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Isla - -Release Date: July 30, 2016 [EBook #52682] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS DE SANTILLANA, VOL 2 *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - - - - - Notas del Transcriptor: - - Texto en letras itálicas se denota con _líneas_ y texto enegrecido se - denota con =signos de igual=. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas - - - - - Le Sage - - HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA - - TOMO II - - - MCMXXII - - - - - Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA. - - - - - LE SAGE - - - Historia - - de - - Gil Blas de Santillana - - - NOVELA - - - TOMO II - - - Traducción del P. Isla - - - [Ilustración] - - - MADRID, 1922 - - - - - Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID - - - - - GIL BLAS DE SANTILLANA - - - - - LIBRO CUARTO - - - - - CAPITULO PRIMERO - -No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres de los comediantes, se -sale de casa de Arsenia y halla mejor conveniencia. - - -Un tantico de honor y de religión que conservaba todavía en medio de -tan estragadas costumbres me obligó, no sólo a dejar a Arsenia, sino -a romper toda comunicación con Laura, a quien, sin embargo, no podía -menos de amar, aun conociendo que me hacía mil infidelidades. ¡Dichoso -aquel que sabe aprovecharse de ciertos momentos en que la razón viene a -turbar los ilícitos embelesos que la tienen obcecada! Amaneció, pues, -una mañana, muy dichosa para mí, en la cual hice mi hatillo, y sin -contar con Arsenia, que si se va a decir verdad casi nada me debía de -mi salario, ni despedirme de mi querida Laura, salí de aquella casa -en que sólo se respiraba libertinaje. Premióme inmediatamente el -Cielo esta buena obra, pues encontrando al mayordomo de mi difunto amo -don Matías, le saludé, y él, conociéndome al instante, me preguntó a -quién servía. Respondíle que había estado un mes en casa de Arsenia, -cuyas costumbres desenvueltas no me cuadraban, y que en aquel mismo -punto, voluntariamente, acababa de dejarla por salvar mi inocencia. -El mayordomo, como si de suyo fuera hombre escrupuloso, aprobó mi -delicadeza y me dijo que, pues yo era un mozo tan honrado, quería él -mismo buscarme una buena conveniencia. Cumplió puntualmente su palabra, -y en aquel mismo día me acomodó con don Vicente de Guzmán, de cuyo -mayordomo él era grande amigo. - -No podía entrar en mejor casa, y así, nunca me arrepentí de haber -estado en ella. Era don Vicente un caballero ya anciano y muy rico, -que había muchos años vivía feliz, sin pleitos y sin mujer, porque -los médicos le habían privado de la suya queriéndola curar de una tos -que verosímilmente la dejaría vivir más largo tiempo si no hubiera -tomado sus remedios. No pensó jamás en volverse a casar, dedicándose -enteramente a la educación de Aurora, su hija única, que entraba -entonces en los veintiséis y era una señorita completa. Juntaba a su -hermosura poco común un entendimiento despejado y grande instrucción. -Su padre era hombre de poco talento, pero tenía el de saber gobernar -su casa. Sólo le hallaba yo un defecto, que a los viejos se les debe -perdonar: gustaba mucho de hablar, sobre todo de guerras y batallas. -Si por una desgracia se tocaba esta tecla en su presencia, luego sonaba -en su boca la trompeta heroica, y se tenían por muy afortunados los -oyentes si se contentaba con embocarles la relación de tres batallas y -dos sitios. Como había militado las dos terceras partes de su vida, era -su memoria un manantial inagotable de funciones y hazañas militares, -que no siempre se oían con el gusto con que él las relataba. A esto se -añadía que era muy prolijo, sobre ser un poco tartamudo, con lo cual -sus relaciones se hacían en extremo desagradables. En lo demás, no era -fácil encontrar un señor de mejor carácter. Siempre de igual humor, -nada testarudo ni caprichoso, cosa verdaderamente rara en un hombre -de su clase. Aunque gobernaba su hacienda con juicio y economía, se -trataba muy decentemente. Componíase su familia de varios criados y de -tres criadas, que servían a Aurora. Conocí desde luego que el mayordomo -de don Matías me había colocado en una buena casa, y solamente pensé en -el modo de conservarme en ella. Apliquéme a conocer bien el terreno y a -estudiar el genio e inclinación de todos, arreglé después mi conducta -por este conocimiento, y en poco tiempo logré tener en mi favor al amo -y a todos mis compañeros. - -Habíase pasado casi un mes desde mi entrada en casa de don Vicente -cuando se me figuró que su hija me distinguía entre los demás criados. -Siempre que me miraba me parecía observar en sus ojos cierto agrado -que no advertía en ella cuando miraba a los otros. A no haber -tratado yo con elegantes y comediantes, nunca me hubiera pasado por -la imaginación que Aurora pensase en mí; pero me habían abierto los -ojos aquellos señores míos, en cuya escuela no siempre estaban en el -mejor predicamento aun las damas de la más alta esfera. «Si hemos de -dar crédito a algunos histriones--me decía yo a mí mismo--, tal vez -suelen venir a las señoras más distinguidas ciertas fantasías de las -cuales saben ellos aprovecharse. ¿Qué sé yo si mi ama tendrá de estos -caprichos? Pero no--añadía inmediatamente--, no puedo persuadirme de -tal cosa; no es esta señorita una de aquellas Mesalinas que, olvidadas -de la noble altivez que les infunde su nacimiento, se rinden a la -indecencia de humillarse hasta el polvo y se deshonran a sí mismas sin -rubor. Será quizá una de aquellas virtuosas, pero tiernas y amorosas -doncellas, que, sin traspasar los límites que la virtud prescribe a su -ternura, no hacen escrúpulo de inspirar ni de sentir ellas mismas una -pasión delicada que las entretiene sin peligro.» - -Este era el juicio que yo formaba de mi ama, sin saber precisamente -a qué atenerme. Mientras tanto, siempre que me veía no dejaba de -sonreírse y alegrarse, de manera que, sin pasar por necio, podía -cualquiera creer tan bellas apariencias, y por lo mismo no hallé medio -de impedir que me sedujesen. Consentí, pues, en que Aurora estaba muy -prendada de mi mérito, y comencé a considerarme como uno de aquellos -criados afortunados a quienes el amor hace dulcísima la servidumbre. -Para mostrarme en cierto modo menos indigno del bien que parecía querer -proporcionarme la fortuna, empecé a cuidar del aseo de mi persona más -de lo que había cuidado hasta allí. Gastaba todo mi dinero en comprar -ropa blanca, aguas de olor y pomadas. Lo primero que hacía por la -mañana, luego que me levantaba de la cama, era lavarme, perfumarme bien -y vestirme con todo el aseo posible, para no presentarme con desaliño -a mi ama en caso de que me llamase. Con este cuidado de componerme, y -con otros medios que empleaba para agradar, me lisonjeaba de que no -tardaría mucho en declararse mi ventura. - -Entre las criadas de Aurora había una que se llamaba la Ortiz. Era una -vieja que hacía más de veinte años que servía en casa de don Vicente. -Había criado a su hija y conservaba todavía el título de dueña, aunque -ya no ejercía aquel penoso empleo. Por el contrario, en lugar de -vigilar las acciones de Aurora, como lo hacía en otro tiempo, entonces -sólo atendía a ocultarlas, con lo cual gozaba toda la confianza de su -ama. Una noche, habiendo buscado la dueña ocasión de hablarme sin que -nadie pudiese oírnos, me dijo en voz baja que si yo era prudente y -callado bajase al jardín a media noche, donde sabría cosas que no me -disgustarían. Respondíle, apretándole la mano, que sin falta alguna -bajaría, y prontamente nos separamos para no ser sorprendidos. Ya no -dudé entonces de ser yo el objeto del cariño de Aurora. ¡Oh, y qué -largo se me hizo el tiempo hasta la cena, sin embargo de que siempre se -cenaba temprano, y desde la cena hasta que mi amo se recogió! Parecíame -que aquella noche todo se hacía en casa con extraordinaria lentitud. Y -para aumento de mi fastidio, cuando don Vicente se retiró a su cuarto, -en vez de pensar en dormirse, se puso a repetirme sus campañas de -Portugal, con que tanto me había machacado. Pero lo que jamás había -hecho, y lo que precisamente guardó para regalarme aquella noche, fué -irme nombrando uno por uno todos los oficiales que se habían hallado -en ellas, refiriéndome al mismo tiempo las hazañas de cada cual. No -puedo ponderar cuánto padecí en estarle oyendo hasta que concluyó. Al -fin acabó de hablar y se metió en la cama. Retiréme inmediatamente al -cuarto donde estaba la mía y del que se bajaba por una escalera secreta -al jardín. Untéme de pomada todo el cuerpo, púseme una camisola limpia -bien perfumada y nada omití de cuanto me pareció que podía contribuir a -fomentar el capricho que me había figurado en mi ama, con lo que fuí al -sitio de la cita. - -No encontré en él a la Ortiz y juzgué que, cansada de esperarme, se -había vuelto a su cuarto, lo que me hizo perder todas mis esperanzas. -Eché la culpa a don Vicente, y cuando estaba dando al diablo sus -campañas, dió el reloj, conté las horas y vi que no eran mas que las -diez. Tuve por cierto que el reloj andaba mal, creyendo imposible -que no fuese ya por lo menos la una de la noche; pero estaba tan -engañado, que un cuarto de hora después volví a contar las diez de -otro reloj. «¡Bravo!--dije entonces entre mí--. Todavía faltan dos -horas enteras de poste o de centinela. ¡No culparán mi tardanza! Pero -¿qué haré hasta las doce? Paseémonos en este jardín y pensemos en el -papel que debo hacer, que es para mí harto nuevo. No estoy acostumbrado -a las bizarrías de las damas de distinción; solamente sé lo que se -practica con las comediantas y mujercillas. Se presenta uno a ellas con -familiaridad y franqueza y les dice su atrevido pensamiento sin reparo; -pero con las señoras se observa otro ceremonial. Es menester, a lo que -me parece, que el galán sea cortés, complaciente, tierno y moderado, -pero sin ser tímido. No ha de querer precipitar atropelladamente su -fortuna; para lograrla debe esperar el momento favorable.» - -Así discurría yo y así me proponía proceder con Aurora. Figurábame que -dentro de poco tendría la dicha de verme a los pies de aquella amable -persona y decirle mil cosas amorosas. Con este fin, traía a la memoria -los pasajes de las comedias que me pareció podían servirme y darme -gran lucimiento en nuestra conversación a solas. Lisonjeábame de que -los aplicaría con oportunidad, y esperaba que, a ejemplo de algunos -comediantes que yo conocía, pasaría por hombre de entendimiento, aunque -no tuviese más que memoria. Mientras me ocupaba en estos pensamientos, -los cuales divertían mi impaciencia con más gusto que las relaciones -militares de mi amo, oí dar las once. «¡Bueno!--dije entonces--. -¡Ya no me faltan mas que sesenta minutos que esperar! ¡Armémonos de -paciencia!» Cobré ánimo y volvíme a recrear con las alegres fantasías -de mi imaginación, parte paseándome y parte sentándome en un delicioso -cenador formado en el extremo del jardín. Llegó en fin la hora de -mí tan deseada; es decir, las doce. Pocos instantes después se dejó -ver la Ortiz, tan puntual como yo, pero menos impaciente. «Señor Gil -Blas--me dijo al acercarse--, ¿cuánto ha que está usted aquí?» «Dos -horas», le respondí. «En verdad--añadió ella riéndose--que es usted muy -cumplido, y da gusto darle citas para estas horas. Es cierto--prosiguió -ya en tono serio--que eso y mucho más merece la dicha que le voy a -anunciar. Mi ama quiere hablar a solas con usted y me ha mandado que -le introduzca en su cuarto, en donde le espera. No tengo otra cosa que -decirle; lo demás es un secreto que usted no debe saber sino de su -propia boca. Sígame a donde le conduzca.» Y dicho esto, me cogió de la -mano, y ella misma me introdujo misteriosamente en el aposento del ama -por una puerta falsa de que tenía la llave. - - - - - CAPITULO II - -Cómo recibió Aurora a Gil Blas, y la conversación que con él tuvo. - - -Hallé a Aurora vestida de trapillo, lo que no me disgustó. Saludéla con -el mayor respeto y con la mejor gracia que me fué posible. Recibióme -con semblante risueño; hízome sentar junto a sí, repugnándolo yo, y lo -que más me agradó fué que mandó a su embajadora se retirase a su cuarto -y nos dejase solos. Después de este preludio, volviéndose hacia mí, -me dijo: «Gil Blas, ya habrás advertido que te miro con buenos ojos y -te distingo entre todos los criados de mi padre; cuando esto no fuese -bastante para hacerte conocer la particularidad con que te estimo, -juzgo que no te dejará dudarlo este paso que ahora doy.» - -No le di tiempo para que dijese más. Parecióme que, como hombre -discreto, debía respetar su pudor y no darle lugar a mayor explicación. -Levantéme enajenado, y arrojándome a sus pies como un héroe de teatro -que se arrodilla ante su princesa, exclamé en tono declamatorio: «¡Ah, -señora! ¿Me habré engañado? ¿Se dirigen a mí vuestras palabras? ¿Será -posible que Gil Blas, juguete hasta aquí de la fortuna y el desecho -de toda la naturaleza, sea tan venturoso que haya podido inspiraros -afectos?...» «¡Baja un poco la voz--me dijo sonriéndose mi ama--, por -no despertar a las criadas que duermen en el cuarto vecino! Levántate, -vuelve a sentarte y escúchame hasta que acabe, sin interrumpirme. Sí, -Gil Blas--prosiguió, volviendo a su afable serenidad--, es cierto que -te estimo, y en prueba de ello voy a fiarte un secreto, del cual pende -el sosiego de mi vida. Sabe que amo a un caballerito mozo, galán, -airoso y de ilustre nacimiento, llamado don Luis Pacheco. Le veo -algunas veces en el paseo y en la comedia, pero nunca le he hablado. -Ignoro su carácter y también cuáles son sus prendas, si buenas o -malas. Esto quisiera saberlo puntualmente, para lo cual necesito de -un hombre sagaz y sincero que, informándose bien de sus costumbres, -sepa darme una cuenta fiel de ellas. He puesto los ojos en ti con -preferencia a los demás criados, persuadida de que nada arriesgo en -darte este encargo. Espero que le desempeñarás con tanto sigilo y -cautela que nunca tendré motivo para arrepentirme de haberte escogido -por depositario de mi más íntima confianza.» - -Calló mi señorita para oír mi respuesta. Al principio me turbé algún -tanto, conociendo mi necio engaño; pero volviendo prontamente en mí -y venciendo la vergüenza que causa siempre la temeridad cuando sale -con desgracia, supe mostrarle un celo tan vivo y un ardor tan grande -en todo lo que fuese servirla y complacerla, que si no alcanzó para -desimpresionarla del mal concepto que pudo haberle hecho formar mi -atrevida presunción, bastaría por lo menos para que conociese que yo -sabía enmendar muy bien una necedad. Pedíle no más que dos días de -tiempo para poderle dar razón puntual de don Luis, los que me concedió; -y llamando ella misma a la Ortiz, ésta me volvió a conducir al jardín, -diciéndome con cierto aire burlón al despedirse: «¡Buenas noches! No te -volveré a encargar otra vez que no dejes de acudir temprano al sitio de -la cita, porque ya está vista tu puntualidad.» - -Volvíme a mi cuarto, no sin algún pesar de ver frustrado mi -pensamiento. Con todo eso, tuve bastante juicio para consolarme y -conocer que me tenía más cuenta ser el confidente que el amante de -mi ama. Ofrecióseme también que esto podía hacerme hombre, pues los -medianeros de amor eran regularmente bien recompensados por su trabajo, -reflexiones que me divirtieron y consolaron, y fuíme a acostar con -firme resolución de obedecer y servir a mi ama en cuanto exigiese de -mí. Levantéme al día siguiente y salí de casa a desempeñar mi encargo. -No era difícil saber dónde vivía un caballero tan conocido como don -Luis. Tomé al instante informes de él en la vecindad; pero los sujetos -a quienes me dirigí no pudieron satisfacer del todo mi curiosidad. -Esto me obligó a hacer nuevas averiguaciones el día siguiente, y fuí -más afortunado que el anterior. Encontré casualmente en la calle a un -mozo a quien yo conocía, detuvímonos a hablar, y en aquel punto se -llegó a él uno de sus amigos y le dijo que le habían despedido de casa -de don José Pacheco, padre de don Luis, por haberle acusado de que -se había bebido un barril de vino. No perdí una ocasión tan oportuna -para saber cuanto deseaba, lo que conseguí a fuerza de preguntas; de -manera que volví a casa muy contento porque ya podía cumplir la palabra -que había dado a mi señorita, con quien había quedado de acuerdo que -volvería a verla en el mismo sitio y de la misma manera que la noche -antecedente. No estuve en ésta tan inquieto como la primera; lejos de -impacientarme con las prolijas relaciones de mi amo, yo mismo le saqué -la conversación de sus combates. Esperé a que fuese media noche con la -mayor tranquilidad del mundo, y no me moví hasta que conté bien las -doce de todos los relojes que se podían oír desde casa. Entonces bajé -con mucho sosiego al jardín, sin pensar en perfumes ni en pomadas, pues -hasta en esto me corregí. - -Encontré ya a la fiel dueña en el sitio mismo, y la taimada me dijo -con algo de socarronería: «En verdad, Gil Blas, que hoy ha rebajado -mucho tu puntualidad.» No le respondí palabra, fingiendo que no la -oía, y ella me condujo al cuarto donde Aurora me estaba esperando. -Preguntóme luego que me vió si me había informado bien acerca de don -Luis y si había averiguado muchas cosas. «Sí, señora--le respondí--, -tengo con qué satisfacer vuestra curiosidad. En primer lugar os diré -que muy en breve marcha a Salamanca a concluir sus estudios. Según lo -que me han dicho, es un señorito lleno de honor y probidad; y en cuanto -al valor, no le puede faltar, pues es caballero y castellano. Fuera -de eso, es un mozo entendido y de bellos modales; pero lo que quizá -os dará poco gusto, y que, sin embargo, no puedo menos de deciros, es -que vive algo demasiado a la moda de los señoritos modernos: quiero -decir que es un grandísimo libertino. ¿Creerá usted que, siendo tan -joven como es, ha tenido ya amistad con dos comediantas?» «¿Qué es -lo que me dices?--exclamó Aurora--. ¡Dios mío y qué costumbres! Pero -díme, Gil Blas, ¿estás cierto de que tiene una vida tan licenciosa?» -«¿Cómo si estoy cierto?--le respondí--. No hay cosa más segura. Todo -me lo ha contado un criado de su casa que fué despedido de ella esta -mañana, y ya se sabe que los criados son muy veraces siempre que se -trata de publicar los defectos de sus amos. Fuera de eso, el tal don -Luis es muy amigo de don Alejo Seguier, de don Antonio Centelles y de -don Fernando de Gamboa, prueba constante de su disolución.» «¡Basta, -Gil Blas!--dijo suspirando mi pobre señorita--. En fuerza de tu informe -comienzo desde ahora a combatir mi indigno amor. Aunque había echado -ya profundas raíces en mi corazón, no desconfío de arrancarle de -él. Vete--prosiguió---, y admite en premio de tu trabajo esta corta -demostración de mi agradecimiento.» Al decir esto, me puso en la mano -un bolsillo, que ciertamente no estaba vacío, añadiendo: «Sólo te -encargo que guardes bien el secreto que he confiado a tu silencio.» - -Aseguréle que en este particular podía vivir sin el menor recelo, -porque yo era el Harpócrates de los criados confidentes. Dicho esto, me -retiré, impacientísimo por saber lo que contenía el bolsillo. Abríle y -hallé en él veinte doblones. Luego se me ofreció que sin duda habría -sido Aurora más liberal conmigo si yo le hubiera dado otra noticia -más agradable, cuando pagaba con tanta generosidad una que le había -causado tanto disgusto. Me pesó de no haber imitado a los escribanos y -alguaciles, que disfrazan a veces la verdad, y me enfadé mucho contra -mi tontería por haber sofocado en su nacimiento un amor que con el -tiempo podía producirme grandísimas utilidades, si yo no hubiera hecho -un necio alarde de ser sincero; pero al fin me consolé con los veinte -doblones, que me recompensaban ventajosamente de lo que había gastado -tan sin venir al caso en pomadas y perfumes. - - - - - CAPITULO III - -De la gran mutación que sobrevino en casa de don Vicente y de la -extraña determinación que el amor hizo tomar a la bella Aurora. - - -Poco después de esta aventura se sintió malo don Vicente. Sobre ser -de una edad bastante avanzada, los síntomas de la enfermedad eran tan -violentos, que desde luego se temieron funestas resultas. Llamóse a -los dos más famosos médicos de Madrid; uno era el doctor Andrés y el -otro el doctor Oquendo. Pulsaron atentamente al doliente, y después -de una exacta observación, convinieron entrambos en que los humores -estaban en una preternatural fermentación y movimiento. En solo esto -fueron de un parecer y estuvieron discordes en todo lo demás. El uno -quería que se purgara al enfermo aquel mismo día y el otro opinaba -que la purga se dilatase. El doctor Andrés decía que, por lo mismo -que los humores estaban en una violenta agitación de flujo y reflujo, -se los había de expeler aunque crudos con purgantes, antes que se -fijasen en alguna parte noble y principal. Oquendo opinaba, por el -contrario, que, estando todavía incoctos y crudos los humores, se -debía esperar a que madurasen antes de recurrir a los purgantes. -«Pero ese método--replicaba el otro--es directamente opuesto a lo -que nos enseña el príncipe de la Medicina. Hipócrates advierte que -se debe purgar al principio de la enfermedad y desde los primeros -días de la más ardiente calentura, diciendo en términos expresos que -se ha de acudir prontamente con la purga cuando los humores están -en _orgasmo_, es decir, en su mayor agitación.» «¡Oh! ¡En eso está -vuestra equivocación!--repuso Oquendo--. Hipócrates no entiende por la -voz _orgasmo_ la agitación violenta, sino más bien la madurez de los -humores.» - -Acaloráronse nuestros doctores en esta disputa. El uno recitó el texto -griego y citó todos los autores que le explicaban como él. El otro se -fiaba en la traducción latina, empeñándose con mayor calor y tomando -el asunto en tono más alto. ¿A cuál de los dos se había de creer? Don -Vicente no era hombre que pudiese resolver aquella cuestión; pero -hallándose precisado a elegir una de las dos opiniones, adoptó la del -que había echado al otro mundo más enfermos; quiero decir la del más -viejo. - -Viendo esto el doctor Andrés, que era el más mozo, se retiró, pero no -sin decir primero cuatro pullas bien picantes al más anciano sobre su -_orgasmo_. Y he aquí que quedó triunfante Oquendo. Y como seguía los -mismos principios que el doctor Sangredo, hizo sangrar copiosamente al -enfermo, esperando para purgarle a que los humores estuviesen cocidos; -pero la muerte, que temió quizá que una purga tan sabiamente diferida -no le quitase la presa que ya tenía agarrada, impidió la cocción y se -llevó a mi pobre amo. Tal fué el fin del señor don Vicente, que perdió -la vida porque su médico no sabía el griego. - -Después de haber hecho Aurora las exequias correspondientes a un hombre -de su distinguido nacimiento, entró en la administración de todo lo que -tocaba a la casa. Dueña ya de su voluntad, despidió algunos criados, -remunerándolos en proporción de su lealtad y méritos. Hecho esto, se -retiró a una quinta que tenía a las márgenes del Tajo, entre Sacedón y -Buendía. Yo fuí uno de los que permanecieron con ella y la siguieron -a la aldea. No sólo eso, sino que también tuve la fortuna de que -necesitase de mí. No obstante el fiel informe que yo le había dado de -don Luis, todavía le amaba, o, por mejor decir, no pudiendo con todos -sus esfuerzos vencer la violencia del amor, se había dejado llevar de -su impulso. Como ya no necesitase tomar precauciones para hablarme -a solas, me dijo un día suspirando: «Gil Blas, yo no puedo olvidar -a don Luis; por más que hago para desecharle del pensamiento, se me -representa siempre, no ya como tú me le pintaste, encenagado en los -vicios, sino como yo quisiera que fuese, tierno, amoroso y constante.» -Enternecióse al decir estas palabras y no pudo reprimir algunas -lágrimas. También a mí me faltó poco para llorar; tanto fué lo que me -conmovió su llanto. Ni podía hacerle mejor la corte que mostrándome -afligido de su pena. «Veo, amigo Gil Blas--continuó, enjugándose sus -hermosos ojos--, veo tu buen corazón y estoy muy satisfecha de tu -celo, que prometo recompensar bien. Nunca más que ahora me ha sido -necesario tu auxilio. Voy a descubrirte el pensamiento que ocupa -en este instante mi atención; sin duda te parecerá extravagante y -caprichoso. Has de saber que quiero ir cuanto antes a Salamanca, donde -he pensado disfrazarme de caballero, bajo el nombre de don Félix, y -hacer conocimiento con Pacheco, de modo que llegue a ganar su amistad -y confianza. Hablaréle frecuentemente de doña Aurora de Guzmán, -suponiéndome primo suyo, y como es natural que desee conocerla, aquí -es donde yo le aguardo. Nosotros tendremos en Salamanca dos posadas; -en una haré el papel de don Félix y en la otra el de doña Aurora; y -dejándome ver de don Luis, unas veces vestida de hombre y otras de -mujer, espero traerle al fin que me he propuesto. Confieso--añadió ella -misma--que es muy extraño mi proyecto, pero la pasión que me arrastra y -la inocente intención con que camino acaban de cegarme sobre el paso a -que me quiero arriesgar.» - -Yo era del mismo parecer que Aurora en cuanto a la extravagancia del -designio, que creía muy insensato. Sin embargo, aunque le tenía por -tan contrario a la razón, me guardé muy bien de hacer el pedagogo; -antes sí, comencé a dorar la píldora, y me esforcé a querer persuadirla -que, en vez de ser una idea disparatada, era una delicada invención de -ingenio que no podía traer consecuencia. No me acuerdo yo cuánto dije -para convencerla de esto, pero cedió a mis persuasiones, porque a los -amantes siempre les agrada que se celebren y aplaudan sus más locos -desvaríos. En fin, convinimos los dos en que esta temeraria empresa -la debíamos mirar como una especie de comedia burlesca inventada para -divertirnos, en la cual sólo había de pensar cada uno en representar -bien su papel. Escogimos los actores entre las gentes de casa y -repartimos a cada cual el suyo. Todos le admitieron sin quejarse ni -hacer esguinces, porque no éramos comediantes de profesión. A la señora -Ortiz se lo encomendó el de tía de doña Aurora, señalándosele un criado -y una doncella, y había de llamarse doña Jimena de Guzmán. A mí me -tocaba el de ayuda de cámara de doña Aurora, que había de disfrazarse -de caballero; y una de las criadas, disfrazada de paje, le había de -servir separadamente. Arreglados así los papeles, nos restituímos a -Madrid, donde supimos se hallaba todavía don Luis, pero disponiendo -su viaje a Salamanca. Dimos orden para que se hiciesen cuanto antes -los vestidos que habíamos menester, a fin de usar de ellos en tiempo -y lugar, y hechos que fueron, se doblaron y metieron en diferentes -baúles, y dejando al mayordomo el cuidado de la casa, marchó doña -Aurora en un coche de colleras, tomando el camino del reino de León, -acompañada de todos los que entrábamos en la comedia. - -Ibamos atravesando por Castilla la Vieja, cuando se rompió el eje del -coche entre Avila y Villaflor, a trescientos o cuatrocientos pasos -de una quinta que se dejaba ver al pie de una montaña. Veíamonos muy -apurados, porque se acercaba la noche; pero un aldeano que acertó a -pasar por allí nos sacó de aquel conflicto. Informónos de que aquella -quinta era de una tal doña Elvira, viuda de don Pedro Pinares, y fué -tanto el bien que dijo de aquella señora, que mi ama se determinó a -enviarme a suplicarle de su parte se sirviese recogernos en su casa -por aquella noche. No desmintió doña Elvira el informe del aldeano; -bien es verdad que yo desempeñó mi comisión de tal modo, que la hubiera -inclinado a recibirnos en su quinta aun cuando no hubiera sido la -señora más agasajadora del mundo. Me recibió con mucha afabilidad y -respondió a mi súplica en los términos que yo deseaba. Pasamos todos -a la quinta, tirando las mulas el coche con el mayor tiento que se -pudo. Encontramos a la puerta a la viuda de don Pedro, que salió -cortesanamente al encuentro de mi ama. Paso en silencio los recíprocos -cumplimientos que ambas se hicieron; sólo diré que doña Elvira era -una señora ya de edad avanzada, pero a quien ninguna mujer del mundo -excedía en desempeñar noblemente las obligaciones de la hospitalidad. -Condujo a doña Aurora a un magnífico cuarto, donde, dejándola en -libertad para que descansase, fué a dar disposiciones hasta sobre las -cosas más menudas tocante a nosotros. Hecho esto, luego que estuvo -dispuesta la cena mandó se sirviese en el cuarto de Aurora, donde las -dos se sentaron a la mesa. No era la viuda de don Pedro una de aquellas -personas que no saben obsequiar en un convite, manteniéndose en él -con un aire enfadosamente grave, silencioso y pensativo; antes bien, -era de genio jovial y sabía mantener siempre grata la conversación. -Explicábase noblemente con frases escogidas y adecuadas. Yo admiraba su -talento y el modo fino y delicado con que expresaba sus pensamientos, -lo que me tenía embelesado; y no menos encantada se manifestaba Aurora. -Se cobraron las dos una estrecha amistad y quedaron de acuerdo en -mantenerla correspondiéndose por cartas. Nuestro coche no podía estar -compuesto hasta el día siguiente y era muy natural que no pudiésemos -salir hasta muy tarde, por lo que nos detuvimos todo aquel día en la -misma quinta. A nosotros se nos sirvió también una cena muy abundante, -y así dormimos todos tan bien como habíamos cenado. - -Al día siguiente descubrió mi ama nuevo fondo y nuevas gracias en la -conversación de doña Elvira. Comieron las dos en una sala en que había -muchas pinturas, entre las cuales sobresalía una cuyas figuras estaban -pintadas con la mayor propiedad y que ofrecía a la vista un asunto -verdaderamente trágico. Era un caballero muerto, tendido en tierra, -bañado en su misma sangre, cuyo semblante parecía que, aun después de -muerto, estaba amenazando. Cerca de él se dejaba ver, tendido también, -el cadáver de una dama joven, aunque en diferente actitud, atravesado -el pecho con una espada, y aun cuando se representaba exhalando el -último aliento, tenía clavados los ojos en un joven que expresaba tener -un mortal dolor de perderla. El pincel había representado en aquel -lienzo otra figura que no llamaba menos la atención. Era un anciano de -grave, hermoso y venerable aspecto, que, conmovido vivamente de los -funestos objetos que se le presentaban a la vista, no se manifestaba -menos afligido que el joven. Podríase decir que aquellas imágenes -sangrientas excitaban en el mozo y en el anciano iguales movimientos, -pero causando en los dos diferentes impresiones. El viejo, poseído -de una profunda tristeza, parecía estar abatido enteramente de ella; -mas en el mozo se echaba de ver el furor mezclado con la aflicción. -Todos estos afectos estaban tan vivamente expresados, que no nos -cansábamos de ver y admirar aquel cuadro. Preguntó mi ama qué suceso -o qué historia representaba aquella pintura. «Señora--le respondió -doña Elvira--, es una pintura fiel de las desgracias de mi familia.» -Esta respuesta picó tanto la curiosidad de Aurora, y manifestó un -deseo tan vehemente de saber más, que la viuda de don Pedro no pudo -dispensarse de prometerle la satisfacción que deseaba. Esta promesa -fué hecha a presencia de la Ortiz, de sus dos compañeras y mía; todos -cuatro nos detuvimos en la sala después de la comida. Mi ama quiso que -nos retirásemos; pero doña Elvira, que conoció nuestra gana de oír -la explicación de aquel cuadro, tuvo la benignidad de decirnos que -nos quedásemos, añadiendo que la historia que iba a referir no era de -aquellas que pedían secreto. Un poco después principió su relación en -los términos siguientes: - - - - - CAPITULO IV - - - El casamiento por venganza. - - NOVELA - - -«Rogerio, rey de Sicilia, tuvo un hermano y una hermana. El hermano, -que se llamaba Manfredo, se rebeló contra él y encendió en el reino una -guerra no menos sangrienta que peligrosa; pero tuvo la desgracia de -perder dos batallas y de caer en manos del rey, quien se contentó con -privarle de la libertad en castigo de su rebelión, clemencia que sólo -produjo el efecto de ser tenido por bárbaro en el concepto de algunos -vasallos suyos, persuadidos de que no había perdonado la vida a su -hermano sino para ejercer en él una venganza lenta e inhumana. Todos -los demás, con mayor fundamento, atribuían a sola su hermana Matilde -el duro trato que a Manfredo se le daba en la prisión. Con efecto, -esta princesa siempre había aborrecido a aquel desgraciado príncipe y -no cesó de perseguirle mientras él vivió. Murió Matilde poco después -de Manfredo y su temprana muerte se tuvo como un justo castigo de su -desapiadado corazón. - -»Dejó dos hijos Manfredo, ambos de tierna edad. Vaciló por algún tiempo -Rogerio sobre si les haría quitar la vida, temiendo que en edad más -avanzada no les ocurriese la idea de vengar el cruel trato que se había -dado a su padre, resucitando un partido que todavía se sentía con -fuerzas para causar peligrosas turbaciones en el Estado. Comunicó su -pensamiento al senador Leoncio Sifredo, su primer ministro, quien, para -disuadirle de aquel intento, se encargó de la educación del príncipe -Enrique, que era el primogénito, y aconsejó al rey que confiase la del -más joven, por nombre don Pedro, al condestable de Sicilia. Persuadido -Rogerio de que estos dos fieles ministros educarían a sus sobrinos -con toda la sumisión que a él se le debía, los entregó a su lealtad y -cuidado, tomando para sí el de su sobrina Constanza. Era ésta de la -edad de Enrique e hija única de la princesa Matilde. Púsole maestros -que la enseñasen y criadas que la sirviesen, sin perdonar nada para su -educación. - -»Tenía Sifredo una quinta, distante dos leguas cortas de Palermo, en -un sitio llamado Belmonte. En ella se dedicó este ministro a dar a -Enrique una enseñanza por la que mereciese con el tiempo ocupar el real -trono de Sicilia. Descubrió desde luego en aquel príncipe prendas tan -amables, que se aficionó a él como si no tuviera otros hijos, aunque -era padre de dos niñas. La mayor, que se llamaba doña Blanca, contaba -un año menos que el príncipe y estaba dotada de singular hermosura; la -menor, por nombre Porcia, cuyo nacimiento había costado la vida a su -madre, se hallaba aún en la cuna. Enamoráronse uno de otro, Blanca y -Enrique, luego que fueron capaces de amar; pero no tenían libertad de -hablarse a solas. Sin embargo, no dejaba el príncipe de lograr tal cual -vez alguna ocasión para ello. Aprovechó tan bien aquellos preciosos -momentos, que pudo persuadir a la hija de Sifredo a que le permitiese -poner por obra un designio que estaba meditando. Sucedió oportunamente -en aquel tiempo que Leoncio, de orden del rey, se vió precisado a hacer -un viaje a una de las provincias más remotas de la isla, y durante su -ausencia mandó Enrique hacer una abertura en el tabique de su cuarto, -que estaba pared por medio del de doña Blanca. Cerróla con un bastidor -y tablas de madera, tan ajustadas a la abertura y pintadas del mismo -color del tabique, que no se distinguía de él ni era fácil se conociese -el artificio. Un hábil arquitecto, a quien el príncipe había confiado -su proyecto, ejecutó esta obra, con tanta diligencia como secreto. - -»Por esta puerta se introducía algunas veces el enamorado Enrique en -el cuarto de doña Blanca, pero sin abusar jamás de aquella licencia. -Si Blanca tuvo la imprudencia de permitir una entrada secreta en su -estancia, fué, no obstante, confiada en las palabras que él le había -dado de que nunca pretendería de ella sino los favores más inocentes. -Hallóla una noche extraordinariamente inquieta y sobresaltada. Era -el caso el haber sabido que Rogerio estaba gravemente enfermo y que -había despachado una estrecha orden a Sifredo de que pasase a la corte -prontamente para otorgar ante él su testamento, como gran canciller del -reino. Figurábase ver a Enrique ya en el trono y temía perderle cuando -se viese en aquella elevación; este temor le causaba mucha inquietud. -Tenía bañados de lágrimas los ojos cuando entró en su cuarto Enrique. -«Señora--le dijo--, ¿qué novedad es ésta? ¿Cuál es el motivo de esa -profunda tristeza?» «Señor--respondió ella--, no puedo ocultaros mi -sobresalto. El rey vuestro tío dejará presto de vivir y vos ocuparéis -su lugar. Cuando considero lo que va a alejaros de mí vuestra nueva -grandeza, confieso que me aflijo. Un monarca mira las cosas con ojos -muy diversos que un amante, y aquello mismo que era todo su embeleso -cuando reconocía un poder superior al suyo, apenas le hace más que -una ligera impresión en la elevación del trono. Sea presentimiento, -sea razón, siento en mi pecho movimientos que me agitan y que no -alcanza a calmar toda la confianza a que me alienta vuestra bondad. -No desconfío de vuestro amor; desconfío solamente de mi ventura.» -«Adorable Blanca--replicó el príncipe--, oblíganme tus temores y ellos -justifican mi pasión a tus atractivos; pero el exceso a que llevas tus -desconfianzas ofende mi amor y--si me atrevo a decirlo--la estimación -que me debes. ¡No, no! No pienses que mi suerte pueda separarse de -la tuya; cree más bien que tú sola serás siempre mi alegría y mi -felicidad. Destierra, pues, de ti ese vano temor. ¿Es posible que -quieras turbar con él estos felicísimos momentos?» «¡Ah, señor--replicó -la hija de Leoncio--, luego que vuestros vasallos os vean coronado, -os pedirán por reina una princesa que descienda de una larga serie de -reyes, cuyo brillante himeneo añada nuevos Estados a los vuestros, y -tal vez, ¡ay!, vos corresponderéis a sus esperanzas aun a pesar de -vuestras más firmes promesas!» «¿Y por qué--repuso Enrique, no sin -alguna alteración--, por qué te anticipas a figurarte una idea triste -de lo venidero? Si el Cielo dispusiera del rey mi tío, juro que te -daré la mano en Palermo a presencia de toda mi corte. Así lo prometo, -poniendo por testigo todo lo más sagrado que se conoce entre nosotros.» - -»Aquietóse la hija de Sifredo con las protestas de Enrique, y lo -restante de la conversación se redujo a hablar de la enfermedad del -rey, manifestando Enrique en este caso la bondad y nobleza de su -corazón. Mostróse muy afligido del estado en que se hallaba el monarca -su tío, pudiendo más en él la fuerza de la sangre que el atractivo -de la corona. Pero aun no sabía Blanca todas las desdichas que la -amenazaban. Habiéndola visto el condestable de Sicilia a tiempo que -ella salía del cuarto de su padre, un día que él había venido a la -quinta de Belmonte a negocios importantes, quedó ciegamente prendado de -ella. Pidiósela a Sifredo al día siguiente y éste se la concedió; mas, -sobreviniendo al mismo tiempo la enfermedad de Rogerio, se suspendió el -casamiento, del que doña Blanca no había sido sabedora. - -»Una mañana, al acabar Enrique de vestirse, quedó singularmente -sorprendido de ver entrar en su cuarto a Leoncio, seguido de doña -Blanca. «Señor--le dijo aquel ministro---, vengo a daros una noticia -que sin duda os afligirá, pero acompañada de un consuelo que podrá -mitigar en parte vuestro dolor. Acaba de morir el rey vuestro tío, y -por su muerte quedáis heredero de la corona. La Sicilia es ya vuestra. -Los grandes del reino están aguardando en Palermo vuestras órdenes. -Yo, señor, vengo encargado de ellos a recibirlas de vuestra boca, y -en compañía de mi hija Blanca, para rendiros los dos el primero y más -sincero homenaje que os deben todos vuestros vasallos.» Al príncipe -no le cogió de nuevo esta noticia, por estar ya informado dos meses -antes de la grave enfermedad que padecía el rey, que poco a poco iba -acabando con él. Sin embargo, quedó suspenso algún tiempo; pero -rompiendo después el silencio y volviéndose a Leoncio, le dijo estas -palabras: «Prudente Sifredo, te miro y te miraré siempre como a padre y -me alegraré de gobernarme por tus consejos; tú serás rey de Sicilia más -que yo.» Dicho esto, se llegó a una mesa, donde había una escribanía, -tomó un pliego de papel y echó en él su firma en blanco. «¿Qué hacéis, -señor?», le interrumpió Sifredo. «Mostraros mi amor y mi gratitud», -respondió Enrique; y en seguida presentó a Blanca aquel papel y firma, -diciéndole: «Recibid, señora, esta prenda de mi fe y del dominio que -os doy sobre mi voluntad.» Tomóla Blanca, cubriéndose su hermosa cara -de un honestísimo rubor, y respondió al príncipe: «Recibo con respeto -la gracia de mi rey, pero estoy sujeta a un padre y espero que no -llevaréis a mal ponga en sus manos vuestro papel, para que use de él -como le aconsejare su prudencia.» - -»Entregó efectivamente a su padre el papel con la firma en blanco de -Enrique. Conoció entonces Sifredo lo que hasta aquel punto no había -descubierto su penetración. Comprendió toda la intención del príncipe -y le contestó diciendo: «Espero que vuestra majestad no tendrá motivo -para arrepentirse de la confianza que se sirve hacer de mí, y esté -bien seguro de que jamás abusaré de ella.» «Amado Leoncio--interrumpió -Enrique--, no temas que pueda llegar semejante caso; sea el que fuere -el uso que hicieres de mi papel, no dudes que siempre lo aprobaré. -Ahora vuelve a Palermo, dispón todo lo necesario para mi coronación y -di a mis vasallos que voy prontamente a recibir el juramento de su -fidelidad y a darles las mayores seguridades de mi amor.» Obedeció -el ministro las órdenes de su nuevo amo y marchó a Palermo, llevando -consigo a doña Blanca. - -»Pocas horas después partió también de Belmonte el mismo Enrique, -pensando más en su amor que en el elevado puesto a que iba a ascender. - -»Luego que se dejó ver en la ciudad, resonaron en el aire mil -aclamaciones de alegría, y entre ellas entró Enrique en palacio, donde -halló ya hechos todos los preparativos para su coronación. Encontró -en él a la princesa Constanza, vestida de riguroso luto, mostrándose -traspasada de dolor por la muerte de Rogerio. Hiciéronse los dos -sobre este asunto recíprocos cumplidos, y ambos los desempeñaron con -discreción, aunque con algo más de frialdad por parte de Enrique que -por la de Constanza, la cual, no obstante los disturbios de la familia, -nunca había querido mal a este príncipe. Ocupó el rey el trono y la -princesa se sentó a su lado, en una silla puesta un poco más abajo. -Los magnates del reino se sentaron donde a cada uno, según su clase o -empleo, le correspondía. Empezó la ceremonia, y Leoncio, que como gran -canciller del reino era depositario del testamento del difunto rey, -dió principio a ella, leyéndolo en alta voz. Contenía en substancia -que, hallándose el rey sin hijos, nombraba por sucesor en la corona al -hijo primogénito de Manfredo, con la precisa condición de casarse con -la princesa Constanza, y que si no quería darle la mano de esposo, -quedase excluído de la corona de Sicilia y pasase ésta al infante don -Pedro, su hermano menor, bajo la misma condición. - -»Quedó Enrique altamente sorprendido al oír esta cláusula. No se puede -expresar la pena que le causó, pero creció hasta lo sumo cuando, -acabada la lectura del testamento, vió que Leoncio, hablando con todo -el Consejo, dijo así: «Señores, habiendo puesto en noticia de nuestro -nuevo monarca la última disposición del difunto rey, este generoso -príncipe consiente en honrar con su real mano a su prima la princesa -Constanza.» Interrumpió el rey al canciller, diciéndole conturbado: -«¡Acordaos, Leoncio, del papel que Blanca!...» «Señor--respondió -Sifredo, interrumpiéndole con precipitación, sin darle tiempo a que -se explicase más--, ese papel es éste que presento al Consejo. En él -reconocerán los grandes del reino el augusto sello de vuestra majestad, -la estimación que hace de la princesa y su ciega deferencia a las -últimas disposiciones del difunto rey su tío.» Acabadas de decir estas -palabras, comenzó a leer el papel en los términos en que él mismo le -había llenado. En él prometía el nuevo monarca a sus pueblos, en la -forma más auténtica, casarse con la princesa Constanza, conformándose -con las intenciones de Rogerio. Resonaron en la sala los aplausos de -todos los circunstantes, diciendo: «¡Viva el magnánimo rey Enrique!» -Como era notoria a todos la aversión que este príncipe había tenido -siempre a la princesa, temían, no sin razón, que, indignado de la -condición del testamento, excitase movimientos en el reino y se -encendiese en él una guerra civil que le desolase; pero asegurados los -grandes y el pueblo con la lectura del papel que acababan de oír, esta -seguridad dió motivo a las aclamaciones universales, que despedazaban -secretamente el corazón del nuevo rey. - -»Constanza, que por su propia gloria, y guiada de un afecto de cariño, -tenía en todo esto más interés que otro alguno, se aprovechó de -aquella ocasión para asegurarle de su eterno reconocimiento. Por más -que el príncipe quiso disimular su turbación, era tanta la que le -agitaba cuando recibió el cumplido de la princesa, que ni aun acertó a -responderle con la cortesana atención que exigía de él. Rindióse al fin -a la violencia que él se hacía, y llegándose al oído a Sifredo, que por -razón de su empleo estaba bastante cerca de su persona, le dijo en voz -baja: «¿Qué es esto, Leoncio? El papel que tu hija puso en tus manos no -fué para que usases de él de esa manera.» «Vos faltáis... ¡Acordaos, -señor, de vuestra gloria!--le respondió Sifredo con entereza--. Si no -dais la mano a Constanza y no cumplís la voluntad del rey vuestro tío, -perdióse para vos el reino de Sicilia.» Apenas dijo esto, se separó -del rey, para no darle lugar a que replicase. Quedó Enrique sumamente -confuso, no pudiendo resolverse a abandonar a Blanca ni a dejar de -partir con ella la majestad y gloria del trono. Estando dudoso largo -rato sobre el partido que había de tomar, se determinó al cabo, -pareciéndole haber encontrado arbitrio para conservar a la hija de -Sifredo sin verse precisado a la renuncia del trono. Aparentó quererse -sujetar a la voluntad de Rogerio, lisonjeándose de que, mientras -solicitaba la dispensa de Roma para casarse con su prima, granjearía -a su favor con gracias a los grandes del reino y afianzaría su poder -de manera que ninguno le pudiese obligar a cumplir la condición del -testamento. - -»Abrazado este designio, se sosegó un poco, y volviéndose a Constanza -le confirmó lo que el gran canciller le había dicho en público; pero en -el mismo punto en que hacía traición a su propio corazón, ofreciendo su -fe a la princesa, entró Blanca en la sala del Consejo, adonde iba de -orden de su padre a cumplimentar a la princesa, y llegaron a sus oídos -las palabras que Enrique le decía. Fuera de eso, no creyendo Leoncio -que pudiese ya dudar de su desgraciada suerte, le dijo, presentándola -a Constanza: «Rinde, hija mía, tu fidelidad y respeto a la reina tu -señora, deseándole todas las prosperidades de un floreciente reinado -y de un feliz himeneo.» Golpe terrible que atravesó el corazón de la -desgraciada Blanca. En vano se esforzó a disimular su pesar. Demudósele -el semblante, encendiéndosele de repente y pasando en un momento de -incendio a palidez, con un temblor o estremecimiento general de todo -su cuerpo. Sin embargo, no entró en sospecha alguna la princesa, pues -atribuyó el desorden de sus palabras a la natural cortedad de una -doncella criada lejos del trato de la Corte y poco acostumbrada a ella. -No sucedió lo mismo con el rey, quien perdió toda su compostura y -majestad a vista de Blanca, y salió fuera de sí mismo, leyendo en sus -ojos la pena que le atormentaba. No dudó que, creyendo las apariencias, -ya en su corazón le tuviese por un traidor. No habría sido tan grande -su inquietud si hubiera podido hablarle; pero ¿cómo era esto posible a -vista de toda la Sicilia, que tenía puestos los ojos en él? Por otra -parte, el cruel Sifredo cerró la puerta a esta esperanza. Estuvo viendo -este ministro todo lo que pasaba en el corazón de los dos amantes, -y queriendo precaver las calamidades que podía causar al Estado la -violencia de su amor, hizo con arte salir de la concurrencia a su -hija y tomó con ella el camino de Belmonte, bien resuelto, por muchas -razones, a casarla cuanto antes. - -»Luego que llegaron a aquel sitio, le hizo saber todo el horror de -su suerte. Declaróle que la había prometido al condestable. «¡Santo -Cielo--exclamó transportada de un dolor que no bastó a contener la -presencia de su padre--, y qué crueles suplicios tenías guardados -para la desgraciada Blanca!» Fué tan violento su arrebato, que todas -las potencias de su alma quedaron suspensas. Helado su cuerpo, frío y -pálido, cayó desmayada en los brazos de su padre. Conmoviéronse las -entrañas de éste viéndola en aquel estado. Sin embargo, aunque sintió -vivamente lo que padecía su hija, se mantuvo firme en su primera -determinación. Volvió Blanca en sí, más por la fuerza de su mismo -dolor que por el agua con que la roció su padre. Abrió sus desmayados -ojos, y viendo la prisa que se daba a socorrerla, «Señor--le dijo con -voz casi apagada--, me avergüenzo de que hayáis visto mi flaqueza; pero -la muerte, que no puede tardar ya en poner fin a mis tormentos, os -librará presto de una hija desdichada que sin vuestro consentimiento -se atrevió a disponer de su corazón.» «No, amada Blanca--respondió -Leoncio--, no morirás; antes bien, espero que tu virtud volverá presto -a ejercer sobre ti su poder. La pretensión del condestable te da honor, -pues bien sabes que es el primer hombre del Estado...» «Estimo su -persona y su gran mérito--interrumpió Blanca--; pero, señor, el rey -me había hecho esperar...» «Hija--dijo Sifredo interrumpiéndola--, sé -todo lo que me puedes decir en este asunto. No ignoro el afecto con que -miras a ese príncipe, y ciertamente que en otras circunstancias, lejos -de desaprobarlo, yo mismo procuraría con todo empeño asegurarte la mano -de Enrique, si el interés de su gloria y el del Estado no le pusieran -en precisión de dársela a Constanza. Con esta única e indispensable -condición le declaró por sucesor suyo el difunto rey. ¿Quieres tú que -prefiera tu persona a la corona de Sicilia? Créeme, hija, te acompaño -vivamente en el dolor que te aflige. Con todo eso, supuesto que no -podemos luchar contra el destino, haz un esfuerzo generoso. Tu misma -gloria se interesa en que hagas ver a todo el reino que no fuiste -capaz de consentir en una esperanza aérea; fuera de que tu pasión al -rey podía dar motivo a rumores poco favorables a tu decoro; y para -evitarlos, el único medio es que te cases con el condestable. En fin, -Blanca, ya no es tiempo de deliberar; el rey te deja por un trono -y da su mano a Constanza. Al condestable le tengo dada mi palabra; -desempéñala tú, te ruego, y si para resolverte fuere necesario que me -valga de mi autoridad, te lo mando.» - -»Dichas estas palabras, la dejó, dándole lugar para que reflexionase -sobre lo que acababa de decirle. Esperaba que, después de haber pesado -bien las razones de que se había valido para sostener su virtud -contra la inclinación de su corazón, se determinaría por sí misma a -dar la mano al condestable. No se engañó en esto; pero ¡cuánto costó -a la infeliz Blanca tan dolorosa resolución! Hallábase en el estado -más digno de lástima: el sentimiento de ver que habían pasado a ser -evidencias sus presentimientos sobre la deslealtad de Enrique, y la -precisión, no casándose con él, de entregarse a un hombre a quien no -le era posible amar, causaban en su pecho unos impulsos de aflicción -tan violentos que cada instante era un nuevo tormento para ella. «Si -es cierta mi desgracia--exclamaba--, ¿cómo es posible que yo resista -a ella sin costarme la vida? ¡Despiadada suerte! ¿A qué fin me -lisonjeabas con las más dulces esperanzas si habías de arrojarme en un -abismo de males? ¡Y tú, pérfido amante, tú te entregas a otra cuando -me prometes una fidelidad eterna! ¿Has podido tan pronto olvidarte -de la fe que me juraste? ¡Permita el Cielo, en castigo de tu cruel -engaño, que el lecho conyugal, que vas a manchar con un perjurio, se -convierta en teatro de crueles remordimientos en vez de los lícitos -placeres que esperas; que las caricias de Constanza derramen un veneno -en tu fementido pecho y que tu himeneo sea tan funesto como el mío! -¡Sí, traidor! ¡Sí, falso! ¡Seré esposa del condestable, a quien no amo, -para vengarme de mí misma y para castigarme de haber elegido tan mal el -objeto de mi loca pasión! ¡Ya que la religión no me permite darme la -muerte, quiero que los días que me quedan de vida sean una cadena de -pesares y molestias! ¡Si conservas todavía algún amor hacia mí, será -vengarme también de ti el arrojarme a tu vista en los brazos de otro; -pero si me has olvidado enteramente, podrá a lo menos gloriarse la -Sicilia de haber producido una mujer que supo castigar en sí misma la -demasiada ligereza con que dispuso de su corazón!» - -»En esta dolorosa situación pasó la noche que precedió a su matrimonio -con el condestable aquella infeliz víctima del amor y del deber. El día -siguiente, hallando Sifredo pronta y dispuesta a su hija a obedecerle -en lo que deseaba, se dió prisa a no malograr tan favorable coyuntura. -Hizo ir aquel mismo día al condestable a Belmonte y se celebró de -secreto el matrimonio en la capilla de aquella quinta. ¡Oh y qué -día aquel para Blanca! No le bastaba renunciar a una corona, perder -un amante amado y entregarse a un objeto aborrecido, sino que era -menester hacerse la mayor violencia y disimular su angustia delante -de un marido naturalmente celoso y que le profesaba un vehementísimo -cariño. Lleno de júbilo el esposo porque era ya suya, no se apartaba -un momento de su lado y ni aun le dejaba el triste consuelo de llorar -a solas sus desgracias. Llegó la noche, y con ella la hora en que a la -hija de Leoncio se le aumentó la pena. Pero ¡qué fué de ella cuando, -habiéndola desnudado sus criadas, la dejaron sola con el condestable! -Preguntóle éste respetuosamente cuál era el motivo de aquel decaimiento -en que parecía que estaba. Turbó esta pregunta a Blanca, quien fingió -que se sentía indispuesta. Al pronto quedó el esposo engañado, pero -permaneció poco en su error. Como verdaderamente le tenía inquieto -el estado en que la veía, y la instaba a que se acostase, estas -instancias, que ella interpretó mal, ofrecieron a su imaginación la -idea más amarga y cruel; tanto, que, no siendo ya dueña de poderse -reprimir, dió libre curso a sus suspiros y a sus lágrimas. ¡Oh, qué -espectáculo para un hombre que pensaba haber llegado al colmo de sus -deseos! Entonces ya no puso duda en que en la aflicción de su esposa -se ocultaba alguna cosa de mal agüero para su amor. Con todo eso, -aunque este conocimiento le puso en términos casi tan deplorables como -los de Blanca, pudo tanto consigo que supo disimular sus recelos. -Repitió las instancias para que se acostase, dándole palabra de que la -dejaría reposar quietamente todo lo que hubiese menester, y aun se -ofreció a llamar a sus criadas si juzgaba que su asistencia le podía -servir de algún alivio. Respondió Blanca, serenada con esta promesa, -que solamente necesitaba dormir para reparar el desfallecimiento que -sentía. Fingió creerla el condestable. Acostáronse los dos y pasaron -una noche muy diferente de la que conceden el amor y el himeneo a dos -amantes apasionados. - -»Mientras la hija de Sifredo se entregaba a su dolor, andaba el -condestable considerando dentro de sí qué cosa podía ser la que llenaba -de amargura su matrimonio. Persuadíase que tenía algún competidor; -pero cuando le quería descubrir, se enredaban y confundían sus ideas, -y sabía solamente que él era el hombre más infeliz del mundo. Había -pasado con este desasosiego las dos terceras partes de la noche, cuando -llegó a sus oídos un ruido confuso. Quedó sumamente sorprendido, -sintiendo ciertos pasos lentos en su mismo cuarto. Túvolo por ilusión, -acordándose de que él por sí había cerrado la puerta luego que se -retiraron las criadas de Blanca. Descorrió, no obstante, la cortina de -la cama, para informarse por sus propios ojos de la causa que podía -haber ocasionado aquel ruido; pero habiéndose apagado la luz que había -quedado encendida en la chimenea, sólo pudo oír una voz débil y tenue -que llamaba repetidamente a Blanca. Encendiéronse entonces sus celosas -sospechas, convirtiéndose en furor. Sobresaltado su honor, le obligó a -levantarse, y considerándose obligado a precaver una afrenta o a tomar -venganza de ella, echó mano a la espada, y con ella desnuda acudió -furioso hacia donde creía oír la voz. Siente otra espada desnuda que -hace resistencia a la suya; avanza, y advierte que el otro se retira. -Sigue al que se defiende, y de repente cesa la defensa y sucede al -ruido el más profundo silencio. Busca a tientas por todos los rincones -del cuarto al que parecía huir, y no le encuentra. Párase, escucha, -y ya nada oye. ¿Qué encanto es éste? Acércase a la puerta que a su -parecer había favorecido la fuga del secreto enemigo de su honra, -tienta el cerrojo y hállala cerrada como la había dejado. No pudiendo -comprender cosa alguna de tan extraño suceso, llama a los criados que -estaban más cercanos, y como para eso abrió la puerta, cerrando el paso -de ella, se mantuvo con cautela para que no se escapase el que buscaba. - -»A sus repetidas voces acuden algunos criados, todos con luces. Toma él -mismo una y vuelve a examinar todos los rincones del cuarto, siempre -con la espada desnuda. A ninguno halla y no descubre ni aun el menor -indicio de que nadie haya entrado en él, no encontrándose puerta -secreta ni abertura por donde pudiera introducirse. Sin embargo, no -le era posible cegarse ni alucinarse sobre tantos incidentes que le -persuadían de su desgracia. Esto despertó en su fantasía gran confusión -de pensamientos. Recurrir a Blanca para el desengaño parecía recurso -inútil, igualmente que arriesgado, pues le importaba tanto ocultar -la verdad que no se podía esperar de ella la más leve explicación. -Adoptó, pues, el partido de ir a desahogar su corazón con Leoncio, -después de haber mandado a los criados se fuesen, diciéndoles que creía -haber oído algún ruido en el cuarto, pero que se había equivocado. -Encontró a su suegro, que salía de su cuarto, habiéndole despertado -el rumor que había oído, y le contó menudamente todo lo que le había -pasado, con muestras de extraña agitación y de un profundo dolor. - -»Sorprendióse Sifredo al oír el suceso y no dudó ni un solo momento de -su verdad, por más que las apariencias la representasen poco natural, -pareciéndole desde luego que todo era posible en la ciega pasión del -rey, pensamiento que le afligió vivamente. Pero lejos de fomentar las -celosas sospechas de su yerno, le representó en tono de seguridad -que aquella voz que se imaginaba haber oído y aquella espada que -se figuraba haberse opuesto a la suya no podían ser sino fantasías -de una imaginación engañada por los celos; que no era posible que -ninguno tuviese aliento para entrar en el cuarto de su hija; que la -tristeza que había advertido en ella podía ser efecto natural de alguna -indisposición; que el honor nada tenía que ver con las alteraciones -de la salud; que la mudanza de estado en una doncella acostumbrada a -vivir en la soledad y que se veía repentinamente entregada a un hombre, -sin haber tenido tiempo para conocerle ni amarle, podía muy bien ser -la causa de aquellos suspiros, de aquella aflicción y de aquel amargo -llanto; que el amor en el corazón de las doncellas de sangre noble -sólo se encendía con el tiempo y con los obsequios, y que así, le -aconsejaba calmase sus recelos y aumentase su amor y sus finezas, para -ir disponiendo poco a poco a Blanca a mostrarse más cariñosa, y que le -rogaba, en fin, volviese hacia ella, persuadido de que su desconfianza -y turbación ofendían su virtud. - -»Nada respondió el condestable a las razones de su suegro, o porque -en efecto comenzó a creer que pudo haberle engañado la confusión en -que estaba su espíritu, o porque le pareció más conveniente disimular -que intentar en vano convencer al anciano de un acontecimiento tan -desnudo de verosimilitud. Restituyóse al cuarto de su mujer, se volvió -a la cama y procuró lograr algún descanso de sus penosas inquietudes a -beneficio del sueño. Por lo que toca a Blanca, no estaba más tranquila -que él, porque había oído claramente todo lo que oyó su esposo y no -podía atribuir a ilusión un lance de cuyo secreto y motivos estaba -tan enterada. Estaba admirada de que Enrique hubiese pensado en -introducirse en su cuarto después de haber dado tan solemnemente su -palabra a la princesa Constanza, y en vez de darse el parabién de este -paso y de que le causase alguna alegría, lo conceptuó como un nuevo -ultraje, que encendió en cólera su pecho. - -»Mientras la hija de Sifredo, preocupada contra el joven rey, le -juzgaba por el más pérfido de los hombres, el desgraciado monarca, -más prendado que nunca de su amada Blanca, deseaba hablarle, para -desengañarla contra las apariencias que le condenaban. Hubiera venido -mucho más presto a Belmonte para este efecto a habérselo permitido -los cuidados y ocupaciones del gobierno o si antes de aquella noche -hubiera podido evadirse de la corte. Conocía bien todas las entradas -de un sitio donde se había criado y ningún obstáculo tenía para hallar -modo de introducirse en la quinta, habiéndose quedado con la llave de -una entrada secreta que comunicaba a los jardines. Por éstos llegó a -su antiguo cuarto y desde él se introdujo en el de Blanca. Fácil es de -imaginar cuánta sería la admiración de este príncipe cuando tropezó -allí con un hombre y con una espada que salía al encuentro de la suya. -Faltó poco para que no se descubriese, haciendo castigar en aquel -mismo instante al temerario que tenía atrevimiento de levantar su mano -sacrílega contra su propio rey; pero la consideración que debía a la -hija de Leoncio suspendió su resentimiento; se retiró por donde había -entrado y, más turbado que antes, volvió a tomar el camino de Palermo. -Llegó a la ciudad poco antes que despuntase el día y se encerró en su -cuarto, tan agitado que no le fué posible lograr ningún descanso, y no -pensó mas que en volver a Belmonte. La seguridad de su vida, su mismo -honor, y sobre todo su amor, le excitaban a que procurase saber sin -dilación todas las circunstancias de tan cruel acontecimiento. - -»Apenas se levantó, dió orden de que se previniese el tren de caza, -y, con pretexto de querer divertirse en ella, se fué al bosque de -Belmonte, con sus monteros y algunos cortesanos. Cazó por disimulo -algún tiempo, y cuando vió que toda su comitiva corría tras de los -perros, él se separó y marchó solo a la quinta de Leoncio. Estaba -seguro de no perderse, porque tenía muy conocidas todas las sendas -del bosque; y no permitiéndole su impaciencia atender a la fatiga de -su caballo, en breve tiempo corrió todo el espacio que le separaba -del objeto de su amor. Caminaba discurriendo algún pretexto plausible -que le proporcionase ver en secreto a la hija de Sifredo, cuando, al -atravesar un sendero que iba a dar a una de las puertas del parque, vió -no lejos de sí a dos mujeres que estaban sentadas en conversación a la -sombra de un árbol. No dudó que eran algunas personas de la quinta, -y esta vista le causó algún sobresalto; pero su agitación llegó a lo -sumo cuando, volviendo aquellas mujeres la cabeza al ruido que hacía el -caballo, reconoció que su adorada Blanca era una de ellas. Había salido -de la quinta llevando consigo a Nise, criada de su mayor confianza, -para llorar con libertad su desdicha en aquel sitio retirado. - -»Luego que Enrique la conoció, fué volando hacia ella, precipitóse, por -decirlo así, del caballo, arrojóse a sus pies, y descubriendo en sus -ojos todas las señales de la más viva aflicción, le dijo enternecido: -«Suspende, bella Blanca, los ímpetus de tu dolor. Las apariencias -confieso que me hacen parecer culpable a tus ojos; mas cuando estés -enterada del designio que he formado con respecto a ti, puede ser -que lo que miras como delito te parezca una prueba de mi inocencia y -del exceso de mi amor.» Estas palabras, que en el concepto de Enrique -le parecían capaces de mitigar la pena de Blanca, sólo sirvieron para -exacerbarla más. Quiso responderle, pero los sollozos ahogaron su voz. -Asombrado el príncipe de verla tan turbada, prosiguió diciéndole: «Pues -qué, señora, ¿es posible que no pueda yo calmar el desasosiego que os -agita? ¿Por qué desgracia he perdido vuestra confianza, yo que expongo -mi corona y hasta mi vida por conservarme sólo para vos?» Entonces -la hija de Leoncio, haciendo el mayor esfuerzo sobre sí misma para -explicarse, le respondió: «Señor, ya llegan tarde vuestras promesas; no -hay ya poder en el mundo para que en adelante sea una misma la suerte -de los dos.» «¡Ay, Blanca!--interrumpió el rey precipitadamente--. -¡Qué palabras tan crueles han proferido tus labios! ¿Quién será -capaz en el mundo de hacerme perder tu amor? ¿Quién será tan osado -que tenga aliento para oponerse al furor de un rey, que reduciría a -cenizas toda la Sicilia antes que sufrir que ninguno os robe a sus -esperanzas?» «¡Inútil será, señor, todo vuestro poder--respondió con -desmayada voz la hija de Sifredo--para allanar el invencible obstáculo -que nos separa! Sabed que ya soy mujer del condestable.» «¡Mujer del -condestable!», exclamó el rey dando algunos pasos atrás, y no pudo -decir más: tan sorprendido quedó de aquel impensado golpe. Faltáronle -las fuerzas y cayó desmayado al pie de un árbol que estaba allí -cerca. Quedó pálido, trémulo y tan enajenado que sólo tenía libres -los ojos para fijarlos en Blanca, de un modo tan tierno que desde -luego la dejaba comprender cuánto le había afligido el infortunio que -le anunciaba. Blanca, por su parte, le miraba también, con semblante -tal que manifestaba ser muy parecidos los afectos de su corazón a los -que tanto agitaban el de Enrique. Mirábanse los dos desventurados -amantes con un silencio en que se dejaba traslucir cierta especie de -horror. Por último, el príncipe, volviendo algún tanto de su trastorno -por un esfuerzo de valor, tomó de nuevo la palabra y dijo a Blanca, -suspirando: «¿Qué habéis hecho, señora? ¡Vuestra credulidad me ha -perdido a mí y os ha perdido a vos!» - -»Resintióse Blanca de que el rey, a su parecer, la culpase, cuando ella -vivía persuadida de que tenía de su parte las más poderosas razones -para estar quejosa de él, y le dijo: «Qué, señor, ¿pretendéis por -ventura añadir el disimulo a la infidelidad? ¿Queríais que desmintiese -a mis ojos y a mis oídos y que a pesar de su testimonio os tuviese por -inocente? No, señor; confieso que no me siento con valor para hacer -esta violencia a mi razón.» «Sin embargo--dijo el rey--, esos testigos -de que tanto os fiáis os han engañado ciertamente. Han conspirado -contra vos y os han hecho traición. ¡Tan verdad es que yo estoy -inocente y que siempre os he sido fiel, como lo es que vos sois esposa -del condestable!» «Pues qué, señor--repuso Blanca--, ¿negaréis que yo -misma os oí confirmar a Constanza el don de vuestra mano y de vuestro -corazón? ¿No asegurasteis a los grandes del reino que os conformaríais -con la voluntad del rey difunto y a la princesa que recibiría de -vuestros nuevos vasallos los homenajes que se debían a una reina y -esposa del príncipe Enrique? ¿Mis ojos estaban fascinados? ¡Confesad, -confesad más bien, infiel, que no creísteis debía contrapesar el -corazón de Blanca el interés de una corona, y sin abatiros a fingir -lo que no sentís, ni quizá habéis sentido jamás, decid que os pareció -asegurar mejor el trono de Sicilia con Constanza que con la hija -de Leoncio! Al cabo, señor, tenéis razón: igualmente desmerecía yo -ocupar un trono tan soberano como poseer el corazón de un príncipe -como vos. Era demasiada mi temeridad en aspirar a la posesión de uno y -otro; pero vos tampoco debíais mantenerme en este error. No ignoráis -los sobresaltos que me ha costado perderos, lo que siempre tuve por -infalible para mí. ¿A qué fin asegurarme lo contrario? ¿A qué fin tanto -empeño en desvanecer mis temores? Entonces me hubiera quejado de mi -suerte y no de vos y hubiera sido siempre vuestro mi corazón, ya que -no podía serlo una mano que ningún otro pudiera jamás haber logrado de -mí. Ya no es tiempo de disculparos. Soy esposa del condestable, y por -no exponerme a las consecuencias de una conversación que mi gloria no -me permite alargar sin padecer mucho el rubor, dadme licencia, señor, -para cortarla y para que deje a un príncipe a quien ya no me es lícito -escuchar.» - -»Dicho esto, se alejó de Enrique con toda la celeridad que le permitía -el estado en que se encontraba. «¡Aguardaos, señora!--clamaba -Enrique--. ¡No desesperéis a un príncipe resuelto a dar en tierra -con el trono que le echáis en cara haber preferido a vos, antes que -corresponder a lo que esperan de él sus nuevos vasallos!» «Ya es -inútil ese sacrificio--respondió Blanca--. Debierais haber impedido -que diese la mano al condestable antes de abandonaros a tan generosos -impulsos; y puesto que ya no soy libre, me importa poco que Sicilia -quede reducida a pavesas ni que deis vuestra mano a quien quisiereis. -Si tuve la flaqueza de dejar sorprender mi corazón, tendré a lo menos -valor para sofocar sus movimientos y que vea el rey de Silicia que -la esposa del condestable ya no es ni puede ser amante del príncipe -Enrique.» Al decir estas palabras, se halló a la puerta del parque, -entróse en él con precipitación, acompañada de Nise, cerró la puerta -con ímpetu y dejó al rey traspasado de dolor. No podía menos de sentir -él la profunda herida que había abierto en su corazón la noticia del -matrimonio de Blanca. «¡Injusta Blanca! ¡Blanca cruel!