summaryrefslogtreecommitdiff
path: root/old
diff options
context:
space:
mode:
Diffstat (limited to 'old')
-rw-r--r--old/30425-8.txt10552
-rw-r--r--old/30425-8.zipbin0 -> 219533 bytes
-rw-r--r--old/30425-h.zipbin0 -> 226109 bytes
-rw-r--r--old/30425-h/30425-h.htm14246
4 files changed, 24798 insertions, 0 deletions
diff --git a/old/30425-8.txt b/old/30425-8.txt
new file mode 100644
index 0000000..b4d4a34
--- /dev/null
+++ b/old/30425-8.txt
@@ -0,0 +1,10552 @@
+The Project Gutenberg EBook of El maestrante, by Armando Palacio Valdés
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: El maestrante
+
+Author: Armando Palacio Valdés
+
+Release Date: November 8, 2009 [EBook #30425]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MAESTRANTE ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
+produced from scanned images of public domain material
+from the Google Print project.)
+
+
+
+
+
+
+
+
+
+EL MAESTRANTE
+
+NOVELA
+
+POR
+
+D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
+
+MADRID
+
+TIPOGRAFIA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ
+
+IMPRESOR DE LA REAL CASA
+
+Libertad, 16 duplicado.
+
+1893
+
+
+
+
+ÍNDICE
+
+
+ I.--La casa del maestrante
+
+ II.--El hallazgo
+
+ III.--La cita
+
+ IV.--Historia de aquellos amores
+
+ V.--Las bromas de Paco Gómez
+
+ VI.--Las señoritas de Meré
+
+ VII.--El aumento del contingente
+
+VIII.--El vino de Fernanda
+
+ IX.--La mascarada
+
+ X.--Cinco años después
+
+ XI.--La cólera de Amalia
+
+ XII.--La justicia del barón
+
+XIII.--El martirio
+
+ XIV.--La capitulación
+
+ XV.--Josefina duerme
+
+
+
+
+
+I
+
+La casa del maestrante.
+
+
+A las diez de la noche eran, en toda ocasión, contadísimas las personas
+que transitaban por las calles de la noble ciudad de Lancia. En las
+entrañas mismas del invierno, como ahora, y soplando un viento del
+noroeste recio y empapado de lluvia, con dificultad se tropezaba alma
+viviente. No quiere esto decir que todos se hubiesen entregado al sueño.
+Lancia, como capital de provincia, aunque no de las más importantes, es
+población donde ya en 185... se había aprendido a trasnochar. Pero la
+gente se metía desde primera hora en algunas tertulias y sólo salía de
+ellas a las once para cenar y acostarse. A esta hora, pues, solían
+tropezarse algunos grupos resonantes que caminaban a toda prisa
+resguardados por los paraguas; las señoras rebujadas en sendos
+capuchones de lana, alzando las enaguas con la mano que les quedaba
+libre; los caballeros envueltos en sus pañosas o _montecristos_, los
+pantalones enérgicamente arremangados, rompiendo el silencio de la noche
+con el áspero traqueteo de las almadreñas. Porque en aquella época eran
+muy pocos todavía los que desdeñaban este calzado patriótico y
+confortable. Tal cual pollastre que por haber estado en Valladolid
+estudiando medicina se creía por encima de estas ruindades y alguna que
+otra damisela melindrosa que afectaba el no saber andar con ellas.
+
+De coches no había que hablar, pues sólo existían tres en la población,
+el de Quiñones, el de la condesa de Onís y el de Estrada-Rosa. Este
+último era el único que no alcanzaba el medio siglo de antigüedad.
+Cuando cualquiera de las tres carrozas salía a la calle, rodeábala un
+enjambre de chiquillos y seguíanla buen trecho en testimonio de
+incondicional entusiasmo. Los vecinos en lo interior de sus moradas
+distinguían, por el estrépito de las ruedas y el chasquido de las
+herraduras, a cuál de los magnates mencionados pertenecía. Eran, en
+suma, tres instituciones venerandas que los hijos de la ciudad sabían
+amar y respetar. Contra la lluvia que cae sobre ella más de las tres
+cuartas partes del año no se conocían entonces otros preservativos
+naturales que el paraguas y las almadreñas. Poco después vinieron los
+chanclos de goma y recientemente también se introdujeron los
+impermeables con capuchón, que trasforman en ciertos momentos a Lancia
+en vasta comunidad de frailes cartujos.
+
+El viento soplaba más recio en la travesía de Santa Bárbara que en
+ningún otro paraje de la población. Esta vía, abierta entre el palacio
+del obispo y las tapias de un patinejo de la catedral, donde viene a
+caer la cadena del pararrayos, pasa a su terminación por debajo de un
+arco y forma lóbrego recodo en que el huracán se encalleja y clama y se
+lamenta en noches tan infernales como la presente.
+
+Un hombre embozado hasta los ojos atravesó velozmente la plazoleta que
+hay delante de la morada de los obispos y entró en este recodo. La
+fuerza del huracán le detuvo, y la lluvia, penetrando entre el embozo de
+la capa y el sombrero, le privó de la vista. Resistió unos instantes a
+pie firme la violencia de la ráfaga, y en vez de soltar alguna
+interjección enérgica, que nunca fuera más al caso, dejó escapar un
+suspiro de angustia.
+
+--¡Ay, Jesús mío, qué noche!
+
+Se arrimó a la pared, y cuando el viento sosegó sus ímpetus siguió su
+camino. Pasó por debajo del arco que comunica el palacio con la catedral
+y entró en la parte más desahogada y esclarecida de la travesía. Un
+reverbero de aceite engastado en la esquina servía para iluminarla toda.
+El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secundado por la gran mariposa de
+hoja de lata, para enviar alguna claridad a los confines de su
+jurisdicción. Pero, más allá de diez varas en radio, nada hacía
+sospechar su presencia. Sin embargo, a nuestro embozado debió parecerle
+una lámpara Edison de diez mil bujías, a juzgar por el cuidado con que
+se subió aún más el embozo y la prisa con que abandonó la acera para
+caminar ceñido a la tapia del patio en que las sombras se espesaban.
+Salió en esta guisa a la calle de Santa Lucía, echó una rápida mirada a
+un lado y a otro, y corrió de nuevo al sitio más oscuro. La calle de
+Santa Lucía, con ser de las más céntricas, es también de las más
+solitarias. Está cerrada a su terminación por la base de la torre de la
+basílica, esbelta y elegante como pocas en España, y sólo sirve de
+camino ordinariamente a los canónigos que van al coro y a las devotas
+que salen a misa de madrugada.
+
+En esta calle, corta, recta, mal empedrada y de viejo caserío, se alzaba
+el palacio de Quiñones de León. Era una gran fábrica oscura de fachada
+churrigueresca, con balcones salientes de hierro. Tenía dos pisos, y
+sobre el balcón central del primero un enorme escudo labrado toscamente
+y defendido por dos jayanes en alto relieve tan toscos como sus
+cuarteles.
+
+Una de las fachadas laterales caía sobre pequeño jardín húmedo,
+descuidado y triste y cerrado por una tapia de regular elevación; la
+otra sobre una callejuela aún más húmeda y sucia abierta entre la casa y
+la pared negra y descascarillada de la iglesia de San Rafael. Para pasar
+del palacio a la iglesia, donde los Quiñones poseían tribuna reservada,
+existía un puente o corredor cerrado, más pequeño, pero semejante al que
+los obispos tienen sobre la travesía de Santa Bárbara. Por la viva
+claridad que dejaba pasar la rendija de un balcón entreabierto
+advertíase que los dueños de la casa no estaban aún entregados al
+descanso. Y si la claridad no lo acusara, acusábanlo más claramente los
+sones amortiguados de un piano que dentro se dejaban oír cuando los
+latidos furiosos del huracán lo consentían.
+
+Nuestro embozado siguió, con paso rápido y ocultándose en la sombra
+cuanto podía, hasta la puerta del palacio. Allí se detuvo; volvió a
+echar una mirada recelosa a entrambos lados de la calle, y entró
+resueltamente en el portal. Era amplio, con pavimento de guijarro como
+la calle, las paredes lisas y enjalbegadas de mucho tiempo, tristemente
+iluminado por una lámpara de aceite colgada en el centro. El embozado lo
+atravesó velozmente, y sin tirar del cordón de la campana pegó el oído a
+la puerta, y así estuvo inmóvil algunos instantes en escucha. Cerciorado
+de que nadie bajaba, tornó a la puerta de la calle y enfiló otra mirada
+por ella. Al fin resolviose a abrir el embozo y sacó de debajo de la
+capa un bulto que depositó en el suelo con mano temblorosa, cerca de la
+puerta. Era un canastillo. Estaba cubierto con una manta de mujer, lo
+cual impedía observar lo que en él se guardaba, aunque bien se presumía.
+Desde Moisés, los canastillos misteriosos parecen destinados a guardar
+infantes. El rebozado, ya desarrebozado, tiró tres veces del cordón de
+la campana, y al instante, desde arriba, abrieron por medio de otra
+cuerda. Las tres campanadas indicaba que quien entraba en la
+aristocrática mansión de los Quiñones era un noble, un par de los
+señores. Tiempo hacía que se estableciera esta costumbre, sin saber
+cómo. Un menestral, un criado, un inferior, por cualquier concepto, no
+llamaba sino con una campanada; las visitas llamaban con dos; y la media
+docena o poco más de personas que el linajudo señor de Quiñones
+consideraba sus iguales en Lancia, lo hacían con tres, por acuerdo
+tácito o expreso, que eso nunca se averiguó. Murmurábase en la ciudad de
+tal diferencia: los que nunca habían pisado los salones de la casa,
+embromaban a los que a diario los visitaban: respondían éstos negando la
+especie; pero aunque secretamente humillados, respetaban la feudal
+costumbre: nadie era osado a dar las tres campanadas del segundo
+estamento. Sólo Paco Gómez se aventuró una vez a hacerlo por broma o
+fanfarronada; pero al llegar al salón se le recibió con sorpresa y
+frialdad tan despreciativas, que no le quedaron ganas de repetirlo.
+
+El hombre del canastillo se apresuró a entrar y cerrar la puerta;
+atravesó el pórtico y subió por la gran escalera de piedra, en cuyos
+peldaños gastados por el uso se rezumaba constantemente alguna humedad.
+Al llegar al piso principal un criado se acercó a recogerle la capa y el
+sombrero. Y sin aguardar más, como si alguien le persiguiera, lanzose
+con presurosa planta a la puerta del salón y la abrió. La viva luz de
+las arañas y candelabros le ofuscó un instante. Era un hombre alto,
+corpulento, de treinta a treinta y dos años de edad, la fisonomía dulce
+y las facciones correctas: gastaba el pelo cortado a punta de tijera y
+la barba luenga, rubia y sedosa. En aquel momento su rostro estaba
+pálido y revelaba profunda inquietud.
+
+En cuanto alzó los ojos, que la excesiva claridad le obligara a cerrar,
+enderezó la mirada a la señora de la casa, sentada en una butaca. Clavó
+ella a su vez en él otra intensa y ansiosa. Fue un choque que dio
+instantáneo reposo a sus fisonomías, como dos fuerzas iguales que se
+neutralizan. El caballero se detuvo a la puerta esperando que cruzasen
+cinco o seis parejas que venían girando al compás de un vals, y sus
+labios descoloridos se plegaron con sonrisa tan dulce como triste.
+
+--¡Qué tarde! No pensábamos que usted viniera ya--exclamó la señora
+alargándole su mano fina, nerviosa, que se contrajo tres o cuatro veces
+con intensa emoción al chocar con la de él.
+
+Era una mujer de veintiocho a treinta años, menuda de cuerpo, el rostro
+pálido y expresivo, los ojos y el cabello muy negros, boca pequeña y
+nariz ligeramente aguileña.
+
+--¿Cómo se encuentra usted, Amalia?--dijo el caballero, sin responder a
+la exclamación, ocultando bajo una sonrisa la ansiedad que a su pesar se
+le traslucía en lo tembloroso de la voz.
+
+--Estoy mejor... Muchas gracias.
+
+--¿No le hará a usted daño este ruido?
+
+--No... Me aburría mucho en la cama... Además, no quería privar a las
+chicas del único recreo que hoy por hoy tienen en Lancia.
+
+--Muchas gracias, Amalia--exclamó una jovencita que venía bailando y oyó
+las últimas palabras de la dama.
+
+Ésta le dirigió una sonrisa bondadosa.
+
+Otra pareja que venía detrás chocó con el caballero, que continuaba en
+pie.
+
+--¡Usted siempre estorbando, Luis!
+
+--A nadie más que a usted, María Josefa--respondió el joven, riendo con
+afectación para disimular el embarazo que aún sentía.
+
+--¿Está usted seguro de que a mí sola?--preguntó ella alzando al mismo
+tiempo su mirada maliciosa hacia el caballero que la estrechaba en sus
+brazos.
+
+María Josefa Hevia tenía ya por lo menos cuarenta años, y sus quince
+habían sido casi tan feos, pese al refrán, como sus cuarenta. Como no
+poseía tampoco bastante hacienda para restablecer el equilibrio, ningún
+valiente había llegado a redimirla del purgatorio de la soltería. Hasta
+hacía poco tiempo todavía halagaba la esperanza de que, ya que no un
+pollo, por lo menos se arrojase a pedir su mano alguno de los indianos
+solteros que iban llegando a establecerse en Lancia. Fundábala en la
+tendencia que éstos mostraban a contraer matrimonio con las hijas de las
+familias distinguidas de la población, aunque no llevasen dote.
+Pertenecía ella por la línea paterna a una de las más ilustres; como que
+era pariente del señor de Quiñones, en cuya casa nos hallamos. Pero su
+padre había muerto, y vivía con su madre, mujer de baja estofa,
+cocinera antes de subir al tálamo nupcial de su amo. Sea por esto o, lo
+que es más probable, por la bien declarada y proverbial fealdad de su
+figura, tampoco los indianos picaron la carnada del anzuelo. Y eso que,
+con motivo o sin él, solía descotarse más de la cuenta para hacer
+ostensible lo que, según voz pública, tenía de menos malo en su cuerpo.
+El rostro era repulsivo, de facciones incorrectas, hinchado por la
+erisipela y desfigurado amenudo por algunas llamaradas rojizas que le
+subían a las narices. De sus ilusiones femeninas no le quedaba ya más
+que una, la de bailar: era una verdadera pasión: padecía horriblemente
+cada vez que los descuidados pollos de Lancia la dejaban comiendo pavo.
+Pero se vengaba tan lindamente de ellos y ellas, poseía una lengua tan
+acerada, que la mayor parte de los jóvenes le sacrificaban por lo menos
+un baile en todos los saraos: cuando se descuidaban, las mismas
+muchachas se lo recordaban, temiendo las iras de la feroz solterona.
+Bailaba, pues, tanto como la más linda damisela de Lancia, por razón
+opuesta, esto es, por el saludable terror que había logrado inspirar.
+Ella lo sabía, y aunque humillada en el fondo del alma, no dejaba de
+aprovecharse, optando por el que consideraba menor de los males. Poseía
+espíritu sagaz y malicioso; veía muy bien el ridículo de las acciones,
+narraba con gracia y estaba dotada además de un don particular para
+herir a cada persona, cuando se le antojaba, en lo más vivo.
+
+--¿Ha llegado ya el conde?--dijo una voz áspera que salía del gabinete
+contiguo y se sobrepuso al tecleo del piano y a las pisadas de los
+bailarines.
+
+--Sí: aquí estoy, D. Pedro... Voy allá.
+
+El conde dio un paso hacia el gabinete, sin apartar la vista de la
+pálida señora. Ésta le clavó otra mirada intensa donde se leía una
+interrogación. Él cerró los ojos afirmando, y pasó a la inmediata
+estancia. Lo mismo ésta que el salón estaban amueblados sin lujo. Los
+próceres de Lancia desdeñaban esos refinamientos del decorado, hoy tan
+usuales. No por avaricia, sino por entender con razón que su prestigio
+estribaba, más que en la riqueza o suntuosidad de las moradas, en el
+sello de respetable antigüedad que poseían, rechazaban en ellas
+cualquiera innovación, lo mismo interna que externa. Los muebles
+envejecían, se deslustraban; las alfombras y cortinas se iban rayendo.
+Los dueños aparentaban no fijarse en ello. Sobre todo, D. Pedro Quiñones
+mostraba una negligencia en este punto que rayaba en jactancia. Ni los
+ruegos de su señora, ni las indirectas que algún osado, como Paco Gómez,
+solía autorizarse bromeando, le decidían jamás a llamar a los pintores y
+tapiceros. Se adivinaba bien que en esta resolución influía el desdén
+con que miraba el lujo desplegado por algunos indianos en el mobiliario
+de sus casas.
+
+El salón, en lo que toca a las dimensiones, era soberbio, amplio,
+elevadísimo de techo; ocupaba todos los balcones de la calle de Santa
+Lucía, exceptuando el del gabinete. La sillería antigua, pero no
+imitando formas de siglos remotos, como ahora se usa: estaba construida
+en el pasado al gusto de la época, y forrada de terciopelo verde ya
+gastado. La alfombra descubría el tejido por varios sitios. De las
+paredes colgaban algunos tapices magníficos. Éste era el lujo de la
+casa. D. Pedro Quiñones poseía una colección de gran valor. Solía
+exhibirlos una vez al año, colgándolos de los balcones el día del Corpus
+para el paso de la procesión. Decíase que un inglés le había ofrecido
+por ellos un millón de pesetas. Poseía asimismo algunos cuadros antiguos
+de mérito, tan oscurecidos por el tiempo que, si una mano hábil no venía
+pronto a restaurarlos, concluirían por desaparecer. Lo único nuevo que
+en el salón había era el piano, comprado hacía tres años, poco después
+de casarse en segundas nupcias D. Pedro.
+
+El gabinete, también de gran tamaño, con un balcón a la calle de Santa
+Lucía y dos al jardín, estaba peor decorado aún. Grandes cortinones de
+damasco, dos armarios de roble sin espejo, un sofá forrado de seda,
+algunos sillones de vaqueta, una mesa redonda en el centro y algunas
+sillas correspondientes al sofá; todo bien manoseado y marchito. En
+torno de la mesa central, y alumbrados por enorme quinqué de aceite con
+pantalla verde, estaban tres caballeros jugando al tresillo. El dueño de
+la casa era uno de ellos. Tendría de cuarenta y seis a cuarenta y ocho
+años de edad; hacía tres que estaba enteramente imposibilitado para
+moverse, de resultas de un ataque apoplético que le paralizó las dos
+piernas. Era corpulento, rostro moreno y facciones bien acentuadas,
+enérgicas; el cabello y la barba, blanqueando ya por muchos puntos,
+fuertes, abundantes, encrespados; los ojos negros y hundidos de mirar
+imponente. En su fisonomía había una expresión de orgullo y fiereza que
+ni aun la sonrisa amistosa con que acogió al conde de Onís pudo
+extinguir por completo. Estaba reclinado más que sentado en una butaca
+construida adrede para facilitarle el movimiento del tronco y los
+brazos, y arrimada a la mesa de lado a fin de que le fuese posible jugar
+y tener las piernas extendidas. Aunque en la chimenea ardían algunos
+troncos de leña, se abrigaba con una talma de color gris cerrada al
+cuello con broche de oro. Bordada sobre ella, del lado del corazón,
+había una gran cruz roja de la orden de Calatrava. El señor de Quiñones
+prescindía pocas veces de esta talma, que le daba aspecto un poco
+fantástico y teatral.
+
+Siempre había sido extravagante en el vestir. Su orgullo le impulsaba a
+buscar el modo de distinguirse del vulgo. En varias ocasiones se le vio
+de levita cerrada, sombrero de copa y almadreñas: gastaba larga melena,
+como un caballero del siglo diez y siete; vestía amenudo traje de
+terciopelo o pana con botas de montar; usaba botines cuando ya nadie se
+acordaba de ellos, y grandes cuellos de camisa vueltos sobre el chaleco,
+imitando la antigua valona. Nunca se vio hombre más preciado de su
+nobleza ni con más afán de resucitar el prestigio y los privilegios de
+que aquélla gozaba en siglos pasados. El público murmuraba de sus
+extravagancias y muchos se reían de ellas, porque Lancia es una
+población donde abundan los espíritus humorísticos; pero, como siempre
+acontece, este orgullo desmedido y feroz había concluido por imponerse.
+Los que con más gracia se burlaban de las rarezas de don Pedro eran los
+que con mayor sumisión y rendimiento le quitaban el sombrero así que le
+veían de media legua.
+
+Había vivido en la corte algún tiempo durante sus años juveniles, pero
+no echó raíces en ella. Fue gentilhombre con ejercicio y disfrutó de las
+ventajas y preeminencias que su caudal y nacimiento le concedían; pero
+no bastaban a saciar aquel corazón henchido de arrogancia. La extraña
+amalgama de la aristocracia de la sangre con la del dinero le hería y le
+irritaba. El respeto que se concedía a los hombres políticos y que él
+mismo se veía obligado a tributar por razón de su cargo le encendía de
+ira. ¡Un hijo de la nada, un pelagatos pasar por delante de él con la
+cabeza erguida, dirigiéndole una mirada indiferente o desdeñosa! ¡A él,
+descendiente directo de los condes soberanos de Castilla! Por no
+sufrirlo y por el amor que profesaba a Lancia renunció al empleo y vino
+a habitar de nuevo el churrigueresco palacio en que nos hallamos. La
+soberbia, o por ventura su carácter excéntrico, le hicieron cometer, en
+este período de su vida de mayorazgo solterón, mil extravagancias y
+ridiculeces que asombraron y fueron el regocijo de la ciudad mientras no
+llegó a acostumbrarse. D. Pedro no salía jamás a la calle sin ir
+acompañado de un su criado o mayordomo, hombre zafio, que vestía el
+traje del labriego del país, esto es, calzón corto con medias de lana,
+chaqueta de bayeta verde y ancho sombrero calañés. Y no sólo salía con
+Manín (por este nombre era universalmente conocido), sino que le llevaba
+al teatro. Era de ver los dos en un palco principal; él, rígido,
+correcto, paseando su mirada distraída por la sala; el criado, con las
+palmas de las manos apoyadas en la barandilla y la barba sobre las
+manos con la atónita mirada clavada en el escenario, soltando bárbaras,
+ruidosas carcajadas, rascándose el cogote o bostezando a gritos enmedio
+del silencio. Entraba con él en los cafés y hasta le llevaba a los
+bailes. Manín llegó a ser en poco tiempo una institución. D. Pedro, que
+apenas se dignaba hablar con las personas más acaudaladas de Lancia,
+sostenía plática tirada con él y admitía que le contradijese en la forma
+ruda y grosera de que era capaz únicamente.
+
+--Manín, hombre, repara que estás molestando a esas señoras--le decía a
+lo mejor hallándose ambos en cualquier tienda.
+
+--Bueno, bueno; pues si quieren estar a gusto, que traigan de casa un
+jergón y se acuesten--respondía el bárbaro en voz alta.
+
+D. Pedro se mordía los labios para no soltar el trapo, porque le hacían
+extremada gracia tales groserías y brutalidades.
+
+Si entraba en un café, Manín se atracaba de cuarterones de vino tinto
+mientras él solía beber con parquedad una copita de moscatel. Pero
+siempre pedía una botella y la pagaba, aunque la dejase casi llena.
+Mostrando por esta prodigalidad cierta extrañeza un boticario de la
+población con quien alguna vez se dignaba hablar, le respondió con fría
+arrogancia:
+
+--Pago una botella, porque me parece indecoroso que D. Pedro Quiñones
+de León pida una copa como cualquier c...tintas de las oficinas del
+gobierno político.
+
+Causaba asombro también en la ciudad el que al saludar a los clérigos en
+la calle les besase la mano, imitando la costumbre de los nobles en
+otros siglos. Este respeto no era más que un medio de distinguirse y
+acreditar su alta jerarquía, como todo lo demás. Porque al capellán que
+tenía a su servicio, aunque le besaba la mano en público, le trataba
+como a un doméstico en privado. Le guardaba muchas menos consideraciones
+que a Manín. Pero lo que verdaderamente dejó estupefacta a la población
+y se prestó a sin número de comentarios y chufletas fue lo que D. Pedro
+hizo, poco después de llegar de Madrid, en cierta solemnidad religiosa.
+Se presentó en la iglesia con uniforme blanco cuajado de cordones y
+entorchados, que debía de ser el de maestrante de Ronda. Al llegar el
+momento de la consagración en la misa, avanzó con paso solemne hasta el
+medio del templo, que se hallaba libre de gente, desenvainó la espada y
+comenzó a esgrimirla sucesivamente contra los cuatro puntos cardinales,
+dando furiosas estocadas y mandobles al aire. Las mujeres se asustaron,
+los chiquillos corrieron, la mayor parte de los hombres pensó que era un
+acceso de locura. Sólo los más avisados o eruditos entendieron que se
+trataba de una ceremonia simbólica y que aquellos mandobles al aire
+significaban que don Pedro estaba resuelto, como caballero profeso que
+era de una orden militar, a batirse con todos los enemigos de la fe, en
+cualquier paraje del mundo. El único periodiquito que se publicaba
+entonces en Lancia todos los domingos (hoy existen once, seis diarios y
+cinco semanales) le dedicó una gacetilla en que, con no poca gracia, se
+burlaba de él. Sin embargo, tales burlas públicas o privadas, como ya se
+ha indicado, no conseguían amenguar el prestigio de que el ilustre
+prócer gozaba en la ciudad. Quien se considera de buena fe superior a
+los seres que le rodean, tiene mucho adelantado para que éstos se le
+humillen. Además, D. Pedro, apesar de sus ridiculeces, era hombre culto,
+aficionado a la literatura y con pujos de poeta. De vez en cuando, y con
+ocasión de cualquier fausta nueva para la patria o familia real,
+escribía algunas décimas o tercetos en estilo clásico, un poco
+gongorino. Aunque algunas personas trataron de persuadirle a que los
+publicase, nunca esto se pudo acabar con él. Profesaba tan sincero
+desprecio a todo lo que reflejase el movimiento democrático de nuestra
+era y muy especialmente a los periódicos, que prefería tenerlos
+manuscritos, conocidos solamente de un número reducido de amigos. Pasaba
+igualmente por hombre valeroso. En Madrid había tenido algunos duelos y
+en Lancia dejó de efectuarse uno entre él y cierto jefe político que los
+progresistas mandaron a esta provincia, por la intercesión del obispo y
+cabildo catedral.
+
+Al llegar a los cuarenta años, poco más o menos, casó con una señora
+aristócrata también, que habitaba en Sarrió. Murió su esposa al año, a
+consecuencia del parto. Tres años después contrajo de nuevo matrimonio
+con Amalia, dama valenciana algo emparentada con él. Apenas se conocían.
+D. Pedro la había visto en Valencia cuando ella contaba catorce años. El
+matrimonio que se realizó diez años después pactose por medio de cartas,
+previo el cambio de retratos. Se daba por seguro que la voluntad de la
+novia había sido forzada, y aun se decía que durante algunos meses se
+había negado a compartir el tálamo con su marido. Todavía más. Se
+contaba en Lancia con gran lujo de pormenores el viaje que por consejo
+de un canónigo hizo don Pedro con su esposa para inspirarla confianza y
+acortar, entre las peripecias del camino y la descomodidad de las
+posadas, la distancia moral y material que los separaba. Cumplidas las
+profecías del astuto capitular y realizados todos los fines del
+matrimonio, el cielo no quiso sin embargo bendecirlo. Poco tiempo
+después D. Pedro experimentó el terrible ataque apoplético que le
+paralizó de medio cuerpo abajo, y desde entonces no hubo términos
+hábiles para la bendición, aunque la Providencia estuviese animada de
+los mejores deseos.
+
+--Nos hace falta un cuarto--dijo apretando con efusión la mano del
+conde.
+
+--Sí, sí, a ver si cambia la suerte... Moro nos está llevando el dinero
+bravamente--dijo un viejecito de cara redonda, fresca, rasurada, el pelo
+blanco y los ojos claros y tiernos. Tenía marcado acento gallego. Se
+llamaba Saleta y era magistrado de la audiencia y tertulio asiduo de la
+casa de Quiñones.
+
+--¡No tanto, Sr. Saleta, no tanto! Sólo gano doscientos tantos. Faltan
+trescientos para desquitarme de lo que he perdido ayer--manifestó el
+aludido, que era un joven de fisonomía abierta y simpática.
+
+--¿Y por qué no han llamado ustedes a Manín?--preguntó el conde
+dirigiendo una mirada risueña al célebre mayordomo, que, con su calzón
+corto, zapatos claveteados y chaqueta de bayeta verde, dormitaba en una
+butaca.
+
+Las miradas de los tres se volvieron hacia él.
+
+--Porque Manín es un bruto que no sabe jugar más que a la _brisca_--dijo
+D. Pedro riendo.
+
+--Y al _tute_--manifestó el gañán, desperezándose groseramente, abriendo
+una boca de a cuarta.
+
+--Bueno, y al tute.
+
+--Y al _monte_.
+
+--Bien, hombre, y al monte también.
+
+Y se pusieron a jugar sin hacer más caso de él.
+
+Pero al cabo de un momento volvió a decir:
+
+--Y al _parar_.
+
+--¿Al parar también?--preguntó en tono de burla el conde de Onís.
+
+--Sí, señor, y a las _siete y media_.
+
+--¡Vaya! ¡vaya!--exclamó aquél distraídamente, abriendo el abanico de
+cartas y examinándolo atentamente.
+
+Y siguieron jugando con empeño, absortos y silenciosos. El mayordomo les
+interrumpió de nuevo, diciendo:
+
+--Y al _julepe_.
+
+--¡Bueno, Manín, cállate!... No seas majadero--exclamó ásperamente D.
+Pedro.
+
+--¡Manjadero! ¡manjadero!--masculló el aldeano con mal humor.--Otros hay
+tan manjaderos; pero como tienen dinero no hay quien se lo llame.
+
+Y dejó caer de nuevo sus formidables espaldas en el sillón, estiró las
+patas y cerró los ojos para roncar.
+
+Los jugadores levantaron la vista hacia don Pedro con sorpresa e
+inquietud. Este la clavó colérica en su mayordomo; pero, al verle en
+aquella tan sosegada postura, cambió repentinamente, y alzando los
+hombros y convirtiendo de nuevo los ojos a las cartas, exclamó con
+sonrisa, alegre:
+
+--¡Qué bárbaro! ¡Es un verdadero suevo!
+
+--¡Alto, Sr. Quiñones, alto!--dijo Saleta.--Los suevos han acampado
+solamente en Galicia. Ustedes no son más que cántabros... Precisamente
+yo debo saber bien eso...
+
+--¡Claro! ¡Uzté ze lo zabe too!--manifestó un caballero no tan viejo, si
+bien pasaría de los cincuenta, que entraba a la sazón. D. Enrique
+Valero, magistrado de la Audiencia también, hombre de agradable porte,
+de rostro fino y expresivo, aunque extremadamente marchito por la vida
+alegre que había llevado. Como lo denunciaba su acento, de lo más
+cerrado y ceceoso que puede oírse, era andaluz y de la provincia de
+Málaga.
+
+--No lo sé todo, amigo Valero--repuso con calma Saleta;--pero conozco
+perfectamente la historia de mi país y las particularidades referentes a
+mi familia.
+
+--¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo de lo zuevo, compañero?
+
+--Porque mi familia desciende de uno de los caudillos más principales
+que penetraron en la provincia de Pontevedra cuando la irrupción, según
+consta de varios documentos que se conservan en el archivo de mi casa.
+
+Los jugadores cambiaron una risueña mirada de inteligencia con Valero.
+
+--¡Ajá!--exclamó éste entre alegre e irritado.--Ahora rezulta que el
+amigo Zaleta ez un zuevo como una catedral.--¡Quién lo había de penzá,
+tan rebajuelo y tan chiquitín!
+
+--Sí, señor--prosiguió el otro, como si no hubiera oído, hablando con
+lentitud y firmeza.--El caudillo que dio origen a nuestra familia se
+llamaba Rechila. Era hombre al parecer feroz y sanguinario. Gran
+conquistador; extendió sus dominios muchísimo, y hasta me parece que
+llegó en sus correrías hasta Extremadura. Un día, siendo yo niño, se
+encontró su corona enterrada entre los cimientos de la antigua capilla
+de nuestra casa...
+
+--¡Pero, hombre! ¡pero, hombre!--exclamó Valero mirándole fijamente con
+una cómica indignación que hizo soltar la carcajada a los demás.
+
+Saleta prosiguió imperturbable describiendo el hallazgo, la forma, el
+peso, cada uno de los adornos; no se le olvidó un pormenor.
+
+Y Valero mientras tanto no apartaba de él la mirada, sacudiendo la
+cabeza con creciente irritación.
+
+Todas las noches pasaba lo mismo. El descarado mentir de su colega
+provocaba en el magistrado andaluz una indignación a veces fingida,
+otras real, que siempre alegraba a la compañía. Era tan insólito que un
+gallego se atreviese a bravear de exagerado y embustero delante de un
+andaluz, que éste, herido en su amor propio y en los fueros de su país,
+llegaba en ocasiones a enfadarse, dudando si Saleta era un tonto o por
+tales tenía a los que le escuchaban. En realidad el magistrado de
+Pontevedra mentía con tan poca gracia y al mismo tiempo con tal firmeza,
+que era cosa de pensar si sería un pícaro redomado que se gozaba en
+impacientar a sus amigos.
+
+--¿Ha dicho uzté que eze antepazao zuyo ha llegao a
+Eztremadura?--preguntó al fin Valero en tono decidido.
+
+--Sí, señor.
+
+--Pue me parece, compare, que eztá uzté equivocao, porque eze zeñó
+Renchila...
+
+--Rechila.
+
+--Bueno, eze Rechila ha ido máz allá, ha corrío hazta la provincia de
+Málaga; pero allí le zalío al encuentro una partía de vándalos de la
+cual era jefe uno de miz azcendiente, que ze llamaba zi mal no
+recuerdo... ezpere un poco... ze llamaba Matalaoza. Pue bien, ezte
+Matalaoza, que era un tío mu bragao y mu soso, le derrotó completamente,
+le hizo prizionero y le tuvo tirando de una noria hazta que ze murió.
+Todavía ze conzervan en lo zótano de caza alguno peazo de la maquinita.
+
+D. Pedro, Jaime Moro y el conde de Onís habían suspendido el juego y
+reían sin rebozo alguno.
+
+--No puede ser. Rechila no ha pasado de Mérida, que ha conquistado
+después de un corto asedio--manifestó Saleta sin turbarse poco ni mucho.
+
+--Dispenze uzté, amigo; en el archivo de mi caza hay documentoz que
+acreditan que el zeñó Renchila ha entrao una mijita por la provincia e
+Málaga, y que el zeñó Matalaoza, mi abuelo, por la línea de madre, ni pa
+Dioz quizo deharle seguí ma adelante.
+
+--Permítame usted, amigo Valero; me parece que está usted en un error.
+Ese Rechila debe de ser otro. Entre los suevos ha habido varios
+Rechilas...
+
+--No zeñó, no... El Rechila que ha derrotao mi abuelo era el antepazao
+de uzté... Eztoy zeguro... De la provincia de Pontevedra... Ze le
+conocía enzeguidita por el acento.
+
+Y afectaba gran seriedad al proferir estas frases. La alegría de los
+jugadores era cada vez mayor. Saleta, acostumbrado a las burlas de su
+colega, no se amoscaba ni perdía un punto de su irritante flema. La
+desvergüenza de este hombre para mentir y sostener luego sus mentiras
+era inaudita.
+
+Cuando vio la inutilidad de seguir disputando, atendió nuevamente al
+juego. Los demás hicieron lo mismo, aunque de vez en cuando se les
+escapaba por la nariz el flujo de la risa.
+
+Jaime Moro seguía ganando. Y se mostraba alegre y charlatán, comentando
+cada una de las jugadas con prolijidad. Era un guapo joven de barba
+negra recortada, facciones correctas, ojos rasgados sin expresión y tez
+suave y sonrosada. Su padre, administrador diocesano que había sido en
+aquella provincia, se murió el año anterior, dejándole una regular
+hacienda, setenta u ochenta mil duros, según los bien enterados. Este
+capital en Lancia le hacía un verdadero potentado. No hay para qué decir
+que fue el blanco de todos los tiros de las niñas casaderas, su ideal,
+su sueño dorado. Moro parecía poco inclinado al sexo femenino. Amaba
+infinitamente más a Mercurio que a Venus. Su afición al juego, a toda
+clase de juegos, era tan desmedida que bien podía decirse que su vida
+entera estaba consagrada a ella, que había nacido para jugar. Vivía
+solo, con ama de llaves, criado y cocinera. Levantábase de diez a once
+de la mañana, y después de acicalarse se iba a la confitería de D.ª
+Romana, donde hallaba sabrosa compañía que le enteraba de todos los
+cuentos que corrían por la población. Así que echaba a un lado esta
+tarea metíase en la trastienda oscura, grasienta, pringosa, con un olor
+a hojaldre que derribaba, y sentándose a una mesa que correspondía en
+un todo al decorado del recinto, se ponía a jugar la copa de Jerez y los
+pasteles al dominó con su íntimo amigo D. Baltasar Reinoso, uno de los
+muchos propietarios de cuatro o cinco mil pesetas de renta que residían
+en Lancia. A las dos a comer. A las tres al Círculo Mercantil a comenzar
+con tres de los indianos, que formaban el núcleo de aquella sociedad de
+recreo, el clásico chapó, que se prolongaba ordinariamente hasta las
+cinco. Y vamos corriendo a casa del muy ilustre señor deán de la
+catedral basílica, donde nos espera este señor en compañía del
+maestrescuela y del cura de San Rafael para ventilar el tresillo
+cotidiano. Cuando el chapó se prolongaba algo más de lo acostumbrado,
+solía venir un monaguillo al Círculo para avisarle de que sus compañeros
+estaban reunidos. Y entonces Moro se apresuraba a dar los tres o cuatro
+tacazos definitivos, y entre uno y otro se hacía poner el abrigo por el
+mozo para no perder tiempo, y pagando o cobrando con mano nerviosa el
+saldo de su cuenta, corría desalado con la lengua fuera hasta casa del
+deán. El tresillo de éste duraba hasta las ocho. A casa a cenar. A las
+nueve, escapado a la de D. Pedro Quiñones, a empalmarlo. Otras noches a
+la de D. Juan Estrada-Rosa a lo mismo. A las doce al Casino, donde se
+reunían unos cuantos trasnochadores y jugaban al monte o la lotería un
+rato. Por último, a las dos o las tres de la madrugada Jaime Moro caía
+en su lecho rendido de tan laboriosísima jornada, para comenzar al día
+siguiente otra enteramente igual.
+
+Ni se piense que era un joven codicioso. Nada de eso. Su liberalidad era
+conocida y loada por toda la ciudad. No le arrastraba a jugar el ansia
+del dinero, sino una decidida y desinteresada vocación que se había
+sobrepuesto en él a todas las demás aficiones. Era el suyo un
+temperamento excesivamente activo, sin inteligencia ni voluntad para
+darle un fin serio y útil. En sus cortos momentos de ocio aparecía como
+hombre sosegado, indiferente, linfático; pero así que tenía las cartas
+en la mano, o el taco, o las fichas del dominó, adquiría su figura brío
+inusitado, el rostro se le mudaba, las manos se estremecían como potros
+refrenados, los ojos expresaban la energía recóndita de su alma.
+Inspiraba generales simpatías en la población y las cercanías. No había
+hombre más dulce, más inofensivo en su trato. Jamás se le oyó hablar mal
+de nadie. Los que ven siempre la parte negra de las cosas de este mundo
+y el lado flaco de los caracteres, que van siendo cada vez más, por
+desgracia, sostenían que si no murmuraba era porque no sabía, que era
+tan bueno porque no podía ser otra cosa. ¡Como si no hubiera necios
+perversos! Un defecto tenía Moro, hijo de su misma afición. Se
+consideraba insuperable en todos los juegos a que se dedicaba. No se le
+podía negar gran maestría en ellos; pero de aquí a no tener rival hay
+mucha distancia, y Moro la salvaba. De esto procedían los prolijos,
+eternos comentarios con que sazonaba cada jugada, y que ya habían
+llegado a ser proverbiales en Lancia. Daba un tacazo en el billar. Las
+bolas no rodaban como se había propuesto. Se llevaba la mano a la cabeza
+con desesperación.
+
+--¡Un poquito menos de bola, y la mía hubiera entrado por los palos!...
+Pero me veía obligado a tomar mucha bola, para que el mingo bajase;
+porque si no baja el mingo, ¿sabe usted? él me hace villa y se mete en
+casa... ¡Y a mí no me conviene eso!
+
+Si los circunstantes asentían, aunque perdiese todas las mesas no le
+importaba nada. Salvada su honra profesional, el dinero era lo de menos.
+Vuelta a dar otro tacazo, y vuelta a comentarlo. No cesaba de hablar.
+Pues otro tanto pasaba en el tresillo; pero, al revés de lo que suele
+acaecer en este juego, se abstenía de reprender a sus compañeros y de
+mostrarse enojado. Hablaba, sí, y mucho; pero siempre para aclarar o
+glosar cualquier jugada, repitiendo infinitamente los conceptos en tono
+elocuente y persuasivo, que hacía sonreír a los mirones. «Si no me
+hubiera fallado el rey... Si hubiera tenido un triunfito más... No me
+atreví a dar la bola porque me figuré que D. Pedro... ¿Por qué este tres
+de copas no había de ser de oros?... Con dos estuches siempre ha tirado
+una vuelta este cura.» Era un compañero ruidoso, pero muy fino y muy
+desinteresado.
+
+--Oiga uzté, ¿no va uzté a jugar?--le dijo Valero, metiendo la cabeza
+por entre los jugadores y examinándole las cartas.
+
+--¿Cree usted que se puede?--preguntó Moro vacilante.
+
+--A mí me parece que zí.
+
+--Hay poco de esto y demasiado de esto otro--repuso, señalando
+discretamente con el dedo los naipes.
+
+--Zin embargo, zin embargo... yo creo...
+
+--Bueno, bueno, jugaremos--replicó Moro con su finura acostumbrada.
+
+Aquel juego se perdió. Moro dirigió una mirada a sus compañeros y alzó
+los hombros con resignación. En cuanto Valero se apartó un poco,
+apresurose a decir por lo bajo:
+
+--No quise contrariar a D. Enrique; pero aquel juego no se podía ganar.
+
+Vindicada con estas palabras su fama, quedó tan alegre como si les
+hubiera dado una bola.
+
+El conde de Onís, que en un principio se había mostrado jaranero, fue
+quedando poco a poco pensativo y amurriado. Jugaba sin atención alguna;
+de tal modo que sus compañeros le llamaron al orden más de una vez.
+
+--Pero, conde, ¿qué es lo que tiene usted hoy? Le veo muy
+preocupado--dijo al fin D. Pedro.
+
+--En efecto, ze noz ha puezto uzté mu triztón--corroboró Valero.
+
+Viéndose interpelado de este modo brusco, se turbó como si temiera que
+el casco de su cerebro fuese trasparente y leyesen dentro.
+
+--No tiene nada de particular... Me siento bastante molesto de las
+muelas--respondió, apelando a un inocentísimo recurso.
+
+--Mala enfermedá e, compañero--dijo Valero.
+
+Y todos le compadecieron y se informaron con interés de las
+particularidades de la dolencia.
+
+El conde se veía apurado y contestaba vagamente a las preguntas.
+
+--Pues contra ese mal, señor conde--apuntó Saleta,--no hay mejor
+medicina que el hierro. Verá usted... Yo he padecido muchísimo de las
+muelas siendo estudiante. No me atrevía a sacar ninguna; pero la patrona
+que tenía en Santiago me convenció de que, atando un bramante a la muela
+y sujetándolo por el otro cabo al techo, poco a poco iba saliendo sin
+dolor. Me senté en una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muela estaba
+bien amarrada, la huéspeda tira de la silla y me deja colgando. ¡Claro,
+no tenía más remedio que saltar!...
+
+Valero comenzó a sacudir la cabeza de un modo desesperado. Los demás le
+miran y sonríen. Saleta no lo advierte, o finge no advertirlo, y
+continúa con la palabra firme y sosegada y el acento gallego que le
+caracterizaban:
+
+--Después perdí enteramente el miedo. En la Coruña me sacó un dentista
+cinco seguidas. Siendo juez en Allariz, tuve un fuerte dolor, y como no
+había dentista, el promotor me sacó tres con unas tenacillas de rizar el
+pelo su señora. De resultas de eso me atacó una inflamación terrible en
+la boca, ¿sabe usted? Fui a Madrid, y Ludovisi, el dentista de la reina,
+me quemó las encías con un hierro candente y me sacó siete buenas...
+
+--Van quince--murmuró Valero.
+
+--Y me quedé perfectamente, hasta que hace cuatro años, en un
+pueblecillo de la provincia de Burgos, estando de temporada en casa de
+un amigo, me volvió el dolor, ¡qué dolor! No había ni médico, ni
+cirujano, ni nada. Pero llegó casualmente por allí un charlatán que
+sacaba las muelas montado a caballo. Me vi tan apurado, que no tuve más
+remedio que apelar a él; me sacó dos con el rabo de una cuchara.
+
+--¡Compañero, qué rozario!--exclamó Valero en el colmo de la
+indignación.--¿Le quea a uzté todavía algún novenario en la boca?
+
+Con la algazara que se armó despertose Manín, desperezose bárbaramente,
+abrió una bocaza de media vara, dejando escapar un aullido formidable,
+que impresionó al auditorio. Luego volvió el ciclópeo torso de medio
+lado y se dispuso a empalmar el sueño.
+
+--¿A tí no te habrán dolido nunca las muelas, eh, Manín?--preguntó el
+maestrante, que no podía estar un cuarto de hora sin comunicarse con su
+mayordomo.
+
+--¡Quiá!--exclamó el gañán sin abrir los ojos siquiera.
+
+--¡Es una roca!--manifestó el caballero con verdadero entusiasmo.
+
+Pero Manín se incorporó un poco en la butaca y dijo restregándose los
+ojos con los puños:
+
+--Nunca tuve más que un dolor en la paletilla. Me dio cargando un carro
+de hierba y me duró más de un mes. No probaba bocado. Parecía que tenía
+allá dentro una gafura que me iba royendo el cuajo. Se me quebraban las
+costillas, se me hundían los costados, me tiraba a las paredes, daba
+corcovos y regañaba los dientes como un basilisco. Estaba tan amarillo
+como la paja segada. Un día me dijo el señor cura:--Manín, tú careces
+del pecho.--¡Yo carecer del pecho, señor cura! ¡No me conoce usted bien!
+Apalpe aquí por su vida; más recia tengo la entraña de lo que usted
+piensa.--Pues no hay más remedió, Manín, tienes que llamar al
+mélico.--Que no, señor cura, que no quiero yerbatos ni cataplasmas.--Que
+sí, Manín, si no lo llamas tú lo llamo yo.--En fin, después de mucho
+gravitar, aunque yo tiraba siempre pa atrás, allá vino don Rafael, el
+mélico de las minas. Me mandó quitar hasta la camisa y me tumbó de
+espaldas sobre la masera. Enseguida comienza a darme unos golpecicos en
+el pecho con los nudillos, como quien llama a la puerta. Pega aquí, pega
+allá, y ascucha que ascucharás con la oreja arrimada a la carne. ¡Na! Yo
+decía:--¡Gravita, gravita, probiquín! ¡Busca el puzcalabre! Más de media
+hora llamando con los nudillos y ascuchando. Hasta que al fin se cansó
+de no oír na que le emportase...--¡Ay, amigo del alma!--me dijo
+santiguándose,--tienes un pecho ¡líquido! ¡líquido! que en mi vida he
+visto otro igual...--Eso ya lo sabía yo, D. Rafael...
+
+Al llegar aquí se detuvo repentinamente, y paseando una torva mirada por
+el auditorio, masculló sin que le oyesen:
+
+--¿De qué se reirán estos burros?
+
+Y dejando caer de nuevo la cabeza poblada de greñas sobre la butaca,
+cerró los ojos con soberano desprecio.
+
+Los tertulios del maestrante volvieron su atención al juego, sin dejar
+de reír. Pero el conde quedó muy pronto pensativo y distraído otra vez.
+Al cabo, no pudiendo reprimir el desasosiego de sus nervios, levantose
+de la silla.
+
+--Vamos, D. Enrique, ocupe usted mi puesto. Este dolor me molesta mucho
+y necesito moverme.
+
+
+
+
+II
+
+El hallazgo.
+
+
+Cuando el conde puso de nuevo el pie en la sala, justamente se disponían
+los pollos a bailar un rigodón. Una de las chicas del _Jubilado_ estaba
+ya delante del piano. D. Cristóbal Mateo, a quien apodaban de este modo
+en el pueblo, era un antiguo empleado que había servido muchos años en
+Filipinas, y que estaba jubilado hacía ya algunos, con treinta mil
+reales. Tenía porte militar, una figura realmente marcial con sus
+bigotazos blancos, ojos saltones, cejas espesas y velludas manos. Sin
+embargo, en todos los dominios españoles no existía hombre más civil.
+Había hecho su carrera en las oficinas de Hacienda, y toda la vida había
+profesado ideas contrarias al predominio de la milicia. Sostuvo siempre
+que las sanguijuelas del Estado no eran ellos, los empleados, sino el
+ejército y la marina. Para demostrarlo aducía datos, exhibía notas
+sacadas del presupuesto, se perdía en divagaciones burocráticas. Decía
+que el presupuesto de guerra «era la sangría suelta por donde se
+escapaban las fuerzas vivas de la nación,» frasecilla que había leído en
+el _Boletín de Contribuciones Indirectas_, y que había hecho suya con
+extremada fruición. Llamaba vagos a los soldados y profesaba rencor
+inextinguible a los galones y charreteras. Cuando el ayuntamiento de
+Lancia trató de pedir al Gobierno que enviase un regimiento para
+guarnecer la ciudad, se opuso, como concejal, tenaz y enérgicamente a
+ello. ¿A qué traer una caterva de zánganos? En cambio de los beneficios
+que la estancia del regimiento podría reportar, ¡eran tantos los daños!
+El mercado se encarecería: los jefes y oficiales gustaban de tratarse
+bien y llevarse a casa los alimentos más caros (¡para el trabajo que les
+costaba ganarlo!). Luego eran todos jugadores y su mal ejemplo
+contagiaría a los jóvenes de la población, que fuera de la época de
+ferias, se abstenían de los juegos prohibidos. Como estaban siempre
+ociosos (D. Cristóbal creía firmemente que un militar no tiene
+absolutamente nada que hacer), por fuerza habían de pensar en picardías
+y ruindades. En resumen, que el regimiento sería causa de perturbación
+en el pueblo y un elemento corruptor. Prevaleció su deseo, aunque no por
+serlo de él, sino porque al ministro de la Guerra no le plugó mandar
+soldados a Lancia, considerando quizá la condición mansa de sus
+habitantes.
+
+Con los treinta mil reales de pensión viviría desahogadamente en un
+pueblo barato como aquél, si no fuese porque sus hijas estaban dotadas
+de cierta fantasía poética que las impulsaba a preferir los sombreros de
+Madrid a los que hacía Rita, la sombrerera de la calle de San Joaquín, y
+los guantes de ocho botones a los de cuatro. Tal privilegiado
+temperamento era causa de frecuentes crisis en el hogar del Jubilado,
+con su cortejo de lágrimas, violentos portazos, repentina desgana de
+comer, etc. En estos terribles conflictos, hay que confesar que D.
+Cristóbal no siempre se mantenía a la altura de energía y coraje que
+denotaban sus bigotes y sus cejas enmarañadas. Verdad que siempre
+quedaba solo en la pelea. Ni por casualidad se dio el caso de que alguna
+de sus hijas le apoyase. Tratándose de asuntos ajenos a la dirección
+rentística de la casa, muchas veces se partían las opiniones; algunas
+hijas se ponían de parte de papá contra sus hermanas. Mas en cuanto
+asomaba el problema económico, constantemente se veía al Jubilado de un
+lado y a las cuatro hijas de otro. D. Cristóbal, como caudillo
+experimentado, apelaba en estas refriegas a mil ardides para derrotar a
+sus contrarios, o para capitular en buenas condiciones. Un día amanecían
+las chicas inspiradas, y pedían botinas de tafilete semejantes a las que
+habían visto a tal o cual muchacha de la ciudad, generalmente a Fernanda
+Estrada-Rosa. D. Cristóbal se replegaba inmediatamente en sí mismo. Se
+replegaba y meditaba. Por la noche, a la hora de cenar, deslizaba en la
+conversación la noticia de que había estado en _La Innovadora_
+(zapatería de lujo). Le habían dicho que las botas de tafilete daban muy
+mal resultado en Lancia, a causa de la humedad. Por otra parte, D.
+Nicanor (médico de la ciudad), que por casualidad estaba allí, había
+manifestado que el tafilete era funesto en climas tan fríos y lluviosos,
+y que por los pies se pillaban muchísimas veces los catarros que más
+tarde degeneraban en tisis galopantes, etc. Antes, mucho antes de que
+Mateo terminase su diatriba contra el tafilete, se la destripaban sus
+cuatro pimpollos con risas irónicas y pesadísimas palabras que dejaban
+confundido y triste al pobre viejo. En otras ocasiones, la imaginación
+acalorada de las niñas exigía que vinieran de Madrid unos abrigos muy
+lindos, de los cuales les había dado noticia Amalia: D. Cristóbal
+resistía algún tiempo los asaltos, pero viéndose muy apretado,
+capitulaba al fin. Su mente, fecunda en trazas, como la de Ulises, le
+sugería una magnífica para ahorrarse la mitad del dinero por lo menos.
+Se fue a Amalia y le rogó que le diese su abrigo por dos o tres días, a
+fin de que una de las modistas del pueblo le hiciese otros cuatro
+iguales. Exigiole, por supuesto, absoluto secreto, y la señora de
+Quiñones supo guardarlo. Pero ¡ay! no lo guardaron los fementidos
+abrigos, que al llegar muy empaquetaditos de la silla de posta, y al
+ofrecerse a las miradas ansiosas y zahoríes de sus cuatro dueños, lo
+pregonaron muy alto, por lo pobre de la ornamentación y lo chapucero del
+cosido.
+
+--Estos abrigos no están hechos en Madrid--dijo resueltamente Micaela,
+que era la más nerviosa de las cuatro.
+
+--¡Hija, no desbarres, por Dios! Pues ¿dónde habían de estar?--exclama
+D. Cristóbal con afectada sorpresa, sintiendo cierto calorcillo en las
+mejillas.
+
+--No sé; pero desde luego se puede asegurar que no los han hecho en
+Madrid.
+
+Y las cuatro ninfas comienzan a dar vueltas entre sus ebúrneos dedos a
+los abrigos, los estudian, los analizan con atento cuidado que pone en
+suspensión y espanto a su progenitor. Se dirigen miradas significativas,
+sonríen con desprecio, se hablan al oído. Mientras tanto, los feroces
+bigotes del jubilado de Ultramar se erizan, se estremecen con leve
+temblor que se comunica a sus labios y de ahí al resto del organismo.
+
+Por fin, aquellas elegantes criaturas sueltan las prendas con descuido
+escarnecedor sobre las sillas de la sala y corren a encerrarse en el
+gabinete de Jovita. Cerca de media hora estuvieron deliberando
+secretamente. D. Cristóbal aguardaba inquieto y ojeroso, paseando con
+agitación por el corredor como un procesado que espera el veredicto del
+jurado.
+
+Ábrese finalmente la puerta, y el criminal escruta con ansia el
+semblante de los jueces. Éstos guardan actitud reservada, y por sus
+labios descoloridos vaga una sonrisa enigmática. Dos de ellas se ponen
+inmediatamente la mantilla y los guantes y se lanzan a la calle. Al cabo
+de un rato tornan al hogar trémulas, con la faz descompuesta y los ojos
+centellantes. La pluma se resiste a narrar la cruel escena que se
+produjo en la dulce morada del Jubilado. ¡Cuánto grito rabioso! ¡cuánto
+sarcasmo! ¡cuánta carcajada histérica! ¡qué manoteo! ¡qué crujir de
+sillas! ¡qué exclamaciones tan lamentables! Y enmedio de aquel
+espantoso desorden, de aquel fragor, capaz de infundir pavura en el
+corazón más sereno, los cuatro abrigos, causa de tal carnicería,
+desgarrados, convertidos en miserables jirones, arrastrándose con
+ignominia por el suelo en pago de su delito.
+
+Fuera de estos sacudimientos periódicos con que la sabia naturaleza
+vigorizaba los nervios un poco enervados ya del Jubilado, la existencia
+de éste se deslizaba pacífica y suave. Ni le faltaban tampoco muchos y
+esmerados cuidados. Sus hijas se ocupaban a porfía en ponerle todo lo
+necesario a punto y en su sitio: la ropa acepillada; las camisas y los
+calzoncillos oliendo a frescura; las corbatas, hechas de vestidos
+viejos, tan flamantes como si saliesen de la guantería; las zapatillas
+en cuanto entraba en casa; el agua para lavarse los pies, los sábados;
+el cigarro al acostarse; el vaso de agua con limón a la madrugada, etc.,
+etc. Todo marchaba con la regularidad dulce y mecánica que tanto placer
+causa a los viejos. Verdad que entre cuatro bien podían hacerlo sin
+molestarse mucho, sobre todo teniendo presente que las niñas no siempre
+estaban inspiradas. Sólo a la vista de un sombrero caprichoso, o al
+recibir la noticia de la llegada de una compañía dramática, o al
+anunciarse que el Casino daría una reunión de confianza, ardía súbito en
+sus corazones el fuego sagrado de la inspiración, despertábanse sus
+poderosas facultades poéticas, y en arrebatado vuelo salían de casa y se
+lanzaban a la de la modista, a la guantería, a la perfumería, dejando en
+todos los parajes señales de su agitación y alguna parte del peculio
+profecticio. No aliándose bien los arrebatos de la fantasía con la prosa
+de los pormenores de la existencia, éstos sufrían alguna alteración. D.
+Cristóbal en aquellos periodos de crisis echaba menos, con pesadumbre,
+algunos retoques. Mas al poco tiempo sosegaban los espasmos de las
+pitonisas y las cosas volvían a su ser y la vida seguía el mismo curso
+ordenado y tranquilo. El nombre de aquéllas, por orden de edades, era el
+siguiente: Jovita, Micaela, Socorro y Emilita. Eran las cuatro, en
+apariencia, seres insignificantes, ni hermosas ni feas, ni graciosas ni
+desgraciadas, ni muy jóvenes ni viejas, ni tristes ni risueñas. Nada
+había en ellas que fijase la atención. No obstante, en el seno del hogar
+el carácter de cada cual se pronunciaba y adquiría relieve. Jovita era
+sentimental y reservada; Micaela tenía el genio violento; Socorro era la
+más pava, y Emilita la más pizpireta.
+
+Las dos intensas preocupaciones que llenaban la vida espiritual de D.
+Cristóbal Mateo eran la reducción del contingente del ejército y el
+casar a sus cuatro hijas, o por lo menos a dos. Lo primero llevaba buen
+camino: de algún tiempo atrás venían los políticos más conspicuos
+inclinándose a esa opinión. En cuanto a lo segundo, nos duele confesar
+que no tenía verosimilitud de ninguna clase. Ni por sacrificar otras
+comodidades a los trapos, ni por exhibirse sin medida al balcón y en los
+paseos, ni por asistir a los saraos de Quiñones con una constancia digna
+de ser premiada, pudieron lograr hasta la hora presente los dones
+preciados de Himeneo. Cuando algún imprudente tocaba este asunto en
+visita, todas ellas decían que mientras viviese su padre les costaría
+mucha pena el casarse; que les parecía cruel abandonar a un pobre
+anciano que tanto las quería y tanto se sacrificaba por ellas, etc...
+Aquí venía un elogio caluroso de las dotes espirituales de D. Cristóbal.
+Pero éste se encargaba inocentemente de desmentirlas, mostrando tales
+ganas de verse abandonado, un deseo tan vivo de experimentar aquella
+crueldad, que ya era proverbial en Lancia. Como si no bastasen ellas
+solas a ponerse en ridículo, el pobre Mateo las ayudaba eficazmente,
+metiéndoselas por los ojos a todos los jóvenes casaderos de la ciudad.
+
+Las ponderaciones que el buen padre hacía del carácter, de la habilidad,
+de la economía y buen gobierno de sus hijas no tenían fin. Así que
+llegaba un forastero a Lancia, D. Cristóbal no sosegaba hasta trabar
+conocimiento con él, y acto continuo le invitaba a tomar café en su casa
+y le llevaba al teatro a su palco y a merendar al campo y le acompañaba
+a ver las reliquias de la catedral y la torre y el gabinete de historia
+natural; todas las curiosidades, en fin, que encerraba la población. El
+público asistía sonriente, con mirada socarrona a aquel ojeo, que ya se
+había repetido porción de veces sin resultado. La única que logró tener
+novio durante tres o cuatro años fue Jovita. Por eso fue también la que
+se despeñó de más alto. El galán era un estudiante forastero que la
+festejó mientras seguía los últimos cursos de la carrera. Terminada
+ésta, partió a su pueblo y, olvidándose de sus promesas de matrimonio,
+lo contrajo con una paleta rica. Las demás no habían alcanzado este
+grado excelso de la jerarquía amorosa. Inclinaciones vagas, devaneos de
+quince días, algún oseo por la calle; nada entre dos platos. Poco a poco
+se iba apoderando de ellas el frío desengaño. Aunque no hubiesen perdido
+la esperanza, estaban fatigadas. Aquel pensamiento fijo, único, que las
+embargaba hacía ya tanto tiempo, iba convirtiéndose en un clavo doloroso
+en la frente. Pero D. Cristóbal ni se rendía ni se le pasaba por la
+imaginación el capitular. Creía siempre a pie juntillas en el marido de
+sus hijas, y lo anunciaba con la misma seguridad que los profetas del
+Antiguo Testamento la venida del Mesías.
+
+--En cuanto se casen mis hijas, en vez de pasar el verano en Sarrió,
+donde se guardan las mismas etiquetas que en Lancia, me iré a Rodillero
+a respirar aire fresco y a pescar robalizas.--Atiende, Micaela, no seas
+tan viva, mujer... Comprende que a tu marido no le han de gustar esas
+genialidades; querrá que le contestes con razones...
+
+--Mi marido se contentará con lo que le den--respondía la nerviosa niña
+haciendo un gracioso mohín de desdén.
+
+--¿Y si se enfada?--preguntaba en tono malicioso Emilita.
+
+--Tendrá dos trabajos: uno el de enfadarse y otro el de desenfadarse.
+
+--¿Y si te anda con el bulto?
+
+--¡Se guardará muy bien! ¡Sería capaz de envenenarlo!
+
+--¡Jesús, qué horror!--exclamaban riendo las tres nereidas.
+
+Aquel marido hipotético, aquel ser abstracto salía a cada momento en la
+conversación con la misma realidad que si fuera de carne y hueso y
+estuviera en la habitación contigua.
+
+La que comenzaba ahora a teclear en el piano era Emilita, las más
+musical de las cuatro hermanas. Las otras tres estaban ya en pie,
+cogidas a la manga de la levita de otros tantos jóvenes; como si
+dijéramos, en la brecha.
+
+El conde tropezó a los pocos pasos con Fernanda Estrada-Rosa que venía
+de bracero con una amiga. Por lo visto no había querido bailar. Era la
+joven que hacía más viso en la ciudad por su belleza y elegancia y por
+su dote. Hija única de D. Juan Estrada-Rosa, el más rico banquero y
+negociante de la provincia. Alta, metida en carnes, morena oscura,
+facciones correctas y enérgicas, ojos grandes, negrísimos, de mirar
+desdeñoso, imponente; gallarda figura realzada por un atavío lujoso y
+elegante que era el asombro y la envidia de las niñas de la población.
+No parecía indígena, sino dama trasportada de los salones aristocráticos
+de la corte.
+
+--¡Qué elegantísima Fernanda!--exclamó el conde en voz baja,
+inclinándose con afectación.
+
+La bella apenas se dignó sonreír, extendiendo un poco el labio inferior
+con leve mueca de desdén.
+
+--¿Cómo te va, Luis?--dijo alargándole la mano con marcada displicencia.
+
+--No tan bien como a tí... pero, en fin, voy pasando.
+
+--¿Nada más que pasando?... Lo siento. A mí me va perfectísimamente; no
+te has equivocado--repuso en el mismo tono displicente, sin mirarle a la
+cara.
+
+--¿Cómo no, siendo en todas partes donde te presentas la estrella Sirio?
+
+--Dispensa, chico, no entiendo de astronomía.
+
+--Sirio es la estrella más brillante del cielo. Eso lo sabe todo el
+mundo.
+
+--Pues yo no lo sabía... ¡Ya ves, como soy una paleta!
+
+--No es cierto; pero está muy bien la modestia, unida a la hermosura y
+al talento.
+
+--No; si ya sé de sobra que no tengo talento. No te mortifiques en
+decírmelo.
+
+--Hija, te acabo de manifestar lo contrario...
+
+En el tono displicente de Fernanda iba entrando un poco de acritud. En
+el del conde, pausado, ceremonioso, se advertía leve matiz de ironía.
+
+--Vamos, entonces te he entendido al revés.
+
+--Algo de eso ha habido siempre.
+
+--¡Caramba, qué galante!--exclamó la joven empalideciendo.
+
+--Siempre que has pensado que pudiera decirte algo desagradable--se
+apresuró a rectificar el conde, advertido por el cambio de fisonomía de
+la idea que cruzaba por su mente.
+
+--Muchas gracias. Estimo tus palabras como se merecen.
+
+--Harías mal en no estimarlas sinceras... Además, no necesito yo decirte
+lo mucho que vales. Eso lo sabe todo el mundo.
+
+--Gracias, gracias. ¿Te has cansado de jugar?
+
+--Me duelen un poco las muelas.
+
+--Sácatelas.
+
+--¿Todas?
+
+--Las que te duelan, hijo. ¡Ave María!
+
+--¡Con qué indiferencia lo dices! ¿A ti no te importaría nada, por
+supuesto?
+
+--Yo siento siempre los males del prójimo.
+
+--¡El prójimo! ¡Qué horror! No tenía noticia de haber llegado ya a la
+categoría de prójimo.
+
+--Qué quieres, chico; los honores vienen cuando menos se piensa.
+
+Apesar de lo impertinente y hasta agresivo del tono, Fernanda no se
+movía del sitio, teniendo siempre cogida del brazo a la amiguita, que no
+desplegaba los labios. Fijándose un poco, se podría observar que la rica
+heredera estaba muy nerviosa. Con el pie daba golpecitos en el suelo,
+apretaba en su mano con vivas contracciones el pañuelo y sus labios
+temblaban de modo casi imperceptible. Alrededor de los hermosos ojos
+árabes se marcaba un círculo más pálido que de costumbre. Aquel pugilato
+la interesaba.
+
+El conde de Onís había sido de sus novios el que más tiempo había
+durado. Al aparecer Fernanda en sociedad, y aun antes, cuando era una
+zagalita que iba con la criada al colegio, produjo su figura, su
+elegancia y sobre todo la amenaza de los seis millones que iban a caer,
+andando el tiempo, en su regazo, una verdadera explosión de entusiasmo.
+No hubo joven más o menos gallardo o acaudalado que por iniciativa
+propia o por las insinuaciones de su familia no se resolviese a pasearle
+la calle, a esperarla a la salida del colegio, a mandarle cartitas y a
+decirle requiebros en el paseo. De Sarrio, de Nieva y de otras
+poblaciones de la provincia acudieron también, con pretexto de las
+ferias, algunos golosos. La niña, ufana con tanto acatamiento,
+embriagada por el incienso, no se daba punto de reposo tomando y
+soltando novios. Era raro el galán que duraba más de un par de meses en
+su gracia. En realidad ninguno estaba en posición de merecerla. En
+Lancia y en el resto de la provincia no había quien tuviera hacienda
+proporcionada a su dote. Si alguno existía, no estaba por su edad
+habilitado para casarse con tan tierno pimpollo. Sería algún indiano
+averiado por los ardores tropicales, o mayorazgo rústico y solitario de
+los que vivían en sus casas solariegas. Sin necesidad de que su padre se
+lo advirtiese, la niña comprendía admirablemente que ninguno le
+convenía; pero gozaba coqueteando con todos, haciéndose adorar de la
+juventud laciense. Entre ésta existía, sin embargo, un mancebo hacia el
+cual ninguna doncella de la ciudad había osado levantar los ojos hasta
+entonces con anhelos matrimoniales. Era el conde de Onís. Por su alta
+jerarquía, más respetada en provincia donde se tributa a la nobleza un
+culto que delata al villano y al siervo bajo la levita del burgués, por
+su cuantiosa renta, por el apartamiento de su vida y hasta por el
+misterio y silencio de su palacio antiquísimo, parecía habitar en
+atmósfera más elevada, al abrigo de las flechas de todas las beldades
+indígenas.
+
+Pues por ello precisamente nació en el pecho de Fernanda un deseo,
+primero vago, después vivo y anhelante, de rendirle. Esto es muy humano
+y sobre todo muy femenino: no necesita explicación. En el fondo de su
+alma, la hija de Estrada-Rosa sentíase inferior al conde de Onís. Sin
+embargo, tanta era la lisonja que había escuchado en poco tiempo, tan
+refulgente el brillo que esparcía sobre su vida el dinero del papá, que
+bien podía aspirar a hacerle su marido. Si no lo pensaba así, al menos
+figuraba pensarlo hablando del conde, por detrás, con cierta
+displicencia y con afectada familiaridad por delante. En Lancia, como en
+todas las capitales pequeñas, los muchachos y muchachas solían tutearse.
+El conocerse desde niños y haber acaso jugado en el paseo juntos lo
+autorizaba. El conde de Onís jamás había cruzado la palabra con
+Fernanda, aunque la tropezase a cada momento en la calle. Sin embargo,
+cuando se encontraron por primera vez en la tertulia de las de Meré, la
+hermosa le soltó un _tu_ redondo y suprimió el título. Luis aquí, Luis
+allá: parecía que iba a comerle el nombre. A éste le sorprendió un poco
+la confianza, sin desagradarle. A nadie le duele oírse tutear por una
+linda damisela. Apesar de la naturaleza concentrada y tímida del conde y
+de su escasa afición a las mujeres, Fernanda se dio maña para hacerle
+pronto su novio o al menos para hacerle pasar por tal a los ojos del
+público. El cual halló tal noviazgo perfectamente justificado. En Lancia
+no había otro marido para Fernanda ni otra mujer para el conde. La
+distancia que los separaba era retrospectiva; estaba en los antepasados.
+La población creía que, en gracia de la belleza, el dinero y la
+brillante educación de la joven, el conde de Onís se hallaba en el caso
+de olvidar los doscientos gañanes que la habían precedido.
+
+Cerca de un año duraron las relaciones. Los novios se veían en la
+tertulia de las señoritas de Meré. D. Juan Estrada-Rosa, al decir de sus
+íntimos, se hallaba muy complacido. Varias veces se había insinuado con
+el conde para que entrase en la casa; pero éste no le había comprendido
+o había fingido no comprenderle. Fernanda se lo propuso con claridad un
+día. Él se evadió como pudo del compromiso. ¿Era timidez? ¿Era orgullo?
+La misma Fernanda no se daba cuenta de ello. Pero esta reserva
+contribuía a encender su afección y anhelo. De pronto, cuando menos se
+pensaba, cuando ya el público comenzaba a preguntarse por qué se
+retrasaba la boda, cortáronse aquellas relaciones. Se cortaron sin
+escándalo, de un modo diplomático y sigiloso, tanto, que hacía ya más de
+un mes que no existían cuando todavía la población no estaba enterada y
+los amigos les seguían embromando. El hecho produjo fuerte sensación; se
+comentó en todas las tertulias hasta lo infinito. Nunca se pudo
+averiguar qué había habido, ni aun a cuál de los dos correspondió la
+iniciativa de esta ruptura. Si se preguntaba al conde, afirmaba
+rotundamente que Fernanda le había dejado; mas ponía demasiado empeño en
+esta afirmación para que no empezara a dudarse de su sinceridad. La
+heredera de Estrada-Rosa, sin manifestar nada en concreto, corroboró las
+palabras de su novio con el tono desabrido que usó hablando de él, lo
+mismo que al dirigirle la palabra. Porque siguieron tratándose, si no
+con tanta frecuencia, con bastante: ambos acudían a la tertulia donde se
+conocieron. Además, Fernanda, poco tiempo después, comenzó a asistir a
+los saraos de los domingos en casa de Quiñones. Pero nunca más
+reanudaron sus rotas relaciones. Los asistentes suspendían la
+respiración y ponían toda su alma en los ojos siempre que, como ahora,
+los antiguos novios se tropezaban y departían un rato. ¿Volverán a las
+andadas? ¿Habrá, por fin, boda? El desengaño venía inmediatamente al
+observar la indiferencia con que se apartaban.
+
+Cuando iba a contestar a las últimas palabras de la orgullosa heredera,
+los ojos del conde, derramando una mirada distraída por el salón,
+tropezaron con otros que se le clavaron lucientes y celosos. Alargó la
+mano a su amiga y con sonrisa forzada dijo:
+
+--¡Qué mal me estás tratando, Fernanda! Como siempre, por supuesto...
+Yo, sin embargo, ya sabes... el mismo devoto idólatra. Hasta ahora.
+
+--Siento que esa devoción no me cause frío ni calor--replicó ella sin
+dar un paso para apartarse.
+
+El conde lo dio alzando los hombros con resignación y diciendo:
+
+--¡Más lo siento yo!
+
+Sorteando las parejas de baile, que ya habían comenzado el rigodón,
+llegó de nuevo adonde estaba el ama de la casa. Al lado de ésta se
+hallaba en aquel instante el famoso Manuel Antonio, uno de los
+personajes más dignos de mención en la época que estamos historiando. Se
+le conocía tanto por el apodo _el marica de Sierra_ como por su nombre.
+
+Esto basta para que sepamos en cierto modo a qué atenernos respecto a
+sus propiedades morales y físicas. Manuel Antonio no era joven. Frisaría
+en los cincuenta años, disimulados con esfuerzo heroico por toda la
+batería de afeites conocidos entonces en Lancia, que no eran muchos ni
+muy refinados. Una peluca bastante rudimentaria, algunos dientes
+postizos mal montados, un poco de negro en las cejas y de carmín en los
+labios, mucho _patchoulí_ y un traje de fantasía apropiado para realzar
+los residuos de su belleza. Ésta había sido espléndida; una rara
+perfección de rostro y de talle. Alto, delgado, esbelto, facciones
+correctas, diminutas, cabellos rubios, finos, cayendo en graciosos
+bucles, mejillas sonrosadas y voz atiplada. De este conjunto primoroso
+quedaba tan sólo una sombra por donde pudiera adivinarse. La enhiesta
+espalda se había abovedado; los hermosos bucles se habían desvanecido
+como un sueño feliz; algunas arrugas indecorosas surcaban aquella tersa
+frente, y la fila de perlas, que ostentaba su boca, se había
+transformado en carrera de huesos amarillos, desvencijados, que el
+tiempo había quintado y el dentista torpemente sustituido. Por último,
+aquel pequeño bigote sedoso había engrosado notablemente, se hizo
+blanco, cerdoso, indómito; no bastaban el tinte y el cosmético a
+mantenerlo presentable. ¡Qué dolor para el hermoso hermafrodita de
+Lancia y también para los amigos que le habían conocido en el esplendor
+de su gracia!
+
+El espíritu permanecía tan juvenil como a los diez y ocho años. Era el
+mismo ser apasionado y tierno, dulce unas veces, iracundo y terrible
+otras, marchando al soplo de sus caprichos, viviendo en lánguida
+ociosidad. Gozaba tanto las delicias del baño, que lo repetía tres y más
+veces, hasta que el agua quedase cristalina como al salir de la fuente;
+amaba las flores, los pájaros; no tenía más placer que consultar con el
+cristal del espejo los adornos que le sentarían mejor. Los trajes, por
+atracción irresistible, siendo masculinos, se acercaban cuanto era
+posible a la forma femenina. En el invierno gastaba talmita corta con
+broche de oro, y un sombrero tirolés de alas reviradas, que le sentaba
+extremadamente bien. En el verano gustaba de vestirse trajes de franela
+blanca bien ceñidos, que denunciasen las graciosas curvas de sus formas.
+Las corbatas eran casi siempre de gasa, los zapatos descotados, el
+cuello de camisa a la marinera. Por debajo del puño se le veía un
+brazalete. Aunque no fuese más que un sencillo aro de oro, este pormenor
+era lo que más llamaba la atención de sus conciudadanos. En cuanto se
+hablaba de Manuel Antonio salía el dichoso brazalete a relucir; como si
+no hubiese nada en su interesante figura más digno de excitar la
+curiosidad.
+
+Pero si los años no habían logrado modificar en el fondo aquel ser
+amable y creado para el amor, habíanle hecho, sin embargo, más cauto,
+más reservado. Ya no mostraba sus preferencias con la ingenuidad de
+otros tiempos, ni daba suelta a los súbitos arranques de su corazón
+inflamable sino después de poner a prueba la lealtad del objeto de su
+ternura. ¡Había padecido tantos desengaños en la vida! Sobre todo, al
+hacerse viejo, no sólo experimentó la frialdad de sus antiguos amigos,
+de aquellos que le habían dado pruebas inequívocas de cariño, sino, lo
+que es aún más triste, encontrose, sin pensarlo, sirviendo de blanco a
+las chufletas e invectivas de los mozalbetes de la nueva generación. Fue
+el hazmerreír de estos procaces jóvenes. Como no habían sido testigos de
+sus triunfos ni conocieron su radiante belleza, estaban lejos de
+profesarle el respeto que, apesar de todo, guardaba hacia él la antigua
+generación. No perdonaban medio de embromarlo, de vejarlo bárbaramente.
+En cuanto se paraba en la calle de Altavilla o entraba en el café de
+Marañón, ya estaba rodeado de una partida de _guasones_. ¡Cristo, las
+frases que allí se oían! Y como villanos que eran, a menudo del juego de
+palabras pasaban al de manos. Esto era lo que en modo alguno podía
+sufrir Manuel Antonio. Que hablasen lo que quisieran. Tenía bastante
+correa, y además un ingenio vivo y sutil que recogía admirablemente el
+ridículo y sabía dar en rostro con él a sus contrarios. La mayor parte
+de las veces los que iban a «tomarle el pelo» salían muy bien
+trasquilados. Los años, la práctica, le habían adiestrado de tal modo en
+el pugilato de frases incisivas que realmente era temible. Tenía la
+intención de un _miura_. Pero así que aquellos desvergonzados pasaban de
+las palabras a las obras tocándole la cara o pellizcándole, ya estaba
+descompuesto, perdía enteramente los estribos y no decía cosa
+intencionada ni siquiera razonable. Superfluo es añadir que,
+conociéndole el flaco, todas las bromas terminaban en esta forma.
+
+Por lo demás, fuera de aquella maligna intención para herir en lo vivo a
+las personas, en lo cual podía competir y aun creemos que aventajaba a
+María Josefa, era un ser útil y servicial. Su malignidad, al cabo de
+todo, era resultado de la que a él se le mostraba. Sus habilidades
+muchas y varias. Trabajaba el punto de crochet que daba gloria. Las
+colchas que él hacía no tenían rival en Lancia. Arreglaba un altar y
+vestía las imágenes mejor que ningún sacristán. Tapizaba muebles, hacía
+flores primorosas de cera, empapelaba habitaciones, bordaba con pelo,
+pintaba platos. Y cuando alguna de sus muchas amigas necesitaba peinarse
+artísticamente para asistir a cualquier baile, Manuel Antonio se
+prestaba galantemente a arreglarle los cabellos, y lo hacía con la misma
+destreza y gusto que el mejor peluquero de Madrid. ¿Pues y cuando
+cualquiera de sus amigos se ponía enfermo? Entonces era de ver el
+interés, la constancia y la suma diligencia de nuestro viejo Narciso. Se
+constituía inmediatamente a la cabecera del lecho, tomaba cuenta de las
+medicinas, arreglábale la cama, poníale los vejigatorios o las ayudas lo
+mismo que el más diestro practicante. Luego, si la enfermedad por
+desgracia presentaba mal carácter, sabía insinuar como nadie la idea de
+confesión; de tal modo que el enfermo, en vez de asustarse, la aceptaba
+como la cosa más natural y corriente. Y en cuanto le veía convencido,
+empezaba a tomar disposiciones para recibir a Su Divina Majestad: la
+dama más avezada a recibir gente principal en sus salones no le sacaría
+ventaja. El altarcito con el paño almidonado atestado de chirimbolos
+relucientes, la escalera adornada con macetas, el suelo alfombrado de
+hojas de rosas, los criados y deudos esperando a la puerta con hachas
+encendidas y enguantados. No se le olvidaba un pormenor. En estos
+momentos críticos el marica de Sierra se crecía, adoptaba el continente
+de un general al frente de sus tropas. Todos le obedecían y secundaban
+acatándole por jefe. Pues si el enfermo se moría, no hay para qué decir
+que su dictadura se hacía aún más omnipotente. Principiando por
+amortajar el cadáver y concluyendo por sacar del juzgado la partida de
+defunción, nada quedaba en las fúnebres ceremonias que él no mangonease.
+
+Y como quiera que las más veces había enfermos que cuidar, o imágenes
+que vestir, o amigas que peinar o flores que contrahacer, Manuel Antonio
+pasaba la vida bastante atareado. En esto y en ir de casa en casa
+tomando y soltando noticias se le deslizaban los días y los años.
+Habitaba con dos hermanas más viejas que él, las cuales le cuidaban y
+mimaban como a un niño. Para estas buenas señoras no existía el tiempo.
+Ni veían las arrugas, ni la peluca, ni los dientes postizos de su
+hermano. Manuel Antonio era siempre un pollito, un petimetre. Sus
+trajes, sus baños, las horas que empleaba en el tocado les hacían
+sonreír con benevolencia. Mientras ellas se quejaban amargamente de los
+estragos que los años iban causando en su figura y su salud, pensaban
+que su hermano había detenido el curso de las horas, había hallado un
+elixir para mantenerse eternamente joven.
+
+Manuel Antonio era metódico en sus visitas. Había unas cuantas casas a
+las cuales asistía diariamente y siempre a la misma hora. A casa de D.
+Juan Estrada-Rosa iba a las tres, a la hora del café; con la condesa de
+Onís tomaba chocolate todas las tardes; por la noche era tertulio asiduo
+de la señora de Quiñones. Había otras familias que visitaba también con
+mucha frecuencia. A casa de María Josefa Hevia y de las de Mateo solía
+ir por la mañana, sin detenerse mucho, dando una vuelta para enterarles
+de lo que se decía o inspeccionar sus labores. Alguna noche iba también
+a casa de las señoritas de Meré.
+
+--¡Aquí tenemos al conde!--exclamó con su peculiar entonación
+afeminada.--¡Ay, qué condecito tan guasón!
+
+--¿Pues?--preguntó éste acercándose.
+
+--Pregúntaselo a Amalia.
+
+La sonrisa que plegaba los labios del noble se desvaneció
+repentinamente.
+
+--¿Cómo?... ¿Qué tiene que ver?...--dijo con mal disimulada turbación.
+
+También Amalia se turbó. Sus pálidas mejillas se colorearon.
+
+--Hemos estado murmurando de tí. ¡Qué traje te hemos cortado, chico!
+
+--Aquí Manuel Antonio--profirió Amalia--decía que era usted el perro del
+hortelano.
+
+--No; tú eras quien lo decías.
+
+Otra de las particularidades de aquél era el tutear a todo el mundo,
+grandes y chicos, señoras y caballeros.
+
+--¡Yo!--exclamó la dama.
+
+--¿Y por qué soy el perro del hortelano?... Sepamos.
+
+--Pues decía Amalia que ni querías comerte la carne ni permitir que la
+coma D. Santos.
+
+--¡Vamos! ¿Quieres callarte, embustero?--dijo la señora, medio irritada,
+medio risueña, dándole un pellizco.
+
+--¿Qué se habla de D. Santos?--preguntó un caballero muy corto y muy
+ancho, de faz mofletuda y violácea, acercándose al grupo.
+
+El conde y Amalia no supieron qué responder.
+
+--Se decía que D. Santos tenía pensado llevarnos un día a su posesión de
+la Castañeda y darnos un banquete--manifestó Manuel Antonio con
+desparpajo.
+
+--No; no era eso--repuso el hombre rechoncho con forzada sonrisa.
+
+--Sí tal. Amalia sostenía que no eras capaz de llevarnos a pasar un día
+a la Castañeda.
+
+--¡Pero, hombre, tú te has empeñado en ponerme hoy colorada!--dijo
+aquélla.
+
+--Porque soy un buen amigo. Como te veo pálida estos días... Bien puedes
+creerlo, Santos, yo tengo mucha mejor idea de tu esplendidez que la
+mayoría del pueblo... No conocéis bien a D. Santos, les digo muchas
+veces a los que sostienen que a tí te duele gastar el dinero. Si D.
+Santos no gasta, no obsequia a sus amigos, no es por avaricia, sino por
+indolencia, porque no se le presenta ocasión. El hombre es tímido de
+suyo y no es capaz de proponer banquetes ni giras; pero que otro le
+apunte la idea, y veréis con qué gusto la acepta...
+
+--Gracias, gracias, Manuel Antonio--murmuro D. Santos con la risa del
+conejo.
+
+Se le conocía el gran temor y molestia que le embargaban. Como muchos de
+los indianos, apesar de ser inmensamente rico, tenía fama de avariento,
+y no injustificada. Había llegado pocos años hacía de Cuba, donde
+cargando primero cajas de azúcar y luego vendiéndolas se enriqueció.
+Vino hecho un beduino, sin noticia alguna de lo que pasaba en el mundo,
+sin saber saludar, ni proferir correctamente una docena de palabras, ni
+andar siquiera como los demás hombres. Los treinta años que permaneció
+detrás de un mostrador le habían entumecido las piernas. Marchaba
+tambaleándose como un beodo. El color subido de sus mejillas era tan
+característico, que en Lancia, donde pocas personas se escapaban sin
+apodo, lo designaron al poco tiempo de llegar con el de _Granate_.
+Enmedio de su miseria le gustaba dar en rostro con las riquezas que
+poseía. Edificó una casa suntuosísima; trajo mármol de Carrara,
+decoradores de Barcelona, muebles de París, etc. Y, sin embargo, apesar
+de las sumas cuantiosas que en ella gastó, al saldar la cuenta del
+clavero ¡se empeñaba en que descontase del peso el papel y las cuerdas
+en que venían envueltas las puntas de París! Cuidadosamente había ido
+guardando en un rincón tales despojos con ese objeto. Así que terminó la
+casa, ocupó el piso principal y alquiló los otros dos. Y empezó su
+martirio, un martirio lento y terrible. Las criadas y los niños del
+segundo y tercero fueron sus sayones. Si sentía fregar los suelos del
+segundo, poníase de mal humor: la arena desgastaba el entarimado. Si
+veía rayado el estuco de la escalera por la mano bárbara de algún
+chiquillo, se le encendía la cólera y murmuraba palabras siniestras y
+amenazas de muerte. Si escuchaba cerrarse una puerta con violencia,
+aquel golpe repercutía dolorosamente en su corazón: las bisagras se
+desencajaban, todos los pestillos se echaban a perder. En fin, con tal
+sobresalto vivía, que le acometió una pasión de ánimo y comenzó a decaer
+visiblemente. Un su amigo tan miserable como él, pero más vividor, le
+aconsejó que dejase la casa y se trasladase a otra. Así lo hizo,
+tornando a la posada que le había albergado mientras construyó el
+palacio.
+
+Pero faltaba a D. Santos el complemento obligado de todos los que se
+enriquecen cargando cajas de azúcar en América: le faltaba contraer
+matrimonio con una mujer de categoría, joven o vieja, fea o bonita.
+Ninguno de sus colegas aceptó jamás por esposa a una menestrala. Granate
+no podía ser menos que ellos. Al contrario, teniendo más dinero que
+ninguno, lo natural es que les aventajase en anhelos poderosos. Y fue a
+poner sus ojos redondos y encarnizados en la joven más linda, más rica y
+más encopetada de la ciudad: en Fernanda Estrada-Rosa nada menos. El
+suceso causó admiración y risa en el vecindario. Por muy alta idea que
+en Lancia tuviesen del poder del dinero, nadie imaginaba que fuese
+poderoso a realizar semejante empresa. ¡Casar a la joya de la provincia
+con este oso colorado! A la niña le produjo pasmo e indignación. Luego
+lo tomó a broma. Luego volvió a indignarse. Después tornó a reírse. Por
+fin se fue acostumbrando a que Granate la festejase y hasta encontró
+cierta satisfacción de amor propio en recibir sus agasajos y en darle
+toda clase de desprecios. Pero él no cejaba. Con la tenacidad del
+abejorro que se empeña en salir por un cristal y se estrella cien veces
+contra el obstáculo, las calabazas, los desdenes y hasta las burlas no
+le hacían retroceder más que momentáneamente. Al día siguiente volvía
+como si tal cosa a romperse la cabeza contra el desprecio de la
+orgullosa heredera. Pensaba sinceramente que el verdadero obstáculo para
+el logro de sus afanes estaba en el conde de Onís. Confesábase que
+Fernanda sentía algún interés por él, o mejor dicho por su título, y se
+propuso ir a Madrid y comprar a peso de oro otro para ponerse a la
+altura de su rival. Luego le dijeron que el Papa los daba más baratos y
+cambió de proyecto. Mientras tanto se vengaba odiando de muerte al
+gallardo conde, y burlándose, cuando la ocasión se presentaba, de su
+vetusto y deteriorado caserón. El conde poseía una gran riqueza en
+tierras, pero sus rentas no podían compararse a las del opulento
+Granate.
+
+--Y si no, ya veréis el día que se case, ¡qué cambio en la
+población!--prosiguió Manuel Antonio.--Tendremos banquetes a diario y
+bailes y giras campestres...
+
+--¡Pero si a Fernanda no le gustan los bailes!--exclamó Emilita Mateo,
+que bailaba con Paco Gómez y daba la espalda al grupo.
+
+--Yo no he hablado para nada de Fernanda, niña--repuso el marica en tono
+severo.
+
+--Pensé que, tratándose de matrimonio y de D. Santos, eso se
+sobrentendía.
+
+--Pues no sobrentiendas más y aplícate a bailar con Paco, porque, según
+mis cálculos, durará cinco minutos.
+
+Paco Gómez era un joven flaco, flaquísimo, alto hasta tropezar en el
+dintel de las puertas, con una cabecita menuda como una patata, el
+rostro tan macilento que parecía, en efecto, caminar por el mundo con
+permiso del enterrador. Y con estas propiedades corporales el espíritu
+más humorístico de la población.
+
+--¡Ole mi niña!--exclamó poniéndose en jarras frente al marica.--Lo
+único por lo que siento morirme es por no ver más estos seres preciosos,
+encantadores.
+
+Al mismo tiempo le cogió con dos dedos la barba.
+
+Ya sabemos que Manuel Antonio no podía sufrir tales juegos de manos
+delante de gente.
+
+--Vamos, pajalarga, quieto--exclamó poniéndose serio y rechazándole.
+
+--¿Que no eres precioso? Pero, hombre, ¡si eso salta a la vista!...
+¡Miren ustedes qué boca! ¡miren, por Dios, qué caída de ojos!... ¡miren
+qué nacimiento de pelo!
+
+Y quiso de nuevo tocarle la cara; pero Manuel Antonio lo rechazó con
+ímpetu dándole un fuerte empujón.
+
+--¡Caramba, qué severo está hoy Manuel Antonio!--dijo el conde de Onís.
+
+--No importa--repuso Paco Gómez dejando escapar un suspiro.--Manos
+blancas no ofenden.
+
+En aquel momento le tocaba hacer una figura del rigodón y se alejó con
+Emilita.
+
+María Josefa, que bailaba más lejos, se acercó un instante con su
+pareja, que era un teniente del batallón de Pontevedra.
+
+--¡Vamos, D. Santos, no sea usted cruel! ¿Por qué no va usted a hacer
+compañía a Fernanda, que está allí sola?
+
+En efecto, la amiguita de la rica heredera había hallado pareja para el
+baile. Fernanda se sentó y permanecía seria y pensativa.
+
+--Sí, sí; debes ir, Santos--manifestó Manuel Antonio.--Repara que la
+chica ha dejado una silla vacía a su lado... No puede insinuarse de modo
+más claro.
+
+Al decir esto hizo un guiño al conde. Éste confirmó tales palabras.
+
+--Yo creo que es hasta un deber de cortesía...
+
+Granate le echó una mirada torva y preguntó sordamente:
+
+--Pues entonces, ¿por qué no va usted a sentarse a su lado?
+
+--Por la sencilla razón de que ya no tenemos nada que hablar... Pero
+usted es otra cosa.
+
+--Entendido, señor conde... No soy un niño--murmuró con mal humor.
+
+--Aunque no lo sea usted por la edad--dijo Amalia interviniendo
+oportunamente para evitar rozamientos,--lo es por la franqueza y
+espontaneidad de sus sentimientos, por la frescura de corazón que otros
+con menos años no tienen. Los niños aman con más sencillez y vehemencia
+que los hombres.
+
+--Pero los hombres hacen otra cosa más heroica... ¡Se casan!--dijo Paco
+Gómez, que ya estaba de nuevo en su sitio con la pareja.
+
+--Hay ocasiones en que tampoco se casan--manifestó Manuel Antonio
+haciendo una imperceptible mueca por donde Paco pudiese colegir que
+estaba pensando en María Josefa.
+
+--Bueno--replicó aquél dándose por enterado.--Pero hay que convenir en
+que algunas veces se necesita para ello un heroísmo superior a la
+naturaleza humana.
+
+La solterona, que las cogía por el aire, le clavó una mirada rencorosa y
+maligna.
+
+--¡La naturaleza humana!--exclamó con displicencia.--La naturaleza
+humana presenta algunas veces formas tan estrambóticas que hasta el
+heroísmo sería ridículo en ellas.
+
+Paco Gómez, sin desconcertarse, comenzó a palpar su rostro con ademanes
+cómicos, fingiendo una muda resignación que hizo sonreír a los
+presentes. Amalia, para cambiar esta peligrosa conversación, exclamó:
+
+--¡Miren, miren cómo D. Santos se aprovecha de nuestra distracción!
+
+En efecto, el indiano se había levantado en silencio de la silla y,
+sorteando las parejas de baile, fue solapadamente a sentarse al lado de
+Fernanda. Ésta le dirigió una mirada fría y apenas se dignó responder a
+su saludo ceremonioso y ridículo. La faz rubicunda de Granate
+resplandecía, no obstante, como la de un dios seguro de su omnipotencia.
+Con las manazas anchas y cortas apoyadas sobre las rodillas, el cuerpo
+doblado hacia adelante y la cabeza levantada hasta donde le permitía la
+grosura del cerviguillo, sonreía beatamente enseñando una fila de
+dientes grandes y amarillos. Propúsose, como siempre, ser espiritual, y
+dijo:
+
+--¿Ha visto usted qué _ventrisca_ corre?
+
+La joven guardó silencio.
+
+--Ahora no importa nada--prosiguió--porque ya están todos los frutos
+recogidos; pero si hubiera caído antes, no nos deja ni una castaña ni un
+grano de maíz; ¡je, je!
+
+Granate sintiose feliz al emitir esta idea, a juzgar por la expresión de
+placer que brillaba en sus ojos.
+
+--Pero aquí no hace frío, ¿eh?... Yo no lo tengo, ¡je, je!... Al
+contrario, siento un calor... Será porque los ojos de usted son dos
+calofer... caroli...
+
+Otra vez todavía acometió la palabra caloríferos sin lograr dar cima a
+la empresa. Para disimular su impotencia fingió un golpe de tos. Su
+rostro violáceo adquirió cierta semejanza interesante con el de un
+ahorcado.
+
+La hermosa, que tenía los ojos clavados en el vacío, volvió la cabeza
+hacia su adorador, le miró unos instantes con expresión vaga, distraída,
+como si no le viese. Levantose de pronto y se alejó sin decir palabra
+para sentarse enfrente. El indiano quedó con la misma sonrisa
+estereotipada en el rostro; la mueca petrificada de un sátiro. Pero al
+volver la vista al grupo que acababa de dejar, viendo una porción de
+ojos risueños fijos en él, se puso repentinamente serio y mohíno.
+
+--¡Qué partido tiene este Granate entre las chicas bonitas!--exclamó
+Paco Gómez.--Ya se lo decía yo el otro día. «Usted no necesitaba para
+nada ir a América habiendo mujeres ricas en el mundo. Usted tiene la
+fortuna en la fisonomía.»
+
+--Mira, condecito, ahora debes ir tú a sentarte a su lado. Ya verás cómo
+no se levanta entonces--dijo Manuel Antonio.
+
+--Sí, sí, debe usted ir, Luis--apoyó María Josefa.--Vamos a ver una cosa
+curiosa, a decidir si está o no enamorada de usted. ¿Verdad, Amalia, que
+debe ir?
+
+--Sí, me parece que debe usted sentarse a su lado--dijo la dama. Su voz
+salió apagada y temblorosa.
+
+--¿Cree usted?--preguntó el conde, mirándola con fijeza.
+
+--Sí; vaya usted--replicó la dama con perfecta serenidad ya, huyendo su
+mirada.
+
+--Pues usted me permitirá que la desobedezca. No quiero exponerme a un
+desaire.
+
+--¡Qué importan los desaires a un enamorado!... Porque usted, por más
+que diga, está enamorado de Fernanda... Se le conoce a la legua.
+
+--A la legua será, porque, lo que es de cerca ni pizca--manifestó Manuel
+Antonio.
+
+Y María Josefa y Emilita Mateo y Paco Gómez confirmaron con su risa la
+especie.
+
+Amalia insistió. Efectivamente, Luis lo disimulaba bien; pero como, por
+más esfuerzos que se hagan, siempre queda un cabo suelto, un resquicio
+por donde sale la luz, ella había adivinado hacía ya mucho tiempo que el
+conde, en lo profundo de su corazón, guardaba recuerdo muy grato de
+Fernanda.
+
+--Atiendan ustedes: hace algunos días se le ocurrió a Moro decir que
+tenía dos dientes postizos. No pueden ustedes figurarse cómo se puso
+este hombre... Por poco le pega...
+
+--No tanto, no tanto--manifestó el conde sonriendo avergonzado.--Me
+expresé con cierta viveza porque me enfadan siempre las injusticias.
+
+--¡Oh! Las exaltaciones en estos casos son sospechosas. Cuando no se
+siente interés por una persona se la defiende con menos calor...
+¡Caramba! ¡Nunca le vi tan irritado! Ya puede decir esa niña que tiene
+un campeón valiente dispuesto a romper lanzas por ella.
+
+La dama apuró la broma. No se hartaba de apretar al conde, como si
+quisiera dejarle convicto de su amor por Fernanda. Apesar de la sonrisa
+benévola que animaba su rostro, había ciertas extrañas inflexiones en la
+voz que nadie más que una sola persona podía apreciar en aquel momento.
+
+Pero el rigodón había terminado, y el grupo se aumentó considerablemente
+con varias parejas que fueron allegándose. Fuéronse algunos, vinieron
+otros; al cabo, la señora de la casa se halló rodeada de gente nueva.
+Bailose otro vals y otro rigodón. Las doce sonaron al fin en el gran
+reloj de la catedral. Y como los jóvenes se empeñaban en no desbandarse,
+apesar de la costumbre tradicional de la casa, Manín, por orden de D.
+Pedro, apareció en la puerta del salón, abrazado al lío de los abrigos
+de las señoras. Ésta era la señal de despedida que el señor de Quiñones
+daba a sus tertulios. No era muy cortés, pero nadie se enfadaba. Al
+contrario, se recibía siempre con algazara, como una broma graciosa.
+
+Después que todos fueron a estrechar la mano, del maestrante, formose un
+grupo enmedio del salón. Amalia, en el centro de él, despedía a sus
+amigas besándolas cariñosamente. Estaba pálida y sus ojos inciertos
+despedían miradas febriles. Al estrechar la mano del conde volvió la
+cabeza hacia otro lado, fingiendo distracción; se la estrechó con fuerza
+tres o cuatro veces para infundirle ánimo. Bien lo necesitaba el pobre
+caballero. Estaba tan demudado y tembloroso que Amalia pensó que iba a
+caer desmayado.
+
+En apretado haz salieron los tertulios a los pasillos y bajaron la gran
+escalera de piedra sucia y húmeda. Un criado les abrió la puerta de la
+calle.
+
+--¡Ay! ¿Quién habrá dejado aquí este canasto?--dijo Emilita Mateo, que
+tropezó la primera con el estorbo.
+
+--¿Un canasto?--preguntaron varias damas acercándose a él.
+
+--Algún pobre que andará por ahí dormido--manifestó el criado, que aún
+no había cerrado la puerta.
+
+--No se ve a nadie--dijo Manuel Antonio, que rápidamente había
+registrado el portal.
+
+La curiosidad excitó muy pronto a una de las damas a levantar el paño
+que tapaba el canastillo. Inmediatamente dejó escapar el grito
+consabido, el que soltó ya hace tantos siglos la hija de Faraón al ver
+flotando por el río el célebre canastillo de Moisés.
+
+--¡Un niño!
+
+Momento de estupefacción y de curiosidad en los tertulios. Todos se
+abalanzan, todos quieren contemplar al mismo tiempo al expósito. Porque
+nadie duda un momento que aquel niño se hallaba allí expuesto
+intencionalmente. Paco Gómez levantó el canasto, lo destapó por completo
+y fue exhibiendo a sus amigos el infante dormido.
+
+Estalló una tempestad de exclamaciones.
+
+--¡Angelito!--¿Quién habrá sido la infame?...--¡Pobrecito de mi
+alma!--¡Qué corazones de hiena, Dios mío!--¡Miren qué hermoso
+es!--¿Habrá mucho tiempo que lo han expuesto?--Estará aterida la
+criatura.--Paco, déjeme usted tocarlo.
+
+El canasto fue rodando de mano en mano. Las damas, interesadísimas,
+palpitantes de emoción, depositaban tiernos besos en las mejillas del
+recién nacido, de tal modo que al instante consiguieron despertarlo.
+
+De aquel montoncito de carne rosada salió un débil gemido que hizo
+vibrar de lástima a todos los corazones. Algunas señoras vertieron
+lágrimas.
+
+--Subámoslo, por lo pronto, para que se caliente un poco.
+
+--¡Sí, sí, subámoslo!
+
+Y otra vez el resonante grupo se lanzó al patio y a la escalera de la
+mansión de los Quiñones llevando en triunfo el canastillo misterioso.
+
+Amalia estaba enmedio del salón inmóvil y pálida cuando se abrieron de
+nuevo las puertas. D. Pedro había sido trasladado ya a su alcoba por
+Manín y otro criado. Aquella nueva y repentina irrupción pareció
+sorprender mucho a la señora de la casa.
+
+--¿Qué ocurre? ¿qué es esto?--exclamó con voz alterada.
+
+--¡Un niño! ¡un niño!--gritaron varios a un tiempo.
+
+--Acabamos de encontrarlo en el portal--manifestó Manuel Antonio, que ya
+se había apoderado del canasto, presentándolo.
+
+--¿Quién lo ha dejado ahí?
+
+--No sabemos... Es un expósito. ¡Mire usted, por Dios, qué hermoso, es
+Amalia!
+
+La señora le contempló un instante con marcada frialdad y dijo:
+
+--Acaso alguna pobre lo habrá dejado para recogerlo enseguida.
+
+--No, no; hemos registrado el portal. La calle está desierta...
+
+La criatura a todo esto empezaba a chillar, agitando con incierto
+movimiento sus puños crispados, que parecían dos botones de rosa. La
+compasión de las señoras volvió a romper en exclamaciones apasionadas.
+Todas querían besarlo y calentarlo contra su seno. Por fin, María
+Josefa logró apoderarse de él, lo sacó del canasto y envolviéndolo con
+el paño con que venía cubierto, lo acarició tiernamente. Un papel se
+había desprendido de las ropas de la criatura al sacarla y había caído
+al suelo. Manuel Antonio lo recogió.
+
+--¿Lo ves, Amalia? Aquí está la madre del cordero.
+
+El papel decía en gruesos caracteres, trazados al parecer por tosca
+mano: «La madre desdichada de esta niña la encomienda a la caridad de
+los señores de Quiñones. No está bautizada.»
+
+--¡Es una niña!--exclamaron algunas señoras a un tiempo.
+
+Y en el acento con que dejaron escapar estas palabras no era difícil de
+advertir cierto desencanto. Se habían acostumbrado a la idea de que
+fuese varón.
+
+--¿Qué misterio será éste?--preguntó Manuel Antonio, mientras una
+sonrisa maliciosa de curiosidad vagaba por su rostro.
+
+--¿Misterio? Ninguno--manifestó con cierta displicencia Amalia.--Lo que
+se ve claramente es una pobre que quiere que le mantengan a su hija.
+
+--Sin embargo, hay aquí un no sé qué de extraño. Yo apostaría a que son
+personas pudientes los padres de esta niña--replicó el marica.
+
+--¡Adiós! ¡ya se nos va Manuel Antonio al folletín!--exclamó la dama
+con una risita nerviosa.--Las personas pudientes no dejan a sus hijos
+envueltos en estos andrajos.
+
+En efecto, la niña venía cubierta por unos trapos miserables y una manta
+raída y sucia.
+
+--Despacio, Amalia, despacio--apuntó Saleta con su voz clara,
+tranquila.--Yo he recogido en el portal de mi casa, hace ya muchos años,
+hallándome en Madrid, un niño que venía envuelto en muy toscos pañales.
+Al cabo de algún tiempo averiguamos que era hijo de una elevadísima
+persona que no puedo nombrar.
+
+Todos los ojos se volvieron con sorpresa hacia el magistrado gallego.
+
+--Una elevadísima persona; eso es--prosiguió después de una pausa, con
+el mismo sosiego impertinente.--Bien fácil era, por cierto, adivinarlo
+fijando un poco la atención en los rasgos de su fisonomía, enteramente
+borbónicos.
+
+El estupor de los circunstantes fue profundo. Se miraron unos a otros
+con una leve sonrisa burlona que, como de costumbre, Saleta pareció no
+advertir.
+
+--¡Atiza!--exclamó Valero.--¡Abra uzté el paragua, D. Zanto!
+
+--El niño se murió a los dos meses--prosiguió imperturbable Saleta.--Por
+cierto que cuando lo llevamos al cementerio se unió a la comitiva un
+coche que nadie supo a quién pertenecía. Yo lo conocí porque lo había
+visto en las Caballerizas reales, pero me callé.
+
+--¡Ya ezcampa!--murmuró Valero.
+
+--Bien, Saleta, ya nos contará usted de día eso. Por la noche tales
+cosas espeluznan--manifestó el marica de Sierra guiñando el ojo a los
+otros.--Lo que hay que pensar ahora, Amalia, es lo que se va a hacer con
+esta niña.
+
+La dama se encogió de hombros con indiferencia.
+
+--Phs... no sé... La dejaremos esta noche aquí. Mañana le buscaremos una
+nodriza que quiera tenerla en su casa... porque en ésta, a la verdad, es
+un trastorno.
+
+--Si usted no quiere tenerla en casa, yo me encargo con mucho gusto de
+ella, Amalia--dijo María Josefa, que estaba un poco apartada paseando a
+la niña y arrullándola para hacerla callar.
+
+--No he dicho que no quería--manifestó con viveza la dama.--Recogeré esa
+niña, porque tengo más obligación que nadie, ya que me la confían...
+Pero, como usted comprende, para hacerlo necesito contar con mi marido.
+
+Los tertulios aprobaron estas palabras con un murmullo.
+
+Justamente se presentaba Manín preguntando de parte de D. Pedro qué
+significaba aquel ruido. Se le explicó. El señor de Quiñones se hizo
+trasladar de nuevo en su sillón con ruedas a la sala; vio a la niña y se
+interesó extremadamente por ella. Inmediatamente declaró que no saldría
+de su casa, ordenando a un criado que al amanecer fuese en busca de
+nodriza.
+
+Por lo pronto se trajo a la criatura leche y té en un frasco con pezón
+de goma; se la abrigó con más y mejor ropa. Los tertulios presenciaron
+con cariñoso interés estas operaciones. Las señoras lanzaban gritos de
+entusiasmo; se les arrasaban los ojos de lágrimas al ver el ansia con
+que la mamosa niña chupaba el pezón del frasco. Así que se hartó,
+despidiéronse todos de nuevo, no sin depositar antes cada uno un beso en
+las mejillas de la pobrecita expósita.
+
+El conde de Onís no había desplegado los labios en todo este tiempo. Se
+hallaba retraído en tercera o cuarta fila, siguiendo con ojos de susto
+los cuidados que a la criatura se prodigaban. Y trató de irse con
+disimulo sin nueva despedida; pero Amalia le detuvo con alarde de
+audacia que le dejó petrificado.
+
+--¿Qué es eso, conde, no quiere usted dar un beso a mi pupila?
+
+--¡Yo!... Sí, señora... no faltaba más.
+
+Y pálido y trémulo, se aproximó y puso sus labios en la frente de la
+criatura, mientras la dama le contemplaba con sonrisa provocativa y
+triunfal.
+
+
+
+
+III
+
+La cita.
+
+
+Esta fue la tercera noche en que el conde de Onís apenas pudo cerrar los
+ojos. Nada más natural que en las dos anteriores estuviese agitado,
+calenturiento; pero ahora, ¿por qué? Todo se había resuelto como
+apetecía. La empresa se había llevado a cabo con felicidad. No le
+restaba más que dormir tranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, no era
+así. Apesar de su figura robusta y gallarda, poseía el conde un sistema
+nervioso excesivamente impresionable. La más ligera emoción turbaba su
+espíritu, le inquietaba hasta un grado indecible. Tal exquisita
+sensibilidad le venía por herencia y también por educación. Su padre,
+el coronel Campo, había sido un hombre concentrado, sensible, de una
+susceptibilidad tan delicada que le hizo mártir en los últimos años de
+su vida. Todo el mundo recordaba en Lancia el interesante y conmovedor
+episodio que cerró aquella vida caballeresca.
+
+El coronel mandaba las fuerzas de defensa de una plaza en el Perú cuando
+la insurrección de las colonias americanas. La plaza fue tomada por los
+insurrectos de un modo insidioso y por sorpresa. Un malvado denunció al
+coronel ante el gobierno de Madrid como culpable de traición, aseverando
+que se hallaba en connivencia y sobornado por el enemigo. Con harta
+precipitación, sin examen imparcial de los hechos y sin tener presente
+la brillante hoja de servicios del conde de Onís, el rey le privó de su
+empleo en el ejército y de todas las cruces y condecoraciones que
+poseía. Bajo el peso de aquella horrible injusticia, el pundonoroso
+militar quedó anonadado. Sus compañeros le arrancaron la pistola en el
+momento de atentar a su vida. Acompañado de su fiel asistente y de un
+primo se trasladó desde Madrid, adonde había venido a defenderse, a
+Lancia, donde le esperaba su esposa y su hijo de corta edad. La vida de
+familia fue un sedante para la terrible llaga abierta en el corazón del
+soldado. Pero aquel bravo, que tantas veces había desafiado la muerte,
+no tuvo valor para soportar las miradas y la curiosidad de sus
+convecinos. En vez de rebelarse contra la injusticia que se le había
+hecho, en vez de tratar de convencer a sus paisanos de su inocencia, lo
+que no le hubiera costado gran trabajo, porque todos estimaban su
+carácter y conocían su valor, lleno de vergüenza, como si realmente
+fuese criminal, huyó las miradas de la gente, se retrajo a su casa, y
+solo paseaba por la huerta que detrás de ella se extendía, cercada de
+alta y deteriorada tapia.
+
+El palacio de los condes de Onís merece especial mención en esta
+historia. Era un edificio antiquísimo, el más antiguo de la ciudad en
+unión de algunos restos de la primitiva basílica que aún quedaban en
+pie. No se había salvado otra cosa del horroroso incendio que en el
+siglo XIV había destruido la población. Su aspecto más era de fortaleza
+que de mansión. Pocas y estrechas ventanas cortadas por columnas de
+piedra, distribuidas caprichosamente por la fachada; una pared lisa de
+piedra, ennegrecida por los años; algunos agujeros cuadrados cerca del
+techo, a guisa de aspilleras; una gran puerta de medio punto reforzada
+con grandes clavos de acero. Por dentro era inmensa y tenía más alegría.
+El patio ancho, más ancho que la calle. Por la parte trasera la luz del
+mediodía bañaba sus ventanas. Los árboles de la huerta metían las ramas
+por ellas, sirviendo de fresca cortina para templar sus rayos. El
+conjunto de aquel vetusto caserón ofrecía misterio y encanto singulares
+para los lacienses dotados de imaginación, en especial para los niños,
+únicos seres que conservan, en nuestra edad prosaica, la fantasía
+despierta. Su fachada, si es que tal nombre puede darse a aquella lisa
+pared con pequeños huecos tirados a granel, daba a la calle de la
+Misericordia, una de las más céntricas de la ciudad. Una de las
+ventanas, quizá la más ancha, enfilaba la calle de Cerrajerías, y por
+ella se veía la catedral a lo lejos.
+
+Aquí se encerró o se sepultó el ex-coronel Campo, sin que bastasen los
+ruegos de su esposa y de los pocos parientes que frecuentaban su trato
+para hacerle desistir de tal resolución. Su ociosidad fue de provecho
+para la casa. Hizo arreglar la huerta, puso algunos miradores en la
+parte trasera, amuebló varias habitaciones, enlosó el patio, etc. El
+oscuro caserón, sin perder su aspecto vetusto y misterioso, se trasformó
+por dentro en agradable morada. Pero el deshonorado militar se consumía,
+se secaba dentro de ella como un árbol sin luz y sin agua. Una
+melancolía profunda minaba su organismo, le arrugaba la piel, blanqueaba
+sus cabellos, debilitaba sus piernas y ponía trémulas sus manos. A los
+cincuenta y ocho años de edad representaba tener setenta. Dentro de la
+casa no se le sentía. Paseaba por los corredores como un fantasma.
+Trascurrían los días sin que nadie le oyese el metal de la voz. Pero no
+se mostraba adusto con nadie. Una sonrisa dulce y triste vagaba
+constantemente por sus labios. No buscaba las caricias de su hijo, pero
+cuando le tropezaba casualmente por los pasillos le cogía la cabeza, se
+la besaba amorosamente, murmuraba algunas palabras tiernas en su oído y
+repentina y precipitadamente se alejaba, algunas veces con lágrimas en
+los ojos. Pensaba que era una gran desgracia para aquel pequeñuelo,
+rubio y hermoso como un querubín, el haber nacido hijo de un padre
+deshonrado. El infeliz le pedía perdón, con la mirada, de haberle
+engendrado.
+
+Hacia el año 1829, cuatro después de haber llegado de América, el
+coronel era un verdadero espectro. Dormía bien, comía bien, no le dolía
+nada; pero aquella vida se escapaba en efluvios invisibles y constantes,
+en lenta y pavorosa consunción. Su esposa hizo venir un médico, luego
+otro y otro. Todos dijeron lo mismo. Era necesario salir, distraerse,
+cultivar el trato de la gente. Precisamente las únicas medicinas que el
+conde estaba resuelto a no tomar. Poco a poco fue permaneciendo más
+horas en la cama; se levantaba tarde; se acostaba temprano. Perdió el
+gusto para trabajar en la huerta. No salía de las cuatro paredes de la
+casa. Dentro de ella dejó de ocuparse en las cosas que antes le
+entretenían; hacer estuches, cuidar la pajarera y otras obras manuales.
+Las pocas horas que permanecía fuera de la cama pasábalas, bien sentado
+en una butaca, ya paseando por los corredores en silencio. Al cabo dejó
+de levantarse. Todo esto lo recordaba Luis perfectamente. Entraba en su
+cuarto, le veía tendido mirando al techo con extraña y terrible tristeza
+pintada en el rostro. Al entrar su hijo volvía la cabeza, sonreía, le
+llamaba por señas y, después de darle un beso, le empujaba para que se
+fuese.
+
+Un día el niño percibió mucho ir y venir por casa; los criados corrían
+azorados, cambiaban entre sí palabras rápidas; los pocos parientes y
+amigos que visitaban la casa estaban todos allí y tenían unas caras
+largas, largas, que le aterrorizaban. Acercándose al gabinete de su
+padre, vio que levantaban un altar. Preguntó sencillamente lo que
+aquello significaba, y una criada, llevándole a un rincón, le dijo que
+no se asustase, que su papá había deseado confesarse y recibir la
+Comunión, y que su Divina Majestad vendría pronto a visitarle. Esta
+recomendación de no asustarse, hecha repetidas veces, produjo el efecto
+contrario. Comprendió que algo grave pasaba. En efecto, el conde de Onís
+se moría, se iba por la posta, según decían sus deudos. El médico ordenó
+que le dispusiesen.
+
+A las seis de la tarde, cuando ya había oscurecido, las puertas del
+palacio de Onís se abrieron para recibir al sacerdote portador de la
+Sagrada Hostia, que venía en el carruaje de la casa. Los criados y
+parientes esperaban en el portal con hachas encendidas. Una larga fila
+de personas de todas clases venía detrás, también alumbrando. Muchas de
+ellas acudían por verdadera devoción y por la estima que les inspiraba
+el enfermo. Las más, sólo por satisfacer la curiosidad de verle después
+de tanto tiempo, aprovechando aquellas críticas y solemnes
+circunstancias. Penetró hasta la habitación del moribundo todo el que
+quiso. A nadie se puso obstáculo. Pero no pudieron todos cumplir su
+gusto, porque no cabían. Llenose enseguida el gabinete del conde de una
+muchedumbre abigarrada, personas decentes, menestrales, niños, todos
+empinándose para contemplar al prócer caído en la desgracia, y que ahora
+iba a caer en el oscuro seno de la muerte, en el eterno olvido. El deán
+de la catedral, su amigo y confesor, avanzó con la Hostia levantada. Los
+presentes se hincaron de rodillas. Reinó un silencio lúgubre. En aquel
+momento el enfermo, a quien habían incorporado dijo en voz alta,
+dirigiéndose a los circunstantes arrodillados:
+
+--Juro por el Dios Sacramentado, que va a entrar en mi cuerpo, que no he
+sido traidor a mi patria, y que en la guerra de América me he portado
+siempre como un militar honrado y leal.
+
+Su voz, que parecía salir de un cadáver, resonó clara y estridente en la
+cámara. Hubo un murmullo reprimido entre la gente. El deán, con lágrimas
+en los ojos, respondió:
+
+--¡Bienaventurados los que padecen hambre y sed de la justicia!
+
+Y le puso la sagrada partícula en la boca.
+
+La noticia voló por la ciudad. Aquel extraño y terrible juramento, que
+se repetían unos a otros, causó impresión profunda en el público. Los
+parientes y amigos del conde peroraban con exaltación en todos los
+grupos. A uno de aquéllos se le ocurrió dirigir una exposición al rey,
+firmada por todos los vecinos, pidiendo que se revisase de nuevo el
+proceso del coronel. Pero ya se le había adelantado el deán, hombre
+fogoso y elocuente, que logró que el obispo y el cabildo le diesen su
+representación para ir a Madrid a gestionar la rehabilitación de su
+amigo de la infancia. Éste había mejorado un poco: por lo menos, la
+enfermedad se había estacionado. La consunción seguiría, pero al
+exterior no se notaba. No se le dijo nada de lo que se tramaba. El deán
+tuvo tiempo a ir a Madrid, lograr una audiencia del rey, hablarle al
+alma pintándole con elocuencia el solemne juramento que había escuchado,
+recabar de S. M. un real despacho reintegrando al conde en todos sus
+honores, cruces y condecoraciones, y volverse a Lancia loco de ansiedad.
+¡Qué alegría cuando supo que su amigo no había expirado! Desde la galera
+acelerada en que hizo el viaje corrió al palacio de Onís y con las
+debidas precauciones para no impresionarle demasiado le comunicó la
+fausta nueva.
+
+El coronel quedó algunos momentos ensimismado con la cara metida entre
+las manos.
+
+--¿Qué hora es?--preguntó al cabo.
+
+--Las doce acaban de dar.
+
+--¡A ver, pronto, mi uniforme!--exclamó con extraña energía
+incorporándose sin ayuda de nadie.
+
+--¡Rayo de Dios! ¡Enseguida, mi uniforme!--volvió a proferir con más
+violencia, viendo que nadie se movía.
+
+La condesa fue al armario y lo trajo al fin. Se hizo vestir rápidamente,
+se puso sobre el pecho la banda de Carlos III y todas las cruces que
+había ganado. Eran tantas que, no cabiendo en el costado izquierdo,
+tenían que ir algunas al derecho. En esta forma se hizo conducir a la
+ventana que enfilaba la calle de Cerrajerías, y allí se colocó en pie.
+No tardaron en salir los fieles de misa de doce, la más concurrida de
+las que se celebraban los domingos. Todos pudieron contemplar ya desde
+lejos aquella figura extraña, aquel cadáver vestido de gran uniforme. Y
+con un sentimiento de asombro, de respeto y de compasión, todos
+desfilaron en silencio por debajo de la ventana, sin poder separar los
+ojos de ella. Durante tres domingos consecutivos el coronel tuvo fuerzas
+para levantarse y colocarse en el mismo sitio. Allí permanecía media
+hora inmóvil ostentando sus insignias con los ojos extáticos en el
+vacío, sin ver ni oír a la muchedumbre que se agrupaba delante del
+palacio y se lo mostraban unos a otros poseídos de grave y dolorosa
+emoción. Al cuarto quiso hacer lo mismo, se incorporó con violencia para
+que le vistieran, pero volvió a caer al instante sobre las almohadas
+para no levantarse más. Por la noche entregó el alma a Dios aquel bravo
+y pundonoroso soldado.
+
+¡Pobre padre! El conde no podía recordar aquella escena, que había
+quedado profundamente grabada en su cerebro, sin que las lágrimas se le
+agolparan a los ojos. De él había heredado la exquisita delicadeza en el
+sentir, una susceptibilidad que llegaba a ser enfermiza, no la
+serenidad, la iniciativa, la firmeza inquebrantable que realzaban el
+alma del coronel Campo. El actual conde tenía un temperamento
+excesivamente sensible y tierno, un fondo de honradez y de vergüenza que
+era el patrimonio moral de los Campo. Mas estas cualidades se
+contrarrestaban por un carácter débil, fantástico, sombrío, el cual le
+venía, sin duda, de la familia de su madre.
+
+D.ª María Gayoso, condesa viuda de Onís, hija del barón de los Oscos,
+era un ser original, tan excepcionalmente original que rayaba en lo
+inverosímil. En toda su familia, desde tres o cuatro generaciones hasta
+ella por lo menos, había apuntado algo estrambótico que en algunos de
+sus miembros tocaba en las lindes de la locura y en otros entraba de
+lleno dentro. Su abuelo había sido un empedernido ateo partidario de
+Voltaire y la Enciclopedia que a última hora se había entregado a la
+embriaguez, y según la conseja del pueblo fue arrastrado un día por los
+demonios al infierno. En realidad murió de combustión espontánea, lo que
+pudo dar pábulo a semejante fábula. Su padre fue un mentecato a quien su
+madre, mujer de rara energía, tuvo siempre esclavizado hasta la
+degradación. De sus tíos, uno paró en el manicomio, otro fue
+notabilísimo matemático, pero tan excéntrico que sus rarezas se
+guardaban en Lancia como manantial de anécdotas chistosas; otro se metió
+en la aldea, se casó con una labradora y se mató a fuerza de
+aguardiente. No tenía más que un hermano, el actual barón de los Oscos.
+También era un ser original y excéntrico. Al comenzar la guerra civil se
+pasó al bando del Pretendiente e ingresó en su ejército, pero a
+condición de servir como soldado raso. Toda la campaña hizo de esta
+suerte. No fue posible, por más empeño que en ello pusieron los magnates
+que rodeaban a D. Carlos y el mismo rey, obligarle a aceptar el despacho
+de oficial. Fue herido varias veces y una de ellas de tan mala manera,
+en la cara, que le quedó una profunda cicatriz. Como su rostro era ya de
+lo más desgraciado que pudiera verse, aquel surco sinuoso y colorado
+acabó de prestarle una apariencia monstruosa y hasta temible.
+
+Era más joven que su hermana María. No llegaba aún a los cincuenta años.
+Vivía célibe y solo en la casa solariega que los Oscos tenían en la
+calle del Pozo, nada magnífica por cierto. Iba rara vez por casa de su
+hermana, no por antipatía, sino por lo retraído y áspero de su genio.
+Salía poco de casa, sobre todo de día. Tenía contadísimos amigos. El más
+íntimo de todos, el único puede decirse que gozaba de su intimidad, un
+fraile exclaustrado, que antes de ordenarse había servido en las filas
+del ejército como oficial. Fray Diego era su perpetuo camarada. El
+barón, por su carácter sombrío, por sus excentricidades, y sobre todo
+por lo espantable de su rostro, inspiraba general temor en la población.
+Los niños sentían en su presencia un terror pánico. Los padres y las
+niñeras, para reducirlos a la obediencia, les amenazaban con él:--¡Se lo
+voy a decir al barón!--¡Que viene el barón!--Hoy he visto al barón y me
+preguntó si eras obediente, etc. Y el barón, por su gesto,
+constantemente desabrido, por lo bronco y recio de la voz y por la
+brusquedad con que acostumbraba a hablarles, era para las inocentes
+criaturas un verdadero ogro. Iba constantemente armado de un par de
+pistolas; el estoque de su bastón era un verdadero sable. Se decía que
+había disparado sobre un criado sólo porque le había abierto una carta,
+y que en varias ocasiones había cogido a los niños que se atrevían a
+hacerle muecas en la calle, los metía en la cuadra, los desnudaba y los
+azotaba cruelmente con las correas del freno de su caballo. Verdaderos o
+inventados estos cuentos, contribuían a acreditarle entre el elemento
+infantil de Lancia como un monstruo de ferocidad del cual había que
+huir, si el temblor de las piernas lo consentía.
+
+Una de las cosas que más coadyuvaban a infundir el terror en los
+pequeños y cierto respeto, no exento de miedo, en los grandes, era el
+caballo que el barón poseía; un caballo de ojo ardiente y feroz y de
+genio tan furioso que nadie osaba montarle más que él y su amigo Fray
+Diego, que había servido en caballería. Para sacarlo a beber lo llevaban
+siempre del diestro, y aun así el indómito bruto iba tirando saltos y
+coces, poniendo en conmoción a los transeúntes. Cuando el barón lo
+montaba, y dando corcovos y alzándose de brazos salía de casa, la calle
+se estremecía, los vecinos se asomaban a las ventanas, los niños se
+refugiaban en las faldas de sus madres, todos contemplaban atónitos
+aquel centauro temeroso. Realmente el barón de los Oscos en tal momento,
+con su rostro desfigurado, los ojos encarnizados, los grandes bigotes
+empalmados con las patillas, cerdosos y erizados, y el formidable torso
+pegado al caballo, era una figura que infundía espanto. Había que
+remontarse con la fantasía a la irrupción de los bárbaros para hallar
+algo semejante. Ni Alarico, ni Atila, ni Odoacro debían de tener aspecto
+más feo y siniestro ni producir más grima. Júzguese del efecto que
+causaría entre los vecinos tímidos cuando una temporada le dio por salir
+a caballo pasada la medianoche y recorrer las calles de la ciudad
+acompañado de un criado, caballero asimismo en otro corcel.
+
+La condesa de Onís era dentro de su sexo un tipo tan estrafalario, por
+lo menos, como su hermano. Bajita, rechoncha, cara redonda y pálida con
+ojos negros y muertos, el cabello pegado a las sienes con goma de
+membrillo, vestida constantemente con el hábito morado del Nazareno.
+Vivía recluida en su palacio como una monja en el convento. Vivía
+entregada en absoluto a la devoción, pero a una devoción caprichosa,
+fantástica, en nada parecida a la que practican las almas verdaderamente
+místicas. Toda su vida había dado señales de un humor excéntrico, mas
+desde la muerte del conde se había pronunciado tanto que bien podían
+tomarse sus excentricidades como manías, y no de las más leves. Cuando
+joven había mostrado una naturaleza tan púdica que rayaba por su
+exageración en lo ridículo. Sus amigas la embromaban no pocas veces
+afectando cierta libertad en el hablar. Tan castísimos eran los oídos de
+la doncella de los Oscos, que los de una miss inglesa parecerían los de
+un sargento a su lado. No podía sufrir que la ropa interior de su
+hermano fuese en unión con la suya cuando la lavandera la llevaba o la
+traía. Si aquél le entregaba unos pantalones para que le cosiera un
+botón, cumplido el encargo corría a su cuarto y se lavaba bien las
+manos, y aun dicen que se echaba en ellas algunas gotas de agua bendita.
+Apretábase el seno hasta hacerse daño; subía el cuello de los vestidos
+contra las prescripciones de la moda; no se mudaba la camisa sino a
+oscuras, y cuando no tenía los guantes puestos jamás daba la mano a un
+hombre. La historia de su casamiento fue verdaderamente curiosa, llena
+de incidentes cómicos que se repitieron durante mucho tiempo por la
+ciudad. Sobre todo lo que acaeció en la primera noche de novios,
+verdadero o inventado, era muy gracioso y digno de figurar en una novela
+de Paul de Kok.
+
+Durante el matrimonio esta virtud de la castidad templose un poco. Casi
+parece excusado decirlo. Mas luego que quedó viuda volvió a exacerbarse
+de modo notable. Sobre todo, en los últimos años adquirió aspecto de
+locura. Cuando se rezaba el rosario, que era dos veces al día, mandaba
+previamente una criada al gallinero para apartar, mientras durase, al
+gallo de las gallinas; luego la ordenaba separar las cucharas de los
+tenedores y los corchetes machos de las hembras. Por último, la hacía
+situarse en una ventana de la fachada lateral de la casa para impedir
+que ninguno orinara en el rincón donde los transeúntes solían hacerlo.
+Un día vino el cochero a decirle que una de las yeguas estaba en el
+celo. Tanto se indignó que, después de haber reñido ásperamente por la
+osadía de notificarle tal asquerosidad, mandó inmediatamente venderla.
+Una vez que sorprendió al mozo de cuadra dando un beso a la cocinera se
+puso enferma del disgusto. Ambos salieron inmediatamente de la casa.
+
+Le gustaba, no obstante, tener tertulia a primera hora de la noche, pero
+de clérigos solamente. Acostumbraba a sentarse en una butaca, delante de
+la cual, con intención o sin ella, probablemente con intención, colocaba
+dos sillas de suerte que parecía estar detrás de una valla. Poco después
+de entrar los presbíteros y animarse la conversación, la condesa se
+dormía profundamente, y así estaba hasta las nueve en que las sotanas se
+despedían, por supuesto sin darle la mano. Como la casa tenía capilla,
+salía poquísimas veces, y esas en coche. Guardaba todo el oro, que
+llegaba a sus manos, en los parajes más ocultos del desván o de la
+huerta. Algunas veces por esta avaricia, o más propiamente por esta
+manía de urraca, la casa se vio en verdaderos aprietos: consintió en que
+su hijo pidiera a préstamo algunas cantidades antes que desenterrar las
+peluconas. Era además golosa, muy golosa, capaz de comerse una fuente de
+confites sin asomos de indigestión. Pero no habían de ser fabricados por
+las monjas: por extraña contradicción con sus piadosas inclinaciones,
+odiaba todo lo que olía a convento.
+
+Pues por esta mujer estrambótica, bien podemos decir loca, fue educado
+el actual conde de Onís. Su carácter se resintió muchísimo. Para
+contrarrestar aquella excesiva sensibilidad, aquel temperamento débil y
+vacilante y el humor fantástico y sombrío de que daba en ocasiones
+tristes muestras, se hubiera necesitado una educación viril al aire
+libre, un maestro inteligente y enérgico que supiera despertar en su
+organismo el brío y la resolución de los Campo. Sucedió lo contrario
+desgraciadamente. La condesa se empeñó en que no siguiese carrera que le
+apartase de Lancia. Estudió, pues, en la universidad del pueblo la
+carrera de jurisprudencia, que es la capa con que los jóvenes ricos
+tapan su propósito de holgar toda la vida. Mientras duró, y mucho tiempo
+después de terminada, la condesa le tuvo sujeto a su autoridad de un
+modo que resultaba ridículo. Jamás salía de casa sin pedirle permiso, no
+fumaba en su presencia, se recogía al oscurecer, rezaba el rosario,
+confesábase cuando ella lo ordenaba. Mientras su cuerpo se desarrollaba
+prodigiosamente, se trasformaba en un mancebo bizarro y atlético, su
+espíritu continuaba tan infantil y sumiso como si nunca pasara de diez
+años. En esta vida retraída y afeminada agravose la nativa timidez de su
+carácter, su sensibilidad delicada se hizo enfermiza, su genio sombrío y
+receloso. Y lo más lamentable era que, sin ser una lumbrera, estaba
+dotado de clara inteligencia y poseía una penetración frecuente en los
+hombres reservados y tímidos. Carecía de ilustración y de experiencia;
+pero sabía mantener discretamente una conversación y no se le escapaban
+los defectos del prójimo. Como casi todos los seres débiles, gozaba a
+veces malignamente a costa de ellos. Es la venganza que la gente sin
+carácter toma de quienes lo poseen demasiado vigoroso y espontáneo. No
+obstante, estas ráfagas de ironía y malignidad no eran en él frecuentes.
+Aparecía más bien como un joven prudente, reservado, melancólico, de
+trato cortés y caballeroso, de corazón sensible, lleno de cariño y de
+respeto hacia su madre.
+
+Después que concluyó la carrera tuvo sus anhelos y aun proyectos de
+salir de Lancia, de ir a la corte, de viajar durante algún tiempo.
+Bastó, sin embargo, la negativa de la condesa para contenerle y hacerle
+desistir. Prosiguió, pues, su vida de holganza, mayor aún desde que no
+tenía siquiera la obligación de mirar de vez en cuando los libros de
+jurisprudencia.
+
+Sólo la entretenía dedicándose a temporadas al cultivo de ciertos
+oficios manuales, y con la lectura de las obras románticas entonces muy
+en boga. Se hizo hábil ebanista, no tanto como su padre; luego le dio
+por la relojería. Últimamente tomó afición a una finca de labor y recreo
+que poseía en las inmediaciones de la población y comenzó a mejorarla
+notablemente. Denominábase la Granja: distaba poco más de dos kilómetros
+de Lancia: tenía una casa grande y vieja y destartalada: a espaldas de
+ella un hermoso bosque de robles y delante grandes y feraces praderas.
+Comenzó a ir todas las tardes después de comer; crió ganado vacuno y
+también algunos caballos, plantó árboles, abrió canales y levantó
+cercas. En la casa apenas tocó. En esta nueva afición ganó su cuerpo,
+que se hizo más duro y más ágil, y también su carácter. La melancolía,
+que tanto le atormentaba, se fue templando, serenose su espíritu, fue
+adquiriendo más firmeza en el trato de la gente y más seguridad de sí
+mismo, y ciertos accesos de humor negro, de rabia y desesperación que
+sin causa alguna le acometían de raro en raro y le hacían aparecer ante
+los criados como un epiléptico, desaparecieron por completo. De esta
+suerte llegó hasta los veintiocho años, en que comenzó a frecuentar la
+casa de Quiñones, y su vida experimentó profunda trasformación.
+
+Eran las nueve de la mañana cuando el criado le despertó de un sueño
+agitado, incompleto, para entregarle una carta. La dejó caer con
+afectada indiferencia sobre la mesa de noche; mas luego que el criado se
+fue apresurose a cogerla y la abrió con visible agitación. Aunque hacía
+ya cerca de dos años que duraban sus relaciones con Amalia, nunca abría
+carta de ésta sin que le temblasen las manos. Verdad que se escribían
+poquísimas veces. Pero más que la rareza de las cartas contribuía sin
+duda a turbarle el profundo amor que en su naturaleza sensible y tímida
+había arraigado.
+
+«Esta tarde a las tres. Por la tribuna,» decía la carta únicamente. Su
+turbación no se disipó por completo. Las citas como aquélla eran
+extremadamente peligrosas; le causaban, enmedio de su felicidad, una
+impresión de miedo que no podía vencer. Había rogado a Amalia que las
+suprimiese; pero no le hizo caso alguno. Y él se consideraba
+absolutamente incapaz de oponerse a su voluntad. Pasó la mañana
+nervioso, alterado. Para calmarse dio un paseo a caballo; llegó hasta la
+Granja; pero volvió al cabo con la misma intranquilidad que había
+salido.
+
+Cuando llegó la hora señalada salió de casa y tomó la calle de
+Cerrajerías. Era la hora en que apenas se ve un transeúnte. Los vecinos
+de Lancia comen generalmente a las dos. A las tres están, pues, de
+sobremesa o reposando. Al final de Cerrajerías, en la esquina de la
+calle de Santa Lucía, está la iglesia de San Rafael, que tiene su
+entrada principal por aquélla. El conde penetró en el templo, después de
+tomar agua bendita, como el que va a hacer sus oraciones. Estaba
+enteramente solitario, o al menos así le pareció a la primera ojeada. A
+los pocos minutos, acostumbrados ya sus ojos a la oscuridad, percibió
+dos o tres bultos diseminados por él y postrados en oración.
+Arrodillose él también en el fondo oscuro, cerca de la puertecita de la
+escalera que conducía a la tribuna de los Quiñones, y fingió orar unos
+momentos. Aquello le repugnaba profundamente. Era un creyente sincero, y
+la piadosa y severa educación que había tenido le hacía horrorizarse de
+tal sacrilegio. Se le había pegado el fanatismo de su madre: tenía un
+miedo espantoso al infierno. También Amalia era creyente y aun pasaba en
+la población por piadosa; pertenecía a varias cofradías; era protectora
+de algunos asilos; hacía frecuentes regalos a las imágenes y se la veía
+acompañada de clérigos. Pero miraba aquella profanación con la mayor
+indiferencia. La religión era para ella cosa muy respetable, pero más
+respetables aún su voluntad y sus placeres.
+
+Al cabo de unos minutos el conde se levantó cautelosamente y tiró de la
+puertecita, que una mano previsora había ya abierto de antemano. Tornó a
+llegarla y subió por la estrechísima escalera de caracol. La pequeña
+tribuna de la casa Quiñones estaba aún más oscura que la iglesia. Buscó
+a tientas la puerta del pasadizo y la empujó; mas como tenía cierre de
+cristales y podían verle desde la calle, se echó a gatas para
+atravesarlo. En la puerta que comunicaba con la casa estaba Jacoba
+esperándole. Era ésta una mujer de más de cincuenta años, obesa, con un
+vientre colosal, que se movía con trabajo, la respiración anhelante,
+embotada por la grasa y hablando siempre en voz de falsete. La suma
+discreción, la encarnación verdadera del sigilo. Nunca habían tenido
+otro confidente; nadie en el mundo más que ella estaba enterada de sus
+amores, y en el curso de ellos les había servido prodigiosamente; fue su
+centinela, su salvador en muchas ocasiones, su ángel tutelar siempre. No
+era sirviente de la casa, sino protegida de la señora. Dedicábase a
+correr los géneros de las tiendas, a traerlos a las casas, ganando por
+ello pequeñísima comisión. Esto no le bastaba para vivir aunque era ella
+sola y una sobrina. Pero en varias casas le hacían encargos de distinta
+índole y la ayudaban de mil maneras. Sobre todo en la señora de Quiñones
+había encontrado una protectora decidida. Cuando llegó a ser su
+confidente puede decirse que halló una verdadera mina. Amalia pagaba con
+largueza sus servicios que, en realidad, bien merecían recompensa
+extraordinaria.
+
+La medianera se llevó el dedo a los labios recomendando silencio al
+conde, así que éste franqueó la puerta. Recomendación bien excusada por
+cierto, porque hasta la respiración iba conteniendo por no hacer ruido.
+Luego, adelantándose un poco para explorar el terreno, le hizo seña para
+qué la siguiese. Atravesaron un corredor, pasaron por delante de la
+escalera principal sin ascender por ella de miedo a encontrarse con
+algún criado, y fueron a buscar a la biblioteca una escalerita excusada
+que allí había para subir al segundo. El conde avanzaba de puntillas con
+el corazón palpipante. Aunque ya había penetrado otras veces en casa de
+Quiñones de aquella manera, le parecía siempre el colmo de la temeridad
+y maldecía en su interior del atrevimiento y despreocupación de su
+amante. Llegaron al fin al gabinete de la señora. La puerta se abrió sin
+que se viese a nadie. Jacoba empujó suavemente al conde, quedando ella
+fuera. La mano de Amalia, que se presentó de improviso, volvió a cerrar,
+y súbito, con arrebatado ademán, echó los brazos al cuello de su querido
+y le besó con apasionada ternura. Él, cohibido, agitado aún por la
+ascensión y trémulo, permaneció quieto, sin corresponder a tales
+manifestaciones de cariño. La dama le dio un golpecito maternal con la
+palma de la mano en la mejilla.
+
+--Serénate, poltrón, que nadie te come aquí.
+
+Luis hizo un esfuerzo por sonreír y se dejó caer en una marquesita
+forrada de raso azul.
+
+El gabinete de Amalia contrastaba por su lujo coquetón con el abandono
+que reinaba en el resto de la casa. Las paredes cubiertas de tapices
+soberbios, los mejores de la colección que la familia poseía; los
+muebles flamantes, estilo Luis XV, traídos de Madrid con la magnífica
+cama de ébano incrustada de marfil que se veía en la alcoba, en los
+primeros meses del matrimonio, cuando D. Pedro se esforzaba inútilmente
+en ganar el corazón de su joven esposa. Respirábase allí una atmósfera
+perfumada, sensual, que denunciaba los gustos refinados que la dama
+forastera había traído allá de otras tierras a la severa mansión de los
+Quiñones.
+
+Sentose sobre las rodillas del conde, y tirándole de la barba, exclamó
+conteniendo a duras penas los gritos, con una alegría reprimida que le
+brillaba en los ojos, que estallaba por todos los poros:
+
+--¿Lo ves? ¿Lo ves como hemos vencido? ¿Lo ves como se han salvado todos
+esos obstáculos que se te amontonaban en la cabeza y no te dejaban ver
+claro? No ha sido necesario más que un poco de audacia y que Dios nos
+ayudase.
+
+--¡Dios!--murmuró estremeciéndose el conde.
+
+Ella sintió que había hecho mal en apelar a la divinidad, y se apresuró
+a decir con desenfado:
+
+--Quise decir la suerte... Vamos, no empieces a ponerte cargante y
+tristón... Éste es un momento de felicidad para nosotros... Lo estoy
+tocando y me parece mentira... Mi hija, la hija de mis amores, viviendo
+conmigo, pudiendo verla y besarla a todas horas... ¡Qué hermosa es!...
+No pude contemplarla a mi gusto hasta esta mañana; pero hoy me he
+saciado bien... Se parece a tí... sobre todo esta parte de aquí arriba,
+del entrecejo. Jacoba dice que la boca es mía... No me pesa--añadió
+sonriendo con coquetería.--Otra cosa peor pudiera sacar de mí, ¿verdad?
+
+--Para mí todo es igualmente hermoso.
+
+--¡Vamos!--exclamó la dama echándose hacia atrás y clavándole una mirada
+de burla cariñosa.--Al fin has recobrado el uso de la palabra... Pues
+bien--añadió en tono serio,--tú no sabes las vueltas que hemos tenido
+que dar esta mañana para buscarle nodriza. Me han traído tres. Ninguna
+me ha gustado. Al fin la cuarta se quedó. ¡Y qué lindamente comenzó a
+chupar el ángel mío! Me costaba trabajo no saltar de alegría... ¡como me
+cuesta ahora!... Pero seamos graves... seamos graves y cargantes como el
+señor conde... Dime, fastidioso, ¿cómo te has arreglado para traerla?
+Cuéntame. ¡Qué cara tenías ayer noche al abrir la puerta del salón!
+
+--La cosa no era para menos. A las nueve fui a buscarla a casa de
+Jacoba. Ya te lo habrá dicho ella. Me pasé allí cerca de dos horas. Y
+como si el diablo quisiera mortificarnos, la criatura chillaba sin
+cesar...
+
+--Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego?
+
+--¡Qué noche! Los chubascos se repetían sin cesar. Las calles estaban
+perdidas, sobre todo por aquellos barrios extraviados. Me remangué los
+pantalones casi hasta la rodilla, porque ¿cómo iba a entrar manchado de
+barro en tu salón? Quise sostener el canastillo en un brazo y llevar el
+paraguas abierto en la otra mano. Fue imposible. A los pocos pasos me
+volví y le dejé el paraguas a Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielo santo!
+¡Qué angustia! El viento me bajaba a cada instante el embozo de la capa,
+la lluvia me azotaba la cara y me entraba por el cuello. Tenía miedo que
+me mojase la niña. Además iba temiendo resbalar. ¡Figúrate si caigo en
+aquel momento! El viento soplaba a veces tan recio que me impedía dar un
+paso. Bien puedes creerme que estuve tentado a dar la vuelta y dejarlo
+para otro día.
+
+--Lo creo sin que me lo jures. Demasiado sé que te ahogas en un plato de
+agua.
+
+Él le dirigió una larga y triste mirada de reconvención. Amalia soltó a
+reír y, abrazándole y besándole con efusión, exclamó:
+
+--No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que no te compadezco? El trance ha
+sido bien duro. Te has portado como un héroe.
+
+El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se ruborizó. La conciencia
+le gritaba que no los merecía. Se acordó de la terrible prueba por que
+acababa de pasar Amalia, y dijo:
+
+--¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer! ¿Cómo te encuentras? Ha sido
+una imprudencia bajar tan pronto la escalera.
+
+--¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy una roca.
+
+--Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tremendos dolores sin exhalar ni
+una queja!
+
+--¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto?--dijo poniéndole una mano en la
+boca.--¿Has parido alguna vez?
+
+--Luego cuatro días solamente en la cama--prosiguió el joven separando
+dulcemente aquella mano y besándola al mismo tiempo,--y al quinto bajar
+al salón.
+
+--Pues ya estás viendo que no me ha pasado nada. ¡Oh, si no llego a
+bajar ayer, de fijo Quiñones me manda al médico! Ya desde el segundo día
+estaba empeñado en que subiese... Pero ¿no sabes? Está enamorado, loco
+por la chiquilla. Toda la mañana ha tenido a la nodriza en su cuarto. ¡Y
+se le ocurren unas cosas tan peregrinas! Dice que esta niña nos la envía
+Dios para consolarnos de no tener familia...
+
+El conde volvió a ponerse serio, taciturno, mientras en los labios de la
+dama se dibujaba una sonrisa de cruel ironía.
+
+--A todo esto no has preguntado por ella, padre desnaturalizado--dijo
+metiendo sus dedos finos y blancos por la gran barba rizosa y bermeja de
+su amante.--Porque eres su padre, sí, su padre. ¿A que no lo
+niegas?--añadió acercando con mimo su rostro al de él y poniéndole los
+labios en el oído.--Voy a traértela.
+
+--Pero ¿va a venir el ama?--preguntó él con terror.
+
+--No, hombre, no--replicó riendo.--Vendrá ella solita. Verás qué bien
+camina ya.
+
+El conde abrió los ojos con una expresión estúpida que la hizo reír aún
+más. Se puso en pie y abriendo la puerta cuchicheó un instante con
+Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo de pocos minutos la obesa
+medianera abrió otra vez la puerta cautelosamente y les entregó la niña
+dormida. Amalia se sentó, haciéndola descansar en su regazo. Ambos la
+contemplaron largo rato en silencio con éxtasis, pendientes del levísimo
+soplo que hinchaba y deshinchaba aquel tierno cuerpecito. Fue un
+instante feliz. El conde, olvidado de sus temores, se calmó: una sonrisa
+de vivo placer se esparció por su fisonomía dulce y melancólica.
