naciones más grandes de +Europa... Levantar el ejército es vivir respetados por todo el mundo... +Levantar el ejército es levantarnos nosotros mismos... Levantar el +ejército... + +--Que se levante el ejército, pero que se siente don Cristóbal--gritó +uno. + +El Jubilado quedó parado en firme, echó una mirada de triste +reconvención hacia el sitio de donde había partido la voz, se llevó el +pañuelo a los ojos para enjugarse las lágrimas, bebió con calma lo que +restaba de vino en la copa y se sentó gravemente entre el aplauso y la +risa de los comensales. + +Fernanda no había despegado los labios durante la comida. Todos los +esfuerzos de Granate, a quien la amabilidad de Emilita había colocado +cerca de su apetecido dueño, resultaron infructuosos. Ni por hablarle de +la zafra y describirle cómo se recoge el tabaco y hacer cálculos exactos +de lo que se gana en cada caja de azúcar y lo que se ganaría si se +rebajasen los derechos, ni por contar los cien pormenores interesantes +sobre la importación de las carnes saladas de la República Argentina y +del bacalao de Terranova, logró Romeo que su Julieta emitiese más que +secos monosílabos. Lo único que hacía era alargarle de vez en cuando la +copa, diciendo con imperio: + +--Eche usted vino. + +El indiano se apresuraba a cumplimentar la orden. La joven la apuraba de +un trago, la ponía sobre la mesa y paseaba sus ojos altivos por los +comensales, deteniéndose con insistencia en Amalia. Poco a poco aquellos +ojos iban adquiriendo expresión más sombría, los párpados se le caían, +se ponían encendidos y se movían a un lado y a otro con más dificultad. +D. Santos, a quien sorprendía aquella manera de beber, se atrevió a +decir: + +--Fernandita, bebe usted como un sumidero. ¡Porra! Tengo miedo que le dé +a usted un torozón. + +--Eche usted vino--respondió Fernanda lanzándole al mismo tiempo una +mirada torva que le desconcertó. + +Ya que se hubo brindado, voceado y disparatado bien, el alegre concurso +volvió a diseminarse. Sólo permanecieron en sus puestos el Jubilado y +los oficiales refractarios al amor. Quedaron discutiendo la forma más +adecuada de aumentar, sin gravar mucho al Tesoro, ocho duros mensuales a +los capitanes, cinco a los tenientes y tres a los alféreces. Sin esta +reforma declaraban explícitamente los interesados que se operaría muy +pronto una completa disolución en el ejército, y por lo tanto, dejando +de ser la escuela del honor, ni lo habría en el país, ni nos +levantaríamos jamás a la altura de otras naciones, ni habría +prosperidad ni poderío ni pundonor en toda la vida. Jaime Moro volvió a +trincar a Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa y los arrastró hasta la +mesa del tresillo. D. Juan había perdido y se mostraba reacio, pero el +simpático mancebo logró convencerle con astucia de que, si no le había +dado el naipe por la mañana, era porque él, Moro, nunca había perdido a +esa hora. Cuando le venía la mala era por la tarde. Capaz sería de +dejarse ganar con tal de retenerlos. + +Manín, sentado a un extremo de la mesa, sin intervenir en la +conversación de los oficiales, cortaba con su navaja rebanadas de pan y +las comía cachazudamente formando bulto en el carrillo, remojándolas con +largos tragos del Burdeos que había quedado en las botellas. No estaba +conforme con la comida que les sirvió Marañón, el dueño del café de +Altavilla. Después de haberse hartado como un salvaje, decía que todos +aquellos platos eran _perfumerías_, y que donde estaba una fuente de +judías con morcilla, longaniza y huesos de marrano deben callarse los +macarrones. Hay que advertir que para Manín se llamaban macarrones todos +los manjares que no conocía, lo cual caía muy en gracia al maestrante. + +Mientras terminaba tan dignamente aquella comida indecorosa no cesaba de +murmurar pestes contra ella, haciendo responsable en parte a D. +Cristóbal, a quien dirigía de vez en cuando desde un rincón largas +miradas de rencor. + +De pronto se abren con estrépito las puertas del salón y penetran en él +cuatro muchachas en un estado de agitación que impresionó vivamente a +los circunstantes. Sin hacer caso de los otros se dirigen todas al +mayordomo de Quiñones: + +--¡Manín, un oso! ¡Manín, un oso! + +--¿Dónde?--pregunta aquél sin inmutarse. + +--En el bosque. + +--¿Quién lo ha traído? + +Ante esta pregunta extravagante quedan las cuatro estupefactas y +suspensas. Una de ellas se atrevió al fin a apuntar tímidamente: + +--Ha venido él solo. + +--¡Bah, bah, bah!--exclamó rudamente el mayordomo. + +Y vuelve a las tajadas de pan con más ardor que antes, dando quizá con +esto la razón a los envidiosos de la aldea, que no querían oír hablar de +los osos que había matado y se emperraban en llamarle zampatortas. + +--Vamos, niña, di cómo lo has visto--manifiesta la simpática Consuelo, +que venía en la diputación. + +Una, que estaba más pálida que las otras, avanzó y exclamó con trabajo: + +--¡Qué miedo! ¡Madre mía, qué miedo! Creí que me moría... porque mire +usted, el oso... ¡el oso era horrible! + +En tal estado de sobresalto se hallaba, que no pudo articular más que +palabras incoherentes. Entonces la resuelta Consuelo avanzó a su vez y +dijo con voz firme: + +--Verá usted, Manín. Esta niña se encontraba con nosotras en la parte +más espesa del bosque, allá muy lejos. Oyó cantar un pájaro, un malvís, +según creo. ¿No era un malvís?... Bueno, pues oyó cantar un tordo y se +dirigió al sitio donde sonaba. Se alejó bastante y no pudo dar con él. +Cuando se volvía, sale de unas matas el oso, la acomete, la tira al +suelo y sin hacerla daño, no sabemos por qué, huye y desaparece. + +El famoso cazador de osos se levanta pausadamente y dice con el acento +firme y sosegado de los héroes: + +--Vamos a ver qué es eso. + +Pidió una escopeta arriba, y seguido de lejos por las pálidas doncellas, +dio una batida al bosque. Lo único que halló fue un cerdo alemán de la +pareja que el conde había traído para encastar. La hembra había muerto y +el macho vagaba triste y solitario por la espesura mientras se efectuaba +su metamorfosis en morcillas y chuletas. Hubo sospechas vehementes de +que el autor de la agresión fuese este cerdo viudo, pero la joven de la +aventura juraba y perjuraba que había sido un oso quien la había +acometido, y que no le dijeran cómo era este animal, porque lo había +visto muchas veces disecado en el gabinete de zoología de la +universidad. + +Fernanda se había marchado mucho antes seguida de Granate. Estuvieron en +el jardín. Allí la joven se le colgó del brazo y dieron algunas vueltas +por la misma calle en que había visto pasear al conde con Amalia. + +--Usted está muy enamorado de mí, ¿verdad?--le preguntó bruscamente. + +El indiano, sorprendido, murmuró: + +--¡Oh, sí! Dicen que estoy como un burro, y es verdad. + +--¿Y qué siente usted, vamos a ver; qué siente usted? Explíquese. + +--¿Yo?... ¿Cómo?--exclamó sorprendido. + +--Sí. ¿Qué siente usted cuando me ve? ¿Qué siente cuando otro hombre se +acerca a mí, el conde, pongo por caso? ¿Qué siente usted en este momento +en que va oprimiendo mi brazo? Descríbame usted sus sensaciones, lo que +le pasa por dentro... + +--Yo, señorita... no sé qué decirla... La tengo tanta ley como si fuese +de la familia... Y a don Juan, su padre, aunque sea un poco +cascarrabias, lo mismo... Que sea cascarrabias o no, ¿a mí qué me +importa?... Si me casara con usted, tengo casa, gracias a Dios... Y no +es porque yo lo diga, pero mi casa vale más que la suya, eso bien lo +sabe usted... Pero antes nos iríamos a viajear por Francia, por Italia, +por Ingalaterra, por donde usted quisiera... Y si echábamos abajo cinco +mil duros, ¡que los echáramos! + +Granate siguió desbarrando un buen rato en esta forma. Fernanda no le +oía. Al fin le enfadó aquel ruido molesto y dijo con acento colérico: + +--¿Se quiere usted callar, hombre? ¿Qué sarta de estupideces está usted +ahí soltando? + +El pobre D. Santos quedó anonadado. Pasearon en silencio algún tiempo. + +--¡Qué feo es todo esto!--exclamó al cabo la joven. + +--_¿Cuálo?_ + +--¡Todo! La casa, el bosque, los prados, el jardín... Mire usted qué +horrible es esta magnolia. + +--La casa muy fea y muy antigua, siempre lo he dicho... Si la dieran tan +siquiera un revoque y me pintaran los balcones, todavía... El bosque no +vale para nada, no trae utilidad, está ocupando un sitio precioso para +hortaliza o espalera de fruta o lo que le manden. + +Fernanda soltó una carcajada. + +--Usted padeció alguna vez de melancolía, D. Santos. + +--¿De tristeza? Nunca. Yo siempre de buen humor. Tan sólo hace un año, +que me comió un bribón ocho mil y pico de duros, tomé un berrenchín que +me duró dos días. + +--¡Qué feo está el sol ahora, visto por entre las ramas de los árboles! + +--¿Quiere usted que nos volvamos a casa? + +--No, lléveme usted hacia el río. Tengo la cara ardiendo y quiero +refrescarla un poco con agua. + +Bajaron por los prados, llegaron al río, y allí la heredera de +Estrada-Rosa, contra las prescripciones de D. Santos, se echó agua al +rostro por largo rato. Después que se hubo secado ascendieron de nuevo +lentamente hacia la casa. + +--¿Cómo estoy ahora? Bien, ¿eh?... ¡Si viera usted cómo me aburro aquí! +No puedo más; todo esto me fatiga. Yo no nací para andar por los prados +como las vacas. A mí me gustan las ciudades, los salones, el lujo. +Quisiera viajear, como usted dice, por París, por Londres, por Viena. +Qué aburrido es Lancia, ¿verdad? ¡Aquellos eternos paseos del Bombé! +¡Aquel campo de San Francisco! ¡Aquella torre de la catedral tan negra y +tan triste! Luego siempre las mismas caras. La única persona divertida +de Lancia es usted... En cuanto le veo se me suelta la risa sin poderlo +remediar. ¿Por qué le llaman a usted Granate? Yo creo que el color de +usted más se parece al lapislázuli... ¿Usted habrá tenido esclavos allá +en América?... ¡Oh, cómo me gustaría a mí tener esclavos! ¡Es tan +fastidioso eso de pedir las cosas por favor! Pero no, en América, no; +hay fiebre amarilla... Preferiría ir a China. + +A medida que hablaba se iba exaltando, se emborrachaba con sus propias +palabras. Los pensamientos salían cada vez más incoherentes. D. Santos +trató de decir algo, pero se lo impidió ella tapándole la boca con la +mano. + +--Déjame hablar, hombre. ¿Te lo quieres decir todo tú? + +El indiano empezó a inquietarse. La exaltación de la joven iba en +aumento. Hablaba por los codos y le tuteaba rudamente. + +--Dame un cigarro. + +--¡Fernandita!... ¡Un cigarro!... Se va a usted a marear. + +--¡Silencio! ¿Qué dices ahí, tonto? ¡Marearme! Tú no sabes ya qué +inventar para fastidiarme. Dame un cigarro o te dejo ahí plantado. + +El indiano sacó la petaca: la gentil heredera tomó de ella una breva, le +arrancó con sus dientes etiópicos la punta y pidió por señas un fósforo. +Granate se lo ofreció encendido, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en +señal de disgusto. + +Cuando hubo dado dos o tres chupadas, puso un gesto avinagrado y +exclamó: + +--¡Qué cigarros tan infames! Mira, fúmatelo tú. + +Y se lo puso en la boca. + +No fue, no, avinagrado el gesto de Granate al chuparlo. + +--¡Ya lo creo que me lo fumaré!--exclamó sonriendo beatamente.--Me salen +a doscientos pesos el millar... Pero ahora, después de chuparlo usted, +vale un millón... + +--Vamos, no empieces a decir brutalidades. Llévame a casa... Esta luz me +marea. + +Llegaron hasta la corrada cogidos del brazo. Allí un pollastre les dijo +desde lejos: + +--¿Dónde van ustedes? La gente está en el bosque. + +--Dígale usted a la gente que me río de ella--respondió Fernanda con +gesto furioso que hizo sonreír al muchacho. + +--¿Tú no conoces la casa?--añadió bajando la voz y dirigiéndose a D. +Santos.--Pues voy a enseñártela toda. Verás. + +Subieron la mohosa y estropeada escalera. Fernanda, sin cerrar boca, fue +recorriendo todas las habitaciones del caserón y mostrándolas al +indiano. + +--¡Aquí está el célebre _cuarto de la condesa_!--exclamó con singular +entonación al llegar a él.--Vamos a entrar. Estoy cansada. + +Entraron y la joven cerró la puerta. + +--¿Qué hermoso, eh?... Éste es el cuarto más hermoso y más pícaro de la +casa. Si estos muebles se pusieran a contar secretos divertidos, no +concluirían nunca... Mira, dime pronto algo que me haga reír, porque si +no vas a ver cómo empiezo a llorar lo mismo que una colegiala... ¿Lo +ves? Ya estoy llorando... Siéntate ahí, gaznápiro... ¡Qué bonito chaleco +traes! ¡Qué bien dibuja la redondez de la panza!... Contempla esa cama. +Es grande, ¿eh? es ancha, es hermosa, es artística. Pues mira, yo la +quemaría... Por no sentarme en ella, voy a sentarme sobre tus +rodillas... + +Y así lo hizo. Granate al sentir aquella carga tan dulce quedó +enajenado, y con increíble audacia le pasó un brazo por la cintura. La +joven se alzó como si la hubiera pinchado. + +--¿Qué haces, bruto? ¿Crees que estamos en la manigua y soy alguna negra +cimarrona? + +Después de contemplarle un rato con ojos coléricos, su fisonomía se fue +serenando, sus labios se dilataron con sonrisa dulce. + +--¿Me quieres mucho? + +--¡Casi na!--dijo el indiano con acento picarón. + +--Pues vas a ser feliz un momento. Mira, te voy a permitir que me des un +beso... uno solo, ¿lo entiendes? Pero me has de jurar que no lo ha de +saber nadie... + +El indiano hizo un juramento espantoso. + +--Bueno, basta. Ahora, dame el beso aquí en la sien. El primero y el +último que me has de dar en tu vida... Espera un poco--añadió alzándose +otra vez.--Por este beso yo te he de dar cincuenta bofetadas en esos +carrillos azules... ¿Admites el trato? + +Granate consintió inmediatamente. La niña volvió a sentarse sobre sus +rodillas e inclinó la cabeza para recibir el beso. + +--¡Bueno, ahora llega mi turno!--exclamó con infantil +alegría.--Prepárate a recibir los bofetones... ¡Qué carrillos, Dios mío, +tan magníficos! ¿Ves que son azules?... Pues te los voy a poner +verdes... ¡Atención!... ¡Una!... La primera... ¡Dos!... La segunda... +¡Tres!... La tercera... ¡Cuatro!... ¡Cinco! + +La mano breve y torneada de la hermosa chasqueaba ruidosamente en las +carnosas mejillas del indiano. Los ojos de éste comenzaron a ponerse +encendidos y encarnizados, como los de un lobo, su sangre llameó +repentinamente y con brusco ademán la sujetó brutalmente por la cintura. + +Fernanda dejó escapar un grito ahogado. + +--¿Qué tienes?... ¿Por qué te enfadas?... ¡Déjame!... ¡Déjame, bruto! + +Luchó, forcejeó con desesperación, pero no logró desasirse... + +Al apartarse, la embriaguez había desaparecido por completo. Dirigió una +mirada vaga, extraviada, al indiano. Pero esta mirada adquirió súbito +expresión de espanto, se fijó en él como en un animal extraño que la +viniese a acometer. + +--¿Qué hace usted aquí?... ¡Ah, sí!--exclamó llevándose la mano a la +frente.--¡Dios mío! ¿Qué me pasa? ¿Estoy soñando?... + +Y volviendo a clavarle sus ojos irritados, amenazadores, le gritó con +rabia: + +--¿Qué hace usted ahí plantado? ¡Salga usted inmediatamente! ¡Salga +usted! ¡salga usted!--repitió con grito cada vez más alto. + +Pero cuando el indiano retrocedía ya hacia la puerta ella se lanza de +pronto fuera, sale disparada por los pasillos y, al llegar cerca de la +escalera, cae atacada de un síncope. + +La levantaron, la prodigaron mil cuidados. Al recobrar el sentido brotó +de sus ojos un raudal de lágrimas; no cesó de llorar en toda la tarde. +Cuando la comitiva se puso de nuevo en marcha hacia la población aún +seguía llorando. + +--¿Han visto ustedes qué vino más llorón tiene esta niña de +Estrada-Rosa?--decía riendo el capitán Núñez. + + + + +IX + +La mascarada. + + +Momentos antes de que la rosada aurora abriese de par en par las +ventanas del Oriente, Satanás, que amaneció de humor campechano, envió a +Lancia al más travieso y juguetón de los demonios con encargo de +despertarla. Batió sus negras alas el ministro de Averno sobre la ciudad +y lanzó una carcajada horrísona, estridente, que logró arrancar de las +profundidades del sueño a todos sus habitantes. Despertaron con unas +ganas atroces de reír, de alborotar, de burlarse de la autoridad +gubernativa, improvisar coplas y decir barbaridades. + +Uno de ellos, imaginamos que haya sido Jaime Moro, lo primero que hizo +al saltar de la cama fue llamar al criado y preguntarle con semblante +risueño si D. Nicanor, el bajo de la catedral, le había prestado al fin +su figle. El criado, sin responder, saliose un momento del cuarto y no +tardó en aparecer con un descomunal serpentón entre las manos. Y sin +respeto alguno a su amo aplicó los labios a la boquilla y produjo un +ruido temeroso semejante al rugido de un león. Moro, en calzoncillos +como estaba, hizo una pirueta y tres o cuatro zapatetas en señal de +íntimo regocijo, como si aquel ruido bárbaro hubiese tocado las fibras +más delicadas de su corazón. Después de probar por sí mismo a producir +idéntico rugido y cerciorarse de que era bien capaz, se vistió, se aliñó +y, tomando apresuradamente el desayuno, se salió a la calle liado en su +capa y debajo de ella el artefacto musical que tan gozoso le había +puesto. A cuantos encontraba detenía con guiño misterioso, y metiéndose +en el portal más próximo les mostraba, lleno de emoción, el contrabando +que traía oculto. Ninguno preguntaba lo que iba a hacer con él. +Sonreían, le apretaban la mano significativamente y solían preguntarle +al oído: + +--¿Para cuándo? + +--Esto para la noche, pero a las doce sale la carroza. + +--¿Se escaparán? + +--¡Ca! Están bien tomadas las medidas. + +Y seguía su camino, embozado hasta los ojos, porque hacía un frío de dos +mil diablos. + +Otros no se limitaban a sonreír y apretarle la mano, sino que en justa +correspondencia a su confianza sacaban con mano temblorosa de los +bolsillos del gabán o de lo interior de la gabardina algún instrumento +resonante también de menor categoría, una trompeta, un cuerno de caza, +una matraca. Moro aplaudía, alababa el instrumento sin hacer alarde de +su superioridad. Y proseguía con marcha oblicua y trabajosa, no hacia la +confitería de D.ª Romana, que era el término glorioso de sus +expediciones matinales, sino hacia casa de Paco Gómez. + +Resonaba ésta ya con los pasos agitados y el vocerío de una muchedumbre +de jóvenes diligentes. Todos ellos trabajaban con verdadero afán, con +ahínco que rara vez se ve en los talleres. Unos cortaban estandartes, +otros moldeaban caretas de cartón; quiénes pegaban letras negras a los +trasparentes de un farol; quiénes vestían primorosamente dos grandes +muñecos; quiénes, en fin, se ocupaban en desatascar las boquillas de +varios bombardinos y serpentones semejantes al que Moro llevaba. La +estancia era una inmensa sala destartalada. Paco Gómez habitaba el +palacio de un marqués que jamás había puesto los pies en Lancia, del +cual su padre era mayordomo. El implacable bromista presidía vigilante y +solícito los trabajos de sus compañeros, acudiendo a todas partes, +saliendo a cada momento para dar órdenes a los criados o para recibir +los mensajes que le enviaban. Nunca se le había visto tan afanoso. +Generalmente era displicente, y hasta en las bromas más premeditadas +mostraba cierta actitud desdeñosa, sincera o fingida, que le hacía más +temible. Ahora echaba todo el cuerpo fuera. Es que se trataba de la +farsa más estupenda y regocijada que había presenciado jamás la ciudad +de Lancia desde que los monjes de San Vicente habían venido a fundarla. +El motivo era que se casaba... (apenas si la pluma se atreve a +estamparlo) Fernanda Estrada-Rosa... se casaba... (vamos, que cuesta +trabajo decirlo) ¡se casaba con Granate! + +Desde la memorable escena de la Granja, Fernanda vivió en estupor +doloroso, en un abatimiento de alma y de cuerpo que alarmó a su padre. +Hizo llamar al médico. Éste no halló más que un desequilibrio nervioso; +se curaría con algún viajecito a la corte, con paseos y distracciones. +La niña se negó en absoluto a curarse por estos medios. Ni paseos, ni +teatro, ni tertulias, ni mucho menos pensar en hacer viaje alguno. Desde +su gabinete al comedor, desde aquí al cuarto de su padre, donde solía +permanecer breves instantes. No tenía fuerzas para subir al piso segundo +ni humor para enterarse de los trabajos de los criados y dirigirlos. +Cerrada en su habitación tampoco lo tenía para seguir labor alguna. Se +dejaba caer en una silla y permanecía larguísimo rato inmóvil con las +manos sobre las rodillas y los ojos extáticos. Algunas veces se ponía a +leer y, observando que no se hacía cargo de lo que el libro decía, +concluía por arrojarlo. Otras se asomaba al balcón y permanecía de +bruces sobre la baranda horas enteras con la vista fija en el espacio o +en un punto de la calle, sin ver a los transeúntes ni contestar al +saludo que muchos le dirigían, ni advertir siquiera la curiosidad de que +era blanco por parte de las vecinas. + +Mas he aquí que repentinamente se le antoja marcharse a Madrid. Fue +necesario preparar el viaje instantáneamente. Manifestó su deseo por la +mañana. Por la noche montaban padre e hija en la diligencia: con tal +ímpetu y palabras extremosas exigió la niña el viaje. Una vez en la +corte, cambió radicalmente su humor. Entregose con rabia, con pasión +desenfrenada a los placeres que brinda Madrid a una joven forastera, +rica y hermosa. Vivió dos meses en la embriaguez de los teatros, de los +paseos en coche, de los grandes saraos y conciertos. Acometida súbito +de una alegría nerviosa, parecía feliz enmedio del ruido y el tumulto de +la sociedad, donde empezó a conocérsela por el sobrenombre de _la +Africana_. + +Para que su vida fuese aún más alegre y aturdida le placía comer por los +_cafés_ y _restaurants_, como un mancebo disipado. D. Juan fluctuaba +entre el gozo de verla contenta y la incomodidad aguda que le producía +aquella vida desordenada, tan contraria a sus hábitos y edad. + +Una tarde, regresando del paseo del Prado, Fernanda estalló +repentinamente en sollozos. D. Juan quedó estupefacto, aterrado; en toda +la tarde no había cesado de reír aquella locuela burlándose de cierto +mancebito que seguía pertinazmente su coche. + +--¿Qué te pasa?... ¡Fernanda! ¡Hija mía! + +La niña no respondió. Con el pañuelo en los ojos, el cuerpo sacudido por +fuertes estremecimientos, lloraba cada vez más perdidamente. + +--¡Fernanda, por Dios, que la gente se está fijando! + +El llanto se iba convirtiendo en ataque de nervios. D. Juan ordenó al +cochero partir a escape a casa. Mas antes de llegar a ella, la joven +cesó de llorar y, levantando la cabeza con resolución, exclamó: + +--¡Papá, quiero marcharme a Lancia! + +--Bien, hija; nos iremos mañana. + +--No, no; quiero que nos vayamos ahora mismo. + +--Considera que no falta más que una hora para salir el tren. + +--Sobra tiempo. + +No hubo más remedio que meter apresuradamente la ropa en los baúles y +salir disparados a la estación. Sólo cuando el silbido de la locomotora +anunció la salida y comenzaron a correr por las llanuras áridas que +rodean a Madrid se calmaron un poco los nervios de la excitada niña. + +Al día siguiente de llegar a Lancia no fue a dar los buenos días a su +padre ni a tomar chocolate con él, como tenía por costumbre. Cuando ya +se disponía el viejo a llamarla, entra de repente en su habitación una +doméstica pálida y agitada. + +--¡La señorita se ha puesto muy mala! + +Corrió D. Juan al gabinete y la halló desencajada; lívida, por los +esfuerzos que unas violentísimas náuseas la obligaban a hacer. + +--¡Pronto! ¡A buscar el médico!--gritó el pobre padre. + +Fernanda hizo un gesto negativo y articuló débilmente: + +--No, que llamen al penitenciario. + +No hizo caso. Vino el médico y, después de examinarla detenidamente, +llamó a D. Juan aparte y le dijo: + +--Su hija de usted ha tomado una cantidad extraordinaria de láudano. + +--¿Para qué?--preguntó sin comprender. + +--Pues... para lo que se toman siempre esas cantidades... para +envenenarse. + +--¡Hija de mi alma! ¿qué has hecho?--gritó el desgraciado; y quiso +lanzarse de nuevo a la habitación de la joven. El médico le detuvo. + +--No corre peligro alguno. Ha devuelto todo el veneno, y con el +medicamento que voy a recetar quedará completamente tranquila. Lo que +importa ahora es que no repita. + +--¡Oh, no! Yo me encargo. + +Y corrió al cuarto de su hija. Pero no pudo arrancarle una palabra. La +niña se obstinaba en que viniese su confesor. Al fin fue por sí mismo a +llamarlo, y no tardó en aparecer con él. + +Mientras duró la confesión, D. Juan paseaba agitadamente por el amplio +corredor de la casa en espera, devorado por curiosidad ardiente, presa +de vagos y tristísimos presentimientos. Salió al fin el penitenciario, +quien sin responder a la muda interrogación que le dirigía con la vista, +tomole gravemente de la mano y le llevó en silencio hasta su propia +habitación, donde se encerraron. Cuando al cabo de una hora salieron, el +anciano banquero tenía las mejillas inflamadas, los blancos cabellos en +desorden y en los ojos señales de haber llorado. Despidió al canónigo +en la escalera y tornó a encerrarse en su despacho. Allí permaneció todo +el día y toda la noche, sin hacer caso de los recados que su hija le +mandó para que se llegase a verla. + +Fue el propio penitenciario quien se ofreció a hablar con Granate y +seguir las negociaciones. El indiano relinchó de gozo al saber de lo que +se trataba. Pero su naturaleza de aldeano astuto y la pasión de la +avaricia, que era la que hasta entonces le había dominado, alzaron la +cabeza. Cuando al otro día fue el canónigo a hablarle hallolo cambiado: +cerdeaba, gruñía, sacudía la cabeza, hablaba con palabras entrecortadas +del lujo con que habían criado a Fernanda, de los grandes gastos que el +matrimonio trae consigo. En resumidas cuentas, pedía una dote. El +penitenciario, que era hombre justificado y de genio vivo, no pudo +contenerse ante tal vileza y le llenó de denuestos. Pero esto era lo que +menos importaba a aquel rústico. Seguro de tener a D. Juan bajo sus +tacones, reía como un bestia, se rascaba la cabeza y dejaba escapar +algún dicharacho grosero que ponía aún más fuera de sí al canónigo. + +Cuando, haciendo grandes rodeos, éste enteró a D. Juan de lo que +ocurría, el desgraciado padre quiso volverse loco de desesperación e +ira. Se arrancaba los cabellos, vomitaba injurias atroces y hablaba de +dar un tiro a su hija y darse él otro enseguida. A duras penas logró +calmarle un poco. Entró, al fin, en razón, siguieron las negociaciones y +después de disputar como mercaderes el tanto y el cuanto de la dote, se +fijó al fin lo que había de ser, y Granate consintió en dar su mano de +sapo a la niña más preciosa que Lancia guardaba por aquella época. + +Pero faltaba la más negra. Faltaba decírselo a ella. Cuando le +anunciaron que se preparase a unir su suerte en plazo breve a la de D. +Santos, cayó presa de fuerte desmayo. Al salir de él declaró +rotundamente que no lo haría aunque la desollaran viva. Ni las +reflexiones de su confesor, ni la perspectiva de la deshonra, ni las +lágrimas de su padre consiguieron ablandarla. Sólo cuando vio a éste +frenético llevarse el cañón de un revólver a la sien para arrancarse la +vida se arrojó a detenerlo prometiendo hacer cuanto le mandase. Y he +aquí cómo quedó concertado en principio aquel matrimonio horrendo. + +Al tener noticia los nobles hijos de Lancia de tal concierto, el mismo +sentimiento de vergüenza se apoderó de todos ellos. Una ola inmensa de +rubor invadió las mejillas de aquel generoso vecindario. Esta ola solía +venir a Lancia y hacer los mismos estragos siempre que la suerte +favorecía a algún laciense más de lo justo. Si a uno le tocaba la +lotería, si a otro le daban un buen empleo, si el de más allá se casaba +con una mujer rica o adquiría gran caudal con su industria, o se hacía +famoso por su talento, la delicadeza exquisita de los habitantes de +Lancia se sobresaltaba y procuraba, rebajando el dinero, el talento, la +instrucción o la industria de su vecino, poner las cosas en su verdadero +sitio. Tal sentimiento puede equivocarse fácilmente con el de la +envidia. El verdadero observador comprendería, no obstante, al oírlos +disertar en las tertulias de las tiendas y en los corrillos de la calle, +que sólo el amor, acaso demasiado