--exclamaba--. -¿Es posible que así hubieses perdido la memoria de nuestras recíprocas -promesas? A pesar de mis juramentos y los tuyos, estamos ya separados. -¿Conque no fué mas que una ilusión la idea que yo me había formado de -ser algún día el único dueño tuyo? ¡Ah, cruel y qué caro me cuesta el -haber llegado a conseguir que mi amor fuese de ti correspondido!» - -»Representósele entonces a la imaginación con la mayor viveza la -fortuna de su rival, acompañada de todos los horrores de los celos; -y esta pasión se apoderó tan fuertemente de él por algunos momentos, -que le faltó poco para sacrificar a su resentimiento al condestable y -aun al mismo Sifredo. Pero poco después entró la razón a calmar los -ímpetus de su cólera. Con todo eso, cuando consideraba imposible el -desimpresionar a Blanca del concepto en que estaba de su infidelidad, -se desesperaba. Lisonjeábase de que cambiaría aquel concepto si hallaba -arbitrio para hablarla a solas. Animado con este pensamiento, se -persuadió de que era menester alejar de su compañía al condestable, y -resolvió hacerle prender como a reo sospechoso en las circunstancias -en que se hallaba el Estado. En este supuesto, dió la orden competente -al capitán de sus guardias, el cual partió a Belmonte, se apoderó de -su persona a la entrada de la noche y llevóle consigo al castillo de -Palermo. - -»Consternóse el palacio de Belmonte con este acontecimiento. Sifredo -partió al punto a responder al rey de la inocencia de su yerno y -a representarle las funestas consecuencias de semejante prisión. -Previendo bien el rey este paso que su ministro daría, y deseando -lograr un rato de libre conversación con Blanca antes de dar libertad -al condestable, había mandado expresamente que no se dejase entrar -a nadie en su cuarto aquella noche. Pero Sifredo, a pesar de esta -prohibición, logró introducirse en la estancia del rey. «Señor--le -dijo luego que se vió en su presencia--, si es permitido a un -respetuoso y fiel vasallo quejarse de su soberano, vengo a quejarme -de vos a vos mismo. ¿Qué delito ha cometido mi yerno? ¿Ha considerado -vuestra majestad la eterna afrenta de que cubre a mi familia y -las resultas de una prisión que puede alejar de su servicio a las -personas que ocupan los primeros puestos del Estado?» «Tengo avisos -ciertos--respondió el rey--de que el condestable mantiene inteligencias -criminales con el infante don Pedro.» «¡El condestable inteligencias -criminales!--interrumpió sorprendido Leoncio--. ¡Ah, señor! ¡No lo -crea vuestra majestad! Sin duda, han abusado de vuestro magnánimo -corazón. La traición nunca tuvo entrada en la familia de Sifredo; -bástale al condestable ser yerno mío para hallarse en este punto al -abrigo de toda sospecha. El está inocente; otros motivos secretos -son los que os han inducido a prenderle.» «Puesto que me hablas con -tanta claridad--repuso el rey--, quiero corresponderte con la misma. -Tú te quejas de que yo haya mandado arrestar al condestable. ¡Ah! ¿Y -no podré yo también quejarme de tu crueldad? ¡Tú, bárbaro Sifredo, -tú eres el que me has arrebatado inhumanamente mi reposo, poniéndome -en situación, con tus cuidados oficiosos, de que envidie la suerte -de los hombres más infelices! ¡No, no te lisonjees de que yo adopte -tus ideas! ¡Vanamente está resuelto mi matrimonio con Constanza!...» -«¡Qué, señor!--interrumpió estremeciéndose Leoncio--. ¿Cómo será -posible que no os caséis con la princesa, después de haberla lisonjeado -con esta esperanza a vista de todo el reino?» «Si es que engaño su -esperanza--repuso el monarca--, échate a ti solo la culpa. ¿Por qué -me pusiste tú mismo en precisión de ofrecer lo que no podía cumplir? -¿Quién te obligó a escribir el nombre de Constanza en un papel que se -había hecho para tu hija? Sabías muy bien mi intención. ¿Quién te dió -autoridad para tiranizar el corazón de Blanca, obligándola a casarse -con un hombre a quien no amaba? ¿Y quién te la dió sobre el mío para -disponer de él en favor de una princesa a quien miro con horror? -¿Te has olvidado ya de que es hija de aquella cruel Matilde, que, -atropellando todos los derechos de la sangre y de la humanidad, hizo -expirar a mi padre entre los hierros del más duro cautiverio? ¿Y a -ésta querías tú que yo diese mi mano? ¡No, Sifredo, no aguardes de mí -este paso! ¡Antes de ver encendidas las teas de tan horrible himeneo, -verás arder toda la Sicilia y anegados de sangre sus campos!» «¡Qué -es lo que escucho!--exclamó Leoncio--. ¡Qué terribles amenazas, qué -funestos anuncios me hacéis! ¡Pero en vano me sobresalto!--continuó, -mudando de tono--. ¡No, señor, nada de esto temo! Es demasiado el amor -que profesáis a vuestros vasallos para acarrearles tan triste suerte. -No será capaz un ciego amor de avasallar vuestra razón. Echaríais -un eterno borrón a vuestras virtudes si os dejarais llevar de las -flaquezas propias de hombres vulgares. Si yo di mi hija al condestable -fué, señor, únicamente por granjear para vuestro servicio a un hombre -valeroso que, con la fuerza de su brazo y del ejército que tiene a su -disposición, apoyase vuestros intereses contra las pretensiones del -príncipe don Pedro. Parecióme que uniéndole a mi familia con lazos -tan estrechos...» «¡Ah, que esos lazos--interrumpió Enrique--, esos -funestos lazos son los que a mí me han perdido! ¡Cruel amigo! ¿Qué te -había hecho yo para que descargases sobre mí tan duro e intolerable -golpe? Habíate encargado que manejases mis intereses; pero ¿cuándo te -di facultad para que esto fuese a costa de mi corazón? ¿Por qué no -dejaste que yo mismo defendiese mis derechos? ¿Parécete que no tendría -valor ni fuerzas para hacerme obedecer de todos los vasallos que osasen -oponerse a mi voluntad? Si el condestable fuese uno de ellos, sabría yo -muy bien castigarle. Ya sé que los reyes no han de ser tiranos y que -su primera obligación es la de mirar por la felicidad de sus pueblos; -pero ¿han de ser esclavos de éstos los mismos soberanos, y esto desde -el momento en que el Cielo los elige para gobernarlos? ¿Pierden por -ventura el derecho que la misma naturaleza concedió a todos los hombres -de ser dueños de sus afectos? ¡Ah, Leoncio, si los reyes han de perder -aquella preciosa libertad que gozan los demás hombres, ahí te abandono -una corona que tú me aseguraste a costa de mi sosiego!» «Señor--replicó -el ministro--, no puede ignorar vuestra majestad que el rey su tío -sujetó la sucesión al trono a la preciosa condición del matrimonio con -la princesa Constanza.» «¿Y quién dió autoridad al rey mi tío--repuso -acalorado Enrique--para establecer tan violenta como injusta -disposición? ¿Había recibido acaso él tan indigna ley de su hermano el -rey don Carlos cuando entró a sucederle? ¿Y por ventura debías tú tener -la flaqueza de someterte a una condición tan inicua? Cierto que para un -gran canciller estás poco enterado de nuestros usos. En una palabra, -cuando prometí mi mano a Constanza fué involuntaria mi promesa, que -nunca tuve intención de cumplir. Si don Pedro funda su esperanza de -ascender al trono en mi constante resolución de no efectuar aquella -palabra, no mezclemos a los pueblos en una contienda que haría derramar -mucha sangre. La espada, entre nosotros solos, puede terminar la -disputa y decidir cuál de los dos será el más digno de reinar.» - -»No se atrevió Leoncio a apurarle más, y se contentó con pedir de -rodillas la libertad de su yerno, la que consiguió, diciéndole el rey: -«Anda y restitúyete a Belmonte, que presto irá allá el condestable.» -Retiróse el ministro, y marchó a su quinta, persuadido de que su yerno -vendría luego a ella; pero engañóse, porque Enrique quería ver a Blanca -aquella noche, y con este fin dilató hasta el día siguiente la libertad -de su esposo. - -»Mientras tanto, entregado éste a sus tristes pensamientos, hacía -dentro de sí crueles reflexiones. La prisión le había abierto los -ojos y héchole conocer cuál era la verdadera causa de su desgracia. -Entregado enteramente a la violencia de los celos, y olvidado de la -lealtad que hasta allí le había hecho tan recomendable, sólo respiraba -venganza. Persuadido de que el rey no malograría la ocasión y no -dejaría de ir aquella noche a visitar a doña Blanca, para sorprenderlos -a entrambos, suplicó al gobernador del castillo de Palermo le dejase -salir de la prisión por algunas horas, dándole palabra de honor de que -antes de amanecer se restituiría a ella. El gobernador, que era todo -suyo, tuvo poca dificultad en darle este gusto, y más habiendo sabido -ya que Sifredo había alcanzado del rey su libertad; y además de eso le -dió un caballo para ir a Belmonte. Partió prontamente, llegó al sitio, -ató él caballo a un árbol, entró en el parque por una puerta pequeña -cuya llave tenía, y tuvo la fortuna de introducirse en la quinta sin -ser sentido de nadie. Llegó hasta el cuarto de su mujer y se escondió -tras un biombo que había en la antesala. Pensaba observar desde allí -todo lo que pudiese suceder y entrar de repente en la estancia de su -esposa al menor ruido que oyese. Vió salir a Nise, que acababa de dejar -a su ama y se retiraba a un cuarto inmediato, donde ella dormía. - -»La hija de Sifredo, que fácilmente había penetrado el verdadero -motivo del arresto de su marido, tuvo por cierto que aquella noche no -volvería éste a Belmonte, aunque su padre le había dicho haberle el -rey asegurado que le seguiría presto. Igualmente se presumió que el -rey aprovecharía aquella ocasión para verla y hablarla con libertad. -Con este pensamiento le estaba esperando para afearle una acción -que para ella podía tener terribles consecuencias. Con efecto, poco -tiempo después que Nise se había retirado se abrió la falsa puerta y -apareció el rey, quien, arrojándose a los pies de Blanca, le dijo: «¡No -me condenéis hasta haberme oído! Si mandé arrestar al condestable, -considerad que ya no me restaba otro medio para justificarme. Si es -delincuente este artificio, la culpa es de vos sola. ¿Por qué os -negasteis a oírme esta mañana? Tardará poco en verse libre vuestro -esposo, y entonces, ¡ay de mí!, ya no tendré recurso para hablaros. -Oídme, pues, por última vez. Si vuestro padre ocasiona mi desventurada -suerte, al menos concededme el triste consuelo de participaros que yo -no me he atraído este infortunio por mi infidelidad. Si ratifiqué a -Constanza la promesa de mi mano fué porque en las circunstancias en -que me puso Sifredo no podía hacer otra cosa. Erame preciso engañar -a la princesa por vuestro interés y por el mío, para aseguraros la -corona y la mano de vuestro amante. Tenía esperanza de conseguirlo -y había tomado mis medidas para romper aquella obligación; pero vos -destruisteis mi plan, y disponiendo con demasiada facilidad de vuestra -persona, preparasteis un eterno dolor a dos corazones que un entrañable -amor hubiera hecho perpetuamente felices.» - -»Dió fin a este breve razonamiento con señales tan visibles de una -verdadera desesperación, que Blanca se enterneció, y ya no le quedó la -menor duda de la inocencia de Enrique. Alegróse un poco al principio, -pero un momento después fué en ella más vivo el dolor de su desgracia. -«¡Ah, señor!»--dijo--. Después de lo que ha dispuesto de nosotros la -suerte, me causa nueva pena el saber que estáis inocente. ¿Qué es lo -que he hecho, desdichada de mí? ¡Engañóme mi resentimiento! Juzgué -que me habíais abandonado y, arrebatada de despecho, recibí la mano -del condestable, que mi padre me presentó. ¡Ah, infeliz! ¡Yo fuí la -delincuente y yo misma fabriqué nuestra desgracia! ¡Conque cuando -estaba tan quejosa de vos, acusándoos en mi corazón de que me habíais -engañado, era yo, imprudente y ligerísima amante, la que rompía los -lazos que había jurado hacer indisolubles! ¡Vengaos ahora, señor, pues -os toca hacerlo! ¡Aborreced a la ingrata Blanca! ¡Olvidad!...» «¿Y os -parece que lo podré hacer, señora?--interrumpió Enrique tristemente--. -¡Qué! ¿Será posible arrancar de mi corazón una pasión que ni aun -vuestra injusticia podrá sofocar?» «Con todo eso, señor--dijo -suspirando la hija de Sifredo--, es menester que os esforcéis para -conseguirlo.» «Y vos, señora--replicó el rey--, ¿seréis capaz de hacer -ese esfuerzo?» «No me prometo lograrlo--respondió Blanca--, pero nada -omitiré para ello; lo intentaré cuanto pueda.» «¡Ah, cruel!--exclamó -el rey--. ¡Fácilmente olvidaréis a Enrique, puesto que tenéis tal -pensamiento!» «Y vos, señor, ¿qué es lo que pensáis?--repuso Blanca con -entereza--. ¿Os lisonjeáis de que os tolere continuar en obsequiarme? -¡No tengáis tal esperanza! Si no quiso el Cielo que naciese para -reina, tampoco me formó para que diese oídos a ningún amor que no sea -legítimo. Mi esposo es, igualmente que vos, de la nobilísima Casa -de Anjou, y aun cuando lo que debo sólo a él no fuera un obstáculo -invencible a vuestros amorosos servicios, mi honor jamás podría -permitirlos. Suplico, pues, a vuestra majestad que se retire y que haga -ánimo de no volverme a ver.» «¡Oh qué tiranía!--exclamó el rey--. ¿Es -posible, Blanca, que me tratéis con tanto rigor? ¡Conque no basta para -atormentarme el que yo os vea esposa del condestable, sino que queréis -además privarme de vuestra vista, único consuelo que me queda!» «¡Huid -cuanto antes, señor!--respondió la hija de Sifredo derramando algunas -lágrimas--. ¡La vista de lo que se ha amado tiernamente deja de ser -un bien luego que se pierde la esperanza de poseerlo! ¡Adiós, señor; -retiraos de mi presencia! Debéis este esfuerzo a vuestra gloria y a mi -reputación. También os lo pido por mi reposo, porque al fin, aunque -mi virtud no se altera con los movimientos de mi corazón, la memoria -de vuestra ternura me presenta combates tan terribles que me cuesta -extraordinarios esfuerzos resistirlos.» - -»Pronunció estas últimas palabras con tanta energía, que, sin -advertirlo, dejó caer al suelo un candelero que estaba en una mesa -detrás de ella. Apagóse la bujía, cógela Blanca a tientas, abre la -puerta de la antesala, y para encenderla va al gabinete de Nise, que -aun no se había acostado. Vuelve con luz, y apenas la vió el rey la -instó de nuevo para que le permitiese continuar en sus obsequios. A la -voz del monarca entró repentinamente el condestable, con la espada en -la mano, en el cuarto de su esposa, casi al mismo tiempo que ella; se -llega a Enrique, lleno del resentimiento que su furor le inspiraba, -y le dice; «¡Ya es demasiado, tirano! ¡No me tengas por tan vil ni -tan cobarde que pueda sufrir la afrenta que haces a mi honor!» «¡Ah, -traidor!--respondió el rey desenvainando la espada para defenderse--. -¿Piensas por ventura ejecutar tu intento impunemente?» Dicho esto, -principian un combate, sobremanera fogoso para que durase mucho. -Temiendo el condestable que Sifredo y sus criados acudiesen demasiado -pronto a los gritos que daba doña Blanca y le estorbasen su venganza, -peleaba ya sin juicio, sin conocimiento y sin cautela. Fuera de sí de -furor, él mismo se metió por la espada de su enemigo, atravesándose de -parte a parte hasta la guarnición. Cayó en tierra, y viéndole el rey -derribado, se detuvo. - -»Al ver la hija de Leoncio a su esposo en tan lastimoso estado, se -arrojó al suelo para socorrerle, a pesar de la repugnancia con que le -miraba. El infeliz esposo, lleno de resentimiento contra ella, no se -enterneció ni aun a vista de aquel testimonio que le daba de su dolor -y de su compasión. La muerte, que tenía tan cercana, no bastó para -apagar en él el incendio de los celos. En aquellos últimos momentos -sólo se acordó de la fortuna de su competidor; idea tan ingrata y -espantosa que, alentando su espíritu y dando un momentáneo vigor a las -pocas fuerzas que le quedaban, le hizo alzar la espada, que aun tenía -en la mano, y la sepultó toda ella en el seno de su mujer, diciéndole: -«¡Muere, esposa infiel, ya que los sagrados vínculos del matrimonio -no bastaron para que me conservases aquella fe que me juraste al -pie de los altares! ¡Y tú, Enrique--prosiguió con voz desmayada--, -no te gloríes ya de tu destino, puesto que no te aprovecharás de mi -desgracia! ¡Con esto muero contento!» Dijo estas palabras y expiró, -pero con un semblante que, aun entre las sombras de la muerte, dejaba -ver un no sé qué de altivo y de terrible. El de Blanca ofrecía a la -vista un espectáculo bien diverso. Había caído mortalmente herida sobre -el moribundo cuerpo de su esposo, y la sangre de esta inocente víctima -se confundía con la de su homicida, cuya ejecución fué tan pronta e -impensada que no dió lugar al rey para precaver su efecto. - -»Prorrumpió este príncipe malaventurado en un lastimoso grito cuando -vió caer a Blanca; y más herido que ella del golpe que le quitaba la -vida, acudió a prestarle el mismo auxilio que ella misma había querido -prestar a su marido y del cual había sido tan mal recompensada; pero -Blanca le dijo con voz desfallecida: «¡Señor, vuestra diligencia es -inútil! ¡Soy la víctima que estaba pidiendo la suerte inexorable! -¡Quiera el Cielo que ella aplaque su cólera y asegure la felicidad de -vuestro reino!» Al acabar estas palabras, Leoncio, que había acudido -al eco de sus lamentosos ayes, entró en el cuarto, y atónito de ver los -objetos que se presentaban a sus ojos, quedó inmóvil. Blanca, que no le -había visto, prosiguiendo su discurso con el rey, «¡Adiós, señor!--le -dijo--. ¡Conservad afectuosamente mi memoria, pues mi amor y mis -desgracias os obligan a ello! Desterrad de vuestro pecho toda sombra de -resentimiento contra mi amado padre. Respetad sus canas, compadeceos -de su pena y haced justicia a su celo. Sobre todo, manifestad a todo -el mundo mi inocencia; esto es lo que más principalmente os encargo. -¡Adiós, amado Enrique!... ¡Yo me muero!... ¡Recibid mi postrer aliento!» - -»A estas palabras, expiró. Quedóse suspenso el rey, guardando por algún -tiempo un profundo silencio. Rompióle en fin, diciendo a Sifredo: -«¡Mira, Leoncio, la obra de tus manos! ¡Contémplala bien y considera -en este trágico suceso el fruto de tu oficioso celo por mi servicio!» -Nada respondió el anciano: tan penetrado estaba de dolor. Pero ¿a qué -fin empeñarme en querer referir lo que no cabe en ninguna explicación? -Basta decir que uno y otro prorrumpieron en las más tiernas quejas -luego que la vehemencia del dolor abrió camino al desahogo de los -afectos interiores. - -»El rey conservó toda su vida la más dulce memoria de su amante, -sin poderse jamás resolver a dar la mano a Constanza. El infante se -coligó con ella para hacer que se cumpliese lo dispuesto por Rogerio -en su testamento, pero se vieron precisados a ceder al príncipe -Enrique, quien triunfó al cabo de todos sus enemigos. A Sifredo le -desprendió del mando, y aun de su misma patria, el insoportable tedio -que le causaba el tropel de tantas desgracias. Abandonó la Sicilia, -y pasándose a España con Porcia, la única hija que le había quedado, -compró esta quinta. En ella sobrevivió quince años a la muerte de -Blanca. Tuvo el consuelo de casar a Porcia, antes de morir, con -don Jerónimo de Silva, y yo soy el único fruto de este matrimonio. -Esta es--prosiguió la viuda de don Pedro de Pinares--la historia -de mi familia y una fiel relación de las desgracias que representa -ese cuadro, que mi abuelo Leoncio hizo pintar para que quedase a la -posteridad un monumento de este funesto suceso.» - - - - - CAPITULO V - -De lo que hizo doña Aurora de Guzmán luego que llegó a Salamanca. - - -Después de haber la Ortiz, sus compañeras y yo oído esta historia, -nos salimos de la sala, donde dejamos solas a doña Aurora y doña -Elvira. Pasaron las dos lo restante del día en varias diversiones, sin -fastidiarse una de otra, y cuando partimos al día siguiente, fué tan -dolorosa su separación como pudiera serlo la de dos íntimas amigas -acostumbradas toda la vida a la más dulce y tierna compañía. - -Llegamos, en fin, a Salamanca sin que nos sucediese el menor -contratiempo. Alquilamos luego una casa enteramente amueblada, y la -dueña Ortiz, según lo que habíamos tratado, se comenzó a llamar doña -Jimena de Guzmán. Como había sido dueña tanto tiempo, no podía menos -de hacer bien su papel. Salió una mañana con Aurora, una doncella y un -paje y se encaminaron a una posada de caballeros, donde supieron que -ordinariamente se alojaba Pacheco. Preguntó la Ortiz si había algún -cuarto desocupado, y habiéndole respondido que sí, le enseñaron uno -decentemente puesto. Tomólo de su cuenta, y aun adelantó un mes de -alquiler, expresando que era para un sobrino suyo que iba de Toledo a -estudiar a Salamanca y al que esperaba aquel día. - -Después que la dueña y mi ama dejaron ajustado aquel alojamiento se -trasladaron al suyo, y la bella Aurora, sin perder tiempo, se vistió de -caballero. Para cubrir sus cabellos negros se puso una peluca rubia, y -tiñéndose del mismo color las cejas, se disfrazó de suerte que parecía -un señorito distinguido. Era garboso y desembarazado, y a no ser la -cara, que era demasiadamente linda para hombre, ninguna otra cosa hacía -sospechoso su disfraz. Imitóle en el mismo la criada que le había de -servir de paje, y todos nos persuadimos que también ésta representaría -bien su papel, así porque no era de las más hermosas como por tener -cierto airecillo descarado muy a propósito para el personaje que le -tocaba hacer. Después de comer, hallándose las dos actrices en estado -de presentarse en su teatro, esto es, en la posada de caballeros, ellas -y yo marchamos allá. Metímonos en un coche y llevamos los baúles y la -ropa que era menester. - -La posadera, llamada Bernarda Ramírez, nos recibió con el mayor agasajo -y nos condujo a nuestro cuarto, donde comenzamos a trabar conversación -con ella. Convinimos en la comida que nos había de dar y en lo que -habíamos de pagarle cada mes. Preguntámosle después si tenía muchos -huéspedes. «Por ahora--respondió--no tengo ninguno. Nunca me faltarían -si quisiera recibir a todo género de gentes, pero mi genio no lo lleva -y en mi casa sólo admito personas de distinción. Esta misma noche -espero a uno que viene de Madrid a concluir sus estudios. Llámase don -Luis Pacheco, caballero de veinte años lo más, que acaso conocerán -ustedes o habrán oído hablar de él.» «No--respondió Aurora--. No ignoro -que es de una familia ilustre, pero no sé sus cualidades, y habiendo -de vivir en su compañía en una misma casa tendría particular gusto de -saber qué hombre es.» «Señor--repuso la huéspeda mirando al fingido -caballero--, es un caballerito de linda cara, ni más ni menos que la -vuestra, y desde luego aseguro que ambos os avendréis bien. ¡Vive -diez, que podré jactarme de tener en mi casa los dos señoritos más -galanes y airosos de toda España!» «Según eso--replicó mi ama--, ese -tal caballerito habrá tenido en Salamanca mil galanteos.» «¡Oh! En -cuanto a eso--respondió la vieja--, debo confesar que es un enamorado -de profesión. Basta que se deje ver para llevarse de calle a cualquier -mujer. Entre otras robó el corazón de una joven y bella como ella sola, -hija de un anciano doctor en leyes; y en cuanto a su cariño hacia don -Luis, es aquello que se llama locura. Su nombre es doña Isabel.» «Pero -dígame--le replicó Aurora con prontitud--, ¿y don Luis la corresponde -igualmente?» «Que la amaba antes que volviese a Madrid--respondió la -Ramírez--, no tiene duda; pero si ahora la quiere o no la quiere, eso -es lo que yo no sé, porque el tal caballerito en este punto es poco de -fiar. Corre de mujer en mujer como lo hacen comúnmente todos los de su -edad y de su clase.» - -Apenas acababa la viuda de decir estas palabras cuando se oyó en el -patio ruido de caballos. Asomámonos a la ventana y vimos dos hombres -que se apeaban, que eran el mismo don Luis Pacheco, que llegaba de -Madrid con su criado. Dejónos la vieja para ir a recibirlos y preparóse -mi ama, no sin alguna conmoción, a representar su personaje de don -Félix. Poco después vimos entrar en nuestro cuarto a don Luis, con -botas y espuelas, en traje de camino. «Acabo de saber--dijo saludando -a doña Aurora--que un caballero toledano está alojado en esta posada, -y espero me permitirá le manifieste el gusto que tengo de lograr -bajo un mismo techo tan buena compañía.» Mientras respondía mi ama a -este cumplimiento, me pareció que Pacheco estaba suspenso de ver a -un caballero tan amable. Con efecto, no se pudo contener sin decirle -que jamás había visto hombre tan galán ni tan bien plantado. Después -de varios discursos, acompañados de mil recíprocos y cortesanos -cumplimientos, se retiró don Luis al cuarto que se le había destinado. - -Mientras se hacía quitar las botas y se mudaba de ropa, un paje que -le buscaba para entregarle una carta encontró por casualidad a doña -Aurora en la escalera, y teniéndola por don Luis, a quien no conocía, -«Caballero--le dijo--, aunque no conozco al señor don Luis Pacheco, me -parece no debo preguntar a usted si lo es, y estoy persuadido de que no -me engaño, según las señas que me han dado.» «No, amigo--respondió mi -ama con gran serenidad--, ciertamente que no te engañas y sabes cumplir -con puntualidad los encargos que te dan; has adivinado muy bien que -soy don Luis Pacheco. Dame esa carta y vete, que ya cuidaré de enviar -la respuesta.» Marchóse el paje, y cerrándose Aurora en su cuarto con -su criada y conmigo abrió la carta y nos leyó lo que sigue: «Acabo de -saber vuestra llegada a Salamanca. Alegróme tanto esta noticia, que -temí perder el juicio. ¿Amáis todavía a vuestra Isabel? Aseguradle -cuanto antes de que no os habéis mudado. Morirá de contento si le dais -el consuelo de haberle sido fiel.» - -«En verdad que el papel es apasionado--dijo Aurora--y muestra un -alma del todo enamorada. Esta dama es una competidora que no debe -despreciarse; antes bien, juzgo que debo hacer todo lo posible para -desprenderla de don Luis, haciendo cuanto me sea dable para que él -no la vuelva a ver. La empresa es algo ardua, lo confieso, mas no -desconfío de salir con ella.» Paróse a pensar sobre este punto, y un -momento después añadió: «Yo me obligo a ver enemistados a los dos en -menos de veinticuatro horas.» Con efecto, habiendo Pacheco descansado -un poco en su cuarto, volvió a buscarnos al nuestro y renovó la -conversación con Aurora antes de cenar. «Caballero--le dijo en tono de -zumba--, creo que los maridos y los amantes no han de celebrar mucho -vuestra venida a Salamanca y que les ha de causar harta inquietud; -yo, por lo menos, ya comienzo a temer mucho por mis damas.» «Oiga -usted--le respondió mi ama en el mismo tono--, su temor no está mal -fundado. Don Félix de Mendoza es un poco temible; así os lo prevengo. -Ya he estado otra vez en esta ciudad y sé por experiencia que en ella -no son insensibles las mujeres.» «¿Qué prueba tiene usted de ello?», -interrumpió don Luis con presteza. «Una demostrativa--replicó la -hija de don Vicente--. Habrá un mes que transité por esta ciudad, -y, habiéndome detenido en ella no más que ocho días, en este breve -tiempo--os lo digo en toda confianza--se apasionó ciegamente de mí la -hija de un anciano doctor en leyes.» - -Conocí que se había turbado don Luis al oír estas palabras. «¿Y -se podrá saber, sin pasar por indiscreto--replicó--, el nombre de -esa señora?» «¿Qué llama usted sin pasar por indiscreto?--repuso -el fingido D. Félix--. ¿Pues qué motivo puede haber para hacer de -esto un misterio? ¿Por ventura me tenéis por más callado que lo son -en este punto los de mi edad? ¡No me hagáis esa injusticia! Además -de que, hablando entre los dos, el objeto tampoco es digno de tan -escrupuloso miramiento, porque al fin sólo es una pobre particular, y -los hombres de distinción no se emplean seriamente en estas gentes de -poca posición, y aun creen que les hacen mucho honor en quitarles el -crédito. Diréos, pues, sin reparo, que la hija del tal doctor se llama -Isabel.» «Y el tal doctor--interrumpió, impaciente ya, Pacheco--, ¿se -llama acaso el señor Marcos de la Llana?» «¡Justamente!--respondió mi -ama--. Lea usted este papel que acaba de enviarme; por él verá si me -quiere bien la tal niña.» Pasó los ojos don Luis por el billete, y -conociendo la letra se quedó confuso. «¡Qué veo!--prosiguió entonces -Aurora con admiración--. ¡Parece que se os muda el color! Creo, -¡Dios me lo perdone!, que tomáis interés por esa dama. ¡Oh y cuánto -me pesa de haber hablado con tanta franqueza!» «Antes bien, os doy -gracias por ello--replicó don Luis en un tono mezclado de cólera y -despecho--. ¡Ah, pérfida! ¡Ah, inconstante! ¡Oh, don Félix, y qué -favor os merezco! ¡Me habéis sacado de un error en que quizá hubiera -estado largo tiempo! Creía que me amaba. ¿Qué digo amaba? ¡Me parecía -que me adoraba Isabel! Yo miraba con algún aprecio a esta muchacha, -pero ahora veo que es una mujer digna de mi mayor desprecio.» «Apruebo -vuestro noble modo de pensar--dijo Aurora, manifestando también por -su parte mucha indignación--. ¡La hija de un doctor en leyes debiera -tenerse por muy dichosa en que la quisiese un caballerito de tanto -mérito como vos! No puedo disculpar su veleidad, y, lejos de aceptar -el sacrificio que me hace de vos, quiero castigarla, despreciando sus -favores.» «Por lo que a mí toca--dijo Pacheco--, juro no volverla a -ver en toda mi vida, y ésta será mi única venganza.» «Tenéis sobrada -razón--respondió el fingido Mendoza--. Pero, con todo, para que conozca -mejor el menosprecio con que la tratamos, sería yo de parecer que los -dos le escribiéramos separadamente un papel en que la insultásemos a -nuestra satisfacción. Yo los cerraré y se los enviaré en respuesta a su -carta; mas antes de llegar a este extremo será bien que lo consultéis -con vuestro corazón, no sea que algún día os arrepintáis de haber roto -la amistad con Isabel.» «¡No, no!--interrumpió don Luis--. No pienso -tener jamás semejante flaqueza, y convengo desde luego en que, por -mortificar a esa ingrata, se ponga inmediatamente por obra lo que hemos -discurrido.» - -Sin perder tiempo fuí yo mismo a traerles papel y tinta, y uno y otro -se pusieron a componer dos papeles muy gustosos para la hija del -doctor Marcos de la Llana. Especialmente Pacheco no encontraba voces -bastante fuertes que le contentasen para expresar sus sentimientos; y -así, hizo pedazos cinco o seis billetes por parecerle sus expresiones -poco enérgicas y poco duras. Al cabo compuso uno que le satisfizo, -y a la verdad tenía razón para quedar satisfecho, porque estaba -concebido en estos términos: «Aprende ya a conocerte, reina mía, y no -tengas la presunción de creer que yo te amo. Para esto era menester -otro mérito mayor que el tuyo. No veo en ti el menor atractivo que -merezca mi atención mas que por un momento. Solamente puedes aspirar -a los inciensos que te tributarán las hopalandas más miserables de la -Universidad.» Escribió, pues, esta agradable carta, y cuando Aurora -acabó la suya, que no era menos ofensiva, las cerró entrambas bajo una -cubierta, y entregándome el pliego, «Toma, Gil Blas--me dijo--, y haz -que Isabel reciba este pliego esta noche. ¡Ya me entiendes!», añadió -guiñándome un ojo, señal cuyo significado entendí perfectamente. «Sí, -señor--le respondí--, será usted servido como desea.» - -Responderle esto, hacerle una cortesía y salir de casa todo fué uno. -Luego que me vi en la calle, me dije a mí mismo: «¿Conque, señor Gil -Blas, parece que se hace prueba de vuestro talento y que representáis -en esta comedia el importante papel de criado confidente? ¡Sí, señor! -¡Pues, amigo mío, es menester mostrar que tienes habilidad para -desempeñar un papel que pide tanta! El señor don Félix se contentó con -hacerte una seña; fióse de tu penetración. ¿Comprendiste bien lo que -aquella guiñada quiso decir? Sí, por cierto: quísome dar a entender que -entregase solamente el billete de don Luis.» No significaba otra cosa -aquella guiñadura. No tuve en esto la menor duda. Conque, diciendo y -haciendo, rompí el sobrescrito, saqué de él la carta de Pacheco y la -llevó a casa del doctor Marcos, habiéndome antes informado de dónde -vivía. Encontré a la puerta al mismo pajecito a quien había visto en -la posada de los caballeros. «Hermano--le dije--, ¿seréis vos, por -fortuna, el criado de la hija del señor doctor Marcos de la Llana?» -Respondióme que sí en tono de mozo experto en estos lances, y yo le -añadí: «Tenéis una fisonomía tan honrada y una cara tan de amigo de -servir al prójimo, que me atrevo a suplicaros entreguéis a vuestra -ama ese papelito de cierto caballero conocido suyo.» «¿Y quién es ese -caballero?», me preguntó el pajecillo; y apenas le respondí que era don -Luis Pacheco cuando, todo regocijado, me respondió: «¡Ah! Si el papel -es de ese señorito, sígueme, pues tengo orden de mi ama de introducirte -en su cuarto, que quiere hablarte.» Seguíle, en efecto, y llegué a -una sala, donde muy presto se dejó ver la señora. Quedé admirado de -su hermosura; tanto, que me pareció no haber visto facciones más -lindas en mi vida. Tenía un aire tan delicado y aniñado, que parecía -ser de edad de quince años, sin embargo de que había más de treinta -que caminaba por sí misma sin necesidad de andadores. «Amigo--me -preguntó con cara risueña--, ¿eres criado de don Luis Pacheco?» «Sí, -señora--le respondí--; tres semanas ha que entré a servir a su merced.» -Y diciendo esto le entregué respetuosamente el fatal papel que se me -había encargado. Leyóle dos o tres veces, con semblante de dudar lo que -sus mismos ojos veían. Con efecto, nada esperaba menos que semejante -respuesta. Alzaba los ojos al cielo, mordíase los labios y todos sus -indeliberados movimientos hacían patente lo que pasaba dentro de su -corazón. Volvióse después hacia mí y me dijo: «Amigo mío, ¿don Luis -se ha vuelto loco desde que se ausentó de mí? No comprendo su modo -de proceder. Díme, amigo, si lo sabes: ¿qué motivo ha tenido para -escribirme un papel tan cortesano, tan atento? ¿Qué demonio le tiene -poseído? Si quiere romper conmigo, ¿no sabría hacerlo sin ultrajarme -con una carta tan grosera?» «Señora--le respondí afectando un aire -lleno de sinceridad--, es cierto que mi amo no ha tenido razón para -eso; pero en cierta manera se vió en términos de no poder hacer otra -cosa. Si me dais palabra de guardar el secreto, yo os descubriré todo -el misterio.» «Te ofrezco guardarlo--me respondió ella prontamente--; -no temas que te perjudique; y así, explícate con toda libertad.» «Pues, -señora--continué yo--, he aquí el caso en dos palabras. Un momento -después que mi amo recibió vuestro papel, entró en la posada una dama -tapada con un manto de los más dobles; preguntó por el señor Pacheco; -hablóle a solas, y de allí a algún tiempo, al fin de la conversación, -le oí decir estas precisas palabras: «Me juráis que nunca la volveréis -a ver, pero no me contento con esto; es menester que ahora mismo -le escribáis un billete, que yo misma quiero dictaros. Esto quiero -absolutamente de vos.» Sujetóse don Luis a todo lo que deseaba aquella -mujer, y entregándome después el billete, me dijo: «Toma este papel, -averigua dónde vive el doctor Marcos de la Llana y procura con maña -que esta carta se entregue en propia mano a su hija Isabel.» De aquí -inferiréis, señora, que la tal carta es hechura de alguna enemiga -vuestra y, por consiguiente, que mi amo poca o ninguna culpa ha tenido -en esta maniobra.» «¡Oh Cielos!--exclamó ella--. ¡Pues esto es todavía -más de lo que yo pensaba! ¡Más me ofende su infidelidad que las -indignas e injuriosas expresiones que se atrevió a escribir su mano! -¡Ah, infiel! ¡Ha podido contraer otra amistad!» Pero, revistiéndose -de repente de altivez, añadió despechada: «¡Abandónese en buen hora -libremente a su nuevo amor, que yo no pienso impedirlo! Decidle de -mi parte que no necesitaba insultarme para obligarme a dejar libre -el campo a mi competidora y que desprecio demasiado a un amante tan -voltario para tener el menor deseo de atraérmelo de nuevo.» Diciendo -esto me despidió y se retiró muy enojada contra don Luis. - -Yo salí de casa del doctor Marcos de la Llana muy satisfecho de mí -mismo, conociendo bien que si quería aprender el oficio de tercero me -hallaba con suficientes talentos para salir maestro en poco tiempo. -Volvíme a nuestra posada, donde encontré cenando juntos a los señores -Mendoza y Pacheco y en conversación, con tanta confianza como si se -hubieran conocido y tratado muchos años. Conoció Aurora en mi alegre y -risueño semblante que no había desempeñado mal mi comisión. «¿Conque -ya estás de vuelta, Gil Blas?--me dijo en tono festivo--. ¡Ea, danos -cuenta de tu embajada!» Tuve, para responder, que recurrir a mi -talento. Dije que había entregado el pliego en mano propia a Isabel, la -que, después de haber leído los dos dulcísimos y tiernísimos papeles, -prorrumpió en grandes carcajadas, como una loca, diciendo: «¡Por vida -mía que los dos señoritos escriben con bellísimo estilo! ¡No se puede -negar que nadie es capaz de imitarlo!» «Eso--dijo mi ama--se llama -sacar el caballo o salir del atolladero airosamente. ¡En verdad que -la tal señora mía es una chula de prueba y muy diestra!» «Desconozco -enteramente en esta ocasión a doña Isabel--interrumpió don Luis--; la -tenía en muy distinto concepto.» «Yo también--replicó Aurora--había -formado otro juicio de ella. Es preciso confesar que hay mujeres que -saben hacer toda clase de papeles. A una de éstas amé yo, y en verdad -que se burló de mí largo tiempo. Gil Blas lo puede decir; parecía la -mujer más juiciosa y más honesta que había en todo el mundo.» «Así -es--respondí yo introduciéndome en la conversación--; era capaz de -engañar al más astuto, y aun a mí mismo me hubiera engañado.» - -Dieron grandes carcajadas el fingido Mendoza y el verdadero Pacheco -cuando me oyeron hablar de esta suerte; y lejos de desaprobar el que -yo me tomase la libertad de mezclarme en su conversación, me dirigían -a menudo la palabra para divertirse con mis respuestas. Proseguimos -nuestros razonamientos sobre el arte de fingir, que en supremo -grado poseen las mujeres, y el resultado de nuestros discursos fué -que Isabel quedó legal y judicialmente declarada por una chula de -profesión. Don Luis protestó de nuevo que jamás la volvería a ver -y, a ejemplo suyo, don Félix juró que siempre la miraría con el -más alto desprecio. Acabadas estas protestas, estrecharon más su -amistad, prometiendo que ninguna cosa tendrían reservada uno para -otro; antes bien, que todas se las comunicarían recíprocamente. -Sobremesa se detuvieron un rato, diciendo cosas graciosísimas, y -después se separaron para irse a dormir cada cual a su cuarto. Yo -acompañé a Aurora hasta el suyo, donde di fiel y verdadera cuenta de -la conversación que había tenido con la hija del doctor, sin omitir -la circunstancia más menuda. Faltó poco para que me abrazase de pura -alegría. «Querido Gil Blas--me dijo--, tu ingenio y habilidad me -tienen encantada. Cuando nos arrastra una pasión en que es preciso -recurrir a invenciones y estratagemas, es gran fortuna tener un criado -tan advertido y tan ingenioso como tú, que tomas verdadero interés en -nuestros asuntos. ¡Animo, pues, amigo mío! ¡Nos hemos sacudido de una -mujer que podía hacernos mal tercio! No me descontenta el principio, -pero como los lances de amor están sujetos a varias revoluciones, soy -de parecer que cuanto antes acometamos nuestra ideada empresa y que -desde mañana empiece a representar su papel Aurora de Guzmán.» Aprobé -el pensamiento y, dejando al señor don Félix con su paje, me retiré al -cuarto donde tenía mi cama. - - - - - CAPITULO VI - -De qué ardides se valió Aurora para que la amase don Luis Pacheco. - - -El primer cuidado de los dos buenos amigos fué reunirse al día -siguiente, y comenzaron con abrazos, que Aurora se vió precisada a dar -y recibir para hacer bien el personaje de don Félix. Fueron juntos -a pasearse por la ciudad, acompañándolos yo con Chilindrón, criado -de don Luis. Parámonos a la puerta de la Universidad a leer varios -carteles de libros que acababan de fijar a la puerta. Había también -leyendo otras muchas personas, y entre ellas se me hizo reparable un -hombrecillo que hacía crítica de las obras que se anunciaban. Observé -que le estaban oyendo otros con singular atención y me persuadí también -de que él creía merecer que le escuchasen. Parecía vano y hombre de -tono decisivo, como lo suelen ser la mayor parte de las personas -chiquitas. «Esa nueva traducción de Horacio que anuncia ese cartel -con letras gordas--decía a los circunstantes--es una obra en prosa -compuesta por un autor viejo del colegio, libro muy estimado de los -escolares, que han agotado de él ya cuatro ediciones, sin que ningún -inteligente haya comprado siquiera un ejemplar.» No era más favorable -la crítica que hacía de los demás libros. Todos los motejaba sin -caridad; probablemente sería algún autor. Yo de buena gana le hubiera -estado oyendo hasta que acabase de hablar, pero me fué preciso seguir -a don Luis y a don Félix, que, fastidiados de aquel hombrecillo y no -importándoles poco ni mucho los libros que criticaba, prosiguieron su -camino, alejándose de él y de la Universidad. - -Llegamos a la posada a la hora de comer. Sentóse mi ama a la mesa -con Pacheco, y diestramente hizo que la conversación recayese sobre -su familia. «Mi padre--dijo--es un segundo de la casa de Mendoza, -establecida en Toledo; mi madre es hermana carnal de doña Jimena de -Guzmán, que hace pocos días vino a Salamanca en seguimiento de cierto -negocio de importancia, trayendo consigo a su sobrina doña Aurora, hija -única de don Vicente de Guzmán, a quien quizá habrá usted conocido.» -«No--respondió don Luis--, pero he oído hablar mucho de él, igualmente -que de Aurora, vuestra prima. Decidme si puedo creer todo lo que dicen -de esta señorita; me han asegurado que es sin igual en hermosura y -entendimiento.» «En cuanto a entendimiento--respondió don Félix--, es -cierto que no le falta, y también lo es que ha procurado cultivarlo; -pero en cuanto a hermosura no creo que sea tanta como ponderan, -cuando oigo decir que ella y yo nos parecemos mucho.» «Siendo eso -así--replicó prontamente don Luis--, queda muy acreditada su fama. -Vuestras facciones son regulares; vuestra tez, muy delicada, y así, -no puede menos de ser linda vuestra prima. Yo tendría mucho gusto en -verla y hablar con ella.» «Desde luego me ofrezco a satisfacer vuestra -curiosidad--repuso el fingido Mendoza--; hoy mismo, después de comer, -iremos los dos a casa de mi tía.» - -Mudó entonces de conversación mi ama y empezaron los dos a hablar -de cosas indiferentes. Por la tarde, mientras se disponían para ir -a casa de doña Jimena, me anticipé yo a prevenir a la dueña que -se preparase para recibir esta visita. Hecha esta diligencia, me -restituí prontamente a la posada para acompañar a don Félix, quien, -finalmente, condujo al señor don Luis a casa de su tía. Apenas entraron -en ella cuando se encontraron con doña Jimena, que les hizo seña de -que metiesen poco ruido, diciéndoles en voz baja: «¡Paso, pasito! -No despierten ustedes a mi sobrina, que desde ayer acá ha estado -padeciendo una furiosa jaqueca, la cual ha poco tiempo que la dejó, -y habrá un cuarto de hora que la pobre niña se retiró a descansar -un poco.» «Siento mucho esa indisposición--dijo Mendoza aparentando -sentimiento--, porque esperaba tener el gusto de que viésemos a mi -prima, pues quería hacer este obsequio a mi amigo Pacheco.» «No es eso -tan urgente--respondió la Ortiz sonriéndose--; pueden ustedes dejarlo -para mañana.» Detuviéronse un rato los dos caballeritos con la vieja, y -después de una breve conversación se retiraron. - -Condújonos don Luis a casa de un amigo suyo, llamado don Gabriel de -Pedrosa, donde pasamos lo restante del día; cenamos con él, y dos -horas después de media noche volvimos a la posada. Habríamos andado -como la mitad del camino cuando tropezamos con dos hombres que estaban -tendidos en medio de la calle. Creíamos que serían algunos infelices -recién asesinados y nos paramos a socorrerlos, en caso de llegar a -tiempo nuestro socorro. Mientras nos estábamos informando del estado -en que se hallaban, cuanto lo podía permitir la obscuridad de la -noche, he aquí que llega una ronda. El cabo nos tuvo por asesinos y -dió orden a sus gentes de que nos cercasen; pero mudó de opinión, -haciendo mejor juicio, luego que nos oyó hablar, y mucho más cuando, -a la luz de una linterna sorda, descubrió las nobles facciones de -Mendoza y de Pacheco.. Mandó a los alguaciles que examinasen y -reconociesen aquellos dos hombres que nosotros creíamos asesinados, y -hallaron ser un licenciado gordo y su criado, atestados enteramente -de vino y perfectamente borrachos. «Señores--exclamó un ministril--, -conozco muy bien a este gran bebedor; es el señor licenciado Guiomar, -rector de nuestra Universidad. Aquí donde ustedes le ven es un grande -hombre, un talento extraordinario. No hay filósofo a quien no confunda -en un argumento; tiene una facundia sin igual. ¡Lástima es que sea -tan inclinado al vino, a pleitos y a mujeres! Ahora vendrá de cenar -con su Isabelilla, en donde, por desgracia, él y el que le guía se -habrán emborrachado, y ambos han caído en el arroyo. Antes que el -buen licenciado fuese rector le sucedía esto con bastante frecuencia. -Los honores, como ustedes ven, no siempre mudan las costumbres.» -Nosotros dejamos a los dos borrachos en manos de la ronda, que cuidó de -llevarlos a casa, y nos fuimos a la nuestra, donde cada uno trató de -irse a dormir. - -Don Félix y don Luis se levantaron al día siguiente a eso del mediodía, -y vueltos a reunir, su primera conversación fué de doña Aurora de -Guzmán. «Gil Blas--me dijo mi ama--, vé a casa de mi tía doña Jimena y -pregúntale de mi parte si el señor Pacheco y yo podemos ir hoy a ver a -mi prima.» Partí al punto a desempeñar mi comisión, o, por mejor decir, -a quedar de acuerdo con la dueña sobre el modo con que nos habíamos de -gobernar, y después que tomamos nuestras medidas puntuales volví con -la respuesta al fingido Mendoza y le dije: «Vuestra prima Aurora está -muy buena; ella misma me ha encargado os asegure que vuestra visita le -será del mayor agrado, y doña Jimena me encomendó afirmase al señor -Pacheco que siempre será muy bien recibido en su casa por vuestra -recomendación.» - -Conocí que estas últimas palabras habían gustado mucho a don Luis. -También lo conoció mi ama, y desde luego arguyó de ello un dichoso -presagio. Poco antes de comer vino a la posada el criado de doña -Jimena y dijo a don Félix: «Señor, un hombre de Toledo fué a preguntar -por su merced en casa de su señora tía y dejó en ella este billete.» -Abrióle el fingido Mendoza y leyó en él estas cláusulas, en voz que -las pudiesen oír todos: «Si queréis saber de vuestro padre, con otras -noticias de consecuencia que os importan mucho, leído éste venid -prontamente al mesón del _Caballo Negro_, cerca de la Universidad.» -«Tengo grandes deseos de saber cuanto antes estas noticias que tanto me -interesan para no satisfacer mi curiosidad al momento. ¡Hasta luego, -Pacheco!--continuó--. Si no volviere dentro de dos horas, podéis ir vos -solo a casa de mi tía, adonde concurriré yo también después de comer. -Ya sabéis el recado que os dió Gil Blas de parte de doña Jimena; en -virtud de él podéis con franqueza hacer esta visita.» Diciendo esto, -salió de casa, mandándome le siguiese. - -Ya se deja discurrir que en vez de tomar el camino del mesón del -_Caballo Negro_ nos fuimos derechitos a casa de la Ortiz y nos -dispusimos al enredo. Quitóse Aurora sus postizos cabellos rubios, -lavóse y restregóse muy bien las cejas, vistióse de mujer y quedó como -naturalmente era: una trigueña hermosa. Puede decirse que el disfraz -la transformaba de manera que doña Aurora y don Félix parecían dos -personas diferentes; y aun en traje de mujer parecía más alta que -vestida de hombre; bien es verdad que los grandes tacones aumentaban -la estatura. Luego que a su hermosura añadió los demás auxilios que el -arte podía prestarle, esperó a don Luis, con una agitación mezclada -de recelo y de esperanza. Unas veces confiaba en su talento y en su -hermosura y otras temía que le saliese mal aquella tentativa. La Ortiz -se dispuso por su parte lo mejor que pudo para ayudar a su ama. Por lo -que hace a mí, como no convenía que Pacheco me viese en aquella casa, -y como--a semejanza de aquellos actores que sólo aparecen en el teatro -cuando está para concluirse la comedia--no debía parecer en ella hasta -el fin de la visita, salí así que acabé de comer. - -En fin, todo estaba ya prevenido cuando llegó don Luis. Recibióle doña -Jimena con el mayor agrado y tuvo con Aurora una conversación que -duró de dos a tres horas. Al cabo de ellas entré yo en la sala donde -estaban, y dirigiéndome a don Luis, le dije: «Caballero, mi amo don -Félix suplica a usted se sirva perdonarle si hoy no puede venir, porque -está con tres hombres de Toledo de quienes no puede desembarazarse.» -«¡Ah libertinillo!--exclamó doña Jimena--. ¡Sin duda estará de -jarana!» «No, señora--repliqué yo prontamente--; está en realidad -con aquellos hombres, tratando de negocios muy serios. Es cierto que -le ha causado grandísimo disgusto el no poder venir aquí, y me ha -encargado decíroslo, igualmente que a doña Aurora.» «¡Oh! ¡Yo no admito -sus disculpas!--repuso mi ama chanceándose--. Sabiendo que he estado -indispuesta, debía mostrar más atención con las personas que le son tan -allegadas. ¡En castigo de esta falta no quiero verle en dos semanas!» -«¡Ah, señora--dijo entonces don Luis--, no toméis tan cruel resolución! -Sóbrale a don Félix por castigo el no haberos visto hoy.» - -Después de haberse chanceado algún tiempo sobre el mismo asunto, -se retiró Pacheco. La bella Aurora mudó inmediatamente de traje y -volvióse a poner su vestido de caballero. Trasladóse a la posada lo más -breve que le fué posible, y apenas entró dijo a don Luis: «Perdonadme, -amigo, si no pude ir a buscaros a casa de mi tía. Halléme con unas -gentes tan pesadas que no pude, por más que hice, desenredarme de -ellas. Lo único que me consuela es que, a lo menos, habéis tenido -lugar para satisfacer vuestra curiosidad y vuestros deseos. Y bien, -¿qué os ha parecido mi prima? Decídmelo ingenuamente.» «¿Qué me ha de -parecer?--respondió Pacheco--. ¡Me ha hechizado! Tenéis razón en decir -que los dos sois muy parecidos. ¡En mi vida he visto facciones más -semejantes! ¡El mismo aire de cara, los mismos ojos, la misma boca y -hasta el mismo eco de voz! No hay mas diferencia entre los dos sino que -vuestra prima es algo más alta; es trigueña, y vos rubio; sois festivo, -y ella seria. Eso únicamente os diferencia uno de otro. En cuanto a -entendimiento--continuó--, no cabe más. ¡En una palabra: es una dama de -mérito extremado!» - -Pronunció Pacheco tan fuera de sí estas últimas palabras, que don Félix -le dijo sonriéndose: «Pésame, amigo, de haberos proporcionado este -conocimiento con doña Jimena, y si queréis creerme, no volváis más a -su casa; os lo aconsejo por vuestra quietud. Doña Aurora de Guzmán -podría insensiblemente quitaros el sosiego e inspiraros una pasión.» -«¡No necesito volverla a ver--interrumpió don Luis--para estar ya -ciegamente prendado de ella! El mal, si lo hay, está hecho.» «Tanto -peor para vos--replicó el fingido Mendoza--, porque vos no sois hombre -de contentaros con una sola, y mi prima no es doña Isabel. Os hablo -claro, como amigo; no es mujer capaz de sufrir amante alguno que no -vaya por el camino real.» «_¿Por el camino real?_--repitió don Luis--. -¿Y puede irse por otro hacia una señorita de su calidad? ¡Es agraviarme -el creerme capaz de mirarla con ojos profanos! ¡Conocedme mejor, mi -querido Mendoza! ¡Ah! ¡Yo me tendría por el más dichoso de todos los -hombres si aprobara mi solicitud y quisiera unir su suerte con la mía!» -«¡Oh don Luis!--repuso don Félix--. Supuesto que pensáis de ese modo, -desde este instante me tendrá de su parte vuestro amor y desde luego os -ofrezco mis buenos oficios con Aurora. Mañana mismo daré principio a -ellos, procurando ganar a mi tía, que tiene mucho ascendiente sobre mi -prima.» - -Pacheco dió mil gracias al caballero que le hacía una oferta tan -apreciable, y mi ama y yo vimos con gusto que no podía dirigirse -mejor nuestra estratagema. El día siguiente añadimos algunos grados -más al amor de don Luis con otra invención. Pasó Aurora a su cuarto -después de suponer que había ido a hablar con doña Jimena como para -interesarla en su favor, y le dijo así: «Hablé a mi tía, y no me costó -poco reducirla a que favoreciese vuestros deseos. Halléla fuertemente -preocupada contra vos. Yo no sé quién le había metido en la cabeza que -erais un libertino; lo cierto es que alguno le ha dado una idea poco -favorable de vuestras costumbres. Por fortuna, tomé vuestro partido -con tal tesón, que logré por último desimpresionarla del todo. No -obstante--prosiguió Aurora--, a mayor abundamiento, quiero que los -dos solos tengamos una conferencia con mi tía, para asegurarnos más -de su favor y de su apoyo.» Manifestó Pacheco una grande impaciencia -por hablar cuanto antes con doña Jimena, y don Félix procuró que -lograse esta satisfacción la mañana del día siguiente, bastante -temprano. Condújole él mismo a la señora Ortiz, y los tres tuvieron -una conversación, en la cual dió muy bien don Luis a conocer el mucho -terreno que el amor había ganado en su corazón en tan breve tiempo. -Fingióse la sagaz Jimena muy pagada de la tierna afición que mostraba -a su sobrina y le ofreció hacer cuanto estuviese de su parte para -persuadirla a que le diese su mano. Arrojóse Pacheco a los pies de tan -buena tía y le rindió mil gracias. A este tiempo preguntó don Félix -si su prima se había levantado. «No--respondió la dueña--; todavía -está durmiendo, y por ahora no se la podrá ver; pero vuelvan ustedes -esta tarde y le hablarán cuanto quieran.» Respuesta que, como se puede -creer, acrecentó en gran manera la alegría de don Luis, a quien se le -hizo eterno el resto de aquella mañana. Restituyóse, pues, a su posada, -en compañía del fingido Mendoza, quien tenía la mayor complacencia -en observar todos sus movimientos y en descubrir en ellos todas las -señales de un amor verdadero. - -Toda la conversación fué acerca de Aurora. Acabada la comida, dijo don -Félix a Pacheco: «Ahora mismo me ha ocurrido un pensamiento. Me parece -que podrá ser muy del caso el que yo me adelante un poco a casa de mi -tía para hablar a solas a mi prima y averiguar, si puedo, el estado -de su corazón en orden a vuestra persona.» Aprobó don Luis esta idea; -dejó salir primero a su amigo y él le siguió una hora después. Mi ama -supo aprovechar el tiempo, de manera que cuando llegó su amante ya -estaba vestida de mujer. Después de haber saludado a doña Aurora y a -su tía, dijo don Luis: «Yo creí encontrar aquí a don Félix.» «Está -escribiendo en mi gabinete--respondió doña Jimena--y presto saldrá.» -Quedó satisfecho don Luis con esta respuesta y empezó a entablar -conversación con las dos. Sin embargo, a pesar de la presencia del -objeto amado, notó que las horas pasaban sin que Mendoza saliese, y no -pudo ya don Luis disimular más su extrañeza. Aurora mudó de repente de -tono, echóse a reír y dijo: «¿Es posible, señor don Luis, que no hayáis -aún sospechado la inocente burla que os estamos haciendo? Pues qué, -¿unos cabellos rubios, pero postizos, y dos cejas teñidas me desfiguran -tanto que os hayáis dejado engañar hasta ese punto? Desengañaos, -caballero--prosiguió volviendo a su natural seriedad--; acabad de -conocer que don Félix de Mendoza y doña Aurora de Guzmán son una misma -persona.» - -No se contentó con sacarle de su error, sino que le confesó también -la flaqueza de su pasión y todos los pasos que esta misma le había -sugerido para reducirle al estado en que le veía. No quedó el tierno -amante menos encantado que sorprendido de lo que oía y veía. Echóse -a los pies de mi ama y, lleno de gozo, le dijo: «¡Ah, bella Aurora! -¿Puedo creer con efecto que yo soy el hombre dichoso que ha merecido a -tu bondad tan finas demostraciones? ¿Qué puedo hacer para agradecerlas? -¡Un amor eterno no sería suficiente para pagarlas!» A estas palabras -se siguieron otras mil halagüeñas expresiones, después de lo cual -los dos amantes hablaron de las medidas que debían tomar para llegar -al cumplimiento de sus deseos. Resolvióse que todos partiésemos -inmediatamente a Madrid, donde se desenlazaría nuestra comedia por -medio de un casamiento. Así se ejecutó, y al cabo de quince días se -casó don Luis con mi ama, celebrándose la boda con ostentación y un -sinnúmero de diversiones. - - - - - CAPITULO VII - -Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco. - - -Tres semanas después de este casamiento, queriendo mi ama recompensar -mis buenos servicios, me regaló cien doblones, y me dijo: «Gil Blas, -yo no te despido de mi casa; puedes mantenerte en ella todo el tiempo -que quisieres; pero sábete que don Gonzalo Pacheco, tío de mi marido, -desea mucho seas su ayuda de cámara. Le he hablado tan bien de ti, que -me ha pedido te persuada a que vayas a servirle. Es un señor ya de -días, pero de bellísimo genio, y estoy cierta de que te irá muy bien -con él.» - -Di mil gracias a Aurora por sus favores, y como ya no necesitaba -de mí, acepté con tanto más gusto el partido que me proporcionaba -cuanto que yo no salía de entre la familia. Fuí, pues, una mañana, de -parte de la recién casada, a casa del señor don Gonzalo, que todavía -estaba en la cama, aunque era cerca de mediodía. Entré en su cuarto -y le hallé tomando un caldo que acababa de traerle un paje. Tenía el -buen viejo los bigotes envueltos en unos papelillos, ojos hundidos y -casi amortiguados, un rostro descarnado y macilento. Era de aquellos -solterones que, habiendo sido muy libertinos en la mocedad, no son más -contenidos en la vejez. Recibióme con agrado y me dijo que si le quería -servir con el mismo celo con que había servido a su sobrina podía -contar con que me haría feliz. Ofrecíle emplear igual esmero en cumplir -con mi obligación en su casa que en la de su sobrina, y desde aquel -momento me recibió en su servidumbre. - -Heme aquí, pues, con un nuevo amo, el cual sabe Dios qué hombre era. -Cuando se levantó creí estar viendo la resurrección de Lázaro. Figúrese -el lector un cuerpo alto y tan seco que si se le viese en cueros sería -a propósito para aprender la osteología; las piernas eran tan chupadas -que, aun después de tres o cuatro pares de medias que se puso, me -parecían delgadísimas. Además de eso, esta momia viviente era asmática, -acompañando con una tos cada palabra. Luego tomó chocolate, y mandando -después que le trajesen papel y tinta, escribió un billete, que cerró y -entregó al paje que le había servido el caldo, para que le llevase a su -destino. Apenas partió éste cuando, volviéndose a mí, me dijo: «Amigo -Gil Blas, de aquí en adelante pienso que seas tú confidente de mis -encargos, particularmente los respectivos a doña Eufrasia, que es una -joven a quien amo y de quien soy tiernamente correspondido.» - -«¡Santo Dios!--dije prontamente para mi capote--. ¿Y cómo podrán los -mozos dejar de creer que los aman, cuando este viejo chocho está -persuadido de que le idolatran?» «Hoy mismo--prosiguió él--irás conmigo -a casa de esta señora, porque casi todas las noches ceno con ella. Te -quedarás admirado de ver su modestia y compostura. Muy lejos de imitar -a aquellas loquillas que se pagan de la juventud y se prendan de las -apariencias, es ya de un entendimiento claro y de un juicio maduro; -no busca en los hombres sino el buen modo de pensar y prefiere a la -belleza del rostro una persona que sepa amar.» No limitó a sólo esto -el elogio de su dama, sino que se empeñó en persuadirme de que era -un compendio de todas las perfecciones; pero encontró con un oyente -difícil en dejarse convencer sobre este punto. Después de haber -cursado en la escuela de las comediantas y sido testigo ocular de todas -sus maniobras, nunca creí que los viejos fuesen muy afortunados en -amor. Sin embargo, fingí--por complacerle únicamente--que le creía; -y aun hice más, pues no sólo alabé la discreción y el buen gusto de -doña Eufrasia, sino que me adelanté a decir que ella tampoco podría -encontrar otro sujeto más amable. El buen hombre no conoció que yo le -lisonjeaba; antes por el contrario tomó por verdadera mi alabanza. -Tanta verdad es que nada se arriesga en adular a los grandes, pues -admiten con gusto aun las lisonjas más desmedidas. - -Después de esta conversación, comenzó el viejo a arrancarse con unas -pinzas algunos pelos blancos de la barba; se lavó los ojos, que -estaban llenos de legañas; lo mismo hizo con los oídos, manos y cara; -y concluídas sus abluciones, se tiñó de negro el bigote, las cejas y -el pelo, gastando en el tocador más tiempo que emplea una viuda vieja -empeñada en desmentir el estrago de los años. No bien había acabado de -vestirse, cuando entró en su cuarto el conde de Azumar, amigo suyo y -tan viejo como él, pero muy diferente en todo lo demás. Este traía sus -venerables canas descubiertas, se apoyaba en un bastón y, en vez de -querer parecer joven, mostraba hacer alarde de su ancianidad. «Amigo -Pacheco--dijo luego que entró--, vengo a comer contigo.» «¡Bien venido, -conde!», le respondió mi amo. Y al mismo tiempo se abrazaron y pusieron -a hablar mientras se hacía hora de sentarse a la mesa. Al principio -fué la conversación sobre una corrida de toros que pocos días antes se -había celebrado, y hablaron de los picadores que habían mostrado mayor -destreza y valor. Sobre esto, el viejo conde, a manera de aquel otro -Néstor, a quien todas las cosas presentes le servían de ocasión para -alabar las pasadas, dijo suspirando: «¡Ya no se hallan hoy los hombres -que se veían en otros tiempos! Ni los toros ni los torneos se hacen con -aquella magnificencia con que se hacían en nuestra mocedad.» - -Yo me reía interiormente de la ridícula preocupación del señor conde -de Azumar, el cual no se contentó con aplicarla únicamente a los toros -y a los torneos, pues cuando se sirvió la fruta en la mesa dijo, -mirando unos excelentes melocotones que se habían puesto en ella: «En -mi tiempo eran mucho mayores los melocotones de lo que son ahora. ¡La -Naturaleza se debilita cada día!» «¡Según eso--dije yo entonces para mí -sonriéndome--, los melocotones en tiempo de Adán debían ser de enorme -tamaño!» - -Detúvose el conde de Azumar con don Gonzalo hasta cerca de la noche. -Luego que éste se desembarazó de él, salió de casa, diciéndome le -acompañase, y fuimos derechos a la de Eufrasia, distante como cien -pasos de la nuestra. Encontrámosla en un cuarto alhajado con primor. -Estaba vestida con gusto, y mostraba un aspecto de tan florida -juventud, que casi parecía una niña, sin embargo de que ya llegaba por -lo menos a los treinta. Podía pasar por linda, y desde luego admiré su -talento. No era de aquellas cortesanas que brillan por su locuacidad, -por su desembarazo y por su desenvoltura. Tanto en sus acciones como -en sus palabras, sobresalían en ella el juicio, la modestia y la -penetración. Sin afectar ingenio, se echaba de ver en todo lo que -decía. Consideréla yo con no poca admiración y dije: «¡Oh Cielos! ¿Es -posible que pueda ser disoluta una mujer al parecer tan modesta?» Y es -que vivía yo persuadido de que necesariamente había de ser desenvuelta -toda dama cortesana. Admirábame aquel aparente recato, sin hacerme -cargo de que las tales ninfas saben acomodarse a todos los genios, -conformándose al carácter de los ricos y señores que caen en sus manos. -Si gustan unos de viveza y atolondramiento, con éstos serán intrépidas -y casi locas; si agrada a otros el sosiego y compostura, siempre las -encontrarán con un exterior tranquilo, honesto y virtuoso. Verdaderos -camaleones, mudan de color según el genio y el humor de las personas -que las visitan. - -No era don Gonzalo del gusto de aquellos caballeros que se pagan de -hermosuras desenvueltas; antes se le hacían insufribles, y para que le -agradase una mujer era menester que tuviese cierto aire de modestia. -Así, Eufrasia, gobernándose por esta idea, hacía ver que había más -comediantas que las que representan en los teatros. Dejé a mi amo con -su ninfa y pasé a una sala, donde me encontré con una ama de gobierno, -vieja, que yo había conocido cuando era criada de una comedianta. -Ella también me conoció inmediatamente y representamos una escena de -reconocimiento digna de una comedia. «¿Aquí estás, amigo Gil Blas?--me -dijo llena de alegría,--. ¿Según eso, has salido de casa de Arsenia, -como yo de la de Constanza?» «Así es--respondí yo--; mucho tiempo ha -que la dejé, y después entré a servir a una señora de distinción, -porque la vida de la gente de teatro no me acomodaba. Yo mismo me -despedí, sin dignarme decir a Arsenia ni una palabra.» «Hiciste muy -bien--me respondió la vieja, que se llamaba Beatriz--, y poco más o -menos lo hice con Constanza. Una mañana le di mi cuenta, luego que -me levanté; ella me la recibió sin decirme nada, y de esta manera -nos despedimos; como dicen, a la francesa.» «Mucho celebro--repuse -yo--que tú y yo nos hallemos en casa más honorífica. Doña Eufrasia me -parece señora de distinción y la creo de muy buen carácter.» «No te -engañas en eso--respondió Beatriz--. Mi ama es una mujer bien nacida, -como lo manifiestan sus modales; y por lo que toca al genio, será -difícil hallar otra más sosegada ni más apacible. No es de aquellas -amas altivas y difíciles de contentar, que nada les gusta, que en -todo encuentran qué decir, gritan sin cesar, mortifican a todos los -criados y es un infierno el servirlas. Hasta ahora no la he oído reñir -siquiera una vez: tan amiga es de la paz. Cuando hago alguna cosa que -no le gusta, me lo reprende sin enfado y sin prorrumpir en aquellos -dicterios de que tanto usan las mujeres soberbias.» «También mi -amo--repliqué yo--es un señor muy afable; se familiariza conmigo y me -trata como a un igual más bien que como a un criado. En una palabra, es -el caballero mejor del mundo; en cuanto a esto, vos y yo estamos mejor -que cuando estábamos con las comediantas.» «¡Mil veces mejor!