+Trascurrían los minutos, y ni uno ni otro rompían aquel silencio dichoso
+ni se distraían un punto de la atención intensa en que sus espíritus se
+confundían. Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel pedacito de carne
+rosada se reflejaba igualmente en sus ojos y ataba con hilos invisibles
+sus almas y sus vidas.
+
+--¡Qué hermosa es! Se parece a tí--murmuró el conde con tan blando
+acento que apenas si llegó a los oídos de su amante.
+
+--Aún más a tí--respondió ésta en la misma voz apagada.
+
+Luego, por un movimiento simultáneo, ambos volvieron la cabeza y se
+miraron larga, intensamente, con amor.
+
+--Te adoro, Amalia--dijo él.
+
+--Te quiero, Luis--respondió ella. Sus manos se buscaron y se apretaron
+tiernamente: sus cabezas se inclinaron para cambiar un beso casto.
+
+
+
+
+IV
+
+Historia de aquellos amores.
+
+
+Casto, sí. Quizá el primero en sus ya largos amores. Todo lo que de
+tierno y poético se desprendía de ellos, como un perfume, vino de pronto
+a embriagarlos, a hacerlos dichosos. Se desvaneció el remordimiento, que
+pesaba sin cesar en el alma delicada del conde, la agitación insana que
+a ambos atormentaba, el ardor, la violencia, la amargura qué iba oculta
+en el fondo de sus deliquios amorosos como el gusano en el cáliz de la
+rosa. No quedó más que el amor puro, el amor satisfecho, el amor
+consagrado por la santa y misteriosa fuerza de renovación que habita en
+el seno de la naturaleza.
+
+¡Si se hubieran conocido antes! ¡Cuántas veces se habían repetido esta
+frase de los adúlteros! Si se hubieran conocido antes, probablemente se
+hubieran separado sin sentir el más insignificante movimiento de
+atracción. El amor se alimenta principalmente de dificultades, le placen
+los terrenos movedizos batidos por la borrasca. El de ellos no pudo
+hallar tierra más adecuada ni circunstancias más favorables para su
+germinación.
+
+Como se sospechaba en Lancia, el matrimonio de Amalia con D. Pedro fue
+impuesto a aquélla por su familia, que agonizaba de hambre. D. Antonio
+Sanchiz, padre de la dama, era un mayorazgo valenciano que había
+consumido con el juego y las mujeres las tres cuartas partes de su
+hacienda. La cuarta que restaba se encargó de consumirla por los mismos
+medios su hijo primogénito, que había heredado idénticos gustos. Amalia
+era la última de los cinco hermanos, cuatro hembras y un varón. Su
+hermana primera, a quien habían tocado aún algunos rayos débiles del
+esplendor de la casa, logró casar ventajosamente con el hijo de un
+banquero rico. Nada aprovechó a su familia. Ni D. Antonio ni su hijo
+Antoñito pudieron ver el color de las monedas de su yerno y cuñado
+respectivamente. Las otras dos también casaron con jóvenes distinguidos,
+pero sin dinero. Amalia floreció enmedio de la total ruina de su casa.
+Ni su figura graciosa y delicada, ni su clara estirpe le valieron para
+llamar la atención de los hombres. El conocido desastre de la casa y la
+deplorable reputación de su padre y hermano pusieron en torno de ella
+una valla que ninguno se atrevía a saltar. Bien lo echó de ver enseguida
+y rehuyó enamorarse de los que, por pasatiempo o galantería, la
+festejaban. No era tipo acabado de belleza; faltábale gallardía en la
+figura, amplitud de formas, color en las mejillas. Mas apesar de su
+cuerpecito menudo y no del todo bien conformado, y de la palidez
+constante de su rostro, poseía especial atractivo, que cuantos la veían,
+y aún más los que la trataban, se complacían en afirmar. Provenía éste
+principalmente de sus grandes ojos negros expresivos: el alma se asomaba
+a ellos reflejando las más leves y fugaces emociones; ora ardían con
+fuego malicioso revelando la pasión recóndita, insaciable, ora se
+aquietaban extáticos, límpidos, en arrobo místico; ahora brillaban
+alegres y bulliciosos, enseguida melancólicos, tan pronto secos como
+húmedos, tan pronto tiernos como iracundos. Provenía también de su
+movilidad, de la agudeza de su ingenio y del metal de su voz simpático e
+insinuante. Era, en suma, una mujer graciosa e interesante.
+
+No se sabe si por orgullo o porque realmente su temperamento ardiente y
+borrascoso le solicitase a ello, mostrose desdeñosa con los jóvenes
+ricos que galantemente la requebraban sin decidirse a pedir su mano, y
+entregó el corazón a un muchacho humilde, a un escribientillo del
+gobierno político con cuatro mil reales de sueldo, hijo de un maestro de
+escuela. La sangre azul de los Sanchiz brincó de cólera en las venas de
+D. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas y hasta en las del banquero, su
+cuñado, que no la tenía. Hubo de sufrir activa y feroz persecución. Pero
+como no le faltaban ánimos y estaba dotada además de un espíritu
+ingenioso y travieso, fértil en toda clase de diabluras, es lo cierto
+que se burló de ellos largo tiempo, que de nada valieron los ruegos, las
+amenazas, ni la temporada que la tuvieron recluida en un convento. Si el
+escribiente no llega a morirse de una tisis que le concluyó en pocos
+meses, es casi seguro que la muy noble y necesitada casa de los Sanchiz
+sufriera el baldón de emparentar con el hijo de un maestro de escuela.
+
+Después de esta aventura, Amalia quedó bastante desprestigiada en la
+población. Pero ella bien sabía que, aunque hubiera mantenido incólume
+su prestigio, sería lo mismo. Los hombres no se casan por el prestigio,
+sino por el dinero. No se le ocurrió, pues, sentir remordimientos por lo
+pasado. Vivió triste y resignada dos años más, mostrándose indiferente a
+los placeres propios de su edad, sin hacer nada para granjearse la
+voluntad de los jóvenes y ganar un marido. Cuando ya iba cerca de los
+veinticuatro abriles, y podía darse por perdida la esperanza de
+matrimonio, fue cuando a D. Pedro Quiñones, su tío tercero o cuarto, se
+le ocurrió acordarse de ella. Resistió el casarse con aquel señor, que
+sólo había visto de niña dos o tres veces, viudo hacía poco tiempo, y
+cuyas extravagancias conocía por oírselas narrar entre carcajadas a su
+padre y hermano, ¡los mismos que ahora la apretaban para que le aceptase
+por marido! No fue muy tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba tan
+desengañada, vivía enmedio de un aburrimiento tan plomizo, de una
+indiferencia tan soñolienta, que así que vio a su padre colérico,
+después de haberla suplicado con vivas instancias, se dejó arrancar el
+sí. Decían todos que aquel matrimonio era la salvación de la familia. No
+se metió a averiguar si era verdad o pura ilusión. Después de casada
+supo que todo lo que su padre pudo sacar de D. Pedro fue una exigua
+pensión, con la cual a duras penas podía comer.
+
+El noble vástago de los Quiñones de León se enamoró perdidamente de
+aquella estatua de hielo. En el viaje que hicieron desde Valencia a
+Lancia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspecta y tan cortés al
+mismo tiempo, que D. Pedro no osó reclamar ninguno de sus derechos. En
+Lancia, ya sabemos por la voz pública, digna de creerse en este caso, lo
+que pasó.
+
+La negativa persistente, los desprecios infinitos con que le regaló por
+mucho tiempo, lejos de enfriarle, encendieron más su pasión. Era
+Quiñones, como ya sabemos, hombre fogoso, terco, de voluntad indomable.
+Los obstáculos le irritaban, llegaban a enloquecerle. Quiso vencer el
+corazón de su esposa y no perdonó medio para ello: la colmó de
+atenciones, mimó sus gustos más insignificantes, viviendo por varios
+meses en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de esperanzas, tan
+pronto vivas como muertas. Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la
+astucia de su amigo el canónigo. Aquel aconsejado viaje por las
+montañas, lleno de sustos y peripecias, le conquistó, si no el amor de
+su esposa, por lo menos sus favores.
+
+En los dos primeros años de matrimonio Amalia hizo una vida retraída,
+sin salir apenas del churrigueresco palacio de la calle de Santa Lucía.
+Vivía a solas con su aburrimiento, complaciéndose en hacerlo más
+insoportable, agitada por una cólera sorda que amenazaba estallar a cada
+instante: en la apariencia tranquila, aceptando gustosa su papel,
+tratando con superioridad cortés a los que se la acercaban. El
+desgraciado accidente sobrevenido a su esposo distrajo un poco su hastío
+e infundió en su corazón momentáneo sentimiento de piedad. Durante
+algún tiempo se creyó llamada a desempeñar cerca de él los oficios de
+hermana de la caridad, a cuidarle con afectado cariño para hacerle menos
+insoportable aquel terrible castigo. No tardó mucho en fatigarse. Poco a
+poco se fue aficionando a la tertulia que por las noches se formaba en
+torno de su esposo, comenzó a interesarse en las conversaciones de
+política local y a intervenir en ella más o menos directamente. D. Pedro
+era el arbitro de la provincia mientras se hallaba en el poder el
+partido moderado. Ahora, que estaba debajo, conservaba no obstante muy
+alto prestigio y no poca influencia, en el temor de que no tardaría en
+ponerse encima. Para aumentar este prestigio y esta influencia y dar
+mayor realce a la riqueza y poderío de la casa, Amalia, que halló aquí
+medio de distraerse, abrió sus salones a la sociedad laciense, que hasta
+entonces había tenido siempre alejada; algunas visitas de cumplido y
+nada más. Dio conciertos, menudeó las reuniones de confianza, y de vez
+en cuando, en ciertas solemnidades, organizó grandes bailes de etiqueta.
+Con esto recobró su perdida energía, aquella graciosa y simpática
+movilidad que la caracterizaba; volvió la sonrisa a sus ojos, la frase
+aguda a sus labios. Nadie supo jamás honrar con más amabilidad y más
+gracia a sus tertulianos. Fue modelo de gentileza y cortesanía. Se hizo
+adorar de la juventud, a quien proporcionó gratísimo recurso para matar
+las interminables noches del invierno.
+
+Fernanda Estrada-Rosa fue uno de los más bellos ornamentos de sus
+conciertos y saraos. En pos de ella vino el conde de Onís, su novio. El
+conde era visita de la casa de Quiñones, pero sólo iba de tarde en
+tarde, con motivo de algún cumpleaños, entrada de año, etc. Sin embargo,
+Quiñones alimentaba por él profunda simpatía. Bastaba que perteneciese a
+la nobleza para que el linajudo hidalgo le juzgara superior en todos
+conceptos a los demás seres de la población. Amalia, que apenas le
+conocía, comenzó a observarle con viva curiosidad. Tanto se le había
+hablado de él, del cariño y respeto que profesaba a su madre, de su
+humor melancólico, de sus habilidades, de su piedad exagerada, que
+deseaba tratarle con intimidad; quería penetrar en el alma de aquel
+mancebo tan apuesto y tan inocente. No tardó en convencerse de que el
+amor aún no había prendido en ella. Observando con atención sus
+relaciones con Fernanda, percibió en ellas un dejo de frialdad que no
+venía ciertamente de la rica heredera. Conoció que el conde se engañaba
+a sí mismo haciendo esfuerzos por quedar enamorado, y aún más por
+aparecerlo. Tomaba sus amores como una obligación honrosa que le
+exigían sus años y posición. El joven más principal de Lancia debía amar
+a la niña más rica y más bella. Por otra parte, parecía como si quisiera
+demostrar a la población que no era un extravagante o un maniaco, como
+alguna vez había oído insinuar. Por eso se le veía cumpliendo
+estrictamente los deberes del perfecto galán, paseando un par de horas
+por la mañana en la calle de Altavilla, donde vivía su novia,
+acompañándola los domingos en el paseo, sentándose a su lado en la
+tertulia de las señoritas de Meré o en la de Quiñones, y bailando con
+ella todos los rigodones en los saraos del Casino. Pero al mismo tiempo
+Amalia echaba de ver que sus pláticas eran frías, que el conde estaba
+taciturno y distraído muchas veces, mientras ella, con visible interés,
+hacía el gasto de la conversación y procuraba mantenerla viva.
+
+Aquellos amores le fueron interesando cada vez más: buscó las
+confidencias de ella y también las de él. Al poco tiempo su alma
+ardiente, sagaz, voluntariosa, simpatizó con la de Luis, tímida,
+infantil, llena de piedad y ternura. Más maestra en el arte de hacerse
+amar que la niña de Estrada-Rosa, logró pronto inspirar al conde
+confianza y afecto; le envolvió en una malla espesa de confidencias, no
+sólo referentes a sus amores, sino de toda la vida. Le confesó tan bien
+como el más hábil jesuita. Luis, seducido por tanto interés, le fue
+abriendo su pecho dándole cuenta primero de sus costumbres, luego de los
+actos de su vida pasada, por último de sus sentimientos más recónditos,
+de aquellos que sólo se confiesan a un hermano. A Amalia no le
+sorprendían en la apariencia tales originales y morbosas psicologías;
+las aceptaba como cosas naturales, daba su opinión acerca de ellas y se
+autorizaba cariñosamente el aconsejarle, reprenderle a veces, guiarle en
+ciertos asuntos de la vida, cuyo complicado mecanismo ignoraba el conde
+por Completo. Alentado por este juego habilísimo, se iba confiando cada
+vez más, se entregaba por completo, feliz con desembarazarse de tanto
+pensamiento ridículo, con confesar aquella extraña y dolorosa timidez
+que le atormentaba.
+
+Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernanda haciéndose confidente y
+protectora decidida de sus amores. Si mantenía ratos larguísimos de
+conversación particular y animada con el conde, no menos largos y
+animados los gastaba con la chica. Ésta le agradecía profundamente
+aquella protección, que se traducía en ocasiones buscadas por la dama
+para que los novios pudieran verse y hablarse, para reconciliarlos
+cuando estaban reñidos, etc., etc. Mas sin que la inocente niña lo
+sospechase, sin que el mismo conde se diese cuenta de ello, la dama
+valenciana iba ganando a paso de carga el corazón de éste. Si en
+juventud, en hermosura y gallardía era, sin disputa, inferior a la rica
+heredera, la aventajaba mucho en la gracia expresiva del rostro, en el
+atractivo de su conversación y en la finura de su inteligencia. De
+confidencia en confidencia, Luis llegó a mostrarle cuál era el verdadero
+estado de su corazón respecto a Fernanda. La astuta señora supo sacar
+partido de tales confesiones para hacerle ver que lo que sentía era sólo
+admiración de aficionado a las obras bellas de la naturaleza, un deseo
+vanidoso de hacerse amar por la joven más linda y más rica de la ciudad,
+necesidad de distraer el aburrimiento, cualquier cosa, en suma, menos el
+verdadero amor. Éste se alimenta de tristezas negras, de alegrías
+inefables, de insomnios, de zozobras, de una agitación dulce y amarga a
+la vez que constantemente llevamos dentro del pecho. Luis se convenció
+pronto. Pero ella encontraba su frialdad injustificada, no comprendía
+cómo un hombre de tan buen gusto no había logrado enamorarse
+perdidamente, le reñía, le embromaba, subiendo hasta las nubes las
+cualidades de la gentil heredera.
+
+Mientras esto decía con los labios, sus ojos pregonaban otra cosa.
+Aquellas pupilas negras llenas de fuego e inteligencia se clavaban en él
+con expresión unas veces lánguida, otras maliciosa, concluyendo por
+fascinarle. Al mismo tiempo sus manos breves, delicadas, de aristócrata
+aprovechaban cualquier coyuntura para rozar las suyas; al despedirse le
+apretaban con tenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinaban ambos para
+contemplar cualquier objeto y sus cabezas se tocaban, Amalia no separaba
+la suya, dejaba que el conde aspirase la fragancia de ella largo rato
+cual si tratase de envenenarle. Se preocupaba de sus trajes y le imponía
+sus gustos. No debía ponerse levita; el frac azul le sentaba
+admirablemente. ¿Por qué gastaba guantes oscuros? Le prohibió, riendo,
+que se los pusiera más. Para las corbatas confesaba que tenía mucho
+gusto, pero le sentaban mejor las de lazo que las chalinas. ¿Por qué no
+se encargaba a Madrid los sombreros? Los que llegaban a Lancia eran
+todos rancios y ridículos. Y el conde obedecía gustoso sus
+insinuaciones, se iba dejando dominar por el ascendiente de aquella
+mujer tan débil de cuerpo como fuerte de voluntad.
+
+Una noche en que llegó a casa de Quiñones cuando aún no había nadie, le
+dijo la dama bruscamente:
+
+--¿Quién le ha puesto a usted ese clavel en el ojal, Fernanda?
+
+El conde, sonriendo ruborizado, hizo signo afirmativo.
+
+--Pues que me dispense, pero tiene un color muy feo... Verá usted, voy a
+ponerle otro más bonito.
+
+Y diciendo y haciendo, fue derecha a uno de los floreros del salón y,
+después de escoger algún tiempo, sacó un magnífico clavel rojo. Volvió
+adonde estaba el conde y con gran desenvoltura, con cierta afectación
+aún, propia del que pretende mostrar su dominio, le arrancó el clavel
+que traía y le puso el nuevo. Sufrió él esta sustitución en silencio,
+inquieto y sorprendido. Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se
+echó un poco hacia atrás y exclamó con intención:
+
+--¡Ya lo creo que está mejor!
+
+Hubo después algunos instantes de silencio embarazoso. Ella se puso a
+jugar con el clavel de Fernanda, azotándose las rodillas, mientras
+lanzaba frecuentes miradas al conde, que permanecía confuso sin saber
+qué decir ni dónde poner los ojos. Por último, los de uno y otro se
+encontraron y sonrieron. En los de ella ardió una chispa maliciosa, y
+con ademán súbito y desdeñoso arrojó el clavel que tenía en la mano
+debajo de las sillas. El conde se puso repentinamente serio; sus
+mejillas se colorearon. En aquel momento entró Manuel Antonio. La
+conversación se entabló alegre, indiferente. El conde guardaba, sin
+embargo, un resto de turbación. Cuando llegó Fernanda y con visible
+disgusto, le preguntó por su clavel, se vio en grave aprieto, perdiose
+en un laberinto de explicaciones. El chico de su jardinero, a quien fue
+a dar un beso, se lo había arrancado, luego en una maceta que había
+hallado en el gabinete de su madre había tomado otro. Pero Amalia,
+implacable, le puso poco después en un conflicto preguntándole en voz
+alta con sonrisa maliciosa:
+
+--¿Quién le ha dado a usted ese clavel tan lindo, Fernanda?
+
+--No, yo no--se apresuró a responder ésta.
+
+Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvió en voz alta a la explicación
+que acababa de dar en secreto. Aquella pequeña traición los ató con nudo
+más fuerte, estableció entre ellos una relación singular que el conde no
+se atrevía a definir en su pensamiento, medroso de resbalar en un
+abismo. Siguió festejando con la misma asiduidad, quizá con alguna más,
+a la heredera de Estrada-Rosa, pero no podía hablar a la señora de
+Quiñones sin sentirse turbado; las miradas que se dirigían eran largas,
+intencionadas; sus apretones de manos vivos, impregnados de cariño.
+Ambos disimulaban delante de Fernanda como si fuese ya la esposa
+ultrajada. ¡Y aún no se habían dicho una palabra de amor! Pero Luis
+estaba convencido de que faltaba a su novia, de que era un criminal
+hacia D. Pedro, su amigo; no sabía por qué ni cómo, pero lo sentía allá
+dentro en el fondo de la conciencia. Sin embargo, reflexionaba algunas
+veces que por su parte no había dado un solo paso hacia el crimen, que
+se veía enredado en aquellas extrañas relaciones, en las cuales existía
+amor; inteligencia, traición, todo tácito, sin saber cómo había sido.
+
+Trascurrió más de un mes de esta suerte. Amalia no sólo le hablaba de
+amor con los ojos, pero le imponía su voluntad, le hacía ejecutar todos
+sus caprichos, a veces le reprendía ásperamente. Anunciaba, por ejemplo,
+que se iba a marchar: al volver los ojos se encontraba con los de Amalia
+que le decían que se quedase, y se quedaba. Trataba de bailar con
+Fernanda, y una mirada severa bastaba para retenerle. Un día anunció que
+iba a pasar seis u ocho en sus posesiones de Onís: Amalia le hizo signo
+negativo con la cabeza, y desistió de su viaje. ¿Por qué? ¿Con qué
+derecho contrariaba sus determinaciones, se introducía en su vida y la
+gobernaba? No lo sabía, pero experimentaba sensación gratísima al
+obedecerla. Vivía en una inquietud dulce, anhelante, esperando algo
+hermoso, algo inefable que no quería formularse en su cerebro. Mientras,
+ella con su eterna sonrisa misteriosa le observaba tranquilamente,
+segura de conocer ese algo y de llegar a él cuando le viniera en
+apetencia.
+
+Una tarde del mes de Junio se hallaba el conde en la Granja
+inspeccionando el trabajo de algunos obreros, que tenía ocupados en
+abrir una acequia más ancha para el molino. El mozo encargado del ganado
+vino a decirle que una señora preguntaba por él.
+
+--¿Una señora?--exclamó sorprendido.--¿No la conoces?
+
+El criado le miró estúpidamente, sin contestar. ¿Cómo la había de
+conocer, él, que había pasado la vida detrás del ganado, y sólo iba a
+Lancia algún día de mercado a comprar o vender una vaca? El conde se
+hizo cargo de esto y preguntó enseguida:
+
+--¿Es bajita?
+
+--No es muy alta, no, señor.
+
+--¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿el andar muy suelto y
+elegante?
+
+Y antes de que el criado pudiera contestar a estas preguntas, que no
+había entendido, echó a correr en dirección a la casa con el corazón
+palpitante, henchido de emoción por el presentimiento de que era _ella_.
+
+--¿Dónde está?--gritó sin dejar de correr.
+
+--En la corrada, a la puerta del jardín--le contestó también a gritos.
+
+Llegó a la corrada sin respiración. Antes de abrirla se detuvo un
+instante, avergonzándose de su presunción. ¿Cómo había llegado a
+suponer... ¿Pero por qué diablo se le había metido en la cabeza?... Y,
+sin embargo, no podía desecharla. Era _ella_, era _ella_; no le cabía
+duda alguna. Levantó el pestillo de la gran puerta de madera pintada de
+verde, y entró. La corrada era grande. Veíanse arrimados a la pared
+varios enseres de labranza. Debajo de un tendejón yacían algunos carros.
+En una caseta de madera, toscamente labrada, estaba amarrado un enorme
+mastín que quiso romper la cadena dando furiosos saltos por venir a
+acariciarle. Allá en el otro extremo, cerca de la puerta enrejada que
+comunicaba con el jardín, _la_ vio, en efecto, con la frente pegada a
+las rejas, contemplando las flores. Estaba de espalda. Traía vestido
+claro de rayas blancas y rojas y llevaba en la cabeza sombrerito de paja
+con flores rojas también. Con la mano izquierda se apoyaba en una
+sombrilla que hacía juego con el traje y en la derecha apretaba unos
+guantes de seda, ¡Qué bien impresos le quedaron estos pormenores! Jamás
+en la vida se le borraron de la memoria.
+
+--¿Usted por aquí?--le preguntó afectando una serenidad que estaba muy
+lejos de sentir.--¿Quién había de presumir que fuese usted la señora que
+el criado me acaba de anunciar?
+
+--¿De veras no lo ha presumido usted?--preguntó ella mirándole
+fijamente.
+
+--No, no, señora.
+
+Y se puso colorado al decirlo. La dama sonrió con benevolencia.
+
+--Bien, enséñeme usted esas rosas de _malmaison_ de que me ha hablado.
+
+El conde abrió la puerta del jardín y ambos pasaron adentro. Era muy
+grande, y estaba bastante descuidado. Desde que la condesa había dejado
+de venir a la Granja casi en absoluto, los criados apenas tocaban en él.
+Luis era más dado a hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado, a
+desecar terrenos, que a las flores. Así y todo, del tiempo en que su
+madre venía todas las tardes y le atendía, existían allí muchas plantas
+de flores, grandes arbustos que con el tiempo y con aquel suelo feraz se
+iban trasformando en árboles frondosos.
+
+Mientras recorrían caminos arenosos, de los cuales el césped se iba
+apoderando por falta de limpieza, la condesa explicaba en voz alta cómo
+había llegado hasta allí. Se le había antojado dar un paseo hasta
+Bellavista; pero al pasar por delante de la carreterita que conducía a
+la Granja se acordó de las dichosas rosas, y dio orden al cochero de que
+siguiese por ella. No había visto nunca la posesión. Aquella
+frondosidad, aquel verde tan intenso la entusiasmaban. En su país la
+vegetación era más pálida.
+
+--Pero más fragante... como las mujeres--dijo el conde con galantería.
+
+La dama se volvió para dirigirle una sonrisa de gracias, y siguió loando
+la belleza de los rododendros, de las azaleas, de las camelias
+gigantescas que encontraban al paso.
+
+Luego que vieron los rosales y que el conde le hizo elegir algunos para
+mandárselos al día siguiente, tornaron por senderos distintos hacia la
+puerta de entrada.
+
+--¿Usted está seguro de que yo he venido únicamente a ver estos
+rosales?--dijo Amalia parándose súbito y mirándole con fijeza.
+
+Al conde le dio un vuelco el corazón y comenzó a balbucir
+lamentablemente:
+
+--Yo no sé... La verdad que esta visita... Me alegraría que los
+rosales...
+
+Pero la dama, compadecida, no le dejó terminar.
+
+--Pues, además de los rosales, vengo a ver toda la finca, y
+particularmente el bosque. Conque ya puede usted ir enseñándomelo--dijo
+agarrándose resueltamente a su brazo.
+
+El conde volvió a experimentar nueva y violenta emoción, primero de
+pena, después, al sentir la mano de la dama en su brazo, de vivísimo
+gozo. Y, turbado hasta lo profundo de su ser, fue mostrándole lo digno
+de verse que tenía la finca, las grandes y hermosas praderas, las
+cuadras, la nueva maquinaria del molino, el bosque por último. Ella le
+observaba con el rabillo del ojo. A veces se dibujaba en su rostro una
+levísima sonrisa burlona. Se enteraba de todo con interés, loaba los
+trabajos que se habían llevado a cabo, proponía otros nuevos. Y al ir y
+venir soltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba, despertando en el
+alma del conde sensaciones diversas, pero todas vivas y anhelantes.
+Cuando observaba que iba adquiriendo aplomo le disparaba repentinamente
+alguna maliciosa insinuación que de nuevo lo atortolaba, lo dejaba
+confundido y ruborizado.
+
+--Vamos, conde, a que cuando usted me vio dijo para dentro: «Amalia está
+enamorada de mí: no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.»
+
+--¡Amalia, por Dios!... ¿Qué disparate está usted diciendo?... ¿Cómo me
+había de atrever...
+
+Pero la dama, como si no advirtiera su turbación ni concediera
+importancia a sus propias palabras, saltaba inmediatamente a otro
+asunto. Parecía que tenía gusto en sofocarle, en mantenerle agitado y
+trémulo. Y en las miradas fugaces que de vez en cuando le lanzaba
+reflejábase un sentimiento de superioridad, la benévola ironía del que
+está jugando a otro una burla que ha de terminar en bien. El conde
+presentía algo grave debajo de aquella sonrisa enigmática, comprendía
+que estaba haciendo un papel desairado, que se estaban riendo de él y
+hacía esfuerzos heroicos para recobrar su sangre fría, sin conseguirlo.
+
+El bosque admiró y entusiasmó a la dama por encima de todo. Era una masa
+de robles añosos donde no penetraba jamás un rayo de sol. El suelo
+estaba limpio de abrojos, tapizado de césped que convidaba a reposar.
+Ninguna otra finca de recreo de la provincia poseía aquel regalo,
+procedente quizá de la primitiva selva donde se había fundado el
+monasterio que dio origen a Lancia. Quiso descansar un instante debajo
+de aquella bóveda verde por donde la luz se cernía trabajosamente.
+Reinaba una paz, un amable sosiego que impresionaba como el silencio y
+la luz dormida de una, catedral gótica, pero con emoción más dulce.
+Apoyó la espalda en un árbol y paseó largo rato su mirada asombrada por
+la espesura. El conde estaba en pie algo más lejos. Ambos permanecieron
+mudos largo rato. Por fin el caballero sintió, sin verlo, que los ojos
+de la dama estaban posados sobre él. Resistió algunos momentos la
+atracción magnética de aquella mirada. Cuando al cabo volvió la suya vio
+que en efecto le contemplaba de hito en hito con expresión risueña y
+audaz que le hizo bajar la vista. Amalia soltó una alegre carcajada. Él,
+sorprendido, confuso, algo irritado sintiéndose en ridículo, viendo que
+las carcajadas no cesaban, le preguntó con sonrisa forzada:
+
+--¿De qué se ríe usted, amiga mía?
+
+--De nada, de nada--respondió llevándose el pañuelo a la boca.--Lléveme
+usted a ver la casa.
+
+Y se colgó nuevamente de su brazo.
+
+La casa era un grande y vetusto edificio de piedra amarillenta carcomida
+por los años, con dos torrecillas cuadradas a los lados. Todo en ella
+estaba podrido o deteriorado. En la escalera faltaban rejas, lo mismo
+que en los balcones, la bóveda de las habitaciones descascarillada, los
+tabiques resquebrajados, el tillado con agujeros, los cristales,
+emplomados a la antigua usanza, tan llenos de polvo que apenas
+consentían el ver al través de ellos; las paredes sucias también y de
+ellas colgados algunos cuadros oscuros, tan oscuros que no se conocía lo
+que el pintor había querido representar; las habitaciones, con pocos y
+antiquísimos muebles maltratados por el uso de las generaciones
+anteriores. Fueron recorriéndolas todas. A Amalia le placía aquel
+aspecto de remota antigüedad. ¡Cuántos seres habrían habitado aquella
+casa! ¡Cuánto se habría reído y llorado en aquellas vastísimas
+estancias! Cada una tenía su nombre. La una se llamaba _el cuarto del
+cardenal_, porque en siglos pasados un cardenal de la familia se alojaba
+allí cuando venía a pasar una temporada a la Granja; otra, _el salón de
+los retratos_, porque había unos cuantos colgados; otra, _la sala
+nueva_, aunque parecía tanto y aún más vieja que las demás. Todo aquello
+representaba la vida íntima de una familia al través de los siglos.
+
+--Éste es _el cuarto de la condesa_--dijo Luis al entrar con su amiga en
+una pieza no muy grande, donde por debajo del polvo y los estragos del
+tiempo se advertía mayor lujo en el decorado.
+
+Era una estancia coquetona donde las generaciones habían ido dejando
+testimonios más o menos plausibles de su amor a la ornamentación. Un
+escritorio _pompadour_, algunas sillas _regencia_, varios retratos al
+pastel; en el techo, pintados al óleo, algunos amorcillos nadando en una
+atmósfera, azul en otro tiempo.
+
+--¿Es el cuarto de su mamá?--preguntó Amalia.
+
+--No--replicó el conde riendo,--mamá dormía en otro lado. Se llama así
+desde tiempo inmemorial. Quizá alguna de mis abuelas lo había elegido
+para sí. Aquí es donde yo duermo la siesta cuando me canso de andar por
+el campo.
+
+En uno de los ángulos había una soberbia cama de roble tallado y
+enteramente negro por los años. Era una de esas camas del siglo XV que
+vuelven locos a los anticuarios. Las colgaduras antiquísimas también.
+Sobre los colchones estaba extendido un tapiz moderno de damasco.
+
+--Aquí es donde usted se recoge para pensar más libremente en mí, ¿no es
+cierto?
+
+El conde quedó aturdido como si le hubiesen dado un golpe en la cabeza.
+
+--¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo?
+
+Pero súbito, haciendo un gesto de resolución, exclamó:
+
+--¡Sí, sí, Amalia, dice usted bien! Aquí pienso en usted como pienso en
+todos los sitios adonde voy desde hace algún tiempo... Yo no sé lo que
+me pasa; vivo en un estado de constante zozobra, y esto, como usted me
+decía hace pocos días, es una señal de amor verdadero. Estoy enamorado
+de usted como un loco. Comprendo que es una atrocidad, que es un crimen,
+pero no puedo remediarlo... Perdóneme usted.
+
+Y el caballero se dejó caer de rodillas, como uno de sus nobles
+antepasados de la Edad Media, a los pies de la dama.
+
+Ésta se indignó, al oírle, terriblemente. ¿Cómo? ¿No se avergonzaba de
+semejante confesión? ¿No comprendía que dirigirle aquellas palabras
+dentro de su casa era un insulto? ¿Cómo podía suponer que ella las había
+de escuchar con paciencia? ¡Mentira parecía que el conde de Onís, un
+caballero tan cumplido, faltase de aquel modo a lo que debía a una dama
+y a lo que se debía a sí mismo!
+
+El conde permaneció aterrado y de rodillas bajo tal granizada de
+denuestos. Consideraba graves sus palabras; pero el enojo que producían
+en la dama era mayor de lo que había sospechado.
+
+Amalia guardó al fin silencio. Le contempló con ojos irritadísimos unos
+instantes. Mas una sonrisa feliz y burlona comenzó a dilatar su rostro
+expresivo. Se acercó lenta y majestuosamente a él, le puso la mano en el
+hombro e inclinándose para acercar la boca a su oído le dijo en voz
+baja:
+
+--Hace usted bien en no avergonzarse de nada de eso, porque yo, señor
+conde, le quiero a usted tanto por lo menos como usted a mí.
+
+Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abrazó a sus rodillas
+besándolas con frenesí, se desbordó en un mar de palabras apasionadas,
+incoherentes, llenas de fuego y de verdad, mientras ella, tan breve, tan
+diminuta, contemplaba aquel coloso rendido, con sus ojos misteriosos de
+valenciana lucientes de amor y pasión.
+
+Con este inmenso trabajo conquistó el conde de Onís a la gentil señora
+de D. Pedro Quiñones de León.
+
+Los primeros tiempos de sus relaciones fueron agitadísimos para él,
+llenos de punzantes remordimientos y de goces embriagadores. Amalia iba
+de vez en cuando a la Granja. Por la noche en la tertulia daba cuenta de
+su visita en voz alta. Él se estremecía, se turbaba, sudaba de congoja
+mientras con perfecta sangre fría narraba ella todo lo que se podía
+narrar, hablaba del jardín, censuraba el abandono en que estaba y lo que
+se divertía trayendo a cada visita algunas plantas con la intención de
+dejarlo arrasado, ya que a su dueño no le interesaba. Llevaba su audacia
+hasta burlarse.
+
+--Por supuesto que a este señor no hay quien le sufra desde que las
+damas le visitan. ¿No advierten ustedes qué impertinente se ha puesto?
+Temiendo estoy que el primer día que vaya a la Granja me obligue a hacer
+antesala.
+
+Los tertulios reían. Sí, sí, se le notaba más serio. Fernanda sonreía
+clavándole una mirada, cariñosa; el mismo D. Pedro dulcificaba sus ojos,
+altivos, feroces y dejaba escapar de su garganta un amago de carcajada.
+¡Qué esfuerzo prodigioso le costaba al conde aparecer sereno en estos,
+momentos! Le parecía que tenía un abismo abierto a sus pies. Y cuando se
+encontraba a solas con Amalia quejábase de su audacia, le rogaba con
+palabras fervorosas que fuese más precavida, mientras ella, impasible,
+gozándose en sus temeridades, sonreía desdeñosamente con su fina sonrisa
+enigmática.
+
+No pudiendo verse sino rara vez en la Granja, Amalia halló medio de
+hacer más frecuentes las entrevistas confiándose a Jacoba. En casa de
+ésta se encontraban una o dos veces a la semana. El conde entraba por
+una puertecita trasera que daba a cierta calleja, a primera hora de la
+tarde, cuando los vecinos estaban comiendo. Esperaba lo menos dos o tres
+horas. Amalia llegaba por fin con pretexto de dar alguna orden a su
+favorecida. Pero no bastándole esto, todavía ideó la entrada por la
+tribuna de la iglesia de San Rafael. Al conde le horrorizaba tal medio;
+todos sus escrúpulos religiosos se sublevaban a la vez; además tenía
+miedo de que un accidente casual descubriese aquellos amores y aquella
+profanación. ¡Qué escándalo! Amalia se reía de sus temores como si las
+consecuencias terribles no hubiera de pagarlas ella. Era una mujer que
+tenía confianza absoluta en su estrella. Como los buenos toreros se
+juzgan más seguros ciñéndose a los cuernos del toro si no pierden la
+sangre fría, así ella desafiaba el peligro, iba al encuentro de él
+confiando en que sabría salir de cualquier atolladero. Y, en efecto, su
+perfecta serenidad, su increíble audacia la salvaron más de una vez.
+
+El conde de Onís, el coloso de luengas barbas fue un verdadero juguete
+en las manos de aquella mujercita temeraria y maligna. Una pasión loca
+se apoderó de ambos, sobre todo de ella. Poco a poco se fue
+acostumbrando a no vivir sin él, a no pasarse un día sin verle a solas.
+Hacía esfuerzos increíbles de ingenio y habilidad para conseguirlo. Y
+si las circunstancias rodaban de tal suerte que fuese imposible en tres
+o cuatro días gozar una hora de soledad, su espíritu voluntarioso se
+exaltaba, botaba dentro del cuerpo como un corcel impaciente, y estaba
+dispuesta a arrojarse a la mayor imprudencia. Le apretaba las manos, le
+daba pellizcos en plena tertulia, le abrazaba detrás de las puertas
+cuando con cualquier pretexto le hacía pasar a otra habitación, y más de
+una vez y más de dos en las barbas del mismo maestrante, al volver éste
+la cabeza, le estampó un beso en los labios. Luis temblaba, empalidecía,
+siempre en espera de una catástrofe.
+
+Al cabo de pocos meses, sus relaciones con Fernanda, que habían ido
+enfriándose paulatinamente, se rompieron por completo. Fue exigencia
+ineludible de Amalia. Desde el principio lo venía preparando con
+soberano arte, marcándole el tiempo que había de estar al lado de su
+novia, las veces que la había de sacar al baile y hasta lo que le había
+de decir. Y como lo tenía previsto, la heredera de Estrada-Rosa, que era
+orgullosa, no pudiendo soportar la frialdad de su novio, le dejó en
+libertad y le devolvió su palabra. La pobre chica desahogaba su pena con
+Amalia, la única que sabía a qué atenerse respecto a aquel rompimiento
+tan comentado. Mostró ésta gran enojo por la conducta del conde y se
+expresó en términos bastante vivos contra él; tomó parte por la joven,
+deshaciéndose en elogios de ella; no se hartaba de ponderar sus ojos, su
+talle, su discreción y bondad. Hasta dio ostensiblemente algunos pasos
+para reconciliarlos. Y en el seno de la confianza, particularmente entre
+los amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no se contentaba con decir que
+Fernanda valía en todos sentidos más que su ex-novio, sino que
+apellidaba a éste con mil epítetos pesados; jayanote, pavo, santurrón,
+hipócrita, etc. Y cuando al día siguiente le veía en casa de Jacoba,
+decíale abrazándole muerta de risa:
+
+--¡Cómo te he puesto ayer, querido mío, delante de varios amigos de D.
+Juan! ¡Tú no sabes!... Saliste de mis labios que ni con pinzas se te
+podía recoger.
+
+Vivía el conde, por todo esto, y por los remordimientos que sin cesar le
+mordían, en un estado de perpetua agitación. ¡Cuán lejos se hallaba de
+ser feliz! Pero todo era flores comparado con lo que le esperaba. Cinco
+meses después de comenzadas sus relaciones, un día le anunció Amalia que
+creía hallarse en cinta. Se lo dijo con la sonrisa en los labios, como
+si le noticiase que le había tocado la lotería. Luis sintió un vértigo
+de terror, quedó pálido, la vista se le turbó como si fuese a caer.
+
+--¡Dios mío, qué desgracia!--exclamó llevándose las manos al rostro.
+
+--¿Desgracia?--preguntó ella con asombro.--¿Por qué? Yo estoy muy
+contenta.
+
+Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos, le explicó riendo que era
+feliz con esperar una prenda de sus amores; que no tuviese miedo alguno
+porque ella sabría arreglarse para que nada se descubriera. Y, en
+efecto, tal maña se dio para apretarse que nadie pudo presumir que
+aquella mujer tuviese una criatura en sus entrañas. ¡Qué sustos, qué
+congojas las del conde mientras duró el embarazo! Si alguien la miraba
+con insistencia, ya estaba temblando; si en el curso de la conversación
+un tertulio hacía alusión a algún parto disimulado, se ponía pálido,
+pensando que podía ser una indirecta. En todos los rostros creía ver
+sonrisas y miradas significativas; en las palabras más inocentes,
+profundas y aviesas insinuaciones.
+
+Mientras tanto ella comía y dormía tranquilamente con una alegría
+constante que aterraba y admiraba al mismo tiempo al conde. El tiempo
+corría: llegaron los siete meses; los ocho. Por mucho que lo disimulase,
+el conde observaba que la cintura de su querida se ensanchaba. Cuando,
+lleno de congoja, comunicó con ella esta observación, se echó a reír:
+
+--Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes. ¿Quién va a sospechar
+porque esté un poquito más abultada? Muchas veces le gusta a una llevar
+flojo el corsé.
+
+Cuando llegó el momento crítico mostró una bravura que rayaba en
+heroísmo. Luis quería confiarse a un médico: ella se opuso. ¿Para qué?
+Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiar tal secreto a otra
+persona era peligroso. Le acometieron los primeros síntomas al amanecer,
+hallándose en la cama; pero hasta las ocho no mandó llamar a Jacoba, que
+con el pretexto de hacer unos colchones dormía desde hacía algunos días
+en casa. Se encerraron en el gabinete, donde ya tenían preparadas las
+ropas necesarias, y sin un grito, sin un movimiento descompasado, sin la
+más leve queja, salió aquella valiente mujer de su cuidado. Jacoba sacó
+la criatura con el lío de la ropa, después de haber mandado fuera con
+adecuados pretextos a los criados.
+
+El conde lloró de gozo y admiración al saber este feliz desenlace.
+Luego, cuando recibió por Jacoba la orden de llevar la niña al portal de
+Quiñones, volvió a sentirse acongojado. El plan de su amante le llenaba
+de estupor; pero como estaba acostumbrado a obedecer, hizo lo que le
+mandaba. El resultado coronó la audacia de la dama; fue tal como ella
+había previsto.
+
+Y ahora, al contemplar a la criatura segura para siempre, no sólo se
+fortalecía su amor y se depuraba, sino que sentían el gozo de la
+victoria, del que después de haber corrido fuertes temporales llega por
+fin a puerto de salvación.
+
+En voz muy baja, con las manos enlazadas, inclinando de vez en cuando la
+cabeza para rozar con los labios la frente de la niña, hablaron largo
+rato, mejor dicho, soñaron despiertos, queriendo penetrar en los abismos
+insondables del tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella hermosa
+criatura? ¿Cómo se la educaría? Amalia decía que conseguiría educarla
+como hija suya, hacerla una verdadera señorita; estaba segura de que D.
+Pedro no se opondría a ello. Y como quiera que no tenía hijos, nada más
+natural que habiéndola tomado cariño la dejase a su muerte algún legado
+importante. El conde hizo un gesto de desdén. La niña no necesitaba de
+la hacienda de D. Pedro. Él le dejaría toda la suya.
+
+--Pero tú puedes casarte y tener hijos--dijo la dama mirándole
+maliciosamente.
+
+Él la tapó la boca.
+
+--¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oír eso siquiera. Estoy
+definitivamente unido a tí.
+
+Ella le besó con efusión.
+
+--Sellados, ¿verdad?
+
+--Sellados--repuso él con firmeza.
+
+--¿Pero no te haces cargo de que si le dejas tus bienes en testamento,
+enseguida nacería la sospecha de que era hija tuya?
+
+Esta dificultad le abatió por unos instantes. Ambos se ocuparon en
+arbitrar algún medio para eludirla. El conde quería dejarlos en
+fideicomiso a alguna persona de confianza. Pero esto ofrecía también sus
+inconvenientes. Mejor sería ir colocando dinero a su nombre en algún
+banco, y al llegar a la mayor edad, fingir una herencia, inventar algún
+padre llovido del cielo...
+
+--En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo a mi cuidado--concluyó diciendo
+ella.
+
+Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando de su imaginación
+inagotable, de su voluntad y su audacia.
+
+Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir volvieron los ojos al
+presente. Era necesario bautizar la niña. Habían resuelto que fuese al
+día siguiente.
+
+--Ya hemos convenido en que la madrina fuese yo y el padrino tú.
+
+--¿Cómo? ¿yo?--exclamó asustado.--Pero, mujer, ¿no comprendes que eso
+puede engendrar sospechas?
+
+La dama se obstinó. Que sí, que había de ser padrino. Si sospechaban,
+buen provecho. A ella le tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente
+afligido cambió de idea.
+
+--No te apures, hombre, no te apures--dijo dándole un tironcito a la
+barba.--Ha sido una broma. ¡Buena cara ibas a poner cuando la tuvieses
+en la pila! No te faltaría más que gritar: ¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí
+todos a ver al padre de esta criatura!
+
+El padrino sería Quiñones, y en su representación D. Enrique Valero. La
+madrina ella, representada por María Josefa. El conde se mostró muy
+satisfecho. Todo aquello era hábil y prudente y adecuado para asegurar
+la suerte de su hija. Pero cuando se manifestaba más contento, un rumor
+que vino del pasillo le hizo saltar en la butaca, ponerse lívido.
+
+--¿Qué tienes, hombre?
+
+--¡Ese ruido!...
+
+--Es Jacoba...
+
+Pero viéndole dudoso, con los ojos espantados aún, se levantó, teniendo
+la niña en los brazos, abrió la puerta y cambió algunas palabras con
+Jacoba que, en efecto, estaba allí. Después de entregarle la criatura y
+cerrar, volvió de nuevo a sentarse.
+
+--¿Cómo eres tan cobarde, di?
+
+--No es cobardía--repuso él ruborizado.--Es que estoy siempre
+sobresaltado... No sé lo que me pasa... La conciencia quizá...
+
+--¡Bah! Es que eres un cobarde. Como tienes el cuerpo tan grande se te
+pasea el alma dentro de él.
+
+Y acto continuo, observando la expresión de enojo y tristeza que se
+reflejaba en su semblante, tornó a abrazarle con trasportes de
+entusiasmo.
+
+--No, no eres cobarde; pero inocente sí... Por eso te quiero, te quiero
+más que a mi vida. ¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya...
+Tú eres mi único amor. Yo no soy casada...
+
+Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus manos finas y pálidas por
+el rostro, estampaba en él menudos, infinitos besos, le anudaba los
+brazos al cuello, se lo mordía con leves y fugaces mordiscos de ratón. Y
+al mismo tiempo, ella, tan grave y silenciosa en visita, hacía fluir de
+sus labios un chorro constante de palabritas melosas que le adormecían y
+embriagaban. El fuego, que se adivinaba al través de sus grandes ojos
+misteriosos y traidores, brotaba ahora con vivas llamaradas. Era el goce
+de la sensualidad el que se desprendía de su ser; pero era también el
+deleite maligno del capricho cumplido, de la venganza y la traición.
+
+El conde de Onís se sentía cada día más subyugado. Las caricias de su
+amada eran abrasadoras; pero los ojos guardaban siempre, en lo más
+hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada. Sentía amor y miedo al
+mismo tiempo. Alguna vez su espíritu supersticioso llegaba a imaginar si
+un demonio tentador habría venido a alojar en el cuerpecito endeble de
+aquella valenciana.
+
+Después de anunciar tres o cuatro veces que se marchaba, sin llevarlo a
+cabo por impedírselo ella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se
+levantó de la butaca. La despedida fue larga como siempre. Amalia no le
+soltaba hasta que le veía ebrio, intoxicado por la violencia de sus
+caricias. Jacoba le esperaba en el corredor. Después de conducirle por
+éste y otros varios hasta la estancia donde se hallaba la escalerita
+excusada que iba a la biblioteca, le hizo seña de que aguardase y bajó
+sola para cerciorarse de que no había nadie en los pasillos. Tornó a
+subir para avisarle; el conde descendió, apagando cuanto podía el ruido
+de sus botas. A la puerta del pasadizo la medianera le dejó, después de
+abrirle la puerta. Bajose otra vez hasta tocar con las manos en el suelo
+para no ser advertido de la gente que pasase por la calle, y en esta
+forma atravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió la puerta y entró. La
+oscuridad le cegó. En cuanto dio algunos pasos sintió un golpe en la
+espalda y oyó una voz ronca que decía al mismo tiempo:
+
+--¡Muere, infame!
+
+Se heló en sus venas la sangre y dio un salto hacia atrás. Entre las
+sombras espesas pudo distinguir un bulto más negro aún. Veloz como un
+rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniquilado bajo su enorme
+cuerpo si no sintiera una carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz
+de Amalia.
+
+--¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño!
+
+La sorpresa le dejó mudo unos instantes.
+
+--¿Pero por dónde has venido?--dijo al cabo.
+
+--Pues por la escalera principal. Me he echado este capuchón negro
+encima y he bajado corriendo.
+
+Y viéndole frío y disgustado por aquella broma de mal gusto, se empinó
+sobre la punta de los pies, colgose rápidamente a su cuello y, después
+de apretar los labios larga y apasionadamente contra los suyos, le dijo
+con acento zalamero:
+
+--Ya sabía que no eras cobarde... pero quería comprobarlo.
+
+
+
+
+V
+
+Las bromas de Paco Gómez.
+
+
+Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse a que Paco Gómez
+procediese de buena fe. Su carácter jocoso, los terribles bromazos que
+se le atribuían perjudicábanle en el ánimo del indiano. No bastaba que
+adoptase continente grave y mantuviese con él pláticas largas acerca de
+la alza o baja de las acciones del Banco, ni que le loase la casa por
+encima de todas las fábricas modernas y le diese útiles consejos en el
+juego del chapó. De todos modos el gracioso de Lancia observaba allá, en
+el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, una nube de recelo que no
+podía disipar. En este aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le
+había metido en la cabeza una broma chistosa, y antes de renunciar a
+ella consentiría en cualquier alianza.
+
+--Desengáñate, Santos--decía el marica, de acuerdo con Paco, paseando
+cierta tarde por el Bombé con Granate,--tú, como te has pasado más de la
+mitad de la vida detrás de un mostrador, no entiendes nada de estos
+lances. No te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero que anda en
+camino de ello lo digo y lo sostengo aquí y en todas partes. Hace ya
+tiempo que lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas,
+incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana la apetecen y están
+dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. Fernanda comenzó
+rechazándote...
+
+--¡Entodavía! ¡entodavía!--manifestó sordamente el indiano.
+
+--Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa y que no dará jamás su
+brazo a torcer. Pero por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará
+más que con el conde de Onís o contigo, los dos únicos partidos que hay
+en Lancia para ella; el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis es
+un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de casarse. Ella está convencida
+ya de esto mismo. No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que se
+coma la breva... Además, por más que otra cosa digan, a las mujeres les
+gustan los hombres como tú, robustos... porque tú eres un roble,
+chico--añadió volviendo hacia él la cabeza con admiración.
+
+Granate dejó escapar un mugido corroborante. El marica le pasó las manos
+por el torso, como profundo conocedor de las formas masculinas.
+
+--¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!
+
+--Con estos hombros que aquí ves--dijo el indiano con orgullo--se han
+ganado muchos miles de pesos.
+
+--¿Cómo? ¿Cargando sacos?
+
+--¡Sacos!--exclamó Granate sonriendo con desprecio.--Eso es pa la
+canalla. ¡Cajas de azúcar como vagones!
+
+El Bombé estaba desierto en aquella hora. Era un paseo amplio en forma
+de salón, recién construido en lo alto del famoso bosque de San
+Francisco, desde donde se señoreaba todo. Este bosque de robles
+corpulentos, añosos, retorcidos, algunos de los cuales pertenecían a la
+selva primitiva donde se fundó el monasterio que dio origen a Lancia,
+servía de sitio de recreo y esparcimiento a la población, hasta cuyas
+primeras casas llegaba. Permaneció siempre en lamentable abandono; pero
+la última corporación municipal había llevado a cabo en él magnas
+reformas que le habían valido los aplausos de los espíritus innovadores:
+un paseo, algunos jardinillos alrededor y una calle enarenada entre los
+árboles, que le ponía en fácil comunicación con la ciudad. Los días de
+labor no paseaban por él más que algunos clérigos con sus largos manteos
+negros y enorme sombrero de teja, llevando algún seglar enmedio, dos o
+tres pandillas de indianos disputando en voz alta sobre el precio de los
+cambios o el valor de los solares de la calle de Mauregato, recién
+abierta, y tal cual valetudinario, que venía a primera hora a tomar el
+sol, y se retiraba tosiendo en cuanto sentía la humedad de la tarde. ¿Y
+las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sabían perfectamente lo que se
+debían a sí mismas y estaban dotadas de un sentimiento harto delicado de
+las leyes del buen tono para exhibirse en días que no fuesen feriados. Y
+aun en éstos no lo hacían sino tomando las debidas precauciones. Ninguna
+dama de Lancia cometía la bajeza de presentarse en el Bombé los domingos
+mientras no estuviesen paseando en él algunas otras de su categoría.
+Pero esto era de una dificultad insuperable, dada la unanimidad de
+pareceres. De aquí que, aderezadas ya desde las tres de la tarde, con el
+sombrero y los guantes puestos, aguardasen al pie de los balcones,
+espiándose las unas a las otras por detrás de los visillos. «Ya pasan
+las de Zamora.» «Ahora vienen las de Mateo.» Sólo entonces se
+aventuraban a lanzarse a la calle y subir poco a poco y con la debida
+majestad hasta el paseo, donde hacía ya dos horas la banda municipal
+ejecutaba diversas fantasías sobre motivos de _Ernani_ o _Nabuco_ para
+recreo de las niñeras y algunos apreciables albañiles. Ni se crea, sin
+embargo, que la sociedad distinguida de Lancia entraba así de golpe y
+porrazo en el arenoso salón. Nada de eso. Antes de poner el pie en él
+subían a otro paseíto suplementario que había poco más arriba. Desde
+allí exploraban el terreno, observaban «si alguna se había atrevido.»
+Por fin, cuando las sombras comenzaban a espesarse ya en las copas de
+los añosos robles, a la hora en que la niebla descendía de las montañas
+apercibida a fijarse en las narices, en la garganta y en los bronquios
+del honrado vecindario, todas las bellezas indígenas acudían casi en
+tropel al espacioso paseo. ¡Qué importaba un catarro, un reuma, ni
+siquiera una pulmonía, ante la deshonra de presentarse las primeras en
+el Bombé! ¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentoso del poder que
+en los pechos elevados ejerce el respeto de sí mismo!
+
+Esta exquisita conciencia de los deberes, que la naturaleza ha escrito
+con caracteres indelebles en los corazones dignos, se revelaba aún de
+modo más claro y conmovedor con ocasión de los bailes de confianza que
+el Casino de Lancia daba cada quince días durante el invierno. Fácil es
+de comprender que las dignísimas señoritas que con tal admirable
+constancia luchaban un día y otro para no entrar en el paseo mientras
+estuviese solitario, no irían a cometer la vileza de presentarse
+«primero que las otras» en el salón del Casino. Mas como aquí no había
+paseo suplementario desde donde espiarse, ni era fácil por la noche
+estar de espera en los balcones, aquellas ingeniosísimas damas, tan
+dignas como ingeniosas, hallaron un medio de dejar siempre a salvo su
+honra. Poco después de sonar las diez, hora en que daba comienzo el
+baile, enviaban hacia allá de descubierta, como caballería ligera, a sus
+papas o hermanos. Entraban haciéndose los distraídos, se sentaban un
+momento en las butacas, gastaban cuatro bromas con los pollos que allí
+aguardaban correctos, impacientes, con la luenga levita cerrada,
+abrochándose los guantes los unos a los otros, y al poco rato se
+retiraban disimuladamente para ir a noticiar a sus familias que aún no
+había llegado nadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos impacientes de la
+levita cerrada aguardaron vanamente toda la noche la llegada de sus
+hermosas parejas! Las bujías se iban gastando; la orquesta, que había
+tocado sin éxito alguno dos o tres bailables, se desmoralizaba; los
+músicos charlaban en voz alta o paseaban por el salón y hasta fumaban;
+los hujieres y mozos bostezaban, tirándose unos a otros indirectas
+referentes a las dulzuras del lecho. Por fin el presidente daba la orden
+de apagar, y los pollos se retiraban a sus domicilios respectivos tan
+mustios como correctos. ¡Espectáculo consolador el de aquellas heroicas
+jóvenes que, apesar de sus vivos deseos de ir al baile, preferían
+permanecer en casa a quebrantar los principios fundamentales en que
+descansa la dicha y el sosiego de la sociedad!
+
+--Allí viene Paco con el Jubilado. Lo mismo te dirán que yo--profirió
+Manuel Antonio poniéndose la ebúrnea mano sobre las cejas a guisa de
+pantalla.
+
+En efecto, allá a lo lejos se columbraba la figura de Paco como una
+percha coronada por un pepino. Todos los sombreros le entraban hasta las
+orejas a causa de la inverosímil pequeñez de la cabeza y su disposición
+excepcional. A su lado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bigotes
+blancos y arrogante figura militar, aunque ya sabemos que era el hombre
+más civil que hubiese producido Lancia desde hacía algunos siglos.
+
+Granate dejó escapar algunos gruñidos destinados a probar el profundo
+desprecio que aquellos dos personajes le inspiraban, el uno por su poca
+formalidad, y el otro por no tener ni un mal cupón del tres por ciento.
+
+--Vamos, queridos, hacedme el favor de convencer a este babieca de que
+es un buen partido para cualquier muchacha, porque no quiere creerlo.
+
+--¡Aprieta, pues si D. Santos no es partido con cinco o seis millones de
+reales, no sé yo quién lo será!--exclamó Mateo relamiéndose como padre
+de cuatro niñas casaderas que no acababan de casarse.
+
+--¡Suba el cañón, D. Cristóbal, suba el cañón!--dijo el indiano
+echándole una mirada torva.
+
+--¿Cómo? ¿Tiene usted más?... Me alegro... Yo hablo por lo que dice la
+gente...
+
+--Tengo quinientos mil pesos sin quitar un _lápiz_.
+
+Los tres amigos cambiaron una mirada significativa. Manuel Antonio, no
+pudiendo contener la risa, le abrazó exclamando:
+
+--¡Bien, Santos, bien! Eso del _lápiz_ me enternece.
+
+Granate era el hombre de los disparates lingüísticos. No tenía
+conocimiento de la forma verdadera de una gran parte de las palabras;
+las modificaba de modo que resultaba muy cómico. Sin duda dependía de
+falta de oído, dado que hacía ya algunos años que había regresado de
+América y trataba con personas cultas. Sus bárbaros atentados contra el
+idioma eran proverbiales en Lancia.
+
+--Pues nada, este infeliz se figura--prosiguió el marica, sin hacer caso
+de la mirada recelosa que le dirigió--que porque Fernanda Estrada-Rosa
+gasta algunos remilgos no le gustan las peluconas como a todo hijo de
+vecino... ¡Tonto, tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegaba
+palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Si es hija de D. Juan
+Estrada-Rosa, el mayor judío que hay en la provincia!
+
+--Hombre, Fernanda ya es otra cosa--manifestó el Jubilado, que no estaba
+en el ajo--Es una chica muy rica y no necesita casarse por el dinero.
+
+Pero los otros dos cayeron como fieras sobre él. Cuando se tiene dinero
+se quiere más. La ambición es insaciable. Fernanda era muy orgullosa y
+no pasaría por que ninguna otra chica en Lancia pudiese ostentar tanto
+lujo como ella. Si D. Santos elegía esposa en la población, le podría
+hacer competencia desastrosa: era una mosca que no se quitaría jamás de
+la nariz. El único rival temible para D. Santos era el conde de Onís;
+pero éste ya estaba descartado. Su carácter excéntrico, su misticismo y
+las extrañas manías en que daba con frecuencia, habían concluido por
+aburrir a la muchacha...
+
+Con estos argumentos y un formidable pisotón de inteligencia que Paco le
+dio, el Jubilado entró en razón y se puso de parte de ellos. Los tres
+se esforzaron en convencer al indiano de que ni aquélla ni ninguna otra
+joven podría resistir mucho tiempo si él se decidía a estrechar el
+bloqueo. Paco aludía además de un modo vago y misterioso a cierto dato
+que él poseía, el cual demostraba hasta la evidencia que los desdenes de
+la chica eran pura comedia, alardes de vanidad para hacerse valer. Pero
+era un secreto; no podía revelarlo sin faltar a la amistad y
+consideración que debía a la persona que se lo había comunicado.
+
+Sin embargo, Granate no acababa de rendirse. Como un mastín a quien
+rodean los chicos y tratan de congraciársele haciéndole caricias,
+echábales miradas recelosas y dejaba escapar de vez en cuando gruñidos
+dubitativos. Manuel Antonio agotó el repertorio de sus argumentos
+sutiles y femeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas o
+pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta lo infinito. Paco le dejaba
+decir y hacer echándole de través miradas socarronas, convencido de que
+Granate acogía siempre con desconfianza sus palabras. Pero a última hora
+intervino para dar el golpe definitivo. Después de hacerse rogar mucho
+por sus dos auxiliares, y de suplicar encarecidamente y por los clavos
+de Cristo que aquello permaneciese en secreto, sacó al fin del bolsillo
+una carta. Era de Fernanda a una amiga de Nieva. Explicó primero de qué
+modo casual había venido a su poder, y después leyó en voz baja y con
+aparato de misterio el siguiente párrafo: «Lo que me dices de Luis no
+tiene fundamento. No he vuelto ni volveré a reanudar mis relaciones con
+él por razones muy largas de explicar, algunas de las cuales ya conoces.
+Lo de D. Santos, aunque por ahora no hay nada, lleva mejor camino. Es
+viejo para mí, pero me parece muy formal y cariñoso. Nada tendría de
+particular que al fin cayera con él.»
+
+Granate atendió con extremada fijeza, abriendo de modo descomunal sus
+ojazos. Cuando Paco terminó la lectura dijo con voz profunda, como si
+hablara consigo mismo:
+
+--Esa carta es _ipócrifa_.
+
+Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posible por contener la risa.
+Manuel Antonio aprovechó la ocasión para darle un abrazo más.
+
+--¡Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñale la carta, Paco... ¿Tú
+conoces la letra de Fernanda?... ¿No?... Pues yo sí y aquí D. Cristóbal
+también, porque Emilita recibe a cada momento cartas de ella... Tú eres
+demasiado modesto, Santos. Yo no te diré que seas un real mozo, pero
+tienes cierta gracia y cierto aquel... vamos...
+
+--¡Ya lo creo que lo tiene!--exclamó Paco.--Bien puede usted fiarse de
+Manuel Antonio, que es voto en la materia.
+
+--Cualquiera puede distinguir, querido--profirió éste, picándose
+repentinamente.--Teniendo ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo
+que es feo y lo que es mediano.
+
+Y no quiso emplear más saliva en secundar los planes de Paco. Dejaron,
+pues, a Granate en paz, y el marica cambió de conversación.
+
+--Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal.
+
+Éste levantó la cabeza y vio venir hacia ellos paseando ocho o diez
+militares. Eran oficiales del batallón de Pontevedra, que, a su
+despecho, había llegado recientemente de guarnición a la ciudad. Mateo
+rechinó un poco los dientes y bufó repetidas veces para indicar todo lo
+odioso que le era la fuerza armada. Después exclamó con irónico
+retintín:
+
+--¡Cómo me encantan los guerreros en tiempo de paz!
+
+--Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal. Los militares no dejan de
+ser útiles.
+
+--¡Útiles!--exclamó el Jubilado encrespándose.--¿Qué utilidad traen,
+vamos a ver? ¿En qué son útiles?
+
+--Hombre, mantienen la paz.
+
+--La guerra es lo que mantienen. Para librarnos de los ladrones basta la
+guardia civil. Ellos son los que fomentan el malestar y la ruina de la
+nación. En cuanto ven las escalas paradas se sublevan en uno u otro
+sentido, que eso es para ellos lo de menos, y ¡vengan empleos y cruces
+pensionadas!... Yo sostengo que mientras existan soldados no habrá
+tranquilidad en España.
+
+--Pero, D. Cristóbal, ¿y si una nación extranjera nos atacase?
+
+El Jubilado dejó escapar una risita irónica y sacudió algunas veces la
+cabeza antes de contestar.
+
+--Pero ven acá, infeliz, la única nación que puede atacarnos por tierra
+es Francia, y si Francia se decidiese a hacerlo, ¿de qué nos servirían
+todos esos oficialitos tan guapos y bien uniformados?
+
+--Además, los soldados son un bien para la población por lo que
+consumen. Los comercios ganan, las casas de huéspedes lo mismo...
+
+Manuel Antonio defendía a la milicia sólo por oír a Mateo y ponerle
+fuera de sí. Ahora se observaba un dejo de ironía en sus palabras y
+mayor deseo de exacerbarle.
+
+--¡Eso es!... ¡Ahora sí que me has apabullado! ¿Y de dónde viene ese
+dinero que consumen, majadero?... ¡De tí y de mí y del señor, de todos
+los que pagamos algo al Estado en una u otra forma!... El resultado
+final es que ellos consumen sin producir, que son un mal ejemplo en las
+poblaciones, porque la ociosidad en que viven corrompe a los que ya son
+un poco propensos a la vagancia... ¿Sabes tú cuál es el gasto del
+ejército? Pues entre los ministerios de Guerra y Marina consumen más de
+la mitad del presupuesto. ¡Es decir que la administración, la justicia,
+la religión, los gastos que ocasionan nuestras relaciones con los demás
+países, las obras públicas y el fomento de todos los intereses
+materiales no cuestan tanto al contribuyente como esos caballeritos del
+pantalón encarnado!... Que las demás naciones de Europa tienen un
+ejército poderoso, bueno, ¿y qué? Allá ellas. Las demás se pueden
+permitir ese lujo porque tienen dinero. Pero nosotros somos unos
+pobretes; no tenemos más que fachada... Además, en otros países hay
+complicaciones internacionales, de las cuales por fortuna estamos
+libres. La Francia no nos atacará por miedo a la intervención de las
+potencias; pero si nos atacase, lo mismo nos conquistaría con ejército
+que sin él...
+
+El Jubilado se repetía, manoteaba para dar nueva fuerza a sus
+argumentos, echaba fuego por los ojos. Manuel Antonio le dejaba
+irritarse con visible satisfacción. En aquel momento pasó cerca el grupo
+de los oficiales, que dieron las buenas tardes cortésmente. Todos
+contestaron menos D. Cristóbal, que se hizo el distraído.
+
+--Yo creo que está usted muy exagerado, don Cristóbal. ¿Qué tiene usted
+que decir del capitán Núñez, que acaba de pasar ahora? ¿No es todo un
+buen mozo y una persona atenta y fina?
+
+--Con un azadón en la mano estaría mucho mejor y sería más útil a su
+país--murmuró sordamente el Jubilado.
+
+--Pues no tiene usted más que ponérselo en cuanto sea su yerno, porque,
+según cuentan, es novio de su hija Emilia--dijo el marica recalcando las
+palabras con extremado gozo.
+
+Paco y D. Santos rieron. D. Cristóbal quedó anonadado. Apenas pudo
+mascullar trabajosamente:
+
+--¡Quién hace caso de esas boberías!
+
+Y no volvió a chistar. Aquella noticia le había llegado a lo profundo
+del corazón, le ponía en la situación más difícil en que estuvo jamás
+hombre alguno. Los demás no dejaron de notar este silencio, y se hacían
+guiños y se dirigían sonrisas por detrás de su espalda.
+
+Pero Paco también estaba preocupado. Cuando se le metía en la cabeza, en
+aquella cabeza como un puño, mal amasada, un bromazo como el que tenía
+proyectado, andaba inquieto, afanoso, lo mismo que el poeta o el pintor
+que tienen una obra entre manos. Después de varios días de machacar por
+él logró al fin, casi, casi, decidir al indiano. Se trataba nada menos
+de que éste fuese a pedir con toda ceremonia a D. Juan Estrada-Rosa la
+mano de su hija Fernanda. Según Paco y los que le secundaban, era el
+medio más directo y más adecuado de conseguirla. Todo lo demás, andarse
+por las ramas. El día en que D. Juan viese que le entraban diez millones
+por la casa andaría de cabeza por convencer a su hija. Y ella misma no
+les haría asco. ¿Pues qué, no siendo con el conde de Onís, con quién
+mejor podía casar que con un hombre tan rico, tan formal, tan sano y tan
+_ilustrado_? Este último epíteto, proferido por Paco con grave
+continente, estuvo a punto de echar a perder el asunto, porque no faltó
+quien sofocase a duras penas la carcajada. Granate quiso advertirlo,
+miró a Paco con recelo y volvió a mostrarse desconfiado y reacio algunos
+días.
+
+Llegó un momento, sin embargo, en que el indiano creyó en sus palabras.
+Fue después de haberle oído en el Casino desde una habitación contigua
+atacar duramente al conde de Onís. Aquel día se decidió a darle crédito
+y convino con él la manera de llevar a cabo la petición que le
+aconsejaba. Paco opinó que lo mejor sería no decir nada previamente a la
+chica. Así como los buenos generales, para asegurar la victoria, suelen
+caer de improviso y con sigilo sobre el ejército enemigo, lo más hábil
+en este caso era entrar inopinadamente en la casa, llamar a don Juan a
+una conferencia reservada y abordar de frente el negocio. Por el
+banquero no había cuidado: se pondría como unas pascuas. La chica
+recibiría gran sorpresa, pero esto mismo la aturdiría y la pondría más
+blanda. Las cosas graves de la vida se deciden generalmente por una
+corazonada. El que no se arriesga no pasa la mar. En resumen, que
+Granate se entregó a discreción y comenzaron los preparativos para la
+gran solemnidad. Lo primero que se trató fue la hora. Quedó resuelto que
+fuese a las doce del día. El traje fue objeto de animadas pláticas. Paco
+opinaba que, para presentarse bajo un aspecto más imponente, convendría
+vestirse algún uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario de
+administración civil. No era difícil conseguir el nombramiento
+sacrificando un puñado de oro; pero esto dilataría más de un mes la
+realización de la empresa. Se desechó el uniforme y se convino en que
+vistiese frac negro y llevase colgada la medalla de concejal. Fijose por
+último el día: resultó un lunes.
+
+Desde mucho antes el traidor había deslizado en la conversación,
+hablando con D. Juan Estrada-Rosa, la especie de que Granate se jactaba
+de ser deseado y requerido por él para yerno. D. Juan, que era también
+rico y tenía su cacho de orgullo, y sobre todo adoraba a su hija y creía
+que el día menos pensado vendría un duque de Madrid a pedírsela, se
+irritó grandemente, le llamó rústico, podenco, y juró que, antes de ver
+a su hija casada con semejante cafre, preferiría que se quedase soltera.
+
+--Pues tenga cuidado, D. Juan--dijo Paco sonriendo
+maliciosamente,--porque el día menos pensado se presenta en casa a
+pedirle la mano de Fernanda.
+
+--No lo hará tal--respondió el banquero.--Demasiado sabe que le echaría
+por la escalera abajo.
+
+Con estos antecedentes el terrible humorista de Lancia marchaba sobre
+terreno seguro. Fuera de los tres o cuatro amigos que le ayudaron a
+persuadir a D. Santos, a nadie dio parte de la intriga; pero el domingo
+por la tarde, víspera del acontecimiento, lo mismo Manuel Antonio que
+él, lo fueron pregonando por todos los grupos y citándose para el día
+siguiente en el café de Marañón. En provincia, donde son escasos los
+medios de divertirse, se toma muy por lo serio esta clase de bromas, se
+preparan con fruición, se paladean de antemano. La de Paco fue acogida
+con vivo entusiasmo por la juventud laciense. La víctima no era un pobre
+diablo, cómo solía acontecer, sino un ricachón. Esto le prestaba doble
+atractivo. En el fondo de todos los corazones hay siempre unos granitos
+de odio para el que tiene mucho dinero. Corrió por el paseo la voz, y al
+día siguiente se presentaron en el café de Marañón más de cincuenta
+mancebos.
+
+Pero no se dieron a luz en tanto que no pasó Granate. El café estaba
+situado en un piso principal (por aquel tiempo no se usaban los bajos
+para este destino) de la calle de Altavilla, casi enfrente de la casa de
+D. Juan Estrada-Rosa. Ésta era grande y suntuosa, aunque no tanto como
+la que recientemente había construido don Santos. La del café, vieja y
+de ruin apariencia. El local que ocupaban los parroquianos, una sala
+donde estaba la mesa del billar y dos gabinetes a los lados con algunas
+mesillas de madera para el consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuán
+lejos aún los tiempos de que se estableciese en uno de los bajos de
+aquella misma calle el magnífico café Británico, con mesas de mármol,
+espejos colosales y columnas doradas como los más elegantes de Madrid!
+
+Espiando por detrás de los visillos aquella florida juventud, ávida de
+los goces estéticos, vio pasar a Granate correctamente vestido,
+balanceando su torso colosal sobre unas piernas que no lo merecían. Le
+vieron entrar en casa de Estrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del
+picaporte. Nada más. Inmediatamente se abrieron de par en par los
+balcones del café y se llenaron. Los que no tenían sitio se encaramaron
+en sillas detrás de sus compañeros. Todos los ojos se clavaron en el
+portal de enfrente. Esperaron cerca de un cuarto de hora.
+
+Al cabo la fisonomía violácea de Granate apareció de nuevo. Daba miedo.
+Aquella cara parecía ya un terciopelo como si estuviese ahorcado. Las
+orejas tenían el color de la sangre. A su aparición estalló una salva de
+toses y estornudos y gritos y aullidos. El indiano alzó la cabeza y
+paseó su mirada atónita por aquella muchedumbre descompuesta que le
+sonreía, sin comprender la razón. Tardó poco, sin embargo, en darse
+cuenta de que era víctima de un bromazo. Sus ojos se clavaron entonces
+feroces en el concurso, y exclamó con un desprecio que nada tenía de
+fingido:
+
+--_¡Méndigos!_
+
+Y se alejó como un jabalí perseguido por la jauría entre silbidos y
+carcajadas, volviendo de vez en cuando la cabeza para escupirles el
+mismo esdrújulo injurioso.
+
+
+
+
+VI
+
+Las señoritas de Meré.
+
+
+En efecto, Emilita Mateo había logrado hacerse amar de un capitán del
+batallón de Pontevedra. Le había costado muchos días de incesante
+jugueteo, un número incalculable de miradas provocativas, de carcajadas
+sin motivo, de caprichos infantiles, de gestos mimosos y enfados
+pasajeros. Había desplegado, en suma, todas sus baterías, mostrándose a
+la vez cándida y maliciosa, dulce y arisca, reservada y charlatana,
+grave y retozona como una loquilla, como niña ligera e insustancial,
+pero adorable. Al fin Núñez, el capitán Núñez, no pudo resistir a tal
+graciosa mezcla de inocencia y malicia, y se replegó primeramente, y no
+tardó luego en rendirse. Era un hombre de cara larga, bigote y perilla,
+flaco, serio, bilioso, con los ojos mortecinos y fatigados, muy exacto
+en el cumplimiento de sus deberes y aficionado a dar largos paseos. Esta
+clase de hombres silenciosos y disciplinados son los más sensibles a los
+encantos de la alegría y la vivacidad. Emilita le hizo suyo llamándole
+cazurro y dándole pellizcos por «pícaro y burlón»; ¡a él, a quien había
+que sacar las palabras con tirabuzón y en su vida había gastado la más
+sencilla chanza!
+
+Con este memorable suceso, la familia Mateo andaba bastante dislocada.
+Jovita, Micaela y Socorro, hermanas legítimas de la afortunada doncella,
+sentíanse celosas y lisonjeadas a la vez. Entendían que la preferencia
+de un oficial de infantería tan bizarro constituía un honor que
+irradiaba sobre toda la familia y las colocaba en situación ventajosa
+frente a sus amigas o conocidas. Pero al mismo tiempo consideraban que,
+siendo Emilita la última en edad, no le correspondía tener novio y mucho
+menos casarse sino después de sus hermanas. Eran prematuros en ella los
+noviazgos, no contando más que veinticuatro años de edad. En cuanto a la
+idea de que pudiera contraer matrimonio una criatura tan tierna y tan
+informal, la misma sonrisa de sorpresa y desdén contraía los labios de
+las tres hermanas mayores. Así que, por más que se desbarataban en
+elogios del capitán delante de las amigas, haciendo resaltar sus prendas
+físicas, prestándole un corazón grande y heroico, certificando de su
+riqueza como si se la administrasen y hablando vagamente de ciertas
+influencias que le pondrían más tarde o más temprano en la bocamanga los
+entorchados de general, lo cierto es que no le perdonaban ni le
+perdonaron jamás su delito cronológico.
+
+Por otra parte, don Cristóbal, padre de aquel ángel travieso y juguetón,
+quedó repentinamente en posición tan falsa que quiso volverse loco.
+Luchaba su amor de padre ruda batalla con el odio a la milicia.
+Avergonzábale el consentir que una hija suya diese oídos a un militar
+después de haberlos llamado él tantas veces haraganes, sanguijuelas, y
+haber clamado tanto por la reducción del contingente. ¿Con qué cara se
+presentaría a sus amigos de allí en adelante? Pasó días bien terribles.
+El aborrecimiento al ejército y a la marina se hallaba tan profundamente
+arraigado en su corazón, que no podía extinguirse de pronto. Sin
+embargo, le era forzoso confesar que la conducta nobilísima del capitán
+Núñez lo había mermado poderosamente. El anhelo de casar a sus hijas
+gozaba tanta vida en el fondo de su ser como el desprecio de la fuerza
+armada. ¡Cuánto le pesaba de haber vociferado tanto contra ésta! En su
+tribulación llegaba a deplorar que Núñez perteneciese al arma de
+infantería. Si fuese siquiera marino, disminuiría la gravedad del
+conflicto. Recordaba que en sus diatribas contra el ejercito hacia la
+salvedad de que era necesario conservar algunos barcos para proteger las
+colonias. Lo mismo podía decirse si perteneciese a la Guardia civil. En
+cuanto a las demás fuerzas de tierra, no cabía disculpa ni había medio
+de salir del aprieto.
+
+En tan terribles circunstancias optó por encerrarse en casa. Cuando
+alguna vez salía, andaba receloso y huido. Los amores de su hija se
+fueron haciendo más formales y cada vez más públicos. Temía las bromas.
+El miedo le hizo claudicar, adoptando un proceder doble y falso, indigno
+por completo de su carácter y antecedentes. Es decir que, mientras
+públicamente seguía afectando desprecio hacia las fuerzas de tierra,
+cuando hablaba con el novio de su hija o entre militares, lo hacía con
+agasajo, les preguntaba con interés por su carrera, lo mismo que si
+prestasen servicios en cualquier oficina civil del Estado. Nadie
+sospecharía al oírle enterarse tan minuciosamente del escalafón, de las
+reservas y reemplazos, etc., que aquel hombre les tenía jurado odio
+eterno. Pero el Jubilado llegó con el tiempo a una distinción que nunca
+se había atrevido a proponer. Como militares no transigía con ellos,
+los consideraba una verdadera plaga social... Ahora, «como hombres,»
+bien podían ser dignos de estimación, según sus cualidades.
+
+Los amores de Emilita habían nacido y crecido como otros muchos en casa
+de las de Meré. Eran éstas dos señoritas que pasaban de los ochenta y no
+llegaban a los cien años. De todos modos, a la entrada del siglo XIX
+eran ya maduras. No tenían en Lancia familia alguna. Ninguno de los
+vivos recordaba a su padre, que había muerto cuando todavía eran
+mocitas. Estuvo empleado en el ramo de Hacienda. Es de suponer, dada su
+remota antigüedad, que sería percibidor de alcabalas o de otros pechos
+ya extinguidos. Del siglo XVIII, al cual pertenecían, tenían aquellas
+interesantes señoritas en primer lugar el traje. Jamás pudieron entrar
+por las modas del presente. Una saya de cúbica negra muy escurrida con
+plomos por debajo para que se escurriera todavía más, talle muy alto,
+manga apretada con bullones, zapatito de tabinete descotado y un tocado
+inverosímil de puro extravagante: así se presentaban en todas partes. La
+mantilla que usaban no era de velo, sino de sarga con franja de
+terciopelo, como las usan ahora solamente las artesanas. Llevaban bastón
+para apoyarse. Conservaban además la cortesía exquisita, la ligereza de
+carácter, la pasión por la sociedad y una alegría inagotable,
+maravillosa a sus años. Lo que no habían traído consigo al siglo
+presente era la libertad de costumbres y la malicia que, al decir de los
+historiadores, caracterizaba la sociedad del pasado. Imposible imaginar
+unas criaturas más sencillas. Como si no hubiesen atravesado por la
+vida, todo les sorprendía, en todo creían menos en el mal. Así que, con
+frecuencia, eran víctimas de las bromas de sus amigos y tertulianos, sin
+que por eso dejase ninguno de profesarles entrañable afecto. Desde
+tiempo inmemorial tenían costumbre de recibir en su casa por la noche a
+la juventud de Lancia, particularmente a los muchachos que se placían en
+asistir por la grandísima libertad que allí disfrutaban. Por acuerdo
+tácito todos ellos las tuteaban. Y era en verdad peregrino el oír a los
+chicuelos de diez y ocho años hablar con tal familiaridad a unas
+viejecitas que pudieran ser sus bisabuelas. Carmelita para aquí, Nuncita
+para allá, porque la más anciana se llamaba D.ª Carmen y la más joven
+D.ª Anunciación.
+
+Tres o cuatro generaciones habían pasado por aquella salita de la calle
+del Carpio, modesta y aseada, con el pavimento de madera encerada,
+sillas de paja, sofá de damasco encarnado, cómoda de caoba atestada de
+chirimbolos, espejo con marco de carey y diversos cuadritos al pastel
+representando la historia de Romeo y Julieta. La tertulia de las de Meré
+era la más antigua de Lancia. Contra lo que acaece generalmente, estas
+mujeres que no pudieron hallar marido tenían la manía de casar a todo el
+mundo. El número de matrimonios que salieron acordados de aquella salita
+es incalculable. En cuanto advertían que un muchacho se acercaba a
+cualquier muchacha más que a las otras, ya estaban nuestras señoritas
+preparando los hilos para unirlos con lazo indisoluble; ya no consentían
+que nadie se sentase en la silla que estaba al lado de Fulanita para que
+cuando Menganito viniese la hallase aparejada y no tuviese más que
+sentarse. Y vengan a Fulanita elogios desmesurados de Menganito, y vayan
+a Menganito relaciones minuciosas de los primores que Fulanita ejecuta
+con la aguja y lo económica y hacendosa que es y lo piadosa y lo limpia.
+Y escápense más adelante a casa de la mamá de Fulanita para celebrar
+conferencias largas, íntimas, trascendentales, y procuren enseguida
+tropezarse con el papá de Menganito y desplieguen todas sus dotes
+diplomáticas para explorarle el corazón. Y por premio de estos sudores
+recibían, al cabo, un cartuchito de dulces el día de la boda.
+
+Pero todas las madres de niñas casaderas las adoraban, no se hartaban de
+bendecirlas y adularlas. Saludábanlas de media legua, y al salir de la
+iglesia se apresuraban a ofrecerles el brazo para que se apoyaran. En
+cambio, las que tenían algún hijo varón en edad de casarse solían
+mirarlas con recelo y antipatía, las llamaban por lo bajo chochas y
+entremetidas. No hay necesidad de indicar, por lo tanto, que su pasión
+casamentera les costó no pocos disgustos. Cuando algún lechuguino sentía
+brotar en su pecho la llama del amor, lo primero que hacía era
+mostrársela a las de Meré.
+
+--Carmelita, estoy enamorado.
+
+--¿De quién, corazón, de quién?--preguntaba la anciana con vivo interés.
+
+--De Rosario Calvo.
+
+--¡Ajá! Buen gusto ha tenido el picarón. No hay chica más guapa ni mejor
+educada. Habéis nacido el uno para el otro.
+
+Y por un rato el zagalillo tenía el placer de escuchar el panegírico de
+su adorada.
+
+--Espero que me protegerás.
+
+--Todo lo que tú quieras, mi alma.
+
+Al cabo de pocos días, Rosario Calvo, que no había puesto los pies en su
+vida en casa de las de Meré, aparecía por allí y era tertuliana asidua.
+¿Cómo se habían arreglado aquéllas para atraérsela? No es fácil
+averiguarlo, pero tantas veces habían llevado a término ya empresas
+análogas, que de seguro poseían una receta simple y segura.
+
+Encariñábanse con sus amigos como si fuesen próximos deudos todos.
+Contábanse de ellas rasgos de abnegación que las honraba extremadamente.
+Durante la furiosa reacción del año 1823, uno de sus tertulios, teniente
+de caballería, se refugió, después de cierta intentona abortada, en su
+casa. Las señoritas le recibieron y le ocultaron algunos días, y al cabo
+lograron que se evadiese disfrazado con el traje de un criado. Pero
+teniendo noticia de que iba la policía a registrarles la casa, pensaron
+con terror en el uniforme del teniente. ¿Dónde guardarlo que no diesen
+con él? Carmelita, en aquellos instantes críticos, tuvo un rasgo de
+ingenio y bravura. Se vistió el uniforme debajo de sus ropas de mujer.
+Por cierto que este teniente se portó con ellas con bastante ingratitud.
+No tuvo en su vida diez minutos para escribirles una carta dándoles las
+gracias.
+
+No fue la única que hubieron de sufrir por parte de sus tertulios.
+Acostumbraban éstos aprovecharse de su amabilidad cuanto podían;
+recreábanse en su casa, gozaban de la compañía y conversación de las
+jóvenes más bellas de Lancia, concertaban algunos su matrimonio, y luego
+que lo realizaban, o porque sus negocios o su edad les impedían asistir
+a la tertulia, si te vi, no me acuerdo; apenas las saludaban en la
+calle. Lo mismo puede decirse de las mamas, tan rendidas y aduladoras
+antes de casar a sus hijas, y tan despegadas así que lo conseguían. Pero
+tales flaquezas no alteraban el buen humor de aquellas benditas ni
+destruían su optimismo. Como se estaban renovando sin cesar los
+asistentes a su casa, olvidaban la ingratitud de los antiguos para
+pensar tan sólo en el aprecio que les tributaban los nuevos. Además, en
+sus corazones no cabía rencor, ni siquiera hostilidad; las bromas no las
+ofendían. ¡Y cuidado que algunas eran bien pesadas! La que les dio Paco
+Gómez en cierta ocasión hizo raya: aún se cuenta con regocijo en Lancia.
+
+No todas las noches de invierno iban damas a la tertulia. Generalmente
+asistían los sábados y los miércoles. Pero había un grupo de muchachos
+que casi nunca dejaban de hacerles un rato de compañía a primera hora,
+aunque después se marchasen a otras casas. Uno de ellos era Paco Gómez.
+En estas noches de soledad se formaba generalmente un partido de
+_brisca_. Paco iba de compañero con Nuncita y el capitán Núñez, o Jaime
+Moro, o cualquier otro muchacho con Carmelita. Paco una noche se dolió
+de que las señas que se hacían durante el juego fuesen tan vulgares y
+conocidas: era imposible hacerlas pasar inadvertidas para los
+contrarios. Entonces, de acuerdo con el otro, propuso cambiarlas. Él
+enseñaría unas a Nuncita, y el contrario otras a Carmelita. Las nuevas
+señas fueron todas ademanes obscenos, de esos que no se ven más que en
+las tabernas y lupanares. Aquellas inocentes mujeres las aceptaron sin
+saber lo que hacían y se sirvieron de ellas con la mayor desenvoltura.
+Así que pasaron algunos días, y estaban perfectamente avezadas a
+usarlas, Paco invitó una noche a muchos de los tertulios a presenciar el
+juego. Resultó una escena de cómico subido. Cada vez que cualquiera de
+las dos señoritas hacía una seña, había una explosión de alegría. Pues
+bien, apesar de lo brutal y desvergonzado de la broma, las bondadosas
+señoritas, en vez de ponerle de patas en la calle y cerrarle la puerta
+para siempre, se contentaron al saberlo con hacerse cruces de sorpresa y
+reírse como los demás.
+
+--¡Santo Cristo bendito de Rodillero, quién lo diría! ¡Tantos pecados
+como hemos cometido sin saberlo!
+
+--Pues yo no los confieso--exclamó Nuncita con resolución.
+
+--Los confesarás, Niña--expresó gravemente la primera.
+
+--Que no.
+
+--¡Niña!
+
+--Que no quiero.
+
+--¡Silencio, Niña! Los confesarás y tres más. Mañana mismo te llevaré a
+Fray Diego.
+
+Nuncita protestó todavía sordamente, como una chica mimosa, hasta que
+las miradas severas de su Hermana mayor la hicieron callar. Pero todavía
+estuvo buen rato enfurruñada. A veces, sin saber por qué, se mostraba
+díscola y rebelde en sumo grado. Necesitaba Carmelita hacer gala de toda
+su autoridad para someterla. Mas, ordinariamente no sucedía así. Aunque
+no le llevase más de tres o cuatro años, Nuncita, por la costumbre
+adquirida, por debilidad de carácter, o por ventura porque no le
+disgustaba aparecer más joven en presencia de la gente, reconocía la
+jefatura de su hermana y la obedecía con una sumisión que envidiarían
+las madres para sus hijas. Pocas veces tenía necesidad de reprenderla,
+pero cuando lo hacía, Nuncita bajaba la cabeza y al poco rato se la veía
+llevarse el pañuelo a los ojos y salir de la sala, mientras Carmelita
+seguía sus movimientos con mirada fija, sacudiendo al mismo tiempo la
+cabeza severamente. Poco faltaba para que la castigase dejándola sin
+postre o mandándola a la cama. Por tales razones y porque Carmelita así
+la llamase con frecuencia, D.ª Nuncia, que pasaba algo de los ochenta,
+era conocida en Lancia por el sobrenombre de «la Niña.»
+
+En los amores de Emilita Mateo se portaron ambas hermanas heroicamente.
+El capitán Núñez fue bloqueado en toda regla. Por espacio de un mes lo
+menos, y hasta que le vieron bien encarrilado, ni una silla le dejaron
+libre más que la que estaba próxima a la más joven de las chicas de D.
+Cristóbal. En el juego de la lotería, al cual se entregaba con pasión
+desordenada aquella sociedad, Nuncita se encargaba, sin que nadie se lo
+pidiese, de buscarles cartones que fuesen combinados. Cuando se referían
+al oficial de Pontevedra y a Emilita hablaban como de una sola persona.
+Tan unidos y compactos los apreciaban ya.
+
+Servicios a tal extremo importantes los pagaba el Jubilado con una
+gratitud que le rebosaba del alma y le salía por los ojos. De buena gana
+se prosternaría ante ellas y les besaría la orla del vestido de cúbica.
+Pero su dignidad y aquella larga serie de diatribas contra el ejército
+que llevaba colgadas a los pies como grilletes, le impedían estas y
+otras manifestaciones. Ni siquiera tenía el consuelo de poder mostrarse
+alegre cuando aquel pundonoroso militar acompañaba a su niña en el
+paseo. Pero ya se sabe que las señoritas se preocupaban muy poco de la
+gratitud de sus tertulios. Los casaban por vocación irresistible de su
+espíritu, por una necesidad de su organismo, como teje la araña la tela
+y cantan los pájaros en el bosque. Una vez enlazados por el vínculo
+matrimonial, los tertulios, lo mismo hombres que mujeres, perdían todo
+su atractivo para las señoritas de Meré. Su atención se concentraba
+inmediatamente en los nuevos pollastres que venían piando a cobijarse
+bajo sus alas protectoras.
+
+Quien les causó una serie de decepciones y amarguras, que a poco dan con
+ellas en el sepulcro, fue el conde de Onís. En su vida habían tropezado
+con un hombre más incomprensible. ¡Lo que las pobres sudaron para
+meterle en vereda, en la florida vereda de Himeneo! Pero aquel diablo se
+les resbalaba por entre los dedos como una anguila. Mostrábase durante
+algunas noches tierno y amartelado con Fernanda; no se apartaba de ella
+el canto de un duro. Las miradas de las dos hermanas se posaban sobre
+ellos con visible enternecimiento; procuraban con ahínco que nadie fuese
+a interrumpirles; poco les faltaba para mandar a los demás que bajasen
+la voz a fin de que no les molestase el ruido. Pues bien,
+repentinamente, cuando menos podía pensarse, el conde cometía el absurdo
+de alzarse distraídamente de la silla, bostezar y marcharse a hacer
+solitarios a un rincón de la mesa. Por su parte Fernanda caía en
+idénticas flaquezas, poniéndose a charlar animadamente con el chico del
+regente de la audiencia sin dirigir una mirada a su novio. Carmelita y
+Nuncita quedaban aterradas cuando esto sucedía, se iban a la cama, presa
+de la mayor consternación.
+
+Después del rompimiento definitivo, y cuando al cabo se convencieron de
+que la ventura de realizar tan sublime matrimonio no estaba reservada
+para ellas, humillaron un poco su ambición y prestaron auxilio a
+Granate, que hacía mucho tiempo lo demandaba con instancia. También por
+este lado la suerte impía les hirió cruelmente. Fernanda rechazaba con
+irritación cualquier palabra suasoria que le dirigiesen en favor del
+indiano. Si observaba que las señoritas tenían dispuestas las sillas de
+modo que resultase aquél sentándose a su lado, en un instante destruía
+su combinación yéndose con ademán displicente al extremo opuesto. Al
+formarse las partidas de _brisca_ o de _tute_ no consentía que se lo
+diesen por compañero so pena de renunciar al juego. En fin, que estaba
+tan alerta y sobre sí que era imposible atacarla por ningún lado. No
+obstante, las de Meré persistían en su proyecto y trabajaban por
+llevarlo a cabo con paciencia; que es la garantía más segura para dar
+cima a las grandes empresas.
+
+Algunos días después de la guasa de Paco Gómez se hallaban en la famosa
+tertulia, a más de tres o cuatro pollastres, el mismo Paco, Manuel
+Antonio, D. Santos, el capitán Núñez, D. Cristóbal, Fernanda, María
+Josefa Hevia y dos de las chicas de Mateo. No se pensaba todavía en
+jugar. Todos estaban sentados menos Paco, que daba vueltas por la sala
+contándoles la broma que había dado la otra noche en el teatro a Manín,
+el mayordomo de Quiñones. Desde que éste había quedado paralítico, su
+famoso acompañante andaba sin sombra por la ciudad. Mas, por la gran
+confianza que su amo le otorgaba, los tertulios de D. Pedro le guardaban
+consideraciones, y apesar de la rusticidad de su trato y del traje
+campestre que llevaba, cuando le tropezaban en la calle le abrazaban
+familiarmente, le convidaban a entrar en el café y a veces le llevaban
+al teatro. Manín para aquí, para allá: el grosero aldeano se había hecho
+famoso no sólo en Lancia, sino en toda la provincia. Aquel calzón corto,
+aquella media blanca de lana con ligas de color, chaqueta de bayeta
+verde y sombrero calañés, le daban un aspecto original en la ciudad,
+donde por milagro se veía ya un hombre con este arreo. Era una de las
+cosas que más sorprendían a los forasteros, sobre todo viéndole alternar
+en cierto pie de igualdad con los señores de la población. No sólo por
+respeto al maestrante, sino porque les hacía mucha gracia las salidas
+brutales de Manín, éstos se perecían por llevarle en su compañía.
+Además, Manín era un célebre cazador de osos, con los cuales se decía
+que había luchado algunas veces cuerpo a cuerpo. Los aficionados a tal
+clase de ejercicio le profesaban por esto respeto y simpatía. Sin
+embargo, los enemigos que el mayordomo tenía allá en su aldea
+aseguraban, riendo sarcásticamente, que lo de los osos era una farsa,
+que en su vida los había visto, cuanto más luchar con ellos. Añadían que
+Manín había sido siempre un zampatortas hasta que D. Pedro había tenido
+el capricho de sacarle de la oscuridad. La imparcialidad nos obliga a
+estampar esta opinión, que desde luego suponemos infundada. Hay que
+confesar, no obstante, que la conducta de Manín, ofreciendo repetidas
+veces a sus amigos llevarles a cazar el oso, sin que jamás cumpliera la
+promesa, la prestaba cierta verosimilitud. Pero el profesar respeto a la
+salud e integridad de los osos de su país ¿es acaso motivo suficiente
+para arrojar a un hombre a la cara el calificativo de zampatortas? Nadie
+osará afirmarlo. Más lógico es suponer que el célebre Manín era, como
+todos los hombres que logran sobreponerse a la multitud, víctima de las
+asechanzas de la envidia.
+
+Refería Paco, con el desenfado procaz que le caracterizaba y del que no
+prescindía ni aun hallándose entre damas, cómo había llevado a Manín al
+palco proscenio que con otros amigos tenía abonado en el teatro. El
+mayordomo no había visto jamás bailarinas. Al presentarse éstas en
+escena le hizo creer que traían las piernas desnudas. Manín quedó
+escandalizado, fijando en ellas sus ojos, donde se pintaba el asombro y
+la indignación. «Pues aún no has visto lo mejor; ¡aguarda, aguarda un
+poco!» Al comenzar la orquesta a tocar, las bailarinas hacen chasquear
+los palillos, y dando una vuelta levantan todas la pierna a la altura de
+la cabeza. «¡Sollo!» exclama el pobre tapándose la cara con las manos.
+¡Dios sabe lo que pensó que iba a ver!
+
+Paco narraba el lance con naturalidad, paseando de un cabo de la sala,
+la cabeza baja y las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Las
+jóvenes tertulianas se creyeron en el caso de ruborizarse. Todos reían
+menos Granate, que aún tenía en el corazón la broma del día pasado.
+Desde su rincón, donde estaba como un oso aletargado, dirigíale miradas
+torvas, agresivas. ¿Qué había pasado en casa de Estrada-Rosa cuando el
+indiano fue a ella en demanda de la mano de la señorita? Ni a D. Juan ni
+a su hija se les pudo sacar una palabra; pero cierta doncellita enteró a
+todo el mundo de que D. Juan había rehusado en términos desdeñosos, que
+Granate hizo ostentación de sus millones y aun se autorizó el manifestar
+que Fernanda no encontraría un matrimonio más ventajoso. Entonces D.
+Juan se incomodó, le llamo zángano y lo despidió con cajas destempladas.
+Paco, cada vez que sorprendía una de aquellas miradas furibundas,
+sonreía y hacía guiños a Manuel Antonio.
+
+--Oye, Carmela--dijo parándose frente a un cuadrito pintado al
+óleo,--¿dónde habéis comprado este San Juan?
+
+--¡Jesús! señor--exclamó Carmelita,--no es un San Juan, que es un
+Salvador, ¡míralo cómo se ríe el pobrecito!
+
+--¡Ah! es un Salvador. ¿En qué se distinguen?
+
+Las señoritas de Meré, al escuchar tal pregunta, quisieron volverse
+locas de alegría. Se les caían las lágrimas de risa.
+
+--¡Ay, qué Paquito! ¡Ay, qué corazón!... ¡No distingue un San Juan de un
+Salvador!
+
+Y ríe y que te ríe. Hacía muchos años que no habían oído nada tan
+gracioso. Cuando hubieron sosegado un poco y se limpiaron las lágrimas y
+se sonaron estrepitosamente con un pañuelo de hierbas, Paco, que gozaba
+viéndolas tan alegres, les preguntó:
+
+--Pero vamos, ¿cuándo lo habéis comprado, el Salvador, que yo no lo he
+visto hasta ahora?
+
+--Estaba en el cuarto de Nuncia, mi alma; pero allí no estaba bien,
+porque tropezaba la cama en él, y lo hemos traído.
+
+--Se lo regaló a Carmela, cuando vivía papá, un pintor de Madrid que
+pasó aquí unos días--dijo Nuncita.
+
+--¿Eras tú joven?--preguntó gravemente Paco dirigiéndose a Carmelita.
+
+--Sí, muy jovencita.
+
+--¿El pintor tenía fama?
+
+--Mucha.
+
+--Entonces ya sé quién era, Murillo.
+
+--No; me parece que no se llamaba así.
+
+--Entonces sería Velázquez.
+
+--Ese nombre ya me suena más. Era hombre mozo, muy cortés y muy galán,
+¿verdad, Nuncia?... A tí me parece que te hizo algunas carantoñas...
+
+Nuncita bajó los ojos ruborizada.
+
+--¿Quién se acuerda de eso ya?
+
+--Era muy enamoradizo--prosiguió Carmelita;--pero al mismo tiempo bien
+criado y bien entendido...
+
+--¿Enamoradizo dijiste? Justo, no puede ser otro que Velázquez.
+
+--No se llamaba Velázquez; se llamaba González--apuntó tímidamente
+Nuncita.
+
+Y después de decirlo volvió a ruborizarse.
+
+--¡Eso es, González!--exclamó su hermana haciendo memoria.
+
+--Bueno, es igual, sería un contemporáneo suyo, de la buena raza de
+pintores del siglo XVII--manifestó Paco sin turbarse por las carcajadas
+de los tertulios, que se espantaban de la inocencia de aquellas pobres
+mujeres.
+
+--¿Conque te ha hecho la corte a ti, Niña?--prosiguió cogiendo con dos
+dedos cariñosamente la barba de Nuncita.--Me parece que tú debiste de
+haber sido muy torerita, ¿verdad, Carmela?
+
+--Fue un poco tentada de la risa.
+
+--¡Carmela, por Dios, que estos señores van a creer que he sido una
+coqueta!--exclamó con angustia la Niña.
+
+--No creerían más que la verdad, chica--dijo Paco.--¿Ya no te acuerdas
+que has dado oídos a un procurador eclesiástico llamado don Máximo, y
+después que éste se iba de tu casa hablabas con el teniente Paniagua por
+el balcón?
+
+Nuncita sonrió con enternecimiento al recuerdo de aquellos tiempos, y
+repuso bajando los ojos con graciosa timidez:
+
+--D. Máximo venía a casa todos los días, pero nunca me requirió de
+amores.
+
+--¡Qué amores ni qué calabazas!--exclamó Paco.--Di tú que quien te
+gustaba de verdad era el teniente, y concluirás más pronto.
+
+--¿Conque ha estado usted enamorada de un militar?--preguntó con
+graciosa volubilidad Emilita, dirigiendo al mismo tiempo una mirada
+provocativa a Núñez.--Pues ha tenido usted bien mal gusto.
+
+El Jubilado se puso repentinamente serio y se le erizaron los bigotes de
+terror ante aquella salida de su hija; pero se tranquilizó
+inmediatamente al observar que el capitán, en vez de darse por ofendido,
+la pagaba con una sonrisa amorosa y lo echaba a broma como todos los
+demás.
+
+--No es ella sola la que ha tenido ese mal gusto--expresó con marcada
+intención Carmelita, muy alegre de haber encontrado aquel rasgo de
+ingenio.
+
+--Y ¿quién era ese teniente?... Algún trasto... ¡cómo si lo
+viera!...--tornó a preguntar Emilita con la misma adorable ligereza.
+
+--¡Alto, alto, Emilia!--manifestó Paco.--Paniagua era teniente de los
+tercios de Flandes y muy bizarro.
+
+--No, corazón, no--se apresuró a rectificar Nuncita,--que era de la
+guardia real.
+
+--¿No era arcabucero?
+
+--No, mi alma; de la guardia real te digo.
+
+D. Cristóbal disimulaba la risa con un flujo de tos. Manuel Antonio y
+los pollastres reían descaradamente.
+
+--Paniagua era hombre muy notable--prosiguió Paco.--Poseía esa decisión
+que tan bien sienta a los militares. El mismo día que llegó vio a Nuncia
+por la mañana al balcón. Por la tarde le entregó en el pórtico de San
+Rafael, al salir de la novena, un billete de declaración, que empezaba:
+«Señorita: Entre confuso y medroso, y dudando si en gracia de lo rendido
+me perdonará usted lo osado, confieso que mi único delito consiste en
+amar a usted...»
+
+--¡Qué picarón! ¡cómo lo recuerda!--exclamó Nuncita, enternecida de
+verdad.
+
+Lo cierto era que Paco, a quien la Niña, después de muy rogada, había
+mostrado las cartas que conservaba de Paniagua, se había aprendido de
+memoria aquel originalísimo documento y lo recitaba en todas partes para
+regocijo de sus amigos.
+
+--Eso se llama un hombre resuelto. Así se manifiesta el carácter de la
+persona. ¡Qué diferencia de los militares de hoy, que antes de
+declararse a una muchacha la pasean un año la calle y luego tardan otro
+en decir: «Niña, ¿cuándo nos vamos a la vicaría?»
+
+Pronunció estas palabras mirando al rincón donde estaban Emilita y el
+capitán. Éste recogió la alusión y se puso serio. La chica se hizo la
+distraída, pero agradeciendo mucho a Paco en el fondo de su corazón el
+capote, mientras el Jubilado se atusaba el bigote con mano temblorosa,
+temiendo que Núñez se enfadara, pero alegre al mismo tiempo por la
+esperanza de que estos capotazos oportunos le sacaran de su atonía.
+
+Cansados de platicar, los pollastres propusieron jugar un ratito a las
+prendas. Es un juego donde los hombres de criterio siempre pescan algo.
+Fernanda consintió en que Granate se sentase a su lado. Los guiños de
+Paco, que había sorprendido, le habían hecho mal efecto. Era una
+criatura muy orgullosa, pero en la cual se hallaba arraigado el
+sentimiento de justicia. No podía sufrir que se burlasen en su
+presencia de nadie, aunque fuese del ser más ínfimo y despreciable.
+Podía decirse que el sentimiento de la dignidad, que era en ella tan
+delicado y vidrioso, la hacía sentir las heridas causadas en la de los
+otros con más viveza. Aunque aborrecía a Granate, la molestaba que se le
+mortificase en su presencia, sobre todo si era por su causa; sin
+perjuicio, por supuesto, de que ella le diese a cada momento
+descomunales desaires; pero entendía, y no le faltaba razón, que los
+desdenes de la mujer que se ama, si causan dolor, no resqueman como las
+burlas. El indiano, que se vio tan honrado, no cabía en sí de gozo, y
+comenzó con voluntad excesiva y la ordinariez que le caracterizaba a
+prodigarle mil atenciones. Fernanda las recibió con semblante grave,
+pero sin repugnancia.
+
+Y vino, como es natural, aquello de las «tres veces sí y tres veces no,»
+el «contentar a todos los presentes,» «un favor y un disfavor,» etc.,
+etc. La sociedad se recreaba con lo que se habían recreado sus padres y
+sus abuelos, y con lo que pensaban que se recrearían sus hijos.
+¡Inocentes! Había allí un espíritu, sin embargo, que no merecía este
+calificativo. Paco Gómez jugaba con una condescendencia displicente,
+como hombre que se adelantaba mucho a su época, cometiendo mil torpezas
+y desaciertos que demostraban la distracción que caracteriza a los
+seres superiores. En cambio, Núñez tenía puestos los cinco sentidos. No
+se vio jamás hombre más erudito en aquellas materias ni que las tratase
+con más profundidad. Su inteligencia lúcida había penetrado en todos los
+secretos del juego de prendas y sabía sacar de cada uno el partido
+posible, extraer todo su jugo, según pedían las circunstancias. Por
+ejemplo, cuando una señorita debía contentarle, quedaba sordo
+instantáneamente. La joven se veía obligada a inclinarse más y más,
+hasta que sus labios de carmín rozaban la oreja del capitán. Si quedaba
+condenada a hacer el papel de esquina de la Puerta del Sol y, por
+consiguiente, a sufrir que le pegasen carteles en la cara, que se
+recostasen contra ella, etc., etc., el profundo Núñez no soltaba la
+presa en tanto que no pasease las manos por todas las regiones de su
+cuerpo. Pero cuando dio más claras muestras de su talento portentoso y
+de los vastos conocimientos que había logrado adquirir en aquel ramo del
+saber, fue al proponer que la señorita a quien acertase lo que tenía en
+el bolsillo quedase obligada a darle un beso. Tal seguridad tenían todas
+de que nada conseguiría, que no vacilaron en aceptar la proposición.
+Erró, efectivamente, al vaciar con el pensamiento el bolsillo de
+Carmelita, erró con Fernanda, con María Josefa, con Micaela, y ¡miren
+qué diablo! fue a acertar precisamente con Emilita. Unas tijeras, un
+pañuelo, un dedal y tres caramelos. La niña se puso a gritar batiendo
+las palmas, toda nerviosa: ¡Trampa, trampa! El capitán, sereno,
+apacible, grandioso como un héroe de la antigüedad, rechazó aquella
+imputación y demostró hasta la saciedad que allí no cabía trampa alguna.
+
+--...A no ser--añadió sonriendo mefistofélicamente--que estuviera usted
+convenida conmigo para dejarme ver de antemano lo que tenía en el
+bolsillo.
+
+La niña protestó aún más ruidosamente contra esta hipótesis indecorosa,
+se puso agitada hasta un grado incomprensible y, levantándose con
+viveza, corrió al extremo opuesto de la sala, lo más lejos posible del
+capitán, como si éste fuese a tomar por la fuerza lo que de derecho le
+correspondía. Hubo quien se puso de parte de ella (las mujeres) y quien
+tomó partido por él (casi todos los hombres). Armose en la sala un
+zipizape de mil demonios. Todos hablaban, reían, chillaban sin acabar de
+entenderse. Pero la que más gritaba y gesticulaba era, como es fácil de
+comprender, la interesada. Sin embargo, don Cristóbal, viendo que
+aquello llevaba trazas de no concluir, y queriendo dejar a salvo la
+formalidad de su progenie, intervino en la disputa como un dios
+majestuoso que extiende la diestra para calmar las olas del mar
+embravecido.
+
+--Emilita--pronunció con firmeza,--juego es juego. Dale un beso a ese
+caballero.
+
+Adviértase que no dijo «al capitán,» ni siquiera «a ese señor oficial.»
+Todavía sus labios civiles repugnaban dejar paso a una palabra de orden
+exclusivamente militar.
+
+--¡Pero papá!--exclamó la hija menor, roja ya como una amapola.
+
+--¡Vamos!...--profirió con la diestra extendida y en la actitud más
+imperativa que pudo adoptar jamás un dios jubilado.
+
+No hubo más remedio. Emilita, confusa y avergonzada, con las mejillas
+convertidas en dos brasas, se acercó vacilante al heroico capitán de
+Pontevedra, fértil en toda clase de astucias, y le rozó con el carmín de
+los labios la tierra amarillenta de sus mejillas.
+
+Mas hete aquí que, apenas lo hubo efectuado, saltó hecha un basilisco
+Micaela, la más irascible de las cuatro nereidas que nadaban en las
+profundidades de la morada del Jubilado:
+
+--¡Qué desvergüenza!... Esos no son juegos decentes, sino suciedades...
+No me extraña de Núñez, porque los hombres ¿a qué están? Me extraña de
+tí, Emilita... Me parece que un poco más de pudor y vergüenza no te
+vendrían mal... Pero ¡cómo la has de tener si los que tienen obligación
+de ponértela son los primeros en empujarte a lo malo!...
+
+Aquella sangrienta diatriba contra el autor de sus días dejó a éste
+pálido y clavado al suelo. Hubo un instante de silencio embarazoso. Una
+nota tan destemplada les sorprendió. Sin embargo, todos se apresuraron a
+defender a Emilita y a protestar de la pureza y la perfecta inocencia de
+tales juegos. El argumento que más se repetía, y el que a todos les
+parecía incontrastable, era que, no habiendo malicia, aquello no valía
+nada, porque lo importante en estos asuntos es la intención. El beso ¿ha
+sido dado con intención?--decía uno de los pollastres más
+dialécticos.--¿No? Pues entonces como si no se hubiera dado. Núñez
+asentía gravemente, un poco amoscado y mirando de reojo a su futura
+cuñada. Pero ésta no se rendía a demostraciones tan evidentes y se
+obstinaba en pedir, cada vez con mayor violencia y más altas voces, un
+poco de vergüenza para su hermana menor y unas migajitas de sentido para
+su señor padre. Mas como al cabo nadie se presentaba con estas cosas en
+la mano a satisfacer sus votos, no tuvo otro remedio que ir bajando el
+diapasón, hasta que al fin sus coléricas protestas se fueron
+trasformando poco a poco en murmullo sordo y amenazador como el de los
+truenos lejanos. Y la tertulia recobró su dulce sosiego habitual.
+
+Pero quedó suspendido por aquella noche el juego de prendas. Nuncita, de
+quien casi siempre partían las grandes ideas, propuso que se jugase a
+_la boba_. No se sabe por qué, pero es lo cierto que este juego poseía
+particulares atractivos para la menor de las señoritas de Meré. Es
+indecible lo que se placía la ex-novia del teniente Paniagua cuando
+lograba encajar _la boba_ a alguna de sus tertulianas, la ansiedad y
+desasosiego que se apoderaba de ella cuando la tenía en su poder y no
+lograba soltarla. Paco Gómez tomó la baraja y sacó las tres sotas; pero
+sabiendo la debilidad de Nuncita y queriendo, según su temperamento,
+mortificarla un poco, hizo una señal a la que quedaba, y luego la fue
+manifestando al oído a algunos de los tertulios. Resultado de esto fue
+que _la boba_ iba casi siempre a parar a manos de la Niña, y allí se
+atascaba, sin que apesar de todos sus esfuerzos consiguiese desprenderse
+de ella. Con esto, apesar de su apacible natural, se fue impacientando
+poco a poco. La tertulia reía y ella también, pero más con los labios
+que con el corazón. Al fin, en un momento de cólera echó a rodar las
+cartas y declaró que no jugaba más. Carmelita, al ver aquel acto de
+descortesía, intervino severamente, como siempre que se desmandaba.
+
+--¿Qué arrebato es ése? ¿A qué conduce esa tontería? ¿Qué dirán estos
+señores?... Dirán, con motivo, que no tienes educación, y que en
+nuestra familia no ha habido quien hubiera sabido enseñarte... ¡A ver si
+coges las cartas ahora mismo!
+
+--No quiero.
+
+--¿Qué, qué dices, necia? ¡Tú, tú, tú eres tonta!... ¿Se habrá visto una
+criatura más díscola?... Co... co... coge las cartas enseguida...
+
+La cólera la hacía tartamudear, saliendo de su boca desprovista de
+dientes unos ruidos extraños.
+
+--¡Hum!--gruñó Nuncita, torciendo el hocico con mueca de mimo.
+
+--¡Niña, no me enfades!--gritó su hermana mayor.
+
+--¡No quiero, no quiero!--repitió aquella criatura indómita con
+decisión.
+
+Y al mismo tiempo se levantó de la silla y arrastrando los pies se fue a
+refugiar en el gabinete.
+
+Mas su hermana la siguió inmediatamente en la actitud más severa y
+autoritaria que puede nadie imaginarse, dispuesta a corregir aquel
+principio de rebelión, que con el tiempo podría traer funestas
+consecuencias. Oyose rumor de disputa, sobresaliendo la voz áspera,
+irritada, de Carmelita; luego aquella voz se fue dulcificando,
+haciéndose persuasiva, razonadora, reprendiendo con suavidad. Llegó
+asimismo a los oídos de los tertulios el eco de un sollozo. Por último,
+al cabo de buen rato se presentó de nuevo Carmelita, arrastrando los
+pies todavía más que su hermana, con los ojos resplandecientes de
+autoridad y el ademán majestuoso que conviene a los que necesitan dictar
+leyes a los seres que la Providencia les ha confiado. Detrás venía la
+Niña avergonzada, sumisa, con las mejillas inflamadas y los ojos
+llorosos. Sentose otra vez a la mesa y, sin osar levantar los ojos a su
+hermana mayor, que la miraba aún con cierta dureza, tomó humildemente
+las cartas y se puso a jugar. Pues bien, este ejemplo conmovedor de
+respeto y de sumisión, en vez de impresionar gravemente a los
+circunstantes, provocó en casi todos una sonrisa de burla, y en algunos
+de ellos algunas inoportunas carcajadas que a duras penas lograron
+sofocar.
+
+Sin embargo, el juego no duró mucho tiempo. Acercábase la hora de
+diseminarse aquella escogida sociedad.
+
+--María Josefa, hoy he visto a tu ahijada en el paseo--dijo Paco Gómez,
+mientras barajaba distraídamente las cartas.--La he dado un beso. Está
+cada día más guapa... ¿Cuánto tiempo tiene ya?
+
+--Pues saca la cuenta. La hemos bautizado en Febrero... Dos meses y
+medio.
+
+--¿Iba con su madre?--preguntó Manuel Antonio sonriendo de un modo
+particular.
+
+--No. A su madre la he encontrado después en Altavilla y he echado un
+párrafo con ella--respondió gravemente y con afectada naturalidad.
+
+La mayor parte de los tertulios le miraban sonrientes con expresión de
+malicia reservada que sorprendió a Fernanda. Sólo las dos señoritas de
+Meré y Granate permanecieron impasibles, sin darse cuenta de lo que se
+hablaba.
+
+--Pero ¿a qué ahijada de usted se refiere, a la niña recogida por los de
+Quiñones?--preguntó en voz baja la heredera de Estrada-Rosa a María
+Josefa.
+
+--Sí.
+
+--¿Entonces?... ¿Cómo hablan de su madre?
+
+--Porque esos dos tienen una lengua muy mala. ¡Dios nos libre de
+ella!--repuso la solterona sonriendo también con alegría maliciosa,
+mirando al mismo tiempo a la joven con la benevolencia condescendiente
+con que se mira a las criaturas inocentes.
+
+--Pero ¿quién suponen que es su madre?
+
+--¿Quién ha de ser? Amalia... ¡Silencio!--dijo apresuradamente, bajando
+más la voz.
+
+Quedó estupefacta. Para ella era la noticia tan nueva, tan sorprendente,
+que por unos instantes estuvo mirando con ojos pasmados a su amiga como
+si no hubiese oído. En el estupor que le causaba, no oyó las primeras
+palabras de Paco. Sólo se hizo cargo al concluir de que estaba loando
+con calor la belleza de la niña.
+
+--Tiene a quien parecerse--murmuró el marica de Sierra con la misma
+intención maligna.--Ya ves... su madre... ¡Y su padre!... Su padre se
+cae de buen mozo.
+
+Fernanda, picada repentinamente por vivísima curiosidad, una curiosidad
+insana que la puso agitada y anhelante sin saber por qué, se inclinó
+otra vez hacia María Josefa, y metiéndole la boca por el oído, le
+preguntó con voz alterada:
+
+--Pero ¿quién es su padre?
+
+La solterona se volvió hacia ella y le clavó una mirada donde se
+traslucía junto con la sorpresa la misma indulgencia compasiva.
+
+--Pero ¿de veras no sabes?...
+
+La joven hizo signo negativo. Y al mismo tiempo se sintió embargada por
+terrible emoción. Una corriente de aire frío atravesó su ser interior
+repentinamente. Quedó pálida, pendiente de los labios de María Josefa,
+como si de ellos esperase la salud o la muerte. Aquélla advirtió bien su
+turbación, y dijo después de mirarla un instante fijamente:
+
+--No te lo digo... ¿Para qué?... Acaso sea todo una calumnia.
+
+Fernanda se repuso instantáneamente.
+
+--Está bien--respondió haciendo un gesto de displicencia.--Cálleselo.
+Después de todo, ¿a mí qué me importa todo eso?
+
+Este gesto hirió a la solterona, que se apresuró a decir con aguda
+sonrisa:
+
+--Pues precisamente porque a tí te importa es por lo que temo decírtelo.
+
+--No entiendo...
+
+María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo:
+
+--Porque dicen que el padre de la criatura es Luis.
+
+Como ya antes había sentido la puñalada, Fernanda quedó impasible y
+preguntó con indiferencia:
+
+--¿Qué Luis?
+
+--El conde, muchacha.
+
+--¿Y por qué me ha de importar a mí que sea Luis el padre?
+
+María Josefa quedó un poco desconcertada.
+
+--Como ha sido tu novio...
+
+--¡Pero como ya no lo es!--replicó encogiéndose de hombros
+desdeñosamente.
+
+Y se puso a hablar con Granate, que tenía del otro lado. Aquella
+indiferencia era pura comedia que su orgullo lograba representar. Una
+tristeza inexplicable y penetrante cayó sobre su alma y la invadió por
+completo, sin dejarle fuerzas para pensar ni para hacer nada. Si Granate
+no fuese un animal, hubiera comprendido enseguida que la sonrisa con que
+acogía sus barbarismos y barbaridades era una verdadera mueca sin
+expresión alguna, y que los monosílabos y respuestas incoherentes que
+dejaba escapar de sus labios denunciaban bien claramente que no le
+escuchaba a él, sino a Paco Gómez, Manuel Antonio y los demás que
+seguían charlando de la niña expósita.
+
+¡Con qué interés ardiente recogía todas las palabras que se cambiaban
+entre aquellos maldicientes! Y a medida que iban poniéndole en claro el
+suceso y que iban acumulando pormenores, entreverando frases burlonas y
+reticencias de efecto cómico, su corazón se apretaba, se apretaba poco a
+poco, como si todos ellos lo fuesen oprimiendo entre sus manos, uno
+después de otro, para hacerle daño. Pero su rostro permanecía impasible.
+Ni la más leve contracción acusaba el dolor que la mordía.
+
+La tertulia se deshizo a las doce, como siempre. Fernanda sintió gran
+consuelo al respirar el aire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia de
+quedarse a solas con su pensamiento y darse cuenta cabal de lo que
+acababa de aprender.
+
+Había llovido mucho. Las calles, empedradas de grueso guijarro,
+resplandecían a la luz de los reverberos. Al salir de la casa unos
+tomaron por la calle abajo; otros, entre ellos Fernanda, hacia arriba en
+dirección a la plaza. Pocos pasos habían dado cuando sintieron el
+estrepitoso trotar de unos caballos que doblaban en aquel instante la
+esquina y bajaban hacia ellos.
+
+--Ahí está el barón y su criado--dijo Manuel Antonio.
+
+Era la hora, en efecto, en que el excéntrico barón de los Oscos salía a
+dar su paseo habitual por las calles de Lancia. Su famoso caballo las
+desempedraba haciendo cabriolas, levantando tal estrépito que, aun
+siendo el corcel de su criado mucho más paciente, parecía que atravesaba
+la ciudad un escuadrón. Al cruzarse con los tertulios, Manuel Antonio,
+con el desparpajo que le caracterizaba, gritó: «Buenas noches barón.»
+Pero éste volvió hacia ellos el rostro espantable, los miró fijamente
+con sus ojos encarnizados y siguió adelante sin contestar. El marica,
+corrido, dijo:
+
+--¡Va borracho, como siempre!
+
+Todos asintieron burlando. Pero en el fondo sintieron todos, unos más y
+otros menos, el mismo estremecimiento al ver aquella figura siniestra.
+Fernanda, por mujer y por el estado especial de su alma, se inmutó
+visiblemente: después de pasar siguió todavía con ojos de temor a los
+dos jinetes hasta que se perdieron entre las sombras.
+
+Al meterse en la cama, con el corazón apretado, quiso analizar la
+emoción que la dominaba; quiso remontarse a la causa. Sintió vergüenza
+de ella. Su orgullo le hizo exclamar con rabia y en voz alta:
+
+--¿A mí que me importan esas picardías? ¿Qué tengo que ver con él ni con
+ella?
+
+Pero acabado de proferir tales palabras sintió las mejillas caldeadas
+por el llanto. La heredera de Estrada-Rosa se volvió rápidamente y
+hundió el rostro, cubierto de rubor, en las almohadas.
+
+
+
+
+VII
+
+El aumento del contingente.
+
+
+Las terribles dificultades que debían de surgir para el matrimonio de
+Emilita, a causa de las opiniones antibélicas de su padre, se orillaron
+con más facilidad de lo que podía esperarse. La historia no hablará
+(aunque mejor razón tendrá que para otros muchos sucesos) de aquel día
+solemne en que Núñez fue de uniforme a pedir a D. Cristóbal la mano de
+su hija, de aquel abrazo memorable con que éste le recibió,
+estrechándole calurosamente contra su pecho civil, de aquella fusión
+increíble de dos elementos heterogéneos creados para repelerse, y que
+gracias al amor de un ángel dulce y revoltoso se compenetraban y
+entendían. Si por casualidad esta página privada fuese objeto de
+atención para algún historiador, no tendría más remedio que afirmar la
+grandísima importancia de semejante concordia, que hasta entonces se
+había juzgado inverosímil, y al mismo tiempo presentar con imparcialidad
+el reverso, descubriendo a las futuras generaciones en qué modo el
+benemérito patricio D. Cristóbal Mateo fue víctima de una injusticia
+social y de la persecución de sus conciudadanos.
+
+Es de saber, que todo el mundo en Lancia se creía autorizado para dar
+cantaleta a este respetable y antiguo funcionario acerca del matrimonio
+de su hija. Unas veces directa, otras indirectamente, siempre que
+tocaban tal punto aludían a las opiniones contrarias al desenvolvimiento
+de las fuerzas de tierra sustentadas por él hasta entonces. Al
+matrimonio dio en llamársele «el aumento del contingente,» y algunos
+llevaron su procacidad hasta darle tal nombre delante de su futuro
+yerno. Fácil es de concebir cuánta saliva habría tenido que tragar antes
+de perder, como lo hizo, una molesta y mal entendida vergüenza.
+
+Pero a despecho de todas las diatribas y murmuraciones de los vecinos,
+que reflejaban, en el sentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa, la
+envidia que ardía en la mayor parte de los corazones, «el aumento del
+contingente» se abría paso. El plazo fijado para realizarlo fue el mes
+de Agosto. Cuando llegó el momento había adquirido tal importancia que,
+como sucede generalmente en los pueblos pequeños, apenas se hablaba de
+otra cosa. Las relaciones del Jubilado y sus cuatro hijas eran
+numerosísimas, y todas ellas aspiraban a ser invitadas el día de la
+boda. Por otra parte, la misma aspiración alimentaban en su pecho
+algunos dignos y pundonorosos oficiales del batallón de Pontevedra
+amigos del futuro. No siendo posible reunir tanta gente en el hogar
+poético del Jubilado, se pensó en celebrar la boda en el campo. La casa
+más a propósito era la de la Granja por su proximidad a la población. D.
+Cristóbal se la pidió al conde, con quien tenía extremada confianza, lo
+mismo que sus hijas, y éste se apresuró a ponerla a su disposición.
+
+En la iglesia de San Rafael se consumó de madrugada aquella venturosa
+alianza, prenda segura de paz entre el elemento civil y el militar.
+Bendíjola fray Diego que, por ser el sacerdote más bizarro y el más
+firme bebedor de anisado de la capital, gozaba de gran prestigio entre
+la oficialidad. Asistieron al acto más de veinte damas y casi otros
+tantos caballeros. En cuanto terminó se trasladaron todos a la Granja
+para pasar allí el día. Por hallarse tan cerca de la población no se
+necesitaban carruajes. Sin embargo, fueron los del conde de Onís y de
+Quiñones para trasportar a los novios y a algunas personas de edad
+avanzada, como las dos señoritas de Meré. Entre los invitados estaba
+casi toda la tertulia del maestrante, bastantes de la de las de Meré y
+un número crecido de oficiales.
+
+El conde había hecho asear, hasta donde era posible, el vetusto caserón.
+Casi todos lo conocían como su propia casa. Era el sitio obligado de las
+giras campestres por hallarse tan cerca y por el hermoso bosque que
+tenía. Los condes jamás habían negado el permiso. En cuanto llegaron y
+gustaron el chocolate, que les esperaba en el vasto salón con pavimento
+de ladrillo de la planta baja que servía de comedor, se diseminaron sin
+ceremonia por la casa y por la finca dispuestos a matar las horas del
+mejor modo posible hasta que sonase la de comer. La novia, con Amalia,
+que había sido su madrina, y otras dos señoras se fue a sentar
+gravemente en una de las habitaciones. Tenía los ojos brillantes, las
+mejillas coloradas y procuraba inútilmente disfrazar con un continente
+digno y serio la profunda emoción que la embargaba. Las que la
+acompañaban, casadas todas, la acariciaban sin cesar, pasando la mano
+por sus cabellos, dándole palmaditas en las mejillas, cogiéndole las
+manos y de vez en cuando inclinándose para estampar un beso en su
+frente con esa condescendencia, mitad cariñosa, mitad irónica, con que
+las veteranas del matrimonio contemplan a las bisoñas. No hay una de
+aquéllas que al acercarse a una novia no sienta vibrar en su pecho el
+eco de cierta música lejana y divina; viene a sus labios el gusto de la
+miel de la remota luna; pero llega ¡ay! con el dejo amarguillo de
+algunos años de prosa matrimonial. En toda mujer casada hay un poeta
+desengañado de su musa. De aquí la sonrisa baironiana que aparece en su
+rostro al observar la dicha que arde en los ojos de una desposada.
+
+Emilita había cambiado de carácter en un cuarto de hora. Todo lo
+juguetona y pizpireta que se había mostrado hasta entonces, aparecía
+ahora grave y espetada. Disertaba sabiamente con las matronas, sus
+compañeras, acerca de la instalación de la despensa, del servicio
+doméstico que todas consideraban en espantosa decadencia, del precio de
+la carne. Tan vieja se había hecho en este cuarto de hora, que
+sorprendía no ver ya alguna hebra de plata entre sus cabellos de oro.
+
+En cambio a sus hermanas, por extraño contraste, les habían quitado
+algunos años de encima desde que la menor tomara la investidura. Habían
+retrocedido hasta la infancia. Como criaturas ávidas de aire y de luz
+para desarrollarse, lanzáronse al bosque las tres, animando con sus
+gritos e inocentes carcajadas el silencio y la paz que allí reinaba.
+¡Virgen del Amparo lo que saltaron, lo que rieron, las diabluras que
+llevaron a cabo en poco tiempo aquellas loquillas! Para entregarse a los
+juegos inocentes, que exigía el retroceso sensible que habían
+experimentado de pronto, se quitan las mantillas y dejan suelto el
+cabello, tiran los guantes, el abanico, la sombrilla, todo lo que
+pudiera simbolizar la juventud, y se quedan gozosas con los atributos de
+la adolescencia. No sólo dejan flotando sobre la espalda su cabellera
+angelical, sino que se despojan del reloj, de las pulseras y sortijas
+que entregan a su papá, colgándose antes de su cuello para hacerle mil
+caricias como niñas sencillas y apasionadas que eran; hecho lo cual y al
+observar que algunos dignos oficiales del batallón de Pontevedra las
+contemplan, huyen ruborizadas y confusas, se recogen las enaguas con
+alfileres hasta dejar descubierto el pie y parte de la pierna, y en la
+inocencia de su corazón huyen, huyen siempre por el bosque adelante,
+esquivando como las ninfas de Diana las miradas ardientes de la
+oficialidad.
+
+Y cuando llegan a un rincón apartado y solitario donde las sombras se
+espesan, donde no llegan los ruidos mundanales ni penetran los ojos
+maliciosos de los hombres, llaman con gritos de alegría, como pajaritos
+de Dios, a sus compañeras, las invitan a venir a disfrutar de aquella
+amable seguridad donde libremente pueden mostrar sus gracias y recrearse
+sin peligro de ser sorprendidas. Entonces una propone jugar a la cuerda
+y las demás acceden batiendo las palmas. Jovita es la primera. Salta,
+salta hasta que queda rendida y se deja caer sobre el césped, llevándose
+la mano al corazón, que palpita con la fatiga, no con la agitación
+insana de las pasiones juveniles. Luego salta otra, luego otra y otra
+hasta que todas se tienden exánimes pero risueñas, reflejando en sus
+mejillas sudorosas y en sus ojos entornados la dulce alegría que se
+escapa de un pecho inocente. Y en cuanto descansan se propone jugar «al
+milano que le dan--cebollita con el pan.» ¡Qué risa! ¡qué algazara!
+¡cómo resuena el dormido bosque con las voces argentinas de aquellas
+bellas y tiernas criaturas! Cansadas de este juego se diseminan por un
+momento. Algunas forman grupo sentadas al pie del tronco de un roble y
+se cuentan en voz baja como suave gorjeo mil puerilidades encantadoras;
+otras se entregan apasionadamente a la busca de florecillas azules y
+hacen con ellas ramilletes que colocan en el pecho; otras se persiguen,
+como las golondrinas en el aire, con chillidos penetrantes. Otras, las
+más resueltas, dedican sus esfuerzos a la caza de cigarras y otros
+bichos temerosos. Pero luego tornan a juntarse porque hay una chica muy
+aturdida que apuesta a encaramarse en un árbol si la ayudan, y hay otra
+maligna que dice que sí, que ella la ayudará. Manos a la obra. Empezó la
+animosa joven, que se llama Consuelo, a poner sus piececitos en las
+rugosidades del roble más asequible. La compañera maligna, que no es
+otra que Socorro, la tercera sirena del Jubilado, la sostiene.
+Encarámase al fin la primera en la cruz de dos ramas; asciende después a
+otra; aplauden las ninfas y la alientan con gritos de entusiasmo...
+
+Mas he aquí que Rubio, el teniente de la tercera, hombre acreditado de
+audaz entre sus compañeros de arma y de un genio devastador para el sexo
+femenino, se presenta de improviso asomando su cabeza temeraria por
+encima de unas matas. Las ninfas, al verle, lanzan un grito y quedan
+petrificadas en la actitud en que las sorprende. Consuelo, desde lo alto
+del árbol, le apostrofa con violencia. Si en su mano estuviera
+trasformaría inmediatamente en ciervo a aquel nuevo Acteón. Acá, para
+_inter nos_, es posible que prefiriese trasformarle primeramente en
+marido, sin perjuicio de acudir más adelante a la metamorfosis
+clásica... Pero Rubio, el teniente de la tercera, conoce perfectamente
+el valor de estos gritos y estos apóstrofes. No se inmuta; sonríe
+maliciosamente y llama con voz ronca a sus hermanos de armas. ¡Qué
+confusión, qué espanto entre aquellas risueñas hijas de los bosques al
+aproximarse en columna cerrada los hijos de Marte! Sin recoger las
+mantillas, ni los guantes, ni las sombrillas, nada en suma de lo que las
+pertenecía, huyen y se desbandan por la floresta lanzando gritos de
+terror. Pero los sátiros de pantalón encarnado las persiguen con saña,
+las atrapan aquí y allá y las traen cautivas enmedio de risotadas
+odiosas. Mientras tanto la pobre Consuelo, encima del árbol y bloqueada
+por tres de estos silvanos voluptuosos, se niega terminantemente a bajar
+mientras no se alejen por lo menos cincuenta varas. Ellos ¡los crueles!
+se niegan. Ruega la ninfa, se irrita, está a punto de llorar; pero ni su
+enojo ni sus lágrimas consiguen ablandar el corazón empedernido de los
+infames sátiros. Por fin se resigna a descender y, aunque toma muchas y
+castas precauciones, éstos logran ver un pie deliciosamente calzado y un
+nacimiento de pierna que les hace rugir de gozo. Pero ¿dónde está Rubio?
+¿Dónde está el más terrible y feroz de todos ellos? No se sabe, mas al
+cabo de mucho tiempo sale de la espesura arrastrando consigo a Socorro,
+la más sentimental de las ondinas de D. Cristóbal. En los rasgos crueles
+de su fisonomía viene pintada la expresión del triunfo, y en los de ella
+la vergüenza y la sumisión de una cautiva. Muchas horas después, en las
+últimas de la noche, sentado a una mesa del café de Marañón y rodeado
+de ocho o diez de sus colegas, el teniente de la tercera narraba con
+sonrisa malévola el vencimiento de la ninfa, calculando lo menos en
+veinticinco o treinta los besos que logró robarle en distintos sitios de
+su rostro hechicero; y todos los hijos de Marte aplaudían y celebraban
+con homéricas carcajadas aquel nuevo triunfo de su heroico compañero.
+
+Finalmente, los vencedores no se mostraron demasiado tiranos, y el orden
+se restableció gracias a la llegada oportuna de las señoritas de Meré,
+que venían acompañadas de María Josefa y de Paco Gómez. Las autoras y
+únicas responsables de todo aquello habían sacado el fondo del cofre.
+Carmelita traía un vestido de alepín de seda negra que sólo salía a
+relucir en las grandes ocasiones, al paso que Nuncita, por contar menos
+años y respetabilidad, podía lucir un traje claro con flores bordadas,
+como sólo se ven en los retratos del siglo pasado. Estaban alegres,
+rebosando satisfacción por los ojos; pero las piernas no respondían a
+aquella eterna juventud de sus corazones: caminaban apoyándose en sendas
+muletas y agarrándose con la mano libre al brazo de sus acompañantes.
+Fueron recibidas con vivas y hurras. Se oyeron asimismo algunas frases
+harto familiares, de esas que nadie más que las benditas de Meré
+consentían y reían. Por eso tenía poco mérito el embromarlas. Jamás se
+dio el caso de verlas enfadadas con sus amigos, y eso que algunos se
+deslizaban en sus guasas hasta llegar no pocas veces a la grosería. En
+cambio eran muy propensas a la guerra intestina, esto es, a irritarse
+una con otra; pero ya sabemos en qué paraban siempre estas misas.
+
+El espíritu temerario del teniente Rubio, apretado por las
+circunstancias, engendró una idea felicísima, es a saber: que para mejor
+pasar el rato hasta la hora de comer se construyese un columpio, donde
+las damas pudieran gozar la dicha de sacudirse el diafragma algunos
+instantes, y los caballeros la de proporcionársela moviendo galantemente
+el aparato. Dicho y hecho: se buscan cuerdas, se sierra una tabla; en
+menos de un cuarto de hora queda todo terminado. Rubio, mientras se
+lleva a cabo, no deja de hacer guiños expresivos a sus compañeros, que
+comprenden, sonríen, callan, profundamente admirados, como siempre, de
+la audacia y penetración del teniente de la tercera. Ya está amarrado el
+columpio. ¿Quién es la primera? Todas manifiestan la misma vergüenza,
+idéntico rubor colorea sus mejillas. A una se le ocurre malignamente
+proponer que lo estrene Nuncita. Las demás aplauden la idea. Nuncita
+resiste aterrada. Carmelita ni concede el permiso ni lo niega. Las
+instancias se repiten sin cesar. Los mancebos encuentran la idea cada
+vez más original. Al fin, casi a viva fuerza, entre los aplausos
+frenéticos del corro, Cuervo, el hercúleo alférez de la primera, levanta
+en brazos a la Niña y la sienta en la tabla.
+
+--¡Agárrate bien, Nuncia!--le grita Paco Gómez, mientras el citado
+alférez y algunos otros amigos empiezan a mecerla.
+
+--¡Suave, suave!--exclama Carmelita.
+
+No hay cuidado; así lo hacen, porque temen dar con ella en tierra. Pero
+aun moviendo el columpio con parsimonia, el aire consigue levantar, al
+poco tiempo, las enaguas de la antigua doncella. Los oficiales ríen y
+empujan el columpio para que se vea más.
+
+--¡Fuerte, fuerte, que algo se pesca!--les grita Paco Gómez.
+
+Las muchachas, entre risueñas y avergonzadas, se tapan la cara y se
+abrazan unas a otras diciéndose palabritas al oído.
+
+--¡Alto, alto!--exclama Carmelita.--¡Paren ustedes!
+
+Nadie hace caso. Las ropas de la Niña van subiendo, subiendo: no se sabe
+dónde se van a detener.
+
+--¡Alto, alto! ¡Por Dios, señor alférez!
+
+--¡Anda con ella!--rugen los militares.
+
+Y el columpio sigue cada vez más vivo. Nuncita está tan asustada que no
+tiene tiempo a pensar en el pudor.
+
+--¡Señor alférez! ¡Señor capitán!--grita Carmelita toda temblorosa,
+agitando los brazos, la mandíbula inferior, desdentada, batiendo contra
+la superior, desdentada también, con un estremecimiento
+particular.--¡Señor capitán, téngase por Dios! ¡Por la Virgen del Amor
+Hermoso!... ¡Pare! ¡pare!... ¡pare!
+
+--¡Sooó!--exclama Paco.
+
+Pero el capitán es sueco y sigue apretando. Las enaguas de Nuncita se
+encuentran ya en la más alta cúspide adonde pueden llegar. Las jóvenes
+se vuelven de espaldas; algunas corren riendo a ocultarse entre los
+árboles. Sólo cuando hubieron consumado su obra de desvergüenza se
+consiguió que los oficiales aplacasen y permitiesen a Nuncita tomar
+tierra. Su hermana, en vez de enojarse con los culpables, la emprende
+con ella llena de furor, vibrando rayos por los ojos.
+
+--¡Bájate, picarona! ¡Escandalosa! ¿Es ésa la educación que has
+aprendido de tus padres? ¿Es eso lo que te aconseja el confesor?
+
+Nuncita, aterrada, empieza a hacer pucheros y suelta la llave de las
+lágrimas. La juventud masculina, lo mismo que la femenina, tratan de
+calmar a la enfurecida Carmelita. El capitán y el alférez echan sobre sí
+toda la culpa. Es en vano. La cólera no se apaga hasta que no se
+descarga de palabras bien ofensivas y pesadas. La pobre Niña, sentada en
+el suelo, sollozando, con la cara oculta entre las manos, excita la
+compasión de todos los presentes, que no cesan de interceder por ella.
+
+Se trata de saber cuál es la que ha de subirse al columpio después.
+Ninguna quiere: es natural. ¿Cómo han de dejarse columpiar por hombres
+tan atrevidos y desvergonzados? Es en vano que militares y paisanos
+expliquen su conducta en el suceso anterior y hagan juramento de no
+reincidir y estar comedidos y prudentes y siempre a las órdenes de las
+damas. Éstas no se fían. Sobre todo el teniente Rubio les inspira un
+terror pánico considerándolo, y no sin razón, como el alma de todas
+aquellas intrigas libidinosas.
+
+Pero cuando más desesperanzados estaban, he aquí que Consuelo, aquella
+niña aturdida y resuelta que hacía poco se había encaramado en un árbol,
+habla al oído a una compañera y luego se adelanta y dice, con espanto de
+sus compañeras:
+
+--Yo me subo. Ayúdenme ustedes.
+
+Un grito de entusiasmo acogió estas sencillas palabras. Por algunos
+instantes no se oyó más que ¡viva Consuelo! ¡viva Consuelo! entre la
+muchedumbre frenética. No hay quien no quiera ayudarla y quien no la
+colme de flores y agasajos. El alférez atlético, con ademán
+caballeresco, pone una rodilla en tierra y la invita a que afiance el
+pie sobre su muslo. La intrépida joven no se hace de rogar y lo
+ejecuta, sentándose de un salto en la tabla. Lo mismo militares que
+paisanos se las prometen muy felices y cambian entre sí miradas de
+inteligencia, decididos a faltar a su palabra y a pagar la confianza de
+la niña con la más negra traición. Mas cuando ya se disponían a dar
+comienzo a su obra maléfica empujando el aparato, Consuelo hace seña a
+su compañera. Se adelanta ésta con un puñado de alfileres y en un
+instante le prende las enaguas por debajo, de tal manera que no hay
+forma de que se le vea ni la punta del pie aunque echen a vuelo el
+columpio. El sexo femenino aplaude con entusiasmo loco.
+
+--¡Bien, Consuelo! ¡bien!
+
+El masculino, enfadado y mohíno, no se atreve, sin embargo, a protestar
+ruidosamente, pero murmura de aquella falta de confianza, mientras la
+interesada, orgullosa de su ocurrencia, los contempla con sonrisa
+burlona. La desgracia fue completa. Los alfileritos obtuvieron un éxito
+tan lisonjero que no hubo niña que se subiese al aparato que no se
+hiciese coser la ropa previamente con ellos.
+
+Mientras tales memorables escenas se efectuaban en el bosque, Jaime
+Moro, desdeñando los placeres campestres, había logrado catequizar a
+Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa para echar un tresillito. Se aburría
+en la iglesia, se aburría en el bosque, en la ciudad y en la campiña.
+Tan sólo recobraba la serenidad de espíritu y renacía en él la calma y
+la alegría cuando tomaba las cartas en la mano. La suerte quiso serle
+aciaga. No había naipes en la casa. Pero no se arredra por eso. Baja a
+la cocina, llama aparte a un criado, al que le pareció más ligero y
+musculoso, y dándole una propina le encarga que a todo correr vaya a la
+ciudad y traiga un par de barajitas. Mientras tanto, para que no se le
+escapen, hace esfuerzos portentosos por entretener a sus compañeros,
+hablándoles de lo que más puede interesarles, sobre todo a don Juan, que
+manifestaba tendencias muy señaladas a desertar, seducido por la idea
+absurda de dar un paseo por la quinta y hacer una visita al molino como
+otros de los invitados. Moro sudaba de congoja temiendo no poder
+resistir hasta la vuelta del criado. Felizmente éste llegó a tiempo. En
+cuanto tuvo en su poder las anheladas barajas ya fue otro hombre. Seguro
+de la victoria los arrastra a una de las salas retiradas del caserón, se
+hace traer una mesa adecuada, bujías, cerveza, cigarros y ¡vamos
+allá!... Después de haber estado a dos dedos de perderla, Jaime Moro
+gozaba de aquella felicidad con una ruidosa alegría que causaba envidia.
+
+Un buen golpe de gente ridícula, sin imaginación bastante para
+comprender ni gustar las dulzuras del tresillo, se había ido, con el
+Jubilado a la cabeza, a recorrer la posesión y visitar después el molino
+de nuevo sistema que el conde había montado hacía poco tiempo. Formaban
+la comitiva, entre otros, el novio, el propio capitán Núñez, con
+aquellos de sus compañeros menos propicios al sexo femenino, Granate, D.
+Enrique Valero, Saleta, Manín y otros pocos. Al conde no se le pudo
+arrastrar porque no se le halló. Se dijo que estaba dando órdenes a los
+criados y vigilando algunas obras allá lejos, pero no se le halló
+tampoco en ellas. Uno que hacía allí de capataz o medio mayordomo se
+brindó a servirles de guía.
+
+La finca estaba situada en la pendiente de la misma suave colina donde
+está asentada Lancia. A espaldas de la casa se encuentra el bosque, que
+le priva de la vista de la ciudad. Así que con hallarse tan próxima
+parece que se está a cien leguas de ella, en la amable soledad del
+campo. Al mismo tiempo la protege contra los vientos del Norte y del
+Oeste, dejándola solamente abierta a las templadas y benéficas
+corrientes que vienen del Mediodía y del Este. No llegan hasta allí los
+ruidos de la población. Tan sólo las campanas de la catedral suenan a
+ciertas horas del día dulcemente amortiguadas por la distancia. La
+carretera general va por detrás del bosque. Otra pequeñita, que arranca
+de ella, la pone en comunicación con la quinta. No hay en ésta, como ya
+sabemos, ningún parque a la inglesa o a la francesa, ni jardincitos, ni
+cascadas, ni grutas artificiales. Es una finca mitad de recreo, mitad de
+labor. Primero el bosque, luego la casa con su corrada; después un
+jardín vasto y abandonado; enseguida praderas inmensas que se extienden
+por la falda de la colina y llegan hasta el río y aun lo salvan y se
+dilatan por la opuesta orilla. Por estas praderas se ve pastando el
+ganado, se oyen sus esquilas y los ladridos de los perros. Es fácil
+forjarse la ilusión de que se está en el seno de la naturaleza
+solitaria. La paz es profunda y sólo la interrumpe el canto de un pájaro
+o el mugido de una vaca.