ardiente, a la justicia les obligaba a +minorar los méritos de su convecino y renunciar de este modo +generosamente a la parte de gloria que en ellos pudiera refluir por este +concepto. + +El matrimonio de Granate causó profundo estupor. Siguió al estupor un +grito de indignación. Nunca se colorearon tan vivamente las mejillas de +los lacienses como en aquel momento; ni siquiera cuando la prensa de +Madrid vino elogiando cierta comedia escrita por un hijo de la +población. ¡Qué de improperios, primero contra Granate, luego contra D. +Juan, después contra Fernanda! Singularmente los pollos se agitaban +convulsos, frenéticos; encontraban deficiente la legislación, que no +contenía medios de prohibir semejantes monstruosidades. Resultado de +todo fue que, para dar expansión a las fogosas emociones que la noticia +había despertado en su alma y para dar claro testimonio al mundo entero +del profundo disgusto que un matrimonio tan extravagante les causaba, la +juventud laciense dispuso una soberana farsa a cuyos comienzos +asistimos. + +Los interesados tuvieron noticia de ella y quisieron evadir el golpe, +primero ocultando el día en que se había de celebrar el matrimonio, +después celebrándolo fuera de la población. Pero no les valieron de nada +sus precauciones. Los pollos olfatearon que la ceremonia se celebraría +en los primeros días de Febrero, en la posesión que Estrada-Rosa poseía +a media legua de Lancia. Se colocaron espías en la calle de Altavilla y +en las inmediaciones de casa de Granate a fin de que no se escaparan; +sobornose a los criados; se trazaron por las cabezas más fecundas de la +ciudad mil planes ingeniosos para vejar a los novios. Como coincidió con +estos preparativos el Carnaval, resolvieron aprovecharlo para dar el +primer golpe con una gran mascarada burlesca, que salió el domingo a las +doce de casa de Paco Gómez recorriendo las calles. En una carroza tirada +por cuatro bueyes vestidos con percalina roja, sus cuernos adornados con +ramaje, venían tres máscaras, queriendo figurar una a Fernanda +Estrada-Rosa, otra a su padre y otra a Granate. Este último traía un +sombrero de cuernos. De vez en cuando se paraba la carroza y ejecutaban +una farsa ridícula y grosera que hacía bramar de regocijo a los curiosos +que en torno se reunían. Fernanda besaba con trasportes de entusiasmo a +Granate; éste, como más pequeño, la abrazaba por más abajo de la +cintura, y mientras tanto D. Juan hacía sonar riendo una bolsa de +dinero. De vez en cuando, del fondo de la carroza salía rápidamente otro +máscara que quería representar al conde de Onís, daba un beso a +Fernanda, se lo devolvía ésta a espaldas de Granate, y tornaba a +ocultarse con la misma celeridad. + +Como quiera que esta payasada se ejecutó en la calle de Altavilla, +delante de la misma casa de Estrada-Rosa, el escándalo fue enorme, el +gentío que la presenciaba inmenso. D. Juan, en el paroxismo de la ira, +dio parte al gobernador, grande amigo suyo, y resolvió partir al día +siguiente con Fernanda. Los jóvenes maleantes, que prevían esta +determinación, ya tenían urdido el medio de hacerla ineficaz, +preparando, como hemos visto, una grandiosa cencerrada para la noche. +Era anticipada porque aún no se habían casado, pero de ningún modo +querían que se escapasen sin ella. Armados, pues, de cuantos +instrumentos ruidosos pudieron haber, con grandes trasparentes, donde +aparecían pintadas las mismas grotescas figuras de la carroza con +bestiales leyendas debajo, y teas en las manos, se congregaron más de +trescientos muchachos en Altavilla, y alrededor de ellos media +población que los alentaba con sus carcajadas. El estruendo era +horrísono. De vez en cuando cesaba y una voz lanzaba al aire alguna +copla indecente, que era celebrada con rugidos de alegría, creciendo +tanto y tanto la algazara, que el mundo se venía abajo. El teniente +Rubio, siempre original, trepó por las cornisas de la capilla de San +Fructuoso, situada casi enfrente de la casa de Estrada-Rosa, y comenzó a +repicar la campana. Paco Gómez iba solapadamente de uno en otro grupo +apuntando las coplitas más dañinas para que las repitiese en alta voz el +que la tuviese más recia. Moro hacía sonar su famoso serpentón hasta +echar los pulmones, mientras el marica de Sierra, que había sido uno de +los más activos promovedores de la cencerrada, se metía traidoramente en +casa de D. Juan, vendiéndose como amigo fiel, para espiar en realidad lo +que allí pasaba. + +Pero el jefe político de la provincia pensó que era ya hora de oficiar +de Neptuno y componer las olas irritadas. Cuando la cencerrada se +hallaba en su período álgido, envió a Altavilla a Ñola, cabo de los +guardias municipales, acompañado de dos números, que resultaron ser +Lucas el Florón y Pepe la Mota, con encargo de apaciguar el escándalo y +despejar la calle. Los lacienses estaban avezados de antiguo a no +reconocer el origen divino de la autoridad cuando Ñola, el Florón o +Pepe la Mota se empeñaban en representarla. Y no sólo ponían en duda su +legitimidad, sino que en cuanto de lejos los columbraban, soplaba en su +espíritu el viento de la rebelión y lo encrespaba. ¿Consistía esto en +que los lacienses estuviesen predestinados por los ciegos impulsos de su +naturaleza a conspirar contra el orden establecido? No es verosímil. +Ninguno de los historiadores de Lancia han señalado como carácter +distintivo de aquella raza la oposición a las instituciones. Es más +natural suponer que lo que les indignaba tan profundamente y les +inclinaba a la conjuración era la nariz de Ñola, del tamaño de un botón +de timbre eléctrico, la voz aguardentosa de Lucas el Florón y las +piernas monstruosamente arqueadas de Pepe la Mota. + +De sobra conocían estos respetables agentes del poder gubernativo las +tendencias anárquicas que algunas veces manifestaba el vecindario de +Lancia. Pero lo que no sospechaban siquiera al introducirse incautamente +entre la muchedumbre, de Altavilla fue que habían de salir de allí sin +bastón, sin sable, sin kepis y con las mejillas abofeteadas. Así estaba +escrito, sin embargo. + +El jefe político no quiso conformarse con los inescrutables fallos de +Dios, y montando en cólera hizo llamar inmediatamente al teniente de la +guardia civil y le envió a vengar con ocho números a los infortunados +Ñola, Lucas el Florón y Pepe la Mota. + +Envalentonados con la victoria pasada los graciosos de Altavilla, +trataron de resistir. Entonces el teniente, a quien devoraba el fuego de +la guerra, mandó desenvainar los sables, y sonriendo ferozmente, cargó +sobre la muchedumbre como un jabalí indomable. + +Al verlo, un vivo estremecimiento corrió por los miembros de cada uno de +los lacienses. Hubo tendencias a retirarse del campo de batalla; pero no +faltó en aquel momento quien animase su corazón intrépido ofreciéndoles +la perspectiva engañosa de la victoria. + +--¡Fuera los civiles! ¡Abajo los tricornios! ¡Muera el patatero! + +Tales fueron los gritos sediciosos que se escaparon de los pechos de +aquella juventud temeraria. + +Y en el mismo punto volaron algunas piedras. Los trompones, los +bombardinos, los cornetines de pistón cuya voz armoniosa tantas mazurkas +habían cantado en el seno de la paz, trasformados repentinamente en +instrumentos de guerra, brillaron siniestros a la luz de las antorchas. +El tricornio del teniente cayó vergonzosamente al suelo a impulso de uno +de ellos. Lo recoge. Su corazón de guerrero se estremece, un círculo de +espuma se forma en torno de sus labios y se lanza al combate con los +ojos inflamados, respirando exterminio. + +Entonces, bajo el imperio de su fuerza incontrastable, los jóvenes +héroes de Lancia se replegaron dando fuertes gritos amenazadores. Los +sables de los civiles comenzaron a sonar de plano en las espaldas de +algunos. La retirada se convirtió en huida muy pronto. Tal como un +rebaño de ciervos huye y se desbanda perseguido por los chacales, así +los hijos generosos de Lancia huyeron aquella noche memorable, +perseguidos por los civiles sedientos de sangre. El suelo quedó sembrado +de instrumentos de bronce, testigos de la afrenta. El indomable teniente +paseó largo rato su furor por las calles, animando con vivas +interjecciones a sus huestes, lanzándolas en persecución de los rebeldes +como un cazador lanza su jauría en persecución de un venado. Así fue +como Paco Gómez, seguido tenazmente por los tricornios, se vio en la +precisión, para escapar a un cintarazo, de meterse por el escaparate de +la confitería de D.ª Romana, cayendo de bruces sobre una fuente de +huevos moles y destruyendo por completo una magnífica tarta de borraja +destinada al chantre de la catedral. Así fue también como Jaime Moro, +después de perder en la refriega el serpentón de don Nicanor, estuvo a +punto de ser inmolado por el sable resplandeciente de un civil. Sólo por +haber tomado la precaución de bajar la cabeza cuando éste le tiró el +golpe evitó la efusión de sangre. El sable fue a chocar con la pared de +una casa, haciendo no poco estrago en ella. Meses después, Moro enseñaba +el trozo descascarillado como un trofeo a los amigos forasteros que +venían a Lancia; y al recordar sus proezas y peligros en aquella noche +gloriosa, una suave alegría descendía a su corazón heroico. + +Otros muchos miembros de aquella juventud magnánima experimentaron +desperfectos de consideración en su economía, unos por el influjo de los +sables, los más por las caídas y los choques que resultaron de la +desbandada. La victoria no fue, sin embargo, gratuita para los agentes +del gobierno. Aparte del fracaso del tricornio del teniente y de algunas +contusiones de sus subordinados, el poder constituido sufrió un +importante revés en la persona de uno de sus más antiguos +representantes, en la persona de Ñola, cabo de municipales. Ya sabemos +que este personaje, enteramente impopular en Lancia, a causa de la +cortedad, y aún más de la redondez excesiva de su nariz, había perdido +en la primera escaramuza el kepis, el sable y el honor de sus mejillas. +La cólera y la venganza se enseñorearon de su corazón. Nada podía hacer, +sin embargo, para apagarlas, porque se hallaba privado de todo medio +coercitivo. Pero en vez de retirarse prudentemente al soportal de las +Consistoriales, como hicieron sus compañeros Lucas el Florón y Pepe la +Mota, quedose enmedio de la calle contemplando con ansiedad la batalla. +Al ver que se decidía en favor de las instituciones que él representaba, +la alegría se desbordó ruidosamente de su pecho municipal. + +--¡Bien por los guardias! ¡Duro en ellos! ¡Rajarme esa canalla! ¡A ver +si escarmienta de una vez esa pillería! + +Tales eran los gritos belicosos que salían de su garganta. Sin embargo, +cuando menos podía esperarse, dado que los enemigos huían en completo +desorden, vino a estrellarse contra el botón de su nariz un cuerpo duro +de superficie lisa y compacta que resultó ser un trozo de cal +hidráulica. Todos los timbres de su cerebro sonaron a un tiempo. No +pudiendo sufrir tanto estrépito, vino al suelo privado de conocimiento. +Su pecho magnánimo sólo tuvo fuerzas para exhalar una queja melancólica. + +--¡Recongrio, me han escuaernao esos sinvergüenzas! + +Así cayó aquel baluarte poderoso del orden, aquel varón esforzado que en +sus luchas incesantes con la pillería de los arrabales tantas veces +había caminado por la senda de la victoria. Levantáronlo y lo metieron +en la botica de don Matías, que estaba próxima. Desde allí lo condujeron +poco después al hospital. La ciudad perdió por algunos días su escudo +protector. Porque ni Lucas el Florón ni Pepe la Mota podían competir en +energía con Ñola. + +Mientras tales sucesos se efectuaban en Altavilla y en las calles +adyacentes, D. Juan Estrada-Rosa, presa de irritación indescriptible, se +paseaba agitadamente por su gabinete mesándose los cabellos. Los +consuelos hipócritas del marica de Sierra no lograban calmarle. Hablaba +de salir a la calle y arrojarse sobre la insolente muchedumbre. + +--¡Qué les habrá hecho mi pobre hija!--exclamaba con voz temblorosa, +próximo a sollozar. + +Fernanda se había retirado a su habitación temprano y se había metido en +la cama. Si la sorprendió la algazara que sonaba en la calle o contaba +ya con ella, no es fácil saberlo. Cuando D. Juan, después de adoptar una +violenta resolución, subió a despertarla, al encender la luz hallola con +los ojos secos y brillantes, sin apariencias de haber dormido ni de +haber llorado. Hizo que se vistiese a toda prisa, y dando orden a los +criados para que tuviesen encendidas todas las luces de la casa a fin de +engañar a los de afuera, salió con ella por la puerta de la cochera, +que daba a un callejón solitario. Los acompañaba únicamente Manuel +Antonio. Dirigiéronse por las calles más extraviadas a casa del +Jubilado. Una vez allí, se pasó un recado a don Santos para que se +presentase inmediatamente; otro al penitenciario. Cuando ambos +acudieron, el padre, la hija y estos dos señores, Manuel Antonio y +Jovita Mateo salieron ocultamente de Lancia por la carretera de +Castilla. Después de caminar un rato esperaron el coche que don Juan +había mandado venir. Acomodáronse los seis como pudieron en la +carretela, echando a Manuel Antonio al pescante. Media hora después +estaban en la posesión del banquero. Alzose apresuradamente un altarcito +en el salón principal de la casa, y antes de que amaneciese, el +penitenciario bendijo la unión de los prometidos. + +Fernanda no había despegado los labios durante el camino. El mismo +silencio cuando se hacían los preparativos para la solemnidad. Parecía +tranquila, en un estado de indiferencia absoluta o, por mejor decir, de +soñolencia, como la persona a quien se arranca violentamente del sueño y +tarda en darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Pero tal estado +letárgico continuó después de pronunciar el sí ante el altar. Ni la +plática afectuosa y elocuente del penitenciario, ni las bromas +incesantes de Manuel Antonio mientras tomaban el desayuno, ni las +caricias de Jovita, ni la alegría afectada, ruidosa, de su padre +lograban sacarla de su extraña distracción. Clareaba el día, un día +triste, nublado, que se filtraba melancólicamente por los cristales. +Todos hacían esfuerzos por parecer alegres; se hablaba en voz alta, se +reía comentando la torpeza del criado, el miedo de Manuel Antonio a +volcar. + +Traslucíase, no obstante, una gran tristeza. Cuando la conversación se +interrumpía, las frentes se arrugaban, los semblantes se oscurecían. Al +entablarla de nuevo, las palabras resonaban lúgubremente en el lujoso +comedor. + +La novia se retiró para cambiar de traje. Poco después apareció de +nuevo, con el mismo semblante impasible. Según los planes de D. Juan, +debían irse inmediatamente para tomar en un pueblo próximo la silla de +posta. Los indecentes de Lancia quedarían de este modo chasqueados. +Cuando bajaron al jardín, donde esperaba el coche, caía una lluvia +menuda y fría. Fernanda besó a su padre y entró en el coche. El pobre +anciano, al recibir aquel beso en la mejilla, pensó que una corriente de +aire frío entraba por ella paralizando sus miembros y helándole el +corazón. + +El látigo chasquea. «Adiós, Fernanda; abrígate, Fernanda. Adiós, Santos. +Que vengan ustedes pronto.» Ya están en camino. Antes de una hora +llegan a Meres, esperan la diligencia y suben en ella. El mismo silencio +obstinado por parte de Fernanda. Las atenciones de Granate no le +arrancan ni una sonrisa ni una palabra de gracias; sus ademanes +grotescos y los desatinos que de vez en cuando deja escapar tampoco +hacen surgir en el semblante marmóreo de la joven un gesto de fatiga o +disgusto. A ratos dormita, a ratos contempla con ojos atónitos el +paisaje. Cuando llegaron a las inmediaciones de León era ya noche. + +Pero ¿qué ocurre en León? Al llegar a la plazoleta donde cambia el tiro +la diligencia descubren gran golpe de gente, escuchan voces desaforadas, +ruido desacordado de instrumentos de música, tañido de cencerros. Y ven +alzarse sobre la muchedumbre algunos trasparentes pintados. + +Paco Gómez, fecundo en trazas más que Ulises, había escrito a algunos +amigos de León tiempo atrás invitándoles a disponer una cencerrada para +cuando Granate y su esposa pasasen por allí. La colonia de Lancia, que +es numerosa en León, secundó admirablemente los planes de su paisano. +Todo lo tenían preparado. Sin embargo, estos preparativos no hubieran +servido de nada sin la traición de Manuel Antonio, que al llegar a +Lancia notició secretamente a Paco lo que pasaba. Éste aprovechó el +telégrafo, recién instalado, y se puso en comunicación con sus +secuaces. + +Fernanda tardó en darse cuenta de que aquella algazara iba contra ella. +Cuando, por algunos gritos que llegaron a sus oídos, vino en +conocimiento de ello, empalideció, sus ojos se dilataron y, dando un +grito, precipitose a la ventanilla para arrojarse fuera. Granate la +detuvo sujetándola por la cintura. La joven luchó algunos momentos con +furor; pero no pudiendo desprenderse de aquellos brazos cortos y +membrudos de oso, se dejó caer al fin en el asiento, llevose las manos a +la cara y rompió a sollozar. + +--¡Dios mío, ha sido grande el pecado, pero qué castigo tan terrible! + + + + +X + +Cinco años después. + + +Trascurrieron cinco años. La noble ciudad de Lancia ha cambiado poco en +su exterior y menos aún en sus costumbres. Unas cuantas casas-grilleras +con adornos de mazapán alzadas por el oro indiano en las inmediaciones +del parque de San Francisco; varios trozos de acera en calles que jamás +la poseyeran; tres faroles más en la plaza de la Constitución; un +guardia municipal suplementario, que debe su existencia no tanto a las +necesidades del servicio como a las pasiones del alcalde, varón de +excelsos pensamientos, consagrados casi enteramente a Venus, que premia +las condescendencias de Vulcano con el presupuesto municipal; en el +paseo del Bombé algunas estatuas de bronce con el ropaje caído, que +produjeron grave escándalo a su erección, haciendo pregonar al +magistrado Saleta en la tertulia del maestrante que «la media desnudez +era cien veces más incitante que la completa;» en las cabezas de +nuestros maduros conocidos algunas hebras de plata, y en el semblante +radioso como el arco iris de Manuel Antonio, el más seductor de los +hijos de la ínclita ciudad, signos ya evidentes de que su belleza pronto +se desvanecerá como un sueño feliz al soplo glacial de la mañana, como +los copos de nieve que caen suavemente en el silencio de un día triste +de invierno. + +La misma vida vegetativa, brumosa, soñolienta; las mismas tertulias en +las trastiendas libando con deleite la miel de la murmuración. Los +apodos soeces pesando siempre como losa de plomo sobre la felicidad de +algunas respetables familias. En el Bombé, las tardes de sol, los mismos +grupos de clérigos y militares paseando desplegados en ala. Las enormes +campanas de la basílica tañendo invariablemente a horas fijas. Las +viejas devotas caminando con planta presurosa al rosario o a la novena. +El canto monótono de los canónigos resonando profundamente en la soledad +de las altas bóvedas. En Altavilla, a la hora del crepúsculo, los +eternos corros de jóvenes alegres, riendo mucho, hablando alto y +abriéndose amenudo para dejar paso a alguna costurera espiritual o +criada de carnes opulentas a quienes rinden homenaje con los ojos, con +la palabra y no pocas veces con las manos. Y allá, en lo alto del +firmamento, iguales corros de nubes pardas y tristes amontonándose en +silencio sobre la vetusta catedral, para escuchar en las noches +melancólicas de otoño los lamentos del viento al cruzar la alta flecha +calada de la torre. + +Estamos en Noviembre. El conde de Onís acostumbra a pasear a caballo lo +mismo en los días claros que en los oscuros. Cada vez menos le place la +compañía de los hombres. Su carácter se ha hecho más receloso y +melancólico. El pecado aniquiló los débiles gérmenes de alegría que la +naturaleza había depositado en su corazón. El temperamento sombrío, +extravagante, fanático de los Gayoso se ha ido exaltando en él poco a +poco con el roer incesante del remordimiento; ha trastornado su +imaginación, ha enervado su escasa actividad y ennegrecido su +existencia. + +Le molestan los hombres. En todas las miradas piensa ver hostilidad; en +las frases más inocentes, alguna aviesa intención que hace hervir su +sangre de coraje. No osa entrar en los templos, ni siquiera se deja +caer de rodillas, como antes, frente al sangriento crucifijo del cuarto +de su madre. Si oye hablar del infierno se estremece y huye. Envía +cuantiosas limosnas a las iglesias; encarga misas que no oye; pone +cirios a las imágenes, y en el secreto de su habitación se entretiene a +veces puerilmente en preguntar a la suerte, echando una moneda al aire, +si se condenará eternamente o irá tan sólo al purgatorio. Cuando llega a +sus oídos el canto de los sacerdotes que acompañan a un entierro, +empalidece, tiembla y se tapa los oídos. Por la noche se despierta +amenudo sobresaltado, con un sudor frío, gritando miserablemente: «¡Hay +que morir! ¡hay que morir!» + +Por largo tiempo vivió casi en absoluto retirado, sin salir más que +cuando se lo ordenaba aquella voluntad que había logrado señorear la +suya. Después, como sufriese demasiado, temiendo que sus negros +pensamientos acabasen con su razón, le dio por recorrer los contornos a +pie o a caballo, hasta fatigarse. El cansancio corporal prestaba +descanso a su espíritu; el espectáculo de la naturaleza serenaba su +atormentada imaginación. + +Era un tarde fría y oscura. Las nubes pesan amontonadas sobre las +colinas que cierran el horizonte por el Norte, y ocultan las altas +montañas de Lorrín que se extienden como una cortina lejana por el +Oeste. Han caído fuertes chubascos que convirtieron en laguna la parte +baja de la ciudad y en lodazales las carreteras que de ella parten. +Apesar de esto el conde manda ensillar su caballo, sale de Lancia por la +carretera de Castilla, y galopa entre torbellinos de lodo al través de +las praderas y los bosques de castaños. Las hojas amarillentas de los +árboles, lavadas por la lluvia, brillan como monedas de oro; mil +arroyuelos serpean vacilantes por la falda de la colina y van a +depositar sus aguas en la llanura, que se dilata verde y mojada con +suaves ondulaciones. Una franja más oscura señala el cauce del Lora, que +se oculta misterioso bajo sus mimbreras y espesas filas de alisos. + +El conde, con la cabeza, echada hacia atrás, los ojos medio cerrados, +aspiraba con delicia el fresco húmedo de la tarde. La carretera +flanqueaba la colina en suave declive. Antes de trasponerla y perder de +vista la ciudad, detuvo el caballo y echó una mirada atrás. Lancia era +un montón, no grande, de techos rojos, sobre los que resaltaba la flecha +oscura de la catedral. Debajo percibió una mancha amarilla, el bosque de +robles de la Granja. Más abajo las torrecillas anaranjadas de su casa +solariega. + +La lluvia ha cesado. Un viento frío barre las nubes y las precipita +detrás de los montes. El firmamento se despliega trasparente con el +pálido azul de los días de otoño. Algunas estrellas apuntan ya como +diamantes en el horizonte. Los árboles, las montañas, los arroyos, el +valle cubierto de su verde tapiz brillan indecisos bajo la tenue +claridad del crepúsculo. + +El conde pone de nuevo su caballo al galope y desciende velozmente por +el flanco de la colina que oculta a Lancia. El viento oprime sus sienes, +zumba en sus oídos produciéndole una dulce embriaguez que disipa las +negras nubes de su imaginación. Por la enlodada carretera no encuentra +sino algún hato de ganado, algún trajinante con su recua, o carro tirado +pausadamente por bueyes, en el fondo del cual duerme descuidadamente el +carretero. Mas antes de trasponer un recodo, cree escuchar rumor lejano +de ruedas y campanillas. Es la silla de posta que llega al anochecer a +Lancia. Al cruzar a su lado dirige una mirada distraída al fondo, y +chocan sus ojos con otros grandes y lucientes. Siente un estremecimiento +eléctrico, vuelve la cabeza con presteza, pero sólo percibe ya la +trasera de la silla que se aleja. Tira de las riendas al caballo y la +sigue: a los pocos momentos se detiene avergonzado y prosigue su marcha. + +¿Sería Fernanda? Una sensación fugaz, pero muy clara, se lo decía. Sin +embargo, pudo haberse equivocado. Ninguna noticia tenía de su llegada. +Sabía que se quedara viuda hacía unos meses. Granate había rodado al +fin como un buey bajo el golpe de la apoplejía. Pero al mismo tiempo era +válida la voz de que la viuda del indiano aborrecía de muerte a Lancia +desde la humillante farsa con que sus compatriotas la habían regalado al +casarse. El hecho de no haber venido cuando la muerte de su padre, +acaecida el año anterior, lo dejaba bien probado. + +El conde pensó algunos momentos en esto; al cabo se le borró de la +mente; le distrajo una nube violada y espesa que avanzaba hacia el zenit +presagiando nuevo chubasco. Pero en el fondo de su espíritu quedó algo +indeterminado y dulce que le puso de buen humor. Revolvió el caballo y +llegó a Lancia ya bien de noche, chorreando y cubierto de lodo, pero el +corazón ligero y alegre sin saber por qué. + +Fernanda no vaciló un instante. Lo vio y lo conoció tan claramente que +pudo hasta advertir las señales que el tiempo y los cuidados habían +impreso en su semblante. Le pareció más viejo; creyó ver en su luenga +barba rubia algunos mechones plateados. Al mismo tiempo en sus ojos, +posados un instante sobre ella, adivinó el sufrimiento, el hastío, algo +triste, que le impresionó alegremente. El recuerdo de su antiguo novio +había vivido siempre en el fondo de su pecho. Ni la traición, ni el +desdén, ni las mil distracciones a que se arrojó en la vida frívola y +bulliciosa de París, habían logrado arrancarlo de allí. Si le hubiera +hallado satisfecho, en la plenitud de su fuerza y salud, no habría +sentido aquel soplo dulce que la acarició un instante. En tal alegría +maligna había el rencor inextinguible de la mujer desdeñada, pero +también algo alado, sonoro, vaporoso, como la esperanza, que cantó y rió +en su alma y disipó los negros pensamientos que se acumulaban sobre su +frente. + +La necesidad, no su querer, la obligaban a volver a Lancia, donde había +jurado no poner los pies nunca más. Su marido tenía hecho testamento a +su favor. Los hermanos de aquél lo impugnaban. Se había entablado un +pleito, que ganó en primera instancia. Venía acompañada de una antigua +sirviente de su padre, trasformada en dama de compañía, y de un +mayordomo. Desde Madrid había telegrafiado a una prima, y ésta, en unión +con Manuel Antonio, dos de las niñas de Mateo y algunas amigas más, la +esperaban en la mal empedrada plazoleta del Correo, donde paraba la +diligencia. Y vengan de abrazos y achuchones y besos, y vayan de +preguntas y exclamaciones y lágrimas. La ofendida heredera de +Estrada-Rosa no había imaginado sentir tal alegría al poner la planta en +su pueblo natal. + +Sus amigas la llevaron abrazada, casi en volandas, hasta casa. Allí se +despidieron todas, menos Emilita Mateo, a quien Fernanda hizo una seña +para que se quedase. Las dos amigas ascendieron lentamente, cogidas por +la cintura, aquella escalera, amplia, encerada, que tantas veces sus +pies menudos de niña habían pisado. No tardaron en encerrarse en el +antiguo gabinete de la hija de Estrada-Rosa para saborear la hora de las +dulces confidencias. Entre besos y sonrisas y protestas de fiel amistad +se contaron su vida durante aquellos cinco años. Fernanda hablaba de su +difunto marido con una compasión que quería ser triste y resultaba +altamente despreciativa. Vivió con él en una suerte de antagonismo de +ideas, de gustos y deseos, que los mantuvo constantemente alejados. Ni +fue feliz ni desgraciada. Fueron cinco años de aturdimiento en que +desfilaron ante su vista calles populosas, teatros resplandecientes, +hoteles magníficos, salones de baile, trajes deslumbradores, muchos +conocidos y ningún amigo. Su marido se plegaba a sus caprichos a la +fuerza, como un oso indómito que obedeciese gruñendo al palo del +domador. Habían tenido una niña, que se murió a los cuatro meses. + +La juguetona Emilia fue muy desgraciada en su matrimonio. Núñez había +salido un _perdis_. Ya lo sabía Fernanda, pero vagamente. En cartas no +es fácil descender a ciertos significativos pormenores. Al principio muy +bien, pero luego las malas compañías le habían echado a perder. Le dio +por el juego primero, después por la bebida, últimamente por las +mujeres. Esto último era lo que más sentía Emilia. Todo se lo perdonaba +de buen grado: que viniese borracho a las tantas de la madrugada, que le +empeñase los pendientes, los cubiertos, hasta el capuchón de abrigo; lo +que no podía sufrir era que se le viese entrar en casa de una perdida +que vivía en la calle de Cerrajerías. Al decir esto la hija del Jubilado +soltaba un torrente de lágrimas. Apenaba más verla llorar, por la +alegría revoltosa que siempre fue el distintivo de su carácter. Fernanda +la acariciaba tiernamente y compartía sus lágrimas. Al cabo de un rato +de silencio le preguntó: + +--Pero ¿tú le sigues queriendo? + +--¡Sí, hija, sí!