--repuso -Beatriz--. Yo llevo ahora una vida muy retirada, siendo así que la de -entonces era tan bulliciosa. En nuestra casa no entra más hombre que -el señor don Gonzalo; y en mi soledad tampoco veré yo a otro que a ti, -de lo que me alegro mucho. Tiempo ha que te miraba con buenos ojos, y -más de una vez tuve envidia a Laura porque eras tan amigo suyo. Pero, -en fin, no desconfío de ser tan dichosa como ella, pues aunque no tenga -su juventud ni su hermosura, en recompensa, detesto la volubilidad, -cuya prenda ningún hombre puede remunerar suficientemente; en punto a -fidelidad, soy una tortolilla.» - -Como la buena Beatriz era una de las muchas que se ven obligadas a -brindar con sus favores, porque sin eso ninguno los pretendería, no -tuve la menor tentación de aprovecharme de su generosidad; pero tampoco -me pareció conveniente hablar de manera que pudiera recelar que la -despreciaba; antes bien, tuve la advertencia de hablarle en términos -que no perdiese la esperanza de reducirme a corresponderla. Yo me -imaginaba haber conquistado a una criada vieja, pero también me engañé -miserablemente en esta ocasión. Galanteábame ella no sólo por mi -linda cara, sino para granjearme a favor de los intereses de su ama, a -quien tenía tanto amor que ningún medio perdonaba cuando se trataba de -complacerla y servirla. Reconocí mi error la mañana siguiente, en que -fuí a entregar a doña Eufrasia un billete amoroso de mi amo. Recibióme -con agrado y me dijo mil cosas cariñosas, y la criada dió también su -pincelada en mi elogio. Una admiraba mi fisonomía; otra hallaba en mí -cierto aire de moderación y de prudencia. Al oír a las dos, mi amo -poseía un tesoro en mi persona. En una palabra, me alabaron tanto que -desconfié de sus elogios. Desde luego penetré el fin de ellos, pero los -oía con una aparente simplicidad, con cuyo artificio engañé a aquellas -bribonas, que al cabo se quitaron la mascarilla. - -«Escucha, Gil Blas--me dijo doña Eufrasia--: en ti consiste hacer tu -fortuna. Procedamos todos de acuerdo, amigo mío. Don Gonzalo es viejo; -su salud, muy delicada; una calenturilla, ayudada de un buen médico, -basta para echarle a la sepultura. Aprovechémonos bien de los pocos -momentos que le restan y gobernémonos de modo que me deje a mí la -mejor parte de sus bienes. A ti te tocará una buena porción; así te lo -prometo, y puedes contar con mi palabra como con una escritura otorgada -ante todos los escribanos de Madrid.» «Señora--le respondí--, disponga -usted a su arbitrio de este su fiel servidor; solamente le suplico me -diga lo que debo hacer, y lo demás déjelo por mi cuenta, que espero se -dará por bien servida.» «Pues, ahora bien--repuso ella--, lo que has -de hacer es observar cuidadosa y diligentemente a tu amo y darme razón -puntual de todos sus pasos. Cuando hables con él, procura con arte -introducir la conversación sobre las mujeres, y toma de aquí ocasión -para, con destreza y maña, decirle mucho bien de mí. Tu mayor estudio -ha de ser el tenerle siempre ocupado de su Eufrasia, en cuanto te sea -posible. Espía con sagacidad si algún pariente suyo le hace la corte -con la mira a su herencia y avísame sin perder un instante, que yo los -echaré a pique. No te pido más. Tengo muy conocidos los diferentes -genios de la parentela de tu amo; sé el modo de hacerlos ridículos a -los ojos de éste, y ya he desconceptuado en su ánimo a sus primos y -sobrinos.» - -Por esta instrucción, y por otras que añadió Eufrasia, conocí que -era una de aquellas mujeres que sólo se dedican a complacer a viejos -generosos. Pocos días antes había obligado a don Gonzalo a vender una -posesión, cuyo precio le regaló. Todos los días le chupaba algo, y -además de eso esperaba que no la olvidaría en su testamento. Mostréme -muy deseoso de hacer todo lo que me pedía; mas, por no disimular nada, -confieso que cuando volvía a casa iba muy dudoso sobre si contribuiría -a engañar a mi amo o a apartarle de su querida. Este último partido me -parecía más honrado que el otro, y me sentía más inclinado a cumplir -con mi obligación que a faltar a ella. Consideraba por otra parte que, -en suma, nada de positivo me había ofrecido Eufrasia, y quizá por -esto, más que por otro motivo, no pudo corromper mi fidelidad. Resolví, -pues, servir con celo a don Gonzalo, persuadido de que si lograba -arrancarle del lado de su ídolo sería mejor recompensado por una acción -buena que por las malas que yo pudiera hacer. - -Para conseguir mejor el fin que me había propuesto, fingí dedicarme -enteramente a servir a doña Eufrasia. Hícele creer que continuamente -estaba hablando de ella a mi amo, y sobre este supuesto, le embocaba -mil patrañas, que la pobre creía como otros tantos evangelios; -artificio con el cual me interné tanto en su confianza, que me contaba -por el más ciegamente empeñado en promover sus intereses. A mayor -abundamiento, aparenté también estar enamorado de Beatriz, la cual -estaba tan ufana de la conquista de un mozo que no se le daba un -pito de que la engañase, con tal que la engañase bien. Cuando mi amo -y yo estábamos con nuestras dos reinas, representábamos dos cuadros -diferentes, pero ambos por el mismo estilo. Don Gonzalo, seco y -amarillo, como ya le he retratado, parecía un moribundo en la agonía -cuando miraba a su Filis con ojos lánguidos y amorosos. Mi Nise, -siempre que yo la miraba apasionado remedaba los melindres y acciones -de una niña, poniendo en movimiento todos los registros de una truhana -vieja y bien amaestrada. Conocíase que había cursado estas escuelas por -lo menos unos buenos cuarenta años. Habíase refinado en servicio de -una de aquellas heroínas del partido que saben el secreto de hacerse -amar hasta la vejez y mueren cargadas de los despojos de dos o tres -generaciones. - -No me bastaba ya el ir con mi amo todos los días a casa de Eufrasia; -muchas veces iba solo, particularmente de día; y a cualquiera hora que -fuese, nunca encontraba en ella a hombre, ni menos a mujer alguna, -que me diese malas sospechas o modo de descubrir en Eufrasia el menor -indicio de infidelidad. Esto me causaba no poca admiración, porque no -acertaba a comprender cómo pudiese ser tan escrupulosamente fiel a don -Gonzalo una mujer joven y hermosa. - -Pero en esta admiración no había juicio alguno temerario, pues la bella -Eufrasia, como pronto veremos, para hacer más tolerable el tiempo que -tardaba en heredar a don Gonzalo, se había provisto de un amante más -proporcionado a sus años. - -Cierta mañana, muy temprano, fuí a entregar un billete a la tal niña -de parte de mi amo, según la costumbre diaria. Hízome entrar en su -cuarto y divisé en él los pies de un hombre que estaba escondido detrás -de un tapiz. No di la más mínima señal de que le veía, y así que -desempeñé mi encargo me salí, sin dar a entender que hubiese notado -cosa alguna; pero aunque no debía sorprenderme este objeto, y más -cuando en nada me perjudicaba a mí, no dejó, con todo, de inquietarme -mucho. «¡Ah, malvada!--decía yo con enfado--. ¡Ah, traidora Eufrasia! -¡No te contentas con engañar a un buen viejo, haciéndole creer que le -amas, sino que te entregas a otro amante para hacer más abominable tu -villana traición!» Pero, bien mirado, era yo muy necio en discurrir de -esta suerte. Antes debía reírme de aquella aventura y mirarla como una -compensación del fastidio y de los malos ratos que Eufrasia sufría con -el trato de mi amo. A lo menos hubiera hecho mejor en no hablar palabra -que en valerme de esta ocasión para acreditarme de buen criado. Pero -en vez de moderar mi celo, abracé con mayor calor los intereses de don -Gonzalo y le hice puntual relación de lo que había visto, añadiendo que -doña Eufrasia había solicitado corromper mi fidelidad, y en prueba de -ello no le oculté nada de lo que me había dicho, de manera que estuvo -en su mano el conocimiento del verdadero carácter de su enamorada. -Hízome mil preguntas, como dudando de lo que decía; pero mis respuestas -fueron tales que le quitaron la satisfacción de poder dudarlo. Quedó -atónito y asombrado de lo que había oído, y sin que le sirviese en este -lance su ordinaria serenidad, se asomó a su semblante un repentino -ímpetu de cólera, que podía parecer presagio de que Eufrasia pagaría su -infidelidad. «¡Basta, Gil Blas!--me dijo--. Estoy sumamente agradecido -al celo y amor que me muestras; me agrada infinito tu honrada lealtad. -Ahora mismo voy a casa de Eufrasia a llenarla de reconvenciones y a -romper para siempre la amistad con esta ingrata.» Diciendo esto, salió -efectivamente, y se fué en derechura a su casa, no queriendo que le -acompañase yo, por librarme de la mala figura que había de hacer si me -hallaba presente a la averiguación de aquellos hechos. - -Mientras tanto, quedé esperando con la mayor impaciencia que volviese -mi amo. No dudaba que, a vista de tan poderosos motivos para quejarse -de su ninfa, volvería desviado de sus atractivos, o cuando menos -resuelto a una eterna separación. Con este alegre pensamiento me -daba a mí mismo el parabién de mi obra; me representaba el placer -que tendrían los herederos legítimos de don Gonzalo cuando supiesen -que su pariente ya no era juguete de una pasión tan contraria a sus -intereses; me figuraba que todos se me confesarían obligados, y, en -fin, que iba yo a distinguirme de los demás criados, más dispuestos -por lo común a mantener a sus amos en sus desórdenes que a retirarlos -de ellos. Apreciaba yo el honor y me lisonjeaba de que me tendrían -por el corifeo de todos los sirvientes; pero una idea tan halagüeña -se desvaneció pocas horas después, porque volvió mi amo y me dijo: -«Amigo Gil Blas, acabo de tener una conversación muy acalorada con -Eufrasia. Llaméla ingrata, aleve; llenéla de improperios; pero ¿sabes -lo que me respondió? Que hacía mal en dar crédito a criados. Sostiene -con empeño que me has hecho una relación falsa. Si he de creerla, -tú no eres más que un impostor, un criado vendido a mis sobrinos, -por cuyo amor no perdonarías medio alguno para ponerme mal con ella. -Yo mismo la vi derramar algunas lágrimas, y lágrimas verdaderas. -Me ha jurado por cuanto hay de más sagrado que ni te había hecho la -más mínima proposición ni ve a ningún hombre. Lo mismo me aseguró -Beatriz, que me parece mujer honrada e incapaz de mentir; de modo -que, contra mi propia voluntad, se desvaneció todo mi enojo.» «¿Pues -qué, señor--interrumpí yo con sentimiento--, dudáis de mi sinceridad, -desconfiáis de...?» «No, hijo mío--repuso él--. Te hago justicia; -no creo que estés de acuerdo con mis sobrinos; estoy persuadido de -que sólo por buen celo te interesas en todo lo que me toca, y te lo -agradezco. Pero muchas veces engañan las apariencias. Puede suceder -que realmente no hubieses visto lo que te pareció ver, y en tal -caso considera lo mucho que habrá ofendido a Eufrasia tu acusación. -Mas sea lo que fuere, yo no puedo menos de amarla. Así lo quiere mi -estrella; y aun me ha sido indispensable hacerle el sacrificio que -exige de mi amor; este sacrificio es despedirte. Siéntolo mucho, mi -pobre Gil Blas--continuó--, y te aseguro que no he consentido en ello -sin aflicción; mas no puedo pasar por otro punto; compadécete de mi -debilidad. Lo que te debe consolar es que no saldrás sin recompensa; -fuera de que ya he pensado colocarte con una señora amiga mía, en cuya -casa lo pasarás perfectamente.» - -Quedé mortificadísimo al ver que mi celo había redundado en mi -perjuicio. Maldije mil veces a Eufrasia y lamenté la flaqueza de don -Gonzalo en haberse dejado dominar de ella. No dejaba tampoco de -conocer el buen viejo que en despedirme de su casa sólo por complacer -a su dama no hacía la acción más honrosa. Para cohonestar su poco -espíritu y al mismo tiempo hacerme tragar mejor la píldora, me regaló -cincuenta ducados, y él mismo me condujo el día siguiente a casa de la -marquesa de Chaves. Díjole en mi presencia que era yo un mozo de buenas -prendas y que él me quería mucho, pero que por ciertos respetos de -familia se veía precisado a su pesar a quedarse sin mí, y le suplicaba -con el mayor encarecimiento me admitiese de criado. Desde aquel punto -me recibió la marquesa, y yo me vi de repente con nueva ama y en nueva -casa. - - - - - CAPITULO VIII - -Carácter de la marquesa de Chaves, y personas que ordinariamente la -visitaban. - - -Era la marquesa de Chaves una viuda de treinta y cinco años, bella, -alta y bien proporcionada. No tenía hijos y gozaba de diez mil ducados -de renta. Nunca vi mujer más seria ni que menos hablase. Con todo -eso, era celebrada en Madrid y generalmente tenida por la señora de -mayor talento. Lo que quizá contribuía más que todo a esta universal -reputación era la concurrencia a su casa de los primeros personajes -de la corte, así en nobleza como en literatura; problema que yo no -me atreveré a decidir. Sólo diré que bastaba oír su nombre para -conceptuar que el que allí concurría era de un gran talento, y que su -casa la llamaban por excelencia el _tribunal de las obras ingeniosas_. - -Con efecto, todos los días se leían en ella, ya poemas dramáticos, ya -poesías líricas, pero siempre sobre asuntos serios. Negábase la entrada -a toda composición jocosa. La mejor comedia o la novela más ingeniosa -y más alegre no se miraba sino como una pueril y ligera producción que -no merecía alabanza alguna. Por el contrario, la más mínima obra seria, -una oda, un soneto, una égloga, pasaban allí por el último esfuerzo del -ingenio humano. Pero sucedía tal vez que el público no se conformaba -con la decisión del _tribunal_; antes bien, censuraba sin reparo las -obras que habían sido en él muy aplaudidas. - -La marquesa me hizo maestresala de su casa. Era incumbencia de mi -empleo arreglar el cuarto de mi nueva ama para recibir las gentes, -disponiendo almohadones para las damas, sillas para los caballeros y -cada cosa en su respectivo sitio, quedándome después en la antesala -para anunciar e introducir a los que llegaban. El primer día, conforme -yo los iba introduciendo, el ayo de pajes, que casualmente se hallaba -entonces conmigo en la antesala, me los pintaba graciosamente. -Llamábase Andrés de Molina el tal ayo, y aunque era naturalmente aéreo -y burlón, no le faltaba entendimiento. El primero que se presentó -fué un obispo. Anuncié su venida, y después que hubo entrado, me -dijo el maestro de pajes: «Ese prelado es de un carácter bastante -gracioso. Tiene algún valimiento en la Corte, mas no tanto como quiere -persuadir. Ofrécese a servir a todos y a ninguno sirve. Encontróle un -día en la antecámara del rey un caballero, que le saludó. Detúvole -el obispo, hízole mil cumplimientos, le cogió la mano, apretósela, -y le dijo: «Soy todo de vuestra señoría. No me niegue el favor de -acreditarle mi amistad, pues no moriré contento si no logro alguna -ocasión de servirle.» Correspondióle el caballero con expresiones -de reconocimiento, y apenas se habían separado cuando el obispo, -volviéndose a uno de los que iban a su lado, le dijo: «Quiero conocer -a este hombre y no me acuerdo quién es; sólo tengo una idea confusa de -haberle visto en alguna parte.» - -Poco después del obispo se dejó ver un señorito, hijo de cierto grande, -a quien hice entrar inmediatamente en el cuarto de mi ama. Así que -entró, me dijo el señor Molina: «Este señorito es también un ente raro. -Va a una casa sin otro fin que el de tratar con el dueño de ella de -negocios de importancia; está en conversación con él una o dos horas -y se marcha sin haber hablado siquiera una palabra sobre el asunto -a que había ido.» A este tiempo, viendo el ayo de los pajes llegar -a dos señoras, añadió: «Ve aquí a doña Angela de Peñafiel y a doña -Margarita de Montalván. Estas dos señoras en nada se parecen una a -otra; doña Margarita presume de filósofa, se las tiene tiesas con los -mayores doctores de Salamanca y ninguno la ha visto ceder jamás a sus -argumentos; doña Angela, por el contrario, aunque es verdaderamente -instruída, nunca hace de doctora. Sus pensamientos son finos; sus -discursos, sólidos, y sus expresiones, delicadas, nobles y naturales.» -«Este segundo carácter--le respondí yo--es un carácter muy amable; -pero el otro me parece que cae muy mal en el bello sexo.» «¿Qué dice -usted _muy mal en el bello sexo_?--replicó Molina prontamente--. Es tan -fastidioso aun en los hombres, que a muchos hace ridículos. También -nuestra ama la marquesa adolece un poco de este achaque filosófico. Yo -no sé sobre qué se tratará hoy en nuestra academia, pero se disputará -mucho.» - -Al acabar estas palabras, vimos entrar un hombre seco, muy grave, -cejijunto y fruncido. No le perdonó mi caritativo instructor. «Este -es--me dijo--uno de aquellos entes serios que quieren pasar por -hombres de gran talento a favor de su silencio o de algunas sentencias -de Séneca y que, examinados de cerca, no son más que unos pobres -mentecatos.» Tras de éste entró un caballerito de bastante buena -presencia, pero con aire de hombre pagado de sí mismo. Pregunté a -Molina quién era, y me respondió: «Es un poeta dramático, el cual ha -compuesto cien mil versos en su vida, que no le han valido cuatro -cuartos; pero, en recompensa, con sólo seis renglones en prosa acaba de -formarse una buena renta.» - -Iba a decirle que me explicase en qué había consistido el haber -logrado a tan poca costa aquella fortuna, cuando oí un gran rumor en -la escalera. «¡Bravo!--exclamó el maestro de pajes--. ¡Aquí tenemos -al licenciado Campanario, que se deja oír mucho antes que se le vea! -Comienza a hablar en voz alta desde la puerta de la calle y no lo deja -hasta que vuelve a salir por ella.» Con efecto, resonaba en toda la -casa la voz del licenciado Campanario, que al fin se presentó en la -antesala con un bachiller amigo suyo, y no cesó de hablar mientras duró -su visita. «Este licenciado--dije a Molina--parece hombre de ingenio.» -«Sí lo es--me respondió--. Tiene ocurrencias muy chistosas; se explica -con gracia y agudeza; es muy divertida su conversación; pero además de -ser un hablador molestísimo, repite siempre sus dichos y cuentos. En -suma, para no estimar las cosas más de lo que valen, estoy persuadido -de que su mayor mérito consiste en aquel aire cómico y festivo con -que sazona lo que dice; y así, no creo que le haría mucho honor una -colección de sus agudezas y sus gracias.» - -Fueron entrando después otras personas, de todas las cuales me hizo -Molina muy graciosas descripciones, sin olvidar la pintura de la -marquesa, que fué de mi gusto. «Esta--me dijo--tiene un talento -regular, en medio de su filosofía. Su carácter no es impertinente y da -poco que hacer a los que la sirven. Entre las personas distinguidas es -de las más racionales que conozco. No se le advierte pasión alguna; ni -el juego ni los galanteos le gustan; sólo le agrada la conversación, -y, en una palabra, su vida sería intolerable para la mayor parte de -las damas.» Este elogio del maestro de pajes me hizo formar un concepto -ventajoso de mi ama. Sin embargo, pocos días después no pudo menos -de sospechar que no era tan enemiga del amor, y el fundamento de mi -sospecha fué el siguiente. - -Estando una mañana en el tocador, se presentó en la antesala un -hombrecillo como de cuarenta años, pero de malísima figura, más -mugriento que el autor Pedro de Moya, y, a mayor abundamiento, muy -corcovado. Díjome que deseaba hablar a la marquesa, y preguntándole yo -de parte de quién, «¡De la mía!--me respondió arrogante--. Diga usted -a la señora que soy aquel caballero del cual estuvo hablando ayer con -doña Ana de Velasco.» Apenas se lo dije a mi ama cuando, toda enajenada -de alegría, me mandó le hiciese entrar. No sólo le recibió con extrañas -demostraciones de aprecio, sino que mandó salir a todas las criadas, de -modo que el corcovadillo, más afortunado que una persona de provecho, -se quedó a solas con ella. Las criadas y yo nos reímos un poco de esta -visita tan graciosa, que duró una hora, al cabo de la cual mi ama -le despidió con mil cortesanas expresiones, que demostraban bien lo -contenta que quedaba de él. - -En efecto, lo quedó tanto, que por la noche me llamó aparte y me dijo: -«Gil Blas, cuando venga el corcovado, hazle entrar en mi gabinete lo -más secretamente que puedas.» Cuyo encargo confieso que me dió mucho en -qué sospechar. Sin embargo, obedeciendo la orden de la marquesa, luego -que se dejó ver aquel hombrecillo, que fué a la mañana siguiente, le -introduje por una escalera excusada hasta el gabinete de la señora. -Caritativamente hice lo mismo por dos o tres veces, de lo cual inferí o -que la marquesa tenía estrafalarias inclinaciones o que el corcovadillo -le servía de tercero. - -Poseído yo de esta idea me decía: «Si mi ama se ha enamorado de un buen -mozo, se lo perdono; pero si se ha prendado de semejante macaco, no -puedo verdaderamente disculpar un gusto tan depravado.» ¡Pero cuán mal -pensaba yo de aquella señora! Aquel macaco se empleaba en la magia, y -como se ponderaba su ciencia a la marquesa, que creía gustosa en los -prestigios de los saltimbanquis, tenía conversaciones a solas con él. -Hacía ver los objetos en un vaso, enseñaba a dar vueltas al cedazo y -revelaba por dinero todos los misterios de la cábala, o bien--para -hablar con más exactitud--era un bribón que subsistía a expensas de las -personas demasiado crédulas y se decía que a ello contribuían muchas -señoras de distinción. - - - - - CAPITULO IX - -Por qué incidente Gil Blas salió de casa de la marquesa de Chaves y -cuál fué su paradero. - - -Seis meses había que yo servía a la marquesa de Chaves, y me hallaba -muy contento con mi conveniencia; pero mi destino no me permitió -mantenerme más tiempo en su casa ni menos quedarme por entonces en -Madrid. El motivo fué el lance que voy a contar. - -Entre las criadas de la marquesa había una, llamada Porcia, que, sobre -ser joven y hermosa, era de un carácter tan bueno que me captó la -voluntad, sin saber que me sería necesario disputar su corazón. El -secretario de la marquesa, hombre soberbio y celoso, estaba enamorado -de mi ídolo, y apenas advirtió mi amor cuando, sin procurar informarse -si Porcia me correspondía, resolvió que nos midiésemos la espada, y -me citó una mañana para un paraje retirado. Como era un hombrecillo -que apenas me llegaba a los hombros, me pareció enemigo poco temible, -y lleno de confianza acudí al sitio señalado. Lisonjeábame yo de una -completa victoria y de adquirir por ella nuevo mérito con Porcia; pero -el resultado humilló mucho mi presunción. El secretarillo, que había -aprendido dos o tres años la esgrima, me desarmó como a un niño, y -poniéndome al pecho la punta de la espada, me dijo: «¡Prepárate para -morir, o dame palabra sobre tu honor de que hoy mismo saldrás de casa -de la marquesa de Chaves, sin pensar más en Porcia.» Prometíselo así -y lo cumplí sin repugnancia. Corríame de presentarme delante de los -criados de la casa después de haber sido tan ignominiosamente vencido, -y mucho más de presentarme ante la hermosa Elena, inocente ocasión de -nuestro desafío. No volví, pues, a casa sino para recoger mi ropa y -dinero, y el mismo día me encaminé a Toledo, con la bolsa bastante -provista y cargado con toda mi ropa puesta en un lío. Aunque por -ningún caso me había obligado a salir de Madrid, juzgué me convendría -mucho alejarme de aquella villa, a lo menos por algunos años, y así, -tomé la determinación de dar una vuelta por España, deteniéndome en -las ciudades y pueblos el tiempo que me pareciese. «Con el dinero que -tengo--me decía--, gastándolo con discreción, tendré para correr gran -parte del reino; y cuando se haya acabado, me pondré de nuevo a servir, -pues un mozo como yo hallará acomodos sobrantes cuando le venga en -voluntad buscarlos, y no tendré mas que escoger.» - -Como tenía particulares deseos de ver a Toledo, llegué allí al cabo -de tres días, y fuí a tomar posada en un buen mesón, en donde me -tuvieron por un caballero de importancia, con el auxilio de mi vestido -de aventuras amorosas, que no dejé de ponerme; y con el aire que tomé -de elegante, podía fácilmente introducirme con las buenas mozas que -vivían en la vecindad; pero habiendo sabido que era necesario comenzar -en su casa por hacer un gran gasto, fué forzoso contener mis deseos. -Hallándome siempre con gusto de viajar, después de haber visto todo lo -que había de curioso en Toledo, salí de allí un día al amanecer y tomé -el camino de Cuenca, con ánimo de pasar al reino de Aragón. Al segundo -día de jornada me metí en una venta que encontré en el camino, y cuando -empezaba a refrescarme, entró una partida de cuadrilleros de la Santa -Hermandad. Estos señores pidieron vino, y mientras estaban bebiendo, -les oí hacer mención de las señas de un joven a quien llevaban orden de -prender. «El caballero--decía uno de ellos--no tiene mas que veintitrés -años, el pelo largo y negro, bella estatura, nariz aguileña, y monta un -caballo castaño.» - -Estúvelos yo escuchando sin mostrar atención a lo que decían, y en -realidad me importaba poco el saberlo. Dejélos en la venta y proseguí -mi camino; pero no había andado aún medio cuarto de legua cuando -encontré a un mocito muy galán que iba en un caballo castaño. «¡Vive -diez--dije para mí--, que o yo me engaño mucho, o éste es el sujeto a -quien buscan los cuadrilleros! Tiene el pelo largo y negro y la nariz -aguileña. Seguramente él es a quien quieren atrapar y he de hacerle un -buen servicio. Señor--le dije--, permítame usted que le pregunte si le -ha sucedido algún pesado lance de honor.» El joven, sin responderme, -fijó los ojos en mí y mostróse admirado de mi pregunta. Aseguréle que -ésta no nacía de pura curiosidad, y quedó bien convencido de ello -luego que le conté todo lo que había oído a los ministros en la venta. -«Generoso desconocido--me respondió--, no puedo ocultaros que tengo -motivo para creer ser efectivamente yo a quien busca esa gente, y, por -lo mismo, voy a tomar otro camino para no caer en sus manos.» «Yo sería -de parecer--repuse entonces--que buscásemos por aquí un sitio retirado, -donde usted estuviese seguro y ambos a cubierto de una gran tempestad -que veo nos está amenazando.» Al decir esto, descubrimos una calle de -árboles bastante frondosos, y habiéndonos metido en ella, nos condujo -al pie de una montaña, donde encontramos una ermita. - -Era ésta una grande y profunda gruta que el tiempo había socavado -en la falda de aquel monte, y delante de ella se registraba como un -corral que había fabricado el arte, cuyas paredes se componían de -una especie de argamasa formada de pedrezuelas, rodeado todo, para -mayor defensa, de un género de foso cubierto de verdes céspedes. Los -contornos de la gruta estaban sembrados de flores olorosas que llenaban -de suavísima fragancia el ambiente inmediato, y cerca de la misma -gruta se descubría una hendedura en el monte, de cuyo centro brotaba -un manantial de agua que corría a dilatarse por una pradería. A la -entrada de esta cueva solitaria había un buen ermitaño, que parecía un -hombre consumido por la vejez. Apoyábase en un báculo, y en la otra -mano llevaba un gran rosario de cuentas gordas y de veinte dieces por -lo menos. Su cabeza estaba como sepultada en un capuz de lana parda -con unas largas orejeras, y su barba, más blanca que la nieve, le -bajaba hasta la cintura. Acercámonos a él y yo le dije: «Padre mío, -¿nos da licencia para que le pidamos nos refugie contra la tempestad -que viene sobre nosotros?» «Venid, hijos míos--respondió el anacoreta -después de haberme mirado con atención--; mi pobre gruta está a vuestra -disposición y podréis estar en ella todo el tiempo que quisiereis. -El caballo--añadió--le podéis meter en aquel corral--señalándolo con -la mano--, donde creo que estará bien acomodado.» Metimos en él el -caballo, y nosotros nos refugiamos en la gruta, acompañándonos siempre -el venerable viejo. - -Apenas entramos en ella cuando cayó una copiosa lluvia mezclada de -relámpagos y espantosos truenos. El ermitaño se hincó de rodillas -delante de una estampa de San Pacomio, que estaba pegada a la pared, -y nosotros hicimos lo mismo a ejemplo suyo. Cesó la tempestad y -cesaron también nuestras oraciones. Levantámonos; pero como todavía -seguía lloviendo y la noche se acercaba, nos dijo el ermitaño: «Yo, -hijos míos, no os aconsejaré que os pongáis en camino con este -temporal, y más estando tan cerca la noche, a no obligaros a ello -algún negocio grave y urgente.» Respondímosle que ninguna cosa nos -impedía el detenernos sino el justo temor de incomodarle, y que, a -no ser éste, antes le suplicaríamos nos permitiese pasar allí la -noche. «La incomodidad será para vosotros--respondió cortesanamente -el anacoreta--; tendréis mala cama y peor cena, porque sólo puedo -ofreceros la de un pobre ermitaño.» - -En esto, nos hizo sentar a una desdichada y rústica mesilla, donde -nos sirvió unas cebollas con algunos mendrugos y un jarro de agua. -«Esta--dijo--es mi comida y cena ordinarias; pero hoy es razón hacer -algún exceso en obsequio de unos huéspedes tan honrados.» Dijo, y -marchó luego a traer un pedazo de queso y dos puñados de avellanas, -que echó sobre la mesa. Mi compañero, que no tenía mucho apetito, hizo -poco gasto de aquellos manjares. Observólo el ermitaño y dijo: «Veo que -estáis acostumbrados a mesas más regaladas que la mía, o, por mejor -decir, que la sensualidad ha estragado en vos el gusto natural. Yo -también he vivido en el mundo. Entonces no eran bastante buenos para -mí los manjares más delicados ni los guisados más exquisitos; pero la -soledad y el hambre han restituído la pureza al paladar. Ahora sólo me -gustan las raíces, la leche, las frutas y, en una palabra, todo aquello -que servía de alimento a nuestros primeros padres.» - -Mientras el anacoreta estaba hablando, el caballerito se quedó como -enajenado en una profunda cavilación. Notólo el viejo y le dijo: -«Hijo mío, vos tenéis atravesado el corazón con alguna espina que os -punza mucho. ¿No podré saber el motivo de la grave aflicción que os -atormenta? Desahogad conmigo vuestro pecho. No me mueve a este deseo la -curiosidad; la caridad es la única causa que a ello me anima. Hállome -en edad en que puedo daros algún buen consejo, y vos me parecéis estar -en una situación que necesita bien de él.» «Sí, padre mío--respondió el -caballerito, arrancando del pecho un doloroso suspiro--, es muy cierto -que tengo gran necesidad de consejo, y pues vos me ofrecéis el vuestro -con piedad tan generosa, quiero seguirle. Estoy muy persuadido de que -nada arriesgo en descubrirme a un hombre como vos.» «No, hijo--replicó -el ermitaño--, no tenéis que temer; soy hombre a quien se le puede -confiar cualquiera cosa, sea la que fuere.» Entonces el caballero habló -de esta manera. - - - - - CAPITULO X - - Historia de don Alfonso y de la bella Serafina. - - -«Nada, padre mío, os ocultaré, como ni tampoco a este caballero que -me escucha. Haríale gran agravio en desconfiar de él a vista de la -generosa acción que usó conmigo. Voy, pues, a contaros mis desgracias. - -»Nací en Madrid y mi origen fué el que voy a referir. Un oficial de la -guardia alemana, llamado el barón de Steinbach, entrando una noche en -su casa se halló, al pie de la escalera, con un envoltorio de lienzo. -Levantóle, llevóle al cuarto de su mujer, desenvolvióle y encontraron -un niño recién nacido envuelto en pañales muy aseados y finos, y un -billete que decía ser hijo de padres distinguidos, que a su tiempo se -darían a conocer, y que el niño estaba ya bautizado con el nombre de -Alfonso. Este desgraciado niño soy yo y esto es todo cuanto sé. Víctima -del honor o de la infidelidad, ignoro si mi madre me expuso únicamente -para ocultar algunos vergonzosos amores o si, seducida por un amanto -perjuro, se vió en la cruel necesidad de abandonarme. - -»Como quiera que sea, al barón y a su mujer les enterneció mucho mi -desgracia, y como no tenían sucesión resolvieron criarme como si -fuera hijo suyo, conservándome el nombre de don Alfonso. Al paso que -crecía yo en edad crecía el amor en ellos hacia mí. Hacíanme mil -caricias en pago de mis apacibles modales y por mi docilidad. Todos sus -pensamientos eran de darme la mejor educación. Buscáronme maestros de -todas materias. Lejos de esperar con impaciencia a que se descubriesen -mis padres, parecía, por el contrario, que deseaban no se manifestasen -jamás. Luego que el barón me vió capaz de poder seguir la milicia, me -aplicó a servir al rey. Consiguióme una bandera y mandó hacerme un -pequeño equipaje. Para animarme a buscar ocasión de adquirir gloria -y darme a conocer, me hizo presente que la carrera del honor estaba -abierta a todo el mundo y que en la guerra podría hacer mi nombre tanto -más glorioso cuanto sólo sería deudor a mi valor y a mi espada de la -gloria que adquiriese. Al mismo tiempo me reveló el secreto de mi -nacimiento, que hasta allí me había callado. Como en todo Madrid pasaba -por hijo suyo, y yo mismo efectivamente me tenía por tal, confieso que -me turbó no poco esta confianza. No podía pensar en ello sin llenarme -de rubor. Por lo mismo que mis nobles pensamientos y mis honrados -impulsos me aseguraban de un distinguido nacimiento, era mayor el dolor -de verme desamparado de aquellos a quienes le había debido. - -»Pasé a servir en los Países Bajos, donde se hizo la paz poco después -que llegué al ejército. Hallándose España sin enemigos, me restituí a -Madrid, y el barón y su mujer me recibieron con nuevas demostraciones -de cariño. Eran pasados dos meses desde mi regreso, cuando una -mañana entró en mi cuarto un pajecillo y me entregó en las manos un -billete concebido poco más o menos en estos términos: «No soy fea ni -contrahecha, y, con todo eso, usted me ve todos los días a mi balcón -con grande indiferencia: frialdad muy ajena de un mozo tan galán. Estoy -tan ofendida de este proceder, que por vengarme quisiera inspirar amor -en ese corazón de hielo.» - -»Así que leí este billete me persuadí, sin la menor duda, de que era de -una viudita llamada Leonor, que vivía enfrente de mi casa y tenía fama -de ser alegre de cascos. Examiné sobre este punto al pajecillo, que -por algún breve rato quiso hacer el callado; pero a costa de un ducado -que le di, satisfizo mi curiosidad y se encargó de llevar a su ama mi -respuesta. Decíale en ella que conocía y confesaba mi delito, del cual -estaba ya medio vengada, según lo que yo sentía en mí. - -»Con efecto, no dejó de hacerme impresión esta graciosa manera de -granjear la voluntad. No salí de casa en todo aquel día, asomándome -frecuentemente al balcón para observar a la señora, que tampoco -se descuidó de dejarse ver al suyo. Hícele señas, a las cuales -correspondió, y el día siguiente me envió a decir por el mismo pajecito -que si entre once y doce de aquella noche quería yo hallarme en -nuestra calle, podíamos hablarnos a la reja de un cuarto bajo. Aunque -no estaba muy enamorado de una viuda tan viva, sin embargo, no dejé -de responderle muy apasionadamente, y, a la verdad, esperé a que -anocheciese con tanta impaciencia como si efectivamente la amara mucho. -Luego que fué de noche, salí a pasearme al Prado, para entretener el -tiempo hasta la hora de la cita; y apenas entré en el paseo cuando, -acercándose a mí un hombre montado en un hermoso caballo, se apeó -precipitadamente, y mirándome con ceño, «Caballero--me dijo--, ¿no sois -vos el hijo del barón de Steinbach?» «El mismo», le respondí. «¿Luego -vos sois el citado--prosiguió él--para dar esta noche conversación -a Leonor en su reja? He visto sus billetes y vuestras respuestas, -que me mostró el pajecillo. Os he venido siguiendo hasta aquí desde -que salisteis de casa, para advertiros que tenéis un competidor cuya -vanidad se indigna de disputar el corazón de una dama con un hombre -como vos. Me parece que no necesito deciros más, y pues nos hallamos -en sitio retirado, decidan la disputa las espadas, a menos de que -vos, por evitar el castigo que preparo a vuestra temeridad, me deis -palabra de romper toda comunicación con Leonor. Sacrificadme las -esperanzas que tenéis, o en este mismo punto os quito la vida.» «Ese -sacrificio--respondí--se había de pedir y no exigirse. Lo hubiera -podido conceder a vuestros ruegos, pero lo niego a vuestras amenazas.» -«Pues riñamos--dijo él, atando el caballo a un árbol--, porque es -indecoroso a una persona de mi esfera bajarse a suplicar a un hombre de -la vuestra, y aun la mayor parte de mis iguales, puestos en mi lugar, -se vengarían de vos de un modo menos honroso.» Ofendiéronme mucho -estas últimas palabras, y viendo que él había sacado la espada saqué -yo también la mía. Reñimos con tanto empeño, que duró poco el combate. -Sea que le cegase su demasiado ardor, o sea que yo fuese más diestro -que él, le di desde luego una estocada mortal que le hizo primero -titubear y después caer en tierra. Entonces no pensé mas que en ponerme -en salvo, y montando en su propio caballo tomé el camino de Toledo. No -volví a casa del barón de Steinbach, pareciéndome que la relación de -mi lance sólo serviría para afligirle; y cuando consideraba el peligro -en que me hallaba, veía que no debía perder un momento en alejarme de -Madrid. - -»Poseído enteramente de amarguísimas reflexiones, anduve toda la noche -y la mañana del día siguiente; pero a eso del mediodía me vi precisado -a detenerme, para que el caballo descansara y se mitigase el calor, que -cada instante era más inaguantable. Detúveme, pues, en una aldea hasta -puesto el Sol, y continué luego mi camino, con ánimo de no apearme -hasta estar en Toledo. Me hallaba ya dos leguas más allá de Illescas -cuando, a eso de media noche, me cogió en campo raso una furiosa -tempestad, semejante a la que acaba de sobrecogernos. Lleguéme a las -tapias de un jardín que vi a pocos pasos de mí, y no hallando abrigo -más cómodo me arrimé con mi caballo lo mejor que pude a una puerta -pequeña de una estancia que estaba casi en un ángulo de la misma cerca, -sobre la cual había un balcón. Apoyándome en la puerta vi que no la -habían cerrado, y discurrí que esto habría sido culpa de los criados. -Me apeé, y no tanto por curiosidad como por resguardarme más del agua, -que no dejaba de incomodarme mucho debajo del balcón, me entré en -aquella habitación baja, juntamente con el caballo, tirándole por la -brida. - -»Durante la tempestad procuré reconocer aquel sitio, y aunque sólo -podía registrarle a favor de los relámpagos, juzgué que era una quinta -de alguna persona opulenta. Estaba aguardando por instantes que cesase -la tempestad para seguir mi camino; pero habiendo visto a lo lejos -una gran luz, mudé de parecer. Dejé resguardado el caballo en aquella -pieza, cuidando de cerrar la puerta, y fuíme acercando hacia la luz, -presumiendo que estaban todavía levantados en la casa, para suplicarles -me diesen abrigo por aquella noche. Después de haber atravesado algunos -corredores, me hallé en una sala cuya puerta estaba igualmente abierta. -Entré en ella, y viendo su suntuosidad a beneficio de una magnífica -araña con varias bujías, ya no me quedó duda de que aquella casa de -campo era de algún gran personaje. El pavimento era de mármol; el -friso, pintado y dorado con arte; la cornisa, primorosamente trabajada, -y el techo me pareció obra de los más diestros pintores; pero lo -que más me llevó la atención fué una multitud de bustos de héroes -españoles, puestos sobre bellísimos pedestales de mármol jaspeado, que -adornaban las paredes del salón. Tuve bastante tiempo para enterarme de -todas estas cosas, porque habiendo aplicado de cuando en cuando el oído -para ver si sentía rumor no llegué a percibir ninguno ni a ver persona -alguna. - -»A un lado del salón había una puerta entornada; la entreabrí y noté -una crujía de cuartos, en el último de los cuales había luz. Consulté -conmigo mismo lo que debía hacer: si volverme por donde había venido -o animarme a penetrar hasta aquel cuarto. La prudencia dictaba que -el partido más acertado era el de retirarme; pero pudo más en mí la -curiosidad que la prudencia, o, por mejor decir, fué más poderosa la -fuerza del destino que me arrastraba. Llevé, pues, mi empeño adelante, -y atravesando todas las piezas llegué a la última, donde ardía, -sobre una mesa de mármol, una bujía puesta en un candelero de plata -sobredorada. Desde luego conocí que era un cuarto de verano, alhajado -con singular gusto y riqueza; pero volviendo presto los ojos hacia una -cama cuyas cortinas estaban entreabiertas a causa del calor, vi un -objeto que me robó toda la atención. Era una joven que, a pesar del -estruendo pavoroso de los truenos, dormía profundamente. Acerquéme a -ella con el mayor silencio, y a favor de la luz de la bujía descubrí -una tez tan delicada y un rostro tan hermoso, que verdaderamente -me encantaron. Al verla, toda mi máquina se conmovió; me sentí -enteramente enajenado. Pero por más agitado que me tuviesen mis -impulsos, el concepto que hice de la nobleza de su sangre me impidió -formar ningún pensamiento temerario, pudiendo más el respeto que la -pasión. Mientras estaba yo embelesado en contemplarla se despertó. - -»Fácil es de imaginar cuánto la sobresaltaría el ver a un hombre -desconocido, a media noche, en su cuarto y al pie de su misma cama. -Toda asustada y estremecida dió un gran grito. Hice cuanto pude para -aquietarla; hinqué una rodilla en tierra y, lleno de respeto, le dije: -«No temáis, señora, que yo no he entrado aquí con ánimo de ofenderos.» -Iba a proseguir, pero ella, atemorizada, no tuvo siquiera libertad para -escucharme. Comenzó a llamar a grandes voces a sus criadas, y como -ninguna le respondiese, cogió a toda prisa una bata ligera, que estaba -al pie de la cama, cubrióse con ella, saltó acelerada al suelo, agarró -la bujía y atravesó corriendo toda la crujía de cuartos, llamando sin -cesar a sus doncellas y a una hermana suya menor, que vivía en la misma -quinta bajo su custodia. Por momentos estaba yo temiendo ver sobre mí -toda la familia y que, sin merecerlo ni oírme, me tratasen mal; pero -quiso mi fortuna que, por más gritos que dió, nadie pareció, sino un -criado viejo, que de poco le hubiera servido si algo tuviera que temer. -No obstante, con la presencia del buen viejo, alentándose algún tanto, -me preguntó con altivez quién era yo, por dónde y a qué fin había -tenido atrevimiento para meterme en su casa. Comencé a justificarme; -pero apenas le dije que había entrado por la puerta del cuarto del -jardín, que había hallado abierta, cuando exclamó al instante diciendo: -«¡Justo Cielo y qué sospechas me vienen ahora al pensamiento!» - -En esto va con la luz a registrar todos los cuartos de la quinta, y no -encuentra a ninguna de sus criadas ni a su hermana; antes sí ve que -éstas se habían llevado cada una sus ropas. Pareciéndole que se habían -verificado sobradamente sus sospechas, se volvió a donde yo había -quedado, y articulando mal las palabras con la cólera, «¡Infame!--me -dijo--. ¡No añadas la mentira a la traición! No te ha traído a esta -quinta la casualidad ni has entrado en ella por el motivo que finges. -Tú eres de la comitiva de don Fernando de Leiva y cómplice en su -delito. ¡Pero no esperes huir de mi venganza, pues tengo aún bastante -gente en casa que te prenda!» «Señora--le dije--, no me confundáis, os -ruego, con vuestros enemigos. Ni conozco a don Fernando de Leiva ni -sé todavía quién sois vos. Yo soy un desgraciado a quien cierto lance -de honor ha obligado a ausentarse de Madrid, y os juro por cuanto -hay de más sagrado que, a no haberme precisado a ello la tempestad, -no hubiera entrado en vuestra quinta. Dignaos, señora, formar mejor -concepto de mí. En vez de suponerme cómplice en ese delito que tanto -os ofende, vivid persuadida de que estoy prontísimo a vengaros.» Estas -últimas palabras, que pronuncié con ardor y viveza, la tranquilizaron; -de modo que desde aquel punto mostró no mirarme ya como a enemigo. -Cesó en el mismo momento su enojo, pero entró a ocupar su lugar el -más acerbo dolor. Comenzó a llorar amargamente, y sus lágrimas me -enternecieron de manera que no me sentí menos afligido que ella, aun -cuando ignoraba la causa de su pena. No me contenté con acompañarla -en el llanto, sino que, deseoso de vengar su afrenta, me entró una -especie de furor. «Señora--exclamé entre lastimado y colérico--, ¿quién -ha tenido atrevimiento para ultrajaros? ¿Y qué especie de ultraje ha -sido el vuestro? ¡Hablad, señora, porque vuestras ofensas ya son mías! -¿Queréis que busque a don Fernando y que le atraviese de parte a parte -el corazón? Nombradme todos aquellos que queréis que os sacrifique. -Mandad y seréis obedecida. Cueste lo que costare vuestra venganza, este -desconocido, a quien habéis mirado como enemigo, se expondrá, por amor -de vos, a cualquier riesgo.» - -»Quedóse suspensa aquella señora a vista de un arrebato tan inesperado, -y enjugando sus lágrimas me dijo: «Perdonad, señor, mi temeraria -sospecha a la infeliz situación en que me hallo. Vuestros generosos -sentimientos han desengañado a la desgraciada Serafina, y me quitan -además hasta el natural rubor que me acusa el que un extraño sea -testigo de una afrenta hecha a mi noble sangre. Sí, generoso -desconocido, reconozco mi error y admito vuestras ofertas, pero no -quiero la muerte de don Fernando.» «Bien está, señora--repliqué--; -pero ¿en qué deseáis que os sirva?» «Señor--respondió Serafina--, el -motivo de mi pesar es el siguiente: don Fernando de Leiva se enamoró de -mi hermana Julia, a quien vió en Toledo, donde vivimos de ordinario. -Pidiósela a mi padre, que es el conde de Polán, quien se la negó por -antigua enemistad que hay entre las dos casas. Mi hermana, que apenas -tiene quince años, se habrá dejado engañar de mis criadas, sin duda -ganadas por don Fernando, y noticioso éste de que las dos hermanas -estábamos en esta casa de campo, habrá aprovechado la ocasión para -robar a la malaconsejada Julia. Yo sólo quisiera saber en qué parte la -ha depositado, para que mi padre y mi hermano, que ha dos meses están -en Madrid, tomen sus medidas. Suplícoos, pues, señor, que os toméis el -trabajo de recorrer los contornos de Toledo y de averiguar, si fuese -posible, a dónde ha ido a parar aquella pobre muchacha, diligencia a -que os quedará tan obligada como agradecida toda mi familia.» - -»No tenía presente aquella señora que el encargo que me daba no -convenía a un hombre a quien importaba tanto salir cuanto antes de los -términos y jurisdicción de Castilla. Pero ¿qué mucho que no hiciese -ella esta reflexión cuando ni yo mismo la hice? Sumamente gozoso de -la fortuna de verme en ocasión de servir a una persona tan amable, -admití gustoso la comisión, ofreciendo desempeñarla con el mayor celo y -diligencia. Con efecto, no esperé a que amaneciese para ir a cumplir -lo prometido. Dejé al punto a Serafina, suplicándole me perdonase el -susto que inocentemente le había dado y asegurándole que presto sabría -de mí. Salíme, pues, por donde había entrado en la quinta, pero con el -ánimo tan ocupado siempre en aquella señora, que fácilmente advertí -estaba del todo prendado de ella, y nada me lo hizo conocer mejor que -la inquietud e impaciencia con que me apresuraba a complacerla y las -amorosas quimeras que yo mismo me forjaba en la imaginación. Parecíame -que Serafina, aun en medio de su sentimiento, había echado bien de ver -los primeros fuegos de mi amor y que no le había quizá desagradado. -Lisonjeábame de que si lograba averiguar lo que tanto deseaba sería mía -toda la gloria.» - -Al llegar aquí, cortó don Alfonso el hilo de su historia y dijo al -ermitaño: «Perdonadme, padre, si poseído de mi pasión me detengo en -menudencias que tal vez os fastidiarán.» «No, hijo--respondió el -anacoreta--, de ningún modo me cansan; antes bien, deseo saber hasta -dónde llegó el amor que te inspiró doña Serafina, para arreglar mis -consejos con mayor conocimiento.» - -«Encendida la fantasía con tan lisonjeras imágenes--prosiguió el -caballerito--, busqué inútilmente por espacio de dos días al robador -de Julia, y, frustradas todas las diligencias, no pude descubrir el -menor rastro de él. Desconsoladísimo de ver inutilizados mis pasos y -desvelos, volví a presencia de Serafina, a quien discurría hallar en -el estado más inquieto y desgraciado del mundo; pero la encontré más -tranquila de lo que yo pensaba. Díjome que había sido más venturosa que -yo, pues ya sabía dónde se hallaba su hermana; que había recibido una -carta de don Fernando, en que le decía que, después de haberse casado -de secreto con Julia, la había depositado en un convento de Toledo. -«Envié su carta a mi padre--prosiguió Serafina--, no sin esperanza de -que la cosa acabe bien y que un solemne matrimonio sea el iris de paz -que dé fin a la inveterada discordia de las dos casas.» - -»Luego que me informó del paradero de su hermana, me habló del trabajo -que me había ocasionado, y, sobre todo--añadió ella misma--, los -peligros a que os expuso mi imprudencia en seguir a un robador, sin -acordarme de que me habíais confiado que andabais fugitivo por cierto -lance de honor, de lo cual me pidió mil perdones en los términos más -atentos. Conociendo que estaba falto de reposo, me condujo a la sala, -donde los dos nos sentamos. Estaba vestida con una bata de tafetán -blanco con listas negras, y cubría su cabeza un sombrerillo de los -mismos colores que la bata, guarnecido con un airoso plumaje negro, lo -que me hizo juzgar que podía ser viuda, aunque, por otra parte, parecía -de tan pocos años que no sabía yo qué discurrir. - -»Si era grande mi deseo de saber quién ella era, no era menos viva su -curiosidad de saber lo mismo de mí. Preguntóme mi nombre y apellido, no -dudando--dijo--, a vista de mi noble aire, y aún más de la generosa -piedad que me había hecho abrazar con tanto empeño sus intereses, la -nobleza de mi nacimiento. Dejóme perplejo la pregunta; encendióseme -el rostro, me turbé, y confieso que, teniendo menos rubor en mentir -que en decir la verdad, respondí que era hijo del barón de Steinbach, -oficial de la guardia alemana. «Decidme también--replicó la dama--por -qué habéis salido de Madrid, pues desde luego os puedo ofrecer todo el -valimiento y los buenos oficios de mi padre y de mi hermano don Gaspar. -Esto es lo menos que puede hacer mi agradecimiento con un caballero -que por servirme despreció su propia vida». Ninguna dificultad tuve en -referirle por menor todas las circunstancias de nuestro desafío. Ella -misma echó toda la culpa al caballero que me había injuriado, y me -volvió a ofrecer que interesaría a su familia en mi favor. - -»Habiendo yo satisfecho su curiosidad, me animé a suplicarle -contentase la mía, y le pregunté si era o no libre. «Tres años -ha--respondió--que mi padre me obligó a casarme con don Diego de Lara, -y quince meses que estoy viuda.» «Pues ¿qué desgracia, señora--le -pregunté--, fué la que tan presto os privó de vuestro esposo?» «Voy, -señor, a responderos--repuso ella--y corresponder a la confianza a -que me confieso deudora. Don Diego de Lara era un caballero muy bien -apersonado. Amábame ciegamente, y aunque empleaba cuanta diligencia -puede emplear el más tierno amante para hacerse agradable al objeto -amado, y aunque tenía mil bellas cualidades, nunca pudo granjearse mi -cariño. El amor no siempre es efecto del anhelo ni del mérito conocido. -¡Ah!--añadió ella suspirando--. ¡Muchas veces nos cautiva a la primera -vista una persona que no conocemos! No me era posible amarle. Más -avergonzada que prendada de las continuas muestras de su amor, y -forzada a corresponder a ellas sin inclinación, si me acusaba a mí -misma interiormente de ingratitud, también me contemplaba muy digna de -compasión. Por desgracia de ambos, él tenía todavía más delicadeza que -amor. En mis acciones y palabras descubría claramente mis más ocultos -pensamientos. Leía cuanto pasaba en lo más íntimo de mi alma; quejábase -a cada paso de mi indiferencia, y le era tanto más sensible el no poder -conquistar mi corazón cuanto más seguro estaba de que ningún otro rival -se lo disputaba, no contando yo apenas diez y seis años y habiendo -sabido, antes de ofrecerme su mano, por mis criadas, todas parciales -suyas, que ningún hombre se le había anticipado a llevarse mi atención. -«Sí, Serafina--me decía muchas veces--, me alegraría mucho de que -estuvieses encaprichada a favor de otro y de que ésta fuese la única -causa de la frialdad con que me miras. Esperaría entonces que tu virtud -y mi constancia triunfarían al cabo de esa tibieza; pero ya desespero -de vencer un corazón que no se ha rendido a tantos y tan convincentes -testimonios de mi extremado amor.» Cansada de oírle repetir tantas -veces la misma queja, le dije un día que, en vez de turbar su reposo y -el mío mostrando tanta delicadeza, haría mejor en dejarlo todo en manos -del tiempo. Con efecto, yo me hallaba entonces en una edad poco capaz -de sentir los vivos impulsos de una pasión tan fogosa, y éste era el -prudente partido que don Diego debiera haber abrazado. Pero viendo que -se había pasado un año entero sin haber adelantado más que el primer -día, perdió la paciencia, o por mejor decir el juicio, y fingiendo -que le llamaba a la corte no sé qué negocio de importancia, marchó a -los Países Bajos a servir en calidad de voluntario, y encontró lo que -deseaba en los peligros en que se metía; es decir, el fin de la vida y -el de sus pesares.» - -»Concluída esta relación, todo el resto de la conversación que -tuvimos Serafina y yo fué acerca del singular carácter de su marido. -Interrumpió nuestra conferencia un correo, que llegó en aquel mismo -punto, el cual puso en manos de Serafina una carta del conde de Polán. -Pidióme licencia para abrirla, y observé que conforme la iba leyendo -se iba poniendo pálida y trémula. Luego que la acabó de leer, alzó los -ojos al cielo, dió un gran suspiro y empezó a correr por su rostro un -torrente de lágrimas. No siendo posible que yo viese con serenidad su -pena, me turbé, y como si hubiera ya presentido el terrible golpe que -iba a llevar, me cogió un mortal terror que me heló toda la sangre. -«Señora--le dije con voz desfallecida--, ¿será lícito saber de vos qué -funestas noticias os anuncia esa carta?» «Tomadla, señor--me respondió -tristemente--, y leed vos mismo lo que mi padre me escribe. ¡Ay de mí, -que su contenido os interesa demasiado!» - -»Estremecíme al oír estas palabras; tomé temblando la carta y vi -que decía lo siguiente: «Tu hermano don Gaspar tuvo ayer un desafío -en el Prado. Recibió en él una estocada, de la cual ha muerto hoy, -declarando al morir que el caballero que le mató fué el hijo del barón -de Steinbach, oficial de la guardia alemana. Para mayor desgracia, el -matador escapó, sin saberse dónde se ha escondido; pero aunque lo esté -en las entrañas de la Tierra, se harán todas las diligencias posibles -para hallarle. Hoy se despachan requisitorias a varias justicias, que -no dejarán de arrestarle como ponga los pies en algún lugar de su -jurisdicción, y voy también a practicar otros medios oportunos para -cerrarle todos los caminos.--_El conde de Polán._» - -»Figuraos el trastorno que la lectura de esta carta causaría en mi -ánimo. Quedé inmóvil algunos instantes, sin espíritu ni fuerza para -hablar. En medio de aquel desmayo y desaliento, se me representó con la -mayor viveza todo lo que la muerte de don Gaspar tenía de cruel para -mi amor. Al momento caigo en una furiosa desesperación. Arrojéme a -los pies de Serafina, y presentándole la espada desnuda, «¡Señora--le -dije--, excusad al conde de Polán la molesta fatiga de buscar a un -hombre que podría burlar sus más activas diligencias! ¡Vengad vos -misma a vuestro hermano! ¡Sacrificadle por vuestra bella mano su -homicida! Qué, ¿os detenéis? ¡Descargad el golpe, y sea fatal a su -enemigo el mismo acero que a él le quitó la vida!» «Señor--respondió -Serafina, enternecida algún tanto de ver mi acción--, yo quería a don -Gaspar, y aunque vos le matasteis como caballero y él mismo fué a -buscar su desgracia, al fin soy su hermana y no puedo menos de tomar -su partido. Sí, don Alfonso, ya soy enemiga vuestra y haré contra vos -todo lo que la sangre y el cariño pueden pretender de mí, pero no -abusaré de vuestra adversa fortuna. En vano ha dispuesto entregaros en -manos de mi venganza, pues si el honor me arma contra vos, él mismo -me prohibe vengarme ruinmente. Las leyes de la hospitalidad deben ser -inalterables; según ellas, no puedo corresponder con un vil asesinato -al generoso servicio que me habéis hecho. ¡Huid, escapad y burlad, si -pudiereis, nuestras más vivas pesquisas; poneos a cubierto del rigor -de las leyes y libraos del inminente peligro que os amenaza!» «Pues -qué, señora--le repliqué--, estando en vuestra mano la venganza, ¿la -dejáis a la severidad de las leyes, que pueden quedar desairadas? -¡Ah, señora, atravesad vos misma con esta espada el pecho de un -malvado que verdaderamente no merece le perdonéis! ¡No, señora, no -uséis de un proceder tan noble y tan generoso con un hombre como yo! -¿Sabéis quién soy? Aunque todo Madrid me tiene por hijo del barón de -Steinbach, no soy mas que un desgraciado a quien ha criado en su casa -por caridad. Yo mismo ignoro a quiénes debo el ser.» «¡No importa -eso!--interrumpió Serafina precipitadamente, como si le hubieran -causado nueva pena mis últimas palabras--. Aunque fuerais vos el hombre -más vil del mundo, haría siempre lo que me dicta mi honor.» «¡Bien -está, señora!--repliqué--. Ya que la muerte de un hermano no ha bastado -a persuadiros que derraméis mi sangre, voy a cometer otro delito, -haciéndoos una ofensa, que tengo por cierto no me la perdonaréis. -Sabed, señora, que os adoro; que desde el mismo punto en que vi vuestra -hermosura quedé hechizado y que, a pesar de la obscuridad de mi -nacimiento, no perdía la esperanza de poseeros. Estaba tan ciegamente -enamorado, o, por mejor decir, llegaba a un punto mi vanidad, que me -lisonjeaba de que algún día descubriría el Cielo mi origen y que éste -sería tal que sin vergüenza podría manifestaros mi nombre. Después de -una declaración que tanto os ultraja, ¿será posible que todavía no -os resolváis a castigarme?» «Esa temeraria declaración--replicó la -dama--, en otro tiempo sin duda me ofendería; pero la perdono a la -turbación en que os veo, fuera de que ni la situación en que yo misma -me hallo me permite dar oídos a las expresiones que proferís. Vuelvo a -deciros, don Alfonso--añadió derramando algunas lágrimas--, que partáis -luego de aquí y os alejéis de una casa que estáis llenando de dolor; -cada instante que os detenéis aumenta mis penas.» «Ya no resisto, -señora--repliqué levantándome--. Voy a alejarme de vos, pero no penséis -que, cuidadoso de conservar una vida que os es odiosa, vaya a buscar -un asilo para defenderla. ¡No, no; yo mismo quiero voluntariamente -sacrificarme a vuestro dolor! Parto a Toledo, donde esperaré con -impaciencia la suerte que vos me preparéis, y, entregándome a vuestras -persecuciones, anticiparé yo mismo de este modo el fin de todas mis -desdichas.» - -»Retiréme al decir esto. Diéronme mi caballo y partí en derechura a -Toledo, donde me detuve de intento ocho días, con tan poco cuidado de -ocultarme, que verdaderamente no sé cómo no me prendieron; porque no -puedo creer que el conde de Polán, tan empeñado en tomarme todos los -caminos, se olvidase de cerrarme el de Toledo. En fin, ayer salí de -aquel pueblo, donde se me hacía intolerable mi propia libertad, y sin -fijarme ni aun proponerme destino ninguno determinado, llegué a esta -ermita, con tanta serenidad como pudiera un hombre que nada tuviese que -temer. Estos son, padre mío, los cuidados que me ocupan al presente, y -ruégoos que me ayudéis con vuestros consejos.» - - - - - CAPITULO XI - -Quién era el viejo ermitaño y cómo conoció Gil Blas que se hallaba -entre amigos. - - -Luego que don Alfonso acabó la triste relación de sus infortunios, le -dijo el ermitaño: «Hijo mío, mucha imprudencia fué el haberos detenido -tanto en Toledo. Yo miro con muy diferentes ojos que vos todo lo que -me habéis contado, y vuestro amor a Serafina me parece una verdadera -locura. Creedme a mí: no os ceguéis. Es menester olvidar a esa joven, -pues no está destinada para vos. Ceded voluntariamente a los grandes -estorbos que os desvían de ella y entregaos a vuestra estrella, la -cual, según todas las señales, os promete muy distintas aventuras. -Sin duda encontraréis alguna bella joven que hará en vos la misma -impresión, sin que hayáis quitado la vida a ninguno de sus hermanos.» - -Iba a decirle muchas cosas para exhortarle a la paciencia, cuando vimos -entrar en la ermita a otro ermitaño, cargado con unas alforjas bien -llenas. Venía de Cuenca, donde había recogido una limosna muy copiosa. -Parecía más mozo que su compañero; su barba era roja, espesa y bien -poblada. «Bien venido, hermano Antonio--le dijo el viejo anacoreta--. -¿Qué noticias nos traes de la ciudad?» «¡Bien malas!--respondió el -hermano barbirrojo--. Ese papel os las dirá.» Y entrególe un billete -cerrado en forma de carta. Tomóle el viejo, y después de haberle -leído con toda la atención que merecía su contenido, exclamó: «¡Loado -sea Dios! ¡Pues se ha descubierto ya la mecha, tomemos otro modo de -vivir! Mudemos de estilo--prosiguió, dirigiendo la palabra al joven -caballero--. En mí tenéis un hombre con quien juegan como con vos los -caprichos de la fortuna. De Cuenca, que dista una legua de aquí, me -escriben que han informado mal de mí a la justicia, cuyos ministros -deben venir mañana a prenderme en esta ermita; pero no encontrarán -la liebre en la cama. No es la primera vez que me veo en este apuro, -y, gracias a Dios, casi siempre he sabido librarme con honra y -desembarazo. Voy a presentarme en otra nueva figura, porque habéis de -saber que, tal cual me veis, no soy ermitaño ni viejo.» - -Diciendo y haciendo, se desnudó del saco grosero que le llegaba hasta -los pies y dejóse ver con una jaquetilla o capotillo de sarga negra con -mangas perdidas. Quitóse el capuz, desató un sutil cordón que sostenía -su gran barba postiza y ofreció a los ojos de los circunstantes un -mozo de veintiocho a treinta años. El hermano Antonio, a su imitación, -hizo lo mismo; quitóse el hábito y la barba eremítica y sacó de un -arca vieja y carcomida una raída sotanilla, con que se cubrió lo mejor -que pudo. Pero ¿quién podrá concebir lo admirado y atónito que me -quedé cuando en el viejo ermitaño reconocí al señor don Rafael y en -el hermano Antonio a mi fidelísimo criado Ambrosio de Lamela? «¡Vive -diez--exclamé al punto sin poderme contener--, que estoy en tierra -amiga!» «Así es, señor Gil Blas--dijo riendo don Rafael--. Sin saber -cómo ni cuándo te has encontrado con dos grandes y antiguos amigos -tuyos. Confieso que tienes algún motivo para estar quejoso de nosotros, -pero ¡pelitos a la mar! Olvidemos lo pasado y demos gracias a Dios -de que nos ha vuelto a juntar. Ambrosio y yo os ofrecemos nuestros -servicios, que no son para despreciados. Nosotros a ninguno hacemos -mal, a ninguno apaleamos, a ninguno asesinamos y solamente queremos -vivir a costa ajena. Agrégate a nosotros dos y tendrás una vida -andante, pero alegre. No la hay más divertida, como se tenga un poco -de prudencia. No es esto decir que, a pesar de ella, el encadenamiento -de las causas segundas no sea tal a veces que nos acarree muy pesadas -aventuras; pero en cambio hallamos las buenas mejores y ya estamos -acostumbrados a la inconstancia de los tiempos y a las vicisitudes de -la fortuna. Señor caballero--prosiguió el fingido ermitaño volviéndose -a don Alfonso--, la misma proposición os hacemos a vos, que me parece -no debéis despreciar en el estado en que presumo os halláis, porque, -además de la precisión de andar siempre fugitivo y escondido, tengo -para mí que no estáis muy sobrado de dinero.» «Así es--dijo don -Alfonso--, y eso es lo que aumenta mi pesadumbre.» «¡Ea, pues--repuso -don Rafael--, buen ánimo! No nos separaremos los cuatro; éste es el -mejor partido que podéis tomar. Nada os faltará en nuestra compañía y -nosotros sabremos inutilizar todas las pesquisas y requisitorias de -vuestros enemigos. Hemos recorrido toda España y sabemos todos sus -rincones, bosques, matorrales, sierras quebradas, cuevas y escondrijos, -abrigos segurísimos contra las brutalidades de la justicia.» -Agradecióles don Alfonso su buena voluntad, y hallándose efectivamente -sin dinero y sin recurso determinó ir en su compañía, y también yo tomé -igual partido, por no dejar a aquel joven, a quien había cobrado ya -grande inclinación. - -Convinimos, pues, todos cuatro en andar juntos y no separarnos. Tratóse -entonces sobre si marcharíamos en aquel mismo punto o nos detendríamos -primero a dar un tiento a una bota llena de exquisito vino que el día -anterior había traído de Cuenca el hermano Antonio; pero don Rafael, -como más experimentado, fué de parecer que ante todas cosas se debía -pensar en ponernos a salvo, y que así, era de sentir que caminásemos -toda la noche para llegar a un bosque muy espeso que había entre Villar -del Saz y Almodóvar, donde haríamos alto y, libres de toda zozobra, -descansaríamos el día siguiente. Abrazóse este parecer, y los dos -ermitaños acomodaron su ropa y demás provisiones en dos envoltorios, y -equilibrando el peso lo mejor que pudieron los cargaron en el caballo -de don Alfonso. - -Anduvimos toda la noche, y cuando estábamos ya muy rendidos del -cansancio, al despuntar el día descubrimos el bosque adonde se -encaminaban nuestros pasos. La vista del puerto alegra y da vigor a los -marineros fatigados de una larga navegación; cobramos ánimo y llegamos -por fin al fin de nuestra carrera antes de salir el Sol. Penetramos -hasta lo interior del bosque, donde, haciendo alto en un delicioso -sitio, nos echamos sobre la verde hierba de un espacioso prado rodeado -de corpulentas encinas, cuyas frondosas ramas, entretejiéndose unas con -otras, negaban la entrada a los rayos del Sol. Descargamos el caballo, -quitámosle la brida y echámosle a pacer por el prado. Sentámonos, -sacamos de las alforjas del hermano Antonio algunos zoquetes de pan, -muchos pedazos de carne asada, y como unos perros hambrientos nos -abalanzamos a ellos, compitiendo unos con otros en la presteza y en -la gana de comer. Con todo eso, obligábamos al hambre a que aguardase -un poco, por los frecuentes abrazos que dábamos a la bota, que en -movimiento poco menos que continuo estaba casi siempre en el aire, -pasando de unas manos a otras. - -Acabado el almuerzo, dijo don Rafael a don Alfonso: «Caballero, a vista -de la confianza que usted me ha hecho, justo será también que yo cuente -la historia de mi vida con la misma sinceridad.» «Gran gusto me daréis -en eso», respondió el joven. «Y a mí, grandísimo--añadí yo--, porque -tengo ansia de saber vuestras aventuras, que no dudo serán dignas de -oírse.» «¡Y como que lo son!--replicó don Rafael--. Lo han sido tanto, -que pienso algún día escribirlas. Con esta obra hago ánimo de divertir -mi vejez, porque en el día todavía soy mozo y quiero añadir materiales -para aumentar el volumen. Pero ahora estamos fatigados; recuperémonos -con algunas horas de sueño. Mientras dormimos los tres, Ambrosio velará -y hará centinela para evitar toda sorpresa, que después dormirá él y -nosotros estaremos de escucha, pues aunque pienso que aquí nos hallamos -con toda seguridad, nunca sobra la precaución.» Dicho esto, se tendió -a la larga sobre la hierba; don Alfonso hizo lo mismo; yo imité a los -dos y Lamela comenzó a hacernos la guardia. - -El pobre don Alfonso, en vez de dormir, no hizo mas que pensar en -sus desgracias. Por lo que toca a don Rafael, se quedó dormido -inmediatamente; pero despertó dentro de una hora, y viéndonos -dispuestos a oírle dijo a Lamela: «Amigo Ambrosio, ahora puedes tú -ir a descansar.» «¡No, no!--respondió Lamela--. Ninguna gana tengo -de dormir; y aunque sé ya todos los sucesos de vuestra vida, son -tan instructivos para las personas de nuestra profesión, que tendré -especial gusto en oírlos contar otra vez.» Así, pues, comenzó don -Rafael la historia de su vida en los términos siguientes: - - - - - LIBRO QUINTO - - - - - CAPITULO PRIMERO - - Historia de don Rafael. - - -«Soy hijo de una comedianta de Madrid, famosa por su habilidad, pero -mucho más por sus célebres aventuras. Llamábase Lucinda. En cuanto a -mi padre, no puedo sin temeridad asegurar quién fuese. Podía muy bien -decir quién era el sujeto de distinción que cortejaba a mi madre al -tiempo que yo nací; pero esta época no es prueba convincente de que -yo le debiese el ser. Las personas de la clase de mi madre son, por -lo común, tan poco de fiar en este punto, que cuando se muestran más -inclinadas a un señor le tienen ya prevenido algún substituto por su -dinero. - -»No hay cosa como no hacer aprecio de lo que digan malas lenguas. -Mi madre, en vez de darme a criar donde ninguno me conociese, sin -hacer misterio alguno me cogía de la mano y me llevaba al teatro muy -francamente, no dándosele un pito de lo mucho que se hablaba de ella -ni de las falsas risitas que causaba sólo el verme. En fin, yo era -su ídolo y la diversión de cuantos venían a casa, los cuales no se -cansaban de hacerme mil fiestas. No parecía sino que en todos ellos -hablaba la sangre a favor mío. - -»Dejáronme pasar los doce primeros años de mi vida en todo género de -frívolos pasatiempos. Apenas me enseñaron a leer y escribir, y mucho -menos la doctrina cristiana. Solamente aprendí a cantar, bailar y tocar -un poco la guitarra. A esto se reducía todo mi saber cuando el marqués -de Leganés me pidió para que estuviese en compañía de un hijo suyo -único, poco más o menos de mi edad. Consintió en ello Lucinda con mucho -gusto, y entonces fué el tiempo en que comencé a ocuparme en alguna -cosa seria. El tal caballerito estaba tan adelantado como yo, y, fuera -de eso, no parecía haber nacido para las ciencias. Apenas conocía una -letra del abecedario, sin embargo que hacía quince meses que tenía -para esto un preceptor. Los demás maestros sacaban el mismo partido de -sus lecciones, de modo que a todos les tenía apurada la paciencia. Es -verdad que a ninguno le era lícito castigarle; antes bien, a todos les -estaba mandado expresamente le enseñasen sin mortificarle, orden que, -unida a la mala disposición del señorito para el estudio, hacía inútil -la enseñanza que se le daba. - -»Pero al maestro de leer le ocurrió un bello medio para meter miedo -al discípulo sin contravenir a la orden de su padre. Este medio fué -azotarme a mí siempre que aquél lo merecía. No me gustó el tal -arbitrio, y así, me escapé y fuí a quejarme a mi madre de una cosa tan -injusta; pero ella, aunque me quería mucho, tuvo valor para resistir a -mis lágrimas, y considerando lo decoroso y ventajoso que era para su -hijo el estar en casa de un marqués, me volvió a ella inmediatamente; y -héteme aquí otra vez en poder del preceptor. Como éste había observado -que su invención había producido buen efecto, prosiguió azotándome -en lugar de hacerlo al señorito, y para que el castigo hiciese más -impresión en él me sacudía de firme, de modo que estaba seguro de pagar -diariamente por el joven Leganés, pudiendo yo decir con toda verdad -que ninguna letra del alfabeto aprendió el hijo del marqués que no me -costase a mí cien azotes. Echen ustedes la cuenta del número a que -ascenderían éstos. - -»No eran solamente los azotes lo que tenía que aguantar en aquella -casa. Como toda la gente de ella me conocía, los criados inferiores, -hasta los mismos maritornes, me echaban en cara a cada paso mi -nacimiento. Esto llegó a aburrirme tanto que un día huí, después de -haber tenido maña para robar al preceptor todo el dinero que tenía, -el cual podía ser como unos ciento y cincuenta ducados. Tal fué la -venganza que tomé de las injustas y crueles zurras con que su merced -me había favorecido, y creo que no podía tomar otra que le fuera -más sensible. Este juego de manos lo supe hacer con tanto primor y -sutileza, que, aunque fué mi primer ensayo, dejé burladas cuantas -pesquisas se hicieron en dos días para saber quién había sido el -raterillo. Salí de Madrid y llegué a Toledo sin que ninguno fuese en mi -seguimiento. - -»Entraba entonces en mis quince años. ¡Gran gusto es hallarse un -hombre en aquella edad con dinero, sin sujeción a nadie y dueño de -sí mismo! Hice presto conocimiento con dos mozuelos, que me hicieron -listo y ayudaron a comer mis cien ducados. Juntéme también con ciertos -caballeros de la garra, los cuales cultivaron tan felizmente mis buenas -disposiciones naturales, que en poco tiempo llegué a ser uno de los más -ricos caballeros de su orden. - -»Al cabo de cinco años se me puso en la cabeza el viajar y ver tierras. -Dejé a mis cofrades, y queriendo dar principio a mis caravanas por -Extremadura, me dirigí a Alcántara; pero antes de entrar en el pueblo -hallé una bellísima ocasión de ejercitar mis talentos y no la dejé -escapar. Como caminaba a pie y cargado con mi mochila, que no pesaba -poco, me sentaba a ratos a descansar a la sombra de los árboles que -estaban a orillas del camino. Una de estas veces me encontré con dos -mozos, ambos hijos de gente de forma, los cuales estaban en alegre -conversación, al fresco, en un verde prado. Saludélos con mucha -cortesía, lo que me pareció no haberles desagradado, y con esto -entablamos luego conversación. El de más edad no llegaba a quince años, -y ambos eran muy sencillos. «Señor caminante--me dijo el más joven--, -nosotros somos hijos de dos ricos ciudadanos de Plasencia; nos entró -un gran deseo de ver el reino de Portugal, y para contentarlo cada uno -hurtó cien doblones a su padre. Caminamos a pie para que nos dure más -el dinero y podamos así ver más provincias. ¿Qué le parece a usted?» -«Si yo tuviera tanta plata--les respondí--, ¡Dios sabe a dónde iría a -dar conmigo! Recorrería con él las cuatro partes del mundo. ¡Adónde -vamos a parar! ¡Doscientos doblones! Es una suma de que nunca se verá -el fin. Si lo tenéis a bien, hijos míos--añadí--, yo os acompañaré -hasta la villa de Almoharín, adonde voy a recibir la herencia de un -tío mío, que murió después de haber vivido allí el espacio de veinte -años.» Respondiéronme los dos mozos que tendrían el mayor gusto en ir -en mi compañía. Con esto, después de haber descansado un poco todos -tres, marchamos todos juntos a Alcántara, donde entramos mucho antes de -anochecer. - -»Alojámonos todos en un mesón, pedimos un cuarto y nos dieron uno -donde había un armario que se cerraba con llave. Dijimos que se nos -dispusiese de cenar, y mientras, propuse a mis compañeritos si gustaban -que saliésemos a dar una vuelta por el pueblo. Agradóles mucho la -proposición. Guardamos nuestros hatillos en el armario, cerrámoslo y -uno de los dos jóvenes guardó la llave en la faltriquera. Salimos del -mesón, fuimos a ver algunas iglesias, y estando en la principal, fingí -de pronto que me había ocurrido un negocio de importancia, y así, dije: -«Queridos, ahora me acuerdo de que un amigo de Toledo me encargó -dijese de su parte dos palabras a un mercader que vive cerca de esta -iglesia; esperadme aquí, que voy y vuelvo en un momento.» Diciendo -esto, me aparté de ellos. Vuelvo a la posada, voime derecho al armario, -quebranto la cerradura, registro sus mochilas y encuentro sus doblones. -¡Pobres niños! Robéselos todos, sin dejarles siquiera uno para pagar -el piso de la posada. Hecho esto, salí prontamente del pueblo y tomé -el camino de Mérida, sin darme cuidado de lo que dirían ni harían las -inocentes criaturas. - -»Púsome este lance en estado de poder caminar con más comodidad. -Aunque tenía pocos años, me sentía capaz de portarme con juicio, y -puedo decir que estaba suficientemente adelantado para aquella edad. -Determiné comprar una mula, como lo hice efectivamente en el primer -lugar donde la encontré. Convertí la mochila en una maleta y empecé -a hacerme algo más el hombre de importancia. A la tercera jornada -encontré en el camino a un hombre que iba cantando vísperas a grandes -voces. Desde luego conocí que era algún sochantre. «¡Animo--le dije--, -señor bachiller, y vaya usted adelante, que lo canta de pasmo.» -«Caballero--me respondió--, soy cantor de una iglesia y quiero -ejercitar la voz.» - -»De esta manera entramos en conversación, y no tardé en conocer que -me hallaba con un hombre muy divertido y agudo. Tendría como de -veinticuatro a veinticinco años, y como él iba a pie y yo a caballo, -de propósito refrenaba la mula para ir a su paso, por el gusto de -oírle. Hablamos, entre otras cosas, de Toledo. «Tengo bien conocida -aquella ciudad--me dijo el cantor--; he estado en ella muchos años -y tengo allí algunos amigos.» «¿Y en qué calle vivía usted?», le -interrumpí. «En la calle Nueva--respondió--, donde vivía con don -Vicente de Buenagarra y don Matías del Cordel y otros dos o tres -honrados caballeros. Habitábamos y comíamos juntos y lo pasábamos -alegremente.» Sorprendíme al oírle estas palabras, porque los sujetos -que citaba eran los mismos _caballeros de la garra_ que en Toledo -me habían recibido en su nobilísima orden. «Señor cantor--exclamé -entonces--, esos ilustrísimos señores son muy conocidos míos, porque -vivimos juntos en la misma calle Nueva.» «¡Ya os entiendo!