+
+Los excursionistas recorrieron las cuadras, que estaban bien cuidadas,
+pues el conde tenía afición a la ganadería. Sin embargo, Saleta afirmó
+que las había visto en Holanda mucho mejores.
+
+--Figúrense ustedes, señores--manifestó con su característico acento
+gallego,--que allí a las vacas les atan el rabo con una cuerda, ¿saben?
+y lo tienen suspendido para que cuando les da la gana de proveerse lo
+puedan hacer sin ensuciárselo.
+
+Esta noticia, rigorosamente exacta, hace soltar la carcajada a los
+presentes.
+
+--¡Pero este D. Ramón cuándo se cansará de inventar patrañas!--se
+decían los unos a los otros por lo bajo, todo por causa de aquella
+maldita reputación de embustero que había adquirido.
+
+--Pue eztán bien atrazaiyo en Holanda, amigo Zaleta--manifestó Valero,
+que no le dejaba pasar una.--En Málaga, cuando a alguna vaca le da la
+gana de ezo, ze le zienta en un inodoro y ze la limpia depué con papel
+higiénico.
+
+Saleta no se dio por ofendido. Estaba tan avezado a la incredulidad de
+sus oyentes, que aunque ahora reventase con la verdad no le impacientaba
+que no se le creyese.
+
+Cuando hubieron recorrido las cuadras tomaron el camino de los prados a
+campo traviesa, y descendieron hasta el río guarnecido, por entrambas
+orillas, de alisos, álamos y mimbreras, los cuales formaban a trechos
+una mata espesa por debajo de la cual corría oscuro y tétrico. El río
+Lora es uno de los menos caudalosos y al mismo tiempo de los más
+originales de España. Antes de llegar al mar, «que es el morir,» como
+dijo el poeta, se arregla para dar infinidad de vueltas como un viejo
+marrullero que pretende burlarse de la ley común a los seres creados.
+Imposible imaginarse un cauce más extravagante. Sale de cualquier
+población muy resuelto y boyante; parece que va a tragarse las leguas y
+marchar impávido hasta el océano. Pero al cuarto de legua se arrepiente,
+da la vuelta y retorna lento y cabizbajo cerca del punto de partida, lo
+cual hace pensar a algunos, no sin fundamento, que camina cuesta arriba.
+Sale de nuevo, no por voluntad, sino apretado por las circunstancias;
+esta vez se pierde de vista; todo el mundo cree que se va de veras para
+no volver. No es así, sin embargo. El gran zorro, cuando entiende que ya
+no le ven desde el pueblo, revuelve muy solapadamente y trata de meterse
+otra vez por él, pero le da vergüenza, y antes de llegar se aparta un
+poco y va a parar a alguna aldea próxima del mismo concejo. Jamás siguió
+una carrera franca y abierta. Como todos los caracteres rebajados,
+repugna la luz, aprovecha cualquier coyuntura para deslizarse debajo de
+alguna peña o una mata y ocultarse a las miradas de los hombres y
+permanecer allí estancado, corrompiéndose en degradante ociosidad. Nadie
+se fíe de él. Con sus apariencias de viejo inválido y reumático, incapaz
+de dar un paso, ha engañado a muchos zagales. Los invita a bañarse
+haciéndoles pensar que no tiene media vara de fondo, y luego los
+estrangula miserablemente entre sus aguas verdes. No se hallarán dentro
+náyades de celestial hermosura quebrando al nadar con sus brazos de
+alabastro los frágiles cristales, ni saldrán de noche a jugar sobre su
+linfa las graciosas ondinas, de cabellera blonda. El río Lora es
+taciturno, enemigo de toda idealidad poética. Nada de seres
+fantásticos. Lo único que alimenta con verdadero cariño es un enjambre
+de ranas, tan grande que causa vértigo el pensar qué número de ellas
+vivirá bajo su amparo. Ellas son las que se encargan de alegrar con su
+voz armoniosa los parajes que recorre.
+
+Ellas fueron también las que impidieron con ruido atronador que Saleta
+pudiese afirmar, como afirmó después que se vieron lejos, que estando a
+orillas del Yumurí cierta tarde, había tenido la suerte de matar de una
+pedrada un cocodrilo. Verdad que bajo la mirada insistente de su colega
+Valero se apresuró a rectificar haciendo constar que el cocodrilo era
+todavía cachorro y no tenía más que una carrera de dientes.
+
+Siguieron buen trecho la margen sombría del Lora y lo atravesaron por un
+puente rústico en el sitio donde el conde lo había desangrado, por medio
+de una acequia, para dar movimiento a su molino. Mas en aquel punto, a
+los amigos del novio, representantes genuinos del elemento más vigoroso
+y masculino del batallón, se les despierta repentinamente el sentimiento
+de su fuerza y del poder muscular de sus piernas. Un teniente salta la
+acequia. Un capitán, por no ser menos que el subalterno, también lo
+hace, pero se moja los pies. Excitado el amor propio, se despoja de la
+levita y vuelve a saltar con felicidad. Los demás le imitan. Al
+instante toma aquello el aspecto de los juegos olímpicos y todavía más
+de la gran batuda americana. Pero Núñez es un eminente saltarín. Así
+estaba de antiguo reconocido en todo el ejército y más particularmente
+en el arma de infantería. Saltó tres o cuatro veces con gran facilidad;
+mas, queriendo, como es lógico, sobreponerse a sus compañeros y dar
+prueba gallarda de su destreza, afirma en tono desdeñoso que «aquello no
+vale nada» y que él es capaz de saltar la acequia volviéndose de
+espalda. Estas palabras fueron acogidas con respeto por sus colegas,
+pero también con un silencio que al capitán se le antojó dubitativo. Y
+sin aguardar más resuelve confundirlos. No se despoja de una sola prenda
+del uniforme, que esto queda para los neófitos; toma vuelo, y al llegar
+al borde del agua se vuelve y da el salto, pero con tan mala fortuna que
+los pies se le enredan en unos juncos y cae de espaldas tan largo como
+era enmedio del arroyo. Se oculta a las miradas de sus amigos por un
+momento, y sale al fin bufando y chapoteando como un verdadero tritón,
+diciendo que no es nada y que va a saltar otra vez para que se vea. Pero
+su padre político no lo consiente. Le pasea las manos por el cuerpo para
+cerciorarse de que está calado (¡cómo había de estar!) y, presa de
+insana agitación, él, que hacía poco tiempo hubiera exterminado en
+pleno a toda la milicia, comienza a gritar:
+
+--¡Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!... ¡Una pulmonía!...
+¡Mudarse!... ¡Fricciones!... ¡Una fiebre reumática!
+
+Y otras exclamaciones más o menos coherentes, que daban testimonio del
+profundo interés que la salud del oficial le inspiraba.
+
+Núñez, aunque guerrero, cede a sus instancias y vuelve hacia la casa con
+semblante fiero y ceñudo, enteramente resuelto a quitarse hasta los
+calcetines y a meterse en la cama mientras se manda propio a Lancia por
+una muda. Todos sus amigos le rodean, y así llegan hasta la casa.
+Emilita, que está al balcón, al verlos de aquella guisa, pregunta con
+sorpresa:
+
+--¿Qué es eso?
+
+--Nada--le grita su papá,--que Núñez se ha caído a la acequia.
+
+Naturalmente al oír esto Emilita lanza un grito desgarrador y cae
+desmayada en brazos de varias damas. Núñez, hecho un héroe, despreciando
+su propia salud, corre a socorrerla. En pocos momentos se llena la
+habitación de vasos de agua y salen a relucir también dos o tres frascos
+de antiespasmódico. Cuando empieza a recobrar el conocimiento y llega el
+momento crítico de las lágrimas, su hermana Micaela no puede contenerse;
+increpa violentamente a su papá.
+
+--¡Esto ha sido una verdadera barbarie! ¿Se ha figurado usted que su
+hija tiene el corazón de bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesita
+para herir de este modo a una pobre criatura!...
+
+La pobre criatura le paga aquella defensa con una mirada cariñosa de sus
+ojos húmedos, apretándole al mismo tiempo la mano. El Jubilado se
+encuentra en el último grado del abatimiento y apenas se atreve a
+murmurar «que viendo a Núñez vivo a su lado no había razón para tanto
+susto.» Las señoras juzgan que Micaela ha estado irrespetuosa con su
+padre, pero al mismo tiempo no pueden menos de convenir en que aquello
+ha sido un escopetazo, y manifiestan a la desgraciada esposa una
+ardiente simpatía.
+
+
+
+
+VIII
+
+El vino de Fernanda.
+
+
+Fernanda no había presenciado nada de esto. Estuvo a primera hora en el
+bosque, haciendo de ninfa pudorosa como sus compañeras; pero cansada
+pronto del papel, se apartó de ellas y comenzó a discurrir por los
+lugares más solitarios. Su cabeza, tan erguida siempre, se doblaba bajo
+el peso del tedio o la preocupación; su talle flexible, ondulante, se
+movía sin compás girando a un lado y a otro como el cuerpo de un beodo;
+arrastraba los ojos por el suelo, aquellos hermosos ojos africanos que
+eran el más preciado ornamento de la noble ciudad de Lancia, y por su
+frente pálida cruzaba una arruga bien profunda, signo de pensamiento
+fijo y doloroso. ¡Cuánto le había atormentado desde hacía dos meses! La
+impresión que los amores del conde habían dejado en su alma, sofocada al
+principio por el orgullo, por la esperanza de volver a ellos, se había
+dilatado de pronto al conocer el secreto de su desvío, había hecho
+irrupción en ella, la había llenado toda y la abrasaba de amor y de
+celos. Eran tanto más ásperos éstos cuanto que vio claramente que Luis
+la había estado engañando mucho tiempo, le había fingido cariño cuando
+amaba ya a otra. La miserable traición de Amalia la sublevaba, le
+inspiraba horror y repugnancia; pero la del conde, tenía que
+confesárselo, la traspasaba de dolor y acrecía su pasión
+desmesuradamente.
+
+Supo, no obstante, mantener su dignidad a flote. Siguió frecuentando el
+trato de Amalia y mantuvo con ella en apariencia las mismas relaciones
+amistosas, mas a despecho suyo, sin darse ella misma cuenta, había unas
+veces en su actitud, otras en sus ojos, otras en su acento, un leve dejo
+amargo y desdeñoso que no pasó inadvertido para la penetrante
+valenciana. Con su ex-novio se mostró circunspecta, dejó aquel tono
+agresivo que con él acostumbraba a emplear y se hizo más suave y formal;
+pero también, con gran disgusto suyo, la emoción que sentía al hablarle
+se le traslucía no pocas veces en una leve alteración de la voz y en
+palideces o rubores enfadosos. Su vida interna, durante aquellos seis
+meses, había sido devorada por una actividad febril, ansiosa, mareante,
+disimulada con esfuerzo bajo actitud tranquila y altiva. A veces la
+sorda irritación que la minaba no podía resistir tanta presión, y
+estallaba en un flujo de palabras candentes, injuriosas, que pronunciaba
+en voz baja, al advertir algún signo de inteligencia entre los
+traidores. Su naturaleza ardiente, orgullosa, lisonjeada por un padre
+que llegaría hasta el crimen por darle gusto, y por un enjambre de
+adoradores postrados a sus pies, botaba ante aquel obstáculo, el primero
+con que había tropezado en su vida, como un potro salvaje.
+
+En estos frenesíes de cólera ideaba vengarse. Escribió varios anónimos a
+D. Pedro, pero ninguno llegó a su destino. Antes de echarlos al correo
+los rompía. El gran fondo de dignidad que había en su carácter se
+sublevaba ante un proceder tan bajo; los rompía vertiendo lágrimas de
+despecho. Después de hacer trizas el último que escribió, tuvo ocasión
+de alegrarse, pues supo casualmente aquella noche que ninguna carta
+llegaba a poder de Quiñones sin pasar por las manos de su esposa. Otras
+veces no podía más; se rendía a la pesadumbre de su pena y se dejaba
+caer en una butaca, y pasaba largo rato con los ojos extáticos en
+meditación intensa y dolorosa. Acometíanle, en estos momentos, súbitos
+arranques de ternura; se confesaba sin rubor, con gozo voluptuoso, el
+amor que sentía; perdonaba a Luis de todo corazón y se prometía amarle
+toda la vida en silencio, no ser jamás de ningún otro hombre. Según
+trascurrían los días este sentimiento se irritaba, se trasformaba en
+deseo enfermizo, irracional. La excitación de los sentidos, que al fin
+despertaban en ella de un modo violento, juntábase al cosquilleo del
+amor propio herido, para mantener vivo este deseo. Poco le faltaba,
+cuando veía a Luis a su lado, para abrirle su pecho y confesarle la
+abrasadora pasión que sentía.
+
+Sin conciencia clara de lo que hacía, Fernanda buscaba a su ex-novio por
+la finca. Todo lo que allí había le interesaba profundamente, el bosque,
+la casa, los criados, hasta los animales que pastaban en la pradera;
+sobre todo esparcía una mirada simpática, brillante de emoción. ¡Cuan
+amable le parecía aquel caserón estropeado, roído por la humedad y los
+ratones! Después de vagar por las regiones más solitarias del bosque
+largo rato, entró distraídamente por los prados; descendió lentamente
+hasta cierto sitio donde había algunos obreros abriendo una zanja
+profunda para desecar el terreno. Allí supo, sin preguntarlo, que el
+conde, después de estar un rato mirando la obra, se había marchado.
+Esperó algún tiempo para disimular, y al cabo se apartó con lento paso,
+arrastrando la sombrilla, como quien no sabe adónde enderezarse.
+
+En efecto, no lo sabía. Pero no por falta de objetivo, sino porque
+ignoraba dónde estuviera éste. Una idea cruel flotaba en su cerebro sin
+determinarse con claridad; la de que Luis pudiera hallarse a solas en
+aquel momento con Amalia. Poco a poco, a medida que marchaba por el
+campo, esta idea fue adquiriendo relieve. Y según se precisaba, le roía
+el corazón, se lo llenaba de despecho y de cólera. ¿Por qué? ¿No conocía
+perfectamente sus relaciones adúlteras? Pues, con todo, le causaba viva
+irritación, le parecía que no debía sufrirlo, que tenía derecho a
+impedir que se juntasen. Sin darse cuenta de lo que hacía apretó el
+paso. Sus nervios se iban alterando. Cuando llegó a la corrada estaba
+enteramente persuadida que los adúlteros se hallaban juntos y solos.
+Entró en la casa y, como quien la visita por curiosidad, la recorrió
+toda, escudriñó hasta las más apartadas estancias. No logró verlos; pero
+la circunstancia de no hallar a Amalia por ningún sitio la confirmó aún
+más en su sospecha. Fatigada de tanto buscar, inflamada de anhelo,
+nerviosa, salió de nuevo al aire libre. Evitó el encuentro de las
+personas que pudieran detenerla y se dirigió al jardín. En cuanto puso
+el pie en él despertó vigorosamente en su espíritu la esperanza de
+encontrarlos. Aquel rincón de verdura donde los arbustos, creciendo a su
+antojo, se entrelazaban hasta formar una masa impenetrable, era a
+propósito para las confidencias amorosas. Avanzó con precaución, sin
+hacer ruido, por sus senderos casi desaparecidos, tapizados de hierba,
+invadidos en muchos parajes por las ramas de los arbustos y la maleza. A
+veces, un montoncito de lirios le cortaba el paso, y se veía precisada a
+saltar sobre ellos; otras, un rododendro extendía sus ramas para abrazar
+a la camelia de enfrente y formaba bóveda tan baja que necesitaba
+doblarse mucho para pasar. Antes de llegar creyó sentir leve rumor de
+voces. Quedó inmóvil y esperó algunos instantes. Volvió a percibirlo y
+se dirigió hacia el sitio de donde partía.
+
+¡Eran ellos! Sí, eran ellos. Mucho antes de oír su voz claramente los
+había adivinado. Se paseaban por una calle más ancha y despejada que las
+otras, resguardada de un lado por el muro, del otro por alto seto de
+boj. Amalia se colgaba del brazo del conde con imperio y negligencia y
+hablaba mirando al suelo, mientras él se inclinaba hacia ella risueño,
+sumiso, metiéndole las palabras por el oído. Los contempló desde lejos
+al través del follaje. La emoción la dejó clavada al suelo algunos
+instantes. Por encima del sentimiento de dolor y de ira que la
+embargaba asomó su cabeza el orgullo de mujer. Después de examinar con
+ojos ansiosos la figura de Amalia no pudo menos de murmurar con
+amargura:
+
+--¿De qué se habrá enamorado ese hombre? ¡Si es una gata disecada!
+
+Después pensó:
+
+--¿Qué se dirán?
+
+Acometiole un deseo vivo de escuchar su plática, y sin reflexionar sobre
+el peligro que corría, fuese acercando poco a poco al seto, doblando el
+cuerpo para no ser vista. Buscó el paraje más sombrío y seguro, y
+escuchó. Sólo se les oía cuando cruzaban cerca. En cuanto se alejaban
+unos cuantos pasos no se percibía palabra alguna. No pudo recoger más
+que retazos de conversación, que resultaban incoherentes.
+
+--Se le rozan mucho los muslos. ¡Si vieras cómo va engordando! Ni con
+polvos de almidón ni con los de rosa se consigue suavizar la irritación
+de la piel--decía la dama.
+
+--Hablan de la niña--pensó Fernanda.
+
+--No la he visto nunca en el baño. ¡Cuánto daría por asistir a él un
+día!
+
+--Es porque no quieres.
+
+--No, no quiero, exponiéndote a tí a un peligro y a que concluya de ese
+modo...
+
+No oyó más. Tuvo que aguardar a que llegasen al final de la calle y
+diesen la vuelta.
+
+--Di que has estado en casa de esas viejas chochas y no mientas--oyó
+decir a Amalia, al acercarse de nuevo.
+
+--Te aseguro que estuve en el Casino. Nos hemos reunido los individuos
+de la junta para ver si se ha de decorar nuevamente el salón. Creí que
+podría salir a las diez, pero hasta las doce no nos separamos. ¿No
+conoces el carácter disputón y minucioso de D. Juan? A casa de las de
+Meré hace un siglo que no voy. Tanto, que algunos empiezan a...
+
+Otra vez se perdieron las palabras. ¿Aquel D. Juan sería su padre?
+Procuraría enterarse. Cuando volvieron, el conde acariciaba tiernamente
+la mano de su querida y sonreía, al hablar, con arrobada expresión de
+felicidad.
+
+--Muchas veces me he propuesto dejar de verte. Por la noche, estando a
+solas en la cama, me entran terribles remordimientos. Entonces me digo:
+«Es necesario que esto concluya. Los dos nos condenamos
+irremisiblemente.» Y resuelvo marcharme de Lancia y hasta compongo todo
+un plan de vida; viajo con la imaginación por toda Europa; me olvido de
+tí; vuelvo al cabo de algunos años, y en vez del amor antiguo se renueva
+en mi corazón una amistad tierna y honesta, en la cual podemos descansar
+tranquilos sin temor al castigo del Cielo... Pero así que amanece, estas
+resoluciones se disipan, sucumbo a la tentación, voy a tu casa, y en
+cuanto te veo, en cuanto oigo tu voz adorada...
+
+Fernanda se agarró con mano crispada al tronco de una magnolia.
+
+A la vuelta era Amalia quien hablaba.
+
+--No es verdad eso. Ya te he dicho que para mí siempre hay un punto
+negro. Por más que pretendo forjarme la ilusión de ser la primera...
+
+--¡La primera y la última! Yo no amaré a otra mujer más que a ti.
+
+--No sabes los celos que tengo del pasado. Cada día más. Di la verdad:
+¿la has querido o no?
+
+--No.
+
+--Entonces, ¿cómo eras capaz de...
+
+No oyó más. Fue bastante para hacer brotar de sus ojos una lágrima.
+Trató de huir. Cuando iba a hacerlo observó que los traidores se habían
+detenido al extremo de la calle.
+
+Amalia echa los brazos al cuello a su amante, le pone los labios en la
+boca y le da un beso que se prolonga, se prolonga una eternidad.
+Fernanda cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo ve que se alejan
+cogidos de la mano.
+
+Los deja salir del jardín. Los sigue inmediatamente. ¿Adónde irán? Una
+vez en la corrada, observa que se sueltan y se dirigen a la casa. Entra
+en su seguimiento, pero ya habían desaparecido y no sabe en qué
+habitación hallarlos. Las recorre todas imprudentemente, cegada por
+emoción extraña que no acierta a reprimir, acometida de un deseo vivo,
+anhelante, de espiarlos.
+
+--¿Adónde va usted, Fernanda?--le pregunta un joven.
+
+--Ando en busca de la novia.
+
+--Pues va usted mal. Está en el otro extremo de la casa, en una de las
+salas que miran al Norte.
+
+Se vuelve para disimular; pero inmediatamente emprende de nuevo la
+batida. Llega, por fin, a cierto gabinete cerrado, que no es otro que el
+célebre _cuarto de la condesa_. Va a levantar el pestillo, como ha hecho
+en otros, pero se queda inmóvil al escuchar un rumor levísimo. Aplica el
+oído. ¡Son ellos!
+
+Se aparta de allí, corre como si la persiguieran, se mete por el bosque
+y, cuando se encuentra en paraje solitario, se sienta al pie de un árbol
+y apoya en su tronco la cabeza. El rostro triste y demudado, los ojos
+extáticos, las manos cruzadas sosteniendo una rodilla, expresa su
+actitud una agonía desesperada y muda.
+
+Llegó la hora de comer. Se habían colocado en el gran salón de la planta
+baja de la casa dos mesas paralelas. Aquella sociedad diseminada se
+reunió instantáneamente a la palabra santa de «a comer» lanzada a los
+cuatro vientos de la finca por la ruda voz de Manín y por la argentina
+de Manuel Antonio. Los sentimientos poéticos, cuando se desenvuelven al
+aire libre y enmedio de los bosques, son excelentes para facilitar la
+secreción del jugo gástrico. Por eso tanto ninfas como faunos asaltan
+con bríos, antes de sentarse a la mesa, las aceitunas, los pepinos, las
+rajas de salchichón. Por voto unánime de la milicia y del clero,
+representado dignamente por Fray Diego, se cometió a la novia el encargo
+de designar sitio a cada cual. La festiva y revoltosa Emilita,
+trasformada súbito en severísima matrona, llenó su cometido con tacto y
+amabilidad que le valieron el aplauso del concurso. A cada niña iba
+dando por compañero y servidor aquel mancebito que era más de su agrado,
+y a cada persona mayor aquella otra con quien más congeniaba por su
+humor y aficiones. Pero cuando llegó al delirio el palmoteo fue cuando
+colocó al teniente Rubio entre las dos señoritas de Meré. Había dejado
+para lo último este donaire, que no le hizo maldita la gracia al
+interesado. Viéndose oprimido por tales vejestorios, el injusto forzador
+quedó amoscado y estuvo a punto de protestar contra la designación de
+Emilita y faltar a todas las reglas de la galantería, pero se contuvo.
+Al tiempo de sentarse se le ocurrió exclamar mirando a entrambos lados y
+parodiando a Napoleón:
+
+--Desde lo alto de estas dos sillas, cuarenta siglos me contemplan.
+
+La ocurrencia se celebró mucho y esto volvió el humor a aquel dañino
+animal. Supo contestar tan bien a la vaya que le daban sus amiguitas,
+que aquella tarde ganó fama imperecedera de cazurro y de pícaro.
+
+Moro se sentó al lado del conde, y mientras comían no cesó de inculcar
+en su alma la ventaja de traer al palacio de Granja una mesa de billar.
+Conocía todas las fábricas, pero la mejor sin disputa era la de Tutau,
+de Barcelona. Elogió el artículo como si fuese, un viajante de la casa.
+A Luis se le conocía en la cara el hastío y el pesar de no hallarse
+sentado al lado de Amalia. Pero Emilita no se atrevió a colocarlo en
+esta forma, ni tampoco junto a Fernanda. Lo primero sería un escándalo.
+Lo segundo, una molestia para ambos.
+
+Se comió como en un banquete de la Iliada. Pero el Aquiles de esta
+formidable pelea fue Manín, el bárbaro Manín, que, al decir de los que
+estaban a su lado, se comió once calabacines rellenos. Verdaderamente
+Manín era digno de ser llamado, si no suevo, ya que esto ofendía al
+señor Saleta, por lo menos longobardo. Se habló y se gritó como en una
+plazuela. Las tres hadas del Jubilado, que tanto habían ganado desde que
+Fray Diego echó la bendición a su hermana en inocencia y gracia
+infantil, tiraban bolitas de pan a los oficiales. Éstos echaban miradas
+a la novia, haciendo después guiños a su compañero Núñez, y murmuraban
+palabras espantosas que les hacían prorrumpir en carcajadas más
+espantosas aún. Paco Gómez se peleaba con María Josefa. No se sabe cuál
+de los dos era peor intencionado, de quién partían las flechas más
+agudas y envenenadas. Saleta, que tenía a su compañero y censor D.
+Enrique Valero lejos, se despachaba a su gusto, contando a D. Juan
+Estrada-Rosa y a otros dos caballeros cómo se había arreglado para
+seducir a cierta inglesa, esposa de un cónsul que había conocido en
+Oncón, yendo desterrado a Filipinas. El barco no se detenía allí más que
+veinticuatro horas. En este breve espacio la enamoró y logró que se
+escapase con él. Pero tuvo que separarse de ella al instante, porque
+aquel lance fue objeto de una reclamación diplomática por parte de la
+Gran Bretaña. Manuel Antonio, atacado súbitamente de viva simpatía por
+un alférez rubio que tenía a su lado, le abrumaba a cuidados y delicadas
+atenciones.
+
+--Federico... una aceitunita... No tome tanta mostaza, criatura, que le
+puede hacer daño. Resérvese para las perdices. Me consta que están
+riquísimas. ¿Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me encargo de traerlo...
+
+Y se levantaba solícito, daba la vuelta a la mesa y traía un par de
+botellas que colocaba delante del mancebo.
+
+--Se ha puesto usted muy bueno en Lancia. Cuando vino usted hace seis
+meses era usted delgadito y pálido. Yo decía: ¡qué lástima de joven, tan
+guapo y tan simpático! Porque creía que se iba usted a dañar del pecho.
+Se conoce que llevaba usted mala vida allá en Barcelona... ¿No? Pues
+mire usted, cualquiera lo pensaría. Me acuerdo que cuando usted llegó
+traía una gabardina de color de ala de mosca muy bien hecha y chalina
+azul celeste muy linda... Reconozco que le sienta a usted bien el traje
+de paisano, pero a mí me gusta usted más de uniforme. Será un capricho,
+pero no lo puedo remediar. ¡Vamos, que de uniforme y con esos bigotes a
+la borgoñona está usted del todo simpático!
+
+Algunas toses significativas de los oficiales, que se sentaban enfrente,
+le paralizaron de pronto. Pero no se corrió ni mucho menos. Era incapaz
+de avergonzarse por nada. El que quedó amoscado y se puso muy serio y
+ceñudo fue el alférez.
+
+Cuando el banquete daba a su fin, algunos caballeros, favorecidos de las
+musas, se levantaron a brindar en verso o cosa parecida. Y los que no lo
+hicieron en verso felicitaron en prosa a los desposados, resultando que
+lo mismo unos que otros coincidieron en desearles «una eterna luna de
+miel.» Y lo mismo el periódico local que al día siguiente dio la
+noticia. De todos aquellos brindis el más original e interesante fue el
+del padre de la novia, D. Cristóbal Mateo. ¿No había de ser original oír
+a este sañudo enemigo de la fuerza armada cantar sus glorias y
+declararse partidario frenético del aumento del contingente y del sueldo
+a los oficiales? A las pocas palabras que pronunció se mostró tan
+enternecido, que algunas lágrimas rodaron precipitadamente por sus
+mejillas. No faltó quien dijo que lloraba el vino que había bebido; pero
+estamos lejos de dar crédito a esta insinuación malévola, primeramente
+porque es un absurdo que se llore vino, y después porque su acento era
+tan sincero, su ademán tan patético, que nadie podía dudar de que sus
+palabras salían del fondo del corazón.
+
+--...Es un consuelo, sí, es un consuelo que Dios me haya dejado ver a mi
+hija casada con un pundonoroso militar... Bien que decir militar en
+España es decir pundonoroso... Porque el ejército es la escuela del
+honor, como dijo cierto filósofo... Levantar el ejército, honrar el
+ejército, es levantar, es honrar el honor de la nación... Levantar el
+ejército es levantar el poderío y la prosperidad del país... Levantar el
+ejército es colocarnos al nivel de las naciones más grandes de
+Europa... Levantar el ejército es vivir respetados por todo el mundo...
+Levantar el ejército es levantarnos nosotros mismos... Levantar el
+ejército...
+
+--Que se levante el ejército, pero que se siente don Cristóbal--gritó
+uno.
+
+El Jubilado quedó parado en firme, echó una mirada de triste
+reconvención hacia el sitio de donde había partido la voz, se llevó el
+pañuelo a los ojos para enjugarse las lágrimas, bebió con calma lo que
+restaba de vino en la copa y se sentó gravemente entre el aplauso y la
+risa de los comensales.
+
+Fernanda no había despegado los labios durante la comida. Todos los
+esfuerzos de Granate, a quien la amabilidad de Emilita había colocado
+cerca de su apetecido dueño, resultaron infructuosos. Ni por hablarle de
+la zafra y describirle cómo se recoge el tabaco y hacer cálculos exactos
+de lo que se gana en cada caja de azúcar y lo que se ganaría si se
+rebajasen los derechos, ni por contar los cien pormenores interesantes
+sobre la importación de las carnes saladas de la República Argentina y
+del bacalao de Terranova, logró Romeo que su Julieta emitiese más que
+secos monosílabos. Lo único que hacía era alargarle de vez en cuando la
+copa, diciendo con imperio:
+
+--Eche usted vino.
+
+El indiano se apresuraba a cumplimentar la orden. La joven la apuraba de
+un trago, la ponía sobre la mesa y paseaba sus ojos altivos por los
+comensales, deteniéndose con insistencia en Amalia. Poco a poco aquellos
+ojos iban adquiriendo expresión más sombría, los párpados se le caían,
+se ponían encendidos y se movían a un lado y a otro con más dificultad.
+D. Santos, a quien sorprendía aquella manera de beber, se atrevió a
+decir:
+
+--Fernandita, bebe usted como un sumidero. ¡Porra! Tengo miedo que le dé
+a usted un torozón.
+
+--Eche usted vino--respondió Fernanda lanzándole al mismo tiempo una
+mirada torva que le desconcertó.
+
+Ya que se hubo brindado, voceado y disparatado bien, el alegre concurso
+volvió a diseminarse. Sólo permanecieron en sus puestos el Jubilado y
+los oficiales refractarios al amor. Quedaron discutiendo la forma más
+adecuada de aumentar, sin gravar mucho al Tesoro, ocho duros mensuales a
+los capitanes, cinco a los tenientes y tres a los alféreces. Sin esta
+reforma declaraban explícitamente los interesados que se operaría muy
+pronto una completa disolución en el ejército, y por lo tanto, dejando
+de ser la escuela del honor, ni lo habría en el país, ni nos
+levantaríamos jamás a la altura de otras naciones, ni habría
+prosperidad ni poderío ni pundonor en toda la vida. Jaime Moro volvió a
+trincar a Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa y los arrastró hasta la
+mesa del tresillo. D. Juan había perdido y se mostraba reacio, pero el
+simpático mancebo logró convencerle con astucia de que, si no le había
+dado el naipe por la mañana, era porque él, Moro, nunca había perdido a
+esa hora. Cuando le venía la mala era por la tarde. Capaz sería de
+dejarse ganar con tal de retenerlos.
+
+Manín, sentado a un extremo de la mesa, sin intervenir en la
+conversación de los oficiales, cortaba con su navaja rebanadas de pan y
+las comía cachazudamente formando bulto en el carrillo, remojándolas con
+largos tragos del Burdeos que había quedado en las botellas. No estaba
+conforme con la comida que les sirvió Marañón, el dueño del café de
+Altavilla. Después de haberse hartado como un salvaje, decía que todos
+aquellos platos eran _perfumerías_, y que donde estaba una fuente de
+judías con morcilla, longaniza y huesos de marrano deben callarse los
+macarrones. Hay que advertir que para Manín se llamaban macarrones todos
+los manjares que no conocía, lo cual caía muy en gracia al maestrante.
+
+Mientras terminaba tan dignamente aquella comida indecorosa no cesaba de
+murmurar pestes contra ella, haciendo responsable en parte a D.
+Cristóbal, a quien dirigía de vez en cuando desde un rincón largas
+miradas de rencor.
+
+De pronto se abren con estrépito las puertas del salón y penetran en él
+cuatro muchachas en un estado de agitación que impresionó vivamente a
+los circunstantes. Sin hacer caso de los otros se dirigen todas al
+mayordomo de Quiñones:
+
+--¡Manín, un oso! ¡Manín, un oso!
+
+--¿Dónde?--pregunta aquél sin inmutarse.
+
+--En el bosque.
+
+--¿Quién lo ha traído?
+
+Ante esta pregunta extravagante quedan las cuatro estupefactas y
+suspensas. Una de ellas se atrevió al fin a apuntar tímidamente:
+
+--Ha venido él solo.
+
+--¡Bah, bah, bah!--exclamó rudamente el mayordomo.
+
+Y vuelve a las tajadas de pan con más ardor que antes, dando quizá con
+esto la razón a los envidiosos de la aldea, que no querían oír hablar de
+los osos que había matado y se emperraban en llamarle zampatortas.
+
+--Vamos, niña, di cómo lo has visto--manifiesta la simpática Consuelo,
+que venía en la diputación.
+
+Una, que estaba más pálida que las otras, avanzó y exclamó con trabajo:
+
+--¡Qué miedo! ¡Madre mía, qué miedo! Creí que me moría... porque mire
+usted, el oso... ¡el oso era horrible!
+
+En tal estado de sobresalto se hallaba, que no pudo articular más que
+palabras incoherentes. Entonces la resuelta Consuelo avanzó a su vez y
+dijo con voz firme:
+
+--Verá usted, Manín. Esta niña se encontraba con nosotras en la parte
+más espesa del bosque, allá muy lejos. Oyó cantar un pájaro, un malvís,
+según creo. ¿No era un malvís?... Bueno, pues oyó cantar un tordo y se
+dirigió al sitio donde sonaba. Se alejó bastante y no pudo dar con él.
+Cuando se volvía, sale de unas matas el oso, la acomete, la tira al
+suelo y sin hacerla daño, no sabemos por qué, huye y desaparece.
+
+El famoso cazador de osos se levanta pausadamente y dice con el acento
+firme y sosegado de los héroes:
+
+--Vamos a ver qué es eso.
+
+Pidió una escopeta arriba, y seguido de lejos por las pálidas doncellas,
+dio una batida al bosque. Lo único que halló fue un cerdo alemán de la
+pareja que el conde había traído para encastar. La hembra había muerto y
+el macho vagaba triste y solitario por la espesura mientras se efectuaba
+su metamorfosis en morcillas y chuletas. Hubo sospechas vehementes de
+que el autor de la agresión fuese este cerdo viudo, pero la joven de la
+aventura juraba y perjuraba que había sido un oso quien la había
+acometido, y que no le dijeran cómo era este animal, porque lo había
+visto muchas veces disecado en el gabinete de zoología de la
+universidad.
+
+Fernanda se había marchado mucho antes seguida de Granate. Estuvieron en
+el jardín. Allí la joven se le colgó del brazo y dieron algunas vueltas
+por la misma calle en que había visto pasear al conde con Amalia.
+
+--Usted está muy enamorado de mí, ¿verdad?--le preguntó bruscamente.
+
+El indiano, sorprendido, murmuró:
+
+--¡Oh, sí! Dicen que estoy como un burro, y es verdad.
+
+--¿Y qué siente usted, vamos a ver; qué siente usted? Explíquese.
+
+--¿Yo?... ¿Cómo?--exclamó sorprendido.
+
+--Sí. ¿Qué siente usted cuando me ve? ¿Qué siente cuando otro hombre se
+acerca a mí, el conde, pongo por caso? ¿Qué siente usted en este momento
+en que va oprimiendo mi brazo? Descríbame usted sus sensaciones, lo que
+le pasa por dentro...
+
+--Yo, señorita... no sé qué decirla... La tengo tanta ley como si fuese
+de la familia... Y a don Juan, su padre, aunque sea un poco
+cascarrabias, lo mismo... Que sea cascarrabias o no, ¿a mí qué me
+importa?... Si me casara con usted, tengo casa, gracias a Dios... Y no
+es porque yo lo diga, pero mi casa vale más que la suya, eso bien lo
+sabe usted... Pero antes nos iríamos a viajear por Francia, por Italia,
+por Ingalaterra, por donde usted quisiera... Y si echábamos abajo cinco
+mil duros, ¡que los echáramos!
+
+Granate siguió desbarrando un buen rato en esta forma. Fernanda no le
+oía. Al fin le enfadó aquel ruido molesto y dijo con acento colérico:
+
+--¿Se quiere usted callar, hombre? ¿Qué sarta de estupideces está usted
+ahí soltando?
+
+El pobre D. Santos quedó anonadado. Pasearon en silencio algún tiempo.
+
+--¡Qué feo es todo esto!--exclamó al cabo la joven.
+
+--_¿Cuálo?_
+
+--¡Todo! La casa, el bosque, los prados, el jardín... Mire usted qué
+horrible es esta magnolia.
+
+--La casa muy fea y muy antigua, siempre lo he dicho... Si la dieran tan
+siquiera un revoque y me pintaran los balcones, todavía... El bosque no
+vale para nada, no trae utilidad, está ocupando un sitio precioso para
+hortaliza o espalera de fruta o lo que le manden.
+
+Fernanda soltó una carcajada.
+
+--Usted padeció alguna vez de melancolía, D. Santos.
+
+--¿De tristeza? Nunca. Yo siempre de buen humor. Tan sólo hace un año,
+que me comió un bribón ocho mil y pico de duros, tomé un berrenchín que
+me duró dos días.
+
+--¡Qué feo está el sol ahora, visto por entre las ramas de los árboles!
+
+--¿Quiere usted que nos volvamos a casa?
+
+--No, lléveme usted hacia el río. Tengo la cara ardiendo y quiero
+refrescarla un poco con agua.
+
+Bajaron por los prados, llegaron al río, y allí la heredera de
+Estrada-Rosa, contra las prescripciones de D. Santos, se echó agua al
+rostro por largo rato. Después que se hubo secado ascendieron de nuevo
+lentamente hacia la casa.
+
+--¿Cómo estoy ahora? Bien, ¿eh?... ¡Si viera usted cómo me aburro aquí!
+No puedo más; todo esto me fatiga. Yo no nací para andar por los prados
+como las vacas. A mí me gustan las ciudades, los salones, el lujo.
+Quisiera viajear, como usted dice, por París, por Londres, por Viena.
+Qué aburrido es Lancia, ¿verdad? ¡Aquellos eternos paseos del Bombé!
+¡Aquel campo de San Francisco! ¡Aquella torre de la catedral tan negra y
+tan triste! Luego siempre las mismas caras. La única persona divertida
+de Lancia es usted... En cuanto le veo se me suelta la risa sin poderlo
+remediar. ¿Por qué le llaman a usted Granate? Yo creo que el color de
+usted más se parece al lapislázuli... ¿Usted habrá tenido esclavos allá
+en América?... ¡Oh, cómo me gustaría a mí tener esclavos! ¡Es tan
+fastidioso eso de pedir las cosas por favor! Pero no, en América, no;
+hay fiebre amarilla... Preferiría ir a China.
+
+A medida que hablaba se iba exaltando, se emborrachaba con sus propias
+palabras. Los pensamientos salían cada vez más incoherentes. D. Santos
+trató de decir algo, pero se lo impidió ella tapándole la boca con la
+mano.
+
+--Déjame hablar, hombre. ¿Te lo quieres decir todo tú?
+
+El indiano empezó a inquietarse. La exaltación de la joven iba en
+aumento. Hablaba por los codos y le tuteaba rudamente.
+
+--Dame un cigarro.
+
+--¡Fernandita!... ¡Un cigarro!... Se va a usted a marear.
+
+--¡Silencio! ¿Qué dices ahí, tonto? ¡Marearme! Tú no sabes ya qué
+inventar para fastidiarme. Dame un cigarro o te dejo ahí plantado.
+
+El indiano sacó la petaca: la gentil heredera tomó de ella una breva, le
+arrancó con sus dientes etiópicos la punta y pidió por señas un fósforo.
+Granate se lo ofreció encendido, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en
+señal de disgusto.
+
+Cuando hubo dado dos o tres chupadas, puso un gesto avinagrado y
+exclamó:
+
+--¡Qué cigarros tan infames! Mira, fúmatelo tú.
+
+Y se lo puso en la boca.
+
+No fue, no, avinagrado el gesto de Granate al chuparlo.
+
+--¡Ya lo creo que me lo fumaré!--exclamó sonriendo beatamente.--Me salen
+a doscientos pesos el millar... Pero ahora, después de chuparlo usted,
+vale un millón...
+
+--Vamos, no empieces a decir brutalidades. Llévame a casa... Esta luz me
+marea.
+
+Llegaron hasta la corrada cogidos del brazo. Allí un pollastre les dijo
+desde lejos:
+
+--¿Dónde van ustedes? La gente está en el bosque.
+
+--Dígale usted a la gente que me río de ella--respondió Fernanda con
+gesto furioso que hizo sonreír al muchacho.
+
+--¿Tú no conoces la casa?--añadió bajando la voz y dirigiéndose a D.
+Santos.--Pues voy a enseñártela toda. Verás.
+
+Subieron la mohosa y estropeada escalera. Fernanda, sin cerrar boca, fue
+recorriendo todas las habitaciones del caserón y mostrándolas al
+indiano.
+
+--¡Aquí está el célebre _cuarto de la condesa_!--exclamó con singular
+entonación al llegar a él.--Vamos a entrar. Estoy cansada.
+
+Entraron y la joven cerró la puerta.
+
+--¿Qué hermoso, eh?... Éste es el cuarto más hermoso y más pícaro de la
+casa. Si estos muebles se pusieran a contar secretos divertidos, no
+concluirían nunca... Mira, dime pronto algo que me haga reír, porque si
+no vas a ver cómo empiezo a llorar lo mismo que una colegiala... ¿Lo
+ves? Ya estoy llorando... Siéntate ahí, gaznápiro... ¡Qué bonito chaleco
+traes! ¡Qué bien dibuja la redondez de la panza!... Contempla esa cama.
+Es grande, ¿eh? es ancha, es hermosa, es artística. Pues mira, yo la
+quemaría... Por no sentarme en ella, voy a sentarme sobre tus
+rodillas...
+
+Y así lo hizo. Granate al sentir aquella carga tan dulce quedó
+enajenado, y con increíble audacia le pasó un brazo por la cintura. La
+joven se alzó como si la hubiera pinchado.
+
+--¿Qué haces, bruto? ¿Crees que estamos en la manigua y soy alguna negra
+cimarrona?
+
+Después de contemplarle un rato con ojos coléricos, su fisonomía se fue
+serenando, sus labios se dilataron con sonrisa dulce.
+
+--¿Me quieres mucho?
+
+--¡Casi na!--dijo el indiano con acento picarón.
+
+--Pues vas a ser feliz un momento. Mira, te voy a permitir que me des un
+beso... uno solo, ¿lo entiendes? Pero me has de jurar que no lo ha de
+saber nadie...
+
+El indiano hizo un juramento espantoso.
+
+--Bueno, basta. Ahora, dame el beso aquí en la sien. El primero y el
+último que me has de dar en tu vida... Espera un poco--añadió alzándose
+otra vez.--Por este beso yo te he de dar cincuenta bofetadas en esos
+carrillos azules... ¿Admites el trato?
+
+Granate consintió inmediatamente. La niña volvió a sentarse sobre sus
+rodillas e inclinó la cabeza para recibir el beso.
+
+--¡Bueno, ahora llega mi turno!--exclamó con infantil
+alegría.--Prepárate a recibir los bofetones... ¡Qué carrillos, Dios mío,
+tan magníficos! ¿Ves que son azules?... Pues te los voy a poner
+verdes... ¡Atención!... ¡Una!... La primera... ¡Dos!... La segunda...
+¡Tres!... La tercera... ¡Cuatro!... ¡Cinco!
+
+La mano breve y torneada de la hermosa chasqueaba ruidosamente en las
+carnosas mejillas del indiano. Los ojos de éste comenzaron a ponerse
+encendidos y encarnizados, como los de un lobo, su sangre llameó
+repentinamente y con brusco ademán la sujetó brutalmente por la cintura.
+
+Fernanda dejó escapar un grito ahogado.
+
+--¿Qué tienes?... ¿Por qué te enfadas?... ¡Déjame!... ¡Déjame, bruto!
+
+Luchó, forcejeó con desesperación, pero no logró desasirse...
+
+Al apartarse, la embriaguez había desaparecido por completo. Dirigió una
+mirada vaga, extraviada, al indiano. Pero esta mirada adquirió súbito
+expresión de espanto, se fijó en él como en un animal extraño que la
+viniese a acometer.
+
+--¿Qué hace usted aquí?... ¡Ah, sí!--exclamó llevándose la mano a la
+frente.--¡Dios mío! ¿Qué me pasa? ¿Estoy soñando?...
+
+Y volviendo a clavarle sus ojos irritados, amenazadores, le gritó con
+rabia:
+
+--¿Qué hace usted ahí plantado? ¡Salga usted inmediatamente! ¡Salga
+usted! ¡salga usted!--repitió con grito cada vez más alto.
+
+Pero cuando el indiano retrocedía ya hacia la puerta ella se lanza de
+pronto fuera, sale disparada por los pasillos y, al llegar cerca de la
+escalera, cae atacada de un síncope.
+
+La levantaron, la prodigaron mil cuidados. Al recobrar el sentido brotó
+de sus ojos un raudal de lágrimas; no cesó de llorar en toda la tarde.
+Cuando la comitiva se puso de nuevo en marcha hacia la población aún
+seguía llorando.
+
+--¿Han visto ustedes qué vino más llorón tiene esta niña de
+Estrada-Rosa?--decía riendo el capitán Núñez.
+
+
+
+
+IX
+
+La mascarada.
+
+
+Momentos antes de que la rosada aurora abriese de par en par las
+ventanas del Oriente, Satanás, que amaneció de humor campechano, envió a
+Lancia al más travieso y juguetón de los demonios con encargo de
+despertarla. Batió sus negras alas el ministro de Averno sobre la ciudad
+y lanzó una carcajada horrísona, estridente, que logró arrancar de las
+profundidades del sueño a todos sus habitantes. Despertaron con unas
+ganas atroces de reír, de alborotar, de burlarse de la autoridad
+gubernativa, improvisar coplas y decir barbaridades.
+
+Uno de ellos, imaginamos que haya sido Jaime Moro, lo primero que hizo
+al saltar de la cama fue llamar al criado y preguntarle con semblante
+risueño si D. Nicanor, el bajo de la catedral, le había prestado al fin
+su figle. El criado, sin responder, saliose un momento del cuarto y no
+tardó en aparecer con un descomunal serpentón entre las manos. Y sin
+respeto alguno a su amo aplicó los labios a la boquilla y produjo un
+ruido temeroso semejante al rugido de un león. Moro, en calzoncillos
+como estaba, hizo una pirueta y tres o cuatro zapatetas en señal de
+íntimo regocijo, como si aquel ruido bárbaro hubiese tocado las fibras
+más delicadas de su corazón. Después de probar por sí mismo a producir
+idéntico rugido y cerciorarse de que era bien capaz, se vistió, se aliñó
+y, tomando apresuradamente el desayuno, se salió a la calle liado en su
+capa y debajo de ella el artefacto musical que tan gozoso le había
+puesto. A cuantos encontraba detenía con guiño misterioso, y metiéndose
+en el portal más próximo les mostraba, lleno de emoción, el contrabando
+que traía oculto. Ninguno preguntaba lo que iba a hacer con él.
+Sonreían, le apretaban la mano significativamente y solían preguntarle
+al oído:
+
+--¿Para cuándo?
+
+--Esto para la noche, pero a las doce sale la carroza.
+
+--¿Se escaparán?
+
+--¡Ca! Están bien tomadas las medidas.
+
+Y seguía su camino, embozado hasta los ojos, porque hacía un frío de dos
+mil diablos.
+
+Otros no se limitaban a sonreír y apretarle la mano, sino que en justa
+correspondencia a su confianza sacaban con mano temblorosa de los
+bolsillos del gabán o de lo interior de la gabardina algún instrumento
+resonante también de menor categoría, una trompeta, un cuerno de caza,
+una matraca. Moro aplaudía, alababa el instrumento sin hacer alarde de
+su superioridad. Y proseguía con marcha oblicua y trabajosa, no hacia la
+confitería de D.ª Romana, que era el término glorioso de sus
+expediciones matinales, sino hacia casa de Paco Gómez.
+
+Resonaba ésta ya con los pasos agitados y el vocerío de una muchedumbre
+de jóvenes diligentes. Todos ellos trabajaban con verdadero afán, con
+ahínco que rara vez se ve en los talleres. Unos cortaban estandartes,
+otros moldeaban caretas de cartón; quiénes pegaban letras negras a los
+trasparentes de un farol; quiénes vestían primorosamente dos grandes
+muñecos; quiénes, en fin, se ocupaban en desatascar las boquillas de
+varios bombardinos y serpentones semejantes al que Moro llevaba. La
+estancia era una inmensa sala destartalada. Paco Gómez habitaba el
+palacio de un marqués que jamás había puesto los pies en Lancia, del
+cual su padre era mayordomo. El implacable bromista presidía vigilante y
+solícito los trabajos de sus compañeros, acudiendo a todas partes,
+saliendo a cada momento para dar órdenes a los criados o para recibir
+los mensajes que le enviaban. Nunca se le había visto tan afanoso.
+Generalmente era displicente, y hasta en las bromas más premeditadas
+mostraba cierta actitud desdeñosa, sincera o fingida, que le hacía más
+temible. Ahora echaba todo el cuerpo fuera. Es que se trataba de la
+farsa más estupenda y regocijada que había presenciado jamás la ciudad
+de Lancia desde que los monjes de San Vicente habían venido a fundarla.
+El motivo era que se casaba... (apenas si la pluma se atreve a
+estamparlo) Fernanda Estrada-Rosa... se casaba... (vamos, que cuesta
+trabajo decirlo) ¡se casaba con Granate!
+
+Desde la memorable escena de la Granja, Fernanda vivió en estupor
+doloroso, en un abatimiento de alma y de cuerpo que alarmó a su padre.
+Hizo llamar al médico. Éste no halló más que un desequilibrio nervioso;
+se curaría con algún viajecito a la corte, con paseos y distracciones.
+La niña se negó en absoluto a curarse por estos medios. Ni paseos, ni
+teatro, ni tertulias, ni mucho menos pensar en hacer viaje alguno. Desde
+su gabinete al comedor, desde aquí al cuarto de su padre, donde solía
+permanecer breves instantes. No tenía fuerzas para subir al piso segundo
+ni humor para enterarse de los trabajos de los criados y dirigirlos.
+Cerrada en su habitación tampoco lo tenía para seguir labor alguna. Se
+dejaba caer en una silla y permanecía larguísimo rato inmóvil con las
+manos sobre las rodillas y los ojos extáticos. Algunas veces se ponía a
+leer y, observando que no se hacía cargo de lo que el libro decía,
+concluía por arrojarlo. Otras se asomaba al balcón y permanecía de
+bruces sobre la baranda horas enteras con la vista fija en el espacio o
+en un punto de la calle, sin ver a los transeúntes ni contestar al
+saludo que muchos le dirigían, ni advertir siquiera la curiosidad de que
+era blanco por parte de las vecinas.
+
+Mas he aquí que repentinamente se le antoja marcharse a Madrid. Fue
+necesario preparar el viaje instantáneamente. Manifestó su deseo por la
+mañana. Por la noche montaban padre e hija en la diligencia: con tal
+ímpetu y palabras extremosas exigió la niña el viaje. Una vez en la
+corte, cambió radicalmente su humor. Entregose con rabia, con pasión
+desenfrenada a los placeres que brinda Madrid a una joven forastera,
+rica y hermosa. Vivió dos meses en la embriaguez de los teatros, de los
+paseos en coche, de los grandes saraos y conciertos. Acometida súbito
+de una alegría nerviosa, parecía feliz enmedio del ruido y el tumulto de
+la sociedad, donde empezó a conocérsela por el sobrenombre de _la
+Africana_.
+
+Para que su vida fuese aún más alegre y aturdida le placía comer por los
+_cafés_ y _restaurants_, como un mancebo disipado. D. Juan fluctuaba
+entre el gozo de verla contenta y la incomodidad aguda que le producía
+aquella vida desordenada, tan contraria a sus hábitos y edad.
+
+Una tarde, regresando del paseo del Prado, Fernanda estalló
+repentinamente en sollozos. D. Juan quedó estupefacto, aterrado; en toda
+la tarde no había cesado de reír aquella locuela burlándose de cierto
+mancebito que seguía pertinazmente su coche.
+
+--¿Qué te pasa?... ¡Fernanda! ¡Hija mía!
+
+La niña no respondió. Con el pañuelo en los ojos, el cuerpo sacudido por
+fuertes estremecimientos, lloraba cada vez más perdidamente.
+
+--¡Fernanda, por Dios, que la gente se está fijando!
+
+El llanto se iba convirtiendo en ataque de nervios. D. Juan ordenó al
+cochero partir a escape a casa. Mas antes de llegar a ella, la joven
+cesó de llorar y, levantando la cabeza con resolución, exclamó:
+
+--¡Papá, quiero marcharme a Lancia!
+
+--Bien, hija; nos iremos mañana.
+
+--No, no; quiero que nos vayamos ahora mismo.
+
+--Considera que no falta más que una hora para salir el tren.
+
+--Sobra tiempo.
+
+No hubo más remedio que meter apresuradamente la ropa en los baúles y
+salir disparados a la estación. Sólo cuando el silbido de la locomotora
+anunció la salida y comenzaron a correr por las llanuras áridas que
+rodean a Madrid se calmaron un poco los nervios de la excitada niña.
+
+Al día siguiente de llegar a Lancia no fue a dar los buenos días a su
+padre ni a tomar chocolate con él, como tenía por costumbre. Cuando ya
+se disponía el viejo a llamarla, entra de repente en su habitación una
+doméstica pálida y agitada.
+
+--¡La señorita se ha puesto muy mala!
+
+Corrió D. Juan al gabinete y la halló desencajada; lívida, por los
+esfuerzos que unas violentísimas náuseas la obligaban a hacer.
+
+--¡Pronto! ¡A buscar el médico!--gritó el pobre padre.
+
+Fernanda hizo un gesto negativo y articuló débilmente:
+
+--No, que llamen al penitenciario.
+
+No hizo caso. Vino el médico y, después de examinarla detenidamente,
+llamó a D. Juan aparte y le dijo:
+
+--Su hija de usted ha tomado una cantidad extraordinaria de láudano.
+
+--¿Para qué?--preguntó sin comprender.
+
+--Pues... para lo que se toman siempre esas cantidades... para
+envenenarse.
+
+--¡Hija de mi alma! ¿qué has hecho?--gritó el desgraciado; y quiso
+lanzarse de nuevo a la habitación de la joven. El médico le detuvo.
+
+--No corre peligro alguno. Ha devuelto todo el veneno, y con el
+medicamento que voy a recetar quedará completamente tranquila. Lo que
+importa ahora es que no repita.
+
+--¡Oh, no! Yo me encargo.
+
+Y corrió al cuarto de su hija. Pero no pudo arrancarle una palabra. La
+niña se obstinaba en que viniese su confesor. Al fin fue por sí mismo a
+llamarlo, y no tardó en aparecer con él.
+
+Mientras duró la confesión, D. Juan paseaba agitadamente por el amplio
+corredor de la casa en espera, devorado por curiosidad ardiente, presa
+de vagos y tristísimos presentimientos. Salió al fin el penitenciario,
+quien sin responder a la muda interrogación que le dirigía con la vista,
+tomole gravemente de la mano y le llevó en silencio hasta su propia
+habitación, donde se encerraron. Cuando al cabo de una hora salieron, el
+anciano banquero tenía las mejillas inflamadas, los blancos cabellos en
+desorden y en los ojos señales de haber llorado. Despidió al canónigo
+en la escalera y tornó a encerrarse en su despacho. Allí permaneció todo
+el día y toda la noche, sin hacer caso de los recados que su hija le
+mandó para que se llegase a verla.
+
+Fue el propio penitenciario quien se ofreció a hablar con Granate y
+seguir las negociaciones. El indiano relinchó de gozo al saber de lo que
+se trataba. Pero su naturaleza de aldeano astuto y la pasión de la
+avaricia, que era la que hasta entonces le había dominado, alzaron la
+cabeza. Cuando al otro día fue el canónigo a hablarle hallolo cambiado:
+cerdeaba, gruñía, sacudía la cabeza, hablaba con palabras entrecortadas
+del lujo con que habían criado a Fernanda, de los grandes gastos que el
+matrimonio trae consigo. En resumidas cuentas, pedía una dote. El
+penitenciario, que era hombre justificado y de genio vivo, no pudo
+contenerse ante tal vileza y le llenó de denuestos. Pero esto era lo que
+menos importaba a aquel rústico. Seguro de tener a D. Juan bajo sus
+tacones, reía como un bestia, se rascaba la cabeza y dejaba escapar
+algún dicharacho grosero que ponía aún más fuera de sí al canónigo.
+
+Cuando, haciendo grandes rodeos, éste enteró a D. Juan de lo que
+ocurría, el desgraciado padre quiso volverse loco de desesperación e
+ira. Se arrancaba los cabellos, vomitaba injurias atroces y hablaba de
+dar un tiro a su hija y darse él otro enseguida. A duras penas logró
+calmarle un poco. Entró, al fin, en razón, siguieron las negociaciones y
+después de disputar como mercaderes el tanto y el cuanto de la dote, se
+fijó al fin lo que había de ser, y Granate consintió en dar su mano de
+sapo a la niña más preciosa que Lancia guardaba por aquella época.
+
+Pero faltaba la más negra. Faltaba decírselo a ella. Cuando le
+anunciaron que se preparase a unir su suerte en plazo breve a la de D.
+Santos, cayó presa de fuerte desmayo. Al salir de él declaró
+rotundamente que no lo haría aunque la desollaran viva. Ni las
+reflexiones de su confesor, ni la perspectiva de la deshonra, ni las
+lágrimas de su padre consiguieron ablandarla. Sólo cuando vio a éste
+frenético llevarse el cañón de un revólver a la sien para arrancarse la
+vida se arrojó a detenerlo prometiendo hacer cuanto le mandase. Y he
+aquí cómo quedó concertado en principio aquel matrimonio horrendo.
+
+Al tener noticia los nobles hijos de Lancia de tal concierto, el mismo
+sentimiento de vergüenza se apoderó de todos ellos. Una ola inmensa de
+rubor invadió las mejillas de aquel generoso vecindario. Esta ola solía
+venir a Lancia y hacer los mismos estragos siempre que la suerte
+favorecía a algún laciense más de lo justo. Si a uno le tocaba la
+lotería, si a otro le daban un buen empleo, si el de más allá se casaba
+con una mujer rica o adquiría gran caudal con su industria, o se hacía
+famoso por su talento, la delicadeza exquisita de los habitantes de
+Lancia se sobresaltaba y procuraba, rebajando el dinero, el talento, la
+instrucción o la industria de su vecino, poner las cosas en su verdadero
+sitio. Tal sentimiento puede equivocarse fácilmente con el de la
+envidia. El verdadero observador comprendería, no obstante, al oírlos
+disertar en las tertulias de las tiendas y en los corrillos de la calle,
+que sólo el amor, acaso demasiado ardiente, a la justicia les obligaba a
+minorar los méritos de su convecino y renunciar de este modo
+generosamente a la parte de gloria que en ellos pudiera refluir por este
+concepto.
+
+El matrimonio de Granate causó profundo estupor. Siguió al estupor un
+grito de indignación. Nunca se colorearon tan vivamente las mejillas de
+los lacienses como en aquel momento; ni siquiera cuando la prensa de
+Madrid vino elogiando cierta comedia escrita por un hijo de la
+población. ¡Qué de improperios, primero contra Granate, luego contra D.
+Juan, después contra Fernanda! Singularmente los pollos se agitaban
+convulsos, frenéticos; encontraban deficiente la legislación, que no
+contenía medios de prohibir semejantes monstruosidades. Resultado de
+todo fue que, para dar expansión a las fogosas emociones que la noticia
+había despertado en su alma y para dar claro testimonio al mundo entero
+del profundo disgusto que un matrimonio tan extravagante les causaba, la
+juventud laciense dispuso una soberana farsa a cuyos comienzos
+asistimos.
+
+Los interesados tuvieron noticia de ella y quisieron evadir el golpe,
+primero ocultando el día en que se había de celebrar el matrimonio,
+después celebrándolo fuera de la población. Pero no les valieron de nada
+sus precauciones. Los pollos olfatearon que la ceremonia se celebraría
+en los primeros días de Febrero, en la posesión que Estrada-Rosa poseía
+a media legua de Lancia. Se colocaron espías en la calle de Altavilla y
+en las inmediaciones de casa de Granate a fin de que no se escaparan;
+sobornose a los criados; se trazaron por las cabezas más fecundas de la
+ciudad mil planes ingeniosos para vejar a los novios. Como coincidió con
+estos preparativos el Carnaval, resolvieron aprovecharlo para dar el
+primer golpe con una gran mascarada burlesca, que salió el domingo a las
+doce de casa de Paco Gómez recorriendo las calles. En una carroza tirada
+por cuatro bueyes vestidos con percalina roja, sus cuernos adornados con
+ramaje, venían tres máscaras, queriendo figurar una a Fernanda
+Estrada-Rosa, otra a su padre y otra a Granate. Este último traía un
+sombrero de cuernos. De vez en cuando se paraba la carroza y ejecutaban
+una farsa ridícula y grosera que hacía bramar de regocijo a los curiosos
+que en torno se reunían. Fernanda besaba con trasportes de entusiasmo a
+Granate; éste, como más pequeño, la abrazaba por más abajo de la
+cintura, y mientras tanto D. Juan hacía sonar riendo una bolsa de
+dinero. De vez en cuando, del fondo de la carroza salía rápidamente otro
+máscara que quería representar al conde de Onís, daba un beso a
+Fernanda, se lo devolvía ésta a espaldas de Granate, y tornaba a
+ocultarse con la misma celeridad.
+
+Como quiera que esta payasada se ejecutó en la calle de Altavilla,
+delante de la misma casa de Estrada-Rosa, el escándalo fue enorme, el
+gentío que la presenciaba inmenso. D. Juan, en el paroxismo de la ira,
+dio parte al gobernador, grande amigo suyo, y resolvió partir al día
+siguiente con Fernanda. Los jóvenes maleantes, que prevían esta
+determinación, ya tenían urdido el medio de hacerla ineficaz,
+preparando, como hemos visto, una grandiosa cencerrada para la noche.
+Era anticipada porque aún no se habían casado, pero de ningún modo
+querían que se escapasen sin ella. Armados, pues, de cuantos
+instrumentos ruidosos pudieron haber, con grandes trasparentes, donde
+aparecían pintadas las mismas grotescas figuras de la carroza con
+bestiales leyendas debajo, y teas en las manos, se congregaron más de
+trescientos muchachos en Altavilla, y alrededor de ellos media
+población que los alentaba con sus carcajadas. El estruendo era
+horrísono. De vez en cuando cesaba y una voz lanzaba al aire alguna
+copla indecente, que era celebrada con rugidos de alegría, creciendo
+tanto y tanto la algazara, que el mundo se venía abajo. El teniente
+Rubio, siempre original, trepó por las cornisas de la capilla de San
+Fructuoso, situada casi enfrente de la casa de Estrada-Rosa, y comenzó a
+repicar la campana. Paco Gómez iba solapadamente de uno en otro grupo
+apuntando las coplitas más dañinas para que las repitiese en alta voz el
+que la tuviese más recia. Moro hacía sonar su famoso serpentón hasta
+echar los pulmones, mientras el marica de Sierra, que había sido uno de
+los más activos promovedores de la cencerrada, se metía traidoramente en
+casa de D. Juan, vendiéndose como amigo fiel, para espiar en realidad lo
+que allí pasaba.
+
+Pero el jefe político de la provincia pensó que era ya hora de oficiar
+de Neptuno y componer las olas irritadas. Cuando la cencerrada se
+hallaba en su período álgido, envió a Altavilla a Ñola, cabo de los
+guardias municipales, acompañado de dos números, que resultaron ser
+Lucas el Florón y Pepe la Mota, con encargo de apaciguar el escándalo y
+despejar la calle. Los lacienses estaban avezados de antiguo a no
+reconocer el origen divino de la autoridad cuando Ñola, el Florón o
+Pepe la Mota se empeñaban en representarla. Y no sólo ponían en duda su
+legitimidad, sino que en cuanto de lejos los columbraban, soplaba en su
+espíritu el viento de la rebelión y lo encrespaba. ¿Consistía esto en
+que los lacienses estuviesen predestinados por los ciegos impulsos de su
+naturaleza a conspirar contra el orden establecido? No es verosímil.
+Ninguno de los historiadores de Lancia han señalado como carácter
+distintivo de aquella raza la oposición a las instituciones. Es más
+natural suponer que lo que les indignaba tan profundamente y les
+inclinaba a la conjuración era la nariz de Ñola, del tamaño de un botón
+de timbre eléctrico, la voz aguardentosa de Lucas el Florón y las
+piernas monstruosamente arqueadas de Pepe la Mota.
+
+De sobra conocían estos respetables agentes del poder gubernativo las
+tendencias anárquicas que algunas veces manifestaba el vecindario de
+Lancia. Pero lo que no sospechaban siquiera al introducirse incautamente
+entre la muchedumbre, de Altavilla fue que habían de salir de allí sin
+bastón, sin sable, sin kepis y con las mejillas abofeteadas. Así estaba
+escrito, sin embargo.
+
+El jefe político no quiso conformarse con los inescrutables fallos de
+Dios, y montando en cólera hizo llamar inmediatamente al teniente de la
+guardia civil y le envió a vengar con ocho números a los infortunados
+Ñola, Lucas el Florón y Pepe la Mota.
+
+Envalentonados con la victoria pasada los graciosos de Altavilla,
+trataron de resistir. Entonces el teniente, a quien devoraba el fuego de
+la guerra, mandó desenvainar los sables, y sonriendo ferozmente, cargó
+sobre la muchedumbre como un jabalí indomable.
+
+Al verlo, un vivo estremecimiento corrió por los miembros de cada uno de
+los lacienses. Hubo tendencias a retirarse del campo de batalla; pero no
+faltó en aquel momento quien animase su corazón intrépido ofreciéndoles
+la perspectiva engañosa de la victoria.
+
+--¡Fuera los civiles! ¡Abajo los tricornios! ¡Muera el patatero!
+
+Tales fueron los gritos sediciosos que se escaparon de los pechos de
+aquella juventud temeraria.
+
+Y en el mismo punto volaron algunas piedras. Los trompones, los
+bombardinos, los cornetines de pistón cuya voz armoniosa tantas mazurkas
+habían cantado en el seno de la paz, trasformados repentinamente en
+instrumentos de guerra, brillaron siniestros a la luz de las antorchas.
+El tricornio del teniente cayó vergonzosamente al suelo a impulso de uno
+de ellos. Lo recoge. Su corazón de guerrero se estremece, un círculo de
+espuma se forma en torno de sus labios y se lanza al combate con los
+ojos inflamados, respirando exterminio.
+
+Entonces, bajo el imperio de su fuerza incontrastable, los jóvenes
+héroes de Lancia se replegaron dando fuertes gritos amenazadores. Los
+sables de los civiles comenzaron a sonar de plano en las espaldas de
+algunos. La retirada se convirtió en huida muy pronto. Tal como un
+rebaño de ciervos huye y se desbanda perseguido por los chacales, así
+los hijos generosos de Lancia huyeron aquella noche memorable,
+perseguidos por los civiles sedientos de sangre. El suelo quedó sembrado
+de instrumentos de bronce, testigos de la afrenta. El indomable teniente
+paseó largo rato su furor por las calles, animando con vivas
+interjecciones a sus huestes, lanzándolas en persecución de los rebeldes
+como un cazador lanza su jauría en persecución de un venado. Así fue
+como Paco Gómez, seguido tenazmente por los tricornios, se vio en la
+precisión, para escapar a un cintarazo, de meterse por el escaparate de
+la confitería de D.ª Romana, cayendo de bruces sobre una fuente de
+huevos moles y destruyendo por completo una magnífica tarta de borraja
+destinada al chantre de la catedral. Así fue también como Jaime Moro,
+después de perder en la refriega el serpentón de don Nicanor, estuvo a
+punto de ser inmolado por el sable resplandeciente de un civil. Sólo por
+haber tomado la precaución de bajar la cabeza cuando éste le tiró el
+golpe evitó la efusión de sangre. El sable fue a chocar con la pared de
+una casa, haciendo no poco estrago en ella. Meses después, Moro enseñaba
+el trozo descascarillado como un trofeo a los amigos forasteros que
+venían a Lancia; y al recordar sus proezas y peligros en aquella noche
+gloriosa, una suave alegría descendía a su corazón heroico.
+
+Otros muchos miembros de aquella juventud magnánima experimentaron
+desperfectos de consideración en su economía, unos por el influjo de los
+sables, los más por las caídas y los choques que resultaron de la
+desbandada. La victoria no fue, sin embargo, gratuita para los agentes
+del gobierno. Aparte del fracaso del tricornio del teniente y de algunas
+contusiones de sus subordinados, el poder constituido sufrió un
+importante revés en la persona de uno de sus más antiguos
+representantes, en la persona de Ñola, cabo de municipales. Ya sabemos
+que este personaje, enteramente impopular en Lancia, a causa de la
+cortedad, y aún más de la redondez excesiva de su nariz, había perdido
+en la primera escaramuza el kepis, el sable y el honor de sus mejillas.
+La cólera y la venganza se enseñorearon de su corazón. Nada podía hacer,
+sin embargo, para apagarlas, porque se hallaba privado de todo medio
+coercitivo. Pero en vez de retirarse prudentemente al soportal de las
+Consistoriales, como hicieron sus compañeros Lucas el Florón y Pepe la
+Mota, quedose enmedio de la calle contemplando con ansiedad la batalla.
+Al ver que se decidía en favor de las instituciones que él representaba,
+la alegría se desbordó ruidosamente de su pecho municipal.
+
+--¡Bien por los guardias! ¡Duro en ellos! ¡Rajarme esa canalla! ¡A ver
+si escarmienta de una vez esa pillería!
+
+Tales eran los gritos belicosos que salían de su garganta. Sin embargo,
+cuando menos podía esperarse, dado que los enemigos huían en completo
+desorden, vino a estrellarse contra el botón de su nariz un cuerpo duro
+de superficie lisa y compacta que resultó ser un trozo de cal
+hidráulica. Todos los timbres de su cerebro sonaron a un tiempo. No
+pudiendo sufrir tanto estrépito, vino al suelo privado de conocimiento.
+Su pecho magnánimo sólo tuvo fuerzas para exhalar una queja melancólica.
+
+--¡Recongrio, me han escuaernao esos sinvergüenzas!
+
+Así cayó aquel baluarte poderoso del orden, aquel varón esforzado que en
+sus luchas incesantes con la pillería de los arrabales tantas veces
+había caminado por la senda de la victoria. Levantáronlo y lo metieron
+en la botica de don Matías, que estaba próxima. Desde allí lo condujeron
+poco después al hospital. La ciudad perdió por algunos días su escudo
+protector. Porque ni Lucas el Florón ni Pepe la Mota podían competir en
+energía con Ñola.
+
+Mientras tales sucesos se efectuaban en Altavilla y en las calles
+adyacentes, D. Juan Estrada-Rosa, presa de irritación indescriptible, se
+paseaba agitadamente por su gabinete mesándose los cabellos. Los
+consuelos hipócritas del marica de Sierra no lograban calmarle. Hablaba
+de salir a la calle y arrojarse sobre la insolente muchedumbre.
+
+--¡Qué les habrá hecho mi pobre hija!--exclamaba con voz temblorosa,
+próximo a sollozar.
+
+Fernanda se había retirado a su habitación temprano y se había metido en
+la cama. Si la sorprendió la algazara que sonaba en la calle o contaba
+ya con ella, no es fácil saberlo. Cuando D. Juan, después de adoptar una
+violenta resolución, subió a despertarla, al encender la luz hallola con
+los ojos secos y brillantes, sin apariencias de haber dormido ni de
+haber llorado. Hizo que se vistiese a toda prisa, y dando orden a los
+criados para que tuviesen encendidas todas las luces de la casa a fin de
+engañar a los de afuera, salió con ella por la puerta de la cochera,
+que daba a un callejón solitario. Los acompañaba únicamente Manuel
+Antonio. Dirigiéronse por las calles más extraviadas a casa del
+Jubilado. Una vez allí, se pasó un recado a don Santos para que se
+presentase inmediatamente; otro al penitenciario. Cuando ambos
+acudieron, el padre, la hija y estos dos señores, Manuel Antonio y
+Jovita Mateo salieron ocultamente de Lancia por la carretera de
+Castilla. Después de caminar un rato esperaron el coche que don Juan
+había mandado venir. Acomodáronse los seis como pudieron en la
+carretela, echando a Manuel Antonio al pescante. Media hora después
+estaban en la posesión del banquero. Alzose apresuradamente un altarcito
+en el salón principal de la casa, y antes de que amaneciese, el
+penitenciario bendijo la unión de los prometidos.
+
+Fernanda no había despegado los labios durante el camino. El mismo
+silencio cuando se hacían los preparativos para la solemnidad. Parecía
+tranquila, en un estado de indiferencia absoluta o, por mejor decir, de
+soñolencia, como la persona a quien se arranca violentamente del sueño y
+tarda en darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Pero tal estado
+letárgico continuó después de pronunciar el sí ante el altar. Ni la
+plática afectuosa y elocuente del penitenciario, ni las bromas
+incesantes de Manuel Antonio mientras tomaban el desayuno, ni las
+caricias de Jovita, ni la alegría afectada, ruidosa, de su padre
+lograban sacarla de su extraña distracción. Clareaba el día, un día
+triste, nublado, que se filtraba melancólicamente por los cristales.
+Todos hacían esfuerzos por parecer alegres; se hablaba en voz alta, se
+reía comentando la torpeza del criado, el miedo de Manuel Antonio a
+volcar.
+
+Traslucíase, no obstante, una gran tristeza. Cuando la conversación se
+interrumpía, las frentes se arrugaban, los semblantes se oscurecían. Al
+entablarla de nuevo, las palabras resonaban lúgubremente en el lujoso
+comedor.
+
+La novia se retiró para cambiar de traje. Poco después apareció de
+nuevo, con el mismo semblante impasible. Según los planes de D. Juan,
+debían irse inmediatamente para tomar en un pueblo próximo la silla de
+posta. Los indecentes de Lancia quedarían de este modo chasqueados.
+Cuando bajaron al jardín, donde esperaba el coche, caía una lluvia
+menuda y fría. Fernanda besó a su padre y entró en el coche. El pobre
+anciano, al recibir aquel beso en la mejilla, pensó que una corriente de
+aire frío entraba por ella paralizando sus miembros y helándole el
+corazón.
+
+El látigo chasquea. «Adiós, Fernanda; abrígate, Fernanda. Adiós, Santos.
+Que vengan ustedes pronto.» Ya están en camino. Antes de una hora
+llegan a Meres, esperan la diligencia y suben en ella. El mismo silencio
+obstinado por parte de Fernanda. Las atenciones de Granate no le
+arrancan ni una sonrisa ni una palabra de gracias; sus ademanes
+grotescos y los desatinos que de vez en cuando deja escapar tampoco
+hacen surgir en el semblante marmóreo de la joven un gesto de fatiga o
+disgusto. A ratos dormita, a ratos contempla con ojos atónitos el
+paisaje. Cuando llegaron a las inmediaciones de León era ya noche.
+
+Pero ¿qué ocurre en León? Al llegar a la plazoleta donde cambia el tiro
+la diligencia descubren gran golpe de gente, escuchan voces desaforadas,
+ruido desacordado de instrumentos de música, tañido de cencerros. Y ven
+alzarse sobre la muchedumbre algunos trasparentes pintados.
+
+Paco Gómez, fecundo en trazas más que Ulises, había escrito a algunos
+amigos de León tiempo atrás invitándoles a disponer una cencerrada para
+cuando Granate y su esposa pasasen por allí. La colonia de Lancia, que
+es numerosa en León, secundó admirablemente los planes de su paisano.
+Todo lo tenían preparado. Sin embargo, estos preparativos no hubieran
+servido de nada sin la traición de Manuel Antonio, que al llegar a
+Lancia notició secretamente a Paco lo que pasaba. Éste aprovechó el
+telégrafo, recién instalado, y se puso en comunicación con sus
+secuaces.
+
+Fernanda tardó en darse cuenta de que aquella algazara iba contra ella.
+Cuando, por algunos gritos que llegaron a sus oídos, vino en
+conocimiento de ello, empalideció, sus ojos se dilataron y, dando un
+grito, precipitose a la ventanilla para arrojarse fuera. Granate la
+detuvo sujetándola por la cintura. La joven luchó algunos momentos con
+furor; pero no pudiendo desprenderse de aquellos brazos cortos y
+membrudos de oso, se dejó caer al fin en el asiento, llevose las manos a
+la cara y rompió a sollozar.
+
+--¡Dios mío, ha sido grande el pecado, pero qué castigo tan terrible!
+
+
+
+
+X
+
+Cinco años después.
+
+
+Trascurrieron cinco años. La noble ciudad de Lancia ha cambiado poco en
+su exterior y menos aún en sus costumbres. Unas cuantas casas-grilleras
+con adornos de mazapán alzadas por el oro indiano en las inmediaciones
+del parque de San Francisco; varios trozos de acera en calles que jamás
+la poseyeran; tres faroles más en la plaza de la Constitución; un
+guardia municipal suplementario, que debe su existencia no tanto a las
+necesidades del servicio como a las pasiones del alcalde, varón de
+excelsos pensamientos, consagrados casi enteramente a Venus, que premia
+las condescendencias de Vulcano con el presupuesto municipal; en el
+paseo del Bombé algunas estatuas de bronce con el ropaje caído, que
+produjeron grave escándalo a su erección, haciendo pregonar al
+magistrado Saleta en la tertulia del maestrante que «la media desnudez
+era cien veces más incitante que la completa;» en las cabezas de
+nuestros maduros conocidos algunas hebras de plata, y en el semblante
+radioso como el arco iris de Manuel Antonio, el más seductor de los
+hijos de la ínclita ciudad, signos ya evidentes de que su belleza pronto
+se desvanecerá como un sueño feliz al soplo glacial de la mañana, como
+los copos de nieve que caen suavemente en el silencio de un día triste
+de invierno.
+
+La misma vida vegetativa, brumosa, soñolienta; las mismas tertulias en
+las trastiendas libando con deleite la miel de la murmuración. Los
+apodos soeces pesando siempre como losa de plomo sobre la felicidad de
+algunas respetables familias. En el Bombé, las tardes de sol, los mismos
+grupos de clérigos y militares paseando desplegados en ala. Las enormes
+campanas de la basílica tañendo invariablemente a horas fijas. Las
+viejas devotas caminando con planta presurosa al rosario o a la novena.
+El canto monótono de los canónigos resonando profundamente en la soledad
+de las altas bóvedas. En Altavilla, a la hora del crepúsculo, los
+eternos corros de jóvenes alegres, riendo mucho, hablando alto y
+abriéndose amenudo para dejar paso a alguna costurera espiritual o
+criada de carnes opulentas a quienes rinden homenaje con los ojos, con
+la palabra y no pocas veces con las manos. Y allá, en lo alto del
+firmamento, iguales corros de nubes pardas y tristes amontonándose en
+silencio sobre la vetusta catedral, para escuchar en las noches
+melancólicas de otoño los lamentos del viento al cruzar la alta flecha
+calada de la torre.
+
+Estamos en Noviembre. El conde de Onís acostumbra a pasear a caballo lo
+mismo en los días claros que en los oscuros. Cada vez menos le place la
+compañía de los hombres. Su carácter se ha hecho más receloso y
+melancólico. El pecado aniquiló los débiles gérmenes de alegría que la
+naturaleza había depositado en su corazón. El temperamento sombrío,
+extravagante, fanático de los Gayoso se ha ido exaltando en él poco a
+poco con el roer incesante del remordimiento; ha trastornado su
+imaginación, ha enervado su escasa actividad y ennegrecido su
+existencia.
+
+Le molestan los hombres. En todas las miradas piensa ver hostilidad; en
+las frases más inocentes, alguna aviesa intención que hace hervir su
+sangre de coraje. No osa entrar en los templos, ni siquiera se deja
+caer de rodillas, como antes, frente al sangriento crucifijo del cuarto
+de su madre. Si oye hablar del infierno se estremece y huye. Envía
+cuantiosas limosnas a las iglesias; encarga misas que no oye; pone
+cirios a las imágenes, y en el secreto de su habitación se entretiene a
+veces puerilmente en preguntar a la suerte, echando una moneda al aire,
+si se condenará eternamente o irá tan sólo al purgatorio. Cuando llega a
+sus oídos el canto de los sacerdotes que acompañan a un entierro,
+empalidece, tiembla y se tapa los oídos. Por la noche se despierta
+amenudo sobresaltado, con un sudor frío, gritando miserablemente: «¡Hay
+que morir! ¡hay que morir!»
+
+Por largo tiempo vivió casi en absoluto retirado, sin salir más que
+cuando se lo ordenaba aquella voluntad que había logrado señorear la
+suya. Después, como sufriese demasiado, temiendo que sus negros
+pensamientos acabasen con su razón, le dio por recorrer los contornos a
+pie o a caballo, hasta fatigarse. El cansancio corporal prestaba
+descanso a su espíritu; el espectáculo de la naturaleza serenaba su
+atormentada imaginación.
+
+Era un tarde fría y oscura. Las nubes pesan amontonadas sobre las
+colinas que cierran el horizonte por el Norte, y ocultan las altas
+montañas de Lorrín que se extienden como una cortina lejana por el
+Oeste. Han caído fuertes chubascos que convirtieron en laguna la parte
+baja de la ciudad y en lodazales las carreteras que de ella parten.
+Apesar de esto el conde manda ensillar su caballo, sale de Lancia por la
+carretera de Castilla, y galopa entre torbellinos de lodo al través de
+las praderas y los bosques de castaños. Las hojas amarillentas de los
+árboles, lavadas por la lluvia, brillan como monedas de oro; mil
+arroyuelos serpean vacilantes por la falda de la colina y van a
+depositar sus aguas en la llanura, que se dilata verde y mojada con
+suaves ondulaciones. Una franja más oscura señala el cauce del Lora, que
+se oculta misterioso bajo sus mimbreras y espesas filas de alisos.
+
+El conde, con la cabeza, echada hacia atrás, los ojos medio cerrados,
+aspiraba con delicia el fresco húmedo de la tarde. La carretera
+flanqueaba la colina en suave declive. Antes de trasponerla y perder de
+vista la ciudad, detuvo el caballo y echó una mirada atrás. Lancia era
+un montón, no grande, de techos rojos, sobre los que resaltaba la flecha
+oscura de la catedral. Debajo percibió una mancha amarilla, el bosque de
+robles de la Granja. Más abajo las torrecillas anaranjadas de su casa
+solariega.
+
+La lluvia ha cesado. Un viento frío barre las nubes y las precipita
+detrás de los montes. El firmamento se despliega trasparente con el
+pálido azul de los días de otoño. Algunas estrellas apuntan ya como
+diamantes en el horizonte. Los árboles, las montañas, los arroyos, el
+valle cubierto de su verde tapiz brillan indecisos bajo la tenue
+claridad del crepúsculo.
+
+El conde pone de nuevo su caballo al galope y desciende velozmente por
+el flanco de la colina que oculta a Lancia. El viento oprime sus sienes,
+zumba en sus oídos produciéndole una dulce embriaguez que disipa las
+negras nubes de su imaginación. Por la enlodada carretera no encuentra
+sino algún hato de ganado, algún trajinante con su recua, o carro tirado
+pausadamente por bueyes, en el fondo del cual duerme descuidadamente el
+carretero. Mas antes de trasponer un recodo, cree escuchar rumor lejano
+de ruedas y campanillas. Es la silla de posta que llega al anochecer a
+Lancia. Al cruzar a su lado dirige una mirada distraída al fondo, y
+chocan sus ojos con otros grandes y lucientes. Siente un estremecimiento
+eléctrico, vuelve la cabeza con presteza, pero sólo percibe ya la
+trasera de la silla que se aleja. Tira de las riendas al caballo y la
+sigue: a los pocos momentos se detiene avergonzado y prosigue su marcha.
+
+¿Sería Fernanda? Una sensación fugaz, pero muy clara, se lo decía. Sin
+embargo, pudo haberse equivocado. Ninguna noticia tenía de su llegada.
+Sabía que se quedara viuda hacía unos meses. Granate había rodado al
+fin como un buey bajo el golpe de la apoplejía. Pero al mismo tiempo era
+válida la voz de que la viuda del indiano aborrecía de muerte a Lancia
+desde la humillante farsa con que sus compatriotas la habían regalado al
+casarse. El hecho de no haber venido cuando la muerte de su padre,
+acaecida el año anterior, lo dejaba bien probado.
+
+El conde pensó algunos momentos en esto; al cabo se le borró de la
+mente; le distrajo una nube violada y espesa que avanzaba hacia el zenit
+presagiando nuevo chubasco. Pero en el fondo de su espíritu quedó algo
+indeterminado y dulce que le puso de buen humor. Revolvió el caballo y
+llegó a Lancia ya bien de noche, chorreando y cubierto de lodo, pero el
+corazón ligero y alegre sin saber por qué.
+
+Fernanda no vaciló un instante. Lo vio y lo conoció tan claramente que
+pudo hasta advertir las señales que el tiempo y los cuidados habían
+impreso en su semblante. Le pareció más viejo; creyó ver en su luenga
+barba rubia algunos mechones plateados. Al mismo tiempo en sus ojos,
+posados un instante sobre ella, adivinó el sufrimiento, el hastío, algo
+triste, que le impresionó alegremente. El recuerdo de su antiguo novio
+había vivido siempre en el fondo de su pecho. Ni la traición, ni el
+desdén, ni las mil distracciones a que se arrojó en la vida frívola y
+bulliciosa de París, habían logrado arrancarlo de allí. Si le hubiera
+hallado satisfecho, en la plenitud de su fuerza y salud, no habría
+sentido aquel soplo dulce que la acarició un instante. En tal alegría
+maligna había el rencor inextinguible de la mujer desdeñada, pero
+también algo alado, sonoro, vaporoso, como la esperanza, que cantó y rió
+en su alma y disipó los negros pensamientos que se acumulaban sobre su
+frente.
+
+La necesidad, no su querer, la obligaban a volver a Lancia, donde había
+jurado no poner los pies nunca más. Su marido tenía hecho testamento a
+su favor. Los hermanos de aquél lo impugnaban. Se había entablado un
+pleito, que ganó en primera instancia. Venía acompañada de una antigua
+sirviente de su padre, trasformada en dama de compañía, y de un
+mayordomo. Desde Madrid había telegrafiado a una prima, y ésta, en unión
+con Manuel Antonio, dos de las niñas de Mateo y algunas amigas más, la
+esperaban en la mal empedrada plazoleta del Correo, donde paraba la
+diligencia. Y vengan de abrazos y achuchones y besos, y vayan de
+preguntas y exclamaciones y lágrimas. La ofendida heredera de
+Estrada-Rosa no había imaginado sentir tal alegría al poner la planta en
+su pueblo natal.
+
+Sus amigas la llevaron abrazada, casi en volandas, hasta casa. Allí se
+despidieron todas, menos Emilita Mateo, a quien Fernanda hizo una seña
+para que se quedase. Las dos amigas ascendieron lentamente, cogidas por
+la cintura, aquella escalera, amplia, encerada, que tantas veces sus
+pies menudos de niña habían pisado. No tardaron en encerrarse en el
+antiguo gabinete de la hija de Estrada-Rosa para saborear la hora de las
+dulces confidencias. Entre besos y sonrisas y protestas de fiel amistad
+se contaron su vida durante aquellos cinco años. Fernanda hablaba de su
+difunto marido con una compasión que quería ser triste y resultaba
+altamente despreciativa. Vivió con él en una suerte de antagonismo de
+ideas, de gustos y deseos, que los mantuvo constantemente alejados. Ni
+fue feliz ni desgraciada. Fueron cinco años de aturdimiento en que
+desfilaron ante su vista calles populosas, teatros resplandecientes,
+hoteles magníficos, salones de baile, trajes deslumbradores, muchos
+conocidos y ningún amigo. Su marido se plegaba a sus caprichos a la
+fuerza, como un oso indómito que obedeciese gruñendo al palo del
+domador. Habían tenido una niña, que se murió a los cuatro meses.
+
+La juguetona Emilia fue muy desgraciada en su matrimonio. Núñez había
+salido un _perdis_. Ya lo sabía Fernanda, pero vagamente. En cartas no
+es fácil descender a ciertos significativos pormenores. Al principio muy
+bien, pero luego las malas compañías le habían echado a perder. Le dio
+por el juego primero, después por la bebida, últimamente por las
+mujeres. Esto último era lo que más sentía Emilia. Todo se lo perdonaba
+de buen grado: que viniese borracho a las tantas de la madrugada, que le
+empeñase los pendientes, los cubiertos, hasta el capuchón de abrigo; lo
+que no podía sufrir era que se le viese entrar en casa de una perdida
+que vivía en la calle de Cerrajerías. Al decir esto la hija del Jubilado
+soltaba un torrente de lágrimas. Apenaba más verla llorar, por la
+alegría revoltosa que siempre fue el distintivo de su carácter. Fernanda
+la acariciaba tiernamente y compartía sus lágrimas. Al cabo de un rato
+de silencio le preguntó:
+
+--Pero ¿tú le sigues queriendo?
+
+--¡Sí, hija, sí!--exclamó con rabia.--No lo puedo remediar. Cada vez
+estoy más ciega por él.
+
+--¡Vaya por Dios! Tu pobre padre estará también disgustadísimo.
+
+--¡Figúrate!... Y lo peor es--añadió llorando amargamente--que ahora
+volvió a su manía antigua contra el ejército... Dice cosas horribles de
+los militares... ¡Sí, sí, horribles!... En cuanto yo entro por casa
+empieza a disparatar, nada más que por mortificarme... Mis hermanas le
+apoyan... Nos llaman holgazanes y dicen... dicen que se debe reducir el
+contingente...
+
+Al llegar aquí, los sollozos rompían el tierno pecho de la esposa de
+Núñez. Fernanda, que también lloraba viéndola tan afligida, no pudo
+menos de sonreír.
+
+--¡Tus hermanas también!
+
+--¡Ya lo creo!... ¡Todos, todos desean que se reduzca!...
+
+Cuando la hija de Estrada-Rosa le hubo demostrado que no era tan fácil
+como parecía la reducción de las fuerzas de tierra, su espíritu se
+serenó al fin poco a poco. Luego concertaron ambas dar una sorpresa a la
+sociedad laciense. Fernanda se presentaría aquella noche sin previo
+anuncio en la tertulia de Quiñones. Una alegría infantil se apoderó de
+ambas con este proyecto. Así que le dieron forma, despidiose Emilita,
+prometiendo volver enseguida a buscar a su amiga.
+
+Eran las diez de la noche cuando subían ambas los peldaños de piedra,
+que rezumaban siempre por la humedad, de la vasta escalera señorial de
+los Quiñones.
+
+Al llegar arriba Emilita prohibió al criado que las anunciase. Ella
+misma abrió la puerta del salón y empujó a Fernanda hacia adentro.
+
+Fue una aparición que dejó extáticos por un instante a los tertulios. La
+hija de Estrada-Rosa, lucía un traje elegantísimo recién salido del
+taller de una de las más afamadas modistas de París. Su belleza, de la
+cual sus compatriotas no conocían más que el delicado botón, se había
+convertido en rosa espléndida en los cinco años de vida refinada y
+elegante. Maravillosa por la arrogancia de su talle, por el brillo de
+sus grandes ojos africanos, por la delicadeza de su cutis, la hermosura
+de Fernanda había adquirido en París su complemento necesario, la
+gracia, el noble y sencillo ademán, el gusto para vestirse, la suprema
+distinción que en Lancia no hubiera logrado jamás. Su traje negro de
+seda dejaba descubiertos pecho y espalda. Algunas carreras de perlas
+tejidas entre los cabellos componían todo el adorno de su cabeza.
+
+Amalia fue la primera que la vio, y su sangre fluyó de repente al
+corazón. Repuesta inmediatamente, corrió a saludarla.
+
+--¡Oh! Ya sabía que usted había llegado; pero no imaginé que fuese tan
+amable...
+
+Ambas se miraron a los ojos y se declararon, con un chispazo, el odio
+que ardía en el fondo de sus almas. Pero habían cambiado las
+circunstancias. Amalia era cinco años atrás la dama más elegante y
+distinguida de la población, la única cuyo porte y refinamiento de
+costumbres trascendía a otra esfera más culta y espiritual. Fernanda la
+aventajaba ahora infinitamente. Aquélla había envejecido de modo
+ostensible. Entre sus cabellos se veían ya bastantes hebras plateadas;
+su tez, siempre pálida, había perdido toda su frescura; además, había
+perdido el deseo y el gusto para vestirse, se había ido plegando poco a
+poco bajo la presión de la sociedad ordinaria y cursi que la rodeaba,
+adaptándose a ella y descuidándose más y más de su persona. El contraste
+era, por lo tanto, más vivo. Bien lo advirtió la noble esposa del
+maestrante y se sintió humillada hasta el fondo de su ser. Una sonrisa
+de despecho contrajo sus labios mientras cambiaba con Fernanda los
+obligados saludos. Ésta gozaba de su triunfo con grave y serena alegría.
+
+Las damas rodeáronla inmediatamente. Fue un diluvio de besos y abrazos
+acompañados de vivas exclamaciones de gozo. Los hombres, que formaban
+círculo detrás, avanzaron también sus manos y estrecharon con efusión la
+de la hermosa viajera. Y entre tanto pláceme y tanta frase
+congratulatoria, o por olvido o por vergüenza, nadie osaba hacer alusión
+a la desgracia que la joven había experimentado algunos meses atrás; ni
+el más mínimo recuerdo para el oso colorado que dormía su sueño eterno
+en un cementerio de París. Tan sólo cuando la efervescencia de los
+saludos hubo calmado, Amalia la cogió sonriente las manos y exclamó
+mirándola de arriba abajo:
+
+--¡Sabe usted que son muy elegantes los trajes de duelo en París!
+
+Fernanda hizo una mueca de desdén.
+
+--Poco importa el vestido si se lleva el duelo en el corazón--apuntó
+María Josefa, que en los cinco años trascurridos había aguzado
+prodigiosamente el filo, el contrafilo y la punta de su lengua.
+
+Las mejillas de Fernanda se tiñeron de carmín. Se avergonzó como si
+fuese un delito no sentir la pérdida de _Granate_. Luego, irritada por
+aquella hostilidad, estuvo a punto de mostrar violentamente su enojo.
+Volvió la espalda y se puso a hablar con otras damas.
+
+En aquel momento el conde de Onís salió del gabinete y vino a saludarla.
+Le tendió la mano con afectuosa sonrisa. Ella le entregó la suya de un
+modo glacial, separando rápidamente la mirada. Sin embargo, pudo
+advertirse alrededor de sus ojos un círculo pálido que denunciaba la
+emoción. Para disimularla se encaminó al gabinete, diciendo con afectada
+ligereza que la dejasen libre, que a quien tenía más gana de ver era a
+D. Pedro.
+
+El noble maestrante yacía en su sillón con los naipes en la mano. Sus
+cabellos y su barba estaban más blancos, pero tan erizados e indómitos.
+Sus facciones enérgicas parecían más acentuadas; sus ojos hundidos
+brillaban con fulgor más delirante. Al mover con trabajo aquel gran
+torso atlético desprovisto de base los rasgos de su fisonomía se
+contraían con expresión de feroz impotencia que inspiraba tristeza y
+miedo. Pero si su cuerpo se abatía a ojos vistas, alzábase su orgullo
+cada vez con más brío. Todos los días crecía un poco el respeto que se
+consagraba a sí mismo por llamarse Quiñones de León y el desprecio a los
+demás por haber nacido bajo el estigma de otro nombre cualquiera.
+Agradeciendo profundamente al cielo la dicha con que había querido
+favorecerle, tendría a pecado quejarse de su suerte y envidiar a los
+otros hombres la facultad de usar de sus piernas. ¿Qué importa que Juan
+Fernández pueda andar, correr y saltar, si al fin y al cabo se llama
+Juan Fernández? Lo único que le preocupaba algunas veces era si
+convendría a la dignidad de un Quiñones poseer unas extremidades
+enteramente inertes, y si no sería preferible que viviesen para
+participar de la gloria del resto del organismo. Pronto desechaba, sin
+embargo, tales inquietudes pensando justamente que vivas o muertas
+aquellas extremidades ocupaban un rango superior en la sociedad. Cuando
+Fernanda entró en el gabinete alzó los ojos y clavó en ella una mirada
+penetrante que la abrazó de la cabeza a los pies. Ni la hermosura ni el
+porte, singularmente elegante, de la joven debieron dejarle satisfecho,
+porque la convirtió inmediatamente a los naipes y exclamó con insolente
+protección:
+
+--¡Hola, pequeña! ¿Eres tú? ¿Cuándo has llegado?
+
+Apesar de sentirse mortificada por aquel tono, Fernanda le saludó
+afectuosamente.
+
+--Me alegro de verte tan buena, querida, y aprovecho la ocasión para
+darte el pésame. Ya sabes que yo no escribo cartas hace años. He sentido
+mucho a Santos... Oiga usted, Moro: ¿se propone usted no darme en su
+vida una carta decente?... Era un buen sujeto, un vecino excelente,
+incapaz de hacer daño a nadie. No hallarás otro marido como él. Tenía
+una cualidad que se encuentra muy difícilmente: la modestia. Apesar del
+dinero que había logrado juntar, no pretendía salirse de su esfera;
+siempre se manifestó respetuoso con los superiores. ¿Verdad, Saleta, que
+no era como esos piojos resucitados, que así que les suenan algunas
+monedas en el bolsillo olvidan las judías y el centeno, como si en su
+vida los hubiesen probado?... Valero, siéntese usted, y diga pronto si
+es vuelta eso que tiene... ¿Vienes a establecerte aquí, chiquita, o te
+vuelves a ver a los _franchutes_?
+
+Fernanda, que sintió perfectamente toda la hiel de aquel discurso,
+respondió fríamente, y después de pocas palabras más se volvió al salón.
+
+A D. Pedro le había molestado el tufillo de elegancia y distinción que
+despedía la hija de Estrada-Rosa. Le irritaba que alguien se alzase en
+torno suyo, siquiera fuese solamente algunas pulgadas. Aborrecía todo lo
+extranjero, y muy particularmente aquel París, donde imaginaba que los
+Quiñones de León no tenían influencia muy decisiva. Hasta sospechaba
+vagamente, con horror, que eran desconocidos. Por supuesto que procuraba
+apartar la mente de tan disparatada idea. Si llegase a penetrar por
+completo en su espíritu, ¿qué le restaba al noble caballero? Morir, y
+nada más.
+
+Haciéndole la partida de tresillo están los mismos personajes que ya
+conocemos. Saleta, el gran Saleta, cuyas mentiras siguen fluyendo de su
+boca suaves y almibaradas, lo cual le obligaba a relamerse amenudo.
+Faltó poco para que Lancia se viese privada para siempre de este
+magnánimo y divertido varón. Jubilado hacía tres años, fue a
+establecerse a su país, donde permaneció uno solamente. La nostalgia de
+Lancia, de la tertulia de Quiñones, y sobre todo de las burlas de su
+colega Valero, le impulsaron a dejar la patria gallega para venir de
+nuevo a habitar entre los lacienses. Valero, ascendido a presidente de
+sala, más ajado cada día, más jaranero y ceceoso, se sienta a la
+izquierda del prócer. Enfrente está Moro, ideal inaccesible de todas las
+niñas casaderas, cuya cabeza infatigable soporta fácilmente doce horas
+de tresillo sin mareo ni turbación alguna. De todas las instituciones
+creadas por los hombres, la más firme, la más respetable es ésta; el
+tresillo. Por su inquebrantable solidez puede compararse muy bien a las
+leyes inmutables de la naturaleza. Para Moro es tan verdad que la
+_espada_ vale más que el _basto_, como que los cuerpos al caer siguen un
+movimiento uniformemente acelerado. Y allá en el fondo oscuro de la
+cámara dormita en la misma butaca el glorioso Manín con su calzón corto,
+chaqueta de bayeta verde y fuertes zapatos claveteados. Tiene el pelo
+gris, casi blanco. Pero no es esto lo peor para él. Lo verdaderamente
+triste es que el pueblo no le considera ya como un cazador feroz
+envejecido en la lucha con los osos de las montañas. Aquella leyenda se
+ha ido disipando poco a poco. Sus compatriotas tenían razón. Manín no
+era más que un zampatortas. En Lancia se ríen también de sus proezas y
+le miran como un viejo bufón del loco y heráldico señor de Quiñones.
+
+Fernanda consiguió al fin sustraerse a los plácemes de sus amigos y fue
+a sentarse en un rincón apartado. Estaba triste. La hostilidad de los
+dueños de la casa le había impresionado. Pero no era esto lo principal,
+aunque ella hiciese por creerlo. El motivo recóndito, que se avergonzaba
+de confesar a sí misma, era Luis. El saludo afectuoso de su antiguo
+novio había despertado súbito todos sus recuerdos, todas sus ilusiones,
+las penas y las dichas de otro tiempo que dormían en el fondo de su alma
+como pajarillos entre las hojas del árbol. La agitación interior era
+intensísima, pero nada o muy poco se traslucía en su continente grave y
+frío. Sin embargo, sintió un fuerte estremecimiento al escuchar muy
+cerca de su oído estas palabras:
+
+--¡Qué hermosa te has puesto, Fernanda!
+
+Se hallaba tan distraída que no advirtió que el conde se había sentado a
+su lado. Involuntariamente se llevó la mano al sitio del corazón.
+Repuesta inmediatamente, sonrió diciendo:
+
+--¿Te parece?
+
+--Sí... Y yo qué viejo, ¿verdad?
+
+Hizo un esfuerzo y le miró a la cara con fijeza.
+
+--No; algunas canas en la barba... y el aspecto un poco fatigado.
+
+El temblor de su voz contrastaba con la aparente indiferencia que quiso
+dar a sus palabras.
+
+El conde se puso repentinamente serio, llevose la mano a la frente y
+replicó al cabo de unos momentos con acento sombrío y como si se hablase
+a sí mismo:
+
+--Fatigado, sí; ésa es la verdadera palabra... ¡Muy fatigado!... La
+fatiga me sale por los poros.
+
+Guardaron ambos silencio. El conde quedó entregado a una intensa
+meditación que trazó en su frente arruga profunda. Al cabo dijo,
+entablando nuevamente conversación:
+
+--Ya te había visto antes de venir aquí.
+
+--¿Dónde?--preguntó ella afectando sorpresa.
+
+--En la carretera. Salí esta tarde a dar un paseo a caballo y me crucé
+con la silla de posta. Te conocí perfectamente.
+
+--Pues yo no te he visto... Recuerdo que encontramos dos o tres jinetes
+antes de llegar a Lancia, pero no he conocido a ninguno.
+
+Al decir esto no pudo impedir que una ola de carmín tiñese de nuevo sus
+mejillas. Volvió, para disimular, la cabeza. Sus ojos tropezaron con los
+de Amalia, que se posaban sobre ellos lucientes, acerados.
+Contempláronse un instante. La boca felina de la valenciana se contrajo
+con una sonrisa. Fernanda quiso corresponder con otra tan falsa, pero no
+pudo. Volviose de nuevo hacia el conde y hablaron de cosas indiferentes,
+de teatros, de música, de proyectos de viaje.
+
+Sin embargo, aquél se mostraba más y más preocupado. Iba perdiendo el
+aplomo y hablaba equivocándose, como si su pensamiento anduviese lejos.
+Guardaba silencio algunos momentos, pugnaba por decir algo, movíanse sus
+labios, pero en vez de articular lo que quería, expresaban otra cosa
+distinta, algo trivial y ridículo que le avergonzaba en cuanto salía de
+ellos. Fernanda le observaba con atención, ganando la serenidad y la
+calma que él perdía rápidamente. Parecía embebida por completo en la
+conversación, describiendo con naturalidad sus impresiones de viaje,
+expresando sus opiniones con la misma indiferencia que si no mediase
+entre ellos más que una antigua y tranquila amistad. Luis concluyó por
+ponerse taciturno. Al fin tuvo resolución para decir, aprovechando un
+instante de silencio:
+
+--Cuando me acerqué a tí estabas muy distraída. ¿En qué pensabas?
+
+--No me acuerdo... ¿En qué querrías tú que pensase?
+
+El conde vaciló un momento; pero animado por la graciosa sonrisa de su
+ex-novia se atrevió a articular:
+
+--En mí.
+
+Fernanda le miró en silencio, con curiosidad burlona bajo la cual
+chispeaba una alegría imposible de ocultar. El conde se puso colorado
+hasta las orejas, y las hubiera entregado seguramente a las tijeras por
+no haber pronunciado aquellos dos fatales monosílabos.
+
+--Bien...--dijo la joven alzándose de la silla.--Hasta luego. Me alegro
+de verte bueno.
+
+--¡Escucha!
+
+--¿Qué hay?--dijo retrocediendo el paso que había dado para alejarse y
+posando en él unos ojos sonrientes y maliciosos que concluyeron de
+fascinarle.
+
+--Perdona si mis palabras te han ofendido.
+
+Fernanda hizo una mueca de desdén y se alejó exclamando:
+
+--¡Arrepiéntete, pecador, que el infierno tienes delante!
+
+¡El infierno! Esta palabra, soltada a la ligera, como broma, hizo dar un
+vuelco a su corazón; despertó la preocupación constante de su existencia
+desde hacía algún tiempo. Todos los Gayoso habían vivido bajo la
+influencia de esta idea funesta. Pero el terror de sus abuelos parecía
+dilatarse en su espíritu, atormentándolo, enloqueciéndolo. Amalia
+necesitaba luchar heroicamente para distraerle por poco tiempo de sus
+escrúpulos. Por eso ahora, cuando le hizo seña para que se acercase, le
+vio alzarse tétrico de la silla y aproximarse lentamente como si le
+arrastrasen. Tenía ella demasiado talento y orgullo para mostrarse
+herida de la corta plática que acababa de tener con su antigua novia. Le
+acogió con la misma sonrisa, dirigiole la palabra con su habitual y
+afectada ligereza, y no se acordó ni del nombre de Fernanda. Pero sus
+labios pálidos se contraían de coraje cada vez que le veía volver los
+ojos hacia aquélla. Y el incauto lo hacía amenudo.
+
+Una hermosa niña de ojos azules y flotante cabellera dorada apareció en
+la puerta, conducida por una doméstica.
+
+--¡Oh, qué tarde!--exclamó la señora de Quiñones.--¿Por qué ha tardado
+usted tanto en traerla, Paula?--añadió severamente.
+
+Ésta contestó que la niña se había entretenido jugando _al milano que le
+dan_, y que lloraba cada vez que la querían acostar.
+
+--¿No tienes sueño aún, rica mía?--dijo la dama trayéndola hacia sí y
+pasándole la mano tiernamente por los bucles de su cabellera.
+
+Los tertulios se interesaron vivamente por la criatura. Fue de uno a
+otro recibiendo caricias y pagándolas con afectuosos besos de despedida.
+
+--Buenas noches, Josefina.--Hasta mañana, rica.--¿Has sido buena
+hoy?--¿Te ha comprado tu madrina la muñeca que cierra los ojos?
+
+El conde la miraba con los ojos húmedos, haciendo esfuerzos increíbles
+para dominar su emoción. La sentía siempre que se ofrecía a su vista
+aquella niña. Cuando le tocó la vez no hizo más que rozar con los labios
+su rostro cándido. Pero Josefina, con el admirable instinto que los
+niños tienen para saber quién los ama, se colgó a su cuello dándole
+pruebas de particular cariño.
+
+Fernanda también la contemplaba con vivo interés, con una intensa
+curiosidad que le hacía abrir extremadamente los ojos. Josefina tenía
+seis años, la tez nacarada, los ojos de una dulzura infinita, azules y
+melancólicos; algo de triste y enfermizo en toda su diminuta persona. El
+parecido con el conde saltaba a la vista.
+
+Cuando la niña le dejó, los ojos de aquél chocaron con los de Fernanda.
+Sintiose turbado: fue a sentarse más lejos.
+
+Josefina vestía con elegancia. Los señores de Quiñones la criaban con
+mimo, como hija adoptiva. Por mucho tiempo éste fue el asunto preferido
+de las murmuraciones de Lancia. Se averiguaba con vivo interés el coste
+de sus sombreritos; se comentaba el número de juguetes que le compraban;
+hacíanse cálculos sobre la cantidad en que la dotarían al casarse. Pero
+ya se habían fatigado de tanto comentario. Tan sólo cuando venía rodada
+se dejaba escapar alguna alusión mordaz, o se noticiaba al oído algún
+nuevo descubrimiento.
+
+La niña fue a parar a un grupo donde estaban María Josefa, la doncella
+de la lengua devastadora, y Manuel Antonio, bello siempre como el primer
+rayo de la mañana.
+
+--Oyes, Josefina: ¿a quién quieres más, a tu madrina o a tu
+padrino?--preguntole aquél.
+
+--A madrina--respondió la niña sin vacilar.
+
+--Y a quién quieres más, ¿a tu padrino o al conde?
+
+La niña le miró sorprendida con sus grandes ojos azules. Pasó por ellos
+una ráfaga de desconfianza y respondió frunciendo su hermoso entrecejo:
+
+--A mi padrino.
+
+--¿Pero el conde no te trae muchos juguetes? ¿no te lleva en coche a la
+Granja? ¿no te ha comprado el trajecito de charra?
+
+--Sí... pero no es mi padrino.
+
+Los del grupo acogieron con risa esta respuesta. Comprendían que la niña
+mentía. Don Pedro no era hombre para inspirar afecto muy vivo a nadie.
+
+--Pues yo creo que el conde también es tu pa...drino.
+
+--No tal; yo no tengo más que un padrino--manifestó la chica, cada vez
+más recelosa.
+
+Y se alejó del grupo.
+
+Fue donde estaba Amalia; se le puso delante cruzando sus bracitos sobre
+el pecho y dijo haciendo una reverencia:
+
+--Madrina, la bendición.
+
+La dama le entregó su mano, que la niña besó con respetuoso cariño.
+Luego, cogiéndola en sus brazos, la besó en la frente.
+
+--Que descanses, hija mía. Ve a pedir la bendición a tu padrino.
+
+La niña se dirigió al gabinete. Estas prácticas del tiempo pasado
+placían mucho al señor de Quiñones.
+
+Josefina se acercó a él con timidez. Aquel gran señor paralítico le
+infundía siempre miedo, aunque procuraba disimularlo porque así se lo
+había ordenado su madrina.
+
+--Señor, la bendición--dijo con voz apagada.
+
+El alto y poderoso maestrante no hizo caso. Fijo en las cartas que tenía
+en la mano, envuelto en su talma gris con la cruz roja en el pecho, iba
+creciendo por momentos ante los ojos turbados de la pobre Josefina. No
+comprendía que hubiese en el mundo nada más grande, más imponente y
+digno de respeto que aquel noble señor. De esta misma opinión
+participaba D. Pedro. Por eso hacía tiempo que había resuelto confundir
+a todos los seres que le rodeaban en una masa caótica, en la cual sólo
+dos o tres aparecían con algún carácter individual.
+
+La niña aguardó con sus bracitos cruzados cerca de un cuarto de hora. Al
+fin el señor de Quiñones, después de jugar una entrada con fortuna, se
+dignó clavar en ella una mirada severa que la hizo empalidecer. Alargó
+su aristocrática mano con ademán digno de su tocayo Pedro el Grande de
+Rusia, y Josefina posó sobre ella sus labios temblorosos y se fue.
+
+No estaba muy conforme aquel varón excelso con que su esposa criase con
+tal mimo a una expósita, pero lo consentía porque lisonjeaba su
+vanidad. Amalia le había dicho, sabiendo dónde le dolía:
+
+--Criarla para doméstica lo haría cualquiera en Lancia. Nosotros debemos
+hacer las cosas de otro modo.
+
+D. Pedro no pudo menos de sentir el peso de aquella verdad innegable.
+
+Josefina cruzó el salón para ir a acostarse. Al pasar rozando con
+Fernanda, que estaba sentada y sola, ésta la pilló al vuelo por un
+bracito y la atrajo. Toda la alegría, toda la ternura que en aquel
+momento rebosaba de su corazón, desbordose con violencia sobre la
+criatura, a quien cubrió de besos. No se acordó para nada de su rival, a
+quien adivinaba vencida. Sólo pensó en que era hija de _él_, su sangre,
+su misma imagen. Y besó con éxtasis aquellos ojos azules profundos,
+melancólicos, aquella tez nacarada, aquellos bucles dorados que circuían
+su rostro como un nimbo de luz.
+
+--¡Oh, qué hermoso pelo! ¡Qué cosa tan hermosa, Dios mío!
+
+Y apretaba sus labios contra él y hasta sumergía el rostro entre sus
+hebras con tanta voluptuosidad y ternura que estaba a punto de llorar.
+
+En aquel momento una voz estridente, imperiosa, sonó en sus oídos.
+
+--¡Todavía no te has ido a acostar, arrapiezo!
+
+Y al levantar los ojos vio a Amalia, con el rostro pálido, los labios
+apretados, que cogió a la niña con violencia por el brazo dándole una
+fuerte sacudida y la arrastró hacia la puerta.
+
+
+
+
+XI
+
+La cólera de Amalia.
+
+
+A la mañana siguiente, Paula, por orden de su señora, llevó a la niña al
+cuarto de la plancha, la sentó en una silla alta y pidió las tijeras a
+la doncella, que cosía al pie del balcón.
+
+--¿Qué vas a hacer?--preguntó Josefina.
+
+--Cortarte el pelo.
+
+--¿Por qué?... Yo no quiero que me cortes el pelo.
+
+Y se bajó resueltamente de la silla. Paula tornó a alzarla.
+
+--¡Quieta!--le dijo severamente.
+
+--¡Yo no quiero!... ¡no quiero!--exclamó con graciosa resolución.
+
+--La verdad es que da lástima cortar un pelo tan hermoso--dijo otra de
+las doncellas, que estaba planchando.
+
+--¿Qué quieres, hija? Quien manda, manda.
+
+Y tomando uno de los preciosos bucles de la cabellera, lo separó de un
+tijeretazo.
+
+--¡Déjame, Paula!--gritó la niña.--¡Lo voy a decir a madrina!
+
+--¿Sí, preciosa? ¿Vas a decírselo a madrina de veras?... Bueno, ya se lo
+dirás cuando terminemos.
+
+Y sin hacer más caso de sus protestas, dejando caer las palabras con
+zumba, prosiguió imperturbable su tarea. Pero la niña se bajó de nuevo,
+irritada, furiosa. Entonces Paula pidió auxilio a Concha, la costurera,
+y mientras ésta la tenía sujeta a la silla, aquélla la fue despojando
+uno a uno de todos sus bucles. Después arregló como mejor pudo los
+cabellos que quedaban.
+
+--¡Qué lástima!--volvió a exclamar la planchadora.
+
+--Hija, no está mal así tampoco--repuso Paula peinándola con esmero.
+
+En aquel momento apareció la señora en el cuadro de la puerta.
+
+--¡Madrina! ¡ven, madrina!... Mira, Paula y Concha me han cortado el
+pelo.
+
+Amalia avanzó algunos pasos por la estancia y, evitando la mirada de la
+niña, fijó los ojos severos en su cabeza, y dijo con imperio y frialdad:
+
+--No está bien así. Córtelo usted al rape.
+
+Y se alejó con la frente fruncida. Josefina, atónita, la siguió con los
+ojos. Jamás había visto en el semblante de su madrina tanta frialdad y
+dureza. Quedó asombrada, pensativa y dejó ya, sin hacer el más leve
+movimiento, que Paula cumpliese el mandato.
+
+Pronto quedó la cabecita rubia mondada como un melocotón. Las domésticas
+prorrumpieron en carcajadas.
+
+--¡Hija de mi alma, que retefeísima te han puesto!--exclamó María la
+planchadora con acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa.
+
+--No digas eso, mujer--repuso Concha con dejillo amargo.--¡Si está
+preciosa!
+
+Era una mujer de veinticinco años o más, extremadamente pequeña, casi
+tan pequeña como Josefina, de ojos hundidos y ariscos, a quien todos los
+criados de la casa temían.
+
+Paula reía también pasando y repasando sus manos por la cabeza de la
+criatura.
+
+--Cuando haga falta un perulero para el aceite, ya sabéis dónde lo
+habéis de hallar--prosiguió Concha.
+
+Disipada la lástima, adivinando que la chiquita había caído en
+desgracia, las criadas se entregaban a la alegría cambiando bromas sin
+gracia, pero que las hacían reír perdidamente. Josefina había
+permanecido quieta, silenciosa, con la cabeza baja. Las burlas lograron
+al fin hacer su efecto. Dos lágrimas asomaron rezumando por sus largas
+pestañas. Concha se incomodó:
+
+--¿Lloras por el pelito?.. ¡Qué lástima de azotes!... No tienes tú la
+culpa, sino los que te crían como una princesita siendo tanto como
+nosotras... digo, menos que nosotras--añadió por lo bajo,--que al fin
+tenemos padres.
+
+--¡Vamos, Concha, déjala!... No hagas caso, monina, que pronto tendrás
+pelo otra vez--dijo María con acento maternal.
+
+La niña, impresionada por la caricia, comenzó a sollozar y salió de la
+estancia.
+
+Cuando por la noche se presentó en el salón, de aquella forma, el conde
+no pudo reprimir un gesto de cólera y clavó una mirada interrogante en
+Amalia. Ésta contestó a aquel gesto y a aquella mirada con sonrisa
+provocativa. Y en alta voz dijo que le había mandado cortar el pelo
+porque había notado que la niña empezaba a presumir.
+
+--¡Claro! ¡Tanto la adulan ustedes que se ha puesto inaguantable!
+
+El conde, irritado, buscó al instante ocasión de acercarse a Fernanda y
+anudaron la plática de la noche anterior. Estuvieron locuaces,
+afectuosos. Fernanda contó con pormenores su vida de París. Luis se
+mostró singularmente expansivo, no ocultando la alegría de su corazón,
+hablando animadamente bajo la mirada iracunda de Amalia posada sobre él.
+En una pausa Fernanda alzó los ojos sonrientes hacia su ex-novio y le
+preguntó, no sin ruborizarse un poco:
+
+--¿A que no sabes por qué le han cortado el pelo a la niña?
+
+El conde la miró sin contestar.
+
+--Ayer lo elogié yo mucho y me permití besarlo.
+
+Era la primera vez que Fernanda se daba por enterada de su secreto.
+Experimentó una fuerte sacudida. Sus mejillas se enrojecieron. Las de
+ella también. En largo rato no hallaron palabras que decirse.
+
+En los días siguientes, el conde comenzó a dar repetidos paseos por la
+calle de Altavilla y a pasar largos ratos en el café de Marañón. La
+sociedad laciense se sintió conmovida hasta sus cimientos ante tamaño
+acontecimiento. Desde entonces más de trescientos pares de ojos le
+espiaron sin cesar. Dejó de ir todos los días a casa de Quiñones y
+asistió una que otra vez a la tertulia exigua de las de Meré, como se
+seguía diciendo en Lancia, aunque en realidad ya no hubiese en el mundo
+más que una. Carmelita había muerto hacía lo menos tres años. No quedaba
+más que Nuncia, la menor, y ésa casi totalmente paralítica. Del sillón
+a la cama y de la cama al sillón: era todo lo que andaba con trabajo.
+Moralmente también se hallaba privada de movimiento, falta del impulso
+protector que le prestaba su hermana. Desde que ésta bajara al sepulcro,
+no tenía ya quien la sujetase. Esto, lejos de alegrarla, la sumía en una
+melancolía profunda. Al pasar repentinamente a la categoría de persona
+_sui juris_, la pobre Niña había experimentado desazón increíble: todo
+le asustaba, todo era conflictos de los cuales le parecía imposible
+salir; echaba menos aquellas ásperas reprensiones que, si la hacían
+derramar abundantes lágrimas, habían reprimido saludablemente sus
+juveniles arranques y cortado los funestos resultados que pudiera
+acarrear su inexperiencia.
+
+Eran sus tertulios asiduos algunos pollastres nuevos, varios gallos
+conocidos y un número bastante mayor de lindas y feas damiselas que
+acudían a la casa sedientas de marido. Porque la Niña, en esto como en
+todo, mantenía religiosamente las tradiciones legadas por su hermana.
+Era la protectora decidida de todos los noviazgos que se iniciaban en
+Lancia, por desatinados que fuesen. La pequeña casa de la calle del
+Carpio continuaba siendo la fragua donde se forjaba la dicha conyugal de
+los honrados vecinos de Lancia.
+
+El que acudía con más constancia era Paco Gómez. La razón, que le habían
+arrojado de casa de Quiñones a consecuencia de una frase de las suyas.
+Preguntaba cierto forastero en un corro de Altavilla cómo había quedado
+paralítico el maestrante. «En realidad no está paralítico--repuso
+Paco,--porque no tiene lesión alguna; sólo que las piernas no pueden con
+la heráldica que se le ha subido a la cabeza, y se le doblan en cuanto
+da un paso.» Lo supo Quiñones por un traidor y dio orden de que no se le
+recibiese.
+
+Era el alma y el regocijo de la tertulia de la Niña. La vaya incesante
+con que mortificaba a ésta los tenía a todos en continuo espasmo de
+risa.
+
+--Vamos, Nuncia, ¡mucho ojo! No hables demasiado, porque ya sabes que te
+he visto las pantorrillas y... y... y...
+
+La pobre octogenaria se ruborizaba como una niña de quince. Nada la
+sofocaba tanto como este recuerdo importuno de la tarde del columpio.
+
+Luis y Fernanda comenzaron a verse aquí una o dos veces por semana.
+Lejos de la mirada fulgurante de Amalia, aquél se encontraba a gusto,
+recobraba su serenidad. Hablaban larguísimos ratos en voz baja, sin que
+nadie les molestase; al contrario, la Niña tenía buen cuidado de
+proporcionarles ocasión y espacio suficientes. Asistía, no obstante, a
+casa de Quiñones; veía a Amalia en secreto cuando se lo exigía, pero iba
+apareciendo más frío, más esquivo. Ella, advirtiéndolo perfectamente, no
+daba su brazo a torcer, no le hablaba palabra de su ex-novia. Sin
+embargo, un día no pudo contenerse:
+
+--Sé que te entretienes largos ratos en casa de las de Meré hablando con
+Fernanda.
+
+Lo negó cobardemente.
+
+--Ten cuidado con lo que haces--prosiguió, clavando en él sus ojos
+siniestros,--porque una traición pudiera salirte cara.
+
+Estaba tan acostumbrado al dominio de aquella terrible mujer, que sintió
+un estremecimiento de frío, como si algo aciago se cerniese ya sobre su
+cabeza. Pero en cuanto salió a la calle, fuera de la influencia
+magnética de aquellos ojos que le turbaban, sintiose invadido por una
+sorda irritación: «Después de todo, ¿por qué me amenaza? ¿Es mi esposa?
+¿Qué derechos tiene sobre mí? Lo que estamos haciendo es un pecado
+grave, es un crimen. ¿Quién puede privarme del arrepentimiento, de
+reconciliarme con Dios y ser bueno?» El arrepentimiento había sido en
+los últimos tiempos un vago deseo, gracias a la fatiga de su amor y aún
+más al miedo desapoderado que el infierno le inspiraba. Ahora se
+convirtió en verdadero anhelo. Verdad que ofrecía mayores atractivos.
+Rechazar el pecado valerosamente, purificarse, librarse del fuego
+eterno... y además poseer a Fernanda.
+
+Hacía tiempo que sus relaciones criminales no tenían más que un punto
+luminoso, Josefina. Si no fuese por ella, se hubiera marchado de Lancia.
+Esta criatura, blanca y silenciosa como un copo de nieve, que poseía la
+fragancia de los lirios, la inocencia de las palomas, la dulzura
+melancólica de una noche de luna, esparcía sobre su alma, atormentada
+por el remordimiento, un bálsamo que la refrescaba deliciosamente.
+¡Cuántas veces, teniéndola entre sus brazos, se preguntaba sorprendido
+cómo un ser tan inocente, tan puro, tan divino, pudiera ser hijo del
+pecado! Pero aun aquella misma niña era ocasión de nuevos y crueles
+tormentos. No verla a solas sino de tarde en tarde; hallarse obligado a
+disimular sus sentimientos, a besarla fríamente como los demás, más
+fríamente que los demás; no poder llamarla hija del corazón, no sentirla
+gorjear el tierno nombre de padre, le entristecía y en ciertos momentos
+le desesperaba. Desquitábase cuando una que otra vez, muy rara, le
+consentían llevarla a la Granja. Allí se pasaba las horas en éxtasis,
+teniéndola sobre sus rodillas, acariciándola frenéticamente.
+
+La niña se había acostumbrado a estas violentas expresiones de cariño y
+las agradecía. A veces sentía su cabecita blonda mojada por las lágrimas
+de su amigo. Alzaba los ojos sorprendida, pero viéndole sonreír, sonreía
+también y alargaba sus labios de coral para darle un beso.
+
+--¿Por qué lloras, Luis? ¿Tienes pupa?
+
+Josefina no entendía que hubiese motivo más grave en el mundo para
+llorar. Amaba a Luis tiernamente, y eso que le chocaba y entristecía la
+frialdad que con ella usaba ordinariamente. Poco a poco había ido
+adivinando, con precoz instinto, que el conde la quería más que los
+otros y que disimulaba. Ella también adoptaba, siguiendo el ejemplo, una
+actitud indiferente cuando se acercaba a él en público. Pero cuando
+estaban solos, entregábase con el mismo entusiasmo a las expansiones del
+cariño, y esto sin saber por qué, sin darse cuenta de lo que hacía.
+
+Desde el día en que su madrina ordenó que le cortasen el pelo, Josefina
+pudo notar que había caído en desgracia. Ya no la besaban con trasporte,
+ya no satisfacían sus mínimos antojos, ya no era la preocupación
+constante de la casa. Amalia comenzó a contrariarla, a usar con ella un
+tono frío y displicente; y las criadas siguieron el ejemplo de su
+señora. La pobre niña, sin comprender qué significaba aquel cambio,
+sintió su pequeño corazón apretarse; exploraba con sus bellos ojos
+profundos los semblantes y trataba de descifrar el enigma que guardaban.
+Se hizo más grave, más recelosa, más tímida. Y como viera que le negaban
+los juguetes o las golosinas que antes le otorgaban a manos llenas, se
+abstuvo de pedirlos.
+
+Amalia, en vez de gozar como antes con sus gracias infantiles, parecía
+huirlas. Dio orden de que no se la llevasen por la mañana a la cama,
+según costumbre. Cuando la tropezaba casualmente en los pasillos, pasaba
+de largo evitando mirarla. A todo más se acercaba preguntándole con
+acento displicente:
+
+--¿No te has lavado todavía? Anda, ve a que te arreglen. O bien: «Me han
+dicho que no has sabido la lección de catecismo. Te vas haciendo muy
+holgazana. Cuidado que seas buena, porque si no, te encierro en la cueva
+de los ratones.»
+
+Antes se ocupaba ella en tomarle las lecciones, en ponerle la aguja en
+la mano y guiar sus diminutos dedos. Ahora abandonaba casi siempre esta
+tarea a las doncellas. Vivía en un estado de preocupación sombría que no
+pasaba desadvertida a los criados. Josefina también la adivinaba; veía
+que su madrina estaba cambiada, no sólo con respecto a ella, sino en
+todo su modo de ser. Y allá, vagamente, en los limbos oscuros de su
+pensamiento se engendraba la idea de que estaba triste, que padecía y
+que ésta era la causa de su mal humor.
+
+Un día estaba la dama sola en su gabinete. Se había dejado caer en una
+butaca. Inmóvil, con la cabeza echada hacia atrás y las manos
+pendientes, parecía dormida. Sin embargo, Josefina, que rondaba el
+gabinete, se atrevió a mirar por la rendija de la puerta y observó que
+tenía los ojos abiertos, muy abiertos, y que su frente estaba
+temerosamente fruncida. Sin saber lo que se hacía, con esa ciega
+confianza que los niños tienen en sí mismos, empujó la puerta y penetró
+en la estancia. Acercose silenciosamente a la señora, y echándose
+repentinamente sobre su regazo, le dijo, clavando en ella una mirada de
+tímido afecto:
+
+--Dame un beso, madrina.
+
+La dama se estremeció.
+
+--¿Cómo estás aquí? ¿Quién te ha dado permiso para entrar? ¿No te han
+dicho que no subas sin que te llamen?--preguntó frunciendo aún más el
+ceño.
+
+--Quería darte un beso--dijo con voz apagada Josefina.
+
+--Déjame de besos. Anda, y cuidado con subir otra vez sin mi permiso.
+
+Pero la niña, embargada por la emoción, no sabiendo a qué atribuir
+aquel despego y queriendo vencerlo a toda costa, próxima a llorar, se
+echó aún más sobre el regazo y trató de subirse para alcanzar su rostro.
+
+--Dame un beso, madrina.
+
+--¡Quita! ¡Déjame!--replicó la dama impidiéndola alzarse.
+
+La niña se obstinó.
+
+--¿No me quieres? Dame un beso.
+
+--¡Que te quites, chicuela!--gritó enfurecida.--¡Lárgate ahora mismo!
+
+Al mismo tiempo le dio un fuerte empujón. Josefina, después de
+tambalearse, rodó por el suelo, dando con la cabeza en el pie de una
+silla.
+
+Alzose llevando la mano al sitio dolorido, pero no lloró. Un sentimiento
+de dignidad, que muchas veces se aloja con fuerza en los corazones
+infantiles, le prestó fortaleza para resistir el llanto que brotaba a
+los ojos. Dirigió a su madrina una mirada de indefinible tristeza y
+salió corriendo de la estancia. Cuando llegó a la escalera se dejó caer
+sobre un peldaño y rompió a sollozar.
+
+Las espinas de la vida comenzaron a clavarse cruelmente en las carnes
+delicadas de aquella niña, que hasta entonces sólo flores había hallado
+en su camino. El despego de Amalia fue creciendo de día en día. A la par
+crecía también la reserva y la timidez de su hija. Pero como al fin era
+niña, esta tristeza disipábase a veces al impulso de un capricho.
+Entonces era cuando realmente se mostraba la frialdad y ojeriza de la
+dama.
+
+--Señora, Josefina no quiere ponerse el vestido verde.
+
+--¿Pues?
+
+--Dice que está sucio.
+
+Amalia se levantó, fue al cuarto de la niña y, cogiéndola por un brazo y
+sacudiéndola rudamente, le dijo:
+
+--¿Qué orgullo es ése? ¿No sabes, muñeca, que en esta casa no eres
+nadie? ¿Que estás aquí por misericordia? Ten cuidado no enfadarme,
+porque el día menos pensado te planto en la calle, de donde te he
+recogido.
+
+Las criadas escucharon estas palabras y las tuvieron bien presentes.
+Josefina hasta entonces había sido tratada como hija de los señores: en
+adelante se la consideró como una hija postiza: más tarde, como
+advenediza. La servidumbre se vengaba con placer de los minuciosos
+cuidados que antes se veía obligada a prodigarle, de aquellas ásperas
+reprensiones que recibían por su causa. En particular Concha, la
+microscópica doncella, experimentaba una alegría indecible, propia de su
+carácter maligno y rencoroso, cada vez que la señora mostraba de algún
+modo su desdén por la niña recogida.
+
+Ésta ocupaba una habitación que daba al jardín, alegre y espaciosa.
+Concha, aunque primera doncella y costurera de la casa, alojábase en un
+cuartucho lóbrego, con ventana al patio, que compartía con María. El
+gabinete de Josefina había sido siempre para ella objeto de envidia. Más
+de una vez la había expresado con palabras bien pesadas para aquélla.
+Aprovechándose de la disposición de su ama, obtuvo permiso para dormir
+también en este gabinete, a pretexto de que Paula, que ocupaba una
+alcoba contigua, tenía el sueño pesado. Instalose cómodamente, hizo uso
+del tocador y de los enseres de la niña. Pocos días después la mandó a
+dormir con María en su antiguo cuarto, sin decir una palabra a su ama.
+Cuando ésta lo supo, ya había pasado algún tiempo: la reprendió sin
+aspereza por no haberle dado parte, pero no modificó los hechos
+consumados.
+
+Más adelante se le ocurrió degradarla de otra manera. Josefina comía a
+la mesa con los señores. El alto y poderoso maestrante no había
+consentido en ello al principio: importunado por su esposa, cedió al
+fin, no sin repugnancia. Concha, penetrada de la ojeriza de su señora,
+comenzó a intrigar para privar de este honor a la recogida. Exagerando
+lo que daba que hacer, lo mucho que se manchaba y lo que perturbaba el
+servicio de la mesa, logró a la postre que no se sentase a ella y sí en
+una pequeñita que se le puso en el cuarto de la plancha, próximo a la
+cocina. A los pocos días la misma Amalia, en un acceso de mal humor,
+dijo que aquel doble servicio no podía ser tolerado y que se la llevasen
+a la cocina a comer con los criados.
+
+Concha la sentó en un taburete, le puso un plato de barro y una cuchara
+de madera en la mano y le dijo:
+
+--Come.
+
+La niña levantó la cabeza estupefacta; pero al ver la sonrisa maligna
+que brillaba en los ojos de la doncella, bajola de nuevo y se puso a
+comer sin protesta alguna. Concha no quedó satisfecha; deseaba que se
+rebelase; verla llorar.
+
+--¿Qué es eso? ¿No te gusta la cuchara?... Pues, hija, come con ella,
+que también cómo yo y soy tan buena como tú... ¡Qué te creías,
+bobalicona! ¿Pensabas que porque te ponían el sombrerito y la camisa de
+batista eras una señorita... Las señoritas no vienen metidas en un cesto
+entre trapos sucios...
+
+Y por ahí continuó soltando a chorros sarcasmos e insultos, hasta que al
+fin la pobre Josefina rompió a llorar. Las demás criadas, menos
+malévolas, se veían, no obstante, lisonjeadas por aquella humillación.
+Al fin se pusieron de su parte, trataron de consolarla, mientras
+Concha, despiadada, más dura y más fría que el mármol, siguió
+persiguiéndola largo rato con rechifla sangrienta.
+
+Pocos días después, al cruzar Josefina por el cuarto de la plancha para
+ir al comedor, oyó a Concha decir dirigiéndose a María:
+
+--Di, chica, ¿has planchado ya la ropa de la hospiciana?
+
+Se detuvo, sin saber a quién se refería, y paseó su mirada recelosa de
+una a otra doméstica, hasta que una carcajada, que ambas soltaron a la
+vez, le hizo comprender que se trataba de ella.
+
+--¿Por qué me llamáis hospiciana?--exclamó la inocente pugnando para no
+llorar.--Lo voy a decir a mi madrina.
+
+--¡Alza; corre a decírselo!--replicó Concha empujándola a la puerta.
+
+Desde entonces no se le dio otro nombre entre la servidumbre.
+
+Amalia prohibió que la llevasen por la noche al salón. El conde, que ya
+no veía a su hija mas que este momento, pidió explicaciones. La dama
+manifestó que, debiendo levantarse temprano para estudiar sus lecciones,
+necesitaba más sueño. No se dio aquél por convencido. Comprendía que se
+trataba de una ruin venganza; pero tuvo la prudencia de callar, temiendo
+mayor daño.
+
+A Amalia se le ocurrió entonces herirle de modo más directo. La niña, a
+quien había privado no sólo de sus caricias, sino de todas sus
+preeminencias en la casa, iba camino de ser una criadita más. En un
+instante quedó trasformada por completo. La señora dio orden de que se
+le guardasen todos los sombreros y vestidos y se le pusiese el más pobre
+y más viejo del guardarropa; que se le hiciesen delantales como a las
+demás criadas y se la emplease en los menesteres de la cocina que
+pudiese ejecutar.
+
+Los amores del conde y Fernanda eran cada día más notorios. Aunque en
+casa de Quiñones se guardaban de hablarse con intimidad, a la celosa
+valenciana no se le ocultaba lo que entre ellos existía. Sus ojos
+traspasaban como dos rayos de luz el cerebro de su amante y leían con
+claridad dentro de él. Luis estaba enamorado de su antigua novia. Las
+relaciones adúlteras le pesaban en el alma como una losa de piedra.
+Ella, la amada, la preferida de otros días, le parecía ahora vieja y
+marchita frente aquella espléndida rosa que acababa de abrirse por
+completo. Si no la había abandonado ya, era por debilidad de carácter,
+por el ascendiente poderoso que en siete años de relaciones había
+logrado adquirir sobre él. Pero no apetecía otra cosa. Lo leía
+perfectamente en sus miradas huidas; en la preocupación sombría que
+pesaba sobre él, rota algunas veces por súbita y extravagante alegría;
+en el temor y en el servilismo, cada vez mayores, con que se acercaba a
+ella.
+
+Una noche el conde pidió un vaso de agua. Los ojos de Amalia brillaron
+repentinamente. Había llegado el momento ansiado. Tiró de la campanilla
+y dijo con singular inflexión a la doncella que acudió:
+
+--Paula, que traigan un vaso de agua.
+
+Pocos instantes después se presentó Josefina, pobremente vestida, con un
+mandilito de tela burda, calzados los pies con toscos zapatos,
+soportando trabajosamente entre sus pequeñas manos una bandeja con vaso
+de agua y azucarillo. Los tertulios quedaron estupefactos. Luis
+empalideció. Avanzó la niña hasta el medio del salón, mirando
+tímidamente a su madrina. Esta le hizo seña de que se acercase al conde.
+
+Vaciló el caballero como si estuviese distraído; pero viendo a la
+criatura plantada delante de él, se apresuró a tomar el vaso y se lo
+llevó con mano temblorosa a los labios. Los ojos de Amalia se mostraban
+en tanto fríos, indiferentes; pero en sus labios había imperceptibles
+estremecimientos que revelaban el gozo cruel que sentía. En la tertulia
+reinó, mientras se efectuaba esta escena, un significativo silencio.
+
+Luego que Josefina hubo salido, la señora de Quiñones explicó a sus
+tertulios con naturalidad aquella mudanza. Se trataba de un castigo
+necesario al orgullo que la niña empezaba a mostrar con los criados. No
+duraría mucho. Sin embargo, necesitaba vencer a todas horas la voluntad
+de Quiñones, que se oponía a que fuese educada con tanto mimo.
+
+--La verdad es--concluyó diciendo con acento tan natural, que ninguna
+actriz lo hallaría más adecuado a la ocasión,--la verdad es que algunas
+veces no puedo menos de darle la razón en mi interior. ¿Qué bien le
+hacemos a esta pobre niña colocándola en una situación donde no ha de
+poder sostenerse? Mañana, que nosotros nos muramos, la pobre necesitará
+buscarse el sustento trabajando, si antes no encuentra un marido... ¿Y
+qué marido le vamos a dar a una muchacha con necesidades y sin dinero?
+
+Los tertulios no cayeron en la trampa. En realidad tampoco ella lo
+pretendía. Todo aquello venía a reducirse a puro convencionalismo, pues
+a nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco después, no pudiendo
+dominar la molestia que sentía, el conde se despidió.
+
+--Este negocio de Luis no se presenta nada bien--decía a última hora
+Manuel Antonio en un grupo que se retiraba por la calle de Altavilla,
+donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jovita.--El matrimonio
+con Fernanda, si es que lo llega a realizar, le ha de costar muchos
+disgustos.
+
+--¿Crees tú?...--preguntó María Josefa para tirarle de la lengua.
+
+--¡Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces a Amalia como yo?
+
+--¿Y qué tiene que partir Amalia en el matrimonio de Luis?--preguntó
+Jovita, que en su calidad de soltera, aunque hubiese cumplido los
+treinta y dos, le convenía hacer patente su candor.
+
+--¡Ay! Es verdad que teníamos aquí esta _fanciullina_--exclamó, haciendo
+cómicos ademanes de susto, el marica.--¡No me hacía cargo!... Nada,
+monina, nada; sigue adelante, que son cosas de los grandes...
+
+La hija del Jubilado se volvió iracunda al sentir el alfilerazo y
+replicó con una frase insolente. Pagole Manuel Antonio con otra, y se
+entabló animada disputa rebosando de palabras amargas e intencionadas
+que se prolongó hasta casa del Jubilado, no sin que éste hubiese hecho
+algunos vanos esfuerzos para poner paz entre ellos. La mejor parte la
+llevó, como siempre, el marica, que poseía para lanzar sus frases el
+vigor de los hombres y la sutil intención de las hembras.
+
+Al día siguiente el conde logró una entrevista con Amalia y le dio sus
+quejas por la escena de la noche anterior. La dama se manifestó amable,
+condescendiente, justificó su conducta por el bien de la niña. Luis
+observó, sin embargo, que hablaba de un modo particular: creyó percibir
+en la miel de sus palabras un dejo de amargura e ironía que le
+sobresaltó. Salió preocupado, inquieto: en algunos días no pudo quitar
+de sí el malestar de aquella entrevista.
+
+Pero el amor prendía fuego rápidamente en todos los aposentos de su alma
+y consumió al fin aquel último resto de preocupación. Estaba
+profundamente enamorado. Y como siempre acaece, a la par que crecía su
+amor aumentaba también su timidez. Al principio, en sus largas
+conversaciones con Fernanda, aparecía sereno, galante, no perdonaba
+medio de demostrar a su ex-novia su admiración y rendimiento. De repente
+comenzó a perder el aplomo, a huir todo asunto relacionado con sus
+propios sentimientos, a evitar las frases galantes. Fernanda no se
+equivocó. Ahora es cuando había llegado aquel amor, tras del cual tanto
+tiempo había corrido, que tantas lágrimas le había costado.
+
+Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indiferentes, tenían un sabor
+delicado, exquisito. Hablaban horas y horas, sin cansarse, de las cosas
+más insignificantes, por el placer de verse tan cerca, de escucharse.
+
+Fernanda charlaba con toda la alegría de su corazón, sin curarse de la
+timidez de su adorador, al contrario, gozando al ver el empeño pueril
+con que evitaba el confesar su amor, sabiendo que en cuanto ella diese
+la señal se entregaría atado de pies y manos.
+
+El momento llegó al fin. Un día la hermosa viuda se resolvió _a
+declararse ella_. Hablaban del matrimonio; de las segundas nupcias. Luis
+comenzó a sobresaltarse, a emitir sus opiniones con voz temblorosa, a
+tratar de huir la conversación. Fernanda dijo de repente con perfecta
+calma y en tono resuelto:
+
+--Yo no volveré a casarme segunda vez.
+
+Se puso pálido. La cara se le entristeció de tal manera que la joven,
+reprimiendo a duras penas una sonrisa, repitió con más resolución aún:
+
+--No volveré a casarme segunda vez... a no ser contigo.
+
+El conde la contempló desencajado.
+
+--¿Es de veras eso?--preguntó al fin con voz temblorosa.
+
+--¡Y tan de veras!--repuso ella mirándole sonriente.
+
+--Dame esa mano, Fernanda.
+
+--Tómala, Luis.
+
+Se las estrecharon fuertemente por unos momentos. El conde se levantó
+sin decir otra palabra. Cuando llegó a casa, le escribió una larga carta
+de seis pliegos pintándole con los más vivos colores su pasión, dándole
+fervorosas gracias, llamándose indigno gusano tres o cuatro veces.
+
+El matrimonio quedó concertado para cuando terminase el año de luto.
+Faltaban dos meses. Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia no
+se celebrase tampoco en Lancia. Unos días antes del prefijado saldría
+ella para Madrid; poco después se le juntaría él, y en la corte
+quedarían unidos para siempre.
+
+En los pueblos es muy difícil ocultar cualquier cosa: un proyecto de
+boda, imposible. Por la intensidad de la mirada cada par de ojos se
+convierte en cien pares; por su virtud acústica, cada oído en cien
+oídos. En sus pasos, en sus miradas, en el modo de saludarse y
+despedirse los ingeniosos lacienses adivinaban como verdaderos magos lo
+que pensaban, medían exactamente el progreso de aquellas relaciones que
+les tocaba en lo más vivo del corazón.
+
+Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante de la tétrica morada del
+conde, vio salir a la doncella con una caja de cartón en las manos. El
+marica sintió en la nariz olor de caza, tomó vientos un instante, y la
+siguió.
+
+--Adiós, Laura--dijo pasando delante de ella.
+
+Y volviéndose de repente le preguntó en tono indiferente:
+
+--¿Cómo sigue tu amo?
+
+--El señor conde no está malo.
+
+--¡Ah! Pues me dijeron... Como no le veo hace dos días... ¿Vas de
+compras para la señora?
+
+--Son camisetas para el señor conde.
+
+--¿De casa de Ramiro?... Déjame verlas, yo también tengo que comprar.
+
+La doncella abrió la caja y el marica se puso a examinar el contenido.
+
+--Son muy finas. Esto es demasiado caro para mí, hija.
+
+--Sí, señor, son caras. Pues el señor conde todavía no las encuentra
+buenas. Quiere a toda costa que sean de seda, y por más que anduve todos
+los comercios, no las hay. No tiene más remedio que encargarlas.
+
+--¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va a casar.
+
+--Yo no sé nada de eso, señorito--se apresuró a replicar la criada con
+señales de turbación.
+
+--¡Quita allá, hipocritona!--exclamó riendo.--Tú lo sabes como yo y como
+todo el mundo... ¿Y para cuando?
+
+--Le digo que no sé nada.
+
+Pero el marica insistió tanto, se mostró tan expresivo y familiar que al
+cabo de un rato la criada desembuchó lo que tenía dentro.
+
+--Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo lo que hay, pero creo que
+se casa y pronto. El otro día oí unas palabras a la señora condesa...
+
+--¿Qué palabras?
+
+--Decía al ama de llaves que, en cuanto su hijo se fuese, iría a pasar
+una temporada a la Granja. Después, mirando por el agujero de la llave,
+la vi llorar. Además, Fray Diego estuvo anteayer en casa... pero no sé
+si debo decirle...
+
+--Vamos, mujer, ¿qué importa? ¿Te figuras que yo soy una gaceta?
+
+--Pues le oí decir al tiempo de despedirse: «Nada, nada; tienen mucha
+razón; es mucho mejor que lo hagan en Madrid. Éste es un pueblo muy
+envidioso...»
+
+El gozo que sintió Colón al descubrir la tierra del Nuevo Mundo no fue
+nada en comparación con el de nuestro marica. No sólo sabía sin género
+de duda que se casaban, sino dónde había de efectuarse la ceremonia.
+Embarazado por noticia tan capital y queriendo aliviarse enseguida de
+aquel peso, se puso a imaginar sobre quién haría más efecto. Su
+pensamiento fue derecho a Amalia. Hacia el palacio de Quiñones enderezó,
+pues, sus menudos y graciosos pasos.