--exclamó con rabia.--No lo puedo remediar. Cada vez +estoy más ciega por él. + +--¡Vaya por Dios! Tu pobre padre estará también disgustadísimo. + +--¡Figúrate!... Y lo peor es--añadió llorando amargamente--que ahora +volvió a su manía antigua contra el ejército... Dice cosas horribles de +los militares... ¡Sí, sí, horribles!... En cuanto yo entro por casa +empieza a disparatar, nada más que por mortificarme... Mis hermanas le +apoyan... Nos llaman holgazanes y dicen... dicen que se debe reducir el +contingente... + +Al llegar aquí, los sollozos rompían el tierno pecho de la esposa de +Núñez. Fernanda, que también lloraba viéndola tan afligida, no pudo +menos de sonreír. + +--¡Tus hermanas también! + +--¡Ya lo creo!... ¡Todos, todos desean que se reduzca!... + +Cuando la hija de Estrada-Rosa le hubo demostrado que no era tan fácil +como parecía la reducción de las fuerzas de tierra, su espíritu se +serenó al fin poco a poco. Luego concertaron ambas dar una sorpresa a la +sociedad laciense. Fernanda se presentaría aquella noche sin previo +anuncio en la tertulia de Quiñones. Una alegría infantil se apoderó de +ambas con este proyecto. Así que le dieron forma, despidiose Emilita, +prometiendo volver enseguida a buscar a su amiga. + +Eran las diez de la noche cuando subían ambas los peldaños de piedra, +que rezumaban siempre por la humedad, de la vasta escalera señorial de +los Quiñones. + +Al llegar arriba Emilita prohibió al criado que las anunciase. Ella +misma abrió la puerta del salón y empujó a Fernanda hacia adentro. + +Fue una aparición que dejó extáticos por un instante a los tertulios. La +hija de Estrada-Rosa, lucía un traje elegantísimo recién salido del +taller de una de las más afamadas modistas de París. Su belleza, de la +cual sus compatriotas no conocían más que el delicado botón, se había +convertido en rosa espléndida en los cinco años de vida refinada y +elegante. Maravillosa por la arrogancia de su talle, por el brillo de +sus grandes ojos africanos, por la delicadeza de su cutis, la hermosura +de Fernanda había adquirido en París su complemento necesario, la +gracia, el noble y sencillo ademán, el gusto para vestirse, la suprema +distinción que en Lancia no hubiera logrado jamás. Su traje negro de +seda dejaba descubiertos pecho y espalda. Algunas carreras de perlas +tejidas entre los cabellos componían todo el adorno de su cabeza. + +Amalia fue la primera que la vio, y su sangre fluyó de repente al +corazón. Repuesta inmediatamente, corrió a saludarla. + +--¡Oh! Ya sabía que usted había llegado; pero no imaginé que fuese tan +amable... + +Ambas se miraron a los ojos y se declararon, con un chispazo, el odio +que ardía en el fondo de sus almas. Pero habían cambiado las +circunstancias. Amalia era cinco años atrás la dama más elegante y +distinguida de la población, la única cuyo porte y refinamiento de +costumbres trascendía a otra esfera más culta y espiritual. Fernanda la +aventajaba ahora infinitamente. Aquélla había envejecido de modo +ostensible. Entre sus cabellos se veían ya bastantes hebras plateadas; +su tez, siempre pálida, había perdido toda su frescura; además, había +perdido el deseo y el gusto para vestirse, se había ido plegando poco a +poco bajo la presión de la sociedad ordinaria y cursi que la rodeaba, +adaptándose a ella y descuidándose más y más de su persona. El contraste +era, por lo tanto, más vivo. Bien lo advirtió la noble esposa del +maestrante y se sintió humillada hasta el fondo de su ser. Una sonrisa +de despecho contrajo sus labios mientras cambiaba con Fernanda los +obligados saludos. Ésta gozaba de su triunfo con grave y serena alegría. + +Las damas rodeáronla inmediatamente. Fue un diluvio de besos y abrazos +acompañados de vivas exclamaciones de gozo. Los hombres, que formaban +círculo detrás, avanzaron también sus manos y estrecharon con efusión la +de la hermosa viajera. Y entre tanto pláceme y tanta frase +congratulatoria, o por olvido o por vergüenza, nadie osaba hacer alusión +a la desgracia que la joven había experimentado algunos meses atrás; ni +el más mínimo recuerdo para el oso colorado que dormía su sueño eterno +en un cementerio de París. Tan sólo cuando la efervescencia de los +saludos hubo calmado, Amalia la cogió sonriente las manos y exclamó +mirándola de arriba abajo: + +--¡Sabe usted que son muy elegantes los trajes de duelo en París! + +Fernanda hizo una mueca de desdén. + +--Poco importa el vestido si se lleva el duelo en el corazón--apuntó +María Josefa, que en los cinco años trascurridos había aguzado +prodigiosamente el filo, el contrafilo y la punta de su lengua. + +Las mejillas de Fernanda se tiñeron de carmín. Se avergonzó como si +fuese un delito no sentir la pérdida de _Granate_. Luego, irritada por +aquella hostilidad, estuvo a punto de mostrar violentamente su enojo. +Volvió la espalda y se puso a hablar con otras damas. + +En aquel momento el conde de Onís salió del gabinete y vino a saludarla. +Le tendió la mano con afectuosa sonrisa. Ella le entregó la suya de un +modo glacial, separando rápidamente la mirada. Sin embargo, pudo +advertirse alrededor de sus ojos un círculo pálido que denunciaba la +emoción. Para disimularla se encaminó al gabinete, diciendo con afectada +ligereza que la dejasen libre, que a quien tenía más gana de ver era a +D. Pedro. + +El noble maestrante yacía en su sillón con los naipes en la mano. Sus +cabellos y su barba estaban más blancos, pero tan erizados e indómitos. +Sus facciones enérgicas parecían más acentuadas; sus ojos hundidos +brillaban con fulgor más delirante. Al mover con trabajo aquel gran +torso atlético desprovisto de base los rasgos de su fisonomía se +contraían con expresión de feroz impotencia que inspiraba tristeza y +miedo. Pero si su cuerpo se abatía a ojos vistas, alzábase su orgullo +cada vez con más brío. Todos los días crecía un poco el respeto que se +consagraba a sí mismo por llamarse Quiñones de León y el desprecio a los +demás por haber nacido bajo el estigma de otro nombre cualquiera. +Agradeciendo profundamente al cielo la dicha con que había querido +favorecerle, tendría a pecado quejarse de su suerte y envidiar a los +otros hombres la facultad de usar de sus piernas. ¿Qué importa que Juan +Fernández pueda andar, correr y saltar, si al fin y al cabo se llama +Juan Fernández? Lo único que le preocupaba algunas veces era si +convendría a la dignidad de un Quiñones poseer unas extremidades +enteramente inertes, y si no sería preferible que viviesen para +participar de la gloria del resto del organismo. Pronto desechaba, sin +embargo, tales inquietudes pensando justamente que vivas o muertas +aquellas extremidades ocupaban un rango superior en la sociedad. Cuando +Fernanda entró en el gabinete alzó los ojos y clavó en ella una mirada +penetrante que la abrazó de la cabeza a los pies. Ni la hermosura ni el +porte, singularmente elegante, de la joven debieron dejarle satisfecho, +porque la convirtió inmediatamente a los naipes y exclamó con insolente +protección: + +--¡Hola, pequeña! ¿Eres tú? ¿Cuándo has llegado? + +Apesar de sentirse mortificada por aquel tono, Fernanda le saludó +afectuosamente. + +--Me alegro de verte tan buena, querida, y aprovecho la ocasión para +darte el pésame. Ya sabes que yo no escribo cartas hace años. He sentido +mucho a Santos... Oiga usted, Moro: ¿se propone usted no darme en su +vida una carta decente?... Era un buen sujeto, un vecino excelente, +incapaz de hacer daño a nadie. No hallarás otro marido como él. Tenía +una cualidad que se encuentra muy difícilmente: la modestia. Apesar del +dinero que había logrado juntar, no pretendía salirse de su esfera; +siempre se manifestó respetuoso con los superiores. ¿Verdad, Saleta, que +no era como esos piojos resucitados, que así que les suenan algunas +monedas en el bolsillo olvidan las judías y el centeno, como si en su +vida los hubiesen probado?... Valero, siéntese usted, y diga pronto si +es vuelta eso que tiene... ¿Vienes a establecerte aquí, chiquita, o te +vuelves a ver a los _franchutes_? + +Fernanda, que sintió perfectamente toda la hiel de aquel discurso, +respondió fríamente, y después de pocas palabras más se volvió al salón. + +A D. Pedro le había molestado el tufillo de elegancia y distinción que +despedía la hija de Estrada-Rosa. Le irritaba que alguien se alzase en +torno suyo, siquiera fuese solamente algunas pulgadas. Aborrecía todo lo +extranjero, y muy particularmente aquel París, donde imaginaba que los +Quiñones de León no tenían influencia muy decisiva. Hasta sospechaba +vagamente, con horror, que eran desconocidos. Por supuesto que procuraba +apartar la mente de tan disparatada idea. Si llegase a penetrar por +completo en su espíritu, ¿qué le restaba al noble caballero? Morir, y +nada más. + +Haciéndole la partida de tresillo están los mismos personajes que ya +conocemos. Saleta, el gran Saleta, cuyas mentiras siguen fluyendo de su +boca suaves y almibaradas, lo cual le obligaba a relamerse amenudo. +Faltó poco para que Lancia se viese privada para siempre de este +magnánimo y divertido varón. Jubilado hacía tres años, fue a +establecerse a su país, donde permaneció uno solamente. La nostalgia de +Lancia, de la tertulia de Quiñones, y sobre todo de las burlas de su +colega Valero, le impulsaron a dejar la patria gallega para venir de +nuevo a habitar entre los lacienses. Valero, ascendido a presidente de +sala, más ajado cada día, más jaranero y ceceoso, se sienta a la +izquierda del prócer. Enfrente está Moro, ideal inaccesible de todas las +niñas casaderas, cuya cabeza infatigable soporta fácilmente doce horas +de tresillo sin mareo ni turbación alguna. De todas las instituciones +creadas por los hombres, la más firme, la más respetable es ésta; el +tresillo. Por su inquebrantable solidez puede compararse muy bien a las +leyes inmutables de la naturaleza. Para Moro es tan verdad que la +_espada_ vale más que el _basto_, como que los cuerpos al caer siguen un +movimiento uniformemente acelerado. Y allá en el fondo oscuro de la +cámara dormita en la misma butaca el glorioso Manín con su calzón corto, +chaqueta de bayeta verde y fuertes zapatos claveteados. Tiene el pelo +gris, casi blanco. Pero no es esto lo peor para él. Lo verdaderamente +triste es que el pueblo no le considera ya como un cazador feroz +envejecido en la lucha con los osos de las montañas. Aquella leyenda se +ha ido disipando poco a poco. Sus compatriotas tenían razón. Manín no +era más que un zampatortas. En Lancia se ríen también de sus proezas y +le miran como un viejo bufón del loco y heráldico señor de Quiñones. + +Fernanda consiguió al fin sustraerse a los plácemes de sus amigos y fue +a sentarse en un rincón apartado. Estaba triste. La hostilidad de los +dueños de la casa le había impresionado. Pero no era esto lo principal, +aunque ella hiciese por creerlo. El motivo recóndito, que se avergonzaba +de confesar a sí misma, era Luis. El saludo afectuoso de su antiguo +novio había despertado súbito todos sus recuerdos, todas sus ilusiones, +las penas y las dichas de otro tiempo que dormían en el fondo de su alma +como pajarillos entre las hojas del árbol. La agitación interior era +intensísima, pero nada o muy poco se traslucía en su continente grave y +frío. Sin embargo, sintió un fuerte estremecimiento al escuchar muy +cerca de su oído estas palabras: + +--¡Qué hermosa te has puesto, Fernanda! + +Se hallaba tan distraída que no advirtió que el conde se había sentado a +su lado. Involuntariamente se llevó la mano al sitio del corazón. +Repuesta inmediatamente, sonrió diciendo: + +--¿Te parece? + +--Sí... Y yo qué viejo, ¿verdad? + +Hizo un esfuerzo y le miró a la cara con fijeza. + +--No; algunas canas en la barba... y el aspecto un poco fatigado. + +El temblor de su voz contrastaba con la aparente indiferencia que quiso +dar a sus palabras. + +El conde se puso repentinamente serio, llevose la mano a la frente y +replicó al cabo de unos momentos con acento sombrío y como si se hablase +a sí mismo: + +--Fatigado, sí; ésa es la verdadera palabra... ¡Muy fatigado!... La +fatiga me sale por los poros. + +Guardaron ambos silencio. El conde quedó entregado a una intensa +meditación que trazó en su frente arruga profunda. Al cabo dijo, +entablando nuevamente conversación: + +--Ya te había visto antes de venir aquí. + +--¿Dónde?--preguntó ella afectando sorpresa. + +--En la carretera. Salí esta tarde a dar un paseo a caballo y me crucé +con la silla de posta. Te conocí perfectamente. + +--Pues yo no te he visto... Recuerdo que encontramos dos o tres jinetes +antes de llegar a Lancia, pero no he conocido a ninguno. + +Al decir esto no pudo impedir que una ola de carmín tiñese de nuevo sus +mejillas. Volvió, para disimular, la cabeza. Sus ojos tropezaron con los +de Amalia, que se posaban sobre ellos lucientes, acerados. +Contempláronse un instante. La boca felina de la valenciana se contrajo +con una sonrisa. Fernanda quiso corresponder con otra tan falsa, pero no +pudo. Volviose de nuevo hacia el conde y hablaron de cosas indiferentes, +de teatros, de música, de proyectos de viaje. + +Sin embargo, aquél se mostraba más y más preocupado. Iba perdiendo el +aplomo y hablaba equivocándose, como si su pensamiento anduviese lejos. +Guardaba silencio algunos momentos, pugnaba por decir algo, movíanse sus +labios, pero en vez de articular lo que quería, expresaban otra cosa +distinta, algo trivial y ridículo que le avergonzaba en cuanto salía de +ellos. Fernanda le observaba con atención, ganando la serenidad y la +calma que él perdía rápidamente. Parecía embebida por completo en la +conversación, describiendo con naturalidad sus impresiones de viaje, +expresando sus opiniones con la misma indiferencia que si no mediase +entre ellos más que una antigua y tranquila amistad. Luis concluyó por +ponerse taciturno. Al fin tuvo resolución para decir, aprovechando un +instante de silencio: + +--Cuando me acerqué a tí estabas muy distraída. ¿En qué pensabas? + +--No me acuerdo... ¿En qué querrías tú que pensase? + +El conde vaciló un momento; pero animado por la graciosa sonrisa de su +ex-novia se atrevió a articular: + +--En mí. + +Fernanda le miró en silencio, con curiosidad burlona bajo la cual +chispeaba una alegría imposible de ocultar. El conde se puso colorado +hasta las orejas, y las hubiera entregado seguramente a las tijeras por +no haber pronunciado aquellos dos fatales monosílabos. + +--Bien...--dijo la joven alzándose de la silla.--Hasta luego. Me alegro +de verte bueno. + +--¡Escucha! + +--¿Qué hay?--dijo retrocediendo el paso que había dado para alejarse y +posando en él unos ojos sonrientes y maliciosos que concluyeron de +fascinarle. + +--Perdona si mis palabras te han ofendido. + +Fernanda hizo una mueca de desdén y se alejó exclamando: + +--¡Arrepiéntete, pecador, que el infierno tienes delante! + +¡El infierno! Esta palabra, soltada a la ligera, como broma, hizo dar un +vuelco a su corazón; despertó la preocupación constante de su existencia +desde hacía algún tiempo. Todos los Gayoso habían vivido bajo la +influencia de esta idea funesta. Pero el terror de sus abuelos parecía +dilatarse en su espíritu, atormentándolo, enloqueciéndolo. Amalia +necesitaba luchar heroicamente para distraerle por poco tiempo de sus +escrúpulos. Por eso ahora, cuando le hizo seña para que se acercase, le +vio alzarse tétrico de la silla y aproximarse lentamente como si le +arrastrasen. Tenía ella demasiado talento y orgullo para mostrarse +herida de la corta plática que acababa de tener con su antigua novia. Le +acogió con la misma sonrisa, dirigiole la palabra con su habitual y +afectada ligereza, y no se acordó ni del nombre de Fernanda. Pero sus +labios pálidos se contraían de coraje cada vez que le veía volver los +ojos hacia aquélla. Y el incauto lo hacía amenudo. + +Una hermosa niña de ojos azules y flotante cabellera dorada apareció en +la puerta, conducida por una doméstica. + +--¡Oh, qué tarde!--exclamó la señora de Quiñones.--¿Por qué ha tardado +usted tanto en traerla, Paula?--añadió severamente. + +Ésta contestó que la niña se había entretenido jugando _al milano que le +dan_, y que lloraba cada vez que la querían acostar. + +--¿No tienes sueño aún, rica mía?--dijo la dama trayéndola hacia sí y +pasándole la mano tiernamente por los bucles de su cabellera. + +Los tertulios se interesaron vivamente por la criatura. Fue de uno a +otro recibiendo caricias y pagándolas con afectuosos besos de despedida. + +--Buenas noches, Josefina.--Hasta mañana, rica.--¿Has sido buena +hoy?--¿Te ha comprado tu madrina la muñeca que cierra los ojos? + +El conde la miraba con los ojos húmedos, haciendo esfuerzos increíbles +para dominar su emoción. La sentía siempre que se ofrecía a su vista +aquella niña. Cuando le tocó la vez no hizo más que rozar con los labios +su rostro cándido. Pero Josefina, con el admirable instinto que los +niños tienen para saber quién los ama, se colgó a su cuello dándole +pruebas de particular cariño. + +Fernanda también la contemplaba con vivo interés, con una intensa +curiosidad que le hacía abrir extremadamente los ojos. Josefina tenía +seis años, la tez nacarada, los ojos de una dulzura infinita, azules y +melancólicos; algo de triste y enfermizo en toda su diminuta persona. El +parecido con el conde saltaba a la vista. + +Cuando la niña le dejó, los ojos de aquél chocaron con los de Fernanda. +Sintiose turbado: fue a sentarse más lejos. + +Josefina vestía con elegancia. Los señores de Quiñones la criaban con +mimo, como hija adoptiva. Por mucho tiempo éste fue el asunto preferido +de las murmuraciones de Lancia. Se averiguaba con vivo interés el coste +de sus sombreritos; se comentaba el número de juguetes que le compraban; +hacíanse cálculos sobre la cantidad en que la dotarían al casarse. Pero +ya se habían fatigado de tanto comentario. Tan sólo cuando venía rodada +se dejaba escapar alguna alusión mordaz, o se noticiaba al oído algún +nuevo descubrimiento. + +La niña fue a parar a un grupo donde estaban María Josefa, la doncella +de la lengua devastadora, y Manuel Antonio, bello siempre como el primer +rayo de la mañana. + +--Oyes, Josefina: ¿a quién quieres más, a tu madrina o a tu +padrino?--preguntole aquél. + +--A madrina--respondió la niña sin vacilar. + +--Y a quién quieres más, ¿a tu padrino o al conde? + +La niña le miró sorprendida con sus grandes ojos azules. Pasó por ellos +una ráfaga de desconfianza y respondió frunciendo su hermoso entrecejo: + +--A mi padrino. + +--¿Pero el conde no te trae muchos juguetes? ¿no te lleva en coche a la +Granja? ¿no te ha comprado el trajecito de charra? + +--Sí... pero no es mi padrino. + +Los del grupo acogieron con risa esta respuesta. Comprendían que la niña +mentía. Don Pedro no era hombre para inspirar afecto muy vivo a nadie. + +--Pues yo creo que el conde también es tu pa...drino. + +--No tal; yo no tengo más que un padrino--manifestó la chica, cada vez +más recelosa. + +Y se alejó del grupo. + +Fue donde estaba Amalia; se le puso delante cruzando sus bracitos sobre +el pecho y dijo haciendo una reverencia: + +--Madrina, la bendición. + +La dama le entregó su mano, que la niña besó con respetuoso cariño. +Luego, cogiéndola en sus brazos, la besó en la frente. + +--Que descanses, hija mía. Ve a pedir la bendición a tu padrino. + +La niña se dirigió al gabinete. Estas prácticas del tiempo pasado +placían mucho al señor de Quiñones. + +Josefina se acercó a él con timidez. Aquel gran señor paralítico le +infundía siempre miedo, aunque procuraba disimularlo porque así se lo +había ordenado su madrina. + +--Señor, la bendición--dijo con voz apagada. + +El alto y poderoso maestrante no hizo caso. Fijo en las cartas que tenía +en la mano, envuelto en su talma gris con la cruz roja en el pecho, iba +creciendo por momentos ante los ojos turbados de la pobre Josefina. No +comprendía que hubiese en el mundo nada más grande, más imponente y +digno de respeto que aquel noble señor. De esta misma opinión +participaba D. Pedro. Por eso hacía tiempo que había resuelto confundir +a todos los seres que le rodeaban en una masa caótica, en la cual sólo +dos o tres aparecían con algún carácter individual. + +La niña aguardó con sus bracitos cruzados cerca de un cuarto de hora. Al +fin el señor de Quiñones, después de jugar una entrada con fortuna, se +dignó clavar en ella una mirada severa que la hizo empalidecer. Alargó +su aristocrática mano con ademán digno de su tocayo Pedro el Grande de +Rusia, y Josefina posó sobre ella sus labios temblorosos y se fue. + +No estaba muy conforme aquel varón excelso con que su esposa criase con +tal mimo a una expósita, pero lo consentía porque lisonjeaba su +vanidad. Amalia le había dicho, sabiendo dónde le dolía: + +--Criarla para doméstica lo haría cualquiera en Lancia. Nosotros debemos +hacer las cosas de otro modo. + +D. Pedro no pudo menos de sentir el peso de aquella verdad innegable. + +Josefina cruzó el salón para ir a acostarse. Al pasar rozando con +Fernanda, que estaba sentada y sola, ésta la pilló al vuelo por un +bracito y la atrajo. Toda la alegría, toda la ternura que en aquel +momento rebosaba de su corazón, desbordose con violencia sobre la +criatura, a quien cubrió de besos. No se acordó para nada de su rival, a +quien adivinaba vencida. Sólo pensó en que era hija de _él_, su sangre, +su misma imagen. Y besó con éxtasis aquellos ojos azules profundos, +melancólicos, aquella tez nacarada, aquellos bucles dorados que circuían +su rostro como un nimbo de luz. + +--¡Oh, qué hermoso pelo! ¡Qué cosa tan hermosa, Dios mío! + +Y apretaba sus labios contra él y hasta sumergía el rostro entre sus +hebras con tanta voluptuosidad y ternura que estaba a punto de llorar. + +En aquel momento una voz estridente, imperiosa, sonó en sus oídos. + +--¡Todavía no te has ido a acostar, arrapiezo! + +Y al levantar los ojos vio a Amalia, con el rostro pálido, los labios +apretados, que cogió a la niña con violencia por el brazo dándole una +fuerte sacudida y la arrastró hacia la puerta. + + + + +XI + +La cólera de Amalia. + + +A la mañana siguiente, Paula, por orden de su señora, llevó a la niña al +cuarto de la plancha, la sentó en una silla alta y pidió las tijeras a +la doncella, que cosía al pie del balcón. + +--¿Qué vas a hacer?--preguntó Josefina. + +--Cortarte el pelo. + +--¿Por qué?... Yo no quiero que me cortes el pelo. + +Y se bajó resueltamente de la silla. Paula tornó a alzarla. + +--¡Quieta!--le dijo severamente. + +--¡Yo no quiero!... ¡no quiero!--exclamó con graciosa resolución. + +--La verdad es que da lástima cortar un pelo tan hermoso--dijo otra de +las doncellas, que estaba planchando. + +--¿Qué quieres, hija? Quien manda, manda. + +Y tomando uno de los preciosos bucles de la cabellera, lo separó de un +tijeretazo. + +--¡Déjame, Paula!--gritó la niña.--¡Lo voy a decir a madrina! + +--¿Sí, preciosa? ¿Vas a decírselo a madrina de veras?... Bueno, ya se lo +dirás cuando terminemos. + +Y sin hacer más caso de sus protestas, dejando caer las palabras con +zumba, prosiguió imperturbable su tarea. Pero la niña se bajó de nuevo, +irritada, furiosa. Entonces Paula pidió auxilio a Concha, la costurera, +y mientras ésta la tenía sujeta a la silla, aquélla la fue despojando +uno a uno de todos sus bucles. Después arregló como mejor pudo los +cabellos que quedaban. + +--¡Qué lástima!--volvió a exclamar la planchadora. + +--Hija, no está mal así tampoco--repuso Paula peinándola con esmero. + +En aquel momento apareció la señora en el cuadro de la puerta. + +--¡Madrina! ¡ven, madrina!... Mira, Paula y Concha me han cortado el +pelo. + +Amalia avanzó algunos pasos por la estancia y, evitando la mirada de la +niña, fijó los ojos severos en su cabeza, y dijo con imperio y frialdad: + +--No está bien así. Córtelo usted al rape. + +Y se alejó con la frente fruncida. Josefina, atónita, la siguió con los +ojos. Jamás había visto en el semblante de su madrina tanta frialdad y +dureza. Quedó asombrada, pensativa y dejó ya, sin hacer el más leve +movimiento, que Paula cumpliese el mandato. + +Pronto quedó la cabecita rubia mondada como un melocotón. Las domésticas +prorrumpieron en carcajadas. + +--¡Hija de mi alma, que retefeísima te han puesto!--exclamó María la +planchadora con acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa. + +--No digas eso, mujer--repuso Concha con dejillo amargo.