--me -respondió sonriéndose--. Eso es decir que entrasteis en la orden tres -años después que yo salí de ella.» «Dejé la compañía de aquellos -caballeros--proseguí--porque se me puso en la cabeza el viajar y -ver mundo. Pienso andar toda España, y sin duda valdré más cuando -tenga más experiencia.» «¡Acertado pensamiento!--dijo el cantor--. -Para perfeccionar el ingenio y los talentos no hay mejor escuela que -la de viajar. Por la misma razón dejé yo a Toledo, aunque nada me -faltaba en aquella ciudad. ¡Gracias a Dios, que me ha dado a conocer -a un caballero de mi orden cuando menos lo pensaba! Unámonos los -dos, caminemos juntos, hagamos una liga ofensiva y defensiva contra -el bolsillo del prójimo y aprovechemos todas las ocasiones que se -ofrezcan de mostrar nuestra habilidad.» - -»Díjome esto con tanta franqueza y gracia, que desde luego acepté la -proposición. En el mismo punto granjeó toda mi confianza, y yo la suya. -Abrímonos recíprocamente el pecho; contóme su historia y yo le dije mis -aventuras. Confióme que venía de Portalegre, de donde le había hecho -salir cierto lance malogrado por un contratiempo, obligándole a ponerse -en salvo precipitadamente bajo el traje de sopista en que le veía. -Luego que me informó de todos sus asuntos, determinamos dirigirnos a -Mérida, a probar fortuna y ver si podíamos dar allí un golpe maestro, -y después marchar a otra parte. Desde aquel instante se hicieron -comunes nuestros bienes. Es verdad que Morales--así se llamaba mi nuevo -compañero--no se hallaba en muy brillante situación. Todo su haber -consistía en cinco o seis ducados y en alguna ropa que llevaba en la -mochila; pero si yo estaba mucho mejor que él en dinero, en recompensa, -él estaba mucho más adelantado que yo en el arte de engañar a los -hombres. Montábamos los dos alternativamente en la mula, y de esta -manera llegamos en fin a Mérida. - -»Apeámonos en un mesón del arrabal. Morales se puso otro vestido que -sacó de su mochila, y fuimos a andar por la ciudad para descubrir -terreno y ver si se nos presentaba algún buen lance. Considerábamos -muy atentamente cuantos objetos se ofrecían a nuestra vista. Nos -parecíamos, como hubiera dicho Homero, a dos milanos que desde lo más -alto de las nubes tienen fijos los ojos en la tierra, acechando todos -los rincones por ver si atisban algunos polluelos para lanzarse sobre -ellos. Estábamos, en fin, esperando a que la casualidad nos trajese a -la mano alguna ocasión de ejercitar nuestra habilidad, cuando vimos en -la calle un caballero, bastante canoso, el cual, firme con la espada -en la mano, se defendía contra tres que le llevaban a mal traer. -Chocóme infinito la desigualdad del combate, y como soy naturalmente -espadachín, acudí corriendo con mi espada a ponerme al lado del -caballero, cuyo ejemplo imitó Morales, y en breve tiempo pusimos en -vergonzosa fuga a los tres enemigos que tan villanamente le habían -acometido. - -»Diónos el anciano un millón de gracias. Respondímosle cortésmente -que habíamos celebrado en extremo la dichosa casualidad que tan -oportunamente nos había proporcionado aquella ocasión de servirle, -y le suplicamos nos confiase el motivo que habían tenido aquellos -hombres para querer asesinarle. «Señores--nos respondió--, estoy muy -agradecido a vuestra generosa acción y no puedo negarme a satisfacer -vuestra curiosidad. Yo me llamo Jerónimo Miajadas; soy vecino de -esta ciudad, donde vivo de mi hacienda. Uno de los tres asesinos de -que ustedes me han librado está enamorado de mi hija y me la pidió -por medio de otro sujeto, y porque no le di mi consentimiento vino a -vengarse de mí con espada en mano.» «¿Y se podrá saber--le repliqué -yo--por qué razón negó usted su hija al tal caballero?» «Vóisela a -decir a usted--me respondió--. Tenía yo un hermano, comerciante en -esta ciudad, llamado Agustín, que hace dos meses estaba en Calatrava, -alojado en casa de Juan Vélez de la Membrilla, su corresponsal. Eran -los dos íntimos amigos; pidióle Juan Vélez mi única hija, Florentina, -para su hijo, con el fin de estrechar más y más la unión e intereses de -las dos familias. Prometiósela mi hermano, no dudando, por el cariño -que nos teníamos los dos, que yo ratificaría su promesa. Así lo hice, -porque apenas volvió Agustín a Mérida y me propuso esta boda, cuando -consentí en ella por darle gusto y no desairar su palabra. Envió el -retrato de Florentina a Calatrava; pero el pobre no pudo ver el fin de -su negociación porque se lo llevó Dios tres semanas ha. Poco antes de -morir me pidió encarecidamente que no casase a mi hija con otro que -con el hijo de su corresponsal. Ofrecíselo así, y éste es el motivo -por que se la negué al caballero que acaba de acometerme, aunque era -un partido muy ventajoso para mi casa. Yo soy esclavo de mi palabra; -por instantes estoy esperando al hijo de Juan Vélez de la Membrilla -para que sea yerno mío, aunque jamás le he visto a él ni a su padre. -Perdonen ustedes si les he cansado con relación tan prolija, lo que no -hubiera hecho a no haber querido ustedes mismos saberla.» - -»Escuchéle con la mayor atención, y adoptando el extraño pensamiento -que de repente me ocurrió, afectó quedar del todo asombrado. Alcé -los ojos al cielo, y volviéndome hacia el buen viejo le dije en tono -patético: «¿Es posible, señor Jerónimo Miajadas, que al momento -de entrar yo en Mérida haya tenido la fortuna de salvar la vida a -mi venerado suegro?» Estas palabras causaron en el viejo grande -admiración, y no fué menor la que produjeron en Morales, el cual, en el -modo de mirarme, me dió a entender que yo le parecía un gran tunante. -«¿Qué es lo que me dices?--respondió lleno de gozo el aturdido viejo--. -¿Es posible que tú seas el hijo del corresponsal de mi hermano?» «¡Sí, -señor!», le respondí con desembarazo; y abrazándole estrechamente -proseguí diciéndole: «¡Sí, señor, yo soy el dichoso mortal para quien -está destinada la amable Florentina! Pero antes de manifestaros el -gozo que me causa la honra de enlazarme con vuestra ilustre familia, -dadme licencia para que desahogue el sentimiento que renueva en mí la -dulce memoria del señor Agustín, vuestro hermano; sería yo el hombre -más ingrato del mundo si no llorase amargamente la muerte de aquel a -quien siempre me confesaré deudor de la mayor felicidad de mi vida.» -Dicho esto, volví a dar un abrazo al buen Jerónimo, saqué el pañuelo -e hice como que me enjugaba las lágrimas. Morales, que desde luego -conoció lo mucho que nos podía valer aquel embuste, quiso también -ayudarme por su parte. Fingióse criado mío y comenzó a dar muestras de -mayor sentimiento que el que yo había mostrado por la muerte del señor -Agustín, diciendo muy lastimado: «¡Ah, señor Jerónimo, y qué pérdida -ha hecho usted perdiendo a su querido hermano! ¡Era un hombre muy de -bien; el fénix de los comerciantes; un mercader desinteresado; un -mercader de buena fe; un mercader de aquellos que no se ven hoy!» - -»Tratábamos con un hombre tan sencillo como crédulo, que, lejos de -sospechar que le engañábamos, él mismo nos ayudaba a llevar adelante -nuestro enredo. «Y bien--me preguntó--, ¿y por qué no viniste -derechamente a apearte a mi casa? ¿A qué fin irte a meter en un mesón? -Entre nosotros ya están de más los cumplimientos.» «Señor--respondió -Morales, tomando la palabra por mí--, mi amo es algo ceremonioso; -tiene ese defecto, y me disculpará que yo se lo afee; fuera de que en -cierta manera es disculpable en no haberse atrevido a presentarse en -vuestra casa en el traje en que le veis. Nos han robado en el camino, y -los ladrones nos dejaron despojados de toda la ropa.» «Dice la verdad -este mozo, señor de Miajadas--le interrumpí yo--; ése es el motivo -por que no me fuí en derechura a vuestra casa. Tenía vergüenza de -presentarme en tan pobre equipaje ante una señorita a quien jamás había -visto, y para hacerlo con la decencia que era razón estaba esperando -la vuelta de un criado que he despachado a Calatrava.» «¡No admito -la excusa!--repuso el viejo--. Ese accidente no debió detenerte para -servirte de mi casa, y desde aquí mismo quiero que vayas a ser dueño de -ella.» - -»Diciendo esto, él mismo me cogió de la mano para guiarme, y por el -camino fuimos hablando del robo; y dije que todo ello me importaba -un bledo y que sólo había sentido me quitasen el retrato de mi amada -señorita Florentina. Respondióme el señor Jerónimo, sonriéndose, que -presto me consolaría de esta pérdida, porque el original valía más que -la copia. Con efecto, luego que llegamos a su casa hizo llamar a la -hija, que sólo contaba diez y seis años y podía pasar por una persona -perfecta. «Aquí tenéis--me dijo--a la persona que os prometió su tío, -mi difunto hermano.» «¡Ah, señor!--exclamé yo entonces en aire de -apasionado--. ¡No hay necesidad de decirme que es la amable señorita -Florentina! ¡Sus hechiceras facciones están grabadas en mi memoria y -mucho más en mi amante corazón! Si el retrato que perdí, y era sólo -un bosquejo de sus más que humanas perfecciones, supo encender mil -hogueras en mi enamorado pecho, ¡figuraos lo que ahora pasará dentro de -mí teniendo a la vista el original!» «Señor--me dijo Florentina--, son -demasiado lisonjeras vuestras expresiones y no soy tan vana que crea -merecerlas.» «¡No hagas caso de lo que dice mi hija--le interrumpió su -padre--y vé adelante con esos bellos cumplimientos!» Diciendo esto, me -dejó solo con su hija, y asiendo de la mano a Morales, se fué a otro -cuarto con él y le dijo: «¿Conque al fin os robaron toda vuestra ropa? -Y con ella es cosa muy natural que también se llevasen todo vuestro -dinero, que es por donde siempre empiezan.» «Sí, señor--respondió mi -camarada--. Asaltónos una cuadrilla de bandoleros junto a Castilblancov -y no nos dejó mas que el vestido que traemos a cuestas; pero estamos -esperando por momentos letras de cambio para equiparnos con la decencia -que es razón.» «Entre tanto que vienen esas letras--replicó el anciano -sacando un bolsillo y alargándoselo--, ahí van esos cien doblones, de -que podréis disponer.» «¡Jesús, señor!--replicó Morales--. Perdóneme su -merced, que yo no lo puedo recibir, porque estoy cierto que me regañará -mi amo y quizá me despedirá. ¡Santo Dios! ¡Todavía no le conoce usted -bien! Es delicadísimo en esta materia. Nunca fué de aquellos hijos -de familia que están prontos a tomar de todas manos; no le gusta, a -pesar de sus pocos años, contraer deudas, y antes pedirá limosna que -tomar prestado ni un solo maravedí.» «¡Tanto mejor!--dijo el buen -hombre--. ¡Ahora le estimo mucho más! Yo no puedo llevar con paciencia -que los hijos de gente honrada contraigan deudas; eso se deja para los -caballeros, los cuales están ya en antigua posesión de contraerlas. -Por tanto, yo no quiero estrechar a tu amo, y si le desazona el que -le ofrezcan dinero, no se hable más del asunto.» Diciendo esto, quiso -volver a meter en la faltriquera el bolsillo; pero deteniéndole el -brazo mi compañero, le dijo: «Tenga usted, señor, que ahora mismo -me ocurre un pensamiento. Es cierto que mi amo tiene una grandísima -repugnancia a tomar dinero ajeno, pero no desconfío de hacerle admitir -vuestros cien doblones; todo quiere maña. Una cosa es pedir dinero -prestado a los extraños y otra es recibirle cuando voluntariamente se -lo ofrece uno de la familia y sabe muy bien pedir dinero a su padre -cuando lo ha menester. Es un mozo que, como usted ve, sabe distinguir -de personas, y hoy considera a su merced como a su segundo padre.» - -»Con estas y otras semejantes razones se dió por convencido el buen -viejo, alargó el bolsillo a Morales y volvió a donde estábamos su -hija y yo, haciéndonos cumplimientos, con lo que interrumpió nuestra -conversación. Informó a su hija de lo muy obligado que me estaba, y -sobre esto se desahogó en expresiones que me hicieron no dudar de su -gran reconocimiento. No malogré tan favorable ocasión y le dije que la -mayor prueba de agradecimiento que podía darme era el acelerar mi unión -con su hija. Rindióse con el mayor agrado a mi impaciencia y me empeñó -su palabra de que, a más tardar, dentro de tres días sería esposo -de Florentina; y aun añadió que, en lugar de los seis mil ducados -que había ofrecido por su dote, daría diez mil, para manifestarme lo -agradecido que estaba al servicio que le había hecho. - -»Estábamos Morales y yo bien regalados en casa del buen Jerónimo -Miajadas, viviendo alegrísimos con la próxima esperanza de embolsarnos -no menos que diez mil ducados y con ánimo resuelto de retirarnos -prontamente de Mérida con ellos. Turbaba, sin embargo, algún tanto esta -alegría el recelo de que dentro de aquellos tres días podía parecer -el verdadero hijo de Juan Vélez de la Membrilla y dar en tierra con -nuestra soñada felicidad. El resultado acreditó que no era mal fundado -nuestro temor. - -»Llegó al día siguiente a casa del padre de Florentina una especie de -aldeano que traía una maleta. No me hallaba yo en casa a la sazón, pero -estaba en ella Morales. «Señor--dijo el hombre al buen viejo--, soy -criado del caballero de Calatrava que ha de ser vuestro yerno; quiero -decir, del señor Pedro de la Membrilla. Acabamos ahora de llegar los -dos, y él estará aquí dentro de un momento; yo me he adelantado para -avisárselo a su merced.» Apenas acabó de decir esto, cuando llegó su -amo, lo que sorprendió mucho al viejo y turbó algo a Morales. - -»Este señor novio, que era un mozo airoso y de los más bien formados, -dirigió la palabra al padre de Florentina; pero el buen señor no le -dejó acabar su salutación. Antes, volviéndose a mi compañero, le dijo: -«Y bien, ¿qué quiere decir esto?» Entonces Morales, a quien ninguna -persona del mundo aventajaba en descaro, tomando un aire desembarazado, -respondió prontamente al viejo: «Señor, esto quiere decir que esos -dos hombres son de la cuadrilla de los ladrones que nos robaron en -el camino real. Conózcolos a entrambos bien, pero particularmente al -que tiene atrevimiento para fingirse hijo del señor Juan Vélez de la -Membrilla.» El viejo creyó sin dudar a Morales, y persuadido de que -los dos forasteros eran unos bribones, les dijo: «Señores, ustedes -ya llegan muy tarde, porque hay quien se ha anticipado; el señor -Pedro de la Membrilla está hospedado en mi casa desde ayer.» «¡Mire -usted lo que dice!--le replicó el mozo de Calatrava--. ¡Sepa que le -engañan y que tiene en su casa a un impostor! Mi padre, el señor Juan -Vélez de la Membrilla, no tiene más hijo que yo.» «¡A otro perro con -ese hueso!--respondió el viejo--. ¡Yo sé muy bien quién eres tú! ¿No -conoces este mozo--señalando a Morales--, a cuyo amo robaste en el -camino de Calatrava?» «¡Cómo robar!--repuso Pedro--. ¡A no estar en -vuestra casa, le cortaría las orejas a ese desvergonzado, que tiene la -insolencia de tratarme de ladrón! ¡Agradézcalo a vuestra presencia, -cuyo respeto reprime mi justa ira! Señor--continuó él--, vuelvo a -deciros que os engañan; yo soy el mozo a quien el señor Agustín, su -hermano, prometió la hija de usted. ¿Quiere que le enseñe todas las -cartas que él escribió a mi padre cuando se trataba este matrimonio? -¿Creerá usted al retrato de Florentina, que me envió él poco antes de -su muerte?» «No--replicó el viejo--; el retrato no me hará más fuerza -que las cartas. Estoy bien enterado del modo con que cayó en tus manos; -y el consejo más caritativo que te puedo dar es que cuanto antes salgas -de Mérida, para librarte del castigo que merecen tus semejantes.» «¡Eso -es ya demasiado!--interrumpió el ultrajado mozo--. ¡No aguantaré jamás -que me roben impunemente mi nombre, ni mucho menos que me hagan pasar -por salteador de caminos! Conozco a varios sujetos de esta ciudad; -voy a buscarlos, y volveré con ellos a confundir la impostura que tan -preocupado os tiene contra mí.» Dicho esto, se retiró con su criado, -y Morales quedó triunfante. Esta misma aventura impelió a Jerónimo de -Miajadas a determinar que se efectuase la boda con la mayor brevedad, a -cuyo fin salió a hacer las diligencias. - -»Aunque mi compañero estaba muy alegre viendo al padre de Florentina -tan favorable a nuestro intento, con todo, no las tenía todas consigo. -Temía las consecuencias de los pasos que juzgaba, con razón, no dejaría -el señor Pedro de dar, y me esperaba con impaciencia para informarme -de todo lo que pasaba. Encontréle sumamente pensativo, y le dije: -«¿Qué tienes, amigo? Paréceme que tu imaginación está ocupada en -grandes cosas.» «¡Y como que lo está!--me respondió; y al mismo tiempo -me refirió todo lo que había pasado, añadiendo al fin--: Mira ahora -si tenía fundamento para estar pensativo. Tu temeridad nos ha metido -en estos atolladeros. No puedo negar que la empresa era famosa y te -hubiera colmado de gloria como saliera bien; pero, según todas las -señales, tendrá mal fin, y soy de parecer que antes que se descubra -el enredo pongamos los pies en polvorosa, contentándonos con la pluma -que hemos arrancado del ala de este buen pavo.» «Señor Morales--le -repliqué--, no hay que apresurarnos; usted cede fácilmente a las -dificultades y hace muy poco honor a don Matías del Cordel y a los -demás caballeros de la orden con quienes ha vivido en Toledo. Quien -aprendió en la escuela de tan insignes maestros no debe entrar en -cuidado con tanta facilidad. Yo, que quiero seguir las huellas de estos -héroes y acreditar que soy digno discípulo de su escuela, hago frente -a ese obstáculo que tanto te espanta y me obligo a desvanecerle.» «Si -lo consigues--repuso mi camarada--, desde luego declararé que superas a -todos los barones ilustres de Plutarco.» - -»Al acabar de hablar Morales entró Jerónimo de Miajadas y me dijo: -«Acabo de disponerlo todo para tu boda; esta noche serás ya yerno mío. -Tu criado te habrá contado lo sucedido. ¿Qué me dices de la infamia -de aquel bribón que me quería embocar que era hijo del corresponsal -de mi hermano?» Estaba Morales cuidadoso de saber cómo saldría yo de -este aprieto, y no quedó poco sorprendido de oírme cuando, mirando -tristemente a Miajadas, le respondí con la mayor sinceridad: «Señor, -de mí dependería manteneros en vuestro error y aprovecharme de él. -Pero conozco que no he nacido para sostener una mentira, y así, quiero -hablaros con toda verdad. Confieso que no soy hijo de Juan Vélez de -la Membrilla.» «¡Qué es lo que oigo!--interrumpió precipitadamente -el viejo entre colérico y sorprendido--. Pues qué, ¿no sois vos el -mozo a quien mi hermano?...» «Sosiéguese usted, señor--le interrumpí -yo también--, y ya que empecé una narración fiel y sincera, sírvase -oírme con paciencia hasta concluirla. Ocho días ha que amo ciegamente -a vuestra hija y su amor es el que me ha detenido en Mérida. Ayer, -después que acudí a vuestra defensa, pensaba pedírosla por esposa, -pero me tapasteis la boca con decirme que estaba ya prometida a otro. -Al mismo tiempo, me dijisteis que al morir vuestro hermano os había -encargado eficazmente que la casaseis con Pedro de la Membrilla, -que así se lo ofrecisteis y que, en fin, erais esclavo de vuestra -palabra. Consternado de oíros, y reducido mi amor a la desesperación, -me inspiró la estratagema de que me he valido. Os diré, sin embargo, -que mil veces me he avergonzado en mi interior de esta cautela; pero -me persuadí de que vos mismo me la perdonaríais luego que llegaseis -a saber que soy un príncipe italiano que viajo _incógnito_. Mi padre -es soberano de ciertos valles que están entre los suizos, el Milanés -y la Saboya. Y aun me imaginaba que os sorprendería agradablemente -cuando os revelase mi nacimiento, y desde entonces me recreaba en -pensar el gozo que causaría a Florentina el saber, después de haberme -desposado con ella, el fino y discreto chasco que le había dado. ¡El -Cielo no quiere--proseguí, mudando de tono--que yo tenga tanto placer! -Pareció el verdadero Pedro de la Membrilla; debo restituirle su nombre, -cuésteme lo que me costare. Vuestra promesa os obliga a recibirle -por yerno. Lo siento, sin poder quejarme, pues debéis preferirle a -mí, sin reparar en mi alta clase ni en la cruel situación a que vais -a reducirme. No quiero representaros que vuestro hermano no era mas -que tío de Florentina y que vos sois su padre, que parece más puesto -en razón corresponder a la obligación que me tenéis que hacer punto -en cumplir otra, la cual a la verdad os liga muy levemente.» «¿Qué -duda tiene eso?--exclamó el buen Jerónimo de Miajadas--. ¡Es una cosa -muy clara! Y así, estoy muy lejos de vacilar entre vos y Pedro de la -Membrilla. Si viviera mi hermano Agustín, él mismo desaprobaría que -prefiriese el tal Pedro a un hombre que me salvó la vida y que, además -de eso, es un príncipe que quiere honrar mi familia con tan no merecida -como nunca imaginada alianza. ¡Sería preciso que yo fuese enemigo de -mi fortuna o hubiese perdido el juicio para que os negase mi hija y no -solicitase todo lo posible la más pronta ejecución de este matrimonio!» -«Con todo eso, señor--repliqué yo--, no quisiera que usted partiese con -precipitación. No haga nada sin deliberarlo con madurez; atienda sólo a -sus intereses y sin respeto a la nobleza de mi sangre...» «¡Os burláis -de mí!--interrumpió Miajadas--. ¿Debo vacilar un momento? ¡No, príncipe -mío, y os ruego que desde esta misma noche os dignéis honrar con -vuestra mano a la dichosa Florentina!» «¡Enhorabuena!--le respondí--. -Id vos mismo a darle esta noticia y a informarla de su venturosa -suerte.» - -»Mientras el buen hombre iba a dar parte a su hija de la conquista que -había hecho su hermosura, no menos que de un gran príncipe, Morales, -que había estado oyendo toda la conversación, se arrodilló de repente -delante de mí y me dijo: «¡Señor príncipe italiano, hijo del soberano -de los valles que están entre los suizos, el Milanés y la Saboya! -¡Permítame vuestra alteza que me arroje a sus pies para darle prueba -de mi alegría y de mi pasmosa admiración! ¡A fe de bribón que eres un -prodigio! Teníame yo por el mayor hombre del mundo; pero, hablando -francamente, arrío bandera a vista de tu pabellón, sin embargo de que -tienes menos experiencia que yo.» «Según eso--le respondí--, ¿ya no -tienes miedo?» «¡Cierto que no!--replicó él--. No temo ya al señor -Pedro. ¡Que venga ahora su merced cuando quisiere!» Y hétenos aquí a -Morales y a mí más firmes en nuestros estribos. Comenzamos a discurrir -sobre el camino que habíamos de tomar así que recibiésemos la dote, -con la cual contábamos con más seguridad que si la tuviéramos ya en el -bolsillo. Sin embargo, todavía no la habíamos pillado, y el fin de la -aventura no correspondió muy bien a nuestra confianza. - -»Poco tiempo después vimos venir al mocito de Calatrava. Acompañábanle -dos vecinos y un alguacil, tan respetable por sus bigotes y su -tez amulatada como por su empleo. Estaba con nosotros el padre de -Florentina. «Señor Miajadas--le dijo el tal mozo--, aquí os traigo a -estos tres hombres de bien, que me conocen y pueden decir quién soy.» -«Sí por cierto--dijo el alguacil--; y declaro ante quien convenga cómo -yo te conozco muy bien; te llamas Pedro y eres hijo único de Juan -Vélez de la Membrilla. ¡Cualquiera que se atreva a decir lo contrario -es un solemnísimo embustero!» «Señor alguacil--dijo entonces el buen -Jerónimo Miajadas--, yo le creo a usted; para mí es tan sagrado -vuestro testimonio como el de los señores mercaderes que vienen en -vuestra compañía. Estoy del todo convencido de que este caballerito -que los ha conducido a mi casa es hijo del corresponsal de mi difunto -hermano. Pero ¿qué me importa? He mudado de dictamen y ya no pienso -darle mi hija.» «¡Oh, eso es otra cosa!--dijo el alguacil--. Yo sólo he -venido a vuestra casa para aseguraros que conocía a este hombre. Por lo -que toca a vuestra hija, vos sois su padre y ninguno os puede obligar -a casarla contra vuestra voluntad!» «Tampoco pretendo yo--interrumpió -Pedro--forzar la voluntad del señor Miajadas, que puede disponer de -su hija como tenga por conveniente; pero desearía saber por qué razón -ha variado de parecer. ¿Tiene algún motivo para quejarse de mí? ¡Ah, -ya que pierdo la dulce esperanza de ser su yerno, quisiera tener el -consuelo de saber que no la perdí por culpa mía!» «No tengo la menor -queja de vos--respondió el viejo--; antes bien, os confesaré que siento -verme obligado a faltar a mi palabra y os pido mil perdones. Vos sois -tan generoso, que me persuado no llevaréis a mal que yo haya preferido -a vos un pretendiente a quien debo la vida. Este es el caballero que -veis aquí. Este señor--prosiguió, señalándome--es el que me salvó de un -gran peligro, y para mayor disculpa mía debo añadir que es un príncipe -italiano que, a pesar de la desigualdad de nuestra clase, se digna -enlazar con Florentina, de la cual está enamorado.» - -»Al oír esto, Pedro se quedó mudo y confuso, y los dos mercaderes, -abriendo tanto ojo, quedaron como absortos; pero el alguacil, como -acostumbrado a mirar las cosas por el mal lado, sospechó que detrás -de aquella extraordinaria aventura se ocultaba algún enredo que le -podía valer algunos cuartos. Empezó a mirarme con la más escrupulosa -atención, y como mis facciones, que nunca había visto, ayudaban -poco a su buena voluntad, se volvió a examinar a mi camarada con -igual curiosidad. Por desgracia de mi alteza, conoció a Morales, -y acordándose de haberle visto en la cárcel de Ciudad Real, «¡Ah! -¡Ah!--exclamó sin poderse contener--. ¡He aquí uno de nuestros -parroquianos! ¡Me acuerdo de este caballero y os le doy por uno de los -mayores bribones que calienta el sol de España en todos sus reinos y -señoríos!» «¡Poco a poco, señor alguacil--dijo Jerónimo Miajadas--, -que ese pobre mozo, de quien hacéis tan mal retrato, es un criado del -señor príncipe!» «¡Sea en buen hora!--respondió--. ¡Eso me basta para -saber lo que debo creer! ¡Por el criado saco yo lo que será el amo! -¡No me queda la menor duda de que estos dos señores son dos pícaros -de marca que se han unido para burlarse de vos! Soy muy práctico en -conocer esta casta de pájaros, y para haceros ver que son dos lindas -ganzúas, en el mismo punto voy a llevarlos a la cárcel. ¡Quiero que se -aboquen con el señor corregidor para que tengan con él una conversación -reservada y sepan de la boca de su señoría que todavía se usan por acá -penques y rebenques!» «¡Alto ahí, señor ministro!--replicó el viejo--. -¡No hay que llevar tan adelante el negocio! Los del hábito de usted no -tienen reparo en mortificar a una persona honrada. ¿No podrá ser este -criado un bribón sin que el amo lo sea? ¿Es por ventura cosa nueva ver -bribones al servicio de los príncipes?» «¡Usted se chancea con sus -príncipes!--repuso el alguacil--. Este mozo, vuelvo a decir, es un -tunante, y así, desde ahora les intimo a los dos que se den _presos al -rey_. Si rehusan ir voluntariamente a la cárcel, veinte hombres tengo a -la puerta que los llevarán por fuerza. ¡Vamos, príncipe mío--me dijo en -seguida--; vamos andando!» - -»Al oír estas palabras quedé todo fuera de mí, y lo mismo sucedió a -Morales; y nuestra turbación nos hizo sospechosos a Jerónimo Miajadas, -o, por mejor decir, nos perdió enteramente en su concepto. Bien se -persuadió de que habíamos querido engañarle, y con todo eso tomó en -esta ocasión el partido que debe tomar una persona delicada. «Señor -ministro--dijo al alguacil--, vuestras sospechas pueden ser falsas -y también verdaderas; pero sean lo que fueren, no apuremos más la -materia. Os suplico que no impidáis que estos caballeros salgan y -se retiren a donde mejor les pareciere. Es una gracia que os pido -para cumplir con la obligación que les debo.» «La mía--interrumpió -el alguacil--sería llevarlos a la cárcel sin atención a vuestros -ruegos. Sin embargo, por respeto vuestro, quiero dispensarme ahora -del cumplimiento de mi deber, con la condición de que en este mismo -momento han de salir de la ciudad. ¡Porque si mañana los veo en ella, -les aseguro por quien soy que han de ver lo que les pasa!» - -»Cuando Morales y yo oímos decir que estábamos libres, volvimos a -respirar. Quisimos hablar con resolución y sostener que éramos hombres -de honor; pero el alguacil, con una mirada de soslayo, nos impuso -silencio. No sé por qué esta gente tiene ascendiente sobre nosotros. -Vímonos, pues, precisados a ceder Florentina y la dote a Pedro de la -Membrilla, que verosímilmente pasó a ser yerno de Jerónimo de Miajadas. - -»Retiréme con mi camarada y tomamos el camino de Trujillo, con el -consuelo de haber a lo menos ganado cien doblones en esta aventura. -Una hora antes de anochecer pasábamos por una aldea, con ánimo de ir a -hacer noche más adelante, y vimos en ella un mesón de bastante buena -apariencia para aquel lugar. Estaban el mesonero y la mesonera sentados -a la puerta, en un poyo. El mesonero, hombre alto, seco y ya entrado -en días, estaba rascando una guitarra para divertir a su mujer, que -mostraba oírle con gusto. Viendo el mesonero que pasábamos de largo, -«¡Señores--nos gritó--, aconsejo a ustedes que hagan alto en este -lugar! Hay tres leguas mortales a la primera posada, y créanme que no -lo pasarán tan bien como aquí. ¡Entren ustedes en mi casa, que serán -bien tratados y por poco dinero!» Dejámonos persuadir. Acercámonos más -al mesonero y a la mesonera, saludámoslos, y habiéndonos sentado junto -a ellos, nos pusimos todos cuatro a hablar de cosas indiferentes. El -mesonero decía que era cuadrillero de la Santa Hermandad, y la mesonera -tenía pinta de ser una buena pieza que sabía vender bien sus agujetas. - -»Interrumpió nuestra conversación la llegada de doce o quince -hombres, montados unos en caballos y otros en mulas, seguidos de como -unos treinta machos de carga. «¡Oh cuántos huéspedes!--exclamó el -mesonero--. ¿Dónde podré yo alojar a tanta gente?» En un instante se -vió la aldea llena de hombres y de caballerías. Había, por fortuna, una -espaciosa granja cerca del mesón, en la que se acomodaron los machos y -cargas, y las mulas y caballos se repartieron en varias caballerizas -del mesón y del lugar. Los hombres pensaron menos en dónde habían de -dormir que en mandar disponer una buena cena, la que se ocuparon en -hacer el mesonero, la mesonera y una criada, dando fin de todas las -aves del corral. Con esto, y un guisado de conejo y de gato y una -abundante sopa de coles, hecha con carnero, hubo para toda la comitiva. - -»Morales y yo mirábamos a aquellos caballeros, los cuales también nos -miraban a nosotros de cuando en cuando. En fin, trabamos conversación -y les dijimos que si lo tenían a bien cenaríamos en compañía; y -habiéndonos respondido que tendrían en ello particular gusto, nos -sentamos todos juntos a la mesa. Entre ellos había uno que parecía -mandaba a los demás, y aunque éstos le trataban con bastante -familiaridad, sin embargo, se conocía que le miraban con algún respeto. -Lo cierto es que ocupaba siempre el lugar más distinguido, que hablaba -alto, que algunas veces contradecía a los otros sin reparo y que, lejos -de hacer lo mismo con él, más bien parecía que todos se adherían a su -dictamen. La conversación recayó casualmente sobre Andalucía, y como -Morales comenzase a alabar mucho a Sevilla, el hombre de quien voy -hablando le dijo: «Caballero, usted hace el elogio de la ciudad donde -yo nací, o a lo menos muy cerca de ella, porque mi madre me dió a luz -en el arrabal de Mairena.» «En el mismo me parió la mía--respondió -Morales--, y no es posible que yo deje de conocer a los parientes -de usted, conociendo desde el alcalde hasta la última persona del -arrabal. ¿Quién fué su señor padre?» «Un honrado escribano--respondió -el caballero--llamado Martín Morales.» «¡Martín Morales!--exclamó -mi compañero, no menos alegre que sorprendido--. ¡A fe mía que la -aventura es bien extraña! Según eso, sois mi hermano mayor, Manuel -Morales.» «Justamente--respondió el otro--, y, por consiguiente, tú -eres mi hermanico Luis, a quien dejé en la cuna cuando salí de la casa -paterna.» «Ese es mi nombre», replicó mi camarada; y dicho esto, se -levantaron los dos de la mesa y se dieron mil abrazos. Volviéndose -después el señor Manuel a todos los que estábamos presentes, dijo: -«Señores, este suceso tiene algo de maravilloso. La casualidad dispone -que encuentre y reconozca a un hermano a quien ha por lo menos más de -veinte años que no he visto; dadme licencia para que os lo presente.» -Entonces todos los caballeros, que por cortesía estaban en pie, -saludaron al hermano menor de Morales y le dieron repetidos abrazos. -Después de esto, nos volvimos a la mesa, la que no dejamos en toda -la noche. Los dos hermanos se sentaron uno junto a otro y estuvieron -hablando en voz baja de las cosas de su familia, mientras los demás -convidados bebíamos y nos alegrábamos. - -»Tuvo Luis una larga conversación con su hermano Manuel, y concluída, -me llamó aparte y me dijo: «Todos estos caballeros son criados del -conde de Montaños, a quien el rey acaba de nombrar virrey de Mallorca. -Conducen el equipaje de su amo a Alicante, donde deben embarcarse. -Mi hermano, que es el mayordomo de Su Excelencia, me ha propuesto -llevarme consigo, y a vista de la repugnancia que le mostré de dejar tu -compañía, me dijo que si tú quieres venir con nosotros te facilitará un -buen empleo. Caro amigo--continuó él--, te aconsejo que no desprecies -este partido. Vamos juntos a Mallorca; si allí lo pasamos bien, nos -quedaremos, y si no nos tuviere cuenta nos volveremos a España.» - -»Admití con gusto la propuesta; incorporámonos el joven Morales y -yo con la familia del conde y partimos del mesón antes del amanecer -del día siguiente. Pusímonos en camino para Alicante, yendo a largas -jornadas. Luego que llegamos, compré una guitarra y me mandé hacer un -vestido decente antes de embarcarme. Ya no pensaba yo sino en la isla -de Mallorca, y lo mismo sucedía a mi camarada Morales. Parecía que -ambos habíamos renunciado para siempre a la vida bribona. Es preciso -decir la verdad: uno y otro queríamos acreditarnos de hombres de bien -entre aquellos caballeros, y este respeto nos contenía. En fin, nos -embarcamos alegremente, lisonjeándonos con la esperanza de llegar -presto a Mallorca; pero no bien habíamos salido del golfo de Alicante, -cuando nos cogió una furiosa borrasca. ¡Qué ocasión tan buena era ésta -para hacer ahora una bellísima descripción de la tempestad, pintándoos -el aire todo inflamado, la viva luz de los relámpagos, el estampido de -los truenos, la rápida caída de los rayos, el silbido de los vientos y -la hinchazón de las olas, etc.! Pero dejando a un lado todas las flores -retóricas, os diré sencillamente que fué tan recia la tormenta, que nos -obligó a ancorar en la punta de la Cabrera, que es una isla desierta, -defendida con un fortín, cuya guarnición consistía entonces en cinco o -seis soldados y un oficial, que nos recibió con mucho agasajo. - -»Como nos veíamos precisados a detenernos allí muchos días para -componer nuestro velamen, procuramos pasar el tiempo en diferentes -diversiones para evitar el fastidio. Siguiendo cada uno su inclinación, -unos jugaban a los naipes; otros, a la pelota, etc.; yo me iba a pasear -por la isla con otros compañeros amantes del paseo. Saltábamos de -peñasco en peñasco, porque el terreno es desigual y tan pedregoso que -apenas se descubría en él un palmo de tierra. Un día que considerando -aquellos lugares áridos y secos estábamos admirando los caprichos de -la Naturaleza, que es fecunda o estéril donde le da la gana, sentimos -todos de repente un olor muy grato que nos dejó sorprendidos. Lo -quedamos mucho más cuando volviéndonos hacia el Oriente, de donde -venía aquella fragancia, vimos un campo todo cubierto de madreselva, -más hermosa y odorífera que la de Andalucía. Acercámonos gustosos a -aquellos bellísimos arbustos, que perfumaban el aire circunvecino, -y hallamos que cercaban la entrada de una caverna muy profunda. Era -ésta ancha y poco sombría; bajamos a ella por una escalera o caracol -de piedra adornado de flores que primorosamente guarnecían sus lados. -Cuando estuvimos abajo, vimos serpentear, sobre un suelo de arena -más roja que el oro, varios arroyuelos, formados de las gotas que -destilaban continuamente los peñascos y se perdían en la misma arena. -Pareciónos tan clara y cristalina el agua, que nos dió gana de beberla, -y la hallamos tan fresca y delgada, que resolvimos volver a este lugar -al día siguiente, llevando con nosotros algunas botellas de vino, -persuadidos de que lo beberíamos allí con gusto. - -»Dejamos con sentimiento un sitio tan delicioso, y cuando nos -restituímos al fuerte ponderamos a nuestros camaradas la noticia de -tan feliz descubrimiento; pero el comandante del fuerte nos dijo que -nos advertía en amistad que por ningún caso volviésemos a la cueva de -que tan enamorados habíamos quedado. «¿Y eso por qué?--le pregunté -yo--. ¿Hay por ventura algo que temer?» «Y mucho--me respondió--. Los -corsarios de Argel y de Trípoli vienen algunas veces a esta isla y -hacen aguada en ese paraje, y uno de estos días sorprendieron en él a -dos soldados y los llevaron esclavos.» Por más seriedad con que nos lo -decía el oficial, no le quisimos creer. Parecíanos que se zumbaba, y al -día siguiente volví yo a la caverna con tres caballeros de la comitiva, -y de intento no quisimos llevar armas de fuego, para mostrar que no -teníamos el más mínimo temor. Morales no quiso venir con nosotros y se -quedó jugando con su hermano y otros del castillo. - -»Bajamos al hondo de la cueva como el día anterior y pusimos a -refrescar las botellas de vino en uno de los arroyuelos. A lo mejor -que estábamos bebiendo, tocando la guitarra y divirtiéndonos con mucha -algazara y alegría, vimos a la boca de la caverna muchos hombres con -bigotes, turbantes y vestidos a la turca. Juzgamos al pronto que -eran algunos del navío, que juntamente con el comandante se habían -disfrazado para chasquearnos. Creídos de esto nos echamos a reír y -dejamos bajar hasta diez de ellos sin pensar en defendernos; pero -presto quedamos tristemente desengañados viendo ser un pirata que -venía con su gente a esclavizarnos. «¡Rendíos, perros--nos dijo en -lengua castellana--, o aquí moriréis todos!» Al mismo tiempo nos -pusieron al pecho las carabinas los que con él venían y que a la menor -resistencia las hubieran disparado. Preferimos la esclavitud a la -muerte y entregamos las espadas al pirata. Nos hizo cargar de cadenas, -nos llevaron a su buque, que no estaba muy distante, levaron anclas, -hiciéronse a la vela y singlaron hacia Argel. - -»De este modo fuimos justamente castigados del poco aprecio que -hicimos del aviso del comandante del fuerte. La primera cosa que hizo -el corsario fué registrarnos y quitarnos cuanto dinero llevábamos. -¡Gran golpe de mano para él! Los doscientos doblones del mercader de -Plasencia, los ciento que Jerónimo Miajadas había dado a Morales, y que -por desgracia llevaba yo conmigo, todo lo arrebañó sin misericordia. -Los bolsillos de mis camaradas tampoco estaban mal provistos. En -suma, el pirata hizo una buena pesca, de lo que estaba muy contento; -y el grandísimo bergante, no bastándole haberse apoderado de todo -nuestro dinero, comenzó a insultarnos con bufonadas, que no eran mucho -menos sensibles que la dura necesidad de aguantarlas. Después de mil -impertinentes truhanadas, y para mofarse de nosotros de otro modo, -mandó traer las botellas que habíamos puesto a refrescar y comenzó a -vaciarlas todas, ayudándole sus gentes y repitiendo a nuestra salud -muchos brindis por irrisión. - -»Durante este tiempo mis camaradas mostraban un semblante que daba -a entender lo que interiormente pasaba en ellos. Se les hacía tanto -más doloroso el cautiverio cuanto más alegre era la idea de ir a la -isla de Mallorca. Por lo que a mí toca, tuve valor para tomar desde -luego mi determinación, y menos apesadumbrado que los otros, no sólo -trabé conversación con nuestro capitán mofador, sino que le ayudé yo -mismo a llevar adelante la zumba, cosa que le cayó muy en gracia. -«Oye, mozo--me dijo--, me gusta tu buen humor y tu genio; y si bien se -considera, en vez de gemir y suspirar, lo mejor es armarse de paciencia -y acomodarse con el tiempo. Tócanos una buena tocata--añadió, viendo -que yo llevaba una guitarra--; veamos a lo que llega tu habilidad.» -Mandó que me desatasen los brazos, y al punto comencé a tocar, de tal -modo que merecí sus aplausos; bien es verdad que yo no manejaba mal -este instrumento. También me hizo cantar, y no quedó menos satisfecho -de mi voz; todos los turcos que había en el bajel mostraron con gestos -de admiración el placer con que me habían oído, por lo que conocí que -en materia de música no carecían de gusto. El pirata se arrimó a mí -y me dijo al oído que sería un esclavo afortunado y que podía estar -cierto de que mis talentos me proporcionarían un destino que haría muy -llevadera la esclavitud. - -»Estas palabras me consolaron algo; pero, por más halagüeñas que -fuesen, no dejaba de inquietarme el empleo que el pirata me había -pronosticado y temía que no fuese de mi aceptación. Al llegar al puerto -de Argel vimos una multitud de personas que había acudido para vernos, -y sin que aún hubiésemos saltado en tierra hicieron resonar el aire con -mil gritos de alegría y alborozo. Acompañaba a éstos un confuso rumor -de trompetas, flautas moriscas y otros instrumentos del uso de aquella -gente y que causaban un estruendo desentonado más que una música -apacible. Aquella extraordinaria algazara nacía de la falsa noticia -que se había esparcido por la ciudad de que el renegado Mahometo--que -así se llamaba nuestro pirata--había muerto peleando con una gruesa -embarcación genovesa, y todos sus parientes y amigos, informados de su -regreso, acudían a darle muestras de su regocijo. - -»Luego que desembarcamos, a mí y a mis compañeros nos llevaron al -palacio del bajá Solimán, donde un escribano cristiano nos examinó -a cada uno en particular, preguntándonos el nombre, edad, patria, -religión y habilidad. Entonces Mahometo, mostrándome al bajá, le -ponderó mi voz y mi destreza en tocar la guitarra. No hubo menester -más Solimán para determinarse a tomarme a su servicio, y desde aquel -punto quedé reservado para su serrallo, adonde me condujeron para -instalarme en el empleo que me estaba destinado. Los demás cautivos -fueron llevados a la plaza mayor y vendidos según costumbre. Verificóse -lo que Mahometo me había pronosticado en el bajel, porque, ciertamente, -fuí muy afortunado. No me entregaron a las guardias de las mazmorras -ni me destinaron a trabajar en las obras públicas; antes bien, mandó -Solimán, por aprecio particular, que me agregasen en cierto sitio -privado a cinco o seis esclavos de distinción, cuyo rescate se esperaba -presto y a quienes no se empleaba sino en trabajos ligeros, y se me -encargó el cuidado de regar en los jardines las flores y los naranjos. -No podía tener yo una ocupación más suave, y por eso di gracias a mi -estrella, presintiendo, sin saber por qué, que no sería desgraciado al -servicio de Solimán. - -»Este bajá--porque es necesario que haga su retrato--era un hombre de -cuarenta años, bien plantado, muy atento, y aun muy galán para turco. -Tenía por favorita una cachemiriana que por su talento y hermosura se -había hecho dueña de él. Idolatraba en ella y no pasaba día en que no -la festejase con alguna diversión nueva; unas veces era un concierto de -voces y de instrumentos; otras, una comedia a la turca, es decir, unos -dramas en los cuales no se tenía más respeto al pudor y al decoro que a -las reglas de Aristóteles. La favorita, que se llamaba Farrukhnaz, era -apasionadísima a semejantes espectáculos, y aun algunas veces mandaba -a sus criadas representar piezas árabes en presencia del bajá. Ella -misma solía también hacer su papel, y lo ejecutaba con tal viveza y -tanta gracia, que hechizaba a todos los espectadores. Un día en que yo -asistí a una de estas funciones mezclado entre los músicos me mandó -Solimán que en un intermedio cantase y tocase solo la guitarra. Hícelo -así, y tuve la fortuna de darle tanto gusto, que no sólo me aplaudió -con palmadas, sino de viva voz, y la favorita, a lo que me pareció, me -miró con ojos favorables. - -»El día siguiente por la mañana, estando yo regando los naranjos en -los jardines, pasó junto a mí un eunuco que, sin detenerse ni hablar -palabra, dejó caer a mis pies un billete. Recogíle prontamente, con -una turbación mezclada de alegría y de temor; echéme a la larga en -el suelo, por que no me viesen desde las ventanas del serrallo, y -ocultándome detrás de los naranjos le abrí presuroso. Hallé dentro -de él un preciosísimo brillante y escritas en buen castellano estas -palabras: «Joven cristiano, da mil gracias al Cielo por tu esclavitud. -El amor y la fortuna la harán feliz; el amor, si te muestras sensible -a los atractivos de una persona hermosa; y la fortuna, si tienes valor -para arrostrar todo género de peligros.» - -»No dudé ni un solo momento que el billete era de la sultana favorita; -el brillante y el estilo me lo persuadían. Además de que nunca fuí -cobarde, la vanidad de verme favorecido de la dama de un gran príncipe, -y sobre todo la esperanza de conseguir de ella cuatro veces más dinero -del que me era menester para mi rescate, me determinaron a tentar -esta nueva aventura, a costa de cualquier riesgo. Proseguí, pues, -en mi ocupación, pensando siempre en el modo que podría tener para -introducirme en el cuarto de Farrukhnaz, o, por mejor decir, en los -arbitrios que ella discurriría para abrirme este camino, pareciéndome, -y con fundamento, que no se contentaría con lo hecho y que ella misma -se adelantaría a librarme de este cuidado. Con efecto, no me engañé; -de allí a una hora volvió a pasar junto a mí el mismo eunuco de antes -y me dijo: «Cristiano, ¿has hecho tus reflexiones? ¿Tendrás valor -para seguirme?» Respondíle que sí. «Pues bien--añadió él--, el Cielo -te guarde. Mañana por la mañana te volveré a ver; está dispuesto para -dejarte conducir.» Y dicho esto, se retiró. Efectivamente, al día -siguiente, a cosa de las ocho de la mañana, se dejó ver y me hizo señal -de que le siguiese. Obedecí, y me condujo a una sala donde había un -gran rollo de lienzo pintado, que acababan de traer él y otro eunuco -para llevarlo a la cámara de la sultana y había de servir para la -decoración de una comedia árabe que ella tenía dispuesta para divertir -al bajá. - -»Los dos eunucos, viéndome dispuesto a hacer todo lo que quisiesen, no -perdieron tiempo. Desarrollaron el telón, hiciéronme tender a la larga -en medio de él y lo arrollaron otra vez, volviéndome y revolviéndome -dentro del mismo con peligro de sofocarme. Cogiéronlo cada uno de un -extremo, y de esta manera me introdujeron sin riesgo en el cuarto -donde dormía la bella cachemiriana. Estaba sola con una esclava vieja -enteramente dedicada a darle gusto. Desenvolvieron ambas el telón, -y Farrukhnaz, luego que me vió, mostró una alegría que manifestaba -bien el carácter de las mujeres de su país. En medio de mi natural -intrepidez, confieso que, cuando me vi de repente transportado al -cuarto secreto de las mujeres, sentí cierto terror. Conociólo muy bien -la favorita, y para disiparlo me dijo: «No temas, cristiano, porque -Solimán acaba de marchar a su casa de recreo, donde se detendrá todo el -día, y nosotros hablaremos aquí libremente.» - -»Animáronme estas palabras y me hicieron cobrar un espíritu y seguridad -que acrecentó el contento de mi patrona. «Esclavo--me dijo--, tu -persona me ha agradado y quiero hacerte más suave el rigor de la -esclavitud. Te considero muy digno de la inclinación que te he tomado. -Aunque te veo en el traje de esclavo, descubro en tus modales un aire -noble y galán que me obliga a creer no eres persona común. Háblame con -toda confianza y díme quién eres. Sé muy bien que los esclavos bien -nacidos ocultan su condición para que les cueste menos el rescate, -pero conmigo no debes gastar ese disimulo, y aun me ofendería mucho -semejante precaución, pues que te prometo tu libertad. Sé, pues, -sincero, y confiésame que no te criaste en pobres pañales.» «Con -efecto, señora--le respondí--, correspondería ruinmente a vuestra -generosa bondad si usara con vos de artificio. Ya que tenéis empeño en -que os descubra quién soy, voy a obedeceros. Soy hijo de un grande de -España.» Quizá decía en esto la verdad; por lo menos la sultana así lo -creyó, y dándose a sí misma el parabién de haber puesto los ojos en un -hombre ilustre, me aseguró que haría todo lo posible para que los dos -nos viésemos a solas con frecuencia. Tuvimos una larga conversación. -En mi vida he tratado con mujer de mayor talento y atractivo. Sabía -muchas lenguas, y sobre todo la castellana, que hablaba medianamente. -Cuando le pareció que era tiempo de separarnos, me hizo meter en un -gran cestón de juncos, cubierto con un repostero de seda trabajado -por su misma mano, y llamando a los mismos eunucos que me habían -introducido les entregó aquella carga, como un regalo que ella enviaba -al bajá, lo que es tan sagrado entre los que hacen la guardia al cuarto -de las mujeres que ninguno tiene la osadía de mirarlo. - -»Hallamos Farrukhnaz y yo otros varios arbitrios para hablarnos, y la -amable sultana poco a poco me fué inspirando tanto amor hacia ella como -ella me lo tenía a mí. Dos meses estuvieron ocultas nuestras amorosas -visitas, sin embargo de ser cosa muy difícil que en un serrallo -se escapen por largo tiempo a los ojos de tantos Argos; pero un -contratiempo desconcertó nuestras medidas y mudó enteramente de aspecto -mi fortuna. Un día en que entré en el cuarto de la sultana metido -dentro de un dragón artificial que se había hecho para un espectáculo, -cuando estaba yo hablando con ella, creído de que Solimán se hallaba -aún fuera, entró éste tan de repente en el cuarto de su favorita, -que la esclava no tuvo tiempo de avisarnos, y mucho menos yo para -ocultarme, y así, fuí el primero que se ofreció a los ojos del bajá. - -»Mostróse sumamente admirado de verme en aquel sitio; y sucediendo -en un momento la ira a la admiración, arrojaban fuego sus ojos, -despidiendo llamas de indignación y furor. Consideré entonces que era -llegada la última hora de mi vida y me imaginaba ya en medio de los más -crueles tormentos. Por lo que toca a Farrukhnaz, conocí que también -estaba sobresaltada; pero en vez de confesar su delito y pedir perdón -de él, dijo a Solimán: «Señor, suplícoos no me condenéis antes de -oírme. Confieso que todas las apariencias me condenan y me representan -infiel y traidora a vos, y, por consiguiente, merecedora de los más -horrorosos castigos. Yo misma hice venir a mi cuarto a este cautivo, y -para introducirle en él me valí de los mismos artificios que pudiera -usar si estuviera ciegamente enamorada de su persona. Sin embargo de -eso, a pesar de todas estas exterioridades, pongo por testigo al gran -Profeta de que no os he sido desleal. Quise hablar con este esclavo -cristiano para persuadirle a que dejase su secta y abrazase la de los -verdaderos creyentes. Al principio, encontré en él la resistencia que -aguardaba; mas al fin he desvanecido sus preocupaciones, y en este -punto me estaba dando palabra de que se hará mahometano.» - -»Confieso que era obligación mía desmentir a la favorita, sin respeto -alguno al peligro en que me hallaba; pero turbada la razón en aquel -lance y acobardado el espíritu a vista del riesgo que corría mi vida -y la de una dama a quien amaba, me quedé confuso y cortado. No tuve -valor para articular una palabra; y persuadido Solimán por mi silencio -de que era verdad cuanto había dicho la sultana, depuso su ira y le -dijo: «Quiero creer que no me has ofendido y que el celo de hacer una -cosa que fuese grata al Profeta te movió a arriesgarte a una acción -tan delicada. Por eso te disculpo tu imprudencia, con tal que el -esclavo tome el turbante en este mismo punto.» Inmediatamente hizo -venir a su presencia un morabito. Vistiéronme a la turca, y yo les dejé -hacer cuanto quisieron sin la menor resistencia, o, por mejor decir, -ni yo mismo sabía lo que me hacían en aquella turbación de todas mis -potencias. ¡Cuántos cristianos hubieran sido tan cobardes como yo en -esta ocasión! - -»Concluída la ceremonia, salí del serrallo, con el nombre de Sidy Haly, -a tomar posesión de un empleo de poca monta a que Solimán me destinó. -No volví a ver a la sultana, pero uno de sus eunucos vino a buscarme -cierto día y de su parte me entregó una porción de piedras preciosas, -estimadas en dos mil _sultaninos de oro_, y juntamente un billete, en -que me aseguraba que jamás olvidaría la generosa complacencia con que -me había hecho mahometano por salvarle la vida. Con efecto, además de -los regalos que había recibido de la bella Farrukhnaz, conseguí por su -mediación otro empleo de más importancia que el primero, de manera que -en menos de seis a siete años me hallé el renegado más rico de todo -Argel. - -»Ya habrán conocido ustedes que si yo concurría a las oraciones -que hacían los musulmanes en sus mezquitas y practicaba las demás -ceremonias de su ley, era todo una mera ficción. Por lo demás, estaba -firmemente resuelto a volver a entrar en el seno de la Iglesia, para lo -que pensaba retirarme algún día a España o Italia con las riquezas que -hubiese juntado. Mientras tanto, vivía muy alegremente. Estaba alojado -en una hermosa casa, tenía jardines magníficos, multitud de esclavos y -un serrallo bien abastecido de mujeres bonitas. Aunque el uso del vino -está prohibido en aquella tierra a los mahometanos, sin embargo, pocos -moros dejan de beberlo secretamente. Yo, por lo menos, lo bebía sin -escrúpulo, como lo hacen todos los renegados. - -»Acuérdome que me acompañaban comúnmente en mis borracheras un par -de camaradas, con quienes muchas veces pasaba toda la noche con las -botellas sobre la mesa. Uno era judío y el otro árabe. Teníalos por -hombres de bien, y en esta confianza vivía con ellos sin reserva. -Convidélos una noche a cenar, y aquel día se me había muerto un perro -que yo quería mucho. Lavamos el cuerpo y lo enterramos con todas -las ceremonias que acostumbran los musulmanes en el funeral de sus -difuntos. No lo hicimos, ciertamente, por burlarnos de la religión de -Mahoma, sino sólo por divertirnos y satisfacer el capricho que tuve, -estando medio tomado de vino, de celebrar las exequias de mi amado -animalillo. - -»Sin embargo, faltó poco para que esta inconsiderada acción me perdiese -enteramente. El día siguiente se presentó en mi casa un hombre, que -me dijo: «Señor Sidy Haly, vengo a buscar a usted para cierto asunto -de importancia. El señor cadí tiene precisión de hablarle; sírvase -tomar el trabajo de llegarse a su casa inmediatamente.» «Decidme, -os suplico--le pregunté--, qué es lo que me quiere.» «El mismo os -lo dirá--respondió el moro--; todo lo que puedo deciros es que un -mercader que ayer cenó con usted le ha dado parte de no sé qué impía -o irreligiosa acción que se ejecutó en vuestra casa con motivo de -enterrar un perro. Yo os notifico de oficio que comparezcáis hoy -mismo ante el juez, con apercibimiento de que no cumpliéndose así -se procederá criminalmente contra vuestra persona.» Dijo, y sin -aguardar respuesta me volvió la espalda, dejándome atónito con su -apercibimiento. No tenía el árabe la más mínima razón para estar -quejoso de mí ni yo podía comprender por qué me había jugado una pieza -tan ruin. Sin embargo, la cosa era muy digna de atención. Yo tenía -bien conocido al cadí por hombre severo en la apariencia, pero en el -fondo poco escrupuloso y muy avaro. Metí en el bolsillo doscientos -_sultaninos de oro_ y fuí derecho a presentarme a él. Hízome entrar -en su despacho y luego me dijo en tono colérico y furioso: «¡Sois un -impío, un sacrílego, un hombre abominable! ¡Habéis dado sepultura a un -perro como si fuera un musulmán! ¡Qué sacrilegio! ¡Qué profanación! -¿Es éste el respeto que profesáis a las más venerables ceremonias de -nuestra santa ley? ¿Os hicisteis mahometano únicamente para burlaros -de las ceremonias más sagradas de nuestro Alcorán?» «Señor cadí--le -respondí--, el árabe que vino a haceros una relación tan alterada o -tan malignamente desfigurada, aquel amigo traidor fué cómplice en mi -delito, si por tal se debe reputar haber dado sepultura a un doméstico -fiel, a un inocente animal que tenía mil bellas cualidades. Amaba tanto -a las personas de mérito y distinción, que hasta en su muerte quiso -dejarles testimonios irrefragables de su estimación y afecto. En su -testamento, en el que me nombró por único albacea, repartió entre ellas -sus bienes, legando a unas veinte escudos, a otras treinta, etc.; y es -tanta verdad lo que digo, que tampoco se olvidó de vos, pues me dejó -muy encargado que os entregase los doscientos _sultaninos de oro_ que -hallaréis en este bolsillo.» Y dicho esto, le alargué el que llevaba -prevenido. Perdió el cadí toda su gravedad cuando me oyó decir esto, -sin poder contener la risa, y como estábamos solos, tomó francamente el -bolsillo y me despidió, diciendo: «¡Id en paz, Sidy Haly! ¡Hicisteis -cuerdamente en haber enterrado con pompa y con honor a un perro que -hacía tanto aprecio de los sujetos de mérito!» - -»Salí por este medio de aquel pantano; y si el lance no me hizo más -cuerdo, a lo menos me enseñó a ser más circunspecto. No volví a tratar -con el árabe ni con el judío, y escogí para mi camarada de botellas a -un caballero de Liorna, que era esclavo mío, llamado Azarini. No era -yo como aquellos renegados que tratan a los cautivos cristianos peor -que a los mismos turcos. Los míos no se impacientaban aunque se les -retardase el rescate. Tratábalos con tanta benignidad, que muchas -veces me decían les costaba más suspiros el miedo de pasar a servir a -otro amo que el deseo de conseguir la libertad, sin embargo de ser ésta -tan dulce y tan apetecible a todos los que gimen en cautiverio. - -»Volvieron un día los jabeques de Solimán cargados de presa, y en -ella cien esclavos de uno y otro sexo, apresados todos en las costas -de España. Reservó Solimán para sí un cortísimo número y los demás -fueron puestos a la venta. Fuí a la plaza donde ésta se celebraba y -compré una muchacha española de diez a doce años. Lloraba la pobrecita -amargamente y se desesperaba. Admirado yo de verla afligirse así en -tan tierna edad, me llegué a ella, y le dije en lengua castellana que -no se apesadumbrase tanto, asegurándole que había caído en manos de -un amo que, aunque llevaba turbante, era de corazón humano. La joven, -poseída enteramente de su dolor, ni siquiera atendía a mis palabras. -Gemía, suspiraba y se deshacía en lágrimas inconsolables, prorrumpiendo -de cuando en cuando en esta exclamación: «¡Ay, madre mía, y por qué me -habrán separado de ti! ¡Todo lo llevaría en paciencia como estuviéramos -juntas!» Mientras decía estas palabras, tenía puestos los ojos en una -mujer de cuarenta y cinco a cincuenta años, distante pocos pasos, la -cual, muy modesta, silenciosa y con los ojos bajos, estaba esperando -a que alguno la comprase. Preguntéle si era su madre aquella mujer -a quien miraba. «Sí, señor--me respondió con tierno sentimiento--. -¡Por amor de Dios, haga su merced que jamás me separen de ella!» «Bien -está, hija mía--le dije--. Si para tu consuelo no deseas mas que el -estar juntas las dos, presto quedarás contenta y consolada.» Al mismo -tiempo me acerqué a la madre para comprarla; pero no bien la miré -con un poco de cuidado, cuando reconocí en ella, con la conmoción -que podéis imaginar, todas las facciones y demás señales de Lucinda. -«¡Cielos!--exclamé dentro de mí mismo--. ¿Qué es lo que veo? ¡Esta -es mi madre; no puedo dudarlo!» Pero ella, o ya fuese porque el vivo -dolor del estado en que se hallaba no le dejaba ver otra cosa mas que -enemigos en todos los objetos que se le presentaban, o ya fuese porque -el traje mahometano me hacía parecer otro, o bien que en el espacio de -doce años que no me había visto me hubiese desfigurado, el hecho es que -realmente ella no me conoció. En fin, yo la compré y me la llevé a mi -casa. - -»No quise dilatarle el gusto de que me conociese. «Señora--le dije--, -¿es posible que no os acordéis de haber visto nunca esta cara? Pues -qué, ¿unos bigotes y un turbante me desfiguran de suerte que os -impidan conocer a vuestro hijo Rafael»? Volvió en sí al oír estas -palabras; miróme, remiróme, reconocióme, y arrojándose a mí con los -brazos abiertos nos estrechamos tiernamente. Con igual ternura abracé -después a su querida hija, la cual estaba tan ignorante de que tenía -un hermano como yo ajeno de tener una hermana. «Confesad--dije -entonces a mi madre--que en todas vuestras comedias no habéis tenido un -encuentro y reconocimiento tan positivo como éste.» «Hijo--me respondió -suspirando--, grandísima alegría he tenido en volverte a ver; pero esta -alegría está mezclada con un amarguísimo pesar. ¡Dios mío! ¡En qué -estado he tenido la desgracia de encontrarte! Mi esclavitud me sería -mil veces menos sensible que ese traje odioso...» «A fe, madre--le -respondí sonriéndome--, que me admiro de vuestra delicadeza; por cierto -que no es muy propia de una comedianta. A la verdad, señora, que sois -muy otra de la que erais si este mi disfraz os ha dado tanto enojo. -En lugar de enojaros contra mi turbante, miradme como a un cómico -que representa el papel de un turco en el teatro. Aunque renegado, -soy tan musulmán como lo era en España, y en la realidad permanezco -siempre en mi religión. Cuando sepáis todas las aventuras que me han -acontecido en este país me disculparéis. El amor fué la causa de mi -delito. Sacrifiqué a esta deidad. En esto me parezco algo a vos; fuera -de que hay aún otra razón que debe templar vuestro dolor de verme en -la situación en que me veis. Temíais experimentar en Argel una dura -esclavitud y habéis hallado en vuestro amo un hijo tierno, respetuoso -y bastante rico para que viváis con regalo y con quietud en esta -ciudad hasta que se nos proporcione ocasión oportuna para que todos -podamos seguramente volver a España. Reconoced ahora la verdad de aquel -proverbio que dice: _No hay mal que por bien no venga_.» «Hijo mío--me -dijo Lucinda--, una vez que estás resuelto a restituirte a tu patria -y abjurar el mahometismo, quedo consolada. Entonces irá con nosotros -tu hermana Beatriz y tendré el gusto de volverla a ver sana y salva en -Castilla.» «Sí, señora--le respondí--, espero que le tendréis, pues -lo más presto que sea posible iremos todos tres a juntarnos en España -con el resto de nuestra familia, no dudando yo que habréis dejado en -ella algunas otras prendas de vuestra fecundidad.» «No, hijo--repuso -mi madre--, no he tenido más hijos que a vosotros dos; y has de saber -que Beatriz es fruto de un matrimonio de los más legítimos.» «Pero, -señora--repliqué--, ¿qué razón tuvisteis para conceder a mi hermanita -esa preeminencia que me negasteis a mí? ¿Y cómo os habéis resuelto a -casaros? Acuérdome haberos oído decir mil veces en mi niñez que nunca -perdonaríais a una mujer joven y linda el sujetarse a un marido.» -«_¡Otros tiempos, otras costumbres!