+
+Era la hora del oscurecer. Halló a la señora sentada en su gabinete, sin
+luz, entregada sin duda a una de esas intensas y dolorosas meditaciones
+que desde hacía algún tiempo la embargaban. Manuel Antonio se mostró
+jovial y decidor, trató de alegrarla cuanto pudo, atrayendo de nuevo la
+sangre a aquel corazón ulcerado para que la puñalada fuese más dolorosa.
+Pidió chocolate, lo tomaron jaraneando lindamente: Amalia llegó a
+olvidarse de sus preocupaciones. Y cuándo más olvidada estaba ¡zas! la
+bomba. Pero dejada caer suavemente, con arte infinito, el arte que sólo
+posee una mujer, reforzado por el ingenio masculino.
+
+Lo único que sintió fue no poder verle la cara. El gabinete estaba ya
+casi en tinieblas. Pero advirtió bien claramente el destrozo de la
+explosión en el sonido de la voz, en la frialdad de la mano al
+despedirse.
+
+Amalia quedó en pie, rígida, inmóvil, largo rato. Apoyose en la cortina
+de crespón para mirar a la calle y la destrozó. Trató de abrir su
+escritorio para tomar el pomo de esencia, pero dio demasiada vuelta a la
+llave y estropeó la cerradura.
+
+Salió de la estancia y vagó, por los pasillos oscuros y escaleras, con
+incierta planta, como un fantasma. Allá a lo lejos vio un punto luminoso
+y se dirigió hacia él involuntariamente como una mariposa. Era el
+comedor, que ya estaba alumbrado. Sentada a la mesa, armando unos
+pastorcitos de barro, restos de su pasada riqueza, estaba Josefina. La
+pantalla de la lámpara proyectaba viva luz sobre su cabecita monda y
+dorada como una naranja. Amalia se detuvo un instante y la contempló con
+ardiente mirada, devorando con los ojos aquel semblante grave y
+melancólico que tan fielmente reflejaba el de Luis. Dio un paso y la
+niña volvió la cabeza. La mirada de sus ojos azules era igualmente
+dulce y triste; el movimiento de las pestañas, idéntico. La esposa del
+maestrante salvó de dos pasos la distancia que la separaba y cayó sobre
+ella como un tigre hambriento. Golpeó, mordió, desgarró. Sus uñas
+dejaron al instante surcos morados en aquel rostro cándido. La sangre
+comenzó a brotar. La niña, loca de terror, lanzaba chillidos
+penetrantes. Apenas tuvo tiempo a ver a su madrina. No sabía qué era
+aquello. Amalia, insaciable, golpeaba, hería sin cesar. Los gritos de la
+víctima hacían crecer su furor. Se detuvo rendida al fin.
+
+--Madrina, ¿qué hice?--exclamó la pobre niña huyendo hacia un rincón.
+
+Esta pregunta, la mirada de angustia con que la acompañó, enfurecieron
+de nuevo a la dama. Volvió a golpearla despiadadamente. La criatura se
+tapaba el rostro con las manos. Entonces le cogía las orejas, las
+estrujaba hasta arrancarlas. No satisfecha todavía, irritada de no poder
+herirla en la cara, tomó un plumero que había sobre la mesa, y con el
+mango comenzó a sacudirle sobre las manos, dejándolas cubiertas de
+cardenales.
+
+Al fin consiguió salvarse. Las criadas, que habían acudido y
+presenciaban atónitas la escena, dejáronla paso y huyó por los pasillos
+y tomó por la escalera. La puerta de la calle estaba abierta. El
+cochero, al llevar los caballos al agua, la había dejado así. Josefina
+salió de la casa y corrió desalada por la calle de Santa Lucía, penetró
+en la travesía de Santa Bárbara, atravesó la plazuela del Obispo y,
+bajando por la calle de la Sastrería, salió por la puerta de San Joaquín
+a la carretera de Sarrió.
+
+Había cerrado ya la noche. Caía suavemente una lluvia menuda, pero
+espesísima, que en poco tiempo la caló hasta los huesos. La desgraciada
+criatura corrió todavía algún tiempo y al fin se detuvo jadeante. El
+pretil de la carretera estaba bajo en aquel sitio y se sentó. Entonces
+fue cuando sintió el dolor de los golpes. Llevose las manos a la cabeza,
+después a la cara, por donde sentía correrle un líquido caliente, que al
+principió pensó sería la lluvia.
+
+Pronto se convenció de que era sangre. ¡Sangre! ¡La cosa en el mundo a
+que ella tenía más terror! Dominada aún por el susto, no se quejó.
+Levantó la falda de su vestidito y se secó, o por mejor decir, se lavó
+la cara, porque el vestido estaba mojado.
+
+Pero lo que más sentía, lo que le dolía de un modo horrible eran las
+manos. No sabiendo qué hacer para aliviarse, comenzó a soplarlas. Luego
+las chupó. Pero el dolor era tan recio que exclamó al fin sollozando:
+
+--¡Ay mis manos!
+
+En aquel momento se alzaron ante ella entre las sombras de la noche dos
+enormes figuras que la dejaron helada de espanto. Una de ellas se
+abalanzó y la cogió por un brazo.
+
+--¿Qué haces ahí?--dijo con voz bronca.
+
+
+
+
+XII
+
+La justicia del barón.
+
+
+En una gran sala de la casa solariega de los Oscos, amueblada con cuatro
+trastos viejos, tapizada con dos dedos de polvo, se encuentran sentados
+a una antigua mesa de roble dos conocidos personajes de esta historia.
+Uno es el propio barón, dueño de la casa. El otro, su amigo Fray Diego.
+Tienen delante un tarro de ginebra vacío, otro a medio vaciar y sendas
+copas. Ni mantel, ni tapete, ni bandeja; el único adorno de la mesa son
+las manchas caprichosas que el vino y la ginebra en feliz consorcio con
+el polvo han ido dejando con el trascurso de los meses y los años. La
+estancia es lóbrega, porque la calle del Pozo lo es y porque los
+cristales emplomados, hace años ya que no se han limpiado, y porque la
+tarde está declinando.
+
+A la poca luz que allí consigue penetrar puede verse la faz de ambos
+excesivamente roja, tan roja que parece imposible no brote la sangre de
+sus ojos encarnizados. La del barón ha llegado al límite de su fiera y
+espantable fealdad. Aquella cicatriz sangrienta que le surca el rostro
+se destaca ahora con todas sus rugosidades, tan áspera y negra que da
+grima verla. Sus bigotes cerdosos, unidos a las patillas, son ya más
+blancos que negros. Viste zamarra negra y cubre su cabeza una gran boina
+roja cuya borla cae arremolinada, unas veces sobre las orejas, otras
+sobre las narices, según los movimientos que imprime a su torso de ogro.
+
+Hace largo rato que guardan silencio. Fray Diego de vez en cuando lleva
+la mano al tarro de la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la
+suya, y gravemente la apura de un trago. El barón no es tan expedito:
+toma su copa, la sube a la altura de los ojos y hace frente ella una
+serie de muecas a cual más horrorosa; después la toca con el borde de
+los labios, vuelve a las muecas, vuelve a tocarla; por fin, después de
+largos ensayos y vacilaciones, se decide a apurarla.
+
+De esta manera grave y prudente se solazan los dos antiguos soldados de
+D. Carlos casi todas las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay entre
+sus jocosos habitantes entabladas varias apuestas sobre cuál de los dos
+moriría primero de apoplejía.
+
+Fray Diego había servido también en las filas del Pretendiente. Luego se
+había ordenado, se hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se
+secularizó y vivía en Lancia como capellán suelto. Mientras la guerra no
+se habían conocido. Cuando se encontraron en Lancia quedaron unidos con
+indisoluble amistad por la identidad de ideas, por el recuerdo de las
+gloriosas batallas a que asistieron... y por la ginebra.
+
+--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--exclamó
+después de largo silencio, en que ambos parecían dormitar, Fray Diego.
+Al mismo tiempo dio un tremendo puñetazo sobre la mesa que hizo bailar
+los tarros y las copas.
+
+El barón no se conmovió poco ni mucho. Siguió haciendo guiños a la copa
+que tenía delante y, después de apurarla muy reposadamente y chasquear
+tres o cuatro veces la lengua, dijo:
+
+--Despacio, despacio, Fray Diego; usted no sabe todavía lo que son los
+papas.
+
+--¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--volvió a
+exclamar el cura, dando otro puñetazo más fuerte.
+
+--Cuidado, Fray Diego, que los papas han sido siempre muy ambiciosos.
+
+--¡Señor barón!--exclamó el clérigo con voz enfática de cómico de la
+legua.--¡Tiene usted el alma tan fea como el rostro!
+
+El barón quedó tan sosegado ante aquel insulto. Después de un rato dijo
+con perfecta tranquilidad:
+
+--No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver mi cara en estos asuntos? Yo
+soy católico, apostólico, romano; pero si mañana el rey, nuestro señor
+(llevose la mano a la boina al decir esto), me manda con un destacamento
+a Roma, voy a allá como el condestable de Borbón, la saqueo y prendo al
+pontífice.
+
+--Y yo digo que si Su Santidad me mandase meter una cuarta de bayoneta
+por el ombligo a ese condestable, tenga usted por seguro que le metía
+dos.
+
+--No.
+
+--¿Cómo no?--rugió el capellán poniéndose carmesí.
+
+--Porque el condestable ha muerto hace tres siglos.
+
+--Me alegro. Tres siglos hace que arde en los infiernos.
+
+--Todo eso está muy bien, _pater_, pero el rey siempre arriba, ¿estamos?
+y los demás a callar y obedecer.
+
+--¡El papa no calla nunca, señor barón!
+
+--Pues se le pone una mordaza.
+
+--¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces porra! quién se la
+ponía estando cerca Fray Diego de Areces!--gritó el clérigo alzándose
+convulso y echando fuego por los ojos.
+
+--Siéntese, _pater_, y cálmese y escancie otra copita, que Fray Diego de
+Areces no es más que un cazuela.
+
+El capellán se serenó repentinamente, vertió delicadamente el licor en
+las dos copas y apuró la suya con deleite, después de lo cual dejó caer
+la cabeza sobre el pecho, los párpados se le bajaron y se puso a
+dormitar. El barón, radiante de alegría, le contemplaba fijamente con
+ojos socarrones, aprovechándose de su ausencia temporal para escanciarse
+otra copita, «de nones,» como él decía.
+
+Era constante particularidad de aquellas dulces sesiones el que la
+ginebra trocase el carácter de ambos. El genio irascible, impetuoso del
+barón se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase, mientras duraba la
+benéfica influencia del alcohol, alegre, comunicativo, conciliador;
+ninguna palabra le molestaba, nada le parecía suficiente motivo para
+encolerizarse. En cambio, Fray Diego, que en estado normal era un
+bendito, siempre jovial y chancero, tornábase un diablo disputador y
+quisquilloso, adquiría de pronto humor guerrero que nadie sospecharía
+bajo su rostro redondo y plácido de beata ajamonada.
+
+Despabilose al cabo de pocos minutos, miró al barón algunos momentos
+fijamente con extraña ferocidad y profirió estropajosamente:
+
+--Quisiera, señor barón, que me explicase usted qué entiende por
+cazuela.
+
+--¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A usted qué le importa que
+signifique uno u otro?
+
+--Es que yo quisiera... ¡entendámonos!
+
+--Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos cuartillos de ginebra entre
+pecho y espalda y yo otros dos... o algo más--añadió haciendo un número
+prodigioso de guiños.
+
+--¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Entendámonos de una vez, porra!
+
+--Aquí ya no hay barones ni frailes--exclamó el noble en un arrebato de
+buen humor alzándose de la silla.--Aquí sólo quedan el tío Francisco,
+que soy yo, y el tío Diego; que eres tú, ¿estamos?... Vengan esos
+cinco...
+
+Al avanzar con la mano extendida dio algunos traspiés, pero se mantuvo
+firme.
+
+--¡Vengan esos cinco, valiente!
+
+El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos.
+
+--Ahora un abrazo por el rey legítimo de las Españas.
+
+--¡No me hable usted de abrazos!...--gritó el clérigo enfoscándose de
+nuevo.--Me acuerdo del abrazo de Vergara, y ¡porra!...
+
+--No te apures, compadre, que ya nos la pagarán.
+
+ _¡Ay, ay, ay! mutilá_
+ _Chapelen gorriá._
+
+Y se puso a cantar roncamente el himno carlista; pero interrumpiéndose
+de pronto:
+
+--¡Eh, tío Diego, a cantar! Dejémonos ahora de lágrimas...
+
+En efecto, su amigo lloraba en aquel momento lágrimas como avellanas,
+recordando la traición de Vergara.
+
+--¡Arriba, coracero! ¿A que no te pesaría de que bebiésemos una copita
+por el exterminio de todos los _negros_?
+
+Fray Diego se declaró, con un movimiento de cabeza, partidario en
+principio de este brindis consolador, pero no se movió de la silla.
+
+Bebieron otra copa, y su efecto fue tan prodigioso en el alma
+tradicional del barón, que se puso inmediatamente a bailar el zapateado
+inglés sobre la mesa, sin que Fray Diego dejase por ello de verter
+abundantes lágrimas.
+
+--¡Hum! No me gusta este baile de _extranjis_--manifestó al fin
+bajándose de un salto;--prefiero la _danza prima_. Ven acá, tío Diego...
+
+Y a la fuerza, cogiéndole por las manos, lo alzó de la silla y se puso
+a dar vueltas con él, entonando uno de los cantos largos y monótonos del
+país. Fray Diego se sintió rejuvenecido. Recordaba sus tiempos de
+mastuerzo allá en la aldea, cuando su tío el cura de Areces le molía a
+palos porque saltaba de noche por la ventana para ir a cortejar las
+mozas de los pueblos vecinos.
+
+--Oye, Diego--dijo el barón parándose repentinamente.--¿No te parece que
+antes de seguir bebamos una copita por el alma de nuestros mayores?
+
+Asintió el fraile de buen grado; pero las copas yacían rotas por el
+suelo y los tarros vacíos. El barón abrió un armario y sacó de él nuevos
+elementos de _vida espiritual_. Esta copa funeraria le inspiró una idea
+felicísima; la de cubrir la cabeza del capellán con su boina y adornarse
+él con el canalón de éste, que descansaba sobre una silla. Así vestidos
+volvieron a la danza, haciendo dos figuras realmente interesantes.
+
+El barón dio un traspié y cayó.
+
+--Alza, tío Diego.
+
+El fraile le cogió de nuevo las manos que había soltado y tiró con
+fuerza hacia arriba. Pero el peso del noble le doblegó y rodaron los dos
+por el suelo.
+
+--¡Alza, tío Diego!
+
+--¡Alza, tío Francisco!
+
+Ambos se revolcaban soltando bárbaras carcajadas. El barón logró al fin
+ponerse en pie. El capellán le imitó al cabo de un rato. Pero su alma,
+iluminada un momento por los recuerdos de la juventud, cayó otra vez
+repentinamente en la sangre y el exterminio. Se dirigió ferozmente a su
+amigo.
+
+--Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me ha llamado usted cazuela
+hace poco? ¿eh? ¿eh? ¿por qué?
+
+--Te lo explicaré enseguida, hombre--repuso el barón con calma;--pero
+antes beberemos una copa por la congregación de todos los fieles
+cristianos, cuya cabeza visible es el papa... digo, si te parece.
+
+El capellán no puso obstáculo.
+
+--Pues te he llamado cazuela--prosiguió chasqueando la lengua--porque
+una cazuela, ¿sabes tú? una cazuela sirve para que la llenen de patatas
+guisadas.
+
+Dicho esto, el barón cayó en un espasmo de alegría tan violento que por
+poco se ahoga. Mientras tanto, los ojos saltones de su camarada le
+miraban con tal expresión amenazadora que parecía que iban a brincar de
+las órbitas y lanzarse sobre él; crecían por momentos como los de una
+langosta.
+
+--¿Y por qué de patatas guisadas? Yo tengo tantos hígados como usted,
+¡porra! y lo he probado en la acción de Orduña y en la de Unzá, y por
+algo tengo en mi casa seis cruces.
+
+--¿Tú? ¿tú?--dijo el caballero sin poder sosegar la risa.--Tú nunca has
+servido más que para hacer el rancho al escuadrón.
+
+El furor del fraile no tuvo límites al escuchar esto. Gritó, pateó, dio
+espantosos puñetazos sobre la mesa. Por último, lanzose hacia la puerta
+y desde su marco comenzó con descompuestos ademanes a apostrofarle.
+
+--¡Eso lo dice usted porque está usted en su casa! ¡Salga usted fuera a
+decirlo! ¡Salga usted conmigo!
+
+El barón le miraba con risueña curiosidad.
+
+--Calma, calma, tío Diego.
+
+--¡Salga usted a matarse conmigo!... Con sable, con pistola, con lo que
+usted quiera...
+
+--Bien, hombre, bien; saldremos a matarnos... pero sólo por darle a
+usted gusto...
+
+Fue con paso vacilante hacia la alcoba y a tientas, porque ya la
+oscuridad era completa, metió las manos en el armero y sacó dos grandes
+sables de caballería.
+
+--Toma--dijo alargando uno al capellán.
+
+Éste lo sacó de la vaina y se puso a esgrimirlo. Mientras llevaba a cabo
+la prueba, D. Francisco le contemplaba rebosando de satisfacción.
+
+--Bueno, vamos ya--dijo el fraile envainando.--En marcha.
+
+Y tomando el canalón, que andaba por el suelo, y ocultando el sable
+debajo de los manteos, salió por la puerta. El barón cogió la boina, se
+puso un grueso montecristo de abrigo y le siguió.
+
+--¡Alto!--exclamó antes de que hubiera dado cuatro pasos.--¿No te parece
+que echemos la espuela?
+
+Fray Diego dejó escapar un gruñido afirmativo.
+
+Entraron otra vez en la sala y, tentando el suelo, tropezaron con el
+tarro de la ginebra, que no estaba agotado por completo. Dieron con las
+copas y se escanciaron todo lo que había. Acto continuo salieron a la
+calle.
+
+El pavimento de gruesos guijarros estaba mojado. Caía una lluvia
+menudísima, tan espesa que en poco tiempo calaba la ropa como el más
+fuerte aguacero. La noche había cerrado casi por completo. Y como, según
+las prácticas municipales, faltaba todavía un buen cuarto de hora para
+encender los famosos reverberos de aceite, las tinieblas envolvían a la
+empapada ciudad.
+
+Los dos héroes, animados por el espíritu de la guerra, caminaron con
+decisión por la calle del Pozo, el clérigo delante, el noble detrás,
+ambos embozados hasta los ojos y apretando bajo el brazo el instrumento
+de muerte que cada cual llevaba. Entraron en la calle de las Hogueras,
+pasaron por bajo los muros de la Fortaleza y salieron a la vía que ciñe
+la antigua muralla de la población. A medida que el agua, filtrándose al
+través de los abrigos, refrescaba sus carnes, se iban paulatinamente
+equilibrando sus humores. El de Fray Diego tendía visiblemente a
+serenarse, arrojaba uno a uno los negros velos que le oprimían. Pero
+estos velos los recogía todos el barón y envolvía con ellos su espíritu
+altivo y cruel. Ambos avanzaban impávidos al través de la noche y la
+lluvia, presagiando la muerte.
+
+Siguieron un buen trecho a lo largo de la muralla y al llegar a la
+carretera de Sarrió tomaron por ella. No habían andado cinco minutos
+cuando oyeron cerca un gemido. Pararon en firme, y acercándose al pretil
+distinguieron un bulto; se aproximaron un poco más y vieron sentada una
+niña.
+
+--¿Qué haces ahí?--dijo el barón, agarrándola por un brazo.
+
+--¡Perdón!--exclamó Josefina en el colmo del terror.--¡Por Dios, no me
+pegue usted, señor! Ya me pegaron mucho.
+
+La mano del caballero se aflojó repentinamente y, cambiando de voz y de
+tono, dijo:
+
+--No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo estás aquí a estas horas?
+
+--Me ha pegado mucho mi madrina y me escapé de casa.
+
+--¿No tienes padres?
+
+--No, señor.
+
+--¿Vives en Lancia?
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Quién es tu madrina?
+
+--Una señora.
+
+--¿Cómo se llama?
+
+--Amalia.
+
+--¡Porra!--exclamó Fray Diego, dándose una palmada en la frente.--Es la
+niña recogida por D. Pedro Quiñones.
+
+--¿Es verdad que se llama D. Pedro el marido de tu madrina?
+
+--Sí, señor.
+
+--Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás bien. Vente con nosotros.
+
+--¡Oh, no, por Dios! ¡No me lleven a mi madrina!
+
+--No, no iremos allí. ¡Estás mojada, criatura!--añadió palpando su
+ropa.--Anda, anda.
+
+Los dos héroes habían depositado los sables sobre el pretil. Cuando
+echaron a andar hacia Lancia, llevando a la niña en el medio, allí los
+dejaron olvidados sin reparar en que la humedad desluce y enmohece el
+acero.
+
+--¿Y por qué te ha pegado tu madrina?--preguntaba Fray Diego mientras
+caminaban despacito para acomodarse al paso de la niña.
+
+--Porque estaba jugando con los pastores.
+
+--¡Los pastores!... ¿Pero los pastores de don Pedro vienen a dormir a
+casa?
+
+--Sí, señor; duermen en la caja de cartón.
+
+--A ver, a ver, chica, ¿qué estas diciendo ahí?--profirió el capellán
+deteniéndose.
+
+De la investigación entablada inmediatamente resultó que los pastores
+eran de barro. Fray Diego emprendió nuevamente la marcha, resguardando
+con sus manteos el frágil cuerpo de la criatura.
+
+Pero al ponerle una de las veces la mano en la cara observó, con
+sorpresa, que la humedad que le mojó los dedos era caliente. Comunicada
+esta observación con su antagonista, y como quiera que ya habían llegado
+a las primeras casas de la ciudad, metieron a la niña en un portal,
+encendió el barón un fósforo y la reconocieron. Tenía todo el rostro
+bañado de sangre, que manaba de algunos profundos arañazos, las manos
+cubiertas de cardenales. Los dos héroes se miraron aterrados, y la misma
+ola de indignación encendió sus mejillas. El barón dejó escapar una
+serie de imprecaciones fulminantes. Éstas y su feo rostro espantable
+hicieron tal impresión en Josefina, que huyó gritando a un rincón.
+Consiguieron, no sin trabajo, tranquilizarla, y después de secarle el
+rostro con un pañuelo, Fray Diego la cogió en brazos (el barón lo había
+intentado en vano), tapola bien con sus manteos y emprendieron la
+marcha hacia la casa solariega de los Oscos.
+
+Allí le hicieron la primera cura. El barón, que en la campaña había
+adquirido algunos conocimientos de cirugía, le lavó cuidadosamente las
+heridas, las cerró con aglutinante y curó las contusiones con cierto
+ungüento eficaz que poseía. Las manos rudas de aquellos veteranos
+parecían de seda al tocar la piel de la niña. Una mujer no la hubiera
+curado con más delicadeza, con tal atención y esmero.
+
+Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel señor tan feo no era malo. Se
+atrevió a pedir agua. El barón respondió que no se estilaba en aquella
+casa, y que lo mejor que le vendría ahora para quitar el susto era una
+copita de Jerez. Hízola traer, y luego que la niña la hubo bebido, los
+dos campeones del rey legítimo se retiraron a un rincón de la sala a
+deliberar.
+
+Resolvieron que lo práctico en aquel momento era llevar la niña a casa
+de Quiñones. El barón se encargaba de entregarla. Antes calentaría muy
+bien las orejas a su madrina; le diría que era una indigna mujerzuela,
+una criatura vil y perversa, y que si otra vez osaba maltratar a aquella
+pobre niña desvalida, iría a su casa a cortarle las orejas y atarla
+después por el moño a la cola de su caballo y arrastrarla así por toda
+la ciudad. Fray Diego no estaba conforme con tanta crueldad, pero el
+barón ni por Dios vivo quiso alterar poco ni mucho aquel plan siniestro
+de terrible ejemplaridad.
+
+Costó trabajo persuadir a Josefina a que viniese con ellos.
+Consiguiéronlo después de prometerle que su madrina no volvería a
+pegarla y que sería para ella muy buena de allí en adelante. ¡No faltaba
+más! Como se atreviera a tocarla siquiera en un pelo, ¡rayo de Dios! le
+retorcía el pescuezo como a una gallina, la desollaba viva a correazos
+con el freno de su caballo. El rostro de aquel señor era tan espantoso
+al proferir tales amenazas, que la niña no dudó un instante de su
+cumplimiento.
+
+Mientras caminaban hacia la mansión de los Quiñones, el barón no cesó de
+vomitar injurias y amenazas de muerte contra la esposa del maestrante.
+Fray Diego procuraba inútilmente calmarle. Sus instintos sanguinarios se
+iban exacerbando de tal modo, que el ex-fraile, temiendo una catástrofe,
+se despidió al llegar a la puerta del palacio.
+
+El barón tiró de la campana. Como no sabía la costumbre feudal de la
+casa, no tiró más que una vez. Tardaron en abrirle juzgándole plebeyo.
+La sorpresa del criado fue grande al ver a aquel terrible señor, que
+tanto respeto infundía en la ciudad, y se apresuró a pedir perdón de no
+haber acudido más a tiempo a abrirle. El barón preguntó por don Pedro
+Quiñones. Le hicieron pasar y el criado subió delante por la gran
+escalera de piedra. Al llegar al piso principal le rogó que aguardase
+mientras le anunciaba.
+
+Pocos momentos después se presentó Amalia. Dirigió una penetrante mirada
+de rencor a la niña, que el barón tenía de la mano, y dijo dirigiéndose
+a éste con frialdad y altivez:
+
+--¿Qué deseaba usted?
+
+--Venía a entregar esta niña que he recogido en la calle... y al mismo
+tiempo a hablar con don Pedro o con usted cuatro palabras.
+
+Al proferir esta última, la voz del barón se alteró de un modo
+perceptible.
+
+--¿No me conoce usted?--añadió, viendo que la dama le miraba fijamente
+sin contestar.
+
+En los pueblos casi todos se conocen, sobre todo las personas de viso,
+aunque no se traten. Sin embargo, Amalia replicó descaradamente:
+
+--No tengo ese honor.
+
+--Soy el barón de los Oscos.
+
+La dama hizo una inclinación de cabeza.
+
+--Paula--dijo dirigiéndose a una criada que había acudido,--llévate esa
+chica. Tú, Pepe, enciende las lámparas del gabinete azul.
+
+Cuando estuvieron solos, la señora se sentó, invitó con majestuoso
+ademán al barón para que hiciese lo mismo, y esperó mirándole con
+extremada curiosidad, pero sin asomo de temor.
+
+--Señora--comenzó el barón,--he hallado a esa niña en la carretera de
+Sarrió cubierta de sangre y llena de cardenales. Le he preguntado quién
+la había puesto así, y me respondió que su madrina. Yo no puedo creer...
+
+--Puede usted creerlo, porque es exacto--dijo Amalia interrumpiéndole.
+
+El barón quedó parado y confuso. Al cabo prosiguió:
+
+--Es posible que usted tuviera razón para castigarla, pero me duele en
+el alma...
+
+Amalia volvió a interrumpirle:
+
+--Y a mí me duele mucho ese dolor que usted siente.
+
+--Mi objeto al venir aquí--manifestó el barón, que por momentos iba
+perdiendo su aplomo,--era prevenir a usted...
+
+--¿Cómo?
+
+--Era rogarle que, ya que ha tenido la caridad, según me han
+manifestado, de recoger esa desgraciada criatura expósita, continuase su
+buena obra protegiéndola, amparándola, educándola... y cuando tuviese
+necesidad de castigarla lo hiciese con clemencia, pues la pobre es una
+criaturita tierna y débil, y los golpes pudieran concluir con su vida...
+
+--¿Es eso todo lo que usted tenía que decirme?--preguntó fríamente la
+dama.
+
+La faz temerosa del barón se congestionó súbito al escuchar esta
+pregunta, inyectáronse sus ojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran
+relieve sobre la superficie del rostro en virtud sin duda de algunos
+movimientos volcánicos de lo interior. Escucháronse allá en la garganta
+ruidos formidables, sordos estampidos, presagio de violenta erupción.
+Pero al cabo aquellos ruidos se apagaron, cesaron los movimientos de
+trepidación, y el cráter, en vez de despedir una corriente de lava
+fundida, como era de temer, rocas, cenizas y otras materias volcánicas
+en ebullición, dejó escapar débilmente estas dos palabras:
+
+--Sí, señora.
+
+--Bien, pues agradezco a usted mucho el interés que se toma en este
+asunto, y aprovecho la ocasión para decirle en nombre de Quiñones y en
+el mío que tiene usted aquí su casa.
+
+Al mismo tiempo tiró del cordón de la campanilla y se levantó. Alzose
+también el barón mascullando las gracias y ofreciéndose.
+
+--Pepe, acompañe usted al señor barón.
+
+Hizo éste una profunda reverencia. Contestó Amalia con otra más leve. El
+caballero giró sobre los talones y salió.
+
+Al bajar por la escalera con las orejas gachas, el semblante encendido y
+los ojos extraviados, otra vez se presentaron ante su imaginación con
+vigoroso relieve el descuartizamiento, la pérdida de los ojos, la cola
+del caballo y otros fieros suplicios de la época visigótica, a la cual
+pertenecía por su bárbara traza y corazón indomable y crudelísimo.
+
+
+
+
+XIII
+
+El martirio.
+
+
+Apenas se había cerrado la puerta tras el barón, Amalia hizo traer la
+niña a su presencia.
+
+--¡Venga usted acá, señorita, venga usted acá! ¡Cuánto tiempo ya que no
+nos hemos visto! ¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido a usted bien? El
+barón es muy galante con las damas, ¿verdad?
+
+La niña lanzó un grito penetrante.
+
+--¡Ay mi oreja!
+
+--¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque no vale nada lo que he hecho por
+ti! ¿Ya me enseñas los dientes antes de concluir de mamar? De rodillas,
+picaruela, ¡malvada!
+
+Josefina fue a caer acurrucada en un rincón del gabinete. Amalia mantuvo
+sobre ella largo rato su mirada fulgurante. Separándola al fin, preguntó
+a Concha y a Paula, que habían traído a la delincuente, en qué forma se
+había escapado. La culpa era del cochero. Improperios contra el cochero,
+que era un borracho, y amenazas de despedirle si volvía a caer en
+descuido semejante. Luego comentarios infinitos sobre el encuentro del
+barón. ¿Qué hacía aquel bruto a tales horas por la carretera de Sarrió?
+¿Quién era el cura que le acompañaba? Después consideraciones
+tristísimas sobre la ingratitud y maldad de aquella niña que huía de la
+casa donde se la había dado albergue y ponía en ridículo a su
+protectora. Las domésticas convinieron en que merecía un castigo
+ejemplar.
+
+Despidiolas al cabo la dama, deteniéndolas con ademán imperioso cuando
+trataban de llevarse a la expósita. Una vez solas, Amalia tomó un libro
+y se puso a leer tranquilamente a la luz de un quinqué, mientras su
+hija, de rodillas en el ángulo más oscuro, sollozaba apagadamente. Tres
+o cuatro veces levantó aquélla la cabeza, dirigiendo su mirada colérica
+a las tinieblas del rincón, esperando que la chica gimiese más fuerte
+para lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora, hora y media. Cerró al
+fin el libro: salió y volvió a los pocos momentos. Comenzó a desnudarse
+lentamente: cuando estaba medio desnuda tomó el quinqué, y acercándolo a
+la niña la obligó a levantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo
+mostrándole el suelo:
+
+--Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida.
+
+Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo con voz débil:
+
+--Perdóname, madrina; no volveré a hacerlo.
+
+Pero ella no quiso oír estas palabras. Se metió en la cama y apagó la
+luz. Sus ojos quedaron abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con
+sus cuartos y medias melancólicamente en el reloj de la catedral vecina,
+no consiguieron cerrarlos. Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban
+luz hacia dentro, alumbrando mil cosas siniestras y punzantes. Bajo
+aquella pequeña frente se atropellaban, se estrujaban las ideas
+sombrías, los deseos feroces. El matrimonio de Luis era una abominable
+traición. Sin recordar la suya hacia el pobre viejo paralítico que Dios
+le había dado por esposo, ni pensar en que su falta había truncado la
+vida del conde, amenazado de morir en la soledad, sin familia que
+endulzara sus últimos días, hacía pesar sobre él toda la responsabilidad
+del delito y toda la amargura que ahora sentía al desprenderse del único
+placer que la acariciaba en aquella lúgubre y monótona existencia. ¡El
+único placer! No merecía otro nombre su amor. En aquel espíritu
+ardiente, despótico, atormentado, no había entrado jamás la ternura;
+ignoraba por completo las cosas deliciosas y poéticas que ennoblecen la
+pasión y la hacen perdonable. Su vida se había deslizado en una
+agitación insana, atormentada por el deseo de ser feliz a toda costa. En
+los últimos siete años vivió bajo el imperio de su torpe apetito
+insaciable. Jamás un pensamiento melancólico de remordimiento vino a
+acusar en aquella ruin naturaleza la presencia del sentido moral. Cada
+vez más exacerbada su ansia de goces la arrastraba últimamente a mil
+pasos extravagantes y peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en su
+casa a la juventud laciense y bailar de vez en cuando por
+condescendencia. Era menester, para alegrarla, que todos los días
+hubiese jarana, giras de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase sin
+cesar hasta caer rendida como una zagala de quince años: necesitaba
+menudear las entrevistas secretas con su amante a las horas más
+extraordinarias y en las ocasiones más impensadas. Sus anhelos
+enfermizos la impulsaban a desafiar la opinión pública, despreciando por
+gusto toda precaución. Si el conde le hacía alguna advertencia
+irritábase, se revolvía como una fiera. Más perdía ella que él; las
+murmuraciones no se cebarían en el hombre seguramente, sino en la mujer.
+La deshonra era para ésta. Pero ella se reía a más no poder de estas
+murmuraciones y de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz de
+pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese más gente. El conde se
+sentía cada vez más desligado de esta mujer, que turbaba todas sus ideas
+morales, teológicas y sociales. Llegaba a inspirarle miedo.
+
+Éste se convirtió en terror, en malestar insufrible, que le hizo
+apetecer con ansia la libertad, desde cierta revelación que, sonriendo,
+le hizo Amalia.
+
+--¿No sabes, querido? Esta mañana estuve a punto de hacer una locura,
+una locura muy grande. Quiñones me mandó ponerle las gotas de arsénico
+que toma hace tiempo. Cogí el frasco y de repente, como si una mano
+invisible me levantase el codo, vertí en el vaso la mitad del
+contenido... ¡No tiembles, cobarde, que no hay motivo!... Jamás me había
+pasado nada semejante. Te juro que mi voluntad no tenía arte ni parte en
+ello. Obraba por una fuerza superior que me arrastraba a pesar mío. Dejé
+el vaso sobre la mesa, lo contemplé un instante con sorpresa, lo levanté
+para mirarlo al trasluz... Nada, ni el más mínimo signo que denotase que
+allí estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y me encaminé con él
+hacia el gabinete sin darme cuenta de lo que hacía. Pero enmedio del
+pasillo me estremecí como si saliese de una pesadilla, vi repentinamente
+el disparate que iba a hacer, y dejé caer el vaso al suelo.
+
+--No era un disparate, era un crimen horrible el que ibas a
+cometer--dijo sordamente el conde, que sudaba de congoja.
+
+--Bueno, crimen o disparate... o lo que sea, era una estupidez de todos
+modos, ¿sabes? porque enseguida se comprendería, por los síntomas, que
+se trataba de un envenenamiento.
+
+Aquellas palabras, pronunciadas con afectada ligereza, impresionaron aún
+más al conde que las anteriores. Desde entonces no podía acercarse a
+ella sin experimentar una extraña sensación de repugnancia.
+
+Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fernanda, Amalia no había pensado
+en ello. No teniendo rivales en Lancia, había puesto menos diligencia
+cada día en el cuidado de su persona, dejó del todo aquella plausible
+coquetería que sirve a la mujer para perpetuar el encanto de su persona.
+Sólo al ver la espléndida hermosura de la hija de Estrada-Rosa se dignó
+echar una mirada a sí misma. Comenzó a preocuparse del aliño de su
+cuerpo, se procuró toda clase de afeites, envió por vestidos a Madrid,
+aprovechó todos los recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel mísero
+cuerpo abandonado, marchito por los años y la anemia, no recobró
+frescura ni gracia.
+
+Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y dolorosa vigilia. ¡No
+volver a inspirar amor, ser vieja, causar repugnancia! Mil garfios le
+arrancaban las entrañas. Luis se casaba. ¿Por qué? ¿No le había
+sacrificado su juventud, su honor, su salvación, si después de esta vida
+había más que tinieblas? ¡Qué valía esto! La primera señal de ruina que
+había aparecido en su rostro desvaneció como un sueño todos los
+juramentos; los siete años de amor se habían hundido en el abismo del
+tiempo sin dejar la más insignificante huella... Pero ella no tenía
+arrugas todavía; no era tan vieja; treinta y cinco años nada más.
+Bruscamente llevó la mano a la mesa de noche, encendió la bujía y saltó
+de la cama: acercose al espejo y se contempló largamente, repasando con
+el dedo todos los rincones del rostro para cerciorarse de que no
+existían las temidas arrugas.
+
+Un gemido que sonó detrás le hizo volver la cabeza. Levantó la bujía y
+clavó una mirada recelosa en su hija, tendida en el suelo y tiritando.
+La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron con angustia en ella,
+sus labios murmuraron otra vez «¡Perdón!» Sin hacer caso alguno, la
+esposa de D. Pedro se metió de nuevo en la cama y apagó la luz.
+
+Los rayos del sol matinal, penetrando por las rendijas del balcón,
+alumbraron aquellos dos insomnios. Con la luz de Dios comenzó el bárbaro
+suplicio de una criatura inocente. La fecunda, diabólica fantasía de
+Amalia se puso a inventar tormentos con que saciar el odio que la
+devoraba. Necesitaba ver sufrir. Josefina fue enviada descalza abajo con
+una misiva escrita en lápiz para Concha. El papel decía: «Concha, ahí te
+envío a esa picaruela. Castígala como mejor te parezca.»
+
+Amalia había adivinado, en su doncella, al verdugo. Y en efecto, al
+recibir ésta el papelito experimentó satisfacción, lisonjeada en su
+vanidad y en sus instintos.
+
+--¿Sabes lo que dice este papel?--le preguntó relamiéndose.
+
+Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía mal el manuscrito, sobre
+todo escribiendo tan descuidadamente como lo había hecho la señora. La
+costurera le obligó a deletrear aquellas palabras hasta que se enteró
+bien de ellas.
+
+--Ya ves que me manda castigarte por lo que has hecho ayer.
+
+Al decir esto sonreía dulcemente, como si le noticiase que le iba a
+regalar alguna golosina. Josefina la miró sorprendida.
+
+--¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dormir en el suelo.
+
+--No importa, eso es poco para maldad tan grande como escaparse de casa.
+Habrá que darte algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nunca has
+recibido este castigo y te va a doler mucho. Las señoritas tenéis la
+carne delicada, no sois como nosotras, que estamos acostumbradas desde
+muy chiquitinas a la intemperie y a los golpes. ¡Ven acá!...
+
+Al mismo tiempo sacó del corsé una de las formidables ballenas, que
+entonces solían usarse. La niña retrocedió asustada, pero la costurera
+la atrapó por el brazo.
+
+--No intentes escapar, porque entonces será doble la ración.
+
+Josefina se cogió a su mano llorando angustiosamente.
+
+--¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes que me ha pegado mucho
+madrina ayer... Mira, mira cómo tengo las manos... Me duele también la
+cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te quiero mucho... no te he
+acusado nunca a madrina...:
+
+--¡Suelta, suelta!--repuso la costurera tratando de desasirse suavemente
+de sus pequeñas manos.--No tengo más remedio que obedecer. La señora lo
+manda.
+
+--¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios!--respondía entre sollozos la
+criatura.--Te quiero mucho... y a madrina también... Si no me pegas te
+he de dar mi caja de muñecas...
+
+--¿De veras?--dijo dulcificándose.
+
+--Sí, ahora mismo si la quieres.
+
+--¿Y el estuche de costura?
+
+--También.
+
+--¿Y el armarito de espejo?
+
+--Sí, el armarito también.
+
+Concha hizo ademán de vacilar. La niña la miraba con ojos ansiosos.
+
+--¿Y me prometes ser buena siempre?
+
+Sí, le prometía ser buena siempre.
+
+--¿Nunca más escaparte?
+
+--Nunca.
+
+--Bueno--dijo con tono cariñoso y condescendiente;--pues si prometes ser
+buena y formal, y no se lo dices a la señorita, y me das además todo eso
+que dices, entonces... entonces... ¡arrea, chico!
+
+En un instante le alzó la ropa y comenzó a azotarla despiadadamente,
+riendo como una loca del engaño.
+
+Los alaridos de la niña subieron hasta el piso segundo. La esposa del
+maestrante estaba frente al espejo, arreglándose provisionalmente el
+pelo. Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió por su carne, cierta
+emoción indefinible y vaga, semejante a un cosquilleo, que no podría
+decir con seguridad si era de placer o de dolor. De todos modos, algo
+que refrescaba aquel ardor insufrible que los vapores de la ira habían
+levantado en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que los gritos cesaron.
+Los ojos brillaban, el pulso latía con más celeridad. Así se dice que el
+corazón de la fiera palpita a la vista de su víctima.
+
+Fue el comienzo de los martirios de la niña. Con los pretextos más
+fútiles comenzó a infligirle castigos crudelísimos, demostrando tan rica
+fantasía que para sí la hubieran querido los sayones del Santo Oficio.
+No sólo la golpeaba bárbaramente por los motivos más inocentes, y la
+pellizcaba y la mordía, sino que se gozaba en tenerla en continuo
+sobresalto bajo el temor de espantosos suplicios, en hacerle padecer de
+día y de noche. Obligábala a salir descalza por el jardín en las mañanas
+más crudas para buscarle una flor, o bien la tenía con la cabeza al sol
+horas enteras, haciendo la guardia, para que los pájaros no picasen una
+planta de grosella. Hacíala dormir en el suelo al lado de su cama, y
+varias veces durante la noche le mandaba levantarse y bajar a la cocina
+por agua. Reducíala a comer los manjares que sabía no le gustaban y la
+privaba de los que apetecía.
+
+A medida que corrían los días su saña y crueldad iban en aumento. Al
+principio tomaba pretexto de cualquier descuido de la niña para
+atormentarla. Luego no se fijó en esto: lo hacía cuando tropezaba con
+ella o cuando el cuerpo se lo pedía. Uno de los martirios de su
+exclusiva invención fue pincharla las manos con un alfiler, y tanto le
+gustó que en pocos días las tuvo llenas de picaduras: apenas había sitio
+donde poner otra. Esta tarea ferocísima solía encargarla a su verdugo
+de órdenes, Concha, quien la desempeñaba a conciencia. Obligábala a
+estudiar de memoria largos trozos del catecismo a sabiendas de que era
+superior a sus fuerzas. En cuanto tropezaba tres veces le decía:
+
+--Ve a pedir un beso a Concha.
+
+Ésta era la frase que por irrisión había inventado para que la criatura
+fuese a recibir el castigo del alfiler.
+
+No la consentía mudarse la ropa interior. Al poco tiempo la miseria
+comenzó a roer la piel delicada de la niña. Viéndola rascarse, Concha se
+enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la arrojaba a empellones de la
+estancia. Todavía más. La microscópica doncella, con anuencia de su ama,
+le obligaba a ponerse zapatos antiguos que le estaban chicos y que le
+producían llagas y vivos dolores.
+
+Uno de los más terribles martirios que la niña padecía era cuando Amalia
+se encaprichaba en que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y gemir
+bajo los golpes: parecía que se gozaba en las lágrimas de la criatura,
+en oír sus ardientes súplicas repetidas entre sollozos; pero en
+ocasiones se empeñaba en que sufriese en silencio. Como esto no podía
+ser, se exasperaba, se ponía loca como una fiera hambrienta.
+
+--¡Calla!
+
+La niña no podía; dejaba escapar un gemido.
+
+--¡Calla!--repetía, acompañando la orden de algunos golpes.
+
+Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos desesperados por
+conseguirlo; pero la respiración ansiosa se escapaba a su pesar,
+produciendo un gemido. Más golpes.
+
+--¡Calla o te mato!
+
+La criatura apretaba con toda su fuerza la boca, suspendía el aliento,
+se ponía lívida, y algunas veces caía privada de sentido. Aquel tierno
+corazón se rompía falto de desahogo.
+
+En estos momentos Amalia experimentaba una sensación diabólica, mezcla
+de placer y de dolor, algo semejante a lo que sentimos cuando nos sajan
+una postema. Su postema era aquella desalmada pasión, mezcla de amor, de
+lubricidad, de soberbia y de rabiosos celos. No pudiendo devolver a su
+ex-querido tanta cruel mordedura como desgarraba su pecho, saciaba el
+apetito de venganza en el fruto de sus amores. Cuando tenía la niña a
+sus pies ensangrentada y temblorosa, en sus miradas de angustia, en sus
+gestos, en el timbre de su voz creía ver al amante humillado y
+suplicante, y sentía un áspero goce que hacía brillar sus ojos y
+dilataba las ventanas de su nariz. Josefina era un retrato en miniatura
+de Luis. Mientras fue dichosa, su fisonomía movible y risueña, el alegre
+brillo de sus ojos hacía que no se pareciese tanto; pero ahora la
+desgracia y el dolor habían impreso en su mirada una melancolía profunda
+y en los rasgos de su rostro cierta expresión de fatiga, que eran las
+dos cosas que caracterizaban principalmente el semblante del conde de
+Onís. Cuando aquellos hermosos ojos azules se volvían hacia ella dulces
+y resignados, cuando aquellos labios rojos se plegaban demandando
+perdón, la valenciana sentía correr por su cuerpo marchito un
+estremecimiento de voluptuosidad, algo que le recordaba los goces que su
+amor adúltero le había hecho experimentar.
+
+Después de todo, en ella no había envejecido nada, nada más que aquel
+rostro que se empeñaba en ajarse y aquella cabeza que producía con
+horrible feracidad cabellos blancos. La carne de su cuerpo, su pecho,
+sus brazos, sus espaldas, conservaban la misma tersura de alabastro, el
+mismo brillo adorable, sello de una raza fina y hermosa. Palpábase,
+buscando consuelo, con sus manos secas y hallaba la misma suavidad y
+frescura. Aquella carne no se había marchitado. Bajo ella palpitaba la
+juventud, circulaba una sangre ardiente, ávida de goces, devorada por la
+creciente necesidad de las embriagueces del amor.
+
+Y sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas se habían huido para
+siempre; la novela de su vida, la que había embellecido su existencia
+sombría en los últimos años, había llegado al último capítulo. ¡Era una
+vieja! Asunto concluido. A este pensamiento, que se le introducía en el
+cerebro como un hierro candente, sentíase acometida por una necesidad
+animal de gritar, de rugir, de destrozar. Era en tales momentos cuando
+la niña padecía los más crueles castigos, cuando su frágil existencia
+corría verdadero peligro.
+
+El miedo fue otro de los padecimientos que le infligía a menudo. En las
+altas horas de la noche hacíala levantarse y la enviaba a las
+habitaciones extremas de la casa en busca de cualquier objeto. La niña
+tornaba pálida, temblorosa, sudando de angustia. A veces era tanto su
+temor, que dejaba caer la palmatoria y volvía corriendo arrojando
+gritos. Amalia se enfurecía entonces, la pellizcaba, la golpeaba,
+pretendiendo que fuese otra vez al sitio designado. La criatura se
+dejaba martirizar y se hubiera dejado matar antes de hacerlo. En una de
+estas ocasiones le dijo sonriendo ferozmente:
+
+--¡Ah! ¿Conque la señorita es tan medrosa? Está bien, yo me encargo de
+curarte la enfermedad.
+
+Se acordaba de la impresionabilidad extraordinaria, de los terrores
+nocturnos que avergonzado le había confesado Luis en momentos de
+expansión. Principió a darle sustos terribles. Tan pronto se escondía
+detrás de una puerta y le gritaba fuertemente al pasar, como la cogía
+descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras veces tomaba un cuchillo
+y le decía que iba a morir, le ordenaba que se bajase la camisa para
+degollarla mejor. Esto último no producía tanto efecto como pensaba.
+Josefina inconscientemente apetecía la muerte, que la libertaría de
+tanto martirio. Para mejor «quitarla el miedo,» entre Concha y ella
+inventaron una siniestra farsa capaz de aterrar a un hombre valeroso,
+cuanto más a una niña de seis años. Vistiéronse ambas con sábanas,
+dejaron la habitación a media luz mientras la niña dormía, pusiéronse
+unas caretas de calavera, y a media noche entraron dando gritos
+lastimeros como almas del otro mundo. Al despertarse la criatura y ver
+aquellos fantasmas, quedó paralizada por el terror, tapose luego los
+ojos con las manos y un sudor copioso y frío bañó su cuerpo. Su corazón
+comenzó a dar tan fuertes golpes que se oían a distancia, dejó escapar
+algunos gritos ahogados y roncos; por último, llevándose las manos al
+pecho, se revolcó por el suelo sin sentido, presa de espantosas
+convulsiones.
+
+No se le curó el miedo; en cambio le quedó desde entonces una propensión
+fatal a los síncopes y a los terrores nocturnos. Despertábase de
+improviso con señales de gran espanto, mirando fijamente a un punto del
+espacio, como si tuviera delante algún fantasma. El corazón le palpitaba
+vivamente, la frente se le cubría de sudor. En tales momentos perdía por
+completo la conciencia. Amalia la llamaba en vano. Sólo cuando ponía las
+manos sobre ella la niña lanzaba un grito de terror y metía la cabeza
+por el pecho.
+
+Entre Concha y María la planchadora habían estallado, a propósito de
+estos castigos, serias reyertas. María era de natural compasivo y le
+dolían los martirios de la niña, aunque no los conocía todos, porque
+Amalia procuraba guardarse de los criados, exceptuando Concha. Si no era
+suelta de lengua, no se la mordía tampoco para censurar en la cocina la
+conducta de su señora.
+
+--Querida, esto es peor que la Inquisición. No parece que estamos entre
+cristianos, sino entre perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía, y
+ahora, de súpito, tratan a este angelito peor que a una bestia. ¡Dígote
+que la cosa pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta maldad!
+
+--Cállate, tontona, entrometida--saltó Concha.--¿Quién te da vela a ti
+en este entierro? Si la señora quiere enseñar a esa niña como es justo,
+¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer? ¿Sabes tú tan siquiera lo
+que es educar niños? ¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que así
+la hará una mujer trabajadora y honrada! Algún día le dará las gracias.
+
+--¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las dará. De un mes a esta
+parte la niña está desconocida.
+
+--Bueno; ¿y a tí qué te va ni qué te viene en esto? ¿Eres tú su madre?
+
+Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte, llevando siempre la ventaja
+por su desvergüenza y mala intención la microscópica costurera. Al cabo,
+María, no pudiendo sufrir con paciencia aquel espectáculo, tomó la
+resolución de marcharse. Se presentó un día a la señora, y con la
+disculpa de que la plancha le hacía daño pidió la cuenta. No se le
+ocultó a Amalia la verdadera razón, pues tenía conocimiento de sus
+murmuraciones. Disimuló, sin embargo.
+
+--Sí, hija, comprendo que el planchado te aburra. Tú no gozas de mucha
+salud. También yo ando malucha hace días. Tengo el sistema nervioso
+alterado. ¡Pelear toda la vida con un enfermo, y ahora, para rematar la
+fiesta, salirme esa chicuela, en quien tenía fundadas mis esperanzas,
+tan ingrata y perversa! No sé cómo tengo paciencia.
+
+María vaciló un instante.
+
+--Ya ve usted, señora... los niños son niños.
+
+La esposa del maestrante comprendió que, si proseguía en el tema, la
+planchadora iba a decir algo desagradable y se apresuró a cortar la
+plática, pagándole su cuenta y despidiéndola con afabilidad.
+
+No impidió esto para que la doméstica dijese en confianza, en cierta
+casa donde fue a servir, lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se
+fue trasmitiendo en confianza, igualmente, de unos a otros. Al poco
+tiempo fueron bastantes las personas que tenían conocimiento de las
+crueldades que con la niña se cometían.
+
+El conde de Onís, para huir la curiosidad del público, que le molestaba
+sobremanera, y aún más para librarse de Amalia, se había trasladado, sin
+decir nada a ésta, hacía ya cerca de un mes a la Granja. Su madre le
+había acompañado. No había escrito a su ex-querida, aunque todos los
+días pensaba hacerlo, para darle cuenta de su resolución. Tanto era el
+temor que la valenciana había llegado a inspirarle, que la pluma caía de
+sus manos cada vez que la tomaba para noticiarle su matrimonio. Y dejaba
+pasar los días en continua vacilación, pensando con inquietud en la ira
+que de ella se apoderaría, esperando, como todos los débiles, en que
+algún acontecimiento imprevisto le sacase del compromiso. Aquel modo de
+romper las relaciones, sin riña, sin convenio, sin explicación alguna,
+era realmente original, pero muy propio de su carácter. Nada sabía de
+los martirios de su hija. No obstante, cuando pensaba en ella sentía
+repentino desasosiego, alterábanse sus nervios, y se ponía a dar vueltas
+por la estancia con visible agitación. Un vago y triste presentimiento
+le oprimía el corazón. El amor frenético que consiguió inspirarle
+Fernanda le había hecho olvidarse un poco de Josefina. En ciertos
+momentos se reprendía a sí mismo con amargura; pensaba que aun casado
+con Fernanda no alcanzaría la felicidad si no podía ver a su hija todos
+los días. Bien entendía que era esto imposible continuando en poder de
+Amalia. Por eso soñaba con arrebatársela: imaginaba con placer
+desatinados proyectos de rapto: huir con ella y con Fernanda a cualquier
+rincón del mundo tranquilo y ameno.
+
+Acaeció que en uno de estos días de vacilaciones para el conde, fue por
+la mañana a casa de Quiñones Micaela, la más nerviosa y violenta de las
+cuatro ondinas del Jubilado. Fue con objeto de pedir consejo a Amalia
+acerca de un vestido que tenía en proyecto para el próximo baile del
+casino. Apesar de sus treinta y pico, aún seguía tendiendo redes al sexo
+masculino. Las visitas a estas horas eran raras; pero como la noble
+familia del Jubilado mantenía tan íntima relación con la señora, no
+vaciló la criada en pasarla al gabinete de arriba, donde aquélla se
+hallaba.
+
+--Qué importuna, ¿verdad? Querida, es la hora en que se la puede a usted
+pillar sola--entró diciendo con la graciosa volubilidad que
+caracterizaba a los juveniles vástagos de Mateo.
+
+Amalia la recibió cordialmente, pero mostrando cierta sorpresa e
+inquietud que Micaela no observó. Entraron en materia enseguida. La
+cuestión de trapos embargó por completo sus espíritus. Amalia llevó a su
+amiguita hacia el balcón. Pero no habían hablado muchas palabras, cuando
+ésta creyó percibir un débil gemido en la misma estancia. Volvió la
+cabeza y vio allá en un rincón a Josefina de rodillas y amarrada codo
+con codo al tocador, de tal suerte que le sería imposible levantarse sin
+alzar el pesado mueble, cosa muy superior a sus fuerzas.
+
+Amalia se apresuró a dar una explicación.
+
+--Esta chiquilla se está haciendo tan mala, que me veo precisada a
+atarla para que se esté quieta. Ayer ha mordido un dedo a la costurera;
+ahora acaba de romper un espejo. ¡No hay paciencia para sufrirla!
+
+Micaela, a quien aquel castigo repugnaba, calló. Siguió la esposa de
+Quiñones hablándole con afectada indiferencia de su vestido; mas apesar
+de lo mucho que el tema debía de interesarla, la joven se mostraba
+bastante distraída y lanzaba frecuentes ojeadas a la niña.
+
+Dejó ésta escapar otro gemido. Su madrina se volvió con mal reprimida
+cólera.
+
+--¿Quieres callar, eh? ¿quieres callarte?
+
+Y la miró un buen rato con extraordinaria fijeza.
+
+Volvió a anudar la plática, pero en su voz se notaba leve alteración.
+Micaela estaba más y más distraída. La indignación le iba subiendo hacia
+la garganta, y hubiera concluido por hacer alguna desagradable
+advertencia a su amiga si la chica no se hubiera quejado de nuevo.
+
+--Vaya, está visto que no nos has de dejar en paz--dijo la dama haciendo
+esfuerzos por sonreír.--Habrá que darte suelta.
+
+Fue allá y la desató, empleando en ello bastante tiempo; la cuerda daba
+tantas vueltas alrededor de su pequeño cuerpo como si fuese un baúl
+liado. Mas al tiempo de levantarse la niña, no pudo. Sin duda hacía
+algunas horas que estaba en aquella dolorosa postura; los músculos, se
+habían anquilosado.
+
+--¡Arriba zancas!--dijo bromeando, mientras la ayudaba a levantarse.
+
+Micaela observaba la escena con estupor; relámpagos de ira cruzaban por
+sus ojos.
+
+--No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija mía, si quieres no volver
+a ella hay que ser buena y obediente, ¿verdad, Micaela?
+
+Ésta no despegó los labios, cada vez más fosca, apesar de la sonrisa
+melosa que contraía el semblante de la valenciana.
+
+--Bueno--prosiguió, acariciando la rubia cabeza de la niña,--ya estás
+perdonada, pero ¡cuidado con hacer maldades! Vete abajo y pídele un beso
+a Concha.
+
+La niña, al oír estas palabras, se puso densamente pálida, permaneció
+inmóvil algunos momentos, y al fin se dirigió a la puerta con paso
+vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la seguía atentamente
+con la vista, observó que llevaba los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia
+reanudó la conversación de trapos.
+
+No se habían pasado tres minutos cuando llegaron al gabinete, lejanos y
+apagados, los gritos de la niña. Micaela se estremeció; inclinó la
+cabeza hacia la puerta para escuchar mejor. Amalia alzose vivamente de
+la silla y fue a cerrar la puerta. Los gritos dejaron de oírse, pero la
+nerviosa joven tampoco oyó ya las palabras de Amalia. Un gran
+desasosiego se apoderó de ella; subíanle vapores a la cara y al
+pensamiento atroces deseos de desvergonzarse con aquella malvada, de
+llamarla judía, bribona, infame. Todo lo que pasaba en aquella casa se
+le representó de golpe. Los celos primero, después la noticia del
+matrimonio de Luis cayendo como una bomba, luego la venganza miserable,
+en la hija, del abandono del padre. Conocía bien el carácter rencoroso
+de la valenciana. Pero ¿qué adelantaría con injuriarla en aquel momento?
+Producir un grave escándalo y que la arrojasen de la casa. Micaela,
+apesar de su temperamento violento, tenía un corazón compasivo. Lo que
+más la preocupó fue el hacer algo en favor de la infeliz criatura. Y
+tuvo serenidad suficiente para disimular un poco y pensar que el mejor
+partido era decírselo todo inmediatamente al conde, quien seguramente
+ignoraría tan ruin venganza. Procuró terminar cuanto más pronto y se
+despidió sin poder ocultar enteramente su turbación.
+
+Cuando se vio en la calle sintió la necesidad de desahogar su pecho.
+Pensó en María Josefa, que vivía allí cerca y que profesaba a la niña
+expósita tierno cariño. Entró en su casa agitada, trémula, y antes de
+pronunciar palabra dejose caer en un sofá, dándose aire con la punta de
+la mantilla.
+
+--¡Uf! Me ahogo... ¡No sabes lo que me acaba de pasar! ¡Es una infame,
+una malvada que tiene que arder en los infiernos! Siempre lo he dicho y
+las tontas de mis hermanas no quieren creerme. ¡Es muy perversa esa
+tísica! Tiene el corazón de una hiena.
+
+--¿Pero qué hay?--preguntó con asombro, muerta de curiosidad, la sagaz
+jamona.
+
+Entonces la nerviosísima hija del Jubilado le relató, tartamudeando por
+la ira, la situación en que había hallado a Josefina, la palidez de la
+niña después de la extraña invitación de su madrina, los gritos que
+había escuchado como si la estuvieran dando tormento. María Josefa unió
+inmediatamente sus imprecaciones a las de la joven. Sacaron a relucir
+todos los testimonios de maldad que conocían de la esposa del maestrante
+y resolvieron dar parte de lo que ocurría al conde, aunque averiguándolo
+antes con más pormenores. Para ello, aquella misma tarde, se pusieron al
+habla con María la planchadora, que hacía algunos días había salido de
+casa de Quiñones. Al principio ésta, por temor a las consecuencias, se
+manifestó reservada. Concluyó, no obstante, por dar suelta a la lengua y
+referirles las mil iniquidades que la señora de Quiñones cometía con la
+niña recogida. Quedaron horrorizadas. Pensaron en dar parte al juzgado,
+pero sobre enemistarse por completo con la fiera valenciana (lo que,
+dicho sea en honor suyo, no les preocupaba gran cosa en tales momentos),
+comprendían que sería de escaso o ningún resultado. Los Quiñones eran la
+gente más poderosa de la población; D. Pedro, jefe del partido
+gobernante, en la provincia; las autoridades, hechura suya o sometidas a
+su influencia. Todo se taparía enseguida y quedaría como antes. Lo mejor
+era dirigirse al conde. Pero éste se hallaba a la sazón en la Granja.
+Además, aunque todos, o casi todos, supiesen el secreto de la niña, no
+era posible darse por enterados. Después de algunos debates decidieron
+escribirle la siguiente carta, firmada solamente por María Josefa: «Sr.
+Conde de Onís. Mi estimado amigo: Con la debida reserva le comunico que
+la niña recogida por nuestros amigos los señores de Quiñones, y por
+quien tanto nos interesamos todos, es objeto en aquella casa de crueles
+tratamientos. Creo que tenemos el deber de intervenir para que cesen.
+Usted me dirá lo que debe hacerse y que a mí como mujer no se me
+alcanza. Si quiere conocer los pormenores del martirio de la criatura
+diríjase a la criada María que hace algunos días dejó de servir en casa
+de D. Pedro. Suya afectísima amiga, _María Josefa Hevia_.»
+
+Luis arrugó la carta entre sus manos crispadas. Toda la sangre se le
+agolpó a la cara. Sin darse cuenta de lo que hacía salió de casa y casi
+a la carrera tomó la carretera de Lancia, llegando a ésta en pocos
+minutos. Aquel vago y terrible presentimiento que sentía realizábase al
+fin. Amalia se vengaba ferozmente. El sentido oculto de la carta era
+ése: se dirigían a él como padre de Josefina y causa de su desdicha. No
+sabiendo qué partido tomar, fue a su casa para reflexionar. Sólo había
+en ella una criada vieja cuidándola. De ésta se valió para averiguar
+dónde estaba María y pasarle un recado a fin de que viniese a verle. No
+se equivocó la planchadora sobre el objeto de tal llamamiento. En
+cuanto le fue posible acudió a la cita, y después de hacerle prometer
+que no haría uso de su nombre para nada, le dio cuenta circunstanciada
+de los trabajos que estaba pasando la inocente niña. Escuchábala pálido,
+desencajado, sin poder reprimir los violentos y frecuentes golpes de su
+corazón. Cuando llegó a narrarle ciertos odiosos y terribles pormenores,
+el conde principió a dar vueltas por la estancia como fiera enjaulada, a
+mesarse los cabellos, a arañarse la cara, lanzando rugidos de coraje.
+
+Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas, se le atropellaron en la
+mente. Quería entrar a viva fuerza en casa de Quiñones y llevarse a su
+hija; quería retorcer el cuello a aquella vil mujer; quería decírselo
+todo a D. Pedro; quería dar parte al juez y meter en un calabozo a la
+infame. Afortunadamente sus accesos eran tan violentos como cortos. Vino
+el abatimiento, el llanto. Corrió a casa de su prometida y le contó
+sollozando lo que ocurría; se confesó con ella por vez primera. La buena
+Fernanda unió sus lágrimas a las de él, enternecida por la suerte de la
+infeliz criatura y por el dolor de su amado. Larguísimo rato pasaron
+comentando los terribles sucesos y buscando medios de conjurar aquella
+ruin venganza. Fernanda logró, al fin, persuadirle a que apelara a
+medios suaves. Pensar en conseguir algo por la fuerza era insensato. El
+conde, ni aun confesando su falta, tenía derecho alguno sobre la niña.
+Provocar un escándalo era inútil. Acudir a los tribunales, lo mismo.
+Ningún criado se atrevería a declarar contra su ama, y las cosas
+quedarían peor que antes. Al fin el conde se decidió a escribir una
+carta a su antigua amante.
+
+«En este momento acaban de decirme que nuestra Josefina, nuestra adorada
+Josefina, está padeciendo martirios increíbles de tu mano. Creo que es
+una vil calumnia. Conozco tu genio, que es vivo y fogoso, pero noble. No
+puedo atribuirte semejante cobardía. Te escribo solamente para
+cerciorarme de que esta angelical criatura sigue siendo el encanto de tu
+vida. Si no fuese así, dímelo y buscaremos un medio de que pase a mi
+poder. Te supongo enterada del paso que voy a dar. No quiero decirte
+nada. Era inevitable más tarde o más temprano. De todos modos puedes
+estar segura de que mi remordimiento está endulzado por el recuerdo
+dulcísimo de los años que te he amado. Adiós. Escríbeme alguna palabra
+amable.»
+
+
+
+
+XIV
+
+La capitulación.
+
+
+Josefina se demacraba. Sus mejillas tenían la palidez de la cera. En sus
+ojos, de mirar suave y apacible, se notaba constantemente el extravío
+del terror; en torno de ellos el sufrimiento había trazado un círculo
+violáceo. Hablaba muy poco, no reía jamás. Cuando la dejaban en paz,
+sentábase en cualquier rincón y permanecía inmóvil mirando a un punto
+fijo, o bien se acercaba al balcón y escribía en los cristales con el
+dedo.
+
+A veces, a despecho de tanto dolor, la naturaleza infantil revindicaba
+sus derechos. Veía al gato acercarse lentamente a ella con el rabo
+derecho, el espinazo arqueado, solicitando sus caricias con débil
+ronquido. Dejábase caer en el suelo, le llamaba, le traía hacia sí y
+principiaba a pasearle las manos por el lomo, a rascarle la cabeza y
+hacerle cosquillas debajo del cuello, murmurándole al mismo tiempo en el
+oído palabras de cariño, un gorjeo mimoso que el animal acogía con
+espasmos de voluptuosidad. «Te quiero, te quiero. Tú eres muy bueno.
+¿Verdad que eres bueno? Ya no me arañas como antes. ¿A quién quieres más
+en la casa? ¿Di, rico? ¿Quién te ha dado una sardina ayer? ¿Quién te
+pone el platito con leche todos los días? Y si pudiese darte siempre
+pescado también te lo daría, porque sé que es lo que más te gusta,
+¿verdad, rico mío? Pero no has de robar nada; ya sabes que te pegan. No
+orines más en la cama de Manín. Mira que te va a matar; lo ha dicho el
+otro día en la cocina. Y coge muchos ratones para que madrina te quiera
+y no te echen de casa.»
+
+El gato, extasiado, susurraba allá en el fondo de la garganta mil síes
+complacientes, y se frotaba contra ella cada vez más acaramelado y
+pegajoso. Tendíase la niña boca arriba llevándole abrazado, le apretaba
+contra su pecho, le besaba, y a veces, olvidada de sus martirios,
+derramaba lágrimas de ternura. Pero cualquier rumor en la habitación
+contigua le hacía levantarse sobresaltada con el espanto en los ojos,
+arrojaba el gato lejos de sí y esperaba inmóvil lo que viniera. Casi
+siempre algún castigo cruel.
+
+--¡Pícara, así ensucias los vestidos arrastrándote por el suelo!
+¡Aguarda aguarda!
+
+Por efecto de los continuos miedos que experimentaba contraíase con
+fuertes movimientos irregulares su vejiga y hacía que involuntariamente
+se le escapase en muchas ocasiones la orina. Esto era lo que ponía fuera
+de sí a la irascible Concha. Si notaba en el suelo (porque la ropa sólo
+muy rara vez se la veía) signos de aquella debilidad, encrespábase como
+una hiena.
+
+--¡Gorrina, indecente! Parece mentira que la señora mantenga en su casa
+este bicho asqueroso. Si fueses cosa mía, te desollaba viva.
+
+Pero aunque no era cosa suya, procedía como si lo fuese: la desollaba a
+azotes. Una vez su furor fue tan grande que, cogiéndola por las orejas,
+le higo lamer el suelo mojado.
+
+La hora más terrible para la criatura era la de las lecciones. Amalia se
+las señalaba por la mañana temprano; grandes trozos de la historia
+sagrada y de la gramática. Josefina se retiraba a un rincón y hacía
+esfuerzos desesperados por retenerlos en la memoria. Un poco antes de
+comer, Concha, que era la encargada de tomárselas, se sentaba en una
+silla, sacaba la famosa ballena y, con ella en una mano y el libro en
+la otra, daba comienzo a sus funciones pedagógicas. Cada tropiezo, cada
+palabra que la niña olvidaba costábale un ballenazo en la cara, en el
+cuello o en las manos. Y como su memoria no era bastante fuerte, y por
+otra parte el miedo se la obstruía, aquello era un incesante machaqueo.
+
+Aún peor si se las tomaba su madrina. Concha era fríamente cruel; no
+levantaba la mano sino cuando cometía la falta, como una máquina de
+castigar. Pero Amalia a los pocos momentos se ponía nerviosa, el llanto
+de la niña excitaba sus sentidos, entraba en furor como una pantera
+hambrienta, y concluía por golpear frenéticamente hasta que la dejaba
+trémula y ensangrentada a sus pies.
+
+Desde la carta del conde había aumentado, si era posible, su odio a la
+criatura; la trataba aún más despiadadamente. Herida en lo más vivo de
+su orgullo por aquella diplomacia fría, protectora, insultante que en su
+sentir respiraban las palabras de su antiguo amante, vomitaba la rabia
+de su corazón sobre la hija. Además, la idea de que Luis tenía noticia
+de aquellos martirios, y le dolían vivamente era aliciente mayor para
+prodigarlos. ¡Que sufriese ella, que sufriese él, el vil, el pérfido,
+que había gozado de su juventud, y cuando la halló vieja la arrojó como
+un trapo sucio a la barredura!
+
+En uno de estos días de profunda y rugiente cólera la vida de Josefina
+corrió inminente peligro. A la hora de costumbre fue llamada al comedor
+para dar sus lecciones. Concha se acomodó en su silla y con no
+disimulado regodeo sacó del pecho la fatal ballena. Aquel día le pedía
+el cuerpo un razonable desahogo de golpes. La niña se acercó a ella
+temblando como siempre y le entregó los libros. Y ya comenzaba a recitar
+con labio balbuciente un capítulo de la historia sagrada cuando vino a
+interrumpirlas Manín. Entró con su eterna chaqueta verde, calzones
+cortos, su gran calañés mugriento, haciendo temblar el piso con los
+zapatones claveteados. A esta indumentaria, arcaica ya en la provincia,
+debía gran parte de su notoriedad y la fama de terrible cazador de osos
+que había tenido. Entró con la cabeza gacha como siempre y,
+espatarrándose bajo el dintel de la puerta, preguntó:
+
+--Concha, ¿no habrá _de qué_, que comer, por ahí?
+
+--¿Tanto te aprieta la _gazuza_, Manín?--respondió la costurera riendo.
+
+El aldeano abrió desmesuradamente la boca para reír también.
+
+--Así Dios me salve, no puedo aguantar un menuto más. Toos parecéis
+frailes descalzos en esta casa; no vos entra la gana más que cuando
+suena la hora.
+
+--Voy, voy allá, grandísimo tragón, roedor--dijo Concha posando sobre la
+silla el libro y la ballena y dirgiéndose con paso petulante hacia el
+aparador.
+
+Se entendían admirablemente. La costurera era arisca, cruel, intratable;
+pero el mayordomo sabía recabar de ella las pocas migajas de buen humor
+que tenía en el cuerpo. La requebraba brutalmente, la pellizcaba al
+pasar, le decía mil groseras desvergüenzas para que las comprendiera al
+revés. Y la microscópica doncella, que no era gentil ni bonita y en
+quien las asperezas del carácter habían sofocado todo germen de
+coquetería, trasformándola en sacerdotisa del dolor, en una euménida
+fatal y despiadada, se dejaba festejar complacientemente por aquel
+bruto. Le hacía gracia su osadía, su rudeza, su glotonería y el modo
+insolente y despreocupado que tenía de tratar a todo el mundo, incluso
+al alto y poderoso señor de Quiñones. Manín era un solemnísimo bellaco.
+Con aquella grosería soez, el porte de atrevido cazador de fieras y su
+estrafalario arreo había sabido vivir muy regaladamente en este mundo,
+sin encallecer las manos, ni quebrarse los lomos allá en su aldea con
+las faenas de la labranza.
+
+Sacó la costurera un plato de carne fiambre y lo puso sobre el hule de
+la mesa, sin servilleta ni cosa que lo valga; después cortó a la mitad
+un pan y lo dejó, con la imprescindible botella de vino blanco y el
+vaso, al lado de la carne. El cazador de osos comenzó a devorar. Concha
+sentose de nuevo, y la niña, acercándose, repitió las palabras que ya
+había pronunciado. A los pocos momentos ¡zas! un ballenazo y un grito de
+dolor. Inmediatamente otro golpe y otro grito. Y así sucesivamente. La
+costurera estaba encantada al notar que la chiquilla tropezaba más que
+otras veces. Manín engullía en silencio, volviendo sólo de vez en cuando
+los ojos con marcada indiferencia hacia aquella triste escena. Al poco
+tiempo, como por máquina, principió a murmurar a cada golpe: «¡Dale!
+¡Atiza! ¡Buena fue ésa! ¡Vaya una mano!...» y otras semejantes
+exclamaciones.
+
+Terminó la lección de historia sagrada. Antes de tomar la de gramática
+hubo un respiro. La costurera se puso a bromear alegremente con el
+mayordomo. Estaba de un humor angelical.
+
+--¿Qué tal la carne?
+
+--Rica, ¡rica de verdad!
+
+--Lo peor es que te va a quitar el apetito para la hora de comer.
+
+Retembló la estancia con la risotada del gañán.
+
+--¡Eso sí! ¡A mí cualquier cosa me quita la gana! Vas a tener que
+meterme un hierro caliente en el agua como a la señora.
+
+--Por la panza te lo había de meter, gran puerco.
+
+--Mira, Concha, no me busques las cosquillas, porque aunque eres una
+mocita de sandunga y tienes los ojos muy picarones, y la boca como una
+cereza, un día te encuentras, sin saber por dónde vino, con un revés que
+te arrancará de cuajo esa carrerita de perlas que me estás enseñando.
+
+--¡Calla, calla, viejote, zapalastrón! ¡Bueno estás ya para reveses! ¡Si
+no puedes con los calzones! ¡Si estás descuajaringado!
+
+--Eso no lo dices tú con el corazón; por eso se te estima. Bien sabes
+que hay aquí dentro mucha entraña todavía (y se daba rudos puñetazos en
+el pecho). ¡Si te cogiera en un maizal!
+
+--¡Como si me cogieras en la plaza del mercado! Na. Ya no tienes más que
+quijadas y palique.
+
+--Y manos para apalpar la gracia de Dios--repuso el bárbaro tomando con
+su manaza velluda la barba de la costurera.
+
+--¡Quita, quita! ¡Gorrinazo!
+
+Y le pegó con la ballena un golpecito en los dedos. Volvió el gandulote
+a embestirla y ella a defenderse de la misma manera. Trató de agarrarla
+por la cintura. La doncella se levantó y corrió por la estancia,
+haciéndose la enojada.
+
+--¡No me toques, Manín! Mira que llamo a la señora.
+
+Pero él no hacía caso. La perseguía lanzando gruñidos y risotadas;
+abrazábala aquí, soltábala allá, recibiendo en sus carrillos, ásperos y
+duros como la piel de un elefante, las bofetadas de la doméstica, sin
+manifestar sentirlas. Crujían los muebles, retemblaba el piso,
+campanilleaba la vajilla de los aparadores. Y él sin cejar. Cada vez más
+falso y zalamerón. Sabía el pícaro que aquella mujerzuela irascible y
+endemoniada tenía despierta la vanidad, como todos los seres humanos, y
+que era de capital interés para su panza tenerla contenta. Por último,
+lanzando un verdadero mugido de buey, consiguió agarrarla por la cintura
+y alzarla en vilo. Mantúvola en alto sin esfuerzo alguno, como si fuera
+un chiquito de tres años.
+
+--¿Y ahora? ¿Qué dices ahora, Zapaquilda? ¿Dónde están esos hígados?
+¿Dónde esas manos? Anda, bruja, pide perdón; si no, te dejo caer como
+una rana--bramaba el cazurrón, zarandeándola en el aire.
+
+--¡Déjame, Manín! ¡Déjame, burro! ¡Habrá cochinazo! ¡Mira que grito!
+
+Al fin la puso delicadamente en el suelo. La doncella, jadeante,
+desgreñada, frunciendo mucho las cejas para aparecer más enfadada, decía
+con voz anhelante:
+
+--No tienes vergüenza, Manín. Si no fuera mirando a la casa donde
+estamos, te tiraba este quinqué a las narices y te las rompía, por
+bruto y por insolentón. A lo mejor están los criados oyendo todo esto, y
+¿qué dirán? ¡Quita, quita allá! No me vuelvas a decir palabra, porque no
+te contesto.
+
+--¡Eso! Grita ahora, fachendosa, después que te hice ver a Dios--roncaba
+Manín con sorna, mirándola de reojo y sobándose la barba.
+
+--¡Si no te quitas de mi vista, baldragote!...--exclamaba la diminuta
+criada, pasándole a su despecho relámpagos de risa por los ojos.
+
+Manín se sentó de nuevo para engullir el pan que quedaba y beber otro
+vaso de lo blanco. Josefina mientras tanto sollozaba en un rincón,
+llevándose las manos heridas a la boca, palpándose las mejillas
+acardenaladas por los ballenatos. Manín se dignó echar hacia ella una
+mirada.
+
+--No llores, tontina, que el dolor de los zurriagazos pasará y la
+ciencia te quedará en la mollera para siempre--dijo cortando con su
+navaja un pedazo del pan y metiéndolo en la boca.--Si quieres saber mi
+dictamen, cuanto más te peguen más contenta debes de estar. ¿Qué serías
+tú si Concha no tuviese la misericordia de castigarte duro? Una
+chafandina que no valdría un celemín de bellotas, una bestia, salva sea
+la comparanza. Y ahora ¿qué serás? Una mujer pa too lo que se la pida.
+(Pausa mientras se corta otro pedazo de pan y lo muele, levantando un
+bulto como el puño en el carrillo derecho)... Anda, que si yo hubiera
+tenido como tú maestros que me alzasen el pellejo a correazos, no sería
+un burro, no me llamarían Manín, sino don Manuel, y en vez de ser un
+mísero súdito, andaría por ahí dándome importancia, paseando por
+Altavilla con las manos atrás como los señores y leyendo las gacetas en
+el casino. (Otra pausa y otra amputación del zoquete)... Ponte en lo
+justo si tienes caletre para ello. ¿Cómo quieres aprender esas cosas tan
+enrevesadas sin algunos lampreazos? ¿Quién aprendió _daqué_ nunca sin
+azotes? Nadie. ¡Pues entonces! Si tuvieras conocimiento, criatura,
+darías gracias a Dios por haberte puesto una maestra que es como una
+gloria. Para too sirve la endina, para too tiene las manos finas y los
+pies listos, ¿verdá, tú?
+
+Concha se había puesto grave otra vez, sentándose y haciendo un gesto
+imperioso a la niña para que se acercase. Tocábale el turno a la
+gramática. Aquí andaba peor todavía que en la historia, séase por la
+falta de memoria o porque el miedo la turbase. Comenzó el vapuleo: un
+ballenazo ahora y otro después y otro y otro. Manín, fiel a sus
+convicciones pedagógicas, aplaudía con la boca llena, cortando grave,
+esmeradamente, en figuras geométricas los pedazos del pan antes de
+conducirlos con toda solemnidad a los labios. Las faltas fueron muchas;
+los golpes fueron otros tantos. Pero al terminar la lección, Concha
+consideró que a más del castigo correspondiente a cada falta, teniendo
+en cuenta lo mal que la niña lo había hecho, convenía terminar con un
+vapuleo general que las comprendiese todas. La alzó de la silla y,
+blandiendo la formidable ballena, exclamó:
+
+--Ahora, para que estudies mejor y se te despierten los sentidos, ¡toma!
+
+Tantos y tan recios fueron los golpes, que la criatura, tratando de huir
+aquel martirio, se agarró con las manos crispadas a las sayas de su
+verdugo. Sin saber cómo, tal vez por haberse colgado inconscientemente a
+ellas, la cinta que las sujetaba se rompió y vinieron al suelo, dejando
+a la costurera solamente con la camisa. Dio un grito de vergüenza y se
+apresuró a levantarlas. Pero sin pararse a atar otra vez la cinta,
+echando una mirada de profundo rencor a la chica, salió de la estancia
+sujetándolas con las manos.
+
+--¡Buena la has hecho, buena, buena, buena!--exclamó Manín, tallando con
+primor el bocado que iba a llevar a la boca.
+
+La criatura, paralizada de terror, no lloraba. No le dolían siquiera las
+heridas. Al cabo de pocos momentos se presentó de nuevo Concha
+acompañada de la señora. Ésta venía sonriendo sarcásticamente.
+
+--Por lo visto, a la señorita le gusta ahora desnudar a las doncellas
+delante de los hombres. Estará usted contenta, señorita, ¿no es cierto?
+Manín habrá visto bien por todos lados a Concha. ¿Verdad, Manín, que la
+has visto cómodamente?
+
+Avanzó unos pasos. La niña retrocedió asustada.
+
+--No tenga miedo, señorita. Tranquilícese usted, señorita. Yo no vengo
+aquí a azotarla. Eso de los azotes es muy antiguo. ¡Quién se acuerda ya
+de azotes! Sólo vengo a invitar a usted para que dé una vuelta por la
+cueva... la cueva de los ratones... ya sabe usted. Allí se puede
+entretener en desnudar alguna rata de las muchas que vendrán a
+visitarla... Vamos, deme usted la mano para que la conduzca con toda
+ceremonia.
+
+La niña fue a ponerse detrás de una silla; desde allí, perseguida por
+Amalia y por Concha, corrió alrededor de la mesa; por último, se refugió
+detrás del mayordomo.
+
+--¡Manín! ¡Manín, por Dios me escondas!
+
+Pero éste la sujetó por un brazo y la entregó a la señora. Tomáronla
+cada una por una mano y la arrastraron, apesar de sus gritos
+penetrantes.
+
+--¡A la cueva no! ¡A la cueva no! ¡Madrina, perdón! Mátame primero.
+¡Mira que tengo mucho miedo! ¡A la cueva no, que me comen los ratones!
+
+Los criados salieron al pasillo y presenciaban mudos y graves aquella
+escena. Los gritos de la niña se fueron perdiendo en la oscura y
+tortuosa escalera que conducía al sótano.
+
+Amalia abrió la puerta de la terrible cueva y empujó a su hija hacia el
+interior. Cerró con furia; pero la niña había corrido hacia la salida, y
+la puerta le cogió la mano. Oyose un grito desgarrador. La valenciana
+abrió otra vez la puerta, dio un fuerte empujón a la criatura que la
+hizo caer al suelo, y echó la llave.
+
+La cueva era un calabozo húmedo y negro donde sólo penetraban algunos
+tenues rayos de luz por un ojo de buey abierto en lo alto. Sirvió en
+otro tiempo para bodega de vinos. Ahora no había allí más que botellas
+vacías.
+
+La niña apenas quedó sola se incorporó, miró a todos lados loca de
+terror, quiso gritar y la voz se le anudó en la garganta; por último,
+extendiendo las manos, acometida de un fuerte temblor, cayó desvanecida.
+
+Al cabo de media hora el mozo de cuadra, que había presenciado el
+encierro, movido de compasión, acercose a la puerta y miró por el ojo de
+la cerradura. Nada pudo ver. Llamó muy quedo.
+
+--Josefina.
+
+La chica no respondió. Llamó más fuerte. El mismo silencio. Asustado,
+gritó y golpeó en la puerta con todas sus fuerzas sin obtener
+contestación. Entonces apresurose a subir para dar parte de lo que
+pasaba, a riesgo de perder su empleo. Amalia mandó a Concha con la llave
+para ver lo que ocurría. Entre ella y Paula subieron a la criatura
+privada de sentido, fría y rígida, con los caracteres de la muerte
+impresos en el rostro. Temerosa de las complicaciones que con esto
+pudieran sobrevenir, la esposa del maestrante se apresuró a meterla en
+la cama. Tardó poco la pequeña en volver en sí, pero inmediatamente se
+declaró una fuerte calentura. Llamose al médico. Encontrola bastante
+mal. Para explicar la herida de la mano y los cardenales que presentaba,
+Amalia, fértil en mentiras, inventó una historia que el doctor creyó o
+fingió creer.
+
+Estuvo entre la vida y la muerte algunos días. Amalia seguía con ojos
+inquietos el curso de la enfermedad. No le dolía la pérdida de aquel ser
+sobre el cual había vertido las hieles amargas de su corazón; pero le
+agitaba la idea de perder de una vez su venganza. Justamente al tercer
+día de hallarse en cama Josefina, tuvo noticia de que en la noche
+anterior había salido Fernanda en la silla de posta para Madrid, y que
+Luis sólo tardaría cuatro o cinco días en reunirse con ella. Experimentó
+violenta sacudida. Una ola hirviente de bilis inundó su pecho. Aquella
+noche tuvo fiebre también. ¡Se le escapaban! No había posible venganza
+para aquel traidor. Iría a Madrid, se casaría; tal vez allí recibiría la
+noticia de la muerte de su hija; lloraría un poco; al cabo las caricias
+de su adorada esposa se la harían olvidar. De aquellos amores tan
+largos, tan vivos, no quedaría más que un hombre paseando su dicha por
+Europa, y en Lancia una pobre mujer vieja y triste sirviendo de befa a
+los corrillos de Altavilla. Sus carnes fláccidas temblaron. Los
+instintos vengativos de su raza gritaron furiosos, avasalladores. ¡No,
+no podía ser! Antes arrojarle su hija muerta a los pies, antes clavarle
+un puñal en el corazón.
+
+Ocurriosele una idea singular y terrible: contárselo todo a su marido.
+Ignoraba lo que esto daría de sí, pero por lo pronto provocaría un
+escándalo. D. Pedro era violento, gozaba de gran poder y prestigio.
+¿Quién sabe el destrozo que la bomba podía causar? Cierto que estaba
+paralítico y no podía tomar venganza por su mano; pero ¿no se le
+ocurrirían a aquel hombre tan altivo y puntilloso medios de volver el
+mal que le causaran? Ella caería entre las ruinas, pero caería con gusto
+si el traidor pagaba de algún modo su perfidia.
+
+Después de mucho batallar con este pensamiento, no arriesgándose a hacer
+la confesión de palabra ni a escribirla bajo su firma, remitió a D.
+Pedro, disfrazando la letra, una carta anónima. «La niña que usted ha
+recogido hace seis años es hija de su esposa y de un caballero que
+frecuenta su casa y a quien usted llama su amigo. No le digo a usted el
+nombre. Busque usted y no tardará en hallar al traidor.--_Un amigo
+leal._» Echola al correo y esperó con ansia el efecto que producía.
+
+D. Pedro la recibió delante de ella y la leyó. Su rostro se contrajo
+fuertemente y se cubrió de palidez cadavérica.
+
+--¿Quién te escribe?--preguntó ella con naturalidad.
+
+El maestrante se repuso inmediatamente y, doblando la carta y
+guardándola, respondió haciendo esfuerzos por asegurar su voz, que
+temblaba:
+
+--Nada, un recomendado mío que se queja de que le han dejado cesante...
+¡Ese gobernador! No tiene memoria ni formalidad ninguna.
+
+Inquieta ya y esperando con ansia los acontecimientos se retiró a su
+gabinete. Por la tarde llegó Jacoba con misterio y le entregó un billete
+de parte del conde.
+
+--¿Qué quiere de mí ese hombre?--preguntó sorprendida y en tono
+despreciativo.
+
+--No lo sé, señorita. Escribió la carta en mi casa y allí espera
+contestación.
+
+El billete del conde decía:
+
+«Amalia, sé que nuestra hija se halla en peligro de muerte. Por lo que
+más quieras en este mundo, por la salvación de tu alma, concédeme una
+entrevista. Necesito hablarte. Si esta tarde ya no puede ser, ven mañana
+por la mañana a casa de Jacoba.--Tuyo, _Luis_.»
+
+--¡Tuyo! ¡tuyo!--murmuró con amarga sonrisa.--Has sido mío, sí, pero has
+cambiado de dueño. Te costará caro.
+
+--¿Llevo contestación, señorita?
+
+Quedó pensativa unos momentos; dio algunas vueltas por la estancia,
+completamente abstraída; se acercó al balcón y miró por los cristales.
+Al fin dijo, volviéndose a medias y con gran sequedad:
+
+--Bueno, iré mañana a la hora de misa.
+
+--Me ha preguntado con grandísimo interés por la niña.
+
+--Dile que sigue lo mismo.
+
+Marchose la entremetida, y ella permaneció largo rato mirando a la
+calle, al través de los cristales, sin verla.
+
+Desde las siete de la mañana del día siguiente estaba Luis aguardándola
+en la casucha de Jacoba. No había allí más que una cocina en la planta
+baja y una salita arriba con alcoba, tan bajas de techo que el conde con
+sombrero tocaba en el cielo raso. En esta salita daba paseos furiosos
+con las manos en los bolsillos, mirando con precaución a cada momento
+por los visillos de la única ventana que tenía. Hasta las nueve no
+acudió la dama. La vio llegar con la mantilla echada por los ojos, el
+devocionario en la mano y el rosario colgado de la muñeca, con el paso
+firme y sosegado, como si viniese a dar algunos encargos a su antigua
+protegida. Cuando oyó su voz en la cocina, le dio un vuelco el corazón,
+se puso a temblar como un azogado y se le borraron por completo las
+palabras que tenía preparadas.
+
+--¿Cómo está usted, conde?--dijo ella con gran naturalidad al entrar,
+tendiéndole una mano.
+
+--Bien, ¿y tú?
+
+Levantó la cabeza como sorprendida de oírse tutear y respondió mirándole
+fijamente:
+
+--Perfectamente.
+
+--¿Y la niña?
+
+--Algo mejor.
+
+Despejose al oír esto la fisonomía del caballero. Brilló un rayo de
+alegría en sus ojos y dijo tomando de la mano a su ex-querida y
+atrayéndola hacia el pobre sofá de paja que allí había.
+
+--Sentémonos, Amalia. Aunque sea un atrevimiento por mi parte, te ruego
+que me permitas seguir tuteándote cuando estemos solos... Yo no olvido,
+no podré olvidar jamás cuántas horas de dicha te debo, cuánta felicidad
+has vertido en mi vida triste y monótona. Tú me has revelado lo más
+dulce y más íntimo que existía en mi corazón sin que yo lo sospechase
+siquiera. Para tí han sido los primeros impulsos de mi alma. Sólo tú has
+penetrado hasta ahora en ella, la has sondeado y conoces sus
+melancolías, sus flaquezas, y sus ternura. Si me separo de ti, si digo
+adiós a nuestro amor, no creas que es porque he dejado de estimarlo:
+obedezco solamente a una ley de la naturaleza que nos empuja a todos a
+crear una familia. No tengo en el mundo más que a mi madre, una pobre
+anciana que muy pronto me dejará solo... No debe parecerte mal que
+quiera formar un hogar y poseer un heredero de mi nombre y mis
+títulos... Además, el grito de la conciencia me perseguía...
+
+El conde, regocijado con la mejoría de la niña, se mostraba expansivo y
+más locuaz que de costumbre, sin poder ocultar la felicidad que le
+embargaba, pensando que todo estaba arreglado a medida de sus deseos.
+Josefina dichosa al lado de su madre; él dichoso al lado de Fernanda;
+Amalia resignada y tributándole siempre un cariño dulce y cada día más
+acendrado.
+
+Ésta le miraba con cierta curiosidad burlona. Cuando terminó, dijo
+sonriendo benévolamente:
+
+--Sobre todo desde la noche en que viste a Fernanda con aquel precioso
+vestido descotado, ese grito debió de hacerse insoportable.
+
+El conde sonrió también, avergonzado.
+
+--No lo creas, Amalia; siempre he sentido remordimientos. Claro está que
+al hacerse uno viejo ve las cosas con más claridad. Mi barba ya blanquea
+por varios sitios, como estás observando. Lo que en un joven puede
+disculparse como locura, como expansión irremediable del fuego que corre
+por las venas, en un viejo se llama crimen. El amor, a la edad en que yo
+estoy, no debe tapar con sus alas la luz de la razón, y si la tapa
+merezco el calificativo de insensato. Mi resolución podrá sernos amarga
+a los dos. A mí me lo es mucho; me cuesta trabajo desprenderme de una
+pasión que a fuerza de tiempo casi se ha convertido en costumbre.
+Existe, además, por desgracia, entre los dos un lazo imposible de romper
+por completo. El Destino ha hecho nacer del fango de nuestro pecado una
+flor hermosa, una cándida azucena. Apartemos el crimen de su frente: ya
+que ha sido engendrada por un amor ilegítimo, no la manchemos con
+nuestra conducta vituperable. Hagámonos dignos de ella viviendo como
+cristianos.
+
+--Está muy bien todo eso. Sólo siento que ese curso de doctrina
+cristiana haya venido tan tarde y haya coincidido con la llegada a esta
+población de tu antigua novia. Porque parece así como si tuvieras
+olvidado por completo el catecismo, y ella viniese a refrescarte la
+memoria. Pero, en fin, en eso no debo meterme porque no me concierne.
+El resultado es que te casas. Haces bien. El hombre está mal solo, y
+cuando halla una compañera digna, como tú has hallado, no debe perder la
+ocasión. Fernanda es una buena muchacha; segura estoy de que te hará
+feliz. Tendréis muchos hijos y, después de una vida larga y dichosa,
+iréis al cielo.
+
+Sorprendiole a Luis aquella resignación y no pudo menos de sentir alguna
+inquietud.
+
+--¿Y tú serás también feliz?--le preguntó tímidamente.
+
+--¿Yo?... ¡Qué importa que yo sea feliz o desgraciada!--dijo alzando los
+hombros con ademán desdeñoso.
+
+--¡No digas eso, Amalia! La felicidad no es la locura a que nos
+entregamos durante siete años. Había un dejo amargo en ella que yo
+percibía hace tiempo, y que tú no tardarías en percibir. Una vida pura y
+digna, la tranquilidad de la conciencia, la estimación de las personas
+honradas te darán más contento que la pasión culpable... Además, tienes
+lo que yo no tengo... tienes a tu lado un ángel, un lirio tierno y
+fragante que embalsamará tu existencia.
+
+--¡Ah, sí, Josefina!... Efectivamente, ella será la que me ha de
+proporcionar los únicos buenos ratos que pasaré en adelante.
+
+Lo dijo con una inflexión de voz tan extraña, tan aguda y estridente,
+que Luis sintió un escalofrío.
+
+--¿Qué quieres decir con eso?
+
+--Lo que he dicho; que por fortuna tengo a Josefina para resarcirme.
+
+--¡Es que lo dices de un modo tan raro!
+
+La valenciana dejó escapar una risita singular que salía allá del fondo
+de la garganta y sonaba de modo siniestro. Luis la miraba fijamente,
+cada vez más inquieto.
+
+--¡Pero qué tonto eres, Luis! ¡pero qué retontísimo! El egoísmo ha
+puesto tales cataratas en tus ojos que no ves ni lo que tienes delante.
+Si tuvieses veinte años, esa inocencia podría quizás inspirarme lástima;
+a tu edad no me inspira más que risa y desprecio. Pensar en que cuatro
+palabrillas insolentes sobre la moral y la conciencia bastarían a
+obligarme a aceptar satisfecha la humillación que me impones; suponer
+que yo, a quien si no conoces debieras conocer, voy a consentir que me
+arrojes como un trapo sucio, que me arrastres como una cautiva enamorada
+a los pies de Fernanda para que le sirva de almohadón cuando suba a tu
+lecho, es el colmo de la estupidez y la fanfarronería. ¿Por qué no me
+pides también que sea tu madrina de boda?
+
+El conde la contemplaba con los ojos dilatados, expresando la ansiedad y
+el espanto.
+
+--De modo que lo que me han dicho de los martirios que haces pasar a
+nuestra hija ¿es cierto?
+
+--¡Y tan exacto! Y aún no los sabes por completo... Mira, voy a
+referírtelos todos para que no te llames a engaño...
+
+Y con palabra breve, incisiva, con una cruel satisfacción que se le
+traslucía en la voz, puso delante de su vista el cuadro espantoso de las
+miserias y dolores que la desgraciada criatura había padecido en los
+últimos meses. Aquel cuadro era infinitamente más aterrador que el que
+le había exhibido María la planchadora. El conde, pálido, desencajado,
+sin hacer el más leve movimiento, parecía la estatua de la
+desesperación. Al poco rato se tapó la cara con las manos y así escuchó
+hasta el fin.
+
+--¡Oh, qué infame! ¡oh, qué infame!--murmuró sordamente.
+
+--Sí, muy infame, pero aún espero serlo más. ¿Has oído todas estas
+infamias? Pues no son nada en comparación con las que haré.
+
+--¡No las harás tal, malvada!--profirió Luis levantándose y
+abalanzándose a ella.--Antes te ahogaré con mis manos.
+
+La valenciana se escapó hacia la puerta.
+
+--¡Si das un paso más, grito!
+
+--¡Oh, infame, infame!--volvió a exclamar con voz profunda el conde.--¡Y
+Dios consiente sobre la tierra estos monstruos!
+
+Dio unos pasos atrás y se dejó caer nuevamente sobre el sofá. Apoyó los
+codos sobre las rodillas y metió la cabeza entre las manos. Al cabo de
+largo silencio la levantó diciendo:
+
+--Bueno, ¿y qué exiges de mí?
+
+Amalia dio un paso para acercarse.
+
+--Lo que ya debes de suponer, si es que te queda un poco de sentido
+común. No exijo que nuestras relaciones continúen, porque a los términos
+a que hemos llegado no es posible: sería tanto como mendigar tu amor, y
+tengo demasiado orgullo para ello. Pero no quiero que ni tú ni esa mujer
+os quedéis riendo de mí; no quiero servir de befa a los que conocen
+nuestras relaciones, que son todos los que frecuentan la casa. Exijo,
+pues, como condición para que la niña vuelva a ser lo que era que rompas
+inmediatamente con Fernanda y no te acuerdes más de ella.
+
+--¡Pero Amalia!--exclamó con acento dolorido.--Bien comprendes que es
+imposible. Mi boda está concertada; lo sabe ya todo Lancia: Fernanda me
+espera en Madrid; faltan muy pocos días...
+
+--Aunque faltase un minuto. Esa boda no se celebrará. Si te casas con
+Fernanda, tu hija pagará el agravio en la forma que ya sabes.
+
+--¡Oh! Yo lo impediré. Daré parte a la autoridad. Pediré el depósito de
+la niña.
+
+--Eso es hablar por hablar, Luis--replicó con calma y sonriendo
+Amalia.--Las autoridades de Lancia son hechura de Quiñones. Nadie osará
+declarar una palabra contra mí.
+
+--Se lo referiré todo a D. Pedro.
+
+--No te creerá; y si te creyese, ¿qué adelantarías? En vez de impedir mi
+venganza, como es la suya también, me ayudará.
+
+Hubo un largo silencio. El conde meditaba con la frente apoyada en la
+mano. De pronto se alzó violentamente y se puso a dar agitados paseos
+murmurando:
+
+--¡No puede ser! ¡no puede ser!
+
+La valenciana le seguía con la vista. Al cabo, dijo dando un paso hacia
+la puerta:
+
+--Adiós.
+
+El conde la detuvo con un gesto.
+
+--Espera.
+
+Amalia permaneció inmóvil, con la mano en el marco de la puerta,
+clavándole una mirada penetrante.
+
+El conde siguió paseando todavía algunos momentos sin hacer caso de
+ella.
+
+--Está bien--dijo con voz enronquecida, parándose;--no se efectuará el
+matrimonio. Tú me dirás lo que debo hacer.
+
+Su rostro demudado revelaba la calma de la desesperación.
+
+--Es necesario que escribas una carta a Fernanda despidiéndote.
+
+--La escribiré.
+
+--Ahora mismo.
+
+--Ahora mismo.
+
+Amalia se asomó a la escalera y pidió a Jacoba recado de escribir. Como
+no había allí mesa, lo puso sobre la cómoda. El conde se acercó y se
+dispuso a escribir de pie. Amalia también se acercó.
+
+--Es esto lo que quiero que le escribas--dijo presentándole un papel.
+
+Era el borrador de la carta. El conde pasó la vista por él.
+
+«Mi buena amiga Fernanda:--decía--He querido que te fueses para decirte
+por escrito lo que de palabra sería superior a mis fuerzas. No puedo ser
+tuyo. No necesito explicarte las razones porque tú las adivinarás.
+Quisiera amarte bastante para sobreponerme a todo y huir contigo. Por
+desgracia o por fortuna, hay cosas que pesan en mi corazón más que tu
+amor. Perdóname el haberte engañado y procura ser feliz, como lo desea
+tu mejor amigo--_Luis_.»
+
+Trazó los renglones de esta carta con mano trémula. Antes de terminar,
+algunas lágrimas asomaron a sus ojos.
+
+
+
+
+XV
+
+Josefina duerme.
+
+
+El noble maestrante fácilmente dio con el autor de su deshonra. Así que
+leyó el anónimo y se recobró del susto, sus sospechas fueron a parar al
+conde de Onís. No otra cosa le empujó a ello que el parecido, que ahora
+advertía claramente, entre éste y la niña recogida. Por lo demás, o
+porque su excesivo orgullo le vendase los ojos, o porque Amalia había
+sabido tenerle engañado, jamás advirtió entre ellos más que una fría y
+ceremoniosa amistad que nada tenía de ofensiva. El mismo orgullo detuvo
+el curso de sus pensamientos amargos con esta consideración: ¿Por qué
+dar asenso a lo que el anónimo decía? ¿Por qué no suponer que se
+trataba de una vil calumnia con que algún enemigo quería envenenar su
+existencia? Mas el dardo había entrado tan profundamente en su corazón
+que no podía arrancárselo. Todas las consideraciones que su deseo le
+sugería no bastaban a destruir la gran certidumbre que, sin saber cómo,
+se le había colado de rondón en el cerebro. Algunos pormenores, que
+habían pasado para él inadvertidos, adquirieron de pronto alto relieve,
+se alzaron como antorchas encendidas para guiarle. El principal de todos
+era, como es natural, la enfermedad de su esposa coincidiendo con la
+aparición de la niña. Recordaba la extraña tenacidad con que se opuso a
+que subiese médico alguno a verla; luego el mimo, los cuidados
+exquisitos que se prodigaron a la criatura. Acudieron también a su
+memoria aquellas visitas que en otro tiempo hizo su esposa a la Granja
+con pretexto de escoger algunas plantas. Ninguna circunstancia quedó,
+referente a la amistad del conde y al hallazgo de la niña, que no
+revolviese y pesase en su pensamiento.
+
+Tornose silencioso y meditabundo. La mirada dura de sus ojos hundidos se
+posaba con insistencia en Amalia siempre que ésta entraba en su
+habitación. En diferentes ocasiones se hizo traer la niña con cualquier
+pretexto y la contempló largamente, tratando de descifrar en los rasgos
+de su fisonomía el enigma de su existencia. Amalia observaba todo esto,
+y leía tan perfectamente en el cerebro de su esposo como en un libro
+abierto.
+
+--¿Cuándo se casa Luis?--le preguntó un día en tono afectadamente
+distraído el maestrante.
+
+--Dicen que aún tardará algún tiempo. Necesita arreglar no sé qué
+asuntos antes de irse a Madrid--respondió con la mayor tranquilidad.
+
+--¿Continúa en la Granja?
+
+--Siempre. No viene más que alguna que otra vez por la tarde, según me
+ha dicho un día que le hallé en la tienda de Barrosa.
+
+Justamente a la noche siguiente apareció en la tertulia el conde.
+
+--¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado ya de la Granja?--le preguntó D.
+Pedro, clavándole una mirada penetrante.
+
+--Definitivamente, no. Tengo el coche abajo, y me vuelvo a dormir.
+
+--Se aburre usted allí, ¿verdad?--le preguntó D. Cristóbal Mateo.
+
+--Por el día no. Estoy muy entretenido con los trabajos del campo, el
+molino, los bichos, etc. ¡Pero las noches se hacen tan largas!...
+
+Luis venía solamente por ver a su hija. Amalia no se lo permitió hasta
+que la niña estuvo medianamente repuesta. Volvió a vestirla como antes
+y le devolvió los fueros que tenía. Pero no el cariño. El encanto se
+había roto.
+
+Porque Luis la aborrecía: estaba sometido a la fuerza. Con aquella
+pasión ardorosa, con aquel amor lleno de misterio y placer se había
+unido también la afición a la criatura. Pero los martirios que su cólera
+insensata le había hecho padecer abrió entre ellas un abismo. Josefina
+jamás amaría a su verdugo. La pobre niña, vestida con ricos trajes,
+vagaba sola por el palacio de Quiñones, sin hallar en nadie ternura.
+Amalia huía, de ella. Los criados, avergonzados de sus malos tratos y
+pesarosos de aquel repentino cambio, que elevaba de nuevo a la expósita
+sobre ellos, no le dirigían la palabra. El largo martirio sufrido y la
+terrible enfermedad con que terminó habían dejado huellas profundas en
+su semblante. Su rostro pálido se trasparentaba como el nácar. En torno
+de los ojos persistía aquel círculo oscuro, negro, de agitación y dolor.
+El conde sentía apretarse su corazón cada vez que la veía. Costábale
+trabajo retener las lágrimas.
+
+Amalia no dio noticia a su amante del imprudente anónimo que había
+dirigido a Quiñones. Temiendo, por la actitud de éste, algún grave
+acontecimiento, resolviose a despistarle, ya que volverle la calma no
+era posible. El partido que mejor le pareció fue apartar las sospechas
+de Luis y encaminarlas hacia Jaime Moro. Era el único que por su edad,
+figura y posición podía aparecer como un amante verosímil. Principió por
+tratarle, en presencia de D. Pedro, con particular afecto,
+distinguiéndole de los demás tertulios de modo harto visible. Dirigíale
+miradas y sonrisas significativas; gustaba de ponerse detrás de su silla
+cuando estaba jugando al tresillo, y embromarle; llamábale a cada
+instante con cualquier pretexto y le retenía a su lado largos ratos
+hablándole en secreto, acercando más de la cuenta el rostro al suyo. No
+era tan fácil como puede parecer seducir a Moro, aunque sólo fuese en la
+apariencia. Nada tenía de arisco; al contrario, gozaba justa fama de
+caballeroso y galante con las damas. Pero cuando las damas se hacían
+incompatibles con el billar o el tresillo no lo había más grosero y
+cerril en seis leguas a la redonda. Amalia le mortificaba infinitamente
+reteniéndole cuando los tresillistas le aguardaban. Entonces no
+respondía acorde a sus preguntas, sonreía por máquina y dirigía
+frecuentes y codiciosas miradas a la mesa donde sus compañeros gozaban
+ya las dulzuras de alguna vuelta con palo de favor.
+
+--Moro, siéntese usted aquí; vamos a charlar un rato.
+
+Moro temblaba: se le venía el mundo encima. Tomaba asiento al lado de la
+dama con una cara larga, larga, que no daba idea cabal de la pasión que
+debía arder en su pecho.
+
+El maestrante había hecho poco caso de aquellos apartes, de las
+preferencias y las sonrisas insinuantes de su esposa. Les miraba con
+ojos distraídos, sin venírsele a la mente ninguna sospecha, preocupado
+enteramente con la verdadera pista. Sin embargo, al cabo de algunos
+días, tanto insistió Amalia y tan buena maña se dio, que el noble
+caballero principió a fijarse en aquellos signos y a darles algún valor.
+La valenciana sintió el placer del triunfo. Sus cálculos iban camino de
+realizarse. Y para dar impulso poderoso y decisivo a su enredo,
+ocurriosele en el momento una treta peregrina. Se hallaba sentada en un
+rincón, teniendo a su lado a Jaime Moro, bien a la vista de D. Pedro.
+Moro, distraído como siempre. La esposa de Quiñones necesitaba hacer
+prodigios de habilidad para sostener la conversación, le sonreía, le
+mimaba, le envolvía en una red de palabras melosas, que acentuaba
+fuertemente con la sonrisa a fin de llamar la atención de D. Pedro.
+
+--¿Qué es eso? ¿Está usted mirando mi brazalete?
+
+Moro no había reparado en él.
+
+--Es muy lindo--se apresuró a decir por complacencia.
+
+--Ha pertenecido a mi madre. Tiene más mérito de lo que parece. Este
+retrato, que es el de mi abuela, está hecho de mosaico... vea usted.
+
+Al mismo tiempo levantó la mano. Moro lo contempló con afectada
+admiración.
+
+--Repárelo usted bien.
+
+Y la alzó aún más, poniéndosela cerca de los ojos. Observando con el
+rabillo del ojo que don Pedro la miraba, todavía la alzó un poquito,
+hasta rozar con ella los labios del joven. Pero en aquel instante la
+retiró bruscamente con vivo ademán. Moro quedó estupefacto.
+Involuntariamente dirigió la vista hacia D. Pedro, y notando que éste le
+clavaba una mirada fría y penetrante, se puso colorado hasta las orejas.
+Amalia se levantó y se fue al salón, como si quisiera disimular su
+turbación.
+
+Fue grande la que se apoderó del orgulloso maestrante con el secreto que
+pensó sorprender. Sus ideas experimentaron violenta sacudida. Agitado
+por mil sospechas contrarias, dominado por una cólera furiosa, movía
+entre sus trémulas manos las cartas, sin pensar en ellas, imaginando
+horribles venganzas contra su esposa y contra el...
+
+¿Contra quién? ¿Cuál era el traidor? La duda encendía aún más su rabia.
+
+Lo que había visto era bien concluyente. Y, sin embargo, su pensamiento
+no podía apartarse del conde de Onís. Contra el testimonio de sus
+propios ojos alegaba el instinto, una voz interior que le señalaba sin
+cesar a su enemigo.
+
+Apareció éste en la tertulia. Saludó fríamente a Amalia y se fue derecho
+al gabinete; pero Manuel Antonio le retuvo tirándole por el faldón del
+frac.
+
+--¿Dónde vas, Luis? Ven aquí, muchacho; no te nos enfrasques tan pronto
+en el juego. Mira, aquí María Josefa y Jovita han estado disputando toda
+la noche sobre la fecha de tu matrimonio. Yo les he dicho: «No disputéis
+más. Si viene hoy Luis, es tan amable que de seguro os lo ha de decir.»
+
+--Pues las has engañado--respondió el conde aproximándose al grupo.
+
+--¿Tan grosero te has vuelto?
+
+--No es grosería, es ignorancia. Estas señoritas saben muy bien que las
+cosas no se realizan nunca como y cuando queremos. Si yo les dijese
+ahora una época y resultase otra, pensarían que había tratado de
+burlarme de ellas.
+
+Apesar de los esfuerzos que hacía por sonreír, el semblante del conde
+reflejaba tristeza infinita. Su voz salía apagada y enronquecida.
+
+--¡No, no! ¡Nada de eso!--exclamó riendo Jovita.--Díganos usted un día
+cualquiera, que aunque luego resulte otro, pensaremos que no ha sido por
+su voluntad.
+
+--Bueno, pues mañana.
+
+--¡Eso tampoco!--gritaron ambas solteronas alborozadas.
+
+--No son ustedes fáciles de contentar. ¿Qué día quieren que me case?
+Señálenlo ustedes.
+
+El conde no había dicho una palabra a nadie de la ruptura de su
+matrimonio. La innata debilidad de su carácter le obligaba a callar una
+noticia que muy pronto había de difundirse. Tenía miedo a la curiosidad
+pública, a las preguntas, a que en el rostro le adivinasen las causas de
+tal resolución. Y temblaba y se entristecía profundamente cada vez que,
+como ahora, le tocaban este punto.
+
+Hasta entonces no se había traslucido nada. Creíase en la ciudad que de
+un día a otro se iría a Madrid a reunirse con su futura. Sin embargo,
+Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de todos sus contemporáneos,
+había olido algo. Y con la tenacidad y el disimulo de una Isabel de
+Inglaterra, principió a recoger noticias y a atar cabos de tal modo que
+a la hora presente andaba muy cerca de la verdad.
+
+--Muy triste te veo estos días, Luisito--le dijo bruscamente.--Más que
+de matrimonio tienes cara de testamento.
+
+El conde se turbó y no supo más que contestar sonriendo forzadamente:
+
+--El matrimonio es un paso muy serio.
+
+Trató de marcharse, pero Manuel Antonio volvió a retenerlo. A todo
+trance quería dar con la clave del enigma, saber de un modo positivo lo
+que sospechaba. Y ayudándose de María Josefa, que sabía mejor que él a
+qué atenerse, mantuvo alerta la conversación algún tiempo sobre el
+escabroso tema. Luis estaba en brasas. Dirigía frecuentes miradas hacia
+el sitio de Amalia, como reclamando lo que estaba obligada a concederle.
+Levantose al fin la dama, se asomó a la puerta y tornó a sentarse. A los
+pocos momentos apareció el rostro pálido y suave de Josefina. Paseó sus
+ojos tristes por la sala, y a una seña de su madrina dirigió sus pasos
+al gabinete. Al cruzar por detrás del conde, volviose éste a medias y le
+echó una mirada rápida y ansiosa, que no pasó inadvertida a la sagacidad
+de sus interlocutores. La niña levantó sus ojos hacia él, brillando con
+sonrisa feliz. Fue un choque magnético que hizo arder súbito toda la
+alegría de su corazón infantil. Los tertulios la llamaron, trataron de
+retenerla; pero ella, obedeciendo la orden de su madrina, siguió hasta
+el gabinete. Pocos momentos después se oyó la voz áspera de Quiñones.
+
+--¿No está el conde de Onís por ahí? ¿Cómo no entra?
+
+--Allá voy, D. Pedro--se apresuró a responder Luis, contento de
+separarse de aquel enfadoso grupo.
+
+Al entrar en el gabinete se produjo, en menos tiempo del que puede
+tardarse en referirla, una terrible escena que puso en conmoción y
+espanto a toda la tertulia. D. Pedro estaba con las cartas en la mano y
+lo mismo Jaime Moro y D. Enrique Valero. Saleta, que hacía el cuarto,
+hablaba con el capellán sentado detrás de él. En torno de la mesa había
+tres o cuatro personas de pie mirando el juego. Cerca del noble
+maestrante se hallaba Josefina con los bracitos cruzados esperando su
+bendición para irse a la cama.
+
+Al entrar el conde, Quiñones le lanzó una rápida mirada escrutadora,
+clavó enseguida otra de profundo odio en la niña y dijo con sonrisa
+sarcástica:
+
+--Ah, ¿quieres la bendición?... Toma la bendición.
+
+Y le dio de revés un tremendo bofetón que la hizo rodar por el suelo,
+soltando sangre por boca y narices. Luis sintió aquella bofetada en sus
+mejillas. Huyó repentinamente de ellas toda la sangre y quedó densamente
+pálido. Y por un impulso ciego, superior a su voluntad, gritó fuera de
+sí:
+
+--¡Eso es una vileza! ¡Una cobardía!
+
+Y aun trató de lanzarse sobre él. Pero le detuvieron. D. Pedro gritaba
+mientras tanto a grandes voces, loco de furor:
+
+--¡Por fin caíste! ¡Por fin caíste, perro!
+
+Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del asiento y lanzarse sobre el
+ladrón de su honra, consiguiolo a medias, y cayó al fin de nuevo,
+privado de sentido, torciendo la boca.
+
+Los tertulios se habían levantado todos y acudieron al gabinete. Las
+señoras gritaban aterradas. Los hombres preguntaban a los de dentro lo
+que ocurría. El conde de Onís paseó una mirada de extravío por ellos, se
+dirigió al sitio donde yacía Josefina, alzola del suelo y, con ella en
+brazos, trató de abrirse paso. Amalia se le puso delante.
+
+--¿Adónde va usted?
+
+Y quiso arrancarle la niña. Pero Luis extendió la mano, agarró a la
+valenciana por los cabellos y, después de sacudirla tres o cuatro veces
+con fuerza, la arrojó lejos de sí y se lanzó a la puerta del salón.
+
+Bajó la escalera a saltos, salió a la calle, donde esperaba el coche, y
+brincando en él con su preciosa carga dijo al cochero:
+
+--¡A escape, a la Granja!
+
+El pesado vehículo rodó con estrépito por las calles mal empedradas. No
+tardó en salir a la carretera.
+
+La luna brillaba en lo alto del firmamento. De vez en cuando, grandes
+nubes espesas, flotantes tapaban su disco, pero al instante volvía a
+lucir. En las regiones superiores de la atmósfera soplaba un viento
+huracanado. Abajo parecían reinar el silencio y la paz.
+
+Josefina no salía de su desmayo. El conde le limpiaba con su pañuelo la
+sangre. Después trataba de reanimarla imprimiendo largos, apasionados
+besos en su rostro de alabastro.
+
+Al fin se entreabrieron sus ojos, contempló con extraña fijeza al conde
+y relampagueó en ellos una dulce sonrisa.
+
+--¿Eres tú, Luis?
+
+--Sí, vida mía, yo soy.
+
+--¿Adónde me llevas?
+
+--Donde tú quieras.
+
+--Llévame lejos, ¡muy lejos!... Llévame a tu casa... Llévame aunque no
+me des de comer. Estando contigo no me importa morir.
+
+El conde la apretó contra su seno y la cubrió de besos.
+
+--Sí, sí, a mi casa vas--exclamó mientras las lágrimas bañaban sus
+mejillas.--De allí no saldrás ya nunca, porque para arrancarte
+necesitarán antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina, voy a decirte
+una cosa. Procura entenderla. Haz un esfuerzo y lo conseguirás... Yo soy
+tu padre... Los señores de Quiñones te han recogido en su casa... pero
+yo soy tu padre... ¿lo entiendes?
+
+--Sí, Luis, te entiendo.
+
+--Te han recogido, porque yo soy tan malo que te he entregado a ellos
+en vez de tenerte conmigo.
+
+--Ahora no te entiendo, Luis. Tú no eres malo. Tú eres bueno y me
+quieres.
+
+--Sí, hija de mi alma, te quiero más que a mi vida... Perdóname.
+
+--Yo también te quiero a tí... ¡A ellos no! Antes quería a madrina, pero
+ahora no... ¡Me ha pegado tanto! ¡Si supieras!... Me mordía, me arañaba,
+me arrastraba por el suelo, mandaba a Concha que me azotase con la
+ballena, me ataba con una cuerda como a los perros...
+
+--¡Calla, calla, que me matas!--profirió Luis sollozando.
+
+--¡No llores, Luis, no llores!... ¿Ves cómo eres bueno? Estás llorando
+por mí.
+
+--¡No he de llorar por tí si eres mi hija! Llámame padre... ¡Yo soy tu
+padre! ¿Lo sabes, lo sabes?
+
+--Sí, lo sé... Tú eres mi padre y yo soy tu hija... Tengo sueño...
+Déjame dormir sobre tu pecho.
+
+Y dejó caer sobre él la cabecita blonda. Inclinó la suya el conde para
+darle un beso en la frente y sintió sus labios abrasados por el calor de
+la fiebre.
+
+Gozó la criatura algunos momentos de sueño letárgico. Corrían de vez en
+cuando por su tierno cuerpo vivos estremecimientos. Despertó al fin
+dando un grito.
+
+--¡Luis, que me llevan!... ¡Míralos, míralos... ahí están!
+
+Sus ojos expresaban un terror pánico.
+
+--No, hija, no; son los árboles del camino que extienden sus ramas hacia
+nosotros.
+
+--¿No ves a D. Pedro que me amenaza? ¿No oyes lo que me está diciendo?
+
+--Sosiégate, mi alma; es el mugido del viento.
+
+--Tienes razón. Ya se fueron. ¡Mira cómo brilla la luna! ¡Mira qué
+campos tan hermosos y cuántas flores!... Un palacio de cristal...
+Delante hay una niña jugando con un gatito blanco... ¡Qué precioso!...
+Es más bonito que el Rojo... Déjame jugar con ella, Luis...
+
+--Jugarás cuanto quieras, y te compraré un gatito y una palomita blanca
+que venga a comer a tu mano.
+
+--No, no quiero que gastes dinero. Estoy contenta con que no me separes
+de ti.
+
+--Nunca ya. Vivirás conmigo siempre, porque eres mi hija. Duerme, mi
+vida.
+
+--¡Otra vez la oscuridad!... ¡Ya vuelve! ¡Échalos, Luis, échalos, por
+Dios! ¡Que me agarran!
+
+--No temas; estás conmigo... Mira la luna otra vez... ¿Ves cuánta
+luz?... Duérmete, corazón.
+
+--Es verdad... ya veo los campos llenos de flores... ya veo el gatito
+blanco... La niña no está... ¿Dónde se fue, Luis?
+
+--Está en mi casa, esperándote para jugar. Estamos muy cerca ya.
+Duérmete.
+
+--Sí, Luis, voy a dormir. Tú me lo mandas, ¿no es cierto? Yo debo
+obedecerte porque soy tu hija... Tengo frío... Apriétame más.
+
+Apretola más y más contra su pecho. Josefina se durmió al fin. El
+carruaje rodaba por la carretera desierta al través de los campos
+esclarecidos por la luz de la luna. Las nubes volaban también dispersas
+por los aires. El viento mugía sordamente a lo lejos. Los árboles
+comenzaban a agitar sus penachos.
+
+Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis inclinó la cabeza para
+despertar a la niña; pero al darla un beso sintió en sus labios el frío
+de la muerte. Alzola vivamente, sacudiola con fuerza varias veces,
+llamándola a gritos.
+
+--¡Josefina!... ¡Hija! ¡hija! ¡hija!... ¡Despierta!
+
+La blonda cabeza de la niña se doblaba a un lado y a otro como una
+azucena que tuviese quebrado el tallo.
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of El maestrante, by Armando Palacio Valdés
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MAESTRANTE ***
+
+***** This file should be named 30425-8.txt or 30425-8.zip *****
+This and all associated files of various formats will be found in:
+ http://www.gutenberg.org/3/0/4/2/30425/
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
+produced from scanned images of public domain material
+from the Google Print project.)
+
+
+Updated editions will replace the previous one--the old editions
+will be renamed.
+
+Creating the works from public domain print editions means that no
+one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
+permission and without paying copyright royalties. Special rules,
+set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
+copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
+protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project
+Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
+charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
+do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
+rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
+such as creation of derivative works, reports, performances and
+research. They may be modified and printed and given away--you may do
+practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
+subject to the trademark license, especially commercial
+redistribution.
+
+
+
+*** START: FULL LICENSE ***
+
+THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
+PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
+
+To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
+distribution of electronic works, by using or distributing this work
+(or any other work associated in any way with the phrase "Project
+Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
+Gutenberg-tm License (available with this file or online at
+http://gutenberg.org/license).
+
+
+Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
+electronic works
+
+1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
+electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
+and accept all the terms of this license and intellectual property
+(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
+the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
+all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
+If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
+Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
+terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
+entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
+
+1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
+used on or associated in any way with an electronic work by people who
+agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
+things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
+even without complying with the full terms of this agreement. See
+paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
+Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
+individual work is in the public domain in the United States and you are
+located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
+copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
+works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
+are removed. Of course, we hope that you will support the Project
+Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
+freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
+this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
+the work. You can easily comply with the terms of this agreement by
+keeping this work in the same format with its attached full Project
+Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.
+
+1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
+what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in
+a constant state of change. If you are outside the United States, check
+the laws of your country in addition to the terms of this agreement
+before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
+creating derivative works based on this work or any other Project
+Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning
+the copyright status of any work in any country outside the United
+States.
+
+1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
+
+1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate
+access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
+whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
+phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
+Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
+copied or distributed:
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
+from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
+posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
+and distributed to anyone in the United States without paying any fees
+or charges. If you are redistributing or providing access to a work
+with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
+work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
+through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
+Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
+1.E.9.
+
+1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
+with the permission of the copyright holder, your use and distribution
+must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
+terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked
+to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
+permission of the copyright holder found at the beginning of this work.
+
+1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
+License terms from this work, or any files containing a part of this
+work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
+
+1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
+electronic work, or any part of this electronic work, without
+prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
+active links or immediate access to the full terms of the Project
+Gutenberg-tm License.
+
+1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
+compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
+word processing or hypertext form. However, if you provide access to or
+distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
+"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
+posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
+you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
+copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
+request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
+form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
+License as specified in paragraph 1.E.1.
+
+1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
+performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
+unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
+
+1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
+access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
+that
+
+- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
+ the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
+ you already use to calculate your applicable taxes. The fee is
+ owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
+ has agreed to donate royalties under this paragraph to the
+ Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments
+ must be paid within 60 days following each date on which you
+ prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
+ returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
+ sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
+ address specified in Section 4, "Information about donations to
+ the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."
+
+- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
+ you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
+ does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
+ License. You must require such a user to return or
+ destroy all copies of the works possessed in a physical medium
+ and discontinue all use of and all access to other copies of
+ Project Gutenberg-tm works.
+
+- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
+ money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
+ electronic work is discovered and reported to you within 90 days
+ of receipt of the work.
+
+- You comply with all other terms of this agreement for free
+ distribution of Project Gutenberg-tm works.
+
+1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
+electronic work or group of works on different terms than are set
+forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
+both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
+Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
+Foundation as set forth in Section 3 below.
+
+1.F.
+
+1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
+effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
+public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
+collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
+works, and the medium on which they may be stored, may contain
+"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
+corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
+property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
+computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
+your equipment.
+
+1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
+of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
+Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
+Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
+liability to you for damages, costs and expenses, including legal
+fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
+LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
+PROVIDED IN PARAGRAPH F3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
+TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
+LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
+INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
+DAMAGE.
+
+1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
+defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
+receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
+written explanation to the person you received the work from. If you
+received the work on a physical medium, you must return the medium with
+your written explanation. The person or entity that provided you with
+the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
+refund. If you received the work electronically, the person or entity
+providing it to you may choose to give you a second opportunity to
+receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy
+is also defective, you may demand a refund in writing without further
+opportunities to fix the problem.
+
+1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
+WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
+WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
+
+1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
+warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
+If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
+law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
+interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
+the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
+provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
+
+1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
+trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
+providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
+with this agreement, and any volunteers associated with the production,
+promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
+harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
+that arise directly or indirectly from any of the following which you do
+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ http://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
diff --git a/old/30425-8.zip b/old/30425-8.zip
new file mode 100644
index 0000000..3f67b65
--- /dev/null
+++ b/old/30425-8.zip
Binary files differ
diff --git a/old/30425-h.zip b/old/30425-h.zip
new file mode 100644
index 0000000..8ccf45b
--- /dev/null
+++ b/old/30425-h.zip
Binary files differ
diff --git a/old/30425-h/30425-h.htm b/old/30425-h/30425-h.htm
new file mode 100644
index 0000000..eb77c3b
--- /dev/null
+++ b/old/30425-h/30425-h.htm
@@ -0,0 +1,14246 @@
+<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN"
+"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd">
+
+<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es">
+ <head>
+<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" />
+<title>
+ The Project Gutenberg eBook of El maestrante, por Armando Palacio Valdés.
+</title>
+<style type="text/css">
+ p {margin-top:.75em;text-align:justify;margin-bottom:.75em;text-indent:2%;}
+
+.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:800;}
+
+.cab {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:800;font-size:110%;margin:3% auto 5% auto;}
+
+ h1,h2 {text-align:center;clear:both;}
+
+ h3 {margin-top:15%;text-align:center;clear:both;}
+
+.top5 {margin-top:5%;}
+
+.top15 {margin-top:15%;}
+
+ hr {width:50%;margin:10% auto 2% auto;clear:both;color:black;border:3px double black;}
+
+ hr.full {width:100%;margin:5% auto 5% auto;border:4px double gray;}
+
+ table {line-height:1.5em;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;font-weight:800;}
+
+ body{margin-left:10%;margin-right:10%;background:#fdfdfd;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;}
+
+a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
+
+ link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
+
+a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;}
+
+a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;}
+
+.poem {margin: 3% auto 3% 33%;white-space:nowrap;text-indent:0%;}
+</style>
+ </head>
+<body>
+
+
+<pre>
+
+The Project Gutenberg EBook of El maestrante, by Armando Palacio Valdés
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: El maestrante
+
+Author: Armando Palacio Valdés
+
+Release Date: November 8, 2009 [EBook #30425]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MAESTRANTE ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
+produced from scanned images of public domain material
+from the Google Print project.)
+
+
+
+
+
+
+</pre>
+
+<hr class="full" />
+
+<h2>EL</h2>
+
+<h1>MAESTRANTE</h1>
+
+<h3 class="top5">NOVELA</h3>
+
+<p class="cb">POR</p>
+
+<h2>D. ARMANDO PALACIO VALDÉS</h2>
+
+<p class="cb top15">MADRID<br />
+TIPOGRAFIA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ<br />
+IMPRESOR DE LA REAL CASA<br />
+Libertad, 16 duplicado.<br />
+1893</p>
+
+<hr />
+
+<h3>ÍNDICE</h3>
+
+<table summary="indice"
+cellspacing="0"
+cellpadding="0">
+<tr><td align="right"><a href="#I">I</a></td><td>&mdash;La casa del maestrante</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#II">II</a></td><td>&mdash;El hallazgo</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#III">III</a></td><td>&mdash;La cita</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#IV">IV</a></td><td>&mdash;Historia de aquellos amores</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#V">V</a></td><td>&mdash;Las bromas de Paco Gómez</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#VI">VI</a></td><td>&mdash;Las señoritas de Meré</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#VII">VII</a></td><td>&mdash;El aumento del contingente</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#VIII">VIII</a></td><td>&mdash;El vino de Fernanda</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#IX">IX</a></td><td>&mdash;La mascarada</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#X">X</a></td><td>&mdash;Cinco años después</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#XI">XI</a></td><td>&mdash;La cólera de Amalia</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#XII">XII</a></td><td>&mdash;La justicia del barón</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#XIII">XIII</a></td><td>&mdash;El martirio</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#XIV">XIV</a></td><td>&mdash;La capitulación</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#XV">XV</a></td><td>&mdash;Josefina duerme</td></tr>
+</table>
+
+
+<hr />
+<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3>
+
+<p class="cab">La casa del maestrante.</p>
+
+
+<p>A las diez de la noche eran, en toda ocasión,
+contadísimas las personas que
+transitaban por las calles de la noble
+ciudad de Lancia. En las entrañas mismas del
+invierno, como ahora, y soplando un viento del
+noroeste recio y empapado de lluvia, con dificultad
+se tropezaba alma viviente. No quiere esto
+decir que todos se hubiesen entregado al sueño.
+Lancia, como capital de provincia, aunque no
+de las más importantes, es población donde ya
+en 185... se había aprendido a trasnochar. Pero
+la gente se metía desde primera hora en algunas
+tertulias y sólo salía de ellas a las once para cenar
+y acostarse. A esta hora, pues, solían tropezarse
+algunos grupos resonantes que caminaban
+a toda prisa resguardados por los paraguas;
+las señoras rebujadas en sendos capuchones
+de lana, alzando las enaguas con la mano
+que les quedaba libre; los caballeros envueltos
+en sus pañosas o <i>montecristos</i>, los pantalones
+enérgicamente arremangados, rompiendo el silencio
+de la noche con el áspero traqueteo de las
+almadreñas. Porque en aquella época eran muy
+pocos todavía los que desdeñaban este calzado
+patriótico y confortable. Tal cual pollastre que
+por haber estado en Valladolid estudiando medicina
+se creía por encima de estas ruindades y alguna
+que otra damisela melindrosa que afectaba
+el no saber andar con ellas.</p>
+
+<p>De coches no había que hablar, pues sólo existían
+tres en la población, el de Quiñones, el de
+la condesa de Onís y el de Estrada-Rosa. Este
+último era el único que no alcanzaba el medio
+siglo de antigüedad. Cuando cualquiera de las
+tres carrozas salía a la calle, rodeábala un enjambre
+de chiquillos y seguíanla buen trecho en testimonio
+de incondicional entusiasmo. Los vecinos
+en lo interior de sus moradas distinguían, por
+el estrépito de las ruedas y el chasquido de las
+herraduras, a cuál de los magnates mencionados
+pertenecía. Eran, en suma, tres instituciones venerandas
+que los hijos de la ciudad sabían amar y
+respetar. Contra la lluvia que cae sobre ella más
+de las tres cuartas partes del año no se conocían
+entonces otros preservativos naturales que el paraguas
+y las almadreñas. Poco después vinieron
+los chanclos de goma y recientemente también
+se introdujeron los impermeables con capuchón,
+que trasforman en ciertos momentos a Lancia
+en vasta comunidad de frailes cartujos.</p>
+
+<p>El viento soplaba más recio en la travesía de
+Santa Bárbara que en ningún otro paraje de la
+población. Esta vía, abierta entre el palacio del
+obispo y las tapias de un patinejo de la catedral,
+donde viene a caer la cadena del pararrayos, pasa
+a su terminación por debajo de un arco y forma
+lóbrego recodo en que el huracán se encalleja y
+clama y se lamenta en noches tan infernales como
+la presente.</p>
+
+<p>Un hombre embozado hasta los ojos atravesó
+velozmente la plazoleta que hay delante de la
+morada de los obispos y entró en este recodo.
+La fuerza del huracán le detuvo, y la lluvia, penetrando
+entre el embozo de la capa y el sombrero,
+le privó de la vista. Resistió unos instantes
+a pie firme la violencia de la ráfaga, y en vez
+de soltar alguna interjección enérgica, que nunca
+fuera más al caso, dejó escapar un suspiro de
+angustia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, Jesús mío, qué noche!</p>
+
+<p>Se arrimó a la pared, y cuando el viento sosegó
+sus ímpetus siguió su camino. Pasó por debajo
+del arco que comunica el palacio con la catedral
+y entró en la parte más desahogada y esclarecida
+de la travesía. Un reverbero de aceite
+engastado en la esquina servía para iluminarla
+toda. El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secundado
+por la gran mariposa de hoja de lata, para
+enviar alguna claridad a los confines de su jurisdicción.
+Pero, más allá de diez varas en radio,
+nada hacía sospechar su presencia. Sin embargo,
+a nuestro embozado debió parecerle una lámpara
+Edison de diez mil bujías, a juzgar por el cuidado
+con que se subió aún más el embozo y la
+prisa con que abandonó la acera para caminar
+ceñido a la tapia del patio en que las sombras se
+espesaban. Salió en esta guisa a la calle de Santa
+Lucía, echó una rápida mirada a un lado y a
+otro, y corrió de nuevo al sitio más oscuro. La
+calle de Santa Lucía, con ser de las más céntricas,
+es también de las más solitarias. Está cerrada
+a su terminación por la base de la torre de
+la basílica, esbelta y elegante como pocas en España,
+y sólo sirve de camino ordinariamente a
+los canónigos que van al coro y a las devotas que
+salen a misa de madrugada.</p>
+
+<p>En esta calle, corta, recta, mal empedrada y
+de viejo caserío, se alzaba el palacio de Quiñones
+de León. Era una gran fábrica oscura de fachada
+churrigueresca, con balcones salientes de
+hierro. Tenía dos pisos, y sobre el balcón central
+del primero un enorme escudo labrado toscamente
+y defendido por dos jayanes en alto relieve
+tan toscos como sus cuarteles.</p>
+
+<p>Una de las fachadas laterales caía sobre pequeño
+jardín húmedo, descuidado y triste y
+cerrado por una tapia de regular elevación; la
+otra sobre una callejuela aún más húmeda y sucia
+abierta entre la casa y la pared negra y descascarillada
+de la iglesia de San Rafael. Para
+pasar del palacio a la iglesia, donde los Quiñones
+poseían tribuna reservada, existía un puente
+o corredor cerrado, más pequeño, pero semejante
+al que los obispos tienen sobre la travesía de
+Santa Bárbara. Por la viva claridad que dejaba
+pasar la rendija de un balcón entreabierto advertíase
+que los dueños de la casa no estaban aún
+entregados al descanso. Y si la claridad no lo
+acusara, acusábanlo más claramente los sones
+amortiguados de un piano que dentro se dejaban
+oír cuando los latidos furiosos del huracán lo
+consentían.</p>
+
+<p>Nuestro embozado siguió, con paso rápido y
+ocultándose en la sombra cuanto podía, hasta la
+puerta del palacio. Allí se detuvo; volvió a echar
+una mirada recelosa a entrambos lados de la calle,
+y entró resueltamente en el portal. Era amplio,
+con pavimento de guijarro como la calle,
+las paredes lisas y enjalbegadas de mucho tiempo,
+tristemente iluminado por una lámpara de
+aceite colgada en el centro. El embozado lo
+atravesó velozmente, y sin tirar del cordón de
+la campana pegó el oído a la puerta, y así estuvo
+inmóvil algunos instantes en escucha. Cerciorado
+de que nadie bajaba, tornó a la puerta de la
+calle y enfiló otra mirada por ella. Al fin resolviose
+a abrir el embozo y sacó de debajo de la
+capa un bulto que depositó en el suelo con mano
+temblorosa, cerca de la puerta. Era un canastillo.
+Estaba cubierto con una manta de mujer, lo
+cual impedía observar lo que en él se guardaba,
+aunque bien se presumía. Desde Moisés, los canastillos
+misteriosos parecen destinados a guardar
+infantes. El rebozado, ya desarrebozado,
+tiró tres veces del cordón de la campana, y al
+instante, desde arriba, abrieron por medio de
+otra cuerda. Las tres campanadas indicaba que
+quien entraba en la aristocrática mansión de los
+Quiñones era un noble, un par de los señores.
+Tiempo hacía que se estableciera esta costumbre,
+sin saber cómo. Un menestral, un criado, un
+inferior, por cualquier concepto, no llamaba sino
+con una campanada; las visitas llamaban con
+dos; y la media docena o poco más de personas
+que el linajudo señor de Quiñones consideraba
+sus iguales en Lancia, lo hacían con tres, por
+acuerdo tácito o expreso, que eso nunca se averiguó.
+Murmurábase en la ciudad de tal diferencia:
+los que nunca habían pisado los salones de
+la casa, embromaban a los que a diario los visitaban:
+respondían éstos negando la especie; pero
+aunque secretamente humillados, respetaban la
+feudal costumbre: nadie era osado a dar las tres
+campanadas del segundo estamento. Sólo Paco
+Gómez se aventuró una vez a hacerlo por broma
+o fanfarronada; pero al llegar al salón se le recibió
+con sorpresa y frialdad tan despreciativas,
+que no le quedaron ganas de repetirlo.</p>
+
+<p>El hombre del canastillo se apresuró a entrar
+y cerrar la puerta; atravesó el pórtico y subió
+por la gran escalera de piedra, en cuyos peldaños
+gastados por el uso se rezumaba constantemente
+alguna humedad. Al llegar al piso principal un
+criado se acercó a recogerle la capa y el sombrero.
+Y sin aguardar más, como si alguien le
+persiguiera, lanzose con presurosa planta a la
+puerta del salón y la abrió. La viva luz de las
+arañas y candelabros le ofuscó un instante. Era
+un hombre alto, corpulento, de treinta a treinta
+y dos años de edad, la fisonomía dulce y las facciones
+correctas: gastaba el pelo cortado a punta
+de tijera y la barba luenga, rubia y sedosa. En
+aquel momento su rostro estaba pálido y revelaba
+profunda inquietud.</p>
+
+<p>En cuanto alzó los ojos, que la excesiva claridad
+le obligara a cerrar, enderezó la mirada a
+la señora de la casa, sentada en una butaca. Clavó
+ella a su vez en él otra intensa y ansiosa.
+Fue un choque que dio instantáneo reposo a sus
+fisonomías, como dos fuerzas iguales que se neutralizan.
+El caballero se detuvo a la puerta esperando
+que cruzasen cinco o seis parejas que
+venían girando al compás de un vals, y sus labios
+descoloridos se plegaron con sonrisa tan
+dulce como triste.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué tarde! No pensábamos que usted viniera
+ya&mdash;exclamó la señora alargándole su
+mano fina, nerviosa, que se contrajo tres o cuatro
+veces con intensa emoción al chocar con la
+de él.</p>
+
+<p>Era una mujer de veintiocho a treinta años,
+menuda de cuerpo, el rostro pálido y expresivo,
+los ojos y el cabello muy negros, boca pequeña
+y nariz ligeramente aguileña.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo se encuentra usted, Amalia?&mdash;dijo
+el caballero, sin responder a la exclamación,
+ocultando bajo una sonrisa la ansiedad que a su
+pesar se le traslucía en lo tembloroso de la voz.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy mejor... Muchas gracias.</p>
+
+<p>&mdash;¿No le hará a usted daño este ruido?</p>
+
+<p>&mdash;No... Me aburría mucho en la cama... Además,
+no quería privar a las chicas del único recreo
+que hoy por hoy tienen en Lancia.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas gracias, Amalia&mdash;exclamó una jovencita
+que venía bailando y oyó las últimas palabras
+de la dama.</p>
+
+<p>Ésta le dirigió una sonrisa bondadosa.</p>
+
+<p>Otra pareja que venía detrás chocó con el caballero,
+que continuaba en pie.</p>
+
+<p>&mdash;¡Usted siempre estorbando, Luis!</p>
+
+<p>&mdash;A nadie más que a usted, María Josefa&mdash;respondió
+el joven, riendo con afectación para
+disimular el embarazo que aún sentía.</p>
+
+<p>&mdash;¿Está usted seguro de que a mí sola?&mdash;preguntó
+ella alzando al mismo tiempo su mirada
+maliciosa hacia el caballero que la estrechaba
+en sus brazos.</p>
+
+<p>María Josefa Hevia tenía ya por lo menos cuarenta
+años, y sus quince habían sido casi tan feos,
+pese al refrán, como sus cuarenta. Como no poseía
+tampoco bastante hacienda para restablecer
+el equilibrio, ningún valiente había llegado a redimirla
+del purgatorio de la soltería. Hasta hacía
+poco tiempo todavía halagaba la esperanza
+de que, ya que no un pollo, por lo menos se arrojase
+a pedir su mano alguno de los indianos solteros
+que iban llegando a establecerse en Lancia.
+Fundábala en la tendencia que éstos mostraban
+a contraer matrimonio con las hijas de
+las familias distinguidas de la población, aunque
+no llevasen dote. Pertenecía ella por la línea
+paterna a una de las más ilustres; como que
+era pariente del señor de Quiñones, en cuya casa
+nos hallamos. Pero su padre había muerto, y vivía
+con su madre, mujer de baja estofa, cocinera
+antes de subir al tálamo nupcial de su amo.
+Sea por esto o, lo que es más probable, por la
+bien declarada y proverbial fealdad de su figura,
+tampoco los indianos picaron la carnada del anzuelo.
+Y eso que, con motivo o sin él, solía descotarse
+más de la cuenta para hacer ostensible
+lo que, según voz pública, tenía de menos malo
+en su cuerpo. El rostro era repulsivo, de facciones
+incorrectas, hinchado por la erisipela y desfigurado
+amenudo por algunas llamaradas rojizas
+que le subían a las narices. De sus ilusiones
+femeninas no le quedaba ya más que una, la de
+bailar: era una verdadera pasión: padecía horriblemente
+cada vez que los descuidados pollos
+de Lancia la dejaban comiendo pavo. Pero se
+vengaba tan lindamente de ellos y ellas, poseía
+una lengua tan acerada, que la mayor parte de
+los jóvenes le sacrificaban por lo menos un baile
+en todos los saraos: cuando se descuidaban,
+las mismas muchachas se lo recordaban, temiendo
+las iras de la feroz solterona. Bailaba, pues,
+tanto como la más linda damisela de Lancia,
+por razón opuesta, esto es, por el saludable terror
+que había logrado inspirar. Ella lo sabía,
+y aunque humillada en el fondo del alma, no dejaba
+de aprovecharse, optando por el que consideraba
+menor de los males. Poseía espíritu sagaz
+y malicioso; veía muy bien el ridículo de las
+acciones, narraba con gracia y estaba dotada
+además de un don particular para herir a cada
+persona, cuando se le antojaba, en lo más
+vivo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha llegado ya el conde?&mdash;dijo una voz áspera
+que salía del gabinete contiguo y se sobrepuso
+al tecleo del piano y a las pisadas de los
+bailarines.</p>
+
+<p>&mdash;Sí: aquí estoy, D. Pedro... Voy allá.</p>
+
+<p>El conde dio un paso hacia el gabinete, sin
+apartar la vista de la pálida señora. Ésta le clavó
+otra mirada intensa donde se leía una interrogación.
+Él cerró los ojos afirmando, y pasó a la
+inmediata estancia. Lo mismo ésta que el salón
+estaban amueblados sin lujo. Los próceres de
+Lancia desdeñaban esos refinamientos del decorado,
+hoy tan usuales. No por avaricia, sino por
+entender con razón que su prestigio estribaba,
+más que en la riqueza o suntuosidad de las moradas,
+en el sello de respetable antigüedad que
+poseían, rechazaban en ellas cualquiera innovación,
+lo mismo interna que externa. Los muebles
+envejecían, se deslustraban; las alfombras y cortinas
+se iban rayendo. Los dueños aparentaban
+no fijarse en ello. Sobre todo, D. Pedro Quiñones
+mostraba una negligencia en este punto que
+rayaba en jactancia. Ni los ruegos de su señora,
+ni las indirectas que algún osado, como Paco
+Gómez, solía autorizarse bromeando, le decidían
+jamás a llamar a los pintores y tapiceros. Se adivinaba
+bien que en esta resolución influía el desdén
+con que miraba el lujo desplegado por algunos
+indianos en el mobiliario de sus casas.</p>
+
+<p>El salón, en lo que toca a las dimensiones,
+era soberbio, amplio, elevadísimo de techo; ocupaba
+todos los balcones de la calle de Santa Lucía,
+exceptuando el del gabinete. La sillería antigua,
+pero no imitando formas de siglos remotos,
+como ahora se usa: estaba construida en el
+pasado al gusto de la época, y forrada de terciopelo
+verde ya gastado. La alfombra descubría el
+tejido por varios sitios. De las paredes colgaban
+algunos tapices magníficos. Éste era el lujo de
+la casa. D. Pedro Quiñones poseía una colección
+de gran valor. Solía exhibirlos una vez al año,
+colgándolos de los balcones el día del Corpus
+para el paso de la procesión. Decíase que un
+inglés le había ofrecido por ellos un millón de
+pesetas. Poseía asimismo algunos cuadros antiguos
+de mérito, tan oscurecidos por el tiempo
+que, si una mano hábil no venía pronto a restaurarlos,
+concluirían por desaparecer. Lo único
+nuevo que en el salón había era el piano, comprado
+hacía tres años, poco después de casarse
+en segundas nupcias D. Pedro.</p>
+
+<p>El gabinete, también de gran tamaño, con un
+balcón a la calle de Santa Lucía y dos al jardín,
+estaba peor decorado aún. Grandes cortinones
+de damasco, dos armarios de roble sin espejo, un
+sofá forrado de seda, algunos sillones de vaqueta,
+una mesa redonda en el centro y algunas sillas
+correspondientes al sofá; todo bien manoseado y
+marchito. En torno de la mesa central, y alumbrados
+por enorme quinqué de aceite con pantalla
+verde, estaban tres caballeros jugando al
+tresillo. El dueño de la casa era uno de ellos.