--¡Si está +preciosa! + +Era una mujer de veinticinco años o más, extremadamente pequeña, casi +tan pequeña como Josefina, de ojos hundidos y ariscos, a quien todos los +criados de la casa temían. + +Paula reía también pasando y repasando sus manos por la cabeza de la +criatura. + +--Cuando haga falta un perulero para el aceite, ya sabéis dónde lo +habéis de hallar--prosiguió Concha. + +Disipada la lástima, adivinando que la chiquita había caído en +desgracia, las criadas se entregaban a la alegría cambiando bromas sin +gracia, pero que las hacían reír perdidamente. Josefina había +permanecido quieta, silenciosa, con la cabeza baja. Las burlas lograron +al fin hacer su efecto. Dos lágrimas asomaron rezumando por sus largas +pestañas. Concha se incomodó: + +--¿Lloras por el pelito?.. ¡Qué lástima de azotes!... No tienes tú la +culpa, sino los que te crían como una princesita siendo tanto como +nosotras... digo, menos que nosotras--añadió por lo bajo,--que al fin +tenemos padres. + +--¡Vamos, Concha, déjala!... No hagas caso, monina, que pronto tendrás +pelo otra vez--dijo María con acento maternal. + +La niña, impresionada por la caricia, comenzó a sollozar y salió de la +estancia. + +Cuando por la noche se presentó en el salón, de aquella forma, el conde +no pudo reprimir un gesto de cólera y clavó una mirada interrogante en +Amalia. Ésta contestó a aquel gesto y a aquella mirada con sonrisa +provocativa. Y en alta voz dijo que le había mandado cortar el pelo +porque había notado que la niña empezaba a presumir. + +--¡Claro! ¡Tanto la adulan ustedes que se ha puesto inaguantable! + +El conde, irritado, buscó al instante ocasión de acercarse a Fernanda y +anudaron la plática de la noche anterior. Estuvieron locuaces, +afectuosos. Fernanda contó con pormenores su vida de París. Luis se +mostró singularmente expansivo, no ocultando la alegría de su corazón, +hablando animadamente bajo la mirada iracunda de Amalia posada sobre él. +En una pausa Fernanda alzó los ojos sonrientes hacia su ex-novio y le +preguntó, no sin ruborizarse un poco: + +--¿A que no sabes por qué le han cortado el pelo a la niña? + +El conde la miró sin contestar. + +--Ayer lo elogié yo mucho y me permití besarlo. + +Era la primera vez que Fernanda se daba por enterada de su secreto. +Experimentó una fuerte sacudida. Sus mejillas se enrojecieron. Las de +ella también. En largo rato no hallaron palabras que decirse. + +En los días siguientes, el conde comenzó a dar repetidos paseos por la +calle de Altavilla y a pasar largos ratos en el café de Marañón. La +sociedad laciense se sintió conmovida hasta sus cimientos ante tamaño +acontecimiento. Desde entonces más de trescientos pares de ojos le +espiaron sin cesar. Dejó de ir todos los días a casa de Quiñones y +asistió una que otra vez a la tertulia exigua de las de Meré, como se +seguía diciendo en Lancia, aunque en realidad ya no hubiese en el mundo +más que una. Carmelita había muerto hacía lo menos tres años. No quedaba +más que Nuncia, la menor, y ésa casi totalmente paralítica. Del sillón +a la cama y de la cama al sillón: era todo lo que andaba con trabajo. +Moralmente también se hallaba privada de movimiento, falta del impulso +protector que le prestaba su hermana. Desde que ésta bajara al sepulcro, +no tenía ya quien la sujetase. Esto, lejos de alegrarla, la sumía en una +melancolía profunda. Al pasar repentinamente a la categoría de persona +_sui juris_, la pobre Niña había experimentado desazón increíble: todo +le asustaba, todo era conflictos de los cuales le parecía imposible +salir; echaba menos aquellas ásperas reprensiones que, si la hacían +derramar abundantes lágrimas, habían reprimido saludablemente sus +juveniles arranques y cortado los funestos resultados que pudiera +acarrear su inexperiencia. + +Eran sus tertulios asiduos algunos pollastres nuevos, varios gallos +conocidos y un número bastante mayor de lindas y feas damiselas que +acudían a la casa sedientas de marido. Porque la Niña, en esto como en +todo, mantenía religiosamente las tradiciones legadas por su hermana. +Era la protectora decidida de todos los noviazgos que se iniciaban en +Lancia, por desatinados que fuesen. La pequeña casa de la calle del +Carpio continuaba siendo la fragua donde se forjaba la dicha conyugal de +los honrados vecinos de Lancia. + +El que acudía con más constancia era Paco Gómez. La razón, que le habían +arrojado de casa de Quiñones a consecuencia de una frase de las suyas. +Preguntaba cierto forastero en un corro de Altavilla cómo había quedado +paralítico el maestrante. «En realidad no está paralítico--repuso +Paco,--porque no tiene lesión alguna; sólo que las piernas no pueden con +la heráldica que se le ha subido a la cabeza, y se le doblan en cuanto +da un paso.» Lo supo Quiñones por un traidor y dio orden de que no se le +recibiese. + +Era el alma y el regocijo de la tertulia de la Niña. La vaya incesante +con que mortificaba a ésta los tenía a todos en continuo espasmo de +risa. + +--Vamos, Nuncia, ¡mucho ojo! No hables demasiado, porque ya sabes que te +he visto las pantorrillas y... y... y... + +La pobre octogenaria se ruborizaba como una niña de quince. Nada la +sofocaba tanto como este recuerdo importuno de la tarde del columpio. + +Luis y Fernanda comenzaron a verse aquí una o dos veces por semana. +Lejos de la mirada fulgurante de Amalia, aquél se encontraba a gusto, +recobraba su serenidad. Hablaban larguísimos ratos en voz baja, sin que +nadie les molestase; al contrario, la Niña tenía buen cuidado de +proporcionarles ocasión y espacio suficientes. Asistía, no obstante, a +casa de Quiñones; veía a Amalia en secreto cuando se lo exigía, pero iba +apareciendo más frío, más esquivo. Ella, advirtiéndolo perfectamente, no +daba su brazo a torcer, no le hablaba palabra de su ex-novia. Sin +embargo, un día no pudo contenerse: + +--Sé que te entretienes largos ratos en casa de las de Meré hablando con +Fernanda. + +Lo negó cobardemente. + +--Ten cuidado con lo que haces--prosiguió, clavando en él sus ojos +siniestros,--porque una traición pudiera salirte cara. + +Estaba tan acostumbrado al dominio de aquella terrible mujer, que sintió +un estremecimiento de frío, como si algo aciago se cerniese ya sobre su +cabeza. Pero en cuanto salió a la calle, fuera de la influencia +magnética de aquellos ojos que le turbaban, sintiose invadido por una +sorda irritación: «Después de todo, ¿por qué me amenaza? ¿Es mi esposa? +¿Qué derechos tiene sobre mí? Lo que estamos haciendo es un pecado +grave, es un crimen. ¿Quién puede privarme del arrepentimiento, de +reconciliarme con Dios y ser bueno?» El arrepentimiento había sido en +los últimos tiempos un vago deseo, gracias a la fatiga de su amor y aún +más al miedo desapoderado que el infierno le inspiraba. Ahora se +convirtió en verdadero anhelo. Verdad que ofrecía mayores atractivos. +Rechazar el pecado valerosamente, purificarse, librarse del fuego +eterno... y además poseer a Fernanda. + +Hacía tiempo que sus relaciones criminales no tenían más que un punto +luminoso, Josefina. Si no fuese por ella, se hubiera marchado de Lancia. +Esta criatura, blanca y silenciosa como un copo de nieve, que poseía la +fragancia de los lirios, la inocencia de las palomas, la dulzura +melancólica de una noche de luna, esparcía sobre su alma, atormentada +por el remordimiento, un bálsamo que la refrescaba deliciosamente. +¡Cuántas veces, teniéndola entre sus brazos, se preguntaba sorprendido +cómo un ser tan inocente, tan puro, tan divino, pudiera ser hijo del +pecado! Pero aun aquella misma niña era ocasión de nuevos y crueles +tormentos. No verla a solas sino de tarde en tarde; hallarse obligado a +disimular sus sentimientos, a besarla fríamente como los demás, más +fríamente que los demás; no poder llamarla hija del corazón, no sentirla +gorjear el tierno nombre de padre, le entristecía y en ciertos momentos +le desesperaba. Desquitábase cuando una que otra vez, muy rara, le +consentían llevarla a la Granja. Allí se pasaba las horas en éxtasis, +teniéndola sobre sus rodillas, acariciándola frenéticamente. + +La niña se había acostumbrado a estas violentas expresiones de cariño y +las agradecía. A veces sentía su cabecita blonda mojada por las lágrimas +de su amigo. Alzaba los ojos sorprendida, pero viéndole sonreír, sonreía +también y alargaba sus labios de coral para darle un beso. + +--¿Por qué lloras, Luis? ¿Tienes pupa? + +Josefina no entendía que hubiese motivo más grave en el mundo para +llorar. Amaba a Luis tiernamente, y eso que le chocaba y entristecía la +frialdad que con ella usaba ordinariamente. Poco a poco había ido +adivinando, con precoz instinto, que el conde la quería más que los +otros y que disimulaba. Ella también adoptaba, siguiendo el ejemplo, una +actitud indiferente cuando se acercaba a él en público. Pero cuando +estaban solos, entregábase con el mismo entusiasmo a las expansiones del +cariño, y esto sin saber por qué, sin darse cuenta de lo que hacía. + +Desde el día en que su madrina ordenó que le cortasen el pelo, Josefina +pudo notar que había caído en desgracia. Ya no la besaban con trasporte, +ya no satisfacían sus mínimos antojos, ya no era la preocupación +constante de la casa. Amalia comenzó a contrariarla, a usar con ella un +tono frío y displicente; y las criadas siguieron el ejemplo de su +señora. La pobre niña, sin comprender qué significaba aquel cambio, +sintió su pequeño corazón apretarse; exploraba con sus bellos ojos +profundos los semblantes y trataba de descifrar el enigma que guardaban. +Se hizo más grave, más recelosa, más tímida. Y como viera que le negaban +los juguetes o las golosinas que antes le otorgaban a manos llenas, se +abstuvo de pedirlos. + +Amalia, en vez de gozar como antes con sus gracias infantiles, parecía +huirlas. Dio orden de que no se la llevasen por la mañana a la cama, +según costumbre. Cuando la tropezaba casualmente en los pasillos, pasaba +de largo evitando mirarla. A todo más se acercaba preguntándole con +acento displicente: + +--¿No te has lavado todavía? Anda, ve a que te arreglen. O bien: «Me han +dicho que no has sabido la lección de catecismo. Te vas haciendo muy +holgazana. Cuidado que seas buena, porque si no, te encierro en la cueva +de los ratones.» + +Antes se ocupaba ella en tomarle las lecciones, en ponerle la aguja en +la mano y guiar sus diminutos dedos. Ahora abandonaba casi siempre esta +tarea a las doncellas. Vivía en un estado de preocupación sombría que no +pasaba desadvertida a los criados. Josefina también la adivinaba; veía +que su madrina estaba cambiada, no sólo con respecto a ella, sino en +todo su modo de ser. Y allá, vagamente, en los limbos oscuros de su +pensamiento se engendraba la idea de que estaba triste, que padecía y +que ésta era la causa de su mal humor. + +Un día estaba la dama sola en su gabinete. Se había dejado caer en una +butaca. Inmóvil, con la cabeza echada hacia atrás y las manos +pendientes, parecía dormida. Sin embargo, Josefina, que rondaba el +gabinete, se atrevió a mirar por la rendija de la puerta y observó que +tenía los ojos abiertos, muy abiertos, y que su frente estaba +temerosamente fruncida. Sin saber lo que se hacía, con esa ciega +confianza que los niños tienen en sí mismos, empujó la puerta y penetró +en la estancia. Acercose silenciosamente a la señora, y echándose +repentinamente sobre su regazo, le dijo, clavando en ella una mirada de +tímido afecto: + +--Dame un beso, madrina. + +La dama se estremeció. + +--¿Cómo estás aquí? ¿Quién te ha dado permiso para entrar? ¿No te han +dicho que no subas sin que te llamen?--preguntó frunciendo aún más el +ceño. + +--Quería darte un beso--dijo con voz apagada Josefina. + +--Déjame de besos. Anda, y cuidado con subir otra vez sin mi permiso. + +Pero la niña, embargada por la emoción, no sabiendo a qué atribuir +aquel despego y queriendo vencerlo a toda costa, próxima a llorar, se +echó aún más sobre el regazo y trató de subirse para alcanzar su rostro. + +--Dame un beso, madrina. + +--¡Quita! ¡Déjame!--replicó la dama impidiéndola alzarse. + +La niña se obstinó. + +--¿No me quieres? Dame un beso. + +--¡Que te quites, chicuela!--gritó enfurecida.--¡Lárgate ahora mismo! + +Al mismo tiempo le dio un fuerte empujón. Josefina, después de +tambalearse, rodó por el suelo, dando con la cabeza en el pie de una +silla. + +Alzose llevando la mano al sitio dolorido, pero no lloró. Un sentimiento +de dignidad, que muchas veces se aloja con fuerza en los corazones +infantiles, le prestó fortaleza para resistir el llanto que brotaba a +los ojos. Dirigió a su madrina una mirada de indefinible tristeza y +salió corriendo de la estancia. Cuando llegó a la escalera se dejó caer +sobre un peldaño y rompió a sollozar. + +Las espinas de la vida comenzaron a clavarse cruelmente en las carnes +delicadas de aquella niña, que hasta entonces sólo flores había hallado +en su camino. El despego de Amalia fue creciendo de día en día. A la par +crecía también la reserva y la timidez de su hija. Pero como al fin era +niña, esta tristeza disipábase a veces al impulso de un capricho. +Entonces era cuando realmente se mostraba la frialdad y ojeriza de la +dama. + +--Señora, Josefina no quiere ponerse el vestido verde. + +--¿Pues? + +--Dice que está sucio. + +Amalia se levantó, fue al cuarto de la niña y, cogiéndola por un brazo y +sacudiéndola rudamente, le dijo: + +--¿Qué orgullo es ése? ¿No sabes, muñeca, que en esta casa no eres +nadie? ¿Que estás aquí por misericordia? Ten cuidado no enfadarme, +porque el día menos pensado te planto en la calle, de donde te he +recogido. + +Las criadas escucharon estas palabras y las tuvieron bien presentes. +Josefina hasta entonces había sido tratada como hija de los señores: en +adelante se la consideró como una hija postiza: más tarde, como +advenediza. La servidumbre se vengaba con placer de los minuciosos +cuidados que antes se veía obligada a prodigarle, de aquellas ásperas +reprensiones que recibían por su causa. En particular Concha, la +microscópica doncella, experimentaba una alegría indecible, propia de su +carácter maligno y rencoroso, cada vez que la señora mostraba de algún +modo su desdén por la niña recogida. + +Ésta ocupaba una habitación que daba al jardín, alegre y espaciosa. +Concha, aunque primera doncella y costurera de la casa, alojábase en un +cuartucho lóbrego, con ventana al patio, que compartía con María. El +gabinete de Josefina había sido siempre para ella objeto de envidia. Más +de una vez la había expresado con palabras bien pesadas para aquélla. +Aprovechándose de la disposición de su ama, obtuvo permiso para dormir +también en este gabinete, a pretexto de que Paula, que ocupaba una +alcoba contigua, tenía el sueño pesado. Instalose cómodamente, hizo uso +del tocador y de los enseres de la niña. Pocos días después la mandó a +dormir con María en su antiguo cuarto, sin decir una palabra a su ama. +Cuando ésta lo supo, ya había pasado algún tiempo: la reprendió sin +aspereza por no haberle dado parte, pero no modificó los hechos +consumados. + +Más adelante se le ocurrió degradarla de otra manera. Josefina comía a +la mesa con los señores. El alto y poderoso maestrante no había +consentido en ello al principio: importunado por su esposa, cedió al +fin, no sin repugnancia. Concha, penetrada de la ojeriza de su señora, +comenzó a intrigar para privar de este honor a la recogida. Exagerando +lo que daba que hacer, lo mucho que se manchaba y lo que perturbaba el +servicio de la mesa, logró a la postre que no se sentase a ella y sí en +una pequeñita que se le puso en el cuarto de la plancha, próximo a la +cocina. A los pocos días la misma Amalia, en un acceso de mal humor, +dijo que aquel doble servicio no podía ser tolerado y que se la llevasen +a la cocina a comer con los criados. + +Concha la sentó en un taburete, le puso un plato de barro y una cuchara +de madera en la mano y le dijo: + +--Come. + +La niña levantó la cabeza estupefacta; pero al ver la sonrisa maligna +que brillaba en los ojos de la doncella, bajola de nuevo y se puso a +comer sin protesta alguna. Concha no quedó satisfecha; deseaba que se +rebelase; verla llorar. + +--¿Qué es eso? ¿No te gusta la cuchara?... Pues, hija, come con ella, +que también cómo yo y soy tan buena como tú... ¡Qué te creías, +bobalicona! ¿Pensabas que porque te ponían el sombrerito y la camisa de +batista eras una señorita... Las señoritas no vienen metidas en un cesto +entre trapos sucios... + +Y por ahí continuó soltando a chorros sarcasmos e insultos, hasta que al +fin la pobre Josefina rompió a llorar. Las demás criadas, menos +malévolas, se veían, no obstante, lisonjeadas por aquella humillación. +Al fin se pusieron de su parte, trataron de consolarla, mientras +Concha, despiadada, más dura y más fría que el mármol, siguió +persiguiéndola largo rato con rechifla sangrienta. + +Pocos días después, al cruzar Josefina por el cuarto de la plancha para +ir al comedor, oyó a Concha decir dirigiéndose a María: + +--Di, chica, ¿has planchado ya la ropa de la hospiciana? + +Se detuvo, sin saber a quién se refería, y paseó su mirada recelosa de +una a otra doméstica, hasta que una carcajada, que ambas soltaron a la +vez, le hizo comprender que se trataba de ella. + +--¿Por qué me llamáis hospiciana?--exclamó la inocente pugnando para no +llorar.--Lo voy a decir a mi madrina. + +--¡Alza; corre a decírselo!--replicó Concha empujándola a la puerta. + +Desde entonces no se le dio otro nombre entre la servidumbre. + +Amalia prohibió que la llevasen por la noche al salón. El conde, que ya +no veía a su hija mas que este momento, pidió explicaciones. La dama +manifestó que, debiendo levantarse temprano para estudiar sus lecciones, +necesitaba más sueño. No se dio aquél por convencido. Comprendía que se +trataba de una ruin venganza; pero tuvo la prudencia de callar, temiendo +mayor daño. + +A Amalia se le ocurrió entonces herirle de modo más directo. La niña, a +quien había privado no sólo de sus caricias, sino de todas sus +preeminencias en la casa, iba camino de ser una criadita más. En un +instante quedó trasformada por completo. La señora dio orden de que se +le guardasen todos los sombreros y vestidos y se le pusiese el más pobre +y más viejo del guardarropa; que se le hiciesen delantales como a las +demás criadas y se la emplease en los menesteres de la cocina que +pudiese ejecutar. + +Los amores del conde y Fernanda eran cada día más notorios. Aunque en +casa de Quiñones se guardaban de hablarse con intimidad, a la celosa +valenciana no se le ocultaba lo que entre ellos existía. Sus ojos +traspasaban como dos rayos de luz el cerebro de su amante y leían con +claridad dentro de él. Luis estaba enamorado de su antigua novia. Las +relaciones adúlteras le pesaban en el alma como una losa de piedra. +Ella, la amada, la preferida de otros días, le parecía ahora vieja y +marchita frente aquella espléndida rosa que acababa de abrirse por +completo. Si no la había abandonado ya, era por debilidad de carácter, +por el ascendiente poderoso que en siete años de relaciones había +logrado adquirir sobre él. Pero no apetecía otra cosa. Lo leía +perfectamente en sus miradas huidas; en la preocupación sombría que +pesaba sobre él, rota algunas veces por súbita y extravagante alegría; +en el temor y en el servilismo, cada vez mayores, con que se acercaba a +ella. + +Una noche el conde pidió un vaso de agua. Los ojos de Amalia brillaron +repentinamente. Había llegado el momento ansiado. Tiró de la campanilla +y dijo con singular inflexión a la doncella que acudió: + +--Paula, que traigan un vaso de agua. + +Pocos instantes después se presentó Josefina, pobremente vestida, con un +mandilito de tela burda, calzados los pies con toscos zapatos, +soportando trabajosamente entre sus pequeñas manos una bandeja con vaso +de agua y azucarillo. Los tertulios quedaron estupefactos. Luis +empalideció. Avanzó la niña hasta el medio del salón, mirando +tímidamente a su madrina. Esta le hizo seña de que se acercase al conde. + +Vaciló el caballero como si estuviese distraído; pero viendo a la +criatura plantada delante de él, se apresuró a tomar el vaso y se lo +llevó con mano temblorosa a los labios. Los ojos de Amalia se mostraban +en tanto fríos, indiferentes; pero en sus labios había imperceptibles +estremecimientos que revelaban el gozo cruel que sentía. En la tertulia +reinó, mientras se efectuaba esta escena, un significativo silencio. + +Luego que Josefina hubo salido, la señora de Quiñones explicó a sus +tertulios con naturalidad aquella mudanza. Se trataba de un castigo +necesario al orgullo que la niña empezaba a mostrar con los criados. No +duraría mucho. Sin embargo, necesitaba vencer a todas horas la voluntad +de Quiñones, que se oponía a que fuese educada con tanto mimo. + +--La verdad es--concluyó diciendo con acento tan natural, que ninguna +actriz lo hallaría más adecuado a la ocasión,--la verdad es que algunas +veces no puedo menos de darle la razón en mi interior. ¿Qué bien le +hacemos a esta pobre niña colocándola en una situación donde no ha de +poder sostenerse? Mañana, que nosotros nos muramos, la pobre necesitará +buscarse el sustento trabajando, si antes no encuentra un marido... ¿Y +qué marido le vamos a dar a una muchacha con necesidades y sin dinero? + +Los tertulios no cayeron en la trampa. En realidad tampoco ella lo +pretendía. Todo aquello venía a reducirse a puro convencionalismo, pues +a nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco después, no pudiendo +dominar la molestia que sentía, el conde se despidió. + +--Este negocio de Luis no se presenta nada bien--decía a última hora +Manuel Antonio en un grupo que se retiraba por la calle de Altavilla, +donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jovita.--El matrimonio +con Fernanda, si es que lo llega a realizar, le ha de costar muchos +disgustos. + +--¿Crees tú?...--preguntó María Josefa para tirarle de la lengua. + +--¡Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces a Amalia como yo? + +--¿Y qué tiene que partir Amalia en el matrimonio de Luis?--preguntó +Jovita, que en su calidad de soltera, aunque hubiese cumplido los +treinta y dos, le convenía hacer patente su candor. + +--¡Ay! Es verdad que teníamos aquí esta _fanciullina_--exclamó, haciendo +cómicos ademanes de susto, el marica.--¡No me hacía cargo!... Nada, +monina, nada; sigue adelante, que son cosas de los grandes... + +La hija del Jubilado se volvió iracunda al sentir el alfilerazo y +replicó con una frase insolente. Pagole Manuel Antonio con otra, y se +entabló animada disputa rebosando de palabras amargas e intencionadas +que se prolongó hasta casa del Jubilado, no sin que éste hubiese hecho +algunos vanos esfuerzos para poner paz entre ellos. La mejor parte la +llevó, como siempre, el marica, que poseía para lanzar sus frases el +vigor de los hombres y la sutil intención de las hembras. + +Al día siguiente el conde logró una entrevista con Amalia y le dio sus +quejas por la escena de la noche anterior. La dama se manifestó amable, +condescendiente, justificó su conducta por el bien de la niña. Luis +observó, sin embargo, que hablaba de un modo particular: creyó percibir +en la miel de sus palabras un dejo de amargura e ironía que le +sobresaltó. Salió preocupado, inquieto: en algunos días no pudo quitar +de sí el malestar de aquella entrevista. + +Pero el amor prendía fuego rápidamente en todos los aposentos de su alma +y consumió al fin aquel último resto de preocupación. Estaba +profundamente enamorado. Y como siempre acaece, a la par que crecía su +amor aumentaba también su timidez. Al principio, en sus largas +conversaciones con Fernanda, aparecía sereno, galante, no perdonaba +medio de demostrar a su ex-novia su admiración y rendimiento. De repente +comenzó a perder el aplomo, a huir todo asunto relacionado con sus +propios sentimientos, a evitar las frases galantes. Fernanda no se +equivocó. Ahora es cuando había llegado aquel amor, tras del cual tanto +tiempo había corrido, que tantas lágrimas le había costado. + +Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indiferentes, tenían un sabor +delicado, exquisito. Hablaban horas y horas, sin cansarse, de las cosas +más insignificantes, por el placer de verse tan cerca, de escucharse. + +Fernanda charlaba con toda la alegría de su corazón, sin curarse de la +timidez de su adorador, al contrario, gozando al ver el empeño pueril +con que evitaba el confesar su amor, sabiendo que en cuanto ella diese +la señal se entregaría atado de pies y manos. + +El momento llegó al fin. Un día la hermosa viuda se resolvió _a +declararse ella_. Hablaban del matrimonio; de las segundas nupcias. Luis +comenzó a sobresaltarse, a emitir sus opiniones con voz temblorosa, a +tratar de huir la conversación. Fernanda dijo de repente con perfecta +calma y en tono resuelto: + +--Yo no volveré a casarme segunda vez. + +Se puso pálido. La cara se le entristeció de tal manera que la joven, +reprimiendo a duras penas una sonrisa, repitió con más resolución aún: + +--No volveré a casarme segunda vez... a no ser contigo. + +El conde la contempló desencajado. + +--¿Es de veras eso?--preguntó al fin con voz temblorosa. + +--¡Y tan de veras!--repuso ella mirándole sonriente. + +--Dame esa mano, Fernanda. + +--Tómala, Luis. + +Se las estrecharon fuertemente por unos momentos. El conde se levantó +sin decir otra palabra. Cuando llegó a casa, le escribió una larga carta +de seis pliegos pintándole con los más vivos colores su pasión, dándole +fervorosas gracias, llamándose indigno gusano tres o cuatro veces. + +El matrimonio quedó concertado para cuando terminase el año de luto. +Faltaban dos meses. Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia no +se celebrase tampoco en Lancia. Unos días antes del prefijado saldría +ella para Madrid; poco después se le juntaría él, y en la corte +quedarían unidos para siempre. + +En los pueblos es muy difícil ocultar cualquier cosa: un proyecto de +boda, imposible. Por la intensidad de la mirada cada par de ojos se +convierte en cien pares; por su virtud acústica, cada oído en cien +oídos. En sus pasos, en sus miradas, en el modo de saludarse y +despedirse los ingeniosos lacienses adivinaban como verdaderos magos lo +que pensaban, medían exactamente el progreso de aquellas relaciones que +les tocaba en lo más vivo del corazón. + +Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante de la tétrica morada del +conde, vio salir a la doncella con una caja de cartón en las manos. El +marica sintió en la nariz olor de caza, tomó vientos un instante, y la +siguió. + +--Adiós, Laura--dijo pasando delante de ella. + +Y volviéndose de repente le preguntó en tono indiferente: + +--¿Cómo sigue tu amo? + +--El señor conde no está malo. + +--¡Ah! Pues me dijeron... Como no le veo hace dos días... ¿Vas de +compras para la señora? + +--Son camisetas para el señor conde. + +--¿De casa de Ramiro?... Déjame verlas, yo también tengo que comprar. + +La doncella abrió la caja y el marica se puso a examinar el contenido. + +--Son muy finas. Esto es demasiado caro para mí, hija. + +--Sí, señor, son caras. Pues el señor conde todavía no las encuentra +buenas. Quiere a toda costa que sean de seda, y por más que anduve todos +los comercios, no las hay. No tiene más remedio que encargarlas. + +--¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va a casar. + +--Yo no sé nada de eso, señorito--se apresuró a replicar la criada con +señales de turbación. + +--¡Quita allá, hipocritona!--exclamó riendo.--Tú lo sabes como yo y como +todo el mundo... ¿Y para cuando? + +--Le digo que no sé nada. + +Pero el marica insistió tanto, se mostró tan expresivo y familiar que al +cabo de un rato la criada desembuchó lo que tenía dentro. + +--Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo lo que hay, pero creo que +se casa y pronto. El otro día oí unas palabras a la señora condesa... + +--¿Qué palabras? + +--Decía al ama de llaves que, en cuanto su hijo se fuese, iría a pasar +una temporada a la Granja. Después, mirando por el agujero de la llave, +la vi llorar. Además, Fray Diego estuvo anteayer en casa... pero no sé +si debo decirle... + +--Vamos, mujer, ¿qué importa? ¿Te figuras que yo soy una gaceta? + +--Pues le oí decir al tiempo de despedirse: «Nada, nada; tienen mucha +razón; es mucho mejor que lo hagan en Madrid. Éste es un pueblo muy +envidioso...» + +El gozo que sintió Colón al descubrir la tierra del Nuevo Mundo no fue +nada en comparación con el de nuestro marica. No sólo sabía sin género +de duda que se casaban, sino dónde había de efectuarse la ceremonia. +Embarazado por noticia tan capital y queriendo aliviarse enseguida de +aquel peso, se puso a imaginar sobre quién haría más efecto. Su +pensamiento fue derecho a Amalia. Hacia el palacio de Quiñones enderezó, +pues, sus menudos y graciosos pasos. + +Era la hora del oscurecer. Halló a la señora sentada en su gabinete, sin +luz, entregada sin duda a una de esas intensas y dolorosas meditaciones +que desde hacía algún tiempo la embargaban. Manuel Antonio se mostró +jovial y decidor, trató de alegrarla cuanto pudo, atrayendo de nuevo la +sangre a aquel corazón ulcerado para que la puñalada fuese más dolorosa. +Pidió chocolate, lo tomaron jaraneando lindamente: Amalia llegó a +olvidarse de sus preocupaciones. Y cuándo más olvidada estaba ¡zas! la +bomba. Pero dejada caer suavemente, con arte infinito, el arte que sólo +posee una mujer, reforzado por el ingenio masculino. + +Lo único que sintió fue no poder verle la cara. El gabinete estaba ya +casi en tinieblas. Pero advirtió bien claramente el destrozo de la +explosión en el sonido de la voz, en la frialdad de la mano al +despedirse. + +Amalia quedó en pie, rígida, inmóvil, largo rato. Apoyose en la cortina +de crespón para mirar a la calle y la destrozó. Trató de abrir su +escritorio para tomar el pomo de esencia, pero dio demasiada vuelta a la +llave y estropeó la cerradura. + +Salió de la estancia y vagó, por los pasillos oscuros y escaleras, con +incierta planta, como un fantasma. Allá a lo lejos vio un punto luminoso +y se dirigió hacia él involuntariamente como una mariposa. Era el +comedor, que ya estaba alumbrado. Sentada a la mesa, armando unos +pastorcitos de barro, restos de su pasada riqueza, estaba Josefina. La +pantalla de la lámpara proyectaba viva luz sobre su cabecita monda y +dorada como una naranja. Amalia se detuvo un instante y la contempló con +ardiente mirada, devorando con los ojos aquel semblante grave y +melancólico que tan fielmente reflejaba el de Luis. Dio un paso y la +niña volvió la cabeza. La mirada de sus ojos azules era igualmente +dulce y triste; el movimiento de las pestañas, idéntico. La esposa del +maestrante salvó de dos pasos la distancia que la separaba y cayó sobre +ella como un tigre hambriento. Golpeó, mordió, desgarró. Sus uñas +dejaron al instante surcos morados en aquel rostro cándido. La sangre +comenzó a brotar. La niña, loca de terror, lanzaba chillidos +penetrantes. Apenas tuvo tiempo a ver a su madrina. No sabía qué era +aquello. Amalia, insaciable, golpeaba, hería sin cesar. Los gritos de la +víctima hacían crecer su furor. Se detuvo rendida al fin. + +--Madrina, ¿qué hice?