_--respondió ella--. Si los hombres -más firmes en sus propósitos están más sujetos a mudar, ¿qué razón -habrá para pretender que las mujeres sean invariables en los suyos? -Voy a contarte--continuó--la historia de mi vida desde que saliste de -Madrid.» Hízome después la siguiente relación, que jamás olvidaré, y de -la cual no quiero privaros, porque es curiosísima: - -«Hará cosa de trece años, si te acuerdas, que dejaste la casa del -marquesito de Leganés. En aquel tiempo, el duque de Medinaceli me dijo -que deseaba cenar conmigo privadamente. Señalóme el día, esperéle, -vino y le gusté. Pidióme el sacrificio de todos los competidores que -podía tener, y se lo concedí, con la esperanza de que me lo pagaría -bien, y así lo ejecutó. Al día siguiente me envió varios regalos, a -que siguieron otros muchos en lo sucesivo. Temía yo que no duraría -largo tiempo en mis prisiones un señor de aquella elevación; y lo temía -con tanto mayor fundamento cuanto no ignoraba que se había escapado -de otras en que le habían aprisionado varias famosas beldades, cuyas -dulces cadenas lo mismo había sido probarlas que romperlas. Sin -embargo, lejos de disgustarse, cada día parecía más embelesado de mi -condescendencia. En suma, tuve el arte de asegurármele y de impedir -que su corazón, naturalmente voluble, se dejase arrastrar de su nativa -propensión. - -»Tres meses hacía que me amaba, y yo me lisonjeaba de que su cariño -sería durable, cuando cierto día una amiga mía y yo concurrimos a -una casa donde se hallaba la duquesa esposa del duque, y habíamos -ido a ella convidadas para oír un concierto de música de voces e -instrumentos. Sentámonos casualmente un poco detrás de la duquesa, la -cual llevó muy a mal que yo me hubiese dejado ver en un sitio donde -ella se hallaba. Envióme a decir por una criada que me suplicaba me -saliese de allí al instante. Respondí a la criada con mucha grosería, -de lo que, irritada la duquesa, se quejó a su esposo, el cual vino a -mí y me dijo: «Lucinda, sal prontamente de aquí. Cuando los grandes -señores se inclinan a mozuelas como tú, no deben éstas olvidarse de lo -que son. Si alguna vez os amamos a vosotras más que a nuestras mujeres, -siempre las respetamos a éstas mucho más que a vosotras, y siempre que -tengáis la insolencia de pretender igualaros con ellas seréis tratadas -con la indignidad que merecéis.» - -»Por fortuna que el duque me dijo todo esto en voz tan baja que ninguno -pudo comprenderlo. Retiréme avergonzada y confusa, pero llorando de -rabia por el desaire que había recibido. Para mayor pesar mío, los -comediantes y comediantas aquella misma noche supieron, no sé cómo, -todo lo que me había pasado. ¡No parece sino que hay algún diablillo -acechador y cizañero que se divierte en descubrir a unos lo que sucede -a otros! Hace, por ejemplo, un comediante en una francachela alguna -extravagancia, acaba una comedianta de acomodarse con un mozuelo galán -y adinerado: toda la compañía inmediatamente sabe hasta la más ridícula -menudencia. Así supieron mis compañeros cuanto me había pasado en el -concierto, y sabe Dios cuánto se divirtieron a mi costa. Reina entre -ellos un cierto espíritu de caridad que se descubre bien en semejantes -ocasiones. Con todo eso yo no hice caso de sus habladurías, y tardé -poco en consolarme de la pérdida del duque, que no volvió a parecer por -mi casa, y luego supe había tomado amistad con una cantarina. - -»Mientras una comedianta tiene la fortuna de ser aplaudida, nunca le -faltan amantes, y el amor de un gran señor, aunque no dure más que tres -días, siempre añade nuevos realces a su mérito. Yo me vi sitiada de -apasionados luego que se esparció por Madrid la voz de que el duque me -había dejado. Los mismos competidores que yo le había sacrificado, más -enamorados de mis hechizos que antes, volvieron a porfía a galantearme. -Fuera de éstos, recibí los obsequiosos tributos de otros mil corazones. -Nunca fuí tan de moda como entonces. Entre los que solicitaban mi -favor, ninguno me pareció más ansioso que un alemán gordo, gentilhombre -del duque de Osuna. Su figura no era muy apreciable, pero se mereció -mi atención con mil doblones que había juntado en casa de su amo y -los prodigó por lograr la dicha de entrar en el número de mis amantes -favorecidos. Este buen señor se llamaba Brutandorff. Mientras hizo -el gasto fué bien recibido; pero apenas se le apuró la bolsa halló -la puerta cerrada. Enfadado de este proceder mío me fué a buscar a -la comedia, dióme sus quejas, y porque me reí de él a sus hocicos, -arrebatado de cólera, me sacudió un bofetón a la tudesca. Di un gran -grito, salí al teatro, interrumpí la comedia y, dirigiéndome al -duque, que estaba en su aposento con su esposa la duquesa, me quejé -a él en alta voz de los modales tudescos con que me había tratado -su gentilhombre. Mandó el duque seguir la comedia, diciendo que -después de ella oiría a las partes. Acabada la representación, me -presenté muy alterada al duque, exponiendo mi queja con vehemencia. El -alemán despachó su defensa en dos palabras, diciendo que en vez de -arrepentirse de lo hecho era hombre para repetirlo. El duque de Osuna, -oídas las partes y volviéndose al alemán, sentenció de esta manera: -«Brutandorff, te despido de mi casa y te prohibo que te presentes -más delante de mí, no porque has dado un bofetón a una comedianta, -sino porque has faltado al respeto debido a tus amos y turbado un -espectáculo público en presencia de los dos.» - -»Esta sentencia me atravesó el alma. Apoderóse de mí una ira rabiosa y -un inexplicable furor al ver que no habían despedido al alemán por la -ofensa que me había hecho. Creía yo que un oprobio como aquél, cometido -contra una comedianta, debía castigarse como un delito de lesa majestad -y contaba con que el tudesco padecería una pena aflictiva. Abrióme -los ojos este vergonzosísimo suceso y me hizo conocer que el mundo -sabe distinguir entre el comediante y los personajes que representa. -Esto me disgustó del teatro, en términos que desde aquel punto resolví -dejarlo e irme a vivir lejos de Madrid. Escogí para mi retiro la ciudad -de Valencia, y partí de _incógnito_ a ella, llevando conmigo hasta el -valor de veinte mil ducados en dinero y alhajas, caudal que me parecía -bastante para mantenerme con decencia el resto de mis días, pues mi -ánimo era llevar una vida retirada. Tomé en aquella ciudad una casa -pequeña y no recibí más familia que una criada y un paje, para quienes -era tan desconocida como para todas las demás del vecindario. Fingí -ser viuda de un empleado de la Real Casa y que había escogido para -mi retiro la ciudad de Valencia por haber oído que su temple era uno -de los más benignos y su terreno uno de los más deliciosos de España. -Trataba con muy poca gente, y mi conducta era tan arreglada que a -ninguno le pudo pasar por el pensamiento que yo hubiese sido cómica. -Sin embargo, y a pesar de mi cuidado en vivir escondida y retirada, -puso los ojos en mí un hidalgo que vivía en una quinta propia, cerca -de Paterna. Era un caballero bastante bien dispuesto y como de treinta -y cinco a cuarenta años, pero un noble muy adeudado, lo que no es más -raro en el reino de Valencia que en otros muchos países. - -»Habiendo agradado mi persona a este hidalgo, quiso saber si en lo -demás podría yo convenirle. A este fin despachó sus ocultos batidores -para que averiguasen mis circunstancias, y por los informes que -le dieron tuvo el gusto de saber que yo era viuda, de trato nada -fastidioso y, además de eso, bastante rica. Hizo juicio desde luego -que yo era la que había menester, y muy presto se dejó ver en mi casa -una buena vieja, que me dijo de su parte que, prendado de mi honradez -tanto como de mi hermosura, me ofrecía su mano, y que ratificaría esta -oferta si merecía la dicha de que quisiese ser su esposa. Pedí tres -días de término para pensarlo y resolverme. Informéme en este tiempo de -las cualidades de aquel hidalgo, y por el mucho bien que me dijeron de -él, aunque sin disimularme el lastimoso estado de sus rentas, determiné -gustosa casarme con él, como lo hice dentro de muy pocos días. - -»Don Manuel de Jérica--éste era el nombre de mi esposo--me condujo -luego a su hacienda. La casa tenía cierto aspecto de antigüedad, de lo -que hacía mucha vanidad el dueño. Decía que la había hecho edificar -uno de sus progenitores, y de la vejez de la fábrica deducía que la -familia de Jérica era la más antigua de toda España. Pero el tiempo -había maltratado tanto aquel bello monumento de nobleza, que por que no -viniese a tierra lo habían apuntalado. ¡Qué dicha para don Manuel la -de haberse casado conmigo! Gastóse en reparos la mitad de mi dinero, -y lo restante en ponernos en estado de hacer gran figura en el país; -y héteme aquí en un nuevo mundo, por decirlo así, y convertida de -repente en señora de aldea y de hacienda. ¡Qué transformación! Era yo -muy buena actriz para no saber representar y sostener el esplendor que -correspondía a mi nuevo estado. Revestíame en todo de ciertos modales -teatrales de nobleza, de majestad y desembarazo, que hacían formar en -la aldea un alto concepto de mi nacimiento. ¡Oh, cuánto se hubieran -divertido a costa mía si hubiesen sabido la verdad del hecho! ¡Con -cuántos satíricos motes me hubiera regalado la nobleza de los contornos -y cuánto hubieran rebajado los respetuosos obsequios que me tributaban -las demás gentes! - -»Viví por espacio de seis años feliz y gustosamente en compañía de -don Manuel, al cabo de los cuales se lo llevó Dios. Dejóme bastantes -negocios que desenredar y por fruto de nuestro matrimonio a tu hermana -Beatriz, que a la sazón contaba cuatro años de edad cumplidos. Nuestra -quinta, que era a lo que estaban reducidos nuestros bienes, se -hallaba, por desgracia, empeñada para seguridad de muchos acreedores, -el principal de los cuales se llamaba Bernardo Astuto, nombre que le -convenía perfectamente. Ejercía en Valencia el oficio de procurador, -que desempeñaba como hombre consumado en todas las trampas de los -pleitos; y a mayor abundamiento, había estudiado leyes para saber mejor -hacer injusticias. ¡Oh qué terrible acreedor! Una quinta entre las uñas -de semejante procurador es lo mismo que una paloma en las garras de un -milano. Por tanto, el señor Astuto, apenas supo la muerte de mi marido -puso sitio a mi pobre quinta. Infaliblemente la hubiera hecho volar -con las minas que las supercherías legales comenzaban a formar si mi -fortuna o mi estrella no la hubiera salvado. Quiso ésta que de enemigo -se convirtiese en esclavo mío. Enamoróse de mí en una conversación que -tuvo conmigo con motivo de nuestro pleito. Confieso que de mi parte -hice cuanto pude para inspirarle amor, obligándome el deseo de salvar -mi posesión a probar con él todos aquellos artificios que me habían -salido tan bien en tantas ocasiones. Verdad es que con toda mi destreza -creía no poder enganchar al procurador, tan embebecido en su oficio -que parecía incapaz de admitir ninguna impresión amorosa. Con todo, -aquel socarrón, aquel marrajo, aquel empuerca-papel me miraba con mayor -complacencia de la que yo pensaba. «Señora--me dijo un día--, yo no -entiendo de enamorar; dedicado siempre a mi profesión, nunca he cuidado -de aprender las reglas, los usos ni los diferentes modos de galantear. -Sin embargo de eso, no ignoro lo esencial, y para ahorrar palabras -sólo diré que si usted quiere casarse conmigo quemaremos al instante -el proceso y alejaré a los demás acreedores que se han reunido conmigo -para hacer vender su hacienda; usted será dueña del usufructo y su hija -de la propiedad.» El interés de Beatriz y el mío no me dejaron vacilar -ni un solo punto. Acepté al instante la proposición. El procurador -cumplió su palabra: volvió sus armas contra los otros acreedores y -aseguróme en la posesión de mi quinta. Quizá fué ésta la primera vez -que supo servir bien a la viuda y al huérfano. - -»Llegué, pues, a verme procuradora, sin dejar por eso de ser señora -de aldea, aunque este matrimonio me perdió en el concepto de la -nobleza valenciana. Las señoras de la primera distinción me miraron -como a una mujer que se había envilecido y no quisieron visitarme -más. Vime precisada a tratar solamente con las aldeanas o con señoras -de medio pelo. No dejó de causarme esto alguna pena, porque me había -acostumbrado por espacio de seis años a tratarme únicamente con -personas de carácter. Verdad es que tardé poco en consolarme, porque -tomé conocimiento con una escribana y dos procuradoras, cada una -de un carácter muy digno de risa. Yo me divertía infinito de ver su -ridiculez. Estas medio señoras se tenían por personas ilustres. Pensaba -yo que solamente las comediantas eran las que no se conocían a sí -mismas, mas veo que ésta es una flaqueza universal. Cada uno cree que -es más que su vecino. En este particular, toco ahora que tan locas -son las hidalgas de aldea como las damas de teatro. Para castigarlas, -quisiera yo que se las obligase a conservar en sus casas los retratos -de sus abuelos, y apuesto cualquiera cosa a que no los colocarían en -los sitios más visibles. - -»A los cuatro años de matrimonio cayó enfermo el señor Astuto, y murió -sin haberme quedado hijos de él. Añadiéndose lo que él me dejó a lo -que yo poseía, me hallé una viuda rica, y por tal me tenían. En virtud -de esta fama, comenzó a obsequiarme un caballero siciliano, llamado -Colifichini, resuelto a ser mi amante para arruinarme o ser desde luego -mi marido, dejando a mi arbitrio la elección. Había venido de Palermo -para ver la España, y después de haber satisfecho su curiosidad, -estaba en Valencia esperando, según decía, ocasión de embarcarse para -restituirse a Sicilia. Tenía veinticinco años; era, aunque pequeño -de cuerpo, bien plantado, y, en fin, me agradaba su figura. Halló -modo de hablarme a solas, y--te confieso la verdad--desde la primera -conversación quedé loca perdida por él. No quedó él menos enamorado -de mí, y creo--¡Dios me lo perdone!--que en aquel mismo punto nos -hubiéramos casado si la muerte del procurador, que aun estaba muy -reciente, me hubiera permitido hacer tan presto otra boda, porque -desde que comencé a tomar inclinación a los matrimonios respetaba los -estímulos del mundo. - -»Convinimos, pues, en dilatar un poco nuestro casamiento por el bien -parecer. Mientras tanto, Colifichini proseguía obsequiándome, y lejos -de entibiarse en su amor se mostraba más vehemente cada día. El pobre -mozo no estaba sobrado de dinero; conocílo y procuré que nunca le -faltase. Además de que mi edad era doble de la suya, me acordaba de -haber hecho contribuir a los hombres en la flor de mis años y miraba lo -que daba como una especie de restitución en descargo de mi conciencia. -Estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué posible a que -pasase el tiempo que prescribe a las viudas el ceremonial del respeto -humano para pasar a otras nupcias. Apenas llegó, cuando fuimos a la -iglesia a unirnos con aquel estrecho lazo que sólo puede desatar la -muerte. Retirámonos después a mi quinta, donde puedo decir que vivimos -dos años, menos como esposos que como dos tiernos amantes. Pero, ¡ay, -que no nos habíamos unido para que nuestra dicha fuese duradera! Al -cabo de esto breve tiempo, un dolor de costado me privó de mi adorado -Colifichini.» - -»Aquí no pude menos de interrumpir a mi madre diciéndole: «Pues qué, -señora, ¿también murió vuestro tercer marido? Sin duda sois una plaza -que sólo puede tomarse a costa de la vida de sus conquistadores.» -«Hijo mío, ¡cómo ha de ser!--me respondió ella--. ¿Por ventura puedo -yo alargar los días que el Cielo tiene contados? Si he perdido tres -maridos, ¿cómo lo he de remediar? A dos los lloré mucho; el que menos -lágrimas me costó fué el procurador. Como me casé con él puramente -por el interés, tardé poco en consolarme de su muerte. Pero volviendo -a Colifichini, te diré que algunos meses después de muerto, deseando -yo ver una casa de campo junto a Palermo, que me había señalado para -mi viudedad en nuestro contrato matrimonial, y tomar posesión de ella -personalmente, me embarqué para Sicilia con mi hija Beatriz; pero -en el viaje fuimos apresadas por los corsarios del bajá de Argel. -Condujéronnos a esta ciudad, y por fortuna nuestra te encontraste en la -plaza donde estábamos puestas en venta. A no ser esto, hubiéramos caído -en manos de un amo despiadado, que nos hubiera maltratado y bajo cuya -dura esclavitud quizá habríamos gemido toda la vida sin que tú hubieses -oído hablar nunca de nosotras.» - -»Tal fué, señores, la relación que mi madre me hizo. Coloquéla después -en el mejor cuarto de mi casa, con la libertad de vivir como mejor -le pareciese, cosa que fué muy de su gusto. Habíase arraigado tanto -en ella el hábito de amar, en virtud de tan repetidos actos, que no -le era posible estar sin un amante o sin un marido. Anduvo vagueando -por algún tiempo, poniendo los ojos en algunos de mis esclavos, hasta -que finalmente llamó toda su atención Haly Pegelín, renegado griego -que frecuentaba mi casa. Inspiróle éste un amor mucho más vivo que -el que había tenido a Colifichini, y era tan diestra en agradar a los -hombres que halló el secreto de encantar también a éste. Aunque conocí -desde luego que obraban de acuerdo los dos, me di por desentendido de -su trato, pensando sólo en el modo de restituirme a España. Habíame -dado licencia el bajá para armar una embarcación, a fin de ir en corso -a ejercitar la piratería. Ocupábame enteramente el cuidado de este -armamento, y ocho días antes que se acabase dije a Lucinda: «Madre, -presto saldremos de Argel y dejaremos para siempre un lugar que tanto -aborrecéis.» - -»Mudósele el color al oír estas palabras y guardó un profundo -silencio. Sorprendióme esto extrañamente y le dije admirado: «¿Qué es -esto, señora? ¿Qué novedad veo en vuestro semblante? Parece que os -aflijo en vez de causaros alegría. Creía daros una noticia agradable -participándoos que todo lo tengo dispuesto para nuestro viaje. ¿No -desearíais acaso restituiros a España?» «No, hijo mío--me respondió--, -confieso que ya no lo deseo. Tuve allí tantos disgustos, que he -renunciado a ella para siempre.» «¡Qué es lo que oigo!--exclamé -penetrado de dolor--. ¡Ah señora! ¡Decid más bien que el amor es -quien os hace odiosa vuestra patria! ¡Santos Cielos y qué mudanza! -Cuando llegasteis a esta ciudad, todo cuanto se os ponía delante os -causaba horror; pero Haly Pegelín os hace mirar las cosas con otros -ojos.» «No lo niego--respondió Lucinda--; es cierto que amo a este -renegado y quiero que sea mi cuarto marido.» «¿Qué proyecto es el -vuestro?--interrumpí todo horrorizado--. ¡Vos casaros con un musulmán! -Sin duda habéis olvidado que sois cristiana, o, por mejor decir, -solamente lo habéis sido hasta aquí de puro nombre. ¡Ah madre mía, y -qué de cosas estoy viendo ya! ¡Habéis resuelto perderos para siempre -porque vais a hacer por vuestro gusto lo que yo no hice sino por -necesidad!» - -»Otras muchas cosas le dije para disuadirla de aquel intento, pero fué -predicar en desierto, porque se había cerrado en ello. No contenta con -dejarse arrastrar de su mala inclinación, dejándome a mí por entregarse -a un renegado, quiso llevarse consigo a Beatriz; pero a esto me opuse -fuertemente. ¡Ah infeliz Lucinda!--le dije--. ¡Si nada es capaz de -conteneros, a lo menos abandonaos sola al furor que os posee y no -queráis conducir a una inocente al precipicio en que os apresuráis a -caer!» Lucinda se marchó sin replicar, quizá por algún vislumbre de -luz que por entonces rayó en ella y le impidió obstinarse en pedir su -hija. Así lo creía yo, pero conocía muy mal a mi madre. Uno de mis -esclavos me dijo dos días después: «Señor, mirad por vos. Un cautivo -de Pegelín acaba de confiarme un secreto que no debo ocultaros, para -que no perdáis tiempo en aprovecharos de él. Vuestra madre ha mudado -de religión, y para vengarse de vos por haberle negado su hija está -determinada a dar parte al bajá de vuestra próxima fuga.» No tuve la -menor duda de que Lucinda era capaz de hacer todo lo que mi esclavo -me avisaba. Habíala yo estudiado mucho y estaba persuadido de que, -a fuerza de representar papeles trágicos en el teatro, se había -familiarizado tanto con el crimen que muy bien me hubiera hecho quemar -vivo, y no le conmovería más mi muerte que si viese representada en una -tragedia esta catástrofe sangrienta. - -»Por tanto, no quise despreciar el aviso que me dió el esclavo. -Apresuré cuanto pude las prevenciones del embarco y tomé, según -costumbre de los corsarios argelinos que van a corso, algunos turcos -conmigo, pero solamente los que eran necesarios para no hacerme -sospechoso, y salí del puerto con todos mis esclavos y mi hermana -Beatriz. Ya se persuadirán ustedes de que no me olvidaría de llevar -al mismo tiempo todo el dinero y alhajas que había en mi casa y -podía importar hasta unos seis mil ducados. Luego que nos vimos en -plena mar, lo primero que hicimos fué asegurarnos de los turcos, a -quienes encadenamos fácilmente, por ser mucho mayor el número de -mis esclavos. Tuvimos un viento tan favorable que en poco tiempo -arribamos a las costas de Italia; entramos en el puerto de Liorna con -la mayor facilidad, y toda la ciudad, a lo que creo, acudió a nuestro -desembarco. Entre los que concurrieron a él estaba por casualidad o -por curiosidad el padre de mi esclavo Azarini. Miraba atentamente a -todos mis cautivos conforme iban desembarcando; y aunque en cada uno -de ellos deseaba ver las facciones de su hijo, ninguna esperanza tenía -de encontrarlas. Pero ¡qué júbilo, qué abrazos se dieron padre e hijo -después de haberse reconocido! Luego que Azarini le informó de quién -era yo y del motivo que me llevaba a Liorna, me obligó el buen viejo -a que fuese a alojarme a su casa, juntamente con mi hermana Beatriz. -Pasaré en silencio la menuda relación de mil cosas que me fué preciso -practicar para volver a reconciliarme con el gremio de la Iglesia, y -sólo diré que abjuré el mahometismo con mucha mayor fe que le había -abrazado. Purguéme enteramente del humor mahometano, vendí mi bajel -y di libertad a todos los esclavos. Por lo que toca a los turcos, se -los aseguró en las cárceles de Liorna para canjearlos a su tiempo por -otros tantos cristianos. Los dos Azarinis, padre e hijo, usaron conmigo -de todo género de atenciones. El hijo se casó con mi hermana Beatriz, -partido que a la verdad no dejaba de ser ventajoso para él, porque al -cabo era hija de un caballero y heredera de la hacienda de Jérica, cuya -administración había dejado mi madre a cargo de un rico labrador de -Paterna cuando resolvió pasar a Sicilia. - -»Después de haberme detenido en Liorna algún tiempo, marché a -Florencia, deseoso de ver aquella ciudad. Llevé conmigo algunas cartas -de recomendación que el viejo Azarini me dió para algunos amigos suyos -en la corte del gran duque, a quienes me recomendaba como un caballero -español pariente suyo. Yo añadí el don a mi nombre de bautismo, a -imitación de no pocos paisanos míos plebeyos, que sin tenerlo y por -honrarse se lo ponen a sí mismos en los países extranjeros. Hacíame, -pues, llamar con descaro don Rafael, y como había traído de Argel lo -que bastaba para sostener dignamente esta nobleza, me presenté en la -Corte con brillantez. Los caballeros a quienes me había recomendado -Azarini publicaban en todas partes que yo era un sujeto de distinción, -y como no lo desmentían los modales caballerescos, que había estudiado -bien, era generalmente tenido por persona de importancia. - -»Supe introducirme muy presto con los primeros señores de la Corte, -los cuales me presentaron al gran duque, y tuve la fortuna de caerle -en gracia. Dediquéme a hacerle la corte y a estudiarle el genio. Oía -para esto con atención lo que decían de él los cortesanos más viejos -y experimentados. Observé, entre otras cosas, que le gustaban mucho -los cuentos graciosos traídos con oportunidad y los dichos agudos. -Esto me sirvió de regla, y todas las mañanas escribía en mi libro de -memoria los cuentos que quería contarle durante el día. Sabía tan gran -número de ellos, que parecía tener un saco lleno, y aunque procuré -gastarlos con economía, poco a poco se fué apurando el caudal, de -suerte que me hubiera visto precisado a repetirlos o a hacer ver que -había concluído mis apotegmas, si mi talento, fecundo en invenciones, -no me hubiese socorrido con abundancia, de manera que yo mismo compuse -cuentos galantes o cómicos que divirtieron mucho al gran duque, y, lo -que sucede muchas veces a los ingeniosos y agudos de profesión, por la -mañana apuntaba en mi libro de memoria las agudezas que había de decir -por la tarde, vendiéndolas como ocurridas de repente. - -»Metíme también a poeta y consagré mi musa a las alabanzas del -príncipe. Confieso de buena fe que mis versos no valían mucho, y por -eso nadie los criticó; pero aun cuando hubieran sido mejores, dudo -que el duque los hubiera celebrado más; el hecho es que le agradaban -infinito, lo que quizá dependería de los asuntos que yo elegía. Fuese -por lo que quisiese, aquel príncipe estaba tan pagado de mí que llegué -a causar celos a los cortesanos. Estos quisieron averiguar quién era -yo, pero no lo consiguieron, y sólo llegaron a descubrir que había sido -renegado. No dejaron de ponerlo en noticia del príncipe, con esperanza -de desbancarme; pero, lejos de salir con la suya, este chisme sirvió -únicamente para que el gran duque me obligase un día a que le hiciese -una fiel relación de mi cautiverio en Argel. Obedecíle, y mis aventuras -le divirtieron infinito. - -»Luego que la acabé, me dijo: «Don Rafael, yo te estimo mucho y quiero -darte de ello una prueba tal que no te deje género de duda. Voy a -hacerte depositario de mis secretos, y para ponerte desde luego en -posesión de confidente mío, te digo que amo con pasión a la mujer de -uno de mis ministros. Es la señora más linda de mi corte, pero al mismo -tiempo la más virtuosa. Ocupada enteramente en el gobierno de su casa, -y del todo entregada al amor de un marido que la idolatra, parece -que ella sola ignora lo celebrada que es en Florencia su hermosura. -Por aquí conocerás la dificultad de conquistar su corazón. En medio -de eso, esta deidad, inaccesible a los amantes, alguna vez me ha oído -suspirar por ella; he hallado medios de hablarle a solas; conoce -mis sentimientos interiores, mas no por eso me lisonjeo de haberle -inspirado amor, no habiéndome dado ningún motivo para formarme una -idea tan lisonjera. Sin embargo, no desconfío de que llegue a serle -grata mi constancia y la misteriosa conducta que observo. La pasión -que abrigo en mi pecho a esta dama, ella sola la conoce. En vez de -dejarme llevar de mi inclinación sin reparo alguno, abusando del poder -y autoridad de soberano, mi mayor cuidado es ocultar a todo el mundo -el conocimiento de mi amor. Paréceme deber esta atención a Mascarini, -que es el esposo de la que amo. El desinterés y celo con que me sirve, -sus servicios y su probidad me obligan a proceder con el mayor secreto -y circunspección. No quiero clavar un puñal en el pecho de este marido -infeliz declarándome amante de su mujer. Quisiera que ignorase siempre, -si posible fuera, el fuego que me abrasa, porque estoy persuadido de -que moriría de pena si llegase a saber lo que ahora te confío. Por esto -le oculto todos los pasos que doy y he pensado valerme de ti para que -manifiestes a Lucrecia lo mucho que me hace padecer la violencia a que -me condeno yo mismo; tú serás el que le declares mis amorosos afectos, -no dudando que desempeñarás muy bien este delicado encargo. Traba -conversación con Mascarini, procura granjear su amistad, introdúcete en -su casa y logra la libertad de hablar a su mujer. Esto es lo que espero -de ti y lo que estoy seguro harás con toda la destreza y discreción que -pide un encargo tan delicado.» - -»Habiendo prometido al gran duque hacer todo lo posible para -corresponder a su confianza y contribuir a la satisfacción de sus -deseos, cumplí presto mi palabra. Nada omití para adquirir la amistad -de Mascarini, lo que me costó poco trabajo. Sumamente pagado de que -solicitase su amistad un cortesano tan bienquisto del príncipe, me -ahorró la mitad del camino. Franqueóme su casa, tuve libre la entrada -en el cuarto de su mujer, y me atreveré a decir que, en vista de mi -cauto proceder, no tuvo la menor sospecha de la negociación de que -estaba encargado. Es verdad que como era poco celoso, aunque italiano, -se fiaba en la virtud de su esposa, y, encerrándose en su despacho, me -dejaba muchos ratos solo con Lucrecia. Dejando desde luego a un lado -los rodeos, le hablé del amor del gran duque y le declaré que yo iba -a su casa precisamente a tratar de este asunto. Parecióme que no le -tenía grande inclinación, pero al mismo tiempo conocí que la vanidad le -hacía oír con gusto su pretensión y se complacía en oírla sin querer -corresponder a ella. Era verdaderamente mujer juiciosa y muy prudente, -pero al fin era mujer, y advertí que su virtud iba insensiblemente -rindiéndose a la lisonjera idea de tener aprisionado a un soberano. En -conclusión, el príncipe podía con fundamento esperar que, sin renovar -la violencia de Tarquino, vería a esta Lucrecia esclava de su amor. Sin -embargo, un lance impensado desvaneció sus esperanzas, como ahora oirán -ustedes. - -»Soy naturalmente atrevido con las mujeres, costumbre que contraje -entre los turcos. Lucrecia era hermosa, y olvidándome de que con -ella solamente debía hacer el papel de negociador, le hablé por mí -en lugar de hablarle por el gran duque. Ofrecíle mis obsequios lo -más cortésmente que pude, y en vez de ofenderse de mi osadía y de -responderme con enfado, me dijo sonriéndose: «Confesad, don Rafael, que -el gran duque ha tenido grande acierto en elegir un agente muy fiel y -muy celoso, pues le servís con una lealtad que no hay palabras para -encarecerla.» «Señora--le respondí en el mismo tono--, las cosas no se -han de examina con tanto escrúpulo. Suplícoos que dejemos a un lado las -reflexiones, que conozco no me favorecen mucho; yo solamente sigo lo -que me dicta el corazón. Sobre todo, no creo ser el primer confidente -de un príncipe que en punto a galanteo ha sido traidor a su amo. Es -cosa muy frecuente en los grandes señores hallar en sus Mercurios unos -rivales peligrosos.» «Bien puede ser así--replicó Lucrecia--; pero yo -soy altiva y sólo un príncipe sería capaz de mover mi inclinación. -Arreglaos por este principio--prosiguió ella, volviendo a revestirse de -su natural seriedad--y mudemos de conversación. Quiero olvidar lo que -me acabáis de decir, con la condición de que jamás os suceda volver a -tocar semejante asunto, pues de lo contrario podréis arrepentiros.» - -»Aunque éste era un _aviso al lector_ de que yo debiera haberme -aprovechado, proseguí, no obstante, en hablar de mi pasión a la mujer -de Mascarini, y aun la importuné con más eficacia que antes a que -correspondiese a mi cariño, llevando a tal extremo mi temeridad que -quise tomarme algunas libertades. Ofendida entonces la dama de mis -expresiones y de mis modales musulmanes, se llenó de cólera contra mí, -amenazándome de que no tardaría el gran duque en saber mi insolencia -y que le suplicaría me castigase como merecía. Díme yo también por -ofendido de sus amenazas, y, convirtiéndose en odio mi amor, determiné -tomar venganza del desprecio con que me había tratado. Fuíme a ver con -su marido, y, después de haberle hecho jurar que no me descubriría, le -informé de la inteligencia que reinaba entre su mujer y el príncipe, -pintándola muy enamorada para dar más interés a la relación. Lo primero -que hizo el ministro, para precaver todo accidente, fué encerrar sin -más ceremonia en un cuarto reservado a su esposa, encargando a personas -de toda confianza la custodiasen estrechamente. Mientras ella estaba -cercada de vigilantes Argos que la observaban y no dejaban camino -alguno por donde pudiesen llegar al gran duque noticias suyas, yo me -presenté a este príncipe con rostro triste y le dije que no debía -pensar más en Lucrecia, porque Mascarini sin duda había descubierto -todo nuestro enredo, puesto que había comenzado a guardar a su mujer; -que yo no sabía por dónde pudiese haber entrado en sospechas de mí, -pues siempre había yo usado del mayor disimulo y maña; que quizá la -misma Lucrecia habría informado de todo a su esposo y, de acuerdo con -él, se habría dejado encerrar para librarse de solicitaciones que -ponían en sobresalto su virtud. Mostróse el príncipe muy afligido de -oírme; entonces me compadeció mucho su sentimiento, y más de una vez me -pesó de lo que había dicho, pero ya no tenía remedio. Por otra parte, -confieso que experimentaba un maligno placer cuando consideraba el -estado a que había reducido a una mujer orgullosa que había despreciado -mis suspiros. - -»Yo gozaba impunemente del placer de la venganza, cuando un día, -estando en presencia del gran duque con cinco o seis señores de su -corte, nos preguntó a todos: «¿Qué castigo os parece merecería un -hombre que hubiese abusado de la confianza de su príncipe e intentado -robarle su dama?» «Merecería--respondió uno de los cortesanos--ser -descuartizado vivo.» Otro opinó que debía ser apaleado hasta que -expirase; el menos cruel de estos italianos, y el que se mostró más -favorable al delincuente, dijo que él se contentaría con hacerle -arrojar de lo alto de una torre. «Y don Rafael--replicó entonces el -gran duque--, ¿de qué parecer es? Porque estoy persuadido de que -los españoles no son menos severos que los italianos en semejantes -ocasiones.» - -»Conocí bien, como se puede discurrir, que Mascarini había violado -su juramento o que su mujer había hallado medio de informar al gran -duque de cuanto había pasado entre los dos. En mi rostro se echaba de -ver la turbación que me agitaba; pero a pesar de ella respondí con -entereza al gran duque: «Señor, los españoles son más generosos. En -igual lance, perdonarían al confidente, y con este rasgo de bondad -producirían en su alma un eterno arrepentimiento de haberle sido -traidor.» «Pues bien--me dijo el duque--: yo me contemplo capaz de esa -generosidad y perdono al traidor, reconociendo que sólo debo culparme a -mí mismo por haberme fiado de un hombre a quien no conocía y de quien -tenía motivos de desconfiar en razón de lo que me habían contado de -él. Don Rafael--añadió--, la venganza que tomo de vos es que salgáis -inmediatamente de todos mis Estados y no volváis a poneros en mi -presencia.» Retiréme en el mismo punto, menos afligido de mi desgracia -que gozoso de haber escapado de este apuro a tan poca costa. Al día -siguiente me embarqué en un buque catalán que salió del puerto de -Liorna para Barcelona.» - -Cuando llegó don Rafael a este punto de su historia, no me pude -contener en decirle: «Para un hombre tan advertido como sois, me parece -fué grande error no haber salido de Florencia así que descubristeis -a Mascarini el amor del príncipe hacia Lucrecia. Debíais tener por -cierto que tardaría poco el gran duque en saber vuestra traición.» -«Convengo en ello--respondió el hijo de Lucinda--, y por lo mismo -había pensado huir cuanto antes, a pesar del juramento que me hizo -el ministro de no exponerme al resentimiento del príncipe. Llegué -a Barcelona--continuó--con lo que me había quedado de las riquezas -que traje de Argel, cuya mayor parte había disipado en Florencia por -ostentar que era un caballero español. No me detuve largo tiempo en -Cataluña. Reventaba por volverme cuanto antes a Madrid, encantado lugar -de mi nacimiento, y satisfice mis ansiosos deseos lo más presto que -me fué posible. Luego que llegué a la corte, me apeé por casualidad -en una de las posadas de caballeros, en donde vivía una dama llamada -Camila, que, aunque había salido ya de la menor edad, era una mujer -muy salada; testigo, el señor Gil Blas, que por aquel mismo tiempo, -poco más o menos, la vió en Valladolid. Aun era más discreta que -hermosa, y ninguna aventurera tuvo mayor talento para traer la pesca a -sus redes; pero no se parecía a aquellas ninfas que se aprovechan del -agradecimiento de sus galanes. Si acababa de despojar a algún mayordomo -de un gran señor, inmediatamente repartía los despojos con el primer -caballero mendicante que fuese de su gusto. - -»Apenas nos vimos los dos cuando nos amamos, y la conformidad de -nuestras inclinaciones nos unió tan estrechamente que presto pasó -a hacer comunes nuestros bienes. A la verdad, no eran éstos muy -considerables, y así, los comimos en poco tiempo. Por nuestra -desgracia, sólo pensábamos uno y otro en agradarnos, sin valemos -de las disposiciones que ambos teníamos para vivir a costa ajena. -La miseria, en fin, despertó nuestro ingenio, que el placer tenía -aletargado. «Querido Rafael--me dijo un día Camila--, pongamos treguas -a nuestro amor; dejemos de guardarnos una fidelidad que nos arruina. Tú -puedes embobar a alguna viuda rica y yo pescar a algún viejo poderoso. -Si proseguimos siéndonos fieles uno a otro, ve ahí dos fortunas -perdidas.» «Hermosa Camila--respondí yo prontamente--, me ganas por la -mano, pues iba a hacerte la misma propuesta; vengo en ello, reina mía. -Sí, por cierto; para la mejor conservación de nuestro amor es menester -intentar conquistas útiles. Nuestras infidelidades serán triunfos para -entrambos.» - -»Ajustado este tratado, salimos a campaña. Al principio, por más -diligencias que hicimos, no pudimos encontrar lo que buscábamos. A -Camila solamente se le presentaban pisaverdes, es decir, amantes que -no tienen un cuarto, y a mí sólo se me ofrecían aquellas mujeres que -más quieren imponer contribuciones que pagarlas. Como el amor se negaba -a socorrer nuestras necesidades, apelamos a enredos y bellaquerías. -Hicimos tantos y tantas, que el corregidor llegó a saberlas, y -este juez, en extremo severo, dió orden a un alguacil para que nos -prendiese; pero éste, que era tan bueno como taimado el corregidor, nos -hizo espaldas para que saliésemos de Madrid, mediante una propineja que -le dimos. Tomamos el camino de Valladolid e hicimos pie en aquella -ciudad. Alquilé una casa, donde me alojé con Camila, que por evitar -el escándalo pasaba por hermana mía. Al principio nos contuvimos en -ejercer nuestra habilidad, y comenzamos a tantear y conocer bien el -terreno antes de acometer ninguna empresa. - -»Un día se llegó a mí en la calle un hombre y, saludándome muy -cortésmente, me dijo: «Señor don Rafael, ¿no me conoce usted?» -Respondíle que no. «Pues yo--me replicó--conozco a usted mucho, por -haberle visto en la Corte de Toscana, donde servía yo en las guardias -del gran duque. Pocos meses ha que dejé el servicio de aquel príncipe, -y me vine a España con un italiano de los más astutos. Estamos en -Valladolid tres semanas ha y vivimos en compañía de un castellano y de -un gallego, mozos los dos seguramente muy honrados, y nos mantenemos -todos con el trabajo de nuestras manos. Lo pasamos opíparamente y nos -divertimos como unos príncipes. Si usted quiere agregarse a nosotros, -será muy bien recibido de mis compañeros, porque siempre le he tenido -a usted por un hombre muy de bien, naturalmente poco escrupuloso y -caballero profeso en nuestra orden.» - -»La franqueza con que me habló aquel bribón me estimuló a responderle -del mismo modo. «Ya que te has franqueado conmigo con tanta -sinceridad--le respondí--, quiero hablarte con la misma. Es verdad que -no soy novicio en vuestra profesión, y si la modestia me permitiera -referirte mis proezas, verías que no me has hecho demasiada merced en -tu ventajoso concepto. Pero dejando a un lado alabanzas propias, me -contentaré con decirte, admitiendo la plaza que me ofreces en vuestra -compañía, que no perdonaré diligencia alguna para haceros conocer que -no la desmerezco.» Apenas dije a aquel ambidextro que consentía en -aumentar el número de sus camaradas, cuando me condujo a donde éstos -estaban, y desde el mismo punto me dió a conocer a todos. Allí fué -donde vi por primera vez al ilustre Ambrosio de Lamela. Examináronme -aquellos señores sobre el arte de apropiarse sutilmente de lo ajeno. -Quisieron saber si tenía principios de la facultad, y descubríles -tantas tretas nuevas para ellos que se quedaron admirados; pero mucho -más se pasmaron cuando, despreciando yo la sutileza de mis manos como -una cosa muy ordinaria, les aseguré que en lo que yo me aventajaba era -en golpes magistrales de hurtar que pedían ingenio, y para persuadirlos -que era verdad les conté la aventura de Jerónimo de Miajadas, y bastó -la sencilla relación de aquel suceso para que me reconociesen por un -talento superior y todos a una me nombrasen por jefe suyo. Tardé poco -en acreditar el acierto de su elección en una multitud de bribonerías -que hicimos, de todas las cuales fuí yo, por decirlo así, la llave -maestra. Cuando necesitábamos alguna actriz para forjar mejor algún -enredo, echábamos mano de Camila, que representaba con primor cuantos -papeles se le encargaban. - -«Dióle por aquel tiempo a nuestro cofrade Ambrosio la tentación de ir a -su país, y, con efecto, marchó a Galicia, asegurándonos de su vuelta. -Después que satisfizo sus deseos, volvió por Burgos, sin duda para dar -algún golpe de maestro, en donde un mesonero conocido suyo le acomodó -con el señor Gil Blas de Santillana, de cuyos asuntos le informó muy -bien. Usted, señor Gil Blas--prosiguió, dirigiéndome la palabra--, se -acordará, sin duda, del modo con que le desvalijamos en la posada de -caballeros de Valladolid. Tengo por cierto que desde luego sospechó -usted que su criado Ambrosio había sido el principal instrumento de -aquel robo, y en verdad que le sobró la razón para sospecharlo. Luego -que llegó a Valladolid, vino en busca nuestra, enterónos de todo, y -la gavilla se encargó de lo demás; pero no sabrá usted las resultas -de aquel pasaje y quiero informarle de ellas. Ambrosio y yo cargamos -con la valija y, montados en vuestras mulas, tomamos el camino de -Madrid, sin contar con Camila ni con los demás camaradas, los cuales se -admirarían tanto como vos de ver que no parecíamos al día siguiente. - -»A la segunda jornada mudamos de pensamiento: en vez de ir a Madrid, de -donde no había salido sin motivo, pasamos por Cebreros y continuamos -nuestro camino hasta Toledo. Lo primero que hicimos en aquella -ciudad fué vestirnos muy decentemente, y luego, vendiéndonos por -dos hermanos gallegos que viajaban por curiosidad, en poco tiempo -hicimos conocimiento con mucha gente de distinción. Estaba yo tan -acostumbrado a los modales cortesanos y caballerescos que fácilmente -se engañaron cuantos me vieron y trataron. A esto se añadía que como -en un país desconocido la calidad de los forasteros regularmente se -mide por el gasto que hacen y por el lucimiento con que se portan, -ofuscábamos a todos con magníficos festines que empezamos a dar a -las damas. Entre las que yo visitaba encontré con una que me gustó, -pareciéndome más linda y joven que Camila. Quise saber quién era, y -me dijeron se llamaba Violante, mujer de un caballero que, cansado ya -de sus caricias, galanteaba a una cortesana que se había apoderado de -su corazón. No necesité saber más para determinarme a hacer a doña -Violante dueña soberana de todos mis pensamientos. - -»Tardó poco ella misma en conocer la adquisición que había hecho. -Comencé a seguirla a todas partes y a hacer mil locuras para -persuadirla de que no aspiraba yo a otra cosa que a consolarla de las -infidelidades de su marido. Pensó un tanto sobre esto, y al cabo tuve -el gusto de conocer que aprobaba mis intenciones. Recibí, en fin, un -billete de ella en respuesta a muchos que yo le había escrito por medio -de una de aquellas viejas que en España e Italia son tan cómodas. -Decíame la dama en el tal billete que su marido cenaba todas las -noches en casa de su amiga y que hasta muy tarde no volvía a la suya. -Desde luego comprendí lo que me quería decir con esto. Aquella misma -noche fuí a hablar por la reja con doña Violante y tuve con ella una -conversación de las más tiernas. Antes de separamos quedamos de acuerdo -en que todas las noches a la misma hora nos hablaríamos en el propio -sitio, sin perjuicio de las demás galanterías que nos fuese permitido -practicar por el día. - -»Hasta entonces don Baltasar--que así se llamaba el marido de -Violante--podía darse por bien servido; pero siendo otros mis deseos, -fuí una noche al sitio consabido con ánimo de decirle que ya no podía -vivir si no lograba hablarle a solas en un lugar más conveniente al -exceso de mi amor, fineza que aun no había podido conseguir de ella. -Apenas llegué cerca de la reja, cuando vi venir por la calle a un -hombre, el cual conocí que me observaba. Con efecto, era el marido de -doña Violante, que aquella noche se retiraba a casa algo temprano, y -viendo parado allí a un hombre, comenzó él mismo a pasearse por la -calle. Dudé algún tiempo lo que debía hacer; pero al fin me determiné -a llegarme a don Baltasar, sin conocerle ni que él me conociese a mí, -y le dije: «Caballero, suplico a usted que por esta noche me deje -libre la calle, que en otra ocasión le serviré yo a usted.» «Señor--me -respondió--, la misma súplica iba yo a hacerle a usted. Yo cortejo a -una señorita que vive a veinte pasos de aquí, a la cual un hermano -suyo hace guardar con la mayor vigilancia, por lo que quisiera ver -desocupada del todo la calle.» «Espere usted--repliqué--, que ahora -me ocurre un modo para que ambos quedemos servidos sin incomodarnos, -porque la dama que yo cortejo vive en esta casa--mostrándole la -propia suya--. Usted puede divertirse en la otra mientras yo me -divierto en ésta y hacernos espaldas los dos si alguno de nosotros -fuere acometido.» «Convengo en ello--repuso él--; voy a ocupar mi -sitio, usted quédese en el suyo y socorrámonos mutuamente en caso de -necesidad.» Diciendo esto, se apartó de mí, pero fué para observarme -mejor, lo que podía hacer sin riesgo, porque la noche estaba obscura. - -»Acercándome entonces sin recelo a la reja de Violante, no tardó ésta -en venir y comenzamos a hablar. No me olvidé de instar a mi reina -para que me concediese una audiencia privada en sitio reservado. -Resistióse un poco a mis ruegos para hacer más apreciable el favor; -pero después, echándome un papel que ya traía prevenido en el bolsillo, -«Ahí va--me dijo--lo que deseáis, y veréis bien despachadas vuestras -súplicas.» Al decir esto se retiró, por cuanto iba ya viniendo la -hora en que acostumbraba a recogerse a casa su marido; pero éste, que -había conocido muy bien ser su mujer el ídolo a quien yo sacrificaba, -me salió al encuentro y, con un fingido gozo, me preguntó: «Y bien, -caballero, ¿está usted contento de su buena fortuna?» «Tengo motivos -para estarlo--le respondí--; y a usted ¿cómo le fué con la suya? -¿Mostrósele el amor risueño y favorable?» «¡Oh, no!--me respondió con -despecho--. ¡El maldito hermano de mi querida volvió de su casa de -campo un día antes de lo que habíamos pensado, y este contratiempo ha -aguado el contento con que yo me había lisonjeado!» - -»Hicímonos don Baltasar y yo recíprocas protestas de amistad y nos -citamos para vernos en la plaza Mayor la mañana siguiente. Después -que nos separamos, se fué don Baltasar derecho a su casa, donde no -mostró a su mujer el menor indicio de las noticias que tenía de ella, -y al otro día acudió a la plaza, según lo acordado, y de allí a un -momento llegué yo. Saludámonos con vivas demostraciones de amistad, tan -alevosas por su parte como sinceras por la mía. Hízome el artificioso -don Baltasar una falsa confianza de sus lances amorosos con la dama de -quien me había hablado la noche anterior. Contóme una larga fábula que -había forjado, todo con el siniestro fin de obligarme a corresponderle -contándole yo el modo con que había hecho conocimiento con Violante. -Caí incautamente en el lazo y con la mayor franqueza del mundo le -confesé todo lo que me había sucedido; y no contento con esto, le -enseñé el papel que había recibido, y aun le leí también su contexto, -que era el siguiente: «Mañana iré a comer en casa de doña Inés; ya -sabéis dónde vive. Allí hablaremos a solas. No puedo negaros por más -largo tiempo un favor que juzgo merecéis.» - -«Ese es un papel--dijo don Baltasar--que le promete a usted el -merecido premio de sus amorosos suspiros. Doile a usted de antemano -la enhorabuena de la dicha que le aguarda.» No dejó de parecer algo -turbado mientras hablaba de esta manera, pero fácilmente me deslumbró -ocultando a mis ojos su conmoción y enojo. Estaba tan embelesado -en mis halagüeñas esperanzas, que no me paraba en observar a mi -confidente, aunque éste se vió precisado a dejarme, sin duda por temor -de que conociese su agitación. Partió luego a contar a su cuñado esta -aventura, e ignoro lo que pasó entre los dos; sólo sé que don Baltasar -vino a casa de doña Inés a tiempo que yo estaba con Violante. Supimos -que era él el que llamaba y yo me escapé por una puerta falsa antes -que entrase en la sala. Luego que desaparecí, se aquietaron las dos -mujeres, que se habían asustado mucho con la repentina venida del -marido. Recibiéronle con tanta serenidad, que desde luego sospechó me -habían escondido o hecho pasadizo. Lo que dijo a doña Inés y a su mujer -no os lo puedo contar, porque nunca lo he sabido. - -»Entre tanto, no acabando todavía de conocer que don Baltasar se -burlaba cruelmente de mi sinceridad, salí de la casa echándole mil -maldiciones y me fuí derecho a la plaza, donde había dicho a Lamela me -aguardase. No le encontré, porque el bribón tenía también su poco de -trapillo, y con suerte más dichosa que la mía. Mientras le esperaba, -vi a mi falso confidente venir hacia mí con rostro muy alegre y mucho -desembarazo. Luego que llegó a mí, me preguntó cómo me había ido con -mi ninfa en casa de doña Inés. «No sé qué demonio--le respondí--, -envidioso de mis gustos, me vino a echar un jarro de agua en todos -ellos. Mientras estaba a solas con ella, instando y suplicando, -llamó a la puerta su maldito marido, a quien lleve Barrabás. Me fué -preciso pensar en el modo de retirarme prontamente, y así, me marché -por una puerta excusada, dando mil veces al diablo al grandísimo -importuno que viene siempre a desbaratar mis designios.» «A la -verdad, lo siento--repuso don Baltasar, alegrísimo en su interior de -verme desazonado--. Ese es un marido molesto, que no merece se le dé -cuartel.» «¡Oh! ¡En cuanto a eso--repliqué yo--, no dudéis que seguiré -vuestro consejo! Os doy palabra de que esta misma noche se le dará -pasaporte para el otro barrio. Su mujer, al separamos, me dijo que -fuese adelante con mi empeño y no abandonase la empresa por tan poca -cosa; que prosiguiese en acudir a su ventana a la hora acostumbrada, -porque estaba resuelta a introducirme ella misma en su casa, pero que -en todo caso no dejase de ir escoltado con dos o tres camaradas, para -que en cualquier lance me hallase bien prevenido.» «¡Oh qué prudente es -esa dama!--me respondió él--. Yo me ofrezco desde luego a acompañaros.» -«¡Oh querido amigo--repliqué yo, fuera de mí de puro gozo y echándole -los brazos al cuello--, y de cuántas finezas os soy deudor!» «Aun haré -más por vos--repuso él--. Yo conozco a un mozo que es un Alejandro; -éste nos acompañará, y con tal escolta podréis divertiros a vuestro -gusto sin sobresalto ni contratiempo.» - -»No encontraba voces para explicar mi agradecimiento a los favores de -aquel nuevo amigo; tan encantado me tenía su celo. Acepté, en fin, el -auxilio que me ofrecía, y dándonos el santo para cerca de la puerta de -Violante a la entrada de la noche, nos separamos. Don Baltasar fué a -buscar a su cuñado, que era el Alejandro de quien me había hablado, -y yo me quedé paseando con Lamela, el cual, aunque no menos admirado -que yo de la eficacia con que don Baltasar se interesaba en este -asunto, cayó también en la red como yo había caído, sin pasarle por el -pensamiento la menor desconfianza de la sencillez de aquellas finezas. -Confieso que una simplicidad tan garrafal no se podía perdonar a unos -hombres como nosotros. Cuando me pareció que era hora de presentarme -a la ventana de Violante, Ambrosio y yo nos acercamos a ella, bien -prevenidos de buenas armas. Hallamos en el mismo sitio al marido de la -dama, acompañado de otro hombre que nos esperaba a pie firme. Llegóse a -mí don Baltasar y me dijo: «Este es el caballero de cuyo valor hablamos -esta mañana. Entre usted en casa de esa señora y disfrute su dicha sin -recelo ni inquietud.» - -»Acabados los recíprocos cumplimientos, llamé a la puerta de mi ninfa y -vino a abrirla una especie de dueña. Entré sin advertir lo que pasaba -a mis espaldas y llegué hasta una sala donde Violante me esperaba. -Mientras la estaba saludando, los dos traidores, que me siguieron hasta -dentro de la casa, habían entrado en ella tan atropelladamente, y -cerrado tras de sí la puerta con tanta violencia, que el pobre Ambrosio -se quedó en la calle. Descubriéronse entonces, y ya podéis imaginar el -apuro en que yo me vería. Bien se deja conocer que fué forzoso entonces -llegar a las manos. Acometiéronme los dos al mismo tiempo con las -espadas desnudas, y yo les correspondí, dándoles tanto que hacer que -se arrepintieron presto de no haber tomado medidas más seguras para la -venganza. Pasé de parte a parte al marido, y el cuñado, viéndole en -aquel estado, tomó la puerta, que Violante y la dueña habían dejado -abierta al escaparse mientras nosotros reñíamos. Fuíle siguiendo hasta -la calle, donde me reuní con Lamela, que, no habiendo podido sacar ni -una sola palabra a las dos mujeres que había visto ir huyendo, no sabía -precisamente a qué atribuir el rumor que acababa de oír. Volvimos a la -posada, y, recogiendo lo mejor que teníamos, montamos en nuestras mulas -y salimos de la ciudad antes que amaneciese. - -»Conocimos muy bien que el lance podía tener malas resultas y que se -harían en Toledo pesquisas contra las cuales sería imprudencia no -tomar todo género de precauciones. Hicimos noche en Villarrubia, en un -mesón, en donde a poco rato entró un mercader de Toledo que caminaba -a Segorbe. Cenamos con él y nos contó el trágico suceso del marido de -Violante, mostrándose tan ajeno de sospecharnos reos de él que con -libertad le hicimos toda suerte de preguntas. «Señores--nos dijo--, el -caso lo supe esta mañana al ir a montar a caballo. Se hacen grandes -diligencias para encontrar a Violante y me han asegurado que, siendo el -corregidor pariente de don Baltasar, está en ánimo de no perdonar medio -alguno para descubrir los autores del homicidio. Esto es todo lo que -sé.» - -»Aunque nada me espantaron las pesquisas del corregidor de Toledo, -no obstante, tomé desde luego la determinación de salir cuanto antes -de Castilla la Nueva, haciéndome cargo de que si encontraban a -Violante confesaría ésta cuanto había pasado y daría tales señas de -mi persona que la justicia despacharía rápidamente varias gentes en -mi seguimiento. Por todas estas consideraciones, resolvimos desviamos -del camino real desde el día siguiente. Tuvimos la fortuna de que -Lamela había corrido las tres partes de España y tenía bien conocidas -todas las sendas extraviadas por donde podíamos pasar con seguridad a -Aragón. En vez de irnos derechos a Cuenca, nos metimos en las montañas -que están antes de llegar a la ciudad, y por senderos muy practicados -por mi conductor llegamos a una gruta que tenía toda la apariencia de -ermita. Con efecto, era la misma adonde ayer noche llegaron ustedes a -pedirme los recogiese. - -»Mientras estaba yo examinando sus contornos, que me representaban un -país deliciosísimo, me dijo mi compañero: «Seis años ha que pasando -yo por aquí me hospedó caritativamente en esta ermita un anciano y -venerable ermitaño, que repartió conmigo los escasos víveres que tenía. -Era un santo varón, y me dijo cosas tan santas y tan buenas que faltó -poco para que yo dejase el mundo. Acaso vivirá todavía y quiero ver si -es así.» Dicho esto, se apeó de la mula el curioso Ambrosio, y entrando -en la ermita, después de haberse detenido en ella algunos momentos, -salió, diciéndome: «Apeaos, don Rafael, y venid a ver un espectáculo -muy tierno.» Eché pie a tierra inmediatamente, y, atando nuestras mulas -a un árbol, seguí a Lamela hasta la gruta, donde entré, y vi tendido en -una vil tarima a un viejo anacoreta, pálido y moribundo. Pendía de su -venerable rostro una blanca barba, tan poblada y larga que le llegaba -hasta la cintura, y tenía en sus manos juntas entrelazado un gran -rosario. Al ruido que hicimos cuando nos acercamos a él entreabrió los -ojos, que la muerte había comenzado ya a cerrar, y después de habernos -mirado un momento nos dijo: «Hermanos míos, seáis quienes fuereis, -aprovechaos del espectáculo que se ofrece a vuestra vista. Cuarenta -años he vivido en el mundo y sesenta en esta soledad. ¡Ah y qué largo -me parece ahora el tiempo que dediqué a mis deleites, y, al contrario, -qué corto el que he consagrado a la penitencia! ¡Ah! ¡Mucho temo que -las austeridades del hermano Juan no hayan sido bastantes para expiar -los pecados del licenciado don Juan de Solís.» - -»Apenas dijo estas palabras, cuando expiró, y los dos nos quedamos -atónitos a vista de su muerte. Tales objetos siempre hacen alguna -impresión hasta en los mayores libertinos; pero duró poco nuestra -conmoción, porque olvidamos presto lo que acababa de decirnos. -Comenzamos a hacer inventario de todo lo que había en la ermita, en lo -que no tardamos mucho tiempo, pues todos los muebles consistían en lo -que habéis podido ver en ella. No sólo la tenía el hermano Juan mal -amueblada, sino que hasta la despensa estaba mal provista. Todas las -provisiones que hallamos se reducían a unas pocas avellanas y algunos -mendrugos de pan casi petrificados, que a la cuenta no habían podido -mascar las despobladas encías del santo varón; digo despobladas porque -observamos que se le había caído la dentadura. Todo lo que contenía -esta morada solitaria y todo lo que veíamos nos hacía mirar a este -buen anacoreta como a un santo. Una sola cosa nos llamó la atención: -hallamos un papel plegado en forma de carta, que el difunto había -dejado sobre la mesa, en el cual encargaba a quien le leyese que -llevase su rosario y sus sandalias al obispo de Cuenca. No acabamos de -entender con qué intención había podido aquel nuevo padre del desierto -desear que se hiciese a su obispo semejante regalo. Olíanos esto a -falta de humildad o a cierto hipo de ser tenido por santo. Pero ¡quién -sabe si sólo fué un si es no es de tontería! Es punto que no me meteré -a decidir. - -»Hablando de ello Lamela y yo, le ocurrió a aquél un extraño -pensamiento. «Quedémonos--me dijo--en esta ermita y disfracémonos de -ermitaños. Enterremos al hermano Juan. Tú pasarás por él, y yo, con -el nombre de hermano Antonio, iré a pedir limosna por los lugares y -aldeas del contorno. De esta manera, no sólo estaremos a cubierto de -las pesquisas del corregidor, que no creo pueda pensar en buscarnos -aquí, sino que espero lo pasaremos bien, en virtud de los conocimientos -que tengo en la ciudad de Cuenca.» Aprobé este extraño pensamiento, -no ya por las razones que Ambrosio me alegaba, sino por un rasgo de -extravagancia y como para representar un papel en una pieza de teatro. -Abrimos, pues, una sepultura a treinta o cuarenta pasos de la gruta, -y enterramos en ella modestamente al anacoreta, después de haberle -despojado de su hábito, que consistía en una túnica ceñida al cuerpo -con una correa de cuero, y le cortamos también la barba, para hacerme -con ella a mí una postiza; en fin, hechos los funerales, tomamos -posesión de la ermita. - -»Pasámoslo muy mal el primer día, viéndonos precisados a mantenernos -solamente de la triste provisión que nos había dejado el difunto; pero -el día siguiente, antes de amanecer, salió Lamela a campaña con las dos -mulas, que vendió en Cuenca, y por la noche volvió cargado de víveres -y de otras cosillas que había comprado. Trajo todo lo que era menester -para disfrazarnos bien. Hizo para sí una túnica o hábito de paño pardo -y una barbilla roja de crines, la que se supo acomodar con tal arte que -parecía natural. No hay en el mundo mozo más mañoso que él. Arregló -también la barba del hermano Juan, ajustándomela a la cara, y púsome -en la cabeza un gran gorro de lana obscura, que contribuía mucho para -disimular el artificio. Se puede decir que nada faltaba para nuestro -disfraz. Hallámonos los dos en este ridículo equipaje, de manera que no -podíamos mirarnos sin reírnos, viéndonos en un traje que ciertamente -no nos convenía. Con la túnica del hermano Juan heredé también su -rosario y sus sandalias, que no hice escrúpulo de apropiarme en vez de -regalárselas al obispo de Cuenca. - -»Hacía tres días que estábamos en la ermita, sin haber visto en todos -ellos alma viviente; pero al cuarto entraron en la gruta dos aldeanos, -que traían al difunto, creyendo que estuviese todavía vivo, pan, queso -y cebollas. Luego que los vi, me eché en mi tarima, y me fué fácil -alucinarlos, fuera de que ellos no podían distinguirme bien por la -escasa luz de la ermita, y procuré imitar lo mejor que pude la voz del -hermano Juan, cuyas últimas palabras había oído: de manera que los -pobres hombres no tuvieron la menor sospecha de aquella superchería, -y sí sólo mostraron alguna admiración de hallarse en la gruta con -otro ermitaño. Pero advirtiéndolo, el socarrón de Lamela les dijo con -cierto aire hipocritón: «No os admiréis, hermanos, de verme a mí en -esta soledad. Estaba yo en una ermita de Aragón y la he dejado por -venir a acompañar al venerable y discreto hermano Juan y asistirle en -su extrema vejez, considerando la necesidad que tendría en ella de este -alivio.» Los aldeanos prorrumpieron en infinitas alabanzas de Ambrosio, -ensalzando hasta el cielo su heroica caridad y dándose a sí mismos mil -parabienes por la dicha de tener dos hombres santos en su país. - -»Había comprado Lamela unas grandes alforjas, y cargado con ellas -partió por la primera vez a dar principio a la demanda en la ciudad -de Cuenca, que sólo dista una legua corta de la ermita. Como la -Naturaleza le ha dotado de un exterior devoto y compungido, y además -de eso posee en supremo grado el arte de hacerlo valer, no dejó de -mover el corazón de las personas caritativas a darle limosna, y así, en -poco tiempo llenó las alforjas de los dones de su liberalidad. «Amigo -Ambrosio--le dije cuando volvió a la ermita--, te doy el parabién del -admirable talento que tienes para ablandar y enternecer las almas -cristianas. ¡Vive diez, que parece has ejercitado por muchos años el -oficio de demandante capuchino!» «Algo más he hecho--me respondió--que -hacer abundante cosecha, porque has de saber que he encontrado a cierta -ninfa, llamada Bárbara, que fué algo mía en otro tiempo. La he hallado -bien mudada, pues se ha dado, como nosotros, a la devoción. Vive con -otras dos o tres beatas que edifican el mundo en público y hacen una -vida muy diferente en casa. Al principio no me conoció; tanto, que me -vi obligado a decirle: «¿Cómo así, señora Bárbara? ¿Es posible que -ya desconozcáis a uno de vuestros antiguos amigos y vuestro humilde -servidor Ambrosio?» «¡Por vida mía, amigo Lamela--respondió Bárbara--, -que jamás podía soñar el verte vestido con ese traje! ¿Por qué diablos -de aventuras has venido a parar en ermitaño?» «Eso es cosa larga--le -respondí--, y ahora no puedo detenerme a contárosla; pero mañana a la -noche volveré y satisfaré vuestra curiosidad. También vendrá conmigo -mi compañero, el hermano Juan.» «¿Qué hermano Juan?--replicó ella--. -¿Aquel viejo y buen ermitaño que vive en una ermita cerca de esta -ciudad? ¡Tú no sabes lo que te dices, pues se asegura que tiene más de -cien años!» «Es verdad--le respondí--que en otro tiempo tuvo esa edad, -pero de pocos días a esta parte se ha remozado tanto que no soy yo más -mozo que él.» «Pues bien--respondió Bárbara--, siendo así, que venga -contigo. Sin duda que en eso se oculta algún misterio.» - -»No dejamos de ir al día siguiente, luego que fué noche, a casa de -aquellas santurronas, que para recibirnos mejor nos tenían prevenida -una gran cena. Así que entramos en su casa nos quitamos las barbas -postizas y el hábito eremítico, y sin ceremonia nos presentamos a estas -princesas tales cuales éramos; y ellas, por no parecer menos francas -que nosotros, nos mostraron de cuánto son capaces las falsas devotas -cuando arriman a un lado las gazmoñerías de la aparente devoción. -Pasamos casi toda la noche a la mesa y no nos retiramos a nuestra gruta -hasta poco antes de amanecer. Repetimos presto la visita, o por mejor -decir seguimos el mismo método por espacio de tres meses, y gastamos -con aquellas ninfas más de los dos tercios de nuestro caudal; pero -cierto celoso lo ha descubierto todo, dando parte a la justicia, la -cual debía hoy ir a la ermita a echarnos mano. Ayer, mientras Ambrosio -hacía su demanda en Cuenca, una de las beatas le entregó un billete, -diciéndole: «Una amiga mía me escribe esta carta, que iba a enviaros -con un propio. Muéstresela al hermano Juan y tomen sus medidas en -informándose de su contenido.» Este es, señores, aquel mismo billete -que Lamela me entregó ayer en vuestra presencia y el que nos obligó a -abandonar tan precipitadamente nuestra solitaria habitación.» - - - - - CAPITULO II - -De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus oyentes y de la -aventura que les sucedió al querer salir del bosque. - - -Luego que acabó don Rafael de contar su historia, que me pareció -algo larga, don Alfonso le dijo por cortesía que verdaderamente le -había divertido mucho. Después de este cumplido, tomó la palabra el -señor Lamela, y volviéndose al compañero de sus hazañas le dijo: -«Don Rafael, el sol está ya para ponerse y me parece del caso que -tratemos del partido que hemos de tomar.» «Dices bien--respondió su -camarada--; es menester pensar a dónde hemos de ir.» «Yo--continuó -Lamela--soy de parecer que, sin perder tiempo, nos pongamos en camino y -procuremos llegar esta noche a Requena, para entrar mañana en el reino -de Valencia, donde pondremos en movimiento los registros de nuestra -industria. Siento acá dentro de mi corazón no sé qué presagio de que -daremos golpes magistrales.» Don Rafael, que sobre estos asuntos tenía -gran fe en sus pronósticos infalibles, accedió luego a su opinión. -Don Alfonso y yo, como nos habíamos puesto en manos de aquellos dos -hombres de bien, esperamos sin hablar palabra el resultado de aquella -conferencia. - -Resolvióse, pues, que tomásemos la vuelta de Requena, y nos -dispusimos todos para ello. Hicimos una comida como la de la mañana -y después cargamos el caballo con la bota de vino y lo restante de -las provisiones. Sobreviniendo la noche, de cuya lobreguez teníamos -necesidad para caminar seguros, quisimos salir del bosque; pero aun no -habíamos andado cien pasos cuando descubrimos por entre los árboles -una luz que nos dió mucho en que pensar. «¿Qué significa aquella -luz?