+Tendría de cuarenta y seis a cuarenta y ocho
+años de edad; hacía tres que estaba enteramente
+imposibilitado para moverse, de resultas de un
+ataque apoplético que le paralizó las dos piernas.
+Era corpulento, rostro moreno y facciones bien
+acentuadas, enérgicas; el cabello y la barba, blanqueando
+ya por muchos puntos, fuertes, abundantes,
+encrespados; los ojos negros y hundidos
+de mirar imponente. En su fisonomía había una
+expresión de orgullo y fiereza que ni aun la sonrisa
+amistosa con que acogió al conde de Onís
+pudo extinguir por completo. Estaba reclinado
+más que sentado en una butaca construida adrede
+para facilitarle el movimiento del tronco
+y los brazos, y arrimada a la mesa de lado a fin
+de que le fuese posible jugar y tener las piernas
+extendidas. Aunque en la chimenea ardían algunos
+troncos de leña, se abrigaba con una talma
+de color gris cerrada al cuello con broche de oro.
+Bordada sobre ella, del lado del corazón, había
+una gran cruz roja de la orden de Calatrava. El
+señor de Quiñones prescindía pocas veces de
+esta talma, que le daba aspecto un poco fantástico
+y teatral.</p>
+
+<p>Siempre había sido extravagante en el vestir.
+Su orgullo le impulsaba a buscar el modo de distinguirse
+del vulgo. En varias ocasiones se le vio
+de levita cerrada, sombrero de copa y almadreñas:
+gastaba larga melena, como un caballero del
+siglo diez y siete; vestía amenudo traje de terciopelo
+o pana con botas de montar; usaba botines
+cuando ya nadie se acordaba de ellos, y grandes
+cuellos de camisa vueltos sobre el chaleco, imitando
+la antigua valona. Nunca se vio hombre
+más preciado de su nobleza ni con más afán de
+resucitar el prestigio y los privilegios de que
+aquélla gozaba en siglos pasados. El público
+murmuraba de sus extravagancias y muchos se
+reían de ellas, porque Lancia es una población
+donde abundan los espíritus humorísticos; pero,
+como siempre acontece, este orgullo desmedido
+y feroz había concluido por imponerse. Los que
+con más gracia se burlaban de las rarezas de don
+Pedro eran los que con mayor sumisión y rendimiento
+le quitaban el sombrero así que le veían
+de media legua.</p>
+
+<p>Había vivido en la corte algún tiempo durante
+sus años juveniles, pero no echó raíces en
+ella. Fue gentilhombre con ejercicio y disfrutó
+de las ventajas y preeminencias que su caudal y
+nacimiento le concedían; pero no bastaban a saciar
+aquel corazón henchido de arrogancia. La
+extraña amalgama de la aristocracia de la sangre
+con la del dinero le hería y le irritaba. El respeto
+que se concedía a los hombres políticos y
+que él mismo se veía obligado a tributar por razón
+de su cargo le encendía de ira. ¡Un hijo de
+la nada, un pelagatos pasar por delante de él
+con la cabeza erguida, dirigiéndole una mirada
+indiferente o desdeñosa! ¡A él, descendiente directo
+de los condes soberanos de Castilla! Por
+no sufrirlo y por el amor que profesaba a Lancia
+renunció al empleo y vino a habitar de nuevo
+el churrigueresco palacio en que nos hallamos.
+La soberbia, o por ventura su carácter excéntrico,
+le hicieron cometer, en este período de
+su vida de mayorazgo solterón, mil extravagancias
+y ridiculeces que asombraron y fueron el regocijo
+de la ciudad mientras no llegó a acostumbrarse.
+D. Pedro no salía jamás a la calle
+sin ir acompañado de un su criado o mayordomo,
+hombre zafio, que vestía el traje del labriego del
+país, esto es, calzón corto con medias de lana,
+chaqueta de bayeta verde y ancho sombrero calañés.
+Y no sólo salía con Manín (por este nombre
+era universalmente conocido), sino que le
+llevaba al teatro. Era de ver los dos en un palco
+principal; él, rígido, correcto, paseando su mirada
+distraída por la sala; el criado, con las palmas
+de las manos apoyadas en la barandilla y la
+barba sobre las manos con la atónita mirada clavada
+en el escenario, soltando bárbaras, ruidosas
+carcajadas, rascándose el cogote o bostezando
+a gritos enmedio del silencio. Entraba con él
+en los cafés y hasta le llevaba a los bailes. Manín
+llegó a ser en poco tiempo una institución.
+D. Pedro, que apenas se dignaba hablar con las
+personas más acaudaladas de Lancia, sostenía
+plática tirada con él y admitía que le contradijese
+en la forma ruda y grosera de que era capaz
+únicamente.</p>
+
+<p>&mdash;Manín, hombre, repara que estás molestando
+a esas señoras&mdash;le decía a lo mejor hallándose
+ambos en cualquier tienda.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, bueno; pues si quieren estar a gusto,
+que traigan de casa un jergón y se acuesten&mdash;respondía
+el bárbaro en voz alta.</p>
+
+<p>D. Pedro se mordía los labios para no soltar
+el trapo, porque le hacían extremada gracia tales
+groserías y brutalidades.</p>
+
+<p>Si entraba en un café, Manín se atracaba de
+cuarterones de vino tinto mientras él solía beber
+con parquedad una copita de moscatel. Pero
+siempre pedía una botella y la pagaba, aunque
+la dejase casi llena. Mostrando por esta prodigalidad
+cierta extrañeza un boticario de la población
+con quien alguna vez se dignaba hablar, le
+respondió con fría arrogancia:</p>
+
+<p>&mdash;Pago una botella, porque me parece indecoroso
+que D. Pedro Quiñones de León pida una
+copa como cualquier c...tintas de las oficinas del
+gobierno político.</p>
+
+<p>Causaba asombro también en la ciudad el que
+al saludar a los clérigos en la calle les besase la
+mano, imitando la costumbre de los nobles en
+otros siglos. Este respeto no era más que un medio
+de distinguirse y acreditar su alta jerarquía,
+como todo lo demás. Porque al capellán que tenía
+a su servicio, aunque le besaba la mano en
+público, le trataba como a un doméstico en privado.
+Le guardaba muchas menos consideraciones
+que a Manín. Pero lo que verdaderamente
+dejó estupefacta a la población y se prestó a sin
+número de comentarios y chufletas fue lo que
+D. Pedro hizo, poco después de llegar de Madrid,
+en cierta solemnidad religiosa. Se presentó en la
+iglesia con uniforme blanco cuajado de cordones
+y entorchados, que debía de ser el de maestrante
+de Ronda. Al llegar el momento de la consagración
+en la misa, avanzó con paso solemne
+hasta el medio del templo, que se hallaba libre
+de gente, desenvainó la espada y comenzó a esgrimirla
+sucesivamente contra los cuatro puntos
+cardinales, dando furiosas estocadas y mandobles
+al aire. Las mujeres se asustaron, los
+chiquillos corrieron, la mayor parte de los
+hombres pensó que era un acceso de locura.
+Sólo los más avisados o eruditos entendieron que
+se trataba de una ceremonia simbólica y que
+aquellos mandobles al aire significaban que don
+Pedro estaba resuelto, como caballero profeso
+que era de una orden militar, a batirse con todos
+los enemigos de la fe, en cualquier paraje del
+mundo. El único periodiquito que se publicaba
+entonces en Lancia todos los domingos (hoy
+existen once, seis diarios y cinco semanales) le
+dedicó una gacetilla en que, con no poca gracia,
+se burlaba de él. Sin embargo, tales burlas públicas
+o privadas, como ya se ha indicado, no
+conseguían amenguar el prestigio de que el ilustre
+prócer gozaba en la ciudad. Quien se considera
+de buena fe superior a los seres que le rodean,
+tiene mucho adelantado para que éstos se
+le humillen. Además, D. Pedro, apesar de sus
+ridiculeces, era hombre culto, aficionado a la
+literatura y con pujos de poeta. De vez en cuando,
+y con ocasión de cualquier fausta nueva para
+la patria o familia real, escribía algunas décimas
+o tercetos en estilo clásico, un poco gongorino.
+Aunque algunas personas trataron de persuadirle
+a que los publicase, nunca esto se pudo acabar
+con él. Profesaba tan sincero desprecio a todo
+lo que reflejase el movimiento democrático de
+nuestra era y muy especialmente a los periódicos,
+que prefería tenerlos manuscritos, conocidos
+solamente de un número reducido de amigos.
+Pasaba igualmente por hombre valeroso.
+En Madrid había tenido algunos duelos y en Lancia
+dejó de efectuarse uno entre él y cierto jefe
+político que los progresistas mandaron a esta
+provincia, por la intercesión del obispo y cabildo
+catedral.</p>
+
+<p>Al llegar a los cuarenta años, poco más o menos,
+casó con una señora aristócrata también,
+que habitaba en Sarrió. Murió su esposa al año,
+a consecuencia del parto. Tres años después
+contrajo de nuevo matrimonio con Amalia, dama
+valenciana algo emparentada con él. Apenas se
+conocían. D. Pedro la había visto en Valencia
+cuando ella contaba catorce años. El matrimonio
+que se realizó diez años después pactose por
+medio de cartas, previo el cambio de retratos.
+Se daba por seguro que la voluntad de la novia
+había sido forzada, y aun se decía que durante
+algunos meses se había negado a compartir el
+tálamo con su marido. Todavía más. Se contaba
+en Lancia con gran lujo de pormenores el
+viaje que por consejo de un canónigo hizo don
+Pedro con su esposa para inspirarla confianza y
+acortar, entre las peripecias del camino y la descomodidad
+de las posadas, la distancia moral y
+material que los separaba. Cumplidas las profecías
+del astuto capitular y realizados todos los
+fines del matrimonio, el cielo no quiso sin embargo
+bendecirlo. Poco tiempo después D. Pedro
+experimentó el terrible ataque apoplético
+que le paralizó de medio cuerpo abajo, y desde
+entonces no hubo términos hábiles para la bendición,
+aunque la Providencia estuviese animada
+de los mejores deseos.</p>
+
+<p>&mdash;Nos hace falta un cuarto&mdash;dijo apretando
+con efusión la mano del conde.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, a ver si cambia la suerte... Moro nos
+está llevando el dinero bravamente&mdash;dijo un viejecito
+de cara redonda, fresca, rasurada, el pelo
+blanco y los ojos claros y tiernos. Tenía marcado
+acento gallego. Se llamaba Saleta y era magistrado
+de la audiencia y tertulio asiduo de la
+casa de Quiñones.</p>
+
+<p>&mdash;¡No tanto, Sr. Saleta, no tanto! Sólo gano
+doscientos tantos. Faltan trescientos para desquitarme
+de lo que he perdido ayer&mdash;manifestó
+el aludido, que era un joven de fisonomía abierta
+y simpática.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué no han llamado ustedes a Manín?&mdash;preguntó
+el conde dirigiendo una mirada
+risueña al célebre mayordomo, que, con su calzón
+corto, zapatos claveteados y chaqueta de bayeta
+verde, dormitaba en una butaca.</p>
+
+<p>Las miradas de los tres se volvieron hacia él.</p>
+
+<p>&mdash;Porque Manín es un bruto que no sabe jugar
+más que a la <i>brisca</i>&mdash;dijo D. Pedro riendo.</p>
+
+<p>&mdash;Y al <i>tute</i>&mdash;manifestó el gañán, desperezándose
+groseramente, abriendo una boca de a
+cuarta.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, y al tute.</p>
+
+<p>&mdash;Y al <i>monte</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, hombre, y al monte también.</p>
+
+<p>Y se pusieron a jugar sin hacer más caso de él.</p>
+
+<p>Pero al cabo de un momento volvió a decir:</p>
+
+<p>&mdash;Y al <i>parar</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¿Al parar también?&mdash;preguntó en tono de
+burla el conde de Onís.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor, y a las <i>siete y media</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaya! ¡vaya!&mdash;exclamó aquél distraídamente,
+abriendo el abanico de cartas y examinándolo
+atentamente.</p>
+
+<p>Y siguieron jugando con empeño, absortos y
+silenciosos. El mayordomo les interrumpió de
+nuevo, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Y al <i>julepe</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bueno, Manín, cállate!... No seas majadero&mdash;exclamó
+ásperamente D. Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Manjadero! ¡manjadero!&mdash;masculló el aldeano
+con mal humor.&mdash;Otros hay tan manjaderos;
+pero como tienen dinero no hay quien se
+lo llame.</p>
+
+<p>Y dejó caer de nuevo sus formidables espaldas
+en el sillón, estiró las patas y cerró los ojos
+para roncar.</p>
+
+<p>Los jugadores levantaron la vista hacia don
+Pedro con sorpresa e inquietud. Este la clavó
+colérica en su mayordomo; pero, al verle en
+aquella tan sosegada postura, cambió repentinamente,
+y alzando los hombros y convirtiendo de
+nuevo los ojos a las cartas, exclamó con sonrisa,
+alegre:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué bárbaro! ¡Es un verdadero suevo!</p>
+
+<p>&mdash;¡Alto, Sr. Quiñones, alto!&mdash;dijo Saleta.&mdash;Los
+suevos han acampado solamente en Galicia.
+Ustedes no son más que cántabros... Precisamente
+yo debo saber bien eso...</p>
+
+<p>&mdash;¡Claro! ¡Uzté ze lo zabe too!&mdash;manifestó un
+caballero no tan viejo, si bien pasaría de los cincuenta,
+que entraba a la sazón. D. Enrique Valero,
+magistrado de la Audiencia también, hombre
+de agradable porte, de rostro fino y expresivo,
+aunque extremadamente marchito por la
+vida alegre que había llevado. Como lo denunciaba
+su acento, de lo más cerrado y ceceoso
+que puede oírse, era andaluz y de la provincia
+de Málaga.</p>
+
+<p>&mdash;No lo sé todo, amigo Valero&mdash;repuso con
+calma Saleta;&mdash;pero conozco perfectamente la
+historia de mi país y las particularidades referentes
+a mi familia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo de
+lo zuevo, compañero?</p>
+
+<p>&mdash;Porque mi familia desciende de uno de los
+caudillos más principales que penetraron en la
+provincia de Pontevedra cuando la irrupción,
+según consta de varios documentos que se conservan
+en el archivo de mi casa.</p>
+
+<p>Los jugadores cambiaron una risueña mirada
+de inteligencia con Valero.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ajá!&mdash;exclamó éste entre alegre e irritado.&mdash;Ahora
+rezulta que el amigo Zaleta ez un
+zuevo como una catedral.&mdash;¡Quién lo había de
+penzá, tan rebajuelo y tan chiquitín!</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor&mdash;prosiguió el otro, como si no
+hubiera oído, hablando con lentitud y firmeza.&mdash;El
+caudillo que dio origen a nuestra familia
+se llamaba Rechila. Era hombre al parecer
+feroz y sanguinario. Gran conquistador; extendió
+sus dominios muchísimo, y hasta me parece
+que llegó en sus correrías hasta Extremadura.
+Un día, siendo yo niño, se encontró su corona
+enterrada entre los cimientos de la antigua
+capilla de nuestra casa...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero, hombre! ¡pero, hombre!&mdash;exclamó
+Valero mirándole fijamente con una cómica indignación
+que hizo soltar la carcajada a los
+demás.</p>
+
+<p>Saleta prosiguió imperturbable describiendo
+el hallazgo, la forma, el peso, cada uno de los
+adornos; no se le olvidó un pormenor.</p>
+
+<p>Y Valero mientras tanto no apartaba de él la
+mirada, sacudiendo la cabeza con creciente irritación.</p>
+
+<p>Todas las noches pasaba lo mismo. El descarado
+mentir de su colega provocaba en el magistrado
+andaluz una indignación a veces fingida,
+otras real, que siempre alegraba a la compañía.
+Era tan insólito que un gallego se atreviese a
+bravear de exagerado y embustero delante de un
+andaluz, que éste, herido en su amor propio y en
+los fueros de su país, llegaba en ocasiones a enfadarse,
+dudando si Saleta era un tonto o por tales
+tenía a los que le escuchaban. En realidad el
+magistrado de Pontevedra mentía con tan poca
+gracia y al mismo tiempo con tal firmeza, que
+era cosa de pensar si sería un pícaro redomado
+que se gozaba en impacientar a sus amigos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha dicho uzté que eze antepazao zuyo ha
+llegao a Eztremadura?&mdash;preguntó al fin Valero
+en tono decidido.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor.</p>
+
+<p>&mdash;Pue me parece, compare, que eztá uzté
+equivocao, porque eze zeñó Renchila...</p>
+
+<p>&mdash;Rechila.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, eze Rechila ha ido máz allá, ha corrío
+hazta la provincia de Málaga; pero allí le
+zalío al encuentro una partía de vándalos de la
+cual era jefe uno de miz azcendiente, que ze llamaba
+zi mal no recuerdo... ezpere un poco...
+ze llamaba Matalaoza. Pue bien, ezte Matalaoza,
+que era un tío mu bragao y mu soso, le derrotó
+completamente, le hizo prizionero y le tuvo tirando
+de una noria hazta que ze murió. Todavía
+ze conzervan en lo zótano de caza alguno
+peazo de la maquinita.</p>
+
+<p>D. Pedro, Jaime Moro y el conde de Onís habían
+suspendido el juego y reían sin rebozo alguno.</p>
+
+<p>&mdash;No puede ser. Rechila no ha pasado de Mérida,
+que ha conquistado después de un corto
+asedio&mdash;manifestó Saleta sin turbarse poco ni
+mucho.</p>
+
+<p>&mdash;Dispenze uzté, amigo; en el archivo de mi
+caza hay documentoz que acreditan que el zeñó
+Renchila ha entrao una mijita por la provincia
+e Málaga, y que el zeñó Matalaoza, mi abuelo,
+por la línea de madre, ni pa Dioz quizo deharle
+seguí ma adelante.</p>
+
+<p>&mdash;Permítame usted, amigo Valero; me parece
+que está usted en un error. Ese Rechila debe de
+ser otro. Entre los suevos ha habido varios Rechilas...</p>
+
+<p>&mdash;No zeñó, no... El Rechila que ha derrotao
+mi abuelo era el antepazao de uzté... Eztoy zeguro...
+De la provincia de Pontevedra... Ze le
+conocía enzeguidita por el acento.</p>
+
+<p>Y afectaba gran seriedad al proferir estas frases.
+La alegría de los jugadores era cada vez mayor.
+Saleta, acostumbrado a las burlas de su
+colega, no se amoscaba ni perdía un punto de su
+irritante flema. La desvergüenza de este hombre
+para mentir y sostener luego sus mentiras era
+inaudita.</p>
+
+<p>Cuando vio la inutilidad de seguir disputando,
+atendió nuevamente al juego. Los demás hicieron
+lo mismo, aunque de vez en cuando se les escapaba
+por la nariz el flujo de la risa.</p>
+
+<p>Jaime Moro seguía ganando. Y se mostraba
+alegre y charlatán, comentando cada una de las
+jugadas con prolijidad. Era un guapo joven de
+barba negra recortada, facciones correctas, ojos
+rasgados sin expresión y tez suave y sonrosada.
+Su padre, administrador diocesano que había sido
+en aquella provincia, se murió el año anterior, dejándole
+una regular hacienda, setenta u ochenta
+mil duros, según los bien enterados. Este capital
+en Lancia le hacía un verdadero potentado. No
+hay para qué decir que fue el blanco de todos los
+tiros de las niñas casaderas, su ideal, su sueño
+dorado. Moro parecía poco inclinado al sexo femenino.
+Amaba infinitamente más a Mercurio
+que a Venus. Su afición al juego, a toda clase
+de juegos, era tan desmedida que bien podía decirse
+que su vida entera estaba consagrada a
+ella, que había nacido para jugar. Vivía solo, con
+ama de llaves, criado y cocinera. Levantábase
+de diez a once de la mañana, y después de acicalarse
+se iba a la confitería de D.ª Romana,
+donde hallaba sabrosa compañía que le enteraba
+de todos los cuentos que corrían por la población.
+Así que echaba a un lado esta tarea metíase
+en la trastienda oscura, grasienta, pringosa,
+con un olor a hojaldre que derribaba, y
+sentándose a una mesa que correspondía en un
+todo al decorado del recinto, se ponía a jugar la
+copa de Jerez y los pasteles al dominó con su
+íntimo amigo D. Baltasar Reinoso, uno de los
+muchos propietarios de cuatro o cinco mil pesetas
+de renta que residían en Lancia. A las dos a comer.
+A las tres al Círculo Mercantil a comenzar
+con tres de los indianos, que formaban el núcleo
+de aquella sociedad de recreo, el clásico chapó,
+que se prolongaba ordinariamente hasta las cinco.
+Y vamos corriendo a casa del muy ilustre señor
+deán de la catedral basílica, donde nos espera
+este señor en compañía del maestrescuela y del
+cura de San Rafael para ventilar el tresillo cotidiano.
+Cuando el chapó se prolongaba algo más de
+lo acostumbrado, solía venir un monaguillo al
+Círculo para avisarle de que sus compañeros estaban
+reunidos. Y entonces Moro se apresuraba a
+dar los tres o cuatro tacazos definitivos, y entre
+uno y otro se hacía poner el abrigo por el mozo
+para no perder tiempo, y pagando o cobrando con
+mano nerviosa el saldo de su cuenta, corría desalado
+con la lengua fuera hasta casa del deán. El
+tresillo de éste duraba hasta las ocho. A casa a
+cenar. A las nueve, escapado a la de D. Pedro
+Quiñones, a empalmarlo. Otras noches a la de
+D. Juan Estrada-Rosa a lo mismo. A las doce al
+Casino, donde se reunían unos cuantos trasnochadores
+y jugaban al monte o la lotería un rato.
+Por último, a las dos o las tres de la madrugada
+Jaime Moro caía en su lecho rendido de tan laboriosísima
+jornada, para comenzar al día siguiente
+otra enteramente igual.</p>
+
+<p>Ni se piense que era un joven codicioso. Nada
+de eso. Su liberalidad era conocida y loada por
+toda la ciudad. No le arrastraba a jugar el ansia
+del dinero, sino una decidida y desinteresada
+vocación que se había sobrepuesto en él a todas
+las demás aficiones. Era el suyo un temperamento
+excesivamente activo, sin inteligencia ni
+voluntad para darle un fin serio y útil. En sus
+cortos momentos de ocio aparecía como hombre
+sosegado, indiferente, linfático; pero así que tenía
+las cartas en la mano, o el taco, o las fichas
+del dominó, adquiría su figura brío inusitado,
+el rostro se le mudaba, las manos se estremecían
+como potros refrenados, los ojos expresaban la
+energía recóndita de su alma. Inspiraba generales
+simpatías en la población y las cercanías. No
+había hombre más dulce, más inofensivo en su
+trato. Jamás se le oyó hablar mal de nadie. Los
+que ven siempre la parte negra de las cosas de
+este mundo y el lado flaco de los caracteres, que
+van siendo cada vez más, por desgracia, sostenían
+que si no murmuraba era porque no sabía,
+que era tan bueno porque no podía ser otra cosa.
+¡Como si no hubiera necios perversos! Un defecto
+tenía Moro, hijo de su misma afición. Se
+consideraba insuperable en todos los juegos a
+que se dedicaba. No se le podía negar gran maestría
+en ellos; pero de aquí a no tener rival hay
+mucha distancia, y Moro la salvaba. De esto
+procedían los prolijos, eternos comentarios con
+que sazonaba cada jugada, y que ya habían llegado
+a ser proverbiales en Lancia. Daba un tacazo
+en el billar. Las bolas no rodaban como se
+había propuesto. Se llevaba la mano a la cabeza
+con desesperación.</p>
+
+<p>&mdash;¡Un poquito menos de bola, y la mía hubiera
+entrado por los palos!... Pero me veía obligado
+a tomar mucha bola, para que el mingo
+bajase; porque si no baja el mingo, ¿sabe usted?
+él me hace villa y se mete en casa... ¡Y a mí no
+me conviene eso!</p>
+
+<p>Si los circunstantes asentían, aunque perdiese
+todas las mesas no le importaba nada. Salvada
+su honra profesional, el dinero era lo de menos.
+Vuelta a dar otro tacazo, y vuelta a comentarlo.
+No cesaba de hablar. Pues otro tanto pasaba en
+el tresillo; pero, al revés de lo que suele acaecer
+en este juego, se abstenía de reprender a sus
+compañeros y de mostrarse enojado. Hablaba,
+sí, y mucho; pero siempre para aclarar o glosar
+cualquier jugada, repitiendo infinitamente los
+conceptos en tono elocuente y persuasivo, que
+hacía sonreír a los mirones. «Si no me hubiera
+fallado el rey... Si hubiera tenido un triunfito
+más... No me atreví a dar la bola porque me
+figuré que D. Pedro... ¿Por qué este tres de copas
+no había de ser de oros?... Con dos estuches
+siempre ha tirado una vuelta este cura.» Era un
+compañero ruidoso, pero muy fino y muy desinteresado.</p>
+
+<p>&mdash;Oiga uzté, ¿no va uzté a jugar?&mdash;le dijo Valero,
+metiendo la cabeza por entre los jugadores
+y examinándole las cartas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cree usted que se puede?&mdash;preguntó Moro
+vacilante.</p>
+
+<p>&mdash;A mí me parece que zí.</p>
+
+<p>&mdash;Hay poco de esto y demasiado de esto otro&mdash;repuso,
+señalando discretamente con el dedo
+los naipes.</p>
+
+<p>&mdash;Zin embargo, zin embargo... yo creo...</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, bueno, jugaremos&mdash;replicó Moro
+con su finura acostumbrada.</p>
+
+<p>Aquel juego se perdió. Moro dirigió una mirada
+a sus compañeros y alzó los hombros con
+resignación. En cuanto Valero se apartó un poco,
+apresurose a decir por lo bajo:</p>
+
+<p>&mdash;No quise contrariar a D. Enrique; pero
+aquel juego no se podía ganar.</p>
+
+<p>Vindicada con estas palabras su fama, quedó
+tan alegre como si les hubiera dado una bola.</p>
+
+<p>El conde de Onís, que en un principio se había
+mostrado jaranero, fue quedando poco a poco
+pensativo y amurriado. Jugaba sin atención alguna;
+de tal modo que sus compañeros le llamaron
+al orden más de una vez.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, conde, ¿qué es lo que tiene usted hoy?
+Le veo muy preocupado&mdash;dijo al fin D. Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;En efecto, ze noz ha puezto uzté mu triztón&mdash;corroboró
+Valero.</p>
+
+<p>Viéndose interpelado de este modo brusco, se
+turbó como si temiera que el casco de su cerebro
+fuese trasparente y leyesen dentro.</p>
+
+<p>&mdash;No tiene nada de particular... Me siento
+bastante molesto de las muelas&mdash;respondió, apelando
+a un inocentísimo recurso.</p>
+
+<p>&mdash;Mala enfermedá e, compañero&mdash;dijo Valero.</p>
+
+<p>Y todos le compadecieron y se informaron con
+interés de las particularidades de la dolencia.</p>
+
+<p>El conde se veía apurado y contestaba vagamente
+a las preguntas.</p>
+
+<p>&mdash;Pues contra ese mal, señor conde&mdash;apuntó
+Saleta,&mdash;no hay mejor medicina que el hierro.
+Verá usted... Yo he padecido muchísimo de las
+muelas siendo estudiante. No me atrevía a sacar
+ninguna; pero la patrona que tenía en Santiago
+me convenció de que, atando un bramante
+a la muela y sujetándolo por el otro cabo al techo,
+poco a poco iba saliendo sin dolor. Me senté
+en una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muela
+estaba bien amarrada, la huéspeda tira de la
+silla y me deja colgando. ¡Claro, no tenía más
+remedio que saltar!...</p>
+
+<p>Valero comenzó a sacudir la cabeza de un
+modo desesperado. Los demás le miran y sonríen.
+Saleta no lo advierte, o finge no advertirlo,
+y continúa con la palabra firme y sosegada y el
+acento gallego que le caracterizaban:</p>
+
+<p>&mdash;Después perdí enteramente el miedo. En la
+Coruña me sacó un dentista cinco seguidas.
+Siendo juez en Allariz, tuve un fuerte dolor,
+y como no había dentista, el promotor me sacó
+tres con unas tenacillas de rizar el pelo su señora.
+De resultas de eso me atacó una inflamación
+terrible en la boca, ¿sabe usted? Fui a Madrid,
+y Ludovisi, el dentista de la reina, me quemó
+las encías con un hierro candente y me sacó
+siete buenas...</p>
+
+<p>&mdash;Van quince&mdash;murmuró Valero.</p>
+
+<p>&mdash;Y me quedé perfectamente, hasta que hace
+cuatro años, en un pueblecillo de la provincia de
+Burgos, estando de temporada en casa de un
+amigo, me volvió el dolor, ¡qué dolor! No había
+ni médico, ni cirujano, ni nada. Pero llegó casualmente
+por allí un charlatán que sacaba las
+muelas montado a caballo. Me vi tan apurado,
+que no tuve más remedio que apelar a él; me
+sacó dos con el rabo de una cuchara.</p>
+
+<p>&mdash;¡Compañero, qué rozario!&mdash;exclamó Valero
+en el colmo de la indignación.&mdash;¿Le quea a uzté
+todavía algún novenario en la boca?</p>
+
+<p>Con la algazara que se armó despertose Manín,
+desperezose bárbaramente, abrió una bocaza
+de media vara, dejando escapar un aullido
+formidable, que impresionó al auditorio. Luego
+volvió el ciclópeo torso de medio lado y se dispuso
+a empalmar el sueño.</p>
+
+<p>&mdash;¿A tí no te habrán dolido nunca las muelas,
+eh, Manín?&mdash;preguntó el maestrante, que no
+podía estar un cuarto de hora sin comunicarse
+con su mayordomo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quiá!&mdash;exclamó el gañán sin abrir los ojos
+siquiera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es una roca!&mdash;manifestó el caballero con
+verdadero entusiasmo.</p>
+
+<p>Pero Manín se incorporó un poco en la
+butaca y dijo restregándose los ojos con los
+puños:</p>
+
+<p>&mdash;Nunca tuve más que un dolor en la paletilla.
+Me dio cargando un carro de hierba y me
+duró más de un mes. No probaba bocado. Parecía
+que tenía allá dentro una gafura que me iba
+royendo el cuajo. Se me quebraban las costillas,
+se me hundían los costados, me tiraba a las paredes,
+daba corcovos y regañaba los dientes como
+un basilisco. Estaba tan amarillo como la paja
+segada. Un día me dijo el señor cura:&mdash;Manín,
+tú careces del pecho.&mdash;¡Yo carecer del pecho,
+señor cura! ¡No me conoce usted bien! Apalpe
+aquí por su vida; más recia tengo la entraña
+de lo que usted piensa.&mdash;Pues no hay más remedió,
+Manín, tienes que llamar al mélico.&mdash;Que
+no, señor cura, que no quiero yerbatos ni cataplasmas.&mdash;Que
+sí, Manín, si no lo llamas tú lo
+llamo yo.&mdash;En fin, después de mucho gravitar,
+aunque yo tiraba siempre pa atrás, allá vino don
+Rafael, el mélico de las minas. Me mandó quitar
+hasta la camisa y me tumbó de espaldas sobre
+la masera. Enseguida comienza a darme
+unos golpecicos en el pecho con los nudillos,
+como quien llama a la puerta. Pega aquí, pega
+allá, y ascucha que ascucharás con la oreja arrimada
+a la carne. ¡Na! Yo decía:&mdash;¡Gravita,
+gravita, probiquín! ¡Busca el puzcalabre! Más
+de media hora llamando con los nudillos y ascuchando.
+Hasta que al fin se cansó de no oír na
+que le emportase...&mdash;¡Ay, amigo del alma!&mdash;me
+dijo santiguándose,&mdash;tienes un pecho ¡líquido!
+¡líquido! que en mi vida he visto otro igual...&mdash;Eso
+ya lo sabía yo, D. Rafael...</p>
+
+<p>Al llegar aquí se detuvo repentinamente, y
+paseando una torva mirada por el auditorio,
+masculló sin que le oyesen:</p>
+
+<p>&mdash;¿De qué se reirán estos burros?</p>
+
+<p>Y dejando caer de nuevo la cabeza poblada
+de greñas sobre la butaca, cerró los ojos con soberano
+desprecio.</p>
+
+<p>Los tertulios del maestrante volvieron su atención
+al juego, sin dejar de reír. Pero el conde
+quedó muy pronto pensativo y distraído otra vez.
+Al cabo, no pudiendo reprimir el desasosiego de
+sus nervios, levantose de la silla.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, D. Enrique, ocupe usted mi puesto.
+Este dolor me molesta mucho y necesito moverme.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+<p class="cab">El hallazgo.</p>
+
+
+<p>Cuando el conde puso de nuevo el pie
+en la sala, justamente se disponían
+los pollos a bailar un rigodón. Una
+de las chicas del <i>Jubilado</i> estaba ya delante
+del piano. D. Cristóbal Mateo, a quien apodaban
+de este modo en el pueblo, era un antiguo
+empleado que había servido muchos años
+en Filipinas, y que estaba jubilado hacía ya algunos,
+con treinta mil reales. Tenía porte militar,
+una figura realmente marcial con sus bigotazos
+blancos, ojos saltones, cejas espesas y velludas
+manos. Sin embargo, en todos los dominios
+españoles no existía hombre más civil.
+Había hecho su carrera en las oficinas de Hacienda,
+y toda la vida había profesado ideas contrarias
+al predominio de la milicia. Sostuvo siempre
+que las sanguijuelas del Estado no eran ellos,
+los empleados, sino el ejército y la marina. Para
+demostrarlo aducía datos, exhibía notas sacadas
+del presupuesto, se perdía en divagaciones burocráticas.
+Decía que el presupuesto de guerra
+«era la sangría suelta por donde se escapaban las
+fuerzas vivas de la nación,» frasecilla que había
+leído en el <i>Boletín de Contribuciones Indirectas</i>, y
+que había hecho suya con extremada fruición.
+Llamaba vagos a los soldados y profesaba rencor
+inextinguible a los galones y charreteras.
+Cuando el ayuntamiento de Lancia trató de pedir
+al Gobierno que enviase un regimiento para
+guarnecer la ciudad, se opuso, como concejal,
+tenaz y enérgicamente a ello. ¿A qué traer una
+caterva de zánganos? En cambio de los beneficios
+que la estancia del regimiento podría reportar,
+¡eran tantos los daños! El mercado se encarecería:
+los jefes y oficiales gustaban de tratarse
+bien y llevarse a casa los alimentos más
+caros (¡para el trabajo que les costaba ganarlo!).
+Luego eran todos jugadores y su mal ejemplo
+contagiaría a los jóvenes de la población, que
+fuera de la época de ferias, se abstenían de los
+juegos prohibidos. Como estaban siempre ociosos
+(D. Cristóbal creía firmemente que un militar
+no tiene absolutamente nada que hacer), por
+fuerza habían de pensar en picardías y ruindades.
+En resumen, que el regimiento sería causa
+de perturbación en el pueblo y un elemento corruptor.
+Prevaleció su deseo, aunque no por
+serlo de él, sino porque al ministro de la Guerra
+no le plugó mandar soldados a Lancia, considerando
+quizá la condición mansa de sus habitantes.</p>
+
+<p>Con los treinta mil reales de pensión viviría
+desahogadamente en un pueblo barato como
+aquél, si no fuese porque sus hijas estaban dotadas
+de cierta fantasía poética que las impulsaba
+a preferir los sombreros de Madrid a los
+que hacía Rita, la sombrerera de la calle de San
+Joaquín, y los guantes de ocho botones a los de
+cuatro. Tal privilegiado temperamento era causa
+de frecuentes crisis en el hogar del Jubilado,
+con su cortejo de lágrimas, violentos portazos,
+repentina desgana de comer, etc. En estos terribles
+conflictos, hay que confesar que D. Cristóbal
+no siempre se mantenía a la altura de
+energía y coraje que denotaban sus bigotes y
+sus cejas enmarañadas. Verdad que siempre
+quedaba solo en la pelea. Ni por casualidad se
+dio el caso de que alguna de sus hijas le apoyase.
+Tratándose de asuntos ajenos a la dirección
+rentística de la casa, muchas veces se partían
+las opiniones; algunas hijas se ponían de
+parte de papá contra sus hermanas. Mas en
+cuanto asomaba el problema económico, constantemente
+se veía al Jubilado de un lado y a las
+cuatro hijas de otro. D. Cristóbal, como caudillo
+experimentado, apelaba en estas refriegas a mil
+ardides para derrotar a sus contrarios, o para
+capitular en buenas condiciones. Un día amanecían
+las chicas inspiradas, y pedían botinas
+de tafilete semejantes a las que habían visto a
+tal o cual muchacha de la ciudad, generalmente
+a Fernanda Estrada-Rosa. D. Cristóbal se replegaba
+inmediatamente en sí mismo. Se replegaba
+y meditaba. Por la noche, a la hora de cenar,
+deslizaba en la conversación la noticia de
+que había estado en <i>La Innovadora</i> (zapatería de
+lujo). Le habían dicho que las botas de tafilete
+daban muy mal resultado en Lancia, a causa de
+la humedad. Por otra parte, D. Nicanor (médico
+de la ciudad), que por casualidad estaba allí,
+había manifestado que el tafilete era funesto en
+climas tan fríos y lluviosos, y que por los
+pies se pillaban muchísimas veces los catarros
+que más tarde degeneraban en tisis galopantes,
+etc. Antes, mucho antes de que Mateo
+terminase su diatriba contra el tafilete, se la
+destripaban sus cuatro pimpollos con risas irónicas
+y pesadísimas palabras que dejaban confundido
+y triste al pobre viejo. En otras ocasiones,
+la imaginación acalorada de las niñas exigía
+que vinieran de Madrid unos abrigos muy
+lindos, de los cuales les había dado noticia
+Amalia: D. Cristóbal resistía algún tiempo los
+asaltos, pero viéndose muy apretado, capitulaba
+al fin. Su mente, fecunda en trazas, como la de
+Ulises, le sugería una magnífica para ahorrarse
+la mitad del dinero por lo menos. Se fue a Amalia
+y le rogó que le diese su abrigo por dos o
+tres días, a fin de que una de las modistas del
+pueblo le hiciese otros cuatro iguales. Exigiole,
+por supuesto, absoluto secreto, y la señora
+de Quiñones supo guardarlo. Pero ¡ay! no lo
+guardaron los fementidos abrigos, que al llegar
+muy empaquetaditos de la silla de posta, y al
+ofrecerse a las miradas ansiosas y zahoríes de
+sus cuatro dueños, lo pregonaron muy alto, por
+lo pobre de la ornamentación y lo chapucero del
+cosido.</p>
+
+<p>&mdash;Estos abrigos no están hechos en Madrid&mdash;dijo
+resueltamente Micaela, que era la más nerviosa
+de las cuatro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hija, no desbarres, por Dios! Pues ¿dónde
+habían de estar?&mdash;exclama D. Cristóbal con
+afectada sorpresa, sintiendo cierto calorcillo en
+las mejillas.</p>
+
+<p>&mdash;No sé; pero desde luego se puede asegurar
+que no los han hecho en Madrid.</p>
+
+<p>Y las cuatro ninfas comienzan a dar vueltas
+entre sus ebúrneos dedos a los abrigos, los estudian,
+los analizan con atento cuidado que
+pone en suspensión y espanto a su progenitor.
+Se dirigen miradas significativas, sonríen con
+desprecio, se hablan al oído. Mientras tanto, los
+feroces bigotes del jubilado de Ultramar se erizan,
+se estremecen con leve temblor que se comunica
+a sus labios y de ahí al resto del organismo.</p>
+
+<p>Por fin, aquellas elegantes criaturas sueltan
+las prendas con descuido escarnecedor sobre las
+sillas de la sala y corren a encerrarse en el gabinete
+de Jovita. Cerca de media hora estuvieron
+deliberando secretamente. D. Cristóbal
+aguardaba inquieto y ojeroso, paseando con agitación
+por el corredor como un procesado que
+espera el veredicto del jurado.</p>
+
+<p>Ábrese finalmente la puerta, y el criminal escruta
+con ansia el semblante de los jueces. Éstos
+guardan actitud reservada, y por sus labios
+descoloridos vaga una sonrisa enigmática. Dos
+de ellas se ponen inmediatamente la mantilla y
+los guantes y se lanzan a la calle. Al cabo de un
+rato tornan al hogar trémulas, con la faz descompuesta
+y los ojos centellantes. La pluma se
+resiste a narrar la cruel escena que se produjo
+en la dulce morada del Jubilado. ¡Cuánto grito
+rabioso! ¡cuánto sarcasmo! ¡cuánta carcajada
+histérica! ¡qué manoteo! ¡qué crujir de sillas!
+¡qué exclamaciones tan lamentables! Y enmedio
+de aquel espantoso desorden, de aquel fragor,
+capaz de infundir pavura en el corazón más
+sereno, los cuatro abrigos, causa de tal carnicería,
+desgarrados, convertidos en miserables jirones,
+arrastrándose con ignominia por el suelo
+en pago de su delito.</p>
+
+<p>Fuera de estos sacudimientos periódicos con
+que la sabia naturaleza vigorizaba los nervios
+un poco enervados ya del Jubilado, la existencia
+de éste se deslizaba pacífica y suave. Ni le faltaban
+tampoco muchos y esmerados cuidados.
+Sus hijas se ocupaban a porfía en ponerle todo lo
+necesario a punto y en su sitio: la ropa acepillada;
+las camisas y los calzoncillos oliendo a frescura;
+las corbatas, hechas de vestidos viejos, tan
+flamantes como si saliesen de la guantería; las
+zapatillas en cuanto entraba en casa; el agua
+para lavarse los pies, los sábados; el cigarro al
+acostarse; el vaso de agua con limón a la madrugada,
+etc., etc. Todo marchaba con la regularidad
+dulce y mecánica que tanto placer causa
+a los viejos. Verdad que entre cuatro bien podían
+hacerlo sin molestarse mucho, sobre todo
+teniendo presente que las niñas no siempre estaban
+inspiradas. Sólo a la vista de un sombrero
+caprichoso, o al recibir la noticia de la llegada
+de una compañía dramática, o al anunciarse que
+el Casino daría una reunión de confianza, ardía
+súbito en sus corazones el fuego sagrado de la
+inspiración, despertábanse sus poderosas facultades
+poéticas, y en arrebatado vuelo salían de
+casa y se lanzaban a la de la modista, a la
+guantería, a la perfumería, dejando en todos los
+parajes señales de su agitación y alguna parte
+del peculio profecticio. No aliándose bien los
+arrebatos de la fantasía con la prosa de los pormenores
+de la existencia, éstos sufrían alguna
+alteración. D. Cristóbal en aquellos periodos de
+crisis echaba menos, con pesadumbre, algunos
+retoques. Mas al poco tiempo sosegaban los
+espasmos de las pitonisas y las cosas volvían a
+su ser y la vida seguía el mismo curso ordenado
+y tranquilo. El nombre de aquéllas, por orden de
+edades, era el siguiente: Jovita, Micaela, Socorro
+y Emilita. Eran las cuatro, en apariencia,
+seres insignificantes, ni hermosas ni feas, ni
+graciosas ni desgraciadas, ni muy jóvenes ni
+viejas, ni tristes ni risueñas. Nada había en
+ellas que fijase la atención. No obstante, en el
+seno del hogar el carácter de cada cual se pronunciaba
+y adquiría relieve. Jovita era sentimental
+y reservada; Micaela tenía el genio violento;
+Socorro era la más pava, y Emilita la
+más pizpireta.</p>
+
+<p>Las dos intensas preocupaciones que llenaban
+la vida espiritual de D. Cristóbal Mateo eran la
+reducción del contingente del ejército y el casar
+a sus cuatro hijas, o por lo menos a dos. Lo
+primero llevaba buen camino: de algún tiempo
+atrás venían los políticos más conspicuos inclinándose
+a esa opinión. En cuanto a lo segundo,
+nos duele confesar que no tenía verosimilitud de
+ninguna clase. Ni por sacrificar otras comodidades
+a los trapos, ni por exhibirse sin medida
+al balcón y en los paseos, ni por asistir a los
+saraos de Quiñones con una constancia digna
+de ser premiada, pudieron lograr hasta la hora
+presente los dones preciados de Himeneo. Cuando
+algún imprudente tocaba este asunto en visita,
+todas ellas decían que mientras viviese su
+padre les costaría mucha pena el casarse; que
+les parecía cruel abandonar a un pobre anciano
+que tanto las quería y tanto se sacrificaba por
+ellas, etc... Aquí venía un elogio caluroso de
+las dotes espirituales de D. Cristóbal. Pero éste
+se encargaba inocentemente de desmentirlas,
+mostrando tales ganas de verse abandonado, un
+deseo tan vivo de experimentar aquella crueldad,
+que ya era proverbial en Lancia. Como si
+no bastasen ellas solas a ponerse en ridículo,
+el pobre Mateo las ayudaba eficazmente, metiéndoselas
+por los ojos a todos los jóvenes casaderos
+de la ciudad.</p>
+
+<p>Las ponderaciones que el buen padre hacía del
+carácter, de la habilidad, de la economía y buen
+gobierno de sus hijas no tenían fin. Así que llegaba
+un forastero a Lancia, D. Cristóbal no sosegaba
+hasta trabar conocimiento con él, y acto
+continuo le invitaba a tomar café en su casa y le
+llevaba al teatro a su palco y a merendar al campo
+y le acompañaba a ver las reliquias de la catedral
+y la torre y el gabinete de historia natural;
+todas las curiosidades, en fin, que encerraba
+la población. El público asistía sonriente,
+con mirada socarrona a aquel ojeo, que ya se
+había repetido porción de veces sin resultado.
+La única que logró tener novio durante tres o
+cuatro años fue Jovita. Por eso fue también la
+que se despeñó de más alto. El galán era un
+estudiante forastero que la festejó mientras seguía
+los últimos cursos de la carrera. Terminada
+ésta, partió a su pueblo y, olvidándose
+de sus promesas de matrimonio, lo contrajo con
+una paleta rica. Las demás no habían alcanzado
+este grado excelso de la jerarquía amorosa.
+Inclinaciones vagas, devaneos de quince días,
+algún oseo por la calle; nada entre dos platos.
+Poco a poco se iba apoderando de ellas el frío
+desengaño. Aunque no hubiesen perdido la esperanza,
+estaban fatigadas. Aquel pensamiento
+fijo, único, que las embargaba hacía ya tanto
+tiempo, iba convirtiéndose en un clavo doloroso
+en la frente. Pero D. Cristóbal ni se rendía ni se
+le pasaba por la imaginación el capitular. Creía
+siempre a pie juntillas en el marido de sus hijas,
+y lo anunciaba con la misma seguridad que los
+profetas del Antiguo Testamento la venida del
+Mesías.</p>
+
+<p>&mdash;En cuanto se casen mis hijas, en vez de pasar
+el verano en Sarrió, donde se guardan las
+mismas etiquetas que en Lancia, me iré a Rodillero
+a respirar aire fresco y a pescar robalizas.&mdash;Atiende,
+Micaela, no seas tan viva, mujer...
+Comprende que a tu marido no le han de gustar
+esas genialidades; querrá que le contestes con
+razones...</p>
+
+<p>&mdash;Mi marido se contentará con lo que le den&mdash;respondía
+la nerviosa niña haciendo un gracioso
+mohín de desdén.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y si se enfada?&mdash;preguntaba en tono malicioso
+Emilita.</p>
+
+<p>&mdash;Tendrá dos trabajos: uno el de enfadarse y
+otro el de desenfadarse.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y si te anda con el bulto?</p>
+
+<p>&mdash;¡Se guardará muy bien! ¡Sería capaz de envenenarlo!</p>
+
+<p>&mdash;¡Jesús, qué horror!&mdash;exclamaban riendo las
+tres nereidas.</p>
+
+<p>Aquel marido hipotético, aquel ser abstracto
+salía a cada momento en la conversación con la
+misma realidad que si fuera de carne y hueso y
+estuviera en la habitación contigua.</p>
+
+<p>La que comenzaba ahora a teclear en el piano
+era Emilita, las más musical de las cuatro hermanas.
+Las otras tres estaban ya en pie, cogidas
+a la manga de la levita de otros tantos jóvenes;
+como si dijéramos, en la brecha.</p>
+
+<p>El conde tropezó a los pocos pasos con Fernanda
+Estrada-Rosa que venía de bracero con
+una amiga. Por lo visto no había querido bailar.
+Era la joven que hacía más viso en la ciudad por
+su belleza y elegancia y por su dote. Hija única
+de D. Juan Estrada-Rosa, el más rico banquero
+y negociante de la provincia. Alta, metida en
+carnes, morena oscura, facciones correctas y
+enérgicas, ojos grandes, negrísimos, de mirar
+desdeñoso, imponente; gallarda figura realzada
+por un atavío lujoso y elegante que era el asombro
+y la envidia de las niñas de la población. No
+parecía indígena, sino dama trasportada de los
+salones aristocráticos de la corte.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué elegantísima Fernanda!&mdash;exclamó el
+conde en voz baja, inclinándose con afectación.</p>
+
+<p>La bella apenas se dignó sonreír, extendiendo
+un poco el labio inferior con leve mueca de
+desdén.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo te va, Luis?&mdash;dijo alargándole la
+mano con marcada displicencia.</p>
+
+<p>&mdash;No tan bien como a tí... pero, en fin, voy
+pasando.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nada más que pasando?... Lo siento. A mí
+me va perfectísimamente; no te has equivocado&mdash;repuso
+en el mismo tono displicente, sin mirarle
+a la cara.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo no, siendo en todas partes donde te
+presentas la estrella Sirio?</p>
+
+<p>&mdash;Dispensa, chico, no entiendo de astronomía.</p>
+
+<p>&mdash;Sirio es la estrella más brillante del cielo.
+Eso lo sabe todo el mundo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo no lo sabía... ¡Ya ves, como soy una
+paleta!</p>
+
+<p>&mdash;No es cierto; pero está muy bien la modestia,
+unida a la hermosura y al talento.</p>
+
+<p>&mdash;No; si ya sé de sobra que no tengo talento.
+No te mortifiques en decírmelo.</p>
+
+<p>&mdash;Hija, te acabo de manifestar lo contrario...</p>
+
+<p>En el tono displicente de Fernanda iba entrando
+un poco de acritud. En el del conde,
+pausado, ceremonioso, se advertía leve matiz de
+ironía.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, entonces te he entendido al revés.</p>
+
+<p>&mdash;Algo de eso ha habido siempre.</p>
+
+<p>&mdash;¡Caramba, qué galante!&mdash;exclamó la joven
+empalideciendo.</p>
+
+<p>&mdash;Siempre que has pensado que pudiera decirte
+algo desagradable&mdash;se apresuró a rectificar
+el conde, advertido por el cambio de fisonomía
+de la idea que cruzaba por su mente.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas gracias. Estimo tus palabras como
+se merecen.</p>
+
+<p>&mdash;Harías mal en no estimarlas sinceras...
+Además, no necesito yo decirte lo mucho que
+vales. Eso lo sabe todo el mundo.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, gracias. ¿Te has cansado de
+jugar?</p>
+
+<p>&mdash;Me duelen un poco las muelas.</p>
+
+<p>&mdash;Sácatelas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Todas?</p>
+
+<p>&mdash;Las que te duelan, hijo. ¡Ave María!</p>
+
+<p>&mdash;¡Con qué indiferencia lo dices! ¿A ti no te
+importaría nada, por supuesto?</p>
+
+<p>&mdash;Yo siento siempre los males del prójimo.</p>
+
+<p>&mdash;¡El prójimo! ¡Qué horror! No tenía noticia
+de haber llegado ya a la categoría de prójimo.</p>
+
+<p>&mdash;Qué quieres, chico; los honores vienen
+cuando menos se piensa.</p>
+
+<p>Apesar de lo impertinente y hasta agresivo
+del tono, Fernanda no se movía del sitio, teniendo
+siempre cogida del brazo a la amiguita,
+que no desplegaba los labios. Fijándose un poco,
+se podría observar que la rica heredera estaba
+muy nerviosa. Con el pie daba golpecitos en el
+suelo, apretaba en su mano con vivas contracciones
+el pañuelo y sus labios temblaban de
+modo casi imperceptible. Alrededor de los hermosos
+ojos árabes se marcaba un círculo más
+pálido que de costumbre. Aquel pugilato la interesaba.</p>
+
+<p>El conde de Onís había sido de sus novios el
+que más tiempo había durado. Al aparecer Fernanda
+en sociedad, y aun antes, cuando era
+una zagalita que iba con la criada al colegio,
+produjo su figura, su elegancia y sobre todo la
+amenaza de los seis millones que iban a caer,
+andando el tiempo, en su regazo, una verdadera
+explosión de entusiasmo. No hubo joven más o
+menos gallardo o acaudalado que por iniciativa
+propia o por las insinuaciones de su familia no
+se resolviese a pasearle la calle, a esperarla a la
+salida del colegio, a mandarle cartitas y a decirle
+requiebros en el paseo. De Sarrio, de Nieva y
+de otras poblaciones de la provincia acudieron
+también, con pretexto de las ferias, algunos golosos.
+La niña, ufana con tanto acatamiento,
+embriagada por el incienso, no se daba punto de
+reposo tomando y soltando novios. Era raro el
+galán que duraba más de un par de meses en su
+gracia. En realidad ninguno estaba en posición
+de merecerla. En Lancia y en el resto de la provincia
+no había quien tuviera hacienda proporcionada
+a su dote. Si alguno existía, no estaba
+por su edad habilitado para casarse con tan
+tierno pimpollo. Sería algún indiano averiado
+por los ardores tropicales, o mayorazgo rústico
+y solitario de los que vivían en sus casas solariegas.
+Sin necesidad de que su padre se lo advirtiese,
+la niña comprendía admirablemente que
+ninguno le convenía; pero gozaba coqueteando
+con todos, haciéndose adorar de la juventud laciense.
+Entre ésta existía, sin embargo, un mancebo
+hacia el cual ninguna doncella de la ciudad
+había osado levantar los ojos hasta entonces con
+anhelos matrimoniales. Era el conde de Onís. Por
+su alta jerarquía, más respetada en provincia
+donde se tributa a la nobleza un culto que delata
+al villano y al siervo bajo la levita del burgués,
+por su cuantiosa renta, por el apartamiento de
+su vida y hasta por el misterio y silencio de su
+palacio antiquísimo, parecía habitar en atmósfera
+más elevada, al abrigo de las flechas de
+todas las beldades indígenas.</p>
+
+<p>Pues por ello precisamente nació en el pecho
+de Fernanda un deseo, primero vago, después
+vivo y anhelante, de rendirle. Esto es muy humano
+y sobre todo muy femenino: no necesita
+explicación. En el fondo de su alma, la hija de
+Estrada-Rosa sentíase inferior al conde de Onís.
+Sin embargo, tanta era la lisonja que había escuchado
+en poco tiempo, tan refulgente el brillo
+que esparcía sobre su vida el dinero del papá,
+que bien podía aspirar a hacerle su marido. Si
+no lo pensaba así, al menos figuraba pensarlo
+hablando del conde, por detrás, con cierta displicencia
+y con afectada familiaridad por delante.
+En Lancia, como en todas las capitales pequeñas,
+los muchachos y muchachas solían tutearse.
+El conocerse desde niños y haber acaso jugado
+en el paseo juntos lo autorizaba. El conde
+de Onís jamás había cruzado la palabra con Fernanda,
+aunque la tropezase a cada momento en
+la calle. Sin embargo, cuando se encontraron por
+primera vez en la tertulia de las de Meré, la hermosa
+le soltó un <i>tu</i> redondo y suprimió el título.
+Luis aquí, Luis allá: parecía que iba a comerle
+el nombre. A éste le sorprendió un poco la confianza,
+sin desagradarle. A nadie le duele oírse
+tutear por una linda damisela. Apesar de la naturaleza
+concentrada y tímida del conde y de su
+escasa afición a las mujeres, Fernanda se dio
+maña para hacerle pronto su novio o al menos
+para hacerle pasar por tal a los ojos del público.
+El cual halló tal noviazgo perfectamente justificado.
+En Lancia no había otro marido para Fernanda
+ni otra mujer para el conde. La distancia
+que los separaba era retrospectiva; estaba en los
+antepasados. La población creía que, en gracia
+de la belleza, el dinero y la brillante educación
+de la joven, el conde de Onís se hallaba en el
+caso de olvidar los doscientos gañanes que la habían
+precedido.</p>
+
+<p>Cerca de un año duraron las relaciones. Los
+novios se veían en la tertulia de las señoritas
+de Meré. D. Juan Estrada-Rosa, al decir de sus
+íntimos, se hallaba muy complacido. Varias veces
+se había insinuado con el conde para que entrase
+en la casa; pero éste no le había comprendido
+o había fingido no comprenderle. Fernanda
+se lo propuso con claridad un día. Él se evadió
+como pudo del compromiso. ¿Era timidez? ¿Era
+orgullo? La misma Fernanda no se daba cuenta
+de ello. Pero esta reserva contribuía a encender
+su afección y anhelo. De pronto, cuando menos
+se pensaba, cuando ya el público comenzaba a
+preguntarse por qué se retrasaba la boda, cortáronse
+aquellas relaciones. Se cortaron sin escándalo,
+de un modo diplomático y sigiloso, tanto,
+que hacía ya más de un mes que no existían
+cuando todavía la población no estaba enterada
+y los amigos les seguían embromando. El hecho
+produjo fuerte sensación; se comentó en todas
+las tertulias hasta lo infinito. Nunca se pudo
+averiguar qué había habido, ni aun a cuál de los
+dos correspondió la iniciativa de esta ruptura.
+Si se preguntaba al conde, afirmaba rotundamente
+que Fernanda le había dejado; mas ponía
+demasiado empeño en esta afirmación para que
+no empezara a dudarse de su sinceridad. La heredera
+de Estrada-Rosa, sin manifestar nada en
+concreto, corroboró las palabras de su novio
+con el tono desabrido que usó hablando de él,
+lo mismo que al dirigirle la palabra. Porque siguieron
+tratándose, si no con tanta frecuencia,
+con bastante: ambos acudían a la tertulia donde
+se conocieron. Además, Fernanda, poco tiempo
+después, comenzó a asistir a los saraos de los
+domingos en casa de Quiñones. Pero nunca más
+reanudaron sus rotas relaciones. Los asistentes
+suspendían la respiración y ponían toda su alma
+en los ojos siempre que, como ahora, los antiguos
+novios se tropezaban y departían un rato.
+¿Volverán a las andadas? ¿Habrá, por fin, boda?
+El desengaño venía inmediatamente al observar
+la indiferencia con que se apartaban.</p>
+
+<p>Cuando iba a contestar a las últimas palabras
+de la orgullosa heredera, los ojos del conde, derramando
+una mirada distraída por el salón, tropezaron
+con otros que se le clavaron lucientes y
+celosos. Alargó la mano a su amiga y con sonrisa
+forzada dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué mal me estás tratando, Fernanda!
+Como siempre, por supuesto... Yo, sin embargo,
+ya sabes... el mismo devoto idólatra. Hasta
+ahora.</p>
+
+<p>&mdash;Siento que esa devoción no me cause frío
+ni calor&mdash;replicó ella sin dar un paso para apartarse.</p>
+
+<p>El conde lo dio alzando los hombros con resignación
+y diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Más lo siento yo!</p>
+
+<p>Sorteando las parejas de baile, que ya habían
+comenzado el rigodón, llegó de nuevo adonde
+estaba el ama de la casa. Al lado de ésta se hallaba
+en aquel instante el famoso Manuel Antonio,
+uno de los personajes más dignos de mención
+en la época que estamos historiando. Se le
+conocía tanto por el apodo <i>el marica de Sierra</i>
+como por su nombre.</p>
+
+<p>Esto basta para que sepamos en cierto modo
+a qué atenernos respecto a sus propiedades morales
+y físicas. Manuel Antonio no era joven.
+Frisaría en los cincuenta años, disimulados con
+esfuerzo heroico por toda la batería de afeites conocidos
+entonces en Lancia, que no eran muchos
+ni muy refinados. Una peluca bastante rudimentaria,
+algunos dientes postizos mal montados, un
+poco de negro en las cejas y de carmín en los
+labios, mucho <i>patchoulí</i> y un traje de fantasía
+apropiado para realzar los residuos de su belleza.
+Ésta había sido espléndida; una rara perfección
+de rostro y de talle. Alto, delgado, esbelto,
+facciones correctas, diminutas, cabellos rubios,
+finos, cayendo en graciosos bucles, mejillas sonrosadas
+y voz atiplada. De este conjunto primoroso
+quedaba tan sólo una sombra por donde pudiera
+adivinarse. La enhiesta espalda se había
+abovedado; los hermosos bucles se habían desvanecido
+como un sueño feliz; algunas arrugas indecorosas
+surcaban aquella tersa frente, y la fila
+de perlas, que ostentaba su boca, se había transformado
+en carrera de huesos amarillos, desvencijados,
+que el tiempo había quintado y el dentista
+torpemente sustituido. Por último, aquel
+pequeño bigote sedoso había engrosado notablemente,
+se hizo blanco, cerdoso, indómito; no
+bastaban el tinte y el cosmético a mantenerlo
+presentable. ¡Qué dolor para el hermoso hermafrodita
+de Lancia y también para los amigos
+que le habían conocido en el esplendor de su
+gracia!</p>
+
+<p>El espíritu permanecía tan juvenil como a los
+diez y ocho años. Era el mismo ser apasionado
+y tierno, dulce unas veces, iracundo y terrible
+otras, marchando al soplo de sus caprichos, viviendo
+en lánguida ociosidad. Gozaba tanto las
+delicias del baño, que lo repetía tres y más veces,
+hasta que el agua quedase cristalina como
+al salir de la fuente; amaba las flores, los pájaros;
+no tenía más placer que consultar con el
+cristal del espejo los adornos que le sentarían
+mejor. Los trajes, por atracción irresistible,
+siendo masculinos, se acercaban cuanto era posible
+a la forma femenina. En el invierno gastaba
+talmita corta con broche de oro, y un
+sombrero tirolés de alas reviradas, que le sentaba
+extremadamente bien. En el verano gustaba
+de vestirse trajes de franela blanca bien
+ceñidos, que denunciasen las graciosas curvas
+de sus formas. Las corbatas eran casi siempre
+de gasa, los zapatos descotados, el cuello de
+camisa a la marinera. Por debajo del puño se le
+veía un brazalete. Aunque no fuese más que un
+sencillo aro de oro, este pormenor era lo que
+más llamaba la atención de sus conciudadanos.
+En cuanto se hablaba de Manuel Antonio salía
+el dichoso brazalete a relucir; como si no hubiese
+nada en su interesante figura más digno de
+excitar la curiosidad.</p>
+
+<p>Pero si los años no habían logrado modificar
+en el fondo aquel ser amable y creado para el
+amor, habíanle hecho, sin embargo, más cauto,
+más reservado. Ya no mostraba sus preferencias
+con la ingenuidad de otros tiempos, ni daba
+suelta a los súbitos arranques de su corazón inflamable
+sino después de poner a prueba la lealtad
+del objeto de su ternura. ¡Había padecido
+tantos desengaños en la vida! Sobre todo, al hacerse
+viejo, no sólo experimentó la frialdad de
+sus antiguos amigos, de aquellos que le habían
+dado pruebas inequívocas de cariño, sino, lo
+que es aún más triste, encontrose, sin pensarlo,
+sirviendo de blanco a las chufletas e invectivas
+de los mozalbetes de la nueva generación. Fue
+el hazmerreír de estos procaces jóvenes. Como
+no habían sido testigos de sus triunfos ni conocieron
+su radiante belleza, estaban lejos de profesarle
+el respeto que, apesar de todo, guardaba
+hacia él la antigua generación. No perdonaban
+medio de embromarlo, de vejarlo bárbaramente.
+En cuanto se paraba en la calle de Altavilla o
+entraba en el café de Marañón, ya estaba rodeado
+de una partida de <i>guasones</i>. ¡Cristo, las frases
+que allí se oían! Y como villanos que eran, a
+menudo del juego de palabras pasaban al de
+manos. Esto era lo que en modo alguno podía
+sufrir Manuel Antonio. Que hablasen lo que quisieran.
+Tenía bastante correa, y además un ingenio
+vivo y sutil que recogía admirablemente
+el ridículo y sabía dar en rostro con él a sus
+contrarios. La mayor parte de las veces los que
+iban a «tomarle el pelo» salían muy bien trasquilados.
+Los años, la práctica, le habían adiestrado
+de tal modo en el pugilato de frases incisivas
+que realmente era temible. Tenía la intención
+de un <i>miura</i>. Pero así que aquellos desvergonzados
+pasaban de las palabras a las
+obras tocándole la cara o pellizcándole, ya estaba
+descompuesto, perdía enteramente los estribos
+y no decía cosa intencionada ni siquiera
+razonable. Superfluo es añadir que, conociéndole
+el flaco, todas las bromas terminaban en esta
+forma.</p>
+
+<p>Por lo demás, fuera de aquella maligna intención
+para herir en lo vivo a las personas, en
+lo cual podía competir y aun creemos que aventajaba
+a María Josefa, era un ser útil y servicial.
+Su malignidad, al cabo de todo, era resultado
+de la que a él se le mostraba. Sus habilidades
+muchas y varias. Trabajaba el punto de
+crochet que daba gloria. Las colchas que él hacía
+no tenían rival en Lancia. Arreglaba un altar
+y vestía las imágenes mejor que ningún sacristán.
+Tapizaba muebles, hacía flores primorosas
+de cera, empapelaba habitaciones, bordaba
+con pelo, pintaba platos. Y cuando alguna de
+sus muchas amigas necesitaba peinarse artísticamente
+para asistir a cualquier baile, Manuel
+Antonio se prestaba galantemente a arreglarle
+los cabellos, y lo hacía con la misma destreza y
+gusto que el mejor peluquero de Madrid. ¿Pues
+y cuando cualquiera de sus amigos se ponía enfermo?
+Entonces era de ver el interés, la constancia
+y la suma diligencia de nuestro viejo
+Narciso. Se constituía inmediatamente a la cabecera
+del lecho, tomaba cuenta de las medicinas,
+arreglábale la cama, poníale los vejigatorios
+o las ayudas lo mismo que el más diestro
+practicante. Luego, si la enfermedad por desgracia
+presentaba mal carácter, sabía insinuar como
+nadie la idea de confesión; de tal modo que el
+enfermo, en vez de asustarse, la aceptaba como
+la cosa más natural y corriente. Y en cuanto le
+veía convencido, empezaba a tomar disposiciones
+para recibir a Su Divina Majestad: la dama
+más avezada a recibir gente principal en sus salones
+no le sacaría ventaja. El altarcito con el
+paño almidonado atestado de chirimbolos relucientes,
+la escalera adornada con macetas, el
+suelo alfombrado de hojas de rosas, los criados
+y deudos esperando a la puerta con hachas encendidas
+y enguantados. No se le olvidaba un
+pormenor. En estos momentos críticos el marica
+de Sierra se crecía, adoptaba el continente
+de un general al frente de sus tropas. Todos le
+obedecían y secundaban acatándole por jefe.
+Pues si el enfermo se moría, no hay para qué
+decir que su dictadura se hacía aún más omnipotente.
+Principiando por amortajar el cadáver
+y concluyendo por sacar del juzgado la partida
+de defunción, nada quedaba en las fúnebres ceremonias
+que él no mangonease.</p>
+
+<p>Y como quiera que las más veces había enfermos
+que cuidar, o imágenes que vestir, o amigas
+que peinar o flores que contrahacer, Manuel
+Antonio pasaba la vida bastante atareado. En
+esto y en ir de casa en casa tomando y soltando
+noticias se le deslizaban los días y los años. Habitaba
+con dos hermanas más viejas que él,
+las cuales le cuidaban y mimaban como a un
+niño. Para estas buenas señoras no existía el
+tiempo. Ni veían las arrugas, ni la peluca, ni los
+dientes postizos de su hermano. Manuel Antonio
+era siempre un pollito, un petimetre. Sus trajes,
+sus baños, las horas que empleaba en el tocado
+les hacían sonreír con benevolencia. Mientras
+ellas se quejaban amargamente de los estragos
+que los años iban causando en su figura y su salud,
+pensaban que su hermano había detenido el
+curso de las horas, había hallado un elixir para
+mantenerse eternamente joven.</p>
+
+<p>Manuel Antonio era metódico en sus visitas.
+Había unas cuantas casas a las cuales asistía
+diariamente y siempre a la misma hora. A casa
+de D. Juan Estrada-Rosa iba a las tres, a la
+hora del café; con la condesa de Onís tomaba
+chocolate todas las tardes; por la noche era tertulio
+asiduo de la señora de Quiñones. Había
+otras familias que visitaba también con mucha
+frecuencia. A casa de María Josefa Hevia y de
+las de Mateo solía ir por la mañana, sin detenerse
+mucho, dando una vuelta para enterarles
+de lo que se decía o inspeccionar sus labores.
+Alguna noche iba también a casa de las señoritas
+de Meré.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aquí tenemos al conde!&mdash;exclamó con su
+peculiar entonación afeminada.&mdash;¡Ay, qué condecito
+tan guasón!</p>
+
+<p>&mdash;¿Pues?&mdash;preguntó éste acercándose.</p>
+
+<p>&mdash;Pregúntaselo a Amalia.</p>
+
+<p>La sonrisa que plegaba los labios del noble se
+desvaneció repentinamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo?... ¿Qué tiene que ver?...&mdash;dijo con
+mal disimulada turbación.</p>
+
+<p>También Amalia se turbó. Sus pálidas mejillas
+se colorearon.</p>
+
+<p>&mdash;Hemos estado murmurando de tí. ¡Qué
+traje te hemos cortado, chico!</p>
+
+<p>&mdash;Aquí Manuel Antonio&mdash;profirió Amalia&mdash;decía
+que era usted el perro del hortelano.</p>
+
+<p>&mdash;No; tú eras quien lo decías.</p>
+
+<p>Otra de las particularidades de aquél era el
+tutear a todo el mundo, grandes y chicos, señoras
+y caballeros.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo!&mdash;exclamó la dama.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué soy el perro del hortelano?...
+Sepamos.</p>
+
+<p>&mdash;Pues decía Amalia que ni querías comerte
+la carne ni permitir que la coma D. Santos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos! ¿Quieres callarte, embustero?&mdash;dijo
+la señora, medio irritada, medio risueña,
+dándole un pellizco.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué se habla de D. Santos?&mdash;preguntó un
+caballero muy corto y muy ancho, de faz mofletuda
+y violácea, acercándose al grupo.</p>
+
+<p>El conde y Amalia no supieron qué responder.</p>
+
+<p>&mdash;Se decía que D. Santos tenía pensado llevarnos
+un día a su posesión de la Castañeda y
+darnos un banquete&mdash;manifestó Manuel Antonio
+con desparpajo.</p>
+
+<p>&mdash;No; no era eso&mdash;repuso el hombre rechoncho
+con forzada sonrisa.</p>
+
+<p>&mdash;Sí tal. Amalia sostenía que no eras capaz
+de llevarnos a pasar un día a la Castañeda.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero, hombre, tú te has empeñado en ponerme
+hoy colorada!&mdash;dijo aquélla.</p>
+
+<p>&mdash;Porque soy un buen amigo. Como te veo
+pálida estos días... Bien puedes creerlo, Santos,
+yo tengo mucha mejor idea de tu esplendidez
+que la mayoría del pueblo... No conocéis bien a
+D. Santos, les digo muchas veces a los que sostienen
+que a tí te duele gastar el dinero. Si
+D. Santos no gasta, no obsequia a sus amigos,
+no es por avaricia, sino por indolencia, porque
+no se le presenta ocasión. El hombre es tímido
+de suyo y no es capaz de proponer banquetes ni
+giras; pero que otro le apunte la idea, y veréis
+con qué gusto la acepta...</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, gracias, Manuel Antonio&mdash;murmuro
+D. Santos con la risa del conejo.</p>
+
+<p>Se le conocía el gran temor y molestia que
+le embargaban. Como muchos de los indianos,
+apesar de ser inmensamente rico, tenía fama
+de avariento, y no injustificada. Había llegado
+pocos años hacía de Cuba, donde cargando
+primero cajas de azúcar y luego vendiéndolas
+se enriqueció. Vino hecho un beduino, sin
+noticia alguna de lo que pasaba en el mundo,
+sin saber saludar, ni proferir correctamente una
+docena de palabras, ni andar siquiera como los
+demás hombres. Los treinta años que permaneció
+detrás de un mostrador le habían entumecido
+las piernas. Marchaba tambaleándose como
+un beodo. El color subido de sus mejillas era
+tan característico, que en Lancia, donde pocas
+personas se escapaban sin apodo, lo designaron
+al poco tiempo de llegar con el de <i>Granate</i>. Enmedio
+de su miseria le gustaba dar en rostro con
+las riquezas que poseía. Edificó una casa suntuosísima;
+trajo mármol de Carrara, decoradores
+de Barcelona, muebles de París, etc. Y,
+sin embargo, apesar de las sumas cuantiosas
+que en ella gastó, al saldar la cuenta del clavero
+¡se empeñaba en que descontase del peso el papel
+y las cuerdas en que venían envueltas las
+puntas de París! Cuidadosamente había ido
+guardando en un rincón tales despojos con ese
+objeto. Así que terminó la casa, ocupó el piso
+principal y alquiló los otros dos. Y empezó su
+martirio, un martirio lento y terrible. Las criadas
+y los niños del segundo y tercero fueron sus
+sayones. Si sentía fregar los suelos del segundo,
+poníase de mal humor: la arena desgastaba el
+entarimado. Si veía rayado el estuco de la escalera
+por la mano bárbara de algún chiquillo, se
+le encendía la cólera y murmuraba palabras siniestras
+y amenazas de muerte. Si escuchaba
+cerrarse una puerta con violencia, aquel golpe
+repercutía dolorosamente en su corazón: las bisagras
+se desencajaban, todos los pestillos se
+echaban a perder. En fin, con tal sobresalto vivía,
+que le acometió una pasión de ánimo y comenzó
+a decaer visiblemente. Un su amigo tan
+miserable como él, pero más vividor, le aconsejó
+que dejase la casa y se trasladase a otra. Así
+lo hizo, tornando a la posada que le había albergado
+mientras construyó el palacio.</p>
+
+<p>Pero faltaba a D. Santos el complemento
+obligado de todos los que se enriquecen cargando
+cajas de azúcar en América: le faltaba contraer
+matrimonio con una mujer de categoría,
+joven o vieja, fea o bonita. Ninguno de sus colegas
+aceptó jamás por esposa a una menestrala.
+Granate no podía ser menos que ellos. Al contrario,
+teniendo más dinero que ninguno, lo natural
+es que les aventajase en anhelos poderosos.
+Y fue a poner sus ojos redondos y encarnizados
+en la joven más linda, más rica y más encopetada
+de la ciudad: en Fernanda Estrada-Rosa nada
+menos. El suceso causó admiración y risa en el
+vecindario. Por muy alta idea que en Lancia
+tuviesen del poder del dinero, nadie imaginaba
+que fuese poderoso a realizar semejante empresa.
+¡Casar a la joya de la provincia con este oso
+colorado! A la niña le produjo pasmo e indignación.
+Luego lo tomó a broma. Luego volvió a
+indignarse. Después tornó a reírse. Por fin se fue
+acostumbrando a que Granate la festejase y
+hasta encontró cierta satisfacción de amor propio
+en recibir sus agasajos y en darle toda clase
+de desprecios. Pero él no cejaba. Con la tenacidad
+del abejorro que se empeña en salir por un
+cristal y se estrella cien veces contra el obstáculo,
+las calabazas, los desdenes y hasta las burlas
+no le hacían retroceder más que momentáneamente.
+Al día siguiente volvía como si tal cosa
+a romperse la cabeza contra el desprecio de la
+orgullosa heredera. Pensaba sinceramente que
+el verdadero obstáculo para el logro de sus afanes
+estaba en el conde de Onís. Confesábase que
+Fernanda sentía algún interés por él, o mejor
+dicho por su título, y se propuso ir a Madrid y
+comprar a peso de oro otro para ponerse a la altura
+de su rival. Luego le dijeron que el Papa
+los daba más baratos y cambió de proyecto.
+Mientras tanto se vengaba odiando de muerte al
+gallardo conde, y burlándose, cuando la ocasión
+se presentaba, de su vetusto y deteriorado caserón.
+El conde poseía una gran riqueza en tierras,
+pero sus rentas no podían compararse a las
+del opulento Granate.</p>
+
+<p>&mdash;Y si no, ya veréis el día que se case, ¡qué
+cambio en la población!&mdash;prosiguió Manuel Antonio.&mdash;Tendremos
+banquetes a diario y bailes
+y giras campestres...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero si a Fernanda no le gustan los bailes!&mdash;exclamó
+Emilita Mateo, que bailaba con
+Paco Gómez y daba la espalda al grupo.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no he hablado para nada de Fernanda,
+niña&mdash;repuso el marica en tono severo.</p>
+
+<p>&mdash;Pensé que, tratándose de matrimonio y de
+D. Santos, eso se sobrentendía.</p>
+
+<p>&mdash;Pues no sobrentiendas más y aplícate a bailar
+con Paco, porque, según mis cálculos, durará
+cinco minutos.</p>
+
+<p>Paco Gómez era un joven flaco, flaquísimo,
+alto hasta tropezar en el dintel de las puertas,
+con una cabecita menuda como una patata, el
+rostro tan macilento que parecía, en efecto, caminar
+por el mundo con permiso del enterrador.
+Y con estas propiedades corporales el espíritu
+más humorístico de la población.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ole mi niña!&mdash;exclamó poniéndose en jarras
+frente al marica.&mdash;Lo único por lo que siento
+morirme es por no ver más estos seres preciosos,
+encantadores.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo le cogió con dos dedos la
+barba.</p>
+
+<p>Ya sabemos que Manuel Antonio no podía sufrir
+tales juegos de manos delante de gente.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, pajalarga, quieto&mdash;exclamó poniéndose
+serio y rechazándole.</p>
+
+<p>&mdash;¿Que no eres precioso? Pero, hombre, ¡si
+eso salta a la vista!... ¡Miren ustedes qué boca!
+¡miren, por Dios, qué caída de ojos!... ¡miren qué
+nacimiento de pelo!</p>
+
+<p>Y quiso de nuevo tocarle la cara; pero Manuel
+Antonio lo rechazó con ímpetu dándole un fuerte
+empujón.</p>
+
+<p>&mdash;¡Caramba, qué severo está hoy Manuel Antonio!&mdash;dijo
+el conde de Onís.</p>
+
+<p>&mdash;No importa&mdash;repuso Paco Gómez dejando
+escapar un suspiro.&mdash;Manos blancas no ofenden.</p>
+
+<p>En aquel momento le tocaba hacer una figura
+del rigodón y se alejó con Emilita.</p>
+
+<p>María Josefa, que bailaba más lejos, se acercó
+un instante con su pareja, que era un teniente
+del batallón de Pontevedra.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos, D. Santos, no sea usted cruel!
+¿Por qué no va usted a hacer compañía a Fernanda,
+que está allí sola?</p>
+
+<p>En efecto, la amiguita de la rica heredera había
+hallado pareja para el baile. Fernanda se
+sentó y permanecía seria y pensativa.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí; debes ir, Santos&mdash;manifestó Manuel
+Antonio.&mdash;Repara que la chica ha dejado una
+silla vacía a su lado... No puede insinuarse de
+modo más claro.</p>
+
+<p>Al decir esto hizo un guiño al conde. Éste
+confirmó tales palabras.</p>
+
+<p>&mdash;Yo creo que es hasta un deber de cortesía...</p>
+
+<p>Granate le echó una mirada torva y preguntó
+sordamente:</p>
+
+<p>&mdash;Pues entonces, ¿por qué no va usted a sentarse
+a su lado?</p>
+
+<p>&mdash;Por la sencilla razón de que ya no tenemos
+nada que hablar... Pero usted es otra cosa.</p>
+
+<p>&mdash;Entendido, señor conde... No soy un niño&mdash;murmuró
+con mal humor.</p>
+
+<p>&mdash;Aunque no lo sea usted por la edad&mdash;dijo
+Amalia interviniendo oportunamente para evitar
+rozamientos,&mdash;lo es por la franqueza y espontaneidad
+de sus sentimientos, por la frescura
+de corazón que otros con menos años no tienen.
+Los niños aman con más sencillez y vehemencia
+que los hombres.</p>
+
+<p>&mdash;Pero los hombres hacen otra cosa más heroica...
+¡Se casan!&mdash;dijo Paco Gómez, que ya
+estaba de nuevo en su sitio con la pareja.</p>
+
+<p>&mdash;Hay ocasiones en que tampoco se casan&mdash;manifestó
+Manuel Antonio haciendo una imperceptible
+mueca por donde Paco pudiese colegir
+que estaba pensando en María Josefa.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno&mdash;replicó aquél dándose por enterado.&mdash;Pero
+hay que convenir en que algunas veces
+se necesita para ello un heroísmo superior a
+la naturaleza humana.</p>
+
+<p>La solterona, que las cogía por el aire, le
+clavó una mirada rencorosa y maligna.</p>
+
+<p>&mdash;¡La naturaleza humana!&mdash;exclamó con displicencia.&mdash;La
+naturaleza humana presenta algunas
+veces formas tan estrambóticas que hasta
+el heroísmo sería ridículo en ellas.</p>
+
+<p>Paco Gómez, sin desconcertarse, comenzó
+a palpar su rostro con ademanes cómicos, fingiendo
+una muda resignación que hizo sonreír
+a los presentes. Amalia, para cambiar esta peligrosa
+conversación, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Miren, miren cómo D. Santos se aprovecha
+de nuestra distracción!</p>
+
+<p>En efecto, el indiano se había levantado en
+silencio de la silla y, sorteando las parejas de
+baile, fue solapadamente a sentarse al lado de
+Fernanda. Ésta le dirigió una mirada fría y
+apenas se dignó responder a su saludo ceremonioso
+y ridículo. La faz rubicunda de Granate
+resplandecía, no obstante, como la de un dios
+seguro de su omnipotencia. Con las manazas
+anchas y cortas apoyadas sobre las rodillas, el
+cuerpo doblado hacia adelante y la cabeza levantada
+hasta donde le permitía la grosura del
+cerviguillo, sonreía beatamente enseñando una
+fila de dientes grandes y amarillos. Propúsose,
+como siempre, ser espiritual, y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha visto usted qué <i>ventrisca</i> corre?</p>
+
+<p>La joven guardó silencio.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora no importa nada&mdash;prosiguió&mdash;porque
+ya están todos los frutos recogidos; pero si
+hubiera caído antes, no nos deja ni una castaña
+ni un grano de maíz; ¡je, je!</p>
+
+<p>Granate sintiose feliz al emitir esta idea, a juzgar
+por la expresión de placer que brillaba en
+sus ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Pero aquí no hace frío, ¿eh?... Yo no lo tengo,
+¡je, je!... Al contrario, siento un calor... Será
+porque los ojos de usted son dos calofer... caroli...</p>
+
+<p>Otra vez todavía acometió la palabra caloríferos
+sin lograr dar cima a la empresa. Para disimular
+su impotencia fingió un golpe de tos. Su
+rostro violáceo adquirió cierta semejanza interesante
+con el de un ahorcado.</p>
+
+<p>La hermosa, que tenía los ojos clavados en el
+vacío, volvió la cabeza hacia su adorador, le miró
+unos instantes con expresión vaga, distraída,
+como si no le viese. Levantose de pronto y se
+alejó sin decir palabra para sentarse enfrente.
+El indiano quedó con la misma sonrisa estereotipada
+en el rostro; la mueca petrificada de un
+sátiro. Pero al volver la vista al grupo que acababa
+de dejar, viendo una porción de ojos risueños
+fijos en él, se puso repentinamente serio y
+mohíno.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué partido tiene este Granate entre las
+chicas bonitas!&mdash;exclamó Paco Gómez.&mdash;Ya se
+lo decía yo el otro día. «Usted no necesitaba
+para nada ir a América habiendo mujeres ricas
+en el mundo. Usted tiene la fortuna en la fisonomía.»</p>
+
+<p>&mdash;Mira, condecito, ahora debes ir tú a sentarte
+a su lado. Ya verás cómo no se levanta entonces&mdash;dijo
+Manuel Antonio.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, debe usted ir, Luis&mdash;apoyó María Josefa.&mdash;Vamos
+a ver una cosa curiosa, a decidir
+si está o no enamorada de usted. ¿Verdad, Amalia,
+que debe ir?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, me parece que debe usted sentarse a su
+lado&mdash;dijo la dama. Su voz salió apagada y
+temblorosa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cree usted?&mdash;preguntó el conde, mirándola
+con fijeza.</p>
+
+<p>&mdash;Sí; vaya usted&mdash;replicó la dama con perfecta
+serenidad ya, huyendo su mirada.</p>
+
+<p>&mdash;Pues usted me permitirá que la desobedezca.
+No quiero exponerme a un desaire.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué importan los desaires a un enamorado!...
+Porque usted, por más que diga, está enamorado
+de Fernanda... Se le conoce a la legua.</p>
+
+<p>&mdash;A la legua será, porque, lo que es de cerca
+ni pizca&mdash;manifestó Manuel Antonio.</p>
+
+<p>Y María Josefa y Emilita Mateo y Paco Gómez
+confirmaron con su risa la especie.</p>
+
+<p>Amalia insistió. Efectivamente, Luis lo disimulaba
+bien; pero como, por más esfuerzos que
+se hagan, siempre queda un cabo suelto, un resquicio
+por donde sale la luz, ella había adivinado
+hacía ya mucho tiempo que el conde, en lo
+profundo de su corazón, guardaba recuerdo muy
+grato de Fernanda.</p>
+
+<p>&mdash;Atiendan ustedes: hace algunos días se le
+ocurrió a Moro decir que tenía dos dientes postizos.
+No pueden ustedes figurarse cómo se puso
+este hombre... Por poco le pega...</p>
+
+<p>&mdash;No tanto, no tanto&mdash;manifestó el conde
+sonriendo avergonzado.&mdash;Me expresé con cierta
+viveza porque me enfadan siempre las injusticias.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! Las exaltaciones en estos casos son
+sospechosas. Cuando no se siente interés por una
+persona se la defiende con menos calor... ¡Caramba!
+¡Nunca le vi tan irritado! Ya puede decir
+esa niña que tiene un campeón valiente dispuesto
+a romper lanzas por ella.</p>
+
+<p>La dama apuró la broma. No se hartaba de
+apretar al conde, como si quisiera dejarle convicto
+de su amor por Fernanda. Apesar de la
+sonrisa benévola que animaba su rostro, había
+ciertas extrañas inflexiones en la voz que nadie
+más que una sola persona podía apreciar en
+aquel momento.</p>
+
+<p>Pero el rigodón había terminado, y el grupo
+se aumentó considerablemente con varias parejas
+que fueron allegándose. Fuéronse algunos,
+vinieron otros; al cabo, la señora de la casa se
+halló rodeada de gente nueva. Bailose otro vals y
+otro rigodón. Las doce sonaron al fin en el gran
+reloj de la catedral. Y como los jóvenes se empeñaban
+en no desbandarse, apesar de la costumbre
+tradicional de la casa, Manín, por orden
+de D. Pedro, apareció en la puerta del salón,
+abrazado al lío de los abrigos de las señoras.
+Ésta era la señal de despedida que el señor de
+Quiñones daba a sus tertulios. No era muy cortés,
+pero nadie se enfadaba. Al contrario, se recibía
+siempre con algazara, como una broma
+graciosa.</p>
+
+<p>Después que todos fueron a estrechar la mano,
+del maestrante, formose un grupo enmedio del
+salón. Amalia, en el centro de él, despedía a sus
+amigas besándolas cariñosamente. Estaba pálida
+y sus ojos inciertos despedían miradas febriles.
+Al estrechar la mano del conde volvió la cabeza
+hacia otro lado, fingiendo distracción; se la
+estrechó con fuerza tres o cuatro veces para infundirle
+ánimo. Bien lo necesitaba el pobre caballero.
+Estaba tan demudado y tembloroso que
+Amalia pensó que iba a caer desmayado.</p>
+
+<p>En apretado haz salieron los tertulios a los
+pasillos y bajaron la gran escalera de piedra sucia
+y húmeda. Un criado les abrió la puerta de
+la calle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay! ¿Quién habrá dejado aquí este canasto?&mdash;dijo
+Emilita Mateo, que tropezó la primera
+con el estorbo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Un canasto?&mdash;preguntaron varias damas
+acercándose a él.</p>
+
+<p>&mdash;Algún pobre que andará por ahí dormido&mdash;manifestó
+el criado, que aún no había cerrado la
+puerta.</p>
+
+<p>&mdash;No se ve a nadie&mdash;dijo Manuel Antonio, que
+rápidamente había registrado el portal.</p>
+
+<p>La curiosidad excitó muy pronto a una de las
+damas a levantar el paño que tapaba el canastillo.
+Inmediatamente dejó escapar el grito consabido,
+el que soltó ya hace tantos siglos la hija
+de Faraón al ver flotando por el río el célebre
+canastillo de Moisés.</p>
+
+<p>&mdash;¡Un niño!</p>
+
+<p>Momento de estupefacción y de curiosidad en
+los tertulios. Todos se abalanzan, todos quieren
+contemplar al mismo tiempo al expósito. Porque
+nadie duda un momento que aquel niño se
+hallaba allí expuesto intencionalmente. Paco Gómez
+levantó el canasto, lo destapó por completo
+y fue exhibiendo a sus amigos el infante dormido.</p>
+
+<p>Estalló una tempestad de exclamaciones.</p>
+
+<p>&mdash;¡Angelito!&mdash;¿Quién habrá sido la infame?...&mdash;¡Pobrecito
+de mi alma!&mdash;¡Qué corazones de
+hiena, Dios mío!&mdash;¡Miren qué hermoso es!&mdash;¿Habrá
+mucho tiempo que lo han expuesto?&mdash;Estará
+aterida la criatura.&mdash;Paco, déjeme usted
+tocarlo.</p>
+
+<p>El canasto fue rodando de mano en mano. Las
+damas, interesadísimas, palpitantes de emoción,
+depositaban tiernos besos en las mejillas del recién
+nacido, de tal modo que al instante consiguieron
+despertarlo.</p>
+
+<p>De aquel montoncito de carne rosada salió un
+débil gemido que hizo vibrar de lástima a todos
+los corazones. Algunas señoras vertieron lágrimas.</p>
+
+<p>&mdash;Subámoslo, por lo pronto, para que se caliente
+un poco.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, sí, subámoslo!</p>
+
+<p>Y otra vez el resonante grupo se lanzó al patio
+y a la escalera de la mansión de los Quiñones
+llevando en triunfo el canastillo misterioso.</p>
+
+<p>Amalia estaba enmedio del salón inmóvil y
+pálida cuando se abrieron de nuevo las puertas.
+D. Pedro había sido trasladado ya a su alcoba
+por Manín y otro criado. Aquella nueva y repentina
+irrupción pareció sorprender mucho a la
+señora de la casa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué ocurre? ¿qué es esto?&mdash;exclamó con
+voz alterada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Un niño! ¡un niño!&mdash;gritaron varios a un
+tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;Acabamos de encontrarlo en el portal&mdash;manifestó
+Manuel Antonio, que ya se había apoderado
+del canasto, presentándolo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién lo ha dejado ahí?</p>
+
+<p>&mdash;No sabemos... Es un expósito. ¡Mire usted,
+por Dios, qué hermoso, es Amalia!</p>
+
+<p>La señora le contempló un instante con marcada
+frialdad y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Acaso alguna pobre lo habrá dejado para
+recogerlo enseguida.</p>
+
+<p>&mdash;No, no; hemos registrado el portal. La calle
+está desierta...</p>
+
+<p>La criatura a todo esto empezaba a chillar,
+agitando con incierto movimiento sus puños
+crispados, que parecían dos botones de rosa. La
+compasión de las señoras volvió a romper en exclamaciones
+apasionadas. Todas querían besarlo
+y calentarlo contra su seno. Por fin, María
+Josefa logró apoderarse de él, lo sacó del canasto
+y envolviéndolo con el paño con que venía
+cubierto, lo acarició tiernamente. Un papel se
+había desprendido de las ropas de la criatura al
+sacarla y había caído al suelo. Manuel Antonio
+lo recogió.</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo ves, Amalia? Aquí está la madre del
+cordero.</p>
+
+<p>El papel decía en gruesos caracteres, trazados
+al parecer por tosca mano: «La madre desdichada
+de esta niña la encomienda a la caridad
+de los señores de Quiñones. No está bautizada.»</p>
+
+<p>&mdash;¡Es una niña!&mdash;exclamaron algunas señoras
+a un tiempo.</p>
+
+<p>Y en el acento con que dejaron escapar estas
+palabras no era difícil de advertir cierto desencanto.
+Se habían acostumbrado a la idea de que
+fuese varón.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué misterio será éste?&mdash;preguntó Manuel
+Antonio, mientras una sonrisa maliciosa de curiosidad
+vagaba por su rostro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Misterio? Ninguno&mdash;manifestó con cierta
+displicencia Amalia.&mdash;Lo que se ve claramente
+es una pobre que quiere que le mantengan a su
+hija.</p>
+
+<p>&mdash;Sin embargo, hay aquí un no sé qué de extraño.
+Yo apostaría a que son personas pudientes
+los padres de esta niña&mdash;replicó el marica.</p>
+
+<p>&mdash;¡Adiós! ¡ya se nos va Manuel Antonio al folletín!&mdash;exclamó
+la dama con una risita nerviosa.&mdash;Las
+personas pudientes no dejan a sus hijos
+envueltos en estos andrajos.</p>
+
+<p>En efecto, la niña venía cubierta por unos
+trapos miserables y una manta raída y sucia.</p>
+
+<p>&mdash;Despacio, Amalia, despacio&mdash;apuntó Saleta
+con su voz clara, tranquila.&mdash;Yo he recogido
+en el portal de mi casa, hace ya muchos años,
+hallándome en Madrid, un niño que venía envuelto
+en muy toscos pañales. Al cabo de algún
+tiempo averiguamos que era hijo de una elevadísima
+persona que no puedo nombrar.</p>
+
+<p>Todos los ojos se volvieron con sorpresa hacia
+el magistrado gallego.</p>
+
+<p>&mdash;Una elevadísima persona; eso es&mdash;prosiguió
+después de una pausa, con el mismo sosiego
+impertinente.&mdash;Bien fácil era, por cierto, adivinarlo
+fijando un poco la atención en los rasgos
+de su fisonomía, enteramente borbónicos.</p>
+
+<p>El estupor de los circunstantes fue profundo.
+Se miraron unos a otros con una leve sonrisa
+burlona que, como de costumbre, Saleta pareció
+no advertir.</p>
+
+<p>&mdash;¡Atiza!&mdash;exclamó Valero.&mdash;¡Abra uzté el
+paragua, D. Zanto!</p>
+
+<p>&mdash;El niño se murió a los dos meses&mdash;prosiguió
+imperturbable Saleta.&mdash;Por cierto que cuando
+lo llevamos al cementerio se unió a la comitiva
+un coche que nadie supo a quién pertenecía.
+Yo lo conocí porque lo había visto en las
+Caballerizas reales, pero me callé.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya ezcampa!&mdash;murmuró Valero.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, Saleta, ya nos contará usted de día
+eso. Por la noche tales cosas espeluznan&mdash;manifestó
+el marica de Sierra guiñando el ojo a
+los otros.&mdash;Lo que hay que pensar ahora, Amalia,
+es lo que se va a hacer con esta niña.</p>
+
+<p>La dama se encogió de hombros con indiferencia.</p>
+
+<p>&mdash;Phs... no sé... La dejaremos esta noche
+aquí. Mañana le buscaremos una nodriza que
+quiera tenerla en su casa... porque en ésta, a la
+verdad, es un trastorno.</p>
+
+<p>&mdash;Si usted no quiere tenerla en casa, yo me
+encargo con mucho gusto de ella, Amalia&mdash;dijo
+María Josefa, que estaba un poco apartada paseando
+a la niña y arrullándola para hacerla
+callar.</p>
+
+<p>&mdash;No he dicho que no quería&mdash;manifestó con
+viveza la dama.&mdash;Recogeré esa niña, porque
+tengo más obligación que nadie, ya que me la
+confían... Pero, como usted comprende, para
+hacerlo necesito contar con mi marido.</p>
+
+<p>Los tertulios aprobaron estas palabras con un
+murmullo.</p>
+
+<p>Justamente se presentaba Manín preguntando
+de parte de D. Pedro qué significaba aquel ruido.
+Se le explicó. El señor de Quiñones se hizo
+trasladar de nuevo en su sillón con ruedas a la
+sala; vio a la niña y se interesó extremadamente
+por ella. Inmediatamente declaró que no saldría
+de su casa, ordenando a un criado que al
+amanecer fuese en busca de nodriza.</p>
+
+<p>Por lo pronto se trajo a la criatura leche y té
+en un frasco con pezón de goma; se la abrigó
+con más y mejor ropa. Los tertulios presenciaron
+con cariñoso interés estas operaciones. Las
+señoras lanzaban gritos de entusiasmo; se les
+arrasaban los ojos de lágrimas al ver el ansia
+con que la mamosa niña chupaba el pezón del
+frasco. Así que se hartó, despidiéronse todos de
+nuevo, no sin depositar antes cada uno un beso
+en las mejillas de la pobrecita expósita.</p>
+
+<p>El conde de Onís no había desplegado los labios
+en todo este tiempo. Se hallaba retraído en
+tercera o cuarta fila, siguiendo con ojos de
+susto los cuidados que a la criatura se prodigaban.
+Y trató de irse con disimulo sin nueva despedida;
+pero Amalia le detuvo con alarde de
+audacia que le dejó petrificado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es eso, conde, no quiere usted dar un
+beso a mi pupila?</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo!... Sí, señora... no faltaba más.</p>
+
+<p>Y pálido y trémulo, se aproximó y puso sus
+labios en la frente de la criatura, mientras la
+dama le contemplaba con sonrisa provocativa y
+triunfal.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+<p class="cab">La cita.</p>
+
+
+<p>Esta fue la tercera noche en que el
+conde de Onís apenas pudo cerrar los
+ojos. Nada más natural que en las
+dos anteriores estuviese agitado, calenturiento;
+pero ahora, ¿por qué? Todo se había resuelto
+como apetecía. La empresa se había llevado a
+cabo con felicidad. No le restaba más que dormir
+tranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, no
+era así. Apesar de su figura robusta y gallarda,
+poseía el conde un sistema nervioso excesivamente
+impresionable. La más ligera emoción
+turbaba su espíritu, le inquietaba hasta un grado
+indecible. Tal exquisita sensibilidad le venía
+por herencia y también por educación. Su padre,
+el coronel Campo, había sido un hombre
+concentrado, sensible, de una susceptibilidad
+tan delicada que le hizo mártir en los
+últimos años de su vida. Todo el mundo recordaba
+en Lancia el interesante y conmovedor
+episodio que cerró aquella vida caballeresca.</p>
+
+<p>El coronel mandaba las fuerzas de defensa de
+una plaza en el Perú cuando la insurrección de
+las colonias americanas. La plaza fue tomada
+por los insurrectos de un modo insidioso y por
+sorpresa. Un malvado denunció al coronel ante
+el gobierno de Madrid como culpable de traición,
+aseverando que se hallaba en connivencia
+y sobornado por el enemigo. Con harta precipitación,
+sin examen imparcial de los hechos y
+sin tener presente la brillante hoja de servicios
+del conde de Onís, el rey le privó de su empleo
+en el ejército y de todas las cruces y condecoraciones
+que poseía. Bajo el peso de aquella horrible
+injusticia, el pundonoroso militar quedó anonadado.
+Sus compañeros le arrancaron la pistola
+en el momento de atentar a su vida. Acompañado
+de su fiel asistente y de un primo se trasladó
+desde Madrid, adonde había venido a defenderse,
+a Lancia, donde le esperaba su esposa y su
+hijo de corta edad. La vida de familia fue un
+sedante para la terrible llaga abierta en el corazón
+del soldado. Pero aquel bravo, que tantas
+veces había desafiado la muerte, no tuvo valor
+para soportar las miradas y la curiosidad de sus
+convecinos. En vez de rebelarse contra la injusticia
+que se le había hecho, en vez de tratar de
+convencer a sus paisanos de su inocencia, lo que
+no le hubiera costado gran trabajo, porque todos
+estimaban su carácter y conocían su valor,
+lleno de vergüenza, como si realmente fuese criminal,
+huyó las miradas de la gente, se retrajo
+a su casa, y solo paseaba por la huerta que detrás
+de ella se extendía, cercada de alta y deteriorada
+tapia.</p>
+
+<p>El palacio de los condes de Onís merece especial
+mención en esta historia. Era un edificio
+antiquísimo, el más antiguo de la ciudad en
+unión de algunos restos de la primitiva basílica
+que aún quedaban en pie. No se había
+salvado otra cosa del horroroso incendio que
+en el siglo XIV había destruido la población.
+Su aspecto más era de fortaleza que de mansión.
+Pocas y estrechas ventanas cortadas por
+columnas de piedra, distribuidas caprichosamente
+por la fachada; una pared lisa de piedra,
+ennegrecida por los años; algunos agujeros
+cuadrados cerca del techo, a guisa de aspilleras;
+una gran puerta de medio punto reforzada con
+grandes clavos de acero. Por dentro era inmensa
+y tenía más alegría. El patio ancho, más ancho
+que la calle. Por la parte trasera la luz del mediodía
+bañaba sus ventanas. Los árboles de la
+huerta metían las ramas por ellas, sirviendo de
+fresca cortina para templar sus rayos. El conjunto
+de aquel vetusto caserón ofrecía misterio
+y encanto singulares para los lacienses dotados
+de imaginación, en especial para los niños, únicos
+seres que conservan, en nuestra edad prosaica,
+la fantasía despierta. Su fachada, si es que
+tal nombre puede darse a aquella lisa pared con
+pequeños huecos tirados a granel, daba a la calle
+de la Misericordia, una de las más céntricas de
+la ciudad. Una de las ventanas, quizá la más
+ancha, enfilaba la calle de Cerrajerías, y por ella
+se veía la catedral a lo lejos.</p>
+
+<p>Aquí se encerró o se sepultó el ex-coronel
+Campo, sin que bastasen los ruegos de su esposa
+y de los pocos parientes que frecuentaban su
+trato para hacerle desistir de tal resolución. Su
+ociosidad fue de provecho para la casa. Hizo
+arreglar la huerta, puso algunos miradores en la
+parte trasera, amuebló varias habitaciones, enlosó
+el patio, etc. El oscuro caserón, sin perder
+su aspecto vetusto y misterioso, se trasformó
+por dentro en agradable morada. Pero el deshonorado
+militar se consumía, se secaba dentro
+de ella como un árbol sin luz y sin agua.
+Una melancolía profunda minaba su organismo,
+le arrugaba la piel, blanqueaba sus cabellos, debilitaba
+sus piernas y ponía trémulas sus manos.
+A los cincuenta y ocho años de edad representaba
+tener setenta. Dentro de la casa no se le sentía.
+Paseaba por los corredores como un fantasma.
+Trascurrían los días sin que nadie le oyese
+el metal de la voz. Pero no se mostraba adusto
+con nadie. Una sonrisa dulce y triste vagaba
+constantemente por sus labios. No buscaba las
+caricias de su hijo, pero cuando le tropezaba casualmente
+por los pasillos le cogía la cabeza, se
+la besaba amorosamente, murmuraba algunas
+palabras tiernas en su oído y repentina y precipitadamente
+se alejaba, algunas veces con
+lágrimas en los ojos. Pensaba que era una
+gran desgracia para aquel pequeñuelo, rubio
+y hermoso como un querubín, el haber nacido
+hijo de un padre deshonrado. El infeliz le
+pedía perdón, con la mirada, de haberle engendrado.</p>
+
+<p>Hacia el año 1829, cuatro después de haber
+llegado de América, el coronel era un verdadero
+espectro. Dormía bien, comía bien, no le dolía
+nada; pero aquella vida se escapaba en efluvios
+invisibles y constantes, en lenta y pavorosa consunción.
+Su esposa hizo venir un médico, luego
+otro y otro. Todos dijeron lo mismo. Era necesario
+salir, distraerse, cultivar el trato de la gente.
+Precisamente las únicas medicinas que el conde
+estaba resuelto a no tomar. Poco a poco fue permaneciendo
+más horas en la cama; se levantaba
+tarde; se acostaba temprano. Perdió el gusto
+para trabajar en la huerta. No salía de las cuatro
+paredes de la casa. Dentro de ella dejó de ocuparse
+en las cosas que antes le entretenían; hacer
+estuches, cuidar la pajarera y otras obras manuales.
+Las pocas horas que permanecía fuera
+de la cama pasábalas, bien sentado en una butaca,
+ya paseando por los corredores en silencio.
+Al cabo dejó de levantarse. Todo esto lo recordaba
+Luis perfectamente. Entraba en su cuarto, le
+veía tendido mirando al techo con extraña y
+terrible tristeza pintada en el rostro. Al entrar
+su hijo volvía la cabeza, sonreía, le llamaba por
+señas y, después de darle un beso, le empujaba
+para que se fuese.</p>
+
+<p>Un día el niño percibió mucho ir y venir por
+casa; los criados corrían azorados, cambiaban
+entre sí palabras rápidas; los pocos parientes y
+amigos que visitaban la casa estaban todos allí
+y tenían unas caras largas, largas, que le aterrorizaban.
+Acercándose al gabinete de su padre, vio
+que levantaban un altar. Preguntó sencillamente
+lo que aquello significaba, y una criada, llevándole
+a un rincón, le dijo que no se asustase, que
+su papá había deseado confesarse y recibir la
+Comunión, y que su Divina Majestad vendría
+pronto a visitarle. Esta recomendación de no
+asustarse, hecha repetidas veces, produjo el
+efecto contrario. Comprendió que algo grave
+pasaba. En efecto, el conde de Onís se moría,
+se iba por la posta, según decían sus deudos. El
+médico ordenó que le dispusiesen.</p>
+
+<p>A las seis de la tarde, cuando ya había oscurecido,
+las puertas del palacio de Onís se abrieron
+para recibir al sacerdote portador de la Sagrada
+Hostia, que venía en el carruaje de la
+casa. Los criados y parientes esperaban en el
+portal con hachas encendidas. Una larga fila de
+personas de todas clases venía detrás, también
+alumbrando. Muchas de ellas acudían por verdadera
+devoción y por la estima que les inspiraba
+el enfermo. Las más, sólo por satisfacer la curiosidad
+de verle después de tanto tiempo, aprovechando
+aquellas críticas y solemnes circunstancias.
+Penetró hasta la habitación del moribundo
+todo el que quiso. A nadie se puso obstáculo.
+Pero no pudieron todos cumplir su gusto,
+porque no cabían. Llenose enseguida el gabinete
+del conde de una muchedumbre abigarrada,
+personas decentes, menestrales, niños, todos empinándose
+para contemplar al prócer caído en la
+desgracia, y que ahora iba a caer en el oscuro
+seno de la muerte, en el eterno olvido. El deán
+de la catedral, su amigo y confesor, avanzó con
+la Hostia levantada. Los presentes se hincaron
+de rodillas. Reinó un silencio lúgubre. En aquel
+momento el enfermo, a quien habían incorporado
+dijo en voz alta, dirigiéndose a los circunstantes
+arrodillados:</p>
+
+<p>&mdash;Juro por el Dios Sacramentado, que va a
+entrar en mi cuerpo, que no he sido traidor a mi
+patria, y que en la guerra de América me he
+portado siempre como un militar honrado y
+leal.</p>
+
+<p>Su voz, que parecía salir de un cadáver, resonó
+clara y estridente en la cámara. Hubo un
+murmullo reprimido entre la gente. El deán, con
+lágrimas en los ojos, respondió:</p>
+
+<p>&mdash;¡Bienaventurados los que padecen hambre
+y sed de la justicia!</p>
+
+<p>Y le puso la sagrada partícula en la boca.</p>
+
+<p>La noticia voló por la ciudad. Aquel extraño
+y terrible juramento, que se repetían unos a
+otros, causó impresión profunda en el público.
+Los parientes y amigos del conde peroraban con
+exaltación en todos los grupos. A uno de aquéllos
+se le ocurrió dirigir una exposición al rey,
+firmada por todos los vecinos, pidiendo que se
+revisase de nuevo el proceso del coronel. Pero
+ya se le había adelantado el deán, hombre fogoso
+y elocuente, que logró que el obispo y el
+cabildo le diesen su representación para ir a
+Madrid a gestionar la rehabilitación de su amigo
+de la infancia. Éste había mejorado un poco:
+por lo menos, la enfermedad se había estacionado.
+La consunción seguiría, pero al exterior no
+se notaba. No se le dijo nada de lo que se tramaba.
+El deán tuvo tiempo a ir a Madrid, lograr
+una audiencia del rey, hablarle al alma
+pintándole con elocuencia el solemne juramento
+que había escuchado, recabar de S. M. un real
+despacho reintegrando al conde en todos sus honores,
+cruces y condecoraciones, y volverse a
+Lancia loco de ansiedad. ¡Qué alegría cuando
+supo que su amigo no había expirado! Desde la
+galera acelerada en que hizo el viaje corrió al
+palacio de Onís y con las debidas precauciones
+para no impresionarle demasiado le comunicó
+la fausta nueva.</p>
+
+<p>El coronel quedó algunos momentos ensimismado
+con la cara metida entre las manos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hora es?&mdash;preguntó al cabo.</p>
+
+<p>&mdash;Las doce acaban de dar.</p>
+
+<p>&mdash;¡A ver, pronto, mi uniforme!&mdash;exclamó con
+extraña energía incorporándose sin ayuda de
+nadie.</p>
+
+<p>&mdash;¡Rayo de Dios! ¡Enseguida, mi uniforme!&mdash;volvió
+a proferir con más violencia, viendo
+que nadie se movía.</p>
+
+<p>La condesa fue al armario y lo trajo al fin. Se
+hizo vestir rápidamente, se puso sobre el pecho
+la banda de Carlos III y todas las cruces que había
+ganado. Eran tantas que, no cabiendo en el
+costado izquierdo, tenían que ir algunas al derecho.
+En esta forma se hizo conducir a la ventana
+que enfilaba la calle de Cerrajerías, y allí se
+colocó en pie. No tardaron en salir los fieles de
+misa de doce, la más concurrida de las que se
+celebraban los domingos. Todos pudieron contemplar
+ya desde lejos aquella figura extraña,
+aquel cadáver vestido de gran uniforme. Y con
+un sentimiento de asombro, de respeto y de compasión,
+todos desfilaron en silencio por debajo
+de la ventana, sin poder separar los ojos de ella.
+Durante tres domingos consecutivos el coronel
+tuvo fuerzas para levantarse y colocarse en el
+mismo sitio. Allí permanecía media hora inmóvil
+ostentando sus insignias con los ojos extáticos
+en el vacío, sin ver ni oír a la muchedumbre
+que se agrupaba delante del palacio y se lo mostraban
+unos a otros poseídos de grave y dolorosa
+emoción. Al cuarto quiso hacer lo mismo, se
+incorporó con violencia para que le vistieran,
+pero volvió a caer al instante sobre las almohadas
+para no levantarse más. Por la noche entregó
+el alma a Dios aquel bravo y pundonoroso
+soldado.</p>
+
+<p>¡Pobre padre! El conde no podía recordar
+aquella escena, que había quedado profundamente
+grabada en su cerebro, sin que las lágrimas
+se le agolparan a los ojos. De él había heredado
+la exquisita delicadeza en el sentir, una
+susceptibilidad que llegaba a ser enfermiza, no
+la serenidad, la iniciativa, la firmeza inquebrantable
+que realzaban el alma del coronel Campo.
+El actual conde tenía un temperamento excesivamente
+sensible y tierno, un fondo de honradez
+y de vergüenza que era el patrimonio moral
+de los Campo. Mas estas cualidades se contrarrestaban
+por un carácter débil, fantástico,
+sombrío, el cual le venía, sin duda, de la familia
+de su madre.</p>
+
+<p>D.ª María Gayoso, condesa viuda de Onís,
+hija del barón de los Oscos, era un ser original,
+tan excepcionalmente original que rayaba en lo
+inverosímil. En toda su familia, desde tres o
+cuatro generaciones hasta ella por lo menos, había
+apuntado algo estrambótico que en algunos
+de sus miembros tocaba en las lindes de la locura
+y en otros entraba de lleno dentro. Su abuelo
+había sido un empedernido ateo partidario de
+Voltaire y la Enciclopedia que a última hora se
+había entregado a la embriaguez, y según la conseja
+del pueblo fue arrastrado un día por los demonios
+al infierno. En realidad murió de combustión
+espontánea, lo que pudo dar pábulo a semejante
+fábula. Su padre fue un mentecato a
+quien su madre, mujer de rara energía, tuvo siempre
+esclavizado hasta la degradación. De sus
+tíos, uno paró en el manicomio, otro fue notabilísimo
+matemático, pero tan excéntrico que
+sus rarezas se guardaban en Lancia como manantial
+de anécdotas chistosas; otro se metió en la
+aldea, se casó con una labradora y se mató a fuerza
+de aguardiente. No tenía más que un hermano,
+el actual barón de los Oscos. También era
+un ser original y excéntrico. Al comenzar la
+guerra civil se pasó al bando del Pretendiente
+e ingresó en su ejército, pero a condición de
+servir como soldado raso. Toda la campaña
+hizo de esta suerte. No fue posible, por más
+empeño que en ello pusieron los magnates que
+rodeaban a D. Carlos y el mismo rey, obligarle
+a aceptar el despacho de oficial. Fue herido
+varias veces y una de ellas de tan mala manera,
+en la cara, que le quedó una profunda cicatriz.
+Como su rostro era ya de lo más desgraciado
+que pudiera verse, aquel surco sinuoso
+y colorado acabó de prestarle una apariencia
+monstruosa y hasta temible.</p>
+
+<p>Era más joven que su hermana María. No llegaba
+aún a los cincuenta años. Vivía célibe y
+solo en la casa solariega que los Oscos tenían
+en la calle del Pozo, nada magnífica por cierto.
+Iba rara vez por casa de su hermana, no por antipatía,
+sino por lo retraído y áspero de su genio.
+Salía poco de casa, sobre todo de día. Tenía
+contadísimos amigos. El más íntimo de todos,
+el único puede decirse que gozaba de
+su intimidad, un fraile exclaustrado, que antes
+de ordenarse había servido en las filas del
+ejército como oficial. Fray Diego era su perpetuo
+camarada. El barón, por su carácter sombrío,
+por sus excentricidades, y sobre todo
+por lo espantable de su rostro, inspiraba general
+temor en la población. Los niños sentían
+en su presencia un terror pánico. Los padres
+y las niñeras, para reducirlos a la obediencia,
+les amenazaban con él:&mdash;¡Se lo voy a decir
+al barón!&mdash;¡Que viene el barón!&mdash;Hoy he visto
+al barón y me preguntó si eras obediente, etc.
+Y el barón, por su gesto, constantemente desabrido,
+por lo bronco y recio de la voz y por la
+brusquedad con que acostumbraba a hablarles,
+era para las inocentes criaturas un verdadero
+ogro. Iba constantemente armado de un
+par de pistolas; el estoque de su bastón era un
+verdadero sable. Se decía que había disparado
+sobre un criado sólo porque le había abierto una
+carta, y que en varias ocasiones había cogido a
+los niños que se atrevían a hacerle muecas en
+la calle, los metía en la cuadra, los desnudaba y
+los azotaba cruelmente con las correas del freno
+de su caballo. Verdaderos o inventados estos
+cuentos, contribuían a acreditarle entre el elemento
+infantil de Lancia como un monstruo de
+ferocidad del cual había que huir, si el temblor
+de las piernas lo consentía.</p>
+
+<p>Una de las cosas que más coadyuvaban a infundir
+el terror en los pequeños y cierto respeto,
+no exento de miedo, en los grandes, era el caballo
+que el barón poseía; un caballo de ojo ardiente
+y feroz y de genio tan furioso que nadie
+osaba montarle más que él y su amigo Fray
+Diego, que había servido en caballería. Para sacarlo
+a beber lo llevaban siempre del diestro, y
+aun así el indómito bruto iba tirando saltos y
+coces, poniendo en conmoción a los transeúntes.
+Cuando el barón lo montaba, y dando corcovos
+y alzándose de brazos salía de casa, la
+calle se estremecía, los vecinos se asomaban a
+las ventanas, los niños se refugiaban en las faldas
+de sus madres, todos contemplaban atónitos
+aquel centauro temeroso. Realmente el barón de
+los Oscos en tal momento, con su rostro desfigurado,
+los ojos encarnizados, los grandes bigotes
+empalmados con las patillas, cerdosos y erizados,
+y el formidable torso pegado al caballo, era
+una figura que infundía espanto. Había que remontarse
+con la fantasía a la irrupción de los
+bárbaros para hallar algo semejante. Ni Alarico,
+ni Atila, ni Odoacro debían de tener aspecto más
+feo y siniestro ni producir más grima. Júzguese
+del efecto que causaría entre los vecinos tímidos
+cuando una temporada le dio por salir a caballo
+pasada la medianoche y recorrer las calles de
+la ciudad acompañado de un criado, caballero
+asimismo en otro corcel.</p>
+
+<p>La condesa de Onís era dentro de su sexo un
+tipo tan estrafalario, por lo menos, como su hermano.
+Bajita, rechoncha, cara redonda y pálida
+con ojos negros y muertos, el cabello pegado a
+las sienes con goma de membrillo, vestida constantemente
+con el hábito morado del Nazareno.
+Vivía recluida en su palacio como una
+monja en el convento. Vivía entregada en absoluto
+a la devoción, pero a una devoción caprichosa,
+fantástica, en nada parecida a la que
+practican las almas verdaderamente místicas.
+Toda su vida había dado señales de un humor
+excéntrico, mas desde la muerte del conde se
+había pronunciado tanto que bien podían tomarse
+sus excentricidades como manías, y no de las
+más leves. Cuando joven había mostrado una
+naturaleza tan púdica que rayaba por su exageración
+en lo ridículo. Sus amigas la embromaban
+no pocas veces afectando cierta libertad en
+el hablar. Tan castísimos eran los oídos de la
+doncella de los Oscos, que los de una miss inglesa
+parecerían los de un sargento a su lado. No podía
+sufrir que la ropa interior de su hermano fuese en
+unión con la suya cuando la lavandera la llevaba
+o la traía. Si aquél le entregaba unos pantalones
+para que le cosiera un botón, cumplido el
+encargo corría a su cuarto y se lavaba bien las
+manos, y aun dicen que se echaba en ellas algunas
+gotas de agua bendita. Apretábase el seno
+hasta hacerse daño; subía el cuello de los vestidos
+contra las prescripciones de la moda; no se mudaba
+la camisa sino a oscuras, y cuando no tenía
+los guantes puestos jamás daba la mano a un
+hombre. La historia de su casamiento fue verdaderamente
+curiosa, llena de incidentes cómicos
+que se repitieron durante mucho tiempo por
+la ciudad. Sobre todo lo que acaeció en la primera
+noche de novios, verdadero o inventado,
+era muy gracioso y digno de figurar en una novela
+de Paul de Kok.</p>
+
+<p>Durante el matrimonio esta virtud de la castidad
+templose un poco. Casi parece excusado
+decirlo. Mas luego que quedó viuda volvió a
+exacerbarse de modo notable. Sobre todo, en
+los últimos años adquirió aspecto de locura.
+Cuando se rezaba el rosario, que era dos veces
+al día, mandaba previamente una criada al gallinero
+para apartar, mientras durase, al gallo de
+las gallinas; luego la ordenaba separar las cucharas
+de los tenedores y los corchetes machos
+de las hembras. Por último, la hacía situarse en
+una ventana de la fachada lateral de la casa para
+impedir que ninguno orinara en el rincón donde
+los transeúntes solían hacerlo. Un día vino el
+cochero a decirle que una de las yeguas estaba
+en el celo. Tanto se indignó que, después de haber
+reñido ásperamente por la osadía de notificarle
+tal asquerosidad, mandó inmediatamente
+venderla. Una vez que sorprendió al mozo de
+cuadra dando un beso a la cocinera se puso enferma
+del disgusto. Ambos salieron inmediatamente
+de la casa.</p>
+
+<p>Le gustaba, no obstante, tener tertulia a primera
+hora de la noche, pero de clérigos solamente.
+Acostumbraba a sentarse en una butaca, delante
+de la cual, con intención o sin ella, probablemente
+con intención, colocaba dos sillas de suerte que
+parecía estar detrás de una valla. Poco después
+de entrar los presbíteros y animarse la conversación,
+la condesa se dormía profundamente, y
+así estaba hasta las nueve en que las sotanas se
+despedían, por supuesto sin darle la mano. Como
+la casa tenía capilla, salía poquísimas veces, y
+esas en coche. Guardaba todo el oro, que llegaba a
+sus manos, en los parajes más ocultos del desván
+o de la huerta. Algunas veces por esta avaricia,
+o más propiamente por esta manía de urraca, la
+casa se vio en verdaderos aprietos: consintió en
+que su hijo pidiera a préstamo algunas cantidades
+antes que desenterrar las peluconas. Era
+además golosa, muy golosa, capaz de comerse
+una fuente de confites sin asomos de indigestión.
+Pero no habían de ser fabricados por las monjas:
+por extraña contradicción con sus piadosas inclinaciones,
+odiaba todo lo que olía a convento.</p>
+
+<p>Pues por esta mujer estrambótica, bien podemos
+decir loca, fue educado el actual conde de
+Onís. Su carácter se resintió muchísimo. Para
+contrarrestar aquella excesiva sensibilidad, aquel
+temperamento débil y vacilante y el humor fantástico
+y sombrío de que daba en ocasiones tristes
+muestras, se hubiera necesitado una educación
+viril al aire libre, un maestro inteligente y
+enérgico que supiera despertar en su organismo
+el brío y la resolución de los Campo. Sucedió lo
+contrario desgraciadamente. La condesa se empeñó
+en que no siguiese carrera que le apartase
+de Lancia. Estudió, pues, en la universidad del
+pueblo la carrera de jurisprudencia, que es la
+capa con que los jóvenes ricos tapan su propósito
+de holgar toda la vida. Mientras duró, y mucho
+tiempo después de terminada, la condesa le tuvo
+sujeto a su autoridad de un modo que resultaba
+ridículo. Jamás salía de casa sin pedirle permiso,
+no fumaba en su presencia, se recogía al oscurecer,
+rezaba el rosario, confesábase cuando
+ella lo ordenaba. Mientras su cuerpo se desarrollaba
+prodigiosamente, se trasformaba en un
+mancebo bizarro y atlético, su espíritu continuaba
+tan infantil y sumiso como si nunca pasara
+de diez años. En esta vida retraída y afeminada
+agravose la nativa timidez de su carácter, su sensibilidad
+delicada se hizo enfermiza, su genio
+sombrío y receloso. Y lo más lamentable era
+que, sin ser una lumbrera, estaba dotado de clara
+inteligencia y poseía una penetración frecuente
+en los hombres reservados y tímidos. Carecía
+de ilustración y de experiencia; pero sabía
+mantener discretamente una conversación y
+no se le escapaban los defectos del prójimo.
+Como casi todos los seres débiles, gozaba a veces
+malignamente a costa de ellos. Es la venganza
+que la gente sin carácter toma de quienes lo poseen
+demasiado vigoroso y espontáneo. No obstante,
+estas ráfagas de ironía y malignidad no
+eran en él frecuentes. Aparecía más bien como
+un joven prudente, reservado, melancólico, de
+trato cortés y caballeroso, de corazón sensible,
+lleno de cariño y de respeto hacia su madre.</p>
+
+<p>Después que concluyó la carrera tuvo sus anhelos
+y aun proyectos de salir de Lancia, de ir a
+la corte, de viajar durante algún tiempo. Bastó,
+sin embargo, la negativa de la condesa para contenerle
+y hacerle desistir. Prosiguió, pues, su
+vida de holganza, mayor aún desde que no tenía
+siquiera la obligación de mirar de vez en cuando
+los libros de jurisprudencia.</p>
+
+<p>Sólo la entretenía dedicándose a temporadas
+al cultivo de ciertos oficios manuales, y con la
+lectura de las obras románticas entonces muy en
+boga. Se hizo hábil ebanista, no tanto como
+su padre; luego le dio por la relojería. Últimamente
+tomó afición a una finca de labor y recreo
+que poseía en las inmediaciones de la población
+y comenzó a mejorarla notablemente. Denominábase
+la Granja: distaba poco más de dos kilómetros
+de Lancia: tenía una casa grande y vieja
+y destartalada: a espaldas de ella un hermoso
+bosque de robles y delante grandes y feraces praderas.
+Comenzó a ir todas las tardes después de
+comer; crió ganado vacuno y también algunos
+caballos, plantó árboles, abrió canales y levantó
+cercas. En la casa apenas tocó. En esta nueva
+afición ganó su cuerpo, que se hizo más duro y
+más ágil, y también su carácter. La melancolía,
+que tanto le atormentaba, se fue templando, serenose
+su espíritu, fue adquiriendo más firmeza
+en el trato de la gente y más seguridad de sí
+mismo, y ciertos accesos de humor negro, de
+rabia y desesperación que sin causa alguna le
+acometían de raro en raro y le hacían aparecer
+ante los criados como un epiléptico, desaparecieron
+por completo. De esta suerte llegó hasta
+los veintiocho años, en que comenzó a frecuentar
+la casa de Quiñones, y su vida experimentó
+profunda trasformación.</p>
+
+<p>Eran las nueve de la mañana cuando el criado
+le despertó de un sueño agitado, incompleto, para
+entregarle una carta. La dejó caer con afectada
+indiferencia sobre la mesa de noche; mas luego
+que el criado se fue apresurose a cogerla y la
+abrió con visible agitación. Aunque hacía ya
+cerca de dos años que duraban sus relaciones con
+Amalia, nunca abría carta de ésta sin que le
+temblasen las manos. Verdad que se escribían
+poquísimas veces. Pero más que la rareza de las
+cartas contribuía sin duda a turbarle el profundo
+amor que en su naturaleza sensible y tímida
+había arraigado.</p>
+
+<p>«Esta tarde a las tres. Por la tribuna,» decía
+la carta únicamente. Su turbación no se disipó
+por completo. Las citas como aquélla eran extremadamente
+peligrosas; le causaban, enmedio
+de su felicidad, una impresión de miedo que no
+podía vencer. Había rogado a Amalia que las suprimiese;
+pero no le hizo caso alguno. Y él se
+consideraba absolutamente incapaz de oponerse
+a su voluntad. Pasó la mañana nervioso, alterado.
+Para calmarse dio un paseo a caballo; llegó
+hasta la Granja; pero volvió al cabo con la misma
+intranquilidad que había salido.</p>
+
+<p>Cuando llegó la hora señalada salió de casa y
+tomó la calle de Cerrajerías. Era la hora en que
+apenas se ve un transeúnte. Los vecinos de Lancia
+comen generalmente a las dos. A las tres
+están, pues, de sobremesa o reposando. Al final
+de Cerrajerías, en la esquina de la calle de Santa
+Lucía, está la iglesia de San Rafael, que tiene
+su entrada principal por aquélla. El conde
+penetró en el templo, después de tomar agua bendita,
+como el que va a hacer sus oraciones. Estaba
+enteramente solitario, o al menos así le pareció
+a la primera ojeada. A los pocos minutos,
+acostumbrados ya sus ojos a la oscuridad, percibió
+dos o tres bultos diseminados por él y postrados
+en oración. Arrodillose él también en el
+fondo oscuro, cerca de la puertecita de la escalera
+que conducía a la tribuna de los Quiñones, y
+fingió orar unos momentos. Aquello le repugnaba
+profundamente. Era un creyente sincero,
+y la piadosa y severa educación que había tenido
+le hacía horrorizarse de tal sacrilegio. Se le
+había pegado el fanatismo de su madre: tenía un
+miedo espantoso al infierno. También Amalia
+era creyente y aun pasaba en la población por
+piadosa; pertenecía a varias cofradías; era protectora
+de algunos asilos; hacía frecuentes regalos
+a las imágenes y se la veía acompañada de
+clérigos. Pero miraba aquella profanación con la
+mayor indiferencia. La religión era para ella
+cosa muy respetable, pero más respetables aún
+su voluntad y sus placeres.</p>
+
+<p>Al cabo de unos minutos el conde se levantó
+cautelosamente y tiró de la puertecita, que una
+mano previsora había ya abierto de antemano.
+Tornó a llegarla y subió por la estrechísima escalera
+de caracol. La pequeña tribuna de la
+casa Quiñones estaba aún más oscura que la
+iglesia. Buscó a tientas la puerta del pasadizo y
+la empujó; mas como tenía cierre de cristales y
+podían verle desde la calle, se echó a gatas para
+atravesarlo. En la puerta que comunicaba con la
+casa estaba Jacoba esperándole. Era ésta una
+mujer de más de cincuenta años, obesa, con un
+vientre colosal, que se movía con trabajo, la respiración
+anhelante, embotada por la grasa y hablando
+siempre en voz de falsete. La suma discreción,
+la encarnación verdadera del sigilo.
+Nunca habían tenido otro confidente; nadie en
+el mundo más que ella estaba enterada de sus
+amores, y en el curso de ellos les había servido
+prodigiosamente; fue su centinela, su salvador
+en muchas ocasiones, su ángel tutelar siempre.
+No era sirviente de la casa, sino protegida de la
+señora. Dedicábase a correr los géneros de las
+tiendas, a traerlos a las casas, ganando por ello
+pequeñísima comisión. Esto no le bastaba para
+vivir aunque era ella sola y una sobrina. Pero
+en varias casas le hacían encargos de distinta
+índole y la ayudaban de mil maneras. Sobre
+todo en la señora de Quiñones había encontrado
+una protectora decidida. Cuando llegó a
+ser su confidente puede decirse que halló una
+verdadera mina. Amalia pagaba con largueza
+sus servicios que, en realidad, bien merecían recompensa
+extraordinaria.</p>
+
+<p>La medianera se llevó el dedo a los labios recomendando
+silencio al conde, así que éste franqueó
+la puerta. Recomendación bien excusada
+por cierto, porque hasta la respiración iba conteniendo
+por no hacer ruido. Luego, adelantándose
+un poco para explorar el terreno, le hizo
+seña para qué la siguiese. Atravesaron un corredor,
+pasaron por delante de la escalera principal
+sin ascender por ella de miedo a encontrarse
+con algún criado, y fueron a buscar a la biblioteca
+una escalerita excusada que allí había para
+subir al segundo. El conde avanzaba de puntillas
+con el corazón palpipante. Aunque ya había
+penetrado otras veces en casa de Quiñones de
+aquella manera, le parecía siempre el colmo de
+la temeridad y maldecía en su interior del atrevimiento
+y despreocupación de su amante. Llegaron
+al fin al gabinete de la señora. La puerta
+se abrió sin que se viese a nadie. Jacoba empujó
+suavemente al conde, quedando ella fuera. La
+mano de Amalia, que se presentó de improviso,
+volvió a cerrar, y súbito, con arrebatado ademán,
+echó los brazos al cuello de su querido y le besó
+con apasionada ternura. Él, cohibido, agitado
+aún por la ascensión y trémulo, permaneció quieto,
+sin corresponder a tales manifestaciones de
+cariño. La dama le dio un golpecito maternal
+con la palma de la mano en la mejilla.</p>
+
+<p>&mdash;Serénate, poltrón, que nadie te come aquí.</p>
+
+<p>Luis hizo un esfuerzo por sonreír y se
+dejó caer en una marquesita forrada de raso
+azul.</p>
+
+<p>El gabinete de Amalia contrastaba por su lujo
+coquetón con el abandono que reinaba en el resto
+de la casa. Las paredes cubiertas de tapices
+soberbios, los mejores de la colección que la
+familia poseía; los muebles flamantes, estilo
+Luis XV, traídos de Madrid con la magnífica
+cama de ébano incrustada de marfil que se veía
+en la alcoba, en los primeros meses del matrimonio,
+cuando D. Pedro se esforzaba inútilmente
+en ganar el corazón de su joven esposa. Respirábase
+allí una atmósfera perfumada, sensual,
+que denunciaba los gustos refinados que la dama
+forastera había traído allá de otras tierras a la
+severa mansión de los Quiñones.</p>
+
+<p>Sentose sobre las rodillas del conde, y tirándole
+de la barba, exclamó conteniendo a duras
+penas los gritos, con una alegría reprimida que
+le brillaba en los ojos, que estallaba por todos
+los poros:</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo ves? ¿Lo ves como hemos vencido?
+¿Lo ves como se han salvado todos esos obstáculos
+que se te amontonaban en la cabeza y no
+te dejaban ver claro? No ha sido necesario más
+que un poco de audacia y que Dios nos ayudase.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios!&mdash;murmuró estremeciéndose el conde.</p>
+
+<p>Ella sintió que había hecho mal en apelar a la
+divinidad, y se apresuró a decir con desenfado:</p>
+
+<p>&mdash;Quise decir la suerte... Vamos, no empieces
+a ponerte cargante y tristón... Éste es un
+momento de felicidad para nosotros... Lo estoy
+tocando y me parece mentira... Mi hija, la hija
+de mis amores, viviendo conmigo, pudiendo verla
+y besarla a todas horas... ¡Qué hermosa es!...
+No pude contemplarla a mi gusto hasta esta mañana;
+pero hoy me he saciado bien... Se parece
+a tí... sobre todo esta parte de aquí arriba, del
+entrecejo. Jacoba dice que la boca es mía... No
+me pesa&mdash;añadió sonriendo con coquetería.&mdash;Otra
+cosa peor pudiera sacar de mí, ¿verdad?</p>
+
+<p>&mdash;Para mí todo es igualmente hermoso.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos!&mdash;exclamó la dama echándose hacia
+atrás y clavándole una mirada de burla cariñosa.&mdash;Al
+fin has recobrado el uso de la palabra...
+Pues bien&mdash;añadió en tono serio,&mdash;tú no
+sabes las vueltas que hemos tenido que dar esta
+mañana para buscarle nodriza. Me han traído
+tres. Ninguna me ha gustado. Al fin la cuarta
+se quedó. ¡Y qué lindamente comenzó a chupar
+el ángel mío! Me costaba trabajo no saltar de
+alegría... ¡como me cuesta ahora!... Pero seamos
+graves... seamos graves y cargantes como
+el señor conde... Dime, fastidioso, ¿cómo te has
+arreglado para traerla? Cuéntame. ¡Qué cara
+tenías ayer noche al abrir la puerta del salón!</p>
+
+<p>&mdash;La cosa no era para menos. A las nueve fui
+a buscarla a casa de Jacoba. Ya te lo habrá dicho
+ella. Me pasé allí cerca de dos horas. Y
+como si el diablo quisiera mortificarnos, la criatura
+chillaba sin cesar...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego?</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué noche! Los chubascos se repetían sin
+cesar. Las calles estaban perdidas, sobre todo
+por aquellos barrios extraviados. Me remangué
+los pantalones casi hasta la rodilla, porque ¿cómo
+iba a entrar manchado de barro en tu salón?
+Quise sostener el canastillo en un brazo y llevar
+el paraguas abierto en la otra mano. Fue
+imposible. A los pocos pasos me volví y le dejé
+el paraguas a Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielo
+santo! ¡Qué angustia! El viento me bajaba a
+cada instante el embozo de la capa, la lluvia me
+azotaba la cara y me entraba por el cuello. Tenía
+miedo que me mojase la niña. Además iba
+temiendo resbalar. ¡Figúrate si caigo en aquel
+momento! El viento soplaba a veces tan recio
+que me impedía dar un paso. Bien puedes creerme
+que estuve tentado a dar la vuelta y dejarlo
+para otro día.</p>
+
+<p>&mdash;Lo creo sin que me lo jures. Demasiado sé
+que te ahogas en un plato de agua.</p>
+
+<p>Él le dirigió una larga y triste mirada de reconvención.
+Amalia soltó a reír y, abrazándole
+y besándole con efusión, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que no
+te compadezco? El trance ha sido bien duro. Te
+has portado como un héroe.</p>
+
+<p>El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se
+ruborizó. La conciencia le gritaba que no los
+merecía. Se acordó de la terrible prueba por que
+acababa de pasar Amalia, y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer!
+¿Cómo te encuentras? Ha sido una imprudencia
+bajar tan pronto la escalera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy una
+roca.</p>
+
+<p>&mdash;Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tremendos
+dolores sin exhalar ni una queja!</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto?&mdash;dijo
+poniéndole una mano en la boca.&mdash;¿Has parido
+alguna vez?</p>
+
+<p>&mdash;Luego cuatro días solamente en la cama&mdash;prosiguió
+el joven separando dulcemente aquella
+mano y besándola al mismo tiempo,&mdash;y al
+quinto bajar al salón.</p>
+
+<p>&mdash;Pues ya estás viendo que no me ha pasado
+nada. ¡Oh, si no llego a bajar ayer, de fijo Quiñones
+me manda al médico! Ya desde el segundo
+día estaba empeñado en que subiese... Pero
+¿no sabes? Está enamorado, loco por la chiquilla.
+Toda la mañana ha tenido a la nodriza en su
+cuarto. ¡Y se le ocurren unas cosas tan peregrinas!
+Dice que esta niña nos la envía Dios para
+consolarnos de no tener familia...</p>
+
+<p>El conde volvió a ponerse serio, taciturno,
+mientras en los labios de la dama se dibujaba
+una sonrisa de cruel ironía.</p>
+
+<p>&mdash;A todo esto no has preguntado por ella, padre
+desnaturalizado&mdash;dijo metiendo sus dedos
+finos y blancos por la gran barba rizosa y bermeja
+de su amante.&mdash;Porque eres su padre, sí,
+su padre. ¿A que no lo niegas?&mdash;añadió acercando
+con mimo su rostro al de él y poniéndole los
+labios en el oído.&mdash;Voy a traértela.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿va a venir el ama?&mdash;preguntó él con
+terror.</p>
+
+<p>&mdash;No, hombre, no&mdash;replicó riendo.&mdash;Vendrá
+ella solita. Verás qué bien camina ya.</p>
+
+<p>El conde abrió los ojos con una expresión estúpida
+que la hizo reír aún más. Se puso en pie
+y abriendo la puerta cuchicheó un instante con
+Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo
+de pocos minutos la obesa medianera abrió otra
+vez la puerta cautelosamente y les entregó la
+niña dormida. Amalia se sentó, haciéndola descansar
+en su regazo. Ambos la contemplaron
+largo rato en silencio con éxtasis, pendientes del
+levísimo soplo que hinchaba y deshinchaba
+aquel tierno cuerpecito. Fue un instante feliz.
+El conde, olvidado de sus temores, se calmó:
+una sonrisa de vivo placer se esparció por su
+fisonomía dulce y melancólica. Trascurrían los
+minutos, y ni uno ni otro rompían aquel silencio
+dichoso ni se distraían un punto de la atención
+intensa en que sus espíritus se confundían.
+Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel pedacito
+de carne rosada se reflejaba igualmente en
+sus ojos y ataba con hilos invisibles sus almas
+y sus vidas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué hermosa es! Se parece a tí&mdash;murmuró
+el conde con tan blando acento que apenas si
+llegó a los oídos de su amante.</p>
+
+<p>&mdash;Aún más a tí&mdash;respondió ésta en la misma
+voz apagada.</p>
+
+<p>Luego, por un movimiento simultáneo, ambos
+volvieron la cabeza y se miraron larga, intensamente,
+con amor.</p>
+
+<p>&mdash;Te adoro, Amalia&mdash;dijo él.</p>
+
+<p>&mdash;Te quiero, Luis&mdash;respondió ella. Sus manos
+se buscaron y se apretaron tiernamente: sus cabezas
+se inclinaron para cambiar un beso casto.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+<p class="cab">Historia de aquellos amores.</p>
+
+
+<p>Casto, sí. Quizá el primero en sus ya
+largos amores. Todo lo que de tierno
+y poético se desprendía de ellos, como
+un perfume, vino de pronto a embriagarlos, a
+hacerlos dichosos. Se desvaneció el remordimiento,
+que pesaba sin cesar en el alma delicada
+del conde, la agitación insana que a ambos
+atormentaba, el ardor, la violencia, la amargura
+qué iba oculta en el fondo de sus deliquios amorosos
+como el gusano en el cáliz de la rosa. No
+quedó más que el amor puro, el amor satisfecho,
+el amor consagrado por la santa y misteriosa
+fuerza de renovación que habita en el seno de la
+naturaleza.</p>
+
+<p>¡Si se hubieran conocido antes! ¡Cuántas veces
+se habían repetido esta frase de los adúlteros!
+Si se hubieran conocido antes, probablemente se
+hubieran separado sin sentir el más insignificante
+movimiento de atracción. El amor se alimenta
+principalmente de dificultades, le placen los terrenos
+movedizos batidos por la borrasca. El de
+ellos no pudo hallar tierra más adecuada ni circunstancias
+más favorables para su germinación.</p>
+
+<p>Como se sospechaba en Lancia, el matrimonio
+de Amalia con D. Pedro fue impuesto a
+aquélla por su familia, que agonizaba de hambre.
+D. Antonio Sanchiz, padre de la dama, era
+un mayorazgo valenciano que había consumido
+con el juego y las mujeres las tres cuartas partes
+de su hacienda. La cuarta que restaba se encargó
+de consumirla por los mismos medios su
+hijo primogénito, que había heredado idénticos
+gustos. Amalia era la última de los cinco hermanos,
+cuatro hembras y un varón. Su hermana
+primera, a quien habían tocado aún algunos rayos
+débiles del esplendor de la casa, logró casar
+ventajosamente con el hijo de un banquero rico.
+Nada aprovechó a su familia. Ni D. Antonio ni
+su hijo Antoñito pudieron ver el color de las
+monedas de su yerno y cuñado respectivamente.
+Las otras dos también casaron con jóvenes distinguidos,
+pero sin dinero. Amalia floreció enmedio
+de la total ruina de su casa. Ni su figura
+graciosa y delicada, ni su clara estirpe le valieron
+para llamar la atención de los hombres.
+El conocido desastre de la casa y la deplorable
+reputación de su padre y hermano pusieron en
+torno de ella una valla que ninguno se atrevía a
+saltar. Bien lo echó de ver enseguida y rehuyó
+enamorarse de los que, por pasatiempo o galantería,
+la festejaban. No era tipo acabado de belleza;
+faltábale gallardía en la figura, amplitud de
+formas, color en las mejillas. Mas apesar de su
+cuerpecito menudo y no del todo bien conformado,
+y de la palidez constante de su rostro,
+poseía especial atractivo, que cuantos la veían,
+y aún más los que la trataban, se complacían
+en afirmar. Provenía éste principalmente de
+sus grandes ojos negros expresivos: el alma se
+asomaba a ellos reflejando las más leves y fugaces
+emociones; ora ardían con fuego malicioso
+revelando la pasión recóndita, insaciable, ora se
+aquietaban extáticos, límpidos, en arrobo místico;
+ahora brillaban alegres y bulliciosos, enseguida
+melancólicos, tan pronto secos como húmedos,
+tan pronto tiernos como iracundos. Provenía también
+de su movilidad, de la agudeza de su ingenio
+y del metal de su voz simpático e insinuante.
+Era, en suma, una mujer graciosa e interesante.</p>
+
+<p>No se sabe si por orgullo o porque realmente
+su temperamento ardiente y borrascoso le solicitase
+a ello, mostrose desdeñosa con los jóvenes
+ricos que galantemente la requebraban sin decidirse
+a pedir su mano, y entregó el corazón a
+un muchacho humilde, a un escribientillo del gobierno
+político con cuatro mil reales de sueldo,
+hijo de un maestro de escuela. La sangre azul
+de los Sanchiz brincó de cólera en las venas de
+D. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas y
+hasta en las del banquero, su cuñado, que no
+la tenía. Hubo de sufrir activa y feroz persecución.
+Pero como no le faltaban ánimos y estaba
+dotada además de un espíritu ingenioso y
+travieso, fértil en toda clase de diabluras, es lo
+cierto que se burló de ellos largo tiempo, que
+de nada valieron los ruegos, las amenazas, ni la
+temporada que la tuvieron recluida en un convento.
+Si el escribiente no llega a morirse de
+una tisis que le concluyó en pocos meses, es casi
+seguro que la muy noble y necesitada casa de
+los Sanchiz sufriera el baldón de emparentar con
+el hijo de un maestro de escuela.</p>
+
+<p>Después de esta aventura, Amalia quedó bastante
+desprestigiada en la población. Pero ella
+bien sabía que, aunque hubiera mantenido incólume
+su prestigio, sería lo mismo. Los hombres
+no se casan por el prestigio, sino por el dinero.
+No se le ocurrió, pues, sentir remordimientos
+por lo pasado. Vivió triste y resignada dos años
+más, mostrándose indiferente a los placeres propios
+de su edad, sin hacer nada para granjearse
+la voluntad de los jóvenes y ganar un marido.
+Cuando ya iba cerca de los veinticuatro abriles,
+y podía darse por perdida la esperanza de matrimonio,
+fue cuando a D. Pedro Quiñones, su
+tío tercero o cuarto, se le ocurrió acordarse de
+ella. Resistió el casarse con aquel señor, que sólo
+había visto de niña dos o tres veces, viudo hacía
+poco tiempo, y cuyas extravagancias conocía
+por oírselas narrar entre carcajadas a su padre
+y hermano, ¡los mismos que ahora la apretaban
+para que le aceptase por marido! No fue muy
+tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba
+tan desengañada, vivía enmedio de un aburrimiento
+tan plomizo, de una indiferencia tan soñolienta,
+que así que vio a su padre colérico,
+después de haberla suplicado con vivas instancias,
+se dejó arrancar el sí. Decían todos que
+aquel matrimonio era la salvación de la familia.
+No se metió a averiguar si era verdad o pura
+ilusión. Después de casada supo que todo lo que
+su padre pudo sacar de D. Pedro fue una exigua
+pensión, con la cual a duras penas podía comer.</p>
+
+<p>El noble vástago de los Quiñones de León se
+enamoró perdidamente de aquella estatua de hielo.
+En el viaje que hicieron desde Valencia a
+Lancia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspecta
+y tan cortés al mismo tiempo, que
+D. Pedro no osó reclamar ninguno de sus derechos.
+En Lancia, ya sabemos por la voz pública,
+digna de creerse en este caso, lo que pasó.</p>
+
+<p>La negativa persistente, los desprecios infinitos
+con que le regaló por mucho tiempo, lejos de
+enfriarle, encendieron más su pasión. Era Quiñones,
+como ya sabemos, hombre fogoso, terco,
+de voluntad indomable. Los obstáculos le irritaban,
+llegaban a enloquecerle. Quiso vencer el
+corazón de su esposa y no perdonó medio para
+ello: la colmó de atenciones, mimó sus gustos
+más insignificantes, viviendo por varios meses
+en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de
+esperanzas, tan pronto vivas como muertas.
+Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la astucia
+de su amigo el canónigo. Aquel aconsejado
+viaje por las montañas, lleno de sustos y peripecias,
+le conquistó, si no el amor de su esposa,
+por lo menos sus favores.</p>
+
+<p>En los dos primeros años de matrimonio Amalia
+hizo una vida retraída, sin salir apenas del
+churrigueresco palacio de la calle de Santa
+Lucía. Vivía a solas con su aburrimiento, complaciéndose
+en hacerlo más insoportable, agitada
+por una cólera sorda que amenazaba estallar
+a cada instante: en la apariencia tranquila,
+aceptando gustosa su papel, tratando con superioridad
+cortés a los que se la acercaban. El
+desgraciado accidente sobrevenido a su esposo
+distrajo un poco su hastío e infundió en su
+corazón momentáneo sentimiento de piedad.