--exclamó la pobre niña huyendo hacia un rincón. + +Esta pregunta, la mirada de angustia con que la acompañó, enfurecieron +de nuevo a la dama. Volvió a golpearla despiadadamente. La criatura se +tapaba el rostro con las manos. Entonces le cogía las orejas, las +estrujaba hasta arrancarlas. No satisfecha todavía, irritada de no poder +herirla en la cara, tomó un plumero que había sobre la mesa, y con el +mango comenzó a sacudirle sobre las manos, dejándolas cubiertas de +cardenales. + +Al fin consiguió salvarse. Las criadas, que habían acudido y +presenciaban atónitas la escena, dejáronla paso y huyó por los pasillos +y tomó por la escalera. La puerta de la calle estaba abierta. El +cochero, al llevar los caballos al agua, la había dejado así. Josefina +salió de la casa y corrió desalada por la calle de Santa Lucía, penetró +en la travesía de Santa Bárbara, atravesó la plazuela del Obispo y, +bajando por la calle de la Sastrería, salió por la puerta de San Joaquín +a la carretera de Sarrió. + +Había cerrado ya la noche. Caía suavemente una lluvia menuda, pero +espesísima, que en poco tiempo la caló hasta los huesos. La desgraciada +criatura corrió todavía algún tiempo y al fin se detuvo jadeante. El +pretil de la carretera estaba bajo en aquel sitio y se sentó. Entonces +fue cuando sintió el dolor de los golpes. Llevose las manos a la cabeza, +después a la cara, por donde sentía correrle un líquido caliente, que al +principió pensó sería la lluvia. + +Pronto se convenció de que era sangre. ¡Sangre! ¡La cosa en el mundo a +que ella tenía más terror! Dominada aún por el susto, no se quejó. +Levantó la falda de su vestidito y se secó, o por mejor decir, se lavó +la cara, porque el vestido estaba mojado. + +Pero lo que más sentía, lo que le dolía de un modo horrible eran las +manos. No sabiendo qué hacer para aliviarse, comenzó a soplarlas. Luego +las chupó. Pero el dolor era tan recio que exclamó al fin sollozando: + +--¡Ay mis manos! + +En aquel momento se alzaron ante ella entre las sombras de la noche dos +enormes figuras que la dejaron helada de espanto. Una de ellas se +abalanzó y la cogió por un brazo. + +--¿Qué haces ahí?--dijo con voz bronca. + + + + +XII + +La justicia del barón. + + +En una gran sala de la casa solariega de los Oscos, amueblada con cuatro +trastos viejos, tapizada con dos dedos de polvo, se encuentran sentados +a una antigua mesa de roble dos conocidos personajes de esta historia. +Uno es el propio barón, dueño de la casa. El otro, su amigo Fray Diego. +Tienen delante un tarro de ginebra vacío, otro a medio vaciar y sendas +copas. Ni mantel, ni tapete, ni bandeja; el único adorno de la mesa son +las manchas caprichosas que el vino y la ginebra en feliz consorcio con +el polvo han ido dejando con el trascurso de los meses y los años. La +estancia es lóbrega, porque la calle del Pozo lo es y porque los +cristales emplomados, hace años ya que no se han limpiado, y porque la +tarde está declinando. + +A la poca luz que allí consigue penetrar puede verse la faz de ambos +excesivamente roja, tan roja que parece imposible no brote la sangre de +sus ojos encarnizados. La del barón ha llegado al límite de su fiera y +espantable fealdad. Aquella cicatriz sangrienta que le surca el rostro +se destaca ahora con todas sus rugosidades, tan áspera y negra que da +grima verla. Sus bigotes cerdosos, unidos a las patillas, son ya más +blancos que negros. Viste zamarra negra y cubre su cabeza una gran boina +roja cuya borla cae arremolinada, unas veces sobre las orejas, otras +sobre las narices, según los movimientos que imprime a su torso de ogro. + +Hace largo rato que guardan silencio. Fray Diego de vez en cuando lleva +la mano al tarro de la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la +suya, y gravemente la apura de un trago. El barón no es tan expedito: +toma su copa, la sube a la altura de los ojos y hace frente ella una +serie de muecas a cual más horrorosa; después la toca con el borde de +los labios, vuelve a las muecas, vuelve a tocarla; por fin, después de +largos ensayos y vacilaciones, se decide a apurarla. + +De esta manera grave y prudente se solazan los dos antiguos soldados de +D. Carlos casi todas las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay entre +sus jocosos habitantes entabladas varias apuestas sobre cuál de los dos +moriría primero de apoplejía. + +Fray Diego había servido también en las filas del Pretendiente. Luego se +había ordenado, se hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se +secularizó y vivía en Lancia como capellán suelto. Mientras la guerra no +se habían conocido. Cuando se encontraron en Lancia quedaron unidos con +indisoluble amistad por la identidad de ideas, por el recuerdo de las +gloriosas batallas a que asistieron... y por la ginebra. + +--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--exclamó +después de largo silencio, en que ambos parecían dormitar, Fray Diego. +Al mismo tiempo dio un tremendo puñetazo sobre la mesa que hizo bailar +los tarros y las copas. + +El barón no se conmovió poco ni mucho. Siguió haciendo guiños a la copa +que tenía delante y, después de apurarla muy reposadamente y chasquear +tres o cuatro veces la lengua, dijo: + +--Despacio, despacio, Fray Diego; usted no sabe todavía lo que son los +papas. + +--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--volvió a +exclamar el cura, dando otro puñetazo más fuerte. + +--Cuidado, Fray Diego, que los papas han sido siempre muy ambiciosos. + +--¡Señor barón!--exclamó el clérigo con voz enfática de cómico de la +legua.--¡Tiene usted el alma tan fea como el rostro! + +El barón quedó tan sosegado ante aquel insulto. Después de un rato dijo +con perfecta tranquilidad: + +--No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver mi cara en estos asuntos? Yo +soy católico, apostólico, romano; pero si mañana el rey, nuestro señor +(llevose la mano a la boina al decir esto), me manda con un destacamento +a Roma, voy a allá como el condestable de Borbón, la saqueo y prendo al +pontífice. + +--Y yo digo que si Su Santidad me mandase meter una cuarta de bayoneta +por el ombligo a ese condestable, tenga usted por seguro que le metía +dos. + +--No. + +--¿Cómo no?--rugió el capellán poniéndose carmesí. + +--Porque el condestable ha muerto hace tres siglos. + +--Me alegro. Tres siglos hace que arde en los infiernos. + +--Todo eso está muy bien, _pater_, pero el rey siempre arriba, ¿estamos? +y los demás a callar y obedecer. + +--¡El papa no calla nunca, señor barón! + +--Pues se le pone una mordaza. + +--¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces porra! quién se la +ponía estando cerca Fray Diego de Areces!--gritó el clérigo alzándose +convulso y echando fuego por los ojos. + +--Siéntese, _pater_, y cálmese y escancie otra copita, que Fray Diego de +Areces no es más que un cazuela. + +El capellán se serenó repentinamente, vertió delicadamente el licor en +las dos copas y apuró la suya con deleite, después de lo cual dejó caer +la cabeza sobre el pecho, los párpados se le bajaron y se puso a +dormitar. El barón, radiante de alegría, le contemplaba fijamente con +ojos socarrones, aprovechándose de su ausencia temporal para escanciarse +otra copita, «de nones,» como él decía. + +Era constante particularidad de aquellas dulces sesiones el que la +ginebra trocase el carácter de ambos. El genio irascible, impetuoso del +barón se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase, mientras duraba la +benéfica influencia del alcohol, alegre, comunicativo, conciliador; +ninguna palabra le molestaba, nada le parecía suficiente motivo para +encolerizarse. En cambio, Fray Diego, que en estado normal era un +bendito, siempre jovial y chancero, tornábase un diablo disputador y +quisquilloso, adquiría de pronto humor guerrero que nadie sospecharía +bajo su rostro redondo y plácido de beata ajamonada. + +Despabilose al cabo de pocos minutos, miró al barón algunos momentos +fijamente con extraña ferocidad y profirió estropajosamente: + +--Quisiera, señor barón, que me explicase usted qué entiende por +cazuela. + +--¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A usted qué le importa que +signifique uno u otro? + +--Es que yo quisiera... ¡entendámonos! + +--Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos cuartillos de ginebra entre +pecho y espalda y yo otros dos... o algo más--añadió haciendo un número +prodigioso de guiños. + +--¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Entendámonos de una vez, porra! + +--Aquí ya no hay barones ni frailes--exclamó el noble en un arrebato de +buen humor alzándose de la silla.--Aquí sólo quedan el tío Francisco, +que soy yo, y el tío Diego; que eres tú, ¿estamos?... Vengan esos +cinco... + +Al avanzar con la mano extendida dio algunos traspiés, pero se mantuvo +firme. + +--¡Vengan esos cinco, valiente! + +El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos. + +--Ahora un abrazo por el rey legítimo de las Españas. + +--¡No me hable usted de abrazos!...--gritó el clérigo enfoscándose de +nuevo.--Me acuerdo del abrazo de Vergara, y ¡porra!... + +--No te apures, compadre, que ya nos la pagarán. + + _¡Ay, ay, ay! mutilá_ + _Chapelen gorriá._ + +Y se puso a cantar roncamente el himno carlista; pero interrumpiéndose +de pronto: + +--¡Eh, tío Diego, a cantar! Dejémonos ahora de lágrimas... + +En efecto, su amigo lloraba en aquel momento lágrimas como avellanas, +recordando la traición de Vergara. + +--¡Arriba, coracero! ¿A que no te pesaría de que bebiésemos una copita +por el exterminio de todos los _negros_? + +Fray Diego se declaró, con un movimiento de cabeza, partidario en +principio de este brindis consolador, pero no se movió de la silla. + +Bebieron otra copa, y su efecto fue tan prodigioso en el alma +tradicional del barón, que se puso inmediatamente a bailar el zapateado +inglés sobre la mesa, sin que Fray Diego dejase por ello de verter +abundantes lágrimas. + +--¡Hum! No me gusta este baile de _extranjis_--manifestó al fin +bajándose de un salto;--prefiero la _danza prima_. Ven acá, tío Diego... + +Y a la fuerza, cogiéndole por las manos, lo alzó de la silla y se puso +a dar vueltas con él, entonando uno de los cantos largos y monótonos del +país. Fray Diego se sintió rejuvenecido. Recordaba sus tiempos de +mastuerzo allá en la aldea, cuando su tío el cura de Areces le molía a +palos porque saltaba de noche por la ventana para ir a cortejar las +mozas de los pueblos vecinos. + +--Oye, Diego--dijo el barón parándose repentinamente.--¿No te parece que +antes de seguir bebamos una copita por el alma de nuestros mayores? + +Asintió el fraile de buen grado; pero las copas yacían rotas por el +suelo y los tarros vacíos. El barón abrió un armario y sacó de él nuevos +elementos de _vida espiritual_. Esta copa funeraria le inspiró una idea +felicísima; la de cubrir la cabeza del capellán con su boina y adornarse +él con el canalón de éste, que descansaba sobre una silla. Así vestidos +volvieron a la danza, haciendo dos figuras realmente interesantes. + +El barón dio un traspié y cayó. + +--Alza, tío Diego. + +El fraile le cogió de nuevo las manos que había soltado y tiró con +fuerza hacia arriba. Pero el peso del noble le doblegó y rodaron los dos +por el suelo. + +--¡Alza, tío Diego! + +--¡Alza, tío Francisco! + +Ambos se revolcaban soltando bárbaras carcajadas. El barón logró al fin +ponerse en pie. El capellán le imitó al cabo de un rato. Pero su alma, +iluminada un momento por los recuerdos de la juventud, cayó otra vez +repentinamente en la sangre y el exterminio. Se dirigió ferozmente a su +amigo. + +--Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me ha llamado usted cazuela +hace poco? ¿eh? ¿eh? ¿por qué? + +--Te lo explicaré enseguida, hombre--repuso el barón con calma;--pero +antes beberemos una copa por la congregación de todos los fieles +cristianos, cuya cabeza visible es el papa... digo, si te parece. + +El capellán no puso obstáculo. + +--Pues te he llamado cazuela--prosiguió chasqueando la lengua--porque +una cazuela, ¿sabes tú? una cazuela sirve para que la llenen de patatas +guisadas. + +Dicho esto, el barón cayó en un espasmo de alegría tan violento que por +poco se ahoga. Mientras tanto, los ojos saltones de su camarada le +miraban con tal expresión amenazadora que parecía que iban a brincar de +las órbitas y lanzarse sobre él; crecían por momentos como los de una +langosta. + +--¿Y por qué de patatas guisadas? Yo tengo tantos hígados como usted, +¡porra! y lo he probado en la acción de Orduña y en la de Unzá, y por +algo tengo en mi casa seis cruces. + +--¿Tú? ¿tú?--dijo el caballero sin poder sosegar la risa.--Tú nunca has +servido más que para hacer el rancho al escuadrón. + +El furor del fraile no tuvo límites al escuchar esto. Gritó, pateó, dio +espantosos puñetazos sobre la mesa. Por último, lanzose hacia la puerta +y desde su marco comenzó con descompuestos ademanes a apostrofarle. + +--¡Eso lo dice usted porque está usted en su casa! ¡Salga usted fuera a +decirlo! ¡Salga usted conmigo! + +El barón le miraba con risueña curiosidad. + +--Calma, calma, tío Diego. + +--¡Salga usted a matarse conmigo!... Con sable, con pistola, con lo que +usted quiera... + +--Bien, hombre, bien; saldremos a matarnos... pero sólo por darle a +usted gusto... + +Fue con paso vacilante hacia la alcoba y a tientas, porque ya la +oscuridad era completa, metió las manos en el armero y sacó dos grandes +sables de caballería. + +--Toma--dijo alargando uno al capellán. + +Éste lo sacó de la vaina y se puso a esgrimirlo. Mientras llevaba a cabo +la prueba, D. Francisco le contemplaba rebosando de satisfacción. + +--Bueno, vamos ya--dijo el fraile envainando.--En marcha. + +Y tomando el canalón, que andaba por el suelo, y ocultando el sable +debajo de los manteos, salió por la puerta. El barón cogió la boina, se +puso un grueso montecristo de abrigo y le siguió. + +--¡Alto!--exclamó antes de que hubiera dado cuatro pasos.--¿No te parece +que echemos la espuela? + +Fray Diego dejó escapar un gruñido afirmativo. + +Entraron otra vez en la sala y, tentando el suelo, tropezaron con el +tarro de la ginebra, que no estaba agotado por completo. Dieron con las +copas y se escanciaron todo lo que había. Acto continuo salieron a la +calle. + +El pavimento de gruesos guijarros estaba mojado. Caía una lluvia +menudísima, tan espesa que en poco tiempo calaba la ropa como el más +fuerte aguacero. La noche había cerrado casi por completo. Y como, según +las prácticas municipales, faltaba todavía un buen cuarto de hora para +encender los famosos reverberos de aceite, las tinieblas envolvían a la +empapada ciudad. + +Los dos héroes, animados por el espíritu de la guerra, caminaron con +decisión por la calle del Pozo, el clérigo delante, el noble detrás, +ambos embozados hasta los ojos y apretando bajo el brazo el instrumento +de muerte que cada cual llevaba. Entraron en la calle de las Hogueras, +pasaron por bajo los muros de la Fortaleza y salieron a la vía que ciñe +la antigua muralla de la población. A medida que el agua, filtrándose al +través de los abrigos, refrescaba sus carnes, se iban paulatinamente +equilibrando sus humores. El de Fray Diego tendía visiblemente a +serenarse, arrojaba uno a uno los negros velos que le oprimían. Pero +estos velos los recogía todos el barón y envolvía con ellos su espíritu +altivo y cruel. Ambos avanzaban impávidos al través de la noche y la +lluvia, presagiando la muerte. + +Siguieron un buen trecho a lo largo de la muralla y al llegar a la +carretera de Sarrió tomaron por ella. No habían andado cinco minutos +cuando oyeron cerca un gemido. Pararon en firme, y acercándose al pretil +distinguieron un bulto; se aproximaron un poco más y vieron sentada una +niña. + +--¿Qué haces ahí?--dijo el barón, agarrándola por un brazo. + +--¡Perdón!--exclamó Josefina en el colmo del terror.--¡Por Dios, no me +pegue usted, señor! Ya me pegaron mucho. + +La mano del caballero se aflojó repentinamente y, cambiando de voz y de +tono, dijo: + +--No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo estás aquí a estas horas? + +--Me ha pegado mucho mi madrina y me escapé de casa. + +--¿No tienes padres? + +--No, señor. + +--¿Vives en Lancia? + +--Sí, señor. + +--¿Quién es tu madrina? + +--Una señora. + +--¿Cómo se llama? + +--Amalia. + +--¡Porra!--exclamó Fray Diego, dándose una palmada en la frente.--Es la +niña recogida por D. Pedro Quiñones. + +--¿Es verdad que se llama D. Pedro el marido de tu madrina? + +--Sí, señor. + +--Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás bien. Vente con nosotros. + +--¡Oh, no, por Dios! ¡No me lleven a mi madrina! + +--No, no iremos allí. ¡Estás mojada, criatura!--añadió palpando su +ropa.--Anda, anda. + +Los dos héroes habían depositado los sables sobre el pretil. Cuando +echaron a andar hacia Lancia, llevando a la niña en el medio, allí los +dejaron olvidados sin reparar en que la humedad desluce y enmohece el +acero. + +--¿Y por qué te ha pegado tu madrina?--preguntaba Fray Diego mientras +caminaban despacito para acomodarse al paso de la niña. + +--Porque estaba jugando con los pastores. + +--¡Los pastores!... ¿Pero los pastores de don Pedro vienen a dormir a +casa? + +--Sí, señor; duermen en la caja de cartón. + +--A ver, a ver, chica, ¿qué estas diciendo ahí?--profirió el capellán +deteniéndose. + +De la investigación entablada inmediatamente resultó que los pastores +eran de barro. Fray Diego emprendió nuevamente la marcha, resguardando +con sus manteos el frágil cuerpo de la criatura. + +Pero al ponerle una de las veces la mano en la cara observó, con +sorpresa, que la humedad que le mojó los dedos era caliente. Comunicada +esta observación con su antagonista, y como quiera que ya habían llegado +a las primeras casas de la ciudad, metieron a la niña en un portal, +encendió el barón un fósforo y la reconocieron. Tenía todo el rostro +bañado de sangre, que manaba de algunos profundos arañazos, las manos +cubiertas de cardenales. Los dos héroes se miraron aterrados, y la misma +ola de indignación encendió sus mejillas. El barón dejó escapar una +serie de imprecaciones fulminantes. Éstas y su feo rostro espantable +hicieron tal impresión en Josefina, que huyó gritando a un rincón. +Consiguieron, no sin trabajo, tranquilizarla, y después de secarle el +rostro con un pañuelo, Fray Diego la cogió en brazos (el barón lo había +intentado en vano), tapola bien con sus manteos y emprendieron la +marcha hacia la casa solariega de los Oscos. + +Allí le hicieron la primera cura. El barón, que en la campaña había +adquirido algunos conocimientos de cirugía, le lavó cuidadosamente las +heridas, las cerró con aglutinante y curó las contusiones con cierto +ungüento eficaz que poseía. Las manos rudas de aquellos veteranos +parecían de seda al tocar la piel de la niña. Una mujer no la hubiera +curado con más delicadeza, con tal atención y esmero. + +Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel señor tan feo no era malo. Se +atrevió a pedir agua. El barón respondió que no se estilaba en aquella +casa, y que lo mejor que le vendría ahora para quitar el susto era una +copita de Jerez. Hízola traer, y luego que la niña la hubo bebido, los +dos campeones del rey legítimo se retiraron a un rincón de la sala a +deliberar. + +Resolvieron que lo práctico en aquel momento era llevar la niña a casa +de Quiñones. El barón se encargaba de entregarla. Antes calentaría muy +bien las orejas a su madrina; le diría que era una indigna mujerzuela, +una criatura vil y perversa, y que si otra vez osaba maltratar a aquella +pobre niña desvalida, iría a su casa a cortarle las orejas y atarla +después por el moño a la cola de su caballo y arrastrarla así por toda +la ciudad. Fray Diego no estaba conforme con tanta crueldad, pero el +barón ni por Dios vivo quiso alterar poco ni mucho aquel plan siniestro +de terrible ejemplaridad. + +Costó trabajo persuadir a Josefina a que viniese con ellos. +Consiguiéronlo después de prometerle que su madrina no volvería a +pegarla y que sería para ella muy buena de allí en adelante. ¡No faltaba +más! Como se atreviera a tocarla siquiera en un pelo, ¡rayo de Dios! le +retorcía el pescuezo como a una gallina, la desollaba viva a correazos +con el freno de su caballo. El rostro de aquel señor era tan espantoso +al proferir tales amenazas, que la niña no dudó un instante de su +cumplimiento. + +Mientras caminaban hacia la mansión de los Quiñones, el barón no cesó de +vomitar injurias y amenazas de muerte contra la esposa del maestrante. +Fray Diego procuraba inútilmente calmarle. Sus instintos sanguinarios se +iban exacerbando de tal modo, que el ex-fraile, temiendo una catástrofe, +se despidió al llegar a la puerta del palacio. + +El barón tiró de la campana. Como no sabía la costumbre feudal de la +casa, no tiró más que una vez. Tardaron en abrirle juzgándole plebeyo. +La sorpresa del criado fue grande al ver a aquel terrible señor, que +tanto respeto infundía en la ciudad, y se apresuró a pedir perdón de no +haber acudido más a tiempo a abrirle. El barón preguntó por don Pedro +Quiñones. Le hicieron pasar y el criado subió delante por la gran +escalera de piedra. Al llegar al piso principal le rogó que aguardase +mientras le anunciaba. + +Pocos momentos después se presentó Amalia. Dirigió una penetrante mirada +de rencor a la niña, que el barón tenía de la mano, y dijo dirigiéndose +a éste con frialdad y altivez: + +--¿Qué deseaba usted? + +--Venía a entregar esta niña que he recogido en la calle... y al mismo +tiempo a hablar con don Pedro o con usted cuatro palabras. + +Al proferir esta última, la voz del barón se alteró de un modo +perceptible. + +--¿No me conoce usted?--añadió, viendo que la dama le miraba fijamente +sin contestar. + +En los pueblos casi todos se conocen, sobre todo las personas de viso, +aunque no se traten. Sin embargo, Amalia replicó descaradamente: + +--No tengo ese honor. + +--Soy el barón de los Oscos. + +La dama hizo una inclinación de cabeza. + +--Paula--dijo dirigiéndose a una criada que había acudido,--llévate esa +chica. Tú, Pepe, enciende las lámparas del gabinete azul. + +Cuando estuvieron solos, la señora se sentó, invitó con majestuoso +ademán al barón para que hiciese lo mismo, y esperó mirándole con +extremada curiosidad, pero sin asomo de temor. + +--Señora--comenzó el barón,--he hallado a esa niña en la carretera de +Sarrió cubierta de sangre y llena de cardenales. Le he preguntado quién +la había puesto así, y me respondió que su madrina. Yo no puedo creer... + +--Puede usted creerlo, porque es exacto--dijo Amalia interrumpiéndole. + +El barón quedó parado y confuso. Al cabo prosiguió: + +--Es posible que usted tuviera razón para castigarla, pero me duele en +el alma... + +Amalia volvió a interrumpirle: + +--Y a mí me duele mucho ese dolor que usted siente. + +--Mi objeto al venir aquí--manifestó el barón, que por momentos iba +perdiendo su aplomo,--era prevenir a usted... + +--¿Cómo? + +--Era rogarle que, ya que ha tenido la caridad, según me han +manifestado, de recoger esa desgraciada criatura expósita, continuase su +buena obra protegiéndola, amparándola, educándola... y cuando tuviese +necesidad de castigarla lo hiciese con clemencia, pues la pobre es una +criaturita tierna y débil, y los golpes pudieran concluir con su vida... + +--¿Es eso todo lo que usted tenía que decirme?--preguntó fríamente la +dama. + +La faz temerosa del barón se congestionó súbito al escuchar esta +pregunta, inyectáronse sus ojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran +relieve sobre la superficie del rostro en virtud sin duda de algunos +movimientos volcánicos de lo interior. Escucháronse allá en la garganta +ruidos formidables, sordos estampidos, presagio de violenta erupción. +Pero al cabo aquellos ruidos se apagaron, cesaron los movimientos de +trepidación, y el cráter, en vez de despedir una corriente de lava +fundida, como era de temer, rocas, cenizas y otras materias volcánicas +en ebullición, dejó escapar débilmente estas dos palabras: + +--Sí, señora. + +--Bien, pues agradezco a usted mucho el interés que se toma en este +asunto, y aprovecho la ocasión para decirle en nombre de Quiñones y en +el mío que tiene usted aquí su casa. + +Al mismo tiempo tiró del cordón de la campanilla y se levantó. Alzose +también el barón mascullando las gracias y ofreciéndose. + +--Pepe, acompañe usted al señor barón. + +Hizo éste una profunda reverencia. Contestó Amalia con otra más leve. El +caballero giró sobre los talones y salió. + +Al bajar por la escalera con las orejas gachas, el semblante encendido y +los ojos extraviados, otra vez se presentaron ante su imaginación con +vigoroso relieve el descuartizamiento, la pérdida de los ojos, la cola +del caballo y otros fieros suplicios de la época visigótica, a la cual +pertenecía por su bárbara traza y corazón indomable y crudelísimo. + + + + +XIII + +El martirio. + + +Apenas se había cerrado la puerta tras el barón, Amalia hizo traer la +niña a su presencia. + +--¡Venga usted acá, señorita, venga usted acá! ¡Cuánto tiempo ya que no +nos hemos visto! ¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido a usted bien? El +barón es muy galante con las damas, ¿verdad? + +La niña lanzó un grito penetrante. + +--¡Ay mi oreja! + +--¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque no vale nada lo que he hecho por +ti! ¿Ya me enseñas los dientes antes de concluir de mamar? De rodillas, +picaruela, ¡malvada! + +Josefina fue a caer acurrucada en un rincón del gabinete. Amalia mantuvo +sobre ella largo rato su mirada fulgurante. Separándola al fin, preguntó +a Concha y a Paula, que habían traído a la delincuente, en qué forma se +había escapado. La culpa era del cochero. Improperios contra el cochero, +que era un borracho, y amenazas de despedirle si volvía a caer en +descuido semejante. Luego comentarios infinitos sobre el encuentro del +barón. ¿Qué hacía aquel bruto a tales horas por la carretera de Sarrió? +¿Quién era el cura que le acompañaba? Después consideraciones +tristísimas sobre la ingratitud y maldad de aquella niña que huía de la +casa donde se la había dado albergue y ponía en ridículo a su +protectora. Las domésticas convinieron en que merecía un castigo +ejemplar. + +Despidiolas al cabo la dama, deteniéndolas con ademán imperioso cuando +trataban de llevarse a la expósita. Una vez solas, Amalia tomó un libro +y se puso a leer tranquilamente a la luz de un quinqué, mientras su +hija, de rodillas en el ángulo más oscuro, sollozaba apagadamente. Tres +o cuatro veces levantó aquélla la cabeza, dirigiendo su mirada colérica +a las tinieblas del rincón, esperando que la chica gimiese más fuerte +para lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora, hora y media. Cerró al +fin el libro: salió y volvió a los pocos momentos. Comenzó a desnudarse +lentamente: cuando estaba medio desnuda tomó el quinqué, y acercándolo a +la niña la obligó a levantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo +mostrándole el suelo: + +--Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida. + +Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo con voz débil: + +--Perdóname, madrina; no volveré a hacerlo. + +Pero ella no quiso oír estas palabras. Se metió en la cama y apagó la +luz. Sus ojos quedaron abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con +sus cuartos y medias melancólicamente en el reloj de la catedral vecina, +no consiguieron cerrarlos. Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban +luz hacia dentro, alumbrando mil cosas siniestras y punzantes. Bajo +aquella pequeña frente se atropellaban, se estrujaban las ideas +sombrías, los deseos feroces. El matrimonio de Luis era una abominable +traición. Sin recordar la suya hacia el pobre viejo paralítico que Dios +le había dado por esposo, ni pensar en que su falta había truncado la +vida del conde, amenazado de morir en la soledad, sin familia que +endulzara sus últimos días, hacía pesar sobre él toda la responsabilidad +del delito y toda la amargura que ahora sentía al desprenderse del único +placer que la acariciaba en aquella lúgubre y monótona existencia. ¡El +único placer! No merecía otro nombre su amor. En aquel espíritu +ardiente, despótico, atormentado, no había entrado jamás la ternura; +ignoraba por completo las cosas deliciosas y poéticas que ennoblecen la +pasión y la hacen perdonable. Su vida se había deslizado en una +agitación insana, atormentada por el deseo de ser feliz a toda costa. En +los últimos siete años vivió bajo el imperio de su torpe apetito +insaciable. Jamás un pensamiento melancólico de remordimiento vino a +acusar en aquella ruin naturaleza la presencia del sentido moral. Cada +vez más exacerbada su ansia de goces la arrastraba últimamente a mil +pasos extravagantes y peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en su +casa a la juventud laciense y bailar de vez en cuando por +condescendencia. Era menester, para alegrarla, que todos los días +hubiese jarana, giras de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase sin +cesar hasta caer rendida como una zagala de quince años: necesitaba +menudear las entrevistas secretas con su amante a las horas más +extraordinarias y en las ocasiones más impensadas. Sus anhelos +enfermizos la impulsaban a desafiar la opinión pública, despreciando por +gusto toda precaución. Si el conde le hacía alguna advertencia +irritábase, se revolvía como una fiera. Más perdía ella que él; las +murmuraciones no se cebarían en el hombre seguramente, sino en la mujer. +La deshonra era para ésta. Pero ella se reía a más no poder de estas +murmuraciones y de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz de +pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese más gente. El conde se +sentía cada vez más desligado de esta mujer, que turbaba todas sus ideas +morales, teológicas y sociales. Llegaba a inspirarle miedo. + +Éste se convirtió en terror, en malestar insufrible, que le hizo +apetecer con ansia la libertad, desde cierta revelación que, sonriendo, +le hizo Amalia. + +--¿No sabes, querido? Esta mañana estuve a punto de hacer una locura, +una locura muy grande. Quiñones me mandó ponerle las gotas de arsénico +que toma hace tiempo. Cogí el frasco y de repente, como si una mano +invisible me levantase el codo, vertí en el vaso la mitad del +contenido... ¡No tiembles, cobarde, que no hay motivo!... Jamás me había +pasado nada semejante. Te juro que mi voluntad no tenía arte ni parte en +ello. Obraba por una fuerza superior que me arrastraba a pesar mío. Dejé +el vaso sobre la mesa, lo contemplé un instante con sorpresa, lo levanté +para mirarlo al trasluz... Nada, ni el más mínimo signo que denotase que +allí estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y me encaminé con él +hacia el gabinete sin darme cuenta de lo que hacía. Pero enmedio del +pasillo me estremecí como si saliese de una pesadilla, vi repentinamente +el disparate que iba a hacer, y dejé caer el vaso al suelo. + +--No era un disparate, era un crimen horrible el que ibas a +cometer--dijo sordamente el conde, que sudaba de congoja. + +--Bueno, crimen o disparate... o lo que sea, era una estupidez de todos +modos, ¿sabes? porque enseguida se comprendería, por los síntomas, que +se trataba de un envenenamiento. + +Aquellas palabras, pronunciadas con afectada ligereza, impresionaron aún +más al conde que las anteriores. Desde entonces no podía acercarse a +ella sin experimentar una extraña sensación de repugnancia. + +Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fernanda, Amalia no había pensado +en ello. No teniendo rivales en Lancia, había puesto menos diligencia +cada día en el cuidado de su persona, dejó del todo aquella plausible +coquetería que sirve a la mujer para perpetuar el encanto de su persona. +Sólo al ver la espléndida hermosura de la hija de Estrada-Rosa se dignó +echar una mirada a sí misma. Comenzó a preocuparse del aliño de su +cuerpo, se procuró toda clase de afeites, envió por vestidos a Madrid, +aprovechó todos los recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel mísero +cuerpo abandonado, marchito por los años y la anemia, no recobró +frescura ni gracia. + +Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y dolorosa vigilia. ¡No +volver a inspirar amor, ser vieja, causar repugnancia! Mil garfios le +arrancaban las entrañas. Luis se casaba. ¿Por qué? ¿No le había +sacrificado su juventud, su honor, su salvación, si después de esta vida +había más que tinieblas? ¡Qué valía esto! La primera señal de ruina que +había aparecido en su rostro desvaneció como un sueño todos los +juramentos; los siete años de amor se habían hundido en el abismo del +tiempo sin dejar la más insignificante huella... Pero ella no tenía +arrugas todavía; no era tan vieja; treinta y cinco años nada más. +Bruscamente llevó la mano a la mesa de noche, encendió la bujía y saltó +de la cama: acercose al espejo y se contempló largamente, repasando con +el dedo todos los rincones del rostro para cerciorarse de que no +existían las temidas arrugas. + +Un gemido que sonó detrás le hizo volver la cabeza. Levantó la bujía y +clavó una mirada recelosa en su hija, tendida en el suelo y tiritando. +La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron con angustia en ella, +sus labios murmuraron otra vez «¡Perdón!» Sin hacer caso alguno, la +esposa de D. Pedro se metió de nuevo en la cama y apagó la luz. + +Los rayos del sol matinal, penetrando por las rendijas del balcón, +alumbraron aquellos dos insomnios. Con la luz de Dios comenzó el bárbaro +suplicio de una criatura inocente. La fecunda, diabólica fantasía de +Amalia se puso a inventar tormentos con que saciar el odio que la +devoraba. Necesitaba ver sufrir. Josefina fue enviada descalza abajo con +una misiva escrita en lápiz para Concha. El papel decía: «Concha, ahí te +envío a esa picaruela. Castígala como mejor te parezca.» + +Amalia había adivinado, en su doncella, al verdugo. Y en efecto, al +recibir ésta el papelito experimentó satisfacción, lisonjeada en su +vanidad y en sus instintos. + +--¿Sabes lo que dice este papel?--le preguntó relamiéndose. + +Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía mal el manuscrito, sobre +todo escribiendo tan descuidadamente como lo había hecho la señora. La +costurera le obligó a deletrear aquellas palabras hasta que se enteró +bien de ellas. + +--Ya ves que me manda castigarte por lo que has hecho ayer. + +Al decir esto sonreía dulcemente, como si le noticiase que le iba a +regalar alguna golosina. Josefina la miró sorprendida. + +--¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dormir en el suelo. + +--No importa, eso es poco para maldad tan grande como escaparse de casa. +Habrá que darte algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nunca has +recibido este castigo y te va a doler mucho. Las señoritas tenéis la +carne delicada, no sois como nosotras, que estamos acostumbradas desde +muy chiquitinas a la intemperie y a los golpes. ¡Ven acá!... + +Al mismo tiempo sacó del corsé una de las formidables ballenas, que +entonces solían usarse. La niña retrocedió asustada, pero la costurera +la atrapó por el brazo. + +--No intentes escapar, porque entonces será doble la ración. + +Josefina se cogió a su mano llorando angustiosamente. + +--¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes que me ha pegado mucho +madrina ayer... Mira, mira cómo tengo las manos... Me duele también la +cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te quiero mucho... no te he +acusado nunca a madrina...: + +--¡Suelta, suelta!--repuso la costurera tratando de desasirse suavemente +de sus pequeñas manos.--No tengo más remedio que obedecer. La señora lo +manda. + +--¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios!--respondía entre sollozos la +criatura.--Te quiero mucho... y a madrina también... Si no me pegas te +he de dar mi caja de muñecas... + +--¿De veras?--dijo dulcificándose. + +--Sí, ahora mismo si la quieres. + +--¿Y el estuche de costura? + +--También. + +--¿Y el armarito de espejo? + +--Sí, el armarito también. + +Concha hizo ademán de vacilar. La niña la miraba con ojos ansiosos. + +--¿Y me prometes ser buena siempre? + +Sí, le prometía ser buena siempre. + +--¿Nunca más escaparte? + +--Nunca. + +--Bueno--dijo con tono cariñoso y condescendiente;--pues si prometes ser +buena y formal, y no se lo dices a la señorita, y me das además todo eso +que dices, entonces... entonces... ¡arrea, chico! + +En un instante le alzó la ropa y comenzó a azotarla despiadadamente, +riendo como una loca del engaño. + +Los alaridos de la niña subieron hasta el piso segundo. La esposa del +maestrante estaba frente al espejo, arreglándose provisionalmente el +pelo. Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió por su carne, cierta +emoción indefinible y vaga, semejante a un cosquilleo, que no podría +decir con seguridad si era de placer o de dolor. De todos modos, algo +que refrescaba aquel ardor insufrible que los vapores de la ira habían +levantado en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que los gritos cesaron. +Los ojos brillaban, el pulso latía con más celeridad. Así se dice que el +corazón de la fiera palpita a la vista de su víctima. + +Fue el comienzo de los martirios de la niña. Con los pretextos más +fútiles comenzó a infligirle castigos crudelísimos, demostrando tan rica +fantasía que para sí la hubieran querido los sayones del Santo Oficio. +No sólo la golpeaba bárbaramente por los motivos más inocentes, y la +pellizcaba y la mordía, sino que se gozaba en tenerla en continuo +sobresalto bajo el temor de espantosos suplicios, en hacerle padecer de +día y de noche. Obligábala a salir descalza por el jardín en las mañanas +más crudas para buscarle una flor, o bien la tenía con la cabeza al sol +horas enteras, haciendo la guardia, para que los pájaros no picasen una +planta de grosella. Hacíala dormir en el suelo al lado de su cama, y +varias veces durante la noche le mandaba levantarse y bajar a la cocina +por agua. Reducíala a comer los manjares que sabía no le gustaban y la +privaba de los que apetecía. + +A medida que corrían los días su saña y crueldad iban en aumento. Al +principio tomaba pretexto de cualquier descuido de la niña para +atormentarla. Luego no se fijó en esto: lo hacía cuando tropezaba con +ella o cuando el cuerpo se lo pedía. Uno de los martirios de su +exclusiva invención fue pincharla las manos con un alfiler, y tanto le +gustó que en pocos días las tuvo llenas de picaduras: apenas había sitio +donde poner otra. Esta tarea ferocísima solía encargarla a su verdugo +de órdenes, Concha, quien la desempeñaba a conciencia. Obligábala a +estudiar de memoria largos trozos del catecismo a sabiendas de que era +superior a sus fuerzas. En cuanto tropezaba tres veces le decía: + +--Ve a pedir un beso a Concha. + +Ésta era la frase que por irrisión había inventado para que la criatura +fuese a recibir el castigo del alfiler. + +No la consentía mudarse la ropa interior. Al poco tiempo la miseria +comenzó a roer la piel delicada de la niña. Viéndola rascarse, Concha se +enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la arrojaba a empellones de la +estancia. Todavía más. La microscópica doncella, con anuencia de su ama, +le obligaba a ponerse zapatos antiguos que le estaban chicos y que le +producían llagas y vivos dolores. + +Uno de los más terribles martirios que la niña padecía era cuando Amalia +se encaprichaba en que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y gemir +bajo los golpes: parecía que se gozaba en las lágrimas de la criatura, +en oír sus ardientes súplicas repetidas entre sollozos; pero en +ocasiones se empeñaba en que sufriese en silencio. Como esto no podía +ser, se exasperaba, se ponía loca como una fiera hambrienta. + +--¡Calla! + +La niña no podía; dejaba escapar un gemido. + +--¡Calla!--repetía, acompañando la orden de algunos golpes. + +Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos desesperados por +conseguirlo; pero la respiración ansiosa se escapaba a su pesar, +produciendo un gemido. Más golpes. + +--¡Calla o te mato! + +La criatura apretaba con toda su fuerza la boca, suspendía el aliento, +se ponía lívida, y algunas veces caía privada de sentido. Aquel tierno +corazón se rompía falto de desahogo. + +En estos momentos Amalia experimentaba una sensación diabólica, mezcla +de placer y de dolor, algo semejante a lo que sentimos cuando nos sajan +una postema. Su postema era aquella desalmada pasión, mezcla de amor, de +lubricidad, de soberbia y de rabiosos celos. No pudiendo devolver a su +ex-querido tanta cruel mordedura como desgarraba su pecho, saciaba el +apetito de venganza en el fruto de sus amores. Cuando tenía la niña a +sus pies ensangrentada y temblorosa, en sus miradas de angustia, en sus +gestos, en el timbre de su voz creía ver al amante humillado y +suplicante, y sentía un áspero goce que hacía brillar sus ojos y +dilataba las ventanas de su nariz. Josefina era un retrato en miniatura +de Luis. Mientras fue dichosa, su fisonomía movible y risueña, el alegre +brillo de sus ojos hacía que no se pareciese tanto; pero ahora la +desgracia y el dolor habían impreso en su mirada una melancolía profunda +y en los rasgos de su rostro cierta expresión de fatiga, que eran las +dos cosas que caracterizaban principalmente el semblante del conde de +Onís. Cuando aquellos hermosos ojos azules se volvían hacia ella dulces +y resignados, cuando aquellos labios rojos se plegaban demandando +perdón, la valenciana sentía correr por su cuerpo marchito un +estremecimiento de voluptuosidad, algo que le recordaba los goces que su +amor adúltero le había hecho experimentar. + +Después de todo, en ella no había envejecido nada, nada más que aquel +rostro que se empeñaba en ajarse y aquella cabeza que producía con +horrible feracidad cabellos blancos. La carne de su cuerpo, su pecho, +sus brazos, sus espaldas, conservaban la misma tersura de alabastro, el +mismo brillo adorable, sello de una raza fina y hermosa. Palpábase, +buscando consuelo, con sus manos secas y hallaba la misma suavidad y +frescura. Aquella carne no se había marchitado. Bajo ella palpitaba la +juventud, circulaba una sangre ardiente, ávida de goces, devorada por la +creciente necesidad de las embriagueces del amor. + +Y sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas se habían huido para +siempre; la novela de su vida, la que había embellecido su existencia +sombría en los últimos años, había llegado al último capítulo. ¡Era una +vieja! Asunto concluido. A este pensamiento, que se le introducía en el +cerebro como un hierro candente, sentíase acometida por una necesidad +animal de gritar, de rugir, de destrozar. Era en tales momentos cuando +la niña padecía los más crueles castigos, cuando su frágil existencia +corría verdadero peligro. + +El miedo fue otro de los padecimientos que le infligía a menudo. En las +altas horas de la noche hacíala levantarse y la enviaba a las +habitaciones extremas de la casa en busca de cualquier objeto. La niña +tornaba pálida, temblorosa, sudando de angustia. A veces era tanto su +temor, que dejaba caer la palmatoria y volvía corriendo arrojando +gritos. Amalia se enfurecía entonces, la pellizcaba, la golpeaba, +pretendiendo que fuese otra vez al sitio designado. La criatura se +dejaba martirizar y se hubiera dejado matar antes de hacerlo. En una de +estas ocasiones le dijo sonriendo ferozmente: + +--¡Ah! ¿Conque la señorita es tan medrosa? Está bien, yo me encargo de +curarte la enfermedad. + +Se acordaba de la impresionabilidad extraordinaria, de los terrores +nocturnos que avergonzado le había confesado Luis en momentos de +expansión. Principió a darle sustos terribles. Tan pronto se escondía +detrás de una puerta y le gritaba fuertemente al pasar, como la cogía +descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras veces tomaba un cuchillo +y le decía que iba a morir, le ordenaba que se bajase la camisa para +degollarla mejor. Esto último no producía tanto efecto como pensaba. +Josefina inconscientemente apetecía la muerte, que la libertaría de +tanto martirio. Para mejor «quitarla el miedo,» entre Concha y ella +inventaron una siniestra farsa capaz de aterrar a un hombre valeroso, +cuanto más a una niña de seis años. Vistiéronse ambas con sábanas, +dejaron la habitación a media luz mientras la niña dormía, pusiéronse +unas caretas de calavera, y a media noche entraron dando gritos +lastimeros como almas del otro mundo. Al despertarse la criatura y ver +aquellos fantasmas, quedó paralizada por el terror, tapose luego los +ojos con las manos y un sudor copioso y frío bañó su cuerpo. Su corazón +comenzó a dar tan fuertes golpes que se oían a distancia, dejó escapar +algunos gritos ahogados y roncos; por último, llevándose las manos al +pecho, se revolcó por el suelo sin sentido, presa de espantosas +convulsiones. + +No se le curó el miedo; en cambio le quedó desde entonces una propensión +fatal a los síncopes y a los terrores nocturnos. Despertábase de +improviso con señales de gran espanto, mirando fijamente a un punto del +espacio, como si tuviera delante algún fantasma. El corazón le palpitaba +vivamente, la frente se le cubría de sudor. En tales momentos perdía por +completo la conciencia. Amalia la llamaba en vano. Sólo cuando ponía las +manos sobre ella la niña lanzaba un grito de terror y metía la cabeza +por el pecho. + +Entre Concha y María la planchadora habían estallado, a propósito de +estos castigos, serias reyertas. María era de natural compasivo y le +dolían los martirios de la niña, aunque no los conocía todos, porque +Amalia procuraba guardarse de los criados, exceptuando Concha. Si no era +suelta de lengua, no se la mordía tampoco para censurar en la cocina la +conducta de su señora. + +--Querida, esto es peor que la Inquisición. No parece que estamos entre +cristianos, sino entre perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía, y +ahora, de súpito, tratan a este angelito peor que a una bestia. ¡Dígote +que la cosa pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta maldad! + +--Cállate, tontona, entrometida--saltó Concha.--¿Quién te da vela a ti +en este entierro? Si la señora quiere enseñar a esa niña como es justo, +¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer? ¿Sabes tú tan siquiera lo +que es educar niños? ¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que así +la hará una mujer trabajadora y honrada! Algún día le dará las gracias. + +--¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las dará. De un mes a esta +parte la niña está desconocida. + +--Bueno; ¿y a tí qué te va ni qué te viene en esto? ¿Eres tú su madre? + +Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte, llevando siempre la ventaja +por su desvergüenza y mala intención la microscópica costurera. Al cabo, +María, no pudiendo sufrir con paciencia aquel espectáculo, tomó la +resolución de marcharse. Se presentó un día a la señora, y con la +disculpa de que la plancha le hacía daño pidió la cuenta. No se le +ocultó a Amalia la verdadera razón, pues tenía conocimiento de sus +murmuraciones. Disimuló, sin embargo. + +--Sí, hija, comprendo que el planchado te aburra. Tú no gozas de mucha +salud. También yo ando malucha hace días. Tengo el sistema nervioso +alterado. ¡Pelear toda la vida con un enfermo, y ahora, para rematar la +fiesta, salirme esa chicuela, en quien tenía fundadas mis esperanzas, +tan ingrata y perversa! No sé cómo tengo paciencia. + +María vaciló un instante. + +--Ya ve usted, señora... los niños son niños. + +La esposa del maestrante comprendió que, si proseguía en el tema, la +planchadora iba a decir algo desagradable y se apresuró a cortar la +plática, pagándole su cuenta y despidiéndola con afabilidad. + +No impidió esto para que la doméstica dijese en confianza, en cierta +casa donde fue a servir, lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se +fue trasmitiendo en confianza, igualmente, de unos a otros. Al poco +tiempo fueron bastantes las personas que tenían conocimiento de las +crueldades que con la niña se cometían. + +El conde de Onís, para huir la curiosidad del público, que le molestaba +sobremanera, y aún más para librarse de Amalia, se había trasladado, sin +decir nada a ésta, hacía ya cerca de un mes a la Granja. Su madre le +había acompañado. No había escrito a su ex-querida, aunque todos los +días pensaba hacerlo, para darle cuenta de su resolución. Tanto era el +temor que la valenciana había llegado a inspirarle, que la pluma caía de +sus manos cada vez que la tomaba para noticiarle su matrimonio. Y dejaba +pasar los días en continua vacilación, pensando con inquietud en la ira +que de ella se apoderaría, esperando, como todos los débiles, en que +algún acontecimiento imprevisto le sacase del compromiso. Aquel modo de +romper las relaciones, sin riña, sin convenio, sin explicación alguna, +era realmente original, pero muy propio de su carácter. Nada sabía de +los martirios de su hija. No obstante, cuando pensaba en ella sentía +repentino desasosiego, alterábanse sus nervios, y se ponía a dar vueltas +por la estancia con visible agitación. Un vago y triste presentimiento +le oprimía el corazón. El amor frenético que consiguió inspirarle +Fernanda le había hecho olvidarse un poco de Josefina. En ciertos +momentos se reprendía a sí mismo con amargura; pensaba que aun casado +con Fernanda no alcanzaría la felicidad si no podía ver a su hija todos +los días. Bien entendía que era esto imposible continuando en poder de +Amalia. Por eso soñaba con arrebatársela: imaginaba con placer +desatinados proyectos de rapto: huir con ella y con Fernanda a cualquier +rincón del mundo tranquilo y ameno. + +Acaeció que en uno de estos días de vacilaciones para el conde, fue por +la mañana a casa de Quiñones Micaela, la más nerviosa y violenta de las +cuatro ondinas del Jubilado. Fue con objeto de pedir consejo a Amalia +acerca de un vestido que tenía en proyecto para el próximo baile del +casino. Apesar de sus treinta y pico, aún seguía tendiendo redes al sexo +masculino. Las visitas a estas horas eran raras; pero como la noble +familia del Jubilado mantenía tan íntima relación con la señora, no +vaciló la criada en pasarla al gabinete de arriba, donde aquélla se +hallaba. + +--Qué importuna, ¿verdad? Querida, es la hora en que se la puede a usted +pillar sola--entró diciendo con la graciosa volubilidad que +caracterizaba a los juveniles vástagos de Mateo. + +Amalia la recibió cordialmente, pero mostrando cierta sorpresa e +inquietud que Micaela no observó. Entraron en materia enseguida. La +cuestión de trapos embargó por completo sus espíritus. Amalia llevó a su +amiguita hacia el balcón. Pero no habían hablado muchas palabras, cuando +ésta creyó percibir un débil gemido en la misma estancia. Volvió la +cabeza y vio allá en un rincón a Josefina de rodillas y amarrada codo +con codo al tocador, de tal suerte que le sería imposible levantarse sin +alzar el pesado mueble, cosa muy superior a sus fuerzas. + +Amalia se apresuró a dar una explicación. + +--Esta chiquilla se está haciendo tan mala, que me veo precisada a +atarla para que se esté quieta. Ayer ha mordido un dedo a la costurera; +ahora acaba de romper un espejo. ¡No hay paciencia para sufrirla! + +Micaela, a quien aquel castigo repugnaba, calló. Siguió la esposa de +Quiñones hablándole con afectada indiferencia de su vestido; mas apesar +de lo mucho que el tema debía de interesarla, la joven se mostraba +bastante distraída y lanzaba frecuentes ojeadas a la niña. + +Dejó ésta escapar otro gemido. Su madrina se volvió con mal reprimida +cólera. + +--¿Quieres callar, eh? ¿quieres callarte? + +Y la miró un buen rato con extraordinaria fijeza. + +Volvió a anudar la plática, pero en su voz se notaba leve alteración. +Micaela estaba más y más distraída. La indignación le iba subiendo hacia +la garganta, y hubiera concluido por hacer alguna desagradable +advertencia a su amiga si la chica no se hubiera quejado de nuevo. + +--Vaya, está visto que no nos has de dejar en paz--dijo la dama haciendo +esfuerzos por sonreír.--Habrá que darte suelta. + +Fue allá y la desató, empleando en ello bastante tiempo; la cuerda daba +tantas vueltas alrededor de su pequeño cuerpo como si fuese un baúl +liado. Mas al tiempo de levantarse la niña, no pudo. Sin duda hacía +algunas horas que estaba en aquella dolorosa postura; los músculos, se +habían anquilosado. + +--¡Arriba zancas!--dijo bromeando, mientras la ayudaba a levantarse. + +Micaela observaba la escena con estupor; relámpagos de ira cruzaban por +sus ojos. + +--No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija mía, si quieres no volver +a ella hay que ser buena y obediente, ¿verdad, Micaela? + +Ésta no despegó los labios, cada vez más fosca, apesar de la sonrisa +melosa que contraía el semblante de la valenciana. + +--Bueno--prosiguió, acariciando la rubia cabeza de la niña,--ya estás +perdonada, pero ¡cuidado con hacer maldades! Vete abajo y pídele un beso +a Concha. + +La niña, al oír estas palabras, se puso densamente pálida, permaneció +inmóvil algunos momentos, y al fin se dirigió a la puerta con paso +vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la seguía atentamente +con la vista, observó que llevaba los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia +reanudó la conversación de trapos. + +No se habían pasado tres minutos cuando llegaron al gabinete, lejanos y +apagados, los gritos de la niña. Micaela se estremeció; inclinó la +cabeza hacia la puerta para escuchar mejor. Amalia alzose vivamente de +la silla y fue a cerrar la puerta. Los gritos dejaron de oírse, pero la +nerviosa joven tampoco oyó ya las palabras de Amalia. Un gran +desasosiego se apoderó de ella; subíanle vapores a la cara y al +pensamiento atroces deseos de desvergonzarse con aquella malvada, de +llamarla judía, bribona, infame. Todo lo que pasaba en aquella casa se +le representó de golpe. Los celos primero, después la noticia del +matrimonio de Luis cayendo como una bomba, luego la venganza miserable, +en la hija, del abandono del padre. Conocía bien el carácter rencoroso +de la valenciana. Pero ¿qué adelantaría con injuriarla en aquel momento? +Producir un grave escándalo y que la arrojasen de la casa. Micaela, +apesar de su temperamento violento, tenía un corazón compasivo. Lo que +más la preocupó fue el hacer algo en favor de la infeliz criatura. Y +tuvo serenidad suficiente para disimular un poco y pensar que el mejor +partido era decírselo todo inmediatamente al conde, quien seguramente +ignoraría tan ruin venganza. Procuró terminar cuanto más pronto y se +despidió sin poder ocultar enteramente su turbación. + +Cuando se vio en la calle sintió la necesidad de desahogar su pecho. +Pensó en María Josefa, que vivía allí cerca y que profesaba a la niña +expósita tierno cariño. Entró en su casa agitada, trémula, y antes de +pronunciar palabra dejose caer en un sofá, dándose aire con la punta de +la mantilla. + +--¡Uf! Me ahogo... ¡No sabes lo que me acaba de pasar! ¡Es una infame, +una malvada que tiene que arder en los infiernos! Siempre lo he dicho y +las tontas de mis hermanas no quieren creerme. ¡Es muy perversa esa +tísica! Tiene el corazón de una hiena. + +--¿Pero qué hay?