--preguntó don Rafael--. ¿Serán acaso los corchetes de la justicia -de Cuenca despachados en seguimiento nuestro, y que creyéndonos en este -bosque nos vendrán a buscar en él?» «No lo pienso--dijo Ambrosio--; -antes bien, serán algunos pasajeros que, por haberles cogido la noche, -se habrán refugiado aquí hasta que amanezca. Pero en todo caso, porque -puedo engañarme, quiero yo ir a reconocerlos; mientras tanto quedaos -los tres en este sitio, que vuelvo en un momento.» Diciendo esto, se -fué acercando poco a poco a donde se dejaba ver la luz, que no estaba -muy distante. Fué desviando con mucho tiento las ramas y matorrales que -le impedían el paso, y al mismo tiempo mirando con toda la atención que -a su parecer merecía el caso: vió, sentados sobre la hierba y alrededor -de una vela colocada sobre un montoncito de tierra, a cuatro hombres, -que acababan de comer una empanada y de agotar una gran bota de vino. -A pocos pasos de distancia descubrió a un hombre y a una mujer atados -a dos árboles, y algo más allá un coche de camino con mulas ricamente -enjaezadas. Desde luego sospechó que los cuatro hombres que estaban -sentados debían de ser ladrones, y por la conversación que les oyó -acabó de conocer que no había sido temeraria su sospecha. Disputaban -los cuatro salteadores sobre de quién había de ser la dama que había -caído en sus manos y trataban de sortearla. Enterado plenamente, Lamela -volvió a donde estábamos y nos informó menudamente de todo lo que había -visto y oído. - -«Señores--dijo entonces don Alfonso--, la mujer y el hombre que tienen -atados a los árboles los ladrones quizá serán una señora y un caballero -de distinción. ¿Y hemos de sufrir nosotros que sirvan de víctimas a -la barbarie y a la brutalidad de unos malhechores? Creedme, señores, -echémonos sobre estos bandidos y mueran todos a nuestras manos.» -«Consiento en ello--dijo D. Rafael--; yo estoy tan pronto a hacer una -buena acción como una mala.» Ambrosio, por su parte, protestó que sólo -deseaba concurrir a una empresa tan loable, de la cual preveía que -seríamos bien recompensados, según su modo de pensar. «Y aun me atrevo -a decir--añadió--que en esta ocasión el peligro no me amedrenta y que -ningún caballero andante se manifestó nunca más pronto al servicio de -las damas.» Pero si se han de decir las cosas sin faltar a la verdad, -el riesgo no era grande, porque habiéndonos dicho Lamela que las armas -de los ladrones estaban todas amontonadas en un sitio a diez o doce -pasos de ellos, no nos fué muy difícil ejecutar nuestra resolución. -Atamos, pues, a un árbol el caballo y nos fuimos acercando con -silencio y a paso lento a los ladrones. Acalorados éstos con el vino, -hablaban todos, metiendo un ruido confuso que favorecía mucho el golpe -de la sorpresa. Apoderámonos de sus armas antes de que nos viesen, -y disparándolas sobre ellos a boca de jarro, todos cuatro quedaron -tendidos sobre el suelo. - -Durante esta expedición se apagó la luz y nos quedamos en la -obscuridad; sin embargo de esto, acudimos inmediatamente a desatar -el hombre y la mujer, que estaban tan poseídos de terror que no -tuvieron aliento para darnos las gracias por el bien que acabábamos -de hacerles. Verdad es que ignoraban aún si debían mirarnos como a -bienhechores o como a nuevos bandidos, que los habían librado de los -otros quizá para tratarlos peor. Pero nosotros procuramos sosegarlos -asegurándoles que los íbamos a conducir a una venta que, según decía -Ambrosio, no distaba mas que media legua de allí, donde podrían tomar -las precauciones necesarias para llegar con seguridad a donde se -dirigían. Después de que los hubimos animado, los metimos en su coche y -los sacamos fuera del bosque, tirando nosotros las mulas por el freno. -Nuestros anacoretas fueron en seguida a visitar las faltriqueras de -los vencidos; después fuimos a desatar el caballo de don Alfonso, y nos -apoderamos también de los que eran de los ladrones, que estaban atados -a varios árboles junto al campo de batalla. Montados en unos y llevados -otros del diestro, seguimos al hermano Antonio, que había montado en -una mula del coche, haciendo de cochero para conducirlo a la venta, y -tardamos dos horas en llegar a ella, aunque el señor Lamela nos había -dicho que no estaba muy apartada del bosque. - -Llamamos a la puerta con fuertes golpes, porque toda la gente de -la casa estaba ya acostada. Levantáronse y vistiéronse de prisa el -ventero y la ventera, que no mostraron el menor enfado de que los -hubiesen despertado a lo mejor del sueño cuando vieron una comitiva -que prometía hacer mucho más gasto en su casa del que efectivamente -hizo. En un momento encendieron luces por toda la venta. Don Alfonso y -el ilustre hijo de Lucinda dieron la mano a la señora y al caballero -para ayudarlos a bajar del coche, sirviéndoles como de gentileshombres -hasta el cuarto a donde los condujo el ventero. Allí se hicieron mil -recíprocos cumplimientos, y quedamos muy admirados cuando llegamos a -saber que los personajes a quienes acabábamos de libertar eran el conde -de Polán y su hija Serafina. Pero ¿quién podrá describir el asombro de -esta señora y de D. Alfonso cuando se conocieron? El conde no reparó en -este pasaje, porque estaba distraído en otras cosas. Púsose a contarnos -menudamente el modo como les habían asaltado los ladrones y se habían -apoderado de su hija y de él después de haber muerto al postillón, -a un paje y a un ayuda de cámara. Acabó diciendo que nos estaba -infinitamente agradecido, y que si queríamos ir a Toledo, donde estaría -de vuelta dentro de un mes, nos daría pruebas que bastasen a hacernos -conocer si era ingrato o reconocido. - -A la hija de aquel señor no se le olvidó darnos también mil gracias por -su dichosa libertad; y habiendo juzgado don Rafael y yo que gustaría -don Alfonso de que le facilitásemos el medio de hablar un rato a solas -con aquella viuda joven, lo dispusimos prontamente entreteniendo al -conde de Polán. «Serafina--le dijo don Alfonso en voz muy baja--, ya -no me quejaré de la desgraciada suerte que me obliga a vivir como un -hombre desterrado de la sociedad civil, habiendo tenido la fortuna de -contribuir al importante servicio que se os ha hecho.» «Pues qué--le -respondió ella suspirando--, ¿sois vos el que me habéis salvado la vida -y el honor? ¿Sois vos a quien mi padre y yo somos tan deudores? ¡Ah don -Alfonso! ¡Por qué fuisteis vos quien dió muerte a mi hermano!» No le -dijo más; pero él comprendió bastante, por sus palabras y por el tono -en que las dijo, que si amaba con extremo a Serafina no era menos amado -de ella. - - - LIBRO SEXTO - - - - - CAPITULO PRIMERO - -De lo que hicieron Gil Blas y sus compañeros después que se separaron -del conde de Polán; del importante proyecto que formó Ambrosio y cómo -se ejecutó. - - -Después de haber pasado el conde de Polán la mitad de la noche en -darnos gracias y asegurarnos que podíamos contar con su eterno -agradecimiento, llamó al ventero, para consultar con él de qué modo -llegaría con seguridad a Turis, adonde tenía ánimo de ir. Dejamos -que tomase sobre esto sus medidas, y nosotros salimos de la venta, -siguiendo el camino que Lamela quiso escoger. - -Al cabo de dos horas de marcha nos amaneció ya cerca de Campillo. -Llegamos prontamente a las montañas que hay entre aquella villa y -Requena, y allí pasamos el día en descansar y en contar nuestro caudal, -que se había aumentado mucho con el dinero que habíamos cogido a los -ladrones, en cuyas faltriqueras se encontraron más de trescientos -doblones en diferentes monedas. Al entrar de la noche nos volvimos a -poner en camino, y el día siguiente al amanecer entramos en el reino de -Valencia. Retirámonos al primer bosque que encontramos, emboscámonos -en él y llegamos a un sitio por donde corría un arroyuelo de agua -cristalina que iba lentamente a juntarse con las del Guadalaviar. La -sombra con que nos convidaban los árboles y la abundante hierba que el -campo ofrecía para los caballos nos hubieran determinado a hacer alto -en aquel paraje, aun cuando no estuviéramos ya resueltos a descansar -algunas horas en él. - -Apeámonos, pues, y hacíamos ánimo de pasar allí aquel día alegremente; -pero cuando fuimos a almorzar nos hallamos con poquísimos víveres. -Empezaba a faltarnos el pan y nuestra bota se había convertido en -un cuerpo sin alma. «Señores--dijo entonces Ambrosio--, sin Ceres y -sin Baco a ninguno agrada el sitio más delicioso. Soy de parecer que -renovemos nuestras provisiones, y así, marcho a este fin a Chelva, que -es una linda villa, distante de aquí solas dos leguas, y tardaré poco -en tan corto viaje.» Dicho esto, cargó en el caballo la bota y las -alforjas, montó, y partió del bosque a tan buen paso que nos prometimos -sería muy pronta su vuelta; mas, sin embargo, no volvió tan presto como -lo esperábamos. Era ya mucho más del mediodía cuando vimos a nuestro -proveedor, cuya tardanza comenzaba a damos cuidado. Engañó alegremente -nuestro sobresalto con las muchas cosas de que venía provisto. No -sólo traía la bota llena de exquisito vino y atestadas las alforjas -de carnes asadas, sino que reparamos un gran fardo acomodado a las -ancas del caballo, que se llevó nuestra atención. Conociólo Ambrosio, -y nos dijo sonriéndose: «Apuesto yo a don Rafael y a todos los más -diestros del mundo que no son capaces de adivinar por qué ni para qué -he comprado todo este envoltorio de ropa.» Diciendo esto, lo desató él -mismo para que viéramos por menor lo que encerraba. Mostrónos un manteo -negro y una sotana del mismo color, dos chupas y dos pares de calzones, -un tintero de cuerno, con su salvadera y cañón para meter las plumas, -una mano de papel fino, un sello grande y un candado, juntamente -con una barreta de lacre verde. «¡Pardiez, señor Ambrosio--exclamó -zumbándose D. Rafael luego que vió todas aquellas baratijas--, que -habéis empleado bien el dinero! ¿Qué diablos piensas hacer de todos -esos cachivaches?» «Un uso admirable--respondió Lamela--. Todas estas -cosas no me han costado sino diez doblones, y estoy persuadido de que -nos han de valer más de quinientos. Contad seguramente con ellos. No -soy hombre que me cargo de géneros inútiles. Y para haceros ver que no -he comprado a tontas y a locas, voy a daros parte de un proyecto que he -formado, un proyecto que sin disputa es de los más ingeniosos que puede -concebir el entendimiento humano. Vais a oírlo, y estoy seguro que -quedaréis atónitos al saberlo. ¡Estadme atentos! Después de haber hecho -mi provisión de pan, me entré en una pastelería y mandé que me asasen -seis perdices, otras tantas pollas e igual número de gazapos. Mientras -todo esto se estaba asando, entró en la pastelería un hombre encendido -en cólera, quejándose agriamente de la injuria que le había hecho un -mercader del pueblo, y le dijo al pastelero: «¡Por Santiago Apóstol, -que Samuel Simón es el mercader más ruin que hay en todo Chelva! Acaba -de afrentarme públicamente en su tienda, pues no me ha querido fiar el -grandísimo ladrón seis varas de paño, sabiendo como sabe que soy un -artesano que cumplo bien y que a ninguno he quedado jamás a deber un -cuarto. ¿No os admiráis de semejante bruto? El fía sin reparo a los -caballeros, cuando sabe por experiencia que de muchos de ellos no ha -de cobrar ni un ochavo, y no quiere fiar a un vecino honrado que está -seguro de que le ha de pagar hasta el último maravedí. ¡Qué manía! -¡Maldito judío! ¡Ojalá le engañen! ¡Puede ser que se me cumpla algún -día este deseo y no faltarán mercaderes que me acompañen en él.» Oyendo -yo hablar de este modo a aquel pobre menestral, que dijo además otras -muchas cosas, de repente me asaltó el deseo de vengarle y de hacer una -pesada burla al señor Samuel Simón. «Amigo--pregunté a aquel hombre--, -¿no me diréis qué carácter tiene ese mercader?» «El peor que se puede -discurrir--me respondió con enfado--. Es un desenfrenado usurero, -aunque en su exterior aparenta ser un hombre virtuoso; es un judío que -se volvió católico, pero en el fondo de su alma es todavía tan judío -como Pilatos, porque se asegura haber abjurado por interés.» No perdí -palabra de todo lo que me dijo el irritado menestral, y luego que -salí de la pastelería procuré informarme de la casa de Samuel Simón. -Enseñómela un hombre. Paréme a ver su tienda, examinéla toda, y mi -imaginación, siempre pronta a favorecerme, me sugiere un enredo que -abrazo con presteza, pareciéndome digno del criado del señor Gil Blas. -Fuíme derecho a una ropería y compré los vestidos que veis; uno, para -hacer el papel de comisario del Santo Oficio; otro, para representar -el de secretario, y el tercero, para fingir el de alguacil. Ved ahí, -señores, lo que hice y lo que fué la causa de mi tardanza.» - -«¡Ah querido Ambrosio--interrumpió D. Rafael arrebatado de gozo--, y -qué admirable idea! ¡Qué plan tan asombroso! ¡Envidio tu sutilísima -invención! ¡Daría yo los mayores enredos de mi vida por que se me -hubiese ofrecido éste tan ingenioso! ¡Sí, amigo Lamela--prosiguió--, -penetro bien todo el fondo, todo el valor de tu delicado pensamiento, y -no debes poner duda en que el éxito será dichoso! Sólo has menester dos -buenos actores que no echen a perder una comedia tan bien imaginada; -pero estos actores los tienes a mano. Tú tienes un aspecto devoto -y harás muy bien de comisario del Santo Oficio; yo representaré el -secretario y el señor Gil Blas, si gusta, hará de alguacil. Ya están -repartidos los papeles; mañana representaremos la comedia, y yo -respondo del buen éxito, a menos que sobrevenga alguno de aquellos -lances imprevistos que dan en tierra con los designios más bien -combinados.» - -Por lo que a mí toca, sólo comprendí en confuso el proyecto que -D. Rafael alabó tanto; pero durante la cena me lo explicaron, y -verdaderamente me pareció ingenioso. Después que hubimos despachado -gran parte de la provisión y hecho a la bota copiosas sangrías, -nos tendimos sobre la hierba y tardamos poco en dormirnos. Pero no -fué largo nuestro sueño, porque una hora después le interrumpió el -despiadado Ambrosio gritando antes del día: «_¡En pie! ¡En pie!_ ¡Los -que traen entre manos grandes empresas que ejecutar no han de ser -perezosos!» «¡Maldito sea el señor comisario--le dijo D. Rafael entre -despierto y dormido--, y lo que su señoría ha madrugado! ¡En verdad que -el judiazo de Samuel Simón dará a todos los diablos tanta vigilancia!» -«Convengo en ello--respondió Lamela--, y os diré de más a más--añadió -riéndose--que esta noche soñé que yo le estaba arrancando pelos de -la barba. ¿Y este sueño, señor secretario, no es de muy mal agüero -para el desdichado Samuel?» Con estas y otras mil cuchufletas que se -dijeron nos pusimos todos de muy buen humor. Almorzamos alegremente -y luego nos dispusimos para representar cada uno su papel. Ambrosio -se echó a cuestas las hopalandas, de manera que tenía toda la traza -de un verdadero comisario. Don Rafael y yo nos vestimos de modo que -parecíamos perfectamente un secretario y un alguacil. Empleamos -bastante tiempo en disfrazarnos y en ensayar lo que habíamos de -hacer; tanto, que eran ya más de las dos de la tarde cuando salimos -del bosque para encaminamos a Chelva. Es verdad que ninguna cosa nos -apuraba; antes bien, era del caso no dejarnos ver en el lugar hasta -algo entrada la noche. Por lo mismo, caminamos poco a poco, y aun -tuvimos que detenernos casi a las puertas del pueblo, dando tiempo a -que obscureciese enteramente. - -Cuando nos pareció tiempo, dejamos los caballos en aquel sitio, a cargo -de D. Alfonso, que se alegró mucho de no tener que hacer otro papel. -Don Rafael, Ambrosio y yo nos fuimos en derechura a la puerta de Samuel -Simón. El mismo salió a abrirla, y quedó extrañamente sorprendido de -ver en su casa aquellas tres figuras; pero lo quedó mucho más luego -que Lamela, que llevaba la palabra, le dijo en tono imperioso: «Señor -Samuel, de parte del Santo Oficio, cuyo indigno comisario soy, os -ordeno que en este mismo momento me entreguéis la llave de vuestro -despacho. Quiero ver si hallo en él con que justificar las delaciones y -acusaciones que se nos han presentado contra vos.» - -El mercader, a quien habían turbado estas palabras, retrocedió dos -pasos, y lejos de sospechar en nosotros alguna superchería, creyó de -buena fe que algún enemigo oculto le había delatado al Santo Oficio, -o también es muy posible que, no reconociéndose él mismo por muy buen -católico, temiese haber dado motivo para alguna secreta información. -Sea lo que fuere, nunca vi hombre más confuso. Obedeció sin resistencia -y con todo el respeto que corresponde a un hombre que teme a la -Inquisición. El mismo nos abrió su despacho, y al entrar le dijo -Ambrosio: «Señor Samuel, a lo menos recibís con sumisión las órdenes -del Santo Oficio; pero--añadió--retiraos a otro cuarto y dejadme -practicar libremente mi empleo.» Samuel no fué menos obediente a esta -segunda orden que lo había sido a la primera; retiróse a su tienda, y -nosotros tres entramos en su despacho, donde sin pérdida de tiempo nos -pusimos a buscar el dinero, que nos costó poco trabajo y menos tiempo -encontrar, porque estaba en un cofre abierto, donde había más del que -podíamos llevar. Consistía en gran número de talegos puestos unos sobre -otros y todo en moneda de plata. Nosotros hubiéramos querido más que -fuese en oro; pero no pudiendo ya ser esto, nos fué forzoso hacer de -la necesidad virtud. Llenamos bien los bolsillos, las faltriqueras, -el hueco de los calzones y, en fin, todo aquello donde lo podíamos -encajar, de suerte que todos íbamos cargados con un peso exorbitante, -sin que ninguno lo pudiese conocer, gracias a la destreza de Ambrosio y -de don Rafael, que me hicieron ver con esto que no hay en el mundo cosa -mejor que saber bien cada uno el arte que profesa. - -Salimos del cuarto después de haber hecho nuestro negocio, y, por una -razón que es fácil de adivinar, el señor comisario sacó su candado, -que quiso echar por su misma mano a la puerta; plantóle el sello y -luego dijo a Simón: «Maese Samuel, de parte del Tribunal os prohibo que -lleguéis a este candado, ni tampoco a este sello, que debéis respetar, -pues que es el sello del Santo Oficio. Mañana volveré a esta misma -hora a quitarlo y a daros órdenes.» Hecho esto, mandó abrir la puerta -de la calle, por la cual fuimos todos desfilando alegremente; y cuando -hubimos andado como unos cincuenta pasos, comenzamos a caminar con tal -ligereza que apenas tocábamos con el pie en tierra, sin embargo de -la pesada carga que llevábamos. Salimos presto fuera de la villa, y, -volviendo a montar en nuestros caballos, tomamos el camino de Segorbe, -dando gracias por tan feliz suceso al dios Mercurio. - - - - - CAPITULO II - -De la resolución que tomaron don Alfonso y Gil Blas después de esta -aventura. - - -Anduvimos toda la noche, según nuestra loable costumbre, y al amanecer -nos hallamos a la vista de una miserable aldea distante dos leguas de -Segorbe. Como todos estábamos cansados, nos desviamos con gusto del -camino real para llegar hasta unos sauces que descubrimos al pie de una -colina a cosa de unos mil o mil doscientos pasos de la aldea, en la -cual no nos pareció conveniente detenernos. Vimos que aquellos árboles -hacían una apacible sombra y que les bañaba el pie un arroyuelo. -Agradónos lo delicioso del sitio, y resolviendo pasar en él lo restante -del día, nos apeamos, quitamos los frenos a los caballos para que -pudiesen pacer, nos echamos sobre la verde hierba, y después de haber -reposado un poco acabamos de desocupar las alforjas y la bota. Luego -que hubimos almorzado opíparamente, nos pusimos a contar el dinero -que habíamos robado a Samuel Simón, y hallamos que ascendía a tres -mil ducados, con cuya cantidad y el caudal que ya teníamos podíamos -alabarnos de poseer un mediano capital. - -Viendo que se habían acabado nuestras provisiones y era menester pensar -en hacer otras, Ambrosio y don Rafael, que ya se habían quitado los -disfraces, dijeron que querían tomarse este trabajo, porque el suceso -de Chelva les había avivado el gusto de las aventuras y tenían gana de -ir a Segorbe a ver si se les presentaba alguna ocasión de emprender -otra nueva hazaña. «Vosotros--dijo el hijo de Lucinda--no tenéis mas -que esperarnos a la sombra de estos sauces, que pronto estaremos de -vuelta.» «Señor don Rafael--respondí yo sonriéndome--, no sea que la -ida de ustedes sea como la del humo; temo que si una vez se van tarde -nos juntaremos.» «Esa sospecha--replicó Ambrosio--es muy ofensiva -a nuestro honor y no merecíamos que nos hicieseis tan poca merced. -Es verdad que en parte os disculpo de la desconfianza que tenéis de -nosotros acordándoos de lo que hicimos en Valladolid y de creer que -no haríamos más escrúpulo de abandonaros que a los compañeros que -dejamos en aquella ciudad. Sin embargo, os engañáis enormemente. -Aquellos camaradas a quienes vendimos eran de un perverso carácter y -ya no podíamos aguantar más su compañía. Es menester hacer justicia -a los de nuestra profesión, diciendo que no hay gremio alguno en la -vida civil en que el interés dé menos motivo a la división; pero -cuando no son conformes las inclinaciones, puede alterarse la unión, -como en todos los demás gremios humanos. Por tanto, señor Gil Blas, -suplico a usted y al señor don Alfonso que tengan más confianza en -nosotros y que tranquilicen su espíritu tocante al deseo que don -Rafael y yo tenemos de ir a Segorbe.» «Es muy fácil--dijo entonces el -hijo de Lucinda--librarlos de todo motivo de inquietud en este punto: -basta para eso dejarlos dueños del caudal, que es la mejor fianza -que tendrán en sus manos de nuestra vuelta. Ya ve usted, señor Gil -Blas, que esto se llama ir derechos al punto de la dificultad. Ambos -quedaréis así resguardados, sin que Ambrosio ni yo tengamos sospechas -de que os ausentéis con tan rica fianza. En vista de una prueba tan -convincente de nuestra buena fe, ¿tendréis todavía dificultad en -fiaros de nosotros?» «No por cierto--respondí yo--; y así, podéis -ahora hacer todo lo que os pareciere.» Partieron inmediatamente con -la bota y las alforjas, dejándome a la sombra de los sauces con don -Alfonso, el cual me dijo luego que se fueron: «Señor Gil Blas, quiero -abriros enteramente mi pecho. Me estoy continuamente acusando de la -condescendencia que tuve en venir hasta aquí con esos bribones. No -os puedo decir cuántos millares de veces me he arrepentido ya de -ello. Ayer noche, mientras me quedé guardando los caballos, hice mil -reflexiones que me despedazaban el corazón. Consideré que era muy ajeno -de un joven que nació con honra vivir con unos hombres tan viciosos -como Rafael y Lamela; que si por desgracia--como muy fácilmente puede -suceder--llegase a ser tal algún día el resultado de una de estas -maldades que cayésemos en manos de la justicia, sufriré la vergüenza de -verme castigado con ellos como ladrón y quizá con una muerte afrentosa. -No puedo apartar ni un solo instante de mi imaginación estas funestas -ideas, y así, os confieso que estoy resuelto a separarme para siempre -de su compañía, por no ser cómplice en los delitos que cometan. Tengo -por cierto--añadió--que no desaprobaréis este pensamiento.» «Cierto -es que no--le respondí--. Aunque usted me vió ayer hacer el papel de -alguacil en la comedia de Samuel Simón, no por eso crea que semejantes -piezas son de mi gusto. El Cielo me es testigo de que mientras estaba -representando tan distinguido papel me dije a mí mismo: ¡A fe, amigo -Gil Blas, que si la justicia viniera ahora a echarte la mano, sin duda -merecerías bien el salario que te tocase! Así que, señor don Alfonso, -no estoy más dispuesto que usted a continuar en tan mala compañía, y -de muy buena gana le acompañaré, si es que me lo permite, a cualquier -parte que vaya. Cuando vuelvan estos señores les suplicaremos que se -haga el repartimiento del dinero, y mañana muy temprano, o esta misma -noche, nos despediremos de ellos para siempre.» - -Aprobó mi proposición el amante de la bella Serafina y me dijo: «Iremos -a Valencia y nos embarcaremos para Italia, donde podremos entrar al -servicio de la República de Venecia. ¿No vale más seguir la carrera de -las armas que continuar la vida vil y criminal que traemos? En aquélla -podemos traer buen porte con el dinero que nos haya tocado. No deja -de remorderme la conciencia el servirme de un bien tan mal adquirido; -pero además de que la necesidad me obliga a ello, protesto resarcir a -Samuel Simón el daño luego que tenga la menor fortuna en la guerra.» -Aseguré a don Alfonso que yo tenía la misma intención, y quedamos -de acuerdo en que el día siguiente al amanecer nos separaríamos de -nuestros camaradas. No dimos lugar a la tentación de aprovecharnos de -su ausencia, esto es, huir al momento con el dinero: la confianza que -habían hecho de nosotros dejándonos dueños de él ni aun nos permitió -que nos pasase semejante ruindad por el pensamiento, aunque la burla -que me hicieron en la posada de caballeros de Valladolid disculpase en -cierto modo este robo. - -A la caída de la tarde volvieron de Segorbe Ambrosio y don Rafael. La -primera cosa que nos dijeron fué que habían hecho un viaje muy feliz -y que dejaban echados los cimientos de una aventura que, según todas -las señales, sería sin comparación de mucho más producto que la del -día anterior. Comenzó a explicamos el plan el hijo de Lucinda, pero -don Alfonso le atajó diciéndole cortésmente que él estaba resuelto -a separarse de la compañía, y yo por mi parte les declaré hallarme -en la misma resolución. Por más que hicieron para movernos a que -prosiguiésemos acompañándolos en sus expediciones no les fué posible -conseguirlo. La mañana siguiente nos despedimos de ellos, después de -haber repartido por iguales partes el dinero, y los dos tomamos el -camino de Valencia. - - - - - CAPITULO III - -Cómo don Alfonso se halla en el colmo de su alegría y la aventura por -la cual se vió de repente Gil Blas en un estado dichoso. - - -Caminamos felizmente hasta Buñol, donde, por desgracia, fué preciso -detenernos. Sintióse malo don Alfonso. Dióle una calentura tan ardiente -que le creí en el mayor riesgo. Quiso la fortuna que no hubiese médico -en el lugar y salimos a poca costa de aquel susto, pues sólo nos -costó el miedo. Al tercer día se halló el enfermo enteramente limpio -de calentura, a lo que no contribuyó poco mi cuidadosa asistencia. -Mostróse muy agradecido a lo que había hecho por él, y como era -recíproca la inclinación del uno al otro, nos juramos una eterna -amistad. - -Proseguimos nuestro viaje, firmes siempre en la resolución de -embarcamos para Italia a la primera ocasión que se ofreciera así que -llegásemos a Valencia; pero el Cielo, que nos preparaba una suerte -feliz, dispuso las cosas de otro modo. Vimos a la puerta de una hermosa -quinta que había en el camino mucha gente aldeana de ambos sexos que -bailaban formando corro. Acercámonos a ver la fiesta, y D. Alfonso, -que estaba muy ajeno de hallar el objeto que se le presentó, se quedó -sorprendido de ver entre los circunstantes al barón de Steinbach. Este, -que también reconoció a D. Alfonso, corrió luego hacia él con los -brazos abiertos, y todo arrebatado de gozo exclamó: «¡Ah querido don -Alfonso! ¡Vos aquí! ¡Qué agradable encuentro! ¡Cuando por todas partes -os andan buscando, una feliz casualidad os ha puesto delante de mis -ojos!» - -Apeóse al instante mi compañero y fué precipitado a dar mil abrazos -al barón, cuya alegría me pareció excesiva. «¡Ven, hijo mío--le -dijo el buen viejo--; presto sabrás quién eres y mejorarás mucho de -fortuna!» Diciendo esto, le condujo a la habitación, adonde yo también -fuí, habiéndome apeado y atado a un árbol los caballos. El primero -a quien encontramos fué al dueño de la misma quinta, que mostraba -ser de edad de cincuenta años y tenía bellísimo aspecto. «¡Señor--le -dijo el barón de Steinbach presentando a don Alfonso--, aquí tenéis -a vuestro hijo!» A estas palabras, don César de Leiva, que así se -llamaba aquel caballero, echó los brazos al cuello a don Alfonso y -le dijo llorando de gozo: «¡Reconoce, hijo mío, al padre que te dió -el ser! Si te he dejado ignorar tanto tiempo quién eres, cree que ha -sido a costa de hacerme a mí mismo una cruel violencia. Mil veces he -suspirado de pena, pero no podía proceder de otra manera. Caséme con -tu madre llevado sólo de amor, porque su nacimiento era muy inferior -al mío; vivía yo bajo la autoridad de un padre de genio duro, que me -redujo a tener secreto un matrimonio contraído sin su consentimiento. -El barón de Steinbach era el único depositario de mi confianza, y de -acuerdo conmigo se encargó de criarte. En fin, ya no vive mi padre y -puedo manifestar al mundo que tú eres mi único heredero. No es esto lo -más--añadió--: pienso casarte con una señora cuya nobleza es igual a la -mía.» «¡Señor--le interrumpió D. Alfonso--, no me hagáis pagar sobrado -cara la dicha que me anunciáis! ¿No puedo saber que tengo el honor de -ser hijo vuestro sin que esta noticia venga acompañada de otra que -necesariamente me ha de hacer desgraciado? ¡Ah señor, no queráis ser -más cruel conmigo que lo fué vuestro padre con vos! Si éste no aprobó -vuestros amores, a lo menos tampoco os obligó a recibir una esposa -escogida por él.» «Hijo mío--respondió D. César--, ni yo pretendo -tampoco tiranizar tus deseos; todo lo que exijo de tu sumisión es que -tengas la condescendencia de ver a la que te tengo destinada, antes de -resolverte a tomar otro partido. Aunque es hermosa y tu enlace con ella -muy ventajoso para ti, no por eso te haré violencia para que la tomes -por esposa. No está lejos: hállase actualmente en esta misma casa. Ven, -y confesarás que no hay un objeto más amable.» Diciendo esto, condujo -a don Alfonso a un magnífico cuarto, adonde los acompañamos el barón de -Steinbach y yo. - -Estaban en él el conde de Polán con sus dos hijas, Serafina y Julia, -con don Fernando de Leiva, su yerno, el cual era sobrino de don César, -y con otras muchas señoras y caballeros. Don Fernando, que, según se ha -dicho, había sacado a Julia de su casa, acababa de casarse con ella, -y con motivo de la boda habían concurrido a aquella celebridad los -aldeanos de los contornos. Luego que se dejó ver don Alfonso y que su -padre le presentó a toda la concurrencia, se levantó el conde de Polán -y corrió exhalado a abrazarle, diciendo a gritos: «¡Sea bien venido mi -libertador! Don Alfonso--prosiguió el conde--, reconoce lo que puede -la virtud en las almas generosas. Si tú quitaste la vida a mi hijo, -también salvaste la mía. Desde este mismo punto te hago el sacrificio -de mi resentimiento y te declaro dueño de Serafina, cuyo honor libraste -también. Este es el desempeño de la obligación en que me constituyó tu -valor y tu generosidad.» El hijo de don César correspondió con las más -vivas expresiones de agradecimiento al cumplido que le hacía el conde -de Polán, no siendo fácil discernir cuál de los dos afectos disputaba -la preferencia en su agitado corazón, si el gozo de haber descubierto -su distinguido nacimiento o la dicha tan cercana de lograr por esposa a -Serafina. Con efecto, pocos días después se celebró el matrimonio, con -el mayor regocijo y aplauso de los contrayentes y de toda la parentela. - -Como yo había sido uno de los que acudieron a libertar al conde de -Polán, éste me conoció y me dijo que mi fortuna corría de su cuenta. -Yo le di muchas gracias por su generosidad y no quise separarme de D. -Alfonso, el cual me hizo mayordomo de su casa, honrándome con toda su -confianza. Luego que se casó, no pudiendo olvidar el daño que se había -hecho a Samuel Simón, me envió a llevar a este comerciante todo el -dinero que le habíamos robado, esto es, a hacer una restitución, lo -cual en un mayordomo se llama empezar el oficio por donde debía acabar. - - - - - LIBRO SÉPTIMO - - - - - CAPITULO PRIMERO - - De los amores de Gil Blas y de la señora Lorenza Séfora. - - -Fuí, pues, a Chelva, a llevar al buen Simón los tres mil ducados que -le habíamos robado. Confieso francamente que en el camino me dieron -tentaciones de quedarme con ellos, para dar con tan buenos auspicios -principio a mi mayordomía, lo que podía hacer sin riesgo, bastando para -ello viajar cinco o seis días y volverme como si hubiera cumplido con -el encargo. Don Alfonso y su padre me tenían en muy buen concepto para -sospechar de mi fidelidad; todo me favorecía. Sin embargo, resistí a la -tentación, y la vencí como hombre de honor, lo que no es poco loable -en un mozo que se había acompañado con grandes pícaros. Yo aseguro que -muchos de los que sólo tratan con hombres de bien son en este punto -menos escrupulosos, y si no díganlo aquellos depositarios que sin -peligro de perder su fama pueden apropiarse lo que se les ha confiado. - -Hecha la restitución, que no esperaba el mercader, volví a la quinta -de Leiva, en donde ya no estaba el conde de Polán, que con Julia y don -Fernando habían marchado a Toledo. Hallé a mi nuevo amo más prendado -que nunca de su Serafina; a ésta, cada día más enamorada de su esposo, -y a don César, contentísimo de tener consigo a ambos. Dediquéme a ganar -la voluntad de este amoroso padre y lo conseguí. Me hicieron mayordomo -de la casa. Todo lo gobernaba: recibía el dinero de los arrendadores, -corría con el gasto y tenía una autoridad despótica sobre los criados; -pero, lejos de imitar la conducta ordinaria de los de mi empleo, nunca -abusé de mi poder. No despedía a los que me disgustaban ni exigía de -los demás una ciega subordinación. Si acudían a don César o a su hijo -pidiendo alguna gracia, lejos de estorbarlo, hablaba en su favor. -Por otra parte, la estimación que continuamente me mostraban mis -amos avivaba mi celo en servirlos, sin atender a otra cosa que a sus -intereses. Administré con manos muy limpias y fuí un mayordomo de los -pocos que hay. - -Cuando estaba más contento con mi suerte, envidioso el amor de lo -bien que me trataba la fortuna, quiso que a él también tuviese que -agradecerle, y para eso encendió en el corazón de la señora Lorenza -Séfora, criada primera de Serafina, una violenta inclinación al -señor mayordomo. Si he de hablar con la fidelidad de historiador, mi -enamorada había cumplido los cincuenta, pero la frescura de su tez, su -rostro agradable y dos hermosos ojos, que sabía manejar con destreza, -podían hacer pasar por afortunada mi conquista. La hubiera yo deseado -de un poco más color, porque estaba muy descolorida, pero esto lo -atribuí a la austeridad del celibato. - -Usó mucho tiempo del atractivo de sus miradas cariñosas; mas yo, en -lugar de corresponder a ellas, aparentaba no conocer sus designios; me -tuvo por novato en el amor y no le desagradó mi cortedad. Juzgó era -inútil el lenguaje de los ojos con un muchacho a quien creía menos -instruído de lo que estaba, y así, en su primera conversación se me -declaró en términos formales, a fin de que no lo dudase. Se manejó -como mujer práctica, hizo como que se turbaba, y después de haberme -dicho a su satisfacción cuanto quiso, se tapó la cara para persuadirme -que se avergonzaba de haberme manifestado su flaqueza. Fué preciso -rendirme; mostréme muy afecto a sus cariños, no tanto por amor como -por vanidad. Hice el apasionado y aun afecté quererla con tal ardor -que se vió precisada a reñirme; pero esto fué con tanta blandura que -cuando me encargaba procurase contenerme no parecía disgustada de -mi atrevimiento. Hubiera llegado a más el caso si Séfora no hubiera -temido que hiciese mal juicio de su virtud concediéndome tan fácil -la victoria. De esta suerte nos separamos hasta otra conversación, -persuadida ella de que su aparente resistencia la haría pasar en mi -concepto por un modelo de recato, y yo con la dulce esperanza de ver -bien pronto el fin de esta aventura. - -Tal era el feliz estado en que me hallaba, cuando un lacayo de don -César vino a aguar mi contento con una mala nueva. Era éste uno de -aquellos criados que se dedican a saber cuanto pasa en el interior -de las casas. Como continuamente me hacía la corte y todos los días -me traía alguna noticia, me dijo una mañana que acababa de hacer un -gracioso descubrimiento, que me comunicaría en confianza, pero con la -condición de guardar secreto, por ser cosa de la dama Lorenza Séfora, -cuyo enojo temía. Fué tanta la curiosidad en que me puso, que le -ofrecí el mayor sigilo; procuré no manifestar que en ello tenía el -más leve interés, preguntándole con frialdad qué descubrimiento era -aquel de que me hablaba con tanta reserva. «Es--me dijo--que la señora -Lorenza introduce de oculto en su cuarto todas las noches al cirujano -del lugar, que es un mozo bien plantado, y el bellaco se está bien -sosegado con ella. Doy de barato--prosiguió con tono socarrón--que esta -acción sea muy inocente; pero usted convendrá en que un mozo que entra -misteriosamente en el cuarto de una soltera da motivo para que no se -juzgue bien de su conducta.» - -Esta noticia me desazonó tanto como si estuviera enamorado de veras. -Procuré ocultar mi inquietud y aun me esforcé hasta celebrar con risa -una nueva que me atravesaba el alma; pero luego que estuve solo me -desquité echando mil bravatas, diciendo dos mil desatinos y me puse a -discurrir el partido que podría tomar. Ya despreciaba a Lorenza y me -proponía abandonarla sin dignarme oír sus descargos, y ya, creyendo -era punto mío escarmentar al cirujano, pensaba desafiarle. Prevaleció -esta última determinación. Escondíme al anochecer, y, en efecto, le -vi entrar en el cuarto de mi dueña de un modo sospechoso. Sólo esto -faltaba para encender mi ira, que acaso sin este incidente se hubiera -mitigado. Salí de la casa y me aposté junto al camino por donde el -galán debía marcharse. Le esperaba a pie firme y cada momento avivaba -otro tanto el deseo que tenía de llegar con él a las manos. En fin, -dejóse ver mi enemigo; salíle al encuentro con aire de matón; pero yo -no sé cómo diablos sucedió que me hallé repentinamente sobrecogido de -un terror pánico como un héroe de Homero, parado en medio de mi camino -y tan turbado como Paris cuando se presentó a combatir con Menelao. -Púseme a mirar a mi hombre, que me pareció robusto y vigoroso y su -espada desmesuradamente larga. Todo ello hacía en mí su efecto; pero -fuese la negra honrilla u otra causa, aunque estaba viendo el peligro -con unos ojos que lo hacían todavía mayor, a pesar de mi miedo, que -me aguijoneaba para que me volviese, tuve aliento para desenvainar mi -tizona e irme derecho al cirujano. - -Sorprendióle mi acción. «¿Qué es esto, señor Gil Blas?--exclamó--. -¿Qué significan esas demostraciones de caballero andante? ¿Usted sin -duda tiene gana de chancearse?» «¡No, señor barbero--le respondí--, -no! ¡Es cosa muy seria! Quiero saber si es usted tan valiente como -galán. ¡No crea usted que le hayan de dejar gozar tranquilamente las -finezas de la dama que acaba de ver en casa!» «¡Por San Cosme--repuso -el cirujano dando una gran carcajada de risa--, que es buen chasco! -¡Las apariencias, vive diez, son harto engañosas!» Por estas palabras -presumí que tenía tanta gana de quimera como yo, lo que me hizo ser más -audaz. «¡A otro perro con ese hueso!--le repliqué--. ¡A otro con esa, -amigo mío! ¡Yo no soy hombre a quien satisface la simple negativa!» -«Ya veo--prosiguió--que me será preciso hablar claro para evitar la -desgracia que nos puede suceder a vos o a mí. Voy, pues, a revelaros -un secreto, no obstante que los de nuestra profesión deben ser muy -callados. Si la dama Lorenza me admite con cautela en su aposento es -porque los criados no sepan su enfermedad. Todas las noches voy a -curarle un cáncer inveterado que tiene en la espalda. Vea usted el -fundamento de las visitas que tanto le inquietan. Tranquilícese de -aquí en adelante sobre este particular; pero si no está satisfecho con -esta declaración y quiere absolutamente que riñamos, dígalo y manos -a la obra, pues no soy hombre que huiré el cuerpo.» Habiendo dicho -estas palabras, sacó su montante, cuya vista me horrorizó, y se puso -en defensa con un aire que nada bueno me anunciaba. «¡Basta!--le dije, -envainando mi espada--. Yo no soy tan bárbaro que no ceda a la razón. -Por lo que usted me ha dicho, veo que no es mi enemigo. ¡Abracémonos!» -Mis palabras le dieron a entender que yo no era tan temible como -le parecí al principio; envainó con risa la espada, me abrazó y nos -separamos los mayores amigos del mundo. - -Desde este momento, Séfora se presentaba a mi imaginación como la cosa -más desagradable. Evité todas las ocasiones que me proporcionaba de -hablarle a solas, y mi cuidado y estudio en huir de ella le hicieron -conocer mi interior. Admirada de una mudanza tan grande, quiso saber la -causa, y habiendo encontrado al fin el medio de hablarme a solas, me -dijo: «Señor mayordomo, dígame usted, si gusta, el por qué evita hasta -mis miradas y por qué en lugar de buscar, como otras veces, proporción -de hablarme, se extraña tanto de mí. Es verdad que yo di los primeros -pasos, pero usted me correspondió. Acuérdese, si no lo lleva a mal, -de la conversación que tuvimos solos; entonces era usted todo fuego y -ahora no es mas que un hielo. ¿Qué significa esta mudanza?» La pregunta -era muy delicada para un hombre sincero, y, a la verdad, me quedé muy -perplejo. No tengo presente lo que respondí; solamente me acuerdo que -le disgustó infinito. Séfora parecía un cordero por su semblante afable -y modesto, pero cuando se encolerizaba era una tigre. «¡Creía--me dijo -echándome una mirada llena de despecho y rabia--, creía honrar mucho -a un hombrecillo como él manifestándole un afecto que caballeros y -personas muy nobles harían gran vanidad de haber merecido! ¡Me está -muy bien empleado por haberme bajado indignamente hasta un miserable -aventurero!» - -Si hubiera parado en esto, hubiera salido yo del paso a poca costa; -pero su lengua furiosa me dijo mil apodos a cual peor. Bien conozco -que debí recibirlos a sangre fría y reflexionar que despreciando el -triunfo de una virtud que yo había tentado cometía un delito que las -mujeres no perdonan jamás. Un hombre sensato, en mi lugar, se hubiera -reído de estas injurias; pero yo era tan vivo que no podía sufrirlas -y perdí la paciencia. «Señora--le dije--, a nadie despreciemos: si -esos caballeros de quienes usted habla le hubiesen visto las espaldas, -aseguro que su curiosidad no hubiera pasado adelante.» Apenas hube -disparado esta saeta, cuando la enfurecida dueña me pegó la más grande -bofetada que jamás ha dado mujer colérica. Para no recibir otra y -evitar la granizada de golpes que hubieran caído sobre mí, tomé la -puerta con la mayor ligereza. Di mil gracias al Cielo de verme fuera -de este mal paso, imaginando que nada tenía que temer, pues la dama -se había vengado, y me parecía que por su propia estimación debía -callar este lance. En efecto, pasaron quince días sin saber nada de -ella, y principiaba a olvidarla, cuando supe que estaba mala. Confieso -que tuve la flaqueza de afligirme. Me dió lástima, imaginando que, no -pudiendo esta desgraciada amante vencer un amor tan mal pagado, se -habría rendido a su dolor. Me consideraba yo la principal causa de su -enfermedad, y ya que no podía amarla, a lo menos la compadecía. Pero -¡cuánto me engañaba! Su ternura, convertida en odio, no pensaba mas que -en perderme. - -Estando una mañana con don Alfonso, noté que se hallaba triste y -pensativo; preguntéle con respeto qué tenía. «Tengo pesadumbre--me -dijo--de ver a Serafina tan débil, ingrata e injusta. Tú te -admiras--añadió, observando mi suspensión--; pues cree que es muy -cierto lo que te digo. No sé por qué motivo te has hecho tan odioso -a Lorenza su criada, que dice es infalible su muerte si no sales -prontamente de casa. Como Serafina te ama, no debes dudar que habrá -resistido a los impulsos de este aborrecimiento, con los cuales no -puede condescender sin ser desagradecida e injusta; pero al fin es -mujer, y ama con extremo a Séfora, que la ha criado. La quiere como si -fuera su madre y creería ser causa de su muerte si no le daba gusto. -Por lo que hace a mí, aunque quiero tanto a Serafina, no pienso del -mismo modo y no consentiré te apartes de mí aunque pereciesen todas -las dueñas de España, pues te miro no como a un criado, sino como a -hermano.» - -Luego que acabó de hablar don Alfonso, le dije: «Señor, yo he nacido -para ser juguete de la fortuna. Pensaba que cesaría de perseguirme en -vuestra casa, en donde todo me prometía una vida feliz y tranquila; -pero al fin me es preciso dejarla, aunque con ella pierda mi mayor -gusto.» «¡No, no!--exclamó el generoso hijo de don César--. ¡Déjame, -yo convenceré a Serafina! ¡No se ha de decir que te hemos sacrificado -al capricho de una dueña! ¡Demasiado la contemplamos en otras cosas!» -«Pero, señor--repliqué--, irritaréis más a Serafina si la resistís. -Más bien quiero retirarme que exponerme, permaneciendo en casa, a -causar desazón entre dos esposos tan perfectos; si esta desgracia -sucediese, jamás hallaría yo consuelo.» Don Alfonso me prohibió tomar -este partido, y le vi tan resuelto, que Lorenza no hubiera logrado su -intento si yo no hubiese permanecido en mi propósito. Es verdad que, -picado de la venganza de la dueña, tuve mis impulsos de cantar de plano -y descubrirla; pero luego me compadecía, considerando que si revelaba -su flaqueza hería mortalmente a una infeliz de cuya desgracia era yo la -causa y a quien dos males irremediables echaban al hoyo. Juzgué, pues, -que en conciencia debía restablecer el sosiego en la casa saliéndome de -ella, pues que era un hombre que ocasionaba tanto daño. Hícelo así al -día siguiente antes de amanecer, sin despedirme de mis amos, temiendo -que su cariño estorbase mi partida, y sólo dejé en mi cuarto una cuenta -puntual de mi administración. - - - - - CAPITULO II - -De lo que le sucedió a Gil Blas después de dejar la casa de Leiva y de -las felices consecuencias que tuvo el mal suceso de sus amores. - - -Yo tenía un buen caballo y llevaba en mi maleta doscientos doblones, -procedentes la mayor parte de lo que me tocó de los bandoleros que -matamos y de los mil ducados que robamos a Samuel Simón, porque -don Alfonso había restituído generosamente toda la cantidad, -cediéndome la parte que me había tocado. Así, mirando mi caudal por -esta circunstancia como ya legítimo, gozaba de él sin escrúpulo de -conciencia. En una edad como la que yo entonces tenía se confía mucho -en el propio mérito, y fuera de esto, con mi dinero nada creía debía -temer en adelante. Por otra parte, Toledo me ofrecía un agradable -asilo, y no dudaba que el conde de Polán tendría mucho gusto en recibir -en su casa a uno de sus libertadores. Pero este recurso debía ser -cuando todo corriese turbio, y antes de valerme de él quise gastar -parte de mi dinero en correr los reinos de Murcia y Granada, que -deseaba ver con particularidad. Con este intento tomé el camino de -Almansa, de donde, prosiguiendo mi viaje, fuí de pueblo en pueblo hasta -la ciudad de Granada, sin que me sucediese contratiempo alguno. Parecía -que la fortuna, satisfecha ya de tantos chascos como me había jugado, -quería en fin dejarme en paz; pero esta traidora me preparaba otros -muchos, como se verá en adelante. - -Uno de los primeros sujetos que encontré en las calles de Granada fué -el señor don Fernando de Leiva, yerno, como don Alfonso, del conde -de Polán. Ambos quedamos sorprendidos de vernos en Granada. «¿Qué es -esto, Gil Blas?--me dijo--. ¿Tú en Granada? ¿Qué es lo que aquí te -trae?» «Señor--le dije--, si usted se admira de verme en este país, -con mucha más razón se maravillará cuando sepa la causa que me ha -obligado a dejar la casa del señor don César y su hijo.» En seguida le -conté cuanto me había pasado con Séfora, sin callarle nada. Causóle -gran risa el lance, y ya sosegado, me dijo seriamente: «Amigo, voy -a tomar por mi cuenta este negocio. Escribiré a mi cuñada...» «¡No, -no, señor!--interrumpí--. ¡Suplico a usted no haga tal cosa! No he -salido de la casa de Leiva para volver a ella. Si usted gusta, puede -emplear de otro modo el favor que le debo. Ruego a usted que si alguno -de sus amigos necesita un secretario o un mayordomo me presente y -recomiende, que doy a usted palabra de no desairar su informe.» «Con -mucho gusto--respondió--. Mi venida a Granada ha sido a visitar a una -tía mía, ya anciana, que está enferma, y todavía pasarán tres semanas -antes que me vuelva a mi quinta de Lorque, en donde ha quedado Julia. -En aquella casa vivo--prosiguió, señalándome una suntuosa que estaba a -cien pasos de nosotros--; venme a ver pasados algunos días, que quizá -te habré ya buscado un acomodo.» - -Efectivamente, la primera vez que nos vimos me dijo: «El señor -arzobispo de Granada, mi pariente y amigo, que es un grande escritor, -necesita de un hombre instruído y de buena letra para poner en limpio -sus obras. Ha compuesto, y todos los días compone, homilías que predica -con mucho aplauso. Como te contemplo a propósito para el caso, te he -recomendado y me ha prometido admitirte. Vé y preséntate de mi parte; -por el modo con que te reciba conocerás el buen informe que le he -dado.» - -La conveniencia me pareció tal como la podía desear, y así, habiéndome -compuesto lo mejor que pude, fuí una mañana a presentarme a este -prelado. Si yo hubiera de imitar a los autores de novelas, haría -aquí una descripción pomposa del palacio arzobispal de Granada, me -extendería sobre la estructura del edificio, celebraría la riqueza de -sus muebles, hablaría de sus estatuas y pinturas y no dejaría de contar -al lector la menor de todas las historias que en ella se representan; -pero me contentaré con decir que iguala en magnificencia al palacio de -nuestros reyes. - -Vi en las antesalas una muchedumbre de eclesiásticos y seglares, la -mayor parte familiares de Su Ilustrísima, limosneros, gentileshombres, -escuderos o ayudas de cámara. Los vestidos de los seglares eran -costosos; tanto, que más parecían de señores que de criados. Se -mostraban altivos y hacían el papel de hombres de importancia. Al -ver su afectación, no pude menos de reírme y burlarme interiormente -de ellos. «¡Pardiez--me decía entre mí--, estas gentes tienen la -fortuna de no sentir el yugo de la servidumbre, porque al fin, si lo -sintieran, me parece que debían ostentar menos altanería!» Acerquéme -a un personaje grave y grueso que estaba a la puerta de la cámara del -arzobispo para abrirla y cerrarla cuando era necesario, y le pregunté -con mucha cortesía si podría hablar a Su Ilustrísima. «Espérese -usted--me dijo secamente--, que Su Ilustrísima va a salir a oír misa -y al paso le oirá a usted.» No respondí palabra. Arméme de paciencia -e hice por trabar conversación con algunos de los sirvientes, pero -aquellos señores no se dignaron contestarme, sino que se entretuvieron -en examinarme de pies a cabeza, y después, mirándose unos a otros, se -sonrieron con orgullo de la libertad que había tenido de mezclarme en -su conversación. - -Confieso que me quedé del todo corrido al verme tratado así por unos -criados. Todavía no había vuelto de mi confusión cuando se abrió la -puerta del estudio y salió el arzobispo. Inmediatamente guardaron todos -un profundo silencio; dejaron sus modales insolentes y mostraron un -semblante respetuoso delante de su amo. Tendría el prelado unos sesenta -y nueve años y casi se semejaba a mi tío Gil Pérez, el canónigo; es -decir, que era pequeño y grueso, y además muy patiestevado, y tan calvo -que sólo tenía un mechón de pelo hacia el cogote, por lo cual llevaba -embutida la cabeza en una papalina que le cubría las orejas. Con todo, -noté en él un aire de caballero, sin duda porque yo sabía que lo era. -La gente común miramos a los grandes con una cierta preocupación, que -por lo regular les presta un aspecto de señorío que la Naturaleza les -ha negado. Luego que me vió, el arzobispo se vino a mí y me preguntó -con mucha dulzura qué era lo que se me ofrecía. Le dije era el -recomendado del señor don Fernando de Leiva. «¡Ah!--exclamó--. ¿Eres -tú el que me ha alabado tanto? ¡Ya estás recibido! ¡Me alegro de tan -buen hallazgo! Quédate desde luego en casa.» Dichas estas palabras, -se apoyó sobre dos escuderos, y habiendo oído a algunos eclesiásticos -que llegaron a hablarle, salió de la sala. Apenas estaba fuera, cuando -vinieron a saludarme los mismos que poco antes habían despreciado mi -conversación; me rodean, me agasajan y muestran la mayor alegría de -verme comensal del arzobispo. Habían oído lo que me había dicho mi amo -y deseaban con ansia saber qué empleo debía tener cerca de Su Señoría -Ilustrísima; pero para vengarme del desprecio que me habían hecho, tuve -la malicia de no satisfacer su curiosidad. - -No tardó mucho en volver Su Señoría Ilustrísima, y me hizo entrar en -su estudio para hablarme a solas. Yo pensé bien que su intención era -tantear mis talentos, por lo que me atrincheré y preparé para medir -todas mis palabras. Principió haciéndome algunas preguntas sobre las -Humanidades. Tuve la fortuna de no responder mal y hacerle ver que -conocía bastante los autores griegos y latinos. Examinóme después de -dialéctica, y cabalmente aquí era en donde yo le esperaba. Encontróme -bien cimentado en ella y me dijo con cierta admiración: «Se conoce -que has tenido buena educación. Veamos ahora tu letra.» Saqué de la -faltriquera una muestra que había llevado expresamente para este caso, -la que no desagradó a mi prelado. «Me alegro de que tengas tan buena -forma--exclamó--, y todavía más de que tengas tan buen entendimiento. -Daré las gracias a mi sobrino don Fernando porque me ha proporcionado -un joven tan de provecho. ¡A la verdad, que me ha hecho un buen -presente!» - -Interrumpió nuestra conversación la llegada de algunos caballeros -granadinos que iban a comer con Su Ilustrísima. Dejélos y me retiré a -donde estaban los familiares, quienes me colmaron de cumplimientos y -obsequios. Comí con ellos, y si mientras la comida procuraron observar -mis acciones, yo no examiné menos las suyas. ¡Qué modestia guardaban -los eclesiásticos! Todos me parecieron unos santos; tanto era el -respeto que me había infundido el palacio arzobispal. No me pasó por la -imaginación que aquello podría ser gazmoñería, como si fuera imposible -que ésta se hallase en casa de los príncipes de la Iglesia. - -Me tocó sentarme al lado de un antiguo ayuda de cámara, llamado -Melchor de la Ronda, quien tenía cuidado de servirme buenos bocados. -Viendo su atención, procuré yo tenerla con él, y mi política le agradó -mucho. «Señor caballero--me dijo en voz baja luego que acabamos de -comer--, quisiera hablar con usted a solas.» Y diciendo esto, me llevó -a un sitio de palacio en donde nadie podía oírnos y allí me tuvo -este razonamiento: «Hijo mío, desde el instante que te vi te cobré -inclinación, de cuya verdad voy a darte una prueba confiándote un -secreto que te será de gran utilidad. Estás en una casa en donde se -confunden los verdaderos virtuosos con los falsos. Para conocer este -terreno necesitabas infinito tiempo, y voy a excusarte un estudio tan -largo y desagradable pintándote los genios de unos y de otros, lo que -podrá servirte de gobierno. No será malo--prosiguió--dar principio -por Su Ilustrísima. Es un prelado muy piadoso, ocupado continuamente -en edificar al pueblo y en encaminarle a la virtud con admirables -sermones morales, que él mismo compone. Veinte años hace que dejó la -corte para dedicarse enteramente a conducir su rebaño; es un sabio y -un grande orador, que tiene puesto su conato en predicar, y el pueblo -le oye con mucho gusto. Tal vez tendrá en esto su poco de vanidad; -pero además de que no toca a los hombres el penetrar los corazones, -no pareciera bien que me pusiese yo a escudriñar los defectos de una -persona cuyo pan como. Si me fuera permitido reprender alguna cosa -en mi amo, vituperaría su severidad, porque castiga con demasiado -rigor las flaquezas de los eclesiásticos, cuando debiera mirarlas -con piedad. Sobre todo, persigue sin misericordia a los que, fiados -en su inocencia, piensan justificarse jurídicamente desatendiendo su -autoridad. Tiene también otro defecto, que es común a muchas personas -grandes: aunque ama a sus criados, atiende poco a sus servicios; -los dejará envejecer en su casa sin pensar en proporcionarles algún -acomodo. Si alguna vez los gratifica, es porque hay quien tiene la -bondad de hablar por ellos, pues por lo que hace a Su Ilustrísima, -jamás se acordaría de hacerles el menor bien.» - -Esto me dijo de su amo el ayuda de cámara, y siguió dándome razón del -carácter de los eclesiásticos con quienes habíamos comido. Me los -retrató muy al contrario de lo que aparentaban; es verdad que no me -dijo que eran gentes infames, pero sí bastante malos sacerdotes. No -obstante, exceptuó a algunos cuya virtud alabó mucho. Con esta lección -aprendí el modo de portarme con estos señores, y aquella misma noche, -en la cena, me revestí como ellos de un exterior compuesto. No es de -admirar se hallen tantos hipócritas, cuando nada cuesta el serlo. - - - - - CAPITULO III - -Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo de Granada y el conducto -de sus gracias. - - -Mientras la siesta, había yo sacado de la posada mi maleta y caballo -y vuelto después a cenar a palacio, en donde me pusieron un cuarto -decente con muy buena cama. El día siguiente me hizo llamar Su -Ilustrísima muy de mañana para darme a copiar una homilía, encargándome -mucho lo hiciera con toda la exactitud posible. Ejecutélo así, sin -omitir acento, punto ni coma, de lo que manifestó el prelado un gran -placer mezclado de sorpresa. Luego que recorrió todas las hojas de -mi copia, exclamó admirado: «¡Eterno Dios! ¿Puede darse una cosa más -correcta? Eres muy buen copiante por ser perfecto gramático. Háblame -con satisfacción, amigo mío: ¿has encontrado al escribir alguna cosa -que te haya chocado? ¿Algún descuido en el estilo o algún término -impropio? Es muy fácil se me haya escapado algo de esto en el calor de -la composición.» «¡Oh, señor--respondí modestamente--, no tengo tanta -instrucción que pueda meterme a crítico! Y aun cuando la tuviera, estoy -cierto de que las obras de Su Ilustrísima no caerían bajo mi censura.» -Sonrióse con mi respuesta y nada me replicó, pero en medio de toda su -piedad se traslucía que amaba con pasión sus escritos. - -Acabé de granjear su amistad con esta adulación. Cada día me quería -más; tanto, que don Fernando, que visitaba frecuentemente a mi amo, me -aseguró había de tal modo ganado su voluntad que podía dar por hecha mi -fortuna. Mi amo mismo lo confirmó poco tiempo después con la ocasión -siguiente. Habiendo relatado con vehemencia una tarde en su estudio -delante de mí una homilía que había de predicar en la catedral al otro -día, no se contentó con preguntarme en general qué me había parecido, -sino que me obligó a decirle los pasajes que más habían llamado mi -atención, y tuve la fortuna de citarle aquellos de que él estaba -más satisfecho y que eran sus favoritos; esto me hizo pasar en el -concepto de Su Ilustrísima por un conocedor delicado de las verdaderas -bellezas de una obra. «¡Eso es--exclamó--lo que se llama tener gusto -y finura! ¡Sí, querido, te aseguro que no es tu oído oreja de asno!» -En fin, quedó tan contento de mí que me dijo con mucha expresión: «Gil -Blas, no tengas ya cuidado, que tu fortuna corre de mi cuenta, y te -proporcionaré una que te sea agradable. Yo te estimo, y en prueba de -ello quiero que seas mi confidente.» - -Al oír estas palabras, me eché a los pies de Su Ilustrísima, penetrado -de reconocimiento. Abracé gustosamente sus piernas torcidas y creíme -ya un hombre que estaba en camino de llegar a ser rico. «Sí, hijo -mío--prosiguió el arzobispo, cuyo discurso había interrumpido mi -acción--, quiero hacerte depositario de mis más ocultos pensamientos. -Escucha atentamente lo que voy a decirte. Tengo gusto en predicar, y el -Señor bendice mis homilías, porque mueven a los pecadores, les hacen -volver en sí y recurrir a la penitencia. Tengo la satisfacción de ver a -un avaro, atemorizado con las imágenes que presento a su codicia, abrir -sus tesoros y distribuirlos con mano pródiga; a un lascivo, huir de sus -torpezas; a los ambiciosos, retirarse a las ermitas, y hacer constante -y firme en sus obligaciones a una esposa a quien hacía titubear un -amante seductor. Estas conversiones, que son frecuentes, deberían -por sí solas excitarme al trabajo. Pero te confieso mi flaqueza: -todavía me mueve otro premio, premio de que la delicadeza de mi virtud -me reprende inútilmente; éste es el aprecio que hace el público de -las obras bien acabadas. La gloria de pasar por un orador consumado -tiene para mí muchos atractivos. Hoy pasan mis obras por enérgicas y -sublimes, pero no querría caer en las faltas de los buenos escritores -que escriben muchos años, y sí conservar toda mi reputación. En este -supuesto, mi amado Gil Blas--continuó el prelado--, exijo una cosa de -tu celo: cuando adviertas que mi pluma envejece, cuando notes que mi -estilo declina, no dejes de avisármelo. En este punto no me fío de mí -mismo, porque el amor propio podría cegarme. Esta observación necesita -de un entendimiento imparcial, y así, elijo el tuyo, que contemplo a -propósito, y desde luego abrazaré tu dictamen.» «Señor--le dije--, Su -Ilustrísima está todavía muy distante de ese tiempo, a Dios gracias; -además de que un ingenio como el de Su Ilustrísima se conservará -más bien que los de otro temple, o para hablar con propiedad, Su -Ilustrísima será siempre el mismo. Yo miro a Su Ilustrísima como un -segundo cardenal Jiménez, cuyo superior talento parecía recibir nuevas -fuerzas de los años en lugar de debilitarse con ellos.» «¡Déjate de -alabanzas, amigo mío!--respondió mi amo--. Yo sé que puedo declinar -de un momento a otro; en la edad en que me hallo, ya se empiezan a -sentir los achaques, y los males del cuerpo alteran el entendimiento. -De nuevo te lo encargo, Gil Blas: no te detengas un momento en avisarme -luego que adviertas que mi cabeza se debilita. No temas hablarme con -franqueza y sinceridad, porque tu aviso será para mí una prueba del -amor que me tienes. Por otra parte, va en ello tu interés, pues si, -por desgracia tuya, supiese que se decía en la ciudad que mis sermones -habían decaído de su ordinaria elevación y que podía ya dar de mano a -mis tareas, perderías no sólo mi afecto, sino el acomodo que te tengo -prometido. Te hablo con claridad: esto sacarías de tu necio silencio.» - -Aquí acabó la exhortación de mi amo, para oír mi respuesta, que -se redujo a prometerle cuanto deseaba. Desde aquel punto, nada -tuvo secreto para mí y vine a ser su privado. Todos los familiares -envidiaban mi suerte, menos el prudente Melchor de la Ronda. Era de -ver cómo trataban los gentileshombres y escuderos al confidente de -Su Ilustrísima; no se afrentaban de humillarse por tenerme contento; -sus bajezas me hacían dudar que fuesen españoles. Aunque conocía que -los guiaba el interés, y nunca me engañaron sus lisonjas, no dejé -por eso de servirlos. Mis buenos oficios movieron a Su Ilustrísima a -proporcionarles empleos. A uno le hizo dar una compañía y le puso en -estado de lucir en el ejército; a otro envió a Méjico con un grande -destino, y no olvidando a mi amigo Melchor, logré para él una buena -gratificación. Esto me hizo conocer que si el prelado de su propio -motivo no daba, a lo menos rara vez negaba lo que se le pedía. - -Pero me parece que debo referir con más extensión lo que hice por -un eclesiástico. Un día nuestro mayordomo me presentó un licenciado -llamado Luis García, hombre todavía mozo y de buena presencia, y -me dijo: «Señor Gil Blas, este honrado eclesiástico es uno de mis -mayores amigos. Ha sido capellán de unas monjas, pero su virtud no -ha podido librarse de malas lenguas. Le han desacreditado tanto con -Su Ilustrísima que le ha suspendido, y no quiere escuchar ninguna -solicitud a favor suyo. Nos hemos valido de lo principal de Granada, -pero nuestro amo es inflexible.» «Señores--les dije--, este negocio se -ha gobernado mal y hubiera sido mejor no haber empeñado a nadie; por -hacerle bien al señor licenciado, le han hecho mucho daño. Yo conozco -a Su Ilustrísima y sé que las súplicas y recomendaciones no hacen mas -que agravar en su idea la culpa de un eclesiástico. No ha mucho que -le oí decir a él mismo que a cuantas más personas empeña en su favor -un eclesiástico que está irregular, tanto más aumenta el escándalo y -tanto más severo es para con él.» «¡Malo es eso!--dijo el mayordomo--. -Y mi amigo se vería muy apurado si no tuviera tan buena letra; pero, -por fortuna, escribe primorosamente, y con esta habilidad se ingenia -para mantenerse.» Tuve la curiosidad de ver si la letra que se me -celebraba era mejor que la mía. El licenciado me manifestó una muestra -que traía prevenida, la cual me admiró, pues me parecía una de las que -dan los maestros de escuela. Mientras miraba tan bella forma de letra -me ocurrió una idea, y pedí a García me dejase el papel, diciéndole que -acaso le sería útil; que no podía decirle más por entonces, pero que al -otro día hablaríamos largamente. El licenciado, a quien el mayordomo -había, según presumo, celebrado mi ingenio, se retiró tan satisfecho -como si ya le hubiesen restituído a sus funciones. - -A la verdad, yo deseaba servirle, y desde aquel día trabajó en ello -del modo que voy a decir. Estando solo con el arzobispo, le enseñé la -letra de García, que le gustó infinito, y aprovechándome entonces de la -ocasión, le dije: «Señor, una vez que Su Ilustrísima no quiere imprimir -sus homilías, a lo menos desearía yo que se escribiesen de esta letra.» - -El prelado me respondió: «Aunque me agrada la tuya, te confieso que no -me disgustaría tener copiadas mis obras de esta mano.» «No se necesita -más--proseguí--que el consentimiento de Vuestra Ilustrísima. El que -tiene esta habilidad es un licenciado conocido mío, y se alegrará -tanto más de servir a Su Ilustrísima cuanto que por este medio podrá -esperar de su bondad se sirva sacarle del miserable estado en que por -desgracia se halla.» «¿Cómo se llama este licenciado?», me preguntó. -«Luis García--le dije--, y está lleno de amargura por haber caído en -la desgracia de Su Ilustrísima.» «Ese García--interrumpió--, si no me -engaño, ha sido capellán de un convento de monjas y ha incurrido en las -censuras eclesiásticas. Todavía me acuerdo de los memoriales que me -han dado contra él. Sus costumbres no son muy buenas.» «Señor--dije--, -no pretendo justificarle, pero sé que tiene enemigos y asegura que sus -acusadores han tirado más a hacerle daño que a decir la verdad.» «Bien -puede ser--replicó el arzobispo--, porque en el mundo hay ánimos muy -perversos; pero aun suponiendo que su conducta no haya sido siempre -irreprensible, acaso se habrá arrepentido, y, sobre todo, a gran pecado -gran misericordia. Tráeme ese licenciado, a quien desde luego levanto -las censuras.» - -He aquí cómo los hombres más rígidos templan su severidad cuando media -el interés propio. El arzobispo concedió sin dificultad a la vana -complacencia de ver sus obras bien escritas lo que había negado a los -más poderosos empeños. Al instante di esta noticia al mayordomo, quien -sin pérdida de tiempo la participó a su amigo García. Al día siguiente -vino a darme las gracias correspondientes al favor conseguido. Le -presenté a mi amo, quien, contentándose con una ligera reprensión, -le dió algunas homilías para que las pusiera en limpio. García lo -desempeñó tan perfectamente que Su Ilustrísima le restableció en su -ministerio y aun le dió el curato de Gabia, lugar grande inmediato -a Granada, lo que prueba muy bien que los beneficios no siempre se -confieren a la virtud. - - - - - CAPITULO IV - -Dale un accidente de apoplejía al arzobispo. Del lance crítico en que -se halla Gil Blas y del modo con que salió de él. - - -Mientras yo me ocupaba en servir de este modo a unos y a otros, don -Fernando de Leiva se disponía para dejar a Granada. Visité a este -señor antes de su partida para darle de nuevo gracias por el excelente -acomodo que me había proporcionado. Viéndome tan gustoso, me dijo: «Mi -amado Gil Blas, me alegro mucho que estés tan satisfecho de mi tío el -arzobispo.» «Estoy contentísimo--le respondí--con este gran prelado, -y debo estarlo porque, además de ser un señor muy amable, nunca -podré agradecer bastante los favores que le merezco. Pero todo esto -necesitaba para consolarme de la separación del señor don César y de su -hijo.» «No creo que ellos la hayan sentido menos--dijo don Fernando--, -pero puede ser que no os hayáis separado para siempre y que la fortuna -vuelva a reuniros algún día.» Estas palabras me enternecieron de modo -que no pude menos de suspirar. Entonces conocí que mi amor a don -Alfonso era tanto que hubiera dejado con gusto al arzobispo y cuanto -podía esperar de su privanza por volverme a la casa de Leiva, siempre -que se hubiera quitado el obstáculo que me había alejado de ella, don -Fernando advirtió mi ternura, y le agradó tanto que me abrazó, diciendo -que toda su familia se interesaría siempre en mi bienestar. - -A los dos meses de haberse marchado este caballero, y cuando me veía -yo más favorecido, tuvimos un gran susto en palacio. Acometióle al -arzobispo una apoplejía, pero se acudió con tan prontos y eficaces -remedios que sanó a muy pocos días, aunque quedó algo tocado de la -cabeza. Al primer sermón que compuso, bien lo eché de ver; pero no -hallando bastante perceptible la diferencia que había entre éste y los -antecedentes para inferir que el orador empezaba a decaer, aguardé a -que predicase otro para decidir. Hízolo y no fué menester esperar más: -el buen prelado unas veces se rozaba y repetía; otras, se remontaba -hasta las nubes o se abatía hasta el suelo. En fin, su oración fué -difusa: una arenga de catedrático cansado o un sermón de misión sin -concierto. - -No fuí yo solo quien lo notó, sino que casi todos los que le oyeron, -como si les hubieran pagado para que lo examinasen, se decían al oído: -«¡Este sermón huele a apoplejía!» «¡Vamos, señor censor y árbitro -de las homilías--me dije a mí mismo--, prepárese usted para hacer -su oficio! Ya ve usted que Su Ilustrísima declina; usted está en -obligación de advertírselo, no sólo como depositario de sus confianzas, -sino también por temor de que alguno de sus enemigos se os anticipe. Si -llegara este caso, sabe usted muy bien sus consecuencias: sería usted -borrado de su testamento, en el cual sin duda le tiene señalado una -manda mejor que la biblioteca del licenciado Cedillo.» - -A estas reflexiones seguían otras enteramente contrarias, porque me -parecía muy expuesto dar un aviso tan desagradable, que yo juzgaba -no recibiría con gusto un autor encaprichado por sus obras. Luego, -desechando esta idea, miraba como imposible que desaprobase mi libertad -habiéndomelo inculcado con tanto empeño. Añádase a esto que yo pensaba -decírselo con maña y hacerle tragar suavemente la píldora. En fin, -persuadiéndome que arriesgaba más en callar que en hablar, me determiné -a romper el silencio. - -Sólo una cosa me inquietaba, y era no saber cómo sacar la conversación. -Por fortuna, el orador mismo me sacó de este cuidado preguntándome -qué se decía de él en el público y si había gustado su último sermón. -Respondí que sus homilías siempre admiraban, pero que, a mi parecer, -la última no había movido tanto al auditorio como las antecedentes. -¿Cómo es eso, amigo?--respondió sobresaltado--. ¿Habrá encontrado -algún Aristarco?» «No, señor ilustrísimo--le dije--, no son obras -las de Su Ilustrísima que haya quien se atreva a censurarlas; antes -todos las celebran. Pero como Su Ilustrísima me tiene mandado que -le hable con franqueza y con sinceridad, me tomaré la licencia de -decir que el último sermón no me parece tener la solidez de los -precedentes. ¿Piensa Su Ilustrísima de otro modo?» A estas palabras -mudó de color mi amo y con una sonrisa forzada me dijo: «Señor Gil -Blas, ¿conque esta composición no es del agrado de usted?» «No digo -eso, señor ilustrísimo--interrumpí todo turbado--; es excelente, -aunque un poco inferior a las otras obras de Su Ilustrísima.» «¡Ya -entiendo!