+Durante algún tiempo se creyó llamada a desempeñar
+cerca de él los oficios de hermana de
+la caridad, a cuidarle con afectado cariño para
+hacerle menos insoportable aquel terrible castigo.
+No tardó mucho en fatigarse. Poco a poco
+se fue aficionando a la tertulia que por las
+noches se formaba en torno de su esposo, comenzó
+a interesarse en las conversaciones de política
+local y a intervenir en ella más o menos
+directamente. D. Pedro era el arbitro de la provincia
+mientras se hallaba en el poder el partido
+moderado. Ahora, que estaba debajo, conservaba
+no obstante muy alto prestigio y no poca influencia,
+en el temor de que no tardaría en ponerse
+encima. Para aumentar este prestigio y esta
+influencia y dar mayor realce a la riqueza y
+poderío de la casa, Amalia, que halló aquí medio
+de distraerse, abrió sus salones a la sociedad
+laciense, que hasta entonces había tenido
+siempre alejada; algunas visitas de cumplido y
+nada más. Dio conciertos, menudeó las reuniones
+de confianza, y de vez en cuando, en ciertas
+solemnidades, organizó grandes bailes de etiqueta.
+Con esto recobró su perdida energía, aquella
+graciosa y simpática movilidad que la caracterizaba;
+volvió la sonrisa a sus ojos, la frase aguda
+a sus labios. Nadie supo jamás honrar con más
+amabilidad y más gracia a sus tertulianos. Fue
+modelo de gentileza y cortesanía. Se hizo adorar
+de la juventud, a quien proporcionó gratísimo
+recurso para matar las interminables noches
+del invierno.</p>
+
+<p>Fernanda Estrada-Rosa fue uno de los más bellos
+ornamentos de sus conciertos y saraos. En
+pos de ella vino el conde de Onís, su novio. El
+conde era visita de la casa de Quiñones, pero
+sólo iba de tarde en tarde, con motivo de algún
+cumpleaños, entrada de año, etc. Sin embargo,
+Quiñones alimentaba por él profunda simpatía.
+Bastaba que perteneciese a la nobleza para
+que el linajudo hidalgo le juzgara superior en todos
+conceptos a los demás seres de la población.
+Amalia, que apenas le conocía, comenzó a observarle
+con viva curiosidad. Tanto se le había
+hablado de él, del cariño y respeto que profesaba
+a su madre, de su humor melancólico, de sus
+habilidades, de su piedad exagerada, que deseaba
+tratarle con intimidad; quería penetrar en el
+alma de aquel mancebo tan apuesto y tan inocente.
+No tardó en convencerse de que el amor
+aún no había prendido en ella. Observando con
+atención sus relaciones con Fernanda, percibió
+en ellas un dejo de frialdad que no venía ciertamente
+de la rica heredera. Conoció que el conde
+se engañaba a sí mismo haciendo esfuerzos por
+quedar enamorado, y aún más por aparecerlo.
+Tomaba sus amores como una obligación honrosa
+que le exigían sus años y posición. El joven
+más principal de Lancia debía amar a la
+niña más rica y más bella. Por otra parte, parecía
+como si quisiera demostrar a la población
+que no era un extravagante o un maniaco, como
+alguna vez había oído insinuar. Por eso se le
+veía cumpliendo estrictamente los deberes del
+perfecto galán, paseando un par de horas por la
+mañana en la calle de Altavilla, donde vivía su
+novia, acompañándola los domingos en el paseo,
+sentándose a su lado en la tertulia de las señoritas
+de Meré o en la de Quiñones, y bailando con
+ella todos los rigodones en los saraos del Casino.
+Pero al mismo tiempo Amalia echaba de ver que
+sus pláticas eran frías, que el conde estaba taciturno
+y distraído muchas veces, mientras ella,
+con visible interés, hacía el gasto de la conversación
+y procuraba mantenerla viva.</p>
+
+<p>Aquellos amores le fueron interesando cada
+vez más: buscó las confidencias de ella y también
+las de él. Al poco tiempo su alma ardiente,
+sagaz, voluntariosa, simpatizó con la de Luis,
+tímida, infantil, llena de piedad y ternura. Más
+maestra en el arte de hacerse amar que la
+niña de Estrada-Rosa, logró pronto inspirar
+al conde confianza y afecto; le envolvió en una
+malla espesa de confidencias, no sólo referentes
+a sus amores, sino de toda la vida. Le confesó
+tan bien como el más hábil jesuita. Luis,
+seducido por tanto interés, le fue abriendo su
+pecho dándole cuenta primero de sus costumbres,
+luego de los actos de su vida pasada, por último
+de sus sentimientos más recónditos, de aquellos
+que sólo se confiesan a un hermano. A Amalia
+no le sorprendían en la apariencia tales originales
+y morbosas psicologías; las aceptaba como
+cosas naturales, daba su opinión acerca de ellas
+y se autorizaba cariñosamente el aconsejarle,
+reprenderle a veces, guiarle en ciertos asuntos
+de la vida, cuyo complicado mecanismo ignoraba
+el conde por Completo. Alentado por este juego
+habilísimo, se iba confiando cada vez más, se
+entregaba por completo, feliz con desembarazarse
+de tanto pensamiento ridículo, con confesar
+aquella extraña y dolorosa timidez que le
+atormentaba.</p>
+
+<p>Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernanda
+haciéndose confidente y protectora decidida
+de sus amores. Si mantenía ratos larguísimos
+de conversación particular y animada
+con el conde, no menos largos y animados
+los gastaba con la chica. Ésta le agradecía profundamente
+aquella protección, que se traducía
+en ocasiones buscadas por la dama para que los
+novios pudieran verse y hablarse, para reconciliarlos
+cuando estaban reñidos, etc., etc. Mas
+sin que la inocente niña lo sospechase, sin que el
+mismo conde se diese cuenta de ello, la dama valenciana
+iba ganando a paso de carga el corazón
+de éste. Si en juventud, en hermosura y gallardía
+era, sin disputa, inferior a la rica heredera, la
+aventajaba mucho en la gracia expresiva del rostro,
+en el atractivo de su conversación y en la
+finura de su inteligencia. De confidencia en confidencia,
+Luis llegó a mostrarle cuál era el verdadero
+estado de su corazón respecto a Fernanda.
+La astuta señora supo sacar partido de tales confesiones
+para hacerle ver que lo que sentía era
+sólo admiración de aficionado a las obras bellas
+de la naturaleza, un deseo vanidoso de hacerse
+amar por la joven más linda y más rica de la
+ciudad, necesidad de distraer el aburrimiento,
+cualquier cosa, en suma, menos el verdadero
+amor. Éste se alimenta de tristezas negras, de
+alegrías inefables, de insomnios, de zozobras,
+de una agitación dulce y amarga a la vez que
+constantemente llevamos dentro del pecho. Luis
+se convenció pronto. Pero ella encontraba su
+frialdad injustificada, no comprendía cómo un
+hombre de tan buen gusto no había logrado enamorarse
+perdidamente, le reñía, le embromaba,
+subiendo hasta las nubes las cualidades de la
+gentil heredera.</p>
+
+<p>Mientras esto decía con los labios, sus ojos
+pregonaban otra cosa. Aquellas pupilas negras
+llenas de fuego e inteligencia se clavaban en él
+con expresión unas veces lánguida, otras maliciosa,
+concluyendo por fascinarle. Al mismo
+tiempo sus manos breves, delicadas, de aristócrata
+aprovechaban cualquier coyuntura para
+rozar las suyas; al despedirse le apretaban con
+tenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinaban
+ambos para contemplar cualquier objeto y sus
+cabezas se tocaban, Amalia no separaba la suya,
+dejaba que el conde aspirase la fragancia de ella
+largo rato cual si tratase de envenenarle. Se
+preocupaba de sus trajes y le imponía sus gustos.
+No debía ponerse levita; el frac azul le sentaba
+admirablemente. ¿Por qué gastaba guantes
+oscuros? Le prohibió, riendo, que se los pusiera
+más. Para las corbatas confesaba que tenía mucho
+gusto, pero le sentaban mejor las de lazo
+que las chalinas. ¿Por qué no se encargaba a
+Madrid los sombreros? Los que llegaban a Lancia
+eran todos rancios y ridículos. Y el conde
+obedecía gustoso sus insinuaciones, se iba dejando
+dominar por el ascendiente de aquella
+mujer tan débil de cuerpo como fuerte de voluntad.</p>
+
+<p>Una noche en que llegó a casa de Quiñones
+cuando aún no había nadie, le dijo la dama bruscamente:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién le ha puesto a usted ese clavel en el
+ojal, Fernanda?</p>
+
+<p>El conde, sonriendo ruborizado, hizo signo
+afirmativo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues que me dispense, pero tiene un color
+muy feo... Verá usted, voy a ponerle otro más
+bonito.</p>
+
+<p>Y diciendo y haciendo, fue derecha a uno de
+los floreros del salón y, después de escoger algún
+tiempo, sacó un magnífico clavel rojo. Volvió
+adonde estaba el conde y con gran desenvoltura,
+con cierta afectación aún, propia del que
+pretende mostrar su dominio, le arrancó el clavel
+que traía y le puso el nuevo. Sufrió él esta
+sustitución en silencio, inquieto y sorprendido.
+Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se echó
+un poco hacia atrás y exclamó con intención:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo que está mejor!</p>
+
+<p>Hubo después algunos instantes de silencio
+embarazoso. Ella se puso a jugar con el clavel de
+Fernanda, azotándose las rodillas, mientras lanzaba
+frecuentes miradas al conde, que permanecía
+confuso sin saber qué decir ni dónde poner
+los ojos. Por último, los de uno y otro se encontraron
+y sonrieron. En los de ella ardió una
+chispa maliciosa, y con ademán súbito y desdeñoso
+arrojó el clavel que tenía en la mano debajo
+de las sillas. El conde se puso repentinamente
+serio; sus mejillas se colorearon. En
+aquel momento entró Manuel Antonio. La conversación
+se entabló alegre, indiferente. El conde
+guardaba, sin embargo, un resto de turbación.
+Cuando llegó Fernanda y con visible disgusto,
+le preguntó por su clavel, se vio en grave
+aprieto, perdiose en un laberinto de explicaciones.
+El chico de su jardinero, a quien fue a dar
+un beso, se lo había arrancado, luego en una
+maceta que había hallado en el gabinete de su
+madre había tomado otro. Pero Amalia, implacable,
+le puso poco después en un conflicto preguntándole
+en voz alta con sonrisa maliciosa:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién le ha dado a usted ese clavel tan
+lindo, Fernanda?</p>
+
+<p>&mdash;No, yo no&mdash;se apresuró a responder ésta.</p>
+
+<p>Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvió en
+voz alta a la explicación que acababa de dar en
+secreto. Aquella pequeña traición los ató con
+nudo más fuerte, estableció entre ellos una relación
+singular que el conde no se atrevía a definir
+en su pensamiento, medroso de resbalar en
+un abismo. Siguió festejando con la misma asiduidad,
+quizá con alguna más, a la heredera de
+Estrada-Rosa, pero no podía hablar a la señora
+de Quiñones sin sentirse turbado; las miradas
+que se dirigían eran largas, intencionadas; sus
+apretones de manos vivos, impregnados de cariño.
+Ambos disimulaban delante de Fernanda
+como si fuese ya la esposa ultrajada. ¡Y aún no
+se habían dicho una palabra de amor! Pero
+Luis estaba convencido de que faltaba a su novia,
+de que era un criminal hacia D. Pedro, su
+amigo; no sabía por qué ni cómo, pero lo sentía
+allá dentro en el fondo de la conciencia. Sin embargo,
+reflexionaba algunas veces que por su
+parte no había dado un solo paso hacia el crimen,
+que se veía enredado en aquellas extrañas
+relaciones, en las cuales existía amor; inteligencia,
+traición, todo tácito, sin saber cómo había
+sido.</p>
+
+<p>Trascurrió más de un mes de esta suerte.
+Amalia no sólo le hablaba de amor con los ojos,
+pero le imponía su voluntad, le hacía ejecutar
+todos sus caprichos, a veces le reprendía ásperamente.
+Anunciaba, por ejemplo, que se iba a
+marchar: al volver los ojos se encontraba con
+los de Amalia que le decían que se quedase, y
+se quedaba. Trataba de bailar con Fernanda, y
+una mirada severa bastaba para retenerle. Un
+día anunció que iba a pasar seis u ocho en sus
+posesiones de Onís: Amalia le hizo signo negativo
+con la cabeza, y desistió de su viaje.
+¿Por qué? ¿Con qué derecho contrariaba sus determinaciones,
+se introducía en su vida y la gobernaba?
+No lo sabía, pero experimentaba sensación
+gratísima al obedecerla. Vivía en una
+inquietud dulce, anhelante, esperando algo hermoso,
+algo inefable que no quería formularse en
+su cerebro. Mientras, ella con su eterna sonrisa
+misteriosa le observaba tranquilamente, segura
+de conocer ese algo y de llegar a él cuando le viniera
+en apetencia.</p>
+
+<p>Una tarde del mes de Junio se hallaba el conde
+en la Granja inspeccionando el trabajo de algunos
+obreros, que tenía ocupados en abrir una
+acequia más ancha para el molino. El mozo encargado
+del ganado vino a decirle que una señora
+preguntaba por él.</p>
+
+<p>&mdash;¿Una señora?&mdash;exclamó sorprendido.&mdash;¿No
+la conoces?</p>
+
+<p>El criado le miró estúpidamente, sin contestar.
+¿Cómo la había de conocer, él, que había pasado
+la vida detrás del ganado, y sólo iba a Lancia
+algún día de mercado a comprar o vender una
+vaca? El conde se hizo cargo de esto y preguntó
+enseguida:</p>
+
+<p>&mdash;¿Es bajita?</p>
+
+<p>&mdash;No es muy alta, no, señor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿el
+andar muy suelto y elegante?</p>
+
+<p>Y antes de que el criado pudiera contestar a
+estas preguntas, que no había entendido, echó a
+correr en dirección a la casa con el corazón palpitante,
+henchido de emoción por el presentimiento
+de que era <i>ella</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde está?&mdash;gritó sin dejar de correr.</p>
+
+<p>&mdash;En la corrada, a la puerta del jardín&mdash;le
+contestó también a gritos.</p>
+
+<p>Llegó a la corrada sin respiración. Antes de
+abrirla se detuvo un instante, avergonzándose
+de su presunción. ¿Cómo había llegado a suponer...
+¿Pero por qué diablo se le había metido
+en la cabeza?... Y, sin embargo, no podía desecharla.
+Era <i>ella</i>, era <i>ella</i>; no le cabía duda alguna.
+Levantó el pestillo de la gran puerta de madera
+pintada de verde, y entró. La corrada era
+grande. Veíanse arrimados a la pared varios enseres
+de labranza. Debajo de un tendejón yacían
+algunos carros. En una caseta de madera, toscamente
+labrada, estaba amarrado un enorme mastín
+que quiso romper la cadena dando furiosos
+saltos por venir a acariciarle. Allá en el otro
+extremo, cerca de la puerta enrejada que comunicaba
+con el jardín, <i>la</i> vio, en efecto, con la
+frente pegada a las rejas, contemplando las flores.
+Estaba de espalda. Traía vestido claro de
+rayas blancas y rojas y llevaba en la cabeza
+sombrerito de paja con flores rojas también. Con
+la mano izquierda se apoyaba en una sombrilla
+que hacía juego con el traje y en la derecha
+apretaba unos guantes de seda, ¡Qué bien impresos
+le quedaron estos pormenores! Jamás en la
+vida se le borraron de la memoria.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted por aquí?&mdash;le preguntó afectando
+una serenidad que estaba muy lejos de sentir.&mdash;¿Quién
+había de presumir que fuese usted la señora
+que el criado me acaba de anunciar?</p>
+
+<p>&mdash;¿De veras no lo ha presumido usted?&mdash;preguntó
+ella mirándole fijamente.</p>
+
+<p>&mdash;No, no, señora.</p>
+
+<p>Y se puso colorado al decirlo. La dama sonrió
+con benevolencia.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, enséñeme usted esas rosas de <i>malmaison</i>
+de que me ha hablado.</p>
+
+<p>El conde abrió la puerta del jardín y ambos
+pasaron adentro. Era muy grande, y estaba
+bastante descuidado. Desde que la condesa había
+dejado de venir a la Granja casi en absoluto, los
+criados apenas tocaban en él. Luis era más dado
+a hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado,
+a desecar terrenos, que a las flores. Así y
+todo, del tiempo en que su madre venía todas
+las tardes y le atendía, existían allí muchas
+plantas de flores, grandes arbustos que con el
+tiempo y con aquel suelo feraz se iban trasformando
+en árboles frondosos.</p>
+
+<p>Mientras recorrían caminos arenosos, de los
+cuales el césped se iba apoderando por falta de
+limpieza, la condesa explicaba en voz alta cómo
+había llegado hasta allí. Se le había antojado dar
+un paseo hasta Bellavista; pero al pasar por delante
+de la carreterita que conducía a la Granja
+se acordó de las dichosas rosas, y dio orden al
+cochero de que siguiese por ella. No había visto
+nunca la posesión. Aquella frondosidad, aquel
+verde tan intenso la entusiasmaban. En su país
+la vegetación era más pálida.</p>
+
+<p>&mdash;Pero más fragante... como las mujeres&mdash;dijo
+el conde con galantería.</p>
+
+<p>La dama se volvió para dirigirle una sonrisa
+de gracias, y siguió loando la belleza de los rododendros,
+de las azaleas, de las camelias gigantescas
+que encontraban al paso.</p>
+
+<p>Luego que vieron los rosales y que el conde le
+hizo elegir algunos para mandárselos al día siguiente,
+tornaron por senderos distintos hacia la
+puerta de entrada.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted está seguro de que yo he venido únicamente
+a ver estos rosales?&mdash;dijo Amalia parándose
+súbito y mirándole con fijeza.</p>
+
+<p>Al conde le dio un vuelco el corazón y comenzó
+a balbucir lamentablemente:</p>
+
+<p>&mdash;Yo no sé... La verdad que esta visita... Me
+alegraría que los rosales...</p>
+
+<p>Pero la dama, compadecida, no le dejó terminar.</p>
+
+<p>&mdash;Pues, además de los rosales, vengo a ver
+toda la finca, y particularmente el bosque. Conque
+ya puede usted ir enseñándomelo&mdash;dijo agarrándose
+resueltamente a su brazo.</p>
+
+<p>El conde volvió a experimentar nueva y violenta
+emoción, primero de pena, después, al
+sentir la mano de la dama en su brazo, de vivísimo
+gozo. Y, turbado hasta lo profundo de su
+ser, fue mostrándole lo digno de verse que tenía
+la finca, las grandes y hermosas praderas, las
+cuadras, la nueva maquinaria del molino, el bosque
+por último. Ella le observaba con el rabillo
+del ojo. A veces se dibujaba en su rostro una
+levísima sonrisa burlona. Se enteraba de todo
+con interés, loaba los trabajos que se habían llevado
+a cabo, proponía otros nuevos. Y al ir y venir
+soltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba,
+despertando en el alma del conde sensaciones
+diversas, pero todas vivas y anhelantes. Cuando
+observaba que iba adquiriendo aplomo le disparaba
+repentinamente alguna maliciosa insinuación
+que de nuevo lo atortolaba, lo dejaba confundido
+y ruborizado.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, conde, a que cuando usted me vio
+dijo para dentro: «Amalia está enamorada de
+mí: no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.»</p>
+
+<p>&mdash;¡Amalia, por Dios!... ¿Qué disparate está
+usted diciendo?... ¿Cómo me había de atrever...</p>
+
+<p>Pero la dama, como si no advirtiera su turbación
+ni concediera importancia a sus propias palabras,
+saltaba inmediatamente a otro asunto.
+Parecía que tenía gusto en sofocarle, en mantenerle
+agitado y trémulo. Y en las miradas fugaces
+que de vez en cuando le lanzaba reflejábase un
+sentimiento de superioridad, la benévola ironía
+del que está jugando a otro una burla que ha de
+terminar en bien. El conde presentía algo grave
+debajo de aquella sonrisa enigmática, comprendía
+que estaba haciendo un papel desairado, que
+se estaban riendo de él y hacía esfuerzos heroicos
+para recobrar su sangre fría, sin conseguirlo.</p>
+
+<p>El bosque admiró y entusiasmó a la dama por
+encima de todo. Era una masa de robles añosos
+donde no penetraba jamás un rayo de sol. El
+suelo estaba limpio de abrojos, tapizado de césped
+que convidaba a reposar. Ninguna otra finca
+de recreo de la provincia poseía aquel regalo,
+procedente quizá de la primitiva selva donde se
+había fundado el monasterio que dio origen a
+Lancia. Quiso descansar un instante debajo de
+aquella bóveda verde por donde la luz se cernía
+trabajosamente. Reinaba una paz, un amable
+sosiego que impresionaba como el silencio y la
+luz dormida de una, catedral gótica, pero con
+emoción más dulce. Apoyó la espalda en un árbol
+y paseó largo rato su mirada asombrada por
+la espesura. El conde estaba en pie algo más lejos.
+Ambos permanecieron mudos largo rato. Por
+fin el caballero sintió, sin verlo, que los ojos de la
+dama estaban posados sobre él. Resistió algunos
+momentos la atracción magnética de aquella mirada.
+Cuando al cabo volvió la suya vio que en
+efecto le contemplaba de hito en hito con expresión
+risueña y audaz que le hizo bajar la
+vista. Amalia soltó una alegre carcajada. Él, sorprendido,
+confuso, algo irritado sintiéndose en
+ridículo, viendo que las carcajadas no cesaban,
+le preguntó con sonrisa forzada:</p>
+
+<p>&mdash;¿De qué se ríe usted, amiga mía?</p>
+
+<p>&mdash;De nada, de nada&mdash;respondió llevándose
+el pañuelo a la boca.&mdash;Lléveme usted a ver la
+casa.</p>
+
+<p>Y se colgó nuevamente de su brazo.</p>
+
+<p>La casa era un grande y vetusto edificio de
+piedra amarillenta carcomida por los años, con
+dos torrecillas cuadradas a los lados. Todo en
+ella estaba podrido o deteriorado. En la escalera
+faltaban rejas, lo mismo que en los balcones, la
+bóveda de las habitaciones descascarillada, los
+tabiques resquebrajados, el tillado con agujeros,
+los cristales, emplomados a la antigua usanza,
+tan llenos de polvo que apenas consentían el ver
+al través de ellos; las paredes sucias también y de
+ellas colgados algunos cuadros oscuros, tan oscuros
+que no se conocía lo que el pintor había
+querido representar; las habitaciones, con pocos
+y antiquísimos muebles maltratados por el uso
+de las generaciones anteriores. Fueron recorriéndolas
+todas. A Amalia le placía aquel aspecto de
+remota antigüedad. ¡Cuántos seres habrían habitado
+aquella casa! ¡Cuánto se habría reído y
+llorado en aquellas vastísimas estancias! Cada
+una tenía su nombre. La una se llamaba <i>el cuarto
+del cardenal</i>, porque en siglos pasados un cardenal
+de la familia se alojaba allí cuando venía
+a pasar una temporada a la Granja; otra, <i>el salón
+de los retratos</i>, porque había unos cuantos colgados;
+otra, <i>la sala nueva</i>, aunque parecía tanto y
+aún más vieja que las demás. Todo aquello representaba
+la vida íntima de una familia al través
+de los siglos.</p>
+
+<p>&mdash;Éste es <i>el cuarto de la condesa</i>&mdash;dijo Luis al
+entrar con su amiga en una pieza no muy grande,
+donde por debajo del polvo y los estragos
+del tiempo se advertía mayor lujo en el decorado.</p>
+
+<p>Era una estancia coquetona donde las generaciones
+habían ido dejando testimonios más o menos
+plausibles de su amor a la ornamentación.
+Un escritorio <i>pompadour</i>, algunas sillas <i>regencia</i>,
+varios retratos al pastel; en el techo, pintados al
+óleo, algunos amorcillos nadando en una atmósfera,
+azul en otro tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es el cuarto de su mamá?&mdash;preguntó
+Amalia.</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;replicó el conde riendo,&mdash;mamá dormía
+en otro lado. Se llama así desde tiempo inmemorial.
+Quizá alguna de mis abuelas lo había
+elegido para sí. Aquí es donde yo duermo la
+siesta cuando me canso de andar por el campo.</p>
+
+<p>En uno de los ángulos había una soberbia
+cama de roble tallado y enteramente negro por
+los años. Era una de esas camas del siglo XV
+que vuelven locos a los anticuarios. Las colgaduras
+antiquísimas también. Sobre los colchones
+estaba extendido un tapiz moderno de damasco.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí es donde usted se recoge para pensar
+más libremente en mí, ¿no es cierto?</p>
+
+<p>El conde quedó aturdido como si le hubiesen
+dado un golpe en la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo?</p>
+
+<p>Pero súbito, haciendo un gesto de resolución,
+exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, sí, Amalia, dice usted bien! Aquí
+pienso en usted como pienso en todos los sitios
+adonde voy desde hace algún tiempo... Yo no sé
+lo que me pasa; vivo en un estado de constante
+zozobra, y esto, como usted me decía hace pocos
+días, es una señal de amor verdadero. Estoy
+enamorado de usted como un loco. Comprendo
+que es una atrocidad, que es un crimen,
+pero no puedo remediarlo... Perdóneme usted.</p>
+
+<p>Y el caballero se dejó caer de rodillas, como
+uno de sus nobles antepasados de la Edad Media,
+a los pies de la dama.</p>
+
+<p>Ésta se indignó, al oírle, terriblemente. ¿Cómo?
+¿No se avergonzaba de semejante confesión? ¿No
+comprendía que dirigirle aquellas palabras dentro
+de su casa era un insulto? ¿Cómo podía suponer
+que ella las había de escuchar con paciencia?
+¡Mentira parecía que el conde de Onís,
+un caballero tan cumplido, faltase de aquel modo
+a lo que debía a una dama y a lo que se debía a
+sí mismo!</p>
+
+<p>El conde permaneció aterrado y de rodillas
+bajo tal granizada de denuestos. Consideraba
+graves sus palabras; pero el enojo que producían
+en la dama era mayor de lo que había
+sospechado.</p>
+
+<p>Amalia guardó al fin silencio. Le contempló
+con ojos irritadísimos unos instantes. Mas una
+sonrisa feliz y burlona comenzó a dilatar su
+rostro expresivo. Se acercó lenta y majestuosamente
+a él, le puso la mano en el hombro e inclinándose
+para acercar la boca a su oído le dijo
+en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;Hace usted bien en no avergonzarse de nada
+de eso, porque yo, señor conde, le quiero a usted
+tanto por lo menos como usted a mí.</p>
+
+<p>Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abrazó
+a sus rodillas besándolas con frenesí, se desbordó
+en un mar de palabras apasionadas, incoherentes,
+llenas de fuego y de verdad, mientras
+ella, tan breve, tan diminuta, contemplaba
+aquel coloso rendido, con sus ojos misteriosos
+de valenciana lucientes de amor y pasión.</p>
+
+<p>Con este inmenso trabajo conquistó el conde
+de Onís a la gentil señora de D. Pedro Quiñones
+de León.</p>
+
+<p>Los primeros tiempos de sus relaciones fueron
+agitadísimos para él, llenos de punzantes
+remordimientos y de goces embriagadores. Amalia
+iba de vez en cuando a la Granja. Por la noche
+en la tertulia daba cuenta de su visita en voz
+alta. Él se estremecía, se turbaba, sudaba de
+congoja mientras con perfecta sangre fría narraba
+ella todo lo que se podía narrar, hablaba del
+jardín, censuraba el abandono en que estaba y
+lo que se divertía trayendo a cada visita algunas
+plantas con la intención de dejarlo arrasado, ya
+que a su dueño no le interesaba. Llevaba su audacia
+hasta burlarse.</p>
+
+<p>&mdash;Por supuesto que a este señor no hay quien
+le sufra desde que las damas le visitan. ¿No advierten
+ustedes qué impertinente se ha puesto?
+Temiendo estoy que el primer día que vaya a la
+Granja me obligue a hacer antesala.</p>
+
+<p>Los tertulios reían. Sí, sí, se le notaba más serio.
+Fernanda sonreía clavándole una mirada,
+cariñosa; el mismo D. Pedro dulcificaba sus ojos,
+altivos, feroces y dejaba escapar de su garganta
+un amago de carcajada. ¡Qué esfuerzo prodigioso
+le costaba al conde aparecer sereno en estos,
+momentos! Le parecía que tenía un abismo
+abierto a sus pies. Y cuando se encontraba a solas
+con Amalia quejábase de su audacia, le rogaba
+con palabras fervorosas que fuese más precavida,
+mientras ella, impasible, gozándose en
+sus temeridades, sonreía desdeñosamente con su
+fina sonrisa enigmática.</p>
+
+<p>No pudiendo verse sino rara vez en la Granja,
+Amalia halló medio de hacer más frecuentes las
+entrevistas confiándose a Jacoba. En casa de
+ésta se encontraban una o dos veces a la semana.
+El conde entraba por una puertecita trasera
+que daba a cierta calleja, a primera hora
+de la tarde, cuando los vecinos estaban comiendo.
+Esperaba lo menos dos o tres horas. Amalia
+llegaba por fin con pretexto de dar alguna orden
+a su favorecida. Pero no bastándole esto, todavía
+ideó la entrada por la tribuna de la iglesia
+de San Rafael. Al conde le horrorizaba tal medio;
+todos sus escrúpulos religiosos se sublevaban
+a la vez; además tenía miedo de que un accidente
+casual descubriese aquellos amores y
+aquella profanación. ¡Qué escándalo! Amalia
+se reía de sus temores como si las consecuencias
+terribles no hubiera de pagarlas ella. Era una
+mujer que tenía confianza absoluta en su estrella.
+Como los buenos toreros se juzgan más seguros
+ciñéndose a los cuernos del toro si no pierden
+la sangre fría, así ella desafiaba el peligro,
+iba al encuentro de él confiando en que sabría salir
+de cualquier atolladero. Y, en efecto, su perfecta
+serenidad, su increíble audacia la salvaron
+más de una vez.</p>
+
+<p>El conde de Onís, el coloso de luengas barbas
+fue un verdadero juguete en las manos de aquella
+mujercita temeraria y maligna. Una pasión
+loca se apoderó de ambos, sobre todo de ella.
+Poco a poco se fue acostumbrando a no vivir sin
+él, a no pasarse un día sin verle a solas. Hacía
+esfuerzos increíbles de ingenio y habilidad para
+conseguirlo. Y si las circunstancias rodaban de
+tal suerte que fuese imposible en tres o cuatro
+días gozar una hora de soledad, su espíritu voluntarioso
+se exaltaba, botaba dentro del cuerpo
+como un corcel impaciente, y estaba dispuesta a
+arrojarse a la mayor imprudencia. Le apretaba
+las manos, le daba pellizcos en plena tertulia, le
+abrazaba detrás de las puertas cuando con cualquier
+pretexto le hacía pasar a otra habitación,
+y más de una vez y más de dos en las barbas
+del mismo maestrante, al volver éste la cabeza,
+le estampó un beso en los labios. Luis temblaba,
+empalidecía, siempre en espera de una catástrofe.</p>
+
+<p>Al cabo de pocos meses, sus relaciones con
+Fernanda, que habían ido enfriándose paulatinamente,
+se rompieron por completo. Fue exigencia
+ineludible de Amalia. Desde el principio lo
+venía preparando con soberano arte, marcándole
+el tiempo que había de estar al lado de su novia,
+las veces que la había de sacar al baile y hasta lo
+que le había de decir. Y como lo tenía previsto,
+la heredera de Estrada-Rosa, que era orgullosa,
+no pudiendo soportar la frialdad de su novio,
+le dejó en libertad y le devolvió su palabra.
+La pobre chica desahogaba su pena con Amalia,
+la única que sabía a qué atenerse respecto a
+aquel rompimiento tan comentado. Mostró ésta
+gran enojo por la conducta del conde y se expresó
+en términos bastante vivos contra él; tomó
+parte por la joven, deshaciéndose en elogios de
+ella; no se hartaba de ponderar sus ojos, su
+talle, su discreción y bondad. Hasta dio ostensiblemente
+algunos pasos para reconciliarlos. Y
+en el seno de la confianza, particularmente entre
+los amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no se
+contentaba con decir que Fernanda valía en todos
+sentidos más que su ex-novio, sino que apellidaba
+a éste con mil epítetos pesados; jayanote,
+pavo, santurrón, hipócrita, etc. Y cuando al
+día siguiente le veía en casa de Jacoba, decíale
+abrazándole muerta de risa:</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo te he puesto ayer, querido mío, delante
+de varios amigos de D. Juan! ¡Tú no sabes!...
+Saliste de mis labios que ni con pinzas
+se te podía recoger.</p>
+
+<p>Vivía el conde, por todo esto, y por los remordimientos
+que sin cesar le mordían, en un estado
+de perpetua agitación. ¡Cuán lejos se hallaba de
+ser feliz! Pero todo era flores comparado con lo
+que le esperaba. Cinco meses después de comenzadas
+sus relaciones, un día le anunció
+Amalia que creía hallarse en cinta. Se lo dijo
+con la sonrisa en los labios, como si le noticiase
+que le había tocado la lotería. Luis sintió un
+vértigo de terror, quedó pálido, la vista se le turbó
+como si fuese a caer.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío, qué desgracia!&mdash;exclamó llevándose
+las manos al rostro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Desgracia?&mdash;preguntó ella con asombro.&mdash;¿Por
+qué? Yo estoy muy contenta.</p>
+
+<p>Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos,
+le explicó riendo que era feliz con esperar una
+prenda de sus amores; que no tuviese miedo
+alguno porque ella sabría arreglarse para que
+nada se descubriera. Y, en efecto, tal maña se
+dio para apretarse que nadie pudo presumir
+que aquella mujer tuviese una criatura en sus
+entrañas. ¡Qué sustos, qué congojas las del conde
+mientras duró el embarazo! Si alguien la miraba
+con insistencia, ya estaba temblando; si en
+el curso de la conversación un tertulio hacía
+alusión a algún parto disimulado, se ponía pálido,
+pensando que podía ser una indirecta. En
+todos los rostros creía ver sonrisas y miradas
+significativas; en las palabras más inocentes,
+profundas y aviesas insinuaciones.</p>
+
+<p>Mientras tanto ella comía y dormía tranquilamente
+con una alegría constante que aterraba y
+admiraba al mismo tiempo al conde. El tiempo
+corría: llegaron los siete meses; los ocho. Por
+mucho que lo disimulase, el conde observaba
+que la cintura de su querida se ensanchaba.
+Cuando, lleno de congoja, comunicó con ella
+esta observación, se echó a reír:</p>
+
+<p>&mdash;Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes.
+¿Quién va a sospechar porque esté un poquito
+más abultada? Muchas veces le gusta a una llevar
+flojo el corsé.</p>
+
+<p>Cuando llegó el momento crítico mostró una
+bravura que rayaba en heroísmo. Luis quería
+confiarse a un médico: ella se opuso. ¿Para qué?
+Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiar
+tal secreto a otra persona era peligroso. Le
+acometieron los primeros síntomas al amanecer,
+hallándose en la cama; pero hasta las ocho
+no mandó llamar a Jacoba, que con el pretexto
+de hacer unos colchones dormía desde hacía algunos
+días en casa. Se encerraron en el gabinete,
+donde ya tenían preparadas las ropas necesarias,
+y sin un grito, sin un movimiento descompasado,
+sin la más leve queja, salió aquella valiente
+mujer de su cuidado. Jacoba sacó la criatura
+con el lío de la ropa, después de haber mandado
+fuera con adecuados pretextos a los criados.</p>
+
+<p>El conde lloró de gozo y admiración al saber
+este feliz desenlace. Luego, cuando recibió por
+Jacoba la orden de llevar la niña al portal de
+Quiñones, volvió a sentirse acongojado. El plan
+de su amante le llenaba de estupor; pero como
+estaba acostumbrado a obedecer, hizo lo que le
+mandaba. El resultado coronó la audacia de la
+dama; fue tal como ella había previsto.</p>
+
+<p>Y ahora, al contemplar a la criatura segura
+para siempre, no sólo se fortalecía su amor y se
+depuraba, sino que sentían el gozo de la victoria,
+del que después de haber corrido fuertes
+temporales llega por fin a puerto de salvación.</p>
+
+<p>En voz muy baja, con las manos enlazadas,
+inclinando de vez en cuando la cabeza para rozar
+con los labios la frente de la niña, hablaron
+largo rato, mejor dicho, soñaron despiertos,
+queriendo penetrar en los abismos insondables
+del tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella hermosa
+criatura? ¿Cómo se la educaría? Amalia
+decía que conseguiría educarla como hija suya,
+hacerla una verdadera señorita; estaba segura
+de que D. Pedro no se opondría a ello. Y como
+quiera que no tenía hijos, nada más natural que
+habiéndola tomado cariño la dejase a su muerte
+algún legado importante. El conde hizo un gesto
+de desdén. La niña no necesitaba de la hacienda
+de D. Pedro. Él le dejaría toda la suya.</p>
+
+<p>&mdash;Pero tú puedes casarte y tener hijos&mdash;dijo
+la dama mirándole maliciosamente.</p>
+
+<p>Él la tapó la boca.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oír
+eso siquiera. Estoy definitivamente unido a tí.</p>
+
+<p>Ella le besó con efusión.</p>
+
+<p>&mdash;Sellados, ¿verdad?</p>
+
+<p>&mdash;Sellados&mdash;repuso él con firmeza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero no te haces cargo de que si le dejas
+tus bienes en testamento, enseguida nacería la
+sospecha de que era hija tuya?</p>
+
+<p>Esta dificultad le abatió por unos instantes.
+Ambos se ocuparon en arbitrar algún medio para
+eludirla. El conde quería dejarlos en fideicomiso
+a alguna persona de confianza. Pero esto ofrecía
+también sus inconvenientes. Mejor sería ir
+colocando dinero a su nombre en algún banco, y
+al llegar a la mayor edad, fingir una herencia,
+inventar algún padre llovido del cielo...</p>
+
+<p>&mdash;En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo a
+mi cuidado&mdash;concluyó diciendo ella.</p>
+
+<p>Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando
+de su imaginación inagotable, de su voluntad y
+su audacia.</p>
+
+<p>Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir
+volvieron los ojos al presente. Era necesario
+bautizar la niña. Habían resuelto que fuese al
+día siguiente.</p>
+
+<p>&mdash;Ya hemos convenido en que la madrina
+fuese yo y el padrino tú.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo? ¿yo?&mdash;exclamó asustado.&mdash;Pero,
+mujer, ¿no comprendes que eso puede engendrar
+sospechas?</p>
+
+<p>La dama se obstinó. Que sí, que había de ser
+padrino. Si sospechaban, buen provecho. A ella
+le tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente
+afligido cambió de idea.</p>
+
+<p>&mdash;No te apures, hombre, no te apures&mdash;dijo
+dándole un tironcito a la barba.&mdash;Ha sido una
+broma. ¡Buena cara ibas a poner cuando la
+tuvieses en la pila! No te faltaría más que gritar:
+¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí todos a ver al
+padre de esta criatura!</p>
+
+<p>El padrino sería Quiñones, y en su representación
+D. Enrique Valero. La madrina ella, representada
+por María Josefa. El conde se mostró
+muy satisfecho. Todo aquello era hábil y prudente
+y adecuado para asegurar la suerte de su
+hija. Pero cuando se manifestaba más contento,
+un rumor que vino del pasillo le hizo saltar
+en la butaca, ponerse lívido.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tienes, hombre?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ese ruido!...</p>
+
+<p>&mdash;Es Jacoba...</p>
+
+<p>Pero viéndole dudoso, con los ojos espantados
+aún, se levantó, teniendo la niña en los brazos,
+abrió la puerta y cambió algunas palabras
+con Jacoba que, en efecto, estaba allí. Después
+de entregarle la criatura y cerrar, volvió de nuevo
+a sentarse.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo eres tan cobarde, di?</p>
+
+<p>&mdash;No es cobardía&mdash;repuso él ruborizado.&mdash;Es
+que estoy siempre sobresaltado... No sé lo que
+me pasa... La conciencia quizá...</p>
+
+<p>&mdash;¡Bah! Es que eres un cobarde. Como tienes
+el cuerpo tan grande se te pasea el alma dentro
+de él.</p>
+
+<p>Y acto continuo, observando la expresión de
+enojo y tristeza que se reflejaba en su semblante,
+tornó a abrazarle con trasportes de entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;No, no eres cobarde; pero inocente sí...
+Por eso te quiero, te quiero más que a mi vida.
+¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya...
+Tú eres mi único amor. Yo no soy casada...</p>
+
+<p>Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus
+manos finas y pálidas por el rostro, estampaba
+en él menudos, infinitos besos, le anudaba los
+brazos al cuello, se lo mordía con leves y fugaces
+mordiscos de ratón. Y al mismo tiempo,
+ella, tan grave y silenciosa en visita, hacía fluir
+de sus labios un chorro constante de palabritas
+melosas que le adormecían y embriagaban. El
+fuego, que se adivinaba al través de sus grandes
+ojos misteriosos y traidores, brotaba ahora con
+vivas llamaradas. Era el goce de la sensualidad
+el que se desprendía de su ser; pero era también
+el deleite maligno del capricho cumplido, de la
+venganza y la traición.</p>
+
+<p>El conde de Onís se sentía cada día más subyugado.
+Las caricias de su amada eran abrasadoras;
+pero los ojos guardaban siempre, en lo
+más hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada.
+Sentía amor y miedo al mismo tiempo. Alguna
+vez su espíritu supersticioso llegaba a imaginar
+si un demonio tentador habría venido a alojar
+en el cuerpecito endeble de aquella valenciana.</p>
+
+<p>Después de anunciar tres o cuatro veces que
+se marchaba, sin llevarlo a cabo por impedírselo
+ella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se levantó
+de la butaca. La despedida fue larga como
+siempre. Amalia no le soltaba hasta que le veía
+ebrio, intoxicado por la violencia de sus caricias.
+Jacoba le esperaba en el corredor. Después
+de conducirle por éste y otros varios hasta
+la estancia donde se hallaba la escalerita excusada
+que iba a la biblioteca, le hizo seña de que
+aguardase y bajó sola para cerciorarse de que no
+había nadie en los pasillos. Tornó a subir para
+avisarle; el conde descendió, apagando cuanto
+podía el ruido de sus botas. A la puerta del pasadizo
+la medianera le dejó, después de abrirle
+la puerta. Bajose otra vez hasta tocar con las
+manos en el suelo para no ser advertido de la
+gente que pasase por la calle, y en esta forma
+atravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió la
+puerta y entró. La oscuridad le cegó. En cuanto
+dio algunos pasos sintió un golpe en la espalda
+y oyó una voz ronca que decía al mismo tiempo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Muere, infame!</p>
+
+<p>Se heló en sus venas la sangre y dio un salto
+hacia atrás. Entre las sombras espesas pudo distinguir
+un bulto más negro aún. Veloz como un
+rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniquilado
+bajo su enorme cuerpo si no sintiera una
+carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz
+de Amalia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño!</p>
+
+<p>La sorpresa le dejó mudo unos instantes.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero por dónde has venido?&mdash;dijo al cabo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues por la escalera principal. Me he echado
+este capuchón negro encima y he bajado corriendo.</p>
+
+<p>Y viéndole frío y disgustado por aquella broma
+de mal gusto, se empinó sobre la punta de
+los pies, colgose rápidamente a su cuello y, después
+de apretar los labios larga y apasionadamente
+contra los suyos, le dijo con acento zalamero:</p>
+
+<p>&mdash;Ya sabía que no eras cobarde... pero quería
+comprobarlo.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+<p class="cab">Las bromas de Paco Gómez.</p>
+
+
+<p>Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse
+a que Paco Gómez procediese
+de buena fe. Su carácter jocoso, los
+terribles bromazos que se le atribuían perjudicábanle
+en el ánimo del indiano. No bastaba que
+adoptase continente grave y mantuviese con
+él pláticas largas acerca de la alza o baja de las
+acciones del Banco, ni que le loase la casa por
+encima de todas las fábricas modernas y le diese
+útiles consejos en el juego del chapó. De todos
+modos el gracioso de Lancia observaba allá, en
+el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí,
+una nube de recelo que no podía disipar. En este
+aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le
+había metido en la cabeza una broma chistosa,
+y antes de renunciar a ella consentiría en cualquier
+alianza.</p>
+
+<p>&mdash;Desengáñate, Santos&mdash;decía el marica, de
+acuerdo con Paco, paseando cierta tarde por
+el Bombé con Granate,&mdash;tú, como te has pasado
+más de la mitad de la vida detrás de un
+mostrador, no entiendes nada de estos lances. No
+te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero
+que anda en camino de ello lo digo y lo sostengo
+aquí y en todas partes. Hace ya tiempo que
+lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas,
+incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana
+la apetecen y están dispuestas a hacer cualquier
+disparate por lograrla. Fernanda comenzó
+rechazándote...</p>
+
+<p>&mdash;¡Entodavía! ¡entodavía!&mdash;manifestó sordamente
+el indiano.</p>
+
+<p>&mdash;Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa
+y que no dará jamás su brazo a torcer. Pero
+por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará
+más que con el conde de Onís o contigo, los
+dos únicos partidos que hay en Lancia para ella;
+el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis
+es un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de
+casarse. Ella está convencida ya de esto mismo.
+No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que
+se coma la breva... Además, por más que otra
+cosa digan, a las mujeres les gustan los hombres
+como tú, robustos... porque tú eres un roble,
+chico&mdash;añadió volviendo hacia él la cabeza con
+admiración.</p>
+
+<p>Granate dejó escapar un mugido corroborante.
+El marica le pasó las manos por el torso, como
+profundo conocedor de las formas masculinas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!</p>
+
+<p>&mdash;Con estos hombros que aquí ves&mdash;dijo el
+indiano con orgullo&mdash;se han ganado muchos miles
+de pesos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo? ¿Cargando sacos?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sacos!&mdash;exclamó Granate sonriendo con
+desprecio.&mdash;Eso es pa la canalla. ¡Cajas de
+azúcar como vagones!</p>
+
+<p>El Bombé estaba desierto en aquella hora.
+Era un paseo amplio en forma de salón, recién
+construido en lo alto del famoso bosque de San
+Francisco, desde donde se señoreaba todo. Este
+bosque de robles corpulentos, añosos, retorcidos,
+algunos de los cuales pertenecían a la selva primitiva
+donde se fundó el monasterio que dio origen
+a Lancia, servía de sitio de recreo y esparcimiento
+a la población, hasta cuyas primeras casas llegaba.
+Permaneció siempre en lamentable abandono;
+pero la última corporación municipal había
+llevado a cabo en él magnas reformas que le habían
+valido los aplausos de los espíritus innovadores:
+un paseo, algunos jardinillos alrededor y
+una calle enarenada entre los árboles, que le ponía
+en fácil comunicación con la ciudad. Los días
+de labor no paseaban por él más que algunos
+clérigos con sus largos manteos negros y enorme
+sombrero de teja, llevando algún seglar enmedio,
+dos o tres pandillas de indianos disputando
+en voz alta sobre el precio de los cambios o el
+valor de los solares de la calle de Mauregato, recién
+abierta, y tal cual valetudinario, que venía
+a primera hora a tomar el sol, y se retiraba tosiendo
+en cuanto sentía la humedad de la tarde.
+¿Y las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sabían
+perfectamente lo que se debían a sí mismas
+y estaban dotadas de un sentimiento harto delicado
+de las leyes del buen tono para exhibirse
+en días que no fuesen feriados. Y aun en éstos
+no lo hacían sino tomando las debidas precauciones.
+Ninguna dama de Lancia cometía la bajeza
+de presentarse en el Bombé los domingos
+mientras no estuviesen paseando en él algunas
+otras de su categoría. Pero esto era de una dificultad
+insuperable, dada la unanimidad de pareceres.
+De aquí que, aderezadas ya desde las tres
+de la tarde, con el sombrero y los guantes puestos,
+aguardasen al pie de los balcones, espiándose
+las unas a las otras por detrás de los visillos.
+«Ya pasan las de Zamora.» «Ahora vienen
+las de Mateo.» Sólo entonces se aventuraban
+a lanzarse a la calle y subir poco a poco y
+con la debida majestad hasta el paseo, donde
+hacía ya dos horas la banda municipal ejecutaba
+diversas fantasías sobre motivos de <i>Ernani</i> o <i>Nabuco</i>
+para recreo de las niñeras y algunos apreciables
+albañiles. Ni se crea, sin embargo, que
+la sociedad distinguida de Lancia entraba así de
+golpe y porrazo en el arenoso salón. Nada de
+eso. Antes de poner el pie en él subían a otro paseíto
+suplementario que había poco más arriba.
+Desde allí exploraban el terreno, observaban
+«si alguna se había atrevido.» Por fin, cuando
+las sombras comenzaban a espesarse ya en las
+copas de los añosos robles, a la hora en que la
+niebla descendía de las montañas apercibida a
+fijarse en las narices, en la garganta y en los
+bronquios del honrado vecindario, todas las bellezas
+indígenas acudían casi en tropel al espacioso
+paseo. ¡Qué importaba un catarro, un
+reuma, ni siquiera una pulmonía, ante la deshonra
+de presentarse las primeras en el Bombé!
+¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentoso
+del poder que en los pechos elevados ejerce el
+respeto de sí mismo!</p>
+
+<p>Esta exquisita conciencia de los deberes, que
+la naturaleza ha escrito con caracteres indelebles
+en los corazones dignos, se revelaba aún de
+modo más claro y conmovedor con ocasión de
+los bailes de confianza que el Casino de Lancia
+daba cada quince días durante el invierno. Fácil
+es de comprender que las dignísimas señoritas
+que con tal admirable constancia luchaban un
+día y otro para no entrar en el paseo mientras
+estuviese solitario, no irían a cometer la vileza
+de presentarse «primero que las otras» en
+el salón del Casino. Mas como aquí no había
+paseo suplementario desde donde espiarse, ni era
+fácil por la noche estar de espera en los balcones,
+aquellas ingeniosísimas damas, tan dignas
+como ingeniosas, hallaron un medio de dejar
+siempre a salvo su honra. Poco después de sonar
+las diez, hora en que daba comienzo el baile,
+enviaban hacia allá de descubierta, como caballería
+ligera, a sus papas o hermanos. Entraban
+haciéndose los distraídos, se sentaban un momento
+en las butacas, gastaban cuatro bromas
+con los pollos que allí aguardaban correctos, impacientes,
+con la luenga levita cerrada, abrochándose
+los guantes los unos a los otros, y al
+poco rato se retiraban disimuladamente para ir
+a noticiar a sus familias que aún no había llegado
+nadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos impacientes
+de la levita cerrada aguardaron vanamente
+toda la noche la llegada de sus hermosas
+parejas! Las bujías se iban gastando; la orquesta,
+que había tocado sin éxito alguno dos o tres
+bailables, se desmoralizaba; los músicos charlaban
+en voz alta o paseaban por el salón y hasta
+fumaban; los hujieres y mozos bostezaban,
+tirándose unos a otros indirectas referentes a las
+dulzuras del lecho. Por fin el presidente daba la
+orden de apagar, y los pollos se retiraban a sus
+domicilios respectivos tan mustios como correctos.
+¡Espectáculo consolador el de aquellas heroicas
+jóvenes que, apesar de sus vivos deseos
+de ir al baile, preferían permanecer en casa a
+quebrantar los principios fundamentales en que
+descansa la dicha y el sosiego de la sociedad!</p>
+
+<p>&mdash;Allí viene Paco con el Jubilado. Lo mismo
+te dirán que yo&mdash;profirió Manuel Antonio poniéndose
+la ebúrnea mano sobre las cejas a guisa
+de pantalla.</p>
+
+<p>En efecto, allá a lo lejos se columbraba la
+figura de Paco como una percha coronada por
+un pepino. Todos los sombreros le entraban hasta
+las orejas a causa de la inverosímil pequeñez
+de la cabeza y su disposición excepcional. A su
+lado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bigotes
+blancos y arrogante figura militar, aunque
+ya sabemos que era el hombre más civil que
+hubiese producido Lancia desde hacía algunos
+siglos.</p>
+
+<p>Granate dejó escapar algunos gruñidos destinados
+a probar el profundo desprecio que aquellos
+dos personajes le inspiraban, el uno por su
+poca formalidad, y el otro por no tener ni un
+mal cupón del tres por ciento.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, queridos, hacedme el favor de convencer
+a este babieca de que es un buen partido
+para cualquier muchacha, porque no quiere
+creerlo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aprieta, pues si D. Santos no es partido
+con cinco o seis millones de reales, no sé yo
+quién lo será!&mdash;exclamó Mateo relamiéndose
+como padre de cuatro niñas casaderas que no
+acababan de casarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Suba el cañón, D. Cristóbal, suba el cañón!&mdash;dijo
+el indiano echándole una mirada
+torva.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo? ¿Tiene usted más?... Me alegro...
+Yo hablo por lo que dice la gente...</p>
+
+<p>&mdash;Tengo quinientos mil pesos sin quitar un
+<i>lápiz</i>.</p>
+
+<p>Los tres amigos cambiaron una mirada significativa.
+Manuel Antonio, no pudiendo contener
+la risa, le abrazó exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;¡Bien, Santos, bien! Eso del <i>lápiz</i> me enternece.</p>
+
+<p>Granate era el hombre de los disparates lingüísticos.
+No tenía conocimiento de la forma
+verdadera de una gran parte de las palabras; las
+modificaba de modo que resultaba muy cómico.
+Sin duda dependía de falta de oído, dado que
+hacía ya algunos años que había regresado de
+América y trataba con personas cultas. Sus bárbaros
+atentados contra el idioma eran proverbiales
+en Lancia.</p>
+
+<p>&mdash;Pues nada, este infeliz se figura&mdash;prosiguió
+el marica, sin hacer caso de la mirada recelosa
+que le dirigió&mdash;que porque Fernanda Estrada-Rosa
+gasta algunos remilgos no le gustan las
+peluconas como a todo hijo de vecino... ¡Tonto,
+tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegaba
+palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Si
+es hija de D. Juan Estrada-Rosa, el mayor judío
+que hay en la provincia!</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, Fernanda ya es otra cosa&mdash;manifestó
+el Jubilado, que no estaba en el ajo&mdash;Es
+una chica muy rica y no necesita casarse por el
+dinero.</p>
+
+<p>Pero los otros dos cayeron como fieras sobre
+él. Cuando se tiene dinero se quiere más. La ambición
+es insaciable. Fernanda era muy orgullosa
+y no pasaría por que ninguna otra chica en
+Lancia pudiese ostentar tanto lujo como ella. Si
+D. Santos elegía esposa en la población, le
+podría hacer competencia desastrosa: era una
+mosca que no se quitaría jamás de la nariz. El
+único rival temible para D. Santos era el conde
+de Onís; pero éste ya estaba descartado. Su carácter
+excéntrico, su misticismo y las extrañas
+manías en que daba con frecuencia, habían concluido
+por aburrir a la muchacha...</p>
+
+<p>Con estos argumentos y un formidable pisotón
+de inteligencia que Paco le dio, el Jubilado entró
+en razón y se puso de parte de ellos. Los tres se
+esforzaron en convencer al indiano de que ni
+aquélla ni ninguna otra joven podría resistir mucho
+tiempo si él se decidía a estrechar el bloqueo.
+Paco aludía además de un modo vago y
+misterioso a cierto dato que él poseía, el cual
+demostraba hasta la evidencia que los desdenes
+de la chica eran pura comedia, alardes de vanidad
+para hacerse valer. Pero era un secreto; no
+podía revelarlo sin faltar a la amistad y consideración
+que debía a la persona que se lo había
+comunicado.</p>
+
+<p>Sin embargo, Granate no acababa de rendirse.
+Como un mastín a quien rodean los chicos y tratan
+de congraciársele haciéndole caricias, echábales
+miradas recelosas y dejaba escapar de vez
+en cuando gruñidos dubitativos. Manuel Antonio
+agotó el repertorio de sus argumentos sutiles y
+femeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas
+o pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta
+lo infinito. Paco le dejaba decir y hacer echándole
+de través miradas socarronas, convencido
+de que Granate acogía siempre con desconfianza
+sus palabras. Pero a última hora intervino para
+dar el golpe definitivo. Después de hacerse rogar
+mucho por sus dos auxiliares, y de suplicar
+encarecidamente y por los clavos de Cristo que
+aquello permaneciese en secreto, sacó al fin del
+bolsillo una carta. Era de Fernanda a una amiga
+de Nieva. Explicó primero de qué modo casual
+había venido a su poder, y después leyó en voz
+baja y con aparato de misterio el siguiente párrafo:
+«Lo que me dices de Luis no tiene fundamento.
+No he vuelto ni volveré a reanudar
+mis relaciones con él por razones muy largas de
+explicar, algunas de las cuales ya conoces. Lo
+de D. Santos, aunque por ahora no hay nada,
+lleva mejor camino. Es viejo para mí, pero me
+parece muy formal y cariñoso. Nada tendría de
+particular que al fin cayera con él.»</p>
+
+<p>Granate atendió con extremada fijeza, abriendo
+de modo descomunal sus ojazos. Cuando
+Paco terminó la lectura dijo con voz profunda,
+como si hablara consigo mismo:</p>
+
+<p>&mdash;Esa carta es <i>ipócrifa</i>.</p>
+
+<p>Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posible
+por contener la risa. Manuel Antonio aprovechó
+la ocasión para darle un abrazo más.</p>
+
+<p>&mdash;¡Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñale
+la carta, Paco... ¿Tú conoces la letra de Fernanda?...
+¿No?... Pues yo sí y aquí D. Cristóbal
+también, porque Emilita recibe a cada momento
+cartas de ella... Tú eres demasiado modesto,
+Santos. Yo no te diré que seas un real mozo,
+pero tienes cierta gracia y cierto aquel... vamos...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo que lo tiene!&mdash;exclamó Paco.&mdash;Bien
+puede usted fiarse de Manuel Antonio, que
+es voto en la materia.</p>
+
+<p>&mdash;Cualquiera puede distinguir, querido&mdash;profirió
+éste, picándose repentinamente.&mdash;Teniendo
+ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo que
+es feo y lo que es mediano.</p>
+
+<p>Y no quiso emplear más saliva en secundar
+los planes de Paco. Dejaron, pues, a Granate en
+paz, y el marica cambió de conversación.</p>
+
+<p>&mdash;Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal.</p>
+
+<p>Éste levantó la cabeza y vio venir hacia
+ellos paseando ocho o diez militares. Eran oficiales
+del batallón de Pontevedra, que, a su despecho,
+había llegado recientemente de guarnición
+a la ciudad. Mateo rechinó un poco los dientes
+y bufó repetidas veces para indicar todo lo
+odioso que le era la fuerza armada. Después exclamó
+con irónico retintín:</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo me encantan los guerreros en tiempo
+de paz!</p>
+
+<p>&mdash;Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal.
+Los militares no dejan de ser útiles.</p>
+
+<p>&mdash;¡Útiles!&mdash;exclamó el Jubilado encrespándose.&mdash;¿Qué
+utilidad traen, vamos a ver? ¿En qué
+son útiles?</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, mantienen la paz.</p>
+
+<p>&mdash;La guerra es lo que mantienen. Para librarnos
+de los ladrones basta la guardia civil. Ellos
+son los que fomentan el malestar y la ruina de
+la nación. En cuanto ven las escalas paradas se
+sublevan en uno u otro sentido, que eso es para
+ellos lo de menos, y ¡vengan empleos y cruces
+pensionadas!... Yo sostengo que mientras existan
+soldados no habrá tranquilidad en España.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, D. Cristóbal, ¿y si una nación extranjera
+nos atacase?</p>
+
+<p>El Jubilado dejó escapar una risita irónica
+y sacudió algunas veces la cabeza antes de contestar.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ven acá, infeliz, la única nación que
+puede atacarnos por tierra es Francia, y si Francia
+se decidiese a hacerlo, ¿de qué nos servirían
+todos esos oficialitos tan guapos y bien uniformados?</p>
+
+<p>&mdash;Además, los soldados son un bien para la
+población por lo que consumen. Los comercios
+ganan, las casas de huéspedes lo mismo...</p>
+
+<p>Manuel Antonio defendía a la milicia sólo por
+oír a Mateo y ponerle fuera de sí. Ahora se observaba
+un dejo de ironía en sus palabras y
+mayor deseo de exacerbarle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso es!... ¡Ahora sí que me has apabullado!
+¿Y de dónde viene ese dinero que consumen,
+majadero?... ¡De tí y de mí y del señor, de todos
+los que pagamos algo al Estado en una u
+otra forma!... El resultado final es que ellos
+consumen sin producir, que son un mal ejemplo
+en las poblaciones, porque la ociosidad en que
+viven corrompe a los que ya son un poco propensos
+a la vagancia... ¿Sabes tú cuál es el
+gasto del ejército? Pues entre los ministerios de
+Guerra y Marina consumen más de la mitad del
+presupuesto. ¡Es decir que la administración, la
+justicia, la religión, los gastos que ocasionan
+nuestras relaciones con los demás países, las
+obras públicas y el fomento de todos los intereses
+materiales no cuestan tanto al contribuyente
+como esos caballeritos del pantalón encarnado!...
+Que las demás naciones de Europa tienen
+un ejército poderoso, bueno, ¿y qué? Allá ellas.
+Las demás se pueden permitir ese lujo porque
+tienen dinero. Pero nosotros somos unos pobretes;
+no tenemos más que fachada... Además,
+en otros países hay complicaciones internacionales,
+de las cuales por fortuna estamos libres.
+La Francia no nos atacará por miedo a la intervención
+de las potencias; pero si nos atacase,
+lo mismo nos conquistaría con ejército que
+sin él...</p>
+
+<p>El Jubilado se repetía, manoteaba para dar
+nueva fuerza a sus argumentos, echaba fuego por
+los ojos. Manuel Antonio le dejaba irritarse con
+visible satisfacción. En aquel momento pasó
+cerca el grupo de los oficiales, que dieron las
+buenas tardes cortésmente. Todos contestaron
+menos D. Cristóbal, que se hizo el distraído.</p>
+
+<p>&mdash;Yo creo que está usted muy exagerado, don
+Cristóbal. ¿Qué tiene usted que decir del capitán
+Núñez, que acaba de pasar ahora? ¿No
+es todo un buen mozo y una persona atenta y
+fina?</p>
+
+<p>&mdash;Con un azadón en la mano estaría mucho
+mejor y sería más útil a su país&mdash;murmuró sordamente
+el Jubilado.</p>
+
+<p>&mdash;Pues no tiene usted más que ponérselo en
+cuanto sea su yerno, porque, según cuentan, es
+novio de su hija Emilia&mdash;dijo el marica recalcando
+las palabras con extremado gozo.</p>
+
+<p>Paco y D. Santos rieron. D. Cristóbal quedó
+anonadado. Apenas pudo mascullar trabajosamente:</p>
+
+<p>&mdash;¡Quién hace caso de esas boberías!</p>
+
+<p>Y no volvió a chistar. Aquella noticia le había
+llegado a lo profundo del corazón, le ponía
+en la situación más difícil en que estuvo jamás
+hombre alguno. Los demás no dejaron de notar
+este silencio, y se hacían guiños y se dirigían
+sonrisas por detrás de su espalda.</p>
+
+<p>Pero Paco también estaba preocupado. Cuando
+se le metía en la cabeza, en aquella cabeza
+como un puño, mal amasada, un bromazo como
+el que tenía proyectado, andaba inquieto, afanoso,
+lo mismo que el poeta o el pintor que tienen
+una obra entre manos. Después de varios
+días de machacar por él logró al fin, casi, casi,
+decidir al indiano. Se trataba nada menos de que
+éste fuese a pedir con toda ceremonia a D. Juan
+Estrada-Rosa la mano de su hija Fernanda. Según
+Paco y los que le secundaban, era el medio
+más directo y más adecuado de conseguirla.
+Todo lo demás, andarse por las ramas. El día
+en que D. Juan viese que le entraban diez millones
+por la casa andaría de cabeza por convencer
+a su hija. Y ella misma no les haría asco.
+¿Pues qué, no siendo con el conde de Onís, con
+quién mejor podía casar que con un hombre tan
+rico, tan formal, tan sano y tan <i>ilustrado</i>? Este
+último epíteto, proferido por Paco con grave
+continente, estuvo a punto de echar a perder el
+asunto, porque no faltó quien sofocase a duras
+penas la carcajada. Granate quiso advertirlo,
+miró a Paco con recelo y volvió a mostrarse desconfiado
+y reacio algunos días.</p>
+
+<p>Llegó un momento, sin embargo, en que el indiano
+creyó en sus palabras. Fue después de haberle
+oído en el Casino desde una habitación
+contigua atacar duramente al conde de Onís.
+Aquel día se decidió a darle crédito y convino
+con él la manera de llevar a cabo la petición que
+le aconsejaba. Paco opinó que lo mejor sería no
+decir nada previamente a la chica. Así como los
+buenos generales, para asegurar la victoria, suelen
+caer de improviso y con sigilo sobre el ejército
+enemigo, lo más hábil en este caso era entrar
+inopinadamente en la casa, llamar a don
+Juan a una conferencia reservada y abordar de
+frente el negocio. Por el banquero no había cuidado:
+se pondría como unas pascuas. La chica
+recibiría gran sorpresa, pero esto mismo la
+aturdiría y la pondría más blanda. Las cosas
+graves de la vida se deciden generalmente por
+una corazonada. El que no se arriesga no pasa
+la mar. En resumen, que Granate se entregó a
+discreción y comenzaron los preparativos para
+la gran solemnidad. Lo primero que se trató fue
+la hora. Quedó resuelto que fuese a las doce del
+día. El traje fue objeto de animadas pláticas.
+Paco opinaba que, para presentarse bajo un aspecto
+más imponente, convendría vestirse algún
+uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario de
+administración civil. No era difícil conseguir
+el nombramiento sacrificando un puñado de oro;
+pero esto dilataría más de un mes la realización
+de la empresa. Se desechó el uniforme y se convino
+en que vistiese frac negro y llevase colgada
+la medalla de concejal. Fijose por último el
+día: resultó un lunes.</p>
+
+<p>Desde mucho antes el traidor había deslizado
+en la conversación, hablando con D. Juan Estrada-Rosa,
+la especie de que Granate se jactaba
+de ser deseado y requerido por él para yerno.
+D. Juan, que era también rico y tenía su cacho
+de orgullo, y sobre todo adoraba a su hija y
+creía que el día menos pensado vendría un duque
+de Madrid a pedírsela, se irritó grandemente,
+le llamó rústico, podenco, y juró que, antes de
+ver a su hija casada con semejante cafre, preferiría
+que se quedase soltera.</p>
+
+<p>&mdash;Pues tenga cuidado, D. Juan&mdash;dijo Paco
+sonriendo maliciosamente,&mdash;porque el día menos
+pensado se presenta en casa a pedirle la mano
+de Fernanda.</p>
+
+<p>&mdash;No lo hará tal&mdash;respondió el banquero.&mdash;Demasiado
+sabe que le echaría por la escalera
+abajo.</p>
+
+<p>Con estos antecedentes el terrible humorista
+de Lancia marchaba sobre terreno seguro. Fuera
+de los tres o cuatro amigos que le ayudaron
+a persuadir a D. Santos, a nadie dio parte de la
+intriga; pero el domingo por la tarde, víspera
+del acontecimiento, lo mismo Manuel Antonio
+que él, lo fueron pregonando por todos los grupos
+y citándose para el día siguiente en el café
+de Marañón. En provincia, donde son escasos los
+medios de divertirse, se toma muy por lo serio
+esta clase de bromas, se preparan con fruición,
+se paladean de antemano. La de Paco fue acogida
+con vivo entusiasmo por la juventud laciense.
+La víctima no era un pobre diablo, cómo solía
+acontecer, sino un ricachón. Esto le prestaba
+doble atractivo. En el fondo de todos los corazones
+hay siempre unos granitos de odio para
+el que tiene mucho dinero. Corrió por el paseo
+la voz, y al día siguiente se presentaron en el
+café de Marañón más de cincuenta mancebos.</p>
+
+<p>Pero no se dieron a luz en tanto que no pasó
+Granate. El café estaba situado en un piso principal
+(por aquel tiempo no se usaban los bajos
+para este destino) de la calle de Altavilla, casi
+enfrente de la casa de D. Juan Estrada-Rosa.
+Ésta era grande y suntuosa, aunque no tanto
+como la que recientemente había construido don
+Santos. La del café, vieja y de ruin apariencia.
+El local que ocupaban los parroquianos, una sala
+donde estaba la mesa del billar y dos gabinetes
+a los lados con algunas mesillas de madera para
+el consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuán
+lejos aún los tiempos de que se estableciese en
+uno de los bajos de aquella misma calle el magnífico
+café Británico, con mesas de mármol, espejos
+colosales y columnas doradas como los
+más elegantes de Madrid!</p>
+
+<p>Espiando por detrás de los visillos aquella
+florida juventud, ávida de los goces estéticos,
+vio pasar a Granate correctamente vestido, balanceando
+su torso colosal sobre unas piernas
+que no lo merecían. Le vieron entrar en casa de
+Estrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del picaporte.
+Nada más. Inmediatamente se abrieron
+de par en par los balcones del café y se llenaron.
+Los que no tenían sitio se encaramaron en
+sillas detrás de sus compañeros. Todos los ojos
+se clavaron en el portal de enfrente. Esperaron
+cerca de un cuarto de hora.</p>
+
+<p>Al cabo la fisonomía violácea de Granate apareció
+de nuevo. Daba miedo. Aquella cara parecía
+ya un terciopelo como si estuviese ahorcado.
+Las orejas tenían el color de la sangre. A su
+aparición estalló una salva de toses y estornudos
+y gritos y aullidos. El indiano alzó la cabeza
+y paseó su mirada atónita por aquella muchedumbre
+descompuesta que le sonreía, sin comprender
+la razón. Tardó poco, sin embargo, en
+darse cuenta de que era víctima de un bromazo.
+Sus ojos se clavaron entonces feroces en el concurso,
+y exclamó con un desprecio que nada tenía
+de fingido:</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Méndigos!</i></p>
+
+<p>Y se alejó como un jabalí perseguido por la
+jauría entre silbidos y carcajadas, volviendo de
+vez en cuando la cabeza para escupirles el mismo
+esdrújulo injurioso.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+<p class="cab">Las señoritas de Meré.</p>
+
+
+<p>En efecto, Emilita Mateo había logrado
+hacerse amar de un capitán del batallón
+de Pontevedra. Le había costado
+muchos días de incesante jugueteo, un número
+incalculable de miradas provocativas, de carcajadas
+sin motivo, de caprichos infantiles, de
+gestos mimosos y enfados pasajeros. Había desplegado,
+en suma, todas sus baterías, mostrándose
+a la vez cándida y maliciosa, dulce y arisca,
+reservada y charlatana, grave y retozona
+como una loquilla, como niña ligera e insustancial,
+pero adorable. Al fin Núñez, el capitán
+Núñez, no pudo resistir a tal graciosa mezcla
+de inocencia y malicia, y se replegó
+primeramente, y no tardó luego en rendirse. Era
+un hombre de cara larga, bigote y perilla, flaco, serio,
+bilioso, con los ojos mortecinos y fatigados, muy exacto
+en el cumplimiento de sus deberes y aficionado a dar
+largos paseos. Esta clase de hombres silenciosos y disciplinados
+son los más sensibles a los encantos de la
+alegría y la vivacidad. Emilita le hizo suyo llamándole
+cazurro y dándole pellizcos por «pícaro y burlón»; ¡a
+él, a quien había que sacar las palabras con tirabuzón
+y en su vida había gastado la más sencilla chanza!</p>
+
+<p>Con este memorable suceso, la familia Mateo andaba
+bastante dislocada. Jovita, Micaela y Socorro, hermanas
+legítimas de la afortunada doncella, sentíanse
+celosas y lisonjeadas a la vez. Entendían que la preferencia
+de un oficial de infantería tan bizarro constituía
+un honor que irradiaba sobre toda la familia
+y las colocaba en situación ventajosa frente a sus amigas
+o conocidas. Pero al mismo tiempo consideraban
+que, siendo Emilita la última en edad, no le correspondía
+tener novio y mucho menos casarse sino después
+de sus hermanas. Eran prematuros en ella los
+noviazgos, no contando más que veinticuatro años de
+edad. En cuanto a la idea de que pudiera contraer matrimonio
+una criatura tan tierna y tan informal, la
+misma sonrisa de sorpresa y desdén contraía los labios
+de las tres hermanas mayores. Así que, por más
+que se desbarataban en elogios del capitán delante de
+las amigas, haciendo resaltar sus prendas físicas,
+prestándole un corazón grande y heroico, certificando
+de su riqueza como si se la administrasen y hablando
+vagamente de ciertas influencias que le pondrían más
+tarde o más temprano en la bocamanga los entorchados
+de general, lo cierto es que no le perdonaban ni
+le perdonaron jamás su delito cronológico.</p>
+
+<p>Por otra parte, don Cristóbal, padre de aquel ángel
+travieso y juguetón, quedó repentinamente en posición
+tan falsa que quiso volverse loco. Luchaba su
+amor de padre ruda batalla con el odio a la milicia.
+Avergonzábale el consentir que una hija suya diese
+oídos a un militar después de haberlos llamado él tantas
+veces haraganes, sanguijuelas, y haber clamado
+tanto por la reducción del contingente. ¿Con qué cara
+se presentaría a sus amigos de allí en adelante? Pasó
+días bien terribles. El aborrecimiento al ejército y a
+la marina se hallaba tan profundamente arraigado en
+su corazón, que no podía extinguirse de pronto. Sin
+embargo, le era forzoso confesar que la conducta nobilísima
+del capitán Núñez lo había mermado poderosamente.
+El anhelo de casar a sus hijas gozaba tanta
+vida en el fondo de su ser como el desprecio de la
+fuerza armada. ¡Cuánto le pesaba de haber vociferado
+tanto contra ésta! En su tribulación llegaba a deplorar
+que Núñez perteneciese al arma de infantería. Si
+fuese siquiera marino, disminuiría la gravedad del
+conflicto. Recordaba que en sus diatribas contra el
+ejercito hacia la salvedad de que era necesario conservar
+algunos barcos para proteger las colonias. Lo
+mismo podía decirse si perteneciese a la Guardia civil.
+En cuanto a las demás fuerzas de tierra, no cabía disculpa
+ni había medio de salir del aprieto.</p>
+
+<p>En tan terribles circunstancias optó por encerrarse
+en casa. Cuando alguna vez salía, andaba
+receloso y huido. Los amores de su hija se fueron
+haciendo más formales y cada vez más públicos.
+Temía las bromas. El miedo le hizo claudicar,
+adoptando un proceder doble y falso, indigno por
+completo de su carácter y antecedentes. Es decir
+que, mientras públicamente seguía afectando
+desprecio hacia las fuerzas de tierra, cuando
+hablaba con el novio de su hija o entre militares,
+lo hacía con agasajo, les preguntaba con
+interés por su carrera, lo mismo que si prestasen
+servicios en cualquier oficina civil del Estado.
+Nadie sospecharía al oírle enterarse tan
+minuciosamente del escalafón, de las reservas y
+reemplazos, etc., que aquel hombre les tenía jurado
+odio eterno. Pero el Jubilado llegó con el
+tiempo a una distinción que nunca se había atrevido
+a proponer. Como militares no transigía
+con ellos, los consideraba una verdadera plaga
+social... Ahora, «como hombres,» bien podían ser
+dignos de estimación, según sus cualidades.</p>
+
+<p>Los amores de Emilita habían nacido y crecido
+como otros muchos en casa de las de Meré.
+Eran éstas dos señoritas que pasaban de los
+ochenta y no llegaban a los cien años. De todos
+modos, a la entrada del siglo XIX eran ya maduras.
+No tenían en Lancia familia alguna. Ninguno
+de los vivos recordaba a su padre, que había
+muerto cuando todavía eran mocitas. Estuvo
+empleado en el ramo de Hacienda. Es de suponer,
+dada su remota antigüedad, que sería percibidor
+de alcabalas o de otros pechos ya extinguidos.
+Del siglo XVIII, al cual pertenecían, tenían
+aquellas interesantes señoritas en primer
+lugar el traje. Jamás pudieron entrar por las modas
+del presente. Una saya de cúbica negra muy
+escurrida con plomos por debajo para que se escurriera
+todavía más, talle muy alto, manga
+apretada con bullones, zapatito de tabinete descotado
+y un tocado inverosímil de puro extravagante:
+así se presentaban en todas partes. La
+mantilla que usaban no era de velo, sino de
+sarga con franja de terciopelo, como las usan
+ahora solamente las artesanas. Llevaban bastón
+para apoyarse. Conservaban además la cortesía
+exquisita, la ligereza de carácter, la pasión por
+la sociedad y una alegría inagotable, maravillosa
+a sus años. Lo que no habían traído consigo
+al siglo presente era la libertad de costumbres
+y la malicia que, al decir de los historiadores,
+caracterizaba la sociedad del pasado.
+Imposible imaginar unas criaturas más sencillas.
+Como si no hubiesen atravesado por la
+vida, todo les sorprendía, en todo creían menos
+en el mal. Así que, con frecuencia, eran víctimas
+de las bromas de sus amigos y tertulianos, sin
+que por eso dejase ninguno de profesarles entrañable
+afecto. Desde tiempo inmemorial tenían
+costumbre de recibir en su casa por la noche a
+la juventud de Lancia, particularmente a los muchachos
+que se placían en asistir por la grandísima
+libertad que allí disfrutaban. Por acuerdo
+tácito todos ellos las tuteaban. Y era en verdad
+peregrino el oír a los chicuelos de diez y ocho
+años hablar con tal familiaridad a unas viejecitas
+que pudieran ser sus bisabuelas. Carmelita
+para aquí, Nuncita para allá, porque la más anciana
+se llamaba D.ª Carmen y la más joven
+D.ª Anunciación.</p>
+
+<p>Tres o cuatro generaciones habían pasado
+por aquella salita de la calle del Carpio, modesta
+y aseada, con el pavimento de madera encerada,
+sillas de paja, sofá de damasco encarnado,
+cómoda de caoba atestada de chirimbolos, espejo
+con marco de carey y diversos cuadritos al
+pastel representando la historia de Romeo y Julieta.
+La tertulia de las de Meré era la más antigua
+de Lancia. Contra lo que acaece generalmente,
+estas mujeres que no pudieron hallar marido
+tenían la manía de casar a todo el mundo.
+El número de matrimonios que salieron acordados
+de aquella salita es incalculable. En cuanto
+advertían que un muchacho se acercaba a cualquier
+muchacha más que a las otras, ya estaban
+nuestras señoritas preparando los hilos para
+unirlos con lazo indisoluble; ya no consentían
+que nadie se sentase en la silla que estaba al
+lado de Fulanita para que cuando Menganito viniese
+la hallase aparejada y no tuviese más que
+sentarse. Y vengan a Fulanita elogios desmesurados
+de Menganito, y vayan a Menganito relaciones
+minuciosas de los primores que Fulanita
+ejecuta con la aguja y lo económica y hacendosa
+que es y lo piadosa y lo limpia. Y escápense
+más adelante a casa de la mamá de Fulanita para
+celebrar conferencias largas, íntimas, trascendentales,
+y procuren enseguida tropezarse con el
+papá de Menganito y desplieguen todas sus dotes
+diplomáticas para explorarle el corazón. Y por
+premio de estos sudores recibían, al cabo, un
+cartuchito de dulces el día de la boda.</p>
+
+<p>Pero todas las madres de niñas casaderas las
+adoraban, no se hartaban de bendecirlas y adularlas.
+Saludábanlas de media legua, y al salir
+de la iglesia se apresuraban a ofrecerles el brazo
+para que se apoyaran. En cambio, las que tenían
+algún hijo varón en edad de casarse solían
+mirarlas con recelo y antipatía, las llamaban por
+lo bajo chochas y entremetidas. No hay necesidad
+de indicar, por lo tanto, que su pasión casamentera
+les costó no pocos disgustos. Cuando
+algún lechuguino sentía brotar en su pecho la
+llama del amor, lo primero que hacía era mostrársela
+a las de Meré.</p>
+
+<p>&mdash;Carmelita, estoy enamorado.</p>
+
+<p>&mdash;¿De quién, corazón, de quién?&mdash;preguntaba
+la anciana con vivo interés.</p>
+
+<p>&mdash;De Rosario Calvo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ajá! Buen gusto ha tenido el picarón. No
+hay chica más guapa ni mejor educada. Habéis
+nacido el uno para el otro.</p>
+
+<p>Y por un rato el zagalillo tenía el placer de
+escuchar el panegírico de su adorada.</p>
+
+<p>&mdash;Espero que me protegerás.</p>
+
+<p>&mdash;Todo lo que tú quieras, mi alma.</p>
+
+<p>Al cabo de pocos días, Rosario Calvo, que no
+había puesto los pies en su vida en casa de las
+de Meré, aparecía por allí y era tertuliana asidua.
+¿Cómo se habían arreglado aquéllas para
+atraérsela? No es fácil averiguarlo, pero tantas
+veces habían llevado a término ya empresas
+análogas, que de seguro poseían una receta simple
+y segura.</p>
+
+<p>Encariñábanse con sus amigos como si fuesen
+próximos deudos todos. Contábanse de ellas
+rasgos de abnegación que las honraba extremadamente.
+Durante la furiosa reacción del
+año 1823, uno de sus tertulios, teniente de caballería,
+se refugió, después de cierta intentona
+abortada, en su casa. Las señoritas le recibieron
+y le ocultaron algunos días, y al cabo
+lograron que se evadiese disfrazado con el traje
+de un criado. Pero teniendo noticia de que iba
+la policía a registrarles la casa, pensaron con terror
+en el uniforme del teniente. ¿Dónde guardarlo
+que no diesen con él? Carmelita, en aquellos
+instantes críticos, tuvo un rasgo de ingenio
+y bravura. Se vistió el uniforme debajo de sus
+ropas de mujer. Por cierto que este teniente se
+portó con ellas con bastante ingratitud. No tuvo
+en su vida diez minutos para escribirles una
+carta dándoles las gracias.</p>
+
+<p>No fue la única que hubieron de sufrir por parte
+de sus tertulios. Acostumbraban éstos aprovecharse
+de su amabilidad cuanto podían; recreábanse
+en su casa, gozaban de la compañía y
+conversación de las jóvenes más bellas de Lancia,
+concertaban algunos su matrimonio, y luego
+que lo realizaban, o porque sus negocios o su
+edad les impedían asistir a la tertulia, si te vi,
+no me acuerdo; apenas las saludaban en la calle.
+Lo mismo puede decirse de las mamas, tan rendidas
+y aduladoras antes de casar a sus hijas, y
+tan despegadas así que lo conseguían. Pero tales
+flaquezas no alteraban el buen humor de
+aquellas benditas ni destruían su optimismo.
+Como se estaban renovando sin cesar los asistentes
+a su casa, olvidaban la ingratitud de los
+antiguos para pensar tan sólo en el aprecio que
+les tributaban los nuevos. Además, en sus corazones
+no cabía rencor, ni siquiera hostilidad; las
+bromas no las ofendían. ¡Y cuidado que algunas
+eran bien pesadas! La que les dio Paco Gómez
+en cierta ocasión hizo raya: aún se cuenta con
+regocijo en Lancia.</p>
+
+<p>No todas las noches de invierno iban damas a
+la tertulia. Generalmente asistían los sábados y
+los miércoles. Pero había un grupo de muchachos
+que casi nunca dejaban de hacerles un rato
+de compañía a primera hora, aunque después se
+marchasen a otras casas. Uno de ellos era Paco
+Gómez. En estas noches de soledad se formaba
+generalmente un partido de <i>brisca</i>. Paco iba de
+compañero con Nuncita y el capitán Núñez, o
+Jaime Moro, o cualquier otro muchacho con
+Carmelita. Paco una noche se dolió de que las
+señas que se hacían durante el juego fuesen tan
+vulgares y conocidas: era imposible hacerlas
+pasar inadvertidas para los contrarios. Entonces,
+de acuerdo con el otro, propuso cambiarlas.
+Él enseñaría unas a Nuncita, y el contrario otras
+a Carmelita. Las nuevas señas fueron todas ademanes
+obscenos, de esos que no se ven más que
+en las tabernas y lupanares. Aquellas inocentes
+mujeres las aceptaron sin saber lo que hacían
+y se sirvieron de ellas con la mayor desenvoltura.
+Así que pasaron algunos días, y estaban
+perfectamente avezadas a usarlas, Paco invitó
+una noche a muchos de los tertulios a presenciar
+el juego. Resultó una escena de cómico
+subido. Cada vez que cualquiera de las dos señoritas
+hacía una seña, había una explosión de
+alegría. Pues bien, apesar de lo brutal y desvergonzado
+de la broma, las bondadosas señoritas,
+en vez de ponerle de patas en la calle y cerrarle
+la puerta para siempre, se contentaron al
+saberlo con hacerse cruces de sorpresa y reírse
+como los demás.</p>
+
+<p>&mdash;¡Santo Cristo bendito de Rodillero, quién lo
+diría! ¡Tantos pecados como hemos cometido sin
+saberlo!</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo no los confieso&mdash;exclamó Nuncita
+con resolución.</p>
+
+<p>&mdash;Los confesarás, Niña&mdash;expresó gravemente
+la primera.</p>
+
+<p>&mdash;Que no.</p>
+
+<p>&mdash;¡Niña!</p>
+
+<p>&mdash;Que no quiero.</p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio, Niña! Los confesarás y tres más.
+Mañana mismo te llevaré a Fray Diego.</p>
+
+<p>Nuncita protestó todavía sordamente, como
+una chica mimosa, hasta que las miradas severas
+de su Hermana mayor la hicieron callar. Pero
+todavía estuvo buen rato enfurruñada. A veces,
+sin saber por qué, se mostraba díscola y rebelde
+en sumo grado. Necesitaba Carmelita hacer
+gala de toda su autoridad para someterla.
+Mas, ordinariamente no sucedía así. Aunque no
+le llevase más de tres o cuatro años, Nuncita,
+por la costumbre adquirida, por debilidad de carácter,
+o por ventura porque no le disgustaba
+aparecer más joven en presencia de la gente,
+reconocía la jefatura de su hermana y la obedecía
+con una sumisión que envidiarían las madres
+para sus hijas. Pocas veces tenía necesidad de
+reprenderla, pero cuando lo hacía, Nuncita bajaba
+la cabeza y al poco rato se la veía llevarse
+el pañuelo a los ojos y salir de la sala, mientras
+Carmelita seguía sus movimientos con mirada
+fija, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza severamente.
+Poco faltaba para que la castigase
+dejándola sin postre o mandándola a la cama.
+Por tales razones y porque Carmelita así la llamase
+con frecuencia, D.ª Nuncia, que pasaba
+algo de los ochenta, era conocida en Lancia por
+el sobrenombre de «la Niña.»</p>
+
+<p>En los amores de Emilita Mateo se portaron
+ambas hermanas heroicamente. El capitán Núñez
+fue bloqueado en toda regla. Por espacio de
+un mes lo menos, y hasta que le vieron bien
+encarrilado, ni una silla le dejaron libre más
+que la que estaba próxima a la más joven de las
+chicas de D. Cristóbal. En el juego de la lotería,
+al cual se entregaba con pasión desordenada
+aquella sociedad, Nuncita se encargaba, sin que
+nadie se lo pidiese, de buscarles cartones que
+fuesen combinados. Cuando se referían al oficial
+de Pontevedra y a Emilita hablaban como de
+una sola persona. Tan unidos y compactos los
+apreciaban ya.</p>
+
+<p>Servicios a tal extremo importantes los pagaba
+el Jubilado con una gratitud que le rebosaba
+del alma y le salía por los ojos. De buena
+gana se prosternaría ante ellas y les besaría la
+orla del vestido de cúbica. Pero su dignidad y
+aquella larga serie de diatribas contra el ejército
+que llevaba colgadas a los pies como grilletes,
+le impedían estas y otras manifestaciones.
+Ni siquiera tenía el consuelo de poder mostrarse
+alegre cuando aquel pundonoroso militar acompañaba
+a su niña en el paseo. Pero ya se sabe
+que las señoritas se preocupaban muy poco de la
+gratitud de sus tertulios. Los casaban por vocación
+irresistible de su espíritu, por una necesidad
+de su organismo, como teje la araña la tela
+y cantan los pájaros en el bosque. Una vez enlazados
+por el vínculo matrimonial, los tertulios,
+lo mismo hombres que mujeres, perdían
+todo su atractivo para las señoritas de Meré.
+Su atención se concentraba inmediatamente en
+los nuevos pollastres que venían piando a cobijarse
+bajo sus alas protectoras.</p>
+
+<p>Quien les causó una serie de decepciones y
+amarguras, que a poco dan con ellas en el sepulcro,
+fue el conde de Onís. En su vida habían
+tropezado con un hombre más incomprensible.
+¡Lo que las pobres sudaron para meterle en vereda,
+en la florida vereda de Himeneo! Pero aquel
+diablo se les resbalaba por entre los dedos como
+una anguila. Mostrábase durante algunas noches
+tierno y amartelado con Fernanda; no se apartaba
+de ella el canto de un duro. Las miradas
+de las dos hermanas se posaban sobre ellos con
+visible enternecimiento; procuraban con ahínco
+que nadie fuese a interrumpirles; poco les faltaba
+para mandar a los demás que bajasen la voz
+a fin de que no les molestase el ruido. Pues bien,
+repentinamente, cuando menos podía pensarse,
+el conde cometía el absurdo de alzarse distraídamente
+de la silla, bostezar y marcharse a
+hacer solitarios a un rincón de la mesa. Por su
+parte Fernanda caía en idénticas flaquezas, poniéndose
+a charlar animadamente con el chico
+del regente de la audiencia sin dirigir una mirada
+a su novio. Carmelita y Nuncita quedaban
+aterradas cuando esto sucedía, se iban a la cama,
+presa de la mayor consternación.</p>
+
+<p>Después del rompimiento definitivo, y cuando
+al cabo se convencieron de que la ventura de
+realizar tan sublime matrimonio no estaba reservada
+para ellas, humillaron un poco su ambición
+y prestaron auxilio a Granate, que hacía mucho
+tiempo lo demandaba con instancia. También por
+este lado la suerte impía les hirió cruelmente.
+Fernanda rechazaba con irritación cualquier palabra
+suasoria que le dirigiesen en favor del indiano.
+Si observaba que las señoritas tenían dispuestas
+las sillas de modo que resultase aquél
+sentándose a su lado, en un instante destruía su
+combinación yéndose con ademán displicente al
+extremo opuesto. Al formarse las partidas de
+<i>brisca</i> o de <i>tute</i> no consentía que se lo diesen por
+compañero so pena de renunciar al juego. En fin,
+que estaba tan alerta y sobre sí que era imposible
+atacarla por ningún lado. No obstante, las
+de Meré persistían en su proyecto y trabajaban
+por llevarlo a cabo con paciencia; que es la garantía
+más segura para dar cima a las grandes
+empresas.</p>
+
+<p>Algunos días después de la guasa de Paco Gómez
+se hallaban en la famosa tertulia, a más de
+tres o cuatro pollastres, el mismo Paco, Manuel
+Antonio, D. Santos, el capitán Núñez, D. Cristóbal,
+Fernanda, María Josefa Hevia y dos de las
+chicas de Mateo. No se pensaba todavía en jugar.
+Todos estaban sentados menos Paco, que daba
+vueltas por la sala contándoles la broma que había
+dado la otra noche en el teatro a Manín, el
+mayordomo de Quiñones. Desde que éste había
+quedado paralítico, su famoso acompañante andaba
+sin sombra por la ciudad. Mas, por la gran
+confianza que su amo le otorgaba, los tertulios
+de D. Pedro le guardaban consideraciones, y
+apesar de la rusticidad de su trato y del traje
+campestre que llevaba, cuando le tropezaban en
+la calle le abrazaban familiarmente, le convidaban
+a entrar en el café y a veces le llevaban al
+teatro. Manín para aquí, para allá: el grosero aldeano
+se había hecho famoso no sólo en Lancia,
+sino en toda la provincia. Aquel calzón corto,
+aquella media blanca de lana con ligas de color,
+chaqueta de bayeta verde y sombrero calañés,
+le daban un aspecto original en la ciudad, donde
+por milagro se veía ya un hombre con este
+arreo. Era una de las cosas que más sorprendían
+a los forasteros, sobre todo viéndole alternar en
+cierto pie de igualdad con los señores de la población.
+No sólo por respeto al maestrante, sino
+porque les hacía mucha gracia las salidas brutales
+de Manín, éstos se perecían por llevarle en
+su compañía. Además, Manín era un célebre cazador
+de osos, con los cuales se decía que había
+luchado algunas veces cuerpo a cuerpo. Los aficionados
+a tal clase de ejercicio le profesaban
+por esto respeto y simpatía. Sin embargo, los
+enemigos que el mayordomo tenía allá en su aldea
+aseguraban, riendo sarcásticamente, que lo
+de los osos era una farsa, que en su vida los había
+visto, cuanto más luchar con ellos. Añadían
+que Manín había sido siempre un zampatortas
+hasta que D. Pedro había tenido el capricho de
+sacarle de la oscuridad. La imparcialidad nos
+obliga a estampar esta opinión, que desde luego
+suponemos infundada. Hay que confesar, no obstante,
+que la conducta de Manín, ofreciendo repetidas
+veces a sus amigos llevarles a cazar el
+oso, sin que jamás cumpliera la promesa, la prestaba
+cierta verosimilitud. Pero el profesar respeto
+a la salud e integridad de los osos de su país
+¿es acaso motivo suficiente para arrojar a un
+hombre a la cara el calificativo de zampatortas?
+Nadie osará afirmarlo. Más lógico es suponer
+que el célebre Manín era, como todos los hombres
+que logran sobreponerse a la multitud, víctima
+de las asechanzas de la envidia.</p>
+
+<p>Refería Paco, con el desenfado procaz que le
+caracterizaba y del que no prescindía ni aun hallándose
+entre damas, cómo había llevado a
+Manín al palco proscenio que con otros amigos
+tenía abonado en el teatro. El mayordomo no
+había visto jamás bailarinas. Al presentarse éstas
+en escena le hizo creer que traían las piernas
+desnudas. Manín quedó escandalizado, fijando
+en ellas sus ojos, donde se pintaba el asombro y
+la indignación. «Pues aún no has visto lo mejor;
+¡aguarda, aguarda un poco!» Al comenzar
+la orquesta a tocar, las bailarinas hacen chasquear
+los palillos, y dando una vuelta levantan
+todas la pierna a la altura de la cabeza. «¡Sollo!»
+exclama el pobre tapándose la cara con las
+manos. ¡Dios sabe lo que pensó que iba a ver!</p>
+
+<p>Paco narraba el lance con naturalidad, paseando
+de un cabo de la sala, la cabeza baja y
+las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
+Las jóvenes tertulianas se creyeron en el caso
+de ruborizarse. Todos reían menos Granate, que
+aún tenía en el corazón la broma del día pasado.
+Desde su rincón, donde estaba como un oso aletargado,
+dirigíale miradas torvas, agresivas. ¿Qué
+había pasado en casa de Estrada-Rosa cuando el
+indiano fue a ella en demanda de la mano de la
+señorita? Ni a D. Juan ni a su hija se les pudo
+sacar una palabra; pero cierta doncellita enteró
+a todo el mundo de que D. Juan había rehusado
+en términos desdeñosos, que Granate hizo ostentación
+de sus millones y aun se autorizó el manifestar
+que Fernanda no encontraría un matrimonio
+más ventajoso. Entonces D. Juan se incomodó,
+le llamo zángano y lo despidió con cajas
+destempladas. Paco, cada vez que sorprendía
+una de aquellas miradas furibundas, sonreía y
+hacía guiños a Manuel Antonio.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, Carmela&mdash;dijo parándose frente a un
+cuadrito pintado al óleo,&mdash;¿dónde habéis comprado
+este San Juan?</p>
+
+<p>&mdash;¡Jesús! señor&mdash;exclamó Carmelita,&mdash;no es
+un San Juan, que es un Salvador, ¡míralo cómo
+se ríe el pobrecito!</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! es un Salvador. ¿En qué se distinguen?</p>
+
+<p>Las señoritas de Meré, al escuchar tal pregunta,
+quisieron volverse locas de alegría. Se les
+caían las lágrimas de risa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, qué Paquito! ¡Ay, qué corazón!... ¡No
+distingue un San Juan de un Salvador!</p>
+
+<p>Y ríe y que te ríe. Hacía muchos años que no
+habían oído nada tan gracioso. Cuando hubieron
+sosegado un poco y se limpiaron las lágrimas y
+se sonaron estrepitosamente con un pañuelo de
+hierbas, Paco, que gozaba viéndolas tan alegres,
+les preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;Pero vamos, ¿cuándo lo habéis comprado, el
+Salvador, que yo no lo he visto hasta ahora?</p>
+
+<p>&mdash;Estaba en el cuarto de Nuncia, mi alma;
+pero allí no estaba bien, porque tropezaba la
+cama en él, y lo hemos traído.</p>
+
+<p>&mdash;Se lo regaló a Carmela, cuando vivía papá,
+un pintor de Madrid que pasó aquí unos días&mdash;dijo
+Nuncita.</p>
+
+<p>&mdash;¿Eras tú joven?&mdash;preguntó gravemente Paco
+dirigiéndose a Carmelita.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, muy jovencita.</p>
+
+<p>&mdash;¿El pintor tenía fama?</p>
+
+<p>&mdash;Mucha.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces ya sé quién era, Murillo.</p>
+
+<p>&mdash;No; me parece que no se llamaba así.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces sería Velázquez.</p>
+
+<p>&mdash;Ese nombre ya me suena más. Era hombre
+mozo, muy cortés y muy galán, ¿verdad, Nuncia?...
+A tí me parece que te hizo algunas carantoñas...</p>
+
+<p>Nuncita bajó los ojos ruborizada.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién se acuerda de eso ya?</p>
+
+<p>&mdash;Era muy enamoradizo&mdash;prosiguió Carmelita;&mdash;pero
+al mismo tiempo bien criado y bien
+entendido...</p>
+
+<p>&mdash;¿Enamoradizo dijiste? Justo, no puede ser
+otro que Velázquez.</p>
+
+<p>&mdash;No se llamaba Velázquez; se llamaba González&mdash;apuntó
+tímidamente Nuncita.</p>
+
+<p>Y después de decirlo volvió a ruborizarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso es, González!&mdash;exclamó su hermana
+haciendo memoria.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, es igual, sería un contemporáneo suyo,
+de la buena raza de pintores del siglo XVII&mdash;manifestó
+Paco sin turbarse por las carcajadas
+de los tertulios, que se espantaban de la inocencia
+de aquellas pobres mujeres.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conque te ha hecho la corte a ti, Niña?&mdash;prosiguió
+cogiendo con dos dedos cariñosamente
+la barba de Nuncita.&mdash;Me parece que tú debiste
+de haber sido muy torerita, ¿verdad, Carmela?</p>
+
+<p>&mdash;Fue un poco tentada de la risa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Carmela, por Dios, que estos señores van
+a creer que he sido una coqueta!&mdash;exclamó con
+angustia la Niña.</p>
+
+<p>&mdash;No creerían más que la verdad, chica&mdash;dijo
+Paco.&mdash;¿Ya no te acuerdas que has dado oídos
+a un procurador eclesiástico llamado don
+Máximo, y después que éste se iba de tu casa
+hablabas con el teniente Paniagua por el balcón?</p>
+
+<p>Nuncita sonrió con enternecimiento al recuerdo
+de aquellos tiempos, y repuso bajando los ojos
+con graciosa timidez:</p>
+
+<p>&mdash;D. Máximo venía a casa todos los días,
+pero nunca me requirió de amores.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué amores ni qué calabazas!&mdash;exclamó
+Paco.&mdash;Di tú que quien te gustaba de verdad
+era el teniente, y concluirás más pronto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conque ha estado usted enamorada de un
+militar?&mdash;preguntó con graciosa volubilidad
+Emilita, dirigiendo al mismo tiempo una mirada
+provocativa a Núñez.&mdash;Pues ha tenido usted
+bien mal gusto.</p>
+
+<p>El Jubilado se puso repentinamente serio y se
+le erizaron los bigotes de terror ante aquella salida
+de su hija; pero se tranquilizó inmediatamente
+al observar que el capitán, en vez de darse
+por ofendido, la pagaba con una sonrisa amorosa
+y lo echaba a broma como todos los demás.</p>
+
+<p>&mdash;No es ella sola la que ha tenido ese mal
+gusto&mdash;expresó con marcada intención Carmelita,
+muy alegre de haber encontrado aquel rasgo
+de ingenio.</p>
+
+<p>&mdash;Y ¿quién era ese teniente?... Algún trasto...
+¡cómo si lo viera!...&mdash;tornó a preguntar Emilita
+con la misma adorable ligereza.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alto, alto, Emilia!&mdash;manifestó Paco.&mdash;Paniagua
+era teniente de los tercios de Flandes y
+muy bizarro.</p>
+
+<p>&mdash;No, corazón, no&mdash;se apresuró a rectificar
+Nuncita,&mdash;que era de la guardia real.</p>
+
+<p>&mdash;¿No era arcabucero?</p>
+
+<p>&mdash;No, mi alma; de la guardia real te digo.</p>
+
+<p>D. Cristóbal disimulaba la risa con un flujo de
+tos. Manuel Antonio y los pollastres reían descaradamente.</p>
+
+<p>&mdash;Paniagua era hombre muy notable&mdash;prosiguió
+Paco.&mdash;Poseía esa decisión que tan bien
+sienta a los militares. El mismo día que llegó
+vio a Nuncia por la mañana al balcón. Por la
+tarde le entregó en el pórtico de San Rafael, al
+salir de la novena, un billete de declaración, que
+empezaba: «Señorita: Entre confuso y medroso,
+y dudando si en gracia de lo rendido me perdonará
+usted lo osado, confieso que mi único delito
+consiste en amar a usted...»</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué picarón! ¡cómo lo recuerda!&mdash;exclamó
+Nuncita, enternecida de verdad.</p>
+
+<p>Lo cierto era que Paco, a quien la Niña, después
+de muy rogada, había mostrado las cartas
+que conservaba de Paniagua, se había aprendido
+de memoria aquel originalísimo documento y lo
+recitaba en todas partes para regocijo de sus
+amigos.</p>
+
+<p>&mdash;Eso se llama un hombre resuelto. Así se
+manifiesta el carácter de la persona. ¡Qué diferencia
+de los militares de hoy, que antes de declararse
+a una muchacha la pasean un año la
+calle y luego tardan otro en decir: «Niña, ¿cuándo
+nos vamos a la vicaría?»</p>
+
+<p>Pronunció estas palabras mirando al rincón
+donde estaban Emilita y el capitán. Éste recogió
+la alusión y se puso serio. La chica se hizo la
+distraída, pero agradeciendo mucho a Paco en el
+fondo de su corazón el capote, mientras el Jubilado
+se atusaba el bigote con mano temblorosa,
+temiendo que Núñez se enfadara, pero alegre al
+mismo tiempo por la esperanza de que estos capotazos
+oportunos le sacaran de su atonía.</p>
+
+<p>Cansados de platicar, los pollastres propusieron
+jugar un ratito a las prendas. Es un juego
+donde los hombres de criterio siempre pescan
+algo. Fernanda consintió en que Granate se sentase
+a su lado. Los guiños de Paco, que había
+sorprendido, le habían hecho mal efecto. Era
+una criatura muy orgullosa, pero en la cual se
+hallaba arraigado el sentimiento de justicia. No
+podía sufrir que se burlasen en su presencia de
+nadie, aunque fuese del ser más ínfimo y despreciable.
+Podía decirse que el sentimiento de
+la dignidad, que era en ella tan delicado y vidrioso,
+la hacía sentir las heridas causadas en la
+de los otros con más viveza. Aunque aborrecía a
+Granate, la molestaba que se le mortificase en su
+presencia, sobre todo si era por su causa; sin perjuicio,
+por supuesto, de que ella le diese a cada
+momento descomunales desaires; pero entendía,
+y no le faltaba razón, que los desdenes de la
+mujer que se ama, si causan dolor, no resqueman
+como las burlas. El indiano, que se vio tan
+honrado, no cabía en sí de gozo, y comenzó con
+voluntad excesiva y la ordinariez que le caracterizaba
+a prodigarle mil atenciones. Fernanda
+las recibió con semblante grave, pero sin repugnancia.</p>
+
+<p>Y vino, como es natural, aquello de las «tres
+veces sí y tres veces no,» el «contentar a todos los
+presentes,» «un favor y un disfavor,» etc., etc.
+La sociedad se recreaba con lo que se habían recreado
+sus padres y sus abuelos, y con lo que
+pensaban que se recrearían sus hijos. ¡Inocentes!
+Había allí un espíritu, sin embargo, que no
+merecía este calificativo. Paco Gómez jugaba
+con una condescendencia displicente, como hombre
+que se adelantaba mucho a su época, cometiendo
+mil torpezas y desaciertos que demostraban
+la distracción que caracteriza a los seres superiores.
+En cambio, Núñez tenía puestos los
+cinco sentidos. No se vio jamás hombre más
+erudito en aquellas materias ni que las tratase
+con más profundidad. Su inteligencia lúcida había
+penetrado en todos los secretos del juego de
+prendas y sabía sacar de cada uno el partido
+posible, extraer todo su jugo, según pedían las
+circunstancias. Por ejemplo, cuando una señorita
+debía contentarle, quedaba sordo instantáneamente.
+La joven se veía obligada a inclinarse
+más y más, hasta que sus labios de carmín
+rozaban la oreja del capitán. Si quedaba condenada
+a hacer el papel de esquina de la Puerta
+del Sol y, por consiguiente, a sufrir que le pegasen
+carteles en la cara, que se recostasen contra
+ella, etc., etc., el profundo Núñez no soltaba
+la presa en tanto que no pasease las manos por
+todas las regiones de su cuerpo. Pero cuando dio
+más claras muestras de su talento portentoso y
+de los vastos conocimientos que había logrado
+adquirir en aquel ramo del saber, fue al proponer
+que la señorita a quien acertase lo que
+tenía en el bolsillo quedase obligada a darle un
+beso. Tal seguridad tenían todas de que nada
+conseguiría, que no vacilaron en aceptar la proposición.
+Erró, efectivamente, al vaciar con el
+pensamiento el bolsillo de Carmelita, erró con
+Fernanda, con María Josefa, con Micaela, y
+¡miren qué diablo! fue a acertar precisamente
+con Emilita. Unas tijeras, un pañuelo, un dedal
+y tres caramelos. La niña se puso a gritar batiendo
+las palmas, toda nerviosa: ¡Trampa,
+trampa! El capitán, sereno, apacible, grandioso
+como un héroe de la antigüedad, rechazó aquella
+imputación y demostró hasta la saciedad que
+allí no cabía trampa alguna.</p>
+
+<p>&mdash;...A no ser&mdash;añadió sonriendo mefistofélicamente&mdash;que
+estuviera usted convenida conmigo
+para dejarme ver de antemano lo que tenía
+en el bolsillo.</p>
+
+<p>La niña protestó aún más ruidosamente contra
+esta hipótesis indecorosa, se puso agitada
+hasta un grado incomprensible y, levantándose
+con viveza, corrió al extremo opuesto de la sala,
+lo más lejos posible del capitán, como si éste
+fuese a tomar por la fuerza lo que de derecho le
+correspondía. Hubo quien se puso de parte de ella
+(las mujeres) y quien tomó partido por él (casi
+todos los hombres). Armose en la sala un zipizape
+de mil demonios. Todos hablaban, reían,
+chillaban sin acabar de entenderse. Pero la que
+más gritaba y gesticulaba era, como es fácil de
+comprender, la interesada. Sin embargo, don
+Cristóbal, viendo que aquello llevaba trazas de
+no concluir, y queriendo dejar a salvo la formalidad
+de su progenie, intervino en la disputa
+como un dios majestuoso que extiende la diestra
+para calmar las olas del mar embravecido.</p>
+
+<p>&mdash;Emilita&mdash;pronunció con firmeza,&mdash;juego es
+juego. Dale un beso a ese caballero.</p>
+
+<p>Adviértase que no dijo «al capitán,» ni siquiera
+«a ese señor oficial.» Todavía sus labios
+civiles repugnaban dejar paso a una palabra de
+orden exclusivamente militar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero papá!&mdash;exclamó la hija menor, roja
+ya como una amapola.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos!...&mdash;profirió con la diestra extendida
+y en la actitud más imperativa que pudo adoptar
+jamás un dios jubilado.</p>
+
+<p>No hubo más remedio. Emilita, confusa y avergonzada,
+con las mejillas convertidas en dos
+brasas, se acercó vacilante al heroico capitán de
+Pontevedra, fértil en toda clase de astucias, y
+le rozó con el carmín de los labios la tierra amarillenta
+de sus mejillas.</p>
+
+<p>Mas hete aquí que, apenas lo hubo efectuado,
+saltó hecha un basilisco Micaela, la más irascible
+de las cuatro nereidas que nadaban en las
+profundidades de la morada del Jubilado:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué desvergüenza!... Esos no son juegos
+decentes, sino suciedades... No me extraña de
+Núñez, porque los hombres ¿a qué están? Me extraña
+de tí, Emilita... Me parece que un poco
+más de pudor y vergüenza no te vendrían mal...
+Pero ¡cómo la has de tener si los que tienen
+obligación de ponértela son los primeros en empujarte
+a lo malo!...</p>
+
+<p>Aquella sangrienta diatriba contra el autor de
+sus días dejó a éste pálido y clavado al suelo.
+Hubo un instante de silencio embarazoso. Una
+nota tan destemplada les sorprendió. Sin embargo,
+todos se apresuraron a defender a Emilita
+y a protestar de la pureza y la perfecta inocencia
+de tales juegos. El argumento que más se
+repetía, y el que a todos les parecía incontrastable,
+era que, no habiendo malicia, aquello no valía
+nada, porque lo importante en estos asuntos
+es la intención. El beso ¿ha sido dado con intención?&mdash;decía
+uno de los pollastres más dialécticos.&mdash;¿No?
+Pues entonces como si no se hubiera
+dado. Núñez asentía gravemente, un poco amoscado
+y mirando de reojo a su futura cuñada.
+Pero ésta no se rendía a demostraciones tan evidentes
+y se obstinaba en pedir, cada vez con
+mayor violencia y más altas voces, un poco de
+vergüenza para su hermana menor y unas migajitas
+de sentido para su señor padre. Mas como
+al cabo nadie se presentaba con estas cosas en la
+mano a satisfacer sus votos, no tuvo otro remedio
+que ir bajando el diapasón, hasta que al fin
+sus coléricas protestas se fueron trasformando
+poco a poco en murmullo sordo y amenazador
+como el de los truenos lejanos. Y la tertulia
+recobró su dulce sosiego habitual.</p>
+
+<p>Pero quedó suspendido por aquella noche el
+juego de prendas. Nuncita, de quien casi siempre
+partían las grandes ideas, propuso que se jugase
+a <i>la boba</i>. No se sabe por qué, pero es lo
+cierto que este juego poseía particulares atractivos
+para la menor de las señoritas de Meré. Es
+indecible lo que se placía la ex-novia del teniente
+Paniagua cuando lograba encajar <i>la boba</i> a alguna
+de sus tertulianas, la ansiedad y desasosiego
+que se apoderaba de ella cuando la tenía en su
+poder y no lograba soltarla. Paco Gómez tomó
+la baraja y sacó las tres sotas; pero sabiendo la
+debilidad de Nuncita y queriendo, según su
+temperamento, mortificarla un poco, hizo una
+señal a la que quedaba, y luego la fue manifestando
+al oído a algunos de los tertulios. Resultado
+de esto fue que <i>la boba</i> iba casi siempre a
+parar a manos de la Niña, y allí se atascaba, sin
+que apesar de todos sus esfuerzos consiguiese
+desprenderse de ella. Con esto, apesar de su apacible
+natural, se fue impacientando poco a poco.
+La tertulia reía y ella también, pero más con los
+labios que con el corazón. Al fin, en un momento
+de cólera echó a rodar las cartas y declaró que
+no jugaba más. Carmelita, al ver aquel acto de
+descortesía, intervino severamente, como siempre
+que se desmandaba.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué arrebato es ése? ¿A qué conduce esa
+tontería? ¿Qué dirán estos señores?... Dirán, con
+motivo, que no tienes educación, y que en nuestra
+familia no ha habido quien hubiera sabido enseñarte...
+¡A ver si coges las cartas ahora mismo!</p>
+
+<p>&mdash;No quiero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué, qué dices, necia? ¡Tú, tú, tú eres tonta!...
+¿Se habrá visto una criatura más díscola?...
+Co... co... coge las cartas enseguida...</p>
+
+<p>La cólera la hacía tartamudear, saliendo de su
+boca desprovista de dientes unos ruidos extraños.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hum!&mdash;gruñó Nuncita, torciendo el hocico
+con mueca de mimo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Niña, no me enfades!&mdash;gritó su hermana
+mayor.</p>
+
+<p>&mdash;¡No quiero, no quiero!&mdash;repitió aquella criatura
+indómita con decisión.</p>
+
+<p>Y al mismo tiempo se levantó de la silla y
+arrastrando los pies se fue a refugiar en el gabinete.</p>
+
+<p>Mas su hermana la siguió inmediatamente en
+la actitud más severa y autoritaria que puede
+nadie imaginarse, dispuesta a corregir aquel
+principio de rebelión, que con el tiempo podría
+traer funestas consecuencias. Oyose rumor de
+disputa, sobresaliendo la voz áspera, irritada, de
+Carmelita; luego aquella voz se fue dulcificando,
+haciéndose persuasiva, razonadora, reprendiendo
+con suavidad. Llegó asimismo a los oídos de los
+tertulios el eco de un sollozo. Por último, al
+cabo de buen rato se presentó de nuevo Carmelita,
+arrastrando los pies todavía más que su
+hermana, con los ojos resplandecientes de autoridad
+y el ademán majestuoso que conviene a
+los que necesitan dictar leyes a los seres que la
+Providencia les ha confiado. Detrás venía la Niña
+avergonzada, sumisa, con las mejillas inflamadas
+y los ojos llorosos. Sentose otra vez a la
+mesa y, sin osar levantar los ojos a su hermana
+mayor, que la miraba aún con cierta dureza,
+tomó humildemente las cartas y se puso a jugar.
+Pues bien, este ejemplo conmovedor de respeto
+y de sumisión, en vez de impresionar gravemente
+a los circunstantes, provocó en casi todos
+una sonrisa de burla, y en algunos de ellos algunas
+inoportunas carcajadas que a duras penas
+lograron sofocar.</p>
+
+<p>Sin embargo, el juego no duró mucho tiempo.
+Acercábase la hora de diseminarse aquella escogida
+sociedad.</p>
+
+<p>&mdash;María Josefa, hoy he visto a tu ahijada en
+el paseo&mdash;dijo Paco Gómez, mientras barajaba
+distraídamente las cartas.&mdash;La he dado un beso.
+Está cada día más guapa... ¿Cuánto tiempo
+tiene ya?</p>
+
+<p>&mdash;Pues saca la cuenta. La hemos bautizado
+en Febrero... Dos meses y medio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Iba con su madre?&mdash;preguntó Manuel Antonio
+sonriendo de un modo particular.</p>
+
+<p>&mdash;No. A su madre la he encontrado después
+en Altavilla y he echado un párrafo con ella&mdash;respondió
+gravemente y con afectada naturalidad.</p>
+
+<p>La mayor parte de los tertulios le miraban
+sonrientes con expresión de malicia reservada
+que sorprendió a Fernanda. Sólo las dos señoritas
+de Meré y Granate permanecieron impasibles,
+sin darse cuenta de lo que se hablaba.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿a qué ahijada de usted se refiere, a la
+niña recogida por los de Quiñones?&mdash;preguntó
+en voz baja la heredera de Estrada-Rosa a María
+Josefa.</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Entonces?... ¿Cómo hablan de su madre?</p>
+
+<p>&mdash;Porque esos dos tienen una lengua muy
+mala. ¡Dios nos libre de ella!&mdash;repuso la solterona
+sonriendo también con alegría maliciosa,
+mirando al mismo tiempo a la joven con la benevolencia
+condescendiente con que se mira a las
+criaturas inocentes.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿quién suponen que es su madre?</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién ha de ser? Amalia... ¡Silencio!&mdash;dijo
+apresuradamente, bajando más la voz.</p>
+
+<p>Quedó estupefacta. Para ella era la noticia
+tan nueva, tan sorprendente, que por unos instantes
+estuvo mirando con ojos pasmados a su
+amiga como si no hubiese oído. En el estupor
+que le causaba, no oyó las primeras palabras de
+Paco. Sólo se hizo cargo al concluir de que estaba
+loando con calor la belleza de la niña.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene a quien parecerse&mdash;murmuró el marica
+de Sierra con la misma intención maligna.&mdash;Ya ves...
+su madre... ¡Y su padre!... Su padre se
+cae de buen mozo.</p>
+
+<p>Fernanda, picada repentinamente por vivísima
+curiosidad, una curiosidad insana que la
+puso agitada y anhelante sin saber por qué, se
+inclinó otra vez hacia María Josefa, y metiéndole
+la boca por el oído, le preguntó con voz
+alterada:</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿quién es su padre?</p>
+
+<p>La solterona se volvió hacia ella y le clavó
+una mirada donde se traslucía junto con la sorpresa
+la misma indulgencia compasiva.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿de veras no sabes?...</p>
+
+<p>La joven hizo signo negativo. Y al mismo
+tiempo se sintió embargada por terrible emoción.
+Una corriente de aire frío atravesó su ser
+interior repentinamente. Quedó pálida, pendiente
+de los labios de María Josefa, como si de ellos
+esperase la salud o la muerte. Aquélla advirtió
+bien su turbación, y dijo después de mirarla un
+instante fijamente:</p>
+
+<p>&mdash;No te lo digo... ¿Para qué?... Acaso sea todo
+una calumnia.</p>
+
+<p>Fernanda se repuso instantáneamente.</p>
+
+<p>&mdash;Está bien&mdash;respondió haciendo un gesto de
+displicencia.&mdash;Cálleselo. Después de todo, ¿a
+mí qué me importa todo eso?</p>
+
+<p>Este gesto hirió a la solterona, que se apresuró
+a decir con aguda sonrisa:</p>
+
+<p>&mdash;Pues precisamente porque a tí te importa
+es por lo que temo decírtelo.</p>
+
+<p>&mdash;No entiendo...</p>
+
+<p>María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Porque dicen que el padre de la criatura es
+Luis.</p>
+
+<p>Como ya antes había sentido la puñalada,
+Fernanda quedó impasible y preguntó con indiferencia:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué Luis?</p>
+
+<p>&mdash;El conde, muchacha.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué me ha de importar a mí que sea
+Luis el padre?</p>
+
+<p>María Josefa quedó un poco desconcertada.</p>
+
+<p>&mdash;Como ha sido tu novio...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero como ya no lo es!&mdash;replicó encogiéndose
+de hombros desdeñosamente.</p>
+
+<p>Y se puso a hablar con Granate, que tenía del
+otro lado. Aquella indiferencia era pura comedia
+que su orgullo lograba representar. Una
+tristeza inexplicable y penetrante cayó sobre su
+alma y la invadió por completo, sin dejarle fuerzas
+para pensar ni para hacer nada. Si Granate
+no fuese un animal, hubiera comprendido enseguida
+que la sonrisa con que acogía sus barbarismos
+y barbaridades era una verdadera mueca
+sin expresión alguna, y que los monosílabos y
+respuestas incoherentes que dejaba escapar de
+sus labios denunciaban bien claramente que no
+le escuchaba a él, sino a Paco Gómez, Manuel
+Antonio y los demás que seguían charlando de
+la niña expósita.</p>
+
+<p>¡Con qué interés ardiente recogía todas las
+palabras que se cambiaban entre aquellos maldicientes!
+Y a medida que iban poniéndole en
+claro el suceso y que iban acumulando pormenores,
+entreverando frases burlonas y reticencias
+de efecto cómico, su corazón se apretaba,
+se apretaba poco a poco, como si todos ellos lo
+fuesen oprimiendo entre sus manos, uno después
+de otro, para hacerle daño. Pero su rostro permanecía
+impasible. Ni la más leve contracción
+acusaba el dolor que la mordía.</p>
+
+<p>La tertulia se deshizo a las doce, como siempre.
+Fernanda sintió gran consuelo al respirar el
+aire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia de
+quedarse a solas con su pensamiento y darse
+cuenta cabal de lo que acababa de aprender.</p>
+
+<p>Había llovido mucho. Las calles, empedradas
+de grueso guijarro, resplandecían a la luz de
+los reverberos. Al salir de la casa unos tomaron
+por la calle abajo; otros, entre ellos Fernanda,
+hacia arriba en dirección a la plaza. Pocos pasos
+habían dado cuando sintieron el estrepitoso
+trotar de unos caballos que doblaban en aquel
+instante la esquina y bajaban hacia ellos.</p>
+
+<p>&mdash;Ahí está el barón y su criado&mdash;dijo Manuel
+Antonio.</p>
+
+<p>Era la hora, en efecto, en que el excéntrico barón
+de los Oscos salía a dar su paseo habitual
+por las calles de Lancia. Su famoso caballo las
+desempedraba haciendo cabriolas, levantando
+tal estrépito que, aun siendo el corcel de su
+criado mucho más paciente, parecía que atravesaba
+la ciudad un escuadrón. Al cruzarse
+con los tertulios, Manuel Antonio, con el desparpajo
+que le caracterizaba, gritó: «Buenas
+noches barón.» Pero éste volvió hacia ellos el
+rostro espantable, los miró fijamente con sus
+ojos encarnizados y siguió adelante sin contestar.
+El marica, corrido, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Va borracho, como siempre!</p>
+
+<p>Todos asintieron burlando. Pero en el fondo
+sintieron todos, unos más y otros menos, el mismo
+estremecimiento al ver aquella figura siniestra.
+Fernanda, por mujer y por el estado
+especial de su alma, se inmutó visiblemente:
+después de pasar siguió todavía con ojos de
+temor a los dos jinetes hasta que se perdieron
+entre las sombras.</p>
+
+<p>Al meterse en la cama, con el corazón apretado,
+quiso analizar la emoción que la dominaba;
+quiso remontarse a la causa. Sintió vergüenza
+de ella. Su orgullo le hizo exclamar con rabia y
+en voz alta:</p>
+
+<p>&mdash;¿A mí que me importan esas picardías? ¿Qué
+tengo que ver con él ni con ella?</p>
+
+<p>Pero acabado de proferir tales palabras sintió
+las mejillas caldeadas por el llanto. La heredera
+de Estrada-Rosa se volvió rápidamente y
+hundió el rostro, cubierto de rubor, en las almohadas.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+<p class="cab">El aumento del contingente.</p>
+
+
+<p>Las terribles dificultades que debían de
+surgir para el matrimonio de Emilita,
+a causa de las opiniones antibélicas
+de su padre, se orillaron con más facilidad
+de lo que podía esperarse. La historia no hablará
+(aunque mejor razón tendrá que para otros
+muchos sucesos) de aquel día solemne en que
+Núñez fue de uniforme a pedir a D. Cristóbal la
+mano de su hija, de aquel abrazo memorable
+con que éste le recibió, estrechándole calurosamente
+contra su pecho civil, de aquella fusión
+increíble de dos elementos heterogéneos creados
+para repelerse, y que gracias al amor de un ángel
+dulce y revoltoso se compenetraban y entendían.
+Si por casualidad esta página privada fuese
+objeto de atención para algún historiador, no
+tendría más remedio que afirmar la grandísima
+importancia de semejante concordia, que hasta
+entonces se había juzgado inverosímil, y al mismo
+tiempo presentar con imparcialidad el reverso,
+descubriendo a las futuras generaciones
+en qué modo el benemérito patricio D. Cristóbal
+Mateo fue víctima de una injusticia social y
+de la persecución de sus conciudadanos.</p>
+
+<p>Es de saber, que todo el mundo en Lancia se
+creía autorizado para dar cantaleta a este respetable
+y antiguo funcionario acerca del matrimonio
+de su hija. Unas veces directa, otras indirectamente,
+siempre que tocaban tal punto aludían
+a las opiniones contrarias al desenvolvimiento
+de las fuerzas de tierra sustentadas por
+él hasta entonces. Al matrimonio dio en llamársele
+«el aumento del contingente,» y algunos llevaron
+su procacidad hasta darle tal nombre delante
+de su futuro yerno. Fácil es de concebir
+cuánta saliva habría tenido que tragar antes de
+perder, como lo hizo, una molesta y mal entendida
+vergüenza.</p>
+
+<p>Pero a despecho de todas las diatribas y murmuraciones
+de los vecinos, que reflejaban, en el
+sentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa,
+la envidia que ardía en la mayor parte de los corazones,
+«el aumento del contingente» se abría
+paso. El plazo fijado para realizarlo fue el mes
+de Agosto. Cuando llegó el momento había adquirido
+tal importancia que, como sucede generalmente
+en los pueblos pequeños, apenas se hablaba
+de otra cosa. Las relaciones del Jubilado
+y sus cuatro hijas eran numerosísimas, y todas
+ellas aspiraban a ser invitadas el día de la
+boda. Por otra parte, la misma aspiración alimentaban
+en su pecho algunos dignos y pundonorosos
+oficiales del batallón de Pontevedra
+amigos del futuro. No siendo posible reunir tanta
+gente en el hogar poético del Jubilado, se pensó
+en celebrar la boda en el campo. La casa más
+a propósito era la de la Granja por su proximidad
+a la población. D. Cristóbal se la pidió al
+conde, con quien tenía extremada confianza, lo
+mismo que sus hijas, y éste se apresuró a ponerla
+a su disposición.</p>
+
+<p>En la iglesia de San Rafael se consumó de
+madrugada aquella venturosa alianza, prenda
+segura de paz entre el elemento civil y el militar.
+Bendíjola fray Diego que, por ser el sacerdote
+más bizarro y el más firme bebedor de anisado
+de la capital, gozaba de gran prestigio entre
+la oficialidad. Asistieron al acto más de veinte
+damas y casi otros tantos caballeros. En
+cuanto terminó se trasladaron todos a la Granja
+para pasar allí el día. Por hallarse tan cerca de
+la población no se necesitaban carruajes. Sin
+embargo, fueron los del conde de Onís y de Quiñones
+para trasportar a los novios y a algunas
+personas de edad avanzada, como las dos señoritas
+de Meré. Entre los invitados estaba casi
+toda la tertulia del maestrante, bastantes de la
+de las de Meré y un número crecido de oficiales.</p>
+
+<p>El conde había hecho asear, hasta donde era
+posible, el vetusto caserón. Casi todos lo conocían
+como su propia casa. Era el sitio obligado
+de las giras campestres por hallarse tan cerca y
+por el hermoso bosque que tenía. Los condes jamás
+habían negado el permiso. En cuanto llegaron
+y gustaron el chocolate, que les esperaba en
+el vasto salón con pavimento de ladrillo de la
+planta baja que servía de comedor, se diseminaron
+sin ceremonia por la casa y por la finca dispuestos
+a matar las horas del mejor modo posible
+hasta que sonase la de comer. La novia, con
+Amalia, que había sido su madrina, y otras dos
+señoras se fue a sentar gravemente en una de las
+habitaciones. Tenía los ojos brillantes, las mejillas
+coloradas y procuraba inútilmente disfrazar
+con un continente digno y serio la profunda emoción
+que la embargaba. Las que la acompañaban,
+casadas todas, la acariciaban sin cesar, pasando
+la mano por sus cabellos, dándole palmaditas en
+las mejillas, cogiéndole las manos y de vez en
+cuando inclinándose para estampar un beso en su
+frente con esa condescendencia, mitad cariñosa,
+mitad irónica, con que las veteranas del matrimonio
+contemplan a las bisoñas. No hay una de
+aquéllas que al acercarse a una novia no sienta
+vibrar en su pecho el eco de cierta música lejana
+y divina; viene a sus labios el gusto de la miel
+de la remota luna; pero llega ¡ay! con el dejo
+amarguillo de algunos años de prosa matrimonial.
+En toda mujer casada hay un poeta
+desengañado de su musa. De aquí la sonrisa baironiana
+que aparece en su rostro al observar la
+dicha que arde en los ojos de una desposada.</p>
+
+<p>Emilita había cambiado de carácter en un
+cuarto de hora. Todo lo juguetona y pizpireta
+que se había mostrado hasta entonces, aparecía
+ahora grave y espetada. Disertaba sabiamente
+con las matronas, sus compañeras, acerca de la
+instalación de la despensa, del servicio doméstico
+que todas consideraban en espantosa decadencia,
+del precio de la carne. Tan vieja se había
+hecho en este cuarto de hora, que sorprendía
+no ver ya alguna hebra de plata entre sus cabellos
+de oro.</p>
+
+<p>En cambio a sus hermanas, por extraño contraste,
+les habían quitado algunos años de encima
+desde que la menor tomara la investidura.
+Habían retrocedido hasta la infancia. Como criaturas
+ávidas de aire y de luz para desarrollarse,
+lanzáronse al bosque las tres, animando con sus
+gritos e inocentes carcajadas el silencio y la paz
+que allí reinaba. ¡Virgen del Amparo lo que saltaron,
+lo que rieron, las diabluras que llevaron
+a cabo en poco tiempo aquellas loquillas! Para
+entregarse a los juegos inocentes, que exigía el
+retroceso sensible que habían experimentado de
+pronto, se quitan las mantillas y dejan suelto el
+cabello, tiran los guantes, el abanico, la sombrilla,
+todo lo que pudiera simbolizar la juventud,
+y se quedan gozosas con los atributos de la adolescencia.
+No sólo dejan flotando sobre la espalda
+su cabellera angelical, sino que se despojan
+del reloj, de las pulseras y sortijas que entregan
+a su papá, colgándose antes de su cuello para hacerle
+mil caricias como niñas sencillas y apasionadas
+que eran; hecho lo cual y al observar
+que algunos dignos oficiales del batallón de Pontevedra
+las contemplan, huyen ruborizadas y
+confusas, se recogen las enaguas con alfileres
+hasta dejar descubierto el pie y parte de la pierna,
+y en la inocencia de su corazón huyen, huyen
+siempre por el bosque adelante, esquivando
+como las ninfas de Diana las miradas ardientes
+de la oficialidad.</p>
+
+<p>Y cuando llegan a un rincón apartado y solitario
+donde las sombras se espesan, donde no
+llegan los ruidos mundanales ni penetran los
+ojos maliciosos de los hombres, llaman con gritos
+de alegría, como pajaritos de Dios, a sus compañeras,
+las invitan a venir a disfrutar de aquella
+amable seguridad donde libremente pueden
+mostrar sus gracias y recrearse sin peligro de
+ser sorprendidas. Entonces una propone jugar a
+la cuerda y las demás acceden batiendo las palmas.
+Jovita es la primera. Salta, salta hasta que
+queda rendida y se deja caer sobre el césped,
+llevándose la mano al corazón, que palpita con
+la fatiga, no con la agitación insana de las pasiones
+juveniles. Luego salta otra, luego otra y
+otra hasta que todas se tienden exánimes pero
+risueñas, reflejando en sus mejillas sudorosas y
+en sus ojos entornados la dulce alegría que se
+escapa de un pecho inocente. Y en cuanto descansan
+se propone jugar «al milano que le dan&mdash;cebollita
+con el pan.» ¡Qué risa! ¡qué algazara!
+¡cómo resuena el dormido bosque con las voces
+argentinas de aquellas bellas y tiernas criaturas!
+Cansadas de este juego se diseminan por un momento.
+Algunas forman grupo sentadas al pie
+del tronco de un roble y se cuentan en voz baja
+como suave gorjeo mil puerilidades encantadoras;
+otras se entregan apasionadamente a la
+busca de florecillas azules y hacen con ellas ramilletes
+que colocan en el pecho; otras se persiguen,
+como las golondrinas en el aire, con chillidos
+penetrantes. Otras, las más resueltas, dedican
+sus esfuerzos a la caza de cigarras y otros
+bichos temerosos. Pero luego tornan a juntarse
+porque hay una chica muy aturdida que apuesta
+a encaramarse en un árbol si la ayudan, y hay
+otra maligna que dice que sí, que ella la ayudará.
+Manos a la obra. Empezó la animosa joven,
+que se llama Consuelo, a poner sus piececitos en
+las rugosidades del roble más asequible. La compañera
+maligna, que no es otra que Socorro, la
+tercera sirena del Jubilado, la sostiene. Encarámase
+al fin la primera en la cruz de dos ramas;
+asciende después a otra; aplauden las ninfas y
+la alientan con gritos de entusiasmo...</p>
+
+<p>Mas he aquí que Rubio, el teniente de la tercera,
+hombre acreditado de audaz entre sus compañeros
+de arma y de un genio devastador para
+el sexo femenino, se presenta de improviso asomando
+su cabeza temeraria por encima de unas
+matas. Las ninfas, al verle, lanzan un grito y
+quedan petrificadas en la actitud en que las sorprende.
+Consuelo, desde lo alto del árbol, le
+apostrofa con violencia. Si en su mano estuviera
+trasformaría inmediatamente en ciervo a aquel
+nuevo Acteón. Acá, para <i>inter nos</i>, es posible que
+prefiriese trasformarle primeramente en marido,
+sin perjuicio de acudir más adelante a la metamorfosis
+clásica... Pero Rubio, el teniente de la
+tercera, conoce perfectamente el valor de estos
+gritos y estos apóstrofes. No se inmuta; sonríe
+maliciosamente y llama con voz ronca a sus hermanos
+de armas. ¡Qué confusión, qué espanto
+entre aquellas risueñas hijas de los bosques al
+aproximarse en columna cerrada los hijos de
+Marte! Sin recoger las mantillas, ni los guantes,
+ni las sombrillas, nada en suma de lo que las
+pertenecía, huyen y se desbandan por la floresta
+lanzando gritos de terror. Pero los sátiros de
+pantalón encarnado las persiguen con saña, las
+atrapan aquí y allá y las traen cautivas enmedio
+de risotadas odiosas. Mientras tanto la pobre
+Consuelo, encima del árbol y bloqueada por tres
+de estos silvanos voluptuosos, se niega terminantemente
+a bajar mientras no se alejen por lo menos
+cincuenta varas. Ellos ¡los crueles! se niegan.
+Ruega la ninfa, se irrita, está a punto de
+llorar; pero ni su enojo ni sus lágrimas consiguen
+ablandar el corazón empedernido de los infames
+sátiros. Por fin se resigna a descender y,
+aunque toma muchas y castas precauciones, éstos
+logran ver un pie deliciosamente calzado y un
+nacimiento de pierna que les hace rugir de gozo.
+Pero ¿dónde está Rubio? ¿Dónde está el más terrible
+y feroz de todos ellos? No se sabe, mas al
+cabo de mucho tiempo sale de la espesura arrastrando
+consigo a Socorro, la más sentimental de
+las ondinas de D. Cristóbal. En los rasgos crueles
+de su fisonomía viene pintada la expresión
+del triunfo, y en los de ella la vergüenza y la sumisión
+de una cautiva. Muchas horas después,
+en las últimas de la noche, sentado a una mesa
+del café de Marañón y rodeado de ocho o diez
+de sus colegas, el teniente de la tercera narraba
+con sonrisa malévola el vencimiento de la ninfa,
+calculando lo menos en veinticinco o treinta los
+besos que logró robarle en distintos sitios de su
+rostro hechicero; y todos los hijos de Marte
+aplaudían y celebraban con homéricas carcajadas
+aquel nuevo triunfo de su heroico compañero.</p>
+
+<p>Finalmente, los vencedores no se mostraron
+demasiado tiranos, y el orden se restableció gracias
+a la llegada oportuna de las señoritas de
+Meré, que venían acompañadas de María Josefa
+y de Paco Gómez. Las autoras y únicas responsables
+de todo aquello habían sacado el fondo del
+cofre. Carmelita traía un vestido de alepín de
+seda negra que sólo salía a relucir en las grandes
+ocasiones, al paso que Nuncita, por contar
+menos años y respetabilidad, podía lucir un traje
+claro con flores bordadas, como sólo se ven en
+los retratos del siglo pasado. Estaban alegres,
+rebosando satisfacción por los ojos; pero las piernas
+no respondían a aquella eterna juventud de
+sus corazones: caminaban apoyándose en sendas
+muletas y agarrándose con la mano libre al brazo
+de sus acompañantes. Fueron recibidas con
+vivas y hurras. Se oyeron asimismo algunas frases
+harto familiares, de esas que nadie más que
+las benditas de Meré consentían y reían. Por eso
+tenía poco mérito el embromarlas. Jamás se dio
+el caso de verlas enfadadas con sus amigos, y eso
+que algunos se deslizaban en sus guasas hasta
+llegar no pocas veces a la grosería. En cambio
+eran muy propensas a la guerra intestina, esto
+es, a irritarse una con otra; pero ya sabemos en
+qué paraban siempre estas misas.</p>
+
+<p>El espíritu temerario del teniente Rubio, apretado
+por las circunstancias, engendró una idea
+felicísima, es a saber: que para mejor pasar el
+rato hasta la hora de comer se construyese un
+columpio, donde las damas pudieran gozar la
+dicha de sacudirse el diafragma algunos instantes,
+y los caballeros la de proporcionársela moviendo
+galantemente el aparato. Dicho y hecho:
+se buscan cuerdas, se sierra una tabla; en menos
+de un cuarto de hora queda todo terminado. Rubio,
+mientras se lleva a cabo, no deja de hacer
+guiños expresivos a sus compañeros, que comprenden,
+sonríen, callan, profundamente admirados,
+como siempre, de la audacia y penetración
+del teniente de la tercera. Ya está amarrado
+el columpio. ¿Quién es la primera? Todas manifiestan
+la misma vergüenza, idéntico rubor
+colorea sus mejillas. A una se le ocurre malignamente
+proponer que lo estrene Nuncita.
+Las demás aplauden la idea. Nuncita resiste aterrada.
+Carmelita ni concede el permiso ni lo
+niega. Las instancias se repiten sin cesar. Los
+mancebos encuentran la idea cada vez más original.
+Al fin, casi a viva fuerza, entre los aplausos
+frenéticos del corro, Cuervo, el hercúleo alférez
+de la primera, levanta en brazos a la Niña
+y la sienta en la tabla.</p>
+
+<p>&mdash;¡Agárrate bien, Nuncia!&mdash;le grita Paco Gómez,
+mientras el citado alférez y algunos otros
+amigos empiezan a mecerla.</p>
+
+<p>&mdash;¡Suave, suave!&mdash;exclama Carmelita.</p>
+
+<p>No hay cuidado; así lo hacen, porque temen
+dar con ella en tierra. Pero aun moviendo el columpio
+con parsimonia, el aire consigue levantar,
+al poco tiempo, las enaguas de la antigua doncella.
+Los oficiales ríen y empujan el columpio
+para que se vea más.</p>
+
+<p>&mdash;¡Fuerte, fuerte, que algo se pesca!&mdash;les grita
+Paco Gómez.</p>
+
+<p>Las muchachas, entre risueñas y avergonzadas,
+se tapan la cara y se abrazan unas a otras
+diciéndose palabritas al oído.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alto, alto!&mdash;exclama Carmelita.&mdash;¡Paren
+ustedes!</p>
+
+<p>Nadie hace caso. Las ropas de la Niña van subiendo,
+subiendo: no se sabe dónde se van a detener.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alto, alto! ¡Por Dios, señor alférez!</p>
+
+<p>&mdash;¡Anda con ella!&mdash;rugen los militares.</p>
+
+<p>Y el columpio sigue cada vez más vivo. Nuncita
+está tan asustada que no tiene tiempo a
+pensar en el pudor.</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor alférez! ¡Señor capitán!&mdash;grita Carmelita
+toda temblorosa, agitando los brazos, la
+mandíbula inferior, desdentada, batiendo contra
+la superior, desdentada también, con un estremecimiento
+particular.&mdash;¡Señor capitán, téngase
+por Dios! ¡Por la Virgen del Amor Hermoso!...
+¡Pare! ¡pare!... ¡pare!</p>
+
+<p>&mdash;¡Sooó!&mdash;exclama Paco.</p>
+
+<p>Pero el capitán es sueco y sigue apretando.
+Las enaguas de Nuncita se encuentran ya en la
+más alta cúspide adonde pueden llegar. Las jóvenes
+se vuelven de espaldas; algunas corren
+riendo a ocultarse entre los árboles. Sólo cuando
+hubieron consumado su obra de desvergüenza se
+consiguió que los oficiales aplacasen y permitiesen
+a Nuncita tomar tierra. Su hermana, en vez
+de enojarse con los culpables, la emprende con
+ella llena de furor, vibrando rayos por los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bájate, picarona! ¡Escandalosa! ¿Es ésa la
+educación que has aprendido de tus padres? ¿Es
+eso lo que te aconseja el confesor?</p>
+
+<p>Nuncita, aterrada, empieza a hacer pucheros
+y suelta la llave de las lágrimas. La juventud
+masculina, lo mismo que la femenina, tratan de
+calmar a la enfurecida Carmelita. El capitán y
+el alférez echan sobre sí toda la culpa. Es en
+vano. La cólera no se apaga hasta que no se descarga
+de palabras bien ofensivas y pesadas. La
+pobre Niña, sentada en el suelo, sollozando, con
+la cara oculta entre las manos, excita la compasión
+de todos los presentes, que no cesan de interceder
+por ella.</p>
+
+<p>Se trata de saber cuál es la que ha de subirse
+al columpio después. Ninguna quiere: es natural.
+¿Cómo han de dejarse columpiar por hombres
+tan atrevidos y desvergonzados? Es en vano
+que militares y paisanos expliquen su conducta
+en el suceso anterior y hagan juramento de no
+reincidir y estar comedidos y prudentes y siempre
+a las órdenes de las damas. Éstas no se fían.
+Sobre todo el teniente Rubio les inspira un terror
+pánico considerándolo, y no sin razón, como
+el alma de todas aquellas intrigas libidinosas.</p>
+
+<p>Pero cuando más desesperanzados estaban,
+he aquí que Consuelo, aquella niña aturdida y
+resuelta que hacía poco se había encaramado en
+un árbol, habla al oído a una compañera y luego
+se adelanta y dice, con espanto de sus compañeras:</p>
+
+<p>&mdash;Yo me subo. Ayúdenme ustedes.</p>
+
+<p>Un grito de entusiasmo acogió estas sencillas
+palabras. Por algunos instantes no se oyó más
+que ¡viva Consuelo! ¡viva Consuelo! entre la
+muchedumbre frenética. No hay quien no quiera
+ayudarla y quien no la colme de flores y agasajos.
+El alférez atlético, con ademán caballeresco,
+pone una rodilla en tierra y la invita a que
+afiance el pie sobre su muslo. La intrépida joven
+no se hace de rogar y lo ejecuta, sentándose de
+un salto en la tabla. Lo mismo militares que
+paisanos se las prometen muy felices y cambian
+entre sí miradas de inteligencia, decididos a faltar
+a su palabra y a pagar la confianza de la niña
+con la más negra traición. Mas cuando ya se disponían
+a dar comienzo a su obra maléfica empujando
+el aparato, Consuelo hace seña a su
+compañera. Se adelanta ésta con un puñado de
+alfileres y en un instante le prende las enaguas
+por debajo, de tal manera que no hay forma de
+que se le vea ni la punta del pie aunque echen
+a vuelo el columpio. El sexo femenino aplaude
+con entusiasmo loco.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bien, Consuelo! ¡bien!</p>
+
+<p>El masculino, enfadado y mohíno, no se atreve,
+sin embargo, a protestar ruidosamente, pero
+murmura de aquella falta de confianza, mientras
+la interesada, orgullosa de su ocurrencia, los
+contempla con sonrisa burlona. La desgracia
+fue completa. Los alfileritos obtuvieron un éxito
+tan lisonjero que no hubo niña que se subiese al
+aparato que no se hiciese coser la ropa previamente
+con ellos.</p>
+
+<p>Mientras tales memorables escenas se efectuaban
+en el bosque, Jaime Moro, desdeñando los
+placeres campestres, había logrado catequizar
+a Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa para
+echar un tresillito. Se aburría en la iglesia, se
+aburría en el bosque, en la ciudad y en la campiña.
+Tan sólo recobraba la serenidad de espíritu
+y renacía en él la calma y la alegría cuando
+tomaba las cartas en la mano. La suerte quiso
+serle aciaga. No había naipes en la casa. Pero
+no se arredra por eso. Baja a la cocina, llama
+aparte a un criado, al que le pareció más ligero
+y musculoso, y dándole una propina le encarga
+que a todo correr vaya a la ciudad y traiga un
+par de barajitas. Mientras tanto, para que no se
+le escapen, hace esfuerzos portentosos por entretener
+a sus compañeros, hablándoles de lo
+que más puede interesarles, sobre todo a don
+Juan, que manifestaba tendencias muy señaladas
+a desertar, seducido por la idea absurda de
+dar un paseo por la quinta y hacer una visita al
+molino como otros de los invitados. Moro sudaba
+de congoja temiendo no poder resistir hasta
+la vuelta del criado. Felizmente éste llegó a tiempo.
+En cuanto tuvo en su poder las anheladas
+barajas ya fue otro hombre. Seguro de la victoria
+los arrastra a una de las salas retiradas del
+caserón, se hace traer una mesa adecuada, bujías,
+cerveza, cigarros y ¡vamos allá!... Después
+de haber estado a dos dedos de perderla, Jaime
+Moro gozaba de aquella felicidad con una ruidosa
+alegría que causaba envidia.</p>
+
+<p>Un buen golpe de gente ridícula, sin imaginación
+bastante para comprender ni gustar las dulzuras
+del tresillo, se había ido, con el Jubilado a
+la cabeza, a recorrer la posesión y visitar después
+el molino de nuevo sistema que el conde
+había montado hacía poco tiempo. Formaban la
+comitiva, entre otros, el novio, el propio capitán
+Núñez, con aquellos de sus compañeros menos
+propicios al sexo femenino, Granate, D. Enrique
+Valero, Saleta, Manín y otros pocos. Al
+conde no se le pudo arrastrar porque no se le
+halló. Se dijo que estaba dando órdenes a los
+criados y vigilando algunas obras allá lejos, pero
+no se le halló tampoco en ellas. Uno que hacía
+allí de capataz o medio mayordomo se brindó a
+servirles de guía.</p>
+
+<p>La finca estaba situada en la pendiente de la
+misma suave colina donde está asentada Lancia.
+A espaldas de la casa se encuentra el bosque,
+que le priva de la vista de la ciudad. Así que con
+hallarse tan próxima parece que se está a cien
+leguas de ella, en la amable soledad del campo.