--preguntó con asombro, muerta de curiosidad, la sagaz +jamona. + +Entonces la nerviosísima hija del Jubilado le relató, tartamudeando por +la ira, la situación en que había hallado a Josefina, la palidez de la +niña después de la extraña invitación de su madrina, los gritos que +había escuchado como si la estuvieran dando tormento. María Josefa unió +inmediatamente sus imprecaciones a las de la joven. Sacaron a relucir +todos los testimonios de maldad que conocían de la esposa del maestrante +y resolvieron dar parte de lo que ocurría al conde, aunque averiguándolo +antes con más pormenores. Para ello, aquella misma tarde, se pusieron al +habla con María la planchadora, que hacía algunos días había salido de +casa de Quiñones. Al principio ésta, por temor a las consecuencias, se +manifestó reservada. Concluyó, no obstante, por dar suelta a la lengua y +referirles las mil iniquidades que la señora de Quiñones cometía con la +niña recogida. Quedaron horrorizadas. Pensaron en dar parte al juzgado, +pero sobre enemistarse por completo con la fiera valenciana (lo que, +dicho sea en honor suyo, no les preocupaba gran cosa en tales momentos), +comprendían que sería de escaso o ningún resultado. Los Quiñones eran la +gente más poderosa de la población; D. Pedro, jefe del partido +gobernante, en la provincia; las autoridades, hechura suya o sometidas a +su influencia. Todo se taparía enseguida y quedaría como antes. Lo mejor +era dirigirse al conde. Pero éste se hallaba a la sazón en la Granja. +Además, aunque todos, o casi todos, supiesen el secreto de la niña, no +era posible darse por enterados. Después de algunos debates decidieron +escribirle la siguiente carta, firmada solamente por María Josefa: «Sr. +Conde de Onís. Mi estimado amigo: Con la debida reserva le comunico que +la niña recogida por nuestros amigos los señores de Quiñones, y por +quien tanto nos interesamos todos, es objeto en aquella casa de crueles +tratamientos. Creo que tenemos el deber de intervenir para que cesen. +Usted me dirá lo que debe hacerse y que a mí como mujer no se me +alcanza. Si quiere conocer los pormenores del martirio de la criatura +diríjase a la criada María que hace algunos días dejó de servir en casa +de D. Pedro. Suya afectísima amiga, _María Josefa Hevia_.» + +Luis arrugó la carta entre sus manos crispadas. Toda la sangre se le +agolpó a la cara. Sin darse cuenta de lo que hacía salió de casa y casi +a la carrera tomó la carretera de Lancia, llegando a ésta en pocos +minutos. Aquel vago y terrible presentimiento que sentía realizábase al +fin. Amalia se vengaba ferozmente. El sentido oculto de la carta era +ése: se dirigían a él como padre de Josefina y causa de su desdicha. No +sabiendo qué partido tomar, fue a su casa para reflexionar. Sólo había +en ella una criada vieja cuidándola. De ésta se valió para averiguar +dónde estaba María y pasarle un recado a fin de que viniese a verle. No +se equivocó la planchadora sobre el objeto de tal llamamiento. En +cuanto le fue posible acudió a la cita, y después de hacerle prometer +que no haría uso de su nombre para nada, le dio cuenta circunstanciada +de los trabajos que estaba pasando la inocente niña. Escuchábala pálido, +desencajado, sin poder reprimir los violentos y frecuentes golpes de su +corazón. Cuando llegó a narrarle ciertos odiosos y terribles pormenores, +el conde principió a dar vueltas por la estancia como fiera enjaulada, a +mesarse los cabellos, a arañarse la cara, lanzando rugidos de coraje. + +Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas, se le atropellaron en la +mente. Quería entrar a viva fuerza en casa de Quiñones y llevarse a su +hija; quería retorcer el cuello a aquella vil mujer; quería decírselo +todo a D. Pedro; quería dar parte al juez y meter en un calabozo a la +infame. Afortunadamente sus accesos eran tan violentos como cortos. Vino +el abatimiento, el llanto. Corrió a casa de su prometida y le contó +sollozando lo que ocurría; se confesó con ella por vez primera. La buena +Fernanda unió sus lágrimas a las de él, enternecida por la suerte de la +infeliz criatura y por el dolor de su amado. Larguísimo rato pasaron +comentando los terribles sucesos y buscando medios de conjurar aquella +ruin venganza. Fernanda logró, al fin, persuadirle a que apelara a +medios suaves. Pensar en conseguir algo por la fuerza era insensato. El +conde, ni aun confesando su falta, tenía derecho alguno sobre la niña. +Provocar un escándalo era inútil. Acudir a los tribunales, lo mismo. +Ningún criado se atrevería a declarar contra su ama, y las cosas +quedarían peor que antes. Al fin el conde se decidió a escribir una +carta a su antigua amante. + +«En este momento acaban de decirme que nuestra Josefina, nuestra adorada +Josefina, está padeciendo martirios increíbles de tu mano. Creo que es +una vil calumnia. Conozco tu genio, que es vivo y fogoso, pero noble. No +puedo atribuirte semejante cobardía. Te escribo solamente para +cerciorarme de que esta angelical criatura sigue siendo el encanto de tu +vida. Si no fuese así, dímelo y buscaremos un medio de que pase a mi +poder. Te supongo enterada del paso que voy a dar. No quiero decirte +nada. Era inevitable más tarde o más temprano. De todos modos puedes +estar segura de que mi remordimiento está endulzado por el recuerdo +dulcísimo de los años que te he amado. Adiós. Escríbeme alguna palabra +amable.» + + + + +XIV + +La capitulación. + + +Josefina se demacraba. Sus mejillas tenían la palidez de la cera. En sus +ojos, de mirar suave y apacible, se notaba constantemente el extravío +del terror; en torno de ellos el sufrimiento había trazado un círculo +violáceo. Hablaba muy poco, no reía jamás. Cuando la dejaban en paz, +sentábase en cualquier rincón y permanecía inmóvil mirando a un punto +fijo, o bien se acercaba al balcón y escribía en los cristales con el +dedo. + +A veces, a despecho de tanto dolor, la naturaleza infantil revindicaba +sus derechos. Veía al gato acercarse lentamente a ella con el rabo +derecho, el espinazo arqueado, solicitando sus caricias con débil +ronquido. Dejábase caer en el suelo, le llamaba, le traía hacia sí y +principiaba a pasearle las manos por el lomo, a rascarle la cabeza y +hacerle cosquillas debajo del cuello, murmurándole al mismo tiempo en el +oído palabras de cariño, un gorjeo mimoso que el animal acogía con +espasmos de voluptuosidad. «Te quiero, te quiero. Tú eres muy bueno. +¿Verdad que eres bueno? Ya no me arañas como antes. ¿A quién quieres más +en la casa? ¿Di, rico? ¿Quién te ha dado una sardina ayer? ¿Quién te +pone el platito con leche todos los días? Y si pudiese darte siempre +pescado también te lo daría, porque sé que es lo que más te gusta, +¿verdad, rico mío? Pero no has de robar nada; ya sabes que te pegan. No +orines más en la cama de Manín. Mira que te va a matar; lo ha dicho el +otro día en la cocina. Y coge muchos ratones para que madrina te quiera +y no te echen de casa.» + +El gato, extasiado, susurraba allá en el fondo de la garganta mil síes +complacientes, y se frotaba contra ella cada vez más acaramelado y +pegajoso. Tendíase la niña boca arriba llevándole abrazado, le apretaba +contra su pecho, le besaba, y a veces, olvidada de sus martirios, +derramaba lágrimas de ternura. Pero cualquier rumor en la habitación +contigua le hacía levantarse sobresaltada con el espanto en los ojos, +arrojaba el gato lejos de sí y esperaba inmóvil lo que viniera. Casi +siempre algún castigo cruel. + +--¡Pícara, así ensucias los vestidos arrastrándote por el suelo! +¡Aguarda aguarda! + +Por efecto de los continuos miedos que experimentaba contraíase con +fuertes movimientos irregulares su vejiga y hacía que involuntariamente +se le escapase en muchas ocasiones la orina. Esto era lo que ponía fuera +de sí a la irascible Concha. Si notaba en el suelo (porque la ropa sólo +muy rara vez se la veía) signos de aquella debilidad, encrespábase como +una hiena. + +--¡Gorrina, indecente! Parece mentira que la señora mantenga en su casa +este bicho asqueroso. Si fueses cosa mía, te desollaba viva. + +Pero aunque no era cosa suya, procedía como si lo fuese: la desollaba a +azotes. Una vez su furor fue tan grande que, cogiéndola por las orejas, +le higo lamer el suelo mojado. + +La hora más terrible para la criatura era la de las lecciones. Amalia se +las señalaba por la mañana temprano; grandes trozos de la historia +sagrada y de la gramática. Josefina se retiraba a un rincón y hacía +esfuerzos desesperados por retenerlos en la memoria. Un poco antes de +comer, Concha, que era la encargada de tomárselas, se sentaba en una +silla, sacaba la famosa ballena y, con ella en una mano y el libro en +la otra, daba comienzo a sus funciones pedagógicas. Cada tropiezo, cada +palabra que la niña olvidaba costábale un ballenazo en la cara, en el +cuello o en las manos. Y como su memoria no era bastante fuerte, y por +otra parte el miedo se la obstruía, aquello era un incesante machaqueo. + +Aún peor si se las tomaba su madrina. Concha era fríamente cruel; no +levantaba la mano sino cuando cometía la falta, como una máquina de +castigar. Pero Amalia a los pocos momentos se ponía nerviosa, el llanto +de la niña excitaba sus sentidos, entraba en furor como una pantera +hambrienta, y concluía por golpear frenéticamente hasta que la dejaba +trémula y ensangrentada a sus pies. + +Desde la carta del conde había aumentado, si era posible, su odio a la +criatura; la trataba aún más despiadadamente. Herida en lo más vivo de +su orgullo por aquella diplomacia fría, protectora, insultante que en su +sentir respiraban las palabras de su antiguo amante, vomitaba la rabia +de su corazón sobre la hija. Además, la idea de que Luis tenía noticia +de aquellos martirios, y le dolían vivamente era aliciente mayor para +prodigarlos. ¡Que sufriese ella, que sufriese él, el vil, el pérfido, +que había gozado de su juventud, y cuando la halló vieja la arrojó como +un trapo sucio a la barredura! + +En uno de estos días de profunda y rugiente cólera la vida de Josefina +corrió inminente peligro. A la hora de costumbre fue llamada al comedor +para dar sus lecciones. Concha se acomodó en su silla y con no +disimulado regodeo sacó del pecho la fatal ballena. Aquel día le pedía +el cuerpo un razonable desahogo de golpes. La niña se acercó a ella +temblando como siempre y le entregó los libros. Y ya comenzaba a recitar +con labio balbuciente un capítulo de la historia sagrada cuando vino a +interrumpirlas Manín. Entró con su eterna chaqueta verde, calzones +cortos, su gran calañés mugriento, haciendo temblar el piso con los +zapatones claveteados. A esta indumentaria, arcaica ya en la provincia, +debía gran parte de su notoriedad y la fama de terrible cazador de osos +que había tenido. Entró con la cabeza gacha como siempre y, +espatarrándose bajo el dintel de la puerta, preguntó: + +--Concha, ¿no habrá _de qué_, que comer, por ahí? + +--¿Tanto te aprieta la _gazuza_, Manín?--respondió la costurera riendo. + +El aldeano abrió desmesuradamente la boca para reír también. + +--Así Dios me salve, no puedo aguantar un menuto más. Toos parecéis +frailes descalzos en esta casa; no vos entra la gana más que cuando +suena la hora. + +--Voy, voy allá, grandísimo tragón, roedor--dijo Concha posando sobre la +silla el libro y la ballena y dirgiéndose con paso petulante hacia el +aparador. + +Se entendían admirablemente. La costurera era arisca, cruel, intratable; +pero el mayordomo sabía recabar de ella las pocas migajas de buen humor +que tenía en el cuerpo. La requebraba brutalmente, la pellizcaba al +pasar, le decía mil groseras desvergüenzas para que las comprendiera al +revés. Y la microscópica doncella, que no era gentil ni bonita y en +quien las asperezas del carácter habían sofocado todo germen de +coquetería, trasformándola en sacerdotisa del dolor, en una euménida +fatal y despiadada, se dejaba festejar complacientemente por aquel +bruto. Le hacía gracia su osadía, su rudeza, su glotonería y el modo +insolente y despreocupado que tenía de tratar a todo el mundo, incluso +al alto y poderoso señor de Quiñones. Manín era un solemnísimo bellaco. +Con aquella grosería soez, el porte de atrevido cazador de fieras y su +estrafalario arreo había sabido vivir muy regaladamente en este mundo, +sin encallecer las manos, ni quebrarse los lomos allá en su aldea con +las faenas de la labranza. + +Sacó la costurera un plato de carne fiambre y lo puso sobre el hule de +la mesa, sin servilleta ni cosa que lo valga; después cortó a la mitad +un pan y lo dejó, con la imprescindible botella de vino blanco y el +vaso, al lado de la carne. El cazador de osos comenzó a devorar. Concha +sentose de nuevo, y la niña, acercándose, repitió las palabras que ya +había pronunciado. A los pocos momentos ¡zas! un ballenazo y un grito de +dolor. Inmediatamente otro golpe y otro grito. Y así sucesivamente. La +costurera estaba encantada al notar que la chiquilla tropezaba más que +otras veces. Manín engullía en silencio, volviendo sólo de vez en cuando +los ojos con marcada indiferencia hacia aquella triste escena. Al poco +tiempo, como por máquina, principió a murmurar a cada golpe: «¡Dale! +¡Atiza! ¡Buena fue ésa! ¡Vaya una mano!...» y otras semejantes +exclamaciones. + +Terminó la lección de historia sagrada. Antes de tomar la de gramática +hubo un respiro. La costurera se puso a bromear alegremente con el +mayordomo. Estaba de un humor angelical. + +--¿Qué tal la carne? + +--Rica, ¡rica de verdad! + +--Lo peor es que te va a quitar el apetito para la hora de comer. + +Retembló la estancia con la risotada del gañán. + +--¡Eso sí! ¡A mí cualquier cosa me quita la gana! Vas a tener que +meterme un hierro caliente en el agua como a la señora. + +--Por la panza te lo había de meter, gran puerco. + +--Mira, Concha, no me busques las cosquillas, porque aunque eres una +mocita de sandunga y tienes los ojos muy picarones, y la boca como una +cereza, un día te encuentras, sin saber por dónde vino, con un revés que +te arrancará de cuajo esa carrerita de perlas que me estás enseñando. + +--¡Calla, calla, viejote, zapalastrón! ¡Bueno estás ya para reveses! ¡Si +no puedes con los calzones! ¡Si estás descuajaringado! + +--Eso no lo dices tú con el corazón; por eso se te estima. Bien sabes +que hay aquí dentro mucha entraña todavía (y se daba rudos puñetazos en +el pecho). ¡Si te cogiera en un maizal! + +--¡Como si me cogieras en la plaza del mercado! Na. Ya no tienes más que +quijadas y palique. + +--Y manos para apalpar la gracia de Dios--repuso el bárbaro tomando con +su manaza velluda la barba de la costurera. + +--¡Quita, quita! ¡Gorrinazo! + +Y le pegó con la ballena un golpecito en los dedos. Volvió el gandulote +a embestirla y ella a defenderse de la misma manera. Trató de agarrarla +por la cintura. La doncella se levantó y corrió por la estancia, +haciéndose la enojada. + +--¡No me toques, Manín! Mira que llamo a la señora. + +Pero él no hacía caso. La perseguía lanzando gruñidos y risotadas; +abrazábala aquí, soltábala allá, recibiendo en sus carrillos, ásperos y +duros como la piel de un elefante, las bofetadas de la doméstica, sin +manifestar sentirlas. Crujían los muebles, retemblaba el piso, +campanilleaba la vajilla de los aparadores. Y él sin cejar. Cada vez más +falso y zalamerón. Sabía el pícaro que aquella mujerzuela irascible y +endemoniada tenía despierta la vanidad, como todos los seres humanos, y +que era de capital interés para su panza tenerla contenta. Por último, +lanzando un verdadero mugido de buey, consiguió agarrarla por la cintura +y alzarla en vilo. Mantúvola en alto sin esfuerzo alguno, como si fuera +un chiquito de tres años. + +--¿Y ahora? ¿Qué dices ahora, Zapaquilda? ¿Dónde están esos hígados? +¿Dónde esas manos? Anda, bruja, pide perdón; si no, te dejo caer como +una rana--bramaba el cazurrón, zarandeándola en el aire. + +--¡Déjame, Manín! ¡Déjame, burro! ¡Habrá cochinazo! ¡Mira que grito! + +Al fin la puso delicadamente en el suelo. La doncella, jadeante, +desgreñada, frunciendo mucho las cejas para aparecer más enfadada, decía +con voz anhelante: + +--No tienes vergüenza, Manín. Si no fuera mirando a la casa donde +estamos, te tiraba este quinqué a las narices y te las rompía, por +bruto y por insolentón. A lo mejor están los criados oyendo todo esto, y +¿qué dirán? ¡Quita, quita allá! No me vuelvas a decir palabra, porque no +te contesto. + +--¡Eso! Grita ahora, fachendosa, después que te hice ver a Dios--roncaba +Manín con sorna, mirándola de reojo y sobándose la barba. + +--¡Si no te quitas de mi vista, baldragote!...--exclamaba la diminuta +criada, pasándole a su despecho relámpagos de risa por los ojos. + +Manín se sentó de nuevo para engullir el pan que quedaba y beber otro +vaso de lo blanco. Josefina mientras tanto sollozaba en un rincón, +llevándose las manos heridas a la boca, palpándose las mejillas +acardenaladas por los ballenatos. Manín se dignó echar hacia ella una +mirada. + +--No llores, tontina, que el dolor de los zurriagazos pasará y la +ciencia te quedará en la mollera para siempre--dijo cortando con su +navaja un pedazo del pan y metiéndolo en la boca.--Si quieres saber mi +dictamen, cuanto más te peguen más contenta debes de estar. ¿Qué serías +tú si Concha no tuviese la misericordia de castigarte duro? Una +chafandina que no valdría un celemín de bellotas, una bestia, salva sea +la comparanza. Y ahora ¿qué serás? Una mujer pa too lo que se la pida. +(Pausa mientras se corta otro pedazo de pan y lo muele, levantando un +bulto como el puño en el carrillo derecho)... Anda, que si yo hubiera +tenido como tú maestros que me alzasen el pellejo a correazos, no sería +un burro, no me llamarían Manín, sino don Manuel, y en vez de ser un +mísero súdito, andaría por ahí dándome importancia, paseando por +Altavilla con las manos atrás como los señores y leyendo las gacetas en +el casino. (Otra pausa y otra amputación del zoquete)... Ponte en lo +justo si tienes caletre para ello. ¿Cómo quieres aprender esas cosas tan +enrevesadas sin algunos lampreazos? ¿Quién aprendió _daqué_ nunca sin +azotes? Nadie. ¡Pues entonces! Si tuvieras conocimiento, criatura, +darías gracias a Dios por haberte puesto una maestra que es como una +gloria. Para too sirve la endina, para too tiene las manos finas y los +pies listos, ¿verdá, tú? + +Concha se había puesto grave otra vez, sentándose y haciendo un gesto +imperioso a la niña para que se acercase. Tocábale el turno a la +gramática. Aquí andaba peor todavía que en la historia, séase por la +falta de memoria o porque el miedo la turbase. Comenzó el vapuleo: un +ballenazo ahora y otro después y otro y otro. Manín, fiel a sus +convicciones pedagógicas, aplaudía con la boca llena, cortando grave, +esmeradamente, en figuras geométricas los pedazos del pan antes de +conducirlos con toda solemnidad a los labios. Las faltas fueron muchas; +los golpes fueron otros tantos. Pero al terminar la lección, Concha +consideró que a más del castigo correspondiente a cada falta, teniendo +en cuenta lo mal que la niña lo había hecho, convenía terminar con un +vapuleo general que las comprendiese todas. La alzó de la silla y, +blandiendo la formidable ballena, exclamó: + +--Ahora, para que estudies mejor y se te despierten los sentidos, ¡toma! + +Tantos y tan recios fueron los golpes, que la criatura, tratando de huir +aquel martirio, se agarró con las manos crispadas a las sayas de su +verdugo. Sin saber cómo, tal vez por haberse colgado inconscientemente a +ellas, la cinta que las sujetaba se rompió y vinieron al suelo, dejando +a la costurera solamente con la camisa. Dio un grito de vergüenza y se +apresuró a levantarlas. Pero sin pararse a atar otra vez la cinta, +echando una mirada de profundo rencor a la chica, salió de la estancia +sujetándolas con las manos. + +--¡Buena la has hecho, buena, buena, buena!--exclamó Manín, tallando con +primor el bocado que iba a llevar a la boca. + +La criatura, paralizada de terror, no lloraba. No le dolían siquiera las +heridas. Al cabo de pocos momentos se presentó de nuevo Concha +acompañada de la señora. Ésta venía sonriendo sarcásticamente. + +--Por lo visto, a la señorita le gusta ahora desnudar a las doncellas +delante de los hombres. Estará usted contenta, señorita, ¿no es cierto? +Manín habrá visto bien por todos lados a Concha. ¿Verdad, Manín, que la +has visto cómodamente? + +Avanzó unos pasos. La niña retrocedió asustada. + +--No tenga miedo, señorita. Tranquilícese usted, señorita. Yo no vengo +aquí a azotarla. Eso de los azotes es muy antiguo. ¡Quién se acuerda ya +de azotes! Sólo vengo a invitar a usted para que dé una vuelta por la +cueva... la cueva de los ratones... ya sabe usted. Allí se puede +entretener en desnudar alguna rata de las muchas que vendrán a +visitarla... Vamos, deme usted la mano para que la conduzca con toda +ceremonia. + +La niña fue a ponerse detrás de una silla; desde allí, perseguida por +Amalia y por Concha, corrió alrededor de la mesa; por último, se refugió +detrás del mayordomo. + +--¡Manín! ¡Manín, por Dios me escondas! + +Pero éste la sujetó por un brazo y la entregó a la señora. Tomáronla +cada una por una mano y la arrastraron, apesar de sus gritos +penetrantes. + +--¡A la cueva no! ¡A la cueva no! ¡Madrina, perdón! Mátame primero. +¡Mira que tengo mucho miedo! ¡A la cueva no, que me comen los ratones! + +Los criados salieron al pasillo y presenciaban mudos y graves aquella +escena. Los gritos de la niña se fueron perdiendo en la oscura y +tortuosa escalera que conducía al sótano. + +Amalia abrió la puerta de la terrible cueva y empujó a su hija hacia el +interior. Cerró con furia; pero la niña había corrido hacia la salida, y +la puerta le cogió la mano. Oyose un grito desgarrador. La valenciana +abrió otra vez la puerta, dio un fuerte empujón a la criatura que la +hizo caer al suelo, y echó la llave. + +La cueva era un calabozo húmedo y negro donde sólo penetraban algunos +tenues rayos de luz por un ojo de buey abierto en lo alto. Sirvió en +otro tiempo para bodega de vinos. Ahora no había allí más que botellas +vacías. + +La niña apenas quedó sola se incorporó, miró a todos lados loca de +terror, quiso gritar y la voz se le anudó en la garganta; por último, +extendiendo las manos, acometida de un fuerte temblor, cayó desvanecida. + +Al cabo de media hora el mozo de cuadra, que había presenciado el +encierro, movido de compasión, acercose a la puerta y miró por el ojo de +la cerradura. Nada pudo ver. Llamó muy quedo. + +--Josefina. + +La chica no respondió. Llamó más fuerte. El mismo silencio. Asustado, +gritó y golpeó en la puerta con todas sus fuerzas sin obtener +contestación. Entonces apresurose a subir para dar parte de lo que +pasaba, a riesgo de perder su empleo. Amalia mandó a Concha con la llave +para ver lo que ocurría. Entre ella y Paula subieron a la criatura +privada de sentido, fría y rígida, con los caracteres de la muerte +impresos en el rostro. Temerosa de las complicaciones que con esto +pudieran sobrevenir, la esposa del maestrante se apresuró a meterla en +la cama. Tardó poco la pequeña en volver en sí, pero inmediatamente se +declaró una fuerte calentura. Llamose al médico. Encontrola bastante +mal. Para explicar la herida de la mano y los cardenales que presentaba, +Amalia, fértil en mentiras, inventó una historia que el doctor creyó o +fingió creer. + +Estuvo entre la vida y la muerte algunos días. Amalia seguía con ojos +inquietos el curso de la enfermedad. No le dolía la pérdida de aquel ser +sobre el cual había vertido las hieles amargas de su corazón; pero le +agitaba la idea de perder de una vez su venganza. Justamente al tercer +día de hallarse en cama Josefina, tuvo noticia de que en la noche +anterior había salido Fernanda en la silla de posta para Madrid, y que +Luis sólo tardaría cuatro o cinco días en reunirse con ella. Experimentó +violenta sacudida. Una ola hirviente de bilis inundó su pecho. Aquella +noche tuvo fiebre también. ¡Se le escapaban! No había posible venganza +para aquel traidor. Iría a Madrid, se casaría; tal vez allí recibiría la +noticia de la muerte de su hija; lloraría un poco; al cabo las caricias +de su adorada esposa se la harían olvidar. De aquellos amores tan +largos, tan vivos, no quedaría más que un hombre paseando su dicha por +Europa, y en Lancia una pobre mujer vieja y triste sirviendo de befa a +los corrillos de Altavilla. Sus carnes fláccidas temblaron. Los +instintos vengativos de su raza gritaron furiosos, avasalladores. ¡No, +no podía ser! Antes arrojarle su hija muerta a los pies, antes clavarle +un puñal en el corazón. + +Ocurriosele una idea singular y terrible: contárselo todo a su marido. +Ignoraba lo que esto daría de sí, pero por lo pronto provocaría un +escándalo. D. Pedro era violento, gozaba de gran poder y prestigio. +¿Quién sabe el destrozo que la bomba podía causar? Cierto que estaba +paralítico y no podía tomar venganza por su mano; pero ¿no se le +ocurrirían a aquel hombre tan altivo y puntilloso medios de volver el +mal que le causaran? Ella caería entre las ruinas, pero caería con gusto +si el traidor pagaba de algún modo su perfidia. + +Después de mucho batallar con este pensamiento, no arriesgándose a hacer +la confesión de palabra ni a escribirla bajo su firma, remitió a D. +Pedro, disfrazando la letra, una carta anónima. «La niña que usted ha +recogido hace seis años es hija de su esposa y de un caballero que +frecuenta su casa y a quien usted llama su amigo. No le digo a usted el +nombre. Busque usted y no tardará en hallar al traidor.--_Un amigo +leal._» Echola al correo y esperó con ansia el efecto que producía. + +D. Pedro la recibió delante de ella y la leyó. Su rostro se contrajo +fuertemente y se cubrió de palidez cadavérica. + +--¿Quién te escribe?--preguntó ella con naturalidad. + +El maestrante se repuso inmediatamente y, doblando la carta y +guardándola, respondió haciendo esfuerzos por asegurar su voz, que +temblaba: + +--Nada, un recomendado mío que se queja de que le han dejado cesante... +¡Ese gobernador! No tiene memoria ni formalidad ninguna. + +Inquieta ya y esperando con ansia los acontecimientos se retiró a su +gabinete. Por la tarde llegó Jacoba con misterio y le entregó un billete +de parte del conde. + +--¿Qué quiere de mí ese hombre?--preguntó sorprendida y en tono +despreciativo. + +--No lo sé, señorita. Escribió la carta en mi casa y allí espera +contestación. + +El billete del conde decía: + +«Amalia, sé que nuestra hija se halla en peligro de muerte. Por lo que +más quieras en este mundo, por la salvación de tu alma, concédeme una +entrevista. Necesito hablarte. Si esta tarde ya no puede ser, ven mañana +por la mañana a casa de Jacoba.--Tuyo, _Luis_.» + +--¡Tuyo! ¡tuyo!--murmuró con amarga sonrisa.--Has sido mío, sí, pero has +cambiado de dueño. Te costará caro. + +--¿Llevo contestación, señorita? + +Quedó pensativa unos momentos; dio algunas vueltas por la estancia, +completamente abstraída; se acercó al balcón y miró por los cristales. +Al fin dijo, volviéndose a medias y con gran sequedad: + +--Bueno, iré mañana a la hora de misa. + +--Me ha preguntado con grandísimo interés por la niña. + +--Dile que sigue lo mismo. + +Marchose la entremetida, y ella permaneció largo rato mirando a la +calle, al través de los cristales, sin verla. + +Desde las siete de la mañana del día siguiente estaba Luis aguardándola +en la casucha de Jacoba. No había allí más que una cocina en la planta +baja y una salita arriba con alcoba, tan bajas de techo que el conde con +sombrero tocaba en el cielo raso. En esta salita daba paseos furiosos +con las manos en los bolsillos, mirando con precaución a cada momento +por los visillos de la única ventana que tenía. Hasta las nueve no +acudió la dama. La vio llegar con la mantilla echada por los ojos, el +devocionario en la mano y el rosario colgado de la muñeca, con el paso +firme y sosegado, como si viniese a dar algunos encargos a su antigua +protegida. Cuando oyó su voz en la cocina, le dio un vuelco el corazón, +se puso a temblar como un azogado y se le borraron por completo las +palabras que tenía preparadas. + +--¿Cómo está usted, conde?