--replicó--. Te parece que voy bajando, ¿no es eso? ¡Acorta -de razones! Tú crees que ya es tiempo de que piense en retirarme.» -«Jamás--le contesté--hubiera yo hablado a Su Ilustrísima con tanta -claridad si expresamente no me lo hubiera mandado, y pues en esto -no hago mas que obedecer a Su Ilustrísima, le suplico rendidamente -no lleve a mal mi atrevimiento.» «¡No permita Dios--interrumpió -precipitadamente--, no permita Dios que os reprenda tal cosa! En eso -sería yo muy injusto. No me desagrada el que me digas tu dictamen, sino -que me desagrada tu dictamen mismo. Yo me engañé extremadamente en -haberme sometido a tu limitada capacidad.» - -Aunque estaba tan turbado, procuré buscar los medios de enmendar lo -hecho; pero es imposible sosegar a un autor irritado, y más si está -acostumbrado a no escuchar sino alabanzas. «No hablemos más del asunto, -hijo mío--me dijo--. Tú eres todavía muy niño para distinguir lo -verdadero de lo falso. Has de saber que en mi vida he compuesto mejor -homilía que la que tiene la desgracia de no merecer tu aprobación. -Gracias al Cielo, mi entendimiento nada ha perdido todavía de su vigor. -En adelante yo elegiré mejores confidentes; quiero otros más capaces -de decidir que tú. ¡Anda--prosiguió, empujándome para que saliera de -su estudio--y díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda -bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas, me alegraré logre -usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!» - - - - - CAPITULO V - -Partido que tomó Gil Blas después que le despidió el arzobispo; su -casual encuentro con el licenciado García y cómo le manifestó éste su -agradecimiento. - - -Salí del estudio maldiciendo el capricho o, por mejor decir, la -flaqueza del arzobispo, y todavía más irritado contra él que afligido -de haber perdido su favor. Y aun dudé por algún tiempo si iría a tomar -mis cien ducados; pero después de haberlo reflexionado bien, no quise -tener la tontería de perderlos. Conocí que esta gratificación no me -privaría del derecho de poner en ridículo a mi buen prelado, lo que me -proponía hacer siempre que se hablase en mi presencia de sus homilías. - -Fuí, pues, a pedir al tesorero cien ducados, sin decirle una sola -palabra de lo que acababa de pasar entre mi amo y yo. Después me -despedí para siempre de Melchor de la Ronda, quien me quería tanto -que no pudo dejar de sentir mucho mi desgracia. Observé que mientras -le daba cuenta de lo sucedido su rostro manifestaba sentimiento. No -obstante el respeto que debía al arzobispo, no pudo menos de vituperar -su conducta; pero como en mi enojo juré que el prelado me las había -de pagar y que a su costa había yo de divertir a toda la ciudad, el -prudente Melchor me dijo: «Créeme, amado Gil Blas, pásate tu pena y -calla. Los hombres plebeyos deben respetar siempre a las personas -distinguidas, por más motivo que tengan para quejarse de ellas. -Confieso que hay señores muy groseros que no merecen atención alguna, -pero al fin pueden hacer daño y es preciso temerlos.» - -Agradecí al antiguo ayuda de cámara su buen consejo y le prometí -aprovecharme de él. Después de esto me dijo: «Si vas a Madrid, procura -ver a José Navarro, mi sobrino, que es jefe de la repostería del -señor don Baltasar de Zúñiga, y me atrevo a decirte que es un mozo -digno de tu amistad. Es franco, vivo, servicial y amigo de hacer bien -sin interés. Yo quisiera que fuerais amigos.» Le respondí que no -dejaría de verle luego que llegase a Madrid, adonde pensaba volver. -Salí inmediatamente del palacio arzobispal, con ánimo de no poner -más en él los pies. Tal vez hubiera marchado al instante a Toledo si -hubiese conservado mi caballo; pero le había vendido en el tiempo de -mi fortuna, creyendo que ya no le necesitaría. Resolví tomar un cuarto -amueblado, formando mi plan de permanecer todavía un mes en Granada y -de irme en seguida a casa del conde de Polán. - -Como se acercaba la hora de comer, pregunté a mi huéspeda si habría -por allí cerca alguna hostería, y me respondió que a dos pasos de su -casa había una excelente, en donde daban bien de comer y a la cual -concurrían muchas gentes de forma. Hice que me la enseñasen y fuí -inmediatamente a ella. Entré en una gran sala, bastante parecida a -un refectorio. Había sentadas a una mesa larga, cubierta con unos -manteles sucios, unas diez o doce personas, que estaban en conversación -al mismo tiempo que iban despachando su pitanza. Trajéronme la mía, que -en otra ocasión sin duda me habría hecho sentir la mesa que acababa de -perder; pero como estaba entonces tan picado contra el arzobispo, la -frugalidad de mi hostería me parecía preferible a la abundancia de su -palacio. Vituperaba la variedad y multitud de manjares que se sirven -en semejantes mesas, y discurriendo como pudiera hacerlo siendo médico -en Valladolid, decía: «¡Desgraciados los que se hallan frecuentemente -en mesas tan nocivas, en las que es preciso estar siempre sujetando el -apetito para no cargar demasiado el estómago! Por poco que se coma, ¿no -se come siempre bastante?» Mi mal humor me hacía alabar los aforismos -que antes había despreciado. - -Cuando iba rematando mi ración, sin temer pasar los límites de la -templanza, entró en la sala el licenciado Luis García, aquel capellán -de monjas que logró el curato de Gabia del modo que dejo referido. Al -instante que me vió vino a saludarme precipitadamente, como un hombre -arrebatado de alegría; me abrazó y me vi precisado a aguantar un nuevo -y muy largo cumplimiento con que me dió gracias por el bien que le -había hecho, moliéndome con demostraciones de reconocimiento. Sentóse -a mi lado diciendo: «¡Oh! ¡Vive Dios, mi amado bienhechor, que, pues -he tenido la fortuna de encontraros, no nos hemos de despedir sin -beber un trago! Pero como no vale nada el vino de esta posada, si -usted gusta, en acabando de comer iremos a cierta parte en donde he -de regalar a usted con una botella de vino más seco de Lucena y un -exquisito moscatel de Fuencarral. Por esta vez es preciso correr un -gallo; suplico a usted que no me niegue este gusto. ¡Que no tenga yo -la fortuna de ver a usted a lo menos por algunos días en mi curato de -Gabia! Allí obsequiaría a usted como a un Mecenas generoso, a quien -debo las comodidades y la tranquilidad de la vida que gozo.» - -Mientras me hablaba le trajeron su ración. Empezó a comer, pero -sin cesar de decirme de cuando en cuando alguna lisonja. En uno de -estos intervalos, con motivo de haberme preguntado por su amigo el -mayordomo, le manifestó sin misterio mi salida de la casa arzobispal -y le conté hasta las menores circunstancias de mi desgracia, lo que -escuchó con mucha atención. A vista de tanto como acababa de decirme, -¿quién no hubiera creído oírle, lleno de un sentimiento producido por -la gratitud, declamar contra el arzobispo? Pues no lo hizo así; antes -al contrario, bajó la cabeza, estuvo frío y pensativo hasta que acabó -de comer, sin hablar más palabra, y después, levantándose de la mesa -aceleradamente, me saludó con frialdad y se fué. Este ingrato, viendo -que ya no podía yo serle útil, ni aun quiso tomarse la molestia de -ocultarme su indiferencia. Me reí de su ingratitud, y mirándole con -todo el desprecio que merecía, le dije bien alto para que me oyese: -«¡Hola! ¡Hola! ¡Prudente capellán de monjas, vaya usted a refrescar -ese exquisito vino de Lucena con que me ha convidado!» - - - - - CAPITULO VI - -Va Gil Blas a ver representar a los cómicos de Granada; de la -admiración que le causó el ver a una actriz y de lo que le pasó con -ella. - - -Todavía no había salido García de la sala cuando entraron dos -caballeros muy bien portados, que vinieron a sentarse junto a mí. -Principiaron a hablar de los cómicos de la compañía de Granada y de una -comedia nueva que se representaba entonces. De su conversación inferí -que aquella pieza era muy aplaudida y dióme deseo de verla aquella -misma tarde. Como casi siempre había estado en el palacio, en donde -estaba anatematizada esta clase de recreo, no había visto comedia -alguna desde que vivía en Granada y toda mi diversión se había reducido -a las homilías. - -Luego que fué hora me marché al teatro, en donde hallé un gran -concurso. Oí alrededor de mí diferentes conversaciones sobre la pieza -antes que se empezase y observé que todos se metían a dar su voto -sobre ella, declarándose unos en pro, otros en contra. Decían a mi -derecha: «¿Se ha visto jamás una obra mejor escrita?» Y a mi izquierda -exclamaban: «¡Qué estilo tan miserable!» En verdad, se debe convenir -en que si abundan los malos autores, abundan más los peores críticos. -Cuando pienso en los disgustos que los poetas dramáticos tienen que -sufrir, me admiro de que haya algunos tan atrevidos que hagan frente -a la ignorancia del vulgo y a la censura peligrosa de los sabios -superficiales, que corrompen algunas veces el juicio del público. - -En fin, el gracioso se presentó para dar principio a la escena; por -todas partes sonó un palmoteo general, lo que me dió a conocer que -era uno de aquellos actores consentidos a quienes el vulgo todo se lo -disimula. Efectivamente, este cómico no decía palabra ni hacía gesto -que no le atrajesen aplausos; y como se le manifestaba demasiado el -gusto con que se le veía, por eso abusaba de él, pues noté que algunas -veces se propasaba tanto sobre la escena que era necesaria toda la -aceptación con que se le oía para que no perdiese su reputación. Si en -lugar de aplaudirle le hubieran silbado, frecuentemente se le hubiera -hecho justicia. - -Palmotearon también del mismo modo a otros comediantes, pero -particularmente a una actriz que hacía el papel de graciosa. Miréla -con cuidado y me faltan términos para expresar la sorpresa con que -reconocí en ella a Laura, a mi querida Laura, a quien suponía todavía -en Madrid al lado de Arsenia. No podía dudar que fuese ella, porque su -estatura, sus facciones y su metal de voz, todo me aseguraba que yo no -me equivocaba. Sin embargo, como si desconfiara de mis ojos y de mis -oídos, pregunté su nombre a un caballero que estaba a mi lado. «Pues -¿de qué tierra viene usted?--me dijo--. Sin duda usted acaba de llegar, -cuando no conoce a la hermosa Estela.» - -La semejanza era demasiado perfecta para que pudiese equivocarme y -desde luego comprendí bien que Laura, al mudar de estado, había también -mudado de nombre; y deseoso de saber noticias de ella--porque el -público jamás ignora las de los cómicos--me informé del mismo sujeto -si esta Estela tenía algún cortejo de importancia. Respondióme que un -gran señor portugués, llamado el marqués de Marialba, que dos meses -había se hallaba en Granada, era quien gastaba mucho con ella. Más me -hubiera dicho a no haber temido cansarle con mis preguntas. Pensé más -en la noticia que este caballero acababa de darme que en la comedia; y -si al salir alguno me hubiese preguntado el asunto de ella, no hubiera -sabido qué decirle. Todo el tiempo se me fué en pensar en Laura y -Estela y me determiné a visitarla en su casa al otro día. No dejaba de -inquietarme el cómo me recibiría. Tenía fundamento para pensar que no -le diese gusto mi visita en el estado tan brillante en que se hallaba, -y aun de presumir que una cómica de tanto nombre fingiese no conocerme, -por vengarse de un hombre del cual tenía, ciertamente, motivos de -estar sentida; pero nada de esto me desanimó. Después de una cena -ligera--pues en mi posada no se hacían de otra clase--me retiré a mi -cuarto, con mucha impaciencia de hallarme ya en el día siguiente. - -Dormí poco y me levanté al amanecer; mas pareciéndome que la dama -de un gran señor no se dejaría ver tan de mañana, antes de ir a su -casa gasté tres o cuatro horas en componerme, afeitarme, peinarme y -perfumarme, porque quería presentarme a ella en tal aparato que no se -avergonzase de verme. Salí a cosa de las diez, pregunté en la casa de -comedias dónde vivía y pasé a la suya. Vivía en un cuarto principal de -una casa grande. Abrióme la puerta una criada, a quien le dije pasase -recado de que un joven deseaba hablar a la señora Estela. Entró con él -e inmediatamente oí que su ama gritó: «¿Quién es ese joven? ¿Qué me -quiere? ¡Que entre!» - -Discurrí haber llegado en mala ocasión, pues estaría su portugués con -ella al tocador, y que para hacerle creer no era mujer que recibía -recados sospechosos alzaba tanto el grito. Dicho y hecho: estaba allí -el marqués de Marialba, que pasaba con ella casi todas las mañanas. Por -tanto, esperaba yo un mal recibimiento, cuando aquella actriz original, -viéndome entrar, se arrojó a mí con los brazos abiertos, exclamando -como fuera de sí: «¡Ay hermano mío! ¿Eres tú?» Diciendo esto, me abrazó -muchas veces, y volviéndose después hacia el portugués, le dijo: -«Señor, perdonad si en vuestra presencia cedo a los impulsos de la -sangre. Después de tres años de ausencia, no puedo volver a ver a un -hermano a quien amo tiernamente sin darle pruebas de mi afecto. Díme, -pues, mi amado Gil Blas--continuó, dirigiéndose a mí--, díme algo de -nuestra familia. ¿Cómo ha quedado?» - -Estas palabras me turbaron por el pronto; pero inmediatamente penetré -la intención de Laura, y, apoyando su artificio, le respondí con un -tono propio de la escena que ambos íbamos a representar: «Nuestros -padres están buenos, gracias a Dios, querida hermana.» «Tú te -maravillarás de verme cómica en Granada--interrumpió--; pero no me -condenes sin oírme. Bien sabes que hace tres años mi padre creyó -establecerme ventajosamente casándome con el capitán don Antonio -Coello, quien me llevó desde Asturias a Madrid, su patria. A los seis -meses de estar en ella le sucedió un lance de honor, ocasionado de su -genio violento, y mató a un caballero que me había mostrado alguna -atención. Era el muerto de familia muy ilustre y de mucho valimiento. -Mi marido, que ninguno tenía, se salvó huyendo a Cataluña, con todo -cuanto encontró en casa de dinero y piedras preciosas. Embarcóse en -Barcelona, pasó a Italia, se alistó bajo las banderas de los venecianos -y al fin perdió la vida en la Morea, en una batalla contra los turcos. -En este tiempo fué confiscada una posesión que era el único bien que -poseíamos, y vine a quedar reducida a unas asistencias escasísimas. -¿Y qué partido podía tomar en situación tan crítica? Una viuda joven -y de honor se halla en mucho compromiso; yo carecía de medios para -restituirme a Asturias. ¿Y qué haría allí? El solo consuelo que hubiera -recibido de mi familia hubiera sido compadecerse de mi desgracia. -Por otra parte, yo había recibido muy buena educación para resolverme -a abrazar una vida licenciosa. ¿Pues qué arbitrio me quedaba? El de -hacerme cómica para conservar mi reputación.» - -Al oír a Laura finalizar así su novela, fué tal el impulso de risa que -me dió que apenas pude reprimirme; pero al fin lo conseguí y le dije -con mucha gravedad: «Hermana mía, apruebo tu proceder y me alegro mucho -de encontrarte en Granada tan honradamente establecida.» - -El marqués de Marialba, que no había perdido una palabra de nuestra -conversación, tomó al pie de la letra todos los enredos que le dió la -gana de ensartar a la viuda de don Antonio. También se mezcló en la -conversación, preguntándome si tenía algún empleo en Granada o en otra -parte. Dudé un momento si mentiría, pero me pareció no había necesidad -de ello y le dije lo cierto, contándole punto por punto cómo había -entrado en casa del arzobispo y cómo había salido, lo que divirtió -infinito al señor portugués. Es verdad que, a pesar de lo que había -prometido a Melchor, me divertí un poco a costa del arzobispo. Lo más -gracioso fué que, imaginando Laura que ésta era una novela como la -suya, daba unas carcajadas que hubiera excusado a haber sabido que era -realidad. - -Después de haber acabado mi relación, que concluí hablando del cuarto -que había tomado alquilado, avisaron para comer. Quise al momento -retirarme para ir a comer a mi hostería, pero Laura me detuvo. «¿En -qué piensas, hermano mío?--me dijo--. Has de quedarte a comer conmigo. -Tampoco consentiré estés más tiempo en una posada. Mi intención es que -vivas y comas en mi casa, y así, haz traer tu equipaje hoy mismo, que -aquí hay una cama para ti.» - -El señor portugués, a quien tal vez no agradaba esta hospitalidad, dijo -a Laura: «No, Estela; no tienes aquí comodidad para recibir a nadie. -Tu hermano--añadió--me parece un buen mozo, y con la recomendación de -ser cosa tan tuya me intereso por él. Quiero tomarle a mi servicio; -será a quien más quiera de mis secretarios y le haré depositario de mis -confianzas. Que no deje ir de desde esta noche a dormir a casa y yo -mandaré le pongan un cuarto. Le señalo cuatrocientos ducados de sueldo, -y si en adelante tengo motivo, como lo espero, para estar contento de -él, le pondré en estado de consolarse de haber sido demasiado sincero -con su arzobispo.» - -A las gracias que di por esto al marqués añadió Laura otras más -expresivas. «¡No hablemos más de ello!--interrumpió el marqués--. -¡Es negocio concluído!» Al acabar estas palabras, se despidió de su -princesa de teatro y se marchó. Laura me hizo pasar al momento a un -cuarto retirado, en donde, viéndose sola conmigo, dijo: «¡Hubiera -reventado si hubiese contenido más tiempo la risa!» Y dejándose caer -en un sillón y apretándose los ijares empezó a reír como una loca. Yo -no pude menos de hacer lo mismo; y cuando nos hubimos cansado, me -dijo: «Confiesa, Gil Blas, que acabamos de representar una graciosa -comedia; pero yo no esperaba tuviese tan buen fin. Mi ánimo solamente -era proporcionarte la mesa y cuarto en casa, y para ofrecértelo con -decoro fingí que eras mi hermano. Me alegro que la casualidad te haya -facilitado tan buen acomodo. El marqués de Marialba es un caballero -muy generoso, que hará por ti aún más de lo que ha prometido. Otra que -yo--continuó ella--acaso no hubiera recibido con tan buen semblante -a un hombre que deja sus amigos sin despedirse de ellos; pero soy de -aquellas chicas de buena pasta que vuelven a ver siempre con agrado al -picarillo a quien amaron.» - -Confesé de buena fe mi desatención y le pedí me la perdonase, después -de lo cual me llevó a un comedor muy aseado. Nos sentamos a la mesa, -y como teníamos de testigos una doncella y un lacayo, nos tratamos -de hermanos. Luego que acabamos de comer volvimos al mismo cuarto en -donde habíamos estado en conversación, y allí mi incomparable Laura, -entregándose a su alegría natural, me pidió cuenta de lo que me -había sucedido desde nuestra última visita. Hícele de ello una fiel -narración, y cuando hube satisfecho su curiosidad, ella contentó la mía -relatándome su historia en estos términos. - - - - - CAPITULO VII - - Historia de Laura. - - -«Voy a contarte lo más compendiosamente que pueda por qué casualidad -abracé la profesión cómica. Después que tan honradamente me dejaste, -sucedieron grandes acontecimientos. Mi ama Arsenia, más de cansada que -de disgustada del mundo, abjuró el teatro y me llevó consigo a una -hermosa hacienda que acababa de comprar cerca de Zamora con monedas -extranjeras. Bien presto hicimos conocimientos en esta ciudad, a la que -íbamos con frecuencia y en donde nos deteníamos uno o dos días. - -»En uno de estos viajecillos, don Félix Maldonado, hijo único del -corregidor, me vió casualmente y le caí en gracia. Buscó ocasión de -hablarme a solas, y, por no ocultarte nada, yo contribuí algo para -hacérsela hallar. Este caballero no tenía veinte años; era hermoso como -un sol; su persona, muy bien formada, y encantaba más todavía con sus -modales amables y generosos que con su cara. Me ofreció con tan buena -voluntad y tanta instancia un grueso brillante que llevaba en el dedo, -que no pude menos de admitirle. Estaba muy gustosa y vana con un galán -tan amable; pero ¡qué mal hacen las mozuelas ordinarias en prendarse -de los hijos de familia cuyos padres tienen autoridad! El corregidor, -que era el más severo de los de su clase, advertido de nuestro -trato, procuró evitar con presteza sus resultas. Me hizo prender por -una cuadrilla de esbirros, que a pesar de mis gritos me llevaron al -hospicio de la Caridad. - -»Allí, sin más forma de proceso, la superiora me hizo despojar de mi -anillo y vestidos y poner un largo saco de sarga ceniciento, ceñido por -la cintura con una ancha correa negra de cuero, de la que pendía un -rosario de cuentas gordas, que me llegaba hasta los talones. Después -me llevaron a una sala, en donde encontré un fraile viejo, de no sé -qué Orden, que principió a exhortarme a la penitencia, del mismo modo, -poco más o menos, que la señora Leonarda te exhortó a ti a la paciencia -en el sótano. Me dijo debía estar muy agradecida a las personas que me -mandaban encerrar allí, pues que me hacían un gran beneficio sacándome -de los lazos del demonio, en los cuales estaba infelizmente enredada. -Te confieso francamente mi ingratitud: muy lejos de ser agradecida a -los que me habían hecho este favor, les echaba mil maldiciones. - -»Ocho días pasé sin hallar consuelo, pero a los nueve--porque yo -contaba hasta los minutos--mi suerte pareció querer mudar de aspecto. -Al atravesar un patio pequeño encontré al mayordomo de la casa, que -todo lo mandaba y hasta la superiora le obedecía. No daba las cuentas -de su administración sino al corregidor, de quien únicamente dependía y -que tenía una entera confianza en él. Figúrate un hombre alto, pálido, -descarnado y de buena catadura, propia para modelo de una pintura -del Buen Ladrón. Parecía que ni aun miraba a las hermanas. Cara -tan hipócrita no la habrás visto, aunque hayas estado en el palacio -arzobispal. - -»Encontré, pues--continuó ella--, al señor Zendono, que me detuvo -diciéndome: «¡Consuélate, hija mía, estoy compadecido de tus -desgracias!» Nada más me dijo y continuó su camino, dejando a mi -arbitrio hacer los comentarios que quisiese sobre un texto tan -lacónico. Como yo le tenía por un hombre de bien, me imaginaba -fácilmente que se había tomado el trabajo de examinar la causa de -mi encierro y que, no hallándome bastante culpable para merecer que -se me tratara tan indignamente, quería empeñarse en mi favor con el -corregidor. Pero conocía mal al vizcaíno; sus intenciones eran otras. -Había proyectado en su mente hacer un viaje, del que me dió parte -algunos días después. «Amada Laura mía--me dijo--, es tanto lo que -siento tus trabajos, que he resuelto poner fin a ellos. No ignoro -que esto es querer perderme, pero ya no soy mío ni puedo vivir mas -que para ti. La situación en que te veo me atraviesa el alma, y así, -intento sacarte mañana de tu encierro y llevarte yo mismo a Madrid, -sacrificándolo todo al placer de ser tu libertador.» Poco me faltó para -morir de gozo al oír a Zendono, el cual, juzgando por mis extremos que -lo que yo más deseaba era escaparme, tuvo al día siguiente la osadía -de robarme a vista de todos, del modo que voy a contar. Dijo a la -superiora que tenía orden para llevarme a presencia del corregidor, -que se hallaba en una casa de recreo a dos leguas de la ciudad, y me -hizo con todo descaro subir con él en una silla de posta, tirada por -dos buenas mulas que había comprado para el caso. No llevábamos con -nosotros mas que un criado, que conducía la silla y que era enteramente -de la confianza del mayordomo. Comenzamos a caminar, no como yo creía, -hacia Madrid, sino hacia las fronteras de Portugal, adonde llegamos -en menos tiempo del que necesitaba el corregidor de Zamora para saber -nuestra fuga y despachar en nuestro seguimiento sus galgos. Antes de -entrar en Braganza, el vizcaíno me hizo poner un vestido de hombre, -que llevaba prevenido, y contándome ya por suya me dijo en la hostería -donde nos alojamos: «Bella Laura, no tomes a mal que te haya traído a -Portugal. El corregidor de Zamora nos hará buscar en nuestra patria -como a dos criminales a quienes la España no debe dar ningún asilo; -pero--añadió él--podemos ponernos a cubierto de su resentimiento -en este reino tan extraño, aunque en el día esté sujeto al dominio -español; a lo menos, estaremos aquí más seguros que en nuestro país. -Déjate, pues, persuadir, ángel mío; sigue a un hombre que te adora. -Vamos a vivir a Coimbra; allí pasaremos sin temor nuestros días en -medio de unos pacíficos placeres.» - -»Una propuesta tan eficaz me hizo ver que trataba con un caballero a -quien no gustaba servir de conductor a las princesas por la gloria de -la caballería. Comprendí que contaba mucho con mi agradecimiento y aun -más con mi miseria. Sin embargo, aunque estos dos motivos me hablaban -en su favor, me negué resueltamente a lo que me proponía. Es verdad que -por mi parte tenía dos razones poderosas para mostrarme tan reservada, -pues no era de mi gusto ni le creía rico. Pero cuando, volviendo a -estrecharme, ofreció ante todas cosas casarse conmigo y me hizo ver -palpablemente que su administración le había suministrado caudal para -mucho tiempo, no lo oculto: comencé a escucharle. Me deslumbró el oro y -la pedrería que me enseñó, y entonces experimenté que el interés sabe -hacer transformaciones tan bien como el amor. Mi vizcaíno fué poco a -poco haciéndose otro hombre a mis ojos: su cuerpo alto y seco se me -representó de una estatura fina y delicada; su palidez, una blancura -hermosa, y hasta su aspecto hipócrita me mereció un nombre favorable. -Entonces acepté sin repugnancia su mano a presencia del Cielo, a quien -tomó por testigo de nuestra unión. Después de esto ya no tuvo que -experimentar ninguna contradicción por mi parte, y, siguiendo nuestro -camino, muy presto Coimbra recibió dentro de sus muros a un nuevo -matrimonio. - -»Mi marido me compró muy buenos vestidos de mujer y me regaló muchos -diamantes, entre los cuales conocí el de don Félix Maldonado. No -necesité más para adivinar de dónde venían todas las piezas preciosas -que yo había visto, y para persuadirme de que no me había casado -con un rígido observador del séptimo artículo del Decálogo; pero -considerándome como la causa primera de sus juegos de manos, se los -perdonaba. Una mujer disculpa hasta las malas acciones que hace cometer -su hermosura, y a no ser esto, ¡qué mal hombre me hubiera parecido! - -»Dos o tres meses pasé con él bastante gustosa, porque me hacía mil -cariños y parecía amarme tiernamente. Sin embargo, las pruebas de -amistad que me daba no eran mas que falsas apariencias. El bribón me -engañaba y me preparaba el trato que toda soltera seducida por un -hombre infame debe esperar de él. Un día, a mi vuelta de misa, no -encontré en la casa mas que las paredes. Los muebles y hasta mis ropas -habían desaparecido. Zendono y su fiel criado habían tomado tan bien -sus medidas que en menos de una hora se había ejecutado completamente -el despojo de mi casa, de modo que con el solo vestido que llevaba -puesto y la sortija de don Félix, que por fortuna tenía en el dedo, -me vi como otra Ariadna abandonada de un ingrato. Pero te aseguro que -no me entretuve en hacer elegías sobre mi infortunio; antes bien, di -gracias al Cielo por haberme librado de un perverso que no podía menos -de caer tarde o temprano en manos de la justicia. Miré el tiempo que -habíamos pasado juntos como un tiempo perdido, que yo no tardaría en -reparar. Si hubiera querido permanecer en Portugal y entrar al servicio -de alguna señora ilustre, las habría tenido de sobra; pero ya fuese el -amor que tenía a mi país, o ya fuese arrastrada por la fuerza de mi -estrella, que me preparaba allí mejor suerte, sólo pensé en volver a -España. Vendí el diamante a un joyero, que me dió su importe en monedas -de oro, y salí con una señora española, ya anciana, que iba a Sevilla -en una silla volante. - -»Esta señora, llamada Dorotea, venía de ver a una parienta suya que -vivía en Coimbra, y se volvía a Sevilla, en donde tenía su casa. -Congeniamos ambas de tal modo que desde la primera jornada trabamos -amistad, la que se estrechó tanto en el camino que cuando llegamos a -Sevilla no me permitió alojar sino en su casa. No tuve motivo para -arrepentirme de haber hecho semejante conocimiento, pues no he visto -jamás mujer de mejor carácter. Todavía se descubría en sus facciones -y en la viveza de sus ojos que en su mocedad habría hecho puntear a -sus rejas bastantes guitarras, y por eso sin duda había tenido muchos -maridos nobles y vivía honradamente con lo que le dejaron. - -»Entre otras excelentes prendas, tenía la de ser muy compasiva con las -doncellas desgraciadas. Cuando le conté mis infortunios, tomó con tanto -ardor mi causa que llenó de maldiciones a Zendono. «¡Ah perros!--dijo -en un tono que parecía haber encontrado en su viaje algún mayordomo--. -¡Miserables! ¡En el mundo hay bribones que, como éste, se deleitan -en engañar a las mujeres! Lo que me consuela, querida hija mía, es -que, según tu relación, no estás ligada con el pérfido vizcaíno. Si -tu casamiento con él es bastante bueno para servirte de disculpa, en -recompensa es bastante malo para permitirte contraer otro mejor cuando -halles ocasión para ello.» - -»Todos los días salía con Dorotea para ir a la iglesia o a visitar a -alguna amiga, que es el medio seguro de encontrar prontamente alguna -aventura. Me atraje las miradas de muchos caballeros, entre los cuales -algunos quisieron tentar el vado. Hablaron por segunda mano a mi -vieja patrona, pero los unos no tenían con qué soportar los gastos de -un menaje y los restantes todavía eran unos babosos, lo que bastaba -para quitarme la gana de escucharlos, sabiendo por mi experiencia -las consecuencias de ello. Un día nos ocurrió ir a ver representar -los cómicos de Sevilla, que habían anunciado en los carteles la -representación de la comedia famosa _El embajador de sí mismo_, -compuesta por Lope de Vega Carpio. - -»Entre las actrices que se presentaron en el teatro vi a una de mis -antiguas amigas, a Fenicia, aquella moza gorda, pero muy alegre, que -te acordarás era criada de Florimunda y con quien cenaste algunas -veces en casa de Arsenia. Sabía yo muy bien que Fenicia hacía más de -dos años que no estaba en Madrid, pero ignoraba que fuese cómica. Era -tal la impaciencia que tenía de abrazarla que me pareció larguísima -la pieza. Quizá tenían también la culpa los que la representaban, que -no lo hacían ni tan bien ni tan mal que me divirtieran, porque te -confieso que, como soy tan risueña, un cómico perfectamente ridículo -no me divierte menos que uno excelente. En fin, llegado el esperado -momento, es decir, el fin de la famosa comedia, fuimos mi viuda y yo al -vestuario, en donde vimos a Fenicia, que hacía la desdeñosa escuchando -con melindres el dulce gorjeo de un tierno pajarito que al parecer se -había dejado coger con la liga de su declamación. Luego que me vió se -despidió de él cortésmente, vino a mí con los brazos abiertos y me dió -todas las muestras de amistad imaginables. Por mi parte, la abracé con -el mayor agrado. Mutuamente nos manifestamos el placer que teníamos en -volvemos a ver; pero no permitiéndonos el tiempo ni el sitio meternos -en una larga conversación, dejamos para el día inmediato el hablar en -su casa más extensamente. - -»El gusto de hablar es una de las pasiones más vivas de las mujeres -y particularmente la mía. No pude pegar los ojos en toda la noche: -tal era el deseo que tenía de verme con Fenicia y hacerle preguntas -sobre preguntas. Dios sabe si fuí perezosa para levantarme e ir a -donde me había dicho que vivía. Estaba alojada con toda la compañía en -un gran mesón. Una criada que encontré al entrar, y a quien supliqué -me condujese al cuarto de Fenicia, me hizo subir a un corredor, a lo -largo del cual había diez o doce cuartos pequeños, separados solamente -por unos tabiques de madera y ocupados por la cuadrilla alegre. Mi -conductora tocó a una puerta, la cual abrió Fenicia, cuya lengua -rabiaba tanto como la mía por hablar. Apenas nos tomamos el tiempo de -sentarnos, nos pusimos en disposición de parlar sin cesar. Teníamos que -preguntarnos sobre tantas cosas que se atropellaban las preguntas y -las respuestas de un modo extraordinario. - -»Después de haber contado mutuamente nuestras aventuras, e instruidas -del actual estado de nuestros asuntos, me preguntó Fenicia qué -partido quería tomar. «Porque al fin--me dijo--es preciso hacer -alguna cosa, no estando bien visto en una persona de tu edad el ser -inútil a la sociedad.» Respondíle que había resuelto, hasta encontrar -mejor fortuna, colocarme con alguna señorita distinguida. «¡Quítate -allá!--exclamó mi amiga--. ¡No pienses en ello! ¿Es posible, amiga -mía, que aun no te hayas cansado de servir? ¿No te has fastidiado de -estar sujeta a la voluntad de otros, respetar sus caprichos, oír que te -regañan y, en una palabra, ser esclava? ¿Por qué no abrazas, como yo, -la vida de cómica? Ninguna cosa es más conveniente para las personas de -talento que carecen de posibles y de lucida cuna. Es un estado medio -entre la nobleza y la plebe; una condición libre y desembarazada de -las etiquetas más incómodas de la vida civil. Nuestras rentas nos las -paga en moneda contante el público, que es el poseedor de sus fondos. -En una palabra, siempre vivimos alegres y gastamos nuestro dinero del -mismo modo que lo ganamos. El teatro--prosiguió--favorece sobre todo -a las mujeres. Todavía me salen los colores al rostro siempre que me -acuerdo de que cuando servía a Florimunda no oía sino a los criados de -la compañía del Príncipe y que ningún hombre de suposición me miraba -a la cara. ¿De qué nacía esto? De que yo no hacía allí papel; por -buena que sea una pintura, no se celebra si no se expone a la vista -pública. Pero después que me puse en chapines, esto es, que parecí en -las tablas, ¡qué mudanza! Traigo al retortero a los mejores mozos de -los pueblos por donde pasamos. Una cómica tiene cierto atractivo en su -oficio. Si es discreta--quiero decir, que no favorece mas que a un solo -amante--, esto le hace un honor distinguido, se celebra su moderación; -y cuando muda de galán la miran como a una verdadera viuda que se -vuelve a casar. Y aun a una viuda se la mira con desprecio si contrae -terceras nupcias, porque no parece sino que esto hiere la delicadeza -de los hombres, al paso que una dama parece hacerse más apreciable a -medida que aumenta el número de sus favorecidos, pues todavía, después -de haber tenido cien cortejos, es un manjar apetitoso.» «¿A quién -cuentas eso?--interrumpí yo al llegar aquí--. ¿Piensas tú que ignoro -esas ventajas? Las he considerado muchas veces, y, hablándote sin -ningún disimulo, te digo que lisonjean sobrado a una muchacha de mi -genio. Conozco en mí mucha inclinación a la vida cómica, pero esto no -basta, pues se requiere talento y yo no tengo ninguno. Algunas veces -me he puesto a recitar relaciones de comedia delante de Arsenia y no -ha quedado satisfecha de mí, lo que me ha hecho no gustar del arte.» -«No es extraño que le hayas disgustado--replicó Fenicia--. ¿Ignoras -que esas grandes actrices son por lo común envidiosas? A pesar de su -vanidad, temen se les presenten personas que las desluzcan. En fin, -yo, sobre este asunto, no me atendría solamente al voto de Arsenia; su -decisión no ha sido sincera. Dígote sin lisonja que has nacido para el -teatro. Tienes naturalidad, acción despejada y muy graciosa, un metal -de voz suave, buen pecho y, sobre todo, un buen palmito de cara. ¡Ah -picaruela, a cuántos encantarás si te haces comedianta!» - -»A esto añadió otras expresiones seductoras, y me hizo declamar algunos -versos para convencerme a mí misma de la excelente disposición que -tenía para el teatro, y habiéndome oído fueron mayores sus elogios, -hasta decirme que me aventajaba a todas las actrices de Madrid. En -vista de esto, no debía ya dudar de mi mérito ni dejar de acusar a -Arsenia de envidiosa y de mala fe. Me fué preciso convenir en que mi -persona valía mucho. Fenicia me hizo repetir los mismos versos delante -de dos cómicos que entraron en aquella sazón, los que se quedaron -pasmados; y cuando volvieron de su admiración fué para colmarme de -alabanzas. Hablando seriamente, te aseguro que aunque los tres hubieran -ido a porfía sobre quién me había de elogiar más, no hubieran empleado -más hipérboles. Mi modestia tuvo poco que padecer con tantos elogios. -Principié a creer que valía algo y heme aquí resuelta a abrazar la -profesión cómica. - -»No hablemos más, querida mía--dije a Fenicia--. Está hecho; quiero -seguir tu consejo y entrar en la compañía si no hay inconveniente.» -A esto, mi amiga, arrebatada toda de gozo, me abrazó, y sus -dos compañeros no manifestaron menos alegría que ella al ver mi -determinación. Quedamos en que al día siguiente por la mañana iría -al teatro y repetiría delante de toda la compañía el mismo ensayo. -Si en casa de Fenicia adquirí una opinión ventajosa, todavía fué más -favorable la de los comediantes después que recité en su presencia sólo -unos veinte versos, y así, me recibieron muy gustosos en la compañía. -Desde entonces puse mi atención sólo en el modo con que había de salir -la primera vez en las tablas. Para que fuese con más lucimiento, gasté -todo el dinero que me quedaba de la sortija, y si no me presenté -con ostentación, a lo menos hallé el arte de suplir la falta de -magnificencia con un gusto delicado. Presentéme, en fin, por la primera -vez en la escena. ¡Qué palmadas! ¡Qué aplausos! No faltaré, amigo mío, -a la modestia si te digo que arrebaté la atención de los espectadores. -Era preciso haber presenciado la celebridad que adquirí en Sevilla -para creerla. Fuí el objeto de todas las conversaciones de la ciudad, -la que por tres semanas acudió a bandadas a la comedia, de modo que -la compañía, con esta novedad, atrajo al público, que ya empezaba a -desampararla. Me presenté de un modo que hechicé a todos, lo que fué -publicar que me vendía al que más diera. Una infinidad de sujetos -de todas edades y condiciones vinieron a ofrecerme sus obsequios y -facultades. Por mi gusto hubiera escogido al más joven y bonito; pero -nosotras solamente debemos mirar al interés y a la ambición cuando se -trata de tomar una amistad. Esta es regla del teatro, por cuya razón -mereció la preferencia don Ambrosio de Nisaña, hombre ya viejo y de muy -rara figura, pero rico, generoso y uno de los señores más poderosos de -Andalucía. Es verdad que le costó caro. Tomó para mí una hermosa casa, -la adornó magníficamente, me buscó un buen cocinero, dos lacayos, una -doncella, y me señaló para el gasto mil ducados mensuales. Añade a esto -ricos vestidos y muchas joyas. Arsenia nunca llegó a un estado tan -brillante. - -»¡Qué mudanza en mi fortuna! Ni aun yo podía comprenderla ni me conocía -a mí misma; por lo que no me espanto de que haya tantas que se olviden -prontamente de la nada y miseria de donde las sacó el capricho de algún -poderoso. Te confieso ingenuamente que los aplausos del público, las -expresiones lisonjeras que oía por todas partes y la pasión de don -Ambrosio me infundieron una vanidad que llegó hasta la extravagancia. -Miré mi habilidad como un título de nobleza y tomé el aire de señora. -Ya escaseaba tanto las miradas cariñosas cuanto las había prodigado -antes, de suerte que me puse en el pie de no hacer caso sino de duques, -condes y marqueses. - -»El señor de Nisaña, con algunos de sus amigos, venía todas las noches -a cenar a casa; yo por mi parte procuraba juntar las cómicas más -divertidas y pasábamos la mayor parte de la noche en beber y reír. -Una vida tan agradable me acomodaba mucho, pero no duró mas que seis -meses. Si los señores no tuvieran la facilidad de cansarse, serían -más amables. Don Ambrosio me dejó por una maja granadina que acababa -de llegar a Sevilla, con muchas gracias y el talento suficiente para -hacerlas valer. Mi aflicción no duró mas que veinticuatro horas, porque -inmediatamente ocupó su lugar un caballero de veintidós años, llamado -don Luis de Alcacer, tan bello mozo que pocos podían comparársele. Con -razón me preguntarás por qué elegí a un señor tan joven sabiendo que el -trato con esta clase de gentes es peligroso, y yo te diré que don Luis -ni tenía padre ni madre y que ya disponía de su hacienda. Además, que -este trato sólo deben temerlo las criadas y las miserables aventureras. -Las mujeres de nuestra profesión son personas de título; nunca -somos responsables de los efectos que producen nuestros atractivos. -¡Desgraciadas las familias a cuyos herederos hemos desplumado! - -»Nos apasionamos tan extremadamente uno de otro Alcacer y yo que dudo -haya habido jamás amor como el nuestro. Nos amábamos con tanto ardor -que no parecía sino que estábamos hechizados. Los que sabían nuestra -pasión nos creían los amantes más dichosos del mundo, y tal vez éramos -los más infelices. Don Luis era amable por su rostro, pero tan celoso -que me atormentaba a cada instante con injustos recelos. Por más que -yo procurase no mirar a hombre alguno para acomodarme a su flaqueza, -su ingeniosa desconfianza hallaba delitos con que inutilizaba mi -cuidado. Si estaba en la escena, le parecía que mientras representaba -miraba al descuido cariñosamente a algún joven y me llenaba de -reconvenciones. En una palabra, nuestras más tiernas conversaciones -estaban siempre mezcladas de quejas. No pudimos aguantar más; a ambos -nos faltó la paciencia y nos separamos amigablemente. ¿Creerás tú -que el último día de nuestra amistad fué el más gustoso que habíamos -tenido hasta entonces? Igualmente fatigados los dos de los males que -habíamos padecido, nos despedimos con la mayor alegría, semejantes a -dos miserables cautivos que recobran su libertad después de una dura -esclavitud. - -»Desde entonces he procurado precaverme del amor y no quiero más -amistad que turbe mi reposo. No sienta bien en nosotras suspirar como -las demás mujeres ni debemos abrigar en nuestro pecho una pasión cuyas -ridiculeces hacemos ver al público. - -»Entre tanto mi fama iba alcanzando más vuelo, publicando por todas -partes que yo era una actriz inimitable. Tanta nombradía movió a los -comediantes de Granada a que me escribiesen convidándome con una -plaza en su compañía; y para hacerme ver que la propuesta no era -despreciable, me enviaron una razón del importe de sus últimas entradas -y de sus caudales, por lo cual, pareciéndome un partido ventajoso, lo -acepté, aunque en lo íntimo de mi corazón sentía dejar a Fenicia y a -Dorotea, a quienes amaba tanto cuanto una mujer es capaz de amar a -otra. A la primera la dejé en Sevilla ocupada en derretir la vajilla -de un platerillo que por vanidad quería tener por cortejo a una -comedianta. Se me ha olvidado decirte que al hacerme cómica mudé por -capricho el nombre de Laura en el de Estela, y con éste salí para -Granada. - -»Allí principié mi ejercicio con tanta felicidad como en Sevilla e -inmediatamente me vi rodeada de amantes; pero como no quería favorecer -sino a quien diese buenas señales, me porté con tal reserva que pude -ofuscarlos. Sin embargo, temiendo pagar la pena de una conducta que de -nada servía y que no me era natural, pensaba declararme a favor de un -oidor joven, de nacimiento plebeyo, quien, por razón de su empleo, de -una buena mesa y de arrastrar coche, hacía el papel de señor, cuando vi -por primera vez al marqués de Marialba. El señor portugués, que viaja -en España por mera curiosidad, al pasar por Granada se detuvo. Fué a -la comedia y aquel día no representé yo. Miró con mucha atención a las -actrices que se presentaron, halló una que le gustó y desde el día -siguiente empezó a tratar con ella. Estaba ya para convenirse cuando -me presenté yo en el teatro. Mi presencia y mis monadas volvieron -prontamente la veleta. Ya mi portugués no pensó mas que en mí, y, a -decir verdad, como yo no ignoraba que mi compañera había agradado a -este señor, procuré desbancarla, y tuve la fortuna de conseguirlo. Bien -sé que ella me ha aborrecido, pero esto poco importa. Debiera saber que -entre las mujeres es natural esta ambición y que las más íntimas amigas -no hacen escrúpulo de ella.» - - - - - CAPITULO VIII - -Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los cómicos de Granada y de la -persona a quien reconoció en el vestuario. - - -En el punto mismo que Laura acababa de contar su historia llegó una -comedianta vieja, vecina suya, que venía a sacarla para ir a la -comedia. Esta venerable heroína de teatro hubiera sido primorosa para -hacer el papel de la diosa Cotis. Mi hermana no dejó de presentar -su hermano a esta figura añeja, y sobre ello mediaron grandes -cumplimientos de ambas partes. - -Las dejé solas, diciendo a la viuda del mayordomo que iría a buscarla -al teatro luego que hubiera hecho llevar mi ropa a casa del marqués, -que ella me enseñó. Fuí inmediatamente al cuarto que tenía alquilado, -pagué a mi huéspeda, di a un mozo mi maleta y fuí con él a una gran -posada, en donde estaba alojado mi amo. Encontré a la puerta a su -mayordomo, que me preguntó si era yo el hermano de la señora Estela. -Respondí que sí, y me dijo: «Pues sea usted muy bien venido, caballero. -El marqués de Marialba, de quien tengo honra de ser mayordomo, me ha -mandado os reciba con todo agasajo. Se le ha preparado a usted un -cuarto; si usted gusta, yo se lo enseñaré.» Me subió a lo último de la -casa y me introdujo en un aposento tan pequeño que sólo cabía una cama -muy estrecha, un armario y dos sillas; tal era mi habitación. «Usted -no estará aquí muy a sus anchuras--me dijo mi conductor--; pero en -recompensa prometo a usted que en Lisboa estará soberbiamente alojado.» -Metí mi maleta en el armario, del cual me llevé la llave, y pregunté -a qué hora se cenaba. Me respondieron que el señor cenaba comúnmente -fuera y que daba a cada criado un tanto al mes para su mantenimiento. -Hice algunas otras preguntas y conocí que los criados del marqués eran -unos holgazanes afortunados. Al cabo de una breve conversación dejé al -mayordomo y fuí a buscar a Laura, entretenido agradablemente con los -presagios de mi nuevo acomodo. - -Luego que llegué a la puerta de la casa de comedias y dije que era -hermano de Estela, todo se me franqueó. ¡Hubierais visto las centinelas -hacerme paso a porfía, como si yo fuera uno de los principales -personajes de Granada! Todos los dependientes del teatro que encontré -en el tránsito me hicieron profundas reverencias. Pero lo que yo -quisiera poder pintar bien al lector es el recibimiento que, con -una seriedad cómica, me hicieron en el vestuario, en donde encontré -toda la compañía vestida ya y pronta a principiar. Los comediantes y -comediantas, a quienes Laura me presentó, se agolparon hacia mí. Los -hombres me confundieron a abrazos, y las mujeres en seguida, aplicando -sus rostros pintados al mío, lo llenaron de arrebol y blanquete. -Ninguno quería ser el último a cumplimentarme y todos se pusieron a -hablarme a un tiempo. No bastaba yo a responderles; pero mi hermana -vino a mi socorro, y como tenía ejercitada la lengua, cumplió con todos -por mí. - -No pararon los cumplimientos en los actores y actrices; fué preciso -aguantar los del tramoyista, violinistas, apuntador, despabilador y -sotadespabilador; en fin, de todos los dependientes del teatro, que -al rumor de mi llegada vinieron corriendo a examinar mi persona. No -parecía sino que estas gentes eran todas de la Inclusa, que jamás -habían visto hermanos. - -Entre tanto empezó la comedia. Algunos caballeros que estaban en el -vestuario se retiraron a tomar sus asientos, y yo, como de casa, -continué en conversación con los actores que no representaban. Entre -éstos había uno a quien llamaron, y oí le nombraban Melchor. Este -nombre me chocó, y habiendo mirado atentamente al sujeto a quien se le -daba, me pareció haberle visto en alguna parte. Al fin me acordé de él -y vi que era Melchor Zapata, aquel pobre cómico de la legua que, como -dije en el libro segundo de mi historia, estaba mojando mendrugos de -pan en una fuente. - -Al instante le llamé aparte y le dije: «Si no me engaño, usted es el -señor Melchor, con quien tuve la honra de almorzar un día a la orilla -de una clara fuente entre Valladolid y Segovia. Iba yo con un mancebo -de barbero, juntamos algunas provisiones que llevábamos con las de -usted y compusimos entre los tres una comida escasa que se sazonó con -mil conversaciones agradables.» Zapata se quedó como pensativo algunos -instantes y después me respondió: «Usted me habla de una cosa de que -sin dificultad hago memoria. Entonces venía de Madrid, en donde había -salido para prueba en aquel teatro, y me volvía a Zamora. También -me acuerdo que mis negocios andaban de mala data.» «Y yo, por esas -señas--le dije--, vengo en conocimiento de que usted llevaba un jubón -forrado de carteles de comedias. Tampoco he olvidado que usted se -quejaba en aquel tiempo de que tenía una mujer muy honesta.» «¡Oh! ¡Por -esa parte ya no me quejo!--dijo Zapata con precipitación--. ¡Vive diez -que la buena mujer se ha enmendado en esto, y así, mi jubón va mejor -forrado!» - -Al ir a darle la enhorabuena de tan feliz mudanza tuvo precisión de -dejarme para salir a la escena. Con el deseo de conocer a su mujer, -me acerqué a un comediante y le supliqué me la mostrase, lo que hizo -diciendo: «Véala usted, esa es Narcisa, la más linda de nuestras damas -después de la hermana de usted.» Juzgué que esta actriz debía de ser -aquella a quien se había aficionado el marqués de Marialba antes de -haber visto a su Estela, y mi conjetura no salió errada. Acabada la -comedia, acompañé a Laura a su casa, en donde vi muchos cocineros que -estaban disponiendo una gran cena. «Aquí puedes cenar», me dijo ella. -«Nada menos que eso--le respondí--: el marqués querrá quizá estar solo -contigo.» «No--respondió ella--; ahora vendrá con dos amigos suyos y -uno de nuestros compañeros, y si tú quieres, serás la sexta persona. -Bien sabes que en casa de las cómicas los secretarios tienen privilegio -de comer con sus amos.» «Es verdad--le dije--, pero todavía no es -tiempo de contarme entre los secretarios favoritos; para obtener este -cargo honorífico debo antes emplearme en alguna comisión de confianza.» -Diciendo esto, dejé a Laura y fuí a mi hostería, donde hice ánimo de -comer todos los días, porque mi amo no tenía casa. - - - - - CAPITULO IX - -Del hombre extraordinario con quien Gil Blas cenó aquella noche y de lo -que pasó entre ellos. - - -Advertí que en un rincón de la sala estaba cenando solo un fraile -viejo vestido de paño pardo, y por curiosidad me senté enfrente de él. -Saludéle con mucha urbanidad y él no se mostró menos cortés que yo. -Trajéronme mi pitanza, que principié a despachar con buenas ganas, y -mientras comía sin decir una palabra miraba frecuentemente a este raro -personaje y siempre le hallé puestos los ojos en mí. Cansado de su afán -en mirarme, le hablé en estos términos: «Padre, ¿nos habremos visto tal -vez en otra parte fuera de aquí? Usted me está observando como a un -hombre que no le es enteramente desconocido.» - -Respondióme con mucha gravedad: «Si os miro con esta atención sólo -es para admirar la singular variedad de aventuras que están grabadas -en las rayas de vuestro rostro.» «A lo que veo--le dije con un aire -burlón--, vuestra reverencia sabe la metoposcopia.» «Bien podría -lisonjearme de poseerla--dijo el fraile--y de haber pronosticado cosas -que el tiempo no ha desmentido. No sé menos la quiromancia, y me -atrevo a decir que mis oráculos son infalibles cuando he comparado la -inspección de la mano con la del rostro.» - -Aunque aquel viejo tenía todo el aspecto de hombre sabio, me pareció -tan loco que no pude dejar de reírme en su cara; pero en lugar de -ofenderse de mi descortesía se sonrió de ella, y después de haber -paseado su vista por la sala y asegurádose de que nadie nos oía, -continuó hablando de esta manera: «No me espanto de veros opuesto -a estas dos ciencias, que en el día se tienen por frívolas; el -largo y penoso estudio que requieren desanima a todos los sabios, -que, despechados de no haberlas podido adquirir, las abandonan -y desacreditan. Por lo que hace a mí, no me ha acobardado la -obscuridad en que están envueltas ni tampoco las dificultades que -se suceden sin cesar en la indagación de los secretos químicos y -en el arte maravilloso de transmutar los metales en oro. Pero no -presumo--prosiguió, habiendo tomado nuevo aliento--que hablo con un -joven que conceptúe de sueños mis pensamientos. Una leve prueba de -mi habilidad os dispondrá a juzgar más favorablemente de mí que todo -cuanto pudiera deciros.» Dicho esto, sacó del bolsillo un frasquillo -lleno de un licor encarnado y prosiguió diciendo: «Vea usted aquí -un elixir que he compuesto esta mañana del zumo de ciertas plantas -destiladas por alambique; porque, a imitación de Demócrito, he empleado -casi toda mi vida en descubrir las propiedades de los simples y de -los minerales. Usted va a experimentar su virtud. El vino que estamos -bebiendo es muy malo: pues va a ser exquisito.» Al mismo tiempo echó -dos gotas de su elixir en mi botella, que volvieron mi vino más -delicioso que los mejores que se beben en España. - -Todo lo maravilloso sorprende, y una vez preocupada la imaginación, el -juicio se extravía. Pasmado de ver un secreto tan bueno, y persuadido -de que era menester ser poco menos que diablo para haberlo hallado, -exclamé lleno de admiración: «¡Oh padre mío, suplico a usted me -perdone si antes le he tenido por un viejo loco! Ahora le hago a -usted justicia; no necesito ver más para estar convencido de que si -quisiera podría hacer en un instante un tejo de oro de una barra de -hierro. ¡Qué dichoso fuera yo si poseyera esa admirable ciencia!» -«¡El Cielo os libre de tenerla jamás!--interrumpió el viejo dando un -profundo suspiro--. ¡Tú no sabes, hijo mío, lo que deseas! En lugar de -envidiarme, tenme más bien lástima de haber tomado tanto trabajo para -hacerme infeliz. Siempre vivo inquieto; temo ser descubierto y que una -prisión perpetua sea el premio de todos mis afanes. Con este temor paso -una vida errante, disfrazado unas veces de clérigo o de fraile, otras -de caballero o paisano. ¿Y te parece que será ventajoso el saber hacer -oro a ese precio? Y las riquezas, ¿no son un verdadero suplicio para -aquellos que no las disfrutan con quietud?» «Ese discurso me parece muy -sensato--dije entonces al filósofo--. Nada iguala al gusto de vivir con -sosiego; usted me hace mirar con desprecio la piedra filosofal. Yo os -estimaría que me vaticinaseis lo que me ha de acontecer.» «De muy buena -gana, hijo mío--me respondió--. Ya he observado vuestra fisonomía; -mostrad vuestra mano.» Presentésela con una confianza que no me hará -honor en el ánimo de algunos lectores que en mi lugar acaso habrían -hecho otro tanto. La examinó muy atentamente y al momento exclamó: -«¡Ah, y qué de tránsitos de la aflicción a la alegría y de la alegría -a la aflicción! ¡Qué serie azarosa de desgracias y de prosperidades! -Mas ya habéis experimentado una gran parte de estas alternativas de la -fortuna y no os restan más desgracias que probar; un señor os dará un -buen destino que no estará sujeto a mutaciones.» - -Después de haberme afirmado que podía estar seguro de su pronóstico, se -despidió de mí, saliendo de la hostería, donde quedé muy pensativo de -lo que acababa de oír. - -No dudaba yo que fuese el marqués de Marialba el tal señor, y, por -consiguiente, nada me parecía más posible que el cumplimiento del -vaticinio. Pero cuando yo no hubiese visto la menor apariencia de ello, -no me hubiera impedido eso dar al fraile entero crédito: tanta era la -autoridad que por su elixir había cobrado en mi ánimo. - -Por mi parte, para acelerar la felicidad que me había predicho, -determiné servir al marqués con más afecto que lo había hecho a ninguno -de los otros amos. Con esta resolución, me retiró a nuestra posada con -una alegría imponderable, cual nunca sacó una mujer de casa de las -decidoras de la buenaventura. - - - - - CAPITULO X - -De la comisión que el marqués de Marialba dió a Gil Blas y cómo la -desempeñó este fiel secretario. - - -Todavía no había vuelto el marqués de casa de su comedianta; pero -en su aposento encontré a los ayudas de cámara, que jugaban a los -naipes esperando su venida. Me introduje con ellos y nos entretuvimos -alegremente hasta las dos de la madrugada, en que llegó nuestro amo. -Sorprendióse un poco al verme y me dijo con una afabilidad que daba a -entender volvía contento de su visita: «Gil Blas, ¿por qué no te has -acostado?» Yo le respondí que quería saber antes si tenía alguna cosa -que mandarme. «Puede ser--dijo--te encargue por la mañana un asunto y -entonces te daré mis órdenes. Vé a descansar y sabe que te dispenso -de esperarme, pues me bastan los ayudas de cámara.» Después de esta -advertencia, que no dejó de agradarme, pues me excusaba la sujeción, -que algunas veces hubiera llevado con disgusto, dejé al marqués en -su cuarto y me retiré a mi buhardilla. Me acosté; pero, no pudiendo -dormir, seguí el consejo de Pitágoras, de traer a la memoria por la -noche lo que hemos hecho en el día, para aplaudir nuestras buenas -acciones o vituperar las malas. - -Mi conciencia no estaba tan limpia que dejase de remorderme haber -apoyado la mentira de Laura. Por más que yo me decía para disculparme -de que no había podido decentemente desmentir a una muchacha que no -había tenido otra mira que la de mi bien y que en algún modo me había -visto en la precisión de ser cómplice de su engaño, poco satisfecho de -esta excusa, yo mismo me respondía que no debía llevar tan adelante el -embuste y que era demasiado descaro el querer vivir con un señor cuya -confianza pagaba tan mal. En fin, después de un severo examen, convine -en que, si no era un bribón, me faltaba poco. - -Pasando de aquí a las consecuencias, reflexioné que aventuraba mucho en -engañar a un hombre de distinción, quien por mis pecados acaso tardaría -poco en descubrir el enredo. Una reflexión tan juiciosa aterró algún -tanto mi espíritu; pero bien presto desvanecieron mi temor las ideas -del contento y del interés. Por otra parte, la profecía del hombre -del elixir hubiera bastado para tranquilizarme; y así, me entregué -a imágenes muy risueñas. Me puse a hacer cuentas de aritmética y a -calcular para conmigo mismo la suma a que ascenderían mis salarios -al cabo de diez años de servicio. A esto añadí las gratificaciones -que recibiría de mi amo; y midiéndolas por su carácter liberal, o más -bien según mis deseos, tenía una intemperancia de imaginación, si -puede hablarse de este modo, que no ponía límites a mi fortuna. Tanta -felicidad me concilió poco a poco el sueño y me quedé dormido haciendo -castillos en el aire. - -Por la mañana me levanté a cosa de las nueve para ir a recibir las -órdenes de mi amo, pero al abrir mi puerta para salir me admiré de -verle venir en bata y gorro. Estaba solo, y me dijo: «Gil Blas, al -despedirme anoche de tu hermana le ofrecí pasar a su casa esta mañana; -pero un negocio de importancia no me permite cumplirlo. Vé y díle de -mi parte cuánto siento este contratiempo y asegúrale que aún cenaré -esta noche con ella. No es esto lo más--añadió, entregándome una bolsa -con una cajita de zapa guarnecida de piedras--: llévale mi retrato y -toma para ti esta bolsa, en donde van cincuenta doblones, que te doy -en prueba de la amistad que ya te he cobrado.» Con una mano tomé el -retrato y con la otra la bolsa, de mí tan poco merecida. Fuí corriendo -al momento a casa de Laura, diciendo en medio del exceso de alegría que -me enajenaba: «¡Bueno! ¡Bueno! ¡La predicción se verifica visiblemente! -¡Qué fortuna es ser hermano de una buena moza que admite galanteos! ¡Es -lástima que no haya en esto tanta honra como provecho y utilidad!» - -Laura, contra la costumbre de las personas de su profesión, solía -madrugar. Halléla al tocador, en donde, esperando a su portugués, -añadía a su hermosura natural todos los atractivos auxiliares que el -arte podía prestarle. «Amable Estela--le dije al entrar--, imán de -los extranjeros, ya puedo comer con mi amo, pues me ha honrado con un -encargo que me da esta prerrogativa, el cual vengo a evacuar. Dice que -no puede tener el gusto de verte esta mañana, como lo había pensado; -pero para consolarte de esto cenará esta noche contigo. Y te envía su -retrato, con lo que me parece quedarás algo más consolada.» - -Entreguéla la caja, que, con el vivo resplandor de los brillantes de -que estaba guarnecida, alegró infinito su vista. Abrióla, y habiéndola -cerrado después de haber considerado la pintura por mero cumplimiento, -volvió a mirar las piedras. Celebró su hermosura y me dijo con sonrisa: -«Ve aquí unas copias que las damas de teatro estiman mucho más que los -originales.» Díjele en seguida que el generoso portugués, al darme el -retrato, me había regalado cincuenta doblones. «Me alegro infinito--me -dijo ella--. Este señor principia por donde aún raras veces acaban -otros.» «A ti es, mi querida--respondí yo--, a quien debo este regalo, -que el marqués me hizo a causa de fraternidad.» «Yo quisiera--dijo -ella--te hiciera otros como ese todos los días. ¡No puedo ponderarte -cuánto te amo! Desde el instante en que te vi te amé tan estrechamente -que el tiempo no ha podido romper esta unión. Cuando te eché de menos -en Madrid, no perdí las esperanzas de recobrarte, y ayer al verte te -recibí como a un hombre que volvía a su centro. En una palabra, amigo -mío, el Cielo nos ha destinado el uno para el otro. Tú serás mi marido, -pero antes es preciso enriquecemos. La prudencia exige que comencemos -por aquí. Todavía quiero tener tres o cuatro cortejos para ponerte en -una situación aventajada.» - -Díle cortésmente las gracias por el trabajo que quería tomarse por mí e -insensiblemente nos fuimos metiendo en una conversación que duró hasta -el mediodía. Entonces me retiré para ir a dar cuenta a mi amo del modo -con que había sido recibido su regalo. Aunque Laura no me había dado -sus instrucciones sobre este punto, compuse en el camino una buena -arenga para cumplimentarle de su parte; pero fué tiempo perdido, porque -cuando llegué a la posada me dijeron que el marqués acababa de salir; y -estaba decretado que no volvería a verle más, como puede leerse en el -capítulo siguiente. - - - - - CAPITULO XI - -De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un golpe mortal para él. - - -Fuíme a mi posada, en donde encontré dos sujetos, con quienes comí y -con cuya gustosa conversación me entretuve en la mesa hasta la hora de -la comedia, que nos separamos, ellos para ir a sus quehaceres y yo para -tomar el camino del teatro. Advierto de paso que yo tenía motivo para -estar de buen humor, porque la alegría había reinado en la conversación -que acababa de tener con estos caballeros, mostrándoseme además -propicia la fortuna; pero con todo, sentía una tristeza que no estaba -en mi mano desechar. A vista de esto, no se diga que no se presienten -las desgracias que nos amenazan. - -Al entrar en el vestuario se acercó a mí Melchor Zapata y me dijo en -voz baja que le siguiera. Me llevó a un sitio excusado y me dijo lo -siguiente: «Señor mío, miro como un deber dar a usted un aviso muy -importante. Usted no ignora que el marqués de Marialba se enamoró -primero de Narcisa, mi esposa, y aun había elegido día para venir -a picar en mi cebo, cuando la artificiosa Estela halló medio de -desconcertar la partida y de traer a su casa a este señor portugués. -Bien conoce usted que una cómica no pierde tan buena presa sin -despecho. Mi mujer está muy resentida de esto; nada es capaz de omitir -para vengarse, y, por desgracia de usted, se le presenta para ello -una ocasión favorable. Ayer, si usted hace memoria, todos nuestros -dependientes acudieron a verle. El sotadespabilador dijo a algunas -personas de la compañía que conocía a usted y que de ningún modo era -hermano de Estela. Esta noticia--añadió Melchor--ha llegado a oídos de -Narcisa, que no ha dejado de preguntársela al que la ha dado, y éste -se la ha repetido. Dice conoció a usted de criado de Arsenia, cuando -Estela, bajo el nombre de Laura, la servía en Madrid. Mi esposa, -contentísima con este descubrimiento, se lo participará al marqués de -Marialba, que ha de venir esta tarde a la comedia. Camine usted en esta -inteligencia, y si no es en realidad hermano de Estela, le aconsejo, -como amigo, y por nuestro antiguo conocimiento, que se ponga en salvo. -Narcisa, que no busca mas que una víctima, me ha permitido se lo -advierta a usted para que evite con una pronta fuga cualquier accidente -funesto.» - -Me hubiera sido inútil saber más. Di gracias por este aviso al -histrión, que conoció muy bien por mi sobresalto que yo no estaba en -el caso de desmentir al sotadespabilador. Como realmente no tenía -intención de llevar hasta este punto la desvergüenza, ni aun fuí a -despedirme de Laura, temiendo no quisiese obligarme a que siguiera -el enredo. Bien sabía yo que ella era buena comedianta para salir -con facilidad de este berenjenal; pero yo no veía mas que un castigo -infalible que me amenazaba y no estaba tan enamorado que quisiese -burlarme de él. Determiné, pues, poner tierra por medio, cargando con -mis dioses penates, es decir, con mi ropa, y en un abrir y cerrar de -ojos me desaparecí del coliseo, y en un momento hice sacar y trasladar -mi maleta a la posada de un arriero que al día siguiente, a las tres -de la mañana, debía salir para Toledo. Hubiera deseado estar ya con el -conde de Polán, cuya casa me parecía el único asilo que había seguro -para mí; pero no hallándome aún en ella, no podía pensar sin inquietud -en el tiempo que me restaba que pasar en una ciudad en donde temía me -buscasen aquella misma noche. - -No dejé de ir a cenar a mi hostería, a pesar de estar tan zozobroso -como un deudor que sabe andan en seguimiento suyo los alguaciles; pero -no creo que la cena hizo en mi estómago un excelente quilo. Miserable -juguete del miedo, miraba con cuidado a todas las personas que entraban -en la sala y temblaba como un azogado siempre que por mi desgracia eran -algunas de mala catadura, cosa que no es rara en tales parajes. Después -de haber cenado en medio de continuos sobresaltos, me levanté de la -mesa y me volví a la posada del ordinario, en donde me eché sobre paja -fresca hasta la hora de marchar. - -Puedo asegurar que durante este tiempo ejercité bien mi paciencia. Mil -tristes pensamientos vinieron a asaltarme; si algún instante me quedaba -traspuesto, soñaba que veía furioso al marqués, lastimando a golpes el -hermoso rostro de Laura y haciendo pedazos cuanto había en su casa, o -ya que le oía mandar a sus criados que me matasen a palos. Despertaba -despavorido, y siendo tan gustoso despertar después de haber soñado -cosas funestas, para mí era esto más cruel que el mismo sueño. - -Por fortuna, me sacó de esta angustia el arriero viniendo a avisarme -que estaban prontas las mulas. Inmediatamente me levanté, y, gracias -al Cielo, me puse en camino curado radicalmente de Laura y de la -quiromancia. Conforme nos íbamos alejando de Granada iba mi espíritu -recobrando su serenidad. Empecé a trabar conversación con el arriero, -el cual me contó algunas historias divertidas que me hicieron reír y -fuí perdiendo insensiblemente mi temor. Dormí con sosiego en Ubeda, -donde hicimos noche a la primera jornada, y a la cuarta llegamos a -Toledo. Mi primer cuidado fué preguntar por la casa del conde de Polán, -y persuadido de que no consentiría me alojase en otra, fuí allá. Pero -yo había hecho la cuenta sin la huéspeda, pues no encontré en ella mas -que al portero, quien me dijo que su amo había salido el día antes para -la quinta de Leiva, de donde le habían escrito que Serafina estaba -enferma de peligro. - -Yo no había contado con la ausencia del conde, que disminuyó el -gusto que tenía de estar en Toledo y fué causa de que tomase otra -determinación. Viéndome tan cerca de Madrid, me resolví a ir allá, -discurriendo que en la corte podría hacer fortuna, pues, según había -oído decir, no era necesario en ella tener un talento superior para -adelantar. Al día siguiente me aproveché de un caballo de retorno, -que me llevó a esta capital de la España, adonde la buena suerte me -conducía para que hiciese papeles más brillantes que los que hasta -entonces me había hecho representar. - - - - - CAPITULO XII - -Gil Blas se aloja en una posada de caballeros, en donde adquiere -conocimiento con el capitán Chinchilla; qué clase de hombre era este -oficial y qué negocio le había llevado a Madrid. - - -Así que llegué a Madrid establecí mi habitación en una posada de -caballeros, en donde, entre otras personas, vivía un capitán viejo, -que desde lo último de Castilla la Nueva había venido a la corte a -pretender una pensión que creía tener bien merecida. Llamábase don -Aníbal de Chinchilla. No sin espanto le vi la primera vez; era un -hombre de sesenta años, de una estatura gigantesca y sumamente flaco. -Tenía unos bigotes poblados, que subían, retorciéndose por los dos -lados, hasta las sienes; además de que le faltaba un brazo y una -pierna, llevaba tapado un ojo con un gran parche de tafetán verde, y -casi todo su rostro estaba lleno de cicatrices. En lo demás era como -otro cualquiera. No carecía de entendimiento y aun menos de gravedad. -En cuanto a sus costumbres, era muy rígido y se preciaba sobre todo de -ser delicado en punto de honor. - -A las dos o tres conversaciones que tuvimos, me honró con su confianza -y supe todos sus asuntos. Me contó en qué ocasiones se había dejado un -ojo en Nápoles, un brazo en Lombardía y una pierna en los Países Bajos. -Admiré, en las relaciones que me hizo de las batallas y sitios, el que -no se le escapase ninguna fanfarronada ni palabra en alabanza suya, -siendo así que sin dificultad le hubiera perdonado el que alabase la -mitad del cuerpo que le quedaba, en recompensa de la otra que había -perdido. Los oficiales que vuelven sanos y salvos de la guerra no son -siempre tan modestos. - -Me dijo que sobre todo sentía a par de su alma haber disipado una -considerable hacienda en sus campañas, de suerte que no le habían -quedado mas que cien ducados de renta, con lo que apenas tenía -para aliñar sus bigotes, pagar su alojamiento y dar a copiar sus -memoriales. «Porque, en fin, señor caballero--añadió encogiéndose de -hombros--, todos los días, a Dios gracias, los presento, sin que se -haga el más mínimo caso de ellos. Si usted lo presenciara, no diría -sino que apostábamos el ministro y yo sobre cuál había de cansarse -antes, si yo en darlos o él en recibirlos. También tengo la honra de -presentárselos al mismo rey, pero tan lindo es Pedro como su amo; y -entre estas y esotras la casa de Chinchilla se arruina por falta de -reparo.» «No pierda usted las esperanzas--dije al capitán--. Usted -sabe que las cosas de palacio van despacio. Acaso estará usted hoy en -vísperas de ver premiados con usura todos sus penosos servicios.» «No -debo lisonjearme con esa esperanza--respondió D. Aníbal--; aun no hace -tres días que hablé a uno de los secretarios del ministro, y si he de -dar crédito a sus palabras, es preciso prestar paciencia.» «¿Y qué -le dijo a usted, señor oficial?