+Al mismo tiempo la protege contra los vientos
+del Norte y del Oeste, dejándola solamente abierta
+a las templadas y benéficas corrientes que vienen
+del Mediodía y del Este. No llegan hasta allí
+los ruidos de la población. Tan sólo las campanas
+de la catedral suenan a ciertas horas del día
+dulcemente amortiguadas por la distancia. La
+carretera general va por detrás del bosque. Otra
+pequeñita, que arranca de ella, la pone en comunicación
+con la quinta. No hay en ésta, como
+ya sabemos, ningún parque a la inglesa o a la
+francesa, ni jardincitos, ni cascadas, ni grutas
+artificiales. Es una finca mitad de recreo, mitad
+de labor. Primero el bosque, luego la casa con
+su corrada; después un jardín vasto y abandonado;
+enseguida praderas inmensas que se extienden
+por la falda de la colina y llegan hasta el
+río y aun lo salvan y se dilatan por la opuesta
+orilla. Por estas praderas se ve pastando el ganado,
+se oyen sus esquilas y los ladridos de los
+perros. Es fácil forjarse la ilusión de que se está
+en el seno de la naturaleza solitaria. La paz es
+profunda y sólo la interrumpe el canto de un pájaro
+o el mugido de una vaca.</p>
+
+<p>Los excursionistas recorrieron las cuadras,
+que estaban bien cuidadas, pues el conde tenía
+afición a la ganadería. Sin embargo, Saleta afirmó
+que las había visto en Holanda mucho mejores.</p>
+
+<p>&mdash;Figúrense ustedes, señores&mdash;manifestó con
+su característico acento gallego,&mdash;que allí a las
+vacas les atan el rabo con una cuerda, ¿saben? y
+lo tienen suspendido para que cuando les da la
+gana de proveerse lo puedan hacer sin ensuciárselo.</p>
+
+<p>Esta noticia, rigorosamente exacta, hace soltar
+la carcajada a los presentes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero este D. Ramón cuándo se cansará de
+inventar patrañas!&mdash;se decían los unos a los otros
+por lo bajo, todo por causa de aquella maldita
+reputación de embustero que había adquirido.</p>
+
+<p>&mdash;Pue eztán bien atrazaiyo en Holanda, amigo
+Zaleta&mdash;manifestó Valero, que no le dejaba
+pasar una.&mdash;En Málaga, cuando a alguna vaca
+le da la gana de ezo, ze le zienta en un inodoro
+y ze la limpia depué con papel higiénico.</p>
+
+<p>Saleta no se dio por ofendido. Estaba tan
+avezado a la incredulidad de sus oyentes, que
+aunque ahora reventase con la verdad no le impacientaba
+que no se le creyese.</p>
+
+<p>Cuando hubieron recorrido las cuadras tomaron
+el camino de los prados a campo traviesa, y
+descendieron hasta el río guarnecido, por entrambas
+orillas, de alisos, álamos y mimbreras, los
+cuales formaban a trechos una mata espesa por
+debajo de la cual corría oscuro y tétrico. El río
+Lora es uno de los menos caudalosos y al mismo
+tiempo de los más originales de España. Antes
+de llegar al mar, «que es el morir,» como
+dijo el poeta, se arregla para dar infinidad de
+vueltas como un viejo marrullero que pretende
+burlarse de la ley común a los seres creados.
+Imposible imaginarse un cauce más extravagante.
+Sale de cualquier población muy resuelto y
+boyante; parece que va a tragarse las leguas y
+marchar impávido hasta el océano. Pero al cuarto
+de legua se arrepiente, da la vuelta y retorna
+lento y cabizbajo cerca del punto de partida, lo
+cual hace pensar a algunos, no sin fundamento,
+que camina cuesta arriba. Sale de nuevo, no por
+voluntad, sino apretado por las circunstancias;
+esta vez se pierde de vista; todo el mundo cree
+que se va de veras para no volver. No es así, sin
+embargo. El gran zorro, cuando entiende que ya
+no le ven desde el pueblo, revuelve muy solapadamente
+y trata de meterse otra vez por él, pero
+le da vergüenza, y antes de llegar se aparta un
+poco y va a parar a alguna aldea próxima del
+mismo concejo. Jamás siguió una carrera franca
+y abierta. Como todos los caracteres rebajados,
+repugna la luz, aprovecha cualquier coyuntura
+para deslizarse debajo de alguna peña o una
+mata y ocultarse a las miradas de los hombres
+y permanecer allí estancado, corrompiéndose en
+degradante ociosidad. Nadie se fíe de él. Con
+sus apariencias de viejo inválido y reumático,
+incapaz de dar un paso, ha engañado a muchos
+zagales. Los invita a bañarse haciéndoles pensar
+que no tiene media vara de fondo, y luego los
+estrangula miserablemente entre sus aguas verdes.
+No se hallarán dentro náyades de celestial
+hermosura quebrando al nadar con sus brazos de
+alabastro los frágiles cristales, ni saldrán de noche
+a jugar sobre su linfa las graciosas ondinas,
+de cabellera blonda. El río Lora es taciturno,
+enemigo de toda idealidad poética. Nada de seres
+fantásticos. Lo único que alimenta con verdadero
+cariño es un enjambre de ranas, tan
+grande que causa vértigo el pensar qué número
+de ellas vivirá bajo su amparo. Ellas son las que
+se encargan de alegrar con su voz armoniosa los
+parajes que recorre.</p>
+
+<p>Ellas fueron también las que impidieron con
+ruido atronador que Saleta pudiese afirmar, como
+afirmó después que se vieron lejos, que estando
+a orillas del Yumurí cierta tarde, había tenido
+la suerte de matar de una pedrada un cocodrilo.
+Verdad que bajo la mirada insistente de
+su colega Valero se apresuró a rectificar haciendo
+constar que el cocodrilo era todavía cachorro
+y no tenía más que una carrera de
+dientes.</p>
+
+<p>Siguieron buen trecho la margen sombría del
+Lora y lo atravesaron por un puente rústico
+en el sitio donde el conde lo había desangrado,
+por medio de una acequia, para dar movimiento
+a su molino. Mas en aquel punto, a los amigos
+del novio, representantes genuinos del elemento
+más vigoroso y masculino del batallón, se les
+despierta repentinamente el sentimiento de su
+fuerza y del poder muscular de sus piernas. Un
+teniente salta la acequia. Un capitán, por no ser
+menos que el subalterno, también lo hace, pero
+se moja los pies. Excitado el amor propio, se
+despoja de la levita y vuelve a saltar con felicidad.
+Los demás le imitan. Al instante toma aquello
+el aspecto de los juegos olímpicos y todavía
+más de la gran batuda americana. Pero Núñez
+es un eminente saltarín. Así estaba de antiguo
+reconocido en todo el ejército y más particularmente
+en el arma de infantería. Saltó tres o
+cuatro veces con gran facilidad; mas, queriendo,
+como es lógico, sobreponerse a sus compañeros
+y dar prueba gallarda de su destreza, afirma en
+tono desdeñoso que «aquello no vale nada» y que
+él es capaz de saltar la acequia volviéndose de
+espalda. Estas palabras fueron acogidas con respeto
+por sus colegas, pero también con un silencio
+que al capitán se le antojó dubitativo. Y sin
+aguardar más resuelve confundirlos. No se despoja
+de una sola prenda del uniforme, que esto
+queda para los neófitos; toma vuelo, y al llegar
+al borde del agua se vuelve y da el salto, pero
+con tan mala fortuna que los pies se le enredan
+en unos juncos y cae de espaldas tan largo como
+era enmedio del arroyo. Se oculta a las miradas
+de sus amigos por un momento, y sale al fin bufando
+y chapoteando como un verdadero tritón,
+diciendo que no es nada y que va a saltar otra
+vez para que se vea. Pero su padre político no
+lo consiente. Le pasea las manos por el cuerpo
+para cerciorarse de que está calado (¡cómo había
+de estar!) y, presa de insana agitación, él,
+que hacía poco tiempo hubiera exterminado
+en pleno a toda la milicia, comienza a gritar:</p>
+
+<p>&mdash;¡Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!...
+¡Una pulmonía!... ¡Mudarse!... ¡Fricciones!...
+¡Una fiebre reumática!</p>
+
+<p>Y otras exclamaciones más o menos coherentes,
+que daban testimonio del profundo interés
+que la salud del oficial le inspiraba.</p>
+
+<p>Núñez, aunque guerrero, cede a sus instancias
+y vuelve hacia la casa con semblante fiero y ceñudo,
+enteramente resuelto a quitarse hasta los
+calcetines y a meterse en la cama mientras se
+manda propio a Lancia por una muda. Todos
+sus amigos le rodean, y así llegan hasta la casa.
+Emilita, que está al balcón, al verlos de aquella
+guisa, pregunta con sorpresa:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es eso?</p>
+
+<p>&mdash;Nada&mdash;le grita su papá,&mdash;que Núñez se ha
+caído a la acequia.</p>
+
+<p>Naturalmente al oír esto Emilita lanza un grito
+desgarrador y cae desmayada en brazos de
+varias damas. Núñez, hecho un héroe, despreciando
+su propia salud, corre a socorrerla. En
+pocos momentos se llena la habitación de vasos
+de agua y salen a relucir también dos o tres
+frascos de antiespasmódico. Cuando empieza a
+recobrar el conocimiento y llega el momento
+crítico de las lágrimas, su hermana Micaela no
+puede contenerse; increpa violentamente a su
+papá.</p>
+
+<p>&mdash;¡Esto ha sido una verdadera barbarie! ¿Se
+ha figurado usted que su hija tiene el corazón
+de bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesita
+para herir de este modo a una pobre criatura!...</p>
+
+<p>La pobre criatura le paga aquella defensa con
+una mirada cariñosa de sus ojos húmedos, apretándole
+al mismo tiempo la mano. El Jubilado se
+encuentra en el último grado del abatimiento y
+apenas se atreve a murmurar «que viendo a Núñez
+vivo a su lado no había razón para tanto
+susto.» Las señoras juzgan que Micaela ha estado
+irrespetuosa con su padre, pero al mismo
+tiempo no pueden menos de convenir en que
+aquello ha sido un escopetazo, y manifiestan a
+la desgraciada esposa una ardiente simpatía.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+<p class="cab">El vino de Fernanda.</p>
+
+
+<p>Fernanda no había presenciado nada de
+esto. Estuvo a primera hora en el bosque,
+haciendo de ninfa pudorosa como
+sus compañeras; pero cansada pronto del papel,
+se apartó de ellas y comenzó a discurrir por los
+lugares más solitarios. Su cabeza, tan erguida
+siempre, se doblaba bajo el peso del tedio o la
+preocupación; su talle flexible, ondulante, se
+movía sin compás girando a un lado y a otro
+como el cuerpo de un beodo; arrastraba los
+ojos por el suelo, aquellos hermosos ojos africanos
+que eran el más preciado ornamento de la
+noble ciudad de Lancia, y por su frente pálida
+cruzaba una arruga bien profunda, signo de pensamiento
+fijo y doloroso. ¡Cuánto le había atormentado
+desde hacía dos meses! La impresión
+que los amores del conde habían dejado en su
+alma, sofocada al principio por el orgullo, por
+la esperanza de volver a ellos, se había dilatado
+de pronto al conocer el secreto de su desvío,
+había hecho irrupción en ella, la había llenado
+toda y la abrasaba de amor y de celos. Eran
+tanto más ásperos éstos cuanto que vio claramente
+que Luis la había estado engañando
+mucho tiempo, le había fingido cariño cuando
+amaba ya a otra. La miserable traición de
+Amalia la sublevaba, le inspiraba horror y repugnancia;
+pero la del conde, tenía que confesárselo,
+la traspasaba de dolor y acrecía su
+pasión desmesuradamente.</p>
+
+<p>Supo, no obstante, mantener su dignidad a
+flote. Siguió frecuentando el trato de Amalia y
+mantuvo con ella en apariencia las mismas relaciones
+amistosas, mas a despecho suyo, sin darse
+ella misma cuenta, había unas veces en su actitud,
+otras en sus ojos, otras en su acento, un leve
+dejo amargo y desdeñoso que no pasó inadvertido
+para la penetrante valenciana. Con su ex-novio
+se mostró circunspecta, dejó aquel tono
+agresivo que con él acostumbraba a emplear y
+se hizo más suave y formal; pero también, con
+gran disgusto suyo, la emoción que sentía al hablarle
+se le traslucía no pocas veces en una leve
+alteración de la voz y en palideces o rubores enfadosos.
+Su vida interna, durante aquellos seis
+meses, había sido devorada por una actividad febril,
+ansiosa, mareante, disimulada con esfuerzo
+bajo actitud tranquila y altiva. A veces la
+sorda irritación que la minaba no podía resistir
+tanta presión, y estallaba en un flujo de palabras
+candentes, injuriosas, que pronunciaba en voz
+baja, al advertir algún signo de inteligencia entre
+los traidores. Su naturaleza ardiente, orgullosa,
+lisonjeada por un padre que llegaría hasta
+el crimen por darle gusto, y por un enjambre de
+adoradores postrados a sus pies, botaba ante
+aquel obstáculo, el primero con que había tropezado
+en su vida, como un potro salvaje.</p>
+
+<p>En estos frenesíes de cólera ideaba vengarse.
+Escribió varios anónimos a D. Pedro, pero
+ninguno llegó a su destino. Antes de echarlos
+al correo los rompía. El gran fondo de dignidad
+que había en su carácter se sublevaba ante un
+proceder tan bajo; los rompía vertiendo lágrimas
+de despecho. Después de hacer trizas
+el último que escribió, tuvo ocasión de alegrarse,
+pues supo casualmente aquella noche
+que ninguna carta llegaba a poder de Quiñones
+sin pasar por las manos de su esposa. Otras veces
+no podía más; se rendía a la pesadumbre de
+su pena y se dejaba caer en una butaca, y pasaba
+largo rato con los ojos extáticos en meditación
+intensa y dolorosa. Acometíanle, en estos
+momentos, súbitos arranques de ternura; se confesaba
+sin rubor, con gozo voluptuoso, el amor
+que sentía; perdonaba a Luis de todo corazón y
+se prometía amarle toda la vida en silencio, no
+ser jamás de ningún otro hombre. Según trascurrían
+los días este sentimiento se irritaba, se
+trasformaba en deseo enfermizo, irracional. La
+excitación de los sentidos, que al fin despertaban
+en ella de un modo violento, juntábase al cosquilleo
+del amor propio herido, para mantener
+vivo este deseo. Poco le faltaba, cuando veía a
+Luis a su lado, para abrirle su pecho y confesarle
+la abrasadora pasión que sentía.</p>
+
+<p>Sin conciencia clara de lo que hacía, Fernanda
+buscaba a su ex-novio por la finca. Todo lo
+que allí había le interesaba profundamente, el
+bosque, la casa, los criados, hasta los animales
+que pastaban en la pradera; sobre todo esparcía
+una mirada simpática, brillante de emoción.
+¡Cuan amable le parecía aquel caserón estropeado,
+roído por la humedad y los ratones! Después
+de vagar por las regiones más solitarias del
+bosque largo rato, entró distraídamente por los
+prados; descendió lentamente hasta cierto sitio
+donde había algunos obreros abriendo una zanja
+profunda para desecar el terreno. Allí supo, sin
+preguntarlo, que el conde, después de estar un
+rato mirando la obra, se había marchado. Esperó
+algún tiempo para disimular, y al cabo se
+apartó con lento paso, arrastrando la sombrilla,
+como quien no sabe adónde enderezarse.</p>
+
+<p>En efecto, no lo sabía. Pero no por falta de
+objetivo, sino porque ignoraba dónde estuviera
+éste. Una idea cruel flotaba en su cerebro sin
+determinarse con claridad; la de que Luis pudiera
+hallarse a solas en aquel momento con
+Amalia. Poco a poco, a medida que marchaba
+por el campo, esta idea fue adquiriendo relieve.
+Y según se precisaba, le roía el corazón, se lo
+llenaba de despecho y de cólera. ¿Por qué? ¿No
+conocía perfectamente sus relaciones adúlteras?
+Pues, con todo, le causaba viva irritación,
+le parecía que no debía sufrirlo, que tenía
+derecho a impedir que se juntasen. Sin darse
+cuenta de lo que hacía apretó el paso. Sus nervios
+se iban alterando. Cuando llegó a la corrada
+estaba enteramente persuadida que los adúlteros
+se hallaban juntos y solos. Entró en la
+casa y, como quien la visita por curiosidad, la
+recorrió toda, escudriñó hasta las más apartadas
+estancias. No logró verlos; pero la circunstancia
+de no hallar a Amalia por ningún sitio la confirmó
+aún más en su sospecha. Fatigada de tanto
+buscar, inflamada de anhelo, nerviosa, salió de
+nuevo al aire libre. Evitó el encuentro de las
+personas que pudieran detenerla y se dirigió al
+jardín. En cuanto puso el pie en él despertó vigorosamente
+en su espíritu la esperanza de encontrarlos.
+Aquel rincón de verdura donde los
+arbustos, creciendo a su antojo, se entrelazaban
+hasta formar una masa impenetrable, era a propósito
+para las confidencias amorosas. Avanzó
+con precaución, sin hacer ruido, por sus senderos
+casi desaparecidos, tapizados de hierba, invadidos
+en muchos parajes por las ramas de los
+arbustos y la maleza. A veces, un montoncito de
+lirios le cortaba el paso, y se veía precisada a
+saltar sobre ellos; otras, un rododendro extendía
+sus ramas para abrazar a la camelia de enfrente
+y formaba bóveda tan baja que necesitaba doblarse
+mucho para pasar. Antes de llegar creyó
+sentir leve rumor de voces. Quedó inmóvil y
+esperó algunos instantes. Volvió a percibirlo y
+se dirigió hacia el sitio de donde partía.</p>
+
+<p>¡Eran ellos! Sí, eran ellos. Mucho antes de oír
+su voz claramente los había adivinado. Se paseaban
+por una calle más ancha y despejada que
+las otras, resguardada de un lado por el muro,
+del otro por alto seto de boj. Amalia se colgaba
+del brazo del conde con imperio y negligencia
+y hablaba mirando al suelo, mientras él
+se inclinaba hacia ella risueño, sumiso, metiéndole
+las palabras por el oído. Los contempló desde
+lejos al través del follaje. La emoción la dejó
+clavada al suelo algunos instantes. Por encima
+del sentimiento de dolor y de ira que la embargaba
+asomó su cabeza el orgullo de mujer. Después
+de examinar con ojos ansiosos la figura de Amalia
+no pudo menos de murmurar con amargura:</p>
+
+<p>&mdash;¿De qué se habrá enamorado ese hombre?
+¡Si es una gata disecada!</p>
+
+<p>Después pensó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué se dirán?</p>
+
+<p>Acometiole un deseo vivo de escuchar su plática,
+y sin reflexionar sobre el peligro que corría,
+fuese acercando poco a poco al seto, doblando el
+cuerpo para no ser vista. Buscó el paraje más
+sombrío y seguro, y escuchó. Sólo se les oía cuando
+cruzaban cerca. En cuanto se alejaban unos
+cuantos pasos no se percibía palabra alguna. No
+pudo recoger más que retazos de conversación,
+que resultaban incoherentes.</p>
+
+<p>&mdash;Se le rozan mucho los muslos. ¡Si vieras
+cómo va engordando! Ni con polvos de almidón
+ni con los de rosa se consigue suavizar la irritación
+de la piel&mdash;decía la dama.</p>
+
+<p>&mdash;Hablan de la niña&mdash;pensó Fernanda.</p>
+
+<p>&mdash;No la he visto nunca en el baño. ¡Cuánto
+daría por asistir a él un día!</p>
+
+<p>&mdash;Es porque no quieres.</p>
+
+<p>&mdash;No, no quiero, exponiéndote a tí a un peligro
+y a que concluya de ese modo...</p>
+
+<p>No oyó más. Tuvo que aguardar a que llegasen
+al final de la calle y diesen la vuelta.</p>
+
+<p>&mdash;Di que has estado en casa de esas viejas
+chochas y no mientas&mdash;oyó decir a Amalia, al
+acercarse de nuevo.</p>
+
+<p>&mdash;Te aseguro que estuve en el Casino. Nos
+hemos reunido los individuos de la junta para
+ver si se ha de decorar nuevamente el salón.
+Creí que podría salir a las diez, pero hasta las
+doce no nos separamos. ¿No conoces el carácter
+disputón y minucioso de D. Juan? A casa de las
+de Meré hace un siglo que no voy. Tanto, que
+algunos empiezan a...</p>
+
+<p>Otra vez se perdieron las palabras. ¿Aquel
+D. Juan sería su padre? Procuraría enterarse.
+Cuando volvieron, el conde acariciaba tiernamente
+la mano de su querida y sonreía, al hablar,
+con arrobada expresión de felicidad.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas veces me he propuesto dejar de
+verte. Por la noche, estando a solas en la cama,
+me entran terribles remordimientos. Entonces
+me digo: «Es necesario que esto concluya. Los
+dos nos condenamos irremisiblemente.» Y resuelvo
+marcharme de Lancia y hasta compongo
+todo un plan de vida; viajo con la imaginación
+por toda Europa; me olvido de tí; vuelvo al cabo
+de algunos años, y en vez del amor antiguo se
+renueva en mi corazón una amistad tierna y
+honesta, en la cual podemos descansar tranquilos
+sin temor al castigo del Cielo... Pero
+así que amanece, estas resoluciones se disipan,
+sucumbo a la tentación, voy a tu casa, y en
+cuanto te veo, en cuanto oigo tu voz adorada...</p>
+
+<p>Fernanda se agarró con mano crispada al
+tronco de una magnolia.</p>
+
+<p>A la vuelta era Amalia quien hablaba.</p>
+
+<p>&mdash;No es verdad eso. Ya te he dicho que para
+mí siempre hay un punto negro. Por más que
+pretendo forjarme la ilusión de ser la primera...</p>
+
+<p>&mdash;¡La primera y la última! Yo no amaré a
+otra mujer más que a ti.</p>
+
+<p>&mdash;No sabes los celos que tengo del pasado.
+Cada día más. Di la verdad: ¿la has querido
+o no?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, ¿cómo eras capaz de...</p>
+
+<p>No oyó más. Fue bastante para hacer brotar
+de sus ojos una lágrima. Trató de huir. Cuando
+iba a hacerlo observó que los traidores se habían
+detenido al extremo de la calle.</p>
+
+<p>Amalia echa los brazos al cuello a su amante,
+le pone los labios en la boca y le da un beso que
+se prolonga, se prolonga una eternidad. Fernanda
+cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo
+ve que se alejan cogidos de la mano.</p>
+
+<p>Los deja salir del jardín. Los sigue inmediatamente.
+¿Adónde irán? Una vez en la corrada,
+observa que se sueltan y se dirigen a la casa.
+Entra en su seguimiento, pero ya habían desaparecido
+y no sabe en qué habitación hallarlos.
+Las recorre todas imprudentemente, cegada
+por emoción extraña que no acierta a reprimir,
+acometida de un deseo vivo, anhelante, de
+espiarlos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Adónde va usted, Fernanda?&mdash;le pregunta
+un joven.</p>
+
+<p>&mdash;Ando en busca de la novia.</p>
+
+<p>&mdash;Pues va usted mal. Está en el otro extremo
+de la casa, en una de las salas que miran al
+Norte.</p>
+
+<p>Se vuelve para disimular; pero inmediatamente
+emprende de nuevo la batida. Llega, por fin,
+a cierto gabinete cerrado, que no es otro que el
+célebre <i>cuarto de la condesa</i>. Va a levantar el pestillo,
+como ha hecho en otros, pero se queda
+inmóvil al escuchar un rumor levísimo. Aplica
+el oído. ¡Son ellos!</p>
+
+<p>Se aparta de allí, corre como si la persiguieran,
+se mete por el bosque y, cuando se
+encuentra en paraje solitario, se sienta al
+pie de un árbol y apoya en su tronco la cabeza.
+El rostro triste y demudado, los ojos extáticos,
+las manos cruzadas sosteniendo una rodilla, expresa
+su actitud una agonía desesperada y muda.</p>
+
+<p>Llegó la hora de comer. Se habían colocado
+en el gran salón de la planta baja de la casa dos
+mesas paralelas. Aquella sociedad diseminada se
+reunió instantáneamente a la palabra santa de
+«a comer» lanzada a los cuatro vientos de la
+finca por la ruda voz de Manín y por la argentina
+de Manuel Antonio. Los sentimientos poéticos,
+cuando se desenvuelven al aire libre y enmedio
+de los bosques, son excelentes para facilitar
+la secreción del jugo gástrico. Por eso tanto
+ninfas como faunos asaltan con bríos, antes de
+sentarse a la mesa, las aceitunas, los pepinos,
+las rajas de salchichón. Por voto unánime de la
+milicia y del clero, representado dignamente por
+Fray Diego, se cometió a la novia el encargo de
+designar sitio a cada cual. La festiva y revoltosa
+Emilita, trasformada súbito en severísima
+matrona, llenó su cometido con tacto y amabilidad
+que le valieron el aplauso del concurso.
+A cada niña iba dando por compañero y servidor
+aquel mancebito que era más de su agrado,
+y a cada persona mayor aquella otra con quien
+más congeniaba por su humor y aficiones.
+Pero cuando llegó al delirio el palmoteo fue
+cuando colocó al teniente Rubio entre las dos
+señoritas de Meré. Había dejado para lo último
+este donaire, que no le hizo maldita la gracia al
+interesado. Viéndose oprimido por tales vejestorios,
+el injusto forzador quedó amoscado y estuvo
+a punto de protestar contra la designación
+de Emilita y faltar a todas las reglas de la galantería,
+pero se contuvo. Al tiempo de sentarse
+se le ocurrió exclamar mirando a entrambos lados
+y parodiando a Napoleón:</p>
+
+<p>&mdash;Desde lo alto de estas dos sillas, cuarenta
+siglos me contemplan.</p>
+
+<p>La ocurrencia se celebró mucho y esto volvió
+el humor a aquel dañino animal. Supo contestar
+tan bien a la vaya que le daban sus
+amiguitas, que aquella tarde ganó fama imperecedera
+de cazurro y de pícaro.</p>
+
+<p>Moro se sentó al lado del conde, y mientras
+comían no cesó de inculcar en su alma la ventaja
+de traer al palacio de Granja una mesa de billar.
+Conocía todas las fábricas, pero la mejor
+sin disputa era la de Tutau, de Barcelona. Elogió
+el artículo como si fuese, un viajante de la
+casa. A Luis se le conocía en la cara el hastío y
+el pesar de no hallarse sentado al lado de Amalia.
+Pero Emilita no se atrevió a colocarlo en
+esta forma, ni tampoco junto a Fernanda. Lo
+primero sería un escándalo. Lo segundo, una
+molestia para ambos.</p>
+
+<p>Se comió como en un banquete de la Iliada.
+Pero el Aquiles de esta formidable pelea fue Manín,
+el bárbaro Manín, que, al decir de los que
+estaban a su lado, se comió once calabacines rellenos.
+Verdaderamente Manín era digno de ser
+llamado, si no suevo, ya que esto ofendía al señor
+Saleta, por lo menos longobardo. Se habló
+y se gritó como en una plazuela. Las tres hadas
+del Jubilado, que tanto habían ganado desde que
+Fray Diego echó la bendición a su hermana en
+inocencia y gracia infantil, tiraban bolitas de
+pan a los oficiales. Éstos echaban miradas a la
+novia, haciendo después guiños a su compañero
+Núñez, y murmuraban palabras espantosas que
+les hacían prorrumpir en carcajadas más espantosas
+aún. Paco Gómez se peleaba con María Josefa.
+No se sabe cuál de los dos era peor intencionado,
+de quién partían las flechas más agudas
+y envenenadas. Saleta, que tenía a su compañero
+y censor D. Enrique Valero lejos, se despachaba
+a su gusto, contando a D. Juan Estrada-Rosa
+y a otros dos caballeros cómo se había
+arreglado para seducir a cierta inglesa, esposa de
+un cónsul que había conocido en Oncón, yendo
+desterrado a Filipinas. El barco no se detenía
+allí más que veinticuatro horas. En este breve
+espacio la enamoró y logró que se escapase con
+él. Pero tuvo que separarse de ella al instante,
+porque aquel lance fue objeto de una reclamación
+diplomática por parte de la Gran Bretaña.
+Manuel Antonio, atacado súbitamente de viva
+simpatía por un alférez rubio que tenía a su
+lado, le abrumaba a cuidados y delicadas atenciones.</p>
+
+<p>&mdash;Federico... una aceitunita... No tome tanta
+mostaza, criatura, que le puede hacer daño. Resérvese
+para las perdices. Me consta que están
+riquísimas. ¿Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me
+encargo de traerlo...</p>
+
+<p>Y se levantaba solícito, daba la vuelta a la
+mesa y traía un par de botellas que colocaba delante
+del mancebo.</p>
+
+<p>&mdash;Se ha puesto usted muy bueno en Lancia.
+Cuando vino usted hace seis meses era usted delgadito
+y pálido. Yo decía: ¡qué lástima de joven,
+tan guapo y tan simpático! Porque creía
+que se iba usted a dañar del pecho. Se conoce
+que llevaba usted mala vida allá en Barcelona...
+¿No? Pues mire usted, cualquiera lo pensaría.
+Me acuerdo que cuando usted llegó traía una gabardina
+de color de ala de mosca muy bien hecha
+y chalina azul celeste muy linda... Reconozco
+que le sienta a usted bien el traje de paisano,
+pero a mí me gusta usted más de uniforme. Será
+un capricho, pero no lo puedo remediar. ¡Vamos,
+que de uniforme y con esos bigotes a la borgoñona
+está usted del todo simpático!</p>
+
+<p>Algunas toses significativas de los oficiales,
+que se sentaban enfrente, le paralizaron de pronto.
+Pero no se corrió ni mucho menos. Era incapaz
+de avergonzarse por nada. El que quedó
+amoscado y se puso muy serio y ceñudo fue el
+alférez.</p>
+
+<p>Cuando el banquete daba a su fin, algunos
+caballeros, favorecidos de las musas, se levantaron
+a brindar en verso o cosa parecida. Y los
+que no lo hicieron en verso felicitaron en prosa
+a los desposados, resultando que lo mismo unos
+que otros coincidieron en desearles «una eterna
+luna de miel.» Y lo mismo el periódico local
+que al día siguiente dio la noticia. De todos
+aquellos brindis el más original e interesante
+fue el del padre de la novia, D. Cristóbal Mateo.
+¿No había de ser original oír a este sañudo enemigo
+de la fuerza armada cantar sus glorias y
+declararse partidario frenético del aumento del
+contingente y del sueldo a los oficiales? A las
+pocas palabras que pronunció se mostró tan enternecido,
+que algunas lágrimas rodaron precipitadamente
+por sus mejillas. No faltó quien dijo
+que lloraba el vino que había bebido; pero estamos
+lejos de dar crédito a esta insinuación malévola,
+primeramente porque es un absurdo que
+se llore vino, y después porque su acento era
+tan sincero, su ademán tan patético, que nadie
+podía dudar de que sus palabras salían del fondo
+del corazón.</p>
+
+<p>&mdash;...Es un consuelo, sí, es un consuelo que
+Dios me haya dejado ver a mi hija casada con un
+pundonoroso militar... Bien que decir militar en
+España es decir pundonoroso... Porque el ejército
+es la escuela del honor, como dijo cierto
+filósofo... Levantar el ejército, honrar el ejército,
+es levantar, es honrar el honor de la nación...
+Levantar el ejército es levantar el poderío y la
+prosperidad del país... Levantar el ejército es
+colocarnos al nivel de las naciones más grandes
+de Europa... Levantar el ejército es vivir respetados
+por todo el mundo... Levantar el ejército
+es levantarnos nosotros mismos... Levantar el
+ejército...</p>
+
+<p>&mdash;Que se levante el ejército, pero que se siente
+don Cristóbal&mdash;gritó uno.</p>
+
+<p>El Jubilado quedó parado en firme, echó una
+mirada de triste reconvención hacia el sitio de
+donde había partido la voz, se llevó el pañuelo
+a los ojos para enjugarse las lágrimas, bebió
+con calma lo que restaba de vino en la copa y se
+sentó gravemente entre el aplauso y la risa de
+los comensales.</p>
+
+<p>Fernanda no había despegado los labios durante
+la comida. Todos los esfuerzos de Granate,
+a quien la amabilidad de Emilita había colocado
+cerca de su apetecido dueño, resultaron infructuosos.
+Ni por hablarle de la zafra y describirle
+cómo se recoge el tabaco y hacer cálculos
+exactos de lo que se gana en cada caja de azúcar
+y lo que se ganaría si se rebajasen los derechos,
+ni por contar los cien pormenores interesantes
+sobre la importación de las carnes saladas de la
+República Argentina y del bacalao de Terranova,
+logró Romeo que su Julieta emitiese más que
+secos monosílabos. Lo único que hacía era alargarle
+de vez en cuando la copa, diciendo con
+imperio:</p>
+
+<p>&mdash;Eche usted vino.</p>
+
+<p>El indiano se apresuraba a cumplimentar la
+orden. La joven la apuraba de un trago, la ponía
+sobre la mesa y paseaba sus ojos altivos por los
+comensales, deteniéndose con insistencia en
+Amalia. Poco a poco aquellos ojos iban adquiriendo
+expresión más sombría, los párpados se
+le caían, se ponían encendidos y se movían a
+un lado y a otro con más dificultad. D. Santos,
+a quien sorprendía aquella manera de beber, se
+atrevió a decir:</p>
+
+<p>&mdash;Fernandita, bebe usted como un sumidero.
+¡Porra! Tengo miedo que le dé a usted un torozón.</p>
+
+<p>&mdash;Eche usted vino&mdash;respondió Fernanda lanzándole
+al mismo tiempo una mirada torva que
+le desconcertó.</p>
+
+<p>Ya que se hubo brindado, voceado y disparatado
+bien, el alegre concurso volvió a diseminarse.
+Sólo permanecieron en sus puestos el Jubilado
+y los oficiales refractarios al amor. Quedaron
+discutiendo la forma más adecuada de
+aumentar, sin gravar mucho al Tesoro, ocho
+duros mensuales a los capitanes, cinco a los tenientes
+y tres a los alféreces. Sin esta reforma
+declaraban explícitamente los interesados que se
+operaría muy pronto una completa disolución en
+el ejército, y por lo tanto, dejando de ser la escuela
+del honor, ni lo habría en el país, ni nos
+levantaríamos jamás a la altura de otras naciones,
+ni habría prosperidad ni poderío ni pundonor
+en toda la vida. Jaime Moro volvió a trincar
+a Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa y los
+arrastró hasta la mesa del tresillo. D. Juan había
+perdido y se mostraba reacio, pero el simpático
+mancebo logró convencerle con astucia
+de que, si no le había dado el naipe por la mañana,
+era porque él, Moro, nunca había perdido a
+esa hora. Cuando le venía la mala era por la
+tarde. Capaz sería de dejarse ganar con tal de
+retenerlos.</p>
+
+<p>Manín, sentado a un extremo de la mesa, sin
+intervenir en la conversación de los oficiales,
+cortaba con su navaja rebanadas de pan y las
+comía cachazudamente formando bulto en el carrillo,
+remojándolas con largos tragos del Burdeos
+que había quedado en las botellas. No estaba
+conforme con la comida que les sirvió Marañón,
+el dueño del café de Altavilla. Después
+de haberse hartado como un salvaje, decía que
+todos aquellos platos eran <i>perfumerías</i>, y que
+donde estaba una fuente de judías con morcilla,
+longaniza y huesos de marrano deben callarse
+los macarrones. Hay que advertir que para Manín
+se llamaban macarrones todos los manjares
+que no conocía, lo cual caía muy en gracia al
+maestrante.</p>
+
+<p>Mientras terminaba tan dignamente aquella
+comida indecorosa no cesaba de murmurar pestes
+contra ella, haciendo responsable en parte a
+D. Cristóbal, a quien dirigía de vez en cuando
+desde un rincón largas miradas de rencor.</p>
+
+<p>De pronto se abren con estrépito las puertas
+del salón y penetran en él cuatro muchachas en
+un estado de agitación que impresionó vivamente
+a los circunstantes. Sin hacer caso de los
+otros se dirigen todas al mayordomo de Quiñones:</p>
+
+<p>&mdash;¡Manín, un oso! ¡Manín, un oso!</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde?&mdash;pregunta aquél sin inmutarse.</p>
+
+<p>&mdash;En el bosque.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién lo ha traído?</p>
+
+<p>Ante esta pregunta extravagante quedan las
+cuatro estupefactas y suspensas. Una de ellas se
+atrevió al fin a apuntar tímidamente:</p>
+
+<p>&mdash;Ha venido él solo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bah, bah, bah!&mdash;exclamó rudamente el mayordomo.</p>
+
+<p>Y vuelve a las tajadas de pan con más ardor
+que antes, dando quizá con esto la razón a los
+envidiosos de la aldea, que no querían oír hablar
+de los osos que había matado y se emperraban
+en llamarle zampatortas.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, niña, di cómo lo has visto&mdash;manifiesta
+la simpática Consuelo, que venía en la diputación.</p>
+
+<p>Una, que estaba más pálida que las otras, avanzó
+y exclamó con trabajo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué miedo! ¡Madre mía, qué miedo! Creí
+que me moría... porque mire usted, el oso... ¡el
+oso era horrible!</p>
+
+<p>En tal estado de sobresalto se hallaba, que no
+pudo articular más que palabras incoherentes.
+Entonces la resuelta Consuelo avanzó a su vez
+y dijo con voz firme:</p>
+
+<p>&mdash;Verá usted, Manín. Esta niña se encontraba
+con nosotras en la parte más espesa del bosque,
+allá muy lejos. Oyó cantar un pájaro, un
+malvís, según creo. ¿No era un malvís?... Bueno,
+pues oyó cantar un tordo y se dirigió al sitio
+donde sonaba. Se alejó bastante y no pudo dar
+con él. Cuando se volvía, sale de unas matas el
+oso, la acomete, la tira al suelo y sin hacerla
+daño, no sabemos por qué, huye y desaparece.</p>
+
+<p>El famoso cazador de osos se levanta pausadamente
+y dice con el acento firme y sosegado
+de los héroes:</p>
+
+<p>&mdash;Vamos a ver qué es eso.</p>
+
+<p>Pidió una escopeta arriba, y seguido de lejos
+por las pálidas doncellas, dio una batida al bosque.
+Lo único que halló fue un cerdo alemán de
+la pareja que el conde había traído para encastar.
+La hembra había muerto y el macho vagaba
+triste y solitario por la espesura mientras se
+efectuaba su metamorfosis en morcillas y chuletas.
+Hubo sospechas vehementes de que el autor
+de la agresión fuese este cerdo viudo, pero la
+joven de la aventura juraba y perjuraba que había
+sido un oso quien la había acometido, y que
+no le dijeran cómo era este animal, porque lo
+había visto muchas veces disecado en el gabinete
+de zoología de la universidad.</p>
+
+<p>Fernanda se había marchado mucho antes seguida
+de Granate. Estuvieron en el jardín. Allí
+la joven se le colgó del brazo y dieron algunas
+vueltas por la misma calle en que había visto
+pasear al conde con Amalia.</p>
+
+<p>&mdash;Usted está muy enamorado de mí, ¿verdad?&mdash;le
+preguntó bruscamente.</p>
+
+<p>El indiano, sorprendido, murmuró:</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, sí! Dicen que estoy como un burro, y
+es verdad.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué siente usted, vamos a ver; qué siente
+usted? Explíquese.</p>
+
+<p>&mdash;¿Yo?... ¿Cómo?&mdash;exclamó sorprendido.</p>
+
+<p>&mdash;Sí. ¿Qué siente usted cuando me ve? ¿Qué
+siente cuando otro hombre se acerca a mí, el
+conde, pongo por caso? ¿Qué siente usted en este
+momento en que va oprimiendo mi brazo? Descríbame
+usted sus sensaciones, lo que le pasa
+por dentro...</p>
+
+<p>&mdash;Yo, señorita... no sé qué decirla... La tengo
+tanta ley como si fuese de la familia... Y a don
+Juan, su padre, aunque sea un poco cascarrabias,
+lo mismo... Que sea cascarrabias o no, ¿a
+mí qué me importa?... Si me casara con usted,
+tengo casa, gracias a Dios... Y no es porque yo
+lo diga, pero mi casa vale más que la suya, eso
+bien lo sabe usted... Pero antes nos iríamos a
+viajear por Francia, por Italia, por Ingalaterra,
+por donde usted quisiera... Y si echábamos abajo
+cinco mil duros, ¡que los echáramos!</p>
+
+<p>Granate siguió desbarrando un buen rato en
+esta forma. Fernanda no le oía. Al fin le enfadó
+aquel ruido molesto y dijo con acento colérico:</p>
+
+<p>&mdash;¿Se quiere usted callar, hombre? ¿Qué sarta
+de estupideces está usted ahí soltando?</p>
+
+<p>El pobre D. Santos quedó anonadado. Pasearon
+en silencio algún tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué feo es todo esto!&mdash;exclamó al cabo la
+joven.</p>
+
+<p>&mdash;<i>¿Cuálo?</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Todo! La casa, el bosque, los prados, el
+jardín... Mire usted qué horrible es esta magnolia.</p>
+
+<p>&mdash;La casa muy fea y muy antigua, siempre lo
+he dicho... Si la dieran tan siquiera un revoque
+y me pintaran los balcones, todavía... El bosque
+no vale para nada, no trae utilidad, está ocupando
+un sitio precioso para hortaliza o espalera de
+fruta o lo que le manden.</p>
+
+<p>Fernanda soltó una carcajada.</p>
+
+<p>&mdash;Usted padeció alguna vez de melancolía,
+D. Santos.</p>
+
+<p>&mdash;¿De tristeza? Nunca. Yo siempre de buen
+humor. Tan sólo hace un año, que me comió un
+bribón ocho mil y pico de duros, tomé un berrenchín
+que me duró dos días.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué feo está el sol ahora, visto por entre
+las ramas de los árboles!</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere usted que nos volvamos a casa?</p>
+
+<p>&mdash;No, lléveme usted hacia el río. Tengo la
+cara ardiendo y quiero refrescarla un poco con
+agua.</p>
+
+<p>Bajaron por los prados, llegaron al río, y allí
+la heredera de Estrada-Rosa, contra las prescripciones
+de D. Santos, se echó agua al rostro
+por largo rato. Después que se hubo secado ascendieron
+de nuevo lentamente hacia la casa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo estoy ahora? Bien, ¿eh?... ¡Si viera usted
+cómo me aburro aquí! No puedo más; todo
+esto me fatiga. Yo no nací para andar por los
+prados como las vacas. A mí me gustan las ciudades,
+los salones, el lujo. Quisiera viajear, como
+usted dice, por París, por Londres, por Viena.
+Qué aburrido es Lancia, ¿verdad? ¡Aquellos eternos
+paseos del Bombé! ¡Aquel campo de San
+Francisco! ¡Aquella torre de la catedral tan negra
+y tan triste! Luego siempre las mismas caras.
+La única persona divertida de Lancia es
+usted... En cuanto le veo se me suelta la risa
+sin poderlo remediar. ¿Por qué le llaman a usted
+Granate? Yo creo que el color de usted más
+se parece al lapislázuli... ¿Usted habrá tenido
+esclavos allá en América?... ¡Oh, cómo me gustaría
+a mí tener esclavos! ¡Es tan fastidioso eso
+de pedir las cosas por favor! Pero no, en América,
+no; hay fiebre amarilla... Preferiría ir a
+China.</p>
+
+<p>A medida que hablaba se iba exaltando, se
+emborrachaba con sus propias palabras. Los
+pensamientos salían cada vez más incoherentes.
+D. Santos trató de decir algo, pero se lo impidió
+ella tapándole la boca con la mano.</p>
+
+<p>&mdash;Déjame hablar, hombre. ¿Te lo quieres decir
+todo tú?</p>
+
+<p>El indiano empezó a inquietarse. La exaltación
+de la joven iba en aumento. Hablaba por
+los codos y le tuteaba rudamente.</p>
+
+<p>&mdash;Dame un cigarro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Fernandita!... ¡Un cigarro!... Se va a usted
+a marear.</p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio! ¿Qué dices ahí, tonto? ¡Marearme!
+Tú no sabes ya qué inventar para fastidiarme.
+Dame un cigarro o te dejo ahí plantado.</p>
+
+<p>El indiano sacó la petaca: la gentil heredera
+tomó de ella una breva, le arrancó con sus dientes
+etiópicos la punta y pidió por señas un fósforo.
+Granate se lo ofreció encendido, sacudiendo
+al mismo tiempo la cabeza en señal de disgusto.</p>
+
+<p>Cuando hubo dado dos o tres chupadas, puso
+un gesto avinagrado y exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué cigarros tan infames! Mira, fúmatelo
+tú.</p>
+
+<p>Y se lo puso en la boca.</p>
+
+<p>No fue, no, avinagrado el gesto de Granate
+al chuparlo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo que me lo fumaré!&mdash;exclamó
+sonriendo beatamente.&mdash;Me salen a doscientos
+pesos el millar... Pero ahora, después de chuparlo
+usted, vale un millón...</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, no empieces a decir brutalidades.
+Llévame a casa... Esta luz me marea.</p>
+
+<p>Llegaron hasta la corrada cogidos del brazo.
+Allí un pollastre les dijo desde lejos:</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde van ustedes? La gente está en el
+bosque.</p>
+
+<p>&mdash;Dígale usted a la gente que me río de ella&mdash;respondió
+Fernanda con gesto furioso que hizo
+sonreír al muchacho.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú no conoces la casa?&mdash;añadió bajando la
+voz y dirigiéndose a D. Santos.&mdash;Pues voy a
+enseñártela toda. Verás.</p>
+
+<p>Subieron la mohosa y estropeada escalera.
+Fernanda, sin cerrar boca, fue recorriendo todas
+las habitaciones del caserón y mostrándolas
+al indiano.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aquí está el célebre <i>cuarto de la condesa</i>!&mdash;exclamó
+con singular entonación al llegar a él.&mdash;Vamos
+a entrar. Estoy cansada.</p>
+
+<p>Entraron y la joven cerró la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hermoso, eh?... Éste es el cuarto más
+hermoso y más pícaro de la casa. Si estos muebles
+se pusieran a contar secretos divertidos,
+no concluirían nunca... Mira, dime pronto
+algo que me haga reír, porque si no vas a
+ver cómo empiezo a llorar lo mismo que una colegiala...
+¿Lo ves? Ya estoy llorando... Siéntate
+ahí, gaznápiro... ¡Qué bonito chaleco traes! ¡Qué
+bien dibuja la redondez de la panza!... Contempla
+esa cama. Es grande, ¿eh? es ancha, es hermosa,
+es artística. Pues mira, yo la quemaría...
+Por no sentarme en ella, voy a sentarme sobre
+tus rodillas...</p>
+
+<p>Y así lo hizo. Granate al sentir aquella carga
+tan dulce quedó enajenado, y con increíble audacia
+le pasó un brazo por la cintura. La joven
+se alzó como si la hubiera pinchado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué haces, bruto? ¿Crees que estamos en
+la manigua y soy alguna negra cimarrona?</p>
+
+<p>Después de contemplarle un rato con ojos coléricos,
+su fisonomía se fue serenando, sus labios
+se dilataron con sonrisa dulce.</p>
+
+<p>&mdash;¿Me quieres mucho?</p>
+
+<p>&mdash;¡Casi na!&mdash;dijo el indiano con acento picarón.</p>
+
+<p>&mdash;Pues vas a ser feliz un momento. Mira, te
+voy a permitir que me des un beso... uno
+solo, ¿lo entiendes? Pero me has de jurar que no
+lo ha de saber nadie...</p>
+
+<p>El indiano hizo un juramento espantoso.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, basta. Ahora, dame el beso aquí en
+la sien. El primero y el último que me has de dar
+en tu vida... Espera un poco&mdash;añadió alzándose
+otra vez.&mdash;Por este beso yo te he de dar cincuenta
+bofetadas en esos carrillos azules... ¿Admites
+el trato?</p>
+
+<p>Granate consintió inmediatamente. La niña
+volvió a sentarse sobre sus rodillas e inclinó la
+cabeza para recibir el beso.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bueno, ahora llega mi turno!&mdash;exclamó con
+infantil alegría.&mdash;Prepárate a recibir los bofetones...
+¡Qué carrillos, Dios mío, tan magníficos!
+¿Ves que son azules?... Pues te los voy a poner
+verdes... ¡Atención!... ¡Una!... La primera...
+¡Dos!... La segunda... ¡Tres!... La tercera...
+¡Cuatro!... ¡Cinco!</p>
+
+<p>La mano breve y torneada de la hermosa
+chasqueaba ruidosamente en las carnosas mejillas
+del indiano. Los ojos de éste comenzaron a
+ponerse encendidos y encarnizados, como los de
+un lobo, su sangre llameó repentinamente y con
+brusco ademán la sujetó brutalmente por la cintura.</p>
+
+<p>Fernanda dejó escapar un grito ahogado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tienes?... ¿Por qué te enfadas?... ¡Déjame!...
+¡Déjame, bruto!</p>
+
+<p>Luchó, forcejeó con desesperación, pero no
+logró desasirse...</p>
+
+<p>Al apartarse, la embriaguez había desaparecido
+por completo. Dirigió una mirada vaga,
+extraviada, al indiano. Pero esta mirada adquirió
+súbito expresión de espanto, se fijó en él
+como en un animal extraño que la viniese a
+acometer.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hace usted aquí?... ¡Ah, sí!&mdash;exclamó
+llevándose la mano a la frente.&mdash;¡Dios mío! ¿Qué
+me pasa? ¿Estoy soñando?...</p>
+
+<p>Y volviendo a clavarle sus ojos irritados, amenazadores,
+le gritó con rabia:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hace usted ahí plantado? ¡Salga usted
+inmediatamente! ¡Salga usted! ¡salga usted!&mdash;repitió
+con grito cada vez más alto.</p>
+
+<p>Pero cuando el indiano retrocedía ya hacia la
+puerta ella se lanza de pronto fuera, sale disparada
+por los pasillos y, al llegar cerca de la escalera,
+cae atacada de un síncope.</p>
+
+<p>La levantaron, la prodigaron mil cuidados.
+Al recobrar el sentido brotó de sus ojos un raudal
+de lágrimas; no cesó de llorar en toda la
+tarde. Cuando la comitiva se puso de nuevo en
+marcha hacia la población aún seguía llorando.</p>
+
+<p>&mdash;¿Han visto ustedes qué vino más llorón tiene
+esta niña de Estrada-Rosa?&mdash;decía riendo el
+capitán Núñez.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3>
+
+<p class="cab">La mascarada.</p>
+
+
+<p>Momentos antes de que la rosada aurora
+abriese de par en par las ventanas
+del Oriente, Satanás, que amaneció
+de humor campechano, envió a Lancia al
+más travieso y juguetón de los demonios con
+encargo de despertarla. Batió sus negras alas el
+ministro de Averno sobre la ciudad y lanzó una
+carcajada horrísona, estridente, que logró arrancar
+de las profundidades del sueño a todos sus
+habitantes. Despertaron con unas ganas atroces
+de reír, de alborotar, de burlarse de la autoridad
+gubernativa, improvisar coplas y decir barbaridades.</p>
+
+<p>Uno de ellos, imaginamos que haya sido Jaime
+Moro, lo primero que hizo al saltar de la
+cama fue llamar al criado y preguntarle con
+semblante risueño si D. Nicanor, el bajo de la
+catedral, le había prestado al fin su figle. El
+criado, sin responder, saliose un momento del
+cuarto y no tardó en aparecer con un descomunal
+serpentón entre las manos. Y sin respeto alguno
+a su amo aplicó los labios a la boquilla y
+produjo un ruido temeroso semejante al rugido
+de un león. Moro, en calzoncillos como estaba,
+hizo una pirueta y tres o cuatro zapatetas en señal
+de íntimo regocijo, como si aquel ruido bárbaro
+hubiese tocado las fibras más delicadas de
+su corazón. Después de probar por sí mismo a
+producir idéntico rugido y cerciorarse de que era
+bien capaz, se vistió, se aliñó y, tomando apresuradamente
+el desayuno, se salió a la calle liado
+en su capa y debajo de ella el artefacto musical
+que tan gozoso le había puesto. A cuantos
+encontraba detenía con guiño misterioso, y metiéndose
+en el portal más próximo les mostraba,
+lleno de emoción, el contrabando que traía
+oculto. Ninguno preguntaba lo que iba a hacer
+con él. Sonreían, le apretaban la mano significativamente
+y solían preguntarle al oído:</p>
+
+<p>&mdash;¿Para cuándo?</p>
+
+<p>&mdash;Esto para la noche, pero a las doce sale la
+carroza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Se escaparán?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ca! Están bien tomadas las medidas.</p>
+
+<p>Y seguía su camino, embozado hasta los ojos,
+porque hacía un frío de dos mil diablos.</p>
+
+<p>Otros no se limitaban a sonreír y apretarle la
+mano, sino que en justa correspondencia a su
+confianza sacaban con mano temblorosa de los
+bolsillos del gabán o de lo interior de la gabardina
+algún instrumento resonante también de
+menor categoría, una trompeta, un cuerno de
+caza, una matraca. Moro aplaudía, alababa el
+instrumento sin hacer alarde de su superioridad.
+Y proseguía con marcha oblicua y trabajosa, no
+hacia la confitería de D.ª Romana, que era el
+término glorioso de sus expediciones matinales,
+sino hacia casa de Paco Gómez.</p>
+
+<p>Resonaba ésta ya con los pasos agitados y el
+vocerío de una muchedumbre de jóvenes diligentes.
+Todos ellos trabajaban con verdadero
+afán, con ahínco que rara vez se ve en los talleres.
+Unos cortaban estandartes, otros moldeaban
+caretas de cartón; quiénes pegaban letras
+negras a los trasparentes de un farol; quiénes
+vestían primorosamente dos grandes muñecos;
+quiénes, en fin, se ocupaban en desatascar las
+boquillas de varios bombardinos y serpentones
+semejantes al que Moro llevaba. La estancia
+era una inmensa sala destartalada. Paco Gómez
+habitaba el palacio de un marqués que jamás
+había puesto los pies en Lancia, del cual su
+padre era mayordomo. El implacable bromista
+presidía vigilante y solícito los trabajos de sus
+compañeros, acudiendo a todas partes, saliendo
+a cada momento para dar órdenes a los criados
+o para recibir los mensajes que le enviaban.
+Nunca se le había visto tan afanoso. Generalmente
+era displicente, y hasta en las bromas
+más premeditadas mostraba cierta actitud desdeñosa,
+sincera o fingida, que le hacía más
+temible. Ahora echaba todo el cuerpo fuera. Es
+que se trataba de la farsa más estupenda y regocijada
+que había presenciado jamás la ciudad de
+Lancia desde que los monjes de San Vicente habían
+venido a fundarla. El motivo era que se casaba...
+(apenas si la pluma se atreve a estamparlo)
+Fernanda Estrada-Rosa... se casaba...
+(vamos, que cuesta trabajo decirlo) ¡se casaba
+con Granate!</p>
+
+<p>Desde la memorable escena de la Granja, Fernanda
+vivió en estupor doloroso, en un abatimiento
+de alma y de cuerpo que alarmó a su
+padre. Hizo llamar al médico. Éste no halló
+más que un desequilibrio nervioso; se curaría
+con algún viajecito a la corte, con paseos y distracciones.
+La niña se negó en absoluto a curarse
+por estos medios. Ni paseos, ni teatro, ni tertulias,
+ni mucho menos pensar en hacer viaje
+alguno. Desde su gabinete al comedor, desde
+aquí al cuarto de su padre, donde solía permanecer
+breves instantes. No tenía fuerzas para subir
+al piso segundo ni humor para enterarse de
+los trabajos de los criados y dirigirlos. Cerrada
+en su habitación tampoco lo tenía para seguir
+labor alguna. Se dejaba caer en una silla y permanecía
+larguísimo rato inmóvil con las manos
+sobre las rodillas y los ojos extáticos. Algunas
+veces se ponía a leer y, observando que no se
+hacía cargo de lo que el libro decía, concluía
+por arrojarlo. Otras se asomaba al balcón y permanecía
+de bruces sobre la baranda horas enteras
+con la vista fija en el espacio o en un punto
+de la calle, sin ver a los transeúntes ni contestar
+al saludo que muchos le dirigían, ni advertir siquiera
+la curiosidad de que era blanco por parte
+de las vecinas.</p>
+
+<p>Mas he aquí que repentinamente se le antoja
+marcharse a Madrid. Fue necesario preparar el
+viaje instantáneamente. Manifestó su deseo por
+la mañana. Por la noche montaban padre e hija
+en la diligencia: con tal ímpetu y palabras extremosas
+exigió la niña el viaje. Una vez en la
+corte, cambió radicalmente su humor. Entregose
+con rabia, con pasión desenfrenada a
+los placeres que brinda Madrid a una joven forastera,
+rica y hermosa. Vivió dos meses en
+la embriaguez de los teatros, de los paseos
+en coche, de los grandes saraos y conciertos.
+Acometida súbito de una alegría nerviosa, parecía
+feliz enmedio del ruido y el tumulto de
+la sociedad, donde empezó a conocérsela por el
+sobrenombre de <i>la Africana</i>.</p>
+
+<p>Para que su vida fuese aún más alegre y aturdida
+le placía comer por los <i>cafés</i> y <i>restaurants</i>,
+como un mancebo disipado. D. Juan fluctuaba
+entre el gozo de verla contenta y la incomodidad
+aguda que le producía aquella vida desordenada,
+tan contraria a sus hábitos y edad.</p>
+
+<p>Una tarde, regresando del paseo del Prado,
+Fernanda estalló repentinamente en sollozos.
+D. Juan quedó estupefacto, aterrado; en toda la
+tarde no había cesado de reír aquella locuela
+burlándose de cierto mancebito que seguía pertinazmente
+su coche.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué te pasa?... ¡Fernanda! ¡Hija mía!</p>
+
+<p>La niña no respondió. Con el pañuelo en los
+ojos, el cuerpo sacudido por fuertes estremecimientos,
+lloraba cada vez más perdidamente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Fernanda, por Dios, que la gente se está
+fijando!</p>
+
+<p>El llanto se iba convirtiendo en ataque de
+nervios. D. Juan ordenó al cochero partir a escape
+a casa. Mas antes de llegar a ella, la joven
+cesó de llorar y, levantando la cabeza con resolución,
+exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Papá, quiero marcharme a Lancia!</p>
+
+<p>&mdash;Bien, hija; nos iremos mañana.</p>
+
+<p>&mdash;No, no; quiero que nos vayamos ahora
+mismo.</p>
+
+<p>&mdash;Considera que no falta más que una hora
+para salir el tren.</p>
+
+<p>&mdash;Sobra tiempo.</p>
+
+<p>No hubo más remedio que meter apresuradamente
+la ropa en los baúles y salir disparados
+a la estación. Sólo cuando el silbido de la locomotora
+anunció la salida y comenzaron a correr
+por las llanuras áridas que rodean a Madrid se
+calmaron un poco los nervios de la excitada niña.</p>
+
+<p>Al día siguiente de llegar a Lancia no fue a
+dar los buenos días a su padre ni a tomar chocolate
+con él, como tenía por costumbre. Cuando
+ya se disponía el viejo a llamarla, entra de repente
+en su habitación una doméstica pálida y
+agitada.</p>
+
+<p>&mdash;¡La señorita se ha puesto muy mala!</p>
+
+<p>Corrió D. Juan al gabinete y la halló desencajada;
+lívida, por los esfuerzos que unas violentísimas
+náuseas la obligaban a hacer.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pronto! ¡A buscar el médico!&mdash;gritó el pobre
+padre.</p>
+
+<p>Fernanda hizo un gesto negativo y articuló
+débilmente:</p>
+
+<p>&mdash;No, que llamen al penitenciario.</p>
+
+<p>No hizo caso. Vino el médico y, después de
+examinarla detenidamente, llamó a D. Juan
+aparte y le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Su hija de usted ha tomado una cantidad
+extraordinaria de láudano.</p>
+
+<p>&mdash;¿Para qué?&mdash;preguntó sin comprender.</p>
+
+<p>&mdash;Pues... para lo que se toman siempre esas
+cantidades... para envenenarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hija de mi alma! ¿qué has hecho?&mdash;gritó el
+desgraciado; y quiso lanzarse de nuevo a la habitación
+de la joven. El médico le detuvo.</p>
+
+<p>&mdash;No corre peligro alguno. Ha devuelto todo
+el veneno, y con el medicamento que voy a recetar
+quedará completamente tranquila. Lo que
+importa ahora es que no repita.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, no! Yo me encargo.</p>
+
+<p>Y corrió al cuarto de su hija. Pero no pudo
+arrancarle una palabra. La niña se obstinaba en
+que viniese su confesor. Al fin fue por sí mismo
+a llamarlo, y no tardó en aparecer con él.</p>
+
+<p>Mientras duró la confesión, D. Juan paseaba
+agitadamente por el amplio corredor de la casa
+en espera, devorado por curiosidad ardiente,
+presa de vagos y tristísimos presentimientos.
+Salió al fin el penitenciario, quien sin responder
+a la muda interrogación que le dirigía con
+la vista, tomole gravemente de la mano y le
+llevó en silencio hasta su propia habitación,
+donde se encerraron. Cuando al cabo de una
+hora salieron, el anciano banquero tenía las mejillas
+inflamadas, los blancos cabellos en desorden
+y en los ojos señales de haber llorado.
+Despidió al canónigo en la escalera y tornó a
+encerrarse en su despacho. Allí permaneció todo
+el día y toda la noche, sin hacer caso de los recados
+que su hija le mandó para que se llegase
+a verla.</p>
+
+<p>Fue el propio penitenciario quien se ofreció a
+hablar con Granate y seguir las negociaciones.
+El indiano relinchó de gozo al saber de lo que
+se trataba. Pero su naturaleza de aldeano astuto
+y la pasión de la avaricia, que era la que hasta
+entonces le había dominado, alzaron la cabeza.
+Cuando al otro día fue el canónigo a hablarle hallolo
+cambiado: cerdeaba, gruñía, sacudía la cabeza,
+hablaba con palabras entrecortadas del lujo
+con que habían criado a Fernanda, de los grandes
+gastos que el matrimonio trae consigo. En resumidas
+cuentas, pedía una dote. El penitenciario,
+que era hombre justificado y de genio vivo, no
+pudo contenerse ante tal vileza y le llenó de denuestos.
+Pero esto era lo que menos importaba
+a aquel rústico. Seguro de tener a D. Juan bajo
+sus tacones, reía como un bestia, se rascaba la
+cabeza y dejaba escapar algún dicharacho grosero
+que ponía aún más fuera de sí al canónigo.</p>
+
+<p>Cuando, haciendo grandes rodeos, éste enteró
+a D. Juan de lo que ocurría, el desgraciado padre
+quiso volverse loco de desesperación e
+ira. Se arrancaba los cabellos, vomitaba injurias
+atroces y hablaba de dar un tiro a su hija y darse
+él otro enseguida. A duras penas logró calmarle
+un poco. Entró, al fin, en razón, siguieron las
+negociaciones y después de disputar como mercaderes
+el tanto y el cuanto de la dote, se fijó al
+fin lo que había de ser, y Granate consintió en
+dar su mano de sapo a la niña más preciosa que
+Lancia guardaba por aquella época.</p>
+
+<p>Pero faltaba la más negra. Faltaba decírselo a
+ella. Cuando le anunciaron que se preparase a
+unir su suerte en plazo breve a la de D. Santos,
+cayó presa de fuerte desmayo. Al salir de él declaró
+rotundamente que no lo haría aunque la
+desollaran viva. Ni las reflexiones de su confesor,
+ni la perspectiva de la deshonra, ni las lágrimas
+de su padre consiguieron ablandarla. Sólo cuando
+vio a éste frenético llevarse el cañón de un revólver
+a la sien para arrancarse la vida se arrojó
+a detenerlo prometiendo hacer cuanto le mandase.
+Y he aquí cómo quedó concertado en principio
+aquel matrimonio horrendo.</p>
+
+<p>Al tener noticia los nobles hijos de Lancia de
+tal concierto, el mismo sentimiento de vergüenza
+se apoderó de todos ellos. Una ola inmensa de
+rubor invadió las mejillas de aquel generoso vecindario.
+Esta ola solía venir a Lancia y hacer
+los mismos estragos siempre que la suerte favorecía
+a algún laciense más de lo justo. Si a uno
+le tocaba la lotería, si a otro le daban un buen
+empleo, si el de más allá se casaba con una mujer
+rica o adquiría gran caudal con su industria,
+o se hacía famoso por su talento, la delicadeza
+exquisita de los habitantes de Lancia se sobresaltaba
+y procuraba, rebajando el dinero, el talento,
+la instrucción o la industria de su vecino,
+poner las cosas en su verdadero sitio. Tal sentimiento
+puede equivocarse fácilmente con el de
+la envidia. El verdadero observador comprendería,
+no obstante, al oírlos disertar en las tertulias
+de las tiendas y en los corrillos de la calle,
+que sólo el amor, acaso demasiado ardiente, a
+la justicia les obligaba a minorar los méritos de
+su convecino y renunciar de este modo generosamente
+a la parte de gloria que en ellos pudiera
+refluir por este concepto.</p>
+
+<p>El matrimonio de Granate causó profundo estupor.
+Siguió al estupor un grito de indignación.
+Nunca se colorearon tan vivamente las mejillas
+de los lacienses como en aquel momento; ni siquiera
+cuando la prensa de Madrid vino elogiando
+cierta comedia escrita por un hijo de la población.
+¡Qué de improperios, primero contra
+Granate, luego contra D. Juan, después contra
+Fernanda! Singularmente los pollos se agitaban
+convulsos, frenéticos; encontraban deficiente la
+legislación, que no contenía medios de prohibir
+semejantes monstruosidades. Resultado de todo
+fue que, para dar expansión a las fogosas emociones
+que la noticia había despertado en su
+alma y para dar claro testimonio al mundo entero
+del profundo disgusto que un matrimonio
+tan extravagante les causaba, la juventud laciense
+dispuso una soberana farsa a cuyos comienzos
+asistimos.</p>
+
+<p>Los interesados tuvieron noticia de ella y quisieron
+evadir el golpe, primero ocultando el día
+en que se había de celebrar el matrimonio, después
+celebrándolo fuera de la población. Pero no
+les valieron de nada sus precauciones. Los pollos
+olfatearon que la ceremonia se celebraría en
+los primeros días de Febrero, en la posesión que
+Estrada-Rosa poseía a media legua de Lancia.
+Se colocaron espías en la calle de Altavilla y en
+las inmediaciones de casa de Granate a fin de
+que no se escaparan; sobornose a los criados; se
+trazaron por las cabezas más fecundas de la ciudad
+mil planes ingeniosos para vejar a los novios.
+Como coincidió con estos preparativos el
+Carnaval, resolvieron aprovecharlo para dar el
+primer golpe con una gran mascarada burlesca,
+que salió el domingo a las doce de casa de Paco
+Gómez recorriendo las calles. En una carroza
+tirada por cuatro bueyes vestidos con percalina
+roja, sus cuernos adornados con ramaje, venían
+tres máscaras, queriendo figurar una a Fernanda
+Estrada-Rosa, otra a su padre y otra a Granate.
+Este último traía un sombrero de cuernos. De
+vez en cuando se paraba la carroza y ejecutaban
+una farsa ridícula y grosera que hacía bramar de
+regocijo a los curiosos que en torno se reunían.
+Fernanda besaba con trasportes de entusiasmo
+a Granate; éste, como más pequeño, la abrazaba
+por más abajo de la cintura, y mientras tanto
+D. Juan hacía sonar riendo una bolsa de dinero.
+De vez en cuando, del fondo de la carroza salía
+rápidamente otro máscara que quería representar
+al conde de Onís, daba un beso a Fernanda,
+se lo devolvía ésta a espaldas de Granate, y tornaba
+a ocultarse con la misma celeridad.</p>
+
+<p>Como quiera que esta payasada se ejecutó en
+la calle de Altavilla, delante de la misma casa
+de Estrada-Rosa, el escándalo fue enorme, el
+gentío que la presenciaba inmenso. D. Juan, en
+el paroxismo de la ira, dio parte al gobernador,
+grande amigo suyo, y resolvió partir al día siguiente
+con Fernanda. Los jóvenes maleantes,
+que prevían esta determinación, ya tenían urdido
+el medio de hacerla ineficaz, preparando,
+como hemos visto, una grandiosa cencerrada
+para la noche. Era anticipada porque aún no se
+habían casado, pero de ningún modo querían
+que se escapasen sin ella. Armados, pues, de
+cuantos instrumentos ruidosos pudieron haber,
+con grandes trasparentes, donde aparecían
+pintadas las mismas grotescas figuras de la
+carroza con bestiales leyendas debajo, y teas en
+las manos, se congregaron más de trescientos
+muchachos en Altavilla, y alrededor de ellos media
+población que los alentaba con sus carcajadas.
+El estruendo era horrísono. De vez en
+cuando cesaba y una voz lanzaba al aire alguna
+copla indecente, que era celebrada con rugidos
+de alegría, creciendo tanto y tanto la algazara,
+que el mundo se venía abajo. El teniente Rubio,
+siempre original, trepó por las cornisas de la
+capilla de San Fructuoso, situada casi enfrente
+de la casa de Estrada-Rosa, y comenzó a repicar
+la campana. Paco Gómez iba solapadamente
+de uno en otro grupo apuntando las coplitas
+más dañinas para que las repitiese en alta voz el
+que la tuviese más recia. Moro hacía sonar su
+famoso serpentón hasta echar los pulmones,
+mientras el marica de Sierra, que había sido uno
+de los más activos promovedores de la cencerrada,
+se metía traidoramente en casa de D. Juan,
+vendiéndose como amigo fiel, para espiar en realidad
+lo que allí pasaba.</p>
+
+<p>Pero el jefe político de la provincia pensó que
+era ya hora de oficiar de Neptuno y componer
+las olas irritadas. Cuando la cencerrada se hallaba
+en su período álgido, envió a Altavilla a
+Ñola, cabo de los guardias municipales, acompañado
+de dos números, que resultaron ser Lucas
+el Florón y Pepe la Mota, con encargo de apaciguar
+el escándalo y despejar la calle. Los lacienses
+estaban avezados de antiguo a no reconocer
+el origen divino de la autoridad cuando
+Ñola, el Florón o Pepe la Mota se empeñaban en
+representarla. Y no sólo ponían en duda su legitimidad,
+sino que en cuanto de lejos los columbraban,
+soplaba en su espíritu el viento de la rebelión
+y lo encrespaba. ¿Consistía esto en que los
+lacienses estuviesen predestinados por los ciegos
+impulsos de su naturaleza a conspirar contra el
+orden establecido? No es verosímil. Ninguno de
+los historiadores de Lancia han señalado como
+carácter distintivo de aquella raza la oposición
+a las instituciones. Es más natural suponer que
+lo que les indignaba tan profundamente y les
+inclinaba a la conjuración era la nariz de Ñola,
+del tamaño de un botón de timbre eléctrico, la
+voz aguardentosa de Lucas el Florón y las piernas
+monstruosamente arqueadas de Pepe la
+Mota.</p>
+
+<p>De sobra conocían estos respetables agentes
+del poder gubernativo las tendencias anárquicas
+que algunas veces manifestaba el vecindario
+de Lancia. Pero lo que no sospechaban siquiera
+al introducirse incautamente entre la muchedumbre,
+de Altavilla fue que habían de salir de
+allí sin bastón, sin sable, sin kepis y con las mejillas
+abofeteadas. Así estaba escrito, sin embargo.</p>
+
+<p>El jefe político no quiso conformarse con los
+inescrutables fallos de Dios, y montando en cólera
+hizo llamar inmediatamente al teniente de
+la guardia civil y le envió a vengar con ocho
+números a los infortunados Ñola, Lucas el Florón
+y Pepe la Mota.</p>
+
+<p>Envalentonados con la victoria pasada los
+graciosos de Altavilla, trataron de resistir. Entonces
+el teniente, a quien devoraba el fuego de
+la guerra, mandó desenvainar los sables, y sonriendo
+ferozmente, cargó sobre la muchedumbre
+como un jabalí indomable.</p>
+
+<p>Al verlo, un vivo estremecimiento corrió por
+los miembros de cada uno de los lacienses. Hubo
+tendencias a retirarse del campo de batalla; pero
+no faltó en aquel momento quien animase su corazón
+intrépido ofreciéndoles la perspectiva engañosa
+de la victoria.</p>
+
+<p>&mdash;¡Fuera los civiles! ¡Abajo los tricornios!
+¡Muera el patatero!</p>
+
+<p>Tales fueron los gritos sediciosos que se escaparon
+de los pechos de aquella juventud temeraria.</p>
+
+<p>Y en el mismo punto volaron algunas piedras.
+Los trompones, los bombardinos, los cornetines
+de pistón cuya voz armoniosa tantas mazurkas
+habían cantado en el seno de la paz,
+trasformados repentinamente en instrumentos
+de guerra, brillaron siniestros a la luz de las
+antorchas. El tricornio del teniente cayó vergonzosamente
+al suelo a impulso de uno de
+ellos. Lo recoge. Su corazón de guerrero se estremece,
+un círculo de espuma se forma en torno
+de sus labios y se lanza al combate con los
+ojos inflamados, respirando exterminio.</p>
+
+<p>Entonces, bajo el imperio de su fuerza incontrastable,
+los jóvenes héroes de Lancia se replegaron
+dando fuertes gritos amenazadores. Los
+sables de los civiles comenzaron a sonar de plano
+en las espaldas de algunos. La retirada se convirtió
+en huida muy pronto. Tal como un rebaño
+de ciervos huye y se desbanda perseguido por los
+chacales, así los hijos generosos de Lancia huyeron
+aquella noche memorable, perseguidos
+por los civiles sedientos de sangre. El suelo
+quedó sembrado de instrumentos de bronce,
+testigos de la afrenta. El indomable teniente paseó
+largo rato su furor por las calles, animando
+con vivas interjecciones a sus huestes, lanzándolas
+en persecución de los rebeldes como un
+cazador lanza su jauría en persecución de un venado.
+Así fue como Paco Gómez, seguido tenazmente
+por los tricornios, se vio en la precisión,
+para escapar a un cintarazo, de meterse por el
+escaparate de la confitería de D.ª Romana, cayendo
+de bruces sobre una fuente de huevos moles
+y destruyendo por completo una magnífica
+tarta de borraja destinada al chantre de la catedral.
+Así fue también como Jaime Moro, después
+de perder en la refriega el serpentón de don
+Nicanor, estuvo a punto de ser inmolado por el
+sable resplandeciente de un civil. Sólo por haber
+tomado la precaución de bajar la cabeza
+cuando éste le tiró el golpe evitó la efusión
+de sangre. El sable fue a chocar con la pared de
+una casa, haciendo no poco estrago en ella.
+Meses después, Moro enseñaba el trozo descascarillado
+como un trofeo a los amigos forasteros
+que venían a Lancia; y al recordar sus proezas
+y peligros en aquella noche gloriosa, una suave
+alegría descendía a su corazón heroico.</p>
+
+<p>Otros muchos miembros de aquella juventud
+magnánima experimentaron desperfectos de consideración
+en su economía, unos por el influjo de
+los sables, los más por las caídas y los choques
+que resultaron de la desbandada. La victoria
+no fue, sin embargo, gratuita para los agentes
+del gobierno. Aparte del fracaso del tricornio
+del teniente y de algunas contusiones de sus
+subordinados, el poder constituido sufrió un importante
+revés en la persona de uno de sus más
+antiguos representantes, en la persona de Ñola,
+cabo de municipales. Ya sabemos que este personaje,
+enteramente impopular en Lancia, a
+causa de la cortedad, y aún más de la redondez
+excesiva de su nariz, había perdido en la primera
+escaramuza el kepis, el sable y el honor de
+sus mejillas. La cólera y la venganza se enseñorearon
+de su corazón. Nada podía hacer, sin
+embargo, para apagarlas, porque se hallaba privado
+de todo medio coercitivo. Pero en vez de
+retirarse prudentemente al soportal de las Consistoriales,
+como hicieron sus compañeros Lucas
+el Florón y Pepe la Mota, quedose enmedio de
+la calle contemplando con ansiedad la batalla.
+Al ver que se decidía en favor de las instituciones
+que él representaba, la alegría se desbordó
+ruidosamente de su pecho municipal.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bien por los guardias! ¡Duro en ellos!
+¡Rajarme esa canalla! ¡A ver si escarmienta de
+una vez esa pillería!</p>
+
+<p>Tales eran los gritos belicosos que salían de
+su garganta. Sin embargo, cuando menos podía
+esperarse, dado que los enemigos huían en completo
+desorden, vino a estrellarse contra el botón
+de su nariz un cuerpo duro de superficie lisa
+y compacta que resultó ser un trozo de cal hidráulica.
+Todos los timbres de su cerebro sonaron
+a un tiempo. No pudiendo sufrir tanto estrépito,
+vino al suelo privado de conocimiento.
+Su pecho magnánimo sólo tuvo fuerzas para
+exhalar una queja melancólica.</p>
+
+<p>&mdash;¡Recongrio, me han escuaernao esos sinvergüenzas!</p>
+
+<p>Así cayó aquel baluarte poderoso del orden,
+aquel varón esforzado que en sus luchas incesantes
+con la pillería de los arrabales tantas veces
+había caminado por la senda de la victoria.
+Levantáronlo y lo metieron en la botica de don
+Matías, que estaba próxima. Desde allí lo condujeron
+poco después al hospital. La ciudad perdió
+por algunos días su escudo protector. Porque
+ni Lucas el Florón ni Pepe la Mota podían competir
+en energía con Ñola.</p>
+
+<p>Mientras tales sucesos se efectuaban en Altavilla
+y en las calles adyacentes, D. Juan Estrada-Rosa,
+presa de irritación indescriptible, se
+paseaba agitadamente por su gabinete mesándose
+los cabellos. Los consuelos hipócritas del
+marica de Sierra no lograban calmarle. Hablaba
+de salir a la calle y arrojarse sobre la insolente
+muchedumbre.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué les habrá hecho mi pobre hija!&mdash;exclamaba
+con voz temblorosa, próximo a sollozar.</p>
+
+<p>Fernanda se había retirado a su habitación
+temprano y se había metido en la cama. Si la
+sorprendió la algazara que sonaba en la calle o
+contaba ya con ella, no es fácil saberlo. Cuando
+D. Juan, después de adoptar una violenta resolución,
+subió a despertarla, al encender la luz
+hallola con los ojos secos y brillantes, sin apariencias
+de haber dormido ni de haber llorado.
+Hizo que se vistiese a toda prisa, y dando orden
+a los criados para que tuviesen encendidas todas
+las luces de la casa a fin de engañar a los de
+afuera, salió con ella por la puerta de la cochera,
+que daba a un callejón solitario. Los acompañaba
+únicamente Manuel Antonio. Dirigiéronse
+por las calles más extraviadas a casa del Jubilado.
+Una vez allí, se pasó un recado a don
+Santos para que se presentase inmediatamente;
+otro al penitenciario. Cuando ambos acudieron,
+el padre, la hija y estos dos señores, Manuel
+Antonio y Jovita Mateo salieron ocultamente
+de Lancia por la carretera de Castilla. Después
+de caminar un rato esperaron el coche que don
+Juan había mandado venir. Acomodáronse los
+seis como pudieron en la carretela, echando a
+Manuel Antonio al pescante. Media hora después
+estaban en la posesión del banquero. Alzose
+apresuradamente un altarcito en el salón principal
+de la casa, y antes de que amaneciese, el
+penitenciario bendijo la unión de los prometidos.</p>
+
+<p>Fernanda no había despegado los labios durante
+el camino. El mismo silencio cuando se
+hacían los preparativos para la solemnidad. Parecía
+tranquila, en un estado de indiferencia absoluta
+o, por mejor decir, de soñolencia, como
+la persona a quien se arranca violentamente del
+sueño y tarda en darse cuenta de lo que pasa en
+torno suyo. Pero tal estado letárgico continuó
+después de pronunciar el sí ante el altar. Ni la
+plática afectuosa y elocuente del penitenciario,
+ni las bromas incesantes de Manuel Antonio
+mientras tomaban el desayuno, ni las caricias de
+Jovita, ni la alegría afectada, ruidosa, de su padre
+lograban sacarla de su extraña distracción.
+Clareaba el día, un día triste, nublado, que se
+filtraba melancólicamente por los cristales. Todos
+hacían esfuerzos por parecer alegres; se hablaba
+en voz alta, se reía comentando la torpeza
+del criado, el miedo de Manuel Antonio a volcar.</p>
+
+<p>Traslucíase, no obstante, una gran tristeza.
+Cuando la conversación se interrumpía, las frentes
+se arrugaban, los semblantes se oscurecían.
+Al entablarla de nuevo, las palabras resonaban
+lúgubremente en el lujoso comedor.</p>
+
+<p>La novia se retiró para cambiar de traje. Poco
+después apareció de nuevo, con el mismo semblante
+impasible. Según los planes de D. Juan,
+debían irse inmediatamente para tomar en un
+pueblo próximo la silla de posta. Los indecentes
+de Lancia quedarían de este modo chasqueados.
+Cuando bajaron al jardín, donde esperaba
+el coche, caía una lluvia menuda y fría. Fernanda
+besó a su padre y entró en el coche. El
+pobre anciano, al recibir aquel beso en la mejilla,
+pensó que una corriente de aire frío entraba
+por ella paralizando sus miembros y helándole
+el corazón.</p>
+
+<p>El látigo chasquea. «Adiós, Fernanda; abrígate,
+Fernanda. Adiós, Santos. Que vengan ustedes
+pronto.» Ya están en camino. Antes de
+una hora llegan a Meres, esperan la diligencia
+y suben en ella. El mismo silencio obstinado por
+parte de Fernanda. Las atenciones de Granate
+no le arrancan ni una sonrisa ni una palabra de
+gracias; sus ademanes grotescos y los desatinos
+que de vez en cuando deja escapar tampoco hacen
+surgir en el semblante marmóreo de la joven
+un gesto de fatiga o disgusto. A ratos dormita,
+a ratos contempla con ojos atónitos el paisaje.
+Cuando llegaron a las inmediaciones de
+León era ya noche.</p>
+
+<p>Pero ¿qué ocurre en León? Al llegar a la plazoleta
+donde cambia el tiro la diligencia descubren
+gran golpe de gente, escuchan voces desaforadas,
+ruido desacordado de instrumentos de
+música, tañido de cencerros. Y ven alzarse sobre
+la muchedumbre algunos trasparentes pintados.</p>
+
+<p>Paco Gómez, fecundo en trazas más que Ulises,
+había escrito a algunos amigos de León
+tiempo atrás invitándoles a disponer una cencerrada
+para cuando Granate y su esposa pasasen
+por allí. La colonia de Lancia, que es numerosa
+en León, secundó admirablemente los planes de
+su paisano. Todo lo tenían preparado. Sin embargo,
+estos preparativos no hubieran servido de
+nada sin la traición de Manuel Antonio, que al
+llegar a Lancia notició secretamente a Paco lo
+que pasaba. Éste aprovechó el telégrafo, recién
+instalado, y se puso en comunicación con sus
+secuaces.</p>
+
+<p>Fernanda tardó en darse cuenta de que aquella
+algazara iba contra ella. Cuando, por algunos
+gritos que llegaron a sus oídos, vino en conocimiento
+de ello, empalideció, sus ojos se dilataron
+y, dando un grito, precipitose a la ventanilla
+para arrojarse fuera. Granate la detuvo sujetándola
+por la cintura. La joven luchó algunos momentos
+con furor; pero no pudiendo desprenderse
+de aquellos brazos cortos y membrudos de
+oso, se dejó caer al fin en el asiento, llevose las
+manos a la cara y rompió a sollozar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío, ha sido grande el pecado, pero
+qué castigo tan terrible!</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3>
+
+<p class="cab">Cinco años después.</p>
+
+
+<p>Trascurrieron cinco años. La noble ciudad
+de Lancia ha cambiado poco en
+su exterior y menos aún en sus costumbres.
+Unas cuantas casas-grilleras con adornos
+de mazapán alzadas por el oro indiano en las inmediaciones
+del parque de San Francisco; varios
+trozos de acera en calles que jamás la poseyeran;
+tres faroles más en la plaza de la Constitución;
+un guardia municipal suplementario,
+que debe su existencia no tanto a las necesidades
+del servicio como a las pasiones del alcalde,
+varón de excelsos pensamientos, consagrados
+casi enteramente a Venus, que premia las
+condescendencias de Vulcano con el presupuesto
+municipal; en el paseo del Bombé algunas
+estatuas de bronce con el ropaje caído, que produjeron
+grave escándalo a su erección, haciendo
+pregonar al magistrado Saleta en la tertulia
+del maestrante que «la media desnudez era
+cien veces más incitante que la completa;» en
+las cabezas de nuestros maduros conocidos algunas
+hebras de plata, y en el semblante radioso
+como el arco iris de Manuel Antonio, el
+más seductor de los hijos de la ínclita ciudad,
+signos ya evidentes de que su belleza pronto se
+desvanecerá como un sueño feliz al soplo glacial
+de la mañana, como los copos de nieve que
+caen suavemente en el silencio de un día triste
+de invierno.</p>
+
+<p>La misma vida vegetativa, brumosa, soñolienta;
+las mismas tertulias en las trastiendas
+libando con deleite la miel de la murmuración.
+Los apodos soeces pesando siempre como losa
+de plomo sobre la felicidad de algunas respetables
+familias. En el Bombé, las tardes de sol,
+los mismos grupos de clérigos y militares paseando
+desplegados en ala. Las enormes campanas
+de la basílica tañendo invariablemente a horas
+fijas. Las viejas devotas caminando con planta
+presurosa al rosario o a la novena. El canto monótono
+de los canónigos resonando profundamente
+en la soledad de las altas bóvedas. En Altavilla,
+a la hora del crepúsculo, los eternos corros
+de jóvenes alegres, riendo mucho, hablando alto
+y abriéndose amenudo para dejar paso a alguna
+costurera espiritual o criada de carnes opulentas
+a quienes rinden homenaje con los ojos, con
+la palabra y no pocas veces con las manos. Y
+allá, en lo alto del firmamento, iguales corros de
+nubes pardas y tristes amontonándose en silencio
+sobre la vetusta catedral, para escuchar en
+las noches melancólicas de otoño los lamentos
+del viento al cruzar la alta flecha calada de la
+torre.</p>
+
+<p>Estamos en Noviembre. El conde de Onís
+acostumbra a pasear a caballo lo mismo en los
+días claros que en los oscuros. Cada vez menos
+le place la compañía de los hombres. Su carácter
+se ha hecho más receloso y melancólico. El
+pecado aniquiló los débiles gérmenes de alegría
+que la naturaleza había depositado en su corazón.
+El temperamento sombrío, extravagante,
+fanático de los Gayoso se ha ido exaltando en él
+poco a poco con el roer incesante del remordimiento;
+ha trastornado su imaginación, ha enervado
+su escasa actividad y ennegrecido su existencia.</p>
+
+<p>Le molestan los hombres. En todas las miradas
+piensa ver hostilidad; en las frases más
+inocentes, alguna aviesa intención que hace hervir
+su sangre de coraje. No osa entrar en los
+templos, ni siquiera se deja caer de rodillas, como
+antes, frente al sangriento crucifijo del cuarto
+de su madre. Si oye hablar del infierno se
+estremece y huye. Envía cuantiosas limosnas a
+las iglesias; encarga misas que no oye; pone
+cirios a las imágenes, y en el secreto de su habitación
+se entretiene a veces puerilmente en
+preguntar a la suerte, echando una moneda al
+aire, si se condenará eternamente o irá tan sólo
+al purgatorio. Cuando llega a sus oídos el canto
+de los sacerdotes que acompañan a un entierro,
+empalidece, tiembla y se tapa los oídos.
+Por la noche se despierta amenudo sobresaltado,
+con un sudor frío, gritando miserablemente:
+«¡Hay que morir! ¡hay que morir!»</p>
+
+<p>Por largo tiempo vivió casi en absoluto retirado,
+sin salir más que cuando se lo ordenaba
+aquella voluntad que había logrado señorear la
+suya. Después, como sufriese demasiado, temiendo
+que sus negros pensamientos acabasen
+con su razón, le dio por recorrer los contornos
+a pie o a caballo, hasta fatigarse. El cansancio
+corporal prestaba descanso a su espíritu; el espectáculo
+de la naturaleza serenaba su atormentada
+imaginación.</p>
+
+<p>Era un tarde fría y oscura. Las nubes pesan
+amontonadas sobre las colinas que cierran el
+horizonte por el Norte, y ocultan las altas montañas
+de Lorrín que se extienden como una cortina
+lejana por el Oeste. Han caído fuertes chubascos
+que convirtieron en laguna la parte baja
+de la ciudad y en lodazales las carreteras que de
+ella parten. Apesar de esto el conde manda ensillar
+su caballo, sale de Lancia por la carretera
+de Castilla, y galopa entre torbellinos de
+lodo al través de las praderas y los bosques de
+castaños. Las hojas amarillentas de los árboles,
+lavadas por la lluvia, brillan como monedas de
+oro; mil arroyuelos serpean vacilantes por la falda
+de la colina y van a depositar sus aguas en la
+llanura, que se dilata verde y mojada con suaves
+ondulaciones. Una franja más oscura señala el
+cauce del Lora, que se oculta misterioso bajo
+sus mimbreras y espesas filas de alisos.</p>
+
+<p>El conde, con la cabeza, echada hacia atrás,
+los ojos medio cerrados, aspiraba con delicia el
+fresco húmedo de la tarde. La carretera flanqueaba
+la colina en suave declive. Antes de
+trasponerla y perder de vista la ciudad, detuvo
+el caballo y echó una mirada atrás. Lancia era
+un montón, no grande, de techos rojos, sobre los
+que resaltaba la flecha oscura de la catedral.
+Debajo percibió una mancha amarilla, el bosque
+de robles de la Granja. Más abajo las torrecillas
+anaranjadas de su casa solariega.</p>
+
+<p>La lluvia ha cesado. Un viento frío barre las
+nubes y las precipita detrás de los montes. El
+firmamento se despliega trasparente con el pálido
+azul de los días de otoño. Algunas estrellas
+apuntan ya como diamantes en el horizonte.
+Los árboles, las montañas, los arroyos, el valle
+cubierto de su verde tapiz brillan indecisos
+bajo la tenue claridad del crepúsculo.</p>
+
+<p>El conde pone de nuevo su caballo al galope
+y desciende velozmente por el flanco de la colina
+que oculta a Lancia. El viento oprime sus
+sienes, zumba en sus oídos produciéndole una
+dulce embriaguez que disipa las negras nubes
+de su imaginación. Por la enlodada carretera no
+encuentra sino algún hato de ganado, algún
+trajinante con su recua, o carro tirado pausadamente
+por bueyes, en el fondo del cual duerme
+descuidadamente el carretero. Mas antes de
+trasponer un recodo, cree escuchar rumor lejano
+de ruedas y campanillas. Es la silla de posta
+que llega al anochecer a Lancia. Al cruzar a su
+lado dirige una mirada distraída al fondo, y
+chocan sus ojos con otros grandes y lucientes.
+Siente un estremecimiento eléctrico, vuelve la
+cabeza con presteza, pero sólo percibe ya la trasera
+de la silla que se aleja. Tira de las riendas
+al caballo y la sigue: a los pocos momentos se
+detiene avergonzado y prosigue su marcha.</p>
+
+<p>¿Sería Fernanda? Una sensación fugaz, pero
+muy clara, se lo decía. Sin embargo, pudo haberse
+equivocado. Ninguna noticia tenía de su
+llegada. Sabía que se quedara viuda hacía unos
+meses. Granate había rodado al fin como un buey
+bajo el golpe de la apoplejía. Pero al mismo
+tiempo era válida la voz de que la viuda del indiano
+aborrecía de muerte a Lancia desde la
+humillante farsa con que sus compatriotas la
+habían regalado al casarse. El hecho de no haber
+venido cuando la muerte de su padre, acaecida
+el año anterior, lo dejaba bien probado.</p>
+
+<p>El conde pensó algunos momentos en esto;
+al cabo se le borró de la mente; le distrajo una
+nube violada y espesa que avanzaba hacia el zenit
+presagiando nuevo chubasco. Pero en el fondo
+de su espíritu quedó algo indeterminado y
+dulce que le puso de buen humor. Revolvió el
+caballo y llegó a Lancia ya bien de noche, chorreando
+y cubierto de lodo, pero el corazón ligero
+y alegre sin saber por qué.</p>
+
+<p>Fernanda no vaciló un instante. Lo vio y lo
+conoció tan claramente que pudo hasta advertir
+las señales que el tiempo y los cuidados habían
+impreso en su semblante. Le pareció más viejo;
+creyó ver en su luenga barba rubia algunos mechones
+plateados. Al mismo tiempo en sus ojos,
+posados un instante sobre ella, adivinó el sufrimiento,
+el hastío, algo triste, que le impresionó
+alegremente. El recuerdo de su antiguo novio
+había vivido siempre en el fondo de su pecho.
+Ni la traición, ni el desdén, ni las mil distracciones
+a que se arrojó en la vida frívola y
+bulliciosa de París, habían logrado arrancarlo
+de allí. Si le hubiera hallado satisfecho, en la
+plenitud de su fuerza y salud, no habría sentido
+aquel soplo dulce que la acarició un instante.
+En tal alegría maligna había el rencor inextinguible
+de la mujer desdeñada, pero también algo
+alado, sonoro, vaporoso, como la esperanza, que
+cantó y rió en su alma y disipó los negros pensamientos
+que se acumulaban sobre su frente.</p>
+
+<p>La necesidad, no su querer, la obligaban a
+volver a Lancia, donde había jurado no poner
+los pies nunca más. Su marido tenía hecho testamento
+a su favor. Los hermanos de aquél
+lo impugnaban. Se había entablado un pleito,
+que ganó en primera instancia. Venía acompañada
+de una antigua sirviente de su padre,
+trasformada en dama de compañía, y de un mayordomo.
+Desde Madrid había telegrafiado a
+una prima, y ésta, en unión con Manuel Antonio,
+dos de las niñas de Mateo y algunas amigas
+más, la esperaban en la mal empedrada plazoleta
+del Correo, donde paraba la diligencia. Y
+vengan de abrazos y achuchones y besos, y vayan
+de preguntas y exclamaciones y lágrimas.
+La ofendida heredera de Estrada-Rosa no había
+imaginado sentir tal alegría al poner la planta
+en su pueblo natal.</p>
+
+<p>Sus amigas la llevaron abrazada, casi en volandas,
+hasta casa. Allí se despidieron todas,
+menos Emilita Mateo, a quien Fernanda hizo
+una seña para que se quedase. Las dos amigas
+ascendieron lentamente, cogidas por la cintura,
+aquella escalera, amplia, encerada, que tantas
+veces sus pies menudos de niña habían pisado.
+No tardaron en encerrarse en el antiguo gabinete
+de la hija de Estrada-Rosa para saborear
+la hora de las dulces confidencias. Entre besos
+y sonrisas y protestas de fiel amistad se contaron
+su vida durante aquellos cinco años. Fernanda
+hablaba de su difunto marido con una
+compasión que quería ser triste y resultaba altamente
+despreciativa. Vivió con él en una suerte
+de antagonismo de ideas, de gustos y deseos,
+que los mantuvo constantemente alejados. Ni fue
+feliz ni desgraciada. Fueron cinco años de aturdimiento
+en que desfilaron ante su vista calles
+populosas, teatros resplandecientes, hoteles magníficos,
+salones de baile, trajes deslumbradores,
+muchos conocidos y ningún amigo. Su marido
+se plegaba a sus caprichos a la fuerza, como un
+oso indómito que obedeciese gruñendo al palo
+del domador. Habían tenido una niña, que se murió
+a los cuatro meses.</p>
+
+<p>La juguetona Emilia fue muy desgraciada en
+su matrimonio. Núñez había salido un <i>perdis</i>.
+Ya lo sabía Fernanda, pero vagamente. En cartas
+no es fácil descender a ciertos significativos
+pormenores. Al principio muy bien, pero luego
+las malas compañías le habían echado a perder.
+Le dio por el juego primero, después por la bebida,
+últimamente por las mujeres. Esto último
+era lo que más sentía Emilia. Todo se lo
+perdonaba de buen grado: que viniese borracho
+a las tantas de la madrugada, que le empeñase
+los pendientes, los cubiertos, hasta el capuchón
+de abrigo; lo que no podía sufrir era que se le
+viese entrar en casa de una perdida que vivía en
+la calle de Cerrajerías. Al decir esto la hija
+del Jubilado soltaba un torrente de lágrimas.
+Apenaba más verla llorar, por la alegría revoltosa
+que siempre fue el distintivo de su carácter.
+Fernanda la acariciaba tiernamente y compartía
+sus lágrimas. Al cabo de un rato de silencio
+le preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿tú le sigues queriendo?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, hija, sí!&mdash;exclamó con rabia.&mdash;No lo
+puedo remediar. Cada vez estoy más ciega
+por él.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaya por Dios! Tu pobre padre estará también
+disgustadísimo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Figúrate!... Y lo peor es&mdash;añadió llorando
+amargamente&mdash;que ahora volvió a su manía
+antigua contra el ejército... Dice cosas horribles
+de los militares... ¡Sí, sí, horribles!... En cuanto
+yo entro por casa empieza a disparatar, nada
+más que por mortificarme... Mis hermanas
+le apoyan... Nos llaman holgazanes y dicen...
+dicen que se debe reducir el contingente...</p>
+
+<p>Al llegar aquí, los sollozos rompían el tierno
+pecho de la esposa de Núñez. Fernanda, que
+también lloraba viéndola tan afligida, no pudo
+menos de sonreír.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tus hermanas también!</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo!... ¡Todos, todos desean que se
+reduzca!...</p>
+
+<p>Cuando la hija de Estrada-Rosa le hubo demostrado
+que no era tan fácil como parecía la
+reducción de las fuerzas de tierra, su espíritu se
+serenó al fin poco a poco. Luego concertaron
+ambas dar una sorpresa a la sociedad laciense.
+Fernanda se presentaría aquella noche sin previo
+anuncio en la tertulia de Quiñones. Una alegría
+infantil se apoderó de ambas con este proyecto.
+Así que le dieron forma, despidiose Emilita,
+prometiendo volver enseguida a buscar a su
+amiga.</p>
+
+<p>Eran las diez de la noche cuando subían ambas
+los peldaños de piedra, que rezumaban siempre
+por la humedad, de la vasta escalera señorial
+de los Quiñones.</p>
+
+<p>Al llegar arriba Emilita prohibió al criado
+que las anunciase. Ella misma abrió la puerta
+del salón y empujó a Fernanda hacia adentro.</p>
+
+<p>Fue una aparición que dejó extáticos por un
+instante a los tertulios. La hija de Estrada-Rosa,
+lucía un traje elegantísimo recién salido del taller
+de una de las más afamadas modistas de
+París. Su belleza, de la cual sus compatriotas
+no conocían más que el delicado botón, se había
+convertido en rosa espléndida en los cinco años
+de vida refinada y elegante. Maravillosa por la
+arrogancia de su talle, por el brillo de sus grandes
+ojos africanos, por la delicadeza de su cutis,
+la hermosura de Fernanda había adquirido en
+París su complemento necesario, la gracia, el
+noble y sencillo ademán, el gusto para vestirse,
+la suprema distinción que en Lancia no hubiera
+logrado jamás. Su traje negro de seda dejaba
+descubiertos pecho y espalda. Algunas carreras
+de perlas tejidas entre los cabellos componían
+todo el adorno de su cabeza.</p>
+
+<p>Amalia fue la primera que la vio, y su sangre
+fluyó de repente al corazón. Repuesta inmediatamente,
+corrió a saludarla.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! Ya sabía que usted había llegado; pero
+no imaginé que fuese tan amable...</p>
+
+<p>Ambas se miraron a los ojos y se declararon,
+con un chispazo, el odio que ardía en el fondo
+de sus almas. Pero habían cambiado las circunstancias.
+Amalia era cinco años atrás la dama
+más elegante y distinguida de la población, la
+única cuyo porte y refinamiento de costumbres
+trascendía a otra esfera más culta y espiritual.
+Fernanda la aventajaba ahora infinitamente.
+Aquélla había envejecido de modo ostensible.
+Entre sus cabellos se veían ya bastantes hebras
+plateadas; su tez, siempre pálida, había perdido
+toda su frescura; además, había perdido el deseo
+y el gusto para vestirse, se había ido plegando
+poco a poco bajo la presión de la sociedad ordinaria
+y cursi que la rodeaba, adaptándose a ella
+y descuidándose más y más de su persona. El
+contraste era, por lo tanto, más vivo. Bien lo advirtió
+la noble esposa del maestrante y se sintió
+humillada hasta el fondo de su ser. Una sonrisa
+de despecho contrajo sus labios mientras cambiaba
+con Fernanda los obligados saludos. Ésta
+gozaba de su triunfo con grave y serena alegría.</p>
+
+<p>Las damas rodeáronla inmediatamente. Fue
+un diluvio de besos y abrazos acompañados de
+vivas exclamaciones de gozo. Los hombres, que
+formaban círculo detrás, avanzaron también sus
+manos y estrecharon con efusión la de la hermosa
+viajera. Y entre tanto pláceme y tanta frase
+congratulatoria, o por olvido o por vergüenza,
+nadie osaba hacer alusión a la desgracia que la
+joven había experimentado algunos meses atrás;
+ni el más mínimo recuerdo para el oso colorado
+que dormía su sueño eterno en un cementerio de
+París. Tan sólo cuando la efervescencia de los saludos
+hubo calmado, Amalia la cogió sonriente
+las manos y exclamó mirándola de arriba abajo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Sabe usted que son muy elegantes los trajes
+de duelo en París!</p>
+
+<p>Fernanda hizo una mueca de desdén.</p>
+
+<p>&mdash;Poco importa el vestido si se lleva el duelo
+en el corazón&mdash;apuntó María Josefa, que en los
+cinco años trascurridos había aguzado prodigiosamente
+el filo, el contrafilo y la punta de su
+lengua.</p>
+
+<p>Las mejillas de Fernanda se tiñeron de carmín.
+Se avergonzó como si fuese un delito no
+sentir la pérdida de <i>Granate</i>. Luego, irritada por
+aquella hostilidad, estuvo a punto de mostrar
+violentamente su enojo. Volvió la espalda y se
+puso a hablar con otras damas.</p>
+
+<p>En aquel momento el conde de Onís salió del
+gabinete y vino a saludarla. Le tendió la mano
+con afectuosa sonrisa. Ella le entregó la suya de
+un modo glacial, separando rápidamente la mirada.
+Sin embargo, pudo advertirse alrededor de
+sus ojos un círculo pálido que denunciaba la
+emoción. Para disimularla se encaminó al gabinete,
+diciendo con afectada ligereza que la dejasen
+libre, que a quien tenía más gana de ver era
+a D. Pedro.</p>
+
+<p>El noble maestrante yacía en su sillón con
+los naipes en la mano. Sus cabellos y su barba
+estaban más blancos, pero tan erizados e
+indómitos. Sus facciones enérgicas parecían más
+acentuadas; sus ojos hundidos brillaban con fulgor
+más delirante. Al mover con trabajo aquel
+gran torso atlético desprovisto de base los rasgos
+de su fisonomía se contraían con expresión
+de feroz impotencia que inspiraba tristeza
+y miedo. Pero si su cuerpo se abatía a ojos vistas,
+alzábase su orgullo cada vez con más brío.
+Todos los días crecía un poco el respeto que se
+consagraba a sí mismo por llamarse Quiñones
+de León y el desprecio a los demás por haber
+nacido bajo el estigma de otro nombre cualquiera.
+Agradeciendo profundamente al cielo la dicha
+con que había querido favorecerle, tendría
+a pecado quejarse de su suerte y envidiar a los
+otros hombres la facultad de usar de sus piernas.
+¿Qué importa que Juan Fernández pueda
+andar, correr y saltar, si al fin y al cabo se llama
+Juan Fernández? Lo único que le preocupaba
+algunas veces era si convendría a la dignidad
+de un Quiñones poseer unas extremidades enteramente
+inertes, y si no sería preferible que viviesen
+para participar de la gloria del resto del
+organismo. Pronto desechaba, sin embargo, tales
+inquietudes pensando justamente que vivas o
+muertas aquellas extremidades ocupaban un rango
+superior en la sociedad. Cuando Fernanda
+entró en el gabinete alzó los ojos y clavó en ella
+una mirada penetrante que la abrazó de la cabeza
+a los pies. Ni la hermosura ni el porte, singularmente
+elegante, de la joven debieron dejarle
+satisfecho, porque la convirtió inmediatamente a
+los naipes y exclamó con insolente protección:</p>
+
+<p>&mdash;¡Hola, pequeña! ¿Eres tú? ¿Cuándo has llegado?</p>
+
+<p>Apesar de sentirse mortificada por aquel tono,
+Fernanda le saludó afectuosamente.</p>
+
+<p>&mdash;Me alegro de verte tan buena, querida, y aprovecho
+la ocasión para darte el pésame. Ya sabes
+que yo no escribo cartas hace años. He sentido
+mucho a Santos... Oiga usted, Moro: ¿se propone
+usted no darme en su vida una carta decente?...
+Era un buen sujeto, un vecino excelente, incapaz
+de hacer daño a nadie. No hallarás otro marido
+como él. Tenía una cualidad que se encuentra
+muy difícilmente: la modestia. Apesar
+del dinero que había logrado juntar, no pretendía
+salirse de su esfera; siempre se manifestó
+respetuoso con los superiores. ¿Verdad, Saleta,
+que no era como esos piojos resucitados, que
+así que les suenan algunas monedas en el bolsillo
+olvidan las judías y el centeno, como si en
+su vida los hubiesen probado?... Valero, siéntese
+usted, y diga pronto si es vuelta eso que tiene...
+¿Vienes a establecerte aquí, chiquita, o te
+vuelves a ver a los <i>franchutes</i>?</p>
+
+<p>Fernanda, que sintió perfectamente toda la
+hiel de aquel discurso, respondió fríamente, y
+después de pocas palabras más se volvió al
+salón.</p>
+
+<p>A D. Pedro le había molestado el tufillo
+de elegancia y distinción que despedía la hija
+de Estrada-Rosa. Le irritaba que alguien se
+alzase en torno suyo, siquiera fuese solamente
+algunas pulgadas. Aborrecía todo lo extranjero,
+y muy particularmente aquel París, donde
+imaginaba que los Quiñones de León no tenían
+influencia muy decisiva. Hasta sospechaba vagamente,
+con horror, que eran desconocidos. Por
+supuesto que procuraba apartar la mente de tan
+disparatada idea. Si llegase a penetrar por
+completo en su espíritu, ¿qué le restaba al noble
+caballero? Morir, y nada más.</p>
+
+<p>Haciéndole la partida de tresillo están los
+mismos personajes que ya conocemos. Saleta, el
+gran Saleta, cuyas mentiras siguen fluyendo de
+su boca suaves y almibaradas, lo cual le obligaba
+a relamerse amenudo. Faltó poco para que
+Lancia se viese privada para siempre de este
+magnánimo y divertido varón. Jubilado hacía
+tres años, fue a establecerse a su país, donde permaneció
+uno solamente. La nostalgia de Lancia,
+de la tertulia de Quiñones, y sobre todo de las
+burlas de su colega Valero, le impulsaron a
+dejar la patria gallega para venir de nuevo a
+habitar entre los lacienses. Valero, ascendido
+a presidente de sala, más ajado cada día,
+más jaranero y ceceoso, se sienta a la izquierda
+del prócer. Enfrente está Moro, ideal inaccesible
+de todas las niñas casaderas, cuya cabeza infatigable
+soporta fácilmente doce horas de tresillo
+sin mareo ni turbación alguna. De todas las
+instituciones creadas por los hombres, la más firme,
+la más respetable es ésta; el tresillo. Por su
+inquebrantable solidez puede compararse muy
+bien a las leyes inmutables de la naturaleza. Para
+Moro es tan verdad que la <i>espada</i> vale más que el
+<i>basto</i>, como que los cuerpos al caer siguen un movimiento
+uniformemente acelerado. Y allá en el
+fondo oscuro de la cámara dormita en la misma
+butaca el glorioso Manín con su calzón corto,
+chaqueta de bayeta verde y fuertes zapatos claveteados.
+Tiene el pelo gris, casi blanco. Pero
+no es esto lo peor para él. Lo verdaderamente
+triste es que el pueblo no le considera ya como
+un cazador feroz envejecido en la lucha con los
+osos de las montañas. Aquella leyenda se ha ido
+disipando poco a poco. Sus compatriotas tenían
+razón. Manín no era más que un zampatortas.
+En Lancia se ríen también de sus proezas y le
+miran como un viejo bufón del loco y heráldico
+señor de Quiñones.</p>
+
+<p>Fernanda consiguió al fin sustraerse a los plácemes
+de sus amigos y fue a sentarse en un rincón
+apartado. Estaba triste. La hostilidad de los
+dueños de la casa le había impresionado. Pero
+no era esto lo principal, aunque ella hiciese por
+creerlo. El motivo recóndito, que se avergonzaba
+de confesar a sí misma, era Luis. El saludo afectuoso
+de su antiguo novio había despertado súbito
+todos sus recuerdos, todas sus ilusiones, las
+penas y las dichas de otro tiempo que dormían
+en el fondo de su alma como pajarillos entre las
+hojas del árbol. La agitación interior era intensísima,
+pero nada o muy poco se traslucía en su
+continente grave y frío. Sin embargo, sintió un
+fuerte estremecimiento al escuchar muy cerca
+de su oído estas palabras:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué hermosa te has puesto, Fernanda!</p>
+
+<p>Se hallaba tan distraída que no advirtió que
+el conde se había sentado a su lado. Involuntariamente
+se llevó la mano al sitio del corazón.
+Repuesta inmediatamente, sonrió diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Te parece?</p>
+
+<p>&mdash;Sí... Y yo qué viejo, ¿verdad?</p>
+
+<p>Hizo un esfuerzo y le miró a la cara con
+fijeza.</p>
+
+<p>&mdash;No; algunas canas en la barba... y el aspecto
+un poco fatigado.</p>
+
+<p>El temblor de su voz contrastaba con la aparente
+indiferencia que quiso dar a sus palabras.</p>
+
+<p>El conde se puso repentinamente serio, llevose
+la mano a la frente y replicó al cabo de unos
+momentos con acento sombrío y como si se hablase
+a sí mismo:</p>
+
+<p>&mdash;Fatigado, sí; ésa es la verdadera palabra...
+¡Muy fatigado!... La fatiga me sale por los
+poros.</p>
+
+<p>Guardaron ambos silencio. El conde quedó
+entregado a una intensa meditación que trazó
+en su frente arruga profunda. Al cabo dijo, entablando
+nuevamente conversación:</p>
+
+<p>&mdash;Ya te había visto antes de venir aquí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde?&mdash;preguntó ella afectando sorpresa.</p>
+
+<p>&mdash;En la carretera. Salí esta tarde a dar un paseo
+a caballo y me crucé con la silla de posta.
+Te conocí perfectamente.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo no te he visto... Recuerdo que encontramos
+dos o tres jinetes antes de llegar a
+Lancia, pero no he conocido a ninguno.</p>
+
+<p>Al decir esto no pudo impedir que una ola de
+carmín tiñese de nuevo sus mejillas. Volvió, para
+disimular, la cabeza. Sus ojos tropezaron con los
+de Amalia, que se posaban sobre ellos lucientes,
+acerados. Contempláronse un instante. La boca
+felina de la valenciana se contrajo con una sonrisa.
+Fernanda quiso corresponder con otra tan
+falsa, pero no pudo. Volviose de nuevo hacia el
+conde y hablaron de cosas indiferentes, de teatros,
+de música, de proyectos de viaje.</p>
+
+<p>Sin embargo, aquél se mostraba más y más
+preocupado. Iba perdiendo el aplomo y hablaba
+equivocándose, como si su pensamiento anduviese
+lejos. Guardaba silencio algunos momentos,
+pugnaba por decir algo, movíanse sus labios,
+pero en vez de articular lo que quería, expresaban
+otra cosa distinta, algo trivial y ridículo
+que le avergonzaba en cuanto salía de ellos.
+Fernanda le observaba con atención, ganando la
+serenidad y la calma que él perdía rápidamente.
+Parecía embebida por completo en la conversación,
+describiendo con naturalidad sus impresiones
+de viaje, expresando sus opiniones con la
+misma indiferencia que si no mediase entre ellos
+más que una antigua y tranquila amistad. Luis
+concluyó por ponerse taciturno. Al fin tuvo resolución
+para decir, aprovechando un instante de
+silencio:</p>
+
+<p>&mdash;Cuando me acerqué a tí estabas muy distraída.
+¿En qué pensabas?</p>
+
+<p>&mdash;No me acuerdo... ¿En qué querrías tú que
+pensase?</p>
+
+<p>El conde vaciló un momento; pero animado
+por la graciosa sonrisa de su ex-novia se atrevió
+a articular:</p>
+
+<p>&mdash;En mí.</p>
+
+<p>Fernanda le miró en silencio, con curiosidad
+burlona bajo la cual chispeaba una alegría imposible
+de ocultar. El conde se puso colorado
+hasta las orejas, y las hubiera entregado seguramente
+a las tijeras por no haber pronunciado
+aquellos dos fatales monosílabos.</p>
+
+<p>&mdash;Bien...&mdash;dijo la joven alzándose de la silla.&mdash;Hasta
+luego. Me alegro de verte bueno.</p>
+
+<p>&mdash;¡Escucha!</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;dijo retrocediendo el paso que
+había dado para alejarse y posando en él unos
+ojos sonrientes y maliciosos que concluyeron de
+fascinarle.</p>
+
+<p>&mdash;Perdona si mis palabras te han ofendido.</p>
+
+<p>Fernanda hizo una mueca de desdén y se alejó
+exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;¡Arrepiéntete, pecador, que el infierno tienes
+delante!</p>
+
+<p>¡El infierno! Esta palabra, soltada a la ligera,
+como broma, hizo dar un vuelco a su corazón;
+despertó la preocupación constante de su
+existencia desde hacía algún tiempo. Todos los
+Gayoso habían vivido bajo la influencia de esta
+idea funesta. Pero el terror de sus abuelos parecía
+dilatarse en su espíritu, atormentándolo,
+enloqueciéndolo. Amalia necesitaba luchar heroicamente
+para distraerle por poco tiempo de
+sus escrúpulos. Por eso ahora, cuando le hizo
+seña para que se acercase, le vio alzarse tétrico
+de la silla y aproximarse lentamente como si le
+arrastrasen. Tenía ella demasiado talento y orgullo
+para mostrarse herida de la corta plática
+que acababa de tener con su antigua novia. Le
+acogió con la misma sonrisa, dirigiole la palabra
+con su habitual y afectada ligereza, y no se
+acordó ni del nombre de Fernanda. Pero sus labios
+pálidos se contraían de coraje cada vez que
+le veía volver los ojos hacia aquélla. Y el incauto
+lo hacía amenudo.</p>
+
+<p>Una hermosa niña de ojos azules y flotante
+cabellera dorada apareció en la puerta, conducida
+por una doméstica.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, qué tarde!&mdash;exclamó la señora de Quiñones.&mdash;¿Por
+qué ha tardado usted tanto en
+traerla, Paula?&mdash;añadió severamente.</p>
+
+<p>Ésta contestó que la niña se había entretenido
+jugando <i>al milano que le dan</i>, y que lloraba
+cada vez que la querían acostar.</p>
+
+<p>&mdash;¿No tienes sueño aún, rica mía?&mdash;dijo la
+dama trayéndola hacia sí y pasándole la mano
+tiernamente por los bucles de su cabellera.</p>
+
+<p>Los tertulios se interesaron vivamente por la
+criatura. Fue de uno a otro recibiendo caricias
+y pagándolas con afectuosos besos de despedida.</p>
+
+<p>&mdash;Buenas noches, Josefina.&mdash;Hasta mañana,
+rica.&mdash;¿Has sido buena hoy?&mdash;¿Te ha comprado
+tu madrina la muñeca que cierra los ojos?</p>
+
+<p>El conde la miraba con los ojos húmedos, haciendo
+esfuerzos increíbles para dominar su
+emoción. La sentía siempre que se ofrecía a su
+vista aquella niña. Cuando le tocó la vez no
+hizo más que rozar con los labios su rostro cándido.
+Pero Josefina, con el admirable instinto
+que los niños tienen para saber quién los ama,
+se colgó a su cuello dándole pruebas de particular
+cariño.</p>
+
+<p>Fernanda también la contemplaba con vivo
+interés, con una intensa curiosidad que le hacía
+abrir extremadamente los ojos. Josefina tenía
+seis años, la tez nacarada, los ojos de una
+dulzura infinita, azules y melancólicos; algo de
+triste y enfermizo en toda su diminuta persona.
+El parecido con el conde saltaba a la vista.</p>
+
+<p>Cuando la niña le dejó, los ojos de aquél chocaron
+con los de Fernanda. Sintiose turbado: fue
+a sentarse más lejos.</p>
+
+<p>Josefina vestía con elegancia. Los señores
+de Quiñones la criaban con mimo, como hija
+adoptiva. Por mucho tiempo éste fue el asunto
+preferido de las murmuraciones de Lancia. Se
+averiguaba con vivo interés el coste de sus sombreritos;
+se comentaba el número de juguetes
+que le compraban; hacíanse cálculos sobre la
+cantidad en que la dotarían al casarse. Pero ya
+se habían fatigado de tanto comentario. Tan
+sólo cuando venía rodada se dejaba escapar alguna
+alusión mordaz, o se noticiaba al oído algún
+nuevo descubrimiento.</p>
+
+<p>La niña fue a parar a un grupo donde estaban
+María Josefa, la doncella de la lengua devastadora,
+y Manuel Antonio, bello siempre como el
+primer rayo de la mañana.</p>
+
+<p>&mdash;Oyes, Josefina: ¿a quién quieres más, a tu
+madrina o a tu padrino?&mdash;preguntole aquél.</p>
+
+<p>&mdash;A madrina&mdash;respondió la niña sin vacilar.</p>
+
+<p>&mdash;Y a quién quieres más, ¿a tu padrino o al
+conde?</p>
+
+<p>La niña le miró sorprendida con sus grandes
+ojos azules. Pasó por ellos una ráfaga de desconfianza
+y respondió frunciendo su hermoso
+entrecejo:</p>
+
+<p>&mdash;A mi padrino.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero el conde no te trae muchos juguetes?
+¿no te lleva en coche a la Granja? ¿no te ha comprado
+el trajecito de charra?</p>
+
+<p>&mdash;Sí... pero no es mi padrino.</p>
+
+<p>Los del grupo acogieron con risa esta respuesta.
+Comprendían que la niña mentía. Don
+Pedro no era hombre para inspirar afecto muy
+vivo a nadie.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo creo que el conde también es tu
+pa...drino.</p>
+
+<p>&mdash;No tal; yo no tengo más que un padrino&mdash;manifestó
+la chica, cada vez más recelosa.</p>
+
+<p>Y se alejó del grupo.</p>
+
+<p>Fue donde estaba Amalia; se le puso delante
+cruzando sus bracitos sobre el pecho y dijo haciendo
+una reverencia:</p>
+
+<p>&mdash;Madrina, la bendición.</p>
+
+<p>La dama le entregó su mano, que la niña besó
+con respetuoso cariño. Luego, cogiéndola en sus
+brazos, la besó en la frente.</p>
+
+<p>&mdash;Que descanses, hija mía. Ve a pedir la bendición
+a tu padrino.</p>
+
+<p>La niña se dirigió al gabinete. Estas prácticas
+del tiempo pasado placían mucho al señor de
+Quiñones.</p>
+
+<p>Josefina se acercó a él con timidez. Aquel
+gran señor paralítico le infundía siempre miedo,
+aunque procuraba disimularlo porque así se lo
+había ordenado su madrina.</p>
+
+<p>&mdash;Señor, la bendición&mdash;dijo con voz apagada.</p>
+
+<p>El alto y poderoso maestrante no hizo caso.
+Fijo en las cartas que tenía en la mano, envuelto
+en su talma gris con la cruz roja en el pecho,
+iba creciendo por momentos ante los ojos turbados
+de la pobre Josefina. No comprendía que hubiese
+en el mundo nada más grande, más imponente
+y digno de respeto que aquel noble señor.
+De esta misma opinión participaba D. Pedro.
+Por eso hacía tiempo que había resuelto confundir
+a todos los seres que le rodeaban en una masa
+caótica, en la cual sólo dos o tres aparecían con
+algún carácter individual.</p>
+
+<p>La niña aguardó con sus bracitos cruzados
+cerca de un cuarto de hora. Al fin el señor de
+Quiñones, después de jugar una entrada con fortuna,
+se dignó clavar en ella una mirada severa
+que la hizo empalidecer. Alargó su aristocrática
+mano con ademán digno de su tocayo Pedro
+el Grande de Rusia, y Josefina posó sobre ella
+sus labios temblorosos y se fue.</p>
+
+<p>No estaba muy conforme aquel varón excelso con
+que su esposa criase con tal mimo a una expósita,
+pero lo consentía porque lisonjeaba su
+vanidad. Amalia le había dicho, sabiendo dónde
+le dolía:</p>
+
+<p>&mdash;Criarla para doméstica lo haría cualquiera
+en Lancia. Nosotros debemos hacer las cosas de
+otro modo.</p>
+
+<p>D. Pedro no pudo menos de sentir el peso de
+aquella verdad innegable.</p>
+
+<p>Josefina cruzó el salón para ir a acostarse. Al
+pasar rozando con Fernanda, que estaba sentada
+y sola, ésta la pilló al vuelo por un bracito y
+la atrajo. Toda la alegría, toda la ternura que
+en aquel momento rebosaba de su corazón,
+desbordose con violencia sobre la criatura, a
+quien cubrió de besos. No se acordó para nada
+de su rival, a quien adivinaba vencida. Sólo pensó
+en que era hija de <i>él</i>, su sangre, su misma
+imagen. Y besó con éxtasis aquellos ojos azules
+profundos, melancólicos, aquella tez nacarada,
+aquellos bucles dorados que circuían su rostro
+como un nimbo de luz.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, qué hermoso pelo! ¡Qué cosa tan hermosa,
+Dios mío!</p>
+
+<p>Y apretaba sus labios contra él y hasta sumergía
+el rostro entre sus hebras con tanta voluptuosidad
+y ternura que estaba a punto de llorar.</p>
+
+<p>En aquel momento una voz estridente, imperiosa,
+sonó en sus oídos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Todavía no te has ido a acostar, arrapiezo!</p>
+
+<p>Y al levantar los ojos vio a Amalia, con el rostro
+pálido, los labios apretados, que cogió a la
+niña con violencia por el brazo dándole una
+fuerte sacudida y la arrastró hacia la puerta.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3>
+
+<p class="cab">La cólera de Amalia.</p>
+
+
+<p>A la mañana siguiente, Paula, por orden
+de su señora, llevó a la niña al cuarto
+de la plancha, la sentó en una silla
+alta y pidió las tijeras a la doncella, que cosía
+al pie del balcón.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué vas a hacer?&mdash;preguntó Josefina.</p>
+
+<p>&mdash;Cortarte el pelo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué?... Yo no quiero que me cortes el
+pelo.</p>
+
+<p>Y se bajó resueltamente de la silla. Paula tornó
+a alzarla.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quieta!&mdash;le dijo severamente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo no quiero!... ¡no quiero!&mdash;exclamó con
+graciosa resolución.</p>
+
+<p>&mdash;La verdad es que da lástima cortar un pelo
+tan hermoso&mdash;dijo otra de las doncellas, que estaba
+planchando.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quieres, hija? Quien manda, manda.</p>
+
+<p>Y tomando uno de los preciosos bucles de la
+cabellera, lo separó de un tijeretazo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Déjame, Paula!&mdash;gritó la niña.&mdash;¡Lo voy a
+decir a madrina!</p>
+
+<p>&mdash;¿Sí, preciosa? ¿Vas a decírselo a madrina
+de veras?... Bueno, ya se lo dirás cuando terminemos.</p>
+
+<p>Y sin hacer más caso de sus protestas, dejando
+caer las palabras con zumba, prosiguió imperturbable
+su tarea. Pero la niña se bajó de
+nuevo, irritada, furiosa. Entonces Paula pidió
+auxilio a Concha, la costurera, y mientras ésta
+la tenía sujeta a la silla, aquélla la fue despojando
+uno a uno de todos sus bucles. Después
+arregló como mejor pudo los cabellos que quedaban.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué lástima!&mdash;volvió a exclamar la planchadora.</p>
+
+<p>&mdash;Hija, no está mal así tampoco&mdash;repuso Paula
+peinándola con esmero.</p>
+
+<p>En aquel momento apareció la señora en el
+cuadro de la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Madrina! ¡ven, madrina!... Mira, Paula y
+Concha me han cortado el pelo.</p>
+
+<p>Amalia avanzó algunos pasos por la estancia
+y, evitando la mirada de la niña, fijó los ojos severos
+en su cabeza, y dijo con imperio y frialdad:</p>
+
+<p>&mdash;No está bien así. Córtelo usted al rape.</p>
+
+<p>Y se alejó con la frente fruncida. Josefina, atónita,
+la siguió con los ojos. Jamás había visto en
+el semblante de su madrina tanta frialdad y dureza.
+Quedó asombrada, pensativa y dejó ya, sin
+hacer el más leve movimiento, que Paula cumpliese
+el mandato.</p>
+
+<p>Pronto quedó la cabecita rubia mondada como
+un melocotón. Las domésticas prorrumpieron
+en carcajadas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hija de mi alma, que retefeísima te han
+puesto!&mdash;exclamó María la planchadora con
+acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa.</p>
+
+<p>&mdash;No digas eso, mujer&mdash;repuso Concha con
+dejillo amargo.&mdash;¡Si está preciosa!</p>
+
+<p>Era una mujer de veinticinco años o más, extremadamente
+pequeña, casi tan pequeña como
+Josefina, de ojos hundidos y ariscos, a quien todos
+los criados de la casa temían.</p>
+
+<p>Paula reía también pasando y repasando sus
+manos por la cabeza de la criatura.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando haga falta un perulero para el
+aceite, ya sabéis dónde lo habéis de hallar&mdash;prosiguió
+Concha.</p>
+
+<p>Disipada la lástima, adivinando que la chiquita
+había caído en desgracia, las criadas se
+entregaban a la alegría cambiando bromas sin
+gracia, pero que las hacían reír perdidamente.
+Josefina había permanecido quieta, silenciosa,
+con la cabeza baja. Las burlas lograron al fin
+hacer su efecto. Dos lágrimas asomaron rezumando
+por sus largas pestañas. Concha se incomodó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Lloras por el pelito?.. ¡Qué lástima de azotes!...
+No tienes tú la culpa, sino los que te crían
+como una princesita siendo tanto como nosotras...
+digo, menos que nosotras&mdash;añadió por lo
+bajo,&mdash;que al fin tenemos padres.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos, Concha, déjala!... No hagas caso,
+monina, que pronto tendrás pelo otra vez&mdash;dijo
+María con acento maternal.</p>
+
+<p>La niña, impresionada por la caricia, comenzó
+a sollozar y salió de la estancia.</p>
+
+<p>Cuando por la noche se presentó en el salón,
+de aquella forma, el conde no pudo reprimir un
+gesto de cólera y clavó una mirada interrogante
+en Amalia. Ésta contestó a aquel gesto y a aquella
+mirada con sonrisa provocativa. Y en alta
+voz dijo que le había mandado cortar el pelo
+porque había notado que la niña empezaba a
+presumir.</p>
+
+<p>&mdash;¡Claro! ¡Tanto la adulan ustedes que se ha
+puesto inaguantable!</p>
+
+<p>El conde, irritado, buscó al instante ocasión de
+acercarse a Fernanda y anudaron la plática de
+la noche anterior. Estuvieron locuaces, afectuosos.
+Fernanda contó con pormenores su vida de
+París. Luis se mostró singularmente expansivo,
+no ocultando la alegría de su corazón, hablando
+animadamente bajo la mirada iracunda de Amalia
+posada sobre él. En una pausa Fernanda alzó
+los ojos sonrientes hacia su ex-novio y le preguntó,
+no sin ruborizarse un poco:</p>
+
+<p>&mdash;¿A que no sabes por qué le han cortado el
+pelo a la niña?</p>
+
+<p>El conde la miró sin contestar.</p>
+
+<p>&mdash;Ayer lo elogié yo mucho y me permití besarlo.</p>
+
+<p>Era la primera vez que Fernanda se daba por
+enterada de su secreto. Experimentó una fuerte
+sacudida. Sus mejillas se enrojecieron. Las de
+ella también. En largo rato no hallaron palabras
+que decirse.</p>
+
+<p>En los días siguientes, el conde comenzó a
+dar repetidos paseos por la calle de Altavilla y
+a pasar largos ratos en el café de Marañón. La
+sociedad laciense se sintió conmovida hasta sus
+cimientos ante tamaño acontecimiento. Desde
+entonces más de trescientos pares de ojos le espiaron
+sin cesar. Dejó de ir todos los días a casa
+de Quiñones y asistió una que otra vez a la tertulia
+exigua de las de Meré, como se seguía diciendo
+en Lancia, aunque en realidad ya no hubiese
+en el mundo más que una. Carmelita había
+muerto hacía lo menos tres años. No quedaba
+más que Nuncia, la menor, y ésa casi totalmente
+paralítica. Del sillón a la cama y de la
+cama al sillón: era todo lo que andaba con trabajo.
+Moralmente también se hallaba privada de
+movimiento, falta del impulso protector que le
+prestaba su hermana. Desde que ésta bajara al
+sepulcro, no tenía ya quien la sujetase. Esto, lejos
+de alegrarla, la sumía en una melancolía profunda.
+Al pasar repentinamente a la categoría
+de persona <i>sui juris</i>, la pobre Niña había experimentado
+desazón increíble: todo le asustaba,
+todo era conflictos de los cuales le parecía
+imposible salir; echaba menos aquellas
+ásperas reprensiones que, si la hacían derramar
+abundantes lágrimas, habían reprimido saludablemente
+sus juveniles arranques y cortado los
+funestos resultados que pudiera acarrear su inexperiencia.</p>
+
+<p>Eran sus tertulios asiduos algunos pollastres
+nuevos, varios gallos conocidos y un número bastante
+mayor de lindas y feas damiselas que acudían
+a la casa sedientas de marido. Porque la Niña,
+en esto como en todo, mantenía religiosamente
+las tradiciones legadas por su hermana. Era la
+protectora decidida de todos los noviazgos que se
+iniciaban en Lancia, por desatinados que fuesen.
+La pequeña casa de la calle del Carpio continuaba
+siendo la fragua donde se forjaba la
+dicha conyugal de los honrados vecinos de
+Lancia.</p>
+
+<p>El que acudía con más constancia era Paco
+Gómez. La razón, que le habían arrojado de
+casa de Quiñones a consecuencia de una frase
+de las suyas. Preguntaba cierto forastero en un
+corro de Altavilla cómo había quedado paralítico
+el maestrante. «En realidad no está paralítico&mdash;repuso
+Paco,&mdash;porque no tiene lesión alguna;
+sólo que las piernas no pueden con la heráldica
+que se le ha subido a la cabeza, y se le doblan
+en cuanto da un paso.» Lo supo Quiñones por
+un traidor y dio orden de que no se le recibiese.</p>
+
+<p>Era el alma y el regocijo de la tertulia de la
+Niña. La vaya incesante con que mortificaba a
+ésta los tenía a todos en continuo espasmo de
+risa.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, Nuncia, ¡mucho ojo! No hables demasiado,
+porque ya sabes que te he visto las
+pantorrillas y... y... y...</p>
+
+<p>La pobre octogenaria se ruborizaba como una
+niña de quince. Nada la sofocaba tanto como
+este recuerdo importuno de la tarde del columpio.</p>
+
+<p>Luis y Fernanda comenzaron a verse aquí
+una o dos veces por semana. Lejos de la mirada
+fulgurante de Amalia, aquél se encontraba
+a gusto, recobraba su serenidad. Hablaban larguísimos
+ratos en voz baja, sin que nadie les
+molestase; al contrario, la Niña tenía buen cuidado
+de proporcionarles ocasión y espacio suficientes.
+Asistía, no obstante, a casa de Quiñones;
+veía a Amalia en secreto cuando se lo exigía,
+pero iba apareciendo más frío, más esquivo.
+Ella, advirtiéndolo perfectamente, no daba
+su brazo a torcer, no le hablaba palabra de
+su ex-novia. Sin embargo, un día no pudo contenerse:</p>
+
+<p>&mdash;Sé que te entretienes largos ratos en casa
+de las de Meré hablando con Fernanda.</p>
+
+<p>Lo negó cobardemente.</p>
+
+<p>&mdash;Ten cuidado con lo que haces&mdash;prosiguió,
+clavando en él sus ojos siniestros,&mdash;porque una
+traición pudiera salirte cara.</p>
+
+<p>Estaba tan acostumbrado al dominio de aquella
+terrible mujer, que sintió un estremecimiento
+de frío, como si algo aciago se cerniese
+ya sobre su cabeza. Pero en cuanto salió
+a la calle, fuera de la influencia magnética de
+aquellos ojos que le turbaban, sintiose invadido
+por una sorda irritación: «Después de todo, ¿por
+qué me amenaza? ¿Es mi esposa? ¿Qué derechos
+tiene sobre mí? Lo que estamos haciendo es un
+pecado grave, es un crimen. ¿Quién puede privarme
+del arrepentimiento, de reconciliarme
+con Dios y ser bueno?» El arrepentimiento había
+sido en los últimos tiempos un vago deseo, gracias
+a la fatiga de su amor y aún más al miedo
+desapoderado que el infierno le inspiraba. Ahora
+se convirtió en verdadero anhelo. Verdad que
+ofrecía mayores atractivos. Rechazar el pecado
+valerosamente, purificarse, librarse del fuego
+eterno... y además poseer a Fernanda.</p>
+
+<p>Hacía tiempo que sus relaciones criminales
+no tenían más que un punto luminoso, Josefina.
+Si no fuese por ella, se hubiera marchado de
+Lancia. Esta criatura, blanca y silenciosa como
+un copo de nieve, que poseía la fragancia de los
+lirios, la inocencia de las palomas, la dulzura
+melancólica de una noche de luna, esparcía sobre
+su alma, atormentada por el remordimiento,
+un bálsamo que la refrescaba deliciosamente.
+¡Cuántas veces, teniéndola entre sus brazos, se
+preguntaba sorprendido cómo un ser tan inocente,
+tan puro, tan divino, pudiera ser hijo del
+pecado! Pero aun aquella misma niña era ocasión
+de nuevos y crueles tormentos. No verla a solas
+sino de tarde en tarde; hallarse obligado a disimular
+sus sentimientos, a besarla fríamente
+como los demás, más fríamente que los demás;
+no poder llamarla hija del corazón, no sentirla
+gorjear el tierno nombre de padre, le
+entristecía y en ciertos momentos le desesperaba.
+Desquitábase cuando una que otra vez,
+muy rara, le consentían llevarla a la Granja.
+Allí se pasaba las horas en éxtasis, teniéndola
+sobre sus rodillas, acariciándola frenéticamente.</p>
+
+<p>La niña se había acostumbrado a estas violentas
+expresiones de cariño y las agradecía. A
+veces sentía su cabecita blonda mojada por las
+lágrimas de su amigo. Alzaba los ojos sorprendida,
+pero viéndole sonreír, sonreía también
+y alargaba sus labios de coral para darle un
+beso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué lloras, Luis? ¿Tienes pupa?</p>
+
+<p>Josefina no entendía que hubiese motivo más
+grave en el mundo para llorar. Amaba a Luis
+tiernamente, y eso que le chocaba y entristecía
+la frialdad que con ella usaba ordinariamente.
+Poco a poco había ido adivinando, con precoz
+instinto, que el conde la quería más que los otros
+y que disimulaba. Ella también adoptaba, siguiendo
+el ejemplo, una actitud indiferente
+cuando se acercaba a él en público. Pero cuando
+estaban solos, entregábase con el mismo entusiasmo
+a las expansiones del cariño, y esto
+sin saber por qué, sin darse cuenta de lo que
+hacía.</p>
+
+<p>Desde el día en que su madrina ordenó que
+le cortasen el pelo, Josefina pudo notar que había
+caído en desgracia. Ya no la besaban con
+trasporte, ya no satisfacían sus mínimos antojos,
+ya no era la preocupación constante de la
+casa. Amalia comenzó a contrariarla, a usar
+con ella un tono frío y displicente; y las criadas
+siguieron el ejemplo de su señora. La pobre
+niña, sin comprender qué significaba aquel
+cambio, sintió su pequeño corazón apretarse;
+exploraba con sus bellos ojos profundos los
+semblantes y trataba de descifrar el enigma que
+guardaban. Se hizo más grave, más recelosa,
+más tímida. Y como viera que le negaban los
+juguetes o las golosinas que antes le otorgaban
+a manos llenas, se abstuvo de pedirlos.</p>
+
+<p>Amalia, en vez de gozar como antes con sus
+gracias infantiles, parecía huirlas. Dio orden de
+que no se la llevasen por la mañana a la cama,
+según costumbre. Cuando la tropezaba casualmente
+en los pasillos, pasaba de largo evitando
+mirarla. A todo más se acercaba preguntándole
+con acento displicente:</p>
+
+<p>&mdash;¿No te has lavado todavía? Anda, ve a
+que te arreglen. O bien: «Me han dicho que no
+has sabido la lección de catecismo. Te vas haciendo
+muy holgazana. Cuidado que seas buena,
+porque si no, te encierro en la cueva de los ratones.»</p>
+
+<p>Antes se ocupaba ella en tomarle las lecciones,
+en ponerle la aguja en la mano y guiar sus
+diminutos dedos. Ahora abandonaba casi siempre
+esta tarea a las doncellas. Vivía en un estado
+de preocupación sombría que no pasaba desadvertida
+a los criados. Josefina también la adivinaba;
+veía que su madrina estaba cambiada,
+no sólo con respecto a ella, sino en todo su modo
+de ser. Y allá, vagamente, en los limbos oscuros
+de su pensamiento se engendraba la idea de
+que estaba triste, que padecía y que ésta era la
+causa de su mal humor.</p>
+
+<p>Un día estaba la dama sola en su gabinete.
+Se había dejado caer en una butaca. Inmóvil,
+con la cabeza echada hacia atrás y las manos
+pendientes, parecía dormida. Sin embargo, Josefina,
+que rondaba el gabinete, se atrevió a mirar
+por la rendija de la puerta y observó que
+tenía los ojos abiertos, muy abiertos, y que su
+frente estaba temerosamente fruncida. Sin saber
+lo que se hacía, con esa ciega confianza que los
+niños tienen en sí mismos, empujó la puerta y
+penetró en la estancia. Acercose silenciosamente
+a la señora, y echándose repentinamente sobre
+su regazo, le dijo, clavando en ella una mirada
+de tímido afecto:</p>
+
+<p>&mdash;Dame un beso, madrina.</p>
+
+<p>La dama se estremeció.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo estás aquí? ¿Quién te ha dado permiso
+para entrar? ¿No te han dicho que no subas
+sin que te llamen?&mdash;preguntó frunciendo aún
+más el ceño.</p>
+
+<p>&mdash;Quería darte un beso&mdash;dijo con voz apagada
+Josefina.</p>
+
+<p>&mdash;Déjame de besos. Anda, y cuidado con subir
+otra vez sin mi permiso.</p>
+
+<p>Pero la niña, embargada por la emoción, no
+sabiendo a qué atribuir aquel despego y queriendo
+vencerlo a toda costa, próxima a llorar,
+se echó aún más sobre el regazo y trató de subirse
+para alcanzar su rostro.</p>
+
+<p>&mdash;Dame un beso, madrina.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quita! ¡Déjame!&mdash;replicó la dama impidiéndola
+alzarse.</p>
+
+<p>La niña se obstinó.</p>
+
+<p>&mdash;¿No me quieres? Dame un beso.</p>
+
+<p>&mdash;¡Que te quites, chicuela!&mdash;gritó enfurecida.&mdash;¡Lárgate
+ahora mismo!</p>
+
+<p>Al mismo tiempo le dio un fuerte empujón.
+Josefina, después de tambalearse, rodó por el
+suelo, dando con la cabeza en el pie de una silla.</p>
+
+<p>Alzose llevando la mano al sitio dolorido,
+pero no lloró. Un sentimiento de dignidad, que
+muchas veces se aloja con fuerza en los corazones
+infantiles, le prestó fortaleza para resistir
+el llanto que brotaba a los ojos. Dirigió a su
+madrina una mirada de indefinible tristeza y
+salió corriendo de la estancia. Cuando llegó a
+la escalera se dejó caer sobre un peldaño y rompió
+a sollozar.</p>
+
+<p>Las espinas de la vida comenzaron a clavarse
+cruelmente en las carnes delicadas de aquella
+niña, que hasta entonces sólo flores había hallado
+en su camino. El despego de Amalia fue creciendo
+de día en día. A la par crecía también la
+reserva y la timidez de su hija. Pero como al fin
+era niña, esta tristeza disipábase a veces al impulso
+de un capricho. Entonces era cuando realmente
+se mostraba la frialdad y ojeriza de la
+dama.</p>
+
+<p>&mdash;Señora, Josefina no quiere ponerse el vestido
+verde.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pues?</p>
+
+<p>&mdash;Dice que está sucio.</p>
+
+<p>Amalia se levantó, fue al cuarto de la niña
+y, cogiéndola por un brazo y sacudiéndola rudamente,
+le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué orgullo es ése? ¿No sabes, muñeca,
+que en esta casa no eres nadie? ¿Que estás aquí
+por misericordia? Ten cuidado no enfadarme,
+porque el día menos pensado te planto en la
+calle, de donde te he recogido.</p>
+
+<p>Las criadas escucharon estas palabras y las tuvieron
+bien presentes. Josefina hasta entonces había
+sido tratada como hija de los señores: en
+adelante se la consideró como una hija postiza:
+más tarde, como advenediza. La servidumbre se
+vengaba con placer de los minuciosos cuidados
+que antes se veía obligada a prodigarle, de
+aquellas ásperas reprensiones que recibían por
+su causa. En particular Concha, la microscópica
+doncella, experimentaba una alegría indecible,
+propia de su carácter maligno y rencoroso,
+cada vez que la señora mostraba de algún
+modo su desdén por la niña recogida.</p>
+
+<p>Ésta ocupaba una habitación que daba al jardín,
+alegre y espaciosa. Concha, aunque primera
+doncella y costurera de la casa, alojábase en
+un cuartucho lóbrego, con ventana al patio, que
+compartía con María. El gabinete de Josefina había
+sido siempre para ella objeto de envidia. Más
+de una vez la había expresado con palabras bien
+pesadas para aquélla. Aprovechándose de la
+disposición de su ama, obtuvo permiso para
+dormir también en este gabinete, a pretexto de
+que Paula, que ocupaba una alcoba contigua,
+tenía el sueño pesado. Instalose cómodamente,
+hizo uso del tocador y de los enseres de la niña.
+Pocos días después la mandó a dormir con María
+en su antiguo cuarto, sin decir una palabra
+a su ama. Cuando ésta lo supo, ya había pasado
+algún tiempo: la reprendió sin aspereza por
+no haberle dado parte, pero no modificó los hechos
+consumados.</p>
+
+<p>Más adelante se le ocurrió degradarla de otra
+manera. Josefina comía a la mesa con los señores.
+El alto y poderoso maestrante no había
+consentido en ello al principio: importunado
+por su esposa, cedió al fin, no sin repugnancia.
+Concha, penetrada de la ojeriza de su señora,
+comenzó a intrigar para privar de este honor a
+la recogida. Exagerando lo que daba que hacer,
+lo mucho que se manchaba y lo que perturbaba
+el servicio de la mesa, logró a la postre que no
+se sentase a ella y sí en una pequeñita que se le
+puso en el cuarto de la plancha, próximo a la
+cocina. A los pocos días la misma Amalia, en
+un acceso de mal humor, dijo que aquel doble
+servicio no podía ser tolerado y que se la llevasen
+a la cocina a comer con los criados.</p>
+
+<p>Concha la sentó en un taburete, le puso un
+plato de barro y una cuchara de madera en la
+mano y le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Come.</p>
+
+<p>La niña levantó la cabeza estupefacta; pero
+al ver la sonrisa maligna que brillaba en los
+ojos de la doncella, bajola de nuevo y se puso a
+comer sin protesta alguna. Concha no quedó
+satisfecha; deseaba que se rebelase; verla
+llorar.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es eso? ¿No te gusta la cuchara?...
+Pues, hija, come con ella, que también cómo yo
+y soy tan buena como tú... ¡Qué te creías, bobalicona!
+¿Pensabas que porque te ponían el sombrerito
+y la camisa de batista eras una señorita...
+Las señoritas no vienen metidas en un cesto
+entre trapos sucios...</p>
+
+<p>Y por ahí continuó soltando a chorros sarcasmos
+e insultos, hasta que al fin la pobre Josefina
+rompió a llorar. Las demás criadas, menos
+malévolas, se veían, no obstante, lisonjeadas
+por aquella humillación. Al fin se pusieron
+de su parte, trataron de consolarla, mientras
+Concha, despiadada, más dura y más fría que el
+mármol, siguió persiguiéndola largo rato con rechifla
+sangrienta.</p>
+
+<p>Pocos días después, al cruzar Josefina por el
+cuarto de la plancha para ir al comedor, oyó a
+Concha decir dirigiéndose a María:</p>
+
+<p>&mdash;Di, chica, ¿has planchado ya la ropa de la
+hospiciana?</p>
+
+<p>Se detuvo, sin saber a quién se refería, y paseó
+su mirada recelosa de una a otra doméstica,
+hasta que una carcajada, que ambas soltaron a
+la vez, le hizo comprender que se trataba de
+ella.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué me llamáis hospiciana?&mdash;exclamó
+la inocente pugnando para no llorar.&mdash;Lo voy a
+decir a mi madrina.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alza; corre a decírselo!&mdash;replicó Concha
+empujándola a la puerta.</p>
+
+<p>Desde entonces no se le dio otro nombre entre
+la servidumbre.</p>
+
+<p>Amalia prohibió que la llevasen por la noche
+al salón. El conde, que ya no veía a su hija
+mas que este momento, pidió explicaciones. La
+dama manifestó que, debiendo levantarse temprano
+para estudiar sus lecciones, necesitaba
+más sueño. No se dio aquél por convencido.
+Comprendía que se trataba de una ruin venganza;
+pero tuvo la prudencia de callar, temiendo
+mayor daño.</p>
+
+<p>A Amalia se le ocurrió entonces herirle de
+modo más directo. La niña, a quien había privado
+no sólo de sus caricias, sino de todas sus
+preeminencias en la casa, iba camino de ser una
+criadita más. En un instante quedó trasformada
+por completo. La señora dio orden de que se le
+guardasen todos los sombreros y vestidos y se
+le pusiese el más pobre y más viejo del guardarropa;
+que se le hiciesen delantales como a las
+demás criadas y se la emplease en los menesteres
+de la cocina que pudiese ejecutar.</p>
+
+<p>Los amores del conde y Fernanda eran cada
+día más notorios. Aunque en casa de Quiñones
+se guardaban de hablarse con intimidad, a la celosa
+valenciana no se le ocultaba lo que entre
+ellos existía. Sus ojos traspasaban como dos rayos
+de luz el cerebro de su amante y leían con
+claridad dentro de él. Luis estaba enamorado
+de su antigua novia. Las relaciones adúlteras
+le pesaban en el alma como una losa de piedra.
+Ella, la amada, la preferida de otros días, le
+parecía ahora vieja y marchita frente aquella
+espléndida rosa que acababa de abrirse por completo.
+Si no la había abandonado ya, era por debilidad
+de carácter, por el ascendiente poderoso
+que en siete años de relaciones había logrado
+adquirir sobre él. Pero no apetecía otra cosa.
+Lo leía perfectamente en sus miradas huidas;
+en la preocupación sombría que pesaba sobre él,
+rota algunas veces por súbita y extravagante
+alegría; en el temor y en el servilismo, cada vez
+mayores, con que se acercaba a ella.</p>
+
+<p>Una noche el conde pidió un vaso de agua.