--dijo ella con gran naturalidad al entrar, +tendiéndole una mano. + +--Bien, ¿y tú? + +Levantó la cabeza como sorprendida de oírse tutear y respondió mirándole +fijamente: + +--Perfectamente. + +--¿Y la niña? + +--Algo mejor. + +Despejose al oír esto la fisonomía del caballero. Brilló un rayo de +alegría en sus ojos y dijo tomando de la mano a su ex-querida y +atrayéndola hacia el pobre sofá de paja que allí había. + +--Sentémonos, Amalia. Aunque sea un atrevimiento por mi parte, te ruego +que me permitas seguir tuteándote cuando estemos solos... Yo no olvido, +no podré olvidar jamás cuántas horas de dicha te debo, cuánta felicidad +has vertido en mi vida triste y monótona. Tú me has revelado lo más +dulce y más íntimo que existía en mi corazón sin que yo lo sospechase +siquiera. Para tí han sido los primeros impulsos de mi alma. Sólo tú has +penetrado hasta ahora en ella, la has sondeado y conoces sus +melancolías, sus flaquezas, y sus ternura. Si me separo de ti, si digo +adiós a nuestro amor, no creas que es porque he dejado de estimarlo: +obedezco solamente a una ley de la naturaleza que nos empuja a todos a +crear una familia. No tengo en el mundo más que a mi madre, una pobre +anciana que muy pronto me dejará solo... No debe parecerte mal que +quiera formar un hogar y poseer un heredero de mi nombre y mis +títulos... Además, el grito de la conciencia me perseguía... + +El conde, regocijado con la mejoría de la niña, se mostraba expansivo y +más locuaz que de costumbre, sin poder ocultar la felicidad que le +embargaba, pensando que todo estaba arreglado a medida de sus deseos. +Josefina dichosa al lado de su madre; él dichoso al lado de Fernanda; +Amalia resignada y tributándole siempre un cariño dulce y cada día más +acendrado. + +Ésta le miraba con cierta curiosidad burlona. Cuando terminó, dijo +sonriendo benévolamente: + +--Sobre todo desde la noche en que viste a Fernanda con aquel precioso +vestido descotado, ese grito debió de hacerse insoportable. + +El conde sonrió también, avergonzado. + +--No lo creas, Amalia; siempre he sentido remordimientos. Claro está que +al hacerse uno viejo ve las cosas con más claridad. Mi barba ya blanquea +por varios sitios, como estás observando. Lo que en un joven puede +disculparse como locura, como expansión irremediable del fuego que corre +por las venas, en un viejo se llama crimen. El amor, a la edad en que yo +estoy, no debe tapar con sus alas la luz de la razón, y si la tapa +merezco el calificativo de insensato. Mi resolución podrá sernos amarga +a los dos. A mí me lo es mucho; me cuesta trabajo desprenderme de una +pasión que a fuerza de tiempo casi se ha convertido en costumbre. +Existe, además, por desgracia, entre los dos un lazo imposible de romper +por completo. El Destino ha hecho nacer del fango de nuestro pecado una +flor hermosa, una cándida azucena. Apartemos el crimen de su frente: ya +que ha sido engendrada por un amor ilegítimo, no la manchemos con +nuestra conducta vituperable. Hagámonos dignos de ella viviendo como +cristianos. + +--Está muy bien todo eso. Sólo siento que ese curso de doctrina +cristiana haya venido tan tarde y haya coincidido con la llegada a esta +población de tu antigua novia. Porque parece así como si tuvieras +olvidado por completo el catecismo, y ella viniese a refrescarte la +memoria. Pero, en fin, en eso no debo meterme porque no me concierne. +El resultado es que te casas. Haces bien. El hombre está mal solo, y +cuando halla una compañera digna, como tú has hallado, no debe perder la +ocasión. Fernanda es una buena muchacha; segura estoy de que te hará +feliz. Tendréis muchos hijos y, después de una vida larga y dichosa, +iréis al cielo. + +Sorprendiole a Luis aquella resignación y no pudo menos de sentir alguna +inquietud. + +--¿Y tú serás también feliz?--le preguntó tímidamente. + +--¿Yo?... ¡Qué importa que yo sea feliz o desgraciada!--dijo alzando los +hombros con ademán desdeñoso. + +--¡No digas eso, Amalia! La felicidad no es la locura a que nos +entregamos durante siete años. Había un dejo amargo en ella que yo +percibía hace tiempo, y que tú no tardarías en percibir. Una vida pura y +digna, la tranquilidad de la conciencia, la estimación de las personas +honradas te darán más contento que la pasión culpable... Además, tienes +lo que yo no tengo... tienes a tu lado un ángel, un lirio tierno y +fragante que embalsamará tu existencia. + +--¡Ah, sí, Josefina!... Efectivamente, ella será la que me ha de +proporcionar los únicos buenos ratos que pasaré en adelante. + +Lo dijo con una inflexión de voz tan extraña, tan aguda y estridente, +que Luis sintió un escalofrío. + +--¿Qué quieres decir con eso? + +--Lo que he dicho; que por fortuna tengo a Josefina para resarcirme. + +--¡Es que lo dices de un modo tan raro! + +La valenciana dejó escapar una risita singular que salía allá del fondo +de la garganta y sonaba de modo siniestro. Luis la miraba fijamente, +cada vez más inquieto. + +--¡Pero qué tonto eres, Luis! ¡pero qué retontísimo! El egoísmo ha +puesto tales cataratas en tus ojos que no ves ni lo que tienes delante. +Si tuvieses veinte años, esa inocencia podría quizás inspirarme lástima; +a tu edad no me inspira más que risa y desprecio. Pensar en que cuatro +palabrillas insolentes sobre la moral y la conciencia bastarían a +obligarme a aceptar satisfecha la humillación que me impones; suponer +que yo, a quien si no conoces debieras conocer, voy a consentir que me +arrojes como un trapo sucio, que me arrastres como una cautiva enamorada +a los pies de Fernanda para que le sirva de almohadón cuando suba a tu +lecho, es el colmo de la estupidez y la fanfarronería. ¿Por qué no me +pides también que sea tu madrina de boda? + +El conde la contemplaba con los ojos dilatados, expresando la ansiedad y +el espanto. + +--De modo que lo que me han dicho de los martirios que haces pasar a +nuestra hija ¿es cierto? + +--¡Y tan exacto! Y aún no los sabes por completo... Mira, voy a +referírtelos todos para que no te llames a engaño... + +Y con palabra breve, incisiva, con una cruel satisfacción que se le +traslucía en la voz, puso delante de su vista el cuadro espantoso de las +miserias y dolores que la desgraciada criatura había padecido en los +últimos meses. Aquel cuadro era infinitamente más aterrador que el que +le había exhibido María la planchadora. El conde, pálido, desencajado, +sin hacer el más leve movimiento, parecía la estatua de la +desesperación. Al poco rato se tapó la cara con las manos y así escuchó +hasta el fin. + +--¡Oh, qué infame! ¡oh, qué infame!--murmuró sordamente. + +--Sí, muy infame, pero aún espero serlo más. ¿Has oído todas estas +infamias? Pues no son nada en comparación con las que haré. + +--¡No las harás tal, malvada!--profirió Luis levantándose y +abalanzándose a ella.--Antes te ahogaré con mis manos. + +La valenciana se escapó hacia la puerta. + +--¡Si das un paso más, grito! + +--¡Oh, infame, infame!--volvió a exclamar con voz profunda el conde.--¡Y +Dios consiente sobre la tierra estos monstruos! + +Dio unos pasos atrás y se dejó caer nuevamente sobre el sofá. Apoyó los +codos sobre las rodillas y metió la cabeza entre las manos. Al cabo de +largo silencio la levantó diciendo: + +--Bueno, ¿y qué exiges de mí? + +Amalia dio un paso para acercarse. + +--Lo que ya debes de suponer, si es que te queda un poco de sentido +común. No exijo que nuestras relaciones continúen, porque a los términos +a que hemos llegado no es posible: sería tanto como mendigar tu amor, y +tengo demasiado orgullo para ello. Pero no quiero que ni tú ni esa mujer +os quedéis riendo de mí; no quiero servir de befa a los que conocen +nuestras relaciones, que son todos los que frecuentan la casa. Exijo, +pues, como condición para que la niña vuelva a ser lo que era que rompas +inmediatamente con Fernanda y no te acuerdes más de ella. + +--¡Pero Amalia!--exclamó con acento dolorido.--Bien comprendes que es +imposible. Mi boda está concertada; lo sabe ya todo Lancia: Fernanda me +espera en Madrid; faltan muy pocos días... + +--Aunque faltase un minuto. Esa boda no se celebrará. Si te casas con +Fernanda, tu hija pagará el agravio en la forma que ya sabes. + +--¡Oh! Yo lo impediré. Daré parte a la autoridad. Pediré el depósito de +la niña. + +--Eso es hablar por hablar, Luis--replicó con calma y sonriendo +Amalia.--Las autoridades de Lancia son hechura de Quiñones. Nadie osará +declarar una palabra contra mí. + +--Se lo referiré todo a D. Pedro. + +--No te creerá; y si te creyese, ¿qué adelantarías? En vez de impedir mi +venganza, como es la suya también, me ayudará. + +Hubo un largo silencio. El conde meditaba con la frente apoyada en la +mano. De pronto se alzó violentamente y se puso a dar agitados paseos +murmurando: + +--¡No puede ser! ¡no puede ser! + +La valenciana le seguía con la vista. Al cabo, dijo dando un paso hacia +la puerta: + +--Adiós. + +El conde la detuvo con un gesto. + +--Espera. + +Amalia permaneció inmóvil, con la mano en el marco de la puerta, +clavándole una mirada penetrante. + +El conde siguió paseando todavía algunos momentos sin hacer caso de +ella. + +--Está bien--dijo con voz enronquecida, parándose;--no se efectuará el +matrimonio. Tú me dirás lo que debo hacer. + +Su rostro demudado revelaba la calma de la desesperación. + +--Es necesario que escribas una carta a Fernanda despidiéndote. + +--La escribiré. + +--Ahora mismo. + +--Ahora mismo. + +Amalia se asomó a la escalera y pidió a Jacoba recado de escribir. Como +no había allí mesa, lo puso sobre la cómoda. El conde se acercó y se +dispuso a escribir de pie. Amalia también se acercó. + +--Es esto lo que quiero que le escribas--dijo presentándole un papel. + +Era el borrador de la carta. El conde pasó la vista por él. + +«Mi buena amiga Fernanda:--decía--He querido que te fueses para decirte +por escrito lo que de palabra sería superior a mis fuerzas. No puedo ser +tuyo. No necesito explicarte las razones porque tú las adivinarás. +Quisiera amarte bastante para sobreponerme a todo y huir contigo. Por +desgracia o por fortuna, hay cosas que pesan en mi corazón más que tu +amor. Perdóname el haberte engañado y procura ser feliz, como lo desea +tu mejor amigo--_Luis_.» + +Trazó los renglones de esta carta con mano trémula. Antes de terminar, +algunas lágrimas asomaron a sus ojos. + + + + +XV + +Josefina duerme. + + +El noble maestrante fácilmente dio con el autor de su deshonra. Así que +leyó el anónimo y se recobró del susto, sus sospechas fueron a parar al +conde de Onís. No otra cosa le empujó a ello que el parecido, que ahora +advertía claramente, entre éste y la niña recogida. Por lo demás, o +porque su excesivo orgullo le vendase los ojos, o porque Amalia había +sabido tenerle engañado, jamás advirtió entre ellos más que una fría y +ceremoniosa amistad que nada tenía de ofensiva. El mismo orgullo detuvo +el curso de sus pensamientos amargos con esta consideración: ¿Por qué +dar asenso a lo que el anónimo decía? ¿Por qué no suponer que se +trataba de una vil calumnia con que algún enemigo quería envenenar su +existencia? Mas el dardo había entrado tan profundamente en su corazón +que no podía arrancárselo. Todas las consideraciones que su deseo le +sugería no bastaban a destruir la gran certidumbre que, sin saber cómo, +se le había colado de rondón en el cerebro. Algunos pormenores, que +habían pasado para él inadvertidos, adquirieron de pronto alto relieve, +se alzaron como antorchas encendidas para guiarle. El principal de todos +era, como es natural, la enfermedad de su esposa coincidiendo con la +aparición de la niña. Recordaba la extraña tenacidad con que se opuso a +que subiese médico alguno a verla; luego el mimo, los cuidados +exquisitos que se prodigaron a la criatura. Acudieron también a su +memoria aquellas visitas que en otro tiempo hizo su esposa a la Granja +con pretexto de escoger algunas plantas. Ninguna circunstancia quedó, +referente a la amistad del conde y al hallazgo de la niña, que no +revolviese y pesase en su pensamiento. + +Tornose silencioso y meditabundo. La mirada dura de sus ojos hundidos se +posaba con insistencia en Amalia siempre que ésta entraba en su +habitación. En diferentes ocasiones se hizo traer la niña con cualquier +pretexto y la contempló largamente, tratando de descifrar en los rasgos +de su fisonomía el enigma de su existencia. Amalia observaba todo esto, +y leía tan perfectamente en el cerebro de su esposo como en un libro +abierto. + +--¿Cuándo se casa Luis?--le preguntó un día en tono afectadamente +distraído el maestrante. + +--Dicen que aún tardará algún tiempo. Necesita arreglar no sé qué +asuntos antes de irse a Madrid--respondió con la mayor tranquilidad. + +--¿Continúa en la Granja? + +--Siempre. No viene más que alguna que otra vez por la tarde, según me +ha dicho un día que le hallé en la tienda de Barrosa. + +Justamente a la noche siguiente apareció en la tertulia el conde. + +--¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado ya de la Granja?--le preguntó D. +Pedro, clavándole una mirada penetrante. + +--Definitivamente, no. Tengo el coche abajo, y me vuelvo a dormir. + +--Se aburre usted allí, ¿verdad?--le preguntó D. Cristóbal Mateo. + +--Por el día no. Estoy muy entretenido con los trabajos del campo, el +molino, los bichos, etc. ¡Pero las noches se hacen tan largas!... + +Luis venía solamente por ver a su hija. Amalia no se lo permitió hasta +que la niña estuvo medianamente repuesta. Volvió a vestirla como antes +y le devolvió los fueros que tenía. Pero no el cariño. El encanto se +había roto. + +Porque Luis la aborrecía: estaba sometido a la fuerza. Con aquella +pasión ardorosa, con aquel amor lleno de misterio y placer se había +unido también la afición a la criatura. Pero los martirios que su cólera +insensata le había hecho padecer abrió entre ellas un abismo. Josefina +jamás amaría a su verdugo. La pobre niña, vestida con ricos trajes, +vagaba sola por el palacio de Quiñones, sin hallar en nadie ternura. +Amalia huía, de ella. Los criados, avergonzados de sus malos tratos y +pesarosos de aquel repentino cambio, que elevaba de nuevo a la expósita +sobre ellos, no le dirigían la palabra. El largo martirio sufrido y la +terrible enfermedad con que terminó habían dejado huellas profundas en +su semblante. Su rostro pálido se trasparentaba como el nácar. En torno +de los ojos persistía aquel círculo oscuro, negro, de agitación y dolor. +El conde sentía apretarse su corazón cada vez que la veía. Costábale +trabajo retener las lágrimas. + +Amalia no dio noticia a su amante del imprudente anónimo que había +dirigido a Quiñones. Temiendo, por la actitud de éste, algún grave +acontecimiento, resolviose a despistarle, ya que volverle la calma no +era posible. El partido que mejor le pareció fue apartar las sospechas +de Luis y encaminarlas hacia Jaime Moro. Era el único que por su edad, +figura y posición podía aparecer como un amante verosímil. Principió por +tratarle, en presencia de D. Pedro, con particular afecto, +distinguiéndole de los demás tertulios de modo harto visible. Dirigíale +miradas y sonrisas significativas; gustaba de ponerse detrás de su silla +cuando estaba jugando al tresillo, y embromarle; llamábale a cada +instante con cualquier pretexto y le retenía a su lado largos ratos +hablándole en secreto, acercando más de la cuenta el rostro al suyo. No +era tan fácil como puede parecer seducir a Moro, aunque sólo fuese en la +apariencia. Nada tenía de arisco; al contrario, gozaba justa fama de +caballeroso y galante con las damas. Pero cuando las damas se hacían +incompatibles con el billar o el tresillo no lo había más grosero y +cerril en seis leguas a la redonda. Amalia le mortificaba infinitamente +reteniéndole cuando los tresillistas le aguardaban. Entonces no +respondía acorde a sus preguntas, sonreía por máquina y dirigía +frecuentes y codiciosas miradas a la mesa donde sus compañeros gozaban +ya las dulzuras de alguna vuelta con palo de favor. + +--Moro, siéntese usted aquí; vamos a charlar un rato. + +Moro temblaba: se le venía el mundo encima. Tomaba asiento al lado de la +dama con una cara larga, larga, que no daba idea cabal de la pasión que +debía arder en su pecho. + +El maestrante había hecho poco caso de aquellos apartes, de las +preferencias y las sonrisas insinuantes de su esposa. Les miraba con +ojos distraídos, sin venírsele a la mente ninguna sospecha, preocupado +enteramente con la verdadera pista. Sin embargo, al cabo de algunos +días, tanto insistió Amalia y tan buena maña se dio, que el noble +caballero principió a fijarse en aquellos signos y a darles algún valor. +La valenciana sintió el placer del triunfo. Sus cálculos iban camino de +realizarse. Y para dar impulso poderoso y decisivo a su enredo, +ocurriosele en el momento una treta peregrina. Se hallaba sentada en un +rincón, teniendo a su lado a Jaime Moro, bien a la vista de D. Pedro. +Moro, distraído como siempre. La esposa de Quiñones necesitaba hacer +prodigios de habilidad para sostener la conversación, le sonreía, le +mimaba, le envolvía en una red de palabras melosas, que acentuaba +fuertemente con la sonrisa a fin de llamar la atención de D. Pedro. + +--¿Qué es eso? ¿Está usted mirando mi brazalete? + +Moro no había reparado en él. + +--Es muy lindo--se apresuró a decir por complacencia. + +--Ha pertenecido a mi madre. Tiene más mérito de lo que parece. Este +retrato, que es el de mi abuela, está hecho de mosaico... vea usted. + +Al mismo tiempo levantó la mano. Moro lo contempló con afectada +admiración. + +--Repárelo usted bien. + +Y la alzó aún más, poniéndosela cerca de los ojos. Observando con el +rabillo del ojo que don Pedro la miraba, todavía la alzó un poquito, +hasta rozar con ella los labios del joven. Pero en aquel instante la +retiró bruscamente con vivo ademán. Moro quedó estupefacto. +Involuntariamente dirigió la vista hacia D. Pedro, y notando que éste le +clavaba una mirada fría y penetrante, se puso colorado hasta las orejas. +Amalia se levantó y se fue al salón, como si quisiera disimular su +turbación. + +Fue grande la que se apoderó del orgulloso maestrante con el secreto que +pensó sorprender. Sus ideas experimentaron violenta sacudida. Agitado +por mil sospechas contrarias, dominado por una cólera furiosa, movía +entre sus trémulas manos las cartas, sin pensar en ellas, imaginando +horribles venganzas contra su esposa y contra el... + +¿Contra quién? ¿Cuál era el traidor? La duda encendía aún más su rabia. + +Lo que había visto era bien concluyente. Y, sin embargo, su pensamiento +no podía apartarse del conde de Onís. Contra el testimonio de sus +propios ojos alegaba el instinto, una voz interior que le señalaba sin +cesar a su enemigo. + +Apareció éste en la tertulia. Saludó fríamente a Amalia y se fue derecho +al gabinete; pero Manuel Antonio le retuvo tirándole por el faldón del +frac. + +--¿Dónde vas, Luis? Ven aquí, muchacho; no te nos enfrasques tan pronto +en el juego. Mira, aquí María Josefa y Jovita han estado disputando toda +la noche sobre la fecha de tu matrimonio. Yo les he dicho: «No disputéis +más. Si viene hoy Luis, es tan amable que de seguro os lo ha de decir.» + +--Pues las has engañado--respondió el conde aproximándose al grupo. + +--¿Tan grosero te has vuelto? + +--No es grosería, es ignorancia. Estas señoritas saben muy bien que las +cosas no se realizan nunca como y cuando queremos. Si yo les dijese +ahora una época y resultase otra, pensarían que había tratado de +burlarme de ellas. + +Apesar de los esfuerzos que hacía por sonreír, el semblante del conde +reflejaba tristeza infinita. Su voz salía apagada y enronquecida. + +--¡No, no! ¡Nada de eso!--exclamó riendo Jovita.--Díganos usted un día +cualquiera, que aunque luego resulte otro, pensaremos que no ha sido por +su voluntad. + +--Bueno, pues mañana. + +--¡Eso tampoco!--gritaron ambas solteronas alborozadas. + +--No son ustedes fáciles de contentar. ¿Qué día quieren que me case? +Señálenlo ustedes. + +El conde no había dicho una palabra a nadie de la ruptura de su +matrimonio. La innata debilidad de su carácter le obligaba a callar una +noticia que muy pronto había de difundirse. Tenía miedo a la curiosidad +pública, a las preguntas, a que en el rostro le adivinasen las causas de +tal resolución. Y temblaba y se entristecía profundamente cada vez que, +como ahora, le tocaban este punto. + +Hasta entonces no se había traslucido nada. Creíase en la ciudad que de +un día a otro se iría a Madrid a reunirse con su futura. Sin embargo, +Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de todos sus contemporáneos, +había olido algo. Y con la tenacidad y el disimulo de una Isabel de +Inglaterra, principió a recoger noticias y a atar cabos de tal modo que +a la hora presente andaba muy cerca de la verdad. + +--Muy triste te veo estos días, Luisito--le dijo bruscamente.--Más que +de matrimonio tienes cara de testamento. + +El conde se turbó y no supo más que contestar sonriendo forzadamente: + +--El matrimonio es un paso muy serio. + +Trató de marcharse, pero Manuel Antonio volvió a retenerlo. A todo +trance quería dar con la clave del enigma, saber de un modo positivo lo +que sospechaba. Y ayudándose de María Josefa, que sabía mejor que él a +qué atenerse, mantuvo alerta la conversación algún tiempo sobre el +escabroso tema. Luis estaba en brasas. Dirigía frecuentes miradas hacia +el sitio de Amalia, como reclamando lo que estaba obligada a concederle. +Levantose al fin la dama, se asomó a la puerta y tornó a sentarse. A los +pocos momentos apareció el rostro pálido y suave de Josefina. Paseó sus +ojos tristes por la sala, y a una seña de su madrina dirigió sus pasos +al gabinete. Al cruzar por detrás del conde, volviose éste a medias y le +echó una mirada rápida y ansiosa, que no pasó inadvertida a la sagacidad +de sus interlocutores. La niña levantó sus ojos hacia él, brillando con +sonrisa feliz. Fue un choque magnético que hizo arder súbito toda la +alegría de su corazón infantil. Los tertulios la llamaron, trataron de +retenerla; pero ella, obedeciendo la orden de su madrina, siguió hasta +el gabinete. Pocos momentos después se oyó la voz áspera de Quiñones. + +--¿No está el conde de Onís por ahí? ¿Cómo no entra? + +--Allá voy, D. Pedro--se apresuró a responder Luis, contento de +separarse de aquel enfadoso grupo. + +Al entrar en el gabinete se produjo, en menos tiempo del que puede +tardarse en referirla, una terrible escena que puso en conmoción y +espanto a toda la tertulia. D. Pedro estaba con las cartas en la mano y +lo mismo Jaime Moro y D. Enrique Valero. Saleta, que hacía el cuarto, +hablaba con el capellán sentado detrás de él. En torno de la mesa había +tres o cuatro personas de pie mirando el juego. Cerca del noble +maestrante se hallaba Josefina con los bracitos cruzados esperando su +bendición para irse a la cama. + +Al entrar el conde, Quiñones le lanzó una rápida mirada escrutadora, +clavó enseguida otra de profundo odio en la niña y dijo con sonrisa +sarcástica: + +--Ah, ¿quieres la bendición?... Toma la bendición. + +Y le dio de revés un tremendo bofetón que la hizo rodar por el suelo, +soltando sangre por boca y narices. Luis sintió aquella bofetada en sus +mejillas. Huyó repentinamente de ellas toda la sangre y quedó densamente +pálido. Y por un impulso ciego, superior a su voluntad, gritó fuera de +sí: + +--¡Eso es una vileza! ¡Una cobardía! + +Y aun trató de lanzarse sobre él. Pero le detuvieron. D. Pedro gritaba +mientras tanto a grandes voces, loco de furor: + +--¡Por fin caíste! ¡Por fin caíste, perro! + +Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del asiento y lanzarse sobre el +ladrón de su honra, consiguiolo a medias, y cayó al fin de nuevo, +privado de sentido, torciendo la boca. + +Los tertulios se habían levantado todos y acudieron al gabinete. Las +señoras gritaban aterradas. Los hombres preguntaban a los de dentro lo +que ocurría. El conde de Onís paseó una mirada de extravío por ellos, se +dirigió al sitio donde yacía Josefina, alzola del suelo y, con ella en +brazos, trató de abrirse paso. Amalia se le puso delante. + +--¿Adónde va usted? + +Y quiso arrancarle la niña. Pero Luis extendió la mano, agarró a la +valenciana por los cabellos y, después de sacudirla tres o cuatro veces +con fuerza, la arrojó lejos de sí y se lanzó a la puerta del salón. + +Bajó la escalera a saltos, salió a la calle, donde esperaba el coche, y +brincando en él con su preciosa carga dijo al cochero: + +--¡A escape, a la Granja! + +El pesado vehículo rodó con estrépito por las calles mal empedradas. No +tardó en salir a la carretera. + +La luna brillaba en lo alto del firmamento. De vez en cuando, grandes +nubes espesas, flotantes tapaban su disco, pero al instante volvía a +lucir. En las regiones superiores de la atmósfera soplaba un viento +huracanado. Abajo parecían reinar el silencio y la paz. + +Josefina no salía de su desmayo. El conde le limpiaba con su pañuelo la +sangre. Después trataba de reanimarla imprimiendo largos, apasionados +besos en su rostro de alabastro. + +Al fin se entreabrieron sus ojos, contempló con extraña fijeza al conde +y relampagueó en ellos una dulce sonrisa. + +--¿Eres tú, Luis? + +--Sí, vida mía, yo soy. + +--¿Adónde me llevas? + +--Donde tú quieras. + +--Llévame lejos, ¡muy lejos!... Llévame a tu casa... Llévame aunque no +me des de comer. Estando contigo no me importa morir. + +El conde la apretó contra su seno y la cubrió de besos. + +--Sí, sí, a mi casa vas--exclamó mientras las lágrimas bañaban sus +mejillas.--De allí no saldrás ya nunca, porque para arrancarte +necesitarán antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina, voy a decirte +una cosa. Procura entenderla. Haz un esfuerzo y lo conseguirás... Yo soy +tu padre... Los señores de Quiñones te han recogido en su casa... pero +yo soy tu padre... ¿lo entiendes? + +--Sí, Luis, te entiendo. + +--Te han recogido, porque yo soy tan malo que te he entregado a ellos +en vez de tenerte conmigo. + +--Ahora no te entiendo, Luis. Tú no eres malo. Tú eres bueno y me +quieres. + +--Sí, hija de mi alma, te quiero más que a mi vida... Perdóname. + +--Yo también te quiero a tí... ¡A ellos no! Antes quería a madrina, pero +ahora no... ¡Me ha pegado tanto! ¡Si supieras!... Me mordía, me arañaba, +me arrastraba por el suelo, mandaba a Concha que me azotase con la +ballena, me ataba con una cuerda como a los perros... + +--¡Calla, calla, que me matas!--profirió Luis sollozando. + +--¡No llores, Luis, no llores!... ¿Ves cómo eres bueno? Estás llorando +por mí. + +--¡No he de llorar por tí si eres mi hija! Llámame padre... ¡Yo soy tu +padre! ¿Lo sabes, lo sabes? + +--Sí, lo sé... Tú eres mi padre y yo soy tu hija... Tengo sueño... +Déjame dormir sobre tu pecho. + +Y dejó caer sobre él la cabecita blonda. Inclinó la suya el conde para +darle un beso en la frente y sintió sus labios abrasados por el calor de +la fiebre. + +Gozó la criatura algunos momentos de sueño letárgico. Corrían de vez en +cuando por su tierno cuerpo vivos estremecimientos. Despertó al fin +dando un grito. + +--¡Luis, que me llevan!... ¡Míralos, míralos... ahí están! + +Sus ojos expresaban un terror pánico. + +--No, hija, no; son los árboles del camino que extienden sus ramas hacia +nosotros. + +--¿No ves a D. Pedro que me amenaza? ¿No oyes lo que me está diciendo? + +--Sosiégate, mi alma; es el mugido del viento. + +--Tienes razón. Ya se fueron. ¡Mira cómo brilla la luna! ¡Mira qué +campos tan hermosos y cuántas flores!... Un palacio de cristal... +Delante hay una niña jugando con un gatito blanco... ¡Qué precioso!... +Es más bonito que el Rojo... Déjame jugar con ella, Luis... + +--Jugarás cuanto quieras, y te compraré un gatito y una palomita blanca +que venga a comer a tu mano. + +--No, no quiero que gastes dinero. Estoy contenta con que no me separes +de ti. + +--Nunca ya. Vivirás conmigo siempre, porque eres mi hija. Duerme, mi +vida. + +--¡Otra vez la oscuridad!... ¡Ya vuelve! ¡Échalos, Luis, échalos, por +Dios! ¡Que me agarran! + +--No temas; estás conmigo... Mira la luna otra vez... ¿Ves cuánta +luz?... Duérmete, corazón. + +--Es verdad... ya veo los campos llenos de flores... ya veo el gatito +blanco... La niña no está... ¿Dónde se fue, Luis? + +--Está en mi casa, esperándote para jugar. Estamos muy cerca ya. +Duérmete. + +--Sí, Luis, voy a dormir. Tú me lo mandas, ¿no es cierto? Yo debo +obedecerte porque soy tu hija... Tengo frío... Apriétame más. + +Apretola más y más contra su pecho. Josefina se durmió al fin. El +carruaje rodaba por la carretera desierta al través de los campos +esclarecidos por la luz de la luna. Las nubes volaban también dispersas +por los aires. El viento mugía sordamente a lo lejos. Los árboles +comenzaban a agitar sus penachos. + +Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis inclinó la cabeza para +despertar a la niña; pero al darla un beso sintió en sus labios el frío +de la muerte. Alzola vivamente, sacudiola con fuerza varias veces, +llamándola a gritos. + +--¡Josefina!... ¡Hija! ¡hija! ¡hija!... ¡Despierta! + +La blonda cabeza de la niña se doblaba a un lado y a otro como una +azucena que tuviese quebrado el tallo. + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of El maestrante, by Armando Palacio Valdés + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 30425 *** |