--le respondí--. ¿Tal vez el estado -en que usted se halla no le parece digno de recompensa?» «Usted lo -verá--respondió Chinchilla--. Este secretario me ha dicho claramente: -«Señor hidalgo, no pondere usted tanto su celo y su fidelidad, porque -en haberse expuesto a los peligros por su patria no ha hecho usted mas -que cumplir con su obligación. La gloria que resulta de las acciones -heroicas es suficiente paga y debe bastar, principalmente a un español. -Desengáñese usted si mira como deuda la gratificación que solicita: -en caso de que se os conceda esta gracia, la deberéis únicamente a -la bondad del rey, que se contempla deudor a los vasallos que han -servido bien al Estado.» Infiera usted de ahí--siguió el capitán--lo -que podré esperar, y que al cabo habré de volverme como he venido.» -Naturalmente nos interesamos por un hombre honrado cuando se le ve -padecer. Le exhorté a que se mantuviera firme, me ofrecí a ponerle de -balde en limpio sus memoriales y llegué hasta ofrecerle mi bolsillo, -suplicándole que tomase lo que quisiera de él. Pero no era de aquellos -que en semejantes ocasiones no necesitan de muchos ruegos; antes bien, -se mostró muy pundonoroso y me dió las gracias. Después de esto me dijo -que, por no cansar a nadie, se había acostumbrado poco a poco a vivir -con tanta sobriedad que el menor alimento bastaba para su subsistencia, -lo que era muy cierto. No se mantenía de otra cosa que de cebollas -y ajos, y así, estaba en los huesos. Para que nadie viese sus malas -comidas, se encerraba en su cuarto a la hora de ellas. No obstante, -a fuerza de súplicas conseguí que cenásemos y comiésemos juntos. Y -engañando su vanidad con una compasión ingeniosa, hice que me trajesen -mucha más comida y bebida de la que yo necesitaba. Instéle a comer y -beber, lo que rehusó al principio con mil ceremonias; pero al fin cedió -a mis instancias, y tomando insensiblemente más confianza, él mismo me -ayudaba a dejar limpio mi plato y desocupada mi botella. - -Luego que hubo bebido cuatro o cinco tragos y recuperado su estómago -con un buen alimento, me dijo en tono alegre: «En verdad, señor -Gil Blas, que sois muy seductor, pues hacéis de mí lo que queréis. -Tenéis un modo tan atractivo que desvanece hasta el temor de abusar -de vuestra generosidad.» Me pareció que mi capitán había ya perdido -tanto la cortedad que si en aquel instante le hubiera ofrecido dinero -no lo hubiera rehusado. No quise hacer la prueba y me contenté con -hacerle mi comensal y tomarme el trabajo, no solamente de escribirle -los memoriales, sino de ayudarle a componerlos. Con el ejercicio de -copiar homilías, había aprendido a variar de frases y aun llegado a ser -medio autor. El viejo oficial, por su parte, se preciaba de poner bien -un papel, de modo que, trabajando los dos a competencia, componíamos -trozos de elocuencia dignos de los más célebres catedráticos de -Salamanca. Pero por más que agotásemos nuestro entendimiento en sembrar -flores de retórica en estos memoriales todo era, como se suele decir, -sembrar en la arena. Aunque más ponderásemos los méritos de don -Aníbal, la Corte ningún aprecio hacía de ellos, lo que no excitaba a -este inválido a elogiar a los oficiales que se arruinan en la guerra; -antes bien, maldecía con su mal humor a su estrella y daba al diablo a -Nápoles, Lombardía y los Países Bajos. - -Para mayor mortificación suya aconteció que habiendo cierto día -recitado en presencia del rey un soneto sobre el nacimiento de una -infanta un poeta presentado por el duque de Alba, se le concedió -delante de sus barbas una pensión de quinientos ducados. Creo que el -mutilado capitán se habría vuelto loco si no hubiera yo cuidado de -consolarle. Viéndole fuera de sí, le dije: «¿Qué es lo que usted tiene? -Nada de esto debía usted extrañar. ¿No están de tiempo inmemorial -los poetas en posesión de hacer a los príncipes tributarios de las -musas? No hay testa coronada que no tenga pensionado a alguno de estos -señores; y, hablando aquí entre nosotros, las pensiones dadas a los -poetas transmiten a la posteridad la noticia de la liberalidad de los -reyes, cuando las otras en nada contribuyen a su fama póstuma. ¿Cuántas -recompensas no dió Augusto? ¿Cuántas pensiones concedió de que no -tenemos noticia? Pero la posteridad más remota sabrá como nosotros que -Virgilio recibió de este emperador más de doscientos mil escudos de -gratificación.» - -Por más que dijese a don Aníbal, no pudo digerir el fruto del soneto, -que se le había sentado en el estómago, y así, resolvió abandonarlo -todo, no obstante que quiso envidar el resto presentando un memorial -al duque de Lerma. Para este efecto fuimos los dos a casa del primer -ministro. Allí encontramos a un joven, quien, después de haber saludado -al capitán, le dijo con cariño: «Mi amado y antiguo amo, ¿es posible -que yo vea a usted aquí? ¿Qué negocio le trae a casa de su excelencia? -Si necesita de alguna persona de valimiento, no deje usted de mandarme; -yo le ofrezco mis facultades.» «Perico--dijo el oficial--, pues qué, -¿tienes algún empleo bueno en la casa?» «A lo menos--respondió el -joven--es bastante para servir a un hidalgo como usted.» «Siendo -así--prosiguió, sonriéndose, el capitán--, recurro a tu protección.» -«Desde luego se la concedo a usted--repitió Perico--. Dígame usted su -asunto y prometo sacar raja del primer ministro.» - -No bien habíamos enterado de él a este joven tan lleno de buen deseo, -cuando preguntó dónde vivía don Aníbal. Nos dió palabra de que el día -siguiente se vería con nosotros y se despidió, sin decirnos lo que -quería hacer ni aun si era o no criado del duque de Lerma. La agudeza -del tal Perico excitó mi curiosidad y quise saber quién era. «Es--me -dijo el capitán--un muchacho que me servía algunos años hace y que, -habiéndome visto en la indigencia, me dejó por buscar mejor acomodo. -No se lo tomé a mal, porque, como se suele decir, por mejoría mi casa -dejaría. Es un lagarto que no carece de talento e intrigante como -todos los diablos; pero a pesar de toda su habilidad no me fío mucho -del celo que acaba de manifestarme.» «Puede ser--le dije--que no os -sea inútil. Si, por ejemplo, es criado de alguno de los principales -dependientes del duque, podrá servir a usted de mucho, pues no ignora -que en casa de los grandes todo se hace por partido y cábala; que éstos -tienen en su servidumbre favoritos que los gobiernan y éstos igualmente -son gobernados por sus criados.» - -A la mañana siguiente vino Perico a nuestra posada y nos dijo: -«Señores, si ayer no declaré los medios que tenía para servir al -capitán Chinchilla fué porque no estábamos en paraje propio para -explicarlos; fuera de que quería tentar el vado antes de franquearme -con ustedes. Sepan, pues, que yo soy el lacayo de confianza del señor -don Rodrigo Calderón, primer secretario del duque de Lerma. Mi amo, -que es muy enamorado, va casi todas las noches a cenar con un ruiseñor -de Aragón que tiene enjaulado en el barrio de Palacio. Es una muchacha -muy bonita, de Albarracín, discreta y que canta con primor, y por esto -le llaman la señora Sirena. Como todas las mañanas le llevo un billete -amoroso, vengo ahora de verla, y le he propuesto que haga pasar al -señor don Aníbal por tío suyo y que con este engaño empeñe a su galán -a protegerle. Ha venido gustosa en ello, porque, además de tal cual -provecho que juzga le puede resultar, le es de mucha satisfacción el -que la tengan por sobrina de un hidalgo valiente.» - -El señor Chinchilla puso mal gesto y mostró repugnancia a hacerse -cómplice de una falsedad, y todavía más a permitir que una aventurera -le deshonrase diciendo ser parienta suya; lo que sentía no solamente -por sí, sino porque creía que esta ignominia retrocedía a sus abuelos. -Tanta delicadeza chocó a Perico, pareciéndole inoportuna. «¿Se burla -usted?--exclamó--. ¡Vea usted aquí lo que son los hidalgos de aldea, -en quienes todo se reduce a una vanidad ridícula! ¿No se admira -usted--prosiguió, dirigiéndose a mí--de esta escrupulosidad? ¡Voto a -bríos! ¡En la corte no se debe parar en esas delicadezas! ¡Venga la -fortuna del modo que quiera, que no hay que perderla!» - -Sostuve el parecer de Perico, y ambos arengamos tanto al capitán que, a -pesar suyo, le hicimos se fingiese tío de Sirena. Dado este paso, que -no costó poco trabajo, hicimos entre los tres un nuevo memorial para -el ministro, que después de revisto, aumentado y corregido lo puse en -limpio, y Perico se lo llevó a la aragonesa, la que aquella misma tarde -se lo recomendó al señor Calderón, hablándole con tal empeño que este -secretario, creyéndola verdaderamente sobrina del capitán, ofreció -apoyarlo. El efecto de esta trama lo vimos a pocos días. Perico volvió -con aire victorioso a nuestra posada. «¡Buenas nuevas tenemos!--dijo a -Chinchilla--. El rey hará una distribución de encomiendas, beneficios y -pensiones en las que no será usted olvidado, y así se me ha encargado -os lo asegure; pero al mismo tiempo se me ha prevenido pregunte a -usted qué hace ánimo de regalar a Sirena. Por lo que respecta a mí, -digo que nada quiero, porque prefiero a todo el oro del mundo el gusto -de haber contribuído a mejorar la fortuna de mi amo antiguo. Pero no -es lo mismo nuestra ninfa de Albarracín. Es algo interesada cuando se -trata de servir al prójimo; tiene esa pequeña falta; y siendo capaz -de tomar dinero de su mismo padre, vea usted si rehusará el de un tío -postizo.» «Diga cuánto quiere--dijo don Aníbal--. Si quiere todos los -años la tercera parte de la pensión que me han de dar, se la prometo, -y me parece que es bastante dádiva, aun cuando se tratara de todas las -rentas de Su Majestad Católica.» «Yo, por mí, me fiaría de la palabra -de usted--replicó el mensajero de don Rodrigo--, pues sé que no faltará -a ella; pero se trata con una niña naturalmente muy desconfiada. Por -otra parte, ella apetecerá mucho más que usted le dé una vez por todas -las dos terceras partes con anticipación y en dinero contante.» ¿De -dónde diablos quiere ella que yo lo saque?--interrumpió ásperamente el -oficial--. ¡Ella debe creerme algún contador mayor! Sin duda que tú -no la has enterado de mi situación.» «Perdone usted--repuso Perico--. -Sabe muy bien que usted está más miserable que Job; no puede ignorarlo -después de lo que le tengo dicho; pero pierda usted cuidado, que -tengo arbitrios para todo. Conozco a un pícaro oidor, ya viejo, que -se contenta con prestar su dinero al diez por ciento. Usted le hará -ante escribano cesión de la pensión del primer año en paga de igual -suma que recibirá usted, deducido el interés. En orden a la fianza, el -prestamista se dará por satisfecho con vuestra casa de Chinchilla, tal -como esté, por lo que sobre este punto no tendrán ustedes disputa.» - -El capitán aseguró que siempre que lograse la fortuna de participar -de las gracias que habían de concederse el día siguiente aceptaría -estas condiciones. En efecto, se verificó que le diesen una pensión de -trescientos doblones sobre una encomienda. Así que supo la noticia, dió -cuantas seguridades se le pidieron, arregló sus asuntos y se volvió a -su país, con algunos doblones que le habían quedado. - - - - - CAPITULO XIII - -Encuentra Gil Blas en la corte a su querido amigo Fabricio, y de la -grande alegría que de ello recibieron. A dónde fueron los dos, y de la -curiosa conversación que tuvieron. - - -Me había acostumbrado a ir todas las mañanas a palacio, en donde pasaba -dos o tres horas enteras en ver entrar y salir a los grandes, quienes -allí me parecían desnudos de aquel resplandor que en otras partes los -rodea. - -Un día que me paseaba contoneándome por aquellas galerías, haciendo, -como otros muchos, un papel bastante ridículo, vi a Fabricio, a quien -había dejado en Valladolid sirviendo a un administrador del hospital. -Lo que me admiró en extremo fué verle hablar familiarmente con el -duque de Medinasidonia y el marqués de Santa Cruz. A mi parecer, estos -dos señores gustaban de oírle; además de esto, él iba vestido como un -caballero. «¿Si me engañaré?--me decía a mí mismo--. ¿Será aquél el -hijo del barbero Núñez? Puede que sea algún joven cortesano que se le -parezca.» No tardé mucho en salir de la duda. Idos los señores, me -acerqué a Fabricio, que, conociéndome inmediatamente, me agarró de -la mano y, después de haberme hecho atravesar con él por medio del -gentío para salir de las galerías, me dijo, abrazándome: «¡Mi amado -Gil Blas, mucho me alegro verte! ¿Qué haces en Madrid? ¿Estás todavía -sirviendo? ¿Tienes algún empleo en la corte? ¿En qué estado tienes tus -asuntos? Dame cuenta de todo lo que te ha sucedido después de tu salida -precipitada de Valladolid.» «Muchas cosas me preguntas a un tiempo--le -respondí--, y el lugar donde estamos no es a propósito para contar -aventuras.» «Tienes razón--me dijo--; mejor estaremos en mi casa. Vente -conmigo, que no está lejos de aquí. Estoy independiente, alojado en -buen paraje y con muy buenos muebles; vivo contento y soy feliz, pues -que creo serlo.» - -Acepté el partido y acompañé a Fabricio, quien me detuvo al llegar -a una casa de bella fachada, en la que me dijo vivía. Atravesamos -un patio, que tenía por un lado una gran escalera que conducía a -unos aposentos soberbios y por el otro una subida tan obscura como -estrecha, por donde fuimos a la vivienda que me había ponderado, la -cual se reducía a una sala, de la que mi ingenioso amigo había hecho -cuatro, separadas con tablas de pino, sirviendo la primera de antesala -a la segunda, en donde dormía, la tercera de despacho y la última -de cocina. La sala y antesala estaban adornadas de mapas y papeles -de conclusiones de filosofía, y los trastos que correspondían a la -colgadura consistían en una gran cama de brocado estropeada, unas -sillas viejas de sarga amarilla, guarnecidas con una franja de seda -de Granada del mismo color; una mesa con pies dorados, cubierta de un -cordobán que parecía haber sido encarnado y ribeteado con una franja -de oro falso, que se había vuelto negro con el tiempo, y un armario -de ébano adornado de figuras esculpidas groseramente. En su despacho -tenía por escritorio una mesita, y su biblioteca se componía de algunos -libros y muchos legajos de papeles, que tenía en tablas puestas unas -sobre otras a lo largo de la pared. La cocina, que no deslucía a lo -demás, contenía vidriado y otros utensilios necesarios. - -Fabricio, después de haberme dado tiempo de mirar bien su habitación, -me dijo: «¿Qué juicio formas de mi equipaje y de mi vivienda? ¿No te -ha encantado verla?» «¡A fe mía que sí!--le respondí sonriéndome--. -Debes de hacer bien tu negocio en Madrid para estar tan bien provisto. -Sin duda tienes algún buen empleo.» «¡El Cielo me guarde de eso!--me -replicó--. El partido que he tomado es superior a todos los empleos. -Un sujeto de distinción, de quien es esta casa, me ha dejado una sala, -de la que he hecho cuatro piezas, que he alhajado como ves; a mí -nada me falta y sólo me ocupo en lo que me agrada.» «Háblame con más -claridad--le dije--, porque avivas mi deseo de saber lo que haces.» -«Pues bien--me dijo--, voy a complacerte. Me he metido a ser autor, me -he dedicado a la literatura, escribo en verso y prosa y hago a pluma -y a pelo.» «¡Tú favorito de Apolo!--exclamé riéndome--. Eso es lo que -jamás hubiera adivinado; menos me sorprendería verte dedicado a otra -cualquiera cosa. ¿Y qué atractivo has podido hallar en la profesión de -poeta? Porque me parece que a semejantes gentes las desprecian en la -vida civil y que no son las más ricas.» «¡Oh, quítate allá!--replicó--. -Eso es bueno para aquellos miserables autores cuyas obras son el -desecho de los libreros y de los cómicos. ¿Será de extrañar que no -se estimen semejantes escritores? Pero los buenos, amigo mío, están -en el mundo en otro concepto y yo puedo decir sin vanidad que soy -de este número.» «No lo dudo--le dije--. Tú eres un mozo de gran -talento, y así, tus composiciones no pueden ser malas. Pero lo único -que deseo saber, y me parece digno de mi curiosidad, es cómo te ha -dado la manía de escribir.» «Tu admiración es fundada--dijo Núñez--. -Estaba tan contento con mi suerte en casa del señor Manuel Ordóñez, -que no deseaba otra; pero haciéndose mi ingenio superior poco a poco, -como el de Plauto, a la servidumbre, compuse una comedia, que hice -representar a unos cómicos que estaban en Valladolid. Aunque no valía -un pito, fué muy aplaudida, de lo que inferí que el público era una -vaca mansa de leche que fácilmente se dejaba ordeñar. Esta reflexión -y la locura de componer nuevas piezas me hicieron dejar el hospital. -El amor a la poesía me quitó el de las riquezas, y para adquirir buen -gusto determiné venir a Madrid, como a centro de los ingenios. Me -despedí del administrador, que, como me amaba tanto, sintió bastante -mi resolución, y me dijo: «Fabricio, ¿por qué quieres dejarme? ¿Acaso -te habré dado, sin pensarlo, algún motivo de disgusto?» «No, señor--le -respondí--, usted es el mejor de todos los amos y estoy muy agradecido -a sus favores; pero bien sabe que cada uno debe seguir su estrella. Me -contemplo nacido para eternizar mi nombre con obras de ingenio.» «¡Qué -locura!--me replicó aquel buen amo--. Ya estás connaturalizado con -el hospital y eres la cantera de donde se sacan los mayordomos y aun -los administradores. Si quieres dejar lo sólido para pasar el tiempo -en fruslerías, el mal es para ti, hijo mío.» Viendo el administrador -cuán inútilmente combatía mi designio, me pagó mi salario y, en -reconocimiento de mis servicios, me dió de guantes cincuenta ducados; -de modo que con esto y lo que había podido juntar en las pequeñas -comisiones que se habían encargado a mi integridad me vi en estado de -presentarme decentemente en Madrid, lo que no dejé de hacer, aunque los -escritores de nuestra nación no cuidan mucho del aseo. Inmediatamente -hice conocimiento con Lope de Vega Carpio, Miguel de Cervantes Saavedra -y los demás célebres autores; pero, con preferencia a estos dos grandes -hombres, elegí para preceptor mío a un joven bachiller cordobés, al -incomparable D. Luis de Góngora, el ingenio más brillante que jamás -produjo España, el cual no quiere que sus obras se impriman mientras -viva y se contenta con leérselas a sus amigos. Lo que hay de particular -es que la Naturaleza le ha dotado del raro talento de manejar con -acierto todo género de poesías; sobresale principalmente en las -composiciones satíricas, que son su fuerte. No es, como Lucilio, un -torrente turbio que arrastra consigo mucho cieno, sino el Tajo, cuyas -aguas puras corren sobre arenas de oro.» «Tan buena pintura me haces -de ese bachiller--le dije a Fabricio--que no dudo que una persona de -tanto mérito tenga muchos envidiosos.» «Todos los autores--respondió -él--, tanto buenos como malos, le muerden; unos dicen que le gusta el -estilo hinchado, los conceptillos, las metáforas y las transposiciones. -Sus versos--dice otro--se parecen en lo obscuro a los que cantaban en -sus procesiones los sacerdotes salios, y que nadie entendía. También -hay quien le censura de que tan presto hace sonetos o romances y tan -presto comedias, décimas y villancicos, como si locamente se hubiera -propuesto deslucir a los mejores escritores en todo género de poesía. -Pero todas estas saetas de la envidia se embotan dando contra una musa -apreciada de grandes y pequeños. Tal es el maestro con quien hice mi -aprendizaje, y me atrevo a decir sin vanidad que le imito; habiéndome -bebido de tal modo su espíritu, que ya compongo trozos sublimes que no -los juzgaría indignos de sí. A ejemplo suyo, voy a vender mi mercancía -a las casas de los grandes, en las cuales soy muy bien recibido y en -donde hallo gentes que no son muy descontentadizas. Es verdad que mi -modo de recitar es halagüeño, lo que no daña a mis composiciones. En -fin, muchos señores me estiman, y, sobre todo, vivo con el duque de -Medinasidonia, como Horacio vivía con Mecenas. He aquí de qué modo me -he transformado en autor; nada más tengo que contarte; a ti te toca -ahora cantar tus victorias.» - -Entonces tomé la palabra y, suprimiendo todo aquello que me pareció -no ser del caso, le hice la relación que me pedía, después de la cual -se trató de comer, y sacó de su armario de ébano servilletas, pan, -un pedazo de lomo de carnero asado, una botella de vino exquisito, y -nos sentamos a la mesa con aquella alegría propia de dos amigos que -vuelven a encontrarse después de una larga separación. «Ya ves--me -dijo--mi vida, libre e independiente. Si quisiera seguir el ejemplo de -mis compañeros, iría a comer todos los días en casa de las personas -distinguidas; pero además de que el amor al trabajo me retiene de -ordinario en casa, soy un nuevo Arístipo, pues tan contento estoy con -el trato de gentes como con el retiro, con la abundancia como con la -frugalidad.» - -Nos supo tan bien el vino que fué menester sacar otra botella del -armario. De sobremesa le di a entender tendría gusto en ver algunas -de sus producciones, y al instante buscó entre sus papeles un soneto, -que me leyó con énfasis; pero, a pesar del sainete de la lectura, me -pareció tan obscuro que nada pude comprender. Conociólo y me dijo: -«Este soneto no te ha parecido muy claro, ¿no es así?» Le confesé que -hubiera querido algo más de claridad; echóse a reír de mí y prosiguió: -«Lo mejor que tiene este soneto, amigo mío, es el no ser inteligible. -Los sonetos, las odas y las demás obras que piden sublimidad no quieren -estilo sencillo y natural; antes bien, en la obscuridad consiste todo -su mérito. Conque el poeta crea entenderlo, es bastante.» «Tú te burlas -de mí--interrumpí yo--. Todas las poesías, sean de la naturaleza que -fueren, piden juicio y claridad; y si tu incomparable Góngora no -escribe con más claridad que tú, te confieso que decae mucho en mi -opinión; es un poeta que, cuando más, no puede engañar sino a su siglo. -Veamos ahora tu prosa.» - -Enseñóme un prólogo que me dijo pensaba poner al frente de una -colección de comedias que estaba imprimiendo, y me preguntó qué me -había parecido. «No me gusta más tu prosa--le dije--que tus versos. -El soneto es una algarabía; en el prólogo hay expresiones demasiado -estudiadas, palabras que el público no conoce, frases enredosas, y, en -una palabra, tu estilo es muy extravagante y muy ajeno de los libros -de nuestros buenos y antiguos autores.» «¡Pobre ignorante!--exclamó -Fabricio--. ¿No sabes tú que todo escritor en prosa que aspira hoy a la -reputación de pluma delicada afecta esta singularidad de estilo, estas -expresiones equívocas que tanto chocan? Nos hemos aunado cinco o seis -novadores animosos, que hemos emprendido mudar el idioma de blanco en -negro, y con la ayuda de Dios lo hemos de conseguir, a pesar de Lope de -Vega, de Solís, de Cervantes y de todos los demás ingenios que critican -nuestros nuevos modos de hablar. Tenemos de nuestra parte gran número -de sujetos distinguidos, y hasta teólogos contamos en nuestro partido. -Sobre todo--continuó--, nuestro designio es loable, y, fuera de -preocupaciones, nosotros somos más apreciables que aquellos escritores -sencillos que se explican en el lenguaje común de los hombres. No -sé por qué merecen el aprecio de tantas gentes honradas. Eso sería -bueno en Atenas y en Roma, en donde todos se confundían, por lo que -Sócrates dijo a Alcibíades que el pueblo era un maestro excelente de -la lengua; pero en Madrid es otra cosa. Aquí tenemos estilo bueno y -malo, y los cortesanos se explican de un modo diferente que el pueblo. -En fin, desengáñate que nuestro nuevo estilo supera al de nuestros -antagonistas. Quiero probarte la diferencia que hay de la gallardía -de nuestra dicción a la bajeza de la suya. Ellos dirían, por ejemplo, -llanamente: _los intermedios hermosean una comedia_. Y nosotros, con -más gracia, decimos: _los intermedios hacen hermosura en una comedia_. -Observa bien este _hacer hermosura_. ¿Percibes tú toda la brillantez, -la delicadeza y gracia que esto contiene?» - -Habiendo interrumpido a mi novador con una carcajada, le dije: «¡Vete -al diablo, Fabricio, con tu lenguaje culto! ¡Tú eres un estrafalario!» -«Y tú, con tu estilo natural--repuso él--, eres un gran bestia. -¡Vé--prosiguió, aplicándome aquellas palabras del arzobispo de -Granada--: _Díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda -bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas! ¡Me alegraré logre -usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!_» Repetí mis -carcajadas al oír esta pulla, y Fabricio, sin perder nada de su buen -humor, me perdonó el desacato con que había hablado de sus escritos. -Después de habernos bebido la segunda botella, nos levantamos de la -mesa tan amigos como antes. Salimos con ánimo de ir a pasearnos al -Prado, pero al pasar por delante de un café nos dió gana de entrar. - -A esta casa concurrían regularmente gentes de forma. Vi en dos salas -diferentes a algunos caballeros que se divertían de varios modos. En la -una jugaban a los naipes y al ajedrez, y en la otra había diez o doce -que estaban muy atentos escuchando la disputa de dos argumentantes. No -tuvimos necesidad de acercarnos para oír que el asunto de la contienda -era un punto de Metafísica; porque era tal el calor y vehemencia con -que hablaban que no parecían sino dos energúmenos. Yo pienso que si -se les hubiera aplicado el anillo de Eleázaro se hubieran visto salir -demonios de sus narices. «¡Válgame Dios!--dije a mi compañero--. ¡Qué -fogosidad! ¡Qué pulmones! ¡No parece sino que aquellos disputadores -habían nacido para pregoneros! ¡La mayor parte de los hombres yerran -su vocación!» «Así es la verdad--respondió--. Estas gentes descienden, -al parecer, de Novio, aquel banquero romano cuya voz sobresalía por -entre el ruido de los carreteros; pero lo que más me disgusta de sus -altercaciones es que atolondran los oídos infructuosamente.» Dejamos a -estos metafísicos gritadores, y con esto se me desvaneció el dolor de -cabeza que me habían causado. Nos fuimos a un rincón de otra sala, y -habiendo bebido algunas copas de vino generoso, principiamos a examinar -a los que entraban y salían. Como Núñez los conocía casi a todos, dijo: -«¡Por vida mía, que la disputa de nuestros filósofos lleva traza de -no acabarse en gran rato! Pero a bien que llega tropa de refresco: -estos tres que entran van a tomar parte en la disputa. Pero ¿ves esos -dos sujetos originales que salen? Pues la personilla morena, seca y -cuyos cabellos lacios y largos le caen en partes iguales por detrás y -delante se llama don Julián de Villanuño. Es un togado nuevo que la -echa del elegante. El otro día fuimos un amigo y yo a comer con él -y le sorprendimos en una ocupación muy singular: se divertía en su -estudio tirando y haciendo traer por un gran lebrel los legajos de un -pleito que está defendiendo, los que su perro desgarraba a grandes -dentelladas. El licenciado que le acompaña, aquel cara de tomate, se -llama don Querubín Tonto, es canónigo de la iglesia de Toledo y el -hombre más negado del mundo. No obstante, al ver su aire placentero, la -viveza de sus ojos, su risa fingida y maliciosa, le tendrán por sabio y -de gran perspicacia. Cuando se lee en su presencia alguna obra delicada -y profunda pone la mayor atención, como si penetrara su asunto, pero -maldita la cosa que entiende. Este fué uno de los convidados en casa -del togado, en donde se dijeron mil chistes y agudezas, sin que a mi -don Querubín se le oyese el metal de la voz; pero, en recompensa, los -gestos y demostraciones con que aplaudía nuestros chistes daban una -aprobación superior al mérito de nuestras gracias.» - -«¿Conoces--dije a Núñez--a aquellos dos desgreñados que están de codos -sobre una mesa en el rincón, hablando tan bajo y de cerca que parece -que se besan?» «No--me respondió--, no los he visto en mi vida; pero, -según todas las apariencias, serán políticos de café que murmuran del -Gobierno. ¿Ves a ese caballerete galán que, silbando, se pasea por -la sala, sosteniéndose ya sobre un pie y ya sobre otro? Pues es don -Agustín Moreto, poeta mozo que muestra gran talento, pero a quien los -aduladores y los ignorantes le han llenado los cascos de vanidad. -Aquel a quien se acerca es uno de sus compañeros, que compone versos -prosaicos o prosa en rimas y a quien también sopla la musa. Todavía -hay más autores--prosiguió, señalándome dos hombres que entraban con -espada--. ¡No parece sino que se han citado para venir a pasar revista -delante de ti! Ve allí a don Bernardo Deslenguado y a don Sebastián -de Villaviciosa. El primero es un sujeto de mala índole, un autor que -parece ha nacido bajo el signo de Saturno, un mortal maléfico, que se -complace en aborrecer a todo el mundo y a quien nadie ama. Por lo que -hace a don Sebastián, es un mozo de buena fe, autor muy concienzudo. -Poco hace que dió al teatro una comedia, que ha gustado en extremo, -y por no abusar más tiempo de la estimación del público la ha hecho -imprimir.» - -El caritativo discípulo de Góngora se preparaba para continuar -explicándome las diferentes figuras del cuadro variable que teníamos -a la vista, cuando vino a interrumpirle un gentilhombre del duque de -Medinasidonia diciéndole: «Señor don Fabricio, vengo en busca de usted -para decirle que el duque mi señor quisiera hablarle y espera a usted -en su casa.» Sabiendo Núñez que para satisfacer el deseo de un gran -señor no hay prisa que baste, me dejó al momento por ir a ver lo que -le quería su Mecenas, y yo quedé muy admirado de haber oído tratarle -de _don_ y de mirarle así convertido en noble, a pesar de ser su padre -maese Crisóstomo el barbero. - - - - - CAPITULO XIV - -Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde Galiano, título de Sicilia. - - -El gran deseo de ver a Fabricio me llevó bien de mañana a su casa. -«¡Buenos días--le dije al entrar--, señor don Fabricio, flor y nata de -la nobleza asturiana!» Al oírme se echó a reír. «¿Conque has notado--me -dijo--que me han tratado de don?» «Sí, caballero mío--le respondí--, -y permíteme te diga que ayer, cuando me contaste tu transformación, -te olvidaste de lo mejor.» «Ciertamente--respondió--; pero en verdad -que si he tomado este dictado de honor no es tanto por satisfacer -mi vanidad como por acomodarme a la de los otros. Tú conoces a los -españoles; maldito el caso que hacen de un hombre honrado si tiene -la desgracia de ser pobre o plebeyo; y aun te diré que veo tantas -gentes--¡y Dios sabe qué clase de gentes!--que hacen les llamen don -Francisco, don Gabriel, don Pedro o don como tú quieras llamarle, que -es preciso confesar que la Nobleza es una cosa muy común y que un -plebeyo que tiene mérito la honra cuando quiere agregarse a ella. Pero -mudemos de conversación--añadió--. Anoche, durante la cena en casa del -duque de Medinasidonia, en donde, entre otros convidados, se hallaba -el conde Galiano, título de Sicilia, se tocó la conversación sobre los -ridículos efectos del amor propio. Yo me alegró de hallar ocasión de -divertir a la concurrencia sobre el mismo punto y le conté la historia -de las homilías. Puedes imaginar cuánto reirían y qué apodos no se -darían a tu arzobispo. Lo que no te ha venido mal, porque se han -compadecido de ti, y después de haberme hecho el conde Galiano muchas -preguntas acerca de tu persona, a las cuales puedes creer respondí como -debía, me encargó que te presente a él, y para este fin iba ahora mismo -a buscarte. Según parece, quiere nombrarte por uno de sus secretarios, -y te aconsejo no desprecies este partido. En casa de este señor te -hallarás perfectamente; es rico y hace en Madrid un gasto de embajador. -Dicen ha venido a la corte a tratar con el duque de Lerma sobre ciertas -haciendas de la Corona que este ministro piensa enajenar en Sicilia. -En fin, el conde, aunque siciliano, parece generoso, lleno de rectitud -y de ingenuidad. No puedes hacer mejor cosa que acomodarte con este -señor, porque probablemente es el que debe hacerte rico, según lo que -te pronosticaron en Granada.» - -«Había resuelto--dije a Núñez--pasearme y divertirme algún tiempo antes -de ponerme a servir; pero me hablas del conde siciliano de un modo -que me hace mudar de intenciones. ¡Ya quisiera estar con él!» «Pronto -estarás--me dijo--, o yo me engaño mucho.» Entonces salimos ambos para -ir a ver al conde, que ocupaba la casa de D. Sancho de Avila, su amigo, -quien estaba entonces en una hacienda de campo. - -Encontramos en el patio muchos pajes y lacayos con libreas primorosas, -y en la antesala muchos escuderos, gentileshombres y otros criados. -Si los vestidos eran magníficos, los rostros eran tan extravagantes -que se me figuraron una manada de monos vestidos a la española. Puede -afirmarse que hay caras de hombres y mujeres a las que el arte no puede -dar hermosura. - -Habiendo D. Fabricio hecho pasar recado, fué admitido inmediatamente -en la sala, adonde le seguí. Estaba el conde en bata, sentado en un -sofá y tomando chocolate. Le saludamos con demostraciones del más -profundo respeto, y él nos correspondió inclinando la cabeza y con un -aspecto tan afable que le cobré grande inclinación; efecto admirable y -ordinario que causa comúnmente en nosotros la favorable acogida de los -grandes. Preciso es que nos reciban muy mal para que nos desagraden. - -Después que tomó el chocolate se divirtió algún tiempo en juguetear -con un gran mono, al que llamaba _Cupido_. Ignoro por qué pusieron -el nombre de este dios a aquel animal, a no ser que fuese por causa -de su malicia, porque en otra cosa absolutamente no le parecía; pero -tal cual era, su amo tenía puesto todo su cariño en él, y estaba tan -prendado de sus gracias que no le soltaba de sus brazos. Aunque nos -divertían poco los brincos del mono, aparentamos que nos hechizaban, lo -que complació mucho al siciliano, quien suspendió el gusto que tenía -en aquel pasatiempo para decirme: «En mano de usted estará, amigo mío, -ser uno de mis secretarios. Si le conviene a usted el partido, le daré -doscientos doblones al año; basta que don Fabricio sea quien presente -a usted y responda de su conducta.» «Sí, señor--exclamó Núñez--. Soy -más arrogante que Platón, que no se atrevió a salir por fiador de un -amigo suyo que enviaba a Dionisio el tirano; pero no temo merecer -reconvenciones.» - -Agradecí con una reverencia al poeta de Asturias su fina arrogancia, -y después, dirigiéndome al amo, le aseguré de mi celo y fidelidad. -Apenas vió aquel señor que yo aceptaba su propuesta, hizo llamar a -su mayordomo, a quien habló en secreto, y en seguida me dijo: «Gil -Blas, luego te diré en lo que pienso emplearte; entre tanto vé con -mi mayordomo, que ya le he dado orden de lo que ha de hacer de ti.» -Obedecí, dejando a Fabricio con el conde y _Cupido_. - -El mayordomo, que era un mesinés de los más diestros, me llevó a su -cuarto, llenándome de cumplimientos. Hizo llamar al sastre de la casa -y le mandó hacerme prontamente un vestido de igual magnificencia que -los de los criados mayores. El sastre me tomó la medida y se retiró. -«En cuanto a vuestra habitación--me dijo el mesinés--, os he destinado -una que os gustará. Ahora bien--prosiguió--: ¿os habéis desayunado?» -Respondíle que no. «¡Qué pobre mozo sois!--me dijo--. ¿Por qué no -habláis? Estáis en una casa en donde no hay mas que decir lo que se -quiere para tenerlo. Venid conmigo, que voy a llevaros a un paraje en -donde, a Dios gracias, nada falta.» - -Dicho esto, me hizo bajar a la despensa, en la que hallamos al -repostero, que era un napolitano que valía tanto como el mesinés, de -modo que pudiera decirse de ambos que eran a cual peor. Este honrado -hombre estaba con cinco o seis amigos suyos atracándose de jamón, -lenguas de vaca y otras carnes saladas que les hacían menudear los -tragos. Entramos en el corro y ayudamos a apurar los mejores vinos del -señor conde. Mientras esto pasaba en la repostería, se representaba la -misma comedia en la cocina, en donde el cocinero también obsequiaba -a tres o cuatro conocidos suyos, quienes no bebían menos vino que -nosotros y se hartaban de empanadas de perdices y conejos. Hasta los -marmitones se regalaban con lo que podían pescar. Yo pensé estar en el -puerto de Arrebatacapas y en una casa entregada al pillaje; pero cuanto -estaba viendo era nada en comparación de lo que no veía. - - - - - CAPITULO XV - -De los empleos que el conde Galiano dió en su casa a Gil Blas. - - -Habiendo salido a hacer llevar el equipaje a mi nueva habitación, -encontré a la vuelta al conde en la mesa con muchos señores y el poeta -Núñez, que con aire desembarazado se hacía servir como uno de tantos y -se mezclaba en la conversación. Al mismo tiempo observé que no decía -palabra que no cayese en gracia a los circunstantes. ¡Viva el talento! -¡El que lo tiene puede hacer cuantos papeles quiera! - -Por lo que a mí toca, comí con los criados mayores, que fueron servidos -con corta diferencia como el amo. Acabada la comida, me retiré a mi -cuarto, en donde, reflexionando sobre mi condición, me dije a mí mismo: -«Ahora bien, Gil Blas: ya estás sirviendo a un conde siciliano cuyo -carácter no conoces. Si se ha de juzgar por las apariencias, estarás -en su casa como el pez en el agua; pero de nada se puede estar seguro, -y la malignidad de tu estrella te ha hecho ver muy de ordinario que -no debes fiarte de ella. Además de esto, ignoras el destino que -quiere darte. Ya tiene secretarios y mayordomo. ¿En qué querrá que tú -le sirvas? Siempre querrá que lleves el caduceo, es decir, que seas -su confidente secreto. ¡Pues sea enhorabuena! No se podría entrar -bajo mejor pie en casa de un señor para andar mucho en poco tiempo. -Sirviendo empleos más honrosos se camina lentamente, y aun con eso no -siempre se consigue el fin.» - -En medio de estas bellas reflexiones vino un lacayo a decirme que -todos los caballeros que habían comido en casa se habían marchado y -que su señoría me llamaba. Fuí volando a su aposento, en donde le -encontré echado en un sofá para dormir la siesta y con su mono al -lado. «Acércate, Gil Blas--me dijo--; toma una silla y escúchame.» -Obedecíle y me habló en estos términos: «Me ha dicho don Fabricio -que, entre otras buenas cualidades, tienes la de amar a tus amos y que -eres un mozo de mucha integridad. Estas dos cosas me han determinado -a recibirte para mi servicio. Necesito un criado que me tenga afecto, -cuide de mis intereses y ponga todo su conato en conservar mis bienes. -Es verdad que soy rico, pero mis gastos exceden todos los años a mis -rentas. ¿Y por qué? Porque me roban, porque me saquean y vivo en mi -casa como en un monte lleno de ladrones. Sospecho que mi mayordomo y mi -repostero caminan de acuerdo, y si no me engaño, ve aquí más de lo que -se necesita para arruinarme enteramente. Me dirás que si los contemplo -bribones por qué no los despido; pero ¿en dónde hallaré otros que sean -formados de mejor barro? Es preciso contentarme con hacer que vigile -sobre ellos una persona encargada de inspeccionar su conducta. A ti, -Gil Blas, he elegido para el desempeño de esta comisión. Si la evacuas -bien, ten por cierto que no servirás a un ingrato. Cuidaré de emplearte -muy ventajosamente en Sicilia.» - -Después de haberme hablado de esta manera me despidió, y aquella misma -noche, delante de todos los criados, fuí proclamado por superintendente -de la casa. Por el pronto no fué muy sensible esta novedad al mesinés -y al napolitano, porque yo les parecía un picarillo fácil de ganar y -contaban con que partiendo conmigo la torta tendrían libertad para -continuar su rumbo; pero al día siguiente se hallaron muy chasqueados -cuando les manifesté que yo era enemigo de toda malversación. Pedí -al mayordomo un estado de las provisiones, visité el depósito de los -vinos, registré lo que había en la repostería, quiero decir, la vajilla -y mantelería, y después los exhorté a mirar por el caudal del amo, a -usar de economía en el gasto, y acabé mi exhortación con asegurarles -que daría cuenta a su señoría de cuanto malo viese hacer en su casa. - -No me contenté con esto, sino que quise tener un espía para averiguar -si había alguna inteligencia entre ellos, y a este fin me valí de un -marmitón que, engolosinado con mis promesas, dijo que no podía haber -escogido otro más a propósito que él para saber lo que pasaba en casa; -que el mayordomo y el repostero estaban aunados y cada uno hurtaba por -su parte; que todos los días enviaban fuera la mitad de las provisiones -que se compraban para el gasto de la casa; que el napolitano mantenía -a una dama que vivía enfrente del colegio de Santo Tomás y el mesinés -a otra en la Puerta del Sol; que estos dos caballeros hacían llevar -todas las mañanas a casa de sus ninfas toda especie de provisiones; que -el cocinero por su parte regalaba muy buenos platos a una viuda que -conocía en la vecindad, y que, en agradecimiento de los servicios que -hacía a los otros dos, disponía como ellos de los vinos del depósito. -Finalmente, que estos tres criados eran la causa del gasto tan enorme -que se hacía en casa del señor conde. «Si usted no me cree--añadió el -marmitón--, tómese el trabajo de estar mañana por la mañana, a eso -de las siete, cerca del Colegio de Santo Tomás, y me verá cargado con -un esportón, que le hará ver que no miento.» «Según eso--le dije--, -¿eres el mandadero de esos galanes proveedores?» «Yo soy--respondió--el -que sirvo al repostero, y uno de mis camaradas hace los recados del -mayordomo.» - -Esta noticia me pareció digna de averiguarse. El día siguiente tuve la -curiosidad de ir cerca del colegio de Santo Tomás a la hora señalada. -No tuve que aguardar mucho a mi espía, pues bien pronto le vi llegar -con un gran esportón lleno de carne, aves y caza. Conté las piezas y -las apunté en mi libro de memoria, que fuí a mostrar al amo, después de -haber dicho al marmitón que cumpliese como de ordinario su encargo. - -El señor siciliano, que era de un carácter muy vivo, quiso en el -primer impulso despedir al napolitano y al mesinés; pero, después -de haberlo pensado, se contentó con despedir al último, cuya plaza -recayó en mí, por lo que mi empleo de superintendente quedó suprimido -poco después de su creación, y confieso con franqueza que no me pesó. -Hablando con propiedad, éste no era mas que un empleo honorífico de -espía, un destino que nada tenía de sólido, siendo así que llegando -a ser mayordomo tenía a mi disposición la caja del dinero, que es lo -principal. Un mayordomo es el criado de más suposición en casa de -un señor, y son tantos los gajes anejos a la mayordomía que podría -enriquecerse sin faltar a la hombría de bien. - -El bellaco del napolitano no dejó por eso sus malas mañas, y -advirtiendo que yo tenía un celo riguroso y que así no dejaba de -registrar todas las mañanas las provisiones que compraba, no las -extraviaba; pero el tunante continuó haciendo traer cada día la misma -cantidad. Con esta trampa, aumentando el provecho que sacaba de lo -sobrante de la mesa, que de derecho le pertenecía, halló medio de -enviar la carne cocida a su queridita, ya que no podía cruda. Aquel -diablo nada perdía y el conde nada había adelantado con tener en su -casa al fénix de los mayordomos. La excesiva abundancia que vi reinar -en las comidas me hizo adivinar este nuevo ardid, e inmediatamente -puse en ello remedio, despojándolas de todo lo superfluo, lo que, sin -embargo, hice con tanta prudencia que no se notaba ninguna escasez. -Nadie hubiera dicho sino que continuaba siempre la misma profusión, y, -sin embargo, no dejé de disminuir con esta economía considerablemente -el gasto, que era lo que el amo deseaba; quería ahorrar sin parecer -menos espléndido, de suerte que su avaricia se sujetaba a su -ostentación. - -No pararon aquí mis providencias, porque también reformé otro abuso. -Viendo que el vino iba por la posta, sospeché que había también trampa -por este lado. Efectivamente: si, por ejemplo, había doce a la mesa -de su señoría, se bebían cincuenta, y algunas veces hasta sesenta -botellas, lo que no podía menos de causarme admiración. Consulté sobre -esto a mi oráculo, es decir, a mi marmitón, con quien yo tenía algunas -conversaciones secretas, en las que me contaba con toda fidelidad lo -que se decía y hacía en la cocina, en donde nadie se recelaba de él. -Me dijo que el desperdicio de que yo me quejaba procedía de una nueva -liga que se había formado entre el repostero, el cocinero y los lacayos -que servían el vino a la mesa, que éstos se llevaban las botellas medio -llenas y las distribuían después entre los confederados. Reñí a los -lacayos y les amenacé con echarlos a la calle si volvían a reincidir, -y esto bastó para que se enmendasen. Tenía gran cuidado de informar a -mi amo de las menores cosas que hacía en su beneficio, con lo que me -llenaba de alabanzas y cada día me cobraba más afecto. Por mi parte, -recompensé al marmitón que me hacía tan buenos oficios, haciéndole -ayudante de cocina. De este modo va ascendiendo un criado fiel en las -casas principales. - -El napolitano rabiaba de ver que siempre andaba tras de él, y lo que -sentía más vivamente era el tener que aguantar mis reparos siempre -que me daba las cuentas, porque para quitarle el motivo de sisar me -tomé la molestia de ir a los mercados e informarme del precio de los -géneros, de suerte que le esperaba con esta prevención. Y como él no -dejaba de querer remachar el clavo, yo le rechazaba vigorosamente, bien -persuadido de que me maldeciría cien veces al día; pero la causa de -sus maldiciones me quitaba todo temor de que se cumpliesen. No sé cómo -podía resistir a mis pesquisas ni cómo continuaba sirviendo al señor -siciliano; sin duda que él, a pesar de todo esto, hacía su agosto. - -Contaba a Fabricio, a quien veía algunas veces, mis inauditas proezas -económicas; pero le hallaba más propenso a vituperar mi conducta que -a aprobarla. «¡Quiera Dios--me dijo un día--que al cabo y al postre -sea bien recompensado tu desinterés! Pero, hablando aquí para los dos, -creo que saldrías más bien librado si no te estrellases tanto con el -repostero.» «Pues qué--le respondí--, ¿este ladrón ha de tener la -osadía de poner en la cuenta del gasto diez doblones por un pescado -que no costó más que cuatro? ¿Y quieres tú que yo pase esta partida?» -«¿Y por qué no?--replicó serenamente--. Que te dé la mitad del aumento -y hará las cosas en forma. A fe mía, amigo--continuó, meneando la -cabeza--, que no te sabes gobernar. Tú, a la verdad, echas a perder -las cosas, y tienes traza de servir mucho tiempo, pues no te chupas el -dedo teniéndolo en la miel. Has de saber que la fortuna es semejante -a aquellas damiselas vivas y veleidosas a quienes no pueden sujetar -los galanes tímidos.» Reíme de las expresiones de Núñez, que por su -parte hizo otro tanto, y quiso persuadirme que aquello había sido -sólo una chanza: se avergonzaba de haberme dado inútilmente un mal -consejo. Continué siempre en el firme propósito de ser fiel y celoso, -atreviéndome a asegurar que en cuatro meses con mi economía ahorré a mi -amo por lo menos tres mil ducados. - - - - - CAPITULO XVI - -Del accidente que acometió al mono del conde Galiano y de la pena que -causó a este señor. Cómo Gil Blas cayó enfermo y cuáles fueron las -resultas de su enfermedad. - - -El sosiego que reinaba en la casa le turbó extrañamente un suceso que -al lector le parecerá una bagatela, pero que, no obstante, llegó a ser -muy serio para los criados, y sobre todo para mí. _Cupido_, aquel mono -de que he hablado, aquel animal tan querido del amo, al saltar un día -de una ventana a otra tomó tan mal sus medidas que cayó al patio y se -dislocó una pata. Apenas supo el conde esta desgracia, cuando empezó -a dar gritos como una mujer, y en el exceso de su sentimiento echó la -culpa a sus criados, sin excepción, y faltó poco para que los echara -a todos a la calle. No obstante, limitó su indignación a maldecir -nuestro descuido y darnos mil epítetos con palabras descomedidas. -Inmediatamente hizo llamar a los cirujanos más hábiles de Madrid en -fracturas y dislocaciones de huesos. Reconocieron la pata del herido, -repusieron el hueso en su lugar y la vendaron; pero por más que -asegurasen no ser cosa de cuidado, no pudieron conseguir que mi amo no -retuviese a uno de ellos para que permaneciera al lado del animal hasta -su perfecta curación. - -Haría mal si pasara en silencio las penas e inquietudes que tuvo el -señor siciliano durante este tiempo. ¿Se creerá que no se apartaba en -todo el día de su _Cupido_? Estaba presente cuando le curaban y de -noche se levantaba dos o tres veces a verle. Lo más penoso era que -con precisión habían de estar todos los criados, y principalmente -yo, siempre levantados, para acudir pronto a lo que se necesitara en -servicio del mono. En una palabra, no hubo en la casa un instante de -reposo hasta que la maldita bestia, curada de su caída, volvió a sus -saltos y volteretas ordinarias. A vista de esto, bien podemos dar -crédito a la narración de Suetonio cuando dice que Calígula amaba tanto -a su caballo que le puso una casa ricamente alhajada, con criados para -servirle, y que también quería hacerle cónsul. Mi amo no estaba menos -enamorado de su mono, y con gusto le hubiera nombrado corregidor. - -Por desgracia mía, yo me distinguí más que todos los criados en -complacer al amo, y trabajé tanto en cuidar de su _Cupido_ que caí -enfermo. Me dió una fuerte calentura, que se agravó de modo que perdí -el sentido. Ignoro lo que hicieron conmigo en los quince días que -estuve a la muerte, y solamente sé que mi mocedad luchó tanto con la -calentura, y tal vez contra los remedios que me dieron, que al fin -recobré el conocimiento. El primer uso que hice de él fué observar que -estaba en un cuarto diferente del mío. Quise saber por qué, y se lo -pregunté a una vieja que me asistía; pero me respondió que no hablara, -porque el médico lo había prohibido expresamente. Cuando estamos -buenos, ordinariamente nos burlamos de estos doctores; pero en estando -malos nos sometemos con docilidad a sus preceptos. - -Aunque más desease hablar con mi asistenta, tomé la determinación -de callar; y estaba pensando en esto a tiempo que entraron dos como -elegantes muy desembarazados, con vestidos de terciopelo y ricas -camisolas guarnecidas de encaje. Me imaginé que eran algunos señores -amigos de mi amo, que por atención a él me venían a ver, y en esta -inteligencia hice un esfuerzo para incorporarme, y por política me -quité el gorro; pero mi asistenta me volvió a tender a la larga, -diciéndome que aquellos señores eran el médico y el boticario que me -asistían. - -El doctor se acercó a mí, me tomó el pulso, miróme atentamente el -rostro, y habiendo observado todas las señales de una próxima curación, -se revistió de un aspecto victorioso, como si hubiese puesto mucho de -suyo, y dijo que sólo faltaba tomase una purga para acabar su obra, -y que en vista de esto bien podía alabarse de haber hecho una buena -curación. Después de haber hablado de esta suerte dictó al boticario -una receta, mirándose al mismo tiempo a un espejo, atusándose el pelo -y haciendo tales gestos que no pude dejar de reírme a pesar del estado -en que me hallaba. Hízome una cortesía y se marchó, pensando más en su -cara que en las drogas que había recetado. - -Luego que salió, el boticario, que sin duda no fué a mi casa en vano, -se preparó para ejecutar lo que se puede discurrir. Fuese porque -temiese que la vieja no se daría buena maña, o sea por hacer valer más -el género, quiso operar por sí mismo; pero, a pesar de su destreza, -apenas me había disparado la carga cuando, sin saber cómo, la rechacé -sobre el manipulante, poniéndole el vestido de terciopelo como de -perlas. Tuvo este accidente por adehala del oficio. Tomó una toalla, se -limpió sin decir palabra y se fué, bien resuelto a hacerme pagar lo que -le llevase el quitamanchas, a quien sin duda tuvo precisión de enviar -su vestido. - -A la mañana siguiente volvió, vestido más llanamente, aunque nada tenía -que aventurar ya, y me trajo la purga que el doctor había recetado el -día antes. Yo me sentía por momentos mejor; pero, fuera de eso, había -cobrado tanta aversión desde el día anterior a los médicos y boticarios -que maldecía hasta las Universidades en donde a estos señores se les da -la facultad de matar hombres sin riesgo. Con esta disposición, declaré, -enfadado, que no quería más remedios y que fueran a los diablos -Hipócrates y sus secuaces. El boticario, a quien maldita de Dios la -cosa se le daba de que yo diera el destino que quisiera a su medicina -con tal que se la pagase, la dejó sobre la mesa y se retiró sin decirme -una palabra. - -Inmediatamente hice arrojar por la ventana aquel maldito brebaje, -contra el cual había formado tal aprensión que habría creído beber -veneno si lo hubiera tomado. A esta desobediencia añadí otras: -rompí el silencio y dije con entereza a la que me cuidaba que lo que -positivamente quería era me diese noticias de mi amo. La vieja, que -temía excitar en mí una alteración peligrosa si me respondía, o, por el -contrario, que si dejaba de satisfacerme irritaría mi mal, se detuvo un -poco; pero la insté con tal empeño que al fin me respondió: «Caballero, -usted no tiene más amo que a usted mismo. El conde Galiano se ha vuelto -a Sicilia.» - -Me parecía increíble lo que oía; pero nada era más cierto. Este señor, -desde el segundo día de mi enfermedad, temiendo que muriese en su casa, -tuvo la bondad de hacerme trasladar, con lo poco que tenía, a una -posada, en donde me dejó abandonado sin más ni más a la Providencia -y al cuidado de una asistenta. En este tiempo tuvo orden de la Corte -para restituirse a Sicilia, y se marchó tan aceleradamente que no pudo -pensar en mí, ya fuese porque me contaba con los muertos o ya porque -las personas de distinción suelen padecer estas faltas de memoria. - -Mi asistenta fué la que me lo contó todo, y me dijo que ella era -la que había buscado médico y boticario para que no muriese sin su -asistencia. Estas bellas noticias me hicieron caer en un profundo -desvarío. ¡Adiós mi establecimiento ventajoso en Sicilia! ¡Adiós mis -más dulces esperanzas! «Cuando os suceda alguna desgracia--dice un -Papa--, examinaos bien y encontraréis que siempre habéis tenido alguna -parte de culpa.» Con perdón de este Santo Padre, no puedo descubrir en -qué hubiese yo contribuído a mi fatalidad en aquella ocasión. - -Cuando vi desvanecidas las lisonjeras fantasmas de que me había llenado -la cabeza, lo primero que me ocupó el pensamiento fué mi maleta, que -hice traer a mi cama para registrarla. Al verla abierta, suspiré. «¡Ay -mi amada maleta--exclamé--, único consuelo mío! ¡A lo que veo, has -estado a merced de manos ajenas!» «¡No, no, señor Gil Blas--me dijo -entonces la vieja--; crea usted que nada le han robado! He guardado su -maleta lo mismo que mi honra.» - -Encontré el vestido que llevaba cuando entré a servir al conde, pero -busqué en vano el que me mandó hacer el mesinés. Mi amo no había -tenido por conveniente dejármelo o alguno se lo había apropiado. Todo -lo restante de mi ajuar estaba allí, y también una bolsa grande de -cuero donde tenía mi dinero. Lo conté dos veces, porque a la primera, -no hallando mas que cincuenta doblones, no creí quedasen tan pocos de -doscientos sesenta que dejé en ella antes de mi enfermedad. «¿Qué es -esto, buena mujer?--dije a mi asistenta--. Mi caudal se ha disminuído -mucho.» «Nadie ha llegado a él--respondió la vieja--, y he gastado lo -menos que me ha sido posible; pero las enfermedades cuestan mucho; -es necesario estar siempre dando dinero. Vea usted--añadió la buena -económica sacando de la faltriquera un legajo de papeles--, vea usted -una cuenta del gasto, tan cabal como el oro y que os hará ver que no he -malgastado un ochavo.» - -Recorrí la cuenta, que bien tendría sus quince o veinte hojas. ¡Dios -misericordioso, qué de aves se habían comprado mientras yo estuve -sin sentido! Solamente en caldos ascendería la suma por lo menos a -doce doblones. Las otras partidas eran correspondientes a ésta. No es -decible lo que había gastado en carbón, en luz, en agua, en escobas, -etc. Sin embargo, por muy llena que estuviese su lista, el total -llegaba apenas a treinta doblones, y, por consiguiente, debían quedar -todavía doscientos treinta. Díjeselo; pero la vieja, con un aire de -sencillez, empezó a poner por testigos a todos los santos de que en -la bolsa no había mas que ochenta doblones cuando el mayordomo del -conde le había entregado mi maleta. «¿Qué dice usted, buena mujer?--le -interrumpí con precipitación--. ¿Fué el mayordomo quien dió a usted mi -ropa?» «El fué realmente--me respondió--; por más señas, que al dármela -me dijo: «Tome usted, buena mujer; cuando el señor Gil Blas esté frito -en aceite no deje usted de obsequiarle con un buen entierro. En esta -maleta hay con qué hacerle las honras.» - -«¡Ah maldito napolitano!--exclamé entonces--. ¡Ya no necesito saber en -dónde para el dinero que me falta! ¡Tú lo has llevado, para desquitarte -de lo que te he impedido hurtases!» Después de esta invectiva, di -gracias al Cielo de que el bribón no hubiese cargado con todo. No -obstante, aunque yo tenía motivo para imputarle el hurto, no dejé de -discurrir que acaso podía haberlo hecho mi asistenta. Mis sospechas tan -presto recaían sobre el uno como sobre el otro, mas para mí siempre -era lo mismo. Nada dije a la vieja, ni tampoco quise altercar sobre las -partidas de su larga cuenta, porque nada hubiera adelantado: es preciso -que cada uno haga su oficio. Mi resentimiento se redujo a pagarla y -despedirla de allí a tres días. - -Me imagino que al salir de mi casa fué a avisar al boticario de que yo -la había despedido y me hallaba ya restablecido y fuerte para poder -tomar las de Villadiego sin pagarle, porque le vi venir de allí a poco -que apenas podía echar el aliento. Dióme su cuenta, en la que venían -los supuestos remedios que me había suministrado cuando estaba yo sin -sentido, puestos con unos nombres que no entendí, aunque había sido -médico. Esta se podía llamar propiamente cuenta de boticario, y así, -cuando llegó el caso de la paga, altercamos bastante, pretendiendo yo -que rebajase la mitad y él porfiando que no bajaría un maravedí: pero -haciéndose cargo al fin el boticario de que las había con un mozo que -en el día podía marcharse de Madrid, tomó a bien contentarse con lo -que le ofrecía, es decir, con tres partes más de lo que valían sus -medicinas, por no exponerse a perderlo todo. Con mucho sentimiento -mío le aflojé el dinero, con lo que se retiró, bien vengado de la -desazoncilla que le causé el día de la lavativa. - -El médico llegó casi al punto, porque estos animales van siempre uno -tras otro. Le satisfice el importe de sus visitas, que habían sido -frecuentes, y se marchó contento. Mas, para acreditarme que había -ganado bien su dinero, antes de retirarse me refirió por menor las -mortales consecuencias que había precavido en mi enfermedad, lo cual -hizo en términos muy elegantes y con un aspecto agradable; pero nada -comprendí de cuanto dijo. Luego que salí de él me juzgué ya libre de -todos los familiares de las Parcas; pero me engañaba, porque vino -también un cirujano, a quien en mi vida había visto. Saludóme muy -cortésmente y manifestó mucho gusto de hallarme fuera del peligro -en que me había visto, atribuyendo este beneficio--decía él--a dos -copiosas sangrías que me había hecho y a unas ventosas que había tenido -la honra de aplicarme. Esta pluma quedaba que arrancarme todavía; me -fué preciso asimismo pagar al cirujano. Con tantas evacuaciones se -quedó tan flaco mi bolsillo que se podía decir era un cuerpo aniquilado -y que ni aun le quedaba el húmedo radical. - -Al verme otra vez abismado en tan miserable situación, empecé a -desanimarme. En casa de mis últimos amos me había aficionado de -suerte a las comodidades de la vida que no podía ya, como en otro -tiempo, considerar la indigencia del modo que un filósofo cínico. A -la verdad, no debía entristecerme, teniendo repetidas experiencias de -que la fortuna apenas me derribaba cuando me volvía a levantar; antes -hubiera debido mirar mi infeliz estado como una ocasión de inmediata -prosperidad. - - -FIN DEL TOMO SEGUNDO - - - - - ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO - - - _Páginas._ - - - LIBRO CUARTO - - CAPÍTULO I.--No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres - de los comediantes, se sale de casa de Arsenia y halla mejor - conveniencia. 5 - - CAPÍTULO II.--Cómo recibió Aurora a Gil Blas, y la - conversación que con él tuvo. 13 - - CAPÍTULO III.--De la gran mutación que sobrevino en casa de - don Vicente y de la extraña determinación que el amor hizo - tomar a la bella Aurora. 18 - - CAPÍTULO IV.--El casamiento por venganza. (Novela). 26 - - CAPÍTULO V.--De lo que hizo doña Aurora de Guzmán luego que - llegó a Salamanca. 64 - - CAPÍTULO VI.--De qué ardides se valió Aurora para que la amase - don Luis Pacheco. 78 - - CAPÍTULO VII.--Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a - don Gonzalo Pacheco. 89 - - CAPÍTULO VIII.--Carácter de la marquesa de Chaves, y personas - que ordinariamente la visitaban. 104 - - CAPÍTULO IX.--Por qué incidente Gil Blas salió de casa de la - marquesa de Chaves y cuál fué su paradero. 110 - - CAPÍTULO X.--Historia de don Alfonso y de la bella Serafina. 117 - - CAPÍTULO XI.--Quién era el viejo ermitaño y cómo conoció Gil - Blas que se hallaba entre amigos. 136 - - - LIBRO QUINTO - - CAPÍTULO I.--Historia de don Rafael. 143 - - CAPÍTULO II.--De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus - oyentes y de la aventura que les sucedió al querer salir del - bosque. 235 - - - LIBRO SEXTO - - CAPÍTULO I.--De lo que hicieron Gil Blas y sus compañeros - después que se separaron del conde de Polán; del importante - proyecto que formó Ambrosio y cómo se ejecutó. 241 - - CAPÍTULO II.--De la resolución que tomaron don Alfonso y Gil - Blas después de esta aventura. 249 - - CAPÍTULO III.--Cómo don Alfonso se halla en el colmo de su - alegría y la aventura por la cual se vió de repente Gil Blas - en un estado dichoso. 254 - - - LIBRO SÉPTIMO - - CAPÍTULO I.--De los amores de Gil Blas y de la señora Lorenza - Séfora. 259 - - CAPÍTULO II.--De lo que le sucedió a Gil Blas después de - dejar la casa de Leiva y de las felices consecuencias que tuvo - el mal suceso de sus amores. 268 - - CAPÍTULO III.--Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo - de Granada y el conducto de sus gracias. 276 - - CAPÍTULO IV.--Dale un accidente de apoplejía al arzobispo. Del - lance crítico en que se halla Gil Blas y del modo con que - salió de él. 283 - - CAPÍTULO V.--Partido que tomó Gil Blas después que le despidió - el arzobispo; su casual encuentro con el licenciado García y - cómo le manifestó éste su agradecimiento. 288 - - CAPÍTULO VI.--Va Gil Blas a ver representar a los cómicos de - Granada; de la admiración que le causó el ver a una actriz y - de lo que le pasó con ella. 292 - - CAPÍTULO VII.--Historia de Laura. 300 - - CAPÍTULO VIII.--Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los - cómicos de Granada y de la persona a quien reconoció en el - vestuario. 317 - - CAPÍTULO IX.--Del hombre extraordinario con quien Gil Blas - cenó aquella noche y de lo que pasó entre ellos. 321 - - CAPÍTULO X.--De la comisión que el marqués de Marialba dió a - Gil Blas y cómo la desempeñó este fiel secretario. 325 - - CAPÍTULO XI.--De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un - golpe mortal para él. 329 - - CAPÍTULO XII.--Gil Blas se aloja en una posada de caballeros, - en donde adquiere conocimiento con el capitán Chinchilla; qué - clase de hombre era este oficial y qué negocio le había - llevado a Madrid. 334 - - CAPÍTULO XIII.--Encuentra Gil Blas en la corte a su querido - amigo Fabricio, y de la grande alegría que de ello recibieron. - A dónde fueron los dos, y de la curiosa conversación que - tuvieron. 343 - - CAPÍTULO XIV.--Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde - Galiano, título de Sicilia. 356 - - CAPÍTULO XV.--De los empleos que el conde Galiano dió en su - casa a Gil Blas. 360 - - CAPÍTULO XVI.--Del accidente que acometió al mono del conde - Galiano y de la pena que causó a este señor. Cómo Gil Blas - cayó enfermo y cuáles fueron las resultas de su enfermedad. 368 - - - - - OBRAS DE J. H. FABRE - - EDITADAS POR CALPE - - -Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas cada uno. - -LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS -OBRAS NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA - - - TITULO DE CADA VOLUMEN - -=Maravillas del instinto en los insectos=, con grabados y 16 láminas -fuera de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. -En rústica, 5 pesetas; en tela, 7. - -=Costumbres de los insectos=, con grabados y 16 láminas fuera de texto, -según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 -pesetas; en tela, 7. - -=La vida de los insectos=, con grabados y 11 láminas fuera de texto, -según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 -pesetas; en tela, 7. - -=Los destructores.= Lecturas acerca de los animales perjudiciales -a la agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según -fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; -en tela, 7. - -=Los auxiliares.= Lecturas acerca de los animales útiles a la -agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según -fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; -en tela, 7. - - - - - COLECCIÓN CONTEMPORÁNEA - - - Los mejores novelistas modernos - -Obras escogidas entre los más selecto de la producción literaria de -nuestros días y publicadas por CALPE: - - -Marcelo Proust.--=Por el camino de Swan.=--Dos tomos. Cada uno, -encuadernado, 6 pesetas; en rústica, 5. - -Miguel de Unamuno.--=Tres novelas ejemplares y un -prólogo.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rústica, 3. - -Tomás Mann.--=La muerte en Venecia, y Tristán.=--Encuadernado, 6 -pesetas; en rústica, 5. - -Antón Chejov.--=El jardín de los cerezos, y Cuentos.=--Encuadernado, 6 -pesetas; en rústica, 5. - -Leonardo Coimbra.--=La Alegría, el Dolor y la Gracia.=--Encuadernado, 6 -pesetas; en rústica, 5. - -Enrique Mann.--=Las diosas.=--Tomo I.--=Diana.= Encuadernado, 6 -pesetas; en rústica, 5. - -Ana Vivanti.--=Los devoradores.=--Dos tomos. Cada uno, encuadernado, -5,50 pesetas; en rústica, 4,50. - -Juan Giraudoux.--=La escuela de los indiferentes.=--Encuadernado, 5,50 -pesetas; en rústica, 4,50. - -Alejandro Arnoux.--=El cabaret.=--Encuadernado, 5,50 pesetas; en -rústica, 4,50. - -Escipión Sighele.--=Eva moderna.=--Encuadernado, 6 pesetas; en rústica, -5. - - --=La mujer y el amor.=--Encuadernado, 5 pesetas; en rústica, 4. - -Tomás Hardy.--=La bien amada.=--Encuadernado, 5 pesetas; en rústica, 4. - -Francis Jammes.--=Rosario al sol.=--Encuadernado, 5 pesetas; en -rústica, 4. - -Emilio Clermont.--=Laura.=--Encuadernado, 5 pesetas; en rústica, 4. - -Israel Zangwill.--=Los hijos del Ghetto.=--Dos tomos. Cada uno, -encuadernado, 5 pesetas; en rústica, 4. - -Valery-Larbaud.--=Fermina Márquez.=--Encuadernado, 4,50 pesetas; en -rústica, 3,50. - -Eugenio d'Ors.--=Oceanografía del tedio, e Historias de Las -Esparragueras.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rústica, 3. - -Arturo Schnitzler.--=Anatol, y "A la cacatúa verde".=--Encuadernado, 4 -pesetas; en rústica, 3. - -Raul Brandâo.--=La farsa.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rústica, 3. - -Lafcadio Hearn.--=El romance de la Vía Láctea.=--Encuadernado, 4 -pesetas; en rústica, 3. - - --=Kwaidan.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rústica, 3. - -Julián Benda.--=La ordenación.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rústica, 3. - -Jeromo y Juan Tharaud.--=Un reino de Dios.=--Encuadernado, 4 pesetas; -en rústica, 3. - - - LOS GRANDES VIAJES - MODERNOS - - OBRAS PUBLICADAS POR CALPE: - - -Ansorge: =Bajo el sol africano.= Un tomo de 432 páginas, con 123 -grabados, 14 láminas fuera de texto y portada a varios colores, 20 -pesetas. - -Charcot: =El «Pourquoi-pas?» en el Antártico.= Un tomo de 478 páginas, -con 121 grabados, 43 láminas y tres mapas, cubiertas a varios colores, -20 pesetas. - -Sverdrup: =Cuatro años en los hielos del Polo.= Dos tomos, con 908 -páginas, 35 láminas, 104 grabados y cinco mapas en colores. Cada tomo, -20 pesetas. - -Haviland: =De la «taiga» y de la «tundra».= (La vida en el Bajo -Yenisei.) Un volumen de 320 páginas, con numerosos grabados, 15 pesetas. - -Alexander: =Del Níger al Nilo.= Dos tomos. El tomo I consta de 436 -páginas, con 27 láminas y 99 figuras. El tomo II tiene 460 páginas, con -24 láminas, 98 figuras y un mapa. Cada tomo, 20 pesetas. - -Orjan Olsen: =Los soyotos. Nómadas pastores de renos.= Un volumen de -240 páginas, con 49 figuras, 8 láminas y un mapa, 14 pesetas. - - - EN PRENSA - -Algot Lange: =El Bajo Amazonas=. - -Erland Nordenskjold: =Exploraciones y aventuras en la América del Sur=. - -Sven Hedin: =Transhimalaya=. - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana -(Vol 2 de 3), by Alain-René Lesage - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS DE SANTILLANA, VOL 2 *** - -***** This file should be named 52682-8.txt or 52682-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/2/6/8/52682/ - -Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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