+Los ojos de Amalia brillaron repentinamente.
+Había llegado el momento ansiado. Tiró de la
+campanilla y dijo con singular inflexión a la
+doncella que acudió:</p>
+
+<p>&mdash;Paula, que traigan un vaso de agua.</p>
+
+<p>Pocos instantes después se presentó Josefina,
+pobremente vestida, con un mandilito de tela
+burda, calzados los pies con toscos zapatos, soportando
+trabajosamente entre sus pequeñas
+manos una bandeja con vaso de agua y azucarillo.
+Los tertulios quedaron estupefactos. Luis
+empalideció. Avanzó la niña hasta el medio del
+salón, mirando tímidamente a su madrina. Esta
+le hizo seña de que se acercase al conde.</p>
+
+<p>Vaciló el caballero como si estuviese distraído;
+pero viendo a la criatura plantada delante
+de él, se apresuró a tomar el vaso y se lo llevó
+con mano temblorosa a los labios. Los ojos de
+Amalia se mostraban en tanto fríos, indiferentes;
+pero en sus labios había imperceptibles estremecimientos
+que revelaban el gozo cruel que sentía.
+En la tertulia reinó, mientras se efectuaba
+esta escena, un significativo silencio.</p>
+
+<p>Luego que Josefina hubo salido, la señora de
+Quiñones explicó a sus tertulios con naturalidad
+aquella mudanza. Se trataba de un castigo necesario
+al orgullo que la niña empezaba a mostrar
+con los criados. No duraría mucho. Sin embargo,
+necesitaba vencer a todas horas la voluntad de
+Quiñones, que se oponía a que fuese educada con
+tanto mimo.</p>
+
+<p>&mdash;La verdad es&mdash;concluyó diciendo con acento
+tan natural, que ninguna actriz lo hallaría más
+adecuado a la ocasión,&mdash;la verdad es que algunas
+veces no puedo menos de darle la razón en
+mi interior. ¿Qué bien le hacemos a esta pobre
+niña colocándola en una situación donde no ha
+de poder sostenerse? Mañana, que nosotros nos
+muramos, la pobre necesitará buscarse el sustento
+trabajando, si antes no encuentra un marido...
+¿Y qué marido le vamos a dar a una muchacha
+con necesidades y sin dinero?</p>
+
+<p>Los tertulios no cayeron en la trampa. En realidad
+tampoco ella lo pretendía. Todo aquello
+venía a reducirse a puro convencionalismo, pues
+a nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco
+después, no pudiendo dominar la molestia que
+sentía, el conde se despidió.</p>
+
+<p>&mdash;Este negocio de Luis no se presenta nada
+bien&mdash;decía a última hora Manuel Antonio en un
+grupo que se retiraba por la calle de Altavilla,
+donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jovita.&mdash;El
+matrimonio con Fernanda, si es que lo
+llega a realizar, le ha de costar muchos disgustos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Crees tú?...&mdash;preguntó María Josefa para
+tirarle de la lengua.</p>
+
+<p>&mdash;¡Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces
+a Amalia como yo?</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué tiene que partir Amalia en el matrimonio
+de Luis?&mdash;preguntó Jovita, que en su
+calidad de soltera, aunque hubiese cumplido
+los treinta y dos, le convenía hacer patente su
+candor.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay! Es verdad que teníamos aquí esta <i>fanciullina</i>&mdash;exclamó,
+haciendo cómicos ademanes
+de susto, el marica.&mdash;¡No me hacía cargo!...
+Nada, monina, nada; sigue adelante, que son cosas
+de los grandes...</p>
+
+<p>La hija del Jubilado se volvió iracunda al sentir
+el alfilerazo y replicó con una frase insolente.
+Pagole Manuel Antonio con otra, y se entabló
+animada disputa rebosando de palabras amargas
+e intencionadas que se prolongó hasta casa
+del Jubilado, no sin que éste hubiese hecho algunos
+vanos esfuerzos para poner paz entre ellos.
+La mejor parte la llevó, como siempre, el marica,
+que poseía para lanzar sus frases el vigor de
+los hombres y la sutil intención de las hembras.</p>
+
+<p>Al día siguiente el conde logró una entrevista
+con Amalia y le dio sus quejas por la escena de
+la noche anterior. La dama se manifestó amable,
+condescendiente, justificó su conducta por
+el bien de la niña. Luis observó, sin embargo,
+que hablaba de un modo particular: creyó percibir
+en la miel de sus palabras un dejo de amargura
+e ironía que le sobresaltó. Salió preocupado,
+inquieto: en algunos días no pudo quitar de
+sí el malestar de aquella entrevista.</p>
+
+<p>Pero el amor prendía fuego rápidamente en
+todos los aposentos de su alma y consumió al fin
+aquel último resto de preocupación. Estaba profundamente
+enamorado. Y como siempre acaece,
+a la par que crecía su amor aumentaba también
+su timidez. Al principio, en sus largas conversaciones
+con Fernanda, aparecía sereno, galante,
+no perdonaba medio de demostrar a su ex-novia
+su admiración y rendimiento. De repente comenzó
+a perder el aplomo, a huir todo asunto
+relacionado con sus propios sentimientos, a evitar
+las frases galantes. Fernanda no se equivocó.
+Ahora es cuando había llegado aquel amor,
+tras del cual tanto tiempo había corrido, que
+tantas lágrimas le había costado.</p>
+
+<p>Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indiferentes,
+tenían un sabor delicado, exquisito. Hablaban
+horas y horas, sin cansarse, de las cosas
+más insignificantes, por el placer de verse tan
+cerca, de escucharse.</p>
+
+<p>Fernanda charlaba con toda la alegría de su
+corazón, sin curarse de la timidez de su adorador,
+al contrario, gozando al ver el empeño pueril
+con que evitaba el confesar su amor, sabiendo
+que en cuanto ella diese la señal se entregaría
+atado de pies y manos.</p>
+
+<p>El momento llegó al fin. Un día la hermosa
+viuda se resolvió <i>a declararse ella</i>. Hablaban del
+matrimonio; de las segundas nupcias. Luis comenzó
+a sobresaltarse, a emitir sus opiniones
+con voz temblorosa, a tratar de huir la conversación.
+Fernanda dijo de repente con perfecta
+calma y en tono resuelto:</p>
+
+<p>&mdash;Yo no volveré a casarme segunda vez.</p>
+
+<p>Se puso pálido. La cara se le entristeció de
+tal manera que la joven, reprimiendo a duras penas
+una sonrisa, repitió con más resolución aún:</p>
+
+<p>&mdash;No volveré a casarme segunda vez... a no
+ser contigo.</p>
+
+<p>El conde la contempló desencajado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es de veras eso?&mdash;preguntó al fin con voz
+temblorosa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y tan de veras!&mdash;repuso ella mirándole
+sonriente.</p>
+
+<p>&mdash;Dame esa mano, Fernanda.</p>
+
+<p>&mdash;Tómala, Luis.</p>
+
+<p>Se las estrecharon fuertemente por unos momentos.
+El conde se levantó sin decir otra palabra.
+Cuando llegó a casa, le escribió una larga
+carta de seis pliegos pintándole con los más vivos
+colores su pasión, dándole fervorosas gracias,
+llamándose indigno gusano tres o cuatro
+veces.</p>
+
+<p>El matrimonio quedó concertado para cuando
+terminase el año de luto. Faltaban dos meses.
+Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia
+no se celebrase tampoco en Lancia. Unos días
+antes del prefijado saldría ella para Madrid; poco
+después se le juntaría él, y en la corte quedarían
+unidos para siempre.</p>
+
+<p>En los pueblos es muy difícil ocultar cualquier
+cosa: un proyecto de boda, imposible. Por
+la intensidad de la mirada cada par de ojos se
+convierte en cien pares; por su virtud acústica,
+cada oído en cien oídos. En sus pasos, en sus
+miradas, en el modo de saludarse y despedirse
+los ingeniosos lacienses adivinaban como verdaderos
+magos lo que pensaban, medían exactamente
+el progreso de aquellas relaciones que les
+tocaba en lo más vivo del corazón.</p>
+
+<p>Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante
+de la tétrica morada del conde, vio salir a
+la doncella con una caja de cartón en las manos.
+El marica sintió en la nariz olor de caza,
+tomó vientos un instante, y la siguió.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós, Laura&mdash;dijo pasando delante de ella.</p>
+
+<p>Y volviéndose de repente le preguntó en tono
+indiferente:</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo sigue tu amo?</p>
+
+<p>&mdash;El señor conde no está malo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! Pues me dijeron... Como no le veo
+hace dos días... ¿Vas de compras para la señora?</p>
+
+<p>&mdash;Son camisetas para el señor conde.</p>
+
+<p>&mdash;¿De casa de Ramiro?... Déjame verlas, yo
+también tengo que comprar.</p>
+
+<p>La doncella abrió la caja y el marica se puso
+a examinar el contenido.</p>
+
+<p>&mdash;Son muy finas. Esto es demasiado caro para
+mí, hija.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor, son caras. Pues el señor conde
+todavía no las encuentra buenas. Quiere a toda
+costa que sean de seda, y por más que anduve
+todos los comercios, no las hay. No tiene más
+remedio que encargarlas.</p>
+
+<p>&mdash;¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va a
+casar.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no sé nada de eso, señorito&mdash;se apresuró
+a replicar la criada con señales de turbación.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quita allá, hipocritona!&mdash;exclamó riendo.&mdash;Tú
+lo sabes como yo y como todo el mundo...
+¿Y para cuando?</p>
+
+<p>&mdash;Le digo que no sé nada.</p>
+
+<p>Pero el marica insistió tanto, se mostró tan
+expresivo y familiar que al cabo de un rato la
+criada desembuchó lo que tenía dentro.</p>
+
+<p>&mdash;Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo
+lo que hay, pero creo que se casa y pronto. El
+otro día oí unas palabras a la señora condesa...</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué palabras?</p>
+
+<p>&mdash;Decía al ama de llaves que, en cuanto su
+hijo se fuese, iría a pasar una temporada a la
+Granja. Después, mirando por el agujero de la
+llave, la vi llorar. Además, Fray Diego estuvo
+anteayer en casa... pero no sé si debo decirle...</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, mujer, ¿qué importa? ¿Te figuras
+que yo soy una gaceta?</p>
+
+<p>&mdash;Pues le oí decir al tiempo de despedirse:
+«Nada, nada; tienen mucha razón; es mucho
+mejor que lo hagan en Madrid. Éste es un pueblo
+muy envidioso...»</p>
+
+<p>El gozo que sintió Colón al descubrir la tierra
+del Nuevo Mundo no fue nada en comparación
+con el de nuestro marica. No sólo sabía sin género
+de duda que se casaban, sino dónde había
+de efectuarse la ceremonia. Embarazado por noticia
+tan capital y queriendo aliviarse enseguida
+de aquel peso, se puso a imaginar sobre quién
+haría más efecto. Su pensamiento fue derecho a
+Amalia. Hacia el palacio de Quiñones enderezó,
+pues, sus menudos y graciosos pasos.</p>
+
+<p>Era la hora del oscurecer. Halló a la señora
+sentada en su gabinete, sin luz, entregada sin
+duda a una de esas intensas y dolorosas meditaciones
+que desde hacía algún tiempo la embargaban.
+Manuel Antonio se mostró jovial y decidor,
+trató de alegrarla cuanto pudo, atrayendo
+de nuevo la sangre a aquel corazón ulcerado
+para que la puñalada fuese más dolorosa. Pidió
+chocolate, lo tomaron jaraneando lindamente:
+Amalia llegó a olvidarse de sus preocupaciones.
+Y cuándo más olvidada estaba ¡zas! la bomba.
+Pero dejada caer suavemente, con arte infinito,
+el arte que sólo posee una mujer, reforzado por
+el ingenio masculino.</p>
+
+<p>Lo único que sintió fue no poder verle la cara.
+El gabinete estaba ya casi en tinieblas. Pero advirtió
+bien claramente el destrozo de la explosión
+en el sonido de la voz, en la frialdad de la mano
+al despedirse.</p>
+
+<p>Amalia quedó en pie, rígida, inmóvil, largo
+rato. Apoyose en la cortina de crespón para mirar
+a la calle y la destrozó. Trató de abrir su
+escritorio para tomar el pomo de esencia, pero
+dio demasiada vuelta a la llave y estropeó la cerradura.</p>
+
+<p>Salió de la estancia y vagó, por los pasillos
+oscuros y escaleras, con incierta planta, como un
+fantasma. Allá a lo lejos vio un punto luminoso y
+se dirigió hacia él involuntariamente como una
+mariposa. Era el comedor, que ya estaba alumbrado.
+Sentada a la mesa, armando unos pastorcitos de
+barro, restos de su pasada riqueza, estaba
+Josefina. La pantalla de la lámpara proyectaba
+viva luz sobre su cabecita monda y dorada como
+una naranja. Amalia se detuvo un instante y la
+contempló con ardiente mirada, devorando con
+los ojos aquel semblante grave y melancólico que
+tan fielmente reflejaba el de Luis. Dio un paso
+y la niña volvió la cabeza. La mirada de sus
+ojos azules era igualmente dulce y triste; el movimiento
+de las pestañas, idéntico. La esposa del
+maestrante salvó de dos pasos la distancia que la
+separaba y cayó sobre ella como un tigre hambriento.
+Golpeó, mordió, desgarró. Sus uñas dejaron
+al instante surcos morados en aquel rostro
+cándido. La sangre comenzó a brotar. La niña,
+loca de terror, lanzaba chillidos penetrantes.
+Apenas tuvo tiempo a ver a su madrina. No sabía
+qué era aquello. Amalia, insaciable, golpeaba,
+hería sin cesar. Los gritos de la víctima hacían
+crecer su furor. Se detuvo rendida al fin.</p>
+
+<p>&mdash;Madrina, ¿qué hice?&mdash;exclamó la pobre niña
+huyendo hacia un rincón.</p>
+
+<p>Esta pregunta, la mirada de angustia con que
+la acompañó, enfurecieron de nuevo a la dama.
+Volvió a golpearla despiadadamente. La criatura
+se tapaba el rostro con las manos. Entonces
+le cogía las orejas, las estrujaba hasta arrancarlas.
+No satisfecha todavía, irritada de no poder
+herirla en la cara, tomó un plumero que había
+sobre la mesa, y con el mango comenzó a sacudirle
+sobre las manos, dejándolas cubiertas de
+cardenales.</p>
+
+<p>Al fin consiguió salvarse. Las criadas, que
+habían acudido y presenciaban atónitas la escena,
+dejáronla paso y huyó por los pasillos y tomó
+por la escalera. La puerta de la calle estaba
+abierta. El cochero, al llevar los caballos al
+agua, la había dejado así. Josefina salió de la
+casa y corrió desalada por la calle de Santa Lucía,
+penetró en la travesía de Santa Bárbara,
+atravesó la plazuela del Obispo y, bajando por
+la calle de la Sastrería, salió por la puerta de
+San Joaquín a la carretera de Sarrió.</p>
+
+<p>Había cerrado ya la noche. Caía suavemente
+una lluvia menuda, pero espesísima, que en poco
+tiempo la caló hasta los huesos. La desgraciada
+criatura corrió todavía algún tiempo y al fin se
+detuvo jadeante. El pretil de la carretera estaba
+bajo en aquel sitio y se sentó. Entonces fue
+cuando sintió el dolor de los golpes. Llevose las
+manos a la cabeza, después a la cara, por donde
+sentía correrle un líquido caliente, que al principió
+pensó sería la lluvia.</p>
+
+<p>Pronto se convenció de que era sangre. ¡Sangre!
+¡La cosa en el mundo a que ella tenía más
+terror! Dominada aún por el susto, no se quejó.
+Levantó la falda de su vestidito y se secó, o por
+mejor decir, se lavó la cara, porque el vestido
+estaba mojado.</p>
+
+<p>Pero lo que más sentía, lo que le dolía de un
+modo horrible eran las manos. No sabiendo qué
+hacer para aliviarse, comenzó a soplarlas. Luego
+las chupó. Pero el dolor era tan recio que exclamó
+al fin sollozando:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay mis manos!</p>
+
+<p>En aquel momento se alzaron ante ella entre
+las sombras de la noche dos enormes figuras que
+la dejaron helada de espanto. Una de ellas se
+abalanzó y la cogió por un brazo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué haces ahí?&mdash;dijo con voz bronca.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3>
+
+<p class="cab">La justicia del barón.</p>
+
+
+<p>En una gran sala de la casa solariega
+de los Oscos, amueblada con cuatro
+trastos viejos, tapizada con dos dedos
+de polvo, se encuentran sentados a una antigua
+mesa de roble dos conocidos personajes de esta
+historia. Uno es el propio barón, dueño de la
+casa. El otro, su amigo Fray Diego. Tienen delante
+un tarro de ginebra vacío, otro a medio
+vaciar y sendas copas. Ni mantel, ni tapete, ni
+bandeja; el único adorno de la mesa son las
+manchas caprichosas que el vino y la ginebra
+en feliz consorcio con el polvo han ido dejando
+con el trascurso de los meses y los años. La estancia
+es lóbrega, porque la calle del Pozo lo es
+y porque los cristales emplomados, hace años ya
+que no se han limpiado, y porque la tarde está
+declinando.</p>
+
+<p>A la poca luz que allí consigue penetrar puede
+verse la faz de ambos excesivamente roja, tan
+roja que parece imposible no brote la sangre
+de sus ojos encarnizados. La del barón ha llegado
+al límite de su fiera y espantable fealdad.
+Aquella cicatriz sangrienta que le surca el rostro
+se destaca ahora con todas sus rugosidades,
+tan áspera y negra que da grima verla. Sus bigotes
+cerdosos, unidos a las patillas, son ya más
+blancos que negros. Viste zamarra negra y cubre
+su cabeza una gran boina roja cuya borla
+cae arremolinada, unas veces sobre las orejas,
+otras sobre las narices, según los movimientos
+que imprime a su torso de ogro.</p>
+
+<p>Hace largo rato que guardan silencio. Fray
+Diego de vez en cuando lleva la mano al tarro de
+la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la
+suya, y gravemente la apura de un trago. El barón
+no es tan expedito: toma su copa, la sube a
+la altura de los ojos y hace frente ella una serie
+de muecas a cual más horrorosa; después la toca
+con el borde de los labios, vuelve a las muecas,
+vuelve a tocarla; por fin, después de largos ensayos
+y vacilaciones, se decide a apurarla.</p>
+
+<p>De esta manera grave y prudente se solazan
+los dos antiguos soldados de D. Carlos casi todas
+las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay
+entre sus jocosos habitantes entabladas varias
+apuestas sobre cuál de los dos moriría primero
+de apoplejía.</p>
+
+<p>Fray Diego había servido también en las filas
+del Pretendiente. Luego se había ordenado, se
+hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se
+secularizó y vivía en Lancia como capellán suelto.
+Mientras la guerra no se habían conocido.
+Cuando se encontraron en Lancia quedaron
+unidos con indisoluble amistad por la identidad
+de ideas, por el recuerdo de las gloriosas batallas
+a que asistieron... y por la ginebra.</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva el papa soberano de todos los reyes
+de la tierra!&mdash;exclamó después de largo silencio,
+en que ambos parecían dormitar, Fray Diego.
+Al mismo tiempo dio un tremendo puñetazo
+sobre la mesa que hizo bailar los tarros y las
+copas.</p>
+
+<p>El barón no se conmovió poco ni mucho. Siguió
+haciendo guiños a la copa que tenía delante
+y, después de apurarla muy reposadamente y chasquear
+tres o cuatro veces la lengua, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Despacio, despacio, Fray Diego; usted no
+sabe todavía lo que son los papas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva el papa soberano de todos los reyes
+de la tierra!&mdash;volvió a exclamar el cura, dando
+otro puñetazo más fuerte.</p>
+
+<p>&mdash;Cuidado, Fray Diego, que los papas han
+sido siempre muy ambiciosos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor barón!&mdash;exclamó el clérigo con voz
+enfática de cómico de la legua.&mdash;¡Tiene usted el
+alma tan fea como el rostro!</p>
+
+<p>El barón quedó tan sosegado ante aquel insulto.
+Después de un rato dijo con perfecta tranquilidad:</p>
+
+<p>&mdash;No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver
+mi cara en estos asuntos? Yo soy católico, apostólico,
+romano; pero si mañana el rey, nuestro
+señor (llevose la mano a la boina al decir esto),
+me manda con un destacamento a Roma, voy a
+allá como el condestable de Borbón, la saqueo y
+prendo al pontífice.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo digo que si Su Santidad me mandase
+meter una cuarta de bayoneta por el ombligo a
+ese condestable, tenga usted por seguro que le
+metía dos.</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo no?&mdash;rugió el capellán poniéndose
+carmesí.</p>
+
+<p>&mdash;Porque el condestable ha muerto hace tres
+siglos.</p>
+
+<p>&mdash;Me alegro. Tres siglos hace que arde en los
+infiernos.</p>
+
+<p>&mdash;Todo eso está muy bien, <i>pater</i>, pero el rey
+siempre arriba, ¿estamos? y los demás a callar y
+obedecer.</p>
+
+<p>&mdash;¡El papa no calla nunca, señor barón!</p>
+
+<p>&mdash;Pues se le pone una mordaza.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces
+porra! quién se la ponía estando cerca Fray Diego
+de Areces!&mdash;gritó el clérigo alzándose convulso
+y echando fuego por los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Siéntese, <i>pater</i>, y cálmese y escancie otra
+copita, que Fray Diego de Areces no es más que
+un cazuela.</p>
+
+<p>El capellán se serenó repentinamente, vertió
+delicadamente el licor en las dos copas y apuró
+la suya con deleite, después de lo cual dejó caer
+la cabeza sobre el pecho, los párpados se le bajaron
+y se puso a dormitar. El barón, radiante de
+alegría, le contemplaba fijamente con ojos socarrones,
+aprovechándose de su ausencia temporal
+para escanciarse otra copita, «de nones,» como
+él decía.</p>
+
+<p>Era constante particularidad de aquellas dulces
+sesiones el que la ginebra trocase el carácter
+de ambos. El genio irascible, impetuoso del
+barón se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase,
+mientras duraba la benéfica influencia del
+alcohol, alegre, comunicativo, conciliador; ninguna
+palabra le molestaba, nada le parecía suficiente
+motivo para encolerizarse. En cambio,
+Fray Diego, que en estado normal era un bendito,
+siempre jovial y chancero, tornábase un
+diablo disputador y quisquilloso, adquiría de
+pronto humor guerrero que nadie sospecharía
+bajo su rostro redondo y plácido de beata ajamonada.</p>
+
+<p>Despabilose al cabo de pocos minutos, miró
+al barón algunos momentos fijamente con extraña
+ferocidad y profirió estropajosamente:</p>
+
+<p>&mdash;Quisiera, señor barón, que me explicase usted
+qué entiende por cazuela.</p>
+
+<p>&mdash;¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A
+usted qué le importa que signifique uno u otro?</p>
+
+<p>&mdash;Es que yo quisiera... ¡entendámonos!</p>
+
+<p>&mdash;Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos
+cuartillos de ginebra entre pecho y espalda y yo
+otros dos... o algo más&mdash;añadió haciendo un número
+prodigioso de guiños.</p>
+
+<p>&mdash;¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Entendámonos
+de una vez, porra!</p>
+
+<p>&mdash;Aquí ya no hay barones ni frailes&mdash;exclamó
+el noble en un arrebato de buen humor alzándose
+de la silla.&mdash;Aquí sólo quedan el tío Francisco,
+que soy yo, y el tío Diego; que eres tú, ¿estamos?...
+Vengan esos cinco...</p>
+
+<p>Al avanzar con la mano extendida dio algunos
+traspiés, pero se mantuvo firme.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vengan esos cinco, valiente!</p>
+
+<p>El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora un abrazo por el rey legítimo de las
+Españas.</p>
+
+<p>&mdash;¡No me hable usted de abrazos!...&mdash;gritó el
+clérigo enfoscándose de nuevo.&mdash;Me acuerdo del
+abrazo de Vergara, y ¡porra!...</p>
+
+<p>&mdash;No te apures, compadre, que ya nos la pagarán.</p>
+
+<div class="poem">
+<i>¡Ay, ay, ay! mutilá</i><br />
+<i>&nbsp;Chapelen gorriá.</i><br />
+</div>
+
+<p>Y se puso a cantar roncamente el himno carlista;
+pero interrumpiéndose de pronto:</p>
+
+<p>&mdash;¡Eh, tío Diego, a cantar! Dejémonos ahora
+de lágrimas...</p>
+
+<p>En efecto, su amigo lloraba en aquel momento
+lágrimas como avellanas, recordando la traición
+de Vergara.</p>
+
+<p>&mdash;¡Arriba, coracero! ¿A que no te pesaría de
+que bebiésemos una copita por el exterminio de
+todos los <i>negros</i>?</p>
+
+<p>Fray Diego se declaró, con un movimiento de
+cabeza, partidario en principio de este brindis
+consolador, pero no se movió de la silla.</p>
+
+<p>Bebieron otra copa, y su efecto fue tan prodigioso
+en el alma tradicional del barón, que se
+puso inmediatamente a bailar el zapateado inglés
+sobre la mesa, sin que Fray Diego dejase por
+ello de verter abundantes lágrimas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hum! No me gusta este baile de <i>extranjis</i>&mdash;manifestó
+al fin bajándose de un salto;&mdash;prefiero
+la <i>danza prima</i>. Ven acá, tío Diego...</p>
+
+<p>Y a la fuerza, cogiéndole por las manos, lo
+alzó de la silla y se puso a dar vueltas con él,
+entonando uno de los cantos largos y monótonos
+del país. Fray Diego se sintió rejuvenecido. Recordaba
+sus tiempos de mastuerzo allá en la aldea,
+cuando su tío el cura de Areces le molía a
+palos porque saltaba de noche por la ventana
+para ir a cortejar las mozas de los pueblos vecinos.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, Diego&mdash;dijo el barón parándose repentinamente.&mdash;¿No
+te parece que antes de seguir
+bebamos una copita por el alma de nuestros mayores?</p>
+
+<p>Asintió el fraile de buen grado; pero las copas
+yacían rotas por el suelo y los tarros vacíos. El
+barón abrió un armario y sacó de él nuevos elementos
+de <i>vida espiritual</i>. Esta copa funeraria le
+inspiró una idea felicísima; la de cubrir la cabeza
+del capellán con su boina y adornarse él
+con el canalón de éste, que descansaba sobre una
+silla. Así vestidos volvieron a la danza, haciendo
+dos figuras realmente interesantes.</p>
+
+<p>El barón dio un traspié y cayó.</p>
+
+<p>&mdash;Alza, tío Diego.</p>
+
+<p>El fraile le cogió de nuevo las manos que había
+soltado y tiró con fuerza hacia arriba. Pero
+el peso del noble le doblegó y rodaron los dos
+por el suelo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alza, tío Diego!</p>
+
+<p>&mdash;¡Alza, tío Francisco!</p>
+
+<p>Ambos se revolcaban soltando bárbaras carcajadas.
+El barón logró al fin ponerse en pie. El
+capellán le imitó al cabo de un rato. Pero su
+alma, iluminada un momento por los recuerdos
+de la juventud, cayó otra vez repentinamente en
+la sangre y el exterminio. Se dirigió ferozmente
+a su amigo.</p>
+
+<p>&mdash;Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me
+ha llamado usted cazuela hace poco? ¿eh? ¿eh?
+¿por qué?</p>
+
+<p>&mdash;Te lo explicaré enseguida, hombre&mdash;repuso
+el barón con calma;&mdash;pero antes beberemos una
+copa por la congregación de todos los fieles cristianos,
+cuya cabeza visible es el papa... digo, si
+te parece.</p>
+
+<p>El capellán no puso obstáculo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues te he llamado cazuela&mdash;prosiguió
+chasqueando la lengua&mdash;porque una cazuela,
+¿sabes tú? una cazuela sirve para que la llenen
+de patatas guisadas.</p>
+
+<p>Dicho esto, el barón cayó en un espasmo de
+alegría tan violento que por poco se ahoga.
+Mientras tanto, los ojos saltones de su camarada
+le miraban con tal expresión amenazadora
+que parecía que iban a brincar de las órbitas y
+lanzarse sobre él; crecían por momentos como
+los de una langosta.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué de patatas guisadas? Yo tengo
+tantos hígados como usted, ¡porra! y lo he probado
+en la acción de Orduña y en la de Unzá, y
+por algo tengo en mi casa seis cruces.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú? ¿tú?&mdash;dijo el caballero sin poder sosegar
+la risa.&mdash;Tú nunca has servido más que
+para hacer el rancho al escuadrón.</p>
+
+<p>El furor del fraile no tuvo límites al escuchar
+esto. Gritó, pateó, dio espantosos puñetazos sobre
+la mesa. Por último, lanzose hacia la puerta
+y desde su marco comenzó con descompuestos
+ademanes a apostrofarle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso lo dice usted porque está usted en su
+casa! ¡Salga usted fuera a decirlo! ¡Salga usted
+conmigo!</p>
+
+<p>El barón le miraba con risueña curiosidad.</p>
+
+<p>&mdash;Calma, calma, tío Diego.</p>
+
+<p>&mdash;¡Salga usted a matarse conmigo!... Con sable,
+con pistola, con lo que usted quiera...</p>
+
+<p>&mdash;Bien, hombre, bien; saldremos a matarnos...
+pero sólo por darle a usted gusto...</p>
+
+<p>Fue con paso vacilante hacia la alcoba y a
+tientas, porque ya la oscuridad era completa,
+metió las manos en el armero y sacó dos grandes
+sables de caballería.</p>
+
+<p>&mdash;Toma&mdash;dijo alargando uno al capellán.</p>
+
+<p>Éste lo sacó de la vaina y se puso a esgrimirlo.
+Mientras llevaba a cabo la prueba, D. Francisco
+le contemplaba rebosando de satisfacción.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, vamos ya&mdash;dijo el fraile envainando.&mdash;En
+marcha.</p>
+
+<p>Y tomando el canalón, que andaba por el suelo,
+y ocultando el sable debajo de los manteos,
+salió por la puerta. El barón cogió la boina, se
+puso un grueso montecristo de abrigo y le siguió.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alto!&mdash;exclamó antes de que hubiera dado
+cuatro pasos.&mdash;¿No te parece que echemos la
+espuela?</p>
+
+<p>Fray Diego dejó escapar un gruñido afirmativo.</p>
+
+<p>Entraron otra vez en la sala y, tentando el
+suelo, tropezaron con el tarro de la ginebra, que
+no estaba agotado por completo. Dieron con las
+copas y se escanciaron todo lo que había. Acto
+continuo salieron a la calle.</p>
+
+<p>El pavimento de gruesos guijarros estaba mojado.
+Caía una lluvia menudísima, tan espesa
+que en poco tiempo calaba la ropa como el más
+fuerte aguacero. La noche había cerrado casi por
+completo. Y como, según las prácticas municipales,
+faltaba todavía un buen cuarto de hora
+para encender los famosos reverberos de aceite,
+las tinieblas envolvían a la empapada ciudad.</p>
+
+<p>Los dos héroes, animados por el espíritu de la
+guerra, caminaron con decisión por la calle del
+Pozo, el clérigo delante, el noble detrás, ambos
+embozados hasta los ojos y apretando bajo el
+brazo el instrumento de muerte que cada cual
+llevaba. Entraron en la calle de las Hogueras,
+pasaron por bajo los muros de la Fortaleza y salieron
+a la vía que ciñe la antigua muralla de
+la población. A medida que el agua, filtrándose
+al través de los abrigos, refrescaba sus carnes,
+se iban paulatinamente equilibrando sus humores.
+El de Fray Diego tendía visiblemente
+a serenarse, arrojaba uno a uno los negros velos
+que le oprimían. Pero estos velos los recogía
+todos el barón y envolvía con ellos su espíritu
+altivo y cruel. Ambos avanzaban impávidos al
+través de la noche y la lluvia, presagiando la
+muerte.</p>
+
+<p>Siguieron un buen trecho a lo largo de la muralla
+y al llegar a la carretera de Sarrió tomaron
+por ella. No habían andado cinco minutos
+cuando oyeron cerca un gemido. Pararon en firme,
+y acercándose al pretil distinguieron un bulto;
+se aproximaron un poco más y vieron sentada
+una niña.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué haces ahí?&mdash;dijo el barón, agarrándola
+por un brazo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Perdón!&mdash;exclamó Josefina en el colmo del
+terror.&mdash;¡Por Dios, no me pegue usted, señor!
+Ya me pegaron mucho.</p>
+
+<p>La mano del caballero se aflojó repentinamente
+y, cambiando de voz y de tono, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo
+estás aquí a estas horas?</p>
+
+<p>&mdash;Me ha pegado mucho mi madrina y me escapé
+de casa.</p>
+
+<p>&mdash;¿No tienes padres?</p>
+
+<p>&mdash;No, señor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Vives en Lancia?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién es tu madrina?</p>
+
+<p>&mdash;Una señora.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo se llama?</p>
+
+<p>&mdash;Amalia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Porra!&mdash;exclamó Fray Diego, dándose una
+palmada en la frente.&mdash;Es la niña recogida por
+D. Pedro Quiñones.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es verdad que se llama D. Pedro el marido
+de tu madrina?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás
+bien. Vente con nosotros.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, no, por Dios! ¡No me lleven a mi madrina!</p>
+
+<p>&mdash;No, no iremos allí. ¡Estás mojada, criatura!&mdash;añadió
+palpando su ropa.&mdash;Anda, anda.</p>
+
+<p>Los dos héroes habían depositado los sables
+sobre el pretil. Cuando echaron a andar hacia
+Lancia, llevando a la niña en el medio, allí los
+dejaron olvidados sin reparar en que la humedad
+desluce y enmohece el acero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué te ha pegado tu madrina?&mdash;preguntaba
+Fray Diego mientras caminaban despacito
+para acomodarse al paso de la niña.</p>
+
+<p>&mdash;Porque estaba jugando con los pastores.</p>
+
+<p>&mdash;¡Los pastores!... ¿Pero los pastores de don
+Pedro vienen a dormir a casa?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor; duermen en la caja de cartón.</p>
+
+<p>&mdash;A ver, a ver, chica, ¿qué estas diciendo ahí?&mdash;profirió
+el capellán deteniéndose.</p>
+
+<p>De la investigación entablada inmediatamente
+resultó que los pastores eran de barro. Fray
+Diego emprendió nuevamente la marcha, resguardando
+con sus manteos el frágil cuerpo de
+la criatura.</p>
+
+<p>Pero al ponerle una de las veces la mano en la
+cara observó, con sorpresa, que la humedad que
+le mojó los dedos era caliente. Comunicada esta
+observación con su antagonista, y como quiera
+que ya habían llegado a las primeras casas de la
+ciudad, metieron a la niña en un portal, encendió
+el barón un fósforo y la reconocieron. Tenía
+todo el rostro bañado de sangre, que manaba de
+algunos profundos arañazos, las manos cubiertas
+de cardenales. Los dos héroes se miraron
+aterrados, y la misma ola de indignación encendió
+sus mejillas. El barón dejó escapar una serie
+de imprecaciones fulminantes. Éstas y su
+feo rostro espantable hicieron tal impresión en
+Josefina, que huyó gritando a un rincón. Consiguieron,
+no sin trabajo, tranquilizarla, y después
+de secarle el rostro con un pañuelo, Fray
+Diego la cogió en brazos (el barón lo había intentado
+en vano), tapola bien con sus manteos y
+emprendieron la marcha hacia la casa solariega
+de los Oscos.</p>
+
+<p>Allí le hicieron la primera cura. El barón,
+que en la campaña había adquirido algunos conocimientos
+de cirugía, le lavó cuidadosamente
+las heridas, las cerró con aglutinante y curó las
+contusiones con cierto ungüento eficaz que poseía.
+Las manos rudas de aquellos veteranos
+parecían de seda al tocar la piel de la niña. Una
+mujer no la hubiera curado con más delicadeza,
+con tal atención y esmero.</p>
+
+<p>Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel señor
+tan feo no era malo. Se atrevió a pedir agua. El
+barón respondió que no se estilaba en aquella
+casa, y que lo mejor que le vendría ahora para
+quitar el susto era una copita de Jerez. Hízola
+traer, y luego que la niña la hubo bebido, los
+dos campeones del rey legítimo se retiraron a
+un rincón de la sala a deliberar.</p>
+
+<p>Resolvieron que lo práctico en aquel momento
+era llevar la niña a casa de Quiñones. El barón
+se encargaba de entregarla. Antes calentaría
+muy bien las orejas a su madrina; le diría que
+era una indigna mujerzuela, una criatura vil y
+perversa, y que si otra vez osaba maltratar a
+aquella pobre niña desvalida, iría a su casa a
+cortarle las orejas y atarla después por el moño
+a la cola de su caballo y arrastrarla así por toda
+la ciudad. Fray Diego no estaba conforme con
+tanta crueldad, pero el barón ni por Dios vivo
+quiso alterar poco ni mucho aquel plan siniestro
+de terrible ejemplaridad.</p>
+
+<p>Costó trabajo persuadir a Josefina a que viniese
+con ellos. Consiguiéronlo después de prometerle
+que su madrina no volvería a pegarla y que
+sería para ella muy buena de allí en adelante. ¡No
+faltaba más! Como se atreviera a tocarla siquiera
+en un pelo, ¡rayo de Dios! le retorcía el pescuezo
+como a una gallina, la desollaba viva a correazos
+con el freno de su caballo. El rostro de
+aquel señor era tan espantoso al proferir tales
+amenazas, que la niña no dudó un instante de
+su cumplimiento.</p>
+
+<p>Mientras caminaban hacia la mansión de los
+Quiñones, el barón no cesó de vomitar injurias y
+amenazas de muerte contra la esposa del maestrante.
+Fray Diego procuraba inútilmente calmarle.
+Sus instintos sanguinarios se iban exacerbando
+de tal modo, que el ex-fraile, temiendo una
+catástrofe, se despidió al llegar a la puerta del
+palacio.</p>
+
+<p>El barón tiró de la campana. Como no sabía
+la costumbre feudal de la casa, no tiró más que
+una vez. Tardaron en abrirle juzgándole plebeyo.
+La sorpresa del criado fue grande al ver a
+aquel terrible señor, que tanto respeto infundía
+en la ciudad, y se apresuró a pedir perdón de no
+haber acudido más a tiempo a abrirle. El barón
+preguntó por don Pedro Quiñones. Le hicieron
+pasar y el criado subió delante por la gran escalera
+de piedra. Al llegar al piso principal le
+rogó que aguardase mientras le anunciaba.</p>
+
+<p>Pocos momentos después se presentó Amalia.
+Dirigió una penetrante mirada de rencor a la
+niña, que el barón tenía de la mano, y dijo dirigiéndose
+a éste con frialdad y altivez:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué deseaba usted?</p>
+
+<p>&mdash;Venía a entregar esta niña que he recogido
+en la calle... y al mismo tiempo a hablar con
+don Pedro o con usted cuatro palabras.</p>
+
+<p>Al proferir esta última, la voz del barón se alteró
+de un modo perceptible.</p>
+
+<p>&mdash;¿No me conoce usted?&mdash;añadió, viendo que
+la dama le miraba fijamente sin contestar.</p>
+
+<p>En los pueblos casi todos se conocen, sobre
+todo las personas de viso, aunque no se traten.
+Sin embargo, Amalia replicó descaradamente:</p>
+
+<p>&mdash;No tengo ese honor.</p>
+
+<p>&mdash;Soy el barón de los Oscos.</p>
+
+<p>La dama hizo una inclinación de cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;Paula&mdash;dijo dirigiéndose a una criada que
+había acudido,&mdash;llévate esa chica. Tú, Pepe, enciende
+las lámparas del gabinete azul.</p>
+
+<p>Cuando estuvieron solos, la señora se sentó,
+invitó con majestuoso ademán al barón para que
+hiciese lo mismo, y esperó mirándole con extremada
+curiosidad, pero sin asomo de temor.</p>
+
+<p>&mdash;Señora&mdash;comenzó el barón,&mdash;he hallado a
+esa niña en la carretera de Sarrió cubierta de
+sangre y llena de cardenales. Le he preguntado
+quién la había puesto así, y me respondió que
+su madrina. Yo no puedo creer...</p>
+
+<p>&mdash;Puede usted creerlo, porque es exacto&mdash;dijo
+Amalia interrumpiéndole.</p>
+
+<p>El barón quedó parado y confuso. Al cabo
+prosiguió:</p>
+
+<p>&mdash;Es posible que usted tuviera razón para
+castigarla, pero me duele en el alma...</p>
+
+<p>Amalia volvió a interrumpirle:</p>
+
+<p>&mdash;Y a mí me duele mucho ese dolor que usted
+siente.</p>
+
+<p>&mdash;Mi objeto al venir aquí&mdash;manifestó el barón,
+que por momentos iba perdiendo su aplomo,&mdash;era
+prevenir a usted...</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo?</p>
+
+<p>&mdash;Era rogarle que, ya que ha tenido la caridad,
+según me han manifestado, de recoger esa
+desgraciada criatura expósita, continuase su
+buena obra protegiéndola, amparándola, educándola...
+y cuando tuviese necesidad de castigarla
+lo hiciese con clemencia, pues la pobre es
+una criaturita tierna y débil, y los golpes pudieran
+concluir con su vida...</p>
+
+<p>&mdash;¿Es eso todo lo que usted tenía que decirme?&mdash;preguntó
+fríamente la dama.</p>
+
+<p>La faz temerosa del barón se congestionó súbito
+al escuchar esta pregunta, inyectáronse sus
+ojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran relieve
+sobre la superficie del rostro en virtud sin
+duda de algunos movimientos volcánicos de lo
+interior. Escucháronse allá en la garganta ruidos
+formidables, sordos estampidos, presagio
+de violenta erupción. Pero al cabo aquellos
+ruidos se apagaron, cesaron los movimientos de
+trepidación, y el cráter, en vez de despedir una
+corriente de lava fundida, como era de temer,
+rocas, cenizas y otras materias volcánicas en
+ebullición, dejó escapar débilmente estas dos
+palabras:</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señora.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, pues agradezco a usted mucho el interés
+que se toma en este asunto, y aprovecho la
+ocasión para decirle en nombre de Quiñones y
+en el mío que tiene usted aquí su casa.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo tiró del cordón de la campanilla
+y se levantó. Alzose también el barón mascullando
+las gracias y ofreciéndose.</p>
+
+<p>&mdash;Pepe, acompañe usted al señor barón.</p>
+
+<p>Hizo éste una profunda reverencia. Contestó
+Amalia con otra más leve. El caballero giró sobre
+los talones y salió.</p>
+
+<p>Al bajar por la escalera con las orejas gachas,
+el semblante encendido y los ojos extraviados,
+otra vez se presentaron ante su imaginación con
+vigoroso relieve el descuartizamiento, la pérdida
+de los ojos, la cola del caballo y otros fieros
+suplicios de la época visigótica, a la cual pertenecía
+por su bárbara traza y corazón indomable
+y crudelísimo.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h3>
+
+<p class="cab">El martirio.</p>
+
+
+<p>Apenas se había cerrado la puerta tras
+el barón, Amalia hizo traer la niña a
+su presencia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Venga usted acá, señorita, venga usted
+acá! ¡Cuánto tiempo ya que no nos hemos visto!
+¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido a usted
+bien? El barón es muy galante con las damas,
+¿verdad?</p>
+
+<p>La niña lanzó un grito penetrante.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay mi oreja!</p>
+
+<p>&mdash;¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque no
+vale nada lo que he hecho por ti! ¿Ya me enseñas
+los dientes antes de concluir de mamar? De
+rodillas, picaruela, ¡malvada!</p>
+
+<p>Josefina fue a caer acurrucada en un rincón
+del gabinete. Amalia mantuvo sobre ella largo
+rato su mirada fulgurante. Separándola al fin,
+preguntó a Concha y a Paula, que habían traído
+a la delincuente, en qué forma se había escapado.
+La culpa era del cochero. Improperios contra
+el cochero, que era un borracho, y amenazas
+de despedirle si volvía a caer en descuido semejante.
+Luego comentarios infinitos sobre el
+encuentro del barón. ¿Qué hacía aquel bruto a
+tales horas por la carretera de Sarrió? ¿Quién
+era el cura que le acompañaba? Después consideraciones
+tristísimas sobre la ingratitud y maldad
+de aquella niña que huía de la casa donde
+se la había dado albergue y ponía en ridículo a
+su protectora. Las domésticas convinieron en
+que merecía un castigo ejemplar.</p>
+
+<p>Despidiolas al cabo la dama, deteniéndolas
+con ademán imperioso cuando trataban de llevarse
+a la expósita. Una vez solas, Amalia tomó
+un libro y se puso a leer tranquilamente a la luz
+de un quinqué, mientras su hija, de rodillas en
+el ángulo más oscuro, sollozaba apagadamente.
+Tres o cuatro veces levantó aquélla la cabeza,
+dirigiendo su mirada colérica a las tinieblas del
+rincón, esperando que la chica gimiese más fuerte
+para lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora,
+hora y media. Cerró al fin el libro: salió y volvió
+a los pocos momentos. Comenzó a desnudarse
+lentamente: cuando estaba medio desnuda tomó
+el quinqué, y acercándolo a la niña la obligó a
+levantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo mostrándole
+el suelo:</p>
+
+<p>&mdash;Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida.</p>
+
+<p>Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo
+con voz débil:</p>
+
+<p>&mdash;Perdóname, madrina; no volveré a hacerlo.</p>
+
+<p>Pero ella no quiso oír estas palabras. Se metió
+en la cama y apagó la luz. Sus ojos quedaron
+abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con
+sus cuartos y medias melancólicamente en el reloj
+de la catedral vecina, no consiguieron cerrarlos.
+Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban
+luz hacia dentro, alumbrando mil cosas siniestras
+y punzantes. Bajo aquella pequeña frente se
+atropellaban, se estrujaban las ideas sombrías,
+los deseos feroces. El matrimonio de Luis era
+una abominable traición. Sin recordar la suya
+hacia el pobre viejo paralítico que Dios le había
+dado por esposo, ni pensar en que su falta había
+truncado la vida del conde, amenazado de morir
+en la soledad, sin familia que endulzara sus últimos
+días, hacía pesar sobre él toda la responsabilidad
+del delito y toda la amargura que ahora
+sentía al desprenderse del único placer que la
+acariciaba en aquella lúgubre y monótona existencia.
+¡El único placer! No merecía otro nombre
+su amor. En aquel espíritu ardiente, despótico,
+atormentado, no había entrado jamás la
+ternura; ignoraba por completo las cosas deliciosas
+y poéticas que ennoblecen la pasión y la
+hacen perdonable. Su vida se había deslizado en
+una agitación insana, atormentada por el deseo
+de ser feliz a toda costa. En los últimos siete
+años vivió bajo el imperio de su torpe apetito
+insaciable. Jamás un pensamiento melancólico
+de remordimiento vino a acusar en aquella ruin
+naturaleza la presencia del sentido moral. Cada
+vez más exacerbada su ansia de goces la arrastraba
+últimamente a mil pasos extravagantes y
+peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en
+su casa a la juventud laciense y bailar de vez en
+cuando por condescendencia. Era menester, para
+alegrarla, que todos los días hubiese jarana, giras
+de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase
+sin cesar hasta caer rendida como una zagala
+de quince años: necesitaba menudear las entrevistas
+secretas con su amante a las horas más
+extraordinarias y en las ocasiones más impensadas.
+Sus anhelos enfermizos la impulsaban a desafiar
+la opinión pública, despreciando por gusto
+toda precaución. Si el conde le hacía alguna advertencia
+irritábase, se revolvía como una fiera.
+Más perdía ella que él; las murmuraciones no se
+cebarían en el hombre seguramente, sino en la
+mujer. La deshonra era para ésta. Pero ella se
+reía a más no poder de estas murmuraciones y
+de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz
+de pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese
+más gente. El conde se sentía cada vez más desligado
+de esta mujer, que turbaba todas sus ideas
+morales, teológicas y sociales. Llegaba a inspirarle
+miedo.</p>
+
+<p>Éste se convirtió en terror, en malestar insufrible,
+que le hizo apetecer con ansia la libertad,
+desde cierta revelación que, sonriendo, le
+hizo Amalia.</p>
+
+<p>&mdash;¿No sabes, querido? Esta mañana estuve a
+punto de hacer una locura, una locura muy grande.
+Quiñones me mandó ponerle las gotas de arsénico
+que toma hace tiempo. Cogí el frasco y
+de repente, como si una mano invisible me levantase
+el codo, vertí en el vaso la mitad del
+contenido... ¡No tiembles, cobarde, que no hay
+motivo!... Jamás me había pasado nada semejante.
+Te juro que mi voluntad no tenía arte ni
+parte en ello. Obraba por una fuerza superior
+que me arrastraba a pesar mío. Dejé el vaso sobre
+la mesa, lo contemplé un instante con sorpresa,
+lo levanté para mirarlo al trasluz... Nada,
+ni el más mínimo signo que denotase que allí
+estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y
+me encaminé con él hacia el gabinete sin darme
+cuenta de lo que hacía. Pero enmedio del
+pasillo me estremecí como si saliese de una
+pesadilla, vi repentinamente el disparate que
+iba a hacer, y dejé caer el vaso al suelo.</p>
+
+<p>&mdash;No era un disparate, era un crimen horrible
+el que ibas a cometer&mdash;dijo sordamente el conde,
+que sudaba de congoja.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, crimen o disparate... o lo que sea,
+era una estupidez de todos modos, ¿sabes? porque
+enseguida se comprendería, por los síntomas,
+que se trataba de un envenenamiento.</p>
+
+<p>Aquellas palabras, pronunciadas con afectada
+ligereza, impresionaron aún más al conde que
+las anteriores. Desde entonces no podía acercarse
+a ella sin experimentar una extraña sensación
+de repugnancia.</p>
+
+<p>Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fernanda,
+Amalia no había pensado en ello. No teniendo
+rivales en Lancia, había puesto menos diligencia
+cada día en el cuidado de su persona,
+dejó del todo aquella plausible coquetería que
+sirve a la mujer para perpetuar el encanto de su
+persona. Sólo al ver la espléndida hermosura de
+la hija de Estrada-Rosa se dignó echar una mirada
+a sí misma. Comenzó a preocuparse del aliño
+de su cuerpo, se procuró toda clase de afeites,
+envió por vestidos a Madrid, aprovechó todos los
+recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel mísero
+cuerpo abandonado, marchito por los años y
+la anemia, no recobró frescura ni gracia.</p>
+
+<p>Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y
+dolorosa vigilia. ¡No volver a inspirar amor, ser
+vieja, causar repugnancia! Mil garfios le arrancaban
+las entrañas. Luis se casaba. ¿Por qué? ¿No le
+había sacrificado su juventud, su honor, su salvación,
+si después de esta vida había más que tinieblas?
+¡Qué valía esto! La primera señal de ruina
+que había aparecido en su rostro desvaneció como
+un sueño todos los juramentos; los siete años de
+amor se habían hundido en el abismo del tiempo
+sin dejar la más insignificante huella... Pero ella
+no tenía arrugas todavía; no era tan vieja; treinta
+y cinco años nada más. Bruscamente llevó la
+mano a la mesa de noche, encendió la bujía y
+saltó de la cama: acercose al espejo y se contempló
+largamente, repasando con el dedo todos los
+rincones del rostro para cerciorarse de que no
+existían las temidas arrugas.</p>
+
+<p>Un gemido que sonó detrás le hizo volver la
+cabeza. Levantó la bujía y clavó una mirada recelosa
+en su hija, tendida en el suelo y tiritando.
+La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron
+con angustia en ella, sus labios murmuraron otra
+vez «¡Perdón!» Sin hacer caso alguno, la esposa
+de D. Pedro se metió de nuevo en la cama y apagó
+la luz.</p>
+
+<p>Los rayos del sol matinal, penetrando por las
+rendijas del balcón, alumbraron aquellos dos insomnios.
+Con la luz de Dios comenzó el bárbaro
+suplicio de una criatura inocente. La fecunda,
+diabólica fantasía de Amalia se puso a inventar
+tormentos con que saciar el odio que la devoraba.
+Necesitaba ver sufrir. Josefina fue enviada
+descalza abajo con una misiva escrita en lápiz
+para Concha. El papel decía: «Concha, ahí te
+envío a esa picaruela. Castígala como mejor te
+parezca.»</p>
+
+<p>Amalia había adivinado, en su doncella, al verdugo.
+Y en efecto, al recibir ésta el papelito experimentó
+satisfacción, lisonjeada en su vanidad
+y en sus instintos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabes lo que dice este papel?&mdash;le preguntó
+relamiéndose.</p>
+
+<p>Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía
+mal el manuscrito, sobre todo escribiendo tan
+descuidadamente como lo había hecho la señora.
+La costurera le obligó a deletrear aquellas
+palabras hasta que se enteró bien de ellas.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ves que me manda castigarte por lo que
+has hecho ayer.</p>
+
+<p>Al decir esto sonreía dulcemente, como si le
+noticiase que le iba a regalar alguna golosina.
+Josefina la miró sorprendida.</p>
+
+<p>&mdash;¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dormir
+en el suelo.</p>
+
+<p>&mdash;No importa, eso es poco para maldad tan
+grande como escaparse de casa. Habrá que darte
+algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nunca
+has recibido este castigo y te va a doler mucho.
+Las señoritas tenéis la carne delicada, no
+sois como nosotras, que estamos acostumbradas
+desde muy chiquitinas a la intemperie y a los
+golpes. ¡Ven acá!...</p>
+
+<p>Al mismo tiempo sacó del corsé una de las
+formidables ballenas, que entonces solían usarse.
+La niña retrocedió asustada, pero la costurera
+la atrapó por el brazo.</p>
+
+<p>&mdash;No intentes escapar, porque entonces será
+doble la ración.</p>
+
+<p>Josefina se cogió a su mano llorando angustiosamente.</p>
+
+<p>&mdash;¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes
+que me ha pegado mucho madrina ayer... Mira,
+mira cómo tengo las manos... Me duele también
+la cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te
+quiero mucho... no te he acusado nunca a madrina...:</p>
+
+<p>&mdash;¡Suelta, suelta!&mdash;repuso la costurera tratando
+de desasirse suavemente de sus pequeñas
+manos.&mdash;No tengo más remedio que obedecer.
+La señora lo manda.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios!&mdash;respondía
+entre sollozos la criatura.&mdash;Te quiero
+mucho... y a madrina también... Si no me pegas
+te he de dar mi caja de muñecas...</p>
+
+<p>&mdash;¿De veras?&mdash;dijo dulcificándose.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ahora mismo si la quieres.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y el estuche de costura?</p>
+
+<p>&mdash;También.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y el armarito de espejo?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, el armarito también.</p>
+
+<p>Concha hizo ademán de vacilar. La niña la
+miraba con ojos ansiosos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y me prometes ser buena siempre?</p>
+
+<p>Sí, le prometía ser buena siempre.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nunca más escaparte?</p>
+
+<p>&mdash;Nunca.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno&mdash;dijo con tono cariñoso y condescendiente;&mdash;pues
+si prometes ser buena y formal,
+y no se lo dices a la señorita, y me das además
+todo eso que dices, entonces... entonces... ¡arrea,
+chico!</p>
+
+<p>En un instante le alzó la ropa y comenzó a
+azotarla despiadadamente, riendo como una loca
+del engaño.</p>
+
+<p>Los alaridos de la niña subieron hasta el piso
+segundo. La esposa del maestrante estaba frente
+al espejo, arreglándose provisionalmente el pelo.
+Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió
+por su carne, cierta emoción indefinible y vaga,
+semejante a un cosquilleo, que no podría decir
+con seguridad si era de placer o de dolor. De
+todos modos, algo que refrescaba aquel ardor
+insufrible que los vapores de la ira habían levantado
+en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que
+los gritos cesaron. Los ojos brillaban, el pulso
+latía con más celeridad. Así se dice que el corazón
+de la fiera palpita a la vista de su víctima.</p>
+
+<p>Fue el comienzo de los martirios de la niña.
+Con los pretextos más fútiles comenzó a infligirle
+castigos crudelísimos, demostrando tan rica
+fantasía que para sí la hubieran querido los sayones
+del Santo Oficio. No sólo la golpeaba bárbaramente
+por los motivos más inocentes, y la
+pellizcaba y la mordía, sino que se gozaba en
+tenerla en continuo sobresalto bajo el temor de
+espantosos suplicios, en hacerle padecer de día
+y de noche. Obligábala a salir descalza por el
+jardín en las mañanas más crudas para buscarle
+una flor, o bien la tenía con la cabeza al sol horas
+enteras, haciendo la guardia, para que los pájaros
+no picasen una planta de grosella. Hacíala
+dormir en el suelo al lado de su cama, y varias
+veces durante la noche le mandaba levantarse y
+bajar a la cocina por agua. Reducíala a comer
+los manjares que sabía no le gustaban y la privaba
+de los que apetecía.</p>
+
+<p>A medida que corrían los días su saña y crueldad
+iban en aumento. Al principio tomaba pretexto
+de cualquier descuido de la niña para atormentarla.
+Luego no se fijó en esto: lo hacía
+cuando tropezaba con ella o cuando el cuerpo se
+lo pedía. Uno de los martirios de su exclusiva
+invención fue pincharla las manos con un alfiler,
+y tanto le gustó que en pocos días las tuvo
+llenas de picaduras: apenas había sitio donde
+poner otra. Esta tarea ferocísima solía encargarla
+a su verdugo de órdenes, Concha, quien la
+desempeñaba a conciencia. Obligábala a estudiar
+de memoria largos trozos del catecismo a sabiendas
+de que era superior a sus fuerzas. En
+cuanto tropezaba tres veces le decía:</p>
+
+<p>&mdash;Ve a pedir un beso a Concha.</p>
+
+<p>Ésta era la frase que por irrisión había inventado
+para que la criatura fuese a recibir el castigo
+del alfiler.</p>
+
+<p>No la consentía mudarse la ropa interior. Al
+poco tiempo la miseria comenzó a roer la piel
+delicada de la niña. Viéndola rascarse, Concha
+se enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la
+arrojaba a empellones de la estancia. Todavía
+más. La microscópica doncella, con anuencia
+de su ama, le obligaba a ponerse zapatos antiguos
+que le estaban chicos y que le producían
+llagas y vivos dolores.</p>
+
+<p>Uno de los más terribles martirios que la niña
+padecía era cuando Amalia se encaprichaba en
+que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y
+gemir bajo los golpes: parecía que se gozaba en
+las lágrimas de la criatura, en oír sus ardientes
+súplicas repetidas entre sollozos; pero en ocasiones
+se empeñaba en que sufriese en silencio.
+Como esto no podía ser, se exasperaba, se ponía
+loca como una fiera hambrienta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla!</p>
+
+<p>La niña no podía; dejaba escapar un gemido.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla!&mdash;repetía, acompañando la orden de
+algunos golpes.</p>
+
+<p>Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos
+desesperados por conseguirlo; pero la respiración
+ansiosa se escapaba a su pesar, produciendo
+un gemido. Más golpes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla o te mato!</p>
+
+<p>La criatura apretaba con toda su fuerza la
+boca, suspendía el aliento, se ponía lívida, y
+algunas veces caía privada de sentido. Aquel
+tierno corazón se rompía falto de desahogo.</p>
+
+<p>En estos momentos Amalia experimentaba
+una sensación diabólica, mezcla de placer y de
+dolor, algo semejante a lo que sentimos cuando
+nos sajan una postema. Su postema era aquella
+desalmada pasión, mezcla de amor, de lubricidad,
+de soberbia y de rabiosos celos. No pudiendo
+devolver a su ex-querido tanta cruel mordedura
+como desgarraba su pecho, saciaba el apetito
+de venganza en el fruto de sus amores. Cuando
+tenía la niña a sus pies ensangrentada y temblorosa,
+en sus miradas de angustia, en sus gestos,
+en el timbre de su voz creía ver al amante humillado
+y suplicante, y sentía un áspero goce
+que hacía brillar sus ojos y dilataba las ventanas
+de su nariz. Josefina era un retrato en miniatura
+de Luis. Mientras fue dichosa, su fisonomía
+movible y risueña, el alegre brillo de sus ojos
+hacía que no se pareciese tanto; pero ahora la
+desgracia y el dolor habían impreso en su mirada
+una melancolía profunda y en los rasgos de
+su rostro cierta expresión de fatiga, que eran las
+dos cosas que caracterizaban principalmente el
+semblante del conde de Onís. Cuando aquellos
+hermosos ojos azules se volvían hacia ella dulces
+y resignados, cuando aquellos labios rojos
+se plegaban demandando perdón, la valenciana
+sentía correr por su cuerpo marchito un estremecimiento
+de voluptuosidad, algo que le recordaba
+los goces que su amor adúltero le había
+hecho experimentar.</p>
+
+<p>Después de todo, en ella no había envejecido
+nada, nada más que aquel rostro que se empeñaba
+en ajarse y aquella cabeza que producía
+con horrible feracidad cabellos blancos. La
+carne de su cuerpo, su pecho, sus brazos, sus espaldas,
+conservaban la misma tersura de alabastro,
+el mismo brillo adorable, sello de una raza
+fina y hermosa. Palpábase, buscando consuelo,
+con sus manos secas y hallaba la misma suavidad
+y frescura. Aquella carne no se había marchitado.
+Bajo ella palpitaba la juventud, circulaba
+una sangre ardiente, ávida de goces, devorada
+por la creciente necesidad de las embriagueces
+del amor.</p>
+
+<p>Y sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas
+se habían huido para siempre; la novela de
+su vida, la que había embellecido su existencia
+sombría en los últimos años, había llegado al
+último capítulo. ¡Era una vieja! Asunto concluido.
+A este pensamiento, que se le introducía en
+el cerebro como un hierro candente, sentíase
+acometida por una necesidad animal de gritar,
+de rugir, de destrozar. Era en tales momentos
+cuando la niña padecía los más crueles castigos,
+cuando su frágil existencia corría verdadero peligro.</p>
+
+<p>El miedo fue otro de los padecimientos que le
+infligía a menudo. En las altas horas de la noche
+hacíala levantarse y la enviaba a las habitaciones
+extremas de la casa en busca de cualquier
+objeto. La niña tornaba pálida, temblorosa, sudando
+de angustia. A veces era tanto su temor,
+que dejaba caer la palmatoria y volvía corriendo
+arrojando gritos. Amalia se enfurecía entonces,
+la pellizcaba, la golpeaba, pretendiendo que
+fuese otra vez al sitio designado. La criatura se
+dejaba martirizar y se hubiera dejado matar antes
+de hacerlo. En una de estas ocasiones le dijo
+sonriendo ferozmente:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¿Conque la señorita es tan medrosa?
+Está bien, yo me encargo de curarte la enfermedad.</p>
+
+<p>Se acordaba de la impresionabilidad extraordinaria,
+de los terrores nocturnos que avergonzado
+le había confesado Luis en momentos de
+expansión. Principió a darle sustos terribles.
+Tan pronto se escondía detrás de una puerta y
+le gritaba fuertemente al pasar, como la cogía
+descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras
+veces tomaba un cuchillo y le decía que iba a
+morir, le ordenaba que se bajase la camisa para
+degollarla mejor. Esto último no producía tanto
+efecto como pensaba. Josefina inconscientemente
+apetecía la muerte, que la libertaría de tanto
+martirio. Para mejor «quitarla el miedo,» entre
+Concha y ella inventaron una siniestra farsa
+capaz de aterrar a un hombre valeroso, cuanto
+más a una niña de seis años. Vistiéronse ambas
+con sábanas, dejaron la habitación a media luz
+mientras la niña dormía, pusiéronse unas caretas
+de calavera, y a media noche entraron dando
+gritos lastimeros como almas del otro mundo.
+Al despertarse la criatura y ver aquellos fantasmas,
+quedó paralizada por el terror, tapose luego
+los ojos con las manos y un sudor copioso y
+frío bañó su cuerpo. Su corazón comenzó a dar
+tan fuertes golpes que se oían a distancia, dejó
+escapar algunos gritos ahogados y roncos; por
+último, llevándose las manos al pecho, se revolcó
+por el suelo sin sentido, presa de espantosas convulsiones.</p>
+
+<p>No se le curó el miedo; en cambio le quedó
+desde entonces una propensión fatal a los síncopes
+y a los terrores nocturnos. Despertábase de
+improviso con señales de gran espanto, mirando
+fijamente a un punto del espacio, como si tuviera
+delante algún fantasma. El corazón le palpitaba
+vivamente, la frente se le cubría de sudor. En
+tales momentos perdía por completo la conciencia.
+Amalia la llamaba en vano. Sólo cuando
+ponía las manos sobre ella la niña lanzaba un
+grito de terror y metía la cabeza por el pecho.</p>
+
+<p>Entre Concha y María la planchadora habían
+estallado, a propósito de estos castigos, serias
+reyertas. María era de natural compasivo y le
+dolían los martirios de la niña, aunque no los
+conocía todos, porque Amalia procuraba guardarse
+de los criados, exceptuando Concha. Si no
+era suelta de lengua, no se la mordía tampoco
+para censurar en la cocina la conducta de su señora.</p>
+
+<p>&mdash;Querida, esto es peor que la Inquisición.
+No parece que estamos entre cristianos, sino entre
+perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía,
+y ahora, de súpito, tratan a este angelito
+peor que a una bestia. ¡Dígote que la cosa
+pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta
+maldad!</p>
+
+<p>&mdash;Cállate, tontona, entrometida&mdash;saltó Concha.&mdash;¿Quién
+te da vela a ti en este entierro? Si
+la señora quiere enseñar a esa niña como es
+justo, ¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer?
+¿Sabes tú tan siquiera lo que es educar niños?
+¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que
+así la hará una mujer trabajadora y honrada! Algún
+día le dará las gracias.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las
+dará. De un mes a esta parte la niña está desconocida.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; ¿y a tí qué te va ni qué te viene en
+esto? ¿Eres tú su madre?</p>
+
+<p>Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte,
+llevando siempre la ventaja por su desvergüenza
+y mala intención la microscópica costurera. Al
+cabo, María, no pudiendo sufrir con paciencia
+aquel espectáculo, tomó la resolución de
+marcharse. Se presentó un día a la señora, y con
+la disculpa de que la plancha le hacía daño pidió
+la cuenta. No se le ocultó a Amalia la verdadera
+razón, pues tenía conocimiento de sus
+murmuraciones. Disimuló, sin embargo.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, hija, comprendo que el planchado te
+aburra. Tú no gozas de mucha salud. También
+yo ando malucha hace días. Tengo el sistema
+nervioso alterado. ¡Pelear toda la vida con un
+enfermo, y ahora, para rematar la fiesta, salirme
+esa chicuela, en quien tenía fundadas mis
+esperanzas, tan ingrata y perversa! No sé cómo
+tengo paciencia.</p>
+
+<p>María vaciló un instante.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ve usted, señora... los niños son niños.</p>
+
+<p>La esposa del maestrante comprendió que, si
+proseguía en el tema, la planchadora iba a decir
+algo desagradable y se apresuró a cortar la plática,
+pagándole su cuenta y despidiéndola con
+afabilidad.</p>
+
+<p>No impidió esto para que la doméstica dijese
+en confianza, en cierta casa donde fue a servir,
+lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se
+fue trasmitiendo en confianza, igualmente, de
+unos a otros. Al poco tiempo fueron bastantes
+las personas que tenían conocimiento de las
+crueldades que con la niña se cometían.</p>
+
+<p>El conde de Onís, para huir la curiosidad del
+público, que le molestaba sobremanera, y aún
+más para librarse de Amalia, se había trasladado,
+sin decir nada a ésta, hacía ya cerca de un
+mes a la Granja. Su madre le había acompañado.
+No había escrito a su ex-querida, aunque todos
+los días pensaba hacerlo, para darle cuenta
+de su resolución. Tanto era el temor que la valenciana
+había llegado a inspirarle, que la pluma
+caía de sus manos cada vez que la tomaba
+para noticiarle su matrimonio. Y dejaba pasar
+los días en continua vacilación, pensando con
+inquietud en la ira que de ella se apoderaría,
+esperando, como todos los débiles, en que algún
+acontecimiento imprevisto le sacase del compromiso.
+Aquel modo de romper las relaciones, sin
+riña, sin convenio, sin explicación alguna, era
+realmente original, pero muy propio de su carácter.
+Nada sabía de los martirios de su hija.
+No obstante, cuando pensaba en ella sentía repentino
+desasosiego, alterábanse sus nervios, y
+se ponía a dar vueltas por la estancia con visible
+agitación. Un vago y triste presentimiento le
+oprimía el corazón. El amor frenético que consiguió
+inspirarle Fernanda le había hecho olvidarse
+un poco de Josefina. En ciertos momentos se
+reprendía a sí mismo con amargura; pensaba que
+aun casado con Fernanda no alcanzaría la felicidad
+si no podía ver a su hija todos los días. Bien
+entendía que era esto imposible continuando en
+poder de Amalia. Por eso soñaba con arrebatársela:
+imaginaba con placer desatinados proyectos
+de rapto: huir con ella y con Fernanda a cualquier
+rincón del mundo tranquilo y ameno.</p>
+
+<p>Acaeció que en uno de estos días de vacilaciones
+para el conde, fue por la mañana a casa de
+Quiñones Micaela, la más nerviosa y violenta de
+las cuatro ondinas del Jubilado. Fue con objeto
+de pedir consejo a Amalia acerca de un vestido
+que tenía en proyecto para el próximo baile del
+casino. Apesar de sus treinta y pico, aún seguía
+tendiendo redes al sexo masculino. Las visitas
+a estas horas eran raras; pero como la noble familia
+del Jubilado mantenía tan íntima relación
+con la señora, no vaciló la criada en pasarla al
+gabinete de arriba, donde aquélla se hallaba.</p>
+
+<p>&mdash;Qué importuna, ¿verdad? Querida, es la
+hora en que se la puede a usted pillar sola&mdash;entró
+diciendo con la graciosa volubilidad
+que caracterizaba a los juveniles vástagos de
+Mateo.</p>
+
+<p>Amalia la recibió cordialmente, pero mostrando
+cierta sorpresa e inquietud que Micaela no
+observó. Entraron en materia enseguida. La
+cuestión de trapos embargó por completo sus espíritus.
+Amalia llevó a su amiguita hacia el balcón.
+Pero no habían hablado muchas palabras,
+cuando ésta creyó percibir un débil gemido en la
+misma estancia. Volvió la cabeza y vio allá en
+un rincón a Josefina de rodillas y amarrada codo
+con codo al tocador, de tal suerte que le sería
+imposible levantarse sin alzar el pesado mueble,
+cosa muy superior a sus fuerzas.</p>
+
+<p>Amalia se apresuró a dar una explicación.</p>
+
+<p>&mdash;Esta chiquilla se está haciendo tan mala,
+que me veo precisada a atarla para que se esté
+quieta. Ayer ha mordido un dedo a la costurera;
+ahora acaba de romper un espejo. ¡No hay paciencia
+para sufrirla!</p>
+
+<p>Micaela, a quien aquel castigo repugnaba, calló.
+Siguió la esposa de Quiñones hablándole
+con afectada indiferencia de su vestido; mas
+apesar de lo mucho que el tema debía de interesarla,
+la joven se mostraba bastante distraída y
+lanzaba frecuentes ojeadas a la niña.</p>
+
+<p>Dejó ésta escapar otro gemido. Su madrina se
+volvió con mal reprimida cólera.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quieres callar, eh? ¿quieres callarte?</p>
+
+<p>Y la miró un buen rato con extraordinaria
+fijeza.</p>
+
+<p>Volvió a anudar la plática, pero en su voz se
+notaba leve alteración. Micaela estaba más y
+más distraída. La indignación le iba subiendo
+hacia la garganta, y hubiera concluido por hacer
+alguna desagradable advertencia a su amiga si
+la chica no se hubiera quejado de nuevo.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, está visto que no nos has de dejar en
+paz&mdash;dijo la dama haciendo esfuerzos por sonreír.&mdash;Habrá
+que darte suelta.</p>
+
+<p>Fue allá y la desató, empleando en ello bastante
+tiempo; la cuerda daba tantas vueltas alrededor
+de su pequeño cuerpo como si fuese un
+baúl liado. Mas al tiempo de levantarse la niña,
+no pudo. Sin duda hacía algunas horas que estaba
+en aquella dolorosa postura; los músculos, se
+habían anquilosado.</p>
+
+<p>&mdash;¡Arriba zancas!&mdash;dijo bromeando, mientras
+la ayudaba a levantarse.</p>
+
+<p>Micaela observaba la escena con estupor; relámpagos
+de ira cruzaban por sus ojos.</p>
+
+<p>&mdash;No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija
+mía, si quieres no volver a ella hay que ser buena
+y obediente, ¿verdad, Micaela?</p>
+
+<p>Ésta no despegó los labios, cada vez más fosca,
+apesar de la sonrisa melosa que contraía el
+semblante de la valenciana.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno&mdash;prosiguió, acariciando la rubia cabeza
+de la niña,&mdash;ya estás perdonada, pero ¡cuidado
+con hacer maldades! Vete abajo y pídele
+un beso a Concha.</p>
+
+<p>La niña, al oír estas palabras, se puso densamente
+pálida, permaneció inmóvil algunos momentos,
+y al fin se dirigió a la puerta con paso
+vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la
+seguía atentamente con la vista, observó que llevaba
+los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia reanudó
+la conversación de trapos.</p>
+
+<p>No se habían pasado tres minutos cuando llegaron
+al gabinete, lejanos y apagados, los gritos
+de la niña. Micaela se estremeció; inclinó la
+cabeza hacia la puerta para escuchar mejor.
+Amalia alzose vivamente de la silla y fue a cerrar
+la puerta. Los gritos dejaron de oírse, pero
+la nerviosa joven tampoco oyó ya las palabras
+de Amalia. Un gran desasosiego se apoderó de
+ella; subíanle vapores a la cara y al pensamiento
+atroces deseos de desvergonzarse con aquella
+malvada, de llamarla judía, bribona, infame. Todo
+lo que pasaba en aquella casa se le representó
+de golpe. Los celos primero, después la noticia
+del matrimonio de Luis cayendo como una bomba,
+luego la venganza miserable, en la hija, del
+abandono del padre. Conocía bien el carácter
+rencoroso de la valenciana. Pero ¿qué adelantaría
+con injuriarla en aquel momento? Producir
+un grave escándalo y que la arrojasen de la casa.
+Micaela, apesar de su temperamento violento,
+tenía un corazón compasivo. Lo que más la
+preocupó fue el hacer algo en favor de la infeliz
+criatura. Y tuvo serenidad suficiente para disimular
+un poco y pensar que el mejor partido era
+decírselo todo inmediatamente al conde, quien
+seguramente ignoraría tan ruin venganza. Procuró
+terminar cuanto más pronto y se despidió
+sin poder ocultar enteramente su turbación.</p>
+
+<p>Cuando se vio en la calle sintió la necesidad
+de desahogar su pecho. Pensó en María Josefa,
+que vivía allí cerca y que profesaba a la niña
+expósita tierno cariño. Entró en su casa agitada,
+trémula, y antes de pronunciar palabra dejose
+caer en un sofá, dándose aire con la punta
+de la mantilla.</p>
+
+<p>&mdash;¡Uf! Me ahogo... ¡No sabes lo que me acaba
+de pasar! ¡Es una infame, una malvada que tiene
+que arder en los infiernos! Siempre lo he dicho
+y las tontas de mis hermanas no quieren
+creerme. ¡Es muy perversa esa tísica! Tiene el
+corazón de una hiena.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero qué hay?&mdash;preguntó con asombro,
+muerta de curiosidad, la sagaz jamona.</p>
+
+<p>Entonces la nerviosísima hija del Jubilado le
+relató, tartamudeando por la ira, la situación en
+que había hallado a Josefina, la palidez de la
+niña después de la extraña invitación de su madrina,
+los gritos que había escuchado como si la
+estuvieran dando tormento. María Josefa unió
+inmediatamente sus imprecaciones a las de la
+joven. Sacaron a relucir todos los testimonios de
+maldad que conocían de la esposa del maestrante
+y resolvieron dar parte de lo que ocurría al conde,
+aunque averiguándolo antes con más pormenores.
+Para ello, aquella misma tarde, se pusieron
+al habla con María la planchadora, que hacía
+algunos días había salido de casa de Quiñones.
+Al principio ésta, por temor a las consecuencias,
+se manifestó reservada. Concluyó, no
+obstante, por dar suelta a la lengua y referirles
+las mil iniquidades que la señora de Quiñones
+cometía con la niña recogida. Quedaron
+horrorizadas. Pensaron en dar parte al juzgado,
+pero sobre enemistarse por completo con
+la fiera valenciana (lo que, dicho sea en honor
+suyo, no les preocupaba gran cosa en tales momentos),
+comprendían que sería de escaso o ningún
+resultado. Los Quiñones eran la gente más
+poderosa de la población; D. Pedro, jefe del partido
+gobernante, en la provincia; las autoridades,
+hechura suya o sometidas a su influencia. Todo
+se taparía enseguida y quedaría como antes. Lo
+mejor era dirigirse al conde. Pero éste se hallaba
+a la sazón en la Granja. Además, aunque
+todos, o casi todos, supiesen el secreto de la niña,
+no era posible darse por enterados. Después de
+algunos debates decidieron escribirle la siguiente
+carta, firmada solamente por María Josefa:
+«Sr. Conde de Onís. Mi estimado amigo: Con la
+debida reserva le comunico que la niña recogida
+por nuestros amigos los señores de Quiñones,
+y por quien tanto nos interesamos todos, es objeto
+en aquella casa de crueles tratamientos.
+Creo que tenemos el deber de intervenir para
+que cesen. Usted me dirá lo que debe hacerse y
+que a mí como mujer no se me alcanza. Si quiere
+conocer los pormenores del martirio de la
+criatura diríjase a la criada María que hace algunos
+días dejó de servir en casa de D. Pedro. Suya
+afectísima amiga, <i>María Josefa Hevia</i>.»</p>
+
+<p>Luis arrugó la carta entre sus manos crispadas.
+Toda la sangre se le agolpó a la cara. Sin
+darse cuenta de lo que hacía salió de casa y casi
+a la carrera tomó la carretera de Lancia, llegando
+a ésta en pocos minutos. Aquel vago y terrible
+presentimiento que sentía realizábase al fin.
+Amalia se vengaba ferozmente. El sentido oculto
+de la carta era ése: se dirigían a él como padre
+de Josefina y causa de su desdicha. No sabiendo
+qué partido tomar, fue a su casa para
+reflexionar. Sólo había en ella una criada vieja
+cuidándola. De ésta se valió para averiguar
+dónde estaba María y pasarle un recado a fin
+de que viniese a verle. No se equivocó la planchadora
+sobre el objeto de tal llamamiento. En
+cuanto le fue posible acudió a la cita, y después
+de hacerle prometer que no haría uso de su nombre
+para nada, le dio cuenta circunstanciada de
+los trabajos que estaba pasando la inocente niña.
+Escuchábala pálido, desencajado, sin poder reprimir
+los violentos y frecuentes golpes de su
+corazón. Cuando llegó a narrarle ciertos odiosos
+y terribles pormenores, el conde principió a dar
+vueltas por la estancia como fiera enjaulada, a
+mesarse los cabellos, a arañarse la cara, lanzando
+rugidos de coraje.</p>
+
+<p>Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas,
+se le atropellaron en la mente. Quería entrar
+a viva fuerza en casa de Quiñones y llevarse
+a su hija; quería retorcer el cuello a aquella
+vil mujer; quería decírselo todo a D. Pedro; quería
+dar parte al juez y meter en un calabozo a la
+infame. Afortunadamente sus accesos eran tan
+violentos como cortos. Vino el abatimiento, el
+llanto. Corrió a casa de su prometida y le contó
+sollozando lo que ocurría; se confesó con ella
+por vez primera. La buena Fernanda unió sus
+lágrimas a las de él, enternecida por la suerte
+de la infeliz criatura y por el dolor de su amado.
+Larguísimo rato pasaron comentando los terribles
+sucesos y buscando medios de conjurar
+aquella ruin venganza. Fernanda logró, al fin,
+persuadirle a que apelara a medios suaves. Pensar
+en conseguir algo por la fuerza era insensato.
+El conde, ni aun confesando su falta, tenía
+derecho alguno sobre la niña. Provocar un
+escándalo era inútil. Acudir a los tribunales, lo
+mismo. Ningún criado se atrevería a declarar
+contra su ama, y las cosas quedarían peor que
+antes. Al fin el conde se decidió a escribir una
+carta a su antigua amante.</p>
+
+<p>«En este momento acaban de decirme que
+nuestra Josefina, nuestra adorada Josefina, está
+padeciendo martirios increíbles de tu mano.
+Creo que es una vil calumnia. Conozco tu genio,
+que es vivo y fogoso, pero noble. No puedo atribuirte
+semejante cobardía. Te escribo solamente
+para cerciorarme de que esta angelical criatura
+sigue siendo el encanto de tu vida. Si no fuese
+así, dímelo y buscaremos un medio de que pase
+a mi poder. Te supongo enterada del paso que
+voy a dar. No quiero decirte nada. Era inevitable
+más tarde o más temprano. De todos modos
+puedes estar segura de que mi remordimiento
+está endulzado por el recuerdo dulcísimo de los
+años que te he amado. Adiós. Escríbeme alguna
+palabra amable.»</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h3>
+
+<p class="cab">La capitulación.</p>
+
+
+<p>Josefina se demacraba. Sus mejillas tenían
+la palidez de la cera. En sus
+ojos, de mirar suave y apacible, se
+notaba constantemente el extravío del terror; en
+torno de ellos el sufrimiento había trazado un
+círculo violáceo. Hablaba muy poco, no reía jamás.
+Cuando la dejaban en paz, sentábase en
+cualquier rincón y permanecía inmóvil mirando
+a un punto fijo, o bien se acercaba al balcón y
+escribía en los cristales con el dedo.</p>
+
+<p>A veces, a despecho de tanto dolor, la naturaleza
+infantil revindicaba sus derechos. Veía al
+gato acercarse lentamente a ella con el rabo derecho,
+el espinazo arqueado, solicitando sus caricias
+con débil ronquido. Dejábase caer en el
+suelo, le llamaba, le traía hacia sí y principiaba
+a pasearle las manos por el lomo, a rascarle
+la cabeza y hacerle cosquillas debajo
+del cuello, murmurándole al mismo tiempo en
+el oído palabras de cariño, un gorjeo mimoso
+que el animal acogía con espasmos de voluptuosidad.
+«Te quiero, te quiero. Tú eres muy bueno.
+¿Verdad que eres bueno? Ya no me arañas
+como antes. ¿A quién quieres más en la casa?
+¿Di, rico? ¿Quién te ha dado una sardina ayer?
+¿Quién te pone el platito con leche todos los
+días? Y si pudiese darte siempre pescado también
+te lo daría, porque sé que es lo que más te
+gusta, ¿verdad, rico mío? Pero no has de robar
+nada; ya sabes que te pegan. No orines más en
+la cama de Manín. Mira que te va a matar; lo
+ha dicho el otro día en la cocina. Y coge muchos
+ratones para que madrina te quiera y no te
+echen de casa.»</p>
+
+<p>El gato, extasiado, susurraba allá en el fondo
+de la garganta mil síes complacientes, y se frotaba
+contra ella cada vez más acaramelado y pegajoso.
+Tendíase la niña boca arriba llevándole
+abrazado, le apretaba contra su pecho, le besaba,
+y a veces, olvidada de sus martirios, derramaba
+lágrimas de ternura. Pero cualquier rumor
+en la habitación contigua le hacía levantarse sobresaltada
+con el espanto en los ojos, arrojaba
+el gato lejos de sí y esperaba inmóvil lo que viniera.
+Casi siempre algún castigo cruel.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pícara, así ensucias los vestidos arrastrándote
+por el suelo! ¡Aguarda aguarda!</p>
+
+<p>Por efecto de los continuos miedos que experimentaba
+contraíase con fuertes movimientos
+irregulares su vejiga y hacía que involuntariamente
+se le escapase en muchas ocasiones la
+orina. Esto era lo que ponía fuera de sí a la irascible
+Concha. Si notaba en el suelo (porque la
+ropa sólo muy rara vez se la veía) signos de
+aquella debilidad, encrespábase como una hiena.</p>
+
+<p>&mdash;¡Gorrina, indecente! Parece mentira que la
+señora mantenga en su casa este bicho asqueroso.
+Si fueses cosa mía, te desollaba viva.</p>
+
+<p>Pero aunque no era cosa suya, procedía como
+si lo fuese: la desollaba a azotes. Una vez su
+furor fue tan grande que, cogiéndola por las
+orejas, le higo lamer el suelo mojado.</p>
+
+<p>La hora más terrible para la criatura era la
+de las lecciones. Amalia se las señalaba por la
+mañana temprano; grandes trozos de la historia
+sagrada y de la gramática. Josefina se retiraba
+a un rincón y hacía esfuerzos desesperados por
+retenerlos en la memoria. Un poco antes de comer,
+Concha, que era la encargada de tomárselas,
+se sentaba en una silla, sacaba la famosa
+ballena y, con ella en una mano y el libro en la
+otra, daba comienzo a sus funciones pedagógicas.
+Cada tropiezo, cada palabra que la niña olvidaba
+costábale un ballenazo en la cara, en el
+cuello o en las manos. Y como su memoria no
+era bastante fuerte, y por otra parte el miedo se
+la obstruía, aquello era un incesante machaqueo.</p>
+
+<p>Aún peor si se las tomaba su madrina. Concha
+era fríamente cruel; no levantaba la mano sino
+cuando cometía la falta, como una máquina de
+castigar. Pero Amalia a los pocos momentos se
+ponía nerviosa, el llanto de la niña excitaba sus
+sentidos, entraba en furor como una pantera hambrienta,
+y concluía por golpear frenéticamente
+hasta que la dejaba trémula y ensangrentada a
+sus pies.</p>
+
+<p>Desde la carta del conde había aumentado, si
+era posible, su odio a la criatura; la trataba aún
+más despiadadamente. Herida en lo más vivo
+de su orgullo por aquella diplomacia fría, protectora,
+insultante que en su sentir respiraban
+las palabras de su antiguo amante, vomitaba la
+rabia de su corazón sobre la hija. Además, la idea
+de que Luis tenía noticia de aquellos martirios,
+y le dolían vivamente era aliciente mayor para
+prodigarlos. ¡Que sufriese ella, que sufriese él,
+el vil, el pérfido, que había gozado de su juventud,
+y cuando la halló vieja la arrojó como un
+trapo sucio a la barredura!</p>
+
+<p>En uno de estos días de profunda y rugiente
+cólera la vida de Josefina corrió inminente peligro.
+A la hora de costumbre fue llamada al comedor
+para dar sus lecciones. Concha se acomodó
+en su silla y con no disimulado regodeo sacó
+del pecho la fatal ballena. Aquel día le pedía el
+cuerpo un razonable desahogo de golpes. La
+niña se acercó a ella temblando como siempre y
+le entregó los libros. Y ya comenzaba a recitar
+con labio balbuciente un capítulo de la historia
+sagrada cuando vino a interrumpirlas Manín.
+Entró con su eterna chaqueta verde, calzones
+cortos, su gran calañés mugriento, haciendo
+temblar el piso con los zapatones claveteados.
+A esta indumentaria, arcaica ya en la provincia,
+debía gran parte de su notoriedad y la fama de
+terrible cazador de osos que había tenido. Entró
+con la cabeza gacha como siempre y, espatarrándose
+bajo el dintel de la puerta, preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;Concha, ¿no habrá <i>de qué</i>, que comer, por
+ahí?</p>
+
+<p>&mdash;¿Tanto te aprieta la <i>gazuza</i>, Manín?&mdash;respondió
+la costurera riendo.</p>
+
+<p>El aldeano abrió desmesuradamente la boca
+para reír también.</p>
+
+<p>&mdash;Así Dios me salve, no puedo aguantar un
+menuto más. Toos parecéis frailes descalzos en
+esta casa; no vos entra la gana más que cuando
+suena la hora.</p>
+
+<p>&mdash;Voy, voy allá, grandísimo tragón, roedor&mdash;dijo
+Concha posando sobre la silla el libro y la
+ballena y dirgiéndose con paso petulante hacia el
+aparador.</p>
+
+<p>Se entendían admirablemente. La costurera
+era arisca, cruel, intratable; pero el mayordomo
+sabía recabar de ella las pocas migajas de buen
+humor que tenía en el cuerpo. La requebraba
+brutalmente, la pellizcaba al pasar, le decía mil
+groseras desvergüenzas para que las comprendiera
+al revés. Y la microscópica doncella, que
+no era gentil ni bonita y en quien las asperezas
+del carácter habían sofocado todo germen de
+coquetería, trasformándola en sacerdotisa del
+dolor, en una euménida fatal y despiadada,
+se dejaba festejar complacientemente por aquel
+bruto. Le hacía gracia su osadía, su rudeza, su
+glotonería y el modo insolente y despreocupado
+que tenía de tratar a todo el mundo, incluso
+al alto y poderoso señor de Quiñones. Manín era
+un solemnísimo bellaco. Con aquella grosería
+soez, el porte de atrevido cazador de fieras y
+su estrafalario arreo había sabido vivir muy regaladamente
+en este mundo, sin encallecer las
+manos, ni quebrarse los lomos allá en su aldea
+con las faenas de la labranza.</p>
+
+<p>Sacó la costurera un plato de carne fiambre y
+lo puso sobre el hule de la mesa, sin servilleta ni
+cosa que lo valga; después cortó a la mitad un
+pan y lo dejó, con la imprescindible botella de
+vino blanco y el vaso, al lado de la carne. El cazador
+de osos comenzó a devorar. Concha sentose
+de nuevo, y la niña, acercándose, repitió
+las palabras que ya había pronunciado. A los
+pocos momentos ¡zas! un ballenazo y un grito
+de dolor. Inmediatamente otro golpe y otro grito.
+Y así sucesivamente. La costurera estaba encantada
+al notar que la chiquilla tropezaba más
+que otras veces. Manín engullía en silencio, volviendo
+sólo de vez en cuando los ojos con marcada
+indiferencia hacia aquella triste escena. Al
+poco tiempo, como por máquina, principió a
+murmurar a cada golpe: «¡Dale! ¡Atiza! ¡Buena
+fue ésa! ¡Vaya una mano!...» y otras semejantes
+exclamaciones.</p>
+
+<p>Terminó la lección de historia sagrada. Antes
+de tomar la de gramática hubo un respiro. La
+costurera se puso a bromear alegremente con el
+mayordomo. Estaba de un humor angelical.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tal la carne?</p>
+
+<p>&mdash;Rica, ¡rica de verdad!</p>
+
+<p>&mdash;Lo peor es que te va a quitar el apetito para
+la hora de comer.</p>
+
+<p>Retembló la estancia con la risotada del
+gañán.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso sí! ¡A mí cualquier cosa me quita la
+gana! Vas a tener que meterme un hierro caliente
+en el agua como a la señora.</p>
+
+<p>&mdash;Por la panza te lo había de meter, gran
+puerco.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Concha, no me busques las cosquillas,
+porque aunque eres una mocita de sandunga y
+tienes los ojos muy picarones, y la boca como
+una cereza, un día te encuentras, sin saber por
+dónde vino, con un revés que te arrancará de
+cuajo esa carrerita de perlas que me estás enseñando.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla, calla, viejote, zapalastrón! ¡Bueno
+estás ya para reveses! ¡Si no puedes con los calzones!
+¡Si estás descuajaringado!</p>
+
+<p>&mdash;Eso no lo dices tú con el corazón; por eso
+se te estima. Bien sabes que hay aquí dentro
+mucha entraña todavía (y se daba rudos puñetazos
+en el pecho). ¡Si te cogiera en un maizal!</p>
+
+<p>&mdash;¡Como si me cogieras en la plaza del mercado!
+Na. Ya no tienes más que quijadas y palique.</p>
+
+<p>&mdash;Y manos para apalpar la gracia de Dios&mdash;repuso
+el bárbaro tomando con su manaza velluda
+la barba de la costurera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quita, quita! ¡Gorrinazo!</p>
+
+<p>Y le pegó con la ballena un golpecito en los
+dedos. Volvió el gandulote a embestirla y ella a
+defenderse de la misma manera. Trató de agarrarla
+por la cintura. La doncella se levantó y
+corrió por la estancia, haciéndose la enojada.</p>
+
+<p>&mdash;¡No me toques, Manín! Mira que llamo a la
+señora.</p>
+
+<p>Pero él no hacía caso. La perseguía lanzando
+gruñidos y risotadas; abrazábala aquí, soltábala
+allá, recibiendo en sus carrillos, ásperos y duros
+como la piel de un elefante, las bofetadas de
+la doméstica, sin manifestar sentirlas. Crujían
+los muebles, retemblaba el piso, campanilleaba
+la vajilla de los aparadores. Y él sin cejar. Cada
+vez más falso y zalamerón. Sabía el pícaro que
+aquella mujerzuela irascible y endemoniada tenía
+despierta la vanidad, como todos los seres humanos,
+y que era de capital interés para su panza
+tenerla contenta. Por último, lanzando un verdadero
+mugido de buey, consiguió agarrarla por
+la cintura y alzarla en vilo. Mantúvola en alto
+sin esfuerzo alguno, como si fuera un chiquito
+de tres años.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y ahora? ¿Qué dices ahora, Zapaquilda?
+¿Dónde están esos hígados? ¿Dónde esas manos?
+Anda, bruja, pide perdón; si no, te dejo caer
+como una rana&mdash;bramaba el cazurrón, zarandeándola
+en el aire.</p>
+
+<p>&mdash;¡Déjame, Manín! ¡Déjame, burro! ¡Habrá
+cochinazo! ¡Mira que grito!</p>
+
+<p>Al fin la puso delicadamente en el suelo. La
+doncella, jadeante, desgreñada, frunciendo mucho
+las cejas para aparecer más enfadada, decía
+con voz anhelante:</p>
+
+<p>&mdash;No tienes vergüenza, Manín. Si no fuera
+mirando a la casa donde estamos, te tiraba este
+quinqué a las narices y te las rompía, por bruto
+y por insolentón. A lo mejor están los criados
+oyendo todo esto, y ¿qué dirán? ¡Quita, quita
+allá! No me vuelvas a decir palabra, porque no
+te contesto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso! Grita ahora, fachendosa, después que
+te hice ver a Dios&mdash;roncaba Manín con sorna,
+mirándola de reojo y sobándose la barba.</p>
+
+<p>&mdash;¡Si no te quitas de mi vista, baldragote!...&mdash;exclamaba
+la diminuta criada, pasándole a su
+despecho relámpagos de risa por los ojos.</p>
+
+<p>Manín se sentó de nuevo para engullir el pan
+que quedaba y beber otro vaso de lo blanco. Josefina
+mientras tanto sollozaba en un rincón, llevándose
+las manos heridas a la boca, palpándose
+las mejillas acardenaladas por los ballenatos.
+Manín se dignó echar hacia ella una mirada.</p>
+
+<p>&mdash;No llores, tontina, que el dolor de los zurriagazos
+pasará y la ciencia te quedará en la
+mollera para siempre&mdash;dijo cortando con su navaja
+un pedazo del pan y metiéndolo en la boca.&mdash;Si
+quieres saber mi dictamen, cuanto más te
+peguen más contenta debes de estar. ¿Qué serías
+tú si Concha no tuviese la misericordia de
+castigarte duro? Una chafandina que no valdría
+un celemín de bellotas, una bestia, salva sea la
+comparanza. Y ahora ¿qué serás? Una mujer pa
+too lo que se la pida. (Pausa mientras se corta
+otro pedazo de pan y lo muele, levantando un
+bulto como el puño en el carrillo derecho)...
+Anda, que si yo hubiera tenido como tú maestros
+que me alzasen el pellejo a correazos, no sería
+un burro, no me llamarían Manín, sino don
+Manuel, y en vez de ser un mísero súdito, andaría
+por ahí dándome importancia, paseando
+por Altavilla con las manos atrás como los señores
+y leyendo las gacetas en el casino. (Otra
+pausa y otra amputación del zoquete)... Ponte
+en lo justo si tienes caletre para ello. ¿Cómo
+quieres aprender esas cosas tan enrevesadas sin
+algunos lampreazos? ¿Quién aprendió <i>daqué</i> nunca
+sin azotes? Nadie. ¡Pues entonces! Si tuvieras
+conocimiento, criatura, darías gracias a Dios
+por haberte puesto una maestra que es como una
+gloria. Para too sirve la endina, para too tiene
+las manos finas y los pies listos, ¿verdá, tú?</p>
+
+<p>Concha se había puesto grave otra vez, sentándose
+y haciendo un gesto imperioso a la niña
+para que se acercase. Tocábale el turno a la
+gramática. Aquí andaba peor todavía que en la
+historia, séase por la falta de memoria o porque
+el miedo la turbase. Comenzó el vapuleo: un ballenazo
+ahora y otro después y otro y otro. Manín,
+fiel a sus convicciones pedagógicas, aplaudía
+con la boca llena, cortando grave, esmeradamente,
+en figuras geométricas los pedazos del
+pan antes de conducirlos con toda solemnidad a
+los labios. Las faltas fueron muchas; los golpes
+fueron otros tantos. Pero al terminar la lección,
+Concha consideró que a más del castigo correspondiente
+a cada falta, teniendo en cuenta lo
+mal que la niña lo había hecho, convenía terminar
+con un vapuleo general que las comprendiese
+todas. La alzó de la silla y, blandiendo la
+formidable ballena, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Ahora, para que estudies mejor y se te despierten
+los sentidos, ¡toma!</p>
+
+<p>Tantos y tan recios fueron los golpes, que la
+criatura, tratando de huir aquel martirio, se
+agarró con las manos crispadas a las sayas de
+su verdugo. Sin saber cómo, tal vez por haberse
+colgado inconscientemente a ellas, la cinta que
+las sujetaba se rompió y vinieron al suelo, dejando
+a la costurera solamente con la camisa.
+Dio un grito de vergüenza y se apresuró a levantarlas.
+Pero sin pararse a atar otra vez la cinta,
+echando una mirada de profundo rencor a la
+chica, salió de la estancia sujetándolas con las
+manos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Buena la has hecho, buena, buena, buena!&mdash;exclamó
+Manín, tallando con primor el bocado
+que iba a llevar a la boca.</p>
+
+<p>La criatura, paralizada de terror, no lloraba.
+No le dolían siquiera las heridas. Al cabo de
+pocos momentos se presentó de nuevo Concha
+acompañada de la señora. Ésta venía sonriendo
+sarcásticamente.</p>
+
+<p>&mdash;Por lo visto, a la señorita le gusta ahora
+desnudar a las doncellas delante de los hombres.
+Estará usted contenta, señorita, ¿no es cierto?
+Manín habrá visto bien por todos lados a Concha.
+¿Verdad, Manín, que la has visto cómodamente?</p>
+
+<p>Avanzó unos pasos. La niña retrocedió asustada.</p>
+
+<p>&mdash;No tenga miedo, señorita. Tranquilícese usted,
+señorita. Yo no vengo aquí a azotarla. Eso
+de los azotes es muy antiguo. ¡Quién se acuerda
+ya de azotes! Sólo vengo a invitar a usted para
+que dé una vuelta por la cueva... la cueva de los
+ratones... ya sabe usted. Allí se puede entretener
+en desnudar alguna rata de las muchas que vendrán
+a visitarla... Vamos, deme usted la mano
+para que la conduzca con toda ceremonia.</p>
+
+<p>La niña fue a ponerse detrás de una silla; desde
+allí, perseguida por Amalia y por Concha, corrió
+alrededor de la mesa; por último, se refugió
+detrás del mayordomo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Manín! ¡Manín, por Dios me escondas!</p>
+
+<p>Pero éste la sujetó por un brazo y la entregó
+a la señora. Tomáronla cada una por una mano
+y la arrastraron, apesar de sus gritos penetrantes.</p>
+
+<p>&mdash;¡A la cueva no! ¡A la cueva no! ¡Madrina,
+perdón! Mátame primero. ¡Mira que tengo mucho
+miedo! ¡A la cueva no, que me comen los
+ratones!</p>
+
+<p>Los criados salieron al pasillo y presenciaban
+mudos y graves aquella escena. Los gritos de la
+niña se fueron perdiendo en la oscura y tortuosa
+escalera que conducía al sótano.</p>
+
+<p>Amalia abrió la puerta de la terrible cueva y
+empujó a su hija hacia el interior. Cerró con furia;
+pero la niña había corrido hacia la salida, y
+la puerta le cogió la mano. Oyose un grito desgarrador.
+La valenciana abrió otra vez la puerta,
+dio un fuerte empujón a la criatura que la
+hizo caer al suelo, y echó la llave.</p>
+
+<p>La cueva era un calabozo húmedo y negro
+donde sólo penetraban algunos tenues rayos de
+luz por un ojo de buey abierto en lo alto. Sirvió
+en otro tiempo para bodega de vinos. Ahora no
+había allí más que botellas vacías.</p>
+
+<p>La niña apenas quedó sola se incorporó, miró
+a todos lados loca de terror, quiso gritar y la
+voz se le anudó en la garganta; por último, extendiendo
+las manos, acometida de un fuerte
+temblor, cayó desvanecida.</p>
+
+<p>Al cabo de media hora el mozo de cuadra, que
+había presenciado el encierro, movido de compasión,
+acercose a la puerta y miró por el ojo de
+la cerradura. Nada pudo ver. Llamó muy quedo.</p>
+
+<p>&mdash;Josefina.</p>
+
+<p>La chica no respondió. Llamó más fuerte. El
+mismo silencio. Asustado, gritó y golpeó en la
+puerta con todas sus fuerzas sin obtener contestación.
+Entonces apresurose a subir para dar
+parte de lo que pasaba, a riesgo de perder su
+empleo. Amalia mandó a Concha con la llave
+para ver lo que ocurría. Entre ella y Paula subieron
+a la criatura privada de sentido, fría y rígida,
+con los caracteres de la muerte impresos
+en el rostro. Temerosa de las complicaciones
+que con esto pudieran sobrevenir, la esposa del
+maestrante se apresuró a meterla en la cama.
+Tardó poco la pequeña en volver en sí, pero inmediatamente
+se declaró una fuerte calentura.
+Llamose al médico. Encontrola bastante mal.
+Para explicar la herida de la mano y los cardenales
+que presentaba, Amalia, fértil en mentiras,
+inventó una historia que el doctor creyó o fingió
+creer.</p>
+
+<p>Estuvo entre la vida y la muerte algunos días.
+Amalia seguía con ojos inquietos el curso de la
+enfermedad. No le dolía la pérdida de aquel ser
+sobre el cual había vertido las hieles amargas
+de su corazón; pero le agitaba la idea de perder
+de una vez su venganza. Justamente al tercer
+día de hallarse en cama Josefina, tuvo noticia
+de que en la noche anterior había salido Fernanda
+en la silla de posta para Madrid, y que
+Luis sólo tardaría cuatro o cinco días en reunirse
+con ella. Experimentó violenta sacudida.
+Una ola hirviente de bilis inundó su pecho.
+Aquella noche tuvo fiebre también. ¡Se le escapaban!
+No había posible venganza para aquel
+traidor. Iría a Madrid, se casaría; tal vez allí
+recibiría la noticia de la muerte de su hija; lloraría
+un poco; al cabo las caricias de su adorada
+esposa se la harían olvidar. De aquellos amores
+tan largos, tan vivos, no quedaría más que
+un hombre paseando su dicha por Europa, y en
+Lancia una pobre mujer vieja y triste sirviendo
+de befa a los corrillos de Altavilla. Sus carnes
+fláccidas temblaron. Los instintos vengativos de
+su raza gritaron furiosos, avasalladores. ¡No, no
+podía ser! Antes arrojarle su hija muerta a los
+pies, antes clavarle un puñal en el corazón.</p>
+
+<p>Ocurriosele una idea singular y terrible: contárselo
+todo a su marido. Ignoraba lo que esto
+daría de sí, pero por lo pronto provocaría un escándalo.
+D. Pedro era violento, gozaba de gran
+poder y prestigio. ¿Quién sabe el destrozo que
+la bomba podía causar? Cierto que estaba paralítico
+y no podía tomar venganza por su mano;
+pero ¿no se le ocurrirían a aquel hombre tan altivo
+y puntilloso medios de volver el mal que le
+causaran? Ella caería entre las ruinas, pero caería
+con gusto si el traidor pagaba de algún modo
+su perfidia.</p>
+
+<p>Después de mucho batallar con este pensamiento,
+no arriesgándose a hacer la confesión
+de palabra ni a escribirla bajo su firma, remitió
+a D. Pedro, disfrazando la letra, una carta anónima.
+«La niña que usted ha recogido hace seis
+años es hija de su esposa y de un caballero que
+frecuenta su casa y a quien usted llama su amigo.
+No le digo a usted el nombre. Busque usted
+y no tardará en hallar al traidor.&mdash;<i>Un amigo
+leal.</i>» Echola al correo y esperó con ansia el
+efecto que producía.</p>
+
+<p>D. Pedro la recibió delante de ella y la leyó.
+Su rostro se contrajo fuertemente y se cubrió de
+palidez cadavérica.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién te escribe?&mdash;preguntó ella con naturalidad.</p>
+
+<p>El maestrante se repuso inmediatamente y,
+doblando la carta y guardándola, respondió haciendo
+esfuerzos por asegurar su voz, que temblaba:</p>
+
+<p>&mdash;Nada, un recomendado mío que se queja de
+que le han dejado cesante... ¡Ese gobernador!
+No tiene memoria ni formalidad ninguna.</p>
+
+<p>Inquieta ya y esperando con ansia los acontecimientos
+se retiró a su gabinete. Por la tarde
+llegó Jacoba con misterio y le entregó un billete
+de parte del conde.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quiere de mí ese hombre?&mdash;preguntó
+sorprendida y en tono despreciativo.</p>
+
+<p>&mdash;No lo sé, señorita. Escribió la carta en mi
+casa y allí espera contestación.</p>
+
+<p>El billete del conde decía:</p>
+
+<p>«Amalia, sé que nuestra hija se halla en peligro
+de muerte. Por lo que más quieras en este
+mundo, por la salvación de tu alma, concédeme
+una entrevista. Necesito hablarte. Si esta tarde
+ya no puede ser, ven mañana por la mañana a
+casa de Jacoba.&mdash;Tuyo, <i>Luis</i>.»</p>
+
+<p>&mdash;¡Tuyo! ¡tuyo!&mdash;murmuró con amarga sonrisa.&mdash;Has
+sido mío, sí, pero has cambiado de
+dueño. Te costará caro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Llevo contestación, señorita?</p>
+
+<p>Quedó pensativa unos momentos; dio algunas
+vueltas por la estancia, completamente abstraída;
+se acercó al balcón y miró por los cristales.
+Al fin dijo, volviéndose a medias y con
+gran sequedad:</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, iré mañana a la hora de misa.</p>
+
+<p>&mdash;Me ha preguntado con grandísimo interés
+por la niña.</p>
+
+<p>&mdash;Dile que sigue lo mismo.</p>
+
+<p>Marchose la entremetida, y ella permaneció
+largo rato mirando a la calle, al través de los
+cristales, sin verla.</p>
+
+<p>Desde las siete de la mañana del día siguiente
+estaba Luis aguardándola en la casucha de Jacoba.
+No había allí más que una cocina en la planta
+baja y una salita arriba con alcoba, tan bajas de
+techo que el conde con sombrero tocaba en el
+cielo raso. En esta salita daba paseos furiosos
+con las manos en los bolsillos, mirando con precaución
+a cada momento por los visillos de la
+única ventana que tenía. Hasta las nueve no acudió
+la dama. La vio llegar con la mantilla echada
+por los ojos, el devocionario en la mano y el
+rosario colgado de la muñeca, con el paso firme
+y sosegado, como si viniese a dar algunos encargos
+a su antigua protegida. Cuando oyó su
+voz en la cocina, le dio un vuelco el corazón, se
+puso a temblar como un azogado y se le borraron
+por completo las palabras que tenía preparadas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo está usted, conde?&mdash;dijo ella con
+gran naturalidad al entrar, tendiéndole una
+mano.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, ¿y tú?</p>
+
+<p>Levantó la cabeza como sorprendida de oírse
+tutear y respondió mirándole fijamente:</p>
+
+<p>&mdash;Perfectamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y la niña?</p>
+
+<p>&mdash;Algo mejor.</p>
+
+<p>Despejose al oír esto la fisonomía del caballero.
+Brilló un rayo de alegría en sus ojos y dijo
+tomando de la mano a su ex-querida y atrayéndola
+hacia el pobre sofá de paja que allí había.</p>
+
+<p>&mdash;Sentémonos, Amalia. Aunque sea un atrevimiento
+por mi parte, te ruego que me permitas
+seguir tuteándote cuando estemos solos... Yo no
+olvido, no podré olvidar jamás cuántas horas de
+dicha te debo, cuánta felicidad has vertido en
+mi vida triste y monótona. Tú me has revelado
+lo más dulce y más íntimo que existía en mi corazón
+sin que yo lo sospechase siquiera. Para tí
+han sido los primeros impulsos de mi alma. Sólo
+tú has penetrado hasta ahora en ella, la has sondeado
+y conoces sus melancolías, sus flaquezas,
+y sus ternura. Si me separo de ti, si digo adiós
+a nuestro amor, no creas que es porque he dejado
+de estimarlo: obedezco solamente a una ley
+de la naturaleza que nos empuja a todos a crear
+una familia. No tengo en el mundo más que a mi
+madre, una pobre anciana que muy pronto me
+dejará solo... No debe parecerte mal que quiera
+formar un hogar y poseer un heredero de mi nombre
+y mis títulos... Además, el grito de la conciencia
+me perseguía...</p>
+
+<p>El conde, regocijado con la mejoría de la niña,
+se mostraba expansivo y más locuaz que de costumbre,
+sin poder ocultar la felicidad que le embargaba,
+pensando que todo estaba arreglado a
+medida de sus deseos. Josefina dichosa al lado
+de su madre; él dichoso al lado de Fernanda;
+Amalia resignada y tributándole siempre un cariño
+dulce y cada día más acendrado.</p>
+
+<p>Ésta le miraba con cierta curiosidad burlona.
+Cuando terminó, dijo sonriendo benévolamente:</p>
+
+<p>&mdash;Sobre todo desde la noche en que viste a
+Fernanda con aquel precioso vestido descotado,
+ese grito debió de hacerse insoportable.</p>
+
+<p>El conde sonrió también, avergonzado.</p>
+
+<p>&mdash;No lo creas, Amalia; siempre he sentido remordimientos.
+Claro está que al hacerse uno
+viejo ve las cosas con más claridad. Mi barba ya
+blanquea por varios sitios, como estás observando.
+Lo que en un joven puede disculparse como locura,
+como expansión irremediable del fuego que
+corre por las venas, en un viejo se llama crimen.
+El amor, a la edad en que yo estoy, no debe tapar
+con sus alas la luz de la razón, y si la tapa
+merezco el calificativo de insensato. Mi resolución
+podrá sernos amarga a los dos. A mí me
+lo es mucho; me cuesta trabajo desprenderme
+de una pasión que a fuerza de tiempo casi se ha
+convertido en costumbre. Existe, además, por
+desgracia, entre los dos un lazo imposible de
+romper por completo. El Destino ha hecho nacer
+del fango de nuestro pecado una flor hermosa,
+una cándida azucena. Apartemos el crimen
+de su frente: ya que ha sido engendrada por un
+amor ilegítimo, no la manchemos con nuestra
+conducta vituperable. Hagámonos dignos de ella
+viviendo como cristianos.</p>
+
+<p>&mdash;Está muy bien todo eso. Sólo siento que ese
+curso de doctrina cristiana haya venido tan tarde
+y haya coincidido con la llegada a esta población
+de tu antigua novia. Porque parece así como
+si tuvieras olvidado por completo el catecismo, y
+ella viniese a refrescarte la memoria. Pero, en fin,
+en eso no debo meterme porque no me concierne.
+El resultado es que te casas. Haces bien. El
+hombre está mal solo, y cuando halla una compañera
+digna, como tú has hallado, no debe perder
+la ocasión. Fernanda es una buena muchacha;
+segura estoy de que te hará feliz. Tendréis
+muchos hijos y, después de una vida larga y dichosa,
+iréis al cielo.</p>
+
+<p>Sorprendiole a Luis aquella resignación y no
+pudo menos de sentir alguna inquietud.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y tú serás también feliz?&mdash;le preguntó tímidamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Yo?... ¡Qué importa que yo sea feliz o desgraciada!&mdash;dijo
+alzando los hombros con ademán
+desdeñoso.</p>
+
+<p>&mdash;¡No digas eso, Amalia! La felicidad no es la
+locura a que nos entregamos durante siete años.
+Había un dejo amargo en ella que yo percibía
+hace tiempo, y que tú no tardarías en percibir.
+Una vida pura y digna, la tranquilidad de la
+conciencia, la estimación de las personas honradas
+te darán más contento que la pasión culpable...
+Además, tienes lo que yo no tengo... tienes
+a tu lado un ángel, un lirio tierno y fragante
+que embalsamará tu existencia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, sí, Josefina!... Efectivamente, ella
+será la que me ha de proporcionar los únicos
+buenos ratos que pasaré en adelante.</p>
+
+<p>Lo dijo con una inflexión de voz tan extraña, tan
+aguda y estridente, que Luis sintió un escalofrío.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quieres decir con eso?</p>
+
+<p>&mdash;Lo que he dicho; que por fortuna tengo a
+Josefina para resarcirme.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es que lo dices de un modo tan raro!</p>
+
+<p>La valenciana dejó escapar una risita singular
+que salía allá del fondo de la garganta y sonaba
+de modo siniestro. Luis la miraba fijamente,
+cada vez más inquieto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero qué tonto eres, Luis! ¡pero qué retontísimo!
+El egoísmo ha puesto tales cataratas en
+tus ojos que no ves ni lo que tienes delante. Si
+tuvieses veinte años, esa inocencia podría quizás
+inspirarme lástima; a tu edad no me inspira más
+que risa y desprecio. Pensar en que cuatro palabrillas
+insolentes sobre la moral y la conciencia
+bastarían a obligarme a aceptar satisfecha la
+humillación que me impones; suponer que yo, a
+quien si no conoces debieras conocer, voy a consentir
+que me arrojes como un trapo sucio, que
+me arrastres como una cautiva enamorada a los
+pies de Fernanda para que le sirva de almohadón
+cuando suba a tu lecho, es el colmo de la
+estupidez y la fanfarronería. ¿Por qué no me pides
+también que sea tu madrina de boda?</p>
+
+<p>El conde la contemplaba con los ojos dilatados,
+expresando la ansiedad y el espanto.</p>
+
+<p>&mdash;De modo que lo que me han dicho de los
+martirios que haces pasar a nuestra hija ¿es
+cierto?</p>
+
+<p>&mdash;¡Y tan exacto! Y aún no los sabes por completo...
+Mira, voy a referírtelos todos para que
+no te llames a engaño...</p>
+
+<p>Y con palabra breve, incisiva, con una cruel
+satisfacción que se le traslucía en la voz, puso
+delante de su vista el cuadro espantoso de las
+miserias y dolores que la desgraciada criatura
+había padecido en los últimos meses. Aquel
+cuadro era infinitamente más aterrador que el
+que le había exhibido María la planchadora. El
+conde, pálido, desencajado, sin hacer el más leve
+movimiento, parecía la estatua de la desesperación.
+Al poco rato se tapó la cara con las manos
+y así escuchó hasta el fin.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, qué infame! ¡oh, qué infame!&mdash;murmuró
+sordamente.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, muy infame, pero aún espero serlo más.
+¿Has oído todas estas infamias? Pues no son
+nada en comparación con las que haré.</p>
+
+<p>&mdash;¡No las harás tal, malvada!&mdash;profirió Luis
+levantándose y abalanzándose a ella.&mdash;Antes te
+ahogaré con mis manos.</p>
+
+<p>La valenciana se escapó hacia la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Si das un paso más, grito!</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, infame, infame!&mdash;volvió a exclamar
+con voz profunda el conde.&mdash;¡Y Dios consiente
+sobre la tierra estos monstruos!</p>
+
+<p>Dio unos pasos atrás y se dejó caer nuevamente
+sobre el sofá. Apoyó los codos sobre las
+rodillas y metió la cabeza entre las manos. Al
+cabo de largo silencio la levantó diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, ¿y qué exiges de mí?</p>
+
+<p>Amalia dio un paso para acercarse.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que ya debes de suponer, si es que te
+queda un poco de sentido común. No exijo que
+nuestras relaciones continúen, porque a los términos
+a que hemos llegado no es posible: sería
+tanto como mendigar tu amor, y tengo demasiado
+orgullo para ello. Pero no quiero que ni
+tú ni esa mujer os quedéis riendo de mí; no
+quiero servir de befa a los que conocen nuestras
+relaciones, que son todos los que frecuentan la
+casa. Exijo, pues, como condición para que la
+niña vuelva a ser lo que era que rompas inmediatamente
+con Fernanda y no te acuerdes más
+de ella.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero Amalia!&mdash;exclamó con acento dolorido.&mdash;Bien
+comprendes que es imposible. Mi
+boda está concertada; lo sabe ya todo Lancia:
+Fernanda me espera en Madrid; faltan muy pocos
+días...</p>
+
+<p>&mdash;Aunque faltase un minuto. Esa boda no se
+celebrará. Si te casas con Fernanda, tu hija pagará
+el agravio en la forma que ya sabes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! Yo lo impediré. Daré parte a la autoridad.
+Pediré el depósito de la niña.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es hablar por hablar, Luis&mdash;replicó
+con calma y sonriendo Amalia.&mdash;Las autoridades
+de Lancia son hechura de Quiñones. Nadie
+osará declarar una palabra contra mí.</p>
+
+<p>&mdash;Se lo referiré todo a D. Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;No te creerá; y si te creyese, ¿qué adelantarías?
+En vez de impedir mi venganza, como
+es la suya también, me ayudará.</p>
+
+<p>Hubo un largo silencio. El conde meditaba
+con la frente apoyada en la mano. De pronto se
+alzó violentamente y se puso a dar agitados paseos
+murmurando:</p>
+
+<p>&mdash;¡No puede ser! ¡no puede ser!</p>
+
+<p>La valenciana le seguía con la vista. Al cabo,
+dijo dando un paso hacia la puerta:</p>
+
+<p>&mdash;Adiós.</p>
+
+<p>El conde la detuvo con un gesto.</p>
+
+<p>&mdash;Espera.</p>
+
+<p>Amalia permaneció inmóvil, con la mano en
+el marco de la puerta, clavándole una mirada
+penetrante.</p>
+
+<p>El conde siguió paseando todavía algunos momentos
+sin hacer caso de ella.</p>
+
+<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo con voz enronquecida, parándose;&mdash;no
+se efectuará el matrimonio. Tú me
+dirás lo que debo hacer.</p>
+
+<p>Su rostro demudado revelaba la calma de la
+desesperación.</p>
+
+<p>&mdash;Es necesario que escribas una carta a Fernanda
+despidiéndote.</p>
+
+<p>&mdash;La escribiré.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora mismo.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora mismo.</p>
+
+<p>Amalia se asomó a la escalera y pidió a Jacoba
+recado de escribir. Como no había allí mesa,
+lo puso sobre la cómoda. El conde se acercó y
+se dispuso a escribir de pie. Amalia también se
+acercó.</p>
+
+<p>&mdash;Es esto lo que quiero que le escribas&mdash;dijo
+presentándole un papel.</p>
+
+<p>Era el borrador de la carta. El conde pasó la
+vista por él.</p>
+
+<p>«Mi buena amiga Fernanda:&mdash;decía&mdash;He querido
+que te fueses para decirte por escrito lo que
+de palabra sería superior a mis fuerzas. No puedo
+ser tuyo. No necesito explicarte las razones
+porque tú las adivinarás. Quisiera amarte bastante
+para sobreponerme a todo y huir contigo.
+Por desgracia o por fortuna, hay cosas que pesan
+en mi corazón más que tu amor. Perdóname
+el haberte engañado y procura ser feliz, como
+lo desea tu mejor amigo&mdash;<i>Luis</i>.»</p>
+
+<p>Trazó los renglones de esta carta con mano
+trémula. Antes de terminar, algunas lágrimas
+asomaron a sus ojos.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="XV" id="XV"></a>XV</h3>
+
+<p class="cab">Josefina duerme.</p>
+
+
+<p>El noble maestrante fácilmente dio con
+el autor de su deshonra. Así que leyó
+el anónimo y se recobró del susto, sus
+sospechas fueron a parar al conde de Onís.
+No otra cosa le empujó a ello que el parecido,
+que ahora advertía claramente, entre éste y la
+niña recogida. Por lo demás, o porque su excesivo
+orgullo le vendase los ojos, o porque Amalia
+había sabido tenerle engañado, jamás advirtió
+entre ellos más que una fría y ceremoniosa
+amistad que nada tenía de ofensiva. El mismo
+orgullo detuvo el curso de sus pensamientos
+amargos con esta consideración: ¿Por qué dar
+asenso a lo que el anónimo decía? ¿Por qué no
+suponer que se trataba de una vil calumnia con
+que algún enemigo quería envenenar su existencia?
+Mas el dardo había entrado tan profundamente
+en su corazón que no podía arrancárselo.
+Todas las consideraciones que su deseo
+le sugería no bastaban a destruir la gran certidumbre
+que, sin saber cómo, se le había colado
+de rondón en el cerebro. Algunos pormenores,
+que habían pasado para él inadvertidos, adquirieron
+de pronto alto relieve, se alzaron como
+antorchas encendidas para guiarle. El principal
+de todos era, como es natural, la enfermedad de
+su esposa coincidiendo con la aparición de la
+niña. Recordaba la extraña tenacidad con que se
+opuso a que subiese médico alguno a verla; luego
+el mimo, los cuidados exquisitos que se prodigaron
+a la criatura. Acudieron también a su memoria
+aquellas visitas que en otro tiempo hizo
+su esposa a la Granja con pretexto de escoger
+algunas plantas. Ninguna circunstancia quedó,
+referente a la amistad del conde y al hallazgo de
+la niña, que no revolviese y pesase en su pensamiento.</p>
+
+<p>Tornose silencioso y meditabundo. La mirada
+dura de sus ojos hundidos se posaba con insistencia
+en Amalia siempre que ésta entraba en
+su habitación. En diferentes ocasiones se hizo
+traer la niña con cualquier pretexto y la contempló
+largamente, tratando de descifrar en los rasgos
+de su fisonomía el enigma de su existencia.
+Amalia observaba todo esto, y leía tan perfectamente
+en el cerebro de su esposo como en un
+libro abierto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuándo se casa Luis?&mdash;le preguntó un día
+en tono afectadamente distraído el maestrante.</p>
+
+<p>&mdash;Dicen que aún tardará algún tiempo. Necesita
+arreglar no sé qué asuntos antes de irse a
+Madrid&mdash;respondió con la mayor tranquilidad.</p>
+
+<p>&mdash;¿Continúa en la Granja?</p>
+
+<p>&mdash;Siempre. No viene más que alguna que otra
+vez por la tarde, según me ha dicho un día que
+le hallé en la tienda de Barrosa.</p>
+
+<p>Justamente a la noche siguiente apareció en
+la tertulia el conde.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado ya
+de la Granja?&mdash;le preguntó D. Pedro, clavándole
+una mirada penetrante.</p>
+
+<p>&mdash;Definitivamente, no. Tengo el coche abajo,
+y me vuelvo a dormir.</p>
+
+<p>&mdash;Se aburre usted allí, ¿verdad?&mdash;le preguntó
+D. Cristóbal Mateo.</p>
+
+<p>&mdash;Por el día no. Estoy muy entretenido con
+los trabajos del campo, el molino, los bichos,
+etc. ¡Pero las noches se hacen tan largas!...</p>
+
+<p>Luis venía solamente por ver a su hija. Amalia
+no se lo permitió hasta que la niña estuvo
+medianamente repuesta. Volvió a vestirla como
+antes y le devolvió los fueros que tenía. Pero no
+el cariño. El encanto se había roto.</p>
+
+<p>Porque Luis la aborrecía: estaba sometido a
+la fuerza. Con aquella pasión ardorosa, con aquel
+amor lleno de misterio y placer se había unido
+también la afición a la criatura. Pero los martirios
+que su cólera insensata le había hecho padecer
+abrió entre ellas un abismo. Josefina jamás
+amaría a su verdugo. La pobre niña, vestida con
+ricos trajes, vagaba sola por el palacio de Quiñones,
+sin hallar en nadie ternura. Amalia huía,
+de ella. Los criados, avergonzados de sus malos
+tratos y pesarosos de aquel repentino cambio,
+que elevaba de nuevo a la expósita sobre ellos,
+no le dirigían la palabra. El largo martirio sufrido
+y la terrible enfermedad con que terminó
+habían dejado huellas profundas en su semblante.
+Su rostro pálido se trasparentaba como el
+nácar. En torno de los ojos persistía aquel
+círculo oscuro, negro, de agitación y dolor. El
+conde sentía apretarse su corazón cada vez que
+la veía. Costábale trabajo retener las lágrimas.</p>
+
+<p>Amalia no dio noticia a su amante del imprudente
+anónimo que había dirigido a Quiñones.
+Temiendo, por la actitud de éste, algún grave
+acontecimiento, resolviose a despistarle, ya
+que volverle la calma no era posible. El partido
+que mejor le pareció fue apartar las sospechas
+de Luis y encaminarlas hacia Jaime Moro. Era
+el único que por su edad, figura y posición podía
+aparecer como un amante verosímil. Principió
+por tratarle, en presencia de D. Pedro, con particular
+afecto, distinguiéndole de los demás tertulios
+de modo harto visible. Dirigíale miradas
+y sonrisas significativas; gustaba de ponerse detrás
+de su silla cuando estaba jugando al tresillo,
+y embromarle; llamábale a cada instante con
+cualquier pretexto y le retenía a su lado largos
+ratos hablándole en secreto, acercando más de
+la cuenta el rostro al suyo. No era tan fácil como
+puede parecer seducir a Moro, aunque sólo fuese
+en la apariencia. Nada tenía de arisco; al contrario,
+gozaba justa fama de caballeroso y galante
+con las damas. Pero cuando las damas se
+hacían incompatibles con el billar o el tresillo
+no lo había más grosero y cerril en seis leguas a
+la redonda. Amalia le mortificaba infinitamente
+reteniéndole cuando los tresillistas le aguardaban.
+Entonces no respondía acorde a sus preguntas,
+sonreía por máquina y dirigía frecuentes y
+codiciosas miradas a la mesa donde sus compañeros
+gozaban ya las dulzuras de alguna vuelta
+con palo de favor.</p>
+
+<p>&mdash;Moro, siéntese usted aquí; vamos a charlar
+un rato.</p>
+
+<p>Moro temblaba: se le venía el mundo encima.
+Tomaba asiento al lado de la dama con una cara
+larga, larga, que no daba idea cabal de la pasión
+que debía arder en su pecho.</p>
+
+<p>El maestrante había hecho poco caso de aquellos
+apartes, de las preferencias y las sonrisas insinuantes
+de su esposa. Les miraba con ojos distraídos,
+sin venírsele a la mente ninguna sospecha,
+preocupado enteramente con la verdadera
+pista. Sin embargo, al cabo de algunos días, tanto
+insistió Amalia y tan buena maña se dio, que
+el noble caballero principió a fijarse en aquellos
+signos y a darles algún valor. La valenciana sintió
+el placer del triunfo. Sus cálculos iban camino
+de realizarse. Y para dar impulso poderoso
+y decisivo a su enredo, ocurriosele en el momento
+una treta peregrina. Se hallaba sentada
+en un rincón, teniendo a su lado a Jaime Moro,
+bien a la vista de D. Pedro. Moro, distraído
+como siempre. La esposa de Quiñones necesitaba
+hacer prodigios de habilidad para sostener la
+conversación, le sonreía, le mimaba, le envolvía
+en una red de palabras melosas, que acentuaba
+fuertemente con la sonrisa a fin de llamar
+la atención de D. Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es eso? ¿Está usted mirando mi brazalete?</p>
+
+<p>Moro no había reparado en él.</p>
+
+<p>&mdash;Es muy lindo&mdash;se apresuró a decir por
+complacencia.</p>
+
+<p>&mdash;Ha pertenecido a mi madre. Tiene más mérito
+de lo que parece. Este retrato, que es el de
+mi abuela, está hecho de mosaico... vea usted.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo levantó la mano. Moro lo
+contempló con afectada admiración.</p>
+
+<p>&mdash;Repárelo usted bien.</p>
+
+<p>Y la alzó aún más, poniéndosela cerca de los
+ojos. Observando con el rabillo del ojo que don
+Pedro la miraba, todavía la alzó un poquito,
+hasta rozar con ella los labios del joven. Pero
+en aquel instante la retiró bruscamente con vivo
+ademán. Moro quedó estupefacto. Involuntariamente
+dirigió la vista hacia D. Pedro, y notando
+que éste le clavaba una mirada fría y penetrante,
+se puso colorado hasta las orejas. Amalia
+se levantó y se fue al salón, como si quisiera
+disimular su turbación.</p>
+
+<p>Fue grande la que se apoderó del orgulloso
+maestrante con el secreto que pensó sorprender.
+Sus ideas experimentaron violenta sacudida.
+Agitado por mil sospechas contrarias, dominado
+por una cólera furiosa, movía entre sus trémulas
+manos las cartas, sin pensar en ellas, imaginando
+horribles venganzas contra su esposa y
+contra el...</p>
+
+<p>¿Contra quién? ¿Cuál era el traidor? La duda
+encendía aún más su rabia.</p>
+
+<p>Lo que había visto era bien concluyente. Y,
+sin embargo, su pensamiento no podía apartarse
+del conde de Onís. Contra el testimonio de
+sus propios ojos alegaba el instinto, una voz
+interior que le señalaba sin cesar a su enemigo.</p>
+
+<p>Apareció éste en la tertulia. Saludó fríamente
+a Amalia y se fue derecho al gabinete; pero Manuel
+Antonio le retuvo tirándole por el faldón
+del frac.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde vas, Luis? Ven aquí, muchacho; no
+te nos enfrasques tan pronto en el juego. Mira,
+aquí María Josefa y Jovita han estado disputando
+toda la noche sobre la fecha de tu matrimonio.
+Yo les he dicho: «No disputéis más. Si
+viene hoy Luis, es tan amable que de seguro os
+lo ha de decir.»</p>
+
+<p>&mdash;Pues las has engañado&mdash;respondió el conde
+aproximándose al grupo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tan grosero te has vuelto?</p>
+
+<p>&mdash;No es grosería, es ignorancia. Estas señoritas
+saben muy bien que las cosas no se realizan
+nunca como y cuando queremos. Si yo les
+dijese ahora una época y resultase otra, pensarían
+que había tratado de burlarme de ellas.</p>
+
+<p>Apesar de los esfuerzos que hacía por sonreír,
+el semblante del conde reflejaba tristeza infinita.
+Su voz salía apagada y enronquecida.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, no! ¡Nada de eso!&mdash;exclamó riendo
+Jovita.&mdash;Díganos usted un día cualquiera, que
+aunque luego resulte otro, pensaremos que no
+ha sido por su voluntad.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, pues mañana.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso tampoco!&mdash;gritaron ambas solteronas
+alborozadas.</p>
+
+<p>&mdash;No son ustedes fáciles de contentar. ¿Qué
+día quieren que me case? Señálenlo ustedes.</p>
+
+<p>El conde no había dicho una palabra a nadie
+de la ruptura de su matrimonio. La innata debilidad
+de su carácter le obligaba a callar una
+noticia que muy pronto había de difundirse. Tenía
+miedo a la curiosidad pública, a las preguntas,
+a que en el rostro le adivinasen las causas
+de tal resolución. Y temblaba y se entristecía
+profundamente cada vez que, como ahora, le tocaban
+este punto.</p>
+
+<p>Hasta entonces no se había traslucido nada.
+Creíase en la ciudad que de un día a otro se iría
+a Madrid a reunirse con su futura. Sin embargo,
+Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de
+todos sus contemporáneos, había olido algo. Y
+con la tenacidad y el disimulo de una Isabel de
+Inglaterra, principió a recoger noticias y a atar
+cabos de tal modo que a la hora presente andaba
+muy cerca de la verdad.</p>
+
+<p>&mdash;Muy triste te veo estos días, Luisito&mdash;le
+dijo bruscamente.&mdash;Más que de matrimonio tienes
+cara de testamento.</p>
+
+<p>El conde se turbó y no supo más que contestar
+sonriendo forzadamente:</p>
+
+<p>&mdash;El matrimonio es un paso muy serio.</p>
+
+<p>Trató de marcharse, pero Manuel Antonio volvió
+a retenerlo. A todo trance quería dar con la clave
+del enigma, saber de un modo positivo lo
+que sospechaba. Y ayudándose de María Josefa,
+que sabía mejor que él a qué atenerse, mantuvo
+alerta la conversación algún tiempo sobre el
+escabroso tema. Luis estaba en brasas. Dirigía
+frecuentes miradas hacia el sitio de Amalia, como
+reclamando lo que estaba obligada a concederle.
+Levantose al fin la dama, se asomó a la puerta
+y tornó a sentarse. A los pocos momentos apareció
+el rostro pálido y suave de Josefina. Paseó
+sus ojos tristes por la sala, y a una seña de su
+madrina dirigió sus pasos al gabinete. Al cruzar
+por detrás del conde, volviose éste a medias y le
+echó una mirada rápida y ansiosa, que no pasó
+inadvertida a la sagacidad de sus interlocutores.
+La niña levantó sus ojos hacia él, brillando
+con sonrisa feliz. Fue un choque magnético que
+hizo arder súbito toda la alegría de su corazón
+infantil. Los tertulios la llamaron, trataron de
+retenerla; pero ella, obedeciendo la orden de su
+madrina, siguió hasta el gabinete. Pocos momentos
+después se oyó la voz áspera de Quiñones.</p>
+
+<p>&mdash;¿No está el conde de Onís por ahí? ¿Cómo
+no entra?</p>
+
+<p>&mdash;Allá voy, D. Pedro&mdash;se apresuró a responder
+Luis, contento de separarse de aquel enfadoso
+grupo.</p>
+
+<p>Al entrar en el gabinete se produjo, en menos
+tiempo del que puede tardarse en referirla, una
+terrible escena que puso en conmoción y espanto
+a toda la tertulia. D. Pedro estaba con las
+cartas en la mano y lo mismo Jaime Moro y
+D. Enrique Valero. Saleta, que hacía el cuarto,
+hablaba con el capellán sentado detrás de él. En
+torno de la mesa había tres o cuatro personas
+de pie mirando el juego. Cerca del noble maestrante
+se hallaba Josefina con los bracitos cruzados
+esperando su bendición para irse a la cama.</p>
+
+<p>Al entrar el conde, Quiñones le lanzó una rápida
+mirada escrutadora, clavó enseguida otra
+de profundo odio en la niña y dijo con sonrisa
+sarcástica:</p>
+
+<p>&mdash;Ah, ¿quieres la bendición?... Toma la bendición.</p>
+
+<p>Y le dio de revés un tremendo bofetón que la
+hizo rodar por el suelo, soltando sangre por boca
+y narices. Luis sintió aquella bofetada en sus
+mejillas. Huyó repentinamente de ellas toda la
+sangre y quedó densamente pálido. Y por un
+impulso ciego, superior a su voluntad, gritó fuera
+de sí:</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso es una vileza! ¡Una cobardía!</p>
+
+<p>Y aun trató de lanzarse sobre él. Pero le detuvieron.
+D. Pedro gritaba mientras tanto a
+grandes voces, loco de furor:</p>
+
+<p>&mdash;¡Por fin caíste! ¡Por fin caíste, perro!</p>
+
+<p>Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del
+asiento y lanzarse sobre el ladrón de su honra,
+consiguiolo a medias, y cayó al fin de nuevo,
+privado de sentido, torciendo la boca.</p>
+
+<p>Los tertulios se habían levantado todos y acudieron
+al gabinete. Las señoras gritaban aterradas.
+Los hombres preguntaban a los de dentro
+lo que ocurría. El conde de Onís paseó una mirada
+de extravío por ellos, se dirigió al sitio
+donde yacía Josefina, alzola del suelo y, con ella
+en brazos, trató de abrirse paso. Amalia se le
+puso delante.</p>
+
+<p>&mdash;¿Adónde va usted?</p>
+
+<p>Y quiso arrancarle la niña. Pero Luis extendió
+la mano, agarró a la valenciana por los cabellos
+y, después de sacudirla tres o cuatro veces
+con fuerza, la arrojó lejos de sí y se lanzó a
+la puerta del salón.</p>
+
+<p>Bajó la escalera a saltos, salió a la calle, donde
+esperaba el coche, y brincando en él con su
+preciosa carga dijo al cochero:</p>
+
+<p>&mdash;¡A escape, a la Granja!</p>
+
+<p>El pesado vehículo rodó con estrépito por las
+calles mal empedradas. No tardó en salir a la
+carretera.</p>
+
+<p>La luna brillaba en lo alto del firmamento. De
+vez en cuando, grandes nubes espesas, flotantes
+tapaban su disco, pero al instante volvía a lucir.
+En las regiones superiores de la atmósfera soplaba
+un viento huracanado. Abajo parecían reinar
+el silencio y la paz.</p>
+
+<p>Josefina no salía de su desmayo. El conde le
+limpiaba con su pañuelo la sangre. Después trataba
+de reanimarla imprimiendo largos, apasionados
+besos en su rostro de alabastro.</p>
+
+<p>Al fin se entreabrieron sus ojos, contempló
+con extraña fijeza al conde y relampagueó en
+ellos una dulce sonrisa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Eres tú, Luis?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, vida mía, yo soy.</p>
+
+<p>&mdash;¿Adónde me llevas?</p>
+
+<p>&mdash;Donde tú quieras.</p>
+
+<p>&mdash;Llévame lejos, ¡muy lejos!... Llévame a tu
+casa... Llévame aunque no me des de comer.
+Estando contigo no me importa morir.</p>
+
+<p>El conde la apretó contra su seno y la cubrió
+de besos.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, a mi casa vas&mdash;exclamó mientras las
+lágrimas bañaban sus mejillas.&mdash;De allí no saldrás
+ya nunca, porque para arrancarte necesitarán
+antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina,
+voy a decirte una cosa. Procura entenderla. Haz
+un esfuerzo y lo conseguirás... Yo soy tu padre...
+Los señores de Quiñones te han recogido
+en su casa... pero yo soy tu padre... ¿lo entiendes?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, Luis, te entiendo.</p>
+
+<p>&mdash;Te han recogido, porque yo soy tan malo
+que te he entregado a ellos en vez de tenerte
+conmigo.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora no te entiendo, Luis. Tú no eres
+malo. Tú eres bueno y me quieres.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, hija de mi alma, te quiero más que a
+mi vida... Perdóname.</p>
+
+<p>&mdash;Yo también te quiero a tí... ¡A ellos no!
+Antes quería a madrina, pero ahora no... ¡Me
+ha pegado tanto! ¡Si supieras!... Me mordía, me
+arañaba, me arrastraba por el suelo, mandaba a
+Concha que me azotase con la ballena, me ataba
+con una cuerda como a los perros...</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla, calla, que me matas!&mdash;profirió Luis
+sollozando.</p>
+
+<p>&mdash;¡No llores, Luis, no llores!... ¿Ves cómo eres
+bueno? Estás llorando por mí.</p>
+
+<p>&mdash;¡No he de llorar por tí si eres mi hija! Llámame
+padre... ¡Yo soy tu padre! ¿Lo sabes, lo
+sabes?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, lo sé... Tú eres mi padre y yo soy tu
+hija... Tengo sueño... Déjame dormir sobre tu
+pecho.</p>
+
+<p>Y dejó caer sobre él la cabecita blonda. Inclinó
+la suya el conde para darle un beso en la frente y
+sintió sus labios abrasados por el calor de la fiebre.</p>
+
+<p>Gozó la criatura algunos momentos de sueño
+letárgico. Corrían de vez en cuando por su tierno
+cuerpo vivos estremecimientos. Despertó al
+fin dando un grito.</p>
+
+<p>&mdash;¡Luis, que me llevan!... ¡Míralos, míralos...
+ahí están!</p>
+
+<p>Sus ojos expresaban un terror pánico.</p>
+
+<p>&mdash;No, hija, no; son los árboles del camino que
+extienden sus ramas hacia nosotros.</p>
+
+<p>&mdash;¿No ves a D. Pedro que me amenaza? ¿No
+oyes lo que me está diciendo?</p>
+
+<p>&mdash;Sosiégate, mi alma; es el mugido del viento.</p>
+
+<p>&mdash;Tienes razón. Ya se fueron. ¡Mira cómo
+brilla la luna! ¡Mira qué campos tan hermosos y
+cuántas flores!... Un palacio de cristal... Delante
+hay una niña jugando con un gatito blanco...
+¡Qué precioso!... Es más bonito que el Rojo...
+Déjame jugar con ella, Luis...</p>
+
+<p>&mdash;Jugarás cuanto quieras, y te compraré un
+gatito y una palomita blanca que venga a comer
+a tu mano.</p>
+
+<p>&mdash;No, no quiero que gastes dinero. Estoy
+contenta con que no me separes de ti.</p>
+
+<p>&mdash;Nunca ya. Vivirás conmigo siempre, porque
+eres mi hija. Duerme, mi vida.</p>
+
+<p>&mdash;¡Otra vez la oscuridad!... ¡Ya vuelve! ¡Échalos,
+Luis, échalos, por Dios! ¡Que me agarran!</p>
+
+<p>&mdash;No temas; estás conmigo... Mira la luna
+otra vez... ¿Ves cuánta luz?... Duérmete, corazón.</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad... ya veo los campos llenos de
+flores... ya veo el gatito blanco... La niña no
+está... ¿Dónde se fue, Luis?</p>
+
+<p>&mdash;Está en mi casa, esperándote para jugar.
+Estamos muy cerca ya. Duérmete.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, Luis, voy a dormir. Tú me lo mandas,
+¿no es cierto? Yo debo obedecerte porque soy tu
+hija... Tengo frío... Apriétame más.</p>
+
+<p>Apretola más y más contra su pecho. Josefina
+se durmió al fin. El carruaje rodaba por la carretera
+desierta al través de los campos esclarecidos
+por la luz de la luna. Las nubes volaban
+también dispersas por los aires. El viento mugía
+sordamente a lo lejos. Los árboles comenzaban
+a agitar sus penachos.</p>
+
+<p>Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis
+inclinó la cabeza para despertar a la niña; pero
+al darla un beso sintió en sus labios el frío de la
+muerte. Alzola vivamente, sacudiola con fuerza
+varias veces, llamándola a gritos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Josefina!... ¡Hija! ¡hija! ¡hija!... ¡Despierta!</p>
+
+<p>La blonda cabeza de la niña se doblaba a un
+lado y a otro como una azucena que tuviese
+quebrado el tallo.</p>
+
+<hr class="full" />
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of El maestrante, by Armando Palacio Valdés
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MAESTRANTE ***
+
+***** This file should be named 30425-h.htm or 30425-h.zip *****
+This and all associated files of various formats will be found in:
+ http://www.gutenberg.org/3/0/4/2/30425/
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
+produced from scanned images of public domain material
+from the Google Print project.)
+
+
+Updated editions will replace the previous one--the old editions
+will be renamed.
+
+Creating the works from public domain print editions means that no
+one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
+permission and without paying copyright royalties. Special rules,
+set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
+copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
+protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project
+Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
+charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
+do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
+rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
+such as creation of derivative works, reports, performances and
+research. They may be modified and printed and given away--you may do
+practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
+subject to the trademark license, especially commercial
+redistribution.
+
+
+
+*** START: FULL LICENSE ***
+
+THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
+PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
+
+To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
+distribution of electronic works, by using or distributing this work
+(or any other work associated in any way with the phrase "Project
+Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
+Gutenberg-tm License (available with this file or online at
+http://gutenberg.org/license).
+
+
+Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
+electronic works
+
+1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
+electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
+and accept all the terms of this license and intellectual property
+(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
+the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
+all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
+If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
+Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
+terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
+entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
+
+1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
+used on or associated in any way with an electronic work by people who
+agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
+things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
+even without complying with the full terms of this agreement. See
+paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
+Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
+individual work is in the public domain in the United States and you are
+located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
+copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
+works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
+are removed. Of course, we hope that you will support the Project
+Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
+freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
+this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
+the work. You can easily comply with the terms of this agreement by
+keeping this work in the same format with its attached full Project
+Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.
+
+1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
+what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in
+a constant state of change. If you are outside the United States, check
+the laws of your country in addition to the terms of this agreement
+before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
+creating derivative works based on this work or any other Project
+Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning
+the copyright status of any work in any country outside the United
+States.
+
+1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
+
+1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate
+access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
+whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
+phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
+Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
+copied or distributed:
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
+from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
+posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
+and distributed to anyone in the United States without paying any fees
+or charges. If you are redistributing or providing access to a work
+with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
+work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
+through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
+Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
+1.E.9.
+
+1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
+with the permission of the copyright holder, your use and distribution
+must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
+terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked
+to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
+permission of the copyright holder found at the beginning of this work.
+
+1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
+License terms from this work, or any files containing a part of this
+work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
+
+1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
+electronic work, or any part of this electronic work, without
+prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
+active links or immediate access to the full terms of the Project
+Gutenberg-tm License.
+
+1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
+compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
+word processing or hypertext form. However, if you provide access to or
+distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
+"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
+posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
+you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
+copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
+request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
+form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
+License as specified in paragraph 1.E.1.
+
+1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
+performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
+unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
+
+1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
+access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
+that
+
+- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
+ the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
+ you already use to calculate your applicable taxes. The fee is
+ owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
+ has agreed to donate royalties under this paragraph to the
+ Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments
+ must be paid within 60 days following each date on which you
+ prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
+ returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
+ sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
+ address specified in Section 4, "Information about donations to
+ the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."
+
+- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
+ you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
+ does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
+ License. You must require such a user to return or
+ destroy all copies of the works possessed in a physical medium
+ and discontinue all use of and all access to other copies of
+ Project Gutenberg-tm works.
+
+- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
+ money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
+ electronic work is discovered and reported to you within 90 days
+ of receipt of the work.
+
+- You comply with all other terms of this agreement for free
+ distribution of Project Gutenberg-tm works.
+
+1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
+electronic work or group of works on different terms than are set
+forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
+both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
+Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
+Foundation as set forth in Section 3 below.
+
+1.F.
+
+1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
+effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
+public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
+collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
+works, and the medium on which they may be stored, may contain
+"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
+corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
+property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
+computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
+your equipment.
+
+1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
+of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
+Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
+Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
+liability to you for damages, costs and expenses, including legal
+fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
+LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
+PROVIDED IN PARAGRAPH F3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
+TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
+LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
+INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
+DAMAGE.
+
+1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
+defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
+receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
+written explanation to the person you received the work from. If you
+received the work on a physical medium, you must return the medium with
+your written explanation. The person or entity that provided you with
+the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
+refund. If you received the work electronically, the person or entity
+providing it to you may choose to give you a second opportunity to
+receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy
+is also defective, you may demand a refund in writing without further
+opportunities to fix the problem.
+
+1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
+WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
+WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
+
+1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
+warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
+If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
+law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
+interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
+the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
+provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
+
+1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
+trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
+providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
+with this agreement, and any volunteers associated with the production,
+promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
+harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
+that arise directly or indirectly from any of the following which you do
+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ http://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
+
+
+</pre>
+
+</body>
+</html>